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  • Alba (1): Vecina con hija

    Alba (1): Vecina con hija

    La mañana amaneció fría y lúgubre, con esa humedad que se te pega a la piel como un susurro incómodo. La casa estaba en silencio, tan quieta que podía escuchar el tictac del reloj en la cocina y la respiración tranquila de mis tres hijos, aún sumergidos en sueños. En la alcoba, Ángela dormitaba, ajena al fuego que empezaba a arder en mi entrepierna.

    El timbre del celular me sacudió como una descarga. Alba. El nombre brilló en la pantalla y sentí un golpe bajo en el estómago. La esposa de José, nuestro amigo del piso 16. Cuatro pisos arriba, cuatro pisos más cerca del infierno que mi mente ya empezaba a imaginar.

    —Hola, Alba… —respondí, bajando la voz hasta casi un susurro ronco—. ¿Cómo amanecen por allá arriba?

    —Martín… —su voz era miel espesa derramándose en mis oídos, con esa cadencia que siempre le ponía los pelos de punta—. Todo bien por acá. ¿Y ustedes? ¿En qué andan?

    —Aquí todos dormidos todavía —dije, mientras mi mano libre se deslizaba sin querer por el bulto que ya se insinuaba bajo el piyama—. Ángela sigue en la cama y yo… a punto de meterme a la ducha. —Una mentira piadosa. No había agua lo suficientemente fría para lo que necesitaba en ese momento.

    El silencio que siguió no fue incómodo, sino electrizante. Como si ambos supiéramos que estábamos jugando con fuego, pero ninguno quisiera apagarlo.

    —José salió temprano —dijo Alba finalmente, y pude imaginar su boca formando las palabras, esos labios que siempre pintaba de un rojo discreto pero provocador—. Los chicos también se fueron… así que estoy sola. Organizando el clóset. Necesito mover un mueble y… bueno, pensé en ti.

    Sola. La palabra resonó en mi cabeza como un eco en una catedral vacía. Sola. Cuatro letras que me hicieron tragar saliva con fuerza.

    —Claro, Alba —respondí, sintiendo cómo la sangre abandonaba mi cerebro para concentrarse en otro lugar—. Subo en veinte minutos. —O menos, pensé, mientras colgaba y miraba hacia la alcoba donde Ángela seguía durmiendo, ajena a la traición que ya empezaba a gestarse.

    Mi esposa seguía sumida en ese sueño profundo de las mañanas lluviosas, su respiración calmada marcando el ritmo bajo las sábanas revueltas. Sabía que lo correcto era avisarle, así que entré en la alcoba con pasos silenciosos, sintiendo ya la humedad de la ducha anticipándose en mi piel. El agua cayó sobre mi cuerpo como una caricia tibia, pero ni el jabón ni el roce de la toalla lograron borrar las imágenes que ya bailaban en mi mente.

    Me vestí con cuidado, eligiendo esos jeans oscuros que sabía me ajustaban justo donde debían – modo comando, mi pequeño secreto, esa costumbre de andar sin ropa interior que siempre añadía un peligro delicioso a cualquier situación. La camisa de manga larga la remangué sin ceremonia, dejando al descubierto mis antebrazos marcados. No era casualidad.

    —¿A dónde vas…? —la voz de Ángela, cargada de sueño, surgió desde el montón de almohadas.

    —Salgo un rato —le susurré mientras mis labios rozaban su frente en un beso automático. El aroma a crema nocturna de su piel me recordó por un instante lo que estaba a punto de arriesgar.— Voy al taller… ese camión de la empresa de valores está dando problemas. No tardo.

    Mentira. Mentira gruesa y deliciosa. Dejé el cuarto sumido en esa penumbra azulada de la mañana invernal y me dirigí a la sala, donde el sofá recibió mi peso con un crujido discreto. Los diez minutos de espera se convirtieron en una agonía dulce.

    Y entonces vinieron las imágenes, nítidas, implacables:

    Alba. Siempre Alba. Su melena azabache que olía a coco y sal cuando el viento de la playa la envolvía, esos ojos oscuros que parecían saber exactamente el efecto que causaban en mí. Recordé con lujo de detalle aquella vez en la piscina del edificio, cuando salió del agua con ese bikini azul eléctrico que se le pegaba al cuerpo, revelando pezones erectos bajo la tela mojada. Dios, esos senos – firmes como pomelos maduros, que se mantenían altivos con cada paso, desafiando la gravedad y mi cordura.

    Mi mente viajó más abajo, a su ombligo perfectamente cincelado, ese vientre plano que se arqueaba cuando se reía. Y sus caderas… ese balanceo hipnótico que hacía que hasta el más gay de los hombres volviera la cabeza. Las nalgas redondas que llenaban mis sueños húmedos, esas piernas largas y torneadas que parecían esculpidas para enredarse alrededor de mi cintura.

    A sus 43 años, Alba era un monumento a la sensualidad femenina, una combinación explosiva de experiencia y vitalidad que me tenía atrapado en sus redes desde hacía años. Y ahora, por primera vez, había una posibilidad real de que dejáramos de ser solo fantasías el uno para el otro.

    El reloj marcó que era hora. Me levanté del sofá, ajusté mi erección incómoda dentro de los jeans demasiado ajustados, y respiré hondo antes de salir. El ascensor me esperaba, y cuatro pisos más arriban, mi destino – o mi perdición – también.

    En mi divagación pasaron quince minutos. Le marqué.

    —Hola, Martín —respondió enseguida—. ¿Ya subes?

    —Sí —dije, con un leve titubeo en la voz—. Ya pido el ascensor… voy.

    Mientras esperaba el ascensor, cada segundo se hacía eterno. Mis dedos tamborileaban contra el muslo con nerviosismo, mientras la entrepierna de mis jeans -ya demasiado ajustados- se volvía insoportablemente tensa. La ansiedad y la excitación se mezclaban en un cóctel peligroso, haciendo que cada latido resonara en mis oídos. ¿Era impaciencia por la demora del maldito ascensor, o por lo que podría ocurrir en ese apartamento cuatro pisos más arriba? Mi mente no dejaba de proyectar imágenes prohibidas: Alba inclinándose frente a mí, ese escote generoso, sus labios entreabiertos…

    Cuando por fin llegó, vacío y silencioso como complaciendo mis intenciones, presioné el botón del piso 16 con un dedo que casi temblaba. El ascenso fue una tortura deliciosa -cada piso que pasaba me acercaba más a ella, a ese momento que llevaba años imaginando. Podía sentir cómo mi erección palpitaba contra la tela áspera del denim, recordándome lo precario de mi situación.

    Al salir, giré automáticamente a la derecha -conocía ese pasillo demasiado bien. El timbre sonó como un disparo en el silencio del edificio. Un minuto de agonía… hasta que escuché pasos. ¿Voces? Mi corazón se hundió por un instante – ¿no estaría sola después de todo? La decepción me golpeó como un puño, hasta que…

    La puerta se abrió, revelando no a Alba, sino a Miranda. Dios santo. Su melena rubia brillaba como oro bajo la luz del pasillo, esos ojos azules heredados brillaban con la energía despreocupada de sus 19 años. La camisola anudada sobre el ombligo dejaba ver un lunar que nunca antes había notado, y esos shorts blancos… cristo, tan cortos que con cada movimiento casi podía vislumbrar el comienzo de sus nalgas perfectas. La tela se estiraba de manera obscena sobre sus curvas, dejando poco a la imaginación.

    —¡Holaaa, Martín! —su voz sonó como un canto, demasiado inocente para la imagen que presentaba. Me abrazó con esa familiaridad de siempre, pero esta vez su cuerpo se presionó contra el mío con una cercanía que me hizo contener la respiración. Sus pechos jóvenes y firmes, apenas contenidos por el top, se aplastaron contra mi pecho. El beso en mi mejilla dejó el aroma dulzón de su gloss.

    Antes de que pudiera articular palabra, ya se alejaba corriendo hacia el ascensor, dándome una vista trasera que me dejó seco. Los shorts se le metían entre las nalgas con cada paso, revelando su forma perfecta, redonda como melocotones maduros. La tela blanca se volvía casi transparente bajo las luces, insinuando las curvas que escondía.

    —¡Qué pena! Voy volando —gritó mientras el ascensor se cerraba—. Pablo me espera abajo… ¡a la playa! ¡Chao!

    El ascensor se tragó su risa juvenil, dejándome solo en el pasillo, con la puerta entreabierta y una erección que amenazaba con reventar la costura de mis jeans. Miranda se había ido, llevándose consigo esa energía fresca… pero dejándome con la certeza de que Alba estaba sola. Completamente sola.

    El aire pareció espesarse mientras cruzaba el umbral, cada paso acercándome más al peligro, más a la posibilidad de hacer realidad años de fantasías reprimidas. La puerta se cerró tras de mí con un click sordo, como sellando mi destino.

    —¿Alba…? —llamé, sintiendo cómo mi voz sonaba más ronca de lo habitual. El nudo en mi garganta se tensaba con cada latido acelerado de mi corazón.

    Desde las profundidades del apartamento, su voz me envolvió como terciopelo caliente:

    —¡Adelante, Martín! —ese tono suyo, meloso y juguetón, hizo que el denim de mis jeans se volviera aún más ajustado—. Ya escuché a Miranda salir. Siempre hace tanto escándalo…

    Cada paso hacia su habitación era una tortura deliciosa. El apartamento olía a ella – a ese perfume caro con notas de vainilla y jazmín que siempre me volvía loco. Pasé junto al sofá donde tantas veces nos habíamos sentado “como amigos”, junto a la cocina donde sus risas inocentes escondían miradas cargadas. El pasillo parecía extenderse eternamente, cada centímetro alimentando mi anticipación.

    Cuando llegué a su dormitorio, el walking closet estaba entreabierto como una invitación. Toqué la puerta con nudillos que temblaban levemente.

    —Pasa, Martín —su voz salió desde dentro, y al empujar la puerta, el espectáculo que se presentó ante mí casi me hace perder el aliento.

    Alba, diosa de carne y hueso, estaba subida en una pequeña escalera, alcanzando unas cajas en el estante superior. Esa falda corta se había deslizado peligrosamente hacia arriba, revelando muslos de porcelana y el borde de unas bragas de encaje negro que apenas contenían sus curvas. El top sin mangas se le había levantado, mostrando un trozo de espalda suave y ese lunar cerca de la cintura que tantas veces había imaginado besar.

    —Hola… —logré articular, sintiendo cómo la sangre abandonaba mi cerebro para concentrarse muy al sur.

    Al girarse, el escote de su top reveló más de lo que ocultaba. Sus pechos, redondos y firmes, se movían con una gracia hipnótica bajo la tela fina.

    —Martín, gracias por venir —su sonrisa era un pecado—. Ese mueble es el problema —señaló con un dedo perfectamente manicura do hacia el pesado armario.

    Mientras bajaba de la escalera, no pude evitar notar cómo sus pezones se endurecían bajo la tela, marcándose con una claridad obscena. El beso de saludo en mi mejilla duró un segundo demasiado largo, sus labios suaves rozando mi piel, su aliento caliente en mi oído.

    —Quiero moverlo allá —explicó, señalando con un movimiento de cadera que hizo que mis dientes se apretaran—. Para poner la zapatera.

    Al abrir el mueble, el descubrimiento fue eléctrico: lencería negra de encaje, corsés rojos con ligueros, tangas diminutas que no cubrirían nada. El aire se espesó instantáneamente.

    —¡Dios mío, qué vergüenza! —Alba se sonrojó, pero sus ojos brillaban con algo más que vergüenza.

    —No te disculpes —respondí, pasando un dedo sin querer sobre un sostén de seda negra—. José es un hombre afortunado.

    El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Mis palabras siguientes salieron solas, crudas, imposibles de retener:

    —Me vuelve loco imaginarte con esto puesto.

    Su respiración se aceleró visiblemente. Sin decir nada, comenzó a sacar las prendas con manos que temblaban levemente. Cada prenda era una revelación: medias que se deslizaban como serpientes sobre mi piel, sostenes que prometían maravillas, cinturones de ligueros que imaginé abriendo con los dientes.

    Cuando nuestras manos se encontraron entre la seda, la chispa fue palpable. Alba no retiró la suya de inmediato, dejando que el contacto se prolongara, que el mensaje se transmitiera sin palabras.

    El mueble vacío fue fácil de mover, pero la tensión entre nosotros pesaba más que toda la madera del mundo. Cuando terminamos, su ofrecimiento de algo de tomar sonó como lo que realmente era: una invitación a quedarme, a ir más allá, a convertir años de fantasías en realidad.

    —¿Quieres algo de tomar? —preguntó, mordiendo su labio inferior mientras sus ojos recorrían mi cuerpo con una intensidad que nunca antes se había permitido mostrar.

    La pregunta no era sobre bebidas. Y ambos lo sabíamos.

    Fuimos a la sala, y me acomodé en el sofá. Le acepté un jugo de arándanos, que trajo poco después. Al entregármelo, su mano rozó la mía. Fue apenas un instante, pero ese contacto pareció detener el tiempo.

    —Perdón —dijo suavemente—. Ya regreso.

    Alba se dirigió hacia el área familiar con ese balanceo de caderas que siempre me había vuelto loco. Cada movimiento era una provocación calculada – la forma en que su falda rozaba sus muslos, cómo su espalda desnuda se tensaba con cada paso. Me quedé paralizado, el vaso de jugo olvidado en mi mano, mientras mis ojos devoraban ese espectáculo de feminidad en movimiento.

    Cerré los ojos y dejé que la fantasía tomara control: la imaginé descalza, con sólo ese conjunto de encaje negro que habíamos descubierto, sus pezones rozando la seda transparente, sus caderas moviéndose al ritmo de una música imaginaria. La humedad entre sus piernas, el aroma de su excitación, el sonido de su respiración entrecortada – mi mente pintaba cada detalle con obscena precisión.

    El suave crujido de pasos me arrancó del ensueño. Cuando abrí los ojos, la realidad superó toda fantasía.

    Alba estaba allí, convertida en la encarnación misma del deseo. El brassier negro apenas contenía sus senos – pude ver el rosa oscuro de sus pezones endurecidos a través del encaje. La camisola corta dejaba al descubierto ese vientre plano que tantas veces había admirado en la playa. Pero eran los pantis transparentes lo que me dejó sin aliento – podía ver cada detalle de su sexo depilado, los labios ligeramente hinchados, el brillo de su humedad en el vello perfectamente recortado.

    —Calla… —susurró, llevando un dedo a esos labios que pronto conocería en toda su plenitud.

    Se acercó con la gracia de una pantera, sus medias negras susurrando contra sus muslos con cada paso. Cuando giró, el hilo dental desapareció entre unas nalgas que parecían esculpidas por los dioses – redondas, firmes, con ese balanceo hipnótico que me hizo morder mi propio labio.

    El primer contacto fue eléctrico. Sus manos, experimentadas y seguras, subieron por mis muslos como llamas, deteniéndose justo donde mi erección deformaba el denim. El beso fue una revelación – sus labios sabían a fruta prohibida y menta, su lengua explorando la mía con una urgencia que delataba años de deseo reprimido.

    No pude resistirme a tocar. Mis manos recorrieron ese cuerpo que conocía sólo de miradas furtivas – la curva de su espalda, el hueco perfecto de su cintura, el volumen generoso de sus nalgas que llenaban mis palmas.

    Cuando sus dedos desabrocharon mis jeans, sentí el aire frío contra mi piel ardiente. Su boca fue un paraíso – cálida, húmeda, experta. Cada succión era una promesa, cada movimiento de su lengua sobre el frenillo me hacía ver estrellas. Mirarme en sus ojos mientras me devoraba fue casi demasiado intenso – esa mirada de puro deseo femenino, de poder y entrega simultáneas.

    El viaje a la habitación de visitas fue un borrón. Sólo recuerdo la presión de su mano en la mía, la promesa tácita en su sonrisa. Cuando la puerta se cerró, el mundo exterior dejó de existir.

    La habitación era un santuario – la luz dorada bañando su piel, las paredes púrpuras reflejando nuestra pasión, la cama enorme que pronto conocería el peso de nuestros cuerpos entrelazados.

    En ese momento lo supimos ambos – esto no era un simple encuentro furtivo. Era el principio de algo mucho más peligroso… y mucho más delicioso.

    La voz suave de Alba rompió el silencio cargado de deseo:

    —Alexa, play something sexy…

    La habitación se inundó de un ritmo lento y sensual, guiándonos como cómplices en este juego prohibido. Alba se acercó, deslizándose contra mí como si su cuerpo ya conociera cada uno de mis contornos. Mis brazos la rodearon, las palmas de mis manos aferrándose a esa cintura estrecha, sintiendo el calor de su piel a través del encaje negro que apenas la cubría.

    Ella llevaba sólo la lencería, sus pezones duros rozando mi torso desnudo cada vez que respiraba. Yo, con la camisa abierta y los jeans abandonados en el suelo, ya no podía ocultar nada. Bailamos sin prisa, sus caderas moviéndose contra mi erección, cada roce más intencional que el anterior.

    No pude resistirlo. Arranqué la camisa de un tirón, y con dedos que temblaban de ansia, deslicé las tiras del sostén de sus hombros. Sus senos cayeron libres, firmes, con pezones oscuros y erectos, tan perfectos como los había imaginado. Me incliné, capturando uno entre mis labios, saboreando su peso, el latido acelerado bajo mi lengua.

    Alba arqueó la espalda, un gemido ahogado escapando de sus labios, mientras sus manos se enredaban en mi pelo, urgiéndome a tomar más, a morder suavemente. La llevé hacia la cama, su cuerpo cayendo sobre las sábanas como una ofrenda, la luz dorada del atardecer pintando su piel de ámbar.

    Me arrodillé entre sus piernas, deslizando los dedos por los bordes de sus pantis de encaje, siguiendo el camino de su humedad hasta encontrar el calor húmedo que ya empapaba la tela.

    —Déjame ver todo… —murmuré, deslizando la lencería por sus caderas con una lentitud tortuosa.

    Cuando por fin quedó expuesta, su sexo estaba hinchado, brillante, perfecto. Mis labios descendieron, besando primero el interior de sus muslos, luego ese pequeño clítoris palpitante, antes de hundir la lengua en su profundidad.

    Alba gritó, sus piernas temblorosas cerrando mi cabeza entre ellas, sus manos aferrándose a las sábanas. Sabía a sal y miel, a pecado y promesas rotas. Cada gemido, cada sacudida de sus caderas, me decían que esto ya no tenía vuelta atrás.

    Y no quería que la hubiera.

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  • Mi hermana me ve teniendo sexo

    Mi hermana me ve teniendo sexo

    Tengo una hermana menor actualmente ya es una mujer de 23 años, pero en esa época tenía 19, siempre fue una chica muy juiciosa nada de fiestas ni nada.

    Ella en esa época estaba intentando ingresar a la universidad pública y estaba presentando su curso de preparación cerca de donde yo vivía con mi novio, así que le quedaba mejor quedarse en mi apartamento esos días.

    Mi novio siempre se ha llevado muy bien con ella, juntos juegan calle of duty o gears of war. El caso es que nos fuimos a dormir y mi novio debajo de las cobijas comenzó a masajearme las nalgas, y yo le dije que no porque mi hermana estaba, él me dijo “te lo meto en silencio sin que ella se dé cuenta”.

    Yo accedí así que fui al baño y me hice una limpieza anal bastante rápida, no fue la mejor limpieza que me hice la verdad.

    Me vuelvo a acostar en la cama bajo las cobijas y mi novio empieza a llenar de lubricante mi ano. Estábamos en la posición de cucharita y mi novio empieza a penetrarme lentamente.

    Este solo fue el calentamiento pues acto seguido me puse de perrito y mi novio insertó su pene en mi ano mientras me apretaba las nalgas.

    Yo estaba disfrutando de aquella sesión de pene hasta que escucho unos pasos afuera del cuarto, de inmediato le digo a mi novio que se detenga y tomo su pene y lo saco de mi culo.

    Mi novio me dice “no te preocupes no es nada, sigamos en lo nuestro” yo me vuelvo a poner en posición de perrito y mi novio vuelve a penetrarme.

    De repente mi hermana abre la puerta del cuarto sin preguntar y sin golpear y ve aquella imagen que creo que quedará en su mente por toda su vida. “Yo de perrito siendo cogido por mi novio”.

    Mi novio y yo quedamos petrificados no sabíamos que hacer y ella solo cerró la puerta sin mediar palabra.

    Después de eso mi novio se acostó a dormir y yo seguí pensando acerca de lo ocurrido.

    Al día siguiente hablé con ella sobre lo sucedido y me dijo que no quería hablar de eso por qué era mi privacidad pero que respetaba la manera en la que tengo sexo.

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  • Consecuencias de ir a comprar leche colina abajo

    Consecuencias de ir a comprar leche colina abajo

    Después de dos años practicando el cuckold con mi esposa Nancy (de 30 años), era natural que desarrolláramos señales —códigos para avisar sin preguntar cuando había luz verde para un nuevo episodio de sexo degradante, salvaje y repleto de fluidos intercambiados con alguien que no fuera su esposo. Nos conocíamos desde adolescentes y sabíamos exactamente qué nos disgustaba, qué nos hacía enojar y cómo presionar los botones correctos para sacarnos de nuestro equilibrio emocional. Esas mismas contradicciones se convirtieron en nuestras señales para iniciar una nueva sesión de infidelidad consentida.

    Es difícil resumirlo en una frase, pero todo quedará claro si relato el día en que ella fue a comprar leche y… simplemente no volvió a casa.

    Ocurrió un domingo de marzo en San Rafael del Este. Como de costumbre, me desperté a las 7:30, me puse las sandalias y, como un zombi medio dormido, salí a comprar pan, mantequilla y mermelada para el desayuno. Dejé a Nancy durmiendo profundamente. Habíamos tenido sexo horas antes, mientras hablábamos y yo la penetraba. Siempre me gustó hacerlo así con ella; reforzaba nuestra intimidad escuchar su voz, saber cómo había estado su día.

    Fui al minisúper cuesta abajo sin prisa, entré y salí rápidamente mientras el perro guardián de la esquina me ladraba sin cesar (supongo que olía mi inmoralidad), moviendo la cola de manera errática. Aunque no me considero viejo, la cuesta de tierra y piedras era un reto, pero al menos era el único ejercicio que mi horario de trabajo me permitía.

    Al acercarme a casa, algo se sentía raro. No había gente alrededor, el viento no soplaba, pero no le di importancia… hasta que la vi.

    Mi esposa, despierta, hablando con un extraño.

    Era una escena corrupta, o al menos así la recuerdo: Nancy, con el pelo largo y enmarañado, vestía su pijama rosa —voluptuosa sin mostrar nada—, con pantuflas blancas. Y frente a ella, un tipo gordo, feo, mal vestido, sonriendo de oreja a oreja como si se conocieran de toda la vida. Pero yo lo habría sabido. Era un intruso, violando mi armonía matrimonial con su simple fealdad.

    Nada ocurría en ese momento, pero al acercarme, el ruido del viento ahogó su conversación. Llegué con el corazón acelerado y la frente ardiendo. El cerdo se despidió rápido, me miró de reojo, hizo un gesto con la mano y se fue cojeando. No lo perseguí para exigir modales o una presentación formal. Me quedé viendo cómo sostenía una bolsa de queso mientras arrastraba una pierna.

    Mientras Nancy preparaba el café, noté mi erección, sensible al punto de resultar incómoda dentro del pantalón. Para cuando me trajo la taza, ya había deslizado la ropa interior y dejado mi miembro al aire. Íbamos a tener un desayuno peculiar.

    Más tarde, influí para que me hablara del gordo: tenía solo 19 años, trabajaba eventualmente como guardia nocturno en un colegio del centro. Yo, con la sangre hirviendo en la frente y en el pene —que al menor movimiento amenazaba con derramarse—, le pedí un favor:

    —Amor, ¿podrías traerme una caja de leche Al Día?

    Era una marca que ya no se vendía. Nancy lo sabía. Era nuestra señal perfecta: una solicitud imposible que desencadenaría consecuencias fuera de lo normal. Por un tiempo significativo, mi esposa se separaría de mí para demostrar su amor en otro lugar.

    Su expresión cambió por completo. Se volvió silenciosa, los ojos más picantes, casi seductores. Dejó el pan con mermelada casi intacto, dijo que no tenía hambre y se fue a ducharse. Yo, masajeándome el pene, terminé mi desayuno en soledad.

    La ducha de Nancy fue exageradamente larga. Después, se vistió para salir, pero no como en esas historias eróticas donde las mujeres usan vestidos de “puta barata” para excitar a los lectores. Nancy hacía lo opuesto: unos jeans blancos, desgastados (pero que se ajustaban a sus curvas), una camisa gris tan vieja que parecía mía, zapatillas blancas y maquillaje casi invisible. Parecía otra mujer.

    En estas sesiones de separación cruel, a Nancy siempre le costaba irse sin despedirse. Yo le recordaba que, para que la dinámica funcionara, debíamos seguir los pasos al pie de la letra. Antes de cruzar la puerta, con el pelo aún húmedo, sacó su brassier blanco y lo colgó en el perchero. Era el único rastro que dejaría de sí misma.

    Al salir, ya no tenía poder para evitar que se acostara con ese hombre feo, medio obeso, que la había abordado esa mañana. Observé su pan lleno de moscas y su café frío. “Vestigios de la vida cotidiana en pareja se fueron por esa puerta, y Dios sabrá por cuánto tiempo”, pensé.

    Como siempre, todo era cuestión de paciencia, confianza y soltar.

    Recibiría noticias de ella a las 5:30 de la tarde.

    Continuará. ¡Chanchan!

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  • Con la comida no se juega

    Con la comida no se juega

    Mi madre siempre me decía que “con la comida no se juega” cada vez que yo hacía alguna tontería. Muchas veces rompí esa regla por ser una inmadura, pero hubo una vez que la rompí por estar salidísima. Lo que te contaré hoy mi querido lector o querida lectora pasó hace varios años atrás.

    Pasó en uno de esos días de verano en los que el calor era mortal. Mis padres no estaban en casa toda la mañana de aquel día por lo que aproveché el tiempo a lo grande. ¿Cómo? Pues masturbándome. Ahí estaba yo, con la ventana de mi habitación totalmente abierta para que entrase la brisa, el ventilador encendido girando sus casi 180 grados chorreando aire sobre mi desnudo cuerpo tumbado sobre la cama, disfrutando del manoseo que me estaba regalando viendo videos porno, gimiendo sin vergüenza a que alguien de mi casa me escuchase y con el volumen del móvil al máximo para disfrutar de los gritos de placer de las actrices.

    Vi varios videos durante mi jornada mañanera, todos sobre mujeres masturbándose, pero hubo uno que me llamó mucho la atención. El video trataba sobre una mujer desnuda tumbada en la cama mojando su cuerpo con miel y masturbándose con un pepino. La actriz, que he de decir que estaba increíble, exageró muchísimo su excitación mientras se estaba metiendo el pepino en su vagina, pero aun así me puso cachondísima.

    Mientras veía el video me metía los dedos con la misma velocidad que ella se metía el pepino. Su cuerpo era hermoso y más aún con la miel cubriéndola. Sus gemidos eran divinos y sus expresiones faciales me enamoraron. Poco a poco ella estaba alcanzando el orgasmo y yo aumentando el ritmo de mi dedeo, su cuerpo temblaba tanto que… se acabó el video. Solo duró 12 minutos y encima me dejó con la miel en los labios (nunca mejor dicho).

    Me quedé un rato en silencio, quieta (aún con mis dedos dentro de mi vagina) y pensativa. “¿Por qué no me masturbo con un pepino?” era la idea que rondaba en mi mente. En aquellos años yo no tenía ningún juguete sexual por lo que yo estaba tentadísima. Tras un buen rato ensimismada, decidí hacerlo. Me levanté decidida de mi cama, recorrí el pasillo y bajé las escaleras para llegar a la cocina con mis tetas rebotando todo el camino y mi coño mojándome los muslos. Abrí la nevera y busqué un pepino, el más largo y ancho que hubiese.

    Encontré uno perfecto, uno que quizás medía 16 centímetros, un poco ancho por la punta y muy liso. “¿Y miel?”. Busqué el bote de miel, al encontrarlo eché un poco de miel en mis dedos para sentir el espesor. Personalmente no me gusta nada el sabor de la miel, pero todo sea por experimentar y explorarme sexualmente ¿no?. Con todos los ingredientes listos volví a mi habitación excitada con lo que iba a hacer.

    Dejé el pepino y el bote sobre la mesilla de noche, puse una gran toalla sobre mi cama para no mancharla, me tumbé y decidí comenzar. Fui echando la miel poco a poco sobre mi vientre, llenando mi ombligo. De ahí subí para que el chorro mojase mis tetas. Paré, dejé el bote a un lado y empecé a restregarme la miel por todo el cuerpo, respirando lentamente y disfrutando del tacto de mis dedos bañados en el dulce líquido. La miel se iba esparciendo por todo mi cuerpo, haciendo que mi blanca piel adoptase un color dorado que brillaba con los rayos de luz que entraban de la ventana.

    Mi piel empezó a tener una textura suave y viscosa a la vez y el olor de la miel, que no me gustaba, empezó a excitarme. Mis pezones estaban muy duros, comencé a jugar con ellos pellizcándolos y a masajearme las tetas. Solté varios suspiros de placer al sentir el dolor y la suavidad de las yemas de mis dedos recorrer la fina piel de mis senos. De nuevo, eché miel sobre mis pechos y me los masajeé con más pasión e intensidad.

    Cuando acabé de disfrutar de mis tetas, fui echando un largo chorro de miel sobre mi monte de venus, dejando que el frío líquido fuese deslizándose lentamente sobre mi vulva hasta pasar por mi perineo y acabar sutilmente en mi ano. Al acabar de bañarlo comencé a masajearme la vulva de la misma forma que lo hacía la actriz. Mis dedos se deslizaban sin problema alguno y se escuchaba la viscosidad con total claridad.

    Metí mis dedos en el coño y comencé a masturbarme intensamente. Cerré mis ojos para sentir mejor mi manoseo, mis tetas no paraban de vibrar, los dedos de mis pies se retorcían de placer, mis muslos se agitaban por el tembleque y mi boca soltaba un continuo, agitado y agudo gemido acompañado de los síes y de los “dios mío” que me soltaba a mi misma.

    Paré antes de acabar y llegar al orgasmo ya que quería probar el pepino. Agarré el vegetal y me lo metí en la boca, haciéndole así una muy húmeda mamada. Al acabar, bañé el pepino en miel y lo esparcí como si estuviese masturbando un pene de verdad. Eché más miel sobre mi coño. Ya lista, encaré la punta del pepino ante mi vagina y fui metiéndome el vegetal lentamente hasta el fondo. Empecé a follarme con el pepino mientras manoseaba una de mis tetas, la sensación era incluso mejor que con mis dedos.

    Las penetraciones fueron lentas al principio pero fui subiendo el ritmo, acabando estas en ser rápidas e intensas. Estaba más excitada que antes, más revolcona que antes y más gritona que antes. Mi cuerpo no paraba de temblar por el placer y mis gritos se podrían estar escuchando por todo el barrio. Llegué a un orgasmo que me obligó a sacar el vegetal del coño y soltar un squirt que mojó mis pies, toda la cama y parte del suelo. Paré un rato para tomar aire y secarme el sudor de mi cara.

    Tras ello, eché más miel sobre mi vulva y volví a masturbarme con el pepino con la misma intensidad de antes. No tardé en volver a alcanzar el orgasmo y soltar otro chorro que mojó aún más las mismas zonas de antes.

    Tomé otro descanso aún más largo para relajarme, dejé el pepino a un lado y fui manoseándome el cuerpo para sentir todo lo mojada que estaba. Quise verme en el espejo. Me puse de pie y frente al espejo fui admirando cada detalle de mi cuerpo bañado en miel y sudor a la vez que me tocaba por encima de la vulva. Me encantaban las vistas, me excitaba verme así, comencé a dedearme de pie pero suavemente. Agarré de nuevo el pepino y el bote, me senté frente al espejo con las piernas abiertas dejando al descubierto mi vulva, eché más miel sobre mis pechos, bañé también el pepino y frente al espejo empecé a penetrarme con el vegetal con un ritmo relajado.

    Fui fijándome en cómo los pliegues de mi vulva se abrían cuando sacaba el pepino y se hundían cuando me lo metía, en como sonaba mi vagina por la miel y en como había dejado el suelo mojado por mis chorros. Aumenté el ritmo intensamente, mi cara se puso roja y mis expresiones faciales eran un poema pero muy sensuales, se veía que disfrutaba cada centímetro del pepino, no solo en mi cara sino también en el temblor de mi cuerpo que hacía que mis tetas no parase en vibrar. Entre gritos agudos de placer alcancé el tercer orgasmo acompañado del último squirt que terminó mojando el espejo, distorsionando la imagen de mi cuerpo.

    Esta vez tomé un descanso largo, mentalizándome por lo que había hecho y de lo tanto que había disfrutado. Miré la hora en el móvil y me di cuenta de que faltaba menos de una hora para que llegasen mis padres. Tocaba limpiar la faena. Eché la toalla a lavar, fregué el suelo y limpié el espejo “¿Para qué usar agua si ya está mojado?” Pensé. Me di una ducha rápida, no fue nada, solo me mojé para limpiarme del sudor y la miel. Eché perfume en mí y en la habitación para camuflar el olor.

    Me puse unos tirantes que dejaban a la vista mi vientre y unos shorts que usaba solo en casa. Al ver el pepino se me hacía impensable dejarlo donde estaba, por lo que lo limpié con agua y comencé a hacer una ensalada con otros ingredientes para así no tener que tirarlo ni que mis padres se comiesen el pepino que su hija rato antes se lo metió por el coño en un momento de lujuria descontrolada.

    Y aquí acabaría mi experiencia con la comida. Recordad, no juguéis con la comida, pero si lo hacéis tampoco la desaprovechéis.

    Muchos besos lectores y lectoras.

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  • Mi cuñada y yo

    Mi cuñada y yo

    El mes de enero seguía su curso, y mis hijos y yo también, un día mi hijo, mayor me dijo:

    -Mama, llevamos un tiempo hablando de convertir a la tía y al primo en incestuosos, pero no hemos hecho nada, creo que un primer paso podría ser que tú te lo hicieras con tu cuñada.

    Caramba con mi hijo, me había inducido al lesbianismo y ahora lo aprovechaba para llevar a su tía, con la que llevaba desde el verano anterior follando, al incesto con su hijo, mi sobrino, con el que yo follaba de vez en cuando. La verdad era que la idea no me pareció mal.

    La oportunidad vino cuando mi cuñada me comentó que había comprado un programa de ordenador con ejercicios para mantenerse en forma, le dije que me encantaría hacerlo con ella, a ella la idea le pareció bien y quedamos en su casa, una mañana cuando estuviéramos las dos solas para, en palabras de mi uñada, nadie nos viera hacer el ridículo.

    De esa manera una mañana, yo comienzo a trabajar al medio día, me dirigí a casa de mi cuñada, habíamos acordado ponerlos las dos un pantalón deportivo muy apretado, y una especie de sujetador deportivo, cuando llevé mi cuñada me invitó a pasar, y después me llevó a su cuarto para cambiarme, me vestí y nos fuimos al salón, mi cuñada había retirado todos los muebles, para que tuviéramos un espacio más amplio, y comenzamos la tabla de ejercicios.

    Aprovechando que en estos ejercicios había un cierto contacto aproveche para acariciar el brazo de mi cuñada, que reaccionó sorprendida, pero no molesta, seguimos con los ejercicios, en otro de ellos en que ella adoptaba una postura de caballito, yo restregué, de una manera de manera más descarada, mi coño contra su culo, reaccionando como si fuera broma ella me pregunto:

    -¿Oye cuñada me quieres violar?

    Las dos nos reímos como si fuera una broma, pero yo tuve por seguro que para ella no lo era, y continuamos con los ejercicios, pero por supuesto n estaba dispuesta a dejar que la cosa se quedara ahí, en otro de los ejercicios aproveche para acariciarla el coño por encima de su pantalón que era muy ajustado y marcaba todo su cuerpo. Otra vez su reacción me reafirmó que ella estaba dispuesta para algo más.

    Y cuando en otro de los ejercicios nuestros cuerpos quedaron uno frete al otro, sentadas en el suelo, con sus piernas encima de las mías, puse mis manos sobre su culo y se lo comencé a acariciar sin ningún disimulo, viendo que ella no protestaba, ni demostraba signos de desagrado, decidí no esperar más y con mis manos la bajé el sujetador dejando al descubierto un par de tetas impresionantes, no me extraña que tanto mi hermano, su marido, ni mi hijo el mayor se sintieran muy atraídos por ella. En ese momento acerqué mi cabeza hasta ellas y metiendo uno de sus pezones en mi boca me puse a chupárselo, ella de una forma muy festiva dijo:

    -¿Pero cuñadita, que haces sobrándole el culo y chupándole las tetas a la mujer de tu hermano?

    Me dieron ganas de decirle que sabía lo que ella hacia con mi hijo, pero no me pareció el momento, así que sin considerar sus palabras seguí con mi actividad amatoria, mientras ella con sus gemidos me demostraba todo lo que estaba gozando, y así estuve un rato haciendo de macho activo, mientras ella se dejaba hacer hasta que me dijo:

    -Oye cuñis yo estoy aquí con mis tetas al aire y tu completamente vestida, creo que deberíamos ponernos en igualdad de condiciones.

    Entendí a que se refería y me puse de pie, ella se puso de rodillas y mientras yo me quitaba la prenda de arriba ella llevó sus manos a mi cintura, cuando dejé mis tetas al aire mi cuñada dijo:

    -Menudo par de tetas tienes, cuñada, ¿Sabes que a veces pienso que mi hijo te las mira mucho?, creo que si no fueras su tía se haría pajas pensando en ti.

    No me pareció el momento adecuado para decirle que su hijo y yo llevábamos varios meses follando, en ese momento la pedí que se tumbara, ella lo hizo y yo me pude de rodillas a su lado, en ese momento introduje una de mis manos por debajo de sus pantalones, y la llevé hasta su coño, y se lo acaricié, mientras la pregunté:

    -Dime una cosa cuñadita ¿Mi hermano te acaricia mucho el coño?

    Me contestó que desde hacía un tiempo sus relaciones eran esporádicas, que solo lo hacían de vez en cuando y cuando le interrogué sobre si tenía posibles amantes me respondió que lo hacía de vez en cuando con un chico joven, la muy zorra me estaba ocultando que se chico era mi hijo mayor.

    En ese momento yo le dije que me apetecía quitarla el pantalón, que sentía curiosidad por verla desnuda, ella con una sonrisa me autorizó, se tumbó en el suelo con las piernas hacia arriba, yo me levanté y me puse de pie y con mis manos tirando de cada una de las partes de sus pantalones se los fui sacando por a poco hasta dejarla completamente desnuda, las dos habíamos acordado el día anterior que, para estar más cómodas no íbamos a llevar bragas.

    Ante mi quedó una visión divina de su coño, pero no tuve tiempo de deleitarme, ella se había puesto de rodillas ante mí y me dijo:

    -Ahora te toca a ti.

    Y de un golpe me bajo los pantalones, de esta manera nos encontramos las dos desnudas, yo estaba excitadísima, así que me arrodille cerca de mi cuñada y nuestras bocas se encontraron y nos dimos un beso muy caliente, en esos momentos oímos como en el ordenador hablaban de un ejercicio que consistía en ponerse en el suelo con una pierna levantada; las dos lo hicimos, de esta manera nuestras piernas y una parte de nuestros culos entraron en contacto, mientras nuestros coños se encontraban a escasos centímetros el uno del otro.

    De forma intuitiva bajamos la pierna levantada y tanto esta como la otra se entrelazaron y ahora si nuestros coños se rozaron y comenzaron a experimentar un placer grandísimo, mi cuñada, soltó la típica cuñadez, de las pocas que decía:

    -Oye cuñada, no pienses que yo lesbiana.

    Pero el tono de su voz me demostraba que estaba gozando con una mujer, o sea yo seguimos frotándonos los coños, era algo completamente delicioso, hasta que sentimos cada una como nos corríamos las dos y como se corría la otra, y fue en ese momento cuando la pregunté:

    -Dime cuñada, ¿le has comido el coño alguna vez a una mujer?

    -No, me respondió, es la primera vez que hago cositas como estas con una mujer.

    -No te preocupes cariño, yo te enseñaré, le respondí.

    -¿Y no te importa que sea la mujer de tu hermano?, peguntó ella.

    Mientras él no se enteré, no hay problema, le respondí.

    La pedí que se tumbará en el suelo, ella obedeció, y luego me puse de rodillas, encima de su coño y la pedí que introdujera su lengua dentro de mi coño, y se dejara guiar por su instinto, era su primera vez, y como supongo que me sucedió a mí, al principio fue algo patosa, pero se le notaban las ganas de aprender y su lengua lo hacía a cada instante mejor que la anterior, debo reconocer que me estaba dando muchísimo gusto, y así se lo dije, ella, parando su comida de coño un momento me dijo:

    -Cuñadita, jamás pensé que comer un coño fuera algo tan delicioso, estoy gozando muchísimo.

    No era solo ella, yo noté como un gran orgasmo invadía mi coño, ella de manera instintiva se lo comió todo, en ese momento decidí que se merecía un premio, y me agaché de manera que su coño quedó al alcance de mi boca, y abriendo mi boca puse mi lengua dentro de mi coño, ella seguía con la suya dentro del mío, y al sentirla dijo:

    -Cuñada me estas dando más gusto que tu hermano.

    -De eso se trata cariño, le dije yo, de que gocemos todo lo que podamos.

    Los gemidos que comenzaron a salir de boca parecían demostrar que este objetivo estaba siendo logrado, por lo que las dos nos enzarzamos en una especie de competición a ver quién hacia correrse a la otra primero. Aunque yo tenía más experiencia creo que las ganas que ella tenía de lograrlo consiguieron que me corriera yo primero, afortunadamente estaba encima, y no pensaba en bajarme hasta lograr que mi cuñada se corriera también, y lo tarde en lograrlo, cuando me baje ella me dijo:

    -Gracias cuñada, nunca me hubiera podido imaginar que dos mujeres pudieran gozar tanto.

    -Me alegro de haberte hecho feliz cuñada, tenemos que experimentar cosas juntas, le respondí tras besarla en la boca, y añadí, tengo que enseñarte algo.

    Ella parecía sorprendida, en cierta manera de eso se trataba, fui hasta el lugar donde se encontraba mi bolso, y saqué de él un condón doble, para que pudiéramos tenerle las dos a la vez en nuestros coños, la verdad es que lo había comprado un poco antes, cuando iba camino de su casa, quería que mi cuñada sintiera cosas muy especiales y sentirlas yo también.

    Lo cogí entre mis manos y fui donde ella estaba, al darse cuenta de lo que era dijo:

    -Pero cuñada, ¿Eso que es?

    -Es nuestro amante común, ¿Es más grande que tu jovencito?

    Ella se mostró incomoda con la pregunta, parecía que tenía miedo de revelar que ese jovencito era mi hijo, jajaja, finalmente me dijo:

    -Tienen un tamaño muy parecido.

    -Pues a ver si te doy más o menos placer que él, le dije.

    Ella se tumbó en el sofá con las piernas bien abiertas, y yo le introduje el aparato en su interior, ella al sentirlo comenzó a gemir, mientras decía:

    -Cuñada siento que me estoy volviendo loca de gusto, esto es fantástico y lo sabes usar muy bien.

    Después me introduje yo la otra mitad, de esta manera, las dos gozábamos del mismo consolador, ella seguía gimiendo mientras decía cosas como:

    -Mi amor sigue follandome, vuélveme loca de placer.

    Aunque el consolador era doble, era yo quien en cierta manera hacia de macho y llevaba el ritmo, mientras ella me demostraba como estaba gozando, yo recordando como montan los tíos seguí marcándola un ritmo que consideraba muy placentero para ella y lo resultados no se hicieron esperar ella se corrió rápidamente, yo aguanté un poco más, mientras, seguía utilizando el consolador, pero terminé por correrme, cuando lo hice, cada una se puso a chupar la parte del consolador que había estado dentro del coño de la otra, nuevamente mi cuñada se mostró agradecida y me dijo:

    -Muchas gracias cuñada, me estas descubriendo un mundo que no sospechaba que existía.

    De esta manera descansamos un poco y fui yo quien le dije:

    -Cariño, quiero comerte el coño.

    -Si a ti te apetece cuñadita, respondió ella.

    Se sentó en el sofá y se abrió bien las piernas, yo introduje mi lengua en su interior, ella al sentirla, nuevamente se puso a gemir mientras decía:

    -Cuñada esto es delicioso, nunca me imaginé que pudiera gozar tanto con una lengua es increíble.

    Y estuvimos un rato, hasta que sentí que ella se corría, con mi lengua absorbí sus deliciosos jugos, en ese momento fue ella quien me pidió:

    -Cuñada, ¿me dejas que ahora sea yo quien te haga feliz?

    Al escuchar su propuesta no lo dude, esta vez fui yo la que se sentó sobre el sofá y se abrió bien de piernas, y yo nuevamente arrodillada introduje mi lengua dentro de ese delicioso coño, que me moría de ganas de lamer, mi lengua se puso a lamer cada centímetro de su coño, que esperaba abrir a nuevas sensaciones, sus gemidos, una vez más, parecían demostrarme que estaba acertando, con cada una de mis lamidas los gemidos de mi cuñada se intensificaban, hasta el punto de que temí que se fuera a volver loca, finalmente sentí, como una vez más ella se corría.

    En ese momento mi imaginación se disparó y la pregunté:

    -¿Te gustaría imaginar lo que siente tu marido cuando follais?

    Ella se quedó sorprendida, yo la pedí que se abriera de piernas e introduje el consolador dentro de su coño, como si fuera su polla, ella al sentirlo dijo:

    -Que delicioso es tener una polla.

    En ese momento yo llevé mi boca hacia la polla artificial y abriéndola me la metí en la boca mientras procuraba moverla en el interior de su coño.

    -Posiblemente tu marido cuando se la chupas siente lo mismo que tu estas sintiendo ahora, le dije

    -No sabes lo excitante que es ver como te maman la polla, me dijo, aunque sea una artificial

    -Pues ahora tu macho voy a ser yo, la respondí.

    La pedí que se arrodillara en el suelo, yo me senté y llevando mi boca hacia sus tetas me puse a chupárselas, ella al sentir mi lengua sobre ellas, se puso a gemir.

    -Cuñada lo haces mejor que tu hermano, me decía.

    Ver la expresión de su cara era algo divino, se la notaba que estaba disfrutando a tope y eso me hacía disfrutar a mi también, luego llevé una de mis manos hasta su coño y le introduje uno de mis dedos, sus gemidos se intensificaron y me dijo:

    -Me la meneas divinamente tus dedos me dan más placer que la polla de tu hermano

    Seguí masturbándola durante un rato, y después la hice tumbarse en el suelo y abrirse de piernas, su coño bien abierto estaba ante mi vista, me subí encima de ella e hice que nuestros coños se rozaran mutuamente, ella al sentirlo se puso a gemir de una manera más intensa, mientras me decía:

    -Cuñada esto es increíble, nunca había gozado tanto.

    Mantuve nuestros coños en contacto, rozar otro coño con el mío era absolutamente delicioso, en ese momento solo pensaba en gozar y lograr que mi cuñada también gozara. Nuestros gemidos se intensificaron, cuando sentí que se corrió, yo intensifiqué mis frotamientos para correrme yo también, hasta correrme, en ese momento una nueva idea vino a mi cabeza y la pregunté:

    -¿Mi hermano te la mete por el culo?

    Ella pareció sorprenderse con mi pregunta y me respondió:

    -Hace mucho que no me lo hace, ¿Y a ti tu marido?

    La respondí que mi marido no pero que yo también tenía mis jovencitos, aunque, por supuesto sin revelarle que entre estos jovencitos estaba su hijo, y también los míos. La pedí que se pusiera a cuatro patas, ella lo hizo y colocándome detrás de ella, la introduje el consolador en el culo, una vez más, volvió a gemir, yo manejado el aparato como su fuese un chico y esta mi polla comencé a moverle, quería que mi cuñada volverá a sentir mucho placer en su culo, y sus gemidos me indicaban que así era.

    -Cuñis, lo mueves muy bien, me dijo, e incluso mejor que mi jovencito,

    Era la primera vez que me sentía rival de mi hijo mayor, así que continué moviendo el aparato en el interior de su culo, hasta que sentí como se corría en ese momento se lo saqué, ella me dijo:

    -Cuñada lo he pasado mejor que nunca en mi vida.

    Para mí suponía un gran halago, pero no podíamos prolongar mucho más nuestro encuentro, aunque acordamos vernos de vez en cuando, hacer gimnasia juntas había sido una experiencia muy gratificante que debía de repetirse, y bueno era un paso más para conducir a mi cuñada por el camino del incesto.

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  • Profanación en una biblioteca

    Profanación en una biblioteca

    Una tarde Afrodita fue a la biblioteca del Centro dónde trabajaba Ares, la excusa era que necesitaba entender mejor un tema para presentar un artículo científico en corto tiempo, pero en realidad su orgullo había sido tocado en su último encuentro con Ares. Hacía semanas que no se hablaban. Ella entró, saludo brevemente tratando de no hacer contacto visual con él.

    El lugar olía a papel viejo y secretos mal guardados. Afrodita recorrió los pasillos como si buscara analizadores de iones, pero su cuerpo buscaba algo más primitivo: la electricidad estática que solo Ares generaba en su piel.

    Se sentó en el mismo lugar como de costumbre y sintió cómo él se sentó frente a ella. Ambos se saludaron con la mirada como si nada hubiese pasado anteriormente. Intentaron hablar en susurros, se notaba que ya estaban completamente excitados. El ultimo relato que ella le había escrito a él fue demasiado aterrador. A pesar de la excitación había en el ambiente algo de cuidado en él y terror.

    Ella sabía que no estaba permitido en ese lugar masticar chicle, mucho menos chupar una piruleta. Pero ella adoraba hacer cosas prohibidas, por lo que sacó un paletita roja de su bolso, se la ofreció a él. Él la rechazo con una cara de que aquí no puedes hacer eso. El chasquido del envoltorio de la piruleta resonó como un disparo en aquel templo de silencio. Ares contuvo el aliento: el rojo de la golosina empalidecía comparado con la lengua de Afrodita, que ahora se deslizaba sobre el dulce con intención obscena.

    El encargado ni se inmutó. Ares solo observaba todo este espectáculo a unos centímetros de distancia. Experimentando un placer sin igual. Él imaginó esa misma lengua trazando ecuaciones en su abdomen, bajando, bajando…

    Al pasar unos minutos, él fue agarrando más confianza, pensando que en ese templo de la cultura y la sapiencia no estaría mal practicar un poco de sexo. Después de todo, él sentía que ella estaba provocándolo para castigarlo, pero algo más ella estaba guardando. Un resentimiento que había descargado en su relato.

    Fue acercándome poco a poco a su rostro y le dio un pequeño y suave beso en los labios. Arriesgándose a que alguien los viera. Ella abrió su boca y sacó su lengüita juguetona dándole a entender que quería más. Él le levantó el corto vestido notando sus bragas humedecidas.

    Ares se levantó y caminó al final del pasillo principal, merodeó para comprobar que no había moros en la costa, regresó a la sala de lectura y le hizo una señal de que viniera. Ella lo rechazó con la cabeza mirando hacia el encargado que estaba levantándose en ese momento de su puesto.

    Miró el reloj y se dio cuenta que era el momento del almuerzo. Ares se acercó al encargado diciéndole que podría irse, que ellos se quedaban, que ella había venido de lejos para buscar unos libros especiales. Obviamente de mala gana el hombre le dijo que en 30 minutos volvía. Ese era el plazo que podrían tener para disfrutar de esa fantasía sexual.

    Tan pronto salió él encargado, él la tomó por la mano y la llevó rápidamente al final del pasillo principal dónde había merodeado minutos antes. Él deseaba hacerle una buena comida de coño.

    Había una ventana, un escritorio, varias sillas y escaparates que ofrecían un oasis a estos amantes. Ella misma con un movimiento muy gracioso, se bajó las bragas y las tiró a un lado. Ares la cargó y subió a la mesa dónde le ordenó cerrar los ojos y no abrirlos hasta que él le permitiera.

    Él le levantó el corto vestido, abrió sus piernas de par en par, encontrándose con su vulva totalmente depilada. Se acercó, le separo los labios vaginales con los dos dedos pulgares y metió su nariz, enterrándola en toda su raja cual arqueólogo desesperado por descifrar un jeroglífico de piel. Saco su rostro todo mojado, como si lo hubiera metido en una fuente. Ella solo jadeaba tratando de no hacer ruido, no vaya a ser que alguien los escuche.

    Ares lamía de abajo a arriba como con la intención de secársela, pero consiguiendo el efecto contrario. Cuanto más lamía y chupaba más se le humedecía. El sabor de Afrodita —ácido y dulce como un manuscrito olvidado— lo enloquecía. Cada lamida era una corrección a su anterior error: borrar sus mensajes. Ahora, con la nariz empapada y los dedos anclados en sus caderas, reescribía su penitencia.

    Él notando que ella ya estaba a punto de gritar de placer, la jaló hacía si provocando que su cabeza saliera un poco del escritorio dejándola en una buena posición para que ella pudiera hacerle sexo oral. Sacó su verga y se la metió bien adentro. Ella provocaba cosquillitas en su glande con su garganta.

    De vez en cuando alguien abría la puerta de la biblioteca solo para fijarse que el encargado no estaba y que había un letrerito que decía “receso, vuelvo en breve”. Ambos se petrificaban del miedo, pero continuaban con su juego.

    Él se la sacaba de la boca y ella aprovechaba para decirle cosas lascivas. Mientras ella se masturbaba y acariciar su clítoris, metiéndose un dedo, y luego dos, él acariciaba sus nalgas, jugando con su ano, sintiendo cómo su esfínter estaba un poco dilatado, animándose a meterle un dedo, y luego el otro.

    Estaban tan calientes, que ya profanaban con sus bocas ese lugar.

    —¡Ya me vengo papi!

    Ella solo alcanzó a emitir un leve gemido. Él seguía bombeando cada vez que ella se prendía más, estimulando más tanto su clítoris como su ano.

    Por fin ella abrió los ojos.

    —No te he dado permiso aún —dijo él juguetonamente nalgueándola.

    La cambió de posición, de espaldas a él y recostándola sobre el escritorio, sacó de su bolsillo un preservativo y se lo colocó. El reloj hacia tic, tac… La excitación se sentía en el aire, se la metió hasta la empuñadura, sintiendo como sus huevos chocaban con las nalgas de ella, era una sinfonía de sonidos que emitían gracias a todos los jugos de Afrodita. Ares estaba fascinado con lo que veía, su espalda arqueada, su vestido arremangado, sus nalgas expuestas vibrando, danzando, moviéndose rítmicamente al son de varios orgasmos. El escritorio se había convertido en un altar. Los libros alrededor testigos mudos de cómo un analizador de iones podía convertirse en un devorador de orgasmos.

    Ella le pidió que le diera por el culo, él estaba esperando ese momento. Ella misma tomó su pene lentamente, muy despacio lo fue insertando, sudando, gimiendo y cuando ya estaba casi todo dentro él empezó a bombear, sintiendo ya como se contraía ella en otro orgasmo más.

    Sintieron como la puerta de la biblioteca se abrió. Él empezó a bombear más rápido sentía que me iba a vaciar dentro de su culo. Él dependiente lo llamó por su nombre. Él solo pudo decir, ya voy. Ambos temblaban. Ella no podía moverse estaba petrificada. Él intentaba guardar la compostura, su erección era muy notoria.

    Los pasos eran cada vez más fuertes, el encargado se estaba acercando, traía una pila de libros en sus brazos y los estaba colocando en diferentes sitios. Afrodita no encontró sus bragas, se sentó frente a Ares simulando que estaban desarrollando un problema matemático.

    —Te quería pedir que me ayudes a mover el escaparate que está en la entrada, no puedo solo. —diciendo esto se dio la media vuelta, por lo que Ares aprovechó para sacarse el preservativo.

    —Sí, si claro. Vamos.

    Afrodita asustada por fin logró encontrar sus bragas justo en la sección de diccionarios.

    Ares salió del lugar dándole un beso ardiente.

    —Ya vuelvo —susurró.

    Alguien entró y pidió al dependiente algo, ella pudo sentir los pasos y los sonidos de búsqueda entre las repisas. Al cabo de unos minutos Ares regresó.

    —Aproveché para ir al baño a lavarme y no tengo más preservativo por lo tendré que venirme en tu boca.

    Afrodita se hincó, pero él la volvió a acostar en el escritorio, esta vez la espalda de él daba hacia el pasillo y la cara de ella estaba vigilante por si alguien venía. El miedo de que alguien entrara y los atrapara hacía aún más excitante la situación. Ella empezó a mamarle la verga, él estaba tan entusiasmado que se la sacaba y metía totalmente. A la vez sus dedos, como neutros energéticos, exploraron su clítoris, midiendo las emisiones de su placer, pero al mismo tiempo él estaba obteniendo el placer necesario al tocarla.

    —Quiero tu leche —susurró ella lascivamente.

    Él ya no podía más, esa frase hizo estallar el volcán que ya no podía contener más esa lava. Comenzó a expulsar todo de él, a ella se le desbordaba la esperma por la comisura de sus labios, chorreando su descarga sobre su pelo y el resto de su cara y cuello. Ella quedó toda embadurnada, irreconocible.

    —Uff, cómo me has dejado, voy a oler a ti todo el puto día —comentó, excitada.

    Afrodita atrapó una gota de semen, que chorreó por su mentón y con el dedo la llevó a los labios de Ares.

    —Tu firma —susurró.

    Y en ese instante, entre diccionarios polvorientos, supieron que ninguna palabra describiría jamás aquella humedad compartida.

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  • Me convertí en la más puta de Coppel

    Me convertí en la más puta de Coppel

    Ya tenía poco más de dos años trabajando en esa tienda y una de las compañeras del departamento en el que estaba cumplió años por lo que Ismael uno de los gerentes que vivía solo ofreció su casa para el festejó. Después de haber tenido esa aventura en el taller y haber cumplido en parte el deseo de Armando de verme con más de dos, El y Efra me siguieron haciendo su puta cuando querían, habían pasado algo como tres meses de que paso la fiesta de Halloween, mis dos jefes de Coppel quienes me habían cogido después de esa fiesta, por lo que nos pusimos de acuerdo para irnos a casa de Ismael, donde sería la fiesta, como era algo recién planeado casi todos íbamos con el uniforme.

    Salimos a las 8 pm y de ahí nos fuimos todos a la fiesta, estuvimos conviviendo, así paso cuando ya eran las 2 de la mañana me marco Armando para saber si está bien y entre risas le dije «sí, ya en un rato más llegaba» los compañeros al escuchar que me retiraría me ofrecieron unos tequilas como ya la mayoría andábamos alegres y las demás compañeras se habían ido poco a poco solo se quedábamos yo y la festejada «una señora poco más joven que yo, chaparrita un poco más llenita que yo con un culo grande» bueno eso los escuchaba decir, yo también estoy chaparrita pero más delgada, algo que a mis compañeros siempre les atrae.

    Como todas íbamos con el uniforme azul, a mí el pantalón me queda bien entalladito lo que resalta mis caderas y mi blusa amarilla que dejaba ver mis pechos, ese día Ismael y Manuel (los gerentes que ya me habían cogido) y otros cuatro de los compañeros me estuvieron piropeando, como ya solo estábamos yo y la festejada les dije que ya me iría, por lo que bailaría con todos antes de irme, debo decir que en la tienda siempre me comporto muy seria y recatada, pues casi nadie sabe de mis aventuras con los gerentes y mucho menos que me han cogido entre varios, por lo que al decirles que bailaría con todos y que me vieron ya un poco desinhibida, algo nuevo para ellos se emocionaron.

    Uno de ellos comenzó a decir «no te vayas Jenny eres la única que queda» y empezaron a calentar el ambiente y uno de ellos me dijo, «se ve que tienes bonitos pechos» eso me causo algo de calentura pues yo también ya entradilla y sonriendo le dije, ¿apoco te gustan? y él dijo «si, se ven bonitos y redondos» en ese tiempo estaba de moda la frase «chichis pa´la banda» y no falto el que empezó a gritar “«chichis pa’ la banda»” y yo riendo y viéndolos a cada uno comencé a desabotonar la blusa dejando mis tetas al aire y agarrándomelas les sonreí, entonces Manuel «el gerente que me da raid» fue el que se acercó primero comenzó a tocarlos y me dice «te vamos a coger entre todos Jenny»

    Eso me calentó y viéndolos y riéndome les dije «eso me dicen» en forma de reto, pues ya me estaba poniendo caliente al recordar lo del taller, y a los demás les dije y a ustedes no les gustaron, para todos tengo», eran 7 pero uno era el amante de la festejada y ya se habían ido me imagino que a un motel, por lo que me quede con los seis, ya calientes me dijeron apoco puedes con todos, yo sonriendo y mirándolos les dije «pues no sé, ustedes que creen» «no sabían lo puta que podía llegar a ser» y ni tardos ni perezosos me empezaron a tocar toda y a quitarme la ropa, yo en centro de todos comencé a tocarles la verga y se la fueron sacando uno a uno, yo los empecé a masturbar.

    Habían pasado ya más de dos años de aquella cogida que me dieron en el taller, los vi y me calentó demasiado ver que eran seis vergas para mi solita, comencé a mamar esas vergas, una a una, mientras ellos me manoseaban y dedeaban mi panocha, Ismael y Manuel los dos gerentes haciendo uso de su jerarquía fueron los que empezaron a cogerme primero cuando me monte a cabalgarlo, me empecé a mover como me gusta, sentir como sus vergas se pierden dentro de mí, en eso volteo y le digo al otro «métemelo tú también».

    Sorprendido se apuntó detrás de mí, me detuve para que me fuera ensartando también su verga en mi culo ante la mirada y asombro de los demás de ver cómo me hacían una doble penetración, uno de ellos dijo «wey creí que solo en las películas pasaba» los dos me tenían ensartada y con mi lujuria y mis movimientos de saber que mis compañeros me estaban cogiendo empecé a gemir como una perra en brama, estaba tan caliente que les decía palabras que pocas veces digo como «cabrones soy su puta cójanme como quieran».

    Eso los calentó tanto que todos se turnaron para hacerme doble penetración, todos estuvieron intercambiando posiciones y gozaron de mi cuerpo, yo ya tenía mis hoyitos bien dilatados pues los seis me cogieron por el culo y la panocha al mismo tiempo, además de que me ponían sus vergas para mamarlas, mis gemidos se apagaban cuando retacaban sus vergas en mi boca.

    Hubo un momento en que ya no sabía cuál verga era de quien, solo las mamaba y las sentía cuando me penetraban ya fuera por mi panochita o por mi culo «me había convertido en su puta» así estuvieron alternado mientras unos me cogían y partían mi panochita depilada con lujuria y me daban unas embestidas que me hacían sentir dolor y placer al mismo tiempo, me hicieron sentir varios orgasmos, yo les mamaba la verga a los demás, así se turnaron hasta que terminaban, unos me llenaron el culo, otros en mi conchita, estaba yo perdida en complacerlos, veía como desfilaban y se turnaban para gozar de mi cuerpo, no falto el que dijo «quiero llenarle la cara de lechita» y yo no reparaba en recibir y mamarles la verga después de terminar en mi boca,.

    Ese día todos me hicieron lo que seguramente ya se habían imaginado cuando me veían en la tienda, lo que nunca se imaginaron es que me fueran a coger todos juntos, y no supe en qué momento me había convertido en una puta que coge con todos sus compañeros pues había sido penetrada por todos; quede ahí en una de las camas llena de su semen, y a merced de ellos, después de un rato les dije debo irme, ya eran poco más de las 4 de la mañana y Manuel el gerente que vive por ahí me llevo a mi casa, en el camino me dice -«Jenny coges como una afrodita» nos encantaría que se volviera a repetir, yo solo sonreí y conteste «eso depende que ustedes guarden el secreto» y seguiré siendo su puta en las fiestas.

    Armando ya dormía no se dio cuenta de cómo llegue. Dos días después me pregunto cómo había estado la fiesta y le enseñe unas fotografías en mi celular que me tomo uno de los gerentes donde tengo las tetas fuera con el uniforme.

    Saber que varios hombres me cogen al mismo tiempo lo pone muy caliente, me cogió como loco al saber que había sido la puta de mis compañeros, hora cada vez que hacemos convivios ya no le pido que me acompañe pues los dos gerentes están encantados con mi forma de coger y cada vez que se puede después de las fiestas me hacen su puta, pues me entrego con mucha lujuria a ellos, en algunas ocasiones me llevan a una de sus casas o motel, yo le aviso a Armando que llegare tarde, aunque después le digo que me fui a coger con ellos y le platico lo que me hacen y ve alguna foto o video que me toman, ahora también soy la puta de mis jefes y mis compañeros.

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  • Con Sofía, una mujer casada y feliz

    Con Sofía, una mujer casada y feliz

    Cuando vi a Sofía por primera vez, era por la tarde. El sol empezaba a caer lentamente. Estaba en la playa, tumbado sobre mi toalla. De vez en cuando, mi mirada se perdía hacia la extensión de arena que me rodeaba y al mar.

    A unos pocos metros, se encontraba una mujer sola. Tendría más o menos mi edad, en torno a cuarenta años. Su pelo rubio no decía nada en comparación a sus increíbles pechos, que rellenaban el sujetador de su bikini.

    No la presté demasiada atención. Una mujer atractiva más. Y todo habría quedado ahí, si unos minutos después, no se hubiera acercado hacia donde yo estaba para pedirme fuego y encenderse un cigarrillo.

    Yo estaba pasando unos días solo. Necesitaba desconectar de mi trabajo, y para ello, nada mejor que escaparme unos días, sin amigos, sin familia, sin nadie con quien pudiera tener el más mínimo trato cotidiano.

    Yo no fumaba, pero acostumbraba a llevar siempre un encendedor en la bolsa de playa, y comencé a buscarlo. Una vez lo encontré, me levanté e intenté encenderlo sin demasiado éxito. Ambos empezamos a reír, cuando una y otra vez, el mechero se apagaba por el aire de la playa. Jamás una tarea más sencilla se había complicado tanto.

    Al final, ella optó por coger su toalla, y rodeó nuestros cuerpos, para evitar que se volviera a apagar la llama del fuego. Por fin la llama prendió.

    Los momentos que estuvimos peleando con el viento, nos permitió romper el hielo y comenzar a hablar.

    Ella llevaba ahora una camisola azul, pero dejaba entrever perfectamente sus grandes tetas. Me parecía una mujer de bandera.

    —¿Como te llamas? —Le pregunté. Sofía me respondió.— Yo Pedro, —y procedimos a darnos el beso de rigor, anterior a la típica frase de encantado de conocerte.

    —¿Estás solo?

    —Si, —respondí.— Vine a pasar unos días de playa. Tengo un trabajo bastante estresante, y de vez en cuando necesito tomarme unos días de relajo. Estar solo, sin amigos, sin nadie que pueda recordarme mi vida diaria. ¿Tú, estás sola?

    —Si, —contestó—. Mi caso es distinto. Soy una mujer casada, con dos hijos, pero de vez en cuando me gusta perderme. Este es un buen lugar. Vengo un par de días y vuelvo a casa con las pilas cargadas.

    Estuvimos hablando bastante tiempo, hasta que ya empezaba a oscurecer. Recogimos las cosas y caminamos. Le pregunté donde se hospedaba, a lo que me respondió que tenía un piso en el pueblo, un apartamento familiar, pero que apenas lo utilizaban. Prácticamente los momentos en los que una vez al año, ella se escapaba de su mundo. Por mi parte, yo tenía una habitación en un hotel.

    Cuando nuestros caminos se iban a separar le pregunté si deseaba que tomásemos algo por la noche, incluso si ella quería, la invitaría a cenar. Sofía se mostró receptiva, y me dio el número de su móvil, a lo que respondí entregándole el mío.

    Me tumbé un rato en la cama, y mi imaginación se disparó. Realmente me parecía una mujer fascinante, aunque el que estuviera casada parecía un problema a priori para que pudiéramos conocernos mejor. Por otro lado, el que hubiera aceptado mi invitación a salir, significaba que al menos, le había resultado interesante o atractivo.

    Después de descansar unos minutos, procedí a ducharme y a arreglarme para mi cita.

    Mi aspecto ahora era distinto al de hacía un par de horas. Esperaba estar atractivo para ella. No obstante, no debía hacerme demasiadas ilusiones, con una mujer casada.

    A la hora prevista, me presenté en la cafetería donde habíamos quedado. Yo fui el primero en llegar, de escándalo, en todos los sentidos, un vestido rojo escotado. Sus piernas eran preciosas. Me imaginaba un sujetador enorme, para controlar sus enormes pechos, y un minúsculo tanga, para tapar lo justo. Sus gafas, le daban un aspecto de madura intelectual que aún hacía que me excitase más.

    Nos volvimos a dar un beso, y pidió una copa de vino. Una vez la tuvo en su mano, brindamos por la suerte de habernos conocido.

    Quise sorprenderla, y la invité a cenar a un restaurante lujoso del puerto. Tenía toda la noche para ella, e iba a emplear todas mis armas en conseguirla. No hay nada más morboso que una mujer casada, y sobre todo con sus atributos.

    Después de cenar, fuimos a bailar un poco. Tomamos unas copas. Ella no paraba de moverse, imagino que en gran parte, por causa del alcohol. Yo la veía moverse, y mi excitación aumentaba. Ella pasaba sus manos sobre mi cara, hombros. Yo de vez en cuando le agarraba la cintura, y descuidadamente, le tocaba ligeramente las tetas por encima de su camisa.

    Nos acercamos a la barra a pedir otra consumición. Ella iba delante de mí, momento en que la agarré por la cintura. Ella al sentirlo giró su cabeza, y mis labios se acercaron a los suyos. Después de un primer beso suave, siguieron otros mucho más fuertes. Nuestras lenguas recorrían las bocas del otro. Nuestros cuerpos se apretaban.

    Nos fuimos a un pequeño sofá que había en un apartado del local. La música era alta, pero se podía hablar. Comenzamos a besarnos, de forma apasionada. De vez en cuando, tocaba sus pechos.

    Justo en frente, había un grupo de chicos jóvenes, en torno a 20 años. Al vernos, lo caliente que estábamos, empezaron a comentar en voz alta, para que llegase a nuestros oídos, que deberíamos irnos a un hotel. Que ya no teníamos edad de magrearnos en público.

    Sofía y yo nos miramos, y nos echamos a reír. Era cierto, ya no teníamos edad de que nos vieran calentarnos en público. En ese momento salimos y mi pregunta fue la clásica.

    —¿A tu casa o a la mía?

    Ambos reímos.

    —Yo no tengo, pero creo que será mejor lugar, mi hotel, ¿no crees?

    Las copas, el calor, lo caliente que íbamos ambos, nos hacía reírnos de cualquier cosa. Caminábamos abrazados, nos agarrábamos de la mano, nos besábamos. Me sorprendía lo sensual de la situación, teniendo pareja y no estando esta excesivamente lejos.

    De vez en cuando buscábamos algún lugar obscuro, y nos tocábamos por encima de nuestra ropa. En una de las acometidas, aproveché para meter mi mano por debajo de su falda, y asegurarme, como ya suponía, que llevaba un pequeño tanga.

    Llegamos a mi hotel, y pedí la llave de la 232, que era la habitación que ocupaba. En el ascensor nos magreábamos, y aproveché para volver a meter mi mano por debajo de su falda, y esta vez pude tocar por primera vez su coño, que se notaba totalmente húmedo por la excitación que estábamos viviendo.

    Intentaba meter la llave en la cerradura y de nuevo volvieron las risas. Me costaba trabajo, en parte por las copas tomadas y por otro lado porque ella no paraba de tocar mi paquete. Al final, la puerta se abrió y pudimos entrar en la habitación.

    Según estuvimos dentro, nuestras bocas volvieron a juntarse y nuestras lenguas y labios a apretarse. La entrega era total. Estábamos a punto de comenzar una noche loca, de lujuria total.

    Sin dejar de nuestras lenguas y con los labios pegados, caímos como una fruta madura en la cama. Rápidamente me puse encima de ella y comencé a apretar sus tetas. Eran tan grandes que mis manos no las podían abarcar y me encantaba que fuese así.

    Nos abalanzamos uno encima del otro. Comenzamos a comernos literalmente. Nuestras ropas volaron literalmente y en menos de un minuto estábamos tan sólo con ropa interior.

    Mis manos se abalanzaron sobre sus senos, y le metí las manos, ambas, por debajo del cazo de su sujetador. Eran enormes, y estaban totalmente empinadas, casi como mi pene. Sus pezones eran enormes, le cubrían casi la mitad de su pecho, y la punta de su pezón se erguía de forma desafiante.

    Las llevé a mi boca para probar el delicioso bocado que suponía el exquisito manjar de sus mamas. Al final me centré en sus pezones casi en exclusividad. Con la mano derecha le tocaba sus pezones, y con mi boca le chupaba la otra. Después cambié.

    Tomé el frasco de leche corporal que tenía en la habitación, y que usaba después de venir de la playa y vertí un fuerte chorro en sus tetitas. Ella notó el frío de la crema, pero al momento, notó como sus pechos se iban lubricando, y mis manos se deslizaban suavemente, por todos los lugares.

    Ella bajó mi bóxer y agarró fuertemente mi polla para llevársela a la boca. Era toda una experta. En esos momentos mi lujuria llegaba ya a límites insospechados y casi insoportables para mí. Después de unos lametones tuve que moverle la cabeza para sacarla de su boca, puesto que veía que me podía correr en breve.

    Le bajé suavemente el tanga, que apenas le tapaba su rajita. Lo tenía totalmente depilado, con lo cual su chochito era aún más evidente. Comencé a tocarlo, a pasar mis dedos hasta llegar a su clítoris, mientras volvía a besarle de los pechos, ahora mucho más resbaladizos.

    Mi lengua fue bajando por todo su cuerpo, tripa, ombligo, cintura… hasta llegar a su chochito.

    En esos momentos, ella tenía toda su rajita encharcada, y casi sobresalían sus líquidos por encima de su abertura. Pasé mi lengua entre los labios, después la introduje lentamente dentro de su rajita, para finalmente, abriéndole totalmente su sexo, llegar hasta su clítoris.

    Ella comenzó a temblar como exorcizada. En breve consiguió correrse. Era algo normal, estando tan caliente.

    Por el contrario, yo estaba aún fresco, por lo que aproveché a volverle a separar las piernas y penetrarla. Lo hacía lentamente, lo que le permitió recuperarse en breve, y empezar a gozar de nuevo. A los pocos segundos, comenzó a gritar de placer. Seguí penetrándola, y cuando pensé que me correría, ella me hizo parar. Quería que me corriese en su boca.

    Me tumbó boca arriba, y se metió toda mi polla en su garganta. Después de varias mamadas, me corrí, echando toda mi leche en su boca. Ella se lo tragaba todo, incluido lo que resbalaba por mi tranca.

    Nos relajamos, y descansamos un poco. A la mañana siguiente continuamos, antes de salir del hotel, pero eso ya es otra historia.

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  • La señora de la limpieza se lo merece

    La señora de la limpieza se lo merece

    Juan, de 22 años, besó en los labios a su chica mientras ambos yacían desnudos sobre la cama, él encima de ella. Las piernas de Raquel flexionadas, los pies apoyados a la altura de la cintura del chico y el pene de este dentro de su vagina.

    Juan se incorporó levemente apoyando los codos a ambos lado de la cabeza de su pareja para tomar impulso, apretó el culo y empujó con determinación. Raquel cerró los ojos y apretó los labios mientras el placer se agarraba a su cuerpo.

    El viejo despertador sonó con su habitual timbre irritante.

    -Joder. -blasfemó el hombre.

    -Termina por favor… -susurró la chica.

    Juan la besó en la boca con ansia. Sacó su miembro a mitad de camino e inició una rápida sucesión de embestidas que terminaron en eyaculación y orgasmo.

    La mañana transcurrió sin novedades en la universidad dónde estudiaba su último curso de carrera. Por la tarde regresó a casa de sus padres. Juan vivía con sus progenitores y visitaba a su pareja un par de veces por semana. Tenían sexo por las noches y a veces, como aquel día, por la mañana.

    La vivienda familiar era bastante grande, cuatro habitaciones, tres cuartos de baño y un salón dónde había mesa grande y lámpara de cristal estilo palacio.

    -Nos vamos al teatro hijo. -se despidió su madre cerrando la puerta.

    Juan se quedó en la casa… con María.

    María era la chica… corrijo, la mujer de la limpieza. Era de complexión delgada y fibrosa y piel bastante blanca. La edad, cerca de cincuenta, aunque no aparentaba más de cuarenta y cinco. La procedencia, este de Europa.

    Faltaría una media hora para que acabase su turno cuando, por azar, Juan salió de su habitación caminando en calcetines como un felino, en completo silencio. Esperó encontrar a María en la cocina, pero no estaba allí.

    “Se habrá ido” pensó.

    En ese momento le pareció oír el sonido de algo que rozaba.

    Desestimó la idea de abrir la nevera y, de nuevo en silencio, se dirigió hacia la habitación de sus padres. La puerta estaba entreabierta y María estaba sacando unos billetes del cajón.

    Juan, que llevaba el móvil en la mano, grabó la escena y volvió a su habitación.

    Veinte minutos después la mujer de la limpieza anunció que se iba.

    -Perdone. Tiene un minuto antes de irse. -llamó Juan desde su cuarto.

    María se extrañó, pero aun así dejó su abrigo y entró en la habitación del joven.

    Juan levantó la vista del libro que estaba leyendo e invitó a sentarse a la mujer.

    -Gracias, estoy bien así. -respondió manteniéndose en pie, expectante.

    El chico se levantó de la silla y preguntó.

    -¿Tiene algo que contarme?

    -¿Yo?, nada… ¿por qué lo pregunta?

    Juan se acercó a la puerta de su cuarto y la cerró echando el pestillo.

    Luego, dirigiéndose a María sin rodeos, le contó lo que había visto.

    -No intente negarlo. Lo tengo grabado.

    Durante un segundo la sirvienta pensó que eso era un farol, pero luego, de algún modo, llegó a la conclusión de que el chico decía la verdad.

    -Devolveré el dinero… no digas nada -confesó en tono suplicante.

    -Eso no será suficiente me temo.

    María se puso nerviosa, no sabía dónde poner las manos.

    -Sabes, esto no es obligatorio… puedes irte si quieres. -le dijo tuteándola.

    La mujer sopeso irse, pero necesitaba ese dinero y buscar otros sitios era complicado.

    -¿Qué tengo que hacer? -respondió con nerviosismo.

    Juan contestó. El delito no podía quedar impune y a cambio de su silencio, tendría que ser castigada.

    -¿Castigada? ¿A qué te refieres?

    -Pues para empezar te daré una buena azotaina y a continuación te desnudas ¿vale?

    La tez pálida de María se coloreó de rojo. Sentía vergüenza y miedo a un tiempo.

    Juan tomó asiento y ordenó a la mujer que se tumbase boca abajo sobre sus rodillas.

    -De momento conservarás los pantalones.

    Primero con la mano y luego con un grueso cepillo, Juan azotó el culete de la sirvienta con intensidad durante un buen rato.

    -Creo que es suficiente por ahora -comentó al terminar

    La mujer se incorporó y se frotó las nalgas.

    Juan, dispuesto a llegar hasta el final, le dio una nueva orden.

    -¡Desnúdate!

    -Pero yo…

    -Vamos, haz lo que te digo o vete.

    -¿Qué… qué vas a hacerme?

    -Ahora lo verás.

    Viendo que no había mucho más que decir, María se quitó la ropa quedándose en cueros. Las tetas no eran muy firmes, pero se conservaban bien y el trasero, algo caído, era carnoso, pequeño, compacto y con encanto.

    Juan se acercó a la mujer y comenzó a sobarle los senos. Luego apoyó las manos en el culete colorado por las nalgadas.

    -Está caliente todavía, pero tiene buen color. Me gusta el contraste del trasero bien rojo con tus pálidos muslos. Siéntate en la silla y abre las piernas.

    María obedeció.

    Juan frotó el sexo de la mujer con la mano derecha y luego le introdujo un par de dedos en la vagina. Estaba muy mojada.

    -Sabes, te has portado mal pero estás muy buena y me gustaría tener sexo contigo.

    -Vale. -dijo la mujer a quién, a pesar de su nerviosismo, la idea de hacerlo con aquel joven distaba mucho de ser desagradable… era casi una fantasía hecha realidad.

    Sin que nadie se lo indicase, María tomo la iniciativa y besó a Juan en los labios. El chico respondió y muy pronto las lenguas cargadas de saliva se entrelazaron de alguna manera y ansiosas, exploraron la boca del otro.

    -Puedo bajarte los pantalones

    No era una pregunta y Juan asintió.

    El pene, ya crecido, se empinó saltando como impulsado por un muelle en cuanto la mujer tiró de los calzoncillos.

    -Ahora, como castigo, tienes que chuparlo. -dijo el joven

    A María eso no le pareció un castigo y desde el principio se aplicó con entusiasmo a la tarea que se le había encomendado. El miembro se notaba duro en su boca y el sabor, sin ser el sabor de un beso, era adictivo.

    -En el cajón hay un preservativo. -informó el hombre.

    La mujer de la limpieza abrió el cajón y se encargó de enfundar el pene del varón en la goma transparente con sabor a melocotón.

    En la cama ella se acostó boca arriba y abrió sus piernas.

    Juan se detuvo, pensó durante unos segundos en su chica y replicó.

    -No, así no.

    La mujer entendió y se puso de lado.

    El varón se tumbó a su lado y metió el miembro en la vagina por detrás penetrándola mientras jugaba a pellizcar los pezones de la mujer madura.

    -Ahora viene el castigo. Ponte a cuatro y abre bien el culo -dijo.

    María obedeció y aguardó expectante oyendo como Juan abría el cajón y manipulaba algo.

    Lo siguiente que notó fue la yema de un dedo impregnado en una sustancia viscosa que masajeaba en círculos su ano.

    -Me vas a… -dijo contrayendo el esfínter.

    -Sí, te voy a dar por culo. Pero vamos a ver si es posible.

    Juan introdujo su dedo en el recto de María que respondió a la invasión apretando su esfínter.

    -Relájate. Iré despacio. -la tranquilizó el joven.

    La mujer se dejó hacer. La sensación era un poco extraña, pero estaba muy excitada.

    Juan metió dos dedos.

    Luego, muy despacio, metió el pene en el ano.

    María apretó los dientes, contrajo el culo y lo relajo a un tiempo tratando de adaptarse sobre la marcha.

    -Separa bien las nalgas.

    La fémina se llevó las manos al culo y separó los glúteos.

    Juan metió el miembro un poco más y acompañó la acción con una nalgada.

    Tras meterlo y sacarlo hasta en tres ocasiones, Juan cambió de orificio y la penetró por detrás con ritmo hasta alcanzar el orgasmo.

    -Castigo completado. -dijo Juan

    María se vistió, se disculpó de nuevo, dio las gracias al joven y le informó que volvería en dos días para hacer las habitaciones.

    -Sin problema. -replicó Juan.

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  • Por preguntón me confiesa el tamaño de su ex

    Por preguntón me confiesa el tamaño de su ex

    Resulta que yo llevo casado un par de años con mi esposa Naty ella de 37 y yo de 42 años, ya con un pequeño al cual amamos.

    Cómo de costumbre teníamos sexo placentero (o eso pensaba yo), resulta que un día después de explotar en la cama, yo rendido muy cansado abrazando a mi nena mirándole a los ojos le pregunto inocentemente.

    Yo: ¿Linda que tal el polvo? ¿Verdad que estuve bien hoy?

    Naty: jajaja ¿por qué siempre preguntas eso?

    Yo: jaja solo quiero saber si te gusto

    Naty: claro que me gustas…

    Yo: ¿entonces?… estuve bien?

    Naty: y dale, si estuviste bien, tranquilo.

    Yo: uhmmm… parece que dudas o no suenas convincente

    Naty : jajaja

    Yo: ¿por qué te ríes? Si yo he sido tu mejor polvo total por eso te casaste conmigo ¿no?

    Naty: jajaja

    Yo: me quedé sorprendido y confundido… No me digas que has tenido mejores polvos

    Naty: ¿Por qué me preguntas eso? Puede ser incómodo ¿sabes? Mejor no preguntes en serio.

    Yo: yo quiero saber, tranqui (hervía de celos y de inseguridad pero intentaba aparentar)

    Naty: ¿estás seguro? Jajaja

    Yo: solo te pregunto pero no te rías

    Naty: bueno… entonces pregunta lo que quieras preguntas y no vale juzgar o reclamar

    Yo: uhmmm… no sé que preguntar jaja está bien ¿he sido tu mejor polvo?

    Naty: amor, yo me case contigo pero tengo un pasado, tu no eres el mejor polvo.

    Mi mundo se me vino abajo

    Naty: uy esa cara mejor lo dejamos ahí, yo te lo advertí

    Yo: ¿en serio has tenido mejores machos?

    Naty: exacto, esa es la palabra, tú eres buen tipo pero no precisamente un macho.

    Yo: pero por qué lo dices

    Naty: jajaja si te vas a molestar mejor no sigo, ya te lo había advertido

    Yo: no estoy molesto solo quiero saber por qué no soy macho, si tengo buen cuerpo, soy alto y tengo buen rostro ¿no?

    Naty: ayyy amorcito, te amo, mejor durmamos ¿si?

    Yo: es que en verdad quiero saber… quizás pueda hacer algo para cambiar

    Naty: mi amor pensé que sabías que eras pito chico

    Yo: queee (me quedé sumamente avergonzado) ¿en serio soy pito chico?

    Naty: bebe cuánto te mide jaja no te vayas a molestar por mi pregunta… se levantó a sacar una regla de la mesita

    Yo: ¿Qué estás haciendo?

    Entonces agarro mi pene erecto y paso la regla por encima.

    Naty: bebe jajaja son 12 cm

    Yo: ¡quien ha sido tu mejor polvo!

    Naty: jajaja ¿por qué insistes en preguntarme eso?

    Yo: no entiendo porque te ríes, solo quiero saber y ya

    Naty: no quiero decirlo

    Yo: necesito saberlo por favor Nataly

    Naty: te hace daño eso

    Yo: solo es sexo total hay cosas más importantes

    Naty: eso dicen los mal polvos y pito chicos jajaja

    Yo: ¿entonces por qué te casare conmigo?

    Naty: eres un buen esposo, y excelente padre, un buen tipo, no creas que no te amo.

    Yo: ¿entonces?

    Naty: ¿entonces qué?

    Yo: ¿quién ha sido tu mejor polvo?

    Naty: el más vergón y mejor polvo se llama tu amigo Javier, ya lo sabes, no lo sabías pues ahora lo sabes estuve con Javi antes de estar contigo, ese maldito tiene una vergota súper gorda y de 22 cm medido por mi, casi dobla tu tamaño y mucho más grueso, además que es un enfermo en el sexo jajaja solo de recordar mira como estoy mojada (paso mi mano por su coñito). Él es macho y vergon.

    Yo: no puedo creerlo y entonces ¿por qué me preferiste y por qué lo dejaste?

    Naty: me reventó durante varios meses, el mejor periodo de sexo de mi vida, y yo nunca lo deje, es más le perdone múltiples infidelidades, el me dejó a mi después de cogerse a Tati tu hermana.

    Yo: ¡qué dices! ¿me has sido infiel con el en algún momento?

    Naty: ya basta por favor mi amor no preguntes, solo no preguntes, no quiero hacerte daño.

    Yo: ¿eso quiere decir que si?

    Naty: te hago cornudo bebé, creo que tampoco puedo estar en silencio guardando esto por tanto tiempo.

    Resignado calle y me dormí…

    Al despertar vi que ella estaba feliz y radiante como si se hubiera quitado un peso de encima.

    Al verme despierto se me acerca y me besa un beso con lengua durante varios segundos y me dice “eres el mejor sabes por favor permíteme tener macho y nadie sabrá que eres cornudo”.

    Solo atine a decir “te amo y no puedo dejarte, perdón por ser pito chico, perdón por creer que soy mejor de lo que realmente te puedo ofrecer” “tu sigue con el vergón, pero no hagas escándalo”.

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