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  • Lo que tiene que hacer una para aprobar

    Lo que tiene que hacer una para aprobar

    Soy Lara, una chica muy estudiosa, muy responsable y muy respetuosa con el sistema educativo, sigo las reglas letra por letra y en ningún momento he faltado el respeto a ningún profesor o profesora… eso es lo que dice mi madre delante de toda la familia en navidades pero la gente que me conoce sabe que soy la primera en putear a quien pueda y la primera en follar cuando quiera.

    Soy una chica con 19 años de pelo negro y muy largo, tanto que me llega casi hasta el culo. Ojos claros, boca pequeña y fina y una nariz muy linda y pequeña. Pero lo que os importa realmente es saber de mis tetas y de mi culo, pues tengo unos pechos pequeños pero lindos y un culo grande y redondo, no tanto como esas latinas que les rebota cada vez que dan un paso pero sí lo suficiente para no pasar desapercibida con una minifalda o unos leggins.

    Todo lo que contaré pasó un día cualquiera en segundo de bachillerato (si, repetí un curso). Estábamos en clase de química, la profesora estaba explicando sobre la nomenclatura científica, intentaba mantenerme despierta ya que oir a esa mujer leer todo lo que pone en el libro hacía que me entrase el sueño muy facilmente. Los párpados me pesaban, a mi cabeza le costaba enderezarse… Era un infierno y aún quedaban otras dos clases para la hora de salida, no iba a aguantar. Alguien tocó la puerta. “Adelante” gritó la profe de química. Entró el diablo personificado, la profesora de lengua o como nosotros la llamábamos: La Culebra, ya que siempre estaba ceceando. Su nombre real era Felicia (fue por ella por lo que repetí un curso, no me quiso subir la nota a un cinco).

    -Vengo a por Lara Molina García.

    Todos me miraron.

    -Lara, ve -Dijo la profe de química.

    Me levanté y fui hacia la puerta viendo la mirada clavada en mi de La Culebra. Al salir cerró la puerta tras de mi, nos apartamos y me llevó al fondo del pasillo donde nadie podría oirnos.

    -Y bien ¿Vas a confesar?

    Ya sabía por lo que me estaba preguntando pero aún así iba a hacerme la tonta.

    -¿De qué habla profe? -Dije inocentemente.

    Me miró con cara de “te crees que soy tonta”.

    -Venga ya Lara, vimos las cámaras, sabemos que fuiste tú la de los grafitis en el muro de fuera, ¿te parece gracioso pintar un Bob Esponja con pene?

    Intenté contener la risa pero me era difícil, traté de no mirarla porque su cara tampoco ayudaba mucho.

    -¿En serio te parece gracioso niña? ¿Y la ropa que llevas qué? Estas no son formas.

    Supongo que lo dijo porque el tirante blanco que llevaba se transparentaba dejando ver parcialmente mi sujetador o por los leggins que me hacían un camel toe que se notaba a kilómetros ya que solo llevaba un tanga de hilo.

    -Ve al despacho de la directora ¡¡YA!!

    “Puta guarra” susurré mientras me iba alejando de ella. Bajé las escaleras, pasé por el vestibulo, recorrí un pasillo y llegué a la sala de espera que daba al despacho de la directora. Me acerqué a la puerta y en el momento que agarré la manija pude escuchar unos sonidos al otro lado, sonaba a… ¿gritos? Fui abriéndola lentamente, sin hacer ruido, conforme más la abría y más me asomaba me fui dando cuenta de que esos “gritos” eran más bien gemidos. Asomé por completo mi cabeza y lo que vi no tenía ningún sentido, la directora se estaba dedeando freneticamente y gimiendo como una loca mientras veía porno en su móvil.

    Por suerte no me veía ya que ella justo estaba de espaldas. Decidí entrar silenciosamente y cerrar la puerta con la misma suavidad de antes, ya dentro ella seguía sin percatarse de mi presencia, yo seguía perpleja al ser testigo de la pedazo masturbada que se estaba dando la directora, he de decir que se lo estaba pasando demasiado bien.

    La directora, también profesora de matemáticas, era una mujer muy atractiva de 40 tacos pero que le sentaban de maravilla. Era una rubia con unas tetas que era difícil no mirarlas por lo grandes que eran, tenía una cintura pequeña y un culazo que ufff, te hacía preguntar cómo unos jeans pueden entrar en semejante culo, apuesto a que más de un profesor se la habrá cascado pensando en ella y que más de una profesora sentirá envidia por el cuerpazo de ese pibón. Me asomé un poco y pude ver que llevaba una camisa de botones blanca pero que estaba abierta, el sujetador estaba desabrochado dejando ver sus dos tetas que temblaban sin parar.

    También llevaba una falda negra, que la tenía levantada por la cintura y unos tacones altos. El video que estaba viendo eran de dos lesbianas que no paraban de gemir y tijerearse. Honestamente me calentó la situación pero decidí romper el silencio.

    -¿Directora?

    -Ay dios.

    Al escucharme se asustó tanto que me asustó hasta a mi. Se quedó sorprendida al verme y no tardó en ruborizarse. Inmediatamente comenzó a recolocarse el sujetador y a abrocharse los botones mientras trataba de recuperar una postura normal que no dejase ver su coño humedecido, aunque sus dedos no paraban de dejar manchas húmedas sobre su camisa y de su móvil no paraban de sonar los gemidos.

    -Lara, qué haces aquí madre mía.

    -La profe Felicia me ha mandado…

    -Ay dios ay dios… ¿Lara, qué has visto?

    -Pues… te estabas dedeando y gimiendo…

    -Madre mia, ¿alguien más lo ha visto? ¿Se oía mucho desde fuera?

    -No no solo yo.

    -Madre mía…

    Nos quedamos un rato calladas.

    -Te gusta el lésbico eh -Dije sin miramientos.

    Me echó una mirada asesina.

    -Tranqui Susana, a mi también me gustan las mujeres.

    -Bueno Lara… me alegro de que compartamos gustos sexuales pero creo que no deberíamos hablar sobre esto.

    -Sabes… no me importaría ayudarte.

    -¿Ayudarme?

    -Si… ayudarte a llegar a un orgasmo, seguro que…

    -Lara.

    Me fui de la lengua…

    -En primer lugar, ¿Por qué te han mandado aquí?

    -Porque me pillaron pintando el grafiti del muro -Dije cabizbaja.

    -¿¡El del Bob Esponja!?

    -Si…

    -Por dios debería expulsarte.

    -Si lo haces les diré a todos que te estabas masturbando.

    Se hizo el silencio en la sala, su mirada me estaba matando por dentro, parecía que en cualquier momento iba a levantarse y a romperme la cara.

    -Pero vamos a ver niña ¿De verdad crees que alguien te iba a creer? ¿Crees que alguien realmente se creería que entraste a mi despacho y que me viste masturbarme?

    En verdad tenía razón, si lo dijere todo el mundo se reiría de mi o dirían que me invento cosas como el imbécil de Gregorio. De nuevo estuvimos en silencio las dos, ella soltó un profundo suspiro. “Sientate en la silla Lara”. Obedecí. Segundos después de mirarme fijamente, Susana se levantó, cerró con llave la puerta por la que entré y apoyó su culo sobre el escritorio quedando justo delante de mi. Al estar sentada y tan cerca de ella sus tetas parecían más grandes que antes.

    -Vamos a hacer una cosa Lara, tú me ayudas a tener un orgasmo ahora y yo no tendré en cuenta lo del muro. A su vez tú tampoco dirás nada a nadie de lo que ha pasado aquí, ¿trato?

    Me quedé flipando con lo que había escuchado ¿iba a follarme a la directora buenorra? Claro que sí.

    -Trato hecho -Dije sonriente.

    Ella sonrió pícaramente, se levantó la falda, se abrió de piernas mientras seguía sentada en el escritorio frente a mi, dejando al descubierto su vagina. Su coño estaba aún húmedo y dilatado, se había dejado el trabajo a medio hacer. Me acerqué a él y comencé a lamerlo tímidamente mientras ponía mis manos sobre sus muslos, fui recorriendo con mi lengua sus preciosos pliegues vaginales haciendo que la directora soltase unos gemidos suaves. Pegué mi cara a su coño y empecé a hacerle un oral más intenso en el clítoris mientras soltaba ligeros gemidos.

    Hice que esa milf comenzase a jadear más intensamente y que su respiración se agitase mucho más que antes “sigue sigue así sí así”. Puso sus manos sobre mi cabeza y la empujó más hacia su coño, mi cara no paraba de mojarse por todo el líquido que había en su vagina. Centré mi oral en su clítoris a la vez que me atreví a meterle dos dedos y comenzar a follarla. Ella gemía y se retorcía de placer más intensamente y tras un buen rato de dedeo intenso alcanzó un orgasmo que la dejó temblando mientras me miraba con sus ojos lujuriosos.

    -Madre mía Lara, nunca nadie me había hecho gemir así.

    Oir eso me dejó muy satisfecha. Por mi cabeza se me pasó una idea increible. Me puse de pie, me acequé a ella y puse mis dedos en sus labios para que saborease sus fluidos.

    -Susana, ¿Y si seguimos pero con la condición de que me subas las notas de matemáticas?

    Ella sonrió mientras se metió mis dos dedos enteros dentro de su boca. Su lengua pasó entre mis dos dedos de arriba a abajo dejándolos aún más húmedos.

    -Eres una chica muy mala, pero acepto.

    Ella se puso de pie, se pegó aún más a mi rodeando mi diminuta cintura con sus manos y empezó a besarme con sus carnosos labios. Yo respondí de igual forma, pasé mi mano por su mejilla y la otra por su culo agarrándolo y tirando su curvilíneo cuerpo hacia el mio. Su lengua no paraba de jugar con la mia, compartíamos saliva y gemíamos suavemente. Ella comenzó a desabrocharse la camisa a la vez que yo fui bajando mis besos a su perfumado cuello.

    Cuando tuvo sus pechos totalmente al descubierto bajé a comérmelos sin pensarlo dos veces. Me metí su pezón en mi boca y comencé a succionar como si estuviese pidiendo leche, ella rió y gimió a la vez, puso su mano sobre mi nuca y disfrutó de amamantarme. Fui de una teta a otra, succionando y mordiendo los pezones como una hambrienta dejándolos mojadísimos. Ella me agarró del tirante, me lo quitó, me desabrochó el sujetador y no tardó en comenzar a comerse mis tetas. Me excitó muchísimo su forma de lamer, succionar y morderme los pezones, no paré de gemir y sentí cómo mi coño estaba cada vez más mojado. Volvió a besarme apasionadamente.

    -Quítate las zapatillas cielo -Hice caso inmediato.

    Me quitó los leggins, dejándome en tanga.

    -¿Vienes siempre en tanga?

    -Solo para follar con directoras tetonas.

    -Eres una pequeña guarra.

    Apartó las cosas del escritorio, me empujó hacia el mueble quedándome tumbada con mis pechos aplastados sobre él. Ella me escupió en el ano y empezó a lamérmelo rápidamente, yo no tardé en empezar a gemir. Su lengua recorría mi raja de abajo a arriba y la punta penetraba poco a poco mi diminuto ano, su lengua dejaba un rastro de salvia entre mis nalgas, se sentía muy excitante, tanto que mi coño no paró de chorrear. Ella se puso de pie, se lamió los dedos y comenzó a frotarlos en mi coño a la vez que me agarraba de la cabeza aplastándome contra el escritorio.

    -¿Te gusta guarra?

    -Me encanta.

    -Bien, porque vas a aprender modales.

    La directora buenorra me estaba dominando, ¿esto puede ir a mejor?. Sin avisar me metió dos dedos dentro del coño y comenzó a follarme intensamente a la vez que me tapaba la boca para que no hiciera ruido.

    -¿Vas a ser una buena alumna? -Dijo en mi oido.

    -Mmhh mmhh -Afirmé.

    -¿Ah sí? Y vas a sacar mejores notas ¿verdad?

    -Mmmmh

    -Ajá ajá ¿Y vas a volver a meterte en mi despacho sin llamar?

    -Mmmh

    -¿Sí?

    Me dio un azote que me empujó contra el escritorio, tirando parte de las cosas que había en él a la vez que solté un grito tapado por sus manos. Me destapó la boca para agarrarme de mi largo pelo y tirar de él violentamente mientras me seguía follando con sus dedos.

    -Responde ¿Vas a volver a espiarme?

    -No Susan…

    Soltó otro azote aún más fuerte y en el mismo lugar que antes, haciendo que soltase otro agudo grito.

    -A mi no me llamas Susana querida, a mi me llamas directora ¿Entendido?

    -Si directora, entendido -Dije dolorida y entre gemidos.

    -Así me gusta.

    Sus dedos chapoteaban entre mis labios, yo gemía fuertemente mientras me agarraba a los bordes del escritorio llorando del placer, mis piernas temblaban sin parar y mis nalgas rebotaban por la intensidad del dedeo de la directora. Alcancé un orgasmo que me dejó exageradamente temblando. Mi respiración agitada fue calmándose poco a poco y mis piernas fueron agarrando fuerzas de nuevo. Susana puso sus dedos delante de mis labios, me los llevé a la boca para saborear mi líquido vaginal.

    -¿Quieres seguir querida?

    -Si por favor, pero quiero otro favorcito.

    -¿Cual? -Fue quitándose la poca ropa que le quedaba quedándose totalmente desnuda frente a mi.

    -Una regañina a la profe de lengua, Felicia.

    Ella se rio, me agarró de los glúteos, me levantó y puso sobre el escritorio, pegó sus enormes pechos a los mios y empezó a besarme de nuevo mientras recorría sus manos sobre mi delgada cintura.

    -Acepto.

    Me dio un pequeño empujón tumbándome boca arriba sobre el escritorio. Ella puso su coño encima de mi cara y comencé a lamérselo mientras ella dedeaba y lamía mi coño, básicamente estábamos haciendo un 69 sobre su escritorio. Lamí y succioné apasionadamente cada parte de su vulva, pasé mi lengua por su ano e incluso azoté sus nalgas en señal de que me comiese la vagina con más intensidad. Las dos comenzamos a gemir apasionadamente a la vez, nuestras voces gritaban al unísono. Sentir su lengua juguetear tan intensamente en mi coño mientras me follaba con sus dedos hizo que tuviese otro orgasmo, pero aún faltaba ella.

    Después de gemir por todo lo alto seguí lamiendo su coño, ella puso todo el peso de su culo sobre mi cara casi ahogándome entre sus enormes nalgas. Le comí el coño con muchísima intensidad y logré que soltase un chorro sobre mi cara a la vez que tuvo su orgasmo.

    Ella se dio la vuelta, puso todo su cuerpo sobre el mio juntando nuestros pezones y nuestras piernas para besarme acaloradamente. Nuestras caras estaban mojadas y nuestro respirar agitado, nuestros muslos estaban mojados por el líquido vaginal que habíamos soltado. Ella me acarició el pelo, nos miramos con amor y dulzura. Tras un buen rato de besos y caricias volvimos a la realidad, ella miró el reloj, ya había pasado casi una hora.

    -Es muy tarde, ¿te ha gustado mi niña?

    -Me ha encantado directora.

    -A mi también cielo.

    Nos dimos un piquito. Nos empezamos a secar con unos pañuelos, nos limpiamos y recolocamos las cosas del escritorio. Me vestí de nuevo, el tanga de hilo se me metía entre los labios marcando aún más el coño que antes, sin duda a Susana le gustaron las vistas mientras me ponía de nuevo la ropa.

    -Lara… ¿quieres que lo repitamos algún otro día?

    -La verdad… me encantaría.

    -Pero fuera del centro.

    -¿En tu casa?

    -Por ejemplo.

    -Me parece un planazo.

    Nos compartimos nuestros números y nos dimos otro besazo, no desaproveché para tocarle otra vez los pechos descaradamente, eran increibles.

    -Ahora dime qué pasa con Felicia.

    -Pues mira…

    Le conté toda la mierda de la vieja esa, sin pensarlo Susana llamó a la profe y me dejó vía libre para volver a clase. La clase de química había terminado, aún quedaba Inglés y Psicología, iba a ser un rollazo pero recordar todo lo hice me iba a mantener entretenida por un buen rato y encima no me iba a comer una expulsión, lo que facilita la vida el saber comer coños, ¿no?

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  • El uruguayo le llenó la boca de leche a mi mujer

    El uruguayo le llenó la boca de leche a mi mujer

    Hace un par de fin de semanas atrás, tuvimos la visita del uruguayo que conocimos en Montevideo, siempre mantuvimos el contacto justamente para una ocasión como esta o para cuando volvamos por Uruguay. Paso a contarle todo sobre este sabroso encuentro.

    Las conversaciones durante todo este tiempo eran entre Sebastian (uruguayo) y yo (marido), donde fuimos calentando el ambiente con ella, con fotos y videos, mas promesas de buen sexo.

    La cuestión que el vino por el finde junto amigos de joda a Baires, por cual el no tenia lugar donde recibirnos y nosotros tampoco disponemos, así que decimos alquilar un AIRBNB por la zona de Palermo, un lindo departamento. El día que pudimos acceder al mismo fui yo primero a preparar el ambiente, llevando los juguetes, el vino, y la vestimenta de la dama.

    El en esas charlas previas a su llegada nos prometio que no iba a tener sexo con su mujer ni tocarse varios días para poder llenarla de leche a Azul, así que vayan imaginando como llego.

    Ese sábado por la tarde fuimos con Azul al departamento ya cerca del horario donde habíamos citado a Sebas. Al llegar ella me pidió que abriera un vino para ir entrando en clima, mientras escogía que ponerse de los dos atuendos que yo le había preparado para el famoso encuentro. Ella eligió poner un body engomado, junto una calza engomada, mas unos mitones engomados, unas botitas, pintarse bien los labios rojos, perfume por todo su cuerpo (ese perfume que usa siempre que vamos a tener sexo), pelo suelto y una tanguita engomada también.

    A el le habíamos pasado la dirección y el código de ingreso al edificio, así que subió directamente, al llegar el le trajo dos muy buenos chocolates de regalo y después de ella recibirlos se fundieron un lindo y pasional beso de reencuentro. De fondo habíamos puesto una lista de reguetón, poca luz, yo era un espectador (algo que seria una constante en ese encuentro) del beso entre ellos.

    Yo observada desde un costado todo ese fuego que salía entre ellos, donde el manoseaba bien su cola y sus pechos mientras se besaban, ella casi desesperada tratando de desabrochar su pantalón, pero el no la dejaba, se hacia desear un poco, mientras la volvía loca con sus besos y su manoseo. En un momento ella logro desabrochar su pantalón, mientras el chupaba sus pechos, luego el prosiguió a sacarle la calza a ella, quedado en body, amasando bien sus pechos, mientras ella ya con su mano en la pija de el frotándolo a morir.

    Ya el desnudo y ella en body, el se sienta en un sillón y ella se le pone encima a besarlo y manosearlo bien, luego se aleja para poder chuparsela bien, con una dedicación que no me lo hace a mi habitualmente, en un momento ella le dice a el si le había crecido porque la veía mas grande que la otra vez, mientras se la tragaba toda, yo también ahí desnudo me acerco para que también me la chupe un poco lo cual hizo, pero poco, porque claramente el juguete que quería en su boca no era el mio.

    Después de un rato en el sillón, ella se tumba en la cama, donde el comienza a practicarle sexo oral, lo cual la ponía loca, llena de violencia, donde en un momento me dice “Mati acércate así te rasguño” , lo cual no accede y la agarro bien las dos manos, mientras el seguía chupandosela y mastrubandola mientras yo la besaba, pero ya Azul en un estado de extasis total le ruega “Metemelaaa”, a lo cual con Sebas le dijimos que aun no, que disfrute la mamada, y ahí comienza a chuparmela a mi con mucha intensidad.

    En un momento ya el uru le dice “Ahora si te voy a coger toda” y se puso el preservativo y comenzó a penetrarla intensamente a tal punto que ella le exclamo “mas despacio, de a poco”, y ahí empece a ser casi un espectador de lujo, mirando todo tipo de poses donde el le daba a morir. Un detalle que se me escapa que ella en el sillón se puso un antifaz que no la dejaba ver sino solo sentir, el cual no se saco en todo el tiempo que estuvieron teniendo sexo.

    Después de un rato de embates en pose misionero ella se levanta y pone una almohada para quedar en cuarto para el, donde el no perdió el tiempo y le dio hasta el cansancio. Luego ella se sentó arriba de el a cabalgarlo tanto de frente como de espalda, mientras me la chupaba un poco. Los besos de ellos mientras cogian estaban llenos de calor, de fuego se podía sentir lo que se deseaban, la temperatura del ambiente aumentaba minuto a minuto.

    En un momento el sale y me deja que la coja un poco yo, mientras el tomaba un respiro después de tanto traqueteo, es que ella no es fácil, es intensa y siempre quiere mas en esos momentos.

    Mientras cabalgaba sobre mi pija ella se la mamaba a el, luego el se acuesta en la cama y yo le propongo que coja con el un poco y luego conmigo, ambos hombres acostados casi uno al lado del otro y ella cabalgando primero uno y luego otro, para luego volver a el donde el se la coge con mucha intensidad hasta que ella llega su primero orgasmo de la noche, luego de haber cumplido esa parte, el vuelve a cogerla el arriba de ella durante un rato mientras yo nuevamente miraba mi porno en vivo.

    Después de un rato así el se saca el preservativo y ella se sube a cabalgarme a mi, mientras se la chupa a el, y después de un rato así le dice “dame toda tu leche”, algo que no había ocurrido nunca en los pocos encuentros que hemos tenido, a mi me voló la cabeza semejante acto de ella, me pareció híper caliente ver como ella pedia la lechita de otro.

    El comenzó a masturbarse desesperadamente con el objetivo de cumplir semejante pedido, seguimos yo acostado y ella cabalgando mientras se la chupaba y gemia por como la cogía yo, hasta que en un momento el le lleno realmente toda la boca de leche, agarro su boca y empezó a tirarle toda su leche, que no paraba de salir, se notaba que había cumplido y estuvo guardo la leche para ella, llego un momento que desde tanta leche que le tiro no le entraba en la boca, acto seguido yo le dije “ahora chupasela” lo cual hizo, después de eso ella se levanto y se fue a la ducha, dejándome a mi caliente sin terminar. Ellos dos ya habían terminado y yo tocándome solo como un boludo.

    Cuando volvió de la ducha mientras el se duchaba, le pregunte si le había gustado su leche y me dijo que si, que era “Rica”.

    El había quedado muerto después de tanto tiempo intenso sexo entre ambos, ella quedo sensible pero con ganas de mas, pero lamentablemente el ya debía partir, así que le dije que ella lo acompañara a la puerta a despedirse vestida en un camisolín todo transparente, así que fueron a la puerta y se dieron un rico beso de despedida con promesa que no será el ultimo encuentro.

    Al irse el nosotros comenzamos a besarnos y yo diciéndole al oido que me había encantado verla tan puta y que probara la leche de otro y que ahora mi turno de coger a ella, lo cual fácilmente accedió, donde me cabalgo un rato hasta acabar de nuevo ella y luego yo la llene de leche después de tanta calentura.

    Claramente este no será el último encuentro con Sebas, a ella le encanta lo dominante y perverso que le resulta el uruguayo, además de como se la chupa y masturba, y como se la coge, le encanta su pija grande y larga la cual hasta el momento es la mas larga que probo algo de 20 cm. El también esta loco por volver a cogerla y me lo repite una y otra vez, y que la próxima vez va hacer suyo el culo de ella, y realmente le creo que así será. Yo creo que hay varios capítulos mas por venir del uruguayo.

    Un detalle que no conté de ese encuentro que casi se suma al encuentro Diego el primer fetiche de ella, que por cuestión de tiempos no pudo sumarse pero ella estaba dispuesta y deseosa de estar con los tres a la vez algo que aun nunca probamos.

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  • Brillando en tacones: La metamorfosis de Esteban (1 y 2)

    Brillando en tacones: La metamorfosis de Esteban (1 y 2)

    Capítulo 1: Reflejo

    Era domingo. Esteban caminaba apurado, los zapatos golpeando el pavimento con el ritmo de la ansiedad. El lunes lo esperaba con una presentación crucial, el tipo de reunión que podría significar un ascenso o el principio del olvido. Y su corte de cabello, francamente, era un desastre. Buscó su peluquería de siempre: cerrada. La segunda: lo mismo. La tercera: un cartel decía “Vacaciones hasta el 15”.

    Giró por una calle que normalmente evitaba, más bohemia, más… excéntrica. Y entonces la vio. Una vitrina de neón rosa pálido, letras minimalistas, y un cartel:

    “Superficie”

    “Brilla. Obedece. Repite.”

    Esteban titubeó. Luego tragó saliva. —Es solo un corte de pelo —se dijo. Y entró.

    El lugar era distinto a todo lo que conocía. Un olor químico-dulce flotaba en el aire: látex, silicona y un rastro de jazmín frío. El interior era monocromo, con diferentes tonos de rosa iluminados por luces focales. No era vulgar: era teatral, como un escenario que esperaba a su protagonista.

    —Siéntate, Esteban —dijo una voz baja, sucia, con una cadencia que ya empezaba a adormecerlo.

    Y apareció Miss Doll. Alta, espalda erguida, encorsetada hasta el extremo. Un rostro perfecto de maquillaje Bratz: delineado XXL y labios de un rojo vinilo. Pelo rubio platino con una chasquilla asimétrica. Vestía un catsuit de látex rosa chicle, tan ajustado que parecía pintado sobre una silueta imposible. Sus uñas stiletto, largas y afiladas como dagas, eran del mismo rosa brillante.

    —¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó él, con la voz tensa.

    —Los nombres son irrelevantes. Tu superficie es lo que cuenta. Voy a trabajar en ella. Siéntate.

    Se dejó caer en la butaca. Miss Doll no hablaba de cortes. Hablaba de control, de corrección. —Tu cuello… escondido por miedo. Tu mirada… perdida en el ruido. Vamos a imponer orden. ¿Te parece?

    Esteban no respondió. Pero no podía apartar la mirada de sus ojos. Las tijeras danzaban como si cortaran algo más que cabello.

    —Listo —susurró Miss Doll.

    Y lo giró bruscamente hacia el espejo. Esteban se vio y no se reconoció del todo. Era él, sí, pero algo… algo flotaba. El rostro estaba despejado, fresco, suave. Las patillas marcaban los pómulos. El cuello se alargaba. Había algo atractivo, inesperadamente atractivo. Por un segundo se sintió casi guapo.

    Y entonces, por primera vez, la escuchó: “O-M-G babe… nos vemos sooo cute así. ¿Como que nacimos para brillar, no crees?”

    Parpadeó. Se giró. Miss Doll lo observaba con una sonrisa cruel. Pero no había hablado.

    —¿Dijiste algo?

    —Nada que no supieras ya, cariño.

    Pagó. No recordaba haber dicho cuánto costaría. El ticket decía solo: “Corte con intención”. Miss Doll lo acompañó a la puerta. Antes de salir, le susurró al oído, su aliento cálido y olor a poder: —Todo lo que brille, te pertenece. Míralo hasta que te mire de vuelta.

    Esteban rio incómodo y salió. Caminaba de vuelta a casa, el viento le movía el nuevo corte. Se sentía… liviano.

    Pasó frente a una tienda cerrada, y allí, en una vitrina, estaban: un par de tacones transparentes, de vértigo, con plataforma transparente. Altísimos. De apariencia imposible.

    Y la voz volvió, suave, vibrante, ineludible: “Ayyy los amo imagina lo que se siente estar sobre ellos… tan arriba, tan vista… tan boba y brillante, jiji”

    Esteban sintió un cosquilleo en la nuca. ¿Por qué le parecía tan excitante la idea? Siguió caminando más rápido, el corazón latiendo sin motivo. En su edificio, se cruzó con un adolescente que bajaba del ascensor. Le miró el corte, le miró los zapatos. Luego soltó una sonrisa medio burlona y dijo: —Te ves… diferente, señor.

    Esteban no supo si fue un cumplido o una provocación. La voz interna no dejó dudas: “Obvio que nos vemos distinta. Mejor. Brillamos, cariño. Que lo miren bien… porque vamos a cambiar todo.”

    Ya en casa, abrió su laptop. Quería repasar su presentación, pero algo lo llevó a abrir otra pestaña. Buscó “tacones transparentes 9 pulgadas”. Luego “tacones bimbo”. Luego… simplemente observó imágenes por minutos. El cursor temblaba. Su otra mano estaba apoyada sobre su pecho, como si buscara latidos.

    “Shhh… imagina caminar así. Zas zas zas… cada paso diciendo mírame. Cada centímetro de ti gritando muñeca.”

    Se sintió absurdamente excitado. Culpable. Confuso. Encendido. Esa noche soñó. No era Esteban. Era otra. Cabello larguísimo, labios ultra brillantes, pestañas como plumas. Estaba en una sala dorada, con hombres alrededor. Todos la miraban. Le ofrecían tragos. Le acariciaban el brazo. Ella reía. Jugaba. Se inclinaba. Y en sus pies… los tacones transparentes de nueve pulgadas. Como si siempre hubieran sido parte de ella. “Ayy papi… ¿te gusta mi vestido? Me hace ver tan boba y feliz“

    Se despertó agitado. Y su mano… otra vez, estaba sobre su pecho. Pero esta vez… le pareció más lleno. El lunes empezaba. Pero Esteban ya no era solo Esteban. Algo se había infiltrado. Una voz. Una imagen. Un deseo. Y lo más inquietante… le gustaba.

    Capítulo 2: Latencia

    La luz de la mañana entraba tamizada por las cortinas del departamento. Esteban despertó con una extraña sensación en el pecho: no de angustia, sino de… presencia. Como si no estuviera solo en su propia mente, como si algo dentro de él respirara con él.

    Fue al baño, arrastrando los pies, aún medio dormido. El espejo le devolvió una imagen inquietante. No era drásticamente distinta, pero algo vibraba bajo la superficie. ¿Su piel? Más suave. ¿Su pecho? ¿Siempre se había marcado así al respirar?

    Entonces la escuchó de nuevo, no como un eco, sino como una compañera sentada a su lado, invisible, íntima, insinuante: “Mmm… esos pelitos, babe… ¿no te darían ganas de sentirte lisita? Toda, todita… como una muñeca nueva, brillante y sin preocupaciones.”

    Esteban tragó saliva, negó con la cabeza y se echó agua fría. Respiró hondo. No podía dejarse arrastrar por una fantasía. Tenía que vestirse. Tenía una reunión que podía cambiar su carrera. Fue a su closet y tomó su camisa blanca de siempre, el pantalón de pinzas azul marino. Lo de siempre. Lo seguro. Pero el silencio no duró mucho: “¿Otra vez eso? Amor, pareces un contador sin alma… ¿Y si probamos algo más pegadito? Un colorcito. Mmmm… ¿imaginas unos jeans apretados que digan ‘mírame’ sin pedir permiso?”

    Se vistió igual, pero se sintió disfrazado. En el metro, el murmullo de la voz no se detuvo. Era un ronroneo constante, una crítica juguetona. Primero fue una mujer con uñas larguísimas, nude con glitter en la punta. La voz interna suspiró: “¡Uñas de diosa! ¡Imagínanos con esas, agarrando un vasito con hielo! Ay, se verían divinas tocando teclas… o piel.”

    Después, un hombre guapo, alto, con barba bien delineada, se le paró cerca. Esteban sintió el pulso acelerarse. Y la voz susurró: “Ese papi nos mira, ¿lo sientes? Podrías pestañearle lento. Solo una vez. No dolería. Te aseguro que le encantaría verte de rosado.”

    Y al salir del vagón, una pantalla mostraba una modelo con curvas imposibles, falda ultra corta, labios como cerezas y una sonrisa boba. “Podríamos ser ella —dijo la voz, arrastrando las sílabas como caramelo derretido—. Si tan solo te dejaras llevar… solo un poquito más.”

    Esteban llegó a la oficina alterado, descompuesto. Los saludos de los colegas eran murmullos lejanos. Entró a la sala de reuniones. Lo esperaban seis hombres. Él se sentó, abrió el notebook y comenzó a hablar. Pero la voz… “Imagínate de rodillas, cariño… toda brillante, toda rendida, con esa boquita abierta esperando atención. ¿No crees que serías taaan útil así, toda entregadita, babe? Uff, esos hombres te mirarían y pensarían: ‘esa sí sabe lo que vale una sonrisa…”

    —¡Basta! —pensó con fuerza.

    Pero no había escapatoria. La voz lo rodeaba, le acariciaba el pensamiento, lo empujaba a imaginar, a desear, a traicionarse. “Míralos… con esas corbatas serias, con esos relojes grandes… ¿te imaginas bajando uno de esos cierres, solo para ver qué tan grande es su poder real?”

    Esteban sudaba. Hablaba de cifras y cronogramas, pero su mente era una pasarela erótica. Y en ella, desfilaba con falda lápiz, pestañas XL, labios de cereza. Uno de los hombres, un ejecutivo joven de mandíbula firme llamado Rodrigo, lo miró con atención. Demasiada. Esteban lo conocía de antes, habían coincidido en reuniones menores, pero jamás con esa intensidad en la mirada. La voz interna se avivó al instante, relamiéndose con lujuria: “Ay bebé… Rodrigo está tragándote con los ojos. Y tú aquí, con ese trajecito aburrido. ¿No quisieras que viera lo que hay debajo? Imagínate, una blusita rosada, sin sostén… ¡zas! Lo tendría babeando en un segundo. Mmmm…”

    “Ese sí que te vio, muñeca… —susurró la voz—. Hazte la inocente. Baja los ojitos. Muérdete un labio. Dile con el cuerpo: ‘hazme tuya, rodri’.”

    Y lo hizo. Sin pensarlo. Se mordió el labio, bajó un segundo la mirada. Rodrigo entrecerró los ojos. ¿Lo notó? ¿O fue imaginación? “Sí, eso… así se empieza, boba. Así se consigue todo.”

    Esteban trastabilló y cambió de tema bruscamente. Nadie dijo nada. Continuaron. Lo elogiaron. Pero él ya no escuchaba elogios. Escuchaba gemidos futuros. La reunión terminó. Esteban salió jadeando, como si hubiese escapado de algo… o de alguien. La voz reía, complacida.

    Al llegar a casa, había una caja en la entrada. Su nombre, su dirección. No recordaba haber pedido nada. La abrió. Tacones. Altísimos. Transparentes. De plataforma gruesa, estilizados, vertiginosos. Sintió un calor en la nuca. ¿Él los había comprado? Revisó la bandeja del navegador. Allí estaba: una compra, pasada a las 00:43, justo después del sueño. Con un cupón de descuento. Y un mensaje personalizado: “Un regalo de Miss Doll. Brilla.”

    Casi lanza los tacones al basurero, pero sus dedos los tocaron. El plástico era frío, sedoso. El talón altísimo, imposible. El diseño… tan femenino que dolía. La voz, suave como terciopelo: “Solo pruébalos. No tienes que hacer nada más, ¿sí? Póntelos y quédate quietita… como una buena nena… imagina lo que diría Rodri si te viera así, babeando por ti mientras tú te arrodillas lentita frente a él, con esos tacones preciosos y esa carita tan boba… mmmm, qué sueño, ¿verdad?”

    —No. Yo no… —pero su voz sonaba débil. No convencía a nadie.

    Se sentó en el sofá. Los colocó frente a sí. El sol los atravesaba, dibujando arcoíris en el parquet. “Si los usas, dejo de hablar por un rato. Te lo prometo. Solo… déjame sentir cómo te ves con ellos.”

    Esa promesa lo derrumbó. Era tan fácil. Un gesto. Un juego. Se descalzó. Su pie entró en la primera curva del tacón. El talón quedó elevado, su pantorrilla tensa. Un segundo pie. Y entonces… el silencio. La voz se apagó. Todo pensamiento racional también. Solo quedó la sensación de altura, de vértigo dulce. El equilibrio lo obligaba a moverse con gracia. Sus caderas, sin querer, se mecían. La espalda se arqueaba.

    Caminó. Un paso. Otro. Tropezó y cayó sobre el sofá. Rio. Se puso de pie otra vez. Abrió Spotify y puso música suave, sensual. Bajó la luz. Y bailó. Lento. Torpe. Femenino. Se rozó el pecho sin querer. Estaba más… ¿sensible? ¿más tenso? Se puso una bata de baño ligera, de tela suave, casi flotante. La dejó caer de un hombro con descuido ensayado, dejando al descubierto una clavícula que parecía más definida. Caminó hasta la ventana. Su reflejo, distorsionado por el vidrio nocturno, le devolvía una figura más curvada, más insinuante. Se giró lentamente, como si esperara una música que guiara sus movimientos.

    Y al verse desde ese ángulo, se rio. No como Esteban. Sino como una bimbo. Alta, frágil y coqueta. Una risa dulce, tonta, deliciosamente vacía, que llenó la habitación de un nuevo perfume: el de la rendición.

    No pensaba. Solo sentía. Terminó bailando sobre la alfombra, girando, con los brazos arriba. Se cayó una vez más. El tacón se dobló. Lo enderezó. Se abrazó las piernas y respiró agitada. Y así se quedó dormido.

    A la mañana siguiente despertó sin haberse quitado los tacones. Los pies le dolían, pero no quería quitárselos. Se los acarició. Su pecho, más firme. Su cintura, ¿más estrecha? El espejo del baño le devolvió otra imagen. Y la voz, otra vez viva: “Babe… ahora sí estamos empezando a vernos como se debe.”

    Esteban no respondió. Se acarició el cuello. Se tocó el talón elevado. Cerró los ojos y sonrió.

    P.D. Si el reflejo de Steffy te ha atrapado y sientes el eco de mi voz en tu mente, no dudes en comentar. Cada confesión recibida en La Voûte es un hilo más que te ata a mi mundo. Cuéntame qué parte de la transformación despertó tu deseo.

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  • Afianzando nuestro vínculo

    Afianzando nuestro vínculo

    Era domingo, no se que hora era, y sus besos recorrieron mi espalda, mis pezones reaccionaron y se pusieron duros y en punta, me di la vuelta, quería verla, la rodeé con mis brazos y nos besamos, sus manos acarició mis tetas, ya estaba encendida, mi conchita comenzó a humedecerse, Gaby me beso las tetas, y fue bajando, paso por el ombligo, la tome del pelo y la baje más, me comia la concha, aahh que rico lo haces, me abrí bien de piernas, sentía su lengua en lo profundo de mi vagina, yo gozaba, gemía, gritaba levemente, y tuve un orgasmo que le termine en la boca.

    La abracé, le dije te amo, te amo Gaby, ella me responde yo también Andre, le acaricie la espalda con mis manos y baje hasta su cola, le metí mano y acaricié el ano, ella vibraba, estábamos en lo mejor, hasta que sonó el timbre; yo le pregunto, ¿esperas a alguien?, y otra vez el timbre, joder y la miro a Gaby, no entendemos nada, nos pusimos algo de ropa rápido y Gaby salió rápido para atender, ella hablaba con alguien, terminé de ponerme la ropa, y salgo, Gaby hablaba con una mujer dentro del departamento, y saludo Buen día, la mujer saluda y Gabriela me dice, “vení amor”.

    Me pongo al lado de ella, ella me pasa un brazo por encima del hombro, y dice mirando a la señora, “ella es Andrea mi novia” me sorprendi, y mirandome a mi me dice “ella es Verónica, mi hermana”, allí entendí, le dí la mano, no se acercó para saludar de otra manera, y le pase mi brazo libre por la cintura de Gabriela, Verónica observaba todo.

    Gaby comienza a hablar, “entiendo Vero, que con esta relación te llame la atención o te resulte extraño, pero tú sabes que mis experiencias anteriores no fueron buenas, de las cuales una fue traumática y tú lo sabes muy bien”; yo escuchaba y miraba sorprendida sin entender, y Gaby siguió hablando, “así que esta hermosa relación que estamos teniendo” (mi mano de la cintura en ella, la apreté), “no voy a renunciar y no la voy a dejar pasar, por temor a la familia, a lo que digan y todo eso, aceptenlo que esto va a ser así, Andrea y yo, novias, parejas o como quieran decir”. “Si no hay más nada que hablar, te puedes retirar”, el buenos días y hasta luego, sonó en el aire, que se percibe tenso.

    Luego que se cerró la puerta, le veo la cara a Gaby, estaba tensa, le acaricie la cara, los hombro, y le digo “tranquila amor, estuviste muy bien, dijiste lo que debías, gracias por presentarme como tu novia, me emocioné, por eso te apreté la cintura”, Gaby: “si me di cuenta amor”, nos besamos y pregunto “oye, ¿qué es esa relación traumática que hablaste?, ¿nunca me habías hablado?

    Gaby: “ven siéntate”, me señala el sillón. Me mira y respira profundo.

    Habré tenido tres relaciones de novios, y otras de polvos, estas últimas no cuentan como relación, las dos de novios, nada del otro mundo, terminamos y ya, la última fue horrible.

    Yo: “no me asustes por favor”.

    Gaby: “prepárate, la última fue todos los calificativos que se te pueda ocurrir, al principio anda todo bien, hasta que en un momento, me dice: ¿por qué no te prostituyes Gabriela?, yo le digo ¿que dices?, ¿porque no te haces puta?, así obtendremos más dinero, le respondo estas loco, y la respuesta una cachetada, así todos los días, hasta que las cachetadas ya eran golpizas, me cagaba a palos.

    Yo: escuchaba y me caían las lágrimas. Ya entiendo amor, si te hace mal no me cuentes.

    Gaby: no te preocupes, ya lo superé.

    Yo: la abrazo fuerte, y las lágrimas me corrían por las mejillas.

    Gaby: pasando sus dedos por mis ojos, todo esto termina, sus amigos lo denunciaron, yo me pude escapar, y creo que lo terminaron matando.

    Yo: Por Dios Gaby, todo un horror, nunca me hablaste de esto, escucha, si algo de lo que hacemos en la cama, te traen malos recuerdos, dímelo yo lo entiendo.

    Gaby: contigo soy muy feliz, no tengo nada de qué arrepentirme, y perdona que antes no lo blanquee, quizás ahora si estoy preparada para hablarlo, y eso te lo debo a ti, y también me siento más segura, todo gracias a ti Andre.

    Yo: me vas hacer emocionar de nuevo, y le doy un beso de lo más profundo. A todo esto no sé si será hora de desayunar o almorzar. Cambio a propósito de tema para no terminar llorando las dos.

    Gaby: ya se, eres increible y te amo, que no se te olvide; ¿antes de esto en que estábamos?

    Yo: habíamos terminado de revolcarnos en la cama, y me hiciste tener un orgasmo, de los que solo tú me sabes hacer tener. Que insinuas, ¿volver a la cama?.

    Gaby: no sé, ganas no me faltan.

    Yo: wow, algún día me gustaría que me prestes el cinturón, quisiera probarlo, siempre me haces sentir y tener unos orgasmos fabulosos, quisiera ser yo quien te haga tener un orgasmo.

    Gaby: descuida que tú me haces sentir cosas maravillosas y tengo orgasmos también, me encanta verte cuando cierras los ojos y gozas.

    Yo: me estas calentando.

    Gaby: prepárate allí vengo.

    Me fui quitando la ropa que me puse cuando tocaron el timbre, no era mucho, me desnudé totalmente, Gaby vino del dormitorio desnuda y con el cinturón en la mano, me ayudo a colocarlo, del lado de adentro tiene un pequeño “pene” para incentivar la vagina, y de afuera un pene de tamaño real. Mi vagina comenzó a lubricarse y a humedecerse, la mire a Gaby con pasión, mis manos en sus tetas, son hermosas, le aprete los pezones se pusieron duros, nos besamos con lengua profunda, nos devoramos, Gaby con su mano tocaba la pija del arnés, se estaba excitando, y eso hacía que yo también me excitara.

    Ella se recostó contra el respaldo del sillón, separando las piernas, me arrodillé y le bese la vagina que era un mar, le hundí la lengua, ella me empujaba la cabeza para hundirla en la concha y no separarme, le incentivé el botoncito que estaba por estallar, en un suspiro escucho “cogeme Andre por favor”.

    Me calentó mucho a que me lo pida, me levante, apoye, la punta del pene en la entrada de la vagina de Gaby, y le dije “¿estas lista?”, y me respondió con voz suave “si mi amor”, sus piernas abiertas, se las tomé de los tobillos, y la fui enterrando despacio, “aaaah, así, así Andre, cogeme, aaah”, no se la hundí toda, con lo que ella me dijo, “metemela toda por favor amor”, y la hundí, por mi parte sentía el pene interno, que me estaba llevando al cielo, comencé a acelerar el ritmo, hasta que ambas nos ahogamos en un solo grito “aaaaah”. Las dos tuvimos un orgasmo increíble, agitadas como si hubiésemos corrido una maratón.

    Gaby: Por Dios, como coges mi amor, eres increible.

    Yo: Increible eres tú hija de puta, te amo.

    Gaby: nunca sentí nada igual, gracias, la última vez que tuve sexo con un hombre, fue, el día de la fiesta, pero como lo haces tú, ni punto de comparación.

    Yo: te sentiste bien amor, después de tu horrible experiencia.

    Gaby: Si mi vida, un poco quería probar eso, y hacerlo contigo, es como tocar el cielo.

    Yo: mírame, tengo, el arnes con la pija, lo tome con la mano y empecé a moverlo de arriba para bajo.

    Gaby: mmm que linda pija que tienes amor… jajaja

    Yo: jajaja, me siento rara a la vez, pero me encantó. Te pregunto, ¿alguna vez lo has hecho por la cola?

    Gaby: no, la última vez que lo intenté fue una experiencia horrible y no lo probé nunca más.

    Yo: si un día quieres, podemos intentar, no te vas a arrepentir, es un viaje de ida, yo tengo experiencia.

    Gaby: si lo se, tienes un hermoso culito, contigo me animo a todo mi amor.

    Yo: cuando quieras probamos, y si quieres el mío no tienes más que pedirmelo. Voy al baño a lavarme y a lavar el arnes, es un desastre jajaja

    Gaby: anda, y vuelve enseguida que te extraño.

    Antes de irme al baño, nos besamos.

    Espero que les haya gustado.

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  • Ari: Prisionero de mi piel (3)

    Ari: Prisionero de mi piel (3)

    Los días pasaron…

    Intenté ignorarlo. De verdad lo intenté. Me repetía cada mañana que Jordan no significaba nada, que era solo un muchacho de 19 años entrometido, altanero, inmaduro, un don nadie comparado conmigo. Salía de casa con la cabeza gacha, decidido a no mirarlo, decidido a pasar de largo. Pero siempre estaba ahí.

    Por más ropa holgada que me pusiera, nunca era suficiente. Pantalones anchos, poleras largas… todo con tal de esconder mi cuerpo que tanto llamaba la atención de Jordan. Pero no importaba cuánto me tapara, siempre se notaba.

    Y Jordan, como lobo hambriento, nunca desperdiciaba la oportunidad. Apenas me veía, se relamía con esa sonrisa de macho seguro de sí mismo, y me lanzaba palabras que me incendiaban por dentro.

    —Ari… chiquita —me dijo hoy, apenas me vio doblar la esquina—. Que ricas piernotas… pero se verían mejor en mis hombros— lo decía con esa sonrisa burlona que me arrancaba un temblor en el estómago.

    Yo apretaba mis delicadas manos contra mi pecho, con las mejillas rojas y la voz quebrada.

    —N-no… yo… tengo que irme.

    Daba un paso, pero él daba dos. Su cuerpo enorme bloqueaba mi camino, y mi respiración se volvía torpe, casi infantil. Jordan bajaba un poco la cabeza para mirarme de cerca, y yo, instintivamente, desviaba los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.

    —Estas tan rica Ari… —susurraba, rozándome el mentón con la punta de sus dedos.

    El contacto me hizo estremecer. Retrocedí un paso, con el corazón latiendo desbocado.

    —Por favor… déjame… —murmuré.

    Pero su risa me envolvió, profunda, segura, como si supiera que mis palabras eran solo parte de un teatro que ni yo mismo podía sostener.

    —Que rico culazo Ari… —dijo sin rodeos—. Que rico se ve como tus ricas nalgas se comen tu pantalón así pronto se va comer esto—mientras se agarraba su entrepierna y se notaba que tenia una erección por el bulto que sobresalía de su pantalón.

    —C-cállate… —susurré, temblando.

    Él rio. Una risa grave, fuerte, que me hizo estremecer. Puso un brazo contra la pared, cortándome el paso, y de pronto su cuerpo enorme me tenía acorralado. Yo podía sentir el calor de su cercanía, y mi respiración se volvió torpe.

    —No tienes que fingir conmigo —dijo con voz firme—. Yo sé lo que eres… y me gustas.

    —Eres un desgraciado… —susurré, la voz hecha pedazos.

    Jordan inclinó la cabeza, sus labios tan cerca de mi oreja que me hicieron estremecer otra vez.

    —Se que te gusto Ari, aunque aún no quieras admitirlo.

    Me quedé helado. Mis manos temblaban, mis piernas no me respondían, y mis lágrimas corrían en silencio. Esa era mi lucha: odiarlo con toda el alma, y al mismo tiempo, odiarme más por verme débil a su lado.

    Mis piernas temblaban. Todo en mí gritaba que debía huir, que no debía dejarlo acercarse más. Y sin embargo, cuando su mano rozó la mía al quitarme una de las bolsas, no tuve fuerzas para arrebatársela. Me quedé quieto, sumiso, como un niño atrapado, con la garganta cerrada y los ojos húmedos por la vergüenza.

    —Así me gusta —añadió él, con una sonrisa satisfecha—. Obediente.

    Me devolvió la bolsa como si nada hubiera pasado, y se apartó lentamente, dándome espacio para huir. Y yo corrí, casi tropezando con mis propios pasos, mientras sentía que mi pecho ardía con un torbellino de miedo, negación… y algo más.

    Porque, aunque me repetía una y otra vez que debía olvidarlo, que no podía dejarlo entrar en mi vida, cada vez se me hacía más difícil ignorar el fuego que encendía en mí su sola presencia.

    Esa noche apenas pude dormir. El eco de su voz seguía persiguiéndome, como si Jordan estuviera sentado a los pies de mi cama, susurrándome esas palabras que no podía arrancar de mi cabeza.

    “Yo sé lo que eres… y me encanta.”

    Me envolví en las sábanas, apretando los ojos con fuerza.

    —¡No! —murmuraba en voz baja—. No soy eso… no puedo serlo…

    Mi corazón golpeaba como un tambor. Sentía vergüenza, miedo, un nudo en el estómago que me ahogaba. Y, sin embargo, había algo peor: esa parte de mí que temblaba al recordar cómo sus dedos rozaron mi piel.

    Me levanté de golpe, encendí la luz y me puse frente al espejo. Lo odiaba. Odiaba verme así, con este cuerpo que todos confundían con el de una mujer. Mi reflejo me devolvía la mirada con unos ojos húmedos, rojos de tanto contener el llanto. Mis labios carnosos, mi piel blanca, mi silueta delicada… todo era un recordatorio cruel de lo diferente que era.

    Golpeé el espejo con las manos abiertas.

    —¡Soy hombre! —grité entre sollozos—. ¡Soy hombre, maldita sea!

    Pero mi voz temblorosa, aguda, casi de niña, sonó como una burla. Y cuanto más lo repetía, más me convencía de que estaba atrapado en una mentira que yo mismo no podía sostener.

    Caí de rodillas, llorando en silencio, como un niño perdido.

    —Dios… ¿por qué a mí?… —susurraba, con las manos tapándome la cara—. No quiero ser esto… no quiero sentir esto…

    El recuerdo de Jordan, tan alto, tan seguro, rodeándome con esa risa arrogante, me quemaba por dentro. No era solo miedo. Había algo más. Algo que me hacía estremecer y que odiaba reconocer.

    Me arrastré hasta la cama, me acurruqué en un rincón, abrazando mis piernas. Intentaba convencerme de que mañana sería distinto, de que podría ignorarlo, de que todo esto no era real. Pero en lo profundo de mi pecho lo sabía: cada día, cada encuentro, cada palabra suya estaba quebrándome.

    Y yo, en mi fragilidad, en mi inocencia, no sabía cuánto más podría resistir antes de caer rendido.

    Desde aquel día en la ventana, mi vida dejó de ser la misma. Jordan no desaparecía, al contrario, parecía multiplicarse a mi alrededor. Cuando iba a comprar pan, ahí estaba. Si salía a botar la basura, lo encontraba recostado contra la pared del frente, mirándome con esa sonrisa que me quemaba por dentro. Yo intentaba ignorarlo, caminar rápido, fingir que no escuchaba… pero siempre terminaba atrapado por su voz.

    Esa tarde, con el pan caliente en las manos, supe que no podía escapar.

    —¿Otra vez tan apurada, princesa? —su voz profunda me atravesó como un rayo.

    Me puse rojo de inmediato. Bajé la cabeza.

    —Y-yo… tengo que volver a casa… —murmuré, apenas audible.

    Jordan se acercó despacio, como un depredador que ya sabía que su presa estaba paralizada.

    —¿Y por qué huyes de mí? ¿Te doy miedo? —me preguntó, inclinándose para verme el rostro.

    Tragué saliva. Mis labios temblaban.

    —N-no… solo que… yo… no debo… —me detuve, incapaz de articular.

    Él rió, un sonido grave que me hizo estremecer.

    —No debes, no debes… siempre con tus reglas, ¿no? —dijo burlón—. Eres tan inocente, Ari. Pronto serás mi mujer.

    Sentí un calor extraño subirme al pecho.

    —No me digas así… —pedí en un hilo de voz.

    —Tú vas hacer mi mujer—replicó él, acercando su rostro al mío.

    Me ruboricé aún más, las manos me sudaban.

    —Jordan, por favor… déjame en paz…

    Él arqueó una ceja y sonrió de costado.

    —¿De verdad quieres que te deje en paz? Porque yo veo otra cosa. Te veo temblar, y no solo de miedo. Te ruborizas cada vez que me acerco. ¿Sabes lo que pienso? —su voz bajó, grave, casi un susurro—. Que en el fondo, lo disfrutas.

    Negué con la cabeza, aterrado.

    —¡No! Eso no es verdad… yo… yo no soy así…

    Jordan me acorraló contra la pared, su sombra enorme cubriéndome por completo. Yo sentía que no podía respirar.

    —Claro que lo eres —afirmó con una seguridad aplastante—. Y mientras más lo niegues, más me lo confirmas.

    Yo apreté los ojos, con las lágrimas queriendo salir.

    —No… no digas eso… por favor…

    Él me tomó suavemente del mentón y me obligó a mirarlo.

    —Escúchame bien, Ari… —dijo despacio, como si me estuviera marcando cada palabra en la piel—. Desde el día que te vi, supe que ibas a ser mía. Tú puedes llorar, huir, negar… pero no puedes escapar de mí… y tarde o temprano, vas hacer mi mujer.

    El corazón me golpeaba tan fuerte que sentía que iba a desmayarme.

    Me cubrí el rostro con las manos, desesperado.

    —¡Basta! ¡No digas eso! —balbuceé, con la voz quebrada.

    Él me apartó una mano con firmeza, sin dejarme escapar.

    —¿Ves? Eres tan frágil… tan débil… tan sumisa. Ni siquiera sabes defenderte. Y eso… —rozó mi mejilla con sus dedos ásperos— …me vuelve loco, mírame como me tienes mostrándome su descomunal erección atreves de su pantalón.

    Me estremecí al ver lo grande que se le marcaba debajo de su pantalón, me dio miedo, pero no podía apartar la mirada de su entrepierna.

    —Por favor… yo no quiero esto… —susurré, casi suplicando. Con lágrimas silenciosas corriendo por mi rostro.

    Jordan acercó su boca a mi oído, tan cerca que sentí su respiración caliente.

    —No puedes evitarlo Ari. Vas a terminar obedeciéndome, Ari. Y lo peor… —sonrió, saboreando cada palabra— …es que te va a gustar.

    Yo me quedé paralizado, atrapado entre el terror y esa extraña sensación que me desgarraba por dentro. Quise gritar, correr, desaparecer… pero no lo hice. Solo temblé, débil, sumiso, sintiendo que poco a poco, ya no me pertenecía.

    No sé en qué momento mi vida dejó de ser mía. Desde aquel descuido en la ventana, Jordan se volvió una sombra inevitable. Podía ignorarlo un día, pero al siguiente lo tenía rondando de nuevo, esperándome en la esquina, con esa sonrisa burlona que me hacía sentir desnuda, débil… atrapada.

    Al principio pensé que, si me mostraba indiferente, se aburriría. Qué ingenua fui. Entre más lo ignoraba, más se empeñaba en perseguirme. Y lo peor es que yo… yo no podía controlarme. Mis mejillas ardían, mi voz temblaba, mi cuerpo me traicionaba cada vez que se acercaba.

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  • Mayelita y los amantes de la diversidad (5): Probando cosas nuevas

    Mayelita y los amantes de la diversidad (5): Probando cosas nuevas

    Natalia siempre buscaba emanar sensualidad, deseo y pasión. Vivía únicamente con su madre, su padre tenía otra familia, aunque le mandaba dinero seguido para pagar su colegiatura, celular y cualquier cosa que hiciera falta, ella siempre odio que prefirió a su otra familia que a ella y su madre. Había perdido su virginidad con un chico de 29, eso siempre lo lamento, pero había comenzado a disfrutar de su cuerpo, sabía que sus senos no eran muy grandes, pero también sabía que muchos hombres darían lo que fuera por tenerlos.

    Ella deseaba practicar el sadomasoquismo, gustaba que le escupieran, que la ataran que la ahorcaran, pero una vida cuando recién cumplió 18 años estando en su cuarto masturbándose a las dos de la mañana, termino de ver un video donde ataban de pies y manos a una chica en una “X” y apareció lo que cambio su vida para siempre; sadomasoquismo donde era la mujer y no el hombre el dominante.

    Natalia reprodujo el video y le pareció el video tan excitante, que acabo llegando al órgano en tan solo cinco minutos, sus sabanas quedaron empapadas porque volvió a tocarse, la imagen del hombre recostado con una chica delgada, menuda, sin senos como ella, pegándole con un látigo, diciéndole cosas humillantes, sujetándoles la boca para escupirles, dándoles manotazos en sus penes, apretando sus bolas o incluso pisándolos con tacones. La fascino, le encanto, le propuso a su novio de ese entonces, pero él se negó, ella insistió por meses, cuando lo dejo a los 19 años anduvo con otros tres chicos, esperaba encontrar a alguien con quien cumplir su fantasía, ninguno accedió en lo más mínimo y la situación de Natalia empeoro cuando encontró algo que la hizo estallar en deseo y placer.

    La imagen de una chica con un arnés consolador alrededor de su cintura y un hombre sodomizado el cual se ponían en cuatro para ser penetrado por ella. Natalia comenzó a desear aquello con todas sus fuerzas, imaginaba vestida de bikini, poniéndose ese arnés en la cintura, sentir que tenía una verga de plástico colgándole y que un hombre estaba a su completa subordinación, que haría lo que ella quisiera, que cumpliría todas sus fantasías.

    A lo largo de sus 19 años tuvo cuatro encuentros sexuales, tres se negaron rotundamente el cuatro le debatió si era un chiste y cuando Natalia detallo su deseo de querer ser ella la activa, el hombre le soltó una bofetada se fue. Natalia se estaba resignando veía esos videos con la libido al por mayor soñaba con poder sentir la sensación de dominar, de tener el control de hacer de un hombre lo que ella quisiera, su frustración era tal que se llegó a plantear muy seriamente ir a contratar a un prostituto, comenzaba a crear que esa sería la única manera de penetrar a un hombre y ser ella la alfa, pero entonces apareció Kevin en su vida.

    Ambos se subieron al auto en los asientos delanteros y se plantaron unos grandes besos, Natalia disfrutaba muchos los besos que aquel chico que hasta hace apenas cuatro meses creía que únicamente sentía atracción y deseo sexual por los abdómenes cuadrados y las vergas duras.

    -Solos tu y yo, mi hermoso pescadito. –Decía mientras se besaban.

    -Solos tu y yo, mi dueña. –Dice besándole el cuello, ella se separa y lo abofetea.

    -Dilo otra vez. –Dice con rudeza. –Mi dueña. –Ella orquesta otra bofetada más fuerte. –Otra vez. –El traga saliva. –Mi dueña. –Natalia le meto otra tan fuerte que más bien se sintió como puñetazo, pero el obedece. –Mi dueña. –Ella se lanza sobre él y baja el asiento del carro. Queda arriba de Kevin, en la contempla extasiado, siento como su erección crece y sujeta los muslos de aquella mujer que lo hacía dudar de su sexualidad.

    -Como mi hermoso pececito beta. –Dice y entonces le da su seno izquierdo, el comienza a chupárselo aun sintiendo el ardor en el rostro de sus bofetadas, pero se tranquila al saborear la suavidad y textura del seno de Natalia, ella adora tenerle a si. –“Eres mío, mío, mío solo mío”. Después de unos segundos ella se levanta y le dice que es hora de irse.

    -Solos tu y yo. –Dice besándolo antes de arrancar el carro.

    Kevin parecía tener algo extraño con las ducha, piscinas y lugares acuáticos, parecía ser que eran su entorno de tensión sexual, ya que a Jacob lo había conocido y enamorado en las duchas mientras que a Natalia comenzó a conocerla en la piscina.

    Ella degustaba de nadar al medio día cuando no había nadie, se vestía con ropa de nadadora y se metía a practicar, Kevin hacia casi un año que había dejado el futbol, le gustaba pero no tanto como dedicarse profesionalmente como Jacob, era un simple pasa tiempo que ya había cumplido su periodo ahora quería otra actividad deportiva y eligió natación, donde se toparía con Natalia y su menudo cuerpo, sus piernas y brazos al descubierto le generaban algo extraño o a si lo veía el al inicio, su rostro le parecía atractivo, le gustaba su delineado, su estilo gótico, como por dos semanas la vio, se saludaban, ella se iba cuando él llegaba.

    Natalia lo conocía sabía que era el novio de uno de los chicos más guapos de la escuela, pero rápidamente se dio cuenta que Kevin tenia lo suyo un día decidió quedarse unos minutos para verlo nadar y ese día paso a ser recurrente, Un día finalmente entablaron una plática más formal sobre las clases de natación y sus horarios, de inmediato ambos se cayeron bien, tres días después incluso Kevin solía echarle aventón a la parada de su camión.

    -¿Eres gay completamente verdad? –Le pregunto un día.

    -Sí, me encantan los hombres, oh bueno mi hombre, mi Jacob. –Dijo. – ¿Y tú solamente con chicos o también con chicas? –Natalia había tenido un par de aventuras lésbicas, pero no le habían producido algo digno de recordar. –Una que otra morita me ha atrapado.

    -Oh eso está muy bien.

    -¿Y tu?, ¿Alguna chica que te haya tentado?

    Aquella pregunta dejo frio a Kevin, porque en su mente la respuesta automática era no, pero desde hace días que las charlas con Natalia, recién salida de la alberca con sus piernas y brazos al descubierto, su cabello mojado y su rostro ovalado le habían generado cierta curiosidad, había comenzado a seguir en Instagram a modelos y actrices como Sydney Sweeny y Ana de Armas, sintiendo como algo en ellas le comenzaba a agradar, como ellas y otras chicas al ver sus fotos le comenzaba a generar alegría, sentía una pizca de curiosidad pero esa pizca estallo cuando un día Natalia maliciosamente fue en bikini a nadar.

    Kevin quedo frio al verla con el bikini rojo, sus senos descubiertos en cierta medida, sus hombros y abdomen a su vista, este último le genero gran curiosidad, no había cuadros se veía planito y suave, pero algo que ni el mismo entendido fue, sus senos y nalgas, segundos después se dio cuenta que no podía quitar la mirada de ellos y más cuando los comenzó a ver mojados y con su cabello sobre ellos y cuando ella salió y fue a cambiarse, la sintió; una erección.

    -“Tuve una erección por una mujer, ¿Cómo es posible?”. –Se dijo esa noche en su casa y pensó en ver una serie para distraerse pero entonces en su celular apareció el tiro que lo remataria, la actriz Sydney Sweeny subió una serie de fotos en bikini y lencería donde lucia sus grandes copas D y sus piernas perfectas así como su rostro perfecto, su pene se puso duro de inmediato, las vio detalladamente y sin darse cuenta ya estaba haciéndose una paja con ellas y cuando acabo se dio cuenta se había corrido con una mujer, su esperma había sido liberado no por un hombre como acostumbraba si no por una mujer.

    Jacobo hacia lo suyo lo penetraba y le hacia el amor, pero poco a poco el comenzaba a sentir el deseo de unos senos como los de Sydney Sweeny y una piel más suave que tersa, un fin de semana Jacob salió y después de la clase de natación Kevin y Natalia salieron a charlar a una plaza comercial, hablaron de sus series favoritas, pasa tiempos, calificaciones y vida sentimental, Natalia se quedó asombrada de que aquel chico solo había tenido relación con Jacob.

    -Me imagino ya han tenido relaciones.

    -Si bastantes. –Dijo riendo.

    -Debe ser excelente en la cama.

    -Ay si lo es, pero a veces… -Se encontró diciendo. – ¿Si? –Pregunto Natalia. –Abecés pues mmm creo ustedes las mujeres lo entenderán mejor, a veces es algo mecánico sabes, a veces es solo; Kevin ponte en cuatro que hay te va mi amigo. Su amigo es rico enserio me encanta, pero no se a veces, solo a veces.

    -Te gustaría innovar. –Kevin confirmo y entonces la idea vagamente comenzó a rondar por la cabeza de Natalia, de estar ante el hombre por quien tanto había pedido. Le propuso ir al cine al día siguiente el acepto. La chica de 20 años nuevamente se lanzó, se llevó una blusa morada oscura y una falda negra, así como medias blancas, parecía colegiala y Kevin quedo embobado al verla, tanto que casi sintió que se le pondría dura al verla, no habían pactado que película ver, pero la suerte parecía sonreírles a ambos en miras de cumplir sus fantasías.

    -Dos entradas para; “Con todos Menos Contigo”. –Dijo Natalia. Era una película protagonizada por Sydney Sweeny y Glen Powell, una comedia amorosa pero donde la actriz salía en bikini y vestidos cortos. Kevin ya había visto las fotos de Sydney y se había masturbado con ellas, llevaba la cuenta en ese entonces, solamente cinco eyaculaciones por mujeres, tres por dicha actriz y dos por videos porno heterosexuales.

    Entraron a ver la película y a los veinte minutos en una escena donde sale en bikini blanco mostrando sus hermosas piernas, nalgas y senos en su mayoría Natalia se volteó y dijo. –Hermoso bikini, me gustaría ir a si a la playa un día. –Aquello hizo que la verga de Kevin se pusiera más dura. A lo largo de la película Natalia maliciosamente rozaba su pierna con la suya y sujetaba su mano, Kevin se dejaba. –Ese vestido te quedaría muy bien. –Dijo Kevin al ver una escena en la que Sydney salía con un vestido café escotado, Natalia supo que su trabajo funcionaba.

    La escena en la que Glen Powell y Sydney Sweeny acaban haciendo el amor Natalia le puso su mano en la pierna a Kevin, este se quedó frio tratando de adivinar las intenciones de Natalia o fijarse en la película.

    -Tu habrías dicho que Sydney Sweeny es la afortunada…. –Dijo guardando silencio. –Pero ahora creo piensas es Glen el afortunado por estar con ella. –Dijo Natalia susurrando entonces sintió como la chica ponía su mano sobre su pantalón tanteando sentir su pene erecto, el suspiro y solo asintió. –Cuando Glen acaricio el trasero de Sydney te éxito. –El volvió a asentir mientras ella lo miraba susurrando y acariciando su pene sobre el pantalón. – ¿Te gustaría sentir la textura de unas nalgas femeninas?

    -Si alcanzo a decir. –Entonces Natalia se puso encima de él. La sala estaba casi vacía por lo que pudieron disfrutar, puso las manos del chico que hasta hace unos días se sentía confundido pero que hoy tenía claro que deseaba sentir unas nalgas suaves y femeninas, ella lo guio al inicio, pero después en la acaricio y froto. – ¿Rico no? –Le susurro. El asintió y se besaron. Ni siquiera acabaron de ver bien la película por estar jugando, cuando los créditos aparecieron ambos salieron del cine y decidieron que harían lo que deseaban.

    -En mi casa no se puede. –Dijo Natalia.

    -Tampoco en la mía. –Dijo Kevin.

    -Solo nos queda un motel, pero no traigo dinero.

    -Yo sí. –Dice Kevin y arrancan.

    En su primera noche no se penetraron, de hecho, Kevin no tenia deseos de penetrarla al iniciar su relación, Natalia y él se besaron, ella cumplió su fantasía desde un inicio, introdujo lentamente sus dedos en la cavidad anal de Kevin, es te puso en la cama y alzo su trasero que Naty beso lentamente para darle placer primero con sus dedos y posteriormente con un dildo de color piel que traía en su bolsa.

    -Parece ya tenías todo pensando. –Exclamo Kevin.

    -Si. –Dice ella fascinada. –Ahora ponte. –Dice y se llena de alegría al ver como Kevin obedece y le alza su trasero, finalmente había encontrado lo que tanto quería. Sujeto su trasero y comenzó a introducírselo. Le entro perfectamente el exhalaba y gemía. –La próxima vez será un arnés. –Dice levantándose para penetrarlo.

    -Ay sí. –Ella contesta. – ¿Si qué? –Dice sujetándole el cuello. –Si mi Naty. –Ella le sujeta fuerte la boca y lo mira. –Si mi dueña se dice. –Aquello éxito a Kevin, su mirada, su voz le parecían exquisitos casi más que el dildo dentro de él. –Ay miren ya se está poniendo duro. –Dijo sujetando su pene. Natalia le introdujo el dildo como si de un pene verdadero se tratara, Kevin sentía su aliento y su mano sujetando su pene, extrañamente en una primera vez parecía ambos habían desarrollado una sincronización de placer, ya que cuando Kevin eyaculo ella misma sintió el clímax, su semen callo en la palma de su mano.

    Ella le dio la vuelta y sin saber le dio una bofetada y luego cayó sobre él, el sintió su cuerpo temblando, extasiado aun dando espasmos de placer. Kevin quedo fascinado al ver como Naty lamia su semen de su mano.

    -Ay nunca había probado el semen de un putito.

    -¿Qué tal sabe?

    -Muy bien, ¿comiste piña?

    -Que tiene eso que ver. –Dice riendo, entonces Natalia lo dedujo.

    -¿Jacobo jamás ha probado tu semilla? –Vio la mirada de Kevin y lo supo. –Es muy rica Kevin. –Dijo sonriendo y volviendo a lamerla incluso bajando a darle unos besos y lengüetazos a su pene.

    -Creo ambos probamos cosas nuevas hoy y sobre todo sentimos. –Natalia volvió a subir lo miro a los ojos y ambos se besaron aun con los labios de la chica impregnados de su semilla y ella se acostó sobre su pecho sintiéndose feliz, complacida como una niña que consigue lo que tanto soñaba mientras que Kevin sentía extraño haber tenido relaciones sexuales con una mujer haber saboreado sus senos, su piel, sus labios y tenerla ahora acostada sobre su pecho, era el quien se acostaba en el pecho de Jacobo.

    En su segunda cita Natalia hicieron el amor de manera similar, pero fueron a una tienda a comprar dos arneses consoladores y ahora en estos días que se quedarían solos estaban listos para disfrutar de su compañía, disfrutar de sus deseos y quizá de algo más.

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  • Juguete de ella, juguete de él (4): Videos

    Juguete de ella, juguete de él (4): Videos

    Habían pasado solo unos días desde la llamada de Erin, pero Zandro todavía no lograba dormir una noche entera.

    Compartían la misma cama, como siempre, pero el silencio entre ellos era distinto.

    Ella dormía tranquila, de espaldas a él, y él permanecía despierto, mirando el techo, escuchando su respiración.

    La distancia era mínima, apenas unos centímetros, pero suficiente para que el aire se sintiera denso, cargado de algo que ninguno de los dos mencionaba.

    La voz de ella seguía en su cabeza, lejana y nítida al mismo tiempo, como si aún sonara en la línea.

    Lo que había escuchado lo había cambiado.

    Había despertado en él algo que no quería aceptar, una sensación confusa que lo perseguía incluso en los momentos más triviales.

    Intentaba convencerse de que podía seguir con su vida, concentrarse en el trabajo, pero cada vez que el teléfono vibraba, sentía el mismo estremecimiento que aquella noche.

    Los días pasaron, pero la sensación no cedía.

    La rutina apenas servía para distraerlo.

    Hasta que una tarde, mientras intentaba terminar un informe, el celular volvió a vibrar sobre el escritorio.

    Al desbloquearlo, vio un mensaje de Erin: un video acompañado de un simple texto que decía “míralo…”.

    Durante unos segundos dudó. Luego lo abrió.

    Desde el celular comenzaron a escucharse gemidos suaves, contenidos pero lo suficientemente claros para llamar la atención de alguien cerca. En la pantalla, Erin estaba apoyada sobre un escritorio, con la falda y la tanga caídas hasta los tobillos. Sus manos se aferraban al borde del mueble, los ojos cerrados y la boca entreabierta, completamente entregada al hombre que la penetraba por detrás. Cada estremecimiento de su cuerpo, cada arqueo de espalda, transmitía deseo y abandono total.

    —¡Mierda! —susurró Zandro, bajando el volumen instintivamente. Su respiración se aceleró y un calor incómodo se acumuló en su entrepierna, recordándole con fuerza la excitación que la imagen le provocaba.

    Un compañero que pasaba lo miró con curiosidad:

    —¿Todo bien?

    Zandro forzó una sonrisa, intentando sonar natural, mientras su corazón latía con fuerza y sentía un ligero temblor en las manos:

    —Sí… un amigo me mandó un video de broma.

    El otro rió y se alejó, y Zandro respiró aliviado, aunque el pulso aún le golpeaba el pecho y la erección que trataba de ignorar le recordaba lo vulnerable que se sentía. Guardó el celular en el bolsillo, evitando mirar de nuevo en medio de la oficina, mientras la imagen de Erin y sus gemidos seguía rondando su mente, provocándole un torbellino de deseo y confusión que no podía controlar.

    Pasó el resto de la tarde en un estado de nervios constante. Cada pocos minutos sentía la tentación de abrir el video de nuevo, pero se contuvo hasta que pudo ir al baño, necesitaba privacidad absoluta.

    Se encerró en el cubículo más alejado, asegurándose de que nadie pudiera molestarle. Sacó el celular y conectó los auriculares, tomando un respiro profundo antes de reproducirlo.

    Ahora, en privado, los gemidos parecían más crudos y envolventes. Erin estaba apoyada sobre el escritorio, y por la perspectiva, el hombre la cogía fuerte de la cintura, arremetiendo con una fuerza que la movía por completo. Podía ver cómo el hombre le jalaba el cabello, y cómo Erin reía entre jadeos, casi desafiándolo, mientras cada embestida la hacía moverse con fuerza y desesperación. Los gemidos de Erin eran húmedos y profundos, llenos de placer, y en varias tomas se la veía siendo nalgueada sin piedad. Cada embestida hacía temblar su cuerpo, los pechos oscilando con violencia.

    Al final, el hombre sacaba la polla y se corría en sus nalgas, dejándoselas chorreando leche.

    Zandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda y un calor intenso en su entrepierna. Su corazón latía con fuerza y su respiración se aceleró. Sin darse cuenta, su erección estaba dura y palpitante. Temblando ligeramente, reprodujo nuevamente el video antes de bajar el cierre, liberar su miembro y comenzar a masturbarse lentamente, siguiendo el ritmo de las embestidas de Erin en la pantalla. Cada nalgada, cada jadeo, cada golpe de cadera lo hacía estremecerse, empujando su excitación a límites que no había anticipado.

    Su respiración se volvió entrecortada, su cuerpo tenso y vibrante. A medida que el video avanzaba, sus movimientos se hicieron más rápidos y desesperados. La mezcla de culpa y placer lo atrapaba por completo, y el orgasmo lo alcanzó de golpe, violento, haciendo que se corriera en su propia mano mientras el semen goteaba sobre el inodoro y el piso.

    Temblando, usó papel para limpiarse, incluso frotando su pantalón para borrar cualquier rastro. Se lavó las manos dos veces, y se miró en el espejo, su piel sudada y el corazón latiendo con fuerza.

    —¿Qué me está pasando? —susurró, con voz temblorosa, todavía atrapado entre la vergüenza y la excitación.

    Guardó el celular, pero la sensación de deseo no lo abandonó. Cada gemido y movimiento de Erin seguía resonando en su mente, acompañándolo silenciosamente el resto de la tarde.

    Los siguientes videos no tardaron en llegar. Cada uno parecía elegido para atrapar a Zandro en un torbellino de emociones que no podía controlar. A veces llegaban en la oficina, otras mientras conducía, incluso una vez mientras estaba en la cocina de su casa. Cada notificación del celular hacía que su pulso se acelerara; ya no podía ignorarlos.

    Uno tras otro, los videos mostraban a Erin de maneras distintas, siempre entregada y consciente de que él los vería:

    Erin mamando en un auto, tragando cada gota de semen y luego mostrando la boca llena frente a la cámara.

    Erin con las piernas abiertas, acariciando su propio clítoris mientras su amante la penetraba, gemidos profundos escapando con cada embestida, su cuerpo temblando y los pechos rebotando con cada movimiento.

    Erin montando a su amante sobre una silla, rebotando con fuerza mientras él la sostenía y le estrujaba los senos desde atrás, sus caderas moviéndose sin pausa, su espalda arqueándose con cada embestida, entregada completamente al placer.

    Zandro se sorprendía a sí mismo, incapaz de apartar la vista de la pantalla. Cada video lo atrapaba en una mezcla de celos, deseo y fascinación. Su cuerpo lo traicionaba una y otra vez: ante la llegada de cada video, terminaba siempre igual, masturbándose en silencio mientras veía las imágenes, cada vez más rápido, más intenso, más desesperado.

    Su respiración se aceleraba, su corazón latía con fuerza, y la sensación de humillación mezclada con deseo lo hacía sentir atrapado, excitado y confundido al mismo tiempo. No podía evitar imaginarse cómo estaría Erin en ese momento, si le pediría que dejara que él lamiera su concha como aquella primera vez… o, si no lo hacía, si él sería capaz de decirle que le dejara hacerlo. Solo pensar en ello lo hacía endurecerse de inmediato, atrapado entre la fascinación y el deseo que Erin le provocaba sin remedio.

    Las noches en casa habían cambiado. Erin seguía llegando tarde, pero ya no había reproches ni explicaciones. Solo la observaba entrar, con su sonrisa cansada pero satisfecha, y Zandro se preguntaba qué habría hecho, qué secretos escondía entre esas horas fuera de casa. Cada movimiento suyo lo encendía, cada gesto le recordaba los videos, y su cuerpo reaccionaba sin poder evitarlo.

    Zandro se quedaba allí, atrapado entre la incredulidad y el deseo, sintiendo cómo cada video, cada gesto y cada gemido de Erin lo arrastraban un poco más al abismo de su excitación y su obsesión.

    Esa tarde, Erin llegó a casa más temprano de lo habitual. Al abrir la puerta, encontró a Zandro sentado en el sofá, el celular en las manos. No podía ver qué estaba reproduciendo, pero su concentración y la tensión en su rostro lo delataban. Se acercó y se sentó a su lado, observando de cerca, y entonces vio la pantalla: un video de ella misma con su amante.

    —Veo que te gustan los videos que te enviamos… —dijo Erin con una sonrisa pícara, dejando entrever diversión y provocación—. ¿Y no te gustaría ver uno nuevo?

    Sin esperar respuesta, sacó su móvil del bolso y se sentó más cerca de él. Deslizó la pantalla y le mostró un nuevo video.

    En la pantalla se veía a Erin y su amante en el asiento trasero de un auto. Erin estaba sentada sobre él, de espaldas a la cámara, rebotando con fuerza y clavando la polla del amante dentro de ella. Él no estaba quieto: cada embestida iba acompañada de nalgadas que resonaban y de sus manos separando sus glúteos, asegurándose de que la cámara captara cada detalle de cómo la follaba sin piedad.

    Zandro no podía apartar la mirada. Su excitación, acumulada por los videos previos, se volvió imposible de controlar. Erin, sentada junto a él, lo notó y, con una sonrisa cómplice, sacó su polla del pantalón y comenzó a masturbarlo lentamente, sincronizando sus movimientos con los de la pantalla.

    La tensión creció hasta que, antes de que el video terminara, Zandro se corrió, en un orgasmo violento que lo hizo jadear y temblar. Erin se limpió la mano con descaro en el pantalón mojado de Zandro, aún sonriendo. Se levantó y caminó hacia el dormitorio, dejándolo con el celular todavía reproduciendo la grabación.

    La imagen final del video mostraba a su amante penetrándola hasta el fondo y corriéndose dentro de ella, llenándole la concha de semen mientras arqueaba la espalda, jadeaba y temblaba por el placer intenso.

    Al terminar el video, Zandro reparó en el nombre del archivo y se dio cuenta de que había sido grabado poco antes de que Erin llegara a casa. La evidencia era clara: debía tener la concha todavía llena de semen fresco.

    La excitación lo dominaba. Sin pensarlo más, se levantó del sofá y caminó directo hacia el dormitorio, con el corazón golpeándole en el pecho y con la polla nuevamente dura.

    Al entrar, la imagen lo paralizó un segundo: Erin estaba desnuda, recostada en la cama, las piernas abiertas. Ella tenía la mirada fija en él, y sus dedos jugaban con los labios de su concha. Era casi un reflejo de aquella primera vez en que ella, con descaro, le confesó su infidelidad mientras lo obligaba a probar su concha llena de semen de otro hombre.

    Se quedaron unos instantes mirándose, sin necesidad de palabras. Todo estaba dicho en esas miradas: ella ofrecía, él aceptaba.

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  • Maestra en mini (8)

    Maestra en mini (8)

    Es Halloween y curiosamente toca hacer la fiesta en el patio de la supervisión, ocasión mas que oportuna para ver a Hermilo me digo a mi misma, de un tiempo a la fecha no me ha buscado ni comunicado conmigo.

    Llego temprano para ver los detalles de la fiesta ya que soy parte de la mesa directiva de eventos sociales de la zona.

    Al final la fiesta se hace en la calle para dar paso a que la gente de la colonia también participe, llegada la hora me coloco mi disfraz que en esta ocasión es de fantasma sexi con un vestido blanco de cuerpo entero ajustado a cada curva de mi infartante cuerpo con olanes al final con un escote en forma de corazón a la altura del pecho que deja ver mis turgentes y firmes senos, las mangas largas y la capucha con solo un par de manchas negras simulando los ojos y boca grotescos, no me coloco ropa interior.

    Así casi desnuda me pierdo entre la gente esperando ver a Hermilo, sin embargo, la decepción llega mas pronto de lo esperado al verlo entrar del brazo con su esposa, muy sonrientes saludando a todo mundo.

    Me bloqueo, no sé qué hacer, el bullicio del sonido a todo volumen rodeada de demonios, brujas, vampiros etc. Me hace recobrar el sentido.

    –Buenas noches, me acerco a saludarlos quitándome la capucha.

    –Maestra Laura, -me dice- ¿Y su esposo?

    Sin darle respuesta me alejo de ellos colocándome la capucha bajo la mirada aniquilante de su esposa que me imagino ya sabrá de lo nuestro por la forma en que me mira.

    Decido disfrutar de la fiesta bailando muy sexy, rosando mi cuerpo con los hombres que se me acercan, Hermilo saca a bailar a su esposa y yo en contra parte tomo al primer hombre que se cruza en mi camino, un tipo vestido de diablo con su cola saliendo de sus pantalones maquillado grotescamente y sus cuernitos de papel.

    Le pido al Dj que ponga una mas movida, este accede, me coloco al centro de la pista y empiezo a moverme al ritmo de la música levantando mis manos y haciendo movimientos circulares con las caderas, mis tetas saltan fuera de ante las atentas miradas de los chicos le doy la espalda a mi pareja quien se mueve también al ritmo y colocando las manos en mi cadera empiezo a contonearla de un lado a otro restregándome en su pelvis, perrea, perrea, perrea se escuchan los gritos de la gente que de igual forma empiezan a bailar a nuestro alrededor.

    Viendo que Hermilo no pierde detalle empiezo a bajar y a subir muy sensualmente embarrándome en mi pareja como si estuviera haciendo sentadillas, me volteo hacia él y le paso los brazos por detrás mientras el pasa los suyos por mi cuerpo dibujando mis curvas con ellas, en medio de la emoción el intenta besarme aun con la capucha puesta, me alejo un poco sonriendo, discretamente noto la carpa que se ha formado entre sus pantalones, así que aprovecho para darle la espalda de nuevo y restregarme en ella tomando sus manos con las mías levantando mi colita para restregarme con mas firmeza en el sintiendo su dureza.

    –¿Te gusta zorrita? me dice mientras me agarra las tetas.

    No le respondo, viendo a Hermilo a mi esposo a Lalo mirándome me siento muy puta y sus palabras me hacen sentir más caliente.

    La pieza termina, mi pareja me toma de la mano y me pregunta si podemos salir un poco.

    Accedo, me lleva al callejón más cercano y comenzamos a platicar y a fumar recargados en un coche viejo, platicamos de cualquier cosa hasta que de la nada me jala hacia el y comienza a besarme con furia, muy salvaje y dándome mordidas fuertes en los labios.

    Me voltea de espaldas a él.

    –Quiero que sientas mi verga, mira cómo me pones, me dice mientras se restriega violentamente contra mi cuerpo, intenta subirme el vestido pero al no poder se saca la verga y me la restriega en medio de mi colita masturbándose mientras siento como el vidrio de la portezuela del carro donde me tiene embarrada empieza a bajar, mis tetas respiran un poco al sentirse liberadas, pero igual es solamente para sentir sobre ellas unas manos frías, no quiero saber quien es, el diablillo me tiene ocupada con su gruesa reata golpeando mi colita.

    Las manos que amasan mis tetas ceden a una boca ardiente que las lame y besuquea, el afortunado diablillo termina en gruesos y espesos chorros de leche que bajan lentamente sobre mi traslúcido vestido de la espalda a la cadera.

    Me asomo para ver quien es el afortunado que probó mis senos y es nada menos que el conserje de la supervisión, el buen Rutilo, un viejito que apenas y puede con las labores escolares.

    La fiesta continua, ya es media noche y en medio del baile, las copas y mi disfraz todo manchado coincido otra vez con mi diablillo favorito, que va acompañado me imagino que de su novia o esposa, no hago nada para llamar su atención, solo es cuestión de minutos para que de nuevo esté a mi lado bailando.

    Entre pieza y pieza noto que me va guiando de nuevo hacia el lugar mas apartado de la fiesta, de reojo veo la conserjería abierta y lo jalo hacia ella.

    Me quito el vestido quedando completamente desnuda ante él, agarra con fuerza mis tetas, retorciendo mis pezones rosaditos.

    Pone un pezón en su boca y comienza a lamer despacio mientras gimo sintiendo sus dedos por húmeda vagina, levanto su rostro y lo beso con dulzura.

    –No sabes que rica estás, me pones caliente muy rápido, te quiero hacer de toda mami, me dice mientras me besa el cuello, el oído, la boca.

    –¡Que chingada madre haces aquí! Le dice al pobre Rutilo que va entrando a su casa.

    –Pues aquí vivo ¿no? Le contesta

    –Déjalo le digo acercándome al conserje ofreciéndole mis tetas, el diablillo, que no se ni su nombre, se molesta y quiere sacarlo, –si lo sacas también me voy le digo categóricamente mientras el viejillo afortunado retoma su labor con mis senos.

    No le queda de otra, me voltea hacia el pidiéndole al viejo que se vaya que no se haga pendejo, pero este en lugar de obedecer empieza a lamer mi cuello desde atrás, mis hombros y amasa con fuerza mis pechos desde el nacimiento hasta mis pezones.

    Por un momento los dos se quedan mirándome como extasiados, por mucho, soy lo mejor que han tenido en sus vidas, yo los observo jadeante, deseosa, el diablillo toma la iniciativa desnudándose y sentándose en la vieja cama del conserje ya desnudo me pide que me acerque a su macana ofreciéndomela, sin hacerlo esperar la tomo en mis manos y sin dejar de verlo a los ojos empiezo a lamerla desde la puntita hasta los huevos.

    –Ya pinche anciano, sáquese de aquí, hace el último intento para sacar a Rutilo.

    –Y dejar que goces tu solo de esta puta, ¡ni madres! ¡vamos a cogérnosla entre los dos! ¿verdad que te va a gustar mamacita?

    No le digo nada lo tomo tiernamente de la mano y lo acerco reanudando mis chupadas a la verga del diablillo quien ya no se queja, cierra los ojos y empieza a disfrutar.

    Rutilo aprovecha que estoy en cuatro y empieza a darme besitos en las nalgas, me dice que están suavecitas y que le gustan mucho, de reojo lo observo desnudarse, se acerca, lo siento colocar su pito a la entrada de mi vagina mientras sigo en mi labor mamando el mástil del diablillo.

    De repente siento algo enorme en mi entrada, me imagino que el muy cabrón quiere meterme algún objeto en ella, volteo a reclamarle pero ¡no! me doy cuenta que en realidad es su verga ¡una gran verga!, no muy grande, pero si muy ancha, como una pequeña trompa de elefante,

    –¿Te gusta? me dice el muy pendejo, no me deja responderle, el Diablo me toma de la cabeza y me retaca su verga y empieza a cogerme por la boca sin darme tiempo a respirar.

    Rutilo reanuda su labor, menos mal que mi vagina esta lubricada, me digo a mí misma, a pesar de estar concentrada en el diablo, siento como ese enorme tronco empieza a penetrarme abriéndose paso por las paredes de mi vagina lentamente hasta tocar fondo, me deja que me adapte a su nabo y empieza a meterlo y sacarlo con suavidad, ah, rutilo se da cuenta de que estoy deseosa y empieza a bombearme más rápidamente, ah, um, volteo a verlo para animarlo, sobando la reata del diablo parece que esto le gusta porque me ofrece su verga de nuevo la cual con gusto empiezo a chupar, así permanecemos por 10 o 15 minutos, solo se escuchan los chasquidos de mis nalgas al rebotar en la pelvis de Rutilo y las chupadas que le estoy dando al diablillo.

    Los dos machos braman como fieras gozando y disfrutando de su momento de suerte mientras les entrego mis mejores gemidos y lamentos.

    Rutilo se tiende en el suelo mientras el diablo se incorpora esperando su turno, sin perder el tiempo me encaramo en el macho que está recostado y comienzo a cabalgarlo, me jala de las tetas para lamerlas mientras me empieza a coger con ganas como puede el diablo no deja de lubricarme el ano con saliva, le dice al viejo que se espere mientras coloca su fierro en mi anito.

    Le digo que no lo haga, que me van a partir en dos pero me toma de las manos y me dice que una perra como yo se merece un trato especial, sin hacerme caso va empujando su camote en mi ano, siento que me parte, no les importan mis gritos y empiezan a cogerme con fuerza, pasado el duro momento empiezo a tomarle sabor al asunto, un arrasador orgasmo me llega impetuoso explotando al ritmo de las vergas de mis machos.

    El diablo me toma de la cintura y hace que me salga de Rutilo, me aparta y empieza a cogerme el ano con fuerza mientras Rutilo me acerca su verga para que empiece a mamársela, jadean como locos.

    –¿Te gusta perra? Me dice el diablo

    No le respondo, me desprendo de el y empiezo a mamarle va verga con todas mis fuerzas, Rutilo no pierde el tiempo y me sienta de espaldas a el clavándome su verga en el ano de un solo impulso, empieza a galoparme con fuerza tomándome de las tetas como si quisiera arrancármelas, mientras propino mis mejores lamidas y chupadas a mi diablito saboreando mi propio ano, me coge por la boca con desesperación colocando sus manos en mi nuca.

    Siento su descarga de leche, saco mi lengua para que me la de toda, arquea su cuerpo, ¡toma¡ me grita desaforadamente, empieza a escupir sus mocos en mi lengua, algunos me llegan al cabello y otros resbalan por mis mejillas hasta mis pechos, ¡ah¡ ladra Ramiro que escupe su leche en mi ano, siento su liquido caliente quemarme las entraña.

    –¡Toma pinche puta, toma! Grita rutilo con las pocas fuerzas que le quedan.

    Quedamos exhaustos tendidos en la vieja cama de la conserjería, mis machos ya se han parado y yo sigo recostada observándolos como terminan de vestirse.

    Se acercan a mí, me ayudan a levantarme y me colocan mi vestido, empezamos a besarnos de nuevo pero ahora con mas calma como agradeciéndonos mutuamente el momento que acabamos de pasar.

    El lunes me presento de nuevo al trabajo aun dolorida por la tremenda cogida que me dieron Rutilo y el tipo disfrazado de diablo, que por cierto, nunca supe como se llama o quien es.

    El tiempo transcurre y el camión de la basura llega para llevarse los tambos del plantel.

    De reojo miro a los chicos que cargan los tambos y los vacían en el carro sin embargo uno de ellos llama mi atención ya que va disfrazado igual que mi diablillo.

    Salgo para cerciorarme y si efectivamente es el chico del camión recolector, quien lo diría.

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  • Mi hijo mayor y Carmen, la madre de Pedro Pablo

    Mi hijo mayor y Carmen, la madre de Pedro Pablo

    Mi hijo menor seguía convencido de que para ayudar a su amigo Pedro Pablo a no alcoholizarse lo mejor era llevarle hacia el mundo de sexo, y para ello lo mejor era transformar a toda su familia en una familia como la nuestra, completamente abierta en materia de sexo, y para ello una de la siguiente idea fue llevar a su hermano, mi hijo mayor, a follar con la madre de su amigo.

    Así que un día, como por error, dejó su móvil, en casa de su amigo, después desde casa, hizo como que se había dado cuenta y desde el teléfono de su hermano llamamos al suyo, lo cogió la madre de Pedro, mi hijo menor le contó a la madre de su amigo, que al día siguiente no podía ir a recogerlo, pero que enviaría a su hermano a por él, de esta manera se propició el encuentro entre mi hijo mayor y Carmen la madre del amigo de mi hijo menor, según me contó él:

    Cuando llegué a casa de Carmen y llamé a la puerta esta me abrió, debo reconocer que estaba divina, rellenita, pero tenía mucho sexy, no me extraña que mi hermano tuviera ganas de tirársela. Llevaba una blusa de tirantes que hacía destacar sus enormes tetas, y una falda caqui, por encima de las rodillas.

    Le di las gracias por guardarnos el móvil, y nos pusimos a conversar, mis ojos no podían apartarse de sus tetazas, en un momento dado me coloqué detrás de ella y le dije:

    -Estas buenísima, no me extraña que mi hermano se haga muchas pajas pensando en estas tetazas.

    Primero se las acaricié por encima de la blusa, después le bajé las hombreras y se las dejé al descubierto, le dije:

    -Me encantan tus tetas.

    -Las chicas con las que seguro sales, las tendrán mucho mejores que las mías.

    Le dije que no, y se las seguí acariciando, después me di la vuelta, llevé mis manos hacia la cremallera de su falda y se la bajó, en ese momento me di cuenta de que lo que yo pensaba que era una blusa en realidad era un bodi, la hice sentarse en el sofá, y cuando lo hizo se lancé con mi cabeza hacia sus impresionantes tetas, y me puse a besárselas, mientras ella me decía:

    -Mi rey, me estás haciendo gozar un montón

    Al rato añadió:

    -Cariño ahora me toca a mi darte gustito.

    Cuando me quise dar cuenta, me había bajado los pantalones y el bóxer dejando al descubierto mi polla. Al verla dijo:

    -Mi amor, menudo pollón tienes.

    Se tumbó en el sofá dejándome en uno de los extremos, acercó su boca a mi polla, se la metió en su boca y comenzó a chupármela, le ponían unas ganas impresionantes.

    -Si lo haces así con tu marido, debe de estar en la gloria contigo, le dije.

    Para nada mi amor, me respondió, con mi marido no tengo ganas de hacer nada, cuando lo hacemos es por rutina.

    Y siguió chupándomela, me encantaba como lo hacía. No quería que terminara nunca, y me la estuvo chupando hasta que sacándose mi polla de su boca me dijo:

    -Amor vamos a follar.

    Me tumbó sobre el sofá y me quitó la camisa, que era la única prenda que todavía llevaba puesta. Ella se quitó el bodi, de esta manera los dos nos quedamos completamente desnudos, después me hizo tumbarme en el sofá, ella se puso encima de mí, y llevó mi polla hasta la entrada de su coño, y poco a poco la fue introduciendo en el interior de este, en ese momento comprendí que mi hermano no había exagerado, esa mujer follaba de maravilla.

    Apoyó sus brazos, uno a dada lado de mi cuerpo, se quedó de esta manera a cuatro patas, yo al ver estas esplendidas tetas encima de mí, no pude menos de acariciárselas, y lo mismo me paso con su culo, esta mujer, como mi madre serían lo que se llaman rellenitas, y eso es algo que me da mucho morbo, ella al sentir mis manos sobre su cuerpo dijo:

    -Vais a hacer que me aficione a los jóvenes, follais de maravilla.

    Y continúo cabalgándome, sus gemidos eran muy intensos, lo que me excitaba aún más, pero notándola un poco cansada la propuse:

    -¿Quieres que nos pongamos de lado, y follemos así?

    -Cariño, yo con tal de follar contigo, follo como sea, me respondió.

    Se bajó de mí y se puso en el sofá de medio lado, mientras yo me había ladeado y ahora estaba detrás de ella, le pedí que alzara una de sus piernas y se la sujeté, su coño estaba muy abierto y al alcancé de mi polla, así que desde esta postura introduje mi polla en ese maravilloso agujero, ella al sentirme dijo:

    -Que delicia, con mi marido esto nunca lo haríamos.

    Yo me puse a moverme, sus gemidos iban en aumento, mientras con una de sus manos acariciaba una de sus tetas, todo esto hacía que mi excitación aumentara, me propuse hacerla correrse y aumente el ritmo de mi follada, sus gemidos seguían aumentando de intensidad, mientras ella decía:

    -Me estoy volviendo loca de gusto, sigue.

    Seguí aumentado el ritmo hasta que sentí que se corría, en esos momentos me dijo:

    -Muchas gracias, mi amor, esto es una locura maravillosa.

    Ella estaba tumbada sobre el sofá, descansando, pero mi polla seguía dura y con ganas de marcha. Le pedí que abriera bien las piernas, ella al ver mi polla dijo:

    -Esta dura y es preciosa, mi amor métemela de nuevo.

    Me puse de rodillas sobre el sofá, alcé una de sus piernas y la puse sobre mi hombro, y de un golpe se la metí, ella nada más sentirla dentro se puso a gemir nuevamente, mientras decía:

    -Nunca pensé que se pudiera gozar tanto.

    Mientras decía esto llevé una de sus manos hacia un de sus tetas y me puse a acariciársela, mientras llevaba la otra hasta cerca de su coño y me puse a rozar la superficie de su sexo cercana al lugar por donde mi polla le estaba penetrando, sus gemidos eran todavía más intensos. Y decía:

    -Mi amor, me estas volviendo loca.

    De eso se trataba, quería volverla loca de placer, así que seguí moviendo mi polla dentro de ese coño tan caliente que ella tenía, hasta que nuevamente ella me volvió a sugerir otra postura, me hizo sentarme en el sofá y ella se sentó encima de mí, empezó a subier y bajar mientras se puso a gemir de una manera muy intensa y decía:

    -Mi amor esto es fantástico, no puedo dejar de pensar en lo mucho que he dejado de follar por serle fiel al imbécil de mi marido. te adoro y quiero gozar del sexo de todas las maneras posibles,

    Y siguió cabalgándome de una manera desesperada, yo sentía que estaba ante una mujer hambrienta de sexo, y mi polla deseaba complacerla a tope, oírla gemir era impresionante, y en un momento determinado soltó un fuerte gemido y dijo:

    -Me corro.

    Yo en ese momento le ofrecí sacarle la polla de su coño, pero ella me respondió:

    -No mi amor, quiero disfrutar de sentir tu leche en mi interior.

    Y siguió montándome como si no hubiera pasado nada, lo hacia con ansia, así que no tarde en correrme y mi leche se esparció por su coño, en ese momento ell se levantó y besándome en la boca me dijo:

    -Te amo, me estás haciendo muy feliz.

    Descansamos un poco yo aproveche para preguntarle si lo había hecho antes con jovencitos, ella me confesó que lo hacía con un amigo de su hijo, aunque sin decirme que se refería mi hermano, yo le dije que me encantaban las mujeres maduras, aunque ella por supuesto ella más que ninguna, y que buscaba una mujer abierta para hacer algunas cosas, especiales, ella se ofreció a ser mi compañera de juegos, quizás fue esta conversación, pero el caso es que mi polla comenzó a ponerse dura nuevamente.

    Ella al sentirla llevó su lengua a mi miembro y se puso a lamerla, esto hizo que mi polla despertarse del todo, y ella al verla dijo:

    -Cariño, me parece que los dos tenemos, y creo que debemos comenzar por donde lo dejamos.

    Se volvió a sentar encima de mí y a cabalgarme. Y nuevamente, se la notaba completamente recuperada me volvió a cabalgar de una manera muy vigorosa, que demostraban que una rellenita no tiene que estar falta de energía, mientras me decía:

    -Te adoro mi yogurin, eres un follador maravilloso.

    Seguía cabalgándome, hasta que se dio la vuelta, de esta manera me encontré con sus impresionantes tetas sobre mi cara, por supuesto aproveché la ocasión para chupárselas, mientras, para meter ideas en su cabeza, la dije:

    -Mamita, este nene adora tus tetas.

    -Mi niño, me respondió ella, son todas tuyas.

    Yo seguí chupándoselas, adoraba a esa mujer, y noté como sus gemidos aumentaban poco a poco, parecía que se estaba corriendo y eso para mí resultaba muy estimulante, así que seguí chupándoselas. Quería que mi polla aguantará el máximo posible, pero finalmente terminé corriéndome:

    -Muchas gracias, mi amor, los chicos de hoy sois fantásticos, mucho mejor que los hombres de mi edad.

    Descansamos un momento, pero yo sentí que tenía muchas ganas de comerle el coño, así que la hice tumbarse en el sofá con las piernas bien abiertas, y cuando estuvo en esa posición llevé mi cabeza hasta su coño, y sacando mi lengua me puse a comérselo, ella al sentir mi lengua me decía:

    -Mi amor, eres divino, menuda lengua tienes.

    Sus gemidos eran intensos, me encantaba el sabor de su coño, así que seguí comiéndoselo, hasta que ella me dijo:

    -Mi amor, esto es divino, pero quiero sentir, de nuevo tu polla dentro de mí.

    Nos sentamos en el sofá, juntamos nuestras bocas y nos dimos un beso muy intenso, mientras lo hacíamos, ella puso una de sus piernas encima de las mías, y luego llevó una de sus manos hasta mi polla y se puso a acariciarla, era algo delicioso.

    Luego con sus manos me echó hacia atrás, hasta tumbarme sobre el sofá, y desde esta postura se sentó encima de mí e introdujo mi polla dentro de su coño. Mientras me decía:

    -Mi amor adoro esa polla.

    Comenzó a marcar un ritmo delicioso, se inclinó hacia mi sus tetas quedaron a mi altura de mi boca, se las chupé un poco y luego la empujé un poco hacia atrás, desde esta postura podía acariciar mejor sus deliciosas tetas, mientras ella me decía:

    -Mi amor, me vuelves loca.

    Estuvimos así, hasta que ella se echó hacia atrás, y apoyando sus manos sobre el sofá comenzó a moverse, su coño se desplazaba más a lo largo de mi polla y tan pronto me entraba en su totalidad, como se salía hasta casi la cabeza, desde luego esa mujer era muy viciosa, y eso me encantaba, pero en ese momento fui yo quien tuvo un capricho.

    -Me gustaría follarte a cuatro patas, le dije.

    -Mi amor, follame como tú quieras, pero follame.

    Ella aceptando mi propuesta se salió de mí y se puso a cuatro patas encima del sofá, mientras me decía:

    -+Mi amor aquí tienes a ru perrita que desea, que le des tu salchicha, bueno más bien un salchichón muy grande, jajaja.

    La visión en primer plano de su culo me resultó alucinante, mi polla se puso durísima, así que la acerqué a su delicioso coño y de un golpe se la metí.

    Nada más sentirla, ella se puso a gemir, nuevamente me estaba demostrando ser una mujer muy ardiente, así que comencé a moverme en su interior, mientras ella decía cosas muy deliciosas que se mezclaban, no se sabía lo que decía, pero desde luego era que estaba gozando, y sentir el sonido de mi polla chocando con su culo, me ponía todavía más caliente.

    Ella también estaba muy caliente y me decía:

    -Mi amor, me estas haciendo muy feliz, eres adorable.

    Y la verdad es que no tardó mucho en correrse, pero yo seguía con mi polla empalmada, así que seguí follando ese coño tan caliente, hasta que ni pude evitarlo y me corrí en su interior.

    Descansamos nuevamente, pero lo sucedido había hecho que un nuevo deseo apareciera en mí, quería follar ese culo tan divino, cuando se lo pedí ella me dijo:

    -Mi amor, después del día que me estas haciendo pasar no puedo negarte nada.

    Se puso a cuatro patas encima del sofá y me dijo:

    -Aquí me tienes, soy toda tuya.

    Yo m fui hacia donde estaba, me puse de rodillas detrás de ella, y volví a disfrutar de la visión en primer plano de su culo, era impresionante, así que primero se lo acaricié, des pues fui acercando mi polla hacia ese culo tan divino, y de golpe se la metí, ella dio un primer grito de dolor, que poco a poco se fue transformando en gemidos de placer, yo lo disfruté desde el primer momento. Ella me decía:

    -Mi amor, nunca pensé que por el culo se pudiera disfrutar tanto, estoy descubriendo que una mujer se puede volver loca cuando se lo hacen por ahí.

    Eran unas palabras que me resultaban muy estimulantes, así que seguí follandola por su trasero, era cálido y delicioso, por lo que seguí moviéndome en su interior, nuestros gemidos se hicieron más intensos, de pronto ella dijo:

    -So cabron estas consiguiendo que me corra de nuevo.

    Para mi oír estas palabras era música celestial. Así que seguí moviéndome en su interior hasta que sus gritos de placer me demostraron que una vez más se había corrido. Pensé en sacársela, pero ella me pidió;

    -Mi amor, no me la saques quiero sentir tu leche regando mi culo.

    La verdad es que yo también tenía ganas, así que seguí follando su culo, ella seguía gimiendo y animándome:

    -Venga mi amor, sigue, sigue.

    Sus palabras me calentaban aún más hasta que me corrí y sentí como mi leche, que aún era muy abundante regaba ese divino culo. Ella me dijo:

    -Gracias, mi amor, ha sido una de las tardes más maravillosas de mi vida.

    Para mi también lo había sido, y a la que se la saqué y vi mi leche corriendo por ese delicioso trasero y cubriendo toda su superficie me sentí inmensamente feliz, desde luego le debía una a mi hermano.

    Pero la tarde estaba llegando a su fin, de una cosa me di cuenta, no sabía, si la idea de mi hermano para apartar a su amigo del alcohol daría resultado, pero desde luego dado lo que había que hacer merecía la pena intentarlo.

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  • Estamos en la misma causa (1)

    Estamos en la misma causa (1)

    La casa había sido adaptada a las prisas para ser oficina. En una habitación se escuchaba el tecleteo de tres teclados. Martina, Johnny y Carlos escribían sin parar. Afuera sonaba una impresora y el chisporroteo de alguien lavándose las manos. Martina intentó dar un sorbo a su tercer café del día. Estaba vacío. Al borde de su escritorio, se veían los cadáveres de sus cafés anteriores. Apiló los vasos y los tiró a la papelera.

    —Johnny, ¿cómo va el evento en redes?

    —461 dicen que asistirán; otros 364 dicen que no saben; en Instagram tenemos tres kilos de corazones —le contestó Johnny después de revisar los datos en su celular.

    La respuesta incomodó a Martina. ¿Ahora debía sentirse entusiasmada por los corazones de Instagram? ¿Esa era su vida? Tomó un respiro y volvió a trabajar. Era una chica de veintipocos, delgada, morena y pecosa, que usaba una falda larga, con estampado a cuadros, una blusa llena de encajes de color arcoíris y un reboso rojo, muy ceñido a su figura. Collar y aretes de cuarzos. Ese año había dejado de usar la perforación de la nariz: la había sentido muy informal. Su cabello, increíblemente rizado, lo llevaba en una larga trenza que le caía por la espalda. Sus brazos delgados bailoteaban cuando escribía.

    —Carlos, ¿estás seguro de que enviaste la invitación a todos los peces gordos del Partido? —preguntó Martina.

    —Enviada, capitán. Pero ninguno va a venir, se lo aseguro.

    Carlos era siempre una molestia… pero a veces tenía razón. No importa, las invitaciones tenían que estar.

    Carlos y Johnny estaban como todos los días: Carlos con sus rastas, debajo de un sombrerito; Johnny muy limpio con su camisa blanca, rasurado con precisión geométrica y delicadamente perfumado (“no como esos hombres que enturbian el ambiente de desodorante y gel“, se decía Martina). El único espacio libre que le daba a su arreglo personal era su pelo largo, amarrado en una cola de caballo bastante suelta.

    —¿Capitán?… —empezó a preguntar Johnny; Martina, sumida en su laptop, no hizo ninguna señal de haberlo oído. —Martina… oye… ¿cómo es ella?

    —¿Cuál ella? —le contestó Martina.

    —Samanta Sifuentes.

    —¿Que no la has visto? —contestó Martina, sin ninguna expresión. Carlos se rio.

    —No, no. Sí la he visto. Quiero decir… Como tú la llevaste al hotel ayer…

    —Es rubia ojiverdosa, como se ve en los videos… más bajita de lo que piensas. Pero intimidante. Casi ni te ve, y no cambió conmigo ni una palabra.

    Johnny sonrió. No esperaba una respuesta tan completa.

    —Es muy hermosa —dijo Johnny, mirando al techo, embelesado con su memoria.

    —¿Te vas a poner como los viejos verdes que le escriben en YouTube? —preguntó Martina, riéndose.

    —Samanta Sifuentes es una influencer con ínfulas, una “infuléncer” —dijo Carlos, muy satisfecho de su juego de palabras.

    —Carlos, Carlos, Carlos… Samanta no es una influencer —dijo Martina, interrumpiendo su trabajo, y empezó a citar de memoria el texto que había preparado para presentarla: —Es “una politóloga con diez años de experiencia periodística en medios de circulación nacional, a la que nos sentimos encantados de recibir”. ¿Y sabes por qué estamos tan encantados? Porque resulta que esa politóloga tiene un podcast. ¿Y sabes quién escucha ese podcast? ¡El puto 76% de nuestros afiliados! Entonces, si tienes algún otro comentario inteligente, por favor mándamelo por escrito.

    —Sólo porque es hermosa, como dice el buen Johnny. Es el objeto de fantasía de toda la izquierda. Te aseguro que, si le haces una encuesta a ese 76%, todos te dirán que fantasean con Samanta Sifuentes dominándolos en la cama con hoz y martillo en mano.

    —Además de ser un comentario grotescamente sexista, es falso —gruñó Martina, ofendidísima. —La escucha el 78% de nuestros afiliados hombres, el 74% de las mujeres y el 80% de otros géneros.

    Carlos se echó a reír. Le parecía divertido ver cuántos números tenía Martina en la cabeza.

    —Pues todos ellos le traen ganas, capitán. ¿O tú no te acostarías con ella?

    Martina no podía mentir. “No te puedes meter en política si ni siquiera sabes decir una mentira blanca”, le había dicho su padre… que era un político. Martina siempre respondía “es hora de una política de la verdad” y, la verdad, la verdad, eso no le estaba saliendo muy bien. En fin, Martina no mentía y, por eso, solamente se quedó callada. Carlos se carcajeó.

    —A mí me gusta más Silvia, la que debate con ella los jueves. Es más… cuantiosa, digamos.

    Carlos hizo un gesto con las manos abiertas, que podía interpretarse como buscar la palabra exacta o como medir la “cuantiosidad” del pecho de Silvia. Martina se dio cuenta de que, por estar discutiendo, ya no iba a poder terminar su trabajo. Guardó con ira sus documentos, cerró la computadora y tomó sus llaves. Cuando se levantó, el ambiente de la oficina cambió por completo. Carlos y Johnny la miraban con temor y con respeto:

    —Compañeros… —empezó Silvia.

    —¡Sí, capitán!

    —¿Estamos en la misma causa?

    —¡Sí, capitán!

    —¿Buscamos una vida digna para el pueblo?

    —¡Sí, capitán!

    —¿Queremos que este evento salga bien?

    —¡Sí, capitán!

    —¿Queremos que yo salga de este agujero sin fondo que es Gestión de Redes, y que me den por fin un lugar decente en el Partido?

    —¡Sí, capitán! —contestaron ellos, movidos por la presencia magnética de Martina, y ya sin escuchar lo que estaban diciendo.

    —¡Entonces dejen de decir estupideces y pónganse a trabajar!

    —¡Sí, capitán!

    Y Martina se fue. Silvia le había pedido que pasara al hotel a recogerlas cuatro horas antes de la mesa de debate. “Nos gusta llegar con tiempo; tener todo listo”, le había dicho. Cuando Martina llegó, diez minutos antes de lo acordado, ya la estaban esperando afuera. Se subieron al coche y Martina condujo hacia el auditorio.

    Samanta traía unos lentes oscuros, pero se los quitó cuando empezó a leer un guión de treinta páginas, desastrosamente arrugado y garabateado de todos los márgenes con pluma azul. El día anterior, ese guión estaba recién salido de la impresora. Traía una gabardina gris muy linda… y demasiado abrigadora para el verano. Debajo, unos pantalones acampanados negros. Martina pensó «quizá yo debería vestirme así».

    Silvia era todo lo contrario. Tenía unos pantalones de mezclilla muy entallados, que resaltaban sus piernas anchas. Arriba, una blusa blanca, acabada en una especie de valona vaporosa, abría un escote suelto y airoso. La piel de su turgente pecho era de un rosa intenso, idéntico a la piel sonrosada de sus mejillas.

    —¡Putos hombres! —se dijo Martina, cuando se descubrió fijándose en Silvia por el espejo retrovisor.

    Parpadeó con fuerza dos veces, para ver si la mirada de Carlos se le quitaba de los ojos. Después de que terminó de parpadear, vio por el espejo que Silvia le estaba sonriendo. Luego, sacó su computadora y se puso a trabajar. Martina pasó buena parte del viaje apenada.

    —¿De qué tema van a discutir hoy? —se resolvió a decir Martina.

    Silvia siguió leyendo en su computadora y Samanta en sus documentos. Después de un minuto de un silencio, que para Martina fue muy incómodo, Silvia le dijo pausadamente:

    —Autonomía energética y… vivienda.

    —Oh… ¿y qué tiene que ver una cosa con la otra? —preguntó Martina, apenada.

    —No comas ansias. Ya verás —le contestó Silvia con un tono extrañamente coqueto. Un escalofrío recorrió la espalda de Martina. Hace mucho que no le coqueteaban.

    Por un momento, Samanta despegó la vista de su guion y le pidió a Silvia que le confirmara unos datos. Silvia los investigó y le dijo que estaban correctos.

    —Gracias, Silvia. Para mí, tu trabajo es invaluable y te lo reconozco muchísimo —dijo Samanta con una voz hueca, como de máquina.

    —Es un gusto ayudarte, compañera —contestó Silvia, feliz.

    Como Silvia vio que a Martina le parecía raro el tono del agradecimiento de Samanta, le dijo:

    —Siempre me da las gracias con palabras muy exageradas. Es nuestro acuerdo. Si no me da las gracias así, a veces se olvida de todo lo que hago por ella.

    Al ver que Martina no entendía bien, Silvia cambió la conversación.

    —¿Martina, verdad? Tú eres de Juventud en Debate.

    —Sí. Dirijo su Gestión de Redes.

    —Y… ¿Juventud en Debate es una organización del Partido, no?

    —Bueno… es una organización hermana.

    —¿Su objetivo no es “formar cuadros”?

    —Bueno… sí.

    —Entonces, ¿sería correcto decir que, si una joven enérgica y carismática quisiera entrar al Partido, antes tendría que hacer… digamos, gestión de redes?

    ¡Silvia la estaba entrevistando! ¡Qué tonta, tonta, tonta! Martina apenas se daba cuenta y no sabía qué decir.

    —Bueno… sí.

    —Entonces, ¿Jóvenes en Debate es como un enorme examen de admisión? Súper. Y… ¿no crees que eso evita que haya un relevo generacional en tu partido? —a esta última pregunta de Silvia, Martina se quedó sencillamente con la boca abierta. —No te preocupes. No hablaremos de esto al aire.

    Y Silvia se quedó sonriendo.

    Llegando al auditorio, Martina instaló a las invitadas en el único cuarto que parecía algo así como un camerino. Se sentaron frente a dos espejos. Silvia y Samanta se maquillaron largamente. Después, Samanta volvió a sus papeles; Silvia, a su computadora. Martina se quedó allí; quería preguntar si necesitaban algo más, pero no encontraba el momento correcto para interrumpirlas.

    —Silvia, necesito ayuda —musitó Samanta.

    —¿Ayuda con qué? —contestó Silvia sin quitar su vista de la computadora.

    —Ayuda, Silvia. “Ayuda” —dijo Samanta, tratando de enfatizar esa última palabra, aunque su expresión facial no cambió en lo absoluto.

    —Estoy ocupada. Plantéaselo a la chica de Redes —contestó Silvia, después de veinte incomodísimos segundos.

    Samanta hizo una mueca de hartazgo y se giró a ver a Martina. Su expresión cambió por completo. Era la expresión alegre, acariciadora y empática que tenía cuando estaba al aire.

    —Martina. Mira, sé que esto es muy… infrecuente. Pero Silvia y yo hicimos un viaje largo ayer y hoy no pude dormir bien. Sé que este no es para nada tu trabajo y, por favor, no me lo tomes a mal, pero…

    —¡Por favor, con gusto! —la interrumpió Martina.

    —¿Puedes darme un masaje en los hombros? —dijo, y al ver a Martina sorprendida, agregó: —Oh, yo entiendo si no…

    —¡Claro! ¿Por qué no? —dijo Martina, poniéndose detrás de Samanta.

    Samanta se levantó un momento, para quitarse la gabardina. Debajo, llevaba una blusa aterciopelada color hueso, de mangas muy cortas, que mostraba sus clavículas. Martina volvió a pensar en Carlos: Samanta no parecía estar usando brasier. Martina comenzó a masajearla: verdaderamente sentía que Samanta estaba muy tensa y así se lo dijo.

    —Es por el pecho —contestó Samanta. —No encuentro un brasier que me acomode, así que los he estado llevando sueltos.

    —Oh, entiendo, entiendo.

    A Martina también le pasaba… y supo usar esa empatía para no ruborizarse. Siguió masajeando el cuello y los hombros de Samanta, apretando los músculos, imponiendo sus pulgares y haciendo círculos, pero no notaba que la tensión disminuyera.

    —¿Te podría pedir que me levantes un poco un pecho, y me masajees los músculos que tiene arriba? —le pidió Samanta. —Los músculos que van al hombro son siempre un horror

    Así lo hizo Martina, sin pensar. Tomó desde abajo uno de los pechos de Samanta y fue apretando los músculos que unían pecho y brazo. Samanta empezó a gemir discretamente.

    —Ay, disculpa —se rió Samanta. —No pasa nada; es que lo haces muy bien.

    —Quizás deberías cerrar la puerta —le dijo Silvia a Martina, levantando sus ojos de su trabajo.

    —Sí, mejor, mejor —dijo Martina, sonriendo; puso seguro a la puerta y regresó a masajear a Samanta.

    Siguió con los pechos un rato y notó cómo, incluso debajo de la ropa, los pezones se iban irguiendo.

    —¿Te sería más fácil si me quito la blusa? —preguntó Samanta.

    —Eh… sí. Sí, eso creo.

    —No te sientas presionada, ¿eh? —dijo Silvia. —Tú dile que no.

    —Sí, tú dime que no —aclaró Samanta.

    Pero Martina se limitó a asentir, sonriendo. Repitió lo mismo, sólo que ahora levantar el pecho desde abajo implicaba tocar la piel de Samanta. Sentía el pezón de ella rozando con su propio pulgar. Primero el lado de un pecho… luego el lado opuesto del otro pecho. Quizá sus pechos no fueran tan cuantiosos como los de Silvia, pero eran muy armónicos… y a decir verdad, no cabían bien en las manos pequeñitas de Martina. La chica empezaba a notar cómo se humedecía. La respiración de Samanta era notoriamente agitada, porque no le importaba disimularla; Martina no quería que su respiración se notara y estaba intentando guardar el aliento.

    —Muchas gracias, Martina —dijo Samanta. —También necesitaré un masaje en las piernas, pero ese me lo doy yo misma, no te preocupes.

    —¡No, no! No hace falta, por favor.

    Samanta sonrió, se descalzó y se quitó sus pantalones acampanados negros, quedando solamente en una breve ropa interior color carmín. Martina buscó en el cuarto alguna tela en la que pudiera arrodillarse y encontró una toalla para manos. La puso en el suelo y se arrodilló con las rodillas muy juntas. Empezó con las pantorrillas, pero Samanta le dijo que más bien se refería a los muslos. Cuando Martina empezó a masajearle los muslos, Samanta empezó a dar gemidos cada vez menos ahogados, cada vez más claramente eróticos. Martina fue acercando el masaje a su entrepierna:

    —Sí, muy bien. Precisamente allí me duele —aclaraba Samanta, conforme Martina se acercaba.

    Cuando Martina llegó a la ropa interior de Samanta, preguntó:

    —¿Puedo quitarla?

    Samanta le sonrió y asintió con la cabeza. Samanta se había recortado el vello ya hacía un tiempo. Breves y tenues destellos rubios recorrían todo su pubis. Martina besó el vientre de Samanta, bajó a la parte superior de su pubis y besó su vello; bajó a sus piernas y besó la cara interna de sus muslos.

    —¡Qué dedicada eres, Martina! —le dijo Samanta. —Aprecio muchísimo lo que estás haciendo por mí.

    Entonces Martina supo a qué se refería Silvia en el coche.

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