Categoría: Sin categoría

  • Polvazo con una amiga al contarle lo del socorrista con mi mujer

    Polvazo con una amiga al contarle lo del socorrista con mi mujer

    Le conté a una amiga que el socorrista de la piscina se folló a mi mujer; esta amiga la conocí en las redes sociales, vive en otra ciudad, habíamos intimado bastante, hemos tenido sexo virtual o sexting que quizás cuente en otro momento y al decirle a mi amiga lo que había pasado me dijo que se lo tenía que contar cara a cara cuando nos viéramos.

    Íbamos a quedar en un bar, pero ella sugirió que mejor en un lugar tranquilo donde no nos interrumpieran. Así que la llevé a una casita que tengo en un pueblo cerca. De camino le expliqué lo que pasó: lo que me pareció ver en la piscina que se magreaban mutuamente cuando se supone que el socorrista le daba indicaciones para mejorar el estilo y al salir de la piscina vi que ella se metía en el cuarto del socorrista, yo me fui a la ducha sin pensar en lo que estaba pasando cuando al salir escuché los gemidos de mi mujer, me asomé y vi la escena sin saber reaccionar.

    Seguía con mis explicaciones cuando llegamos a la casa y nos pusimos cómodos, mi amiga quería que le contara con todo detalle lo que recordaba: si estaban desnudos, las posturas, lo que escuché, los orgasmos de mi mujer, porque la conozco bien, la corrida del tío…

    Seguía muy atenta a mis explicaciones, ya sentados en un sofá de la casa, ella puso sus manos sobre mi pierna y de vez en cuando pasaba una de ellas por mi cabeza con pretensión de consolarme ante el relato de cuernos que le estaba contando, cada vez estaba más cerca de mí, una de su mano que acariciaba el muslo de mi pierna había llegado a la entrepierna y noté su roce en mis huevos y mi polla que he de decir se me había puesto dura con la narración de mi mujer follando con el socorrista, e intentaba que no se notara.

    Se había acercado tanto a mí que sus pechos rozaban mi brazo, notaba unos bultos que se adaptaban a la parte de mi cuerpo donde entraban en contacto, paré de hablar cuando noté su respiración junto a la mía, nos quedamos mirando, ya tenía una de mis manos cogida con la suya, se fue acercando más, mi otra mano la situé en su cadera, notando su braguita al tacto por encima del pantalón, sus labios rozaron los míos y seguidamente nos fundimos en un beso intenso de labios y lengua.

    Nos comíamos la boca mutuamente mientras nuestras manos recorrían todas las zonas donde alcanzaban del otro.

    Cuando se separaron los labios, nos quedamos mirando sin dejar de abrazarnos.

    -¿Estás segura? -Le pregunté

    Sin mediar palabra volvimos a unir nuestros labios y ya nos sobraba la ropa. Nos empezamos a querer quitar uno a otro las prendas y le dije que quería contemplar su cuerpo, quería deleitarme con cada centímetro de su piel al quedar al descubierto. Era la primera vez que estábamos cara a cara, piel con piel.

    -Quiero que te vayas desnudando sin prisa pero sin pausa. -Le dije.

    Se desabrocha y baja sus pantalones ya descalza y contemplo sus contorneados muslos, quedando la braguita aún oculta bajo el final de la blusa, pero vislumbrando ya su redondito culete. Se va desabrochando la blusa quedando el sujetador que guardan unos hermosos y abultados pechos. Sin dejar de mirarla ya me he quitado los pantalones y la camisa, me acerco a ella y pongo mis manos en sus caderas, noto sus curvas en mis manos a la vez que su temperatura corporal, si ya estaba excitado, ahora mucho más al sentir directamente su cuerpo con el mío.

    Mis manos van subiendo por la espalda mientras nos seguimos besando, más bien comiéndonos uno al otro, le desabrocho el sujetador y deslizo sus tirantes por los hombros y brazos, se le pone la piel de gallina al hacerlo y ante mis ojos quedan al descubierto el gran manjar que son sus pechos, con los pezones con bonitas aureolas que están pidiendo que los chupe, mordisquee y succione.

    Mientras mi boca sacia mi deseo pasando de un pezón al otro que muerdo y chupo a placer, mis manos deslizan su braguita para abajo y la deja caer quedando desnuda y tener ante mí, una venus con unas curvas que no dejo de acariciar y que se convierte en un sobeteo para no desaprovechar cada centímetro de su deseable cuerpo, un deleite para mis ojos, para mi boca, para mis manos y para mi miembro que ella se ha encargado de liberar.

    Sus manos no dejan de jugar con mi pene mientras dibuja una sonrisa pícara en su cara, más duro y tieso no puede estar, hace ángulo recto respecto a mi cuerpo. Me siento en el sofá desnudo, ella me besa en los labios, en el cuello, en mis pezones tiesos, en mi barriga y al fin besa en la punta del capullo para seguido abrir la boca y pasar su lengua alrededor, me moja todo él de su saliva para luego meterlo en su boca y tragar el mástil hasta llegar a su garganta. Mis manos no pueden quedase quietas, de sus pechos pasan a su culo y vuelven a sus pechos, no sabría decir qué me gusta más tocar.

    Sus manos recogen una mis huevos y la otra agarra el tieso pene en su base mientras su boca se desliza arriba y abajo haciendo un chapoteo con la humedad que deja su saliva y se une mis primeras erupciones que ella ha notado porque suelta una sonrisa sin sacarse la poya de la boca y porque me dice que está saladillo -muy sabroso-y sigue relamiendo hasta que le cojo la cabeza con mis manos y se la saco de la boca, le digo que si me la sigue chupando así me voy a correr y no quiero tan pronto, que ahora me toca a mi comerle la almejita, ella asiente pero dice que prefiere estar cómoda en una cama.

    Nos incorporamos, sin dejar de acariciarla, ella me lleva agarrando el miembro con la mano hasta llegar a la escalera de caracol que sube al piso de arriba, donde están las camas, subimos, se tumba boca arriba y abre las piernas, tiene un coño con poco vello púbico, corto y bien cuidado.

    Le acaricio los muslos mientras lo contemplo, su tono sonrosado invita a pasar la lengua cosa que hago desde abajo hasta el clítoris, escucho un suspiro y sus manos se enredan con el pelo de mi cabeza, eso significa que quiere que se lo siga comiendo, mi lengua va y viene del clítoris a la entrada de su rajita, los suspiros se convierten en gemidos, hago que mi lengua aumente su frotamiento ayudada por los labios, mis manos en sus muslos notan sus contracciones musculares hasta que suelta un gemido mayor y se queda tensa, señal inequívoca que le ha llegado un orgasmo.

    Me incorporo y me acerco despacio a sus pechos que chupo con delicadeza mientras una mano se acerca acariciando su muslo hasta la entrepierna, los dedos se mojan con la humedad mezcla de sus efluvios y mi saliva.

    Mi boca de sus pechos pasan a su boca al tiempo que un dedo se desliza dentro de ella, que coge mis labios entre sus dientes y me los muerde mientras sonríe, entonces saco el dedo y froto sus clítoris de forma acompasada, arriba y abajo, con la otra mano le masajeo el culo y uno de los dedos se acerca a su ano recreándose en la entrada mientras froto y froto su clítoris, al poco rato arquea el cuerpo y vuelve la rigidez del cuerpo que acompaña al orgasmo, su cara de felicidad es para enmarcar, me sujeta la mano con una suya para separarla del clítoris unos segundos y la vuelve a poner, vuelvo a masajear el clítoris y no tarda en venirle una tercera corrida y con ella una risa floja.

    -Basta porfa, me das mucho gusto, pero ahora te toca a ti, además quiero sentirte dentro.

    Me pongo un condón, no queremos sorpresas, no de embarazo, que no puede ser, no debemos actuar de forma irresponsable que afecte a terceras personas.

    Ella sigue tumbada boca arriba, las piernas abiertas, no deja de mirarme y de sonreír, me acerco de rodillas, estoy entre sus piernas, me ayudo con la mano a situar mi pene en la entrada, ella lo nota y abre la boca de deseo.

    Avanzo con mi miembro ya iniciada la entrada, nos miramos, siento como me voy deslizando dentro, ella sigue con la boca abierta, sus ojos cambian de mirada, aunque están abiertos miran para adentro, a lo que tiene ya dentro de ella, saca la lengua para mojarse los labios que se le han quedado secos de los jadeos, que no tardan en volver a escucharse, salvada la primera resistencia mi pene se desliza dentro y fuera con toda suavidad, empieza un ritmo de bombeo mientras me acerco a besarla, quiero unirme a ella por abajo con mi pene y arriba con mi lengua, sigo metiéndosela y sacándola, dentro fuera dentro fuera y sin que yo quisiera la explosión llega.

    -Diosss, me has hecho correrme.

    Me dejo caer sobre ella, me quedaría así eternamente, ella me acoge con sus brazos y me responde.

    -Tú me has hecho correrme más. Nunca había hecho esto con otro hombre que no fuera mi marido. Pero es que me habías puesto muy cachonda al contarme lo de tu mujer y te veía con necesidad de desahogarte. Me has hecho sentir la frescura del roce de una piel con otra piel, con este olor a hierba del campo, de estar completamente desnudos en una tarde entre gemidos y risas, de quemarnos hasta arder en el deseo de fundirnos los dos en un sólo cuerpo.

    -Ha sido sublime el polvo que hemos echamos, los dos creo que nos hemos quedamos muy satisfechos y seguramente que a la vez que mi mujer y el socorrista, pues ella me dijo que iría a la piscina mientras yo había quedado contigo.

    Loading

  • Mi nuera, mi amante, mi puta (3)

    Mi nuera, mi amante, mi puta (3)

    Sara ansiaba hacer ese trío, sí o sí, que buscara un hombre de mi confianza, por obvias razones de prudencia y privacidad, para incorporarlo y hacerlo como en una escena de una peli porno que habíamos disfrutado juntos. Se había quedado enganchada en esa temática, esa fantasía le había calado hondo en su deseo, yo asumí el compromiso de hacer todo para complacerla, el asunto era con quién.

    No tenía bien en claro a quien contactar, menos aún como plantearle el tema de la relación familiar, no es algo tan corriente, si bien es cierto que alguna vez estuve en un trío, con dos mujeres, esto era distinto, y sobre todo con mi nuera como “relleno del sándwich”.

    Por eso de las causalidades, se dio encontrarme en una reunión con Gerardo, viejo amigo, compinche varias aventuras de puterío, compartíamos un trago y quedamos en tenía que verlo para concertar algo que necesitaba comentarle, pero no era el momento ni el lugar.

    Dos días más tarde pasó por mi oficina, whisky de 12 años para amigos fue la compañía para la propuesta de hacer un trío.

    —Amigo, tengo una propuesta, como hace tanto tiempo, ¿recuerdas aquel trío con esa amiga… la rubia algo loca y muy caliente? —sonríe y asiente con la cabeza.— Bueno… tengo una gran hembra, digna de nuestros mejores polvos, pero… sabes se me hace algo, digamos confuso como decirlo…

    —Pues nada hombre, somos amigos, a como salga, venga ese asunto.

    La tenía bien clara, me facilitó la situación, evitó un preámbulo engorroso.

    —Bueno ahí va, de una, derecho al asunto: Resulta que hace un tiempo nos quedamos solos con Sara, ¿la recuerdas?, mi nuera me confió que últimamente no está teniendo buen sexo, más bien poco y no tan bueno, le está complicando su relación y ahí mismo se puso a lloriquear y todo eso… La cuestión es que sin saber cómo ni por qué nos enredamos en un abrazo y…

    Al calor del abrazo y un mimo de más llevó a un cariñito y esto a un besito y luego el diablo metió la cola y… terminamos en caliente pecado carnal. Le gustó, me gustó, nos gustamos y nos seguimos viendo, bueno cogiendo por decirlo con todas las letras, ahora es mi amante, mi puta, como le gusta decir. Ufff no me fue fácil contarlo, ahora vamos derecho al grano: Sabes cuánto somos de amigos, eres un amigo con el que tuvimos más de una aventura, varias veces compartimos la misma mujer, bueno… por ahí viene la cosa, Sara quiere que aporte un hombre para formar un trío.

    —Hmmm

    —Hmmm… qué. No tengo otro más confiable y discreto que tú, además no sabría cómo hacerlo, eres mi amigo más confiable, lo sabes. Si es una negativa ni necesitas decir el motivo, te voy a comprender, pero… es algo que ella quiere y la verdad me tiene muy caliente y muy metido con ella para poder negarme a hacerle el gusto…

    Esos segundos que demoró me parecieron eternos.

    —Luis, no sé cómo decirlo, pero es un sí.

    —Ufff… qué bueno, no sabía cómo hacerlo.

    Terminamos un segundo trago y brindamos por esta nueva aventura.

    Un mensaje de texto fue el escueto y cifrado mensaje que le llegó a Sara: “gestión cumplida, sí al trío”. La respuesta tardó lo que canta un gallo: “papito te quiero, soy tu puta, muy puta. Gracias”

    Antes del encuentro tan buscado hubo tres o cuatro encamadas, necesitaba que su culito estuviera bien entrenado. Andaba re caliente y contenta como gato con dos colas. ¡Ja!

    Por fin… había llegado el día, bueno la tarde, señalado para el encuentro en mi “aguantadero”, el nido donde damos piedra libre a nuestros encuentros de pecados. Llegó temprano, producida para un encuentro especial, hasta se había hecho “tira de cola” (depilar la zona anal).

    Lencería color negro y sex, tanga casi transparente permite ver el seductor contenido, cubre justo papo y suave vello recortado que le da volumen, corpiño a reventar con el tamaño casi cien de tetas, turgentes por la calentura de su dueña. Las lolas (o tetotas) son algo digno de admirar, se mantienen bien erguidas y vibran saltando al caminar, seducen con solo verlas, ni que hablar cuando se le puede meter mano, una obra de arte hecha carne turgente coronada de pezones tentadores, los “timbres para pedir entrar al paraíso de los deseos”

    Esa debe de haber sido la impresión que recibieron los ojos de Gerardo cuando la presenté, al centro de la sala

    —¡Date una vueltita para tus papis! Gira lento y con cadencia, como un artista exhibe su obra, ella es el “modelo terminado” de voluptuosidad y pecado hecho carne.

    Las presentaciones fueron para que la “prima donna” entre en la escena, para el comienzo de la función, todo está dado para disfrutar de un momento de placer, único por las características y los partícipes. Seguro que no soy el único, pero para quien ni en sus momentos de calentura alucinó con este momento que estoy por ingresar a la fragua de los deseos y cumplirlos.

    Un trago siempre es buen compañero para entrar en clima, los brindis juegan a enredarse y compartir, a potenciar la libido, minimizar frenos morales, calentar los instrumentos del trío “seduciendo a Sara”, brindis, beso de lengua fue el “gracias” que recibimos los hombres de “la Doña Flor y sus dos maridos”, dijo con sorna, se “deshoja”, exhibe la “mercadería” en lencería sexy.

    —¡Auuuu!… aullaron los lobos saludando a la Sara.

    —¡Vamos niña! ¡Qué comience la función!

    Sara comenzó por despojarnos de las ropas, el modo de hacerlo decía que se había inspirado en alguna peli y tal vez jugaba su rol de stripper para sus hombres. Por cierto, que lo hacía muy bien, tomándose el tiempo para caldear los ánimos y encender los deseos. Con los pantalones y calzones en los tobillos, de pie ante la dama, estudió los atributos masculinos palpó la textura y tamaño, distintos, pero igualmente deseables. Germán la tiene algo más larga que yo, pero menos gruesa que la mía

    Mueve en simultáneo, agita suave, estudia y besa en la cabeza, un beso como para abrir el juego y entrar en tema. Se alterna y lame por turnos, nos mira, vuelve a los miembros, los ojos inyectados de lujuria, se agita cuando le sacamos el soutién, nos apropiamos de una teta cada uno, despertar sus primeros gemidos y hacerla mojarse abajo.

    Se maneja como pez en el agua, dirige el manipuleo de miembros con graciosa soltura, por momentos no juntas las cabezas entre sus labios, intenta sin éxito meterse las dos juntas, opta por mamar de una a la vez. Se muestra bien putita y eficiente chupadora de pijas, German está sufriendo el efecto de la mamada y dice:

    —Guauuu, que bien chupa la niña, tienes un buen maestro… —Asiente con los ojos.

    La calentura asciende y se hace dueño de German, que ahí mismo comienza a moverse, cogiendo la boca de Sara, se agarra de la cabeza y se la está metiendo, mientras con la otra mano me sacude manteniendo la erección a pleno. Es una peli porno, en vivo, es algo que solo se puede sentir, no hay adjetivos, solo es vivirlo al calor de la carne propia, ella sigue disfrutando el fragor del deseo y el festival de hormonas que hacen reina por un día. Momento de cambio, es mi turno, se la mete toda y la agita, sabe cómo me gusta, mientras sacude la mojadísima verga del amigo caliente como una caldera.

    Ya es tiempo de atenderla, tendida en la cama, desnuda y ofrecida, acosada por dos bocas ardientes y cuatro manos insaciables la conmueven. Es tiempo de ocupar los lugares de combate, le cedo el primer turno, de metérsela, yo me ocupo de tener su boca ocupada con mi carne. German se arrodilla y lame la concha, busca con los dedos estremecerla desde dentro, fácil, se deja hacer y llevarlo dentro cuando se afirma en los muslos de la mujer para mandarse dentro con su pija.

    —Tranqui papi, no te vengas tan pronto, necesito que me cojan mucho.

    —Ja, bien muchacha, cambiemos

    Ella monta, se sienta dándole la espalda, para ofrecerme el espectáculo de ver como se monta en el choto del señor, separa los pendejos para que se vea bien como entra y sale de su cueva. Está eufórica, exultante, enloquecida por tener dos machos para ella sola.

    Desmonta y lo mama, se relame sus propios jugos y viene a montarme, quiere mostrarle a German como me monta, como me coge ella. Pide que le acerque su miembro, que se lo dé en la boca, gusta tener dos en ella.

    Es tiempo de hace de perrita, se pone y German toma el primer turno, bombea aferrado a las caderas de la hembra, activa todo el arsenal de movimiento, mientras se llena la boca con mi carne. El orgasmo acosa sus entrañas, se conmueve y vibra cuando German empuja fuerte y profundo, pide más fuerte, y más, que siente que se viene.

    —Papi, dame, dame, ¡dame todo! ¡Me viene, me viene, más! Más¡ Ahhhh!

    Conozco sus momentos de gloria, sé cómo se las gasta cuando está viajando por ese mar de goce, le hago señas a German que pare y retome el ritmo, varías veces, todas para ayudar a los varios orgasmos de Sara.

    Sin dejarla reponerse cambiamos de monta, es mi turno aprovechando las últimas vibraciones, repetimos el tratamiento y otros dos orgasmos estallaron conmigo dentro

    Casi sin solución de continuidad la acomodé montada sobre German, frente a frente mientras acaricio las nalgotas enrojecidas por algunas nalgadas aplicadas cuando se la mandé en posición de perrita. El hombre eleva su pelvis para entrarle en la conchita, mientras ensalivo con el dedo el “marrón”, se lo preparo para hacer el sándwich de Sara entre dos pijotas.

    Me acomodo entre la maraña de piernas, apoyo el glande justo en el marrón, empujo suave, juego a que sí y a que no, hasta que una palmada en sus nalgas la desconcentra, es el momento preciso que doy un envión y la gruesa cabezota de mi choto se hace carne en su carne, atraviesa la resistencia del esfínter, se deja invadir por la dura carne que se abre paso por el acceso prohibido.

    Puedo sentir desde el canal rectal el roce a través de los músculos con la otra pija que se está moviendo en la vagina. Cesaron los gemidos doloridos por sentir sus dos entradas ocupadas, llenándola toda de carnes que pugnan por abrirla toda. Incapaz de salirse del cepo, atrapada entre dos calenturas, solo tiene opción de relajarse y gozar, respira profundo y se prepara para sentirnos.

    El trío está jugando su mejor actuación, afinando los instrumentos para el avance final. Me siento llegar al momento supremo, concentrado, violento el culo de mi mujer, la muevo y la sacudo en el embate final, me vuelco y la tomo de los cabellos, azuzando a la yegua, grito y aviso a mi hembra que estoy llegando, que me viene, que me vengo.

    —Ah, ah, la puta madre que bueno, que bueno… Toma, toma, toma putaaa.

    La leche contenida de una semana sin siquiera tocarme salió, sentía brotar el semen. Seguí despacio, pero bien en el fondo de su culo hasta largar la última gota de mi gloriosa acabada. Quedé montado, sentía una muerte dulce, por un momento parecía que había dejado el alma en ese atronador polvo. Me dejé caer para hacer mi relax viéndolos enchufados.

    —Es tu turno German, aprovecha ese culo glorioso de nuestra putita.

    —No, nooo, otro más por el culo no. Ahora no…

    No le dimos tiempo a ponerse en la defensiva, se salió debajo de Sara y la montó. Sin mucho preámbulo se la mando, de una, por el culo, entró fácil, se deslizaba por el tobogán rectal aceitado con el semen de mi acabada. La lubricación de leche y que la tiene menos gorda favorecieron que entrara sin resistencia u toda la resignación de una hembra, objeto de los juegos masculinos. German venía conteniendo esa acabada que lo estaba acosando y cuando Sara movió el culo como le había enseñado le apuró el polvo.

    Brama y bufa cuando le llega el momento de dejarla enlechada, un gemido oscuro y ronco le avisaba que su semen estaba saliendo dentro de la muchacha. Somos parecidos los hombres en ese momento de venirnos, también él, casi replicó los movimientos hasta que no le quedó ni gota de leche.

    Los machos tendidos a cada lado de la hembra que permanece en cuatro, vencida y sodomizada, sometida en la impiadosa y exigente abuso de dos hombres que la han dejado maltrecha pero satisfecha y realizada como hembra y feliz como puta.

    Somos hombres con vida plena, en mi caso, también él creo, puedo aguantar sesiones de cuatro o más horas en una relación a todo dar, ejecutar el mejor de los placeres, el sexo requiere estar en buena forma, la vida sana y el deporte contribuyen, una pastillita mágica mantiene la autoestima “erguida” en cada momento que la hembra pide acción, por ello la muchacha está siendo objeto de nuestras erectas exigencias sexuales.

    La pastilla produce una milagrosa ayuda a sostener una intensa sesión de sexo y al mismo tiempo demora el placer del “meta y ponga” prolongando el momento de “venirse” situación apreciada por cualquier mujer, aunque cuando le doy el tratamiento anal muchas veces hubiera preferido que fuese más breve la cogida y no quedarse tan dolorida más tarde, pero… aun así disfrutan mucho, Sara también se quejó un poco por cómo le dejamos el culo, pero gozosa.

    El trío recién se estaba conociendo, este momento solo era un relax.

    —No sé si toman algo o no, tampoco me importa, pero cogen de puta madre, me gustó, pero demoraron mucho tiempo en mi cola, me dejaron el culito bien dolorido. El (por mí) como la tiene más gorda me lo tiene agrandado, me lo hace todas las veces, hoy se demoró más de lo usual, y tú (por German) empujas como un calentón, por bien larga me golpeaste lindo en el fondo de mi conchita, y te venías bonito en el culo. Chuick… (sonoro beso a cada uno). Ahora voy al baño a vaciarme de sus leches.

    Se salió de la posición de perrita y se puso de pie, notorio era como se acomodó luego de tamaña cogida, al inclinarse su culo expulsó el aire del bombeo, sonido parecido al de un pedo y las leches se le comienzan a escurrir camino al bidet. Menea el culo para deleitarnos viendo salir el fluido masculino. Entró al baño, sentó en el bidet, sobre la ducha vertical para limpiar el semen escurrido, la puerta sin cerrar invita a ingresar; delante de ella, los miembros siguen “morcillones” esperan…

    —¡Vamos, vamos! Luis enseña el camino. Dame la lluvia dorada.

    Manos a la obra, hice lo habitual apunté el chorro de orina sobre el vello púbico, gusta sentir la tibieza del chorro dorado sobre su vagina y juntarse en uno solo; el gesto invita a German a sumar el suyo, ella se lo guía para que descargue en los pechos escurriendo por el vientre para decantar directo sobre la vagina de Sara.

    Momento íntimo si los hay, disfrutamos esa intimidad de regar su cuerpo con nuestros fluidos dorados. Nos abrazó para sentir las últimas gotas fluyendo por su piel. La ducha fue la excusa para acariciarla toda, el jabón líquido el bálsamo para suavizar el acoso sexual.

    La desnudez de los cuerpos contagia a la de las intenciones, sin límites ni prohibidos, franquea sus puertas, se deja hacer mansa y sumisa, disfruta ser sometida, entregada a nuestra voluntad.

    –¡Háganme su puta!

    Se exhibe en la vidriera del deseo, se ofrece en el escaparate de la perversión. Asistimos a la metamorfosis de la lujuria en estado puro, ella esa delante nuestro ofreciendo sus carnes, promesa de placer y desenfreno. Germán hizo una seña y Sara fue mansa a sentarse sobre el falo, un primerísimo plano del subibaja, se eleva y se deja caer, siente la molestia de empalarse por lo largo y la delicia de conducir su propio orgasmo.

    Se toca y abre para que vea ser penetrada, mueve, gira, sube y baja sin dejar de frotarse, artesana del placer, artífice del desenfreno y arrebatada de goce, subida a la ola del orgasmo, transfigurada, alucina cuando se viene entre aullidos y vocea sin sentido su lujuria. El orgasmo se replica, enrojecidas sus mejillas por la tensión hasta que se deja caer sobre el choto de Germán que para de bobearla.

    Recuesta sobre el hombre, que sostiene su relax sin desmontarse hasta que la falta de acción baja la columna de carne que sostenía ese orgasmo que se evapora. Joven y caliente carne no demora en ofrecerse para volver a escena:

    —Papi, necesito más…

    Es tiempo de darle más, sobre el sofá de perrita, le entró de un golpe, las nalgadas le marcan el ritmo de movida, está siendo sometida por mi pija y German le da a mamar la suya. Los golpes desde atrás le producen alguna arcada por la que chupa, más nalgadas la inducen a moverse, agitarse nuevamente, vibrar en otro orgasmo que está a pedir de su calentura. No podíamos dar crédito a tamaña forma de acabar, tampoco ella entendía esta forma escandalosa de venirse una y otra vez.

    Los cambios de posturas y la acabada reciente nos permite alargar la cogida sin venirnos; perdida la noción del tiempo es que recién reparamos que vamos con más de tres hora y media a todo dar, cogiendo casi sin parar. Es tiempo de volver a casa dice Sara.

    —Bueno, mis papis, a ver si van preparando mi lechita… Vamos que necesito mi leche…

    La cama es la nueva estación para el tren del deseo, conduce Germán desde abajo con ella montada en su choto, mientras ocupo la retaguardia penetrando su culo. El trío a pleno ritmo, la hembra otra vez en doble penetración, abiertas sus bocas de acceso al placer, el disfrute está a pleno; desmonto para que German pueda venir y darle por la vagina desde atrás, sigue en perrita recibiendo las estocadas profundas del choto del hombre, tomada con fuerza de las nalgas se deja venir dentro de la vagina de nuestra hembra.

    Cambio de turno en la cogida, la entro de un solo golpe, siento la leche ajena cuando bombeo, caliente como una caldera ni me molesta que esté un tanto resbaladiza, comienzo a pistolearla, asida de los cabellos, le estoy dando algo duro, producto del frenesí de la excitación, el momento de mi acabada se impone, se acumula el semen esperando el momento del envión final, un golpe fuerte, otro, y otro más abren el “ojito” del glande para dejar fluir toda mi leche. Un par de enviones, bien el fondo, casi sin moverla son suficientes para la descarga de toda mi calentura.

    Resoplando por el esfuerzo y agotada por la calentura, se incorpora la muchacha, la mano a modo de cuchara contiene los flujos y el semen que comienza a escurrírsele, así llega al bidet para dejarnos salir de ella.

    Recompuesta acomoda el rostro para borrar las huellas del desenfreno y la locura, se viste, nos deja rumiando el agotado recuerdo de una tarde fogosa. Antes de partir nos hace prometer que repetiremos este trío. Ja, como si fuera necesario afirmarlo.

    Estos fueron los comienzos de la relación con mi nuera, mi amante, mi putita, ahora en trío y aún queda por contar más de esta historia.

    Lobo Feroz

    Loading

  • Mi esposa y yo, nuestro primer dogging

    Mi esposa y yo, nuestro primer dogging

    Para este punto de todo lo que hemos contado nos vamos ubicar en junio de 2024, a estos meses dejamos de lado al novio vagabundo de mi esposa pues no aportaba nada bueno, en cuánto al vecino la amistad seguía creciendo, y respecto a los vagabundos siempre sacábamos el máximo provechos y ellos de nosotros, y por supuesto Ricardo que se había vuelto como el “eje” de algunas aventuras.

    Ricardo lanzaba las ideas y éramos nosotros quien decidía cual hacer.

    Entre esas ideas era usar el uniforme a nuestro favor ¿Y cómo? La idea de Ricardo era sencilla, mi esposa se ponía el típico uniforme blanco pero de pantalón y chaqueta, pero sin ropa interior abajo, aprovechando que ese tipo de tela suele transparentar, y agarrar el autobús.

    Era una idea sumamente arriesgada y que incluso podíamos meternos en problemas, entonces Erika sorpresivamente sugirió que se iba a poner una mascarilla y lentes normales.

    Trazamos el plan de ruta, cuantos buses tomar, etc… Quedamos tomar rutas rápidas en caso que las cosas se salieran de control y el objetivo era recorrer la ciudad a la redonda y regresar al punto de partida donde dejamos el auto, Ricardo nos acompañaría, pero de lejos, es decir, dejaríamos a mi esposa Erika sola para a la distancia disfrutar del morbo que le vean el culo.

    Iniciamos con mucho nerviosismo al filo de la tarde, nos bajamos del auto e inmediatamente nos separamos según el plan, Erika sola, Ricardo y yo juntos a la distancia, llegamos a la parada de buses, y entre un alivio y decepción la parada estaba vacía, mas no el primer autobús el cual abordamos y para mas decepción habían asientos vacíos y pues fuimos obligados a sentarnos, primer auto bus un fracaso total.

    Nos bajamos a la siguiente parada, el cual si habían personas pero que ni se molestaron en ver a mi esposa… ¿Qué estábamos haciendo mal? No sabíamos.

    Íbamos ya por el cuarto autobús y pensábamos en rendirnos hasta que al fin uno pesco el anzuelo o mas bien el culo de mi esposa, me sorprendió mi esposa pues su respuesta natural fue el rechazo de primer momento seguramente sorprendida, pero como que si se acordó en las andada que estábamos y ya fue mas reciproca con el chico que la abordó, a lo lejos veíamos los movimientos de cabeza producto de la conversación, mi esposa sonrió asintiendo entonces el chico posó su mano en una de sus nalgas, y ella rio.

    Después de ese primer contacto procedimos a bajarnos en la parada siguiente, y nos tomamos un descanso, entonces sugerí que mejor usase tanga pues es mas evidente así, y pusimos en marcha el plan… Y plan que dio resultado en primer lugar desaprobación de las señoras quienes le miraban el culo, en cambio a los hombres era como un imán… Finalmente ya era mas notada.

    Claro no el 100% de los hombres se le acercaban, algunos eran mas de curiosidad, otros de ver mas de lejos, uno que tomo una foto, hasta que uno se animó a hablarle, sonreía como bobo, digo, era mas sonrisa que platica, así que mi esposa pasó de él.

    Continuando ahora dentro del autobús, ahora si venia lo interesante pues un tipo tal vez de nuestra edad o un poco menos, no lo sé, andaba con mascarilla, el punto es que este si se animó mas a “coquetear” con mi esposa, a tal punto que ella le permitió meter su dedo dentro del pantalón para estirar su tanga, claro todo discretamente. Al final el tipo invitó a mi esposa a un lugar “mas tranquilo” cosa que declinó.

    Mientras todo eso ocurría yo estaba hecho un burro por ese mínimo contacto, Ricardo estaba viendo todo sin disimular pues a el le prende que mi esposa haga cosas para él.

    Ese mismo día, pero ya en la noche, Ricardo seguía con nosotros y por supuesto dispuesto a motivarnos a hacer mas cosas calientes, entre cosas sencillas y rebuscadas, otro cliché y otras no tanto.

    Entre todas escogimos una sencilla pero arriesgada al mismo tiempo, ofrecerle a algún desconocido una mamada… Erika y yo nos vimos, ambos de manera dudosa y aceptamos la propuesta con un poquito de duda la cual se la hicimos saber a Ricardo.

    -Espera –dijo mi esposa

    -Me iré a poner una ropa diferente –dijo ella.

    -No hace falta, basta con una lencería sexy, y un abrigo para que tu cubras cuando sea necesario –dijo Ricardo

    -Puedes usar aquel bra de media copa para que tus pezones queden expuestos –dije a mi esposa apoyando a Ricardo

    Y así se hizo, el conjunto era color vino tinto muy adecuado para su blanca piel y para levantar erotismo… Uso el abrigo para salir de casa y nos encaminamos esta vez en el auto de Ricardo, yo manejé, mientras que mi esposa se fue en la parte de atrás con Ricardo.

    -A todo esto Ricardo…. ¿A dónde iremos? –le pregunté

    Pues no era así por así que se iba a hacer todo, es decir, no es que el todos los hombres fuesen aceptar.

    -Conozco un lugar –dijo Ricardo

    -Bue-bueno he escuchado realmente –dijo él

    Y eso me hizo pensar en algo… ¿Y si Ricardo ya tiene experiencia en este mundo y simplemente nos va “experimentando”? Ya que justo sabia a donde ir o que hacer, o como salir de ciertas situaciones comprometedoras.

    Tal vez a los 10 minutos de haberme puesto en marcha, Ricardo le dijo a mi esposa:

    -Esta noche serás una putita express –dijo sacándose la verga

    -Muy bien empieza a calentar esa boquita –dijo Ricardo

    Dentro del auto se escuchaba el característico sonido “glop, glop” de mi esposa dándole una majestuosa mamada a Ricardo, mientras ella le decía lo puta que era y la leche que iba a sacar esta noche… En un semáforo en rojo puse en Parking el auto y aproveché a girarme, el culo de mi esposa estaba muy mojado… El semáforo se puso en verde y ni modo tuve que seguir.

    Recuerdo haber manejado aproximadamente entre 30 o 40 minutos hasta llegar a un lugar alejado del centro de la ciudad y en dirección opuesta a la exconstructora… El lugar era relativamente bonito, no muy vistoso mas bien era tipo parque pero rodeado de arquitectura urbana, entonces ya Ricardo dijo que habíamos llegado.

    Ricardo explicó que según había “leído” este tipo de actividades ocurrían de vez en cuando y que si teníamos suerte podríamos “picar” algo…

    -Veo que tienes experiencia en esto –dije interrumpiendo a Ricardo

    -Eh… eh… si, un poco me gusta curiosear –dijo él

    Yo no quería husmear mas en el tema, mi esposa tampoco, pero ambos sabíamos que definitivamente el andaba en este tipo de asuntos, pero lo dejamos estar…

    -Podemos hacer lo siguiente… Verán según leí hay hombres que caminan a propósito en los bordes del parque o a sus alrededores, y las mujeres se paran en las esquinas… Si no me equivoco la manera de invitar es encendiendo la luz del interior del carro y únicamente tenemos que abrir la puerta, si quien nos toca sabe que tiene que hacer pues el solo actuará –explico él

    Y así hicimos, encendimos la luz del interior del auto, y dimos un par de vueltas a la redonda hasta que encontramos a un hombre con una chamarra que no era raro pues hacía frío… Tan pronto el hombre nos vio hizo un gesto con su chamarra de bajar el cíper… Ricardo nos dijo que ese era posible candidato por lo que me estacioné frente a él…

    Yo me estacioné a orilla del parque y el sujeto cruzó la calle, quedando de mi lado, entonces mi esposa abrió la puerta, y yo puse intermitentes…

    -Apaga eso –dijo el desconocido.

    -Vaya, vaya que tenemos aquí –dijo el desconocido

    -Veo que traen a una perrita aquí atrás, y veo que tiene dueño –dijo viendo su anillo de casada

    -¿Quién de los dos es el cornudo? –dijo riendo

    -No hace falta responder –dijo viéndome

    -¿Me harás el honor? -dijo el desconocido a mi esposa

    Mi esposa bajó el cíper del pantalón del desconocido, ella de manera dudosa y tímida llevó la punta de su lengua al glande del sujeto, y así hasta agarrar valor de meterla toda en su boca… a medida pasaban los segundos mi esposa iba tomando mas confianza, por lo que pude relajarme y comprender lo que estaba pasando… Mi esposa en lencería estando en cuatro en la parte trasera del auto lamiéndole los huevos a un completo desconocido en casi vía pública… Sentí una ligera humedad en mi entre pierna, mi liquido preseminal empezó a brotar, Ricardo tenía muy dilatadas las pupilas de lo excitado que estaba…

    Mas duró la percepción cuando el desconocido agarró del cabello a mi esposa y un pujido de parte de él se hizo escuchar, y era que estaba vaciando todo su semen en la boca de mi esposa… el cual astutamente hizo tragar…

    -Aahh… -escuché de parte de él

    Le escuché una ligera arcada a mi esposa, y empezó a toser, sus ojos estaban llorosos…

    -Todo bien cielo –me dijo ella

    Ricardo cerró la puerta del auto, y yo emprendí la marcha siempre en la misma zona…

    Ricardo rio y le dijo a mi esposa: -Ya se acostumbrarán esta gente por lo visto se deja llevar –continúo riendo

    -¿Quieres continuar? –le pregunté a mi esposa

    -Creo que si –dijo ella limpiándose los labios

    Suspiré y seguí buscando por la zona un par de minutos…

    Hasta que encontramos otro… no lo podía creer era un negro … hicimos el mismo procedimiento, abrimos la puerta, esta vez con la experiencia anterior mi esposa no perdió mayor tiempo y comenzó a lamer con vigorosidad, mientras que el nuevo desconocido apoyaba su cabeza en el marco del techo del auto… disfrutando de mi esposa… y a los minutos el hombre empezó a jadear…

    -Si, si puta… ya casi … abre tu boca –dijo él

    Mi esposa se dejó llevar abriendo su boca y sacando su lengua, y así el tipo empezó a correrse en su lengua… mi esposa volvió a tragar todo… Ricardo cerró la puerta del auto y nos retiramos…

    -Una vez mas –dijo mi esposa ya con sus ojos brillosos

    -¿Segura amor? –pregunté dudoso

    -¡Si amor, Si! ¡Si! –dijo con una sonrisa

    Mire a Ricardo y el asintió con la cabeza.

    Volvimos a dar vueltas a la redonda y no encontramos nada, entonces Ricardo dijo que si Erika quería probar una vez más tendríamos que bajarnos pues no siempre estarán en los extremos del parque, por lo que dejamos el auto, y nos bajamos, mi esposa se puso el suéter.

    Ya adentrados en el parque si que era muy grande mas de lo que aparentaba, y pudimos ver un par de indigentes, a lo cual mi esposa y yo nos volteamos a ver pues nos recordó a Héctor y los demás… Ricardo se separó un par de metros de nosotros y se fue a unos arbustos frondosos, al rato apareció y nos dijo que nos acercásemos, entre esos matorrales de arbustos había un hombre…

    Nos vio y dijo:

    -¿Así que esta la puta que anda buscando vergas eh? –y vio a mi esposa

    -Vamos a ver que ha traído la noche esta vez –dijo acercándose quitándole el suéter a mi esposa

    -Lindos vellos, veo que lo tienes bien cuidado y recortado –dijo metiendo un dedo en la vagina ya mojada de mi esposa

    -¿Bueno zorrita según lo que me explico aquí el caballero presente te gusta chupar vergas y que tu esposo vea, cierto? –dijo sonriendo

    Mi esposa asintió con la cabeza.

    -Zorrita te pregunté si te gusta chupar vergas –dijo él

    -Si me encanta chupar vergas y tomar todo el semen –dijo ella excitada

    Mi esposa se arrodilló ante él, le bajó el cierre y comenzó a jugar con su glande mientras ella lo miraba a los ojos… Mientras la acción ocurría Ricardo se fue a los alrededores a “vigilar” el lugar…

    Mientras yo miraba como mi esposa empezaba a mamar viendo como esa verga entraba y salía de su boca, acompañado de lengüetazos desde la base de la verga hasta la punta, como de una paleta se tratase…

    -Quitate eso –dijo el desconocido mientras le ayudaba a quitarse el suéter y la lencería

    -Las putas como tu deben de andar sin nada mientras comen vergas –dijo él

    Mi esposa mientras tanto masajeaba los huevos del sujeto, a la vez que continuaba hasta que el desconocido se tensó liberando así todo su semen en la boca de mi esposa… Un suspiro fuerte salió de él, como que si hubiese pasado tiempo desde que eyaculó…

    -¿Te molesta si le llamó a un amigo que anda por aquí? –le preguntó a mi esposa

    Ella solo respondió que no…

    Y a los 5 minutos se hizo presente un tipo de buen porte, que ni pareciera que anduviera en estas andadas…

    -Mira, ella es la puta que anda chupando vergas en el parque, es mas ya está arrodillada esperándote…

    -Ah ¿si? –dijo el nuevo desconocido

    -Sácate esa manguera que te cargas –dijo el riéndose

    -Bah –dijo mientras se sacaba la verga

    Y de la forma mas masculina posible les digo que era una buena verga de esas que van tanto grosor como de largo simétrico, mi esposa cuando lo vio abrió los ojos como plato, ni tiempo de decir nada cuando el tipo puso a mamar a mi esposa… y era obvio que a mi esposa le había encantado.

    Mi esposa duró poco así, cuando hizo algo que no me esperaba…

    Solo me vio a los ojos, y ella se puso en cuatro ofreciéndole el culo a ese desconocido…

    -Por favor méteme la verga, quiero que me cojas –le dijo ella

    Nunca había visto a mi esposa pedir verga de una forma insistente.

    -Quiero bramar como puta –insistió ella

    El tipo se puso detrás de ella, una acomodada, y empezó a introducir poco a poco su verga hasta llegar al fondo de su vagina…

    Mi esposa dio un suspiro de placer…

    El tipo empezó a penetrarla suavemente a manera que la vagina de mi esposa se acostumbrara a tener encajada semejante verga… y una vez hecho eso, el tipo no tuvo piedad… mi esposa tenía llorosos los ojos de las embestidas que le daba.

    Tanto así que los indigentes cercanos levantaron la cabeza para ver que sucedía… Yo me incorporé con Ricardo quien hizo su función y los alejó.

    Tras de mi estaba mi esposa recibiendo verga mientras escuchaba todas las nalgadas que el desconocido le daba, al voltear aun continuaban en lo mismo pero el ya tenía su pulgar metido en el culo de mi esposa… Mi esposa al sentir eso por su propia cuenta empezó a moverse, mientras que el tipo se detuvo para ver como rebotada el culo en su pelvis.

    Mi esposa extendió su chamarra en el césped para acostarse, el sujeto rápidamente se incorporó, acomodó su verga y la metió de golpe, haciendo así un rico misionero, el tipo se movía a la vez que lamia y mordisqueaba los pezones de Erika.

    Es una de las escenas que más llevo presente en mi mente… del transe me sacó el pujido de mi esposa, la típica vibración de su pierna y tan su ansiado orgasmo, al mismo tiempo que el desconocido acababa dentro de ella… Agotada mi esposa se incorporó y en su pierna bajaba todo el semen que salía de su vagina… El sujeto también se incorporó, se puso su pantalón y retiró del lugar.

    Oficialmente y sin planearlo habíamos tenido nuestra primera experiencia “Dogging” que increíble… La adrenalina luego regresó pues no nos percatamos que el desconocido se había el suéter de mi esposa seguramente de recuerdo.

    -Eso es, ni modo –dijo ella encaminándose hasta el vehículo desnuda

    A lo lejos se escuchaban silbidos y besos, eran los vagabundos, y en un descuido se vio algunos flashazos de celulares… ¡Le habían tomado foto a mi esposa de lejos!

    Eso nos hizo avanzar más rápido hasta el auto y emprender la marcha y esta vez si a nuestra casa, estando ahí pues Ricardo se despidió de nosotros, mi esposa y yo queríamos hacerlo con locura pero estábamos ajetreados por lo que decidimos ir a dormir no sin antes tomar una larga ducha.

    Loading

  • Después del encuentro ominoso

    Después del encuentro ominoso

    La luna llena, en su máximo apogeo, dominaba el cielo nocturno, proyectando una luz plateada que confería un aire espectral al mar tempestuoso. Desde el promontorio donde me encontraba, el viento aullaba con furia, azotando mi cuerpo enfundado en un traje de cuero negro que abrazaba cada contorno de mi figura.

    El atuendo, diseñado a medida, era una obra maestra fetichista: botas altas hasta las rodillas, guantes largos que se ajustaban como una segunda piel y una capucha que cubría casi todo mi rostro, dejando al descubierto solo mi boca. Mis ojos estaban protegidos por lentes oscuros que desafiaban el viento, y una máscara nasal filtraba el penetrante olor marino. Este traje no solo me protegía, sino que alimentaba mi fascinación por el cuero, su textura firme y su aroma embriagador.

    Frente a mí se alzaba una criatura colosal, enviada como emisaria del reino oceánico. Medía casi diez metros, con una forma vagamente humanoide, pero su rostro recordaba al de un pez, con cuatro ojos brillantes que destilaban inteligencia. Cualquier otro habría retrocedido ante tal visión, pero yo sentía una mezcla de asombro y curiosidad. Me había ofrecido como intermediario de mi reino, movido tanto por el deseo de explorar lo desconocido como por la oportunidad de lucir este atuendo que satisfacía mis inclinaciones más profundas.

    La criatura, capaz de leer mi mente, pareció captar la primitiva fascinación que me embargaba, pero se limitó a negociar con precisión. Tras un diálogo mental, llegamos a un acuerdo sobre la navegación en los territorios acuáticos que representaba.

    Finalizada la reunión, me alejé del promontorio mientras la criatura se sumergía en las profundidades primigenias del océano. Caminé hasta el campamento cercano, donde el horizonte anunciaba la llegada de una tormenta. Rápidamente ordené a un mensajero que partiera con el informe de la reunión, deseando que el clima no lo retrasara. Luego indiqué a mis acompañantes que se resguardaran hasta que pasara la tempestad.

    Entré en mi tienda de campaña, colgando los lentes en un perchero. Allí me esperaba mi doncella de viaje, cuya presencia avivó mis sentidos. Vestía un traje de cuero similar al mío, pero diseñado para resaltar sus curvas voluptuosas. El crujido del cuero al moverse era música para mis oídos, y el brillo del material bajo la luz de las velas me hipnotizaba. Con una sonrisa, me ofreció una bebida caliente para combatir el frío. Sus manos enguantadas rozaron mi rostro, y el aroma del cuero mezclado con su calidez despertó mis deseos. La besé con pasión, y ella respondió con un abrazo que intensificó la conexión entre nosotros.

    Me guio hasta una silla especial, acolchada con cuero suave, y comenzó a besar mi cuerpo. Cuando llegó a mi entrepierna, abrió con destreza la cremallera oculta del traje, liberando mi miembro. Sus manos enguantadas lo acariciaron con firmeza, logrando una erección inmediata. Sin preámbulos, procedió a realizarme una felación que me llevó al éxtasis. La sensación del cuero envolviéndome, el roce de la capucha contra mi piel y el aroma que saturaba mis sentidos elevaron mi placer a un nivel sublime. La culminación llegó con una explosión de satisfacción que mi doncella recibió con devoción, mientras afuera la tormenta rugía con furia.

    Tras un breve descanso, cambié de posición a mi doncella, colocándola boca abajo sobre la silla. Su traje de cuero, ajustado y brillante, resaltaba sus formas, invitándome a explorar más. Con un movimiento fluido, deslicé sus pantalones de cuero, revelando su piel. Usé un lubricante especial, aplicado con mis dedos enguantados, para preparar su cuerpo. La penetré con facilidad, y sus gemidos iniciales de dolor se transformaron en placer.

    Sus manos enfundadas recorrieron mi pecho, avivando mi excitación, y prolongamos el acto hasta que ambos alcanzamos el clímax. Más tarde, repetimos el ritual, esta vez explorando otras facetas de nuestro deseo, siempre envueltos en el abrazo del cuero que nos unía.

    Agotado, me dormí profundamente, pero un sueño extraño interrumpió mi descanso. En él, me encontraba nuevamente en el promontorio, pero bajo un cielo despejado. La criatura oceánica me observaba con sus cuatro ojos, asintiendo con un gesto que parecía una invitación. Habló de cruzarme con su familia, un concepto que no comprendí del todo. El sueño se desvaneció, dejándome inquieto. Al despertar, mi doncella, percibiendo mi agitación, se acercó y, con una felación experta, disipó mi ansiedad. Su habilidad me llevó a un estado de calma, seguido de un nuevo encuentro apasionado que celebramos con la intensidad que solo el cuero podía inspirar.

    Por la mañana, el aire marino refrescó mi rostro al salir de la tienda. Ordené desmontar el campamento para regresar al castillo. Mientras organizaba los documentos para el rey, imaginé la recompensa que me aguardaba: títulos, tierras, quizás otra doncella para mi colección. Mis pensamientos se desviaron a las dos doncellas que me esperaban en mis aposentos, con sus collares y cinturones de castidad, enfundadas en trajes de cuero que despedían un aroma embriagador. La sola idea de besar sus cuerpos mientras las liberaba de sus ataduras casi me provocó una erección espontánea.

    Entre los papeles, encontré una carta de mi amiga, la Condesa, una mujer dominante con sirvientes dedicados a su servicio. Respondía a mi consulta sobre extender el contrato de sumisión con mi doncella de viaje, quien había rogado por continuar a mi lado. La Condesa incluía un documento legal, redactado por su esclavo experto en contratos. Mi doncella, adicta al cuero como yo, había aceptado acompañarme en este viaje a cambio de satisfacer mis gustos fetichistas. Le mostré la carta, y con alegría firmó el contrato, sellándolo con una gota de su sangre.

    Como símbolo de su sumisión, se colocó una capucha de cuero que dejaba al descubierto solo sus ojos y boca. Le ajusté un collar, también de cuero, aceptando su compromiso como mi vasalla y sirviente sexual por varios años más. A cambio, me comprometí a cuidar de su manutención y educación como cortesana.

    Mientras soñaba con un baño en mi tina al regresar al castillo, un acontecimiento inesperado alteró mis planes. La criatura oceánica reapareció, acompañada por una figura femenina de proporciones humanas, pero con rasgos acuáticos: branquias en el rostro, ojos grandes y curiosos, y un cuerpo curvilíneo enfundado en un traje lustroso hecho de algas marinas procesadas, similar al cuero pero con un brillo único. El titán, con su voz mental, me instó a aparearme con ella, asegurando que era compatible con los humanos. Aunque la idea me horrorizó al principio, la visión de su atuendo y la curiosidad por lo desconocido me hicieron reconsiderar.

    De pronto, un torbellino me arrastró al fondo del mar. Desperté en una ciudad submarina, iluminada por un resplandor verdoso. Estaba desnudo sobre una litera de un material extraño. La criatura femenina, ahora llamada Marina, entró en la habitación. Su nuevo atuendo era aún más fascinante: un traje brillante de un material gomoso que cubría cada centímetro de su cuerpo, con botas altas, guantes largos y una capucha que dejaba al descubierto solo su boca, ojos y branquias.

    Me ofreció un traje similar, diseñado para mí. Al ponérmelo, sentí cómo el material se fusionaba con mi piel, como una segunda dermis. La capucha, equipada con lentes y mangueras conectadas a una mochila respiratoria, completaba la experiencia. La sensación de estar completamente enfundado me excitó de inmediato.

    Marina, notando mi reacción, se acercó con una risa coqueta. Procedió a realizarme una felación, intensificada por la textura de nuestros trajes. Copulamos durante lo que parecieron días, sumidos en una rutina de placer y sueño, con nuestras necesidades atendidas por el traje. Un día, Marina se mostró distante y anunció que mi deber estaba cumplido. El torbellino me devolvió a la superficie, donde el titán me esperaba. Me informó que, si el vástago resultante era más humano, sería entregado a mi cuidado; de lo contrario, permanecería con su madre. Me obsequió el traje submarino para futuras visitas y se sumergió en el océano.

    Solo en la playa, respiré profundamente el aire marino. A lo lejos, vi acercarse a un grupo de caballeros con la bandera de mi rey. Me alegró saber que pronto informaría al monarca sobre la alianza forjada con las criaturas de las profundidades. Mientras tanto, mi mente ya estaba en el castillo, anticipando los placeres que me aguardaban con mis doncellas, envueltas en cuero y listas para complacerme.

    Loading

  • Mi novia y yo, una noche de perras (10)

    Mi novia y yo, una noche de perras (10)

    Los que han estado siguiendo mi historia, gracias, para los lectores nuevos, acá les cuento: soy una chica trans y esta parte de mi historia es durante los primeros meses de mi transición. En esas épocas tenía 21 años, medía 1.82 m y pesaba 72 kilos gracias a una dieta que me estaba matando y el ejercicio que hacía hasta morir, mi cabello ya caía debajo de mis hombros y tenía un culazo redondo y duro y unas piernas muy bien puestas.

    El verano ya había terminado y con ello, meses de descubrir mi lado femenino y tener las sesiones de sexo más increíbles. Vivía con mi novia de 2 años en su departamento y tenía un novio no oficial (Diego), que me había vuelto una golosa por la verga de un hombre. Pero llevaba las primeras 3 semanas de regreso a la universidad sin ver a mi macho, no me estaba arreglando como en el verano, no me podía vestir de mujer, aunque usaba mis tangas de mujercita debajo de la ropa, y en casa solo en calzones y tacos.

    Este semestre en la universidad estaba bastante fuerte y necesitaba darle mucho tiempo al estudio, pero la verdad es que me sentía deprimida e intolerable por no poder continuar con la vida que había llevado durante el verano.

    Ese viernes, mi novia llegó a casa temprano de trabajar, me encontró haciendo la tarea de la universidad, vestida con tacos, una minifalda y un top sin mangas, no tenía maquillaje. Se fue a la habitación y regresó en tanguita y brasier, ella era una chica bellísima, 1.70 m, cabello negro azabache y lacio hasta un poco antes de la cintura, unas tetas bellísimas 36 D y dueña de una coquetería y sensualidad inigualables. La verdad es que la miraba y me excité mucho, pero a la vez me daba envidia sus dotes de mujer natural. Preparó café y nos sentamos juntas a conversar, de todo un poco, y poco a poco Tania llevó la conversación a lo que ella quería:

    -te veo muy aburrida últimamente, ¿estás extrañando a Diego?

    -la verdad que sí, no te lo voy a negar

    -¿lo extrañas a él o hacer el amor con él?

    -las dos cosas, ¿qué me crees? Jajaja

    -a ver cuéntame, tengo curiosidad, ¿qué es lo que extrañas más, o qué te gusta más de tener sexo con él?

    -¡oye! No seas indiscreta, jajaja.

    Le di un puñete ligero en el hombro, mientras nos reíamos con complicidad

    -bueno, la verdad es que me encanta todo, pero… cuando estoy arrodillada, mirándolo mientras le chupo la verga… jaja, ay no puedo creer que te lo estoy contando

    -me tienes en suspenso, cuéntame Sandy

    -es doble la sensación, y la verdad es que es muy raro. Por un lado, lo miro y siento que tengo en mi control el placer que él está recibiendo, que lo tengo en mis redes, pero a la vez, me siento totalmente entregada y sumisa, o sea, en verdad estoy fuera de control y él es el que es dueño de mi en ese momento

    -wow, con mis amigas nunca lo hemos visto con tanta profundidad… ¿y por qué no formalizas con Diego?

    -pues porque tu y yo somos novios y en eso habíamos quedado

    -ay cariño, tú y yo ya nunca vamos a poder seguir siendo novios, a mí me hace falta un hombre de verdad, que me haga sentir mujer… tú eres un buen chico, me gustas mucho y te amo, no lo dudes, pero eres más una marica que un hombre. Pensé al principio que sería una faceta, algo pasajero, que experimentarías y te darías cuenta de que no era para ti, pero cada vez eres más mujer.

    Me quedé callada, quería llorar, quería gritar, estaba temblando por dentro

    -Sandy, no hay nada malo, tú eres la chica linda que has descubierto dentro de ti. Mira, vamos a bañarnos, nos ponemos lindas, insoportables y vamos a bailar, noche de chicas, ¿quién sabe?, puedo llamar a Jorge y quizás tenga un amigo para ti. Vamos Sandy, te plancho el cabello y me maquillas los ojos, así como haces los tuyos que pareces una gata.

    Entre sonrisa y queja acepté finalmente. Fuimos a la ducha, empezamos a jugar, nos besábamos y nos pasábamos el jabón la una a la otra

    -cariño, quiero que veas como me folla Jorge esta noche, ¿quieres?, uhmm, sé que lo quieres, ¿verdad perrita?

    Me decía eso mientras que me mordía los labios cuando me besaba, Tania tenía una manera especial de dominarme, yo le decía que sí, quería verla como Jorge metía su vergón en la concha de mi novia. Tania se arrodillo en la ducha y empezó a chuparme el paquete.

    -uhm, uhm, que rica verga tienes Jorge, quiero que la marica de mi novio vea cómo te la chupo, uhm, glup glup

    Se levantó y se dio vuelta, la agaché contra la tina y empecé a follarla, estábamos muy cachondos, como en nuestros mejores polvos, ella abrió la puerta de la ducha

    -así Jorge, ¡así! ¡así! ahgg, que rico me culeas. ¡Mira maricón!, mira en el espejo, aghh, mira como entra la polla de Jorge dentro de mí, ¡agh!

    Veía en el reflejo su culazo y como ese falo entraba y salía de su coño, traté de no mirarme, estaba muy enfocada en pensar que era Jorge culeando a mí novia, era mucho morbo. Empecé a besar su espalda húmeda y apretar sus tetas redondas mientras la follaba, su cabello chorreaba agua y cubría su rostro, cerré los ojos, recordaba la noche que Jorge la hizo suya delante de mí.

    Apreté su cintura y empecé a moverme rápido y fuerte, ella gemía y gritaba el nombre de su macho, ya aceptaba que ahora Jorge era el macho de mí novia y que me harían un maricón cornudo esta noche, me estaba volviendo loca. Apenas le empecé a llenar su coño de mi leche, Tania tuvo un orgasmo fuerte, el espejo ya estaba cubierto del vapor de la ducha y el eco de sus gritos comenzaron a desaparecer. Que buen polvo nos habíamos metido.

    -me encanta que seas tan puta, quisiera ser la mitad de mujer que eres tú. (Le dije al oído).

    Empezamos la noche de chicas, poniéndonos cremas y comparando nuestras pieles. Tania me secó el cabello y me lo planchó lindo, mientras que ella se dejó el suyo que seque natural con unos ruleros enormes para darle ondas. Inmediatamente empecé a maquillarnos a las dos, de verdad que había aprendido de Franchi muy bien, le puse los ojos de pantera que quería ella, éramos unos hembrones.

    Me puse un cachetero negro con control en la barriga, me levantaba las nalgas muy bien, debajo me puse una trucadora C para que se me vea más natural. Seleccione mi minifalda plisada y con pretina de 8 centímetros, de color gris verduzco, la cual me cubría apenas mi culito. Me pareció demasiado de perra para salir a bailar, pero Tania me convenció, decía que cuando de vueltas se me vería muy sexy, como bailarina de prostíbulo, jaja. De top me puse una blusa pegada al cuerpo, con cuello alto que me cubría la manzanita, no tenía mangas y los brazos se me veían increíbles, cero grasa y bien marcados.

    Me puse un brasier nuevo, negro con las siliconas por dentro, me daban un busto pequeño, pero atractivo. Tania me puso mis uñas postizas y las pintó del color de la faldita, los zapatos eran negros, tipo botines, de solo 4 cm ya que no quería verme demasiado más alta que Tania, alhajas, aretes, perfume y lista. Tania se puso una minifalda negra de cuero, de top tenía una blusa de cuero que hacía juego, sin mangas y que dejaba su espalda semi descubierta, y no, no llevaba brasier, sus tetas se veían apretaditas a su blusa y me moría de envidia. Terminó con sus accesorios y unos tacos abiertos con tiras de 10 cm, estábamos casi de la misma altura.

    Llegamos al local y de golpe sentía las miradas de todos, hombres y mujeres, parecíamos prostitutas profesionales, jajaja. Jorge se encontraba en una mesa esperándonos, y tenía un amigo con él, se me aceleró el corazón de los nervios. Jorge saludó a Tania con un beso en la boca y la abrazó de la cintura desde el comienzo como si fuera su novia. No me gustó eso, pero la verdad es que también me excitó mucho, sobre todo verlos besándose me ponía muy cachonda.

    Me presentó a su amigo, Enrique, de muy buena facha el chico, buen cuerpo, medía 1.88 m, cabello corto, ondeado y castaño claro, ojos marrones claros, de tez blanca y con una barbita de esas de 3 días que se le veía más hermoso aún, uhm, me encantó el chico.

    Nos emparejamos en la mesa y empezamos con los shots de tequila, uno tras otro.

    Tania y Jorge parecían la pareja del año, no se dejaban de besar, por momentos era muy obvio que los miraba, un par de veces me mordía los labios mientras los miraba entrelazar sus lenguas. Enrique se me pegó y cogía mi mano, dándome cumplidos de mis uñas, me hizo sonrojar sobre todo cuando se dio la libertad de poner su mano en mi muslo desnudo.

    Eran muy divertidos, nos hacían reír con sus bromas y anécdotas, por momentos Enrique me hablaba al oído por la bulla del local y eso me propinaba escalofríos en mi espalda. Las mujeres dicen que en unos minutos ellas ya saben si se van a entregar al hombre que las está cortejando, me reí yo sola pensando en ello, en cinco minutos ya había decidido que Enrique me iba a follar esta noche, lo quiera él o no.

    Estuvimos bailando más de una hora, Enrique me daba vueltas, me tocaba las piernas, la espalda, se aventuró a agarrarme por debajo de la cintura, y yo le reía, le coqueteaba, lo invitaba a que siguiera, que descubriera que tan lejos podía llegar. En eso estábamos bailando lento, bastante pegados, él me tenía apretada por la cintura y yo me derretía, mientras que mis brazos estaban entrelazados atrás de su cuello.

    E: De verdad estás bellísima Sandy, pero dime… bueno, me intriga…  ¿eres o no eres?

    -¿soy o no soy qué corazón?

    E: tú sabes… o sea, Jorge me mencionó, pero no estoy seguro si creerle o no

    -No sé qué te habrá mencionado Jorge cariño, pero no te preocupes, no te voy a raptar, jiji

    E: es que me pareces…

    No lo dejé terminar, ya estaba entrando en territorio desconocido para mí y no quería que siguiera, le puse el dedo en la boca para que se calle, me acerqué y le planté un beso el cual me correspondió. Estuvimos así un buen rato, él me apretaba la cintura y bajó una mano a mi colita, yo me pegué más a él, hasta que me separé, abandonando nuestros besos.

    -tontito, eres bello. Vamos a la mesa

    Nos sentamos con Tania y su nuevo macho, terminamos nuestros tragos y Jorge sugirió continuar en otro lado. Ese otro lado era un hotel elegante que estaba cerca. Aceptamos, pero antes fuimos al baño, nos secamos el sudor, perfumamos y yo me quité la trucita C, me acomodé mi paquetito lo mejor que pude hacia atrás y nos fuimos.

    Ya en la habitación los besos seguían, Tania estaba rompiéndose los labios con Jorge, y Enrique me tenía en las nubes con lo profundo de sus besos. Las dos nos separamos de los chicos y nos sentamos al borde de la cama y comenzamos a besarnos con mucha pasión, había una complicidad entre las dos y una excitación especial de estar ahí, hechas unas perras juntas, nos amábamos más en ese momento.

    Jorge y Enrique se desnudaron mientras gozaban de nuestro show lésbico, las dos nos arrodillamos en la cama poniéndonos en cuatro, cada una al borde opuesto y nuestros chicos estaban parados frente a nosotras al borde de la cama que era gigante. En esa posición cada una de las dos le empezamos a mamar la verga a nuestro macho de la noche, ummm, Enrique me sorprendió con una verga de 19 centímetros y un poco curva hacia arriba, olía delicioso y sabía riquísimo.

    Tania pronto se bajó de la cama, colocó una almohada en el piso y se arrodilló frente a Jorge para seguir mamándole su tranca. De vez en cuando volteaba para mirarla, ya se había quitado la minifalda y su blusa, y se la estaba tragando con gusto mientras acariciaba las piernas de su hombre. Mientras tanto, Enrique aprovechó para echarse en la cama, yo seguí en la misma posición solo que retrocedí un poco, me encontraba a 90 grados con su cuerpo y me agaché para seguir chupando ese falo rico. Enrique me levantó la faldita a la cintura para manosear mi cola con su mano izquierda y de paso descubrió la sorpresita que tenía entre las piernas, no se inmutó el chico. Desde atrás oí a Tania decirle a Jorge:

    T: que culazo tiene mi amiga, ¿verdad?

    J: así es, y claro que lo recuerdo muy bien

    Me sonrojé un poco, pero seguí dándole placer a la verga de Enrique, la estaba tragando por completo. Esta era una situación extraña, los chicos gozaban mientras Tania y yo éramos unas perras, hablando de lo rico que estábamos pasándola sin mirarnos a alta voz

    -uhmm, que vergota tan rica tiene tu amigo (le decía yo a Jorge)

    T: goza cariño, uhmm, se ve que lo estás haciendo muy bien perrita, que bien mamas verga Sandy

    Tania y Jorge subieron a la cama y nos re acomodamos, ahora nuestros hombres se echaron uno al costado del otro con sus cabezas a los pies de la cama. Me quité la faldita y la blusa, quedándome como Tania, en bragas y brasier, les abrimos las piernas y cada una se arrodilló entre las piernas de su macho y continuamos mamándoles sus falos ricos. Con una mano sujetaba la base de la tranca de Enrique y con la otra subía y bajaba, masturbándolo rico mientras succionaba su glande rosado, sus gemidos eran intoxicantes. Tania estaba tragándose toda la carne de Jorge en una garganta profunda que me dejó impresionada.

    -Wow Tania, que tragona que eres

    Le soplé un beso mientras ella seguía, me pareció ver unas lágrimas de placer y asfixia caer de sus ojos. Enrique tenía los ojos cerrados y gemía delicioso, me ponía más cachonda saber que estaba gozando de la mamada que le daba. Decidí meterme su escroto en la boca y succionar sus huevos, uhmm, que rico sentía mi boca llena con la hombría de un macho.

    Por momentos veía a Tania que le mamaba a Jorge de chupetones rápidos y cortitos, yo aprovechaba por segundos darle descanso a mi boquita golosa y seguía masturbando a Enrique, de ahí bajaba y le chupaba los huevos nuevamente sin dejar de darle una corrida a su paquete, lo tenía en la gloria y me sentía muy mujer por darle ese placer.

    Tania se paró en la cama y le seguí yo, ella se desnudó por completo y empecé a hacer lo mismo, cuando Enrique tuvo una idea.

    E: Jorge, quiero probar a esa perra (por Tania), me has hablado muy bien de ese coño.

    Sin que Jorge contestara, los chicos se movieron e intercambiaron posiciones, esta vez seguían echados como antes, pero a lo ancho de la cama, uno con la cabeza a la izquierda y el otro a la derecha de la cama, pero Enrique la agarró a Tania y la puso encima de él. La perra de mi novia no perdió el tiempo, y con esa concha mojadísima se sentó sobre la tranca de Enrique, mientras tanto, empecé a chuparle la verga a Jorge, mojándola y lubricándola.

    Tania ya tenía toda la verga de Enrique dentro de su coño, gemía como la puta que es y tenían movimientos suaves, yo no me quedé atrás y lubricando con saliva mi ano, me senté sobre Jorge, su verga me atravesó y se deslizaba con aspereza en mi maricoñito, uhhmmm, me hizo ver estrellas, que placer. Tanto Tania como yo estábamos a la misma altura, sentadas sobre esas vergas, pero mirando en dirección contraria, poco a poco nos agachamos para descansar nuestros pechos en los cuerpos de estos dos hombres y dejar que nos follen al ritmo de ellos, que fue rápido y fuerte, gritábamos las dos al unísono.

    Tania se incorporó y puso sus manos sobre el pecho de Enrique, sus gritos ya se podían oír a kilómetros, eso me puso súper cachonda y comencé a dar brincos violentos encima de Jorge, me estaba clavando ese mástil con mucha fuerza.

    Paré un poco mi ritmo y volteé a ver a mi novia, ahora tenía las manos sobre la cama y Enrique la estaba empalando con movimientos de pelvis muy duros. Extendí mi mano derecha y le acaricié las nalgas, se me escapaba una sonrisa de complicidad. Jorge me levantó y me di vuelta de inmediato, ahora tanto Tania como yo estábamos montadas sobre nuestros machos con nuestros cuerpos de lado a lado, nuestras rodillas se rozaban. Yo estaba en cuclillas recibiendo una follada increíble del “nuevo novio” de mí novia.

    T: ¡aahh! ¡aahh! ¡aahh! ¡aahh! ¡así! ¡aahh! ¡aahh! ¡aahh! ¡Que rico! ¡Jorge!… que rico culea tu amigo… ¡aahh! ¡aahh! ¡aahh!

    Tania tenía los ojos cerrados, la boca abierta y sus últimos gemidos la paralizaron, estaba quieta, aferrada a la cama con las manos y explotó en un orgasmo poderoso que lo llevó a Enrique al borde y se corrió dentro de ella. Después de 30 segundos, Tania colapsó y se echó al costado del cuerpo de Enrique, exhausta, sudada y llena de semen. Al ver esto me levanté y me puse entre sus piernas, con las manos acariciaba sus senos redondos y jugosos, y con la boca empecé a limpiar su coño. Me tragué todo el semen de Enrique, y le chupaba la concha mientras sentía como Jorge me penetraba de nuevo por atrás.

    Después de dejarla limpia, incliné mi cuerpo para limpiar la verga de Enrique, aún seguía un poco dura y en mi boca, sentí como volvía a crecer. Mi mamada lo puso a punto otra vez al que debería de ser mi macho esta noche.

    E: Jorge, quiero culearme a esta marica, tenías razón, es un maricón con falda, le hace falta que lo reviente

    Jorge no dudó en salirse de mi y me senté encima de Enrique, estaba de cuclillas yo con mis manos debajo de sus pectorales. Jorge se echó encima de “su novia” y se empezaron a romper las bocas a besos. Acomodé mis rodillas a cada lado de mi macho, dejé mi mano izquierda sobre su pecho, casi hundiendo mis uñas en su piel, y la otra recostada sobre la cama al costado de su cabeza. Me tiré para adelante, poniendo mi cara a escasos centímetros de la de él, estaba fascinada con esa posición, sentía el placer que me daba este hombre y lo veía fijamente a los ojos mientras gemía de placer en su cara.

    -¡aahh! ¡aahh! Oohh, que rica verga tienes papacito, uhmm, ¡aahh! ¡aahh! ¡así! ¡dame duro! ¡aahh! ¡aahh! ¡dame duro! ¡feminízame!… ¡aahh! ¡feminízame! ¡hazme mujer papi!

    Mi paquetito estaba durísimo, sin dirección, sentí la mano de Tania cogerme, me empezó a masturbar. Jorge ya la estaba follando en misionero, mientras me daba una buena paja, ella tenía las piernas hacia arriba con los pies cruzados, apretando así la tranca de Jorge en su vulva, su vagina daba ruidos de humedad con cada clavada.

    T: ¡aahh! ¡aahh!… mira Jorge, mira al maricón de mi novio siendo clavada… por el pene de tu amigo, ¡aahh! ¡aahh!

    Enrique me estaba destrozando por dentro con una follada feroz, apretándome de la cintura, atrapándome en su cuerpo

    -¡aahh! ¡aahh! Que rico papito, ¡aahh! ¡aahh!

    Enrique me apretó más aún y nos empezamos a besar, mordía sus labios como una posesa y llegué a un orgasmo tremendo, mientras que sentía como él me estaba llenando el culo con su semen, se había corrido junto a mí. Mi cuerpo cayó sobre él, y nos quedamos besando mientras dejábamos que nuestros orgasmos se disipen lentamente.

    A mi costado la oía a mi novia gritar de placer otra vez, ahora follada a fondo por Jorge, de verdad que estos chicos eran deliciosos y sabían muy bien tratar a una mujer en la cama. Desde mi posición estiré mi mano derecha y empecé a masajear la teta de Tania, apretando su pezón, se le escapó un gemido de dolor rico. Bajé y comencé a jugar con su clítoris, esto la trajo a un nuevo orgasmo, Jorge bajó el ritmo y siguió follándola suavemente mientras se besaban. Enrique era un tremendo semental y en 5 minutos estaba listo para seguir con la faena, me puso en cuatro y me penetró si problemas, mi agujerito estaba totalmente dilatado y lubricado con su leche de macho.

    Me cogió las manos y puso mis brazos hacia atrás, aprisionándome, con su mano tenía él el control de mi cuerpo, tirándome hacia arriba para que me de vuelta y me besara, y de golpe me tiraba hacia abajo, golpeando mi rostro contra la cama. Era una muñeca de trapo y ese abuso de fuerza me estaba excitando muchísimo.

    Tania se estaba recuperando de su corrida y Jorge se salió de ella y la movió, ahora las dos estábamos en cuatro, frente a frente, folladas y besándonos. Que morbo tan increíble, ahí estaba echa toda una mujercita, follada por un semental, en cuatro, mientras que me novia estaba igual que yo, frente a mí, culeada por otro hombre. Si pueden tener eso con sus parejas, ¡háganlo!, entrelazamos nuestras manos y nos besamos con pasión, nos repetimos la una a la otra lo mucha que nos amábamos, era increíble compartir ese momento de sexo animal con nuestro amor, éramos unas lesbianas demasiado perras.

    Enrique sacó su verga hermosa de mi coñito y se vino encima de mi culo y mi espalda. Agaché mi cabeza contra la cama, exhausta, y me eché boca arriba debajo de la cabeza de Tania. Enrique se fue al baño, yo estaba demasiado cachonda, me empecé a masturbar. Tania estaba agachada sobre mi rostro y nos besamos, gemidos salían de su boca y entraban en la mía, sentía como la follaban por atrás… me corrí, me corrí muy fuerte. Jorge salió de Tania y la llevó a arrodillarse frente a su verga, yo me incorporé rápido y puse mi rostro al costado del de ella y Jorge se corrió en nuestros rostros, chorros tras chorros de leche, cayendo sobre nuestros rostros, bocas y cabellos.

    Jorge fue al baño donde Enrique se estaba duchando, Tania y yo nos quedamos juntas, nos abrazamos y nos besamos mucho, compartiendo el semen de “su novio”.

    T: te amo Sandy, amo poder tener esto contigo

    -te amo mi vida, gracias por haberme ayudado a ser mujer

    Después de bañarse, los chicos se despidieron sin más y nos dejaron en la habitación.

    T: nos han dejado como a unas perras

    -nos han intercambiado como unas putas baratas Tania

    T: ¿cómo te sientes? ¿qué mierda con ellos?

    -¿cómo me siento?… pues muy satisfecha, feliz Tania, ¡feliz! Te amo y amo que podamos ser lesbianas y perras juntas.

    Nos quedamos en el hotel un par de horas más, hablando cosas de chicas, besándonos y gozando de nuestro amor lésbico.

    Loading

  • El calor de la cuñada vulgar y sucia

    El calor de la cuñada vulgar y sucia

    El calor esa tarde era brutal. El ventilador del techo apenas movía el aire en la sala, y el bochorno parecía pegárseme a la piel como si me envolviera en sudor. Estaba de visita en casa de mi cuñada. Mi novia se había ido unos días con su madre, y yo me había quedado cuidando unas cosas en la casa de su hermana. Lo que no esperaba… era quedarme solo con ella.

    Marcela.

    Treinta y tantos. Morena, piel bronceada y húmeda por el sudor, con una actitud entre despreocupada y provocadora. Siempre había algo en ella que me inquietaba. Su forma de mirarme, de inclinarse cuando hablaba, o de caminar por la casa sin pudor, como si supiera exactamente el efecto que causaba.

    Aquella tarde salió del cuarto en un top gris ajustado y un short pequeño de mezclilla, pegado, desgastado… y sin sostén. Se notaba. Todo se notaba. El calor parecía afectarla tanto como a mí, y su piel brillaba por el sudor, sobre todo en su cuello, sus clavículas… y debajo de los brazos, donde no había rastro de rastrillos ni depilación.

    —¿Así que tú también estás derretido? —dijo, sonriendo, mientras se abanicaba con una carpeta vieja—. Yo ya me rendí.

    Se estiró frente a mí, levantando los brazos para recogerse el cabello húmedo. No pude evitarlo. Mi mirada bajó, como guiada por una fuerza más fuerte que la vergüenza:

    Sus axilas expuestas, oscuras, sudadas… y con vello natural, espeso, limpio, pero salvaje.

    Me descubrió viéndola. No dijo nada. Sonrió apenas, como si lo supiera desde el principio.

    —¿Te incomoda? —me dijo, bajando los brazos, aun sosteniéndome la mirada—. No me depilo desde hace meses. Me gusta sentirme libre.

    Me encogí de hombros, intentando disimular lo que me pasaba por dentro. Pero ella se acercó más. Lenta. Y se sentó en el mismo sofá que yo, a centímetros. Su sudor olía a cuerpo, a deseo crudo, a algo primitivo.

    —¿Sabes qué me dijeron una vez? Que a algunos hombres les excita esto —levantó el brazo con toda la naturalidad del mundo y lo estiró hacia atrás, como si se estuviera acomodando—. Que lo encuentran… provocativo.

    La vista desde ahí era brutal. Su axila abierta, húmeda, con el vello brillando con gotas de sudor. Me mordí la lengua.

    —¿Tú qué piensas? —preguntó bajito, girando la cabeza, el rostro cerca del mío—. ¿Te incomoda… o te gusta?

    No pude contestar. Algo en mí explotó. Me incliné, llevado por un impulso que no había sentido antes… y le besé el cuello, luego su hombro, y luego más cerca… más abajo… hasta que mi lengua tocó el borde de su axila. Su respiración se agitó.

    —Así que era eso… —susurró, llevándome la cabeza con una mano, como si ya lo supiera—. Te gustan… ¿las mujeres salvajes?

    Su olor me llenaba. El sabor del sudor mezclado con el calor del momento, su risa nerviosa, su respiración rápida. Yo no pensaba. Solo actuaba.

    —No le diremos nada a tu novia… si tú no quieres —dijo mientras me empujaba suavemente hacia atrás y se sentaba a horcajadas sobre mí, dejando que su top mojado por el sudor se pegara a mi pecho—. Pero vas a hacerme algo… que no me han hecho en años.

    Marcela se movió sobre mí con un ritmo lento, como si conociera cada punto débil de un hombre sin necesidad de preguntar. Sus caderas pesaban un poco, en el mejor sentido. Era una mujer con cuerpo real, piernas fuertes, caderas anchas, vientre suave y cálido, envuelta en ese olor suyo tan particular, mezcla de sudor, tela usada y un perfume barato que apenas resistía.

    Su piel, apiñonada, brillaba en las zonas donde el sudor había corrido libre. Bajo sus axilas, las gotas se acumulaban, y el vello espeso, húmedo y oscuro creaba una visión que no me había atrevido a imaginar hasta entonces… y que ahora no podía dejar de mirar.

    —No me baño diario —dijo de pronto, sin miedo, como si leyera mis pensamientos—. Me gusta oler a mí. A cuerpo de mujer. A ganas.

    Se inclinó sobre mí, el pecho rozándome, su boca junto a mi oído.

    —Y tú también lo estás disfrutando.

    Sí. Lo estaba. La atracción era brutal, visceral. No había nada limpio, ni correcto, ni romántico en lo que sentía. Era puro deseo primitivo, como si su aroma, su piel, su sudor, me hablaran más fuerte que cualquier palabra.

    Me aferré a sus caderas mientras ella se balanceaba, lenta, rítmica, rozando, provocando… hasta que se levantó de pronto, me tomó de la mano y me arrastró al cuarto. Su cuarto.

    Ahí, el aire era aún más denso. Ropa colgada en una silla, un ventilador empolvado girando con flojera. El olor era suyo. No de desodorante. No de jabón. Suyo. De una mujer que no se esconde, que suda, que gime, que deja rastro.

    Se quitó el short de golpe, con la ropa interior adherida por la humedad del calor. Su entrepierna también tenía vello, espeso como el de sus axilas, perfectamente natural, perfectamente real.

    —¿Nunca has estado con una mujer así? —preguntó mientras se recostaba, abriendo las piernas lentamente—. Que no se afeita, que no se perfuma para ti, que no se baña diario…

    Se acarició el cuello, bajando la mano por su pecho sudado.

    —Pero que te hace querer quedarte dentro de ella por horas.

    Me arrodillé al pie de la cama. Todo en ella me hablaba: su olor, sus curvas, su sudor. Era una diosa salvaje, una fantasía real. Me incliné hacia su axila abierta, húmeda, oscura… y la besé otra vez, con más deseo. Marcela gemía suave, como una melodía sucia y dulce.

    —Ahí… sí… huele… ¿a mí, verdad?

    —Sí… —le susurré, entre jadeos—. Hueles a ti… y me vuelves loco.

    Marcela estaba abierta como un secreto sucio que yo no sabía que quería descubrir. Su cuerpo, sudado y vivo, parecía invitarme a perderme en él sin control. Sus piernas peludas rozaban mi espalda mientras yo me deslizaba entre ellas, y su mirada era fuego puro. No había vergüenza. No había máscaras.

    Sus pezones, grandes, con aureolas oscuras, se endurecían con el aire apenas movido por el ventilador viejo. Su vello púbico se mezclaba con el sudor, formando una imagen tan poderosa que parecía arrancada de una fantasía prohibida.

    Me incliné. Olía a ella. No a perfume. A cuerpo. A deseo. A sudor atrapado en su piel apiñonada y suave. Separé sus labios con la lengua, y su sabor me golpeó: fuerte, salado, húmedo, como si su cuerpo me hablara con cada gota.

    Ella gimió ronco, profundo, con un movimiento de cadera que me sujetó ahí abajo como si me reclamara.

    —Chúpame así… con hambre… —jadeó—. Quiero que me tragues como si llevaras días sin probarme.

    Y eso hice. La lengua iba profunda, lenta al principio y luego con más hambre, mientras mis manos subían por su cuerpo. Llegaron a sus axilas, abiertas, brillantes de sudor, y me perdí de nuevo en ese lugar donde su olor era más fuerte. Lamiendo, oliendo, besando, como si fuera un manjar.

    Ella se reía entre jadeos.

    —Sabes lo que te gusta… eres un enfermo delicioso.

    Se giró de pronto, poniéndose en cuatro. Su trasero redondo y firme, cubierto por vello suave en la parte baja de la espalda y los muslos, me provocaba como nada antes. Lo abrí suavemente, explorando con mi lengua hasta que ella tembló.

    —¿Quieres más, verdad? —dijo con voz baja—. Métete donde nadie más ha tenido el valor. Quiero que me adores completa.

    Y así lo hice. Mis labios, mi lengua, mi cara entera entre su sudor, su piel, su aroma.

    Ella temblaba, decía mi nombre, se aferraba a las sábanas con los pies sucios apoyados al borde de la cama.

    La amaba en ese momento. No por amor romántico. Amaba su exceso, su libertad, su olor a verdad, su risa sucia, sus axilas sin desodorante como declaración de guerra contra lo correcto.

    La recorrí entera. De pies a cuello.

    Y su cuerpo me respondió como si me conociera desde antes.

    Marcela se giró lentamente, sudando, sonriendo, poderosa. Me miró desde la cama como si supiera que ya no era el mismo. Que algo de mí se había quedado atrapado en el vello de su axila, en el sabor entre sus muslos, en el calor de sus piernas gruesas y abiertas.

    Se arrastró hacia mí sobre las sábanas húmedas y me montó de golpe, sin pedir permiso. Su cuerpo robusto, su vientre temblando por la respiración agitada, sus pechos colgando y balanceándose, con esos pezones grandes, oscuros, duros, marcaban su dominio.

    Se me acomodó encima como si ya le perteneciera. Su humedad era brutal.

    Su interior me tragó lento, fuerte, como si supiera que ese momento no iba a repetirse.

    —Ahora cállate y gózame —me dijo en un tono ronco, rozando mi boca con la suya—. Gózame como soy. Así. Sudada, sin depilar, sin filtros. Toda tuya. Toda real.

    Sus caderas comenzaron a moverse. Cada vaivén me arrancaba el alma. El sonido de la piel mojada chocando era un ritmo salvaje, sus axilas abiertas sobre mi cara, su vello brillando, su sudor cayendo en mi pecho.

    Bajó su brazo, me rodeó con él, y me presionó contra su piel. Mi boca quedó atrapada en su axila. Sudada. Peluda. Caliente.

    Y no me alejé.

    La lamí como si fuera su cuello. Como si fuera su sexo. Como si el mundo estuviera ahí.

    —Así… así… lame como un buen enfermito mío… —susurraba entre gemidos.

    La tensión se acumulaba en su vientre. Temblaba.

    Me cabalgaba con fuerza, sin pausas, sin frenos.

    Mis manos recorrían sus muslos, su espalda húmeda, sus piernas sin afeitar, tan reales, tan suyas.

    Estaba dentro de un cuerpo que no escondía nada.

    Y cuando llegó el momento, se apretó contra mí, apretando todo su cuerpo, gritando mi nombre en el cuello, mientras su orgasmo la sacudía como una tormenta.

    Yo estallé segundos después, dentro de ella, atrapado, fundido en esa carne viva, sudada, cálida, intensa.

    Nos quedamos ahí. Sin moverse. Sudados. Pegajosos. Felices.

    Marcela sonrió, con los ojos cerrados.

    —Y mañana… tampoco me voy a bañar.

    La mañana siguiente, el calor no había bajado, pero yo ya no era el mismo. Mi cuerpo todavía sentía las marcas de Marcela: sus gemidos, su sabor, sus axilas húmedas en mi boca. Dormía desnuda al otro lado de la cama, con el cuerpo abierto, sucio de placer, y con ese olor brutal que aún me tenía atontado.

    Salí del cuarto sin hacer ruido. Quería un vaso de agua. O tal vez… solo necesitaba respirar.

    Y ahí estaba ella. Doña Gloria. La suegra.

    Sentada en la cocina, tomando café en una taza vieja. Vestido largo, sin mangas, pegado al cuerpo por el sudor. Sus brazos descubiertos mostraban vello oscuro, y su piel morena, curtida por el sol y los años, relucía como aceite bajo la luz tenue de la mañana. Tenía los pies descalzos, sucios de piso, y el cabello atado sin esfuerzo, con algunos mechones pegados al cuello.

    Levantó la mirada y me sonrió.

    —¿Dormiste bien, muchacho?

    No supe qué responder. Me sentí desnudo aunque llevaba ropa. Su mirada me atravesaba. No era ingenua. Sabía algo.

    Y entonces lo dijo:

    —No soy tonta, ¿eh? Conozco a mi hija… y sé cuándo se queda con la casa oliendo a… hombre.

    Se llevó la taza a la boca. Dio un trago. Y agregó, más bajo:

    —Y tú… todavía traes su olor en el cuello.

    Quise decir algo, pero no me salía nada. Ella se estiró, y lo que vi me dejó seco:

    Levantó ambos brazos con pereza, dejando sus axilas completamente al descubierto. Peludas. Oscuras. Sudadas.

    —Te vi desde anoche —dijo con calma—. Te vi cuando la seguiste al cuarto. Y escuché todo.

    Se levantó de la silla. Su cuerpo era más grande que el de su hija, caderas pesadas, senos grandes sin sostén, pezones marcados en la tela húmeda, y ese olor…

    Era distinto. Más fuerte. Más profundo. Más real.

    A mujer que no se ha tocado en años. A piel que no se ha bañado en días, pero que no huele mal… huele a deseo acumulado.

    —¿Nunca te ha dado curiosidad una mujer como yo? —me preguntó, parada frente a mí—. Sin afeitar. Sin perfume.

    Se acercó aún más, su aliento rozándome.

    —Con la piel marcada por los años… pero con las ganas intactas.

    Bajó la voz:

    —Siete años sin que alguien me abra las piernas. Y hoy amanecí… con hambre.

    Y entonces, sin esperar respuesta, levantó el brazo izquierdo y acercó su axila a mi cara.

    Peluda, mojada, tibia. Viva.

    —¿Te atreves… o te da miedo?

    Me quedé quieto. Ni siquiera respiraba bien. Doña Gloria me miraba con una mezcla de hambre y poder, como si ya supiera que yo no iba a decir que no. Su cuerpo enorme, envuelto en ese vestido sudado, hablaba por ella: senos pesados, caderas anchas, pies descalzos con las plantas negras del piso, piernas peludas marcadas por el calor del día y los años.

    —No digas nada —ordenó, con un tono más bajo—. Solo respira.

    Se acercó aún más. Su pecho rozó el mío. Olía a noche encerrada, a cuerpo sin filtrar, a mujer viva que no se esconde.

    Me tomó del rostro con una sola mano. Sus dedos eran fuertes, firmes, con las uñas cortas y la piel áspera del trabajo.

    Y entonces, sin preguntar más, rozó mi nariz con su axila.

    Abierta. Peluda. Mojada.

    La presión era lenta, cargada de intención.

    —Huele… ¿no sientes lo que soy? —susurró con una voz que ya no era de madre, sino de diosa salvaje.

    Cerré los ojos. Su aroma me golpeó como una ola tibia: no era solo sudor. Era deseo añejado, cuerpo guardado, piel que no había sido tocada en años.

    Y sí… lo sentía. Lo deseaba.

    Me arrodillé. No por decisión. Por instinto. Su cuerpo me llamó.

    Subí su vestido lentamente. Y lo que vi me marcó.

    Una entrepierna oscura, cubierta de vello espeso, húmedo de calor, hinchado por el deseo.

    Su piel tenía marcas del tiempo, cicatrices, estrías… y eso la hacía más perfecta.

    Una mujer de verdad. Cruda. Fuerte. Abierta.

    La lengua salió sin que yo lo pensara. Le lamí el muslo, luego más arriba.

    Estaba arrodillado frente a doña Gloria, y ella era un universo.

    Su cuerpo grande y tibio me envolvía con ese calor que no sale en fotos: mujer real, mujer con historia, mujer con olor.

    El vestido levantado, la respiración agitada, el vello natural y oscuro cubriendo zonas donde la mayoría se esconde… y el aroma que salía de ahí no pedía permiso. Era un llamado.

    Me perdía en su piel.

    Sus dedos me sujetaban con firmeza, su pecho subía y bajaba, y el aire denso de la cocina era más íntimo que cualquier cuarto.

    Hasta que escuchamos la puerta abrirse de golpe.

    —¡Mamá! ¡Ya llegamos!

    El tiempo se detuvo.

    Me separé de ella de inmediato. Ella bajó el vestido de un tirón. Sus mejillas rojas. Su pelo pegado al cuello. Y yo, con la cara aún marcada por lo que había pasado.

    Era mi novia. Su hija.

    Los pasos venían desde la entrada. Marcela salió del cuarto, aún envuelta en una sábana. Nos miró. A los dos.

    Yo estaba helado. Doña Gloria, en cambio, seguía tranquila, como si ya hubiera vivido demasiadas tormentas para temer una más.

    —¿Qué hacen ustedes dos así… tan temprano? —preguntó Marcela, con tono seco.

    Gloria fue directa.

    —Tu novio me estaba ayudando con unos estiramientos para la espalda.

    Marcela frunció el ceño. Sus ojos pasaron de mí a su madre. Luego bajaron a mi camisa empapada, al vapor invisible que aún flotaba en el ambiente.

    Y entonces se rio. Una risa corta, tensa, casi divertida.

    —¿En serio, mamá? ¿Tú también?

    Gloria ni se inmutó. Solo levantó una ceja.

    —¿Qué te puedo decir? Soy mujer antes que madre.

    Marcela me miró de nuevo. No con celos. Con algo peor: deseo disfrazado de enojo.

    —¿Te gustan así, eh? Con años de ganas guardadas, con el cuerpo al natural, con historia en cada pliegue…

    Se acercó a mí, más seria.

    —¿Y si te dijera… que no me molesta?

    Puso una mano en mi pecho.

    —¿Y si te dijera que quiero que sigas… pero que no lo hagas solo?

    Me tembló todo.

    Marcela se volvió hacia su madre.

    —¿Y tú, qué dices?

    Gloria la miró de reojo, con esa media sonrisa que solo tienen las mujeres que ya no piden permiso para nada.

    —Pues si ya compartimos sangre… ¿por qué no compartir placer?

    Marcela soltó la sábana y la dejó caer. Estaba sudada, segura, encendida.

    —Entonces no te vayas.

    —Hoy, el calor… lo sudamos los tres.

    Dos cuerpos, un mismo deseo

    La casa estaba en silencio, pero el aire seguía espeso. Olía a café, a piel húmeda, a deseo.

    Lina, joven, con la piel brillante por el sudor, caminó hacia mí sin prisa.

    Desnuda. Firme. Ardiente.

    —¿Te vas a echar para atrás ahora? —susurró.

    Detrás de ella estaba Eva, la mujer mayor.

    Voluminosa. De curvas reales. Con un vestido largo que aún chorreaba sudor por las caderas.

    El vello oscuro de sus axilas estaba visible, brillante, y su mirada… tranquila. Poderosa.

    —Ya respiraste nuestro olor —dijo Eva, acercándose—. Ya sabes a qué saben nuestros cuerpos.

    —Ahora no vas a escapar.

    Lina me besó primero. Su boca era dulce y salada. Me lamía el cuello como si me quisiera marcar.

    Eva se acercó por la espalda, su pecho grande apretándose contra mí, su aliento caliente en mi oído.

    —Nos gustas… tal como eres.

    —Pero hoy… tú eres nuestro.

    Caímos a la cama. Las dos encima de mí.

    Piel mojada. Axilas abiertas. Pezones grandes y oscuros. Vello entre sus piernas. Pies descalzos marcados por el piso caliente.

    Yo era una presa sin fuerza.

    Eva me sujetó la cara con una mano firme. Me la llevó hacia su pecho sudado.

    —Lame. No preguntes.

    Y lo hice.

    Lina se sentó sobre mis piernas, su aroma subía con el vapor del calor. Me besaba el pecho, el estómago.

    Sus muslos, suaves y peludos, me atrapaban.

    Me cubrieron. Me cerraron entre sus cuerpos, sus olores, sus gemidos bajos y sus miradas llenas de fuego.

    Y en ese momento entendí:

    No hay nada más erótico que dos mujeres sin miedo… sudadas, naturales, y completamente decididas.

    Loading

  • Quiero terminar lo que empezamos

    Quiero terminar lo que empezamos

    Le tengo al lado y le miro, al tenerle cerca algo se mueve dentro de mí, mi corazón late deprisa, las tetas se me hinchan, aumenta mi respiración y mi coño empieza a mojarse. Me entran unas ganas repentinas de tocarme. Esas ganas cada vez aumentan más y más y noto mi humedad en los pantalones. Le miro de reojo, sus manos, esas manos que me vuelven loca, puede que sean unas manos comunes y corrientes para la humanidad, pero a mí me parecen lo más maravilloso del universo, simplemente me encantan y las querría para mí, para poder admirarlas toda la vida.

    Le imagino acariciándome el cuerpo, sé que solo con rozarme mi cuerpo empieza a temblar. Ansío poder darle un beso, lamerle el cuello, su lóbulo de la oreja, hundir mi lengua en su boca, sé que no puedo pero es lo único que verdaderamente quiero en la vida, poder ser feliz dándole todo, todo mi amor, todo mi sexo, todo. Es lo que siento en lo más profundo de mi corazón.

    Se acerca a ayudarme con algo del trabajo, sus brazos rozan mis tetas cuando va a agarrar el ratón del ordenador. Mis pezones duros durísimos con el roce de su brazo. Me pide en silencio que me quite el sujetador en el baño y que vuelva, al principio ando un poco reticente, se me han puesto los pezones erectos, la gente se puede dar cuenta, además las tetas me bailan por debajo del jersey, pero solo pensar en que dentro de un rato mis tetas pueden abarcar sus manos hace que cualquier otra cosa pase a un segundo plano.

    Ya en el baño, mientras me quito el sujetador pongo mis manos en mi coño y empiezo a hundir mis dedos en él, como desearía que mis dedos fueran los suyos o que fueran su polla. Tengo unas ganas inmensas de correrme, no puedo hacerlo, me llevaría un rato que no tengo. Tengo que volver a mi sitio en la oficina.

    Vuelvo a sentarme con mis brazos cruzados mientras llego a mi mesa para sujetarme los pechos, no quiero que nadie me note los pezones, solo pienso en que me los chupe esa persona que tengo al lado, tan cerca, pero a la vez tan lejos. Me mira de arriba abajo, él no se da cuenta de cómo me mira, pero yo sí, sé que me desea tanto como yo a él. Solo tengo ganas de que me invite a un café para poder escondernos de todos y pegarnos el uno al otro, es una sensación inexplicable las ganas que tengo de fundirme con él de cualquier manera, solo le quiero tener pegado a mí, olerle, como me gusta olerle y pegarme a él lo máximo posible, abrazarle, acariciarle hasta no poder más.

    Y por fin me invita al café, ya escondidos, me agarra por detrás y me sube el jersey para tocarme las tetas. ¡Como me he mojado cuando he notado el calor de sus manos en mis pechos! Me hubiese desnudado ahí mismo para que hiciera de mi lo que quisiera, tengo que controlar mis ganas, pero es tan difícil, se lo hubiese dado todo en ese instante.

    Y cuando se ha agachado a chuparme los pezones ha sido un momento incluso de desesperación para mí, de no poder dejarse llevar por uno de los más increíbles placeres de la vida, sentir a la persona que quieres contigo de esa manera. Su lengua me encanta, y su boca, cuando me chupa los pezones, cuando me besa, cuando me agarra la cara con sus manos, me lo comería en todos los sentidos de la palabra. Ya de vuelta a mi sitio, no he podido trabajar. No me ha importado nada. Ahora estoy en casa, voy a terminar lo que he empezado esta tarde en el baño de la oficina…

    Loading

  • Cambio justo

    Cambio justo

    La fiesta de los López terminó antes de lo que creíamos y aquel sábado pasaría desapercibido de no ser por Alicia la mujer de Mario, que con algunos Martini encima admitió sin tapujos qué habían interactuado sexualmente con otras parejas, hacía algunos años atrás ante la desesperada e inútil reacción de Mario por callarla.

    Emilia y yo teníamos poco más de cuarenta, dos hijos adolescentes, una vida tranquila y una fantasía que pocas veces confesábamos. Hacer un swinger. Era algo que nos elevaba y por alguna razón, más que nada ética no lo habíamos hecho. Eran como las once de la noche, las pocas personas que concurrieron se habían marchado y nosotros vivíamos a dos casas. Mi mujer reveló que alguna vez estuvimos al borde de lograrlo y finalmente echamos para atrás y Mario se sorprendió, ante el inesperado desvelamiento.

    –A, última hora abortamos la idea. –Dijo Emilia, mirando a Mario y agregó– A veces me pregunto ¿cómo hubiera sido?…

    Alicia bajó sutilmente la luz del living, y Mario me miró sentado en el extremo del sofá qué compartíamos y arqueando una ceja aconsejó –Y es algo verdaderamente excitante, hay que tener las cosas claras y abrirse a algo nuevo.

    El silencio se hizo hondo, las miradas se cruzaron, podíamos habernos ido pero no lo hicimos, eso no era lo peor, lo peor era que no queríamos hacerlo.

    Ellos eran más grandes pasaban los cincuenta, Mario era canoso y estaba algo sobre pasado de peso, poseía una barba cuidada y era oficial de policía, Alicia era flaca, de grandes ojos miel escudados en gafas estrafalarias, cabello enrulado y teñido en varios tonos de amarillo. Vestía un corto vestido añil, ceñido a su figura frágil, compacta, pechos pequeños, piernas finas y un culito acorde a su figura. No era modelo ni mucho menos, era vendedora de electrodomésticos.

    Una nube de morbo invisible flotaba en el ambiente, una música acústica lenta empezó a sonar con delicadeza y los López comenzaron a bailar abrazados a tres metros de nosotros. Mi esposa se acercó y los imitamos lentamente, en cada giro los miré y ellos también, pensábamos lo mismo estoy seguro Alicia y yo, y mi esposa con el policía. –Somos vecinos. Le susurre a Emilia.

    –¿Y?… Mejor, los conocemos hace más de diez años. Argumentó. La empleada estatal, morocha de ojos negros y grandes tetas qué tenía pegadas a mí.

    –¿Estas segura? Pregunte en medio de la improvisada pista.

    Emilia no contesto y segundos después se despegó para invitar a Mario a bailar, él por supuesto que aceptó y Alicia se me aproximó, como si fuera un contrato silencioso. El perfume diferente me excitó, pero no más que la vista de las siluetas de mi mujer y el barbado, que mecían sus cuerpos al compás lento de las melodías.

    Mi pene estaba agujereando mis pantalones y Alicia lo sintió.

    –Santo cielo, Lucas. Dijo con malicia rozándome más.

    Bajó una de mis manos qué posaban su cintura hasta sus nalgas y Mario hizo lo mismo. Ambos sobábamos el culo de la mujer del otro, en la penumbra artificial del living. Comenzamos a besarnos con la vecina y supongo que ellos también y digo supongo porque no lo recuerdo. Lo que si recuerdo es estar tumbado en la alfombra, a orillas del sillón con la cincuentona succionándome la verga y las bolas y también recuerdo a Mario en un mar de gemidos recibiendo el mismo tratamiento por parte de mi mujer.

    Es inenarrable la brutal ola de calentura que me producía aquella visión quimérica, el gordito velludo con su miembro erecto, regocijándose, con la cabeza de mi mujer subiendo y bajando entre sus piernas a un par de metros de nosotros, mientras Alicia se atragantaba con mi verga.

    –¿Vecina, la está pasando bien con mi marido?… Preguntó Emilia completamente desnuda.

    –De, maravillas. Contestó la cincuentona. Mientras mi mujer se sentaba en la verga enforrada de la ley y lanzaba al aire sus primeros gemidos.

    Por el contrario dedique mi tiempo en explorar en profundidad el cuerpito menudo de mi vecina, y como creo en la reciprocidad le gasté la conchita delicadamente depilada a lengüetazos furtivos entre gemidos confundidos con los de Emilia y Mario que cada tanto confesaba lo mucho que deseaba cabalgar a mi mujer.

    –Por, fin Emi, ¡no sabe las ganas que tenía de tenerla así! Murmuraba mientras le hundía la pija, una y otra vez.

    Cuando ya la había acabado un par de veces con la boca, ¡la ensarte! Despacio, con miedo de quebrarla, pero que va, la vecina era un potro desbocado e insaciable.

    –Cogeme!… Cogeme!… Gritaba una y otra vez mientras se balanceaba a toda velocidad.

    Hicimos de todo, todos. Gozamos por igual, acabamos varias veces. Pero cuando las pusimos a las dos de a perrito una al lado de la otra y las taladramos desde atrás, fue perfecto. El culo voluminoso de mi esposa, a la deriva y el de Alicia (bastante menos ostentoso debo decir) desperdigados en la alfombra, con las piernas ligeramente abiertas y nosotros entre ellas, encastrando nuestros miembros en la mujer ajena fue sencillamente sublime. Escuchar a mi esposa decir

    –Si, papi… ¡Así! Mientras Mario la arremetía con fuerza al lado mío no tiene comparación, imagino que el sintió algo parecido al escuchar a Alicia con sus gritos histéricos y entrecortados avisando el clímax. Fue una experiencia realmente placentera.

    Hubo otras, veces con ellos. Quizá no como esa vez, quizá porque fue la primera, no lo sé. El hecho de ser vecinos también como que influyó en derribar la continuidad de aquellos encuentros pero francamente fue una experiencia, alucinante.

    Loading

  • La prima del amigo

    La prima del amigo

    Con un socio nos dedicamos a comercializar productos de decoración y antigüedades. Se ganaba buen dinero, y tiempo a disposición para la aventura.

    Con mi amigo y socio, conocimos en una venta a dos amigas, una de ellas era prima del socio, con las que durante un par de años compartimos buenos momentos de esparcimiento.

    Habíamos organizado que durante la semana dispusiéramos de tiempo libre, turnándonos para atender el negocio, salíamos con las chicas juntos en varias ocasiones.

    La mía, la llamaremos Daniela, de veintitantos años, de novia desde los dieciocho con el hombre que iba a realizar su proyecto familiar. Ambos, se habían conocido en reunión cristiana de su parroquia, como catequistas.

    Yo venía a cubrir sus prolongados momentos lejos de la presencia masculina. No llegaba a su vida para suplantar, sino complementar, quedó en claro, desde el comienzo.

    Tenía las ideas bien puestas, de todos modos, no impidió que nos hiciéramos buenos amigos.

    Ella eligió salir conmigo, el amigo de su primo, era más seguro y su podía cubrir mejor las apariencias durante las prolongadas ausencias de su novio, prometidos para casarse como dios manda, cumpliendo el pacto religioso de ambos, que ella llegaría virgen al matrimonio, en el mientras tanto habían acordado que solo se permitirían el “chape” o faje o “franeleo” o el anglicismo “petting” para que se entienda bien, hacer casi de todo sin llegar al contacto sexual propiamente dicho.

    Los condicionantes éticos y de fe tenían la fuerza de la convicción, pero… la carne también es débil y sucumbió ante los méritos realizados por quien lo cuenta, de que los roces y sensaciones fueron horadando la piedra de la resistencia y las prolongadas ausencias del novio que por su trabajo conductor de camión estaba fuera por mucho tiempo, en ocasiones hasta más de una semana.

    Como fuera comenzamos a salir, siempre con discreción, a ir a bailar o tomar algo en lugares poco concurridos o poco transitados.

    Los arrumacos y los mimos tuvieron sus tiempos y sus lugares, y en poco tiempo llegamos al complemento, hacerme presente en los momentos de ausencia de su novio.

    Yo como excusa para poder ausentarme del hogar conyugal y poder hacer de las mías, me inventé un empleo inexistente, en una empresa constructora para cubrir un puesto, con posibilidad de viajar por si la situación ameritaba alguna escapada que necesitara más tiempo.

    Habíamos arreglado que ese fin de semana, que Daniela quedaba sola en casa, la familia salió y el novio estaba de viaje por el norte argentino. Era viernes, llegué bien caída la tarde para no “despertar la perdiz”, con la intención de quedarme toda la noche, hasta el sábado bien tarde.

    Tenía preparada la cena, todo armado para pasar un momento especial. Buena comida, postre hecho por ella misma, yo aporté un vino suavemente dulzón, que sabía sería de su agrado.

    Concluida la opípara cena, café y luego unos coñacs dieron cierre al delicioso momento, que sin pretenderlo había tomado un aura de romanticismo que la estaba llevando a otra dimensión. Para un guerrero de muchas batallas en el campo de las sábanas, no se le escapan los detalles, y esas son las armas con las que se vence, no usándolas sino dejándolas al alcance del rival, dejándolo hacer y solito cae en el ardid de, como la paloma cae vencida por el gavilán.

    La paloma había sido seducida por el gavilán, vencida precisamente por no haber avanzado, sino dejarla se dueña de la escena, muchas veces la seducción es precisamente no hace nada, sino dejarla a ella que se quien maneje la situación, y ante la falta de avance del varón será ella que sea la de “armas llevar” que se vea obligada a tomar la iniciativa, muchas veces esa técnica me funciona, también lo fue en esta ocasión.

    Las copas se tomaron en el living, para adornar el momento regresó “vestida” con una lencería de tenue color gris, súper sexy.

    Las caricias y besos de lengua, expresaban las emociones, con lenguaje lingual y corporal, sobraban las palabras. A esta altura de los hechos ya no tenía nada de la lencería, me la estaba comiendo toda, con la boca y lamiendo cada rincón de su anatomía.

    Las tetas fueron acosadas por mi boca ansiosa, de comer ese apetecible bocado.

    Lamía y mordía esa carne firme y tensa, la concha refregaba sus jugosos labios presa de súbita calentura. Para calmarla bajé a ella y chupé con todo el énfasis y la capacidad de lamer sin ahogarme por querer comerla todita.

    Intenté meterle un dedo mientras chupaba, lo impidió corriendo mi mano. En este juego de seducción, desde que nos frecuentamos era la primera vez que tenía acceso al sexo de ella, que vale la pena repetirlo tenía algo especial que no podía explicarme. Le seguí dando paleteadas con mi lengua como para matarla, gozó como una desenfrenada, gritaba y se agitaba como enajenada, era bastante fácil de comprender que esos niveles de atenciones en la cuca fueran algo inédito, ese tipo de excitación no estaba escrito en su manual de conservación de la virginidad.

    Habíamos entrado en campo minado, ingresado en el terreno prohibido pero el cerco ético y la promesa se derritió al calor de la poderosa lamida y se perdió en la locura del orgasmo tan temido…

    En la calentura, olvidó su vocabulario tan medio y prudente, trocaba en una rea, una “atorranta”, una callejera con lenguaje procaz y soez capaz de sonrojar al camionero. Cómo nos excitaba todo lo que vociferaba, tamaña calentura me producía una exquisita ternura.

    Desde: “Hijo de puta, matame guachito mío, me hacés acabar como una yegua, soy una perra puta acabando” pasaron una ristra de improperios tan procaces, halagos al oído de cualquier hombre que se precie de saber hacer disfrutar a una hembra.

    Todo esto lo decía previo y durante el orgasmo, una máquina arrolladora de placer, inmolada en altar de sus convicciones, caído al infierno tan temido, pero tan disfrutado.

    Acabó con todo, ni sé cuántas, tan tumultuosa era el desenfreno que apenas podía contenerla en mi boca sin morir en el intento por no interrumpir su momento de gloria.

    Me apretó contra su conchita, chorreando jugos en mi boca. Nos miramos y comprendimos todo…

    —Ahora es mi turno. —la suerte está echada, salía del compromiso y la promesa.

    Me desnudó, bajó y e tomó la vega, agarrada y pajeando, dudó por un instante cuando la mano en su cabeza era señal obvia de lo que estaba necesitando… Mamar era algo que no sabía, pero el placer del orgasmo le daba el permiso, aprendió en un momento el cómo hacerlo, lamió la cabeza húmeda, comenzó a darle una hambrienta mamada…

    —Cubre los dientes con los labios para no lastimarla. —alcance a decir tan pronto sentía la torpeza en mamar pija.

    Sus ganas podían todo, también mamar, aprendía rapidito. Comenzó a mamar siguiendo mis instrucciones, con todo, pero sin dejarme acabar, se lo sacó de la boca y dijo:

    —Maestro… ¿lo estoy haciendo bien?

    —Rebueno, me gusta mucho, me gusta, me gustas. ¿Ahora es mi turno? —asiente con un gesto. La tumbé sobre el sofá, le separé los muslos dispuesto a darle lo que necesitaba.

    Me paró en el intento, sonrojada y algo aturdida por la inminencia de lo por venir, me explicó, que de la concha era virgen, así habían acordado llegar al casorio, nunca por la concha, pero tenía otro lugar mientras tanto. Como lo hacía, muy de vez en cuando para conservar la virginidad. Con su novio se permitían esta transgresión, pero solo lo hicieron un par de veces y con mucha culpa, que “si no me enojaba” podía hacérselo por la “otra puerta”.

    Sorprendido y recaliente, solo atiné a decir un ahogado “síiiii”, que no había problema, que como ella quisiera, que por la colita estaba bien para mí.

    Me dio un beso profundo, de agradecimiento por haberla comprendido.

    —No te vas a arrepentir, ya verás, soy “muy gauchita” (dócil, generosa)

    Calentona pero tampoco quería un desgarro, nota la desarmonía de tamaño, mee alcanzó un pote con vaselina, le froté el agujero con el gel, acaricié metiendo el dedo en él, para entrar en confianza. Se colocó boca abajo, almohada bajo el vientre, la cola apuntándome, desafiando a que tome esas dos masas de carne firme y paradita. Separo las nalgas, en posición, la cabeza del choto está apoyado en el esfínter anal, presionando pidiendo ingresar cuanto antes.

    Primera vez tenía un episodio como este, casi siempre debo insistir para poder hacerles el culo, esta vez me piden “por favor”. Como novedad era incitante y excitante.

    Acostada como estaba, ayudó abriéndose los cantos con las manos, dejando todo a mi disposición para el ingreso triunfal. Solo pensaba en gozar ese precioso culito casi virgen, empujé lento, pero sin pausa, hasta que topé en sus nalgas con mis huevos, el miembro estaba totalmente dentro del culo.

    La empecé a sacudir con movimiento de pija, saliendo hasta la cabeza y entrando a tope. Gemía de placer, y mencionaba que la sentía gruesa, no era tan fácil de aguantar, que siga como lo estoy haciendo, se siente fuerte y duro pero que le gusta. Que puedo ir un poco más fuerte.

    La apretaba a más no poder, agarrado a sus tetas, presionaba en el culo cuanto podía.

    Nos movíamos y gozamos enloquecidos.

    Un sordo y profundo quejido indicó que había llegado a un nuevo orgasmo, llevada por la cogida anal y otro poco por jugar con sus dedos en la cuca. Verla así me excitó, apurando la cogida y largué toda la leche acumulada, honrando su divino culo.

    Dentro de ese hermoso culo, quedamos enchufados hasta que pasó el temblor de ambos, nos volcamos, de costado, apretando las tetas y la concha, haciendo “cucharita” enlazados, hasta que sola en un movimiento se salió del marrón.

    Volví del baño con el choto limpito, listo para otro encuentro. Antes de dormirnos hicimos un 69 bárbaro y nos mandamos otro polvazo, por atrás.

    El día siguiente fue una reiteración, en cantidad e intensidad. En todo el tiempo que demoró en casarse tuve todo el culo como se antojó con ella, y cuántas quise.

    A pesar de no dejarse por la conchita, nunca disfruté tanto, ni tan bien como con ella por la cola.

    El virgo, lo rompió el marido con libreta, yo también la tuve un tiempo después recorriendo su sexo y dejando mi regalo lácteo en ella, al reencuentro como desposada. Durante más de dos años después de casada seguimos complementando al marido en sus ausencias, por ambas puertas llegaba hasta el placer de ella. Desde que se mudaron al interior, cada tanto recibo un mensaje de ella.

    Nazareno Cruz

    Loading

  • Hice acabar en mis tetas a un futbolista

    Hice acabar en mis tetas a un futbolista

    Nos conocimos por Instagram. Bueno, “conocernos” es una forma de decir. Él me había visto en la historia de una amiga y me dio follow.

    Ni bien le acepté la solicitud, reaccionó una historia: una foto de mi gato, tirado panza arriba en mi cama.

    —Ni siquiera te conozco y ya tengo celos de tu gato —me escribió.

    —Es calentito —le puse.

    —Yo también. Si querés, probame —respondió casi al toque.

    Lo dejé en visto. No por mala, sino porque no me hizo mucha gracia. Pero a la hora, volvió.

    —¿Cómo andás, morocha? —dijo con confianza.

    —Bien, ¿vos? —contesté desinteresada.

    —Mejor desde que estoy hablando con vos —tiró.

    Ahí lo stalkeé. Vi que era jugador, pero me dio lo mismo. No me calienta mucho el fútbol ni los que viven de eso, pero estaba bueno.

    Igual me enganchó. Me hablaba de noche, cuando ya estaba tirada en la cama, y sin decirlo, los dos sabíamos a dónde iba todo eso.

    —Si no querés venir a verme jugar, al menos vení a tomar unos mates a casa —me dijo un día.

    Dudé un poco, pero terminé aceptando.

    Era jueves y ya desde que me desperté tenía un nudo en el estómago. No por culpa, ni por duda. Por ansiedad. Sabía que íbamos a coger.

    Con Bruno (así le vamos a decir) no habíamos hablado de eso con todas las letras, pero lo sentía. Estaba en el tono de los mensajes, en la manera en que me hablaba en los audios, en cómo me sacaba información. Era un lenguaje que yo entendía.

    Me bañé, me depilé, me puse crema con olor a vainilla en las piernas y entre las tetas.

    Elegí un jean gastado, bien al cuerpo, y una remerita blanca. Abajo, una tanga beige bien metida y un corpiño negro de encaje. No era para seducirlo, pero si para estar lista.

    Cuando llegué, me abrió con una remera blanca básica, pantalón corto del club. Y ahí vi su pija marcada, acomodada hacia un costado.

    Me costó no mirarla directamente. Nos saludamos como si nada, pero yo ya estaba con la boca hecha agua.

    Nos sentamos en el sillón, él cebaba mate y dejaba correr una playlist de esas que te meten en clima sin que te des cuenta. Me miraba cada vez que yo hablaba, como si me estuviera estudiando.

    —Sos muy linda… ¿no tenés novio? —preguntó.

    —No, ¿por qué? —le dije, sonriendo apenas.

    —Porque si fueras mía, no te dejaría salir de la cama —agregó riendo.

    Tenía ese humor ácido y me preguntaba cosas, pero no era invasivo. Quería saber, pero no por interés, sino por morbo.

    En un momento me acerqué para mostrarle algo en el celu, un meme creo, ni me acuerdo.

    Me le pegué un poco y él me acomodó el pelo, con los dedos apenas tocándome la nuca. Un gesto mínimo, pero íntimo.

    —Me tengo que ir en un rato… —le dije, bajito, como queriendo que no me escuchara.

    —Entonces no perdamos tiempo —y cerró los ojos.

    Me comió la boca. Así, sin pedir permiso. Me agarró fuerte, me apretó contra su cuerpo.

    Yo me trepé a sus piernas sin pensarlo. Sentía su pija dura bajo el short, empujando entre mis piernas.

    Me subió la remera, me lamió las tetas por encima del corpiño. Después me lo sacó con una mano mientras con la otra me agarraba el culo con violencia.

    Me chupaba las tetas con hambre, como si me estuviera devorando. Sentí su lengua húmeda, lenta, recorriéndome los pezones.

    —Ay… No me hagas esto —gemí bajito, mordiéndome el labio, mientras me aferraba a sus hombros.

    Se paró de golpe. Yo quedé sentada en el sillón, con la respiración entrecortada. Se bajó el short y me la puso en la cara. Tenía la pija más gorda que había visto en mi vida.

    Se la escupí primero, dejando que el hilo de baba le corriera por toda la pija. Después la lamí lento, saboreándola desde la base hasta la punta.

    Subía y bajaba la cabeza, sintiendo cómo me llenaba la boca. Lo succionaba con fuerza, cerrando bien los labios, haciendo ese ruidito húmedo que lo volvía loco.

    Él suspiraba fuerte, tirado hacia atrás, con la cabeza apoyada en el sillón y una mano en mi pelo.

    —Qué hija de puta sos —me dijo, y me agarró del cuello. Me apretó con fuerza, me hizo levantar y me besó con furia.

    Me empujó contra el sillón, me puso en cuatro, y con el jean y la tanga en las rodillas me la metió entera.

    Grité. Me arqueé. Me tiró del pelo. Me dio nalgadas secas, duras.

    Sentía cómo su pija gruesa me abría la concha. Me dolía, pero ese dolor me encantaba, quería que no parara nunca.

    Después se sentó en el sillón con la pija dura, empapada. Me sostenía por la cintura mientras yo lo cabalgaba lento, con los ojos cerrados y el cuerpo rendido.

    Me acariciaba la espalda con ternura, como si entre tanta brutalidad todavía quedara un espacio para lo suave.

    Me apretaba las tetas con las dos manos, las recorría con los pulgares, y me miraba con esa cara de hombre hambriento.

    —Sos hermosa, boluda… —me murmuró al oído, jadeando.

    Yo le gemía bajito, apenas, como si tuviera miedo de romper ese momento, como si el placer fuera tan profundo que no necesitara ruido.

    De golpe empezó a bombearme desde abajo, con fuerza, con la pija dura entrando y saliendo de mi concha mojada sin piedad.

    —Te voy a romper toda, putita —me gruñó, apretándome el culo con las dos manos.

    —No pares… no pares —le supliqué, con la voz quebrada, sintiendo cómo cada embestida me sacudía toda.

    Se puso animal de golpe, me agarró fuerte del cuello mientras yo lo cabalgaba, apretándome como si quisiera dejarme sin aire.

    —Te voy a llenar de leche, putita —amenazó.

    Yo gemía, sintiendo cómo la presión de su mano me hacía excitar más. Le resguñé el pecho, le clavé las uñas, era brutal.

    Me bajé, me senté en el piso. Junté mis gomas alrededor de su verga. Las moví arriba y abajo, lo escupí.

    Le hice fricción hasta que eyaculó como una bestia, chorros calientes de semen sobre mis tetas.

    Seguí lamiendo después, aunque la pija ya estaba medio flácida.

    —Se te va a hacer tarde —me dijo.

    Me limpié las tetas con una servilleta, me acomodé el corpiño, me subí el jean y él me despidió con un chape rápido, intenso, que me dejó con ganas de más.

    Me fui, pero no a clases. Me dolía todo el cuerpo, tenía la piel pegajosa, sucia, llena de semen seco que me recordaba todo lo que había pasado.

    Loading