En la página de perfiles gays dónde estaba inscripto y en general conseguía citas de mi ciudad, un día un hombre mayor que yo, empezó a escribirme y en el término de una semana logramos concretar mi viaje para una nueva experiencia. La verdad que había estado viendo en internet cosas sobre el BDSM y reconozco que me atraía, pero nunca había practicado una sesión, aunque algunas situaciones habían pasado, por lo que cuando este hombre me propuso iniciarme me atrajo particularmente.
Así fue que un día viajé los 50 km a aquella ciudad. Horacio me esperaba en un bar cerca de su departamento en un barrio de cierta categoría. Apenas entré, lo identifiqué, un hombre alto como yo, con porte, tendría unos 10 años más y muy apuesto.
Me acerqué, aseguré que fuera él y pedí un café mientras me sentaba. Nuestra charla fue amena y el momento donde él investigaba que tanto podría avanzar conmigo en la práctica del BDSM. Una vez seguro me invitó a su departamento y lo seguí durante unas pocas cuadras que transitamos hablando acerca del tema muy discretamente. Ni bien subimos al ascensor me dijo:
-De ahora en más solo harás lo que te ordene
-Lo que desees.
Se acercó a mí y mientras mordía mis labios, pellizcó fuertemente mis pezones por encima del pullover, eso me excitó de tal forma que gemí y lo calentó más
-Ahhh, sos un buen esclavo. Dijo
-Eso me gustaría. Respondí
Enseguida se abrió la puerta del ascensor que daba directamente al hall de su casa. Pretendí acercarme a él, pero de inmediato demostró quien mandaba y me alejó, ingresamos en su departamento directamente a un gran living en el que había un sillón frente a una ventana con hermosas cortinas y Horacio se sentó ahí, junto había una silla donde pretendí sentarme, pero ordenó que permanezca de pie y me acerque, momento en el que me desabrochó el cinturón y bajó mi pantalón para quedar mi cola expuesta luciendo una tanga cola less.
-Epa, muy bien reconozco. Dijo
Y fue cuando me atrajo hacia él tomando mis glúteos con sus enormes manos y marcándolos con las uñas de tal forma que un “ay” salió de mí
– ¿No me diga que ya te duele y recién empezamos?
-Para nada, es placentero. Respondí
-Bien, date vuelta.
Y cuando lo hice pude observar a mi amo con su miembro aún algo flácido fuera del pantalón. -Ahí donde estás parámelo. Ordenó
Pretendí arrodillarme para ponerlo entre mis labios y no me lo permitió, entonces acaricié su pija con mis dos manos suavemente e inclinándome sobre él podía llegar a besar la cabeza, me fue guiando de tal forma que en esa posición dejó mi culo cerca de su rostro y empezó a darme chirlos con cierta dureza para ver mi reacción, demostré con mis gemidos el agrado de recibirlos. Entonces se puso de pie y me desnudó completamente salvo por la tanga que le gustaba verme puesta y me guio hasta el baño, me sentó en el inodoro, bajó sus pantalones y puso en mi boca un pene ya erecto y duro:
-¿Así que te gusta la lluvia dorada? Ahí va. Dijo y empecé a sentir como suavemente un líquido caliente y algo ácido invadía mi boca durante unos segundos hasta que sacó la pija y me tiró todo su orín en mi rostro y cuerpo y mis manos lo refregaban de tal forma que lo excitó aún más.
-Ahhh, pero sos un excelente esclavo. Bien, me gusta. Ahora date una ducha y vení a la cama que te estaré esperando
Ingresé bajo el agua abundante y tibia que caía con fuerza y con un jabón muy perfumado me duché suavemente, fue cuando me di cuenta que mi corazón estaba acelerado de placer; me sequé y enjuagué la tanga que me volví a poner hasta llegar a la habitación donde Horacio me esperaba con varios implementos que, supuse, usaría en mí sobre la cama y mesa de luz.
Del respaldo colgaban dos esposas una a cada lado, sobre la mesa de luz había unos consoladores un pote de vaselina y un but-plug y sobre la cama una fusta y unas cintas terminaban de decorar el ambiente que estaba bien iluminado con la luz natural que ingresaba por una ventana con cortinas de color amarillas.
Él se encontraba sentado en un sillón muy cómodo al pie de la cama, me ordenó que me ponga el but-plug y me acomode sobre la cama boca abajo, cumplí su orden con celeridad, fue cuando sentí que se paraba y poniéndose detrás de mí se cercioró que el implemento en mi ano estuviera correcto, jugó un poco con él y de golpe lo sacó de una sola vez ocasionando un grito mezclado con un gemido muy placentero.
-Tenés muy buen culo, espero que soporte todo. Dijo y empezó a meter sus dedos mientras se arrodillaba encima mío.
Primero un dedo, luego otro y ya con el tercero mis manos se aferraban a las sábanas, entonces sacó su mano y llenándola de vaselina metió dos dedos y abrió mi ano de una forma tan especial que él mismo se asombró y ya no aguantando más me anunció que me cogería, separó bien mis piernas y casi tirándose encima metió su pija dura de una sola vez mientras mordía mi cuello por detrás, mis gemidos se confundían con ciertas exclamaciones de dolor mezclado con placer, reconozco que era extraño lo que sentía.
En esa posición bombeó un poco y la sacó y metió varias veces hasta que en un momento me dio vuelta y tomando mis brazos, llevó mis muñecas hasta el respaldo y me esposó de ambos lados. Tomó de la mesa de luz un gran consolador y luego de meter por debajo de mi cintura un almohadón que elevaba y abría mi cola empezó a meterlo suavemente mientras mordía mis pezones, pero este juguete de silicona moldeado tal como si fuera una gran pija 100% real abrió su camino dentro mío con cierto esfuerzo, tanto que mis ojos muy abiertos se lo demostraban a mi partenaire:
-Sí, así te quiero ver, asombrado de vos mismo y como dilato tu hermoso culo, gritá, gemí puto.
Y así lo hacía, no porque él me lo ordenara, sino porque necesitaba gritar como el puto que yo era en su clímax, mi pene empezó a chorrear semen, al principio tan solo unas gotas, pero luego de que sus juegos se intensificaron ya corría hasta mis bolas. Eso lo calentaba aún más y mientras sacaba y ponía una y otra vez ese gran juguete, me besaba con pasión mordiendo mis labios, mis pezones, mi pubis. Boca arriba y con poca movilidad subía y bajaba mis caderas excitado, caliente, deseoso de sentir más y así fue; subió mis piernas sobre sus hombros y con mi culo floreando un ano abierto completamente me dijo:
-Creí que no aguantarías tanto, pero sos excelente sumiso.
-Para lo que quieras. Respondí
Y entonces inició una penetración de su pija dura de una forma muy continuada y rítmica, tanto que pensé que acabaría, pero no fue así y en una de las clavadas a fondo se estiró hasta la mesa de luz y tomó otro juguete un poco más chico que el que ya había usado e inició un juego de doble penetración.
Sentía dilatar mi ano de tal forma que no lo podía creer, nunca lo había hecho. Mis manos se aferraban al respaldo mientras que entre gemidos y gritos sentía un goce que pocas veces tuve, mi pene sin erección seguía chorreando leche y Horacio la tomaba con la otra mano y un poco la desparramaba y otro la ponía en mi boca abierta por el goce. Cuando los dos miembros hicieron tope contra mis nalgas sentí unos fuertes chirlos de sus manos:
-Pocos aguantan lo que vos me bancás. Dijo
-Gracias, deseaba experimentar esto alguna vez. Respondí mientras este hombre iniciaba a sacar su poronga de mi interior, pero dejando el consolador que, obviamente, se sentía suave luego de los dos adentro a fondo, además que yo cuidaba retener para seguir gozando.
Mi partenaire se levantó, fue hasta la cómoda que se hallaba frente a la cama y tomó una pequeña fusta, se acercó por uno de los lados y de pie, conmigo boca arriba y aún esposado me daba suaves toques sobre mis tetitas.
-Más. Le dije
-¿Te excita? Sabés bien que tenés tetitas de nena adolescente y eso nos calienta a los machos que buscamos putitos sumisos. Comentó. Ahora te voy a sacar las esposas y te vas a dar vuelta, y que no se te salga el consolador del culo, ¿entendiste putito? Agregó
-Así será. Respondí
Me di vuelta cuando sacó las esposas del respaldo de la cama, pero las dejó en mis muñecas, sentí enseguida como la fusta empezaba a batirse sobre mis nalgas y realmente eso me daba placer que hacía notar a mi macho dominante.
-Ahora vas a gozar más.
Sacó de golpe el consolador que aún tenía dentro mío haciéndome gemir fuertemente. Me tomó de una de las esposas y me llevaba a la otra habitación, creía yo, pero cuando llegó a la puerta me detuvo y me encadenó a una barra alta asegurada al marco. Llevábamos ya más de una hora de esta sesión sexual y reconozco sentirme algo cansado.
Con la fusta me hizo abrir bien las piernas y jugaba a tocar mis huevos y pija con ella, pero se acercó por detrás y con una mano pellizcaba mis pezones, eso me calentaba mucho y a él también, lo que me di cuenta al sentir su poronga dura, fue cuando dejó el elemento castigador y abriendo mis nalgas metió su miembro muy duro hasta casi levantarme en la embestida e inició un bombeo que pensé que buscaba acabarme adentro, pero solo deseaba demostrar quien era el amo, algo que yo tenía más que claro especialmente en ese momento.
Pero en un instante se quedó quieto y con sus dientes mordiendo mi cuello nuevamente, al mismo tiempo pellizcaba mis pezones con fuerza y mis quejidos de puto nos excitaba a ambos. Empezó a acariciar mi cuerpo con sus dos manos, bajando hasta mi pubis, con ellas tomó mis huevos y pija semiblanda y apretó un poco.
-¿También me la vas a dar? Me dijo al oído
-Lo que me pidas. Respondí ya demostrando mi cansancio.
-Pareces cansadita, llevamos casi dos horas de sometimientos, es lógico eso. Dijo
Yo ya había perdido la dimensión del tiempo; entonces lo sentí pasar por al lado mío, entre el marco y mi cuerpo que seguía manoseando y se arrodilló frente a mí.
-¿A ver si te queda algo de leche? Y se puso en la boca mi pene que empezaba a adquirir rigidez con el saboreo de sus labios.
-No por favor no me hagas acabar en esta posición. Palabras que lo hicieron entusiasmar y continuó con su trabajo por unos minutos hasta que mi trozo de carne empezó a palpitar en su boca queriendo acabar, pero enseguida sacó mi pija de sus labios cortando mi eyaculación, me sacó las esposas de las muñecas y poniéndome al borde de la cama inclinado sobre ella me cogió con fuerza bombeando mientras sentía sus chirlos hasta acabar, momento en que la sacó de mi culo y me hizo arrodillar para que limpie del semen chorreante sus hermoso pene.
-Pajeate. Me ordenó mientras tanto y así lo hice hasta que mi orgasmo salió con potencia y cayó sobre sus piernas y pies.
-Pasame la lengua donde ensuciaste con tu leche.
Y ahí me encontré, a sus pies, relajando mi cuerpo y mis sentidos, fue cuando me tomó por los hombros y levantándome me besó en la boca profundamente
-Ahora acostate en la cama y descansá. Me dijo
Lo que hice sin dudarlo ya que mi cuerpo se encontraba totalmente relajado. Horacio se fue de la habitación varios minutos y volvió con agua fresca que me convidó mientras se acostaba a mi lado.
-¿Querés pegarte un baño?
-Me gustaría. Respondí
-Pasá por este. Y me indicó el que estaba pegado a su habitación esta vez.
Despacio me incorporé y fui a buscar mi ropa para cambiarme luego. Cuando regresé él se encontraba de pie junto a la puerta aún desnudo, con su pene rojo colgando y sobándolo como si quisiera que nuevamente se ponga duro, erecto. Al pasar a su lado quise arrodillarme para mamarla un poco más, pero me llevó más adentro del baño y metiéndome en la bañera me empezó a orinar con fuerza, en la cara, boca, pechos, casi que me empapó con su orín mientras yo lo refregaba por mi cuerpo y mis dedos lo llevaban a mi boca.
-Realmente me asombraste, obvio que volverás. Comentó mientras terminaba y sacudía su poronga como quien muestra un trofeo, algo que para mí lo era.
Yo empecé a ducharme mientras él se retiraba, mi cansancio era tal que en un momento apoyé mis manos sobre una de las paredes y dejé que el agua corra como si fuera un masaje por todo mi cuerpo. Mis muñecas se sentían esposadas al sometimiento, mis nalgas creo que aún rojas ardían de placer, mi ano se dilataba con al agua tibia que lo refrescaba y mis pezones aún marcados sentían un dolor de orgasmo incomprensible. Cuando volví a la habitación mi anfitrión se había puesto una remera y un pantalón muy suelto con elástico a la cintura y había preparado mi ropa sobre la cama; charlamos mientras me vestía y al terminar me guio hasta el ascensor; ni bien ingresamos se me acercó y me dijo:
-Chupamela, tengo 18 pisos para disfrutar de tu mamada
Yo solo me agaché bajé su pantalón por delante y me puse en la boca un pene flácido pero delicioso, los pisos pasaban y yo ni pensaba que alguien podría detener el ascensor solo saboreaba esa pija hermosa que me había ganado, casi llegando a la planta baja me levantó, acomodó su ropa y me besó con fuerza en la boca.
Se abrió la puerta me acompañó hasta la salida donde charlamos un poco y me despidió con la promesa de volver a vernos. Seguimos en contacto un tiempo más por medio del celular, pero un día Horacio dejó de responder y nunca más supe de él.
Igual yo estaba feliz de aquel encuentro ya que había pasado la prueba.
Me presento, me llamo Andrea, tengo 30 años, soy de piel blanca, mido 1.65, piernuda, nalgona un poco gordita, y con tetas de buen tamaño. Esta historia es de hace unos años cuando mi vecino David tenía su frutería, yo como toda una ama de casa me dedico a mi hogar y cuidar de mi esposo, ya que hijos aún no tenemos, es por eso que aún estoy muy cerradita y apretadita.
Un día normal en la mañana amanecí muy caliente con muchas ganas de que me follaran, mi esposo se levantó le dije que me lo hiciera pero no quiso, respondiéndome que se le hacía tarde para trabajar y con un beso se despidió de mí. Yo me quedé muy alborotada, decidí tocarme pero primero me puse un conjunto de lencería muy sexy, encima un mayon traslúcido y una blusa de tirantes, se me notaban mis pezones paraditos y mi concha hinchadita.
Me quise meter algo no solo tocar mi clítoris, así que se me ocurrió ir a la frutería rápido por un pepino o una zanahoria grande. Llegué como siempre y saludé “Buenos días don David” a lo que me respondió “hola Andy ya hacer la comida”, y le dije que no, que iba por un pepino y unas zanahorias para un antojito que traía, entonces tenía los pepinos en una caja en el suelo y me agaché por uno, me estuve un buen momento así, ya que estaba escogiendo el más grande y gordo que había, sentí una mirada penetrante y de reojo volteé.
Cual fue mi sorpresa cuando vi a don David casi babeando y con una mano cerca de su bulto, rápidamente recordé cómo iba vestida y que con ese mayon se me veía toda la tanga, me excito muchísimo ese momento que mi concha se empezó a mojar, cuando me levanté para pagar me tomo la mano con el dinero y me dijo que tenia las manos muy suaves y blancas insinuando que no solo las manos las tenía así, le respondí con el mismo doble sentido, le dije que él las tenía grandes y venosas y me dijo no solo eso.
En ese momento me tomó de la cintura y me dijo sé que estás caliente, nunca sales vestida así, le contesté que me soltara que estaba casada pero no sirvió de nada, me dijo que seguramente ese pepino lo quería para metérmelo en la concha, le dije viejo pervertido por supuesto que no, entonces su mano bajó por mi mayon tocando mi concha y me dijo “mira cómo estás escurriendo y todavía dices que no es verdad” y me dio un beso lleno de deseo.
Por más que intente no me pude resistir y sus manos empezaron a robar todo mi cuerpo bajaron por mis tetas y te tocaba y apretaba las nalgas, me dijo ahorita te voy hacer el favorcito que seguro tu maridito no, cerró la puerta de la tienda y me sentó en el mostrador, me bajo el mayon y me quito la blusa, quedé solamente con mi conjunto y mirándome con mucho deseo me dijo eres tal cual me imaginé y se lanzó sobre mí besando mi cuello.
Después me quitó el sostén y se metió mis tetas a la boca, me las mordió y chupo tan rico que de acordarme me mojó, bajo su mano a mi coño y metió un dedo, empezó a gemir y me quitó mi tanga, me abrió las piernas y se lanzó a chupar mi coño mojado me dio un oral que nunca había tenido, metía sus dedos en mi coño y me chupaba el clítoris, de rato un orgasmo intenso estaba teniendo y mi coño no pudo más y explotó, me dijo “ahora te voy a dar lo que más querías putita”, se sacó la verga del pantalón, casi me muero cuando la vi, era lo doble de la de mi marido, gruesa, larga y venosa con algo de pelos pero riquísima.
Me abrió de nuevo las piernas y con la punta de la verga me la froto en el clítoris, yo quería que ya la metiera y le dije “ya metemela por favor” y me dijo “así me gusta putita que me pidas” y siguió frotando hasta que no aguante y le dije “ya métemela”, no alcancé a decirlo cuando sentí un tremendo trozo entrando en mi coñito sentía que me rompía, empecé a gemir como nunca y estuvo bombeando un buen rato hasta que lo saco y me dijo “no te voy a dejar con el antojo de tu pepino”, lo tomo le puso saliva, me separo las piernas y me lo metió “ahhh” sentía que me llegaba hasta la garganta.
Gemía y gemía mientras lo metía tocaba mis tetas después de un rato lo saco y me dijo que me pusiera en cuatro, me dio unas nalgadas y me metió su verga, me tomo de las caderas y me bombeo hasta que me dijo ya me vengo y empecé a gemir cuando sentí un chorro de leche caliente y su verga palpitando adentro de mi, en ese momento moría de placer, terminamos sudados de tanto follar, me vestí le di un beso y le dije “que rico coge con David” y me dijo “no será la primera vez putita” y me fui.
Claramente hubo más veces, comenta en los comentarios que tal te pareció y si quieres segunda parte.
Aun así, creí en esa promesa, “pronto lo voy a dejar”, si bien, no fue tan rápido como le creí, si ocurrió, a los tres meses le dijo que ya no podía seguir, que buscara otro camino, tampoco lo entendió, pero lo aceptó. Comenzamos de nuevo donde lo dejamos, intentando recuperar el tiempo perdido, fue difícil para nosotros, ante nuestras familias también el tener que presentarles de nuevo a la misma persona, aun así, lo soportamos. Si bien llego la calma, o al menos eso parecía, el sexo fue algo que siempre estuvo presente, aunque lo disfrutábamos, notaba que no era con la misma intensidad, habíamos dejado las fantasías a un lado, pero aun cuidábamos los detalles.
Éramos de las parejas que siempre ponían música durante el sexo, era una forma de apagar nuestras voces, ya que éramos algo escandalosos, pero también servía para intensificar los sentidos, una ocasión, sonaba un tema que hablaba sobre el amor de un hombre hacia una mujer menor, sin buscarlo, a ella se le escapo durante su orgasmo un ¡siii. Javier!, esto me causó extrañeza, pero a su vez me encendió, lo seguimos haciendo con gran intensidad y de nuevo, la fantasía volvía a la cama.
Tras terminar, la cuestione sobre lo ocurrido con total tranquilidad, ella aceptó que recordó que esa canción se la había dedicado, no le reprimí por ello, pero si aproveche para quitarme una duda que me atormentaba hace tiempo, ¿cómo había sido su vida sexual con Javier?, ella no podía contarme con sobriedad sobre ese tema, así que recurrí a solo tocarlo cuando estábamos en la cama, eso hizo que ella estuviera más abierta a platicármelo.
Me contó que comenzó a salir con él como amigos, Javier aún salía con otras personas de su edad, nada serio, siempre le demostró a Cami que no tenía otro interés, no quería dar un paso que se fuera a mal interpretar, algunas veces salían a comer durante el trabajo, otras ya después de su horario laboral, la llevaba a restaurantes, no era a lo que como joven estaba acostumbrada, la fiesta de noche en el antro con sus contemporáneos paso a ser cena elegante con un hombre mayor.
Javier la trataba con caballerosidad, los empleados de los lugares se dirigían a él con gran respeto debido a su presencia y a ella se le trata igual, como una persona mayor o más bien, como su pareja, se sentía halagada por las atenciones y veía a Javier con otros ojos, sentía que estaba al lado de todo un hombre y eso, la hacía sentir toda una mujer.
Entre las actividades que él realizaba estaba el gimnasio, a lo que ella motivada por la curiosidad y el querer un cambio físico, le pidió ir con él, a lo cual aceptó sin reparos, como tenía una membresía en pareja que ya no ocupaba como tal, le dijo que podía registrarla y así lo hicieron. Las primeras veces, Cami le pidió fueran juntos, le daba nervio ir sola, no conocía el lugar y no sabía nada sobre el gimnasio, Javier le enseñó algunas cosas, el uso de los aparatos y las rutinas básicas, en unos pocos meses de constancia vio un gran cambio.
Las salidas en fin de semana después del gimnasio se hicieron obligadas, casi siempre a lugares de alto cache, por lo que ella adecuo su guardarropa a las nuevas necesidades, conmigo siempre fue ella misma, vestía de negro o colores llamativos, se pintaba el cabello, se realizaba cortes extravagantes, una chica muy alternativa y yo un poco menos. Una ocasión, después de terminar la rutina del gimnasio saldrían a cenar a unas espadas brasileñas, por lo que se ducharon, Javier se quedo impresionado cuando vio a aquella señorita salir, vestido negro, tacones, labios pintados de rojo, cabello corto bien peinado y sus anteojos grandes.
Le abrió la puerta de su auto y se subió, la llevó a ese lugar y pasaron una cena linda, el mismo trato de siempre, los mismos halagos y la mirada de ella hacia él, como si de niña enamorada se tratara, Javier no podía evitar sentirse intimidado por ella, su coquetería, sus halagos y juegos de miradas, una complicidad se estaba dando entre ellos, pese a que otros se acercaban para buscarla, Javier terminaba imponiéndose con su presencia dominante.
Salieron del lugar, los dos muy animados y con algunas copas encima, la subió a su auto y se observaron, sus miradas fijas se decían todo lo que tenían que saber en ese momento, ella se acercó un poco y el se abalanzo, la tomo de la cintura y la beso en la boca, ella puso sus manos en su espalda, intentando rodearlo, pero no le alcanzaban los brazos, ella era de baja estatura y él muy corpulento.
Se detuvieron y sin decirse nada, Javier se dirigió a su departamento, entraron apresurados y llegaron a su habitación, entre besos intensos se comenzaron a recorrer con las manos, ella disfrutaba esas manos gruesas recorriéndola, él podía disfrutar de ese cuerpo joven y firme, fruto del ejercicio que realizaban, la recostó en la cama, la despojo de su vestido, ella ya iba preparada con un conjunto de lencería blanco.
Esto lo enloqueció, la termino de desnudar y se abalanzo sobre ella, le abrió las piernas y le dio un sexo oral que no duro, ya que el orgasmo de ella llego pronto por todo el preámbulo vivido, no era necesario prepararla más, su humedad era totalmente percibida, Javier se colocó un condón, duro como una piedra tomo su miembro y lo introduje en Cami, ella se quejaba, intentando soportarlo, en efecto, era más grande de lo que nunca había tenido dentro de ella.
Fue una sesión de sexo larga, pero muy intensa, ellos se deseaban desde hace mucho, pero no se habían dado la oportunidad de vivirlo por el que dirán, pero en ese momento ya nada era importante, solo ellos dos llegando juntos al orgasmo. Pronto volvieron en sí, pero no hubo remordimiento, continuaron saliendo de forma habitual, y cada fin de semana terminaban en su departamento teniendo sexo por horas.
En alguna ocasión, me comenta que tuvieron una reunión familiar con los padres de Javier, se las presento como amiga, pero tras la velada ellos observaron que había algo más, fue más evidente después de que se desaparecieron por un rato, habían entrado a la que era la habitación de Javier cuando era joven, si que supieran su hermano menor estaba en la habitación de al lado, tuvieron sexo ahí y su hermano los había escuchado, por lo que sus padres se enteraron y hablaron con ellos, pidiéndoles que hablaran con la verdad y confirmaran si eran pareja o no, y que no se preocuparan, ellos no veían mal la diferencia de edad siempre y cuando hubiera seriedad de las dos partes (si, casi era una calca de lo que yo había vivido con Lau en ese tiempo).
Aun así, Javier lo negó, esto la hizo sentirse mal y fue motivo de una discusión con él, esta fue la primera vez que pidió que nos viéramos de nuevo para platicar. Hubo reconciliación, pero comenzó a verlo con otros ojos, se dio cuenta que si bien, la pasaban genial juntos, solo hacían cosas que a él le gustaban, le llego la memoria de las cosas que a ella le gustaban, le pidió ir a un concierto de rock, que era lo que ella le gustaba y él no quiso, le parecía inadecuado para él, pero no le impedía ir. Sin querer, se había dado cuenta que la diferencia de edad, a veces sí es importante, sobre todo por la visión del mundo que tiene cada generación, muchas veces le parecía hablar con sus padres cuando estaba con Javier.
La suma de todas las cosas la hizo tomar una decisión, terminar con él, así fue como llegó la ocasión en que me pidió volver, esto ya lo había escrito anteriormente, pero ahora sabia el por que fue así su accionar. Ella estaba decidida a terminar con él y volver conmigo, así lo era al menos hasta que lo vio para decírselo, pues ahí, se dio cuenta de algo, si bien no podía verlo como pareja a futuro, había algo de él que no le era fácil dejar, el sexo.
La noche que la vi, esa que me dijo que no podía dejarlo tan fácil, solo unas horas antes había tenido sexo con él, eso le hizo difícil poder terminarlo y así fue durante los tres meses, su mente quería dejarlo, pero su cuerpo deseaba estar con él, aun en ese tiempo continuaron experimentando, entre cosas que de poco en poco me conto, supe que había tenido un retraso en su periodo y tuvo la duda, según ella le parecía imposible pues en ese tiempo lo practicaban por atrás.
Sus confesiones me causaban excitación y a la vez me revolvían el estómago, conmigo en tantos años de relación siempre habíamos usado protección y nunca habíamos intentado el sexo anal, y en ese poco tiempo de su relación, Javier había estrenado el culo de Cami, la había penetrado sin condón y habría vaciado su semen en su interior hasta casi embarazarla.
Con lo fuerte de sus relatos, ella se sentía avergonzada, no quería que sus palabras me lastimaran, así que decía que solo eran invenciones suyas, una historia inventada para excitarnos y nada más, pero yo sabía que no era así. Pero a pesar de lo humillado que a veces me hacían sentir sus historias, le pedí que no dejará de contármelas, veía en su mirada la lascivia con la que recordaba esos momentos con él, me enamoré de sus orgasmos siempre tan intensos, de sus ojos en blanco y su cara en éxtasis, así que como antes lo había hecho, una vez más, se lo volví a pedir
Habían pasado algunas semanas desde aquella noche en mi casa. Desde entonces, no habíamos podido volver a vernos por temas del trabajo y familiares. Esto, lejos de separarnos, nos hacía llenar de muchas más ganas de sexo. Sin embargo, seguimos conversando y, entre charlas casuales y triviales, el tema amo/esclava era parte de ellas. Laura se veía cada día más suelta y en confianza. Ya no había espacio para las dudas, ambos sabíamos lo que éramos el uno para el otro cuando estábamos juntos.
Una tarde de viernes le escribí sin previo aviso:
—Haz maleta. Ropa ligera, el vestido rojo, y nada debajo. Salimos mañana temprano.
Solo respondió con un corazón y una palabra: “Sí”. No necesitaba más.
El sábado, cuando pasé por ella, me esperaba con una pequeña maleta y una sonrisa que mezclaba nervios y deseo. El viaje en moto fue largo, casi tres horas, con la carretera abriéndose entre montañas verdes y nubes bajas que olían a lluvia. Ella se abrazaba a mi cintura con fuerza, su mejilla contra mi espalda, y cada tanto podía sentir cómo respiraba hondo, como si intentara contener algo que no podía nombrar. De vez en cuando acariciaba sus piernas en lo que mi manejo lo permitía, ella con más libertad aprovechaba para tocar mi pene por encima del pantalón, haciéndome tener una erección tan grande que llegaba a incomodar por momentos.
Llegamos a un hotel pequeño, apartado, rodeado de árboles y silencio. El clima era perfecto, un frío suave que invitaba a estar bajo las cobijas. Por suerte y sin que yo lo planeara, nos dieron una de las habitaciones más apartadas del hotel. Sospecho que era cómplice de lo que era evidente que haríamos. Dejamos las cosas y bajamos al restaurante. Comimos poco y hablamos menos. No hacía falta hablar mucho más, cada mirada decía más de lo que cualquier palabra podría. El hotel estaba algo lleno, pero era perfecto para lo que tenía planeado.
En la habitación, el ambiente era distinto. Había una calma tensa, como la antesala de algo que los dos sabíamos que pasaría. Me acerqué a ella despacio, tomándole el rostro con ambas manos.
—Hoy no hay prisa —le dije. Quiero que aprendas a rendirte por completo.
Laura asintió, sin hablar. Cuando mis dedos rozaron su cuello, la sentí temblar. No era miedo, era expectativa. Esa noche no buscábamos el desenfreno, sino el control. Cada gesto, cada respiración, tenía un propósito. Las primeras horas fueron solo de preparación: caricias lentas, confianza, exploración. Ella aprendía a dejarse guiar, a respirar, a no luchar contra la sensación de entrega. Su cuerpo respondía distinto: más tranquilo, más consciente. Me miraba a los ojos en silencio, y en esa mirada entendía que estaba lista para el paso siguiente.
En la tarde, mientras tomábamos algo en la habitación, sin previo aviso, la besó apasionadamente hasta dejarla sin aire. Eso la hizo mojar de inmediato.
—Desnúdate —le indiqué tranquilamente. Cosa que hizo de inmediato sin dejar de mirarme ansiosa de ser mi esclava.
Tan pronto se desnudó, la tomé por el cuello y besé con fuerza sus deliciosos senos, mientras con la otra mano jugueteaba con su clítoris.
—Penétrame, amo, por favor —me suplicó luego de tener un orgasmo con mis caricias. Sonreí gratamente al ver esa transformación sexual. Me desnudé pausadamente, mientras Laura me observaba expectante. Tan pronto aparté mi ropa, ella se agachó a devorar mi verga. Su deseo era más que evidente, pasaba su lengua por la cabeza y volvía a meterla hasta la garganta. Algo que ella sabía me enloquecía. La levanté del suelo y la puse en la cama boca arriba y se la metí de un solo empujón.
—¡Siiii!, eso quería desde que llegamos —dijo casi gritando. Yo continué penetrándola mientras mi boca de nuevo fue a sus senos. Laura no dejaba de gemir y mojarse. Nuestras miradas se cruzaron y le di una bofetada, no tan fuerte, pero sí lo suficiente para que me pidiera otra mientras respiraba agitadamente.
Luego de unos minutos la puse en 4 y seguimos nuestra deliciosa sesión. Aprovechando su excitación, con mi dedo pulgar fui acariciando su ano. Laura empezó a moverse hacia atrás, demostrándome que le estaba gustando. Continuó hasta que metí todo el dedo dentro de ella. Eso le encantó y gemía muy fuerte sin ningún temor de que la escucharan.
Cinco minutos después me detuve, y le dije que no se moviera, fui a la maleta y saqué un dilatador y un plug anal. Me agaché e introduje mi lengua en su vagina. Laura jadeaba y movía sus caderas para que mi lengua entrara más. Mientras disfrutábamos del sexo oral, pasé el plug por su culo solo rozándolo. Ella dio un pequeño brinco asustada al sentir la textura fría del plug.
—Tranquila, confía en mí —susurré mientras me levantaba. mi sumisa asintió y abrió más las piernas. Yo volví a penetrarla y, luego de untar el dilatador tanto en su culo como en el plug, fui introduciéndolo lenta y suavemente hasta que estuvo todo dentro. Se veía muy provocativa de esa forma y no dudé en darle una nalgada fuerte, que la hizo tener otro orgasmo.
—¡Dame más, dame más duro! —Me decía entre jadeos. Y yo, feliz de complacerla, aceleré mis movimientos y fuerza. El orgasmo que tuvimos al tiempo fue algo indescriptible, el sudor de nuestros cuerpos era el claro indicador que nos entendíamos completamente en el sexo. Ella era feliz siendo tan sumisa conmigo y yo disfrutaba viéndola ser mía.
Tras reponernos, Laura se sacó el plug cuidadosamente y lo observaba con intriga. Antes de que me lo preguntara, le dije lo que sospechaba.
—En este momento no será, pero en la noche serás completamente mía —Le comenté mientras descansaba. Ella, con una mezcla de miedo y ganas, me contó que ya deseaba que llegará la noche. Solté una carcajada y añadí que había creado un monstruo. Tras lo cual nos reímos y besamos. Lo genial de esta relación es que fuera de lo sexual, seguimos siendo amigos, no hay silencios incómodos y disfrutamos nuestra compañía tanto en el sexo como en general.
—Vamos a cenar, ponte el vestido y el plug también —Ordené mientras me levantaba de la cama.
—Estás loco, Joel. ¿Cómo voy a salir con eso a la calle? —Me dijo asustada.
—No haremos algo que te afecte. Tranquila, que nadie lo va a notar —le dije recordándole lo acordado al inicio de todo esto.
Lo dudó por unos minutos, hasta que se fue hacia la ducha. La seguí y nos bañamos juntos. La besé y acaricié con deseo, pero no tuvimos sexo oral ni penetraciones. Quería que su deseo fuera incrementando durante la noche. Me vestí y me dirigí hacia el restaurante, para que Laura se sintiera cómoda con mi orden. Luego de diez minutos ella llegó y su caminar era lento, haciéndome reír calladamente.
—Esto se siente raro, pero me gusta —me explicó mientras cenábamos. Le comenté que la idea era que se acostumbrara, porque mañana será reemplazado por mi verga. Se ruborizó, pero sus ganas eran muy evidentes. Luego fuimos a caminar aprovechando que el hotel quedaba cerca de un lago. La vista era grandiosa, ya que era luna llena y se iluminaba todo el lugar.
Antes de llegar al lago, me tomó de la mano y me llevó hasta unos árboles que había.
—Te deseo, quiero tu leche —me susurró, mientras se arrodillaba y bajaba mi pantalón. Sin ningún recato, empezó a masturbarme hasta dejar mi pene completamente duro como roca. Comenzó a chupar y lamer con avidez. Sin duda, para el sexo oral era una experta.
—¡Dámela, la quiero en mi boca! —repetía alternando su lengua y sus manos en mi pene. Esas palabras me excitaron muchísimo y descargué todo el semen en su caliente boca. ella sonrió, se lo tragó todo y se fue hacia el lago. Definitivamente, he creado un monstruo, pensé mientras me arreglaba la ropa.
Estuvimos en el lago un rato hablando de nuestro trabajo, cine y una que otra anécdota sexual que hemos experimentado. Laura se veía irremediablemente caliente. Sus mejillas rojas y sus ojos brillantes me decían cuando quería volver al hotel y continuar nuestra faena. Así que nos fuimos directo a nuestra habitación. Ni bien cerró la puerta, la tomé del cuello y le solté otra bofetada en la cara que la hizo gemir. Subí su vestido hasta la cintura y mi mano fue directo a su entrepierna, su tanga estaba empapada.
—Así que ya estabas mojada, putita —dije mientras hacía un lado su ropa interior para acariciar su clítoris.
—Si amo, siempre me tienes muy caliente —comentó entre jadeos y con una voz muy sensual. Entonces metí dos dedos en su húmeda vagina de una sola vez y casi tuvo un orgasmo con ello. Metía y sacaba mis dedos de su interior muy rápido, cuando sentí que su vagina empezó a contraerse, signo visible de su creciente clímax; saqué los dedos y me aparté de ella.
—Pues hoy te quedarás con las ganas, estás castigada —
Iba a protestar cuando le expliqué que, por el hecho de haberme echado esa mamada en el lago, sin pedir permiso, ya no habría más sexo hoy y que tenía prohibido masturbarse. Su cara de incredulidad era un poema. Allí, con el vestido a medio cuerpo, sus flujos llegando a sus muslos y su mirada exigiéndome sexo, no podía ni moverse. Luego de unos segundos, y ante mi cara seria, comprendió que no había nada que hacer. Fue al baño y se limpió. Nos acostamos y pronto se quedó dormida.
Al otro día fuimos a desayunar. Laura estaba algo callada, más de frustración que de enojo. Empezamos a hablar cosas varias hasta que se fue relajando cada vez más. Terminamos el rico desayuno, nos relajamos un rato con el hermoso paisaje del lugar y nos fuimos a la habitación.
—Desnúdate y arrodíllate —le ordené. Ella lo hizo de inmediato, como si hubiera esperado mis órdenes toda la mañana. Yo al tiempo me desnudaba y observaba su hermoso cuerpo que hacía hervir mi sangre.
—¿Puedo chuparlo, amo? —me cuestionó con una mirada pícara. Yo asentí y empezó con su delicioso trabajo, en solo unos segundos ya tenía mi pene lleno de saliva y entrando hasta su garganta. Yo cerré mis ojos y con mis manos guíe su cabeza para que lo hiciera cada vez más rápido. Solté una gran carga de semen acumulada desde la noche anterior, sonrió triunfante y sacó su lengua mostrando que se había tragado todo.
—Ponte en cuatro ahí mismo en el piso —le ordené de nuevo con voz ansiosa. Saqué el plug de un cajón, llenándolo de abundante lubricante y no fue necesario usar el dilatador, por su excitación ya tenía su ano bien dilatado. De inmediato lo introduje en su interior de una vez, haciendo que soltara un grito de dolor y placer. La deje así unos minutos, observando ese paisaje monumental del deseo. Empezó a mover sus caderas, esperando algo más. Yo no la hice esperar y le clavé mi verga con fuerza.
—¡Si amo! Dame duro, castígame! —Me suplicaba. Yo la penetraba sin piedad, le saqué el plug y lo reemplacé con uno de mis dedos, que entró sin problemas. Ella solo se movía de adelanta para atrás, buscando más placer. Un rato después, metí otro dedo en su culo, causando otro orgasmo.
—Dime, puta, ¿quieres que te dé por el culo?
—¡Siii! Hazlo ya, por favor. Quiero tu verga en mi culo.
Feliz de su sumisión y entrega, saqué mi miembro aún más duro que antes por sus palabras, lo guíe hacia su ano, fui introduciéndolo poco a poco, despacio pero constante. Al tener la mitad dentro, esperé un momento a que se acostumbrara a esta nueva sensación. Laura apretaba el tapete con fuerza, tenía cerrados los ojos y sollozaba. Al ver que se iba relajando más, la terminé de meter toda de un solo empujón. Empecé a entrar y salir de su culo lentamente, y poco a poco fue cambiando su sonido de dolor por jadeos. Yo, al tiempo que la penetraba, con una mano frotaba su clítoris para que sintiera más placer.
No sé cuántos minutos más pasaron, pero ya estábamos fuera de sí, ella gritándome que le diera más y más y yo dándole con todas mis fuerzas.
—¡Que delicia, amo, soy tu puta hoy y siempre! —decía una y otra vez. Yo estaba como un animal, encima de ella, entrando y saliendo de su culo como poseído. Los orgasmos de Laura venían uno tras otro, como oleadas interminables de placer. Al final, me vine dentro de ella en un orgasmo compartido que nos dejó agotados sobre la alfombra. La habitación era una mezcla de calor y sudor. Luego de recuperar el aliento, fuimos a ducharnos. La besé con calma, entendía que era algo nuevo para ella y debía asimilarlo. La ayudé a enjabonarse, acariciando todo su cuerpo suavemente y sin prisas. Terminamos la ducha, nos secamos y fuimos a la cama a ver algo en la televisión.
—Fue algo espectacular, el dolor y el placer que me diste me encantaron —me dijo tras un rato, como repasando lo ocurrido y buscando las mejores palabras para expresarlo.
—Esa era la idea, que te sintieras a gusto. El problema es que ahora no vamos a parar —le dije acariciando uno de sus senos.
—¿Y quién dijo que quería parar? —dijo mientras se subía sobre mí y empezaba a besarme. Yo rápidamente tuve una erección, tras lo que sonrió maliciosa. Acomodé mi verga en su vagina y se dejó caer con un gemido.
Ese día, la entrega fue total: sexo oral, vaginal y sobre todo anal. Ya no había barreras, ni miedo, ni reservas. Por primera vez, la palabra “dominio” no se sentía como una imposición, sino como una forma de cuidado. De equilibrio. De pertenencia.
Estaba ansioso porque llegara el fin de semana pues por fin iba a poder follarme la muchacha que tanto deseaba.
Ya llevábamos un tiempo escribiéndonos por WhatsApp y habíamos creado un tipo de relación amorosa hablábamos de sueños y fantasías sexuales (los temas de sexo no faltaban) y esta semana acordamos salir a una fiesta en la que nos conoceríamos en persona.
Llegó el día así que me alisté y partí en camino a la fiesta al llegar la llamé y le pregunté dónde estaba, ella me indicó el lugar y fui directo allí, al llegar la vi traía una falda corta que le hacía resaltar el buen culo que tenía y un tope negro en el cual se le marcaban bien su paraditas tetas, era de pelo rizado y una piel blanca con unos ojos pardos hermosos.
Al verla la saludé y nos sentamos en una mesa a tomar unas cervezas y a hablar un poco, nos fuimos acercando hasta que mi mano finalmente terminó en su muslo. Ella me miró con cara de que quería que avanzara más, así que la besé y ella me correspondió el beso, quise ver hasta donde llegaría y bajé más la mano hasta tenerla en su entrepierna, ella comenzó a darme un beso con lengua, intenso, así que por debajo de su falda comencé a acariciarle su vagina hasta que me tomó por la mano y me llevó a la parte trasera del local.
Allí seguimos besándonos hasta que metí mi mano por dentro del blumer que traía puesto y comencé a masturbarla, ella tomó y sacó mi pene y comenzó a masturbarme. La puse de espalda contra la pared y la incliné un poco y bajé a saborear aquella vagina, era divina, ella soltaba unos gemidos que me hacían querer follármela de una, así que me levanté y empecé a pasar mi pene por su vagina mientras le acariciaba una de sus tetas, hasta que me pidió que la penetrara.
Estaba muy mojada ya así que la cogí por el pelo y comencé a penetrarla suavemente y fui aumentando la velocidad de las embestidas una tras otra, ella gemía de gozo. Cambiamos la posición y la puse de frente hacia mi levanté unas de sus piernas y la penetré, comencé a embestirla mientras la agarraba del cuello y ella me miraba con una cara lujuriosa mientras gemía y me pedía más.
Cuando estaba punto de terminar ella se arrodilló, comenzó a mamármela y terminé en su cara ella siguió mamando para dejarla completamente limpia y cuando acabamos fuimos a su casa para continuar follando, pero ya es relato para otro día.
El padre de mi mejor amiga abusó de mí con engaños
Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.
Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.
Escúchalo narrado por su autora
Relato
Algo cambió la noche que conocí a Paco. Hasta aquella noche, mi vida había sido un mosaico de decisiones impulsivas y deseos inconfesables, pero nada me había preparado para el torbellino que supuso conocer a Paco. Es propietario de un bar de copas con terraza de verano. Su reservado, un rincón discreto y cómplice, fue el escenario de mi caída.
Las circunstancias me empujaron a un encuentro que no busqué pero que tampoco evité. Paco, con su mirada afilada y su sonrisa de lobo, tenía una obsesión: mi culo. Aquella primera noche, en la intimidad del reservado, me dio por el culo con una furia animal, un frenesí que me dejó exhausta y, para mi sorpresa, profundamente satisfecha. Mientras me recomponía, con el cuerpo todavía temblando, él me miró con aire triunfal y soltó una profecía: “Volverás más pronto que tarde”. Me reí por dentro, pensando que era un fanfarrón, un tipo engreído que se creía el rey del mundo. Pero el muy cabrón sabía de qué hablaba.
Dos noches después, regresé como si una fuerza invisible tirara de mí. Eran las dos de la madrugada y el bar estaba a reventar. Me acerqué a la barra, pedí un combinado y esperé, con el corazón pugnando por salirse del pecho. No tardó en verme. Su sonrisa, esa mezcla de burla y deseo, me atravesó.
—¿Has vuelto a por más? —preguntó, acercándose. Asentí tímidamente, y ese gesto fue mi sentencia. Me tomó del brazo con una autoridad que no admitía réplica y me llevó al reservado, como quien lleva a una presa a su guarida.
Allí, con la solemnidad de un juez dictando un veredicto, me exigió algo que me heló la sangre: no bastaba con haber regresado, tenía que suplicarle. “Pídeme que te dé por el culo”, dijo, con una voz que cortaba como un cuchillo. Vacilé, atrapada entre la humillación y el deseo que me quemaba por dentro. Sabía que ceder me convertiría en su zorra. Y aun así lo hice. Susurré las palabras, agachando la cabeza en un gesto de sumisión que selló mi destino.
Me ordenó desnudarme y ponerme a cuatro patas, no en el sofá mullido del reservado, sino en el suelo frío y duro. Entendí que era una prueba, una demostración de poder. Obedecí, y él se colocó detrás de mí, sus manos firmes, su presencia avasalladora. Me sodomizó con una intensidad que me arrancó jadeos y gritos desesperados, sus movimientos brutales pero precisos, hasta que el sonido de su cuerpo contra el mío llenó el aire.
—Esto es solo un aperitivo —gruñó mientras se detenía, dejándome al borde del abismo, con el orgasmo a punto de estallar—. Quiero encontrarte desnuda y en esta postura cuando vuelva. —Se marchó dejándome sola y frustrada, y busqué alivio con la mano en el clítoris.
Esperé más de una hora, atrapada en un torbellino de ansiedad y deseo. Llegué a plantearme huir, abandonar aquel juego enfermizo y no volver jamás. Pero entonces escuché pasos en el pasillo. No sabía si era Paco, pero me puse a cuatro por si acaso. Era él y volvió a encularme en idénticas circunstancias, jugando conmigo, probando mi resistencia y voluntad. Cada encuentro era un desafío, una danza de poder y sumisión que duró hasta las seis de la madrugada, cuando el bar cerró y él, por fin, se quedó. Me poseyó entonces sin pausas, alternando entre el coño y el culo con una intensidad que me dejó sin fuerzas, y con una sonrisa que no podía disimular. Había merecido la pena.
Salí de allí exhausta, satisfecha, pero con una sombra de duda en el pecho. Paco había impuesto sus reglas: cada vez que regresara, debía suplicarle al oído, llegar a la misma hora y someterme al mismo ritual. Era humillante, pero nadie, ni mi novio, ni mis amantes, ni siquiera mi hermano en esos encuentros furtivos, me había hecho sentir lo que él. A mis 22 años, Paco, con el doble de mi edad, con su experiencia y su autoridad, tenía un magnetismo que me atrapaba, un morbo que me hacía volver. Y volví, siete veces en dos semanas, cada una más intensa y adictiva.
Pero algo cambió hace dos noches. Tras una sesión de sexo que me dejó temblando, Paco me citó para el día siguiente a las cinco de la tarde. Me sorprendió, porque el bar estaría cerrado, y entendí que solo lo tendría para mí. Llegué puntual y golpeé la puerta con el puño, el corazón en la garganta. Él abrió, me tomó del brazo y me llevó al reservado con una urgencia que me hizo sonreír. Me desnudé sin que me lo pidiera y me puse a cuatro patas sobre el sofá, ansiosa por sentirlo. Pero entonces, golpes en la puerta del local rompieron el momento, y Paco salió disparado sin dar explicaciones. Cuando regresó apenas un par de minutos después, su rostro había cambiado. La sonrisa socarrona había desaparecido, reemplazada por una seriedad que me puso en guardia.
—Esta tarde tengo otros planes para ti —dijo, y su tono me hizo estremecer—. El futuro depende de lo que decidas.
Me cubrí los pechos instintivamente, encogida en el sofá, como si de repente mi desnudez me avergonzara. No dije nada, esperando a que se explicara.
—Tengo dos socios y les he hablado de ti —continuó, clavándome la mirada—. Especialmente de tu culo, de cómo te gusta que te lo jodan. Están obsesionados con probarlo, y han venido por eso. Están esperando en el bar.
El mundo se detuvo. Sus palabras eran un mazazo, una bofetada de realidad.
—Una cosa es aceptar tus manías y caprichos —dije, poniéndome la ropa interior con dedos temblorosos—, y otra que me tomes por una puta.
Pero él me detuvo, tirando de mi brazo, obligándome a sentarme a su lado. Su mano tomó mi rostro, forzándome a mirarlo.
—Tú eres quien viene a mí —dijo, con una frialdad que me heló—. Tú eres la que viene a suplicarme que te folle, pero puedo tener a quien quiera, una zorra más o menos me da igual. En cierto modo, eres tú quien se aprovecha de mí.
Sus palabras me golpearon como un látigo. Hablaba en serio, y una verdad incómoda se asentó en mi pecho. Perderlo sería perder una parte de mí que no sabía si podría recuperar. Confusa, pregunté si sería solo esa vez. Él asintió. Luego pregunté si él participaría, y negó con la cabeza, afirmando que yo sería un regalo para los otros. Me quedé en silencio, atrapada entre el deseo, la humillación y el miedo a perderlo. El reservado, testigo de mis deseos satisfechos, ahora parecía un tribunal donde mi futuro pendía de un hilo. Finalmente, autoconvencida de que solo sería sexo, acepté con la condición de que usaran condones.
—No te preocupes por eso, pequeña —dijo Paco con una risa ronca que reverberó en el reservado como un eco de mi propia rendición—. Mis socios están acostumbrados a follar con fulanas y siempre los usan. Son casados y no asumen riesgos, tampoco con la identidad. Por eso vendrán con antifaces, por si acaso. También tengo uno para ti, si lo quieres.
Me quedé allí, desnuda y vulnerable, debatiendo en silencio. Pero el deseo, ese fuego que Paco había encendido en mí desde la primera noche, ganó la batalla. Asentí, y él me dio un antifaz negro, suave como la seda del pecado. Me lo coloqué con manos temblorosas, el mundo se redujo a sombras y siluetas, mi rostro oculto tras una máscara que no podía esconder el pulso acelerado de mi corazón. Temblaba como un flan y esperé en silencio con la respiración entrecortada.
No pasó mucho antes de que la puerta se abriera con un chasquido. Paco entró primero, seguido de ellos: dos figuras imponentes envueltas en trajes ejecutivos impecables, el aroma a colonia cara invadiendo el espacio. Llevaban puestos los antifaces y calculé que tendrían unos cuarenta y tantos. Sus cuerpos, al desnudarse, eran sólidos, no perfectos, pero con una virilidad que me erizaba la piel. Sus miembros colgaban pesados, morcillones a media erección, como promesas que provocaron que me mojara sin remedio.
Me devoraban con la mirada, de pies a cabeza, un escrutinio hambriento que me hizo sonrojar bajo el antifaz. ¿Querrían que se las chupara primero? ¿O irían directos al grano, reclamando mi culo como trofeo? La incertidumbre me atenazaba, un nudo de nervios y excitación que me paralizaba.
Paco, siempre el director de esta orquesta perversa, disipó la duda con una orden tajante: “Arrodíllate en el sofá y apoya los antebrazos en el respaldo”. Obedecí al instante, el cuero del sofá crujiendo bajo mi peso, mi culo expuesto como una ofrenda. Uno de ellos se colocó detrás, sus manos firmes forzando mis rodillas a separarse, abriéndome como un libro prohibido, y lo vi de reojo enfundándose el preservativo.
—Veo que no mentías —gruñó dirigiéndose a Paco, su voz grave y satisfecha—. La zorra tiene un culo de infarto. —Y sin más preámbulos, se abrió camino en mi ano con su verga dura y erecta, un empuje lento pero inexorable que me arrancó un quejido leve, los labios entreabiertos en un gemido ahogado.
En ese instante, el otro aprovechó mi boca abierta para meterme su polla desnuda, cálida y pulsante, llenándome hasta la garganta. Me esforzaba por chuparla, la lengua danzando alrededor del glande, succionando con una entrega que era mitad instinto, mitad desesperación por adaptarme. Uno me taladraba por detrás con embestidas rítmicas, el otro me follaba la boca como si fuera su derecho divino. Se jactaban entre risas, alabando mi predisposición, mi sumisión voluntaria. “Mira cómo se entrega la putita”, decían, pero mi cuerpo aún temblaba atenazado por los nervios. Tomé la iniciativa, moviendo las caderas para acoger mejor al de atrás, succionando con más fuerza al de delante, un baile frenético para domar el pánico y abrazar el placer.
Paco observaba desde mi derecha, sus ojos clavados en mí como dagas de deseo contenido. “Si se porta bien”, prometió con esa voz que me hacía estremecer, “esta noche le partiré el culo como a ella le gusta”. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, un torrente de anticipación que me hizo alzar la vista hacia él, fija en sus ojos a través del antifaz. Alargué el brazo, suplicante, queriendo sacar su juguete y arrastrarlo a este festín. Pero él reculó confirmando su intención de no participar.
Diez minutos se estiraron como una eternidad. El de atrás me sodomizaba como un poseso, sus pelotas golpeando mi piel con un ritmo hipnótico, incansable. Me asombraba su aguante; en mis experiencias pasadas, los turnos eran breves, un relevo constante. Aquí, no. Él no cedía, y el otro no protestaba, disfrutando de mi boca con una paciencia que rayaba en la crueldad. No dije nada, pero el asombro se mezclaba con el fuego que crecía en mi vientre.
Entonces, como una ola inevitable, el orgasmo me alcanzó. Bajé la mano derecha al clítoris, frotándolo con dedos desesperados, círculos furiosos que me catapultaron a la locura. Solté la polla de mi boca para gemir un grito animal, como la guarra que en ese momento era, percibiendo olas de placer estrellándose contra mí. Los tres rieron, un coro grave y triunfal, como si hubieran presenciado un milagro, un espectáculo insólito que sellaba mi transformación.
El reservado, testigo mudo de mi caída más profunda, olía ahora a sexo crudo, a sudor y rendición. Bajo el antifaz, lágrimas de éxtasis humedecían mis mejillas. Paco me había llevado al límite, y yo, adicta a su juego, solo ansiaba más porque sabía que no me arrepentía.
—Me gusta cuando se corre una zorra —gruñó el que tenía delante, su voz ronca y cargada de lujuria, mientras retiraba la polla de mi boca—. La voy a dar por el culo para que lo repita para mí.
Sus palabras, crudas y directas como un latigazo, me arrancaron una risa inesperada, un sonido burbujeante que rompió la tensión en mi pecho. Eran brutos al hablar, con esa jerga de hombres que toman lo que quieren sin filtros, pero no muy distintos a Paco en sus momentos de frenesí. Había algo liberador en su franqueza, un eco del juego que yo misma había abrazado.
No quise ser solo un objeto en sus manos, un trofeo pasivo para su deleite. Tomé la palabra, alzando la voz con una audacia que me sorprendió incluso a mí:
—Me gusta que me den por el culo —declaré, mirándolos con picardía—, pero me corro mucho antes cuando me follan por el coño.
El tipo soltó una carcajada estruendosa, un rugido que llenó el reservado y contagió a los demás. Vi cómo desenrollaba un condón y se lo enfundaba. Entonces abrí más las piernas de inmediato, un gesto deliberado e invitador que desató nuevas risas.
Yo me uní a ellas, riendo con ganas, un sonido claro y genuino que disipó mis nervios por completo. Era complicidad pura donde yo no era víctima, sino jugadora en este tablero perverso. El tipo se posicionó entre mis muslos, sus manos fuertes guiando su verga hacia mi entrada, y con un empuje fluido me penetró por el coño. El placer fue instantáneo, un rayo que me arqueó la espalda, mi coño empapado apretándolo con avidez. Cada embestida era un terremoto, profunda y precisa, rozando ese punto dentro de mí que Paco había descubierto primero, y que ahora este desconocido explotaba con maestría. Me mecí contra él, y moví las caderas mientras mis gemidos escapaban libres, convirtiéndose en un cántico ronco que llenaba el reservado como humo denso.
Los antifaces no ocultaban el fuego en sus ojos; los devoraban, pasando de mi rostro oculto a mis tetas rebotando con cada embestida, bajando hasta donde nuestros cuerpos se unían en un vaivén obsceno. El otro socio, aún jadeante desde su turno en mi culo, se acercó por el lado, su mano firme acariciando mi muslo, luego subiendo a pellizcar un pezón con una delicadeza cruel que me arrancó un jadeo.
—Mira cómo se mueve la putita —murmuró Paco, su voz un ronroneo aprobador que me erizaba la piel—. Se porta de maravilla y esto es solo el principio.
Risas ahogadas respondieron, un coro de complicidad que me envolvió como una red cálida. Yo no era ya la chica temblorosa de unos minutos antes, era el centro de sus deseos y lo saboreaba. Bajé la mano al clítoris otra vez, frotándolo en círculos furiosos mientras él me follaba sin piedad, el placer acumulándose como una marea imparable. “¡Más fuerte!”, exigí entre dientes, mi voz ronca y desafiante, y él obedeció, follándome con una energía que hizo crujir el sofá. El orgasmo llegó como un relámpago, explotando en mi vientre, un espasmo que me arqueó entera, gritando mientras chorros de placer me sacudían.
—¡Joder, sí! ¡Me corro, me corro para ti!
Él no se detuvo, prolongando mi clímax con embestidas implacables hasta que, con un rugido animal, grité que quería a los dos al mismo tiempo.
El reservado palpitaba con el eco de nuestros jadeos, el aire espeso como miel caliente, impregnado de sudor, látex y el almizcle crudo del deseo desatado. Yo yacía sobre el sofá, el cuerpo un lienzo tembloroso de placer residual, las piernas aún abiertas en una invitación muda, el coño y el culo relucientes de jugos y expectación. Los socios, con sus antifaces ladeados y pollas endureciéndose de nuevo ante mi vista, intercambiaron una mirada cómplice, un guiño silencioso que Paco captó.
—Id a por todas —murmuró él, su voz un trueno bajo, los ojos clavados en mí con una admiración que me erizó la piel —no lujuria ciega, sino un orgullo feroz, como un escultor contemplando su obra maestra a punto de cobrar vida.
El primero, el de la risa estruendosa, se tendió en el sofá boca arriba, su verga envuelta en un condón nuevo erguida como un mástil desafiante. “Ven aquí, zorra”, gruñó, extendiendo las manos para guiarme. Me monté sobre él a horcajadas, el cuero crujiendo bajo nosotros, y bajé despacio, empalándome en su polla por el coño con un suspiro áspero que me arqueó la espalda. Me llenaba por completo, rozando cada nervio, un estiramiento delicioso que me hizo gemir y clavar las uñas en su pecho. Me mecí un instante, adaptándome, las caderas girando en círculos lentos, saboreando cómo me abría como una flor obscena.
El segundo socio no esperó. Se posicionó detrás de mí, arrodillado en el sofá, sus manos firmes separando mis nalgas con una reverencia casi ritual. “Mira ese culo perfecto”, masculló, admirando el anillo rosado aún palpitante de embestidas previas. Escupió en su mano, lubricando el condón que cubría su miembro, y presionó la punta contra mi entrada trasera. Paco se inclinó hacia adelante, su respiración contenida, los ojos brillando con una fascinación hipnotizada, me miraba como si yo fuera un milagro, una diosa de carne y fuego que él había invocado y ahora compartía con sus socios
El empuje fue simultáneo, inexorable: el de atrás se hundió en mi culo con un gruñido animal, centímetro a centímetro, estirándome hasta el umbral del dolor que se fundía en placer puro. Sentí sus pelotas rozando las del de abajo, una unión obscena que me partía en dos, dos vergas separadas solo por una delgada pared de carne, frotándose mutuamente a través de mí. Grité, un aullido que rasgó el aire, el cuerpo convulsionando en una doble invasión que me llenaba hasta rebosar. “¡Joder, sí! ¡Me partís en dos!”, rugí, las lágrimas de éxtasis brotando bajo mis párpados.
Empezaron a moverse, un ritmo sincronizado como pistones en una máquina infernal: el de abajo embistiendo hacia arriba, clavándome profundo en el coño, mientras el de atrás se retiraba y volvía a hundirse en mi culo con golpes secos, sus caderas chocando contra mis nalgas. Yo era el eje, el centro de su tormenta, rebotando entre ellos, mis tetas saltando salvajes, el sudor resbalando por mi espina dorsal. Mis manos se aferraban al pecho del de abajo, las uñas dejando surcos rojos, mientras bajaba la otra al clítoris, frotándolo con furia desesperada, círculos que multiplicaban el fuego hasta hacerlo insoportable.
Paco no apartaba la vista, su polla dura como hierro en el pantalón, pero inmóvil, bebiendo cada detalle con una admiración que me elevaba. “Mírala, joder… mirad cómo lo traga todo”, susurró, su voz ronca de veneración, los ojos devorando cómo mi cuerpo se tragaba las pollas, cómo mis paredes se contraían en espasmos, ordeñándolos. “Es una puta diosa, chicos. Nunca vi nada igual”. Sus palabras me azuzaron, me hicieron moverme con más lascivia, cabalgando entre los dos como una amazona en trance, gimiendo su nombre en silencio, solo para él.
El clímax llegó como un cataclismo: una explosión nuclear en mi vientre, ondas de placer que me sacudían entera, chorros calientes escapando de mi coño mientras gritaba. “¡Me corro! ¡No dejéis de follar que me viene otra vez!”, aullé, el mundo disolviéndose en blanco. Me desplomé entre ellos, temblando en las réplicas, un charco de placer exhausto.
Paco se acercó por fin, sus manos ásperas acariciaron mis mejillas. Sus ojos, que hasta ahora habían sido testigos admirados, ahora ardían con una lujuria desconocida para mí, la polla tensa contra la tela de sus pantalones como una bestia enjaulada. Se desabrochó el cinturón con un chasquido metálico que resonó como un disparo, y se desnudó liberando su miembro grueso, venoso y erecto listo para reclamar lo que era suyo por derecho. Estaba desesperado, un animal en celo puro, sus ojos inyectados en sangre, la polla tiesa como una lanza venosa, palpitando con una urgencia que lo consumía.
—Eres increíble, pero no hemos terminado contigo, zorra —rugió, su voz quebrada por el deseo, agarrándome por las caderas con dedos que clavaban marcas rojas—. Me has puesto tan cachondo, que voy a llenarte el culo hasta que reboses… mientras mis socios se corren en tu boca.
No esperó mi asentimiento. Me volteó con una fuerza brutal pero precisa, obligándome a ponerme a cuatro patas contra el respaldo del sofá, mi torso inclinado hacia adelante, los pechos aplastados contra el cuero mullido, el culo en alto a merced. Mis rodillas temblaban en el asiento, las manos aferradas al borde del respaldo para no caer, expuesta por completo. El ano dilatado y reluciente, invitándolo sin misericordia.
—¡Así, joder, quédate quieta! —ordenó, posicionándose detrás de mí, sus manos separando mis nalgas con una reverencia salvaje, escupiendo directamente en mi entrada para lubricar lo inevitable. Su desesperación era palpable, el pecho agitado, el sudor resbalando por su torso musculoso mientras alineaba su verga gruesa, sin condón, cruda y posesiva.
Empujó de una vez, un embiste feroz que se hundió hasta las pelotas en un solo golpe, mi recto tragándoselo entero con un estiramiento ardiente que me arrancó un grito desgarrador, el dolor fundiéndose en éxtasis puro.
—¡Paco! ¡Sí, lléname, rómpeme el culo! —supliqué, arqueando la espalda, empujando hacia atrás para ordeñarlo, mis paredes contraídas apretándolo como un puño de fuego.
Él no se contuvo: embestía como un poseso, salvaje e implacable, sus caderas chocando contra mis nalgas, cada golpe profundo, visceral, su polla rozando mis entrañas con una fricción que me hacía ver estrellas.
—Te voy a inundar, pequeña… mi semen hasta el fondo —gruñó en mi oído, mordiendo mi hombro, una mano bajando a mi clítoris para frotarlo con círculos furiosos que me volvían loca.
Mientras Paco me sodomizaba con esa furia desesperada, los socios se situaron tras el respaldo, sus pollas erectas apuntando a mi boca como cañones cargados. “Abre, puta”, masculló el de la risa estruendosa, y yo obedecí al instante, los labios separándose para tragar su miembro desnudo, la lengua lamiendo el glande salado mientras succionaba con avidez. El otro se unió sin pausa, frotando su verga contra mi mejilla, turnándose para metérmela hasta la garganta, ahogando mis gemidos en un vaivén obsceno. Chupaba alternando, la saliva goteando por mi barbilla, las pelotas golpeando mi mentón, un banquete de carne que me hacía gemir alrededor de ellos, vibraciones que los volvían locos.
Paco aceleró, sus embestidas un pistón desbocado, mi recto un horno apretado ordeñándolo, sintiendo cómo su polla se hinchaba, lista para explotar. “¡Me corro!”, rugió, profundizando hasta el fondo, y sentí el chorro caliente y espeso inundándome el recto en oleadas potentes, mientras él gemía como un moribundo de placer. Ese torrente me catapultó: froté mi clítoris con furia, el orgasmo estallando en un tsunami que me convulsionó, chorros salpicando el asiento, mi ano apretando su polla en espasmos que exprimían hasta la última gota.
Los socios no aguantaron el espectáculo: el primero explotó en mi boca con un bramido, chorros salados golpeando mi lengua, llenándome hasta que tragué con avidez, el exceso escapando por las comisuras. El segundo lo siguió segundos después, corriéndose en mi rostro y garganta, semen caliente salpicando mis labios, mejillas y tetas, un bautismo obsceno que me dejó cubierta y jadeante. Tragué todo lo que pude, lamiendo sus glandes con lengua ansiosa, mientras Paco se retiraba por fin, su semen chorreando de mi ano dilatado como una fuente.
Me desplomé contra el respaldo, temblando en un charco de fluidos míos y ajenos, el cuerpo roto pero glorioso, el recto lleno y palpitante de su esencia. Paco me levantó con brazos temblorosos, besando mis labios limpios tras relamerme, admirado de nuevo.
—Eres una puta máquina de follar —dijo, admirado—. Antes estaba equivocado cuando dije que eres una zorra más, ahora sé que eres la más zorra. Y mantengo lo de esta noche, pero nada de juegos, enteramente para ti.
El reservado era un naufragio de éxtasis consumado, el sofá un campo minado de condones, semen reseco y el eco de gemidos que aún reverberaba en las paredes como fantasmas lujuriosos. Yo yacía allí, un desastre glorioso: el cuerpo cubierto de fluidos pegajosos —semen en los labios, en las tetas, goteando del ano dilatado y rebosante de Paco—, las piernas temblando como gelatina, el clítoris hinchado y sensible al roce del aire. Los socios, exhaustos pero radiantes, se incorporaron con gruñidos satisfechos, sus pollas flácidas colgando como banderas de victoria.
—Esto ha sido todo, zorra —masculló el de la risa estruendosa, palmeando mi culo con una mano floja, el impacto enviando ondas de placer residual por mi espina dorsal—. Has cumplido como una puta de campeonato. Ahora lárgate, que hemos terminado contigo.
El otro socio asintió, una sonrisa torcida bajo el antifaz ladeado, tirándome mi ropa interior arrugada como si fueran trapos usados. Paco, aún jadeante, me miró con una mezcla de orgullo y frialdad calculada. No había ternura ahora; solo el ritual crudo del fin. Me incorporé tambaleante, las rodillas débiles, vistiéndome con dedos torpes —el vestido ceñido pegándose a mi piel sudorosa, las bragas empapadas que apenas contenían el semen chorreante—. Sin una palabra más, caminé hacia la puerta del reservado, el culo ardiendo con cada paso. Paco me acompañó hasta la puerta de la calle, abriéndola con un gesto seco.
—Esta noche ven a la misma hora. Nos tomaremos unas copas y luego te llevo a mi casa —murmuró, y me empujó al exterior con una palmada en el trasero que me hizo gemir bajito.
La puerta se cerró tras de mí con un clic definitivo, dejándome sola en la calle desierta. Caminé unos pasos, el viento salado secando el sudor en mi piel, el cuerpo un mapa de moretones deliciosos. Pero entonces, un pánico helado me detuvo: mi celular. Lo había olvidado en el reservado. El corazón me martilleó en el pecho. Regresé de inmediato pero la puerta estaba cerrada. Cuando me disponía a llamar, una voz suave me saludó. Era Bruno, uno de los camareros del bar. Le dije que había estado con Paco, pero había olvidado mi celular y quería recuperarlo. Me dejó entrar y fui a buscarlo. Entonces, mientras caminaba por el pasillo, voces roncas flotaban desde la oficina, un murmullo grave que me erizó los vellos de la nuca. Me acerqué de puntillas pegada a la pared, el oído atento tras la puerta entreabierta. Eran ellos: Paco y los socios, riendo y jactándose como pervertidos en su guarida.
—¡Nunca vi un culo que aguante tanto! —tronó el de la risa estruendosa—. Se lo hemos follado como a una puta barata, y estoy seguro de que hubiese aguantado mucho más.
El otro socio soltó una carcajada baja, más oscura, y entonces su voz me heló la sangre:
—Vosotros reís, pero yo…, yo he esperado esto durante años. ¿Sabéis quién es? Es Clara, la mejor amiga de mi hija. Sí, una niñata de 22 años que va siempre con mi Ana. La he visto mil veces en casa, meneando ese culo con pantaloncitos diminutos, y me ponía la polla como una piedra. Estaba obsesionado con ella, os lo juro. Temblaba cada vez que la veía, soñando con follarla, con partirle el coño y el culo como hoy. Por eso los antifaces, por si la muy guarra me reconocía. ¡Y el engaño ha valido cada segundo! Mi hija no sospecha una mierda, y yo aquí, descargando años de morbo con su amiga. La próxima vez, sin Paco, la cito yo solo… La engañaré con una excusa familiar, y la follaré en mi propia cama.
El mundo se detuvo. Mi estómago se revolvió, un vómito de náuseas subiendo por la garganta. ¿El padre de Ana? Mi mejor amiga desde la infancia, la que me contaba todo sobre su familia estricta, y su papá tan serio y protector. Ese hombre, el que acababa de correrse en mi boca, el que me había follado el coño y el ano, era él: un depredador enmascarado planeando más engaños para saciar su obsesión. Las risas de Paco y el otro socio resonaron como cuchillos, aplaudiendo su vil confesión: “¡Eres un hijo de puta! Pero qué bien lo has planeado…”.
Me tapé la boca para no gritar, lágrimas calientes rodando por mis mejillas manchadas de semen seco. Caminé de puntillas al reservado, recogí mi celular y volví en silencio, el corazón un tambor de furia y asco. Salí corriendo a la calle, el cuerpo aún palpitante de placer ahora profanado por la verdad. Paco me había entregado a un monstruo disfrazado de socio. ¿Se lo reprocharía? Posiblemente no, el deseo era una cadena que todavía me ataba. Corrí a mi coche, el recto goteando en el asiento, la mente un torbellino: venganza, confrontación, o hundirme más en el abismo. El velo se había rasgado, y tras él solo oscuridad adictiva.
La moraleja del cuento es cruel. No entiendo cómo no me di cuenta. La voz del padre de Ana me era familiar, la escuché miles de veces, pero mi mente estaba nublada por las circunstancias. Yo me había entregado a ellos, cumpliendo el oscuro deseo de Paco, pero todo había sido con engaños, premeditado para que el padre de mi amiga saciara su obsesión conmigo. Concluí que había abusado de mí, porque sabiendo quién era no hubiese aceptado. Ahora solo me queda planear la venganza, pero he de buscar el modo de no implicar a mi amiga, ni que sepa lo que hice inconscientemente.
Habíamos entrado en el mes de abril y una pregunta sacudía mi mente, después de haber probado un trio con dos hombres, tanto con los chicos de la oficina, como con mis hijos, pero ¿Como sería hacerlo con dos hombres? Por suerte conocía a la persona indicada para dar respuesta a esta pregunta y llamé a mi amiga Mar.
-Hola querida, me respondió, hace mucho que no nos vemos, ¿En qué puedo ayudarte?
Le expliqué mi deseo y me dijo:
-Creo que tengo lo que estas buscando.
Quedamos para el día siguiente en su casa. Me puse un vestido azul cortito y bien escotado que dejaba ver una parte muy amplia de mis piernas y de mi escote, cuando llegué y me abrió pude ver que ella se había pesto un vestido muy parecido, pero de color beis, me invitó a pasar, después de darnos un beso de bienvenida muy intenso, pasamos al salón y allí, en una animada conversación me explicó su plan.
En el edificio donde vivía había una vecina de unos veinte años, viva con sus padres, era muy sexy, y Mar quería seducirla había quedado con ella un poco después que conmigo, por lo que no tardaría en llegar, y efectivamente podo después llamaron a la puerta, Mar fue a abrir y volvió junto con una jovencita deliciosa, me la presento Maya, llevaba, pese a un no ser del todo la época apropiada, un pantalón jeans cortísimo y una blusa también muy corta que apenas tapaba sus tetas, y una amplia sonrisa en su cara
Nos pusimos a tomar una cerveza, el sofá de la habitación era de tres plazas, dejamos que maya se pusiera en el centro y nosotras cada una a un lado. Fue mar la que empezó el atraque diciendo:
-¿Te has fijado Clara lo sexy que es esta chica?
Acercó su cabeza a la de ella, y se puso a acariciarle el vientre, la chica puso cara de que le estaba gustando, así que yo también acerqué cabeza a la de ella, y llevé una de mis manos a sus muslos y se los acaricié, mientras respondía a Mar.
-Si cariño, y fíjate que piernas tan bonitas tiene.
A ella la situación parecía agradarle y con una amplia sonrisa, nos dijo:
-Vais a conseguir que me lo crea.
Mar se alzó un poco y se apretó contra la chica de manera que la cabeza de esta se quedó al lado de sus tetas y la dijo:
-Puedes chupármelas, si quieres.
La chica parecía completamente seducida y arrimó su cabeza, aún más a las tetas de Mar, mientras yo me bajé la parte de arriba del vestido y me quedé con un sujetador transparente, de color rojo, que me había puesto para la ocasión. Mar llevó una de sus manos hasta el coño de la chica y se lo acaricio por encima del pantalón, las dos pegamos más nuestras cabezas a la de la chica, Mar dijo:
-Tengo calor.
Y se quitó el vestido quedándose con un conjunto de lencería de color azul oscuro, que la hacían estar impresionante, y decidí tambien atacar, y la pellizqué una de sus piernas, ella sonrió y dijo:
-Tías que me estáis poniendo cachonda
-De eso se trata, dijo Mar
Y antes de que se quisiera dar cuanta le habíamos quitado la blusa y la dejamos con sus tetas al aire. En ese momento ya no disimulamos, Mar acercó su boca a la de la chica y la dio un buen morreo, mientras yo me ocupaba de su cuello y dije:
-Tienes unas tetas preciosas mi amor
Ella me pasó su brazo por mi cuello para que nuestras cabezas estuvieran más juntas. Nosotras nos quitamos el sujetador y la pedimos que se pusiera a cuatro patas entre nosotras, de esta manera podíamos acariciarla el culo, aun tapado, muy poquito, por su mini jeans.
Después la hicimos volver a sentarse y nos lanzamos sobre sus tetas, cada una llevó su boca a uno de sus pezones y se los comenzamos a chupar, ella comenzó a gozar y nos dijo:
-Joder tías, me estáis volviendo loca de gusto, estoy gozando con vosotras mucho más que con mis novietes.
La quitamos los pantaloncitos, y para nuestra sorpresa, llevaba un tanga extremadamente pequeño, yo no hubiera pensado que los hubiera de ese tamaño, y decididas se lo quitamos, ella se quedó completamente desnuda y nosotras nos desnudamos completamente también.
En ese momento Mar le pidió que se pusiera a cuatro patas mirándome a mi , y dándole el culo a ella, cuanto esto se produjo Mar introdujo su lengua dentro del culo de la chica y comenzó a lamérselo, ella se retorcía de gusto mientras decía:
-Tías nunca pensé que una tía con su lengua pudiera dar tanto placer como vosotras me estáis dando ahora, me habéis vuelto lesbiana para siempre.
Cariño, dije yo, aquí no se trata de que elijas, el asunto es que lo pases muy bien con quien estes, sea hombre o mujer.
-Ya has oído a tu profe, dijo Mar, debes de agradecerle su consejo, ocupándote de su coño.
-Nunca he hecho nada con una mujer, dijo Maya.
-No te preocupes nosotras estamos aquí para enseñarte, dijo Mar,
Luego me ordenó a mi abrirme bien de coño, la chica hizo caso de su curiosidad y llevando una de sus manos hasta mi coño comenzó a acariciármelo.
Es el primer coño, aparte del mío, que toco, nos dijo.
-Métele la lengua dentro, la ordenó Mar, mientras con una de sus manos acariciaba el coño de la chica.
Esta estaba gimiendo de gusto y la curiosidad pudo más que sus temores, sin dejar de acariciármelo acercó su boca a mi sexo y sacando su lengua, se puso a chupármelo, se notaba su inexperiencia, pero también su deseo, y eso hacía que sus lengüetazos resultaran muy agradables, y de mi garganta comenzaron a salir gemidos.
-¿Ves cómo ella está gozando?, dijo Mar.
Esto la animó a seguir comiéndomelo, además siguiendo las indicaciones de Mar sus lengüetazos eran cada vez más certeros. Y no tardo en provocarme un grandísimo orgasmo, al oír mis gemidos Mar dijo
-¿Nunca habías llevado a una mujer a un orgasmo?
Ella con la cabeza señaló que no
-Pues hoy ha sido tu primera vez, dijo Mar, y ahora quiero que me hagas a mí lo que le has hecho a mi amiga.
La chica no se lo pensó mucho, se dio media vuelta en el sofá, en ese momento su coño quedó a mi alcancé de mi mano, llevé mi mano hasta él y se lo acaricié, después introduje uno de mis dedos en su interior. Pero si boca había llegado hasta el coño de mar que la esperaba con sus piernas bien abiertas, la chica abrió su boca, sacó su lengua y la introdujo dentro del coño de mi amiga, que se puso a gemir mientras decía:
-Aprendes rápido mi amor me lo estas comiendo muy bien.
Las lamidas de la chica eran muy intensas, la verdad es que las tres estábamos disfrutando a tope, la chica parecía animada y atacaba con ganas el coño de Mar, esta dijo:
-Clara, me parece que hemos creado un monstruo lésbico
Llevaba razón la chica no tardo en hacer correrse a mi amiga, en ese momento Mar se dio cuenta de una cosa:
-Cariño, nos has hecho corrernos a nosotras, pero tú no te has corrido.
-Pues creo que tenemos una tarea que hacer, le respondí.
Pedimos a la chica que se tumbará en el sofá boca arriba, Yo estaba en el lado de su cabeza, ella comenzó a acariciarme el coño, lo hacía muy bien, sabía pajear deliciosamente, en el lado opuesto mar introdujo uno de sus dedos en el coño de Maya t comenzó a masturbarla, esta se puso a gemir de una manera muy intensa, como yo había comprobado antes la lengua de mar era prodigiosa, la chica me pidió a mi:
-Por favor, quiero comerte el coño,
Por supuesto accedí y poniéndose de rodillas encima de su boca dejé que ella llevara su lengua al interior de mi coño y me comenzara a chupar, aunque sus lamidas demostraban una cierta falta de experiencia, le ponía muchas ganas, además, tenía en ese momento a Mar dándole lecciones con su dedo, estuvimos así hasta que primero ella logro que me corriera en su boca, y después no pudo resistir el dedo de mar y se corrió,
En ese momento nos sentamos las tres en el sofá, ella seguía en medio de nosotras dos, en un primer momento nos pusimos a descansar, ella nos dijo:
-Tías, me habéis hecho pasar el mejor raro de mi vida, ¿Creéis que soy lesbiana y no lo sabía?
-Cariño, dijo Mar lo de lesbianas o heteros son palabras, el asunto es aprender a disfrutar con quien estes.
Parecía que las tres estábamos recuperando las ganas, en esta ocasión fue ella quien tomó la iniciativa, llevando sus manos hasta nuestros coños y se puso a acariciárnoslos, Mar la respondió rápidamente y puso su mano sobre el coño de la chica, yo estuve más lenta y me tuve que conformar con ponerla sobre sus muslos.
Con estos toqueteos las tres nos pusimos nuevamente calientes, Mar me ordenó:
-Ocúpate tu del coño de la chica.
Yo con mis manos le abrí bien el coño, e introduje en él mi lengua, mientras Mar llevó su boca y sus manos hacia una de sus tetas y se puso a chuparle un pezón, la chica nuevamente se puso a gemir, mientras decía:
-Esto es alucinante, me vais a volver loca.
Mar se alzó un poco, llevó su boca, que había abandonado la teta de la chica y la llevó hasta la boca de esta, las dos se fundieron en un beso muy apasionado, mientras yo me decidí a sacar la lengua de su coño y la sustituí por uno de mis dedos, ella comenzó a gemir de una manera más intensa, mientras decía:
-Vosotras con vuestros dedos me dais más gusto que muchos tíos con sus pollas.
Era lo que queríamos, Mar se puso a acariciarla el vientre mientras yo seguía moviendo mi dedo dentro de su coño, ella parecía haber entrado en una situación de éxtasis, sus gemidos eran continuos, parecía que la estábamos llevando hasta un nuevo orgasmo, Mar me pidió:
-Déjame ahora a mí.
Yo saque mi dedo de su coño y Mar me sustituyo, la chica seguía gimiendo mientras decía:
-Tías, me estáis volviendo loca.
Mientras yo besaba sus muslos, tanto Mar como yo estábamos decididas a que la chica guardara el mejor recuerdo posible de la experiencia que estaba viviendo, la chica dirigiéndose a Mar le pidió:
-Tía me encantaría comerte el coño, pero contigo sentada en el sofá de espaldas.
A las dos nos pareció una postura complicada, pero era su gran día y se trataba de que sus deseos fueran satisfechos, así pues Mar se puso sentada en el sofá de espaldas, me pareció una postura complicada, la chica se puso en una postura muy acrobática, con sus manos abrió el coño de mi amiga, y sacando la lengua se puso a comerla el coño, al sentirlo Mar dijo, distinguiéndose a mí:
-Carí me parece que esta chica aprende muy rápido.
Mientras yo, que en un momento había pensado ser una mera espectadora no pude menos que dirigir una de mis manos hacia mi coño y acariciármelo. La chica me dijo:
-Ponte en la misma posición que tu amiga y me ocupare del coño de las dos
Lo hice y sentí como uno de los dedos de la chica entraba dentro de mi coño y me daba un placer muy intenso, aproximé mi boca a la de Mar y las dos nos fundimos en un beso muy intenso, cuando terminamos Mar me dijo:
-¿Era algo parecido a esto lo que buscabas?
Efectivamente lo era, de esta manera las dos alcanzamos nuevamente el orgasmo a la vez. Descansamos otro poco, pero esta vez fue la propia Maya la que se recuperó rápidamente y dirigiéndose a Mar le dijo:
-Porfe, tengo ganas de examinarme de comida de coño nuevamente.
-¿Qué te decía yo?, dijo Mar mirándome a mí, definitivamente hemos creado un monstruo lésbico.
Y dicho esto se recostó sobre uno de los bordes del sofá, como sus piernas bien abiertas, para dejar su coño bien abierto también, la chica nada más verlo se piso a cuatro patas, y acercó su cabeza al coño de la que consideraba su profe y sacando su lengua comenzó a lamerle su sexo, Mar al sentirlo dijo:
-Joder, que rápido y bien aprende esta niñata.
Yo al verla con su culo doblado, lo que me permitía ver a su vez su coño y su culo me puse caliente, era un espectáculo delicioso, así que no pude evitar llevar mi lengua hasta esta parte y comenzar a lamerle los dos agujeros a la vez, su sabor era muy agradable, estuvimos un rato en esa postura, pero Mar quería experimentar otras cosas, así que le pidió a la chica que se sentara sobre el sofá, ella lo hizo y Mar se colocó apoyada sobre el borde superior del sofá con las piernas bien abiertas, y su coño sobre la cabeza de la chica, yo vi su coño libre y no pude contener mis ganas de introducir uno de mis dedos en su interior.
Los movimientos de su cuerpo demostraban que estaba gozando muchos, pero nuevamente Mar se cansó y se puso de pie, en el suelo, le pidió a la chica que alzar a y abriera bien las piernas y cuando esta lo hizo llevó su boca hasta uno de su pie y se puso a chuparlo, mientras yo seguía con mis dedos dentro del coño de Maya, esta seguía gozando a tope, y nos dijo:
-Joder tías me estáis volviendo loca de gusto.
La verdad era que yo también estaba disfrutando a tope; Mar se movió nuevamente, se sentó junto a la chica, puso una de las piernas de esta sobre las suyas, llevó su cabeza hacia uno de los pezones de Maya, y se puso a lamérselo, yo me senté al otro lado de la chica y juntando mi boca con la de ella nos fundimos en un beso muy apasionado, era increíble. Después Mar me dijo:
-¿Te animas a comerle el coño tan rico que tiene a esta niña?
No hizo falta que la contestara, las dos de una forma sincronizada, aunque no entrenada nos lanzamos a suelo y nos pusimos de rodillas, después las dos aproximamos, una por cada lado nuestras cabezas a su coño y nos pusimos a comérselo, nuestras lenguas se repartieron esa sabrosa superficie, mientras su dueña soltada unos gemidos muy intensos:
-Tías, estáis logrando que cuando creo que me es imposible gozar más vosotras lográis que lo haga, os adoro.
Y nosotras procurábamos que tuviera motivos para seguir adorándonos y lo seguimos haciendo hasta que notamos que estaba a punto de correrse, en ese momento nos levantamos y nos sentamos a su lado, y la masturbamos hasta que nuevamente se corrió, después ella se vistió y se fue, cuando lo hizo Mar me preguntó si había disfrutado y me dijo que si me animaba las dos viviríamos otras experiencias intensas juntas.
Resumen: Thiago tiene un encuentro con la profesora Violeta, conoce más de su vida y pasan una tarde interesante, Sofia amenaza a Thiago y lo obliga a cumplir con su trato, Paula y Dianita se enteran del encuentro de Thiago y Sofia.
Era un día caluroso pero el cielo se estaba tornando oscuro, se veía que podría caer una gran lluvia, y yo no tenía impermeable para protegerme, ya en camino hacia la casa de la profesora Violeta iba pensando en todo lo que paso con Amanda, como era posible que Dianita accediera a que tuviera sexo con una amiga suya, por mi mente se me cruzo que, si Natalia no estuviera saliendo con Cristian, ¿también hubiese tenido chances con ella y Dianita no se molestaría?, pero saque esos pensamientos de mi cabeza Natalia era la novia de mi amigo, además de que no sé porque no veía a Natalia con esos ojos de querer cogérmela, la veía como amiga, tal vez en el fondo sabía que ella y Cristian terminarían juntos.
Mi temor se hizo realidad de pronto empezó a caer un torrencial, cuando quise llegar a la casa de mi profesora estaba empapado, aumente la velocidad pero sentía que las gotas eran proyectiles cada vez que una gota me impactaba, llegue a la puerta y parque mi moto bajo un techo que había a la entrada del garaje, Sali corriendo hacia la puerta de la entrada, no sé porque ya estaba mojado, pero igual corrí, toque el timbre de la puerta empezaba hacer frio ya que llovía con brisa, la profesora Violeta abrió y quede impactado, tenía puesto una bata de seda que le cubría hasta los muslos, se notaba que no traía sostén ya que sus pezones se marcaban.
-Thiago estas empapado, por favor entra ya te busco una toalla y ponemos tu ropa en la secadora, para que no te vayas a resfriar. -me dijo la profesora.
-Muchas gracias profe, la lluvia me empezó a caer cuando ya estaba en camino para su casa, no me dio tiempo de buscar un sitio para resguardarme. -le dije
-Tranquilo, mientras ponemos tu ropa en la secadora yo me daré un baño, pensé que con la lluvia llegarías más tarde, disculpas mis fachas.
-Usted está en su casa, el que llego a indisponer he sido yo, de verdad debí esperar en otro lugar mientras terminaba de llover. -le dije
-Nada de eso lo mejor fue haber venido, si no te hubieras enfermado, mira lo mojado que estas, además otra cosa no estamos en la Universidad puedes llamarme por mi nombre Violeta. -me dijo guiñándome un ojo
Tenía la piel de gallina, hacia frio, Violeta se dio cuenta y me tomo de la mano jalándome hacia donde estaba la secadora, me dio una bata que son salida de baño, pero no era tan larga apenas cubría mis piernas, pusimos la ropa en la secadora ya era solo esperar a que estuviera seca.
-Veo que te quedo pequeña la bata, disculpa es que solo vivo yo sola en esta casa, por lo que no tengo ropa de hombre. -me dijo
-Tranquila es algo chica, pero cubre lo necesario. -reímos los dos.
-Bueno ponte cómodo mientras me ducho y me cambio de ropa, si quieres tomar algo allí está la cocina. -me dijo marchándose a su habitación.
Me dirigí a la cocina tenía un poco de sed, pero al pasar delante de su habitación vi que la puerta estaba semiabierta por lo que cuidadosamente la abrí de manera que pudiera observar a través de la rendija. La profesora Violeta se estaba desvistiendo, para ir a bañarse, Contemplé durante unos segundos su escultural cuerpo bronceado, su trasero era precioso, pude observar como la muy…
No traía puesto panty sino un hilo dental de color celeste. Sin duda eso terminó de templar mi pene. Hice aun lado la bata y comencé a frotar mi verga mientras la miraba a través de la abertura, luego de unos minutos noté que se disponía entrar al baño, así que me retiré con una carpa de circo, si la profesora saliera en ese momento no sabría que excusa decir por tener mi pene erecto, en fin, me senté en la sala y termine de tomar mi agua fría para ver si me bajaba la calentura.
Después de unos 15 o 20 minutos, la profesora Violeta, salió de su habitación con un vestido blanco suelto, el cual les llegaba casi a las rodillas. Aun así, a contraluz la tela del vestido se tornaba ligeramente transparente y podía apreciar la tanga que llevaba puesta.
-Ya faltan unos 10 o 15 minutos para que tu ropa esté seca, debes estar incomodo. -me dijo
-Bueno la verdad un poco, estar en la sala de su casa casi desnudo, no era la imagen que uno tiene pensado darle a su profesora ja, ja, ja, ja. -le dije
-Bueno podemos verlo de otra manera, no todas las profesoras tienen la oportunidad de ver a uno de sus estudiantes más guapos casi desnudo en su casa ja, ja, ja, ja, aunque esto será un secreto de los dos, si tú no dices nada, yo tampoco. -me dijo
-Ok entonces este secreto se ira conmigo a la tumba ja, ja, ja.
Ya un poco más distendidos y a la espera de mi ropa, le pregunte a la profesora Violeta en que era lo que yo podía ayudarla, ya que eso fue lo que me dijo cuando me llamo por teléfono.
Verás Thiago, te voy a contar sólo porque me alegra que hayas aceptado venir, bueno y porque eres unos de mis alumnos favorito, pero no se lo digas a nadie, porque yo lo negare ja, ja, ja, hoy mi esposo está cumpliendo 5 años de haber fallecido, y me pongo triste ya que solo se viene a mi mente las veladas románticas que solíamos pasar, y la verdad no quería pasar el resto del día sola y triste, por eso te llame espero no ser inoportuna o hacerte perder el tiempo aquí conmigo.
El corazón se me encogió el corazón, cuando la profesora me conto esto a pesar de su enorme belleza estaba sola, -pero claro que no es ninguna molestia profe, más bien es un halago que haya pensado en mi para pasar este día, además es muy gratificante tener una conversación con usted. -le dije.
Nada de usted, ya habíamos quedado que me llamarías por mi nombre, pero de verdad agradezco mucho tu compañía, hoy es uno de esos días que te sientes muy sola, mi familia vive muy lejos, y la verdad amigos no tengo, las otras profesoras me ven como la posible causante de problemas con sus esposos así que evitan salir a reunirse conmigo, y los hombres o profesores piensan que, porque estoy sola, estoy disponible para tener sexo, disculpa que lo diga así de directa. -Me dijo
Tranquila puedo entender, -pero disculpe que lo diga Prof…, ok Violeta, no lo vaya a tomar mal, pero usted es una mujer muy hermosa, incluso más hermosa que muchas de mis compañeras, usted es el amor platónico de casi todos por no decir todos los estudiantes de la universidad, pienso que debería darse otra oportunidad en el amor, no es justo que una mujer como usted se sienta sola, además de hermosa físicamente, es aún más hermosa como persona eso es lo que yo puedo ver, ahora que comparto con usted en su casa.
-Cuéntame algo, ¿para ti también soy un amor platónico?, -me pregunto sonriendo.
-¿Qué?, eh bueno no podría responderle esa pregunta sin sentir vergüenza. -le dije
-Estamos en confianza lo que hablemos aquí solo quedara entre los dos. -me dijo guiñándome un ojo.
Mm, suspire para poder responder y al fin me envalentone y dije; -como ya le había dicho usted es el amor platónico de todos los chicos y yo hago parte de ese grupo, que vergüenza decirle esto, agache mi cabeza.
-Ja, ja, ja, tranquilo te pusiste rojo como un tomate, solo te quería hacer una broma, pero no tenía idea que una mujer como yo podría ser un amor platónico de un chico como tú. -me dijo
-¿Por qué no?, usted sabe muy bien que es una mujer muy bella, y no creo que no se dé cuenta como la miran todos los hombres cada vez que la ven pasar o caminar, -es cierto me doy cuenta como me miran cuando camino o incluso cuando estoy sentada, pero a veces no me doy cuenta cuando la persona que quiero que me mire de esa forma no lo hace. -me dice estas palabras mirándome a los ojos de una forma picara.
La quedo mirando a los ojos y pienso, será que me está mandando algún mensaje, pero rápidamente me recrimino a mí mismo, déjate de pensar en tonterías Thiago, no tienes oportunidad con esta belleza de mujer, no sé porque salieron estas palabras de mi boca, pero le dije; -bueno estoy seguro que a esa persona le gustaría saber que podría tener una oportunidad con una mujer tan hermosa como usted, que pena no debí decir eso, le pido disculpas por mi impertinencia. -le dije
Violeta solo sonríe, -tranquilo no dijiste nada malo, y que pasaría si te digo que esa persona que quiero que me mire de la forma en que lo hacen todos los hombres podrías ser ¡tú! -me dice coquetamente.
En ese momento estaba tomando agua y casi me ahogo al escuchar esas palabras, empecé a toser varias veces hasta que pude asimilar su respuesta, no tuve palabras para responder solo me quedé callado, mirándola sorprendido.
-Ja, ja, ja, disculpa solo quería ver tu reacción, eso es lo que pasa todos los hombres se sienten intimidados cuando están conmigo, a mí me gustan los hombres seguros que no se dejen intimidar por una mujer y eso solo lo pude encontrar con mi difunto esposo, al decir esto su cara se puso triste, pero bueno vamos a buscar tu ropa que ya debe estar seca, -me dice.
Con la conversación no me fije que la profesora Violeta estaba sentada de lado con una pierna cruzada, y su vestido se le subía un poco dejándome ver sus preciosa piernas, y parte de sus voluptuosas nalgas Uf, que imagen, al pensar en eso mi verga empezó a levantarse, era un mal momento para ponerme de pie, -si claro yo la sigo fue lo único que se me ocurrió para ocultar mi prominente erección en ese momento.
La profesora Violeta se puso de pie y camino hacia la zona de labores, yo iba detrás de ella apreciando su escultural trasero, pero esa imagen no ayudaba a que mi pene se bajara, entramos a la zona de labores, ella se inclinó para abrir la puerta de la secadora, sus enormes nalgas quedaron calcadas en mi cerebro, podía sentir aun la lluvia pero la luz que había hacía que pareciera que no tuviera ropa, su ropa interior se apreciaba perfectamente.
Sentía que la profesora duraba más de lo normal inclinada en esa forma tan sugestiva, en eso me atrapa mirando descaradamente su culo, gira su cabeza y me observa que mis ojos están clavados en sus enormes carnes, sonríe y se endereza nuevamente, mi erección ya no la podía ocultar, tenía una carpa de circo, solo puse mis manos delante de mí ingle para tratar de ocultar mi erección.
Veo que fue mala idea agacharme de esa forma, me dice la profe Violeta mirando mi paquete, -lo siento no pude controlarme, fue lo único que pude decir.
La profe me pasa mi ropa, y pude ver cómo se muerde un labio cuando desvía su mirada a mi pene erecto, -lo bueno de la juventud es su vitalidad, -me dice a la vez que acaricia mi rostro, -puedes cambiarte aquí o en una de las habitaciones, -me dice, da la vuelta y empieza a caminar de una forma muy diferente, esta vez movía más su trasero, no pude apartar la vista a esa sugestiva caminata, cuando esta apunto de doblar hacia la sala gira su cabeza y me atrapa nuevamente mirando su culo, sonríe pícaramente y pasa sus manos por sus nalgas de la manera más sensual que haya podido ver.
Me quito la bata de baño y mi pene está totalmente erecto, me dan ganas de hacerme una paja en ese mismo momento, pero podía ser descubierto en cualquier momento, ya que no había una puerta en esa área, pero mis instintos primitivos hicieron que sin pensar mi mano bajara y cubriera mi pene, en mi mente solo estaba la imagen de la profesora inclinada marcando esas prominentes nalgas, empecé a pajearme muy suavemente, en un momento de lucidez volví a la realidad y me puse mi ropa rápidamente, mi pene lo ubique hacia arriba tratando que ocultar mi erección, Sali y me dirigí a la sala, pude observar que la profe tenía una copa de vino en su mano.
Pero algo llamaba más mi atención en su vestido se le marcaban sus pezones erectos, podía ser el frio que se sentía o podía ser que algo la excitaba, no estaba seguro, la profe estaba sentada exactamente igual que antes de pararnos a buscar mi ropa, solo que esta vez su vestido estaba más arriba de lo normal, podía ver el inicio de sus nalgas, -quieres una copa de vino. -me dijo
-Si porque no. -le dije
Se pone de pie y empieza a contonear su trasero mientras camina en busca de la copa y del vino, de regreso me entrega la copa y se sienta a mi lado, -brindemos, -me dice, -por la excelente compañía que tengo en este día lluvioso, chocamos nuestras copas y tomamos mirándonos fijamente a los ojos.
-Acompáñame a la cocina y me ayudas a buscar algo para picar, mientras nos tomamos la copa de vino te parece. -me dice la profe.
-Claro que sí, después de usted. -le dije.
-Parece que te gusta ir detrás de mí. -me dice riendo
-Digamos que usted es mejor guía que yo. -dije sonriendo.
Entramos a la cocina, a pesar que la casa era amplia el aérea de cocina por la ubicación de los muebles no era tan cómodo para dos personas, ya que en la mitad había un mesón donde estaba la estufa, a la vez que se podía picar verduras y cosas por el estilo, Violeta saco de la nevera varios pasabocas, -me podrías ayudar sacando un plato de ese estante por favor, -me dice, cuando trate de rodear el mesón, ella me dice, pasa detrás de mí es más rápido que rodear el mesón.
Al pasar traté de no hacer contacto con sus nalgas, pero el espacio era muy estrecho, por lo que al pasar, todo mi pene duro y erecto lo restregué en su enorme culo, al pasar lo hice muy despacio para prolongar esa sensación lo más que pude, no sé si fueron ideas mías, pero sentí que la profe hizo presión hacia atrás, sus nalgas sintieron la dureza de mi paquete, además me pareció escuchar un leve gemido de la profe Violeta.
-Lo siento no fue mi intención el espacio es muy estrecho. -le dije
-Tranquilo no pasa nada somos adultos, aunque debo decir que parece que Dios fue muy benévolo contigo en la repartición de dones. -me dijo sonriendo y mirando mi paquete.
-Veo que le gusta hacerme sonrojar. -le dije sonriendo
-Ja, ja, ja, que bueno que te hayas dado cuenta así la pasaremos mejor. -me dijo
La profe termino de preparar los pasabocas y nos dirigimos a la sala, seguimos tomando vino, y charlando muy amenamente, de pronto me dice. -ya veo porque tienes loquitas a Diana y a Sofia, eres un chico muy interesante.
-Pero que dice, yo no traigo loca a nadie. -le digo
-Por la forma en que te miran puedo decir que sí.
-Veo que está pendiente de todo lo que gira a mi alrededor. -le dije pícaramente
-Vaya veo que te animaste a jugar hacer sentir vergüenza al otro, -me dice
-Ja, ja, ja, usted empezó. -le dije
-Bueno dicen que este juego es jugar con fuego, ¿te quieres quemar? -me dice
-No sé, eso depende de quien sea el fuego. -le dije mirándola fijamente.
Ya el vino estaba haciendo su efecto, no pensaba para hablar, pero a la profesora no parecía molestarle, más bien le agradaba la idea, paso su mano por mi mejilla y tiernamente la acaricio, -eres un chico tierno e inteligente, por eso eres de mis preferidos. -me dice
-Bueno le digo un secreto, usted es mi profesora preferida, ojalá y nos de clases el otro semestre también. -le dije
-Bueno te digo otro secreto, voy a estar con ustedes hasta el final de sus carreras, ¿eso te hace feliz? -me dice guiñándome un ojo
-Mucho. -le conteste
No nos habíamos dado cuenta que la puerta del patio estaba abierta, llovía con fuerte brisa la profe Violeta se dio cuenta y fue a cerrar la puerta, pero el piso estaba mojado y ya el vino no la dejaba coordinar sus movimientos, por lo que resbalo, no alcanzo a caer al piso ya que pudo agarrarse del marco de la puerta, pero la fuerte brisa mojo su vestido, yo rápidamente fui en su ayuda, la tome por la cintura y ella paso su brazo por mi cuello, se había doblado el tobillo, cerré la puerta con cuidado de no caernos, pero su peso nos hizo resbalar yo caí de culo y la profe cayó encima mío, quedamos acostados en el piso mojados.
Podía sentir sus senos y duros pezones en mi pecho, además de su pelvis estaba encima de mi paquete, no quedó más remedio que reinos los dos, mi ropa quedo empapada nuevamente en la parte de atrás, nos pusimos de pie con cuidado, lleve a la profe al sillón de la sala y cuando me separe pude apreciar que al mojarse su vestido todas las tetas se veían perfectamente como si no tuviera ropa, sus pezones eran oscuros y las areolas grandes, quede hipnotizado por sus enormes pechos, por lo que tuve una fuerte erección inmediatamente que no podía disimular, los ojos de la profesora Violeta fueron directamente a mi paquete, pude ver que se mordía el labio inferior.
Yo seguía mirando los pechos de la profesora, cuando sentí que su mano acariciaba mi pene, -no sé si es el vino, pero desde que me restregaste tu miembro en la cocina tengo una excitación, que no puedo explicar. -me dice siguiendo acariciando mi verga.
Yo no puedo dejar de pensar en usted cuando estaba sacando mi ropa de la secadora, y ahora no puedo dejar de mirar sus hermosos senos que con el agua han puesto transparente su vestido, -le dije, la profesora miro sus pechos y se dio cuenta que eran completamente visibles para mí, -entonces estoy en desventaja contigo, ya tu conoces mis pechos y yo no conozco ninguna parte de tu cuerpo. -me dice
Aun sentada, me jala hacia ella de los bolsillos de mi pantalón, desabotona mi pantalón y empieza a bajar muy lentamente le cierre mientras me mira a los ojos mordiéndose los labios, termina de bajarme el pantalón junto con el bóxer y mi verga sale disparada hacia su rostro, rodeo el tronco con una mano y empuja hacia atrás y empieza a pajearme lentamente.
-Uf, pero que grande y caliente esta. -me dice
-Ah, que bien se siente profesora Violeta. -le digo
Siento su fría lengua pasar por mi glande, lo llena de saliva y se lo mete a la boca, con una mano agarraba el tronco y con la otra amasaba mis huevos, era una experiencia única, Violeta lo mamaba de maravillas tenía talento para mamar vergas se notaba, mientras lo hacía me miraba yo ya entregado a la lujuria agarre sus pechos con ambas manos, los apretaba y pellizcaba sus pezones, pero quería sentir su piel, por lo que baje los tirantes del vestido para sacar sus brazos y poder bajar el vestido, Violeta entendió lo quería hacer y ella misma saco sus brazos y bajo el vestido, sus enormes senos quedaron libres para mí, pude sentir su piel.
Termine por sacarme el pantalón y la camiseta, quedo completamente desnudo frente a la profesora Violeta, en un momento se me vino a la mente Cristian, pensé si supiera lo que me está haciendo su adorada maestra me dije a mi mismo.
La profe Violeta se tragaba toda mi verga, no pude más y ya sentía el orgasmo llegar, -profe ya voy acabar, -le dije, ella siguió mamando frenéticamente, quería exprimir mi leche, aguante todo lo que pude hasta que estallé en un intenso orgasmo, puse mis manos en la cabeza de la profesora Violeta y empecé a cogerme la boca mientras salían chorros de leche tragándoselos todos sin dejar caer una gota.
-Uf, uf, fue una pasada, pero ahora quiero hacerte disfrutar. -le dije mirándola fijamente
-Que tienes en mente. -me dijo
-No se alcanza a imaginar todo lo que quiero hacerle. -le dije
La use de pie y le saque el vestido, por fin pude apreciar su escultural cuerpo, su tanga era muy sexi, en la parte de atrás era como una malla que dejaba ver todas sus nalgas, y en la entrepierna era cubierta solo por un trocito de tela, en los alrededores tenía encaje se veía preciosa, le ordene que se pusiera de espaldas quería deleitarme con su enorme culo, le di varias nalgadas, y empecé a morder su piel, con mi lengua recorrí cada centímetro de su culo, la prenda se veía frágil, por lo que tire de ella y logre arrancarla, cuando la tuve en mis manos me la lleve a la nariz, quería recordar para siempre el olor de la profesora Violeta.
Con la profesora Violeta en cuatro, le pase la lengua por el ojete del ano, ella se retorció de placer, con mis manos abría sus nalgas, le pasaba la lengua por su vagina que estaba empapada, metí dos dedos en su vagina y empecé a hundirlos como si me la estuviera cogiendo, le agarre de las nalgas, y le di la vuelta dejándola de frente con las piernas abiertas, le di tres palmadas en su vulva ella gemía, -Ah, ah, que rico se siente hacía mucho tiempo que no me hacían disfrutar de esta manera. -me decía.
Con su respiración agitada, la tome de las manos y la jale hacia la mesa del comedor la llevaba abrazada por detrás ella sentía mi pene entre sus grandes nalgas.
-Que quieres hacer. -me dijo
Continuará…
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Hola querido lector continuo relatando los inicios de una historia candente y llena de lujuria.
Un despertar que te toma por sorpresa, como cuando estás tan cansado que solo deseas la cama, pero estando ahí tu cerebro sigue al 1.000 tanto que no te permite dar el click de apagado.
Pero cuando lo haces tu mente se apaga relajando tu corazón de tal manera que tú corazón disminuye dramáticamente sus latidos a tal punto que el cerebro piensa que te está perdiendo y de golpe te saca de ese agujero negro en el que caías y de nuevo tu corazón late a su ritmo normal.
Pues querido lector eso pasó con esta escritora cuando mi ser amado insinuó tan audaz comentario.
Primero me enojé tanto que estaba indignada y lo dejé solo en esa habitación que mientras salía de ahí se hacía enorme a mis espaldas, sin imaginar que sería el inicio de todo lo que vendría en mi vida…