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  • Seducida por el verdulero (1)

    Seducida por el verdulero (1)

    El recuerdo de Beto todavía me quemaba las entretelas. No era un galán, ni cerca. Tenía la nariz un poco torcida, las manos ásperas y una sonrisa que no sabía si era tímida o canchera. Pero ahí estaba lo jodido: me miraba como si ya supiera cómo me gemía. Y yo, en vez de espantarme, sentía que se me hacía un nudo en el estómago.

    Seis años mayor que yo, nada exagerado. Pero bastaba con cómo se paraba, con ese aire de “no te voy a rogar, pero sé que vas a caer”. Mi marido en ese momento estaba demasiado ocupado viajando —o, seamos honestas, cogiéndose a quien fuera— para notar que yo también tenía mis escapadas. ¿Hipócrita? Quizá. Pero cuando la pasión en tu casa es un fantasma, terminás buscando calor donde sea.

    Y Beto… por favoor. No hubo flores ni promesas. Solo un par de frases secas, una mano que se posó en mi cintura como si ya me conociera de antes, y yo, en vez de sacármela, apreté los dientes para no gemir. Porque era eso: me trataba como la puta que sabía que era, sin adornos. Y a mí, después de años de matrimonio gris, me volvía loca.

    Ahora, de vuelta en casa, cada vez que mi marido se iba “de trabajo”, yo me quedaba mordiendo el labio, imaginando otra vez esas manos que no pedían permiso. Porque al final, ¿qué tan santa podía hacerme si hasta el roce de la silla me recordaba lo mojada que estaba ese día?

    La mañana lucía diáfana cuando llegué al edificio. Llevaba un traje de lino color hueso, holgado pero que, pese a mi esfuerzo por vestir con discreción, no lograba ocultar del todo la línea de mis caderas ni el escote que se insinuaba bajo el blazer. Mis tacones —altos, pero discretos— resonaban en el mármol del vestíbulo, marcando un ritmo que solía hacer que los hombres apartaran la mirada con respeto.

    Hasta que tropecé con los cestos de verduras obstruyendo la entrada.

    —¿De quién son estos? —pregunté al guardia, con esa voz que sabía equilibrar elegancia y firmeza.

    —Un conocido de la señorita Ángela, doña Alma —respondió él, casi susurrando.

    No añadí nada. Avancé hacia el interior, pero una presencia me detuvo en seco.

    Él estaba allí.

    No era alto —de hecho, yo lo superaba en varios centímetros, incluso sin los tacones—, pero su corpulencia era innegable: brazos gruesos por años de cargar peso, una camisa de algodón desgastado que se adhería a su torso ancho, y manos grandes, con nudillos marcados y tierra bajo las uñas. Su rostro tampoco seguía cánones de belleza: nariz fuerte, labios gruesos y una barba de dos días que le daba un aire descuidado. Pero había algo en su mirada… una intensidad quieta, como si ya conociera cada uno de mis secretos.

    Pasé junto a él sin decir palabra, pero sentí el calor de sus ojos recorriéndome. No era la mirada tímida de los ejecutivos que bajaban la vista ante mi autoridad, ni la de los jóvenes que se ruborizaban al ser descubiertos. Él me observaba con una franqueza que hizo que mi nuca se erizara. Al llegar al ascensor, me volví ligeramente, solo para confirmar lo que ya sabía: seguía allí, clavándome esos ojos oscuros que parecían decir: “Sé que no eres tan imperturbable como finges”.

    Ya en la oficina…

    —Ángela —entré a mi despacho dejando caer el bolso sobre el sillón con un golpe seco—, ¿quieres explicarme por qué la entrada de mi edificio parece una feria rural?

    Mi secretaria alzó la vista de su computadora, con esa sonrisa pícara que solo ella podía permitirse.

    —¡Alma! Es solo por hoy, te lo juro. José —hizo una pausa, como si el nombre explicara todo— es un amigo de toda la vida. Vino a vender sus cosechas y necesitaba un lugar donde dejar las cosas un par de horas.

    Cerré los ojos un instante, fingiendo exasperación, aunque su tono casi infantil me desarmaba. Ángela era la única persona a quien permitía ciertas libertades; quizás porque sus galletas de limón eran el único consuelo en esas largas noches en que mi marido “trabajaba” hasta tarde.

    —Sabes perfectamente que el consorcio no tolerará esto —dije, pero el borde de mis labios se curvó levemente.

    —¡Por fa-vor! —arrastró las sílabas, acercándose—. Es buenísimo su zapallo anco. ¡Te llevaré uno!

    —Basta —corté, aunque sin dureza—. Dile que guarde todo en el depósito… temporalmente. Luego veré si el señor Rinaldi le permite un espacio en el mercado municipal.

    —¡Eres un sol! —exclamó, saliendo disparada antes de que pudiera arrepentirme.

    Pasaron unas horas. Estaba revisando unos contratos cuando escuché un par de golpes en la puerta de mi oficina.

    —Adelante —dije, sin apartar la vista de la pantalla.

    Se abrió la puerta y allí estaba él: José. Sostenía su gorra entre las manos como si fuera un objeto sagrado, y aunque se lo notaba algo cohibido, sus ojos me recorrieron con un descaro apenas contenido.

    —Hola, doñita… —empezó, carraspeando—. Quería ofrecerle una disculpa. Soy José, amigo de Ángela. Perdón por las molestias que le causé esta mañana.

    Le sostuve la mirada. Su voz era áspera, masculina, y ese acento arrastrado me recordó de golpe el sabor terroso de ciertas fantasías que creía tener bajo control.

    —Hola, un gusto. No hace falta que te disculpes. Entiendo que necesites vender tus cosas; todos necesitamos plata. Pero no son las formas aparecer y ocupar espacios comunes sin permiso.

    —Sí… unas disculpas. Y bueno… muchas gracias por esto… —murmuró, inclinando apenas la cabeza.

    —No hay de qué. Además, recién hablé con el dueño del mercado. Te conseguí un puesto para que puedas vender allí tus verduras.

    José alzó la vista, con una sonrisa que le iluminó todo el rostro.

    —¿En serio? ¡Muchas gracias, señora!

    Fruncí los labios, conteniendo una carcajada.

    —Por favor, no me digas “señora”.

    —¿No está casada? —preguntó, ladeando un poco la cabeza.

    —Sí, pero “señora” me hace sentir vieja —dije, cruzándome de brazos.

    Él soltó una risita grave.

    —Mil disculpas. Además… usted es todo lo contrario —dijo, bajando la voz y permitiéndose recorrerme de arriba abajo con una mirada que ardía.

    —¿Cómo dices? —pregunté, fingiendo molestia, aunque sentí el calor subirme por el cuello.

    —No quiero sonar grosero… pero su marido come muy bien —dijo, con un tono casi insolente, pero sin dejar de sonreír.

    —Bueno… creo que ya es momento de que te retires —dije, intentando retomar la compostura.

    —No quería causarle más molestias, que tenga un lindo día… y muchas gracias. Si necesita algo… aquí tiene un servidor.

    —Bueno, gracias… —respondí, soltando una pequeña carcajada que me traicionó.

    —Lo que sea, ¿eh? Puedo hacer entrega a domicilio —añadió, guiñándome un ojo.

    —¡Ya basta, por favor! Tengo mucho trabajo.

    —Okey, guapa… gracias y hasta luego —dijo, antes de salir cerrando la puerta con suavidad.

    Mientras el clic del picaporte se apagaba, me quedé quieta, sintiendo un escalofrío que me subía por la espalda. Era el mismo cosquilleo que me recorría cada vez que recordaba a Beto. Y aunque José no era precisamente un hombre de belleza clásica, había algo en su seguridad… en su descaro… que me hacía hervir la sangre.

    Pensé en sus manos ásperas, en su voz ronca. Y no pude evitarlo: un latido sordo me pulsó entre las piernas, mientras me pasaba la lengua por los labios, conteniendo un suspiro.

    Los días siguientes pasaron sin demasiados sobresaltos. O, al menos, sin sobresaltos visibles. Porque dentro de mí, todo parecía un campo minado.

    En mi casa, el silencio se había convertido en un invitado habitual. Mi marido y yo nos cruzábamos en la cocina, en el dormitorio, en el vestidor… como si fuésemos dos compañeros de trabajo que comparten el mismo espacio, pero no la misma vida.

    No hablábamos de nada que importara. Ni siquiera discutíamos. Y, a veces, eso dolía más que los gritos.

    Él llegaba tarde, con excusas cada vez menos creíbles: reuniones, cenas de negocios, viajes improvisados. Y yo, aunque hacía rato lo sospechaba, todavía no me animaba a preguntarle en la cara si estaba acostándose con otra. Quizá porque, en el fondo, me daba miedo tener que admitir mis propios pecados.

    Aunque, claro, mis aventuras habían terminado hacía tiempo. El año pasado Beto me hizo volver a despertar, y no quería volver a mis puterías… pero el calor en el interior era peor que un incendio.

    Una tarde, estaba revisando unas carpetas cuando Ángela irrumpió en mi despacho. Ni siquiera golpeó la puerta.

    —¡Almaaa! —canturreó, como si el mundo fuera un lugar maravilloso.

    —¿Qué pasa ahora? —dije, simulando fastidio.

    Venía cargada con dos bolsas enormes.

    —¡José te mandó esto! —exclamó, dejando una bolsa sobre mi escritorio.

    —¿Otra vez? —pregunté, aunque una parte de mí se sintió estúpidamente halagada.

    —Sí, señora Alma —dijo Ángela, marcando la palabra “señora” con intención burlona—. Dice que son duraznos y ciruelas de su huerta. Que te los merecés.

    —Ángela… —suspiré, llevándome la mano a la frente—. Sabés que estoy casada.

    —Bueno, ¡y qué! Estás casada, no muerta.

    —¡Ángela! —la reté, aunque no pude evitar soltar una risita.

    Ella me miró con esa cara suya de “sabés que tengo razón”.

    —Además —siguió, inclinándose hacia mí—… no estás tan casada.

    La miré en silencio. No supe qué contestarle. Ella bajó la voz, más seria.

    —Yo sé que no estás bien con él. Y sé que José te mira… distinto.

    Desvié la vista, incómoda. Saqué un durazno de la bolsa. Era grande, perfecto, de un color naranja casi imposible. Lo giré entre mis dedos, sintiendo su piel aterciopelada.

    —No voy a meterme en líos otra vez —murmuré, más para convencerme a mí misma que a ella.

    —Yo solo digo… que estás viva. Y que es una lástima que nadie te lo recuerde —dijo Ángela, antes de enderezarse con un suspiro—. ¡Ah! Y hablando de recordar… ¡mi cumple es la semana que viene!

    —¡No me digas que cumplís treinta! —exclamé, exagerando el tono dramático.

    —¡Vieja y acabada, lo sé! —bromeó—. Pero igual quiero fiesta. Va a ser en el club del pueblo. Quiero que vengas… y también tu marido.

    —¿Estás segura de quererlo ahí? —pregunté, arqueando una ceja.

    —¡Obvio! Sos mi mejor amiga. Y él… bueno, aunque sea para la foto familiar —se encogió de hombros.

    Suspiré.

    —Voy a intentar convencerlo…

    Esa noche, en casa, lo abordé mientras él revisaba su teléfono, recostado en la cama.

    —Amor… —empecé, con mi mejor voz suave.

    —Hmm —respondió él, sin despegar la mirada de la pantalla.

    Me senté a su lado. Acerqué mi mano a su pecho, sobre su camisa. Olía a colonia cara… y a desinterés.

    —Ángela cumple años. Me invitó al pueblo. Quiere que vayamos los dos.

    —¿Al pueblo? —preguntó, levantando apenas la vista.

    —Sí… Sería solo un fin de semana. Ella es mi amiga.

    Él soltó un suspiro breve, casi impaciente.

    —Sabés que no me gustan esas cosas. Gente que no conozco, música horrible… y encima ese calor.

    —Podría ser divertido… —insistí, rozándole apenas el cuello con mis labios.

    —No. Además, ese finde tengo cosas —dijo, apartándose ligeramente.

    —¿Qué cosas? —pregunté, conteniendo la amargura que me subía a la garganta.

    —Cosas del trabajo, Alma.

    —¿Otra vez? —dije, intentando mantener la voz neutra.

    Él me lanzó una mirada que no supe descifrar. Ni cariño. Ni deseo. Solo… hastío.

    —Mirá, andá vos si querés. Yo no voy. No tengo nada que hacer en ese lugar —cortó, antes de volver al teléfono.

    Me quedé en silencio, mirándolo. Era increíble cómo, a menos de medio metro de distancia, podíamos estar en mundos completamente distintos.

    Probé una última vez. Deslicé mis dedos por su brazo, buscando su piel.

    —¿Querés que me quede esta noche contigo? —susurré, esperando siquiera un atisbo de interés.

    —Estoy cansado, Alma —dijo él, con tono casi mecánico.

    —Claro… —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.

    Me giré y me acosté del otro lado, de espaldas. Cerré los ojos, aunque sabía que no iba a poder dormir.

    En la penumbra, me invadió la misma pregunta que me asaltaba cada noche: ¿en qué momento se había muerto lo nuestro?

    Y, sin quererlo, me encontré pensando en José. En su manera de mirarme como si viera algo bajo mi ropa, en esas manos grandes y rudas…

    Me sentí sucia. Me sentí viva. Y me sentí más sola que nunca.

    A la mañana siguiente, mi marido me despertó con un beso suave en el hombro. Me sobresalté, no porque no estuviera acostumbrada a que me besara, sino porque hacía semanas —tal vez meses— que no lo hacía.

    —Alma… —murmuró, acariciándome el brazo—. Perdón por anoche.

    Me giré para mirarlo. Tenía ojeras, pero también una expresión casi vulnerable que hacía tiempo no le veía.

    —No quiero ir al cumpleaños de Ángela —dijo enseguida, antes de que yo pudiera abrir la boca—. Sé que te molesta, pero no me siento cómodo en esos lugares. Y estoy muy cansado.

    Lo observé un segundo, tratando de encontrar en su mirada algo que me convenciera de que seguía siendo el hombre del que me había enamorado.

    —Está bien —dije finalmente, en un susurro.

    Sonrió, como si se sacara un peso de encima. Me besó la frente y se levantó para ducharse. Lo escuché tararear mientras se metía en el baño, y me sentí ridículamente sola en la cama enorme.

    Iba a ir sola.

    La semana se presentó larga y calurosa. La fiesta de Ángela era el sábado y domingo siguiente, y ella no paraba de bombardearme con mensajes.

    —¡El sábado es solo de chicas! —me explicó por enésima vez, mientras me mostraba en su celular la lista de invitadas—. Vamos a ser seis nada más: vos, yo, Mariana, Caro, Luchi y Marta. Música, tragos y confesiones. Nada de hombres.

    —Miedo me da eso de “confesiones” —dije, rodando los ojos.

    —¡Ay, no seas amarga! —rio—. El domingo es la cena familiar y la fiesta grande. Pero el sábado quiero que estemos nosotras solas.

    Mientras tanto, José parecía haberse propuesto hacerse visible en mi vida. O, mejor dicho, meterse en ella.

    Apareció el martes en la oficina, cargado de bolsas de duraznos , aunque no había ningún pedido formal.

    —Estos están blanditos… —me dijo José, empujándome la caja de duraznos hacia mí—. Como la boca de una mujer que hace rato no besan bien.

    —José… ¡Basta! —le espeté, aunque un calor me subió por el cuello.

    —¿Me va a decir que su marido la tiene contenta? —insistió, bajando la voz, casi ronco.

    Abrí la boca para contestar, pero no salió nada. Me limité a fruncir el ceño.

    —No se preocupe —dijo él—. A veces hace falta probar otras frutas. Para saber lo que se está perdiendo.

    Me giré para irme, pero escuché a Ángela soltar una risita detrás mío.

    —Estás colorada como un tomate, Alma —se burló ella.

    —¡Andá a trabajar, Ángela! —retruqué, intentando que no se notara que temblaba un poco.

    El miércoles apareció de nuevo..

    —¡Hola, señora Alma!

    —José… —dije, exasperada—. No me digas señora.

    —Perdón. Alma… —repitió él, muy despacio, inclinándose hasta que casi pude sentir su respiración contra mi cuello.

    No pude evitar estremecerme.

    —¿Le puedo preguntar algo? —susurró.

    —Depende.

    —¿Hace cuánto no se corre gritando mi nombre… aunque sea en sueños?

    —¡José! —espeté, empujándolo apenas con la mano en su pecho, que estaba caliente bajo la tela gastada de su remera—. No digas esas cosas.

    —Es solo una pregunta, doñita… —sonrió él.

    Me alejé, pero no lo suficiente para que no me llegara el perfume terroso de su piel.

    El miércoles lo encontré en el pasillo. Venía con cajas sobre los hombros, sudado, con la camiseta pegada al torso. Me clavó esos ojos oscuros.

    —¡Mi doñita favorita!

    —No me digas doñita.

    —Bueno… Alma. Pero es que me gusta cómo suena “doñita” en mi boca —dijo, mirándome fijamente los labios.

    Rodé los ojos.

    —Sos imposible.

    —Y vos sos irresistible —me lanzó, casi sin espacio entre nosotros.

    Por un instante, me quedé mirándolo. Sus pestañas eran largas, polvorientas. Su boca estaba reseca, como la de alguien que trabaja al sol, y eso me provocó una punzada absurda entre las piernas.

    —José… —empecé, con voz más suave—. No me busques problemas.

    —Los problemas ya los tiene, Alma —dijo, clavándome la mirada—. Solo que no quiere admitirlo.

    Esa noche, me decidí a intentar algo con mi marido. Me puse un baby doll negro, casi transparente, con puntilla en el borde.

    Me metí en la cama y deslicé la mano bajo la sábana hasta encontrarlo. Estaba de espaldas, revisando el celular.

    —¿Tenés que trabajar esta noche? —pregunté, suave.

    —Mmm… no sé… mañana tengo que madrugar —dijo él, sin mirarme.

    Le bajé el celular, obligándolo a mirarme. Le di un beso, con lengua, empujándome contra él. Sentí que se le endurecía un poco bajo el pantalón de pijama.

    —Podríamos aprovechar… —dije, bajando mi mano y frotándolo suavemente.

    Suspiró.

    —Bueno… dale… pero rápido —respondió, ya con tono resignado.

    Me subí sobre él, moviendo las caderas. Al principio, me agarró de las tetas y me besó el cuello. Cerré los ojos, queriendo imaginar que era José el que me sujetaba.

    Pero apenas empezó a entrar y salir, él gimió dos veces, se puso tenso y terminó.

    —Uf… perdón, estoy reventado… —murmuró, saliéndose enseguida.

    Me quedé arriba suyo, con el calor palpitando entre mis piernas y una mezcla de rabia y vacío en el pecho.

    —¿Podés al menos…? —empecé a decir, bajando la mano hacia mi sexo.

    —Mañana, Alma… mañana, te juro… —dijo él, girándose para darle la espalda.

    Me tumbé a su lado, sintiendo las lágrimas picarme detrás de los párpados. Tenía la bombacha pegajosa, pero seguía caliente, casi furiosa de deseo. Cerré los ojos e, inevitablemente, pensé en José.

    El viernes, José volvió a aparecer en la oficina, con unas bolsas enormes de zapallitos. Llevaba la remera blanca mojada de sudor, marcándole los pezones duros.

    —¡Buen día, guapa!

    —Buen día, José… —dije, esta vez con menos severidad.

    Él me miró, sorprendido.

    —Mirá vos… hoy me saludás lindo.

    —Hoy estoy de buen humor —dije, acomodándome el pelo.

    —¿Y eso? ¿Tu marido se portó bien anoche? —preguntó con descaro.

    Lo fulminé con la mirada.

    —Eso no es asunto tuyo.

    —Para mí sí —replicó él—. Porque si él no hace bien las cosas… yo me ofrezco de suplente.

    No pude evitar soltar una carcajada seca.

    —¿Y qué sabés vos de lo que me gusta o no?

    José se inclinó, bajando la voz:

    —Sé lo suficiente para reconocer cuando una mujer anda caminando con la bombacha mojada.

    Abrí la boca, escandalizada.

    —¡José!

    —No me digas que no… —continuó él—. A veces basta cómo te sentás en la silla… o cómo respirás cuando me acerco.

    Me mordí el labio. Ángela entró justo en ese momento, con un café.

    —Bueno, bueno… ¿qué pasa acá? —intervino ella, divertida.

    —Nada, Ángela —dije, volviéndome rápidamente a mi escritorio—. José se va.

    —Yo me voy… pero usted sabe dónde encontrarme, Alma —dijo él, saliendo, sin dejar de mirarme.

    Cuando se fue, Ángela se me acercó.

    —¿Vas a negar que te calienta?

    —¡Ángela!

    —Bueno… yo nomás pregunto. Además… con el marido que tenés… no me sorprendería nada.

    Le di un manotazo amistoso en el brazo.

    —¡Callate!

    Pero cuando me senté, tuve que cruzar las piernas porque estaba húmeda. Otra vez.

    Finalmente, llegó el sábado. Preparé mi bolso y bajé al estacionamiento. Mi marido estaba tomando un café, ya vestido para salir.

    —¿Segura que querés ir sola? —me preguntó, dándome un beso rápido en la mejilla.

    —No es que quiera —dije, conteniendo un suspiro—. Pero si vos no vas, no pienso faltar al cumpleaños de mi mejor amiga.

    Él me miró con una mezcla de culpa y fastidio.

    —No quiero ir a meterme con tus amigas… ni con gente de campo… no es lo mío, Alma.

    —Ya sé que no es lo tuyo. Nada es lo tuyo últimamente —dije, incapaz de frenar el veneno que me salió en la voz.

    —No empecemos, Alma.

    Rodé los ojos, agarré las llaves y me fui.

    Mientras manejaba por la ruta, sentí el zumbido del aire acondicionado contra mi cuello. Y mientras veía los campos pasar, no pude evitar pensar que quizás, si todo en mi matrimonio seguía igual… no iba a poder resistirme a José por mucho más tiempo.

    Y lo peor —o lo mejor— es que ya no estaba segura de querer resistirme…

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  • Confesiones de una mujer casada (3)

    Confesiones de una mujer casada (3)

    Hola buen día para todos los lectores de esta página para el día de hoy continuamos contando las aventuras sexuales de mi amada esposa.

    Seguimos los dos en el cuarto hablando sobre sus experiencias sexuales las que disfrutaba a escondidas. Mientras que yo solo pensaba que lo que hacíamos los dos eran solo fantasías que nos imaginábamos los dos sin llegarme a imaginar que con eso lo que estaba haciendo, era despertar en ella ese apetito sexual que la incito a tener relaciones sexuales con varios hombres.

    Fue así como siguió contando su encuentros sexuales.

    -Papi te acuerdas de la boda de su amigo Roberto y que me preguntaste en donde había estado y yo te dije que en el baño y recorriendo la casa.

    -Pues resulta que no fue así, pues todo comenzó el día de la entrega de regalos el hermano mayor de Roberto a mí me encanto, alcance a imaginármelo desnudo acostado en la cama, así es que en varias ocasiones nuestras miradas se cruzaban, yo le sonreía coqueteándole, enviándole señales, hasta cuando tu nos presentaste y el muy lanzado se me arrimo para darme un beso en la mejilla y yo accedí dejándolo y hablándole en voz baja y al oído

    -Encantada de conocerte papacito.

    Me contesto igual en voz baja y al oído.

    -El gusto es mío preciosa.

    En ese momento se nos acercó su hermana quien nos saluda presentándose.

    -Mucho gusto.

    Te señalo con el dedo índice preguntándote

    -¿Tu eres Diego?

    -Si señora.

    -Ahí mucho gusto Ángela para servirte, me conto Roberto que tú vas a comprar carro.

    -Si, si señora.

    A ti se te acabo el trago de wiski y Ángela te llevo al bar y yo me quede con Antonio quien me pregunto.

    -¿Que estas tomando?

    -Vino

    -¿Y tu copa?

    -la deje en la chimenea, mírala allá esta.

    Me cogió de la mano y me llevo a la chimenea agarro la copa y una botella de vino que estaba en una mesita cerca y la lleno, luego me llevo al balcón en donde le pedí un cigarro. El que prendí y bote la primera bocanada al aire.

    -Afortunado el Diego al tener una mujer tan bella y sensual.

    -Ahí don Antonio gracias por el halago.

    Se me acomodo detrás mío.

    -Preciosa hazme un favor, decime Antonio.

    Su mano derecha agarra mi cintura y sus dedos e la izquierda me acaricia el hombro y posa sus labios sobre mi hombro dándome un beso en el hombro, me tomo un trago y fumo otra bocanada de cigarrillo y le pregunto.

    -¿y tu que casado, soltero o solo un chico infiel buscando seducir a una mujer casada?

    -Pues me encanta aprovechar las oportunidades que la vida te brinda.

    -Interesante, muy interesante o sea solterito y a la orden.

    Volvió y me dio un beso en la nuca, instintivamente acerque mi trasero a su cuerpo, mi mano derecha que estaba al otro lado de la puerta del balcón le acaricie el pantalón buscándole el bulto de la verga, mire por la puerta hacia el interior, coloque la copa de vino sobre la baranda del balcón y me volteo.

    -Ahí papacito si estas delicioso.

    Lo abrace besándolo y acariciándole el pantalón sintiéndole su verga ya en plena erección, se la apretó y le digo mientras nos besamos.

    -Ahí dios mío Esto tiene que parar acá Antonio papacito que ganas tengo de comerte todo.

    En ese momento yo la interrumpí.

    -Y a que horas paso todo eso, porque me acuerdo que con Ángela no me demore mucho y al llegar a la sala no te vi y luego te veo entrar del balcón con la copa en la mano.

    -No pues todo paso tan rápido y yo pare porque que iba a seguir, ¡no! no me toco calmarme por muchas ganas que tuviera de tener esa exquisita verga y que afortunadamente dos señoras salieron también a fumar pude soltarme de ese momento excitante y regresar.

    Lucia me mira y agarrándome las manos me dice.

    -Papi lo que sentí al agarrarle la verga fue un cilindro grueso y largo, mi cuerpo se estremeció, temblé ahí como nunca, esa noche me la pase pensando en esa verga, del resto de la noche estuve contigo y solo nos sonreíamos coqueteando y un breve momento que se acercó y me abrazo por la espalda, preguntándonos si estábamos bien con la bebida sirviéndome otra copa de vino o el néctar de los dioses como el lo dijo. Y le pregunte.

    -¿Tu vives acá?

    -No este apartamento es de mi hermana Ángela acá ella vive con su esposo y sus dos hijos, unas criaturas terribles, les decimos los magníficos, destrozan un balín.

    -Bastante grande el apartamento.

    -Este era de un colega mío que se fue a vivir a Medellín y a mi hermana le encantaba y se lo compro.

    -A mi me encanta esa vista que tiene abajo el sonar de la quebrada y muchas vegetación, me imagino que debe de haber pajaritos.

    -Si señora todo el día revolotean y silban es muy agradable y ella les tiene bebedero y comida hay en el balcón. Dice que le llegan todos los días unos amarrillos que le avisan con su trinar de su presencia.

    Te miro a los ojos como preguntándome si no te habías dado cuenta que Antonio mientras estuvo ahí su mano acaricio mi cintura y tu ni cuentas te diste. Se retiro y volvió dos veces mas, sirviendo mas vino, volví a salir al balcón pero tú te quedaste en la puerta lo que no dejo que Antonio pudiera acompañarme, además que no estaba cerca,

    Hasta ahí fue lo de esa noche ya el día de la boda supe aprovechar y esperar el momento propicio para ponerte los cuernos, ahí como se podría decir, bien puestos porque Antonio estaba delicioso y yo estaba que pedía a gritos su verga las ansias de verlo me tenían la cuquita húmeda.

    -Yo la detengo y le digo.

    -Yo si te note como rara ese día estabas, si se notaba como ansiosa estabas muy nerviosa, con razón.

    -No es que pensar todos esos días en ese hombre, nunca. Además que guardaba la esperanza del día de la boda dejarte unos cuernos bien grandes,.

    Lucia se reía y me tocaba la cara.

    -ahí mi cornudito tu querías que tu mujercita se divirtiera en la cama con otros hombres pues te he complacido con eso y la he pasado delicioso.

    -¿Por que no me habías contado que te estabas divirtiendo y nada conmigo?

    -Jajaja no me vas a creer pero eso le daba un tinte de picardía.

    -Que mala chica tu pasándola bueno y yo sin saberlo. Bueno conta como fue tu encuentro con Antonio.

    -Aja si no pues resulta que la misa trascurrió todo normal.

    Al llegar tu me dejaste sola con las damas de compañía y la madrina de la novia, momento que Antonio aprovecho para acercarse por detrás no lo vi venir con uno de sus amigos y saludarme.

    -Lucia como esta preciosa me abraza y me da un beso en la mejilla y que afortunadamente nadie noto.

    -Ni yo lo vi.

    Me volteo y nos agarramos de los brazos.

    -Antonio papi.

    Lo mire de arriba a abajo.

    -Que guapo estas bien papacito.

    En esmoquin que le lucia muy bien.

    -Y tu preciosa estas bellísima.

    Ese día te habías puesto un vestido de minifalda con la rosa en el hombro y el otro hombro destapado color guayaba y tus sandalias altas de correas sin medias veladas.

    -Mira te presento a Raúl.

    Quien también estaba de esmoquin.

    -Mucho gusto Lucia déjame decirte que Antonio se quedó cortico al describirte, estas bellísima.

    -Ahí Raúl el gusto es mío, muchas gracias por el halago

    En ese momento llego la novia y Antonio, Raúl y las damas de honor fueron a ocupar sus puestos, te busque con la mirada y venias hacia mí, nos acomodamos, la misa trascurrió los novios se casaron y pasamos a donde estaban las mesas el dio estaba asoleado, nos sentamos y sirvieron vino y wiski para los caballeros. Hable con las señoras de la mesa de la boda y pendejadas que pasaron. Tú te paraste de la mesa y te fuiste con sus amigos sirvieron champagne, se hizo el brindis y yo seguía ahí hablando con las señoras de la mesa esperando ver a Antonio. Nos tomaron la foto con los novios pues todo el protocolo de las bodas y tú te volviste a ir con tus amigotes

    De pronto lo veo salir de la casa grande con el Raúl ya venían sin la chaqueta solo en blusa. Antonio venia hablando por el celular y espere a ver para donde cogían. Había una mesa que no pertenecía a las de la reunión, metálica y de vidrio, se sentaron ahí con sus tragos y al ver que tu seguías con tus amigotes, decidí dar el zarpazo además que ahora eran dos con los que podría pasar un buen rato.

    Me levante de la mesa agarre la cartera y me fui hacia donde estaban, te cuento que en ese momento sentí mis piernas flaquear y una sensación en el estómago deliciosa, voltee a observarte mientras caminaba y no te veía y la mesa estaba un poco retirada lejos de la bulla y las miradas de los invitados.

    Al llegar a la mesa los salude dándole un besos a Raúl en la boca y viendo un butaco largo de cemento a unos pasos volví a besarlo y me encamine sonriéndoles y enviándole un beso a Antonio al butaco me senté cruzando las piernas me las acaricie y picándole el ojo a ambos, Raúl se me acerca primero, Antonio se vino mas lentamente pues seguía hablando por el celular. Raúl se sienta a mi lado derecho y levanto las piernas colocándolas sobre las suyas.

    -Ahí preciosa definitivamente eres una mujer bellísima y muy sensual.

    Raúl me acaricia las piernas y llega Antonio y se sienta al lado izquierdo me pongo mi mano sobre su pierna y me besa el cuello, miro a Raúl quien me acaricia y luego mi cara su dedo gordo rozan mis labios se lo chupo, Antonio me acaricia las piernas y sube a mi cuquita, mientras con mi mano atraigo a Raúl de la nuca y lo beso, le pregunto a Antonio.

    -¿y esta si es tu casa?

    Me responde besándome la nuca.

    -Si acá vivo yo.

    Vuelvo a besar a Raúl

    -Entonces vamos a tu cuarto y terminamos los que iniciamos el día de la entrega de regalos.

    Nos levantamos del butaco y caminamos en dirección a la casa mirando que no vaya a ver miradas que nos espíen, Me había soltado al subir unos escalones y dado vuelta en frente de ellos.

    -¿pasa algo? -me pregunta Raúl.

    -Buscando al cornudo de mi marido no vai y sea se nos tire el polvito.

    -No al parecer no está cerca.

    -Bueno entremos papacitos.

    Les acaricie la verga por encima de sus pantalones y me volteé entrando rápidamente, me siguieron también a paso apurado, los volteo a mirar me sonrió y les digo en son de broma.

    -Ahí auxilio que estos dos hombres me quieren violar.

    Nos reímos, llegamos a las escaleras y seguimos subiendo rápidamente, veo varias puertas y me detengo.

    -¿Cuál es?

    Antonio se adelanta y abre la puerta y entramos los tres, cierro con seguro no nos deben de interrumpir. Me quedo observando el cuarto.

    -¿Guau este es tu cuarto?

    -Si señora.

    -Esta grandísimo.

    -Me acerco a la cama y me siento deslumbrada por lo grande.

    -Caballeros trajeron algo para tomar.

    De una mesita mini bar Antonio levanto una de wiski y me la mostro.

    -Bueno hagámosle al wiski también.

    Raúl se sentó a mi lado de pronto sentí algo suave que me paso por los pies y me hizo parar.

    -Ahí que fue eso.

    Antonio se ríe

    -No tranquila es la gata de la casa.

    -Me asusto la gatica.

    Me le acerque a Raúl metiéndome entre sus piernas lo abrazo de la nuca y lo meto entre mis tetas, intenta mordérmelas por encima del vestido, sus manos me agarran mis nalgas levantándome el vestido, me lo quito quedando en toples pues no llevaba sostén, Antonio nos alcanza el trago se suelta el corbatín y se desapunta la camisa, me tomo un sorbo de wiski, le suelto el cinturón a Raúl y le desabotono el pantalón lo empujo para acostarlo y quitare el pantalón con sus bóxer y así verle la gruesa verga en erección, me quito el calzón y me hago a un lado acercándomele a su verga y así mamársela.

    Mientras que Antonio ya desnudo me abre las piernas y mete su cabecita y me lambe la cuquita, continuo disfrutando de la verga de Raúl en mi boca sintiendo todo ese grueso rollo de carne en mi lengua y paladar, se la lambo y le chupo los huevos, me la restriego en la cara y hasta le hago una paja con las tetas, mientras Antonio me sacaba gemidos de placer con su lengua en mi clítoris, así disfrute por casi 20 minutos hasta que Antonio se paró y me froto su verga varias veces y me penetro la cuquita sintiendo que me metían una barra grande y gruesa.

    Comienza a follarme suavemente aumentando la velocidad, siento mi cuerpo temblar, mi cara de desfigura entre gemidos y gritos de placer al sentir su verga entrar y salir como un pistón en plena aceleración dos veces me vengo Raúl se para un momento y toma varios sorbos de su wiski, y le pide a Antonio que lo deje. Antonio me la saca y Raúl me atrae hacia el al borde de la cama recuestos mis piernas contra su pecho, me restriega su verga en mi cuquita y me penetra sintiendo su grosor abrir mis paredes vaginales.

    Antonio se me acerca y se ubica enzima de mi y le veo su tremenda verga.

    -Guau mira esta cosota Antonio papacito que rico estas ahí dios si estas es bien dotado papi.

    Yo sabía que esto era delicioso desde el día de la entrega de regalos porque lo que toque era bien grande.

    Empecé a lamberle los huevos a masturbarlo, me restregó por toda la cara, deteniéndome al sentir sensaciones excitantes que Raúl me provoca con su follada y volver a lambérsela y luego metérmela a la boca abriéndola toda para sentir mi boca, llena de su carne exquisita.

    Papi te lo digo en serio tan solo en las películas xxx las he visto así de grandes, eso fue delicioso me gusto tanto que ya he tenido 10 veces relaciones sexuales con Antonio.

    -Tu mami eres una puta riquísima.

    -Culpa tuya papi culpa tuya. Yo era fiel y firme.

    -Raúl siguió follandome hasta que me vine a chorros en un orgasmo prolongado, delicioso. Raúl se detuvo y camino al mini bar a servir mas wiski, mientras Antonio se acostó boca arriba y me le monte encima agarrándole la verga me la metí otra vez en la cuca haciéndome gemir con mis manos encima de sus pechos comencé a follármelo sintiendo esa gruesa verga entrar y salir de mi cuquita, todo mi cuerpo estaba erizado disfrutando de un momento excitante con una energía desbordada, desbordando mi equilibrio sentimientos que me enloquecen y me incitan a seguir disfrutando del sexo.

    Lucia me toca la cara y me dice.

    -Eso papi te lo voy a agradecer toda la vida, he disfrutado de mi cuerpo un montón.

    Sigo follando como puta ese maravilloso instrumento de placer por un largo rato hasta hacerme venir, me detengo pero el sigue dándome con todo prolongando el orgasmo varios minutos. Nos detenemos y caigo sobre su pecho besándolo.

    -Ha hijueputa que rico estuvo eso papi.

    Me di media vuelta dándole la espalda y le agarre la verga y me la puse en la entrada de mi trasero y poco a poco me la fui metiendo casi que toda, sentí que mi culo iba a romperse pero poco a poco me la logro meter, Raúl se sube a la cama de pie y se me para en frente bajándome su verga a la altura de mi boca y se la mamo, mientras empiezo a follar muy suavemente aumentando con cada embestida hasta mantener una buena velocidad, que me pone a sudar frio, mi cara se desfigura, mis ojos se blanquean y le pido a Raúl.

    -Métemela por la cuca.

    Él se acomoda nos detenemos a esperar que me la meta y empiezan los dos a follarme.

    Eso papi fue tremendamente delicioso, que momento tan excitante, tan espectacular, a mí se me olvido todo, solo quería disfrutarlo a rabiar. Tuve varios orgasmo, Antonio se me vino adentro del culo, y Raúl como pudo me levanto y me siguió follando hasta que también se vino sacándomela y me arrodille junto a él para recibir su semen en mi boca y tomármelo todo y harto que boto.

    Papi fueron dos horas de sexo exquisito.

    Los dos estaban sorprendidos conmigo, el Raúl me halaga.

    -Ha lucia teresa eres además de hermosa una mujer espectacular, tu marido la debe de pasar delicioso contigo.

    Y el Antonio lo confirma.

    -mamita tenemos que repetir esto preciosa.

    -Cuando quieran yo también lo deseo.

    Me fui para el baño a limpiarme el semen de Antonio en la ducha teniendo cuidado de no dañar el peinado y luego componerlo frente al espejo. Antonio ya se había bañado mientras que Raúl y yo terminábamos de follar. Sirvieron mas wiski y brindamos, por más encuentros como este.

    Nos vestimos y salimos al corredor rumbo a la escalera y el Antonio pregunta.

    -¿Que le vas a decir ahora a tu esposo si pregunta dónde estabas?

    -Tocara decir que ustedes dos estaban conmigo mostrándome la casa y por favor actúen muy normal

    ¿Hay algún sitio así de la casa especial?

    -Si puedes decir que te encanto el vivero de mamá. Que ahí fue donde la pasamos, La cocina amplia y todo así amplio y bien decorado.

    -Ok nada de nervios que no se note la mentira.

    Los agarre de gancho a ambos y bajamos la escalera muy sonrientes y yo feliz y doblemente satisfecha. Salimos al jardín y tu no estabas, me dirigí a la mesa y me senté en ese momento ya estaban sirviendo la comida menos mal porque tenía un hambre, al rato te vi que venias con Jhon, Daniel y Ricardo del parqueadero te tenía tu plato de la cena y solo atinaste en decir que te disculpara por haberme dejado sola y haberse ido con sus amigos. Y yo te dije.

    -Mi amor no te preocupes por mi que yo la he pasado delicioso.

    Y mentalmente me dije y no sabes cuanto mi cornudo de mierda.

    -Vaya quien se iba a imaginar todo esto mami, pareciese que algo te poseyere tu. Bueno si yo sabía que eras una coqueta pero que llegaras a estos momentos no. Me acuerdo de la vez que fuimos a esa taberna en la 63 y tú le coqueteaste al mesero no nos habíamos casado. Paso algo con el cierto.

    -Si yo volví otra noche así entre semana que el movimiento es mas suave, me quede hasta que cerraron y caminamos por la trece, comimos perro caliente. Y me acompaño hasta al apartamento. Esa noche no paso nada. Hasta la tercera vez que no vimos, un beso la cuota inicial de un polvo. Me llevo a una de las residencias de la Carracas y tuvimos sexo. Pero no me satisfizo dejándome como iniciada. Eso fue hasta ahí. No volví a verlo.

    -Yo si lo sabía y me entro la duda.

    -Papi tu tuviste algo con esa vieja que trabajaba cerca al negocio de tu papá.

    -No solo la conocí porque no había mas mesas en el restaurante y me hice en la mesa de ella que estaba sola.

    -Y entonces te has vuelto a ver con Antonio.

    -Ahí si te acuerda que te he llegado varias veces a las tres de la mañana.

    -Si claro y según tu estabas con tus amigas que mentirosa eres.

    –Papi que culpa, las ganas de un buen polvo me ganan y con Antonio me encanta ese papacito.

    -Y yo que me estaba preocupando.

    -¿Y por qué?

    -Porque pensé que te me estabas volviendo alcohólica.

    Jajaja no solo ninfómana me encanta la verga.

    Bueno queridos lectores hasta acá llega este relato esperen el próximo capitulo que hay mucho más.

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  • Iniciando a nuestros hijos mellizos (23)

    Iniciando a nuestros hijos mellizos (23)

    La expectación en la sala era palpable. Myriam y yo intercambiamos miradas, sin saber qué esperar. Los cuatro hombres que entraron eran realmente intimidantes, no solo por su tamaño, sino también por su porte: seguros, casi majestuosos.

    Juan presento a cada uno de los chicos, con nombres o apodos exóticos, todos muy atractivos. 3 de ellos muy jóvenes menores de 25 años y un hombre maduro corpulento cercano a los cincuenta. Sentí un nudo en la garganta, mi corazón se aceleró ante la posibilidad de ver a mi bella esposa con esos hombres desconocidos.

    Myriam me miró con las mejillas ligeramente sonrojadas. respiró hondo, apretando la mano alrededor de su copa de vino. Conocía a Juan y Martha lo suficiente como para saber que no hacían las cosas a medias. Si habían traído a estos hombres, era porque tenían algo especial en mente.

    Los mandingos, al ser presentados, se movían por la sala con una confianza que solo podía nacer de la experiencia en situaciones similares con otras parejas.

    La sonrisa de Juan se amplía cuando ve mi rostro de desconcierto: “Juan, no hay de qué preocuparse. Los Mandingos son expertos en dar placer a las parejas como nosotros, se que lo deseas tanto como yo, son de confianza y están aquí para asegurar que la noche sea divertida y agradable”. Martha, por su parte, se acerca a nosotros, “No se preocupen les aseguro que no hay nada que temer. Esto será una experiencia que a todos nos gustará”. Los Mandingos se presentaron de una forma Cortez uno a uno: Adbon el mayor, Kofi, Malik y Yusef, sus ojos brillaron al ver a las dos hermosas damas maduras.

    Con la adrenalina a mil por hora, mi esposa se acercó a mí y me susurro al oído: “Miguel, ¿tú también lo planeaste?” La mirada de mi esposa era de desconcierto total, era un escenario distinto, no planeado. “Por supuesto que no amor, estoy tan sorprendido como tú”

    Una vez que todos estuvimos sentados, las conversaciones se reanudaron, el vino, el tequila y el whisky fluyen. Myriam, aun un poco tensa, comienza a intercambiar sonrisas tímidas con Malik, que parece ser el más joven del grupo y no le quita la vista de encima desde que llego.

    “¿Cómo es que ustedes conocieron a Martha y Juan?” le pregunte a Adbon, aun sabiendo que ya habían participado con ellos, intentando normalizar la situación y romper el hielo.

    “Oh, nos encontramos hace unas semanas”, respondió Adbon, con su voz profunda y aterciopelada. “Nos conocimos en un evento exclusivo con otra pareja y nos dimos cuenta de que teníamos… aficiones similares, a nosotros nos gusta participar con parejas como ustedes y a Juan le gusta ver disfrutar a su esposa, ¡las cosas como son!” respondió chupando un limón al que le había agregado sal y tomando de golpe un sorbo de tequila y estremeciéndose al sentir el fuerte licor exclamo haciendo muecas “Diablos esto es lumbre!”

    Mi esposa se relajó al escuchar las palabras despreocupadas de Adbon, su tono suave y su carisma la desarmaron. Yo por mi parte, no podía evitar sentir la tensión sexual que se palpaba en el ambiente, la presencia varonil de los Mandingos era indudable.

    Martha, sugirió que nos moviéramos a la hermosa y amplia cantina a un costado de la sala, nos levantamos y los cuatro hombres nos siguieron, con pasos seguros y silenciosos, los movimientos de mi esposa al caminar no pasaron desapercibidos. Myriam, a mi lado, estaba radiante y nerviosa, su mano sudorosa entrelazada con la mía.

    Mientras los hombres se acomodan en las pequeñas sillas alrededor de la barra, no pude evitar admirar sus físicos imponentes. Sus miradas intensas recorrían el cuerpo de Myriam, deteniéndose en sus curvas acentuadas por el ceñido vestido rojo. la tela ajustada dejaba poco a la imaginación, y la abertura lateral mostraba sus largas y tonificadas piernas, que se entrelazaban nerviosamente en las pequeñas bancas.

    “No hay presión, chicos,” continuó Martha, captando la tensión en el aire. “Esta noche se trata de explorar y disfrutar. Si solo quieren acompañarnos, observar y aprender. No hay reglas, solo placer, es una reunión de amigos.”

    Después de un par de minutos en silencio mi esposa me dijo en secreto al oído… “Miguel, no entiendo nada de lo que acaba de pasar. ¿Por qué no nos dijeron nada? Me siento vulnerable y traicionada, no sé qué pensar.”

    “Lo se amor, Juan es un cabrón, ¿deseas que nos retiremos?”

    Myriam reflexionó por un instante, “No, dejemos que la noche siga, ya que estamos aquí y no queremos ser maleducados”.

    “Relájate, mi vida, en cuanto lo decidas nos vamos a casa”

    “Amigos les cuento que Adbon es el líder y cofundador del grupo Los Mandingos” Nos dijo Juan dentro de la barra sirviendo nuevas bebidas.

    El hombre de cabello canoso y piel bronceada se acercó a nosotros, era corpulento, pero no gordo, sino musculoso, su mirada penetrante me hacía sentir como un conejo en la mira de un halcón.

    Mi esposa tomó su copa con cautela, sus ojos inquietos, nerviosos. Me sentía tensionado, sin embargo, mi pene se endurecía ante la posibilidad de lo que podía ocurrir.

    Adbon choco su pequeño vaso cilíndrico con tequila con nuestras copas, “Gracias por la invitación Juan y Martha nos han hablado de ustedes, es un placer para nosotros tener la oportunidad de compartir esta velada.”

    Myriam, aun asimilando la situación, le respondió con una sonrisa forzada, “El placer es nuestro Abdon, confieso que no me lo esperaba.”

    El líder de los mandingos se acercó aún más, con una mirada intensa. “Tus ojos me dicen que no te sientes del todo cómoda con esta situación, Myriam, pero no temas están entre amigos del ambiente y conocemos las reglas, No es No.

    Juan nos invito a regresar a la sala. Pasó un rato y la tensión se transformó en un ambiente de amigos. Los Mandingos propusieron un juego; un baile que consistía en que las dos mujeres se turnasen bailando con cada uno de los 6 hombres que estábamos en la sala, Abdon marcaria el ritmo aplaudiendo para indicar el cambio de pareja. Mire a Myriam de reojo, le aprete la mano, se encogió de hombros y me sonrió en señal de que aceptaba el juego.

    La música empezó, un ritmo lento y sensual, Myriam me miró tímidamente antes de soltarme la mano. Se dejó guiar por el primero de los mandingos que era sin duda el más joven del grupo, se acercó a él, el joven la tomó por la cintura y la guio suavemente al ritmo de la música. Myriam se dejó llevar, sintiendo la fuerza y la sensualidad de su compañero de baile. La tela ajustada de su vestido rojo resaltaba sus curvas, y su cabello suelto caía sobre sus hombros.

    En las vueltas mi esposa me miraba, le guiñe un ojo, dándole luz verde. Los dos se deslizaron por la improvisada pista. no pude evitar sentir una punzada de excitación al ver a mi esposa con ese joven que no debía tener más de 20 años. Mire a Juan, que me observaba atentamente mientras Martha bailaba con otro de los chicos. “Creo que a tu esposa le gusta estar cerca de Malik”, dijo con tono irónico mientras me ofrece otra bebida.

    Martha se acerca a nosotros, con las mejillas sonrojadas por el baile. Le susurra algo al oído a Juan, y ambos se ríen cuando me miran y regresa a bailar. “¿Qué les hace gracia?”, le pregunte.

    “Nada”, me contesta Juan con una sonrisa burlona.

    Abdon aplaudió, señalando el cambio de pareja. Myriam se separó del joven, y ahora se dirigió hacia otro de los hombres. Este era más alto y robusto, con músculos definidos bajo su camisa. La tomó con firmeza, y ella se acomodó en sus brazos. La música cambió a un ritmo más rápido, y la pareja se movió con energía, con cada aplauso un nuevo hombre bailaba con ella, así bailo con cada uno de los 3 chicos jóvenes y por último con el maduro Abdon.

    Tome la decisión de participar, me acerco al centro de la sala, Martha me mira, me sonríe y me invita a bailar con ella, sus curvas se mueven al ritmo, su piel se me pega al tacto, “Parece que a Myriam le esta gustando la posibilidad y siento que a ti te está creciendo la polla” Me dijo al oído.

    Le susurro excitado: “No tienes idea como me pone mirarla con esos chicos”

    La atmósfera en la sala se vuelve aún más sexual. Los cuatro mandingos a la señal de Juan se acercan a Martha que ya los espera con una caja repleta de condones. Juan toma una cámara que estaba sobre la barra y la pone sobre un tripeé al centro de la sala y con su celular empieza a filmar de cerca a su esposa rodeada por los cuatro hombres.

    Veo que Myriam esta al centro de la sala confundida y abandonada ya sin compañero de baile y le pido se acerque al sofá en donde ya estoy instalado observando. Martha ríe nerviosamente permitiendo que los hombres la recorran con las manos mientras bailan sugestivamente alrededor de ella y obedeciendo las indicaciones de su esposo, se hincó en medio de los 4 y comenzó a acariciar con cuidado cada una de sus pollas sobre sus pantalones.

    Los chicos la miraban con ojos llenos de lujuria. Uno a uno se sacaron las pollas, Malik era el de proporciones mayores una polla hinchada llena de venas, Abdon lo secundaba en tamaño, Martha se repartía entre las 4 vergas negras masturbándolos. Malik se adelantó a todos y puso su miembro en su boca, de inmediato la abrió dando entrada a la punta enroscando su lengua, sin dejar de masturbar a los otros chicos.

    Los ojos de Martha se cerraron al sentir un suave tirón en su vestido, la tela cayó al suelo, dejándola solo con su lencería. Abdon la recostó sobre la alfombra y le quito las bragas de encaje, revelando su coño depilado, le dio un suave beso en la cara interna del muslo antes de que su lengua comenzara a bailar alrededor de su clítoris, haciéndola estremecer mientras mamaba a placer a los otros chicos. Mi mirada se clavó en la escena, viendo cómo Martha se movía con gracia entre los hombres. Sus manos expertas acariciaban sus erectos miembros, mientras su boca pasaba de una polla a otra, chupando y lamiendo con dedicación.

    Juan se desnudó y se unió a la escena, sin dejar por ningún momento de filmar con su móvil. La excitación de ver a su esposa en acción lo domina por completo y comienza a masturbarse vigorosamente,

    A mi lado, Myriam estaba excitadísima, su mano encontró la mía y la apretó con fuerza, en un silencioso reconocimiento de la cruda sexualidad que se exhibía a unos metros. Enseguida deslizo su mano hacia mi entrepierna, acariciando mi polla a través del pantalón. La sensación de su tacto, combinada con la vista de Martha y los Mandingos, era electrizante. Martha se movía de una polla a otra, sin perder el ritmo, su lengua rozando cada punta en una danza hipnótica, sus gemidos se mezclaban con los susurros de placer de los Mandingos.

    A pesar del shock y la incomodidad inicial, no podemos evitar sentirnos atraídos por la escena; nuestros cuerpos responden a la energía sexual que llena el aire, acaricio los pechos de mi esposa a través de la ropa. Ella jadea suavemente, sin apartar la vista de Martha y Los Mandingos.

    “¿Te gusta lo que ves, mi vida?” Le susurro al oído.

    Mi esposa me mira, con cara enrojecida. “Sí, es… es realmente caliente.” Balbucea, con sus manos aferradas a mi brazo.

    Juan se acerca a nosotros, acariciando su polla y nos dijo con voz baja “¿Por qué no se unen a la fiesta? Hay pollas negras de sobra para las dos” Sus palabras fueron como una chispa que encendió un fuego en Myriam. Me miro buscando mi aprobación con los ojos oscurecidos por el deseo.

    Enseguida Juan llama a Malik, dio un paso al frente con su cuerpo rebosante de virilidad. Su pene se erguía orgulloso, reluciente de líquido preseminal. Consumido por mi propia excitación guie a mi esposa hacia adelante y Malik sin dudarlo se acerca y pone su pene erecto a su disposición. Myriam me mira con ojos llenos de deseo y toma la polla del chico con una mano subiendo y bajando el glande y sin perder tiempo coloca suavemente la punta de su miembro en los labios sin dejar de mirarme.

    “Vamos, cariño, es solo un beso.” Le digo, acariciando su mejilla.

    Myriam cerró los ojos, entregándose al momento. Separó los labios y la gruesa polla de Malik se deslizó entre ellos. Su lengua bailó alrededor de la punta, saboreando la dulzura salada de su piel. Gimió suavemente, la sensación de su grosor y calor abrumaron sus sentidos.

    Mi pene se endureció dentro de mi pantalón, presionando contra el material, ansiando ser liberado. mi esposa me bajo el cierre y lo libero tomando mi pene en su mano mientras Malik le metía su enorme miembro en la boca. Con cuidado le baje la cremallera de su vestido, liberando sus pechos, se estremeció al sentir el aire fresco en sus pezones, que se tensaron aún más, de inmediato las manos de Malik se unieron a las mías, y juntos, le acariciamos los senos.

    Con un suave empujón, Malik guio su pene más allá de sus labios, llenándole la boca. Ella succionó con avidez, relajando su garganta para acomodarse a su tamaño. Mientras yo la besaba en la nuca con mis manos en sus caderas la empuje para ayudar a Malik a profundizar sus estocadas.

    “Chúpasela, amor” —Le dije a mi esposa besándole el cuello y amasándole los senos—. “Demuéstrale cuánto te encanta”.

    Myriam obedeció, poniendo los ojos en blanco, chupó y lamió, su boca moviéndose al ritmo de las embestidas.

    Martha estaba en el sofá, con las piernas abiertas, mientras dos mandingos se turnaban para penetrarla. Juan filmaba de pie la escena como productor de películas porno platicando con Abdon. Los gritos de su esposa anunciaron un orgasmo que me erizaron los cabellos.

    “Esa es mi puta” —gruñó Juan —. “Toma esas vergotas. ¡Enséñales cómo te gusta follar!”

    No podía más, me levanté y tomé de la mano a Myriam invitándola a levantarse, Malik retrocedio con gracia, entonces sin pensarlo guie a mi esposa hasta el sofá con el resto de Los Mandingos. El grupo en el sofá hace una pausa, observando cómo guio a mi esposa, Malik nos sigue, y sin darle oportunidad le quita el vestido y le baja de golpe la pantaleta, se coloca un condón y de pie la penetra desde atrás sacándole un grito agudo y seco.

    Le doy un beso suave, “Siempre has tenido la opción de irnos, lo sabes”

    “Lo sé” dice ella gimiendo y arañándome el pecho al sentir la dureza del miembro del chico.

    Juan me llama a su lado y me dice “Amigo ven, tomemos un trago y disfrutemos el espectáculo de ver como esos 4 cabrones disfrutan de nuestras putas”

    Nos sentamos en la barra y vimos como mi esposa y Martha se dividen las pollas.

    Los ojos de Myriam se encontraron nuevamente con los míos, se mordió el labio inferior; el deseo en su mirada era inconfundible. Kofi y Yusef se acercaron reclamando un lugar, mientras Malik la tenía en posición de perrito rebotando en sus nalgas con cada estocada, sin pensarlo mi esposa acepto las otras dos vergas en la cara enrollando su lengua en las dos pollas de chocolate, Kofi se divertía pegándole con su herramienta en la cara o en la cabeza u ofreciéndole que le lamiera los testículos.

    Malik la volteo con brusquedad quedando boca arriba con las piernas abiertas, mi mujer echó la cabeza hacia atrás, gimiendo mientras la lengua de uno de ellos danzaba alrededor de su clítoris, y despues deslizándose dentro y fuera de sus húmedos pliegues, mientras los otros dos le trabajan la boca.

    Siento mi pene palpitar mientras veo como la cabeza de Myriam se balancea de un lado a otro en una mezcla de lujuria y sumisión. Malik nuevamente la voltea, dejándola con el culo al aire. Ella jadea cuando él vuelve a penetrarla, con movimientos más apremiantes. Uno de los hombres regresa al sillón a ayudar a Abdón con Martha que no deja de gritar y gemir al igual que mi esposa. La habitación se llena de sonidos sexuales: nalgadas húmedas, gemidos profundos y el ocasional chirrido del sofá. Juan observa con una sonrisa satisfecha, filmando todo con su teléfono y acomodando la cámara sobre el tripeé y de vez en cuando haciendo comentarios lascivos para animar a todos.

    Se acerca a mi nuevamente y me mira con una sonrisa cómplice. “Parece que te lo estás pasando genial Miguelito. Sabía que esto le sentaría bien a Myriam, siempre ha tenido un lado salvaje esperando a que lo desaten”. Me guiña un ojo, moviendo la mano con más fuerza sobre su erección. “Quizá pronto podamos organizar otra reunión y que este Lily, a mi hija le va a encantar su marido es del mismo color que estos chicos”. Su sonrisa se ensancha, y no puedo evitar sentir una mezcla de sorpresa y excitación al pensarlo. La imagen de su hija en una reunión de este tipo me erizo la piel, pero fui más allá… imaginé a Sandy en esa orgia.

    La escena se intensifica cuando Malik empieza a embestir a Myriam con más fuerza, sus pechos rebotan con cada embestida. Kofi le folla la boca. Martha observa desde el sillón, con el cuerpo reluciente de sudor, con una expresión de puro éxtasis mientras Abdón la penetra de perrito y chupa a Yusef.

    Me decido y me acerco a Myriam a estas alturas sé que está lista para lo que venga, ya ha traspaso el umbral y de la inicial timidez paso a ser la ninfómana de las ultimas reuniones. Me quito la ropa, la necesidad de participar se vuelve demasiado fuerte para resistirla. Me siento a un lado en la alfombra y empiezo a masturbarme, Juan me acompaña y ambos observamos cómo nuestras esposas son utilizadas y complacidas por Los Mandingos. La visión de ver a Myriam a centímetros de mi siendo estirada y retorciéndose bajo el tacto experto de estos desconocidos es demasiado para procesar, puedo ver el ansia en sus ojos mientras se turnan para usarla a su antojo.

    Martha tiene un largo y profundo orgasmo y queda temblando en el sillón, los dos hombres deciden dejarla para que se recupere y se acercan a Myriam, ahora los 4 buscan un lugar. Su boca, sus manos y su coño están siempre ocupados. Con la polla en la mano, me muevo detrás de Myriam, veo su culo redondo y la espalda bajando y subiendo sobre la gruesa polla de Abdón, la tomo por la cintura y comienzo a acariciarle la espalda empujándola contra la barra de carne negra. Disfruto ver como la polla caliente desaparece dentro de su coño.

    Le doy besos apasionados en la nuca y acaricio sus cabellos perfumados, su respiración se acelera y su temblor se intensifica. Abdon la posee con ferocidad, nota mi presencia y me mira por encima del hombro de mi esposa. Sin soltar su ritmo, sonríe, Los demás Mandingos también ríen y hacen comentarios que no descifro.

    Myriam también voltea y me mira con ojos vidriosos, llenos de placer y se le escapa otro orgasmo, inicia con un chillido ahogado que se intensifica con los embates de Abdon hasta alcanzar el clímax abriendo la boca y provocando que el enorme miembro de Malik se meta hasta la garganta para callar de golpe sus gemidos.

    Juan, sin consultarme se acerca y me empuja haciendome a un lado, trae una botella de vaselina en la mano, se unta un poco en la polla, y sin preámbulos, empuja su miembro contra el agujero anal de Myriam. El mundo se detiene para mí al ver la expresión en los ojos de mi esposa, se tensa, su rictus es de sorpresa y de dolor, Juan la toma de los hombros y la penetra por completo, Myriam emite un sonido ahogado al sentir la invasión, su rostro se tensiona brevemente y tiembla.

    El resto de Los Mandingos continúan con su tarea sin detenerse, Malik acelera sus embestidas en la boca de Myriam, que se ve forzada a tragarse cada centímetro de su polla. Adbon, por su lado, empieza a empujar su pene más profundamente sincronizándose con Juan.

    Su cuerpo se tensa al principio, pero la sensación combinada de plenitud de los tres hombres dentro de ella la abruma. La gruesa polla de Malik le estira la boca, y la sensación del grosor de Juan invadiéndola por su recto envía oleadas de placer por todo su cuerpo. Gime profundamente alrededor del miembro de Malik, y sus ojos se llenan de lágrimas por el esfuerzo, pero no protesta. En cambio, se entrega a la intensa sensación, relajando sus músculos para permitir la penetración simultánea.

    Los hombres se turnan para penetrar a Myriam con diversas combinaciones de orificios, su cuerpo es estirado y utilizado de maneras que jamás imaginó posibles. Cada embestida y cambio la acerca a una serie de orgasmos poderosos. Ver a tu esposa siendo utilizada tan a fondo por estos hombres es a la vez horroroso y emocionante.

    Martha, al notar el intenso placer que Myriam siente, decidió volver a la carga. Se levantó, un poco temblorosa, y se acercó a los dos mandingos disponibles, Kofi, dio un paso al frente y la agarró por la cintura, girándola para que lo mirara, el otro, Yusef, se paró frente a ella, acariciándose la polla.

    “Yo también quiero sentir lo mismo que mi amiga” Les dijo montándose sobre Yusef y entonces Kofi se alineó y se abrió paso dentro de su ano llenándola por completo, la visión de las dos mujeres, sus gemidos mientras les hacen doble penetración me vuelven loco de excitación, me acerco a Martha ofreciéndole mi polla llenando el último espacio libre.

    Lo que siguió después fue una mezcla de cuerpos y posiciones, Myriam y Martha recibieron leche en su cara y pecho. La noche se alargo, durante horas nos entregamos a juegos depravados sugeridos por Juan o Abdón. Cada pausa solo sirve para reavivar las llamas de la lujuria, y el ciclo de desenfreno se reanuda. Los gruñidos de los hombres y los gemidos de las mujeres resuenan, la alfombra de felpa está pegajosa por los fluidos de las mujeres y las eyaculaciones. El alcohol sigue fluyendo, avivando la pasión y disipando cualquier posible inhibición. Los Mandingos manejan a nuestras mujeres con maestría, con movimientos precisos y expertos.

    Casi de madrugada despedimos a Los Mandingos con la promesa de repetirlo. Nos quedamos los 4 en la sala completamente desnudos, Myriam y Martha yacen boca arriba tendidas en la alfombra, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, aun temblando por la intensa experiencia que acaban de vivir. Mi esposa me mira con una mezcla de vergüenza y emoción, sin saber muy bien qué decir. Juan sirve una ronda de bebidas para todos, brindando por la noche inolvidable. Mientras ayudo a Myriam y a Martha a ponerse de pie, noto la hinchazón de sus genitales evidencia del constante martilleo que han soportado durante toda la noche.

    La habitación es un desastre de ropa tirada, bebidas derramadas y condones usados, testimonio del intenso maratón sexual que acabamos de vivir.

    Continuará.

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  • Venganza (1)

    Venganza (1)

    Saludos cordiales a todos los lectores. La historia que les traigo en esta ocasión fue resultado de una venganza que mi esposa consumó para someterme como hace poco hice yo con ella (dividida en dos partes para su fácil lectura).

    Tiempo atrás se me ocurrió someter a mi esposa y hacerle obedecer mis órdenes (ver previo relato titulado “Juegos calientes y retorcidos” donde pueden leer esa historia). Luego de ese incidente nunca imaginé que ella maquinaría una venganza para darme mi merecido y además disfrutara haciéndolo. Se llegó el día que ella planeó todo, me desperté, salí de la cama y hallé una nota en el espejo de la habitación: “Hoy será un día que no olvidarás bebé. Te mando mensaje más tarde”. Pensé ¡vaya! seguro me tiene preparada una sesión de sexo aderezada con algún juego excitante (su rol favorito es interpretar una gatita caliente).

    Seguí con mis actividades usuales hasta que alrededor del mediodía recibí su primer mensaje de texto: “Hola cariño. Te saluda tu gatita caliente, hoy la pasaremos genial ¡miaauuu!”. Adjunto al mensaje venía una foto muy excitante: ella de perfil totalmente desnuda frente a un espejo (parecía dentro de algún vestidor de una tienda de ropa). Llevaba puesta su diadema con orejas de gata, collar con cascabel, medias negras de encaje, botas altas del mismo color y una cola de gato que se inserta en el culo (similar a la que se muestra aquí abajo).

    Ver esa imagen hizo que mi pito se entiesara de inmediato. Semanas antes me había pedido que le comprara su cola para ser una gata de verdad, por lo visto se me adelantó y la consiguió por su cuenta. De la calentura que me provocó no pude contenerme y comencé a pajearme viendo esa foto, la imaginaba ronroneando en el piso y moviendo su trasero para que la cola de gata se moviera de un lado al otro estimulando su culo en el proceso. Me controlé un poco, no quería terminar en una simple paja con mi reserva de semen, sabía que iba a necesitar cada gota para lo que me esperaba.

    El siguiente mensaje llegó como una hora después: “Tu gatita paseando por el parque. Ando buscando un ratón qué comerme, estoy hambrienta”. En la toma de la foto se apreciaba ella sentada en una banca de un parque, abriendo el abrigo que llevaba puesto y mostrando todo su desnudo cuerpo. En el fondo se veían personas descansando en los jardines, quizá ni se dieron cuenta de lo que pasaba en la banca. Esto también provocó que mi miembro se endureciera y fue cuando me puse a analizar más detalle la fotografía: desde el ángulo en el que fue tomada requería forzosamente ayuda de alguien que accionara el botón desde el otro lado. Eso aceleró mi corazón a mil, aunque mi erección no disminuyó en absoluto.

    Ese juego comenzó a inquietarme, me invadió una mezcla de excitación, celos e incertidumbre. Tomé un par de cervezas y puse el fútbol para intentar distraerme. Un rato después el sonido del móvil me avisaba de otro texto: “¿Ya estás listo para jugar amorcito? Te espero en el motel El Paraíso a las 7 pm. Te confirmo número de habitación más tarde. Besos”. Adjuntó otra imagen donde ella sonría pícaramente a la cámara, viajando en la parte trasera de un taxi, sin ropa encima (ni siquiera ya el abrigo sobrepuesto). Esa fotografía tuvo que haber sido tomada desde el asiento delantero derecho (copiloto), por lo que confirmé así que alguien le tomaba las fotos.

    Poco antes de la hora pactada me bañé, me alisté y tomé un taxi hacia el famoso motel El Paraíso, demoraría unos 40 minutos en trasladarme hasta allá. A los 10 minutos de comenzado el viaje llegó otro texto de mi mujer: “¿Ya vienes nene? Estoy ansiosa que llegues. Sabes, no pude encontrar ningún ratoncito en el parque, así que me tuve que conformar con este lindo pajarito que atrapé para jugar. No tardes, estoy ya muy caliente”. Sentí cómo el corazón se me quería salir del pecho y un nudo dando vueltas en el estómago cuando miré la imagen.

    Fue tomada dentro de la habitación del motel, ella con su atuendo de gatita hincada en el suelo, tomando con una de sus manos una verga desconocida y dándole un besito en la punta mientras miraba con ojos de inocencia a la lente de la cámara. Obviamente el dueño de esa gran polla (y eso que se notaba apenas semi erecta) fue quien tomó la foto. Casi me desmayo en el taxi, creo que me puse pálido porque el conductor me preguntó si me sentía bien. Mi cabeza daba vueltas, había sido una ola de emoción demasiado impactante, no lo esperaba.

    Total, que llegué al motel muy desconcertado, toqué a la puerta de la habitación y en lugar de dejarme pasar me llega un mensaje de mi esposa al móvil: “Desnúdate completamente y pásame todo lo que traigas por el cajón de servicio”. Se refería a esas pequeñas compuertas giratorias por donde colocan lo que pides a la habitación. Así lo hice y de inmediato se abrió la puerta para que entrase al cuarto.

    A pesar de que la espaciosa habitación estaba a media luz, alcancé a distinguir la silueta de mi mujer sentada en la cama, no miraba a ninguna persona más dentro, qué alivio pensé. Me ordenó sentarme en una silla colocada justo a 3 metros enfrente de la extensa cama y que me cubriera los ojos con la venda que yacía en el asiento. Obedecí sin chistar. La escuché levantarse de la cama y caminar hacia mí, luego ató mis pies a las patas de la silla, mis manos a los descansabrazos y de paso también puso una mordaza también para que no pudiese hablar. Sus pasos se alejaron hacia el baño y unos minutos después escuché nuevamente el sonido de los tacones de sus botas regresando hasta donde me dejó inmovilizado.

    Me percaté que se hincó enfrente de mi regazo y comencé a sentir su largo cabello rozar mis piernas y enseguida su boca besando mi abdomen. Fue moviéndose con su lengua por mis pechos, mi cuello, lamió mis orejas, besó mis pezones, estaba jugueteando conmigo. Después recorrió en sentido descendente con su boca hasta bajar a mi pene que ya apuntaba al techo. Lamió la punta, llevándose con su lengua la agüita que ya babeaba por el ojito de mi pito.

    Siguió lamiendo todo mi palo de arriba abajo, mis bolas, mordisqueaba la cabecita suavemente, ufff yo ya estaba a punto y ni siquiera se la había metido dentro de su boca. Quería decirle que me la comiera de una buena vez, que quería correrme cuanto antes en su boca, más la mordaza me lo impedía. Vaya tortura dije en mi mente, ni idea tenía que eso apenas era el comienzo.

    Las lamidas se detuvieron repentinamente (para mi fortuna porque de no haberlo hecho hubiese expulsado mi semen en pleno aire) y ella se puso de pie frente a mí para poder quitarme la venda de los ojos. No daba crédito a lo que vi: ¡una hermosa chica enfrente de mi! Había sido ella y no mi esposa la que me estuvo excitando y lamiendo todo ese tiempo. Era de tez clara, no mayor de 30 años, pelo lacio pintado en tonos rojizos, ojos color miel, labios carnosos, de facciones finas y bien maquillada, 1.80 de altura aproximadamente (tacones incluidos), pechos sobresalientes, caderas amplias y piernas torneadas.

    Llevaba una blusa blanca pequeñita que dejaba ver su plano abdomen y una minifalda verde de pastelones, calcetas blancas y tacones negros, asemejaba de cierto modo con ese atuendo a una colegiala de secundaria. ¡Increíble! Una verdadera diosa frente a mí, qué afortunado y emocionado me sentí. Por un instante recordé la última foto recibida y dudé que fuese real, pensé que era alguna broma hecha con Photoshop o alguna de esas aplicaciones para fotomontajes, en fin.

    Estaba admirando a esa preciosa hembra cuando vi que mi esposa salió del baño y fue hasta donde estábamos, colocándose al lado de ella. Me miró con ojos de lujuria y comenzó a tocarle los pechos a la chica por encima de la blusa, la desabotonó y le brotaron fuera sus voluminosos pechos.

    —“¿Te gustan sus tetas nene?” —preguntó mi esposa. Yo solo asentí con la cabeza pues aún llevaba la mordaza puesta. Mi esposa puso una mano en su propia teta y la otra en una teta de la chica.

    —“¿Quieres verle sus nalgas cariño?” —me preguntó. Volví a asentir animadamente. Giró a la muchacha para que yo pudiera verle la espalda y le subió un poco su minifalda, suficiente para que se apreciara como en su amplia cadera montaba un par de redondos, carnosos y bien parados glúteos.

    —“¿Quieres verla totalmente desnuda querido?”. Un ajam como respuesta salió de mi boca. Sin que la chica me dejara de dar la espalda mi mujer le quitó la blusa y le bajó la minifalda hasta los tobillos. Ahora sí pude ver todo su dorso desnudo.

    —“Seguro que mueres por ver el resto de su exuberante cuerpo nene” –me dijo al tiempo que de un movimiento giró a la muchacha para que pudiera verle por enfrente. Por inercia mis ojos apuntaron a la entrepierna de la chica, quedé atónito al mirar que a la joven le colgaba un tremendo pene natural ¡Era una transexual!

    —“Jajaja ¿qué te pasa bebé? ¿No te gustó la sorpresa? Si está relinda esta chica, ¡mira el pedazo de caramelo que tiene!” —me decía mientras le sujetaba la polla con ambas manos. Aparte del tamaño de aquel pene, algo que me llamó la atención de esa chica trans era que iba 100% depilada, no se le miraba vello por ningún lado, eso me parecía que acentuaba mucho su lado femenino.

    —“Pero no te asustes amorcito, que a esta nenita la disfrutaré yo solita jajaja” —me sentenció.

    Ellas se fueron a la cama, la chica se recostó horizontalmente y mi mujer se tendió bocabajo junto a ella pero vertical, como formando una T invertida pues la cara de mi esposa apuntaba hacia mí. Enseguida mujer comenzó a acariciarle y chuparle aquel trozo que se endureció y creció más; con su mano derecha le apretaba una teta y con la izquierda le masajeaba los testículos.

    —“Que rica vergota tiene esta chica nene. Mira como ni con ambas manos logro abarcar lo larga que está y ve, tampoco puedo cerrar mi puño alrededor de ella de tan gorda que la tiene.”

    Entendí que sus comentarios fueron con intención de humillarme. Reconozco que no exageraba, veía claramente las proporciones de esa pija, no se cruzó por mi mente antes que una trans pudiera tener una herramienta así de enorme. Ella continúo su mamada, se atragantaba hasta la garganta, dando arcadas cada que se metía profundamente aquel palo, hasta se le salían las lágrimas a la pobre, menudo festín se estaba dando. Ella es una maestra de la felación, sé que se ha engullido —incluyendo la mía— varias vergas de diversos tamaños, seguro que está era una de las más grandes que se haya tragado.

    Luego de estarle dando placer al trans se levantó y se acomodó encima para formar el famoso 69. El coño de mi esposa quedó sobre el rostro de la chica, mientras mi mujer quedó con su boca justo en su pija, por lo que ambas se dieron a la tarea de comerse una a la otra. Mi esposa en esa posición podía engullir mejor el leño de la trans además de disfrutar al mismo tiempo de su coño siendo devorado por una lengua extraña. Mi mujer ahogaba sus gemidos con el pedazo de chorizo que tenía llenándole la boca, moviendo su pelvis para sincronizarse con las lamidas que le estaba dando la joven.

    —“Ohhh bebé qué rico me está comiendo la cuca, mueve muy bien su lengua, ya me viene el primero… ¡agghhh!” –soltó un sonoro gemido anunciando así su orgasmo. Le bañó toda la cara con sus jugos pues se corrió con una cascada transparente que le escurrió abundantemente, empapando así toda la sábana.

    No quiso descansar ni un instante por lo que se desengancho de esa posición y fue hasta la cabecera de la cama para sacar de debajo de la almohada un preservativo, colocándoselo enseguida a la erguida polla de su acompañante.

    —“Ahora si cariño, verás cómo monto este vergón jajaja. ¿Pensabas que ya te había perdonado lo que me hiciste pasar el año pasado?” —reclamó al tiempo que se montó sobre la muchacha y fue ensartando de a poco su palo en el coño, soltando un gemido al sentirla dentro. Su frenética cabalgata inició, se contorneaba todo su cuerpo como poseída, supongo que la situación le resultaba por demás excitante: follarse a una chica hermosa y exuberante con pene incluido. Ambas se agarraban las tetas entre si y en un par de minutos llegó el primer orgasmo de mi mujer acompañado de un sonoro agghhh y las respectivas convulsiones, para de inmediato caer rendida a un costado de la trans.

    Entrelazaron sus brazos y se acariciaban mutuamente, cuchicheaban entre ellas no sé qué tantas cosas, se reían como dos cómplices haciendo travesuras. Entonces mi esposa se puso a gatas (apoyada sobre manos y codos) sobre la cama de forma vertical hacia mí, pero con su cabeza apuntando hacia la cabeceara, podía verle claramente todo su trasero. La trans se posicionó atrás de ella sosteniendo su troncó aun tieso con una de sus manos a punto de penetrarla.

    —“Disfruta la vista mi amor. De ahí no te perderás detalle de cómo me rompe la cuca nuestra amiga”.

    La muchacha apuntó y deslizó lentamente su carne dentro del coño de mi amada. Una vez que la metió hasta el fondo inició a taladrar su agujero, al principio solo podía observar la parte trasera de la trans, no alcanzaba a mirar a mi esposa pues la tapaba con su cuerpo. Pasaron unos minutos y la chica se acomodó por encima de la espalda de mi mujer (mejor vean foto más abajo, se me complicó describir la posición jajaja) de modo que podía continuar penetrándola y ahora si podía ver como entrababa y salía su verga de la concha de mi cónyuge.

    La escena era algo único pues se veía como le pegaban los testículos en cada embestida y como sacaba su palo empapado en jugos. Los gritos de mi mujer se hicieron más altos cuando la ensartó con más ímpetu, hasta que inevitablemente le llegó otro orgasmo. Se sentaron por un momento sobre la cama, ambas agitadas tomaron un respiro para reposar. Mi mujer le decía cosas al oído a la joven que no pude escuchar, se levantó, sacó de su bolso la cola de gata, se la acopló en el culo, se echó al piso y comenzó a avanzar hacia mi gateando. Pensé que el martirio había terminado, estaba muy equivocado. Se detuvo justo cuando su cara quedó a centímetros de mis genitales.

    —“Pobre bebé, te has perdido toda la diversión. Descuida, ahora mismo llega tu recompensa.”

    La trans vino hacia nosotros y se arrodilló detrás de mi nena para nuevamente clavarle su pollón. La comenzó a bombear violentamente, tomándola de las nalgas mientras me miraba a los ojos. Mi esposa no podía controlar su calentura en esos momentos, soltaba gemidos con cada arremetida que recibía, me volteaba a ver, su mirada reflejaba placer y al mismo tiempo tenía un gesto de altanería.

    —“Esta chica me folla de maravilla nene. Su pitón se siente tan deli dentro de mí.”

    Acto seguido mi esposa comenzó a darme lengüetazos en el pene, desde la base de los testículos hasta la punta, una y otra vez sin que en ningún momento la metiera en su boca. Mi pito me dolía de tanto tiempo con la erección a tope y lejos de placer esas lamidas se volvieron una tortura. La verdad ya no aguantaba más y a pesar de la escueta manipulación que estaba recibiendo en mi miembro tardé solo un par de minutos en llegar al clímax.

    Cuando mi mujer notó que ya no podía aguantar más, en lugar de comérmela para poder tener un orgasmo pleno optó por retirarse por completo. Terminé emanando semen como un volcán cuando le escurre la lava, pues sin nada ni nadie que estimulara mi pene mi orgasmo se vio duramente menguado.

    Noté que mi corrida calentó a la joven trans ya que provocó que penetrara frenéticamente a mi esposa y enseguida le avisó que ya le venía la leche también. Mi mujer lo hizo detenerse y le pidió que se pusiera de pie. Después se arrodilló junto a su polla y le removió el condón, me miró y me dijo:

    —“¿Qué te pasó querido? No me digas que no te gustó correrte de esa manera jajaja. Y aún falta el final nene, te encantará lo que he preparado especialmente para ti”.

    Mi esposa pajeaba rápidamente la verga de aquella joven que ya tenía la lecha en puerta y justo cuando ya se venía mi esposa la hizo acercarse a centímetros de mí para poder concretar una de sus planeadas: ayudó a la trans a correrse en mi cara. Me salpicó todo el rostro con sus potentes disparos de semen al tiempo que mi esposa me sujetaba del cabello para que no pudiera apartarla hacia otro lado.

    —“Espero hayas disfrutado la tremenda mascarilla de espermas cortesía de nuestra nueva amiga polla gorda jajaja.”

    Fin de la primera parte.

    Continuará.

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  • Insaciable

    Insaciable

    Cecilia era una mujer solitaria. Muy joven, pero tímida, algo callada. Tenía dificultad para hacer amigos y las relaciones con los hombres no eran su fuerte. Había tenido una sola experiencia sexual, con un novio tradicional de esos que te cogen a lo misionero los martes y el resto de la semana salen con los amigos.

    Trabajaba como bibliotecaria y parecía que hacía todo lo posible para ocultar un cuerpo muy bien formado de cintura pequeña, cola paradita y tetas enormes con pezones sensibles. Una boca hecha para besar y unos ojos verdes que podían derretir al más aplomado. Sin embargo, nadie veía este hembrón, porque ella se vestía de manera anticuada y recatada en exceso, se recogía el cabello en tirantes rodetes y usaba unos lentes enormes de marcos azules.

    Su vida era la biblioteca y el tiempo lo pasaba mayormente metida adentro de algún libro.

    Pero tenía una afición. Por las noches, esa desabrida bibliotecaria poco atractiva y tímida se transformaba en la reina de los relatos eróticos. Ahí dejaba volar su fantasía y llenaba las redes de historias donde abundaban las jugosas conchas, los penes chorreantes y los culos dilatados. Todas las fantasías que le hubiera gustado tener el valor de llevar a cabo, terminaban convertidas en historias calientes que compartía noche a noche con los asistentes a una página de erotismo.

    Desde el primer relato descubrió lo rico que se masturbaba después de escribir, se fue soltando y cada vez eran más y más calientes. Eso le ganó un admirador. Se llamaba Carlos y vivía en el sur. Después de un tiempo de intercambiar mensajes en la página, él la invitó a viajar a su ciudad y ella, increíblemente, aceptó.

    Jamás imaginó la semana que le esperaba.

    Él la fue a buscar al aeropuerto y le dijo que le había conseguido alojamiento en una cabaña en un lugar muy tranquilo. Debía serlo, porque estaba lejísimo. Mientras manejaba se volteaba a mirarla todo el tiempo.

    “Sos tan hermosa como te imaginé”, le dijo. “No sabés la cantidad de pajas que me hice leyéndote”

    Ella estaba un poco callada. No era lo mismo escribir en la intimidad de su dormitorio, donde cada noche se desnudaba, se perfumaba, prendía velas, ponía música y comenzaba a fantasear por escrito. Pero cara a cara era muchísimo más difícil… este tipo la ponía nerviosa, porque era evidente que se la quería coger a toda costa… Se arrepintió un poco de su impulso de viajar tan lejos y quedar a merced de los deseos de este depredador sexual.

    No llegaban más a la cabaña, que estaba sola, perdida en el medio de un bosque. Finalmente, ahí estaba. Muy simple, rústica, de madera, pero con todo el confort necesario. Ella entra primero y él detrás y sin haber tenido tiempo de apoyar su cartera en ningún lado escucha como él cierra la puerta con llave.

    “Que estás haciendo?” pregunta… ¿por qué cerrás así? No me gusta… prefiero volver a la ciudad y buscar un hotel…”

    “Callate y escuchame, pelirroja hermosa. Acá el que da las órdenes soy yo. ¿Para qué pensás que te invité a venir? ¿Para que hagas turismo?”

    Cecilia comenzó a temblar. “¿Qué es lo que pretendés de mí?”

    “Fácil. Me tenés re caliente hace meses. Ahora me vas a dar una semana completa del placer que tuve que proporcionarme solo, todo este tiempo. Si me obedecés por ahí me canso rápido y te dejo salir e ir adonde quieras… pero tenés que ser buena conmigo”

    Abre un armario, mete dentro la valija, la cartera y le ordena quitarse toda la ropa. “Toda, te quiero completamente desnuda, no vas a tener necesidad de vestirte hasta que te vayas a tu casa”.

    Se desnudó con una mezcla rara de miedo y excitación. Tomó toda su ropa, la metió al armario junto con las demás pertenencias y cerró con llave. Se metió la llave al bolsillo y se quedó mirando satisfecho. “Sos una delicia… sabía que detrás de esa cara de secretaria amargada, había un minón. Esa concha toda afeitada va a recibirme miles de veces esta semana, así que preparate”.

    Escucharlo decir eso le provocó una puntada en su bajo fondo y una excitación que corrió como electricidad por todo su cuerpo.

    A partir de ese momento la convirtió en su esclava. La hizo arrodillarme en la alfombra frente a él y sacando su inmensa pija comenzó a cogerle la boca. Le agarró por el rodete, que se fue deshaciendo hasta dejar su cabello largo y pelirrojo cayendo por la espalda. Los ojos de ella lo miraban suplicantes a través de sus anteojos de marcos azules… y eso lo ponía todavía más al palo.

    “Como me calienta tu cara de zorra con esos lentes”… y arremetía más y más en la boca de ella hasta chocar con el fondo de su garganta y provocarle arcadas, que sólo conseguían excitarlo más y más.

    Ella también iba subiendo en su excitación y se enojaba con ella misma porque quería resistirse a ese mal trato, pero sentía su vagina llenarse de sus fluidos. ¿Como negarse si era tan evidente que lo estaba gozando?

    Entonces decidió colaborar y empezó a lamerle muy a conciencia los huevos, alternadamente con toda la saliva que era capaz de generar le chupaba uno y luego el otro, para después tomar la pija con ambas manos y dirigirla nuevamente a su garganta. Apretando y soltando, metiendo y dejando salir casi hasta afuera de su boca para en el último instante meterla de nuevo con brusquedad.

    “Te voy a llenar de leche esa cara de zorra, putita hermosa, y vas a pedirme más y más”. Arreció la embestida y, sacándola en el último momento, acabó en su cara con un gemido profundo de placer. Todas sus mejillas, labios, nariz y anteojos estaban cubiertos de una espesa cantidad de semen. Ella amagó quitarse los lentes para limpiarlos. “No, te los dejás así, puta”… Me calienta ver mi leche chorreando en tus cristales.

    Así, toda sucia de él, la mandó a la cocina. Le ordenó que le trajera algo de comer y algo de tomar y que también trajera los dos enormes pepinos que estaban sobre la mesa.

    Cuando los vio le corrió un escalofrío por las espalda… eran largos y gruesos… y ella sabía perfectamente para que los quería Carlos. Buscó en la heladera y encontró sándwiches y cerveza. Puso comida y bebida en una bandeja y los dos pepinos juntos al plato y volvió al living.

    “¿Tenés hambre, esclava?”

    “No, Carlos, ahora no”

    Entonces él le pidió que se arrodillara en el suelo, a sus pies, sumisa y callada. Mientras él comía y bebía su cerveza. Él cada tanto bajaba su mano hasta su cuello o uno de sus senos y oprimían los pezones.

    Cuando estuvo satisfecho de comida, decidió que era momento de satisfacerse de placer. Se sentó en el sofá y la hizo ponerse de espaldas a él, inclinada hacia adelante y con las manos apoyadas en la mesa baja de centro. De esa forma dominaba todo el paisaje jugoso de su concha depilada y su culito estrecho y virgen.

    “Uh voy a tener que trabajar mucho en la dilatación de ese culo”, le dijo “pero te juro que cuando termine con vos, vas a ser experta y viciosa total del sexo anal”.

    Tomó el pepino más grueso y con bastante poca dificultad, debido a que la excitación la tenía muy lubricada, se lo introdujo en la vagina y fue moviéndolo hacia adentro y en forma circular para hacerla gozar. El culo era más difícil, necesitó de muchísima lengua, mordiscos, chupones, pero entre todo eso y el placer que sentía por la concha se fue dilatando cada vez más.

    Siguió con su lengua. Ella gemía más y más y él le dijo que gritara todo lo que quisiera, que nadie los podía oír ahí. Un dedo, dos dedos y el culito iba cediendo. Un poco de crema íntima y el pepino comenzó a deslizarse hacia adentro. El dolor era terrible. Pero el placer nuevo y diferente… mmmm… Cecilia estaba aterrada. Jamás la habían penetrado por su culo y menos así de esa manera tan salvaje. “No, por favor, me vas a lastimar” “No, hermosa, jamás, vos sos mi esclava divina, jamás te haría daño… no te resistas, se nota que lo estas disfrutando, permitite relajarte y goza, deja que tu culo se divierta”.

    El placer que sentía, mezclado de dolor y de miedo era indescriptible. Finalmente, ya no pudo aguantar esa doble penetración y cayó de rodillas en medio de un orgasmo histórico. Todavía sentía los vegetales dentro de ella y como su culo y su vagina se abrían y cerraban palpitantes sobre ellos. Así la dejó Carlos… acostada en la alfombra, desnuda, cubierta de semen y con sus dos agujeros llenos. Semi dormida por el placer y el cansancio, ni se movió.

    Entre sueños escuchó que él decía, “más tarde vengo a cogerte de nuevo, pero esta vez lo que te voy a meter por el culo va a ser mi pija” y se fue cerrando nuevamente la puerta con llave detrás de él.

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  • Un intenso encuentro

    Un intenso encuentro

    —Estaba loca porque entraras. Llevo toda la tarde esperándote.

    —Acabo de llegar. Ni me ha dado tiempo de soltar las llaves. Pero aquí me tienes.

    —Llevo mucho rato pensando en ti, lo sabes, ¿no? Esto de trabajar en el ordenador es demasiado aburrido. Pensar en ti… es mucho más motivador.

    —Yo también me he estado acordando de ti. Más de lo que crees.

    —¿Ah sí? ¿Cómo de más?

    —Bueno, de camino a casa, en el coche, se me ha puesto dura pensando en nosotros y en lo que íbamos a hacer cuando nos viéramos.

    —Interesante… ¿Le das tú a la cámara?

    —Ok. Ya está. Acepta

    —Ya acepté. Perfecto. Jeje, ¡hola! Oye, qué guapo estás, qué bien te queda la camisa esa.

    —Lo sé, jeje. Ya ves, uno, que tiene sus pequeños encantos.

    —Bueno, yo no hablaría de encantos pequeños, precisamente…

    —Jejeje. Eso seguro. Estás preciosa. Qué bien te sienta el pelo recogido. Y esta cámara te hace tanta justicia…

    —No tanta como tus manos

    —Ufff, ya quisiera yo tenerte aquí ahora mismo y poder acariciarte entera y quitarte esa blusa blanca que llevas. Por cierto, ¿es nueva?

    —Sí

    —Qué tetas tienes, dios mío, qué ganas de arrancarte la ropa de cuajo y llevarte directa al sofá, o a la cama, o a la mesa, o…

    —Eyyy, pero bueno, sí que venías tú con ganas, ¿eh?

    —No tienes ni idea. Esto se me está haciendo demasiado largo. Me muero por volver y estar contigo.

    —Y yo. Pero bueno, mientras, esto no está del todo mal, ¿no?

    —No está nada mal. Y qué pena que no me funcione bien el micro.

    —Bueno, a mí me funciona bien.

    —Con eso basta. Madre mía, qué cuerpazo tienes. Me encanta cuanto haces eso.

    —Pero si sólo me he puesto de pie…

    —Qué mona eres haciéndote la inocente… Date la vuelta. Cómo echo de menos ese culo, Adri. Cómo lo echo de menos. Súbetela un poco, sí. Ayy… ese abdomen… Uff… qué ganas de follarte, Adri… ¡Ey! ¿Qué suena? Jejeje, sabes que me encanta esa canción… In a Little while… surely you´ll be mine… In a Little while I´ll be there… Joder, cuánto hace que no follamos con U2 de fondo, ¿eh?

    —Demasiado. Pero aquí está. Exclusivamente para ti. Para nosotros. Sabes que esta siempre la bailo cuando estoy sola.

    —Sí… jeje, me hace gracia verte así, sólo el cuerpo. Ve un poco hacia atrás para verte entera…

    —Shhh… ahora sólo escucha… y mira.

    —Ufff. Pero qué buena estás. Y cómo te mueves… joder, qué ganas de tenerte encima con esas caderas… Esoo, arráncate la camisa, igual que yo te haría… Ufff, la tengo durísima Adri, la tengo durísima. Me estás poniendo fatal…

    —Te estoy poniendo genial. Me ponía muy cachonda imaginar este momento, hacerte una especie de striptease… ¿Te gusta el sujetador?

    —Síii… Pero qué buena estásss, Dios, qué tetas tienes… qué ganas de lamértelas, de mordértelas, de amasártelas con las dos manos mientras me sientes la polla dura contra ti…

    —Pídemelo y me lo quitaré.

    —Quítatelo, por favor. Quiero verte las tetas. Ufff… mi madre, pero cómo te mueves… Se me olvida lo bien que bailas. Lo bien que me bailas…

    —Quítate la camisa

    —Ok. Así está mejor. Mi cuerpo se muere por ti. ¿Lo ves?

    —Qué bien te sienta la polla así de grande bajo el pantalón.

    —Qué bien le sientas tú a mi polla.

    —Me pone muy cachonda verte así. Baja un poco la cam. Así… uf, ¡mucho mejor!

    —Sí. ¿Llevas tanga?

    —No sé, espera a ver qué hay por aquí para ti…

    —Ufff, qué tira tan fina… por Diosss, anda, bájate los vaqueros. Así… pero qué culo tienes mi niña, qué culo tienes… y ese tanga… para matar a cualquiera. ¿Tú te has visto? ¿Te has mirado bien? ¿Te das cuenta de lo que cualquier tío moriría por tener entre sus manos un culo como el tuyo? ¿Que cualquiera agarraría ese tanga entre los dientes y lo haría pedazos para luego lamerte entera y follarte como te mereces? Ufff…

    —Vaya, vaya… Despídete del tanguita

    —Síii…. adiós… gracias… ufff… Adriii

    —Estoy muy mojada. Enséñamela, anda…

    —Mírala. Mira lo cachondo que estoy por tu culpa…

    —¡Pero quítate el bóxer, Fer!

    —¿No te gusta?

    —Nada de nada…

    —Bueno, entonces tendré que quitármelo…

    —Joder, sí que la tienes tiesa, me está apuntando a mí

    —Te apunta a la boca

    —Ya me gustaría chupártela, ya… lamértela desde los huevos hasta la punta. Metérmela entera en la boca y luego masajearte el frenillo y el glande con los dedos y la lengua, como sabes que me sale tan bien.

    —Ufff… me correría en nada…

    —Y me lo tragaría todo… Mira qué húmeda estoy, mira.

    —Dios… qué coño tienes Adri, cómo me gusta cuando te abres así de piernas… toda para mí… y verte de frente…

    —Mmmmm

    —Métetelos Adri, juega con ellos dentro. Imagina que es mi polla la que entra. Dios, me siento a punto de estallar. Qué buena estás joder, qué visión tengo desde aquí. Bájate un poco más. Quiero verte la cara. Así. Es perfecto. Eres perfecta. Aghhh, verte la boca, las tetas, y jugar así con los dedos… Diosss…

    —Quiero mojarte, Fer. Estoy tan empapada… Ufff… Ohhh

    —Joder. Oírte gemir es tan… tan… ahhh

    —Siénteme, mastúrbate imaginando mis tetas en tu cara, mi lengua en tu cuello, en tus pezones, en tu barriga, en tus huevos. ¿Lo sientes? Mi cuerpo sólo para ti…

    —Joderrrr

    —Me vuelves loca, incluso desde ahí. Me vuelves loca… Qué polla tienes cabrón. La quiero dentro entera. La quiero… ahhh… sííii… ufff…

    —Qué ganas tenía de esto

    —Siii…

    —Ohg, qué cuerpazo tienes, Adri. Ese cuerpazo se merece que lo follen como Dios manda. ¿Entiendes? Que te follen bien, por todos lados, como a una verdadera puta.

    —¿Estás cachondo, mi amor, estás muy cachondo?

    —Y tanto… me estás matando Adri, estoy a punto de correrme…

    —Me muero porque te corras dentro de mí. Dios, estoy tan empapada que te resbalarías

    —Siii ufff, Adriana, Adriana…

    —Joder, aghhh, qué polla tienes. Los dedos no son lo mismo, Fer, yo quiero tu pollaaa

    —Así, dale, dale, dale más rápido, ufff, quiero ver cómo te corres para mí, cómo eres una puta. Eres una puta, Adri. La más puta de todas. Así. Date la vuelta. Quiero verte el culo. Quiero verte el culo de cerca y cómo te sacas y metes los dedos. Venga, dale…

    —Ohhh, síii, Ferrr… estoy tan caliente…

    —Ahggg, ahggg, cabrona, cómo te mueves. Qué culazo tienes, diossss, estás ardiendo, ¿eh? Debes estar ardiendo, puta… ohhh estoy a punto de correrme…

    —Córrete. Quiero ver cómo te corres. Córrete, mírame las tetas, así, de frente, mira lo salida que estoy por tu culpa. Quiero mamártela, Fer, y que te corras en mi boca. Córrete…

    —Ufff… me voyyy…. ahhghgg

    —Diosss… ohh, sí, Fer, síii… me encantasss, me encantaaas.

    —Ufff… Adriana… joder… increíble… ufff… Sí, sigue, sigue… Fóllate, fóllate con los dedos. Imagina mi lengua, mi polla, mi peso sobre ti. Tus piernas en mis hombros, mi polla hasta el fondo, cómo te meto sólo la punta para luego metértela entera y oírte gemir así…

    —Oh, Ufff

    —Así, sigue, sigue, sigue. Joder, qué cachondo me pone oírte gemir así…

    —Fer… Feeer

    —Te vas a correr, Adri, te vas a correr, puta.

    —Sí… Aagh, síii, Feeer…

    —Ufff, Adri…

    —Fer

    —Dime

    —Nada

    —Dime

    —Eso

    —Qué

    —Gracias

    —Uf, gracias a ti, Adri.

    —Te quiero.

    —Y yo. Eres increíble.

    —Oye

    —Dime

    —¿Y ahora cómo sigo yo trabajando?

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  • Con ella en el probador

    Con ella en el probador

    No hay nada más maravilloso que pasear por unos grandes almacenes observando a las mujeres, con algo que me palpita debajo de la falda. Aunque es un lugar apropiado para toda clase de fantasías lujuriosas, nunca imaginé que podría materializarlas. Pero después de la bestial experiencia que tuve la semana pasada – y cuando digo bestial no exagero- he decidido que “nunca diré nunca jamás”. Yo estaba muy cachonda y recorría los departamentos buscando un regalo de cumpleaños para una compañera de trabajo, con la que he tenido alguna que otra aventurilla. Como guiada por no se sabe qué llegué a la sección de ropa interior femenina.

    Mi rajita despertó de su letargo impulsada por la visión de varias chicas muy atractivas, que paseaban indolentes entre los expositores. Me fijé en ellas porque yo era la única clienta que andaba por allí.

    Buscando la salida, pasé por delante de una hilera de probadores, y en un espejo triple vi claramente reflejados mis pezones endurecidos, pidiendo guerra. Sobresaltada, me di la vuelta y fui a tropezarme con una chica muy atractiva que se probaba un vestido de noche. Mis disculpas fueron a cogidas con una cálida sonrisa. Una imponente melena rubia le caía en cascada por la espalda. Tenía el cuerpo estilizado y unas piernas perfectas, que encajaban maravillosamente en el vestido.

    Me quedé con la boca abierta cuando ella dio una vuelta completa delante de mí. “¿Qué opinas cielo?, ¿cómo me queda?” me preguntó moviéndose como un maniquí. Murmuré algo de que era fabuloso, pero me gustaba más lo que escondía. Para agradecerme el cumplido me rozó el brazo con el suyo y la erección de mis pezones alcanzó un punto sin retorno. Notaba las braguitas húmedas y la rajita me palpitaba. El corazón me iba a mil por hora…

    Tratando de quitar leña al fuego, aquella chica me hizo un guiño y sonrió de forma muy seductora. A continuación se giró de espaldas para mostrarme la parte trasera del vestido, y también su precioso culo. Todavía de cara al espejo, giró la cabeza y unos mechones de su rubia melena le cayeron sobre la cara. “Necesitaría que me ayudaras a desabrocharme esto”, dijo entonces. Seguí su vibrante y sedoso culo hasta el probador. Por suerte estábamos en la sección más pija, donde sólo unos pocos privilegiados pueden permitirse el lujo de comprar, y nos encontrábamos prácticamente solas.

    Ella miró furtivamente al interior para asegurarse de que no había nadie y yo hice lo mismo hacia la tienda para comprobar que no hubiera ninguna dependienta al acecho. Entonces me hizo señas para que la siguiera al interior de uno de los cubículos. Cerré la puerta con pestillo y al darse la vuelta vi una sonrisa cálida e invitadora en sus jugosos labios.

    Cuando nuestras bocas se unieron suspiré y me deleité con el delicioso sabor de su lengua en la mía. Tras un prolongado morreo, mis manos empezaron a explorar su anatomía. Ella me desabrochó la blusa y me bajó el sujetador para liberar mis pezones, duros y erectos. La abrí el vestido y al bajárselo, quedó al descubierto un precioso conjunto de sujetador y tanga de encaje negro. Nos besamos apasionadamente y aproveché el abrazo para quitarle el sujetador.

    Ella hizo lo propio con el mío. Tenía las tetas grandes y suculentas, que empecé a chupar sin perder ni un segundo, mientras ella me acariciaba el pubis, acercándose a mi coño. Al notar la humedad de mi lengua en sus pezones gimió de gusto. Mi coño mojaba sus manos que me tocaban de manera experta y deliciosa mientras yo buscaba el centro neurálgico de su lujuria. Tenía el tanga mojado y se las quité con ímpetu para descubrir un encantador chochito, con el vello perfectamente recortado.

    “Tenía una cosa en mente” me dijo mientras yo me arrodillaba. De su bolso sacó un tubo de crema y dijo: “Tengo el periodo cielo, pero estaba pensando que si quieres podías comerme el culo”. Se inclinó hacia delante y puso un pie encima de la banqueta, lo que me daba acceso directo, no solo a su chochito, sino también a su ano rosado. Me arrodillé y se lo besé, dándole lengüetazos y disfrutando del aroma que me embriagaba el olfato. Apliqué una buena dosis de crema al agujero. Inmediatamente me tendió su mano con un consolador enorme. Lo tomé en mis manos y me incorporé para poder follarle el culo.

    Tanteé unos instantes su culo antes de endiñarle aquel pedazo pepino, duro como el acero en su desconocida cueva. Reprimió un grito al advertir la penetración. Descansamos un momento para esperar a que su recto se acostumbrara al tamaño de la enorme polla. Despacio lo saqué a medio camino hasta que sus manos tiraron de mis manos para que lo volviera a meter en su lubricado culo. Lo tenía tan apretado que costaba mucho metérsela. La estuve dando placer un par de minutos hasta que se levantó y se sentó para compensarme metiendo su cabeza entre mis piernas.

    Deslizando los labios desde mi vientre descendió hasta mi coño, sediento de placer que palpitaba con frenesí, aspirando todo mi olor de hembra en celo, su boca se pegó a mi coño y lo absorbió. Su lengua entraba y salía de mí, mientras yo gemía como una loca. Apretó mi clítoris con sus labios y lo sujetó con firmeza. Un brinco mío le indicó que me gustaba. Su boca, sus labios y su lengua estaban allí comiéndome por completo.

    Yo estaba a punto de correrme y sujeté su cabeza con mis manos para atraerla más hacia mi cuerpo. Dos de sus dedos entraron en acción para meterse dentro de mí y los metió profundamente de forma tal que quedasen con el movimiento hacia el punto interior de más placer. Allí dentro sus dedos se movían con frenesí, mientras su lengua acariciaba mi clítoris. El orgasmo no tardó mucho en llegar y entre un gemido, casi aullido, y un espasmo, hizo que me corriera en su boca.

    Mis jugos estaban en su cara, mi aroma a sexo en su piel y todavía sus dedos se movían dentro para exprimir las últimas oleadas de placer que quedaban en mi cuerpo.

    Aunque nuestros gemidos quedaban ahogados por las gruesas paredes de madera del probador, pensamos que cualquiera podía haber oído la conmoción. Nos vestimos a toda prisa y antes de salir comprobamos que no hubiera nadie.

    Ella se fue y yo me fui hacia el otro lado sin mirar atrás.

    Fui un par de veces más a la tienda para ver si la encontraba, y a la segunda hubo suerte. Hemos repetido nuestra experiencia varias veces, aunque no en un lugar público. Mi casa o un hotel nos sirven para practicar un sexo fenomenal.

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  • Seducida por el verdulero (2)

    Seducida por el verdulero (2)

    Llegué al pueblo pasada la una de la tarde, con el sol brillando implacable. Frené frente a la casa de Ángela… y me sorprendí, aunque sin sentirme intimidada.

    Era enorme. Una casa blanca, de dos plantas, con columnas en el frente y un jardín prolijamente podado, salpicado de rosales y jazmines. Parecía salida de una revista de decoración.

    Toqué timbre y enseguida apareció Ángela, radiante, vestida con un short de jean, remera blanca y el pelo suelto.

    —¡Alma! —gritó, abrazándome—. ¡Qué felicidad verte acá!

    —¡Pero vos me dijiste que vivías en un pueblito! ¡Esto es una mansión!

    Ella soltó una carcajada.

    —Bueno… es un pueblito, pero no soy pobre, boluda.

    —¡Me estuviste mintiendo todos estos años!

    —No es que te mintiera… solo que no es lo primero que le cuento a todo el mundo. Acá mi familia es bastante conocida, y viste cómo es la gente… prefiero que en la ciudad me conozcan por mí, no por mi apellido.

    —Ah, mirá vos… la señora con apellido ilustre —dije, sonriendo, divertida.

    —Bueno, tampoco exageres —dijo Ángela, aunque inflando el pecho de orgullo—. Pasá, dale.

    Caminamos por un hall con piso de mármol, cuadros antiguos y techos altísimos. Yo observaba todo con curiosidad, aunque acostumbrada a ambientes elegantes.

    —¿Y cómo terminaste de secretaria mía, reina? —le pregunté, mientras subíamos una imponente escalera de madera.

    —¡Ay, Alma! —soltó ella, divertida—. Justamente porque quería trabajar y ser independiente. Y además… ¡sos mi mejor amiga! El trabajo en tu estudio me encanta. Me dejás ser yo misma… y me pagás bien, maldita.

    —Bueno, eso sí… —dije, sonriendo—. Pero igual, ¡esto es impresionante!

    Ángela me abrazó otra vez.

    —Tranquila. Acá sos de la familia, ¿sabés? Esta es tu casa estos cuatro días.

    Me mostró mi cuarto: enorme, luminoso, con un ventanal que daba a un parque verde. Me senté en la cama, repasando mentalmente lo bien que Ángela había logrado combinar la comodidad de su pueblo con ciertos lujos.

    —Bueno, doña heredera… ¿qué me espera hoy?

    —¡Día de chicas! —gritó Ángela—. Y nada de maridos. Hoy somos seis: vos, yo, Sofía, Caro, Natalia y Lili. Ninguna se salva de contar algo picante… menos vos.

    —¡Ni lo sueñes! —protesté enseguida—. Mis secretos se vienen conmigo a la tumba.

    Ángela se cruzó de brazos.

    —Ya veremos, Alma… ya veremos…

    La noche de chicas arrancó en el quincho con risas, música, luces tenues y vasos que no paraban de llenarse. Había una mesa larga rebalsando de picadas, champagne, vino rosado y un licor de frutas casero que hacía estragos.

    Estábamos las seis: Ángela, Sofía, Caro, Natalia, Lili y yo. Yo había arrancado un poco tensa, con ese aire de “yo no vine a esto”, pero entre el alcohol y el cariño de ellas, me fui soltando.

    —¿Y vos te acordás del tipo ese con el arito en el ombligo? —decía Lili, muerta de risa—. ¡Se lo sacó en plena previa porque decía que lo distraía! ¿Quién se distrae por su propio ombligo?

    —¡A mí me distrajo a mí! —saltó Caro—. ¡Tenía el abdomen marcado como tabla de lavar!

    —¡Y otra cosa marcada! —agregó Sofía, con una ceja levantada.

    Estallamos todas en carcajadas. Yo agarré la copa y brindé:

    —Por los abdominales ajenos… y las malas decisiones.

    —¡Eso! —dijeron todas, chocando vasos.

    —Che, Alma —dijo Natalia, mirándome de reojo—. ¿Vos nunca hiciste una locura? Digo, así… bien caliente, bien impulsiva.

    —Depende qué llames “locura” —respondí, con una sonrisa ladeada.

    —Algo tipo… no pensarlo mucho. Dejarte llevar. Un rapidito en un ascensor, una escapada de oficina, algo así.

    Ángela me miraba desde su copa, sabiendo demasiado.

    —Vamos, Alma —dijo Lili—. Vos tenés pinta de señora elegante, pero estoy segura que por dentro sos una bomba.

    —Ay, chicas… no sé si quiero contar nada. No me vayan a perder el respeto —dije, en broma, cruzándome de piernas con teatralidad.

    —¡Demasiado tarde! —dijo Sofía—. Después de lo que contó Caro, ya no hay marcha atrás.

    —¡Bueno! —dije, levantando las manos—. Confieso algo si todas confiesan también. Pero confesión real, no esa pavada del chongo con arito.

    —¡Eh! ¡Mi chongo tenía sentimientos! —protestó Lili, entre risas.

    —Dale —dijo Ángela—. Empieza vos.

    Respiré hondo, jugueteando con mi copa.

    —Hubo una vez… hace un tiempo. Estaba con mi esposo, y nos invitaron a una boda en un hotel divino. Terminé llevándolo al baño del salón durante el vals y… bueno, casi nos descubren. Fue un escándalo.

    —¡¿En pleno vals?! —gritó Natalia.

    —¡Con la novia bailando al fondo y ustedes…! —Caro se tapó la boca de la risa.

    —Mi vestido tenía la espalda abierta —dije, sonriendo con picardía—. Y él siempre tuvo una debilidad por mi espalda.

    —No, no. ¡Esto se está poniendo interesante! —dijo Lili, sirviendo más licor.

    —¿Y ahora? —preguntó Sofía—. ¿Todavía seguís así con tu marido?

    Me acomodé en el sillón, pensativa.

    —Digamos que… hay días mejores que otros. Pero sí, todavía hay deseo. A veces se esconde, pero está.

    —O sea que no está muerto —dijo Caro.

    —No. Pero a veces está dormido. Muy dormido.

    Ángela me miró con una sonrisa cómplice, sin decir nada.

    —¿Y no pensás despertarlo un poquito? —preguntó Natalia.

    —Con una buena sacudida, tal vez —acotó Lili.

    Reímos todas. Yo también. Me sentía libre, entre mujeres que no me juzgaban.

    —Mirá —dije, alzando la copa—. Mientras no me despierten a mí de golpe, todo está bajo control.

    —¡Salud por eso! —gritaron todas.

    Nos quedamos ahí un rato más, hablando de exs, de deseos, de hombres que sabían y no sabían tocar, de lo que se guarda y lo que no. Fue una noche de complicidad absoluta, sin filtros ni tensiones.

    Yo no conté lo que realmente me hervía por dentro —ni sobre los mensajes, ni sobre José, ni sobre las noches en vela. Pero por primera vez en mucho tiempo, me sentí relajada. Liviana. Y con ganas de más.

    El domingo amaneció despejado y caluroso. Bajé a desayunar y encontré a Ángela corriendo por toda la casa.

    —¡Alma! Mil perdones… hoy estoy hasta las manos con los preparativos para la fiesta. Entre el catering, los músicos y los invitados… ¡me quiero matar!

    —Tranquila. ¿Querés que te ayude?

    —No, no. ¡Te vas a aburrir! Mejor andá a dar una vuelta… José te puede mostrar el pueblo.

    —¿José? —pregunté, tratando de sonar indiferente.

    —¡Sí! Él se ofreció. Es un amor. Además… no seas antipática, se nota que le gustás.

    —Ángela… ¡no empieces!

    —¡Dale, Alma! No seas amargada. Total… solo es un paseo.

    José me pasó a buscar en su camioneta. Venía con una remera limpia, camisa arriba, perfumado. Me costó reconocerlo sin la tierra en las uñas.

    —Buen día, Alma —dijo él, mirándome de arriba abajo—. Hoy estás preciosa.

    —Gracias… —dije, incómoda, bajando la mirada.

    Subí a la camioneta, intentando mantener distancia. Pero apenas arrancó, me miró con media sonrisa.

    —¿Sabe que la ciudad le endurece a uno el corazón? Acá la gente es distinta. Más sincera.

    —¿Sincera como vos? —pregunté, en tono burlón.

    —Yo soy sincero, Alma. Vos me gustás, ¿qué querés que haga?

    Suspiré.

    —José… no me compliques la vida.

    —No quiero complicarte nada —dijo, más serio de lo habitual—. Hoy solo te quiero mostrar mi pueblo.

    Me callé. Algo en su tono me desarmó un poco.

    Me llevó al río, a la plaza central, me mostró la iglesia, los puestos de artesanías. José saludaba a todo el mundo. Cada tanto me miraba de reojo.

    —¿Sabés lo que más me gusta de este lugar? —preguntó, mientras me acompañaba por un sendero arbolado.

    —¿Qué?

    —Que todo está lleno de secretos. Acá la gente se cree que se conoce… pero nadie sabe nada de nadie.

    —Eso pasa en todos lados, José.

    Él me miró con una seriedad que me descolocó.

    —No. En la ciudad, la gente es más hipócrita. Acá… cuando uno se calienta por alguien… se nota.

    Me quedé mirándolo, sin saber qué contestar. Él se inclinó, recogió una ramita y empezó a jugar con ella entre los dedos.

    —No me mires así —dije, finalmente.

    —¿Así cómo?

    —Como si estuvieras por comerme viva.

    Él se rio bajito.

    —¿Y si quisiera?

    —No es una buena idea —respondí, aunque la voz me salió más suave de lo que quería.

    Al atardecer, José me llevó de regreso a la casa. Se detuvo frente a la verja y bajó para abrirme la puerta de la camioneta.

    —¿La pasaste bien? —preguntó, mirándome a los ojos.

    —Sí… demasiado bien —admití.

    —Entonces… no me digas que no vale la pena arriesgarse un poquito —dijo, en voz baja.

    Me quedé callada, con el corazón latiéndome en la garganta.

    —Buenas noches, Alma —dijo finalmente, inclinándose hacia mí. Por un segundo pensé que me iba a besar. Pero solo me rozó la mejilla con sus labios, apenas un roce cálido.

    —Buenas noches, José… —dije, temblando un poco.

    Esa noche me acosté en el cuarto de invitados, con el aroma a jazmines colándose por la ventana. Me metí bajo las sábanas, con el pulso acelerado.

    No pasó nada. No hubo besos ni caricias. Pero me di cuenta de algo mientras cerraba los ojos: el lado tierno y amable de José me había excitado casi tanto como su descaro.

    Y lo peor es que ya no estaba tan segura de querer seguir resistiéndome.

    Llegó la noche de la cena y el ambiente estaba cargado de perfumes, risas y el ruido de cubiertos sobre vajilla elegante. Las mesas estaban dispuestas alrededor del enorme salón iluminado con lámparas de cristal. Había familiares de Ángela, vecinos del pueblo, amigos, y gente que yo apenas conocía.

    Me vestí con algo discreto, sabiendo que todavía faltaba la fiesta después. Elegí un vestido midi color marfil, de tela liviana y caída suave, con mangas tres cuartos y un leve escote en “V”. No era pegado al cuerpo, pero aun así mis curvas se insinuaban inevitablemente, sobre todo cuando me movía. Mi culo y mis tetas parecían querer asomarse siempre, aunque yo intentara disimularlo. Es que por más holgado que fuera el vestido, había algo en mi figura que siempre atraía miradas.

    —¡Estás hermosa! —me dijo Ángela cuando me vio bajar las escaleras.

    —¿No es muy sencillo? —pregunté, ajustándome los aros de perlas.

    —Sos Alma —dijo, rodando los ojos—. Aunque vinieras en jogging, brillarías igual.

    En la mesa, nos sentamos todas las chicas juntas: Ángela, Lili, Caro, Natalia, Sofía y yo. Entre nosotras, las risas no faltaban, pero nos comportamos bastante bien, considerando que estábamos rodeadas de tías, abuelos y padres. Hablamos de pavadas, brindamos varias veces y fingimos ser santas.

    —¿Y esa cara de buena, Alma? —me susurró Lili—. Parecés una monjita… salvo por ese escote que me distrae.

    —Callate —dije, riéndome—. Todavía falta la segunda parte de la noche.

    Cenamos pastas caseras, carnes, y un postre exquisito que Ángela había encargado especialmente. Todo transcurrió en orden. Ninguna insinuación, ningún comentario subido de tono. Parecíamos un grupo de señoras respetables.

    Pero por debajo, todas sabíamos que la verdadera noche empezaba después.

    Terminado el café y los brindis, subimos a cambiarnos para la fiesta. Las chicas estaban excitadas como adolescentes, corriendo de un lado a otro, probándose vestidos, zapatos, pintalabios.

    Yo elegí algo completamente distinto para la segunda parte de la noche. Quería verme más atrevida, más segura. Y, sobre todo, quería sentirme deseada.

    Me puse un vestido negro, corto, de tela satinada, con breteles finos y un escote pronunciado que realzaba el pecho. La falda ajustada abrazaba mis caderas, marcando cada curva. El largo apenas me llegaba a mitad de muslo. Me pinté los labios de rojo intenso y me solté el pelo.

    Cuando bajé, Ángela se quedó con la boca abierta.

    —¡No podés salir así, Alma! —exclamó, tapándose la boca—. ¡Nos van a matar los hombres del pueblo!

    —Yo solo me visto para mí —dije, sonriendo, mientras me acomodaba el vestido sobre las caderas.

    —Sí, claro —dijo Lili, pasando detrás mío y dándome un cachetazo suave en la cola—. Para vos… y para que medio pueblo se quede babeando.

    Entramos juntas al salón de fiestas. Las luces ya estaban bajas, la música sonaba con ritmo envolvente. Apenas cruzamos la puerta, se notó la tensión masculina en el aire. Varias cabezas se giraron hacia nosotras. Yo me sentí desnuda bajo esas miradas, pero a la vez me recorría un cosquilleo delicioso por la piel.

    —Te están comiendo viva —me susurró Ángela, pegada a mi oído.

    —Exagerás —contesté, aunque sabía que no.

    —¡Alma! —gritó Sofía—. ¡A bailar!

    Nos lanzamos a la pista. Nosotras seis formamos un grupo compacto, riéndonos, bailando juntas, rozándonos mientras seguíamos el ritmo de la música. Era un mar de luces y cuerpos que se movían. Yo me sentía poderosa, deseada, viva.

    Cada vez que giraba, sentía miradas clavadas en mi trasero o en el escote. El calor subía. La música retumbaba en mis costillas. Y aunque intentaba concentrarme solo en el baile, no podía evitar que ciertos ojos oscuros me buscaran entre la multitud.

    Pero de eso… todavía no quería pensar.

    Por ahora, solo estaba ahí, con mis amigas, sintiéndome hermosa. Y sabiendo que la noche recién estaba empezando.

    La música se había vuelto cada vez más atrevida a medida que la madrugada avanzaba. El salón entero parecía vibrar al ritmo de luces de colores, tragos y risas. Alma seguía bailando con sus amigas, riéndose, los cuerpos pegados, las caderas moviéndose al compás del reggaetón.

    Pero una a una, las chicas comenzaron a dispersarse. Algunas se iban con parejas, otras con algún amante improvisado de la noche. Y para cuando Alma quiso darse cuenta, estaba sola en medio de la pista, sudada, con la respiración agitada y una sensación ardiente entre las piernas.

    Fue entonces cuando sintió que alguien se acercaba por detrás. Un aroma a colonia masculina y a campo la envolvió.

    —¿Bailamos? —dijo José, muy cerca de su oído, con la voz grave.

    Alma dio un respingo, giró para encararlo. Él estaba impecable, camisa entallada blanca, los brazos tensos bajo la tela.

    —No sé si es buena idea… —dijo ella, mordiéndose el labio, aunque sus caderas seguían marcando el ritmo de la música.

    —Claro que es buena idea —contestó él, y puso las manos en su cintura.

    Por un segundo, Alma se quedó rígida. Pero el bajo profundo de la canción vibró en el piso, en su vientre, y terminó entregándose. Levantó los brazos, dejó que él se acercara.

    Empezaron a bailar. Al principio, separados, jugando. Pero la música subió de tono, y José fue acortando la distancia. Sus cuerpos terminaron pegados, pecho contra pecho. Ella podía sentirle el calor, el pulso acelerado, y un bulto duro presionando contra su vientre.

    —Estás hermosa esta noche, Alma —murmuró José, rozándole la oreja con los labios.

    —Decíselo a las otras veinte mujeres que te deben estar mirando —contestó ella, fingiendo desinterés, aunque su voz tembló.

    —Las otras no me importan —replicó él—. Desde la primera vez que te vi, supe que iba a ser con vos.

    Alma tragó saliva. No quería ceder… pero ya lo estaba haciendo. Una canción nueva empezó: reggaetón lento, con un ritmo marcado y letras descaradas. José pegó aún más su pelvis contra la de ella.

    Alma ahogó un gemido cuando sintió la presión firme de su erección. Se miraron a los ojos, respirando agitados. Él empezó a mover la cadera, lento, frotándose contra ella sin disimulo.

    Ella lo imitó. Subió las manos a su cuello. Sus pechos se aplastaron contra el torso de José. Sentía cómo sus pezones se endurecían bajo el vestido ajustado. Todo alrededor era gente bailando igual, o peor. Nadie parecía mirar.

    —Te voy a volver loca —le dijo José, sujetándola de la cintura, pegándola aún más.

    —Shh… callate —susurró ella—. Me vas a meter en un quilombo.

    —Ya estás metida… —le contestó él.

    La música subió de intensidad, y Alma se rindió. Se giró, dándole la espalda, y empezó a mover las caderas contra la pelvis de José, que la sujetó fuerte de la cintura. Él bajó una mano a su vientre y, sin vergüenza, la rozó peligrosamente cerca de su entrepierna.

    Ella jadeó, apoyando la cabeza sobre su hombro.

    —Vámonos de acá —dijo José, voz ronca.

    —¿Adónde? —preguntó Alma, aunque ya sabía la respuesta.

    —A donde no nos vea nadie.

    Alma lo tomó de la mano y lo sacó del salón, entre la multitud. El corazón le latía con fuerza, la piel ardía. Recorrieron un pasillo oscuro hasta llegar a un rincón medio desierto, entre dos paredes. Allí, Alma lo empujó suavemente contra el muro.

    —Te odio… —le dijo, aunque estaba temblando de deseo.

    José sonrió apenas.

    —Mentís para protegerte.

    Ella lo besó. Al principio suave, pero enseguida se hizo urgente. José la sostuvo del rostro, luego bajó las manos, apretándole las caderas, subiéndole el vestido por la parte trasera para palparle las nalgas desnudas bajo la tela. —Dios… tenés el culo más hermoso que vi en mi vida —murmuró él, besándola con hambre. Alma le desabrochó un botón de la camisa. José bajó las manos y le apretó los pechos, hundiendo los dedos en su carne, haciendo que ella soltara un gemido bajo.

    —José… —jadeó Alma—. Pará…

    —No quiero parar… —dijo él, pegándola más contra su cuerpo.

    Alma empezó a deslizarse hacia abajo, lenta, mirándolo a los ojos mientras se agachaba. Sus manos viajaron a su cinturón. Lo desabrochó con dedos temblorosos, mordiéndose el labio, dispuesta a seguir.

    Pero de repente, a lo lejos, se oyó una voz que la llamó:

    —¡Alma! ¿Estás por ahí?

    Se congeló. José también. Ella quedó medio agachada, con el cinturón en la mano. Se miraron, jadeantes.

    —Mierda… —dijo Alma, incorporándose de golpe y arreglándose el vestido.

    José la sujetó de la muñeca.

    —No te vayas…

    —Tengo que ir… —dijo ella, tratando de recuperar el aliento—. Después seguimos…

    Y se alejó, dejando a José con la respiración agitada y el cinturón desabrochado. Mientras volvía hacia la pista, Alma sentía las piernas flojas y la ropa interior completamente húmeda.

    Sabía que no iba a poder resistirse mucho más…

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  • El gringo me pagó

    El gringo me pagó

    Contaba con 19 años de edad, mi cuerpo había tomado un matiz muy sensual, a pesar de ser bajita de estatura mis medidas son buenas, 85-59-94, por lo que verán tengo un buen trasero, y me gusta enseñarlo con mis tangas diminutas que se transparenten en mi vestido, pues verán fui con mi novio de vacaciones a una playa hermosa y no pensando nada en solo disfrutar los mejores momentos en la playa.

    Llegamos un viernes, y nos fuimos a la cama, mi novio era un gran amante y digo era porque ya no es mi novio, me hacía hacerlo en todas las posiciones imaginables y como a mí me gusta variar no ponía objeción.

    Pues resulta, que el sábado en la noche fuimos a un bar, más bien era un antro que estaba lleno de turistas de todas partes, y ambos la estábamos pasando bien, de repente me di cuenta que en una mesa un grupo de turistas al parecer norteamericanos, no cesaban de verme mi trasero y ellos se encontraban tomando bastante.

    Entonces después de un rato fui al baño, y como estaba lleno tuve que esperar un largo rato, al regresar me percaté que uno de los viejos gringos se encontraba platicando con mi novio, y cuando me vieron dejaron de platicar, al acercarme ambos me veían, y le pregunté a mi novio que pasaba, él me respondió que le ofrecían 100 dólares por manosearme mi trasero, a lo cual yo quedé sorprendida que él me dijera esto porque era sumamente celoso, pero después de unos tragos y con tal de ganarme algo extra, dije que sí, pero con la única condición de que mi novio me acompañara para estar segura de que nada me iba a pasar.

    Entonces el gringo llamó al cantinero y le dijo algo, después el cantinero nos llevó a un privado que más parecía una mini cantina, mi novio se sentó en la barra, y entonces el gringo le dijo que me abrazara, entonces yo de pie y él sentado en un banco alto, entonces me pidió el gringo que alzara mi trasero, y lo hice entonces el lentamente me fue subiendo mis faldas hasta arriba de mi cintura, me percaté del tamaño de las manos del gringo eran impresionantes y sus dedos súper gordísimos.

    El vio mis nalgas y las acarició y luego suavemente me bajó mi tanga, yo estaba descubierta de mi trasero y seguía abrazando a mi novio, el gringo se ensalivó uno de sus enormes dedos y empezó a tocarme, con la otra mano abrió los labios de mi vagina dejando al descubierto mi clítoris, entonces él hábilmente me lo pellizcó y me lo jaló de arriba hacia abajo, yo en ese momento sentí riquísimo y no pude más empecé a suspirar de lo rico que estaba sintiendo.

    Después, el tipo se agachó y sin dejarme de masajear de arriba a abajo mi vagina, puso su lengua en mi ano y lo empezó a lamer, muy suavemente, en ese momento tuve un orgasmo tremendo, y después de tanto rato vi a la cara de mi novio, sus ojos brillaban de una manera lujuriosa y bajé mi mano y sentí su bulto, entonces el gringo percatándose de esto, me dijo que por que no se la sacaba a mi novio y que se la mamara, pero con la condición de que el gringo me iba a decir como hacerlo.

    Yo saqué la tranca de mi novio, y cuando la tomé me percaté que estaba demasiado mojada escurrían sus líquidos por los lados de su tranca y esta brillaba de lo dura y tiesa que estaba, entonces el gringo dejó de manosearme y se sentó junto a mi novio a dirigirme para hacerle una buena mamada a mi novio.

    Él me dijo que recogiera con mi boca todos los líquidos que habían salido de la tranca de mi novio, la empecé a limpiar lentamente hasta dejarla sin rastro de algún líquido, luego me dijo que mientras me comía la tranca de mi novio que la ensalivara toda hasta mojarla, así lo hice. Mi novio empezó a suspirar.

    Después me indicó que me la comiera toda, no sé si fue la excitación, pero a pesar de que su tranca era grande me la logré tragar toda hasta que mi barbilla hizo contacto con sus testículos, en ese momento me dieron ganas de vomitar ya que estaba muy dentro de mi boca y el movimiento de asco produjo en mi novio una reacción descomunal de placer, entonces lo seguí haciendo así hasta evitar que yo vomitara

    Luego de un rato mi novio empezó a eyacular y yo que a veces sentía un especial desagrado por probar el semen, no hice ni un gesto de repudio, empezó a tirarme grandes chorros los cuales con rapidez me los tragué disfrutando cada momento, pero como se vino tanto el semen escapaba de mi boca rodando por los costados de aquella maravillosa tranca, después de que termino me dispuse a limpiarlo de semen que había escurrido por su tranca, con mi lengua lo limpié todo no dejando ni un solo rastro del semen que había salido.

    Al voltear al ver al gringo vi que tenía su tranca en la mano, también de tamaño tremendo, entonces como toda una puta me abalancé hacia ella y me la empecé a comer. Después de un momento él sacó un condón de sabor, y yo con gran habilidad se lo coloqué con mi boca, entonces me alzó y como una muñeca de trapo me clavó con su enorme tranca el solo hecho de sentir que me llegaba al fondo hizo que tuviera un gran orgasmo.

    Después él se recostó sobre una mesa, y yo me senté arriba de él, me meneaba de arriba hacia abajo parecía una perra en celo, deseosa de más, él con una de sus manos me tomó del clítoris, yo sentía riquísimo, y de una manera fuerte me apretó el clítoris y me alzo lo más que pudo, yo sentía un dolor tremendo.

    Con su otra mano y sin soltarme dirigió su enorme tranca a mi ano, entonces me incrustó la punta, lo cual me dolió bastante, y después de momento me soltó mi clítoris y yo bajé ensartándome por el ano con su tranca, yo vi hasta estrellitas y él empezó a hacerme girar mis caderas de un modo cadencioso, hasta que le dije que por favor me dolía mucho que me la sacara, cada embate era como un calambre que recorría toda mi espalda, después de un rato de suplicarle, él me la sacó, pero me dijo que yo le ayudara a terminar.

    Entonces él se sentó con las piernas abiertas y yo me hinqué entre ellas, me dijo “escúpemela”, yo le escupí su tranca y la tomé con mi mano y lo empecé a masturbar, después de unos instantes me dijo que pusiera la punta de mi lengua sobre la cabeza de la tranca, con cada movimiento que hacía yo mi lengua rozaba su tranca, entonces se empezó a poner durísima su tranca, sabía lo que me esperaba y entonces empezó a eyacular con unos chorros de gran potencia que me llegaron hasta mis cabellos, y lo demás me lo comí, nunca había estado tan sedienta de probar semen, pero creo que si esa noche hubiera habido más tipos me comería el semen de cada uno de ellos.

    Ya de noche y sin decir palabras regresamos al hotel, tomé una ducha, y me acosté a dormir tranquilamente, soñando y recordando cada momento que había pasado en ese bar y preguntándome que si lo haría de nuevo, por cierto el gringo me regaló 200 dólares, después de todo no me fue mal y pude disfrutar mis vacaciones sin tantos aprietos económicos.

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  • Quería conocerlo más

    Quería conocerlo más

    Nos conocimos siendo muy niños, teníamos 10 y 11 años. Pasados los años siempre me quedó la duda de cómo sería el cómo amante, que tal serían sus besos, que tal serían sus caricias, como será su pene, como será su manera de hacer el amor… Hasta que un día, por cuestiones de la vida, tuve que volver al barrio de mis andanzas, donde crecí, donde aún vivía él.

    Me atrevo a visitarle y resulta que me recibe muy gratamente, con mucho cariño y una gran sonrisa, siempre hubo un cariño especial entre nosotros, luego de saludarnos y hablar un poco de nuestras vidas, le digo:

    Yo: ¿Sabes…?

    El: Dime…

    Yo: siempre me quedó la curiosidad de saber que tal son tus besos…

    El: Nos pasa lo mismo, estás hermosa, ganas de besarte no me faltan.

    Nos ponemos de pie, él me toma por la cintura, yo coloco mis manos rodeando su cuello, nos quedamos mirándonos, parecíamos dos niños nerviosos, ante su primer beso…

    Le digo…

    Yo: ¿Tienes miedo? Yo no como… bueno, si como, pero como rico…

    Él se sonríe con picardía, acercándose a mi boca y juntando nuestros labios, surge aquel maravilloso beso, besaba riquísimo, de esos besos que no quedan allí, de esos besos que te llevan a más, que hacen que todo se humedezca y se endurezca, que rico beso…

    Se detiene, me mira y le digo:

    Yo: Que rico besas, imagino así harás lo demás.

    El: (sonriendo) Bueno, vamos para que lo descubras…

    Vuelve a besarme, esta vez con más pasión, tocando mis caderas, bajando sus manos hacia mis nalgas, apretándolas y agarrándolas disfrutando, yo comienzo a tocarle el pecho, meto mis manos debajo de su camiseta, sintiendo su piel, su abdomen, acaricio un poco su espalda, me encantaba todo lo que sentía.

    El comenzó a besar mi cuello, diciéndome suavemente al oído “Estás rica”… su rostro se dirigió a mi escote, besando un poco mis senos…

    Ya los dos nos encontrábamos muy excitados, yo comencé a abrir su pantalón, él me quitó la blusa, se quedó mirando con gusto mis senos y siguió besándolos, le quité la camiseta, ya su pantalón estaba abierto y meto mi mano debajo de su ropa interior, sintiendo aquella maravillosa y caliente erección, deseosa de sentir, tocar y penetrar, él me quita el sostén y comienza a chupar mis senos, yo estaba muy excitada, le digo “Que rico pene tienes”… “Quiero tenerlo en mi boca”.

    Eso lo hace excitarse más, me baja el pantalón, me deja ya sin ropa, me recuesta al sofá, abre mis piernas y dirige su boca hacia mi vagina, lamiendo ricamente mi clítoris, succionando toda la humedad que mi cuerpo había creado por lo que estaba sintiendo con él, chupaba riquísimo, estaba disfrutando totalmente lo que él me hacía, lo miro y le digo “Es mi turno”…

    Me agacho, acaricio su pene de arriba a abajo con mis manos, sintiéndolo todo, me lo llevo a la boca, estaba muy erecto y caliente, comienzo a chuparlo, lamiéndolo, introduciéndolo en mi boca, chupando de arriba a abajo, él me toma del cabello y me dirige los movimientos a su gusto, placer era lo que sobraba en el momento. Me levanto y le digo “cógeme, hazme tuya, haz lo que quieras”…

    Su mirada ya era otra, una mirada de un macho muy excitado. Agarrándome la cara me vuelve a besar, baja rápido con desespero vuelve a chuparme lo senos, me da la vuelta, me recuesta al mueble poniéndome casi en cuatro y comienza a penetrarme.

    —Que rico mi amor, sigue, sigue, no pares… le decía.

    —Me encantas… Me dijo… que rico conocernos en estos aspectos…

    Mientras me seguía clavando su rico pene, dándome duro, demostrando lo que sentía, agarrándome los senos, mordiéndome suavemente la espalda. Pasados los minutos le digo “Quiero sentarme sobre ti”…

    Él se sienta y enseguida voy yo encima de él…

    —Ayy que rico, me encantas, me encanta tu pene, que rico se siente.

    Y sigo moviéndome de arriba a abajo, mis caderas se movían al compás de mi necesidad de sentirlo, el teniéndome de frente sigue chupándome los senos, rico, con mordisquitos, me besa, con su lengua recorriendo toda mi boca, besa y muerde mi cuello.

    Mientras yo me sigo moviendo encima de él, inclinándome un poco hacia atrás para sentirlo todo dentro de mí, que me doliera rico, me encanta, le dije.

    —Muévete duro, dame duro….

    Él me agarra de las nalgas, apretándolas rico para moverme a su antojo, ya los dos estábamos por venirnos, yo tenía cara de perra excitada, me sentía muy bien con él, total…. lo conocía de toda la vida.

    Sigo moviéndome de arriba a abajo, lo beso, dame más duro, muévete rico….

    —Ayy que rico amor, lo haces rico, me encantas… Me voy a venir —le dije.

    A los segundos llegó mi orgasmo, muy rico y fuerte, él, al sentir mis gemidos y las palpitaciones de mi vagina en su pene pues también se vino, todos sudorosos y excitados nos miramos y nos volvemos a besar, aún con las respiraciones aceleradas.

    —Que rico besas, que rico coges, que rica estás, me dijo.

    —Que rico haberte conocido en este aspecto, le dije.

    Me levanté, nos vestimos, nos volvimos a besar, hablamos otro rato, compartimos números de teléfono y me fui, despidiéndose con un rico abrazo y otro beso…

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