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  • Quiero que me des pito

    Quiero que me des pito

    Tú que me estás leyendo buscando un relato excitante para estimular tu pene y masturbarte, te propongo que imagines esto que me pasó una vez siendo una TV joven que aún creía que el travestismo era solo una fase y que podía tener una vida pública hetero normal.

    Imagínate a tus 55 años, maduro, menos impulsivo, pero con mucha vitalidad, sabiduría y potencia. Imagínate que tienes una esposa elegante, alta, esbelta y muy bella y una sobrina recién egresada de la universidad, hija de tu difunto hermano, que es tu adoración.

    Tu sobrina es lista, simpática y tranquila, jamás te la imaginarías en un bar de mala reputación o explorando las calles de la ciudad de México a altas horas de la madrugada buscando dónde echar un trago; pero ella tiene un novio que “ni fu ni fa”, nada especial, medio pazguato el tipo… sin embargo, una noche decides tomarte un tequila con viejos amigos de tu infancia, en alguna cantina céntrica, y reconoces el rostro de ese novio de tu sobrina en la cara de una trasvesti al otro lado de la barra, siendo manoseada por un señor de casi 70 años.

    La imagen te indigna, porque ese pervertido desviado es el novio de tu princesa… pero algo en esa escena aberrante te empieza a excitar… piensas en lo fácil que sería poseer ese culo para ti, porque tienes mucho poder en esta situación: puedes forzar a ese marica a que te entregue el chiquito o le cuentas a tu sobrina el terrible secreto… o simplemente puedes pedirle que se deje coger y ya, porque, si está con ese vejestorio voluntariamente, seguro querrá también estar contigo… contigo, que eres más joven, más fuerte, más viril.

    Pero no vienes solo, así que te haces el tonto y dejas que ese puto se vaya con ese viejo…

    La noche es joven, así que cuando te despides de los amigos, lo primero que haces es buscar el número del novio. Le llamas, con algo de nerviosismo; él responde y cuando lo escuchas, todo el nervio se va y te domina una seguridad producto de la calentura: “Te acabo de ver en la cantina Dolores con un hombre mayor. Si no quieres que le diga a Sandra, ven a verme en la esquina de Tal y Tal ahora mismo” y cuelgas.

    Mientras esperas el efecto de tu amenaza, te preguntas si no te habrías equivocado, tal vez te confundiste… pero pronto descubres que estabas en lo correcto: es él… o ella, pinche mayate vestido de vieja, quien llega a la cita. Se ve con miedo, pero sus medias de red y su falda entablonada con algo de vuelo la hacen ver sexy.

    Dices:

    -Qué guapa amiga, ¿cómo te llamas?

    -Isis

    -Mucho gusto, Isis. Vi que te fuiste con un viejito hace rato, ¿qué pasó con él?

    -Es mi jefe.

    -No te pregunté quién era. Dime, ¿es tu novio?

    -No, solo cogemos.

    -¿Vienes de coger con él?

    -Sí

    -Y luego, ¿ya te vas a tu casa?

    -Sí

    -¿Y si mejor te vienes conmigo a un hotel?

    -S- Si qu- quiere…

    -Sí, sí quiero. Te voy a coger.

    Entonces me tomas del brazo con fuerza y me guías al hotel más cercano… no sabes que de ahí vengo hasta que, cuando nos ven llegar, el de la recepción pregunta si se me olvidó algo.

    Ya en el cuarto me dices:

    -Entonces aquí te trajo el ruco… Relájate, no te voy a hacer nada malo… solo quiero conocer a Isis…

    Te sientes dueño de la situación y te me acercas para besarme, lo haces con pasión como no has besado a tu esposa en años. Con cada beso me derrites, me haces desearte y me muestras lo mucho que deseas este encuentro. No aguanto más y te susurro al oído:

    -Quiero que me des pito.

    Eso te activa, te prende… me besas con más pasión y te desnudas y me desnudas… me acuesto de cara a ti, pongo mis piernas en tus hombros y empiezas a explorar mi culo con tu glande…

    -Qué rico culo tienes, Isis. (Ya entraste en mí y comienzas a bombearme mientras me sujetas fuerte los tobillos).

    -Ah, sí… dame pito

    -¿Quieres pito? Aquí hay pito, pero uno grande, no como el del viejito con el que estabas.

    -Sí, el tuyo está grande, está rico, lo mueves muy rico.

    -y tú lo muerdes sabroso. Qué nalgotas, qué culazo, te sientes riquísima.

    -¿Sí? ¿Te gusta cómo me lo como? ¿Te gusta cómo soy tu funda?

    -Sí, eres mi funda, mi puta, quiero estas nalgas diario rebotándome en los muslos.

    -Son tuyas, mi amor, son tuyas. Son para que las goces. Son de cabrones como tú, solo me las tienes que pedir para poseerlas.

    -Eso, putona, solo te tuve que pedir que vinieras para poder disfrutarte. Eres mía, eres mi puta.

    -¿Estás muy excitado? ¿Quieres venirte dentro de mí? Anda, tíramelos adentro. Préñame, preña a tu puta.

    Entonces te vienes entre gemidos y resoplidos. No cambiamos una sola posición y, sin embargo, es el sexo más morboso y satisfactorio que has tenido en meses.

    Ya descansando en la cama me pides lo que cabe hacer: debo dejar a Sandra.

    Luego de ese encuentro me seguiste llamando para vernos varias veces. Le bajaste el novio a tu sobrina a base de enamorarme con tu verga, la sabes mover y me gusta tenerte dentro. Quiero que me des pito, que me preñes y que me hagas tu puta.

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  • Cariño, estoy en casa

    Cariño, estoy en casa

    Hace un par de años me case con mi esposo, somos un matrimonio bastante activo, en todas las áreas. Sin embargo, de vez en cuando sueño despierta y fantaseo con escenarios que no me atrevo a decir en voz alta.

    Sentada en el balcón de nuestro apartamento con vista a la ciudad, imaginé la siguiente situación.

    “Después de haberme duchado, ponerme la pijama —un set de top y pantalones cortos de seda negros— miro el reloj y sé que falta poco para que llegue mi esposo.

    Me dirijo a la cocina, me preparo un té y al mirar por la ventana el cielo está teñido de colores entre naranja y rosa que vale la pena contemplar, por lo que, salgo a la terraza para admirar la vista.

    No han pasado ni 20 minutos cuando mi móvil avisandome que he recibido un mensaje y al ver el remitente veo que es mi esposo.

    Abro la conversación y me encuentro con una video en la que aparezco de espaldas como hace unos segundos solo que se enfoca mi culo y el mensaje dice “Que rico”.

    No puedo evitar soltar una carcajada, me giro y encuentro a mi esposo sonriéndome al otro lado de la sala de estar. Está en uniforme pero a ese hombre nada le queda mal.

    Saber que él me desea, siempre ha producido cierta excitación en mi, por lo que, la humedad ya se ha hecho presente entre mis piernas.

    —¿Muy rico?

    Asiente. —Muy rico.

    Dejé la taza de té sobre la mesa del comedor junto al celular.

    —Ven a saludar a tu esposa.

    —Me encanta cuando te pones mandona, esposa. —dijo mientras caminaba hacia a mi.

    Sonrío. No lo dudo y le rodeo el cuellos con mis brazos, él lleva las manos a mi cintura y damos inicio al beso. Sus manos buscan mi culo y lo aprietan, para después deslizarlas por mis muslos, me impulso y le rodeo las caderas con mi piernas.

    Nos llevó al sofá y se sentó en él. Metió las manos por debajo del short y lo sentí gruñir en mi garganta al notar que no llevaba ropa interior.

    Le saqué con su ayuda la camisa del uniforme, besé su cuello mientras me frotaba contra su erección cogiendomelo en seco. Me quitó el top y se llevo uno de mis pezones a la boca.

    Estaba tan mojada que estoy segura que ya había traspasado a su pantalón, metí mi mano entre los dos hacia su polla, estaba dura caliente, puse mi dedo en el prepucio y el gimió un poco.

    —Alza las caderas. Te la tengo que meter ya.

    Hice lo que me pidió, bajo un poco su pantalón, hizo a un lado mis pantaloncitos y la guíe hacia me entrada.

    Descendí lento, tiene una buena verga, fui cuidadosa, apretaba de vez en cuando para deleitarme en la expresión de placer de su rostro. Una vez que la tuve toda adentro, empecé a cabalgarlo, subía y bajaba, repetidamente, él volvió a chuparme las tetas. Así estuvimos por un rato.

    Luego lleve mi mano a su cuello, lo atraje a mi y lo bese, reduje el ritmo pero él inmediato me rodeo con sus dos brazos y empezó a embestirme desde abajo, la fricción de nuestros pechos era deliciosa gemía en su boca

    —Mi amor, voy a…

    No pude terminar la frase el orgasmo me arrasó y a los pocos segundos él también se corrió llenándome de su semen.”

    Un par de días después monté a mi esposo, en el sofá de nuestra casa, luego de que él llego del trabajo.

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  • Marycarmen y el desafío de Liliana

    Marycarmen y el desafío de Liliana

    Hola, mi nombre es MaryCarmen, y si están leyendo esto, es porque desean adentrarse un poco más en los recovecos de mi vida. Para aquellos que llegan nuevos, les recomiendo leer mis relatos anteriores; ahí encontrarán el contexto de los derroteros por los que me ha llevado la existencia.

    Habían pasado un par de meses desde aquella madrugada en que Brenda y yo exploramos los límites de nuestra amistad. Cada una siguió con su vida. Brenda, como siempre, era un torbellino de proyectos del conse estudiantil y conquistas fugaces. Yo, dividida entre los estudios, el vóley. Pero en aquel entonces, quien parecía llevar la corona era Liliana. O tal vez era la más fácil. La verdad, no sabría qué término usar, y esa duda siempre me causó una curiosidad morbosa

    Liliana era… imparable. Su belleza no era pasiva; era un arma que esgrimía con precisión. Los hombres caían a sus pies con una facilidad que rayaba en lo absurdo. Una tarde, en el departamento de Brenda, decidimos tener una de esas reuniones dedicadas exclusivamente a nosotras. Solo las tres. Brenda y yo, armadas por nuestra nueva complicidad, bromeábamos con un lenguaje cifrado, con miradas que decían más que las palabras. Liliana, que estaba particularmente quieta esa noche, observándonos desde el sillón con su copa en la mano, de repente soltó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que nos hizo callar a ambas.

    —¿Saben qué? —dijo, su voz era un hilo de seda cargado de algo más fuerte—. Se me hace que se están hablando entre ustedes puras pendejadas.

    El silencio se hizo pesado. Brenda y yo nos miramos, sorprendidas por la crudeza de su tono.

    —¿A qué te refieres, Lili? —preguntó Brenda, tratando de sonar despreocupada.

    Liliana se inclinó hacia adelante, sus ojos azules, aquellos que parecían sacados de un cuento de hadas, nos perforaron con una intensidad que no habíamos visto antes.

    —A qué se la pasan con sus miraditas y sus risitas de colegialas. Se creen muy sofisticadas con su secretito. ¿Creen que no me doy cuenta? —Nos miró a cada una, desafiante—. Así que dense el tiro y díganme al pedo. ¿Qué chingados pasó entre ustedes dos?

    Brenda enrojeció. Yo sentí un nudo en el estómago, una mezcla de nervios y una excitación rara, peligrosa. Era la pregunta que habíamos estado evitando.

    Brenda tomó aire y, con una valentía que siempre admiré, soltó la verdad.

    —Tuvimos sexo, Lili. Mary y yo. Aquí, hace dos meses.

    Liliana no pareció sorprenderse. Una sonrisa lenta, casi de satisfacción, se dibujó en sus labios perfectos. Era la sonrisa de quien ha confirmado una sospecha que siempre tuvo.

    —Ah, con razón —dijo, recostándose de nuevo en el sillón y tomando su copa—. Se me hacía. Se les nota. Se volvieron uña y mugre de la noche a la mañana.

    —¿Y te molesta? —pregunté yo, encontrando por fin mi voz.

    —Molestarme? —rio, un sonido bajo y melodioso—. Para nada. Solo me da coraje que no me hayan dicho.

    —Lili…—logró decir Brenda.

    —Oye, no se hagan. Ustedes dos, solitas, jugando a las novias —Liliana bebió un trago largo—. Yo que pensé que éramos un trío de verdad. De los que comparten todo.

    Sus palabras flotaron en la habitación, ninguna de las dos fuimos capaces de responder eso, pero fue Liliana, quien rompió la tensión cambiando ella misma el tema.

    Las semanas pasaron, tal vez tres o cuatro, y la dinámica entre nosotras tres se había asentado en una nueva normalidad. No se hablaba abiertamente del desafío que Liliana había lanzado aquella noche, pero flotaba en el aire entre miradas sostenidas y sonrisas que escondían más de lo que mostraban.

    Una de esas noches, estábamos en un bar de moda, pero sin la energía de cacería de otras veces. Era una salida de complicidad, de esas donde solo importa la compañía y el tequila que cae con suavidad, calentando la garganta y soltando la lengua. Brenda, Liliana y yo éramos un pequeño universo en nuestra mesa, ajeno al murmullo a nuestro alrededor.

    Liliana, llevaba varias semanas saliendo con un galancete de buena pinta llamado Ricardo. Era atractivo, sin duda, con esa sonrisa de dientes perfectos que prometía diversión, pero a mí siempre me pareció que tenía una cara de morboso que no lograba disimular del todo. Nosotras, por supuesto, le habíamos bromeado a Liliana sobre eso.

    —Se te queda viendo como si fueras un plato gourmet y él un comensal con hambre —le dijo Brenda en un tono juguetón, haciendo que Liliana soltara una carcajada.

    —Pues que mire, mientras pague la cena —respondió Lili con una sonrisa pícara, encogiéndose de hombros.

    En una de esas, Brenda se levantó para ir al baño, dejándome a solas con Liliana. El silencio no fue incómodo, pero sí cargado. Liliana jugueteaba con el borde de su vaso, sus dedos largos y cuidados trazando círculos en el sudor que cubría el cristal.

    De pronto, se inclinó hacia mí, su perfume envolviéndome de repente. Su gesto era de top secret, de esos que usaba cuando tenía un chisme jugoso o una idea traviesa.

    —Oye, Mary —comenzó, su voz un susurro que solo yo podía escuchar—, tengo que contarte algo, pero no te vayas a espantar.

    Sentí un pequeño vuelco en el estómago. Sabía que nada bueno —o quizá todo lo bueno— venía después de una advertencia así.

    —Dime —respondí, tratando de sonar más calmada de lo que estaba.

    Ella miró hacia el pasillo que llevaba a los baños, asegurándose de que Brenda no regresara, y luego clavó sus ojos azules en los míos.

    —Es Ricardo —susurró, acercándose aún más, hasta que su aliento, con un dejo de limón y tequila, me rozó la oreja—. Le gustas.

    Un escalofrío me recorrió la espalda. No era la primera vez que un hombre me deseaba, pero venir de la boca de Liliana, en ese contexto, le daba un peso completamente distinto.

    —¿Yo? —pregunté, con genuina sorpresa—. Pero si sale contigo.

    —Sí, sale conmigo —confirmó ella, sin apartarse—. Pero cuando te ve, se le va el rollo. No para de preguntar por ti.

    —Y ahí no termina la cosa —agregó, bajando aún más la voz—. Se le antoja un trío. Contigo y conmigo.

    El aire se me atoró en el pecho. La bomba había sido soltada. Miré a Liliana, buscando en su rostro algún signo de que era una broma pesada, pero no lo había. Sus ojos eran serios, aunque esa mueca de picardía no desaparecía de sus labios.

    —¿Y… y tú qué piensas? —logré preguntar, mi voz un hilo apenas audible.

    Liliana se recostó en su silla, estudiándome. Tomó un sorbo lento de su bebida, como si estuviera saboreando el momento.

    —Yo… —dijo, alargando la palabra— no digo que no.

    Sus palabras cayeron entre nosotras con el peso de una verdad largamente sospechada. No era un rechazo. Era una puerta abierta de par en par. Un “sí” disfrazado de indiferencia.

    Mi mente era un torbellino. Imágenes de Ricardo, de Liliana, de los tres juntos, se mezclaban en mi cabeza de una manera que me resultaba tan perturbadora como excitante. Quería preguntar más, quería saber qué imaginaba ella, qué límites tenía, pero en ese preciso instante, Brenda regresó a la mesa con su energía característica.

    —¿De qué hablan tan calladitas? —preguntó, dejándose caer en su silla con una sonrisa.

    Liliana y yo intercambiamos una mirada rápida, cargada de un secreto nuevo y peligroso.

    —De hombres y sus tonterías —respondió Liliana con una naturalidad pasmosa, como si no hubiera estado proponiendo la transgresión más audaz de la noche.

    Pero Liliana, como siempre, no era de dejar las cosas a medias.

    Me encontró en la universidad, entre clase y clase. Me abordó con su sonrisa amistosa de siempre.

    —Oye, Mary —me dijo, tomándome del brazo con suavidad, pero con firmeza—, no te hagas pendeja. Lo de la otra noche fue neta.

    Me quedé mirándola, sin saber qué decir. Mi búsqueda de palabras fue tan evidente que ella no pudo evitar soltar una risa breve.

    —No es eso, Lili —logré responder, buscando una excusa que no llegaba—. Es que… nunca lo he hecho.

    Era la verdad. Había explorado mi sexualidad con hombres y con mujeres, pero siempre en dinámicas de a dos. La idea de un trío, de ser observada y de observar, de compartir y ser compartida… era un territorio completamente nuevo.

    Liliana se acercó un poco más, y su voz bajó a un tono conspirativo, casi un susurro.

    —Mira, por eso te digo. Allí voy a estar yo. No vas a estar sola. Yo te cuido, yo te guío. Todo va a estar bien —su mano apretó mi brazo con suavidad—. Si en algún momento no quieres, paramos. Pero no le des tantas vueltas. A veces hay que dejar que las cosas pasen.

    Sus palabras tenían una lógica peligrosamente seductora. “Allí voy a estar yo”. Era una promesa de complicidad, de seguridad en medio de lo desconocido. Y entonces, viendo mi resistencia a punto de quebrarse, Liliana sacó su arma secreta: el ruego juguetón.

    Hizo un mohín con su boca perfecta, esos labios que sabían cómo formar cada palabra para volverla irresistible.

    —Vamos, Mary —dijo, arrastrando las palabras—. ¿No confías en mí? Va a estar divertido. Te lo prometo.

    Esa última frase, cargada de todas las insinuaciones posibles, fue la que terminó de quebrar mis defensas. La espinita que llevaba clavada en la libido desde aquella noche en el bar se convirtió en una punzada aguda, imposible de ignorar.

    Suspiré, derrotada, pero con una sonrisa que empezaba a asomarse en mis labios.

    —Está bien, Lili —dije, finalmente—. Está bien. Hagámoslo.

    El brillo de triunfo en sus ojos fue instantáneo. Apretó mi brazo una vez más, ahora en señal de victoria.

    —Perfecto. Yo le hablo a Ricardo. Tú solo preocúpate por estar tan irresistible como siempre.

    Me quedé allí, en medio del pasillo, con el corazón latiendo a mil por hora. No sabía si lo que sentía era pánico, excitación o una mezcla explosiva de ambas.

    El encuentro se arregló para ese mismo viernes. Liliana me avisó que pasarían por mí cerca de las 8.

    Las 8:05… las 8:20… las 8:45. Cada minuto que pasaba era una agonía. Estuve tentada en al menos dos ocasiones de agarrar el teléfono y cancelar. La espera no me estaba poniendo nerviosa, me estaba quemando por dentro. La incertidumbre avivaba ese fuego entre mis piernas y a la vez me hacía querer huir.

    Finalmente, casi a las 9, escuché el motor de un auto afuera. El timbre sonó y salí, tratando de aparentar una calma que estaba a años luz de mí. Abrí la puerta y ahí estaban. Liliana, con una sonrisa que era pura malicia envuelta en belleza. Y detrás del volante, Ricardo.

    —¡Mary! ¿Lista para la aventura?

    —Claro —mentí, devolviéndole el abrazo con una fuerza que delataba mis nervios.

    Luego, mis ojos se dirigieron al auto. Los ojos de Ricardo. No me saludaron, no sonrieron. Me desnudaron. Fue instantáneo, brutal. Su mirada recorrió mi cuerpo con una intensidad depravada que casi pude sentir como un tacto físico. Sentí un escalofrío y, para mi horror, una humedad instantánea que me traicionó. Respiré hondo, evité su mirada lo mejor que pude y me subí al asiento trasero con la agilidad de una gata, como si no hubiera notado nada.

    —Hola, Ricardo —dije con una voz que esperaba sonara casual,

    —Mary —respondió él, y en esa sola palabra, en ese tono grave, había una promesa de todo lo que venía.

    La idea original, la que Liliana me había vendido, era ir a cenar o por unos drinks antes. Un preámbulo civilizado. Pero apenas arrancaron, alcance a escuchar en voz bajita la conversación al frente.

    —No aguanto, Lili —susurró Ricardo, con una urgencia animal.

    Ella soltó una risa baja, cargada de lujuria y poder.

    —¿Tanto se te antoja, mi amor? —murmuró, y en el reflejo del espejo retrovisor pude ver cómo su mano se deslizaba sobre el pantalón de él.

    Cualquier esperanza de una transición suave se esfumó en ese instante. No hubo cena, no hubo drinks. El ambiente dentro del auto era tan espeso y caliente que podía saborearlo. Ricardo manejó directo, sin disimulos, hacia un motel de esos buenos, discretos, que conocen el valor del anonimato.

    Cuando nos detuvimos frente a la habitación, me bajé del carro. No estaba nerviosa por el sexo. Estaba nerviosa por la situación. Por el territorio desconocido. Por ser el objeto de deseo compartido entre dos personas. Por el pacto que estaba a punto de sellarse en esa habitación.

    Liliana salió del auto y me tomó de la mano. Sus dedos se entrelazaron con los míos, firmes.

    —Tranquila, preciosa —me susurró al oído, su voz un bálsamo y un veneno al mismo tiempo—. Esto va a estar mejor de lo que te imaginas.

    Llegó el momento de la verdad, el instante en que las palabras y las miradas se convirtieron en carne, sudor y un deseo que electrizaba el aire. Si creían que conocían todos los límites del placer, les aseguro que lo que vivimos esa noche redefinió todo para mí.

    Primero fueron ellos los que se besaron. Fue un espectáculo deliberado, sensual. Liliana, con esa seguridad que la caracteriza, se encargó de la camisa de Ricardo, desabrochando cada botón con la lentitud de una ritual, mientras él, con manos ansiosas, buscaba el cierre de su pantalón. Yo los miraba desde el borde de la cama, sintiéndome como una espectadora en mi propia película, con el corazón latiendo tan fuerte que creía que podían oírlo.

    Cuando la blusa de seda de Liliana cayó al suelo, revelando la piel de porcelana de su espalda, ella no miró a Ricardo. Buscó mi mirada. Sus ojos, cargados de un fuego azul, me atravesaron. Y entonces, extendió su mano hacia mí.

    Me puse de pie temblando. Era la descarga de la anticipación, de la rendición final. Tomé su mano, y ella me guio al centro de la habitación. Inmediatamente, sentí las manos de Ricardo en mi cintura. Eran grandes, cálidas, y se movieron con una rapidez sorprendente, subiendo directamente hacia mis pechos,. Mientras, Liliana, frente a mí, se encargaba del broche de mi falda. Sus dedos, hábiles y seguros, la desabrocharon y la dejaron caer a mis pies.

    Ricardo no pensaba en desabotonar mi blusa. Con un movimiento brusco y práctico, la agarró por la nuca y la sacó por mi cabeza, Pero entonces, decidí actuar Para no sentirme inútil, mis manos buscaron el botón y el cierre del pantalón de Liliana. Mientras Ricardo masajeaba mis pechos y enterraba su rostro en mi cuello, yo liberaba a Liliana de su ropa, hasta que su pantalón se unió a mi falda en el suelo.

    Pronto, ambas estábamos en ropa interior, igual que él. O eso creía yo. En el torbellino de sensaciones, de labios y manos, nunca me di cuenta de cuándo él se deshizo de sus boxers. Fue Liliana quien me lo reveló. Ella, que ya besaba y mordisqueaba mis hombros empezó a voltearme con sus besos, poco a poco, guiándome suavemente. Giré sobre mis talones, alejándome un poco de las manos de él, y mi mirada, que buscaba los ojos de Liliana, bajó por instinto.

    Un verdadero monstruo.

    No por su forma, sino por su tamaño y su imponente erección. Palpitante, grueso, curvado ligeramente hacia arriba. Un silencio se apoderó de mí por un segundo. Liliana, leyéndome como un libro abierto, sonrió contra mi piel.

    —Impresionante, ¿verdad? —susurró, y su mano bajó a tomar mi muñeca, guiando mis dedos temblorosos hacia aquella calidez firme

    Su otra mano ya acariciaba la entrepierna de mi tanga, encontrando el núcleo húmedo y palpitante que confirmaba que, a pesar de los nervios, mi cuerpo estaba más que listo para lo que viniera.

    Con el “monstruo” de Ricardo palpitando en mi mano, instintivamente empecé a menearlo, a acariciar su longitud con un ritmo que él, evidentemente, disfrutó al instante. Un gruñido gutural salió de su garganta, y sus caderas respondieron con pequeños empujones. Pero no estuve sola por mucho tiempo.

    Pronto, la mano de Liliana se unió a la mía. Sus dedos, más delicados, pero igual de diestros, se deslizaron por debajo, acariciando y masajeando sus huevos con una presión que hizo que Ricardo cerrara los ojos y arqueara la espalda.

    Sin decir una palabra, un impulso me llevó a ponerme de rodillas frente a él. Y Liliana, como mi reflejo en un espejo perverso, me imitó al instante, arrodillándose a mi lado. Nuestras miradas se encontraron, y fue un entendimiento total. No hicieron falta las palabras.

    Nos turnamos. Yo tomaba aquella verga en mi boca, sintiendo cómo llenaba cada espacio, deslizándome hasta la base, ahogándome un poco en su tamaño, pero disfrutando del poder que tenía sobre su placer. Luego, me separaba, jadeante, y era Liliana quien, con una sonrisa desafiante, se lo metía por completo, demostrando una habilidad que me hizo sentir, por un segundo, una novata.

    Fue él quien pidió clemencia. Con las manos temblorosas, nos tomó de los brazos y nos levantó.

    —Alto… o si no esto se acaba aquí mismo —jadeó, con una voz ronca que delataba lo cerca que estaba del límite.

    Nos guio hacia la cama. Su intención era clara, y la urgencia en sus ojos era un fuego que nos consumía a las tres. Entonces, sus manos se posaron en mis caderas y me acomodó en cuatro sobre la cama. Escuché el crujido del envoltorio del preservativo. Mientras Ricardo se lo ponía —lo supuse por el sonido y el movimiento—, sentí las manos de Liliana en mi cintura. Sus dedos se engancharon en el elástico de mi tanga y, con un solo movimiento hábil, me la bajó hasta mis rodillas. No hubo preámbulos, ni caricias de preparación. No hizo falta.

    La penetración no fue suave. Fue un embate profundo, que me hizo gritar en lugar de gemir. Un grito que era mitad sorpresa, mitad absoluta satisfacción. Se lo agradecí. En ese momento, no quería ternura; quería sentirme usada, llena, partida en dos por ese “monstruo” que tanto me había impresionado. No hubo tiempo para disfrutar el ritmo, porque casi de inmediato, Liliana se acomodó frente a mí.

    Se arrodilló, abriendo sus piernas, y con sus manos guio mi cabeza hacia su sexo. Su aroma, intenso y dulce, invadió mis sentidos. Allí estaba yo, empalada por Ricardo que comenzaba a encontrar un ritmo brutal detrás de mí, y al mismo tiempo, con la boca y la lengua buscando darle placer a Liliana, que se arqueaba frente a mí, con sus manos enredadas en mi cabello.

    Resulta ser que Ricardo era bastante bueno en eso. O quizás era la sensación del momento, la electricidad de tener a Liliana tan cerca, de sentirme observada y deseada al mismo tiempo. Pero la verdad es que no tardé mucho en correrme, y lo hice escandalosamente. Un grito ahogado contra el sexo de Liliana, seguido de una serie de espasmos incontrolables que hicieron que mi espalda se arqueara y que mis uñas se clavaran en las sábanas. Ricardo lo sintió, porque un gruñido de satisfacción salió de él, y sus embestidas se volvieron más profundas, más posesivas, como si mi orgasmo hubiera avivado su fuego.

    Liliana, siempre práctica y hambrienta, no perdió el tiempo. En cuanto mis convulsiones empezaron a ceder, con una fuerza suave pero firme, me apartó del camino. Fue un movimiento fluido, casi coreografiado. Mientras yo me dejaba caer de costado en la cama, jadeante y cubierta de un sudor pegajoso, ella se colocó en mi lugar, de rodillas, ofreciéndose a su hombre.

    Pero no fue solo un cambio de posición. Fue un ritual. Con una destreza que hablaba de una intimidad profunda, Liliana despojó a Ricardo del preservativo usado. Lo vi en sus manos por un segundo, un testigo mudo del orgasmo que acababa de sacarme, antes de que cayera al suelo. Luego, sin pérdida de tiempo, guio su miembro, aun increíblemente erecto y brillante, hacia su entrada.

    Él entró con fuerza. Un gemido gutural, de pura animalidad, escapó de los labios de Liliana. Sus ojos se cerraron por un segundo, y entonces se abrieron para buscarme a mí. Se inclinó hacia adelante, sus labios encontrando los míos en un beso salado, que sabía a su sexo, a su sudor y a un deseo que no conocía límites. Mientras Ricardo la poseía desde atrás con una intensidad que hacía temblar la cama, nosotras nos devorábamos con la boca, nuestras lenguas jugando un juego paralelo al de sus caderas.

    No pasó mucho tiempo antes de que Ricardo alcanzara su clímax. Un quejido ronco, un último empujón profundo, y luego el silencio tenso de la liberación. Lo vi sobre el cuerpo de Liliana, temblando, mientras vaciaba su leche en una serie de chorros cálidos que pintaron la espalda y el redondo culo de ella.

    Pero Liliana no había terminado. Mientras Ricardo aún palpitaba sobre ella, sus propios dedos volaron hacia su clítoris. Los vi, hábiles y urgentes, frotando ese pequeño punto con una precisión milimétrica. Sus caderas seguían moviéndose en pequeños círculos, buscando la fricción final. Sus gemidos, que se habían mezclado con los de él, ahora se elevaron en un crescendo propio, hasta que un estremecimiento igual de violento que el mío la recorrió. Su cuerpo se tensó y luego se derrumbó, completando el ciclo, siguiendo a Ricardo en el clímax con una sincronía perfecta.

    Quedamos los tres quietos por un momento, solo el sonido de nuestra respiración agitada llenando la habitación. Ricardo se desplomó a un lado, exhausto. Liliana y yo, separadas por unos centímetros, nos miramos. En sus ojos no había triunfo, ni vergüenza. Solo un cansancio satisfecho y esa complicidad que ahora estaba sellada a fuego, o mejor dicho, a fuego y semen.

    Resulta que nada es perfecto. Y a pesar de la… impresionante dotación de Ricardo, y del fuego con el que empezó todo, la verdad es que al pobre galán solo le alcanzó el vigor para una sola batalla. Fue intensa, sí, inolvidable, pero única. Y, seamos sinceros, para un trío —e incluso para una pareja si uno es un poco exigente—, eso no es algo precisamente ideal.

    Así que, después de ese primer y furioso asalto, la noche terminó ahí. No hubo reencuentro, ni segunda ronda, ni el despertar enredados entre las sábanas. Todo bien. No había decepción, solo la comprensión tácita de que el espectáculo había concluido. Liliana y yo tuvimos nuestro momento, lo compartimos con un hombre, y hasta ahí.

    No hubo una segunda parte. Y, para serles completamente honesta, ninguna de las dos lo volvió a mencionar jamás. No hizo falta. Se había vivido, se había disfrutado con una intensidad que saturó los sentidos, y simplemente no había más que dar. El deseo se había consumido por completo en ese único y feroz incendio.

    Pocos días después —ni siquiera una semana—, Liliana y Ricardo terminaron. Sentí la curiosidad, esa punzada de preguntarme si yo había sido, de alguna manera, el catalizador. Así que se lo pregunté.

    Liliana, con su franqueza característica, lo negó con un gesto de la mano, como espantando un mosquito.

    —Para nada, Mary. Tú no tuviste nada que ver —dijo, y le creí. Pero en mi interior, ya había formado mi propia teoría: Aunque bien dotado, el hombre era poca cosa para una mujer como Liliana. Demasiado exigente para lo que en realidad podía ofrecer a largo plazo. Demasiado fuego fatuo. Y me quedé con esa certeza.

    Con el tiempo, como suele pasar, Liliana y yo también nos distanciamos. Al igual que con Brenda, no fue por un pleito, un reproche o una herida. Fue la vida, simple y llanamente. Los caminos se bifurcaron. Las responsabilidades, las carreras, los nuevos amores… el mundo nos fue llevando por rumbos distintos.

    La vida sigue, y con ella, nuevas historias que contar. Gracias por acompañarme en este recuerdo. Besos, MaryCarmen.

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  • Sexo con ex compañera del colegio (3)

    Sexo con ex compañera del colegio (3)

    Quede con Angie el domingo para la creación de su tienda online, le indique que si gustaba nos podríamos reunir en mi pent-house, acepto. El domingo llego temprano a las 9:00am recién me acababa de levantar, me informaron de su llegada en la recepción y autorice el pase.

    Trajo el desayuno pan con chicharrón y una jarra de jugo surtido, nos sentamos a conversar mientras desayunábamos, me explico con detalle como quería su sitio web, que sea responsive, integración con WhatsApp, los métodos de pago, que tenga posicionamiento en Google, etc. Le mostré varios modelos de tiendas online que ya había realizado para otros clientes hubo uno que le encanto y nos pusimos a trabajar, para mayor comodidad nos sentamos en el sofá largo de la sala, compramos un dominio y hosting, subí la plantilla a utilizar y comencé a diseñar y programar, mientras lo hacía Angie me empezó a contar sobre su vida, una vida muy parecida a la de Serena.

    Fue madre muy joven apenas terminado el colegio, el padre de su niña le fue infiel con su mejor amiga cuando ella recién tenía 5 meses de embarazo, fue un golpe muy duro para ella.

    Luego de la separación con su pareja y cuando nació su niña sufría mucho económicamente ya que él no la apoyaba con la manutención de la niña, tuvo de vender sus cosas, lavar ropa de vecinos, vender alfajores en las calles para poder mantenerse ya que sus padres tampoco tenían suficiente dinero para poderla apoyar, además siempre le recalcaban que era su problema por la decisión que tomo. Pero su vida cambio cuando una amiga le consiguió un trabajo en un estudio de abogados empezó como asistente cuyas funciones era llevar documentación a notaria y sacar fotocopias.

    Ahí conoció a su hada madrina la gerente general de la firma, Jessica una abogada reconocida en el mundo de las leyes con una Maestría en Derecho Internacional. Ella apoyo a Angie en su caso logrando meter a prisión al padre de su hija por alimentos. Angie me contaba que Jessica fue como un ángel para ella, aparte de entablar una gran amistad también la convenció a estudiar Derecho. Algo que para Angie era impensado en ese momento, ya que con las justas estaba económicamente.

    Pero Jessica ofreció pagarles los estudios como un préstamo estudiantil y ya cuando ejerciera la carrera se lo devolviera. Aunque Angie lo dudo en un principio, pero peor de lo que ya estaba no podía estar y acepto tomar el riesgo, fue difícil pero Jessica siempre le apoyo en toda la carrera y la ayudaba en los cursos que no entendía los temas, también le permitió realizar sus prácticas pre profesionales en su estudio. En agradecimiento la invito a su fiesta de graduación por todo el apoyo brindado y como había cambiado su vida.

    Ya con su título de abogada sus ingresos también poco a poco se incrementaron ahora puede darse el lujo de tener a su hija en colegio privado, pudo levantar hasta 3 pisos su casa y comprarse un auto para movilizarse.

    Pero si bien en su vida profesional le iba muy bien, en el ámbito sentimental no tanto, Según Angie ahora siente que se le hace más difícil conseguir pareja, por ya tener una hija muchos hombres la descartan, aparte ahora siendo profesional busca a alguien profesional también que sea igual a ella o superior, según datos del INEI (Instituto Nacional de Estadística e Informática) en su EPEN (Encuesta Permanente de Empleo Nacional) solo el 20,7 % de la población del país tiene educación superior universitaria, con eso ya descarta casi al 80% de hombres. Aparte que su profesión le quita todo el tiempo del día, por lo que dispone de poco tiempo para conocer a alguien.

    Había tenido algunos encuentros con las aplicaciones de citas, con hombres que hizo match pero la mayoría eran solos niños que querían llevársela a la cama, no veía nada serio. Otros se intimidan al saber que era abogada y cuanto facturaba al mes, se sentían menos y dejaban de hablarle. Por lo que tenía bastante tiempo sin tener pareja.

    Se sentía muy sola, su vida social ya no era como antes, las fiestas y juergas con los amigos había acabado, su círculo social se había reducido solo a familiares y compañeros de trabajo, ahora todo era trabajo, trabajo y más trabajo.

    Su vida en esa parte se parecía mucho a la de Serena, ambas pasaban por una etapa de soledad al no tener un acompañante. Me contaba que desde hace 2 años que fue mi último noviazgo, que había tenido si encuentros casuales con algunos abogados de la firma y clientes pero todos fueron unos burros en la cama y no lo digo por sus miembros… nos echamos a reír, me conto una pequeña historia que una vez llegaba a su casa luego de haber tenido sexo con un amigo, estaba rellenada de producto lácteo en su interior.

    Y al llegar se encuentra con su novio de ese tiempo quería tener sexo con ella, pero sabía que si tenía sexo con él se daría cuenta de su infidelidad, por lo que no quedo de otra que inventarse un sinfín de excusas, pero el hombre estaba tan caliente así que no le quedo de otra darle una bebida que contenía un fuerte laxante que en una le quitaron las ganas enviándolo al baño a evacuar.

    Yo: Angie eres tremenda, pobre hombre.

    Angie: No me dejo otra opción, si me descubría lo divulgaría con todo el mundo y yo tengo una imagen seria que cuidar.

    Luego me comenzó a contar otras historias sexuales que había vivido, como su primer anal que sentía que la partían en dos, le fue muy doloroso que estuvo varios días movilizándose con dificultad. Su primer trio con dos hombres, orgias, intercambio de parejas, relaciones swinger. Diablos Angie tenía más kilometraje que mi Mercedes Benz, sus relatos hicieron despertar a mi miembro que se encontraba dormido. La erección hizo que se viera un bulto debajo de mi pantalón, Angie lo noto y solo sonrió.

    Agarre la laptop y la puse sobre mis piernas, tratando de ocultar mi erección. Sin darnos cuenta se nos había ido el día y ya comenzaba a anochecer, Angie me pidió baño le indique donde estaba y se fue. Demoro como más de 30 minutos en venir estaba chismoseando cada rincón del pent-house.

    Angie: Tienes un bonito hogar.

    Yo: Gracias.

    Angie: ¿Vives solo aquí?

    Yo: Si vivo solo

    Angie: En tu lavandería vi un vestido blanco de corazones y ropa íntima de mujer, colgada.

    ¡¡Diablos!! Serena porque no has venido a recoger tu ropa.

    Yo: Son de mí hermana vino a lavar su ropa aquí y se le olvido, llevárselos.

    Le muestro a Angie la tienda online ya terminada, ella se coloca a mi costado llegando a oler su rico perfume de rosas revisa cada detalle aplicándole algunas correcciones, el gran volumen de sus senos me jalaba el ojo a cada momento, la excitación aumenta a cada momento, realizamos una compra en su tienda online de prueba y todo quedó listo.

    Angie lo publico en sus redes sociales anunciando que su emprendimiento ya contaba con un sitio en línea, Angie se lanza sobre mí y me abraza en muestra de agradecimiento lo que pone a mi miembro erecto.

    Angie: Hay promoción, muchas gracias no sabes cuánto tiempo estaba queriendo que mi emprendimiento tuviera su tienda online, lo venía postergando hace tiempo. Ahora déjame agradecerte como se debe.

    Con sus manos agarra la laptop y me la quita de las piernas colocando a un costado del sillón, luego me comienza a soltar la correa del pantalón, me desabrocha el pantalón y me baja el cierre.

    Yo: Espera Angie ¿Qué haces?

    Angie: Voy a pagarte por el servicio que me hiciste

    Yo: No sería mejor que me pagaras con dinero

    Angie: No te hagas, estas caliente y sé que me tienes ganas y yo también te tengo ganas. Además estamos solos nadie se va enterar ¿no?

    Yo: Claro que no será nuestro secreto.

    Me baja el pantalón hasta la rodilla y mi miembro sale disparado completamente erecto, Angie sin perder más tiempo lo agarra con sus manos y comienza a masturbarme, con su lengua comienza a lamer mi glande.

    Angie: Que rica verga tienes, dura como una roca además tiene un rico sabor, ¿Has consumido frutas?

    Yo: Si piña, fresas y manzanas dulces y la dureza es por la maca negra.

    Angie: Me encanta esta deliciosa

    Angie comienza la mamada metiéndose ahora mi miembro adentro de su boca y comienza a follarme a garganta profunda, yo con mis manos la agarro de la cabeza y voy controlando el ritmo. Duramos así unos minutos hasta que me pide que la suelte para respirar. La suelto y ya me indica que ya no puede más con las ganas y se comienza a desvestir quitándose su pantalón y calzón se monta encima mío, agarra mi miembro y se lo mete en su interior vaginal.

    Yo: Angie espera no tengo puesto el preservativo, te puedo embarazar

    Angie: Tranquilo tengo un diu de cobre dentro así que puedes correrte sin problema.

    Intento jugar con sus senos, Angie se percata y se saca la blusa y el sostén quedando completamente desnuda.

    Angie: Te gustan mis senos, son todos tuyos ahora.

    Comienzo a saborear sus senos con mi boca mientras ella daba sentadillas sobre mi miembro. Con mi miembro en su interior trata de introducirlo lo más adentro que se pueda y luego comienza a moverse de un lado a otro como una licuadora, vaya Angie si tenía harta experiencia en el sexo. Lo que hizo correrme dentro de ella provocándole a Angie y fuerte gemido alcanzando el orgasmo, cae rendida sobre mi pecho, exhausta y bañada en sudor, manchándome el sofá.

    Angie: ¡¡Que rico es el sexo!!

    Exclama fuertemente, coloca sus manos sobre mis hombros y me mira fijamente y nos besamos. Nuestras lenguas comienzan a jugar entre ellas. Coloco mis manos sobre sus nalgas alzándolas y ella me envuelve con sus piernas por la cintura, me levanto llevando a Angie cargada hasta mi dormitorio.

    Nos pasamos toda la noche cogiendo y a la madrugada nos dormimos los dos abrazados y felices, jamás en mi vida pensé que me cogería a Angie si bien en el colegio más de una vez me hice una paja pensando en ella, haber tenido sexo con Angie era haber cumplido un sueño.

    A la mañana siguiente Angie me levanta con una mamada, se le veía contenta. Luego de hacerme venir y permitirme eyacular dentro de su boca. Me muestra su celular en el trascurso de la noche había tenido su primera venta en su tienda online, por eso estaba feliz.

    Nos levantamos y nos fuimos a bañar juntos e obviamente a tener sexo, la empotre contra la pared de la ducha y le di unas embestidas brutales, que la hice venir varias veces. Salimos de la ducha a desayunar, Angie al ver el reloj vio que ya era tarde y tenía una audiencia temprano por lo que se vistió rápido, yo estaba sentado en el comedor de la cocina con una toalla en la cintura y el torso desnudo.

    Yo: No vas a desayunar algo

    Angie: No ya estoy con la hora, como algo por el centro. Regreso en la noche para que volvamos a coger como conejos.

    Ambos sonreímos.

    Agarra su cartera y se retira, después de un rato noto que dejo unos documentos sobre el sofá de la sala, seguro se habrá olvidado ya vendrá por ellos, me dirijo a la cocina a terminar de desayunar.

    Luego de unos minutos escucho que tocan la puerta, pensé que era Angie que venía a recoger sus documentos. Grata fue mi sorpresa al abrir y ver a Serena, que se sorprendió al verme con el torso desnudo y solo cubierto de una toalla, comenzó a morderse los labios.

    Yo: Serena Hola, ¿Cómo estás?

    Serena: Enfadada, prometiste que me buscarías paso una semana y ni una llamada.

    Yo: Serena he estado ocupado con mucho trabajo, prometo recompensarte.

    Serena: Claro que me recompensaras ahora mismo lo harás

    Serena comienza a tocarme acariciando mi torso con sus manos y empujándome hacia adentro de mi pent-house, con una mano lanza la puerta cerrándola.

    Serena: ¡Que rico estas!

    Yo: Serena creo que estas un poco caliente

    Serena: Necesito tener sexo, necesito que me follen hazme tu mujer.

    Esas palabras despertaron a mi miembro que hace menos de 30 minutos había tenido sexo con Angie, Serena noto mi miembro erecto y me arrebato la toalla. Lo cogió con sus manos y comenzó a acariciarlo, luego se arrodilla para comenzar a mamarlo. Después de unos segundos se detiene lo queda mirando.

    Serena: Sabe y huele a leche, ¿Te has estado masturbando?

    No quería que supiera que hace poco había estado con Angie.

    Yo: ¡Ha! Si me estuve masturbando

    Serena: Mas te vale que todavía tengas leche.

    Comienza a succionarlo con su boca de arriba abajo, yo la agarro de la cabeza y voy de a pocos aumentando el ritmo. Unos minutos después Serena se detiene y suelta mi miembro, se pone de pie y comienza a desvestirse, hasta quedar completamente desnuda.

    Le agarro de la mano y con un único tirón la atraigo a mi pecho. Mis manos se apoderan de sus nalgas mientras nos besamos con intensidad.

    Yo: Voy follarte hasta dejarte inconsciente.

    Serena me mira con brillo en sus ojos y una sonrisa. La lanzo sobre la alfombra central de la sala, ella cae colocándose en 4 me coloco detrás de ella y la penetro con mi miembro comenzando a follarla, la agarro de la cintura y ejerzo más presión aumentando el ritmo.

    Después de unos minutos dándole Serena comienza a convulsionar acercándose al orgasmo, sigo dándole con más fuerza y más profundo, Serena convulsiona llegando al orgasmo y perdiendo la conciencia al igual que yo al momento de eyacular, caímos rendidos sobre la alfombra.

    Unos minutos después, Serena se recompone poniéndose de pie comenzado a vestirse.

    Serena: Guau, Si necesitaba tener sexo, ahora me siento más relajada.

    Yo: Porque te vistes ya te vas, no quieres un segundo round.

    Serena: Me encantaría pero ya llego tarde al trabajo, en la noche regreso para otro buen polvo.

    Hay supe que estaba en un problema porque Angie también me indico que vendría en la noche.

    Serena: No te estés masturbando.

    Se marcha, mandándome un beso volado.

    Me había convertido en el juguete sexual de estas dos ninfómanas.

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  • Un deseo prohibido: Sexo con la diosa de mi cuñada

    Un deseo prohibido: Sexo con la diosa de mi cuñada

    Te invito a leer mi primera confesión, donde detallo mi aventura con mi suegra, ya que ambas historias están íntimamente conectadas.

    Desde el primer instante en que la vi, mi cuñada me cautivó. Es, sin duda, una mujer exquisita. Su atractivo es innegable: un trasero voluptuoso y delicioso, unos senos enormes y redondos e irresistibles, y la estatura baja que tanto me excita. Es la perfección de pies a cabeza. Mi esposa también es bellísima y se le parece mucho (la principal diferencia es su altura y su cabello), pero bien sabemos que lo prohibido ejerce una atracción más intensa. ¿Y quién no ha fantaseado con su cuñada?

    Siempre la observaba con ojos hambrientos. Cada vez que podía, la recorría de arriba abajo, desnudándola con la mirada. No sé si era consciente de mi escrutinio, pero mi deseo era imposible de ocultar.

    En una ocasión, ella me mencionó que su compañía estaba contratando personal. Yo me encontraba desempleado, y aunque el puesto era temporal, por unos meses, acepté de inmediato.

    Es importante recordar que en ese momento mi aventura con su madre, mi suegra, ya estaba en curso. Al empezar a trabajar con ella, la miraba con deseo constantemente. Pasaron semanas en las que disimulábamos nuestra conexión familiar, manteniendo una aparente normalidad.

    Una tarde de domingo, coincidimos en casa de mis suegros. Recuerdo cada detalle porque ese día tuve un altercado con mi esposa. Mi cuñada llevaba unos leggings negros ajustados que revelaban la silueta de su tanga o hilo y una blusa color cereza. Era sencillamente imposible no fijar la vista en ese trasero enorme y tentador cada vez que se movía. Creo que incluso mis suegros notaron mi obsesión. Mi esposa se percató, montó un drama y, tras calmarse, me increpó: “Todos se dieron cuenta de cómo la mirabas. Ahora su esposo le está recriminando que sea tan provocativa”. El día terminó con una tensión palpable y llegó el momento de volver a casa.

    Al día siguiente, llegué temprano al trabajo. Para mi sorpresa, mi cuñada entró vestida exactamente igual: la misma ropa provocativa. Mi mente se disparó, imaginando que lo hacía por mí. Recorrió mi área varias veces, algo que no era habitual. La visión de esas nalgas grandes y deliciosas me estaba volviendo loco.

    Casi al final de la jornada laboral, salí al baño. Su escritorio estaba cerca y ella estaba sola. Me dio la espalda, absorta en su trabajo. Entré al baño con la intención de masturbarme, pero me detuve: “Sería mil veces mejor sentir mis testículos rebotar en ese culo”. Salí de inmediato y me acerqué por detrás. Bromeando, cubrí sus ojos con mis manos para que adivinara quién era. Acerqué mis labios a su cuello para que sintiera el calor de mi aliento y le susurré: “Te ves increíblemente hermosa”. Su piel se erizó al instante, y soltó un gemido contenido y un suspiro al mismo tiempo. Al retirar mis manos, nos miramos a los ojos. Estábamos a punto de besarnos cuando la puerta del baño se abrió. El intruso nos interrumpió. Ambos nos pusimos nerviosos y regresé a mi sitio.

    A la hora de la salida, la imagen de su trasero y su movimiento aún me enloquecía. No dejaba de pensar “Quiero sentir mis bolas rebotar en ese culo”.

    Normalmente, su marido la recogía, pero cegado por la excitación, olvidé ese detalle. Le pregunté cómo se iría. Para mi suerte me respondio que en taxi, no sé si por una discusión previa con su esposo. Le respondí con decisión: “Yo te llevo”. Ella dudó, mencionando mi clase nocturna en la universidad. “Un día perdido en la universidad no es nada respondi. Acepta antes de que me arrepienta”, insistí. Tras unos minutos, accedió.

    Bajamos al sótano. En el coche, la tensión era evidente. Ambos estábamos visiblemente nerviosos. (Antes de salir, llamé a mi esposa, le dije que iba a la universidad y que si no me comunicaba, me había quedado sin batería, lo cual era cierto).

    Salimos del edificio y nos encontramos con un tráfico insoportable. En un tono seductor, le propuse: “Te invito a unas cervezas”. Ella me recordó que yo no bebía. “Lo sé, pero la compañía y las circunstancias lo ameritan”, respondí. Ella sonrió pícara. “De acuerdo, pero solo una, para evitar el tráfico”.

    Fuimos a un bar cercano. Bebimos más de una cerveza, suficientes para ganar confianza y valor. En medio de la conversación, ella preguntó si su hermana (mi esposa) se molestaría por saltarme la clase. Le dije que no había problema, pues creía que estaba en la universidad, y además, ya estaba molesta desde el día anterior.

    Ella sabía la razón de mi esposa, pero preguntó. Dudé, pero supe que era el momento o nunca para sacar a flote el tema de su cuerpo. “Tu hermana se molestó porque ayer no podía dejar de mirar tu trasero”, le confesé.

    Ella se sonrojó y admitió que mi esposa tenía razón para molestarse. “¿Y por qué miras el mío si el de mi hermana es igual de grande?”, me retó. Le respondí con una verdad atrevida: “Lo sé, pero a veces lo prohibido sabe mejor”. Su rubor se intensificó y soltó una risa pícara.

    Me hice la víctima: “Tu hermana me tiene abandonado. Noté su nerviosismo. Se mordió el labio y me preguntó por qué tenía tanto deseo. “Soy muy fogoso”, le dije. “No creo que seas tan fogoso”, rebatió. La miré a los ojos y pregunté: “¿Quieres que te diga algo que me excita?”. Con esa misma risa pícara, asintió.

    “¿Qué dirías si te cuento que, desde ayer, te imagino desnuda en cuatro, y yo devorando tu trasero?”. Se quedó sin palabras, súper nerviosa. Le pregunté: “¿Sería delicioso?”.

    Ella solo sonrió. Le pedí que bailara conmigo y era evidente que había una atracción muy fuerte pero cuando todo se salió de control fue cuando le baile por detrás y mi verga erecta quedo justo entre sus nalgas ella presionaba su trasero cada vez mas y con mas fuerza a mi verga me pidió que nos cenáramos en ese momento aproveche, le acaricié el muslo, acercando mi mano peligrosamente a su intimidad, y le susurré al oído: “Vámonos a otro lado”. Le besé el cuello.

    Nos levantamos de golpe, entramos al coche yo le quite la blusa y el sostén y empecé a devorar sus enormes y deliciosas tetas metí mi mano entre sus leggins e introduje 2 dedos en su vagina hasta hacer que se corriera luego ella empezó a hacer un delicioso sexo oral me la devoraba y no pude contenerme me corrí en su boca. Luego pensé esta oportunidad era única; tenía que saborearla y disfrutarla. “Vamos a un hotel”, le dije.

    En la habitación, la besé, la lamí y chupé cada milímetro de su cuerpo, de pies a cabeza, su coño palpitante, hasta sus oídos. El ardor era tal que mientras le practicaba sexo oral y la penetraba con un dedo, me suplicó: “Para, me voy a venir”.

    “Quiero tu flujo en mi boca. Riégate en mi boca”, exigí. Y así fue. Su clímax era néctar de los dioses. Solo de recordarla en 4 a la orilla de la cama yo de rodillas abriendo sus nalgas con las manos y mi lengua recorriendo se me vuelve a poner dura. Perdimos la noción del tiempo era tanto el desea que relatar todo es imposible, Nos corrimos varias veces, pero yo estaba obsesionado con su trasero. Lo estimulé tanto con mis manos y mi lengua que finalmente ella me pidió: “Házmelo por detrás”.

    “Nunca lo he hecho de esa forma y nunca lo había deseado”, me confesó. No le creí, pero cuando sentí lo estrecha que estaba y el ligerísimo desgarro al entrar, la sujeté con fuerza del cabello y la penetré con toda la brutalidad que pude.

    Al darnos cuenta de la hora, era casi media noche. Nos vestimos a toda prisa. La dejé en su casa y me fui a la mía, sumamente preocupado por mi tardanza (más de dos horas de mi hora habitual de llegada ). Para mi sorpresa, al entrar, mi mujer seguía molesta y se había ido a dormir sin esperarme.

    La aventura continuó. Lo hacíamos a diario: en el coche, en el baño del trabajo, e incluso a la hora del almuerzo, escapábamos a un hotel cercano. En ocasiones, después de verla a ella, iba a follar con mi suegra.

    Pasaron los meses. Mi contrato temporal terminó. Unas semanas después, me enteré de que mi cuñada había renunciado, y la otra sorpresa: se mudaba a otra ciudad a una hora de distancia. Se fueron, y la oportunidad de vernos desapareció.

    Meses después, recibí la noticia: estaba embarazada. (Jamás usamos protección). Las fechas coincidían perfectamente con el tiempo que estuvimos juntos y con un viaje de negocios bastante largo que su esposo había realizado. Hablé con ella y me aseguró que el niño no era mío.

    Dos años después, nació mi segunda hija. Para mi asombro, era idéntica al hijo de mi cuñada. Parecían gemelos. Todos lo comentaban. Un día, confronté el parecido. “Es imposible que sean idénticos, más allá de los rasgos familiares”, pensé. La encaré y ya no pudo negarlo: el hijo que tuvo era mío. Aún tenemos sexo cuando tenemos la oportunidad.

    La historia con mi suegra y mi cuñada aún no termina. Continúa en mi próxima confesión.

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  • Llevando a Eva y a su hijo al incesto

    Llevando a Eva y a su hijo al incesto

    Los que lean mis relatos quizás recuerden que tenía una sumisa llamada Eva, Eva era una mujer de un cierto nivel social y muy beata a la que había logrado emputecer y hacerla mi sumisa, pero no era la única de su familia, a la que había emputecido, lo mismo había hecho con su hijo Román, ninguno de los dos conocía la condición de sumiso del otto, pero en un momento dado decidí que esta situación debía de cambiar y tracé un plan para ello.

    Ordené a Eva que el día en que libraba su asistenta, su hijo tampoco estaría en casa, por lo que, al menos eso pensaba ella, estaríamos las dos solas, llegué a su casa a la hora convenida, por una vez procuré ser puntual, cuando llamó al timbre ella me abrió iba cubierta con una bata muy elegante, según le había ordenado. Nada más cerrar la puerta nos besamos apasionadamente y ella me dijo:

    -No sabes cómo he estado esperando este momento ama.

    La ordené que me llevara hasta la habitación en la que dormía, que no otra cosa, jajaja, con el cornudo aburrido de su marido, y una vez allí la ordené quedarse la bata quedándose completamente desnuda ante mí como le había ordenado, luego le hice tumbarse en la cama, abrirse bien de piernas, en ese momento abrí una bolsa que había llevado y saque de ella un consolador de grandes dimensiones que había comprado en mi viaje camino de su casa. Ella al verlo se asustó, en ese momento le di un bofetón y le dije:

    -So puta no te consiento que me cuestiones ni con el pensamiento mis deseos, tu coño de zorra es capaz de tragarse un autobús, si yo se lo ordeno, y lo debes de hacer contenta.

    Ella pareció comprender y esbozó una sonrisa, y con las piernas se dispuso a recibir mi regalo, debo de reconocer que sus dudas sobre si su coño iba a aguantar semejante aparato me excitaban, por supuesto que lo iba a hacer, por las buenas o por las malas. Así que cogí el consolador con mi mano y poco a poco lo fui introduciendo dentro de su coño. A medida que le iba entrando ella emitió gemidos de placer mezclados con otros de dolor, pero al final el aparato le entró del todo, en ese momento yo le pregunté:

    -¿Te gusta puta?

    -Si mi ama respondió ella entre gemidos.

    Yo seguí moviendo el aparato dentro de ella, que se puso a gemir de una forma brutal, hasta que me pidió permiso:

    -¿Me puedo correr mi ama?

    -No te acostumbres zorra, le conteste.

    En ese momento miré mi reloj y me di cuenta de que si todo seguía según lo planeado pronto iba a ocurrir algo, así que me puse a masturbarle de una forma muy intensa, sus gemidos se oírian por toda la casa, ese era el plan, y según lo previsto la puerta se abrió a la vez que una voz preguntó:

    -¿Mama te pasa algo?

    Era el hijo de Eva, al que yo había ordenado volver sobre esa hora, al ver a su madre desnuda y con las piernas abiertas preguntó.

    -¿Pero mama, que haces así?

    En ese momento yo me acerqué a él, y como había hecho con su madre antes, le abofeteé, después le dije:

    -Esa que ves ahí no es tu mama, es una putita, igual que tú no eres su hijo, eres un putito, y los dos me pertenecéis.

    Noté en sus caras una expresión de sorpresa. Eso me agradó y a continuación ordené al putito:

    -Venga, dejarte de chachará y quítate la ropa, quiero que te quedes solo con el short.

    Él ya estaba acostumbrado a obedecer todas mir órdenes, así que superando la vergüenza que daba desnudarse delante de su madre se quito la ropa tay y como yo le había indicado, a continuación, le ordené sentarse en la cama al lado de su madre, cuando lo hizo ordené a esta:

    -Mira tu hijo, tiene la polla dura, bajo su short de verte desnuda, tú eres una zorra y vas a tratarle como si él fuera un cliente, comienza por acariciarle la polla por encima de su short.

    Sentía que estaba sometiendo su putería y sometimiento a la más dura prueba ver si su condición de puta se imponía a la de madre religiosa delante de su hijo. Ella dudó un instante, pero llevó una de sus manos hasta el bulto de su hijo y se puso a acariciárselo, el chico se quedó sorprendido estaba viendo por primera vez a su madre como una verdadera puta, y a su vez esta le estaba dejando de ver como un niño para verle como un macho al que ver a una mujer desnuda, aunque fuera la zorra de su madre, le ponía la polla dura, pasado un tiempo le ordené a ella:

    -Sácasela del short, déjasela libre, y cuando lo hizo añadí, ahora acaríciasela.

    Ella ya no dudo, sacó la polla de su hijo del short y se puso a acariciarla, él la tenía bien dura, en ese momento le dije a ella:

    -Como puedes ver zorra, no es que sea una maravilla de tamaño, pero algo más que el mariquita de su padre es.

    Después me dirigió al chico y le dije:

    -La zorra de tu madre te está meneando la polla, tú en compensación deberías hacerle algo a ella.

    El chico llevó una de sus manos hasta el coño de su madre y se puso a acariciárselo, ella parecía haber pedido cualquier tipo de vergüenza y se dejaba hacer, los dos comenzaron a gemir, en ese momento supe que los tenía dominados, en ese momento le ordené a ella:

    -Ya está bien de jueguecitos, ponte de pie, puta.

    Ni que decir tiene que ella obedeció y cuando lo hizo le dije al chico;

    -Venga, cualquiera que fuera un poco hombre ante una zorra así le acaricia el trasero.

    No dudó en seguir mis indicaciones y puso sus manos sobre el trasero de su madre, le dejé hacerlo un momento, luego dirigiéndome a su madre le ordené:

    -Zorra, tienes una polla a la vista, ¿Qué esperas para chuparla?

    Definitivamente su condición de puta se había impuesto a cualquier otra, se arrodilló, cogió la polla del chico con una de sus manos y la llevó hasta su boca y se puso a chupársela, a él se le notaba que disfrutaba de la boca de su madre, a la que yo había enseñado a chuparla muy bien. Al rato le dije al hijo:

    -Putito, ¿No crees que al alguien que ve un coño como el de tu madre, debe de rendirle homenaje con su boca?

    Creo que los dos entendieron mi idea ella se puso tumbada sobre la cama con sus piernas bien abiertas, su hijo se colocó en situación invertida, y les ordené:

    -Venga, ¿A que estáis esperando? Quiero ver como os coméis vuestros sexos el uno al otro.

    Creo que en realidad los dos estaban esperando mis indicaciones para dar rienda suelta a sus deseos, mientras la madre se metió la polla de su hijo dentro de su boca y comenzó a darle unas mamadas espectaculares, mucho más intensas de lo que le había dado a muchos de los tíos con los que yo la había obligado a follar, por su parte él comenzó a comerse el coño de su madre con verdadera devoción, mucho mayor que cuando yo le obligaba a comerse el mío, o el de la criada.

    -Lo único que sentía era el cornudo del padre del chico no estuviera allí viendo el espectáculo.

    Al rato pensé en subir la apuesta, le ordené a Eva dejar de chupar la polla de su hijo y a este tumbarse encima de la cama, después les dije:

    -Bueno putitos míos, ya es hora de que folleís.

    Los dos habían asumido perfectamente que debían de obedecer mis ordenes, no obstante, ella, mostró un pequeño digno de independencia cuando se dirigió al armario en busca de los condones que escondía del cornudo de su marido.

    Al darme cuenta la sacudí un tortazo y le dije:

    -¿A dónde crees que vas zorra?

    Pero ama, intentó protestar ella, aún soy fértil y mi hijo podría dejarme preñada.

    Zorra, le respondí, si tu hijo te deja preñada ¿Qué problema hay? Igual se podría parecer a tu marido y llevar sus genes, lo único que cuando tuviera su mayoría de edad follaria con su madre abuela.

    Comprendiendo que yo no iba a cambiar de opinión, se dirigió hacia donde estaba su hijo, se sentó encima de él y mirándome me pidió permiso, yo con mi mirada se lo concedí y ella llevando con su mano la polla de su hijo hasta la entrada de su coño, la introdujo en su interior y comenzó a cabalgarle, el chico al sentir el coño de su madre rodeando su polla comenzó a gemir, mientras gritaba:

    -Mami esto es delicioso, me gusta mucho.

    -¿Cómo mami? Cuando estéis follando, si es que yo os autorizo para hacerlo debes dirigirte a ella como señora puta.

    -Si mi ama, dijo el chico dirigiéndose a mí, y dirigiéndose a su madre dijo, señora puta, me gusta mucho esto, aunque sea pecado.

    Al escuchar esto yo no pude más que reírme, me encantaba que aún pensando que estaban cometiendo un pecado grave colocaran mis ordenes por encima de cualquier otra cosa. Los dejé disfrutar un rato hasta que les ordené:

    -Venga putitos, se os acabó el recreo, vais a demostrarme de lo que sois capaces, zorra, bájate de encima del putito, quiero que le des gusto con tu boca y con tus tetas, ya.

    Eva se bajó de encima de su hijo, y se puso nuevamente a chuparle la polla, se lo deje hacer un rato y después le dije que se pusiera a darle gusto con sus tetas, ella sacó la polla del chico de su boca y se la puso entre las tetas, no es que la polla fuera precisamente de un bien tamaño, pero ella l apretujó entre sus dos pechos y comenzó a moverla, el chico volvió a gemir, cuando le noté muy excitado le dije:

    -Hoy me pillas muy caritativa, te voy a dejar que te folles a la puta de tu madre, pero como se te ocurra llamarla mama mientras tengas tu pollita dentro de ella, nunca más te dejaré metérsela.

    Le ordené a ella que se tumbará sobre la cama con las piernas bien abiertas y le advertí que recibiría un duro castigo si mientras follaban le llamaba hijo, ella obedeció abrió bien sus piernas, y dejó que su hijo se la metiera en su interior, este al sentir el calor del coño de su madre se puo a gemir mientras decía:

    -Ayyy mi zorrita me encanta tu coño pecaminoso.

    -Mi niño vicioso, me encanta sentir tu polla dentro de mí

    Así estuvieron corriendo, hasta que el chico dijo:

    -¿Mi ama, siento que me voy a correr Puedo sacar mi polla del coño de esta zorra?

    -Ni hablar putito, le contesté, si dejas preñada a esta puta, lo único que debéis de hacer, es hacerle creer al cornudo que él es el padre, que, por otro lado, o dejan de ser sus gemes.

    El chico comprendió que debía hacerlo, y de otro lado sentí que con esta orden estaba satisfaciendo sus deseos más ocultos del complejo de Edipo, así que siguió montando a su madre hasta que se corrió.

    -Mi amor, no sabes cómo me has puesto el coño de leche, le dijo ella.

    -Zorra tiene la polla sucia, ¿No pensaras dejársela así?

    Ella entendió mi orden, hizo tumbarse a su hijo sobre la cama, y llevando su lengua hasta la polla de su hijo se puso a tragarse con su lengua todos los restos de semen que se habían quedado pegados a ella, la polla del chico se volvió a poner dura, yo viéndola le ordené:

    -Zorra, ¿Cómo es que puedes ver una polla dura y no hacer nada? Venga quiero que le montes ahora mismo.

    Como pasaba con su hijo, creo que la madre estaba esperando mis instrucciones, para hacer lo que en realidad le apetecía, así que nada más oírme se puso de rodillas encima de su hijo y metiendo su polla dentro de su coño comenzó a cabalgarle, nuevamente los gemidos de los dos se mezclaron, y nuevamente yo vi en ambos unas ganas de follar que no los había visto otras veces, el chico llevó sus manos a las tetas de su madre y comenzó a acariciárselas, mientras le decía:

    -Putita de adoro.

    Y yo a ti mi rey respondió ella.

    Estuvieron follando hasta que el chico dijo:

    -Putita me corro.

    -Para eso esta el coño de tu madre, le repliqué.

    Los dos comprendieron mi deseo, que la leche del hijo corriera por el coño de su madre, y asó se hizo, daba gusto ver el coño de Eva, y bueno si se embarazaba lo haría de su propio hijo, era algo que tenía su morbo, cuando el chico hubo terminado de eyacular, su madre se bajó de encima de él, en ese momento una idea vino a mi cabeza:

    -Putito ponte boca abajo.

    El chico obedeció, y al hacerlo su culo quedó ante nuestra vista, en ese momento le dije a su madre:

    -Zorra, tu hijo se cree muy macho porque te ha follado y ha echado su asquerosa leche dentro de tu coño, es necesario devolverle a la realidad y que comprenda su condición de sumiso, y tu como madre vas a hacerlo, recuerdas el regalo que tr hice, ce a por él.

    Me refería a un consolador de gran tamaño que yo había comprado a mi sumisa, ella pareció dudar, pero se encontró con mi cara y se dio cuenta de que si no lo hacía recibiría un gran castigo, así que resignada fue hacia el armario de su habitación y pude comprobar como entre la ropa escondía mi regalo, lo cogió con su manos, junto con su arnés, y lo trajo hasta la cama, donde su hijo seguí tumbado, le ordené al chico ponerse a cuatro patas, y luego en voz muy baja a su madre ajustarse el aparato como si fuera un tío, ella con mucha vergüenza, pero teniendo claro que debía obedecer se lo ajustó, la hice una señal para que se pusiera de rodillas detrás de su hijo.

    Y comprendiendo mis deseos fue acercando el aparato al culo de su hijo y de un golpe se la metió por ese agujero. Él al sentir la polla de su madre penetrándole se puso a gemir, ella se dejó llevar por su instinto, y comenzó a jugar con su polla artificial como si fuera natural, y a moverse con rabia, el chico comenzó a sentir una mezcla de dolor y placer y entre gemidos le dijo a su madre:

    -Ay mama, me duele.

    -¿Te duele? Le pregunté, si tu quieres le ordenó a esa zorra que dejé de sodomizarte

    -No ama, se vio obligado a reconocer, me duele, pero me gusta mucho quero que mi madre me segua sodomizando, aunque sea un pecado muy grande.

    Su madre seguía follando su culo con rabia. Nuevas ideas perversas vinieron a mi cabeza, y le dije:

    -De acuerdo dejaré que la zorra de tu madre te siga dando por el culo, pero te va a costar caro.

    -Lo que sea ama, me respondió.

    -Bien dije yo, desde ahora mismo dejaras de llevar short, tu ropa interior será las bragas de tu madre.

    Mientras conversábamos, esta seguía follando el culo de su hijo, que gemida de una manera muy intensa hasta que este se corrió, en ese momento le ordené, sin lavarse ponerse las bragas de su madre.

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  • Con el mesero en las cabinas

    Con el mesero en las cabinas

    Esto pasó en Veracruz, México, hace algunos años en dos ciber cabinas de encuentro gay que frecuentaba para disfrutar mi lado bi.

    La dinámica en las cabinas era que, por un chat interno, todos los asistentes nos comunicamos indicando nuestro rol y lo que buscamos (pasivo busca activo o inter etc.) entonces después de una breve charla uno iba a la cabina del otro y empezaba la acción.

    Otra forma era que uno caminaba frente a las cabinas que tenían la puerta abierta, y si había química pues te invitaban a entrar.

    A mí me gustaba más charla por el chat y si había interés pues me pasaba a la cabina del activo o él iba a la mía.

    Una tarde charlando por el chat un activo me dijo que buscaba sexo con un pasivo varonil, pero que antes quería recibir una buena mamada… Se me hizo agua la boca y mi culito empezó a palpitar… ¡Le dije claro! Voy a tu cabina: Al abrir la puerta lo vi sentado con la verga parada, brillosa y húmeda de la punta. Todo estaba oscuro, lo único que iluminaba era la pantalla de la compu, pero en esta ocasión el brillo estaba al mínimo, así que la visión era limitada.

    Me arrodillé y después de decir “hola!” tome su verga morena y caliente, la sobé con ambas manos y le empecé a dar lengüetazos en la punta del glande, quería ver esa verga más brillosa y dura que como la encontré, vi que le gustaba eso y lo seguí haciendo unos minutos más, después me metí esa verga gruesa en mi boca lo más que pude, era como de 18 cm, y gruesa, no se decir que tanto, pero creo que ligeramente más gruesa de lo normal, también chupe y lamí sus depilados huevos que estaban grandes y se me antojaron… me gustó tanto chupar esa verga negra que me la metía casi toda en la boca, y hacía que la punta de ese pene chocara con el fondo de mi garganta…

    Entonces me dijo: bájate el pantalón… o mejor quítatelo. Lo hice en automático, él se bajó los pantalones a los tobillos y me pidió que me recargara en la base de la silla y estando de pie separó mis piernas. Se puso atrás de mí, se escupió los dedos de una mano y me untó su saliva en la entrada de mi culo, lo cual me produjo un cosquilleo rico. Entonces le dije: métela despacio, al principio me duele un poco, él dijo: ok…

    Y entonces acomodó su verga en mi ano, y empezó a empujar despacio una y otra vez mientras sentía como entraba en cada empujón… hasta que sentí que se tallaba contra mis nalgas, y le pregunté: ¿ya entró toda? Y me dijo: ¡Hasta el fondo, disfrútala! entonces empezó a bombearme con su verga una y otra vez con más intensidad. Luego más lento, y luego más rápido… podía sentir sus huevazos contra mi mientras yo disfrutaba al máximo de esa verga y movía mis caderas en círculos y hacia atrás en cada metida que me daba… Seguramente los de otras cabinas podían escuchar mis jadeos, así como yo a veces escuchaba los jadeos de otros pasivos siendo cogidos.

    Tal vez me taladró por 20 minutos sin descanso mientras me sobaba la espalda o me acariciaba mis tetillas, y sentía su aliento en mi nuca, lo cual era excitante…

    Después de eso empezó a aumentar el ritmo de sus metidas. Sabía que pronto estallaría de placer cuando empezó a jadear y a meterla más duro y hasta el fondo de mí, y como no se puso condón le pedí que terminara afuera, y así lo hizo, un poco de leche quedó en mis nalgas escurriendo y el resto en la pared de la cabina… Se me antojaba probar esa leche o chuparle la verga para limpiarle la leche, pero no dije nada y me quedé con las ganas. Estaba muy excitado y feliz por la cogida que había recibido, le pregunté si era mesero (por su uniforme) me dijo que si, y que ya se iba a trabajar, chocamos los puños de nuestras manos y nos despedimos.

    Hasta ese día nuca había tomado leche de macho, pero tenía ganas…

    Unas 3 semanas después del primer encuentro con el mesero, volví a las cabinas, y siguiendo la costumbre por el chat empecé a platicar con alguien que buscaba sexo, ¡fui a su cabina y oh sorpresa! era el mesero moreno! Diría que definitivamente nos dio gusto volvernos a encontrar, en esta ocasión la cabina era más grande y tenía un cómodo asiento acojinado en forma circular, me dijo siéntate ahí… Y en cuanto lo hice saco su tremenda verga y la puso frente a mi boca diciendo: ¡chupa putito, chupa!

    Y empecé a chupar esa verga negra otra vez, me la metí completa a la boca, la chupaba desde la punta hasta la base del tronco mientras mis manos la recorrían, yo la llenaba de baba y saliva para lubricarla bien para lo que seguía… también lamia sus huevotes y los acariciaba, ese pito se puso bien parado y venoso, y yo trataba de meterlo completo a mi boca pero ya no cabía, así que mientras la tenía al fondo de la garganta con la punta de mi lengua empecé a lamer sus huevos…y la baba escurría de mi boca mientras el empezó con un rico mete y saca en mi boca.. Pensé que me descargaría su leche en mi boca… Entonces me dijo:

    Ponte en 4..

    Me quité el pantalón, me puse en 4 en el mueble, separó mis piernas, me pidió que abriera mis nalgas y entonces con mi frente en el mueble y mis manos abriendo las nalgas quedé empinado ante él.. Enseguida me la metió de un empujón… vi hasta estrellitas…empezó a cogerme con mucha intensidad, y hasta parecía furia… se escuchaba el “flop flop” en cada metida de tanta saliva que tenía esa verga…

    Entonces empezó darme bien “rápido y furioso” sentía la verga hasta el fondo en cada metida, y pude sentir un ritmo: 5 o 6 metidas rápidas y una profunda seguida de movimientos circulares, y las metidas rápidas volvían a empezar.

    Yo gemía y jadeaba de placer… y hasta sacaba la lengua del placer que me daba ese ritmo de sexo… cuando tenía como 30 minutos dándome verga, y yo gemía y gemía… escuchamos un ruido en la pared de la cabina, y por la parte de arriba se asomó un chico como de 20 años, nos detuvimos un instante pensando que tal vez quería tomarnos fotos o video… entonces el chico hizo una seña con la mano indicando que solo quería ver, entonces el mesero lo invitó a pasar, entró y se puso a vernos como volvíamos a lo nuestro.

    El mesero volvió a cogerme con fuerza e intensidad mientras yo jadeaba y buscaba la posición más cómoda para seguir recibiendo esa verga morena. Entonces el chico “mirón” se sacó la verga y se la jalaba solo, entonces le pedí que se acercara y me metí su verga en mi boca, me cupo completa, la chupaba y succionaba, mientras mi macho me tenía empinado y me enterraba su verga en mi culo de forma intensa, profunda, y más rápido (tal vez se excitó más al verme chupando la verga del chico) le acariciaba los huevos y le seguía succionando su verga… me tomo la cabeza con fuerza mientras me cogía mi boca como si fuera una vagina… de repente descargo su leche en mi boca!

    No lo esperaba tan rápido, por lo caliente que yo estaba no dudé en tragarme esa leche de macho que por primera vez recibía en mi boca, no me disgustó, caliente y con la consistencia del atole de avena, pero sin dulce, y como se hace en la películas XXX se la chupé hasta sacarle la última gota, y sin dejarle rastro de semen en el glande, eso me puso más hot!, me sentí como actriz porno… En cuanto el chico recobró el aliento se abrochó el pantalón y se fue.

    Casi al mismo tiempo que el chico cerraba la puerta de la cabina el mesero aumentó su ritmo y me la metía mas fuerte y rápido mientras salía de su boca algo que pareció un gruñido… entonces sentí algo nuevo para mi. Algo caliente se derramó dentro de mí y se extendía a cada metida de verga… se vino dentro de mi, no me di cuenta de que no se puso condón, pero me gustó mucho sentir el lechazo caliente dentro de mi. Se estuvo moviendo un ratito hasta que perdió la erección y me la sacó, entonces me giré para ver su verga que aún le escurrida leche y babita… me volvieron las ganas de limpiarle la verga con mi boca como agradecimiento, esta vez sí lo hice…

    Me arrodillé frente a él y le chupé la verga como si yo fuera un becerito, aún tenía gotas de leche en la base del tronco, en cuestión de 3 minutos chupé, lamí, y limpié ese pedazo de carne morena. Después de eso se vistió, nos despedimos y se fue a trabajar mientras yo me limpiaba su leche de las nalgas.

    Nunca lo volví a ver…

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  • ¿Él, ella o ambos? (4)

    ¿Él, ella o ambos? (4)

    En el relato anterior, era un día sábado después del mediodía y hago una videollamada provocativa a Gabriela.

    Yo: poniendo carita sensible, y con el dedo índice en la boca, “hola Gaby, vas a venir conmigo, te extraño mi amor”. Primera vez que le digo mi amor a Gabriela.

    Pasó muy poco tiempo, y llaman a la puerta, era Gaby, yo con una sonrisa al verla, ella me vio y se le hacía agua la boca, no podía creer lo que veía. Venía con una mochila, la deja en el suelo, me abraza y me come la boca, y me dice, “estás hermosa mi amor, me calientas”, nos seguimos besando a plena lengua, ella me levanta la pollera y acaricia mis muslos.

    Caminamos mientras nos besamos, doy contra la mesa, ella me recuesta, se inclina, corre la tanga a un lado, y me chupa la conchita humeda, le pasa toda la lengüita a vulva, me vuelvo loca de placer, después de un rato me dice “no te muevas, ya vengo”, abre la mochila, y saca un arnés con una pija, se saca el pantalón y la tanga, se coloca el arnés, y viene hacia mí, me mira y me dice “¿te gusta amor, quieres probar?”, si le digo, cogeme.

    Con la pija del arnés, me acariciaba la concha, coloca mis piernas sobre sus hombros, coloca la pija en la entrada, y me va penetrando, yo doy un gemido agudo, y me la va entrando, como puedo me libero de la camisa, y dejó libre las tetas, Gaby comienza el mete y saca despacio, por mis jugos la pija entra y sale fácilmente, ella en un hilo de voz me dice “te gusta amor”, le respondo “sí mucho, cogeme toda, dame fuerte aaah, aaah, aaah, así, no pares amor aaahh, aaah, que rico, me voy a venir, aah.

    Ufff, quedo agitada sobre la mesa, la miro a Gaby, y la veo con el arnés y la pija, no puedo no reír, sigo agitada, y le digo, mientras la beso, “que linda pija tienes” y se la agarro con la mano, “me sacudiste lindo eh”. Ella me besa y le correspondo el beso, me quito el corpiño y me quedo desnuda frente a ella, mientras la ayudo a despojarse de la poca ropa que le queda puesta, tenemos una charla.

    Gaby: Perdoname que traje el arnés, me pareció bueno, que te gustaría, lo único si, no tiene leche.

    Yo: la miro y le pido, recuéstate en el sillón y hazte a un lado así yo me acuesto a tu lado. Quedamos las dos abrazadas, y le digo; mira una cosa, a lo largo de mi vida me acosté con no sé cuántos hombres, y recibí y probé buena cantidad de semen, a ninguno se le ocurrió, ir un paso más adelante conmigo, tú sin embargo, y sin que yo lo esperara, te la jugaste y avanzaste para tener algo conmigo, jamás se me hubiera ocurrido, tampoco hice algo para provocarlo.

    Y me sorprendiste, y me encantó también, que alguien se la juegue, y te voy a decir otra cosa, el fin de semana pasado no se si te diste cuenta, no usé la palabra amor contigo, te veía como amiga todavía, amiga con derechos, ayer viernes que yo estaba loca, que me llevaba el demonio, cuando regresé del trabajo me dije, ¿y por que no?, ¿por qué no intentar?, no tengo que esperar nada de Guillermo, ya fue, así que Gaby, mi amor, voy a intentar tener una relación contigo, y me voy a brindar y abrir mi corazón contigo mas que ahora, ¿que dices?.

    Gaby: Te amo Andre, beso.

    Yo: tienes los ojos vidriosos y con lágrimas boba.

    Gaby: si tonta me hiciste emocionar con lo que dijiste

    Con mi camisa le seco los ojos y nos besamos, seguimos las dos desnudas acostadas en el sillón.

    Yo: ¿te quedas hasta mañana?

    Gaby: Obviooo Andre de mi corazón

    Yo: ni esta noche ni mañana tenemos que pedir comida. Te voy a cocinar.

    Gaby: la vamos a pasar muy bien.

    Yo: tenemos que ver cómo nos enfrentamos al mundo.

    Gaby: ¿a que te refieres?

    Yo: ¿nos vamos a quedar siempre encerradas?, ¿nunca saldremos juntas?, ¿cómo vamos a enfrentar a las familias?

    Gaby: Joder, tienes razón. ¿Si vamos así en pelotas queda mal no?

    Yo: juuuaaa, “buenas, te presento a mi novia jajaja”

    Gaby: jajaja. ¿Tú no tienes familia aquí?

    Yo: no en el interior. ¿Tú qué le dirás a Guillermo?

    Gaby: no sé, ¿y tú qué le dirás?

    Yo: cuando venga, lo atiendo en la puerta, le digo, mirá, yo estoy comenzando una relación, tú no viniste, la vida siguió y me sorprendió gratamente, te voy a pedir que no vengas, para no tener problemas ni vos ni yo, espero me perdones.

    Luego de decir esto, seguimos abrazadas en el sillón, desnudas, nos miramos, nos acariciamos suavemente, mientras la piel nos rozaba, yo le acariciaba la cara y el pelo a Gaby, sin dejar de mirarnos, ella enredaba sus dedos en mi cabello, nos estábamos conectando, era una sensación hermosa, no nos importaba el tiempo, en voz baja le digo a Gaby “te amo”, ella me responde “yo más”. Nos besamos, nuestras lenguas se acariciaban, intercambiamos nuestras salivas, nunca imaginé sentir esta sensación tan hermosa.

    Yo: Gaby, quiero que hagas algo.

    Gaby: ¿qué quieres mi amor?

    Yo: Quiero que me hagas el amor.

    Ella hizo lugar en el sillón, me acomodé, levante una pierna contra el respaldo, Gaby se colocó sobre mi, y acomodó el pene del arnés en la entrada de mi vagina. Con un suave movimiento me fue penetrando, tan húmeda estaba que entró de una sola embestida, abracé a Gaby con las piernas, estaba en un hermoso jadeo, ella no paraba de besarme mejilla, cuello, tetas, yo le hundía mis dedos en su espalda, le pedia “mas, dame fuerte, me gusta, más, más, más, así, así, aaah, aaah”. Tuve un orgasmo profundo, Gaby quedó sobre mí, ambas agitadas, la bese, y le digo “nunca antes sentí lo que siento contigo, me tienes en una nube”. Ella me responde, “no digas mas nada voy a llorar”, le respondo “boba jajaja”.

    De a una pasamos por el baño, yo me puse la bata, así podía estar desnuda, Gaby pasó al baño y también se puso una bata, cuando la veo le digo “copiona”, ella se ríe. Cuando saqué la tarta de la heladera, Gaby se sorprendió, no podía creer, y me dice “oye, el fin de semana que viene, vienes a mi casa, corresponde que yo te cocine, y que conozcas mi casa”, “echo” le respondo. Calenté la tarta, entre las dos pusimos la mesa, le fuí indicando donde estaban las cosas, en un momento miré y dije en voz alta, “somos pareja”, y casi me emociono, Gaby me mira y viene hacia mi “si mi amor lo somos” y me besa. Es algo hermoso, no se puede explicar.

    Mientras cenábamos, ella me felicitó por la tarta, le agradecí. Y se dio el siguiente diálogo:

    Yo: Sabes que con esto que estamos viviendo, me tienes loca de amor.

    Gaby: ya lo sé, me di cuenta, y vos también me tienes igual.

    Yo: tengo ganas de darte las llaves de aquí.

    Gaby: tranquila Andre, no nos apuremos, me encantaría, pero bajá un cambio, vamos despacio, es apenas una semana de lo nuestro.

    Yo: si, tienes razón.

    Juntamos la mesa, ella se ofreció a lavar los platos, mientras lavaba la abracé por detrás, le acaricié las tetas, “así es imposible mi amor” me dijo.

    En cuanto terminó, las dos nos fuimos a la habitación, quedé de espaldas a la cama, nos besamos, le solté el cinto de la bata, ella hizo lo mismo con la mía, le acaricié los hombros, y la bata se deslizó por su cuerpo hasta caer al suelo, ella me beso con pasión y me desnudo, yo me di la vuelta, le di la espaldas a Gabi, ella acarició mis pechos, yo tomé sus manos y acompañé el ritmo, ella me susurró en el oído, “no tienes idea cuanto te amo Andre”, le respondo “si lo se, y te voy a dar un premio, haceme la cola”, “por Dios Andre, ¿en serio?, y muevo la cabeza afirmativamente, mientras me arrodillo en el borde de la cama.

    Ella se acomoda el arnés, me chupa la conchita, pasa la lengua por toda mi colita, juega con el anito, y me escupe, coloca el pene del arnés en el ano, levanto bien el culo, y me entierra la cabeza, no le tengo que indicar nada, masajea mis nalgas y empujó otro poco, y despacio me la metió toda, yo diciendo “ayyy que rico mi amor, que bien te mueves” “aaay asi, asi mi vida, cogeme toda, soy tuya”, escucho que dice si me gusta, “si me encanta amor, no pares”, con una mano me toco la vagina, y siento su mano sobre la mía, me caliento, ella acelera el ritmo y me vengo en un tremendo orgasmo, caigo agotada sobre la cama, y ella sobre mi; alcanzo a decirle “como me cojes hija de puta” y las dos nos reímos.

    Pasamos por el baño, y nos acostamos, mirándonos nos quedamos dormidas.

    Espero que les haya gustado.

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  • Nosotras cuatro contigo (1): Al mar (parte 1)

    Nosotras cuatro contigo (1): Al mar (parte 1)

    Nina lo vio en la panadería. Parecía un padre de familia. Llevaba una camisa a cuadros y la barba tupida. Fue muy amable con la cajera, y al salir se encontró con una mujer, de la que se despidió alegremente con un beso en la mejilla. Nina no quería que él la viera y le escondió la cara, fingiendo que no se podía decidir entre galletas y polvorones.

    —Parece un hombre bueno —se dijo Nina, mientras el corazón se le hacía un puño.

    Cuando regresó a su departamento, se puso a dar vueltas a la sala. Quería ver si podía acordarse de su nombre. ¿Pablo? ¿Juan? ¿Alguna vez había sabido el nombre, siquiera? Consideró llamarle a Fer, la única de sus amigas de esa época a la que aún le hablaba, pero… ¿qué iba a decirle? “¿Te acuerdas cómo se llamaba ese chico al que…?” ¿Y con qué palabras iba a terminar la frase?

    ¿Cuál sería su nombre? Ella misma no se llamaba Nina. Nina era un apodo que le había puesto, burlándose, Dinora Herrera, el primer día de secundaria. Ya ni se acordaba por qué. Pero a ella le gustó el apodo: la hacía sentirse pequeñita, veloz y gatuna. Desde la secundaria, Nina usaba suelto su pelo negro y lacio, y arrastraba un poquito el delineador hacia sus sienes, haciendo que los ojos se le vieran largos y oscuros. Cuando se maquillaba, Nina terminaba de sentirse Nina… y por eso se acordaba de Dinora.

    Buscó en su cajita de recuerdos (una vieja caja metálica de galletas de navidad) y encontró una foto de las cuatro: ella, Dinora, Fer y Arteaga. Era la impresión descolorida de una foto de celular viejito, y debajo había mensajes con plumones que decían: “sabes que te amo… de 3 a 4”, “suerte con la vida, putita, mi cielo”, “¡pinche Nina, hasta que te acordaste de mí!”. ¿De quién era cada mensaje?

    Dinora Herrera fue su amiga muchos años, incluso cuando la universidad las separó. Era la líder del grupo. Tenía una cara ovalada, un fleco castaño y una perforación en la nariz; Nina se acordaba de ella con la cara oculta en la capucha de una chamarra rosa, que Dinora usaba mucho. Su voz era clara y sus ojos brillaban cuando hablaba. Dinora tenía una bonita figura; a veces parecía que intentaba esconderla un poco, pero todos la notaban. Eso le daba autoridad, y le permitía ser cruel.

    Estudiaban en un mundo violento, lleno de hombres muy agresivos entre sí, hombres que parecía que de un momento a otro podían arrastrarte con ellos, llevarte, como mujer, a un lugar oscuro…; tener una amiga que tuviera fama de ser cruel, en realidad, era tranquilizador.

    Fer era un poquito masculina, lo que a Nina le gustaba mucho. Usaba corto su cabello castaño y era la más grosera de las cuatro. Era a la que más suspendían de la escuela: la que primero fumó, la que primero bebió. Fue la que le prendió fuego al bote de basura del director. También fue la que por fin acusó al profesor de Educación Física de intentar tocarla. Era una… una buena amiga. Fer se volvió periodista a los 22 y a los 23 salió del closet.

    Arteaga seguía a las otras tres. Copiaba sus insultos; secundaba apodos, los desplantes y las hostilidades de Dinora; apoyaba a Fer en sus las provocaciones, medio vandálicas, primero contra la secundaria… y luego contra la preparatoria. Era la más morena de las tres; también era la única de las tres a la que habrían llamado “gordita”. Eso, en la secundaria pública en la que estuvieron, era un motivo de burla enorme, y pertenecer a ese grupo de amigas era para Arteaga una forma de supervivencia. Dinora no se burlaba de ella, ni intentaba que se sintiera excluida… pero era a la única a la que las amigas llamaban por su apellido.

    Las cuatro se mantuvieron juntas en la preparatoria; el evento del que Nina se acordaba ahora ocurrió justo antes de que ellas entraran a la universidad. Y aún en la universidad, no habían dejado de verse por completo, así que el evento no podía ser tan grave, ¿verdad? No había sido eso lo que las separó… ¿o sí?

    Habían juntado dinero para irse dos semanas a la playa. Ninguna había viajado casi a ninguna parte, y ese momento las hacía sentirse adultas. Todas tenían 18, menos Arteaga que tenía 19, porque había repetido un año antes de conocerlas.

    En una mañana fresca, las amigas tomaron el camión que las llevaría en un viaje de siete horas. El camión tenía una fila de asientos dobles, y una fila de asientos únicos. Fer se sentó de inmediato en el asiento solitario. Nina y Dinora se subieron antes y se sentaron juntas. A Arteaga le tocó sentarse en un lugar en la fila doble, que las amigas sabían que iba a compartir con un desconocido. Le habían dejado el lugar que ninguna quería.

    En algún momento subió un jovencito como de su edad. Era alto. Usaba un chaleco gris, que mostraba unos brazos largos y flacos; tenía una sombra de barba en una cara sumida y pálida; la mandíbula se le marcaba y unos lentes pequeños y pesados le descansaban sobre dos orejas grandes.

    —Viene uno de los que te gustan —le dijo Dinora a Arteaga, subiéndose al respaldo de su asiento para pellizcarle el hombro.

    Dinora tenía razón. Cuando el chico se sentó junto a Arteaga, ella se giró sin ninguna delicadeza, para inspeccionar sus rasgos, y sonrió.

    Desde la secundaria, Arteaga se había sentido atraída por sujetos así, un poco raros, nunca completamente guapos, quizá porque era lo que ella sentía que podía conseguirse. Se encaprichaba con ellos y los veía a lo lejos. Al principio, Dinora se burlaba de ella, y le decía, en voz alta y en público, que estaba demasiado urgida y que se quisiera un poco. Pero cuando estaban en preparatoria, Dinora ideó un plan extraño: empezaron a cazar a los chicos que le gustaban a Arteaga. Era casi un ritual. Sorprendían al chico en turno, lo aislaban contra una pared y hacían un medio círculo alrededor de él.

    Dinora estaba en el centro, se le acercaba con su linda cara y su bonita figura (secreta pero evidente); le tocaba el hombro, le susurraba alguna cosa trivial y respiraba en las mejillas; él se ruborizaba, sintiendo mucha vergüenza por su propia excitación. Cuando la mera cercanía de Dinora lo había erotizado lo suficiente, Fer lo empujaba hacia Arteaga, que intentaba besarlo. A veces, cuando la presa no cedía a su propia excitación, Dinora y Fer se tocaban los pechos y hacían además de enseñárselos… jamás los enseñaban, pero eso era suficiente para enloquecer a quien sea. Era un juego infantil en su forma, pero, jugado por chicas casi adultas, tenía mucho de perverso.

    ¿Cuál era el papel de Nina en este juego? El de un obstáculo. Nina ayudaba a cerrar el círculo alrededor de la víctima. Su papel era parecer cómplice, sonreirle al chico, tratar de relajarlo y animar, primero a Dinora a seducirlo, y luego a Arteaga a aprovecharse de él.

    —¡Ya lo pusiste todo rojo! —era el diálogo que más veces decía.

    A Nina nunca le gustó el ritual. Después de que habían repetido aquello un par de veces, Arteaga se aburría del chico y Dinora se aburría de su propia crueldad. Entonces Nina lo buscaba: siempre quería hablar con él y disculparse por lo que había pasado. Nina nunca se sintió como una buena persona… pero sabía que sus amigas hacían aflorar esa malicia que el mundo había puesto en ella.

    El juego, pues, era un poco perverso. “Pero con ese chico, el que se sentó junto a Arteaga en el viaje, hicimos algo distinto… algo peor”, se decía Nina mientras ojeaba sus recuerdos. O al menos quería decirse a sí misma que había sido algo distinto.

    El chico aquel (o al menos su versión madura, que Nina acababa de encontrarse en la panadería) tenía un vago parecido con Elijah Wood, así que la Nina madura decidió llamarlo “Elías”. Tomó el ticket de la panadería y escribió ese nombre con una pluma medio seca: “Elías”. Le pareció un nombre justo. Entonces se puso a recordar el viaje en autobús.

    Cuando recién empezó a tratar con Arteaga, Elías parecía ser un muchacho normal. Se presentó muy amigablemente. Iba con su hermano y un amigo de su hermano, de vacaciones. Ellos estaban al frente; él no quería ser inoportuno, así que les iba a dar su espacio. Solo quería acompañarlos para ver el mar antes de entrar a la universidad… antes de afrontar el resto de su vida. Nina, que escuchaba la conversación, sonrió. Ella también se sentía así.

    —¿Tú por qué viajas? —le preguntó Elías a Arteaga.

    —Nosotras —contestó Dinora, que se subió al respaldo de Arteaga para hablar —vamos a sacar las ganas de desmadre por un par de años. Romper alguna cosa… usar nuestras credenciales… entrarle a lo que se ofrezca… coger a lo pendejo.

    A Elías le pareció gracioso y contestó con un tono pensativo:

    —Cada quien a lo que va, pero creo que buscamos algo parecido. Sacar las ganas por un par de años.

    ¡Ay, Elías! Nina sabía que a Dinora no se le podía dar esa clase de cercanía: ella la convertía en un arma.

    —Esta Arteaga que nos acompaña… —dijo Dinora apuntándola —Está sin estrenar. Casi, casi que viene con el empaque intacto. Le andamos buscando un fajecillo.

    Arteaga no se ruborizó. Se rió. Su virginidad no le parecía una vergüenza, pero sí una carga. Le hacía recordar lo fea que se sentía. Sinceramente pensaba que Dinora quería ayudarla. Elías se rió; claramente estaba un poco incómodo, pero lo consideró una pequeña impertinencia de amigas.

    —A ver si encontramos a alguien —dijo Dinora, susurrándole al oído a Elías.

    El chico sonrió, tenso, y Dinora regresó a sentarse. Nina vio cómo, unos segundos más tarde, Elías se revolvió en su asiento, quizá tratando de disimular una incipiente erección. Durante el viaje, Arteaga empezó a jugar con su cabello, le llevó el brazo por detrás del cuello y finalmente se durmió en su hombro. Se la estaba pasando bien; Elías no parecía interesado en ella, pero tampoco le molestaba su coqueteo o era muy paciente.

    Nada más pasó con él en el viaje. Las amigas se separaron de él y buscaron el pequeño hotelito que las hospedaría, a media hora de la playa. Caminaron por los malecones de noche, buscando que los hombres les invitaran de comer y de beber. En algún momento, Fer desapareció. No contestaba el teléfono y las amigas se preocuparon. Reapareció dos días después: llegó de la nada al cuarto, un poco drogada pero muy feliz.

    —Estuve con la persona más maravillosa que he conocido —les dijo a las amigas cayéndose en la cama con la lengua medio dormida. La palabra “persona” las hizo sonreír, con comprensión y con ternura. Sí, incluso Dinora podía ser tierna.

    Al día siguiente, Fer las invitó a comer a una pequeña fonda junto a una playa. «Aquí me trajo», les contó, recordando a su fugaz amada. Los ojos de Fer veían, como caídos, las mesas y los tragos: lo veía todo con la luz complaciente de quien ha sido feliz en ese mismo lugar.

    Mientras comían, Arteaga reconoció una espalda, en una mesa que miraba directamente al mar. Elías veía romper las olas, mientras le daba vueltas infinitas a la pajita de su piña colada. Dinora y Arteaga intercambiaron unas palabras que Nina no pudo escuchar. Dinora se acercó hacia él:

    —También lo puedes ver de cerca. ¿Ni siquiera te vas a mojar los pies?

    —Me he estado mojando los pies estos días —le contestó, sonriendo mucho, a Dinora. —Pero, si ustedes van, las acompaño un rato.

    “Ay, Elías”, pensó Nina, otra vez. Sólo entonces se fijó en cómo iban vestidas. Dinora usaba una camisa a cuadros, rosa; estaba desabotonada y amarrada por sobre el ombligo, de tal manera que lo bombacho de la tela no dejara ver la forma de sus pechos. Cuando se giraba, se reconocía, debajo de la camisa, un traje de baño de dos piezas, negro. En sus piernas, tenía una faldita azul claro.

    Arteaga también usaba una falda y una camisa a cuadros, pero había invertido los colores: la falda rosa, la camisa azul. Arteaga no llevaba la camisa amarrada, sino abotonada de la parte de abajo y bastante desabotonada de la parte de arriba. Quería esconder su vientre, mientras mostraba su pecho, moreno y abundante.

    Fer usaba un largo vestido blanco, casi un camisón, debajo del cual se distinguían los destellos del traje de baño morado. Ella misma, Nina, llevaba unas bermudas cafés y una blusa color vino. Nina tenía que fijarse en todas estas cosas cuando empezaban una cacería.

    Cuando los cinco caminaban por la arena, Nina notó que Elías hablaba en voz alta, para que lo oyeran todas, y se volteaba a ver a cada una para compartir sus impresiones del lugar, o preguntar alguna cosa. Pero busca más que nada la cercanía de Dinora. Algo no estaba funcionando bien. Elías estaba demasiado calmado. Incluso cuando Dinora intentaba acercársele para tomarlo de la mano, el chico parecía escurrírsele de entre los dedos sin siquiera notar lo que ella quería.

    —Adelántate con él —le dijo Dinora a Arteaga, con un gesto de pequeño desdén. Luego se giró a Nina y le preguntó: —¿Por qué no nos sale bien?

    —Es la playa —concluyó Nina después de pensarlo —Necesitamos una pared si queremos “sitiarlo”… y estamos caminando por un lugar sin paredes.

    —Lo podemos llevar al malecón —sugirió Fer.

    —No, hay mucha gente —dijo Nina, que siempre era la más sensata.

    Elías y Arteaga dieron la vuelta y regresaron a ver a las amigas.

    —Ya las estábamos dejando atrás, perdón —dijo Elías; Arteaga hizo un gesto de molestia.

    —¿No te estamos alejando mucho del lugar en el que te quedas? ¿Dónde te estás quedando, por cierto? —le dijo Nina, en un golpe de imaginación. El diálogo era arriesgado, porque nadie piensa un paseo en la palabra como “alejarse”, pero al menos les saba una salida.

    —De hecho, estamos yendo justo en esa dirección. Me quedo en el hotel azul con blanco que se ve por allá.

    —¡Ah, qué suerte tienes! —siguió Nina. —A nosotras sólo nos alcanzó para un hostal bastante lejos. Casi casi hay que tomar un camión para llegar.

    Elías rio. Lo que pasó después la Nina madura ya no lo recordaba bien. Estaba claro que el hermano de Elías y su amigo habían conocido a dos mujeres en la playa y que probablemente no regresarían a dormir. Estaba claro que Elías tenía una forma de hacerlas pasar al hotel en donde se estaba quedando (formas que su hermano ya había probado). Nina tenía un vago recuerdo de pedir usar el baño y escabullirse entre carretillas de ropa de cama. Lo que no quedaba claro era para qué estaban yendo. ¿Para ver el hotel? ¿Para aprovechar un cuarto desocupado y dormir más cerca de la playa? ¿Cuánta idea tenía Elías de lo que podía pasar?

    Al llegar, Nina encontró un cuarto casi sin vida. Mochilas tiradas en el suelo, pero cerradas. Mesas de noche vacías. Camas destendidas pero tan blancas y tan rígidamente almidonadas, que parecían tener su propio orden. El cuarto tenía un balcón desde el que se podía ver la playa, con dos reposaderas, una mesita de cristal y un cenicero. ¿Cuánto costaría una noche en ese cuarto?

    Alguien puso música. La música sonaba horriblemente en esos primeros celulares, pero así estaban acostumbradas a escucharla.

    —¡Baila conmigo! —le exigió Dinora a Elías, mientras le echaba los brazos al cuello.

    Dinora hacía como que bailaban un vals de quinceaños, mientras se le acercaba, nariz con naríz. Elías la tomaba de la cintura, entrando en el personaje de chambelán, mientras sonreía un poco tontamente, ruborizado. Entonces Nina se dio cuenta de que lo estaba llevando hacia una pared. Las amigas se fueron acercando, Arteaga por atrás de Dinora, Fer por la derecha, Nina por la izquierda. El círculo era bastante ancho, para no llamar la atención de Elías. No querían cerrarle el paso. De momento, sólo querían que se sintiera observado.

    —¡Qué pasó, qué pasó! ¡Esa mano! —gritó Fer.

    Elías reaccionó sobresaltado. Alguien del cuarto de a lado podía escuchar a Fer. En realidad, ninguna mano estaba tocando nada en particular. Las manos de Elías, puestas en la cintura, estaban siento tan respetuosas como pedía el baile, pero él igual las despegó del cuerpo de ella.

    En ese momento, Elías recibió una llamada de su hermano. Después de esperar que los hermanos intercambiaran algunas frases, Dinora se quejó el voz alta:

    —¡Elías, cuelga o me visto!

    Su voz quejumbrosa y acariciadora excitó hasta a Nina. Después de un momento en el que Elías palideció y se hizo el mayor de los silencios, las amigas rieron.

    —Son unas amigas que conocí en la playa… —respondió Elías al teléfono. —Sí, amigas… Estamos acá, en la playa… Va… Mañana te veo… Sí, tú también.

    Y colgó. Las cuatro amigas se rieron. Nina recordaba todavía cómo se sintió esa risa en su cara: no podía parar de reir. ¿Por qué el chico no admitía que estaba en el cuarto con esas “amigas”?

    —Lo bueno es que no estamos “acá en la playa”, ¿verdad? —le dijo Dinora, con la misma voz excitante que había usado en su diálogo anterior.

    Las amigas gritaron un largo “uy”, festejando el atrevimiento de Dinora. Nina no podía creer lo excitante que le estaba pareciendo la situación: tenía las rodillas tensas, la necesidad de morderse el labio, la respiración agitada y empezaba a notar un calor y un flujo distinto en su entrepierna. Habían usado tantas veces ese mismo chiste, habían usado tantas veces esa misma rutina… pero ahora estaban en un cuarto de hotel. Todo se sentía distinto.

    Entonces, Elías intentó acercarle los labios para besarla. Dinora lo dejó intentar por unos segundos, hasta que tomó su mejilla con cuidado, le giró la cara y fue ella quien empezó a acercarse. Pero no se acercó a sus labios, sino a su oreja. Todas estaban esperando para ver qué era lo que le susurraría.

    —Tranquilo —fue lo que le dijo, finalmente.

    Entonces Fer lo empujó. Artega se adelantó un paso, se puso entre Nina y Dinora, atrapó a Elías de las dos solapas de su camisa y le dio un beso largo. Para hacer eso, Arteaga tuvo que quitar a Nina del paso, y por un momento Nina sintió las nalgas de Arteaga en el dorso de sus manos. No le importó. Era lo que la situación pedía. Sencillamente retrocedió para tener mejor vista del beso.

    Un gran “¡uh!” se escuchó en toda la habitación, y posiblemente en todo el pasillo, seguido del cántico “¡len-gua, len-gua, len-gua!”. Elías entonces se empezó a reír. No había rechazado el beso de Arteaga (incluso lo correspondió), pero cuando terminó, le acarició la mejilla y la besó en la frente.

    —Ustedes sí que viven con la fiesta en el corazón —les dijo, sin malicia.

    Arteaga torció la boca. La condescendencia de Elías la molestaba tanto que una pequeña lágrima se había dibujado en el rabillo de su ojo izquierdo.

    —¡Ves cómo la pusiste! —le dijo Fer. —Pinche mamón. ¿Para qué la besas si la vas a tratar así, eh?

    Nina no sabía si la ira de Fer era real o fingida; no sabía si era parte del ritual. Entonces Fer hizo algo que nadie se esperaba: caminó hasta Arteaga y la besó en los labios, brevemente, pero con cariño.

    —¡Eh! Aquí estamos —le dijo, viéndola a los ojos. Arteaga estaba estupefacta.

    Luego Fer regresó a su lugar en el círculo. Se había hecho un silencio absoluto. Nina no sabía si seguía excitada. Nadie se movió por unos segundos, hasta que Fer dijo:

    —Vamos con la de siempre, cuando se atoran las cosas.

    Y se quitó el camisón. Fer se veía hermosa así, pensó Nina. Dos pechos compactos y muy redondos en un traje de baño morado. Una pequeña pancita, apenas una sombra, imperceptible con ropa, y que no hacía más que resaltar su ombligo. Brazos fuertes y muslos grandes, terminados en un par de nalguitas suaves. Era una mujer muy hermosa.

    Dinora se desamarró la camisa. Por unos segundos, en los que la ropa retomaba forma, Elías pudo ver el firme borde de los pechos de Dinora. Todas notaron como los ojos de Elías iban en esa dirección

    —¡Que se la quite! —empezó a animar Fer, y las otras la siguieron.

    Y Dinora volteó el cuello hacia los lados, entornando los ojos con una sonrisa, como si quisiera decir “bueno, bueno, al público lo que pida”. Nina pensó entonces que nunca había visto los pechos de Dinora en toda su gloría. Eran hermosos, enormes y brillantes. Caían como gotas, invitadoramente, pero con tanta firmeza que parecían los pechos de una escultura. La cintura de Dinora estaba hermosamente delineada y su abdomen fuerte hacía un lindo contraste con la pancita de Fer.

    Nina no hizo nada en ese momento. Era cosa de Fer y Dinora. Arteaga desabotonó otro ojal de su camisa, pero se quitó también la falda. Nina pensó que sus piernas y su trasero no eran muy diferentes a los de Fer. ¿Por qué Arteaga tenía que ser tan insegura? ¿Por qué todos tenían que pensar que era fea, si al final hay tan poquita diferencia?

    La atención cariñosa que Nina le ponía a sus amigas, aunada a su excitación, le evitaron por un momento darse cuenta de lo que estaba pasando: sus amigas se estaban desvistiendo. Jamás en ninguna cacería se habían desvestido de verdad para un hombre. Sólo habían dicho que lo iban a hacer, o habían hecho algún gesto. Dinora no fue más allá de enseñar un poco las clavículas y la parte superior del esternón. ¿Qué pasaba?

    Dinora puso a Arteaga enfrente suyo, tomó la mano de Elías y la llevó al pecho de Arteaga. Puso su propia mano, sobre la de él y empezó a hacerlo masajear su pecho sobre la ropa. Luego llevó la mano de Arteaga hacia el miembro de Elías: ella no necesitó ninguna insistencia y empezó a tocarlo sobre la ropa. Arteaga se reía de incredulidad.

    —¡Mucha ropa!, ¡mucha ropa! —empezaron a corear Fer y Dinora.

    Nina empezó a decir “mucha”, pero la palabra “ropa” se le ahogó en la garganta. Dinora se le acercó de lado a Elías y le dijo con un tono susurrante, pero con un volumen que todas podían oír:

    —Puedes verlo mal y pensar que “somos nosotras cuatro contra ti”… O puedes verlo bien, verlo como lo vería cualquier hombre. Somos nosotras cuatro, para ti.

    —Nosotras cuatro “contigo”, y nos quitamos de cosas —dijo Fer, como si los diálogos de Dinora, más que seductores, le parecieran tontos.

    —Contigo, sí —afirmó Dinora, como si Fer le estuviera dando la razón a algo que ella misma ya había dicho antes. —Nosotras cuatro contigo.

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  • Mi novia no es solo mía (3/3)

    Mi novia no es solo mía (3/3)

    Conversación entre los amigos.

    -“Esa cara no es la de hace un rato, algo te sucede”.

    -“Como para estar alegre con lo que me acaba de pasar”.

    -“Contá, que para eso están los amigos”.

    -“Iba hacia la barra cuando veo en la pista bailando a tu cuñado con Elena, nada nuevo pues ya había ocurrido antes, pero me llamó la atención que estando los cuerpos cerca, aunque sin tocarse, hablaban mirándose a los ojos, luego él adelantó la pierna derecha y ella la montó refregándose contra ese muslo”.

    -“No estarás exagerando?”

    -“No, lo vi bien, aunque duró poco. Además, como buen tramposo que soy, identifico perfectamente una mirada que refleja el estado febril de la entrepierna, y eso decían ambos con los ojos”.

    -“Me parece que estás paranoico”.

    -“Ojalá fuera así, ya los estoy sintiendo crecer en la frente, seguro que se la coge del derecho y del revés”.

    -“Me parece que tu patología es grave”.

    -“Vos decís eso porque no te toca. Cuando terminó la pieza fueron a sentarse y ahí las dos mujeres partieron al baño dejándolo solo; entonces aproveché para acercarme y hablar con él, sin vueltas le pregunté si me estaba poniendo los cuernos”.

    -“Definitivamente estás loco”.

    -“No estoy loco, estoy corneado. Y el hijo de puta, con cara de póker, me contestó «Yo a nadie le pongo cuernos», mintiéndome asquerosamente. Cuando le dije que me pareció ver su pierna entrando entre las piernas de ella, lo más tranquilo argumentó «Puede que haya sucedido, pero fruto de la casualidad y no como algo intencional»”.

    -“O sea que te cagó”.

    -“Pero hay más, porque en mal momento se me ocurrió presionarlo «Tené cuidado con lo que hacés», y ahí se despachó con todo «Que puedas pensar eso de mí vaya y pase, pero que insinúes que tu esposa, toda una dama, se pueda portar como una puta entregándose a un adolescente cualquiera como yo, es repugnante. De todos modos cuando bailemos de muevo se lo voy a contar»”

    -“Y te cagó por partida doble”.

    -“Entonces no tuve más remedio que aflojar. Le pedí disculpas, diciendo que había tenido un ataque de celos a pesar de confiar plenamente en ella; al final terminamos como amigos chocando los puños”.

    -“No habrá sido un diálogo agradable, pero por lo menos terminó en paz, ahora a otro tema”.

    -“Nada de eso, seguí más pelotudo todavía, porque ese sentimiento me comía por dentro; al ver que las mujeres regresaban la llevé aparte a Elena y le dije que me parecía haberla visto bailar muy pegada, y la muy taimada también me cagó”.

    -“Puede que en algún momento haya sucedido ¿te molestó?”

    -“No, pero…”.

    -“Estás en la postura del marido celoso, en la actitud de quien nunca mira el culo de otra mujer, en la posición del esposo que, cuando sale de la casa, tiene la conducta de un monje anacoreta”

    -“No, no es eso, simplemente me llamó la atención”.

    -“Bien, por única vez te voy a hacer esta advertencia, la próxima oportunidad que me salgás con una cosa así me voy a dedicar a ponerte los cuernos con cuanto conocido se me ponga a tiro, empezando por Pedro y terminando con el barrendero de la cuadra, por supuesto que a la vista de todos”.

    -“Pero somos un matrimonio bien avenido”.

    -“Es verdad, y en eso debo ser justa reconociendo que me tratás como a una reina, sos amable, cariñoso, educado, generoso y de buen rendimiento en la cama. De todos modos, ocho años llevamos de relación, uno de novios y siete de casados, y en ese lapso todos los meses has tenido actividades fuera del hogar, tres o cuatro días seguidos, congresos, rondas de negocios, presentación de algún producto, etc., sin que yo haya puesto peros”.

    -“Te juro que no quise molestarte amor”.

    -“Eso es lo bueno y por ello te invito a olvidar este momento incómodo y regresar a la hermosa convivencia anterior”.

    -“Por supuesto querida”.

    -“Perdón, me olvidaba. En dos meses se inaugura una torre a dos cuadras de casa, en ese edificio quiero un departamento modesto a mi nombre. Si las vueltas de la vida nos llevaran a una separación, no quisiera quedar en la calle”.

    -“Eso no va a suceder mi cielo, pero igual a corto plazo lo vas a tener”.

    -“Me alegro mucho tesoro, seguí tu recorrida con Pedro, yo nuevamente voy a bailar”.

    Y con esa despedida fue nuevamente a pegarse a su compañero de danza.

    Fin conversación entre los amigos.

    Por supuesto lo primero que hice fue comentar con Elena lo conversado con el marido de cuernos recién adquiridos.

    -“Cuando fuiste al baño se me acercó Tomás preguntándome si le estaba poniendo los cuernos. Naturalmente le contesté que no”.

    -“O sea que le mentiste, a menos que haberme llevado al borde del orgasmo frotando tu miembro en mi entrepierna sea algo inocente”.

    -“No mentí, con vos disfruto lo indecible y quiero seguir haciéndolo, pero con tu marido solo tengo una cierta amistad, ningún deber de fidelidad me liga a él, así que estoy lo más tranquilo. Tanto es así que, si no fuera que tengo que cuidar tu buen nombre, aquí en la pista, te levantaría el vestido y bailaría teniéndote clavada mientras me como tu boca”.

    Nueva charla entre los amigos

    Mientras Tomás lo llevó a Pedro a fijar la vista en lo que sucedía entre los bailarines.

    -“¡Mirá, mirá como le mete el muslo entre las piernas y la hace refregarse montada, fíjate, la está enloqueciendo y por eso cierra los ojos mientras él la maneja desde la cintura haciéndola subir y bajar, ahí la está haciendo que se corra, mirá cómo tiembla, a ese porquería lo mato”.

    -“¡Pará, estás loco! Tu enfoque es totalmente parcial, tu mirada es de un solo lado y eso te va a ocasionar un problema serio”.

    -“Vos lo defendés porque es tu cuñado”.

    -“No lo estoy defendiendo, trato de hacerte ver que ahí hay dos personas, no está Ramiro solo, y además tu trayectoria no te favorece”.

    -“Explicate mejor”.

    -“Vamos a recordar algunas cosas, ambos tenemos años llevándonos jovencitas a la cama y varias veces por mes, pero eso no es todo, vos llevás más de dos meses reventándole el culo varias veces por semana a la novia de Ramiro. Tu mujer no sabe los nombres, pero sí la cantidad de mujeres que han probado tu miembro, ¿y le vas a hacer kilombo por franelear un poco? Vaya un pollo por tantas gallinas”.

    -“Es distinto, porque él la emputeció, ella no se comportaba así hasta que llegó ese hijo de puta”.

    -“Mirá hermano, te estás haciendo tanta mala sangre que vas a tener un infarto, busquemos algo que nos guste y organicemos una ronda de negocios este fin de semana de tres días”.

    Fin nueva charla entre los amigos

    Algo después de cortar el noviazgo, los dos matrimonios y yo almorzábamos en casa de Elena cuando ésta preguntó:

    -“Hace tiempo que no la vemos a Rocío y ya no la traés a comer como hacías antes, ¿todo bien entre ustedes?”

    Ahí con la respuesta di comienzo a la venganza prevista; sabiendo que Tomás era, con frecuencia, objeto de bromas por ser algo hipocondríaco, empecé sobre él la ofensiva.

    -“No, terminamos la relación hace un tiempo, ella es una chica preciosa, con una multitud de pretendientes de todas las condiciones imaginables, y uno de ellos tuvo suerte; no la critico aunque me haya dolido, me cambió por un tipo un poco más grande que yo, muy pintón, con buena labia y forrado en plata; naturalmente como nada es perfecto en esta vida, este muchacho tiene su lado negativo y es su pasión desenfrenada por las mujeres con el único afán de gozarlas al máximo; eso hace que no se cuide, el preservativo es para él como el diablo, y entonces más de una vez le pegan alguna venérea”.

    -“Entonces es un peligro”.

    -“Sin duda, y lo peor es que no avisa; según su visión el Doctor Fleming trabajó para que él pueda gozar a pleno, por eso le dicen «Penicilina», ojalá no haya agarrado algo más serio donde los antibióticos no tienen efecto”.

    -“Pero qué irresponsable”.

    -“Tal cual, porque las repercusiones pueden ser tremendas, y no solo para los dos involucrados, imaginate si ella, sin ninguna intención, contagia a otro que, a su vez, transmite a esposa o pareja, la cadena sería catastrófica. Yo no sabría qué hacer si me infectaran gratuitamente, por una calentura no contenida de mi novia”.

    -“En cambio yo sí sabría qué hacer, emprendería todo aquello que significara el exterminio del responsable. De todos modos, ¿no estarás exagerando por ser simplemente un tipo celoso?”.

    -“Ojalá así fuera porque tiene una solución rápida y fácil, me pongo en tratamiento psicológico con vos y vuelvo a la normalidad, pero las fotos que tengo de ella y Juana, ambas con dos galanes mayores no dejan lugar a dudas, y todas coincidiendo con algún feriado que se iban a casa de sus padres”.

    Escuchar sobre la existencia de fotografías con dos hombres mayores produjo en los infieles una inquietud notable que se manifestó en una cierta lividez facial mientras se movían en la silla como si una legión de hormigas les caminara ingresando al culo. Por supuesto para que Tomás el efecto fue mayor, pues mientras su mujer contaba qué haría en caso de ser la perjudicada, sus manos, disimuladamente, empezaron a palpar las zonas ganglionares de cuello, axilas e ingles; ahí casi, casi, suelto una carcajada, pero tomé conciencia que si hacía las cosas bien lo iba a hacer parir como si fuera una primeriza de caderas estrechas.

    El fin de semana que los tramposos salieron con las dos nuevas presas, Elena nos invitó a Lara y a mí a disfrutar esos tres días en la quinta de fin de semana, aprovechando la pileta ya que el clima se prestaba.

    La dueña de casa quedó en buscarnos en su auto a media mañana del sábado; cuando mi hermana se dio cuenta de que se acercaba el momento, y recién terminaba de acomodar lo que pensaba llevar, me alertó.

    -“Entro a bañarme, si llega Elena decile que en un ratito estaré lista, atendela bien”.

    Escuchaba cerrarse la puerta del baño cuando sonó el timbre, era la preciosa psicóloga; después de los besos de saludo la invité a tomar algo, aceptándome un café; apenas terminé de hacerlo, ella a mi lado, tomó su jarrito y se apoyó en la mesada.

    -“Aprovechemos antes que salga Lara para tener la charla pendiente desde que bailamos”.

    -“Es verdad, aunque hubiera preferido que, en lugar de conversación, reanudáramos el contacto”.

    -“Por favor, hablemos seriamente porque el tema es importante”.

    -“Tenés razón, aunque mi preferencia sea otra”.

    -“Vos sabés cuanto disfruté el baile, no estoy arrepentida, pero sí preocupada, no debí haberme dejado llevar”.

    -“Yo tampoco estoy arrepentido, pero sí encantado por el hecho de que me hayas permitido esa deliciosa cercanía”.

    -“De acuerdo, pero evidentemente no es lo adecuado, y por ello no debiera repetirse ¿te parece bien?”

    -“Tu razonamiento me parece correcto y los motivos son entendibles, pero todo eso me parece una mierda porque va en contra de mis sueños”.

    -“Por favor, no te sientas mal, vení dame un abrazo”.

    -“Lo haré con gusto, como premio consuelo”.

    Y pasé mis brazos rodeando su espalda mientras ella se tomaba de mi cuello; por supuesto que el contacto corporal era inevitable y, como el instinto se complace en ignorar los tratados de lógica y las buenas costumbres, mi miembro, súbitamente endurecido, presionó la entrepierna femenina mientras mis labios besaban suavemente bajo la oreja.

    -“Creo que elegí una manera peligrosa para consolarte”.

    -“Y yo agradecido por tu elección que me trae los buenos recuerdos de cuando bailamos”.

    -“Por favor Ramiro, no tendríamos que estar así”.

    -“Es verdad cielo, te siento sobre la mesada para que estés más cómoda”.

    -“No querido, así estoy peor, con las rodillas separadas y vos entre ellas apretándome”.

    -“Es para que me consueles mejor, por eso te agarro de las nalgas”.

    -“Chiquito estoy sintiendo tu miembro frotarse en un vaivén que me desespera”.

    -“Ya lo soluciono”.

    Y bajé mi bermuda, arrugué hacia arriba la pollera, hice a un costado la biquini y puse el glande en la entrada.

    -“Ahora mi amor, quiero mirarte mientras entro, cuando esté promediando el ingreso voy a comerte la boca mientras sigo hasta el fondo”.

    -“Nene, me la metiste antes que pudiera suspirar”.

    -“Sí querida mía, si perdía unos segundos mi deseo iba a permanecer en el terreno de los sueños ¿estás molesta por mi atrevimiento?”

    -“No amor, estoy feliz por esta sorpresiva irrupción, porque íntimamente la deseaba”.

    -“Vení preciosa, vamos a la mesa, ahí vas a sentir adentro hasta el último milímetro”.

    Y la hice acostar boca arriba con un poquito de las nalgas saliendo del borde, teniendo las plantas de los pies en mis hombros.

    -“Sos un degenerado pero me encanta, el peligro es que nos sorprenda tu hermana”.

    -“Mejor, así te envidia, seguro que Pedro no le hace esto, ahora voy a entrar pausadamente hasta el final y lo haré mirándote a los ojos, quiero ver en tu cara las sensaciones que produce mi pija en ese avance, después de sentirte bien me voy a poner un preservativo, no conviene correr riesgos de embarazo”.

    -“Olvidate de la goma, cógeme mucho, fuerte y acabame adentro y, si es posible, haceme un hijo”.

    -“¿Estás segura amor?”

    -“Muy segura, después hablamos, ahora dame fuerte”.

    -“Ahí va tesoro, ahora vas a sentir mi empuje”

    -“Sí chiquito amoroso, fuerte, que suenen mis nalgas, apretame las tetas, ¡por favor dame tu boca!”

    Las corridas, prácticamente simultáneas, fueron con mi pija cabeceando y escupiendo semen mientras ella me exprimía contrayendo los músculos vaginales; y apenas tuvimos tiempo de adecentarnos algo antes de que apareciera Lara. Al mediodía ya estábamos en nuestro destino de descanso disfrutando sol, pileta y vagancia.

    Por razones de espacio me veo obligado a poner una conclusión.

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