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  • Se equivocó de timbre

    Se equivocó de timbre

    Aunque ya estoy viviendo de manera definitiva desde hace poco más de tres años en la casa que tengo junto al mar, he querido, aprovechando que hoy es domingo, arreglar la casa de la ciudad poniendo en orden algunas cosas, pues habiendo comenzado el verano, van a venir algunos amigos y familiares a pasar algunos días conmigo, pero no caben todos en la casa de la playa, así que los acomodaré en la vivienda de la ciudad, al menos para pasar las noches y realizar visitas turísticas.

    Los domingos se llena la playa de gente, incluso mi playa nudista se llena de machos, hembras, mirones y textiles. Los demás días de la semana hay cierta tranquilidad, aunque no del todo, pero los domingos son endiablados. Es por eso que aproveché este día para preparar el acomodo para los más mayores, los primos de mi padre que son muy buena gente y los considero mis tíos muy queridos. Ellos solo vienen un par de días a la playa, les gusta más ir a visitar conocidos, realizar ciertas compras y ver edificios antiguos, como ellos dicen. A los más jóvenes los acomodo en la playa porque ellos prefieren sol, mar, culos, pollas y todo lo que acontece en una playa nudista.

    He comenzado a las 9:00, temprano y, aunque he conectado el aire acondicionado en algunas habitaciones, me he desnudado para realizar ciertos trabajos que siempre me hacen sudar. La verdad es que en casa siempre voy desnudo porque soy nudista por convicción y deseo, además que me encontraba solo supervisando cada habitación, armario ropero, sala, revisando la cocina, los aseos y baños, para que todo esté en perfecto estado y listo para su funcionamiento. Estas cosas me gusta hacerlas solo para no recibir consejos. Cada año renuevo algún colchón o colcha o sábanas y tomo nota para encargarlo al centro comercial y que lo traigan.

    Estaba por acabar, solo me faltaba la cocina, y escucho el timbre de la puerta. Acudo al visor y vislumbro a un tipo que desconozco: como el visor es en blanco y negro no distingo bien y no hago caso, regreso a la cocina. Vuelven a llamar al timbre y por si es otro, me asomo de nuevo al visor. Era el mismo tipo, sigo sin hacer caso. Regreso a la cocina y comienzo a comprobar los fuegos, todo funciona y de repente escucho el timbre de la puerta, no ya el de la calle, sino el de la puerta mismo del sexto piso que es donde tengo la vivienda. Ahora me asomo por la mirilla y me encuentro con un tío alto, largo, me parecía el mismo, pero no con certeza. Dudé si abrir, pero siempre pienso que alguien puede tener una emergencia. Entreabro la puerta y pregunto asomando solo la cabeza:

    — ¿Desea algo?

    — ¿Señor Iniesta?

    — No, se ha equivocado, ese señor vive en el 5º, justo abajo, misma puerta.

    — Gracias.

    — No hay de qué.

    Regreso a mi cocina, compruebo el frigorífico y estaba comprobando el estado del equipo de cocina, ollas, licuadoras, menaje de cocina en general, etc., y escucho de nuevo el timbre. Me vuelvo a asomar por la mirilla, el mismo tipo.

    — Disculpa, mira, no me contesta abajo, ¿no sabes si ha salido?

    — Yo estoy aquí desde anoche, he venido a acomodar cosas, quizá he hecho más ruido yo que los demás, no he oído nada ni nadie me ha pasado un aviso.

    — Le llamo al teléfono y no me responde, me dijo que seguro que estaría en casa…, tengo esto para darle y no sé cómo entregárselo, pues lo necesita justo mañana…

    Le noté muy preocupado y azorado por si no lo encontraba y tuve que plasmarle una invitación.

    — No sabría que decirte, pero, mira, disculpa, si quieres pasas aquí y esperas, yo tengo como una hora más antes de marcharme…

    Abro la puerta y veo que abre los ojos, entonces es cuando me doy cuenta que estoy desnudo…

    — Disculpa, mira, no me di cuenta que estaba desnudo, es cosa de costumbre, pero si quieres entra y si no te parece lo dejas, yo no muerdo, pero…

    — No, no hay problema, también me gusta desnudarme en mi casa de vez en cuando, pero estoy en un handicap ahora con el señor Iniesta porque necesita urgente esto mañana y…

    — ¿Cómo es que has entrado al portal?

    Salían unos niños y les he dicho que iba a la casa del Señor Iniesta…

    — Ah, bueno, acomódate aquí mientras acabo mi trabajo, me queda como una hora para revisar todo y marcharme, ponte cómodo y si te sobra la camisa te la quitas, ¿te llamas?

    — Ernesto, Ernesto Llaurí, soy pasante del señor Iniesta, necesita estos documentos para la vista de mañana, estoy contrariado.

    — Ven, ven y tómate un refresco o una cerveza, que ya son casi las horas de tomar el aperitivo…

    — Gracias por dejarme pasar, es extraño hoy esto, ¿no te da miedo que yo fuera un ladrón o cualquier malhechor?

    — Hace tres años que no vivo aquí; aquí no encontraría un ladrón ni monedas de 10 céntimos, mira, mira…

    Pasamos a la cocina, saqué dos cervezas del frigorífico, le di una y se puso a reír. Lo miro sorprendido y me dice:

    — Ahora entiendo, tu frigorífico es una cosa con la pared, está empotrado, lo mismo la cocina, pero te queda el televisor, ¿no?

    — Sí, pero está igual, es difícil robar cosas que se han montado aquí dentro porque no hubieran pasado por la puerta, ingenios de mi padre…

    Le estaba creciendo el bulto de la entrepierna y veo que se acomoda su paquete con disimulo.

    — Si te encuentras más cómodo, sin ningún problema te desnudas y dejas tus cosas ahí mismo, —dije.

    — Es que verte así, con lo bueno que estás me ha entrado la calentura.

    — Eso tiene remedio… —dije sin dar importancia.

    — Eres gay, ¿verdad? —me pregunta

    — En efecto —respondí.

    — Yo también; disculpa, pero sí, me voy a poner cómodo.

    Se desnudó, tenía buena polla, larga, no tanto como la mía, pero gruesa más que la mía. Pero, Ernesto o trabajaba mucho o iba a gym porque no tenía grasas corporales. El vientre era plano no tenía marcados los cuadros como el mío, pero su culo era bueno, redondo; nos parecíamos en muchas cosas. La polla, al sacarse su ropa, comenzó a marcar su slip como una tienda de campaña y cuando se lo quitó, se puso parada en paralelo a su cuerpo. Recogí su cerveza, se la di y nos besamos. Me lo llevé a una de las habitaciones y nos revolcamos en la cama buscando a ver quien quedaba encima del otro, pues parecía que ambos queríamos ser penetrados, pero como lo vi con tan pronunciada erección, abrí el cajón del velador y saqué un preservativo, que mordí para romper el envoltorio y se lo ensarté desplegándolo con mi boca. Saqué también un pomo de lubricante y me puse con toda la mano. Ernesto comenzó a penetrarme un dedo y dos y tres lentamente, me hacía feliz y vio que mi culo aguantaba, se puso en la cama boca arriba y me invitó a sentarme sobre su polla mirándolo. No lo dudé. Bajé mi culo en línea recta y su polla, que estaba ya muy dura, entró de una sola vez y me quedé quieto ahí para sentirlo todo. Luego comencé primero con unos círculos con la polla dentro para que se acomodara todo perfectamente y a continuación a bailar sobre esa polla gorda, mientras lo hacía mi polla decía siempre que sí, que le gustaba, iba desde mi vientre, tocando mi ombligo y el de Ernesto. Ernesto tenía ganas y se corrió pronto y sin avisar, pero yo notaba los espasmos. Esto me hizo endurecerme bien y tampoco pude aguantar más, me caí sobre la cara de Ernesto y lo besé, le di lengua y correspondió, degusté su saliva, sus sabores internos y me corrí entre los dos abdómenes. Nos quedamos quietos saboreándonos hasta tranquilizarnos.

    — Ahora quiero que me folles tú, ¿podrás?, —dijo Ernesto sonriendo.

    — Vamos a ver qué has hecho y ya te diré si puedo, —respondí.

    Levanté mi culo y saqué su polla; le saqué con cuidado el condón, lleno de semen; metí el dedo, probé y me gustó. Me lo metí frente a la boca para que saliera a mi boca y Ernesto me atrapó, me besó y me robó de mi boca su propio semen o parte de él porque yo aún saboreaba algo. El beso fue fenomenal.

    La segunda parte fue similar, pero me tocó hacerle disfrutar como él lo había conseguido conmigo, solo que se me puso en 4 y esa postura me gusta poco y lo atornillé hasta obtener la postura del misionero donde yo penetraba mejor y más, ahí sí, ahí él deliraba con sus gritos.

    Me costó acabar en su culo, pero la follada me salió magistral. Jamás había escuchado tantos gemidos y gritos, pero cuando yo quería parar para que no le doliera, él decía:

    — Sigue, sigue, maricón, no seas hijoputa, sigue.

    — Soy hijoputa y maricón, pero también un cabrón.

    Y le daba más duro. El insultaba para desahogarse, porque me consta que le dolía ya que yo lo penetraba profundo en cada embestida y a lo muy bruto, pero sus insultos eran mi estímulo. Cuando acabé, lo desatornillé y sin sacar mi polla de su culo, lo besé, entonces me echó toda su leche en la cara. Comenzó a lamerla y yo lo besaba para degustar su lefa.

    Una vez calmados, salí de él y me saqué el condón, cuando se dio cuenta que me lo iba a beber me lo sacó de mis manos y, aunque ya parecía que estaba en estado semi sólido, se lo tragó a la boca, luego iba sacando poco a poco el condón, más limpio que la vajilla de plata. Quise probar los quesos de su boca y la verdad es que me gustó más. Es como si el queso hubiera fermentado. El semen siempre está bueno.

    Nos fuimos a duchar y le dije que llamara al Señor Iniesta. Lo localizó porque el tal Iniesta ya había llegada a su casa, hablaron y le dijo que estaba en el sexto y que iba de inmediato, se vistió y, al salir, se encontraron en el rellano. Escuché que le daba las gracias y Ernesto regresó a mi casa para despedirse. Le dije que, si no tenía prisa, que me esperara unos minutos para poner orden a la habitación, me ayudó y, como ya no tenía prisa, lo invité a comer en un restaurante junto a la playa. Luego de la sobremesa, quiso bañarse y nos fuimos, tras dejar la ropa en el auto que estaba en el estacionamiento playero, derechos de cara al mar; así: ya desnudos y jugando entre nosotros, atravesamos la corta zona de dunas. El mar estaba genial. Lo que vino después ya lo contaré alguna vez.

    PS: Parece que tengo un amigo más en mi haber y que esto no es momentáneo. Ya lo confirmaré, si así ocurre.

  • Compañera de trabajo (Parte II)

    Compañera de trabajo (Parte II)

    Ella obedece sin rechistar, y arquea deliciosamente su espalda para ofrecerme su sexo de nuevo. Me hundo en ella, y empiezo un vaivén frenético que nos hace gritar a las dos. Nos vaciamos por completo. Tras unos segundos para reponerme, me tumbo en la cama, atrayéndola hacia mi pecho. Ella suspira satisfecha y cierra los ojos con una sonrisa. No puedo evitar que la ternura se apodere de mi mente, y la beso en la frente con cuidado.

    -Bienvenida a mi mundo de placer -susurro, pero ella ya se ha quedado dormida.

    Me despierto completamente sola en mi enorme cama. ¿Dónde demonios se ha metido Elsa? Me pongo de pie de un salto y salgo a buscarla por toda la casa, sin éxito. La llamo sin conseguir respuesta, termino desnuda, y completamente frustrada en mitad del salón.

    -¡Maldita mujer! No tengo medios para contactar con ella, pues hasta mañana en el trabajo.

    Y la solución no la encuentro, no asiste a la reunión diaria e indago con cierta cautela, solo saben decirme que ha pedido días de vacaciones, y como no voy a encontrar la solución dejo de preocuparme, incluso de averiguar su número de teléfono. Hasta que llega su llamada.

    -Sí tú quieres, cariño, por supuesto.

    -Quiero -insisto.

    -¿Qué te parece el sábado por la tarde?

    -Estupendo -ella pone la hora y el lugar

    Me encamino hacia el café, donde se encuentra Elsa. Al fondo sentada en un sofá, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados. La observo y al tenerla ante mí hace que mi cuerpo se relaje. Sin hacer ruido, camino hacia ella. Dicen que cuando alguien te observa detenidamente, su cuerpo se alerta y lo percibe. Quiero ver si es cierto. Pero mi impaciencia me puede y, acercándome a ella, poso los labios sobre los suyos y la beso. Se sobresalta, abre los ojos y murmura confusa:

    -Perdóname, por favor, me he quedado traspuesta.

    -No, perdóname tú a mí. ¡Por favor! -Mientras tomo asiento a su lado.- El otro día todo se me fue de las manos.

    -Caprichosa…

    Seguramente tienes razón. Soy caprichosa. Pero caprichosa de tí. De nuestra sexualidad loca y salvaje.

    -¿Estás segura?

    Asiento y musito: -El placer no ocupa lugar.

    -Dirás el saber… -puntualiza divertida.

    Estoy encantada de estar a su lado. Mientras me comenta la huida a casa de sus padres para tomar decisiones y, no solo fueron mis palabras las que le decidieron poner fin con el absurdo de su relación.

    -¿Por qué he sido tan tonta?

    Dispuesta a disfrutar de ella, me aprieto contra su cuerpo y la beso. Así estamos unos segundos, hasta que Elsa se separa, me mira y murmura:

    -Lo siento, cariño. Lo siento. Te prometo que nunca más volverá a pasar.

    Deseosa de notar sus labios y sus caricias, digo mientras la beso:

    -Lo sé, pero tenemos que hablar.

    -Sí.

    -Ahora -insisto.

    -Tienes razón, debemos hablar.

    -Luego -digo ahora yo, excitada.

    Ella sonríe y, apretándose contra mí, comenta:

    -Debería asearme. Creo que…

    -Espera un poco… -se lo repito.

    Sin apartar los ojos de ella, por debajo la mesa paso la mano por debajo de su falda y le acaricio el muslo.

    -Quítate las bragas o te las arrancaré yo.

    -Dios, cariño… Te deseo, pero temo que eres demasiada…

    -Tienes dos segundos. Ya sabes que no me gusta repetir las cosas.

    Asiente con la cabeza y, tras unos tensos segundos, contesta:

    -De acuerdo, caprichosa. Te he entendido. Sonríe y finalmente accede.

    Se encoge y se apoya contra el sofá, para asegurarse de que nadie podrá verla. Sus manos se meten bajo la falda, la cosa es rápida y me las echa a un lado y, mientras me mira, susurra:

    -Anda, vámonos de aquí antes de que nos echen.

    -Mmmm… No te imaginas lo que se me ocurre que podríamos hacer tú y yo ahora mismo.

    -Vamos, provocadora, ¡salgamos de aquí!

    -Dios, cariño… Te deseo tanto que temo ser demasiado bruta.

    -Te quiero, fuerte y exigente. Te lo exijo, mi amor… Estoy caliente, receptiva. Te necesito y quiero ver y saber cuánto me necesitas tú. Quiero continuar…

    Ya en la calle y, tras darle un azote en el trasero, contesto: -¿Estás dispuesta?

    Sonríe divertida: -Te lo exijo… es lo que necesito.

  • La noche debe continuar

    La noche debe continuar

    Hace un montón que no escribía y les iba contar cómo salve de casualidad ayer un examen oral en la universidad.

    Pero me di cuenta que no termine de contarles, la noche de intercambio con el novio de Mika y de ella con el compañero de él. («Fui el presente de aniversario para su esposo»)

    Entonces les cuento:

    Salimos de boliche, yo altamente gozada y sintiendo aún gotitas de semen en mi culo, un poquito sucia y más al ver qué algunos chicos nos señalaban.

    Pero íbamos acaramelados con Aníbal con energía y ganas de seguir, caminado al estacionamiento y el comienza a chequear el móvil, y dice: «UHF, se jodió la salida»

    «Qué pasó?», le contesto

    «Dice Aron que Mikaela se hecho para atrás, bla bla que solo puede estar conmigo.» me suelta la mano y se la lleva a la cabeza «Pero que boluda, ahora viene con rollos, si casi fue ella de la idea, ya lo cagó todo»

    «Qué hacemos?» -Le pregunto

    Sacudiendo la cabeza dice» No sé, vemos que dice ella cuando lleguemos al auto y omitamos comentar lo que pasó, hasta ver cómo seguimos»

    “Ay sí, sí que cagada… veamos cómo está si» -le contesto desorientada.

    Ya doblábamos en la esquina y ahí estaban, Aron hablando por celular y Mika recostada al auto, cuando lo vio a Aníbal se vino hacia nosotros, estaba llorando.

    «Hay que suerte amor, por un momento pensé que se habían ido, me los imagine juntos y no pude soportarlo» le decía llorando abrazada sobre Aníbal.

    «Tranquila, tu sos mía corazón, esto es solo un placer más un disfrute que haremos juntos, ve vamos la pararas bien»

    «No no puedo, soy una tonta pensé que podía pero, no» miró a Aron y le dijo «No es por ti, tu eres precioso y tienes un bulto enorme que puede sentir cuando te acariciaba y bailamos, pero no puedo, al menos hoy no»

    Yo seguía muda, y miraba a Aníbal.

    Aron contesta «Gracias por tu cumplido Mika, pese que estaba claro que esto es sexo, y no más, no pretendo ocupar el lugar de Aníbal es un amigo, sino que quería pasar una linda noche con una chica hermosa»

    «Hagamos así, Mika y yo vamos yendo en el auto para casa y usted libérense, les pido disculpas mañana hablamos»

    Ellos se fueron y con Aron nos miramos, y me dice » te llevó a algún lado, voy a buscar el auto que tengo al otro lado del estacionamiento»

    «Ok, te espero gracias»

    Yo estaba con la cola llena de semen, pero quería seguir con la noche loca. Mientras Aron iba por su auto, tome mi celular y les escribí a Miguel y a mi tío para hacer algo esa noche pero ninguno contesto.

    Es ahí que Aron me toca bocina, fue como la señal que necesitaba y digo porque no, si al final el vino igual que yo a pasarla bien y tener sexo.

    Yo ya había tenido una rica sacudida en el baño, pero él debía haber quedado con ganas, por el arrepentimiento de Mika.

    Subí al auto, y me dice «tú me guías donde te llevó?»

    «Donde quieras» me reí y lo miré a los ojos

    «Opa, yo elijo entonces, seguro no serás como tu amiga que luego se arrepiente, verdad?»

    «No es mi amiga, sino que mi compañera, y si yo escuché bien dijo que tenías un bulto importante en tu entre pierna» y le calce mi mano en su paquete.

    «Claramente esto va en serio y directo, empieza a tocármelo ya que lo tienes tú mano ahí»

    «No solo te lo voy a tocar, te lo voy a chupar, mientras manejas», desabroché su bragueta y el muy pícaro venía sin ropa interior, entonces fue sacar su miembro, acomodarme y empezar a chuparlo.

    Comencé a sentirlo crecer en mi boca era un cabezón delicioso y venoso no muy largo pero con un grosor que mi llenaba la boca y lo imagina ya en mi abriendo las paredes de mi estrecha vagina.

    Habían pasado unas cuadras, ya estaba bien dura y yo muy caliente, despegando mis labios de su verga le digo «es lejos donde me llevas?, siento que me estoy mojando y quiero sentir tu lengua urgente en mi conchita»

    Me bajó la cabeza de nuevo a su verga y me dijo «tranquila ya llegamos, sigue chupando, que no solo mi lengua voy a poner en tu concha» esa actitud más me calentó y más verga en mi boca continué chupándosela en forma muy aplicada y obediente.

    Llegamos a los minutos, a un telo nos anunciamos en el intercomunicador y adentro.

    Entramos apasionados a besos, lo tiré en la cama y fue ahí que me di cuenta que debía limpiarme el semen de mi bombacha y toda.

    La ducha estaba ahí tras un vidrio, entonces lo invite » vamos a ducharnos juntos o me ves de ahí»

    Deje mi bombacha, en el suelo y me fui desvistiendo, y encendiendo la ducha.

    Él me acompaño y con su poroto duro y gordo, entró acompañarme, besando mi cuelo y bruscamente, fue bajando hasta mi conchita, puse mi pierna sobre el borde de la bañera, y comencé a disfrutar de su lengua en mí.

    Era un tanto brusco, pero era hermoso como lo hacía me estremecía con sus besos, hombres así de dedicados no siempre se encuentran, fue disfrutarlo colosal todo, como me tocaba mientas su lengua me mostraba las estrellas, fue ahí que le di todo.

    Salimos de la ducha me alzó en sus brazos y yo me enrosque para tumbarnos en la cama.

    Tome uno de los condones de la mesita y se los di, intentó ponérselo pero eran muy justo se le rompió, tomó otro pero también lo mismo.

    Para que no se me le vaya a bajar y mantenerlo me le puede chupar mientras sacaba los suyos mega de su pantalón.

    Lo colocó, y puso mis patitas en sus hombros y su verga la fue metiendo despacio en mí, yo sentía como mis paredes de la vagina se abrían y el placer era intenso y ahí me tuvo bombeando un buen rato.

    Pero yo quería ser yo la que dominará, cambiamos fui arriba el sosteniendo mis pechos y yo cabalgándole duramente buscando mi otro orgasmo, hasta que el frío y la vibración me llegó y me le fui toda en él.

    Quedé exhausta, pero el la mantenía dura, y de costado en cucharita me comenzó a bombear con intensidad nuevamente yo estaba para él, cuando quitó su verga de mí, arrancó su preservativo y baño literalmente mi cuerpo de semen escupiéndomelo con su verga.

    Limpie con mi boca los restos y gotas de su verga, y le agradecí el polvo que me dio.

    Charla va charla viene y a la ducha otra vez, y salió un segundo polvo en el que terminé, en cuatro patas y con mi espalda llena de leche, justo cuando llegaba el aviso de los 5 minutos para la hora.

    Al final la noche fue redonda para mí la pase divinamente, pero los encuentros ahí quedaron.

    Aron no lo vi más, ahora me doy cuenta que no entiendo porque, y con Mika es como que nada haya pasado, Aníbal no le dijo de lo nuestro en el baño y yo menos le voy a decir, es como que nada paso, al menos ella convencida de eso.

  • El castillo

    El castillo

    Este relato continua al relato anterior titulado “Néstor”.

    *****

    Los amos del castillo se deshicieron de Luis o Luis se deshizo de los amos del castillo. A la puerta de la cochera del castillo les despedía cuando salían elevando la mano. Esta vez agitaba su brazo, quizá igual que otras, pero con más alegría. Se quedaba el dueño del castillo para unos quince días, y hoy, miércoles, era la primera noche. Ya había ocurrido otras veces, pero Luis no había organizado un plan como el de ahora; además, para este plan, Luis tenía todas las bendiciones, beneplácitos, autorizaciones, permisos, incluso dinero para atender las necesidades del castillo y del personal, además podía gastar para sus invitados. Como Luis siempre ha sido moderado en sus gastos, los amos del castillo no tenían problema en dejar que administrara la estancia mientras estaban ausentes.

    No obstante, Luis quiso que fuéramos, puesto que la noche era larga, después de haberse ido las dos personas que atienden la casa junto con él. Amalita cocinó todo lo que Luis le pidió. Era su niñito, lo quería como una madre quiere a su hijo, aunque Amalita y Luis no eran parientes, pero “es tan dulce” —decía Amalita— que Luis se la había ganado a su bando. El jardinero era otro gran amigo de Luis, porque no faltaba nunca a los requerimientos de Ramón. Si Ramón tenía mucha bosta que recoger, allí estaba Luis; si Ramón no podía ir el día de riego, allí estaba Luis; si Ramón estaba cansado de la tarea, allí estaba Luis dándole algún refrigerio. Por eso Ramón también ayudaba a Luis. No había ninguna diferencia entre estas tres personas en cuanto a ayudarse en las tareas del castillo. Luis ayudaba a Amalita y Amalita le ayudaba a Luis en la limpieza de las salas y habitaciones. Pero Luis decía que ellos tienen otra manera de pensar y de vivir y para seguir en paz, mejor que nos presentáramos Gaspar y yo después de las ocho de la tarde.

    *****

    El día había resultado bastante caluroso desde temprano en la mañana a causa de un poniente muy cálido, pero en la tarde se había agudizado el calor.

    En la mañana, no podía ser de otra manera, se presentó Gaspar en casa. Lógicamente hice caso al Tío Paco y no me levanté temprano, ni tarde. Estaba en la cama sin despertar, totalmente desnudo y estirado sobre las sábanas. Dormía, dormía, dormía. El día anterior había sido de extrema fatiga.

    Preguntó Gaspar por mí en la cocina. En la casa solo estaba la mujer que hace las tareas culinarias, Paulina. Cuando Luis entró la encontró acalorada, porque…

    —”… pensando que el señorito se había ido, he entrado a limpiar la habitación, porque la Emiliana no lo ha hecho, y ¡ay, Dios mío, Virgen de Santa Eufrasia, el señorito está durmiendo!, por eso no contestó cuando llamé; y ¡ay, señorito Gaspar!, ¡ay, mi Dios, que lo he visto como su madre lo trajo al mundo!…

    —”No haga caso, es un chico joven”, dijo Gaspar sin saber qué decir.

    —”Ay, sí, menos mal; no le diga nada, por favor, qué vergüenza, una mujer mayor como yo metiéndome en la habitación del señorito, ¿qué va a pensar de mí? Porque yo, señorito Gaspar, soy una persona decente de las de siempre, no era mi intención… ¡por Dios y su santa Madre bendita…!

    —”Ya, ya, déjelo estar, no se preocupe, no pasa nada; prepare algo para que desayune mi primo y a lo suyo, ahora le hago bajar”, intentó calmarla.

    —”¡Ay, Señor, Señor; como hoy van estos chicos de aquella manera, y una no sabe qué hacer, por eso pasa lo que pasa y pasan más de cuatro cosas…, porque en mi tiempo…”, y traspuso la puerta de la cocina.

    Gaspar, riéndose, subió a mi habitación a despertarme, pero cuando me contaba esto ya llevaba más de media hora contemplándome mientras dormía; según me dijo, estaba entre la espada y la pared; la espada era que no quería molestar mi sueño y la pared que durmiendo le había parecido más bello.

    —”Tú tienes derecho a mirarme, pero no a enamorarte”, le dije.

    —”Eso lo sé, pero entra, lávate o dúchate o haz tu puta gana si quieres, pero baja a desayunar; y te disculpas con Paulina, dice Gaspar mientras yo entraba en la ducha.

    —”Claro porque el señorito lo dice…, pobre mujer, si le digo algo se me pone nerviosa…, tú no me has dicho nada, ¿vale?”, y me metí en la ducha.

    Al momento se asoma Gaspar y dice:

    —”¿Necesita el señorito que le ayude a lavarse?”.

    —”¡Vete ya de una puta vez, joder!”, dije riéndome mientras le echaba agua a su cara.

    Bajamos a desayunar y nos fuimos a ver gente, amigos de Gaspar en sus lugares de trabajo. Caminar por esas calles ardientes, bajo el sol o buscando la sombra era agotador. Ardía hasta el extremo de ponerme la cara de color encarnado encendido. Notaba el calor en los pómulos que ardían. Estuvimos en el taller de un amigo de Gaspar, Isenio, que era un poco pintor, escultor, dibujante, ceramista…; yo creo que más artesano que artista. Nos ofreció una cerveza que era lo que mejor se podía hacer en ese momento y charlamos casi de todo. Nos fuimos a otro sitio, pero en la calle le dije que preferiría que nos fuéramos a casa y sentarnos para charlar o lo que quisiera. Consintió el bueno de Gaspar e hizo unas llamadas para avisar a su casa que comía en casa del abuelo y a la Paulina que iría allí a comer. Algo debió decirle Paulina porque además de provocarle extremada hilaridad, Gaspar le insistía en que no se preocupara de nada, porque su primo ni se había enterado, y bla, bla, bla …

    Todo transcurrió normal, pero comimos pronto y decidimos irnos al río a bañar para ocupar la tarde. Así nos lo pasamos allí hasta las 6 y poco más para irnos a cambiar de ropa y estar a punto para tomar el castillo. Así lo decíamos Gaspar y yo, porque nos parecía que íbamos a tomar el castillo. Ah, vale, habíamos quedado Gaspar y yo en que por la tarde nada de nada, me refiero al sexo, porque luego en la noche había que estar potentes, porque Luis podría prepararnos cualquier cosa inesperada. Así que lo más que hicimos fue nadar y sobrenadar en el agua porque es donde más fresco se estaba. Un rato quise salir para que me tomara el sol, pues quería regresar a mi ciudad y que notaran que había tomado sol y me encontraba algo más teñido que de costumbre.

    *****

    Por fin llegó la hora de la “toma de la Bastilla”, es decir, la toma del castillo o el ingreso, o lo que quiera que se llame. Yo deseaba entrar por la puerta grande, entrada principal, por debajo de las almenas claramente visibles. Me parecía que entrar por otra puerta podría ser más moderno, pero menos interesante. Así que Gaspar me hizo bajar del coche en la puerta principal y se fue a dejar el coche en el garaje.

    De pronto y ante mi sorpresa, asomaron dos tíos vestidos de armadura en la parte de las almenas delanteras y me dijo uno de ellos:

    —”¿Quien va? Declarad vuestra procedencia y decid ¿por qué os atrevéis a presentaros bajo nuestras almenas?, claramente era la voz de Luis.

    —”No seáis bellaco ni atrevido, pues que la osadía muy cara os haré pagar y abrid la puerta de inmediato si no queréis encontraros en serios apuros”, respondí en tono bravucón.

    —”No lo tendremos cuenta mientras oséis mantener vuestro anonimato; decid, pues, quién os envía o si venís por vuestra cuenta”, respondió desde la armadura la misma voz de Luis.

    —”Yo soy don Jessius de Cataplines Inmejorables, honorable huésped del señor de aquesta torre, don Luis de Pullamagna y Miralondras, por ser invitado para una excepcional y sorprendente velada. ¡Abrid las puertas, pardiez, o vais a verlas moradas en consecuencia!”, respondí conteniendo la risa.

    —”Izad banderas, caballeros y bajad el puente, suenen los clarines y atabales al paso de don Jessius Cataplinensium Inmeliorabilium”, dijo la voz cóncava de Luis.

    De pronto un ruido de cadenas y bajaba la compuerta de la puerta. Me asusté porque se me venía lentamente encima de mí y tocó suelo. Entonces subí sobre las tablas y adelanté hacia las puertas que se estaban abriendo. Dos caballeros medievales con indumentaria metálica completa y yelmo con celada, empuñaban espada que continuamente blandían dando alaridos ininteligibles. Al llegar donde ellos no sabía qué hacer, porque abrazar aquellos metales me parecía que no era lo indicado. Entramos a una sala muy acristalada que tenía una habitación donde dejaron toda su indumentaria. Gaspar y Luis aparecieron de dentro de los metales en calzoncillos y totalmente sudorosos.

    —”Primero a la piscina”, dijo Luis.

    —”Vale”, contesté.

    Y ese “vale” lo dije muy en serio, porque calor hacía, ellos estaban chorreando sudores por doquier y yo tenía mil calores más. Había junto a la piscina unos aperitivos preparados en una mesa con tres sillas. En una de las sillas dejé mi gorra, mi tank top y mi short, me saqué mis sandalias y me eché a la piscina enseguida. El agua estaba limpia e inmejorable. Detrás vinieron Luis y Gaspar. Les vi con malas intenciones de hundirme y convertirme en un guiñapo para hacer de mí una muñeca a su placer y nadé para que no me dieran alcance. Si hubiera salido no me hubieran cazado o pescado, pero me daba pereza salirme y estaba muy concienciado para las mil perrerías que quisieran hacerme. Así que se me echaron encima y comenzamos a besarnos dentro del agua, pero de vez en cuando me hundían entre los dos para dejarme inerme y seguir jugando conmigo. La verdad es que con mucho placer me convertí en el juguete de los dos, un juguete que iba a acabar como ocurrió. Salimos del agua y me obligaron a ponerme de rodillas y en perrito. Luís se puso detrás de mí y Gaspar delante. estaba sujetado por los dos caballeros de la recepción, ahora sin armadura. No me costó meterme la polla de Gaspar en la boca y comencé a succionarla, a mamarla, masturbando ese trozo de carne con mis labios y mi lengua, mientras sentía que Luis preparaba mi culo con algo muy húmedo y refrescante y pensé que me iba a perforar el trasero. En efecto, luego de meterme uno, dos y tres dedos dando vueltas a la entrada del ano, cuando ya pensó que estaba preparado, mientras yo me comía la polla de Gaspar, me atravesó con su verga hasta el interior con tanta fuerza que me hizo adelantar y me clavé la polla de Gaspar hasta la misma garganta, lo que me provocó una fuerte sensación de ahogo que me produjo una serie de arcadas. Saqué rápido la boca para no asfixiarme y solo expulsé un poco de saliva, así que volví a meterme aquella polla en la boca y la fui masturbando con mi boca al mismo compás que los mete y saca que había iniciado Luis, mientras me decía “puta, cabrón, tío de mierda” y otras preciosidades por el estilo. Me pareció que Luis estaba a punto de venirse y sacó su polla de mi antro, pero igual Gaspar se desprendió de mi boca y se intercambiaron el lugar. No tardó mucho en venirse en mi boca Luis. No pude contener su esperma en mi boca por lo abundante y desprevenido que me llegó. No pensé que iba a ser tanto. Pero Gaspar seguía follando mi culo y su polla, siendo más gruesa que la de Luis, entraba y salía con más facilidad entre mi esfínter; y se vino todo él en mi interior. Entonces se puso Luis detrás de mi culo y besaba mi agujero esperando que saliera la lefa de su amado para tragársela toda. Y lo hizo. Yo, mientras, estaba todavía saboreando la leche de Luis en mi boca, pero por debajo vi a Gaspar tumbado de espalda debajo de Luis con la polla de este en su boca, como queriéndola resucitar lo que no tardó en provocar. Yo comencé a masturbarme con una mano, mientas apoyaba la otra en el piso. Luis había sorbido sustantivamente toda la leche que salía de mi antro y se acomodó de espaldas debajo de mí para tragarse mi polla y lo que le parecía que estaba por venirse. Gaspar dio media vuelta para seguir comiéndose la polla de Luis. Nos venimos al mismo tiempo Luis y yo. Los gritos de placer así lo indicaban. Nos tumbamos en el suelo los tres juntos satisfechos por esta primera victoria y por los trofeos conseguidos. Estábamos los tres muy sudados y con signos de fatiga por el esfuerzo hecho, porque está visto que tener sexo es un verdadero trabajo como un auténtico placer.

    Tras descansar un rato fuera, buscando algo de los demás qué tocar o que nos tocara, decidí bañarme en la piscina y pregunté donde estaba la ducha. Pero Luis me dijo que no hacía falta que podía meterme como quisiera. Lo hice. Me zambullí como mejor sé hacer. Gaspar y Luis se zambulleron quizá con más maestría pero algo se inclinaron de lado. Vinieron donde estaba yo en son de paz para abrazarnos y besarnos dentro del agua que es otro placer que muy pocas veces había probado y que ahora se hacía necesario, pues estaba en el plan de Luis y Gaspar.

    Salimos a tomar el aperitivo. Me apetecía comer algo aunque fueran aceitunas y almendras que es lo que había. Me serví un martini seco sin hielo. Ellos dos hicieron lo mismo agregando hielo y limón. Jamás me pongo limón al Martini, pero debe estar bueno; la verdad es que muy pocas veces tomo Martini, pero es lo que había.

    *****

    Tras una amena conversación en la que me explicaron qué íbamos a hacer durante la noche, pasamos a la cena. Me avisaron que iba a ser una cena salvaje, para lo cual nada de ropa. “Textil prohibido”, decía Gaspar. Pero Luis trajo tres cintas que tenían cada una su pluma no sé de qué ave y nos ató a la frente la cinta atándola en la nuca. Luego Gaspar hizo lo mismo con Luis. Así que no había una mesa para sentarnos a comer, sino una mesa con diversos manjares muy desconocidos para mí a base de pescado y carnes irreconocibles. Había un pequeño frigorífico donde estaban todas las botellas que podríamos tomar.

    —”Están ahí para que no se calienten con el calor que hace; cada uno se sirve como y cuando quiera”, dijo Luis.

    Era una terraza contigua a la piscina, toda acristalada. Puertas con cristales transparentes y marcos pintados de blanco. Desde dentro se podía ver la piscina, ahora ya iluminada, y un muro del castillo al fondo. Las plantas más próximas a la piscina se distinguían; eran plantas de rocalla, tales como tomillos de diversas variedades, helianthemun nummularium de diferentes colores, iris enanos, arabis, armeria marítima, campánula, cerástium, dianthus subacaulis, sempervivum o siempre viva, flox subulata, saponaria ocymoides, muchos sedum de variedades diferentes, jaras de porte bajo, scabiosa, salvia nemorosa, aubrieta, centaurea simplicicaulis, erigeron y muchas más que daban un conjunto precioso. Con la luz de las farolas tenían reflejos luminosos que te invitaban al deseo y al apetito de la concupiscencia porno. La verdad es que la ambientación era más apropiada para divertirse con el sexo que para pasear, sobre todo al anochecer, cuando ya no hay bichos como abejas, avispas y otros insectos molestos. El agua de la piscina se veía espléndidamente azulada y quieta como una lámina de cristal.

    La decoración de la terraza era simple, sillas propias de terraza para poder sacar y sentarse mojado sobre ellas, mesas redondas de jardín y dos paradores para guardar los enseres; lo más propio para preparar algo como lo que teníamos delante. El suelo era rústico de ladrillos rojos grandes y la alfombra no era de lana con pelo peinado sino de esparto, con un ligero olor a hierba silvestre. El techo está formado por unas grandes vigas cruzadas en el punto central como si fuera una tienda de campaña y pequeñas lámparas de hierro forjado colgando de las vigas.

    Allí comíamos y nos tumbábamos en sillones reclinables, pero siempre intencionadamente jugando con las cosas y con el sexo. Luis le metió una salchicha muy gorda a Gaspar por el culo. Como estaba cocinada y los empujones que recibió la desgraciada salchicha quedó hecha una mierda. Gaspar la defecó en el baño porque se sentía molesto y eso que él tenía costumbre de meterse cosas por el ano. Luego Luis quiso hacerme una demostración de una de sus habilidades. Sacó unos hierros brillante y largos de distinto grosor y comenzó por uno de grueso mediano, y tumbado en el sillón; mientras Gaspar y yo contemplábamos, iba, tras lubricarlo, metiéndolos poco a poco en su meato, atravesaba toda la hendidura de su pene. El pene se puso erecto, pero el hierro iba entrando hasta meterlo casi todo. Lo justo quedó fuera para asirlo con la mano. Luego lo sacó y metió otro de mayor grosor, y así hasta meter cuatro sucesivos uno tras sacar el otro. Mientras tenía metido el cuarto dentro de su polla, cogió otro hierro y dijo que ahora es cuando iba a follar su pene de verdad. Justo al lado del que había ya metido iba penetrando el más delgado. Al parecer a la mitad del camino, ya sabía Luis que le iba a pasar algo y comenzaron los espasmos, entonces sacó el delgado y comenzó un mete saca muy suave del más grueso y lo sacó, detrás del hierro se vino una eyaculación grande, adecuada al castillo que nos albergaba. No lo pude resistir, me eché sobre la polla para succionar lo que todavía estaba saliendo. Cuando limpié bien la polla de Luis, me entró una incontinencia de eyacular y me puse derecho frente a Luis, porque no podía estar inclinado. Luis se metió mi polla en la boca y la vació como nadie me había mamado nunca todavía. Nos quedamos mirando a Gaspar, que no tenía pequeña su erección y entre Luis y yo, alternando polla y escroto, conseguimos que vaciara su espumoso y dulce néctar. Lo compartimos entre Luis y yo con nuestra boca sobre la polla, alternando con unos besos y lengüetazos. Al momento, mientras yo estaba lamiendo la polla de Gaspar, levantando el prepucio, Luis se enderezó y le dio a probar a Gaspar su propio alimento seminal. Quedamos satisfechos y nos tumbamos sobre el césped, contentos los tres de haber tenido semejante manjar como postre de nuestra primera parte de la cena.

    Me dormí a medias. El vino se me había metido en la cabeza y me dio somnolencia. Luis y Gaspar habían estado hablando, algo había podido escuchar, pero no atinaba a saber de qué se trataba. Me despertó Luis, traía un vaso lleno de agua y había algo dentro del agua, porque se veía aún algo de polvo granulado no disuelto:

    —”Toma esto; estás diciendo que te duele un poco la cabeza; se te irá pronto el dolor y la modorra”, dijo Luis.

    Bebí el contenido del vaso con fruición porque me apremiaba la sed. Y algo así como unos veinte minutos más tarde, me entraron ganas de defecar. Me fui al baño, saqué abundancia de detritus fecal de tanto que había comido. Me metí en la ducha para limpiar mi trasero. Como vi que había una pera de goma, me hice unas lavativas por el ano, saqué toda el agua y repetí la operación hasta que ya no salía nada sucio. Me dije a mí mismo que estaba para comenzar de nuevo, porque sentí algo de hambre. De momento salí y solo comí unas cuatro o cinco uvas, hasta que volviéramos a comer.

    Les conté que estaba como una seda y todo lo que había hecho en el baño, justo lo que ellos habían hecho mientras yo dormía, por eso estaba la pera en el mismo sitio, para que yo la usara si era mi deseo.

    Lo que en ese momento, ya tarde, apetecía era entrar de nuevo en la piscina, ahora iluminada y charlar allí dentro mientras chapoteábamos en el agua. Nos desplazamos y bajamos por la escalerilla. El agua estaba cálida, pero más fresca que el exterior. Se sintió alivio de calor y al rato muy agradable. Allí estuvimos hasta que la humedad invadió nuestras manos, arrugando las yemas de los dedos. Gaspar, para hacer un chiste fácil dijo:

    —”Del mismo modo se arrugan los huevos y la polla; hay que calentarla”.

    Salimos de la piscina, los tres teníamos apetito de comer algo, beber y volver a nuestras orgías. Esta vez se preparaba buena, mejor que hasta el momento.

    *****

    Habíamos comido, habíamos bebido, habíamos hablado y Luis dijo que teníamos que dormir, porque ya era tarde. Gaspar le dijo:

    —”Dormir, dormir, como la de Sancho en Barataria, no sé, pero sí, hemos de ir a la cama”.

    Estaba previsto que no habría habitaciones preparadas para todos, así que nos fuimos los tres a la única que teníamos dispuesta por el propio Luis. Cama ancha, muy grande, con dosel; espaciosa, bien amueblada, empapeladas las paredes a líneas de color rosado y marrón claro con fondo crema; sin cuadros, porque supuse que el papel ya era bonita decoración; un baño completo y amplio con una enorme bañera cuadrada con hidromasaje. Me extrañó mucho que no hubiera alfombras dado el color y material del piso. Luis explicó que había quitado y guardado las alfombras para que no las ensuciáramos; advirtiendo:

    —”Ya sabéis de qué”.

    Entendimos y le confiamos que había hecho bien. Luis trajo a la habitación una botella de Cardhu de 15 años. Luis quería que nos calentáramos de verdad por dentro y por fuera. Llevaba la botella en una mano como si se tratara de una gaseosa y tres vasos asidos en la otra. Elevó los vasos y me dio la botella para que sirviera en los tres vasos. Lo hice, aunque hubiera preferido bourbon, pero se toma lo que hay.

    Con los vasos en la mano, salimos al ancho balcón de la habitación y yo me senté en el piso sobre un cojín que allí había, dejando que ellos se sentaran en dos sillones pequeños. El balcón daba a un patio del castillo. El patio estaba sin sembrar, sin matorrales, era un erial como si se tratara de un campo de fútbol de colegio. No sabía Luis por qué estaba así ni si había algún proyecto. El balcón estaba ajeno a cualquier mirada exterior. No hacía falta encender la luz, porque reflejaba la luz de las farolas que había por el patio, de modo que nos veíamos claramente los tres.

    Tuvimos una larga conversación. Primero comenzamos por hablar de lo que mi padre se llevaba entre manos. Ellos sabían más que yo. Parece que todo el pueblo lo sabía y yo había sido un convidado de piedra, pero no me disgusté, porque los asuntos de mi padre siempre los ha llevado él personalmente. Además, mi padre me quería poner al corriente de todo por algo muy importante y eso quizá ellos no lo sabían. Lo que estaba claro es que mi padre había tenido una inmensa herencia de mis abuelos. Que mi padre había dejado en manos de mi Tío Paco y que mi Tío Paco había aumentado. Que estaban arreglando las cosas porque mi padre no quería el fruto del trabajo de mi Tío Paco y quería ver cómo arreglaban para que los tasadores de las propiedades iniciales y las actuales contaran qué cosas eran producto de la inversión de la herencia y qué cosas eran de la sagacidad y el trabajo de Tío Paco. Este hombre lo había puesto todo en el haber de mi padre y a mi padre le pareció que no era justo. Cuando me estaban diciendo eso, descubrí una nueva dimensión en mi padre que me gustó más todavía que otras que yo conocía. Por lo visto para mi padre la justicia era fundamental, y sin la justicia no se podía ser persona humana. Entonces entré en la conversación y les dije que me parecía que era la lucha de dos personas muy honradas y muy generosas. Entonces les conté que mi padre quería ponerme al corriente y que yo empezaría por ayudar a que se cumpla la justicia, porque lo de mi Tío Paco es de sus hijos y de sus nietos y no debe ir a parar a otras manos.

    —”De tal palo, tal astilla”, dijo Gaspar, y se bebió todo el contenido de su vaso.

    Luego se levantó por la botella para tenerla cerca. Luis y yo hicimos lo mismo, aunque a mí me gusta saborearlo en el paladar y masticarlo con las encías antes de tragarlo. Descubrí que Gaspar tenía algo en el culo y pensé que podría ser un granito. Le dije:

    —”¿Qué te ha pasado en el culo?”

    —”¿Por qué?”

    —”Me parece que tienes unos granitos”, le dije.

    —”¿Dónde tengo los granitos? dijo, y se volvió de espaldas, levantando la pierna para que revisara los granitos.

    —”Aquí…”, señalaba en la zona del perineo.

    —”Pasa tu mano y dime qué granitos”, me dijo mientras yo miraba cómo se reía Luis.

    Pasé la mano y, ¡zás!, no eran granitos sino dos perlas brillantes, me agaché un poco para mirar y estaban insertadas en el rafe perineal mediante un piercing, justo al centro, entre el escroto y el ano. No pude resistir la tentación de preguntar:

    —”¿Ahí?, te habrá dolido mucho al ponértelo.

    —”Cuando se ama, se sufre”, respondió.

    —”¿Qué significa ese piercing?”, pregunté.

    —”Es un regalo de Luis el 6 de enero por mi cumpleaños y santo; y son brillantes auténticos; están pulidos para que no corten la piel”, respondió.

    —”Pero…, ¿quien te lo va a ver ahí?”, pregunté curioso.

    —”Eso mismo le dije yo”, intervino Luis.

    —”Pero él me ama y me obsequia el piercing que yo quería, y yo lo amo y no quiero que lo vean los demás sino solo él; porque a Luis le gusta estimularme el ano y entonces lo ve y le recuerda que ha de seguir amándome”, explicó Gaspar.

    —”Jooodeeerrrrrr…”, eso sí que se llama amar y ser amado; qué putada, jamás podía imaginarme eso…, pero te dolió, ¿no?”, dije aseverativamente.

    —”Pero valió la pena”, dijo Gaspar.

    Me quedé pensando de qué somos capaces los seres humanos cuando hay amor; también pensaba lo brutos que somos cuando hay odio y rencor; me quedé pensando “…piercing en el perineo… justo en el pliegue del rafe” y comenzó a dolerme a mí. Me pasé la mano por el perineo y sentí el gusto de llevar algo en ese sitio tan sensible y, que pasado el primer dolor, luego siempre tener ahí una cosita dándole a la cantidad de nervios cuyos terminales acaban ahí…; entonces comencé a imaginarme que Gaspar tenía que tener siempre ganas de sexo, porque ese implante superficial en ese lugar tenía que hacer que jamás olvidara el placer del sexo y tenía que ser un buen recordatorio. Pero en mis pensamientos debí ensimismarme y se quedaron los dos mirándome como idiotas; entonces dije:

    —”¿Qué miráis, así, como dos idiotas?”

    —”¿Como dos idiotas? Mira quién habla…, dijeron los dos a coro.

    —”Eso es amar, eso; maricones de puta madre, eso es amar…”, me quedé suspendido tras escucharme yo mismo estas palabras.

    —”No perdamos más tiempo”, dijo Luis agarrándome de los hombros.

    —”Sí, sí, ¿qué pasa?, dije yo como despertando de un sueño.

    Me llevaron a la cama. El whisky había hecho su efecto en los tres y nos tumbamos encima de la cama para dormir. Estábamos cansados. Ya no me enteré de nada hasta que —no sé cuánto tiempo después— me despertaron Luis y Gaspar de mi sueño. Ellos también parecían recién salidos del sueño. Comenzaron a acariciarme y les seguí la corriente. En un instante nos habíamos calentado y los deseos de Freya volvían a rebrotar en nosotros. Si ellos estaban jugando con mi pene, yo me puse a jugar también con el pene de Luis, pero no era el juego manual lo que estábamos buscando. Luis me dijo al oído si alguna vez había follado a dos tíos simultáneamente. Le dije que no entendía, y me dijo que me preparara porque los dos deseaban que yo les follara a ambos. Enseguida me di cuenta de que Gaspar se había puesto en posición y que mi polla estaba a punto de atravesar aquel culo. Se pusieron ambos de rodillas juntos y se inclinaron ofreciéndome sus agujeros anales a mi disposición. Hice lo que me pasó por la cabeza. Los veía a ambos masturbarse uno al otro y manteniéndose en esa posición. Metí mi polla en el hueco de Gaspar y comencé a follarlo y hacer un mete y saca pausado mientras con la mano derecha iba metiendo un dedo, dos, tres en el ano de Luis. Luego me dijeron que cambiara, saqué mi polla del antro de Gaspar, penetré a Luis e hice lo mismo en el hueco de Gaspar, pero con la dilatación que tenía se me metieron los cuatro dedos de la mano izquierda en su interior y el pulgar hacía de freno. Pero no acaba ahí, porque nos pusimos en cadena y Luis se puso a lamer el culo de Gaspar mientras yo tenía mi polla ensartada en el culo del propio Luis. Así estuvimos moviéndonos sin dejar de intercambiarse, de modo que todo el tiempo era yo quien estaba con mi polla jugando alternativamente con los dos agujeros anales. Me había vuelto loco con tanto intercambio y comencé a eyacular encima de Luis y de Gaspar. Al instante ellos eyacularon casi simultáneamente y la cantidad de esperma fue tal que estábamos como por encima de un mar de semen. La boca, las manos, el culo, los pies, la cabeza…, ¿acaso quedaba algo sin estar impregnando del esperma de cada uno y de todos juntos? Un juego de locos que nos puso frenéticos, alocados y verdaderamente perdimos todos los estribos del dominio personal, hasta que caímos rendidos encima de aquel charco de sudor y semen y saliva sin control.

    Pero no era bueno que nos enfriáramos con aquella sequedad que comenzaba a ponerse sobre los cuerpos y nos metimos en la bañera para lavarnos y vuelta a comenzar. Me costó volver a empalmarme, pero parece que cuando el cuerpo se desenfrena jamás tiene suficiente y es capaz de estar sin cesar fabricando semen para el propio goce y para repartir el placer entre los compañeros. Y de nuevo dentro de la bañera de pie, abrazándonos y llenándonos de besos penetré a Luis que se me ofreció cual sujeto hambriento y Gaspar, que no quiso ser menos, clavó su polla en mi culo. Cada uno dando al otro y yo masturbando a Luis al tiempo que lo estaba follando. Ahí acabé rendido sin poder más en los brazos de Gaspar. Me eché de rodillas para sujetarme bien y puse mi boca sobre los huevos de Gaspar mirando hacia arriba y viendo con cuanto cariño, amor y placer Luis y Gaspar se estaban besando. Mientras con mis manos jugaba con el pene de Luis, mi boca iba del perineo de Gaspar, saboreando su piercing, al escroto y al revés. Hasta que Luis me dijo:

    —”Oye, loquito, que hay que desayunar”.

    Nos lavamos ayudándonos uno al otro, nos secamos con una toalla muy grande y sin peinar nos pusimos un short. Nos fuimos a la cocina; no había nadie y comenzamos a preparar el desayuno.

    —”¿Hoy no viene nadie?”, pregunté a Luis.

    —”Hasta el lunes no viene nadie”, respondió Luis.

    —”Entonces podemos poner un poco de orden”, dije.

    —”Sí; desayunamos, ponemos un poco de orden y nos vamos a la piscina hasta la hora de comer”, dijo Luis.

    Dejamos todo ordenado, sí, lo mejor que pudimos, para que nadie se molestara de ver restos de comida y porque así ayudábamos a Luis que tenía que hacerlo antes o después. Comíamos tarde. Eran muchas las sobras y no había que desperdiciarlas. Y después de arreglarse Luis, nos fuimos a casa para cambiarnos de ropa y salir un rato en la tarde. No había pasado nada ¿verdad?, pero yo estaba muy contento y muy cansado.

  • Con la menor de mis tías

    Con la menor de mis tías

    En la casa de mi familia vivían mis tres tías, mi mama y yo. Entre mis tías la menor era Yuli, una mujer bajita, delgada, de pequeñas tetas, grandes piernas, un enorme culo y una carita angelical de esas a las que dan ganas de quitarles la inocencia, ella siempre fue muy linda y especial conmigo, ya que yo fui el primer sobrino qué tuvo.

    Desde hacía años sentía una atracción física por mi tía Yuli, siempre quería estar con ella, la abrazaba para sentir sus pequeños pechos, le daba nalgadas para sentir su enorme trasero y siempre nos despedíamos con un pequeño pico en la boca. Mi tía veía estoy muy inocentemente ya que siempre fue así, pero la verdad es que hacer esas cosas me excitaba muchísimo y a medida que fui creciendo controlar mis ganas de manosearla y besarla era cada vez más difícil.

    Al cumplir mis 18 años, mis tías y mi mama me organizaron una linda fiesta, compartimos un rato agradable y bebimos bastante, hasta quedar bastante borrachos, así que cerca de la media noche, mi tía Yuli que era la más sobria de todos, me ayudo a llegar hasta mi habitación para que me acostara, mientras todos los demás ya estaban en su cuarto. Ella me llevaba casi cargado, yo puse mi mano en sus nalgas y se las apreté firme mente.

    Y: ¿Qué haces querido?

    S: Nada tía, es que tienes un trasero tan grande y hermoso, que no me aguante las ganas (apreté sus nalgas nuevamente y le di una nalgada).

    Y: que cosas dices, estas muy ebrio, ya acuéstate acá en tu cama (me tiro a la cama).

    S: ¿No me vas a dar mi beso de buenas noches?

    Y: Ummm… Está bien, pero ya duérmete.

    Ella se inclinó para darme un pico, pero cuando mis labios tocar los suyo, la tomé de la cabeza y no la solté, y empecé a besarla. Al principio ella puso un poco de resistencia, pero luego empezó a abrir sus labios y metió su lengua en mi boca, fue un beso magnifico.

    Y: ehhh… (No sabía que decir al terminar el beso) descansa… (Salió casi corriendo de mi cuarto).

    Los siguientes días, todo transcurrió como si ese beso nunca hubiera existido, nos saludábamos igualmente con un pico en los labios y jugueteábamos agarrándonos las nalgas, como si nada hubiera pasado. Pero la verdad era que cada vez que la veía en la casa, con esos pequeños shorts o esos vestidos ajustados que le gusta ponerse, me deban ganas de hacerla mía justo ahí. Cuando nos dábamos un pico o podía tocar las nalgas y rozas sus téticas, tenía que irme para el baño o a la lavadora a buscar una de sus diminutas tangas, para masturbarme. Poco a poco estaba perdiendo el control, así que decidí hacer algo.

    A las 3 semanas de mi cumpleaños, toda mi familia se fue de viaje excepto mi tía Yuli y yo, ya que ella debía trabajar y yo estaba en exámenes finales. Como la casa es tan grande, yo decidí tomarlo como excusa para poder dormir junto a ella, así que subí a su cuarto, ella ya estaba durmiendo, estaba acomodada de lado, sacando la colita, se veía tan sexy que me la puso dura, de solo verla ahí durmiendo.

    Yo me le arrunche al lado, quedando los dos en cucharita, así que arrime lo que más pude mi miembro a sus nalgas para poder sentirlas y al parecer lo arrime demasiado porque ella se despertó.

    Y: ¿Hola cariño que haces acá?

    S: Es que me sentía solo y como esta casa es tan grande, pensé que podíamos hacernos compañía.

    Y: Bueno, quédate acá conmigo (se acomodó sacando un poco más la colita)

    S: Buenas noches tía… (Le di un beso en el cuello, que la hizo estremecer un poco).

    Y: No hagas eso que me dan cosquillas… (Y se dio la vuelta para darme mi pico de buenas noches).

    Quedamos frente a frente y esta vez yo me abalancé sobre ella y empecé a besarla, esta vez no se resistió ni un poco, puso su mano detrás de mi cabeza para acomodarme encima de ella. Yo empecé a moverme sobre ella para restregarle mi miembro, mientras ella pasaba sus manos por todo mi cuerpo. Era muy excitante lo que estaba pasando, estaba besando y manoseando todo el cuerpo de mi tía. De repente ella dejo de besarme y puso sus manos sobre mi pecho.

    Y: Espera… no podemos hacer esto… tu eres mi sobrino… no no podemos.

    S: Tía no me digas eso ahora, mira cómo me tienes (tome su mano y la lleve hasta mi pene, que estaba totalmente duro).

    Y:Oh, no no podemos… (Metió su mano dentro de mi pantaloneta y empezó a masturbarme) solo puedo ayudarte así.

    S: Esta bien, pero sabes que eso me calmara las ganas a mi (empecé a bajar mi mano)… ¿pero ¿qué hay de tus ganas?

    Y: Yo… yo… no… tengo… ganas (pego un pequeño gemido mientras cuando metí un par de dedos en su chochita)…! ummm… ¿qué haces?

    S: Demostrándote tus ganas (mi tía se retorcía muy delicioso mientras la masturbaba, eso sin hablar de lo empapada que estaba)

    Ella empezó a gemir cada vez más y más duro, hasta que de un momento a otro me corrió de encima de ella y se levantó de la cama. Se veía hermosa ahí parada, con esa carita sonrojada, algo despeinada y esa diminuta pijama que dejaba muy poco a la imaginación, ya que era solo una pequeña pantaloneta que dejaba la mitad de sus nalgas por fuera, sin brasier, solo un top que tapaba sus pequeñas téticas.

    Y: Espera… Espera… uff… (Se echaba aire con la mano) no podemos hacer esto… (Empezó a caminar por el cuarto si saber qué hacer. Yo me senté en el borde de la cama, me baje la pantaloneta y mi pene quedo al descubierto).

    S: Tía no me puedes dejar así ¿al menos podrías ayudarme con tu boquita? (ella estaba ahí enfrente mío, no sabía que decirme, era muy obvio que estaba muy excitada, se podía ver claramente lo duros que tenía los pezones)

    T: No creo que sea buena idea… de verdad… deberías irte… a tu cuarto.

    S: Si me ayudas como te digo, te prometo no molestarte más y además me iré a mi cuarto (pero en mi mente solo pensaba la forma de lograr excitarla lo suficiente como para poder cogérmela)

    T: ¿Me lo prometes?

    yo asentí con la cabeza y ella se arrodillo frente a mí, se quedó mirándome, mientras se empezaba a meter mi pene en la boca, mirándome fijamente con esos ojitos café claros y el cabello suelto algo desarreglado, era una imagen única. Yo le agarre la cabeza y empecé a empujarla contra mi pene para que se lo tragara todo, ella era toda una experta, se sentía demasiado bien, esa mamada mágica duro 5 minutos antes de hacerme venir.

    S: Tia… eres la mejor… me… me… vengooo (le llene la cara completa de semen, jamás voy a borrar esa imagen de mi cabeza, «la carita de mi tía cubierta por mi semen, mientras me miraba toda excitada», mientras se limpiaba la cara con la sabana la tome de los hombros)

    Y: Espera… ¿que que haces? (la ayude a levantar y la tire sobre la cama, le baje la pantaloneta, ella puso un poco de resistencia, pero fue breve, luego agarre sus piernas y las abrí lo más que pude, corrí su diminuta tanga y empecé a lamerle esa chochita).

    S: Solo quiero devolverte el favor tía… ummm… esto sabe muy rico (ella empezaba a gemir más y más fuerte mientras se arqueaba cada vez que mi lengua tocaba su clítoris)

    T: No no no… sobrino no me hagas ahhhh…. ummm esto si si sigues… esto no va a terminar… bien.

    S: Va a terminar como queremos… tía pero no lo hare hasta que tú me lo pidas… (Seguí con mi oral, pero cuando mi tía empezaba a estremecerse más y más, paraba para que no se viniera y me pidiera pronto que se lo metiera, así hice un par de veces, hasta que funciono)

    Y: Ya no aguanto más… (Me tomo de la cabeza y me subió para que la besara) métemelo por favor, sé que tu tía suena como una perra, pero por favor métemelo, follame ahora.

    Yo muy obediente en cuestión de segundo me quite la camiseta, le quite la tanga y el top, para que quedara completamente desnuda ahí sobre la cama, era una imagen perfecta, ella con los brazos estirados, se veía hermosa. Así que abrí sus piernas puse mi pene justo en la entrada de su chochito y empecé a restregarlo.

    S: ¿Quieres que te lo meta tiita?, ¿siempre has querido que te folle cierto?

    Y: Si amor métemelo por favor… descarga toda tu energía conmigo… vamos no me hagas esperar… me voy a… ¡ahhh! (se la metí toda de un solo golpe)

    S: ¡Oh! que caliente estas por dentro tía… (Empecé a mover mis caderas, a la vez que ella también se movía y gemía bastante fuerte).

    Y: oooo… siii dame dame así más siii… que rico sobrino, me vas a hacer venir.

    Así seguimos un par de minutos hasta que se subió encima mío y empezó a saltar como una loca, además pegaba unos grandes gemidos, yo creo q todos los vecinos la escucharon esa noche.

    Y: Siii vente vente dentro de mi quiero sentir como te descargas dentro de mi ohhh que rico se siente…

    S: Tía no aguanto más… mmm… (la tome de las caderas y empecé a metérsela lo mas rápido y duro que pude hasta venirme)

    Finalmente me vine dentro de ella, me dijo que no me preocupara que tomaba anticonceptivos, así que podía venirme dentro de ella toda la noche.

    Y: Ohhh sobrino hace mucho no me divertía así… (Se bajó de encima de mí y me empezó a mamar el pene de nuevo) vamos a seguir toda la noche.

    S: Tía eres la mujer más sexy de todo el mundo (después de mamármela un ratico, se me volvió a poner muy dura)

    Y: Listo ya estás preparado para la siguiente ronda (así que ella se puso en cuatro) se lo mucho que te gustan mis nalgas, así que dales tan duro como quieras querido.

    Yo inmediatamente le agarre esas nalgas, les di un par de golpe y empecé a metérselo, debo decir que mi tía es muy ruidosa, gime muchísimo y muy duro, pero eso me excitaba aún más, escucharla como sentía cada vez que estaba dentro de ella era un sueño.

    Y: Ahhhh me voy a venir de nuevo… Siii… que rico no pares (los vecinos empezaron a golpear la pared para que bajáramos el volumen, pero no nos importó, seguimos así varios minutos más).

    S: Eres la mujer más caliente del mundo… (La imagen de mi tía ahí en cuatro, con sus nalgas que rebotaban en cada envestida, su cara contra la almohada y sus fuertes gemidos me hicieron estar en el paraíso) no pude aguatar mucho más antes de venirme dentro de ella de nuevo.

    Y: Ohhh… si… me haz echo venir muchas veces, quiero seguir…

    Se acomodó nuevamente para mamármela, estaba completamente enloquecida, apenas se me puso dura de nuevo, se subió encima de mí, se la metió ella solita y comenzamos de nuevo, era insaciable, yo no me quede atrás, la cogí de las caderas, la lleve hasta el borde de la cama y la cargue, para poder metérselo de pie. Cuando empecé a metérselo así mi tía empezó a moverse más y más violentamente, hasta que se vino mientras yo tenía mi pene aun dentro de ella. Nos volvimos a recostar en la cama, ella sobre mi pecho sin haberle sacado aun mi pene. Luego de eso estábamos exhaustos, así que nos quedamos dormidos en la cama.

  • Gigoló y pintor

    Gigoló y pintor

    -¿Cuánto tiempo te podría llevar pintar la casa?

    Mirando para unas grietas que había en una pared, le respondí:

    -Quince o veinte días.

    -¿A cuánto?

    -A quinientas pesetas diarias.

    -Me parece bien.

    -¿Ya compraron la pintura, los tintes, la escayola y la lija?

    -Sí, cincuenta kilos de pintura, cinco de escayola, tintes y diez papeles de lija. ¿Llegarán?

    -Para empezar. Ya les diré cuanto más tienen que comprar.

    Las azules pupilas de la mujer se clavaron en el paquete de mi pantalón vaquero, y se clavaron con descaro, como queriendo adivinar el tamaño del miembro que se escondía bajo él. Barrunté que en esa casa iba a hacer algo más que pintar.

    -¿Cuándo vas a empezar, Quique?

    -Mañana, si les parece bien.

    -Parece.

    La que me ofreciera el trabajo era doña Fátima, la mujer de un ricachón, dueño de la mayoría de las tierras de la aldea a la que nos habíamos ido a vivir.

    Doña Fátima, era una mujer de cuarenta y pocos años, delgadita, con media melena de cabello negro rizado, con buenas tetas y buen culo. Era guapota, pero muy seria. Su marido, don Manuel, un cincuentón, que había quedado parapléjico cinco años atrás, debido a una coz que le diera en la espalda un caballo, sentado en una silla de ruedas, había escuchado lo que habláramos.

    Dos día después…

    En el trastero de la casa, donde estaban los materiales, me quité la ropa, calzoncillos incluidos… Yo a los 18 años medía 1m 75 cm, tenía el cabello largo y cuerpo de culturista… Era todo músculo. Iba a poner la funda blanca, dándole la espalda a la puerta, que estaba abierta, cuando oí la voz de doña Fátima.

    -Bonito culo.

    Lo tenía, tenía un culo redondo y prieto. Me di la vuelta y vieron mi cuerpo con la gruesa verga colgando. Doña Fátima y don Manuel, que estaba delante de ella sentado en la silla de ruedas, se quedaron mirándome. Les dije:

    -Debí cerrar la puerta para cambiarme.

    Doña Fátima, colorada como una adolescente, y mirando para mi verga, respondió:

    -Debiste.

    -¿Qué se les ofrece?

    -Queríamos ver como haces la mezcla.

    -Hasta mañana o pasado no la voy a hacer.

    Doña Fátima no quitaba los ojos de mi verga.

    -Vístete que me pone nerviosa ver esa cosa.

    No tuve más que poner la funda, ya que los tenis viejos no los había quitado. Doña Fátima y su marido se fueron.

    El primer día me dediqué a rascar y a escayolar donde estaban las paredes más deterioradas. Doña Fátima, cada media hora, me hacía una visita para ver si necesitaba algo. Llegué a la conclusión de que quien necesitaba algo era ella, y en una de las visitas, le pregunté:

    -¿Y usted no necesita nada?

    -¿Por qué me lo preguntas?

    -Por nada.

    -Se franco. ¿Por qué lo dices?

    -Sabe bien porque se lo digo.

    -Parece que quieres ganarte un dinero extra.

    Sus palabras me confirmaron lo que me imaginaba. Sabía a qué dedicaba mi tiempo libre.

    -¿Está dispuesta a pagarlo?

    -Lo consultaré con Manuel.

    -No tiene porque enterarse de nada de lo que hagamos…

    -¿Qué servicio me harías?

    -El completo

    No sabía en qué consistía.

    -¿Y eso qué es?

    -Sexo oral, vaginal y anal.

    Doña Fátima se volvió a poner colorada.

    -Me voy, me voy que ya hablé demasiado.

    A los diez minutos de irse de mi lado, fui al servicio a cambiarle el agua al canario. Iba a coger la manilla de la puerta, cuando sentí, en bajito, algo así:

    -Ooooh, oooh, Oh Aaaah. Oh, oooooh. Sí, sí, si. Aaaah. Me viene. -un silencio largo- Aaaah.

    No había que ser muy listo para saber que doña Fátima se hiciera un dedo y se había corrido. Me fui y le cambié el agua y la leche al canario en el otro servicio.

    Al día siguiente, por la tarde, iba a comenzar a pintar, cuando me llamó doña Fátima. Fui a la cocina. Encima de la mesa había una jarra con limonada y tres vasos. Dos ya estaban mediados. En la radio se oía la canción de Raphael: Yo Soy Aquel. Doña Fátima, me dijo:

    -Siéntate a la mesa, Quique.

    Me senté delante del vaso vacío, que estaba justo enfrente del de don Manuel, lo llenó, y me preguntó:

    -¿Cuánto me cobrarías?

    Me hice el tonto.

    -No subió de ayer a hoy, 500 pesetas.

    -Por el completo. Quiero sentir tu verga dentro de mí coño, dentro de mi culo, y…

    No la dejé terminar.

    -¡¿Y me lo pregunta delante de su marido?!

    -Él lo que quiere es que yo sea feliz.

    -¿Y usted cómo sabes eso?

    Fátima, miró para su marido, y le dijo:

    -Parpadea dos veces si quieras que me folle Quique, Manuel.

    Don Manuel, parpadeó dos veces.

    Fátima, necesitaba verga.

    -¿Cuánto me vas a cobrar?

    Me levante, se levantó, la agarré por la cintura y le pegué un morreo que la dejé temblando.

    -Dos mil pesetas.

    -Me dijeron que cobrabas mil.

    La volví a besar. Su mano derecha acarició mi verga por encima del pantalón.

    -Y es cierto, pero me da a mí que don Manuel quiere mirar. ¿Me equivoco?

    -No, no te equivocas.

    Le eché un trago a la limonada, y le pregunté:

    -¿Cuánto tiempo lleva sin una buena verga entre las piernas?

    -De tú.

    -¿Cuánto tiempo llevas sin una buena verga, Fátima?

    -¿A qué viene esa pregunta?

    -Curiosidad.

    -Más de cinco años.

    -¿Te comieron el coño alguna vez?

    -No.

    Miré para don Manuel, pero el hombre no daba ni tenía.

    -¿Te follaron por el culo?

    Ahora fue ella la que me besó a mí.

    -No.

    -¿Ya te vino la menopausia?

    -¿También lo preguntas por curiosidad?

    -No, te lo pregunto por seguridad. ¿Te vino?

    -Sí.

    -Bien. No traje condones.

    La agarré por las nalgas, la apreté contra mí. Ella rodeó mi cuello con sus brazos, y me preguntó:

    -¿Te gustan mis besos con lengua?

    -Sí. ¿Y a ti los míos?

    -Mucho.

    La seguí besando. Fátima, sentía mi verga empalmada latir sobre su vientre.

    -Necesito correrme.

    -¡¿Ya?!

    -Ya.

    -No seas impaciente. Trae tres tazas y una jarra de vino tinto de la bodega.

    -Mi marido y yo no bebemos.

    -¿Quieres pasártelo en grande o no?

    -¿De barro o blancas?

    -De barro.

    Se fue a la bodega y trajo una jarra de vino de dos litros y tres tazas de barro. Las puso sobre la mesa y retiró la limonada.

    -Echa vino en las tres tazas.

    -Ya te dije que yo no bebo, y a Manuel se lo quitó el médico.

    -¿Os vais a morir por tomar una taza de vino?

    Medió las tres grandes tazas. Le eché un trago a la mía, y le dije:

    -Dale de beber a tu marido.

    Fátima, le puso la taza de vino en los labios a don Manuel, y le dio de beber. ¡Tragaba que daba gusto! Fátima, le dijo:

    -¡La leche no la tomas así, goloso!

    Al acabar de beber el vaso de vino, en los labios de don Manuel se dibujó una sonrisa. Fátima, me dijo:

    -¡Milagro! Hace más de cinco años que no sonreía.

    -A lo mejor es porque no tenía motivos para hacerlo. Bebe tu taza de vino.

    -Me voy a poner contenta.

    -De eso se trata.

    Se lo bebió. Yo acabé de beber el mío. Me levanté. Me puse al lado de don Manuel.

    -Vamos a jugar. Quítame la funda.

    Fátima, me abrió la cremallera. Me quitó la funda. Mi polla, morcillona, quedó colgando a un metro de don Manuel. Me quité los tenis. Fátima, se puso en cuclillas, cogió la verga en la mano, la metió en la boca, la meneó, y a los pocos segundos tenía la tranca tiesa.

    -¡Jesús, que pedazo de estaca!

    Fátima, llevaba puesto un vestido gris que le llegaba a los pies.

    -Levántate y date la vuelta.

    Se dio la vuelta para que le bajase la cremallera, pero lo que hice fue rasgarle el vestido, (vestido que cayó al suelo) y meterle un chupón en el cuello, darle la vuelta, meterle la lengua en la boca y romperle el sujetador con las dos manos. Fátima, con sus grandes tetas al aire, me dijo:

    -Eres un animal… ¡Y me gusta que lo seas!

    Cogí la jarra y llené mi taza de vino.

    -Coge una teta con las manos y métela dentro de la taza.

    -Bésame antes.

    Le di un cachete en el culo.

    -¡Mete la teta dentro de la taza!

    Metió media teta dentro de la taza. Después eché un trago de vino. La volví a besar con lengua y le di a beber vino de mi boca. Cuando le mamé la rosada areola y le chupé el gordo pezón y la teta, ya la tenía embriagada, embriagada de pasión.

    -¡Joder, que bien lo haces! ¡Tengo el coño como una charca!

    Al dejar de jugar con esa teta, sin decirle nada, metió la otra en la taza.

    -Mama, cabrito.

    No se la mamé. Derramé el vino tinto de la taza sobre sus tetas, el vino bajó hasta su coño. Con las bragas blancas manchadas de vino, me agaché. Se las rompí con los dientes y con las manos. Su coño estaba rodeado por un tremendo bosque negro. Lamí el coño encharcado de babas con sabor a vino y subí lamiendo hasta llegar a la teta. Ahora sí, ahora se la mamé con lujuria. Después le mamé la otra, las junté y le lamí, chupé y mordí los grandes y erectos pezones y magreé las tetas. Fátima ya gemía sin control. Sabía que si le comía el coño se iba a correr en mi boca. La levanté cogiéndola por sus peludos sobacos y la puse sobre la mesa. Retiré las tazas de vino y la jarra. Encogió las piernas, se echó hacia atrás y las abrió enseñando su gran coño peludo, abierto y lleno de babas. Le cogí las tetas y le metí la lengua dentro del coño. Lamí varias veces desde su ojete a su clítoris… La puse a punto. Doña Fátima, cogió mi cabeza con las dos manos, la apretó contra su coño y frotando su clítoris contra mi lengua, liberó la bestia que llevaba dentro.

    -¡¡Sí sí, sí!! ¡¡¡Me corro, peeerro!!!

    Doña Fátima, con los ojos cerrados, temblaba y jadeaba. Su corrida llenó mi boca de jugo, un jugo espeso, mucoso y dulzón.

    Estaba terminando de correrse cuando le clavé la polla en el coño. De su garganta salió una palabrota:

    -¡¡Cagoendiola!! ¡¡¡Qué bueno!!!

    -Le pregunté:

    -¿Hasta el fondo?

    -¡Hasta el fondo y más, bien pagado!

    Comencé a follarla con fuertes golpes de riñón mientras le agarraba las tetas. Ni un minuto tardó en decirme:

    -¡Me voy a correr otra vez, me voy a correr! ¡¡¡Me corro!!!

    Doña Fátima se corrió haciendo un arco… El jugo que salía de su coño bajaba por el ojete. Al acabar de correrse no me lo tuve que pensar dos veces, saqué la verga del coño y se la metí en el culo. Al meterle el glande, con los ojos abiertos como platos, exclamó:

    -¡Coooño!

    Le volví a preguntar:

    -¿Hasta el fondo?

    Me respondió lo mismo:

    -¡Hasta el fondo y más, bien pagado!

    Se la clavé a tope y después le di canela fina.

    Al ratito…

    -¡Sí, sí, sí! ¡¡Me viene otra vez, me viene otra vez, maricóóón!! ¡¡¡Sííí!!!

    Le acaricié el clítoris, y la nalgueé mientras se corría. Era multiorgásmica. La segunda que me encontraba en mi corta carrera como gigoló.

    Al acabar de correrse, y aun tirando del aliento, me dijo:

    -¡Dame, dame, dame fuerte, puto, dame fuerte que me quiero correr otra vez!

    Le di caña… de repente quedó muda. Me miró. Vi cómo se le ponían los ojos en blanco y como de su coño salía cantidad de jugo. Se estaba corriendo. Don Manuel, sintiendo los gemidos de placer de su esposa, tuvo una pequeña erección.

    Fátima, quedó sin fuerzas, como muerta. La cogí por la nuca. Hice que se incorporase. La levanté en alto en peso. La mujer rodeó mi cuello con sus brazos, mi cuerpo con sus piernas y me besó. Le quité la verga del culo. Me acerqué más a don Manuel, para que viese bien lo que le hacía. Le metí la polla en el coño a su mujer y besándonos comencé a darle caña. Al poco, me decía:

    -¡Me voy a morir de gusto, abusador!

    La folle a lo bestia… Fátima, mirando para su marido, le dijo:

    -¡¡¡Me muero, cariño, me muero!!!

    El último orgasmo de Fátima fue espectacular. Sus gemidos eran escandalosos y sus temblores de enferma mental. Don Manuel vio como del coño de su mujer caía una cascada de jugo mientras me comía a besos. Yo vi como don Manuel manchaba su pantalón. Se había corrido. No quise ser menos y le llené a Fátima el coño de leche. Al acabar iba a decirle lo de la corrida de su marido, pero Fátima había sentido tanto placer que perdiera el conocimiento. Le quité la polla, la cogí en brazos, y con mi leche y su jugo saliendo de su coño la llevé a la sala y la dejé sobre el tresillo. Volví a la cocina. Eché el vino que quedaba en una taza, bebí la mitad y le di la otra mitad a don Manuel, que lo bebió con ganas. Al acabar de beber volvió a sonreír por segunda vez en cinco años. Cogí el tabaco y el mechero en el bolsillo de la funda y encendí un cigarrillo. Vi cómo me miraba. Le pregunté:

    -¿Quiere una calada?

    Parpadeó dos veces.

    Le dio al cigarrillo una calada, y dos y tres… Nos fumamos el cigarrillo Ducados, a medias. Después empujé su silla de ruedas y lo dejé en la sala al lado de su mujer, que dormía plácidamente.

    Tiempo después, al acabar de pintar la casa, había cobrado en total 60.000 pesetas. No me volvió a aparecer un trabajo como ese en el que pudiese desarrollar mis dotes de GIGOLÓ Y PINTOR.

    Quique.

  • Expuesta con la familia

    Expuesta con la familia

    Llegó el día del cumpleaños familiar y la pareja de Tony quedó de pasar por nosotros temprano para ir a la reunión familiar, de último minuto, mi esposo tuvo que cancelar porque surgió una emergencia en su trabajo y tuvo que salir a provincia de emergencia, así me quedé a esperar a que llegara ella para irnos a la fiesta, casi había olvidado aquella propuesta que me hicieran ellos al estarme cogiendo semanas atrás y cuando sonó el timbre y salí a abrir pude notar la mirada lasciva de ella…

    Al entrar a la casa me recorrió con la mirada y me preguntó en un tono desafiante:

    -no vas a ir así vestida a esa reunión tan esperada por nosotros verdad?

    Mi corazón empezó a palpitar a mil…!

    Lo había olvidado completamente! varias veces acepté dejarme coger por ellos frente a mi familia pero ahora que llegaba el momento de la verdad estaba nerviosísima…

    No sabía cómo iban a reaccionar en mi casa y no quería tener problemas familiares debido a mi forma de ser.

    Leyéndome la mente me dijo ella autoritariamente:

    -desnúdate!

    Entonces me di cuenta de que traía una bolsa con ropa, habíamos comprado un atuendo para esta ocasión así que no me imaginé que traía entre manos, calladamente me desnudé…

    Sacó de la bolsa el atuendo que me iba a poner:

    Zapatillas de tacón de alfiler color salmón; una tanga blanca que era básicamente un hilo blanco rodeando el triángulo de la vagina sin cubrir nada y por detrás un simple hilo metiéndose entre las nalgas; un vestido realmente corto que me llegaba al inicio de las nalgas semi-transparente color salmón con vuelo en la cintura de tal forma que al caminar se trasparentaba lo que había debajo y un sweater color salmón… sin bra.

    -Vístete Mariela! -me dijo en un tono que no dejo dudas de que no estaba bromeando, empecé a vestirme, me puse la tanga que justamente no cubría absolutamente nada como me lo temía al ser un simple hilo blanco, el efecto era súper cachondo, si fuéramos a ir a otro lado este sería un atuendo genial pero al ponerme el vestido y las zapatillas un sudor frio me recorrió la frete al darme cuenta de que el efecto era exactamente lo que ellos habían planeado: me veía como una hembra caliente…

    Terminé de ponerme las zapatillas y al levantarme y verme en el espejo de la recamara me di cuenta de que se me veía todo al separar un poco las piernas, una suave sombra de mi velluda vagina podía verse claramente a través de mi vestido y subiendo un poco la mirada vi con horror como mis pezones eran perfectamente visibles con ese vestido que no hacía sino acentuar la desnudez que llevaba debajo de él…

    Dándome una nalgada me dijo al oído:

    -si pudieras apreciar lo puta que te ves con esta ropa empezarías a mojarte de excitación mujercita morena…

    Para mi desgracia paso lo que más temía: empecé a excitarme al caminar y darme cuenta de que el efecto era exactamente como si anduviera desnuda…

    Ella vestía un vestido negro con una abierta lateral hasta la cintura que resaltaba la belleza de su cuerpo y zapatillas que estilizaban sus piernas a un grado perfecto; bajamos rumbo al auto y subimos listas para irnos a casa de mis padres…

    Iba entre nerviosa y excitada, la verdad saber que todos me verían en esa versión que muy pocos conocían en la familia me tenía la cabeza dando vueltas y la excitación empezó a apoderarse poco a poco de mi ser…

    Ella parecía que podía leer mi mente y diciéndome de manera casual me soltó la expectativa que tenían para mí.

    -me parece que en realidad estás muy excitada por lo que va pasar, es como una liberación para ti donde todos podrán ver lo caliente y puta que es la niña buena de la familia”… cierto? -dijo acariciándome una pierna mientras manejaba rumbo a la casa de mis papás…

    Sintiéndome cada vez más excitada le dije:

    -caliente siempre he sido, solo que hasta hoy esa parte de mi vida ha permanecido oculta por discreción con mis padres y familia…

    Riendo escandalosamente respondió ella:

    -y entonces que me dices de lo que pasó en Cuernavaca??

    Diablos! ellos sabían más de mí que yo de ellos! no me sorprendió en absoluto el que supieran ya de mis aventuras en ese fin de semana en Cuernavaca con parte de la familia, que por cierto, segura estaba de que algunos de los asistentes a ese fin de semana en Cuernavaca estarían presentes en la fiesta.

    -pues sí, fue algo muy atrevido lo de los trajes de baño, lo acepto -dije casi suspirando mientras daba vuelta y entraba en la calle donde vivían mis papás.

    Después de estacionarme al momento de quitar la llave del coche mi vida entera pasó en mi mente a manera de rollo de película de forma rapidísima, después de lo de hoy, no había duda de que la imagen que tenían de mi en la familia iba a cambiar por completo.

    Con los nervios del momento hasta ese instante me di cuenta de que no venía Tony con nosotros…

    -y tu pareja? -Le pregunté a ella entre ansiosa y excitada…

    -No vendrá, tiene cosas que hacer en la frontera y regresa hasta el fin de semana entrante… por qué? -Preguntó ella viéndome de manera divertida- querías que te la metiera enfrente de todos?

    Sonrojándome bajé la vista y me di cuenta de que era más puta de lo que pensaba yo misma.

    Iba a bajarme cuando ella me jalo del cabello fuertemente y me dijo en un tono frio:

    -quiero que esta noche te portes como una puta, cuando entremos te quitas el sweater para que te vean todos, camina entre ellos y asegúrate de que todos vean tu cuerpo sin dejar nada a la imaginación!

    -ok, así lo haré -dije sintiendo ese calor entre las piernas que era indicativo de que empezaba a calentarme de manera irreversible.

    Respiré profundo y tocamos el timbre, en cuanto entramos a la casa se hizo un silencio absoluto, entre que los hombres admiraban a mi acompañante y las mujeres inmediatamente me revisaron de pies a cabeza… había como 20 personas en la reunión y poco a poco las miradas después de presentar a mi acompañante se fueron fijando en mí, mi vestido empezó a acaparar la atención de los hombres y en eso escuché la voz de mi papá que venía bajando las escaleras con mi mamá comentando acerca del pastel para el festejado, llegaron a la sala donde terminaba yo de quitarme el sweater y ambos fijaron la mirada en mi figura, rápidamente para romper el hielo mi papá dijo:

    -ahorita venimos vamos por el pastel a la pastelería de siempre.

    Mi acompañante se sentó en un lugar que le hicieron en la sala y con una mirada me indicó que debía circular entre los invitados, lentamente me acerqué a saludar de beso a todos los presentes consiente de que a cada paso que daba mi cuerpo era perfectamente visible bajo mi vestido, mis primos no dejaban de verme con lujuria olvidando por un momento que era a su prima a quién estaban deseando en esos momentos…

    Varios de mis familiares al saludarme me decían que me veía guapísima con ese vestido cuando en realidad lo que hubieran querido decir es que me veía muy cachonda, yo les agradecía con una sonrisa dándome cuenta de que quienes no me estaban viendo los pezones, me estaban viendo la raja velluda que se transparentaba bajo el vestido…

    Terminé de saludar y me fui a sentar en el centro del sillón de la sala… craso error! al sentarme me di cuenta de que la falda se subía hasta el inicio de mis piernas y dejaba totalmente descubierta mi velluda raja a la vista de todos y todas…

    Todas las miradas estaban fijas en mis piernas y lo que estaba a la vista de todos por primera vez, nerviosamente miré a mi acompañante y recibí una mirada de complicidad y satisfacción, dos de mis tíos me veían con una mirada seria, iba a decir algo pero entonces me di cuenta de que el bulto en su pantalón era señal de aprobación de mi atuendo…

    De repente, uno de mis primos se levantó como resorte de su lugar y sugirió que era hora de tomar las fotografías correspondientes del evento y todos aplaudieron la sugerencia poniéndose de pie mientras me ayudaban a pararme sin dejarme de verme lujuriosamente.

    La fotografía en grupo me colocó coincidentemente en medio del mismo y pude ver divertidamente como varios de ellos luchaban sutilmente para quedar junto a mí, el grupo era compacto y al juntarnos para la toma sentí como alguien se ponía detrás mío frotándome las nalgas con una erección, era uno de mis primos más jóvenes… -por lo visto, los hombres de la familia estaban bien dotados como había podido comprobar ya con Balam-y este primo tenía también lo suyo a pesar de tener no más de 18 años, volteando a sonreírle en señal de aceptación deje que se frotara duro contra mis nalgas mientras las meneaba delicadamente para que no dieran cuenta los demás… ilusa de mí, al terminar las fotos en grupo y proceder a felicitar al festejado todos mi primos y algunos de los esposos de mis primas me rodearon para pedirme una foto con ellos.

    Sonriéndoles acepté empezando a disfrutar de la situación y deje que me tomaran fotos conmigo en medio de dos o en pareja con algunos de ellos, sabía que el flash de la cámara terminaría de descubrir lo que a estas alturas de la noche todos los presentes habían podido admirar ya…

    Uno de ellos me enseño la foto después de tomarla y pude ver como el flash revelaba perfectamente mi cuerpo cubierto por ese vestido delicado…

    -Te gusta cómo salimos? -Me pregunto seguro de que me daría cuenta de que con el flash parecía que estaba literalmente desnuda junto a él…

    Podían verse mis pezones claramente como si no tuviera nada puesto igualmente que mi velluda raja, el efecto era realmente caliente, parecía que estaba desnuda y ellos vestidos…

    -… pues no mucho la verdad –dije- me gustaría que ambos saliéramos igual, como yo salgo! -le dije sonriéndole en señal de aceptación de la situación y en franca invitación a tomarnos fotos desnudos ambos…

    -Pues tú dices cuando -contestó él aumentando la fuerza de su abrazo y mirándolo fijamente a los ojos le dije:- conste! te llamo y nos vamos a tomar muchas fotos… como salgo yo en esta -sonriéndole ampliamente en señal de invitación a coger…

    Todos se dieron cuenta que con el flash se veía mi figura prácticamente desnuda y pidieron repetir la foto con el pretexto de que había salido muy oscura, yo divertida los complací en todo… entretenida que estaba con ellos el “pequeño asunto” que me había llevado a vestir de esa forma en la fiesta casi se me olvido, tocaron la puerta y un tío salió a abrir pensando los demás que seguramente serian mis papás…

    Oímos voces en tono subido y pensamos que alguien estaba discutiendo cuando entraron a la casa 7 hombres con pasamontañas y lo que pensamos todos eran pistolas en sus bolsillos que estaban blandiendo apuntando a todos los presentes.

    El escándalo entre todos los presentes y la confusión mientras los hombres nos gritaban era tremendo, todos trataban de esconderse de algún posible disparo y el líder de ellos tomando control de la situación dijo en tono imperativo:

    -Basta! Cállense todos! venimos a llevarnos sus pertenencias y al que se le ocurra ser el héroe de la noche aquí mis camaradas y yo tenemos con qué responderles así que mejor tranquilos y nadie saldrá lastimado!

    Mirando alrededor de la sala dijo al verme desnudándome con la mirada…

    -Vaya vaya…! pero si tenemos entre los asistentes una verdadera joya! Cómo te llamas?

    -Mariela -dije casi en un suspiro, estaba paralizada de miedo! nunca había estado en una situación así y tenía mucho miedo.

    Mi acompañante había logrado situarse detrás de varios familiares de tal forma que solo su bello rostro salía a la vista… mientras que yo, yo estaba sentada en el mismo lugar donde me sentaron al iniciar la velada, nerviosamente crucé las piernas tratando de ocultar mi raja a la mirada de aquellos invasores de nuestro hogar, rápidamente, el líder me preguntó en tono amenazante:

    -y eres casada Mariela?

    -sí -respondí tímidamente, bajando la mirada.

    -Y quién es tu marido? -Pregunto de nuevo.

    -no está, salió por cuestiones de trabajo a la provincia…

    -Y por eso vienes vestida como una puta? -Grito el hombre dirigiéndose a mi lugar para pararme de un jalón del brazo.

    -me gusta vestir así aun estando él conmigo -respondí con la mirada baja.

    -Y eso que es? -Señalándome la pulsera del tobillo, nadie o casi nadie había reparado en ella al poder admirarme de la forma en que lo estaban haciendo cuando llegaron los ladrones.

    -Yo sé que es!

    Dijo otro de ellos acercándose a mi ordenándome que subiera el pie a la mesita de la sala para poder verla mejor…

    Al subirlo deje al descubierto mi raja y los que estaban sentados junto o enfrente pudieron vérmela claramente.

    -Sí -dijo él hombre con total seguridad- es una pulsera swinger!

    La afirmación dejo helados a todos en la habitación, aún mis primos no acertaron a comprender en su totalidad la afirmación de aquel hombre.

    -Diles lo que significa! -Ordeno el líder de la banda apuntando su arma dentro de su chamarra hacia mi.- Díselos o aquí te quedas! -Repitió en tono amenazante el bribón- y que te oigan todos!

    -es una manera de avisar a la gente del ambiente que soy casada pero dispuesta a tener relaciones con otros hombres…

    Continuará…

  • El juramento final

    El juramento final

    Tras obtener mi billete, lo que no deja de ser una epopeya en esta tiempo de tanto turista, me subo al tren. Como ya es habitual busco el último asiento del coche de cola. Mientras voy buscando mi sitio que ya había divisado por la ventana y estaba desocupado, voy caminando por el pasillo y tengo que pasar por delante de algunos pasajeros pidiendo perdón para que quiten su maleta o se enderecen para que no cubran el pasillo. Lo peor fue una muchacha con el pelo largo muy revuelto, camiseta negra muy pegada al cuerpo, tanto que estaba a punto de reventar por sus pechos que ligeramente clareaban a través de la camiseta, aun siendo negra. La moza tenía su pierna extendida perpendicularmente al pasillo para situar su pie descalzo sobre la maleta. El jean que usaba no era desgastado sino destruido, no sabría ni describirlo, podría decir que faltaba mas tela en los agujeros que la tela que lucía.

    Frente a semejante esperpento tuve que pedir cuatro veces por favor que me permitiera pasar. Su respuesta me sorprendió. Con una voz ronca, excesivamente varonil contestó a mi requerimiento:

    — Vete allá que también hay asientos.

    — Por favor, guapa, déjame pasar que yo no quiero sentarme allá, sino aquí.

    A todo eso notaba un cierto tufo a sudor, suciedad y sexo, pero no di mayor importancia porque los trenes a veces huelen raro aunque los limpien y es que los humanos somos sudorosos, sucios (unos mas que otros) y sexuados. Por fin, dobló su pierna y pasé al asiento de mi elección.

    No tardó mucho el tren en ponerse en movimiento y el aire acondicionado alivió el mal olor.

    Al poco rato la muchacha se vino donde yo estaba, se sentó frente a mí pues los dos asientos estaban sin ocupar. Me miraba y yo la observaba con disimulo levantando la vista del móvil para mirar por la ventana el paisaje. Era evidente que no se conformaba con mi actitud y levantándose de su asiento se sentó a mi lado. Fue entonces cuando descubrí el origen del triple tufo de las tres eses.

    Se me arrimó al hombro y me besó debajo de la oreja. Entonces sentí asco pero dejé hacer. Ante mi falta de reacción me tomó la mano y la introdujo en su coño que noté mojado viscoso. Rápidamente la saqué y le dije que me dejara en paz. Saqué un pañuelo de papel me limpié la mano. Luego le dije:

    — Eres bonita y atrevida, pero yo soy gay y como comprenderás…

    —¿No te gustan las mujeres?, preguntó.

    — Sí me gustan, como amigas, pero para sexo no, repliqué.

    — Joder, qué putada, por un chico guapo que me encuentro…, ¿qué perfume usas?

    — SOLO, de Loewe…, le dije la verdad.

    — ¿No harás hoy una excepción conmigo?

    — No; de ninguna manera.

    — Pero…, ¿por qué?

    — Porque soy gay.

    — ¿Ni siquiera me muestras tu polla?

    — No tendría inconveniente pero no quiero crearte ilusiones…

    — Al menos una mamada, soy buena en esto, y luego igual te animas ¿vale?

    — ¿A cuántos se la has mamado en los últimos tres meses?

    — ¡Uff…! Ni con mis dedos ni con los tuyos las podría contar; te digo que soy buena en esto…

    — Me lo creo, pero por eso mismo no me la chuparás jamás.

    — ¿Me estás diciendo puta?

    — No; te estoy diciendo que no me la chuparás ni con forro.

    — ¡Maricón de mierda!

    Se levantó, se fue donde estaba su maleta, pasamos cuatro estaciones que viajé muy tenso, a la quinta se levantó para apearse y antes de salir del coche me gritó:

    — ¡¡¡Puto maricón de mierda!!! ¡Que te den y te dejen “empalao”!

    Suerte que la gente la miró a ella, pero yo tenía la cara ardiendo. Al cabo de un rato se acercó un chico y pidió permiso para sentarse. Se aposentó frente a mí y comenzó a decirme que no hiciera caso a esa loca y se me declaró diciendo que también él es gay. Respiré profundo y le sonreí.

    Le observé detenidamente: era guapo, pelo muy negro y grueso, sedoso y brillante, ojos pardos tirando a chocolate y muy abiertos, boca grande y labios carnosos, muy blanca dentadura. Algo que me gustó mucho es que sus patillas eran largas y muy estrechas, mentón ovalado. Se le notaban algo las plumas aunque muy suavemente. Era delgado, muy flaco, pero con pectorales que se le notaban gracias a su ajustada camiseta verde oscuro, jeans ajustados, desteñidos como los míos pero enteros, no desgastados como los míos.

    Entablamos una conversación sobre nuestros orígenes territoriales, pero solo de verle frente a mí, me empalmé y tuve necesidad de acomodar mi polla dentro de mis jeans. Cuando lo hice se sonrió y me preguntó:

    — ¿Y eso?

    — De verte…, eres guapo y… bueno…, me pasa eso, contesté.

    — Eso lo arreglo yo liberándola, me dijo.

    Se abrió la bragueta, se sacó la polla y los huevos y tomando una servilleta de papel comenzó a masturbarse.

    Miré al coche, había poca gente y me fijé en su polla, larga, delgada y circuncidada. Me liberé la mía y me masturbé yo también, me hacía falta. Descargamos casi al mismo tiempo. Me dejé limpiar por él y me gustó su tacto, así que cuando metí mi polla dentro del jean —no suelo usar ropa interior— me senté a su lado y concordamos respecto al destino de cada uno. Entonces supe que íbamos a la misma ciudad y me invitó a su casa. Esa noche dormimos juntos…, mejor, no dormimos, pero nos follamos uno al otro alternativamente. Hacia las 6 de la mañana nos dormíamos totalmente agotados y despertamos a las tres de la tarde. No habíamos tomado ningún trago, así que estábamos frescos para continuar y eso hicimos. Después de tres días follando a cada momento y saliendo de casa solo para comer muy cerca y besarnos en público metiendo mano en las respectivas nalgas, nos juramos no buscarnos más uno al otro si no coincidíamos en el mismo tren. Lo procuré, lo encontré, él también lo procuró con éxito, y hemos pasado buenos ratos juntos, acabando siempre con el mismo juramento.

  • Historia del chip (045): Nuevas normas (Enko 004)

    Historia del chip (045): Nuevas normas (Enko 004)

    Al llegar a la isla, Enko le solicitó que saliese y atase el cabo al agarradero del muelle. Nadia se movió con agilidad tratando de no pensar demasiado en la cadena mientras Enko le explicaba cómo debía pasar la cuerda. Después de atar un segundo cabo y ponerle la capota a la embarcación, recogió los enseres y le señaló una cabaña que estaba a unos trescientos metros siguiendo un pequeño camino trazado entre las piedras.

    No había demasiada vegetación, siendo la brisa muy agradable. Nadia casi protestó cuando entró en el camino, los pequeños guijarros presionando las plantas de sus pies con fuerzas.

    —¿Incómoda?

    —Un poco.

    —Debes acostumbrarte.

    Agarró su culo como compensación para luego cogerle la cintura.

    —¿Por qué?

    —Te centra en tu amante, no en tu placer.

    Nadia no terminó de entenderlo, aunque escuchaba fervientemente a su amado. Todo conspiraba contra ello, desde las endorfinas en su cerebro hasta la necesidad de su cuerpo o su deseo de agradar. Enko prosiguió.

    —Apoya el pie con delicadeza. Desde la punta de los dedos hasta el talón, erotizando. Zancada más amplia.

    Esto suponía una mayor agitación de los pechos y correspondientemente de la cadena. Algo que Nadia siempre trataba de evitar a toda costa.

    —Me duelen un poco los senos —señaló sin realmente quejarse.

    —Es tu manera de decirte que estás excitada. No puedo saberlo con el metal tapando tu raja, y tus pezones siempre están duros. La cadena es el símbolo de tu deseo.

    —Haré lo que pueda.

    —Sé que lo harás— admitió Enko sin dudar de ella.

    Pasaron cinco días de ensueño en la isla, conociéndose de otra manera. Enko la acariciaba por todo el cuerpo dejando de hacer énfasis en los pechos y disfrutando de la piel excitada de Nadia. Por su parte, ésta tuvo permiso de acariciar a su amado incluyendo la verga erecta. Era tan feliz que lloró en un par de ocasiones. Los pezones le dolían ante el impulso casi continuo que provocaban sus movimientos y también ante los tirones de Enko después de los orgasmos.

    Las plantas de los pies parecían arderle a Nadia casi todo el tiempo que estaba caminando incluso fuera de los caminos asfaltados. Los baños de mar calmaban los nervios y los continuos asaltos de Enko la enardecían tanto como la hacían sentir adorada.

    Aunque fueron pocos días, Enko pareció satisfecho de la actitud y el desempeño de Nadia. La última noche antes de volver se lo dijo.

    —Estoy muy contento por tu proceder, Nadia. Nunca me has decepcionado, ahora me has hecho feliz. Quiero ofrecerte algo a cambio. No deseo que te engañes, no es un regalo solo para ti, es para los dos. Y eres libre de no aceptarlo.

    Nadia no pensaba rechazarlo fuera lo que fuera, sólo que no lo dijo. Enko sacó unas zapatillas.

    —Te darán las mismas sensaciones que cuando caminas descalza en el asfalto de aquí. Las llevarás siempre que estés en casa, salvo que desees ser tocada. ¿Las aceptas?

    Nadia no dudó ni por un instante y se las calzó con determinación. Y se puso de pie, sintiendo que él lo prefería así. Notó las plantas arder como siempre pero su gesto no cambió. Ni su postura.

    —¿Debo moverme o hacer algo?

    —Por ahora no. Cuando desees hacer el amor, sólo tienes que quitártelas.

    —Entonces no las llevaré puestas nunca —bromeó mirándolo traviesamente.

    —La señal sólo será válida durante el primer minuto, cuando te encuentres con alguien.

    —¿El primer minuto? ¿Incluso contigo?

    —Incluso conmigo. Así no habrá equívocos. Después del primer minuto, solo tu amante decidirá el momento de hacer el amor, al menos podrás hacer una propuesta durante ese primer minuto.

    —¿Y se espera de mí que me quite las zapatillas?

    —Se espera de ti que seas completamente sincera. Si deseas genuinamente ofrecer tu cuerpo sin contrapartidas, retiras el calzado. Si no lo haces, no decepcionarás a nadie ni se te podrá recriminar. No te da la libertad de rechazar a tu amante, esa libertad no la tienes mientras sigas conmigo.

    —Es como desnudar mi mente.

    —¡Exactamente! No hay nada más maravilloso que una mujer inteligente en un cuerpo adorable— señaló Enko sabiendo como adularla.

    Sin esperar a su reacción le agarró el culo, Nadia se puso entre sus piernas y esperó a qué el la sobase el culo, las piernas… la espalda. Puso sus manos en el cuello de él, demostrándole que era lo que deseaba.

    —¿Y ahora cuándo debo quitarme las zapatillas?

    —Es sencillo. Cuando desees un orgasmo.

    —Siempre deseo un orgasmo— señaló ella con cierto desdén.

    —Me refiero a cuando estés a punto. Naturalmente no lo tendrás, salvo que te corresponda, pero estarás indicando que ya te encuentras en la zona.

    —Tú siempre lo sabes.

    —Pero tus futuros amantes no. Y además a mí también me gusta la idea de que me lo indiques. Y cuando te acostumbres, también te gustará.

    Nadia lo dudaba. Era tan humillante… pero su vagina parecía decir lo contrario.

    *—*—*

    Cuando llegaron al embarcadero, soltó los cabos mientras Enko quitaba la capota y se introducía en la zodiac. No había ninguna duda de que estaba disfrutando, los pies embutidos en las zapatillas planas y abiertas, la cadena moviéndose sin cesar y todo el cuerpo cimbreando. Y cuando se introdujo en la barca, su pie derecho, —el primero apoyar—, fue un clamor. Pero Nadia obvió el dolor. Los pezones también protestaron ante la sacudida. Se acordó de la postura en la que había llegado a la isla y esperó a que Enko tuviese la embarcación en rumbo a tierra para alargar las piernas y permitir que las acariciase. La única diferencia eran las zapatillas: su vestimenta.

    —Te quiero, Enko. Con todas mis fuerzas.

    —Yo también, Nadia. Yo también.

    Para corroborarlo, se dirigió a un pezón, que acogió la caricia con fervor, como si llevase días sin ser acariciado cuando hacía menos de una hora que había sido visitado.

    Cuando llegaron al club, Nadia salió rápidamente de la embarcación para atar los cabos y ayudar a Enko con las bolsas. Nadie se hubiera podido imaginar que los pezones le dolían y asimismo los pies. Enko, a modo de agradecimiento, la trajo hacia él y acarició cada pezón un par de minutos.

    —Vamos, serás la esclava perfecta.

    Cuando llegaron a la casa, Emma estaba allí.

    —Hola, Nadia. Veo que traes las zapatillas. Habéis aprovechado el tiempo. Dale un beso a tu hombre y despídete de él.

    Nadia no dudo en besarlo con pasión, intuyendo que tardaría bastante tiempo en verlo. Enko la sobó delante de Emma, demostrando a quién pertenecía el cuerpo desnudo y vibrante de Nadia. Se fue en cuanto la tuvo en ‘la zona’. Emma le dijo que se quitase las zapatillas.

    —En el club, las zapatillas solo las llevarás en ciertas habitaciones especiales. En el resto de la casa, hay unos caminos que te darán la misma sensación.

    Nadia no terminaba de comprender el asunto. Emma le señaló un punto cerca de la pared.

    —Acércate y quítate las zapatillas. Eso es. Es un pequeño sendero como el camino asfaltado en la isla, sólo que no se ve. Camina por él. No tendrás más remedio que hacerlo como una modelo, un pie delante del otro, zancada corta. Yo iré detrás de ti.

    Nadia notó como le miraba el culo, que, inevitablemente, iba de un lado a otro.

    —Aquí, a la derecha.

    Nadia sintió alivió al ver que en la habitación había una alfombra y que su penuria acababa. Sus pies agradecieron tanto el contacto con la alfombra que empezó a acalorarse ante las sensaciones placenteras.

    —Junto al butacón. Arrodíllate y mira hacia mí.

    Emma le tocó los pezones, en cuanto Nadia estuvo en posición.

    —Tenemos muchas cosas que mejorar, Nadia. Muchas. ¿Te masturbas?

    —A veces.

    —Sé más concreta.

    —Cuando Enko no está o en la ducha.

    —¿Lo has hablado con él?

    —No.

    —¿Crees que quiere que lo hagas?

    Nadia calló.

    —Tu silencio te delata. La próxima vez que lo veas, si está con alguien, le preguntas si tienes autorización para masturbarte, si le gusta que lo hagas y si es necesario un castigo por no habérselo preguntado antes. ¿Entendido?

    —Entendido. ¿Por qué podría molestarle que me masturbase?

    Emma no dejaba de acariciar los pezones, que reaccionaban con el mismo deleite de siempre.

    —Hay muchas razones. Hay hombres que se sienten más queridos si estás por ellos o simplemente porque cree que es lo mejor. O por capricho. Esa no es la cuestión: no has pensado en él, en lo que él desea.

    —Podría haberme dicho algo— objetó Nadia, tratando de no pensar en sus pezones. Emma soltó los dedos.

    —Así es. Sin embargo, tú sabías de alguna manera que no te estaba permitido. ¿O no sabes cómo va a reaccionar?

    —Preferirá que no me masturbe, pero no me lo prohibirá. Sobre el castigo, no estoy segura.

    —Sólo por eso, ya mereces el castigo. ‘No estoy segura’ es una falta importante.

    Nadia pensó que tenía razón, sin saber muy bien porque aceptaba el criterio de una mujer que prácticamente no conocía de nada.

    —Lo siento. De veras. Le pediré que me castigue.

    —Ahora empiezas a entender el alcance del asunto. Antes que nada, túmbate y empieza a masturbarte, esta vez con permiso. Y continúa hasta que yo te lo indique.

    —Tengo el protector de castidad.

    —Todo lo que haces habitualmente además de tocarte entre las piernas.

    Nadia se tumbó hacia arriba, elevó las rodillas y con una mano alternó cada pezón y con la otra se acarició los muslos, ya que tenía vedada su raja. Pronto su respiración estuvo alterada y quería parar, ya que no había cumplido con los cinco orgasmos de Enko y además nunca se permitía un orgasmo inducido por ella misma. Pero con Emma habiéndola ordenado que no parase hasta que se lo indicase iba a ser difícil.

    —Para ahí.

    Totalmente frustrada, conocedora de lo mucho que necesita el orgasmo, molesta por ser tan previsible y cabreada con Emma por hacerla parar se dio una última caricia.

    —No cumples con las órdenes. Has seguido un poco más de lo debido. ¿Tanto te gusta acariciarte los pezones?

    —Están modificados, como mis pechos.

    —¿Por mutuo acuerdo?

    —Sí, Enko no me ha impuesto nada sin mi autorización.

    —¿Hay algo más?

    —El cambio es permanente. Siempre tendré que llevar estos pechos y los pezones se están integrando con la cadena.

    —Ahora lo entiendo. Así que disfrutas intensamente cada vez que alguien te acaricia esa zona.

    Nadia asintió con algo de vergüenza. Debía ser obvio sin necesidad de decirlo.

    —Ahora quiere que el resto de mi cuerpo adquiera ese tipo de cualidad.

    Fue el momento de Emma de pensar en el asunto.

    —Lo entiendo perfectamente. Tienes un cuerpo delicioso, aunque hay que trabajarlo más. ¿Cuánto tiempo le dedicas a ejercitarlo?

    —Tres horas diarias.

    —Bien, por ahora. ¿Cómo ha ido la luna de miel?

    —¿La luna de miel? —Le costó entender a qué se refería. Sonrió. —No lo había visto así. Creo que bien.

    — Eres terriblemente imprecisa sobre tus percepciones.

    — Fue muy bien. Sé que le encantó. Ha disfrutado como un cosaco.

    — Eso ya es otra cosa. Hablando del tema, creo que no deberíamos decirle nada sobre lo de tus masturbaciones no permitidas. Sólo le amargaríamos la velada y eso nos crea un problema.

    —¿Por qué? —preguntó ansiosa

    — Si no informo, yo también puedo ser castigada, salvo que te asigne un castigo. Puedo decir que no consideré importante comentarlo.

    —Me encanta la idea de que no se lo digamos. Acepto cualquier castigo que me impongas.

    —No vayas tan deprisa. Dudo que estés preparada para un verdadero castigo y además, no estás dejando de mentirle o no lo estás diciendo la verdad. Vamos por partes. ¿Volverás a masturbarte?

    —Nunca me volveré a tocare sin permiso explícito. Te lo prometo.

    —Bien. Resuelto ese punto vamos con el castigo. Imagino que tus pezones son la parte más sensible de tu cuerpo.

    Nadia quería gritar. Bajo ningún concepto quería un castigo en esa zona.

    —Sí. Más incluso que el clítoris.

    —¿Y cómo consigues aguantar sin orgasmos?

    —A duras penas. Enko me está entrenando.

    Emma se detuvo a pensar un rato en el asunto.

    —Ya tengo el castigo. Voy a buscar algo. Espera aquí.

    Retornó con dos plumas en la mano. Nadia entendió de inmediato. Sacudió la cabeza.

    —¡Ni hablar!

    Emma se encogió de hombros.

    —Pues habrá que decírselo y que te imponga él lo más conveniente.

    —No es que no quiera, Emma, es que no puedo. Las plumas serán tan sensuales…

    —Esa es la idea. No deja de ser una forma de masturbarse, si lo piensas bien. A Enko no le disgustará, después de todo, seguirás entrenando tus pezones. Y con el tiempo, disfrutarás.

    —Por favor, elige otra cosa.

    —Precisamente tu negativa nos dice que he escogido bien. ¿Te has masturbado todos los días?

    Nadia hubiera deseado mentir. Era mejor no empeorar las cosas.

    —Prácticamente sí.

    —Entonces una hora diaria con las plumas.

    —¡Una hora! Eso es demasiado —se quejó Nadia, sin comprender que parecía estar aceptando la imposición.

    —Media hora y no se habla más. Programaremos un androide. Mientras tanto, yo haré los honores. Como entiendo que vas a necesitar un cierto tiempo para acomodarte, haremos sesiones de cinco minutos. Vamos a necesitar algo que nos indique que no te mueves. Ahora vuelvo.

    Trajo una especie de collares para cada pecho. Con una campanita colgando del extremo inferior. Emma los ajustó de forma que quedasen sujetos junto al tórax.

    —Mueve los pechos un poco —requirió Emma sin dejar de hacer una inspección visual.

    Nadia los agitó. Las campanitas sonaron con fuerza. Casi no se creía que pudieran ser tan delatoras. No habría manera de engañar a Emma.

    —Si te mueves, el ciclo de cinco minutos no contará. Para ser ecuánimes, te daré una pasada de un minuto para que te acostumbres. No se te sancionará. Ojos cerrados, por favor.

    Nadia los cerró. Algo le decía que no aguantaría. El mero hecho de pensar en ello…

    Emma cogió sólo una pluma y atacó el pezón izquierdo. El pecho se movió de inmediato, el chivato de la campana resonando.

    —¡Ni un segundo, Nadia!

    —Es insoportable, Emma. La peor tortura que puedas imaginar.

    —Sólo es la primera vez. Probemos otra vez.

    Acarició el otro pezón y Nadia consiguió aguantar. Pasó el minuto y casi estaba llorando, en una mezcla de felicidad y agonía.

    —¿Has visto? Todo es cuestión de intentarlo. Hagamos los cinco minutos.

    Nadia se calló, prefiriendo pasar el mal rato ahora antes que estar pensando en ello durante horas. La pluma parecía llegar hasta el cerebro vía los nervios agudizados y punzados. Empezó a sudar mucho antes de los cinco minutos.

    —Es desagradable este sudor, Nadia. A ningún hombre le gusta que una mujer sude cuando le toca los pechos. Espero que mejores con el tiempo. Por otra parte, no creo que puedas quejarte. Es lo más parecido a masturbarse que haya visto nunca.

    La pluma dejó de lacerar e incordiar. Nadia abrió los ojos.

    —No abras los ojos sin permiso, Nadia. Una vez cerrados, sólo se abrirán si te dan la orden explícita o tu amante abandona la habitación. Ya puestos, en cuanto te toquen el pecho cerrarás los ojos y pondrás las manos detrás de ti. Se quedarán detrás hasta que recibas permiso para moverlas. Pero ahora, vamos a la cocina.

    Nadia se levantó tratando de no mover demasiado la cadena. Los pezones estaban demasiado sensibles para tirones. Emma llevó una mano al pezón derecho. Nadia dio un pequeño respingo.

    —¡Qué pronto te olvidas de las instrucciones! Manos atrás, ojos cerrados. Disponible para ser sobada.

    Nadia hubiera soltado un exabrupto o algo peor. Calló y obedeció, más molesta por su falta de diligencia que por la forma de tratarla de Emma. Notaba que era una pose. Después de comprobar que los pechos seguían igual de firmes que hacía un rato, por fin se encaminaron a la cocina.

    — Puedes abrir los ojos, mira al suelo, un metro delante de ti. Es una medida temporal. Todavía no estás cómoda desnuda. Dejaremos que los hombres te contemplen a gusto. Cuando no estés caminando, mirarás al frente, justo por delante de ti y algo por encima de la altura de la cabeza de tus admiradores.

    A Nadia le hipnotizó el movimiento de la cadena en sus pezones. No se imaginaba que fuera tan grande la oscilación. Y el movimiento de las piernas y los pies resultaba erótico. Empezó a entender el motivo de todo eso.

    Estuvieron cocinando más de hora y media, para unas diez personas. Nadia le preguntó quiénes eran.

    —Hay tres sirvientes, más yo misma, claro. Y sois tres parejas. Así que probablemente te usarán dos veces.

    —Enko no me ha dicho nada al respecto.

    —¿Quieres hablar con él?

    —No, me fío de lo que me dices pero… ¿me puedes explicar un poco lo que es el club?

    —Ya te lo imaginas. Los hombres intercambian sus mujeres, también son entrenadas o pasan aquí una temporada.

    —Yo no soy la mujer de Enko.

    —Pronto tendrás el chip programado. Es un primer paso. Y esto también es una buena señal. Si cumples tu parte, lo más probable es que puedas mantener una relación larga.

    Nadia no terminaba de creérselo. Emma se acordó de las plumas.

    —Otra sesión, Nadia. Y luego irás al salón para ser presentada.

    Le tocó el pecho. Nadia recordó que debía cerrar los ojos y llevar las manos detrás. Era enervante. La pluma llegó sin previo aviso y, sin embargo, tuvo el ánimo suficiente para aguantar el estímulo. Sudó un poco menos.

    —Ve a la ducha, antes que nada. ¿Te tocarás?

    —¡Por favor! Ya sé que no debo hacerlo.

    —Estaba bromeando. Vuelve rápido.

    Luego la llevó al salón. Nadia casi no pudo ver a las personas, su mirada por encima de ellos. Se quedó de pie, dónde la dejo Emma. Escuchaba a los hombres hablar. Las mujeres estaban arrodilladas delante de ellos, quietas y calladas. Tardaron varios minutos en referirse a ella.

    —¿Es tu nueva hembra, Enko?

    —Sí, un encanto de mujer. Aceptó cambiarse los pechos por mí. Y si consigue pasar el entrenamiento quizás lleguemos a más.

    —¿Y el triángulo de castidad?

    —Le gusta mucho tener orgasmos. Siempre está soñando con ello. Le activaré el chip en un tiempo. Aceptó llevar el protector mientras tanto —explicó Enko mientras acariciaba un seno.

    —¿Podemos usarla? —preguntó el otro hombre.

    —Habrá que preguntarle a ella. Todavía no ha cedido sus derechos.

    Emma llegó en ese momento. Tocó un pezón de Nadia para que cerrase los ojos y llevase las manos atrás.

    —Arrodíllate. Usaremos la pluma.

    ¡Cómo le hubiera gustado negarse a Nadia! La pluma era el peor de los castigos, y que la usase delante de la gente…

    —¿Y esto? —preguntó Enko.

    —Una idea en común. Nadia sabe que está demasiado incómoda desnuda y en presencia de otra gente que no seas tú, Enko. Le sugería atajar el problema llevando su atención a otra cosa.

    —¿Y qué habéis acordado?

    —Media hora diaria de las plumas en los pezones. Lo haré yo misma hasta que el androide esté programado. Pero como dudo que pudiera aguantar tanto tiempo, le sugerí sesiones de cinco minutos.

    —Nadia, ¿estás de acuerdo? —quiso saber Enko.

    —Sí, Enko. Estoy de acuerdo —contestó obviando la principal razón de la tortura.

    —Pues hecho. Media hora diaria con las plumas. Emma, nos encargaremos nosotros del asunto en lo que queda del día. ¿Cuánto le falta?

    —Cuatro sesiones de cinco minutos. Enko, no quiero que mi reputación quede en entredicho. No está preparada por una sesión con otros miembros del club.

    —Lo sé, Emma. Gracias. No se tendrá en cuenta. Ragnar, ¿harás tú los honores?

    —¿Por qué no?

    Nadia supo que había cogido una pluma y al momento la sintió en el pezón izquierdo. Su mundo se redujo a los nervios que rodeaban al pezón y la pluma empezó a ser una especie de diosa inmortal recubierta de hielo. Ragnar sabía lo que se hacía y la tortura continuó con el otro pezón. Un hombre parecía mucho más enfocado a la hora de jugar con un pezón que una mujer. Estaba claro.

    No era algo que la sorprendiese, sólo que resultaba extravagante que una pluma pudiera tener personalidad en función de la mano que la sostenía. Y Nadia prefería que fuera un hombre el inductor del delito. Después llegaron los dedos e identificó a Enko. Sus pezones también reconocieron las yemas, el mapa del mundo y sus nervios se intensificaron. Tuvo el orgasmo de inmediato, por mucho que trató de evitarlo.

    —Lo siento.

    Era terrible tener que disculparse ante todo el mundo, sin ni siquiera poder mirarlos. Y a la vez, su orgasmo era una demostración de que podía estar allí. Los dedos de Ragnar recobraron el testigo.

    —¿No tienes permiso?

    —No, sólo en ciertas circunstancias.

    —¿Cuáles son?

    —Debo haberle dado cinco orgasmos a Enko en un mismo día —dijo con cierto orgullo.

    —Es muy fácil provocarte un orgasmo. ¿Crees que podrás cumplir?

    —No, no creo que pueda —reconoció Nadia, molesta de que un desconocido se diese cuenta tan rápidamente. Y de hecho, ya deseaba otro orgasmo. Ragnar se dio cuenta de que ella estaba demasiado pendiente de las caricias. Soltó los pezones.

    —Levántate. Te llevaremos junto a nuestros sofás.

    Nadia no abrió los ojos, ni movió las manos de atrás. Quería cumplir al máximo y más después del orgasmo inapropiado. Se quedó medio tumbada entre los dos sofás, una pierna a cada lado. Inmediatamente cada muslo fue acariciado y sobado. Los hombres nunca perdían en el tiempo.

    *__*__*

    Mientras Nadia se quedaba en el club para seguir su entrenamiento, Enko voló a Nueva York. Trudy estaba tan cariñosa que lo llenó de baba, con la lengua enroscada cultivando las zonas eróticas. Se había desnudado en cuanto le abrió la puerta y, sin dudarlo, le quitó los pantalones e hizo que se corriese en su boca.

    —Sabía que el cinturón funcionaría —señaló contento después de la corrida. Trudy le dio un codazo de protesta.

    —Eres un cabrón —señaló, aunque estaba claramente contenta.

    Enko notó un cambio en ella. Y el hecho de que se hubiera preocupado por él antes que pedirle que le retirase el cinturón y la penetrase era un avance.

    —No me provoques, ya he tenido bastante con el vuelo. Te he traído un nuevo juguete, que quiero que lleves siempre en casa siempre que no esté el cinturón colocado.

    —¿Qué es? ¿Un consolador? —preguntó esperanzada.

    —No. Unas esposas. Es una condición no negociable.

    Trudy quería un orgasmo antes que nada, pero ya sabía quién tenía la sartén por el mango. Puso las manos a la espalda y dejó que Enko la esposase. El tacto del frío metal la hizo estremecerse. Enko la abrazó y aprovecho para sobarla un poco.

    —Me gusta estar así, Trudy. Es algo sensual.

    —A mí también, Enko. ¿Vas a quedarte unos días?

    —Si quieres… vamos a quitarte el cinturón, quiere verte desnuda.

    Sacó su llave y en cuanto la acercó el cinturón se abrió. La llevó a la ducha y comprobó que no hubiera nada erróneo. Después estuvo enjabonándola.

    —Ni se te ocurra tener un orgasmo sin permiso —dijo con crueldad, sabiendo que no era posible debido al chip.

    Trudy le sacó la lengua, jugando al mismo juego.

    —Ya te conozco, amo. Estoy esperando.

    —Bien. Vamos a ir a comer algo, unas horas más no te harán daño.

    —¡Enko! —protestó Trudy, sin demasiada convicción. Ya empezaba a acostumbrarse a los juegos de su amante. Y, sin querer admitirlo, le gustaban un poco. El sexo era mucho mejor desde que estaba con él.

    —¿Dónde guarda tus faldas? Quiero que te pongas la más corta que tengas.

    Trudy sabía lo que quería. Se la puso por encima, justo delante.

    —Es muy, muy corta.

    —Es perfecta.

    Trudy se la introdujo por los pies y tiró de ella hacia abajo cuando la colocó en las caderas, tratando de tapar un poco más.

    —Gírate.

    Trudy sabía porque se lo pedía. La falda tenía algo de vuelo y lo único que la salvaba es que era de cuero, lo que hacía que no se moviese tanto. Con la rotación la tela se elevó ligeramente. Destapando lo que había debajo.

    —Quiero que te compres más faldas como esta.

    Trudy asintió, pensativa. Iba a pasar frío en Nueva York con ese atuendo. Y todos los mirones iban a disfrutar.

    —Vamos. Quiero ir a un sitio antes de cenar.

    —¿Y el cinturón de castidad?

    —No lo necesitas ¿verdad? Vas conmigo y además a estas alturas confío en ti.

    Trudy asintió, algo inquieta. En realidad, era de ella misma de quién no se fiaba. Sus manos ya deseaban ir hacia la región prohibida. Enko se puso enfrente de ella y acarició los senos, sabiendo que debía de hacer que dejase de prestar atención a sus partes bajas.

    —Trudy. Eres más fuerte y capaz de lo que te crees. Tu cinturón de castidad no es permanente, pero tu compromiso conmigo sí. No te tocarás entre las piernas… ¿verdad?

    Asintió sin convicción, pero mantuvo las manos a los lados mientras que Enko saboreaba los senos. No tardaron en volver a las andadas y Enko descargó en la boca una vez más. En cuanto acabó, le dijo que se pusiera un top y unos tacones.

    —¿Y pendientes? ¿Me maquillo?

    —Nada más. ¿Estás mejor?

    —Sí… es sólo que me pides demasiado. No puedo pensar en otra cosa.

    —Sí puedes. Vas a enseñar tus labios a todos, tu pubis reluciente. Y todo por mí. Tendrás más ganas cuando volvamos. Hoy te voy a hacer un regalo.

    —¿Un regalo?

    —Ya verás. Coge el bolso.

    *—*—*

    Era un sitio lujoso. Medio mezcla de club para hombres, sitio de alterne y una pequeña tienda que era como un sex-shop. Trudy nunca había estado en un sitio así y su falda ultracorta, con sus tacones que obligaban a mover caderas y pechos, eran un reclamo imposible de obviar para esos caballeros.

    Enko le cogió la mano.

    —Sé tú misma, Trudy. Son sólo hombres. Les gusta lo que ven. Me gusta exhibirte.

    Pulsó en un botón y entraron en un reservado. Trudy observó que daba al sex-shop por la parte de atrás. Nadie sabría que estaban allí.

    —Hola, Mike. Esta es Trudy.

    —Encantado, Trudy.

    —Igualmente, Mike.

    —Te va ayudar en tu transición y cuidará de ti cuando yo no esté. Quítate la falda, el top y los zapatos y dáselos.

    En otras palabras, que se quedase completamente desnuda. Trudy cumplió con rapidez, algo extrañada y a la vez sin demasiados reparos. Su vida no era la misma hacía tiempo.

    Una vez se quedó como vino al mundo y entregó la ropa, tuvo el dilema con las manos. No debía taparse, eso era obvio, pero no sabía cómo ponerse. Enko tenía la respuesta.

    —Ponte aquí, en esa esta especie de placa de metal.

    Trudy se colocó sobre ella, sintiendo su frialdad en la planta de los pies de inmediato.

    —Cuando te halles delante de un hombre que haya sido tu amante, las piernas deberán estar bien abiertas. Con Mike, también.

    Trudy abrió bien las piernas lo suficiente como para enseñar sus órganos hasta hace muy poco ocultos por el cinturón de castidad. Un extraño tenía más oportunidades que ella misma.

    —Encoge un poco el estómago, saca el pecho sin forzarlo, postura recta y orgullosa, totalmente centrada. Mira hacia delante.

    No era difícil de hacer, sólo de mantener. Mike podría contemplarla con detenimiento. Pero este ni se inmutó pues se volvió a hablar con Enko. Trudy se molestó un poco, ante la indiferencia real o fingida. Encogió más el estómago y sacó más el pecho. Volvieron la mirada hacia ella unos cinco minutos después y Mike se explayó visualmente para satisfacción de Trudy.

    —Necesitamos un gatillo, un disparador. Te llamaremos T cuando hablemos con la esclava y Trudy el resto del tiempo. Mike tiene todos los derechos sobre ti, cedidos por mí. Salvo que desees abandonar.

    Trudy no dijo nada. Ya había aprendido la lección con Enko. Si se iba, no volvería. No pensaba rogar. Quizás la estaba probando.

    —Mike va a tomarte las medidas, así que va a tocarte. Es tu última oportunidad para abandonar. Si decides no hacerlo, lleva las manos hacia tu nuca. No en la típica postura con los codos hacia fuera sino hacia arriba. No estás acostumbrada y es menos cansada de esa manera.

    Trudy no se movió del sitio y puso las manos donde se lo indicaron.

    —Cuando Mike o yo te toquemos, estés donde estés, salvo que sea peligroso o inadecuado, cerrarás los ojos. Y no los abrirás hasta que te lo indiquemos o te toquemos la ceja izquierda con un dedo.

    Trudy pensó que era algo extraño.

    —¿Puedo preguntar?

    —Sí.

    —¿Para qué un gesto? ¿Por qué no simplemente decirlo?

    —Es un automatismo que debes aprender. No siempre es conveniente verbalizar la orden.

    Trudy cerró los ojos en cuanto Enko acercó la mano a su pecho. Iba a ser difícil acostumbrarse a eso. El pezón reaccionó como siempre, alegre y dicharachero. Trudy pensaba que para los hombres su erección involuntaria debía de ser embarazosa y, por su parte, le pasaba lo mismo con sus pezones. Enko parecía saber siempre cómo hacer que estuviesen duros como piedras y afilados como agujas.

    Reconoció los dedos de Mike. Unos dedos más ansiosos y, estaba segura, más necesitados. Aunque pronto se iban a saciar. Los pezones, con su vida propia, no parecían estar menos deseosos de los nuevos demonios.

    Mike prosiguió, -como no-, por la zona entre las piernas. Esa parte que tanto anhelaba caricias. Enko no la había tocado allí desde que había llegado y ahora un extraño comprobaba la humedad de su vagina. Apreciaba como los verticales labios estaban lubricados y alerta. Seguramente pensaría que era por él.

    —Desde ahora, Mike comprobará tus senos, tus nalgas y tu vagina en primer lugar. No porque sea insensible o maleducado, es más bien una cuestión de cabeza. Como esclava, deberás pensar en términos de tu cuerpo. Y las convenciones de que Trudy ha aprendido durante su vida, ya no son válidas. La inspección tiene múltiples motivaciones: satisfacer a tu observador, llevarte a T, provocar que vuestra relación se haga más y más física, etc.

    —No está cómoda, Enko —recalcó Mike decepcionado.

    ¿Y qué quería? pensó Trudy molesta. Enko asintió a Mike y continuó dirigiéndose a Trudy.

    —¿Ves? Pronto ya no te ocurrirá, T. Te lo aseguro. Trudy todavía quiere controlar tu cuerpo. ¿Has comido, Mike?

    —No, Enko. Justo te iba a sugerir que fuéramos a tomar algo.

    —Me parece bien. Y así podremos hablar con T de su futuro. T, puedes abrir los ojos y deshacer la postura mientras Mike va a por tu ropa.

    Trudy respiró profundamente.

    —¿Puedo besarte? —le preguntó ahora que estaban solos.

    —Siempre puedes besarme, T, si no estás en una postura de inmovilidad.

    Trudy puso sus manos en el cuello de Enko y acercó su boca mostrando la mayor de las devociones. Enko solo puso las manos en la cintura de Trudy, hasta que Mike llegó con la ropa y Trudy se la puso rápidamente, casi sin pensarlo.

    Fueron a un sitio cercano, mientras Mike dejaba la tienda a cargo de un compañero. Enko le explicó cómo debía de sentarse a partir de ahora.

    —Cuando vayas con Mike o conmigo, la falda deberá quedar detrás, es decir, no te sentarás sobre ella. Acostúmbrate a levantarla con despreocupación, como si llevaras toda la vida haciéndolo.

    No era para tanto, pensó Trudy. La falda era tan corta que resultaba más práctico que otra cosa retirarla. El simbolismo, en cambio, parecía importante.

    —¿Y si estamos con otras personas?

    —Usa tu criterio. En principio, las nalgas deben tocar la silla.

    Trudy asintió contenta por la confianza de Enko. Parecía muy seguro en que ella no se equivocaría.

    El primer test llegó pronto. El bar estaba bastante poblado y se sentaron en taburetes elevados, alrededor en una mesa alta, redonda y pequeña. Los hombres la miraron fijamente mientras ella se levantaba la falda lo menos posible para pasarla detrás suya, donde quedó colgando. Trudy enrojeció un poco, notando que cualquiera persona detrás de ella vería la falda tapando el taburete. Juntó las piernas para que no se mostrara demasiado por delante.

    —Las rodillas no deben quedar presionadas —señaló Enko con suavidad.

    Trudy las separó ligeramente sin abrir las piernas. De esa manera no mostraba nada y a la vez lo decía todo. Enko pidió un poco de tapeo para todos y cuando ya tenían todo puesto, se dedicaron, mientras comían, a conversar sobre ella.

    —¿Qué opinas sobre T, Mike?

    —Es muy guapa, obviamente. Dijiste que íbamos a discutir ciertos cambios.

    Trudy supo inmediatamente que esos cambios eran corporales. Enko le cogió la mano, para confortarla.

    —Sí, claro. Trudy, vamos a tomar la decisión hoy sobre tu cuerpo. No tienes nada que decir, obviamente, pero si te sientes incómoda podemos hablarlo Mike y yo a solas.

    —No, por favor. Quiero saberlo.

    Enko pareció encantando, como si presumir de ella delante de Mike fuera tan importante.

    —Empecemos por el clítoris, —consideró Enko, totalmente despreocupado de que pudieran oírle.

    Trudy quería morirse. Que tuviesen esa conversación allí era para que se diese cuenta de que una vez se había sometido, todo consistía en cumplir. Que no existía o mejor dicho que era T, una esclava.

    —¿Qué tipo de anillo sugieres? —preguntó Enko a Mike.

    —Debería chequear como es su clítoris para opinar con criterio.

    —Pues adelante.

    Mike llevó su mano a la hendidura entre los muslos. Trudy no dudó y abrió las piernas para facilitar la labor. Sólo esperaba que nadie se fijase en ellos, en medio de la algarabía del local. Era tan extraño facilitar el acceso a un semidesconocido que todavía la erotizó más. Y pensó en lo que sus piernas desnudas y su falda casi inexistente hacían: señalar a los ojos y a la mano dónde posarse.

    Trudy ansiaba el contacto, aunque una parte quería cerrar las piernas a toda costa. Mike lo notaba, estaba segura. Ni el más torpe de los hombres sabía lo poco que deseaba una mujer ser acariciada en público en esa zona si no había un juego previo o algo de seducción y a ser posible, con invitación.

    Pero el manjar estaría allí siempre para Mike y Trudy miró con ferocidad hacia Enko, como indicándole que era un idiota dejando que otro hombre la tocase. No podía importarle demasiado, ya que, después de todo, tenía control absoluto de su cavidad desde hacía seis meses. Y si Trudy recordaba bien, sólo ocho veces la había usado en esa zona desde entonces.

    Estaba claro que cederla a Mike era una forma de control más elaborada que el cinturón de castidad. Y ser manipulada en público una manera de decirle al mundo en qué se había convertido. O acaso era para que T surgiese en una situación como esa.

    Mike no fue directamente al punto discutido, sino que, -con cierta paciencia nada masculina-, acarició los labios verticales, jugosos y aceitados. Sólo cuando se explayó adecuadamente rozó el pubis, como para comprobar que estaba suave y bien depilado, provocando un suspiro de Trudy. El clítoris por fin fue inspeccionado y apreciado en su justa medida. Lo giró levemente como para comprobar su tensión aparte de su sensibilidad.

    Trudy se mantuvo erecta, los pezones rígidos y orgullosos, como si no tuviera nada de lo que avergonzarse o acaso para no derrumbarse. Todo fue muy rápido en realidad, pero para Trudy transcurrieron siglos. Cuando Mike retiró la mano y Trudy juntó las rodillas hasta dejar una estrecha vía de acceso, tuvo que limpiar los dedos de Mike, rebosantes de líquido vaginal y excrecencias de sus labios. Trató de hacerlo con pulcritud, como si fuera aceite de las patatas y Mike fuera su novio de toda la vida. Aplicar sensualidad a ese gesto resultó más difícil incluso que abrir las piernas.

    —¿Y bien? —preguntó Enko al ver a Mike pensativo como si el clítoris de Trudy tuviese algún problema metafísico inabordable.

    —¿Por qué no ha disfrutado? —le preguntó a Enko y sin mirar en esta ocasión a Trudy. Enko sí la miró.

    —Quizás no ha estado suficientemente tiempo con el cinturón de castidad —sugirió.

    A Trudy le preocupó más que alguien estuviese escuchando la conversación más que la insinuación de Enko. No pensaba defenderse. Algo le decía que estaba jugando con ella.

    —¿Te ha gustado? —preguntó Enko como si fuera necesaria la confirmación de las palabras de Mike.

    —No es por… es que me siento cohibida.

    Enko los miró apesadumbrado, como si fuera una tragedia.

    —Perdónanos, Mike. Ha sido un error de cálculo mío. Trudy todavía está un poco verde para estas cosas. Sigamos con el tema del clítoris.

    Trudy volvió a notar el color aparecer en su cara, incluyendo un azoramiento propio de una jovencita. Podían radiarlo a todo el país.

    —Yo lo haría más sensible y algo más grande, para que el aro pudiera ser amplio y pesado.

    ¡Un piercing! Trudy cerró las piernas por instinto, rectificando de inmediato. —Perdón— dijo en voz baja.

    —Creo que has acertado, Mike —reconoció Enko con cierta admiración. —T, un piercing es práctico. No hace falta buscar el clítoris, la mano o la lengua va directamente al punto y visualmente es muy agradable.

    Trudy estaba plenamente de acuerdo, salvo por el pequeño detalle de que se trataba del suyo. No pensaba darle el placer de rebatir tan ponderados argumentos y menos teniendo en cuenta que cada movimiento de Enko era un ultimátum. Buscó una vía alternativa.

    —Si me colocáis un piercing en… ese punto, yo no voy a poder contenerme. Necesitaré el cinturón de castidad.

    Enko pareció decepcionado.

    —¿Y qué propones?

    Trudy no tenía tan bien planeado todo. Dudó.

    —Quizás… quizás pudiera tener permiso para masturbarme.

    A Mike le resultó indiferente. Enko no pareció a disgusto por la propuesta.

    —Podríamos planteárnoslo, si las condiciones son las adecuadas.

    Trudy se temió lo peor, no por la frase sino por el tono. Enko parecía apretar el nudo más cuanto más bajo hablaba. Mike aportó su grano de arena.

    —Es perfectamente razonable si usamos un criterio de tiempo, intensidad e insatisfacción.

    ¿Insatisfacción? Trudy pensó que no había oído bien. Enko sí lo había entendido.

    —Supongo que hablas de que al final del todo termine muy necesitada. ¿Qué opinas, Trudy, de masturbarte durante diez minutos de manera controlada?

    A Trudy se le cayó el mundo a sus pies. Su gozo en un pozo.

    —Imagino que es mejor que nada. ¿Podré masturbarme durante diez minutos cuando lo desee?

    Mike tenía otros planes.

    —No cuando quieras, T. Sería demasiado fácil. Varias veces al día, de forma habitual.

    Enko prosiguió.

    —Establezcamos un horario. Antes de dormir, justo al levantarte y dos veces más durante el día.

    Trudy enrojeció ante la perspectiva y una vocecita le recordó que había gente que estaría escuchando parte de la conversación. Enko puso una mano en el muslo desnudo, quién sabe si para consolarla, amedrentarla o excitarla. No importaba. Trudy abrió algo más las piernas, invitando al aterrizaje. Hace seis meses lo hubiera abofeteado por el magreo público, ahora se ofrecía como una zorra en celo.

    A Enko, la nueva disposición de Trudy le sorprendió un poco, por la rápida adaptación a sus nuevas circunstancias. Meditó un poco mientras acariciaba el turbador muslo y se le ocurrió algo.

    —Trudy, ve al baño. Diez minutos de masturbación.

    Solo le faltaba eso. Cualquiera de las mesas adyacentes podía haber oído el término masturbación e imaginado cualquier cosa, pero Trudy se levantó del taburete despidiéndose de la mano furtiva. Salió escopeteada, más por evitar que las miradas se posasen en sus piernas desnudas que por ganas de ir al baño. Hacía meses que deseaba tocarse entre las piernas, ahora pon fin podría. Sólo que ni en sus peores pesadillas había imaginado que fuera en esas circunstancias.

    Se había movido consciente de su falda, de su andar y de la mirada de más de un comensal. Salvo que estuviesen sordos y ciegos, algunos sabrían qué iba a hacer en el servicio. No era nada de lo que avergonzarse, todos los hombres del mundo y un número indeterminado de las mujeres lo hacían. En su caso, el rubor provenía de la manifestación pública. Y también de la excitación de que se le ordenase.

    Al menos era un baño individual. Diez minutos exactos. Enko querría precisión. Puso el cronómetro de su dispositivo después de lavarse las manos. Pensó si debía quitarse la ropa, pero no vio dónde colgarla y optó por dejársela puesta. Tampoco es que fuera a estorbar. Su atuendo era ideal para el trabajo. Se levantó el top por encima de los pechos y los miró antes de empezar con el baile entre las piernas y los pezones.

    Cerró los ojos, molesta por tener que estar de pie, sintiendo que el inodoro no era lugar más adecuado para su actividad. Se olvidó pronto de esas disquisiciones y aprovechó al máximo la coyuntura. La alarma la sacó de su frenesí. Cortó de inmediato, molesta consigo misma por no haber sido capaz de estar más tranquila el último par de minutos. Se pondría dos alarmas desde entonces, una a los ocho minutos y otra a los diez. Era peor que despertarse. Aprovechó ahora para orinar y tratar de que los pezones rebajasen la tensión internacional.

    Tuvo poco éxito en el conflicto y si antes de ir al baño los pezones ya estaban enhiestos, ahora aparecían en formación de combate. Su sensación era en cambio distinta. Al menos había podido tocarse entre las piernas, después de tanto tiempo. Y unos pezones solidificados no iban a matar a nadie.

    Enko la cogió por la cintura cuando volvió y le dio un beso de tornillo, quién sabe si como recompensa o como castigo. La traicionera falda se subió ligeramente ante el giro brusco de su cuerpo hasta que la gravedad hizo su trabajo. Una vez Enko consiguió dejarla sin respiración y con los pezones todavía más diamantinos, se acercó tímidamente a Mike, a instancias de Enko.

    Prevenida ante la actuación diabólica de su falda y su cintura, se giró más lentamente y acercó a sus labios a los de Mike, mucho más cauta y algo expectante. ¿Qué más podía hacer por un extraño?

    El beso de Mike fue más ligero y desenfadado, como si le pareciese incorrecto aparentar un enamoramiento. Las manos en la cintura de Trudy simbolizaban el poder que todo hombre desea ejercer sobre el cuerpo de una mujer. Un poder que Mike tenía y que los dos sabían que ejercería cuando se le antojase.

    Mike le ofreció el taburete y Trudy se levantó la falda para sentarse como tenía establecido. El gesto fue rápido y las nalgas solo estuvieron visibles unos instantes, pero estaba segura que los que estaban en la mesa de al lado pudieron apreciar la vista. Esa sería su vida desde ahora. Dejó las rodillas ligeramente separadas y el pecho bien erguido a pesar de sus puntas humeantes.

    Ahora le tocó a Mike apreciar su muslo desnudo y acogedor. Trudy separó algo más las piernas ante la demanda. Miró a Enko tratando de no parecer demasiado orgullosa.

    —Hemos tenido tiempo de elucubrar un poco. Y hemos pensado en mejorar la sensibilidad de tu cuerpo en general —anunció Enko como si hablase de la gama comercial de un producto.

    —¿De qué manera? —preguntó Trudy, más por estar avisada que como intento de protesta.

    —Lo habitual: pezones, clítoris, labios vaginales. Boca, lengua, orejas, ombligo. Nalgas. Ya sabes.

    No, no lo sabía. Pero Trudy puso cara hierática.

    —Solo tenemos una pequeña duda sobre dónde buscarte más sensibilidad, T —dijo Mike sin dejar el muslo. —Es discernir sobre los pezones o el clítoris. La eterna duda.

    Trudy ni siquiera se había imaginado nunca que eso pudiera ser un dilema. Ya era bastante sensible en esos lugares sin necesidad de ninguna intervención.

    —Por favor, no necesito cambios.

    —Ya lo sabemos, T. Solo que no depende de ti. Está bien, Mike. Creo que aceptaré tu sugerencia. T, mejoraremos la sensibilidad en tus pezones en un cincuenta por ciento y en un veinticinco por ciento en tu clítoris, al igual que en los labios vaginales.

    La incertidumbre no se acababa nunca.

    —T, una vez decidido lo mundano, vamos con los cambios estéticos. Labios más jugosos. Piernas más esbeltas y nalgas más firmes. Un mínimo de reducción de 5 centímetros en la cintura y treinta centímetros de aumento en el pecho. Además de eso otros cinco centímetros a tu elección.

    —¿A mi elección?

    —Sí o cinco centímetros más de pecho o cinco menos de talle. Nosotros no nos hemos puesto de acuerdo.

    Trudy no olvidaba las manos en la cintura.

    —Cinco menos de cintura —solicitó con firmeza fingida.

    —Bien dicho. Eso harán treinta más de pecho y diez menos de cintura. ¿Por qué no lo dejamos en otros cinco más pecho ya puestos? —preguntó Enko.

    Trudy suspiró. Su cintura de sesenta pasaría a ser de cincuenta y su pecho de sesenta a noventa y cinco. Asintió.

    —Bueno, es hora de que me vaya. Supongo que tienes estos días libres. Mike te dirá lo que debes de hacer. Creo que es conveniente que te cate un poco ahora, antes del cambio. Disfrutad.

  • La dulce Julia, buena esposa y madre

    La dulce Julia, buena esposa y madre

    Soy originario de Madrid, tengo 34 años.

    Desde hace 4 años vivo en Londres, trabajando en una conocida empresa española. Soy ingeniero industrial, y la empresa me envió allí desde Madrid por un periodo indefinido.

    Siempre he sido atractivo, tengo buen cuerpo (hago bastante deporte) y mido 182 cm. Las chicas siempre se me han dado bien, especialmente a partir de mitad de los veinte, cuando me solté más.

    En Londres me sentí desde el principio como pez en el agua. Viernes al club o bar, conocer chica, marcar.

    Al cabo de 6 meses conocí a Lilly, una londinense que trabajaba para un famoso banco americano. Empezamos a salir y ahí acabaron mis noches de desenfreno.

    Justo un año después de llegar a Londres, contrataron a Luis desde España para unirse a mi departamento. Tenía 1 año menos que yo, casado con una canaria llamada Julia que tenía 2 años menos que yo, y con una hija de 4 meses.

    Luis y yo congeniamos desde el principio. El también era deportista, por lo que quedábamos para ir al gimnasio o salir a correr. Era algo más bajito que yo, de aspecto normal (ni feo ni guapo), pero algo más fuerte. Me comentó que su mujer, Julia, había conseguido que su empresa la enviase a Londres. Allí se reincorporaba a trabajar justo al acabar la baja maternal.

    A los 2 meses de llegar Luis a Londres, un compañero de trabajo organizó una fiestecita en su casa para la gente del departamento (éramos unos 30) con sus parejas (si las hubiese).

    Yo fui con Lilly. Llegué a la casa y empezamos a hablar con la gente que ya estaba ahí. Luis me dijo que habían encontrado niñera para su hija, pero llegarían un poco más tarde.

    Vi entrar a Luis por la puerta, que fue saludando a la gente. Entonces vi detrás de él a Julia. Me quedé embobado mirándola. Era de estatura normal para una española (unos 160 cm), melena hasta los hombros morena, con el pelo pasando por detrás de las orejas, cara redondita muy juvenil, con una media sonrisa constante, ojos oscuros grandes, nariz delicada muy bonita, piel, sin ser muy morena, pero con un color muy saludable, en contraste con el típico blanco pálido de Londres que se veía tanto por las calles. Vestía unos vaqueros que le hacían buen culo. No era un culo tipo actriz explosiva, pero tenía la forma perfecta. La camisa era algo holgada, pero mi ojo experto me decía que ahí dentro había un buen material (entiendo que también favorecido por la reciente maternidad).

    Fui a saludarles y ella me recibió con una cálida sonrisa. En realidad lo hacía con todos, era una persona muy cercana y hablaba con una medio sonrisa en la cara siempre. Entablamos en un grupo conversación, incluido Luis y Julia. Julia no tenía un fuerte acento canario, pero si un ligero toque que hacia su forma de hablar lo más bonito que había escuchado nunca.

    Luis y yo nos llevábamos bastante bien, así que gran parte de la tarde-noche la pasamos hablando Luis, Julia, Lilly y yo.

    Los cuatro entramos en una buena relación. Los meses siguientes los pasamos haciendo planes, una vez al mes salíamos a cenar los cuatro, o venían ellos a mi casa o la de Lilly, o íbamos Lilly y yo a su casa a cenar. De vez en cuando Luis, que tiene un carácter algo irritable, discutía con Julia sobre, en mi opinión, cosas banales. A Julia, que es una chica de carácter bastante tranquilo, se le notaba molesta con estas subidas de tono de Luis. Pero se quedaban en nada, y pronto seguían la conversación afablemente.

    Cada vez que la veía, me gustaba más. Me encantaba su cara, su forma de vestir (una faldita y una camisa, o un vestido suelto bonito…). Yo disimulaba muy bien, era la mujer de Luis, mi compañero, y eso era una línea roja. Pero me gustaba demasiado, y aprovechaba la mínima para observarla. Incluso a cotillear las fotos de un USB que Luis me dejó inocentemente para pasarme una serie que tenía en él. Vi a Julia en bikini en una playa. Era una belleza natural. No hacía mucho ejercicio, era simplemente genético. Y tenía efectivamente un par de tetas bien colocadas.

    Cuando quedábamos en parejas, nunca hablaba directamente con ella, ni ella conmigo. La conversación la llevaba principalmente Lilly (hablaba por los codos) y Luis. Julia y yo hacíamos comentarios a las conversaciones. Un día, fuimos Luis y yo después del trabajo a tomar algo, y Julia vino con la niña. Cuando hubo que cambiarle el pañal, Luis la llevó, y por primera vez Julia y yo estábamos solos, hablando. Me dio la sensación de que quizá ella se había también fijado en mí. No sé, la mirada, la risa, la conversación…

    Luis me comentaba normalmente con total naturalidad su vida privada, sin sospechar nada de mi interés en su mujer. Me dijo que estaban intentando quedarse embarazados, lo que sucedió justo un año después de que llegaran a Londres. Mi estúpida fantasía/utopía con Julia se fue por el desagüe.

    En los 9 meses siguientes ocurrieron 3 cosas. Luis y Julia tuvieron otra niña, Lilly y yo rompimos, y Luis me contó que la relación con Julia se deterioró un poco (estrés del trabajo, hormonas, vida con niños).

    Tras mi ruptura con Lilly, y el momento no tan bueno por el que pasaban Luis y Julia, dejamos de quedar. No veía a Julia desde 2 meses antes de dar a luz.

    En la oficina, a Luis se le veía algo irritado. Necesitaba claramente un descanso. Finalmente, decidió apuntarse a un evento deportivo en España que tenía lugar a los 4 meses de haber nacido su segunda hija. Me contó que necesitaba un tiempo para respirar, ver amigos, pensar, y estaría una semana fuera. Yo le dije que cómo dejaba a Julia aquí sola sin familia con dos niñas una semana. Julia se acababa de reincorporar al trabajo y no podía ir con él. Dijo que no pasaba nada, Julia le había dado permiso y que se las apañaría sola. No querían molestar tampoco a sus padres por una semana en Londres, ya que los billetes desde Canarias estaban caros. A mí me pareció una irresponsabilidad, seguramente consecuencia del carácter exagerado de Luis tendente a sobre reaccionar, y el carácter demasiado bueno de Julia. Pero ellos sabrían, quien era yo para meterme.

    Luis se fue un viernes a España y volvería el sábado de la siguiente semana.

    El martes, Julia tuvo que pasar por nuestra oficina a recoger un USB que Luis se había dejado en la oficina, y que contenía documentos personales que necesitaba esa semana. Tenía aspecto cansado. Hablamos rápidamente. Hacía meses que no la veía, pero me produjo otra vez esa sensación de embobamiento verla. Le pregunté qué tal se las iba apañando con las niñas. Me dijo que no del todo bien. La vi de hecho muy agobiada, y altruistamente le dije que si necesitaba ayuda, me lo dijese. Era la típica cosa que decir por quedar bien, pero por su reacción, parece que de verdad necesitaba ayuda. Entre la baja de maternidad, el poco tiempo que llevaba en Londres, su exigente trabajo (ocupaba un puesto senior en el departamento legal), no había tenido tiempo de entablar amistad con nadie. Lilly y yo éramos lo más cercano a amigos que tenía. Y ahora que Lilly ya no salía conmigo, solo estaba yo. Me dio las gracias, y me dijo que me llamaría si necesitaba ayuda.

    El jueves por la tarde, después del trabajo, me escribió. Me pidió perdón por contactarme a esa hora, pero no tenía a nadie más que la ayudara, y si podía ir a su casa a ayudar. Le contesté que claro.

    Mi corazón latía con rapidez. En mi interior me intenté quitar la idea de que pasara algo. Era la mujer de Luis, una madre agobiada y que necesitaba ayuda. No puedo imaginarme lo desesperada que tenía que estar para pedirme que fuese a ayudar a su casa, la vergüenza que le debía dar. No teníamos en realidad una relación de amistad así.

    Llegué a su casa, abrió la puerta con el bebé en brazos. Noté que tenía la cara algo manchada, como de haber llorado. Estaba preciosa.

    Entré, y aquello era un desastre. Juguetes por todos lados, la cocina llena de cacharros sucios, la mesa llena de platos sucios y comida tirada (niños…), y en el piso de arriba (a la que se accedía por una escalera) seguramente había ropa por todos lados.

    -Cómo puedo ayudar -es lo único que pude decir.

    Me miró y me dijo:

    -haz lo que puedas -con esa medio sonrisa (algo triste esta vez) tan bonita.

     Le dije que se subiese a bañar a las niñas y meterlas en la cama, que yo me quedaba recogiendo abajo.

    Recogí juguetes, recogí mesa y cocina, y preparé algo ligero de cenar para Julia. Ella bajó tras 45 minutos, con el bebé. La mayor estaba ya en la cama. Cuando vio lo que había hecho, se le iluminó la cara, sonrió, y soltó una pequeña lágrima.

    -Todo bien Julia? -le pregunté. Sacudió la cabeza, no quería hablar de ello. Me dio las gracias y un beso en la mejilla.

    Yo estaba hecho un flan. No sabía qué hacer ahora. Era la típica situación de mis fantasías. Era el momento en el que empezaban a ocurrir.

    Pero una cosa es la fantasía donde todo sale exactamente cómo quieres, y otro la realidad. Esto era la realidad, Julia la mujer de Luis, madre de dos, que necesitaba ayuda y no tenía a nadie más que a mí. La ayudé, y ya está, no ocurriría nada más.

    -Bueno -dije.- Me alegro haberte ayudado, me voy yendo que es tarde y mañana trabajamos.

    Me miró y me dijo:

    -no quieres quedarte a cenar? Después de ayudarme qué menos que ofrecerte cena.

    Ese ligero acento canario me estaba matando.

    -Vale, es un trato justo, gracias -dije con una sonrisa.

    Nos sentamos en la mesa uno enfrente de otro, ella con el bebé en brazos. Julia llevaba los vaqueros de la primera vez que la vi, que tanto me gustaron, y una camisa también holgada. Como en la primera vez que la vi, me pareció que ocultaba dos buenas razones (otra vez favorecida por la reciente maternidad). Hablamos sobre temas banales al principio, y poco a poco nos embarcamos en temas algo más espinosos (Lilly, Luis…). La verdad que me gustaba hablar con ella, congeniábamos. Y me excitaba también esa ligera sensación que tuve la otra vez también, de que no le era totalmente neutral a Julia.

    Al cabo de un rato, el bebé empezó a llorar un poco. Y Julia dijo las palabras mágicas:

    -cariño, tienes hambre?

    Me miró y dijo:

    -te importa si le doy el pecho aquí? No quiero subir arriba, para no despertar a la mayor, le cuesta quedarse dormida. Además estoy demasiado cansada para subir ahora.

    Conseguí reprimir mi cara de impresión, y conseguí articular decentemente unas palabras en tono de broma:

    -no sé, soy muy impresionable, además soy todavía virgen y sería un shock para mí.

    Inmediatamente me di cuenta de la gilipollez que acababa de decir. Por suerte Julia reaccionó bien, se rio y dijo:

    -venga ya tío, seguro que has visto unas cuantas tetas ya.

    Me había seguido la broma y la había multiplicado por dos. Dije:

    -vale, está bien por mí.

    Pensé que lo que sucedería a continuación sería, Julia se desabrocharía los primeros botones de la camisa y discretamente daría el pecho al bebé. Con suerte conseguiría arrancar una mirada furtiva de su teta. Lo que en realidad ocurrió me dejó de piedra.

    Julia se levantó, se dio la vuelta y caminó hacia una cuna que había pegada a la pared. Dejó al bebé en la cuna, mientras le hablaba cariñosamente sobre cómo iba a comer. Desde mi posición veía a Julia de espaldas (buen culo) y ligeramente su perfil derecho. Vi cómo sus manos se movían delante de ella, desabrochándose la camisa. Entonces, una vez desabrochada totalmente, se la quitó y la dejó en una mesilla de al lado. Mi corazón dio un vuelco. Ella seguía hablando al bebé. Yo veía su espalda desnuda, y ligeramente la silueta de la copa del sujetador de su teta derecha. Entonces se echó las manos a la espalda buscando el enganche del sujetador, lo desabrochó. Posteriormente deslizó sus manos sobre los hombros, y se quitó el sujetador, dejándolo también en la mesilla. Ahora podía ver la silueta de su teta derecha, aunque no llegaba a ver el pezón. Lo que los anglosajones llaman sideboob. Se inclinó para coger al bebé, y vi cómo la silueta de su teta colgaba. Mis piernas temblaban, no me creía este momento.

    Finalmente, la guinda del pastel. Cogió al bebé y se giró para venir a sentarse en la silla. Ahí estaba, caminando mirando cariñosamente al bebé y hablándole, en vaqueros y topless frontal. Mi cara debía ser un poema, mi mandíbula estaba en el suelo y mis ojos como platos. Tenía unas tetas preciosas, voluminosas (la lactancia…) redondas con unas aureolas y pezones de color marrón muy bien colocados y bonitos. Luis me había dicho que esta vez Julia se había tomado el ejercicio en serio, y un mes después del parto empezó a hacer ejercicio con regularidad. Eso y una genética privilegiada dieron resultados. Tripa plana que daba aún más relevancia a sus bonitas tetas, y no tenía ni una estría.

    Se sentó y empezó a dar de mamar a la niña. Se dio cuenta de mi reacción porque me miró ligeramente y dijo:

    -va a ser verdad que eres virgen y no habías visto unas tetas nunca antes. Desperté de mi estado de shock y solo reaccioné a decir algo inconexo. Julia se rio y dijo:- tranquilo, ya sé que impresionan, se me han puesto muy grandes con el embarazo.

    Con que naturalidad hablaba de sus tetas… En realidad no eran tan grandes, pero su cuerpo pequeño hacía que lo parecieran. Eran muy bonitas, y eso es lo único que reaccione a decir:

    -no, no, no es eso, es que son muy bonitas.

    Otra vez había dicho una gilipollez. Esta vez Julia reaccionó tímidamente, con una ligera sonrisa mirando al suelo:

    -Gracias, siempre gusta que te digan bonitos cumplidos.

    Traté de desviar el tema hacia otro lado. Mi polla estaba dando brincos y mi corazón latía a 100. Me puse a hablarle del trabajo y proyectos (vete a saber por qué) mientras ella me miraba con esa media sonrisa. Después de 10 minutos, dije:

    -Bueno, voy a recoger la mesa.

    Me llevé mi plato al fregadero y fui a por lo de Julia. Me acerqué a su lado, de pie, pero al estar tan cerca, no pude quitar mi mirada de ella, allí desnuda de cintura para arriba. Ella giró su cara, sentada, me miró, sonrió, y con la mano que tenía libre me cogió mis dedos y empezó a jugar cariñosamente con ellos. Yo estaba ahí parado como hipnotizado. Finalmente reaccioné, me senté en la silla de al lado y le puse la mano en el hombro desnudo mientras miraba cómo daba el pecho a su hija. Ella seguía mirándome a los ojos. Le miré a sus ojos, y tras unos segundos, decidí acercar mi cara a la suya. Por fin me la jugaba, me daba igual ya todo, Julia me volvía loco y mi cuerpo iba en autopiloto. Ella no se apartó. Mis labios tocaron los suyos. Empezamos a besarnos, al principio suavemente, saboreando el momento. Tenía unos labios suaves. Empezamos a acelerar, nuestras lenguas se tocaron y los besos alcanzaron un ritmo adolescente. Tras un rato besándonos, de repente la niña empezó a llorar, y Julia se echó hacia atrás. Yo salí de mi éxtasis, y me di cuenta de lo que estaba pasando. Julia se levantó, con cara algo confundida, y dijo:

    -perdona, tengo que subir a acostar a la niña.

    Yo me quedé ahí sentado perplejo, mirando al suelo. Ni siquiera le miré el culo y tetas mientras se dirigía a la escalera. Como dije antes, la realidad es diferente a la fantasía. En la realidad, estaba nervioso, me entró miedo. Esto era un error. Un minuto después reaccioné, y pensé que lo mejor era irme.

    Subí las escaleras para decirle a Julia que me iba. Desde las escaleras dije en voz medio baja que me iba. Su voz salió de la habitación que sus dos hijas compartían:

    -espera! Ven un momento.

    Terminé de subir las escaleras. La puerta del cuarto de las niñas se abrió, y salió Julia, cerrándola detrás. No solo seguía desnuda de cintura para arriba, sino que además se había quitado el pantalón y solo llevaba puesto un culotte rosa de encaje precioso, que dejaba ver sus bonitas y tersas piernas. Se quedó ahí de pie mirándome, y yo también. Los segundos que pasaron, los dos mirándonos, parecieron eternos. De repente se abalanzó sobre mi, rodeando mi cuello con sus brazos (como pudo, le sacaba una cabeza) y me plantó un morreo en la boca. Inmediatamente la cogí del culo, y ella subió sus piernas rodeándome la cintura.

    La lleve así a su habitación, y la puse en la cama. Me quité la camisa, quería sentir esas tetas desnudas en mi pecho. Me tumbé encima de ella y continuamos besándonos como locos. Entonces Julia bajó sus manos y empezó a desabrocharme el cinturón y pantalón. Estaba desbocada, no conocía a esta Julia.

    Me bajó el pantalón y tardó medio segundo en meter la mano en mi bóxer, y rodear mi polla (que ya estaba bien dura) con su mano. Mientras nos besábamos, empezó a pajearme a un ritmo intermitente. Yo le manoseaba las tetas. Eran suaves, llenas, voluminosas, me volvían loco, de las mejores tetas que había tocado, si no las mejores. Bajé una mano y empecé a tirar del culotte hacia abajo, me incorporé y terminé de quitárselo.

    Aquí tenía por fin a la dulce Julia, buena esposa y madre, tumbada delante de mí totalmente desnuda. Tenía el coño completamente depilado, ni una tira de pelo siquiera. Me fui hacia abajo. Ella lo entendió y abrió sus piernas. Empecé a chuparle el clítoris, poco a poco. Estaba mojadísimas. Chupé y lamí, mientras jugaba con mis dedos en su coño y acariciaba sus piernas, tripa, y extendía mi otra mano para jugar con sus pezones. Usé mis mejores técnicas, y disfrutaba al oír cómo sus gemidos se iban haciendo más fuertes. Tras solo cinco minutos, tuvo un orgasmo brutal, apretó con sus piernas y casi se puso a llorar de placer.

    Una vez terminado, me puse de pie al borde de la cama, Julia se sentó delante de mí y me cogió la polla. Se quedó un momento así, mirando mi polla fijamente. Podía imaginar lo que estaba pasando por su cabeza. Julia y Luis se habían conocido hacia 10 años. Y pondría la mano en el fuego, que esta era la primera vez que le era infiel.

    Entonces abrió su boca e introdujo lentamente mi polla dentro. A la mitad, cerró sus labios. Empezó a chupar, metiéndosela y sacándosela, pero sin llegar lejos. La verdad, había recibido mejores mamadas. Estaba claro que a Luis no le chupaban la polla con asiduidad. Pero esto me excitaba aún más. Julia me estaba chupando la polla lo mejor que sabía, y ver esa preciosa cara, esos ojos negros que me miraban de vez en cuando mientras se metía y sacaba mi polla de su boca… estaba en Valhala.

    Quería follarmela, quería sentir mi polla dentro de ella, no podía esperar más. Interrumpí su mamada y la empujé a la cama. Me puse encima de ella, abrió sus piernas, y coloqué mi polla a la entrada de su coño. Julia respiraba rápidamente, y me miraba a los ojos. Empecé a meterla poco a poco, y vi cómo su cara iba cambiando hasta que cerró los ojos de placer.

    Seguí metiéndola y sacándola, cada vez con más ritmo. Tenía el coño mojadisimo. Estaba en la gloria, me estaba follando a mi fantasía. Julia estaba gozando también, gemía cada vez más con cada estocada que la metía, mientras abría y cerraba los ojos, y me rodeaba con sus brazos. Me gustaba sentir sus tetas en mi pecho. Levanté mi cuerpo con los brazos para poder ver cómo sus tetas bailaban con la acción. Mientras me la follaba, sus preciosas tetas se movían acompañando, y la cara de disfrute de Julia era algo para recordar.

    Después de un rato, quise probar otra posición. Le dije que se pusiese a cuatro patas, y obedeció al instante. Me puse detrás, desde donde tenía la mejor visión de su culo, que cada vez me gustaba más. Esta posición es la que más me gustaba por tres motivos.

    Primero, por lo psicológico. Tenía a Julia, hasta hacía 15 minutos la fiel y dulce mujer de Luis, en una posición de sumisión esperando impacientemente a que se la metiese, lo que hice sin esperar más.

    Segundo, porque según me la follaba, mi pelvis chocaba contra su culo, lo que provocaba una sensación estupenda, y un sonido hueco al golpear digno de película porno. Seguí metiéndola a buen ritmo, Julia volvía a gemir placenteramente con cada arremetida, y golpeaba con mi pelvis con ganas contra su culo con cada metida. Me encantaba.

    El tercer motivo. En esta posición, sus tetas volaban descontroladas. Inclinándome un poco, podía alcanzarlas con mis manos, sujetarlas y estrujarlas. Noté que se me mojaban las manos. Era leche materna que salía de sus tetas… un efecto de follarte a una mujer en plena época de lactancia. Normalmente me hubiese disgustado, pero en ese momento me puso cachondísimo.

    Julia gemía descontrolada, un milagro que sus niñas no se despertasen. Entre gemido y gemido alcancé a entender que dijo que la notaba muy adentro. No sé si era un cumplido, o una queja, pero me dio igual, nada podía pararme ahora del placer de follarmela así.

    Bueno, en realidad si había una cosa. Estaba cerca de correrme, y quería ver otra vez su preciosa cara mientras follabamos.

    La di la vuelta, se tumbó y me puse sobre ella. Volví a metérsela. Julia tenía una cara de éxtasis, cada estocada era como un orgasmo para ella. No tenía duda de que era la mejor follada que le habían dado nunca (o eso me gustaba pensar). Me iba a correr pronto.

    -Me voy a correr -dije.

    Entre un suspiro y otro, y mirándome a los ojos, Julia dijo:

    -córrete dentro cariño.

    Volvería a jugarme todo lo que tenía, a que la única persona que se había corrido dentro de Julia en toda su vida, era Luis. Y aquí la tenía, pidiéndome a mí, que me corriese dentro de ella, y llamándome cariño. Qué más podía pedir, estaba viviendo un sueño.

    En un momento de media lucidez, y mientras seguía metiendo y sacando, dije:

    -estas segura?

    -Sí, no me puedo quedar embarazada durante la lactancia, córrete dentro por favor cariño.

    Otra vez, y con ese ligero toque canario en su voz. No hacía falta que lo repitiese más. Aceleré el ritmo.

    Éramos dos cuerpos sudorosos uno contra el otro, moviéndonos acompasadamente, sus tetas balanceándose pegadas contra mí, los dos suspirando, gimiendo, besándonos, sus uñas clavadas en mi espalda. Subió sus piernas rodeando mi cadera. Hacía fuerza con ellas, como para que no se escapase ni una gota de lo que le iba a enviar.

    Noté como mis huevos se calentaban, y un hormigueo, para sentir inmediatamente una contracción en la base de mi polla. En el siguiente movimiento al meterla, la contracción en la base se trasladó a la punta de la polla y sentí como disparaba potentemente, dentro de Julia. Toda la excitación de la noche se transformó en cinco sucesivos potentes chorros de semen en las siguientes cinco metidas. Había descargado todo lo que tenía, dentro de Julia. Ahogamos nuestra pasión en un suspiro juntos.

    La miré a los ojos, la besé, y me eché a su lado boca arriba. Julia se giró, colocó su cabeza sobre mi hombro, pasó su brazo por encima al otro hombro, cruzó su pierna sobre las mías, sus tetas apoyadas en mi costado, y se quedó dormida. No era mi intención quedarme a dormir, pero también caí derrotado.

    Me fui pronto por la mañana. Durante el día la escribí para ver cómo estaba. Respondió de forma muy corta, que todo bien, gracias. El sábado volvió Luis, por lo que no me atreví a seguir escribiéndola.

    Las semanas siguientes no recibí ningún mensaje de ella. Preguntaba a Luis qué tal las cosas en casa. Parece que todo iba mejor, Julia estaba más cariñosa que nunca con él, y Luis se enorgullecía de que era gracias a su semana de descanso y reflexión. Si él supiese…

    Entendí que para Julia solo fui una válvula de escape, que necesitaba en ese momento. Pero me jodía bastante oír esto. La verdad… me había pillado por la dulce Julia, mujer de otro, madre de dos niñas.

    Pasaron tres meses en los que no tuve ningún contacto con ella. El siguiente viernes se celebraba un evento anual de la empresa, donde estaban invitados empleados y acompañante. Luis confirmó su asistencia… con Julia.

    El evento era por la tarde, un cóctel con bebidas. Yo estuve nervioso toda la semana, no tenía un sentimiento así desde hacía muchos años. No sabía cuál sería la reacción de Julia al verme. No sabía si me odiaba, o no quería verme, o si no quería saber nada de mí. Entendía que fui cosa de una noche, y no esperaba nada más, pero ni un simple mensaje en tres meses… eso me dolió.

    Luis y Julia llegarían algo más tarde, ya que tenían que esperar a que llegase la niñera. Estaba conversando en un grupo cuando les vi entrar. Julia estaba radiante. Llevaba un vestido que quedaba justo por encima de las rodillas, ajustándose ligeramente en la cadera. Quería volver a verla desnuda, sentir sus tetas contra mí, besar sus labios, correrme dentro otra vez, correrme en su boca, su cara, sus tetas, su culo. Mi mente echaba fuego.

    Se acercaron a nosotros para saludar. Mi corazón latía rápidamente. Julia fue dando dos besos uno por uno, sonriendo. Cuando llegó mi turno, hizo lo mismo, y pasó al siguiente. No me hizo ningún caso especial. Tras unos minutos, no aguanté más y me fui a hablar con otra gente.

    La cabra tira al monte, y primero fui a hablar con Cindy, la explosiva asistente del director financiero en Londres. Tras un rato, me aburrí, y pasé a hablar con Miriam, la chica guapa de contabilidad. Además desde aquí podía observar de reojo a Julia, que estaba detrás de Miriam, de perfil con el grupo.

    Mientras hablaba con Miriam, me percaté de que Julia me echaba miradas furtivas. Quizá no pasaba tanto de mi como quería hacerme ver, y tenía algo de celos al verme hablar con otras. A la cuarta que me percaté, giré la cabeza y me encontré con su mirada. No la retiró, y me dedicó una bonita sonrisa. Miriam seguía hablando, pero yo solo tenía atención para Julia. Interrumpí a Miriam diciéndole que necesitaba pedir una bebida. Miré a Julia y me entendió. 5 segundos después de llegar a la barra, Julia apareció a mi lado. Pedimos una bebida, y empezamos a hablar mientras esperábamos. Que tal iban las cosas, cómo iba el trabajo, planes que tenían de vacaciones, ese tipo de cosas.

    Como Luis había dicho, parece que todo iba muy bien con ella y su familia. Luego me preguntó cómo me iba a mí, y si ya había conocido a alguien después de cortar con Lilly. No mencionó en ningún momento nuestro secreto. Le dije que salía y conocía chicas, pero no encontraba nada que pudiese durar tiempo. Lo que me contestó con una preciosa sonrisa me dejó con las manos temblorosas: no te creo, un tío como tú tendría a la chica que quisiera. Si además les contase lo que sabes hacer, se pondrían todas en fila india para conocerte.

    Ni me odiaba ni me había olvidado… Un sentimiento de alegría me inundó por dentro. Sin pensar, dije mirándola a los ojos:

    -solo hay una chica a la que quiero, y ella a mí no, así que no es verdad que podría tener a la que quisiera.

    El camarero nos puso en ese momento las bebidas, estropeando el momento.

    Julia bajó su mirada al suelo. Un momento después volvió a levantar la cabeza, y mirándome con los ojos llorosos, con una medio sonrisa, dijo con su precioso acento:

    -adiós, cariño.

    Lo nuestro era imposible, pero al menos me ayudó a calmar ligeramente mi sufrimiento interior saber, que ella sentía al menos algo parecido por mí, como lo que yo sentía por ella.

    Cogió la bebida y se alejó de vuelta a su grupo. Me quedé mirándola según caminaba, observando el movimiento de su vestido acompañando el balanceo de sus caderas. Cada vez me gustaba más su culo.