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  • El precio del glamur (3)

    El precio del glamur (3)

    Cuando el cielo empezó a clarear, mi cuerpo ya no tenía fuerza. Tenía el ano adolorido, la vagina húmeda, los muslos marcados, los labios hinchados de tanto mamar.

    —Te ves preciosa así… usada —me dijo acariciándome el cabello—. Como una muñeca de carne que nadie puede igualar.

    Y me besó la frente.

    Como si todo lo anterior hubiese sido amor.

    No sabía cuánto tiempo había pasado. La habitación olía a sexo, a sudor y a tequila. Mis muslos aún temblaban por dentro, y el eco de los gemidos flotaba en el aire como una bruma invisible. Yo estaba tendida boca abajo, con las piernas abiertas, la piel húmeda, el cabello revuelto… y una sonrisa idiota de placer absoluto.

    Alfredo se había recostado a mi lado, acariciando lentamente la curva de mi espalda con la yema de sus dedos. Me miraba como quien contempla una obra bien terminada. Pero en su sonrisa… había más. Mucho más.

    —¿Sabes qué es lo más bonito de ti, Alexa?

    —¿Qué? —pregunté en voz baja, sin fuerzas pero deseándolo todo.

    —Que no finges. Todo lo que sientes, lo gritas. Y eso me vuelve loco.

    Me besó la nuca. Luego se levantó. Se paseó desnudo por la habitación, tan cómodo, tan dueño de todo. Abrió el cajón junto a la cama y sacó algo que hizo que mi cuerpo, por instinto, se tensara otra vez.

    Un látigo de tiras negras, de esos que no cortan… pero que saben dejar huella. Lo agitó una vez en el aire. Sonó suave, pero cargado de promesa. Luego sacó una vara delgada, tipo riding crop, con una punta pequeña de cuero.

    —¿Confías en mí?

    Asentí. Estaba dispuesta.

    —Ponte en cuatro. Quiero verte desde todos los ángulos.

    Me levanté sobre mis rodillas. Mi cuerpo ya sabía obedecerlo. Mi trasero elevado, mis pechos colgando, mi respiración corta.

    Me metió el plug anal una vez más. Esta vez entró con facilidad. Mi ano se abrió dócil, obediente, caliente. Yo gemí cuando sentí la presión dentro de mí. Me encantaba esa sensación de estar llena… usada… lista.

    —Muy bien, muñeca. Ahora viene el verdadero castigo.

    Me acarició las nalgas con la mano, y luego soltó el primer golpe con el látigo. No fue fuerte. Fue perfecto. Un latigazo suave, múltiple, como si mi piel se encendiera en tiras finas.

    Otro.

    En la entrepierna.

    Mi clítoris se estremeció. La mezcla de calor, miedo, deseo, me hizo gemir largo, ronco, sucio.

    —¿Te gusta que te castiguen?

    —Sí… me encanta…

    —¿Y si te pego en esa conchita mojada?

    —Pídelo —dijo.

    —Pégame ahí, Alfredo… pégame donde me gusta…

    El látigo cayó directo sobre mi vulva. La sensación fue electrizante. Un golpe rápido, cálido, húmedo. Me arqueé. El plug dentro de mí pareció moverse, como si se hiciera parte del castigo.

    Me dio otro. Más fuerte. Y luego otro más. Mis labios vaginales latían de placer, y entre ellos escurría mi excitación sin pudor.

    —Qué rico suena tu concha cuando la castigo —dijo con voz ronca.

    Se acercó. Con mucho cuidado, quitó las pinzas de mis pezones, y las reemplazó.

    Las colocó ahora en los labios de mi vulva. Una en cada lado.

    El dolor era agudo, breve… pero exquisito. El placer se volvió mental, sucio, absoluto.

    Me sentía como una obra de perversión perfecta.

    —Mírate, Alexa… —dijo mientras me ponía frente al espejo—. Una puta de lujo, con las pinzas en la panochita, el plug bien metido en el culo, y la piel marcada por mi látigo.

    Yo apenas podía hablar. Solo respiraba agitada, mojada como si mi cuerpo se derritiera en placer.

    Y entonces… vino la vara.

    Se colocó de pie frente a mí y comenzó a acariciar mis senos con la punta de cuero. Al principio, suave. Luego más firme. La deslizó por mis pezones adoloridos, y me azotó con precisión en múltiples ocasiones.

    —¡Ahhh! —grité. Pero no fue dolor. Fue liberación.

    Otro golpe. Más fuerte. Justo en el centro de mis tetas.

    —¿Duele, perrita?

    —Sí… pero lo amo…

    —Dímelo mejor.

    —¡Me encanta, Alfredo! ¡Dame más! ¡Castígame!

    El último golpe me lo dio en ambos pezones al mismo tiempo. Mi cuerpo se estremeció. Me corrí… sin que me tocara. Un orgasmo puramente mental, sucio, humillante, delicioso. Grité su nombre. Temblé entera. Me desplomé de rodillas.

    Él me sostuvo, me abrazó.

    —Estás hecha para esto, nena. Para ser adorada y castigada a la vez. Nos quedamos abrazados unos minutos. Respirando. Volviendo.

    Y él, en silencio, empezó a acariciarme entre las piernas una vez más… porque la noche aún no se terminaba.

    No sabía si era noche o madrugada. La habitación olía a deseo viejo, a sexo profundo, a sudor seco sobre sábanas vino. Mi cuerpo era una masa temblorosa de placer: el ano sensible por tantas entradas, la concha hinchada de tanto uso, la piel marcada por los juguetes, los labios vagamente partidos por tantas gemas de gemido.

    Y yo… aún quería más.

    Alfredo estaba sentado a un lado, con los ojos clavados en mí. Me miraba con calma, pero con ese fuego controlado que ya conocía. Su verga colgaba pesada, usada, y aún así comenzaba a endurecerse otra vez. Sabía que no había terminado conmigo.

    —¿Te queda algo de cuerpo para mí, Alexa? —dijo con voz grave, mientras se ponía de pie y se dirigía al buró.

    —No sé… —respondí jadeando—. Pero pruébame.

    Lo escuché abrir un frasco. El mismo lubricante espeso, brillante, transparente. El sonido pegajoso me dio escalofríos. Me estremecí de anticipación.

    —Ponte a cuatro.

    Obedecí sin pensar. Subí las rodillas a la cama, abrí bien las piernas, hundí el pecho y la cara contra el colchón, y alcé el culo hacia el techo como una puta bien entrenada. La espalda arqueada, la conchita abierta, el ano expuesto. Era una imagen perfecta. Lo sabía. Lo sentía.

    Él se colocó detrás de mí y me acarició las nalgas con sus palmas grandes, firmes. Las abrió. Me escupió. Me frotó. Me adoró.

    —Mírate —murmuró—. Qué hermosamente destruida estás. Y aún así… me la suplicas.

    El plug seguía dentro. Lo tocó, lo giró un poco, lo besó con la lengua. Me hizo gemir con solo sentir su respiración caliente ahí.

    Y entonces lo hizo. Lo retiró.

    Lo sacó con una lentitud asquerosamente erótica, haciendo presión hacia afuera, girándolo con suavidad mientras lo deslizaba.

    —Te lo voy a llenar mejor —susurró con una sonrisa oscura—. Ahora quiero sentir cómo me tragas de verdad.

    El plug salió con un sonido húmedo, seguido de un gemido mío, grave, tembloroso. Mi ano quedó completamente abierto, tibio, vulnerable. Listo.

    Y entonces comenzó el verdadero juego.

    Primero, sus dedos. Uno, dos, tres. Todos lubricados, suaves, seguros. Mi cuerpo los recibió como si ya los conociera, como si los necesitara.

    —Respira… y siente.

    Mi esfínter se abrió. Lo sentí presionar con firmeza. Despacio. Constante. Con dominio. Su mano avanzaba, nudillo por nudillo, como si me abriera con una llave invisible. Yo gemía. Jadeaba. Lloraba de gusto.

    Hasta que su puño estuvo completamente dentro.

    —¡Ahhhh…! —grité, con la cara aplastada contra la cama, los brazos temblando, el cuerpo arqueado—. ¡Sí, Alfredo! ¡Dámelo todo!

    Me dejó así. Quieto. Llenándome. Mi ano se adaptaba. Se expandía. Palpitaba. Me masturbaba por delante mientras su otra mano me poseía por detrás.

    —Te trago entero… —susurré sin darme cuenta—. ¡Me llenas tan rico!

    Se movió. Dentro. Giró lentamente la muñeca. La presión cambió, tocó nervios profundos. Me derretí. Me arqueé. Me corrí sin que nadie me tocara el clítoris.

    Era el orgasmo más animal de mi vida. Silencioso. Sudado. Salado. Interno. No fue un grito… fue un colapso.

    Cuando por fin retiró su mano, con esa mezcla de cuidado y brutalidad que solo él sabía equilibrar, yo me sentía vacía de nuevo… y desesperada por volver a llenarme.

    Pero aún quedaba una parte de mí.

    Me giró de lado, me acomodó las piernas, y sin decir una palabra, empezó a trabajar en mi vagina.

    Uno… dos… tres dedos. Luego más. Me abría con calma, con experiencia. Yo gemía y me mordía la muñeca. La concha se abría. Goteaba. Pedía.

    Y entonces sentí esa presión conocida. Su mano avanzaba. Las paredes de mi sexo la abrazaban. La invitaban. Se abrían.

    Hasta que entró. Toda.

    Me llenó. Me abrió. Me poseyó por dentro como nadie.

    —¡Rómpeme! —grité—. ¡Destrúyeme rico, Alfredo!

    Él se inclinó sobre mí. Me mordió la espalda baja. Me sujetó con fuerza. Me embistió con su propia mano.

    Y me corrí de nuevo.

    Me vino un squirt sucio, escandaloso, directo a sus muñecas. Grité, gemí, solté lágrimas calientes por el placer que me quemaba desde dentro.

    Cuando salió de mí, lentamente, dejó mis dos entradas dilatadas, palpitando, abiertas como bocas satisfechas. Yo ya no era yo. Era solo una cosa feliz. Una muñeca de carne reventada por el deseo.

    Él me abrazó por detrás. Me besó en el cuello.

    —Eres perfecta. Y mía. Esta noche no la olvido jamás.

    Yo solo sonreí. Aún desnuda. Aún temblando. Pero completamente llena.

    Me estiré bajo las sábanas vino, con las piernas adoloridas, el sexo sensible y el ano aun vibrando con un calor tibio, como si algo suyo se hubiera quedado dentro. El cuarto seguía oliendo a nosotros. A placer. A gemidos pegados en las paredes. A cuerpo rendido.

    Alfredo ya no dormía. Estaba sentado a la orilla de la cama, vistiéndose con calma, abotonando su camisa de lino azul con esa elegancia suya, natural, de hombre que tiene el control incluso después de follar salvajemente.

    Cuando me incorporé, me miró y sonrió.

    —¿Cómo amaneciste, muñeca?

    —Con el cuerpo hecho trizas… y el alma sonriendo —respondí.

    Se acercó. Me besó en la frente. Luego tomó mi bolso, lo abrió y colocó un fajo de billetes doblado, sin decir palabra. Yo lo observaba en silencio, sin prisa. Cuando terminó, lo cerró con suavidad, como si sellara un pacto.

    Ya me había pagado los $3,000 por adelantado la noche anterior… pero esto era otra cosa.

    Propina.

    —¿Qué es eso? —pregunté con una ceja alzada, medio en broma.

    —Un regalo. Porque no todos los días uno folla con una muñeca tan deliciosa como tú. Son mil más, y no acepto que me los devuelvas.

    Me mordí el labio. Ese gesto me derritía. Tenía clase incluso cuando me trataba como su perra.

    —Gracias —susurré.

    Fui al baño. Me duché con calma, dejando que el agua caliente me borrara los rastros físicos… pero no el recuerdo. Me vestí: tanguita limpia, lencería doblada, jeans de vinipiel, la blusa blanca, tacones negros, la chamarra de vinipiel. Me miré en el espejo. El cabello peinado. La mirada tranquila.

    Volví a ser “yo”.

    —¿Te llevo? —preguntó Alfredo al verme salir del baño.

    —No hace falta. Pediré un taxi. Discreción, ¿recuerdas?

    Me miró, asintió y sonrió, como si entendiera que la muñeca debía regresar sola al mundo.

    —Haz lo que quieras, muñeca. Ya eres toda una reina. Pero no te desaparezcas.

    —Lo pensaré.

    Tomé mi bolso. Salí de la habitación. Bajé la escalera sin mirar atrás.

    El taxi me esperaba afuera. Subí sin apuro, con la sensación tibia de satisfacción recorriéndome por dentro.

    —¿A dónde la llevo?

    —A Andares, por favor. Directo al Palacio de Hierro.

    El chofer asintió. Me recosté en el asiento. Las calles pasaban frente a mí como si fueran parte de un sueño. Y yo, todavía con las piernas entumidas de tanto placer, iba a recoger mi premio.

    Apenas entré a la tienda, mis ojos se clavaron en esa bolsa Guess negra con el logo en relieve… era justo mi estilo: elegante, atrevida, con toques dorados y ese aire provocador que combina perfecto con mis jeans ajustados y escotes. Tenía correa corta para llevarla al hombro y otra larga por si quería cruzarla… simplemente me imaginé caminando con ella y supe que tenía que ser mía.

    Costaba $2,890. No dudé. La tomé. La pagué en efectivo. Ni pregunté por otra. Me la colgué del brazo. Me miré en el espejo de la tienda. Y sonreí.

    Ahora sí era mía. Y la había ganado con cada gemido, con el dolor que desgarraba mi ano y vagina, con el sudor ardiente que empapaba mi piel.

    Pedí otro taxi. Me recosté en el asiento, viendo las calles pasar.

    Llegué a casa tranquila. Mamá no estaba. Turno en el hospital.

    Entré. Silencio.

    Subí a mi cuarto. Me quité la chamarra. Guardé el bolso en el clóset, encima de mis cosas favoritas. Me quité los jeans. Me acosté. Cerré los ojos.

    Y mientras me acomodaba en la cama, sentí ese ardor suave entre las piernas, esa vibración callada en el culo… ese recordatorio perfecto de lo que valía.

    Sonreí sola.

    El glamour cuesta.

    Pero a veces… se paga con placer.

    Alexandra Love.

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  • Mis cuñadas estrechan relaciones

    Mis cuñadas estrechan relaciones

    La siguiente vez que me conecté apareció la imagen del salón de la casa de Mirtha y Tina, que los que sigan mi historia quizás recuerden que eran primas entre ellas, pero además estaban casadas con dos de mis cuñados. Se veía que Tina acababa de llegar, y Mirtha la saludó con un:

    -Bienvenida prima, nuestro suegro me ha contado que me visitarías y cuál es nuestra misión.

    Mientras tenían una agradable conversación Mirtha guio a su prima hasta su habitación conyugal, cuando llegaron a ella las doce se abrazaron y Mirha dijo a su prima:

    -¿Sabes primita cuando te ceo por la cam no puedo dejar de fijarme en tus tetas?, son pequeñitas pero preciosas.

    -Las tuyas también, respondió Tina,

    Las dos llevaban, quizá por orden de mi suegro, dos pantalones de licra muy ajustados que marcaban sus estupendos culos y unos top de hombreras, en ese momento cada una le bajo las hombreras a la otra y sus tetas, las de ambas pequeñitas pero preciosas, quedaron al aire, ninguna de las dos llevaba sujetador. Mirtha pidió a Tina que se sentara en la cama y cuando lo hizo ella se agacho un poco hasta que sus bocas se juntaron y se unieron en un beso muy dulce, después Mirtha volvió a acariciar los pechos de su prima, mientras le decía:

    -Decididamente los tienes preciosos, no me extraña que el imbécil de mi marido te follara con tantas ganas.

    -Oye su puta, le respondió Tina, que tu hiciste lo mismo con el mío.

    Después de esto las dos se quitaron los top, quedándose desnudas de cintura para arriba, y Mirtha haciendo tumbarse a Tina le quitó el pantalón de licra, dejándola completamente desnuda, está por su parte, bajó el suyo a su prima, aunque como estaba de rodillas sobre la cama, solo pudo bajarselo, lo suficiente para dejar al descubierto su coño, o lo que en esos momentos veía, su precioso culo.

    Tina alzo su boca hasta llegar a las tetas de su prima y comenzó a besárselas y chupárselas, hasta que Mirha la apartó un poco y se tumbó sobre la cama, boca abajo, y desde esta postura acercó su boca hasta el coño de su prima y dijo:

    -Tienes un coño precioso prima, y pensar que mi marido a metido su polla en el le da más morbo.

    Después llevó su lengua hasta el coño de esta y comenzó a lamérselo, Tina al sentirlo se puso a gemir, mientras decía:

    -Prima esto es delicioso, lo chupas mejor que tu marido, me encanta.

    Esta continuó chupando ante los gemidos cada vez más intensos de su prima, hasta que esta dijo:

    -Que me viene.

    Después hizo un movimiento espasmódico, que demostraba que estaba teniendo un orgasmo brutal, cuando se calmó dijo:

    Muchísimas gracias prima este orgasmo es mejor que los que he tenido con nuestros maridos, si yo se esto antes hace mucho que hubiéramos hecho lo de a la prima se le arrima, ¿Sabes lo pase divino viendo como mi marido te follaba por todos tus agujeros?

    -Gracias prima, pero creo que ahora me toca a mi

    Hizo que Mirtha se tumbara en la cama, y Tina se puso a sus pies y llevando su cabeza hasta el coño de su prima se puso a chupárselo. Ella a sentirlo se puso a gemir, mentras decía cosas como:

    -Primita, esto es delicioso, no pen saba que una lengua pudiera hacer estas maravillas.

    Su prima parecía no oír estas palabras y seguía atacando el coño de Mirtha de una manera brutal de manera que Mirtha solo podía gritar como una bruta, se la notaba que estaba en la gloria, debía de estar experimentando una sucesión de orgasmos, pero esto no parecía importar a su prima que le comía el coño como si fuera el último alimenta del planeta, hasta, que ya no pudo más y paró, en ese momento Mirtha dijo:

    -Créeme prima que con nuestros maridos no he sentido nada parecido.

    Las dos primas se volvieron a dar con beso que no tenía nada de familiar, Y Mitha le dijo a Tina:

    -Prima, quiero volver a saborear tu coño, pero quiero que te pongas encima de mí

    Mirtha se tumbó sobre la cama, boca arriba y Tina se puso encima de ella, con el coño sobre la boca de su prima, esta no tuvo que hacer otra cosa que abrirla y sacar su lengua para alcanzar el coño de su prima, esta comenzó a gemir , otra vez de una manera muy intensa, mientras decía cosas como:

    -Te adoro, prima

    En un momento dado levó uno de sus dedos hasta el coño de Mirtha y comenzó a moverlo en su interior, las dos volvieron a gemir de una manera muy intensa, Tina dijo:

    -Te adoro prima.

    A la vez que decía esto en su cara se dibujaba que estaba gozando muchísimo, y al poco dijo:

    -Prima que me corro.

    Y su cuerpo convulsionó de una manera muy intensa, lo que demostraba que se estaba corriendo. En ese momento bajó de encima de su prima y las dos se colocaron tumbadas en la cama, en posición opuesta y con las piernas bien abiertas, de manera que la cabeza de la una se encontraba entre las piernas de la otra, el culo de Mirtha estaba encima del coño de Tina, mientas se acariciaba las tetas con sus manos. Mirtha le dijo a su prima:

    Como ya hemos dicho, prima, teníamos que haber hecho esto antes, y quizá nos pudiéramos haber librado de los cerdos de nuestros maridos.

    -Bueno prima, dijo Tina, no pienses en ello, y sigamos dándonos placer, apliquemos lo de que a la prima se la arrima.

    Comenzaron a levantarse, Mirtha lo hizo un poco antes, uno de sus pechos quedó cerca de la boca de Tina, que abriéndola comenzó a chupárselo, así estuvo n poco, Tina y terminó de sentarse en la cama, las dos primas se volvieron a besar y después, Tina acarició las tetas de su prima, esta le pidió que se tumbara y Tina lo hizo, en ese momento su prima se puso a la altura de su coño y comenzó a comérselo, nuevamente.

    Pero esta vez Tina se dio la vuelta y se puso encima de Mirtha en posición invertida, y dieron comienzo a un increíble sesenta y nueva, cada un se aplicó a comerle el coño a la otra de manera muy ardiente. Cada una tenía su lengua en el coño de su compañera, y las dos se pusieron a gemir de una manera muy intensa, yo viéndolas no pide evitar acariciarme el coño nuevamente, la verdad es que mi suegro me había vuelto puta no solo para follar sino también para contemplar el sexo.

    Mientras ellas se seguían dando placer Tina dijo:

    -Prima, nunca pensé que entre dos mujeres se pudiera gozar tanto

    Esta le seguía comiendo el coño, parecía que eran las dos no tenían otra manera de alimentarse que el coño de su prima y así siguieron hasta que las dos se corrieron nuevamente. Estuvieron un rato desnudas, descansando sobre la cama, cuando se recuperaron un poco Mirtha se sentó sobre la cama, luego se acercó a Tina y la beso dulcemente y le dijo:

    -Primita esta tarde ha sido deliciosa, tenemos que repetir, al menos hacerlo tantas veces como intercambiamos a nuestros maridos.

    Pero las dos parecían comprender que, por ese día, el encuentro había terminado, por lo que comenzaron a vestirse, en ese momento la transmisión se cortó.

    La siguiente vez que recibí instrucciones para conectarme me encontré con que el la imagen salía el salón de la casa de Genesis, y sobre su sofá se encontraban la dueña de la casa y Aby, las dos estaban muy juntitas, Aby llevaba un vestido rojo que dejaban al descubierto sus piernas fantásticas, y un escote muy generoso. Mientras Genesis llevaba una camisa blanca y una falda azul oscura que mostraban sus rodillas.

    Genesis llevó una de sus manos hacia el escote de Aby se lo bajo, las preciosas tetas de ella quedaron al descubierto, pero esta no se quedó atrás, desabrocho la blusa de su cuñada y se la quitó. En ese momento se pudo comprobar que ninguna de las dos llevaba sujetador.

    Se volvieron a besar, Genesis dijo a Aby:

    -Cuñada, déjame que te dé la bienvenida como te mereces.

    Antes de que la aludida tuviera tiempo de reaccionar, Genesis la quitó del todo su vestido, dejándola solamente con un diminuto tanga de color blanco, después acercó su boca hasta uno de los pezones de Aby y se los comenzó a chupar:

    -Cuñada, si hubiera sabido que me ibas a ofrecer este tipo de recibimiento hubiera venido a verte mucho antes, y luego añadió, no es justo que yo este casi desnuda y tu casi vestida.

    A continuación llevó una de sus manos hasta la falda de Genesis y la bajó la cremallera, para mi sorpresa, como si se hubieran puesto de acuerdo, al bajarle la falda se descubrió que esta llevaba otro tanga diminuto, parecía que las dos se habían puesto de acuerdo para ir conjuntadas de colores opuestos, Genesis parecía opinar que como anfitriona ella debía de llevar la iniciativa, llevó su cabeza hasta la cercanía del tanga de Aby y se lo apartó un poco con una de sus manos, y comenzó a comerle el coño, los gemidos de su invitada no se hicieron esperar.

    Los gemidos de Aby eran muy intensos, se notaba que su cuñada le estaba proporcionando un gran placer, Genesis se colocó debajo de Aby y en ese momento esta tomó la iniciativa y se colocó encima de su cuñada en posición invertida e introduciendo su lengua dentro del coño de su acompañante dieron comienzo a otro delicioso sesenta y nueve, la lengua de cada una de ellas se aplicaba rabiosa al coño de la otra, los gemidos de ambas se intensificaron hasta que Aby dijo:

    -Me corro cuñada.

    Su cuerpo experimentó un movimiento espasmódico demostraba que se estaba corriendo, pero era consciente de que su compañera no lo había hecho, así que siguió explorando, con su lengua este, hasta que el cuerpo de Genesis demostró que también se estaba corriendo.

    Las dos se tumbaron juntas, en el sofá, y descansaron unos minutos después Aby, que estaba colocada a la espalda de Genesis, llevó su lengua hasta la lengua de esta y las dos se enzarzaron en un morreo espectacular, Aby le dijo a su anfitriona:

    -Cariño lo estoy pasando contigo mejor que con tu marido.

    Y mientras la besaba llevó una de sus manos hasta el coño de Genesis y se puso a acariciárselo. Después se puso de rodillas sobre el sofá se sentó sobre una de las piernas de su cuñada, mientras ponía la otra por encima de la suya, y se la acariciaba, con otra de sus manos se puso a acariciarle uno e sus pechos, luego le pidió que se girara, ella estaba detrás, llevó una de sus manos hasta el culo de su compañera, y avanzando un poco más llegó hasta su coño, le introdujo uno de sus dedos y le preguntó:

    -¿Con quién lo pasas mejor, con tu marido o con el mío?

    Genesis estaba gimiendo de una manera muy intensa y entre gemidos le respondió:

    -Con ninguno de los dos, con quien más estoy disfrutando es ahora contigo.

    Y su compañera siguió masturbándola durante un rato, luego se colocó detrás de ella, las dos estaban a cuatro patas y parecían dos bellísimas tigresas, Aby primero acaricio el coño de Genesis con su mano, y después sacando su lengua de la boca comenzó a chupar el coño de su cuñada, esta se puso a gemir y dijo:

    -Lo haces divinamente, mucho mejor que tu marido, y que el mío también, jajaja.

    Ella se o seguía comiendo y estuvo haciéndolo así, hasta que Genesis se corrió y le dijo:

    -Cuñada esta es una de las mejores comeduras de coño que me han hecho en mi vida, pero ahora quiero ser yo quien te de gusto.

    Y a continuación se tumbó bocarriba en el sofá y le pidió a Aby que le pusiera el coño encima de la boca, esta se supo de rodillas en la postura que le había pedido su cuñada, Y Genesis abriendo su boca comenzó a comerle el coño, Aby al sentir la lengua de su cuñada comenzó a gemir de una manera muy intensa y dijo:

    -Esto es divino cuñada, desde luego lo haces mejor que cualquiera de nuestros maridos.

    Mientras Genesis continuaba comiéndole el coño, los gemidos de Aby se hicieron cada vez más intensos, hasta que se corrió y Genesis le lamio de le coño tragándose todas sus sustancias.

    Las dos se tumbaron a descansar y fue Genesis la primera en recuperase, y le dijo a Aby:

    -Cuñadita, ponte a cuatro patas.

    Esta lo hizo, Genesis se sentó a su lado, y comenzó a lamer con su lengua los cachetes del culo de su cuñada, después llevó uno de sus dedos al coño de Aby y lo introdujo mientras decía:

    -Supongo que es más pequeño que las pollas de nuestros maridos

    -Joder tía, dijo Aby, tu me estas dando más placer que entre esos dos pasmados juntos.

    Y Genesis siguió dando placer con su dedo a Aby hasta que dijo:

    -Ahora vengo

    Y salió de la habitación, regresó rápidamente con un consolador en la mano y fijo a Aby:

    -Vamos a compartir una tercera polla.

    -Me parece una buena idea, dijo Aby, pero en estos momentos me apetecería que me lo hicieras por el culo.

    -Si es lo que te apetece, dijo Genesis, ¿Pero antes no quieres chuparlo un poco?

    Y extendiendo su mano le entregó el juguete a esta, que lo recogió con su mano y se lo llevó a la boca, lo chupó un poco y se lo devolvió a su compañera, está la pidió que se tumbara boca arriba, con las piernas bien abiertas, y ella cogiendo el aparato con una de sus manos lo introdujo en el coño de su compañera, esta al sentirlo dijo:

    -Este aparato es alucinante.

    Genesis se puso a mover el aparato en el coño de su cuñada, mientras esta gemía y decía cosas como:

    -Tía esto es mejor que las pollas de nuestros maridos.

    -Es lo que quiero, cariño dijo Genesis que disfrutes,

    Y siguió moviendo el aparato, Aby gemía mientras su cuerpo se contorsionaba, parecía que estaba gozando muchísimo, sus gemidos fueron en aumento, mientras decía:

    -Vas a hacer que me corra.

    Pero era eso, precisamente lo que esta buscaba, así que siguió moviendo el aparato, mientras los gemidos de su cuñada iban en aumento, hasta que dijo:

    -Me vengo.

    Y tras un fuerte gemido y una gran convulsión de su cuerpo se corrió, parecía agotada Genesis se tumbó a su lado estuvieron quietas hasta que Aby dijo:

    -Ahora me toca a mí.

    E introdujo el aparato en el culo de Genesis que comenzó a gemir hasta correrse. En ese momento la conexión se cortó.

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  • Primer encuentro con la chica de mis sueños

    Primer encuentro con la chica de mis sueños

    La primera relación formal que tuve me dejo muchas anécdotas para compartir, era sin temor a equivocarme una mujer de fuego. Desde que la conocí soñé estar con ella.

    Con una estatura de 1.60 m, unas caderas bien pronunciadas, unas nalgas grandes redondas y bien formadas, piernas bien torneadas, pechos firmes de muy buen tamaño, de complexión delgada con una carita de ángel, ojos miel y labios carnosos bien sugerentes una mujer muy a la Elisha Cuthbert en “la chica de al lado”. Era mi diosa…

    Aquel día después de ir al cine regresamos a mi casa y para mi sorpresa no había nadie, mis padres me dejaron una nota “estaremos en una fiesta, llegamos tarde”, asi que invite a mi novia a mi habitación era la primera vez que estábamos en esa parte de la casa, apenas entramos a mi recamara me lance sobre su boca, comencé a besarla sin parar era como si sus labios fueran un imán para mí, no tenía la fuerza de separarme de ella.

    Comencé a bajar mis manos por sus nalgas sin dejar de besarla, las apretaba, acariciaba y las levantaba con fuerza, le ponía una mano en medio de ambas nalgas y con el dedo medio ejercía más presión en esa raja como queriendo llegar al fondo, no era mi primera vez con una mujer, pero para mi novia sí.

    Cuando estaba más caliente que nunca, le arrimaba el bulto y presionaba su vientre con la verga que estaba ya como una barra de acero, cuando ella sintió el tamaño de mi bulto comenzó a decirme que tenía miedo que nunca había estado con alguien asi que nunca paso de segunda base. Su experiencia se limitaba con haberse tocado con alguna pareja anterior:

    Ella: Tengo miedo amor, nunca me había sentido así.

    Yo: Tranquila mi amor, voy a cuidarte hoy será el mejor día de nuestras vidas.

    Ella: ¡Quiero tocarte dime como hacerte sentir todo!

    Yo: Quiero que uses tu boquita mi amor.

    Desabroche mi pantalón mientras con cariño puse mi mano en su nuca y la dirigí hacia abajo para que quedara justo frente a mis 19 cm de verga gruesa y con las venas bien brotadas. Ella instintivamente puso una mano sobre el tronco de mi verga, yo sentí que la cabeza de mi pene iba a explotar de solo sentir el calor de la palma de suave mano.

    Yo: Que rico bebe, siento tu mano caliente y suave, muévela asi mi amor baja hasta la base y sube. Amor necesitas lubricarla bebe

    Ella: ¿Y cómo hago eso?

    Yo: Con tu boquita bebe abre tu boca usa tu saliva como lubricante, mete primero la cabeza.

    Ella abrió la boca y metio la cabeza de la verga luego comenzó a chupar como si fuera una paleta, rápidamente aprendió, le daba pequeños besitos al tronco y me miraba con su carita de ángel hermosa después pasaba la lengua por el tronco y la volvía a meter a su boca, intentaba meter más y más en su garganta hasta que hacía arcadas.

    Yo: Tranquila bebe, no olvides las bolas amor ponlas en tu boquita…

    Ella: ¿Asi amor? (mientras pasaba la lengua por cada bola con mucho amor)

    Yo: Asi bebe sigue asi.

    Después de un rato asi, la tomé de los brazos y la levante le di un beso que me supo a mí y saliva, pero estaba tan excitado que poco me importo, su saliva era miel para mis papilas gustativas.

    Comencé a bajarle la ropa, esa sería la primera vez que la vería desnuda, era una belleza total su piel caliente por la excitación y su olor me volvía loco.

    Apenas le baje el panty un aroma a hembra choco con mi nariz fue un golpe de excitación que llevo mi dureza a otro nivel sentía que la verga me dolía de tanta rigidez.

    Yo: Amor estas hermosa eres lo más exquisito que he visto, tu aroma me vuelve loco

    Ella: Tengo pena amor nadie me había visto asi nunca (mientras se tapaba con la mano su hermosa conchita rasurada)

    Yo: no te preocupes no hay nada más bello que esto.

    Sin perder tiempo me acerqué a ella y la hice girar, quería sentir ese hermosísimo culo cerca de mi verga…

    La pegue a mí y coloque mi falo en medio de su culo podía sentir claramente el calor que emanaba esa cueva, apenas abrí sus nalgas un olor peculiar inundo mi habitación era como una droga que me ponía al mil, comencé a mover la verga de arriba abajo frotándola a lo largo de ese culo magnifico, en cada movimiento sentía que estaba más cerca de explotar.

    Yo: ¡Oh! ¡Mi amor no aguanto más quiero metértela toda déjame por favor!

    Ella: Amor me va doler muchísimo no por favor siento que no va a entrar!

    Puse la cabeza en la entrada de su culo y con mis manos abría sus nalgas, comencé a mover las caderas empujando la verga por ese cerrado ojete, había una poderosa resistencia, mientras más lo intentaba, ella gemía de dolor y ponía una cara de dolor fuerte.

    Pero lejos de querer desistir tan solo ver su cara y escuchar sus grititos y gemidos me excitaban todavía más, tanto que sentía que tenía que hacer algo para abrir ese culo.

    Entonces metí una mano por delante comencé a tocarle esa deliciosa cuca, estaba totalmente encharcada mojadisima cuando metí un dedo se fue como mantequilla, eso hizo que instintivamente ella comenzara o mover su cadera.

    Ella: ¿Hay amor que haces? ¡No aguanto más amor me estoy volviendo loca!

    Yo: ¡Disfrútalo bebe no aguanto quiero estar ya dentro de ti!

    Y en algún momento cuando ella no soporto más aventó la cadera hacia atrás, mientras yo la aventaba hacia adelante, claramente sentí como el culo dejo de resistirse, y entro por lo menos media verga, en ese justo momento sentí la gloria, puse los ojos en blanco y con mis manos jalé sus caderas tratando de meterle toda la verga fue un sentimiento increíble, ella comenzó a gritar del dolor y yo sentía como su culo ahorcaba y palpitaba alrededor del tronco tratando de engullir y acomodar todo mi grosor.

    Ella: ¡Aaaah! amor me duele, me duele mucho sácala ya no por favor, por favor. (unas lágrimas corrían por sus mejillas)

    Yo: Espera bebe pronto dejaras de sentir dolor, cierra los ojos y concéntrate solo en el placer (le decía esto mientras no dejaba de tocarla)

    Para este momento ya tenía tres dedos en su panochita que era un mar de líquidos, estaba chorreando como fuente. Ni siquiera fuimos consientes del momento en que ella sola se ensartaba más y más la verga, con movimientos frenéticos lanzaba las caderas contra mí, el dolor se había ido ahora solo quedaba placer.

    Subí mis manos hacia sus tetas y ya sin resistencia alguna comencé a embestirla cada vez más rapido, el sentimiento era increíble el aroma que nuestros cuerpos desprendían era estimulador en el aire había una quimica sexual que nunca había sentido antes.

    No tarde mucho y comencé el camino hacia el orgasmo una electricidad comenzó a recorrer mi cuerpo, bajaba por mi espina dorsal, sentía cada musculo contraerse ya no podía prolongar más ese momento por más que intentaba alargar todo el placer que estaba disfrutando no pude más…

    La verga se me hincho pude sentir como las paredes de ese culo me apretaban más todavía, comencé a temblar y de pronto toda la energía del mundo se concentró en mi vientre, lance el primer chorro dentro de ese apretado y formidable culo, después otro aun mayor y entonces hice un esfuerzo casi sobrehumano y saque la verga, justo al momento de sacarla la punta de la cabeza apenas rozo una de sus nalgas y solo con ese roce fue como sentir una multiplicación del orgasmo mismo, lance 3 o 4 chorros más sobre su hermoso culo algunos incluso llegaron hasta su espalda alta, era un líquido espeso, blanquecino y pesado bien cargado.

    Pero yo no quería terminar asi, entonces antes de que perdiera la dureza, le empuje la espalda para empinarla lo más rapido posible, le ensarte la verga en su rica panochita, ni siquiera tuve que hacer mucho, la tome por las caderas y le hice unas 4 o 5 embestidas con fuerza, ella temblaba y se contraía, arqueaba la espalda y empujaba hacia atrás al encuentro con mis embestidas, no tardo mucho y comencé a sentir unos apretoncitos en todo el tronco de la verga, ella cerro los ojos apretándolos y detuvo abruptamente sus movimientos, me dijo:

    Ella: ¡aghh! No te muevas amooor, así, ¡¡así quédate asi por favor!!

    Todo esto paso en solo segundos comenzó venirse como loca, gritaba casi al borde del llanto, abría la boca y apretaba la mandíbula, y con sus manos me tomo de las piernas por debajo de mis nalgas como queriendo evitar que me saliera prematuramente.

    Después se dejó caer al frente en la cama, temblaba y se seguía moviendo con sus espasmos. Me recosté junto a ella y nos fundimos en un abrazo hasta quedarnos dormidos…

    Cuando de pronto escuché la voz de mis padres abajo en la sala, sentí un terrible escalofrío, nos levantamos de la cama de un salto y nos vestimos lo más rapido posible, ella se metio al baño y yo me senté frente al computador, como haciendo alguna tarea jajaja creyendo que con eso engañábamos a mis padres… en fin, ¡fue una noche de las mejores de mi vida!

    ¡Ciao!

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  • Placeres prohibidos. Ángel del incesto (1)

    Placeres prohibidos. Ángel del incesto (1)

    Desde que Elizabeth descubrió el encuentro ardiente entre Diego y Atziry en el baño, sentía los celos como un fuego que le quemaba el pecho. La imagen de su hija, entregada al placer con su sobrino, se repetía en su mente, pero el deseo que sentía por Diego era más fuerte que cualquier resentimiento.

    Resignada, aceptó la realidad: tanto ella como Atziry se habían convertido en las amantes de Diego, putas rendidas a su verga, cogiendo con él en una danza de lujuria que las consumía. Cada encuentro con Diego era una explosión de placer, sus cuerpos sudados entrelazándose en rincones ocultos de la casa, sus gemidos resonando en la penumbra. Elizabeth, con sus senos prominentes temblando bajo sus blusas ajustadas y su vagina palpitando por él, sabía que haría lo que fuera para seguir siendo suya, incluso si eso significaba compartirlo.

    Atziry, ajena al pacto silencioso entre su madre y Diego, vivía en su propia burbuja de deseo. Una mañana, apareció en la cocina con una tanga blanca que apenas cubría sus nalgas, la tela fina se hundía en su piel, dejando poco a la imaginación. Su blusa de tirantes, translúcida y pegada a su cuerpo, revelaba los contornos de sus senos, los pezones rosados endurecidos marcándose como si gritaran por atención.

    Caminaba con una sensualidad descarada, sus caderas se balanceaban mientras preparaba café, el aroma de su perfume cítrico llenaba el aire. Diego, sentado en la mesa, no pudo resistirse. Cuando Atziry pasó a su lado, su mano se disparó hacia su nalga derecha, apretándola con fuerza, sus dedos se hundieron en la carne firme. Mantuvo la mano ahí, acariciándola lentamente durante varios segundos, un gesto posesivo que hizo que Atziry sonriera, mordiéndose el labio inferior mientras un calor líquido crecía entre sus muslos.

    Elizabeth, de pie junto a la encimera, sintió una punzada de celos que le atravesó el cuerpo como un cuchillo. Sus ojos miel se entrecerraron, observando la mano de Diego en la nalga de su hija, la forma en que Atziry se arqueaba ligeramente, disfrutando del contacto. La blusa de Elizabeth, ajustada a sus curvas, dejaba ver el movimiento de sus senos mientras su respiración se aceleraba, el deseo y la furia se mezclaban en su interior. Quería gritar, reclamar a Diego como suyo, pero se contuvo, apretando los puños. Sabía que él la estaba provocando, que ese toque descarado era una prueba de su poder sobre ambas. Su vagina, traicionándola, palpitó al imaginar a Diego tomándola con la misma intensidad, su verga llenándola como lo hacía con Atziry.

    Atziry, ignorante de los celos de su madre, se giró hacia Diego, su tanga blanca brillando bajo la luz de la cocina, y le lanzó una mirada cargada de invitación antes de continuar con su rutina. Elizabeth, con el corazón latiendo desbocado, se obligó a mantener la calma, su cuerpo vibraba con una mezcla de deseo y posesividad.

    Atziry, aun sintiendo el calor de la mano de Diego en su nalga, notó la mirada de su madre desde la encimera de la cocina. Los ojos miel de Elizabeth, cargados de una intensidad que no pudo descifrar, la observaron en silencio, pero sin reprenderla.

    Para Atziry, esa falta de reacción fue una señal tácita, una autorización implícita para seguir dejando que Diego la tocara con esa posesión descarada. Ignorante de que su madre sabía del fuego que ardía entre ella y su primo, Atziry decidió aprovechar el momento. Con un tono coqueto, sus caderas se balancearon ligeramente bajo la tanga que apenas cubría sus nalgas, se acercó a Elizabeth. —Mamá, ¿me dejas hacer una fiesta el viernes por la noche? —preguntó, con voz melosa, y un dejo juguetón en sus ojos café claro.

    Elizabeth, con los brazos aún cruzados bajo sus senos prominentes, frunció el ceño, su falda ajustada marcaba las curvas de sus caderas. —No sé, hija, no me parece buena idea —respondió, con tono firme pero vacilante. Atziry, sin rendirse, dio un paso más cerca, su perfume cítrico llenó el aire. —Por favor, mamá, tú también puedes estar ahí —insistió, y en un gesto audaz, colocó ambas manos sobre los senos de Elizabeth, levantándolos ligeramente bajo la blusa. —Te pones un vestido provocativo para que luzcas estos melones —dijo, rozando con sus dedos la tela, sintiendo la firmeza de los senos de su madre, un movimiento que era tanto provocación como desafío.

    Elizabeth, sorprendida, sintió un rubor subir por sus mejillas, pero no apartó las manos de su hija. El contacto, inesperado y cargado de una intimidad extraña, la hizo estremecerse, su vagina palpitaba bajo la falda mientras la halagaban.

    —Está bien, hija —cedió Elizabeth, su voz se suavizó, con un destello de picardía en sus ojos mientras miraba a Diego, que observaba desde la mesa con una sonrisa contenida. —Pero no te pongas celosa si ese día me robo todas las miradas —añadió, guiñándole un ojo a su sobrino. La idea que cruzó su mente era incendiaria: quería cogerse a Diego en la fiesta, frente a todos, un acto de posesión para demostrarle a Atziry que ella era la verdadera dueña de esa verga que ambas adoraban. Quería que su hija viera cómo Diego se rendía a sus curvas, cómo su cuerpo temblaba bajo sus caricias, dejando claro que Atziry solo tenía prestado lo que en verdad le pertenecía a ella.

    Atziry, ajena a los planes de su madre, sonrió con complicidad, lanzándole una mirada a Diego que prometía más. Elizabeth, con el corazón acelerado y los celos aun ardiendo en su pecho, sintió una mezcla de deseo y desafío.

    El jueves antes de la fiesta, Atziry se encontraba fuera de casa disfrutando el día con unas amigas, Diego y Elizabeth encontraron un momento robado en el silencio del departamento. Elizabeth, sentada a horcajadas sobre Diego en el sillón del salón, sentía el calor de su cuerpo bajo ella. Su falda ajustada se había deslizado hacia arriba, revelando los muslos blancos y la tela fina de una tanga de encaje negro que se hundía entre sus nalgas.

    Sus senos prominentes, apretados contra la blusa, rozaban el pecho de Diego mientras se besaban con una pasión desenfrenada, sus lenguas danzaban en un frenesí que llenaba el aire con el sonido húmedo de sus labios. Diego, con las manos hundidas en las nalgas de su tía, las apretaba con fuerza, sintiendo la carne suave ceder bajo sus dedos. —Mañana, tía, quiero que seas la más puta de todas en la fiesta —susurró contra su boca, su voz era grave y cargada de deseo—. Ponte un vestido corto, uno que tengas, que deje ver este par de nalgas perfectas y con un escote que muestre tus tetas. Quiero que todos te miren, que te deseen.

    Elizabeth, con la respiración agitada, sintió un escalofrío recorrerla, sus pezones se endurecían bajo la blusa mientras la idea la encendía y avergonzaba a partes iguales.

    —Pero, Diego, ¿cómo crees? —respondió, su voz temblaba, un rubor subía por sus mejillas—. Ya estoy muy mayor para andar con esas cosas. —Sus palabras, teñidas de inseguridad, fueron cortadas por la mirada endurecida de Diego. Su tono se volvió firme, casi amenazante. —¿No has entendido, ¿verdad? —dijo, sus manos apretaron sus nalgas con más fuerza, haciéndola jadear—. Si yo te digo que hagas algo, lo haces. Eres mi puta, tía. Si no, no habrá más verga para ti. Solo será para tu hijita. —Las palabras, crudas y dominantes, golpearon a Elizabeth como un látigo, su vagina palpitaba bajo la tanga al imaginar a Diego reservando su deseo solo para Atziry.

    Sin pensarlo, Elizabeth se lanzó hacia él, sus labios chocaban con los de Diego en un beso apasionado, desesperado. —Perdóname, sobrino, soy una tonta —gimió entre besos, su cuerpo temblaba de deseo mientras se rendía por completo—. Seré la más puta de la fiesta, te lo prometo. —Diego, satisfecho, correspondió su beso, sus manos recorrieron su espalda, atrayéndola más cerca. —Mámame la verga ahora mismo —ordenó, su voz era un gruñido que vibró contra su piel. Elizabeth, ansiosa por complacerlo, se levantó del sillón, dejando caer su falda al suelo en un movimiento rápido, la tanga de encaje negro relució bajo la luz. Diego, con igual urgencia, se bajó los pantalones y el bóxer, liberando su verga dura, palpitante, lista para ella.

    Elizabeth se puso de cuclillas frente a él, sus rodillas rozaban el suelo, sus manos temblaban de excitación mientras tomaba el miembro de Diego con ambas manos. Lo masturbó lentamente al principio, sus dedos se deslizaban por la piel caliente, sintiendo cada vena bajo su toque. Luego, con un hambre que no ocultaba, se inclinó y engulló la verga, sus labios la envolvieron con una avidez que arrancó un gemido profundo de Diego. Su lengua danzó alrededor de la punta, lamiendo con precisión antes de deslizarse hacia abajo, tomando más de él en su boca. El salón, impregnado del aroma de su deseo y el sonido húmedo de su mamada, era un escenario donde Elizabeth, rendida al dominio de Diego, sellaba su promesa de ser suya, dispuesta a todo para mantenerlo.

    Con la tanga de encaje negro aún puesta, deslizó su mano derecha bajo la tela, sus dedos encontraron su clítoris hinchado, masajeándolo con movimientos rápidos que enviaban chispas de placer por su cuerpo. Su vagina, empapada, acogió dos dedos que se deslizaban con facilidad, imaginando que era la mano de Diego la que la exploraba, sus dedos fuertes se hundían en su calor. Esta fantasía la encendió aún más, y su boca se volvió voraz alrededor de la verga de su sobrino.

    Sus labios, húmedos y apretados, se deslizaban por el miembro duro, ensalivándolo con una dedicación que llenaba el salón con sonidos húmedos y carnales. Cada lengüetazo, cada succión profunda, resonaba en la casa, mezclándose con arcadas suaves cuando la verga llegaba al fondo de su garganta, haciendo que lágrimas brotaran de sus ojos miel, deslizándose por sus mejillas ruborizadas.

    Elizabeth, perdida en su tarea, se atragantaba con una mezcla de devoción y lujuria, su lengua danzaba alrededor de la punta antes de engullir todo el miembro, sintiendo las venas bajo su paladar. Su mano libre acariciaba los testículos de Diego, rozándolos con suavidad, mientras su otra mano seguía frotando su clítoris, sus dedos estaban empapados por sus jugos.

    Diego, con los ojos en blanco, gruñía de placer, su cuerpo estaba tenso en el sillón mientras observaba a su tía entregarse con una pasión que lo llevaba al borde. —Tía, qué bien lo haces —masculló, su voz estaba rota por el éxtasis, mientras ella, con lágrimas brillando en su rostro, redoblaba sus esfuerzos, decidida a darle el mejor oral de su vida.

    Tras casi veinte minutos de esta danza febril, el aire estaba cargado con el aroma de su deseo, y parecía que estaban a punto de pasar a un frenesí aún más intenso. Diego, incapaz de contenerse, colocó una mano en la nuca de Elizabeth, sus dedos se enredaron en su cabello rubio mientras empujaba su verga más profunda en su garganta. Ella, gimiendo contra su piel, acogió el movimiento, su garganta se contrajo alrededor de él, el sonido de sus arcadas llenaba el espacio. Pero justo cuando el placer amenazaba con desbordarlos, un sonido agudo rompió el hechizo: el tintineo de llaves forcejeando en la cerradura de la puerta principal.

    Elizabeth, con la verga aún en su boca, abrió los ojos de golpe, el pánico se mezcló con el calor que palpitaba entre sus piernas. Diego, congelado por un instante, soltó su agarre, ambos atrapados en la tensión de una interrupción que amenazaba con exponer su secreto ardiente.

    La puerta principal se abrió de golpe, y Atziry entró al departamento, el aire cargado de un aroma que le era intensamente familiar: el olor crudo y embriagador de la verga de su primo. Sus sentidos se encendieron, y sin dudarlo, se apresuró hacia el salón, donde sus tacones resonaron en el suelo de madera.

    Al llegar, sus ojos se abrieron de par en par al encontrar a Diego en el sillón, con su mano envuelta alrededor de su verga dura, masturbándose con movimientos lentos y deliberados. La visión de su primo, con el torso desnudo y los músculos tensos, hizo que un calor líquido se disparara entre sus muslos. Elizabeth, alertada por el sonido de la puerta, se había escabullido con rapidez detrás de la barra de la cocina, agachada, su corazón latía desbocado mientras el aroma de su propia excitación aún estaba impregnaba en su piel.

    —Primito, qué rica sorpresa me das —susurró Atziry, cargada de coquetería mientras se mordía el labio inferior, sus ojos recorriendo la verga de Diego, brillante y erecta—. Pero mi mamá está en casa, y si te ve así, no quiero que se le antoje. —Su tono era juguetón, pero con un dejo de posesividad. Diego, con una sonrisa pícara, se recostó en el sillón, su mano aun acariciaba su miembro. —Tranquila, primita, mi tía no ha llegado —mintió, su voz grave vibraba con desafío—. Por eso quise recibirte así, lista para mí. —Desde su escondite, Elizabeth tragaba saliva, el calor de los celos y el deseo se mezclaba en su pecho al escuchar la conversación. Su vagina palpitaba bajo la tanga de encaje negro, traicionada por la imagen mental de Diego y Atziry juntos.

    —En ese caso, cógeme aquí mismo —respondió Atziry, dejando caer las bolsas de compras al suelo con un ruido sordo. Sin perder un segundo, se deshizo de su vestido amarillo, el tejido se deslizaba por su cuerpo hasta revelar un conjunto de lencería del mismo color, el sujetador y la tanga abrazaban su piel blanca como un contraste ardiente. Los encajes apenas contenían sus senos firmes, los pezones rosados eran visibles a través de la tela fina, mientras la tanga se hundía entre sus nalgas, destacando su figura esbelta. Diego, con los ojos brillando de lujuria, gruñó de aprobación. —Estás buenísima, prima —dijo, abriendo los brazos para recibirla mientras ella se lanzaba hacia él.

    Atziry se subió al sillón, a horcajadas de Diego, sus muslos abiertos lo rodearon mientras sus labios se encontraban en un beso apasionado. Sus lenguas se entrelazaron con urgencia, explorando con un hambre que llenaba el salón con el sonido húmedo de sus bocas. Las manos de Diego recorrieron la espalda de Atziry, deslizándose bajo la tanga para apretar sus nalgas, sintiendo la carne suave ceder bajo sus dedos. Ella, gemía contra su boca, frotó su pelvis contra la verga dura de Diego, la tela de su lencería se empapaba con sus jugos. Elizabeth, desde su escondite, apretó los muslos, su respiración era pesada mientras el espectáculo de su hija y su sobrino encendía un fuego de celos y deseo que amenazaba con consumirla.

    Diego y Atziry, envueltos en un torbellino de deseo, se dejaron caer sobre el sillón del salón, sus cuerpos estaban ansiosos por fundirse una vez más. Diego, con una mirada cargada de desafío, deslizó la tanga amarilla de Atziry por sus muslos, la tela fina rozó su piel antes de que la arrancara por completo.

    Con un gesto deliberado, la aventó hacia la cocina, donde aterrizó cerca de la barra tras la cual Elizabeth permanecía escondida. El acto fue una provocación directa, una señal para su tía de lo que estaba por suceder. Elizabeth, agachada, vio la prenda caer como un trofeo de la lujuria de Diego, su corazón latía con una mezcla de celos y excitación. Bajó el rostro hacia el suelo, su respiración era agitada mientras debatía internamente si salir y detener el espectáculo o rendirse al deseo que la consumía al imaginar a Diego poseyendo a su hija.

    Atziry, ajena a la presencia de su madre, abrió las piernas ampliamente, sus muslos relucían con los jugos que ya empapaban su vagina depilada.

    —Métemela antes de que llegue mi mamá —susurró con una voz ronca, sus ojos brillaban con lujuria—. Aunque, la verdad, no me importa si se entera. Soy tu puta, primo, y eso me encanta. —Sus palabras, crudas y desafiantes, hicieron que la verga de Diego palpitara con urgencia. Sin preámbulos, aprovechando la humedad que goteaba entre los labios de su prima, se hundió en ella de una sola estocada, su miembro grueso irrumpió en su vagina con una fuerza que arrancó un gemido apasionado de Atziry. Sus caderas se alzaron para encontrarse con él, moviéndose al ritmo de sus embestidas, un baile carnal que llenaba el salón con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando.

    Diego, con un gruñido de placer, desabrochó el brasier amarillo de Atziry, liberando sus senos firmes, los pezones rosados estaban erectos bajo la luz tenue. Se inclinó sobre ella, su boca devoraba las tetas con una brusquedad que la hacía arquearse. Lamía y mordisqueaba los pezones con avidez, su lengua trazaba círculos mientras sus manos apretaban la carne suave, dejando marcas ligeras en su piel blanca. Atziry, perdida en el éxtasis, gemía sin control, sus caderas se movían más rápido, su vagina se apretaba alrededor de la verga de Diego con cada embestida. —Sí, primo, así, cógeme más duro —jadeó, sus manos se enredaban en el cabello de Diego, atrayéndolo más contra sus senos mientras el placer la consumía.

    Desde su escondite, Elizabeth, con la tanga de su hija a centímetros, sentía su vagina palpitar bajo la falda, sus propios jugos humedecían su ropa interior.

    Sentía los celos y el deseo arder en su interior mientras los gemidos de Atziry y el sonido rítmico de las embestidas de Diego resonaban desde el salón. La cogida entre su hija y su sobrino se volvía más intensa, los jadeos de Atziry llenaban el aire con una pasión que hacía vibrar el cuerpo de Elizabeth. Incapaz de resistirse, tomó una decisión impulsada por la lujuria. Con dedos temblorosos, recogió la tanga amarilla de Atziry, que yacía en el suelo como un trofeo de la audacia de Diego.

    La acercó a su rostro, inhalando profundamente el aroma embriagador de los jugos de su hija, un olor dulce y salado que encendió un fuego en su entrepierna. Con un impulso casi animal, lamió la tela justo donde la humedad de Atziry había dejado su marca, saboreándola como si fuera una paleta de hielo, su lengua se deslizaba por el encaje con una mezcla de deseo y amor.

    Continuará…

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  • La visita del sobrino de mi marido

    La visita del sobrino de mi marido

    Como ya he explicado otras veces mis relatos son experiencias que me sucedieron hace varios años, en algunos casos muchos años, esta sucedió una vez que la hermana, de mi marido nos llamó para decirnos que su hijo debía de pasar por motivos de trabajo unos días en la ciudad donde vivimos, nos dijo que si para nosotros era molestia, se quedaría en alguna pensión, yo le dije que no era necesario, que estaríamos encantados de recibirle, aunque la verdad era que yo pensaba que el chico podría estropearme, o al menos estorbar en mis aventuras sexuales.

    El día indicado fuimos a buscarle a la estación y allí me llevé mi primera sorpresa, cuando el apareció me di cuenta de que el chico que yo recordaba como un niño se había transformado en un hombre, un yogurin de unos veinte años, y bastante potable, esto hizo varias mi visión del asunto, en vez de ser un obstáculo para mis aventuras, igual podía ser uno de los protagonistas de estas.

    Le dejé unos días para que se aclimatara, pero mis ganas de follarmele se incrementaban día a día, así que decidí pasar a la acción, le dije al cornudo de mi marido que no quería que apareciera por casa hasta la hora de la cena. Me vestí con unos jeans muy ajustados y una blusa muy escotada y me fui a su cuarto.

    Él estaba en una silla oyendo música en un radiocasete, le di un beso en la mejilla y le dije:

    -Hola venía a ver como estas, ya sabes estas en tu casa, quiero que te encuentres a gusto.

    Me dijo que lo estaba, me fije en su bulto y vi que estaba creciendo, llevé mi mano hacia él y se lo acaricie mientras le decía:

    -Cariño, ¿Echas de menos a alguna chica?

    Él se puso nervioso, yo le dije:

    -Cariño es normal eres un chico joven y potente normal que tu polla quiera guerra, y ya que no conoces a ninguna chica por aquí tu tía te va a ayudar, vi la inseguridad en su rostro y añadí, tranquilo cariño, será nuestro secreto, tu tío no se va a enterar.

    Le pedí que se pusiera de pie apoyado en la pared y le baje los pantalones y los calzoncillos, ante mí apareció una polla de un cierto tamaño, desde luego mayor que la de su tio, llevé una de mis manos hacia ella y comience a moverla arriba y abajo mientras le preguntaba sobre su vida sexual, el me contestaba sin dejar de mirar mis tetas, estuve un raro masturbándole, en un momento me agaché, e hice como que se a iba a chupar, pero de momento no era mi intención quería hacerme de rogar un poco, seguí masturbándole, hasta que le dije:

    -Túmbate encima de la cama, para estar más cómodo. Además, te mereces un premio

    Quizás pensaba que el premio iba a ser follar conmigo, y más cuando me desabroche la blusa y mis tetas quedaron al aire, por supuesto no me había puesto un sujetador, note como sus ojos se fijaron aún más en mis tetas, nuevamente llevé mi mano hasta su polla y continue masturbándole, la verdad es que verle en este estado me daba pena, pero a la vez me producía mucho morbo.

    Así que continue con mi masturbación notaba como su excitación iba en aumento, ¿Se pensaría el que al final le iba a dejar meterla por alguno de mis agujeros?, pero yo había decidido hacerme esperar, así que le ordené ponerse de pie, mientras yo me sentaba, cuando lo hizo seguí masturbándole, poniendo mis tetas cerca de su polla y cuando se corrió su leche fue a parar a mis pechos.

    Al día siguiente cuando el sobrino de mi marido se levantó, me pilló en la cocina terminando de preparar el desayuno, ese día me había puesto un vestido blanco con un escote muy amplio, que dejaba a la vista buena parte de mis tetas, cuando el me vio, recién levantado, después de darme un beso formal, y un buenos días, tía, se fijó inmediatamente en mi escote, yo al notarlo, le die:

    -¿Qué te pasa sobrino?, ¿Mis tetas te han puesto caliente?

    No le dejé reaccionar, llevé mis manos hacia su pantalón y se lo bajé junto con os calzoncillos, si polla quedó al aire y, efectivamente estaba bien empalmada, en ese momento le dije:

    -Sobrino, creo que tu polla necesita un tratamiento especial.

    Me arrodillé, me metí su miembro en mi boca y comencé a chupársela, el al sentirlo comenzó a gemir, mientras me decía cosas como:

    -Tía que bien la chupas, me vas a volver loco.

    Era eso lo que yo quería, volverle loco de placer, hacerle adicto a mi persona y tenerle dominado. Seguí chupándosela un rato, siempre procurando que no se corriera, cuando veía que estaba cerca de hacerlo, paraba, dejaba que se cámara y luego continuaba con el tratamiento.

    Esto fue hasta que me cansé de estar de rodillas, entonces me puse de pue y le pedí que hiciera los mismo. El ese momento é se encontraba vestido con una camiseta, pero con nada de cintura para abajo, mientras yo, pese a la generosidad de mi escote me encontraba completamente vestida.

    Me separé la bata de andar por casa, y dejé al aire mi ropa interior, llevaba un tanga diminuto, con un liguero, era parte de mi plan para tenerle caliente y sometido a mi voluntad, en ese momento le dije:

    -Sobrino, yo me he puesto de rodillas ante ti y te he chupado la polla ahora te toca a ti devolvérmelo.

    El primero llevó una de sus manos hacia mi tanga y se puso a acariciarme el coño por encima del tanga, yo queriendo ser la dura de la relación le dije:

    -Sobrino, se te nota que no tienes experiencia acariciando coños, menos mal que estoy yo aquí para enseñarte.

    Bueno no es que tuviera mucha práctica acariciando coños, pero se le notaba que un poco si que sabía, pero tampoco era virgen, Después de un rato en esta postura le ordené ponerse de rodillas a te mí, obedeció sin rechistar y cuando lo hizo aparte , con una de mis manos, mi tanga del agujero de mi coño, dejándole al aire, para la ocasión me había preparado con una depilación total, y le ordené:

    -Cómeme el coño.

    Él se estaba acostumbrando a obedecer, así que arrimó su cabeza a mi coño, y sacando su lengua procedió a comerme el coño. Como había pasado anteriormente, no es que fuera un comedor excepcional, pero se le notaba que lo había hecho algunas veces., su lengua comenzó a explorar mi coño, y yo comencé a gemir, desde luego me lo habían comido mucho mejor, pero se podría considerar pasable, el oyéndome se emocionó y me dijo:

    -Tía lo debo de estar haciendo bien.

    No podía dejar que se me subiera a las barbas, así que le dije:

    -Eres el que peor me lo ha comido, estoy fingiendo los gemidos para darte ánimos.

    El no pareció comprender mis palabras y siguió comiéndome el coño, du lengua daba con los puntos de mi coño que me producían mayor placer, y al final, en contra de mi voluntad, me corrí, tras calmarme me pensé que hacer en esta situación, y me decidí, le dije:

    -Para ser un principiante no está mal, te daré el premio superior túmbate en el suelo

    Él lo hizo rápidamente, sin duda pensaba que yo me iba a entregar a él en ese momento, pero no era ese mi plan me agaché y me puse a cuatro patas llevé mi boca hasta su polla, que seguía durísima, me puse a chupársela un rato, a medida que mi lengua se ocupaba de su polla, que me daba miedo de que reventara en cualquier momento, así que una vez que me corrí, le dije:

    -Hoy me pillas generosa, pero no creas que todos los días van a ser así.

    Me quité el tanga dejando mi coño al aire, cogí su polla con mi mano y la acerqué hasta la entrada de mi coño, él al sentirlo dijo:

    -Tía ¿Por fin me vas a dejar meter mi polla en tu coño?

    Yo me reí y le dije:

    -Cariño, voy a ser yo quien utilice tu polla, ya veremos lo que hago, por supuesto que va a ser lo que me apetezca.

    Tras esta declaración de intenciones fui acercando su polla a mi coño, y poco a poco la introduje en mi interior, pero antes de metérmela más le dije:

    -Sobrino tengo ganas de que me chupes las tetas, de cómo lo hagas depende que me meta tu polla hasta dentro, si eres l bastante hombre lamiéndome las tetas, o que la saqué si veo que eres un niñato que no sabe hacer nada.

    Parece que él se moría de ganas de que su polla entrara en el interior de mi coño, así que cuando acerqué uno de mis pezones a su boca, él sacó su lengua y procedió a lamérmelo, se le notaba el miedo a fracasar, tenía mi coño al, alcance de su polla, y quedarse sin probarlo para él constituía un auténtico fracaso, yo lo sabía y le mantenía en la incertidumbre, hasta que al cabo de un rato le dije:

    -Hijo, esto apenas esta pasable, pero hoy me pilla generosa,

    Me incorporé y comencé a cabalgarle, mientras le decía:

    -Venga inútil de mierda, demuéstrame que no me he equivocado al dejarte metérmela en mi coño.

    Mientras yo seguía montándole, no sé si era el elemento sado-maso de la relación, pero lo cierto es que estaba disfrutando muchísimo, mientras le cabalgaba le pedí:

    -So inútil, cuanto te pareces al cornudo de tu tío, quero que me chupes las tetas.

    Arrimé mis pechos a su boca y el se puso a chupármelos, sin ser un mamador de campeonato, tampoco es que fuera un desastre, me comenzó a chupar las tetas, el parecía entusiasmado por ello, hasta que me decidí a cambiar de postura y le dije.

    -Decididamente hoy me pillas generosa, quiero que te pongas encima de mí, y me folles.

    Me bajé de encima de él, abrí bien mis piernas, él tembloroso, se puso encima de mí, no sé qué me daba más placer si sentir su polla, de mediano tamaño dentro de mí, o ver lo nervioso que estaba, jajajaja, el asunto es que le dejé hacer y me corrí, poco después, se corrió él también, cuando lo hizo le ordené ponerse de pie y le dije:

    -Sobrino creo que has salido a tu tío, estáis hechos para ser unos cornudos y malos folladores, pero intentaré que mejores un poco los días que vas a estar por aquí, eso sí, que no se entere el cornudo de tu tío, no por mi que me da igual sino por ti.

    Al día siguiente mi sobrino al parecer no tenía ningún compromiso temprano por lo que decidió quedarse un poco más en la cama, pero yo tenía mis propios planes, nada más salir mi marido de casa, me fui a su habitación, el parecía aún dormido, cuando le dije:

    -Buenos días sobrino.

    Con ello creo que terminé de despertarle, a continuación, aparté la ropa de cama que cubría su cuerpo y se quedó ante mí completamente desnudo:

    -Vaya sobrino, así que duermes desnudo.

    No le di tiempo a responder, me puse de rodillas en el suelo, cogí con mi mano su polla y se la acaricié, en ese momento le dije:

    -Parece que tu pollita también ha despertado.

    Comencé a acariciársela para ponérsela bien dura y después, sacando mi lengua de la boca me puse a pasarla a todo lo largo de su polla, después me desabroché la blusa, no me había puesto sujetador, dejando al aire mis tetas, el no dejaba de mirármelas, mientras seguía masturbando su polla, y le dije:

    -Sobrinito, parece que estas de suerte, tengo ganas de meterme algo en el coño y es o tu pollita, o bien una zanahoria, y me ha dado pena de ti, y aunque no estoy segura de que da más placer me he decidido por ti.

    Me quité la falda, por supuesto no me había puesto nada debajo, me subí a la cama, le ordené sujetar su polla con una de sus manos, yo me senté encima y fui bajando hasta que mi coño entro en contacto con su polla, comencé a moverme mientras le decía:

    -Disfruta poco hombre, pocas veces, con esa polla tan ridícula que tienes vas a poder disfrutar de un coño como el de tu tía.

    Mientras seguía moviéndome arriba y abajo y añadía:

    -Ya puedes aprender a follar, porque si no, no te vas a comer ni un rosco.

    Debo reconocer que ser una cabrona con él, igual que con su tío me ponía muy caliente.

    Él llevó sus manos a mi culo y se puso a acariciármelo, me cansé de cabalgarle, así que me saqué su polla de mi coño y levantándome me coloqué sobre su boca, en ese momento le ordené:

    -Cómele el coño a tu tía.

    Mi sobrino, muy obediente, sacó su lengua y la introdujo dentro de mi sexo y se puso a darme lametadas, parecía que poco a poco iba aprendiendo, su lengua recorría mi coño, me estaba dando cierto gusto, cosa que delante de él trataba de disimular, pero él seguía con su lengua dentro de mí, y esa acción terminó por provocarme un orgasmo, no pude disimular, así que para quitarle méritos dije:

    -Hoy me has pillado muy salida, no te creas que es que lo haces ni medianamente bien.

    Su polla continuaba dura, y oye no venia nada mal echar un polvete para comenzar la mañana en condiciones, así que le dije:

    -Mira sobrino, definitivamente estoy salida, y a falta de nada mejor te dejare que me montes, espero que al menos tengas la decencia de hacer que me corra.

    Me tumbé sobre la cama, con las piernas bien abiertas, él se puso de rodillas y acercó su polla a mi coño, mientras con una de sus manos acariciaba una de mis tetas, yo alcé una de mis piernas y la puse sobre su hombro mi coño quedó bien abierto y él me la metió y comenzó a moverse dentro de mí, no lo hacía nada mal, aunque mi coño había tenido machos que se movían mejor, baje mi pierna de su hombro y él se agachó y siguió moviéndose dentro de mi coño.

    En ese momento pensé que quizás tuviera cierto fututo como follador, se le notaba que se movía con ganas, y yo sentía cada vez más placer iba a conseguir que me corriera y lo hice intentando que él no lo notara, mientras sus gemidos eran cada vez más intensos, estaba a punto de correrse, en ese momento le ordené:

    -Si cabrón nada de correrte en mi coño, cuando veas que te va a venir, sácala.

    No parece que esta idea le gustara, pero sabía que allí quien mandaba era yo, así que en un momento dado me la sacó, yo al verlo le ordené:

    -Vaya parece que el nene esta a punto de correrse, desde luego hijo que poco aguante, pero quiero que te corras en mi boca.

    Abrí esta y le ordené ponerse encima de ella y seguir meneándosela, hasta que se corrió una parte de su semen fue a caer dentro de mi boca y otra parte de su leche termino en mi cara.

    Después nos tocó vestirnos y dedicarnos cada uno a nuestros quehaceres.

    En esta vida nada es eterno y la visita del sobrino de mi marido tampoco, llegó a su fin y él se marcho de nuestra casa, desde entonces nos hemos encontrado algunas veces en reuniones familiares, cuando esto sucede el procura encontrar un momento para que los dos nos quedemos a solas, en esos momentos yo le humillo de la manera que se me antoja y se que a él le gusta.

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  • Cornudo consentido y humillado

    Cornudo consentido y humillado

    Nadie de nuestro entorno podía ni siquiera intuir esa parte de nuestras vidas. Para todos, éramos un matrimonio consolidado, de aquéllos con los que quedas a cenar o a tomar el aperitivo e imaginas, consolado, que sus relaciones sexuales son escasas y rutinarias, como las tuyas. Sin embargo…

    Todo había comenzado años atrás de manera banal: Alicia, mi mujer, estaba leyendo la novela erótica que se había puesto de moda por entonces. Y por primera vez, entre bromas, fuimos compartiendo nuestras fantasías. Fue como si renaciera y yo no la hubiera atendido como ella quería y necesitaba.

    Jugábamos por WhatsApp, excitados; una mañana me escribió desde el trabajo describiéndome lo ajustado que llevaba el jersey su compañera Cristina (“Y no lleva sujetador. Se le marcan los pezones… ¡Ufff!.”). Esa noche (los niños se habían quedado a dormir con los abuelos), nos metimos calientes y desnudos en la cama y, entre escarceos, mi polla rozó su ano; para mi sorpresa, me dijo “sigue… ” y la penetré por detrás. Nunca la había oído gemir así. “Córrete dentro… “.

    Semana tras semana, fuimos haciendo realidad nuestras fantasías, aún los dos solos: la esposé, la latigué, me metió a mí un consolador, eyaculé en su boca, orinó sobre mí en la bañera… Pero con el tiempo, todo eso se volvió algo rutinario y ella empezó a hablarme de un nuevo compañero con el que quedaba a comer al mediodía. Un viernes me dijo que, tras la comida, se quedaba a tomar una copa con él; y volvió a las nueve de la noche sin comentarme nada. Sus encuentros se volvieron habituales. Un día vi casualmente un mensaje que había saltado en su móvil; era de él y lo que le escribía me enfadó y excitó al mismo tiempo. Me confesó su relación y, entre risas, se sacó la tetas y me hizo una mamada.

    Meses después, fui yo quien se lió con una amiga común; primero fue un beso inesperado, luego una felación y al final follamos en su casa durante el horario escolar. Así fueron transcurriendo, entre aventuras, los meses, hasta el día en que…

    Habíamos hablado de ello alguna vez, fantaseado, pero nunca había ido más allá. Alicia seguía con su vida oculta y yo no tenía detalles de ella. Es cierto que en una ocasión, habiéndose olvidado el móvil en casa al salir un momento a comprar, espié el chat que mantenía con su amigo. No debía, lo sé, era una falta de respeto, pero no pude evitarlo; y lo que vi y leí me ratificó que, en el fondo, no conocía a mi mujer. Ella intuyó mi acción y de primeras se enfadó pero luego me dijo: “A partir de ahora te reenviaré, cuando me apetezca, lo que J. me escriba y las fotos…”. Y así fue.

    De vez en cuando recibía alguna de sus conversaciones calientes, alguna imagen de ellos. Luego, ya tomó por costumbre compartir conmigo las explícitas sesiones de sexo que mantenían.

    Sin embargo, cuando aquella tarde, inesperadamente, me llamó, no podía esperarme su propuesta.

    -Creo que ya es hora de que materialicemos lo que tanto hemos imaginado.

    -¿A qué te refieres?.

    -Pues, cariño, que me veas follar con J.

    Me quedé estupefacto. Ya era un cornudo consentido, lo sé, pero ese paso era algo que aún no podía asimilar. A pesar de ello, obedecí. Así soy. Me marcó las condiciones: yo miraría sin participar y ella se encargaría de que me fuera imposible hacerlo.

    -Y lo haremos en casa, en nuestra cama- concluyó.

    Con un nudo en el estómago, los esperé desnudo en el jardín como me había ordenado. “Luego ya te diré cómo tendrás que vestirte”, me había comentado.

    -Cogeré frío.

    -Ya entrarás en calor luego.

    Les esperaba .”Ya llegamos. ¿Estás desnudo junto a los setos?”. “Sí. Eres muy morbosa. Sabes cómo humillarme”, le respondí. “Lo sé. Y ahora le estoy metiendo mano”.

    No me dio tiempo a contestar; oí el ruido de las llaves en la cerradura de la cancela. Puse cara de póker cuando ambos cruzaron la entrada y se acercaron a mí. Se pararon frente a mi y mi mujer, sonriendo, se giró hacia él y lo morreó. Y yo me empalmé, claro. Él era más joven, alto y fuerte, así que entre sus brazos Alicia parecía una muñeca desmadejada.

    Se volvieron hacia mí de nuevo.

    -Vamos adentro. Me muero por follármelo- me dijo mientras miraba mi pene- Y ya verás lo que tiene este entre las piernas.

    Los seguí obediente hacia nuestro dormitorio, tantos años espectador de nuestras relaciones y que ahora, en cambio, lo sería de las suyas.

    -Póntelos- me ordenó dándome aquellos pantalones cortos de cuero con apertura frontal que usaba en nuestras sesiones.

    Luego me esposó los brazos a la espalda y me senté en una silla.

    -Alicia, ponte de rodillas- le dijo J. mirándome.

    Y lo siguió haciendo mientras ella le bajaba la bragueta y le sacaba el miembro erecto. Nunca había visto ni lamido algo así. “¡Vaya tamaño!”, pensé. Mi santa mujer también me dirigió la mirada antes de chuparle los huevos y metérsela entera en la boca. Lo mamaba al tiempo que le bajaba los jeans y le agarraba de los glúteos. Luego se levantó, lo besó y, tras desvestirse rápidamente, lo desnudó.

    Tenía el cuerpo de un perfecto empotrador. Cuántas ganas tenía de masturbarme, y más aún cuando él le empezó a comer el sexo; pero no podía. Alicia gemía y me miraba… Se retorcía los pezones. “Sigue….así…”. Se arqueaba levantando las nalgas. “¡Ahhhh…, fóllame… ahora….!”.

    Sin dilación, la penetró de una sola embestida y Alicia gritó. Su tez ruborizada y sus gemidos eran los de una mujer en pleno orgasmo. Los movimientos de J. eran cada vez más rápidos y más fuertes sus jadeos.

    -“Me corro…”. “En mis pechos, en mi cara… Que Marc vea bien tu leche…”.

    Y así fue.

    -Seguimos en la ducha- le susurró- Y tú, mientras tanto, túmbate esposado en la cama y aspira nuestro rastro en las sábanas. Y lo hice, excitado en mi vejación.

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  • Récord

    Récord

    Como dije en este baño turco tenía entrada libre y eso hacía que aprendiera qué momentos eran los más propicios para el sexo tranquilo, un poco aventurado o totalmente descontrolado, esto era por la asistencia de hombres no solo en cantidad sino también en calidad, y los sábados en el horario de 17 a 20 en general era un momento de mucha asistencia y con hombres casi desesperados por coger a otro tipo o chupar una pija.

    En general era un día que no iba, siempre tendí a buscar algo más tranquilo, pero una vez se me dio que estaba haciendo una reparación y no dudo que la aproveché. Ni bien terminé las tareas fui derecho al vestuario y al cambiarme me dejé por debajo del taparrabo un atrapa pene, es una tela que solo tapa el pene y el resto es un elástico que marca las nalgas.

    Recorrí las salas y luego de unos 30 minutos pasé a los privados, me acosté boca abajo y dejé la puerta abierta, no habían pasado diez minutos que sentí como un hombre me tocaba la cola, abrí las piernas y enseguida lo tuve frente a mis ojos masturbándose, lo acerqué un poco y puse su miembro entre mis labios, él había dejado la puerta sin cerrar y de inmediato otro hombre ingresaba a tocar mis nalgas, mi ano y prontamente mientras se pajeaba con una mano y dos dedos de la otra me penetraban, e ingresó otro más, que fue derecho al franeleo con quien yo le hacía sexo oral y no pasó mucho para sentir dos penes en mi boca.

    Entonces uno más se sumó y pude sentir que uno acababa sobre mi lengua, y el desfile de hombres se hizo constante durante más de media hora en la que yo fui el esclavo para sus amos, me acabaron encima de mi espalda dos que se pajeaban al tiempo que se besaban, uno subido a la cama me penetraba y dos en mi boca se turnaban para metérmela, ya no eran los del principio; pero poco a poco se fueron retirando y quedé solo con uno que cerró la puerta y dijo:

    -Ahora serás mío solamente, todos hablan muy bien de vos y te quiero probar

    Yo tenía leche en la espalda y nalgas que chorreaba, tomó una toalla me limpió, me sentó en el borde y puso en la boca su poronga dura y fuerte bombeando e indicándome como chupársela, algo que sabía hacer muy bien; reconozco que jugó conmigo, me trató como su esclavo, quiso meterme la mano completamente en mi cola (no pudo), me puso en todas las posiciones que ahí podíamos realizar, hacíamos bastante ruido, en cada clavada que me daba gemía con fuerza, casi que me intimidaba, me arrodilló y antes de acabar metió su pija en mi boca y orinó, obvio que no deseaba tragarlo y una buena parte se chorreaba por mi cuerpo pero otra iba derecho a mi garganta, mucho no me disgustó y empecé a tomar ese orín.

    -Uhhh, te quiero de puta siempre, sos tremendo

    Luego me puso contra la cama, levantó mis piernas, y me cogió por unos 10 minutos hasta acabar y llenarme de leche, tanta que al sacarla y yo incorporarme chorreaba por mi pierna, dándome una palmada en la espalda se fue prometiéndome que nos veríamos pronto. Realmente fue más de una hora de sexo intenso y agotador, quería descansar por lo que me fui a bañar y volví a otro de los privados a dormir un poco, lo que hice sintiendo la satisfacción de ser el pasivo de muchos hombres. Al irme, el encargado me dijo:

    -Escuché que te divertiste, parece que tu tanga hizo estragos, me alegro

    -Gracias, la pasé bien, aunque quedé exhausto.

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  • Una mujer para toda la vida

    Una mujer para toda la vida

    Hoy se cumplen 35 años de mi matrimonio con Lucía. Vivimos los primeros cinco años sin que sospechara que me fuera infiel. De esos cinco años, solo me fue infiel un mes, hasta que uno de sus amantes, un ganadero venezolano, regresó al país y volvió a tener relaciones sexuales con él. Así comenzaron innumerables encuentros sexuales con otros hombres. Sin que yo tuviera ni idea de sus travesuras. Confiaba ciegamente en ella e incluso apoyaba sus infidelidades cuando me decía que iba a un bar con sus amigas o a encontrarse con ellas en algún apartamento, y la verdad era que iba a disfrutar de su cuerpo con otros hombres.

    Ella era muy sagaz e inteligente y sabía cómo envolverme en sus mentiras, pensando que tal vez yo no le iba a permitir hacer lo que tanto le gustaba, su hasta en varias ocasiones yo mismo la lleve a verse con sus amantes, pensando que ella iba a dónde sus amigas.

    Hoy les voy a contar una de las tantas historias que me han pasado en el transcurso de mi vida, las que he disfrutado gracias a las circunstancias de la vida que se me han presentado.

    Resulta que era viernes y ya estaba en un pequeño problema con una cuenta bancaria al punto de que podría perder mi trabajo si no resolvía el asunto, así que no tenía idea de qué hacer excepto buscar una solución.

    La jornada laboral estaba terminando y ese día no quería salir a tomar unos tragos con mis compañeros de oficina, así que me fui a casa, con la esperanza de comer, tomarme unas pastillas para poder dormir y descansar toda la noche.

    Cuando llegué a casa, mi esposa también había llegado y estaba en la habitación. Encendí el estéreo y puse un disco de salsa romántica, saqué una cerveza de la nevera y me senté a escucharla y pensar en una solución a mi problema, hice dos llamadas a unos amigos para pedir ayuda. En ese momento baja mi esposa por las escaleras, la vi venir vestida con un vestido negro de minifalda y aberturas a los costados desde la cadera, zapatos de tiras altas. Escucho su voz sorprendida de verme en casa temprano un viernes.

    -Oye papi, que milagro que hoy hayas llegado temprano.

    Nos saludamos con un beso y le pregunté si iba a salir cuando la vi toda arreglada y maquillada.

    Ella responde.

    -Sí, mi amor, voy a ir al departamento de una de mis compañeras de la oficina.

    Se acerca al espejo de la entrada y saca un labial de su pequeño bolso, que se aplica en los labios. De pronto suena la bocina de un auto y ella me mira diciendo.

    -Bueno papi, ya están aquí por mí.

    Se acerca a mí, me da un beso y le pregunto.

    -Vas a tardar un rato.

    Ella responde.

    -Oye papi, no tengo idea, es mejor que te duermas porque seguramente llegaré tarde.

    A lo que le comenté.

    -No es muy probable que me tome una pastilla para dormir.

    A lo que ella responde.

    -Perfecto papi, tómala para que puedas dormir y descansar toda la noche. Bueno adiós.

    Teresa camina hacia la puerta, me siento en el sofá y la veo caminar, meneando su cuerpo. Puedo ver la curva de sus nalgas y pienso

    Wow, menos mal que se va a casa de sus amigas. Se fue cerrando la puerta dejándome sola. Fui a la cocina a preparar algo de comer y luego subí al cuarto a tomarme la pastilla, ponerme la pijama y acostarme a ver la tele.

    Me quedé profundamente dormida y al día siguiente me desperté y Teresa estaba acostada a mi lado. Me levanté para hacer un café para las dos, volví al cuarto con los cafés, la desperté diciendo.

    -Buenos días mi amor, como estas despertando, bebiste mucho.

    A lo que ella responde.

    -No papi, en realidad no, pero me la pasé muy bien y quedamos en repetirlo

    A lo que yo respondí.

    -Bueno mami me alegro que te diviertas con tus amigas.

    A lo que ella me responde con una sonrisa pícara.

    -Si mis amigas locas.

    Pasaron los años y me enteré que esa noche Teresa no fue con sus amigas, esa noche Teresa fue al departamento de uno de los granjeros que la visita en su oficina, quien fue quien la fue a buscar, al llegar a su departamento se besaron apasionadamente desvistiendo sus cuerpos para tener sexo por más de seis horas. Ella me contó los detalles de esas seis horas paso a paso, sorprendiéndome con su forma de decirme lo mucho que lo disfrutó, tanto que se volvieron a ver muchas veces y hasta en mi propia cama disfrutaron del cuerpo del otro.

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  • Ex compañero de la facultad: un reencuentro caliente

    Ex compañero de la facultad: un reencuentro caliente

    Pasó el mes pasado. Era lunes a la tarde cuando Franco, un excompañero de la facultad, me respondió una historia de mis perros.

    No me lo esperaba. Con él solo había compartido alguna clase o algún cruce rápido, nada más. Y su respuesta en Instagram fue como abrir una puerta.

    Primero hablamos de animales, de otras boludeces, pero en un par de horas ya se sentía distinto.

    Me tiró un comentario sobre mi voz, de lo sexy que le sonaba, y en lugar de frenarlo, lo dejé correr. Es más: le empecé a mandar audios, mitad broma, mitad provocación.

    —Así que te gusta mi voz —le mandé, juguetona.

    —Me encanta. Tiene ese tono que me vuelve loco —respondió.

    La semana fue pasando. Él contestaba con doble sentido, yo lo seguía. Sabía que todo estaba destinado a terminar en la cama. Y lo esperaba.

    El sábado, cerca de las nueve, llegó el mensaje.

    —Che, ¿vemos una peli? —mandó y leí con una sonrisa.

    —No sé, depende qué película —respondí excitada.

    —Quiero verte — respondió serio.

    —Entonces vení a buscarme —respondí con tono de orden.

    —Decime la hora y paso.

    —A las 23 te espero.

    Cuando me subí al auto, la tensión ya estaba ahí. Él con una remera negra ajustada que le marcaba los brazos, los anillos brillando en la palanca de cambios, esa sonrisa sobradora.

    Puso música tranqui, pero las miradas eran todo menos tranquilas. Cada vez que me veía de reojo, yo sentía que se me iba a tirar encima.

    El viaje fue rápido. Llegamos a un lugar acogedor, lleno de libros, con un sofá enorme. Se respiraba libertad, aunque viviera con sus viejos, que esa noche no estaban.

    Él abrió un vino mientras yo me apoyaba en el marco de la puerta, cruzada de brazos.

    —Cuidado con eso —le tiré, con la sonrisa más pícara que tenía.

    —Tranquila —me respondió con esa mirada que me derretía.

    Yo ya estaba empapada, sin que me tocara.

    Nos tiramos en la cama, Netflix de fondo con Mi año en Oxford. Pero a los diez minutos él ya estaba encima, su boca en mi cuello, bajando a la clavícula.

    Sentí cómo me desabrochaba el corpiño y me quedaba con las tetas al aire, jadeando. Me mordió el pezón con fuerza.

    —Sos mía, putita —me dijo al oído y me temblaron las piernas.

    Se acomodó arriba mío, la cabeza me quedó aprisionada entre sus muslos. Lo entendí de inmediato: quería que se la chupe.

    Abrí la boca y me metí su pija en la boca, succionando fuerte. La tenía dura, caliente, y me encantaba sentir cómo le palpitaba contra mi lengua.

    De repente me agarró de la nuca y apretó con fuerza, hundiéndome la cabeza contra su pija.

    Sentí cómo me ahogaba con la baba chorreándome mientras me rompía la garganta con la verga.

    —Tragá, hermosa —me ordenó. Tosí, pero me calentaba más.

    Se tiró de espaldas y me guio con un tirón hasta que me acomodé en cuatro patas sobre su cara.

    Mis muslos rodeaban su cabeza, y él, desde abajo, me lamía la concha entera, salvaje, metiendo la lengua, chupándome el clítoris hasta hacerme gemir.

    Me estaba desarmando, pensé arqueando la espalda. Estaba completamente sometida, y me fascinaba.

    Se levantó de golpe, me agarró de la cintura y me penetró de una embestida. Grité. Sentí cómo me abría de adentro hacia afuera.

    —Abrí bien —me gruñó, dándome con fuerza.

    El dolor me invadía, pero el placer me hacía temblar más.

    Me tiró del pelo, doblándome la espalda, y me cogió con una violencia que me arrancaba gemidos.

    Mis tetas rebotaban, mi culo se chocaba contra su pelvis. Yo pensaba: me encanta.

    Luego, me montó en vaquera invertida. Yo rebotaba frenética sobre su pija mientras él me sujetaba las caderas y me empalaba de abajo. Cada golpe seco me arrancaba un “sí” ahogado.

    Después me tiró de espaldas, misionero. Me clavó la mirada, me agarró de la muñeca y me dio cachetadas suaves en la cara.

    —Putita rica… —murmuraba entre jadeos, embistiéndome sin piedad.

    Yo lo miraba, con la boca abierta, casi llorando de lo fuerte que me daba. Pero no quería que parara.

    De repente me al sacó y hundió la cara en mi concha. Me llenó de baba, me metió los dedos rápido, me pellizcó el clítoris.

    Grité como nunca, arqueando la espalda. Me estaba haciendo acabar, y no podía frenarlo.

    —Mirá cómo te encanta, zorra —me dijo, con la lengua enterrada en mí.

    Me giró de lado, cucharita. Me la metió otra vez, fuerte, rápido. Me abrazaba por la espalda, me apretaba las tetas, mientras me ahorcaba con su brazo.

    La mezcla de falta de aire y pija adentro me hacía explotar. Yo ya no pensaba, solo me dejaba llevar.

    Se sentó al borde de la cama. La pija le brillaba, dura, venosa. Yo me arrodillé frente a él, ansiosa.

    La chupé con hambre, lenta, babeándola hasta la base. La saliva me chorreaba por la barbilla. Él me sujetó de la nuca y me cogió la boca hasta no di más.

    —Tragá todo, hermosa —me apretó más.

    Se inclinó hacia atrás y acabó en mi cara. El semen caliente me corrió desde la frente hasta la barbilla, goteando sobre mis tetas. Yo lo lamí, lo saboreé, lo tragué. Estaba destruida, pero feliz.

    Después, el contraste. Me alcanzó un papel, me limpió un poco, y me tiró sobre la cama. Nos abrazamos, piel contra piel, la respiración todavía desbocada. Sus manos recorrieron mi espalda, mis piernas. Yo le mordía el cuello despacio, ya sin apuro.

    Nos quedamos ahí, viendo la peli entre susurros y besos. Yo apoyada en su pecho, él acariciándome el pelo.

    No hacía falta decir nada. Era simple: la tensión se había ido, quedaba el calor, el abrazo, y la madrugada enredados en un mismo cuerpo.

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  • Me cogí a un hombre 30 años mayor (1)

    Me cogí a un hombre 30 años mayor (1)

    Soy Lau y esta es otra de mis historias de mi juventud.

    Todos los veranos iba a la costa a trabajar, ese año conseguimos una casa a pocos metros del mar. Todo parecía un paraíso. El aire puro, charlar con María mi compañera en un antiguo banco de madera, con el sonido del mar a solo cientos de metros más adelante, con un cielo imponentemente.

    La casa de al lado vivían una pareja de unos cincuenta y tantos años, que solo nos separaban unos ligustros y en donde tenía una cancha de vóley con arena en el patio donde se juntaba a jugar con amigos de su edad. Él se llamaba Miguel, un hombre interesante a la vista, alto con algunas canas, una voz gruesa, que nos volvía loquita con tantos piropos.

    Nos cruzábamos siempre en la calle o en la playa que quedaba a metros, pero la mayor cantidad de veces era en el patio mientras él cuidaba de las plantas de su jardín.

    Una tarde que estaba oscura y no daba para ir a la playa, me puse un bikini negro con lazos anudados, además de un pareo que me cubría desde la cintura hasta abajo. Al verme, como siempre no escatimaba en piropos, que me hacían sentir muy bien.

    Al rato llegaron sus amigos con los que los sábados juega vóley de tres contra tres, que enseguida se ponen con los torsos desnudos, mostrando sus kilos demás, rollos, sin ningún complejo, pero uno fallo y escuche un grito:

    —¿Quieres jugar al vóley? Mi esposa junto con la de ellos ha desaparecido, y nos falta uno para completar el juego.

    Pues lo cierto es que no sé jugar mucho al vóley, pero no era plan de rechazar ya que no tenía mucho para hacer en la tarde.

    —¡Eso es, nos ha salvado la tarde! Ven, caramelito, vas a ser mi compañera, dijo Miguel.

    La cancha de arena débilmente delineada, con una pobre y desgastada red que la partía, se encontraban los cuatro amigos de Miguel, sentados en un banquillo y charlando amenamente, torsos al desnudo y con shorts solamente. Una pequeña conservadora de hielo repleta de latas de cerveza estaba a un costado.

    —¡Madre de dios!, ¿de qué parte del cielo caíste, Lau? —picó su amigo al verme. Era Gabriel, muy alto, de complexión física bastante agradable para mi vista. De seguro en su juventud fue algún deportista. Piel morena, bien peinado y afeitado, todo un galán que me conquistó con su mirada penetrante y sonrisa cautivadora con hoyuelos.

    —¿Esta es tu vecina, Miguel? —preguntó Rafael. Bajito en comparación a sus amigos, algo peludo, con una tímida pancita cervecera, de risa contagiosa y chispeantes ojos—. ¡Creo que estoy enamorado!

    —Compórtense, amigos. Se llama Lau. Mira, caramelito, este es Gabriel. El otro es Rafael. No les hagas mucho caso, solo están bromeando contigo.

    —¡Buenas tardes! Saludé.

    —¡Ah, pero no pongas esa carita tan linda, que yo cuando entro en la cancha no tengo piedad de nadie! ¡Aquí no hay amigos, solo rivales! ¡Me transformo en la cancha! —amenazó Federico.

    Íbamos a comenzar, así que me retiré el pareo para ponerlo en el banquillo, iba a estar mucho más cómoda sin él.

    —¡Uy! ¡Menudo bombón! Y otros murmullos escuche, sin saber de quienes provenían.

    —Ni caso, quieren ponerte nerviosa, caramelito, ¡vamos a jugar! Dijo Miguel.

    Me pidió que sacara, y no puedo encontrar las palabras para describir el cosquilleo intenso que sentía con tanto piropo, pero me agradaba porque no eran groseros. El corazón se quería desbocar; abracé la pelota y sonreí como una tonta mientras se acomodaban en sus puestos.

    Así que lancé la pelota al aire, arqué mi espalda hacia atrás y, dibujando un semicírculo con el brazo, mandé el balón con un poderoso salto. Cuando seguí la trayectoria del balón con la mirada, me di cuenta de que tanto Miguel como sus amigos preferían observarme a mí antes que a la pelota picando en el área contraria.

    Estaban boquiabiertos y extrañados. En ese entonces pensé que simplemente fueron buenitos conmigo y me regalaron un punto fácil, para romper el hielo.

    El juego siguió hasta que en una pelota me tiró al suelo para levantarla y el lazo de la parte inferior de mi bikini se había desprendido, revelando mis carnecitas; no sé qué fue lo que alcanzaron a ver, pero seguro que mi cola quedo con la bikini corrida a un costado quedando mi cola al descubierto, aparte que se llenó de arena mi interior.

    Me ajusté cinco o seis veces las tiras en mi cintura, no fuera que me volviera a suceder otra vez.

    El juego siguió, pero los señores maduritos, preferían verme sin perder detalles antes que observar el balón. Creí que me iba a desmayar, es decir, no tenía ni idea de qué estaba mostrándoles ahora pero ahora la parte superior de mi bikini es la que se había corrido…

    Esta vez, los tres hombres se prestaron a ayudarme para asegurar cada uno de los lazos de mi bikini. Gabriel llegó a bromear de que no me fiara de Rafael, que seguro los iba a aflojar, pero por suerte eran solo chistes para subirme el ánimo.

    Era el turno de que los contrarios sacaran la pelota. Y el juego se puso muy raro porque todos los balones me los mandaban a mí para que pudiera esforzarme y regalarles la vista no solo de frente sino detrás, cada vez que corría, saltaba y me lanzaba a por todos los envíos. Pero era evidente que no jugaba bien al vóley, siempre terminaba fallando mis remates, tropezándome y hasta gimiendo de dolor cada vez que los balones venían fuerte.

    Por suerte no sucedió nada raro. Cuando terminó, que por cierto perdimos, nos volvimos para sentarnos en el banquillo. Ya estaba ocultándose el sol en el horizonte, las cervecitas empezaron a correr. Rafael me pasó una latita.

    Luego de un rato más bebiendo y riendo, cruce el cerco para ir a mi casa porque ya estaba anocheciendo aprovechando mover el culo porque sabía que esos hombre tenían sus ojos en él. Lo cierto es que me estaba encantando ese lado coqueto y picarón de ese hombre, ya ni decir de sus amigos. Los accidentes durante nuestro juego de vóley quedaron allí, como un secreto enterrado bajo la gruesa arena.

    Había cenado sola, porque María salió con uno de sus chongos, salí al patio, y en ese momento escucho unos tímidos gemidos provenientes de la casa vecina. Era evidente que ellos, por la pinta, estaban queriendo “hacer algo”. Yo me reí.

    Así que sigilosamente cruce el cerco, y miré de reojo la ventana que estaba abierta donde Miguel y su mujer estaban haciéndolo. Gracias al brillo de una luz tenue podía ver la silueta oscura de ambos allí adentro. Iba a irme, pero escuché a Miguel rogándole a su señora:

    —Mira, querida, mira cómo estoy, no me dejes así.

    Descubrí, al acercarme silenciosamente, que no estaban teniendo sexo. Por la sombra que proyectaba, entendía que él estaba sobre su esposa, animándole a que tuvieran relaciones, pero la señora no quería saber nada.

    Miguel se puso de rodillas sobre la cama, de perfil, y pude ver boquiabierta su pija. Empezó a estrujársela, parecía que buscaba la mano de su esposa para que ella comprobara su estado, pero la mujer no quería saber nada de nada.

    Me calenté tanto viendo aquella espada que no dudé en meter mano bajo mi short de algodón y tocarme. No lo podía creer, ese señor rogaba por sexo y su señora no lo quería contentar.

    Disfruté de las dos vertientes del voyerismo aquella vez. De tarde, exhibiéndome a unos señores. De noche, espiando a Miguel masturbándose. Pensé, mientras mis finos dedos entraban y salían de mi húmeda gruta, que seguramente Miguel estaba así gracias a mí y mis accidentes durante el juego de vóley. Seguramente se tocaba imaginando mi cola, mi sexo, mis pezones.

    Me mordí un puño para no gemir por el orgasmo que tuve. Caí allí, en el suelo, retorciéndome y tensando mis dedos dentro de mí. Mientras recuperaba mi vista, que se había nublado durante el clímax, volví a mirar la ventana; el pobre hombre, también se estaba corriendo en un pañuelo o camiseta que se acercó él mismo.

    Miguel, susurré con mis finos dedos haciendo ganchos en mi húmeda cueva, viendo chispas doradas en el cielo negro.

    A la mañana siguiente, ahí estaba. Pero ahora era distinto. O quizás era yo la que lo veía diferente. Más hombre. Más marcado. Camisa abierta en el pecho, el sol le doraba la piel. Tenía esa energía de los hombres que ya no buscan aprobación, solo placer.

    —Hola—saludó desde su patio, con esa voz grave y pausada que a veces me hacía apretar los muslos.

    —Hola… —le sonreí.

    Esta vez él cruzo la cerca con dudas como si su cuerpo quisiera, pero su cabeza le dijera que no era lo correcto.

    Lo dejé entrar a mi casa. Lo guie a la sala y caminé delante de él, sabiendo muy bien lo que le estaba mostrando. No exagerado, no obvio… pero medido. Casi casual. Como si no supiera lo que hacía.

    —¿Te doy algo de tomar? ¿Agua fría? —ofrecí, girándome hacia él con la cabeza inclinada y la sonrisa más inocente que tenía.

    —Sí, gracias. Hace calor.

    Fui a la cocina, abrí la heladera y tomé la botella. Me incliné para sacar un vaso de la repisa baja, y sabía que, desde su posición, podía ver perfectamente cómo mi bikini se enterraba en mi cola. Lo hice despacio. Muy despacio. Luego me incorporé, como si nada.

    Volví con el vaso en la mano, sujetándolo con los dedos envueltos en hielo que goteaba. Se lo ofrecí y, al entregárselo, nuestras manos se rozaron. Solo un segundo. Pero su piel estaba caliente.

    —¿Tú siempre estás así de cómoda en casa? —preguntó, con una media sonrisa que intentaba esconder algo.

    —¿Así cómo?

    —Ya sabes. Con esa ropa tan…

    —¿Relajada?

    —Digamos… peligrosa.

    Me reí suave, mirándolo a los ojos.

    Sus ojos bajaron por mi cuerpo, solo un momento, como si luchara con sí mismo. Y volvió a subir la mirada.

    Me mordí el labio, suave.

    Se quedó callado. Dio un sorbo al agua. Me senté frente a él, recostada en el sofá. Subí una pierna, doblándola junto a mí. Sabía que esa posición levantaba un poco más la remera, dejando a la vista parte de mi abdomen. No lo miraba directamente. Lo sentía observar. Lo dejaba adivinar si era un juego… o simplemente yo siendo yo.

    El silencio fue espeso. Solo el sonido de su respiración, lenta, más profunda. Su mano en el borde del sofá. La mía, cerca. Muy cerca.

    Me incliné de nuevo, fingiendo que iba a recoger el vaso vacío de la mesa baja. Me estiré, dejando que la remera cayera hacia adelante. Esta vez más. Esta vez lo obligué a mirar. Su mano rozó mi muslo sin querer.

    O eso quiso hacerme creer.

    Me giré despacio, sentándome recta. Y me acerqué. Me puse de rodillas sobre el sofá, quedando justo frente a él. Su espalda estaba apoyada, sus piernas abiertas, las manos firmes sobre los muslos.

    Me incliné sobre él. Nuestros labios estaban a centímetros. Su respiración golpeaba la mía.

    Y entonces… se rindió.

    Al principio poso su mano sobre mi muslo suave. Como si aún dudara. Pero mi cuerpo respondió tan rápido, tan natural. Su otra mano me sostuvo de la cintura, su boca buscó la mía.

    —Esto es un error —dijo.

    —Entonces dime que pare —respondí.

    No lo dijo.

    Sus manos subieron a mi cintura otra vez, me atrajeron más a él. Sentí su cuerpo contra el mío: firme, ancho, duro. Su pecho latía fuerte, su respiración era grave, y la tela de su pantalón comenzaba a tensarse peligrosamente contra mi abdomen.

    Me miró, con los ojos oscuros encendidos, nos paramos y me dirigió a mi habitación, solo asentí sin decir nada, casi temblando. Y su mano se deslizó por mi espalda mientras me guiaba. Sentí cómo me observaba desde atrás.

    Entramos a mi cuarto, pequeño, con las cortinas cerradas y la luz apenas filtrándose. Cerré la puerta, y cuando me di vuelta, él ya estaba ahí, mirándome con esa intensidad que parecía derretirme desde adentro.

    Se acercó lento. Levantó una mano y me acarició el rostro con una suavidad que contrastaba con el fuego en su mirada.

    Esta vez más lento. Más íntimo. Sus labios jugaban con los míos, sin apuro. Como si saborearme fuera un placer en sí mismo. Sus manos se apoyaron en mis caderas y luego subieron, colándose bajo la tela de mi remera. Rozaron la piel caliente de mi abdomen, mis costillas… hasta que, sin decir palabra, la levantó.

    Yo levanté los brazos para dejársela quitar. Y ahí me tuvo, frente a él, desnuda de cintura para arriba. Me miró con esa devoción animal que hace que una se sienta deseada de verdad, mientras sus manos se posaban con ternura en mis pechos.

    Sus dedos jugaron suavemente con mis pezones duros por el deseo. Inclinó la cabeza y su boca descendió, hasta atraparlos con esos labios cálidos y esa lengua húmeda que lamía despacio, saboreando cada reacción mía.

    Me empujó con suavidad hacia la cama. Me dejé caer, jadeando, mientras él se arrodillaba frente a mí. Tiró de mi bikini con delicadeza, bajándolo por mis piernas, besando el interior de mis muslos, yo ya estaba empapada. Lo sabía. Lo sentía.

    Me miraba como si tuviera enfrente un manjar. Se inclinó y dejó un beso justo sobre mi intimidad. Sentí su aliento caliente contra mí. Y luego su lengua, lenta, arrastrándose sobre la humedad que ya no podía ocultar.

    Su lengua se movía con una precisión increíble, alternando entre movimientos circulares y lentos, y otros más rápidos y profundos. Lamía con hambre, con deseo, con esa entrega que no se finge. Su lengua bajaba, exploraba, luego subía de nuevo al centro exacto, justo donde yo más lo necesitaba.

    Sus manos me sostenían firme por las caderas, mientras me devoraba sin descanso. Lo hacía por mí. Para mí. Como si ese placer fuera su propósito.

    Mi cuerpo temblaba, la espalda arqueada, los muslos temblando. Y cuando su dedo entró lento mientras su lengua no se detenía, no pude resistir más.

    Me corrí en su boca. Con fuerza. Con un gemido que no pude controlar, que salió de lo más hondo de mí.

    Él no se apartó. Me sostuvo mientras mi cuerpo se sacudía en olas. Solo cuando bajé del clímax, levantó la cabeza, sus labios húmedos, su mirada satisfecha.

    —Eso era lo que quería para ti —dijo, con esa voz grave que me hizo estremecer otra vez.

    Y sin darme respiro, se incorporó y comenzó a desabrochar su camisa.

    Vi su pecho: ancho, fuerte, con vello oscuro. Su abdomen era duro, marcado, con una ligera línea que descendía hasta el borde de su pantalón. Me mordí el labio, deseando sentirlo encima de mí, dentro de mí.

    Me arrodillé sobre la cama, todavía temblando por dentro, mientras se desabrochaba el último botón de su camisa, sin quitarme los ojos de encima. Su torso era todo lo que imaginaba.

    Me acerqué, lo tomé por la cintura y bajé la mirada hasta el botón de su pantalón.

    Él no dijo nada. Solo se quedó ahí, respirando más fuerte, dejándome hacer.

    Continúa, es una de las historias que más le gusta mi marido.

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