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  • Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (3)

    Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (3)

    Elizabeth despertó, su respiración era agitada, el calor entre sus piernas era un recordatorio vívido de la intensidad de su fantasía, y en la penumbra de su habitación, un placer intenso y prohibido recorría su cuerpo como una corriente eléctrica. La sensación era abrumadora: sentía un roce profundo, una penetración rítmica que la llenaba, haciendo que su piel ardiera y su respiración se volviera entrecortada.

    La tanga de encaje negro, desplazada a un lado, rozaba su piel sensible, y la sábana apenas cubría sus piernas, dejando su cuerpo expuesto al calor de la noche. Lejos de sentir miedo o incomodidad, se rindió a la ola de éxtasis, su cuerpo se arqueó instintivamente para recibir cada embestida. En su mente, aún nublada por el sueño de la playa, creía que seguía atrapada en esa fantasía donde Diego la tomaba sin reservas, su cuerpo joven y fuerte reclamándola bajo el sol.

    Pero entonces, una voz grave y cargada de deseo atravesó la bruma de su consciencia. —Te he deseado desde hace años, tía —susurró Diego, su aliento cálido contra la nuca de ella, cada palabra vibraba con una pasión que la hizo estremecer—. No voy a parar, aunque tenga que hacerlo a escondidas, te voy a coger siempre. —Sus caderas se movían contra ella, su dura verga se deslizaba dentro de su vagina húmeda, cada embestida enviaba ondas de placer que la hacían gemir suavemente.

    Elizabeth abrió los ojos de golpe, la realidad la golpeó como un relámpago. No era un sueño. Diego estaba allí, su cuerpo firme presionando contra el suyo, una mano apretando su seno derecho con una mezcla de posesión y reverencia, sus dedos rozando el pezón endurecido que palpitaba bajo su toque. La sábana había caído al suelo, y la tanga, torcida a un lado, dejaba su cuerpo vulnerable, expuesto a la lujuria de su sobrino. Su corazón latía desbocado, atrapada entre el placer que la consumía y la conmoción de lo que estaba ocurriendo. Giró la cabeza ligeramente, sus ojos miel se encontraron con los de Diego, oscuros e intensos, brillando con un deseo que no intentaba ocultar.

    —¿Qué estás haciendo, sobrino? —preguntó, casi alarmada, cargada de una mezcla de reproche y rendición. Su mano alcanzó la de él, aun apretando su seno, pero no la apartó; en cambio, sus dedos se entrelazaron con los de Diego, un gesto que traicionaba el anhelo que la recorría. Su cuerpo, aun moviéndose al ritmo de las embestidas, parecía tener voluntad propia, sus caderas inclinándose hacia él, buscando más, incluso mientras su mente luchaba por comprender la línea que acababan de cruzar.

    El eco de la pregunta colgó en el aire como un relámpago, deteniendo el tiempo. Diego, con el corazón desbocado, se apartó de ella en un movimiento brusco, su cuerpo ahora estaba tenso por el pánico. Se puso de pie junto a la cama, la luz tenue de la lámpara delineaba los músculos de su torso desnudo, su erección prominente y venosa traicionaba el deseo que aún lo consumía. —Perdóname, tía, perdóname —balbuceó, su voz estaba quebrada por el miedo, sus ojos estaban abiertos de par en par mientras retrocedía un paso—. No era mi intención abusar de ti, yo… lo siento. —Sus manos temblaban, atrapadas entre la culpa y la lujuria que aún ardía en su interior.

    Elizabeth, tendida boca abajo sobre el colchón, sintió un torrente de emociones chocar en su pecho: la conmoción, la culpa, pero sobre todo un deseo ardiente que se negaba a apagarse. Sus ojos miel se posaron en la figura de Diego, deteniéndose en su erección, dura y expuesta, un testimonio de cuánto la deseaba. Su cuerpo, aun vibrando por las sensaciones que él había despertado, tomó el control.

    Con un movimiento rápido y decidido, se giró sobre la cama, quedando de espaldas, la piel blanca de su abdomen ahora resplandecía bajo la luz. Sus dedos, temblorosos pero seguros, encontraron el borde de la tanga de encaje negro y la deslizaron por sus muslos, dejándola caer al lado de ella. Abrió las piernas con una lentitud deliberada, exponiendo la humedad reluciente de su vagina, una invitación que no dejaba lugar a dudas.

    Con un gesto cargado de lujuria, Elizabeth tomó la tanga y la lanzó al rostro de Diego, la prenda rozó sus labios antes de caer al suelo. —Abusa de mí lo que quieras, sobrino —dijo, su voz era un ronroneo profundo, cargado de deseo, mientras sus dedos comenzaban a frotar su clítoris con movimientos lentos y circulares, enviando escalofríos por todo su cuerpo. Con su mano libre, levantó uno de sus senos prominentes hacia su boca, lamiendo el pezón endurecido con una lengua hambrienta, sus ojos estaban fijos en Diego, desafiándolo a ceder. Su cabello rubio se desparramaba sobre la almohada, y su cuerpo, arqueado ligeramente, era un espectáculo de pura provocación.

    Diego, paralizado por un instante, sintió cómo el pánico se desvanecía bajo el peso de su deseo. La visión de Elizabeth, abierta y entregada, frotándose con una sensualidad descarada, era más de lo que podía resistir. Su respiración se volvió pesada, un jadeo que llenaba la habitación mientras se acercaba de nuevo al colchón, sus ojos devoraban cada centímetro de su tía. —No tienes idea de cuánto te deseo —gruñó, su voz rota por la pasión mientras se posicionaba entre sus piernas, su erección rozando la entrada húmeda de Elizabeth, prometiendo una rendición total.

    Ella gimió suavemente, sus dedos aceleraban el ritmo sobre su clítoris, el placer creció como una marea que amenazaba con ahogarla. —Hazlo, sobrino… tómame —susurró, su lengua trazaba círculos alrededor de su pezón antes de morderlo ligeramente, su cuerpo temblaba de anticipación. La habitación se volvió un santuario de deseo, el aire estaba denso con el aroma de su excitación y el calor de sus cuerpos. Diego, incapaz de contenerse más, se inclinó hacia ella, listo para reclamarla, mientras Elizabeth se entregaba por completo a la lujuria que los consumía a ambos, cada roce, cada mirada, un paso más hacia un abismo del que ninguno quería escapar.

    Diego, arrodillado entre las piernas abiertas de Elizabeth, sintió que el mundo se reducía a la visión que tenía frente a él. La vagina de su tía, expuesta en toda su gloria, era un espectáculo que lo dejó sin aliento. Los labios vaginales, rosados y relucientes, brillaban con una humedad que parecía llamarlo, cada pliegue lo invitaba a explorarla.

    El abundante vello púbico rubio, perfectamente enmarcando su pelvis, añadía una textura salvaje que lo enardecía, un contraste sensual con la suavidad de su piel blanca. Diego acercó su rostro, su respiración era agitada mientras inhalaba profundamente el aroma embriagador de su excitación, un perfume dulce y almizclado que lo envolvía, encendiendo cada fibra de su ser. Sus manos, temblaban de deseo, se posaron en los muslos de Elizabeth, abriéndolos aún más, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.

    Elizabeth, recostada sobre el colchón, era un torbellino de lujuria. Su cuerpo, desnudo salvo por el sostén de encaje negro que colgaba suelto, se arqueaba ligeramente, sus senos prominentes subían y bajaban con cada respiración errática. Sus dedos, aún húmedos de tocarse, se aferraban a las sábanas, y sus ojos miel, nublados por el deseo, se clavaron en Diego. —Por favor, Diego… lámeme ya —suplicó, su voz era un gemido ronco, cargado de una urgencia que rayaba en la desesperación. Sus caderas se movieron instintivamente, empujándose hacia él, su clítoris hinchado rogaba por el contacto de su lengua. Ardía en deseo, cada segundo de espera era una tortura que hacía que su piel se erizara y su vagina palpitara, anhelando ser devorada.

    Diego, hipnotizado por la visión y el aroma, no pudo resistir más. Se inclinó hacia adelante, sus labios rozaron apenas los pliegues húmedos, arrancando un gemido profundo de Elizabeth. Su lengua salió lentamente, trazando un camino tentativo por los labios vaginales, saboreando la dulzura salada que lo envolvía. —tía, eres perfecta —murmuró contra su piel, su voz vibró contra su carne sensible, mientras sus manos apretaban los muslos de Elizabeth, manteniéndola abierta para él. Su lengua se volvió más audaz, lamiendo con movimientos largos y deliberados, explorando cada rincón, deteniéndose en su clítoris para succionarlo suavemente, haciendo que las caderas de Elizabeth se alzaran del colchón.

    —Sigue… no pares —jadeó ella, su mano libre se deslizaba por sus senos, apretándolos con fuerza mientras lamía sus pezones endurecidos, el placer se multiplicaba en oleadas que la hacían temblar. La lengua de su sobrino se movía con una precisión hambrienta, alternando entre caricias suaves y succiones intensas, saboreando la humedad que fluía de ella como un río. El vello púbico rubio rozaba su barbilla, añadiendo una textura que lo volvía loco, mientras sus dedos se aventuraban a explorar los bordes de su entrada, tentados a hundirse en su calor. Elizabeth gemía sin control, su cuerpo totalmente entregado al festín que Diego le ofrecía, cada lamida la llevaba más cerca de un clímax que amenazaba con consumirla.

    La piel blanca de Elizabeth relucía de sudor, y sus senos, ahora libres del sostén de encaje negro que había caído al suelo, se alzaban con cada respiración errática. Sus propios dedos apretaban un pezón endurecido, mientras su lengua trazaba círculos húmedos alrededor del otro, su cuerpo estaba arqueado en una danza de lujuria. Pero justo cuando sentía que el placer estaba a punto de estallar, Diego detuvo su lengua, dejando su vagina palpitante y húmeda, expuesta al aire fresco de la habitación.

    —¿Por qué te detienes? —preguntó Elizabeth, su voz era un gemido frustrado, sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y confusión mientras lo miraba desde el colchón. Su cabello rubio se desparramaba sobre las sábanas, y su mano seguía acariciando su seno, incapaz de detenerse. Diego, arrodillado entre sus piernas, sonrió con una chispa traviesa en sus ojos oscuros. —No quiero que termines todavía, tía —dijo, con voz profunda y cargada de intención—. Quiero que esto dure. —Se puso de pie sobre el colchón, su cuerpo atlético dominaba el espacio, con su erección dura y prominente frente a ella. Tomó su celular, activando la cámara con un movimiento rápido, el pequeño destello rojo indicando que el video había comenzado.

    —Quiero grabarte mientras me la chupas —declaró, su tono era una mezcla de mando y súplica, mientras enfocaba el lente en Elizabeth, capturando la forma en que sus dedos seguían jugando con sus senos, sus pezones rosados brillando bajo la luz tenue. Ella se detuvo, un destello de vergüenza cruzó su rostro. —No, Diego… no quiero que me grabes —protestó, con voz temblorosa, aunque sus manos no dejaron de acariciar su piel, traicionando el deseo que aún la consumía.

    —Solo será esta vez, te lo prometo —insistió él, su mirada estaba fija en ella, su erección palpitaba como un recordatorio de lo que ambos anhelaban. Elizabeth, atrapada entre la vergüenza y la lujuria, sintió un calor subir por su pecho. Con un suspiro resignado, pero con un brillo de excitación en los ojos, se puso de rodillas frente a él, la sábana caía completamente y dejaba su cuerpo desnudo expuesto. Sus manos alcanzaron la verga de Diego, sus dedos lo envolvieron con una mezcla de curiosidad y admiración. Era grueso, cálido, pulsante bajo su toque, y ella lo observó con una intensidad que hizo que su propia humedad se intensificara entre sus muslos.

    —Eres… increíble —murmuró, su voz era un susurro cargado de deseo mientras acercaba su rostro, sus labios rozaron la punta antes de abrirse para recibirlo. Su lengua se deslizó lentamente, saboreando la textura suave y salada, mientras sus manos acariciaban la base, moviéndose con una lentitud deliberada que hacía que Diego jadeara.

    Elizabeth, de rodillas, sentía el poder de su propia sensualidad, sus senos se balanceaban ligeramente mientras se inclinaba hacia adelante, lamiendo y succionando con una entrega que la sorprendía a sí misma. El celular seguía grabando, capturando cada movimiento, cada gemido bajo que escapaba de los labios de Diego, mientras Elizabeth se perdía en el acto, su cuerpo vibraba con un deseo que no podía negar, aun sabiendo que el video inmortalizaría su rendición.

    Diego, de pie sobre el colchón, sentía que el mundo se desvanecía ante la visión de Elizabeth arrodillada frente a él. Sus ojos, encendidos de lujuria, se clavaban en su tía. Y ella, completamente desnuda, con sus senos prominentes balanceándose con cada movimiento, devoraba su verga con una avidez que lo hacía temblar. Sus labios, húmedos y cálidos, se deslizaban por su erección, dejando un rastro de saliva que brillaba en la penumbra. La lengua de Elizabeth danzaba sobre él, explorando cada centímetro con una dedicación que lo llevaba al borde de la locura. Sus ojos brillaban con un deseo voraz, se alzaban para encontrarse con los de Diego, una conexión eléctrica que intensificaba cada sensación.

    —¿Qué tal lo hago, sobrino? —preguntó, su voz era un ronroneo seductor, deliberadamente alta para que el celular, aun grabando desde la mano de Diego, capturara cada palabra. Su boca seguía trabajando, succionando con una intensidad que hacía que las rodillas de Diego temblaran. Él, con la respiración entrecortada, apenas pudo responder, con voz ronca y cargada de placer. —Es la mejor chupada que me han dado en mi vida, tía —jadeó, sus palabras resonaron con una sinceridad que hizo que Elizabeth sonriera contra su piel, su lengua redobló sus esfuerzos.

    Con un movimiento lento y provocador, Elizabeth sacó la verga de su boca, dejando que descansara contra su mejilla, caliente y húmedo. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, masajeando los testículos de Diego con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de su deseo. Inclinó la cabeza, lamiendo con dedicación, su lengua trazó círculos lentos que arrancaban gemidos profundos de él. Luego, con una mirada traviesa, volvió a engullir su erección, esta vez empujándola hasta el fondo de su garganta.

    Las arcadas eran audibles, un sonido crudo y visceral que llenaba la habitación, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, no de dolor, sino de la intensidad de su entrega. Elizabeth estaba dando la mejor mamada de su vida, cada movimiento calculado para llevar a su sobrino al límite, su saliva goteaba por su barbilla mientras se perdía en el acto.

    Tras varios minutos de esa danza febril, Elizabeth se apartó, jadeando, su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas. Sus dedos seguían rozando sus propios senos, pellizcando sus pezones endurecidos, mientras miraba a Diego con una lujuria que ardía como fuego. —Quiero que me penetres el ano, sobrino —dijo, temblorosa de excitación, cada palabra cargada de un deseo que no podía contener—. Pero quiero que lo grabes también. —Se puso de rodillas, girándose para apoyarse en las manos, ofreciendo sus nalgas al aire, la tanga ya olvidada en el suelo. Su cuerpo, empapado de sudor y deseo, temblaba de anticipación, su vagina estaba reluciente de humedad y su ano rosado expuesto como una invitación prohibida.

    Diego, con el celular aún en la mano, sintió que su corazón iba a estallar. La visión de Elizabeth, abierta y entregada, era más de lo que jamás había soñado. Ajustó el ángulo de la cámara, asegurándose de capturar cada detalle de su cuerpo, mientras su otra mano rozaba la curva de sus nalgas, preparándose para cumplir su deseo. —Voy a darte todo, tía —susurró, su voz fue un gruñido de pura lujuria, mientras se posicionaba detrás de ella.

    Elizabeth, de rodillas sobre el colchón, abrió sus nalgas con ambas manos, sus dedos se hundieron en su carne suave y blanca, exponiendo su ano rosado al aire cálido de la habitación. Su piel brillaba con una fina capa de sudor, y sus senos prominentes colgaban libres, los pezones endurecidos rozaban las sábanas con cada movimiento.

    Diego, de pie detrás de ella, sintió que su respiración se detenía ante la visión. Sosteniendo su celular con una mano, la cámara capturando cada detalle, escupió en la entrada de aquel orificio estrecho, el líquido resbalaba sobre la piel sensible, preparando el camino. Su verga, gruesa y pulsante, se alzaba con una urgencia que apenas podía contener. Posicionó la punta contra el ano de su tía, empujando con una lentitud deliberada, sintiendo cómo los pliegues apretados lo envolvían, tragándolo centímetro a centímetro en un abrazo cálido y prohibido.

    Elizabeth dejó escapar un lamento suave, un gemido que se mezclaba con el placer y una pizca de dolor, sus caderas temblaban mientras se ajustaba a la intrusión. —No pares, sobrino… métemela toda —suplicó, su voz era un ronroneo cargado de lujuria, sus ojos estaban cerrados mientras se entregaba al momento. Sus dedos apretaban sus nalgas con más fuerza, manteniéndolas abiertas, invitándolo a profundizar.

    Diego, con un gruñido bajo, obedeció, empujando hasta que su verga estuvo completamente dentro, la sensación de la estrechez de su tía lo hacía jadear. Una vez que el cuerpo de Elizabeth se acostumbró a su grosor, él comenzó a moverse, un mete y saca rítmico que hacía que las nalgas de ella chocaran con su pelvis con un sonido carnoso, como un aplauso que celebraba su unión incestuosa.

    Los testículos de Diego golpeaban suavemente contra la piel de su tía, cada embestida amplificaba el calor que los consumía. La cámara, aun grabando, capturaba cada detalle: el brillo del sudor en las nalgas de Elizabeth, la forma en que su ano se aferraba a la verga de su sobrino, el balanceo de sus senos con cada movimiento. La habitación se llenó de un aroma embriagador, una mezcla cruda de sexo intenso, de carne y deseo desatado.

    Los gemidos de Elizabeth, agudos y desesperados se entrelazaban con los gruñidos profundos de Diego, creando una sinfonía de lujuria que resonaba en las paredes. —Más fuerte, sobrino… no te detengas —jadeó ella, su voz rota por el placer, mientras sus caderas se empujaban hacia atrás, encontrándose con cada embestida, sus nalgas temblaban con cada impacto.

    Diego, perdido en la intensidad del momento, dejó que una mano se deslizara hacia el frente, rozando el vello púbico rubio de Elizabeth antes de encontrar su clítoris, frotándolo con movimientos rápidos que arrancaron un grito de su garganta. —Eres mía, tía —susurró, su voz temblaba de deseo, mientras sus caderas aceleraban, el ritmo se volvió frenético. Elizabeth, al borde del éxtasis, sentía su cuerpo vibrar, su ano apretaba alrededor de la verga de su sobrino, mientras el masajeaba su clítoris.

    Él, con una intensidad que rayaba en la obsesión, deslizó dos dedos hacia la vagina de Elizabeth, hundiéndolos en su calor húmedo con un movimiento decidido. Los movió con una rapidez feroz, masturbándola con una precisión que hacía que su cuerpo temblara. Elizabeth goteaba, su excitación empapaba los dedos de su sobrino, cada roce enviaba oleadas de éxtasis que la hacían gemir sin control. Sus senos prominentes, libres de cualquier prenda, se balanceaban con cada embestida, sus pezones endurecidos rozaban las sábanas, amplificando su deseo.

    Continuará…

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  • Fantasía de mujer

    Fantasía de mujer

    Contemplaba, ensimismada, como el viento arrastraba las hojas secas a lo largo de la calle hasta hacerlas desaparecer de mi vista, cuando su llamada me despertó de ese lánguido sopor.

    Tan solo con escuchar su voz era como sentir su presencia a mi lado, parecía notar a través del hilo telefónico su aroma, su mirada escrutadora sobre mí. Me invitaba a cenar en el Asador Donostiarra, por fin después de tanto tiempo nos veríamos.

    Bajo la ducha imaginaba como se desarrollaría la noche, veía su bronceada piel, su barba de un par de días, sus ojos negros, sus poderosas manos… todo en él me atraía y provocaba que mi cuerpo se despertase como si hubiera pasado largos años de hibernación.

    Decidí ponerme el conjunto de encaje azul pálido, aún no lo había estrenado y aunque nunca me he sentido muy segura con el tanga, intuía que sería una noche especial. Encima, opté por mi ajustado traje de chaqueta y pantalón y por un hermoso chal que me habían regalado hace poco. Contemplé mi imagen en el espejo y retoqué levemente el maquillaje, el resultado final me satisfizo así que completé el conjunto con unas gotas de perfume repartidas por distintos y estratégicos lugares.

    El taxi me dejó en la puerta del restaurante, atravesé la puerta de entrada y casi sin darme cuenta él estaba delante de mí, iba vestido casi como me lo había imaginado, camisa blanca inmaculada y pantalones de color gris oscuro, muy elegante. Se acercó a mí y me besó ligeramente en los labios, fue casi como un soplo de aire, no pude saborearlo, pero aun así su aroma me envolvió por completo.

    Durante la cena yo apenas probé bocado mientras que él lo hacía con apetito, nuestra conversación fue amena y divertida, salpicada de silencios, miradas y caricias de nuestras manos.

    Tras haber pagado la cena me tomó de la cintura, me acompañó al coche y mientras me abría la puerta de éste me dijo quiero enseñarte un bonito lugar a las afueras de Madrid. La música que sonaba por los altavoces era suave y evocadora, transitábamos por una carretera sin apenas tráfico mientras que una liguera lluvia mojaba el parabrisas.

    Aparcó en el arcén de la carretera de una especie de colina que habíamos subido, se bajó del coche y me hizo salir también a mí, apenas dijo una palabra, la fina lluvia nos empapaba, desde este lugar podían observarse las luces de la ciudad, un baile multicolor de luces. Mi espalda apoyada en su pecho y los dos como unos niños que no tienen prisa por resguardarse de la lluvia.

    Note sus labios sobre mi cuello, sus manos recorrían mi cuerpo como si tocaran un arpa, puso una mano sobre mi vientre y me apoyo sobre el capó, sus dedos desabotonaron mi pantalón y lo fueron bajando lentamente, se agachó hasta situarse entre mis piernas, besó mis nalgas y las martirizó restregando sus mejillas sin afeitar sobre ellas, mi cuerpo estaba fuera de control, tan solo le obedecía a él.

    Sus expertas manos comenzaron a regalarme caricias íntimas que me provocaban ahogados suspiros, lentamente, alternando ritmos, haciendo que mi humedad fuera cada vez mayor, acercándome cada vez más al clímax. Y allí, en medio de la nada, bajo la lluvia, donde cualquier vehículo que pasara podía observarnos, separó la tela de mi tanga y sus hábiles dedos separaron mis nalgas para con absoluta destreza llenar mi entrada trasera disfrutando del placer que los antiguos griegos dominaron y perfeccionaron.

    Notaba su ardiente y palpitante sexo en mi interior, horadándome, llenando cada milímetro de mi interior, provocándome un placer que hacía mucho tiempo que no disfrutaba y llevándome a alcanzar un orgasmo que terminó con ambos exhaustos y empapados sobre el coche.

    Tras unos segundos de reposo intentamos recomponer el desaguisado que eran nuestras ropas, nos miramos a los ojos, nos reímos con una sonora carcajada y volvimos al interior del vehículo para seguir rumbo al hotel. El viaje hasta nuestro destino fue corto y silencioso, en el ambiente sólo se respiraba la calidez de los momentos vividos apenas unos minutos antes, el sudor y los aromas salados e intensos llenaban el coche, y yo, con mi cabeza recostada sobre su hombro, mordía mi labio inferior intentando discernir que me depararía el resto de la noche.

    El sitio era muy coqueto, tranquilo y apartado, se trataba de un antiguo caserón de alguna familia noble reconvertido a hotel, rodeado de arboledas por casi todas partes, no resultaba fácil descubrirlo desde la carretera. Atravesar la puerta de entrada fue como cruzar una línea del tiempo, olores a lavanda, madera, cuero y tabaco me hicieron recordar por momentos mi niñez en la casa de mis abuelos paternos. En recepción tan sólo había una elegante señora que rápida y discretamente nos ubicó en una de las habitaciones del primer piso.

    La habitación era amplia, limpia y decorada en estilo sencillo, un amplio balcón entreabierto permitía divisar una pequeña laguna en la que la luna y las estrellas se reflejaban con una claridad que más parecía que flotaran sobre el agua, el viento había dispersado la tormenta y ya no llovía, el frescor de la noche y el olor a tierra empapada se colaba por la puerta del balcón.

    Sus manos acariciaron mi nuca, mi corazón volvió a palpitar desbocado, nos besamos con lujuria, su lengua recorría y exploraba cada milímetro de mi boca, sus manos recorrían mi espalda y acariciaban mis muslos, gotas de sudor rodaban por mi cuello.

    Me tomo en sus brazos y me depositó sobre la cama, sus dedos comenzaron a desabotonar mi ropa y rápidamente me vi en ropa interior. Se levantó y se acercó a uno de los cajones del armario, de él sacó unas telas negras y sedosas. Se acercó a mí y me besó nuevamente, ni siquiera le pregunté que iba a pasar, lo intuía, lo deseaba.

    Vendó mis ojos con una de aquellas telas, y con el resto ató mis manos y piernas a los distintos lados de la cama. Sus dedos acariciaban mis labios, mi cuello, notaba sus labios recorrer mi vientre, su legua jugaba con mi ombligo. Hábilmente se deshizo de mi sujetador, sus dedos acariciaban mis pechos, dibujaban círculos sobre mis pezones consiguiendo que éstos se endurecieran como el granito, su boca se acercó a uno de ellos y comenzó a chuparme y saborearme, provocando que mi excitación aumentara y consiguiendo que la humedad de mi entrepierna fuera ya más que patente. Sus dedos recorrían mi sexo separados únicamente por la fina capa de tela de mi tanga llevándome al paroxismo.

    Retiró la venda de mis ojos, me costó unos segundos aclimatarme a una mayor claridad, me besó y me susurró al oído “enseguida vuelvo, espérame, no te vayas..” y yo sin decir nada, vi como lentamente salía de la habitación y dejaba la puerta de ésta semiabierta.

    Allí estaba yo, prácticamente desnuda y atada a la cama de un hotel, la puerta de la habitación abierta y yo expuesta a cualquier mirada de aquél que pasara por el pasillo del hotel. La primera en pasar fue una mujer de unos treinta y tantos años con traje sofisticado y zapatos de aguja, pasó lentamente por delante de la habitación, su mirada hacia mí fue altiva y desagradable, minutos después fue una camarera jovencita que atravesaba el pasillo con paso acelerado, su mirada fue de sorpresa y a la vez rubor y el último que pasó por delante de la puerta de mi habitación fue un caballero que estaría en la cuarentena, elegante y con paso firme, durante apenas un segundo se paró delante de la puerta y su mirada denotaba claramente el deseo y a la vez las dudas.

    Habrían transcurridos unos 20 minutos cuando regresaste a la habitación, cerraste la puerta tras de ti y comenzaste a desnudarte con parsimonia, ante mí descubrí a un Adonis muy bronceado.

    Lentamente te acercaste a mí por uno de los costados de la cama, tu sexo colgaba cerca de mi cara y yo estiré mi cara para intentar atraparlo con mis labios, sin embargo tú apenas me dejabas rozarlo, durante muchos minutos me hiciste de rabiar, apenas me dejabas probar tu erguido sexo, lo mantenías a una distancia en la que tan solo podía rozarlo y quizás esto hacía que mi deseo por poder degustarlo fuera mayor a cada instante.

    Por fin pude disfrutar de su sabor, salado, intenso y fuerte, mis labios se apoderaron de él recorriendo una y otra vez su tronco de arriba abajo, la calidez de mi boca acunaba tu sexo, mientras el mío palpitaba de deseo e impaciencia.

    La fruta de mi placer abandonó mi boca, muy despacio comenzaste a bajar por mi cuerpo, tu glande acarició mis pechos en su descenso hasta situarte entre mis piernas, besaste mi pubis mientras desatabas mis piernas y cuando yo tenía intención de enlazarte con ellas me hiciste girar y quedar tumbada boca abajo.

    Una de tus manos comenzó a acariciar mi ensortijado vello púbico, lentamente tus dedos recorrían mis labios íntimos que se abrían a ti como una flor en primavera, empapada de un rocío especial que tus caricias hacían brotar de mi interior. Mientras dos de tus dedos me penetraban dulcemente, tu otra mano acariciaba mi tremendamente abultado clítoris, haciendo que todo mi cuerpo temblara y que el manantial que nacía en mi interior fluyera con mayor ímpetu.

    Separaste aún mas mis piernas, y con uno de tus dedos empapado de mi íntima esencia comenzaste a horadar mi culito, segundos después sustituiste tu dedo por tu imponente sexo que me penetró produciéndome unas pequeñas molestias apenas perceptibles gracias a tus expertas caricias, tus penetraciones eran rítmicas, profundas, en ocasiones rudas y casi animales, mi placer era en ese momento inmenso y apenas unos segundos después de que inundaras mi interior, yo, me derramé en un orgasmo devastador que me derrumbó sobre la cama. Durante bastantes minutos permanecimos así, agotados.

    Comencé a sentir tus labios en mi espalda, tus besos recorrían mi espina dorsal, bajaban hasta mi cintura, se detenían en mis nalgas y se adentraban en mis muslos. Nuevamente me volteaste, tu lengua comenzó un lento recorrido por mi sexo, de arriba a abajo y viceversa, la humedad de tu boca se mezclaba con la nacía en mi interior y tu lengua la repartía por todos los pliegues y rincones de mi sexo. Tus labios se apoderaron entonces de mi clítoris llevándome a un grado de tensión máximo, momento en el que tus dedos aprovecharon para penetrarme. Y de esta forma, sin darme tregua ni descanso, hiciste que me derritiera en tu boca una y otra vez hasta terminar desfallecida y sin fuerzas.

    Ni siquiera recuerdo cuando me dormí, ni tampoco cuando abandonaste la habitación, tan sólo sé que me desperté embriagada de placer, con agujetas y con un trozo de seda negro anudado en forma de lazo en mi muñeca derecha.

    Tan sólo ha pasado una semana desde entonces, y aún tengo a flor de piel todo lo vivido esa mágica noche, espero volver a tener noticias tuyas pronto…

    Suena el teléfono a lo lejos y me saca de mi ensimismamiento y mis sueños.

    Quizás, quizás… martillea mi mente mientras me apresuro a descolgar el auricular.

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  • La visita inesperada de mi vecina Michelle

    La visita inesperada de mi vecina Michelle

    Era una tarde calurosa en la ciudad, el sol se filtraba por las persianas entreabiertas de mi departamento, creando patrones de luz y sombra en el suelo de madera. Mi novia, Luci, estaba fuera por un evento de trabajo en otra ciudad, y yo me encontraba solo, trabajando desde casa en mi computadora. El timbre sonó de manera inesperada, rompiendo el silencio. Me levanté del sofá y me dirigí a la puerta, preguntándome quién podría ser.

    Al abrir, me encontré con Michelle, mi vecina del piso de arriba. Era una colombiana de unos 24 años, con una sonrisa radiante que iluminaba su rostro moreno. Medía alrededor de 1.60 metros, pero su presencia era imponente gracias a sus curvas generosas: senos grandes que se marcaban bajo su blusa ajustada y un trasero que parecía esculpido por un artista, redondo y firme. Su cabello negro caía en ondas hasta media espalda, y sus ojos cafés brillaban con una mezcla de picardía y urgencia.

    “Hola, vecino”, dijo con su acento colombiano que siempre me resultaba encantador. “Perdona que te moleste, pero se me quedaron las llaves adentro del apartamento. Mi roommate me dijo que no llega hasta dentro de cinco horas. ¿Puedo esperar aquí? No quiero quedarme en el pasillo.”

    Claro que podía. La invité a pasar, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago. Michelle y yo nos conocíamos de vista, de saludarnos en el pasillo, en el parque cerca del departamento, pero nunca habíamos tenido una conversación profunda. Le ofrecí un asiento en el sofá y le preparé un café. Mientras lo bebía, empezamos a charlar sobre cosas triviales: el clima, el edificio, el tráfico de la ciudad. Pero pronto, la conversación tomó un giro inesperado.

    “¿Sabes? A veces escucho ruidos desde tu apartamento”, dijo ella con una risita, bajando la mirada como si estuviera confesando algo travieso. “Sobre todo por las noches. Tu novia… Luci, ¿verdad? Suena como si la pasaran muy bien.”

    Me quedé un poco sorprendido, pero no pude evitar sonreír. “Ah, sí. Luci es… expresiva”, respondí, tratando de mantenerlo ligero.

    Michelle se inclinó hacia adelante, sus senos presionando contra la tela de su blusa, y sus ojos se clavaron en los míos. “Y no solo dos voces. A veces escucho más. Como si hubiera una fiesta ahí abajo. ¿Tienen amigos que se quedan a dormir o algo?”

    Sabía exactamente a qué se refería. Luci y yo teníamos ya una relación abierta, y ocasionalmente invitábamos a Karina y Luis, para sesiones de sexo en grupo. Eran noches intensas, llenas de gemidos, risas y placer compartido. No era un secreto para nosotros, pero oír que Michelle lo había notado me excitó de inmediato.

    “Bueno, sí”, admití, sintiendo cómo el calor subía por mi cuerpo. “A veces tenemos compañía. Unos amigos que son… cercanos.”

    Ella mordió su labio inferior, un gesto que hizo que mi pulso se acelerara. “Suena divertido. Yo vivo con mi roommate, pero ella es más conservadora. Yo, en cambio… me gusta experimentar.”

    La atmósfera en la habitación cambió. El aire se cargó de tensión sexual. Vi cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente, y sus piernas se cruzaban y descruzaban inquietas. Estaba caliente, lo podía notar en la forma en que sus pezones se endurecían bajo la blusa, visibles a través de la tela delgada. Mi mente corrió a mil por hora. Luci estaba fuera, pero siempre habíamos acordado comunicarnos sobre estas cosas. Saqué mi teléfono y le envié un mensaje rápido: “Vecina Michelle aquí, se quedó fuera. Charlando y se pone caliente. ¿Luz verde?”

    La respuesta de Luci llegó casi de inmediato: “Jajaja, ve por ello. Destrózala por mí. Mándame detalles después.”

    Tenía permiso. Miré a Michelle, que me observaba con curiosidad. “Le pregunté a Luci”, dije, mostrando el teléfono. “Me dio luz verde.”

    Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero luego una sonrisa traviesa se extendió por su rostro. “¡Qué moderna! Bueno, entonces… ¿qué esperas?”

    Me acerqué a ella en el sofá, mi mano rozando su muslo. Ella no se apartó; al contrario, se inclinó hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso tentativo al principio, pero pronto se volvió apasionado. Su boca era suave, con sabor a café y algo dulce, quizás su labial. Mis manos exploraron su cuerpo, subiendo por su cintura hasta llegar a sus senos grandes. Los apreté suavemente, sintiendo su peso y firmeza. Ella gimió en mi boca, un sonido que me endureció al instante.

    “Ven, mi putita”, le susurré al oído, probando las aguas con su fetiche. Sus ojos brillaron con excitación, y respondió con un gemido más profundo. “Sí, soy tu putita”, murmuró, su voz temblando de deseo.

    La llevé a la habitación, la luz del atardecer bañando la cama deshecha. Michelle se paró frente a mí y se quitó la blusa lentamente, revelando un sostén negro de encaje que apenas contenía sus senos grandes, talla D al menos, con pezones oscuros y erectos. Desabroché su sostén, liberándolos, y los tomé en mis manos, masajeándolos mientras pellizcaba sus pezones. Ella arqueó la espalda, jadeando. “Qué ricos, mi putita”, le dije, dándole una cachetada ligera en la mejilla. Ella gimió más fuerte, sus ojos suplicando más.

    Bajé sus jeans, revelando una tanga negra que abrazaba su trasero perfecto, haciendo que sus nalgas resaltaran como una escultura. La tela se hundía entre sus glúteos, resaltando cada curva. Le di una nalgada firme, el sonido resonando en la habitación. “¡Ay, sí!” exclamó, moviendo las caderas. “Dame más, por favor.”

    La empujé boca abajo sobre la cama, admirando su trasero. Deslicé la tanga hacia abajo, exponiendo su vagina depilada, ya húmeda y reluciente. “Mira cómo estás, mi putita”, dije, dándole otra cachetada en las nalgas, esta vez más fuerte. Su piel se enrojeció ligeramente, y ella se retorció de placer. Introduje dos dedos en su vagina, sintiendo su calor y humedad. Estaba empapada. Los moví adentro y afuera, buscando su punto G, mientras mi otra mano seguía alternando entre caricias y nalgadas.

    Me quité el short que traía, ella no desaprovecho y agarró mi verga por encima del bóxer. “Dios, qué gruesa la tienes”, jadeó Michelle mientras mis dedos la penetraban. “Nunca había agarrado una verga tan gruesa como la tuya.” Sus palabras me encendieron aún más. Me desvestí rápidamente, mi erección dura y palpitante, y ella la miró con ojos hambrientos. “Es la más gruesa que he visto en mi vida”, dijo, lamiéndose los labios.

    Me posicioné detrás de ella en estilo perrito, su trasero elevado como una ofrenda. La penetré lentamente, dejando que sintiera cada centímetro de mi grosor. Ella gritó, sus manos aferrándose a las sábanas. “¡Sí, rómpeme, mi amor! ¡Soy tu putita!” Cada embestida hacía rebotar sus nalgas, y le di otra nalgada, esta vez en la otra nalga, dejando una marca rosada. Sus gemidos eran música, y pronto sentí cómo su cuerpo temblaba. “¡Me vengo!” gritó, y un chorro caliente salió de ella, mojando las sábanas en un squirt intenso. Seguí moviéndome, prolongando su orgasmo, mis manos apretando sus caderas.

    La volteé boca arriba, separando sus piernas. Su clítoris estaba hinchado, rogando atención. Bajé mi boca, lamiéndolo con movimientos circulares, chupándolo suavemente mientras mis dedos volvían a su interior, buscando de nuevo ese punto sensible. “Eres mi putita favorita”, le dije entre lamidas, y ella respondió con otro squirt, su cuerpo convulsionando. “¡Nunca me habían hecho venir así!” jadeó, sus manos en mi cabello.

    La penetré de nuevo en misionero, sus piernas sobre mis hombros para una penetración profunda. Sus senos se balanceaban con cada embestida, y yo los apretaba, pellizcando sus pezones. “Más duro, mi putita”, gruñí, dándole una cachetada suave en la cara. Ella gimió, su vagina apretándome con fuerza. “¡Sí, soy tuya! ¡Dame todo!” Otro squirt empapó mi pelvis, y su rostro era puro éxtasis.

    Cambiamos a una posición de cowgirl. Michelle se sentó sobre mí, su trasero perfecto rebotando mientras me cabalgaba. Su tanga, ahora en el suelo, había dejado una marca leve en su piel, y no podía apartar los ojos de sus curvas. “Qué gruesa, Dios”, repetía, sus manos en mi pecho mientras subía y bajaba. Le di una nalgada, luego otra, y ella respondió con otro squirt, el líquido corriendo por mis muslos. “Eres la mejor verga que he tenido”, confesó, su voz entrecortada.

    La puse de lado, en una posición cucharita, mi brazo alrededor de ella, mi mano jugando con su clítoris mientras la penetraba lentamente. “Mi putita colombiana”, susurré, dándole una cachetada suave en la mejilla. Sus gemidos se volvieron más agudos, y otro squirt salió, empapando mi mano. Cambiamos de nuevo, esta vez con ella boca abajo, su trasero elevado, y la penetré con fuerza, mis manos alternando entre nalgadas y caricias. “¡Sí, rómpeme!” gritaba, y otro squirt mojó las sábanas.

    Finalmente, la puse de rodillas frente a mí. “Abre la boca, mi putita”, ordené, y ella obedeció, sus ojos brillando de lujuria. Chupó mi pene con devoción, lamiendo la longitud, chupando la cabeza, tomando todo lo que podía. Le di una cachetada suave en la cara, y ella gimió contra mí, vibraciones que me llevaron al borde. “Traga todo”, gruñí, eyaculando en su boca. Ella lo tomó todo, lamiendo cada gota, sus ojos fijos en los míos.

    Nos derrumbamos en la cama, exhaustos. Michelle se acurrucó contra mí, su mano trazando patrones en mi pecho. “Nunca me habían cogido así”, murmuró. “Esa verga tuya… es la mejor.” Le di una última nalgada juguetona, y ella sonrió.

    Horas después, tras una ducha donde la tomé de nuevo contra la pared, el agua corriendo por su cuerpo, Michelle se vistió. Su roommate llamó diciendo que llegaba pronto. Me dio un beso profundo antes de irse. “Dile a Luci que quiero conocerla”, dijo con un guiño. “Y a tus amigos.”

    Esa noche, le conté todo a Luci por teléfono, y ella se excitó tanto que se masturbó escuchando. Prometimos invitar a Michelle pronto, quizás con Karina y Luis para una noche inolvidable.

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  • Experimentada

    Experimentada

    Al lado de la base dónde nos encontrábamos había una mujer que muchos tildaban de “rayada”, la verdad es que yo la conocía de un banco en el que hicimos varios trabajos con mi padre y ella, además, le llevaba las cuentas. Era una rubia mayor que yo unos 10 años, aparentemente con buenos pechos, pero no muy alta; una noche me la crucé, nos saludamos y se puso a conversar un poco quejándose del movimiento que generábamos; fue así que me comentó que no veía bien algunos canales y me ofrecí para solucionarlo, obvio que enseguida me hizo pasar y empecé la revisación del sistema, no tardé mucho en encontrar el problema e indicarle cuál sería la reparación.

    -¿Y cuando la podrás hacer? Me preguntó con una voz casi sensual

    -¿Mañana te parece bien? Podría un poco más temprano qué hoy

    -Bárbaro. Te estaré esperando

    Charlamos un poco más y me fui a la base, sin comentar nada a nadie. Al otro día alrededor de las 19 tocaba timbre en la casa y Rosa me atendió casi de inmediato, haciéndome pasar, estaba vestida con una minifalda y una remera algo ajustada, pero no era raro en ella verla así. La dejé ir adelante por el pasillo y en cuanto llegamos al living pude ver sobre la mesa ratona frente al televisor una picada armadita. Yo bajaba con la valija para reparar el cable y hacia allí fui sin decir mucho, mientras ella me ofreció algo fresco, le dije que sí y apareció con una botella de vino blanco helado, sirvió una copa y me la acercó, yo me encontraba detrás del televisor

    -Mmm, no sé si debo tomar alcohol. Comenté medio en broma

    -No te va a hacer nada un poco.

    Ambos nos reímos e iniciamos una charla informal donde me di a conocer como el hijo de aquel a quien ella llevaba la cuenta, enseguida me reconoció y la charla se relajó aún más, al terminar me dijo que me siente en el sillón para hacer los honores a la picada, lo que obvio hice sin dudar, pero al cabo de unos 30 minutos le pedí si me dejaba pasar al baño, era una excusa para pararme y ver su reacción, me guió hasta la puerta y cuando salí ella estaba en la cocina, me acerqué mucho a ella y le dije que me tendría que ir:

    -¿Tan pronto?

    Entonces me acerqué aún más y le acaricié la mejilla derecha, nos miramos directo a los ojos y nos besamos, suave, como probando al otro, esperando el no, aunque supiéramos que eso no pasaría, la tomé por la cintura y la atraje hacia mí, ella me abrazó y durante varios minutos nos entrelazamos en un intenso franeleo, hasta que ella me alejó y me llevó derecho al cómodo sillón en el que estábamos, cuando nos sentamos me di cuenta que en el camino se había desabrochado dos botones de la blusa y su corpiño de encaje morado mostraba dos buenos pechos; entonces la abracé y volvimos a besarnos, esta vez con más pasión, sentíamos nuestras lenguas jugar a desearse.

    Una de mis manos estaba sobre su busto y levemente desabroché el botón que faltaba para que se asomen completamente sus tetas, como yo tenía remera ella pasó su mano por debajo y acariciaba mi cintura casi metiendo la mano por detrás hasta mi slip, fue cuando la recosté sobre uno de los apoyabrazos, saqué su camisa y su corpiño y saboreé sus pezones duros, muy duros, ella apretaba mi cabeza contra sí misma y con una de mis manos solté mi cinturón, cuando se dio cuenta sentí como una de sus manos iba derecho a mi pene duro y lo tomaba con fuerza, deseándolo, pero suavemente me incorporó, creo que ni pensábamos,

    -¿Estamos yendo muy rápido? Pregunté

    -Pensaba lo mismo. Me dijo con su voz sensual

    -Perdoná, la verdad que sos muy linda y me caés muy bien

    -Me pasa lo mismo con vos. Comentó mientras se acomodaba la ropa

    Entonces serví vino en cada copa le entregué una y le dije:

    -Brindemos por esto que nace

    Me miró a los ojos y luego del sonido del choque característico bebimos ambos un poco para encontrarse nuevamente nuestras miradas al bajar las copas. Nos besamos, esta vez más profundamente e iniciamos un nuevo momento intenso, de caricias, de deseo sexual, volví a sus pechos y ella me abrazaba, con cuidado ella sacó mi remera, el roce de nuestra piel caliente era algo incontrolable, entonces se levantó del sillón y me llevó hasta su habitación, tardamos muy poco en estar completamente desnudos, yo besaba todo su cuerpo y ella no paraba de gemir, bajé hasta su pubis y el aroma de su vagina húmeda y caliente me llevó derecho a posar mis labios sobre su clítoris, casi que me lo comía, mi lengua entraba en ella y Rosa se incorporaba tomando mi cabeza

    -Nadie me lo hizo así. Sentí que dijo

    Y entonces dejé de hacerlo, subí hasta su pechos turgentes, y la penetré con cuidado, no parábamos de besarnos, abrazarnos y sentirnos, salí me puse un preservativo y volví hacia ella con ímpetu, pasión, fuerza, inicié el bombeo que nos llevaba al éxtasis, entonces sin que me saliera me puso contra la cama y ella encima empezó a moverse con furia, apoyó sus manos sobre mis hombros y en cada embestida en la que se tragaba mi pija a punto de explotar ella gritaba.

    -Basta, ya, ya, ya por favor. Dijo, y su clímax fue tal que calmando sus movimientos me hizo llegar al mío y ambos nos quedamos acostados abrazados.

    -Hacía mucho que no disfrutaba tanto, especialmente la primera vez. Dijo mientras acariciaba mi cabeza

    -Yo nunca había conocido una mujer así, me encanta

    -Ay, no te pareceré muy loca, ¿no?

    -Para nada. Siempre me gustaste desde hace muchos años y te pensaba así. Es lo que me gusta de una mujer

    -Así ¿cómo?

    -Como fuiste esta noche, apasionada, que me desee, que me cree la expectativa de volver y no de una noche y chau.

    Charlamos un poco más en la cama, hasta que ella se levantó para ir al baño, nos cambiamos y luego de unos minutos me fui con una fogosa despedida donde quedamos en vernos a la semana siguiente.

    Rosa se convirtió en mi vida en la persona con la que aprendí a satisfacer los deseos sexuales de la mujer, hasta cambió la intimidad con mi señora que de por sí ya era poca y básica. Con casi 40 años mi deseo sexual estaba a pleno y mi esposa cada vez ponía menos ganas en la cama, las pocas veces en la que nos acostábamos al mismo tiempo.

    Yo no hacía más que buscar como incentivarla, mejorar el sexo, como si nuestro alejamiento fuera por eso, ya llevábamos más 15 años de casados y yo aún la deseaba, pero era evidente que ella solo cumplía con su deber marital; el resto del día nos llevábamos bien, sin discusiones, yo trabajaba mucho, ella otro poco a contratiempo conmigo y la vida se nos pasaba.

    No quiero justificar mi infidelidad, lo que está mal está mal, pero también me daba cuenta por qué hacía estas cosas, yo era un hombre muy sexual (aún lo soy), no digo que mi vida pasara por coger, pero sí que el contacto sexual con una persona se me hacía necesario al menos una vez por semana, sentir desnuda/o a alguien a mi lado, acariciarla/o, saber que me deseaba se me estaba convirtiendo en algo imprescindible, y Rosa parecía adivinar eso por lo que me tenía casi atrapado teniendo una cita al menos una vez por semana.

    Su morbo era tal que no hubo lugar de la casa en el que no tuvimos sexo, que yo llegue, me siente en el sillón y ella se arrodille ante mí para saborear mi pene era una práctica habitual, nos mirábamos directamente a los ojos cuando lo hacía, aunque nunca acabé haciéndolo ahí ella lo deseaba, pero yo no iba a una mamada y listo, necesitaba más y lo notaba

    -Nunca había tenido una pareja tan sexual como vos, realmente sos muy bueno. Me dijo un día, yo pensé lo obvio “a cuántos les habrá dicho lo mismo”

    Entonces un día, en la despedida yo miraba que no era tan difícil entrar a la casa por sorpresa aún sin la llave.

    -Es fácil entrar a tu casa por acá

    -¿Sí? ¿Te parece?

    -Digo, soy alto y de piernas largas, podría hacerlo, decí que tenés la otra puerta de la casa

    -Ahhh, pero esa no tiene llave. Comentó mientras sonreía de manera cómplice. Y ahí quedó la conversación despidiéndome.

    Eso pasó un viernes y ella sabía que hasta el martes a las 19 h yo no podría ir, pero le di una sorpresa. Con la excusa de que tendría que hacer un trabajo especial, debía entrar a trabajar a las 6 de la mañana y así me fui de mi casa, mi horario normal era a las 9.

    Entonces a las 6,30 estaba trepando por el frente de la casa para saltear la primer puerta, no fue difícil, caminé por el pasillo de unos 20 m rápidamente y cuando llegué a la puerta de la casa con mucho cuidado tanteé la manija esperando esté abierta, la puerta me dio paso sin problema y entré muy sigilosamente, me desnudé en el comedor y me dirigí hacia la pieza, donde ella se encontraba durmiendo, semi tapada y dejando ver algo de su nalga por debajo del camisolín de seda, totalmente desnudo me acosté a su lado, nos tapé y suavemente la abracé.

    -¿Eh? ¿Qué? Ahhh, sos vos ¿Qué hora es? ¿Cómo entraste? Dijo sorprendida, entredormida, pero sin sobresaltarse demasiado y acurrucándose entre mis brazos.

    -Tranquila, disfrutemos. Le dije mientras la acariciaba suavemente y notaba que ella se acomodaba para hacerlo.

    Nos quedamos abrazados sintiendo nuestros cuerpos tibios al menos media hora, cada tanto la besaba en los hombros y ella acariciaba mis piernas, mi pene erecto se afirmaba contra sus nalgas, despacio iniciamos un franeleo que se volvió intenso.

    Rosa se puso boca arriba, corrió las sábanas y abrió sus piernas dejándome ver por debajo del camisolín una vagina empapada que penetré muy fácilmente al ir a chupar sus pezones; sus movimientos eran tan suaves que parecían caricias en mi pubis, ambos empezamos a movernos de forma que el otro nos sintiera por dentro, pero manejé la situación yo, la senté frente a mí y desnudé completamente, al quedar yo arrodillado mi pija dura estaba a la altura de su cara y no pudo resistirse a chuparla, saboreándola desde los huevos hasta la cabeza, sabía muy bien como usar su lengua conmigo.

    Pero entonces le pedí que se acueste boca abajo y sin decir palabra lo hizo exhibiéndome su hermosa cola que sus piernas cerradas resaltaban; entonces, suavemente empecé por masajes en los hombros mientras mi pene se apoyaba entre sus nalgas, cada tanto besaba su cuerpo completamente, ella gemía, con mis labios y manos la recorría desde los pies hasta los hombros, hasta que en un momento me detuve en sus nalgas, las mordisqueaba y se quejaba, era un juego, las abrí y mi lengua fue derecho a su ano, abrió sus piernas y saboreé ese agujero por 15 minutos, “sos un guacho” “nadie me hizo esto” “no pares por favor” fueron algunas frases que me decía.

    Hasta que me rogó que la penetre mientras con sus manos se abría bien los glúteos, entonces con suavidad, como me habían enseñado los hombres fui metiendo el miembro duro al tiempo que ella gritaba de placer; nuestro nuevo juego se inició, estuvimos en esa posición mucho tiempo, yo entraba y salía ya muy fácilmente y ella deseaba que lo haga una y otra vez, pero en un momento que salí ella se dio vuelta:

    -Necesito mirarte cuando lo hacés. Puso sus piernas bien arriba, yo las sostenía y su ano muy abierto quedó expuesto esperando mi penetración hasta el fondo, al hacerlo nos miramos y fui derecho a besarla, cuando lo hice me di cuenta que tocaba su concha húmeda con mi pubis y ella gozaba más, por lo que me quedé en esa posición haciéndola llegar al clímax, nunca tenía menos de 3 orgasmos, al primero llegaba rápido pero el tercero era increíblemente intenso.

    -Por favor cogeme. Me rogó

    Y al sacarla de su ano bajó sus piernas y la penetré de tal forma que ambos llegamos al orgasmo en menos de un minuto. Nos quedamos, así, sintiéndonos, saboreando el momento, hasta que me recosté a su lado y al abrazarnos nos dormimos como por media hora; luego ella se levantó y desnuda como estaba se puso a preparar el desayuno, yo me acerqué a ayudarla, ambos sin nada de ropa nos franeleamos un poco más pero sabíamos que no podíamos retomar ya que debíamos presentarnos a nuestros trabajos, luego de desayunar nos bañamos ella entró primero y al cabo de varios minutos entré yo.

    Jugamos un poco pero la ayudé a secarse y salió, ni bien terminé me cambié y seguimos charlando con unos mates de por medio, ella me contó que le había gustado mucho lo que hicimos y que con su pareja anterior no logró que le hiciera la cola, yo le conté que era la primera vez que lo hacía (en realidad a una mujer era así) y a partir de aquel día hicimos le hice el culo en casi todas nuestras citas y en todos los lugares de la casa, hasta en la piletita de lona que en el verano armaba en el patio.

    Charlamos hasta que se hizo la hora, fuimos a la puerta donde nos despedimos con pasión y cada uno siguió su camino.

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  • Un viaje de trabajo inolvidable

    Un viaje de trabajo inolvidable

    Yo sabía que el viaje a Acapulco iba a ser rápido, apenas dos días de trabajo intenso, pero algo dentro de mí me daba nervios. No eran las reuniones, ni las presentaciones frente a clientes… era otra cosa. Era él.

    Erick y yo siempre hemos sido cercanos. Más que compañeros, más que colegas de oficina: amigos. Amigos con esa chispa peligrosa que todos perciben pero nadie se atreve a nombrar. Siempre hubo un coqueteo disfrazado de broma, miradas que duraban un poco más de lo necesario. Y aunque él es casado, nunca pude negar que había algo ahí, escondido, esperando.

    Cuando llegamos a Acapulco lo sentí de inmediato: el calor espeso, la brisa salada que entraba hasta el taxi, la vibra despreocupada de la gente que caminaba con ropa ligera. Era como si el ambiente conspirara contra nosotros, derritiendo las formalidades que nos sostenían en la oficina.

    De camino al hotel, Erick no paraba con sus bromas típicas. Lo hacía siempre: imitaciones, exageraciones, comentarios irónicos que me hacían reír aunque quisiera mantener la compostura. Pero esta vez, entre risa y risa, pasaba algo más. Yo le daba un manazo en el brazo, o lo empujaba con el hombro como respuesta, y sin pensarlo rompía esa barrera invisible del tacto.

    Era tan sutil que cualquiera lo vería normal. Pero yo lo sentía distinto. Mi piel lo sentía distinto. Cada roce me dejaba un eco, una chispa. Y lo peor es que no lo hacía a propósito… al menos no del todo.

    Mientras avanzábamos por la Costera, con el mar brillando a la izquierda y los hoteles levantándose a la derecha, noté que la tensión se iba metiendo debajo de mi piel como el mismo calor húmedo. Todo parecía igual, natural, inocente. Pero algo en mí sabía que no lo era. Algo había empezado a cambiar.

    El check-in fue rápido. Habitación 504 para mí, 505 para él. Pared con pared. Fingí normalidad al escuchar al recepcionista asignarlas, como si no me importara en lo más mínimo. Pero por dentro sentí ese cosquilleo que me recorrió la espalda: saberlo tan cerca, apenas un muro de distancia.

    La tarde fue corta. Apenas tiempo de bañarme y alistarme antes de la cena con el equipo de la oficina de Acapulco. Nada especial: una reunión de trabajo con colegas, presentaciones y un par de brindis formales. Y sin embargo, cuando abrí mi maleta y vi la ropa que había traído, me quedé un instante pensativa.

    Podía usar el conjunto negro de siempre, discreto y profesional. Nadie diría nada.

    O podía elegir el vestido azul, ligero, de tirantes finos. No era provocador, pero en Acapulco se sentía natural: el calor, la humedad, la brisa nocturna lo volvían casi obligatorio.

    Me miré al espejo con el vestido puesto. El escote apenas insinuaba, y la tela se ceñía en los lugares justos. Las piernas, bronceadas por mis entrenamientos al aire libre, se veían más largas con las sandalias que había traído. No era escandaloso, pero tampoco pasaba desapercibido.

    Sonreí sola, ajustando un mechón de cabello.

    —Es trabajo… —me recordé en voz baja. Pero en el reflejo de mis propios ojos supe que no era solo por trabajo.

    El celular vibró con un mensaje de Erick:

    “¿Listos para bajar en 10? Te paso por tu habitación.”

    Respiré hondo. Sí, era solo una cena de equipo. Sí, había más personas esperándonos en el restaurante del hotel. Pero esa vibra, ese calor en el aire, me decían que la noche apenas comenzaba.

    La cena fue como debía ser: saludos, charlas de oficina, anécdotas con el equipo local. Todo normal. Pero con las bebidas, todo empezó a sentirse distinto. El vino me calentaba el pecho, me aflojaba la risa. Erick también bebía, no demasiado, pero lo suficiente para sonar más libre que en la oficina.

    Varias veces nuestras miradas se cruzaron por encima de los demás. Un par de segundos, nada evidente, pero yo sabía lo que pasaba en ese silencio mínimo. Él hacía un chiste, yo reía y levantaba la copa en su dirección, fingiendo cortesía… aunque solo lo hacía para él.

    La cena se alargó más de lo previsto. Nadie tenía prisa. Y cuando por fin regresamos al hotel, yo ya sabía que algo más iba a pasar.

    Pensé que la noche terminaría ahí, con un “buenas noches” en el pasillo. Pero no. Apenas llegamos al lobby, Erick me sonrió con esa calma peligrosa.

    —¿Unas cervezas más? —preguntó, como si fuera lo más natural del mundo.

    Ya algo tomada, no lo dudé.

    —Va… pero primero subo a cambiarme. Quiero estar más cómoda.

    Entré a mi habitación y abrí la maleta. Podía ponerme cualquier short normal, alguna camiseta. Pero mis ojos se detuvieron en ese short diminuto que había traído “por si acaso”. Casi al borde de lo indecente, ajustado adelante y atrás.

    Lo tomé con los dedos, dudando. No sé si fue el alcohol, el calor de Acapulco o la mezcla de ambos. Pero me atreví.

    Me lo puse, junto a una blusa de tirantes, sin sostén debajo. Me miré en el espejo: las piernas largas, el short subido, el pecho apenas cubierto. Sonreí sola. No era inocente. No del todo.

    El celular vibró:

    “Ya estoy en el lobby, te espero.”

    Ajusté el short una última vez y bajé. Al final, no lo encontré en el lobby. Terminé entrando a su cuarto.

    —Tiene balcón —me dijo—, podemos tomar ahí. El aire está increíble.

    El balcón daba directo al mar. El sonido de las olas, el aire húmedo, la luz tenue.

    Me senté en la barandilla con las piernas cruzadas, sintiendo el short subirse un poco más de la cuenta.

    Erick hablaba, hacía sus bromas, y yo reía como siempre.

    Pero ya no era como siempre. Sin darme cuenta, frotaba mis piernas una contra otra, cruzándolas y descruzándolas, con un ritmo lento. No era nerviosismo, era un juego. Sabía que lo incitaba a mirarme.

    Y lo hacía. Lo vi de reojo: sus ojos bajando, volviendo a subir, fingiendo que nada pasaba. Yo me movía un poco más, dejando que la silueta de mis muslos se dibujara bajo la luz. Incluso mi celulitis se marcaba, y lejos de incomodarme, me gustaba. Me hacía sentir real. Y vi cómo él lo notaba.

    El calor y el alcohol hacían lo suyo. Sentía mi piel encendida, mis pezones duros bajo la tela ligera, marcándose con cada respiración. No llevaba sostén, y lo sabía. Él también lo sabía.

    Entonces me lanzó una frase, grave, casi en broma pero cargada de fuego:

    —Sabes… no deberías provocarme así.

    Lo miré, fingiendo inocencia.

    —¿Provocarte? —pregunté, llevando la cerveza a los labios.

    Él rio bajo y negó con la cabeza.

    —Claro… tú muy inocente. Pero si vieras lo que yo veo desde aquí…

    Sus palabras me atravesaron. No me tocó, no rompió la barrera. Pero con esa frase me hizo temblar por dentro. Porque sí, me estaba provocando. Y lo peor, o lo mejor, era que ya me estaba mojando.

    No sé si fue la cerveza, el calor o sus palabras, pero de pronto sentí que tenía que moverme. Me puse de pie, como si necesitara estirar las piernas, aunque en realidad era mi cuerpo pidiéndome escapar de la tensión de estar sentada frente a él.

    Empecé a caminar despacio por el balcón, de un lado a otro, con la cerveza aún en la mano.

    El aire húmedo pegaba en mi piel y el short, con cada paso, se iba subiendo más, hasta quedar prácticamente como un cachetero. Lo sentía rozándome de una forma que me ponía más nerviosa todavía.

    Quise acomodarlo, pero no lo hice. Algo dentro de mí me detuvo. Era consciente de cómo se veía desde donde él estaba sentado: mis piernas largas, tensas con cada movimiento; el short apretado, marcando más de lo que debía.

    Me mordí el labio y seguí caminando, fingiendo distracción mientras observaba el mar oscuro frente a nosotros.

    Pero lo que de verdad me aceleraba el corazón no era el mar. Era sentir sus ojos en mi espalda, recorriéndome, atrapados en cada centímetro de piel que el short ya no lograba cubrir.

    Yo también lo sentía: el calor bajando por mi vientre, ese cosquilleo húmedo creciendo entre mis piernas, mis pezones endurecidos contra la blusa ligera.

    “Dios… ¿qué estoy haciendo?”, pensé. Pero no me detuve.

    Me giré hacia él, lentamente, apoyándome en la barandilla con una naturalidad que no era natural en absoluto. Crucé una pierna sobre la otra y sentí el short tensarse aún más, dejando claro que no tenía nada que esconder.

    Y entonces lo vi. Erick no se molestó en disimular. Sus ojos estaban ahí, fijos, siguiéndome, devorando cada movimiento.

    Su silencio decía más que cualquier frase. Y mi cuerpo lo entendía.

    Me movía por el balcón como si nada, pero por dentro estaba hecha un torbellino. Sentía el short subiéndose con cada paso, marcando mis nalgas casi como si no llevara nada. Yo lo sabía, y sabía también que él lo estaba mirando.

    Me giré un instante para tomar mi cerveza de la mesa, y fue ahí cuando lo vi.

    Erick, que había tratado de mantener la compostura toda la noche, me estaba mirando directo… muy directo. Su mirada ya no era la de un amigo, ni la de un compañero. Era la de un hombre devorando a una mujer. Sin filtros.

    Y entonces pasó: un gesto tan mínimo que cualquiera no lo habría notado, pero yo sí. Se acomodó en la silla, dejó escapar un “ufff” casi mudo y, disimulando, llevó la mano a su entrepierna. No como quien acomoda. No. Como quien se frota, preso de lo que está viendo.

    Dios… yo volé.

    El corazón me dio un salto brutal, como si me hubieran descubierto en un acto prohibido. Un escalofrío me recorrió entera, y al mismo tiempo sentí un calor húmedo intensificarse entre mis piernas.

    Me llevé la botella a los labios, intentando disimular mi propio temblor, pero sabía que estaba ardiendo. Que él acababa de mostrarme, aunque fuera por un segundo, que lo estaba volviendo loco. Y esa certeza me excitó más que cualquier roce.

    No había marcha atrás.

    Lo que vi me encendió como nunca. Ese gesto suyo, ese “ufff” contenido y la manera descarada en que se frotó sin poder disimular… me volvió loca. Sentí que si me quedaba quieta iba a explotar.

    Así que me levanté y me acerqué a la barandilla, de espaldas a él. El mar frente a mí era un pretexto perfecto: podía fingir que admiraba la vista, cuando en realidad lo único que quería era darle a Erick la vista de mí.

    Me incliné un poco hacia adelante, apoyando los brazos en el barandal, dejando que el short se subiera aún más con ese movimiento. Sentía el aire caliente pegado a mis muslos y la tela cortándome apenas, como si en cualquier momento fuera a mostrar más de la cuenta.

    Me quedé así, inmóvil unos segundos, sabiendo que él estaba justo detrás. Mi respiración se aceleraba, no por el calor del mar ni por las cervezas, sino por la certeza de que lo estaba provocando.

    Entonces, como para rematar, llevé una mano hacia el short, “acomodándolo”. Lo jalé apenas hacia abajo, pero con ese gesto lo que hice fue apretarlo más contra mí, marcando aún más mis curvas. Sabía que le estaba enseñando el borde de mi culo. Y sabía también que lo estaba matando.

    Yo temblaba por dentro.

    “Estoy jugando con fuego”, pensé… pero no podía parar.

    Sentía el corazón en la garganta. El mar rugía frente a mí, pero el verdadero ruido estaba dentro: mi respiración acelerada, la sangre golpeándome en los oídos, la humedad ardiendo entre mis piernas. Sabía lo que estaba haciendo al inclinarme, al dejar que el short se volviera casi un cachetero. Sabía que lo estaba provocando.

    Y entonces lo sentí.

    Un movimiento detrás de mí, lento, seguro. Antes de que pudiera girarme, Erick ya estaba ahí, tan cerca que podía oler su perfume mezclado con el sudor del calor. Su cuerpo se pegó al mío, fuerte, inevitable. Sus brazos me rodearon por el barandal, cerrándome en un abrazo que no pedí, pero que deseaba desde hacía rato.

    La cerveza en mi mano tembló. Cerré los ojos un instante, tragando saliva, sintiendo cómo su pecho rozaba mi espalda y cómo su aliento me calentaba el cuello.

    No me dijo nada. No hizo falta. Ese abrazo lo decía todo: la tensión que habíamos guardado por años, las miradas disfrazadas en la oficina, las bromas que en el fondo siempre fueron algo más. Todo estaba ahí, en el peso de sus brazos apretándome contra la baranda, en la dureza de su cuerpo pegado al mío.

    Yo me arqueé apenas, como si necesitara aire, pero en realidad era para sentirlo más. El short se tensó aún más contra mí, y mi pecho, firme bajo la blusa ligera, se elevaba con cada respiración descontrolada.

    Dios… estaba perdida.

    Sentí sus brazos rodeándome, pero de pronto uno de ellos bajó, firme, brusco, apretando mi abdomen. No fue un roce suave ni un abrazo tierno: fue una toma directa, posesiva, que me hizo soltar un pequeño gemido ahogado.

    El aire se me fue de golpe. Su mano me sujetaba fuerte, pegándome contra él, como si quisiera marcar que ya no había escapatoria. Yo apenas alcancé a apoyar las manos en el barandal, temblando.

    Y entonces, sin darme tiempo a pensar, me giró.

    Su fuerza me hizo chocar con su pecho, la cerveza casi se me resbaló de los dedos, y en ese instante todo se detuvo. No hubo palabras, no hubo advertencia. Sus labios cayeron sobre los míos, hambrientos, directos, besándome con una intensidad que me atravesó entera.

    Lo sentí caliente, urgente, sin espacio para dudas. Su boca devoraba la mía, su lengua buscaba la mía, y yo me entregué sin resistencia. Años de juego disfrazado, de miradas contenidas, de bromas inocentes… todo se rompió ahí, en ese beso brutal y morboso que me encendió como nunca.

    Mi cuerpo reaccionó solo: mis manos se aferraron a su camisa, mis piernas temblaron, y mi respiración se volvió un jadeo contra su boca. No importaba nada más: ni el hotel, ni el mar, ni el hecho de que él era casado. Nada.

    Solo nosotros. Y ese beso que ya no tenía regreso.

    Ese beso no terminó rápido. No fue un impulso fugaz. Fue largo, profundo, un beso que se prolongó hasta borrar el tiempo y el ruido del mar detrás de nosotros.

    Sentí su boca devorarme y la mía responder con la misma hambre. Su lengua buscaba la mía como si me conociera de siempre, como si no fuese la primera vez. Y esa fue la parte que más me desarmó: la naturalidad. Era demasiado real, demasiado fuerte… como si todo este tiempo hubiéramos estado esperando ese momento.

    Mis manos se aferraban a su camisa, temblando, queriendo arrancarle la tela, queriendo sentirlo más. Y lo tuve. Su cuerpo se pegó al mío sin espacio, sin aire. Y entonces lo sentí.

    Un calor distinto, duro, creciendo entre nosotros. Su erección rozando mi vientre, firme, inevitable.

    Me quedé sin respiración. El beso seguía, pero mi mente ardía al darme cuenta de lo que pasaba. Era un contacto tan directo que me estremeció entera, una sensación que nunca creí sentir de esa forma.

    No fue un roce cualquiera. Fue la confirmación física de lo que estaba ocurriendo: él también quería más. Su cuerpo lo decía antes que sus palabras, antes que cualquier confesión.

    Me pegué aún más, instintivamente, dejándome envolver, sintiendo cómo esa dureza se marcaba más fuerte contra mí. Mi respiración se volvió un gemido dentro de su boca, un susurro húmedo que solo él escuchó.

    Dios… lo quería. Lo quería como nunca.

    Su respiración chocaba contra la mía, caliente, urgente. Sus labios bajaban a mi cuello, luego volvían a mi boca, y yo temblaba, jadeando, perdida. Sentía su erección crecer contra mi vientre, cada vez más firme, más real, y mi cuerpo respondía con un deseo que no podía esconder.

    Me encendía sentirlo buscar mi cuello, rozarme con sus labios húmedos, dejar besos apretados que se mezclaban con pequeñas mordidas. Subía a mis mejillas, bajaba otra vez, hasta que me mordió el hombro con fuerza, arrancándome un gemido ahogado.

    Me estremecí completa, como si un rayo me hubiera atravesado la piel.

    Él lo notó. Lo sintió. Y con más confianza, sus manos dejaron de estar quietas en mi cintura. Primero subieron lentamente por mi espalda, apretándome contra su pecho, luego bajaron hasta mis brazos, acariciándolos con un roce que me erizaba la piel.

    Me agarraba con fuerza, como reclamando lo que por tanto tiempo habíamos negado, y en ese juego sus dedos llegaron hasta el borde de mi short. Sentí cómo lo rozaba, cómo jugaba con la tela mínima, levantándola apenas, como tanteando si se atrevía a ir más allá.

    Yo me arqueé contra él, pegándome más, dándole permiso sin decir una sola palabra. Y mi respiración, temblorosa, le decía todo lo que necesitaba saber: que yo lo quería tanto como él a mí.

    Y entonces, por fin, lo sentí bajar su mano.

    Al principio fue tímido, casi con miedo, acariciando mi culo por encima del short, apenas tanteando. Me estremecí completa, apretando los labios contra su cuello para no gemir tan pronto. Pero a cada segundo se volvía más seguro, más decidido.

    Sus dedos se hundían con fuerza, me manoseaba con descaro, apretándome, como si todo ese tiempo contenido lo estuviera descargando ahí. El roce no era inocente, no era casual: era puro deseo, puro morbo.

    Yo jadeaba, encendida, y de pronto lo hizo: me dio una nalgada seca, rápida, que sonó contra la tela mínima. Me sorprendió tanto que me reí en el mismo instante que un gemido se me escapó. Una mezcla rara, deliciosa, que me hizo sentir más viva que nunca.

    —Dios… —susurré, sin poder detenerme, apretándome contra él.

    Y él siguió, con la mano firme, con autoridad, acariciándome, manoseándome como si ya fuera suyo. El calor de Acapulco no tenía nada que ver con lo que yo estaba sintiendo en ese balcón.

    Estaba perdida… y lo amaba.

    De repente reaccioné, como si la conciencia me atravesara de golpe en medio del calor y la excitación. Puse mis manos contra su pecho, jadeando, temblando.

    —¡Erick, no… no puede pasar! —mi voz sonó entrecortada, más débil de lo que hubiera querido—. Estás casado… esto está mal.

    Él se detuvo. Me soltó despacio, aunque la respiración seguía agitada, los ojos brillando con esa urgencia que no podía esconder. Dio un paso atrás, levantó las manos, como rindiéndose.

    —Okay… —murmuró, con la voz ronca—. No te voy a obligar a nada, Diana. Paremos.

    Pero su cuerpo decía otra cosa. Podía verlo en la dureza marcada en su pantalón, en la tensión de sus hombros, en la forma en que no apartaba la mirada de mis labios. Podía sentirlo en el aire: no quería parar. Y yo tampoco.

    Antes de que pudiera ordenar mis ideas, volvió a acercarse. No con violencia, sino con esa fuerza irresistible que arrastra. Sus labios buscaron los míos otra vez, y cuando me besó, ya no fue como antes: fue más lento, más profundo, como el beso de unos novios que se descubren por primera vez.

    Y yo lo correspondí. Lo besé con las manos enredadas en su cabello, con el cuerpo entregándose sin resistencia.

    Ya no era solo sexo ni solo morbo. Era infidelidad, sí. Era deseo puro.

    Pero también había algo más… una conexión brutal que no podía negar. Podría llamarlo pasión, locura, hasta amor. No sé. Solo sé que nunca había sentido algo así.

    Lo estaba besando como si fuera mío. Y lo estaba deseando como si fuera el último hombre en la tierra.

    Seguíamos ahí, en el balcón, abrazados del cuello, dándonos besos cortos, húmedos, entre palabras susurradas.

    —Esto está mal… no podemos… —le decía yo, apenas separando mis labios de los suyos, solo para volver a besarlo al instante. Mis palabras se ahogaban en su boca, perdían fuerza cada vez que me rozaba con esa urgencia que no sabía esconder.

    Él no respondía con argumentos, no intentaba convencerme. Solo me besaba. Cada vez más profundo, más pasional, más morboso. Hasta que, de pronto, elevó el nivel.

    Su mano bajó y, sin aviso, me agarró la pierna. Fue la primera vez que me tocó ahí, en la piel desnuda, casi sin tela entre sus dedos y mi cuerpo. Me apretó el muslo con fuerza, arrancándome un gemido corto contra su boca, delicioso, inevitable.

    Y en ese mismo movimiento, me subió la pierna hasta colocármela en su cintura. Quedé así, prácticamente colgada de él, abrazándolo con la pierna mientras sus manos me sostenían con firmeza.

    Fue brutal. Sentí su verga durísima presionando directo contra mí, contra mi centro mojado que ardía bajo el short mínimo. El contacto, aunque con ropa de por medio, fue tan real que casi me hizo perder la cabeza.

    No dijimos nada. No había palabras. Seguimos besándonos como si fuéramos una pareja de años, frotándonos sin soltarnos, manoseándonos con desesperación. Mis manos en su cabello, en su espalda; las suyas apretándome, acariciándome con morbo, sin miedo ya.

    Yo estaba empapada. Podía jurar que se sentía, que la tela del short ya no era suficiente para contener lo que me estaba pasando. Y mientras nos rozábamos, una y otra vez, mi cuerpo lo reconocía: era deseo, sí… pero también esa conexión extraña, como si lo nuestro ya hubiera existido desde siempre.

    Y eso, lo prohibido, lo oculto, lo hacía aún más intenso.

    Ya no había palabras. Solo gemidos ahogados entre besos, respiraciones que chocaban y cuerpos pegados como si fueran uno solo.

    De pronto, con una fuerza que me hizo estremecer, Erick me giró contra la baranda del balcón. Sentí el hierro frío en mi espalda y, al mismo tiempo, el calor de su cuerpo pegándose por detrás, duro, incontrolable.

    Me siguió besando con una pasión que me arrancaba el aire, mientras sus manos, que antes jugaban tímidas en mi cintura, ahora subían sin pudor. Las sentí rozar mis pechos, atraparlos por encima de la blusa delgada, frotando mis pezones que estaban duros, tan sensibles que un simple roce me hizo soltar un gemido fuerte, irreconocible en mí.

    —Mierda… —susurré, perdida, mientras él me mordía el cuello y apretaba mis senos con más morbo, como si hubiera estado soñando con ese momento desde siempre.

    Su otra mano bajó sin pausa. Se detuvo en el borde de mi short, jugueteando apenas con la tela, hasta que, con un tirón lento, empezó a desabrocharlo. El sonido del cierre abriéndose en medio del silencio de la madrugada me hizo temblar aún más que sus besos.

    Yo no hice nada por detenerlo. Al contrario, me arqueé hacia él, ofreciéndome, respirando agitada contra su boca mientras sus dedos se deslizaban con descaro por mi piel caliente.

    Su verga, durísima, me rozaba por detrás, empujándome con cada movimiento, y yo ya estaba tan mojada que sentía la humedad bajar por mis muslos.

    Era explícito, era morboso, era brutal. Y aun así, en ese instante, no había culpa, no había duda. Solo él. Solo yo. Y el deseo desbordado que nos estaba consumiendo vivos en ese balcón de Acapulco.

    El sonido del cierre bajando aún resonaba en mis oídos cuando lo sentí colar su mano dentro de mi short. Primero fue solo el roce de sus dedos en mi cadera, un contacto que me hizo temblar de anticipación. Pero después bajó más, sin dudar, hasta llegar a mi vagina, por fuera de la tanga, yo solo tragué saliva…

    Tenía puesta mi tanga negra Calvin Klein, la más simple pero también la más sexy que había empacado. La tela mínima estaba ya empapada, pegada a mí. Solté un jadeo largo, entrecerrando los ojos.

    —Erick… —susurré, más como un gemido que como una palabra…

    Continuará.

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  • La tentación de la suegra

    La tentación de la suegra

    Mi historia comienza a mis 22 años, aunque todo se remonta a los 19, cuando inicié un noviazgo con quien hoy es mi esposa. En ese entonces, mi relación con mis suegros era normal, la típica de un yerno. Todo transcurría sin novedad hasta que mi novia quedó embarazada y tuvimos a nuestra hija. Los meses siguientes vivimos juntos, y la vida siguió su curso, tranquila, hasta que un evento lo cambió todo para siempre.

    Mi esposa y yo fuimos invitados a una cena de gala. Ella me comentó que su madre se había comprado un vestido escotado, del cual no estaba del todo convencida. No le di importancia, pero al llegar a la fiesta, la vi. No me senté con ellos al principio, pero cuando nos acercamos para saludar, mis ojos se toparon con un vestido que, de forma provocadora, solo cubría sus pezones. En ese instante, descubrí algo que nunca antes había notado: mi suegra tenía unas tetas enormes y deliciosas. Literalmente, me quedé sin aliento. Pasé toda la noche hipnotizado, con los ojos fijos en su escote, deseando poder tocar lo que veía.

    Durante la cena, nos levantamos para servirnos y, por casualidad, quedamos frente a frente con mis suegros. Hablar con ella se volvió una tortura, mi mirada se perdía inevitablemente en su pecho. Cuando mi suegro me vio, me miró con una ceja levantada, una mirada que me decía: “Todo eso es mío”. La noche terminó y cada uno se fue a su casa, pero mi mente estaba lejos de la normalidad.

    De camino a casa, le dije a mi esposa: “Tu mamá se veía muy coqueta”. Ella se lo tomó a broma y al día siguiente le contó a su madre. Su suegra solo sonrió con picardía. A partir de ese día, cada vez que teníamos la oportunidad, bromeaba con mi suegra, diciéndole a mi mujer: “Dile a tu mami que se ponga el vestido de aquella noche”. Ella lo tomaba con humor, pensando que para mí su madre era una señora mayor. Pero la verdad es que, hasta hoy, sus pechos parecen los de una mujer de 20 años: firmes, sin una sola marca.

    Desde esa noche, mi suegra se convirtió para mí en una mujer. Todo lo que hacía buscaba seducirla, buscando que se fijara en mí como un hombre, no solo como el marido de su hija.

    La normalidad continuó, pero mis miradas indiscretas se hicieron cada vez más atrevidas. Mi suegra vivía con mi cuñada, su hijo y mi suegro. Por suerte, mi suegro viajaba mucho por trabajo, incluso por meses, por lo que mi suegra pasaba mucho tiempo sola. Una noche, mi esposa me pidió que fuera a casa de su madre para recoger algo, pero en realidad quería que la visitara porque era su primera noche sola. Eran las 10 de la noche. Entré y el saludo fue normal, un abrazo y un beso en la mejilla. Sin embargo, algo fue diferente: mientras me abrazaba, su mano se deslizó hasta mi trasero, un movimiento que desató mil fantasías en mi mente.

    Aunque me dije que había sido un accidente, la tensión era innegable. Me invitó a cenar y a tomar un café, y su atención era exquisita. Nos sentamos a charlar y sentí su deseo. Al despedirme, el abrazo fue más largo, su mano volvió a mi trasero y mis pensamientos volaron. No podía dejar de pensar en lo que había pasado.

    Días después, volví con mi esposa a su casa. Tenía que comprobar si mi mente me estaba jugando una mala pasada. Pero esta vez, el saludo fue normal, sin ningún roce atrevido. Me sentí decepcionado, pero mi deseo no disminuyó. Seguí buscando la oportunidad de volver a verla a solas. Mi oportunidad llegó al poco tiempo, cuando fui a recoger algo. Para mi sorpresa, al saludarla, su mano volvió a deslizarse hasta mi trasero. Y lo mismo al despedirme. A partir de ese momento, entendí que no era una casualidad. Comencé a visitar su casa cuando sabía que estaría sola, y cada vez, su saludo era una provocación: sus manos acariciaban mi trasero, mientras su mirada me decía que me deseaba.

    Entendí que solo quería una cosa: comerme esas enormes y deliciosas tetas. La tensión sexual entre nosotros crecía cada día hasta que una noche, después de una pelea con mi esposa y casi tres semanas sin sexo, mi deseo se desbordó. Fui a verla con la intención de dejar claro lo que quería. La abracé por la cintura con fuerza, sintiendo el peso de sus pechos en mi pecho. Conversábamos, pero en mi mente solo existía una cosa: desnudarla. Mi erección se hizo evidente a través de mis shorts. Ella se percató, me miró a los ojos, y se humedeció los labios con nerviosismo.

    No pude más. Me acerqué y le susurré: “Siempre eres tan atenta conmigo, tan linda. ¿Me disculpas?”. Ella, confundida, me respondió: “¿Disculparte por qué?”. Mi respuesta fue un beso apasionado. La jalé por el brazo y la senté en mis piernas, su pecho contra mi cara. Mientras nos besábamos, le rompí la blusa y le quité el sostén, para finalmente saborear sus pechos. Sus gemidos al sentir mi lengua en sus pezones me volvieron loco.

    En el clímax, entre jadeos, me pidió que no me viniera dentro de ella. Cuando terminó, se arrodilló, y su boca me satisfizo, pidiéndome que me viniera sobre sus enormes y gloriosos senos. Terminamos exhaustos, sin decir una sola palabra.

    Durante meses, le mentí a mi mujer, diciéndole que iba a la universidad por las noches cuando en realidad me iba a la casa de mi suegra. Nos veíamos a diario, como dos amantes jóvenes y apasionados.

    Si has llegado hasta aquí, no te pierdas la continuación de esta historia, porque esto solo ha sido el principio. Mi cuñada también se une a la historia.

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  • Conociendo a Johanna

    Conociendo a Johanna

    Recibir un simple mail con asunto “Hola” de Johanna me pone la pija como un fierro, desabrocho el jean y se asoma el glande mirándome con su cara tuerta, vaya uno a saber qué extraña reacción química provoca la imagen que retumba en mi cabeza como si el pensamiento de mi verga resonara en mi cerebro.

    “Solo tienes que usar tu inteligencia, no necesitas dinero para que yo pueda conocer el interior de esa belleza”

    Su único ojo ubicado en la punta del glande sigue mirándome, vi a mi pija palpitar, crecer, tomar dimensiones que jamás hubiera soñado, mantenerse dura por horas, expulsar fluidos que crearon lagos entre enormes tetas, acabar y seguir cogiendo para volver a llenar una concha hambrienta e insaciable.

    Baje mis jeans y bóxer hasta la altura de mis rodillas, con el falo descubierto y recostándome sobre el respaldo de mi sillón de gerente contemplé la prominente erección.

    En mi interior siguen mis pensamientos.

    “Vi sus labios en las fotos de Telegram, fueron fotos de ver una sola vez, pero pude distinguir su boca pequeña con ganas de hacer el esfuerzo por abarcarme, enfunda en jeans también vi el lugar donde me gustaría permanece por mucho tiempo, pero antes de eso quisiera que le pidas que me recorra todo el tronco ida y vuelta. También recuerdo la foto en la que estaba vestida con un body marcando sus pechos, ahí también quiero quedarme un rato pero no olvides de besarla, recuerda que si estás sentado en el borde de la cama y ella se arrodilla en el piso yo quedo justo entre sus dos montañas y podes moverte de arriba abajo haciendo que recorra sus pechos, no abuses de su boca también quiero que me bese a mí, voy a llamar su atención acercándome a su mentón.”

    En el mail Johanna, no tenía ninguna intención de calmar mi pija sino todo lo contrario, me escribe – Te perdiste mi despedida la última vez que hablamos, estaba medio calentona jajaja.

    Observe en ese momento la vena que cruza la extensión de mi verga, se hizo más notoria bajo la piel, inmediatamente el tronco tomo un grosor mayor y su cabeza asomo en su totalidad hachándose más todavía. La corona del glande ya tiene un tinte lila y la cabeza en punta como bala de cañón es rosada, terminando en una uretra roja como un pequeño labio listo para besar.

    Un nuevo mail inesperado decía -. ¿Quieres que juguemos a enviarnos fotos? Te paso mi Telegram.

    Abro el Telegram y leo -Hola empiezo yo.

    Inmediatamente aparece la imagen como brillantina, toco para abrir la foto y… la imagen perfecta de una mujer de espaldas frente a un espejo, un sillón de oficina que estaba detrás de ella como si lo hubiera girado y una vez de pie se haya liberado de sus ropas luego retuve la imagen con mi dedo firme en la pantalla.

    Comencé a recorrerla, mis ojos apuntaron directamente a su orto excelentemente formado, adornado con un triángulo negro sobre el coxis y un hilo dental imaginado desaparecía por el centro de sus nalgas, su espalda arqueada mostraba un moño negro que apenas era rozado por una melena rubia que en posición natural llegaría a la altura de sus hombros. Sus piernas perfectas, la izquierda apenas flexionada.

    No pudiendo soltar el dedo de la pantalla para que no desaparezca la imagen hago una nueva recorrida. En ese instante mi pija comienza a expulsar un terrible chorro de semen que haciendo una parábola perfecta impacta en la barra espaciadora de teclado, el segundo con más fuerza pega casi en el borde del monitor y para no machar el pantalón suelto la imagen y puedo contener la tercera expulsión de líquido en mi mano apretando la cabeza de mi poronga hinchada y palpitando.

    Levanto el teléfono nuevamente y veo un nuevo mensaje – Así voy al gimnasio.

    Otra imagen de brillantina aparece.

    Conteniendo con la mano derecha la cabeza del pene para que el líquido que sigue escurriendo quede en mi mano, con gran habilidad toco en la imagen con el dedo pulgar para que aparezca la toma de un culo deglutiendo con voracidad una fina calza celeste, no pude fijar la imagen tuve que elegir entre sostener mi verga para no ensuciar todo o recorrerla nuevamente.

    Apenas estaba comenzando a respirar cuando recibo un nuevo mensaje. – Ahora te toca a vos envíame una foto de tu pija.

    Con la mano derecha agarre mi verga por la que escurrían algunas gotas de líquido, apunte la cámara del celular sosteniéndolo con la mano izquierda, enfoqué para tomar la instantánea, la vena zigzagueante en forma irregular cruza el tronco de norte a sur, mis dedos no llegan a cubrir el grosor y la cabeza que todavía asoma con la piel retraída, la cámara enfoca, disparo, y guardo la foto en mi carpeta segura.

    No pude enviar la foto, soy un caballero.

    Johanna, en nuestro próximo contacto podrá ver lo que provocan sus fotos y a vos, querida lectora, ahora te toca usar tus dedos.

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  • El poeta

    El poeta

    Una tarde, cuando me iba del trabajo, paso por la puerta de unos departamentos y había en el hall un hombre que su forma de vestir era llamativa, obvio que lo miré pero tratando de no ser evidente, caminé y mi adrenalina aumentó notablemente, por lo que decidí volver sobre mis pasos y ahí estaba él, con un libro en la mano apoyado sobre el marco de una puerta entreabierta, me miró, sonrió e hice lo mismo saludándolo con un leve movimiento de mi cabeza. Me acerqué a la puerta de vidrio mientras él hacía lo mismo, yo estaba con la ropa de mi trabajo, abrió la puerta

    -Trabajás en el cable supongo

    -Así es ¿Por?

    – Mi tele no se ve bien ¿Podrás hacer algo?

    -Tendría que verlo

    -Pasá por favor

    Y me guio hasta su casa cerrando la puerta detrás de mí; ya en su comedor fui derecho al televisor, lo prendí y noté que la imagen estaba bien; lo miré como preguntando

    -Lo típico, viene el médico y se cura. Dijo

    -No te preocupes, suele pasar, ¿Qué leías?

    -Poesía que escribo yo. ¿Te interesa?

    -No sé, quizás, ¿puedo ver?

    Y me pasó el libro donde los primeros versos decían: “Así como abres tus redondos glúteos para mí quiero que abras tu alma, porque entraré en ti con la misma fuerza que mi virilidad lo hace en cada cita”. Y seguían describiendo cómo dos personas hacían el amor al mismo tiempo que sus almas se enredaban, pero con un tono muy pornográfico.

    -Es un poco fuerte si uno no sabe lo que va a leer. Comenté

    -Es la descripción erótica de dos almas gemelas, todos mis libros son así

    -¿Tenés más?

    -Dos más. Si te interesan podemos analizarlos, vení sentate. Me dijo mientras se acomodaba en el sillón y me indicaba con su mano que lo haga a su lado, obvio que así fue y algo cerca de él, entonces abrió una página del medio y leyó unos versos que directamente detallaban una relación sexual entre dos hombres muy minuciosamente, me quedé en silencio unos minutos

    -Muy caliente. Dije luego

    -¿Te excita? Porque esa es la idea

    -Bastante. Respondí casi al mismo tiempo que él tocaba mi bulto duro, y no tardó mucho en estar de rodillas frente a mí sacando mi pija para tragarla, era muy bueno; yo empecé a acariciarlo, tomaba su cabeza y guiaba el ritmo, lo despeinaba, masajeaba sus hombros y su espalda, entonces dejó su tarea oral y nos besamos, se levantó y fuimos hasta su habitación que estaba semioscura ya que encima del velador había una especie de seda azul que daba al ambiente un clima fresco y acogedor.

    Mientras nos desnudábamos uno al otro nos besamos con fuerza, recorríamos con nuestras manos el cuerpo del otro, nos deteníamos especialmente en la cola y los miembros, el de él era bastante largo, de un grosor normal, pero calculo que tenía los 22 cm. tan buscados. Cuidadosamente se sentó en la esquina de la cama y su lengua saboreaba mi pene mientras tomaba mis nalgas y las abría, yo estaba más que excitado con este encuentro ocasional y en poco tiempo estuvimos en la cama enredados con caricias, besos, 69 y sexo, como siempre me ha pasado inicio como activo.

    Él con toda facilidad me entregó su cola, primero la abrí y con mi lengua jugaba en su delicioso ano, luego con mis dientes mordisqueaba los labios anales y sus glúteos, fue cuando sus gemidos tomaron fuerza y me rogaba que lo penetre, lo que hice mientras acariciaba su espalda como masajeándolo, jugaba en su cola mientras él la movía como una puta, con mis uñas marcaba sus nalgas y eso lo calentaba aún más, empecé a darle chirlos y entonces se puso en cuatro:

    -Si por favor, haceme tuyo. Dijo mientras se movía con tanta fuerza que pude sentir su pene cuál badajo de campana a los cuatro vuelos.

    A esta altura yo ya había aprendido a manejar mi clímax y muchas veces simulaba acabar sólo para poder seguir como pasivo y por las dudas mi señora justo quisiera hacer el amor.

    Entonces lo empecé a pajear y gemí con fuerza, le decía cosas como “que lindo sos” “hermosa cola” “me vas a hacer acabar” y mi poeta enloquecía de placer, fue cuando simulé que derramaba mi semen en su interior, ya lo bombeaba suavemente mostrando mi agitación, hasta que lo saqué, aún duro y se acostó boca arriba exhibiendo su largo miembro al que fui directo a saborear, ponía su cabeza en mis labios y la acariciaba con mi lengua, entre penumbras podía verlo a él con su cabellera revuelta mirándome y gozando mis juegos.

    Suavemente fui metiendo casi todo su duro falo en mi boca hasta hacer arcadas de placer, una y otra vez; podía notarlo muy caliente deseoso de que lo exprima con mi boca, y así lo hice, empecé a pajearlo con mi mano sin dejar de tragarla, hasta que luego de unos minutos sentí en mi lengua el líquido delicioso de su orgasmo, cuando vio que tragaba cada gota dijo:

    -Uhhh, sos un hijo de puta, te tragás todo y me cogés bien, no lo esperaba.

    Cuando terminó su bombeo fui derecho a acostarme a su lado y ahí me quedé, en silencio, disfrutando lo que habíamos hecho. Sin más pasó un tiempo nos cambiamos y me fui sin decir palabra, pero siempre vuelvo al menos una vez; sólo lo vi una más donde él me penetró con ganas y acabó en mí, no fue que no volviera por eso, sino que en aquel momento un nuevo submundo se abrió en mi vida.

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  • Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (4)

    Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (4)

    Ella sabía quién era el hombre que le estaba rompiendo el ano, y lejos de sentir culpa, una oleada de triunfo la invadía. Su hermana América siempre había sido la ganadora en su infancia, robándole cada victoria, cada atención. Pero ahora, con su hijo reclamándola con una pasión desenfrenada, Elizabeth sentía que había ganado la batalla definitiva. Su cuerpo se arqueaba, entregándose por completo, cada gemido era un grito de liberación. —Sigue, sobrino… no pares —jadeó, su voz rota por la lujuria, mientras sus caderas se movían al ritmo de sus embestidas, su vagina apretaba los dedos que la exploraban con una intensidad que la llevaba al borde del abismo.

    De pronto, Diego dejó de grabar, su respiración era pesada mientras arrojaba el celular al colchón con un movimiento brusco. Quería sentirla sin barreras, sin la distancia de una lente. Sacó sus dedos de la vagina de su tía, dejando un rastro de humedad que brillaba en su piel, y con un movimiento firme la levantó, girándola para pegar su espalda contra su pecho.

    El calor de su cuerpo contra el de ella era abrasador, su piel blanca contrastaba con el bronceado de Diego. Sus manos, grandes y fuertes, encontraron los senos de su tía, esas bolas de carne que había soñado poseer desde que era un adolescente. Las masajeó con una mezcla de reverencia y hambre, sus dedos apretaban la carne suave, pellizcando los pezones endurecidos que respondían a cada toque con un estremecimiento.

    —Siempre quise esto, tía —gruñó Diego, su voz era un susurro ronco contra su oído, mientras sus manos moldeaban los senos de Elizabeth, sintiendo su peso, su suavidad, su perfección. Ella, atrapada contra su pecho, inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que sus labios rozaran el cuello de Diego, un gemido escapó de su garganta mientras sus nalgas seguían recibiendo las embestidas de su sobrino.

    Su cuerpo estaba en llamas, cada caricia, cada roce, alimentaba un deseo que no podía contener. La habitación, impregnada del olor a sexo y sudor, resonaba con sus gemidos y el sonido de sus cuerpos chocando, un testimonio de una pasión que desafiaba cualquier límite. Elizabeth, en los brazos de Diego, sentía que había reclamado algo más que placer: había ganado una victoria que su hermana nunca podría arrebatarle.

    Diego, con su miembro aún hundido en el ano de su tía, movió una mano hacia su rostro, girando su cabeza con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de sus embestidas. Sus labios se encontraron en un beso apasionado, un choque de lenguas que los conectó en un nivel más profundo, sus alientos se mezclaban en un torbellino de deseo. La lengua de Elizabeth danzaba contra la de Diego, explorando con una avidez que la hacía gemir contra su boca, el sonido era amplificado por las embestidas que seguían reclamando su cuerpo.

    El beso, húmedo y febril, hizo que Elizabeth se arqueara aún más, con su ano apretándose más alrededor de la verga de Diego, cada movimiento intensificaba el placer que la consumía. Rompió el beso por un instante, sus ojos miel brillaron con lujuria mientras lo miraba. —Sabía que me deseabas, sobrino —susurró, con voz ronca y cargada de complicidad—. Hace años te vi masturbándote con uno de mis cacheteros… y no me enojé.

    Me pareció tierno. —Sus palabras eran una confesión cargada de deseo, su cuerpo temblaba mientras recordaba aquel momento, la imagen de un joven Diego perdido en su lujuria alimentando ahora su propia excitación—. Quiero que esta cogida dure horas —jadeó, sus manos se aferraron a los muslos de su sobrino, sus nalgas chocaban contra la pelvis de Diego con cada embestida.

    Diego, con la respiración entrecortada, sintió que su cuerpo estaba al borde del colapso. El calor apretado del ano de Elizabeth, combinado con sus palabras y el beso que aún resonaba en sus labios, lo llevaba al límite. —Tía, estoy a punto de venirme —admitió, su voz era un gruñido desesperado, sus manos apretaban los senos de Elizabeth con más fuerza, los pezones endurecidos rozaban sus palmas.

    Pero ella, con un gemido suplicante, negó con la cabeza, sus caderas moviéndose contra él, rogándole más. —No, Diego, aguántate… por favor, no termines aún —imploró, su voz temblaba de deseo, sus dedos se deslizaron hacia su clítoris, frotándolo, resistiendo el impulso, Diego se contuvo, deteniendo el vaivén de sus caderas con un esfuerzo sobrehumano. Su cuerpo temblaba, su verga palpitaba dentro de ella, pero obedeció, quedándose inmóvil, su respiración era pesada mientras luchaba por complacerla. La habitación, impregnada del aroma de su pasión y el eco de sus gemidos, era un santuario de deseo donde el tiempo parecía detenerse, atrapados en un momento de placer que Elizabeth quería prolongar eternamente.

    Diego, con un esfuerzo titánico, logró contener el clímax que amenazaba con desbordarlo, su respiración era pesada mientras sacaba lentamente su verga del ano apretado de su tía. La sensación de liberarse de aquella estrechez fue un alivio momentáneo, pero su erección seguía firme, palpitante, brillando con los jugos de su tía bajo la luz tenue de la habitación. Se dejó caer de espaldas sobre el colchón, su pecho subía y bajaba, los músculos de su torso definidos relucían con una fina capa de sudor. Elizabeth, con los ojos miel encendidos de lujuria, lo observó desde su posición, su cuerpo desnudo vibraba con un deseo que no podía contener. La visión de la verga de Diego, erecta y lista, era una invitación que no podía rechazar.

    Con una gracia felina, Elizabeth se puso en cuclillas sobre él, sus muslos abiertos, la piel blanca de sus nalgas contrastaba con el vello púbico rubio que enmarcaba su pelvis. Con dos dedos de su mano derecha, abrió los labios de su vagina, húmedos y relucientes, exponiendo su interior rosado y palpitante. Lentamente, se bajó sobre su sobrino, guiando su verga hacia su entrada, sintiendo cómo la llenaba centímetro a centímetro. Un gemido profundo escapó de sus labios cuando lo tuvo completamente dentro, su vagina lo apretaba con una calidez que lo hacía jadear. Diego, con las manos firmes, la tomó por la cintura, sus dedos se hundían en la carne suave de sus caderas, guiándola en un ritmo que los conectaba en un baile prohibido.

    Elizabeth comenzó a subir y bajar, con movimientos lentos al principio, saboreando cada sensación mientras la verga de su sobrino la penetraba profundamente. Su cuerpo vibraba, cada embestida enviaba ondas de placer que la hacían arquearse, sus senos prominentes rebotaban con cada movimiento, sus pezones endurecidos cortaban el aire. —Dios, sobrino… la tienes tan grande —gimió, su voz era un susurro cargado de éxtasis, mientras aceleraba el ritmo, sus caderas se movían con una urgencia que reflejaba su deseo insaciable. Sabía que era su sobrino quien se la estaba cogiendo, y esa certeza solo intensificaba su placer, una mezcla de tabú y lujuria que la llevaba al borde de la locura.

    Diego, embelesado, no podía apartar la mirada de los senos de Elizabeth, grandes y perfectos, danzando frente a él con cada embestida. Sus manos subieron desde su cintura, acariciando la curva de su torso hasta alcanzarlos, apretándolos con una mezcla de reverencia y posesión.

    Sentía la vagina de Elizabeth, húmeda y apretada, envolviéndolo, sus jugos se deslizaban por su verga y empapaba sus testículos, un calor líquido que lo volvía loco. —Tía, eres mi sueño —jadeó, su voz rota por el placer, mientras sus dedos pellizcaban los pezones de Elizabeth, arrancándole gemidos más agudos. Cada movimiento de ella era una tortura deliciosa, su vagina lo apretaba con cada descenso, sus nalgas chocaban con sus muslos con un sonido carnoso que llenaba la habitación.

    El aire estaba impregnado del aroma intenso de su sexo, una mezcla de sudor y deseo que los envolvía. Elizabeth, perdida en la sensación de ser llenada por Diego, inclinó la cabeza hacia atrás, su cabello rubio caía en cascada sobre sus hombros, mientras sus caderas se movían con una ferocidad que desafiaba cualquier control. La habitación resonaba con sus gemidos y el sonido rítmico de sus cuerpos.

    Elizabeth, montada sobre la verga de Diego, sentía que su cuerpo era un volcán en erupción, cada fibra de su ser vibraba con un placer que la consumía. Sus gemidos llenaban la habitación, profundos y desesperados, mezclándose con jadeos que escapaban de sus labios entreabiertos. Después de años de soledad, de noches con su vibrador como único consuelo, por fin se entregaba a un hombre, a su sobrino, y la sensación era abrumadora.

    Ningún juguete, ninguna fantasía, podía compararse con la realidad de Diego dentro de ella, llenándola con una intensidad que la hacía sentir viva, deseada, ardiente. Su vagina, húmeda y apretada, abrazaba la verga gruesa de su sobrino con cada movimiento, mientras sus caderas subían y bajaban en un ritmo frenético, sus nalgas chocaban con los muslos de él con un sonido rítmico, como una música carnal que acompañaba su unión prohibida.

    Diego, recostado bajo ella, estaba hipnotizado por la visión de su tía. Sus senos prominentes, grandes y perfectos, rebotaban con cada embestida, los pezones endurecidos cortando el aire, brillando con una fina capa de sudor. Su piel blanca relucía bajo la luz tenue, y el vello púbico rubio que enmarcaba su pelvis era un detalle que lo enloquecía. —Te deseo tanto, Elizabeth —gruñó, su voz profunda y cargada de lujuria, mientras sus manos recorrían su cintura, subiendo para apretar esos senos que lo obsesionaban—. Eres un monumento de mujer, joder… amo tus tetas, tu vagina tan mojada, ese culo tan redondo. —Sus palabras eran un combustible que avivaba el fuego en Elizabeth, haciéndola gemir más fuerte, sus caderas acelerando el ritmo como si quisiera fundirse con él.

    El choque de sus nalgas contra los muslos de Diego resonaba en la habitación, un aplauso constante que se mezclaba con el aroma embriagador del sexo, un olor crudo y adictivo que impregnaba el aire. Diego, incapaz de contenerse, levantó una mano y comenzó a nalguearla, sus dedos impactaban contra la carne firme de sus nalgas desde esa posición, cada golpe arrancaba un grito de placer de Elizabeth. —¡Sí, Diego, ¡más! —jadeó ella, su voz temblaba de excitación, mientras el calor de las nalgadas se mezclaba con el placer de ser penetrada. Cada impacto hacía que sus nalgas temblaran, la piel se enrojecía ligeramente, un contraste sensual con su blancura natural.

    Elizabeth nuevamente inclinó la cabeza hacia atrás, su cabello rubio caía en cascada sobre sus hombros, mientras sus manos se aferraban a los brazos de Diego, buscando anclarse en medio del torbellino de sensaciones.

    Su vagina, empapada, deslizaba jugos por la verga de su sobrino, empapando sus testículos, cada movimiento intensificaba la conexión entre ellos. —Nunca me habían cogido así —gimió, sus ojos estaban nublados por el éxtasis, su cuerpo temblaba mientras se entregaba por completo. Diego, con una mezcla de adoración y deseo salvaje, seguía nalgueándola, sus manos marcaban un ritmo que complementaba sus embestidas, mientras sus palabras de alabanza resonaban en los oídos de Elizabeth, haciéndola sentir como la diosa de sus fantasías.

    Diego, con su cuerpo tenso por el deseo, abrazó a su tía por la cintura, sus manos fuertes apretaban la carne suave de sus caderas. Con un movimiento fluido, la giró, haciendo que su espalda impactara contra el colchón, las sábanas arrugadas enmarcaban su figura desnuda. Su piel blanca brillaba con una capa de sudor, sus senos prominentes temblaban con cada respiración agitada.

    Diego levantó las piernas de su tía, colocándolas sobre sus hombros, abriéndola por completo ante él. La visión de su vagina, húmeda y rosada, rodeada de un vello púbico rubio, lo hizo jadear. Con una lentitud deliberada, volvió a penetrarla, su miembro se deslizo en su interior apretado, cada centímetro arrancaba un gemido profundo de Elizabeth. Inclinó la cabeza, sus labios encontraron uno de sus senos, lamiendo el pezón endurecido con una lengua hambrienta, mientras sus manos recorrían la curva de sus muslos.

    El beso que siguió fue un torbellino de pasión, sus lenguas entrelazándose con una urgencia que los consumía. Diego, perdido en el placer, rompió el beso para mirarla a los ojos, sus palabras escaparon en un gruñido ronco. —Quiero preñarte, tía —declaró, con voz cargada de una lujuria cruda que hizo que el cuerpo de Elizabeth se estremeciera. Ella abrió los ojos de golpe, sus pupilas estaban dilatadas por el deseo, y entre gemidos, respondió con una entrega total. —Préñame, sobrino… dejaré que lo hagas —jadeó, su voz temblaba de excitación, mientras sus caderas se alzaban para recibirlo más profundamente.

    Diego, impulsado por sus palabras, intensificó sus embestidas, cada movimiento era más rápido, más profundo, mientras sus dientes atrapaban los pezones de su tía, mordiéndolos con una mezcla de ternura y ferocidad. Ella gritó, el placer y el dolor se entrelazaban, su vagina se apretaba alrededor de él, empapándolo con su humedad. La habitación apestaba a sexo sucio, un aroma embriagador de sudor, fluidos y deseo desenfrenado que llenaba el aire. Los gemidos de ambos resonaban, en un coro de lujuria que hacía vibrar las paredes. Diego, sintiendo el clímax acercarse, gruñó contra su piel. —Ya me vengo, tía —advirtió, con voz rota por la urgencia.

    Elizabeth, al borde de su propio orgasmo, bajó las piernas de los hombros de Diego, envolviendo su torso con ellas, atrapándolo contra su cuerpo. —¡Préñame, sobrino! ¡Lléname de tu semen! —gimió, su voz era un grito desesperado mientras sus uñas se clavaban en los hombros de Diego, su vagina palpitaba alrededor de su verga. Él, con un rugido final, se rindió. —Es todo tuyo —jadeó, descargándose dentro de ella, su semen caliente inundó su interior en chorros intensos. Al mismo tiempo, Elizabeth se deshizo en un orgasmo devastador, su cuerpo convulsionó mientras sus líquidos se mezclaban, un río de placer que empapaba las sábanas.

    Sus labios se encontraron en un beso apasionado, sus lenguas danzaban mientras sus cuerpos seguían temblando, conectados en la culminación de su deseo. La habitación, impregnada del olor de su unión, era un testimonio de una pasión que había roto todas las barreras, dejando solo el calor de sus cuerpos y la promesa de un placer que no olvidarían.

    Elizabeth y Diego yacían entrelazados sobre el colchón, sus cuerpos estaban completamente cubiertos de sudor. Diego, aún encima de su tía, sentía el calor de su piel contra la suya, sentía su verga todavía alojada en la vagina húmeda y cálida de Elizabeth, palpitando con los ecos de su clímax compartido. Sus labios se encontraban en besos lentos, profundos, cargados de una ternura que los hacía parecer amantes perdidos en un mundo propio. La lengua de Elizabeth rozaba la de Diego con una suavidad que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de compartir, cada roce era un recordatorio de la pasión que los había consumido.

    Elizabeth, con los ojos entrecerrados, deslizaba sus manos por la espalda de Diego, sus dedos recorrían sus músculos tensos, sintiendo la fuerza que había reclamado su cuerpo con una ferocidad que aún la hacía temblar. Sentía los chorros de sus orgasmos mezclados, un río cálido que escapaba de su vagina, deslizándose por sus ingles, colándose entre sus nalgas y empapando las sábanas debajo de ella. La sensación era visceral, casi primitiva, como si estuviera descubriendo el sexo por primera vez. Su sobrino la había poseído con una intensidad que ningún hombre, ningún vibrador, había igualado jamás. Cada embestida había sido una declaración, cada caricia un incendio que la había hecho sentir deseada, viva, completa.

    Volteó la cabeza hacia el despertador en el buró, la luz digital marcaba las tres horas que habían pasado desde que llegó a casa, un tiempo que parecía haber durado una eternidad. La habitación olía a sexo, un aroma crudo y embriagador que se mezclaba con el sudor y el calor de sus cuerpos. Diego, aún perdido en ella, inclinó la cabeza hacia sus senos, su lengua trazaba círculos lentos alrededor de un pezón endurecido, lamiéndolo con una delicadeza que arrancaba suspiros suaves de Elizabeth. La sensación de su boca, cálida y húmeda, contra su piel sensible la hacía estremecer, su cuerpo respondía incluso después del clímax, como si no pudiera saciarse de él.

    —Nunca me habían cogido así, sobrino —susurró Elizabeth, su voz era un murmullo ronco, mientras sus dedos se enredaban en el cabello de Diego, guiándolo suavemente contra su seno. Él respondió con un gemido bajo, sus labios se cerraban alrededor del pezón, succionándolo con una lentitud que era casi reverente. Sus manos, aún apoyadas en las caderas de Elizabeth, acariciaban la curva de sus nalgas, sintiendo la humedad que aún goteaba entre ellas. —Eres todo lo que soñé, tía —murmuró contra su piel, su voz cargada de adoración, mientras su lengua seguía explorando, saboreando el sabor salado de su sudor.

    Elizabeth, atrapada en el calor de sus caricias, sentía su cuerpo vibrar, cada roce reavivaba el deseo que aún palpitaba en su interior.

    La erección de Diego había cedido, pero su verga, aún cálida, descansaba contra el muslo de su tía, una prueba tangible de la pasión que los había consumido. Sus ojos se encontraron, sus miradas estaban cargadas de una intensidad silenciosa, sin necesidad de palabras. Las sonrisas que curvaban sus labios eran cómplices, un reflejo del acto prohibido que habían cometido, un incesto que, lejos de pesarles, parecía encender una chispa de excitación en sus cuerpos.

    Elizabeth, con su cabello rubio bañado en sudor, desparramado sobre la almohada, acariciaba el pecho de su sobrino con dedos lentos, trazando las líneas de sus músculos mientras su respiración se calmaba. Sus senos prominentes, aún sensibles por las caricias recientes, rozaban el torso de su él, los pezones endurecidos dejaban un rastro de calor. Diego, con una mano descansando en la curva de su cadera, la miraba con una mezcla de adoración y deseo residual, sus ojos oscuros recorrían la piel blanca de su tía, deteniéndose en la suavidad de sus nalgas y el vello púbico que enmarcaba su pelvis. El silencio entre ellos era eléctrico, cargado de la certeza de lo que habían hecho, un secreto ardiente.

    Fue Elizabeth quien rompió el silencio, su voz era un susurro ronco, teñido de lujuria y satisfacción. —Eres un semental, sobrino —dijo, con una chispa traviesa mientras se inclinaba hacia él, sus labios rozaron su mandíbula—. Me llenaste con chorros de tu semen, y fue… delicioso. —Sus palabras eran una confesión cargada de placer, su mano se deslizaba por el abdomen de Diego, deteniéndose justo donde sus cuerpos aún se tocaban, sintiendo la humedad pegajosa que había quedado entre sus muslos. La sensación de su semen, mezclado con sus propios fluidos, goteando lentamente por sus ingles, la hacía estremecer, como si cada gota fuera un recordatorio de la intensidad con la que su sobrino la había poseído.

    Con una sonrisa cargada de orgullo, Diego respondió a las palabras de su tía, su voz profunda resonaba con satisfacción. —Es por el mujerón que me acabo de coger, toda una diosa del sexo —dijo, sus ojos oscuros recorrían la figura de Elizabeth, deteniéndose en la curva de sus caderas y el vello púbico que brillaba con restos de su unión—. Hace doce años te vi desnuda mientras te bañabas, tía, y desde ese día soñé con esto. Por fin cumplí mi deseo de cogerte.

    Elizabeth, con el cabello bañado en sudor, desparramado sobre la almohada, sonrió. Sus ojos brillaban con una mezcla de lujuria y ternura, sintiéndose deseada como nunca. Inhaló profundamente, el aire estaba cargado del olor a incesto, un recordatorio visceral de lo que habían hecho. —Te amo, sobrino —susurró, su voz era un murmullo cálido mientras sus dedos trazaban círculos suaves en la espalda de Diego—. Pero esta habitación apesta a sexo, a lo que hicimos… ¿Qué dirán tu madre o mi hija si se enteran? —preguntó, con una chispa de preocupación cruzando su rostro, aunque el calor entre sus muslos seguía palpitando, traicionaba su deseo.

    Diego, sin soltarla, inclinó la cabeza y la besó con una pasión lenta, sus labios exploraban los de ella con una intensidad que los conectaba aún más. —Dirán que te cogí tan rico que no pudiste evitar querer contárselos —respondió, su voz estaba teñida de una arrogancia juguetona mientras rompía el beso, sus manos apretaban las nalgas de su tía—. Y, honestamente, no creo que a mi primita le falten ganas de que me la coja a ella también. —Sus palabras, eran un desafío provocador, e hicieron que Elizabeth sintiera una punzada de celos, sus ojos se entrecerraron mientras lo miraba.

    —Si se lo haces a Atziry, procura que no me entere —dijo, con tono firme pero cargado de una sensualidad que no podía ocultar, sus dedos se clavaron ligeramente en los hombros de Diego. Sus miradas se encontraron, profundas y cargadas de una conexión que iba más allá del deseo físico, como dos enamorados atrapados en un secreto que los definía.

    Sin levantarse, sin romper el abrazo, sus cuerpos seguían entrelazados, la piel de Elizabeth contra la de Diego, tía y sobrino con sus respiraciones sincronizadas en un ritmo lento. La habitación los envolvió mientras se deslizaban en el sueño, sus cuerpos aún pegados, sus corazones latiendo al unísono. Desde ese día, su relación cambiaría para siempre, marcada por un deseo prohibido que ninguno quería abandonar.

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  • Maduro y joven en el gimnasio

    Maduro y joven en el gimnasio

    “Dime, ¿lo quieres hacer, verdad?”.

    Antes de emprender vuelo a Roma, como otras muchas mañanas a las seis, Marcus se dirige al gimnasio. Aquel día, también como otros muchos, ve cómo se detiene en la puerta un vehículo y un joven se despide de la chica que lo conduce y accede al local portando una bolsa de deporte. Es habitual encontrarlos a esa hora y luego compartir con él la sesión de máquinas, siempre solos.

    Mientras Marcus se ejercita en la cinta ve al joven esforzándose con la elíptica. Lo contempla, disimuladamente, sus bíceps tensándose, su húmeda camiseta marcando los pectorales. Desde su posición, cuando aquél se levanta, ve sus fuertes glúteos al hacer estiramientos. Sus miradas se cruzan un momento y nota la de aquél algo azorada cuando, agotado, Marcus se quita su camiseta mojada para ir a la ducha. Se desnuda y deja correr el agua fría sobre su cuerpo mientras piensa que no estaría mal follarse al chaval ennoviado; eso le excita y se nota, mucho.

    Con esta idea en la cabeza, sale del cubículo y allí está él, con la toalla cubriéndole de cintura para abajo, recién duchado también. Sin dirigirse una palabra, sus miradas vuelven a encontrarse un segundo aunque aquél la retira rápidamente y baja la cabeza. Marcus observa la evidente su erección bajo la toalla; la suya no tiene nada que la cubra. Se le acerca lentamente.

    -Hola, no perdamos más el tiempo, ¿no crees?

    -Es que tengo novia, no soy gay tío.

    -Ni yo. No seas tan cartesiano ¿Es que está aquí tu chica?. Dime, ¿lo quieres hacer, verdad? Pues, entonces, esa toalla ya te está estorbando. Vamos.

    Y deja que la toalla se escurra desde la cintura a los pies.

    -¡Vaya rabo!, exclama Marcus y mirándole fijamente a los ojos, se acerca a él y posa una mano en su nuca; con la otra le agarra fuerte una de sus nalgas, sus cuerpos unidos de tal manera que nota su pene erecto en el vientre, sus testículos en los suyos. Lo besa, primero delicadamente, luego sin freno.

    -Te noto tenso. Déjate ir, déjate hacer.

    Va descendiendo desde el cuello, que mordisquea, pasando por sus pezones, que succiona, llegando a sus ingles. Su lengua juega en ellos sintiendo la erección en la mejilla. Le lame los huevos y luego asciende por el tronco hasta engullir el glande inflamado y saborear el transparente fluido que mana. El joven gime con la mirada hacia el techo, sus abdominales tensos, las piernas separadas. Piensa en su novia.

    -Chúpamela tú ahora. Sin prisa. Así, de rodillas, cógeme bien el culo.

    Se balancea levemente gozando de la mamada. El tiempo se detiene.

    -Muy bien…. Ahora apóyate en la pared, así, inclínate un poco. Te voy a comer un poco el ojete, a ver cómo lo tienes.

    Goza de él y luego, incorporándose, coloca una mano entre sus omóplatos y con la otra introduce levemente el glande en el ano.

    -Si nos pillan, me echan del club, mmmm…

    -No te preocupes, soy el dueño.

    -¡Joder! Eres el puto amo. ¡Ahhh! gime cuando lo penetra.

    -No llevas protección…

    -Soy un profesional de esto. Me analizo periódicamente. ¿Y tú?.

    -Sin problema…. ahhh… soy donante de sangre.

    -Pues este es el premio por tu altruismo, le dice. Y se la mete hasta el fondo.

    Mientras lo sodomiza, Marcus masturba al joven. Su mano acelera el movimiento acompasadamente con el ritmo de su penetración. Dentro y fuera, dentro y fuera. La vena de la verga del chico a punto de estallar, el glande húmedo y rojo rozando la pared con las embestidas.

    -¡Ahhh… me corro… más fuerte, joder, más fuerte! -grita entre jadeos sintiendo el aliento de Marcus en su cuello.

    Al fin, eyacula y el abundante semen sale expelido con fuerza, en parte contra los azulejos por los que se desliza espeso; el resto se derrama en la mano de Marcus.

    -¡Gírate, la espalda contra la pared…! -le ordena entre gemidos mientras sale de él.

    Pajeándose furiosamente lo contempla, sus abdominales marcados, los inguinales tensos, sus fuertes muslos, hasta que por fin se corre sobre su pubis y su pene aún palpitante. Marcus se echa sobre él y lo morrea cogiéndole la cabeza con ambas manos, sus miembros calientes y embadurnados en contacto.

    -¿Cómo te llamas, por cierto?

    -Marc..

    -¿Tú también…? ¿Te gustó tu primera vez?

    -¡Demasiado…!

    -Pues me parece que a mi amiga Pi también -le replica con una sonrisa con la cabeza girada hacia fuera.

    Porque allí está Pi, la gerente del gimnasio y empleada de Marcus, que, con las tetas al descubierto y una mano entre las piernas, ha contemplado la escena que tanto había imaginado.

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