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  • Cómo me enteré que se cogieron a mi esposa

    Cómo me enteré que se cogieron a mi esposa

    Me presento, mi nombre es Daniel y todo comenzó hace como 9 años.

    Mi pareja actual se llama Carol en ese entonces ella tenía 18 y yo 19, ella niña de casa con padres conservadores, 1,60 m, llenita, de buen culo y no muy grandes tetas pero ricas jeje. Ella trabajaba en horarios diferentes para que le diera tiempo de estudiar por las tardes, vivíamos en un apartamento ella salía a las 4:40 de la mañana y regresaba a las 7 o 8 de la mañana o bueno eso era lo que me decía.

    Cómo era joven y su primer trabajo, conoció al amante mayor que la comenzó a tratar bien y por mi trabajo teníamos muchos problemas, a veces teníamos sexo rico pero la mayoría era peleas, de pronto comencé a ver qué ella salia siempre más temprano y cuando regresaba directo a bañarse, en un par de ocasiones note que ella llegaba muy caliente y yo como no era muy experto en ese entonces la notaba muy mojada, más de lo normal.

    Comenzó a usar tangas para ir a trabajar y cuando no se bañaba al llegar quería coger nomás al regresar, me besaba pero su boca olía mucho a saliva o quien sabe, sin saber que probaba el sabor de la verga de su amante y cuando se la metía ella me miraba y miraba en sus ojos que le gustaba que batiera leche de su amante.

    Hasta que un día en la noche le llegaron unos mensajes y vi el chat y supe todo, la confronte a los días y le pregunté si cogía con alguien más y me dijo que si y de pronto se me puso dura la verga, esa noche cogimos como locos, yo le dije que si le gustaba mucho la verga de su amante y ella me decía que si, que él la cogía rico y que se la llevaba a coger en el carro o la llevaba a hoteles.

    Le preguntaba si era una perra y me decía que si, que era la perra de él y uuff eso me prendía después quedamos que cada vez que saliera a coger con él me avisara para no estar con pena y cuando venía directo a montar mi verga y sentir como venía de abierta y llena de semen de otro hombre.

    Es mi primer relato de muchas experiencias que hemos tenido, espero les guste y queden a la espera de más.

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  • Más de mi dosis diaria

    Más de mi dosis diaria

    En la página de chat gay ya era conocido, entraba todos los días y siempre en el mismo horario, algunos se llevaban mi celular al terminar un primer encuentro y seguíamos conectados por ahí y otros sólo concretábamos en la página, un muy alto porcentaje de hombres (80 a 85%) eran casados y de las citas del chat que podía hacer en un día se concretaban apenas una o dos, pero una mañana fue especial y entre las 8 y las 12 tres hombres pasaron por mi cama.

    Como todos los días alrededor de las 7 de la mañana ya estaba con la computadora encendida y en la dichosa página, normalmente apenas entraba alguien hacía contacto, muchos solo para hablar y masturbarse, otros ni sabían que hacían ahí y los menos, buscaban sexo, pero a último momento se arrepentían, entonces cuando se realizaba una cita yo sabía perfectamente que era difícil que se concretara, aun así siempre tenía el cuidado de hacerlas en horarios distintos.

    Yo nunca me quedaba frente a la máquina todo el tiempo con eso ya descartaba a los que estaban de paso, éste día luego de más de una hora había un interesado insistente, charlamos sobre gustos sexuales, tiempos y lugar y concretamos un horario, digamos que a las 9, como siempre, aclaré que más allá de mi rol, en mi casa yo uso ropa femenina quién me visitaría primero se decía activo y le daba morbo verme con lencería, pero mientras esperaba hice contacto con uno que se decía pasivo y que también le gustaba la idea de que yo me lo cogiera vestido de mujer, quedé para las 9,30 con este hombre.

    Unos minutos antes de las 9 tocaba a mi puerta la primera cita, con quien yo sería pasivo, apenas abrí la puerta e ingresó sacó su pene duro y me lo mostró como diciendo que él manejaría la situación, pero yo lo tomé por ahí y lo guie hasta la pieza y acostado en la cama sin desnudarse del todo me pidió que me la tragara, lo que hice de una vez hasta el fondo, se asombró cómo lo hacía y gimió con fuerza, tomó mi cabeza por los lados y quiso poner el ritmo de la mamada, pero obvio que eso lo manejé yo, me di cuenta que solo buscaba deslecharse y yo solo quería leche tibia chorreando en mi boca.

    Saqué y metí la pija muchas veces pero también le pasaba la lengua mirándolo a los ojos para calentarlo más aún, con frases como “sos un hijo de puta, que bien la mamás” “dale puto tragala toda” yo sabía que se acercaba a la explosión de semen, y así fue; a sólo unos 15 minutos de ingresar en mi casa estaba acabando en la boca de tal forma que se relajó mientras yo me encargaba de limpiar hasta la última gota, como todo macho no tan macho ni bien dejó de bombear semen se paró y mientras se acomodaba la ropa alabó mi saboreada de pija y lo acompañé hasta la puerta; la sorpresa fue grande al abrir la puerta y encontrar a mi segunda cita a punto de tocar el timbre.

    El activo se fue sin decir nada como queriendo que no lo vieran y el pasivo que ingresaba, me pidió disculpas por llegar antes, le dije que no había problema que él era un cliente y dándole un beso en la boca franeleamos unos segundos en el hall como para cortar la situación un poco sorpresiva; suavemente lo guie hasta mi habitación y una vez ahí se quiso desnudar.

    -Esperá, yo te saco la ropa, me gusta hacerlo. Le dije

    Eso lo calentó más aún y mientras lo acariciaba, besaba y respiraba cerca de su boca, le fui sacando las prendas para dejarlo completamente desnudo, lo di vuelta, me agaché y mordisqueé sus glúteos, sus suaves quejidos no hacían más que mostrarme que le gustaba, los abrí y mi lengua jugaba en su ano delicioso mientras mis manos jugaban con su pene y tetitas; lo acosté boca arriba y fui derecho a mamar sus pechitos de nena adolescente, las caricias se intensificaban y no tardó en prenderse a mi poronga dura tragándola tanto como quería, una y otra vez alternamos nuestros juegos linguales sin llegar a la penetración durante al menos media hora, en un momento me pidió un descanso:

    -Pará por favor, sos increíble. Dijo este hombre de unos 44 años

    -Gracias, me gusta disfrutar del hombre que tengo a mi lado. ¿Cuál es tu verdadero nombre? Pregunté

    -Armando ¿El tuyo?

    -Augusto. Le dije mientras acostado a su lado acariciaba los pezones y todo su cuerpo

    Hablamos un poco más pero no tardamos mucho en volver a la acción y esta vez, con él en 4 sobre la cama y yo de rodillas detrás suyo, me puse el preservativo y lo penetré muy suavemente, lo acariciaba al mismo tiempo y cuando llegué a chocar mi pubis con sus nalgas me recosté sobre Armando y besé su cuello; eso le gustó tanto que me pidió que lo bombee sin parar y así lo hice hasta que ya necesitaba acabar y entonces la saqué para volver a la acción y terminar en un hermoso orgasmo en su ano.

    Obvio que luego de eso se recostó boca arriba y dejando ante mí su pene erecto se lo empecé a mamar, asombrado de esto se dejó llevar hasta que sentí como su semen se derramaba en mi lengua; nos mantuvimos acostados los dos, más que satisfechos, desnudos, acariciándonos, creo que al cabo de media hora y luego de una charla íntima nos cambiamos y lo despedí con la promesa de volver a vernos, lo que ocurrió tantas veces que nos convertimos en amantes semanales durante por lo menos dos años.

    Pero ese no fue el final de mi día, deseaba ser pasivo completo también y esa búsqueda fue la de las 11.30 h; luego de Armando me di un buen baño y me preparé unos mates, serían las 11 h cuando al ir a la computadora había dejado abierto el chat, por lo que tenía muchos mensajes de hombres buscando, entre todos solo había dos que aún se encontraban en línea y a uno lo conocía muy especialmente, tendría unos 50 años, muy buen activo y le encantaba desnudarme de a poco para dejar ante su vista mis glúteos que luego de morderlos me los abría y clavaba en mí su poronga dura.

    Me puse a chatear con los dos y en un momento creí que concretaría con los dos al mismo tiempo, pero “el nuevo” desapareció de golpe (nada nuevo) y con mi amante Omar quedamos para las 12 h; momento en que llegó, paso la puerta de mi casa y poniéndome contra la pared me levantó la pollera, corrió la tanga y sentí como sus dos dedos mayores me abrían el ano.

    -Mmm, estás fácil hoy, putita

    -Sabés que con vos siempre estoy lista. Le dije

    -Tragatela acá, ya. Me ordenó

    Y luego de darme vuelta y besarnos un poco, me arrodillé en el suelo para bajar su pantalón y saborear ese pene duro y cabezón, pero más bien chico, que sabía sentiría dilatar mi ano en unos momentos, apenas tocó mis labios sus gemidos se hicieron constantes, entonces me levantó y me llevó a la cama, se recostó en ella y apoyado contra el respaldo me indicó que se la mame mientras lo desnudaba, algo que hice con mucho placer.

    Omar me miraba y acariciaba el cuerpo especialmente las tetitas debajo del corpiño y mi cola entangada; mi lengua jugaba entre sus suaves y lampiños testículos y la cabeza roja y caliente de una poronga erecta, poco a poco acerqué mi cola a su cara ya que sabía muy bien que disfrutaba de chuparme el ano suavemente y así lo hizo al verlo abierto comiéndose la tanga, saboreaba mis labios anales, los mordía y me decía que era el mejor puto, no se lo creía obvio, pero me gustaba escucharlo.

    Creo que estuvimos en ese franeleo unos 30 minutos hasta que me dijo que me deseaba coger y poniéndome al pie de la cama con las piernas bien abiertas le entregué mi cuerpo para que lo use, parado detrás de mí hizo algo que muchos hombres repiten y que no me gusta, pero me di cuenta que es una sensación de poder que sienten por lo que los dejo hacerlo, escupió mi ano y con sus dedos desparramó la saliva para lubricar la penetración, arrimó la cabeza de su miembro e inició un jugueteo de penetrarme apenas y volver a sacarlo que me hacía gemir y sentirme puto.

    Hasta que en un momento dado, apenas entró un centímetro la mandó de golpe toda su pija muy dura y bombeó con fuerza, dándome chirlos en las nalgas y casi gritándome cosas como “cometela puto”, “Mirá que bien te entra mi hembra”, “así te quiero siempre, para mí” y un montón de cosas más que lo envalentonaban hasta sentir que llegaba a su éxtasis y me llenaba de leche la cola, tirándome sobre la cama y él encima de mí con su respiración agitada besaba mi cuello y mientras se relajaba para terminar a mi lado en la cama siguiendo nuestro ritual de franeleo, yo limpiando su pene que aún chorreaba semen.

    Nos habremos quedado tranquilos en la cama, sintiendo la desnudez del otro unos 25 minutos, hasta que me levanté y fui por algo fresco, cuando volví se estaba cambiando, le acerqué el vaso y luego de una breve charla lo acompañé hasta la puerta y nos saludamos cariñosamente, ambos sabíamos que volvería antes del mes.

    La cómoda ubicación de esta casa hizo que mis relaciones se intensificaran, pero soy un hombre al que no le gusta estar solo y eso hace que cada tanto trate de cambiar mi vida.

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  • De amiga a esclava (3): El bar

    De amiga a esclava (3): El bar

    Habían pasado unos días desde aquella noche en el hotel. El eco de sus gemidos, el recuerdo de sus corridas y la imagen de su cuerpo temblando con el plug en su hermoso trasero aún recorrían mis sentidos. Ella también lo recordaba; lo notaba en sus mensajes cortos, cargados de ansiedad y deseo. Cada día nos sentíamos más necesitados el uno del otro, la tensión sexual era algo más fuerte que nosotros mismos. De vez en cuando le escribía o le mandaba audios, dándole pequeñas órdenes para que se fuera acostumbrando a este nuevo nivel de relación; al inicio mostraba ciertas dudas, pero luego se fue soltando poco a poco.

    —Esta noche, al llegar a casa, quiero que te desnudes frente al espejo, te masturbes y, al llegar, me lo muestres —le escribí un día. La respuesta no se hizo esperar. —¡Sí! —fue su único mensaje. Parecía como si hubiera estado esperando días a que le ordenara algo así.

    Y fue exactamente mi pedido. Mi celular sonó a las 21:10; sabiendo que Laura llega siempre a las 21 h, fue más que claro que había llegado a hacer exactamente lo que le pedí. Abrí mi celular y vi su notificación: una imagen perfecta de su vagina totalmente mojada y con dos de sus dedos dentro de sí. Una foto maravillosa, excitante y caliente.

    —Lo has hecho bien, pronto tendrás tu recompensa —fue mi respuesta a su mensaje y me despedí. Mi mente ya imaginaba las deliciosas cosas que haría con ella al volver a verla. No hizo falta pensar mucho para saber exactamente lo que haría en mi próximo encuentro con esta mujer que me enloquecía de deseo.

    Al día siguiente la llamé antes de que saliera de casa. —A las ocho paso por ti al trabajo; vamos a cenar —le dije luego de saludarla con cariño. Un leve sonido de risa y malicia llegó por el móvil: señal clara de que estaba de acuerdo. Mi voz se hizo más seria y pausada.

    —Hoy vas a usar el vestido negro, que me encanta —le dije durante la llamada.

    —Sí, amo —respondió, apenas audible, pero suficiente para captar su sumisión.

    Llegué a las 8 en punto por ella. Apenas para verla salir del local. Quedé hipnotizado por su belleza; ese vestido negro le quedaba increíble, resaltaba aún más esas hermosas y largas piernas, su cabello suelto le daba un aire fresco y sensual. Me saludó como cualquier amiga, un abrazo y beso en la mejilla, pero de inmediato se notó la tensión sexual entre nosotros. Montamos en la moto y fuimos directo al restaurante.

    Tras unos 15 minutos llegamos y nos sentamos en una de las mesas esquineras. No estaba tan lleno como hubiera deseado, pero con la gente que cenaba era suficiente para lo que mi mente imaginaba. En medio de la cena fui posando mi mano en su rodilla y la fui subiendo lentamente hasta la mitad de su muslo y lo apreté, Laura dio un pequeño salto, pero continuó comiendo, entonces me acerqué a su oído.

    —Ve al baño, y quítate la ropa interior, quiero que te toques hasta quedar mojada y luego vuelves acá —le susurré. Laura se puso tan roja como el mantel de la mesa, abrió los ojos y negó con la cabeza suavemente. La tomé de la mano y le dije que todo estaría bien, que no haría nada que comprometiera su integridad y la besé lentamente, finalicé mordiendo sus labios. Eso le fascina y la calienta de inmediato, me miró con esos dulces ojos miel como indagando qué más sería capaz de pedirle. Se levantó y se fue al baño. Tras 10 minutos regresó, aun con la cara roja, no sé bien si de la vergüenza o de la excitación.

    Se lograban notar sus pezones duros por debajo de la fina tela del vestido, lo cual hizo que deseara lamer y morderlos. Al sentarse siguió cenando, no sin antes tomarse la mitad del agua que le había pedido. Me acerqué y volví a hacer lo mismo, mi mano en su rodilla y subir hasta su muslo, la diferencia era su claro aumento de temperatura, sonreí y le guiñé un ojo. Tras unos minutos sin hablar, tomé mi celular y empecé a escribirle:

    —Quiero que abras las piernas y me muestres tu deliciosa vagina.

    Laura solo abrió los ojos, incrédula al leerlo. Pero yo con una rápida mirada alrededor le dije que lo hiciera ahora mismo. Me agaché para simular que amarraba mi zapato y comprobé que efectivamente no traía ropa interior. Por la tenue luz nadie notó lo que hacíamos, pero para ella era lo más escandaloso y excitante (como me lo expresó después) que había hecho. Al levantarme volví a besarla, pero esta vez enredé mi lengua con la suya, demostrándole las ganas que tenía de penetrarla en ese mismo instante.

    Al terminar la cena, pagué la cuenta, la tomé de la mano y la ayudé a levantarse. Su rostro seguía encendido y, aunque intentaba mantener la compostura, sus ojos brillaban con un fuego que solo yo podía haber provocado. Caminamos hacia la salida del restaurante; la brisa de la noche nos recibió con un frescor que contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo. Ella se aferró a mi brazo como si buscara refugio, pero sabía bien que lo que la mantenía temblando no era el frío.

    Antes de subir a la moto, me incliné sobre ella y le susurré al oído:

    —No olvides que ya no llevas nada debajo… cada paso que des esta noche será solo mío.

    Laura cerró los ojos, apretó los labios y asintió en silencio. Le acomodé el casco, la ayudé a subir y arranqué. Durante el trayecto la sentí moverse inquieta contra mí, apretando sus piernas con fuerza. Con su mano derecha se sostenía de mi pecho y con la izquierda buscó directamente mi pantalón; me masturbaba como podía encima de él, sin ningún temor.

    Unos minutos después llegamos a un bar. Era un lugar discreto, con luces bajas y música suave, perfecto para lo que tenía en mente. Nos sentamos en una mesa apartada, contra la pared. Pedí dos tragos y, mientras el ambiente nos envolvía, puse mi mano en su muslo. La acaricié lentamente, subiendo y bajando, sin tocarla del todo, apenas rozando mis dedos para que sus sentidos se agudizaran.

    Laura respiraba más rápido. Me acerqué a su oído y murmuré:

    —Quiero que abras un poco las piernas y que me dejes sentir cómo te estás mojando aquí, frente a todos.

    Ella dudó unos segundos, pero cedió. Mi mano avanzó hasta encontrarse con su intimidad desnuda. Estaba húmeda, caliente, latiendo de deseo. La toqué con la yema de mis dedos y ella tuvo que morderse el labio para contener un gemido.

    —Eso es… —susurré mientras la rozaba despacio—. Qué rico hueles —le decía al tiempo que la besaba. Laura, transformada, no solo me besaba con pasión, sino que bajó el cierre de mi pantalón y, con gran habilidad, me apretaba la verga con descaro.

    Esta vez metí un dedo dentro de su vagina, que deliciosa sensación sentir su humedad, recorrer mi dedo hasta llegar a la palma de mi mano, Laura se tapó la boca para que no se escucharan sus jadeos. Metí otro cuando sentí que sus caderas se movían de adelante hacia atrás, involuntariamente pidiendo más. Saque mi mano y lleve mis dedos a su boca, los lamió como si no existiera nadie en ese lugar, solo ella y yo.

    Después de un rato, la tomé de la mano y la llevé al baño. Apenas cerramos la puerta del cubículo, la giré contra la pared. Mis labios atraparon los suyos con hambre, mientras mi mano se deslizaba bajo el vestido, directo a su vagina empapada. De nuevo dos dedos estaban dentro de ella, pero no eran los míos. Laura con destreza ya estaba bajando mi pantalón mientras se masturbaba. Motivado por su reciente desinhibición, no pude más que dejarme hacer lo que su cuerpo pedía, se arrodilló y tragó mi verga hasta la garganta, moviendo su lengua y sus dedos dentro de sí a tal velocidad que casi me hace venir.

    La levanté del suelo y esta vez era yo quien la masturbaba, mientras ella hacía lo mismo.

    —Shhh… que alguien puede escucharte —le advertí con enorme una sonrisa.

    Moví mis dedos hasta que su cuerpo tembló. No quise dejarla correrse del todo; retiré la mano y la hice mirarme.

    —Esto apenas comienza —le dije con firmeza, llevé mis dedos a mi boca y luego a la suya, sellando todo con un delicioso beso.

    Salimos como si nada hubiera pasado. El bar estaba un poco más vacío que cuando entramos al baño, pero sentimos algunas miradas de incredulidad y complicidad. Mi compañera de locuras me sonrió satisfecha. El frío de la noche no fue suficiente para enfriar la tensión entre nosotros. Subimos a la moto y conduje hasta mi casa. Durante el camino sentí cómo su respiración agitada en mi cuello me decía cuánto deseaba tenerme dentro de ella.

    Al llegar, la tomé de la mano y la llevé adentro sin darle tiempo a pensar. Sabía que esa noche la había llevado aún más lejos de lo que jamás había imaginado.

    Apenas cerramos la puerta de la casa, la arrinconé contra la pared y comencé a desnudarla con ansiedad. Su vestido negro cayó al suelo en cuestión de segundos, dejándola completamente expuesta ante mí. Laura me miraba con esos ojos dulces y sumisos, sabiendo perfectamente que cada segundo en mis brazos era una señal más de su entrega.

    —Has sido una buena esclava esta noche —le dije, mientras recorría su piel con mis manos. Ella sonrió tímidamente, pero en sus ojos brillaba la satisfacción de haber complacido a su amo.

    La llevé hasta la habitación y la puse frente a la cama. Con una cuerda, até sus manos por detrás de la espalda. Su respiración se aceleró de inmediato; el simple roce de la soga en sus muñecas la excitaba más de lo que quería admitir. Le di una palmada fuerte en las nalgas

    —Esta noche, como recompensa, te haré venir en tu posición favorita. —Le dije mientras la acomodaba en cuatro sobre el colchón.

    Sus caderas se ofrecían a mí como un regalo. Sin más demora, me agaché a saborear el néctar de su sexo. Lamí su clítoris y metí mi lengua en su vagina hasta que tuvo un fuerte orgasmo, llenando mi cara de sus fluidos. Yo estaba incontrolable, me desnudé lo más rápido posible y la penetré de un solo movimiento profundo. El grito que salió de su garganta fue tan intenso que me erizó la piel. Se arqueó con fuerza, empujando hacia atrás, buscando más.

    —Más fuerte… ¡Más fuerte, por favor! —gritaba entre jadeos, con la voz quebrada por el placer.

    Yo la complací, aumenté la fuerza y el ritmo de mis embestidas. La habitación se llenó de sus gemidos desgarradores, mucho más intensos que cualquier otro sonido que le hubiera escuchado antes. Sus uñas se clavaban en las sábanas, sus rodillas temblaban y, aun así, me rogaba que no parara. Lleve uno de mis dedos y lo enterré en su ano, que por el sexo oral que le había dado minutos antes, ya estaba dilatado. Otro grito se escuchó en la habitación al sentir sus dos agujeros ocupados.

    Cada vez que su cuerpo se estremecía, sentía cómo la dominación se volvía absoluta, cómo su sumisión se convertía en mi mayor poder. Tomé su cabello con una mano, tirando hacia atrás su cabeza, y fui metiendo otro dedo en su delicioso culo.

    —La próxima vez, no solo serán mis dedos. —Le advertí. Lejos de quejarse, giro su cabeza y asintió con una sonrisa, era claro que deseaba tanto el sexo anal como yo.

    Finalmente, cuando su cuerpo ya no podía más, me dejé llevar. Con un último empuje, me vine dentro de ella, llenándola por completo. Laura gritó mi nombre mientras se venía conmigo, temblando, derrumbándose en la cama con el cuerpo exhausto y satisfecho.

    Quedamos jadeando, sudados, unidos todavía por la intimidad de ese momento. La mantuve unos segundos más en esa posición, con mis dedos aún enterrados en su trasero, hasta que la sentí relajarse por completo. Entonces la solté suavemente, la giré hacia mí y la miré directo a los ojos.

    —Mírame, esclava —le ordené en voz baja, tomándole del mentón.

    —Sí, amo… —respondió casi en un suspiro, todavía temblorosa.

    Su rostro estaba sonrojado, su cabello pegado por el sudor, y en sus labios una sonrisa cansada, pero llena de placer. Me acerqué y la besé con calma, muy distinto a la voracidad de minutos atrás. Ella respondió entregada, como si me dijera sin palabras, que ya no quedaba nada de ella, que no fuera mío.

    La solté y la hice recostarse de espaldas, todavía con las muñecas atadas. Pasé mi mano por su abdomen, acariciando los rastros húmedos de nuestro encuentro.

    —Hoy me complaciste más de lo que esperaba… pero recuerda, esto es solo el inicio —le susurré al oído.

    —Haré todo lo que me pidas —contestó, con voz dulce y rendida.

    —Lo sé. Y mañana, cuando despiertes, seguirás siendo mía —dije con firmeza.

    Ella cerró los ojos, como si esas palabras fueran el golpe final que necesitaba para entregarse por completo. Me acurruqué a su lado, la abracé fuerte contra mi pecho y la besé una vez más en la frente. Por primera vez en toda la noche desde que llegamos, la casa se quedó en silencio.

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  • Me cogí a un hombre 30 años mayor (2)

    Me cogí a un hombre 30 años mayor (2)

    Soy Lau y esta es la continuación de la parte 1.

    Desabroché su cinturón despacio, jugueteando con el borde de su pantalón. Bajé el cierre lentamente, sintiendo cómo su abdomen se tensaba debajo de mis dedos. Era delicioso sentir el poder que tenía en ese momento. Su excitación era evidente: la tela del bóxer apenas contenía la erección dura, palpitante, que ya buscaba salir.

    Entonces, sin apuro, le bajé el pantalón junto con el bóxer. Y lo vi.

    Grueso, venoso, caliente. Su erección se alzó con fuerza entre nosotros, y no pude evitar sonreír, deseando probarlo.

    Lo tomé con suavidad, sintiendo su dureza en mi mano. Él cerró los ojos un instante, exhalando hondo. Moví la mano con calma al principio, solo explorando, saboreando el peso y la forma.

    Entonces bajé la cabeza. Le di un beso suave en la punta, sintiendo cómo se estremecía. Luego otro. Y luego dejé que mi lengua jugara con él, rodeándolo con movimientos circulares lentos, mojados, sin prisa. Lo escuché gemir, grave, contenido, y eso me encendió más.

    Lo tomé más profundo en mi boca, despacio, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a cada movimiento. Su mano fue a mi cabello, no para guiarme, sino como si necesitara apoyarse, sostenerse en algo.

    Subía y bajaba, usando la lengua, la saliva, las ganas. Lo hacía gemir. Lo hacía respirar más fuerte. Sus muslos se tensaban, y sus gemidos eran como susurros rotos que me llenaban de fuego por dentro.

    Cuando sentí que su cuerpo se ponía más tenso, me detuve.

    Me recosté sobre la cama, abriendo las piernas para él. Estaba lista. Más que lista. Lo necesitaba.

    Se arrastró sobre mí, con ese cuerpo grande y cálido que me envolvía, que me hacía sentir pequeña, deseada, segura. Me besó otra vez, mientras una mano bajaba por mi muslo y lo levantaba con suavidad, alineándose conmigo.

    Me llenó poco a poco, con una presión deliciosa que me arrancó un gemido largo. Se tomaba su tiempo. Me miraba mientras entraba, me acariciaba el rostro, me besaba el cuello, como si cada centímetro fuera sagrado.

    Cuando estuvo dentro por completo, se detuvo. Nos quedamos así unos segundos, conectados, respirando juntos, sintiéndonos.

    Y entonces empezó a moverse.

    Despacito. Cadencioso. Haciendo que lo sintiera todo. Cada embestida era profunda, exacta, como si conociera mi cuerpo desde antes. Me tomaba de la cintura con firmeza, y su boca recorría mi cuello, mis hombros, mis tetas.

    Yo lo envolvía con mis piernas, lo rasguñaba suavemente por la espalda, le pedía más, le decía lo bien que lo hacía sentirme. Era como si nuestros cuerpos hubieran sido hechos para encontrarse en ese momento exacto.

    El ritmo aumentó. Nuestros cuerpos sudaban, se buscaban con urgencia, con deseo puro. Me llevó cerca del borde una vez más, y esta vez me hizo llegar gritando su nombre, temblando, sintiendo su cuerpo contra el mío en un estallido de placer.

    Él no tardó en seguirme. Se tensó sobre mí, jadeando fuerte, enterrándose hasta el fondo mientras gemía ronco en mi cuello.

    Y entonces todo quedó en silencio. Solo los dos, respirando entrelazados, aún dentro, aún conectados, su verga dentro de mí.

    Todavía estábamos ahí, sus cuerpos sobre el mío, mi pecho subiendo y bajando al mismo ritmo que el suyo. La habitación estaba impregnada del calor de lo que acabábamos de hacer, de los gemidos que todavía flotaban en el aire como ecos de algo demasiado bueno para terminar tan rápido.

    Sentí su respiración en mi cuello, su pecho aún agitado contra mis senos. Sonreí.

    Él levantó la cabeza, con una mirada intensa, como si acabara de despertar de un sueño.

    En ese momento siento que llega María a la casa, y entra directo al dormitorio encontrándonos desnudos, quedamos los tres inmóviles, por unos segundos, ella saludo con un buenos días y giro volviendo a cerrar la puerta, antes de que pudiera responder.

    Sentí como sus manos seguían recorriendo mi espalda, mi cintura, bajando por mis nalgas hasta separarlas con las palmas abiertas. Lo hizo por un buen rato mientras recuperaba de a poco su erección.

    Lo sentí de nuevo rozándome, despacio, rozando mi entrada mientras su mano me sujetaba con firmeza por la cintura. Y entonces entró de nuevo. De un solo movimiento, profundo y brutal, haciéndome gemir fuerte, con la frente contra las sábanas.

    Sus movimientos eran rítmicos, intensos, más salvajes. Me tomaba con fuerza, con hambre, como si ya no pudiera contenerse. Su cuerpo chocaba con el mío con cada estocada, y el sonido húmedo, el vaivén de nuestras respiraciones y mis gemidos creaban una sinfonía indecente que me volvía loca.

    Una de sus manos se deslizó hacia adelante y encontró mi clítoris. Comenzó a frotarlo con los dedos mientras seguía dentro de mí, profundo, sin parar.

    Yo solo pude gemir fuerte. Mi cuerpo ardía, explotaba, suplicaba más.

    Me sostuvo con fuerza y siguió empujando, más rápido, más rudo, buscando su propio clímax. Mi cuerpo seguía temblando, más sensible que nunca, y aun así, me encantaba sentirlo así, dentro de mí, dueño de cada rincón.

    Finalmente, lo escuché gemir, ronco, profundo, con una maldición rota entre dientes. Se enterró hasta el fondo y se dejó ir, su cuerpo tensándose detrás de mí mientras se venía con fuerza.

    Nos dejamos caer los dos, jadeando, riendo bajito, nuestros cuerpos enredados en las sábanas revueltas.

    Pero ni siquiera así se fue la electricidad.

    Él se quedó sobre mí unos segundos, jadeando, sus caderas aun empujando despacio, como si no quisiera salir todavía. Sentía su respiración en mi cuello, pesada, profunda, y su mano aferrada a mi muñeca con la fuerza justa para que supiera que seguía dominándome.

    Mi cuerpo temblaba. No sabía si podía moverme. Pero no quería moverme. Quería que me siguiera usando.

    Se incorporó un poco, me acostó boca arriba, mirándome desde arriba. Su rostro tenía una mezcla perfecta de lujuria satisfecha y un nuevo deseo naciendo detrás de sus ojos.

    Se deslizó fuera de mí despacio, y yo gemí bajo, sintiendo la sensibilidad que me recorría entera. Pero entonces bajó de nuevo entre mis piernas, y sin darme tiempo a pensar, abrió mis labios con los dedos y volvió a lamer.

    —¡Miguel! —me quejé, entre gemido y risa, con las piernas temblando—. No puedo más…

    Su lengua era suave, insistente. Me mantenía abierta con los dedos, mirando cada reacción, cada espasmo, cada estremecimiento. Me comía como si fuera su comida favorita, como si necesitara devorarme para respirar.

    Me tomaba con calma. No buscaba solo hacerme acabar. Quería provocarme. Quería llevarme al borde y no dejarme caer.

    Una de sus manos subió por mi pecho y apretó uno de mis pezones, duro, mientras su lengua jugaba con mi clítoris en círculos húmedos y lentos.

    Yo abrí los ojos como pude. Verlo allí, entre mis piernas, con la boca mojada, los ojos fijos en los míos, fue demasiado.

    Eso lo encendió. Metió dos dedos dentro de mí mientras su lengua se hacía más rápida, más directa. Mi espalda se arqueó. Grité. Me retorcí.

    Y volví a venirme con fuerza, tan intensa que casi me desmayé.

    Él subió de nuevo, me besó con esa boca mojada, y yo pude saborearme mis jugos en sus labios.

    Me envolvió entre sus brazos, pero su cuerpo seguía duro y aunque su pija no lo estaba tanto. Su deseo no se había apagado.

    Mi cuerpo estaba agotado, pero algo en su tono me volvió a prender. Me acomodé sobre él, sintiéndolo no tan duro otra vez. Lo tomé con la mano, lo guie, y bajé lento, gimiendo mientras volvía a entrar.

    Estaba encima de él, cabalgándolo con movimientos lentos y profundos, con las pocas fuerzas que nos quedaban, sintiéndome puta.

    Mis manos estaban apoyadas en su pecho, lleno de vello, marcado por los años y el trabajo. Era un cuerpo de hombre, de esos que han vivido. Y bajo mí, me sostenía con una firmeza que me hacía sentir deseada de una forma distinta, más completa. No era un polvo más.

    Sonrió, con esa mezcla de ternura y malicia que ya me tenía enviciada, me abrazó por la cintura, sus labios besando mis senos, mordiéndolos con suavidad.

    Me tumbó con un movimiento repentino, dejándome boca arriba otra vez, y empezó a moverse lento, profundo, con el control de quien quiere grabarse en la memoria del cuerpo ajeno.

    Cada estocada era más íntima. No era brutalidad. Era deseo contenido. Una ternura agresiva. El tipo de sexo que te deja con los ojos húmedos y el pecho apretado.

    Me miró fijamente mientras entraba y salía de mí.

    El ritmo aumentó, y yo me abracé a él, aferrada, dejándolo entrar más profundo. Lo sentía en mi vientre. En mi garganta. En la mente. Todo él estaba metido dentro de mí, no solo su cuerpo.

    Cuando me corrí por última vez, fue distinto. No fue grito. Fue gemido bajo, largo, con los ojos cerrados y la piel erizada. Me quedé temblando, sintiéndolo venirse poco después, con un gemido ahogado en mi cuello, su cuerpo desplomado sobre el mío.

    Permanecimos así… fundidos. Sin hablar. Sin movernos.

    Pasaron minutos. Quizá más.

    Levantó la cabeza. Me miró. Sus ojos no tenían culpa, sino una especie de calma dolorosa. Como si entendiera que acabábamos de cruzar una línea que no se puede deshacer.

    Lo miré a los labios, que aún tenían rastros de mí. Lo besé lento.

    Se quedó en silencio. Me abrazó fuerte, y me besó la frente, el cuello, el hombro.

    Nos quedamos dormidos, desnudos, entre sábanas sucias de sudor y deseo, con el cuerpo exhausto y el alma encendida.

    Era media tarde, se despertó, se vistió sin hacer ruido. Yo me hice la dormida. No porque no quisiera verlo irse, sino porque sabía que, si lo miraba a los ojos, le pediría que se quedara. Y no podía, él tenía que volver a su casa. La puerta se cerró. El silencio se hizo en mi habitación.

    Pero el olor a él, a sexo, a cuerpo, quedó en mis sábanas. Y en mi piel.

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  • El primer negro de Luci

    El primer negro de Luci

    Habíamos decidido venir a esta playa en México para descansar y distraernos un rato. Luci y yo necesitábamos un respiro después de todas las aventuras que habíamos vivido en los últimos meses. Recordaba bien aquellos relatos pasados: la vez que Luci tomó clases privadas de yoga con Marco, ese instructor que la dejó temblando con su pene de 25 centímetros marcándose en los shorts, y cómo terminaron en un sexo hardcore que ella no podía olvidar. O las orgías con sus amigos donde habíamos explorado juntos, dejando que otros se unieran a nuestro fuego. Luci, mi pareja de 33 años, era una mexicana apasionada, delgada y menuda con sus 1.53 metros de estatura, pero con una energía sexual que podía arrasar con cualquiera.

    Su piel morena clara brillaba bajo el sol, sus ojos cafés destellaban con esa picardía que me volvía loco, y su cabello negro, largo hasta un poco debajo del hombro, se mecía con la brisa del mar. Tenía pechos firmes de tamaño promedio, copa B, con pezones perfectos que se endurecían al menor roce, un trasero delgado pero firme que invitaba a agarrarlo, y estaba toda depilada, lista para cualquier cosa. Luci era muy activa en el sexo; una vez que se calentaba, no había quien la parara. Le encantaba lo extremo, el sexo salvaje, y ya habíamos compartido experiencias en swingers y orgías, así que nuestra relación era abierta, llena de confianza y deseo mutuo.

    Llegamos al hotel lujoso, uno de esos resorts con vistas al Caribe, habitaciones amplias con balcones al mar y camas king size cubiertas de sábanas blancas impecables. El lugar era perfecto: piscinas infinitas, bares junto a la playa y una privacidad que nos permitía ser nosotros mismos. Pasamos los primeros días relajándonos, tomando margaritas al atardecer y haciendo el amor en la habitación con el sonido de las olas de fondo. Pero Luci, con esa mente inquieta suya, me había confesado en el vuelo que quería probar algo nuevo: la fantasía de estar con un hombre negro. “Quiero sentirlo, amor, algo diferente, algo intenso”, me dijo con esa voz ronca que usaba cuando se excitaba. Yo, que la conocía bien, accedí. Sabía que eso nos uniría más, y verla disfrutar era parte de nuestro juego.

    Era el tercer día cuando decidimos caminar por la arena. El sol estaba fuerte pero la brisa marina lo hacía tolerable. Luci iba con un bikini rojo diminuto que resaltaba su figura delgada, sus pechos firmes asomando tentadores y su trasero firme moviéndose con cada paso. Yo la seguía, admirando cómo su piel morena clara contrastaba con la arena blanca. Caminábamos de la mano, riendo de tonterías, cuando de repente ella se detuvo. “Mira ahí”, murmuró, señalando con disimulo a un hombre que estaba solo, recostado en una tumbona bajo una palmera.

    Era alto, fácilmente 2 metros, atlético con músculos definidos que brillaban por el sudor y el aceite solar. Su piel oscura relucía bajo el sol, y tenía una sonrisa seductora que lo hacía ver seguro de sí mismo. Parecía tener unos 38 años, con el cabello corto y una presencia que atraía miradas. Luci se mordió el labio inferior, sus ojos cafés fijos en él. “Es perfecto”, susurró. “Quiero intentarlo”.

    Me miró con esa expresión que conocía tan bien: una mezcla de excitación y súplica. “Amor, ¿me das permiso?”. Mi corazón latió fuerte, pero asentí. Habíamos hablado de esto; era parte de nuestra dinámica. “Ve, Luci. Hazlo realidad”. Ella sonrió, me dio un beso rápido en los labios y se acercó a él con ese andar felino que tenía cuando cazaba.

    El hombre, que luego supimos se llamaba Tyree, levantó la vista cuando Luci se paró frente a él. “Hola”, dijo ella con su acento mexicano suave, sonriendo coqueta. “Soy Luci. Te vi desde allá y… no pude resistirme. ¿Estás solo?”. Tyree se incorporó, su cuerpo atlético flexionándose, y le devolvió la sonrisa con esa confianza seductora. “Hola, Luci. Soy Tyree, de Estados Unidos, pero vengo a relajarme aquí. Y sí, estoy solo… por ahora”.

    Luci se sentó al borde de su camastros, cruzando las piernas de manera que su bikini dejara ver un poco más de su piel depilada. Charlaron un rato: de la playa, del clima, de viajes. Luci era experta en ligar; sabía cómo tocar el brazo de él casualmente, cómo reírse de sus chistes y cómo inclinar el cuerpo para que sus pechos firmes captaran su atención.

    Después de unos minutos, Luci fue al grano. “Mira, Tyree, voy a ser directa. Tengo una fantasía: estar con un hombre como tú, negro, fuerte. Mi pareja está allá”, señaló hacia mí, “y él está de acuerdo, pero con una condición: que él vea. ¿Te animas?”. Tyree no se inmutó; al contrario, su sonrisa se amplió. “No es la primera vez que me proponen algo así”, dijo con voz profunda y segura. “He estado en escenarios similares, donde el esposo quiere ver cómo un negro se coge a su mujer. Me encanta la idea. Vamos, no perdamos tiempo”. Luci se rio, excitada, y me miró para que me acercara. “Ven, amor. Vamos al hotel”.

    Caminamos los tres de vuelta al resort, la tensión en el aire palpable. Luci iba del brazo de Tyree, charlando animadamente, mientras yo seguía atrás, mi mente dando vueltas entre celos leves y excitación. Entramos al hotel, subimos en el elevador en silencio, y llegamos a nuestra suite. Era amplia, con una cama king size frente a un ventanal con vista al mar, un sillón de cuero en una esquina y un baño con jacuzzi. Yo me senté en una silla al lado de la cama, como observador pasivo, tal como habíamos acordado. No diría nada, solo vería cómo mi Luci cumplía su fantasía.

    Luci y Tyree no perdieron tiempo. Ella se acercó a él, poniéndose de puntillas para besarlo. Tyree la levantó con facilidad, sus manos grandes agarrando su trasero firme, y la besó con pasión, su lengua ancha invadiendo su boca. Luci gimió, sus manos explorando el pecho atlético de él. “Dios, eres tan fuerte”, murmuró ella, mientras él le quitaba el bikini superior, liberando sus pechos firmes. Sus pezones perfectos se endurecieron al instante, y Tyree los lamió con esa lengua ancha, succionando con fuerza. “Me encantan tus tetas, Luci. Firmes y perfectas”, gruñó él, mordisqueando uno mientras sus dedos largos bajaban por su vientre depilado hasta el bikini inferior.

    Luci jadeaba, ya caliente como siempre. “Quítamelo todo”, le pidió, y Tyree obedeció, arrancando el bikini con un tirón brusco que la hizo gemir de placer. Estaba completamente desnuda, su piel morena clara reluciendo, su coño depilado ya húmedo. Tyree se quitó la camiseta, revelando su torso musculoso, y luego los shorts de baño. Cuando su pene salió libre, Luci ahogó un grito. Medía 27 centímetros, erecto y palpitante, mucho más grueso que el antebrazo de Luci –era como un brazo entero, venoso con venas gruesas que se marcaban como ríos en la piel oscura.

    Nunca había visto algo así; en nuestros relatos pasados, como con Marco, había sido grande, pero esto era monstruoso. Luci lo miró con ojos desorbitados. “No mames, es enorme… nunca he tenido uno tan grande y grueso. Es más ancho que mi antebrazo”, dijo, extendiendo su brazo delgado para comparar. Tyree rio, seguro de sí mismo. “Vas a sentirlo todo, nena. Prepárate”.

    Empezaron en la cama. Tyree la tiró sobre las sábanas blancas con brusquedad, su potencia evidente en cada movimiento. Luci se abrió de piernas, invitándolo, y él se arrodilló entre ellas para darle sexo oral. Su lengua ancha lamió su coño depilado con largos trazos, succionando su clítoris mientras sus dedos largos –dos de ellos– entraban en ella, estirándola. Luci arqueó la espalda, gimiendo fuerte. “¡Ah, sí! Tu lengua es tan ancha… me estás volviendo loca”. Tyree era salvaje: lamía con fuerza, mordisqueaba suavemente, y sus dedos se movían rápido, encontrando su punto G. Luci se retorcía, sus pechos rebotando, sus pezones perfectos endurecidos. “¡Más profundo, Tyree! ¡No pares!”. Él no se cansaba; su energía era inagotable, y pronto Luci explotó en un orgasmo, gritando mientras su cuerpo temblaba, chorros de placer saliendo de ella.

    Pero Tyree no dio tregua. La volteó bocabajo en la cama, su pene venoso rozando su trasero firme. “Ahora vas a sentir mi vergota, Luci. Toda dentro de ti”. Ella levantó las caderas, ansiosa. “Dámela toda, negro. Quiero sentir lo grueso que es”. Tyree la penetró de un empujón brusco, su pene de 27 centímetros abriéndola como nunca. Luci gritó de placer y dolor mezclado. “¡Es demasiado grande! Me estás partiendo… pero no pares, que rico”. Él embestía con potencia salvaje, sus caderas chocando contra su trasero delgado, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Las venas de su pene frotaban sus paredes internas, intensificando cada embestida. Luci clavaba las uñas en las sábanas, gimiendo sin control. “¡Más fuerte! ¡Cógeme como una puta!”. Tyree gruñía, sus manos agarrando sus caderas con fuerza, dejando marcas en su piel morena clara. No se cansaba; empujaba profundo, saliendo casi todo para volver a entrar, estirándola al límite.

    Cambiaron de posición: Luci se subió encima de él en la cama, montándolo como una vaquera salvaje. Su pene grueso la llenaba por completo, y ella bajaba con fuerza, sus pechos firmes rebotando. “Mira cómo me entra todo… es más grueso que nada que haya sentido”, le dijo a Tyree, girando las caderas para sentir las venas. Él la ayudaba, empujando desde abajo con potencia, sus dedos largos pellizcando sus pezones perfectos. Luci cabalgaba más rápido, sudando, su cabello negro pegado a la espalda. “¡Sí, negro! ¡Me estás destrozando!”. Otro orgasmo la golpeó, su cuerpo convulsionando mientras seguía moviéndose.

    Luego, Tyree la levantó como si no pesara nada –su estatura menuda facilitaba eso– y la llevó al sillón de cuero en la esquina. La sentó en el borde, abriéndole las piernas, y se arrodilló para lamerla de nuevo, su lengua ancha volviéndola loca mientras sus dedos entraban y salían. Luci jadeaba, “Tu boca es mágica… pero quiero tu vergota otra vez”. Él se paró, su pene venoso apuntando, y la penetró de pie, con ella en el sillón. Embistía brusco, profundo, su grosor haciendo que Luci gritara. “¡Es tan ancho! Me siento tan llena… nunca he tenido uno así”. Tyree la besaba salvajemente, mordiendo su cuello, mientras empujaba sin piedad.

    Volvieron a la cama para más. Tyree la puso en cuatro, agarrando su cabello negro y tirando con fuerza mientras la cogía por detrás. “Toma, Luci, toda mi polla negra”. Ella respondía, “¡Sí, dámela toda! ¡Más salvaje!”. Sus embestidas eran potentes, inagotables; sudaba pero no bajaba el ritmo. Luci tuvo otro orgasmo, sus ojos cafés cerrados en éxtasis. Luego, la volteó de lado en la cama, una pierna sobre su hombro, penetrándola en ángulo profundo. El grosor de su pene la hacía gemir con cada movimiento. “¡Me estás rompiendo, Tyree! Pero me encanta… ¡no pares nunca!”.

    En el sillón otra vez, Tyree se sentó y la puso a ella encima, de espaldas a él, para que yo viera todo desde mi silla. Luci bajaba sobre su pene, gimiendo mientras el grosor la abría. “Mira, amor”, me dijo mirándome por un segundo, “cómo me entra este monstruo”. Tyree la guiaba con sus manos, empujando desde abajo, sus dedos largos explorando su clítoris. Luci rebotaba, sus pechos firmes moviéndose, hasta que otro clímax la sacudió.

    El final llegó después de lo que parecieron horas. Tyree la puso misionero en la cama, embistiendo con toda su potencia salvaje. “Voy a terminar dentro de ti, nena”. Luci, exhausta pero insaciable, envolvió sus piernas alrededor de él. “¡Hazlo! Lléname con tu leche”. Él gruñó fuerte, empujando una última vez, su pene venoso pulsando mientras se vaciaba. Luci gritó en su orgasmo final, temblando.

    Se separaron, sudados y jadeantes. Tyree se vistió con una sonrisa. “Fue increíble, Luci. Si quieren repetir…”. Ella, aun recuperando el aliento, me miró. “Gracias, amor. Fue la mejor fantasía”. Yo asentí, excitado por haber visto todo. Esa noche, Luci y yo hicimos el amor, recordando cada detalle.

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  • Provinciano

    Provinciano

    Por cuestiones laborales necesité ir a una provincia donde me hospedaría unos 15 a 20 días, como una de mis muchas búsquedas fue inscribirme en una pagina de citas gay, empecé a ver si en esa provincia había alguien con quien al menos pasar un rato, y así fue, logré hacer dos citas aunque una a ultimo momento canceló, la otra fue muy puntual.

    En uno de mis descansos el sábado habíamos quedado en encontrarnos en una plaza, ya que yo desconocía el lugar, él me indicó donde pararme para poder identificarnos, nos encontramos tal cual lo habíamos pactado, charlamos un poco y me invitó a su casa, era en unos departamentos muy luminosos a los que al ingresar pasaba por un jardín y de ahí por una escalera directo al suyo, tal como si fuera la casa de un barrio delimitado. Un amplio living comedor que daba a la cocina era la entrada, y ya me esperaba con algo fresco en una mesa ratona y unos sándwiches de miga que quedaron a mano al acomodarnos en el sillón.

    Seguimos charlando, entrando más en confianza y en un momento me acerqué, lo acaricié y besé, eso le encantó y se entregó a mí de forma apasionada; se definía como pasivo, pero yo esperaba revertir eso, je. En poco tiempo nos hallamos casi sin ropa, él tenía un amplio bóxer y yo un slip de lycra bastante ajustado que no tardó en bajar y tragar mi pene duro, lo noté muy caliente, casi como desesperado, entonces me paré, hice lo mismo con él y en medio de un intenso franeleo le pedí que me guie hasta su cama; cuando llegamos ya no teníamos lo único que nos quedaba de ropa y entre abrazos, besos y caricias él se afirmó a mi pija de forma que me hacía gemir muy fuertemente.

    Estuvimos mucho tiempo en medio de juegos amatorios, 69 y un franeleo que daba la sensación que éramos novios, creo que luego de más de una hora me pidió que lo llene de leche por lo que una vez más lo puse en 4 y con fuerza y hasta el fondo le clavé mi poronga que al cabo de varios bombeos derramó su semen en un delicioso culo; nos acostamos uno al lado del otro, me ofreció bañarme y acepté, cuando salí estaba cómodamente sentado con algo de tomar y comer a su lado viendo televisión, me acosté junto a él.

    -¿No te vas? Preguntó

    -No pensaba, pero si molesto me voy, disculpá. Respondí al tiempo que tomaba mi ropa para cambiarme.

    -No, está bien, me encanta que te quedes, lo que pasa que todos enseguida se van después de acabar.

    -Yo no. No seré normal. Dije al tiempo que ambos nos reíamos

    Y volví a acostarme desnudo a su lado, donde luego de ver algo en la tele nos quedamos recostados y tocamos nuestros cuerpos sin nada muy sexual, me convidó con lo que tenía a su lado y lo compartimos mientras hablamos para conocernos más, serían como las 20 h, cuando le dije que me iba y aunque me invitó a que me quede le dije que no podía, que al otro día sí.

    Y así fue, ya teníamos el número de celular del otro por lo que por medio de mensajes coordinamos una nueva cita en la que incluso me quedé a dormir, lo pasamos más que bien juntos y nos vimos varias veces en esos 20 días, pero un día fue especial, él quería un trío con un amigo que lo solía frecuentar y cuyo miembro era más que generoso, si bien este provinciano era pasivo también sabía de mi versatilidad cuando se dejaba chupar la pija hasta acabar en mi boca.

    Uno de los últimos días que nos vimos mientras estábamos en la cama, tocan el timbre alrededor de las 17 h, él se pone solo una bata y sale a atender, era su amante, lo hizo pasar, yo me quedé en la pieza, el anfitrión vino se desnudó nuevamente e iniciamos un intenso franeleo, donde me dijo al oído que su amigo se desnudaba y venía, por lo que seguimos en lo nuestro, un minuto después se asomó por la puerta un hombre alto, flaco, de unos 40 años, casi sin vello y con un semi flácido pene que prometía ser bastante gordo, aunque no sé si largo.

    En ese momento yo me encontraba sentado contra el respaldo y tenía al dueño de casa muy entretenido haciéndome sexo oral en 4 patas de rodillas sobre la cama, el tercero se había empezado a excitar, con mi mano le hice una seña para que se acerque y tomé esa poronga muy gruesa, tanto que mi mano se cerraba de forma muy justa, ya deseaba tenerla en la boca, entonces me acerqué, un aroma fuerte y desagradable me invadió, como ácido, por respeto no hice ningún gesto, pero lo alejé de mí y él fue derecho a coger a quien tenía a mis pies, a mi pija más exactamente.

    Primero jugó con su enorme miembro en la cola, luego tomó una vaselina que había sobre la mesa de luz y lubricó su ano, quien a su vez me miraba a los ojos sin sacar mi pija dura de su boca, y despacio, como sabiendo lo que hacía inició la penetración, él no emitía una palabra, mi amigo estaba enloquecido con dos penetraciones al mismo tiempo, sus manos se afirmaban a las sábanas en la medida que el ano se dilataba, cuando sentí que el pubis tocaba sus nalgas, me miró con los ojos grandes, soltó de sus labios mi poronga por unos segundos y gimió de placer, quien se lo cogía parecía hacer un trabajo, no demostraba nada de satisfacción.

    Entonces la sacó de golpe y se acostó boca arriba esperando que ambos fuéramos a tragarnos un tremendo obelisco en su punto máximo, y así lo hicimos, pero cuando me acerqué nuevamente ése aroma fuerte, igualmente lo metí en mi boca en la que apenas entraba por el grosor que tenía, traté de disfrutarlo unos minutos mientras al mismo tiempo se metían sus enormes testículos en la boca de mi amigo también, pero no pude soportar el hedor y la saqué, jugué un poco más con mi amigo, me lo cogí un ratito.

    Fue cuando sentí a este señor de poca higiene que se ponía por detrás de mí y me quiso penetrar, lo rechacé un poco, pero él insistió y con su enorme pene dilató mi ano, así era realmente placentero, consiguió que me volviera una hembra caliente y me moví como tal, mi amigo se puso a mi lado también 4 patas y entonces este individuo alternaba las penetraciones, hasta que sentí como inundaba mi cola de su semen, enseguida la sacó y se recostó para que se la mamemos, lo que no hice pero el dueño de casa sí, me levanté y me fui al comedor, me cambié y al asomarme por la puerta veo que este hombre activo estaba acostado, mirando por la ventana, mientras el otro no dejaba de jugar con su miembro muy tentador por su tamaño pero no por su higiene. Tomé mis cosas y me fui.

    Mi amigo me escribió varios mensajes más solo le respondí uno diciendo que para mí la higiene es fundamental y que no volvería a verlos.

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  • Placeres prohibidos. La dueña de Diego (2)

    Placeres prohibidos. La dueña de Diego (2)

    Diego, con la verga ya completamente erecta, no pudo resistirse. El bóxer cayó al suelo, liberando su miembro grueso, que palpitaba con urgencia. Se acomodó detrás de Elizabeth en posición de cucharita, presionando su cuerpo contra el de ella, el calor de sus nalgas lo envolvió. Con un movimiento firme, comenzó a embestirla por el ano, su verga se abría paso con una fuerza que arrancó un gemido gutural de Elizabeth. El dolor y el placer se mezclaban en su rostro, sus caderas se empujaban hacia atrás para recibirlo más profundo. Diego, con una mano, desabotonó la blusa de satín rosa de su tía, liberando sus enormes senos, que apretó con rudeza, pellizcando los pezones mientras ella jadeaba, su cuerpo temblaba bajo cada embestida.

    Elizabeth, gimiendo sin control, se entregaba de nuevo al dominio de Diego, apretando su ano alrededor de su verga mientras su vagina, empapada, goteaba sobre el sillón. La imagen de Yareni, cuya lengua había encendido su deseo, se mezclaba con el placer que Diego le arrancaba, pero en ese momento no le importaba si Atziry despertaba y los veía. Quería demostrarle a su hija, y a sí misma, que ella era la dueña de Diego, la puta que él no podía resistir. Los gemidos de Elizabeth llenaban la sala, mezclándose con el sonido húmedo de las embestidas y el roce de sus cuerpos, mientras Atziry dormía ajena a la escena, el departamento vibraba con el eco de un deseo prohibido que reclamaba su espacio sin pudor.

    Ella, con su short descartado y la blusa de satín rosa abierta, exponiendo sus grandes senos que se balanceaban con cada embestida, giró la cabeza buscando los labios de Diego. Su sobrino, con la verga dura como roca hundiéndose en su ano, respondió con un beso feroz, sus lenguas chocaban en una danza húmeda y apasionada. La lujuria los consumía, sus labios devorándose mientras Diego gruñía contra su boca: —Tía, te extrañé todos estos días. Mi verga te deseó cada maldito minuto. —Sus palabras, cargadas de deseo, hicieron que el cuerpo de Elizabeth temblara, aunque una chispa de resentimiento cruzó sus ojos.

    —No te creo —jadeó ella, su voz entrecortada por el placer y el dolor—. Te sigues cogiendo a mi hija frente a mí. —El reproche, mezclado con lujuria, solo avivó el fuego en Diego. Con un movimiento brusco, la jaló hacia él, girándola para que quedara sentada sobre su regazo, sus nalgas blancas se apretaron contra su pelvis. Diego, ahora sentado en el sillón, abrió las piernas de Elizabeth con manos firmes, sus dedos se hundieron en la carne suave de sus muslos. Ella, rendida al deseo, se dejó guiar, sus piernas se abrieron ampliamente, exponiendo su vagina empapada que goteaba jugos sobre el bóxer descartado de Diego.

    La verga de Diego, lubricada por el ano de Elizabeth, salió con un movimiento lento, arrancándole un gemido profundo. Sin pausa, en esa misma posición, la penetró por la vagina, su miembro grueso se deslizó con facilidad en su interior chorreante. Elizabeth gritó, su cuerpo se arqueó mientras sus paredes vaginales se contraían alrededor de él, cada embestida enviaba oleadas de placer que la hacían jadear. Sus senos rebotaban con cada movimiento, y Diego, con una mano, los apretaba con rudeza, mientras con la otra guiaba sus caderas para que lo montara con más fuerza, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, llenaban la sala.

    Elizabeth, con los ojos entrecerrados y el rostro ruborizado, se entregaba por completo, el dolor de su rechazo había sido olvidado en el torbellino del placer. Atziry, dormida a su lado en el sillón, seguía ajena, su respiración tranquila contrastaba con los gemidos de su madre. Elizabeth, montaba a Diego con una desesperación que mezclaba deseo y desafío, quería reclamarlo, demostrar que su cuerpo aún lo dominaba.

    Diego, con su verga dura hundiéndose en la vagina empapada de Elizabeth, respondió a sus reproches con una voz grave y cargada de dominio: —Ambas son mis putas, tía, y siempre lo serán. ¿O no te excita ver cómo me cojo a tu hija? —Sus palabras, crudas y provocadoras, resonaron en el aire mientras embestía con fuerza, sus manos apretaban las caderas de Elizabeth, cuyos jugos chorreaban por sus muslos, manchando el sillón.

    Elizabeth, montada sobre Diego, con sus grandes senos rebotando con cada movimiento, gritó entre gemidos, su cuerpo temblaba de placer. —¡Sí, me excita! —confesó, con voz rota por la intensidad del momento—. Me encanta ver cómo tu verga entra en la vagina de mi hija. —El deseo la consumía, el ver a Diego poseyendo a Atziry avivaba el fuego entre sus piernas. Diego, con una sonrisa arrogante, deslizó sus manos hacia los senos de Elizabeth, apretándolos con rudeza, pellizcando los pezones mientras besaba su espalda desnuda, su lengua trazaba un camino húmedo por la curva expuesta de su columna, haciéndola arquearse aún más.

    En ese momento, Atziry, profundamente dormida a su lado en el sillón, se movió ligeramente, su tanguita rosa se deslizó para revelar las nalgas blancas y firmes que brillaban bajo la luz tenue. Diego, con los ojos encendidos de lujuria, miró a Elizabeth y le susurró al oído: —Desde esta posición, dale de nalgadas a tu hija. —Su tono era un mandato, cargado de desafío. Elizabeth dudó, su corazón se aceleraba por la mezcla de resistencia y deseo, pero el alcohol y el placer la vencieron. Si Atziry despertaba, demostraría quién tenía el control. Con una mano temblorosa, levantó la palma y la dejó caer con fuerza sobre las nalgas de su hija, el sonido seco resonó en la sala. La piel blanca de Atziry se tiñó de rojo, la marca de la mano de Elizabeth quedaba grabada, pero su hija permaneció inmóvil, atrapada en el sueño inducido por el licor.

    Diego, con la verga palpitando dentro de Elizabeth, gruñó de satisfacción, embistiendo con más fuerza mientras ella seguía azotando las nalgas de Atziry, cada golpe era una mezcla de castigo y deseo. Elizabeth, gimiendo y jadeando, se dejaba llevar, su vagina se contraía alrededor de Diego mientras su mente se llenaba de imágenes de su hija y su sobrino, el placer prohibido amplificaba cada sensación. Elizabeth, rendida a Diego, se entregaba al papel de su puta, sabiendo que Atziry, aunque dormida, era parte de su juego de poder y deseo.

    Diego, con la verga dura y brillante por los jugos de Elizabeth, decidió llevar el juego a un nivel más audaz. Mirándola con ojos oscuros llenos de autoridad, le ordenó: —Levántate y lame los senos de tu hija. —Su voz era un mandato, cargada de una dominación que hizo que Elizabeth temblara, su vagina palpitaba a pesar de la resistencia que crecía en su pecho.

    —¡No, eso no! —protestó Elizabeth, su voz era temblorosa, pero la mirada implacable de Diego y el calor del alcohol en su sangre la doblegaron. —Hazlo, te lo ordeno —repitió él, su tono era cortante. Elizabeth, con el corazón acelerado y una mezcla de culpa y excitación, se rindió. Sacó la verga de Diego de su vagina con un gemido, el vacío la dejó temblorosa, y se acomodó en el sillón, posicionándose en cuatro patas junto al cuerpo dormido de Atziry. Sus rodillas se hundieron en el cojín, sus nalgas blancas quedaban expuestas, la blusa de satín rosa abierta dejaba sus grandes senos balancearse libremente.

    Con manos temblorosas, Elizabeth levantó la blusa de tirantes de Atziry, exponiendo sus pechos firmes. No podía creer lo que estaba a punto de hacer, pero el deseo y la sumisión a Diego la empujaron. Se inclinó, su lengua rozó primero un pezón con cautela, luego lamió con más audacia, saboreando la piel suave y salada de su hija. Sus lamidas se volvieron más intensas, alternando entre ambos senos, succionando ligeramente mientras un gemido escapaba de sus labios, el tabú de sus acciones encendió un fuego en su vagina que goteaba jugos por sus muslos.

    Diego, al ver la escena, gruñó de satisfacción, su verga palpitaba con una urgencia feroz. Se posicionó detrás de Elizabeth, sus manos se aferraron a sus nalgas mientras ella seguía lamiendo los senos de Atziry. Sin preámbulos, la penetró por la vagina de nuevo, su miembro grueso se deslizó con facilidad en su interior empapado. Cada embestida era profunda, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, se mezclaba con los gemidos de Elizabeth, que jadeaba contra los pechos de su hija. Diego, con una mano, apretaba las nalgas de su tía, mientras con la otra alcanzaba uno de sus senos, pellizcando el pezón con rudeza.

    Elizabeth, en cuatro patas sobre el sillón, gemía sin control mientras su lengua devoraba los pechos de Atziry, dormida a su lado. Sus labios succionaban los pezones rosados de su hija, escupiendo sobre ellos, dejando un rastro de saliva que brillaba bajo la luz tenue. Mordisqueaba con delicadeza, sus dientes rozaban la piel sensible, mientras su mano libre apretaba los senos firmes, amasándolos con una mezcla de ternura y deseo febril. Al mismo tiempo, la verga de Diego, gruesa y pulsante se hundía en su vagina con embestidas profundas, cada movimiento le arrancaba jadeos que resonaban en el espacio. Elizabeth gozaba de la cogida de su sobrino, su cuerpo temblaba bajo el peso de su dominio, mientras la transgresión de poseer los senos de Atziry amplificaba su placer hasta un punto insoportable.

    Sin previo aviso, un orgasmo devastador la atravesó como un relámpago. Elizabeth arqueó la espalda, su cabeza se echó hacia atrás mientras un grito gutural escapaba de su garganta. Sus jugos, calientes y abundantes, salpicaron las nalgas blancas de Atziry, que seguían expuestas por la tanguita rosa, y escurrieron por sus propios muslos, dejando un charco brillante en el sillón. Diego, sintiendo las contracciones de la vagina de su tía, no pudo contenerse. Con un gruñido, liberó su semen dentro de ella, llenándola con chorros cálidos que se mezclaban con sus fluidos, su verga palpitaba mientras se vaciaba por completo. Ambos quedaron agitados, sus respiraciones pesadas llenaban el silencio, sus cuerpos sudorosos estaban pegados en el sillón, atrapados en el éxtasis compartido.

    Tras unos minutos de recuperación, Elizabeth, con el rostro ruborizado y los senos aún expuestos bajo la blusa de satín abierta, se giró hacia Diego. Sus ojos miel, brillando con una mezcla de satisfacción y desafío, encontraron los suyos. Se inclinó y lo besó con una pasión feroz, sus lenguas se entrelazaron en un choque húmedo que sabía a deseo y rendición. Luego, sin decir palabra, se levantó, sus nalgas se balancearon mientras se dirigía a su habitación, el short empapado marcaba su piel. Esa noche, Elizabeth dormiría plácidamente, su cuerpo había sido saciado por el placer y su mente estaba en paz tras reclamar a Diego, aunque fuera por un momento.

    Diego, aún con la verga sensible, miró a Atziry, que seguía sumida en un sueño profundo, ajena al espectáculo prohibido. Con una sonrisa traviesa, la levantó en sus brazos, llevando su cuerpo ligero y cálido contra el suyo. La llevó a su habitación, colocándola con cuidado en la cama. Deslizó su tanguita rosa hacia un lado, exponiendo su vagina depilada, y se posicionó detrás de ella. Con un movimiento lento, la penetró por atrás, su verga se deslizó con facilidad en su interior húmedo. Atziry, aún dormida, dejó escapar un suspiro suave, mientras Diego, abrazándola en posición de cucharita, se quedó dentro de ella, con su cuerpo pegado al suyo.

    La mañana siguiente irrumpió con una luz suave que se filtraba por las cortinas del departamento, y Elizabeth se despertó con una sonrisa satisfecha, su cuerpo aun vibraba por el éxtasis de la noche anterior. Al levantarse, sintió el semen de Diego escurriendo por sus muslos, una prueba cálida y pegajosa de su encuentro prohibido que la hizo estremecerse. Su vagina, sensible y húmeda, palpitaba con el recuerdo de las embestidas de su sobrino.

    Desnuda, con sus grandes senos balanceándose, se dirigió al baño, pero antes abrió la puerta de la habitación de Atziry, incapaz de resistir la curiosidad. Allí, bajo la tenue luz del amanecer, encontró a su hija en cuatro patas sobre la cama, gimiendo con la cabeza hundida en una almohada, las lágrimas de placer brillaban en sus ojos mientras la verga de Diego la penetraba con un ritmo implacable. Las nalgas de Atziry temblaban con cada embestida, su tanguita rosa tirada en el suelo, y el aroma del sexo llenaba la habitación.

    —Apúrate, hija, que me vas a acompañar —dijo Elizabeth, con voz firme pero cargada de una sensualidad que no podía ocultar, sus ojos recorrían el cuerpo sudoroso de Atziry. La joven, mordía la almohada con más fuerza, solo asintió con la cabeza, sus gemidos ahogados resonaban mientras Diego seguía embistiéndola, su mirada desafiante se encontraba con la de Elizabeth por un instante. Minutos después, madre e hija se apresuraron a prepararse, dejando a Diego solo en el departamento. Él, con el cuerpo aún caliente por la noche, se metió a bañar, el agua caliente se deslizaba por su torso musculoso, su verga todavía sensible recordaba los cuerpos de Atziry y Elizabeth. Tras vestirse con una camiseta ajustada y jeans que marcaban su bulto prominente, el timbre del departamento sonó, interrumpiendo sus pensamientos.

    Al abrir la puerta, Diego se encontró con Yareni, cuya belleza lo dejó sin aliento. Su cabello ondulado caía suelto sobre sus hombros, brillando bajo el sol de la mañana, y su vestido blanco floreado se adhería a su figura esbelta, resaltando sus pechos pequeños y la curva suave de sus caderas. Sus ojos verdes destellaban con una mezcla de inocencia y picardía, y Diego sintió un calor subirle por la entrepierna al imaginarla desnuda. —Busco a Elizabeth —dijo Yareni, su voz era suave como una caricia. Diego, recuperando la compostura, respondió con una sonrisa confiada: —Salió con Atziry, pero… ¿te gustaría ir a comer un helado conmigo? —Sus ojos la recorrieron, deteniéndose en el borde del vestido que dejaba entrever sus muslos dorados. Yareni, tras un instante de duda, asintió con una sonrisa que encendió aún más el deseo de Diego.

    Ella dio media vuelta para irse, pero la invitación de Diego la detuvo, y la promesa de un helado se convirtió en el preludio de algo más. El departamento, aún impregnado del aroma de la lujuria de la noche anterior, quedó atrás mientras Diego y Yareni salían, él con la mente llena de planes para seducirla, su verga endureciéndose al imaginarla gimiendo bajo su cuerpo, mientras el recuerdo de Elizabeth y Atziry seguía ardiendo en su piel.

    Continuará…

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  • Una historia nueva (2)

    Una historia nueva (2)

    Nuevamente nos encontramos en la Ciudad de Guadalajara en el Estado de Jalisco.

    Nos encontramos en la casa donde vive Beatriz, quien es la novia de Marcelo, ellos han tenido el suficiente tiempo para conocerse más, lo que no sabe Cristina es que su hermano le tiene reservada una gran sorpresa, pero de ella se enterará cuando sea precisamente la familia de Beatriz quien vaya a dársela. A Cristina le ha sorprendido ver a una de las empleadas domésticas que les abre la puerta, por lo hermoso de sus facciones, de ojos del color de la miel y su larga cabellera negra, ella está descalza, de pies hermosos. Salió con solo una bata corta que le permitía lucir sus bien torneadas piernas morenas. Reconoció a Marcelo cuando tocó por el interfon y seguidamente tras unas sonrisas de intercambio pasan a la casa.

    –Pase señorito Marcelo, la señora Consuelo los está esperando a usted y a su hermana la señorita Cristina.

    –Tú debes ser Graciela, ¿verdad? ¿o eres Mónica?, perdón pero es que son tan parecidas ustedes que las confundo –dijo Marcelo al no saber cómo dirigirse a ella.

    –¡Sí! en efecto yo soy Graciela y sí tenemos algo que nos distingue a mi hermana y a mí, pero luego le digo lo que es, señorito Marcelo.

    –El hermano de ustedes es quien trabaja como chofer, ¿Verdad?, él es Alberto ¿o me equivoco?

    –Sí Alberto es nuestro hermano, y es el chofer, pero por favor pasen. –Tanto Alberto como sus hermanas también tienen su propia historia.

    La casa es magnífica con un amplio jardín al frente y otro en la parte posterior con dos habitaciones separadas para la servidumbre. Cristina se queda admirada observando la amplia sala con mullidos sillones y una gran pantalla, en ese momento baja por las escaleras una señora de muy buen porte, que es bien conocida por Marcelo, él presenta a Cristina con la señora Consuelo, madre de tres hermosas chicas. Beatriz, la novia de él y a Andrea y Araceli, hermanas de Beatriz. Consuelo quien ya conoce a Marcelo se acerca para saludarlo de beso en la boca ante la sorprendida mirada de Cristina, admirada por lo mismo, se enrojecen sus mejillas, ya que no esperaba ver algo así.

    –¡Mira Consuelo!, ella es mi hermana Cristina de quien les he hablado mucho.

    –¡Oh, sí!, encantada cariño, tu hermano nos ha hablado de todo lo interesante que haces, –¿Qué tanto les habrá dicho de mí?, piensa Cristina para sus adentros, ¿será capaz mi hermano de…?- Qué escribes novelas de amor, debe ser interesante leerte.

    –¡Sí, pero aún no he terminado! –contestó con cierta angustia y sonrojada.

    –Ya habrá tiempo para todo cariño, no debes preocuparte, aquí son bien recibidos.

    Consuelo les ofrece algunos canapés y bebidas a base de tequila además de cervezas, por lo que pronto se encuentran animados, aunque Cristina se encuentra un tanto desconcertada luego de lo que vio y lo que dijo Consuelo acerca de sus escritos, no pudo más que echarle una mirada de reclamo a Marcelo. Detrás de su madre, Beatriz la novia de su hermano se ha presentado con Cristina en bata de baño.

    –¡Cuñada!, qué gusto conocerte, de verdad que no ha exagerado para nada tu hermano al decir que eres toda una muñequita tan linda y hermosa que no le creí, pero ahora que te veo, ¡Guau!, estás lindísima. –y sin que ella pudiera evitarlo, acercó su rostro y le dio un beso en los labios, un beso suave en el que Cristina pudo apreciar el contorno perfecto de unos labios gruesos y perfectos para ser besados de distintas maneras.

    –¡Guau! –arremedó Cristina- jamás pensé ser tan bien recibida por mi cuñada, realmente creo que mi hermano exageró si es que les dijo palabras tan bonitas acerca de mí, me siento muy complacida.

    –¡Oh!, cariño te sonrojaste por mi beso, perdón, pero es que todos en la familia nos saludamos así, siempre ha sido nuestra costumbre, por favor no te sorprendas, pero estaba por terminar de arreglarme para recibirlos y me cambio por ropa más cómoda, ya ven que está haciendo bastante calor.

    Se acerca a Marcelo y le da un beso en la boca pero está vez pareciera como si estuviera comiendo su boca ya que intervienen sus lenguas. Luego sube a su habitación para arreglarse, Cristina ha quedado sorprendida de lo bella que es su cuñada Beatriz y no esperaba encontrarse con alguien así, de hecho pensaba que sería como cualquiera de las novias que había tenido su hermano, casi todas ellas, como flores sin aroma y sin ningún tipo de belleza, tanto interior como exterior. Los cabellos de Beatriz como los de Consuelo, eran de un tono rubio cenizo y sus facciones muy parecidas, aun cuando su edad fuera de veinte años al igual que la de Cristina, era como muchas mujeres que aparentan menos edad de la que tienen.

    Beatriz al poco tiempo bajo de su habitación, portando un conjunto de blusa y falda corta que parecía no cubrir su sexo, exhibiendo unas hermosas piernas largas y bien torneadas, su blusa se encontraba apenas cerrada con un par de botones, luciendo buena parte de sus generosos pechos, los que saltan conforme se mueve por efecto de carecer de un sostén que los detenga, ella se sienta en medio de Marcelo y Cristina.

    –¡Bienvenida, Cristina, en realidad eres tan hermosa como nos dijo tu hermano! –sin que siquiera le diera tiempo a pensarlo, le plantó otro cariñoso beso sobre sus labios que la dejo inmóvil ya que no esperaba tener un recibimiento así.

    –¡Mamá!, -dice refiriéndose a Consuelo- quiero que vean a Cristina también como de la familia, para que se sienta en confianza, después de todo prácticamente es cómo si ya fuera mi cuñada.

    –No te debe sorprender, Cristina, ¿verdad Marcelo?, -dijo Beatriz luego de abrazar a Marcelo y besarlo nuevamente en la boca para voltearse luego de haber recibido de igual forma a la hermana de su novio ante la mirada totalmente desconcertada de ella- Mira Cristina, tu hermano nos ha hablado mucho de ti y quiero decirte que aquí la costumbre es saludarnos de beso en la boca, no debe sorprenderte, que a tu hermano lo besamos así porque es mi novio y todas aquí también nos besamos en la boca como un saludo de integración familiar.

    Consuelo se quita una pañoleta que la cubría, luciendo un vestido bastante escotado que hace que tanto Cristina como Marcelo eviten verla directamente a los ojos, su apariencia era la de una mujer de unos treinta y dos años, aunque debía ser de esas mujeres que aparentan ser más jóvenes, –era algo ilógico tener una hija de veinte a los treinta y dos, lo cual suponía que debía tener más edad-.

    Consuelo posee una figura esbelta con un talle delgado además de lucir una abundante cabellera rubia platinada, contrastando con sus ojos verde aceituna, que a la vez trasmitían confianza y una suave tez blanca, para quien la viera creería estar viendo a una artista de Hollywood como Stella Stevens, una belleza de una serie de televisión ya de algunos años, según Beatriz hubiera comentado a Marcelo, pero a juzgar por las apariencias no podía dudarse de su gran parecido como así también sucedería con Beatriz por ser la hija de Consuelo, quien se acerca a donde se encuentra Cristina y le da de su propia mano un canapé para ponerlo dentro de su boca.

    –Mira prueba que ricura de bocadillo, les estamos ofreciendo, ¡A ver abre tu boquita!

    –Gracias, señora Consuelo, sí se ven ricos y lo están.

    –A ver un poquito de vino para que te sepa mejor –de igual forma le extiende con su mano la copa inclinándola sobre sus labios para que ella pueda sorber el vino, tal cual si fuera una pequeña a la que hay que darle de comer en la boquita, y aunque parezca increíble, el detalle que la tratara así, gustó mucho a Cristina.

    –Eres muy bonita como dice mi hija Beatriz y ella es de las que no habla por hablar, realmente nos sentimos muy contentas de recibirlos a ti y a tu hermano Marcelo que está también muy guapo y ni dudar que sean hermanos con esa fisonomía y esos rasgos tan parecidos, pero los tuyos como los de una muñequita muy fina y los de tu hermano como los de todo un hombre. Pero por favor tutéame que no quiero sentirme tan vieja.

    –¡Gracias! Consuelo, eres muy agradable –contesta Cristina algo turbada.

    –Pero sí esto no te parece inadecuado también quisiera saludarte de beso en la boca, es la costumbre, para quienes pertenecen a nuestro círculo familiar como te dijo mi hija Beatriz. –Consuelo se acercó más a Cristina tomándola de la mano, al tiempo que recargaba su otra mano en su pierna descubierta, haciendo pequeños círculos alrededor de esta con la yema de sus dedos, algo que le produjo un extraño escalofrío.

    –No, al contrario, aunque me parece algo raro, pero ha sido tan rápido que aún no lo asimilo bien –para Cristina en realidad le parecía algo inesperado, pero aun así le empezaba a gustar el ligero morbo que le provocaba la situación, tanto así que sintió que empezó a sentir algo agradable por debajo de ella, ligeras burbujas mojaban su tanga, por lo que solo atinó a contestar- aunque creo sinceramente que sí sería de mi agrado empezar a saludarnos así.

    –No te apenes, entonces permite que te de un beso de bienvenida a nuestra familia…

    Consuelo lo dijo con toda la seguridad que la caracterizaba, acercando su rostro al de ella, para impregnar de una manera cálida sus labios con los de Cristina, y se lo dijo sin siquiera despegar sus labios de los de ella con palabras pausadas, que parecían estarla mojando aún más.

    –Después de todo eres la hermana del novio de mi hija y eso te hace ser como de la familia también desees entrar de lleno a nuestro círculo familiar… –al terminar de decir todo esto fue que se despegaron ambas bocas lentamente y sosteniéndose las miradas ¿Se abrían alterado sus hormonas?

    –Pues, creo que me complacería mucho eso –atinó a decir con cierto nerviosismo aún a pesar de que ni siquiera pudiera imaginarse lo que tal propuesta pudiera significar para ella y para su hermano que ya estaba más metido adentro de la familia que Cristina –la mano de Consuelo recorrió un poco más adentro la pierna de Cristina que parecía estar gozando la magia del momento.

    –Pero por favor, tomen asiento –dice mientras le da instrucciones a la sonriente doméstica aún descalza, con su tez morena clara y ojos café como la miel, pero con una mirada francamente pícara, que para sorpresa de ella, porta un uniforme bastante corto de falda, luciendo sus morenas piernas un poco por debajo del nacimiento de sus nalgas y con una blusa totalmente transparente que hace lucir la hermosura de sus pechos y la figura bien definida del contorno de sus pezones que resaltan sobre la tela, adivinándose la ausencia de un sostén incapaz de disimularlos.

    Algo les hizo voltear la vista cuando va bajando por las escaleras una señora de buen porte, la tía Soledad a quien también ya conoce Marcelo, con tal vez los mismos años de edad que la tía Consuelo, la cual les es presentada por Beatriz como su tía Soledad, está por demás decir que debido a las características tan notables de fisonomía entre ambas, era totalmente innegable que fueran hermanas, aunque Soledad poseía un cuerpo más parecido al de Morgan Farchild, en sus mejores años, aunque el color también miel de sus ojos la distinguiera de su hermana así como la diferencia en siluetas, aunque había una manifiesta simpatía y una sonrisa cautivadora en ambas hermanas.

    Una gran foto en la sala donde ellas aparecían con sus manos puestas en los brazos de Enrique el hermano de ambas junto a sus cuatro hijas y un varón, mostrando también él los inconfundibles rasgos de sus hermanas, Consuelo y Soledad al igual que sus hijas. A Cristina le pareció extraño que en lugar de estar con sus maridos, ellas aparecieran retratadas junto a su hermano, pero no era el tiempo de aclaraciones.

    –Ella es Cristina, la hermana de Marcelo, ¿a poco no te parece bella esta muchachita? –dijo a su hermana Soledad- ella ha aceptado bien el saludo que acostumbramos en la familia, ya que por ser la hermana de él, es bienvenida y como tal merece que le demostremos toda nuestra hospitalidad.

    –Pues encantada de conocerte, Cristina, eres bienvenida, así que siéntate como en tu casa al igual que Marcelo quien ha sido considerado como un miembro más de nuestra familia, así como queremos que tú también lo seas y te sientas bien con nosotros.

    –Es usted muy guapa, señora Soledad al igual que su hermana.

    –Pero por favor hazme un gran favor y háblame de tú, que realmente me apena que no lo hagas

    –Sí, Soledad, también a mí me agrada ser considerada así aún cuando apenas hemos sido presentados.

    –Tus palabras nos hacen sentir muy bien ¿Verdad Beatriz? Tu cuñada es toda una muñequita –Beatriz que las observaba tomada de la mano de Marcelo asintió con la cabeza

    –Nunca imaginé que mi dulce cuñada fuera tan hermosa como me dijo mi novio.

    Soledad al igual que su hermana Consuelo portaba un vestido en color lila, de los colores favoritos de Cristina también con un gran escote que hace que tanto Cristina voltee hacia otra parte pues ella porta unos pechos hermosos que parecen querer saltar de su escote y de una apariencia de no más de treinta años de edad, aunque al igual que su hermana Consuelo ni siquiera aparenta tener más edad por tener dos hijos que viven en Canadá y que aparecen en el cuadro familiar.

    –Se acercó para darle un beso como era la costumbre de la familia. Cuando Soledad acercó su rostro al de Cristina, ella se puso un poco nerviosa, pero se armó de valor en cuanto empezó a sentir el beso tan sensual que le provocara la boca de carnosos y jugosos labios de Soledad, se quedó en un agradable éxtasis, tratando de no demostrar lo que estaba sintiendo y del mismo modo saludo a Marcelo quien al parecer ya sabía algo más sobre la familia de su novia a quien tenía más tiempo de conocer y como hombre que era no iba a desairar un saludo así.

    Cristina ha quedado sorprendida con su nueva familia la cual al parecer ha aceptado con agrado, no puede dar crédito de lo hermosas que se ven ambas una al lado de la otra. Mientras continúan platicando, Cristina se ve un tanto nerviosos debido a los escotes que tanto Consuelo como Soledad portan, aunque ambas hermanas son de hermosos pechos, sin embargo, las areolas de sus pezones parecieran estar asomándose cada vez que se inclinaban a brindar por su visita, no cabía duda que aquello sin duda, se trataba de un gran recibimiento, aunque Cristina no quedaba atrás, ya que llevaba puesto tal vez no el gran escote, pero sí el suficiente para presumir sus lindos atributos.

    Tanto Cristina como Marcelo han estado tomando palomas a base de tequila que les preparara Beatriz por lo que empiezan a sentirse más relajados, riendo con las ocurrencias de Beatriz que les estuviera contando situaciones graciosas que les ocurrieran tanto a ella como a sus hermanas, por lo que el ambiente se torna magnífico en tanto una música tranquila y relajante se escucha invitándolos a bailar.

    Consuelo le extiende la mano a Cristina para que acepte la invitación al baile y al abrazarse, el efecto de las palomas ya ha desinhibido a Cristina en tanto la madre de Beatriz la toma de la cintura atrayéndola contra su cuerpo, ella ya puede darse cuenta que el escote de Consuelo es tan pronunciado que su vista puede abarcar la carne blanca de sus pechos descubriendo graciosamente uno y otro de sus pezones que se mueven al vaivén de la música embriagadora, ambas sostienen sus miradas como si estuvieran embelesadas y acercan sus bocas para fundirse en un beso suave y tierno que las invitara a continuar pegadas de sus labios ante las complacientes miradas de Soledad, de Beatriz e incluso su propio hermano Marcelo.

    Por su parte Marcelo ha estado bailando con Beatriz junto con Soledad, Cristina se queda admirada al ver lo que está sucediendo, no puede negar que el cuadro que le están brindando es hermoso. Soledad no quiere quedarse atrás y besa a su sobrina de manera muy sensual en la boca, abrazándola y pegándola contra sus pechos, sin embargo, para Marcelo eso era algo que sucedía con cierta frecuencia y lo veía como algo normal entre ellas, debido a la forma que acostumbraban besarse. Al voltear Cristina vio que la tía Soledad además de besar a su sobrina, juntando sus bocas junto con la de su hermano también y lo hizo como algo que también le gustara experimentar pero lo estaba excitando y eso a la vez lo inhibía.

    Cuando bajan juntas Andrea y Araceli, Marcelo se queda pasmado, no cabía duda de que le había impresionado ver la lindura y el bomboncito que era Andrea, con una mirada coqueta como la de su hermana Cristina, de esas miradas que te dicen “llévame a la cama y hazme tuya”, sin quedarse atrás Araceli, delgada y de un busto más grande que el de su hermana. Para Marcelo quien no había tenido la oportunidad de conocerla Andrea, ha hipnotizado sus sentidos no había estado en Guadalajara, sino con su “supuesto” tío Enrique, para él fue una agradable sorpresa. Araceli por su parte también y Andrea saludaron a Marcelo con el acostumbrado beso en la boca, ambas eran también al igual que con Cristina, sus cuñadas.

    Al ver a Cristina no pudieron menos que alegrarse por Consuelo, la madre de ellas ya que al parecer lo estaba pasando muy bien con quien pareciera ser su futura nuera así como con la tía Soledad, la hermana de ellas y su cuñado.

    –No quisiera que tú y tu hermano tuvieran que irse, Cristina, realmente me has cautivado y me sentiré triste cuando eso vaya a pasar.

    –No digas eso, Consuelo para serte sincera tú también me has cautivado y me siento muy a gusto a tu lado, me da mucho agrado el conocer a tu familia y saber que mi hermano estará en buenas manos próximamente con ustedes y a ti en especial, créeme que yo también sentiré cuando tengamos que partir para regresar y ver a nuestros padres.

    –Sí, me ha platicado tu hermano que sus padres los quieren mucho y eso es sensacional, considerando que no todas las familias se llevan tan bien como lo es con la familia de ustedes y ahora ustedes dos con la nuestra, en vez de sufrir ¿por qué no perseguir la felicidad?, sí está se puede alcanzar. Nosotros y también me refiero a mi familia allá en México donde vive nuestra madre y nuestros tíos, a mi hermana, a mis hijas, a mi hermano y a mis sobrinas, hemos aprendido a compartir nuestras alegrías sin pensar en si es malo. La sociedad en la que vivimos no es de lo mejor, por eso es que hicimos nuestra propia guarida en donde solo nosotros podemos vivir en armonía tratando de no pensar en la maldad que existe en otros lados y tratando de ayudar al prójimo cuando se puede.

    –¡Qué hermosos pensamientos tienes, Consuelo! –le dijo sin dejar de tomar su mano y acariciar sus dedos entre los suyos- También nosotros tratamos de vivir la vida lo mejor posible alejándonos en lo posible de las malas compañías y acercándonos a personas que resplandecen con amor como ustedes.

    –De verdad no quisiera que tú te fueras –le dijo mientras una lágrima rodaba por una de sus mejillas, dejando a Cristina realmente sorprendida y contagiada pues ella también tenía sus ojos llorosos.

    Debido a que las horas han pasado volando, se acerca Marcelo para indicarle a Cristina que tienen que irse porque se hace tarde y tienen que pedir un taxi que los lleve de regreso a su hotel.

    –Espero que pronto nos veamos y me platiques de tu familia de allá de México –Cristina se refería a la que tienen Consuelo y Soledad en la Ciudad de México.

    –Y tú me tienes que platicar de los planes que tienes con las novelas que haces y puedas encontrar la inspiración que tanto buscas, según nos platicó Marcelo, se que una semana pasa rápido pero espero poder verlos todos esos días que aún faltan para irse

    De pronto un rayo de inspiración ilumino el rostro de Consuelo, pues no podía dejar de intentar algo que se le había ocurrido.

    Muchachos, de hecho aquí tienen su casa, tenemos habitaciones de sobra donde pueden quedarse, así que piénsenlo bien y les ofrecemos mi hermana, yo y mis hijas que permanezcan aquí en ésta su casa el resto de los días que tengan que estar y dejen el hotel, les prometemos que la van a pasar increíble con nosotras –mientras decía esto, abrazaba a Cristina por la cintura, al parecer estaba naciendo algo más fuerte entre ellas dos, eso ya era innegable.

    Marcelo se quedó pensativo, después de todo podría estar más tiempo para convivir con su novia, ¡Claro que era una buena idea lo que les estaban ofreciendo!

    –¿Tú qué piensas Cristina?, me parece que es algo excelente, nunca había pensado en eso, pero ahora que los dicen…

    –¡Yo estaría encantada de que nos quedáramos, hermano!

    –Entonces nos regresamos al hotel y sí están de acuerdo con el ofrecimiento llegaríamos mañana –la cara de Marcelo reflejaba una gran alegría al igual que la de Cristina.

    –Entonces permítanme que nuestro chofer los lleve a su hotel y que los recoja mañana para que se instalen con nosotros.

    –¡Hecho, así lo haremos!, entonces no nos despedimos y nos vemos mañana para traer nuestras maletas.

    –De todos modos tanto al saludar como al despedirse uno se despide de beso, es la costumbre. –enfatizó Consuelo quien atrajo a Cristina por la cintura y le plantó un beso en la boca un tanto más largo que cuando se conocieron al entrar. Ese beso fue aún más especial que el anterior porque ambas atrapaban entre sus labios inferiores pequeños mordiscos con los dientes lo que parecía estar incendiando y preparando el futuro ambiente que les esperaba.

    Luego de despedirse de Soledad, que también se mostró más cariñosa con la hermana de Marcelo, lamiendo el labio inferior de Cristina con su lengua –y aunque pareciera increíble ese tipo de demostraciones la motivo mucho- al igual que las chicas se despidieron de sus cuñados besándolos agradablemente al tiempo que Beatriz y Marcelo se agasajaban dándose varios besos de lengua, dejando que su novio la abrazara pegando su pene contra su abdomen bajo haciendo que lo corto de su falda mostrara a los demás una tanga muy reducida y visiblemente mojada.

    Ella y Marcelo subieron en uno de los coches para partir con rumbo hacia su hotel, aunque a decir verdad Cristina ya llevaba su tanga lista para exprimirla en cuanto llegaran a su cuarto a la vez de necesitar desquitar la calentura que ya traía con su querido hermano Marcelo que también se observaba inquieto por tanto tiempo sin haber tenido sexo y su pene estaba al tope de la excitación.

    Continuará…

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  • Un breve encuentro entre casados infieles

    Un breve encuentro entre casados infieles

    “Dame una razón para seguir amándonos”. La frase de su esposa aún resuena en su cabeza desde hace días, desde aquella noche, mientras remueve con la guinda el Manhattan que se está tomando en la barra del Dry Martini.

    Su amiga Karen no ha podido llegar desde Londres (su negocio de decoración se lo ha impedido), Ana no contesta y Marta ya tenía un compromiso, así que bebe solo. Podría hacerlo con su mujer, pero …. “Dame una razón para seguir amándonos”…

    —¿Sin compañía hoy, señor? —le pregunta el barman mientras le prepara otro Manhattan.

    —Me hago mayor, Paco, y pierdo atractivo….

    —La mujer del rincón no creo que esté de acuerdo, señor, no le ha quitado ojo desde que llegó. Y ya va por la tercera copa.

    —Que sean cuatro, invito yo.

    Desde el rincón, la chica levanta su copa como signo de agradecimiento. Marcus sonríe y se acerca a ella.

    A veces tiene una sensación, ser el personaje tópico de un relato con poco espacio; un día de estos se las tendrá con su creador.

    —Hola, soy Marcus.

    —Rosa, me llamo Rosa. Gracias por la copa. Y por tomarte una conmigo.

    —No hay de qué. ¿Podemos compartir un rato nuestras soledades?

    —¡Qué triste suena eso! Mejor compartir otras cosas, ¿no?

    La observa detenidamente, sus ojos brillantes, su escote, sus tatuajes visibles. Apura su copa y sonríe.

    No han perdido el tiempo; a ciertas edades cada minuto cuenta. En eso piensa Marcus mientras enciende un cigarrillo y contempla cómo Rosa se va desnudando.

    En el ascensor, camino de la habitación donde ella se aloja, se han magreado y besado. “Tienes un buen culo, Rosa”. “Y tú parece que una buena….”.

    -Allí, de pie, ve quitándote la ropa, de espaldas…. Tus braguitas hacen juego con tu nombre… Bájatelas, despacio. Déjame contemplarte. Date la vuelta. Ven. Arrodíllate entre mis piernas. Pon mi mano en el pecho y aquí… y aquí también…

    —Estás contento, muy contento, de haberme conocido. Lo noto.

    —¿Sí….? Saboréala entonces, así, toda… Hasta el fondo. Acaríciame los huevos. Mastúrbate mientras te la comes.

    Rosa obedece. La boca llena. Sus dedos se mueven rápido. Está muy mojada. Un escalofrío dulce.

    -Ponte en la cama, a cuatro patas, muéstrate bien —le ordena mientras él se desnuda— Te gusta que te mire, te gusta exponerte ¿Qué quieres, Rosa?

    -Dame fuerte, Marcus… Por todas partes.

    Le ata las muñecas con la corbata y, desde atrás, la penetra, suave, primero por el coño, las embestidas se aceleran, le palmea las nalgas hasta que enrojecen. Gime. Su cara se apoya en las sábanas

    —Por el culo, cabronazo, ahora por el culo….

    Mientras la folla, sus pechos se balancean, los pezones duros. Un orgasmo la recorre.

    -No te corras aún, no ahí. Ven, quiero chupártela hasta que te vengas, aquí, en mi boca.

    La desata. Rosa le agarra bien la polla, la ensaliva bien, lentamente, mientras le mira fijamente a los ojos. Lo masturba, ahora rápido. Marcus jadea. La coge por la nuca, estruja sus tetas.

    —¡Ya…!

    Eyacula y se derrama en su lengua. Rosa paladea el semen y lo engulle.

    —Ábrete de piernas, me voy a saciar en tu vulva. Así… Así…. arquéate… Grita… Retuércete.

    Otro orgasmo la hace temblar, la cabeza hacia arriba, la boca abierta, se relame. Y se corre, y nota la lengua de Marcus recorriéndola y bebiéndosela.

    -Ahora abrázame, Marcus, como si me amaras.

    Mientras Rosa baja de la cama un momento para llamar a su marido y desearle buenas noches, Marcus piensa: “Dame una razón…”.

    (Comentad mi relato, gracias)

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  • Pervirtiendo a un matrimonio

    Pervirtiendo a un matrimonio

    Los que hayan leído mis anteriores relatos, recordaran como unos amigos me habían llevado a su casa de campo, donde tuve una aventura, con un negro muy bien dotado que les cuidaba las caballerizas, mientras ellos dormían la siesta, al regresar, fui a comprobar si seguían dormidos, efectivamente lo estaban y desnudos encima de la cama, sentí un fuerte deseo de pervertirlos, y en la siguiente visita que hice con ellos comencé a desarrollar mi plan.

    Una de las cosas que el negro me contó es que mi amiga le espiaba cuando sospechaba que estaba desnudo, era un factor a aprovechar, así que cuando era la hora en la que el negro se solía desnudar para lavarse en el establo, aprovechando que su marido había salido, le dije a ella en voz baja:

    -Si te apetece verle la polla al negro, yo te ayudare, tendré entretenido a tu marido.

    Ella me sonrió como agradeciéndomelo, yo llevaba puesto un abrigo lujoso, al contrario que en la otra visita, ya no hacia calor sino frio, cuando estuvimos los tres juntos le dije al marido:

    -Cariño me encantaría que me enseñaras la parte trasera de la finca,

    Era la que estaba en dirección opuesta a los establos, ósea que ella podía contemplar al negro tranquilamente, el marido aceptó y me llevó hacia la zona que le había pedido, durante el trayecto, estábamos los dos solos, yo me puse muy insinuante, hasta que llegamos a una caseta abandonada, le pedí entrar para verla por dentro.

    Cuando estuvimos dentro le dije:

    -Quiero agradecerte lo amable que estas siendo conmigo,

    Y antes de que él tuviera tiempo de reaccionar, me desabroché el abrigo, debajo no llevaba ningún vestido, solo un conjunto de lencería blanco, en ese momento le hice apoyarse contra la pared y me arrodillé ante él, me agaché un poco y dije:

    -Cariño, menuda polla tienes, tu mujer debe estar muy contenta

    Y después de decir esto, se la cogí con la mano y después me la metí en la via y di comienzo a una manada, él se puso a gemir, mientras me decía:

    -Que zorra eres Isabel, había oído algo, pero la mamas mejor que las putas.

    Yo seguía chupándosela, mientras el daba un montón de gemidos muy intensos, el me dijo:

    -Por favor sigue chupándomela, no me importa que mi mujer se entere, pero por favor, tu chúpamela.

    Por supuesto le complací y seguí chupándosela, mi lengua hacia estragos en su polla, y sus gemidos iban en aumento, hasta que él me dijo:

    -Basta zorra, me muero de ganas por follarte, aquí mismo.

    Me puse de cara a la pared y puse mi cuerpo en pompa, después le dije:

    -Soy toda tuya, cariño, y además gratis, jajaja

    Se le notaba que con la mamada se había pesto muy caliente, me la introdujo de un solo golpe me la metió hasta el fondo los dos nos pusimos a gemir, la verdad se le notaban las ganas de echar un polvo en condiciones y yo me puse a recibir su polla que me entraba desde atrás, el muy cabrón me estaba dando muchísimo placer, los dos estábamos gimiendo de una manera bestial.

    -Espero que mi mujer no nos pille, pero si lo hace habrá valido la pena, dijo él.

    Y seguimos follando hasta que se corrió. Después nos vestimos, prometiéndonos que no le diríamos nada a su mujer, mi amiga y seguimos paseando por la finca, pero no habíamos recorrido muchos metros cuando él me dijo:

    -Perdona tía, pero es que hoy no sé qué me pasa, que estoy muy salido, tengo fanas de volver a follar, pero por favor no se lo digas a mi mujer.

    Mi respuesta fue quitarme nuevamente el abrigo, estábamos al lado de una escalera, le pedí que se sentara en uno de los escalones, primero dejé mi abrigo en el suelo, sobre las escaleras y le ordené que primero se bajará los pantalones y los calzoncillos, dejando de nuevo su polla al aire. Cuando lo hizo me puse de espaldas a él y fui bajando hasta sentarme encima de su polla y haciendo que esta se introdujera dentro de mi coño.

    Él se puso a gemir mientras llevaba sus manos hacia mis tetas y comenzaba a sobarlas, y me decía:

    -Isabel tienes unas tetas divinas.

    Mientras yo seguía cabalgándole y le pregunté:

    -¿Nunca le habías puesto los cuernos a tu mujer?

    -No, me respondió.

    Yo seguí cabalgándole en la misma postura, él estaba gozando a tope, mientas me decía:

    -Follas mucho mejor que ella, la quiero mucho, pero tu follas mucho mejor que ella.

    Mientras esto sucedía yo me di la vuelta, y seguí cabalgándole, esta vez mirándole a la cara y haciendo que el pudiera contemplar mis tetas mientras lo hacíamos, él estaba cada vez más caliente, y yo seguía montándole, sus gemidos eran muy intensos, hasta que él me pidió:

    -Estamos en el campo y me gustaría montarte a cuatro patas.

    -¿Cómo si fuera una zorra, o una perra, jajaja? Le respondí

    El parecía un poco avergonzado, y tuve que darle ánimos:

    -No te preocupes cariño, me encanta, pero eso sí que no se entere tu mujer, ella es mi amiga.

    Mis palabras, tal y como había pensado le tranquilizaron, yo me levanté, baje el resto de las escaleras y en una zona plana del terreno me puse a cuatro patas, y le dije:

    -Aquí me tienes, cariño.

    Él se levantó del suelo bajo la escalera, se quitó los pantalones y los calzoncillos para moverse con más libertad, luego se puso de rodillas detrás de mí, y de un golpe me introdujo su polla dentro de mi coño y comenzó a moverse con un ritmo delicioso, se le notaba que tenía muchas ganas, sus movimientos reflejaban las ganas que tenía, y el muy cabrón estaba consiguiendo que yo gozara mucho, hasta que me corrí. Después nos limpiamos como pudimos, y nos vestimos, camino de casa le pregunté:

    -¿Nunca has follado con tu mujer al aire libre?

    Él me negó con la cabeza y yo le dije:

    -Deberías probarlo.

    El resto de la tarde transcurrió con normalidad, pero a la mañana siguiente, él debía de bajar al pueblo a comprar algunas cosas, por experiencia sabía que tardaría bastante rato, así que nada más irse él me decidí par un paso más para pervertir a ese matrimonio. Y le pregunté a ella:

    -¿No te apetecería follar con el negro?

    Noté como en su cara se mezclaban el deseo, con el miedo, así que la dije:

    -Tranquila, Pepe, así llamaban al negro, no dirá nada, sabe que le costaría el puesto, y yo te daré la voz de alarma, si tu marido llega.

    -Pero ¿Cómo se lo propongo a Pepe?, dijo ella nerviosa.

    -Tranquila, cariño, le dije, yo me ocuparé de que parezca casualidad, tu ponte a tomar el sol en top les en el jardín.

    Ella me obedeció, estábamos en una época del año en que no hacia tanto frio como para que yo no pudiera llevar mi abrigo puesto, ni tanto frio como para que mi amiga no pudiera tomar el sol casi desnuda. Cuando ella estuvo lista me fui hasta el establo, y como suponía allí estaba Pepe, le acaricié la polla y le dije:

    -Cariño, hoy no voy a ser yo, me parece que tu jefa, está con ganas de follar contigo y te espera en el jardín, pero recuerda que debes ser muy discreto, si no quieres perder tu trabajo.

    Tras seguir mis indicaciones, el negro fue donde estaba mi su señora, y la encontro tomando el sol con las tetas al aire, esta se hizo la sorprendida, y se las tapo con sus manos, luego fingiendo tranquilidad, dijo:

    -Lo siento Pepe, no era mi intención, pero, y mostrando mas confianza añadió, ya que tú me has visto así creo que es justo que yo te vea también con poca ropa.

    Pepe no se hizo de rogar, yo observaba oculta la escena, y se quitó toda la ropa, hasta quedarse completamente desnudo, ella al verlo se quedó asombrada y dijo:

    Menudo cuerpo tienes, pareces un atleta, y señalando a su polla, añadió, y menudo pollón, es casi el doble que el de mi marido.

    Y sin pedirle permiso se agachó y comenzó a chuparle la polla, casi no le cabía en la boca, el negro parecía estar disfrutando muchísimo, tener la boca de su jefa rindiéndole culto a su miembro, sin duda, le hacían sentirse muy macho y estuvieron así un rato hasta que el negro dijo:

    -¿Quiere la señora que le coma el coño?

    Ella dejó de chuparle y le dijo:

    -¿Te gustaría Pepe?

    -Por supuesto señora, dijo él.

    -Bueno, pero no pienso sabas este pedazo polla de mi boca, dio ella.

    Pero se la soltó un momento, solo lo necesario para que el negro se tumbará sobre la sabana sobre la que su jefa tomaba el sol. Cuando lo hizo su jefa se puso encima de él en posición invertida, con lo que de nuevo volvió a tragarse esa polla de la que parecía haberse enamorado. Mientras Pepe abrió su boca y sacando su lengua se puso a lamerle el coño a su señora, sin duda para el comerse el coño de una mujer blanca era divino, así que comenzó a hacerlo con ansia, hasta que logró que ella se corriera, tras ello ella le dijo:

    -Pepe lo haces muy bien, y quiero agradecértelo.

    Llevó su boca hasta uno de los pies del negro y se puso a chupárselo como si fuera un helado de chocolate, después fue subiendo hasta llegar a su polla, esta estaba durísima y ella le dijo:

    -Pepe tienes una polla verdaderamente monstruosa, no puedo aguantarme las ganas de chupártela.

    Y se la metió en la boca, y comenzó a chupársela con mucha ansia, parecía que era la única polla del mundo, hasta que al rato ella dijo:

    -No puedo más, necesito meterme esta polla en mi coño.

    Y diciendo esto, se puso encima de Pepe, sujetó su polla con una de las manos se puso encima de ella y fue bajando poco a poco, hasta que la entrada de su coño contacto con la punta de la polla de su empleado, desde ese momento se la fue metiendo dentro de su coño, poco a poco se le notaba que tenía miedo, de que e hiciera daño, pero eran más sus ganas de tenerla dentro.

    Cuando la tuvo toda dentro comenzó a cabalgar al negro con verdadera ansia era como si sintiera que era una jinete en una carrera de caballos, y comenzó a gemir de una manera muy desesperada, y Pepe hizo los mismo se notaba que el deseo les invadía a los dos; después como queriendo que la polla de Pepe la entrara mas dentro se dio la vuelta, y siguió follando en esa postura, Pepe debía estas disfrutando muchísimo con la visión del culo de su jefa.

    Ella seguía montándole con ansias, en ese momento fue el negro el que dijo:

    -Follar con la señora es una delicia, pero me gustaría ser yo quien estuviera encima.

    Ella estaba tan caliente que no se sentía con fuerza para negarse a nada, así que, renunciando a la polla de Pepe, por un momento se puso de pie y cuando el negro se levantó ella se tumbó.

    Después separó bien sus piernas y las alzó, Pepe se puso de rodillas, con su polla cerca del coño de ella, y de un golpe se la metió, ella comenzó a gritar, entre gemidos:

    -Pepe, me vas a partir en dos, me estas volviendo loca de placer, sigueee, por favor.

    Las palabras de su jefa estimularon al negro que se puso a follarsela con una fuerza bestial, los dos estaban nuevamente gimiendo, él dijo:

    -Follar con la señora es de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en la vida.

    Y la siguió follando como si en ello le fuera la vida, después se alzó un poco mientras alzaba las piernas de ella, los dos seguían gozando de una manera bestial, el negro movía el cuerpo de su señora a voluntad y esta parecía completamente entregada y en un estado de éxtasis. Hasta que finalmente se corrió. Después como avergonzados los dos se vistieron y cada uno se fue por su lado.

    Al rato llegó el marido, los tres nos reunimos en el salón después de comer nos sentamos a charlar, en la cabeza de ella parecía haber cierto sentimiento de culpa, quizá por eso le dijo a su marido:

    -Mi amor ¿Nos vamos a dar un paseo por el campo?

    El aceptó la idea, y me preguntó si les acompañaba, yo argumentando que me encontraba un poco cansada rehusé, y ellos salieron cogidos de la mano, yo me decidí a seguirlos de lejos, observé como ella fue hasta el auto y sacó una esterilla que había en el maletero. Después siguieron avanzando cogidos de la mano, yo les seguía a una cierta distancia.

    Tomaron un camino, por un lugar donde creían que nadie les veía, ella se apoyó contra un árbol, allí el la rodeó con sus brazos acariciando su trasero, después le fue levantando su blusa, ella llevaba una camiseta negra, y se la levantó, ella no llevaba sujetador, cuando se la quitó el se agachó un poco hasta que su cabeza llegó hasta uno de sus pechos y comenzó a chupárselos, ella gemía de gusto.

    Al poco rato él la desabrochó los pantalones y se los bajó un poco, el coño de ella quedó al aire, ella se agacho un poco, sin llegar a los noventa grados, su culo y su coño quedaron al alcance de él, este se bajo también los pantalones, su polla quedó al aire y estaba durísima. Él de un golpe se la metió en el coño de ella, que comenzó a gemir, mientras decía cosas como:

    -Querido, esto es delicioso, sigue por favor, te adoro.

    Yo estaba excitadísima viendo como lo hacía, y pensando que ese fon de semana había dado un paso muy importante para pervertirlos, ellos se habían puesto los cuernos, ero estaban ahí, al aire libre, dándose mucho amor y placer.

    El seguía follandosela en medio de los gemidos de los dos se hacían cada vez más intensos, hasta que ella dijo:

    -Mi amor me canso cambiemos de postura.

    Él se sentó en el suelo y ella se puso encima de él, sin que sus pantalones a medio bajar fueran un obstáculo, la polla de él y el coño de ella se acoplaron y desde esta postura siguieron follando hasta que ella dijo:

    -Mi amor me corro.

    Poco después era el quien veía que se iba a correr, ella se levantó de encima de él, se arrodilló en el suelo y le pidió:

    -Mi amor córrete sobre mis tetas.

    Él se puso de pie y se acarició la polla, hasta que se corrió, en ese momento yo emprendí camino de casa y cuando llegué me senté en el sofá, al poco llegaron ellos, como si nada hubiera pasado.

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