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  • Desnuda frente al espejo: Cuentos del manual de la masturbación (2)

    Desnuda frente al espejo: Cuentos del manual de la masturbación (2)

    Hoy estoy algo cansada. La rutina de cada día me agota. Entro en el baño de mi casa y me miro al espejo. En ese momento varias imágenes pasan rápidamente por mi cabeza y la percepción de mí misma cambia de repente. Echo el pestillo antes de meterme en la ducha.

    Me quito la ropa mientras dedico un rato a mirar mi cuerpo en el espejo. Primero mi cara, mi cuello, mi pecho desnudo, mis tetas bien puestas, siempre me ha gustado su tamaño, ni grande ni pequeño, mis grandes aréolas oscuras y mis pezones, que al mirarlos comienzan a ponerse erectos. Me quito mi pantalón de pijama a rayas azul claro y después mis braguitas negras. Observó mis caderas que siempre han sido anchas y mi coño peludo, que nunca me he depilado por completo porque me gusta sentir su tacto rizado cuando juego conmigo misma.

    Abro la ducha y echo el gel de fresa y nata en mi mano. Comienzo a frotar suavemente mi cuerpo, mi cuello, mis brazos. Imágenes llegan a mi mente y fantaseo con que me tocas con tus manos llenas de jabón. Empiezo a excitarme, mientras enjabono mis tetas y comienzo a acariciarlas con deseo. Siento tus manos por mi cuerpo y mis manos se deslizan a mi chocho húmedo, mezcla de fluidos y jabón. Abro de nuevo la ducha, regulo la presión, y apunto a mí sexo que se hincha al contacto con el agua a presión. Abro las piernas, mi respiración se acelera mientras me acaricio.

    Cierro de nuevo la ducha y con mis dedos tocó mi clítoris erecto soltando un gemido que indica que no hay marcha atrás. Una tensión de placer me recorre todo el cuerpo. No puedo parar de tocarme, de sentir mi coño a punto de estallar. Con movimientos rítmicos arriba y abajo meto mis dedos resbaladizos en mi vulva, la recorro con placer y con movimientos circulares masajeo mi clítoris, y lo siento cada vez más hinchado. Aumento la intensidad, me agarro a la ducha jadeando cuando todo mi cuerpo tiembla de placer, espasmos deliciosos recorren mi cuerpo y disfruto del momento, me sonrío a mí misma y termino de ducharme para ir a desayunar.

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  • Construyendo paraísos (6): Succionadores nocturnos

    Construyendo paraísos (6): Succionadores nocturnos

    Ya son tres las veces que me ha cogido a traición la amiga de mi mujer, me resulta violento por un lado y no puedo negar el placer que me ha dado, por otro. De todas formas, no quiero chafarlo todo, debo ser un buen anfitrión y porque las miradas apuntarían a mí, aunque no sea el que haya propiciado los hechos, sigo siendo cómplice que me pude haber negado a ello desde el principio, pero ha sido y es irresistible.

    Así que continuamos con las actividades para agasajar a nuestra invitada, esta noche hemos decidido hacer una cena romana, ataviados con túnicas al puro estilo de los patricios y hermosas patricias. Una sábana estratégicamente colocada alrededor del cuerpo salva la situación.

    Ellas se han recogido el pelo y colocado florecillas, se han puesto sus collares más grandes que caen sobre sus escotes, sobre todo el de Tara, que se ha puesto un camisón ceñido por un cinto dorado, que le transparenta la silueta de su cuerpo, si añadimos que no lleva braguitas y como lo sé, ya me va encendiendo. No es la primera vez que no se pone ropa interior y siempre hemos fantaseado con ello.

    Nore lleva una sábana que tapa un hombro y pasa por debajo del otro brazo, su estupendo mostrador sujeta por si solo la sábana, lo que lleva debajo es un misterio para mí, quizás me vuelva a sorprender. Los tres podíamos pasar perfectamente por ciudadanía de la antigua Roma.

    La noche estaba estrellada, la luna brillaba tanto que proyectaba nuestras propias sombras, dando suficiente luz que no era necesario más para vernos y distinguir lo que teníamos cerca. También habíamos puestos unas velas alrededor de las tumbonas de la piscina, que pusimos formando un triángulo, las cabeceras de las tumbonas de las mujeres juntas y yo a los pies de ellas. Cenamos como los romanos, recostados como en un triclinio.

    Era divertida la situación, la comida era típica española: lonchas de jamón, porciones de queso, rodajas de chorizo, no faltó tortilla de patata, que hizo Nore, ya cortada en tacos. Todo se alcazaba con una mano, la otra sustentaba parte del cuerpo al estar recostado. También las copas de vino estaban a mano, de vez en cuando me levantaba yo para servir a las señoras, de lo que quedaban encantadas.

    Tras la cena llegaron los chupitos, vasos pequeños pero que se llenan de licores las veces que se quieran y pronto se pierde la cuenta. Seguimos sobre las tumbonas, teniendo cerca los pies de Tara me puse a masajearlos, mientras conversamos y bebemos. Ambiente relajado que el alcohol lo estaba transformando en chispeante y desinhibido.

    Tras varios suspiros de gusto que salían de la boca de Tara, dijo Nore que ella también le gustaría disfrutar de un masaje en sus pies. Me di la vuelta en la tumbona y repetí la operación con Nore. Todo eran halagos a mis manos sobre sus pies. Al mover sus piernas de vez en cuando, la túnica romana dejaba al descubierto hasta la nalga, con la noche clara pude ver que tampoco llevaba braguitas. Ya éramos tres los que habíamos prescindido de la ropa interior y eso a mi entrepierna le hizo despertarse.

    Las dos mujeres seguían bebiendo. También, aprovechando el momento, Nore le dio un regalo a Tara, en realidad era un encargo, de algo que no había encontrado aquí porque llevaba meses agotados. Ni más ni menos que un succionador de clítoris. Además, Nore dijo que también había traído el suyo, ya lo había probado, estaba encantada con él y si quería le enseñaba cómo usarlo.

    Entre bromas sacaron los succionadores, los pusieron en marcha, la bebida las tenía totalmente desatadas, sobre todo a Tara, Nore parecía más consciente, de vez en cuando me miraba como diciendo verás lo bien que lo vamos a pasar los tres. De momento yo era un mero espectador.

    Las dos llevaban amplia vestimenta romana, sin braguitas, por lo que no tuvieron impedimento en llevarse el succionador entre sus piernas. Seguían riendo y de vez en cuando alguna daba algún brinco por el repelús que notarían en su coño. Las risas fueron pasando a los jadeos, era increíble ese aparato, sólo con ponerlo entre las piernas, medio en broma, fui testigo de sus corridas casi a la vez, primero le llegó a Nore, se mordía los labios mientras gozaba de la corrida. Tara ponía cara de sorpresa, no daba crédito a lo que ese aparato le hacía sentir, al ver a Nore cómo disfrutaba, se dejó llevar y casi se cae de la tumbona de las sacudidas de placer.

    No dejé que se enfriara la cosa y les dije que no me podían dejar así, señalando la “tienda de campaña” que ellas habían provocado, recostado mi túnica se levantaba dando muestra de mi excitación, tras contemplar sus orgasmos yo quería el mío. Las dos se bajaron de sus tumbonas a cuatro patas, como dos gatas se acercaron, metieron las cuatros manos por debajo de mi túnica, cada una por una pierna, no sabía cual me agarraba la polla o cual jugaba con mis huevos, entre risas de ellas y mayor calentura mía.

    Arremangaron el faldón que yo llevaba, dejando al descubierto el tieso falo, se pusieron a chuparme la polla a turnos. Aquello era un sueño, una jugueteaba con mis huevos mientras otra hundía su boca en mi polla, luego cambiaban, hasta que Tara me la cogió con una mano pajeándola, estaba a punto de correrme, Nore puso su cara delante con mirada expectante de lujuria, animándome a soltar mi leche, contemplaba las dos hermosas mujeres dándome placer y no tardó en llegar, varios regueros de leche le saltaron en la cara a Nore que al final me chupó lo que salía de la punta provocándome unos pequeños brincos de placentero repelús.

    Fue una noche memorable bajo las estrellas.

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  • Un delicioso calentón

    Un delicioso calentón

    Hacía ya 1 año de mis encuentros con Claudia y desde entonces no se me había ido de la cabeza esta preciosidad y sobre todo las noches de sexo que nos había hecho pasar a mi mujer y a mí.

    Había intentado convencer a mi mujer de pasar unos días en Barcelona y volver a ver a Claudia, pero ella no sé por qué no quiso, quizás fue por celos o porque no me acostumbrara a semejantes placeres, la cosa es que ella había sido siempre muy reservada con respecto al sexo y la verdad es que su comportamiento en Barcelona me sorprendió al máximo.

    La cosa es que yo perdí el contacto con Claudia, pero no pude de dejar de pensar en montarme una noche loca con un transexual, pero claro Claudia había puesto el listón muy alto y por mucho que busqué en la calle alguien que me gustara no lo encontré.

    Un día visitando una página de contactos de la ciudad, entré en la sección de travestis, y mi sorpresa fue mayúscula al verla, la primera chica de la lista con foto se daba un aire a Claudia, pero no era ella, era una preciosidad, alta, con unas curvas vertiginosas, bastante pecho y un culo redondo y respingón, la verdad es que me encandiló desde el principio. No me importaba pagar para pasar un buen rato, así que sin pensármelo la llamé, contestó enseguida, su voz, aunque un pelín ronca era muy agradable y sensual, convenimos el precio y quedamos para aquella misma tarde, mi mujer estaba fuera y los chicos con mi suegra así que no había problema en que se enterara nadie.

    Me duché y arreglé y salí para el centro, enseguida encontré la casa, subí y llamé a la puerta. Ante mi apareció un verdadero ángel, la verdad es que no era tan alta como parecía en la foto más bien tiraba a pequeña, embutida en un fino vestido rojo sus curvas pechos resaltaban sobre sus caderas y su hermoso culo era tan respingón como en la foto.

    Lara me dio un delicado beso en la mejilla, me invitó a entrar y mientras ponía unas copas dejé el dinero sobre la mesa. Tomamos las copas tranquilamente, charlando un poco, cosa que me sorprendió gratamente ya que no esperaba que una prostituta, gastase así el tiempo, yo me dejé llevar por la conversación, la verdad es que estaba un pelín nervioso, no acostumbro a ir de putas y la verdad es que hacía varios años que no lo hacía.

    Durante la conversación no dejé de mirarla o de admirarla, la verdad es que la cara era muy femenina, sus rasgos no delataban su condición, ojos verdosos, labios carnosos, nariz ligeramente afinada hacia arriba, sus tetas eran grandes y redondas y el vestido dejaba entrever que sus pezones eran grandes y redondos. La verdad es que se le notaba que se cuidaba físicamente.

    Cuando ella quiso cambió el tema y directamente me preguntó si yo era pasivo o activo y la verdad es que yo ante semejante belleza no estaba dispuesto a poner pegas a nada así que la contesté que dejáramos que nuestros cuerpos nos llevaran a donde les apeteciera, me incorporé, la cogí de la mano levantándola del sofá y la besé en el cuello.

    La abracé con firmeza y ella me besó en la boca metiéndome su larga lengua, sus manos me despojaron rápidamente de la camisa y de los botones del pantalón, y solo rozaron durante un segundo mi erecta polla que sobresalía ya por encima del bóxer.

    Me invitó a sentarme en el sofá y sin quitarse el vestido se arrodilló ante mí y empezó a masajear mi polla por encima del bóxer metiendo las manos por las perneras, masajeando mis testículos y ni zona anal, me quitó finalmente el calzoncillo y se metió en la boca mi dura polla, sus labios rodeaban mi capullo y su lengua lamía la punta del glande con mucha habilidad, dándome pequeños mordisquitos con los dientes que me hacían morir de placer, pensé en correrme pero intenté aguantar lo máximo posible, me hizo pasar un rato extraordinario finalmente se retiró me besó en la boca mezclando nuestras salivas con mi líquido seminal y se levantó.

    Se separó un poco de mí y se sacó lentamente el vestido por los pies, estuve a punto de correrme otra vez al ver semejante cuerpazo, sus tetas eran tal y como las había imaginado, cuando le vestido lo llevaba por la cintura se dio la vuelta dándome la espalda y continuó bajándolo dejando al descubierto su duro culete adornado por un precioso tanga, que comenzó a bajar cuando tuvo el vestido en los tobillos.

    La visión de la tirilla del tanga que se va quedando entre los dos mofletes, cuando este se baja muy lentamente es embriagadora para mí pero más lo fue cuando Lara se dio la vuelta a dejó al descubierto su hermosa polla completamente erecta, creo que incluso más grande que la mía la visión de su cuerpo relativamente pequeño, sus hermosos grandes pechos y la enormidad de su polla me pusieron más caliente si cabe y no pude más que arrodillarme en el suelo delante de ella y meterme su instrumento en la boca.

    Sus manos agarraron mis cabellos y rítmicamente acompañaron mi cabeza mientras mi lengua recorría el impresionante miembro de Lara, desde los huevos hasta el capullo mi lengua tenía que parar dos veces para humedecerse en mi boca, Lara gemía de placer, cada vez que recorría el borde de su glande, y lateralmente su tronco recreándome en sus gruesas venas, pensé que llegaría a correrse pero tras diez minutos saboreando tan deliciosa fruta, me aparté y la pedí que me follara el culo, quería sentir como podía entrar y salir de mi culo.

    Lara cogió un gel lubricante del cajón y yo tumbándome en el borde del sofá boca arriba le ofrecí mi ano que lubricó concienzudamente con una mano mientras con la otra embadurnaba su polla, me agarró las rodillas abriendo mis piernas al máximo y colocó la punta de su aparato en la entrada de mi culo, muy lentamente empezó a empujar y yo comencé a sentir como su enormidad dilataba mi esfínter muy despacio, sentí un poco de dolor hasta que me relajé completamente al sentir su diámetro totalmente dentro de mí y un enorme placer cuando su punta tocó el final de mis entrañas y sus testículos mis glúteos.

    Lara paró un momento y me miró, la visión de semejante mujer en esa posición con semejante falo dentro de mí me volvió loco, Lara me agarró la polla y empezó a moverse dentro de mí, su polla salía y entraba completamente incluso por dos veces la sacó de mi ano por completo y la volvió a introducir aprovechando la dilatación de mi esfínter, esos movimientos y la deliciosa paja que me estaba haciendo hizo que me corriera abrazando con mi esfínter todavía más su polla, los chorros de semen llegaron incluso hasta mi boca, los cuales relamí como una autentica perra disfrutando de una follada increíble.

    Lara no tardó en correrse, pero justo antes sacó la polla del culo y se acercó a mi cara corriéndose en mi boca, su deliciosa leche recorrió mi boca y mi garganta, y Lara recostándose sobre mí me besó en la boca chupando nuestro semen.

    Me hubiera gustado follarle, pero la tarde se sexo que protagonizamos me dejó exhausto y decidí que sería otro día el que disfrutara de su culito, así que me despedí con un efusivo beso y un hasta pronto no muy lejano.

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  • Amigos… o no

    Amigos… o no

    Camilo se aferró al volante. Este tramo oscuro de carretera, inevitable de regreso a la ciudad, era su favorito del trayecto. Y Praga, sentada junto a él en jeans y camiseta, lo sabía también.

    Su mano conocía muy bien la entrepierna de Camilo y, hay que decirlo, le gustaba su verga. Así, sin morbo. Para ella fue un objeto curioso desde que se la vio con claridad. Esto fue meses después de sentirla entre sus labios porque, por modestia de él, cogían a poca luz. Cosita curiosa, le decía a ella mientras él apagaba la luz antes de desnudarse.

    Cierto día llegó el momento de verla y fue allí, en esa misma carretera. Era temprano, por allí de las trece horas cuando la joven pareja regresaba de un brunch.

    —No sé qué tenías esas pinches mimosas, Camilo, pero me pusieron bien caliente —dijo ella.

    Camilo sonrió. Satisfecho de provocar tales deseos.

    —Ahorita que lleguemos… —respondió, interrumpido por las manos de Praga, que ya se lanzaba a soltarle el cinturón y recorrer el cierre de Camilo.

    Él no discutió. Se aferró al volante y su miembro, deseoso, recibió dulces labios. Él a velocidad y ella inclinada sobre su miembro. “Tócame, Camilo, tócame” -balbucea ella entre chupón y chupón-. Camilo sólo le alcanzaba a, torpemente, sobarle un seno. Acto insuficiente porque ella deslizaba su manita libre debajo de sus bragas, deslizando sus dedos hasta sus húmedos labios vaginales.

    Su boca subía y bajaba a lo largo del pene de Camilo, quien daba gracias al domingo por la soledad del tramo y apretaba y pellizcaba los pezones rosados de su novia. Ella frotaba su vagina, salivaba, sudada: se conocía.

    Se frotaba y mamaba y chupa y sentía y sacó su mano de entre las piernas propias para meterla en la boca de Camilo: “chúpame, Camilito, que me seco” y Camilo hizo lo mejor que pudo con su lengua y esa mano regresó a la vagina de Praga quien se venía, se venía y terminaba sin darse cuenta que Camilo tuvo que detener el auto en una veredita junto a la carretera porque su semen cubría el rostro de Praga y ella, caliente, caliente, no dejaba de chupar y Camilo la apartó, recorrió el sillón del auto y ella lo montó y compenetrados se besaron furiosos hasta que la mujer encontró el éxtasis accionando el claxon con el culo.

    Y en eso giraba la mente de Camilo cuando le decía a Praga que las cosas habían cambiado, que tal vez lo mejor era que trataran de ser amigos, que la relación había terminado ya hace meses y que se ponía muy incómodo con sus flirteos y ella, dispuesta también a renunciar porque francamente estaba aburrida de la relación, esbozó una sonrisa, deslizó su mano derecha hacia su propio ombligo y debajo del pantalón y, con el aplomo de un sábado en la noche, le dijo:

    —Entonces, Camilo, ahora que sólo somos amigos, no tengo la mínima intención de coquetearte. Y, la verdad, no sé qué hace mi mano entre tus piernas.

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  • Mi debut con una chica

    Mi debut con una chica

    Ya había cumplido los 19 y estaba estudiando magisterio, era invierno y se venían los parciales a mitad de año.

    Psicología nos tenía a mal traer, la materia era apasionante pero la profesora nos volvía locas.

    Así es que invité a Patricia, una compañera que conocí en el curso, muy buena onda con la que nos entendíamos bien para estudiar juntas.

    La idea era que juntarnos en casa para estudiar hasta cualquier hora y después dormir un rato antes de ir a rendir.

    Patricia, o Pato como le decíamos, era menudita, flaquita de tetitas chiquitas y culito redondito, hermoso. Muy dulce y muy buena mina, nos hicimos amigas enseguida, las dos teníamos novio y habíamos ido a bailar los cuatro un par de veces.

    Eran como las tres de la mañana, mis viejos y mi hermano dormían hace ya mucho rato cada uno en su habitación, con Pato no dábamos más, estábamos desde las dos de la tarde estudiando y decidimos dormir ya que nuestros cerebros no daban para más.

    Yo le cedí mi cama, muy cómoda y me arreglé una colchoneta en el piso, como les conté, estábamos en un día muy frío de invierno y por más calefacción que haya me estaba congelando, cansada y todo como estaba no podía dormir de frio, Pato se dio cuenta y me dijo:

    —Estas cagada de frío y yo acá calentita en tu cama, me hace sentir culpable.

    —No seas tonta —le dije— yo te di mi cama, sos la invitada y no te voy a hacer dormir incomoda.

    —Bueno, hagamos una cosa —me dijo— vení a dormir conmigo, compartamos la cama, vamos a estar más calentitas y no me voy a sentir culpable.

    Me metí a la cama, estaba congelada, sentí la tibieza de su cuerpo e instintivamente la abracé para sacarme el frio. Fue un abrazo cálido, reconfortante, no quería dejar de estar ahí, ella le debe haber pasado algo similar porque no solo no me soltó, sino que me apretaba muy junto a ella,. No sé cuánto estuvimos así, pero algo hizo clic en mi cabeza, sus pechitos tibios debajo de su camisón, sin corpiño apretados contra los míos, en la misma situación me llenaron de dulzura. Comencé a acariciar su espalda muy suavemente y enseguida ella comenzó a hacer lo mismo.

    Sus caricias bajaron hasta mi cola y cuando yo hice lo mismo suspiró fuertemente en mi oído

    Seguimos acariciándonos tiernamente y ya nuestra temperatura había elevado tanto que casi nos sacamos las frazadas. Besé su cabeza dulcemente y ella que estaba un poquito más abajo empezó a besar mi cuello, ahora la que suspiraba era yo, me di vuelta poniéndola de espaldas a la cama y acomodándome encima le partí la boca de un beso, primero muy suave y tierno y luego con mi lengua sedienta busqué la suya y nos trenzamos en una lengüeteada mortal.

    Le saque el camisón y me prendí de sus tetas, que lindo fue descubrir lo dulce de los pechos de una mujer… se los besé y mordisquee como me gusta que me lo hagan a mí y ella gemía, le gustaba, con mi mano busque su conchita, muy mojada y la encontré justo cuando ella encontró la mía. Nos pajeamos febrilmente, las dos sabíamos bien como era el tema, acabamos casi juntas y tuve que besarla para que acallemos nuestros gemidos, no estábamos solas y no quería que nadie se despierte.

    Después de reponernos, siempre abrazadas, le dije que quería saber que se siente al lamer una conchita y ella me dijo que si mientras le dejara probar lo mismo, nos posicionamos para un 69 y fue exquisito. Aunque eran nuestras primeras conchas las dos sabíamos muy bien cómo hacerlo, teníamos experiencia de “novios lamedores” y las dos sabíamos lo que nos gustaba. Por mi parte debo decirles que si bien me encanta tener una pija en la boca, es exquisito lamer una conchita, volverla loca hasta que me entregue sus juguitos, muy excitante. Las dos nos sacamos como tres orgasmos cada una y no queríamos salir de ahí estábamos embelesadas con esta nueva experiencia.

    Yo había quedado al revés en la cama, me di vuelta, la abracé y la besé, con ese caliente beso se mezclaron también nuestros juguitos… un cóctel digno de probar. Nuestros cuerpos sedientos de lujuria se fueron acomodando uno al otro hasta quedar con las piernas entrecruzadas, el muslo de cada una rozaba la conchita de la otra y así nos pegamos una cogida de alto voltaje. Nuestras muy calientes conchas bañaban la pierna de la otra y esto hacía que el roce sea sensacional el vaivén de ambas hacia crujir la cama y nuestros jadeos calientes y lujuriosos no hacían más que subir la temperatura… ¿cuántas veces acabamos?… perdí la cuenta… solo sé que nuestro cansancio hizo que después de mucho rato paráramos y quedamos durmiendo abrazadas.

    A la mañana siguiente mientras desayunábamos mi mamá preguntó muy inocentemente si habíamos pasado frío ya que nos vio durmiendo juntas, le dijimos que sí, pero no le contamos como nos sacamos el frío.

    Sorprendentemente nos fue bien en el examen, las dos teníamos la mente en blanco es mañana, a la tarde volvimos a casa y estaban todos en sus ocupaciones, la casa estaba sola hasta las 6 de la tarde, nos metimos en nuestra pieza. y dimos rienda suelta a nuestra nueva pasión.

    En un momento de descanso Pato me dice:

    —Que lindo sería compartir esto con nuestros novios ¿no? ¿Te parece que les gustará?

    —Mirá a todos los hombres les gusta, se van a volver locos —le dije— ¡y se me ocurre como hacerlo!

    Dicho esto, enterré mi cabeza entre sus piernas y no se dijo más nada.

    El fin de semana mis padres y mi hermano se iban a Chivilcoy al casamiento de una tía y yo me quedé por los exámenes, al menos esa era la excusa, me podría ir a visitar parientes que ni conocía y dormir incómoda en casa de otros, ya lo había padecido de chica, basta, ahora era el turno de mi hermano, je.

    Invitamos a nuestros novios a cenar, fue una cena tranqui, con poco alcohol, solo unas cervezas, los queríamos bien fresquitos.

    Después de cenar fuimos al living, nos sentamos juntas con Pato en el sofá y ellos en los sillones, así lo teníamos planeado. Pusimos música y charlamos de cosas normales. La idea era calentarlos un poquito así después era todo más fácil. las dos vestíamos minis cortitas y nos ocupamos de abrir las piernas como al descuido para dejarlos calentitos, en especial al novio contrario que no estaba acostumbrado a ver nuestras cotorritas, jeje.

    Hecha la seña convenida nos acercamos a nuestros novios y besándolos apasionadamente los dejamos a full y cuando ellos pensaban que iría cada pareja a una pieza para seguirla, nos volvimos al sofá y nos empezamos a besar entre las dos con lengüetazos apasionados.

    Mi novio se quedó mudo y el de ella atinó a decir: —¡Ah bueno!

    Se quedaron estáticos, con la boca abierta, clavados en el sillón. Con Pato nos fuimos desvistiendo, nos prendimos de nuestras tetas y yo me agaché hasta su conchita y se la empecé a comer.

    Los chicos se miraron por un momento y dijeron: —¡Seee! y volaron sus ropas por el aire, mi novio se prendió de mi culo y me lamió como nunca y el de Pato le puso la pija en la boca y ella se la lamió con gusto.

    Cuando me quise acordar tenía a mi novio culeándome salvajemente y al novio de pato cogiéndole la boca con todo.

    Me tiré de espaldas al piso y mi novio me la puso por la concha, Pato se arrodilló encima de mi cara para que le siga chupando la concha y al ratito nomas los vi como se comían la boca entre ambos, el novio de Pato se las arregló para lamerme la concha mientras mi novio me cogía, Pato lo agarró de la pija y lo pajeaba.

    De reojo pude ver como también le lamia la pija a mi novio…¡ había resultado ser bi!

    Cuando estaba por acabar mi novio la sacó y me acabó en la panza y cuando Pato vio que su novio estaba por acabar se acercó para que le acabe en las tetas.

    Enseguida cada una limpió con la lengua a la otra y con la boca llena de leche nos besamos como nunca, compartiendo el premio por nuestra locura.

    Dejamos descansar un poco a los chicos y después hicimos la cambiadita, cada una se cogió al novio de la otra.

    ¡Como estaban los chicos ese día! y las culpables éramos nosotras jajaja.

    Hermosa cogida nos pegaron. Quedamos agotados los cuatro, pero teníamos tiempo.

    Tomamos una cerveza y con pato nos empezamos a besar de nuevo, queríamos hacer la frotadita como la otra vez, y así lo hicimos.

    Nuestros muslos brillaban empapados por la lujuria de nuestras conchitas que iban y venían salvajemente, los vecinos sin dudas debían escuchar nuestros jadeos que en ese momento eran gritos, pero no nos importaba nada, solo gozar como locas, orgasmo tras orgasmo, salvajemente.

    En un momento me acordé de los chicos, no los escuchaba, no habían venido a compartir nuestra locura… levanté la cabeza y vi a mi novio desparramado en el sillón y al novio de Pato arrodillado entre sus piernas chupándole la pija apasionadamente, me reí y le hice señas a Pato que al verlos me dijo: —¡Parece que cundió la moda bi!

    Volvimos a lo nuestro, estábamos muy loquitas y ese jueguito nos gustaba demasiado. Cuando ya no dimos más, miramos a los chicos y mi novio se lo estaba culeando literalmente al novio de Pato en el piso, yo me metí y le empecé a chupar la pija al novio de Pato y ella empezó a besar al mío y lo separó, le chupó la pija hasta que le acabó en la boca, justo cuando a mí me hacían lo mismo.

    Que loca fiesta que nos mandamos, tuvimos otros encuentros, pero nunca tan loco como ese, fue irrepetible.

    El domingo volvió Pato y me ayudó a limpiar todo para que no queden huellas de nuestra locura, esa noche volvía mi familia y no debían sospechar nada.

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  • Despertar de seducción

    Despertar de seducción

    Para colmo de males, al llegar a mi oficina me recibe la novedad de que mi vieja secretaria, Amalia, había sufrido un accidente y tenía un pronóstico clínico tan reservado que era probable una ausencia de meses en el trabajo.

    Pero… a ver: la mañana había comenzado difícil desde que abrí los ojos.

    Por alguna extraña razón la luz se había cortado durante la noche y mi reloj de alarma se había desprogramado.

    Fue un milagro que solo despertara con media hora de retraso. Pero ese tiempo es vital cuando alguien es solamente el Vicepresidente de Publicidad de una gigantesca megaempresa y como tal lleva una agenda apretada al minuto.

    Traté de ganar tiempo salteándome el desayuno, (podía tomarlo más tarde en la oficina), pero lo perdí tratando de comunicarme con la agencia de seguros.

    Me banqué muy mal el atolladero matinal en la autopista y me puso de muy mal humor recibir los insultos de media docena de pacíficos conductores que tal vez sí estuvieran cumpliendo sus horarios habituales, y que por eso contaban con todo el tiempo del mundo para boludear en el camino enervando el ánimo de tipos como yo.

    Así que llegué a mi escritorio con el tiempo justo para la junta directiva semanal y amenazar con mil castigos a los del Departamento de Personal si no me enviaban a la brevedad una nueva secretaria en reemplazo de Amalia.

    Pero no quiero confundirlos.

    En realidad, no creo ser un tipo difícil. Simplemente soy un esclavo de mi trabajo y de mi tiempo y como no tengo margen de error, los retrasos debidos a otros me desquician. Máxime si se trata de la empresa de luz privatizada que me cobra la energía más cara del mundo.

    Mi único lujo, el gym diario, a veces me hacía pensar si tanto esfuerzo era necesario para obtener a cambio nada de la vida.

    Ni hablar que la reunión fue un castigo de los dioses.

    Todos los problemas de la empresa parecían tener su cuello de botella en mi Departamento. Aun cuando tal vez no fuese así, ahora que lo rememoro así me lo parecía entonces.

    Encima, la comisión a España sería encabezada por mí (voto unánime) sin perjuicio de que mis otras responsabilidades se cumplieran en tiempo y forma. ¡Pensar que había tipos en la reunión que querían ir a divertirse a Andalucía!

    La comisión era un parto. Seguramente las conversaciones de la fusión con la firma española serían tan duras que ni tiempo habría para ir al cine.

    En ese contexto… ¿Quién puede pensar en divertirse?

    Regresé a mi escritorio dos horas después bufando de odio y con el estómago vacío.

    Cerré la puerta con fuerza y decidí sentarme y pensar cinco minutos para recuperar la cordura.

    No había pasado ni uno de esos cinco minutos, cuando oí golpear mi puerta.

    “¡Pase!”, grité no muy amigablemente.

    Y cuando la puerta se abrió, el ser que la atravesó me trajo de golpe al Planeta Tierra con el impacto de un meteorito llovido del espacio.

    ¿Vieron alguna vez la serie de televisión que se llama “Nikita”?

    Bueno, la mujer que estaba en mi oficina o bien era la protagonista en persona o bien era un clon mejorado de ella.

    Rostro perfecto y angelical.

    Como de 23 años (eso la hacía diecisiete menor que yo).

    Pelo lacio y rubio de caída perfecta más allá de los hombros.

    Anteojos que lejos de esconderla la hacían sumamente interesante.

    Y enfundada en el uniforme de las secretarias de la empresa, que dicho sea de paso es: camisa blanca con un saco azul corto. Falda azul entallada, en este caso de largo por encima de las rodillas, medias de mujer color piel y zapatos de tacón azules.

    Nada de eso ocultaba sus senos erguidos y redondos de tamaño justo a mi gusto, una figura estilizada en 1,75 cm sin tacos, y largas piernas esculpidas o por Miguel Ángel o por Leonardo Da Vinci en persona.

    Me quedé petrificado mirándola, hasta que caí en cuenta de que tal vez los de Personal se habían asustado tanto que habían decidido enviarme de secretaria sustituta a Miss Universo en persona.

    “Me envían de Personal”, me dijo con voz temblorosa probablemente asustada por mi recibimiento.

    Yo tragué saliva y rápidamente adopté la expresión Uno: (seguridad, autoridad, asepsia sexual y ejecutividad) y empecé a hablarle con voz de sargento de comandos:

    “Tome nota”.

    Ella sacó su libreta y se posicionó a escribir.

    “Llame a Fulano y dígale que…, luego traiga los borradores del contrato…, más tarde pida que eleven de una vez el memo número…

    etc. etc. etc.”

    ¡Pobre mina!

    La maté antes de nacer probablemente para cubrir las huellas que quedaran (si se dio cuenta) de que súbitamente recordé al verla que yo era un hombre y que hacía como un milenio que no me acostaba con alguien del sexo opuesto.

    Hasta tuve que esforzarme por ahogar mi risa cuando oí su respuesta:

    “¿Nada más señor?”, me preguntó con timidez.

    “Sí, hágame un café y regrese en media hora.”

    Y así fue mi primer encuentro. Soy amoroso, ¿verdad?

    A partir de ahí ya no me pude concentrar en nada y por eso todo me costó el doble. Cuando decidí que era suficiente por el día… ¡eran las 21hs!

    ¡Un horror!

    Hacía dos horas que nadie estaría allí.

    Pero me equivoqué, al salir estaba ella sentada en su PC.

    “¿Todavía aquí?”

    Ella miró con una sonrisa.

    “Me quedé por si necesitaba Ud. algo”.

    La miré con expresión Dos: (Condescendencia, comprensión).

    ¿Como no me ha avisado?, pensé, pero en lugar de eso dije:

    “¿Puedo llevarla a su casa?” y ella asintió.

    En el trayecto me dijo que se llamaba Laura y que había llamado al hospital para preguntar por Amalia y enterarse de su situación. Amalia estaría 6 meses reponiéndose, por lo que no podría ir a España conmigo la semana entrante.

    Algo dentro de mí se alegró (pobre y fiel Amalia), porque la noticia era un billete de primera clase a Europa para Laura (así se llamaba mi nueva diosa protectora).

    No perdí el tiempo. Rápidamente le adelanté que preparara todo para el viaje que…

    Y me sorprendió el dominio que Ella mostraba de sus emociones al recibir la noticia.

    Dudé un instante. ¿Nada de entusiasmo?

    “¿Tiene esposo o novio que pueda molestarse por eso?”, le pregunté.

    “Bueno, acabo de casarme el mes pasado, dijo ella con su timidez habitual”.

    Entonces sentí morbo por dentro mío y por primera vez dejé de apreciarla como una simple belleza para pensar que la quería hacer mía. La deseaba y pensar que intentaría follarla en su luna de miel me excitó.

    “No creo que los viáticos de este viaje le vengan mal a una pareja de recién casados”, dije maliciosamente para agregar incentivo material a la propuesta del viaje.

    Ella me miró como si sacara cuentas mentales y me contestó simplemente:

    “Lo arreglaré”.

    No hay caso. Como dice un viejo amigo… “El dólar mata galanes”

    En el avión me comporté como un caballero, cosa que me costó mucho trabajo porque Laura era una belleza digna de ser violada aprovechando el silencio nocturno y la impunidad de la primera clase.

    Ya en España, ocupamos habitaciones de hotel separadas como corresponde a una relación puramente profesional. Sentía que la hora se aproximaba, pero no podía apurarme y arriesgar el éxito de la gestión.

    Las conversaciones duraban casi todo el día. Laura ocupaba su sitio levemente detrás de mí y tomaba apuntes de lo hablado con una perfección impecable y digna de alguien con más experiencia.

    Todas las mañanas yo trataba de adivinar con que modelo me sorprendería.

    Generalmente eran trajes sastre muy ajustados y siempre sus piernas libres y zapatos de tacón.

    Durante las noches, la familiaridad iba ganando nuestro trato y pasábamos repasando notas hasta bien entrada la madrugada.

    La anteúltima noche el trato estaba cerrado y los españoles organizaron una fiesta para celebrarlo. Si yo iba a encarar algo con Laura me quedaba poco tiempo, así que esa noche pasaría al frente tratando de superar su frialdad profesional.

    Ella se preparó para el infarto. Un vestido negro sin espalda y con un tajo lateral que en a cada paso enseñaba hasta lo indecible la belleza de su pierna.

    Yo vestí riguroso smoking.

    La reunión social fue muy diplomática, pero yo vigilaba a Laura y notaba que, quizás por sentirse liberada del trabajo, bebía sin inhibiciones.

    Además notaba las miradas lascivas de los presentes clavadas en su cuerpo y eso aumentaba mi deseo.

    Cuando todo terminó, aún era temprano y la invité con toda normalidad a seguir la noche un poco más.

    No era mi primera vez en Madrid. Hacía ya casi 15 años cuando aún era un joven oficial del ejército, había estado estacionado en esa ciudad.

    Y de aquella época, recordaba claramente un sitio que ahora, de seguir existiendo, era hecho a la medida de lo que yo necesitaba para mis planes.

    Era en la calle de Velázquez, y no tardé en encontrarlo. Un sitio exclusivo solo para gente de alta clase.

    Oculto de las vistas al resto de los mortales.

    Toqué la puerta, y como aquella vez del pasado, abrió un portero de impecable levita.

    Por dentro el lugar era un night club de excelso nivel. Y aún continuaba siéndolo.

    De fondo alguien interpretaba un suave blue con una trompeta cargando el ambiente de una sensualidad que podía respirarse.

    El lugar estaba lleno a tres cuartos, lo que daba mucha comodidad.

    Nos ubicaron en una mesa que no estaba oculta como reservado, pero que no necesitaba estarlo, dado que todo el vecindario parecía inmerso en sus propios asuntos.

    Ordené champagne, como manda el reglamento, y para romper el hielo la invité a bailar.

    Era la primera vez que sentía su cuerpo en mis manos.

    Sus vibraciones me eran agradables.

    Coloqué mi mano en su espalda apenas sobre su culo y ella apoyó su cabeza en mi pecho dejándose llevar.

    La música, el alcohol y el calor de su cuerpo me empalmaron y empujando su espalda la apoyé sobre mi cuerpo para hacérselo saber. Ella movió apenas su cabeza y se entregó mansamente cuando mi boca se mezcló con la de ella.

    No podía dejar de besarla. Nuestras lenguas chocaban con fuerza y mis manos acariciaban su cuerpo suave, pero decididamente, en círculos lentos.

    Cuando dejamos de bailar rodeé su cintura con mi brazo y la llevé nuevamente a la mesa.

    Entre copa y copa nos besábamos con pasión.

    Ella comenzó a tocar mi polla debajo del mantel. Primero friccionaba sobre mi pantalón, más luego introdujo su mano dentro y la acarició directamente mientras clavaba una mirada de sexo puro en mis ojos.

    Yo estaba a reventar.

    Fue ella quien, con una sonrisa me dijo:

    “Salgamos de aquí.”

    En mi habitación ella soltó su vestido que cayó al suelo dejando su cuerpo solo cubierto por una minúscula tanga negra y sus zapatos de tacón.

    Sus senos eran perfectos.

    Se arrodilló ante mí y comenzó a comer mi polla como si hubiese pasado años de hambre.

    Yo me quité camisa y corbata dejando mi torso desnudo. La levanté y empecé a follarla en toda la suite.

    La hice mía en un sillón Luis XIV (o tal vez era de otro reyezuelo de esos), la hice mía contra la pared y la hice mía en la alfombra.

    Bebí de su raja la mezcla de jugos que generosamente emanaban de su cuerpo con un sabor dulzón que me resultará por siempre inolvidable.

    En momentos de descaso bebíamos champagne que se derramaba en nuestros cuerpos y sorbíamos con nuestras bocas en suaves caricias.

    Cuando menos lo creía, la enculé por primera vez en su vida. Y lo gocé tanto o más que ella.

    Estábamos comportándonos en el nivel más bajo de la escala zoológica.

    Amaneció y ni nos dimos cuenta.

    Nuestra sesión continuó y continuó cambiando nuestros planes turísticos trazados para el último día.

    Pasaba horas con mi polla en su boca.

    Yo le decía: “No la sueltes. O en tu mano o en tu boca”.

    Y ella cumplía obediente.

    Sus labios estaban cubiertos de rastros de mi semen que se remontaba a horas.

    Y el tiempo se nos acabó.

    Con paciencia he ido descubriendo la personalidad de Laura, que aún es mi secretaria y que aún me regala su coño cada día, en mi oficina, cuando se lo pido.

    Es una relación muy particular la nuestra, ella nunca me niega nada y yo cada día soy más y más exigente con su cuerpo.

    No tengo idea que cuentos le dirá a su marido para poder encamarse dos noches a la semana conmigo. A veces me da curiosidad saber, pero no me atrevo a preguntar.

    O tal vez su esposo lo consienta porque sería estúpido resignar el sueldo de su esposa, la secretaria ejecutiva del Presidente de la Compañía.

    Ah, si, he subido de puesto.

    Y las secretarias ejecutivas que pasan más tiempo con su jefe que en sus casas deben cumplir con todo lo que beneficie la empresa, incluyendo la salud sexual de su jefe.

    No tenemos límites en la cama. Ni fuera de ella.

    En una ocasión, en casa de uno de los gerentes, nos escabullimos de la fiesta para hacer el amor en un rincón apartado. Solo levanté su falda, comprobé que no llevaba bragas y la penetré con fuerza bombeándola hasta acabar en su coño.

    En otra oportunidad, me ayudó a conseguir un contrato acostándose con tres ejecutivos de la empresa cliente en mi presencia, y mirándome a los ojos lascivamente mientras la follaban en mi oficina por todos sus agujeros.

    Ahora me ha dicho que quiere embarazarse de mí. Dejar a su esposo y mudarse conmigo.

    Yo tengo algo de temor a esa situación.

    No vaya a ser que, a la inversa de lo que pasa en los cuentos infantiles, al cambiarse conmigo se transforme en sapo.

    O peor aún: en bruja.

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  • Disfrutando del sexo

    Disfrutando del sexo

    Para los que no me conozcáis, me llamo Catiana y más o menos mido 1.66 peso unos 55 kg, soy morena clarita, ojos castaños, mi pecho es mediano, pero firme de pezones pequeños y rosados, no tengo mal tipo, aunque tampoco soy nada especial, mi culito es un pelín respingón y me depilo mi coño dejando solo vello en lo que sería la anchura del tanga.

    En aquel momento salía con un chico Toni, 1.70 unos 70 kg, pelo corto, buen tipo, dotadito normal, muy simpático, me reía mucho con él y follaba muy bien.

    Por aquel entonces Toni viva en una apartamento compartido con otro amigo suyo.

    Un día me llamó por teléfono para que quedáramos para vernos y me comentó que teníamos el apartamento para nosotros, yo ya sabía que significaba eso así que me arreglé bastante sexy para una tarde de sexo.

    Me puse una falda negra, corta, y un top rosa ajustadito que dejaba a la vista mi ombligo, dejaba de la falda me puse un tanga negro muy bonito y no me puse sujetador.

    Cuando llegué al apartamento me quedé sorprendida de ver allí a su compañero, Ramón.

    Ramón mide como 1.80 o así, es de ese tipo de hombre de espalda ancha y fuertes brazos, ni guapo ni feo.

    Nos sentamos en el sofá, y yo me senté sobre las piernas de Toni y estuvimos charlando un rato, Toni me dijo si quería beber algo, me apetecía lago fresco as que le dije que si “un Martini”, Ramon dijo “ya voy yo”. Al irse Toni me cogió nos dimos un largo beso mientras no metíamos mano, le comenté que pensaba que tendríamos apartamento para nosotros y me dijo “ya lo sé” y sonrió.

    Al momento volvió Ramon con el Martini y que también trajo para ellos, seguimos charlando y bebiendo, Toni no me dejaba de acariciar la espalda y de vez en cuando los muslos, yo sentada sobre él notaba que estaba empalmado, yo notaba que Ramon no me quitaba ojo de encima.

    Toni le dijo “joder Ramon podrías quitarle la vista de encima de sus tetas, aunque sea un momento, ya sé que te encantan” y mientras me apretó mis tetas con sus manos acercándome a él para besarnos, cuando lo hicimos fue a meterme las manos por debajo del top y yo se las retuve. Al acabar de besarnos me dijo “no seas así, deja que Ramon las vea además ya está cansado vértelas en la playa y tiene que estar siempre boca abajo para que no se le note que se la pones dura”.

    La situación me daba mucho morbo así que cuando volvió a acercarme a él para volver a besarnos me metió la manos debajo del top y le dejé.

    Me las acariciaba mientras jugábamos con nuestras lenguas, cuando paramos para respirar, me dejó el top colocado por encima de mis pechos, al girarme hacia Ramón pude ver como se estaba masajeando su polla por encima del bañador, me volví hacia Toni y volvimos a entremezclar nuestras lenguas, él seguía tocándome mis tetas con su manos hasta que las bajó a mi falda y me la subió dejando a la vista mi tanga.

    Separé mis labios de los de Toni y miré de reojo a Ramón que tenía la mano debajo del bañador y se masturbaba claramente, Toni me apretó de nuevo hacia él metiendo su lengua en mi boca y tocándome los pezones con su manos, en ese momento ya estaba totalmente excitada estaba pensando (que excitada estoy) cuando noté las manos de Ramón sobre mis muslos, cogió el tanga y me lo quitó, yo seguía besando y tocando a Toni, tras quitarme el tanga, me separó las piernas y me giró tanto de esa forma me quedé de espaldas a Toni que estaba sentado debajo de mí.

    Nada más girarme Ramón metió su cabeza entre mis piernas y empezó a lamerme el coño, pasando la lengua por mi clítoris y metiéndola dentro de mi vagina, estaba disfrutando como una loca y para colmo Toni no paraba de tocarme las tetas y pellizcarme los pezones, no podía dejar de gemir.

    Estaba totalmente mojada, las manos de Toni me manoseaban las tetas y la lengua de Ramón me volvía loca, lamiéndome el coño, en ese momento Ramón me metió dos dedos en mi vagina, haciéndome estremecer de placer, empezó a meterlos y sacarlos sin que su lengua se parase ya centrada en mi clítoris, con mis manos cogí las de Toni que estaban en mis tetas y las apreté mientras movía mi cintura extasiada por la comida de coño de Ramon, un instante después me corría dando gritos de placer.

    Un instante después y con mi corrida resbalándome por mis muslos me llevaron al cuarto de Toni, al llegar al cuarto me besé con Ramón mientras Toni se desvestía y después con Toni mientras lo hacía Ramón entre los dos besos ya me había quitado la poca ropa que me quedaba. Ramón se tumbó sobre la cama y yo me acerqué a él pude verle su polla de unos 18 cm, gruesa, con un capullo grande de las que me gustan.

    Comencé a masturbarlo con la mano y dándole algún lengüetazo a su polla no tardé en notar a Toni detrás de mí, me frotaba su polla contra el coño, estaba deseando que me la metiera lo cual hizo de golpe y se me escapó un pequeño grito, enseguida continué con mi trabajo en la polla de Ramón, chupaba con mis labios su glande, mientras Toni no paraba de follarme, no tarde en metérmela totalmente en mi boca, Ramón gemía como loco y Toni le decía “te dije que la chupaba de puta madre”.

    Toni seguía penetrándome de forma rítmica mi coño, que estaba totalmente empapado, porque hacia un rato me había vuelto a correr, él comenzó a aumentar su ritmo me follaba más deprisa, Ramón me sujetaba la cabeza marcando el ritmo de mi mamada, noté como su polla se ponía dura, aumenté el ritmo de mi mamada, él me miraba y yo al él y aun se le endureció la polla un poco más y noté como se iba a correr y empezó a correrse, no paré en mi mamada tragándome su semen, en ese mismo instante con Toni follándome volví a tener un orgasmo que casi hace que me atragante.

    Ramón se quedó tumbado diciéndome “joder Cati que bien la chupas por Dios”. Eso puso aún más cachondo a Toni, que empezó a golpearme más fuerte con su polla gritándome “me corro, me corro”. Al correrse Toni, Ramon salió del cuarto, y Toni y yo nos quedamos en la cama abrazados, sonriendo sin decir nada y así nos dormimos.

    A los 20 o 30 minutos me desperté, Toni seguía dormido y me fui a la cocina a por algo de beber, tenía sed, me bebi un vaso de agua de golpe y me puse otro a beberlo, me di cuenta de que Ramón estaba en el sofá mirándome, se estaba masturbando mirándome, me fui hacia él y sonriendo le dije, “¿Qué? ¿no te ha bastado?”. Ramón se levantó del sofá y me dijo “estaba aquí pensando en lo que acabamos de hacer y al verte desnuda no he podido evitar masturbarme, has disfrutado tanto como yo”.

    Me acerqué a él y le dije “quizá más” y nos besamos, él con sus manos apretó mi culo contra él, notaba su polla dura en mi cuerpo, al soparnos me empezó a lamer los pezones, al notar su lengua se me pusieron duros, me hizo sentar en el sofá, se arrodilló delante de mí, me hizo abrir la piernas lo más que puede y sin dudarlo volvió comerme el coño, no tarde ni diez segundos en estar totalmente mojada.

    Él al notarlo dejó de lamerme el coño para pasar a hacerlo con mi culo, lo lamía y relamía y yo no podía dejar de gemir mordiéndome el labio, paró para escupirse sobre sus dedos y volvió a lamerme el coño, pero sus dedos fueron hacia mi culo, empezó a meterme uno, que entró con facilidad después de que me lamiera y dejase bien mojado, al decirle yo “sigue sigue no pares”, no dudó en meterme otro dedo más, lo hizo suavemente sin dejar de lamerme el coño, estuvo un buen rato metiendo y jugando con sus dedos en mi culo y su lengua en mi coño hasta que no pude más y me corrí restregando mi coño en su cara.

    Se levantó y me dijo:

    —Creo que Toni me ha engañado al decirme que no lo habéis hecho analmente porque dilatas mucho.

    —Es que él no se ha atrevido y yo no le he dicho nada.

    —Pues yo sí que te la voy meter Cati.

    —Y a que esperas —le dije.

    Se mojó toda su polla con su saliva y la apoyó contra mi ano, apretando contra él su capullo que poco a poco fue entrado hasta entrar entero y detrás el resto de su polla y empezó a follarme el culo, “así así” le decía y Ramón me follaba con más fuerza y yo disfrutaba muchísimo y empecé a acariciarme mi clítoris con mis dedos y tuve un orgasmo.

    “Joder cati -me dijo Ramón- que excitante eres” y sacó su polla de mi culo y me la metió en mi vagina, “me hubiera corrido ya así, pero te la tenía que meter también en el coño”, “si si dame, dame”, le dije y se recostó sobre mi chupándome los pezones mientras no dejaba de follarme “me corro” dijo soltando por instante mi pezón, le ayudé a follarme cogiéndolo por los muslos y se corrió sin dejar de chuparme los pezones.

    Tuve que volver a la cocina a beber más agua, estaba exhausta, Ramón se quedó allí en el sofá resoplando, al pasar de camino hacia el cuarto le tiré un beso y me fui de nuevo a la cama de descansar.

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  • La conocí en el Casino

    La conocí en el Casino

    El sábado la pandilla fuimos al Casino. No teníamos mucho dinero para apostar, pero queríamos cambiar un poco de ambiente, cansados un poco de las discotecas. Éramos 5 y lo pasamos muy bien, aunque no ganamos demasiado y había más gente mayor que nosotros, que el mayor no pasaba de 20. Casi todas las tías eran casadas y las no casadas solían ser viudas. Por suerte podíamos beber y jugar.

    Casi toda la noche estuvimos juntos, pero poco a poco nos fuimos desperdigando, cada uno en una mesa de juego o en alguna máquina tragaperras. Dani me había dicho que una señora no me quitaba el ojo de encima, pero creí que estaba burlándose de mí y no le di importancia.

    Y es que yo, pequeñito, moreno, no muy vistoso, delgadito y bastante callado, no soy que se diga un don Juan, sino todo lo contrario. No ligo ni a la de tres. Pero lo peor es que cuando me he enrollado con alguna de clase (un par de veces nada más) no he pasado de besos y roces. Al contrario que con las chicas de mis amigos, ni nos hemos masturbado mutuamente. Y ya con 19 años vas teniendo ganas de tener más roces.

    Cuando me fui a los cuartos de baños y esa señora, en una zona apartada, me agarró del paquete y me puso un billete de 10000 en el bolsillo diciéndome que me fuera con ella a su casa a pasarlo bien, no supe cómo reaccionar. Quise marcharme de allí pitando, pero mis piernas se quedaron clavadas.

    —Te he estado observando y me has puesto cachonda, nene. ¿Cómo te llamas, preciosidad?

    —Manuel.

    —Manuel, yo me llamo Brígida.

    Aunque apenas me atrevía a bajar la vista de su cara (demasiado maquillada, parecía un payaso, bastante gorda y poco atractiva, como su pelo rizado oscuro que le llegaba por la espalda; sus labios carnosos además eran un poco repugnantes), pero más o menos ya sabía cómo era: bajita como yo, no más de metro cincuenta, bastante gorda, sus brazos rebosaban carne y su vestido ceñido amenazaba con estallar de un momento a otro, sobre todo en la zona de la barriga, las piernas cortas enfundadas en unas medias negras, algo por el estilo… Una joya, vamos.

    Pero su mano en mi paquete, que no atiende a descripciones, sino a presiones, había hecho que mi cosa entrase en reacción, cosa que ella, con una exagerada sonrisa, notó y me besó en la boca babeando la mía.

    No sé cómo, pero acabé subiéndome a su coche y acompañándola a su casa con un billete en mi bolsillo. Y seguía perdidamente excitado. Sobre todo porque ella ahora tenía una mano en el volante y la de la palanca de cambios iba a mi polla, dura como nunca la había visto. Su manejo era increíble, pues sin casi enterarme me había desabrochado la bragueta y me la había sacado del calzoncillo. Me decía que tenía muchas ganas de comérmela.

    De hecho, paró en un arcén, se quitó el cinto de seguridad, se ladeó y, de rodillas en el asiento, posó su lengua pesada en mi capullo, que estaba brillante de todos los jugos que echaba. Desde la punta, fue pasando su lengua por todo mi capullo, sin dejar de repetirme que le encantaba mi polla (de tamaño y grosor normales). Verla bajando y subiendo su cabeza y acariciarme los testículos hizo que me corriera. Ella se tragó todo y luego me besó en la boca. ¡Puaj! Saboreé mi propio semen en la boca de esa vieja…

    Siguió con su camino y me dijo que le hiciera una mamada por el camino. Me incorporé, no sin asco, y le subí la apretada falda todo lo que pude. Ella ayudaba dando unos pequeños saltos sobre su asiento. La verdad es que ver esas enormes bragas negras volvió a excitarme mucho, pese a que eran enormes. Su olor a excitación me llegaba incluso a través de sus bragas.

    Metí un dedo en su tirante y luego el otro y tiré para abajo, pero se resistía. Tenía la piel muy clara y el tirante le dejaba marca. Poco a poco fui viendo su abundante pelambrera. Parecía su coño una selva de lo frondosa que estaba. Pelos rizados, abundantes, negros y duros. Metí la mano por debajo, un poco a ciegas, y noté que estaba encharcada. Dio un alarido espeluznante. Le había rozado la vagina.

    Lo hice todo a ciegas (mitad porque era de noche y mitad porque no me atrevía a abrir los ojos), pero aquel inmundo olor me guiaba hasta su gruta. Separé sus enormes labios superiores y lamí la zona, guiado también por sus gritos y el nivel de flujo que derramaba. Me dijo que le masturbara también el clítoris y, con sus indicaciones, lo hice. Pronto descubrí que estaba delante de una mujer multiorgásmica, porque la tía derramó todo lo posible y más. Y esto sin dejar de pegar gritos y de insultarme y de dar volantazos por todo el camino. Llegamos a su casa de milagro.

    Se bajó su falda y yo le metí de nuevo mi endurecido pene. Estábamos delante de un chalé de cuidado. Subimos para arriba y, una vez en su cuarto, se me tiró al cuello y de nuevo su lengua empezó a retorcerse por mi campanilla. Ese ansia por mí me halagaba, excitaba y también me ahogaba, por qué no decirlo. Brígida lo hacía todo por los dos: me desnudaba (la camiseta, los pantalones, las zapatillas, los calzones, todo ello sin dejar de apretarme el culo, los huevos, la verga y sin dejar de besuquearme y morderme) y se desnudaba ella, sólo necesitando mi ayuda para desabrocharse la cremallera por detrás.

    Y además no dejaba de decir que quería que la tomase, que la hiciese suya, que hacía mucho tiempo que no se la tiraba un hombre de verdad (¿?).

    Brígida se alegraba mucho de ver que su striptease producía un efecto de crecimiento en mi verga y su autoconfianza se fortalecía. Tendré algún punto de masoquista, porque sus michelines se esparcían por su cuerpo de una forma aterradora, sobre todo cuando se desprendió de la faja de su barriga. Era pálida y sus carnes blandas. Pero la visión de sus pechos rebosantes en ese sujetador talla elefante y sus pezones que eran más grandes que mi boca, me empujaban a chuparla, aunque ella redoblase sus chillidos.

    Luego se quitó las medias (supongo que quería hacer una pose sexy, pero se resbaló con la alfombra y no resultó). En el suelo, se quitó las bragas y me enseñó por completo su coño. Se tumbó en la cama y se abrió de piernas. Veía una mancha colorada y carne y pelos, pero me tiré sobre ella y empecé a culear como un conejo. Mientras que yo gemía tan sólo, ella seguía con su sinfonía de ruidos espantosos. Cuando derramé dentro de ella mi semen, la loca de la Brígida aulló como una loba y me apretó el culo como una posesa. Fue entonces cuando di mi único grito.

    Me levanté haciéndome a un lado. Estaba empapado de sudor. No sabía si era mío o era de Brígida, que parecía una fregona sin escurrir. Yo estaba agotado, pero al parecer ella tenía mucha más ganas de marcha. Intentaba hacerme reanimar a mi gusano con chupetazos y succiones y me ponía su culazo en mi cara. Me dijo que le chupara el culo, que quería que la penetrase por ahí.

    Con todo mi asco y mi excitación por darla por culo, exploré su agujero negro y mi gusano se puso como una estaca. Se puso de rodillas y de un golpe la penetré hasta el fondo. Ya el grito fue incalificable. Rebasó los límites permitidos de decibelios. Mis sensaciones eran increíbles, al sentir ese calor y presión (otra cosa no la diré por no ser escatológico).

    Temí haberla hecho daño, pero cuando me dijo que la partiera el culo, empecé a azotarla en esas nalgas caídas y puse un ritmo muy duro. Por primera vez se me escaparon los insultos, que a ella le excitaron mucho y se metió el puño en su vagina. Su orgasmo fue impensable. El mío me dejó extenuado y sus nuevos intentos por reanimarme, baño de burbujas incluido, fue inútil. Pese a esto, me decía que estaba encantada y no dejaba de llamarme semental.

    Me pidió su número de teléfono (y, menudo idiota, se lo di) y me dejó el suyo. Me dijo que la llamase yo en menos de una semana, que tenía que ser caballeroso. Yo pensaba que ni de coña lo haría, pero mi polla pensaba por mí y esas escandalosas tetas me llamaban y todos los sábados Brígida y yo practicábamos nuevas posturas (incluso dejé que se me pusiera encima y que me dejara como un sándwich). Me da hasta vergüenza confesar cuánto tiempo duró esto y que durante mucho tiempo fue mi mejor opción de sexo.

    Pero más vergüenza me da confesar que acabé casándome con ella dos años después, y no precisamente por la dote de Brígida, sino por lo mucho que disfrutaba en la cama. Y también me da vergüenza decir que no la pongo los cuernos con ninguna otra joven tía buena porque el ritmo de Brígida es de cómo mínimo dos polvos al día y me tiene destrozado. Además, ha adelgazado veinte kilos en todo este tiempo y cada día está más buena y más joven y yo cada día la quiero más.

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  • Celos ardientes

    Celos ardientes

    La verdad es que esto de los celos comenzó como un juego que era divertido y servía como para avivar el amor con Sergio. A mí me gustaba cultivar esos celos porque cada día estaba más segura que él me amaba y me necesitaba y me deseaba más y eso era mi felicidad completa.

    Por otro lado, con mi hermana Zeni no nos veíamos desde la Universidad y ahora, cada una viviendo en un país distinto, solamente nos encontrábamos para las grandes celebraciones familiares en que los tres hermanos acudíamos a la casa de mis padres, las dos hermanas somos solteras.

    Cuando Sergio comenzó a insistir en que quería ver una fotografía de mi hermana Zeni, yo reaccioné en forma airada. Pero era un puro teatro mío para medir su reacción, un juego en que yo usaba esos celos fingidos para avivar la hoguera de su deseo.

    En medio del amor con Sergio, yo solía hacer alusión a mi hermana, a lo hermosa que era, a lo sola que estaba y de esa forma podía notar como mi amante se encendía, me abrazaba más enérgicamente, asumía posiciones de macho agresivo y aumentaba la intensidad de sus caricias, inventando formas nuevas de tenerme lo que me hacía arder como nunca llegando a finales insospechados de pasión desatada.

    Yo nunca supe que era lo que el se imaginaba en esos momentos y lo más probable, era que no se imaginara nada, porque era yo quien avivaba esa falsa atmósfera de celos irreales, a lo mejor un poco decepcionada por la falta de celos reales, porque Sergio no ha sido nunca celoso. La celosa soy yo.

    Y ahora estaba en medio de ese juego divertido pero absurdo sin fundamento real.

    Porque Sergio no conocía a mi hermana Zeni y yo no sabía muy bien como era ella ahora a sus treinta años.

    Claro, era una profesional exitosa, que vivía en la capital de nuestro vecino país, en un departamento pequeño en un buen barrio para una mujer sola, que no había tenido aventuras amorosas, al menos no las había contado y a quien le conocía una sola relación con un hombre maduro, pero nunca pude saber si había existido algún compromiso profundo. De modo que ni siquiera sabía si mi hermana Zeni era virgen o no.

    Mirando detenidamente la única fotografía de Zeni que pude encontrar, me di cuenta que nos parecíamos bastante.

    Ambas somos morenas de cabello negro, rostro de facciones algo marcadas y ojos oscuros, los míos más vivos que los suyos y tanto ella como yo tenemos boca grande, de labios pasionales. En nuestra figura destacan claramente nuestros pechos desarrollados, firmes y atrevidos.

    Pero la fotografía que tenía en mis manos era una ampliación de una fotografía de pasaporte y aunque nada del cuerpo se podía ver, se la llevé a Sergio y se la mostré.

    Él no dijo nada, no hizo ningún comentario y luego de mirarla un momento me la devolvió lo, que casi me produjo una desilusión, dado que él había insistido en verla.

    Fue en medio del amor, como recordando algo que hubiese olvidado y recordara súbitamente, me dijo que éramos muy parecidas. Yo noté de inmediato en mi interior una reacción pequeña pero profunda.

    Metida de nuevo en el juego le hice un comentario asegurándole que ella tenía un cuerpo más bravío, más natural. Le dije que yo encontraba mi cuerpo más entregado en la pasión, al paso que el de ella se me ocurría más indomable. Agregue que yo pensaba que quizás en la cama sería más ardiente que yo.

    Sergio se agitaba sobre mí con bríos renovados mientras yo me desgranaba en latidos placenteros y de pronto me di cuenta que estaba asumiendo el rol de mi hermana Zeni y quería demostrarle a Sergio lo que ni yo misma sabía, porque jamás pude imaginarme el comportamiento sensual de mi hermana.

    Pero ahí estaba yo moviéndome como imaginaba que ella lo haría, de una manera como yo nunca lo había hecho y sintiendo que Sergio me estaba teniendo de una forma nueva, porque seguramente estaba haciendo el amor con Zeni y no conmigo y eso me hacía redoblar mi calentura porque me sentía una mujer nueva para él, al mismo tiempo que lo percibía como un macho renovado descubridor de placeres diferentes que nos estaban llevando a cumbres de placeres insospechados.

    Pero, al parecer, ninguno de los dos se confesaba a si mismo lo que estaba sucediendo. Sea porque lo encontrábamos peligroso o quizás porque esto era solamente una fantasía momentánea sin ninguna trascendencia, que no fuera encender la pasión en nuestras tardes compartidas de los sábados.

    Había comenzado una nueva semana con la renovada espera del inevitable encuentro de los sábados y el día miércoles en la noche en la ardorosa soledad de mi cama, me sorprendí pensando, pero no en Sergio, como me ocurría habitualmente. Lo que ocupaba mi mente afiebrada de mujer, eran los pensamientos y las imágenes que me habían invadido la tarde del sábado impregnada de la evocación de mi hermana Zeni.

    Sobre todo, las imágenes en que aparecía Sergio haciéndola suya y ella entregándose de la forma descarada en que yo me había entregado. Y estas evocaciones eran de tal intensidad, que llegó un momento en que no tenía muy clara la identidad que asumía mi cuerpo, solamente sabía que me estimulaba con vehemencia, tratando de encontrar una autosatisfacción de tal magnitud, que me hacía perder la claridad en el sentido de si el orgasmo monumental que me invadía era mío o era de ella apoderándose de mí una forma extraña y seductora de compartir con ella un juego erótico descabellado, pero intensamente real.

    Lo que yo encontraba más maravilloso y excitante era que mi hermana Zeni no tuviese la menor idea de lo que me estaba pasando y por otro lado la imposibilidad absoluta de que yo llegara a contarle nada porque no tenía con ella ninguna confianza en ese plano.

    Los celos que me había inventado en un comienzo ya no eran tan irreales por cuanto todo lo que yo estaba sintiendo sucedía de realidad en mi cuerpo que reaccionaba cada vez con mayor intensidad erótica ante mis pensamientos.

    Pude darme cuenta que a Sergio le pasaba lo mismo cuando el sábado siguiente en medio de la pasión ya desmedida por mis pensamientos durante el sexo y mientras el me hacía suya con la intensidad habitual… al besarme me dijo… Zeni.

    Fue tal el impacto que produjo en mi oírle pronunciar en ese momento el nombre de mi hermana, que comencé a sentir la pasión de una forma tan diabólicamente abrasadora que mi interior comenzó a latir alrededor de su sexo de una forma desproporcionada y yo agitaba mi cuerpo de una manera tan descarada que Sergio parecía a punto de perder el sentido y ahora sin cuidado ninguno repetía… Zeni… Zeni, mientras entraba y salía de mi con un ritmo y deleite que jamás habíamos alcanzado.

    En el delicioso cansancio del reposo, la imagen de Zeni nos fue llenando de ternura en medio de la cual nos besábamos sin poder detenernos.

    Si bien en la cama ya habíamos admitido que la evocación de mi hermana había transformado nuestras sesiones de amor de una manera maravillosa, ninguno de los dos había hecho referencia a eso en forma explícita.

    Parecíamos haber aceptado sin saberlo, un mutuo pacto de silencio, quizás por temor a desencadenar una tormenta de celos, o quizás por no romper el hechizo de una situación tan locamente excitante. Sin embargo, este mismo silencio ocasionaba en nosotros una situación que amenazaba tornarse incómoda.

    Fue así como recién anoche, en la cena en el restaurante de siempre frente a la playa y mientras apurábamos un delicioso trago, se atrevió a preguntarme si no tenía yo algún dejo de celos por llamarme Zeni en medio del amor.

    El solo hecho que lo hubiese planteado ocasionó en mi un estado evidente de excitación que no pude controlar, como si su pregunta obrara el milagro de traer a la realidad un encanto que hasta ahora habíamos mantenido en el secreto caliente de nuestro abrazo amoroso.

    Entonces le dije que sí.

    Que si tenía celos. Unos maravillosos celos de esa Zeni que lo volvía loco. Unos celos embriagadores que se apoderaban de mí cuando me hacía suya como si fuese Zeni. Unos celos que quería multiplicar por mil si cada vez él se transformaba en ese amante maravilloso que yo desconocía y que ahora era tan mío como nunca lo imaginé.

    Unos celos que me llevaban a desear ser las dos para poseerlo por todos sus costados y disfrutar doblemente de sus longitudes y sus grosores como ninguna mujer había logrado hacerlo.

    Sergio se fue encendiendo con mis palabras. Lo supe en el brillo de sus ojos, en la forma como sus labios latían sutilmente y sobre todo en la tibieza de su mano que recorría mis muslos avanzando con audacia hacia el lugar en que yo o Zeni, ya no me importaba, le brindaríamos los placeres que anhelara.

    Fue en ese momento de sinceridad sin límites, de apertura total, que nos dimos cuenta que el momento había llegado sin buscarlo y fui yo quien le dije.

    —Déjamelo a mi amor… yo sabré convencerla.

    La verdad es que no sé cómo convencerla, no sé qué le voy a decir, no sé cómo va a reaccionar. Únicamente sé que es inevitable.

    Allí estábamos con mi hermana Zeni, en lo más alto del moderno edificio, en medio del murmullo quedó de ese restaurante maravilloso bebiendo nuestro aperitivo con ese aire un poco relajado y algo despreciativo con el resto del mundo en el que a veces parecemos vivir las mujeres de éxito.

    Sin embargo, no era comodidad las palabras para describir mi estado de ánimo. Ansiedad habría sido más acertado, ansiedad y expectativa.

    Porque yo sola me había metido en esta especie de desafío erótico de un final tan incierto como peligroso.

    Era así, porque todo lo habíamos elaborado Sergio y yo dejándonos llevar por un torbellino de pasión desatada precipitándonos en una fantasía que luego nos pareció imperativo hacer realidad.

    Pero en este momento comenzaba a darme cuenta la distancia sideral que existe entre un deseo que tu elaboras y cuidas en medio de los ardorosos encuentros íntimos con un amante imaginativo como Sergio y la realidad de tener, ahí frente a mí, a quien anhelas incorporar a tus juegos de alcoba.

    En medio de mis encendidos insomnios, abrasada por el deseo, en la íntima soledad de mi cuarto, el encuentro con mi hermana me parecía subyugante y tentador, imaginaba las frases que le diría para convencerla a participar con nosotros en nuestro amor prohibido y con ese pensamiento me encendía más yo misma y anhelaba concretar el encuentro con ella lo antes posible, segura de mi éxito.

    Un contraste sin duda descomunal con lo que estaba sucediendo en ese restaurante donde Zeni lucía frente a mí con la misma naturalidad algo reservada de siempre, sin que me diera oportunidad alguna de siquiera acercarme a la mente de esta mujer hermosa.

    Hermosa. Porque sea que nunca la había mirado con detenimiento o sea porque en mis fantasías comencé a encontrarla hermosa, la verdad era que Zeni desde que entramos al restaurante, parecía tocada por una transformación que la había convertido de mujer apagada y sencilla, en una hembra ahora casi provocativa en su manera de hablar, de reír, de mostrarse y de caminar.

    Fue bajo esta manera de verla, que después de un corto silencio mío ella me dijo.

    —Vamos… Horte… cuéntame de Sergio… ¿Aun ocupa el centro de tu vida?

    Su pregunta me sorprendió. No porque no pudiera responderla ya que podría hablar semanas de mi relación con Sergio, sino porque Zeni jamás había demostrado el menor interés por el asunto ya que para ella los asuntos de amor parecían ocupar francamente una preocupación secundaria.

    Pero ahí, en ese imperceptible brillo de sus ojos, vi una naciente curiosidad que era la única rama de la cual podía colgarme para acercarme a ella con mi propuesta descabellada. Y entonces sin poder contenerme me escuché hablar sin mayores preámbulos.

    Le dije que ahora mi relación con Sergio había entrado a una etapa maravillosa. Esa etapa en la que entran los amantes maduros. Los amantes que sienten que no tienen vuelta atrás, cuando los prejuicios y los tabúes quedan en el pasado, cuando entran desnudos y de la mano en un mundo paralelo al real en que todo es posible y en que ambos están dispuestos a romper con las negativas y llenan su vida de un sí permanente.

    Los ojos de Zeni mostraban ahora una curiosidad casi desmedida y aunque no pronunciaba palabra, toda su actitud me daba a entender lo que lo único que deseaba era seguir escuchándome. Alentada por esa curiosidad cómplice me aventuré a entrar en detalles de mis encuentros amorosos de los sábados con Sergio.

    Le conté que todas las semanas nos encontrábamos a cenar en el mismo restaurante frente a la playa que ella también conoce. Le conté como desde el día miércoles ya mi cuerpo comenzaba a experimentar los efectos de una ansiedad precursora del abrazo amoroso. Le dije detalladamente como era que yo podía aliviar la espera tratando de calmar mi cuerpo con caricias audaces que nunca había contado a nadie y que nunca había visto descritas. Le conté como era que el sábado en la mañana, en la intimidad de mi cuarto de baño, preparaba mi cuerpo para hacerlo lo más seductor y embriagante que pudiese y como seleccionaba amorosamente cada una de las prendas íntimas que vestiría, disfrutando de solo pensar en el momento en que Sergio habría de sacármelas.

    Zeni de vez en cuando dirigía su mirada hacia alguna de las personas que estaban en nuestra cercanía como si temiera que alguien estuviese escuchando lo que yo le contaba, porque al parecer quería ser ella la única destinataria de tan intima confesión.

    Ahora yo estaba alentada a seguir proporcionándole a esa mujer casi encendida, los mejores detalles de mi vida erótica, porque ahora realmente quería compartirlos con ella y porque el mismo hecho de narrárselos, me estaba encendiendo a mí de tal modo que ahora disfrutaba en forma intima de cada cosa que le decía.

    Entonces le conté como era que, a veces, en ese restaurante junto a la playa almorzábamos en un pequeño comedor reservado tan solo para nosotros y como era que al calor de la charla y del vino, nos encendíamos de tal modo que poniéndonos de pie nos entregábamos a caricias diabólicas y que en medio de esa vorágine pasional algunas veces Sergio me había sostenido afirmada en la pared, y deslizando mis calzones me había hecho el amor en esa posición, con tal intensidad que no nos importaba que pudieran sorprendernos, sino que muy por el contrario, esa situación peligrosa parecía encendernos más ya que algunos de mis mejores orgasmos creía yo haberlos encontrado en situaciones como esa.

    Recordando esas situaciones yo estaba francamente excitada y podría haber asegurado que era evidente que Zeni también lo estaba, aunque ella nada me dijera al respecto, pero yo como mujer sabía que ella seguramente estaba apretando sus rodillas bajo la mesa, seguramente rozando sus muslos tibios y seguramente también los latidos internos de su sexo habrían de estar trastornando todas sus sensaciones corporales. Si así no fuese, ella, con su carácter, habría sabido hacer que yo detuviese mi relato en cualquier momento. Pero no lo hizo.

    Entonces, súbitamente, Zeni pidió la cuenta y me dijo que nos marcháramos.

    Caminando tras ella por el pasillo que conducía al ascensor pude darme cuenta que, o bien esta mujer había cambiado drásticamente en los años recientes, o yo, sumergida en mi egocentrismo habitual no había reparado en la manera sensacional que esta hembra tenia de caminar.

    Era algo casi imperceptible que pudiera quizás pasar inadvertido para un hombre, pero no para otra mujer.

    La verdad es que Zeni poseía un trasero casi perfecto, que ahora podía lucir ante mí de forma casi descarada en atención a su vestido ceñido. Pero no era la forma de su anatomía lo más atractivo, sino el movimiento que ella le imprimía. Era un movimiento natural, era un pequeño balanceo en que cada una de sus nalgas describía un movimiento independiente de sube y baja que sin duda ella habría de percibir como un roce endiablado bajo sus pequeños calzones apenas insinuados y que me hacían mantener la vista fija en ella deseando que el pasillo hacia el ascensor no terminase nunca. Yo sentía mi trasero torpe y descomunal ante la gracia del suyo que me tenía subyugada.

    Habíamos llegado a la hermosa avenida donde los edificios en altura dejaban entre sí pequeños y sombreados parques. Zeni parecía estar muy segura del lugar hacia donde nos dirigíamos y yo simplemente me dejaba guiar. Era una tarde calurosa y caminábamos lentamente y en silencio. Ya no podía caminar tras ella porque habría sido evidente que la miraba promiscuamente y yo no quería romper groseramente el ambiente delicioso íntimo y caliente de nuestra conversación en el restaurante.

    Nos detuvimos frente a un cine y decidimos entrar, no porque la película fuese atrayente, sino porque nos motivaba más el aire acondicionado del local. Así acortaríamos la tarde.

    La cinta ya se estaba proyectando y como siempre he tenido dificultad para adaptarme a la penumbra le pedí a Zeni que me tomara de la mano para guiarme a las acomodaciones. Me extrañó que Zeni tuviese su mano tan fría, haciendo un contraste evidente con la calidez casi exagerada de la mía.

    Lo que me sorprendió gratamente fue que Zeni no soltara mi mano cuando estuvimos sentadas y al parecer tratábamos de introducirnos en la trama de la película.

    Ella aceptó todas las formas como yo acariciaba su mano de modo que a los pocos minutos yo abandoné todo intento de controlar mis acciones y simplemente dejé que mi temperamento fluyera natural, espontáneo y arrebatador y entonces se la acariciaba francamente en un juego que en la penumbra y el silencio nos fue llevando a caricias aún más explícitas.

    Estábamos encontrando, en ese aparte construido por las dos, una forma de comunicación que jamás habíamos encontrado con palabras.

    Su mano se posó con seguridad en mi rodilla y avanzó sin dificultad por mi muslo que lucía muy descubierto por lo precario de mi falda. Sus caricias desencadenaban en mi unas sensaciones de magnitud y sentido desconocido. Era la primera vez que me acariciaba una mujer y esa mujer era mi hermana Zeni.

    Yo estaba encendida, ardiendo, quemándome en una hoguera que yo misma había encendido. Como de costumbre parecía estar siendo víctima de mi propio tratamiento pues ahora estaba rodando ya casi sin control por el tobogán de una pasión extraña, aquí en medio del cine, con esa sensación de peligrosidad que había experimentado otras veces y cuya narración parecía haber encendido a Zeni.

    Fue entonces cuando mi mano, casi como para aliviarme, buscó sin disimulo uno de mis pechos y comencé a apretar mi pezón dilatado y ardiente casi hasta producirme dolor. Extraña caricia con la cual quería calmar mi deseo encendido al máximo. Pude ver que Zeni me estaba observando en forma disimulada y sin pudor alguno, aprovechando que no había nadie cerca, liberó uno de sus pechos para imitar lo que yo hacía.

    El hecho que ambas estuviésemos quemándonos en la misma hoguera me descontroló.. Era un pecho sensacional, parecía blanco en la penumbra, mostrando ese pezón oscuro, casi desproporcionado, dilatado, insolente, apuntando ligeramente adelante y arriba, porque Zeni se había recostado un poco como sumergiéndose en la butaca. Ella sostenía el pecho desde su base, como ofreciéndomelo Ya no pude separar la visita de esa maravilla. Ya era inevitable lo que nos estaba pasando.

    Así me fui inclinando lentamente hacia ella, con mi boca anhelante, con mis labios buscadores con mi aliento caliente y cuando tuve esa maravilla entre mi lengua y mi paladar sentí en mi vientre una descarga que no me hizo gritar porque me contuve, mientras sentía su mano buscándome entre mis piernas y a través de la fina tela de mi prenda le pude entregar cada detalle de ese orgasmo monumental que suponía estábamos compartiendo.

    Pero no era una suposición por cuanto Zeni, ahora con una voz confidente me decía.

    —Ha de ser así como sientes con Sergio, ¿verdad?

    Ya no tendría ningún tipo de celos.

    Solamente faltaba hacerlo. Y yo sabía que habría de ser maravilloso.

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  • Mi primera experiencia con una mujer

    Mi primera experiencia con una mujer

    Hola, voy a contar mi primera experiencia lésbica con una pelirroja sabrosa a la que llamaré Sara, yo soy una mujer casada, mamá de dos pequeños, pero mi secreto oculto es que siempre he tenido deseos de tener sexo con otra mujer.

    Para comenzar, debo contar que conocí a esta guapa gracias a mi marido, ya que fue su compañera de trabajo, cierto sábado por la noche, él la invitó a nuestra casa, ya que no había transporte hacia su lugar de residencia por lo cual yo accedí, no vi ninguna intención sexual, todo normal.

    Cuando llegaron y me la presentó, sentí algo diferente, vi ese cuerpo y por alguna razón me excitó, al ver esa cara afilada, ese cabello rojo que olía demasiado rico, sentí como mi vagina se mojaba, intenté disimular, la noche paso en merienda y plática normal.

    Una vez ya llegada la madrugada, nos dispusimos a acomodarnos para dormir, para lo cual, mis pequeños se fueron a su habitación, mi marido, Sara y yo en nuestra recámara, ahí fue que empezó todo.

    Mi esposo cogió una colchoneta y él se durmió ahí, a nosotras nos dejó la cama, lo cual me puso al mil, mi corazón palpitaba acelerado y tenía nervios, pero las dos como si nada nos fuimos a acostar, estuvimos platicando un rato, y ya cuando les dije que ya dormiría, ellos dijeron lo mismo.

    Habrá pasado una media hora, cuando sentí que Sara se había pegado a mí, por lo cual le pregunté si la podía abrazar, a lo cual, ella accedió, después, empecé a rozar su brazo, y noté como gemía, eso me puso a mil, le pregunté si la podía besar, y acto seguido me besó, nos fundimos en un beso tan rico, lengua con lengua, mientras mis manos tocaban sus tetas tan lindas, y ella hacia lo mismo con las mías, poco a poco empezamos a jugar con nuestras vaginas, yo tenía la mano llena de sus juguitos, y ella igual se llenó su mano de los míos, nos metimos las manos en nuestras bocas para probar nuestros juguitos, después de eso, comencé a mamar sus ricas tetas.

    Y ella terminó haciendo lo mismo, yo estaba muy excitada, por lo cual le pedí lamer su vagina, en señal de aprobación me abrió las piernas y baje, con un lengüetazo comencé a chupar sus labios, y ella se retorcía de placer, ella gemía y decía que siguiera, hasta que note que se dejó ir en un orgasmo tan sabroso que me lleno mi boca, subí a ella, la besé y le dije, nena, prueba un poco de tiempo, nos fundimos en un beso largo y delicioso.

    Después de eso ella me acostó en la cama, y con voz sexy me dijo, mi amor, te toca sentir, me abrió de piernas y comenzó a lamer mi vagina, lo hacía tan bien que yo estaba a punto de gritar, cuando con un beso me dijo que aguantara.

    Así me dejó unos minutos envuelta en una sensación de lujuria y pasión, hasta que dije me corro, y acto seguido, la llene de mis juguitos, ella realizó lo mismo, me besó y me hizo probar de mí, al poco tiempo empezamos a mamar nuestras tetas, y fue cuando nos dimos cuenta de que mi marido estaba con la verga parada y viéndonos con asombro, a lo cual le preguntamos que había visto, y él con su cara llena de excitación dijo que vio todo y le gustó, eso nos puso al mil y lo invitamos, ya que seguíamos tan mojadas que no queríamos parar, Sara y yo nos fundimos en un beso mientras mi marido se metía a la cama para compartir con dos amantes de sexo.

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