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  • Una dominicana ardiente e insaciable

    Una dominicana ardiente e insaciable

    Soy un cuarentón, espíritu jovial, buena onda, siempre veo el vaso “medio lleno”, militante incondicional de la alegría y el buen humor, abonado a la teoría de que todo lo que hacen los hombres es “p´conseguirse minas” (para conseguirse mujeres). Adhiero a la fidelidad flexible, acuerdo tácito con mi compañera, luego de poco más de veinte años de convivencia y como ardid sustentable de la supervivencia de la pareja.

    Dos décadas de fidelidad fue mucho, demasiado tiempo, había llegado el momento de retomar algunas licencias de vida, solo era cuestión de tiempo y oportunidad, y… sucedió bien pronto, cuando me llamó Eduardo.

    Un entrañable amigo, él y su mujer se regalaron un viaje por la vieja Europa. Para su tranquilidad me dejó a cargo de su casa, de controlar y asistir a sus hijos de 18 y 19 años, en cuanto hiciera falta. Con los muchachos tenemos una relación fenomenal, como de tío. Para los quehaceres domésticos estaba Lua, muy simpática. Lua es de raza negra, dominicana, joven y de buen ver, tanto de ida como de venida, buenas formas y firmes, con todo el ritmo sensual de su raza.

    Desde que llegó al país, la casa de mi amigo fue la suya, uno más de la familia. Tan buena fue la relación con los chicos que llegó hasta las sábanas, solo es un par de años mayor que ellos, por estos días está caminando sus gloriosos veintiún añitos. Los muchachos se la vienen cogiendo desde hace buen tiempo, hasta, hicieron un trío más de una noche que los viejos (padres) no estaban en casa.

    Desde que el mayor de los muchachos me lo contó, comencé a mirarla con otros ojos, seguramente ella estaba anoticiada de que conocía sus andanzas por las camas de los “pendejos cogelones” pues desde ahí comencé a percibir que su actitud en mi presencia parecía mucho más sensual, hasta arriesgaría que en algún momento a solas casi provocativa.

    Las mujeres de raza negra para mí eran algo exótico, desnudas, sólo las vi en el canal porno y en el Natural Geographics, obviamente me gustan más las del canal porno. Buscaba la ocasión para poder regalarme con el espectáculo de verla solo para mí. Carácter afable, felina como pantera, andar cadencioso, tomó debida nota que me llevaba prendido al meneo de sus caderas.

    Uno de esos días pasé para ver como marchaba todo, entré con mi llave, todo era silencio, parecía que todos habían salido, llego a la cocina para beber un poco de agua y me tropiezo… con una Venus de ébano salida del baño, solo una toalla, envolviendo el cabello crespo.

    Piel tersa, brillo mate, ojos casi verdosos, esmeraldas reluciendo en medio de la noche, labios carnosos y teclado de marfil que destella cuando ríe. Pechos redondos, plenos, rematados en pezones gruesos y erectos, vientre plano y talle estrecho, suaves curvas y cadera firme, entre los muslos una espesura de vello enrulado esconde el sexo de mis ojos arrobados por tanta mujer.

    Pasmado, ante la perfección, prodigio del mejor escultor. Me sonrió, esparció la alegría de su risa y algunas gotas de agua al menearse delante mío.

    —¡Qué pasa! ¿Nunca ha visto una negra desnuda?

    —¡No!, y… menos alguien como vos, la primera.

    —¿Y… ¿qué tal?

    —¡De diez! ¡Ja… ¡un súper 10! Y un… ¡Meritorio diez!

    No se intimidó, más aún, demoró para mostrarse, lentamente se dirige a su habitación mirando sobre su hombro para asegurarse que fuera tras ella. Entré siguiendo a la diosa negra, entendió mi curiosidad y la seducción, disfruta el momento, goza el poder que otorga ser distinta.

    Seducción total, sentado en el borde de su cama, espectador de cómo se vestía, lentitud extrema, gestos exagerados para crear ambiente, gira un poco para colocarse la tanga, de tal modo que cuando levantó el pie y lo apoyó sobre una caja, me exhibía en primer plano y a todo color el sexo entreabierto, el rojo nacarado brillante del interior resulta muy erótico en un entorno negro mate.

    Sólo con esa prenda, se apretó contra mí, quedé entre sus pechos, besaba esas masas de color oscuro y aroma tan particular, saltaba de uno a otro sin parar, volaba de calentura sujetado de esos globos negros de sabor tibio y dulzón. ¡Qué delicia! sentirse ahogado entre sus mamas, besando el aroma de su piel húmeda. Puso distancia entre mi cuerpo y sus carnes.

    Arrodillada entre mis piernas, buscó el bulto que pugnaba por romper el jean, liberta la erección, emergió duro buscando consuelo en las palmas blanquecina de Lua, subir y bajar la piel hasta brotar de la uretra esas primeras gotitas de incontenible calentura. Empujé levemente la cabeza, la señal que espera, la metió en la boca, mamada increíble, sabia y eficiente como pocas, sabe cómo graduar la chupada para darme el mayor goce, consulta con los ojos y sigue mamando, derritiéndome de placer en la caliente boca que se engolosina con el caramelo del amor.

    Levanto la pelvis y aprieto de la nuca, me pierdo en la calentura, algo brusco y descontrolado, es una cogida bucal, con todo. En lo mejor de la situación escuchamos ruidos de llave que acciona la cerradura, los muchachos que volvían, empujamos la puerta de su cuarto para cerrarla.

    Apremiados por la situación y mi calentura, apuró “el trámite” para hacerme acabar cuanto antes, aceleró la mamada. ¡Acabe!!!, chorros gruesos y espesos dentro de la cavidad bucal se llevaron mi calentura, mostró el contenido lácteo y luego tragó, en dos tiempos, ésta acabada gloriosa.

    Acondicioné la ropa, como pude y me hice ver diciendo que venía de la terraza. Al rato apareció la negrita, tomamos unas gaseosas y marché para casa.

    Esa noche y otras más las pasé pensando en ese cuerpazo y esa boca que mamó mi leche, los ratones (pensamientos calenturientos) enloquecían y excitaban a más no poder, hasta me costaba mantener quietas las manos para no “ajusticiarme” por mano propia, quería guardar toda mi leche para cuando hubiera la oportunidad de darle con todo.

    Visité con más frecuencia para ver como andaban las cosas. Llamé, nadie respondió, recorrí y nada, silencio, botellas vacías indicaban que hubo fiesta. La puerta abierta del dormitorio principal exhibía sobre la cama el cuerpo de Lua, de bruces, desnudita. ¡Qué buena está! Se erectó el miembro duro como pocas veces.

    Me acerqué, dormía agotada por el licor y el cansancio de la enfiestada. Sentado a su vera, acariciaba su espalda, sin moverse, seguí acariciando los muslos con suavidad, al separarlos y mirarle el hermoso culito, tan parado observé rastros de semen escurridos de la conchita, remanente de una “venida” gloriosa.

    La calentura me pudo, desnudo, sacado de excitación, poronga en mano presto y decidido a entrarla con todas mis ganas. Despacio como para no despertarla antes de tiempo, fui haciendo lugar con dos dedos dentro de la vagina, leve movimiento sensual como respuesta, seguí las caricias en la conchita, dejándose hacer los mimos, fui por más…

    Con el semen remanente y algo de flujo de la “argolla” (vagina) unté el culito, suave, en círculos, dibujando con el lubricante el esfínter. Dormida y todo lo disfrutaba, no pude más… me ubiqué ahorcajado sobre su culo, evitando despertarla y que frustrara esta enculada. Se la mandé por el culo, de un golpe, entré la cabeza, y me volqué sobre ella enloquecido de calentura.

    La penetración la despertó, ensartada por mi turgente vara de carne, imposible no sentirme cuando entra, un grosor que no todas aguantan con facilidad, movió como para salirse, lo impedí con el peso de mi cuerpo sobre el suyo, mis manos en los hombros la sujetan contra el lecho, mis rodillas aprietan y sujetan sus caderas, imposible zafar de la cogida propuesta.

    Hasta ese momento no sabe quién la monta, por cómo se debate debió saber que no es alguno de los muchachos, solo pide suavidad.

    —¡Más despacio!, ¡me duele! –repetía quejosa.

    Insistí en la enculada, todo adentro del orto, la cogida pintaba para muy buena. Lua giró la cara para ver quien la sodomiza.

    —Ya me parecía…, la tienes más grande que…

    —¿Estás bien?

    —¡Sí!, dame despacio, menos fuerza…, así… asíiii

    Presentados, seguimos cogiendo, recorría el conducto anal, la cabeza gozaba del estrecho pasadizo. Con la mano por abajo de Lua asistía a la conchita para ponerla en carrera. Era una hembra muy copada (dispuesta), gozaba y dejaba gozarse, disfrutó de todo el “pedazo” bien adentro, qué calentura nos agarramos ¡por Dios! ¡Algo de no creer!

    El movimiento fue vibrante condujo a una acabada tan emotiva como abundante, me dejó estremecido cuando le vacié todo el contenido de los huevos en el fondo del culo. No me salí, quedé todo duro, sin moverme, esperando que dejara de latir, prolongando el momento. Lo retiré casi tan duro como al entrar.

    Lua me contó que los pibes prefieren irse a bailar bien “cogidos”, es decir vaciarse en ella antes de salir, y que suelen regresar al día siguiente, casi al mediodía, bueno a la hora de comer más o menos.

    —Entonces… ¿podemos hacer otro?

    —Si quieres… ¿le quedan ganas?

    —¿Cómo?… ¡vas a probarlo ahora mismo!

    Ahí mismo nos hicimos otro, por la concha y desde atrás, intenso y más largo. Luego un corto sueño reparador.

    En la mañana, nos encamamos nuevamente, hasta me animé a chuparle la conchita, era más rico de lo pensado, atrás quedaron los prejuicios por las negras, esta era de primera, tan limpita, tan entregada, tan caliente como no imaginaba. Este orgasmo mañanero fue estruendoso, gritando de placer y satisfacción, acabamos casi juntos, quedamos abrazados después de acabar, sin levantarse, la concha con mi semen dentro del nido, como me gusta.

    Este semen me sirvió para lubricar el culo y pegarle otra culeada atroz que la dejó bastante dolorida. Dejé el lecho donde le rompí el culo, satisfecha y dormida.

    Hasta que volvió mi amigo de Europa nos seguimos enfiestando en la cama de él, después seguimos, pero en un hotel.

    Lua sigue cogiendo con los muchachos, pero dice que soy el que la hace gozar más, según su opinión, además es lo bastante estrecha para hacerme desearla cada vez más.

    Lobo Feroz

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  • Mi novio me prestó a mi tío (1)

    Mi novio me prestó a mi tío (1)

    Mi nombre es Paula, tengo 24 años y he estado saliendo con mi novio, Lucas, desde secundaría. Vivimos juntos y somos la típica pareja clase media. Excepto que no hemos tenido hijos, descubrimos que el conteo de espermatozoides de mi novio era casi inexistente.

    Hasta hace poco, todo era predecible: trabajos monótonos, cenas en casa, y un sexo que, aunque había, había perdido gran parte de su chispa inicial.

    Todo comenzó cuando mi tío Jorge, el hermano de mi papá, y su esposa se divorciaron. A sus 51 años mi tío es casi 30 años mayor que yo. La separación de Jorge fue difícil, y unos días después de que su mujer lo dejó terminó en nuestra casa, deprimido. Yo era su única familia en esa ciudad, así que sin ningún lugar a dónde ir fue a hablar con nosotros.

    Mi tío Jorge es un hombre alto y gordito. No era calvo, pero tenía algunas entradas en la frente. Usa lentes, lo que le da un aire de hombre serio. Nunca fue un hombre particularmente atractivo, pero después del divorcio se descuidó aún más: su ropa estaba siempre arrugada y su barba sin afeitar.

    Intentamos animarlo dándole de tomar, pero el alcohol pareció deprimirlo más.

    Lucas, siempre solidario, le ofreció un trago. “Jorge, puedes conocer otras mujeres.”

    Jorge tomó el vaso con manos temblorosas.

    Fue mi novio quien, al verlo tan afectado, le sugirió que se quedara con nosotros un tiempo para distraerse y no estar solo.

    Al día siguiente, Jorge se veía un poco mejor, pero aún bastante desanimado. Lucas y yo decidimos invitarlo a pasar un par de semanas con nosotros para que tuviera compañía. No pensé que Jorge aceptaría la oferta, pero para mi sorpresa, lo hizo.

    Nuestras vidas siguieron siendo igual durante unos días, hasta que un sábado, cuando regresé de compras. Lucas estaba fuera con uno de sus amigos y, aparentemente, Jorge, que estaba sentado en nuestra computadora, no me escuchó llegar.

    Cuando miré hacia la sala de la computadora, noté que Jorge estaba mirando la pantalla sin camisa, los pantalones alrededor de los tobillos y su erección en la mano. Lo peor no fue eso, sino lo que había en la pantalla: mis fotos desnuda, las que Lucas me había tomado. Antes de que pudiera moverme o hablar, Jorge gimió y eyaculó una gran cantidad de semen sobre su pecho peludo. Luego me alejé sigilosamente para que Jorge no me escuchara.

    Esa noche, mientras estábamos en la cama, le dije a Lucas lo que pasó:

    “Lucas, hoy vi a Jorge… masturbándose con mis fotos” dije, esperando su enojo.

    Pero Lucas solo sonrió. “¿Ves? Te dije que te veías increíble en esas fotos.”

    “¿No te importa que mi tío las haya visto? ¿No te molesta que se haya masturbado con mis fotos?” pregunté enojada.

    Lucas respondió: “Esas fotos tuyas son muy sexy, y él es un hombre. Es una pena que las haya encontrado, pero no me sorprende que se masturbe con ellas”.

    “¡Pero es mi tío!” repliqué.

    “Tío o no, da igual”, dijo Lucas. Luego tomó mi mano y la colocó sobre su entrepierna. “¿Ves? Solo pensando en esas fotos me puse duro. Creo que es excitante que de todas las fotos que podría haber visto, fueran las tuyas las que eligió ver”.

    Minutos después, Lucas y yo tuvimos una de nuestras sesiones de sexo más calientes. Aunque fue excitante, también fue raro, porque los pensamientos del pene de mi tío seguían apareciendo en mi mente. Y, cuando Lucas terminó dentro de mí, mi mente volvió a la gran verga de mi tío corriéndose sobre su pecho peludo, y también yo llegué a un orgasmo increíble.

    Casi olvidé lo que pasó hasta que unos días después mi tío tenía que asistir a una cena formal de su trabajo, pero no tenía a nadie con quien ir, así que estaba deprimido, tratando de decidir si debía ir solo.

    “¿Por qué no vas tú con él?” sugirió Lucas, como si fuera lo más normal del mundo.

    Jorge se ruborizó. “¿No se verá raro si voy con mi sobrina?”

    Lucas rio. “Nadie pensará que es tu sobrina. Dirán que es tu sexy novia. No sé si te has dado cuenta, Jorge, pero tu sobrina es hermosa”.

    “¡Lucas!” protesté, pero ya habían decidido.

    Estoy segura de que en ese momento me puse colorada. Hubo un momento de silencio, ya que creo que nadie sabía qué decir, excepto, por supuesto, mi novio con un:

    “Entonces queda decidido. El viernes por la noche, Paula será tu novia. Y luego me la devuelves”.

    La idea de arreglarme para salir esa noche me había gustado más de lo que esperaba. Se convirtió en la excusa perfecta para comprar ropa nueva, algo que hace tiempo no hacía. Me probé varios vestidos frente al espejo, buscando algo que me hiciera ver bien, pero no demasiado provocadora. Al final, elegí un vestido negro ajustado que resaltaba mis curvas sin ser demasiado revelador. Para cuando llegó la noche, ya no me sentía rara. Las cosas parecían normales, o al menos lo más normales que podían ser en una situación como esa.

    Cuando Jorge abrió la puerta para que saliéramos, miró hacia atrás a Lucas, quien estaba sentado en el sofá con una sonrisa. “¿A qué hora debo traer a mi novia esta noche?” preguntó Jorge, con un tono de voz indicaba que era una broma.

    Lucas respondió: “Oh, ustedes dos solo diviértanse. Dejaré la luz encendida para ustedes”.

    Lancé una mirada a Lucas, tratando de que deje el chiste. Pero antes de que pudiera decir algo, Jorge tomó mi mano con delicadeza y me guio hacia su auto. Su mano era grande y cálida.

    Llegamos al lugar, entramos y encontramos nuestra mesa. La cena estuvo bien, pero me sentí extraña cada vez que mi tío o alguien más se refería a mí como la novia de Jorge o su chica. Me sentía nerviosa sobre todo porque mucha gente me veía mal, sobre todo las señoras mayores. Doy gracias de que no conocía a nadie.

    El alcohol ayudó a relajar mis nervios. Un par de copas de vino más tarde, ya no me sentía tan tensa. La banda comenzó a tocar, y la música llenó el lugar con un ritmo contagioso. Después de la cena, las luces se atenuaron y la música se volvió más animada, llevando a los invitados a bailar.

    “¿Quieres bailar?” preguntó Jorge después de un rato, extendiendo su mano hacia mí con una sonrisa tímida.

    Aunque no era el tipo de música que escuchaba, me encantaba bailar, así que acepté de inmediato. Al principio, el baile era inocente, con movimientos suaves y risas compartidas pero más bailábamos, más sed me daba. Y, a su vez, cuanto más vino bebía, más bailaba.

    En algún momento me di cuenta de que mi tío se estaba volviendo más cariñoso conmigo, y también me abrazaba cada vez más fuerte.

    El alcohol debió haber adormecido mis sentidos, porque no fue hasta que sentí el miembro gordo de Jorge presionándome que me di cuenta de lo que estábamos haciendo. Sabía que estaba mal, pero el vino y la fiesta estaban haciendo su magia en mí.

    Sin darme cuenta, la fiesta estaba llegando a su fin. Jorge y yo éramos una de las pocas parejas que quedaban en la pista de baile, y yo estaba bastante mareada. Mientras bailábamos una canción lenta, Jorge me rodeó con sus brazos, acercándome a él.

    Sentía el cálido aliento de mi tío en mi cuello y su verga dura contra mi vientre. Sentía el mismo hormigueo en mi concha que él debía estar sintiendo en su miembro. La racionalidad estaba perdiendo frente a la excitación.

    “Estás preciosa” murmuró Jorge, sus labios rozando mi oreja.

    “No puedo dejar de mirarte”

    “Jorge… ” susurré, sin saber si era una advertencia. Al final mis manos llegaron a su pecho.

    Mi tío no respondió con palabras, pero su cuerpo habló por él. Sentí aún más dura su verga a través de los pantalones. Mi mano bajo hasta su entrepierna, acariciando su miembro a través del traje.

    “Dios…” murmuró.

    “No sabes lo que me haces sentir, cariño”.

    Por suerte, paré del susto cuando las luces se encendieron y la música se detuvo.

    Caminamos en silencio hacia el estacionamiento, la tensión entre nosotros era palpable. Cuando llegamos al auto, Jorge rompió el silencio con un comentario:

    “Tu novio es un hombre muy suertudo por tenerte, lo digo enserio”.

    Me sentí culpable al instante. “Lo siento, Jorge. No debería haber dejado que las cosas se salieran de control”

    “Extraño tener a una mujer, incluso con mi esposa hace años que no teníamos intimidad”, confesó con voz ronca. “Ojalá la música no hubiera terminado. Se sintió tan bien tener tu mano ahí… ya sabes a lo que me refiero.”

    Sabía exactamente a qué se refería. Me sentí terrible por dejar que mi tío se acercara tanto a mí y por calentarlo así.

    Mis pensamientos se debatían entre la culpa y el deseo, pero mi cuerpo parecía haber tomado una decisión por mí. Mi respiración se aceleró, y supe que mis sentidos estaban al límite.

    Luego solo extendí mi mano y la coloqué sobre la entrepierna de Jorge, estaba dura como una roca. “No tienes que usar tu mano. Puedes usar la mía ésta noche si lo necesitas”, le dije, sintiendo cómo las palabras salían de mi boca sin que mi mente pudiera detenerlas.

    “¿Lo harías? Me encantaría”, respondió.

    Sus palabras fueron el empujón final que necesitaba. Con cuidado, me incliné hacia él y comencé a bajarle el cierre de sus pantalones. Forcejeé un poco con el botón de su pantalón pero logré desabrocharlo.

    Para entonces, Jorge encontró un estacionamiento vacío donde podía detenerse. Tan pronto como estacionó, levantó su culo del asiento y se bajó los pantalones y los calzoncillos. Su pene, liberado de la tela, saltó hacia mí, imponente y erecto. La vista me dejó sin aliento. Era la primera vez que veía una verga tan grande. Se erguía imponente ante mí, más grande y grueso de lo que había imaginado.

    “Tío, este es nuestro pequeño secreto, ¿Si?”, pregunté.

    “Querida, nunca diría nada que te cause problemas”, respondió Jorge.

    Con eso, envolví mi mano alrededor de su cálido miembro. Era mucho más grande que la de mi novio y a diferencia de mi novio, mi tío era muy peludo, parecía que nunca se había depilado. No sé qué haría si un policía me hubiera encontrado masturbándolo en vía pública.

    “Paula…”, murmuró Jorge, cerrando los ojos y dejando escapar un suspiro. Podía sentir cómo su cuerpo se tensaba bajo mi toque. No tardó demasiado en venirse. Su cabeza se echó hacia atrás, y su miembro se hinchó aún más en mi mano. La primera eyaculación fue enorme, y no me di cuenta de lo cerca que estaba mi cara hasta que un chorro de semen caliente salpicó mi nariz y mis labios.

    Antes de que me diera cuenta, mi lengua instintivamente limpió el semen incestuoso de mi tío de mis labios y lo llevó a mi boca. Saboreé su semen mientras mi mano seguía con el resto. Era cremoso y salado. El sabor era un poco amargo pero me gustó.

    Cuando terminó de correrse, mi tío me agradeció y se ofreció a devolverme el favor. En ese momento, deseaba desesperadamente los dedos de un hombre, y más…, en mi concha, pero de alguna manera lo resistí.

    Logramos encontrar algo para limpiarnos bien lo que quedaba de su semen, y luego nos fuimos a casa.

    Cuando llegamos a casa, Jorge se detuvo en la puerta y me miró con una sonrisa tímida. “Gracias. Lo pasé increíble”, dijo.

    “Estoy segura de que fue así”, respondí. “Lucas no recibió una paja en nuestra primera cita”.

    “Entonces no puedo esperar a nuestra segunda cita”, dijo Jorge riendo mientras salíamos del auto.

    “Sigue esperando”, respondí. “¡Va a ser una espera muy, muy larga!”

    Era pasada la medianoche cuando entramos a la casa. Lucas estaba en la cama, pero aún despierto, cuando me acosté con él. En un instante, ya estaba encima de mí. Pasó lo que parecieron horas comiéndome la concha, tomándose pausas para preguntarme cosas como “¿cómo fue salir con otro hombre?” y “¿Que tanto hicieron ustedes dos?”

    Lo regañé diciéndole que no era una de “esas”. Pero admití la paja que le di a Jorge estando borracha, aclarándole que no volvería a pasar. Se suponía que debía enojarse pero pareció excitarlo aún más, y subió sobre mí para cogerme con toda su energía. ¿Quién en su sano juicio se calentaría pensando en su novia haciéndole una paja a un hombre mayor? Y no a cualquiera, a su tío.

    No dijimos nada más esa noche. Por la mañana Lucas se fue con uno de sus amigos antes de que yo me levantara. Tenía sentimientos encontrados y mis emociones estaban revueltas por los eventos de la noche anterior.

    Mientras estaba en la cocina sirviéndome una taza de café de repente sentí algo cálido presionándose contra mi espalda, unas manos grandes en mi cadera y su aliento en mi cuello: era mi tío.

    “Buenos días, cariño”, dijo mientras presionaba sus caderas contra mí. Podía sentir su erección a través de la delgada tela de mi camisón. “Podrías darme una mano otra vez esta mañana”, susurró.

    No tuve tiempo de responder, o quizás no quería. El cuerpo de mi tío estaba pegado contra mi culo mientras tomaba mi mano izquierda y la llevaba a su entrepierna. Me di cuenta de que mi tío solo llevaba puestos sus calzoncillos y que su erección sobresalía de ellos cuando mi mano la encontró. Al final se me ocurrió algo que decir: “¿Por qué necesitas mi mano cuando tienes esas fotos mías desnuda que mirabas sin permiso en la computadora?”

    Su respiración se volvió irregular mientras buscaba las palabras. “Yo… lo siento, Paula. ¿Estás enojada por eso?”, preguntó.

    Giré lentamente para enfrentarlo, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío.

    “Supongo que… no”, respondí, sorprendida por mi honestidad.

    Jorge tragó saliva con fuerza. “Es solo que… después del divorcio, y viéndote todos los días aquí…”. Sus manos grandes se abrieron en un gesto de impotencia. “Eres tan hermosa, Paula. Esas fotos… aparecieron cuando estaba buscando unos documentos y… no pude resistirme”.

    El aire entre nosotros se espesó. Podía sentir el latido de su corazón acelerado a través de la delgada tela que nos separaba. “Sígueme”, dijo repentinamente Jorge, tomándome de la mano con una voluntad que no esperaba.

    Me guio escaleras arriba con pasos firmes, su palma contra la mía. Al llegar al escritorio, la computadora aún estaba encendida. Se sentó y me mostró una foto mía desnuda tomada el verano pasado.

    “Por esto necesito una mano esta mañana. Tus fotos son la razón por la que necesito tú ayuda”, dijo.

    Estaba envuelta en otra situación tan caliente como para parar. Mis pezones se endurecieron bajo el camisón, rozando contra la tela. Antes de que pudiera razonar conmigo misma, ya estaba arrodillándome frente a él, mis manos encontrando la cintura elástica de sus calzoncillos.

    “Paula…”, murmuró Jorge cuando mis dedos comenzaron a bajar sus calzoncillos. Él levantó la cadera de la silla para ayudarme, y su miembro saltó libre, imponente y enorme. Era igual de grande y duro de lo que recordaba, sentía las venas bajo mi tacto.

    Me incliné hacia adelante y tomé su miembro con mi mano. Jorge gimió diciendo: “Te ves tan hermosa en las fotos, Paula. Quisiera verte desnuda”.

    “Ya puedes verme. Eso que estás viendo en la computadora soy yo desnuda”, respondí.

    “Por favor, Paula”, suplicó. “Solo quiero mirar. Te prometo que no tocaré”.

    Con eso, me puse de pie, me quité la bata de los hombros y la dejé caer al suelo. Ahora estaba parada solo con mis bragas, mirando a mi tío desnudo. Dudé, pero solo por un momento. Cuándo coloqué mis pulgares en mis bragas y las bajé hasta el suelo dijo:

    “¡Estás tan buena!” Su miembro palpitó visiblemente, una gota de líquido brillando en la punta.

    Una vez más, me arrodillé y tomé la gran verga de mi tío con mi mano derecha, comenzando a masturbarlo. Mi mano izquierda también la ocupé, tocando mi sensible clítoris. Fue una mala idea, ya que eso aumentó mi mucho mi deseo sexual.

    El sonido húmedo de mi mano trabajando su miembro se mezclaba con mis propios gemidos suaves mientras me masturbaba. La habitación olía a sexo y colonia barata, a sudor y excitación.

    “Hazlo”, dijo Jorge de repente, sus dedos acariciando mi cabello. Levanté la vista y vi el deseo desenfrenado en sus ojos. “Usa tu boca, Paula”.

    Entre lo mojada que estaba, su insistencia y el recuerdo del sabor de su semen, la resistencia era imposible. Me incliné hacia adelante, extendiendo la lengua para lamer la gota de líquido preseminal que asomaba en su cabeza. El sabor salado llegó a mis papilas gustativas. Y su olor tan masculino era adictivo.

    La noche anterior había sido la primera vez que había tocado la verga de otro hombre que no fuera la de mi novio. Lo había conocido en secundaria y seguimos juntos desde entonces. Pero ahora, aquí estaba, tomando la verga de mí tío en mi boca.

    Despacio, bajé mis labios por su duro miembro y sentí su cabeza hinchada abrirse paso hacia la parte posterior de mi garganta. En ese momento, no me importaba nada. Solo sentí la necesidad de hacerlo. Jorge gimió mientras mi cabeza subía y bajaba lento por su gran miembro.

    Sus manos guiaban mi ritmo ahora, empujando mi cabeza hacia él. “Eres tan buena en esto”.

    “Así, justo así,” susurró, su voz. “Mi niña, intenta llegar más abajo”

    Mis propios gemidos hicieron vibrar su miembro mientras mi mano libre continuaba trabajando con mi clítoris.

    No pasó mucho tiempo antes de que mi automasaje erótico comenzara a hacer efecto. Primero sentí un temblor y finalmente me vine. Mis labios no soltaban su miembro, y los únicos sonidos que podía emitir eran gemidos ahogados, “Mmm… Mmm… mmm,” que hacían vibrar mi garganta llena.

    Sin previo aviso, sus manos se aferraron con más fuerza a mi cabeza y empujó su miembro profundo en mi garganta. Un espasmo involuntario me recorrió cuando su grueso miembro llenó completamente mi boca, empujando más allá de mis límites.

    La sensación de ahogo fue instantánea y las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas mientras luchaba por respirar. Mi nariz fue aplastaron contra su pelvis, y el espeso vello púbico de Jorge, impregnado de un aroma intensamente masculino —mezcla de sudor, piel y ese olor crudo y animal que solo un hombre maduro puede tener— invadió mis sentidos. Su aroma viril que hacía que mi propio sexo se contrajera de placer.

    Pero no intenté liberarme, en cambio, me entregué completamente, permitiendo que él usara mi boca como quisiera.

    “Dios mío… así” susurró, conteniendo la respiración. “Nunca nadie me la había tomado entera antes”.

    “¡Aah, dios!”, gritó cuando el primer chorro de su semen se disparó en mi garganta. Nuestros cuerpos temblaban mientras chorro tras chorro de su semen inundaba mi boca, mi garganta y mi estómago. Su sabor llegó a mi boca, empecé a tragar por instinto pero la cantidad era abrumadora; algunos hilos escaparon por las comisuras de mis labios, resbalando por mi mentón.

    Por un momento, sentí como si me fuera a desmayar. La verga de Jorge se estaba ablandando en mi boca. Mantuve mis labios alrededor de ella mientras la retiraba para conservar y saborear todo el semen que me había dado. Fue una cantidad enorme, y sabía incluso mejor que la noche anterior, mientras lo tragaba y disfrutaba del regusto en mi lengua.

    Amaba lo que acababa de pasar con mi tío. Pero, al mismo tiempo, sabía que debíamos parar.

    Todavía puedo recordarme arrodillada, desnuda, con las manos apoyadas en sus piernas, explicándole que esta mamada tenía que ser lo último que habría entre nosotros, y que debería regresar a su apartamento. También recuerdo a mi tío diciendo estar de acuerdo con eso.

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  • El deber de un hijo

    El deber de un hijo

    De la misma forma en la que una madre tiene la obligación de cuidar a su hijo, un hijo tiene el deber de ayudar a su madre, haciendo lo que sea con tal de que está este bien (y cuando digo lo que sea, me refiero a literalmente cualquier cosa), y de eso trata la historia que les voy a narrar hoy: de un hijo que, con tal de ayudar a su madre, hizo lo que se consideraba impensable.

    Nuestra historia comienza en un departamento como cualquiera, en la que vivían una pequeña familia confirmada por:

    Betty (42 años): es una mujer divorciada pelinegra de ojos verdes, poseedora de unos muslos inmensos, unas tetas gigantes, de un culo enorme y redondo. Pese a ser una milf hermosa y muy sexy, su marido la terminó dejando por una mujer mucho más joven.

    Leo (18 años): es el hijo de Betty, y es un joven delgado y con lentes. Tras el divorcio de sus padres, decidió quedarse con su madre y, desde entonces, intenta ayudarla a sobrellevar la tristeza que ella siente a causa de la infidelidad que había sufrido.

    Nuestra historia comienza una noche normal, en la que Leo se encontraba lavando los platos cuando, de pronto, escuchó a su madre sollozando en la sala, y fue a hablar con ella para intentar animarla.

    “¿Estás bien, mamá?” preguntó Leo, preocupado.

    “¡No, hijo, está todo bien!” exclamó Betty, deprimida “Es solo que… volví a acordarme de tu padre y… me hizo entristecer”

    “¡No deberías seguir pensando en eso!” exclamó Leo, mientras abrazaba a su madre.

    “¡Si, sé que no debería seguir pensando en lo que tu padre me hizo, pues ya pasaron más de dos semanas, pero es que simplemente no puedo! Seme sincero, Leo ¿Tan fea soy como para que tú padre decidiera dejarme por su secretaría?”

    “¡Ni pienses eso! Papa es un idiota y se arrepentirá de dejar a una mujer tan hermosa y sexy como lo eres tú”

    “¿Así que crees que soy sexy?” preguntó Betty, quien dejó de sentirse triste y comenzó a sentir curiosidad.

    “Bueno… mis amigos siempre han dicho que eres una mujer muy atractiva”

    “¡Te pregunté si yo te parecía sexy, no lo que decían tus compañeros!” exclamó la milf.

    “¡Bueno… si… creo que eres muy sexy!” exclamó Leo, con cierta incomodidad.

    “¡Pues entonces bésame!” exclamó Betty, con firma, mientras se paraba enfrente de su hijo.

    “¿Cómo?” preguntó Leo, sorprendido.

    “¡Si realmente crees que soy sexy, pues entonces dame un beso en la boca porque, si no lo haces, entonces quiere decir que todo lo que me has dicho es mentira!”

    Para evitar herir los sentimientos de su madre, Leo acato sus órdenes, y le dio un pequeño besito en los labios.

    “¡Listo, ya lo hice!” exclamó Leo, quien se sentía incómodo a la par de excitado por la situación “¿Feliz?”

    “¿A eso le llamas beso?” preguntó Betty, mientras garraba a su hijo de la cabeza “¡Deja que mami te enseñe lo que es un verdadero beso!”

    Sin pensarlo ni por un minuto, Betty le dio un apasionado beso a su hijo, el cual parecía no tener fin y en dónde su lengua y la de Leo se entrelazaron con fuerza. Luego de un rato, madre e hijo separaron sus bocas, y jadearon un poco por lo intenso que había sido.

    “Bien… creo que eso es todo” preguntó Leo, mientras trataba de ocultar la erección que le había provocado el beso “¿Vemos una película?”

    “¿Y si mejor vamos a coger a mi cuarto?” preguntó Betty, mientras agarraba la mano de su hijo.

    “¿Cómo?” preguntó Leo, en shock por la propuesta de su madre “¡Pero por supuesto que no!”

    “¡Entonces eso quiere decir era mentira que me consideradas una madura atractiva!” exclamó Betty, con tristeza.

    “No es mentira pero… ¡Somos madre e hijo!”

    “¡Si realmente soy una mujer tan sexy como dices que soy, te importaría un carajo que fuera tu propia madre, y aceptarías gustosamente tener sexo incestuoso conmigo!” exclamó Betty, con firmeza “¿O es que te parezco tan desagradable que te da asco la idea de que comportamos la cama?”

    “¡No, claro que no, pero…!”

    “¡Nada de peros! Si realmente quieres que te crea todo lo que dijiste de mí, pues entonces acompáñame a mi cuarto para tener una noche de placer”

    Al temer dañar el autoestima de su madre si rechazaba su oferta incestuosa, Leo termino cediendo ante los deseos de Betty, y la acompaño hasta su cuarto.

    Una vez allí, ambos se desnudaron, y comenzaron a besarse apasionadamente, al tiempo que se manoseaban.

    Luego, Betty colocó la cabeza de Leo entre sus pechos, y este se los comenzó a chupar.

    “¡Que bien se siente el ser deseada por un hombre después de tanto tiempo!” pensó Betty, mientras gemía de placer “¡Se nota que mi hijo genuinamente disfruta lo que hace, pues lo hace con una gran pasión!”

    Tras chupar los pechos de su madre por un buen rato, Leo se acostó boca arriba sobre la cama, Betty se colocó encima de él, y ambos comenzaron a hacer el 69.

    “¡Debo hacer que mamá se sienta hermosa o, de lo contrario, nunca podrá superar su depresión!” pensó Leo, mientras chupaba el coño de su madre, al mismo tiempo que está le daba una intensa mamada “¡Dios, la chupa mejor que mi exnovia!”

    Luego de disfrutar del sexo oral mutuo, Betty se levantó.

    “¿Qué pasa, mamá?” preguntó Leo “¿No te estaba gustando el sexo oral?”

    “¡No, al contrario, tu lengua me enamoró, pero ahora quiero que me des un beso apasionado!”

    “¡Por supuesto!” exclamó el joven, e intento besar a su madre, pero está lo detuvo.

    “¡No, no lo quiero en la boca, lo quiero en el culo!” exclamó ella, muy excitada, mientras se ponía en cuatro, y le enseñaba a su hijo su gigantesco trasero.

    “Pero mamá… yo…” dijo Leo, quien no estaba seguro si debía acatar la orden de su madre.

    “¡Solo un beso negro apasionado puede ayudar a sanar mi roto corazón!” exclamó Betty “¡Si realmente quieres ayudarme a olvidar a tu padre, pues entonces mete tu cabeza entre mis nalgas, y besa mi ano como si fuesen los labios del amor de tu vida!”

    Al principio, Leo tuvo ciertas dudas si debía o no darle un beso negro a su madre pero, al final, enterró su cara entre las nalgas de Betty, y comenzó a chuparle el culo.

    “¡Puta madre!” grito de placer la milf “¡Vamos, sigue chupando! ¡Quiero que devores mi culo como si fuese una bandeja de helado!”

    “¡Que sabroso que es!” pensó Leo, mientras chupaba el ano de su madre con gran entusiasmo.

    Leo chupo el culo de su madre hasta que está tuvo un gran orgasmo, y luego Betty se acostó boca abajo sobre la cama.

    “¡Eso fue grandioso!” exclamó Betty, con una sonrisa.

    “Entonces ¿Ya te sientes hermosa?” pregunto Leo, quien tenía una gran erección.

    “¡Aún no, pero ya casi lo logras!” exclamó ella, mientras abría sus nalgas, y le mostraba a su hijo su ano bien ensalivado “¡Solo debes meter tu verga aquí adentro, y cogerme hasta que me venga!”

    “¡Cómo mandé, señora!” exclamó Leo, mientras agarraba el inmenso culo de su madre, y besaba la nalga izquierda.

    “¿Sabes? Tu padre, en todos los años que estuvimos casados, nunca quiso tener sexo anal conmigo, pese a que yo siempre se lo pedía, porque a mí me encanta que me cojan por el culo”

    “¡Ya olvídate de papá!” exclamó Leo, mientras metía su verga dentro del culo de su madre, haciendo que está pegará un grito de dolor y de placer “¡Él es un estúpido que no supo apreciar a la bella mujer que tenía al lado suyo, pero yo le daré a tu inmenso trasero todo el amor y el semen que se merece!”

    Tras dar su declaración, Leo comenzó a coger a su madre tan fuerte como pudo, al tiempo que está mordía la sábanas de la cama y se retorcía a causa del inmenso placer que sentí.

    “¡Eso es, maldito burro pitudo de mierda!” grito Betty, mientras agitaba su culo, el cual era nalgueado por su hijo mientras se lo cogía “¡Vamos, cumple tu deber como hijo! ¡Rómpele el culo a tu madre para sanar su roto corazón!”

    “¡Cómo mandé, mi amada madre!” exclamó Leo, mientras aumentaba el ritmo de sus embestidas “¡Que suerte tengo de tener una madre tan hermosa y sexy como tú!”

    “¡Y que suerte tengo yo de tener a un hijo tan bien dotado! ¡Menos mal que no heredaste el micropene de tu padre!”

    Tras mucho sexo anal intenso, Leo, por órdenes de Betty, saco su verga del culo de su madre, y acabo en la cara de está, dejándole el rostro cubierto de espeso semen.

    “¡Eso sí que fue increíble!” exclamó Betty, mientras lamía el semen que le escurría por la cara “¡Ahora sí que me siento la mujer más hermosa del mundo!”

    “¡Y me alegra saber que te sientas de esa manera, porque realmente lo eres!” exclamó Leo, mientras se acostaba al lado de su madre.

    “¿Sabes? Creo que debería estar agradecida con tu padre porque, gracias a su infidelidad, ahora tengo a un amante mucho más joven, pitudo, y amoroso”

    “¡Es verdad! Y yo también tengo de amante a la milf más bella de la tierra” dijo Leo, con gran alegría.

    Tras limpiarle el semen de la cara, Betty regreso a la cama, y le pidió otra sección de sexo anal intenso a Leo, con acepto sin dudarlo, pues era su deber como hijo complacer a su amada madre.

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  • El felino y la curiosidad

    El felino y la curiosidad

    Tenía veinte y seis años, una figura que coleccionaba miradas y halagos, un marido celoso y un sexo deplorable, que hasta ahí desconocía.

    Cesar “el gato” Mansilla era el almacenero qué atendía la despensa mal surtida del barrio Amanecer de la ciudad de Cardona. La vida cotidiana y monótona se acentuó más con la huelga de la construcción, rubro en que se desenvolvía Rubén (mi esposo) el solo verlo todo el día mirando tv y quejándose por todo era insufrible y lo único que lo amenizaba era Maritza, la esposa del Tiño el gran amigo de mi marido.

    La nevera se fue vaciando, y las facturas de deudas engrosando, a veces mamá me ayudaba con algo pero apenas sosteníamos los servicios elementales y Rubén no quería que trabajará bajo ningún concepto. La sola idea le provocaba ira, como si fuese algo maldito, prohibido. Yo lo acate por supuesto, como siempre, aunque estaba pasando una etapa donde la desilusión era mayúscula.

    A la libreta del fiado no le cabían más números después de un mes de huelga, el resoplido del gato detrás del mostrador era audible aun antes de entrar y la vergüenza me inundaba cada vez que tenía que comprar a cuenta.

    Los días continuaban sucediendo uno tras otro como la película sin novedad en el frente, Rubén y el Tiño se iban a jugar al fútbol por las tardes como dos adolescentes y nosotras ahí hastiadas, masticando bronca quejándonos de ellos.

    Una de esas tantas tardes calurosas de Marzo, Maritza me preguntó:

    –¿Qué onda, con el gato? Mientras tragaba el último sorbo de mate.

    –¿El almacenero, decís?…. Asintió con la cabeza. –Nada, le debemos la vida… pero nada. ¿Por?

    -Ayer, me hizo un comentario y… como que me dio a entender que le gustabas. Dijo dándome el mate.

    –No, serán cosas tuyas. Argumente. La charla siguió en ese tenor, ella punzando y yo restando importancia. La verdad es que hacía un tiempo había notado cierto interés de él, era demasiado atento siempre sonriente, sacando charla, en fin había un feeling difícil de explicar, un tanto particular que yo trataba de disimular pero que al mismo tiempo me agradaba.

    El hombre traspasaba los cuarenta y era alto, debía medir más de uno ochenta, de cabello rapado y bigote espeso encima de su boca grande. Ojos azules y profundos qué parecían desnudarme cada vez que iba, desde el otro lado del mostrador. Voz gruesa que se ataviaba conmigo, y un dócil trato que no tardó en convertirse en indirecta.

    –Bienvenida a la madriguera del felino. Aviso, mostrando los dientes.

    –Ni, que fuera un roedor. Contesté casi sin pensar.

    –No. ¡¿Pero sabes cómo te como?!

    Amenazó, creo que también sin pensar. La luz del mediodía pegaba de frente, no tanto como su mirada y tiño de magia ese momento. Un calor diferente escaló por las piernas escurriéndose por la abertura de la pollera e instalándose en mi intimidad. Como no supe que decir, no dije nada. Compré lo que iba a llevar y me fui.

    Regrese 1 hora y 20 minutos después, con más calor y decisión.

    –¿Que olvidaste? Preguntó el gato leyendo un listado.

    –Mi marido se fue a jugar un partido… capaz usted quiera jugar otro. Sugerí bajando la mirada.

    Faltaban unos minutos para las dos de la tarde cuando Cesar volcó a prisa el cartel de cerrado, una cortina azul que sellaba un pasadizo lateral se abrió y engullo su humanidad y la mía tras él. Un catre rudimentario nos esperaba en la penumbra y crujió cuando me tumbe, su sonrisa ensancho el bigote. La cama sonó nuevamente y una mano desconocida y áspera hurgo por debajo de la blusa, crema. Nos besamos desesperadamente, como dos insanos qué acaban de perder la cordura y recorrimos nuestras pieles sudadas de antojo.

    Sentí los mordiscos medidos en los pezones erizándome las nalgas y las bragas desprendiéndose de mi como la cáscara de una fruta. Sentada en aquellas piernas vigorosas hundí mi mano por su cremallera y noté el pene durísimo luchando por emerger. Hubo un según de sosiego, lo suficiente para escuchar la respiraciones y despojarse de los harapos. Mi entrepierna hervía empapada cuando me senté en la punta nueva de aquél mástil poderoso y controle la caída lenta de la pelvis contra la masa musculosa. Fue incontrolable, el gato comenzó a envestir desde abajo con firmeza y me vine enseguida, y otra vez.

    Recordé a mi esposo y me vine una vez más gritando el nombre de Cesar, el crujir del catre se confundió con los gemidos de la mujer casada y las órdenes del felino qué me montaba como quería. Exhausta dormite en su pecho sintiéndome mujer más que nunca y desperté para seguir con aquel calvario divino. El tipo me hizo de todo, lo que pedí y lo que no. Fue glorioso.

    Tres meses y algo fue en lo que tardo Rubén en darse cuenta que el gato me estaba arañando y fue a reclamarle. Cesar le dijo que no me hizo nada que yo no quisiera, y era verdad. Regrese a vivir con mamá un tiempo, casi cometo el error de regresar con mi ex, estuvimos ahí en la vuelta pero él no podía olvidar y yo tampoco. Finalmente, el gato también se comió a Maritza y a otra docena de mujeres y yo me fui a la capital desde donde escribo esta anécdota.

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  • Todo por una comisión

    Todo por una comisión

    Mi esposa Rudy se desempeña en el campo de la compra y venta inmobiliaria, teniendo mucho éxito al sector norte por las cumbres de Lorena periferia a la ciudad de Bogotá.

    Este año las ventas no han estado muy bien y su jefe inmediato le ha propuesto, dada su experticia, añadir a su portafolio de propiedades unas tres casas que no se han podido vender durante meses. Rudy me contó que es una buena oportunidad para un ascenso y que se comprometería a venderlas.

    Luego de una par de semanas me llamó mi esposa en la tarde, para decirme que iba a reunirse con un cliente para conversar sobre una de las casas. Ella me contó que se reunió con un tipo llamado Esteban y su esposa, quienes buscaban una propiedad. Al revisar la información ellos quedaron fascinados y acordaron ir a conocer, sin embargo la esposa dijo que enviaría a su hermano arquitecto para que revise por menores y llegar a un acuerdo final.

    Rudy me contó que iba a mostrarles la propiedad a dos clientes hombres y eso llamó mi atención; conseguí la dirección de la casa y me propuse ir para ver si todo marcharía bien, incluso conseguí copias de las llaves en la oficina de Rudy, y luego acudí al sitio antes que llegaran ellos.

    La visita estaba planeada para las 16 h por lo que llegué unos 30 minutos antes y me escondí en los clósets de uno de los cuartos superiores. Escuché que estacionó un vehículo y pude ver a dos tipos grandes bajar del auto de Rudy, los mismos que reían con ella haciendo bromas y caminando hacía la casa.

    Entraron y se escuchaba voces, risas y pasos. Rudy les mostraba y hablaba sobre todos los aspectos de la casa. Cuando llegaron por la habitación pude notar que mi esposa estaba con un vestido entero alto que dejaba ver sus piernas y pronunciaba masivamente sus nalgas; más arriba, el descote también dejaba ver sus enormes tetas apretadas y junto con sus labios rojos y cabello recogido era una atracción para cualquier macho. Entre plática y bromas de doble sentido pude ver que los tipos le tomaban de la cintura, mano y de vez en cuando bajaban y tocaban su trasero.

    Yo me escabullí y pude ver que se quedaron en un hall del segundo piso en donde había una mini sala empotrada. Al rato, estos cabrones empezaron a seducir a mi esposa diciendo lo sexy que estaba y sobando sus penes simulando bailes y bromas. Rudy les pregunto que si les gustó la casa y Esteban respondió que necesitaría convencerlos. Rudy se bajó el cierre del vestido dejando ver un cuerpo delicioso completamente desnudo. Estos cerdos estaban a mil y su miradas se clavaron en las tetas y la vagina depilada de mi esposa. No esperaron más y empezaron a desnudarse de una manera frenética mientras Rudy empezó a sobarse el clítoris acostada en el sofá.

    Estos cabrones la hicieron colocar de rodillas, y ella empezó a mamarles la verga de arriba hacia abajo, tomándola del cabello y provocando arcadas con cada embestida. Rudy al ver que esos penes ya estaban bien erectos se levantó y se puso en cuatro patas en el sofá a lo que Esteban se acercó y escupió el culo de la mujer para empezar una lamida de ojete brutal. Este cerdo lamía y metía su lengua en el ano de Rudy mientras le sobaba el clítoris. El cuñado arquitecto se acostó en el sofá y empezó a masturbarse mientras veía esa escena, para luego Rudy acercarse y lamer su pene mientras recibía lengua de Esteban.

    Tras un par de minutos, Rudy fue por el cuñado y subiéndose en su pene empezó a cabalgarlo de manera suave hasta acomodar todo ese pedazo de carne. Empezaron las embestidas y en cada una de ellas Rudy cerraba los ojos mordisqueaba sus labios mientras el macho se aprovechaba succionando sus tetas. En un momento Rudy miró hacia atrás y se percató que Esteban estaba masturbándose con la mirada clavada en sus nalgas y espalda… ella se escupió la mano y la dirigió hacia su ojete llamando al otro cerdo para que la empalara.

    Esteban se acercó y colocó su pene en la entrada del orto de Rudy. Su cuñado paró un momento y Esteban empezó a meter el chorizo en medio de las nalgas de mi esposa; cuando ya todo entró empezaron a moverse ambos machos lentamente.

    Yo estaba a mil y ni me di cuenta que tenía mi verga erecta y saliendo gotas de semen… Me la estaba jalando mientras veía todo ese espectáculo. Tras unos minutos, alcé nuevamente la mirada y vi a Rudy meneándose para adelante y hacia atrás de manera frenética; esta puta estaba clavándose las dos vergas mientras éstos cerdos disfrutaban de sus jugos; podía ver como terminaba una y otra vez lanzando sus líquidos hacia este par de cabrones. Tras unos minutos ella empezó a suplicar que terminen porque no daba más.

    Al cuñado que le cabalgaba por la chepa le dijo que por favor la dejara preñada, que la deje con todo su semen adentro. Este puerco empezó a darle más duro tomando sus caderas y mordiendo sus pezones; Rudy volteó hacia Esteban quién perforaba con todo su ojete le dijo que quiere sus entrañas llenas de semen… Así estos tres cerdos empezaron a moverse fuerte hasta que Rudy empezó a gritar y los cabrones sudando y meneando sus cuerpos dejaban todo su esperma en los huecos de mi esposa.

    Se incorporaron y sacudiéndose la verga le dijeron a Rudy que haga los papeles. Se vistieron y salieron de la casa dejándola completamente abierta tirada en el sofá… Tras unos minutos mi esposa me dice que ya puedo salir. Yo me quedé perplejo y ella insistió en que yo salga. Al exponerme me acerqué a ella y vi su vagina y ojete goteando leche.

    Ella me dijo que quería ser usada por esos puercos y me tomó de la verga abriendo sus piernas para que la penetre; así lo hice y empezamos a coger de una manera salvaje y deliciosa; luego la puse en cuatro y verifique que su ano estaba abierto y estaba listo para otro pene…, tras unos momentos me ordenó que me acueste en el sofá y se puso en posición 69. No lo vi llegar, pero terminé lamiendo su vagina y ojete dilatados escurriendo del semen de ese par de machos. La verdad me lleno mi cara de semen y fluidos hasta que me volteé y le clave el pene en su orto hasta que empecé a darle toda mi leche que tenía desde que empezó la sesión de sexo y lujuria.

    Después de unos minutos la tomé y fuimos a ducharnos juntos, para luego regresar a casa. En el camino ella me dijo que supuso que yo iba a estar allí porque no encontró la copia de las llaves de esa casa. Le pregunté si se culea a cada cliente y me dijo que era la primera vez, aunque yo creo que ya lo ha realizado otras veces en que ha llegado a casa con la vagina y el ojete inflamados.

    Si quieres más relatos de nosotros, escríbenos aquí…

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  • Grata sorpresa (8)

    Grata sorpresa (8)

    Por la mañana me despertó como siempre que estábamos juntos Laura, con un muy dulce despertar, puesto que siempre me despertaba con mi pene en su boca, y su desayuno era mi semen.

    Cuando abrí los ojos lo primero que vi fue a Silvia a mi lado, mirándome, al verse sorprendida, esta cambio su mirada hacia Laura, yo como siempre cuando despertaba me dejaba llevar para darle su premio a mi sumisa.

    Al terminar y después de limpiarme Laura venía a darme los buenos días con un beso, todo eso bajo la atenta mirada de nuestra anfitriona, Silvia estaba con los pezones duros, tiesos, estaba seguro que le había gustado estar de espectadora a nuestro lado y que en esos momentos estaría ya húmeda, con mi mirada busque a su marido, al cual vi sentado en el suelo apoyado con su espalda en la pared, observándonos.

    Laura y Silvia fueron a ducharse, yo por mi parte me quede en la cama, hablando con Luis, le pregunté si estaba bien, pues estaba muy callado, me contó que no se esperaba lo que había pasado la noche anterior, por una parte se sentía humillado y por la otra que le gusto lo que paso, por lo que le recomendé que se quedara con la parte buena, y olvidara la otra, y que intentara disfrutar del día que aún le esperaba, que había descubierto algo nuevo en su sexualidad, y que por ello no era gay, simplemente bisexual y que le gustaba disfrutar de los placeres del sexo y de ello no debía arrepentirse, puesto que podía seguir practicando ese tipo de sexo con su mujer en privado con tan solo adquirir un arnés, pero que hoy se dejara llevar, que disfrutara, y que no escondiera que le gustaba, que fuera más normal, más espontáneo.

    Cuando las chicas salieron, Luis se fue a duchar y aproveche para hablar con ellas, las quería por casa desnudas toda la mañana, le pedí a Silvia que llevara el arnés puesto todo el día, con sus plugs correspondientes metidos dentro de ella.

    También le pedí a Silvia que sedujera a su marido, y que se lo follara, a lo que me indico que esa era una de sus fantasías, y nunca se había atrevido a contársela a nadie, pero que tenía miedo a la reacción de su marido si lo intentaba, no pude aguantarme y me eché a reír, Silvia, si te rechaza es por pudor, no porque no lo desee o no le guste, pues ya me ha dicho que le gusto, por lo tanto, creo que tienes suficientes armas para poder follártelo, además Laura y yo saldremos después de desayunar a dar una vuelta al pueblo y así poder dejaros solos para que tengáis la libertad de hacer lo que queráis sin nuestra presencia, cuando volvamos quiero veros con cara de satisfacción y de haberlo pasado bien.

    Cuando Luis salió de la ducha las chicas y yo estábamos en la cocina acabando de preparar el desayuno, Luis apareció con un pantalón y camiseta, viéndose totalmente fuera de lugar, cuando nos echamos a reír de el al verlo vestido, por lo que no dudo de desnudarse y quedarse en bolas como todos, al acabar de tomar café Silvia se sentó en el regazo de su marido, cara a cara, mirándolo, con la polla de Silvia entre ellos, esta empezó a besarlo, y abrazarlo, Luis empezó a tocarle los pechos, a besárselos, su mano bajo hasta cogerle la polla a Silvia, esta se levantó poniéndole el pene a la altura de la boca de su marido, empezando está a metérsela en la boca.

    Silvia lo cogió por la cabeza para hacer que se la metiera más y así llevar ella el ritmo de la felación estando así durante unos minutos, cogió a su marido lo levantó y lo apoyo en la mesa de la cocina, tumbando su pecho contra esta, Laura le tendió con la mano lubricante que Silvia rápidamente le aplicó en el ano a su marido, empezando luego a meterle la punta del consolador en la entrada del culo, y luego empezando a follárselo a un muy buen ritmo, Laura vio que yo estaba empalmado e intentó ponerse a comerme la polla, cosa que le impedí, y la mande colocarse debajo de la mesa para que se la pudiera comer a Luis, cosa que hizo, y este no tardo ni 5 minutos en correrse en la boca de Laura.

    Silvia pareció no darse cuenta de ello, pues ni paro ni aflojó su marcha, seguía follando a su marido con empeño y dedicación, Laura trago el semen de Luis, e intentó recomponerle de nuevo su polla consiguiéndolo nuevamente.

    Silvia no tardó en correrse y empezó aflojar la follada, estaba extenuada, y Laura nuevamente consiguió que Luis se corriera en su boca, salió de debajo de la mesa, se incorporó y le paso la leche que tenía en su boca a la boca de Luis, diciéndole que ahora le tocaba a él bebérsela, me levante me acerque hasta Silvia, le quite el arnés, le saque los plugs, la apoye en la mesa como antes había estado su marido y empecé a encularla, le indique a Laura que se colocara nuevamente debajo de la mesa, solo con eso sabía que debía hacer, comerle el coño a Silvia, esta no tardó mucho en correrse en la boca de Laura, y yo me vacié en el culo de Silvia.

    La única que no se había corrido aún era Laura, por lo que le mande que me la comiera para volverla a poner a punto, le mande a Silvia ponerse nuevamente el arnés, y tumbarse en el suelo boca arriba, Laura se subió encima de ella, la empuje hacia adelante para hacerme sitio y así poder metérsela por el culo, y empezamos una doble penetración la cual Laura nos agradeció dedicándonos una sonora corrida.

    Laura y yo nos vestimos y nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo dejando solos a Luis y Silvia, está con su arnés puesto y desnuda junto a Luis que le estaba limpiando el consolador de la penetración a Laura, aprovechamos para comprar un par de pollos al ast pues dudaba que tuviéramos tiempo para preparar algo de comer. A nuestra vuelta la pareja estaba en el piscina, estando ella sentada y su marido mamándole nuevamente la polla a su mujer.

    Nos desnudamos y nos dimos un chapuzón en la piscina, siguiendo ellos con lo suyo, Laura aprovechó para tomar un rato el sol y me junte a ella para lo mismo hasta la hora de comer, creo que nos dormimos. Al rato Silvia nos avisó que la mesa estaba puesta, sentándonos todos a comer y charlar sobre lo acontecido el fin de semana, comenzamos una rueda de confesiones.

    Luis le explicó a Silvia los motivos que le habían llevado a contactar con nosotros, añadiendo al final que lo que se esperaba no era lo que realmente había ocurrido, pero que lo ocurrido le había agradado notablemente, y nos daba las gracias por ello, Silvia no se esperaba nada de lo ocurrido, su marido no le había comentado absolutamente nada de sus intenciones, y que en un solo fin de semana había realizado muchas de sus ocultas fantasías y perversiones, nos invitó a volver con ellos cuando lo deseáramos, pues lo había pasado genial a nuestro lado.

    Cuando acabamos de comer y estaban preparando los cafés, le indique a Laura que quería que preparara para antes de irnos, tanto Luis como Silvia preguntaron por Laura, y les dije que ahora volvería, pues estaba preparando un último juego de despedida, Silvia puso una pícara y agradable sonrisa, Luis sin embargo hizo una especie de mueca al oír lo del último juego.

    Cuando Laura nos avisó, fuimos al cuarto de ellos, antes de entrar les tapamos los ojos tanto a Luis como a Silvia, había una silla puesta justo enfrente de la cama, con uno de los consoladores del arnés sujetada en esta con una cinta, Laura acompañó a Luis a sentarse en la silla, haciendo que este se metiera el consolador en su culo, luego le ató las manos a la espalda, y las piernas en la silla, yo lleve a Silvia a la cama, la puse a cuatro patas sobre ella en el borde de esta, a escasos centímetros de su marido, la fui agachando hasta que llegara a la polla de Luis, poniéndole entonces las manos a la espalda y atándoselas allí.

    Laura se puso el arnés, separo las piernas de Silvia y desde atrás se tumbó debajo de ella hasta meterle el consolar dentro, yo me puse de pie, con las piernas abiertas obligado por la postura de Laura, detrás de Silvia y se la metí por el culo, empezando así nuestra sesión final, doble penetración para Silvia y su boca llena, follada y mamada también para Luis, Laura también con su coño y culo lleno con los plugs del arnés y follando a Silvia, y yo enculando a Silvia y con los huevos masajeados por Laura.

    Los cuatro casi al unísono empezamos a corrernos, la música que destilaba aquella habitación era del contenido de tanto placer, en aquella habitación se oía, se respiraba y se vivía el sexo, el placer, el sudor, y las feromonas que todos desprendíamos a la vez, la estampa era de puro vicio.

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  • El caliente almacén

    El caliente almacén

    Durante un tiempo me estuve ocupando del almacén de una compañía de discos. Mi labor consistía en clasificar y colocar todos los CDs que llegaban a la compañía, usaba un pequeño y viejo ordenador para hacer la ficha de cada uno y rellenarla con todos los datos: artista, título, año, canciones, fecha de lanzamiento y el nº que hacía en el conjunto del almacén para localizarlo fácilmente.

    Era sencillo y entretenido vaya. Entre la gente que había en la compañía me había llamado la atención una chica delgadita, morena, de ojos claros y una gran boca. Sin ser guapísima tenía mucho morbo y atractivo, sus maneras eran atentas y era muy extrovertida. Yo la echaba poco más de mi edad (yo tenía 23 por entonces), pronto descubriría cuán equivocado estaba.

    Las cañas después de la jornada eran habituales entre algunas de las personas que allí trabajábamos, en el bar de enfrente, lo típico, y ella se solía apuntar, cosa que me alegraba. En una de esas reuniones había descubierto su nombre: Sofía. Y había salido el tema de la edad. La mayoría eran mayores que yo, y eso aprovechaban para hacerme las típicas bromas de “crío” y demás. En una de esas me defendí aludiendo a Sofía

    “bueno, no soy el único jovencito, ella también así que meteos con ella ¿no?” dije riéndome “jovencita… ¿yo? dijo Sofía riéndose más. Yo dejé de hacerlo.

    “Hombre no sé, pero más o menos tendrás como yo o poco más ¿no?” Pregunté yo ya dudoso y nerviose por temor de meter la pata.

    “¿Me echas poco más de tu edad?” dijo. Y se rio. “Pues te equivocas, tengo 31” soltó contundentemente y mirándome fijamente.

    “Uauh” solté boquiabierto, “de… de verdad que te calculaba unos 26 a lo sumo, la verdad que no los aparentas para nada”. Me había quedado cortado, pero más aún con lo que dijo a continuación

    “Pues sí 31… tampoco son tantos ¿no? Además, podría enseñarte muchas cosas” soltó delante de todos, dejándome pasmado y con un “oh” y unas risas generales por parte de los demás.

    Aquella frase se me clavó como una daga, vaya dos sorpresas que me había llevado en un momento: la “delgadita morbosa” me sacaba 8 años y encima me tiraba los tejos, vaya vaya vaya…

    Llegó la hora de irse, y ya en la calle Sofía montó en su moto y me ofreció llevarme hasta la boca del metro. Dudé porque me dan miedo las motos, pero no pude negarme. Monté tras ella y arrancamos. El trayecto era muy breve, pero suficiente para ponerme malo: mis manos se agarraban fuerte a su cintura estrecha y dura, y su culo estaba totalmente pegado a mi entrepierna, mi mente retenía su frase del bar… uf, recorría con mi mirada sus piernas y su culo que tan sexy postura adoptaban montada en la moto. En eso que llegamos al metro, una pena, ojalá me hubiera llevado así 200 km. más. Me bajé, se quitó el casco y me dijo:

    “Bueno, nos vemos pronto por la compañía ¿no?” y se despidió dándome un leve piquito en los labios. Era la guinda. Me metí en el metro sonriéndome, estaba deseando que “me enseñara todas esas cosas que ella sabía”, era cuestión de tiempo y de una ocasión adecuada. Pasados unos días volvimos a coincidir una tarde en la compañía. Yo andaba muy atareado ese día, tenía montañas de discos que clasificar y colocar y mi salida se preveía tarde. Ella había terminado ya y antes de irse pasó a saludarme al almacén. “Veo que te queda para rato ¿no?” me preguntó

    “Sí, hoy sí” dije yo, “me queda tela, a ver si no acabo muy tarde”.

    Pareció leerme la mente, porque su respuesta era la que yo deseaba oír.

    “bueno, no tengo prisa hoy, no tengo nada que hacer, ya que no nos podemos tomar unas cervezas me quedo a hacerte compañía, igual puedo ayudarte” dijo sonriendo.

    Se me iluminó la cara: “claro claro, por mí estupendo” dije yo con gozo.

    En la compañía solo quedaba el encargado y un par de personas en el estudio, que estaba pegado justo a mi almacén. Sofía se acomodó a mi lado en una silla. De repente el encargado vino a decirnos que tenía que salir, a menos que necesitáramos algo.

    “¡No no! puedes irte tranquilo” exclamó ella casi cortándole la pregunta. Yo creo que él se olía algo, porque se quedó un rato allí con nosotros, pero ella le insistió en que no necesitábamos nada y que podía irse sin problemas.

    Por mi mente pasaba de todo, y no “beato” precisamente, y más viendo a Sofía como se las apañaba para quedarnos a solas allí, se ponía bien la cosa. Oímos la puerta cerrarse, sin embargo Sofía salió a comprobar que se había marchado el tipo. Al volver cerró la portezuela del almacén y echó el cerrojo.

    Yo la miré haciéndome el sorprendido, pero estaba excitadísimo con lo que estaba pasando. Ella se sentó y mirándome mientras me agarraba la cara dijo: “Se ha ido por fin, puedes dejar un momento el trabajo para hacer otras cosas ¿no?” y sin dejarme responderla me besó la boca, abriendo la mía con su lengua e introduciéndomela hasta el fondo. Por fin. Respondí a su beso del mismo modo apasionado.

    Era muy salvaje, me estaba comiendo la boca y yo la cogía de su cintura, nuestras lenguas giraban veloces dentro de nuestras bocas, nuestros labios se succionaban mutuamente, ¡qué manera de besar! Me puse a cien en un momento. Ella se levantó de su silla y se sentó encima de mí, moviendo su delgado, elástico y fibroso cuerpo en círculos apretando su entrepierna a la mía.

    Era un morreo salvaje, ella daba pequeños saltos sobre mí, nos estábamos devorando la boca intensamente, nuestra respiración era rápida y sonora, con gemidos, mis manos deseosas de su cuerpo se deslizaron dentro de su jersey y acaricié sus caderas y su vientre a viva piel, que dura estaba, que fibrosa, deslicé mis manos por sus caderas hacia su culo y lo agarré fuerte contra mí, su bragueta besaba a la mía.

    Su respiración era un jadeo sonoro en mi boca, me estaba devorando, estaba cachondísima, como un volcán. Se movía sin cesar sobre mi duro paquete, así que decidí hacerla enloquecer y le bajé la cremallera del pantalón, metiendo mi mano entre sus piernas y acariciando su vagina por encima de las braguitas negras que llevaba. Soltó un sonoro gemido y siguió mordiéndome los labios.

    De repente cobré la cordura y recordé que en la habitación contigua había gente en el estudio, y temí que necesitasen algún disco del almacén, que viniese a pedirlo, que sonase la puerta… menuda pillada, pero cuando mi mano derecha removió a un lado las braguitas de Sofía y uno de mis dedos entró en contacto con su suave clítoris se me evaporó esa momentánea estela de cordura y los gemidos de mi chica me devolvieron al lugar correcto.

    Mientras seguíamos enredados en ese interminable beso (más bien devoramiento mutuo de bocas…) podía acariciar dulcemente su clítoris dentro de sus vaqueros, lo hacía despacio, notaba como se humedecía y jadeaba intensamente, estaba llegando al clímax y ella misma se movía adelante y atrás para que la caricia fuera más intensa y veloz.

    Yo estaba en la gloria, quería acariciarla y besarla así hasta que tuviese un orgasmo, pero de pronto se levantó violentamente y se arrodilló entre mis piernas, levantando mi camiseta y lamiendo mi vientre con fuerza. Lo hizo tan rápido que ni pude hacer nada. Hubiera querido seguir masturbándola pero… ella tenía otros planes.

    Su lengua descendió hasta mi entrepierna, y desabrochó mis pantalones, los bajó, sobó mi pene por encima del bóxer, lo lamió y engulló, el calor de su boca era increíble así con la tela en medio… estaba deseando que me la comiera y no se demoró. Bajó mis boxers, mi pené salió hacia arriba y así se quedó, para pronto introducirse en su boca profundamente. Me la estaba chupando, que gusto me vino. Me eché hacia atrás en la silla cerrando los ojos… ahhh que placer.

    Los abrí para mirar cómo me la comía. Su mano derecha me masturbaba y se la introducía profundo en su cálida boca. Bajaba mi piel descubriendo el glande y lo comía como un helada, con frenesí. Yo estaba alucinando. Hasta hacía pocos días la miraba con morbo y cierto deseo.

    Ahora la tenía arrodillada ante mí haciéndome una mamada, en nuestro trabajo y con gente al lado y el encargado por llegar en cualquier momento. Era para no creérselo, pero el placer que desde mi polla subía por todo mi cuerpo me indicaba que estaba pasando de verdad. Que gusto, como me la estaba comiendo.

    Era una loba, era hasta salvaje, furiosa, violenta diría, estaba como una moto de cachonda y se estaba saciando conmigo, con mi polla para ser exactos. Me la estuvo chupando mucho rato más, masturbándome en su boca, dando lamidas y chupadas sonoras a mi glande. Yo no sabía como parar, quería que follásemos, pero el placer que me daba su boca me tenía inmóvil, no veía el momento de actuar, y ella seguía mamando y mamando mi polla, estaba claro que no iba a cansarse ni a parar.

    De repente se la sacó de la boca y se estiro para besarme, pero sin parar de masturbarme velozmente. Me tenía a su merced, yo no tenía voluntad ninguna, era demasiado gusto y porque no decirlo, demasiada mujer para mí en aquel momento.

    “Sofía como sigas me voy a… a… ” dije sollozando de gusto

    “Te vas a qué, ¿eh? ¿a qué? dijo ella lascivamente masturbándome más deprisa.

    “Aaaah” solté mientras mi semen estallaba en su mano, poniéndosela blanca y perdida.

    “Uaaah, que bueno…” decía mientras seguía haciéndome esa monumental paja que me había hecho correrme en su mano sin remisión.

    “Te lo dije, te lo dije, eso era exactamente” dije, y me sentí mal, había dejado a aquella mujerona sin orgasmo y me había corrido en su mano como un chiquillo, ¿pero que opción tuve? No me dejó hacer más la muy vampira.

    “Eh tranquilo, ha estado muy bien, mira como me has puesto la mano” decía riéndose, yo aunque algo cortado también me descojonaba.

    “Si quieres te hago algo ¿eh?” la dije sonriéndola y acariciando de nuevo su entrepierna por encima del pantalón

    “Mmmm no, aquí no, el encargado vendrá pronto. Mira ya que hoy me he quedado sin orgasmo, vente mañana a mi casa y nos echamos la siesta ¿vale?” dijo maliciosamente.

    “Ufff, me va a destrozar”, pensé, “aunque que mejor manera de ser destrozado no?”

    Pero esa es otra historia.

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  • Entre libros

    Entre libros

    Desde que empecé en la universidad, suelo utilizar la biblioteca pública de mi ciudad para preparar los exámenes. Allí encuentro la tranquilidad necesaria para estudiar, y la ausencia de distracciones me facilita también esa tarea. Bueno, a veces sí hay distracciones: unas distracciones altas y delgadas, otras más bajitas pero igual de hermosas, otras que claramente dedican su tiempo para leer la prensa y acudir al gimnasio que está al lado de la biblioteca…

    En fin, un día que estaba yo peleándome con el derecho administrativo algo me distrajo de repente: era un chico de unos 23 años, como de 1.80 de estatura y delgado. Supongo que por curiosidad se me quedó mirando un rato, también porque yo levanté la vista para verle a él, y difícilmente pude apartarla, por cierto. Además, me quedé con la duda sobre el significado de su mirada. Intenté seguir a lo mío, pero de vez en cuando no podía evitar mirarle, aprovechando que estaba al otro lado de una estantería abierta.

    Al rato me levanté para ir al baño; luego de mear, cuando me estaba lavando las manos, entró él, y después de una especie de suspiro, dijo: “joder, necesito lavarme la cara o me duermo encima de los apuntes”. “Sí, la verdad es que hay días en que es imposible mantenerse despierto; a mí me funciona muy bien el café”, respondí yo sobre todo por ser cordial. “Pues ya está, nos vamos ahora mismo a tomarnos uno tú y yo… vamos, si te apetece”. ¿Como iba a rechazar semejante invitación?

    Mientras estábamos en una cafetería cercana charlamos sobre nuestros respectivos estudios y Javier (así se llamaba) me dijo que vivía en la ciudad porque estaba cerca de la facultad y sus padres tenían allí un pequeño apartamento donde él pasaba la semana. No hizo falta mucho más para que quedáramos en que esa misma tarde me pasaría por su casa (vivía solo) para que me prestase unos libros, ya que estudiábamos carreras similares.

    Llegué puntual a las 4 de la tarde y ya tenía la cafetera al fuego. Me ofrecí a ayudarle con las tazas y en aquella diminuta cocina fueron inevitables algunos roces. A esas alturas ya estaba bastante claro lo que queríamos ambos, así que aproveché uno de esos momentos para abrazarle por detrás y acariciar su pecho por encima de la ropa. Él inclinó su cabeza hacia atrás permitiendo que yo pudiera besarle el cuello y la cara, cubierta por una dura barba de dos días extremadamente sensual.

    Fui bajando mi mano y la posé sobre su entrepierna, sintiendo entonces un bulto de generosas dimensiones. Se volteó, quedando enfrentados, y acercó su boca a la mía, al principio cerrada, y luego fue abriéndose para dejar paso a su juguetona lengua. Nos besamos durante un largo rato al tiempo que nos acariciábamos lentamente. Luego dijo: “no prefieres que vayamos al dormitorio?”. “Lo estoy deseando”.

    Me cogió de la mano y me guio hasta su habitación; al llegar me dejó caer suavemente sobre la cama y se inclinó para besarme de nuevo, me subió la camiseta para acariciar mi pecho lampiño hasta que yo me incliné un poco para permitirle que me la sacase del todo.

    Cuando él hizo lo mismo con la suya descubrí algo fascinante: tenía, efectivamente, 23 años, pero su pecho parecía de un chico mayor; estaba cubierto completamente de un vello negro y sus pectorales estaban bastante marcados (se notaba que hacía ejercicio). Babeaba viendo aquello así que me senté en la cama para acariciar aquella selva negra y comencé a chupar sus pezones y a pasar mi lengua por todo su pecho y abdomen. Al llegar al ombligo desabroché su cinturón para poder bajar sus vaqueros. Cuando lo conseguí descubrí una polla de unos 16 cm y bastante gruesa.

    Era más o menos como la mía; sin circuncidar ambas. Mi boca se abalanzó sobre aquello; bajé el prepucio con la mano y pasé suavemente mi lengua sobre el glande. Luego comencé a chupar aquel sabroso caramelo rosado, con cierta calma al principio y más rápido después. Javi jadeaba sin parar cogiendo mi cabeza entre sus manos para acompañar el vaivén. De repente me pidió que me parase para no correrse tan pronto.

    No recuerdo en qué momento me desprendí de mis pantalones pero cuando caímos en la cama los dos estábamos ya completamente desnudos. Nos besamos y acariciamos durante un rato y entonces le pedí que me follase. Estaba acostado boca arriba y entonces Javi levantó mis piernas sobre sus hombros, estando él de rodillas, y comenzó a tocar mi culo con su pene.

    De vez en cuando echaba un poco de saliva en su mano y me untaba mi agujero, que no tardó mucho en dilatarse, aunque no demasiado. Fue relativamente fácil entonces que pudiera empujar suavemente su polla hacia mi interior (en ese momento no vi si se había puesto condón pero luego descubrí que lo había hecho; desde luego, no esperaba otra cosa). Me dolió, para qué negarlo, pero al mismo tiempo sentí un enorme placer cuando su polla estaba completamente dentro de mí.

    Entonces comenzó un ritmo un poco más acelerado de mete-saca, inclinándose sobre mí al mismo tiempo para besarme y lamer mis pezones. Cuando vio que estaba a punto de acabar, agarró mi polla con su mano y comenzó a masturbarme. Yo me corrí sobre mi pecho enseguida (confieso aquí que no logro aguantar mucho tiempo) y segundos después noté por sus gemidos que también él había terminado.

    Sacó su verga pero se dejó caer sobre mi cuerpo para besarme, esta vez apasionadamente, como agradeciéndonos mutuamente el enorme placer que nos habíamos proporcionado. Sentí todos sus pelos en mi pecho y ese gusto me llevó a obligarle a permanecer así durante un rato, estremeciendo cada vez que se movía suavemente sobre mí.

    Tomamos café aquella tarde y muchas otras después de eso.

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  • Noche de verano

    Noche de verano

    Todo lo que narro es real, todas las historias me sucedieron en algún momento de mi vida y nunca he inventado nada, podéis creerme o no creerme, pero os repito que todo lo que cuento me pasó alguna vez.

    Ya con dieciocho empecé a tener contacto con el sexo, así que ya van muchos años de sexo, aventuras y desventuras. Soy delgada, de piel blanquita, pelo oscuro rizado, piernas largas, aunque solo mido uno setenta, cultito respingón y una talla ochenta de sujetador, vamos unas tetitas bonitas, pero chiquitas.

    El caso es que yo siempre he sido bastante desvergonzada y loca, nunca me cortaba de nada ni me daba pudor hablar o hacer nada, en lo que al sexo se refiere no tengo tabúes y vivo mi sexualidad a tope sin temor a que me tachen de “puta” o chica fácil, pues no lo soy, afortunados son aquellos que han tenido la suerte de compartir una cama conmigo, jejeje, también soy orgullosa y segura de mí misma.

    El caso es que el verano pasado me sucedió algo que nunca olvidaré, hice realidad un sueño que siempre había tenido.

    Eran las nueve de la noche y como siempre andaba con mi amigo Juan dando un paseo, él era mi mejor amigo y siempre andábamos juntos, muchas veces hablamos de sexo, pero él y yo solo éramos amigos, nunca habíamos hecho nada, y yo ni siquiera me lo había planteado. El caso es que nos sentamos en los césped a hablar, yo llevaba mis pantalones de lycra ajustados, tipo mallas y una camiseta blanca, el lugar estaba bastante solo pues los viernes por la noche en verano por allí no hay demasiada gente.

    Larry era el mejor amigo de Juan, media metro sesenta y era moreno, muy fuerte, siempre se le veía hinchado, parecía un chico duro pues siempre llevaba camisetas ajustadas que le quedaban perfectas, él era también un amigo de confianza y aquel día se unió a la conversación, pues el césped está bajo su bloque y aquella noche decidió bajarse un rato con nosotros.

    El caso es que yo bajo los pantalones llevaba un precioso tanga, y como estaba sentada por detrás se me podía ver no solo la parte de arriba sino casi todo el tanga con su forma de t, ya sabéis el hilo que rodea la cintura y parte del que baja hacia abajo.

    Entonces Larry me dijo:

    —Cinthia se te ve el tanga

    —¿Y qué? —le contesté yo— ¿nunca has visto uno o qué?

    Entonces comenzamos a debatir y les dije que no entendía que misterio tenía aquello, no podía entender porque se ponían así de excitados por ver aquello. Entonces comenzó Larry a picarme y la verdad… a mí en piques nadie me gana.

    —Si tan poca vergüenza te da… ¿por qué no te dejas que lo veamos? —me dijo

    —Tío, que a mí me da igual, bájame el pantalón si quieres y lo compruebas.

    Así que desabroché la cremallera del pantalón y le puse el culo en su cara mientras él ponía las manos en mi cintura.

    —Bájalo —le dije yo.

    Y aunque no sabía si iba a ser capaz, aunque supuse que lo haría, lo hizo dejando mi culito al aire, a mí me hizo gracia, pero como había gente por allí me lo subí rápido y me volví. Sus caras lo decían todo, había quedado prendados y yo pude notarlo.

    Juan entonces me recordó la última conversación que habíamos tenido sobre mi mayor fantasía sexual y si también sería capaz de ser tan lanzada con ella. Mi mayor fantasía era hacerlo con dos chicos a la vez y ellos parecían dispuestos a hacerme la realidad pues ambos estaban muy excitados. Había visto que no tenía miedo y que era fácil picarme así que parecían dispuestos a intentar acostarse conmigo los dos a la vez, el caso es que yo de primeras les dije que no, que eran amigos míos y no me molaba aquello, que prefería que fueran dos chicos desconocidos, pero claro… venga a picarme y picarme, que si no eres capaz, que solo eres lanzada de boquilla y tal, así que cogí y les dije:

    —Vamos, venga, pero aquí no puede ser.

    —Subamos a mi casa que estoy solo —dijo Larry.

    Tierra trágame, no contaba con eso, y es que pensé que así saldría de aquel embrollo en el que yo solita me había metido, ahora me encontraba entre la espada y la pared.

    Pero claro como yo soy mujer de armas tomar y pensaba que ellos no iban a ser capaces acepté la proposición y nos subimos a su piso.

    Entramos en su casa y nos fuimos a la habitación, yo volví a intentar asustarlos con mi decisión y mi poca vergüenza, y volví a hacerme la lanzada, me quité mis zapatos dejando mis preciosos pies desnudos y bajé mis pantalones quedando en tanga pues mi camiseta era tipo top y no me cubría ni el ombligo así que el culo… ya podéis imaginar.

    Cogí y me fui para la cocina, descalza y meneando mi culito, la escusa era beber agua, la intención provocarlos… al rato volví, ellos estaban también descalzos sin camiseta, pero con sus pantalones cortos pero dada el calor que hacía aquello no quería decir nada, gran error el mío.

    Me tumbé en la cama con total pasividad y cerré los ojos cuando de repente siento que alguien acaricia mis pies, me encantaba, pero más cuando empieza a subir, dos manos empiezan a subir por mis piernas mientras otras dos me invitan a levantarme quedando sentada en la cama, Juan que es el que está detrás me levanta la camiseta y me quita el sujetador, así que empieza desde atrás a cogerme las tetas y pellizcarme los pezones, me puso a cien, de allí ya no podía escapar.

    Entonces me vuelvo y me quedo frente a Juan, lo empujo y lo siento en la cama, mientras le quito el pantalón y los calzoncillos… pero claro… mientras yo hago esto… no olvidéis que Larry estaba atrás…

    Y no se iba a estar quieto, cuando mire hacia atrás este estaba ya totalmente desnudo y se disponía a arrebatarme la única prenda de ropa que me quedaba, mi pequeño tanga, tardamos poco en estar desnudos, que locura tan maravillosa, yo deseaba aquello, ya no podía echarse atrás, lo deseaba desde hacía tiempo, era mi gran fantasía.

    Entonces me senté sobre Juan, él sabía que yo tomaba la píldora por lo que pasábamos de condón, ni muerta, hubiera sido romper el aire místico que la situación tenía. Juan tumbado totalmente y yo encima, agarre su pene con mi mano y lo introduje en mi chochete, he de decir que Juan me sorprendió con tan buen aparato… estaba en la gloria cuando de repente sentí como Larry me penetraba por detrás… fue la mayor y más intensa sensación que jamás he sentido. Empecé a gemir, gritar y botar mientras uno me tocaba el pecho el otro me besaba el cuello y me agarraba de la cintura…

    De repente siento un gran calor dentro de mi cuerpo y oigo gemir a Larry, quería verlos correrse antes que yo así que aguante a que Juan se corriera dentro de mí… fue cuando explote… al notar ese fabuloso calor en mi interior… quedando entonces exhausta en la cama.

    Los tres quedamos varios minutos desnudos en la cama después del esfuerzo, me levante entonces, cogí mi ropa y entre en el cuarto de baño, me lave y me vestí y cuando salí estos se encontraban ya totalmente vestidos como si nada de aquello hubiera ocurrido, así que los tres nos hicimos los locos, nos bajamos y el verano siguió su cauce y aunque Juan de vez en cuando me lo recuerda he de decir algo, si volviera atrás repetiría, no me arrepiento, fue una noche de verano fabulosa.

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  • En la fiesta de mi hermano

    En la fiesta de mi hermano

    A mi hermano pequeño le hicieron una fiesta de cumpleaños, llegaron todos sus amigos, amigos de la familia y varios tíos y tías, por mi parte solo invite a mi novia de ese tiempo: Mónica.

    La fiesta estaba muy divertida para los niños, pero yo no paraba de ver las piernas de mi vieja, llegó con un vestidito floreado que le remarcaba sus tetas, un sujetador blanco, no traía medias y unos zapatos negros de tacón que se le veían super bien, Moni tenía en ese momento 18 años y en verdad que estaba bien rica.

    Ella es delgada, blanca, cabello lacio, mide 1.65, tiene un par de tetas grandes y bien formadas, sus nalgas son normales y estaba bastante piernona, entre juego y juego, el pastel y la celebración no veía la hora de irme a coger a mi vieja, noté que uno de mis tíos se le quedaba viendo y me dijo que mi novia estaba muy guapa.

    Moni me pidió ir al baño, el de la sala estaba ocupado y le pedí que pasara al de mi cuarto, Moni ya sabía a que íbamos, al cerrar la puerta de mi cuarto puse el seguro y comenzamos a fajarnos bien rico y me dijo “¡Métemela! ¡Ya métemela!”.

    Rápidamente saqué los condones de mi mochila, me quité el pantalón como pude y puse a Moni de cuclillas en el piso de mi cuarto ya que había alfombra, coloqué el condón y que le meto la verga, Moni solo empezó a gemir y me dijo “¡ya era hora! ¡dame verga!”.

    Yo estaba encantado pues ese día en especial, Moni se arregló y se veía riquísima, ella lo sabía y creo que eso le calentaba la pucha… Moni no se desvistió, de echo no le quité nada de ropa y estaba enculada hacia mí con todo y sus zapatos, yo le subía el vestido para que no se manchara de sus flujos y hacía de lado su calzón para poder cogérmela rico.

    En la sala estaban mis tías, primas, primos, papás, hermanos y yo estaba en mi cuarto dándole verga a mi vieja como a las 4 de la tarde.

    Moni empezó a gemir y se comenzó a bañar de la conchita, yo estaba extasiado y tocaron la puerta de mi cuarto, Moni dijo “no abras y sigue cogiéndome que ya me voy a venir”. Como a los dos minutos tocaron más fuerte y mi papá dijo mi nombre preguntando “¿estás ahí?”.

    Yo respondí: “¡voy! ¡voy!”, pero tenía la verga dentro de Moni, ella me decía en voz baja “¡ya viene! ¡No pares! ¡No pares!”. Mi papá seguía tocando y ya se escuchaba molesto, me pregunto “pues ¿qué haces?”.

    Yo gritaba “¡ya voy!” y observé como caminó mi papá para la sala por la sombra de la puerta.

    Moni empezó a golpear la alfombra y me dijo “¡me estoy viniendo amor! ¿sientes?”… “¡ya termine! ¡que rico!”. Solo de ver la cara que puso me vine como a los diez segundos y la tomé bien fuerte de las nalgas para gozar a mi novia.

    Al terminar rápidamente saqué mi verga y me levanté para ponerme el pantalón. Moni se levantó como pudo y pasó al baño para peinarse pues estaba toda desfajada.

    Salí del cuarto para buscar a mi papá que estaba molesto conmigo y me pidió que trajera unos refrescos.

    Le dije que estaba en el baño y dijo “bueno, pero no tardes ¿si?”.

    Regresé a mi cuarto por Moni, ya estaba más repuesta y me dio un beso, yo todavía traía el condón puesto y me dijo que le había encantado la cogida, me preguntó si me habían regañado. Le dije que ya todo estaba arreglado y que en la noche quería cogérmela hasta que ya no pudiera, ella se rio y me dio un beso.

    Salimos de mi cuarto como si nada y fuimos a la tienda. Ese día en la noche recuerdo que la llevé a su casa tarde y como no había nadie me la cogí como tres veces en su cama, con ese vestido se veía riquísima y no daban ganas más que de estar dentro de esa preciosa mujercita de 18 años. Ella sabía que llamaba la atención, pero se hacia la desentendida.

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