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  • Lejos de casa y sin mi mujer (2): El encuentro

    Lejos de casa y sin mi mujer (2): El encuentro

    Después de haber dicho que sí al encuentro, yo temblaba. Me puse sandalias y bajé sin rumbo fijo a la recepción. Decidí salir a caminar por las calles alrededor del hotel para apaciguar mi ofuscación. Me sentía con el alma llena de emociones revueltas. Ansioso, nervioso, pero con ganas de peligro. La adrenalina me hacía ver el alrededor más brillante y los ruidos de la ciudad parecían aturdirme. Caminé por caminar, intentando sin éxito aliviar los nervios.

    Miraba ansiosamente el reloj. Cada minuto parecía eterno. Mi inseguridad aumentaba con cada paso que daba. Por momentos pensaba si acaso no era mejor no volver al hotel y dejar que se cansara de esperarme hasta que se marchara. Después simplemente desaparecer de su vida y acabar entonces con este momento de angustia. No, no. Eso no es ético ni valiente.

    Alcé la mirada y me topé con una farmacia. Estaba algo vacía. Muy a pesar de mi inseguridad, pensé que debía estar preparado por si pasaba lo que en el fondo queríamos que pasara. Entré decidido, pero asustado. Una linda chica de cabello abundante me atendió. Le pedí con voz tímida y casi sin mirarla a los ojos unos condones y un aceite íntimo. Sentí algo de vergüenza. No estaba acostumbrado a ese tipo de compras. Ella, sin mucho drama, me preguntó si deseaba alguna marca en particular. Le dije sin titubear y con la mayor discreción que simplemente me diera unos condones normales. Sacó unos condones y dos tarritos de dos marcas distintas de lubricante íntimo.

    -¿Cuál lubricante va a querer?

    Los miré rápidamente sin tener ni idea. Uno, color azul, parecía ser más genérico en su descripción. El otro, de color blanco, explícitamente describía en la etiqueta “lubricante anal”. Sin preguntar el precio y ya deseando salir de ahí le dije que me llevaba el blanco. Justo cuando estaba pagando en la caja, una videollamada de Paola, mi mujer, me sacudió el aliento. Dejé perder la llamada. Pagué y nervioso salí disparado. Respiré profundo para recobrar mi aliento. Metí los dos productos comprados en sendos bolsillos de mi pantalón corto. Habían transcurrido doce eternos minutos desde que había salido del hotel. Tomé el celular y le devolví la llamada simulando al máximo total normalidad.

    Nos saludamos por la cámara y le dije que había salido a medio turistear cerca al hotel. Por suerte, la llamada no se extendió. Mi mujer estaba de compras con su hermana. Compraban ropa para un matrimonio al que estábamos invitados para el siguiente sábado. Así que, estando un tanto afanada, me dijo que más bien me llamaba más tarde cuando ya estuviera en casa. Cerramos la llamada y una enorme sensación de alivio reconfortó mi cuerpo. Sin embargo, los nervios los tenía de punta. Intenté recobrar la prestancia con los pasos. Me dirigí entonces como levitando hacia el hotel.

    Llegué. Me senté en el sofá de la salita de la recepción del hotel con el corazón en la mano. Igual, no tenía por qué pasar nada sino me sentía seguro. Pero sentirme a las puertas de algo real, como jamás lo había estado, era todo un acontecimiento para mí. Miré la hora y habían transcurrido veinticinco minutos exactos desde que había colgado la llamada con CasaditoQ. Cerré un poco los ojos y respiré hondo. Cuando los volví a abrir, ese hombre apareció en el portal de entrada. Nuestras miradas se cruzaron al instante. No había marcha atrás.

    Me levanté para recibirle. Intenté parecer normal dentro de la desesperación nerviosa. Nos saludamos de mano. En persona resultó ser más alto y acuerpado de lo que parecía por la webcam. Olía bien y se veía limpio. Tenía una actitud tranquila, vestido con la misma ropa que se puso cuando decidimos vernos las caras por la cámara. Le invité entonces a pasar a la zona de piscinas y nos sentamos en una mesita algo reservada para sentirnos tranquilos. Pedí un par de cervezas para la sed y bajar la tensión.

    Nos sentamos y nos mirábamos las caras sin saber bien que decir. Él también lucía algo tenso, aunque mucho menos que yo. Comenzó diciendo que el hotel estaba bonito. Opiné igual y eso generó una conversación un poco sobre mi trabajo. Hablamos sobre a qué nos dedicábamos y un poco de la familia sin decirnos los nombres. La cerveza nos refrescaba y la tensión fue cediendo al tenor de la noche joven.

    -¿Hasta qué horas tú puedes estar? –Le pregunté.

    -Hm, como una hora y media máximo. A las nueve, ya debería estar en mi casa por si mi mujer llama. A esa hora tiene una pausa en el hospital.

    -Ah, entiendo. Aquí aceptan visitas hasta las nueve de la noche –le comenté.

    -Ah que bien, entonces no tendríamos que ir a otro lado, ¿no?

    -Ajá. Así es.

    -Y, dime. ¿Quieres que hagamos algo? Sin presiones, ¿Eh? Como te dije.

    Le miré. Me sonreí nerviosamente y él también me sonrió bebiendo un sorbo de cerveza. Bebí yo también un sorbo largo con el que terminé mi cerveza y le dije:

    -¿Sabes qué? Creo que ya hicimos lo más difícil de todo: habernos encontrado. Bueno, al menos para mí ha sido lo más difícil de hacer, créeme. Sería una bobada no intentarlo menos. Como dicen, ya matamos al tigre, ahora no le vamos a tener miedo a la piel. No estoy seguro de hasta donde llegar, pero al menos, no lo sé, intentar a ver qué pasa.

    -Claro así es compadre. Ya estamos aquí. Tenemos todo a favor –dijo mirando hacia la piscina con serena profundidad.

    Me levanté de la mesa y le hice seña de que me siguiera. Caminé lento para que se me notara menos el nervio. Subimos las escaleras hasta la habitación tres cero seis en donde yo me hospedaba. El nervio lo tenía en el más alto voltaje. Sentía que me iba a desplomar. Mi corazón retumbaba como un bombo. Abrí la puerta. No había nadie por allí por fortuna. Se me dificultaba hablar. La garganta se me cerraba. Entramos y al cerrarse la puerta, hubo un silencio invasivo y tuve esa sensación abrumadora de estar haciendo algo muy arriesgado. Había cruzado la línea roja. Me sentía como un bandido haciendo la peor fechoría. Él notó mi nerviosismo. Me dio una caricia amigable en la espalda y me dijo que todo iba a estar bien.

    Se sentó al borde de la cama. Yo me quedé de pie como inerme, paralizado en mi accionar. No sabía bien si mirarlo a la cara o evitar sus ojos penetrantes. Mis manos nerviosas rascaban aleatoriamente mi mentón. Él me miraba, como estudiándome. Me sentí incómodo hasta que rompió el hielo:

    -Por cámara me dijiste que te gustaba mucho mi verga. ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial?

    La pregunta me daba vergüenza así en persona. Era extraña esa sensación. Me dio gracia su expresión. Me reí con nerviosismo.

    -Pues, no sé. Es difícil de explicar. Creo que su forma, el grosor o tal vez el todo. La tienes rectecita y eso me gusta. No sé. La tienes, hm, bonita.

    -Ja, ¿ah sí? La tengo bonita. Bueno gracias. No sabía que mi verga fuera bonita, ja, ja.

    Nos reímos y después agregó:

    -Tú, sí que tienes un culo lindo –lo dijo mirando con morbosidad mordisqueándose los labios.

    Me sonrojé. Me dio morbo que me dijera eso y mi tensión se desvaneció un poco. Me haló por mi mano, como obligándome a que me sentara justo a su lado. Caí sentado al borde de la cama y él se puso de pie. Lo vi grande e imponente. Se desabotonó su blue jean, bajó la corredera y sacó se pene dormido, como si fuera a orinar. El impacto que eso produjo ante mis ojos fue brutal. Era la primera vez en mi vida que mi rostro estaba tan cerca de una verga real. La tenía tan viva, tan bella, gorda así colgando sin tocársela en estado natural.

    -¿Te gusta?

    -Si, si –le dije con mi boca abierta y mi cara impresionada.

    Él se la sacudía suavemente y se la pelaba y volvía a cubrir. Jugueteaba a mostrar y esconder el glande brillante y colorido, bien definido que me hacía agua la boca. Ni me lo creía. Su pene era como un imán para mis ojos. Lo miraba embobado, como hipnotizado, casi estudiando cada detalle de su viril geografía.

    -Si quieres, lo puedes tocar. ¿Nunca has tenido la verga de otro hombre en tu mano?

    -No. Nunca.

    Lo miré a la cara. No me había atrevido a mirarlo a los ojos desde que me había sentado en la cama. Su mirada era varonil, dominante y morbosa. Se meneaba la verga despacio. Se le había puesto ya algo grande.

    -Bueno, ven, ¿por qué no me la agarras? –me dijo dejándola libre ya casi erecta apuntando a mi cara.

    Me encantaba como lucía ese pene así tan real. Olía a varón, a orines o sudores. Olía a macho. Lo tenté tímidamente con mi dedo índice y pulgar por el cuello, justo detrás del glande pelado. Sentí la suavidad tibia del tubo y los pálpitos leves. Percibí la potencia de hombre. La verga llegó a su máxima erección entre mis dedos. Se endureció y él y yo nos mirábamos con complicidad. Él se acercó aún más hacia mí. La cabeza de su picha casi rozó mi boca.

    No hice nada por evitar eso. El olor a verga penetró hondo en mis narices. Dejé que el glande topara mis labios y sin dejar de mirarlo a la cara comencé a lamerle el frenillo. Tenía un sabor indefinido, a algo entre salado y desabrido. Me gustaba el vaho que dejaba en mi boca. La textura era suave. Él meneó sus caderas y su verga penetró mi boca sin brusquedad. Por instinto, simplemente comencé a menear mi cabeza hacia adelante y hacia atrás. Fantasía cumplida. Había iniciado mi primera chupada de verga.

    Fue un instante especial. Tan especial y marcante como el primer beso. Los sabores de hombre se mezclaban en mi boca. Fui ganando confianza. Yo acariciaba su abdomen aun con ropa y jugueteaba a enredar mis dedos en su vello púbico. Su verga gruesa llenaba mi boca a plenitud. Me encantaba, sí, me encantaba. Y pensar que estuve varias veces a punto de no vivir esto por el tonto miedo simple. Se quitó su franela y su pecho peludo salió a relucir. Lo sentía tan varonil. ¡Qué nueva y rara sensación estaba yo experimentando! Me daba un morbo intenso acariciarle su pecho velludo, mirándolo a los ojos con mi boca inundada de su verga agreste.

    Él jadeaba. Yo saboreaba embelesado disfrutando las nuevas sensaciones en mi boca y los olores de su cuerpo. A ratos, la quijada se me cansaba, tomaba un respiro y lamía el falo hasta frotar mi lengua con sus bolas peludas. Si. Me encantaba esto. Si, definitivamente me había estado perdiendo de algo hermoso en la vida. Me encantaba hacer lo que estaba haciendo con este hombre. Pero chupar pene asiduamente es agotador para una quijada no acostumbrada. Él así lo supo ver cuando a ratos yo sacaba su falo de mi boca para tomar pausitas.

    -Chupas bien rico nene, como toda una putica. ¿Seguro que es tu primera verga?

    Me reí. Le dije que sí, sintiéndome raro de que me comparara con una puta, pero al mismo tiempo me daba morbo. Me haló por los brazos y me ayudó a ponerme de pie. Me quitó entonces toda la ropa hasta dejarme desnudo. Recorrió con su mirada mi cuerpo encuero. Había mucho morbo en sus ojos. Se terminó de bajar su pantalón hasta quedar él también completamente desnudo. Fue para mí un instante mágico. Estar completamente en cueros los dos ahí, de pie, solos en una habitación. Fue un instante erótico.

    -En esto, el aseo es primordial. Te lo doy como consejo –dijo y me haló de la mano llevándome hacia el baño. Se metió en la cabina de la ducha, abrió la llave del agua y me hizo seña para que me metiera con él.

    Le sonreí. Entré junto al él, bajo el chorro de agua suave que mojaba nuestros cuerpos. Se sentía todo tan mágico. Ni en mi más erótica fantasía de sexo con hombres, me había imaginado una escena así de erótica.

    -Por cierto. Mi nombre es José –me dijo acariciándose el pene.

    -Miguel –le dije y nos dimos la mano.

    Luego, nuestros cuerpos se pegaron juguetonamente en ese estrecho espacio. Carlos me enjabonaba y yo a él también. Me divertía viendo cómo se formaba bastante espuma en el pelaje espeso de su pecho. Nuestros penes se mantenían en plena erección. Los juntábamos como pequeños jugando a los espadachines y nos mofábamos de esa ocurrencia al chocar y rozar las vergas enjabonadas. Parecíamos como dos viejos amantes y no dos desconocidos en su primer encuentro.

    Después de enjabonar y pasar su mano varias veces por mi culo, Carlos se agachó hasta quedar de rodillas sobre las baldosas de la ducha. Me miró con picardía y sin titubeos engulló mi verga hasta la mitad. Él mismo, incómodamente extendió su mano y cerró la llave del agua. Se concentró por un par de minutos a mamármela. La sensación de su boca cálida al tragarse mi pene contrastaba deliciosamente con la frescura del resto de mi cuerpo mojado. Chupaba con intensidad. Se sentía fuerza en la mamada. Sí, muy distinto a como lo hace una mujer. Menos sensual quizás, pero más morboso. Le acariciaba sus cabellos dejándole a él marcar el tempo de la chupada.

    Pero no se entretuvo mucho más tiempo saboreando mi pene.

    -Voltéate, voltéate -expresó casi entre jadeos que denotaban excitación.

    Lo hice apoyando mis manos contra la cerámica mojada. Entendí su intención. Abrí un poco mis piernas. Él, permanecía agachado, besó mis nalgas, les dio varias palmadas y me las apretujaba ansiosamente.

    -Nene, nene, créeme, no lo digo por quedar bien. Que culazo lindo que te gastas. ¡Uf! mejor que el de muchas mujeres. Me tienes muy arrecho.

    Me encantaban sus halagos. Era todo nuevo para mí sentir que un hombre me deseara así con ganas.

    -Ah, gracias. Es tuyo, todo tuyo –le dije mirándole a los ojos.

    Con sus manos abrió mis nalgas y un calor húmedo me tomó por sorpresa. Mis ojos se explayaron e inevitablemente emití un gemido ahogado. ¡Dios! ¿que era eso? No conocía esa sensación tan intensa. Sí, sí. Carlos acababa de iniciar una lamida en mi culo. No lo esperaba y tampoco imaginé que eso allá abajo fuera tan sensible, quizás aún más que la zona alrededor del frenillo del pene. Me llevó al cielo a mirar pajaritos y estrellitas. No quería que parara. Comía y comía mi culo con fuerza, con ansias, con deseo quemante, con ganas masculinas. Fue fascinante sentir su lengua serpentina hurgar asiduamente dilatándome el ano. Lamía y lamía como perro hambriento.

    Se puso de pie. Su verga dura se estrelló contra mis nalgas. Sí, podía sentir su longitud y su grosor ahí, tan potente y palpitante bien acomodada entre la raya que separa mis nalgas. Los pelos de su pecho se pegaron contra mi espalda generando un cosquilleo agradable y dándome calor, su brazo varonil me abrazó desde atrás poseyéndome y acarició mi pecho jugueteando con mis tetillas. ¡Qué momento tan sensible! Con su otra mano acarició mi verga. Me tenía atrapado en su piel, allí en la estrechez de la ducha. Su boca respiraba detrás de mis orejas. Las besaba. Me daba cosquillas electrizantes. Podía sentir su respiración profunda y desesperada de hombre excitado. Su voz jadeante y cargada de ganas habló por fin:

    -Ahora sí, ya no me aguanto más. Te quiero culear. Déjame meterte la verga. ¿Si, nene?

    -Sí, sí, sí –respondí desesperadamente, deshecho en deseos vivos.

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  • Una propuesta diferente de tres lesbianas

    Una propuesta diferente de tres lesbianas

    Ana Paula y sus dos compañeras: Rayane y Lariza. Tres mujeres distintas, unidas por algo que iba más allá del amor. Compartían un vínculo profundo, una complicidad que se sentía en el aire cuando estaban juntas. Siempre creí que su relación era cerrada, un mundo al que ningún hombre tenía acceso. Hasta ahora.

    Ana Paula una chica de 24 años, piel morena con un teñido rubio que le quedaba bien sexy, cuerpo de gimnasio donde sobresaltaba sus nalgas grandes y firmes, Rayane de 25 años con características similares solo que más fornida por años en el gimnasio y luego Lariza de 22 años, blanca de pelo negro, con abdomen plano y con una cintura y cola no tan grande como las otras pero bien esbelta en cintura, ellas 3 eran un trío de lesbianas que gozaban compartir entre ellas hasta entonces.

    La tarde en el departamento transcurría en silencio, con el sonido suave de la música ambientando el espacio. Rayane hojeaba una revista sin mucho interés, y Lariza, con las piernas sobre el sofá, jugaba distraída con su cabello.

    Ana Paula, en cambio, parecía inquieta. Caminaba de un lado al otro con el teléfono en la mano, mordiéndose el labio.

    —¿Todo bien? —preguntó Rayane, sin levantar mucho la vista.

    Ana Paula dudó. Luego se sentó frente a ellas, entrelazando los dedos.

    —Necesito decirles algo. Pero no sé cómo lo van a tomar.

    Lariza y Rayane intercambiaron una mirada. La escuchaban con atención.

    —Hace semanas que mi entrenador del gimnasio… me mira distinto. Es mayor, muy musculoso, serio, pero hay algo en su mirada que me hace pensar que me desea. Y… no sé. Parte de mí quiere saber qué se siente que un hombre me mire así… que me tome así.

    Rayane frunció el ceño, no por celos, sino por sorpresa.

    —¿Quieres acostarte con él?

    Ana Paula se encogió de hombros.

    —Una vez. Solo una. No es amor, no es que quiera algo más. Es deseo puro. Curiosidad.

    Lariza intervino, su voz más suave:

    —¿Y por qué lo estás pensando tanto?

    Ana Paula bajó la mirada.

    —Porque pensé en hacerlo… frente a ustedes. Como una especie de entrega… o experimento. Ver qué siento. Qué sienten ustedes. Como si me desnudara de otra manera.

    Rayane cerró la revista.

    —¿Quieres que lo veamos?

    Ana Paula asintió, con un leve rubor en las mejillas.

    —Sí. No es para provocar celos. Es… abrir una puerta. Saber si hay algo más allá del límite que siempre nos pusimos.

    Lariza sonrió.

    —Me parece atrevido… pero intrigante.

    Rayane cruzó los brazos, pensativa.

    —Solo si tú lo haces por ti. No para probar nada.

    Ana Paula levantó la vista.

    —Lo haré por mí. Y si ustedes me acompañan, me voy a sentir más fuerte.

    Unos días después, Ana Paula esperó a su entrenador al final del turno. El gimnasio estaba casi vacío. Se acercó con decisión, con ese movimiento de caderas que no necesitaba práctica.

    —¿Tienes un momento? —le dijo, con una sonrisa apenas contenida.

    Él asintió, sorprendido por su cercanía.

    —Quiero proponerte algo… directo. Me gustas. No busco una relación, ni confusiones. Solo una experiencia… algo que siempre quise. Pero con una condición.

    El entrenador alzó las cejas, expectante.

    —No estaremos solos —continuó Ana Paula, despacio—. Mis dos amigas estarán allí. No harán nada. Solo observarán. Pero eso es parte de lo que quiero vivir.

    El silencio fue intenso, cargado. Él asintió con una mezcla de desconcierto y deseo.

    —¿Y por qué yo? —preguntó.

    Ana Paula lo miró con seguridad.

    —Porque tu cuerpo me despierta algo salvaje. Y porque sé que lo aceptarías sin enredos.

    Esa noche, el departamento fue preparado con una delicadeza especial. Luz tenue, aroma a incienso, música suave. Rayane y Lariza esperaban sentadas, algo nerviosas, algo expectantes.

    Ana Paula entró con el entrenador, ambos vestidos con ropa deportiva. Pero la tensión en el aire no tenía nada de inocente.

    Cuando Ana Paula se giró hacia él y comenzó a desvestirse lentamente, con los ojos de sus amigas fijos en cada movimiento, supo que no había vuelta atrás.

    Y en ese instante, entendió que no se trataba solo de deseo físico. Era una búsqueda de libertad, una forma nueva de ser vista… de ser deseada y, a la vez, sostenida por aquellas que más la conocían.

    El entrenador, cuando entró al departamento y vio a Rayane y Lariza sentadas, tranquilas, hermosas, lo recorrió una mezcla de nervios y poder. Nunca había estado con una mujer frente a dos más, mucho menos sabiendo que lo miraban con atención.

    Cuando Ana Paula se desvistió lentamente y él la sostuvo con las manos en su cintura, todo pensamiento se desvaneció. Solo quedaba el momento: piel, respiración, el roce de los cuerpos. Las miradas de las otras chicas no lo inhibían, al contrario. Sentía que estaba siendo parte de un rito, algo íntimo y crudo, pero sin vulgaridad. Su pija era una piedra, admirado por Lariza y Rayane a lo lejos, a sus 34 años, disfrutaba ver 3 mujeres desnudas, aunque solo probaría a una ya que las otras dos eran “lesbianas” cosa que entendía, pero le excitaba

    En medio del acto, él se sentó en una silla mientras Ana Paula se subía sobre él y comenzó a cabalgarle con fuerza y deseos, el entrenador sintió cómo el control se le iba. Cada salto de Ana Paula era un charco de flujos vaginales, mientras en el fondo Lariza y Rayane se tocaban entre ellas, esa imagen lo llevo al límite del placer, hasta que no aguanto más y exploto dentro de Ana Paula, llenándole de su semen, que rebozo fuera de su vagina, lo invadió una sensación inesperada: no solo placer, sino extrañeza. ¿Había cruzado un límite?

    Miró a las otras dos, que seguían en silencio. Hermosas. Distintas. Y sin pensarlo demasiado, tal vez guiado por el instinto o la embriaguez del momento, soltó la pregunta:

    —¿Puedo… probar con alguna de tus amigas?

    El silencio fue claro.

    Rayane se limitó a sacudir suavemente la cabeza. Lariza desvió la mirada.

    No hubo reproche, pero sí un mensaje implícito: eso no formaba parte del pacto.

    Él asintió, entendiendo. Se vistió en silencio, mientras Ana Paula lo acariciaba aún con la respiración agitada, pero satisfecha.

    Aunque no lo esperaba, entendió que no todo se trataba de placer físico. Había entrado en un espacio íntimo entre tres mujeres que compartían más que una relación: compartían códigos, silencios, miradas. Y él había sido invitado… por un momento. Nada más.

    Y eso, de alguna manera, lo hacía aún más especial.

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  • Devota a Dios

    Devota a Dios

    Nací en una familia evangélica muy devota a Dios, a las vírgenes y santos, mis padres ayudaban a la congregación e íbamos dos o tres veces a la semana y el papa de la iglesia era amigo de mi familia y muchas veces iba a cenar a la casa.

    Lo que quiero decir es que me conocía la biblia de génesis a apocalipsis, los 10 mandamientos y crecí con el temor de Dios.

    Por eso cuando veía y deseaba ver a mujeres desnudas sentía tanto miedo que me castigarán en ese mismo momento.

    Hasta los 18 estuve así, con arrepentimiento por masturbarme imaginando mujeres, pero era adicta y había empeorado porque ya había pasado la raya de ver pornografía, me gustaba ver a dos mujeres comiéndose el coño

    Un día estaba de ayudante en una feria de la iglesia donde vendían todo tipo de dulces, estaba distraída en mis pensamientos cuando veo pasar a una chica de mi edad, tenía un aire rebelde, provocativo y arrogante, de seguro era de las familias no creyentes, no la podía dejar de ver, tenía un shorts super corto que dejaba ver sus piernas largas y sus nalgas apretadas y levantadas.

    Lo primero que hice fue juzgar, era muy provocativo pero luego lo deseé, no le quitaba los ojos de encima y cuando ella lo percibió, tampoco me quitaba la mirada.

    Me fui de la carpa antes de que se acercara a mí, a la parte de atrás.

    -Te vi viéndome -me dijo, con su cabello rebelde y su mirada perspicaz- Reconozco esa mirada.

    -Disculpa, no sé de qué hablas.

    -Me deseas, debe ser difícil para ti.

    Como no le dije más nada se acercó más a mí, no podía reaccionar porque quería que me tocara, apretó su cuerpo en mi contra la lona de la carpa, sentía sus pechos duros contra los mío y su aliento caliente cerca de mi boca.

    Me sentía hervir, de gelatina y anhelaba más.

    Tuve miedo, así que corrí lejos de ella y al mes siguiente hice lo más drástico que podía imaginar para dejar de pensar de esa manera de las mujeres y dejar de masturbarme, fui a un convento de monjas.

    -Señorita Susan, vaya con Carla a ayudar en la cocina, necesitan ayuda allá ya que la hermana Constantina está enferma.

    Estábamos en pleno desayuno, siempre nos ponían oficio en el día para estar ocupados, Carla era otra chica de mi edad, muy blanca con pecas y no le gustaba mirar a las personas a los ojos.

    Ayudar en la cocina se volvió un trabajo de todo los días porque a la hermana Constantina le gustó la rapidez y lo centrada que éramos las dos en la cocina, y las dos comenzamos a ser más unidas, hablamos y hacíamos todo juntas.

    Un día en la cocina se habían hecho pescado y teníamos el olor super impregnado en el cuerpo.

    -Vamos a bañarnos, Susan, este olor es totalmente desagradable, no quiero ir por ahí incomodando a las demás, ¿me acompañas? -me dijo Carla, mientras así una cara de desagrado que me pareció absolutamente dulce.

    La acompañé, eran baños compartidos así que mientras arreglaba mi jabón y shampoo para meterme a bañar, vi que ella se quitaba la ropa sin el mínimo pudor, estaba de espaldas a mí y ver cómo se bajaba la ropa que tenía debajo de la túnica, su short de tela y camisa de tirantes, se lo quitaba con una lentitud casi lasciva, su espalda recta marcando sus delicados omóplatos, sus nalgas tan blancas con unas bragas rosas.

    Me sentía pervertida al notar la humedad en mi vagina, y cuando me volvió a ver me creció la humedad, Carla agarro su toalla y se cubrió con ella pero antes había volteado frente de mí y pude ver por milésimas sus pechos pequeños y duros.

    Sé que noto mi mirada y no parecía molestarla, si no que me miró de vuelta de la misma manera.

    -Susan -me pregunto con su voz tímida pero resuelta- ¿Por qué viniste aquí?

    -Pues, mi familia es muy devota y me inculcaron sus mismos valores -le mentí.

    -Sé que mientes, a esta hora nadie se viene a bañar, puedes decirme la verdad.

    No sé si fue que me sentía muy confiada junto con ella o la excitación me nublaba la mente pero le dije.

    -Creo que tú ya te diste cuenta porque, Carla.

    -Te atraen sexualmente las mujeres -me dijo si ningún pudor- A mí también y mi familia, también devota, me hizo venir porque me encontraron teniendo sexo con una amiga de la iglesia, ¿ya tú has besado alguna mujer?

    Su honestidad me excitaba más, decir abiertamente lo que deseaba me daba un morbo, una valentía a aceptar lo que sentía yo también.

    -No -Fue lo único que pude decir, lo caliente de mi vagina no me dejaba pensar.

    Carla dejó caer su toalla, vi su cuerpo con más detenimiento, ella se acarició un seno mientras me decía suavemente que fuera con ella.

    Me acerqué a ella como un robot, no pensaba en más nada que querer acariciar su cuerpo, de sentir esos pechos contra los míos que ya me había hecho sentir electricidad en mi cuerpo cuando los pegaba en mis brazos sin querer.

    Cuando llegue cerca de ella me beso, no suave si no con un hambre como si hubiera querido hacerlo desde hace mucho, me calentura y húmeda aumento un 100 por ciento, me latía el corazón y mi timidez se fue, aproveche su cercanía y agarre sus nalgas, las apretaba con fuerza, hundiendo más su pelvis contra la mía, que mi vagina daba saltos deliciosos cada vez que se unía con mi pelvis y ella se frotaba suave, gemía pasito, me mordía los labios y se apretaba más a mí.

    Era curiosa, quería tocar todo su cuerpo, así que metí mi mano por debajo de sus nalgas cuando unía más mi pelvis hacia la de ella y sentí lo mojada y caliente que estaba, ella ronroneo y río un poco.

    -Pensé que ibas a ser más tímida -mi dijo sonriendo muy cerca de mi cara.

    -He deseado hacer esto desde muy pequeña.

    -¿Que querías hacer?

    Me sonroje un poco, mi timidez volvía, pero ella comenzó a besarme el cuello y me excitaba.

    -Lamer, morder, chupar el cuerpo de una mujer.

    -Te dejaré hacerme todo pero primero vamos a bañarnos -Me dijo mientras me quitaba la ropa.

    Estar desnuda con el cuerpo de otra mujer restregándose jabón al lado mío, ella tocando mi cuerpo mientras me enjabonaba, cayendo el agua sobre nuestros cuerpos, me hacía sentir más satisfecha y deseosa más que cuando me masturbaba.

    Como era un poco inexperta, imitaba sus caricias y sus besos, aunque eran un poco inocentes, quería más, así que me atreví a bajar mi mano a su vagina mientras el agua caía de nuestros cuerpos y ella gimió y abrió más las piernas, imitaba los movimientos que me hacía a mi misma, movimientos circulares en el clítoris, con mucha precisión y suaves para acostumbrar su cuerpo a la electricidad y ella movía sus caderas en círculos mientras gemía bajito mordiéndose los labios contra mi cuello.

    -Dios mío, que rico -sentía que me iba a correr solo con escucharla y nombrar el nombre de Dios me daba un morbo tremendo, sabiendo que era pecado y cochino lo que estábamos haciendo- Méteme los dedos, me gusta así.

    Juguetee con su entrada, que estaba ardiendo y mojada, ella tenía su mano agarrando con fuerza el cuello, me lo pidió una más porque me quedé jugando aquí, me lo rogaba y me excitaba escuchar esas ganas que tenía de que me la cogiera, y cuando movía sus caderas hacia adentro haciendo que se metiera un poquito de mis dedos, en una de esas veces, le metí dos dedos, que placer era sentir algo tan caliente y húmedo apretando mis dedos, los metía al fondo, lentamente, ella se mordía el labio para controlar los gemidos violentos que quería soltar, movía sus caderas con más fuerzas y no fue muy extraño saber lo que quería, así que le di más rápido.

    Sentía que todo su peso me lo colocaba en los hombros cuando me abrazaba, que sus piernas se ponía débiles y que su vagina se apretaba más, se sentía más caliente y más húmeda, sus gemidos se hacían más quedos, más suaves pero intensos, sentí que me apretaba los dedos con fuerza y aguantaba la respiración, como si se quedaba sin aire y supe que se corrió, la bese saboreado sus labios, chupándolos para sentir sus pequeños gemidos en mi boca, cuando le saque los dedos tenía una cara de satisfecha, tan sexy y morboso que quise meterle los dedos otra vez.

    -No eres lo que pareces verdaderamente.

    Me dijo mientras me acariciaba el estómago y llegaba a mi vagina con sus pelitos crecientes y los acariciaba, se arrodilló mientras pasaba sus manos por mi cadera y me abría las piernas, estaba extasiada con verla y al sentir su labios en mi clítoris sabía que no iba a soportar mucho, temblaba y las piernas me fallaban pero ella seguía ahí, lamiendo y chupando como si de hambre se tratara, la sentía gemir abajo de mí, estaba excitaba al máximo así que movía mis caderas mientras ellas metió un dedo en mi vagina y succionaba mi clítoris sin descanso, estaba tan excitada que me corrí ahí mismo, sabía que no me iba a olvidar nunca de la primera vez en recibir sexo oral, era una maravilla.

    -Date la vuelta -me ordenó.

    Pensé que había terminado, pero ella quería más, obedecí y le di la espalda apoyando mis manos en la pared, ella con una mano apretaba mis nalgas mientras que con la otra acariciaba mi vagina y subía toda mi humedad devuelva al clítoris, me besaba las nalgas, daba mordisquitos y eso hacía que aumentará mi humedad.

    -Sabía que tenías un culo precioso -me dijo abriendo mis nalgas apretando cada uno de los cachetes, los unía y separaba, unía y separaba, sentía ya me estaba chorreando, otra vez estaba mojada al máximo.

    Gemía porque ese movimiento daba cosquillas a mi vagina y la imaginaba mirando morbosamente mi cuerpo y en un momento que dejó abierta mis nalgas sentí su lengua en mi ano, mojándolo todo, sin ningún tipo de vergüenza y casi me caigo, apoye mi cara contra la pared, no pensé mi vagina fuera a mojarse más, nunca me había humedecido tanto, ella chupaba, lamía, movía mis nalgas en su cara y yo solo podía gemir porque sentía si lengua en mi ano y mi vagina se contorsionaba de placer, me fui a tocar y ella no lo notó.

    Me quitó la mano y puso la de ella, sin ninguna delicadeza me metió los dedos en la vagina, me daba con fuerza, como nunca me había dado, sentía mis dientes en mis labios, mordiéndome porque el placer que se sentía no me dejaba gemir, Carla chupaba baboseaba mi ano mientras yo mojaba todo su mano y la apretaba con fuerza, en un momento donde mi mente estaba nublada, le agarre la cabeza para unirla más a mis nalgas y me movía frenéticamente y sentí como me llegaban el orgasmos, sentí que salía de mi agua, y que apretaba sus dedos, me corrí como nunca y cuando me di la vuelta ella estaba allí, lamiéndose los dedos con una sonrisa de orgullosa, era tan morbosa que sentía ganas de más.

    Ella me beso, suave y largamente pero ya las dos satisfecha nos acordamos en donde estábamos y fuimos a vestirnos rápido para salir pero sin antes darnos un beso y decirnos que obviamente necesitábamos más de esto.

    Mare

    Postdata: Quiero dejar claro que estás no son vivencias personales, son historias que me imagino. Gracias por leer.

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  • Follando con mi amiga en la playa

    Follando con mi amiga en la playa

    Hace ya tres años que conozco a Luisa, ella es una chica que me causó debilidad desde el primer momento que la vi. Ella no es muy alta, medirá 1.62 cm más o menos, tiene una carita que parece un ángel, con los mofletillos enrojecidos, y alguna que otra pequilla; acompañando a una sonrisa de esas que quitan el hipo, junto con una mirada felina de esas que te hacen estremecer. Con su melena de color caoba y del resto del cuerpo destacar un pequeño pero erguido pecho (unos 88 cm de contorno) una cintura delicada (64) y un más que apetitoso culo que sin duda es una de sus mejores facetas (100 de contorno más o menos).

    La conocí en clase de Biología, ella era bastante callada, en principio se relacionaba muy poco con la gente, pero a medida que pasaba el tiempo se fue ganando amigos dentro del aula.

    Nosotros pasamos de no saludarnos pues sólo nos conocíamos de vista a ser muy buenos amigos en muy poco tiempo. Nosotros hablábamos de todo, incluso de nuestras relaciones, o, mejor dicho, mis relaciones puesto que ella la verdad es que no tuvo ningún escarceo en ese tiempo, y si lo tuvo desde luego a mí no me lo contó.

    Un buen día, me dijo que le gustaría ir a las piscinas de la Universidad. Yo que verdaderamente era muy vago a la hora de hacer deporte me hice bastante de rogar; no obstante al final acepté, pues mi curiosidad por verla en bañador, pudo con mi indolencia a este deporte.

    Al día siguiente nos apuntamos y empezamos a ir a la piscina, el primer día recuerdo que llegué a estar nervioso. Había salido yo ya del vestuario y me dispuse a esperarla dentro del agua. A los 5 minutos apareció ella envuelta en una toalla; para mi decepción fue hasta la orilla de la piscina dejó allí la toalla y rápidamente se introdujo en el agua, sin apenas darme tiempo a observarla con detenimiento; lo que si que me dio tiempo a observar fue que llevaba un bañador algo pasado de moda y no demasiado atrevido.

    Estuvimos nadando unos 40 minutos y cuando ya decidimos salir, ella se hizo la remolona, teniendo que salir yo antes y después ella que se envolvió en la toalla a tal velocidad que ni pude distinguir nada.

    Mi primer día había fracasado, no había sido tan divertido y morboso como yo esperaba. Eso no me hubiera preocupado salvo porque fueron pasando los días y siempre era igual, hasta el punto que llegue a faltar varias veces a nuestra sesión de natación ante la falta de interés.

    Estando yo ya muy intrigado un buen día en pleno almuerzo entre clases decidí preguntarle acerca de su excesiva timidez; a lo cual tras varias negativas y varios balones fuera me llegó a reconocer que de pequeña su grupo de amigos siempre se metía con su culo, pues la llamaban culo gordo y cosas así, lo cual le llegó a causar un trauma. Eso me daba otra explicación que también me obsesionaba y es que nunca le había distinguido cuando llevaba sus pantalones apretados un tanga, siempre se le marcaban las costuras de las bragas.

    Desde ese momento yo empecé una campaña de asedio y apoyo a su culo, diciéndole que tenía muy buen culo y que no entendía porque siempre intentaba ocultarlo; poco a poco ella fue cediendo ante tantas alabanzas y de vez en cuando yo ya pude llegar a observar eso si con bastante disimulo su hermoso culo en la piscina; siempre con ese bañador hortera que se gastaba.

    Cuando ella ya empezó a ceder en la piscina yo lance mi ataque a su excesivamente conservadora ropa interior, diciéndole lo mal que quedaban esos pantalones que ella se ponía con esas bragas de “cuello vuelto” como yo les llamaba.

    Un buen día llego a clase con un estupendo pantalón de color rojo, y un polo atado a la cintura, cuando se sentó en clase me pareció que se le distinguía la Y del tanga y me puso un poco morcillón, no quise hacerle ninguna apreciación para que no se sintiera atosigada; los siguientes días ya pude apreciar que lo mismo llevaba bragones que tangas. La verdad es que cuando los mofletes del culo iban sueltos se le hacia un culo de ensueño, que daba ganas de comérselo a bocados.

    En el transcurrir de los días terminaron las clases y llegó el verano; un buen día quedamos para ir a la playa y se presentó allí con un bikini que ni mi abuela se hubiera atrevido a llevarlo; fue tanto lo que me reí y metí con ella que llegó por momentos hasta enfadarse.

    A las 2 semanas de ese día, recibí su llamada para ir a la playa, quedamos que yo me pasaría por su casa a recogerla; cuando llegue allí salió ella con un pantalocito corto vaquero y una camiseta roja atada al estómago. Nos saludamos y me dijo que no le apetecía ir a la playa que íbamos siempre y que le apetecía algo menos concurrido. Después de pensar un rato le dije que conocía una cala casi solitaria, pero que estaba a más de 1 hora de camino. Ella entusiasmada dijo que iríamos allí.

    A la hora de camino, tuve que aparcar el coche y teníamos que caminar unos 10 minutos más, llegamos a la estupenda cala. Estaba tal y como la recordaba y para nuestra suerte no había absolutamente nadie.

    Extendimos las toallas y nos dispusimos a quedarnos en bañador, yo en seguida terminé; y cuando ya estaba con mis bermudas casi me desmayo. Ella se había quitado la camiseta y había aparecido una parte de arriba del bikini de esas diminutas de triangulillo, el bikini era de color rojo. Se sentó y se quitó el pantalón y no cabe duda de que era más moderno pues se le metía bastante en la ingle.

    Se sentó sin poder verla por detrás y empezó a untarse bronceador. Cuando terminó me dijo que si le ponía por la espalda. Y se tumbó bocabajo; casi me muero, llevaba un tanga casi de hilo, mi pene se levantó en armas, ¡qué visión! Le puse el bronceador por toda la espalda y cuando iba a llegar a su apetitoso culo, me dijo que no me pasara de listo. Total que lo dejé, y me fui a bañar a ver si se me bajaba el garrote.

    Al salir del agua empezamos a tomar el sol y ella me dijo que era una lástima el corte que se me iba a hacer por culpa de mi extenso bañador, me dijo que me lo quitara, y ella se quitaría la parte de arriba, ni que decir que con tal de verle las tetas enseguida me lo quité, tenía mi tronco totalmente empalmado; ella me dijo que bestialidad era eso; yo le dije que era un instinto, que lo sentía. Ella ya con las tetas al aire y sus pezones apuntando al cielo, me dijo que algo tenía que hacer y sin mediar palabra se agachó y empezó a chupármela; yo estaba alucinado y no podía ni reaccionar. ¡vaya sorpresa!

    La chupaba bien la cabrona, estaba a punto de correrme y la avisé; ella me insinuó que un día era un día. Yo le di la vuelta y la puse a cuatro patas, que visión, le fui bajando el tanga y se me quedó todo su ano abierto a mis ojos así como su depilado coño. Empecé a chuparle el culo y el coño con verdadero furor, que gusto me daba.

    De momento ella me dijo que si se la metía y yo ni corto ni perezoso me puse de rodillas y apoyé mi polla a la altura de su ojete; ella me dijo que por ahí no por favor y yo sin hacerle caso embestí; como estaba más que lubricado ante mi sesión oral entró casi hasta el fondo de golpe, de la primera embestida. Ella realizó un grito amargo, pero después de varios bombeos empezó a gemir, en unos cinco minutos le había llenado su ojete de toda mi leche.

    Caí exhausto, y ella me dijo que esto no acababa ahí, y empezó a chupármela de nuevo; en 30 segundos la tenía otra vez durísima, y se sentó encima de mi metiéndosela a tope en la vagina, tras unos minutos de bombeo, se apartó y continuó chupándomela, hasta que le avisé que me iba a correr y ella se comió toda mi segunda corrida.

    Fue un día genial, por desgracia para mi desde el verano han pasado ya muchos meses y no he vuelto a repetir, ella siempre me dice lo mismo, que un día era un día. Seguimos siendo grandes amigos y algún día volveré a perforarla.

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  • Experiencia extramarital

    Experiencia extramarital

    Habíamos hablado de que sería interesante comprobar el morbo de estar ella con otro hombre, al principio se resistió, pero ante mi insistencia, un día me dijo que había un colega que siempre la estaba haciendo insinuaciones sobre sexo, le dije que aceptara, aunque con una condición y era que me contara luego con pelos y señales sus impresiones y como lo había pasado.

    Quedamos de acuerdo y un día me sorprendió diciéndome que había aceptado su invitación a salir con él a un baile, no puse más objeción de que debía cumplir lo acordado y quedamos de acuerdo aunque volvió a repetir que lo hacía por mí y porque yo se lo había pedido, observé como se bañaba, se acicalaba y se ponía su ropa interior más sexual que poseía, Le di un beso al salir y le deseé mucho placer y comenzó mi espera. Pasaron las horas y yo imaginando que en aquellos momentos otro hombre estaba poseyendo a mi mujer. Había entrado la madrugada cuando sentí su coche llegar al mismo tiempo que mi corazón explotaba en mi pecho.

    Me besó al llegar y se sentó en el sofá de nuestro salón, tuve que decirle que comenzara a contarme y comenzó su relato, mientras la oía mi corazón se encogía al mismo tiempo que mi calentura subía de grados de tal manera que le pedí que nos fuéramos a la cama y allí me lo contara con todo detalle. Tan pronto entramos en el dormitorio yo ya estaba con el pene bien erecto de ansiedad y ella me decía que lo que más le había impresionado era la forma maravillosa como le besaba, sus besos fueron deliciosos, la interrumpí para rogarle que me contara desde el principio y así lo hizo.

    Cuando nos encontramos donde habían quedado de acuerdo, entraron en un local donde había una sala de baile, él quiso invitarla a alguna bebida, pero ella se negó y solo pidió un refresco y él una bebida alcohólica y notó como acercaba su silla a ella y le pedía que le besara, sus besos eran de lengua y besaba, según me volvió a insistir maravilloso. Ella notó que el bulto en su entrepierna sobresalía ya y él le pidió que bailaran y salieron a bailar, enseguida se arrimó de tal manera y la estrechó entre sus brazos que podía notar la prominencia de su pene que parecía estallar. Desde aquí la dejo que siga el relato ella que fue la que lo vivió.

    «Estuvimos bailando hasta que al oído me dijo que ya no podía resistir más, que tenía que hacerme suya y me propuso que nos fuéramos a mi coche. Asentí y salimos a la calle, entré en mi coche y él entró en el lugar del copiloto, pero tomándome de los hombros su beso fue de tal intensidad que todo mi cuerpo se estremeció. Noté como se abría la cremallera y sacaba su miembro mientras buscaba mi mano y la llevaba a que yo lo tomara, cosa que hice, mientras sus besos continuaban con pasión agarró mi mano y la movió a lo largo de su pene indicándome como debía de hacerlo o lo que quería que le hiciera yo y así comencé a darle movimiento a mi mano de arriba abajo…

    Mientras una de sus manos tomaba posesión de mis senos y a lo que pronto noté que dejando mis labios comenzó a succionar mis pezones que estaban ansiosos de ser acariciados y besados. Yo notaba como mi humedad vaginal subía y me temí que estaba cerca de un orgasmo. Hacía tiempo que mi marido no me conseguía ninguno, al menos de esta forma natural solo ayudándome yo con mis dedos en el clítoris. Su otro brazo que se mantenía tras de mi cabeza, me fue atrayendo hacia su lado y bajando mi cabeza, con lo cual me di enseguida cuenta de lo que deseaba y me plegué a ello…

    Pronto mi boca entró en contacto con su pene y comencé a chuparlo, mientras él se echaba en el asiento hacia atrás y acariciaba mi abundante melena y con la otra mano pellizcaba mis pezones que caían cerca del cambio de marchas y me hacían daño, cosa que él apartaba sosteniéndolos apartados mientras los acariciaba y la mano que sostenía mi cabeza indicaba el ritmo de mi chupeteo, hasta que llegó el momento que estirando las piernas elevó su pene y al tiempo noté su chorro de semen en mi boca, intenté apartarme pero me lo impidió sosteniendo mi cabeza firmemente sobre su pene por lo que no tuve más remedio que tragar gran parte de lo que estaba entrando a chorros intensos en mi boca y esperar a que me dejara un poco libre.

    Yo tenía un paño que usaba para secarme las manos cuando conducía y con el pude escupir y limpiarme la boca mientras recuperaba mi posición, pero después de haber oído sus exclamaciones de placer y de darme las gracias por lo feliz que le había hecho, me dijo que ahora él quería hacerme feliz a mí.

    Introdujo sus manos por mis entreabiertas piernas y comenzó a intentar bajar mis bragas, pero yo las llevaba bien sujetas ya que para satisfacerle me había puesto un liguero y al bajarme las bragas se hacía complicado estando sentada, por lo cual tras un par de intentos optó por apartarlas a un lado y sus dedos buscaron mi coñito y encontraron en su interior mi clítoris inflamado que yo recibí abriéndome mucho más las piernas y echándome como él había hecho antes hacia atrás.

    Su mano abarcaba todo mi coñito y sus dedos se movían frenéticos en su interior, causándome escalofríos por todo el cuerpo por lo que estiré lo que pude mis piernas mientras sus labios succionaban mis senos del uno al otro como un bebé hambriento, el ansiado orgasmo no me llegaba, pero ya me dolía todo el cuerpo y lo que yo ansiaba era estar en una buena cama libre y disfrutando por lo que le hice creer en un orgasmo como muchas veces hacia con mi marido…

    Y después de muchos besos noté que esto llegaba a su final, recompuse mi figura en lo que pude, él guardó su pene y pensé que me invitaría a su casa para continuar esto con mayor comodidad, pero besándome en un beso de despedida me volvió a dar las gracias y bajó del coche y se fue al suyo después de decirme adiós.

    Puse mi coche en marcha y regresé a mi hogar en el que mi marido me esperaba ya en la cama y lo primero que me preguntó fue que como me había ido y que me metiera en la cama para que se lo contara. Le contesté que regular lo cual le pareció extraño y una vez a mi lado noté que estaba completamente desnudo y con su verga durísima y la verdad que yo tenía ganas de sentirla adentro…

    Apenas comencé el relato que es exacto como os lo acabo de explicar se sintió y así me lo dijo que él no me hubiese penetrado y me dijo que porque no le había dicho que nos fuéramos al asiento de detrás y allí yo hubiese estado más cómoda y él me hubiese podido penetrar. Noté como con su mano inspeccionaba mi coñito para notar si había restos de semen y yo le había ocultado una parte de lo vivido, pero yo le insté a que me poseyera de una vez porque el otro me había dejado muy caliente y yo deseaba correrme con él, que él era la persona, el hombre, el único al que yo quería y que si lo había intentado fue para cumplir su deseo, así que ahora no se me quejara…

    Él siguió preguntándome como era su verga y si me había gustado chupársela y que sabor tenía su leche y así hasta que en un grito noté como su leche me inundaba y quedaba exhausto sobre mí y por segunda vez en aquella noche me quedaba sin mi orgasmo, lo cual con él no estaba dispuesta a consentir y le dije que ahora me tocaba a mi así que obediente se bajó a mi coñito y comenzó a lamerme con frenesí y ya ahí no quise ni pude aguantar…

    Le apreté la cabeza contra mi coñito y me pude correr al final a gusto, pensando que esta noche había tenido a dos hombres, pero que entre los dos no llegaban a lo que yo deseaba de un hombre y me juré que algún día lo encontraría. Nos dormimos ya satisfechos y hasta el día siguiente.»

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  • La biblioteca es para estudiar

    La biblioteca es para estudiar

    Estaba en la biblioteca de la universidad preparando el último examen de la carrera. El que me llevaría a ser una verdadera enfermera. Por fin. Pero el examen era más que difícil. Llevaba poco tiempo preparándolo y era mucha materia para aprenderme en dos semanas.

    Delante de mí veía otras 12 o 15 mesas repletas de gente que, como yo, estaba concentrada en su taco de folios. Excepto un chico. Siempre se sentaba en el mismo sitio. Estaba tres mesas por delante de mí. Siempre con sus folios esparcidos por la mesa y sus cuatro bolígrafos alineados a su derecha. Siempre tan bien vestido y tan peinado. Qué pijo me parecía. Me lo imaginaba echando un polvo desenfrenado… No, era imposible. Tenía pinta de no haber roto un plato en su vida.

    Empecé a imaginar cómo sería que me desnudara despacito, con esa calma y ese sosiego que parecía caracterizarle. Y que me dijera cosas guarras al oído mientras me tocaba hasta el último centímetro del cuerpo.

    Yo soy una chica normal, con el pelo largo castaño, liso, ojos verdosos, un culo bien puesto y unas buenas tetas. No sabía porqué, pero siempre me gustaba ir bien vestida a la biblioteca. Otras iban con un chándal y una camiseta sin más. Poco femeninas. A mí me gustaba que los tíos se me quedaran mirando y que fantasearan conmigo. Por eso llevaba escotes que dejaran entrever lo que había debajo…

    De repente, mientras fantaseaba con aquel chico, me di cuenta de que me estaba mirando y bajé la vista avergonzada. ¿Se daría cuenta de lo que estaba imaginando? Volví a levantar la vista al cabo de treinta segundos y ahí estaba, mirándome con una cara que… madre mía… ¡¡Quien le pillara en ese momento!!! ¡¡Que morbo tenía el tío!!

    Me sonrió con una mirada penetrante que me hizo estremecer, me guiñó un ojo, y se levantó de la silla despacio, sin hacer ni un ruido. Había demasiada gente en la biblioteca como para llamar la atención. Me hizo un gesto que yo entendí como para que le siguiera. Me salió una sonrisa estúpida.

    ¡¡Qué nerviosa estaba, dios mío!! No lo pensé dos veces. Estaba demasiado cachonda. Una oportunidad así no se tiene todos los días. Me levanté de la silla despacio y le seguí a una prudente distancia para que nadie se diera cuenta de que salíamos juntos. La puerta estaba lejos de donde estábamos sentados. Había que rodear un estante de libros enorme dedicado a la Política. Inmediatamente después de doblar la esquina de la estantería ya estaba la puerta, que daba a un recibidor bastante grande. Cuando salí de la biblioteca él ya estaba cerca de la puerta de un aula de informática que había en esa ala del edificio, a la derecha según salíamos. Cuando le miré me hizo un gesto para que le siguiera. Y eso hice.

    Cada paso que daba hacia aquella puerta se me pasaban mil cosas por la cabeza. A lo mejor se me estaba yendo la olla y aquel tío quería otra cosa. El caso es que entré en el aula. No había nadie. Él cerró la puerta detrás de mí y se me quedó mirando como preguntándose qué hacía yo allí. Y me dijo: —¿En qué pensabas hace un rato? Has estado mirándome mucho rato y me has puesto a cien.

    Me quedé muda. Se me había notado. Bueno. Así la cosa sería más fácil. Cuando intentaba buscar las palabras idóneas para contestarle me cogió del cuello y me acercó hacia él. Empezamos a besarnos, primero tanteando el terreno, despacio. Después de manera más fogosa. Hacía mucho tiempo que no estaba tan cachonda. No paraba de abrazarme de mil maneras diferentes tocándome todo el cuerpo. Entonces yo también empecé a tocarle por todas partes. Primero el pecho, que estaba fuerte como un toro, y después fui bajando hasta que me encontré con su polla que luchaba por salir de aquel pantalón.

    Estaba dura como la piedra. Sin dudarlo le desabroche el pantalón y su miembro quedó al aire, grande y grueso… ¿Quién iba a pensar que la tendría así? Estaba alucinada. Él no paraba de tocarme las tetas que, por supuesto, ya había sacado de la camiseta, y ya estaba chupando sin parar. Dios… que gusto me estaba dando… Tanto tiempo fantaseando con él y ahora… me estaba chupando las tetas.

    —”Dios que tetas tienes. Son cojonudas…” —Me dijo. Y siguió chupando y tocando como si le fuera la vida.

    Yo mientras tanto le masajeaba el manubrio fogosamente mientras el jadeaba como un loco. Empezó a besarme el ombligo y fue bajando poco a poco y de manera muy sutil.

    Detrás de nosotros había una hilera de pupitres. Poco a poco me fue echando hacia atrás hasta que me eche sobre aquellas mesas con las piernas flexionadas. Entonces siguió besándome y acariciándome. Empezó a tocarme el chumino suavemente con ligeras caricias en el clítoris. Como siguiera así iba a correrme en dos segundos… Ahhh… Los dos gemíamos de placer… Siguió tocándome y me metió los dedos en la almeja con movimientos de dentro a fuera que me estaban volviendo loca…

    Acercó la cara y me la empezó a comer de una formas tan sutil… tan suave… oh ohhh madre mía, que maravilla… Eché la cabeza hacia atrás. Iba a correrme… Siguió chupando, metiendo la lengua hasta el fondo. Estaba empapada. Jugaba con la lengua de arriba abajo, hacia los lados… ¡Joder! Nadie me había comido el coño de aquella manera. ¡Dios! ¡Ohhh! Siguió así durante un buen rato hasta que ya no pude más. Tuve un orgasmo de los que hacen historia. Intenso no. Más que intenso. Fuerte. Desgarrador.

    Cogió su polla y me la metió hasta el fondo… “Sigue así, sigue así…”. Yo estaba agotada del tremendo orgasmo que acababa de tener, pero no sé de dónde salieron fuerzas para seguir. Me folló como un toro. Me decía: “¿Te gusta? ¿Te gusta que te coma el coño y luego te folle?”… “Sí, sí, me gusta que me folles así… ¡Sigue!”.

    De repente sacó su pepino y me dijo que me diera la vuelta y que me pusiera mirando para las mesas. Casi no lo había hecho y ya me estaba intentando meter la polla desde atrás. Allí empezó a follarme como quiso. Yo no decía nada. Me dejaba llevar. Me estaba gustando tanto… Que placer… Sentía como su polla entraba y salía perfectamente. “Más más más, quiero más” le decía. “¿Quieres más?” decía él… Pues toma más… Aquel pedazo de nabo entraba y salía de mi coño sin parar. Con su mano derecha me tocaba el clítoris sin parar.

    Yo ya no podía más. Tuve otro orgasmo intensísimo. Cuando notó que me estaba corriendo él también se estremeció, gimiendo como un condenado y empezó a correrse dentro de mi coño. ¡Qué maravilla de polvo dios! Sacó el pepino del chocho todavía goteando, me agaché y me lo metí en la boca. Empecé a chuparle el instrumento sin parar. Él se había apoyado ahora en los pupitres. Las gotas de sudor le caían de la frente.

    Le chupé la verga mientras le miraba como lo hacía desde la mesa de la biblioteca. “¡No me mires así cabrona, que me voy a correr otra vez!”. Gemía como un loco. Me agarró la cabeza para que no dejara de chapársela mientras se corría otra vez. Me tragué hasta la última gota de su corrida. Estábamos exhaustos. Llevábamos casi una hora dale que te pego y no nos habíamos dado ni cuenta. Había sido una gozada.

    Me besó en la boca de forma tierna y me dijo: “Ha sido estupendo”. “Yo también lo he pasado muy bien”, le dije. Nos vestimos y salimos del aula. Ahora la ropa de él estaba algo más desaliñada y el pelo revuelto. Así estaba mucho mejor. Me pregunto: “¿Vas a venir mañana?”… “Supongo, tengo mucho que estudiar”. A lo que él contestó: “Cuando hagamos un descanso hablamos y a lo mejor te puedo ayudar con Anatomía. Hasta mañana”.

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  • Mi primer trío para salvar mi matrimonio

    Mi primer trío para salvar mi matrimonio

    Aquella tarde vi a Manolo, mi marido, que llegó más serio de lo que era habitual en él. Como cada día, lo esperaba en casa a que llegase, para juntos terminar la jornada.

    Mi nombre es Clara, y no tengo una ocupación específica, aparte de ser la mujer de Manolo. Soy madre de un niño de 9 años y yo tengo 37, soy morena, pecho abundante, no demasiado alta, y me conservo muy bien, y sin resultar falsamente modesta, puedo presumir de ser muy atractiva.

    Prácticamente, mis únicas obligaciones son ocuparme de mi marido y de mi hijo. Mi trabajo es ser esposa y madre.

    Por todo esto, cuando veo a Manolo serio, me preocupo, y sé que soy pesada al intentar sacarle todo lo que le ha sucedido en el día para que se desahogue.

    Aquel día salimos a pasear, cenamos los tres juntos, y cuando se acostó el niño, nos quedamos los dos solos, como hacíamos con frecuencia, disfrutando un poco de nuestra propia compañía.

    Al rato, decidimos acostarnos. Ya en la cama, intenté besarle, pero él no respondía a mis caricias, lo que terminó alarmándome.

    —Cariño ¿Qué te sucede? ¿Te pasa algo? —Pregunté.

    —No, no pasa nada, sólo me siento cansado.

    Después de mi insistencia, iniciamos una conversación larga, cuya primera frase me dejó helada.

    —Quiero el divorcio —me dijo

    No supe que responder. Sólo podía preguntar los motivos, el por qué de esto.

    Él se explicó durante varios minutos. Tenía muchas quejas de mí, no como madre, no como ama de casa, pero si como mujer, como pareja.

    Manolo alguna vez, medio en broma, me había propuesto hacer algo diferente en el sexo. Tal vez que entrase otra persona con nosotros para hacer el amor, o practicar sexo.

    Yo no llegaba a profundizar nunca en estos temas, y salía como podía. La verdad es que tal vez no sea una persona a quien le vuelva loca el sexo, aunque también es cierto, que no tengo demasiada experiencia en el mismo, puesto que siempre he sido mujer de un solo hombre.

    Nuestras relaciones se basaban en los actos clásicos, en la penetración, los juegos con mis pechos, alguna felación, y poco más.

    Manolo me decía que no le llenaba sexualmente, y que nunca me había sido infiel, aunque ya deseaba a otras mujeres, y por ello prefería separarse.

    Aquella noche no pude dormir. La persona que más quería ya no deseaba estar conmigo. Siempre pensé que disfrutaba enormemente del sexo cuando estábamos juntos.

    Yo nunca he tenido más novio que Manolo. Comenzamos a salir muy jóvenes, y después de unos años de noviazgo, nos casamos. A los pocos años me quedé embarazada y desde entonces, nuestra vida ha sido estar siempre los tres juntos.

    Me sentía angustiada, no sabía como encauzar la reacción de mi marido. Tampoco sabía si existía alguna posibilidad de retomar la relación después de la conversación que habíamos mantenido

    Cuando llegó a casa al día siguiente, su carácter era el de siempre, como si no pasase nada, aunque veía en sus ojos que mantenía todo lo dicho la noche anterior.

    Después de irse el niño a la cama, nos quedamos de nuevo solos. En un intento desesperado por no perderle le dije que haría todo lo que él quisiera, con tal de salvar su matrimonio.

    Manolo rio al escuchar mi osadía.

    —Cariño, sabes que no puedes cumplir lo que prometes, —dijo él.

    —Ponme a prueba, —respondí yo. Estaba segura de poder hacer todo lo que él quisiera, con tal de no perderlo.

    —Vale, contestó. Quiero que hagamos un trío. Quiero que otro hombre y yo disfrutemos de ti.

    Sé que enrojecí de vergüenza cuando lo escuché. Le respondí.

    —¿Eres consciente que no he estado con otro hombre nunca, aparte de ti?

    —Lo sé, —afirmó Manolo.— Por eso mismo, me gustaría que cambiase esa situación. Tienes mañana para pensarlo, si cuando vuelva por la noche sigues pensando que harías cualquier cosa por salvar el matrimonio, y en concreto un trío, lo haremos el sábado, dejaremos el niño con mis padres y nosotros iremos a un hotel con otra persona que yo me encargaré de buscar. De no aceptar, la semana que viene pondré el tema de la separación en manos de mis abogados, y no te preocupes, que tendrás todo lo que te mereces, esta casa, más una aportación económica que os permita, a ti y al niño, vivir sin dificultades, como lo haces ahora.

    Durante el día siguiente, mi estado de ánimo pasó por varias fases, alguna complaciente, en el que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por no perder a mi marido, otra deprimida, en el que veía que iba a ser usada como una vulgar prostituta y otra altiva, en la cual no iba a permitir que se saliese con la suya.

    Según fueron pasando las horas, me daba cuenta que mi vida sin Manolo no sería igual, y que haría cualquier cosa que él me pidiese para poder estar junto a él, así que en cuanto llegó, aun estando mi hijo delante, le dije, acepto tu propuesta.

    Manolo me dio un beso, como hacía siempre, dio otro a su hijo y marchó de nuevo a la calle. Yo sabía que llamaría por teléfono para hablar con esa persona y organizar el encuentro el fin de semana.

    Cuando volvió, me dijo que sería el sábado, que después me daría los detalles.

    El niño se durmió enseguida aquella noche, y mi marido me explicó como sería el encuentro. Me indicó la ropa que debería llevar, debía ir sexy pero sin parecer una zorra, elegante pero no provocativa, en realidad, el resumen era el de parecer una gran señora, lo que en realidad siempre he sido, y la imagen que siempre he dado ante los clientes de mi marido cuando he asistido a alguna fiesta con él.

    Al día siguiente fuimos de compras, él me acompañó para vestir como deseaba Manolo, no obstante, esperaba que al final se arrepintiese y saliésemos los dos solos.

    Por fin llegó el sábado. Por la mañana varias veces le pedí que reconsiderase su postura, que había otras alternativas a lo que me proponía, podríamos imaginar, fantasear, incluso ir a un sex shop y comprar algún juguete para disfrutar de una noche divertida. Su respuesta fue clara, “me he comprometido esta noche, y tú también lo has hecho conmigo. Sino quieres ir a la cita, no hay problema, pero el lunes iniciaré los trámites de divorcio”.

    Mis escasas esperanzas de evitar lo que sucedería por la noche, se desvanecieron por completo.

    A última hora de la tarde comencé a arreglarme. Mi marido quería que cenásemos solos, y después, quedaría con nuestro “invitado”, en un local de moda.

    Me vestí tal y como me había indicado. Llevaba una falda un poco por encima de las rodillas, blanca, de lino y una camisa del mismo color, de tirantes, abotonada por delante.

    Salimos juntos de casa, al cruzar la puerta miré hacia atrás pensando que cuando regresara de madrugada no sería la misma.

    Estuvimos cenando. Durante ese tiempo, apenas hablé, apenas comí, me sentía tensa. Después nos fuimos al lugar donde habíamos quedado con aquel hombre.

    A los pocos minutos, vi que Manolo se acercaba a hablar con alguien, y supuse que era “la persona”. Así fue, me lo presentó como Leo, nos dimos dos besos, y pasamos al interior del local.

    El lugar comenzaba a estar ambientado. Había bastante gente. Manolo fue a pedir las consumiciones, y cuando nos las entregó, dijo que volvería enseguida.

    Allí estábamos Leo y yo. No sabía cómo reaccionar, y a todas las preguntes suyas, sólo sabía responderle con monosílabos. Le veía poco a poco más atrevido, acercándose a mí, tomándome por la cintura y hablándome al oído.

    En uno de sus acercamientos, rozó sus labios con los míos. No me aparté, puesto que sabía para lo que habíamos quedado, pero tampoco le correspondí.

    Por su parte, Leo, cada vez estaba más metido en la situación, y sus manos no paraban de agarrarme la cintura y los hombros.

    Cuando volvió mi marido, me acerqué a él, momento en el que nuestro amigo aprovechó para pasar su mano por el culo, algo que me molestó sobremanera.

    Manolo preguntó si ya habíamos roto el hielo, y Leo respondió sonriendo, que yo era muy tímida.

    Mi marido dijo que mejor nos iríamos de allí. Había reservado un hotel dijo, y nos dirigimos al lugar en cuestión, todos en nuestro coche.

    Al llegar allí, Manolo sirvió de nuevo unas copas, y nos sentamos como pudimos, Leo en un extremo de la cama, yo en el otro, mientras mi esposo lo hacía en una silla que arrimó a nuestro lado.

    —Tienes una mujer preciosa, Manolo, tienes mucha suerte.

    Su respuesta fue contundente:

    —Esta noche quien tiene suerte eres tú, eres nuestro invitado.

    Leo se levantó y se acercó a mí. Me sentía muy rígida, pero él cogió mi cara y me besó de forma lenta y apasionada, mientras que su mano se acercaba a mi pecho.

    En un gesto instintivo puse mi mano parapetando mis tetas. Manuel salió verbalmente en mi defensa, explicando que me sentía muy cortada, puesto que era la primera vez que hacía algo así.

    Para tranquilizarme, Manolo se colocó detrás de mí, y empezó a besarme el cuello y la nuca, apartando mi pelo. Con sus manos, fue desabrochando uno a uno todos los botones del abrigo, quedando al descubierto mi sujetador.

    De nuevo, mi instinto llevó a colocarme las manos sobre los pechos, pero mi marido me las apartó y las colocó por detrás sobre la cama, mientras que era él quien comenzaba a masajearlas.

    Aunque no podía verle, supongo que hizo un gesto a Leo, puesto que se acercó a mí y comenzó a besarme las tetas por encima del sujetador, lo movía, desplazaba y a veces, mis pezones quedaban al descubierto.

    Mientras me besaba, noté como empezaba a meter su mano por debajo de mi falda. Crucé las piernas, pero esta vez fue él mismo quien me agarró las rodillas y sin demasiado esfuerzo hizo que mis piernas quedaran entreabiertas, momento que aprovechó a rozar mis bragas, y pasar su mano por encima de mi sexo.

    —Clara, cielo, ¿por qué no te quitas la falda y dejas que veamos tus muslos?

    Como una autómata, me levanté y me quité la falda, quedándome con la falda y el sujetador solamente. Me sentía humillada, aunque a la vez me excitaba que un extraño me viese y además estuviese excitado al poder tocar y contemplar mi cuerpo.

    Sin llegar a volver a sentarme, mi marido me desabrochó el sujetador, y Leo terminó de quitármelo. Ahora también ellos decidieron quedarse con la misma ropa, y se desnudaron quedando únicamente con sus boxers.

    Manolo comenzó a masajearme los pechos y continuó besándome. Leo aprovechó para acariciar el resto de mi cuerpo, mis piernas, me tocó las bragas y terminó por meter su mano por debajo de ellas.

    Al notar sus dedos en mi rajita, no pude evitar mojarme. Comenzaba a excitarme, algo que en ningún momento pude imaginar, ya que esto lo hacía para complacer a mi marido y salvar mi matrimonio.

    Manolo me empujó contra él y caí encima de Leo. Su dedo estaba enganchado en mi vagina y nuestras bocas se juntaron. Ahora si fui yo quien tomó la iniciativa y besé con fuerza a nuestro amigo, mezclando nuestras lenguas.

    Mi coño comenzaba a parecer una fuente de fluidos vaginales. Mi marido me leyó el pensamiento agarrando mis bragas, y tirando de ellas hasta sacarlas quedando totalmente desnuda.

    Ahora era yo quien quería más. Comencé a besar el pecho de Leo, y bajé por su estómago hasta llegar a su bóxer. Lo bajé un poco, suficiente para sacar su pene, y comenzara a besarlo, acariciarlo, tocarlo, lamerlo y por último rítmicamente, me lo metí entero en mi boca, mientras que mi marido me puso a cuatro patas, estilo perro, y comenzó a lamerme mi sexo, que seguía fluyendo líquido.

    Me levantó ligeramente y noté como me introducía su polla dentro de mí. Me sentía una golfa, pero estaba disfrutando como nunca del sexo. Intentaba acompasar las embestidas de Manolo con los movimientos de mi boca sobre el pene de Leo. Mi marido no pudo más y noté enseguida como me llenaba de leche.

    Leo era más experto. Sin llegar a correrse me dio la vuelta, limpió el semen de Manolo con una toalla y metió su lengua dentro de mí. Nunca había sentido nada igual, y enseguida comencé a temblar y un orgasmo invadió mi cuerpo quedando totalmente entregada en la cama.

    Pensé que me dejaría descansar un rato, pero no fue así. De forma inmediata me abrió las piernas y comenzó a penetrarme de forma acompasada, de nuevo volví a excitarme. Me daba mordisquitos en los pezones, me mojaba los pechos con su lengua, los absorbía con su boca. Era la primera vez que hacía el amor con otro hombre que no era mi marido y la experiencia resultaba excitante.

    Llamé a Manolo, sólo quería besarle, y nuestros labios se rozaron. Quería decirle que le quería, que era el hombre de mi vida, pero las embestidas de Leo sólo permitían que gimiera y cerrase los ojos de placer.

    Me dio la vuelta. Hizo un intento de meter su miembro en mi ano, pero le pedí que no lo hiciera, algo que respetó. Bajó un poco y la penetración volvió a ser vaginal. De nuevo se recuperaba mi marido con mis besos en su polla. Iba aumentando el tamaño a medida que la masajeaba con mi boca. Creo que jamás le había hecho una felación similar, con tanta energía. Me di cuenta cuando volvió a estar erecto, algo que hacía muchos años que no conseguíamos en una misma sesión de sexo él y yo juntos.

    De nuevo, fue Manolo quien se corrió primero, y por primera vez, tragué todo su semen. Siempre me había dado cierto asco, pero esta vez, quería hacerlo, sentirme guarra.

    Leo me seguía manejando a su antojo, de nuevo me dio la vuelta y me volvió a lamer el coño. Eso me excitaba muchísimo, nunca me había sentido así. Noté que pronto me correría y le pedí que continuase penetrándome.

    Lo hizo, y no tardé en correrme. Cuando se dio cuenta, aceleró sus embestidas y él hizo lo mismo, eso si, dejando su semen encima de mi sexo totalmente depilado.

    Cuando nos despedíamos, dije a Leo que me gustaría volver a tener un encuentro similar. Manolo también se había sentido a gusto, por lo que no dudamos en volver a quedar en otra ocasión.

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  • Lejos de casa y sin mi mujer (3): Por fin

    Lejos de casa y sin mi mujer (3): Por fin

    Carlos salió desesperado de la ducha. Tomó una toalla y me lanzó a mi otra. Se secó con desespero, como si su cuerpo ardiera. Yo también hice lo mismo. Mal secos, con nuestras erecciones al máximo y guiados por el deseo carnal, salimos desesperados hacia la cama. Él, iba adelante halando mi mano como si yo fuera su hembra. ¡Que extraña, pero rica sensación me invadía!

    Por instinto, me dispuse en cuatro encima de la cama con mis manos apoyadas en la tabla transversal de la cabecera. Él sonrió. Se dispuso detrás de mí en pose de penetrador.

    -Esta es una de mis poses favoritas, pero tú eres primerizo. Para empezar, mejor acuéstate boca arriba. Así va a ser mejor y más fácil para ambos.

    Me dejaba guiar. Hablaba la voz de la experiencia. Así que me acosté boca arriba. Él tomó una almohada y la dispuso debajo de mis caderas.

    -Así tu culito queda alzado y es más fácil para ambos –hablaba con voz dulce.

    Nos mirábamos a los ojos. Había fuego, había deseo. Lo vi tan grande, acuerpado, todo un macho para mí. No me lo podía creer. Estaba a punto de vivir uno de los momentos más fantaseados desde que empecé a descubrir esa curiosidad por el mismo sexo que nace con el tiempo en la mayoría de los hombres heterosexuales casados, pero que pocos llegan a materializar por miedo. Podía considerarme un afortunado.

    Yo tenía las piernas dobladas y abiertas. Carlos me acariciaba las rodillas y las pantorrillas con ternura. Su verga dura, bien parada apuntaba palpitante hacia mí. Entonces, repentinamente él se agachó. Hundió su cara entre la “V” que yo hacía con mis piernas abiertas y me lamió el falo de arriba hacia abajo varias veces.

    Pasó su lengua juguetonamente por mis huevos y descendió a esa zona sensible del perineo. ¡Dios! Sí, sí. Lo hizo otra vez. Su lengua volvió a lamer mi culo. Esta vez con más ahínco y libertad. La sentí más plena, más viva y completa. Me encantaba esos lamidos intensos en mi ano. No me retuve. Del alma me salieron gemidos que excitaron más a Carlos. El extendió sus manos hasta alcanzar las mías, como consolidando nuestra complicidad, como queriéndonos comunicar a través de las manos el goce mutuo.

    Entonces ya, satisfecho se levantó de allí como si lamer mi culo le hubiera dado más fuerza. Agarró su pantalón que había dejado tirado en la cama y del bolsillo sacó un condón que rápidamente desempaquetó con sus dientes. Vaya, venía preparado, pensé. Lo extendió por su pene y echaba saliva. Entonces recordé que yo había comprado el aceite anal. Le pedí que tomara mi pantalón corto que había quedado tirado de cualquier manera en el piso. Lo tomó y me lo lanzó en el pecho con mirada interrogante. Saqué el tarrito y se lo di. Él lo tomó, leyó y sonrió.

    -¡Ah!, venias listo ya para la clavada, ¿no?

    -Lo acabé de comprar –le respondí sonriendo.

    Embadurnó su verga como pajeándose.

    -Así se te va suavecito y la vas a sentir más rica. Ya verás.

    Untó un poco de aceite alrededor de mi culo y me miró con actitud perversa.

    Dispuso su cuerpo en posición de ataque, como buen activo penetrador. Mordisqueo sus labios. Rozó su verga varias veces por mi culo sin hundirla como para que me acostumbrara a la sensación. Yo giraba para encontrar su mirada y él me miraba a los ojos con sus pupilas dilatadas. Sin penetrar, resbaló varias veces su pene lentamente acariciando mis piernas que él mismo jugaba a abrir y cerrar. Sentí entonces que algo blando y luego duro hincó mi ano obligándolo a ceder. Fue una extraña sensación sentir que algo envés de salir, entraba por ahí.

    Sí, mi ano se explayó y no era por mi voluntad. Sí, sentí una suerte de incomodidad leve, o quizás un leve dolor. Me puse tenso un instante. Él, se detuvo y luego siguió hundiendo. Sí, eso avanzaba despacio, estaba entrando en mi cuerpo. Carlos me miraba con fuego, con mirada triunfal pero gentil. Sí, era real, sí. Me estaba penetrando. Sí, el pene de un hombre entraba en mi culo, igualito a como lo había visto en tantas veces en escenas porno. Pero esta vez no lo estaba viendo, mejor aún, lo estaba sintiendo. Por fin, un hombre me estaba culeando.

    Su espeso vello púbico se estrelló contra mi perineo. Lo pude sentir. Me la había entrado. ¡Por Dios! toda su verga, todita dentro de mi culo. No se desesperó. La dejó ahí metida sin moverse.

    -¿Te gusta mami? Disfruta la verga de tu macho.

    -Hm, si-iii –extrañamente me excitaba aún más oírlo hablarme así, como macho a su hembra.

    Cuando me vio cómodo entonces inició un meneo lento. Rico, podía sentía resbalar su pene dentro de mí. Me poseía, me tenía para él. Yo estaba entregado. Completamente entregado a mi hombre.

    Carlos gozaba con cada embestida. Se fue soltando, haciendo el culeo más ligero, más fluido. Su verga entraba y salía un poco, volvía a entrar y volvía a salir cada vez con más confianza hasta que empecé a oír el golpeteo de su pelvis contra mis nalgas. Ese sonido excitador que delata cuando dos personas están teniendo sexo: tac, tac, tac, tac, tac con los gemidos como música de fondo. La cama también acompañaba la sinfonía. Quizás algún tornillo había flojo en alguna parte. Si alguien pasando por el pasillo se detenía en la puerta y escuchara con cuidado, seguramente sabría que había sexo en esa habitación.

    Carlos a ratos cerraba los ojos en pleno goce, su boca abierta no dejaba de jadear. Me encantaba su cuerpo peludo meneándose tan procazmente penetrando mi cuerpo. Sin dejar de cogerme se apoyó un poco encima de mí con sus brazos a lado y lado como haciendo flexiones. Pude acariciar su pecho y el vaho de su aliento lo podía sentir cerca al mío. Luego se dejó tumbar encima de mí completamente. Pecho con pecho, abdomen con abdomen aplastando mi verga excitada y su aliento a sexo, a culo, a macho muy cerca de mi cara.

    Nos dábamos calor el uno al otro. Jadeábamos al tiempo. Su pene entraba y salía, el morbo aumentaba en los dos. Nos miramos. Su boca buscó la mía. Esquivé el beso. Era algo que no me había planteado hacer con un hombre. José besó mi mejilla, pero arrastró su cara para buscar nuevamente mi boca. Giré mi rostro para evitar pegar los labios. Entonces besuqueó mi oreja y un cosquilleo me erizó el cuerpo. Me habló al oído con voz varonil sin dejar de menearse como guano:

    -Mami, ¿Qué pasa? Ven, dame un besito. Uno cortito nada más. No seas así con tu macho.

    Me excitó oírlo hablarme así, tan seductor, tan morboso y tratándome con dulzura, como si yo fuera realmente su hembra. Besuqueaba mis orejas sin dejar nunca de penetrarme con ganas. Me encantaba sentir su cuerpo de hombre agitándose encima del mío. Eran tantas sensaciones al mismo tiempo. Su piel suave, su calor, sus vellos, el sonido de sus jadeos, el olor a macho y esa verga infiel entrando y saliendo como pistón llenando mi espacio anal. Carlos, era todo un toro encabritado potente y bello encima de mi feminidad por fin exteriorizada.

    Volvió a intentarlo. No me resistí esta vez. No había razón para esquivarlo. Su boca afanada buscó mis labios. Cedí al beso. El vaho de su aliento a hombre penetró mis narices. Los labios se tocaron finalmente. Beso. Beso entre dos hombres. Iniciamos despacio, como explorando el tacto mutuo de nuestras bocas. Me daba picos, cada vez más largos. Se sentían suaves, húmedos y, sobre todo, tiernos. Nuestras miradas cómplices cerquitas aprobaban el beso. Fue instintivo. Las lenguas se tocaron.

    Primero muy tenuemente y poco a poco con más firmeza. Era tan erótico. Nos concentramos en ese beso definidor. Hasta dejó de embestirme dejando su pene quieto completamente arropado en mi culo. El beso cogió forma. Encontramos ese punto, ese ángulo en donde nos sentimos cómodos. Nos besamos con pasión. Jamás me hubiera imaginado que yo fuera a hacer algo así con otro hombre. Sentía mariposas por todo mi cuerpo al punto que yo no quería que ese beso terminara.

    El beso selló algo. Marco un antes y un después. Su culeo se hizo más entregado, íntimo y apasionado. Pero se detuvo. Sacó la verga y exhaló con profundidad.

    -¡Uf, Dios! –voltéate. Ponte ahora en mi pose favorita –dijo con voz cansada expresión de enfermo morboso.

    Me incorporé ya sin su cuerpo encima del mío. Ambos estábamos sudados. Le di la espalda y apoyé mis manos en la tabla horizontal de la cabecera. Alcé mis caderas para ofrecerle mis nalgas. Embadurnó con más crema nuevamente su condón que se había medio deslizado en su pene. Lo volvió a ajustar hasta el pegue de su pubis. Sentí después la punta de la verga deslizarse por la raya de mis nalgas nuevamente. Me dio varias palmadas juguetonamente. La última un poco fuerte.

    -Ay –exclamé y él se río con cierta perversidad.

    -¡Uf! me encanta este culo. Besas rico amor y eso que no querías ¡eh! –dijo sin dejar de rozar su verga por fuera de mi culito.

    -Si, tienes razón. Perdóname. La verdad, tú también besas rico –le expresé con franqueza.

    Sentí al toro otra vez. Hundió de una sola tacada su pene. Sentí que explayaba mi culo. Se sentía distinta estar en cuatro. Es la pose universal del sexo entre hombres. Esta vez no fue tan gentil. Sus movimientos parecían motivados por una descarga de ansiedad animal. Su pelvis golpeaba, chocaba a buen ritmo con fuerza contra mis nalgas. Él jadeaba con mayor intensidad y con sus manos agarradas en mis caderas. Mis gemidos se hacían desgarradores al compás del plap, plap, plap, plap de nuestras pieles al copular.

    Aceleró su ritmo. Me taladraba el culo con morbo, ganas, pasión, entrega. Sus manos se apoyaron en mis hombros como arrastrándome más hacia él. Sentí más profunda y total la penetración. Me encantaba eso, sentir al macho entregado detrás gozando mi cuerpo. Era una sensación única y nueva para mí. Su jadeo se volvió más grave, gutural. Se detuvo con su cuerpo contraído y sus manos se aferraron con más fuerza a mi cuerpo, casi arañándome.

    -Ah-ah-hm-mmmmm, ay, jueputa que rico-oh-hhhh. Ufff

    Sentí levemente pálpitos en mi culo. Entendí que estaba teniendo un orgasmo con su verga adentro. No lo interrumpí. Dejé que lo disfrutara. Luego del clímax emitió un sonido gutural profundo de satisfacción. Al rato, con su rostro colorado, sacó la verga y se quedó arrodillado como vencido sin dejar de necearme las nalgas con su mano. Lo miré al girarme hacia él y su rostro tenía esa expresión post orgásmica. Su cuello sudaba y su verga aún erecta, estaba cubierta con el condón algo zafado cuyo depósito estaba inflado y colgando lleno de abundante y pesado semen. Era una escena morbosa ante mis ojos.

    -¡Uf! Hacía rato que no culeaba tan rico.

    -¿Ni con tu mujer? –le interrogué.

    -Mi mujer culea rico, pero ajá, es la mujer de uno, a la que uno se coge cuando quiere. No es lo mismo. Tú me entiendes.

    -Sí, sí. Te entiendo. No hay mucha novedad.

    Miró el reloj. Faltaba un cuarto para las ocho.

    -Todavía podría quedarme un rato más si quieres. Como hasta las ocho y media.

    -Sino tienes problemas, pues si, por favor, quédate un poco más –le pedí.

    -Además, tú no te has venido todavía.

    -No pasa nada. Así me mantengo más excitado –le dije

    -Déjame ir al baño y reposarme un momento.

    -Sí, sin presión. No tienes que seguir, si no tienes ya más ganas –le expresé para que no se sintiera incómodo.

    Su verga se había dormido. Se fue al baño. Escuché el sonido de su orina en la taza. Después escuché la ducha. Me levanté yo también de la cama. Me fui a orinar y al entrar yo al baño, él estaba bajo la ducha dejando que el chorro de la ducha mojara su zona erógena solamente. Se la estaba enjabonando. Entendí entonces que se lavaba.

    Secó su verga y los huevos. Cogió su celular y me pidió que le diera unos minutos porque tenía que hacer una llamada. Habló con un tal Jairo sobre un negocio y una plata durante varios minutos. Eso me permitió a mí reposarme desnudo acostado boca arriba, mirando hacia el cielo raso, intentando digerir el mundo de sensaciones sexuales que acababa de experimentar. Había dado un paso gigante en mi vida y todavía ni me lo creía.

    Cuando terminó de hablar por teléfono, Carlos vino a la cama. Se sentó en el borde desnudo. Me acarició mi pene fláccido. Se inclinó luego y lo lamió hasta que se me provocó la erección. Al parecer íbamos a seguir jugando al sexo. Me chupó la verga despacio, sin afanes. Me gustaba como la comía. Con ganas.

    -Ya me arreché otra vez -dijo con sus ojos cerrados lamiendo el glande de mi pene.

    -Ya veo. Que bien.

    -Esto no se ve ni lo tengo todos los días. Tengo que aprovecharte al máximo.

    Se puso de pie y pude ver que efectivamente su verga había ganado cuerpo. Gruesa, bella, agreste, varonil, limpia, brillante con su vena inflada y poderosa. Me haló para que yo me sentara en el borde de la cama como cuando iniciamos. Ya sabía qué era lo que él deseaba. La metí en mi boca y otra vez sentí el placer de mamarle su falo. Ahora más tranquilo, con menos ansiedad.

    Me concentré en disfrutar las texturas blanda y liza del glande; y dura y corrugada del tallo. Todo eso llenaba mi boca. Me encantaba mirarlo a los ojos lamiendo la parte baja de su glande sensible. Su erección llegó a su máximo. Su carne toda en mi boca. Luego se desprendió de mí. Se sentó entonces en la cama con sus piernas velludas extendidas sobre la sábana blanca y su espalda en dos almohadas apoyadas contra el espaldar de la cama. Su verga parada parecía una asta apuntando al cielo.

    -Ven, quiero que te me sientes tú encima.

    -Ah, ¿quieres que te cabalgue? -pregunté neciamente la obviedad.

    -Si, ven, como caballito, así la vas a sentir toda adentro –habló con vulgaridad en su cara y colocándose otro condón que había sacado previamente del bolsillo de su pantalón.

    Tomó el tarrito de crema y aplicó una buena cantidad por todo su falo. Yo, al verlo allí, tan morboso, vulgar, atrevido y tan hombre me llené de ganas. Me iba a ensartar en la verga de un hombre. Era algo que me excitaba ver en escenas porno. Pensé un poco en Paola que siempre me dice que esa es su pose favorita.

    Me acomodé encima de él con mis piernas abiertas franqueando su cadera. Me senté en sobre sus muslos y nuestras vergas se juntaron. Nos miramos a la cara. Él acariciaba mis tetillas y yo jugueteaba a enredar mis dedos en su pecho peludo.

    -Ven, álzate, échate un poco pa’ lante.

    Lo hice para su beneficio. Carlos agarraba su picha dura, meneándola como buscando que su glande tanteara el punto exacto de mi hoyo anal. Lo halló. La embonó y me pidió que me dejara caer encima despacio. Lo hice y pude sentir que su verga explayaba mi orificio, entrando hasta que toqué suelo. Quedé sentado encima de su pelvis. Su verga llenaba mucho más mi ano.

    Me sentí cómodo en esa pose. Mis manos apoyadas en sus hombros y Carlos con sus manos bajo mis nalgas ayudando a menearme. Lo sentí tan macho, tan hombre y aunque jamás se lo expresé, en ese instante mágico, yo me sentí toda una hembra. Su hembra. Esa sensación fue única, especial y placentera. Comprendí entonces a Paola.

    Yo subía y bajaba para sentir la penetración total. Cada vez que me sentaba me sentía suyo, o más bien suya en ese instante. Esta vez fui yo quien buscó sus labios. Él, complacido correspondió. Nos besamos aforadamente danzando el culeo. Me sentí haciendo el amor, completamente entregado. Carlos comenzó a estimularme la verga, masturbándome al ritmo del meneo de mis caderas. A ratos dejaba mi beso para lamerme las tetillas.

    El placer llegó al máximo en mi cuerpo y sin avisar, gimiendo más intensamente, eyaculé contra su abdomen humedeciendo sus vellos y mojando su mano que no paró de pajearme. Sonrió al sentir en su mano mi leche tibia. Nos comimos a besos. Un beso intenso, apasionado, carnal, animal, profundo y húmedo.

    Después me habló al oído entre jadeos y gemidos:

    -Mami, ¿quieres leche? ¿quieres la leche de tu macho?

    -Sí, ah, sí, dame tu leche, sí.

    Me empujó sin brusquedad para que yo me desensartara de su cuerpo. Yo me dejé tumbar en la cama boca arriba. Él se incorporó ansioso, hábilmente retiró el condón y se pajeó afanosamente acercando su verga a mi cara arrodillado en la cama. Lo vi gigante desde el ángulo de mi visión. Contrajo su cuerpo, sus ojos se dilataron y su verga estalló en mi cara. El primer pringo tibio y potente de semen lo sentí caer encima de mis labios cerrados y luego otros chorros mojaron mi cara y mi nariz. Carlos gimoteaba su segundo polvo.

    Yo experimentaba embelesado la famosa fantasía de la leche en la cara que tanto morbo genera en nosotros los hombres. Luego, aun chorreante y palpitando su verga resbalaba por mis labios como buscando entrar en mi boca. Dudé por un instante, pero poco a poco abrí mis labios y dejé que la hundiera. El sabor del semen pegajoso llenó mi boca de un nuevo sabor. La textura de su sexo sucio de espesura láctea, lejos de desagradarme, resultaba suave, tibia y reconfortante en mi lengua. Evité tragar semen, pero no fue tan fácil impedirlo del todo.

    Luego la sacó de mi boca y con vulgaridad se la sacudía azotando mi cara. Le divertía hacer eso y a mí también.

    -Que polvo rico que echamos.

    -Si, muy rico –dije con mi boca pegajosa de semen.

    Se puso de pie. Estaba rojo y exhausto.

    -Ahora si me tengo que ir, sino quiero tener líos en mi casa.

    -Y si tu mujer quiere un polvo, ¿tendrías leche para ella? –le pregunté más por bromear.

    -Ja, ja. No-ooo. No le dejaste nada. Ella cuando viene del hospital no quiere saber nada del mundo. Solo dormir. Así que no tendré lío por eso, ja, ja. A esa hora, ni si le lamo la chucha y se le moja, me dejaría culeármela, ja, ja.

    Me reí de su comentario viéndolo vestirse con agilidad. Me levanté desnudo todavía para despedirme de él. Faltaban cinco para que fueran las ocho y media. Me agarró por las nalgas y me asió hacia él. Me habló acercando su cara a la mía justo detrás de la puerta con esa actitud de macho que me fascinaba.

    -Gracias. Me hiciste el día. Que culiada sabrosa.

    -Gracias a ti. Me hiciste vivir cosas que no conocía.

    Nos miramos en silencio. Me besó despacio, pero con firmeza. Abrió la puerta, me guiñó el ojo y se marchó.

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  • Cambio de planes, abandonamos el streaming

    Cambio de planes, abandonamos el streaming

    Nos habíamos desinhibido en lo sexual, primero habíamos hecho participar a terceras personas, luego participado de una fiesta swinger, habíamos grabado en vivo (streaming) desde nuestra casa en una habitación especial, pero no le encontrábamos la vuelta para vivir de esto porque no monetizaba bien e implicaba muchas horas

    Pasaban los días, la cantidad de visitas por sesión no aumentaba y las ideas de nuevas sesiones no aparecían.

    -Paremos esto, no funciona y me estoy aburriendo. Dijo mientras se iba al baño secándose el lubricante de su vulva.

    Y surgió la idea.

    ¿Y si nos enfocamos en grabar videos, los editamos y los subimos a las plataformas? De esa forma el trabajo sería el mismo pero sin tener la presión de tener que mantener usuarios online.

    -¿Y si cambiamos de temática? Le dije mientras ella estaba en la ducha.

    Ella abría los ojos cada vez más grandes mientras se enjabonaba las hermosas tetas que tiene.

    Busquemos que es lo que más funciona y que publico tiene y vayamos por ese camino

    -¿De que hablas? dijo

    -Te espero en la sala de estar, dije mientras cerraba la puerta.

    Allí nos servimos una copa de vino y unos snacks, encendí la TV y busque en plataformas de porno “extreme insertions” “extreme toys” “huge dildo insertion” y ella quedó sorprendida de un submundo que se abría frente a ella. En la pantalla no paraban de reproducirse videos de chicas o parejas con grandes dildos, también puños (fisting) botellas, latas, frutas y verduras, objetos diversos como desodorantes, cepillos y objetos de cocina por enumerar algunos, se le notaba a ella la respiración entrecortada, hacía una media hora que no parábamos de saltar de video en video

    -¿Te calienta mirar? pregunté

    -No me imaginaba esto, no soy de mirar porno, lo sabes. Dijo

    -Sí, me calienta, y me quiero imaginar cómo poder llegar a ese tamaño de dilatación, dijo

    Me agaché al lado de ella y le di un profundo beso, deslicé mi mano bajo la blusa y encontré una vulva grande y su vagina dilatada y húmeda.

    La botella vacía de vino estaba sobre la mesa chica y terminó con todo el pico dentro de su húmeda vagina, primero se estremeció cuando el frío vidrio la tocó y luego abrió sus piernas.

    -¿Quieres probar con algo más? Pregunté

    -En la heladera hay cosas, dijo.

    Había un zucchini y una berenjena pero esta era muy grande, traje ambos luego de enjuagarlos, en la TV se repetían las imágenes a pesar de que los videos iban cambiando, el zucchini entró todo sin resistencia, la berenjena no a pesar de varios intentos y mucho lubricante, un par de veces ella me avisó con su mano cual era el límite y hoy no iba a poder ser.

    Terminamos follando como dos adolescentes sobre el sillón de la sala, me calentaba de sobremanera su vagina abierta y suelta, no pude aguantar ni un par de minutos cuando la inundé de semen, ella demoró un par de minutos más, ambos estábamos con ganas.

    -La clave está en la preparación y la dilatación, van a salir unos hermosos videos si continuamos por este camino, y nos vamos a divertir mucho filmándolos. Dije.

    Ella sonrió mientras un hilo de semen bajaba por su pierna.

    Esa noche nos acostamos y mientras yo me dormía ella cerraba la compra que teníamos en el carrito de compra del sex shop.

    Eran la dos de la tarde, me llegó una notificación del sitio de streaming, ella se había conectado, no había nadie frente a la cámara y se escuchaban ruidos, ella limpiaba la habitación y pasaba frente a la cámara que grababa cada movimiento, como sonido de fondo se escuchaba la TV pero no era nada conocido, tal vez una serie nueva, algunos gritos, cuando pasaron a quejidos me di cuenta que en la TV había porno, ella se iba de la habitación y volvía a seguir limpiando, en determinado momento tomó el pomo de lubricante y se fue, la cámara quedó filmando la zona alfa donde no había nadie.

    Estuve tentado a llamarla por teléfono pero no quería interrumpir su momento, si era que lo estaba teniendo.

    A eso de las tres de la tarde recibo una notificación, esta vez era una foto al servicio de mensajería, la abrí y era ella, estaba recostada en un camastro del patio leyendo…

    “escribiendo”

    “escribiendo”

    -¿Quieres tomar ahora o después? Decía

    Otra foto igual a la anterior, pero de piernas abiertas, se veía el pico de una cerveza mejicana de botella transparente de 355 mililitros, toda la parte ancha adentro y solo el pico para afuera, sin destapar.

    -¿Quieres destaparla y tomarla antes que se caliente? Decía el mensaje

    -¿Por qué me haces esto? Le pregunté.

    -Me gusta, me divierte y me calienta que vos estés de pija dura y no puedas venir, contestó…

    A las seis de la tarde cuando llegué, ella olía rico y la casa también. Había tenido tiempo para hacer todo, con el profundo beso que le di, quise meter la mano debajo del vestido y me bloqueó el paso.

    -Primero ve a bañarte y luego hablamos

    Estaba en la ducha y pregunté en voz alta si habían llegado los bultos de la compra, me contestó que uno solo, que el otro llegaría al día siguiente.

    -¿Me los vas a mostrar? Le dije

    -Luego. Contestó

    Mientras me secaba y salía del baño volví a preguntar

    -¿Usaste bien el tiempo en la tarde?, le dije

    Me contó que estaba limpiando y al prender la tele comenzaron a reproducirse videos de los que habíamos visto la noche anterior, de chicas con objetos en la vagina y el culo. De vez en cuando paraba a mirar alguno que le llamaba la atención.

    Me contó que los de fisting anal y vaginal le llaman mucho la atención y los que son con grandes consoladores aún más, pero cuando vio uno con botellas le dieron ganas de probar y ahí fue donde me pasó la foto.

    -No filmé nada, solo probé los límites, me había calentado mucho con los videos y probé con diferentes cosas de la casa, de la cocina, del baño, de la heladera y el límite son unos casi siete centímetros de diámetro. Como los juguetes mas grandes que tenemos

    -Vi en un sitio de internet un dildo, que hay en 3 medidas, son de una silicona blanda como a vos te gustan, le dije.

    -¿Tamaño? Preguntó

    -El chico siete centímetros en la cabeza, el mediano ocho y el grande nueve, contesté

    -Déjame verlos y después vemos, contestó.

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  • Me convertiste en mujer, mi virginidad anal será por siempre tuya

    Me convertiste en mujer, mi virginidad anal será por siempre tuya

    Te vi a los ojos mientras te acariciaba al cabello y sonreía en erótico enamoramiento. Tu cuerpo encima del mío, sofocándome. Desnudos los dos, solos, en secreto, en clandestino encuentro. Podía ver mis sensuales pies de princesa como tocando el cielo mientras mis torneadas, suaves y depiladas pantorrillas abrazaban tu espalda alta, a la vez que mis rodillas sentían el cosquilleo de los vellos de tus axilas.

    Me mirabas con tus ojos seductores recorriendo todo mi rostro, saboreabas mis labios en la distancia provocando sádicamente que quisiera que me los mordieras de deseo. Disfrutabas el momento sabiendo que habías vencido todas mis excusas, todos mis temores y al fin era tuya. Habías logrado al fin que olvidara mi hombría y que decidiera entregarme a ti y te obsequiara la inocencia de mi esfínter anal para que lo conservaras como un trofeo; una muestra de tu triunfo como señor y soberano de mi cuerpo, tanto de fuera como dentro de él.

    Mientras mis redondas y robustas nalgas sentían muy cerca el vapor caliente que emanaba de tu delicioso miembro, supe que apenas faltaban unos segundos para que rompieras el sello de castidad de mi ano.

    En ese momento, vinieron a mí muy rápidamente los recuerdos: tú me escribiste por vez primera diciéndome que habías leído mis relatos y que te gustaban. Yo me había ruborizado pues me sentí tan bien que alguien me pusiera atención. Yo, una simple y tonta nena travesti de closet, quien debido a un mísero e insignificante micropene comencé muy temprano en mi juventud a fantasear con ser una princesa en vez de hombre; escondida tras la fachada de un individuo común, pero por dentro con la necesidad de ser protegida, feminizada, dominada y atender los deseos de alguien que me vistiera de mujer y me hiciera saber que debo ser de él.

    Llevado únicamente por el apetito sexual que me provocas, te respondí pidiendo una foto. Me moría de ganas por ver un miembro. Y allí fue, en ese correo, mientras veía esa imagen de tu verga que sin duda habías masturbado hasta agotarla pues en su punta deliciosamente emanaba una prueba de semen, que supe que había llegado el momento de entregarme, transformarme en esclava y que únicamente podría sentirme realizada al ser penetrada y poseída por ti.

    Nunca olvidaré la locura que me embargó al comprar esos zapatos color piel, destalonados y de pequeño tacón, que al amarrar su pequeña hebilla por mi talón me excitaron al sentir mis pies en ellos. O como ese vestido enfundó tan femeninamente en las curvas de mi cuerpo, resaltando mis caderas, cintura y posaderas, a la vez que llegaba muy arriba de las rodillas mostrando sensualmente mis piernas.

    Recuerdo cómo concertamos por correo esa cita, cómo te confesé que quería vestirme cómo una nena y entregarme a ti sin refrenar en nada nuestra pasión y tú me lo exigiste y describiste cómo debería yo obedecerte y vestir para ti. También recuerdo cómo viajé hasta tu ciudad, el hospedarme en ese hotel, maquillarme, rizar mis pestañas, peinar esa peluca pelirroja hasta los hombros y verme al espejo tan elegante, tan mujer, tan femenina, tan deseosa de ti. Me sinceré conmigo misma ante esa imagen reflejada: “mereces que alguien te penetre rico y que te complazca hasta dejarte cansada” me dije.

    Llamaste a la puerta de la habitación. “¿Genoveva?” preguntaste sorprendido de ver a la sensual doncella que te invitaba a pasar. Me tomas te de la mano. Nos vimos a los ojos “¿Mi Amo José Luis?” te respondí, y allí fue que besé a un hombre por primera vez. Me entregué con fogosidad a ese beso, era el primero. Mi lengua se entorchó a la tuya degustándola. Nos separamos, nos sentamos en el sillón y hablamos largamente como dos enamorados. Tomaste mi pierna, la acariciaste y desamarraste la cinta de mi zapatilla destalonada y me la quitaste. Me besaste enardecido, perdí la consciencia de mí y me abandoné a tu voluntad. Lentamente me desnudaste.

    Al quedar vestida solo en lencería, toqué por vez primera tu enorme, gordo y delicioso miembro por debajo de tu pantalón, lo apreté con la mano y te rogué implorándote: “José Luis: Penétrame, hazme mujer, mi culo ya no desea esta virginidad que me estorba, estoy cansada de ella, soy tuya, te lo suplico, te lo pido por favor”.

    Regresé a la realidad. Tu y yo desnudos, ardientes sobre la cama, tu sobre mí. Noté como tu cadera se empinó para tomar impulso y tu colosal pene comenzó a abrirse camino separando mis nalgas, llegando a mi agujero que estaba empapado y forzándolo empezaste a entrar en mí. Cerré los ojos, gemí y sentí un dolor incalculable.

    Como una punta de flecha, tu órgano, duro como una barra de acero hirviente, rasgó las fibras de mi ano, separándolas dolorosamente. Sentí como la cabeza de tu verga desgarraba mi virginidad anal. Mi recto envolvió el glande de tu miembro que pulsaba estando ya dentro de mí. Lágrimas de dolor y placer salieron de mis ojos. Sonreíste, me las secaste con las manos y me besaste. “Tu virginidad es del pasado” me dijiste. “Prepárate, voy a entrar más”.

    Gemí, sujeté las sábanas con las manos, grité y lloré al sentir el cuello de tu falo atravesando inmisericorde desde la puerta de mi ano hasta el fondo de mi recto. Fue un tiempo eterno, tanto porque lo hiciste muy lentamente, como porque su delicioso tamaño prolongó el deleite de sentirte al fin dentro de mí.

    De pronto, sentí los vellos de tus testículos en mis nalgas. Habías entrado todo. Sudábamos. Tus gotas caían en mi cara y yo sentía esa lluvia con gozo. Era un manjar completo. Al fin me sentía mujer por dentro y por fuera. No pude entender en ese momento por qué había tardado tanto en permitirme sentir esa delicia. Sonreíste con malicia. Ambos sabíamos que a partir de ese instante yo nunca dejaría de ser tu esclava sexual y mis deseos estarían siempre sometidos a los tuyos.

    Tomaste ritmo, entrando y saliendo de mi culo deliciosamente. Perdí la noción del tiempo, estaba enloquecida. Cuando me di cuenta ya no entraba luz por las ventanas, había entrado la noche y tu continuabas penetrándome, eras un semental. Súbitamente tus metidas de verga erecta se hicieron más potentes. Los dos gritábamos, sollozábamos, gemíamos. Tú me decías “Qué rico tu culo Genoveva”. Yo respondía “¡Qué deliciosa tu verga dentro de mi José Luis, soy una travesti, soy una princesa, soy una nena, soy al fin una mujer!”.

    Tus chorros de leche fueron inagotables. El primero me quemó todo el intestino, el segundo fue más espeso, el tercero fue muy abundante. Después, olvidé la cuenta, fueron demasiados e intensos, tantos que hicieron que mi micropene rebalsara de semen y en mi ano sintiera un cosquilleo que me provocó un delicioso orgasmo anal con el que mojé de sudor toda la cama. Mi corazón explotaba sintiendo haber corrido kilómetros en solo segundos. Fue la desvirgada de culo más deliciosa que pudo existir en el mundo para una nena travesti de closet como yo. Gracias por hacerme mujer.

    Me estoy recuperando frente al teclado. Mi mano, las teclas y el ratón están inundadas de semen. Estoy sudando y jadeando de placer. Mis sandalias doradas planas con que me veo como una princesa casi revientan sus cintas de lo entumecido que estaban mis pies mientras llegaba al orgasmo. Mi ropa de princesa que tenía puesta voló por toda la habitación mientras me regocijaba caliente. Este relato que viene de mi fantasía me excitó demasiado, tanto como imaginar que lo lees y lo disfrutas. Adoro escribir para quienes me escriben y masturbarme para ti.

    Escríbeme y, mientras, te mando un beso para que lo coloques donde más te guste.

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