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  • La locura de los cuarenta (3 – final)

    La locura de los cuarenta (3 – final)

    9 de octubre

    El año que viví divorciada solía salir de caza los miércoles y uno de cada dos viernes, noches que mi hijo mayor se quedaba con mi exmarido, salía de caza. Según mis cuentas, a lo largo de esos meses lo hice con 31 varones y una mujer, de los que recuerdo con verdadero gusto a media docena, sobre todo, a Franco, un colega con el que bailé toda la noche antes de irme a la cama. Coincidimos en medio de un Congreso, en Veracruz, y yo, en lugar de cogerme a un negro jarocho me cogí a mi coleguita, con el que coincidí en la pista de baile del hotel en que nos hospedábamos.

    Yo había bajado con ganas de guerra, vestida con una blusa ceñida al cuerpo y una minifalda de mezclilla bajo la que se asomaban mis piernas de 30 años (mis piernas y el conjunto de mis ojos y mis cejas son las partes que más me gustan de mi cuerpo). Dejé libre mi cabellera y apenas apliqué un toque de carmín a mis labios. Bebía un daiquirí cuando Franco tocó con sus dedos mi desnudo hombro invitándome a la pista, y lo seguí.

    Recuerdo a Franco bien, no lo he olvidado y el año pasado traté de encontrarlo otra vez. 28 años cabales, moreno de intensa mirada, cuerpo esbelto y elevada estatura, su mentón perfectamente afeitado y su cuerpo sin vello por ningún lado debieron hacerme sospechar, lo mismo que su maestría para el baile: es gay, pero no lo noté o no quise notarlo, no esa noche, cuando me estrechaba entre sus brazos, cuando me estrujaba, me llevaba por la pista con maestría… cuando era tan evidente su erección contra mi abdomen.

    Sus nalgas, durísimas y redondas bajo su jean, firmemente apretadas por mis manos, mostraban un cuerpo de gimnasio (gay), sus manos fuertes y finas, trasmitían mensajes cálidos y seguros. Jamás habría creído que era gay y hasta la fecha, agradezco haberlo agarrado en un momento de duda y ruptura, tenerlo para mi enterito aquella noche como la segunda y última mujer de su vida.

    Bailamos una hora o dos, tocándonos, el calibraba mi cintura y yo sentía sus nalgas y su espalda, el suave olor de su pecho justo en mi nariz, y me iba derritiendo lentamente. Sus besos sabían a miel, su delicadeza y suavidad me erizaban cada uno de los vellos de mis brazos –ya he dicho que para algunos quisquillosos, tengo demasiado— y yo, sin dejar de bailar, me di vuelta y acomodé mis nalgas contra su verga, acariciándolo al ritmo de la música. Completamente embriagada por la lujuria, lo masturbaba con mis nalgas sin quitarnos la ropa, ofreciendo mi cuello a sus labios y sus dientes, que iban desde el hombro hasta la oreja matándome de deseo, de ansia.

    Y, sin embargo, me contenía, seguía esperando, esperándolo, puesto que me mataba la lentitud de su ritmo y esa noche anhelaba morir.

    Y entonces, aprovechando la penumbra ¡se sacó la verga! Escondida bajo mi falda, sentí su delgado miembro, muy rígido, pasear desnudo por mi carne, por mis nalgas apenas cubiertas por mínima braga de hilo dental que aposta llevaba para esa noche… y que me quité. Sí: me las quité con ágil movimiento, mientras él se tapaba la verga con ambas manos. Las deslicé en el bolsillo de mi pantalón y dando un par de pasos, seguí el ritmo del baile con las manos recargadas en la columna, l culo ligeramente en popa y las piernas apenas balanceándose sobre los tacones. Él se me acercó por detrás, beso mi oreja y casi sin ayuda, gracias a su firmeza y mi humedad, se deslizó dentro de mí.

    Seguí moviéndome suavemente al ritmo del baile, sin separar los pies del suelo, apenas con la cadera, con ganas de gritar, ganas de ser rota, ganas de ser usada por los dos o tres que se daban cuenta perfecto de lo que estábamos haciendo Franco y yo y que me miraban con sonrisas lascivas. Y yo solo bailaba y bailaba mientras él, muy quieto, respiraba con ruido y me tenía firmemente tomada de la cintura.

    Me vine, casi eyaculé como hombre y dándome vuelta, escurriendo fluidos, lo besé largo y le pregunté: “¿subimos?” Y subimos, y bailé sobre su verga, sobre su ancho y depilado pecho, y tuve tres o cuatro orgasmos antes de que él me llenara con un mugido vacuno y luego, como tantos otros, se fue de mí. Como a ninguno de aquella época, lo que detener. Sólo a él y a Jessica volvía buscarlos, en vano. A los demás, los dejé pasar, irse, dejar sus marcas en mi cuerpo, llevarse mi olor y mis besos.

    Si, Jessica, que una noche de locura me enseñó el sabor de una vagina, lo que se siente tener un clítoris entre los dientes, las magias que sabe hacer cierto tipo de mujer para llevarte al orgasmo. Me abordó en la barra de un bar, directa y abierta.

    —Te he visto desde hace rato y me encantaría llevarte a la cama.

    —Pero es que yo necesito el pito de un señor.

    —¿Segura?

    No lo estaba, y me fui con ella y luego de que ella me hizo sexo oral yo quise hacérselo y nos soñé rodeada de dos o tres varones, p medio regimiento, con mi firme culo al aire chupando a aquella chica, chupándola, haciéndola gemir con mi lengua y con mis dedos, durmiendo muy juntitas, volverlo a hacer en la mañana y desayunar juntas y yo, salir disparada en busca de un hombre que me diera verga, que me partiera como Dios manda.

    Lo encontré en el metro. Muy mal, ya se que así aliento a los perversos, a los miserables que hostigan adolescentes, pero fui yo quien recargó mis pechos en su espalda, quien se repegó innecesariamente a ese joven lector –porque leía un buen libro, porque llevaba una playera del equipo de la Universidad–. Fui yo quien lo invitó al hotel y yo quien, con ansia de doce horas, chupé su pito hasta obtener una erección satisfactoria, yo quien lo monté, yo quien lo utilicé como objeto sexual.

    De ese año, de esas 31 vergas y esa única vagina me quedó el pendiente grave de hacer un trío, porque todos fueron de uno en uno… y me quedaron también varias lecciones:

    Primero: es cierto que no importan lo grande ni lo grueso, sino la firmeza y la manera de usarlas. No importa tanto que el tipo sea alto o chaparro, gordo o flaco, sino que sepa usarla y que sea respetuoso y amoroso, al menos durante las horas que soy suya suyita al completo.

    Segundo: todos los encuentros satisfactorios fueron con gente que me conocía de antes, o que sabía quién era yo. Todos los insatisfactorios fueron con desconocidos, por lo que comprueba la segunda parte de la conclusión anterior.

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  • De entrega inmediata, con el chofer de mi esposo

    De entrega inmediata, con el chofer de mi esposo

    Después de mi primera aventura extramarital, las cosas no eran como antes, mi marido y yo vivíamos en pleitos constantes, él con sus frecuentes borracheras y yo con mis reclamos, cada día nos distanciábamos más.

    Lo peor es que yo deseaba repetir mi experiencia infiel, pensaba en Luis y Juan Emilio, en sus vergas que tanto me hicieron gozar y todo lo que ellos me habían disfrutado y enseñado. Tres semanas de recuerdos, tres semanas de ardor, tres semanas de insatisfacción con mi marido, con quien la cama solo servía para dormir.

    Era sábado por la mañana, sonó el teléfono mientras me duchaba, mi esposo contestó, salí solo envuelta en la toalla, sentada en mi cama empecé a secarme, sin darme cuenta mi marido me observaba, de pronto se acercó por detrás y besándome el cuello me dijo:

    ―¡Qué rica estas nena, me encantas!…

    Me despojé de la toalla y le mostré mi moldeado y desnudo cuerpo, se acercó, me besó y empezó a mamarme y a chuparme los senos. Su mano bajo a mi rajita y su dedo entró en mi cueva. Yo muy mimosa le susurré:

    ―¡Te necesito mi vida, cógeme!… ―se lo dije pasando mi mano por su pene.

    Él se bajó ante mí y empezó a chuparme la pucha mojándome de inmediato. Acercó su enhiesta verga a mi cuca y sin esperar más, me la clavó hasta la raíz. Yo esperaba que retozáramos mucho más, que me permitiera mamarle la verga, que me hundiera los dedos en el ano… Unos cuantos movimientos bastaron para regarme con su leche. Por supuesto que se lo reclamé y me dejó fría su respuesta.

    ―Lo siento, pero ya no aguantaba las ganas de metértela… ―sentía riquísimo cómo se movía su flácida verga aún dentro de mi gruta, pues me sentía sumamente cachonda, pero sabía que no se le pararía inmediatamente.

    Casi lo golpeo, le dije que cómo era posible que únicamente pensara en él, y otras tantas verdades que tenía apechugadas en el alma. Se puso de pie y dejándome allí temblando de rabia, se fue a duchar. Un fiasco más, yo hambrienta de verga y el muy imbécil solo se le ocurrió ir a bañarse. Me vestí aún corajuda, el día se mostraba caluroso, pero yo estaba que me llevaba la chingada. Reflexioné y decidí darle otra oportunidad, no usaría ropa interior y seduciría a mi esposo como en los viejos tiempos.

    El vestidito que elegí, me hacía ver muy putona, pues era muy revelador, de color azul, muy delgado y muy corto; dejaba ver mis ricas piernas y al agacharme mostraba mis redondas y desnudas nalgas, y más abajo, mi depilado pubis. Preparé el desayuno y lo llamé, tardó un tiempo y al llegar al comedor me di cuenta que se había arreglado para salir.

    ―Tomaré solo jugo, tengo que salir… ―me dijo cínicamente.

    ―Pensé que hoy no trabajarías… ―le dije molesta.― Por lo menos desayuna, ya preparé todo…

    Sonó el timbre y mientras él se acomodaba en la mesa yo salí a ver quien era…

    ―Buenos días señora, vengo por el ingeniero…

    Se trataba de Julio, uno de los chóferes de la constructora en la que mi esposo trabaja. Al igual que el otro chofer, era atractivo y muy bruto, de hecho siempre me habían resultado los dos bastante patanes, pero muy cachondos, así que al ver a este tipo tan de cerca me estremeció involuntariamente, pues era un tipo bastante, fuerte y moreno. Cierto es que ya lo había visto y siempre me atrajo, pero nunca lo vi tan de frente, alto, fornido, quemado por el sol y de brazos velludos, ¡mmm!…

    ―¿Van a salir?… ―le pregunté entre ingenua y coqueta.

    ―Si, creo que van a supervisar a ciudad Altamirano…

    ―¿Van?… ¿Qué tú no vas con él?…

    ―No señora, llevará Ramón, mi compañero, a su esposo y al ingeniero Arturo

    ―Y yo que pensé que mi viejo estaría conmigo hoy. Pero que se puede hacer con un marido tan ocupado, ¿verdad?… Otra vez me la pasaré solita… ―le dije mientras le sonreía coqueta y enfatizaba la última palabra.

    Lo miré insinuante, con esa picardía que poseemos las mujeres atractivas y sensuales, y él, por supuesto, sosteniéndome la mirada solo me dijo:

    ―Falta de confianza señora, eso se puede arreglar si usted quiere…

    Al decir esto me miró los senos descaradamente.

    ―¡Estas loco!… ―le dije muy puta y sonriéndole me di la vuelta y moviendo las nalgas provocativamente.

    Me imagino que se le paró la verga al ver como oscilaban mis suculentas nalgotas, pues de reojo me di cuenta que se frotaba la bragueta. Entré a la casa y para mi sorpresa me sentía mojada de la panocha, en parte por las mamadas que me había dado mi marido y en parte por ese tipo que me había inquietado. Salí con mi marido a despedirlo, pero mi vista estaba en el chofer, el cual se despidió de mí dándome la mano con un prometedor:

    ―Hasta luego, señora… ―y que yo reafirmé con una leve e insinuante sonrisa.

    Al partir mi esposo, regresé a casa y me imaginé al chofer cogiéndome, se veía un bruto y me estremecí de pensarlo, pero el tiradero de la casa me hizo apartarlo de mi mente y me dediqué a mis quehaceres… Cerca de las 12 del día terminé y me fui a la sala, encendí el televisor y me fui quedando dormida… El ruido del teléfono me desperezó, contesté y me colgaron, eran las 14 horas… «Qué flojera», pensé. Fui al baño me lavé la cara y me maquillé levemente, estaba en eso cuando sonó el timbre del portón…

    ―¿Quién será?…

    Salí dispuesta a ver al clásico vendedor… El teléfono de nuevo y colgaron otra vez. Una vez más el timbre de la casa y ahora mi vecina. Charlé con ella unos cinco minutos y se despidió, me di una ducha para ir a casa de mi mamá y pasar la tarde con ella, pero que aburrida me iba a dar. Cambié de opinión y le hablaría a mi amiga Vero para salir a comer con ella. Me maquillé otra vez, elegí un vestidito corto de color rojizo, decidí no usar ropa interior de nuevo. Me encanta salirme a la calle sin nada debajo, excepto mi perfume favorito con olor a vainilla y mis sandalias de tacón. Me vi al espejo, me veía muy buena, bonita, más bien cachonda por mi cabello suelto, y con una cara de “cómeme”…

    De nuevo el timbre de la puerta: «Cómo chingan», pensé. Y de mala gana fui a ver quien era esta vez.

    ―Hola… ¡Qué tal si me invitas a pasar!…

    ―¡Julio!… ¿Qué haces aquí?… ―le dije sorprendida y nerviosa.

    ―¡Vengo por ti!…

    ―¡Estás loco!… Vete por favor te puede ver alguien, o puede regresar mi marido…

    ―No señora, ya están en Guerrero, y ahora vengo para darte lo que pides a gritos mi reina…

    Sin más me empujó y entró a la cochera, cerró el zaguán tras de sí y me tomó por la cintura; me acercó su cara rasposa por su barba sin afeitar y me besó. Su lengua entró en mi boca, me explotó el sabor delicioso de su saliva y una de sus manazas me apretaba las nalgas. Intenté separarme y no pude, el beso se prolongó y sin recato le correspondí… Me tomó de la mano y prácticamente me arrastró al interior de la casa. En la sala me seguí besando, me saco las tetas y se dedicó a chupármelas al tiempo que me seguía apretando las nalgas…

    ―Me encantan las viejas como tú que no usan ropa interior, son las más calientes y putas… ―me dijo jadeando. ―Cuando vine por tu marido me di cuenta que no traías nada debajo del vestido, se te veía todo, cabrona…

    ―Pero si uso… ―le dije confundida.

    ―¿Y ahora por qué no traes nada, puta?… ―me preguntó cínicamente mientras me seguía acariciando el culo.

    No dije nada y me gustó su atrevimiento y esas palabrotas que de inmediato me prenden, sus manos me habían levantado el vestido, me acariciaba las nalgas y me miraba con lujuria. De su pantalón se levantaba un bulto amenazador sin pensarlo le toqué esa verga por encima del pantalón.

    ―¡Llévame a la cama, quiero que me cojas riquísimo!… ―le dije ya sin medir las consecuencias y con toda la putería que fui capaz.

    Lo tomé de la mano y lo guie a mi recámara, pero él me hizo caminar adelante suyo, al tiempo que me nalgueaba sin cesar. Cuando llegamos, se quedó asombrado de lo bonita que tengo arreglada la recámara.

    ―¡Que rica camita!… ¿Aquí te empala tu marido?…

    Solo asentí con un ligero movimiento de cabeza.

    ―Me imagino que no te llena ese pendejo, ¿verdad?… Ya está viejo y tú estás bien jugosa… Desnúdate cosita, que ya me muero por trabarte… ¡Mira como traigo la verga, cómo a ti te gustan!… ―al tiempo que decía se quitó el pantalón mostrándome su tremendo garrote.

    Gruesas venas surcaban su verga, gorda y prieta. Su tórax velludo me hizo temblar de solo verlo y mi vagina se me contrajo al igual que mi ano.

    ―Quítate todo mami…

    ―Encuérame tú… ―le dije muy caliente.

    Me quitó el vestido y me dejó totalmente desnuda, me vio y sus ojos brillaron de lujuria.

    ―Déjate las zapatillas, me encanta cogerme a las putas con las zapatillas puestas y tiene unas patitas ricas…

    Yo estaba temblando, en un tris me desnudó y lo mismo hizo él.

    ―¿Qué te gusta que te hagan?…

    ―De todo, especialmente que me digas groserías y que me trates mal, eso me encanta.. ―dijo con voz pastosa por el deseo.

    Hincándome, le tomé la verga para verla de cerca, se la apreté y abriendo mi boca se la mamaba rico, como me gusta hacerlo.

    ―¡Si que eres puta, hija de la chingada!… Me encanta que me la mamen así, chúpala toda llénala de saliva para que te entre rico…

    Obediente lamí toda su verga, sabía a extraño, olía a ostras, pero se la seguí lamiendo y succionando. Su macana dura, brillaba por mi saliva, ¡qué ricura de verga, dura, prieta, grande, más bien enorme!… Me levantó y me acostó en la cama, de espaldas, su mirada me recorrió toda, instintivamente abrí las piernas y le mostré mi vagina abierta, afeitadita como me gusta tenerla siempre.

    ―¡Qué panochita más rica tienes Daniela, se ve riquísima, debes estar bien estrechita!… ―me dijo al tiempo que me pasaba la mano entre mis labios vaginales.

    Me abrió las piernas y acomodándose entre mis muslos, enfiló su lengua que me entró rauda en mi babeante hendidura, un gemido anunció su triunfo. Empecé a gemir más y más, hasta que a punto de venirme le supliqué entre gritos entrecortados.

    ―¡Cógeme Julio, métemela ya, te lo suplico!… ¡Clávame tu verga!…

    ―¡Te voy a sacar hasta los pedos, hija de tu pinche madre!…

    ―¡Hazlo papito, que me quemo!…

    Tomándome las piernas y abriéndome al máximo aproximó su verga a mi entrada, me jaló de las nalgas y de un golpe me la ensartó hasta el fondo, haciéndome gritar de tan ruda metida; pero al mismo tiempo lo jalé con mis piernas y me entregué a ese patán que me lastimaba, pero me hacía sentir mi panochita deliciosamente expandida. Sus movimientos de empalarme empezaron, primero rápidos y al poco tiempo lentos y deliciosos. Me estaba disfrutando como se le antojaba y yo me le entregaba entera. Me besaba y acariciaba todo el cuerpo mientras me cañoneaba una y otra vez, acomodándose me besaba el cuello y chupaba mis tetas sin dejar de penetrarme.

    Sus fuertes manos me tenían atrapada por las nalgas y a cada embestida me jalaba y me las apretaba con fuerza, parecía adivinar lo que esto me fascina… Moviéndose logró poner mis piernas en sus hombros y con esto sus embestidas se hicieron más profundas; yo sudaba y él me poseía a su antojo.

    ―¡Estás apretadísima, perra!… ¡Estás súper deliciosa!… ¡Qué bien coges, mami; muévete rico!…

    Yo cerrando los ojos no hacía más que entregarme a ese bruto, me movía como sé que les gusta a los hombres. Cuando me embestía yo salía a su encuentro moviendo mi cadera, haciendo más profunda la invasión de su verga a mis entrañas. Bombeando con furia y rapidez, me hizo explotar, mi papaya se contrajo rítmicamente como ordeñando esa verga rica que me ensartaba hasta el fondo y haciéndome gritar y gemir de gusto. Le di mi primer orgasmo intenso y prolongado como pocos, al tiempo que lo incitaba a que siguiera.

    ―¡Ohhh papi, me matas!… ¡Sigue así papito!… ¡Déjame bien cogida!… ¡Trábamela toda, cógeme duro!… ¡Julio mi vida, soy tuya, soy tu puta!… ¡Aghhh, me estoy viniendo!… ¡Así!… ¡Ay!… ¡Más, por favor, dame más, métemela toda!…

    Ese macho enfebrecido me daba con todas sus ganas, duro y más rápido… Se acomodó de nuevo y me aplastó con su pesado cuerpo haciéndome abrir mis muslos al máximo, sus cara con barba corta y me irritaba las tetas, me chupaba los pezones con fuerza y me los mordisqueaba; mis talones le pegaban en los glúteos pidiéndole más. Me hizo venir de nuevo y mis grititos entrecortados se lo hacían saber. Mis piernas lo rodearon por la cintura totalmente abierta de mi vulva y me entregué moviendo mi pelvis, sintiendo en mi clítoris los golpes de sus embestidas. Cuando ya no pude, contraje mis músculos vaginales con todas mis fuerzas y gocé como la puta que soy…

    Mis brazos lo apretaban y mis uñas se prendían a la piel de su espalda enterrándolas, pero disfrutando como nunca lo besaba con mi lengua y gemía de la rica cogida que me estaba regalando… Hasta que, por fin, sus chorros de leche caliente me inundaron, pero él seguía bombeando, enloqueciéndome y su verga dura batía por dentro mi estrecha cuevita convulsivamente pegada a su fierro. Finalmente me aflojé, me sentí desvanecer y él dejó poco a poco de moverse, quedando encima de mí, jadeante y besándome tiernamente en los labios, pasando su lengua y encontrando la mía, mojada y ofrecida, salivosa para ese bruto que me había gozado como nadie.

    Tembloroso se dejó caer a mi lado tratando de no aplastarme tanto, pero sin sacar su tranca de mi nido que poco a poco iba perdiendo su erección, al salirse un escurrimiento de su leche se hizo presente bajando entre el canal de mis nalgas y manchando la colcha de mi cama matrimonial, ¡allí mismo en la alcoba de mi esposo había sido cogida como nunca, pa’ las pulgas de mi marido, con su vieja y en su cama!…

    Estaba yo gozosa, me sentía transformada, estaba encantada con ese tipo, y se lo demostraba acariciándolo y abrazándome a él, me tenía rendida. Sin hablar, sin decirnos nada, nos quedamos en brazos uno del otro, recuperándonos ambos. Haciéndolo a un lado me levanté y sentí escurrir entre mis muslos su leche caliente, él me jaló de nuevo a la cama, me besaba, me acariciaba…

    ―Daniela, quiero tenerte de nuevo, mamita

    ―Espera mi vida tengo que ir al baño, ahora vuelvo

    Al regresar de hacer pis, él estaba de pie, su verga semierecta se veía aún mojada, ¡qué rico espectáculo para mí! Yo completamente desnuda, salvo mis chancletas, me sentía sudorosa y caliente aún, me acerqué insinuante y le dije:

    ―Ven papi, vamos a otro lugar…

    Lo llevé al estudio de la casa, me senté en el escritorio de mi marido y abriendo las piernas le dije insinuante:

    ―¿Quieres comerte mi bizcochito?, ya me lo lavé muy bien…

    Sin hacerse del rogar se inclinó ante mí y levantándome las piernas se dedicó a lamer mi panocha, allí mismo en el escritorio de mi esposo, entre sus documentos, entre sus planos… Yo estaba brindándole mi concha a la lengua de ese bruto, que había metido sus manotas bajo mis nalgas y me las apretaba deliciosamente.

    ―Ahora ven ―le dije― siéntate en el sillón, que te voy a mamar la verga como nadie te lo ha hecho…

    Muy obediente Julio se acomodó en el sillón ejecutivo de mi marido, y yo como su puta secretaria, le mamaba la verga; como si él fuera mi jefe y yo la golfa de la oficina. Su verga dura me prometió más placer…

    ―Espera aquí mi vida, no tardo, quiero que me cojas hasta dejarme harta de tanta verga… Ahora vuelvo… ―él se quedó quieto, algo sorprendido, pero se quedó allí, siguiendo el contoneo de mis nalgas y viéndome desaparecer a la puerta que da a la habitación principal.

    Rápidamente fui a mi recámara, me puse un liguero negro, medias negras y zapatillas de tiras de mis favoritas, claro, sin pantaletas. Me vestí estilo ejecutiva, falda y blusa; me maquillé como una puta y perfumándome mucho el “asunto”, regresé a donde estaba el chofer de mi marido, que al verme no pudo más que alegrarse de lo que veía.

    ―Siempre he querido ser la puta a la que se coge su jefe, ahora tu eres mi jefe… ―le dije descaradamente y mostrando mi tremendo trasero, levantando mi falda para mostrarle mis duras y redondas nalgas, enmarcadas en las medias y mi liguero negro.

    Dándome la vuelta le dije muy coqueta…

    ―¿Se le ofrece algo licenciado?… ¿Quiere tomar alguna cosa en especial?… ―al tiempo que sonreía y le insinuaba mis apetitosas tetas, que casi escapaban de mi blusa y mi voluptuoso trasero.

    Siguiéndome la corriente, mi nuevo amante se dejó llevar por la comedia que representábamos.

    ―Venga aquí Daniela, que le voy a dictar…

    ―Si licenciado…

    ―¿Qué espera Daniela?, tomé asiento…

    ―¿En dónde licenciado, si no hay ninguna silla?…

    ―¡Hija de la chingada, siempre has querido sentarte en una estaca y aquí la tienes cabrona!… ―dijo señalándome su enorme verga que cabeceaba con vida propia.

    ―¡Ay licenciado, creo que se equivoca!… Yo soy una mujer casada y muy recatada, no soy ninguna piruja… Pero ya que insiste, lo complaceré, pero por favor no vaya a pensar mal de mí, y el hecho de que me siente en su verga no quiere decir que sea una puta…

    Rodeé el escritorio y de inmediato sentí una fuerte nalgada, justamente cuando me sentaba en la tranca de mi supuesto jefe, que estaba totalmente desnudo y con su verga bien parada. Levantando mi falda me senté en su verga sin metérmela y empecé a mover mi trasero. Al sentir el contacto con mis nalgas, Julio emitió un gemido; me imaginé que nunca en su disipada vida, había tenido a una hembra tan nalgona como yo, sentadota en su verga y creyéndose mi jefe.

    ―Que culona está usted, señora Daniela, y que aroma más exquisito despide su cuerpo…

    ―¡Ay licenciado, no se mueva tanto que me está picando las nalgas con su cosota!…

    ―Se ve que no te han cogido en mucho tiempo, Danielita…

    ―Si licenciado, el pendejo de mi marido ya no puede y me abandona mucho, ¿usted cree? Es un imbécil, a veces creo que no le gusto…

    ―Pues si que tu marido es pendejo, mira que dejar este culito sin su ración diaria de verga, pero ahora ya no será así, yo te cogeré cada que ese pendejo no lo haga… Tú serás mi puta desde ahora.

    ―¡Ay licenciado, pero usted está acostumbrado a verdaderas hembras, y no creo cumplir con ese requisito!…

    ―No Danielita, no diga usted eso, yo la considero una potranca briosa y hambrienta porque se la monten… ¡Que digo una potranca, una señora yegua, con un enorme culote a la que hay que hacer relinchar con una verga bien dura y bien parada, y cogérsela como se la cogería un garañón!…

    ―Ay señor, que cosas tan cachondas me dice, pero creo que es solo para halagarme. Mire no le miento, mis chichitas no son lo grandes que las quisiera y de nalgas, pues creo que me defiendo un poco… ―dije echando el busto hacía delante y sacando mi trasero fuera del sillón.

    ―Daniela, usted me hace sufrir, y aún dice no tener los atributos suficientes… Cada día que la veo se me antoja ser el dueño de sus encantos y ahora que la tengo aquí, usted misma se ha dado cuenta como me la pone de dura; ¿o es que no siente la dureza de mi verga bajo sus nalgas?…

    ―Si licenciado, siento como me las pica y cómo su vergota busca ser consentida como si fuera una nena… Pero no me considera una malagradecida, así que por favor, déjeme mamársela ―le dije siguiendo el juego.

    Sin que me lo pidiera le volví a mamar su verga y él se estremecía, le di mis mejores mamadas, y un rato después me monté empalándome su pieza enorme en mi coño y moviendo mi cadera me lo seguí cogiendo muy sabroso moviendo mi pelvis y sintiendo su reata en mis entrañas. Oscilaba mis caderas suave y rico, mientras él me estrujaba las nalgas, y me chupaba las tetas que se habían escapado de mi blusa abierta, al tiempo uno de sus dedos me invadió mi apretado ano haciéndome gemir…

    ―Te gusta por atrás, ¿verdad puta?… Coges muy sabroso, y me imagino tu anillito bien estrechito y apretado alrededor de mi verga ―me dijo Julio.

    ―No lo sé señor, nunca me han cogido por allí, tengo el culo sin estrenar….

    ―No me digas eso, hija de tu reputa madre ―me dijo cariñosamente Julio, ―pues ahora mismo te lo romperé pinche puta.

    ―¡No licenciado, mi marido se dará cuenta!, yo seguía cogiendo más caliente que nunca, subiendo y bajando montada en su verga, mientras seguíamos con la charla caliente de nuestro juego.

    ―No creo que ese pendejo se dé cuenta, y si lo hace me vale una chingada, que vea como se coge un macho a una puta como su mujer.

    ―¡No, eso no!… ―le dije al tiempo que me desmontaba de él y me dirigí al sofá del estudio.

    El chofer de mi marido me alcanzó y ya sin decir más, le ofrecí mis nalgas abiertas para que me culeara, dirigiendo su gruesa cabeza de su verga a mis pliegues de mi culito. Me untó algo de saliva y se dedicó a encularme… Fue un suplicio, pero finalmente me entró, poco a poco su verga ganaba terreno, yo sufría, mi esfínter dilatado me dolía, pero lo alentaba a que me culera más, moviendo el trasero hacia él y acomodándome lo mejor que podía para permitir la penetración… Finalmente me entró con un golpe seco toda su verga, grité y me jaló de los cabellos, entrándome toda, haciéndome pujar y llorar, pero no dije nada.

    Él siguió con su verga adentro, me la sacó un poco y vuelta otra vez, donde me la metió de nuevo hasta la raíz; hasta que empezó el rico movimiento de entrada y salido de mi distendido ano. Me ardía terrible, le pedí que me la sacara, no hizo caso, a cambio me dio unas fuertes y sonoras nalgadas, enrojeciendo mi trasero. El muy maldito me estaba culeando de una manera terrible, salvaje, pero yo estaba encantada; lo deseaba así, con furia, y él cumplía a la perfección. Me jalaba de las caderas o del pelo una y otra vez, hasta que no pude más y sentí desmayarme del placer, al mismo tiempo que sentía delicioso, un dolor tremendo, sucio y humillante pero delicioso, me entregué a él y le empecé a gritar…

    ―¡Más fuerte papi, dame más!… ¡Así cabrón ábreme el culo!… ¡Es tuyo papito, gózalo como se te dé la gana!… ―y Julio lo hacía.

    Me la metía con rudeza, me la sacaba casia hasta la punta y me la dejaba ir de golpe. Mis pliegues del ano se expandían a cada metida, y con cada arremetida explotaba, me sentía morir, pero allí estaba aguantando hasta que por fin no pude más y le supliqué que me la sacara, era mucha verga para mi culo. Creo que sintió lástima por mí, y lo hizo. Al sacármela tenía muestras de mi excremento, olía a mí, y tuve que ir corriendo al baño a defecar, me había sacado la mierda y corrí al retrete.

    Terminé de hacer caca, pero seguía con más ganas, así que usando una pequeña manguera que tengo para irrigarme, me lavé el interior de mi recto y quedé prácticamente limpia. Salí del baño y fui hasta él que se había lavado la verga en el otro baño, lo vi limpio, y se me contrajo el culo de solo verle la macana. Fui a mi recamara y tomando algo de crema me unté generosamente mis rozadas nalgas y mi irritado ano, regresé y me le ofrecí de nuevo.

    Julio no lo podía creer, estaba yo ofreciéndole descaradamente mis ampulosas ancas y el apretado hoyo de mi culo adolorido, pero él entendió mi deseo y sin decir nada me apunto la verga y me la enterró de un golpazo. Me hizo gritar, pero la crema evitó la fricción con mis tejidos, así me estuvo culeando, diciéndome lo puta que era y yo sollozando y jadeando me entregué a su verga de nuevo con mi culo abierto, disfrutando de ese animal que me tenía súper enchufada.

    Sus manos me tomaban por las nalgas y me apretaban con gran fuerza, me entraba y salía a un ritmo veloz hasta que una de sus dedos hurgaron en mi panocha y empezó a dedearme al tiempo que me enculaba haciéndome gritar y explotar como una perra en celo en un orgasmo inigualable, al tiempo que él ya no aguantó más y se vino en mi culo, en el interior de mi recto, ahora lleno de su leche…

    Le di las nalgas y él me gozó como ninguna puta lo había complacido, al terminar me sacó su fierro y su leche con mi sangre confundidos gotearon; me limpié el culo y él me lo besó, me agradeció lo rica que había sido y me enterneció. Lo besé y recostados en el sofá empezamos a besarnos y a acariciarnos como dos amantes. Me decía que le encantaba, que desde siempre me había deseado y que nunca pensó ni en sueños que pudiera tenerme sin embargo esto había sido para él lo máximo.

    Yo le comenté lo mío, y le dije que mi esposo ya no me buscaba como antes, y de inmediato se ofreció a ser mi amante por más tiempo, y yo lo acepté. Así que ya puestos de acuerdo nos bañamos, comimos algo pues ya eran cerca de las cuatro de la tarde, y me comporté con él como si fuera su esposa.

    Ya cerca de las seis de la tarde se vistió, lo acompañé al portón de mi casa, nos despedimos en un prolongado beso, delicioso y me hizo la promesa de volverme a visitar cuando su jefe saliera nuevamente, de allí en adelante sería mi amante, y claro que yo estaba dispuesta a entregarme todas las veces que él quisiera; pues después de ser suya y sentir su rigor, quería que me siguiera cogiendo muchas veces. En eso estábamos cuando a lo lejos se vieron las luces de un automóvil, sin saber quien era me volvió a besar y se marchó, mientras yo entraba a casa.

    En pocos minutos llegó mi marido, una vez más con aliento alcohólico. Todo pasó muy rápido, entró a la casa y sin decirme nada me tomó por la cintura.

    ―Ya regresé mamita… ―me dijo muy cachondo, al voltear a verlo, me di cuenta que traía labial en el cuello y con mucho coraje me separé de él.

    ―Por lo menos límpiate el cuello que lo traes todo pintarrajeado ―le dije molesta― se ve que no te llenó la golfa con la que andas, ¿verdad?…

    Él se desconcertó, se fue al baño y se limpió, regresó a mi lado, yo sentada en la sala, aún con molestias por la tremenda cogida que me habían dado. Pero pudo más mi coraje y le reclamé sus fechorías y el muy cornudo, me pidió perdón, y era tanto mi coraje que no aguanté más y le dije con furia:

    ―Pues, entérate que mientras tú te cogías a esa puta, otro hombre estuvo aquí y me entregué a él… Sí, aunque me veas de esa manera… Fui suya aquí en la casa, hoy mismo y me hizo disfrutar como tú ya no puedes…

    ―Estás loca, no puedes decirme eso… ―me dijo el pobrecito.

    ―Claro que puedo, sobre todo con estás nalgotas… ―dije dándome una nalgadita y levantándome la falda que dejó al descubierto el liguero que enmarcaba mis desnudas pampas.― Me cogió como quiso y me hizo gozar muchísimo… Se acaba de ir hace muy poco tiempo, de hecho si llagas antes me hubieras encontrado entregándome a él…

    No me dijo nada, me soltó una bofetada y se fue a la recámara, supongo que vio las evidencias ya que la cama estaba toda revuelta, mientras yo lloraba y esperaba lo peor por mi estupidez de haberle dicho. Llegó de nuevo ante mí, me levantó por el cabello, me dio un empellón y me derribó; gateando traté de escapar, pero me atrapó por un tobillo y me arrastró al centro de la sala; con mis uñas me afiancé al tapete derribando la mesa de centro.

    Yo chillaba desesperada cuando me tomó de las greñas y me estampó una bofetada haciéndome de nalgas y golpeándome la cabeza. Pero mi esposo, aún no terminaba conmigo, pues me desgajó toda mi vestimenta y me arrastró de los cabellos sacándome al patio; afortunadamente no tenemos vecinos tan cercanos, si no, se hubiera hecho un escándalo.

    Después de romperme la madre, se fue a la calle y me dejó allí llorando, no sin antes decirme que era una puta, una perra, una cerda y otras linduras más. Me levanté y me fui a la cama quedándome dormida vestida como estaba, y no desperté hasta muy entrada la noche…

    Me puse mi bata para dormir, me alisé el cabello y al contemplarme en el espejo, tenía un moretón en la barbilla y los ojos un poco hinchados de tanto lloriquear. Me fui a la cocina tomé un poco de leche tibia, estaba arrepentida de lo que pasó con mi marido, no sabía qué hacer, el daño estaba hecho, ahora mi esposo sabía que otro hombre me la había metido y solo esperaba lo peor; sin embargo, el desenlace sería algo que nunca imaginé…

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  • Mi tía y sus hijas (3 de 3)

    Mi tía y sus hijas (3 de 3)

    Para mi desgracia el año pasó rápidamente y al tener la mala suerte de aprobar el curso me cambié a la universidad de mi ciudad con gran pesar me despedí de mis primas y mi tía, pues había pasado un año increíble.

    Con mi prima María no eché ningún polvo más, sólo el que os relaté en el anterior relato, pero en dos ocasiones que nos quedamos solos se avino a hacerme una buena mamada. Con mi tía sí que practiqué más sexo, pero la mayoría de veces me tuve que contentar con que me la chupase o me masturbase, por miedo a que nos pillaran.

    Pero a la que más echaría de menos era a mi prima Miriam con la que me había acostumbrado a follar casi todos los días. El día antes de irme nos pegamos un polvazo bestial y al acabar mi prima comenzó a llorar diciéndome que me echaría mucho de menos. Yo la calmé diciendo que nos iríamos viendo y que puede que coincidiéramos en vacaciones.

    Así que volví a mi ciudad al poco de acabar el curso y me tuve que volver acostumbrar a recurrir a las pajas para aliviar mi calentura. Comencé el curso y conocí a una compañera con la que empecé a salir. Después de varias semanas nos acostamos y aunque estuvo bien yo seguía echando de menos a mi tía y sus primas.

    Casi sin que me diera cuenta llegaron las navidades y las típicas reuniones familiares. La verdad es que nunca me han gustado esas reuniones, pero entonces pensé en que vería a mis primas y mi tía y eso me animó. No vinieron en nochebuena, pues la pasaron con la familia de mi tía en su ciudad, pero en Navidad irían a comer a casa de otra de mis tías que vivía a pocas calles de donde yo.

    Fuimos pronto a casa de mi tía pues mi madre es la típica a la que les gusta meterse en la cocina para ayudar. Fueron llegando todos mis familiares y las últimos fueron mi estimada tía y mis primas.

    Mi tía vestía un traje chaqueta blanco y unas medias del mismo color. Mi prima Miriam un pantalón ajustado blanco y una camiseta ajustadilla. Mi polla pareció querer salir ella sola del pantalón al ver a mi prima pues se había colocado dos coletas que le daban todo el aspecto de una colegiala. Mi prima María vestía un traje rojo oscuro y unas medias negras. Las tres me saludaron con un efusivo abrazo, pero yo me contuve de responder muy efusivamente pues no quería que mis parientes vieran nada raro.

    Después de la típica charla con los parientes nos sentamos en la mesa para comer. Yo me senté en una de las esquinas. Al lado se sentó Miriam y al otro, otra de mis primas llamada Nuria. Empecé a hablar con Miriam sobre como lo había pasado en mi ausencia.

    —Me he aburrido mucho —dijo y me miró con lujuria.

    Entonces noté su mano en mi entrepierna. Yo miré alarmado a mi prima Nuria, pero como la mesa tenía un mantel largo no veía nada. Seguí hablando mientras mi verga crecía bajo mis pantalones. Entonces yo bajé mi mano y empecé a acariciar a mi prima. Introduje la mano entre sus pantalones y noté su diminuto tanga ya húmedo.

    En ese momento se acercó mi madre y nos preguntó qué queríamos de comer. Rápidamente quité mi mano, mi prima hizo lo mismo, y le contestamos. Pasé toda la comida pensando cómo poder tirarme a mi prima. Casi al final se me ocurrió que ya que me acababa de comprar un ordenador nuevo podía llevarla a mi casa con la excusa de enseñárselo.

    —Claro, claro —dijo mi madre mientras los padres de mi prima asentían.—Espera que yo también quiero verlo —dijo María.

    Yo la miré duramente pensando que quería joderme el plan.

    —Claro enséñalo a María también —aprobó mi madre—Nuria, Jordi, ¿no queréis verlo vosotros también? —preguntó mi madre a mis otros primos.—No tita, no me gustan los ordenadores —respondió Nuria y Jordi dijo más o menos lo mismo.—Salí de casa de mi tía bastante enfadado consciente que la oportunidad se me había escapado y no dije nada en todo el camino. Cuando llegamos a mi piso entramos en el ascensor y me fije en las sonrisas de mis dos primas.

    —Seguro que pensabas follarte a Miriam —empezó María a lo que yo me ruboricé.

    —¡Pero qué te has creído!

    —Yo, yo…

    —No te vas a follar sólo a mi hermana —dijo. Yo me callé y la miré fijamente sin saber qué decir. Miré a Miriam que se estaba riendo.

    —Me aburría mucho yo sola —dijo con voz de niña pequeña—Y María quiso “jugar” alguna vez conmigo. Me contó que tu “jugabas” con ella.

    —Esas tenemos ¿ehh? —dije con una gran sonrisa.

    Bajamos del ascensor y abrí la puerta de mi casa. Mis primas me empujaron hacia adentro y me echaron sobre el sofá. Se abalanzaron sobre mí y sin dejar de besarme y acariciarme me desnudaron completamente.

    Entonces se lanzaron las dos hacia mi verga que tenía una erección increíble. Las dos devoraban mi polla, y había veces en que sus bocas se encontraban y no dudaban en besarse. Eso me excitó tanto que no tardé en correrme. Las dos lo notaron y abrieron bien sus bocas para recibir mis chorros de leche que les bañó la cara. Mis primas se lamieron mi leche de la cara la una a la otra.

    Se pusieron de pie y empezaron a desnudarse. María se quedó sólo con las medias y Miriam con el tanguita que se quitó completamente mojado.

    —Te han crecido las tetas cariño —le dije a Miriam que sonrió. Ahora también tenía más vello, pero aún no llegaba al bosque de su madre.

    Por su parte María llevaba su conejito perfectamente depilado.

    —Me aburría tanto que me divertía yo sola —me dijo Miriam.—Pero es más divertido jugar juntas —indicó María y se estiró en el suelo. Miriam se puso de rodillas sobre su cara para que su hermana pudiera lamerle el coño. Pero no tardó en agacharse para lamer el de María iniciando un excitante 69. Viendo a mis dos primas follar de esa manera hizo que mi polla recuperara todo su esplendor al momento. Me coloqué detrás de Miriam y le puse la polla en la boca a María que me la chupó con frenesí.

    —Sí así, así —le decía.— María alternaba mi polla con el coño de su hermana que pedía a gritos que me la follara. Cosa que no dude en hacer. De un solo golpe se la metí en el culo hasta los huevos. Mi prima chilló de dolor y yo me paré para que se acostumbrara a tenerla dentro.

    —¡Vamos no pares, fóllame, fóllame! —gritaba Miriam fuera de sí.

    Empecé a metérsela a lo bestia lo que provocó una seria de gritos de placer y dolor en mi prima. Cada vez que sacaba mi polla del culito de Miriam notaba como la lengua de María la lamía.

    —¡Me corro, me corro! —exclamó mi prima— ¡Ahhh!

    Yo continué penetrándola con fuerza varios minutos más hasta que le llené su culito de leche. Saqué mi polla e hice que María me la volviera a chupar, mi prima se la tragó entera y noté que en ese momento tenía un orgasmo.

    Mi prima Miriam se levantó deseosa de volver a sentir mi polla en su boca. María se puso de rodillas y Miriam a su lado, las dos con la boca abierta. Yo fui metiendo mi polla ora en una ora en la otra hasta que se recuperó.

    —Ahora me toca a mí —dijo María.

    Hizo que me sentara en el sofá y se colocó encima mío, metiéndose ella misma mi polla en su encharcado coño y empezó a botar lanzando gemidos de placer. Yo estaba en la gloria después de todo nunca me había follado por el coño a mi prima. Miriam se puso a mi lado y mientras acariciaba los pechos de su hermana me besaban a mí con pasión. Hubo un momento en que los tres nos besamos y nuestras lenguas se juntaron. María tuvo un orgasmo y se desmontó dejando su puesto a su hermanita con un gesto. Miriam se colocó sobre mi polla y se dejó caer de un golpe, siendo así penetrada de golpe. Miriam gritaba de placer mientras María no dejaba de acariciar su coño y me besaba.

    No sé si era por el morbo de follarme a mis dos primas o por otro motivo que mi capacidad de aguante era increíble. Miriam tuvo dos orgasmos más antes de volver a ceder su puesto a María que estaba tan deseosa que se estaba masturbando con tres dedos introducidos en su coño. Pero María se colocó de espaldas a mí y cogiendo mi polla la dirigió hacia su culo. Yo al ver sus intenciones apunté la cabeza de mi verga hacia su ano y la penetré, mi prima se dejó caer siendo totalmente empalada provocando un grito de dolor.

    Miriam se puso de rodillas delante de donde estábamos sentados y empezó a lamer el coño de su hermanita y penetrarla con los dedos.

    —¡Siii, hermanita no pares!

    Estábamos tan excitados que no oímos la puerta. Antes que nos diéramos cuenta mí tía entro y provocó que María chillara del susto.

    —¡Mamá! —exclamó Miriam levantándose y tapándose. Mi tía nos miraba fijamente, pero no parecía sorprendida.

    —Ya me esperaba algo así por eso me decidí a venir yo sola —dijo. María y Miriam se habían levantado, pero yo me había quedado sentado en el sofá con la polla erecta y llena de flujos.

    —Has sido muy malo, sospechaba que no solo disfrutabas de mí, pero nunca hubiera imaginado esto —continuó mi tía, que no parecía enfadada y se acercó al sofá— Creo que tengo que castigarte. —Se sentó y se tragó mi polla. La chupaba como si le fuera la vida en eso y me llevó rápidamente al orgasmo. Yo levanté la falda de su traje y metí mis dedos bajo sus bragas que estaban húmedas. Me corrí en su boca y entonces vi a mis dos primas mirarnos con los ojos muy abiertos. María era la más sorprendida pues Miriam me había visto haciéndolo con su madre.

    Mi tía se levantó y se quitó el traje dejándose sólo las medias y el sujetador.

    —¿Sois muy mayores para jugar con mamaíta? —Mis primas se miraron sorprendidas y se acercaron a su madre y empezaron a acariciarla. Mi tía se estiró en el suelo y Miriam se puso de cuatro patas y colocó su cara entre sus piernas para chuparle el coño. María acercó su coño al de su madre y esta empezó a lamerlo con desespero. Mi polla parecía no querer descansar pues ya estaba dura como una piedra. Me coloqué detrás de Miriam y se la metí por el coño. Mi prima empezó a remover su trasero.

    —Más, más —decía.— María fue la primera en correrse, mi tía lo hizo después y Miriam la siguió entre aullidos de placer.

    —Me corro, me corrooo —exclamé sacándola del coñito de mi prima para bañarla con mi semen.

    Miriam se puso de rodillas y María y mi tía Lourdes se colocaron a su lado. Mi verga empezó a lanzar una abundante lluvia de leche que cayó sobre los rostros de mi tía y sus hijas que la esperaban con las bocas abiertas. Las tres se lamieron mutuamente los restos de mi corrida. Mi excitación no bajaba por lo que mi pene quedó semirígido. Mi tía me miró y sonrió.

    Estuvimos follando durante casi una hora entera en la que penetré a cada una de ellas por delante y por el detrás, llegando a correrme cuatro veces más. En mi último orgasmo caía exhausto y pensé con alegría en que mis primas y mi tía volverían para Reyes. Además, mi tía me dijo que había hablado con mi madre para irnos juntos de vacaciones con lo que podría disfrutar de mi querida tía y sus hijas.

    Fin.

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  • Mi hijo el stripper (2 de 3)

    Mi hijo el stripper (2 de 3)

    Ya os conté lo que pasó con mi hijo y mis amigas hace unas semanas, ahora les contaré lo que sucedió ayer. Después de aquella noche, mi hijo la verdad es que actuaba con total normalidad, como si no hubiera pasado nada, tendría razón al hablar de bloqueos mentales y todo eso, que era un trabajo y nada más. Yo si que pensaba la verdad y mi hermana Yoli me lo recordaba a cada rato. Una mañana vino mi hermana a casa.

    —Hola cariño —dijo Yoli al entrar por la puerta.

    —Dime Yoli, ¿que te trae por aquí? —Respondí.

    —¿Sabes que la Juani el otro día le pagó a tu hijo un show privado?

    —¿Esa fea flacucha y salida con nariz de loro? —Respondió Esperanza

    —Si la misma, para que veas y encima me llamó para contarme las guarradas que le había hecho a tu hijo.

    —Ay pobre hijo mío, que asco le daría con ese espanto…

    En ese momento entró Manuel todo sudado porque venía de hacer footing.

    —Hola cariño, un beso —dijo Espe.

    —Hola mamá, hola tita… voy a ducharme

    —Manuelito, Manuelito —dijo su tía Yoli.

    —¿Qué me contó la Juani del otro día?

    —Ay tía, yo no hablo de curro, son cosas privadas.

    —Pero hijo, yo entiendo todo eso de tu trabajo, ¿pero no te da asco con una mujer de 50 años y tan fea? —Dijo Espe.

    —Bueno mamá, a mí me da igual que sea fea, es un curro, a mí no me importa que me miren desnudo y eso, no soy pudoroso, ala que me voy a duchar.

    Pasaron 10 minutos y Manuel ya estaba duchándose.

    —Oye hermana, ¿vamos a ver como se ducha en niño?

    —¿Ya empezamos otra vez? ¡Deja la tontería hermana que tu también tienes 50 años por el amor de Dios!

    —Por eso mismo, yo tengo 50 y tu hijo 18, mis ojos no van a ver a nadie más así, ¿no te acuerdas de su aparato? No me digas que no te gustaría volver a ver su polla… ala que te den, yo voy…

    —¡Yoliii!

    Yoli entró en el cuarto de baño.

    —Hola cariño, ¿puedo entrar?

    —Ya estás dentro tía, dime qué quieres.

    —Nada, que como dices que no eres pudoroso, me preguntaba si no te importaba que tu tía te mirase como te duchas, vamos, que te mirase desnudo.

    —No tranqui tía, tu mira lo que quieras, ya me has visto desnudo, no me da corte y menos después de lo del otro día, ¿qué? ¿la ves bien? —dijo mientras se pasaba la ducha por el cuerpo y se ponía delante de su tía .

    Yoli apartó la mampara.

    —Ahora si la veo bien, es preciosa cariño, de verdad, que grande la tienes, me la vas a tener que enseñar muchas veces.

    Manuel terminó de ducharse y empezó a secarse con la toalla.

    —Sobrino tienes una polla muy grande, ¿cuánto te mide?

    —Pues no lo sé, unos 20 o 22 supongo.

    —¿Sabes? A tu madre le da corte venir a verte ahora. ¿A ti te molesta que te venga a ver desnudo?

    —No, a mi esas cosas no me dan corte.

    —¿Te la puedo medir? ¿Me dejas? —Dijo Yoli mientras miraba el cuerpo desnudo de su sobrino. Salió y fue a por la cinta métrica.

    —Espe, hermana, voy a medírsela a tu hijo, ven a verlo desnudo.

    —Bueno me gustaría verlo, pero no sé.

    —Haz lo que quieras yo voy a medírsela.

    En ese momento sonó el móvil de Manuel.

    —Espeee, trae el móvil de tu hijo, por favor. No te importa que te vea tu madre ¿verdad?

    —No tranqui.

    Espe entró tímidamente.

    —Ay por Dios ¿qué es esto?

    —Si mucho ay por Dios, pero no dejas de mirar el aparato de tu hijo, anda ven que lo voy a medir.

    —Joder —dijo Manuel— esta llamada es de las largas y me tengo que afeitar la polla y los huevos y me tengo que ir ya.

    —Si no te importa yo te afeito —dijo Yoli.

    —¡Yoli! —dijo Esperanza.

    —Ok, me haces un favor tita.

    Yoli conectó la maquinilla eléctrica y empezó a afeitar las partes de Manuel, con la mano izquierda manejaba el pene de Manuel y con la derecha la maquinilla.

    —Sobre todo los huevos —dijo Manuel.

    —Anda Espe, hermana, agarra un momento la pistolita de Manuelito que le afeito los huevos por debajo y no puedo así.

    —¿Qué dices? Estás zumbada.

    —Que la agarres, ¿por qué te da corte después de lo del otro día?

    —¡El otro día no éramos nosotras hermana por favor!

    —A ver tontorrona, dame tu mano ya

    —Ay es que me da cosilla… bueno trae. —Y agarró la polla desde la puntita, tenía una sensación extraña la verdad.

    Yoli continuó con los huevos mientras Manuel seguía enfrascado en la conversación.

    —Espe… —dijo Yoli en voz baja— no seas reprimida joder, agárrala bien, con toda la mano, él no se da cuenta ahora.

    —No sé no sé, estás loca —y acto seguido Yoli abrió la pala de la mano de Esperanza y la puso a lo largo de la polla de Manuel.

    —¿Ves tonta? No pasa nada. ¿Quieres que me pase un poco contigo hermanita?

    —No seas mala Yoli te estás pasando.

    —Si pero tú no apartas la mano. Mira lo que hago. Y agarró la mano de su hermana y empezó a moverla de arriba abajo, frotando Esperanza todo el pene de su hijo.

    —¿Bueno termináis? —Dijo Manuel—Venga, venga, medidla y ya que me voy.

    Yoli le agarró el pene intentando tocarlo por todas partes y haciendo broma a su sobrino mientras lo manoseaba.

    —¿No te gusta sobrino? Si el otro día probé tu leche y todo.

    —Venga tía que me tengo que ir, mírame desnudo siempre que quieras y puedes tocarme algo, pero para más has de pagar.

    Yoli agarró entonces la mano de su hermana y la puso en la polla.

    —¿Y para tu madre también? —Y empezó a masturbarlo con la mano de su madre mientras esta se quedó muda.

    —Lo mismo, venga pesadas, me la mido yo, toma 23 cm en descanso y para que me dejéis en paz un regalito que no se repetirá, tía abre la boca, va…

    Yoli la abrió y Manuel puso su polla dentro de la boca de Yoli y la empujó dos veces y la sacó.

    —¿Estás contenta tía? ¿Me puedo ir ya?

    —Joder sobrino que sabor más guapo ¿y a tu madre?

    —Yoliii —dijo Esperanza.

    —Mi madre no sé, no sé, ¿tú quieres mamá? Me tengo que ir ya.

    —No se —dijo dudando Esperanza— ¿qué hago Yoli?

    —Venga no seas tonta, ¡ábrela y ya!

    Esperanza la abrió y Manuel le hizo lo mismo y cuando la iba a sacar Yoli lo detuvo.

    —Un poquito más que es tu madre ¿no? —Dijo yoli… Manuel le dio un poquito más la sacó y se fue.

    —Estamos locas Yoli, locas de remate.

    —Lo se hermanita, pero es que está buenísimo, yo me lo follaba ¿y tú?

    —Estás loca, es mi hijo, jugar así es una cosa follar es otra.

    —Pues que sepas, que esta noche la Rosi y la Juani han pagado un show total a tu hijo y vamos a ir.

    —No, yo paso.

    —¡¡Vamos a ir he dicho!!

    Ya estaban las cuatro en casa de Rosi.

    —Bueno chicas, ¿preparadas para la fiesta? —dijo Rosi cuando Manuel llamó al timbre.

    —Hola a todas, vaya si también está mi madre y mi tía…

    —Bueno chico —dijo Juani— hemos reunido 600 euros, ¿estás dispuesto a aceptarlos?

    —Hombre eso es mucha pasta, pero a ver que tengo que hacer.

    —Eso no te importa niño, lo que queramos, los aceptas o no.

    —Bueno si, pero según que cosas paso.

    —Sólo te los daremos a cambio de tu cartera, por si te niegas te jodemos con tu documentación y tarjetas, tú mismo, ¿aceptas?

    —Es mucha pasta, anda toma y portaos bien.

    —Ok, ok, —dijo Rosi la gorda—. En esta ocasión mientras jugamos a algo, tú serás nuestro camarero y nos irás sirviendo, vas a ir sólo con esto puesto. Rosi sacó un trapito minúsculo, poco más grande que un pañuelo con un cordel cosido para que pudiera ponérselo en la cintura y apenas tapase la polla y la dejase ver mientras caminaba.

    Pasaron unos minutos y Manuel hizo su aparición, estaba increíble, como un dios griego, escultural y dejando ver tímidamente su aparato con cualquier movimiento.

    Ellas empezaron a jugar mientras Manuel servía copas e iba bailando por todas las invitadas. Manuel sirvió una copa a su madre y Rosi que estaba a su derecha aprovechó para tocar el culo a Manuel.

    —Vaya culo prieto tiene tu bebé Esperanza, está para comérselo —dijo mientras le daba un mordisquito.

    Manuel que sabía cómo ponerlas a mil se dio la vuelta dejando sus nalgas a la cara de su madre, ésta las tocó suavemente mientras Rosi mordisqueaba el pene de Manuel por encima del pañuelo.

    —Vaya con la mamá —dijo Juani— mirad como esta vez le va tocando ya sin decirle nada.

    —¿Qué pasa chicas? ¿Habéis visto lo que hice yo? Este trozo de carne lo he hecho yo salidas, ¿por qué no voy a tocar este culo tan perfecto?

    —Guarraaa —dijo su hermana Yoli— jajaja se continuó riendo.

    —A ver chicas —dijo Juani—. Mientras Rosi sigue jugando con el bichito os digo lo que hemos hecho Rosi y yo. Debajo de todas estas cartas hay una cosa que tendrá que hacer Manuelito o hacerle a él, tiraremos los dados y quien gane hará lo que salga en la carta, ¿estáis todas de acuerdo?

    —¿Pero son cosas muy fuertes? —Preguntó Esperanza

    —Tú te apuntas o no, si no te apuntas te has de ir, son cosas que si salen se hacen y punto, hay de todo y es una suerte a quien le toque, a lo mejor tu no ganas nunca y te quedas con las ganas jajaja.

    —Pero chicas —interrumpió Manuel—. Hay ciertas cosas que con mi madre o mi tía no quiero.

    —Tú te callas, que tenemos tus cosas, tu harás lo que se te diga y punto, ¿no eres un profesional, no te bloqueas? El morbo del asunto es que será la fortuna la que dictamine qué pasa.

    —Ok, ok, pero espero que no sean cosas muy fuertes jajaja.

    —Bueno Espe, ¿qué dices? ¿y tu Yoli?

    —Yo me quedo encantada jajaja faltaría más.

    –Pero Yoliii.

    —Pero Espeee… ¿te imaginas que tu crío se folla a alguna? Yo quiero ver a ese toro bravo follar, vamos que lo quiero ver , ¿acaso tu no lo quieres ver?

    —Hombre reconozco que me gusta ver a mi hijo así, y tengo curiosidad por verlo follar a una de estas viejas salidas, pero como me toque a mí, me da algo, no sé si podré.

    —Venga Espe pues vete ya.

    —¿Y no me puedo quedar y solo mirar?

    —Nooo —respondieron todas.

    —Bueno está bien me quedo, tengo mucha curiosidad por ver a mi hijo así.

    Y empezaron a barajar las cartas, tiraron los dados y Juani la fea sacó el número más alto. Rosi levantó la carta y leyó “Te comerás una natilla que Manuel te dará utilizando su cuchara de la entrepierna…”

    Manuel se acercó a Juani que estaba feliz, con esa nariz aguileña y su delgadez casi extrema, un palillo vamos, abrió la boca y Manuel con el glande lleno de natilla se puso encima de la silla de ella y arqueando las piernas comenzó a bajar su pene puntiagudo hacia abajo hasta introducirlo en la boca de Juani que lamió y relamió el pene.

    —Ay hijo que polla tan rica tienes, la mejor natilla del mundo —dijo. Y así continuo hasta el final mientras todas miraban y comentaban.

    —Anda Esperanza —decía su hermana— anda que como te toque algo así a ti…

    En la segunda tirada de dados ganó Esperanza y todas gritaron: “alaaa ¿a ver que le sale a la mamá?”

    Juani levantó la carta y leyó “Ponte aceite lubricante en las manos y pásalas por todo el cuerpo hasta que esté completamente lubricado, mientras Manuel has de bailar y contornarte sensualmente”.

    Se rieron todas.

    Esperanza repetía “que fuerte, que fuerte” mientras Yoli le ponía un buen chorretón en las manos de su hermana.

    Manuel ya estaba listo, moviéndose, el pañuelito de la cintura iba dejando ver el pene por momento, Espe se levantó y empezó tímidamente por la espalda y por el pecho, se puso detrás de Manuel y empezó a masajear el pecho y las abdominales.

    —Bueno chicas ¿ya está? —Dijo Espe.

    Rosi y Juani le dijeron a Manuel que debía hacer exactamente lo mismo que haría si fuese un show con una desconocida. Entonces Manuel agarró la mano derecha de su madre y la bajó justo donde empezaba el cordel del pañuelo, él estiró el cordel y continuó bajando la mano de su madre lentamente, un poquito hacia delante y otro poquito hacia atrás, para calentar a las demás que no paraban de decir “Uuuy casiii”, finalmente bajó la mano del todo, la subió, la bajó, la subió y la volvió a bajar y apretarla duramente contra su polla y la dejó allí, entonces agarró la mano izquierda de su madre y repitió el proceso, cuando las dos manos estuvieron agarrando la polla se quitó el pañuelo de un tirón y a hacer un juego de cintura de forma que Esperanza lo masturbaba por los movimientos.

    —Hay dios mío —dijo Esperanza—. Uyyy pero que es estooo, jajaja

    —Pero como tiene la polla tu niño ehhh

    —La tiene gigante, madre mía, pero que polla tiene…

    —¿Ya no te da corte? —Dijo Yoli

    —Bueno algo si, jajaja, pero es que está tan grande y resbaladiza, tan caliente que es un gusto tremendo, ven toca, —y Yoli no se cortó y empezó a sobarle la polla también.

    —La tiene majestuosa hermana, ven agarra otra vez que ya pasa tu turno.

    —Bueno que le vaya tocando la polla mientras tiramos los dados… Espe siguió con el juego mientras tocaba la polla de su hijo lentamente.

    Esperanza volvió a ganar y leyeron “La ganadora escogerá a quien le come el coño Manuel durante 10 minutos” rieron todas

    —Anda hermanita.

    —Ya te gustaría Yoli, no, elijo a Juani, lo siento Rosi, tú estás muy gorda.

    Manuel empezó a lamer el coño de Juani, estaba bastante peludo, pero daba igual, Juani no tardó en correrse. Mientras Yoli le comentaba a su hermana —¿te has puesto cachonda? Yo lo estoy mucho.

    —Bueno, la verdad es que si, es increíble la polla que tiene Manuel, no sé a quién ha salido, que gusto tocar un miembro así de lubricado.

    Manuel terminó, Juani se corrió dos veces más, le dejó la boca a Manuel muy mojada. En la ronda siguiente ganó Rosi “Llenaremos de Nutella todas las partes de Manuel, culo, huevos y polla y la que escojas lo ha de limpiar en 5 minutos, de lo contrario tendrá que pagar 50 euros, si ves que no llegas podrás pedir ayuda”.

    —Bueno Yoli ¿no estás tan cachonda? Pues a por tu sobrino.

    Manuel se acercó a su tía completamente embadurnado con Nutella y Yoli como una loca ansiosa empezó a lamerlo sin parar, empezó por el culo, y siguió por la polla, con la tontería se le fue la olla y le estaba haciendo una felación.

    —Manuel dijo —oye tía que vas a perder, que se te ve el plumero.

    —Joder es verdad, anda hermana ayúdame ya.

    —¿Cómo?

    —¡Yaaa! —Y cogió la cabeza de Esperanza y la empujó a los huevos de su hijo—. Venga date prisa y cómete toda la Nutella.

    Las dos hermanas no pararon y al final lo consiguieron. Manuel ya estaba un poco trempado.

    —Mañana no quiero ni un comentario de esto ¿eh mamá y tita?

    En la siguiente partida ganó Esperanza y leyó “llegó la hora de follar”. Se quedó en estado de shock “escoge a quien se ha de follar Manuel durante 15 minutos”.

    —Ufff menos mal, creía que me daba un ataque, bueno a Rosi gordita te ha tocado jajaja.

    Manuel la puso esturada y la comenzó a penetrar salvajemente, parecía una bestia del pasado, un animal, el semental de una manada que es el que monta a todas las hembras, la imagen las dejó impactadas a todas, ver a ese joven musculoso de 18 años, sudando y empujando como un potro las puso a mil.

    —¿Estás viendo a tu hijo? —Dijeron las dos

    —Joo… der. Ese es mi hijo. —Esperanza no pudo evitar mojar las bragas— ¡pero que macho ostias! —Se acercó y empezó a frotar la espalda y culo de su hijo.— Joder mi niño que fuerza tienes empujando, pareces un toro —mientras le hablaba, con la mano derecha le iba tocando el pecho y las abdominales— ¡mira Yoli y no se cansa!

    Yoli estaba en otro mundo imaginándose que era ella la penetrada, Juani empezó a lamer el culo de Manuel, eso le encantaba y Esperanza continuaba.

    —Y que duro estás hijo, cuanto deporte debes hacer ¿eh? —Su mano derecha ya había bajado hasta el coño de Rosi y apretaba parte de la polla de su hijo mientras este empujaba como un toro, Yoli se había agachado y le empezó a manosear los huevos…

    —Escuchad Rosi y Juani, pasamos del juego ya…. ¿Y a saco? Vosotras mandáis.

    —Pero Yoli —dijo Espe— es que no se… no seee —mientras cada vez tocaba más parte de la polla de su hijo…

    Juani no se pronunciaba y Rosi que ya estaba para desmayarse gritó..

    —A tomar por culo el juegooo … aaaahh dios miooo, Manuel satisfaz a todas, a todas, haz lo que quieran contigo, tu madre y tía incluidas, si ellas quieren tu hijo puta no te vas a negar, te enteras, aaaah… Siiii… lo que ellas quieran y aguanta toda la noche porque te vamos a dejar secooo…

    —Joder —dijo Manuel— yo no digo nada, es mi trabajo, yo me dejo llevar que habéis pagado, haré todo lo que queráis.

    Yoli se levantó y empezó a besar profundamente a Manuel, este claro, se dejaba y correspondía… mientras Manuel sacó la polla y se corrió en las tetas de Rosi… Juani fue corriendo y se comió todo el semen, y después limpió toda la polla de Manuel hasta dejarla sin rastro…

    Yoli y Juani tumbaron a Manuel en el suelo y se desnudaron…

    —¿No vas a follar a tu hijo? —dijo Rosi—. Te digo que no es normal, es de otro mundo, este aguanta toda la noche te lo aseguro, Juani ya se lo ha tirado varias veces, lo está convirtiendo en puto que lo sepas, tu hijo por dinero folla a quien sea, pruébalo.

    —No sé, me está poniendo a mil, pero es que algo me echa atrás. —Todo esto sucedía mientras Yoli se dejaba chupar el coño y Juani cabalgaba a Manuel.

    Cambiaron de postura. Yoli dijo:

    —Venga Manuel me pongo a cuatro, dame bien, quiero sentir tu polla dentro de mí, todaaa… —Dijo mientras Manuel la penetró y comenzó a follar.

    —Yoli loca que haces —dijo Espe.

    —Tenía que pasar hermana… aghhh joder, es fantástico, es fantástico, tienes que probarlo hermana, por favor, tienes que probarlo…

    En eso Manuel se fue a correr otra vez.

    —Espera —dijo Yoli— en la boca sobrino, en la bocaaa —y Manuel llenó la boca de su tía de leche calentita que Yoli devoró con ansia— guauuu —dijo Yoli— es increíble, el mejor polvo de mi vida.

    —Chicas dejad que me recupere un poco….

    —Bueno Manuelito te vas a follar a tu madre —dijeron Rosi y Juani.

    —¿Yo? —Dijo Manuel, pero es queee…

    —Nada nada.

    —Joder que es muy fuerte… que me la chupe y ya, me corro en su boca y listo.

    —Que no que no —interrumpió Espe— que yo también paso, esto ya es demasiado.

    —Espe por favor, —dijo Juani— fóllate al niño de verdad, es una maravilla te lo digo yo, no es tu hijo ahora, es el estríper contratado.

    —Si hermana, no lo mires así, es que no te vas sin probarlo, es increíble y yo luego repito.

    —Es que no seee… estoy caliente pero que pensareis vosotras yo con mi hijo.

    —Tú confía en mí y déjate llevar, no hay nada de malo, no pensaremos que eres un monstruo ni nada de eso —repetía mientras ya le quitó la parte de arriba y comenzaba por los pantalones.

    —Es que y mañana en casa como lo miro…

    —Déjate llevar ¿ok? ¿Tú Manuel cómo estás?

    —Bueno necesito un momento, pero yo ya me he bloqueado.

    —Mira Espe, tu niño ya se ha bloqueado, haz tu lo mismo, mira ven Manuel, tu Espe siéntate en la mesa, ves Manuel que manos tiene tu madre, siempre con las uñas arregladitas, anda pon la polla en sus manos. —Manuel la puso en sus manos.

    Espe iba a decir algo cuando la pararon… “déjate llevar”.

    —Venga Espe masturba a tu hijo.

    —Bueno chicas, me dejo llevar a ver a donde llego y comenzó a masturbar a su hijo, estando ella sentada en la mesa y Manuel de pie. Manuel le dijo —un poco más suave y con la otra mano acaríciame los huevos —dicho y hecho, la polla de Manuel fue creciendo.

    —Ahora hermanita, pon su puntita en tu entradita y continúa masturbando…

    —Bufff —Espe hizo caso y se puso a mil— por favor hermana, fréname que no aguanto… nada nada —dijo Yoli y empujó a Manuel para que entrase la puntita… Esperanza lanzó un gritito y jadeando dijo— Está bien ¡fóllameee!… —Manuel comenzó a follarla, la levantó follándola en sus brazos y la puso contra la mesa para follarla por detrás.

    Yoli se puso al lado de su hermana con la piernas muy abiertas y dijo gritando —Manuel, dame por favor, dame más que me voy a morir de pasión.

    Manuel sacó la polla del coño de su madre y la metió en el de su tía, comenzó a follarla por segunda vez, Yoli se incorporaba y lo besaba salvajemente.

    —Qué Espe —dijo Juani— ¿Cómo sienta la polla descomunal de tu niño en tu coño? Reconoce que te gusta.

    —Es bárbaro la verdad, me estoy follando a mi hijo, que locura, pero que macho tengo…

    —¿Te lo vas a follar más?

    —Joder claro, me quiero correr dos veces más por lo menos y tragarme su semen. Manuelito deja a tu tía y vuelve a follarme que me tienes como una perra en celo. —Manuel la sacó de su tía, comenzó a comerle el coño a su madre para después atravesarla otra vez como un salvaje.

    —Mami, estoy a punto de correrme, si no quieres mi leche, tía Yoli está loca por saborearla.

    —¡Dios mío, dios mío esto es pecado, estoy en el infierno del placer, que barbaridad! Córrete en mi boca Manuel, en mi bocaaa…

    Manuel se corrió en la boca de su madre que no dejó ni una gota.

    —Ha sido flipante, madre mía, ¿cómo estás Manuel? ¿Estás cansado?

    —Un poca la verdad.

    —Pero puedes aguantar más, nos puedes dar a todas de poco en poco, ¿no ponemos en fila chicas?

    —Jajaja mira la Espe —dijeron todas.

    —Bueno habéis pagado ¿no?

    —Hay que aprovechar, ¿puedes o no hijo?

    —Algo puedo, por lo menos dos corridas o tal vez tres puedo.

    —Pues nos ponemos a cuatro patas y nos vas dando a las cuatro, pero te corres en mi boca y en la de tu tía que ellas ya te han aprovechado bastante.

    —Como quieras, la próxima me corro en tía Yoli y después en ti y si hay una tercera en Juani que aunque es muy fea, lo siento Juani, la chupa muy bien y me da muchísimo morbo, no sé por qué pero me da morbo.

    —¡Juaniiii! —dijeron todas.

    —Bueno el niño le ha dado por ahí, de hecho, alguna vez no me ha cobrado jajaja y me estoy volviendo adicta a su semen.

    —Y a nosotras nos follarás otro día —dijo Yoli.

    —Bueno tita, si quieres me puedes ver desnudo en casa siempre y mamá también, y alguna vez me dejaré tocar, pero para follar, sin pasta nada de nada.

    —Bueno, bueno, se acabó la cháchara —dijo Espe—. A follar que no ha terminado la noche…

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  • La perfecta esclava Marina

    La perfecta esclava Marina

    Hola, me llamo Marina, pero mis dueñas me llaman Mari. Tengo 23 años y lo que os quiero relatar, pasó hace justo 3 años, en 2022.

    Yo soy de un pueblo de la provincia de Cáceres, cercano a Trujillo. Hace tres años me enteré que en Madrid buscaban una chica interna, para atender una casa, llamé, me informé y todo me pareció bien.

    Se trataba de dos personas, madre e hija, a quienes tenía que atender, lo vi fenomenal, pues no tenían mascota que cuidar, ni mucho que ensuciar, pues dos personas… entendí que era trabajo muy llevadero.

    Empecé el 1 de marzo del 2022, era martes. Tenía que ir a la calle Claudio Coello de Madrid, cerca de la Puerta de Alcalá.

    Allí me presenté ante la señora Isabel, quién me explicó un poco por encima como iba todo y lo que quería de mí.

    Me llevó a la que iba a ser mi habitación, todo lo encontré fantástico y enseguida me puse a trabajar en la cocina.

    A eso de las 2 de la tarde, llegó la señorita Vanessa, una maravillosa muchacha que tenía un año más que yo.

    La señorita Vanessa la verdad es que es un encanto de mujer. Un tipo espectacular, alta, esbelta, majestuosa…

    Se la veía muy elegante, y enseguida me quedé prendada de ella.

    Obviamente traté de ser normal ante mis jefas Isabel, y Vanessa, yo me ocupaba de tenerles la comida, la cena, servírsela…

    Recoger, lavar y planchar sus ropas, adecentar los aseos, hacer las camas, limpiar el polvo y tener todo colocado…

    La señorita Vanessa estudiaba piano en el conservatorio. Y su madre la señora Isabel vivía bastante bien cobrando varios alquileres de diferentes naves industriales que tiene en propiedad.

    El piso que tienen en la calle Claudio Coello es una monada, pero también tienen un chalet precioso en Becerril de la Sierra (Madrid) dónde pasan muchos fines de semana.

    Yo trabajaba bien, para tener todo recogido y ordenado como les gustaba a mis jefas.

    Cuando se despertaba sobre las 8 horas, la señora Isabel, yo ya le tenía calentito su café, sus tostadas, su zumo de naranja recién exprimido, y todo colocado en su sitio favorito de la cocina dónde ella solía desayunar.

    A la señorita Vanessa, también se lo preparaba igual, pero un poco más tarde, pues ella suele levantarse sobre las 10 horas. Me encantaba podérselo servir.

    Pronto me hice con la cocina, con los gustos de mis jefas, poniendo atención a esos sabores que sabía que les gustaban.

    Me encantaba tratar a mis jefas con mucho respeto y educación. Ellas lo merecían.

    Con quién más rato estaba era con la señora Isabel. Una mujer elegante, también con un tipo excelente. Se cuidaba mucho. Comía muy sano, utilizaba buenas cremas para nutrir su piel y aunque tenía 43 años en 2022, cuando yo la conocí, no los aparentaba. Se la veía bastante más joven.

    La señora Isabel, se acababa de separar y no estaba atravesando un buen momento, por todo lo que conlleva una separación.

    Yo entonces me entregue a servirle con todo respeto y con mucha sumisión. Me gustaba que sintieran que yo era su criada, que estaba allí para servirles, y poco a poco me iba cargando con más y más obligaciones.

    Yo les hacia la compra, les hacía recados, les tenía todo el calzado impoluto, les limpiaba el coche por dentro y por fuera muchas veces, sobre todo los fines de semana, cuando se iban a Becerril de la Sierra. Allí también les servía siempre con mucho respeto.

    Cuando llegó agosto del 2022, La señorita Vanessa se fue unos días de vacaciones con su amiga Silvia, a Lloret de Mar (Girona).

    Yo me quedé con su madre, que quiso ir a Becerril de la Sierra a descansar.

    Yo con la señora Isabel estuve encantada, pues sabía como tratarla, sabía lo que le gustaba y hacia todo lo posible por tenerla siempre contenta.

    En el chalet de Becerril, tenían piscina particular y allí se ponía todos los días la señora Isabel a tomar el sol, en su tumbona.

    Yo me acercaba muchas veces, para preguntarle si deseaba tomar algo…Y casi siempre era agua lo que me pedía.

    Pero una mañana, me pide una cerveza, yo se la sirvo rápidamente… y me dice:

    –¿Dónde está mi aperitivo?

    –Ahora mismo se lo preparo, señora Isabel, le digo yo.

    –Eso ya lo tienes que tener preparado… me contestó.

    Yo enseguida abrí una lata de mejillones y se los puse sobre unas patatas de bolsa y rápido se lo serví pidiéndole perdón.

    Me puse en plan sumisa, y sólo me faltó ponerme de rodillas, para suplicar que me perdonara.

    A la señora Isabel le gustaba mi sumisión, le agradaba que yo estuviese pendiente de Ella, siempre tratándole de usted, con mucho respeto y educación.

    Esa misma mañana me dijo que quería comer en el jardín, yo por supuesto le monté su mesa en el jardín como ella quería y le serví allí su comida, una ensalada Cesar y un salmón con champiñones. Yo le puse su buen vino, su postre, le serví allí su café y la verdad es que cada vez más y más me desvivía, por contentar a mi jefa Isabel. Ella por supuesto se debió dar cuenta, pues después de tomarse el café, entró al chalet, se sentó en el sofá para ver la tele… Y cuándo yo le dije si me necesitaba, pues iba a ir a comer… La señora Isabel, cómo en broma me contestó: Hoy deberías estar castigada sin comer, por haberme fallado ésta mañana con el aperitivo.

    Yo sumisamente le comenté a la señora Isabel, que tenía toda la razón, que le volvía a pedir perdón y que por supuesto no iba a comer, cómo castigo.

    La señora Isabel, me dijo: Así me gusta, que aprendas que los fallos tienen su castigo… Así la próxima vez estarás más atenta.

    Yo sinceramente, no me esperaba eso de la señora Isabel. Pero no quedó ahí la cosa…

    Yo le comenté, que es que ya tenía la comida preparada… Sólo faltaba calentármela…

    Y la señora Isabel se levantó, se fue conmigo a la cocina y me dijo: A ver… ¿Dónde está tú comida?

    –Aquí la tengo señora Isabel. Y se la enseñé.

    La señora Isabel, cogió mi plato y lo que tenía, una rodaja de salmón con ensalada, lo tiró a la basura y me dijo:

    –¿Has visto que fácil es la cosa? Así de simple… Si no hay castigo, no vas a prender nunca, me dijo sonriendo.

    –Yo lo siento por el salmón, señora Isabel. Ya que lo tenía hecho… pero tiene usted razón. Tengo mucho que aprender y seguramente que me tendrá que castigar muchas más veces…

    –No te preocupes por eso, yo encantada de castigarte todas las veces que haga falta… Obviamente por tu bien, terminó diciendo con algo de ironismo.

    El caso es que ella se volvió a sentar en el sofá. Yo le pregunté: ¿Desea algo más señora Isabel?

    Y ella me contestó: Pues ya que hoy no vas a comer por estar castigada, deberías darme un masaje en los pies, mientras veo la tele, a modo de castigo, pues quedarte sin una comida, es muy poco castigo.

    Yo enseguida me arrodille a sus pies y le dije: Tiene toda la razón señora Isabel, una vez más le pido perdón y me quedo aquí arrodillada a sus pies para servirle y hacer lo que usted quiera mandar…

    –Muy bien. Me dijo la señora Isabel. Y añadió… De momento trae un taburete o una silla, para que yo pueda apoyar mis pies…Mientras tú me los masajeas.

    Yo le obedecí, coloqué una silla, para que sobre ella pudiera descansar sus pies. Yo me puse frente a ella, arrodillada y así estuve un buen rato masajeando sus pies.

    Sinceramente mi jefa Isabel tiene unos pies preciosos y yo de no haber estado arrodillada hubiera disfrutado dándole ese masaje. Pero no estaba acostumbrada a estar arrodillada y a la media hora ya me empezaban a doler las rodillas.

    Mi jefa notó que estaba incómoda… Me preguntó porqué me movía tanto…

    –Yo le dije, que es que me dolían las rodillas…

    Y mi señora me contestó: Es normal, los primeros días, suele suceder. Tendrás que irte acostumbrando, si quieres ser una buena criada.

    Sí mi señora Isabel le contesté yo, perdóneme.

    Ella al verme tan sumisa, tan vulnerable… No se apiadó y me tuvo otro rato bastante largo arrodillada a sus pies, dándole el masaje.

    Después de casi una hora de rodillas masajeando sus pies, mi jefa me pregunta si me gustan sus pies y yo le digo que sí, que tiene unos pies muy bonitos, muy finos y elegantes…

    Isabel me dice: Bésamelos y cálzame las zapatillas. Creo que por hoy es suficiente castigo.

    Yo veo el cielo abierto… Le beso sus pies con devoción varias veces, le calzo sus zapatillas y le doy las gracias por su castigo.

    Mi jefa me sonríe, y me dice que he estado muy bien, para ser mi primer castigo.

    Así quedó la cosa.

    Pero a la noche después de cenar, la señora Isabel se levanta para ir al baño a lavarse la boca. Y enseguida me llama, para que vaya.

    Yo acudo a su llamada y veo un rollo de papel higiénico en el suelo del cuarto de baño.

    Mi señora Isabel me dice: ¿Crees que está bien ese rollo de papel en el suelo?

    –No mi señora Isabel. Le contesté. Y lo recogí del suelo y lo coloqué en su sitio.

    Obviamente yo no lo había puesto en el suelo. Me pareció muy extraño. Y sinceramente pensé enseguida que era cosa de mi señora Isabel, pero obviamente no me atreví a decirle nada, y me limité a pedirle perdón.

    La señora Isabel me dijo: ¿Otra vez te tengo que perdonar?

    Yo me volví arrodillar otra vez ante ella y le supliqué sumisamente perdón.

    Estábamos las dos aún en el cuarto de baño. Cuando mi señora Isabel me vio de rodillas ante ella, se quedó algo sorprendida, pero enseguida me puso su mano en la cara y me dio pequeños cachetes diciéndome: ¿No sé qué voy hacer contigo?

    Voy a tener que volverte a castigar…

    Si mi señora Isabel, lo que usted mande… Le juro que yo no lo he tirado.

    Y mi señora Isabel me contestó: Tú no lo habrás tirado, pero estaba ahí en el suelo. Y ese no es su sitio.

    Yo no te tengo a ti para que estén los royos de papel por el suelo… ¿Lo entiendes? Me dijo mi jefa.

    Yo seguía de rodillas, sabía que mi jefa estaba dando el paso de quererme dominar… Se lo puse fácil, pues no le había protestado jamás. Todo lo contrario, siempre me puse a su favor y aquella noche mi jefa cogió las riendas de la situación.

    Yo que seguía arrodillada ante ella, la miré rogando, suplicando su perdón.

    Ella con su fina y elegante mano me dio su primera bofetada en pleno rostro.

    Yo de alguna manera esperaba esa bofetada, pero no tan fuerte…

    Me agaché, me incliné ante ella besando sus pies…

    Pero mi señora Isabel, me cogió de los pelos y me hizo mirarle de nuevo a la cara, mientras me decía:

    –Ya me besarás los pies después… Ahora mereces un castigo, lo sabes…

    Sí señora Isabel, lo que usted mande, lo que usted quiera, lo que usted decida…

    Me volvió a dar otro tremendo bofetón y me dijo:

    –Creo que tú y yo lo vamos a pasar muy bien, a partir de ahora… Y añadió…

    Bueno, obviamente yo lo voy a pasar mejor que tú… ¿No te parece?

    –Sí señora Isabel, haré todo lo que usted quiera… para ser mejor criada suya.

    La señora Isabel, dándome otra bofetada bastante fuerte me dijo:

    –No quiero que me llames señora Isabel. Quiero que me digas ama, dueña, diosa Isabel.

    A partir de ahora soy tu dueña, tu ama, podré tratarte como quiera, castigarte como me plazca…

    ¿Te gusta la idea?

    Sí mi ama, haré todo cómo quiera usted. Está en su derecho de poder castigarme como lo desee, quiero aprender a ser la mejor criada para usted.

    Mi señora me sonrió una vez más, y yo la notaba que le gustaba todo lo que estaba pasando en ese chalet de Becerril de la Sierra.

    Mi ama, mi dueña Isabel, despacio, con elegancia me cogió de la barbilla y me dio repetidos bofetones…

    Quizás ocho, tal vez, diez… No los pude contar, estaba sintiendo algo maravilloso a cada bofetada que mi dueña me daba.

    De repente paró, me ordenó quitarme la camisa… y empezó a pellizcar mis pezones una y otra vez… Yo me retorcía de dolor.

    Era el 5 de agosto, hacía mucho calor… Y aquella situación era un volcán de pasiones, de sentimientos nuevos y hasta extraños.

    Mi dueña Isabel volvió a darme cuatro o cinco bofetadas y después me pellizcó los mofletes, tenía la cara totalmente roja.

    Me cogió de los pelos y a cuatro patas tuve que seguirle hasta su habitación.

    Ella se sentó al borde de su cama y yo frente a ella tuve que soportar nuevos bofetones… Mientras me dijo:

    Mira cómo tienes de caliente a tú ama… Quiero que me lamas el coño ya, puta perra, me tienes encendida…

    Yo lamí su clítoris, metí mi lengua hasta lo más profundo de su coño y sentí cómo se corría en mi boca.

    La vi llena de placer a mi dueña y yo me sentía contenta de ver a mi divina ama Isabel tan feliz.

    Creí por un momento todo había terminado. Yo le estaba dando besos en los muslos a mi dueña Isabel.

    Mi ama entonces me preguntó: Perra… ¿Quieres correrte?

    Yo casi fuera de mí, le dije: Si mi ama, si mi dueña, Sí divina diosa Isabel… Me quiero correr…

    Y mi dueña, dándome otro fuerte bofetón me contestó:

    Pues yo no quiero que te corras… Ese será tú castigo, por no haber recogido a tiempo el rollo de papel.

    Ahora vas a ser mi esclava y te prohíbo correrte sin mi permiso.

    Vas a saber lo que es jugar conmigo… Voy hacer de ti, una esclava perfecta.

    Mi ama se recostó sobre la cama y me ordenó lamerle los pies.

    Estuve así un buen rato… Hasta que noté de nuevo cómo mi ama volvía a encenderse.

    Sus latidos, sus jadeos, no dejaban duda de lo que estaba sintiendo mi dueña Isabel.

    Por supuesto volvió a correrse en mi boca otra vez.

    Se sintió agotada, se extendió sobre la cama y me obligó a dormir con ella en su habitación.

    Ella sobre la cama y yo en el suelo. Era verano… y lo aguanté bien.

    Tardé mucho en dormir, pues había estado de alguna forma muy excitada y mi ama Isabel, no me había dejado correrme.

    Pero es que a las 6 y media, mi ama me despierta, para que le vuelva a dar otra vez placer.

    Vuelvo a lamer su coño, su pipa, su clítoris… Me bebo todos sus jugos… Vuelvo a sentir cómo disfruta una y otra y otra vez mi dueña.

    Ese día mi dueña no me dejó desahogarme. Yo estaba loca de deseo…

    Pero mi ama me prohibió disfrutar.

    Si me permitió correrme al siguiente día.

    Hasta que regresó su hija Vanessa de vacaciones, mi dueña Isabel me tuvo día y noche a su servicio.

    Me humilló, me azotó, me abofeteó infinidad de veces… Yo misma estaba sorprendida de mi aguante.

    Por primera vez sentí lo que el poder de una ama. A partir de ese agosto de 2022, mi vida cambió por completo.

    Dio un cambio radical, pues era imposible esconder nuestra relación ante la señorita Vanessa.

    Su madre, mi divina dueña y ama Isabel, algo le dejó entrever a su hija… pero ni una cuarta parte de lo en realidad era el dominio al cual me tenía sometida mi dueña Isabel.

    Pronto se fue dando cuenta la señorita Vanessa. Pronto empecé a sentir también su dominio.

    La señorita Vanessa es bastante más refinada de su madre. Me castiga muy severamente y es mucho más dominante y caprichosa que su madre.

    Varias veces, estuve a punto de dejar esa relación, pues ya no podía soportar los castigos de mi ama Vanessa.

    Sobre todo cuando me castigaba con sus zapatillas o sus chanclas. Entonces su madre, muchas veces tenía que salir en mi defensa, pues los zapatillazos que su hija me daba, eran tremendos…

    Han pasado ya tres años y sigo siendo esclava de ellas. Tengo mucho que soportar, lo sé… pero es maravilloso poder ser la esclava de dos bellísimas mujeres.

    Mi ama Isabel la verdad es que se comporta muy bien conmigo, no siempre lógicamente, pero la entiendo muy bien como mi ama que es… Y la hago mucho disfrutar, sin tanto castigo y sin tantos miedos.

    Hay veces que mi ama Isabel me regala blusas, ropa suya usada, pero que está muy bien.

    La señorita Vanessa, no me puede dar su ropa, pues ella es muy delgada y más alta que yo y no me vale nada de ella.

    A veces me trata mejor… Pero sigue castigándome bastante.

    Gracias a Dios, desde septiembre del año pasado, mi ama Vanessa viaja mucho tocando el piano en diferentes ciudades y hay semanas que sólo la veo dos o tres días.

    Me gusta, realmente estoy loca por ella, pero sé que es algo imposible tener una bonita relación con ella, pues enseguida le entra su lado dominante y noto que conmigo sólo disfruta humillándome y castigándome duramente.

    Yo lo aguanto principalmente por su madre, pues me sabe dar una de cal y una de arena.

    En otra entrega os hablaré más detalladamente de Vanessa, de los castigos y humillaciones que le tengo que soportar.

    Realmente me gusta mucho, pero han pasado tres años y su dominio sigue siendo el mismo.

    Ahora no me da tantos zapatillazos en la cara, pero me castiga a tener que estar horas enteras de rodillas, escribiéndole frases que ella me dicta.

    Por ejemplo: “Solo valgo para lamer el divino culo de mi ama y dueña Vanessa”. Eso me lo hizo copiar 500 veces, la semana pasada, copiárselo de rodillas y sobre granos de arroz. Es un castigo muy molesto y doloroso, pues acabas con un fuerte dolor de rodillas, y también de brazo, pues 500 veces copiar la misma frase se hace monótono y desagradable. Espantoso para el brazo, que no está acostumbrado a esos castigos y deja su huella…

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  • Mary y Alberto (match y cogimos)

    Mary y Alberto (match y cogimos)

    Ya con cinco años separada, mi vida se tornaba aburrida, era solo trabajo, visitar a mis padres y atender lo que les hiciera falta, entre casa e hijos… me di cuenta que en realidad los problemas que tenía solo eran los que debía resolver como abogada, que los niños estuvieran bien, que mi círculo de amistad era muy pequeño y de pretendientes, muchos, pero ninguno que me gustara, quería algo distinto…

    Este relato es 100 % real y lo comparto para expresar por este medio, lo que la sociedad llamaría como promiscuidad o aún peor, sobajar a una mujer por llevar a cabo sus instintos más bajos. Me dicen Mary y vivo al norte del estado de México, tengo 37 años, mido 1.70 y soy de complexión voluptuosa, la vida me dio un atributo difícil de ocultar, nalgas respingadas, piernas largas, mis senos copa DD y poseen unas grandes aureolas rosadas que son llamativas y unos grandes pezones que se distinguen bajo la ropa a veces aun con el brasier puesto, tengo bellas piernas, con enormes ojos y unos labios carnosos y llamativos, largo cabello rizado.

    Mi actitud siempre es servicial amable amorosa con mi familia y cuando tengo pareja, soy entregada y tierna, cuadrada en el trabajo y siempre recta en la vida diaria, aunque tengo mi lado b, que escondo bien y que solo quien está al nivel que me gusta, lo conoce.

    Siempre he vestido casual y recatada pero con vestidos cortos de vuelo, escotes no tan pronunciados, pues mi físico voluptuoso me ha traído situaciones incomodas en el transporte público, en entrevistas laborales, en la calle, incluso en fiestas familiares donde todo tipo de hombres y de todas las edades me han querido llevar a la cama o aunque sea manosear, todas estas situaciones me generaban desapego y desinterés en los hombres en general, hasta que lo conocí a él, pero quiero comentarles como llegue a él.

    Una amiga me dijo que ella cambiaba de novio seguido porque entraba a una aplicación de parejas en Facebook; realmente mi intención era conocer a alguien y descubrir que pasaría, charlar y compartir ideas…  Todo con calma.

    Subí esas fotos que pedía la app; fotos de cara y una de cuerpo entero, nada ostentoso, me encontré con algunos match que me decían que me querían conocer, pero mi trabajo, el desinterés y el cansancio hacía que no le diera continuidad, a veces pasaban días y yo ni entraba a la app, excepto cuando leí un perfil con las iniciales AC, que creí pretendían esconder su nombre, pensé que en el fondo mostraba recato según yo, en su primer mensaje hacia una descripción total de quién era y que hacía, el mensaje, al ser tan distinto, llamó mi atención y fue que tenía gustos muy parecidos a los míos y que además se veía atractivo, le propuse dejarle mi número después de responderle el mensaje, porque yo estaba segura que no iba a entrar con tanta frecuencia ahí.

    Después de escribir un poco en WhatsApp, noté que Alberto siempre hacía mucho énfasis en qué le gustaba el sexo, que le gustaban las cosas fuera de lo común y ahí pregunté: ¿cómo qué?

    Ahí empezó todo mi delirio, por fin había encontrado el clic perfecto sexual, que difícilmente encuentro en un hombre normal, hablaba de perversiones en fantasía, de como mojar la vagina de una mujer, cosas así, que me prendían. Después de días, muy pocos por cierto, nos organizamos para vernos, dejé a los niños con mi mama y yo me puse guapísima para la cita, al estar arreglándome, sentía algo nuevo, mi cuerpo temblaba de emoción, sentía que necesitaba una aventura y cosas nuevas en mi vida.

    La cita fue en una plaza con un estacionamiento subterráneo, me pidió que fuera vestida con un escote pronunciado y algo chiquito le obedecí y usé un lindo vestido gris, zapatos blancos de tacón, los más altos y oliendo delicioso, esas fueron sus peticiones para vernos, me excitaba que me dijeran que ponerme, pensando en todo lo que habíamos hablado en mensajes y que nos gustaría hacer cuando nos viéramos, el pregunto que como quería que me saludara y respondí que con un abrazo y un beso que fuera tierno y un abrazo grande, mi vagina estaba salivando de solo imaginar el momento con todo lo que íbamos a hacer.

    Debo mencionarles que parte de mi gusto por él, es que domino desde un principio y yo siendo complaciente y sumisa, me provocaba sentirme deseada y sometida a cosas que me excitaban de sobremanera, más aún porque siendo abogada y mamá separada siempre he sido quien toma rienda de todo, pero con el me convertí en ser totalmente de su propiedad a veces son juicio, desde que obedecí a lo que iba a llevar puesto y todo lo que me pedía, supe que ya estaba perdida.

    Me fui al lugar, tome un Uber, él me dijo que le enseñará mi cuerpo al conductor, que me hiciera notar, cosa que hice, pero no tuve que hacer mucho, el morboso conductor me veía sin provocarlo, yo, nerviosísima y emocionada le seguí el juego y la charla al chofer, fue mi primera vez haciendo eso y me encanto, porque el hecho de provocar a alguien y saber que se iba a quedar caliente me gustaba, quizá me vi malévola porque le enseñaba un poco, me veía como perro hambriento y me gustó, yo ya estaba caliente cuando baje del taxi, pues cada cosa del conductor y que le enseñaba se la iba contando a Alberto y me decía que se sobaba rico.

    Llegué… llegué antes, por diez minutos de diferencia, mientras el llegaba, entre a una tienda de zapatillas, me probé dos pares, pero ninguno me convencía, esperé por él, cuando me dijo que ya había llegado, salí de la tienda y lo noté a lo lejos, alto, guapísimo, vestido de negro, yo con mii corazón latiendo duro, para mí esto era una primera vez; nos vimos de frente, su primer comentario fue: ¡wow! Eres más bonita en persona, me beso como se lo pedí, me sujetó la cintura, espalda, cadera, olvidamos el abrazo pronunciado, no solo yo era la que estaba nerviosa, me llevó de la mano afuera, yo no hacía más que obedecerle.

    Fuimos a su camioneta dando vueltas al estacionamiento, encontramos un lugar pero no podíamos hacer mucho ahí, ya que me había dicho en mensajes que él quería faje en el auto. Se presentó conmigo y de inmediato me dio la confianza, pues tomaba mi mano, me calmo escucharlo y comencé a perder el miedo pero sobre todo a confiar en el, no solo es guapo, es educado y sexual, desde que escribimos se me antojaba probar su néctar y a él, el mío, así que de inmediato buscamos en donde estar, pagamos el estacionamiento y manejamos lento por la avenida.

    Pretendí ir a otro lugar, comer o algo, siendo honesta trate de fingir que quería rescatarme un poco, pero nos ganó el antojo; vimos un motel grande, apto para el cometido, mi mente pensaba que quería probar de todo, sabía que nuestra mente estaba igual de enferma…

    Un macho de verdad que me tomaba de la mano y me sobaba la cintura al caminar a la habitación, al entrar nos besamos, tocándonos frente a la ventana que aún quedaba abierta en donde nos alcanzó a ver quién debía el cambio.

    De una maleta saco una bocina, una botella de vodka, soda, vino tinto, condones.

    Cerramos, acomodamos las cortinas, bajamos la luz, me beso de nuevo sentí su lengua como cogiendo mi boca, jamás me habían besado así, me empinó en la cama, me subió la falda, hizo a un lado mi calzón negro de encaje, acaricio mis nalgas, las separó con sus manos y las beso, me lamio mi cueva mojada y mi ano apretado, después de entrar en mi con sus dedos y lengua me quedaba claro que saboreaba cada parte; yo también quería de él, se puso un condón, cogimos tan rico… de mil maneras y posiciones, pero lo más rico era sentirme su puta y el mi macho que dominara sobre mí.

    Sus palabras obscenas me calentaban más y era delicioso, todo lo que dijimos en mensajes lo realizamos ahí, me pedía que me dejara las zapatillas y me follaba a su gusto en todos los rincones de la habitación, me ponía a mamar y yo encantada obedecía todo del el, tocaba su verga grande, me la comía y succionaba su glande cabezón, quedándome ahí por mucho tiempo, me mojaba cada vez más, me mamo las tetas, como si nunca hubiera comido mientras frotaba mi botón, me penetró y seguía masturbándome a la vez, ahí me corrí, explote una primera vez, parecía que le había narrado cada cosa que quería y tenía en el pensamiento.

    Después de varias horas, pedimos comida, tardo tanto, que nos quedamos dormidos, al llegar la comida, cenamos y como si fuéramos pareja en luna de miel, me volvió a follar, pero la siguiente vez nos quedamos en pausa unos segundos.

    Me la iba a meter pero no había condón puesto aún y dijimos que así yo la verdad quería sentirlo todo piel a piel, que me cogiera libre y que su semen me lo dejara dentro, moría de ganas de eso y con esa confianza y conexión entro enseguida.

    Yo me moría de éxtasis de sentirlo y de escuchar cada expresión sucia que me decía pero además olernos y mojarme de esa manera, venía esa sensación desde mi cerebro, como un hormigueo me estaba excitando la mente y de ahí bajaba esa sensación hasta mi clítoris y me cogía más, su movimiento me avisaba que venía el orgasmo, hasta que lo moje más, grité y mil gemidos me decían que su pito grande y grueso había terminado al mismo tiempo que yo, pues gemía yo y bufaba él, fue tanto que nos quedamos dormidos para amanecer.

    Muy temprano casi sin dormir, me abrió de patas, ambos desnudos, acomodo su grueso falo en mi raja y lo empujó al fondo, yo me mojé en segundos, me follo mucho rato y se descargó en mi panocha de nuevo… Me deje llenar de mecos en la primera cita, una y otra vez.

    Nos arreglamos para salir pues yo tenía trabajo, me llevo a mi casa y en el camino en su camioneta, el muy cabron seguía caliente, me manoseaba y me obligaba a enseñarle mi cuerpo, me dijo que le enseñara las tetas, me las saque, así grandes en exhibición y le dije que me iban a ver, pues estábamos en un alto, menciono que si me veían mejor, se excito más y con el vestido arriba viendo los calzones se sobaba el pito, incitándome una vez más, me fajo y me exhibió en el tráfico, yo obedecía y quería más de eso, me enloquecía pero me prendía más escuchar como bufaba, sobre todo ver su cara de lujuria viéndome y tocándose.

    Al llegar a mi casa nos despedimos fuera del coche, me abrazo y me beso tan rico, me dijo que quería otro poquito, y yo siendo esa puta, abrí la puerta de mi casa y lo invité a pasar.

    Apenas entramos, me sentó en el sillón de la sala y de una metida, me dio su verga en la boca, me saco las tetas y me cogió la boca me dio mi desayuno cremoso y yo lo comí contenta, era su becerrita mamándole hasta saciarlo así durante minutos sin guardar mis grandes ubres, solo rebotaban y se paraban mis pezones, yo quería más, termino, eyaculo en mi boca, me bebí su leche, se guardó el paquete se despidió y se fue.

    Me dejó enloquecida, caliente con ganas de más y ahí regrese a mí, a la puta escondida que siempre quiere más…

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  • Deseos cruzados (2)

    Deseos cruzados (2)

    Dejo a Román atrás, su mirada todavía quemándome la espalda, pero el calor del día y la promesa de la noche con mis amigos me empujan hacia adelante. Cruzo el parque con el pulso acelerado, el eco de su sonrisa mezclándose con el ruido de la ciudad que me lleva a casa de Moni.

    A medida que llego al final del parque y me dispongo a cruzar la calle hacia el edificio de apartamentos donde la familia de Mónica, mi mejor amiga, tiene un piso espectacular, miro hacia arriba y veo a mis estúpidos amigos haciéndome señas desde el balcón de la casa de Mónica para que me apure. Les revoleo los ojos en señal de desaprobación y enojo, pero no puedo evitar que una sonrisa me delate el buen humor. Lo único que me saca de ese trance es el pitido de un imbécil que pasa en su coche y grita: “¡Qué tetas más deliciosas, mami!”. Ahora sí entrecierro los ojos con enojo y asco, y me percato de que el semáforo ya cambió hace rato.

    Ya dentro del edificio, después de saludar a don Jaime, el amable y tierno señor que trabaja como portero, me dirijo al ascensor cuando escucho que me llama.

    —Señorita —dice, alzando un poco la voz.

    —Dígame —le respondo con una sonrisa.

    —Me temo que tendrá que caminar. Los ascensores están en reparación —explica mientras ve cómo mis ojos se abren como platos.

    —¡Nooo! —exclamo, exagerando mi reacción—. Mi amiga vive hasta arriba.

    —La señorita Mónica vive en el piso doce, justo a la mitad del edificio. Espero que tenga buena condición física —me dice con un tono divertido.

    —No se preocupe, don Jaime, soy una chica fuerte —le contesto mientras levanto un brazo y le enseño mi pequeño bíceps.

    Don Jaime se ríe.

    —Eso veo, señorita —responde mientras empieza a alejarse.

    —Gracias —le digo, y comienzo mi faena por las escaleras.

    Cuando voy por el piso ocho, ya no me siento tan chica fuerte. La sed y la deshidratación por el calor me están matando. “Estúpidos ascensores, justo hoy”, digo en voz baja, sabiendo que nadie me escucha y que, si alguien lo hiciera, me moriría de pena por verme hablando sola como una loca que anda por ahí toda desaliñada.

    Cuando por fin llego a la puerta de la casa de los padres de Mónica, me arreglo un poco el pelo antes de tocar para no verme tan desastrosa como me siento. Llamo a la puerta, y casi de inmediato la abre Cami, la preciosa vecina de Moni que a veces sale con nosotras y por a veces me refiero apenas a un par de ocasiones, la conozco poco, pero es agradable. Cami acaba de cumplir dieciocho y la empezamos a llevar a nuestras fiestas para que se estrene como mayor de edad.

    —Holi, Alli, ¿cómo estás? —me dice mientras me abraza.

    —Hola, hermosa. Cansada de subir todas las escaleras del mundo —le respondo.

    Cami me dedica una tierna sonrisa y se aparta para que pase a la casa. Camino un poco adentro y me encuentro con Moni, quien de inmediato me suelta:

    —¡Qué tetas más deliciosas, mami! —exclama mientras mira mis pechos, se muerde el labio inferior de forma exagerada y finge una voz ronca y tosca.

    Todos explotan en risas mientras yo revoleo los ojos y me llevo una mano a la cara.

    —No puedo creer que se escuchara hasta acá —digo, todavía con la mano en la cara.

    —Se escuchó hasta China —me responde Mónica mientras me envuelve en un abrazo tierno y fuerte, como si llevara años sin verme, aunque apenas estuvimos juntas hace dos días. Se acerca a mi oído y me susurra, solo para que yo la escuche—: Pero no dijo ninguna mentira.

    Río y le correspondo el abrazo mientras noto lo guapa que está y lo bien que huele. Moni lleva un top negro, muy pegado al cuerpo, que realza sus pechos. Aunque son un poco más pequeños que los míos, tienen un buen tamaño, y su forma de vestir siempre los hace destacar. Además, trae una falda blanca, larga hasta los tobillos con una gran abertura en la pierna, lo que le da un toque único de elegancia y sensualidad. Entre la falda y el top queda un espacio de su abdomen al descubierto, dejando ver la línea de su vientre bien trabajado.

    No esperaba menos de mi gym sis. Su maquillaje es básico, pero lo acentúa con brillitos en el contorno de los ojos. Está simplemente espectacular, como siempre. A veces me siento la más desarreglada a su lado, pero es imposible odiar a esta chica; es casi mi hermana y la amo con todo mi ser. Aspiro su aroma, me embriago con él, y al mismo tiempo me siento mal por lo sudada, despeinada y mal vestida que estoy en comparación.

    —Estás espectacular —le digo mientras me separo poco a poco de ella, deslizando mis manos por sus brazos hasta que quedamos tomadas de las manos. Le doy una ojeada de arriba abajo, dejando claro que aprecio su outfit al cien por ciento.

    —Lo sé, nena —me responde con un guiño coqueto.

    Acto seguido, siento que me apartan de ella. Unas manos me rodean por la espalda: una se posa en mi abdomen mientras la otra me tapa los ojos. Un susurro me roza el oído, acompañado de un fresco aliento a menta.

    —Adivina quién es —me dicen.

    —No puedes ser más obvio, Christian —respondo, reconociendo al instante al primo mayor de Mónica, que nunca pierde la oportunidad de coquetear conmigo. Hoy quedamos de salir de fiesta: Moni, Cami, él, su mejor amigo y yo.

    —Le quitas toda la diversión —se queja mientras me aprieta más contra su cuerpo.

    La mano en mi abdomen me presiona con intención, y siento el calor de su cuerpo cuando mi culo roza su paquete. El efecto es inmediato: noto cómo su verga crece un poco en su pantalón, una erección semi-dura que él ajusta con un leve movimiento para colocarla justo entre mis nalgas. La sensación no me incomoda; al contrario, es agradable. Me gusta sentirme deseada, y a veces hasta un poco dominada.

    Pero no se lo dejo saber. Lo dejo disfrutar del paraíso de mis nalgas por un instante antes de girarme para saludarlo como corresponde y evitar que esto se vuelva una escena porno. Le doy un pequeño abrazo, me pongo en puntitas y giro el rostro para un beso de “mejilla con mejilla”. Sin embargo, él se aprovecha, plantándome un beso sonoro en el cachete, seguido de un abrazo rápido.

    Me sonrojo. Siento que me arde la cara y odio que me pase eso. Mientras tanto, él se aleja hacia la isla del comedor para terminar su cerveza. Cuando pasa junto a Moni, noto que ella le lanza una mirada de reproche y le suelta:

    —Tú no pierdes oportunidad con Alli.

    Él responde algo, pero estoy demasiado lejos para escucharlo. Moni se acerca a mí y, cuando Christian ya se ha alejado lo suficiente, me susurra:

    —Juro que eres su amor platónico.

    Moni me suelta ese susurro y yo solo atino a reír bajito, sacudiendo la cabeza mientras trato de que el rubor se me baje de las mejillas. Ella me toma de la mano y me guía hacia el interior, y es entonces cuando el espacio de la casa de sus papás me golpea de nuevo, como siempre que vengo. No es solo que sea grande, es que todo aquí respira una mezcla de lujo despreocupado y caos juvenil. El salón principal se abre frente a mí con sus ventanales enormes que dan al balcón, dejando entrar la luz dorada de la tarde que se cuela por el parque de enfrente.

    Los muebles son de cuero blanco, impecables pero llenos de cojines desordenados, como si alguien hubiera intentado mantener el orden y se hubiera rendido a medio camino. Hay una mesa de vidrio en el centro con marcas de vasos y un par de botellas de vino a medio tomar, un preludio perfecto mientras calentamos motores antes de que nos pasen a buscar para llevar la fiesta a otro lado. Las paredes tienen ese toque moderno con fotos familiares enmarcadas y algún cuadro abstracto que probablemente cuesta más de lo que imagino, pero el aire huele a una mezcla de perfume caro y algo dulce, quizás del incienso que Moni siempre insiste en prender.

    Todo grita que esta casa es de sus padres, pero hoy es nuestro territorio, y el desorden de risas y pasos que resuena desde la cocina lo confirma. Me siento un poco más despeinada y fuera de lugar entre tanto brillo, pero Moni me aprieta la mano y me arrastra hacia la cocina, como si supiera que necesito un trago para soltarme.

    —¿Vino o cerveza? —me pregunta Moni mientras llegamos a la isla de la cocina, que derrocha finura como todo en esta casa. Los padres de Mónica son dos abogados de renombre, y cada rincón aquí es fruto de su trabajo impecable, una vida de lujos despreocupados y una posición social que se nota en cada detalle.

    —Hmmm, vino para empezar —le digo.

    Acto seguido, ella saca una copa y la llena hasta el borde.

    —Vaya —le digo, riendo—, dejaste todos los modales de lado —haciendo alusión a cómo desborda mi copa.

    —Hoy vamos a alocarnos, nena —me responde mientras toma su copa y la llena igual, hasta el borde, sin dudarlo.

    —Por nosotras y la noche que nos espera —me dice, alzando la copa para que la choquemos.

    —Por mi mejor amiga —respondo, emulando su gesto.

    Justo en ese momento, volteo y veo a Cami, que se había quedado un poco apartada, retraída en su celular mientras pasaba todo el desastre de mi llegada. Levanto un dedo hacia Moni en señal de que me espere y me acerco dando saltitos al mueble donde está Camila sentada. Ella se sobresalta al verme venir. Echo una mirada de reojo a su teléfono y noto que está viendo videos de maquillaje. Le quito el celular, lo lanzo al sillón, la tomo de la mano y la arrastro hacia la cocina para que se una a nosotras. Ella, un poco más tímida que yo y muchísimo más que Moni, solo se deja llevar.

    —Ahora sí, estamos las tres —digo mientras saco una copa y me dispongo a servirle a Cami también—. A ella le sirvo yo —le digo a Moni. Cami acaba de cumplir dieciocho hace un par de meses y no quiero que termine mal tan pronto; la noche apenas comienza.

    Moni hace un puchero al ver que dejo la copa de Camila solo a la mitad y alza la suya en alto.

    —Ahora sí, por nosotras —dice.

    —Porque sea una noche genial —la secundo.

    —Amén —agrega Cami justo cuando chocamos las copas y damos el primer sorbo de vino.

    —¿Y a dónde vamos a ir? —pregunto mientras mi mirada va de Camila a Mónica un par de veces.

    Camila solo se encoge de hombros mientras termina su copa, y Mónica se la arrebata para llenársela ella esta vez.

    —Eso dejémoselo a los chicos —dice Moni, señalando con la cabeza a su primo, que está en el balcón con su teléfono. Lo volteo a mirar y noto que me observa fijamente mientras le da un sorbo a su cerveza—. Nosotras solo tenemos que preocuparnos por ser las más deliciosas del lugar al que vayamos —añade con un tono que mezcla sensualidad y seguridad.

    —Hablando de ser las más bonitas del lugar…

    —Deliciosas —me interrumpe Mónica.

    —¿Qué era ese video de maquillaje que estabas viendo? —le digo a Cami, quien empieza su segunda copa de vino, esta vez mucho más llena que la primera que yo le serví.

    —Es que estoy aprendiendo maquillaje profesional —responde Cami mientras se ruboriza un poco, ajustándose los lentes de marco fino que resaltan su rostro dulce.

    Vaya, eso explica por qué siempre se ve tan espectacular, aunque sus maquillajes sean sencillos.

    —No le hagas caso —la interrumpe Moni—. Solo está siendo modesta. Esta chica ya es una profesional, tiene un talento natural para maquillar —anota mientras la cara de Cami se pone al rojo vivo y agacha la mirada.

    Me encanta la actitud de esta chica. Me cayó bien desde la primera vez que salimos, pero nunca he tenido la oportunidad de hablar mucho con ella ni de conocerla a fondo. Siento que hoy mi misión es cuidarla para que ningún cerdo se quiera propasar con ella y, de paso, evitar que Moni la ahogue en alcohol. La idea me da un poco de gracia.

    —Vaya —le digo—, así que eres toda una maquilladora. Qué envidia, yo soy un poco básica para eso.

    — Pero ese rosa te queda muy bien con tu color de piel —me dice mientras examina mis ojos con atención tras sus lentes.

    —¿Quién crees que nos va a dejar preciosas esta noche? —interviene Moni, guiñándonos un ojo a ambas.

    —¡Wow! Eso me interesa —digo emocionada, sintiéndome un poco menos desarreglada de lo que estaba hace un rato.

    —Pues deberían ir a alistarse ya —nos dice Christian, acercándose a nosotras desde el balcón—. Brandon no tarda en llegar, ya son las ocho y sé lo que duran las chicas en alistarse, en especial mi primita —agrega mientras toma a Moni por los hombros y la sacude un poco.

    La escena es tan cómica que Cami y yo no podemos evitar reírnos. Creo que el vino ya empieza a hacernos efecto. Asumo que Brandon es el amigo de Christian.

    —No seas mentiroso —le pelea Mónica mientras se zafa de él y le da un golpe en el brazo, que no le hace ni cosquillas porque Christian es bastante alto y se nota que va al gimnasio—. Brandon dijo que pasaba a las nueve.

    —¿Y tú cómo sabes eso?

    —Él me dijo —responde Moni, dándole golpecitos a la pantalla de su teléfono.

    Jumm, ya Mónica entró en acción, pienso. Christian se acerca al refrigerador, saca una cerveza para él y me ofrece otra.

    —¿Quieres? —me dice mientras me extiende la botella.

    —No vas a lograr nada con ella ni aunque la emborraches, grandulón feo —le suelta Moni, tomándome por los hombros y sacándole la lengua a su primo—. Vámonos, Cami, es momento de arreglarnos. No te quedes mucho con ese, no sea que se te pegue lo feo —añade, volviéndole a sacar la lengua.

    Noto que el alcohol también empieza a hacer efecto en mi amiga. Justo antes de cruzar la puerta de la habitación de Moni, me detengo.

    —Ya vengo, nena —le digo mientras me giro y camino hacia su primo, que en realidad no es nada feo.

    Es alto, se nota que ha trabajado su cuerpo en el gimnasio; no tiene el físico fitness perfecto, pero sus brazos son gruesos y la camisa negra ajustada de botones que lleva resalta sus pectorales. Su corte de cabello tipo militar, recién cortado, me provoca esas ganas que tenemos las chicas de pasar la mano por una cabeza recién afeitada. Es una sensación tan deliciosa.

    Sé que le gusto, así que me acerco dando saltitos, como una niña pequeña jugando. Intento parecer divertida y juguetona, pero ese gesto no tiene nada de inocente detrás. Sé que correr así hace que mis pechos reboten de una manera que emboba y excita a los chicos. Aunque no tengo un interés particular en el primo de mi amiga, no es feo, y hoy, como dijo Moni, quiero sentirme sexy, deseada y deliciosa.

    Noto cómo me examina con la mirada, deteniéndose en mi abdomen y mis tetas, yendo de arriba abajo. Sé lo que piensa; lo veo en el deseo de sus ojos. Le gustaría saber cómo se mueven mis pechos mientras lo cabalgo. Me paro justo frente a él, sintiéndome un poco perra pero divertida, y lo miro a los ojos.

    —Te la acepto —le digo, extendiendo la mano para que me dé la cerveza.

    —Aquí tienes, guapa —me dice mientras la destapa y me la tiende.

    —Gracias —respondo con un tono que suena más aniñado de lo que quería.

    —El blanco te queda muy bien —me dice mientras sus ojos suben desde mi abdomen, pasando por mis pechos, hasta llegar a mis ojos.

    —Gracias por la mentira —le contesto—. Hoy me siento cero linda después de subir todas esas escaleras con este calor.

    —Sabes que no miento —me dice en tono de reproche—. Desde hace dos años, cuando llegaste a la ciudad y te hiciste amiga de la Mona —así le dice a mi amiga—, no he parado de decirte lo perfecta que eres.

    Es cierto. Cuando salí de mi pueblo para estudiar en la universidad y me hice amiga de Moni en la facultad de derecho —ambas queremos ser abogadas, como sus padres—, ella me adoptó como parte de su familia. Todos se han portado increíble conmigo, son como una segunda familia, pero su primo, que viene algunos fines de semana a visitarlos, nunca ha escatimado en elogios para hacerme saber lo mucho que le gusto.

    —Ay, no te pongas romántico —le suelto para quitarle seriedad al asunto—. Voy a ver si logran ponerme tan guapa como dices que soy.

    —Ya lo estás —me responde.

    Tomo la cerveza y me doy vuelta, caminando lento mientras le doy un sorbo pequeño. No tengo forma de saberlo, pero estoy segura de que su mirada está clavada en mis nalgas, esas que hace unos minutos tuvieron alojada su verga.

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  • Mi esposa en Santa Marta

    Mi esposa en Santa Marta

    Somos una pareja de 30 años mi esposa Stella es médica y yo 32 años soy ingeniero, llevamos 5 años de matrimonio, sin hijos, un super amigo nos invitó a unas vacaciones en Santa Marta en el hotel Zuana, donde él tiene una suite resort, como nuestro amigo no pudo volar el sábado, nos llevó al aeropuerto El Dorado, y que el volaría el martes, dio un par de besos a mi esposa y se despidió. Llegamos a Santa Marta, nos instalamos en Zuana, piscina, mar, comida y bebida el sábado, domingo y lunes.

    Carlos, nuestro amigo llegó el martes hacia las 3 de la tarde, los tres nos fuimos a la piscina a nadar y se pidió cerveza para beber mientras se permanecimos en la piscina. Ese día Stella se puso un bikini que no dejaba nada a la imaginación, como admirador del cuerpo puedo afirmar que ella tiene un buen par de tetas y un culo de campeonato, nuestro amigo Carlos estaba hipnotizado de ver ese culo tan cerca y tan lejos a la vez, Carlos siempre estuvo tras de Stella, siempre ha querido follarla, pero ella se hace la desentendida, pero estoy seguro que ella en su cabeza siempre ha querido follar con Carlos.

    Subimos a la suite, nos cambiamos, nos vestimos con ropa muy ligera para sobre llevar el calor costeño, pasamos al comedor, allí cenamos mariscos y los acompañamos con vino, salimos de allí y Carlos invito a la disco, nos acomodamos en algún lugar, se pidió vino para mi esposa y whisky para nosotros. Después del primer brindis, sonó algo de música caribeña y Carlos invitó a bailar a mi esposa Stella, fueron a la pista, yo observaba que hablaban, se reían, Carlos le hablaba al oído y de vuelta en vuelta Carlos apretaba más de la cuenta a mi mujer, me pareció ver que le cogía el culo y las tetas.

    Cuando regresaron a la mesa mi mujer venia acalorada, colorada y se tomó de un envión el vaso de vino que le esperaba, Carlos se ausento al baño y yo le pregunté que le pasaba, por qué tan acalorada, ella me dice: “por culpa de los apretones e insinuaciones de Carlos, me apretó contra su pene que lo tiene grande y duro”, a lo que le dije, pero estabas muy risueña con él, la acerque hacia mí la bese y le metí la mano y tenía el coño empapado, entonces se adelantó la siguiente charla:

    Yo: “pero lo que te insinuó Carlos y la apretada contra su verga te ha gustado, porque el chocho lo tienes chorreando jugos, están super cachonda”

    Stella: “sí, me gusto, tiene una buena verga, estoy excitada, quiero follar, quiero ser tu puta esta noche”

    Yo: “¿quieres ser mi puta está noche? ¿Y a quien te vas a follar? ¿A Carlos o a mí?”

    Stella: “quiero follar contigo mi esposo, pero también quiero follar con Carlos, quiero que los dos me la metan, tú mi marido en el chocho y Carlos en el culo, pero bien profundo, que me cumplan la fantasía de una doble penetración, que me hagan gozar como una perra que soy”

    Carlos regreso y continuamos departiendo y bebiendo, de vez en cuando yo besaba y le acariciaba las tetas a Stella, Carlos decía: “juicio que estoy solo viendo cómo se morrean, después no respondo de mí…” y todos reímos por su apunte y deseos de querer marcha.

    Nos fuimos a dormir hacia la media noche, entramos a la suite, Stella dice me voy a duchar hace calor, Carlos y yo servimos un par de Wiskis y un vaso con vino, Stella salió de la ducha envuelta en la toalla, Carlos entro a ducharse y por último yo entre a la ducha, cuando salí en pantalonetas de la ducha me quedé viendo como Stella y Carlos se estaban morreando y besando, sentados en el sofá, Carlos le magreaba las tetas y se chupaban entrelazando sus lenguas.

    Mi esposa le sobaba la verga por encima del pantaloneta, me acerque y mi esposa me dice: “solo vas a mirar cómo es que tu esposita actúa como una zorra y como esta noche saco la puta que vive en mí”, Carlos le quito la blusa y el top, y comenzó a chupar las tetas de Stella, alternaba chupando una y la otra como si fuera un bebecito, chupaba y chupaba, ella gemía y decía: “chúpame con fuerza, muerde los pezones, quiero sentir como me chupas las tetas Carlos”, ella le bajo las pantalonetas a Carlos y le comenzó a pajearlo, subía y bajaba su mano por la verga de mi amigo.

    Me miro con cara de zorra y comenzó a lamer la verga de Carlos, le lamia el glande, lamia el tronco y luego se la metía completa en boca, hasta tenía arcadas, pero volvía y se la metía toda hasta la garganta, mi mujer como buena mamadora estaba haciéndole a Carlos una mamada de campeonato, yo estaba super excitado mi verga estaba dura como una roca, de pronto Carlos se puso de pie, agarro por el pelo a mi mujer y comenzó a follarla por la boca diciendo: “perra quieres mamar una buena verga, pues chupa, mama zorra puta”.

    Carlos metía y sacaba su verga de la boca de mi mujer con fuerza y con intensidad, ella chupaba y se dejaba culear por su boca, Carlos no aguanto y exploto en su boca, a mi mujer le salía semen de su boca y ella seguía chupando y tragando semen, le dejo la verga limpia de semen, me miraba y decía: “hoy soy tu puta, quiero follar contigo y con Carlos, ese semen esta delicioso, quiero más semen, ven amor quiero mamar tu verga, y que te corras en mi boca”.

    Me acerque con mi verga super erecta y mi mujer se la metió a la boca y la mamaba con alma y vida, Carlos le quito los calzones a Stella, la abrió de piernas y se metió entre ellas y le lamia el chocho de abajo hasta arriba, le pasaba la lengua por su ano, ella gemía y aumentaba el ritmo de la mamada cada vez que Carlos le lamía su ano, mi esposita decía: “sii, chúpame el culo, Carlos que rico que me lames el culo, fóllame el culo con tu lengua”, la arrecha de mi mujer se corrió y gritaba, de su chocho salía líquido blanquecino.

    Carlos con la cara mojada tragaba y de ver esto el morbo me ganó y me corrí en la boca de mi mujer y a ella le ocurría el semen por su cuello, con sus dedos lo recogía y se lo metía a su boca, no lo desperdicio, siguió mamando mi verga hasta dejarla muy limpia y dura.

    Carlos la tomo de las manos y la llevo a la cama, la abrió de piernas y cogió su verga y se la pasaba por la vagina sin penetrar, sobaba y sobaba el chocho de mi mujer con su verga, ella gritaba: “fóllame, fóllame…, culeame, métela en mi chocho papi, quiero tu verga” y el Carlos seguía sobándole el chocho con su verga, y le dijo: “pídame que te folle, que todo el mundo se entere, grita: “quiero que me folle”, ella repetía: “fóllame, fóllame … fóllame” y Carlos le decía grita: “quiero que me folle” mi esposita entonces me ha mirado con esa cara de puta que tenía en ese momento de grito: “quiero que me folle, métela …”.

    Carlos con un golpe de cadera se la metió toda y mi mujer grito: “bruto, me duele”, pero Carlos simplemente comenzó el movimiento infernal de meter y sacar fuerte e intenso, y follaba y follaba, hasta que mi mujer comenzó a gemir y decir: “siii, así, dame más fuerte, rómpame el chocho, fóllame como la puta que soy, más, más fuerte Carlos quiero sentir tu verga en mi útero, siii así…” y de pronto Carlos bufo como un toro y comenzaron una corrida sincronizada, mi mujer convulsionada y Carlos le lleno el chocho de semen a la puta de mi esposita.

    Carlos se dejó caer en la cama agotado, mi mujer se puso en cuatro, le cogió la verga y se puso a mamar de nuevo, del chocho le salía semen y yo le puse mi verga a la entrada de su chocho y de un solo empujón se la metí hasta los huevos, y con la arrechera y lo cachondo que estaba comencé y una culeada intensa y vigorosa, ella seguía gimiendo y pidiendo más y con más fuerza y yo me concentre en meter y sacar fuerte e intenso, que morbo culear a tu mujer con el chocho lleno de semen de otro y mamándole la verga a ese otro, y seguí follando hasta que me corrí y también le llene el chocho de semen.

    Se lo saque y se lo puse cerca de su boca para que lo limpiara y ella dejo de mamar la verga de Carlos y mamo mi verga, alternada la mamada de verga, chupaba la de Carlos y luego chupaba la mía, estábamos agotados, dejo de mamarnos, fue al baño, y de regreso se metió entre los dos, la abrazamos y nos quedamos los tres en la cama a dormir.

    El movimiento de la cama me despertó, mi esposita estaba cabalgando a Carlos, yo estire mi mano y la jalé hacia mí, ella se desmonto de Carlos se me subió cogió mi polla y se la metió en su chocho y comenzamos una follada suave, ella cabalgaba en mi verga, Carlos se puso detrás de mi esposa y comenzó a lamerle el ano, le abría las nalgas y le metía la lengua en el culo, y dijo: “Stella quieres que te haga el culito, la quieres sentir dentro de tu culo?” y ella dijo: “sí, quiero que me coja por el culo bien rico”, y Carlos siguió lamiéndole el ano, ella insiste: “Carlos quiero que me haga en culo, fóllame el culo dame fuerte papito soy tu puta, rómpame el culo, pero yaaa”.

    Carlos le acomoda su verga a la entrada el ano y se la empuja fuerte, la cabeza de la verga le entro y ella grito, yo la abrace y Carlos empujo de nuevo hasta que los huevos chocaron con su culo, nos sincronizamos y comenzamos a hacer la doble penetración a Stella, ella gritaba y nosotros en un meter y sacar fuerte nuestra verga del chocho y de culo, follamos intensamente, mi esposa gritaba y decía “que rico tener dos vergas para mi sola, fóllenme duro cabrones quiero que me llenen de leche, Carlos quiero tu leche en mis intestinos y tu amor córrete en mi chocho” y de pronto los tres nos corrimos, ella quedo con sus intestinos y su vagina que rebosaban semen.

    Ese día se pidió almuerzo a la habitación porque culeamos todo el día y mi esposita Stella se comportó como toda una puta, yo de verdad no sabía que me case con una doctorcita que es una verdadera puta. Los siguientes días no salimos de la suite, nos follamos a mi esposa todo el tiempo. Han sido unas sexuales vacaciones maravillosas que hemos tenido, gracias, Carlos. Lo que paso en Santa Marta se queda en Santa Marta.

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  • Lourdes, mi primera vez

    Lourdes, mi primera vez

    En una plática entre amigos, alguien comento que si tocas un instrumento atraes a las mujeres, yo ya pasaba de los dieciocho años y no había tenido suerte con las chicas mucho menos había tenido sexo.

    En la escuela, un compañero tenía un grupo de música para eventos con sus hermanos, me invitó a probar y me quedé en el grupo.

    Tiempo después llegó una chica a cantar, iba acompañada por su padre y su hermana menor, hablaron con los del grupo para coordinar permisos y horarios para que el papá pasara por ella después de tocar y que siempre estuviera acompañada por su hermana Angélica.

    Las dos chicas llegaban a los ensayos y al poco tiempo se hicieron acompañar por su mejor amiga; Lourdes y la hermana menor de ella de quién no recuerdo su nombre. Ellas también la acompañaban a los eventos, iban algo así como chaperonas además de que significaba fiesta para ellas cada fin de semana.

    En una fiesta, durante uno de los descansos Lourdes me preguntó si tenía novia a lo que contesté que no, me preguntó la razón y le dije que simplemente no había tenido suerte con las chicas, fue muy insistente con el tema lo que me empezó a fastidiar, le pregunté: –¿quieres ser mi novia? –, pensando en que así dejaría de molestar, con el volumen alto de la fiesta no escuché su respuesta.

    Unos días después me encontré a Angélica, me comentó que Lourdes estaba molesta conmigo porque no la había ido a ver, y me preguntó que, si realmente éramos novios, le comenté brevemente lo sucedido y le dije que no había escuchado su respuesta, me dijo que iba a casa de Lourdes y que fuéramos juntos para que la viera.

    Al llegar con Lourdes, no disimuló su molestia, me reclamó por qué no la había ido a ver, que si así sería nuestro noviazgo no valía la pena, le dije que no había escuchado su respuesta y como se marchó sin despedirse no creí que éramos novios.

    Los días pasaban cotidianamente, iba a verla a su casa, ella llegaba a los ensayos para acompañar a su amiga y hacíamos cosas de novios.

    Una de las primas de Lourdes estaba por cumplir sus 15 años y sugirió que nosotros tocáramos en la fiesta. Así pasó, en la fiesta me presentó a sus hermanos, a otra hermana mayor y a sus padres, entre otros familiares. Parecía que las cosas iban más en serio de lo que yo pensaba.

    En algunos lugares se tiene la costumbre de partir el pastel hasta el día siguiente. Lourdes me dijo que se irían a su casa y que regresarían al otro día, me pidió que pasara por ella a las once de la mañana para que llegáramos “en familia”.

    Al otro día estuve puntual a las once en su casa, me invitó a pasar y me di cuenta de que estábamos solos, su familia ya se había ido a la casa de su prima. Extrañado le pregunté si yo había llegado tarde y me contestó que no, que se fueron antes pero que ella quiso esperarme.

    Me preguntó si quería conocer su cuarto, subimos las escaleras y entramos a una habitación típica de chicas.

    –Aquí es en donde duermo y pienso en ti. –Dijo al tiempo que se sentaba en su cama.

    Movía sus manos sobre la colcha, sus movimientos se acercaban a una caja que estaba sobre la cama, era una caja de condones, fingí no verla.

    –Ay perdón, esto no es mío, seguramente los dejó mi hermana, no vayas a pensar mal de mí. –Dijo con voz apenada–.

    –No te preocupes, yo no he visto nada. –Le respondí–.

    –¿Ya has tenido relaciones?

    Yo no había tenido sexo, por un momento no supe si decir la verdad o aparentar y decirle que sí. Por mi mala suerte con las chicas y algunas inseguridades generadas por platicas de amigos en relación a su primera vez yo no me había preocupado mucho por mi primera vez, aunque había fantaseado en cómo sería había sido muy lento en ese sentido. Finalmente le contesté que no.

    –¿Y si probamos uno?, ¿te gustaría hacerlo? Todos están con mi prima y nadie va a venir.

    Si quería hacerlo, pero a la vez tenía algo inseguridad, ¿podría satisfacerla? ¿podría aguantar?, o me vendría casi de inmediato como a algunos amigos decían que les había pasado en su primera vez.

    Lourdes no espero mi respuesta y pasó a la acción, se puso de pie y me abrazó. Nos besamos y exploramos nuestros cuerpos. Decidí no dejar pasar esa oportunidad.

    El cabello de Lourdes es castaño claro un poco chino que caía por debajo de sus hombros. Sus ojos negros, tez apiñonada y cara redonda. Su cuerpo es del tipo gordibuena, su cintura se notaba gracias a su cadera amplia y a estar nalgoncita. Decía tener dieciocho años, pero sabía que tenía dos años más. Vestía a la moda de ese entonces, cinturones gruesos, blusas largas y pantalones bombachos.

    Conforme la excitación crecía nos tocábamos con más intensidad, acaricié su trasero, sentí sus nalgas redondas y firmes, apreté su cuerpo contra el mío pegando con mi pene que ya estaba totalmente duro contra ella. Subí mis manos hacia su cintura para quitarle el cinturón. Metí mis manos en su pantalón para acariciar sus nalgas y sentir su piel, aunque ya había experimentado algunos fajes, mi experiencia con mujeres desnudas solo había sido a través de revistas o películas.

    Lourdes desabrochó mis pantalones para buscar mi pene y acariciarlo. Para entonces lo tenía escurriendo de manera abundante, mi bóxer estaba bastante mojado.

    Mientras ella frotaba mi pene desabotoné su blusa, su sostén era del tipo deportivo, ella decía que ese tipo le ayudaba a mantener sus senos en su lugar sin tanto movimiento. Sus senos eran un poco más grandes del promedio, intenté meter mi mano, pero su sostén estaba tan ajustado que no pude.

    Lourdes se apartó un poco y se bajó los pantalones para quitárselos y se sentó en la cama, yo también baje mis pantalones, me tomó suavemente de los testículos atrayéndome hacia ella.

    –¿Te lo puedo chupar?

    Me quedé algo sorprendido, algunos amigos comentaban que sus novias no querían sexo oral, al parecer eso de que solo las putas lo maman era algo no bien visto por algunas chicas.

    –¿Por qué te sorprendes? Me gusta tu verga, se ve deliciosa y quiero probarla.

    Apenas dijo eso y ya estaba lamiendo mi tronco. Sentir su lengua tibia fue un golpe de placer que recorrió todo mi cuerpo, las sensaciones apenas estaban empezando y no sabía que más podría experimentar hasta que devoró mi pene, al introducirlo en su boca el placer fue tal que sentí que se me iban las fuerzas de las piernas suspire de placer, apoye mis manos en sus hombros para ayudar a sostenerme.

    Una de sus manos jugaba con mis bolas, la otra sostenía mi pene Lourdes lo acomodaba a su voluntad para chuparlo en su extensión y meterlo en su boca alternadamente, su lengua rodeaba mi glande haciéndome sentir muchísimo placer.

    –Tu verga parece de piedra, está deliciosa y jugosa. –Dijo mientras sus manos me masturbaban.

    Me soltó para quitarse el sostén descubriendo sus abultados senos sus areolas eran oscuritas y con su pezón grande se veían hermosos.

    Lourdes se puso de pie y pude disfrutar de la vista de su cuerpo desnudo, me quité la camisa, juntamos nuestros cuerpos para abrazarnos y besarnos, mi pene aprisionado entre nuestros cuerpos trataba de acomodarse, acaricié sus caderas, sus nalgas, subí por su espalda y jugué con uno de sus senos.

    Bajé mi mano a su entre pierna y me fui abriendo camino hasta sentir su vagina que estaba húmeda, la masajeé suavemente mientras ella masturbaba mi pene.

    Sabía del clítoris, pero al ser mi primera vez, no estaba seguro de cómo identificarlo por lo que recorrí toda esa zona, Lourdes suspiraba de placer, sentí sus labios vaginales, toqué su entrada, en cada movimiento su respiración se intensificaba, de repente soltó un gemido, supe que era el clítoris y me concentré en acariciarlo, sentí como su cuerpo se estremecía y como su mano apretaba más mi pene.

    –Ponte el condón y cógeme.

    Se volteo hacia la cama para tomar la caja, al agacharse su trasero quedó bien expuesto, sus nalgas grandes y redondas se me antojaron mucho, me acerqué y pegué mi cuerpo al de ella, se incorporó un poco y la abracé, acaricié sus senos y besé su cuello. Moví mi cuerpo para que mi pene se embarrara en sus nalgas, estaba chorreando tanto que se deslizaba fácilmente. Paró sus nalgas y movió su cadera para aumentar la sensación.

    –Tu verga se siente bien dura, me gusta cómo se siente en mi trasero.

    Seguí acariciando su seno, con mi otra mano busqué masturbarla, suavemente acaricié su vagina.

    De alguna manera mi pene se acomodó entre sus nalgas, el volumen que tenían formaba una canal que aprisionaba mi miembro haciéndome sentir mucho placer. En alguno de los movimientos mi pene se hundió entre sus muslos, Lourdes apretó sus piernas, era tal la cantidad de fluido que salía de mí, que toda esa zona estaba lubricada facilitando el movimiento, por un momento creí que ya la estaba penetrando, pensé en el condón, pero no quería parar, quería seguir disfrutando todas esas sensaciones.

    Sentí sus dedos alrededor de mi glande apretándolo contra su vagina, me di cuenta que aún no la penetraba y seguí disfrutando, sus muslos carnosos apretaban muy rico mi pene, la sujeté de la cadera sin perder el ritmo de los movimientos.

    –Está bien dura, ya ponte el condón.

    Mientras me decía eso trató de inclinarse nuevamente para tomar la caja de su cama, ese movimiento facilitó que continuara masturbándome entre sus piernas, sus manos se apoyaron en la cama y levantó sus nalgas, –¿te gustan? –me preguntó. –Claro, estás bien nalgoncita, las tienes bien ricas.

    Estando inclinada, sujeté mi pene y lo pasé siguiendo la línea que separa sus nalgas presionaba un poco mientras recorría con mi glande esa zona. En un empuje sentí que como que entraba un poco, presioné un poco más, que rico sentía, quería sentir más placer.

    –Ay, suave, despacio porque duele.

    Pensé que al sentir que entraba lo decía como una especie de cumplido y empujé un poco más fuerte. Lourdes se hizo hacia adelante sin sacarla deteniendo momentáneamente la penetración.

    –Métela así, pero despacio, me duele, hazlo poco a poco.

    No me moví, Lourdes tomó el control y empujo lentamente su cuerpo hacia el mío dejando que mi pene se abriera paso con suavidad. Movía su cadera hacia atrás y hacia adelante, en cada movimiento se hundía un poco más, sentí más placer, sentí como apretaba mi pene, la sujeté de la cadera con ambas manos hasta que finalmente la penetración era total, todo mi pene estaba adentro de ella, mis bolas pegaban con ella, la sensación de placer era cada vez mayor.

    Lourdes se incorporó un poco, lo suficiente para hacer sus brazos hacia atrás por encima de ella para acariciar mi cabeza mientras yo besaba su nuca, subí mis manos a sus senos y sentí sus pezones erguidos, duritos, me moví suavemente para entrar y salir, poco a poco, aumentando gradualmente el recorrido de mi pene.

    –Así, mmmh, rico, que dura verga.

    –Que rico aprietas, la tienes bien apretadita. –Le conteste.

    Mis movimientos se incrementaban, se la hundía con firmeza y cada vez más fuerte, Lourdes hacia movimientos circulares con su cadera, como dibujando un ocho.

    Trate de acariciar su clítoris, el placer que sentía y mi inexperiencia sexual no me dejaban coordinar bien mis acciones. Lourdes apoyó sus manos en la cama, esta vez bajo su cuerpo un poco más por lo que su cadera quedó más levantada, la tomé por la cintura para tener mejor control de cada embestida que le daba, nuestros gemidos y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaban toda la habitación.

    Sentía que tenía el control del momento, el placer aumentaba, era la primera vez que tenía sexo, un par de veces ya me había masturbado, conocía las sensaciones de venirme y sabía que aún podía aguantar un poco más, estaba consciente de que no me había puesto el condón, no debía venirme adentro de ella. No quería parar y no me iba a detener hasta que Lourdes se viniera.

    –Que rico bebé, que rico coges, más, más…

    Sentí el movimiento de su mano estimulándose, sentí que se acercaba a su orgasmo.

    –Más… más… quiero venirme, cógeme duro…

    Puse mis manos en sus hombros para jalarla, le estaba dando todo, movimientos fuertes y rápidos, no podía darle más duro. La embestí bruscamente dejando todo mi pene adentro, la jalé con todas mis fuerzas, su mano se movía vigorosamente de un lado a otro frotando su vagina.

    Sus gemidos se volvieron como guturales, sentí como sus piernas temblaban como si se fueran a vencer, sentía como estaba perdiendo el control de su cuerpo. No sabía cómo era un orgasmo femenino y estaba por saberlo.

    –Vente conmigo… vente bebé…

    –No me puse el condón, vente tú… –Le contesté tratando de no perder el ritmo.

    –Estás atrás de mí… no me estás dando en la panocha, me tienes enculada.

    Mi mente tardó unos segundos en procesarlo, –Claro que estoy atrás de ti. –Pensé sin terminar de entender.

    –¿Te ensarté el ano?

    –Si pendejo, no te diste cuenta, te dije que me estaba doliendo.

    Había fantaseado muchas veces cómo sería la primera vez, había pensado en varias situaciones y posiciones, pero nunca que sería anal. No tengo nada en contra, pero como que el sexo anal no es algo que me prenda.

    El sonido de mi cuerpo pegando con sus nalgas y sus gemidos borraron mis pensamientos, quería sentirla y vaciarme adentro de ella. Le había dicho que estaba bien rica, que estaba bien apretadita, pero pensaba en su vagina, había que darle el crédito a quién se lo mereciera.

    –Tu culo está bien rico, apriétalo más.

    Miré hacía abajo para ver cómo se la estaba metiendo, vi como mi pene se hundía en ella, se amoldaban perfectamente, el contorno de su agujero me aprisionaba sin dejar ningún espacio.

    –Si bebé… si, si… me voy a correr con tu verga en mi culo.

    Sus gemidos se volvieron entre cortados, subieron su tono, se fueron haciendo poco a poco más agudos.

    –¡Oh boy!… ya estoy, ¡dame duro!, ¡párteme el culo!

    Su espalda se arqueaba, sus piernas temblaban sin control, qué rico se sentía saber que le estaba cumpliendo que mi pene en su ano le estaba dando un orgasmo explosivo, sus gemidos se hicieron largos y regresaron a ser como guturales, yo no había perdido el ritmo entrando y saliendo con fuerza.

    Lourdes se dejó caer en la cama, su cuerpo temblaba, sus manos se aferraban a la colcha de la cama, hasta ese momento me di cuenta que su cuerpo estaba bañado en sudor, me tiré sobre ella como si fuera una presa a punto de escaparse, de inmediato la penetré en el mismo lugar.

    –Lléname de ti bebé, mi chiquito quiere su lechita, se bueno y dámela toda…

    Levantó un poco su trasero, mientras continuaba con mi labor de penetración vi unas gotas de mi sudor que caían en su espalda.

    No me faltaba para descargarme, penetré más fuerte, cada que embestía escuchaba como el aliento de Lourdes salía con cierta fuerza, no eran gemidos, solo será sus exhalaciones sincronizadas con mi empuje. Sus manos seguían apretando la colcha al tiempo que también la mordía.

    Tuve mi orgasmo, sentí la convulsión del primer chorro de mi semen, Lourdes apretaba y soltaba su ano, no pude moverme de tanto placer, todo mi cuerpo estaba tenso, sus movimientos estaban ordeñando mi pene la sensación de su ano apretando mi pene era muy placentera, mucho más de lo que había podido imaginar.

    Aunque ya me había descargado, me quedé sobre ella el mayor tiempo que pude, sentía muy ricas sus contracciones anales, finalmente no pude mantener mi pene adentro y me acosté de lado junto a ella. Lourdes giró para quedar boca arriba, acaricié sus senos, estaban erguidos, sus pezones seguían hinchados y duros. La veía hermosa, mi primera mujer.

    –Se me va a salir tu semen, tengo que ir al baño. Vamos para que te limpies la verga.

    Me levante al mismo tiempo que ella.

    Después de asearnos, mientras nos vestíamos me dijo:

    –Me va a doler, nunca me la habían metido atrás, que cabroncete eres.

    Le contesté que no fue mi intención, creí que estaba adelante.

    –Tienes que darme por la panocha igual de fuerte, pero tenemos que irnos, nos esperan en casa de mi prima.

    Cuando llegamos su padre se notaba molesto, me disculpé diciendo que por la desvelada me había quedado dormido y por eso había pasado tarde por Lourdes.

    No vi a Lourdes hasta el martes que teníamos ensayo. Cuando terminamos me comentó que su hermana mayor había encontrado la caja de condones y que le costó trabajo convencerla de que no había pasado nada, como no usamos ningún condón con ciertas reservas logró que le creyera.

    Le advirtió que si se embarazaba sus padres se pondrían muy estrictos y seguramente siendo la mayor no la dejaría tener novio. Lourdes pensó que no la acusaba para no terminar perjudicada ella también.

    Lourdes y yo nunca pudimos estar solos nuevamente y no pudimos volver a tener sexo, su hermana mayor la cuidó mucho a partir de ese momento.

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  • El regreso de Afrodita

    El regreso de Afrodita

    Dicen que lo que ocurre entre los dioses no está hecho para ser conocido por los mortales. Algunos secretos son demasiado poderosos, demasiado sensuales, demasiado divinos para ser revelados.

    Desde el momento en que cerraron la puerta de la habitación, Ares y Afrodita decidieron ser desconocidos. No había nombres, no había historia previa, solo dos cuerpos respondiendo al llamado del deseo más primitivo. Era un pacto silencioso, un juego sin palabras.

    Esa noche, Afrodita se entregó al placer sin límites. Sus cuerpos se buscaron una y otra vez, como si el universo les hubiera concedido ese instante para recuperar el tiempo perdido. Sus corazones parecían palpitar con más intensidad, como testigos de un encuentro que no estaba destinado a suceder, pero que, aun así, ocurrió, para luego no verse jamás.

    Se tocaron con la urgencia de dos almas que llevaban demasiado tiempo deseándose en la distancia, pero que ahora, al fin, podían consumirse en la realidad. No hubo palabras, solo jadeos entrecortados y gemidos que quedaban suspendidos en el aire. Ares la recorría con sus manos como si estuviera descubriendo un territorio sagrado, cada roce impregnado de deseo y asombro. Afrodita, por su parte, se entregaba sin reservas, dejándose guiar por cada exigencia muda, por cada contacto que la hacía arder aún más. Pero en su mente, solo había una certeza: después de esta noche, debían olvidarse el uno del otro.

    Pero el juego no terminó ahí.

    Cuando finalmente el deseo los venció y sus cuerpos cayeron rendidos, Afrodita quedó envuelta en un sueño profundo, un trance que solo las diosas conocen. Sus labios entreabiertos, su respiración serena…

    Los primeros rayos del Sol entraban tímidamente por la ventana cuando Afrodita abrió los ojos. Ares aún dormía profundamente. Ella se levantó de la cama con movimientos perezosos, su piel aun hormigueando por las caricias de la noche anterior. El cuerpo de Ares descansaba entre las sábanas desordenadas, su desnudez aún marcada por las sombras del placer que habían compartido.

    La tensión inicial todavía se sentía en el aire, la conexión emocional entre ellos después de esa noche la seguía envolviendo con placer.

    Fue entonces cuando se percató de que él había firmado el “contrato de sensualidad” y sonrió para sí misma. Ares había sobrepasado todas sus expectativas, y ella tenía ciertas reglas inquebrantables en el sexo. Por lo que esa mañana, decidió recompensarlo.

    Se deslizó fuera de la habitación sin hacer ruido, vistiendo únicamente un largo vestido de tela ligera que acariciaba su cuerpo con cada paso. Nada debajo. Ni encaje, ni seda, ni barreras.

    Al entrar en el restaurante del hotel, notó cómo las conversaciones disminuían sutilmente a su alrededor. Tal vez la escucharon gemir. Era fácil saber que era ella, la única latina en ese lugar, y seguramente sus gritos la noche anterior no pasaron desapercibidos. O quizás era algo más primitivo, más instintivo.

    La observaban. ¿Era su silueta, apenas insinuada bajo la tela? ¿El roce de sus pezones endurecidos por la brisa matutina?

    O acaso, ¿podían percibir en el aire lo que había sucedido entre esas piernas unas horas antes?

    Ese aroma imperceptible que el cuerpo libera después del sexo, una firma invisible de placer reciente. No podían verla, no podían olerla conscientemente… pero la sentían. Los instintos no mienten.

    Algunos desviaron la mirada al instante. Ella sonrió para sí misma, disfrutando de la sensación de poder. No le importaba lo que pensaran de ella. Sus pensamientos estaban en llevarle el desayuno a la cama a su dios.

    Se inclinó suavemente sobre la mesa del buffet, dejando que el escote de su vestido ofreciera una vista tentadora. A lo lejos, un mesero dejó caer una taza.

    La noche anterior la había transformado.

    Y ahora, en cada paso, en cada mirada que provocaba, sabía que seguía siendo la dueña del juego.

    Tomó una fiambrera y caminó por las diferentes estaciones del buffet con la gracia de una diosa que sabe exactamente el efecto que causa. Seleccionó frutas frescas, jugo de naranja y empacó todo muy bien, saliendo rápidamente del lugar. Pero lo mejor aún estaba por venir.

    De vuelta en la habitación 1018, se tomó su tiempo, encendió la cafetera y el aroma llenó el lugar, perfecto para despertar los sentidos.

    Sus labios, apenas humedecidos con tinta rosa, estaban listos para despertar a Ares.

    Ares sintió un cosquilleo en sus pies antes de abrir los ojos. Unas manos suaves, recorrían su piel con movimientos pausados, ascendiendo desde sus tobillos hasta sus muslos. La transición perfecta del relajamiento al deseo.

    —Buenos días, guerrero —susurró Afrodita, con una sonrisa que prometía mucho más que un simple desayuno.

    Él apenas logró abrir los ojos cuando sintió sus dedos deslizándose por su espalda, masajeando cada músculo con la precisión de quien quiere otorgar placer en todas sus formas. Liberando la tensión en los músculos grandes. Desde los muslos, hasta que sus manos tocaron el pecho y el abdomen. Con movimientos largos y firmes, palpó del cuello hasta los muslos. Disipando cualquier estrés acumulado.

    Masajeó lentamente su cabeza, concentrándote en las sienes, la coronilla y la nuca. Luego, acarició suavemente los lóbulos de sus orejas antes de ir descendiendo. Con firmeza, pero con cuidado, continuó con los hombros.

    Para ese momento, el juego había cambiado.

    Sus palmas se detuvieron en la cintura de él, presionando suavemente, antes de deslizarse más abajo, recorriendo sus glúteos con una lentitud provocadora.

    Ares gruñó bajo su respiración. ¿Es un sueño?

    Afrodita se inclinó, dejando que sus labios apenas rozaran su oído.

    —¿Todavía crees en las casualidades? —susurró, mordiéndolo ligeramente, haciéndolo estremecer de placer.

    Ares cerró los ojos un instante, disfrutando la sensación. No, esto no era casualidad.

    Era el destino.

    Pero… ¿realmente ellos habían decidido estar ahí, en ese momento?

    O quizás, solo quizás… alguien más había escrito esta historia antes de que ellos siquiera la imaginaran.

    Porque en la vida, como en el universo, nada es realmente un accidente.

    ¿Qué sintió Ares al verla despertar? Sólo él lo sabe. ¿Qué pensó Afrodita mientras lo seducía? Que todos los dioses del olimpo estaban siendo testigos de ese desenfreno.

    Mientras Ares la miraba, con los ojos aún nublados por el sueño y el deseo, una pregunta cruzó su mente.

    ¿Realmente era ella quien había decidido volver a su lado esa mañana?

    O tal vez, solo tal vez… había algo más en juego, algo que aún no comprendía.

    Ares la observó con fascinación, preguntándose si alguna vez podría descifrarla por completo. Ella era un misterio, un enigma que lo atraía tanto como lo desconcertaba.

    Era el momento del plato fuerte. La excitación aumentó de forma progresiva: en sus muslos, glúteos, en la parte posterior de las rodillas y la cara interna de los muslos. Y solo entonces… su virilidad.

    La luz del amanecer filtrándose por la ventana iluminaba la escena. Ella abrió su vestido frente a él, se desvistió completa disfrutando de ver el efecto que causaba en él. Reemplazó su atuendo por una diminuta bata de seda negra que apenas le cubría el cuerpo. Su cabello recogido, su piel radiante, y en su rostro se dibujaba una sonrisa traviesa.

    —Buenos días, mi señor —murmuró con un tono seductor cambiando un poco la voz, sosteniendo la bandeja con el desayuno.

    Se acercó lentamente, con pasos suaves y gráciles, dejando que la tela de su bata se abriera apenas con cada movimiento. Ya no era la diosa que él había devorado la noche anterior. Ahora era ella quien estaba dispuesta a complacerlo en todo.

    Dejó la bandeja sobre la mesa y se arrodilló junto a la cama.

    —Espero que todo esté a su gusto —susurró, inclinándose para besar suavemente su muslo, mientras sus dedos comenzaban a recorrer su piel.

    Ares la observó con fascinación. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar con este juego?

    —Gracias, ahora levántate —ordenó con voz ronca.

    Ella obedeció de inmediato. Él se incorporó y deslizó su mano por su cintura, tirando de la bata hasta hacerla caer al suelo.

    Quedando completamente desnuda.

    Ella tomó un trozo de fruta de la bandeja y llevándoselo a la boca le dio a probar. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el perfume de Afrodita, creando una fragancia embriagadora que llenaba la habitación.

    —La comida se ve muy rica, pero tu cuerpo será el manjar que saborearé esta mañana, —le dijo mirándola lascivamente.

    Ella sonrió, tenía otro plan.

    Se subió a la cama y, sin dejar de mirarlo a los ojos, vertió un poco de aceite tibio en su propio cuerpo. Dejó que el líquido resbalara por su cuello, sus pechos, su vientre, hasta gotear entre sus piernas.

    Entonces, lentamente, se deslizó sobre él, usando su propio cuerpo para continuar masajeando cada centímetro de su piel.

    Ares cerró los ojos un instante, disfrutando la sensación de su piel húmeda deslizándose sobre la suya. Sus pechos presionaban su torso, sus muslos se frotaban contra los suyos, sus labios rozaban su cuello en un roce tentador.

    Ella besó sus omóplatos, haciéndolo retorcer de placer al rozarlo con sus pechos. Lo acarició no solo con las manos y los labios, lo estaba manteniendo en un suspenso erótico insoportable. La cercanía a su zona más sensible hacía que su deseo se intensificara aún más. Ella estaba embelesada con sus pies y pantorrillas, masajeó suavemente las plantas de sus pies, ascendiendo por sus tensas pantorrillas y siguiendo hacia la cara interna de sus muslos.

    Era un acto que no tenía nada de inocente. Ella tomó las manos de Ares disfrutando de hacerle caricias orales en sus dedos excitándose a sí misma al imaginarse con su virilidad en la boca.

    Afrodita bajó lentamente, su aliento cálido recorriendo su abdomen, sus labios apenas rozando su piel. Sabía exactamente cómo volverlo loco.

    Pero ella no se detuvo ahí. Aunque tenía muchas ganas de ser penetrada nuevamente, entendía que no quería que ese momento fuera solo un juego de caricias oral cualquiera, sino un viaje hacia el placer más profundo, una explosión en su universo de deseo.

    Se convirtió en un juego de dominio. Siendo ella quien controlaba su lujuria, por lo que gateó hasta el borde de la cama. Se arrodilló, mirándolo con picardía. Con una mirada llena de deseo y promesas.

    Con una mano se tocaba sus grandes senos, firmes y voluptuosos, mientras deslizaba la otra con delicadeza hacia su entrepierna. Ares, completamente excitado, contuvo la respiración al sentir el primer contacto de sus dedos alrededor de su miembro, que palpitaba con anticipación. Lo rodeó con suavidad, acariciándolo con movimientos lentos y sensuales.

    Luego, con un gesto audaz, tomó lubricante y vertió una pequeña cantidad en sus palmas, calentándolo antes de aplicarlo suavemente sobre él. La sensación fue inmediata: Ares cerró los ojos, dejando escapar un gemido profundo mientras su cuerpo respondía al estímulo.

    La imagen era una fantasía hecha realidad.

    Él apretó los dientes, sus manos se aferraron a las sábanas.

    —Dime, ¿te gusta así, señor? —preguntó con una inocencia fingida, mientras seguía estimulándolo con la destreza de quien disfruta cada segundo del placer que provoca.

    Afrodita, sonriendo con complicidad, inclinó su cabeza hacia adelante y comenzó a usar su lengua para complementar el placer. Con movimientos circulares y precisos, lamió su glande, provocando que Ares se estremeciera. Luego, con una mano, sostuvo sus senos y los apretó suavemente alrededor de su virilidad, creando un cálido y suave túnel de piel. Comenzó a moverlos hacia arriba y hacia abajo, frotando su miembro entre ellos, mientras su lengua continuaba jugueteando con la punta, alternando entre suaves lamidos y presión firme.

    La excitación de ambos era palpable. Afrodita, arrodillada ante él, se sentía empoderada por el control que tenía sobre su placer, mientras que Ares, con los músculos tensos y la respiración entrecortada, se dejaba llevar por las sensaciones que ella le provocaba. Cada movimiento de sus senos, cada caricia de su lengua, lo acercaba más al borde del éxtasis.

    Usando su boca, mejillas, barbilla… toda su cara lo deseaba por completo, sin reservas, con su “look desastroso” lo estaba enloqueciendo con el rímel corrido y su tinta de labios desvanecida. Había perdido la dignidad. Le había demostrado que se entregaba para él sin límites.

    Estaba tan sumergida en el placer como él.

    Los sonidos húmedos retumbaban en la habitación, sus jadeos y respiración entrecortada, no eran sonidos exagerados, sino el nivel extra de excitación que ella también estaba sintiendo.

    Finalmente, con un gemido gutural, Ares alcanzó el clímax, su cuerpo sacudido por oleadas de placer mientras Afrodita succionaba y disfrutaba cada gota de su éxtasis al máximo. Ella lo miró con una sonrisa satisfecha, sabiendo que había cumplido su deseo de llevarlo a las alturas del placer.

    Ares gruñó y la tomó de la muñeca, tirándola hacia su regazo.

    Ella había jugado muy bien su papel.

    Pero él tenía el control ahora.

    Su respiración era errática, su cuerpo quedó muy tenso, incapaz de formular palabra alguna, solo logró decirle una frase entrecortada:

    —¿Qué… qué me has hecho?

    Ella lo abrazó presionando su cuerpo contra el suyo quedando inmóvil por un instante. Logrando escuchar los latidos de su corazón, intercambiando energía y calidez.

    No tenía prisa en soltarlo, fue un abrazo prolongado.

    Después de un tiempo indeterminado de caricias, besos y juegos sensuales, Afrodita se recostó en la cama, satisfecha y con una sonrisa triunfal.

    Ares se levantó con calma, tomó su billetera y sacó un dinero, dejándolo sobre la mesita de noche.

    —Buen servicio —dijo con una sonrisa pícara, siguiendo el juego.

    Afrodita arqueó una ceja, de manera muy divertida. Se incorporó lentamente, tomó el billete y se inclinó sobre él.

    —La primera vez es gratis, mi señor —susurró en su oído—. Pero la próxima… te costará más.

    Le deslizó el billete de vuelta en el bolsillo de su camisa blanca, la cual recogió del suelo y colocó en una silla, no sin antes morderle el cuello.

    Se vistió lentamente, asegurándose de que él disfrutara el espectáculo.

    Tomó un conjunto de lencería negra de encaje translúcido que dejaba poco a la imaginación. Su vestido de seda adornado con flores, tenía un escote que parecía hecho para tentar a los dioses. Se acomodó su moño alto, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro con una sensualidad natural. Se pintó los labios con mucha sensualidad.

    Ares la observó en silencio, atrapado en el eco de su piel, en el fuego de sus recuerdos. Eso no había sido solo placer, sino una obsesión grabada en su carne. No fue solo un encuentro, fue un pacto silencioso entre dos almas que no deberían haberse cruzado, pero que ahora eran incapaces de separarse.

    Afrodita le sonrió con esa expresión traviesa que él ya conocía demasiado bien, como si supiera algo que él aún no había descubierto.

    Pero entonces… la luz cambió. Un sonido metálico. Voces distantes. Una sensación fría en su piel.

    Abrió los ojos.

    Las luces blancas del quirófano la cegaron por un instante. La anestesia aún pesaba sobre sus pensamientos, pero una certeza la atravesó como un relámpago. El recuerdo de Ares seguía latiendo en su piel, tan real como el aire que volvía a llenar sus pulmones.

    No era solo una fantasía. No era solo un sueño. Era destino.

    Y el destino, como bien sabemos, siempre guarda una última carta.

    FIN… ¿O un nuevo comienzo?

    Pasó el tiempo.

    Ares observaba el horizonte, donde el Sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios. La ciudad parecía sumida en un letargo dorado, mientras las luces comenzaban a encenderse una a una, anunciando la llegada de la noche. En su mente, sin embargo, no era la ciudad la que ocupaba sus pensamientos, sino ella… Afrodita.

    Nunca había imaginado que un simple intercambio de palabras, un cruce de miradas en una conferencia, pudiera dejar tal huella en su alma. Ella había sido como un destello fugaz en su vida, un relámpago que iluminó sus días grises con una intensidad arrolladora.

    La recordaba con claridad: su risa melodiosa, la forma en que su cabello caía sobre su rostro cuando inclinaba la cabeza para escuchar con atención, sus labios ligeramente entreabiertos antes de responder, como si cada palabra mereciera un momento de anticipación.

    Pero más que nada, recordaba la tensión entre ellos. Esa energía latente, ese deseo ardía en cada conversación, en cada gesto sutil.

    Tomó su pluma y comenzó a escribir. No sabía si alguna vez se atrevería a enviarle esas palabras, pero en ese momento, necesitaba darles forma, necesitaba sentir que, de algún modo, aún podía alcanzarla.

    “Afrodita, en mis pensamientos, sigues estando aquí. A veces te imagino sentada frente a mí, con esa mirada entre desafiante y traviesa. Me pregunto si en algún rincón de tu mente, todavía existe la posibilidad de nuestro encuentro…”

    Dejó la pluma a un lado y suspiró. Sabía que el tiempo y la distancia eran barreras difíciles de sortear, pero también sabía que algunas historias no terminan solo porque la realidad no las permitió. Algunas historias siguen viviendo en la imaginación, en la memoria, en cada suspiro contenido.

    Y tal vez, solo tal vez… Afrodita también lo recordaba a 10,000 km de distancia.

    Ares suspiró, sintiendo el peso de la distancia y el tiempo. Pero en su corazón, Afrodita seguía viva, como una llama que nunca se apagaba, recordándole que algunos encuentros no terminan, solo se transforman.

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