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  • Destinado a los cuernos (6)

    Destinado a los cuernos (6)

    Cami me había pedido verla, aunque yo me encontraba en una relación y seguro ella también, la tentación de saber que era lo que había sido de su vida me pudo más. Tras poco más de un año sin vernos, yo había pasado por muchas situaciones buenas y malas, seguramente Cami también tendría algo que contarme.

    Quedamos de vernos en una plaza comercial, la cual frecuentábamos mucho en nuestros tiempos de relación, con algo de ansiedad y nerviosísimo, no solo por verla sino porque lo hacía a espaldas de Laura, acudí a la cita, estuve esperando algo de tiempo y observaba de tanto en tanto a las personas que caminaban a mi alrededor intentando divisarla entre la multitud. Teniendo una imagen grabada del aspecto de Cami, no pude advertir su presencia, de pronto una chica se acercó a mi llamándome por mi nombre.

    C: ¿cómo estas Karin?

    Me quede perplejo, no pudiendo contestar a la primera, ante mí, una chica de tez morena, algo delgada, con el cabello muy corto y rapado por los lados, bestia un pantalón blanco y una blusa negra, traía consigo un bolso pequeño, la persona que estaba frente a mi distorsionaba de lo que yo recordaba, Cami era más sencilla, con un corte normal, ropa negra casi todo el tiempo, sudaderas, etc. Pero no había equivocación, esa chica era Cami.

    K: Hola, ¿qué tal te va?

    Nos pusimos al tanto de nuestras vidas, le conté sobre Laura y el tiempo que había pasado saliendo con amigos, ella estaba al tanto de Laura, se había enterado por una amistad en común. Ella por otra parte, me comento que salía con Javier, no lo consideraba una relación formal, pero si se frecuentaban, había comenzado a ir al gimnasio, por ello se veía más delgada y se había hecho un cambio de look, algo común tras un rompimiento, debo admitir que su nueva imagen era bastante atractiva, daba a la imaginación muchas cosas, pero ese no era el día.

    Simplemente conversamos un poco y ella ya tenía que irse, solo había pasado a saludar y asegurarse de que todo me iba bien, al despedirse, solo me hizo una pregunta.

    C: ¿Eres feliz?

    No le supe contestar y solo nos retiramos sin más, nunca la había entendido muy bien y esta no era la excepción, me volvía loco pues dejaba las cosas a medias, ¿para que me pediría verme?, ¿solo para preguntarme si era feliz? Encima no me permitió pensar y responderle, me había dejado con más dudas que respuestas.

    De vuelta a la rutina, continuaba saliendo con Lau, cada vez más como pareja, estábamos en el punto de formalizar el noviazgo, esto implicaba conocer a nuestras familias, aunque no soy tradicionalista si le doy peso a este paso, pues conocer y convivir con la familia de una persona implica un respeto que no debía romperse fácilmente, además de la evidente diferencia de edad, por lo que le daba muchas largas a Lau para preséntame ante sus padres formalmente. Pero eso no evitaba que en nuestras salidas habituales nos encontráramos con algún familiar o conocido, por lo que ya recibía invitaciones para convivir en alguna fiesta con ellos, así que de tanto insistir, al final no lo pude evitar.

    Les conocí en el cumpleaños de su padre, si bien me presente como un amigo, ellos ya sabían que tenia otras intenciones con su hija, pero tampoco era su intención presionarnos, todo salió de manera normal, yo me dirige hacia su casa, un poco retirada de mi departamento, si bien no era algo tan formal si procure vestirme de manera adecuada a la ocasión, no me equivoque, pues Lau llevaba un vestido azul, sandalias, con el cabello suelto y siempre acostumbraba llevar joyería, un collar, aretes y pulsera, algo no muy exuberante, pero en ella se veía muy atractivo. Nos presentamos con algunos familiares, primos que ya nos habían visto en otra ocasión y hasta sus hermanos, mucho mayores que yo, pero sin ímpetu de hostigarme.

    La velada fue normal, música, baile (para lo cual soy muy malo) y bebida, ya estábamos entonados, pero guardabas la apariencia, solo algún beso y de vez en cuando nos desaparecíamos para algo más. En una de esas escapadas, al volver con la gente Lau mostro algo de nerviosismo, su padre le llamo para que fuera a saludar a un invitado, me dejo en la mesa y se acerco a saludar con cierta apatía, yo en ese momento no lo sabía, pero el invitado era don Pedro.

    Tras unos momentos Lau regreso conmigo, estuvo algo callada por un rato, así que decidí salir afuera para conversar, me dijo que no pasaba nada, solo eran las copas que habían hecho efecto y ahora se encontraba cansada, que si deseaba retirarme no había ningún problema.

    Acepte, pues ciertamente ya eran altas horas de la noche y de quedarme algo más de tiempo, seguramente tendría que enfrentar las insistencias de sus padres para que me quedara a dormir, volvimos a entrar en la recepción y nos dirigimos con sus padres para intentar despedirme, lo cual no pudo ser, ya que antes de llegar con ellos don Pedro se acerco a Lau y le pidió que bailara una pieza con él, sin mucha opción ella acepto, en ese momento sonaba salsa, algo que a ella le gustaba mucho y era muy buena bailando, una pieza tras otra, don Pedro no la dejaba escaparse, así fue por casi media hora, hasta que cambiaron de género.

    Don Pedro volvió a la mesa con los padres de Lau, haciendo que ella se sentara a su lado, no quería ser irrespetuosa pero la situación la tenia contra la pared, notando su incomodidad me levante y me acerque para llevarla conmigo, al estirarle la mano don Pedro me la detuvo y dijo

    P: lo siento chico, ella esta noche solo baila conmigo

    K: disculpe señor, no tengo el gusto

    P: ni yo tampoco, mas te vale que busques pareja de baile en otro lado

    L: disculpe don Pedro, no le había presentado, él es… un amigo

    No sé si fue porque aún no aceptábamos ante su familia que éramos novios o si había alguna otra razón, pero en ese momento ella solo me presento como su amigo

    P: lo siento, no sabia que eras amigo de la familia, mi nombre es Pedro, un gusto conocerte

    K: oh ya veo, usted es don Pedro, el gusto es mío

    P: mira, ¿que ya te han hablado de mí?

    K: algo he escuchado

    P: pero bueno, acerca una silla y ven para acá

    L: no, de hecho, él ya se iba

    P: ¿es eso verdad?

    L: si, lo he entretenido más de lo necesario

    K: si, ya es algo tarde, mas me vale salir o ya no podré hacerlo

    L: si, solo deme un momento y lo acompaño afuera

    P: claro, ¿vas lejos?

    K: algo, pero me las arreglare

    L: además lo acompañare hasta donde pueda

    P: nada de eso chicos, yo los acerco

    L: eee… está bien

    Nos dirigimos hacia la salida y don Pedro nos llevo en su auto hasta un sitio de taxis, ahí nos despedimos, yo volví a mi departamento y ellos regresaron a la fiesta. Al día siguiente solo nos enviamos textos, yo tenia mis ocupaciones y no podía verla hasta el día siguiente en el trabajo, ya en lo laboral nos saludamos y convivimos como de costumbre, llego el fin de semana pronto y tuvo que salir a otra ciudad a arreglar un asunto, a lo que me invito a ir con ella y acepte.

    Fuimos temprano en autobús, el asunto fue rápido de resolver por lo que tuvimos todo el día libre, conocimos el rumbo, ya que era un lugar con aires muy tradicionales, tan bien la pasamos que nos perdimos el horario de vuelta, sin más remedio nos tuvimos que quedar la noche, rentamos una habitación en un hotel cercano al centro y ahí pasamos a la cama.

    La semana anterior nos habíamos quedado a medias por la situación antes descrita, así que ese dia aprovechamos para desquitar todas nuestras ganas, nos bañamos juntos y nos besamos mientras recorríamos nuestros cuerpos que escurrían por el flujo del agua, la habitación del baño quedo envuelta en vapor debido al largo tiempo que habíamos pasado en la ducha, nos salimos y nos vestimos con ropa para salir de noche, ella estaba preparada como si hubiera planeado el olvido del autobús.

    Salimos a buscar un antro, bailamos y bebimos, fue una noche muy divertida, pero teníamos prisa y pronto volvimos al hotel, apenas entrar a la habitación nos comenzamos a desnudar, yo la recorría con esa pasión acostumbrada, lleno de deseo por su cuerpo, ella arañaba mi espalda como pidiéndome terminar con el calentamiento. Sin más preámbulo, hicimos el amor con gran entrega, sin preocupaciones de que nuestras voces fueran escuchadas, sin que nadie nos pudiera reconocer en ese lugar, dejamos salir todo lo contenido y llegamos juntos en un orgasmo intenso.

    Dormimos pegados el uno al otro, como si fuéramos un matrimonio y estuviéramos de vacaciones en otra ciudad, nos llego la mañana y con ello, de vuelta a la realidad, tomamos el primer autobús y llegamos a medio día a nuestra ciudad. La lleve a casa de sus padres, a lo que tanto había huido hoy tenia que suceder, debía presentarme como su novio para validar mi atrevimiento de llevármela durante la noche, pues sabían perfectamente que habíamos ido juntos.

    Me presente con formalidad, expuse mis intenciones con Lau, les relate como nos habíamos conocido y lo bien que nos entendíamos hasta el momento, además de mi forma de ver la vida y los posibles proyectos a su lado, a ellos les agrado mi propuesta y aceptaron nuestra relación, todo perfecto, menos por una cosa, antes de retírame su padre me dio una advertencia, “eres bienvenido en esta casa, pero procura no desaparecer con ella toda la noche, al menos acompáñala como hiciste hoy y no como la semana anterior después de la fiesta”.

    No dije nada al respecto a Lau, me despedí de sus padres y volví a mi departamento, la duda se me clavo en la mente, pero antes de poder pensar en lo que haría o diría a Lau, de nuevo llego un mensaje de Cami.

    C: ¿te puedo ver en donde siempre?

    K: hoy no

    C: ok entiendo, pero en serio me gustaría verte

    K: a mi también, pero no me apetece salir

    C ¿y si te veo en tu departamento?

    K: esta bien, te pediré un taxi

    Cami llego, llevaba una falda blanca y una blusa roja, con el mismo peinado que me había encantado, su deseo de verme era el mismo de antes, platicar sobre cómo iba la vida, por supuesto solo le conté cosas buenas, no apuntale sobre la relación con Lau ni para bien ni para mal, pero le hice saber que estaba satisfecho.

    C: ¿pero eres feliz?

    K: de nuevo esa pregunta, ¿qué es ser feliz?

    C: no lo sé, estas a gusto con tu vida, pero ¿estas satisfecho?, ¿es lo que esperas de la vida?

    C: no lo sé, supongo que sí, ¿y tú? Supongo que por algo lo preguntas

    C: pues también me va bien, pero no lo sé, siento que falta algo, aun pienso mucho en mi tiempo contigo

    K: pero eso ya fue

    C: es lo que me temo, te escucho hablar sobre tu vida y creo que en verdad… ya te perdí

    K: me sorprendes, fuiste tu quien decidió irse y ahora hasta parece que me extrañas

    C: pues es verdad, la realidad es que te extraño, y tu…

    K: yo… ¿yo que?

    C: ¿me extrañas?

    No conteste con palabras, tenia mis sentimientos totalmente removidos asi que solo me deje llevar por el momento, abrase a Cami y la quise besar, ella estaba dubitativa, movía su cara para evadir la mía hasta que me detuve y la mire fijamente.

    K: ¿tú que crees?

    Me miro y nos besamos, aun con muchas dudas Cami no se dejaba desnudar, pero yo la deseaba, me encantaba esa transformación, su nuevo aspecto; debo decir que fui egoísta y la presione, al fin se dejo hacer, como si fuera la primera vez, la recorrí con mucho nervio y deseo, ella temblaba ante mi tacto, la bese de pies a cabeza y de vuelta, la recosté en el sillón, ese donde tatas otras veces habíamos hecho el amor, y una vez más, la hice mía.

    Nos movíamos juntos, sin dejar de besarnos, los dos sentíamos el deseo mutuamente, teníamos pareja y en ese momento no nos importaba, nos vinimos juntos bufando como animales, al fin terminamos, caímos rendidos en el sofá y tras descansar, nos llegó la culpa, hablamos sobre lo ocurrido, no podríamos hacer esto a espaldas de quien compartía nuestra vida en ese momento.

    Nos dijimos lo que teníamos que decir, fuimos sinceros, ella no estaba a gusto con Javier, si bien era todo lo que podía esperar de un caballero, no movía su corazón, lo mismo podrías decir yo, Lau era todo lo que una mujer debe ser, que me haya elegido aun siendo menor que ella me brindaba seguridad, pero tampoco me hacia sentir lo mismo que con Cami. Así es, era nuestra relación toxica, fuerte, pasional, dependiente, sabíamos que hacia daño a nosotros y a los que nos rodeaban y, aun así, decidimos reintentarlo.

    Al día siguiente hable con Lau, le hice saber que me encantaba estar con ella, era una mujer increíble, pero no encendía la llama de mi vida, aunque Lau ya lo sospechaba, aun así, le afecto escucharme, no hacía falta tanta explicación, sabia por quién lo hacía, le dolía que no la eligiera, me dijo lo que sentía por mí, que debería pensarlo mejor, pero yo ya no di vuelta atrás, me porte a la altura, sin tocar el tema de lo ocurrido con don Pedro, aun si, casi de una manera muy cruel, la deje sola y me fui en busca de Cami.

    Entusiasmado fui a reencontrarme con ella y reintentar la relación, le vi llegar con esa cara que yo ya conocía muy bien, me dijo, que no podía terminar con Javier, necesitaría de más tiempo, enojado le dije que yo no tenia dudas, solo hace unas horas yo había concluido mi relación con Lau, si ella no podía hacerlo, entonces todo era en vano.

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  • Juguete de ella, juguete de él (1): El sabor de la verdad

    Juguete de ella, juguete de él (1): El sabor de la verdad

    Zandro estaba sentado en el sofá, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. La penumbra de la sala se iluminaba solo con la luz azulada del televisor, que llevaba rato encendido sin que él prestara atención. La mirada de Zandro iba y venía entre la pantalla de su celular y el reloj de pared, cuyo tic-tac se hacía más pesado con cada minuto que pasaba. Ya era pasada la medianoche.

    Cada minuto lo cargaba de más impaciencia, pero en el fondo, tras la rabia, había una punzada de culpa. Sabía que Erin había vuelto a trabajar porque él no estaba siendo capaz de cumplir con todos sus deseos, de darle la vida cómoda y libre de preocupaciones que ella esperaba. Esa certeza lo mordía por dentro cada vez que miraba el reloj. No quería admitirlo, pero temía que sus esfuerzos nunca fueran suficientes para retenerla del todo.

    Finalmente escuchó la llave girando en la cerradura. El sonido metálico lo sobresaltó, y de inmediato se irguió en el sofá.

    La puerta se abrió despacio, dejando entrar a Erin. Vestía un vestido corto de tela ligera, que ahora estaba algo arrugado, como si hubiera pasado horas sentada sin cuidado. Su cabello, normalmente pulido y brillante, caía en mechones algo revueltos sobre sus hombros. Había un rastro de maquillaje corrido en sus párpados, y sus labios rojos parecían recién humedecidos.

    Zandro la observó con atención, su mirada recorriendo cada detalle, buscando respuestas en su aspecto. Lo que veía no lo tranquilizaba.

    —¿Otra vez tarde, Erin? —su voz salió áspera, cargada de fastidio.

    Ella, sin embargo, reaccionó como si nada. Cerró la puerta con naturalidad, dejó el bolso en el suelo y lo miró con una sonrisa ligera, casi despreocupada. Caminó hacia él con un aire relajado, como si la tensión de sus palabras no la afectara en absoluto.

    —No me regañes, Zan… —dijo en un tono suave, casi juguetón—. Hoy no quiero pelear.

    La serenidad de Erin contrastaba con el enojo contenido de Zandro. Él abrió la boca para replicar, pero se quedó callado al notar cómo ella inclinaba la cabeza ligeramente y sus ojos brillaban con un destello insinuante.

    —Mejor pensemos en otra cosa… —agregó, y esa última frase sonó más sugerente que conciliadora.

    Se acercó aún más hasta quedar de pie frente a él. Zandro seguía sentado en el sofá, sin moverse, observándola con mezcla de molestia y desconcierto. Erin, con un gesto repentino, sujetó suavemente el borde de su vestido y lo levantó unos centímetros, dejando al descubierto la piel de sus muslos. Sin darle tiempo a reaccionar, se acomodó sobre él, sentándose directamente en su regazo.

    Zandro quedó rígido, sorprendido por la facilidad con la que ella había borrado la distancia entre ambos. Erin apoyó una mano en su mejilla, inclinándose hasta que sus labios se encontraron.

    El beso fue inmediato, profundo, invasivo. La lengua de Erin se abrió paso dentro de su boca con urgencia, recorriéndolo sin dejar espacio a la resistencia. Ella lo besaba con insistencia, casi con hambre, derramando sobre sus labios y su lengua una humedad abundante, que lo obligaba a tragar a cada instante.

    Zandro correspondió, aunque con un leve gesto de duda. Había algo distinto en ese beso, un sabor extraño, indefinible, que lo confundía. Parte de él quería apartarla, preguntarle qué era ese dejo desconocido en su boca… pero la otra parte se rendía al calor del momento, necesitado, aferrado a esa intimidad como si fuera la única manera de recuperar lo que temía perder.

    Erin, en cambio, parecía completamente entregada, moviéndose con lentitud calculada sobre él, presionando su cuerpo contra el suyo mientras lo invadía con cada beso.

    Erin no detuvo los besos. Seguía devorando la boca de Zandro, moviendo sus labios con fuerza, derramando su lengua y saliva como si quisiera dejarlo marcado. Él, después de unos instantes de resistencia interna, comenzó a corresponder con más ímpetu. Sus manos, que hasta ese momento permanecían tensas, se deslizaron por la cintura de Erin, subiendo por su espalda, palpando la silueta de su cuerpo con torpeza y deseo acumulado.

    El roce de sus dedos arrancó un leve gemido de la mujer, quien se separó de su boca con una sonrisa breve, mirándolo directamente a los ojos.

    —Espera… —susurró con voz baja, cargada de picardía.

    De pronto, se levantó de su regazo con un movimiento ágil. De pie frente a él, llevó las manos a los tirantes de su vestido y lo dejó deslizarse por su cuerpo. La tela se escurrió por sus hombros, descendió por su cintura y caderas hasta caer en un montón arrugado sobre el suelo. La forma en que lo hizo no era apresurada, sino intencionada, cada gesto cargado de sensualidad.

    Zandro contuvo la respiración. Frente a él, Erin quedó solo en ropa interior, y el contraste entre la piel blanca y la tela negra lo hipnotizó.

    Ella giró apenas, dándole la espalda, y miró por encima del hombro.

    —Ayúdame… —pidió, señalando el broche del brassier con un gesto sutil.

    Él se levantó enseguida. Sus dedos, temblorosos, se engancharon con el broche hasta liberarlo. La prenda se abrió y comenzó a resbalar hacia adelante. Por un instante, Zandro alcanzó a ver la plenitud de sus senos, los pezones erguidos como si lo esperaran… hasta que Erin, con un movimiento rápido y juguetón, cruzó el brazo sobre el pecho, cubriéndose justo a tiempo.

    Le dedicó una sonrisa traviesa, consciente de haberlo dejado con aquella visión a medias. Entonces se apartó, llevando el brassier en la otra mano mientras caminaba hacia el dormitorio con un vaivén marcado de caderas, sabiendo que él la observaba.

    En el trayecto, sin mirar atrás, extendió el brazo y le lanzó la prenda. El brassier voló en el aire y Zandro lo atrapó. Se lo llevó a la nariz casi sin pensar; aún guardaba el perfume mezclado con el calor de su piel, y ese aroma lo estremeció, encendiendo su cuerpo en contradicción con las dudas que todavía lo asaltaban.

    Erin llegó al dormitorio. Se inclinó hacia adelante y llevó los pulgares a los costados de la tanga. La bajó con lentitud, deslizándola por sus caderas. Al agacharse, Zandro tuvo la visión plena de sus nalgas redondeadas, tensas, que se ofrecían y provocaban a la vez. El movimiento parecía ensayado, pero en un momento la tela se enganchó en un tobillo. Erin rio suave, casi murmurando, antes de liberarla y dejarla caer con un gesto coqueto.

    Se enderezó, cubriendo su concha con una mano, sin concederle todavía la vista completa. Luego se echó de espaldas sobre el filo de la cama, apoyada en los codos, con las piernas ligeramente dobladas. Sus ojos lo buscaron, fijos, ardientes.

    —Ven… —dijo en un tono bajo, cargado de intención, mientras mantenía la otra mano aún como barrera.

    Zandro se quedó inmóvil unos segundos, con el pecho agitado, devorándola con la mirada. Por dentro lo invadía una confusión intensa: no entendía ese cambio repentino en Erin, tan atrevida, tan entregada, pero al mismo tiempo una felicidad cálida le llenaba el pecho. Era como si, después de tanto tiempo de distancia, por fin volviera a tenerla consigo.

    Erin mantuvo la mano cubriendo su intimidad solo unos segundos más, disfrutando del suspenso que creaba en él. Finalmente, con un movimiento lento, apartó los dedos y dejó al descubierto su concha totalmente depilada, la piel tersa brillando bajo la luz tenue de la habitación.

    Zandro contuvo el aire, hipnotizado por la visión. Se desnudó con torpeza, dejando la ropa en un montón olvidado en el suelo, y se inclinó sobre ella con la clara intención de penetrarla. Su erección buscó instintivamente la calidez de su sexo, pero antes de lograrlo, Erin apoyó una mano firme sobre su pecho, deteniéndolo con un gesto tan provocador como autoritario. Lo miró directo a los ojos, disfrutando de su frustración, y con una sonrisa maliciosa dejó caer la frase.

    —Quiero que me hagas un favor… —dijo, su tono entre dulce y firme. Su dedo rozó apenas la piel húmeda de su concha, señalándola con descaro.—Cómemela.

    No fue una súplica. Era una orden disfrazada de caricia.

    Zandro dudó. La frase lo sorprendió, casi lo descolocó. Erin nunca había sido tan directa, tan exigente, tan… distinta. Un torbellino de preguntas lo atravesó: ¿qué había cambiado en ella?, ¿de dónde salía esa seguridad? Y sin embargo, en medio de la confusión, otra emoción lo invadía con fuerza: la felicidad de tenerla ahí, abierta y deseosa frente a él, entregándose de una manera que hacía tiempo no ocurría.

    Ya sin más vacilaciones, se acomodó frente a ella, que lo esperaba recostada al filo de la cama con las piernas apenas entreabiertas. Zandro se arrodilló lentamente, quedando frente a su sexo expuesto. Su respiración se aceleró; podía oler el calor de su piel mezclado con el perfume tenue de su cuerpo. Con delicadeza, apoyó las manos en sus muslos y, cerrando los ojos un instante, se inclinó hacia adelante para rozar sus labios con ella.

    El primer contacto fue suave, casi tímido: una caricia húmeda, lenta, con la punta de la lengua. Erin exhaló un gemido breve, arqueando la espalda, y enseguida apoyó una mano sobre su nuca.

    —Cómemela bien —ordenó, su voz firme, sin dejar espacio a dudas.

    Zandro se quedó un segundo inmóvil, sorprendido por el tono. Erin no lo pedía; lo exigía. La presión de su mano sobre su cabeza reforzó la orden, empujándolo a hundirse más en ella.

    Él obedeció, intensificando sus movimientos. Su lengua, antes tímida, empezó a deslizarse con mayor presión, recorriendo con más pasión, dejándose guiar por la insistencia de Erin. Cada vez que intentaba marcar su propio ritmo, ella lo dominaba con un tirón en el cabello o un movimiento brusco de cadera, imponiéndole la manera en que debía hacerlo.

    Zandro lo aceptaba, entre confundido y excitado. Había placer en cada gemido que arrancaba, pero también un peso extraño en el fondo de su boca: un sabor distinto, indefinible, que lo inquietaba. Aun así, no se detuvo. Con cada gemido que ella dejaba escapar, sentía que recuperaba una parte de Erin que había perdido, y prefirió aferrarse a esa sensación en lugar de escuchar sus dudas.

    Los jadeos de Erin se intensificaban, sus dedos se enredaban en su cabello, y su respiración se volvió desordenada. Para Zandro, el tiempo comenzó a disolverse; solo existían ella, su cuerpo, sus gemidos y la necesidad de seguir dándole placer, ignorando aquello que quería abrirse paso en su mente.

    Zandro seguía entregado entre las piernas de Erin, perdido en la sensación de tenerla así, cuando un pequeño sonido lo distrajo: el breve tono del teléfono al comenzar a grabar. No le dio importancia, demasiado concentrado en ella.

    Pero Erin, con una sonrisa torcida, levantó el aparato y lo apuntó directamente hacia abajo, enfocando el rostro de Zandro hundido en su concha.

    —Sonríe a la cámara, Zan… —dijo ella, con un tono entre burla y mandato.

    Él levantó apenas la mirada, desconcertado. Los ojos se encontraron por un segundo, pero enseguida Erin presionó su cabeza otra vez contra su sexo, firme, exigiendo:—No te detengas.

    Zandro tragó saliva y, aún con dudas, volvió a hundirse en ella. La excitación se mezclaba con una punzada de incomodidad: no entendía del todo a qué jugaba Erin, pero el deseo de complacerla lo mantenía ahí, obediente, siguiendo sus reglas.

    Erin bajó un poco el teléfono para captar mejor la escena y, con una voz cargada de picardía, preguntó:—¿Te gusta el sabor de mi concha, Zan?

    Él murmuró algo ahogado, un gesto afirmativo que ella interpretó como un “sí”.

    —¿Seguro? —insistió—. ¿No notas nada raro?

    Zandro no respondió esta vez. El silencio, acompañado del movimiento de su lengua, fue su única contestación.

    Entonces Erin soltó la bomba. Se inclinó hacia él, acariciándole el cabello como si le confiara un secreto íntimo, y susurró con una sonrisa venenosa:—¿Sabes qué estás probando, Zan?… El sabor de otro hombre dentro de mí.

    Zandro se congeló. El cuerpo entero se le tensó, y alzó la vista de golpe, los labios húmedos aun brillando. Erin lo miraba desde arriba, con una sonrisa amplia, cruel, segura de sí misma.

    —¿Q-qué…? —balbuceó, la voz quebrada.

    Ella no apartó la cámara ni la sonrisa.—Sí, Zan. Desde hace semanas otro me está follando. —Su tono sonaba ligero, casi burlón, como si hablara de algo trivial—. Por eso llego tarde casi todos los días… porque estoy con él.

    Zandro parpadeó, incapaz de procesar lo que oía. Su respiración se agitaba, el pecho subía y bajaba con violencia, y en su interior la confusión se mezclaba con un dolor insoportable.

    Erin bajó un poco el teléfono, disfrutando de cada segundo de su desconcierto, y añadió con crueldad calculada:—Hoy estuve con él antes de venir aquí. Me folló hasta correrse en mi concha… y luego en mi boca.

    Hizo una pausa breve, saboreando su propia confesión, y lo miró fijo a los ojos mientras lo obligaba a seguir allí, hundido entre sus muslos.—Ese es el sabor que tienes ahora en la lengua, Zan. El de él… mezclado conmigo.

    Las palabras cayeron como un golpe seco en su pecho. El corazón le latía con violencia, las manos le temblaban. Seguía de rodillas frente a ella, incapaz de reaccionar, atrapado entre la incredulidad, la humillación y un dolor que lo desgarraba por dentro.

    Erin, en cambio, parecía más viva que nunca, sosteniendo el teléfono con una sonrisa de satisfacción, como si grabar la ruina de Zandro fuera parte del juego.

    Erin mantuvo la cámara fija en Zandro, que permanecía arrodillado frente a la cama, derrotado, con los hombros caídos y la mirada perdida. El contraste era brutal: él se veía roto, mientras ella, aún desnuda, emanaba dominio absoluto.

    Giró el teléfono hacia sí y se dejó caer sobre las sábanas revueltas. La pantalla capturaba su rostro encendido, los labios húmedos y el cabello desordenado que caía en ondas sobre sus hombros. Sus ojos brillaban con malicia mientras miraba directo al lente.

    —Tarea cumplida, cariño —susurró, con una voz cargada de satisfacción.

    Detuvo la grabación y la envió sin demora.

    Segundos después, la pantalla vibró con la respuesta. Erin la leyó en silencio; sus labios se curvaron aún más, dibujando una sonrisa de triunfo. Una risa breve, grave y contenida escapó de su garganta, disfrutando del poder que acababa de ejercer.

    Mientras tanto, Zandro seguía en el suelo, rígido, como si el cuerpo le pesara toneladas. El silencio de la habitación lo envolvía, y en su cabeza no dejaban de chocar las palabras de Erin. No lo sorprendían del todo… en el fondo ya lo había presentido. Algo en ella había cambiado, y aunque había preferido engañarse, ahora todo estaba frente a él, imposible de negar.

    Se llevó las manos al rostro, intentando contener el torbellino de pensamientos. Entonces lo notó: la humedad pegajosa en sus labios, en sus dedos, un rastro vivo que lo devolvía de golpe a lo ocurrido minutos atrás. Había estado entre sus piernas, obediente, entregado… y ahora esa humedad no era solo de Erin, sino también del otro.

    Un espasmo le sacudió el estómago. El asco lo atravesó como un latigazo. Corrió al baño tambaleante, abrió la tapa del inodoro y vomitó con violencia. El ardor ácido en la garganta se mezclaba con aquel otro sabor, inconfundible, imposible de borrar.

    Se desplomó de rodillas contra el frío de las baldosas, temblando, con las manos aferradas al borde del inodoro como si fueran su única ancla. Las arcadas seguían sacudiéndolo aunque ya no tuviera nada más que expulsar. Respiraba con dificultad, los ojos enrojecidos, el pecho encogido.

    Y en medio de la náusea y la vergüenza, surgió algo peor: el miedo.

    Miedo a perderla. Miedo a que se fuera de su vida y lo dejara vacío.

    Por más cruel que hubiese sido su confesión, por más insoportable que resultara esa verdad, él no quería soltarla. Erin era todo lo que le quedaba, y aunque lo consumiera, estaba dispuesto a soportarlo.

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  • La bruja

    La bruja

    Aún no puedo sacar a Cintia de mi cabeza. Su recuerdo me persigue y todos los días estoy seguro de que las ganas me vencerán y regresaré corriendo a buscarla.

    Esto empezó hace un año. A finales de octubre del año pasado, regresé al pueblo en el que crecí. Mientras el camión se acercaba a mi destino, vi como esos extensos campos, apagados y abandonados, se iban convirtiendo en una ciudad pequeña y fría. Probablemente ya no existirían las calles en las que me escabullí con mis primeras parejas y quizá hasta hubieran derribado la casa en la que viví de niño. Traté de no estar nostálgico: iría a la universidad a dar una conferencia, como era el plan, e intentaría reencontrarme con alguna amistad perdida, entre las redes o caminando de bar en bar. Si encontraba soltera a alguno de mis viejos amores, podría considerar quedarme unos días, hospedado en el hotel y masticando mis recuerdos.

    Cuando bajé del camión y estaba por tomar el taxi hacia mi alojamiento, se me acercó corriendo con furia un viejo vagabundo. En su boca gritona se veía que le faltaban dos dientes, su pelo canoso estaba enmarañado y su piel tenía lo que parecía ser una costra de suciedad de años.

    —¡Cuídate de la mujer del cornudo! —me gritó. Entonces reconocí su voz.

    —¡Martín Martínez! —le dije, intentando que la alegría de mis gestos me hiciera sentir un poco de compasión por él. —¿Se acuerda de mí? Soy Alberto.

    Martín Martínez tenía poco más de treinta años cuando yo me fui; ahora, pese a lo envejecido que se veía, debía de estar en los cuarenta. Cuando lo conocí, era un guitarrista sin trabajo, pero muy gracioso, que andaba de plaza en plaza cantando huapangos, ligándose a las incautas y embaucando a los turistas. Los estudiantes sentíamos por él una mezcla de camaradería y envidia. Decíamos “ya te cayó la martina”, cuando algo nos salía bien sin ningún esfuerzo. Era triste ver cómo había acabado.

    —¡Cuídate de la mujer del cornudo patas-de-cabra! ¡Cuídate de las malditas brujas! ¡Cuídate, porque saben muy bien lo que andas buscando!

    “¡Ay, mi pueblo!”, pensé. ¿Cuántas historias había escuchado de niño sobre mujeres adúlteras que dejan durmiendo o borrachos a sus maridos, vuelan por la ventana como bolas de fuego y salen a cazar hombres calenturientos? “¡Ay, mi pueblo, tan viejito y tan misógino, siempre pensando en brujas!”. Por puro reflejo, pensé en esos libros que explican que la figura de la bruja nació en Europa, cuando el capitalismo empezó a… ¿pero qué le importaba todo eso al bueno de Martín Martínez? Le dejé algo de dinero en un saquito que llevaba al cuello, y fui a tomar mi taxi.

    Antes de salir para la universidad, me bañé, tratando de quitar de mi persona las señales del viaje y del cansancio. Viéndome al espejo, me pareció que las canas que empezaban a verse en mi barba me daban un poquito de autoridad; y la autoridad no está demás para las conferencias y para los reencuentros. Ya en la sala de piedra, reverberante y tosca, hable de mi tema frente a una veintena de personas más o menos interesadas. Una o dos manos arriba: un chico me preguntó algo sobre mis investigaciones y una profesora mayor se tardó mucho en agradecer por la conferencia.

    Finalmente, la tercera mano. Era una chica de la primera fila. Tenía unos veinticinco años. Su piel era perlada y pecosa. Sus lentes grandes se sostenían en una nariz delgada, terminada en una bolita encantadora, como un alfiler; detrás de los lentes, se veían unos ojos rasgados y soñolientos. En las orejas bailaban unos aretes de atrapasueños.

    Hablaba con toda la calma del mundo, desde unos labios estrechos y sonrosados. El cabello, castaño y lacio, le caía por las clavículas y se curvaba un centímetro arriba del nacimiento de sus pechos. Usaba una ombliguera de color vino, y los bordes del cuello tenían una especie de encaje. El escote mostraba la línea intermedia, muy apretada, de dos pechos turgentes, que contrastaban mucho con su espalda delicada y breve. Debajo, usaba una falda larga, que titilaba entre el morado y el negro.

    Me hizo tres preguntas seguidas, cortas y filosas, que me hicieron pensar que mi trabajo tenía algún sentido: que era escuchado y respondido. Las contesté con el interés de quien ha encontrado un colega, una persona con la que podría trabajar en el futuro cercano. Mientras lo hacía, clavé la mirada en sus ojos, en buena parte porque una distracción momentánea me podría haber llevado a ver sus pechos directamente. Ella sonreía y me sostenía la mirada retadoramente.

    El moderador despidió al público y la gente empezó a irse. La chica se acercó a la mesa y me siguió haciendo preguntas, discutiendo términos, planteando problemas. Miraba al techo cuando exclamaba algo, llena de emoción, meciendo de atrás hacia adelante una carpeta de documentos que llevaba en sus brazos, y que le ayudaba a taparse el pecho.

    Cuando me hicieron un gesto de que había que desalojar la sala, le agradecí su interés y su presencia, usando un todo de despedida. Ella se desentendió de eso, y me acompañó afuera de la sala y de la universidad. El aire frío y los tonos azules anunciaban las seis de la tarde. Se prendían los primeros faroles: la noche en mi pueblo no es como ninguna otra noche que conozca.

    —¡Ay, yo aquí y usted seguro se tiene que ir a hacer algo más importante!

    —Esta investigación… —le contesté yo con aplomo y con orgullo. —Este trabajo es mi vida. No tengo algo más importante.

    —¡Vaya! Qué diálogo más respetable y triste —dijo ella, y se rio. Luego, un poco apenada de su risa, me dijo: —Disculpe, no debí decir nada.

    Me pareció un buen chiste y, después de desconcertarme un momento, también me reí.

    —Quiero decir que no me quitas tiempo —aclaré.

    —¿Y le molestaría que le quitara un poco? —me dijo sonriendo. —Creo que le gustaron mis preguntas, así que supongo que tendríamos algunas cosas de las que hablar… si quiere.

    —¿Cómo te llamas? —le pregunté, tratando de retrasar un poco mi respuesta. Sinceramente, me intimidaba un poco la presencia de una chica tan hermosa.

    —Cintia —me dijo y; cómo sonreí de inmediato, me preguntó: —¿Le parece gracioso mi nombre?

    —No, no… sólo que es un nombre que los antiguos usaban…

    —Para la luna, sí —me dijo, sonriendo y asintiendo con la cabeza. Después, guiñándome el ojo agregó: —No es el primero que intenta ligarme con esa.

    Debo haberme ruborizado mucho, porque se carcajeó.

    —Tranquilo, hombre, es broma. O no. La noche es joven y la luna está linda.

    Ya no necesité responderle nada: empezamos a caminar, hablando animadamente. Entramos a un bar estrecho y acogedor. Cuando nos trajeron dos tarritos de mezcal a la mesa, le confesé:

    —Yo solía vivir en este pueblo… entonces era un pueblo. Venía a este bar cuando era joven.

    —Eres joven —me dijo Cintia, sonriéndome como si hubiera dicho una tontería. Me alegré de que empezara a tutearme.

    En algún momento, cuando me levanté a pagar, ella me dijo “¡espera!” e hizo ademán de sacar algo de su carpeta. Mientras yo me estaba preguntando qué sería, ella me tomó del brazo a toda velocidad y me besó. Fue un beso largo y profundo, que duró hasta que nos pidieron que nos quitáramos del paso.

    Al salir del bar, nos cubría el cielo negro de las ocho de la oche. La una brillaba intensamente y se reflejaba en la piel perlada de Cintia: en sus mejillas, en sus hombros delicados, y en la línea compacta de sus pechos. Los estudiantes y los juerguistas tomaban las calles, y una multitud pasó entre Cintia y yo. La perdí de vista un momento. Cuando nos reencontramos, corrió hacia mí con pasitos acelerados y se tomó mi mano

    —¡Si me suelta, a lo mejor desaparezco! —me dijo entre risas.

    Me sentía extrañamente a gusto. Cintia me hacía sentir que volvía a ser joven.

    —Los viernes en este lugar son justo como los recordaba. Están llenos de vida —le dije, tomando su mano con la mayor ternura.

    —Los viernes son buenos días: dos por uno en muchas cosas, y mis compañeras de cuarto no están en casa —me dijo, y volvió a guiñarme el ojo.

    ¿Han experimentado esa sensación en la que la ternura se convierte de golpe en excitación, y que causa una mezcla de alegría inesperada y un poco de culpa por la linda y tenue emoción que vamos ensuciando con la lujuria? Desde allí todo fue cuesta abajo.

    Cintia me contó que vivía con dos viejas amigas, todas alumnas de maestría, en una casita a las afueras, más en el campo que en la ciudad. Tomamos un pesero que nos dejó a la mitad de la nada. Caminamos unos cinco minutos sobre la carretera, hasta que Cintia me dijo.

    —¿Ya te arrepentiste?

    Le dije que no, “claro que no”, pero inmediatamente voltee a ver a mi lado: nada. Cerros a lo lejos; debajo de nosotros, una pendiente y el lecho de lo que debió ser un río. A decir verdad, era un poco preocupante: jamás había estado en ese lugar y probablemente ya no había transporte de regreso a esas horas.

    —¿Por qué vives aquí? ¿No es peligroso? Si estudias en la universidad, ¿no sería más fácil que rentaras algo cercano?

    —Ay, los citadinos. Esto es cercano —me dijo. Me sentí tonto por preguntar. —Además, vivir alejada tiene un par de beneficios.

    Me besó, haciendo que olvidara todos los problemas. Se abrazó a mi cintura con fuerza, presionando contra mí sus pechos. Me besó hasta excitarme, llevó la mano a mi pantalón, reconoció la forma de mi miembro y empezó a acariciarlo de arriba a abajo.

    —Me gusta el tamaño, pero seguro puede crecer más —me dijo. —¿Se te ocurre cómo?

    Volteo a ambos lados, como viendo si algún auto estaba acercándose —a esa hora, con ese silencio seguro lo habríamos notado ya. Entonces se llevó las manos a la espalda, subió la parte de atrás de su blusa y se desabrochó el sostén. Caminó hasta los restos de una barda, con un letrero político despintado, y subió su pierna derecha en un par de tabiques. Así subida, abrió las piernas y me dijo:

    —Ven, préstame tu cuello

    Se tomó de mí y llevó mi mano hacia su sexo, debajo de su falda. En el primer roce, reconocí que no llevaba ropa interior. ¿Nunca la llevó o se la había quitado sin que yo lo notara? En la carretera se vieron dos puntos luminosos acercándose. Yo quise sacar la mano, asustado de que nos vieran.

    —No —me dijo Cintia, volviéndome a empujar la mano.

    Después, soltándome, se alzó la blusa y me dijo.

    —Aún tienes una mano y una boca. Esas van en mis pechos.

    La primera vez que vi sus pechos en toda su belleza fue cuando los alumbraron los faros del primer coche que pasó. Los sentía pesados sobre la cuenta de mis manos. Mientras levantaba el pecho derecho, podía usar el pulgar para masajear el pezón el círculos, mientras besaba y lengüeteaba de arriba a abajo el pezón izquierdo. Mientras, la otra mano estaba concentrada en masturbarla.

    Los pezones de Cintia estaban erguidos, y le daban un acabado anguloso a sus pechos redondos. Eran del mismo color rosa de sus labios, y a ratos mis besos saltaban del pezón a los labios, y viceversa. Los coches pasaban uno cada dos minutos, disminuían su velocidad al reconocer lo que pasaba y luego aceleraban nuevamente. Cuando los escuchaba venir, Cintia gemía. Cuando se iban, me miraba a los ojos, tratando de entender qué pensaba yo, supongo.

    —¿Te arrepentiste? —volvió a preguntarme.

    —Para nada. Eres grandiosa —le dije. —No recordaba que las chicas de por aquí fueran tan abiertas.

    —Si aún no me abres bien —contestó ella, burlándose, tomando mi miembro. —¿Qué tal? ¿Quieres cogerme aquí mismo?

    —¡Sí! —le supliqué

    —Pfff, qué bestia eres. No, no: mi casa está a dos minutos ya. Tendrás que esperarte un rato —me dijo, y comenzamos a caminar.

    La casa era un bloque de color verde chicle, de dos pisos. Una escalera de caracol, que recorría la casa por fuera como una enredadera, llevaba al segundo piso.

    —Abajo vive la familia que nos renta —me aclaró Cintia.

    Entramos a su casa. Ella se anunció y no le respondió nadie; ella lo festejó y dijo “la casa es nuestra”, lanzándome un beso con la palma de su mano. Los muebles eran de madera pesada; la cocina-comedor tenía una parrilla y un refrigerador viejo. En la sala, un par de libros descansaban sobre el sillón y una caja de pizza cubría una mesa de centro. A su manera, parecía una vida acogedora.

    En la sala se quitó la blusa. Sostuvo sus pechos con las manos y me dijo:

    —¿Qué adjetivos te gustan para mis pechos?

    —Enormes perlas de pezón rosado.

    —¡Dos de esos no son adjetivos! —se burló. —Pero es un diálogo lindo. ¿De casualidad alguna vez…?

    Mientras me decía esto se llevó un dedo a la boca. Supuse que me estaba preguntando si alguna vez me habían masturbado usando los pechos. Yo le dije que no con la cabeza.

    —Muchas nacionalidades se atribuyen esta antigua técnica —me dijo, mientras se arrodillaba frente al sillón y me abría los pantalones. —En casi todas, ha triunfado alguna vez el comunismo. ¿Crees que sea coincidencia?

    No sabía si estaba haciendo un chiste o una rutina de seducción. Cuando intentaba contestarle algo ingenioso, sacó mi miembro de mi ropa interior, bajó mi prepucio, distribuyó mi líquido preseminal en todo el glande y me miró a los ojos.

    —¿No quieres decir nada? —dijo.

    Yo intenté decir algo, pero ella me calló lamiendo de abajo a arriba el tronco de mi pene. Luego, se lo metió a la boca, sólo hasta la mitad, y lo sacó, repitiendo varias veces.

    —Eres un poco grande como para que haga algo más —me dijo, tomando una pausa. —Eso de meterlo hasta el fondo no es lo mío.

    —Como tú quieras —le dije.

    Luego puso el pene entre sus pechos y, antes de apretar, agregó:

    —Sí. Las que tenemos pechos como estos, podemos hacer lo que queramos.

    Y empezó a masturbarme entre sus pechos. ¿Se refería a que la conquista no le había resultado nada difícil? ¿A que yo había cedido a la primera? ¿A que a ella no le gustaba hacer sexo oral, y sus pechos le facilitaban otras estrategias? No podía pensar. Su técnica era algo que jamás había visto. Hacía botar sus pechos al rededor mío, y sólo muy de tanto en tanto, los cerraba completamente y los hacía correr de arriba a abajo. Cuando se cansaba, golpeaba mi glande contra sus pezones, mirándome fijamente a los ojos.

    Pasado un rato, me indicó que me recostara. Se sentó sobre mí, sobre mi pene, y empezó a masturbarlo con su vulva. Se echó sobre mi pecho, me besó y luego se irguió nuevamente. Tomó en pene y lo elevó apuntándolo a su vagina.

    —Dime que lo meta —me dijo.

    —Por favor, me… —no esperó a que terminara y dio un sentón sobre él.

    Parecía que a los dos nos había dolido, así, tan rápido, pero los dos estábamos demasiado excitados para parar. Ella me ponía una mano sobre el pecho y yo veía cómo sus pezones dibujaban círculos en direcciones opuestas. Varias veces intenté erguirme para tocar esos pechos y morder con cariño esos pezones, pero Cintia no me lo permitió.

    Después de un rato me dijo:

    —¡Uff, estoy cansada! —y se levantó, sacándose el pene. —Vamos a mi cuarto, aquí vamos a hacer un desastre. Y tú estás arriba, ¿eh?

    Es verdad: estábamos haciendo un desastre. Cuando fuimos a su cuarto, alcancé a ver que la humedad del sexo había manchado el sillón.

    El cuarto de Cintia se mantenía oscuro. Cuando llegamos, ella prendió a tientas seis velas de olor lavanda, de un color púrpura oscuro. Me preguntó si me gustaba el olor y le dije que sí.

    —Ahora te recordará a mí —me dijo. Y era cierto.

    Yo ya estaba sin pantalones cuando ella se recostó en la cama, sólo con la falda puesta. Apenas podía distinguirla por un rayo de luna que se colaba por la ventana y que daba en la punta de su nariz y en la circunferencia de sus pechos. En una la mesa de noche, un reloj digital de números muy rojos daba las 2:00 am.

    Me puse sobre ella, y apunté a su vagina, listo para seguir el encuentro.

    —Espera, antes tengo algo que preguntarte. ¿Te molestaría saber que soy casada?

    —Casada… pero… ¿por qué no me lo dijiste antes?

    —¿Qué ya no me quieres coger? —dijo ella, haciendo una carita triste e infantil.

    ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no me lo había dicho? ¿Y por qué una persona casada viviría con dos amigas universitarias? Mientras pensaba eso, Cintia trenzó sus piernas por detrás de mi espalda y se empujó contra mí. No pude resistirme y la penetré.

    Tenía las dos manos alrededor de su cabeza, y arqueaba mi cadera para entrar de la forma que me sintiera más. Mientras, veía como sus pechos botaban al ritmo de mis embestidas, o buscaba su mirada. Pero ella tenía los ojos cerrados, como para concentrarse en el momento.

    Así estuvimos largo tiempo. Me asombró un poco no cansarme y miré al reloj. Me pareció extraño: 2 am aún. Debía de estar descompuesto. Entonces algo se movió detrás mío; se escuchó como el tintineo de un cinturón. Volteé a ver y reconocí una figura, una sombra casi. Cuando Cintia sintió que me iba a salir de ella, para ver qué era esa sombra, se trenzó a mi espalda otra vez.

    —Tranquilo. Mírame —me dijo Cintia, tomando mi barbilla con mucha firmeza. —Es mi marido. Sólo quiere vernos.

    Sentí que debía detenerme. No me gustaba el rumbo que iba tomando aquello. Pero Cintia era hermosa. Ahora la luna daba de lleno en sus pechos, y hacía que el movimiento de mis embestidas los sacara de la luz, y volviera a iluminarlos. Ella había empezado a respirar pesadamente. Su pecho silbaba, y poco a poco empezaba a gemir. Me sentí muy bien de estarla satisfaciendo y procuré ignorar lo demás.

    —Ay, Alberto. Sí eres joven… ay, te sientes tan joven adentro mío —me dijo Cintia. El diálogo era muy extraño, pero por alguna razón me excitó. Me hizo volver a su cuello y besárselo con una pasión húmeda, yendo a su oreja a sus clavículas.

    Desde que me dijo eso, intenté que las penetraciones fueran más lentas y más pesadas, más profundas. Me restregaba un poco, para que sintiera nuestro ritmo en su clítoris.

    —Ay, coges muy rico. Deberías ser joven siempre, siempre, siempre. ¿Eso te gustaría? —me repitió Cintia, sin que yo tuviera la menor idea de por qué estaba diciendo eso.

    El esposo se me acercó y me puso la mano en el hombro. Un escalofrío corrió por mi espalda. Podía escuchar como se masturbaba detrás de mí. Sentí que me estaba pidiendo que siguiera, que me cogiera más rápido a Cintia… a su esposa. Y yo, sin saber muy bien por qué, aceleré el ritmo. Puse un codo sobre la cama y me agaché a besar los hermosos pechos de Cintia.

    —Vamos, acábame. Acábame adentro. O no, no. Mejor mis pechos. Sé que te gustaron mis pechos. Sal y acábame en los pechos. ¿Eso te gustaría?

    Cintia repitió varias veces más “¿eso te gustaría?”, como si tratara de convencerme. Yo estaba como en transe, y no podía contestarle, aunque quería. Pero ella lo repetía, y parecía excitarse más con cada vez.

    Finalmente, Cintia tuvo un orgasmo y en ese momento salí corriendo. Tiré la caja de pizza sin querer; abrí la puerta y no la cerré; bajé a tropezones por la escalera de caracol. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me había asustado tanto? Ya considerándolo racionalmente, incluso si el marido hubiera querido hacer algo conmigo… no es que yo quisiera, pero… Cintia era la mujer más hermosa que había conocido… ¿no valía la pena?

    Cuando me alejaba, volví la vista, preocupando de que alguien me siguiera. Cuando volví a ver la casa, algo me pareció raro. Empecé a correr en diagonal, queriendo ver el costado de la casa y desmentir lo que me decían mis ojos. Cuando estuve a una cierta distancia volví a ver atrás y sentí mi corazón caer a mi estómago: de la casa sólo quedaba la fachada y el cuadrado que definía la planta. Las paredes se habían caído hace mucho. La escalera de caracol, por la que yo subí y bajé, seguía en pie, pero no llevaba a ningún lado.

    Corrí horas de regreso, escapando entre la maleza y sobre la carretera, deseando con toda el alma que pasara un taxi. No pasó ni siquiera un coche. Regresé al hotel a las 5 am., sudando frío y jurando nunca volver a ese lugar.

    Intenté olvidar, pero no pude volver a la ciudad. Pensar en Cintia me hace quedarme aquí. Busqué cualquier trabajo: dos, tres trabajos. Lo importante es no pensar. El dinero, por alguna razón, ya no me alcanza casi para nada. Durante este año, las canas se han apoderado de mi barba por completo. La espalda me duele casi todo el tiempo y por las noches siento castañear los dientes.

    No he vuelvo a ver a Cintia, pero ayer se me heló la sangre cuando escuché a la estudiantina cantar:

    A la bruja me encontré

    por el aire iba volando.

    Me dijo «¿quién es usted?»;

    «soy cantador de huapango».

    Me agarra la bruja,

    me lleva al cerrito,

    me vuelve maceta

    y un calabacito…

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  • Fuego en un instante: Mi primera aventura

    Fuego en un instante: Mi primera aventura

    Queridos lectores,

    Mi nombre es Julieta, tengo 35 años y soy de Argentina. Tengo la fortuna de contar con un trabajo estable que me permite vivir cómodamente. Mido 1.70, me apasiona el gimnasio y salir a correr, lo que me ha ayudado a mantener un cuerpo que, con orgullo, considero atractivo y bien definido. Estuve casada durante diez años y actualmente estoy soltera. No busco activamente una pareja, pero hace algunos meses sentí el impulso de compartir algunas de las experiencias que han marcado mi vida.

    Todo comenzó antes de mi matrimonio, y aunque no fueron muchas, las vivencias que siguieron tienen un matiz especial, algunas incluso podrían considerarse eróticas. No sé si busco justificarme al contar estas historias; quizás sea el deseo de revivir esos momentos, liberar un peso que llevo dentro o simplemente explorar un nuevo hobby en este mundo tan fascinante. No soy seguidora del porno, ya que lo encuentro poco realista y nunca logró captar mi interés. Sin embargo, un día, mientras navegaba por internet, descubrí los relatos de una chica también argentina. Sus historias, llenas de intensidad y profundidad, despertaron en mí primero curiosidad y luego una emoción inesperada. Sigo leyendo sus escritos, que continúan atrapándome con su mezcla de sensualidad y sinceridad.

    Con esta introducción, quiero darles la bienvenida a mi espacio, donde compartiré fragmentos de mi vida en los próximos meses. Tal vez, si me apasiona, esto se convierta en un hobby permanente. Espero que me acompañen en este viaje de recuerdos, emociones y, por qué no, un toque de audacia.

    Hace unos quince años, cuando tenía 20, estaba en mi segundo año de carrera universitaria. Las cosas me iban bastante bien: académicamente no tenía problemas, y en el plano personal, mantenía un círculo cercano de amistades. Conservaba a mis amigas de siempre y había conocido a nuevos compañeros en la facultad. Llevaba cuatro años de novia con mi excompañero de secundaria, quien más tarde sería mi esposo. Aunque él estudiaba en otra universidad y tenía una tienda de ropa en el centro de la ciudad, nuestro amor era intenso y todo parecía perfecto, como un cuento de hadas. Nos veíamos cuando podíamos; él solía pasar a buscarme en su auto y nos íbamos a pasear o a su departamento. Esos momentos eran mágicos.

    Ese año conocí a Lisandro, un chico que encajaba perfectamente en el estereotipo de “nerd”: anteojos, cabello largo, y, para ser honesta, no muy agraciado físicamente. Al principio, no me caía bien. Cada vez que entraba al aula, sentía las miradas de los chicos, pero la de Lisandro era especialmente insistente, casi intimidante. Un día, el aula estaba tan llena que no tuve más opción que sentarme a su lado. No paraba de mirarme, especialmente mis pechos y mi figura, lo que me hizo sentir incómoda.

    —Ho-hola… —dijo con una voz temblorosa.

    No le respondí; no me sentía cómoda. Afortunadamente, pronto se desocupó un asiento y me cambié rápidamente. Pensé que todo quedaría ahí, que Lisandro era solo un típico chico tímido y deslumbrado, pero me equivoqué. En la siguiente clase, al salir, me siguió.

    —¡Julieta! ¡Esperá un segundo! —gritó mientras corría entre otros compañeros.

    —¿Eh? Perdón, ¿te conozco? —respondí con tono cortante, sin detener mi paso.

    —Perdón, me llamo Lisandro. Soy tu compañero desde el año pasado, pero seguro no me notaste —dijo con una sonrisa.

    —Perdón, no te conozco. ¿Qué querés? —Mi tono era firme, y aceleré el paso.

    —Nada, solo quería charlar. No te vi con tus amigos de siempre y pensé que tal vez querías hacer nuevos —insistió, ignorando mi evidente desinterés.

    —Mirá, mil disculpas, pero no tengo tiempo. Me está esperando mi novio —dije, un poco más amable pero manteniendo la firmeza.

    —Okey, adiós —respondió, quedándose parado, sin disimular que me miraba de arriba abajo mientras me alejaba.

    Afuera, como siempre, me esperaba mi novio.

    —¡Amor! —exclamé, dándole un beso apenas lo vi.

    —Hola, chiquita —me respondió con un abrazo cálido y un beso.

    —Vení, subí —dijo mientras me abría la puerta del auto.

    —¿A dónde vamos, amor? —pregunté, emocionada.

    —A donde siempre, nena —respondió con una sonrisa pícara, tocándome las piernas mientras conducía.

    Ya llevábamos casi dos años disfrutando de nuestra intimidad. Al llegar a su departamento, dejó las llaves en la mesa y me preguntó:

    —¿Cómo te fue, mi amor?

    —Bien, tu chica, además de bonita, es inteligente, ¿eh? —bromeé.

    —Lo sé, nena, vos sos la mejor —dijo mientras me abrazaba, me alzaba en sus brazos y me llevaba a la cama.

    —¿Ningún mirón se quiso pasar de listo? —preguntó mientras se quitaba la camisa y buscaba un preservativo.

    —No, bebé, nadie es más lindo que vos —reí—. Aunque hoy conocí a un baboso. Es el más inteligente del salón, pero demasiado intenso.

    —Jaja, el típico nerd que cree que tiene chances con este bombón —bromeó mientras se acercaba a mí.

    Se puso encima de mí y empezamos a con besos muy lentos, nos deseábamos como el primer día…

    —Uhmm –dije entre gemidos por los besos en mis pechos y cada vez bajaba más

    Mientras me besaba los labios me acariciaba la vagina con un ferviente ímpetu

    —Uhmm, sigue… ¡Oh!!! –gemía con fervor ante sus maravillosas manos y labios

    Le fascinaba que le diera sexo oral y me guio hacia su palo erecto

    —Ya sabes lo que me gusta beba –mientras me sujetaba la cabeza

    —Claro bebe —mientras bajaba mirándolo a los ojos con esa mirada picara que tanto le gustaba.

    Se me hacía agua la boca cada que contemplaba de cerca su enorme erección…

    —Siempre tan enorme… Me encanta nene —Mientras empezaba a darle besos desde la cabeza… Devorarlo era mi delirio, además como era bien higiénico y no tenía pelos una mano mía acariciaba sus testículos mientras mi boca hacia su trabajo

    —¡Aaah nena, eres increíble!! –mientras gemía y su mano acariciaba mi enorme culo.

    Chipárselo me excitaba mas de lo que ya estaba, lamerlo como si fuera un enorme chupetín era algo tan rico…

    Cada que lo tenía en la boca sentía que era solo mío y yo de él.

    —Me voy a venir nena… ahhh ¡cuidado aun no! —decía mientras se estremecía en la cama por mi tan buen desempeño…

    La sensación era única y aumentaba cuando apagaba mi sed con la miel que yo misma había llamado… Para mí en ese momento él era el mejor novio, el mejor amigo y el mejor amante del mundo…

    —¡Oh nena siento como me escurro! —mientras me agarraba y penetraba en 4.

    —Si bebe agarra mi enorme culo… ¡es todo tuyo! —mientras sujetaba las sábanas de la cama mas no poder

    No era comparado con nadie ni pensaba hacerlo el era todo lo que estaba bien en el sexo.

    —¿Así nena? —mientras penetraba y agarraba cada vez mas subiendo la intensidad

    —¡Sigueee!

    Él había sido el primer y único hombre en mi vida, no tenía necesidad de nadie mas pues él era que me dejaba satisfecha siempre y además me trataba como una reina.

    —¡Te adoro! Ahhh —un suspiro lleno de beso y de pasión mientras el acababa por fin

    —¡Yo a vos nena te lo juro!

    No todo era un cuento de hadas. Una tarde, mi clase terminó antes de lo previsto, y decidí sorprender a mi novio. Conduje hasta su departamento, llena de ilusión, pero al llegar, sin siquiera bajar del auto, vi algo que hizo que mi mundo se derrumbara: él salía de su edificio acompañado de otra chica. En ese instante, un torbellino de emociones me invadió. No entendía qué había hecho mal. Mil preguntas se agolpaban en mi cabeza, pero, en lugar de enfrentarlo, cometí el mayor error de mi vida: fingir que nada había pasado.

    Por dentro, estaba destrozada, aunque no lo mostraba. Una parte de mí intentaba justificar lo ocurrido, convenciéndome de que era algo “normal” o que quizás había una explicación. Pero otra parte, más rebelde, me susurraba que ahora tenía “libertad”. ¿Libertad? ¿Acaso no la había tenido antes? Me sentía atrapada en un torbellino de confusión, como si estuviera perdiendo la cabeza. Afortunadamente, los estudios me mantenían ocupada y distraída, dándome un refugio temporal. Decidí no contarle nada, ni a él ni a nadie. Seguimos con nuestra relación, incluso con momentos de intimidad que, curiosamente, parecían cada vez más intensos. Quise creer que esa fue la única vez que me traicionó, aunque, siendo honesta, ni yo misma me lo creía del todo.

    Ese episodio me marcó para siempre. Algo en mí cambió; comencé a sentirme más “libre”. Empecé a prestarle más atención a mi apariencia, vistiendo de forma más llamativa, aunque siempre dentro de un límite que me sentía cómoda respetando. Retomé mis entrenamientos con más dedicación, lo que no solo mejoró mi ya atractivo físico, sino que también elevó mi autoestima. Mis curvas, esculpidas por el esfuerzo en el gimnasio, atraían las miradas de todos… especialmente la de Lisandro.

    A pesar de haberle dejado claro que tenía novio, Lisandro no se rendía. Su insistencia era casi exasperante.

    —¡Juli! ¡Esperá! —gritó un día mientras salía del aula, haciéndome sentir una vergüenza tremenda. No sabía dónde esconderme.

    —¡Ay, ¿qué querés? —respondí con un tono entre molesto y agotado. Entre los problemas internos que cargaba y el torbellino emocional que vivía, lo último que quería era lidiar con él.

    Lisandro, sin embargo, parecía decidido a hablar conmigo.

    —Solo saludarte, ¿tiene algo de malo? —dijo con un entusiasmo inusual. Noté que estaba más arreglado de lo habitual, con un aspecto menos desaliñado.

    Intentó acercarse para darme un beso en la mejilla, pero di un paso atrás de inmediato.

    —¡Nooo! —exclamé, apartando la cara.

    —¿Te molesta que te salude? —preguntó, con un dejo de pena en la voz.

    —No, no es eso, pero mi novio es muy celoso y no le gusta que salude a nadie, ¿sabés? —respondí, intentando suavizar la situación.

    La verdad, empezaba a darme un poco de lástima. Su perseverancia era casi admirable, aunque también agotadora. Tanto insistió que mis amigas de la facultad comenzaron a bromear al respecto, en especial mi mejor amiga, una mexicana pícaramente encantadora y, para el deleite de muchos, también bellísima.

    —Dicen que el hombre es como el oso: entre más feo, más sabroso —bromeó con una sonrisa traviesa.

    —¡Jajaja, qué decís, boluda! Será muy insistente, pero ni loca le haría caso —repliqué, riéndome.

    —Eso lo decís ahora, pero sus amigos me contaron que desde que te conoció, empezó a ir al gimnasio y hasta se viste mejor —insistió ella, con su tono juguetón.

    —¡Ya, callate, jajaja! —le dije, sin poder contener la risa.

    —No digas eso, que más pronto cae un hablador que un cojo —remató con uno de sus típicos refranes mexicanos, mientras ambas estallamos en carcajadas.

    Con el paso de los días, Lisandro comenzó a comportarse de manera menos invasiva. Incluso formamos un grupo de estudio con otros compañeros para la materia que compartíamos, lo que me permitió verlo en un contexto más relajado. Una tarde, a la salida de clases, aproveché para presentarles a mi novio a todos.

    —Chicos, él es mi novio —dije con una sonrisa mientras las chicas lo saludaban amablemente y los chicos intercambiaban apretones de manos. Lisandro, sin embargo, lo miró con una expresión que destilaba arrogancia y algo más.

    —Qué tal, chicos. Un placer. Juli me cuenta que son muy buenos —dijo mi novio, dándome un beso frente a todos—. Vamos, nena, que se nos hace tarde.

    La cara de Lisandro cambió por completo; sus celos y envidia eran evidentes.

    —Nos vemos, chicos. ¡Espero que sigan bien! —dije mientras nos íbamos tomados de la mano.

    Ya en el auto, no pude evitar comentar:

    —¿Viste la cara de Lisandro? ¡No te podía ni ver! —dije, riéndome.

    —Jaja, se nota que está bien enamorado de vos. Pobre, está tan ilusionado que cree que tiene chances contigo, ni en sueños —respondió él, con un tono burlón.

    —Quién sabe, es feo pero inteligente —bromeé, aunque en el fondo quería que captara que sabía de su aventura.

    —A otras chicas con novios infieles les puede interesar —solté, mirándolo de reojo.

    —Jaja, seguro… —respondió, incómodo, tosiendo y cambiando de tema rápidamente.

    Llegamos a su departamento y, como siempre, tuvimos un momento de intimidad. Aunque el sexo seguía siendo el de siempre, poco a poco recuperábamos ese cariño que había quedado en pausa tras su traición.

    Con el tiempo, Lisandro empezó a ganarse mi amistad. Se volvió más atento y respetuoso, y su inteligencia me fue de gran ayuda con exámenes y trabajos de la materia. Incluso me pasaba sus apuntes y tareas para que los presentara, algo que, aunque yo era responsable, nunca venía mal.

    Un día, tenía una sesión de fotos para una tienda de ropa local, un trabajo extra que hacía como modelo para ganar algo de dinero y no depender tanto de mis padres mientras estudiaba. Llevé un vestido que, aunque no era ajustado, resaltaba mis curvas de manera notoria. Ese día no llevé mi auto, ya que mi novio iba a pasar por mí. Sin embargo, al salir de clases, lo esperé en vano. Lo llamé.

    —Amor, lo siento, no creo que pueda pasar a buscarte. Surgió un problema en la tienda y voy a tardar. Mil disculpas, bebé —dijo.

    —Okey, chau —respondí, quizás con un tono más cortante de lo necesario. En ese momento, no pude evitar pensar lo peor: ¿estaría con ella otra vez?

    Justo entonces, apareció Lisandro.

    —¿Todavía no llegó tu novio? —preguntó.

    —No, no va a venir. Tuvo un problema —respondí, con desgano. Su rostro se iluminó de inmediato.

    —Deja que te lleve a tu casa. Tengo que pasar por mi departamento y luego te dejo —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

    —No, no quiero molestar, en serio —insistí.

    —Ninguna molestia, vamos —respondió con una carcajada.

    Noté un interés evidente en él, pero, sin pensarlo demasiado, acepté. En el auto, la conversación fluyó sorprendentemente bien. Entre risas y anécdotas, la pasé mejor de lo que esperaba. Al llegar a su departamento, asumí que lo esperaría abajo, pero me invitó a pasar porque, según él, se iba a demorar un poco. Accedí, prefiriendo eso a quedarme en el auto.

    Una vez dentro, Lisandro volvió a ser el de antes. Sus miradas recorrieron mi cuerpo de arriba abajo mientras me sentaba en su sofá. De pronto, se acercó, me abrazó e intentó besarme.

    —Vamos, Juli, por favor, haceme un favor. Soy virgen y sería un placer perder la virginidad con una mujer tan linda y con un cuerpo tan increíble como el tuyo —dijo, sujetándome.

    Con un movimiento rápido, me solté, aprovechando que tenía más fuerza que él.

    —¡¿Estás loco?! ¡No podés intentar imponerte por la fuerza! —lo reprendí, furiosa, mientras agarraba mi bolso para irme.

    Entonces, lo vi derrumbarse. Casi llorando, se sentó y se tomó la cabeza.

    —Tenés razón, perdón. Es que nunca voy a tener a una mujer. Mírame, soy feo, nadie me quiere —dijo, con la voz quebrada.

    Sus palabras me ablandaron un poco. Me senté a su lado y traté de calmarlo.

    —Mirá, no digas eso. Estuviste mal, pero tenés que ponerte en el lugar de las chicas. Si seguís siendo caballeroso, como venías siendo, y no brusco como ahora, vas a lograr mucho más —le aconsejé.

    —¿En serio? Igual, me puse una vara muy alta con vos. Una mujer como vos, con un novio perfecto, nunca me daría una chance —dijo, levantándose por las llaves.

    Cuando mencionó “novio perfecto”, algo en mí explotó. Las voces en mi cabeza se debatían: unas me instaban a contarle que mi novio no era perfecto, que probablemente estaba con otra en ese mismo momento; otras me tentaban a dejarme llevar.

    —Mirá, pensé que por los favores que te hice quizás tenía una chance, jaja. Igual, mil disculpas, no quiero que pienses que soy un acosador —dijo, abriendo la puerta.

    En un impulso que no logro explicar, respondí:

    —Sabés qué, acepto que me des un beso y que me acaricies, pero hasta ahí, ¿okey?

    —SI SI lo que quieras —Dijo cerrando la puerta

    No sé qué pasó por mi cabeza en ese momento. Quizás fue el deseo de soltarme, de tomar el control. Dejé mi bolso en el sofá y me acerqué a él.

    Se acercó a mí y me llenó de besos de golpe, al principio era medio brusco pero poco a poco empezó a hacerlo demasiado bien…

    Lisandro me envolvió en un torbellino de placer inesperado. Sus caricias, cada vez más audaces, encendían mi piel.

    —Tu cuerpo es perfecto —susurró mientras sus manos recorrían mi trasero con devoción.

    Por dentro, no podía creer lo bien que lo hacía, considerando su inexperiencia. Cuando deslizó mi vestido por completo, supe que la situación se estaba saliendo de control, pero la excitación me dominaba. Él corrió mi tanga a un lado y hundió su rostro entre mis muslos. Su lengua, traviesa y precisa, comenzó a explorar mi intimidad, llevándome a un éxtasis que no esperaba.

    —Mmmh, qué rico —gemí, perdida en el placer.

    Su lengua navegó con maestría, tocando cada rincón hasta alcanzar el fondo. Yo, arañando el sofá, no podía contenerme. Entonces, ocurrió algo que nunca había experimentado con mi novio: un orgasmo intenso me estremeció, liberándome en su rostro.

    —Ooh, mmmh, perdón —dije entre risas, sorprendida por lo que acababa de pasar.

    —No importa, nena, eres increíble —respondió él, secándose con una toalla que tenía cerca, con una sonrisa satisfecha.

    La lujuria me consumía, y no quería que el momento terminara.

    —Vení, te tengo que enseñar más —le dije, tomándolo de la mano y llevándolo a su cuarto. Sin decir una palabra más, lo desnudé. Para mi sorpresa, su “herramienta” no era como la imaginé: era grande, imponente.

    —No dejás de sorprenderme —murmuré mientras, arrodillada, comenzaba a masturbarlo y a besar su miembro con deseo, desde la base hasta la punta. Luego, coloqué su pene entre mis pechos, moviéndolos lentamente para darle placer.

    —Ohh, sí, eres increíble —jadeó él, claramente abrumado.

    Tras un rato, pasamos a la acción. Me puse en cuatro, y él comenzó a penetrarme con una intensidad que me arrancó gemidos.

    —Ooh, sí, nene, ¡sos increíble! —exclamé, perdida en el placer.

    —Vos también, nena —respondió, mientras sus manos no dejaban de acariciar mi trasero.

    Sus movimientos eran buenos, pero los míos lo superaban. Probamos varias posiciones, cada una más intensa que la anterior, hasta que él no pudo más.

    —Ya estoy por correrme, nena —dijo, con la voz entrecortada.

    —Dámelo todo entre las tetas, corazón —le susurré, con un tono cargado de erotismo.

    Su clímax fue explosivo, una liberación que me sorprendió por su intensidad. Fue, sin duda, una de las mejores experiencias sexuales de mi vida. Sin embargo, dejé claro que lo que pasó quedaba ahí, que no podía repetirse. Estaba a mano con mi pareja, o al menos eso creía. Sé que lo que hice no estuvo bien, pero en ese momento la pasión me dominó por completo.

    Lisandro y yo seguimos siendo compañeros, aunque él se cambió de universidad por el trabajo de sus padres. Nunca volvimos a cruzar esa línea, pero noté un cambio en él: estaba más seguro, más animado, incluso más atractivo.

    Esta fue mi primera historia. No soy escritora, solo una mujer que, en un momento de debilidad, fue infiel. No busco justificarme ni espero que me juzguen; solo quiero compartir estas vivencias. Espero que me acompañen en los próximos relatos. ¡Hasta pronto!

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  • Diario de Lucy (3)

    Diario de Lucy (3)

    Me dejé caer boca arriba sobre la cama, con las medias tensas en mis muslos y los tacones aún puestos, con las piernas ligeramente abiertas, invitándolo sin pudor. Mis pezones estaban duros, erguidos hacia el techo, y el aire frío de la habitación hacía que cada milímetro de mi piel ardiera más.

    Juan se acercó sin quitarme los ojos de encima, y en cuanto sus manos tocaron mis rodillas sentí cómo me abría con una lentitud torturante, empujando mis muslos hacia los lados hasta dejarme completamente expuesta. Yo ya estaba mojada, tan mojada que podía sentir cómo el calor me corría por dentro y me empapaba hasta las medias.

    Se inclinó entre mis piernas, y lo primero que sentí fue su lengua, húmeda, ardiente, trazando un camino lento por mi muslo interior, tan despacio que mi cuerpo temblaba de anticipación. Su boca se acercaba centímetro a centímetro hasta que, por fin, me rozó el coño con un toque tan suave que me arrancó un gemido inmediato.

    Mi espalda se arqueó cuando su lengua empezó a recorrerme en círculos, primero sobre mis labios hinchados, saboreándome despacio, bebiendo de mí como si no tuviera prisa. Cuando llegó a mi clítoris, lo atrapó con la punta de la lengua y succionó suavemente, y yo apreté los puños contra las sábanas, incapaz de controlar la ola de placer que me recorría.

    —Dios, no pares… —susurré, con la voz quebrada.

    Él no paró. Jugaba conmigo, alternando succiones profundas con movimientos rápidos, mientras sus dedos se deslizaban entre mis pliegues ya empapados. Entraron en mí sin resistencia, dos dedos primero, hundiéndose con firmeza, estirándome, haciéndome gemir más alto. La fricción de su lengua en mi clítoris y de sus dedos dentro de mi coño me hizo perder el ritmo de mi respiración.

    De pronto, su mano libre se deslizó más abajo, tanteando el borde de mi otro agujero. Apenas un roce, pero lo suficiente para hacerme soltar un gemido más agudo, casi un grito. Mis ojos se abrieron de golpe y lo miré con sorpresa, con deseo, con esa mezcla de pudor y excitación que me desarma.

    Y él lo entendió. Introdujo un dedo allí, despacio, con calma, mientras seguía hundiendo los otros en mi vagina. El contraste me rompió. La sensación de estar abierta, tomada, completamente poseída, me arrancó un orgasmo súbito, violento, que me hizo arquear la espalda y gemir su nombre entre jadeos.

    Mi cuerpo temblaba bajo él, mis pechos se alzaban con cada respiración cortada, mis muslos temblaban contra sus hombros, y aún así él no se detuvo. Continuó lamiendo, succionando, empujando sus dedos dentro de mí hasta que sentí que no podía más, hasta que cada fibra de mi cuerpo ardía de placer.

    Cuando por fin logré abrir los ojos, lo vi mirándome desde entre mis piernas, con la boca y los dedos brillando de mis jugos. Y en ese instante entendí que todavía no había empezado lo peor, que lo que venía después iba a ser incluso más devastador.

    —Ahora sí… —susurré, con la voz hecha trizas—. Quiero que me folles.

    Aún estaba jadeando cuando él me tomó de la muñeca y me giró con brusquedad. Mi cuerpo cayó boca abajo sobre la cama, mis pechos aplastados contra las sábanas, y en un segundo sus manos me agarraron de las caderas para alzarme. Quedé a cuatro patas, con las medias marcando mis muslos, los tacones clavados en el colchón y mi culo ofrecido en todo su esplendor. Sentí la exposición, la entrega absoluta, y esa mezcla de vulnerabilidad y lujuria me hizo estremecer de nuevo.

    Me agarró del pelo con una mano, tirando de mi cabeza hacia atrás hasta obligarme a arquear la espalda, y con la otra mano me palpó el culo como si quisiera comprobar que era suyo. Su palma descendió de golpe y el sonido de la bofetada retumbó en la habitación. Un gemido escapó de mi garganta, mitad dolor mitad éxtasis, y su risa grave me recorrió la piel como un escalofrío.

    Sentí la punta de su polla rozando mis labios mojados, deslizándose con calma por mi sexo empapado, empapándola aún más con mis propios jugos. Esa espera me estaba matando. Mi cuerpo temblaba de anticipación, mis uñas se hundían en las sábanas, mi coño palpitaba pidiendo que me rompiera de una vez.

    —Por favor… —murmuré con un hilo de voz—. Hazlo ya.

    Y entonces me lo dio. De un empujón firme, largo y profundo, me llenó por completo. Un grito se me escapó de los labios, el placer desgarrador de sentirlo atravesándome me robó el aire. Su polla se hundió hasta el fondo, chocando contra mi interior, y me quedé sin aliento, con la boca abierta, con la mente en blanco.

    Él no esperó. Empezó a moverse con un ritmo demoledor, cada embestida hacía que mis rodillas se deslizaran hacia adelante, que mi espalda se arqueara más, que mis pechos rebotaran contra el colchón. El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos cada vez más altos y sus gruñidos contenidos.

    Me agarraba del pelo, de las caderas, de las tetas, como si necesitara poseer cada parte de mí a la vez. A veces me embestía despacio, hundiéndose hasta el fondo y quedándose quieto para que sintiera cada centímetro palpitando dentro de mí. Otras veces me follaba rápido, sin piedad, haciendo que mi cuerpo temblara bajo él, obligándome a gritar su nombre contra las sábanas.

    La mezcla de brutalidad y ternura me volvía loca. Cuando me jalaba del pelo con fuerza, mi coño se apretaba más contra él, como si mi cuerpo lo deseara aún más. Cuando me acariciaba el culo y lo abría con sus manos para follarme más hondo, sentía que mi mente se partía en dos, entre el dolor delicioso y el placer insoportable.

    Estaba perdida en el vaivén de sus embestidas, con la cara enterrada en las sábanas, con sus manos enredadas en mi pelo y en mis pechos, cuando sentí cómo se salió de golpe. Mi cuerpo tembló de frustración, porque lo quería adentro sin descanso, quería sentirlo llenándome, desgarrándome por dentro.

    Giré el rostro, lo miré por encima del hombro, con la respiración rota, con la cara empapada en sudor y saliva. Y en un arranque de deseo que nunca antes había sentido, lo agarré yo misma. Su polla estaba dura, brillando de mis propios jugos, palpitante en mi mano. No lo pensé, ni lo dudé. La guié hacia atrás, hasta mi otro agujero, ese que nunca había ofrecido con tanta entrega.

    —Aquí… —le susurré, con la voz ronca y temblorosa—. Quiero que me lo metas aquí.

    Sentí la punta presionando contra mí, y mi cuerpo entero se estremeció. Al principio fue solo el roce, lento, torturante, pero yo insistí, empujándome hacia atrás, abriéndome para él, dejándole claro que lo deseaba, que estaba lista para darle algo que jamás había compartido con otro hombre.

    La presión me arrancó un grito ahogado. El dolor y el placer se mezclaban como fuego líquido dentro de mí, pero no quise detenerme. Me abrí más, lo recibí poco a poco, sintiendo cada centímetro conquistando un lugar más profundo. Mi respiración era entrecortada, mis uñas arañaban las sábanas, mis muslos temblaban con la tensión. Y cuando por fin lo sentí hundido por completo, el gemido que salió de mi garganta no se parecía a nada que hubiera emitido antes. Era puro abandono, pura rendición.

    Juan gruñó detrás de mí, y sus manos me apretaron con más fuerza, como si no pudiera creer lo que acababa de darle. Empezó a moverse, despacio al principio, y yo sentía cómo cada embestida me desgarraba y me llenaba a la vez, como si estuviera siendo poseída en un lugar que hasta entonces había sido mío y solo mío.

    Pero lo más inesperado fue lo que pasó conmigo. Mi clítoris palpitaba con cada movimiento, y mis gemidos eran tan sucios, tan desesperados, que yo misma me sorprendía. Una parte de mí no entendía cómo podía desear tanto algo tan prohibido, y otra parte lo celebraba, entregándose sin resistencia.

    Con cada vaivén me sentía más suya. Como si ese acto me atara a él de una forma irrompible, más íntima que cualquier otra. Y mientras me follaba así, yo misma me tocaba el clítoris con los dedos, buscándome el orgasmo, sabiendo que estaba a punto de estallar de una forma que jamás había vivido.

    Y cuando llegó, cuando mi cuerpo se arqueó y mis paredes internas se cerraron sobre él incluso allí, mi grito llenó la habitación. No fue un orgasmo cualquiera, fue un terremoto, una explosión que me dejó ciega, sorda, sin control. Me dejó jadeando, con el cuerpo arqueado y las piernas abiertas, temblando aún con él dentro de mí. Pero lejos de calmarme, me encendió todavía más. Era un fuego imposible de apagar. No quería ternura ni calma, quería devorarlo, quería arrastrarlo conmigo a ese abismo donde no existía nada más que sexo y locura.

    Me giré de golpe, aún empapada, y lo empujé hasta dejarlo de pie junto a la cama. Me arrodillé frente a él, sin pensarlo, como si todo mi cuerpo supiera lo que necesitaba antes que mi cabeza. Lo agarré con las dos manos, duro, grueso, resbaladizo de mis propios jugos, y lo metí en mi boca con una ferocidad que me sorprendió a mí misma.

    Lo devoré como una posesa, hundiéndolo en mi garganta, gimiendo alrededor de él, atragantándome a propósito porque el ahogo me excitaba más. Las lágrimas se me escapaban, la saliva me corría por la barbilla y se derramaba sobre mis tetas, pegándoseme la piel. Me aferré a su culo con las uñas y me empalé la garganta con su polla una y otra vez, tragándolo hasta el fondo, hasta sentir que no había nada en mí más que él.

    Lo escuché gruñir, lo sentí endurecerse todavía más, y entonces llegó. Sus gemidos retumbaron en mi cabeza cuando explotó dentro de mi boca. Tragué sin soltarlo, con avidez, con desesperación, como si todo su semen me perteneciera, como si beberlo fuera lo único que podía saciar mi hambre. Y sin embargo no pude retenerlo todo. Mientras tragaba, restos de su semen mezclados con mi saliva se escurrían fuera de mi boca, cayendo calientes por mi barbilla y bajando entre mis pechos, resbalando por mis tetas brillantes y sucias, dejándome marcada por él.

    Cuando por fin lo solté, jadeante, con los labios hinchados y la boca aún húmeda, lo miré desde abajo, con la respiración rota y el pecho empapado en esa mezcla que olía a puro sexo. Me pasé la lengua por los labios, recogiendo lo último que quedaba, y sonreí con la certeza de que jamás me cansaría de hacerlo.

    —Nunca voy a cansarme de esto —le susurré, con la voz rota, mientras mis dedos se deslizaban otra vez entre mis muslos empapados—. Nunca.

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  • Me cogí a mi ex suegra Mónica

    Me cogí a mi ex suegra Mónica

    Hace aproximadamente un mes Fernanda, una ex novia que tuve hace tiempo, me buscó para platicar. Ya lo había hecho dos veces; me buscaba, platicábamos unos días, nos veíamos y terminábamos cogiendo. Para mí estaba claro que sólo quería sexo casual conmigo porque me di cuenta de que me buscaba luego de que terminaba con un cabrón. Lo acepté, no estaba de más coger con ella para salir de la rutina.

    Es linda, tiene unas tetas grandes que cuelgan bien rico y unos pies olorosos, siempre amé sus pies y las pajas que me hacía con ellos.

    Si esta vez igual sólo quería coger tenía que sacarle provecho así que le pedí fotos de sus tetas, de su panochita y sus pies, aceptó con la condición de que yo le mandara fotos de mi verga. Intercambiamos las fotos y seguimos hablando.

    El punto es que un día Fernanda me pidió que fuera a su casa, yo sabía que íbamos a terminar cogiendo, deseaba una rusa con esas tetas enormes.

    Llegué a su casa y sorpresivamente su mamá abrió la puerta, me quedé en silencio como por tres segundos, sabía que Fernanda no me pediría que fuera a su casa sabiendo que su mamá estaría ahí o tal vez se iría y nos quedaríamos solos.

    —Sí? —Preguntó su mamá.

    —Hola señora, ¿Está Fernanda?

    —No, salió temprano, se fue con su tía.

    —Oh, ya veo.

    —Sí, no está.

    —Bueno, gracias.

    Me di la vuelta y caminé, avancé como 3 metros.

    —¿No quieres esperarla? No creo que tarde —Me dijo Mónica, su mamá.

    —uhmmm sí, gracias.

    Me invitó a pasar, caminé detrás de ella mirándole las nalgas, llevaba un pants muy delgado y chanclitas, y me percaté de que no traía sostén debajo de una blusa blanca, es imposible no notar sus tetas enormes, más grandes que las de su hija, moviéndolas deliciosamente al compás de su andar. Mónica es bajita, morena y tiene aproximadamente 44 años.

    —¿Te ofrezco agua, refresco?

    —Agua está bien por favor.

    —¿Te acuerdas cómo me llamo?

    —Sí, Mónica.

    —Exactamente—. Me dio un vaso y fue a su habitación.

    —Usted recuerda mi nombre—. Hablé un poco fuerte para que me escuchara.

    —¿Gustavo?—. Dijo y se sentó junto a mí.

    —No jajaja Angel.

    Pensé que había ido a ponerse sostén pero no, sus tetas seguían viéndose a través de su blusa, empezaba a calentarme, las manos me sudaban y el corazón me latía más rápido, sólo trataba de que no se me parara.

    —Ah perdón, con eso de que Fernanda termina con uno y luego anda con otro se me olvidan sus nombres jajaja ay perdón, no lo dije con mala saña—. Dijo y se puso roja.

    —No se preocupe, ella es muy guapa y puede tener a quien quiera —. Fue una manera educada y sutil de decirle que su hija es una zorrita.

    —¿Otra vez andan tú y ella?

    —No exactamente, estamos platicando y ya veremos.

    —Ah ya.

    No sabía para donde mirar, trataba de evitar ver sus tetas pero también hacía dangling con su chanclita hasta que cayó al piso, subió sus pies en la mesa de centro, trataba de controlarme, si seguía mirando en menos de 3 segundos toda la verga se me iba a marcar en el pantalón.

    Platicamos de cosas que pasan o ella me preguntaba que a qué me dedicaba y así.

    —Creo que tengo cerveza en el refri—. Mónica fue a la cocina, yo aproveché para acomodarme la pija y respirar un poco.

    —Ten—. Me dio una lata y seguimos platicando, necesitaba algo helado para bajarme la calentura.

    Terminamos el seis de cerveza y ya hablábamos como si fuéramos compas. Me ofrecí a ir por más alcohol, de camino al Oxxo Fernanda me mandó un mensaje, decía que no iba a poder verme y que la disculpara, ¿por qué preocuparme por ella si podía tener a su mamá?

    Cuando regresé, Mónica se había puesto una falda y tacones blancos, seguía sin sostén, sus pezones se marcaban mucho, toda una milf pidiendo verga.

    Seguimos bebiendo; whisky y cerveza, noté que a Mónica no se le subía. Estaba sentada muy junto a mí, no dejaba de ver sus pies, se veían ricos con esos tacones, quería probarlos ya.

    —Te mentí, Fernanda no se fue con su tía —. Dijo de repente.

    —Está con alguien, ¿cierto?

    —Sí, con un wey prieto, chaparro, panzón, nada que ver contigo —. Dijo acariciando mi cabello, bajando por mi mejilla hasta mi pecho, una descarga de excitación recorrió todo mi cuerpo, era en ese momento o nunca lo sería.

    Me acerqué lentamente a su boca y la besé despacio, Mónica respondió jugueteando mi lengua con la suya, movía deliciosamente los labios, siguió con mis mejillas y mi cuello, me entregué a sus besos.

    Traté de quitarle la blusa pero apartó mis manos, con un movimiento se subió en mis piernas, aprisionándome con sus rodillas, me miró fijamente.

    —¿Te culeas?

    —N-n-no preciosa.

    Volvió a besarme, se quitó la blusa, liberando sus ricas nenas que cayeron pesadamente casi debajo de sus costillas, una areola grande y cafecita con granitos coronaba sus pezones oscuritos y parados.

    —Las mías están más grandes y naturalitas —. Dijo apretándolas.

    El corazón me latía más rápido y mi verga exigía una paja con esas tetas.

    —Acarícialas —. Tomó mi mano y la llevó a sus tetas, acaricié delicadamente desde su cuello hasta sus pezones, sus venas se marcaban en un tenue color azul. Sus pezones se pusieron más duros.

    —Ahora vas a saber cómo se hace una buena rusa —. Fue a su habitación, regresó con una botella de aceite, me desvistió de la cintura para abajo, me abrió las piernas y se puso de rodillas ante mí.

    Empezó con pequeñas lamidas en mis huevos, jugando con cada uno y luego con lamidas largas y lentas hasta la cabeza de mi verga, la besaba en la puntita y a lo largo, se la metió toda hasta la garganta sin hacer gestos, me daba pequeñas mordidas y su lengua jugaba con mi glande, estaba a punto de venirme pero me concentré.

    —Esto sólo es el calentamiento ehhh —. Me dijo y empezó a macaneármela con ambas manos asegurándose de que siguiera dura y parada, echó un buen chorro de aceite en mi verga y siguió pajeándome.

    —Ahorita se te va a poner más dura —. Cogió mi verga y la puso en medio de sus enormes tetas que la cubrían toda, empezó a hacérmela lentamente, me derretí en el sofá, todo mi cuerpo estaba caliente, empezó a hacerlo un poco más rápido y apretándome más la verga.

    —¿Te gusta Angel?

    —Sí, me encanta, lo haces muy rico —. Decía gimiendo.

    —¿Lo hago mejor que la Fer?

    —Jajaja… sí reina mejor.

    —Jajaja, mami la chaquetea mejor.

    Aumentó el ritmo a la vez que golpeaba mi verga contra sus tetas.

    —Sí así mami, sácame la leche con tus tetas maduras.

    Apretó mi verga y como sobresalía la puntita le dio de lengüetazos y succionaba mi glande, empecé a retorcerme de la excitación.

    —Párate—. Me ordenó.

    Me puse de pie, Mónica se quitó la falda y se puso en cuclillas, continuó con la rusa e intercalaba con mamadas y golpes de verga en sus tetas. Yo respiraba fuerte y gemía. Mónica me miraba a los ojos mientras trataba de arrancarme la verga a frotadas de tetas, se metió la mano debajo de las bragas, empezó a dedearse la conchita y acercaba sus dedos a mi boca para que probara sus jugos. Ya no aguantaba, quería bañar sus tetas con mi leche.

    —Ya, ya me quiero venir—. Dije calientísimo.

    —¿Ya? ¿Quieres echarle tu semen a mami?

    —¡Sí, sí…!

    Mónica aumentó el ritmo de la paja, me miraba con ojos de puta, no aguanté más y solté un enorme chorro de leche que salió al aire y de inmediato cayó en sus tetas.

    —Aaah cristooo—. Grité.

    —Sí, así… córrete, córrete en las tetas de mami, saca toda tu leche—. Decía Mónica pajeándome con la mano, salía más leche, yo gemía y me temblaban las piernas, me chupó hasta el último chorro, con las manos dispersó mi leche por toda la superficie de sus tetas, tenía más en los labios y en las mejillas, le dio un beso a mi verga, yo quedé exhausto en el sofá, ella fue a limpiarse.

    Regresó a sentarse conmigo, nos besamos y seguía acariciándome la verga, por lo que continuó parada.

    —Verga, es la mejor paja que me han hecho.

    —Lo sé, así es como se hace una rusa muchacho—. Dijo orgullosa.

    Seguí besándola, metí mi mano en sus bragas, con mis dedos froté su conchita, su respiración se aceleraba. Me arrodillé ante ella y bajé sus bragas.

    —¿Qué haces?—. Dijo excitada, apretó un poco las piernas pero besé y lamí sus muslos y empezó a aflojar las piernas, quedó al descubierto su concha con vello medianamente crecido, dirigí mi boca a su cosita, empecé con pequeñas lamidas y succiones en sus labios, Mónica fue entregándose más, la acomodé en el borde del sofá para poder disfrutar mejor de su cosita, abrí sus labios y con mi lengua jugueteé con su clítoris, de repente me tomó del cabello y me hundió más, lamía y succionaba, Mónica gemía más fuerte. La puse de pie.

    —Vamos a la cama—. Le dije recargado de energía.

    —Nooo ¿y si llega la Fer? —. Dijo con “miedo”.

    —Nos encerramos en tu cuarto —. Dije excitado.

    —Nooo va a llegar —. Decía tímida pero excitada.

    —Vamos… —. Le dije al oído besándola y clavándole dos dedos en la concha.

    —Ayyy vamos pues —. Recogimos nuestra ropa, me llevó a su habitación y cerró la puerta con seguro.

    La tiré en la cama. Inmediatamente se puso de a perro, contemplé aquel templo de nalgas pequeñas pero firmes y duras, mi verga estaba presta para empalarla.

    Movió la cadera invitándome a probar su culo, acerqué la cara y di de lamidas en su orto, seguí con su concha, Mónica gemía. Le llevé mi verga a la boca para que la lubricara, la agarré firmemente de la cadera, iba directo a metérsela pero me dijo que me volteara, de manera que hiciéramos un 69, lo hice y mientras le chupaba el clítoris ella me la mamaba y gemía. Había momentos en los que ella se quedaba quieta y me pedía que me moviera como si la estuviera cogiendo, así que empecé a follarle la boca, Mónica se metía mi verga hasta la garganta, tosía y tensaba la cadera, lo que indicaba que iba a terminar, yo apretaba mi cara contra su concha y sentía cómo se contraía en mi boca llenándola con sus jugos.

    —Ponte boca arriba—. Me ordenó y continuó chupándome la verga, quitaba su cabello del rostro para poder ver a mi Moni mamándome la verga con devoción. Mientras me la mamaba, con una mano me sobaba los huevos y me acariciaba las nalgas.

    Paró y se montó en mí, dándome la espalda, metió sus piernas debajo de las mías, agarró mi verga con fuerza y se la ensartó, tomé la botella de aceite y vertí un chorro en sus nalgas, magreándolas y acariciando su orto, esa posición era perfecta para mí; echó su torso para adelante y movía las nalgas deliciosamente de arriba hacia abajo.

    —Así perra muévelas —. Decía inmóvil, dejándome follar por ella.

    Después de cabalgarme un rato de esa forma, se dio la vuelta y quedamos frente a frente, volvió a estrujarme la verga, pajeándomela para que no perdiera su rigidez, volvió a metérsela y empezó a mover la cadera lentamente en círculos, yo trataba de chupar sus tetas que se columpiaban de adelante hacia atrás. Sentía su conchita tan calientita y apretada, quería correrme ya pero resistí, tenía que gozarla al máximo porque no sabía hasta cuándo se repetiría o si se repetiría.

    En uno de esos movimientos se detuvo un poco y gritó: “¡Ay, no mames!” y sentí cómo se venía, todavía con mi verga adentro, me apretaban sus contracciones y sentía jugos correr por mi verga, ella se quedó quieta, con los ojos cerrados y se mordía los labios para no gritar. Cuando por fin terminó de correrse me dijo:

    —Tú todavía no acabas, así que te voy a regalar esto.

    Se sacó mi verga y apuntó a su orto. Como mi verga estaba lubricada con sus jugos entró sin tanto trabajo, vi que hacía gestos mordiéndose los labios, pero se aguantó y cuando por fin la tenía toda dentro comenzó a moverse, un poco lento y de adelante hacia atrás, no de arriba hacia abajo. Yo estaba completamente ensimismado, no podía creerlo, su hija se quedaba pendeja a su lado, me apretaba tan rico y verla con tantas ganas de complacerme me excitó mucho más.

    Cuando sentí que me venía, la bajé y la acosté con las piernas hacia arriba, pero esta vez apunté a su orto nuevamente, ahora entró mucho más fácil. Lamí sus pies por encima de sus zapatillas blancas, luego seguí con la suela y el tacón, Moni me veía extrañada.

    —Mejor quítamelas—. Me dijo y la despojé de sus tacones, quedando sus pequeños pies desnudos, inmediatamente metí sus cinco dedos en mi boca, después seguí con su plantas lisitas y pálidas, las restregué en mi cara, lamiéndolas con perversión y aumentando el ritmo de mis embestidas. Moni gemía y se apretaba los pezones.

    —Muérdetelas—. Le ordené, se llevó sus tetas a la boca y se mordía y chupaba los pezones mirándome con sus ojos de puta, apreté más el ritmo. Moni gritaba con cada embestida y su carita se puso roja y su cabello se humedeció, no me importaba que llegara mi ex y me encontrara cogiéndome a su mamá.

    Ya no aguanté, así que cuando sentí que me corría me incliné hacia sus tetas mordiendo sus pezones, ambos gritamos y me vine dentro de su culo, fue un orgasmo larguísimo, me duró un rato y ella apretaba más el orto para darme más placer. Yo me seguía descargando y el simple toque de mis huevos en su piel me daba más placer, caí vencido sobre su pecho, nuestras respiraciones se hacían más fuertes.

    Cuando salió la última gota de leche Moni me abrazó, poniendo mi cabeza en su pecho como un bebé que debía ser alimentado. Me acariciaba el rostro, las cejas, me besó la frente, yo deslizaba mis manos por sobre su espalda, queriéndola, sin ningún problema podía ser su amante, mi ex no me importaba.

    Estuvimos abrazados y besándonos en la oscuridad, húmedos de la piel y deseosos el uno del otro. Evidentemente me entró otra vez lo caliente, Moni se recuperó y se subió en mí.

    —Mami quiere más verga.

    —Es toda para ti mami.

    Empezó a cabalgarme con la misma intensidad que al principio, la tomé de las nalgas para hacer más profunda la penetración, simplemente no podía dejar de cogerla.

    Estuvimos un rato más en la habitación, yo quedé K.O.

    Moni se levantó, se puso una bata y se arregló el cabello.

    —Bueno, ya vete, tuvimos suerte de que la Fer no llegara.

    —No me importaría ser padrastro de mi ex jajaja.

    —Ja ja ja qué chistosito, ándale ya vete.

    Me vestí, las piernas no me respondían mucho, di una última mirada a aquellas tetas colgando detrás de esa bata de satín, le di un largo y apasionado beso.

    Ya en la puerta me tomó de las manos y me dijo, en un tono dulce, que nunca podíamos volver a coger, que eso no estaba bien porque era el ex novio de su hija. Yo asentí, pero por dentro sabía que ella no se iba a olvidar de lo que pasó así nada más.

    Salí del departamento rápidamente cuidando de no encontrarme con mi ex en el pasillo, al momento en que iba a subirme a mi auto una moto se estacionó junto a mí, era Fernanda con su wey, no sé si me vio, yo creo que sí. Me reí discretamente al ver a su wey, Moni tenía razón, nada que ver conmigo, su hija agarra lo primero que se le cruza jajaja.

    Al día siguiente Moni me mandó una foto de cómo habían quedado sus tetas después de las mordidas; con moretones y rojitas.

    —Lo siento mami, ya las extraño.

    —Jajaja idiota.

    —Me encantó, desde hace mucho no había echado un polvo como el de ayer —. Me respondió

    —Lo sé, a mí también me gustó.

    Ambos sabemos que lo volveremos a hacer, no me importa que su hija nos descubra.

    Por fin pude cogerme a Mónica, ni planeado pudo haber sido mejor y honestamente jamás lo esperé. Siempre que iba a la casa de mi ex parecía que no le agradaba a Mónica y medio me intimidaba un poco pero también le tenía un chingo de ganas cada vez que la veía en vestido o en chanclas. Antes de eso sólo había podido oler y probar sus chanclas y unos flats negros de charol.

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  • Una madre santa, pero pervertida

    Una madre santa, pero pervertida

    Uno de los pilares más importantes de cualquier sociedad es la religión pues, a lo largo de los siglos, ha sido usada para consolidar los estados nación modernos, y para darle esperanza a gente, pues toda persona tiene dentro de su alma la necesidad de creer en algo. Existen miles de religiones y millones de iglesias, pero ninguna es tan única y tan particular como la Iglesia de las Madres de la Salvación.

    En dicha iglesia, las madres son vistas como santas enviadas por Dios, cuyo deber sagrado es él de utilizar sus cuerpos para “purificar” a sus hijos una vez que estos cumplen los 18 años, para evitar que sean seducidos por el diablo.

    De seguro, más de uno se debe estar preguntando cuál es la forma en la que las madres purifican a sus hijos y, para explicarlo, les voy a contar sobre una familia seguidora de la Iglesia de las Madres de la Salvación, la cual está conformada por:

    Juana (40 años): es una mujer de piel blanca, pelo marrón, alta, tetona, muy culona y, pese a su edad, parece más joven de lomque realmente es. Ella viene de un largo linaje de seguidores de las Madres de la Salvación, y sigue al pie de la letra los dogmas de dicha iglesia.

    José (43 años): es el esposó de Juana y, al igual que esta, es un devoto seguidor de las Madres de la Salvación. Tanto él como Juana se esmeran porque en su familia se siguan rigurosamente las normas de su iglesia, y no perdonan ni la más mínima falta.

    Lisa (21 años): es la hija mayor de José y de Juana. Es una chica rubia como su padre, usa el pelo corto, y tiene un físico similar al de su madre, aunque con los atributos un poco menos desarrollados. No suele acatar las normas de las Madres de la Salvación y, por lo mismo, sus padres son mucho más estrictos con ella.

    Pedro (18 años): es el hijo menor del matrimonio, y es un joven delgado y bajito. Pese a ser mucho menos rebelde que su hermana, e intentar seguir las leyes de la Iglesia de sus padres, estos igual son muy estrictos con él, y no le permiten ni la más mínima falla.

    Nuestro relato comienza una noche como cualquier otra, en la qué Juana había entrado repentinamente al cierto de Pedro

    “¡Con permiso, hijo!” exclamó la milf, mientras ingresaba a la habitación “¡Vine a dejarte la ropa qué te lave está tarde!”

    “¡Gracias, mamá!” exclamó el joven quien, rápidamente, escondió algo debajo de su almohada “¡Que amable!”

    “¿Que escondes allí?” pregunto la milf, misntras se acercaba a la cama.

    “¡Nada!” respondío el joven, nervioso.

    Luego, Juana levantó la almohada, y s percató de que, déjalo de la misma, había un cd de una bandeja de música metal conocida como “Los Hijos del Carnicer”.

    “¿Pero que es esto?” pregunto la milf, enojada “¡Te dije que este tipo de música satánica está completamente prohibida en esta casa!”

    “¡Es solo rock metal, no es para nada satánico!” exclamó el jóven.

    “¿Cómo no va a ser satánico, si hasta tiene un pentagrama en la caja?” pregunto Juana, y comenzó a desnudarce “¡Es obvio que a ti te hace falta una buena purificación, y yo te la voy a dar!”

    “¡Espera un poco, mamá!” exclamó Pedro, exitado, mientras la milf se le acercaba “¡Ya me “purificaste” tres veces el día de hoy!”

    “¡Y te voy a purificar cien veces si es necesario, porque ese es mi deber como madre!” exclamó ella, quien agarro a su hijo, y lo beso apasionadamente.

    El beso entre madre e hijo fue tan apasionado que, al momento de separar sus bocas, estás seguían unidas por un hilo de baba.

    Luego, la milf empujó a su hijo sobre la cama, y se colocó encima de él para que ambos hicieran el 69.

    “¡Eso es, lame mi coño con más fuerza!”” Ordenó Juana, mientras le daba una mamada a su hijo, al tiempo qué este le chupaba el coño “¡Recuerda que mientras más fuerte cojamos, más eficaz será la purificación de tu espíritu!”

    Tras mucho sexo oral, la milf se puso encima de su hijo, metió la verga de este dentro de su coño, y comenzó a darle fuertes sentones.

    “¡Eso es, siente cómo el diablo va a bandonado tu cuerpo!” exclamó Juana, mientras se cogía a su hijo, al tiempo que jugaba con sus enormes tetas “¡Siente cómo la victud vuelve a entrar a tu corazón!”

    Finalmente, tras mucho sexo, Juana metió la verga Pedro dentro de su boca, y este terminó eyaculando dentro d ella boca de su madre, la cual se trago todo el semen.

    “¡Ahora está purificado, hijito querido!” exclamó la milf, con una sonrisa, mientras sse volvía a vestir “¡Descansa, y no olvides rezar antes de dormir!”

    “¡Si… mama!” exclamó Pedro, quien estaba completamente agotado.

    A la mañana siguiente, Juana estaba haciendo sus oraciones en la sala de su casa hasta qué, de repente, ingresó José, trayendo a Lisa agarrada del brazo, al tiempo que discutía con su hija.

    “¿Pero que pasa aquí?” pregunto la milf.

    “¡Mira lo que encontré en el cuarto de nuestra hija!” exclamó José, y le mostró a Juana un cigarrillo de mariguana.

    “¡Eso no es mío, es de una amiga!” exclamó Lisa, nerviosa.

    “¡Ninguna hija mía será una drogadicta, pues eso va encontrá de las enseñanzas de Dios!” exclamó Juana, mientras se ponía de pie, y se bajaba el pantalón “!Esto amerita un buen castigo!”

    “¡No de nuevo!” exclamó la joven, a quien le exito la forma de la milf.

    “¡Obedece a tu madre!” exclamó José, quien agarro la cabeza de su hija, y la metió entre las nalgas de su esposa “¡Esto es por tu propio bien!

    Juana gimió de placer al sentir la lengua de su hija dentro de su culo, luego empujó a la joven sobre el sofá de la sala, y se volvió a sentir sobre ellas, usando la cara de su promojenita como si fuera un almuadon.

    “¡Ya basta!” exclamó Lisa, excitada, mientras trataba de liberarce del inmenso y pesado culo de Juana “¡Esto es humillante!”

    “¡Me lo agradeceras cuando seas mayor!” exclamó Juana, mientras agitaba sus nalgas “¡Ahora, será mejor que comiences a lamerme el culo porque, hasta que no me des un orgasmo, no me levantaré”

    “En fin, veo que tienes todo bajo control, mi amada esposa” dijo José, y beso a Juana “¡Me voy a a trabajar, nos vemos luego!”

    “¡Que tengas buen día, mi amor!” exclamó Juana quien se puso a ver la tele, al tiempo que su hija le daba besos negros.

    Al día siguiente, por la noche, Pedro y Lisa se habían sentado en el sofa para ver la tele.

    “¡Hoy me toca a mi elegir el programa!” exclamó Lisa, mientras agarraba el control.

    “¡No, me toca a mi!” exclamó Pedro, mientras forsejeba con su hermana

    “¡Tu elegiste la vez pasada, no seas egoísta!”

    “¿Pero que es esto que veo?” pregunto Juana, mientras ella y José ingresaban en la sala “¿Acaso mis hijos están peleando?”

    “¡Es solo una disputa entre hermanos, mama!” exclamó Lisa “¡Nada más!”

    “¡No porque, según la biblia, cuando los hermanos pelean, es porque el diablo está incentivando el conflicto!” exclamó la milf, mientras se sacaba la remera “¡Ustedes necesitan urgentemente una seción de purificación extrema!”

    “¡Estoy completamente de acuerdo, querida!” dijo José “¡Llévate a nuestros hijos ya mismo a nuestra cama, y haz todo lo que debas hacer!”

    “¡Pero…!” exclamaron ambos hermanos al unisono.

    “¡Nada de peros!” exclamó Juana, mientras le daba un tirón de orejas a sus hijos “¡Rápido, no ahí tiempo que perder porque, mientras más demoremos, más estarán a merced de satanás!”

    La milf llevo rápidamentena sus hijos hasta su habitación y, una vez allí, cerró la puerta con llave, se desnudo, y se abalanzo sobre ellos, a los cuales les empezó a arrancar la ropa, al tiempo que les daba intensos besos ensalivados.

    Una vez que sus hijos estuvieron completamente desnudos, Juana comenzó a hacerle una paja a Pedro con su mano derecha y a meterlo los dedos dentro del coño a Lisa con su mano izquierda.

    “¡Eso es, dejen salir al demonio de sus cuerpos!” exclamó Juana quien, mientras masturbaba a sus hijos, estos le chupaban las tetas “¡Reciban, sin la más mínima resistencia, el amor puro y santo de su madre!”

    Luego, la milf hizo que sus hijos se arrodillaran ante ella, e hizo que Pedro le lamieran el culo, al mismo tiempo que Lisa le chupaba el coño.

    “¡Metan sus lenguas tan profundo como puedan!” ordenó Juana, mientras agarraba con fuerza las cabezas de sus hijos para que estos no despegaran sus bocas de sus orificios “¡Recuerden que todo esto es por su bien!”

    “¡Dios, no puedo creer que este disfrutando esto!” pensó Pedro, mientras lamía el culo de su madre.

    Al cabo de un rato, Juana comenzó restregar su coño contra el de su hija, al tiempo qué le daba una poderosa mamada a Pedro. Luego, la milf hizo que Pedro se acostara sobre la cama, se le subió encima, y comenzó a tener sexo vaginal con él, al tiempo le chupaba el coño a Lisa, quien estaba parada adelante de ella.

    “¡Mama será una fanática religiosa de mierda, pero debo reconocer que la chupa muy bien!” pensó Lisa, entre gemidos.

    Tras mucho sexo, Juana se puso una cinturonga, hizo que su hija se acostara boca abajo sobre la cama, se subió sobre ella, y la penetro analmente, al tiempo que Pedro hacía lo mismo con su madre.

    “¡Vamos, Pedro, penetrarme con más fuerza!” exclamó Juana, mientras penetraba analmente a su hija, al tiempo que su hijo tenía sexo anal con ella “¡No estás dando todo tu esfuerzo!”

    “¡Te juro que hago todo lo que puedo, mama!” exclamó Pedro, quien se sentía cansado.

    “¡Para que el diablo abandone tu cuerpo, debes cogerme con todas tus fuerzas o, de lo contrario, la purificación no servirá!” exclamó la milf, mientras agitaba sus nalgas “¡Así que, o me coges el culo como corresponde, o juro que te meteré todos los juguetes sexuales que tengo dentro del ano!”

    Al escuchar la amenaza de su madre, Pedro, lleno de temor, comenzó a acelerar el ritmo todo lo que pudo.

    “¡Si, de eso estaba hablando!” grito Juana, mientras ella y sus hijos tenían de placer “¿Me escuchas, Satanás? Jamás podrás apoderarte de las almas de mis hijos, pues yo siempre estaré allí para purificarlos con mi cuerpo, y me de igual si tengo que cogermelos diez veces por día a cada uno ¡Nunca me vencerás!”

    Finalmente, tras mucho sexo, Pedro y Lisa tuvieron un orgasmo, y Juana puso las caras de sus hijos cerca de su coño.

    “¡Aquí viene la bendición de mamá!” grito Juana, mientras tenía un orgasmo, cubriendo la cara de sus hijos con sus jugos vaginales.

    “¡Bien… creo que eso fue todo por esta noche!” exclamó Pedroza agotado.

    “¡Si… mejor vámonos a dormir!” dijo Lisa.

    “¡De ninguna manera!” exclamó Juana “Aún siento el espíritu del maligno dentro de sus corazones así que, por seguridad, me los voy a coger toda la noche, solo para asegurarme de purificarlos correctamente”

    “¡Pero mamá…!” exclamaron ambos hermanos.

    “¡Pero nada!” exclamó ella, mientras se abalanzaba sobre sus hijos “¡Prepárense para la segunda ronda!”

    A la mañana siguiente, Juana fue hasta la cocina, en dónde la estaba esperando José con el desayuno preparado.

    “¿Como te fue anoche, querida?” pregunto él hombre “¿Y nuestros hijos?”

    “¡Aún siguen durmiendo!” exclamó la milf “Estaban tan corrompidos que me los tuve que coger hasta altas horas de la noche, pero estarán bien”

    “¡Que bueno escuchar eso!” exclamó José, y abrazo a su esposa “¿Sabes? Cuando te veo purificar a nuestros hijos, me hace recordar a como mi madre lo hacía conmigo”

    “¡Te agradezco el cumplido, pero aún me hace falta mucho para poder comprarme con mi suegra!”

    “Pues yo creo que si estás a su mismo nivel, y te admiro mucho por ello ¡Eres la mejor madre de toda nuestra iglesia!”

    “¡Y tú el mejor esposo que una mujer pudiera pedir!” exclamó Juana, y beso a José.

    Luego, la pareja, tras hacer sus oraciones, se pusieron a desayunar, con la tranquilidad de saber que, mientras Juana estuviera cerca, el demonio jamás podría apoderarse del alma de sus hijos.

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  • El rugido del cuero

    El rugido del cuero

    El amanecer pintaba el cielo de tonos anaranjados cuando me prepare para el viaje que definiría mi futuro. Había recibido una propuesta laboral irresistible, un puesto en una estancia ubicada en la Patagonia, en la cual entre otros productos se fabricaban diversos productos de cuero.

    Me propusieron mis empleadores como un requisito, que si quisiera podría llegar en motocicleta, ya que las distancias eran grandes en la estancia, lo dude al principio por cuanto era un trayecto de tres días por carreteras polvorientas, montañas escarpadas y llanuras, accedí con una condición, y viajaría portando un traje especial, de la catalogo de la factoría, al poco tiempo me lo enviaron, un mono de cuero negro, grueso y brillante, que cubría todo mi cuerpo, para mí que soy un rubberista apasionado por el cuero, esto no era un obstáculo, sino una fantasía hecha realidad.

    En mi apartamento desplegué el traje sobre la cama, admirándolo con una mezcla de deseo y reverencia. El cuero era impecable, con un brillo mate que absorbía la luz y un aroma embriagador que llenaba la habitación. Mis dedos recorrieron la superficie, áspera pero suave al tacto, prometiendo una experiencia que iba más allá de lo funcional. Sabía que enfundarme sería una especie de ritual, un acto que me conectaría con mis fetiches más profundos.

    Tomo el mono por los pies, introduciendo primero un pie y luego el otro. El cuero era firme, resistente, pero cedía lo justo para adaptarse a mis tobillos, pantorrillas y muslos. Cada movimiento provocaba un crujido grave, un sonido que resonaba en mi pecho como un tambor. Tiré del traje hacia arriba, dejando que se ajustara a mis caderas, sintiendo la presión del cuero contra su piel como una caricia dominante. Era un abrazo que exigía sumisión y, al mismo tiempo, me otorgaba poder.

    Al llegar al torso, tuve que forcejear ligeramente. El cuero, aunque flexible, era implacable, moldeándose a mis hombros y pecho con una precisión casi escultórica. Mis brazos se deslizaron en las mangas, en suma el traje restringió levemente mis movimientos, lo que solo aumentaba mi excitación. El traje incluía una capucha de cuero integrada, con aberturas precisas para los ojos, la boca y la nariz. Respire hondo, saboreando el aroma intenso del cuero, y deslice la capucha sobre mi cabeza. El mundo se redujo a esas pequeñas ventanas, el cuero apretando su rostro, atrapando el calor de su aliento. Me sentía envuelto, contenido, como si el traje fuera una extensión de mi propia piel.

    Me miró en el espejo. El mono de cuero era una obra maestra: negro, brillante, delineando mi cuerpo. El reflejo devolvía una figura que destilaba fuerza y sensualidad. Mis manos, ahora enfundadas en largos guantes de cuero que llegaban hasta mi hombro, recorrieron mi pecho, mis costados, el contorno de la capucha, explorando la textura firme y lisa. Cada roce era eléctrico, un recordatorio constante de la presencia del cuero, de su peso, de su dominio.

    El viaje comenzó con el rugido de su motocicleta, una bestia mecánica que vibraba en sintonía con su pulso. El cuero, diseñado para proteger del viento y el sol, era también una fuente inagotable de sensaciones. Las vibraciones del motor se transmitían a través del traje y la entrepierna, resonando en mi cuerpo, mientras el calor del día hacía que el cuero se calentara, adhiriéndose aún más a su piel por lo que corría mas rápido para bajar mi temperatura.

    En las noches frías, el traje me aislaba, su interior volviéndose un refugio cálido contra el aire helado. Cada kilómetro era una danza de estímulos: el rugido del motor, el crujido del cuero, el roce del material contra sí mismo con cada movimiento. En las paradas, ya fuera en gasolineras solitarias o moteles de carretera, me daba cuenta atraía miradas. El traje, funcional pero innegablemente provocador, hacía que las cabezas se giraran. Sin embargo, no eran los ojos de los demás los que me encendían; era la sensación de estar envuelto en cuero, de llevar mi fetiche como una armadura.

    En la privacidad de mi habitación, me dejaba la capucha puesta, explorando el traje con las manos, presionando el cuero contra su piel, dejando que el aroma y la textura me envolvieran en una nube de placer, no me sacaba el traje ni siquiera para orinar o realizar deposiciones, ya que el traje tenia unos cierres adaptable al efecto, aunque si lo deseaba el traje permitía podía usar pañales tambien, debo confesar al segundo día los use, y la sensación de orinar a alta velocidad envuelto en cuero la encontré increíble.

    El tercer día, cuando las luces de mi destino aparecieron en el horizonte, sentí una punzada de nostalgia. El viaje estaba llegando a su fin, pero el cuero había sido mi compañero fiel, una amante fiel que me había abrazado en cada curva del camino. Al llegar a mi destino, mis empleadores me recibieron con admiración, impresionados por mi determinación y presencia.

    Me indicaron me encargaría de a dirigir las ventas y el diseño de trajes fetichistas de toda índole y de diversos materiales no solo de cuero, aún enfundado en mi traje, sonreí bajo la capucha, ya que sabia que lo anterior significaba portar más dias trajes de cuero y demás materiales fetichistas, sabiendo que el verdadero triunfo no era solo el empleo, sino la experiencia: tres días de carretera, tres días de cuero, tres días de sentirse absolutamente vivo.

    Al quitarme el traje, lo hice con el mismo cuidado ritualístico con el que me lo había puesto. Lo doble con reverencia, consciente de que no sería la última vez que lo usaría. El cuero había marcado mi piel, mi mente, y el eco de ese viaje resonaría e mi para siempre.

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  • La asamblea de las madres ninfómanas (3)

    La asamblea de las madres ninfómanas (3)

    Nota del autor: Quiero agradecer a todos los lectores por seguir esta historia. Yo sé que la inicié hasta hace poco más de un año pero por lo de mi tesis universitaria no he tenido tanto tiempo. Esta historia es meramente ficción, no tiene por objeto glorificar los actos descritos en la misma ni ofender a nadie, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

    Narrado desde el punto de vista de Diego.

    Pasaron un par de días y Thabía llegado aquel día en que había acordado con Paula llegar a la Asamblea y revelar los secretos de la misma. Terminando la universidad. Después de terminar la universidad me dirigí directamente a mi casa a almorzar, había pollo a la Coca-Cola en la cocina y una nota la mesa.

    ‘’Mi amor, te dejo el almuerzo cocinado únicamente para que lo calientes. Hoy me dieron libre en el trabajo pero quiero ir a ayudar a los muchachitos de la asamblea, llegaré pronto y espero que esta noche cenemos juntos. Con amor, tu madre’’.

    Leer esa nota me producía sentimientos encontrados, por una parte me alegraba que mi madre sea la misma de siempre con lo cariñosa y atenta que es, pero por la otra me comía la rabia por dentro debido a su conducta ¿Cómo es posible que una señora con una reputación tan decorosa se esté cepillando a un joven de mi edad? ¿De todas las personas con las que pudo haber tenido una relación adúltera por qué tenía que ser específicamente con mi amigo de la infancia? ¿Si me logré vengar por qué quería seguir indagando?

    A pesar de todo no me parecía sorpresa que mi madre fuera ahí porque siempre usaba su tiempo libre para visitar ahí. Asimismo, la profesora Kayla, quien era conocida por ser una coordinadora en dicha asamblea, estuvo en la salida hablando con Minho, el hijo de la sacerdotisa del pueblo.

    Terminé mi comida y me fue rápidamente a la casa de la tita Paula. La quería igual que a mi madre, pero sería un mentiroso si dijese que no ando un poco bravo con ella también. Ella ha sabido todo este tiempo sobre las andadas de mi madre y nunca tuvo la decencia de decirme algo, aunque siendo realistas ningún ser humano decente divulgaría a los cuatro vientos la intimidad de sus amigos.

    Llegué a la casa y me recibió vestida con un vestido veraniego sencillo y me saludó con un beso en la mejía y un abrazo, esa muestra de cariño me apaciguó un poco y la correspondí con gusto. Al separarnos me preguntó: -¿Estás listo entonces? Lo que verás ahí no es algo que le haga daño a nadie pero por moral será un poco incomodo ya que tu madre está envuelta directamente.

    -Tía, pues creo que algo más chocante que lo que vi el otro día no me parece que sea posible. Realmente solo me deja pensando que la gente es más caliente de lo que aparenta.

    La tía entonces me dirigió una mirada que expresaba al mismo tiempo melancolía y algo de compasión. -La vida es complicada y las relaciones de padres, madres e hijos lo son aún más. Tanta frustración de las amas de casa separadas, malas decisiones amorosas entre los jóvenes, es una mezcla de todo. Ya te explicaremos cuando lleguemos, así que no te preocupes.

    Tras decirme eso me montó a su coche y manejó durante unos 20 minutos hacia la iglesia local del pueblito. Por la tradición se podría percibir que era una iglesia católica romana, pero no era precisamente el caso. En el pasado la iglesia católica había apoyado mucho a los partidos comunistas que si bien su típico discurso marxista-leninista sonaba muy bonito en teoría y se alineaba un poco con el dogma de la iglesia, al final siempre terminaba en catástrofes aún peores que las dictaduras predecesoras, intentaron mover a la masa para prohibir el aborto terapéutico (era el único tipo permitido en el país) que resultó favorable hacia ellos.

    Sin producir efectos en beneficio del producto de la concepción pero aumentando la tasa de mortalidad de las madres quienes no podían interrumpirlo aún si se mezclaba la inviabilidad de dicho producto y el riesgo a su propia vida, la gente cada día estaba más a favor de la eutanasia y el mayor sector opositor de dicha medida era la iglesia católica, las batallas ante los tribunales por estos derechos habían sido extensas y al final siempre ganaba el público.

    Pero como menciona el dicho ‘’Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe’’ la paciencia de la gente llegó a un límite y eventualmente la mayoría del público estaba a favor de suprimir la personalidad jurídica de la iglesia católica y se decretó su formal expulsión del territorio nacional.

    A consecuencia de ello, el estado ayudo a la formación de una iglesia nacional que en la práctica tenía casi los mismos dogmas que el catolicismo pero con pequeñas diferencias, permitía el ejercicio del sacerdocio a hombres y mujeres sin exigir votos de castidad a unos u otros, permitía el aborto siempre que se limitase al que ponía en riesgo la vida de la madre y el que era por fines eugenésicos severos y sobre todo se comprometía a no hacer propaganda política ni crítica a las leyes del Estado de ninguna clase.

    Explicado esto, entramos a la iglesia y me lleva a una habitación algo apartada donde los domingos daban clases de catequesis. Ella cerró la puerta con llave y se empezó a desvestir.

    -Vamos, Enrique, te veo muy tímido, este lugar no es para tener vergüenza de ningún tipo. ¿Por qué no te quitas la ropa?

    -¿Qué? Llegamos y tan pronto debo hacer esto.

    -Claro bebé, la desnudez es una regla en la asamblea. Deja de hablar tanto y cede ya.

    Al final ambos nos desvestimos. Mi tía Paula se veía fabulosa con únicamente una tanga que desaparecía dentro de ese culo grande y musculoso como el de mi madre, de frente exponía unas jugosas tetas y unos abdominales marcados. Por mi parte yo mostraba una pija erecta y un cuerpo musculoso que era casi obligatorio para un jugador estrella de baseball.

    -Bueno mi amor, creo que ya estamos listos aquí. Ven conmigo, que para que entres en la Asamblea necesito presentarte a alguien.

    Mi tita Paula me tomó de la verga y me dirigió a otra habitación que parecía ser también un aula de catequesis. Tocó la puerta dos veces y entonces preguntó si podía pasar. Se escuchaban ruidos raros de adentro como gemidos, pero a pesar de eso una voz femenina respondío que pasara.

    Al entras para mi sorpresa no estaba acondicionada como un aula escolar sino que tenía una cama gigante en medio. En dicha cama se encontraban dos muchachos de mi edad a cada lado succionado una teta cada uno y en el centro otro comiéndole el coño a la mujer que se encontraba en dicha cama. Dicha fémina levantó la cabeza cuando mi tita Paula entró y entonces habló:

    -Paula ¿Este es el muchacho que querías meter?

    -Si mi reina, ella es el hijo de Débora y ya tiene edad para todo lo que se hace acá.

    -Así veo, siempre me había parecido todo un bombón ese carajito y la verdad es que si tengo ganas de hacer cositas con él.

    Entonces ella se dirigió a los muchachos que la estaban saboreando y les dijo:

    -Mis niños hermosos, por favor vayan con su mami Paula mientras yo hago la ceremonia de iniciación de Enrique, por favor discúlpenme un momento.

    Entonces se levantó de la cama mientras los muchachos abandonaban el lugar con mi tita, a lo que ella me dirigió la palabra diciéndome;

    -Bueno mi amor, supongo ya intuirás de que va esto, supongo que a cualquier muchacho de tu edad no le hace disgusto estar rodeado de viejas como nosotras.

    -¿Cómo me disgustaría estar con unas señoras maduras tan hermosas? No quiero reprochar nada, pero quiero una explicación decente de todo lo que ha pasado por acá.

    Entonces en su rostro se dibujó una sonrisa pícara y me tomó de la verga diciéndome:

    -Está bien, pero primero debemos hacer algo. En el pueblo de mi familia la gente cercana tiende a bañarse juntos para reforzar su vínculo, por lo que quiero que te tomes una ducha conmigo y entonces hablaremos.

    Procedimos a entrar a el baño y encendimos la regadera. El agua se derramaba en nuestros dos cuerpos apretados en aquel pequeño cubículo, nuestras manos acariciaban el desnudo cuerpo el otro, ambos tomamos una botella de jabón y procedimos a untarlo en el cuerpo del otro provocando reacciones en nuestras zonas erógenas.

    -Entonces, ¿Puedes decirme de que va todo esto de la asamblea?

    -Tu si que eres impaciente eh, te explicaré pero más vale que te prepares porque la historia es larga. ¿Estás listo?

    -Así es.

    Ella tomó un suspiro profundo y entonces me empezó a masturbar y empezó también a besar mi cuello simultaneamente.

    -Ay, pequeño mío. Te he visto desde que eras pequeño hasta ahora, yo fui la sacerdotisa que te bautizó y te dio tu primera comunión pero ahora estoy en esta situación tan lasciva contigo. Asimismo esta se supone que es la casa de Dios y estamos en un grupo de mujeres adúlteras. ¿Cómo es todo esto posible? ¿Este pueblo está fuera de quicio? Supongo te haces esa pregunta, mi príncipe bello pero yo intentaré con todo lo que da mi oratoria explicarte la situación de este lugar.

    Cómo ya sabrás la Iglesia católica ya no es bienvenida en esta Nación, muchas personas incluyéndome seguiríamos profesando dicha religión. No obstante, como ya sabes esta siempre intenta inmiscuirse en los asuntos políticos de los países y si no respetan la aconfesionalidad del Estado su existencia es incompatible con cualquier democracia.

    Si bien tradicionalmente la misión de Pedro solo podía llevarse a cabo por varones, con la apertura de esta iglesia se permitía a cualquier persona que quisiese dar su vida al servicio de Dios tenía permitido hacerse sin distinción de sexo. Aproveché dicha oportunidad para unirme a la Iglesia y formar parte de la primera generación de sacerdotisas que ejercía la profesión en la iglesia.

    Ordenada como la sacerdotisa de esta parroquia, pronto conocí a un feligrés que se dedicaba a administrar un supermercado. Decidimos casarnos después de un tiempo de conocernos, en aquel momento vino el Obispo a oficializar nuestra boda. Ese fue probablemente el día más feliz de mi vida, hasta que nació mi hijo, Minho, quien creo estudia en tu mismo salón de clases de la universidad.

    Vivíamos una vida tranquila por varios años, hasta que el negocio de mi marido se extendió y pasa la mayor parte del año atendiéndolo fuera del país.

    La verdad desde ese momento las cosas no fueron igual, nos seguimos amando y aprovechamos todo el tiempo que podemos mientras el regresa, pero tanto mi hijo como yo resentimos su ausencia.

    Aún con todo decidí continuar con mis deberes tanto como madre y sacerdotisa. Pero conforme los niños de la generación de mi hijo fueron entrando en la mayoría de edad empezó a surgir algo que me preocupaba, su sexualidad estaba descontrolada.

    Miraba muchas parejitas de noviecitos que salían con embarazos y durante el sacramento de la confesión muchos jóvenes de ambos sexos me confesaban tener un deseo sexual incontrolable. Al principio, los mandaba a hacer su penitencia usual pero realmente eso demostró que tenía poco o ningún efecto entre los jóvenes.

    Mientras yo me preocupaba por esto, las madres locales, incluida la tuya, que me ayudaban a organizar las actividades de la iglesia me expresaban el mismo problema. Al principio aparte de la logística de esas actividades, nos reuníamos solo con el objeto de hacer ejercicio juntas y tomar el café con pan de la tarde. No obstante, al ver que era un problema común para todas a una se le ocurrió que si los jóvenes dejaban de tener estos deseos era la única manera de pararlo.

    Entonces a una de las madres se les ocurrió que si era peligroso que tomasen a las chicas jóvenes de su edad, nosotras deberíamos hacernos cargo. Ya todos nuestros hijos estaban grandes y nosotras también, por lo que estábamos seguras que no queríamos más hijos, en consecuencia todas sin excepción nos ligamos las trompas en aquel momento.

    Desde aquel momento hace ya un par de años han disminuido los embarazos a ser prácticamente nulos y a nosotras que estamos algunas separadas de hecho, viudas o divorciadas nos sirve para mantenernos compañía.

    -Interesante, ¿Pero por que lo hacen en la iglesia?

    -En mi familia nosotros atendíamos la iglesia de coreana de unificación también conocidos como ‘’moonies’’ en la cual al menos en la orden de mi familia eran un poco más liberales. Cómo ya sabrás yo soy descendiente de coreanos y allá esta iglesia se hizo muy popular por cosas controversiales que no te diré ahora, pero en la orden local de nosotros había una práctica que se llamaba “pesca coqueta” en la que se usaba el sexo para atraer seguidores. A nosotras se nos ocurrió usarla para alejarlos de los embarazos adolescentes y mantenerlos fuera de problemas en general. Lamento que se presente como algo tan inmoral pero es algo que a las gallinas se nos ocurrió para proteger a nuestros pollitos.

    -¿Por qué todas las miembros tienen número? Mi madre es el número 4 si no me equivoco.

    -Sí, bueno. Lo que intentamos infundir en ustedes los jóvenes es que todas somos sus madres y queremos lo mejor para ustedes, por lo que decidimos que identificándonos con números. Acá yo soy la número 2.

    Mientras terminábamos la conversación yo empezaba a sentir que el orgasmo se acercaba, gemí y doña Yuna al percatarse aceleró sus caricias a mi miembro y apretó más, sacudiéndolo violentamente de arriba hacia abajo. Cuando terminé me choree mi semilla en su marcado abdomen y ella solo me miró con su sonrisa pícara.

    -Vaya, parece que una historia entre ancianas y jóvenes te prendió bastante. Acompáñame y divirtámonos un rato, después verás más cosas.

    Empezó a besarme con lengua durante varios minutos hasta que me recuperé, estando duro de vuelta salimos del baño y fuimos a la cama, donde ella me arrojó y me empezó a cabalgar con desesperación.

    -Aprenderás muchas cosas aquí y creo que te gustarán, solo se paciente.

    Continuará…

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  • Mi rica patrona (2)

    Mi rica patrona (2)

    Justo cuando mi jefa alcanzaba su clímax, la puerta de la oficina se abrió de golpe. En el umbral no estaba el esposo ni el amante, sino su hija, de 23 años. Ella, de estatura promedio, piel apiñonada, ojos café claro y una “figura muy completa y deseable”, nos observaba con una expresión de sorpresa que rápidamente se convirtió en algo más profundo: “curiosidad e intriga”.

    Mi jefa soltó un grito ahogado y trató de cubrirse con las manos. Yo me quedé paralizado, mi miembro aun goteando. La hija entró y cerró la puerta a sus espaldas, con un “clic” que selló el momento.

    Mi jefa balbuceó: “Hija, por favor, vete. Te alcanzaré. No es lo que parece.”

    La hija me miró. Siempre me había llamado la atención esa “mirada reservada” y cautelosa, pero ahora estaba encendida con una “electricidad innegable”.

    “Mamá, son las siete,” dijo la hija con una calma desconcertante. “Y tú estás… sobre el escritorio. Y él… yo siempre he notado lo “seguro” que es al hablarte.”

    Mi jefa, vencida por la vergüenza, solo pudo gemir. La hija dio un paso más. Su mirada se detuvo en la “erección” que mi pantalón de chándal ya no podía ocultar, y luego en el “cuerpo voluptuoso” y expuesto de su madre.

    “Mamá siempre se queja de su amante. De lo desatento que es. Y yo… no entendía por qué, siendo ella tan deseada,” dijo, dirigiéndose a mí. “Tú has sido siempre tan “fluido” conmigo, tan amable. Dime, ¿tú eres así de “apasionado” con todas las mujeres, o solo con mi madre?”

    Mi jefa intentó ponerse de pie, pero la hija la detuvo con un gesto. “Quédate quieta, mamá. Esto ya empezó.”

    La hija se quitó su chaqueta y se sentó al borde del escritorio, a solo centímetros de su madre. Con una sensualidad inaudita, “se bajó el pantalón” y se lo quitó, revelando unas bragas sencillas que hacían justicia a su “figura completa”.

    “Yo también quiero sentir lo que él puede dar. Quiero entender de qué me he estado perdiendo,” declaró.

    Mi jefa, en lugar de detenerla, cerró los ojos y se dejó caer de nuevo sobre el escritorio, su vergüenza ahora superada por una “excitación incontrolable” al ver a su propia hija participar en el acto.

    Me acerqué a la hija. Ella se levantó y me besó con una “urgencia insaciable”. Sus labios eran suaves y su lengua exploraba mi boca con la misma avidez que había mostrado su madre. Mientras la besaba, deslicé mis manos por su cuerpo “joven y firme”, quitándole el top. Ella me ayudó a deshacerme de mi pantalón.

    La hija me guio hasta el sofá de la oficina. Me tendió sobre él, se subió a horcajadas sobre mí y tomó mi pene. Se alineó y “se dejó caer sobre mí con un grito de placer”.

    Sentí la “estrechez y calidez” de su vagina, un contraste electrizante con la de su madre. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de “fuego y una gratitud salvaje”. Yo me agarré a sus caderas, controlando el ritmo mientras ella cabalgaba con una “destreza instintiva” que me llevó al borde.

    Mi jefa, que ahora observaba desde el escritorio, no se contuvo. Se acercó al sofá y, viendo el placer en el rostro de su hija, se arrodilló a mi lado. Deslizó sus manos hasta mi escroto y “comenzó a lamer y masajear mis testículos” mientras la hija cabalgaba. El placer se triplicó.

    La hija se retorcía, sus gemidos se mezclaban con los de su madre, que ahora se excitaba con solo tocarme. Sentí un segundo clímax inminente.

    “¡Mamá, ayúdame!” gritó la hija.

    Mi jefa no lo dudó. Se subió al sofá, se colocó detrás de su hija y, en un acto de “complicidad total”, comenzó a “lamer y besar el exquisito trasero” de su propia hija, tal como yo le había prometido a ella.

    El cuerpo joven de la hija se convulsionó sobre el mío, alcanzando un “orgasmo poderoso” que me apretó con todas sus fuerzas. Al mismo tiempo, mi jefa se vino en una ola de placer incontrolado. Yo no pude contenerme y, con un rugido, “me vacié en la hija”, sintiendo la liberación total.

    Nos quedamos en silencio, los tres entrelazados, sudorosos y agotados, con la ropa interior y el traje de mi jefa esparcidos por la oficina.

    Mi jefa y su hija se miraron, y luego me miraron a mí. No había condena, solo una “complicidad profunda y un entendimiento silencioso”.

    “Esto… no es venganza,” dijo mi jefa, con la voz aún ronca. “Es… necesidad. Y ahora nos ata a los tres.”

    La hija me miró con sus intensos ojos café claro. “Nadie tiene que saber esto. Pero si mi madre necesita lo que tú le das, yo seré la primera en asegurarme de que lo reciba. Y tú… ya sabes que “yo también tengo necesidades”.”

    El mensaje era claro: no solo había reemplazado al amante de mi jefa, sino que ahora tenía un “acuerdo secreto y peligroso” que incluía a su hija. El riesgo era inmenso, pero la promesa de un deseo sin límites me hizo asentir.

    Nos vestimos rápidamente. Mi jefa y su hija se limpiaron y se arreglaron con una rapidez asombrosa, volviendo a la compostura, aunque sus cuerpos aún temblaban. La hija salió primero, dándome un último guiño cargado de significado.

    Mi jefa me miró antes de irse. “Las cajas esperan en el pasillo. Nos veremos mañana. Y… gracias. Ahora, estoy lista para la cena familiar.”

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