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  • Valeria.Saliendo con mi hijastra y su mamá. Directa y a lo que va

    Valeria.Saliendo con mi hijastra y su mamá. Directa y a lo que va

    No supe en qué momento me quedé dormido, pero me despertó el sol que entraba por la ventana y el calor bochornoso de la habitación. Abrí los ojos con un poco de molestia y me sentía bastante descansado. Cuando me di la vuelta no vi a nadie. Estaba solo en el cuarto, pero ¿estaría solo en la casa?

    Sentí la cosquilla de la adrenalina nuevamente, pero antes necesitaba darme un baño, digamos que no me gusta oler feo y justo ahora, en este momento no era portador del mejor aroma que digamos, no después de una noche de sexo. La cosa es que no sabia nada de esta casa. De si saldría agua caliente, que utensilios podía ocupar, incluso no sabía si podía tomar alguna toalla. Respiré hondo, me puse mi pantalón, la playera y mis zapatos.

    Abrí la puerta del cuarto y sali al pasillo, la puerta de Valeria estaba cerrada y no se escuchaba movimiento así que después de un par de pasos toqué en la puerta del baño y nadie respondió. Entré y cerré con seguro, me bajé el pantalón y me senté en la tasa, acerqué mi mano al bote de ropa sucia y cual fue mi sorpresa que estaba el cachetero que vale traía puesto en la madrugada. Instintivamente lo extendí, lo recorrí con mis manos y estaba húmedo. Una descarga eléctrica recorrió todo mi cuerpo. Lo puse al revés y justo el pedazo de tela que queda protegiendo la vagina lo llevé a mi cara.

    Lo pegué afanosamente a mi nariz y el olor que me llegó fue tan increíblemente delicioso que no pude hacer otra cosa que sacar la punta de mi lengua y capturar ese sabor lo mas que se pudiera, antes de que llegara a secarse. Me sentía depravado al estar haciendo esto. Nunca en mi vida había sentido esta afición por la ropa interior y menos por alguien de la edad de la hija de mi nueva pareja.

    Aun con el sabor de la miel de Valeria en mi boca y su olor negándose a abandonar mis pulmones decidí salir del baño e irme de ahí. (no sin antes guardar en la bolsa de mi pantalón ese cachetero).

    Al salir del baño escuché ruido en la parte de abajo. Bajé por las escaleras y era Nayeli. Estaba ya arreglada y lista como para salir. Me dijo que tenia que ir a si trabajo pero que nos veríamos en la semana.

    Asentí, me acerqué por detrás de ella, la tomé de la cintura, pero la percibí un poco distante. Me tomó por sorpresa su actitud y decidí irme sin importar que aun no me hubiera bañado. Era sábado y yo descansaba ese día de mi trabajo así que me despedí, le di un beso en la mejilla y quedamos en llamarnos para ver cuando nos veíamos otro día.

    Durante mi trayecto no dejaba de pensar en su hija y en la razón por la cual ella se había portado así de fría cuando en la noche anterior había sido un volcán en erupción conmigo. Entre el trafico y la acumulación de gente empecé a fastidiarme. Afortunadamente llegué pronto a casa y me metí a bañar de inmediato.

    Deje que el agua caliente cayera sobre mi cabeza y recorriera todo mi cuerpo, esa sensación tan reconfortante de calor y frescura me relajaron demasiado. Me perdí en mis pensamientos y sin darme cuenta estaba reviviendo la imagen de esa chica, detrás de la puerta espiando, viéndome, masturbándonos juntos, viéndonos a la distancia.

    Abrí los ojos, decidí cerrar la ducha, secarme y salir del baño. Me fui directo a mi cama, me recosté completamente desnudo y tomé de la bolsa de mi pantalón ese cachetero, que, hasta ahorita, era el único recuerdo que tenía de Valeria. Lo llevé a mi cara y comencé a masturbarme imaginando que estaba encima de mí, deseaba tenerla en un 69, sintiendo su tierna boca rodeando mi miembro mientras yo devoraba su conchita tierna, juvenil, deliciosa. Seguí así hasta que después de unos minutos, sentí la enorme necesidad de eyacular, llené esos cacheteros de toda mi leche. Los dejé mezclados con los fluidos de ella.

    Me quedé dormido de nuevo hasta que el sonido de mi teléfono me despertó. era Nayeli diciendo que, si podía ir a cenar a su casa, se disculpó por su actitud en la mañana. Me contó que discutió con su hija pero que ya todo estaba bien, quería que cenáramos los 3 para que me la presentara. Obviamente dije que sí. La sola idea de ya tener contacto directo con ella me empezaba a obsesionar. Le dije que podíamos cenar en casa o si quería, quizá ir a cenar a algún lado y quizá al cine los 3 para irnos conociendo mejor. Ella dijo que si, solo abría que ver si Valeria estaba de acuerdo.

    Le dije a Nayeli que me confirmara a que hora sería para estar listo o para ver donde nos veríamos. Me bañe de nuevo, busque algo de ropa que me viera no tan mayor pero tan poco como chavo-ruco. Sin saber porqué la ansiedad comenzó a anidar dentro de mi pecho. Me puse nervioso, las manos me sudaban y me sentía todo un estúpido.

    Por un segundo pensé en lo que estaba pasando por mi cabeza y mi cuerpo. Ya soy un hombre maduro, donde buscaba tener una relación tranquila y estable. No estaba buscando tener ninguna aventura con una mujer 26 años mas chica que yo. No era normal, no es sano. -No está bien – me repetía una y otra vez. Estaba tratando de calmarme cuando sonó una notificación de mi teléfono. Revise y era mensaje de Nayeli, diciéndome que su hija había aceptado sin problema ir al cine con nosotros. Nos veríamos en fórum Buenavista a las 6 de la tarde para ir a cenar y de ahí al cine. La función comenzaba a las 8 así que teníamos buen tiempo.

    Algo dentro de mí se resistía a ir. Quería cancelar y no volver a verlas. No me sentía cómodo, pero al final, mi deseo fue mucho mas grande. Me aliste y Sali de casa. Aún tenía tiempo, pero no quería estar en casa ahogándome con mis pensamientos.

    Durante todo el camino no dejé de pensar, de imaginar todo lo que podría suceder. Cada chica que veía en el metro o en el camión de la edad parecida a Valeria me hacia recordar su olor febrilmente juvenil de su entrepierna, no podía evitar voltear hacia su pelvis e imaginar que era ella. Estaba siendo insostenible mentalmente. Me puse mis audífonos, le subí a la música y busqué distraerme.

    Por fin llegué a la plaza, aun era temprano. Miré mi reloj y faltaba aun una hora para vernos. Habíamos quedado de encontrarnos en el área de bancos así que subí hasta la planta alta y empecé a recorrer los negocios, cada tienda, cada isla. Lo importante era hacer tiempo y distraerme.

    Le mande mensaje a Naye para que supiera que ya andaba por ahí. Le dije que cuando estuviera cerca me avisara para bajar por ellas.

    No puedo ni siquiera recordar lo que vi en los locales. Solo deambulaba como zombie hasta que un mensaje me regresó a la realidad. Ya estaba por llegar. La taquicardia empezó de nuevo y me dispuse a caminar hacia los bancos. Iba tranquilo para no llegar sudado.

    Cuando ya estaba cerca de las escaleras que dan al HSBC las pude ver paradas recargadas en el cristal del banco. Nayeli vestía un pantalón de mezclilla negro, una blusa escotada (como era su costumbre) y un pequeño suéter. A un lado estaba su hija: Valeria. Venia de leggins grises, un top negro y una sudadera con el cierre abierto. No quise verla mucho pero pude percatarme de lo marcado de sus pezones, deduje que tampoco usaba sostén.

    Me acerqué a ellas con una sonrisa, salude a Naye de abrazo y un pequeño beso en sus labios. Me giré y salude a Vale con un casual: “hola”

    -Hola. -Dijo ella estirándome la mano. Yo la tome y sin pensarlo se acerco para saludarme de beso en la mejilla. El cual fue algo cerca de mi boca y eso me puso super inquieto. Me quedó su olor en mi rostro. Un perfume floral, muy juvenil.

    -Gusto en conocerte Vale, Ahora si formalmente (hubo algunas risas incomodas de mi parte)

    -Pues ya te conocí anoche. No me dejaban ver mi película ni dormir. (sonrió coquetamente y me guiño un ojo).

    Nayeli rio un poco fuerte y poniéndose en medio de ambos, nos sujeto del brazo y avanzamos hacia el área de comida rápida. Platicamos de cosas triviales. Para ser sincero no sabia de que hablar con ellas. Me sentía algo bloqueado. Llegamos a unas mesas y apartamos unas. Fuimos a pedir las hamburguesas y cuando la orden ya estaba realizada, Naye se disculpó y fue al baño. Nos dijo: “pórtense bien, no me tardo”.

    Me dejó solo con su hija, con toda la confianza del mundo. La fila del baño se veía algo larga ya que había un par de mujeres formadas afuera de la entrada. Cuando después de unos minutos en silencio, por fin su mamá logró entrar al baño, ella se dio la vuelta y me pregunto a tiro de piedra:

    -¿te gustó el regalo que te dejé en el bote de ropa sucia? Supongo que si porque cuando regresé a casa ya no estaba.

    Su pregunta me tomó por sorpresa. Ni siquiera supe que decir. Tartamudeé algunas silabas y solo me le quedé mirando fijamente. Ella siguió como en un monologo bien preparado:

    -Desde que te vi parado saliendo del baño me di cuenta de que habías abierto el bote de ropa sucia y quise comprobarlo dejándote mis cacheteros mojados para ver si los veías pero no me imagine que te los fueras a llevar, pero sabes algo, me caes bien, me gustas. Te lo regalo. El espectáculo que me regalaste fue increíble.

    Yo no podía creer lo que estaba pasando. Valeria lo hablaba con tal naturalidad que me dio miedo.

    -Mira vale, la verdad no quiero tener ningún problema con tu mama, y mucho menos generar una situación donde salgamos afectados. Me disculpo por lo de anoche y yo…

    Tapo mis labios con su dedo índice haciendo la señal de que me quedará callado.

    -Si tu no le dices a mi mamá, yo no le diré nada, será nuestro secreto. Te voy a contar algo. Desde hace algún tiempo he visto como mi mama tiene sexo con hombres, pero hasta ayer solo había sido espectadora. Nunca había tenido contacto con ninguno de ellos. Y tengo la fantasía de vivir lo que mi mama hace, se vio delicioso lo que le hiciste, nunca vi que se viniera así y cuando ella te lo estaba mamando y tu me volteaste a ver, uff, eso me calentó demasiado y no pude evitar tocarme mientras nos veíamos.

    -Fue delicioso, y créeme que tu “regalo” ya tiene mi sello. – Reímos un poco. Decidí seguirle el juego.

    No sabia lo que estaba haciendo, pero era lo más excitante que había vivido en mi vida.

    Me dijo que, si hoy me iba a su casa y tenia sexo con su mamá, ella dejaría una tanga mojada en la ropa sucia, pero quería solo una cosa: Que la llenara de semen y se la dejara ahí mismo para que ella pudiera ponérsela así y andar con mi leche caliente pegada en su vagina y así quedarse dormida.

    Me dijo que su mamá con unos tragos se queda dormida muy profundo después de coger, así que debíamos llevar unas chelas a su casa, beber algo y cuando ella estuviera dormida, yo me iría a la puerta de su cuarto, tendría ya la tanga en mis manos para masturbarme viéndola, viendo como ella se toca al mismo tiempo hasta dejar cada fibra de la tanga llena de leche para que se la pudiera poner para dormir.

    Ya venia su mamá del baño, sonrió y justo la orden iba llegando. Ya ansiaba llegar a su casa.

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  • Follándose a la dependienta madura

    Follándose a la dependienta madura

    A última hora de la tarde, Marcus y John caminan apresuradamente por la calle Valencia. El ayudante gira nervioso su cabeza repetidamente hacia atrás.

    -Jefe, creo que alguien nos sigue desde que salimos del despacho.

    -Si, eso me parecía. Ahora lo comprobamos. Entremos aquí mismo -le replica Marcus.

    Acceden a una pequeña tienda de lencería cuando la dependienta ya está recogiendo para cerrar.

    “Disculpen, iba a bajar ya la persiana, tendrán que volver mañana” iba a decirles la chica cuando vislumbró la entrada de unos clientes fuera de hora, pero al fijarse bien en esos dos hombres trajeados de negro, uno rubio, de más de 1,80 y con un azul de ojos electrizante y el otro casi tan alto y con subyugantes iris grises, se calla y con un gesto mecánico de la mano se arregla el pelo y con un “buenas tardes” les deja pasar.

    -Buenas tardes, lamento molestarla. Le quiero pedir un favor muy grande -le dice Marcus mientras desde la puerta John mira hacia el exterior.

    -Me puede tutear, me llamo Laura. Dígame -le contesta coqueta.

    -Jefe, están apostados ahí fuera.

    -La oferta es esta Laura: te hago un gasto de 6000€ si cierras ahora mismo la tienda con nosotros dentro. No te asustes, es que las fans no me dejan ni respirar -contesta sonriente con un guiño.

    Sorprendida, primero titubea, pero luego, “¡qué sea lo que Dios quiera”, piensa.

    -Genial, señor, me va muy bien, hoy he hecho poca caja- le contesta guiñándole también un ojo mientras presiona el botón que hace descender la persiana.

    -¿Y de qué talla querrá las prendas, señor…? -pregunta pícara

    -Marcus, llámame Marcus. De la tuya más o menos -responde mirándola morbosamente de la cabeza a los pies-. Ve pasando al probador y me enseñas toda tu mercancía, ¿no? John, quédate aquí fuera y vigila.

    -Sí, señor Marcus -murmura Laura estupefacta por su propia actitud.

    Al girarse la dependienta, él advierte en el omóplato izquierdo, gracias a la camiseta de tirantes que lleva, un tatuaje que representa una bruja.

    “A ver si en unos minutos es tan mala conmigo como ese tatoo” piensa excitado mientras la sigue hacia el cubículo.

    -Quítate la ropa, Laura, toda -le ordena cuando han corrido la cortina del probador.

    -Sí, señor Marcus.

    Sin dejar de mirar sus ojos hipnóticos, se va desprendiendo de las prendas hasta quedar desnuda frente a él.

    “¿Qué estoy haciendo, madre mía? Con un desconocido, y otro fuera, y la tienda cerrada, yo, una mujer casada y con hijos, tan seria yo” piensa, “esto parece el mal guion de un novelista novato”.

    Marcus se ha quitado ya la americana y la corbata, se ha descalzado. Con una mano en la nuca, la acerca y la besa, los grandes pechos pegados a sus pectorales.

    -Desabróchame la camisa, Laura, y el cinturón, desnúdame.

    De rodillas, contempla su cuerpo, tiene más músculos que en los libros de anatomía. Está como un toro. Su piel exhala un olor agradable. Tiene a la altura de la boca su pene erecto. Mira hacia arriba y le estremece su mirada. Le baja el prepucio y empieza a chuparle el glande con las manos agarrándole sus duras nalgas. Lo saborea. Nota cómo se le humedece el coño. Ahora, toda la polla dentro, hasta el fondo de su garganta. Marcus le sujeta la cabeza mientras saca y mete la verga con un leve movimiento de caderas. Jadea.

    -Así, cariño, cómetela bien…

    La alza por las axilas, la morrea, ella nota cómo su lengua no deja lugar que explorar, ahora le toca el turno a sus tetas, las devora, sus pezones tiesos como cuernos, una mano se posa en la vulva y dos dedos se introducen masajeándole el clítoris, ahora es su boca la que está en su sexo, le ha separado los labios para gozarlo completamente. Laura empuja su cabeza hacia ella. Se retuerce los pezones. Está muy sudada y cachonda.

    -Marcus, ahora fóllame, fuerte.

    La gira entonces y ella se apoya con las manos en el espejo, gimiendo, ve cómo él se coloca a sus espaldas, muy pegado, nota su aliento en el cuello, cómo le separa las piernas y con un rápido movimiento de caderas, penetra su coño mojadísimo, una de sus manos estrujándole una teta. La inclina ahora para que la verga llegue al fondo.

    Cuando el éxtasis parece cercano, Laura advierte que no están solos.

    Apoyado en el quicio de la puerta del probador, John los contempla excitado mientras se pajea con el pene fuera del pantalón.

    “¡Dios! Esto no puede ser… ¡Y vaya miembro tiene también! Todas decimos que el tamaño no importa, pero mentimos” piensa Laura mientras Marcus la sigue follando desde atrás.

    Ante un gesto de su jefe, el ayudante se acerca hasta tener su polla a la altura de la boca de la chica. Ella se gira hacia Marcus esperando su reacción y él asiente. Con leves sacudidas de cuello, chupa el sexo de John al tiempo que percibe como la otra verga sale de su vulva y se introduce cuidadosamente por el ano. La dependienta goza incrédula como nunca lo ha hecho en su vida (“jodido matrimonio aburrido tengo” piensa).

    Entre gemidos y gritos nada disimulados, ambos hombres se corren, Marcus dentro de su culo y John sobre el hombro de la chica, embadurnando con abundante leche el lunar morado que luce.

    Agotados, John se retira pero nuestro rubio empresario incorpora a la chica, la abraza y la besa por última vez.

    -¡Cariño, es el mejor día de tiendas de mi vida!

    Ha anochecido y antes de irse, viendo que no hay peligro fuera, Marcus paga los 6000€ prometidos.

    -Con esto, Laura, no pago nada de lo disfrutado contigo. Tú no tienes precio. Cumplo siempre lo prometido. Y no lo dudes: volveré a buscar mis prendas… -le dice con un guiño antes irse.

    Laura se sienta en una silla y piensa riendo: “¡Esto hay que hacerlo aunque sólo sea una vez en la vida!”.

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  • Historia swinger real

    Historia swinger real

    Quiero comenzar esta historia haciendo un poco de memoria y diciendo lo siguiente: Cuando mi esposa y un servidor comenzamos a cambiar nuestras vidas y darnos oportunidad de ver y probar otras experiencias tuvimos que documentarnos en muchos lugares; revistas, películas, Internet; acerca de todo lo relacionado con el sexo, especialmente con la vida de un swinger.

    Se dice mucho de la vida de una pareja swinger, según esto es la última maravilla para muchos de nosotros, pero realmente es muy difícil enfrentar las primeras vivencias.

    Me gustaría platicarles todo lo que hemos pasado, pero especialmente hoy les comentaré algo con lo que nosotros comenzamos y créanme que no fue nada agradable, aunque tuvo su lado excitante.

    Como les decía al principio, nos dimos a la tarea tanto mi esposa como yo de buscar información y finalmente después de tanto buscar algo formal (ojo con esto, ya que hay muchos charlatanes en las revistas e Internet que lo único que buscan es ofender a las parejas) nos inscribimos a un club swinger que se ubica en el Estado de México, no diré la dirección exacta por seguridad y sobre todo porque no me corresponde, solo les diré que es en una zona residencial, con gente bien.

    Fuimos a la primera cita y nuestra idea solo era ir a ver como era el movimiento. Nos sentimos muy incómodos al principio, pero poco a poco nos fuimos relajando, no sin antes tomarnos las tres de rigor. Bueno ella solo se tomó una copa, pero yo si me tomé mis tres copitas de ley.

    Nuestra primera reacción fue de descontento, ya que quienes estaban en la sala de la casa (por cierto, una casa muy hermosa, como de ese tipo de las que hay en las películas de gringos) era gente bien; pero llegado el momento nos fuimos al bar de esa residencia, entonces ya la gente comenzaba a cambiar. Increíble, y no tengo nada en contra de la gente de las colonias populares, pero quien dirigía el asunto ahí era un tipo que se decía dueño de ese bar y en su eslogan indicaba la colonia de la cual provenía, la colonia más brava del Distrito Federal “Tepito”.

    Nos fuimos de espalda cuando pudimos percatarnos de las parejas que había ahí presentes, probablemente eran más de 10 o 12 parejas y también había gente sola (tanto hombres como mujeres).

    Mucha gente no es como en sus relatos comenta, y esto es completamente real. La gente parece como si fuera sacada de los burdeles más viejos de la ciudad; algunas mujeres ya muy grandes de edad y con muchos kilos de más, los señores también, de más de 50 o 55 años, muy avejentados. Lo que sí se ve, es que ya tienen tiempo visitándose porque todo mundo se habla hasta de apodos o sobre nombres.

    Pero bueno, finalmente estábamos ahí sentados. Después de un rato la gente nos invitaba a pasar al centro de la reunión y una vez que estuvimos ahí todo se hizo más tranquilo. Empezaron a contar sus chistes clásicos, de repente alguien hacía mención de lo que había pasado durante la semana (las citas en ese club son los sábados por la noche), en fin, te enteras de muchas anécdotas.

    Poco a poco las parejas que había ahí presentes se comenzaban a quitar la ropa, hablaban cada vez más de forma grosera, en doble sentido y hubo algunos comentarios que en lo personal sentí que no eran los adecuados. De hecho, tanto a mi esposa como a mí también nos invitaron a que nos fuéramos despojando de nuestras prendas, y no quisimos porque era lógico, nuestra primera cita, nuestra primera experiencia y preferíamos solo mirar.

    El gordo que dirigía el asunto aceptó y dijo que no nos forzarían, es más que si gustábamos, podíamos pasar con quienes nos hubieran agradado hasta ese momento.

    Se formaron tres grupos con todas las parejas ahí presentes, nosotros nos fuimos con un tipo que se veía por lo menos más limpio que los demás, él a su vez se juntó con dos parejas.

    Un cuarto muy amplio y cómodo, televisión y jacuzzi, y una cama king. Todo mundo comenzó a jugar, todos contra todos. Las mujeres se desnudaron y se metieron a la tina, los tres hombres también y mientras se seguían tomando la copa se toqueteaban por debajo del agua; inclusive, no sé si los hombres se tocaban entre sí, pero así pareciera.

    Nosotros nos sentamos en la cama y sólo observábamos, mi esposa vestía un traje sastre con la faldita arriba de medio muslo y zapatillas altas, bien acompañadas con unas pantimedias brillantes, yo llevaba un saco sport y mezclilla. Mi esposa se quitó el blazer y yo el saco y lo único que hicimos fue mirar durante un buen rato.

    Miguel (el tipo bien parecido) le decía a mi esposa que no se preocupara, no pasaría nada, solo quería ver un poco más de ella desde la tina, mi esposa aceptó con un poco de temor. Me enfilé a tomarla de la cintura y a besarla intensamente en los labios, jugaba mi lengua con la suya y mientras hacía esto con la boca, una de mis manos abría lentamente sus muslos y subía su falta hasta donde ella me permitía.

    Comencé a acariciarle las piernas con mayor intensidad mientras todos los que estaban en la tina vitoreaban mi faena; cuando nos incorporamos todos ellos también estaban en lo suyo, entre las señoras se besaban mientras cada una de ellas tenía a alguien detrás que las estuviera satisfaciendo. Miguel estaba pasado entre ellas y cada vez que las señoras alejaban sus bocas era para apoderarse del miembro de Miguel, que de repente se le veía como si lo tuviera medio flácido.

    Besé todavía a mi esposa por un buen rato hasta que logré alzarle toda la falda y logré que se levantara de la cama para besarle sus nalgas, así es que Miguel y los demás la veían de frente y le decían mil y una cosas, todas muy calientes.

    Cuando en un arrebato de ingenuidad por parte de mi señora (y por supuesto que la entendí en ese momento) se bajó la falda, se puso su blazer y me pidió que nos fuéramos de inmediato, no puse objeción y obedecí.

    Saliendo de la residencia y hasta llegar a casa no cruzamos palabra alguna, es más llegando a casa tampoco quiso saber nada de nada y así como llegamos nos acostamos y no hablamos del tema como en tres días; poco a poco fuimos despejando nuestras ideas y finalmente llegamos a un entendimiento mutuo.

    Traté de hacerle entender que eso era nuevo y distinto a lo que habíamos estado acostumbrados, pero de verdad que nos costó mucho cambiar esa primera impresión que tuvimos.

    Ahora hemos aprendido muchas cosas y más adelante les platicaré más de nuestras experiencias, pero espero que esto sirva para todos aquellos que intentan conocer este estilo de vida.

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  • Mi gran fantasía (2)

    Mi gran fantasía (2)

    Decirle que observe como me cogen mis clientes, que mientras se masturbe y me acaricie con su verga mi cara, en esos momentos que toquen la puerta y yo pararme a abrir, (lo que no sabía mi marido es que en el putero, me puse de acuerdo con alguna puta como yo, para que nos alcanzara en el hotel, y a la que le había explicado lo que tenía que hacer, que primero se dejara coger por mi marido (obviamente sin decirle que se trataba de mi marido y que después en pago yo me dejaría coger por ella delante de todos.).

    Mi amiga entra al cuarto y saluda, y la presento a todos, preguntarle a mi marido si le gusta la chica (estando yo segura que le gustará pues se la escogí como a veces me decía que le gustaban las chicas) entonces que la chica se siente en el mueble con mi marido, beban algunas copas mientras me ve cogiendo con mis clientes, acostar a mis dos clientes boca arriba y yo montarme primero sobre el que tenga la verga más chica, empezar a metérmela despacio acomodada de tal forma que mi marido pueda observar perfectamente como me va entrando la verga, y que mi otro cliente, me bese las orejas, la espalda y con sus manos me acaricie los pezones, subir y bajar en la verga hasta que los dos nos vengamos muy rico, y yo gemir fuerte para que mi marido note que estoy gozando mucho,

    Luego voltearme hacia mi otro cliente que en mi fantasía deseo que esté superdotadote, acariciarle la verga con mis manos y luego empezar a chupársela, y yo decirle en voz alta, que está bien vergón, que me encantan los hombres bien dotados que me llenen toda, sé que mi marido no podrá evitar voltear a verle la verga a mi cliente y en eso yo montarme sobre esa vergota acomodármela en la entrada de mi raja y empezar a metérmela poco a poco, gimiendo de placer y hablar en voz alta, diciendo, que ricura, me siento la puta más feliz de la tierra, continuar penetrándome más y más profundo en cada bajada que me dé en esa vergota, sin dejar de gemir y de hablar.

    Ya cuando la tenga toda metida dentro de mi rajita, ponerle mis pezones en la boca del cliente y que me los empiece a mamar, aumentar el ritmo de mis movimientos y de mis gemidos, hasta que mi cliente y yo nos vengamos riquísimo, pararme de la cama e irme a dar un regaderazo, luego regresar al cuarto y ver que mis clientes ya se están vistiendo para retirarse y mi marido con la chica ya desnudos, acariciándose todos, cuando los clientes ya se hayan retirado, irme a sentar a un lado de mi marido y la chica del otro lado y beber algunas copas de vino con ellos, decirles, que entretenidos están ¿eh?

    Y que la chica me diga que Luis se puso bien caliente viendo cómo me cogían mis clientes, y yo le dije que eres bien puta, mira nada más que vergota se está comiendo mi amiga, se la comió toda, y yo muy coqueta preguntarle a mi marido si en verdad se excitó viendo coger a una puta, antes de que me conteste, agarrarle su verga y besarlo en la boca, tomarle una mano y llevármela a mis piernas, para que me las acaricie desde la rodilla hasta la raja, y con la otra mano agarre a mi amiga igual.

    Entonces mi amiga me diga, oye espérate, no seas golosa, él es mío y que se lo lleve a la cama, ahora te toca a ti vernos. Quédate sentada. Verlos como se acuestan en la cama y ver como ella le mama la verga, y luego se monte sobre la verga de mi Luis y se la meta, luego que ella le diga a Luis que tiene la verga bien rica, y que quiere que se la coja de perrito, pero que antes le bese las nalgas, ver a mi Luis besándole las nalgas y que me diga que me acerque a la cama con ellos, agarrarle la verga a Luis y acomodársela en la entrada de la raja de mi amiga, y mientras la va penetrando, besar a Luis, y ponerle mis pezones en su boca para que me los chupe, y preguntarle ¿estás a gusto mi amor? ¿quieres cogerte a dos putas al mismo tiempo?

    Entonces yo acomodarme a un lado de mi amiga igual que ella a cuatro patas para que Luis me acaricie las nalgas, el culo y que le saque la verga a la chica y me la meta a mí, y así que nos coja alternadamente, gemirle bien rico cuando me la meta y luego que mi amiga ya bien cachonda, me hable, voltear a verla y que me bese en la boca, que me meta la lengua y me pida la mía, así estarnos besando las dos, Se que a Luis le excitará mucho verme besando con la chica, y que eso provoque que se venga mucho en la raja de mi amiga, acostarnos las dos en la cama mientras mi marido se va a duchar, entonces decirle a mi amiga, ok cóbrate, soy tuya.

    Que ella se monte sobre mí y empiece a besarme la boca, mientras sus manos recorren mi cuerpo, los pezones, la cintura, las caderas, las piernas y que vaya bajando su cara, cuando llegue a mis pezones me los lama despacito y luego me los mordisquee.

    Yo agarrarle la cabeza tomarla de los cabellos y hacerla que vaya bajando más, hasta que llegue a mi raja, que pase su lengua por mi clítoris y me haga estremecer, con sus manos me levante las piernas hasta que mi vagina y el ano queden frente a su cara, que siga lamiéndome el clítoris y vaya bajando a la entrada dela raja, que me meta la lengua y yo gemir de lo rico que estoy sintiendo.

    Luego que baje a mi ano y pase su lengua en círculos, con sus manos me abra las nalgas y me meta la lengua en el culito, en eso que salga mi marido y nos vea como me está cogiendo ella, luego que se hinque frente a mí y me ponga su verga en la boca para que se la mame, darle una buenas mamadas y preguntarle ¿te gusta mi cielo? Me está metiendo la lengua en el culo y siento riquísimo, luego que mi amiga saque su lengua de mi culito y se acomode poniendo su raja pegada en la mía unas tijeras, frotarnos las dos y yo seguirle mamando la verga a mi marido, hasta que nos vengamos las dos intensamente en medio de fuertes gemidos de placer.

    Luego que mi amiga, se acueste boca abajo y me diga que le mame la raja, y acomodarme a cuatro para mamársela, meterle toda mi lengua en su raja y que mi marido me coja por atrás, y que con sus manos me abra las nalgas y me diga, mira como tienes el culo bien abierto, hasta se me antoja, que me lo toque con sus dedos y decirle pues mejor méteme tu verga mi amor, solo ponle salivita para que entre fácil, cuando me esté metiendo la verga en el culito mamarle la panocha más fuerte a mi amiga y con mis manos apretarle los pezones y sienta rico, estar así hasta que mi marido me diga que ya se va a correr en mi culo, mamarle la raja más rápido a mi amiga y decirle tu también vente, apretar mi culo en la verga de Luis y que se vengan los dos al mismo tiempo.

    Descansar un rato acostados en la cama y que mi amiga se bañe y se retire, quedarnos mi marido y yo solos en el cuarto y platicar sobre esa noche, calentarnos de nuevo y coger todo el resto de la madrugada hasta las 4 de la tarde.

    Salirnos del hotel y que me lleve a comer así vestida bien puta a algún restaurant bar para que me presuma. Que siga viendo como e me quedan viendo tanto hombres como mujeres, que eso nos excite a los dos y nos vayamos a casa bien calientes y decirle, me quedé con ganas de seguir puteando, cógeme toda la noche.

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  • Oculta en un armario

    Oculta en un armario

    Que me gustara tanto, hacía que no pudiera decirle que no a nada. Por eso ni siquiera dudé ante su pedido. Quería que me escondiera, desnuda, dentro del armario de su habitación.

    Él llegaría con una chica muy joven, de tetitas pequeñas y pezones rosados y conchita abultada. La dejaría desnuda sobre la cama y vendría balanceando su erecta pija hasta el armario donde fingiría buscar algo para asegurarse de que estoy adentro y de que lo veo.

    Luego dejaría a propósito la puerta entreabierta. Lo suficiente como para que yo, desde las sombras tuviera un panorama completo de la cama donde él, él que me gusta tanto, hace que la muchacha lo cabalgue con su vergota bien metida.

    Desde donde estoy la veo de espaldas. Veo su culo sacudirse, veo los huevos de él sucumbir a cada bajada del cuerpo de ella. Veo parte de la verga cuando ella sube y parte de los jugos que brillan. Estoy tan cerca que siento los ruidos del fluidos en la acción.

    Y me masturbo pensando que a él lo calienta saber que yo me estoy tocando mientras observo. Sé que lo calienta saber que yo quisiera estar en lugar de esa chica. Y a mí me calienta saber que una vez más no va a tocarme.

    Terminará y se irá con ella. Y luego me mandará un mensaje diciendo: “espero que hayas acabado rico”.

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  • Enseñándole a la hermana menor de Beto

    Enseñándole a la hermana menor de Beto

    Liliana, la hermana menor de Beto, era una mujer como de 18 años de edad que conocí desde el segundo día que fui a la casa de doña Susy, mamá de Beto y que no me pasó desapercibida, porque al igual que su mamá y su hermana Marcela es muy agradable y atenta. Luego conocí un poco más de ella, pues después de tener una relación con su hermana y la amiga de esta (Teté) supe que Lili, es afecta a leer revistas de relatos eróticos.

    Les ha de parecer que es toda una familia con bastantes parafilias, pero no… es lo normal en una familia que como todas las que conocemos, son comunes y corrientes tanto en su forma de vida como en su actuar con el vecindario y con las mismas costumbres ordinarias en lo que al público se refiere y con una cultura general como la de cualquiera, pero con una forma de ver la vida muy en lo particular, dependiendo de su constitución física y neuronal, ya que las hormonas no funcionan de igual forma en toda la gente, ni se disparan con la misma intensidad con todas las personas ni en todas las edades por igual.

    Y a esto se le agrega el mundo interno de vida familiar y el ambiente en que cada individuo convive, pero el comportamiento personal de cada quien con los gustos de cada uno de nosotros y por qué no, el haber oído o visto a alguien hacer algo que nos gusta o atrae hormonalmente.

    Y es el caso de Lili, que en muchas ocasiones, algunas sin proponérselo y otras a propósito, llegó a ver a su mamá fornicar con su consolador en sus noches de calor intenso en que sus ovarios le llegaron a pedir a grito abierto una penetración profunda y una irrigación interna que calmara esas ansias que la quemaban por dentro y que su servidor vino a calmar con esas penetraciones que comenzaron con aquella rica mamada, que me propinó cuando por accidente escuchara hablar a su nuera Rosy con su amiga Laura, y que por supuesto nunca se enteró de la homosexualidad de su hijo Adalberto con la complicidad de su esposa Rocío.

    Pues todo eso no lo sabía Liliana, pero de haber leído un relato como cualquiera de ellos, tal vez se hubiera masturbado intensamente como lo hacía cada noche que se encontraba solita en su recámara… Todo esto lo supe después de platicar con ella, un día que llegué de visita y que me recibió doña Susy y Marce, y que después de 45 minutos de platicar, llegó Lili, y por una necesidad que desconozco, salió primero doña Susy a una diligencia que no dijo de que se trataba pues solo dijo que se tardaría como 2 horas con su comadre.

    Como a la media hora se despidió Marce, porque llegó por ella Teté para que la acompañara a su casa a hacer una tarea en equipo según ellas, y al salir me guiñaron el ojo las dos y deduje que tal vez no era tal el asunto antes pretextado, y así fue como sin proponérmelo, nos quedamos solos Liliana y un servidor.

    Me dijo que tenía una tarea que hacer, pero que no sabía cómo comenzar, por supuesto que le dije que si le podía servir de algo, lo haría con mucho gusto, fue hasta su cuarto y sacó sus libros y libreta y me comenzó a hacer preguntas sobre las clases de enfermedades venéreas que existen o se conocen, porque en dos días tenía que exponer en su clase de biología dicho tema, le dije que abriéramos su libro de dicha materia y comenzamos a sacar algunas cosas y otras que tengo en mente cada vez que acudo a dar alguna plática sobre los temas que manejo, y que nunca está por demás mencionarles los riesgos que se corren al llevar una vida sexual activa.

    Vimos lo concerniente a la gonorrea, que es causada por el gonococo, el chancro, la sífilis, el SIDA. Y que por supuesto a hoy en día solo el SIDA es de cuidado ya que las demás con penicilina y cuidados especiales son desarraigadas del ser humano… Comenzó con una lluvia de preguntas, que a duras penas comenzaba a contestarle cuando ya tenía la siguiente en su boca.

    Dejó de lado la tarea para seguir haciendo preguntas, yo la escuchaba y sacaba mis deducciones, sobre él por qué del interés tan abierto e intenso, deduje que tal vez estuviera en esos días en que sus ovarios andan muy activos y deseosos de conocer macho y que si tenía la herencia de su familia pues la nena estaba por preguntarlo todo al respecto así que me preparé para tal efecto.

    Y dicho y hecho Liliana comenzó a hacer las preguntas más atrevidas y yo a contestarle y a pedirle que escribiera sobre su trabajo, y así lo hizo terminamos la tarea, pero no los comentarios que ya estaban muy subidos de tono, ya preguntaba por la infidelidad, sobre la desvirgación, sobre la primera vez, sobre los orgasmos y por qué los hombres se “la jalan” así lo preguntó de directo y con todas sus letras.

    Le dije que le contestaría todo si me dejaba terminar un tema y me respondía mis preguntas por su interés, me dijo que si y más calmada le pregunté que si ya había tenido alguna experiencia, a lo que me contestó que solo se había masturbado, ya se encontraba muy ruborizada, pero su curiosidad era mayor, lo tomé muy natural para que no se avergonzara, y le pregunté que si había leído algo sobre sexualidad en alguna parte, y al ver que no me inmutaban sus respuestas, tomó confianza para seguirme contestando sin ruborizarse.

    Me dijo que todo la había leído en revistas para adultos que le había substraído a su cuñada Rosy y que en una ocasión vio una película de su hermano Beto y que eso la “calentaba mucho” pues en una ocasión sin proponérselo había visto a su cuñada hacerle “una puñeta” a su hermano Beto cuando aún eran novios y que a su mamá la había comenzado a espiar cuando se consolaba solita con su aparato, y que todo eso la tenía muy desubicada y no sabía a quién acudir, pues su hermana Marce solo se dedica a su amiga.

    —Y cuando le pregunto se hace la que no entiende o no sabe, por eso le pregunto a usted —me dijo.

    Le agradecí su confianza y ya más tranquilo le dije que me preguntara lo que quisiera, quiso saber cómo podrá ella tener relaciones sin que se embarazara, o tener alguna enfermedad, le recordé del condón que ya habíamos visto en su tarea y cuál es su función, que solo faltaba que supiera como se coloca y como son, me dijo que ya sabe cómo son, pero no como se ponen, que si le decía como.

    —Lili… para ello debemos de tener un pene o de menos un plátano para ponerlo, ¿tienes un condón y un plátano? —Le pregunté.

    —Tengo el condón profe —me dijo— pero el plátano nos va hacer falta.

    —Bueno, entonces algo que se le parezca.

    Y me dijo con sus ojillos ya inyectados de lujuria:

    —Pues su pene profe… Al fin de cuentas usted no lo va a tomar a mal es maestro de esta materia.

    Allí si me ruboricé, pero lo disimulé lo más que pude, solo sonreí y le dije que, si se atrevería a hacerlo, y me dijo que sí…

    —Solo que tendrás que motivarme Lili, porque así nada más no se va a erectar.

    —No se preocupe profe ahorita lo ponemos al tiro.

    Y se fue a poner una película que al parecer era la que había substraído de la casa de su hermano, y la puso en la video, como a los 10 minutos estábamos viendo a una joven acariciarle el pene a su pareja por encima del pantalón y ella volteó a mirarme y yo como que no vi, así que ella disimuladamente me comenzó a sobar el pene con su manita derecha, cuando lo sintió muy duro me dijo que, si ya, asentí y procedí a sacarlo del pantalón, ella se estiró hasta el buró y sacó un preservativo del cajón de este, y me lo dio, rompí el envoltorio, y se lo di, la fui instruyendo para que no lo pusiera al revés, y comenzó a hacerlo según la guiaba y esto propinó sin querer una rica puñeta.

    Le pedí permiso de motivarme más acariciándole sus pechos, y solo dijo “mju” lo tomé por un sí, ya estaba “encarrerado el gato” así que no solo sus pechos si no que toda ella la comencé a acariciar hasta llegar a su monte de Venus, y comencé a dedearle su conchita rica que ya estaba muy mojada, y que después de los comentarios y el procedimiento, le dije que si quería saber en qué consistía un cunnilingus y una felación, me dijo que lo que fuera, pero que no la fuera a penetrar, porque aún tenía miedo de lo que pudiera pasar y que tal vez su mamá no lo entendiera, pero que tal vez mas adelante lo intentara y así fue.

    Ese día solo la mamé y me la mamó y como a los 3 días ella solita me cayó a mi departamento de soltero, para que finalizáramos lo que solo había quedado en mamadas, según Lili, ella solita se ensartó, ella solita hizo todo, tenía una iniciativa mejor que ninguno de la familia y lo hacía muy rico todo.

    Esos ímpetus que tuvo desde que la conocí le siguen aún, pues tiene cada idea e iniciativa.

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  • Mamarle la panocha a mi esposa después que se la cogieron

    Mamarle la panocha a mi esposa después que se la cogieron

    Cuando otro hombre se está cogiendo a mi esposa y la hace tener una rica venida, un orgasmo, me excita verla coger, me encanta verla disfrutar, gemir y gozar de placer, cuando se la cogen, me encanta verla disfrutar con otro y después, yo le mamo su mojada panocha, me encanta, lamer, chupar mamar su clítoris y toda su sabrosa panocha húmeda en su jugo, lamer sus labios vaginales, lamer, chupar y mamar su clítoris, después que otro hombre se la cogió, cuando el otro le saca la verga de su panocha, yo meto mi lengua dentro de su majada panocha para saborear sus sabrosos jugos de sus venidas, mamarle la panocha a mi esposa después que se la cogieron, es algo realmente placentero.

    Cuando mi esposa coge con un hombre, y a mí me gusta verla, admirar su hermosa cara de placer de felicidad, de alegría cuando se la está cogiendo otro hombre, viéndola coger con otros hombres, ver esa cara de placer de su gemir, cuando se la están cogiendo siento placer, alegría, satisfacción, verla feliz a ella cogiendo con otro, verla disfrutar, gozar también me hace feliz a mí, mi esposa, ella es de mente abierta, erótica, caliente, ardiente, apasionada, verla coger con otro hombre muy vergon la deja bien satisfecha, su rica panocha mojada en su jugo, yo le mamo su sabrosa “panocha en su jugo”, con la lengua lamo su labios vaginales, mamo,, chupo, su clítoris, con mi lengua, lamo, le mamo su mojada panocha después que se la cogieron.

    “Mi fantasía” ver a una pareja coger, ver como el hombre se coge a su esposa en varias posiciones, después que se la cogió su marido, mamarle yo su “rica y sabrosa panocha en su jugo”, lamer chupar, mamar, el clítoris, saborear sus jugos vaginales, hacerla feliz, mamarle el clítoris y toda su sabrosa panocha húmeda, después que se la cogieron.

    También que el hombre vea y disfrute cómo yo le mamo la panocha mojada, húmeda en su jugo, a su esposa, después que él, se la cogió.

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  • Placeres prohibidos. Secreto familiar (3)

    Placeres prohibidos. Secreto familiar (3)

    Diego, perdido en la visión de su prima, deslizó sus manos hacia los senos de Atziry, apretándolos con firmeza, sus dedos pellizcaban los pezones erectos, arrancándole gemidos más agudos. Luego, su mano derecha descendió, encontrando el clítoris hinchado de Atziry, masajeándolo con círculos rápidos que la hicieron arquearse contra el lavabo.

    Con la mano izquierda, agarró su cabello, jalando su cabeza hacia atrás con una mezcla de dominio y ternura. Atziry, en el espejo, veía cómo sus músculos se tensaban, sus senos rebotaban con cada embestida, la imagen de Diego tomándola con tal intensidad haciéndola temblar. —Primo, me estás volviendo loca —gimió, su voz estaba rota mientras su vagina se contraía alrededor de él, el placer crecía hasta un punto insoportable.

    El baño, ahora estaba impregnado del sonido de sus cuerpos chocando y el aroma crudo de su pasión, era un escenario donde Atziry se entregaba por completo, gozando cada segundo de la verga de su primo, cada caricia en su clítoris, cada jalón en su cabello. El espejo reflejaba su unión, un cuadro de lujuria que los consumía.

    Pero de pronto, el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose rompió el hechizo. —¡Ya llegué! —gritó Elizabeth, su voz resonó en el departamento, haciendo que Diego y Atziry se congelaran, sus respiraciones agitadas quedaban atrapadas en sus gargantas.

    El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el eco de las zapatillas de Elizabeth contra el suelo de madera. Atziry, con los ojos abiertos por el pánico, apretó los muslos alrededor de Diego, su vagina aun palpitaba alrededor de su verga. Él, con el corazón acelerado, la sostuvo firme, sus manos estaban en sus nalgas bronceadas, tratando de mantener la calma. Elizabeth, al no recibir respuesta, frunció el ceño, notando el televisor encendido en el salón, su pantalla parpadeaba con una serie olvidada. —¡Atziry! ¡Diego! ¿Dónde están? —volvió a gritar, cerrando la puerta principal con un golpe seco. La falta de respuesta la inquietó, sus pasos resonaban mientras recorría el departamento, buscando pistas.

    Un gemido suave, apenas audible, escapó de Atziry antes de que pudiera contenerlo, y Elizabeth se detuvo en seco, con sus sentidos agudizándose. Creyendo que los sonidos venían del televisor, se acercó y lo apagó con un clic, esperando que los ruidos cesaran. Pero el silencio que siguió fue aún más sospechoso, y sus ojos se dirigieron a la rendija de luz que se filtraba por debajo de la puerta del baño. Su corazón dio un vuelco, una mezcla de curiosidad y aprensión creciendo en su pecho. Con pasos lentos, sus zapatillas resonaban en el suelo, se acercó a la puerta, el aire estaba cargado con el aroma de un deseo que aún no identificaba. Tocó suavemente, su voz firme pero teñida de incertidumbre. —Atziry, Diego, ¿quién está usando el baño?

    Elizabeth, con el corazón latiendo rápido por la incertidumbre, tocó la puerta del baño una segunda vez, su voz resonaba con un tono más firme. —¿Quién está usando el baño? —preguntó, sus dedos tamborileaban nerviosamente contra la madera. Dentro, Atziry y Diego, atrapados en su frenesí sexual, se miraron con los ojos abiertos, el pánico se mezcló con el deseo que aún los consumía. Diego, con su verga aún dura y alojada en la vagina húmeda de Atziry, la sostuvo por las caderas, sus manos fuertes la mantenían en su lugar.

    Con una sincronía desesperada, caminaron juntos hacia la puerta, sus cuerpos entrelazados, los muslos bronceados de Atziry temblaban mientras intentaban mantener el equilibrio. La puerta se abrió lentamente, apenas una rendija, dejando escapar un leve pero inconfundible aroma a sexo que flotó en el aire. Elizabeth, frunciendo el ceño, lo percibió, pero no pudo identificarlo, su mente aun buscaba una explicación lógica.

    Atziry, con el cabello desordenado cayendo sobre su rostro, asomó la cabeza por la abertura, asegurándose de que la puerta no se abriera por completo. Detrás de ella, Diego permanecía oculto, con su torso desnudo pegado a su espalda, su verga aún dentro de su vagina palpitaba con cada movimiento. El riesgo de ser descubiertos hacía que su piel se erizara, pero también intensificaba el calor entre sus piernas. —¿Qué pasa, mamá? —dijo Atziry, su voz temblaba ligeramente, intentando sonar casual mientras su cuerpo traicionaba su excitación—. Me voy a bañar. —Elizabeth, parada en el umbral, arrugó la nariz. —¿A qué huele? —preguntó, su tono estaba cargado de sospecha mientras sus ojos escudriñaban el rostro de su hija.

    Atziry, con el corazón acelerado, respondió con rapidez, forzando una sonrisa. —Tuve un pequeño accidente con mi regla, por eso me voy a bañar —mintió, su voz se quebraba apenas mientras sentía el calor de Diego detrás de ella. Pero en ese momento, su primo, incapaz de contenerse, comenzó a mover sus caderas lentamente, metiendo y sacando su verga con un ritmo torturante. Atziry abrió los ojos de golpe, un gemido quedo atrapado en su garganta mientras su vagina se contraía alrededor de él, el placer se mezclaba con el pánico. Sus manos se aferraron al borde de la puerta, sus nudillos se blanqueaban mientras intentaba mantener la compostura, su rostro ruborizado traicionaba la intensidad de lo que sentía.

    Elizabeth, ajena a la verdad, frunció el ceño, pero no insistió, su atención aún estaba atrapada por el aroma extraño y la actitud nerviosa de su hija. Diego, escondido tras la puerta, apretó las nalgas de Atziry con una mano, su otra mano se deslizaba por su cintura, sintiendo la piel bronceada temblar bajo su toque. Cada movimiento de su verga era una provocación, un desafío silencioso que hacía que Atziry mordiera su labio inferior para no gemir.

    —¿Qué pasa, hija? —preguntó Elizabeth, su tono mezclaba preocupación y sospecha mientras observaba los ojos de Atziry, que brillaban con una intensidad inusual. Su hija, con el cuerpo estremeciéndose por las embestidas lentas pero implacables de Diego, quien permanecía oculto tras la puerta, respondió con la voz entrecortada, pequeños gemidos escapaban de sus labios. —Es… un cólico, mamá —mintió, su respiración estaba agitada mientras la verga de su primo se deslizaba dentro de su vagina, cada movimiento enviaba oleadas de placer que amenazaban con delatarla.

    Elizabeth, aún extrañada, ladeó la cabeza. Había escuchado esos leves gemidos, un sonido que no encajaba del todo con un simple cólico. —¿Y Diego ya regresó? —preguntó, su mirada escudriñaba el rostro de su hija. Atziry, con el corazón latiendo desbocado, sintió cómo Diego, detrás de ella, ajustaba su agarre en sus caderas bronceadas, su miembro palpitaba dentro de su vagina húmeda.

    —Sí, mamá… pero salió a correr, dijo que volvería más tarde —respondió, mordiendo su labio inferior para reprimir un gemido más fuerte, su cuerpo la traicionaba mientras el placer la consumía. Elizabeth, más tranquila pero aún con un dejo de duda, asintió. —Está bien, hija, te dejo bañarte. Estoy cansada, voy a dormir un poco. Por favor, despiértenme cuando Diego regrese para que cenemos los tres juntos —dijo, mientras se giraba, sus zapatillas resonaban en el suelo de madera.

    Atziry, con el rostro contorsionado por el esfuerzo de mantener la compostura, asintió rápidamente con la cabeza y cerró la puerta de un golpe, el sonido resonó como un alivio momentáneo. Esperó, conteniendo la respiración, hasta que escuchó el clic de la puerta de la habitación de Elizabeth al cerrarse.

    En ese instante, Diego, libre del riesgo inmediato, soltó un gruñido bajo y comenzó a penetrarla con una intensidad renovada. Sus embestidas, ahora eran más rápidas y profundas, hacían que las nalgas de Atziry chocaran contra su pelvis, el sonido carnoso llenaba el baño. Ella, recargada contra la puerta, dejó escapar gemidos más audibles, su vagina se apretaba alrededor de la verga de Diego, empapándola con sus jugos. Sus senos, libres y rebotando con cada movimiento, rozaban la madera fría, sus pezones erectos amplificaban su placer.

    —Primita, están tan apretada —susurró Diego, sus manos se deslizaban por su cintura, una aferrando su cadera y la otra subiendo para apretar un seno, pellizcando el pezón rosado con dedos expertos.

    Entre jadeos, Atziry, con la voz entrecortada, lo miró por encima del hombro, con una mezcla de reproche y lujuria. —¿Por qué hiciste eso, Diego? —gimió, su respiración era agitada mientras sus senos rebotaban con cada movimiento—. ¡Pudo habernos descubierto mi mamá! —El riesgo de ser atrapados por Elizabeth, aún fresco en su mente, hacía que su corazón latiera con fuerza, pero también avivaba el fuego entre sus piernas.

    Diego, con una sonrisa traviesa curvó sus labios, ralentizó sus embestidas, dejando que su verga se deslizara lentamente dentro de ella, torturándola con el roce. —Quería ver qué hacías, primita —respondió, su voz era grave cargada de picardía, mientras sus manos apretaban las caderas de Atziry, sintiendo la suavidad de su piel —. Me pareció jodidamente excitante cogerte mientras hablabas con tu mamá. Además, tu vagina tan estrecha estaba apretando mi verga, y no podía parar de querer cogerte más. —Sus palabras, crudas y provocadoras, hicieron que Atziry soltara un gemido más profundo, su cuerpo la traicionaba mientras el placer la dominaba.

    Sabiendo que Elizabeth se dormía rápido y tenía un sueño profundo, Atziry dejó de lado cualquier rastro de preocupación, su deseo superaba el miedo. Con la voz temblando de excitación, miró a Diego, sus labios entreabiertos dejaban escapar un suspiro. —Quiero que lo hagamos en el inodoro, primo… siéntate y déjame montarte —susurró, su tono estaba cargado de una urgencia que hizo que el miembro de Diego palpitara aún más. Él, sin dudarlo, se apartó de ella, dejando que su verga saliera con un sonido húmedo, brillante por los jugos de Atziry. Se sentó en el inodoro cerrado, su torso desnudo relucía con una fina capa de sudor, su verga erguida era una invitación.

    Atziry, sin perder un segundo, comenzó a montarlo dándole la espalda, sus nalgas subían y bajaban con un ritmo que hacía que la piel de Diego se erizara. Él, hipnotizado, observaba cómo las nalgas de su prima se movían, redondas y firmes, chocando con sus muslos con un sonido carnoso que resonaba en el espacio reducido. Los muslos de Atziry, brillantes por los jugos que escapaban de su vagina, relucían bajo la luz tenue, cada movimiento intensificaba el placer que los consumía.

    Atziry, con los ojos entrecerrados y la respiración agitada, tomó las manos de Diego, guiándolas con una urgencia desesperada. Llevó el dedo índice de su mano derecha a su boca, chupándolo lentamente, su lengua danzaba alrededor de él mientras gemía, el sonido vibraba contra la piel de Diego. Luego, colocó las manos de su primo sobre sus senos, sus pezones ahora estaban bajo sus palmas, invitándolo a apretarlos.

    Diego, con un gruñido bajo, obedeció, sus dedos hundidos en la carne suave, pellizcando los pezones con una mezcla de ternura y ferocidad. Atziry, impulsada por el contacto, intensificó sus sentones, su vagina se apretaba alrededor de la verga de Diego, cada movimiento enviaba oleadas de placer que la hacían jadear. —Primo, me estás volviendo loca —gimió, su voz temblaba, al borde del colapso.

    La sensación de la verga de Diego, gruesa y pulsante, llenándola por completo, era abrumadora. Después de unos minutos de movimientos frenéticos, Atziry alcanzó un orgasmo devastador. Su cuerpo convulsionó, un grito agudo escapó de sus labios, seguido de gemidos y jadeos mientras sus ojos rodaban hacia atrás, perdidos en un éxtasis cegador. Su vagina, empapada, liberó un torrente de jugos que se deslizaron por los muslos de Diego, empapando el inodoro. Pero Atziry no se detuvo, sus nalgas seguían subiendo y bajando, prolongando el placer mientras su cuerpo temblaba. Cuando recuperó el control, con la respiración aún entrecortada, sacó la verga de Diego de su interior, el sonido húmedo resonaba en el baño.

    Sin pausa, se giró para quedar frente a él, con un deseo insaciable. Posó sus pies sobre los muslos de Diego, poniéndose en cuclillas con una gracia felina, y volvió a guiar su verga hacia su vagina, metiéndosela lentamente mientras lo abrazaba por la cabeza, atrayéndolo hacia su pecho. Sus senos, firmes y rebotando, quedaron a la altura de la cara de Diego, los pezones rosados rozaban sus labios, invitándolo a devorarlos. Él, perdido en la visión, lamió uno con avidez, succionándolo mientras sus manos se aferraban a las caderas de Atziry, guiándola en un nuevo ritmo.

    Diego, con las manos firmes en las nalgas de su prima, la sostenía en cuclillas mientras su verga se hundía profundamente en su vagina empapada. Sus dedos, que exploraban con audacia, se deslizaron hacia su ano, introduciendo ligeramente un dedo en la estrechez cálida, arrancándole a Atziry un gemido agudo que reverberó contra las paredes. Su boca, hambrienta, se aferró a los senos de su prima, lamiendo los pezones rosados con una voracidad que lo hacía gruñir. Los chupaba con deleite, atascándose en la carne suave, saboreando la piel bronceada mientras sus caderas empujaban hacia arriba, intensificando la penetración que los unía en un frenesí de lujuria.

    Después de minutos de esta danza carnal, Diego, con un movimiento suave pero decidido, ayudó a Atziry a bajar sus piernas, guiándola para que se sentara frente a él en el inodoro, sus muslos abiertos lo rodeaban. Ahora, cara a cara, Atziry comenzó a darse sentones más salvajes, sus nalgas rebotaban contra los muslos de Diego con un ritmo que hacía temblar el aire. Sus senos, libres se balanceaban, rozando el pecho de su primo, sus pezones endurecidos dejaban un rastro de calor. Se besaron apasionadamente, mientras el baño se llenaba del sonido de sus gemidos y el roce húmedo de sus cuerpos. Atziry, perdida en el placer, sentía la verga de Diego llenarla por completo, cada sentón enviaba descargas de éxtasis que la hacían arquearse.

    —Prima, ya voy a terminar —gruñó Diego, su voz estaba rota por la urgencia, sus manos se apretaron las caderas de Atziry con una fuerza que marcaba su piel. Ella, sin detenerse, lo besó con más intensidad, sus labios se pegaron a los de él mientras susurraba contra su boca. —Quiero sentir tus mecos dentro, primo —jadeó, su voz temblaba de deseo. Diego, incapaz de contenerse, apretó sus caderas con más fuerza, sus embestidas se volvieron erráticas mientras liberaba chorros calientes de semen en el interior de su vagina. Atziry, sintiendo el calor de su clímax, convulsionó en un orgasmo propio, sus jugos se mezclaban con el semen de Diego, un torrente que escapaba de su vagina y goteaba por sus muslos, empapando los testículos de su primo.

    Cuando los espasmos cesaron, Atziry permaneció sentada sobre él, su respiración era pesada mientras sentía el semen de Diego escurrir lentamente de su interior, un calor líquido que se deslizaba y se mezclaba con sus propios fluidos. Diego, con los ojos entrecerrados, sentía sus testículos húmedos, cubiertos por la mezcla de sus orgasmos, una sensación que lo hacía sonreír con satisfacción.

    Aún envueltos en el calor de su unión, intercambiaron besos lentos y ardientes, sus labios húmedos saboreaban el eco de su pasión. El baño, impregnado del aroma crudo de sus cuerpos sudados y sus fluidos mezclados, vibraba con la intensidad de lo que acababan de compartir. Atziry, con las piernas temblorosas y la vagina aún palpitante, se apoyó en el lavabo. Diego, con una sonrisa confiada, se agachó para subir su bóxer y pantalón, el tejido rozaba su verga sensible, aún cálida por el orgasmo. —Te dejo bañarte, primita —murmuró, su voz era profunda, cargada de una posesividad juguetona, mientras le lanzaba una mirada que prometía más. Cerró la puerta tras de sí, el sonido del cerrojo resonó en el pasillo silencioso.

    Apenas dio unos pasos hacia la cocina cuando la voz de Elizabeth lo detuvo como un latigazo. —¿Qué hacías con mi hija en el baño? —preguntó, su tono era cortante, tenía los brazos cruzados bajo sus senos prominentes, que se alzaban bajo la blusa ajustada. Su falda lápiz, aún puesta desde el trabajo, abrazaba sus caderas, delineando las curvas que Diego conocía tan bien. Sus ojos miel lo perforaban, una mezcla de sospecha y algo más profundo, casi animal. Diego, paralizado por un instante, sintió el peso de su mirada, pero la confianza que ahora lo llenaba lo impulsó hacia adelante.

    Con pasos lentos y deliberados, se acercó a ella en la cocina, el aire estaba cargado con una tensión que hacía vibrar su piel.

    Sin decir una palabra, tomó el rostro de Elizabeth entre sus manos, sus dedos fuertes pero suaves rozaban su piel blanca, y la besó con una pasión abrasadora. Sus labios se fundieron en los de ella, su lengua exploraba su boca con una urgencia que la hizo jadear. Al separarse, con sus rostros a centímetros, Diego habló, su voz era baja pero cargada de desafío. —Le quité su virginidad, tía. La convertí en mi mujer —declaró, sus ojos se clavaron en los de ella.

    Antes de que pudiera responder, deslizó una mano bajo su falda, sus dedos encontrando las nalgas firmes de Elizabeth, apretándolas con posesión mientras la volvía a besar, sus labios la devoraron con un hambre que no ocultaba. —¿Tienes problema con eso? —preguntó, su tono era provocador, mientras sus dedos se hundían en la carne suave, sintiendo el calor de su piel a través de la tela.

    Elizabeth, con la respiración agitada, lo miró con una mezcla de sorpresa y deseo. En lugar de retroceder, se inclinó hacia él, besándolo con una intensidad que igualaba la suya, sus lenguas entrelazándose en un duelo febril. Al separarse, sus labios brillaban, y su voz salió en un susurro ronco. —No, sobrino… somos tus mujeres —admitió, con una rendición que lo encendió aún más. Diego, con una sonrisa triunfal, apretó su agarre en sus nalgas antes de soltarla. —Entonces no le reclames nada a Atziry —dijo, con tono firme, cargado de autoridad—. Y no le digas que tú y yo también cogemos. Esto queda entre nosotros. —Sus palabras eran una orden, sellada con una mirada que no admitía réplica.

    Sin esperar respuesta, Diego se giró y se dirigió al estudio, dejando a Elizabeth sola en la cocina, su cuerpo aun vibraba por el beso y el toque de su sobrino. El aroma a sexo y el calor de sus manos permanecían en su piel, mientras su mente giraba ante la confesión. Diego, al cerrar la puerta del estudio, sintió una oleada de poder recorrerlo. Sabía que ahora era el amo de ambas, su tía y su prima, unidas a él por un deseo prohibido que lo convertía en el centro de sus mundos.

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  • De amiga a esclava (1): La entrega

    De amiga a esclava (1): La entrega

    La cita era a las cinco de la tarde. Yo llegué primero a la habitación del hotel. Tenía que preparar todo para su llegada. Descargué mi maleta y decidí darme una ducha caliente para relajar mis músculos. Luego, me puse algo ligero y dejé encendida solo la lámpara de la esquina: quería sombras, no claridad.

    La noche era fría, por lo que el vapor que salía del baño sirvió como calentador para la habitación. Saqué mi celular y puse música, esa lista que habíamos creado a lo largo de los años, sin saber que después la usaríamos para otros fines mucho más intensos. De mi maleta saqué cada objeto con cuidado, los limpié y los dejé sobre la cama. No era un juego improvisado, era el inicio de algo que ambos habíamos deseado en silencio durante años.

    El reloj parecía burlarse de mí, avanzando con una lentitud cruel. Cada minuto me llenaba de ansiedad: una mezcla de excitación y la duda de si quizá ella se habría arrepentido de aceptar aquel mensaje. En mi cabeza repasaba nuestras últimas conversaciones; excitantes, intensas, todas cargadas de expectativa y lujuria.

    Pasaron diez minutos eternos antes de que sonaran unos golpes en la puerta. Una sonrisa se dibujó en mis labios. Lentamente caminé hacia ella y, antes de abrir, me apliqué un poco del perfume que sabía despertaba sus instintos más salvajes.

    Abrí. Laura estaba ahí. Se mordía el labio inferior, como si no supiera si avanzar o quedarse pegada al marco. Llevaba el vestido rojo que yo mismo le pedí y que ella sabía cuánto me excitaba. Su cabello castaño, recogido en una cola alta, dejaba su rostro aún más expuesto: mejillas encendidas, mirada nerviosa, labios humedecidos por su lengua. Su cuerpo entero temblaba de anticipación.

    No dije nada, estaba hipnotizado por su belleza. Sé que no fueron más de dos segundos, pero me parecieron horas de contacto visual: esa incertidumbre llena de dudas y calor. Finalmente, la tomé de la cintura y la besé. No fue un beso de bienvenida: fue un reclamo atrasado, un grito silenciado que los dos guardábamos desde hacía demasiado tiempo. Ella respondió con fuerza, su lengua buscando la mía con desesperación. Mi mano se deslizó bajo su vestido, encontrando su tanga empapada. La aparté con mis dedos y la penetré suavemente, arrancándole un gemido ahogado, demasiado fuerte para pasar desapercibido en el pasillo.

    —Joel… —susurró, suplicando entrar.

    En lugar de dejarla pasar, levanté su vestido, dejando al aire su trasero perfecto, redondo y firme. Le di una nalgada sonora que la hizo soltar un jadeo entre sorpresa y placer. Solo entonces la empujé dentro.

    Cerré la puerta. Ella se giró hacia la cama, donde todo estaba dispuesto.

    —Joel… ¿qué es todo esto? —preguntó con voz entrecortada.

    La abracé por la espalda, besando su cuello con suavidad.

    —Te lo mostraré… uno por uno.

    Tomé la primera pieza y la puse en sus manos.

    —Esto es un látigo martinete… sentirás su rastro caliente en tu piel cada vez que lo use.

    Pasé las correas por su brazo desnudo, erizando su piel.

    —¿Y… dolerá? —preguntó en un murmullo, con los ojos brillantes de temor y expectación.

    Sonreí de lado, bajando la voz:

    —Solo lo suficiente para encenderte más.

    Luego, el segundo objeto.

    —Este es un plug anal, con su gel… no habrá resistencia cuando decida que es el momento de que lo sientas dentro.

    Lo acerqué a su rostro; ella lo observó. Un temblor recorrió todo su cuerpo. Había miedo, pero también un deseo evidente. Mordió su labio inferior y asintió apenas, como si quisiera convencerse a sí misma.

    Después, las esposas. El metal frío brillaba bajo la luz tenue.

    —Y estas… estas serán las que usaremos para someterte. Quiero que sientas cómo es entregarte sin reservas.

    Ella tragó saliva. Yo continué, sin apartar la mirada de sus ojos color miel.

    —Este vibrador… lo usarás cuando yo te lo ordene. Quiero verte rogar por terminar y no dejarte hasta que yo lo decida.

    Y finalmente, el último objeto. Lo sostuve entre mis manos, abriendo despacio el broche.

    —Como lo acordamos… el collar de sumisión. Mientras lo lleves, obedecerás todo lo que diga, sin cuestionar, sin negarte. Cuando te lo quite, volveremos a ser los de siempre.

    Laura lo miró en silencio. Tomó aire, cerró los ojos, midiendo las consecuencias de esa decisión. El pulso en su garganta se notaba con fuerza; la habitación quedó en silencio, como si el ruido de la calle nocturna hubiera desaparecido. Al abrirlos, sus ojos brillaban con algo nuevo: mezcla de miedo, entrega y una curiosidad que la empujaba hacia adelante.

    —Confío en ti, Joel… acepto —me dijo con voz suave, temblando.

    La vi colocarse el collar con manos nerviosas. Me puse a su espalda y cerré el broche, marcando así nuestro rito de inicio. La giré hacia mí y devoré su boca como si me fuera la vida en ello. Ella respondió con la misma intensidad. Su mano bajó sin dudar a mi entrepierna, acariciando mi erección a través de la tela. Sabía que debajo de esa timidez aparente se escondía una mujer de fuego.

    La senté en la cama, mirándola fijamente.

    —Ahora… eres toda mía.

    Laura tragó saliva, moviéndose inquieta, con el pecho subiendo y bajando rápido. Sus labios apenas se abrieron para susurrar:

    —Hazme tuya, Joel.

    —No puedes tocarme hasta que yo lo indique —le dije mirándola a los ojos, antes de volver a besarla. Mientras lo hacía, le puse las esposas. Besé su cuello, mordí el lóbulo de su oreja izquierda y le susurré cuánto había esperado este momento, esa noche, esa habitación solo para los dos.

    Seguí mi camino por su cuerpo y me detuve en su pecho; incluso por encima del vestido sentí con mis dedos sus pezones ya duros, deseando ser devorados. Pero continué, bajando por su abdomen hasta llegar a lo que más anhelaba. Separé sus piernas y pasé mis dedos lentamente por su tanga negra, que ya estaba empapada.

    Muy despacio fui quitando su ropa interior, sin dejar de observar su rostro agitado. Pasé mi lengua desde su vagina hasta su clítoris y soltó un jadeo. No tenía prisa: quería que disfrutara cada sensación. Seguí trabajando con mi lengua, despacio, constante. Después, añadí un dedo a la caricia; sus jadeos crecieron en número y volumen. Minutos más tarde, ya eran tres dedos los que se movían dentro de ella, mientras mi lengua no se detenía. Uno, dos, tres orgasmos consecutivos me regaló al estimular su punto G.

    Sus gemidos suaves se convirtieron en gritos desesperados de placer. Esa timidez de la puerta había quedado atrás.

    —Te quiero dentro de mí, ya —me suplicó entre jadeos.

    Pero no era suficiente. Quería llevarla al límite. La giré y la puse en cuatro. Sus fluidos bajaban por sus muslos y sin demora los recogí con mis dedos para dárselos a probar. Lamió con ganas, mirándome con total entrega. Me levanté y tomé el plug.

    —Quiero que te relajes y respires profundamente— dije mientras con mis dedos tomaba un poco de gel y lo pasaba por su ano. Dio un pequeño salto y me miró con miedo. Con mi mirada le indiqué que estaría bien y me la devolvió con total confianza. Introduje un dedo suavemente hasta que se acostumbrara, giro su cabeza y me dijo que continuara, metí otro dedo y empecé a moverlos. Luego, los saqué y sin titubeos introduje el plug. Un grito de dolor y dicha llenó la habitación, el cual cambie por intensos orgasmos al meter mi boca en su vagina.

    Continuará…

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  • Daila y la súcubo

    Daila y la súcubo

    Daila conocía de misterios, esoterismo y hechicería, no era recurrente en ello, pero digamos que le interesaba mucho. Daila, una chica de cabello corto y oscuro, piel clara, ojos púrpura, algo robusta, pero sin rozar la gordura. Vive en un apartamento en alguna parte de Perú, sola y feliz. Actualmente trabaja en un Tambo, cinco días a la semana, de ocho a doce. Le dan 20 soles a la hora, 80 soles diarios y en una semana, 400 soles.

    Era feliz con su sueldo, no había mucho que necesitase: comida, ropa, objetos de limpieza. La mayoría se lo provee su madre, que vive en el primer piso del edificio. Desde los 18 años vive en el segundo piso, solo para ella. Se podría decir que es como un megacuarto donde puede masturbarse cuando puede pensando en su antigua compañera de instituto…

    Esa era Marilyn, rubia, voluptuosa, labios rojos, ojos celestes y blanca. Ella fue la protagonista de sus más retorcidas fantasías: no había un solo día en que no incluya a Marilyn dentro de sus fetiches. Hace tiempo se compró un dildo que usaba, ahora no tanto. Porno sí veía, pero solo se acariciaba, más nunca se penetraba debido a la falta de excitación, ya nada le complacía.

    Ahora, 7 de septiembre, estaba terminando su turno y había salido hacia una librería para conseguir la última adquisición de su autor favorito.

    Al pasar por un parque cerca al óvalo Miraflores, a la distancia, la perfecta y sexualmente atractiva Marilyn estaba paseando agarrada de un tipo con gorra que le causó mucha rabia.

    -Maldito.

    Deseó que se tropezara, que lo atropellara un coche. Cruzó la calle, entró a la librería y a punto de pagar en la caja… el grito de una chica la estremeció. Muchos salieron o vieron por las ventanas para sapear. Al parecer un coche había atropellado a un joven. Daila se acercó y notó algo: Marilyn estaba gritando y llorando, tiraba de su compañero y pedía ayuda.

    Lo primero en lo que pensó Daila es en ir a casa, no estaba muy lejos, solo unas cuadras. Una vez obtuvo su libro, salió corriendo de allí. En minutos llegó a su departamento y se ocultó en su cuarto.

    Horas después, convencida en que todo fue una coincidencia, hojeó un libro que anteriormente había leído: era sobre criaturas míticas, en una parte hablaban de las súcubos, ya sabes, demonios femeninos que seducen a los hombres y tienen sexo con ellos.

    Daila había visto videos acerca del tema y desde hace años se pregunta…

    “¿Qué pasaría si una súcubo tuviera sexo con una mujer?”

    “¿Quieres averiguarlo?”

    Preguntó una voz dulce detrás de ella. Al momento de girarse, sobre su cama, flotando, había una voluptuosa mujer vestida con un top y una minifalda negra, llevaba una especie de bincha que le adornaba el cabello lacio azabache que terminaba en un perfecto flequillo que cubría su frente. Su piel era blanca, bien pálida, labios rojos, metro ochenta y de pechos y muslos seductores. Sus ojos eran rasgados y rojos carmesí.

    -Wow, holii.

    Su voz era dulce, como el de una adolescente. Daila estaba con los ojos bien abiertos, pero no era por la anormalidad del ser, sino por sus senos exageradamente grandes.

    -¿Qué…?

    -Lo siento ¿te asusté? Años esperando y ahora estoy aquí.

    La chica se veía ansiosa. A Daila le daba vueltas en la cabeza: así que esto es una súcubo.

    -¿Qué esperas?

    La súcubo flota hacia Daila, quién confundida, se aparta cayéndose de la cama.

    -Huy ¿estás bien?

    -¿Qué quieres?

    -¿De qué hablas? Tú me llamaste.

    -¡¿Qué?!

    Estaba sorprendida, tanto que no podía levantarse. La súcubo le dice que se relaje y de su boca, suelta una bocanada de aliento con un olor dulce, casi como chocolate. Daila comenzó a sentir el calor en su cuerpo, además de un cosquilleo. Aquel dulce aroma le calentaba, tanto que sin percatarse, ya se había quitado su abrigo y su polo oscuro. También se quitaba los shorts y comenzó a autocomplacerse. Con una mano jugueteaba con sus pezones y con la otra se acariciaba el clítoris.

    -Vaya, vaya, estas muy caliente.

    La súcubo se acerca, se quita el top junto con la minifalda, dejando libre sus pechos voluminosos y su cola, pero al mismo tiempo, Daila nota entre quejidos que la súcubo tenía una enorme polla.

    -Vaya, no lo resiste.

    -¿Qué es…?

    -Tranquila, no va a doler, a veces me crece. Tú te preguntabas lo que pasaba si una súcubo seduce a una chica, pues aquí tienes tu respuesta.

    La sujetó de las mejillas y le dio un apasionado beso. Le metió la lengua que se paseó por su boca hasta la garganta. “Mierda, qué es esto, sabe rico, como a chocolate” la lengua de la súcubo no dejó de moverse hasta que la sacó dejando un hilo de saliva.

    Su mano instintivamente estaba acariciando su clítoris.

    -¿Quieres sentirte bien?

    Daila asiente, así que la súcubo se pone encima de la chica y acaricia la punta de su pene contra la entrada de la chica. Lo metió suavemente hasta que…

    -Aaaaah

    Su coño apretaba firmemente el pene de la súcubo, quién movía las caderas hacia dentro y hacia fuera, penetrando su entrada una y otra vez.

    -Ayyy, voy a…

    La súcubo no pudo terminar y se corrió abundantemente dentro de Daila. La misa echó un fuerte gemido ensordecedor. La súcubo saca su pene del coño de Daila y luego se gira, quedan en una posición de 69.

    -Es tu turno, compláceme y yo a ti.

    Daila no lo pensó dos veces y chupó la punta del pene y se lo introdujo en la boca, mientras la súcubo lamía con su larga lengua hasta llegar al fondo. En un punto la súcubo permitió que Daila le chuñara las tetas, de las que salía un líquido muy dulce, casi como la miel.

    -Hay… así cariño… sigue así.

    La súcubo le acariciaba una nalga y a veces se la palmoteaba. Daila no dejó de chupar, se sentía delicioso.

    -Hay…

    La súcubo volvió a correrse, Daila besa los pechos de la súcubo, se ocultó allí mientras la súcubo le pelliscaba los pezones. La besó de nuevo, jugueteando con sus lenguas. La súcubo la masturbó y Daila a ella, corriéndose al mismo tiempo.

    Pasaron así varios minutos, corriéndose en la cara de la otra y todo terminó como empezó: con la súcubo encima de una atontada Daila, penetrándola de nuevo a la vez que la besaba.

    “Que rico, quiero estar así por siempre. A la mierda Marilyn, a la mierda todo, esta súcubo es mi mascota ahora”.

    Pero al momento de correrse y dejar de besarse, como la súcubo podía leer su mente, le dice…

    -No te confundas tesoro.

    Le dice acariciando su suave mejilla para después sujetar su cuello, primero con gentileza, luego aprieta fuerte, provocándole un dolor a Daila.

    -Tú eres mi mascota ahora, haré contigo lo que yo quiera. Puede que después te penetre tanto que ya no podrá caminar ni en silla de ruedas.

    Y acercando su cuerpo al de ella, Daila sintió miedo y el pene erecto de la súcubo.

    -Oye… mi vagina…

    -Shhh shhh shhh, no hables cariño.

    La besa y luego le lame las mejillas, luego el cuello y sus labios.

    -Estas muy irritada y cansada, pero mi pene quiere más, no nos iremos de aquí hasta que esté satisfecha y créeme, no será pronto.

    Introduciendo de nuevo su pene en la vagina de Daila, apretó su cuello mientras empujaba en su interior. “No, ya no más, me duele todo, me tiemblan las piernas…” por aquellos pensamientos, la súcubo la bofetea mientras se corre.

    -Tienes un gran don para hacer tus deseos realidad, así me convocaste, así mataste al novio de Marilyn. Pero bajo mi control tu poder es inútil.

    La besa de nuevo con pasión obstruyendo su lengua en la garganta de Daila, quién tenía la mente en blanco.

    Horas después.

    A las siete de la noche, Daila intentaba ir a la ducha para después bajar y cenar. Las piernas le temblaban y no podía pensar cuerdamente. Entonces…

    -¡Ay!

    Sintió una mano en su nalga derecha. La súcubo estaba detrás, abrazándola y le susurra con voz coqueta.

    -Nos vemos mañana cariño.

    Y le lame la oreja y antes de apartarse le recuerda.

    -Tu ahora eres mía.

    Y vuelve a besarla, comenzando de nuevo un ciclo de sexo sin fin, todo gracias a la excitación.

    Fin

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