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  • Ningún poema y una carta de sexo desesperada

    Ningún poema y una carta de sexo desesperada

    Encuentro de almas perdidas, idénticas por el mundo. Fantasías en común, tan simple como libros en común, experiencias vividas entre los aleatorios caminos. Cada una en un lugar distinto, lejano y cercano al mismo tiempo. Si cierro los ojos soy capaz de imaginar tu cuerpo frente al mío. Un intento de seducción y un final exaltado.

    Me marcas con tu olor. Llevo días buscándolo y ansío tu llegada, tímida, silenciosa. Sin decir más, siento tu lengua. Buscas mi oreja y mi cuello con una delicadeza ambigua. Tu lengua ronda en círculos. Quiero encontrar tus besos, húmedos y oscuros, pero aún no llegan. Me detengo a observarte. Tu cuerpo aún vestido, pero marcando perfectamente las curvas de mujer, esos impresionantes pechos que sugieren deseo e impaciencia por tocarlos. Tus labios carnosos son besados de forma desesperada, mientras mi manos se desliza por tu pelo liso, y rubio.

    Agarro tus pechos notando tu excitación en ellos, pues están endurecidos. Tu lengua y la mía son una. Tomas mi cintura y la estrechas contra la tuya, a la vez que elevas una de tus rodillas. Con tu voz casi desgarrada y algo afónica, me susurras que abra mis piernas. Tu rodilla llega a mi coño ya envuelto en candente humedad . La mueves con suavidad. Me doy cuenta que nuestros besos son exagerados, quizás por la propia excitación de nuestros sexos. Atenazas mis labios y chupas con fuerza mi cuello. Siento el calor aullante de tu cuerpo, tu olor y tus senos contra los míos. Empiezo a excitarme demasiado.

    Me pides paso y adhieres mi cuerpo al tuyo y finalizando ese apasionado y salvaje beso, comienzas a deshacerte de mi ropa, con una furia impresionante como si en ello se fuera tu vida. Desaparece mi camisa y tu lengua se abalanza sobre mi pecho. Juegas con mis pezones. Con una sonrisa maliciosa te comento que estás especialmente fogosa esta noche.

    Me acerco a tu oído para mostrarte mi placer. Con ayuda de mi cálido aliento gimo en tu oreja. Debe de estar gustándote pues siento la presión de las yemas de tus dedos contra mi espalda. La respiración se corta entre profundos besos de deseo. Nos perdemos en un mar de caricias y abrazos. El olor de tu desnuda piel ahora es mío, pero exactamente mi olor también forma parte de tu sensual cuerpo. Se funden en uno, caliente, repleto de lujuria y transpiración.

    Decides terminar de desnudarme. Como si fueras una experta juguetona desabrochas mi falda e intentas bajar con la boca y con fuertes bocados mi tanga. Una vez que mi cuerpo está desnudo completamente te alimentas de mi coño. Es un mar de jugos, torrentes que navegan en tus dedos que comienzan a moverse. Me siento muy excitada. Mi talante de chiquilla revoluciona tu cuerpo sexual. Estas excitada. Continuas tocándome desesperadamente mi coño, lo besas y vuelves a introducir otro dedo en mi vagina.

    No puedo evitar gemir con fuerza al sentirlo dentro de mí. Tus dedos entran y salen, con facilidad y sin pedir permiso pues mis flujos comienzan a emanar de mi cuerpo. Pruebas de ellos y elevas la fuerza con la que tus dedos penetran mi vagina. Con total sutiliza rodeas mi cuerpo y me tiendes sobre una cama. Tan solo quiero tu cuerpo junto al mío. Tú aún vestida me sonríes con tu picardía propia.

    Tu cuerpo perfecto tendido sobre la cama. Ahora eres mía, de cuerpo y alma. Te abrazo con dulzura y te dejo inmóvil para que me dejes hacerlo todo a mí.

    Muerdo con ansia cada uno de los botones de la camisa dejando el calor que desprende mi aliento por cada uno de los ojales. Tu vientre me lleva a la locura. No paro de besarlo. Comienzo a recorrer tu cuerpo con un claro camino ya marcado. La faena comienza con tu cuello, a la vez que me apodero de tu olor. Mi mano acaricia tu torso y hace hincapié en el pecho, preciosos por cierto. Mi lengua acaricia tus pezones y mi mano desciende inquieta a tu ombligo…

    Te dejo tiempo para que respires, ya que un increíble gemido a salido de tus adentros. Te elevas. Agarras con fuerza mi cabeza y me llevas a ti, pidiéndome agua de mis labios.

    Mi mano sigue descendiendo. Roza ligeramente tu clítoris, pero se aleja. Ahora comienzo yo a excitarme muchísimo. Creo que te deseo. Quiero hacerte morir de placer. Mis brazos elevan tus piernas de tal manera que me dejan camino libre para trabajar con mi lengua.

    Se aproxima raudo. Sientes el calor de mi aliento. Un ligero beso en tu coñito para empezar. Tus piernas me hacen presa de ti. Me marcas el ritmo con ellas. Antes de seguir comiendo de ti, dejo mi pecho en tu coño y abrazo tu cintura. Ahora es mi lengua la que quiere jugar contigo. Bordea tu clítoris. Derecha, izquierda, un fuerte beso acompañado de una gran lamida… y de nuevo, derecha, izquierda…

    Mas adentro en tu vagina, mientras mi labio queda justamente en tu clítoris. Con dificultad consigo moverlo para no dejar de excitarte. Creo que te queda poco. Me hablas en un idioma que no consigo descifrar. Tu boca está seca. Rodeo tus piernas tan suaves y tan calientes… Mi lengua vuelve a tu coño. Entra y sale de tu vagina simulando ese algo que nos hace sentir bien. Tus fluidos bajan y vuelvo a probar sedienta.

    Quiero saber a qué sabes. Mmmm delicioso, afirmo casi gritando. No tardas en coger mis brazos con fuerza. Elevas tu cadera hacia mí. Mi lengua sigue buscando y encontrando placer, más fuerte, salvajemente. Tus manos y las mías. Últimos minutos, se acerca el final. En uno de tus movimientos noto tu exaltación. Elevas la cabeza y vuelve a emitir tu voz ahora descontrolada y como siempre afónica.

    Es el final. No dejo de mover la lengua por tu coño sintiendo tu flujos. Quedamos rendidas en la cama. Abrazadas y encontradas.

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  • Dichosa paja

    Dichosa paja

    Llegamos al hotel y yo tenía unas ganas de hacerme… vamos, eso…, coño, una paja, pero ya, con urgencia, toda la semana de aquí para allá, currando sin parar y ni un momento de intimidad ni para cascármela, bueno ni pensar en poder ligarme a alguien en el bar del hotel.

    La semana había sido atroz, Juan se había pasado en concertar entrevistas con los clientes nuevos y para postre todas las noches tuvimos que cenar con antiguos clientes con los que nos dieron las tantas, tomando copas sin parar, pero es lo malo que tiene ser relaciones públicas de una importante empresa de alimentación.

    Bueno a lo que íbamos, subía a la habitación pensando en meterme a la ducha y desfogarme a base de bien. Llegué un poco antes que Juan y aproveché para meterme en la ducha rápidamente, la tenía morcillona y el vérmela toda depilada, después de la sesión de sexo con mi mujer el fin de semana pasado en la que nos depilamos mutuamente, me ponía a cien.

    Tengo un rabo de tamaño normal, pero bastante gordo, lo agarré con la mano y lo embadurné en gel justo debajo del agua, me la empecé a machacar suavemente pensando en la jefa de producción con la que habíamos comido esa tarde, una tía espectacular, un cuerpazo, tetas grandes culo respingón y un morbo que hizo que los cuatro tíos que estuvimos con ella en la mesa tuviéramos problemas para ponernos de pie sin que se nos notase nuestra abultada entrepierna, estaba quitándole el sujetador cuando de pronto y para mi sorpresa la puerta se abrió, era Juan que entraba en el baño como si nada, en calzoncillos y yo me quedaba estupefacto sin saber qué hacer y con la polla a tope en la mano.

    —Por mí no pares —me dice el tío.

    —Por favor puedes salir, me la estoy… me la estoy…

    —Cascando sí ¿y qué no has hecho la mili o qué? ¿Es que acaso no te la ha visto otro tío? Nosotros incluso nos la chupábamos.

    —¿Pero qué dices? ¿Estás loco? ¿Qué me dices?

    —No me digas que no te la ha chupado un tío…

    —No sabía que tú eras gay.

    —No lo soy, pero cuando no hay lomo…

    —Joder que corte.

    —Corte ¿por qué? Tienes un rabo de miedo, te la estas cascando con la mano, aquí hay un tío que te dejaría bien a gusto ¿y pones pegas?

    —Yo es que…

    —¿Es que qué? Qué más da la boca, no mires y ya está, estamos los dos calientes, no se lo vamos a decir a nadie, pasamos un buen rato los dos y nos desahogamos que menuda semanita hemos llevado.

    —Joder, joder yo estoy flipando…

    —Venga va trae, ven aquí.

    Juan se sienta en la bañera y me agarra del culo y sin más se lleva mi polla a la boca. Con la charla se había quedado morcillota, pero increíblemente en diez segundos la tengo a tope otra vez.

    Qué maravilla, como la chupa, enseguida se me olvida que un tío me está comiendo la polla, incluso le agarro la cabeza mientras sube y baja, me la come toda entera, se nota que no es la primera vez, la lame, chupa, muerde, sorbe es un maestro, o eso parece, el tío se emplea a fondo, mis cojones ruedan como bolas chinas por su boca, estoy en la gloria e incluso la jefa de producción de la comida desaparece de mi mente, disfruto y disfruto sin parar hasta que sin darme cuenta chorros de semen comienzan a salir de mi polla llenando la boca de Juan, que sin tragárselo me lo extiende por toda la polla y huevos jugueteando con su lengua por todo mi aparato.

    El agarrarme a su cabeza me ha impedido caerme al suelo en plena corrida y cuando Juan se retira veo que su glande asoma por encima del calzoncillo.

    —Ven ahora te toca a ti —le digo.

    Y sin pensármelo dos veces le bajo el calzón dejando al descubierto un enorme pene, o eso creo, no había visto ninguna así en vivo nunca.

    Abrí mi boca y me meto el glande en la boca, me cabe poco más, era enorme y en la boca parece más, tengo que confesar que sentí una pequeña arcada cuando entró en mi boca, pero después del trabajito que me había hecho Juan no podía dejarlo a medias, así que hice de tripas corazón y mi lengua empezó a juguetear con la punta de esa enormidad, acostumbrándome a su tacto y sabor.

    Le sorbí todo el capullo y su líquido seminal se empezó a mezclar con mi saliva, el sabor era agradable y diferente a todo lo que yo había probado, pero con la gran cantidad de saliva que producía enseguida se la empecé a embadurnar de arriba abajo, y los huevos. Juan agarró mi cabeza y me acompañaba con embestidas que me la metían hasta la campanilla, quedando bastante tronco fuera de mi boca.

    Los lametones eran cada vez más rápidos e intensos y yo noté como Juan estaba a punto de correrse, yo no paraba de pensar en si sería capaz de dejar que se corriera en mi boca pero no me dio tiempo el primer chorro se me fue a mis adentros, el segundo se quedó fuera por mi cara cuando me retiré pero los siguientes menos intensos los recibí con la boca abierta rozando con mi lengua la base de su capullo, lo mismo que me hizo el se lo hice yo y le hice un traje de semen y saliva a ese maravilloso rabo.

    Cuando terminamos, Juan me dijo que salía a cenar con la jefa de Producción, que no lo esperara que llegaría tarde, yo me quedé alicaído, pero ahora que pienso no se si fue por irse con la jefa o porque no pasamos la noche juntos, no lo sé, el caso es que me metí en la cama con una sensación un poco extraña, tranquilidad, excitación, celos, no lo sé pero cuando desperté mi polla estaba totalmente erecta dentro de la boca de Juan, me relajé y me dejé hacer…

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  • Días de verano inolvidables

    Días de verano inolvidables

    Era verano por la noche, Ana una amiga mía venía a buscarme para salir por ahí a bailar y divertirnos un poco, me había puesto para salir unos vaqueros ajustados y un top de color blanco que remarcaban mi pecho, aunque sin dejar entrever nada. Fuimos a una discoteca de aquí y estuvimos bailando y bebiendo durante bastante tiempo.

    Estábamos en la pista de baile y Ana me comentó que había un chico rubio en la barra que no me quitaba ojo, miré hacia donde me había dicho y vi a un chico alto, rubio, con todo el aspecto de ser alemán, aquí en Ibiza en verano está lleno de extranjeros.

    Me sonrió y yo le devolví la sonrisa, aprovechó eso para acercarse y ponerse a bailar con nosotras, estuvimos tonteando un rato, roces y demás, era divertido.

    Salimos un poco a tomar el aire a la terraza de la discoteca y allí tras presentarnos (más o menos hablaba bien el español) charlamos un poco, era guapísimo, rubio pelo corto, ojos azules, se notaba que iba al gimnasio.

    Tras eso volvimos dentro y comenzamos a bailar de nuevo, pero esta vez empezó a tocarme por la cintura y al ver que no le dejaba, bajó sus manos hasta mi culo y lo apretó fuerte, acercándome a él, nos besamos noté su lengua larga y húmeda, yo también aproveché para tocarle el culo, su fuerte pecho, seguimos bailando tocándonos y besándonos.

    Lamentablemente me tenía que ir ya, nos despedimos con un largo beso y me fui a descansar porque entraba temprano a trabajar.

    —Madre mía, como estabas ¿eh? —me comenta Ana.

    —Vaya me ha puesto realmente caliente, es tan guapo, mañana volveremos a ver si esta ¿vale?

    —Como quieras —me dijo ella .

    Por la noche esta vez me tocaba a mi recoger a Ana, me vestí con una falda azul marino y un top de tiras cuello espalda que remarcaba mi pecho de color azul celeste, me puse tanga y sujetador a juego (os recuerdo como soy por si no me conocéis) mido 1.66 peso unos 55 kg, soy morena clarita, ojos castaños, mi pecho es mediano, pero firme de pezones pequeños y rosados, no tengo mal tipo aunque tampoco soy nada especial, mi culito es un pelín respingón y me depilo mi coño dejando solo vello en lo que sería la anchura del tanga.

    Cuando Ana me vio me dijo:

    —Jeje vas de caza.

    —No no a rematar —le dije yo— ayer hice la cacería, igual tengo suerte y esta allí.

    Al llegar a la discoteca lo buscamos, pero sin éxito así que seguimos con lo de siempre alguna copa, baile, etc. apartando algún moscón que otro.

    Al rato alguien me dio una palmadita en mi trasera y me giré con una mala ostia que no veas, pero era él que estaba en la terraza con un grupo de amigos. Nos unimos a ellos, tras presentarnos estuvimos bebiendo y charlando, estaba todo el mundo muy alegre, por la bebida, casi todos de vacaciones, buen ambiente.

    Decidimos ir a la playa a seguir la fiesta, ya en el trayecto estuve todo el rato con Johann besándonos y tocándonos, pero nada serio. Al llegar allí nos juntamos todo el grupo y seguimos bebiendo y charlando. Nosotros dos decidimos apartarnos del grupo y al llegar a una zona de rocas, nos metimos por allí, Johann me cogió y me besó fuertemente, pero esta vez su mano iba directamente a mi coñito, abrí la piernas para que pudiera tocarlo sin problemas, yo le acariciaba sin cesar su polla sobre su pantalón que parecía de buen tamaño. No le dije nada, me gustaba como me acariciaba y él lo notaba, mi coño que estaba muy mojado y el tanga humedecido.

    Él me sonrió al ver que yo no le apartaba y continuó acariciando mis piernas y tocando más veces mi coño parándose en él y jugando a separar mis labios vaginales con sus dedos.

    Yo estaba disfrutando de aquel masaje e instintivamente llevé mi mano a la cremallera de su pantalón, al abrirla y retirar el calzoncillo pude ver su polla dura y grande, le miré a la cara y le sonreí.

    Él respondió metiendo su mano entre el tanga y mi piel introduciéndose lentamente en mi interior. Sacó la mano y se la llevó a la boca chupando mis jugos.

    Su polla era grande y estaba mojada, la deseaba, así que me agaché y me la metí en la boca. Se la chupaba con ansia de comérmela toda, de no soltarla y deseaba su semen, la succionaba, lo masturbaba con la mano y volvía a metérmela en la boca, la lamía por entero con mi lengua, al final no pudiéndose contenerse más se corrió, noté como se le endurecía y estallaba en mi boca, la tenía tan adentro que no se me escapó ni una gota de su delicioso semen.

    Tras eso él me recostó sobre una zona de arena que había entre las rocas, me quitó el tanga y la falda y comenzó a lamerme el clítoris con fuerza y suavidad al mismo tiempo.

    Sentía como introducía su lengua en mi vagina y la sacaba para lamerme sin parar mi clítoris, todo mi coño chorreaba de mis fluidos y él aceleraba aún más su lengüeteos, yo estaba loca de placer apretando su cabeza contra mi coño, hasta que tuve un orgasmo.

    Él por suerte ya se había recuperado y estaba totalmente empalmado de nuevo menos mal porque estaba deseando que me follara.

    Se bajó los pantalones del todo, tenía las piernas también fuertes, al incorporarme él tiró de mi top y mis tetas salieron dando un pequeño respingo, tenía los pezones duros y sensibles, se colocó entre mis piernas, restregó un poco su polla sobre mi coño y de un solo empujón me la metió hasta el fondo, eso hizo que se me escapara un pequeño grito, pero eso no hizo, sino que él acelerara aún más.

    Con su polla dentro follándome con fuerza, su manos me apretaban mis tetas y tiraban de mis pezones, así tuve otro orgasmo, oía el chof chof de mi coño cada vez que me penetraba y salía, se tomó un pequeño respiro para coger un poco de aire, yo le daba besitos, mientras él jadeaba le tocaba sus brazos fuertes y su pecho, bajé mis manos hasta su culo y le clavé mis uñas apretándole contra mí, diciéndole “vamos, haz que me corra de nuevo”.

    Johann me miró, sonrió y entonces siguió follándome aun con más fuerza que antes, me mordía, lamía por el cuello y yo a él, mis manos no se separaban de su culo, ayudándole en su penetración y pegándole mucho a mi así tuve otro orgasmo y él se corrió justo después de mí.

    Tas arreglarnos un poco y estar allí un rato abrazados, regresamos con el grupo y al llegar Ana me dijo “Jo Cati te lo has debido pasar muy bien porque te he oído chillar al menos dos o tres veces”, nos reímos y le dije “si es que folla muy bien”.

    Esos quince días de verano fueron inolvidables.

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  • Mi única infidelidad

    Mi única infidelidad

    Nunca le había sido infiel a mi marido ni creo que lo vuelva a ser. Estoy muy enamorada de él como creo que él de mí. Llevamos juntos desde la universidad. Él tenía 19 y yo 18 cuando nos conocimos. Dejó a la que era su novia y ya llevamos 14 años, 8 de casados. Estamos a punto de tener nuestro segundo hijo.

    Soy una mujer que gusta mucho a los hombres, pero nunca les doy pie a nada más que mirar. Aunque a veces me gusten los halagos, no soy como otras protagonistas de estos relatos que se pueden leer (y que a veces nos sirven para avivar nuestras fantasías sexuales, aunque los que más nos gustan, los más o menos verosímiles, cada vez escasean más, ya que ahora se ven más aquellos en los que él la mira, ella se abre de piernas y lo hacen allá donde se encuentren; previa mamada y con una penetración anal de postre). Perdón por el paréntesis.

    Decía que no soy una mujer que se caliente demasiado, aunque me miren, me piropeen o me deseen. O si me excito, el beneficiado es mi marido, con el que desfogo mi lujuria y algunas tentaciones que surgen. Y sé que mi marido también sabe imponer la cabeza sobre su pene.

    No lo he dicho, pero mido 1,65, soy castaña tirando a rubia, de pelo largo y liso. Ojos color miel y una cara preciosa, de formas muy femeninas y marcadas. Vamos, que incluso a veces los tíos no bajan a primera vista la mirada de mi barbilla. Y eso que mi cuerpo no está mal, creo: cintura de avispa, buen tipo, tipa lisa gracias, entre otras cosas, al gimnasio, pechos no muy grandes (95) pero bien firmes y levantados, con la sorpresa de mis pezones. Y mi culito es respingón y mis piernas moldeadas a la perfección.

    Visto atrevida cuando la ocasión lo requiere, pero acostumbro a usar vaqueros y jerséis por su comodidad. Y mi marido es también muy guapo, pese a que muchos dicen que no tiene ni punto de comparación conmigo. No porque tenga gafas va a desmerecer. Es alto, delgado, con barba y castaño; es muy divertido y tiene un corazón enorme… ¡Y me quiere!

    Ambos somos abogados, pero trabajamos en bufetes distintos, aunque por suerte no estamos muy lejos el uno del otro y vamos y venimos juntos en el coche siempre que podemos (que es casi siempre). Acompasamos nuestros ratos libres y salimos mucho a muchos sitios distintos.

    Y tenemos la suerte de compartir una afición: el fútbol. Solemos ir casi siempre al campo a ver los partidos de nuestro equipo (que es, no daré más pistas, uno con equipación blanca). No coincidimos, eso sí, en nuestros jugadores favoritos. Sobre todo, uno que hubo y que me volvió loca: moreno, elegante, apuesto… Uff… Verlo en calzones me ponía… ¡Vaya piernas y vaya culo!

    Mi marido sabía que era mi debilidad y mi fantasía. En broma, habíamos acordado que tendría licencia de acostarme con él si tuviera la oportunidad (él a cambio tenía la opción sobre la preciosa actriz Emmanuelle Beart, culpable de que seamos tan expertos de cine francés).

    Estos dos eran las únicas personas con quienes fantaseábamos en la cama. De hecho, una de nuestros juegos favoritos consistía en tapar el uno al otro los ojos e imaginar que estábamos haciéndolo con ellos, cambiando algunas maneras de tocarnos, hablarnos o besarnos. A él le encantaba –y le sigue encantando- que le susurre frases en francés. Además, desde que pasó lo que voy a contar, nuestras vacaciones solemos pasarlas en distintas zonas del país vecino.

    El caso es que, casualidades del destino, mi futbolista tuvo problemas con su representante y requirió los servicios de nuestra firma de abogados. Hizo algunas visitas a nuestra sede y le conocí… Era más guapo en persona. Y más atractivo. Ganaba mucho con esa voz varonil. Me mojaba las bragas cuando le veía sonreír o me saludaba. La “pega” es que estaba casado y tenía dos hijos.

    Otro compañero y yo nos hicimos cargo de sus asuntos legales después de varias reuniones. Cuando le conté a mi marido cuál era mi nuevo cliente, no se lo podía creer. No le hizo mucha gracia, aunque no me dijo nada. Durante algunos días no hablamos del tema. Estaba un poco celoso y preocupado. Sobre todo, cuando no dejaba de ponerlo por las nubes y diciéndole lo mucho que me ponía. Lo que para mí era un juego, para él era una tortura, ya que veía como algo muy probable que se diera la ocasión para cumplir mi fantasía. Él, me decía, aunque conociera a Emmanuelle, no tendría ninguna opción de tirársela.

    Pero esto de decirle lo del polvo que tenía era mi forma de demostrar que lo veía inalcanzable. Entre otras cosas porque las cenas que tuvimos fueron con nuestras respectivas parejas: mi marido, la esposa de mi compañero y la del futbolista. Tardamos varios meses en superar la cordialidad profesional para ir tomando un trato más amigable. Además, su esposa era un bellezón.

    El mosqueo de mi marido se superó del todo cuando mi futbolista nos regaló pases de tribuna para lo que restaba de temporada. Además, ya no le contaba mis ganas de echarle un polvo. Incluso volvimos al juego de la venda.

    Mi relación con el futbolista se fue incrementando con los meses y mi admiración por él no disminuyó en ningún momento. Lo miraba como algo muy por encima de mí, como en otra esfera. Estaba convencida de que los demás, yo incluida, éramos como insignificancias para él. Nunca pensé que yo pudiera atraerle y más viendo cómo era su esposa (mi marido alguna vez me pidió cambiar su objeto de deseo incluso, pero yo me negué). Así que si alguna vez nos veíamos a solas a tomar copas o algo por el estilo, ese sentimiento de inferioridad bloqueaba cualquier fantasía. Además, era todo un caballero y estaba muy enamorado de su fabulosa esposa.

    Esa primera temporada en la que nos hicimos cargo de sus asuntos terminó con título y celebraciones. No sólo por el campeonato, sino por la subida salarial que negociamos con el club y que le equipaba económicamente con las estrellas extranjeras del equipo. Al contárselo, me dio un abrazo muy fuerte y me besó cerca del labio. Me pareció una reacción bastante justificable, pero me puse mala y esa noche con mi marido me desahogué de lo lindo, dejándole al pobre para el arrastre tras el tercer casquete.

    La temporada siguiente no fue tan positiva por culpa de una lesión que le mantuvo fuera de los campos dos meses. Fueron terribles para él y yo me convertí en su confidente: me contaba todas sus preocupaciones y yo me sentía halagada por su confianza. Me enteré de que pasaba momentos bajos con su esposa, que acababa de tener su tercer hijo y se sentía un poco abandonado. Necesitaba mucho apoyo y sentía que ella no se lo daba. Esto, unido a los celos que ella siempre había tenido y a la dureza de la recuperación, le tenían medio deprimido. Bebía demasiado y yo con él. Un día me soltó que yo era una mujer preciosa y que mi marido era un afortunado por estar conmigo.

    La cosa no pasó de ahí, pero entonces me di cuenta de que mi futbolista no era sino otro hombre más y no un dios sin los pies en la tierra. Me empecé a fijar en que me miraba cuando me daba la vuelta o cuando creía que no me daba cuenta. Noté que me deseaba y eso me hizo ponerme en celo y mis flujos se activaban con sólo verle. Esto se lo oculté a mi marido, a quien por primera vez le ocultaba algo. Me decía a mi misma que no pasaba nada y que nada tenía que decirle, pero sabía que no era cierto.

    A las pocas semanas, mientras cenábamos él , su mujer y yo, mientras hablábamos de todo un poco, conté que mi marido pasaría dos días fuera para cerrar un acuerdo. A la tarde siguiente el futbolista me llamó para decirme si quería que me recogiera del trabajo ya que mi marido no podría. Le invité a pasar y él aceptó.

    Era demasiado pronto para cenar y bebimos mientras hablábamos. Me acordé de su esposa y que podría preocuparse, pero me dijo que hoy salía con sus amigas. Cuando me tomó la mano para bailar, me di cuenta que había bebido más de la cuenta. Al poco rato puso una música más lenta y me acercó a su cuerpo. Entre sus brazos ya estaba totalmente entregada a él. De repente me dijo que me deseaba. Le miré a los ojos y leyó mi deseo, por lo que se acercó a mis labios y me besó. Me despojó de mi chaqueta y se desabrochó su camisa.

    Me besaba con mucho deseo, con las manos en mi mentón cuando no me desabrochaba la blusa. Yo por mi parte le acariciaba el torso desnudo y bajé hasta sus pantalones, desabrochándole la bragueta. Metí la mano dentro de sus calzones y di con un miembro caliente y duro. Mi blusa desapareció y mis pechos fueron conquistados por sus manos y sus labios. Gemía con cada roce como nunca lo había hecho y le estaba masturbando lentamente. Me subió la falda y se agachó. Me quitó las bragas y mi triángulo empapado fue sometido a lengüetazos que me provocaron mi primer orgasmo mientras le acariciaba el pelo. Grité y las paredes retumbaron.

    Se levantó y se quitó el pantalón. Le empujé y le arrastré al sofá. Me arrodillé y le bajé el calzón. Su glande estaba descapullado y muy brillante. Sus huevos estaban hinchados y los sopesé con la mano. Tenía la polla bastante oscura y gruesa. Dura como una estaca. Me aparté el pelo y me la metí en la boca de un golpe. Saboreaba su sabor y disfrutaba con su suavidad. Mamaba como una profesional, llevando esa verga de un lado a otro de mi boca, jugando con la lengua, con los labios. Su semen descargó dentro de mi boca y me supo bien, pese a que estaba viscoso y muy grumoso.

    Los dos ya desnudos seguimos besándonos y nos fuimos a mi cuarto, a la cama donde solamente mi marido había sido mi amante. Su erección era perfecta cuando nos tumbamos los dos a la vez. Él tuvo la iniciativa toda la noche, incluso (afortunadamente) a la hora de tomar precauciones. Y es que yo estaba entregada a ese cuerpo atlético y perfectamente formado. Sus músculos se tensaban cuando le llegaba el momento de correrse y esa fuerza me llevaba a otro orgasmo fabuloso.

    El tercer polvo lo dimos en la ducha, de pie. De nuevo él se puso el preservativo. Me volvía loca con sus halagos y repitiéndome lo mucho que me deseaba y estaba disfrutando. Cómo me succionaba los pezones (rosados, en forma de fresas, levantados) y me apretaba el culo; yo hacía lo mismo con el suyo y con su boca. Cada orgasmo que tenía era mayor que el anterior. Acabé enroscada a su cintura y con los pies en el aire moviendo mis caderas para aprovechar su corrida hasta el fondo.

    El cuarto vino mientras hacíamos la cena, en la cocina, sobre la encimera, tras comernos la nata derramada sobre nuestros cuerpos. Fue el más rápido, pero el más intenso. Me dijo al volver al cuarto que necesitaba descansar un poco, pero vi que había traído unas zanahorias y un pepino enorme.

    Me lubricó mi ano a escupitajos y con un aceite corporal y comenzó a alternar zanahorias en mi raja y en mi culo. Iba aumentando el tamaño y grosor para prepararme con el pepino, aunque éste ya sólo lo dirigió a mi vagina, que se lo tragó como si nada. Mis gritos eran cada vez más intensos, por supuesto. El muy cerdo me estaba dando un placer insospechado al saciar sus fantasías.

    Sin sacar ese pepino de mi coño me dio la vuelta y me folló por detrás, de un tirón, sin contemplaciones. Mi culo ya estaba bastante dilatado y el dolor no fue tan intenso como podría imaginar previamente. (Vaya, veo que caímos en el defecto que decía al principio de los relatos…). Por primera vez en toda la noche no me lo hizo con condón, por lo que podía sentir su estaca caliente dentro de mí. Al sentir su leche derramándose por mi agujero, me corrí de nuevo, redoblando la intensidad del metesaca del pepino.

    El futbolista se tumbó en la cama boca abajo derrengado y yo aproveché el aceite corporal y le metí un dedo en su ano. Al principio se negó, pero le fue gustando mis masajes anales y no puso pegas ni con el segundo dedo ni con la zanahoria. Se dio la vuelta sin dejar la zanahoria en su culo y me subí encima de él, que de nuevo estaba empalmado, ¡por sexta vez! Antes de que se corriera, me apartó y se masturbó sobre mi cara y mis tetas. Su semen fue más escaso, pero no estuvo mal para ser la sexta vez.

    Se quedó en casa y por la mañana volvimos a follar antes de que se fuera a entrenar. No sé qué excusa le daría a su esposa. Nos citamos en un restaurante de su confianza y en los baños lo volvimos a hace, esta vez con la ropa puesta. Fuimos luego a un motel y seguimos jodiendo como locos, ayudados por alguna peli porno y un vibrador que se había traído. Antes de anochecer nos despedimos.

    A la mañana siguiente fui al aeropuerto para recoger a mi marido. Pese a la “licencia” que se suponía teníamos, me sentía muy mal. Mi fiebre por el futbolista la había apagado y me negué a fantasear cuando hicimos el amor al llegar. Fue el peor polvo de mi vida, ya que estaba escocida y agotada de los dos días anteriores y porque me sentía como un ser despreciable.

    Al anochecer, me llamó el futbolista y mi marido estaba en la misma habitación. Me quería citar y me dijo que pusiera alguna excusa a mi esposo. Pero le di calabazas y le dije, sin que mi marido me oyera, que nuestra aventura había terminado, que nunca le mentiría a mi marido. Se cabreó mucho y me llamó hipócrita. Le dije que le iba a contar todo y le colgué.

    Me armé de valor y se lo conté, pidiéndole que me perdonara. El pobre no me respondió nada y me dijo que necesitaba pensar. Se fue de casa y estuvo fuera dos semanas, las peores de mi vida. Regresó con un ramo de flores y pidiéndome un hijo. Yo se lo di, por supuesto. Me dijo que para compensar fantasías, pasaríamos las vacaciones en Francia.

    Le juré que si alguna vez veíamos a Emmanuelle Beart yo misma le ayudaría para que se la tirara. Tiempo después, en la cama me pedía que le contara con todo detalle los encuentros con el futbolista y se excitaba mucho con mis calientes relatos. No volvimos a ver al futbolista, salvo en el campo de fútbol. Y por ahora, por suerte, no hemos coincidido con Emmanuelle Beart.

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  • Al fin cayó Marcos

    Al fin cayó Marcos

    El atleta que deseaba cogerme desde hace ocho años, por fin está entre mis brazos y me hace saber que la espera no fue en vano, que el sueño no era exagerado…

    Cayó Marcos, cayó, anoche, ayer. Fue mío. Es mío. Y me siento loca. Ya era una locura caminar a su lado abrazándolo, notando la brevedad de su cintura, la fuerza de su abdomen, la de su pecho en que descansaba mi cabeza, pues debe ser unos veinte centímetros más alto que yo. Y esos ojos que destilaban amor, esos besos que me derretían.

    Llegamos al fin al hotel y me quitó poco a poco la ropa. La ligera blusa, lo blancos shorts de mezclilla (sí, a mis cuarenta aún puedo usar shorts, presumir la esbeltez de mis piernas y la suavidad de mi piel: gimnasio y cremas, depilación laser, ya saben: nada es gratis) mientras yo a mi vez le sacaba la camisa, botón a botón, le quitaba el cinturón (¡ay!, apenas hace unas horas que se fue y ya lo extraño).

    Y nos besamos en el baño, frente al espejo, él inclinado para que yo pudiera alcanzar sus gruesos labios. Lo llevé a la cama y se la chupé. Me encanta chuparla, como habrán notado. Sentir que un macho se estremece debajo de mí, sentirlo débil, totalmente a mi merced y entregado a mí, mientras la verga se pone más y más dura y mi vagina se humedece, mientras una de más manos acaricia pechos o nalgas ajenas y la otra se pase por mi clítoris, es una de las sensaciones más excitantes del mundo… Y más aún, porque tienes la certeza de que precede al acto.

    En efecto: se lo chupaba y sabía con total seguridad que luego de ocho años ese espléndido jugador de rugby sería mío, mío, mío. Que esa verga durísima que entraba en mi boca estaría muy adentro de mí en cuanto yo lo decidiera, en el momento exacto que quisiese… Y ya quería. Así como estaba, acostado en la orilla de la cama, me subí en él y me dejé ir hasta el fondo. Me tenía, lo tenía luego de ocho años de desearnos. Lo cabalgué abrazada a él, mirándolo a los ojos, comiéndomelo a besos.

    Lo cabalgué sabiendo que hay distintos tipos de amor, que se puede amar a dos personas a la vez, hasta a más. Que a él sí le ponía casa. Lo cabalgué hasta mi orgasmo, lo cabalgué hasta que él me dio vuelta, levantándome en vilo, sin dejar de clavármela, y me acostó, poseyéndome desde arriba, con lujo de ternura, con ritmo divino. Con esa verga que estalló en mí en medio de gemidos.

    Sin ducharnos ni nada, salimos a comer. Pedí ligero, solo unos ñoquis pesto y tuco… Porque regresaríamos. Mientras, recordamos los ocho años transcurridos, el deseo contenido, las razones –que ya contaré, cuando en la narración cronológica le toque- por las que entonces no pasó nada… Lo que hace tres semanas charlamos. ¡Su decisión de sí, finalmente sí hacerlo!

    Y regresamos al hotel. Pidió que nos subieran una botella de Moët Chandon Brut, con fresas y cerezas (a sus 30 cumplidos es un exitoso profesionista… Y me recordé hace solamente quince días, pagándole yo todo a Matías), y mientras el servicio llegaba la esperé desnuda, en la cama, mientras se llenaba el jacuzzi.

    Al llegar a mí cerró el grifo, y volvió a poseerme con ternura, preguntándome, besando todas mis partes sensibles… Y finalmente nos bañamos, nos bebimos la champaña, volvimos a hacerlo, nos dormimos abrazados y partió con la madrugada, para volver pronto a mis brazos, otro día…

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  • Atrapada en el engaño a mi marido

    Atrapada en el engaño a mi marido

    Me casé muy joven con el amor de mi vida, nos conocimos en el instituto del pueblo y desde aquel instante nuestras vidas quedaron unidas para siempre. Vivíamos felices en el pueblo, con el negocio familiar de piezas de coches. Hace medio año nos trasladamos a vivir a Madrid, la empresa iba tan bien que se había expandido a nivel nacional y mi marido se hizo cargo de ella. Era la vida que habíamos soñado y disfrutábamos a nuestros cuarenta años del fruto de todo nuestro esfuerzo. Además, yo entré a trabajar en una oficina de administración de fincas, lo que mejoraba nuestro nivel de vida.

    Poco a poco mi marido se fue cargando de trabajo, hasta el punto de pasar días fuera de casa, al principio todo seguía igual, me limitaba a trabajar y esperar a que llegara al casa; pero sus ausencias eran cada vez más largas. Congresos, cursos y formación y ferias de producto se hacían eternos para mí, pero se suponía que era por nuestro bien, o eso quería decirme a mí misma. Intentaba sobreponerme, por el día era sencillo, el clima de trabajo era estupendo y nos llevábamos muy bien, pero las noches se me hacían largas en la soledad de mi cama.

    Empecé a pensar cada vez más en mi marido, imaginaba sus manos sobre mi cuerpo y me acariciaba simulando su presencia. Le encantaba cogerme con fuerza mis grandes pechos y retorcerme los pezones. Nunca antes había sentido la necesidad de masturbarme, pero ahora se había convertido en una necesidad, no había noche que mis dedos no entraran en mi vagina creyendo que era su miembro erecto y siempre acababa mi orgasmo pronunciando su nombre en plena excitación.

    Con el tiempo nada era lo mismo que antes, ni mi marido. Se veía absorbido por el trabajo, agobiado, encerrado en sí mismo. Cada fin de semana íbamos a visitar a la familia y casi no teníamos tiempo para nosotros solos y eso estaba minando nuestro matrimonio. La soledad estaba acabando conmigo, pero no quería cargar sobre él tristeza, aunque a veces tenía la sensación de que se daba cuenta.

    Empecé a refugiarme en la oficina, en el trabajo y en el buen ambiente. Eran chicos y chicas jóvenes llenos de vida, yo era la mayor, pero eso no parecía importar. Había un joven, Fernando, de unos veinte años, muy simpático, que me hacía reír constantemente, todas miraban para él. Todas las tardes al salir del trabajo, iban juntos a tomar unas cañas después del trabajo, decidí ir con ellos. Me animaban mucho y Fernando siempre estaba pendiente de que no estuviera triste.

    Creí que nunca llegaría a esta situación, pero la oficina se estaba volviendo en una necesidad; no supe lo enganchada que estaba hasta que fue el nombre de Fernando el que pronuncié cuando llegué aquella noche al orgasmo. Me quedé helada. “¿Había sido un equívoco?”, mi mente sabía que no y los siguientes días empecé a fantasear con mi compañero de trabajo. Amaba a mi marido, pero mis ojos ya no le veían.

    La situación cambió a partir de aquel día y creo que aquel joven se dio cuenta, aunque yo estuviera ciega como una niña y no quisiese reconocerlo. Podría ser su madre, en la oficina había muchas chicas más guapas yo era una mujer madura y con alguna curva que otra. Una tarde mientras tomábamos unas cervezas en la cafetería de siempre, con torpeza se me cayó una encima del pantalón.

    Me disculpé y me dirigí al baño para secarme sin darme cuenta de que me seguía en la misma dirección. Sonreí cuando me percaté de su presencia y entré en el baño con nerviosismo; me acerqué al lavabo y cogí papel para secarme, la puerta se abrió y para mi sorpresa fue Fernando el que entró, lo miré a través del espejo incrédula y sin saber cómo reaccionar.

    —¡Estás loco!, ¿qué haces aquí?

    No contestó, se limitó a cerrar la puerta y abrazarme por detrás. Nunca antes había vivido una situación como esta; por un lado, quise echarlo de allí por semejante insolencia, pero por otro mi mente lo había imaginado tantas noches que me encontraba en un encrucijada. Al oído empecé a escuchar los versos de Neruda que días antes le había confesado que eran mi fascinación; los recitaba tan bien que cerré los ojos para disfrutar del momento, antes de que pudiera darme cuenta tenía sus manos estrujando mis pechos, aquel momento era tan maravilloso que le dejé hacer.

    Cuando bajó su mano y la metió por debajo de mis bragas, el poema parecía cobrar fuerza, el calor inundaba mi cuerpo, notaba su polla contra mis nalgas incrementando el deseo. Aquello no estaba bien, débilmente le dije que nos podían ver, que los demás podían enterarse y eso no podía ser. No me hizo caso y siguió con sus palabras hipnotizantes. Sus dedos presionando mi clítoris y su mano aprisionando mi pecho provocaron rápidamente un delicioso orgasmo. Al acabar el último verso se marchó, al abrir los ojos y verme en el espejo me sentí extraña. Opté por marcharme de inmediato a casa en vez de seguir más tiempo allí.

    Al llegar a casa me duché, las dudas llenaban mi cabeza, una parte de mi sabía que debía detener esta locura, que no estaba bien engañar a mi marido, que se estaba sacrificando para poder darme esta buena vida, estuve tentada a llamar a aquel joven para decirle que no se repetiría más. Pero mi cuerpo me decía lo contrario, me había sentido querida, había disfrutado como una adolescente que se esconde de sus padres, de ese momento y fuera bueno o no, quería más.

    Por cada argumento para dejarlo encontraba otro para seguir sumida en esta espiral que podría destruir mi matrimonio. Al final no haría nada, dejaría que el tiempo transcurriera y decidiera por mí. No fallé, el tiempo me fue llevando caprichoso a su manera.

    Al día siguiente en el trabajo todo siguió igual, como si nada hubiese pasado el día anterior, eso por lo menos me restaba tensión y dudas. Quizás solo fuese una diversión o una chiquillada, los jóvenes de hoy solían hacer esas cosas a menudo los fines de semana. Yo simplemente me había portado como una chiquilla más al seguir el juego, mejor era dejar de pensarlo.

    Dos días después en el trabajo fui al baño. Al entrar recordé lo sucedido en la cafetería, eso en cierto modo me excitó. Quizás fuera mi imaginación o mi deseo cuando la puerta se abrió y entró Fernando de nuevo, me abrazó como el otro día y empezó de nuevo a recitar poemas. Su tacto era real, no estaba soñando, de nuevo sus manos recorrían mi cuerpo. Pensé que era muy osado, pero me gustaba esa valentía. Estaba vez no me quedé quieta sin hacer nada, llevé mis manos por detrás hasta sus pantalones y acariciando su polla erecta. Parecía complacido y continuó metiéndome mano.

    No aguanté más, mi cuerpo dominó a mi mente, ya había arriesgado mucho, no había nada más que pudiera perder. Me giré y le besé apasionadamente, parecía una mujer desesperada y calenturienta. Aproveché para desabrochar el pantalón. Tenía sus pantalones en el suelo cuando me di cuenta que podía entrar cualquiera de mis compañeras y aquello no era algo que debieran saber y mucho menos ver. Lo empujé con fuerza dentro del habitáculo individual, cayó sentado en la tapa del inodoro, por fortuna estaba bajada, entré y cerré la puerta con el pestillo.

    Ahora ya nada se interponía en esta espiral de locura, me senté en sus muslos para sentir de nuevo sus labios; por su parte aprovecho para agarrarse la polla y dirigirla a mi coño; aunque primero apartó lo más rápido que pudo mis bragas. Eché un gemido al aire al notar como me penetraba, sus manos agarraron mis caderas y me empujaban hacia él para meterla cada vez más profundo. Mi cabeza enloqueció, llevaba demasiado tiempo sin sentir ese placer interno.

    Apoyé bien los pies en el suelo y mis manos en la pared para comenzar a botar sobre mi amante; dejó que fuese yo la que llevara el ritmo, con torpeza me desabrochó la blusa y bajó el sujetador para adentrarse como un aventurero en mis tetas. Aquel momento fue rápido, con el ansia no tardó en querer correrse. Cuando lo dijo me levanté, podía estar loca pero no cometería un error que pudiera traerme peores consecuencias, quizás con su juventud ni pensara en esas cosas.

    Por suerte empezó a correrse en cuanto se la sujeté con la mano, podía verle en su cara de niño el placer. Quiso que yo terminara, pero no le dejé, ya era suficiente riesgo por hoy, limpié su polla y mi mano manchadas de esperma y abandonó el baño.

    Esa noche en casa terminé en la ducha lo empezado en el baño. Volvía a sentirme viva y los remordimientos ya no eran lo suficientemente fuertes para parar, mi amante se había convertido en una droga que hacía que las ausencias de mi marido fueran insignificantes. Ahora ya no había vuelta atrás, se había convertido en un camino sin retorno.

    No hubo oportunidad de más encuentros en el baño esa semana, pero mi cabeza ya pensaba en la próxima vez hasta que encontré la oportunidad. Esa semana era la fecha de hacer el balance y Fernando era siempre el encargado de hacerlo; me ofrecí voluntaria a ayudarle, ya que en casa no tenía obligaciones que atender. Sonrió al escucharme y al ver mi mirada, sabía perfectamente que balance quería que me hiciera.

    El fin de semana con mi marido se me hizo eterno, la rutina de siempre con su familia. Aun así yo me entretenía imaginando y pensando en el balance, era como una obsesión. Por fin llegó el día, como una virgen en su noche de bodas me sentía nerviosa. Al llegar la hora de salida sentí un cosquilleo en el estómago. No quería fallos ni problemas, por lo que acompañé a los últimos en salir hasta la salida para asegurarme de que no quedaba nadie más. Al volver a la oficina cerré la puerta con la llave, así me sentía más tranquila y decidida fui en busca de Fernando.

    Entré sin saber muy bien qué hacer, después de todos estos días imaginado el encuentro, a la hora de la verdad me encontraba perdida, extrañamente Fernando no estaba en su puesto. Lo llamé en alto, pero nadie contestó, empecé a ponerme aún más nerviosa. Fui al baño pensando que quizás me esperaría en nuestro sitio, pero tampoco estaba allí; empecé a desilusionarme hasta que vi una pequeña luz por debajo de la puerta del despacho de nuestro jefe y de nuevo apareció el cosquilleo.

    Estaba sentado en el sillón del jefe, solo iluminaba la estancia la luz del flexo, dándole un aspecto más varonil. Me acerqué lentamente con una sonrisa pícara, al llegar a su lado abrí los ojos sorprendida, me esperaba desnudo de cintura para abajo, con su polla dura apuntándome, era como una invitación. Se me aceleró el corazón, aunque no quería parecer ansiosa ni desesperada.

    —¿No es mejor que hagamos primero el balance? —le pregunte.

    —El balance ya está hecho, lo terminé esta mañana. —respondió con una malévola sonrisa.

    Estuve tentada a decirle que se vistiera y llevármelo a casa, allí había la seguridad de que no nos molestarían, pero era igual de peligroso que hacerlo allí, por lo que decidí seguir. Me arrodillé delante, agarré su miembro y me incliné a chuparlo, se mostró deseoso e impaciente pero no dijo nada, deseaba darle a ese chico la mejor mamada de su vida, quería que supiera de lo que era capaz una mujer madura.

    No era mayor que la de mi marido, tampoco tenía queja, la lamí por todas partes y jugué con sus huevos, podía escuchar su respiración y su cara me decía que estaba satisfecho, creo que ver como me la comía entera lo puso a cien, creo que ver a una mujer de mi edad arrodillada y chupándole la polla era toda una fantasía para él. Yo estaba disfrutando, pero tenía la sensación de que si no paraba, tendría en poco tiempo su semen en la boca y quería que la noche durara más.

    Al ver que me detenía se levantó, yo hice lo mismo. Su juventud le privaba de paciencia, tiró de cada lado de mi camisa de rayas haciendo que los botones salieran disparados, pero me gustaba sentir esa fuerza. Me abrazó por detrás, sus manos subieron y bajaron por mis piernas como un ascensor, dejándome sin ropa interior. Me empujó hasta la mesa escritorio, dejé que Fernando llevara la iniciativa esta vez. Me inclinó sobre ella hasta que mis pezones se pusieron duros con el contacto y el frío, me agarró una de las piernas para que la pusiera sobre la mesa.

    Creo que este joven pasaba demasiado tiempo viendo porno en su ordenador. En esta postura no podía ver más allá de unos papeles amontonados, noté sus manos agarrándome las nalgas, haciendo más fácil el acceso a mi entrepierna; al instante sentí su lengua sobre mis labios vaginales con movimientos rápidos de arriba a abajo. Estaba un poco verde, pero no estaba dispuesta a despreciar sus lamidas, seguramente con el tiempo lo convertiría en el mejor come coños, pero esa ocasión me conformaba con ese placer.

    Cuando se cansó de usar su lengua se levantó, sin dejarme bajar la pierna. Su glande se posó sobre mi vagina, me sentía como una yegua dispuesta a dejarse cabalgar por su potro, lo estaba deseando de tal manera que el corazón se me aceleraba al pensarlo, pero no se movió.

    Algo iba mal, no sabía porqué no se movía, me giré para verlo, me miraba fijamente a la cara, apenas llevaban nuestros ojos un par de segundos conectados cuando sentí su carne penetrándome; cerré los ojos y abrí la boca dejando escapar un gemido mientras me abría la vagina, fue la señal que dio paso a los movimientos de su pelvis. Comprendí que lo único que había querido hacer es verme la cara al penetrarme, no dejaba de ser un niño que se vanagloriaba de follarse a una mujer madura y quería ver todos los detalles.

    De vez en cuando me daba un cachete en el culo, como si ambos estuviéramos grabando una película porno. No me preocupaban las fantasía de Fernando, solo quería sentir el placer una y otra vez. Se afanaba por meterla hasta el fondo, por hacerme gemir y los estaba logrando. Perdí la noción del tiempo, pero quería perderme en ella.

    Se detuvo, mi mente imagino cual sería la siguiente postura, aunque más bien quiso cambiar de agujero. Me negué, no era de esas mujeres que practicaran sexo anal y no tenía intención de hacerlo, vi su decepción en la cara; yo no era la actriz porno que se imaginaba. Cuando le dije que a cambio pidiera otra cosa, no imaginé las palabras que vinieron a continuación. Lo había hecho sola en mi cama e incluso me habían masturbado muchas veces, pero que lo hiciera como espectáculo para alguien me daba aún mucha vergüenza; pero al verle la cara no podía negarme una segunda vez.

    Me senté en el sillón, él por su parte se colocó enfrente, preparado para tener un buen primer plano. Seguramente tenía mis mejillas más sonrojadas de la vergüenza que del calor corporal. Abrí las piernas y cerré lo ojos, así me sería más sencillo. Puse la palma de la mano sobre mi coño y suavemente la pasé sobre mi clítoris, empecé a imaginarme a Fernando, aquello funcionó porque enseguida empecé a excitarme cada vez más.

    En el momento que me sentí más segura, abrí los ojos, él se encontraba justo delante pajeándose mientras me miraba, seguramente igual que lo hacía delante del ordenador viendo videos porno en su casa. Volví a cerrarlos. Él me lo pidió y yo lo hice, su voz entrecortada me lo dijo, obedecí llevada por la excitación, por el morbo, por darle el placer que buscaba. Sin prisa fui introduciendo dos dedos en mi vagina, la primera falange y poco a poco las demás; le di la satisfacción de ver mis dedos dentro de mi coño, mojándose con mis jugos por completo. Utilicé la mano libre para acariciar mi clítoris a la vez.

    No me sorprendió empezar a notar su semen sobre mí, había escuchado su respiración acelerada y unos pequeños gemidos antes. Lo extraño sería sentirlo en otra parte, en mi interior sabía que estaba ansioso por correrse en mi cara, pero no me importaba, estaba tan caliente que se lo hubiera permitido. Apuré mis dedos, yo también notaba que pronto explotaría de placer, lo que no me esperaba era que metiera su polla mi boca; me gustó y saboreé lo que quedaba de esperma, en ese momento se me vino un pensamiento, me imaginé en esa misma situación, pero con la polla de mi marido en mi coño en vez de mis dedos.

    Algo imposible, pero un pensamiento que elevó la intensidad de mi orgasmo hasta límites insospechados, estaba completamente húmeda. Me miró sonriente, ambos habíamos disfrutado de nuestros encuentros clandestinos. Nos arreglamos y aún tuvimos tiempo de ir a tomarnos unas copas; realmente fue una noche estupenda.

    Esa noche casi no pude dormir, no estaba segura de si debía seguir con mi matrimonio después de aquello. Entonces recordé aquel pensamiento en el sillón, sería algo impensable reunir a ambos, me resultó bastante morbosos y excitante pensar en tener sexo con los dos a la vez, reí al pensar que seguramente Fernando sería el primero en querer meterla por el culo. Al igual que yo le enseñaría a comer un coño, él me haría actriz porno en un instante.

    Esos pensamientos dieron paso a otros, quizás mi marido también andaba con alguien, a lo mejor había una puta que se lo estaba trajinando a mis espaldas, aunque la única verdad que conocía era que yo me estaba follando a otro. Me estaba dando cuenta que amaba a mi marido más de lo que creía, pero mi amante era una droga difícil de dejar. Le di vueltas hasta que me quedé dormida.

    La semana siguiente en el trabajo transcurrió igual, unas miradas cómplices, unas sonrisas y besos a escondidas. Yo ardía por dentro de volver a tener un encuentro con él y pese a visitar el lavabo con alguna esperanza, fue imposible hacer nada. La oportunidad surgió a la semana siguiente, había unos ingresos imprevistos que meter en el balance. Fernando me miró con cara de pillo, pero esta vez puse una excusa. Me persiguió los días siguientes para convencerme, pero le dije que estaba mi marido y me era imposible, aunque a regañadientes, asumió mi falsa negativa. La verdad es que tenía otro plan, mi marido seguía fuera, pero quería darle una sorpresa.

    Me maquillé y peiné como si fuese a ir a una cena de gala, me puse unas medias de media pierna y un liguero de una juego de noche que me habían regalado. Cogí la gabardina de mi marido y me fui hacia el trabajo sin nada más, no era la primera vez, en alguna ocasión había dado esa sorpresa a mi marido. Al llegar, la puerta estaba abierta, suspiré por la buena suerte, de haberla encontrado cerrada el plan se habría estropeado. A esa hora, debía estar sentado delante de su mesa con el ordenador haciendo el trabajo, seguramente al verme se alegraría y yo en el fondo estaba deseando que me follara cuanto antes.

    Abrí la puerta, la sorpresa fue mayúscula, pero no la que yo había planeado. No estaba sentado en la silla, sino de pie delante de la mesa; para mi desgracia no estaba trabajando o no de la manera que creía porque se encontraba metiéndosela a mi compañera de trabajo, que estaba estirada sobre la mesa. Al verme no se inmutó, ella por el contrario se levantó rápidamente y se tapó avergonzada de que la pillaran.

    —Perdona, estamos de aniversario. —dijo tímidamente.

    Él no se dignó a hablar, tampoco esperé a ello. Cerré de golpe la puerta y me marché corriendo de allí. Lloré todo el camino de vuelta, ¡eran novios!, eso significaba que había estado jugando con nosotras y a saber si había alguna mujer más. Me estaba enamorando de un farsante, un mentiroso que lo único que quería era tirarse a todo lo que tuviera un par de tetas. Y lo peor era que yo me sentía igual con mi marido, fue la peor noche de mi vida.

    No tuve fuerzas para ir a trabajar al día siguiente, llamé para decir que estaba enferma. Él me llamaba e insistía, pero lo tenía decidido, no quería saber nada más de él; seguiría con mi vida. Esa era mi idea, lo tenía muy claro, me había sentido tan mal que no volvería a caer en sus mentiras. No me quedó más remedio que ir a trabajar, ese día lo ignoré, intentó abordarme, pero escapé, lo rehusé todo lo que pude hasta que no tuve más remedio que hablar por motivos de trabajo.

    Fue entonces cuando descubrí que no tenía intención de disculparse conmigo, por el contrario, me hizo chantaje para que siguiera acostándome con él. Eso me enfureció, pero me encontré atrapada ante alguien que tenía apariencia de niño, pero era un hombre despiadado. Estaba dispuesto a contarle todo a mi marido si yo no accedía a sus peticiones; iba en serio, me entró pánico, lo único que pude decirle es que me dejara unos días para pensarlo.

    Estaba confusa, sin rumbo, sin saber que hacer; la misma persona que me había dado vida las semanas anteriores, amenazaba con arruinar mi matrimonio. Estaba convencida que mi marido nunca me lo perdonaría, la otra opción tampoco me gustaba: ser la actriz porno de un crío vicioso y estar a su antojo. En pocos días había pasado de ser el amante perfecto a la mayor alimaña. Por desgracia tendría que elegir.

    Ese fin de semana no fuimos a ver a la familia, convencí a mi marido de que no me encontraba bien.

    El sábado por la noche reuní el valor que pude y se lo conté, no se lo expliqué en detalles pues no era necesario, pero sí que había llegado a acostarme con él. Se quedó mudo, no dijo nada. Su reacción hizo que yo estallara en furia contra él, sabía que no era culpable de nada, pero empecé a chillarle por haberme dejado tan sola.

    Seguía sin inmutarse, lo que me estaba volviendo loca, necesitaba que reaccionara, que me dijera que todo había acabado, que me insultara, cualquier cosa menos estar de pie en silencio, se estaba volviendo una tortura difícil de llevar. Fue entonces cuando me volví más agresiva, le insulté y pegué empujones, no se movió pues era un hombre corpulento, pero fue la bofetada en la cara lo que cambió la cosa.

    Levantó la vista, su rostro mostraba una agresividad que desconocía, quizás me había pasado. Me agarró del cuello con violencia, me asusté, pensé en las noticias de mujeres asesinadas a manos de sus maridos, parejas o amantes. Traté de quitarle la mano, pero era demasiado fuerte, me arrastraba hacia la cocina sin que yo pudiera evitarlo. Con su fuerza me subió sobre la mesa, yo hacía lo imposible por liberarme, perder mi matrimonio no tenía que suponer perder la vida. Luché con todas mis fuerzas sin percatarme de que lo que estaba haciendo era quitándome los pantalones con furia, dejándome desnuda de cintura para abajo.

    Me agarró por detrás de las rodillas, las levantó abriéndome de piernas e ignorándome por completo se lanzó sobre mi coño. Empezó a lamerme de arriba abajo con su lengua húmeda. ¡No podía creerlo! Su lengua presionaba mi carne con fuerza, introduciéndose en mi vagina y llevándola posteriormente hasta mi clítoris.

    No recordaba la última vez que lo había hecho así, a decir verdad, nunca. Mi cerebro estaba recibiendo continuos bombardeos de placer, cuando fui consciente, mis manos le presionaban la cabeza contra mi entrepierna, abrí mi boca para coger aire, aquello era algo más que maravilloso. Exploté casi de inmediato en unos de mis mayores orgasmos, mi cuerpo tembló y su boca se empezó a llenar de mis jugos. Grité como nunca y la cabeza me daba vueltas.

    “¡Qué bueno amor!” —estuve a punto de decir.

    Lo vi de pie, yo me limitaba a recuperarme del placer anterior, lo miré, seguía teniendo esa expresión terrible. Sin soltar mis piernas abiertas, me penetró de forma salvaje. Volví a gritar, de nuevo el placer invadía mi cuerpo, de no saber que era mi marido pensaría que era otro, su polla parecía más grande o quizás la excitación que me daba era mayor. Fuera lo que fuera, me estaba abriendo por completo, tuve que quitarme la camiseta que llevaba puesta para bajar el fuego que tenía dentro de mí.

    Nunca antes alcanzara este nivel de gozo, me la estaba metiendo hasta el fondo golpeando mis nalgas bruscamente, me agarré a la mesa, mis tetas se movían rápidamente de un lado a otro. Mi marido parecía una máquina sin control y yo no podía parar de jadear, creo que, al verme así, incrementaba el ritmo de la penetración golpeándome con más violencia.

    De nuevo llegué al orgasmo, aquello era demasiado, mi cuerpo temblaba con los espasmos, la cabeza me daba vueltas, el corazón parecía que me iba a explotar al borde de la taquicardia, quería pedirle que parara, que no aguantaba más, pero no tenía aire para decirlo. A lo mejor su idea era matarme de gusto, reí para mí, si seguía así lo iba a conseguir.

    Cuando se detuvo yo ya había perdido el norte, estaba ardiendo y totalmente mareada, me bajó de la mesa de un empujón; me fallaban las fuerzas en las piernas, no las sentía hasta tal punto que caí al suelo sentada.

    —¿Esto es lo qué quieres? —dijo de un grito.

    Esas fueron sus únicas palabras, justo en el momento en el que yo levantaba la cabeza extenuada para verlo. No pude, al instante de su glande salió disparado un chorro de semen hacia mi cara que me hizo cerrar lo ojos, a continuación, como la lluvia, los chorros me fueron bombardeando. Estaba excitado, lo notaba, intentó disimular sus gemidos, pero nunca antes había soltado tanta cantidad. Al acabar se vistió y se marchó dejándome tirada en el suelo, totalmente bañada en esperma, tardé unos minutos en recuperarme antes de poder ir a la ducha. Ojalá me hubiera follado siempre de aquella manera, quizás no hubiera llegado nunca a esta situación.

    No apareció en toda la noche; al día siguiente vino con una maleta. Parecía el fin y yo asumía mi culpa, pero lejos de ello me dijo:

    —Tengo parte de culpa al dejarte de lado, aunque no es excusa. Te quiero y he visto tu arrepentimiento, por eso te perdono.

    Había hablado con su familia, sin contarles nada de lo sucedido, para regresar al pueblo, a la vida de antes. Realmente en el sexo salimos ganando, aunque como penitencia tuviera que entregarle mi culo. Al principio me costó, pero acabé disfrutando por completo. Esa semana hicimos la mudanza para no regresar jamás.

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  • Masturbación en el ascensor

    Masturbación en el ascensor

    Subía a mi departamento volviendo de hacer compras, con una mano tenía las bolsas de la verdulería, con la otra miro el celular, ese vicio que generan las redes sociales de incluso ponerse a scrollear en el ascensor.

    Llego a mi piso, abro la puerta y antes de abrir la reja de piso abro el Instagram. En el feed sale una foto de Isa quien posa con su cuerpo, enrollada como un gatito. Su piel color cálida que combina con su pelo cobre, una cara que es musa inspiradora de fantasías. Sobre su pierna posa el reflejo del atardecer y sostiene su cámara profesional con la que fotografía su sensualidad frente al espejo, uno de sus brazos que la está agarrando pasa cubriendo su teta.

    Es excitante no verla, pero saber que está sin corpiño, me impactó esa imagen, su cuerpo, su teta cubierta. En eso que veo la foto el impacto es como el de un choque de camionetas. Siento una oleada de placer que viene repentinamente a mi cuerpo, mi pene se erecta, mi cuerpo suelta las bolsas de naranjas que caen al suelo mientras lanzo un “oh” desinhibido de mi parte más animal que se funde en el eco de un pasillo deshabitado, huele a silencio, es evidente que no hay actividad por la zona.

    Sin pensarlo me bajé los pantalones y bajo la luz fría de la jaula empecé a masturbar mi pene frenéticamente, al gimoteo de varios “oh oh oh” al hilo. La calentura era tal que el trabajo se hacía casi solo. Acabo dejando el piso del ascensor todo cumeado. Una eyaculación más que digna en cantidad de semen, más que en muchas otras ocasiones, se ve que lo estaba necesitando.

    Me subí los pantalones, y con mi zapato intenté diluir la leche por el piso para que no quede tan notorio. Salí del ascensor chequeando que no haya nadie viendo y me escamoteé por el pasillo oscuro como un asesino que huye de la escena del crimen hasta la puerta de mi guarida.

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  • Secuencias: Paula y Mónica

    Secuencias: Paula y Mónica

    Con un delicado beso entre los pétalos de aquella vulva humedecida, Mónica recibió en la suya el calor de la lengua de Paula. Una caricia intensa que exploraba el interior, deslizándose entre los dúctiles labios verticales, hundiéndose en la sabrosa carne femenina. Los dedos abren suavemente las orillas del canal placentero que hace estremecer a Mónica.

    Paula poseída por el toque sabio de aquellos labios gordezuelos que atrapan los suyos desiguales y se ajustan a la abertura espaciosa para dejar paso a la penetración circular de la lengua de Mónica, gime y se frota en los labios que lamen el capullo endurecido. La creciente pasión hace que también su penetrante lengua se ladee, se enrosque, empape el interior de la vagina de Mónica. Paladea los jugos espesos, los lleva a todos los rincones de su boca.

    Mónica se separa ligeramente, observa el agujero brillante, rosado como una aurora de primavera, e introduce dos dedos entre las paredes lubricadas por el fluido interno de la vagina de Paula. Entra y roza hasta que se estrellan sus nudillos en el vientre desnudo, con su forma de delta, jugoso y tierno demandando el agasajo cariñoso.

    Siguen en esa posición, en esa despaciosa secuencia invertida, la una sobre la otra. Se suceden las caricias de las yemas de los dedos, los delicados toques en las paredes deslizantes de los conductos distendidos, que se abren a la espera de las ondas penetraciones. Las caderas de las dos se mueven facilitando el encuentro entre los dedos amantes y los puntos placenteros del ardor. Se alternan las penetraciones y los besos que lamen y sorben chupando el licor gemelo.

    Paula conoce los recónditos espacios donde Mónica se derrama en densos arroyos aromáticos como miel ligeramente salina. Extrae sabiamente cada gota, mientras Mónica se retuerce y sube el montículo de oscuro musgo ensortijado. La lengua de Paula como la lámpara de una experimentada espeleóloga descubre cada espacio donde desatar gemidos cadenciosos.

    Para un instante, observa los hilos del fluido del interior de la vagina de Mónica mezclados con la burbujeante saliva cálida que ha ofrendado en el altar sagrado del abierto agujero, a la vez que del interior de aquella raja ensanchada por las caricias dactilares se escapan los dedos oferentes y un largo beso humectante prolonga los placeres para volver a recorrer el vaginal pasillo sedoso con tres dedos agrupados en un haz que provoca fuertes gemidos espasmódicos.

    Paula atrae entre sus muslos la cabeza de Mónica y la presiona. La lengua se introduce hasta el fondo recorriendo el conducto resbaladizo, y bebe la jalea real del goce compartido. Es una penetración larga seguida de una extracción corta para profundizar en aquella gruta chorreante y ardiente.

    El festejo del sexo enamorado continúa hasta que Mónica entre un torbellino de jadeos se vierte entre los dedos de Paula, los atrapa con latidos succionadores; se corre con los ojos cerrados, sin dejar de lamer y sorber el licor de suave aroma que brota de Paula. E inmediatamente con una sacudida contenida siente como ésta se viene en sus labios de fuego.

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  • Al parque

    Al parque

    Hay en mí una pasión, a veces imparable: escribir. A veces paso noches enteras inclinada sobre un cuaderno escribiendo, experimentando lo que mi pluma traza en el papel. No soy ni me siento como W. Smith o S. King, nunca he escrito una novela, y nada mío ha sido publicado jamás, salvo en sitios web. Podría ser que escribo cuentos demasiado cortos, o quizás porque mi temática favorita es el erotismo, el erotismo hardcore. Pero estas son las historias que me gusta contar y escribir.

    Al no poder sustentarme con esta pasión, tengo que trabajar, lo cual detesto, principalmente porque limita el tiempo que puedo dedicar a escribir.

    Por eso tuve que organizarme: llevo siempre conmigo una libreta para anotar las inspiraciones a desarrollar lo antes posible y, aprovechando los días lindos, paso mi hora de almuerzo en el parque cerca de la oficina. Sentado en mi banco habitual cerca del quiosco, descubrí no sólo un lugar tranquilo y agradable, sino una verdadera fuente de inspiración. Muchas mujeres, sin darse cuenta, pasando ante mi vista, se han convertido en musas inconscientes de mis historias; a veces su forma de vestir o de caminar, su cabello o su voz, eran suficientes para encender mi imaginación.

    En un momento dado, mi atención se centró en una mujer en particular. Quizás porque casi siempre elegía el banco frente al que se había convertido en mío, cerca del antiguo puesto de sandías, o quizás por algunos de sus curiosos hábitos que poco a poco fueron capturando mi curiosidad. Físicamente, ciertamente no era del tipo que pasa desapercibido. Medía aproximadamente 44 m, parecía una talla 46/XNUMX: pelo rojo y rizado, ojos verdes muy expresivos, aunque a menudo ocultos tras unas gafas, además de un pecho abundante, que creo que noté entre las primeras cosas.

    Ella casi siempre vestía de traje, de esos que abrazan sus generosas caderas y resaltan su estrecha cintura, con una falda que terminaba justo por encima de la rodilla, dejando imaginar la suavidad de sus muslos. Los zapatos de tacón alto completaban esa figura de secretaria a la antigua usanza, esa imagen estereotipada pero emocionante, capaz de hacer viajar la imaginación a encuentros prohibidos en alguna oficina desierta.

    En los primeros días llegaba con un libro, se sentaba con las piernas cruzadas en el banco y se sumergía en la lectura, aislándose del mundo real como todos los grandes lectores. Ella permaneció allí en silencio durante aproximadamente una hora, cambiando de vez en cuando la posición de sus piernas. Esperé ese momento con una inquietud mal disimulada, disminuyendo el ritmo de mi escritura, con la esperanza de comprender mejor sus piernas, pero el gesto fue cuidadosamente estudiado y casto.

    De repente, dobló una esquina de la página y se puso de pie. Todo lo que pude hacer fue seguirla con la mirada mientras se alejaba con su andar elegante, sus caderas balanceándose con cada paso, su trasero redondo y firme que parecía bailar bajo su falda ajustada, antes de dirigirme a la oficina con esas imágenes llenando mi mente. Los días pasaban y yo aprovechaba para estudiarla de vez en cuando. Se acercaba la temporada de calor y, poco a poco, la señora fue vistiendo ropas cada vez más ligeras que dejaban ver más la forma de su cuerpo.

    Noté que había cambiado uno de sus hábitos: de vez en cuando sustituía el libro por algunas hojas de papel, el típico formato A4 de oficina, que leía con creciente inquietud. Un día, cuando mi inspiración estaba a punto de estallar, decidí dedicar un poco más de atención a esa mujer que cada vez me fascinaba más, seguro de que sería un excelente tema para una historia. Primero me di cuenta de que estaba leyendo los papeles misteriosos. Cruzaba las piernas con mucha más frecuencia, sin su atención habitual, permitiendo que mi mirada entrara en lugares que habitualmente me estaban prohibidos.

    Me di cuenta de que los releyó varias veces. En un momento se levantó y desapareció, para regresar varios minutos después con una mirada extraña, los ojos brillantes y satisfechos. Esto empezó a intrigarme mucho, así que la próxima vez que la vi sacar los papeles, simplemente fingí escribir y estudié más su comportamiento. Cuando se levantó, la seguí y descubrí que estaba escondida detrás del viejo quiosco, protegida por una jungla de arbustos, invisible para cualquiera en el parque. Lo que estaba haciendo allí y por qué iba allí fueron las dos curiosidades que guiaron mis siguientes movimientos.

    Lo más fácil de averiguar era lo que estaba leyendo. Cuando salió de su escondite, la seguí y la encontré tirando a la basura los papeles que había leído. Dándole tiempo para alejarse, los recuperé y los guardé rápidamente en mi carpeta. Descubrí que estaba leyendo un cuento erótico: contaba la historia del encuentro entre un vendedor apasionado por escribir historias eróticas y una mujer que estaba preocupada por no ser lo suficientemente apasionada en la cama.

    Escondidos en un bosque, los dos tuvieron repetidas relaciones sexuales, descritas con bastante detalle. Había descubierto lo que tanto inquietaba a mi dama, pero aún me quedaba un último misterio por descubrir: ¿qué hacía escondida detrás del quiosco? Al día siguiente hice un reconocimiento y descubrí una pequeña cabaña detrás del quiosco que servía de almacén.

    La puerta estaba abierta y tan dañada que había mucho espacio entre las tablas que la formaban. Desde dentro, oculto a la vista de todos, podía tener una visión completa de la parte trasera del quiosco. Esperaba ansiosamente el día en que mi provocativa dama llegara con una nueva historia, pero parecía que lo hacía a propósito: siempre llegaba con su libro.

    Finalmente, un viernes, después de sentarse en su banco, sacó de su bolso los papeles fatídicos. Con aire de indiferencia me levanté y, rodeando el quiosco, me escondí en mi refugio. Tras quince interminables minutos llegó, comprobó que no la veían y, con un gesto lento y sensual, se levantó la falda hasta la cintura, dejando al descubierto sus suaves muslos enfundados en unas medias oscuras y una diminuta combinación de encaje.

    Se sentó en el viejo taburete abandonado, con las piernas ligeramente separadas, y comenzó a masajear su sexo a través del encaje con movimientos circulares cada vez más intensos. Cuando apartó la tela para tocarse directamente, pude ver la humedad ya mojando sus dedos. Con la otra mano sacó un consolador de goma de su bolso y lo colocó sobre el taburete, colocándolo en posición vertical antes de bajarse lentamente sobre él.

    Me quedé hipnotizado por la vista: ojos bien abiertos, boca bien abierta, respiración agitada, corazón latiendo con fuerza en mi pecho y, lo más importante, una erección palpitando con el deseo de chorrear placer. Mi excitación aumentó aún más cuando, con dedos temblorosos, empezó a desabrocharme la blusa un botón tras otro. Bajó las copas de su sujetador, liberando sus pechos llenos, sus pezones ya turgentes que llevó a su boca, arqueando la espalda, lamiéndolos y mordiéndolos mientras seguía cabalgando el consolador con un ritmo cada vez más frenético.

    Sin darme cuenta, saqué mi polla y comencé a masajearla al mismo ritmo que sus movimientos. La vi arquear la espalda y poner los ojos en blanco mientras un orgasmo intenso recorría su cuerpo, haciéndola temblar. Ella se mordió el labio para no gritar, su cuerpo temblaba con espasmos de placer, mientras al mismo tiempo yo llegaba también, soñando con llenarle la cara con mi esperma. Levantó el consolador, todavía brillante con sus jugos, y se lo llevó a los labios, lamiéndolo y chupándolo con los ojos cerrados antes de guardarlo de nuevo en su bolso.

    Se levantó del taburete y, dándome la espalda, se levantó completamente la falda para ajustarse las medias y las bragas, ofreciéndome la vista de su generoso y perfectamente formado trasero que casi parecía invitarme a tocarlo. Finalmente se recompuso y regresó a su banco. Nunca había tenido que masturbarme con la misma necesidad. Esa mujer me había dejado atónito con sólo mirarla.

    Me quedé en la jaula con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho y mi polla negándose a aflojarse en mi mano, dándome tiempo para recuperarme, esperando que ella no se diera cuenta de que la estaba espiando. Llegué a la oficina todavía aturdido, realizando mis tareas como en trance, mi mente en otra dimensión, las imágenes de ella masturbándose no me daban respiro. De repente, un destello de inspiración: escribiría una historia para ella. Habría sido mi homenaje personal y, al mismo tiempo, un gran desafío.

    Tenía curiosidad y me emocionaba descubrir si una de mis historias sería capaz de provocar en ella las mismas reacciones que acababa de ver. Tuve dos días para dejar que Dago, el personaje de mis historias, diera lo mejor de sí. El domingo por la noche, mientras daba los últimos toques al relato, me sentí en conflicto: satisfecho con el resultado, pero aterrorizado de no aprobar el examen.

    Pasé una mañana infernal con la vista constantemente en el reloj y la cabeza puesta en la historia, pensando en posibles mejoras de último momento. Imprimí y puse la historia en un sobre y escribí en letras mayúsculas con un marcador: “Una historia para ti”.

    Me quedaré en mi banco hasta que ella empiece a leer, luego me escabulliré a mi refugio para esperarla.

    Ya es tarde, o eso me parece, pero llegará. Lleva un traje primaveral de color crema que realza su tez. La chaqueta ligeramente ajustada enfatiza sus generosos pechos, mientras que la falda, con un ligero vuelo que le permite moverse con elegancia, se detiene justo por encima de la rodilla, resaltando sus generosas curvas. Él va a sentarse en el banco. Él ve el sobre. Él está perdiendo el tiempo. Él lo toma en su mano. Él lo estudia. Él se acerca a mí. ¿Viste quién dejó este sobre? La miro. Ella es hermosa. “¿Qué sobre?” Respondo fingiendo estar completamente asombrado. “En ese banco… encontré este sobre… no sé…” “Lo siento, no vi nada… no sabría decirte…” Me sonríe. “Gracias de todos modos…”

    Su rostro se ilumina y regresa al banco. Él se sienta. Da vuelta el sobre en tus manos. Ella está indecisa. Él lo abre. Despliega las sábanas. Comience a leerlos. Se detiene. Mira a su alrededor, casi como si buscara quién dejó el sobre. Si él lo supiera. Empieza a leer de nuevo. Veo que la agitación crece en ella, su respiración se acelera, sus mejillas se sonrojan ligeramente. Mi polla palpita en mis pantalones al verla tan excitada con mi historia. Tratando de mantener una actitud indiferente, llego a mi puesto. Me encierro dentro y espero. El corazón late. No sé si es la agitación o la excitación lo que me provoca taquicardia.

    Por fin está aquí. Ella levanta su falda como si supiera dónde estoy y quisiera darme un espectáculo. Ella levanta su falda con manos temblorosas de excitación, revelando sus suaves muslos desnudos y dejando al descubierto una diminuta combinación de encaje negro que no esconde prácticamente nada. Ella cierra los ojos, abre más las piernas y comienza a acariciarse a través de la fina tela, gimiendo suavemente.

    Ella no puede resistir por mucho tiempo: aparta el encaje con dos dedos y comienza a masajear su clítoris con movimientos circulares cada vez más rápidos. Su coño ya está tan mojado que sus dedos se deslizan fácilmente dentro y fuera mientras, con la otra mano, le desabrocha la blusa. Sus gemidos se hacen más fuertes mientras libera sus pechos del sujetador de encaje a juego y comienza a pellizcarse los pezones ya duros.

    Ver su placer me vuelve loca, sobre todo sabiendo que es mi historia la que lo causa. Me obligo a disminuir los movimientos de mi mano sobre mi polla dura, no quiero correrme demasiado pronto. La observo mientras saca su consolador del bolso y, colocándolo sobre una vieja caja justo en frente de la puerta de la cabina, se posiciona encima de él. La forma en que se muerde el labio mientras lo empuja hacia su culo casi me hace perder el control. Mi mente regresa a mi historia, a la escena que él está recreando fielmente ante mis ojos, y pierdo el control de mi mano nuevamente mientras siento un nuevo tipo de emoción creciendo.

    La cerradura de la puerta cede de repente. Me encuentro catapultado hacia adelante, tambaleándome con mis pantalones alrededor de mis tobillos y mi polla dura en mi mano. Ella me mira con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la vergüenza, el consolador todavía clavado en su culo, sus pechos en exposición obscena, su coño goteando y sus mejillas sonrojadas. Nuestras miradas se encuentran, llenas de vergüenza y emoción. Por un momento el tiempo parece detenerse. Su mirada se desliza hacia abajo, fijándose en mi erección, y para mi sorpresa, en lugar de gritar o salir corriendo, extiende una mano temblorosa hacia mí.

    Sus dedos acarician mi eje, enviando escalofríos por mi columna, haciendo que mi carne vibre como una varita mágica. Me acerco esperando que algo suceda y ella se inclina hacia adelante, el calor húmedo de sus labios envolviendo mi glande confirmando que esto no es un sueño. Un gemido escapa de mis labios mientras su lengua comienza a explorar, sus labios succionan mi polla en su boca con creciente intensidad.

    “Es tu historia, ¿verdad?” susurra, haciendo una breve pausa y mirándome con ojos que brillan con picardía. No puedo responder, perdido en las coloridas sensaciones que su boca puede hacerme sentir.

    “Es tu historia, ¿verdad?” Me pregunta de nuevo, un momento antes de que sus manos agarren mis nalgas, empujándome más profundamente hacia su garganta. El placer es tan intenso que tengo que obligarme a no correrme de inmediato.

    “Es tu historia, ¿verdad?” -pregunta de nuevo. Él entiende mi estado, juega a mantenerme ahí, al borde, lista para correrme sin poder, lo hace acariciando, lamiendo, besando, chupando, cada parte de mi sexo, no hay un milímetro que no esté cubierto por su saliva. En ese momento me doy cuenta que si no respondo a esa pregunta, ella seguirá sin concederme ese placer, o incluso podría dejarme en ese estado. “Sí, lo escribí yo…” Apenas puedo reconocer mi voz que en este momento es casi suplicante.

    Sólo entonces acelera, agarrando mis nalgas para empujarme más profundamente dentro de su garganta. Quiero gritar pero no puedo, estamos en un parque. Agarro su cabeza y siento sus labios apretarse alrededor de mi carne dura. Sólo hacen falta unos segundos, unas cuantas embestidas más para hacerme gruñir como un animal mientras me corro abundantemente en su boca. Ella no lo suelta. Él lo bebe todo y continúa bombeando, y me mira con esos ojos que piden placer. Es todo tan bonito y excitante que mi polla todavía está dura como si no hubiera venido.

    Lo limpia todo con cuidado, luego se levanta, me mira con pícara rebeldía mientras se limpia un poco de semen de los labios, me besa y susurra: “Hazme lo que escribiste en el cuento”. Luego se da la vuelta, se apoya en la caja y, levantándose completamente la falda, me ofrece la vista de su culo perfecto.

    Me arrodillo detrás de ella, incapaz de resistir la tentación. Unas manos agarran esas increíbles nalgas, las abren y dejan al descubierto la jugosa fruta que es su coño. Comienzo a lamerla, saboreando su sabor, introduciendo mi lengua profundamente, para luego subir hacia su ano, ya dilatado por el consolador, provocando en ella gemidos más intensos. Deslizo dos dedos en su coño mientras continúo lamiéndola, sintiendo su contracción de placer.

    “Por favor”, susurra ella, con la voz quebrada por la emoción, “fóllame como en el cuento”.

    Sin necesidad de que me lo digan dos veces, me levanto y me posiciono detrás de ella, con una mano agarra su falda, mientras con la otra apunto firmemente mi glande contra su ano. Mi mente vuelve a la historia, a lo que le conté a Dago que hace y, sin pensar, empujo con decisión, también con el deseo de satisfacer su petición. El gemido ahogado que escapa de sus labios es claramente una mezcla de dolor y placer. Me detengo solo un segundo, para entender qué pasa, pero es ella la que se mueve, buscándome. Entonces siento la sangre de Dago fluyendo por mis venas nuevamente.

    Le doy una palmada en el trasero y empujo, fuerte, decisivamente, penetrándola por completo. Ella gime, pero la historia corre por mi cabeza, me extiendo sobre ella y agarro sus grandes pechos y los aprieto fuerte mientras no dejo de golpear su trasero. Hay un momento en el que siento que puedo disociarme, como cuando escribo, y veo desde un punto fuera de la escena, a Dago follando salvajemente por el culo a esta mujer en esa esquina del parque.

    Un sonido extraño sale de su boca. Parece venir de lo más profundo. Estoy empezando a entender: “Sí… sí… sí… lo estoy disfrutando… oh Dios, lo estoy disfrutando… no pares…” No podría parar aunque quisiera, de hecho intento aumentar las embestidas. Sus palabras solo tuvieron el efecto de enviarme a la órbita y, mientras mi semilla llenaba su interior, su cuerpo se estremeció en un orgasmo abrumador. Salpicaduras de su intenso placer empapan mi camisa y mis pantalones.

    Mi cabeza da vueltas y ella también parece cansada. Pasan unos instantes antes de que pueda, lamentablemente, salir de ese culo celestial. Ella también se mueve lentamente, comenzamos a recomponernos mientras un aire de vergüenza también regresa. Inesperadamente, ella se acerca y me besa apasionadamente. Por primera vez noto lo suaves que son sus labios. Ella se aparta de mí con una sonrisa traviesa, se inclina y toma mi polla aún húmeda en su boca, lamiéndola y limpiándola con minucioso cuidado.

    Las campanas de la iglesia cercana suenan, rompiendo el hechizo. Se alisa rápidamente la ropa, pero antes de desaparecer entre los arbustos se gira hacia mí con una sonrisa pícara: “La próxima vez…” susurra, acariciándome la mejilla, “…quiero leer lo que pasa después”. Ella me deja allí, aturdida y con los pantalones todavía en los tobillos, mi mente ya corriendo para imaginar nuevas historias para ella. Me visto rápidamente, consciente de que llego terriblemente tarde al trabajo, pero con la certeza de que éste es sólo el comienzo de una serie de encuentros prohibidos en el parque.

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  • Los cuernos duelen más ¿al salir o al crecer? (1)

    Los cuernos duelen más ¿al salir o al crecer? (1)

    Narración de David.

    Somos cuatro matrimonios amigos, los ocho en la treintena, que nos reunimos con frecuencia; la relación entre las cuatro parejas es fruto de la suerte, porque es raro que el cimiento esté en los varones, y sucedió por obra del azar pues nuestras compañeras, ya en el noviazgo, encontraron afinidad, en tanto que los hombres traíamos esa amistad desde los tiempos del secundario.

    Las cuatro se asociaron en una agencia de publicidad y, con inmensa suerte, les va bien. Los varones tenemos un buen pasar, yo bioquímico que tengo un puesto público y mi laboratorio privado, mientras los otros tres son comerciantes que encontraron el rubro apropiado y tienen ingresos muy superiores a los míos; esta situación desahogada nos permite una periódica dedicación a nuestra común pasión, la pesca.

    La relación entre mi mujer y yo es buena aunque para afuera pueda parecer opaca, ella cada vez que llega a casa me besa con esa deliciosa mezcla de amor y pasión que únicamente pone de manifiesto cuando estamos solos, pues suele decir que las cosas íntimas a ningún extraño le interesan; y eso abarca todos los aspectos de su vida, arreglo personal, vestuario, adornos y conversaciones; esto resulta especialmente llamativo ya que es muy linda, y no solo de cara, pues su cuerpo proporcionado posee todas las curvas compatibles con su delgadez, donde los pechos medianos resaltan y son un imán para cualquier hombre.

    Esa postura hacia el exterior hace que generalmente vista pantalones holgados, prendas superiores con reducido escote y nada ajustadas, pero en el interior del hogar usa ropa cómoda sin importarle que alguna parte de su cuerpo quede expuesta; a tal punto su negativa a la tiranía de la moda que no le conocí otro peinado que media melena de pelo lacio, pegado al cuero cabelludo y tirante en una coleta; tiempo atrás al comienzo de la convivencia la pregunté la razón de esa diferencia y su respuesta fue clara y contundente.

    -“No hay que mostrar aquello que no está a la venta, adentro ando como quiero porque solo me ve el dueño de mis deseos”.

    Un día, minutos antes del almuerzo llega mi esposa con expresión particularmente alegre y me da el consabido beso algo más largo.

    -“Hoy llegás con más alegría que otros días”.

    -“Es que sin buscar ni ofrecer nos llamó un cliente poderoso interesado en saber sobre la agencia, tiene varias empresas y podría generar buenos ingresos”.

    -“Y cómo llegó a ustedes”.

    -“Simplemente la suerte, nos dijo que andaba buscando agencias, y entre ellas estaba la nuestra, de la cual algunos trabajos le habían gustado, por otro lado era la única a cargo de mujeres y que eso lo había decidido, pues, según él, somos menos especuladoras y más pasionales lo cual redunda en mayor entrega al trabajo”.

    -“¿Ya está decidido?”

    -“No, mañana iremos a verlo pues quiere conocernos y saber cómo solemos trabajar”.

    A la tarde del día siguiente estaba por salir para el laboratorio cuando llegaron a buscarla a mi mujer sus compañeras Beatriz, Lorena y Paula, pues iban a reunirse con el probable cliente; las recién llegadas estaban primorosamente vestidas y, sin ser exageradas, como para atraer miradas masculinas sobre piernas y escotes, pues tanto blusas como faldas podían enseñar algo si había un descuido; Marcia salió vestida y arreglada como de costumbre, las miró haciendo un gesto de perplejidad y se fueron.

    Cuando nos juntamos nuevamente, antes de la cena, le pregunté sobre el resultado de la entrevista.

    -“Creo que nos fue bien a juzgar por los comentarios que hizo, aunque estuvo más pendiente de mis tres socias”.

    -“¿A vos te ignoró?”

    -“De ninguna manera, me prestó suma atención a lo que le decía, pues las otras estuvieron más pendientes de mostrar lo menos posible por esa vestimenta que eligieron, en cambio yo tuve que atender nada más que a la conversación”.

    -“O sea que esta experiencia te da una vez más la razón en cuanto a atuendo”.

    -“Totalmente, además creo que es un pícaro, el despacho es enorme, calculo que en él entra cómodamente nuestro estudio y, en ese espacio, hay tres juegos de sillones, mesa para una docena de asistentes, su propio escritorio, etc.; sin embargo, nos llevó al juego que tenía los asientos más bajos, lo cual obligó a las tres mujeres a ejecutar malabarismos para impedir que las respectivas bombachas estuvieran a la vista del anfitrión”.

    -“¿Y cómo es su aspecto?”

    -“Un cuarentón muy bien conservado, alto, físico y vestimenta muy cuidadas y ciertamente pintón; no le vi alianza, pero eso, hoy día, nada significa”.

    -“¿Y en qué quedaron?”

    -“Vamos a hacer la prueba con un producto y, si queda conforme, nos hará más encargos; como prácticamente llevé todo el peso de la charla decidió que yo fuera el contacto, pues siempre conviene que haya un solo interlocutor, aunque después el trabajo se distribuya entre varios”.

    -“¿Cómo se llama?”

    -“Jeremías Sotelo, seguramente en internet debe haber más información sobre él”.

    Unas semanas más tarde Marcia volvió del trabajo muy contenta, la prueba de publicidad para el nuevo cliente había sido aprobada y, en consecuencia, ya tenían dos nuevos encargos aunque eso significara mayor carga de trabajo; por supuesto me alegré con ella ofreciéndole todo el apoyo que estuviera a mi alcance y su pedido fue que la reemplazara en algunas tareas hogareñas cuando se le alargase el tiempo de trabajo; es sabido que la preocupación por alguna responsabilidad inmediata va en contra de la concentración necesaria para realizar bien la tarea en desarrollo.

    Unos días después me sorprendió, cuando para ir al trabajo, eligió un vestido a media pierna, holgado según su costumbre y un escote ligeramente mayor a lo habitual, por lo cual la felicité pues, siendo hermosa, hoy lo estaba más.

    -“Gracias mi amor, es que las chicas me convencieron diciendo que nuestra apariencia redunda en beneficio del negocio; de todos modos acepté hacerlo pero cada tanto, pues más cómoda me siento en pantalones”.

    Y esa rutina se verificaba solo una vez por semana, cosa lógica pues era introducir una modificación en un hábito ya arraigado.

    Reflexiones de Marcia.

    La primera vez que fui a verlo sola me recibió con un beso en la mejilla un poco más duradero de lo usual y luego, en un intervalo para servir café, medio en broma me dijo.

    -“Si fuera mujer no permitiría que mi marido me imponga limitaciones en la vestimenta”.

    -“Y vos pensás que esa es la causa de yo use estas prendas”.

    -“Es que no encuentro otra razón para que vos ocultes un cuerpo que, si responde a la cara, debe ser precioso”.

    -“Lamento decepcionarte, pero mi esposo más de una vez alabó mi aspecto cuando llevo vestido o falda; uso pantalón y camisa holgada porque es la manera de despreocuparme de los mirones que, por desgracia, abundan, y así puedo enfocarme en lo que esté haciendo”.

    -“¿Y yo podré tener el privilegio de verte con esa vestimenta típicamente femenina? Me encantaría sentirme en la obligación de darle la razón a tu marido”.

    -“Ya veré más adelante”.

    Ese comentario, a primera vista inocuo, me estuvo rondando la cabeza toda la semana y cuando se avecinaba la próxima reunión me dije ; y así, sin excepción, dejé de usar pantalones cada vez que debía ir a verlo. Fin de la reflexión

    Narración de David.

    Debo reconocer que la contribución hecha para aliviar la tarea de mi esposa fue mínima, pues era raro que su carga horaria en la agencia se incrementara; muy esporádicamente se retrasaba y en ese caso siempre avisaba. El cambio importante se dio en el entusiasmo con que afrontaba el trabajo y la consiguiente alegría al obtener buenos resultados, lógicamente por el esfuerzo conjunto.

    Evocaciones de Marcia.

    Al llegar a la primera reunión llevando vestido, después de mirarme detenidamente, me saludó con un beso en la mejilla, no solo más largo de lo común, sino que posó los labios ligeramente entreabiertos para juntarlos teniendo entre ellos un pedacito de mi piel, para luego decirme con voz queda.

    -“Estás preciosa”.

    Ese contacto y el susurro apenas audible me produjeron un escalofrío que hizo tambalear mi habitual aplomo en el desempeño propiamente laboral, lo que no me impidió percibir un cambio en el despacho, ya no estaba la mesa de trabajo anterior sino una redonda para cuatro personas y con superficie de vidrio transparente. Al sentarnos se ubicó de manera que la parte inferior de mi cuerpo fuera bien visible para él. Luego de un rato de trabajo, en que nada pudo ver, hicimos un intervalo para tomar algo y estirar las piernas; ahí volvió a la carga sobre mi atuendo.

    -“Ese vestido es demasiado largo, pienso que debiera llegar apenas por encima de las rodillas”.

    -“Si así fuera, al sentarme el ruedo estaría a medio muslo, y en lugar de trabajar tranquila, tendría que estar pendiente de no dejar a la vista la bombacha; además a vos no te conviene que decline mi atención sobre la tarea por la cual estás pagando”.

    -“¿Me permitís una confesión que no puede salir de estas paredes?”

    -“Si es algo incómodo para mi o mis socias, o deshonesto respecto del trabajo no quiero escucharlo”.

    -“Ninguna de las dos cosas, es simplemente contar lo que siento”

    -“Entonces te voy a escuchar, pero me reservo el derecho a estar en desacuerdo y decírtelo”.

    -“Es que hoy, al verte tan femenina y hermosa el trabajo pasó a segundo plano”.

    -“Gracias por el elogio, pero el trabajo sigue siendo lo más importante y eso es lo que nos reúne”.

    Habiendo declinado el café y bebiendo un jugo de fruta me acerqué al ventanal ubicado al costado de su escritorio, atraída por la preciosa vista hacia un parque totalmente verde.

    -“Qué hermoso paisaje se divisa desde acá”.

    -“Es verdad, y desde acá también”.

    Iba a contestar algo cuando, en el reflejo del vidrio, lo veo mirando fijamente mis nalgas; aunque el comentario hizo crecer mi ego, no debía reconocerlo, así que me guardé la sonrisa de satisfacción que pugnaba por salir y, girando empecé a caminar hacia la mesa de trabajo.

    -“Bueno, se acabó la vagancia, a continuar en lo que estábamos pues los términos hay que respetarlos”.

    Había dado dos pasos cuando me frenó, él sentado en un sillón y yo de espaldas al ventanal.

    -“Por favor, ¿cumplirías un deseo que me come por dentro desde que llegaste?”

    -“Primero tendría que saber cuál es”.

    -“Ciertamente algo sencillo y casi infantil, ¿levantarías tu vestido más arriba de las rodillas? así resuelvo la incógnita de la belleza de tus piernas”.

    El pedido en cierto modo me paralizó, aunque estaba en línea con su actitud general de admirar mi cuerpo, cosa que íntimamente me agradaba, y ahí permanecí inmóvil pero seria, sabiendo que él estaba enfocado en mi silueta que la fuerte luz exterior mostraba a través del vestido.

    -“Lo voy a hacer solo para darte algo de tranquilidad y así enfocarnos en lo que tenemos pendiente”.

    Con espontánea lentitud tomé el vuelo desde la mitad y empecé a subirlo para frenar habiendo superado las rodillas; él estaba mirando esa parte de mi cuerpo, mordiéndose el labio inferior con la expresión de quien está frente a un tesoro; al percibir la detención habló con voz suave a modo de ruego.

    -“Un poquito más, por favor”.

    Yo, aunque por fuera pareciera insensible a su patente excitación, me había contagiado, y le di en el gusto hasta que me di cuenta que había llegado a medio muslo; solté de golpe la tela y fui a sentarme; por supuesto que el intento de ambos por retomar el trabajo fue infructuoso, el impacto del momento vivido seguía presente y hacía inútiles los esfuerzos por sobreponernos al nivel de excitación alcanzado.

    Ante eso le dije que necesitaba retirarme y disculpándome me comprometí a compensar el tiempo perdido; me acompañó hasta la puerta donde hizo el ademán del beso habitual de despedida, pero no fue así, pues tomándome de la cintura con una mano, con la otra inmovilizó mi cara cubriendo con sus labios los míos; mi inicial parálisis se transformó en aceptación y permití que su lengua ingresara a entrelazarse con la mía y mansamente dejé que su miembro presionara mi vulva, hasta que sus manos, apretando desde mis nalgas intentando subir el vuelo del vestido, me hicieron recapacitar sobre lo que estaba haciendo; ahí me separé y salí sin decir una palabra. Fin de la evocación.

    Narración de David.

    Cuando llegué a casa, algo temprano porque había concluido rápido lo pendiente, me encuentro con mi amada, llamándome la atención su cara seria con gesto de incomodidad.

    -“Hola mi amor, te noto apagada, ¿pasó algo que te hizo regresar un poco más temprano?”

    -“Hola tesoro, siento algo raro en el abdomen y un gusto desagradable en la boca, por eso no te recibo como siempre”.

    -“Quizá sea un simple desarreglo digestivo y mañana ya te hayas compuesto, si querés meterte a la cama yo me encargo de la cena y te llevo aquello que quieras. Antes que me olvide, ya pasó bastante tiempo desde el último descanso de las pastillas anticonceptivas, así que podés comenzar otra interrupción y, mientras tanto, yo uso preservativo”.

    Durante la noche se movió mucho, con algunos sobresaltos, pero al día siguiente fue a trabajar, aunque no con la buena disposición de costumbre.

    Recuerdos de Marcia.

    Después de la reunión donde nos besamos con Jeremías me sentí tan mal que inventé una excusa y, en lugar de regresar al estudio, me fui directamente a casa. Al poco rato llegó David y me encontró en ese estado de ánimo lamentable, pues la conciencia taladraba mi cabeza reprochando el reciente proceder, el resto de la tarde estuve en cama y la noche fue un infierno de pesadillas.

    En los siete días que pasaron, hasta la nueva reunión semanal con el empresario, de manera pausada, sin pensar ni buscar, fui transitando de la culpa a la tranquilidad, luego al entusiasmo por la tarea y por último a la ansiosa espera de que llegara el momento.

    El día para la prevista reunión semanal de coordinación, después de vestirme, caí en cuenta que inconscientemente, había elegido cada prenda en función de esa cita; la blusa abotonada que permitía graduar el escote, la falda con elástico en la cintura que podía subir o bajar a gusto, zapatos de taco medio cómodos para moverme y también la ropa interior, un hermoso conjunto transparente regalo de David.

    Puestos los pies sobre la tierra me recriminé, pues mi conducta era la de una puta que, juntando flujo en la toalla higiénica de la biquini, corre con desesperada arrechera a los brazos del amante.

    Esa mañana cuando llegué al estudio, apenas me vio Paula me llevó a su despacho, cerrando la puerta para hablar en privado.

    -“Amiga, hace años que nos conocemos, y hay indicios apuntando a que estás en peligro”.

    -“¿Por qué decís eso?”.

    -“Porque pareciera que, transgrediendo la vieja costumbre de vestirte extremadamente recatada, has hecho un cambio notable coincidiendo con las veces que te toca ir a verlo a Jeremías; y no solo eso, sino que lentamente vas avanzando en mostrar más. Te lo digo porque no quiero que salgan perjudicados tanto vos como David; la pendiente, cuando es suave, te lleva al fondo sin que te des cuenta”.

    -“Ya te entendí, voy a volver a lo viejo, gracias”.

    Miré el reloj cuando entraba a la secretaría, faltaba un minuto para la hora convenida y al verme la joven que atendía hizo una seña de saludo y me anunció; estaba terminando de hablar cuando se abrió la puerta apareciendo en el marco el hombre que buscaba; daba la sensación de haberme estado esperando del otro lado de la hoja de madera lustrada. Ambos serios nos miramos y él, movió el brazo dándome paso para después cerrar.

    -“Temía que no quisieras volver”.

    -“Este es un trabajo, y mis compañeras no tienen la culpa de lo sucedido”.

    -“Te agradezco esa disposición y que nuevamente hayas optado por la vestimenta que me encanta y, por supuesto, la que hace justicia a tu belleza”.

    -“Gracias”.

    Los dos, veladamente, pues no lo decíamos con palabras, estábamos haciéndole saber al otro la excitación que llevábamos a cuesta, y probablemente sucedía por el temor que anidaba en él de avanzar más rápido de lo esperado, mientras yo pretendía conservar un mínimo de dignidad; mi concha aplaudía de ganas pero no lo podía reconocer.

    Con paso no del todo firme fui hasta el lugar de costumbre ocupando el sillón giratorio. No quería darle la oportunidad de pegarme a su cuerpo, pues eso me llevaría a una segura claudicación. Igualmente se ubicó a mis espaldas mirándome desde arriba.

    -“Recién me dijiste que esto es un trabajo y como tal estás decidida a realizarlo; me encantaría saber si además viniste porque te resulta placentero”.

    -“Sí, también fue por eso”.

    La vergüenza de aceptarlo me llevó a hablar con cabeza y voz baja, pareciendo que ese era el aviso esperado para continuar el asedio, porque puso las manos sobre mis hombros presionándolos suavemente, luego bajó a soltar dos botones de la blusa dejando a la vista el corpiño.

    -“Qué preciosura lo que veo, pero solo a modo de anticipo”.

    Y soltó dos más.

    -“Ahora sí están a la vista dos maravillas, aunque todavía cubiertas, pero ya lo arreglamos”.

    Y deslizó la blusa hacia arriba sacando los faldones para dejar todo el pecho al aire. Inmóvil, sin oposición, con la mente en blanco, deseando solamente gozar en manos de ese hombre, cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás apoyando el cuello en el borde del respaldo; ahí fue cuando deslizó los breteles hacia los brazos y fácilmente bajó el corpiño dejando los pechos desnudos para apretarlos con fuerza y retorcer los pezones.

    Mi quejido, respondiendo a esa mezcla de dolor-placer, lo calló con su boca que empezó comer la mía mientras continuaba con la caricia-tortura de mis tetas; terminado el beso, su voz me llevó a abrir los ojos.

    -“Hoy comenzó lo bueno putita, y vas a recordar por mucho tiempo el placer que viniste a buscar y te vas a llevar, arremanga lentamente la falda hasta que llegue a la cintura, perfecto, preciosa esa transparencia, ahora hay que hacerla a un lado; impecable esa almejita rodeada de vellos castaños, solo falta separar los labios para que pueda apreciar el tesoro completo”.

    -“Madre mía, no puedo creer lo que estoy haciendo para darte en el gusto”.

    -“Sin duda debo agradecer al inventor del sillón giratorio, ya que con una simple rotación de noventa grados tengo a centímetros de mi boca el manjar que, esta antigua esposa recatada, me ofrece para hacer progresar los cuernos que ya porta el esposo”.

    La tarea de labios y lengua me llevaron rápidamente a un estado de enajenación, donde lo único que quería, y se lo hacía saber, era correrme; sin embargo el muy infame, cada vez que me veía al borde del orgasmo frenaba y sostenía mis manos para que no lo sepultara en mi vagina; por eso la acabada fue muy intensa dejándome exánime durante unos minutos; volví a mis cabales cuando lo escuché.

    -“Ahora vas a recibir la ración de pija que viniste buscando”.

    -“¡No, eso no, por lo que más quieras!, dejalo para más adelante, hace unos días deje de tomar anticonceptivos, no me puedo arriesgar, te pajeo, te la chupo, pero no me la metas”.

    -“No solo me la vas a chupar sino que te vas a tragar todo lo que salga; esta vez te salvás pero la próxima vas a recibir carne del derecho y del revés. Por ahora tu marido es cornudo al diez por ciento por el beso, apoyada y tocada de culo del otro día; hoy mamada con leche bebida es un treinta por ciento más, así que te queda sesenta por completar, treinta de concha y treinta de culo, vení que no quiero correrme de pie”.

    Y me llevó casi a la rastra, se desnudó de la cintura para abajo y me dijo.

    -“Te quiero solo con la falda arrollada en el medio de tu cuerpo, arrodíllate sobre el sillón de manera que, mientras chupas mi pija, yo pueda meterte mano por detrás y ver el trabajo de labios y lengua”.

    En cierto modo fue una tortura, porque había momentos en que me apretaba la cabeza provocándome arcadas, pero compensaba con dos dedos que entraban rítmicamente en mi concha mientras el pulgar traveseaba en mi culito; así llegué a correrme mientras tragaba la leche depositada en mi boca.

    Con el maxilar bañado en esperma y el flujo empapando mi entrepierna quedé tendida y laxa sobre el sillón; una dama, generalmente cuidadosa de su aspecto, recatada en el vestir, pudorosa en sus posturas y digna en sus actitudes, ahora se mostraba despatarrada, las nalgas en el borde del asiento, la falda en la cintura, mostrando la vulva mojada en la unión de las piernas abiertas, la cabeza ladeada con los ojos cerrados y los labios entreabiertos largando saliva y esperma por una de las comisuras.

    Esa fue la imagen que tomó el celular de mi seductor, y me la mostró cuando recuperé la cordura al entregarme unos pañuelos descartables para secar un poco los líquidos, pues hubiera resultado desagradable caminar hacia el baño dejando el reguero de cremas resbaladizas.

    El trabajo había brillado por su ausencia y, ya repuestos después de aplacar la urgencia del deseo ciego, volvió a la carga mi conciencia con una embestida salvaje.

    Esta vez no me animé a regresar a casa para reponerme, di vueltas dando tiempo a que mis compañeras se hubieran retirado a sus casas para ir al estudio, tomar algo y componerme un poco; por supuesto antes le avisé a mi marido que hoy iba a demorarme, y el recibir su amorosa comprensión empeoró mi estado.

    Fin de los recuerdos.

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