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  • Gemidos en el despacho

    Gemidos en el despacho

    Escuchando los gemidos de Diego

    El ambiente del cuarto estaba sobrecargado. Llevábamos horas preparando un proyecto para un simposio sobre el autismo, sentados uno junto al otro delante del ordenador. No me di cuenta hasta que salí del despacho para dirigirme al baño. Eran ya cerca de las once de la noche. Los demás compañeros del gabinete de psicopedagogía donde trabajábamos ya se habían ido a sus casas.

    ―Yo no puedo más ―le digo irguiéndome en la silla, masajeándome el cuello. ―¿Lo dejamos por hoy? Ya no sé ni lo que leo.

    ―Venga, mujer, sólo un par de horas más ―me dice frunciendo el ceño, mirándome como solía hacer, fijamente.

    ―¿Un par de horas más?, ¿pero tú qué es lo que tomas? ―le digo usando ese tonillo de indignada que no me creía ni yo misma y que solía emplear con él. Ya nos conocíamos demasiado bien. Al pronunciar la frase, su cara impostada de cascarrabias dio paso de inmediato a una amplia sonrisa. Le encantaba incordiarme. ―Quédate tú, si quieres. Me voy a hacer un pis y recojo.

    Al traspasar el umbral, noté el aire más fresco y limpio, libre de las emanaciones con que nuestros cuerpos tibios habían inundado el despacho durante horas. El contraste me dio en la cara.

    ―No dejes abierta la puerta del baño ―me dice―, como haces siempre, que no quiero oír tus chorritos de alivio.

    Me quedo parada en el pasillo. «¿Como hago siempre?» ―pienso para mí―. «¿Pero qué está diciendo este energúmeno?» Doy media vuelta y estoy a punto de regresar al despacho cuando caigo de nuevo en la cuenta de que ha puesto en modo «on» su maquinaria pesada para sacarme de quicio. Estoy a punto de soltar una carcajada, pero me reprimo. Me llevo la mano a la boca, sofocando la risa, y vuelvo a dar media vuelta para dirigirme al baño. Cuando logro recomponerme, le suelto mientras camino:

    ―Tranquilo, que ya la cierro. Es que yo pensaba que te gustaba oírme… ―le digo sin poder evitar reírme, mordiéndome el labio cuando hube terminado la frase.

    Dentro del baño, con las bragas en las rodillas y la falda remangada, no puedo evitar sentirme algo inquieta, para mi sorpresa, ante mi sospecha de que él pudiera estar oyendo «mis chorritos de alivio». Me cruzaban por la mente pensamientos absurdos. Diego tenía la habilidad de ponerme «nerviosa» con sus tonterías.

    A menudo, cuando yo trabajaba en el ordenador y los demás compañeros estaban en sus despachos enfrascados en sus trabajos, atendiendo a algún niño con problemas de dislexia o de atención, Diego aprovechaba para acercarse al mío y ponerse a observar por encima de mi hombro, muy serio, el texto que yo tenía a medio redactar. Sin decir una palabra, acercaba su dedo índice a la pantalla, tieso como una flecha, y me hacía notar el error de ortografía, de semántica, de puntuación o cualquier otra cosa que le sirviera para incordiarme. Yo soltaba un bufido, y a continuación le decía algo como:

    ―¿Por qué no te metes el dedito donde te quepa, guapo?

    ―Yo sólo intento ayudar ―seguía diciendo muy serio, haciéndose el agraviado.

    ―Sí, ya, claro, por supuesto. Anda, niño, métete en tus cositas ―le decía yo, empujándole, sin ninguna convicción. Él se quedaba allí, apoyado en el respaldo de mi sillón, mientras yo trataba de seguir escribiendo, cada vez más «nerviosa». Yo tenía mis razones para estarlo.

    ―Muy bonito ese color ―me soltaba. Yo me quedaba descuadrada un momento, hasta que lograba encajar el comentario.

    A mí sí que me subía el color y el calor hasta las orejas. Yo trataba de no despegar la mirada de la pantalla, ruborizada. Se refería a mi sujetador. Tenía la manía de mirarme el escote desde arriba y decirme estas tonterías.

    ―Me alegro tanto de que te guste ―le decía yo, aparentando hastío, como si estuviera de vuelta de todo, pero ¿a quién iba a engañar?

    ―Sí, sí, muy bonito ese azul pálido, por no hablar del encaje. ¿No crees que se te ve demasiado?

    «Me lo cargo», pensaba yo para mí, tirando instintivamente hacia arriba de la solapa de mi camisa de cuello, sin mangas, color salmón, que me había puesto ese día. Después, volvía a empujarle para que se fuera:

    ―Anda, bonito, vete a decirle a tu tía la ropa que tiene que ponerse ―y él se marchaba, partiéndose de risa.

    Por culpa de estas tonterías, me vi en más de una ocasión delante del espejo, antes de salir para el gabinete, por la mañana, pensando si se percataría de mi nuevo modelito. «¿Será posible?», pensaba yo para mí.

    En el baño, aún inquieta, y con las bragas en las rodillas, cojo un trozo de papel y me limpio. Tiro de la cadena, abro la puerta y me dirijo al despacho. Al traspasar el umbral, el ambiente cargado vuelve a invadirme: el cuarto huele a nosotros. Con paso perezoso, camino inconscientemente hacia la silla que había ocupado minutos antes, pero algo me detiene. Es su cara. Está mirando fijamente a la pantalla, con el rostro inmóvil, muy serio. Me quedo parada en medio de la sala.

    ―¿Qué te pasa?

    Él no se inmuta, y tampoco me contesta. Sigue mirando la pantalla, concentrado, los ojos muy abiertos.

    ―¡Eh, niño!, ¿qué te pasa? Estás muy serio.

    En vista de que no me contesta, avanzo unos pasos por el despacho y me asomo a la pantalla del ordenador. Quiero ver qué es eso que le tiene tan abstraído. ¿Y con qué me encuentro?

    ―¡Pero qué haces!, ¿estás loco? ―le digo con la boca abierta, echándome instintivamente hacia atrás, como alejándome de una fuente de infección.

    Estaba viendo una película porno, ¡en el despacho! Yo me llevo la mano a la boca y noto una ráfaga de calor invadiéndome el cuerpo. El corazón se me acelera por momentos. ¿Y qué hace él? Sonríe abiertamente, borrando de un tirón su expresión de seriedad, y me dice:

    ―¿No querías relajarte? Pues esta me parece una forma estupenda.

    Por un segundo, no sé cómo reaccionar, sigo con la boca abierta, bloqueada ante la escena. Aunque nunca sé si se me nota, sé perfectamente cuándo me sucede, y en ese preciso momento sentí cómo el rubor invadía mis mejillas. No supe dónde meterme. El corazón me batía con redobles.

    Decido irme al pasillo, sofocada. Mientras me alejo, veo que él no se mueve de la silla y sigue mirando la película, impasible. Ya en el pasillo, trato de respirar el aire limpio, hacerlo penetrar dentro de mí con la esperanza de recobrar la serenidad y «desintoxicarme» del ambiente viciado del despacho. Pero es en vano. La escena me atrae como un imán. Además, Diego no me facilita las cosas. Desde el pasillo, oigo que me dice:

    ―¿Quieres calmarte? No es más que un entretenimiento inofensivo.

    Yo sigo acelerada, caminando arriba y abajo. Le digo:

    ―Desde luego, vaya un entretenimiento para practicarlo en mi despacho ―le digo excitada. La acústica del pasillo hace que mi voz parezca como salida de una cámara de resonancia

    ―Pues yo no veo qué tiene de malo.

    Sigo nerviosa, dando pasitos inquietos adelante y atrás. Desde allí, creo escuchar lo que parecen ser jadeos, concretamente los de una mujer que parecía estar pasándoselo «muy bien». Ese sonido me enciende, espolea mi pulso y mi curiosidad morbosa, haciendo que me fuera aproximando cada vez más a la puerta. A medida que me acercaba, escuchaba cada vez con más claridad aquellos jadeos entrecortados, y mi excitación aumentaba a cada segundo. Finalmente, en un arrebato, sin saber muy bien qué estoy haciendo, asomo la cabeza por el umbral y veo que él sigue sin quitar el ojo de la pantalla. Y lo que es peor aún: tiene el pantalón desabrochado y veo que se ha sacado el pene.

    Me quedo petrificada, con la boca abierta de par en par, que tapo con la palma de mi mano. Por un segundo, no sé si darme la vuelta. La imagen me deja sobrecogida. Le observo tocarse su miembro erecto arriba y abajo, suavemente, el glande rojo e hinchado bien visible, como una enorme guinda ensartada en un palo. «Qué gruesa la tiene», me sorprendo pensando. De pronto, gira la cara y me mira fijamente. Le noto muy ruborizado, pero quiere aparentar tranquilidad. Me pilla mirándole el miembro y me pongo roja como un tomate. Retiro mi mirada, totalmente turbada, sin saber dónde posarla.

    ―¿Qué te pasa? ―me dice con tono impasible, sin dejar de tocarse. Yo no sé para dónde mirar, esquivo su sexo desviando los ojos, mirando a todas partes, con las manos temblorosas alrededor de mi boca. Vuelve a intervenir:

    ―¿Te quieres tranquilizar? ―me dice levantando la palma de su mano izquierda, mientras con la otra sigue acariciando su sexo.

    Yo no sé qué hacer, camino adelante y atrás, inquieta, dando pequeños saltitos, pero me resisto a salir del cuarto. Él no deja de mirarme, mis ojos viajan por toda la estancia, las paredes, el techo. Llevo mi mano a la frente, haciendo pantalla, pero la visión de su pene hinchado parece colarse allá dondequiera que miro.

    Él me obvia, sigue a lo suyo, y deja de prestarme atención. Gira la cara de nuevo al monitor, y me dice:

    ―Cálmate, anda.

    El ordenador sigue emitiendo fuertes jadeos. Sigo de pie, dando pasos alrededor del cuarto, acalorada, con el corazón bombeándome aprisa, excitada por aquellos gemidos perturbadores. Siento unas ganas tremendas de averiguar por qué esa mujer está disfrutando tanto. Así que rodeo la mesa y me asomo a ver qué está ocurriendo, haciendo enormes esfuerzos por esquivar la presencia de su pene, tan cerca de mí. Veo a una mujer morena, abierta sobre una mesa, descalza y con las piernas alzadas. Se sujeta con una mano la falda alrededor de la cintura, amontonada, y con la otra empuja la cabeza de un chico, desnudo de medio arriba, que está lamiéndole la vulva. Sus pechos están desnudos. Ella echa la cabeza hacia atrás, emitiendo gemidos entrecortados y moviendo instintivamente su pelvis, mientras la lengua puntiaguda del chico vibra sobre su clítoris.

    Diego se da cuenta de que estoy observando la escena, boquiabierta, y, sin mirarme ni un momento, estira el brazo y arrastra la silla vacía hacia sí, colocándola a su lado, para que yo me siente. Yo lo hago, nerviosa como la gelatina, y desplazo la silla hacia atrás, colocándome a diferente altura, más retrasada que la suya. Lo hice, quizás, motivada por mi vergüenza y mi pudor, pero enseguida me doy cuenta de que de esta forma lograba una perspectiva perfecta para observar su maniobra con su polla, que a estas alturas estaba completamente erecta, y de la escena tan caliente que estaba teniendo lugar en la pantalla.

    Yo no podía estar más colorada, más nerviosa y más acalorada. Gracias a Dios, él no podía verme, así que me daba igual. Verle tocándose la polla delante de mí sin ningún pudor y verle disfrutar de la escena pornográfica sin prestarme la más mínima atención me puso cardíaca, cachonda perdida. Comencé a sentir un cosquilleo en mi entrepierna, notaba cómo se me humedecía por momentos. Empecé a presionar mis muslos entre sí, buscando ese roce y activando los músculos de mi vagina.

    Haciendo el menor ruido posible, comencé a acariciarme un pecho sobre la camisa. Notaba cómo el pezón empezaba a erizarse. Llevé mi otra mano a mi entrepierna y comencé a frotarme por encima de la falda, conteniendo mis ganas de subírmela y acceder a mi sexo.

    Pronto me noté tan excitada, que en un acto de valentía o de inconsciencia ―en estas ocasiones debo confesar que se me nubla el entendimiento y no sé muy bien lo que hago―, me levanté la camisa, evitando hacer cualquier ruido que le hiciera sospechar, y empecé a tocarme los pezones sobre el sujetador de encaje, haciendo brincar mis ojos desde el ordenador hasta su polla y desde su polla al ordenador, excitada como una mona.

    Pero enseguida el contacto áspero del sujetador me resultó molesto y me lo subí también, despacio, sin hacer ningún ruido que pudiera invitarle a mirar, y dejé mis senos al descubierto. Me ardían las mejillas. No podía creer lo que estaba haciendo.

    El temor de que él girara la cabeza me hacía temblar, pero al mismo tiempo me ponía como una moto. No podría soportar que me viera de esa guisa, con los pechos desnudos, dejándome llevar de esa manera, sin ningún control sobre mi deseo. «Si me mira, me muero», pensaba para mí, aunque en el fondo deseaba que lo hiciera.

    Comencé a acariciarme los pechos y a pellizcarme los pezones con los dedos. Estaba cada vez más cachonda, y rezaba para que no volviera la cabeza y me viera así, tan «desordenada», como habría dicho mi madre. Pero no podía parar de tocarme, y, a medida que lo hacía, iba necesitando cada vez más.

    Confiada y un tanto tranquila de que él siguiera a lo suyo, me incorporé un poco para subirme la falda y poder acceder a mi entrepierna. Pero justo en ese momento él gira la cabeza y a mí se me sacude todo el cuerpo. Allí estaba yo, tratando de subirme la falda, con la camisa y el sujetador recogidos hasta el cuello, los pechos colgándome desnudos, y él observando todo el cuadro. Para más inri, me dice impasible, con una ligera sonrisa en la cara:

    ―¿Qué haces?

    Yo me quedo de piedra, ridícula en aquella postura y con aquella pinta, roja como una granada, y no se me ocurre otra cosa que decir:

    ―Lo mismo que tú ―y me siento muy despacio, continuando con mi propósito, que era remangarme la falda para tener libre acceso a mi sexo. Él me observa hacerlo, echando una ojeada tranquila a mis bragas expuestas y me dice:

    ―Pues me parece muy bien.

    Él gira su cabeza, se concentra de nuevo en la pantalla del ordenador y los dos continuamos tocándonos: él, su miembro enhiesto y yo, mi vulva húmeda sobre la tela de la ropa interior. Mis mejillas debían estar del color del ketchup, pero ya no me importaba. ¿Acaso podían «empeorar» más las cosas? Así que metí mi mano por debajo de las bragas y comencé a tocarme el sexo. Lo tenía empapado, y, para mi mayor vergüenza, comenzaba a notar mi propio olor flotando en el aire. «Dios mío, ¿lo notará él también?», pensaba. «Estás loca, Pilar», seguía diciéndome sin parar de tocarme.

    Yo estaba cada vez más cachonda. Después de unos minutos, algo se apodera de mí de nuevo y me veo arrastrando mi silla hacia delante, colocándome a su altura. Lanzo el brazo hacia su entrepierna, le agarro la polla y hago que retire la suya, cosa que él hace encantado, dejándola apoyada sobre su muslo mientras yo lo manipulo. Se la sujeto con el puño y siento el calor que desprende, su grosor, su dureza: ¡qué dura la tenía! Tengo el cuerpo electrizado de excitación. No puedo dejar de tocarme el sexo y los pechos mientras se la acaricio despacio, arriba y abajo, manchándome el borde de la mano con las lágrimas que brotan por la punta brillante.

    Casi de inmediato, él desliza su mano izquierda sobre mi muslo desnudo y me busca la raja, que yo le ofrezco abriendo un poco las piernas. Enseguida alcanza su objetivo y yo empiezo a notar sus dedos acariciarme sobre la tela húmeda.

    Entonces acudo en su ayuda y, con mi mano izquierda, retiro las bragas hacia un lado y se la ofrezco desnuda. La excitación me hace temblar. Él comienza a tocarme, primero acariciando abajo y arriba, suavemente, con la palma de la mano, y luego presionando sobre el clítoris, haciendo círculos, y metiendo poco a poco sus dedos en mi cavidad. Yo cierro los ojos por el placer que me produce, sorprendida y avergonzada al mismo tiempo por tener tan poco control sobre mí, entregada, sin creerme lo que está sucediendo.

    Sus dedos se introducen cada vez más en mi inte­rior, al tiempo que me roza el clítoris con la palma de la mano. Me encanta ese roce. Yo no puedo dejar de pajearle. Me encanta sentir su grosor y su dureza. Le miro a ratos la cara y le veo cerrar los ojos, deseoso de que yo siga tocándole, lo cual me excita todavía más. Los jadeos y los gemidos procedentes de la pantalla comenzaban a mezclarse con nuestras respiraciones, cada vez más agitadas. Aunque trato de controlarme, mi pelvis se agita ante el contacto habilidoso de sus dedos. No me reconozco, ahí abierta sobre la silla, ofreciéndole mi sexo, con mis pechos por fuera del sujetador y haciéndole una paja mientras vemos una escena porno.

    De pronto, a causa de las sacudidas de mi mano, su pelvis comienza a moverse más y más aprisa, como si estuviera penetrando una vagina. Los movimientos de mi brazo se acompasaban con los suyos, y, más que tocarle yo a él, se diría que él me penetra la mano. Los primeros chorros de semen comienzan a brotar, salpicando el borde de la mesa. Luego, el líquido perlado, espeso y caliente, empieza a derramarse sobre mi puño, que, como yo no dejara de moverlo por todo lo largo de su grueso mástil, comenzaba a hacer ruidos de chapoteo, como si se deslizara sobre un lubricante. Cuando terminó de correrse, retiré mi mano de su polla con cuidado, tratando de retener su corrida sin mancharle la ropa en lo posible.

    Sostuve mi mano en el aire, indecisa, sin saber qué hacer, porque él continuaba tocándome el sexo. Sus dedos, completamente húmedos de mi flujo, seguían acariciándome el clítoris y penetrándome la vagina, que ya comenzaba también a chapotear. Lo hacía de maravilla.

    Realmente habría deseado tener su polla dentro. Aturdida de nuevo por el placer, mi pelvis comenzó a entregarse a sus caricias obscenas moviéndose autónomamente, mientras yo me dedicaba, olvidada ya de todo, a acariciarme los senos y a pellizcarme los pezones, manchándolos del semen que había quedado adherido a mi mano. Sin yo darme cuenta, mis piernas se habían ido abriendo poco a poco por sus tocamientos, hasta que finalmente, ofrecida como estaba, me entregué a un brutal orgasmo que me dejó exhausta durante unos instantes.

    Mientras recupero el aliento, le veo a él, con el rabillo del ojo, sacar varias toallitas de una caja que tiene a su alcance y limpiarse el miembro. Me gusta ver su cara de tranquilidad, su impasividad. Luego, seca el chorro de semen que se extendía sobre la mesa, con parsimonia, saca tres toallitas más de la caja, me mira fijamente a los ojos, sonriendo, y me las ofrece. Su mirada fue como un bálsamo. Yo le sonrío a mi vez y siento que mi cuerpo se destensa, me relajo, y comienzo a secarme el sexo y los pechos, que brillaban en algunas zonas, manchados aún de su semen.

    El ordenador seguía emitiendo sonidos, pero ahora nos llegaban amortiguados, como una sintonía molesta que ha perdido todo el interés. Me recompuse las bragas, me bajé la falda, me bajé el sujetador y la camisa y me puse de pie. Las piernas me temblaban ligeramente. Me dirijo despacio hacia el baño sin decir una palabra.

    Ya dentro de él, con la puerta cerrada, me echo las manos a la boca, desconcertada, y las retiro enseguida, pues me llegan de inmediato todo tipo de olores, tanto suyos como míos. No doy crédito a lo que acabar de suceder. Me aseo despacio en un estado de conmoción, a ratos mordiéndome los labios y a ratos sonriendo maliciosamente. Me asaltan mil imágenes, una tras otra. Durante el tiempo que estoy acicalándome, sólo me preocupa una cosa: si seré capaz de salir del baño y de mirarle de nuevo a la cara sin morirme de la vergüenza. El corazón volvía a latirme con fuerza. Estaba de nuevo excitada y nerviosa, todo a la vez.

  • Fey, la mesera de un culo divino: Su primera vez

    Fey, la mesera de un culo divino: Su primera vez

    Conocí a Fey unos dos años antes de mi retiro. Yo cumplía 43 años y ella acababa de cumplir sus 21, pues el cliente que me invitó a almorzar a este restaurante enfatizó este hecho, pues ahora Fey era lo suficiente adulta para servir bebidas alcohólicas. Debo decir que desde el primer momento me atrajo esta chica y tuve la sensación de que esa energía era mutua. Sentí que esa tarde ella había coqueteado conmigo, hubo algunas miradas que me hicieron intuir que, a pesar de mi edad, le parecía a esta chica atractivo.

    La nota decepcionante me la dio mi cliente, pues al salir me hablaba de que todas esas chicas eran muy buenas para coquetear, eran parte del servicio, era la visión de este restaurante. La verdad de que todas las meseras oscilaban entre los 18 a 27 años y todas ellas con cuerpos esculturales y rostros atractivos. Como uniforme ocupaban pantalones cortos bien ajustados, o pantalones de licra o leggings bien ajustados a sus sensuales cuerpos y con una camiseta deportiva regularmente blanca con el logotipo del lugar donde se podía apreciar sus espectaculares bustos. Realmente era un desfile de lindas chicas para todos los gustos.

    Fey me llamó la atención más que todas por su físico exótico. Su madre era una bella mujer de descendencia africana quien había nacido en Brasil y su padre un coreano que radicaba en Panamá y Fey tenía la mezcla de estos dos mundos con su piel típica de la mujer latina y su rostro de una bella chica hawaiana. La verdad que era atractiva y su belleza se exponía aún más usando ese atuendo típico de uniforme donde sobresalían un espectacular trasero que, de solo mirarlo lo hacían a cualquiera fantasear. Fey es de esas chicas de rostro bello, bustos generosos y trasero espectacular. El día que la conocí, llevaba puesto un pantalón deportivo blanco, donde se lo podía notar la tanga que llevaba puesta y era una delicia contemplar tan bello monumento.

    El restaurante estaba cerca de mi oficina y me hice de la rutina de visitarlo al menos dos veces a la semana. Me tomó algunas semanas entablar cierta confianza entre las chicas y ya para la quinta, ellas me identificaban por mi nombre. Todas eran un perpetuo coqueteo, pero la que me interesaba no lograba intuir cuales eran las mesas que servía, hasta que llegué un buen día con suerte y me atendió Fey con esa dulce y coqueta sonrisa que tiene. Debo decir que todas ellas eran maestras de la coquetería, pero creo que la mayoría de los clientes saben que todo eso es parte del servicio. Desde mi mesa podía ver como algunas se sentaban en las piernas de sus clientes, se daban ese beso de despedida, esas murmuraciones al oído, o como friccionaban sus traseros en cualquier parte del cuerpo de ese cliente que podía redituar una buena propina.

    Con Fey al igual, me tomó algunas semanas lograr ese sentido de confianza para que ella fuera más libre y confortable con su coqueteo, pero poco a poco se fue acercando hacia mí, al punto que se sentaba y me daba bocadillos con sus manos. Pasamos esa etapa y luego estaba rozando su cuerpo contra el mío, llegaron esos besos cortos sobre sus labios de despedida y eventualmente se sentaba sobre mis piernas y le daba sorbos a mi bebida. Pasamos al coqueteo más erótico y no sé si todas lo hacían, pero a mí solo me pasó con Fey, pues obviamente iba buscándola a ella. Me comenzó a decir que sentía mi excitación cuando se sentaba en mis piernas, luego pasó a decirme que ese día no llevaba bragas y de esa manera esa confianza comenzó a escalar al punto de ser más directa con su sexualidad y llegó a ser más abierta con su vida.

    A pesar de tener este tipo de trabajo, que si no llegaba a la prostitución estaba a un borde de ella, pues ella misma me había hecho saber de todas las ofertas recibidas, yo nunca le insinué algo que pareciera ilegal, pues también supe que era estudiante de la universidad local, como la mayoría de las chicas que trabajaban en este lugar. Me mantuve conforme con su coquetería, la cual me costaba fácilmente $20.00 dólares de propina cada vez que la visitaba.

    Un día Fey me sorprendió con su invitación. Terminaba de comer y nos estábamos dando ese beso de despedida cuando escuché lo inesperado:

    -Tony, ¿tienes planes para la cena?

    -¡No… realmente no!

    -Te invito a cenar.

    -¿Me estás invitando a un restaurante?

    -¡No! Algo casero… te estoy invitando a mi apartamento.

    -¿Qué quieres que lleve?

    -¡Nada! Hambre… supongo.

    Me dio su domicilio y quedamos que llegaría a las seis de la tarde. Me fui ansioso, esperando que las horas pasaran volando y ver que me deparaba la noche junto a esta linda chica. Ya a la hora, pasé por una botella de vino y por si se daba, también me compré un paquete de condones, el cual traía tres profilácticos. Con cierto nerviosismo me fui en busca del domicilio y llegué a este edificio de apartamentos y el de Fey, era el que estaba al lado de atrás, con una vista paradisiaca a un tupido bosque y donde se podía ver el recorrido de un pequeño riachuelo. Abrió la puerta y me dio ese beso pequeño sobre mis labios y me invita a pasar y a tomar asiento.

    Es un apartamento estudio, los cuales no tienen habitaciones. Es un espacio compacto pero muy bien distribuido y cuenta con un mediano baño, una reducida cocina y cuenta con un pequeño patio cubierto para no ser víctima de los bichos del bosque. Realmente se respiraba un ambiente de buenas vibras y la música que puso Fey, complementaba sutilmente este ambiente. Primera vez que miraba a Fey sin el mínimo maquillaje que regularmente usa en su trabajo, pero la verdad que no lo necesitaba. Esta chica naturalmente es muy bella.

    Aquella tarde de verano Fey vestía uno de esos pantalones deportivos pegado a su cuerpo de color rojo, una blusa blanca con un escote para ponerle presencia a ese busto espectacular que tiene. Llevaba unos aretes de oro con rubíes que contrastaban estéticamente con su piel clara y unas sandalias abiertas donde se podían apreciar sus sensuales pies muy bien cuidados. Por alguna razón me comencé a interrogar internamente: ¿Realmente esta chica querrá coger conmigo? ¿Por qué yo y no un chico de su edad? – Realmente al principio me siento incomodo estando con una chica mucho menor que yo y con la posibilidad que algo así ocurra… no sé, siempre me ha incomodado.

    Tomamos una copa de vino y luego vinieron unos cocteles, pues Fey no es una chica de vinos. Comimos unos bistec asados a las brasas, en el cual fui de asistencia y la verdad que era un ambiente de buena vibra. Escuchamos música de mis buenos tiempos, algo que también Fey disfruta, pues prefiere esa música a la de este tiempo. Las horas volaron y la plática estaba muy buena que hasta la idea de tener sexo con esta chica había desaparecido. Entre todas las cosas que habíamos hablado, ella me hacía saber que solo viviría ahí hasta el final del semestre, pues debería buscar un lugar más accesible económicamente, pues anteriormente ella compartía los gastos con una amiga, pero ella se había ido a vivir a otro lugar cerca donde trabajaba.

    Llegaron las once de la noche y comencé a insinuar que me retiraría. Había tomado un poco más de lo que regularmente tomo y verdaderamente no tendría que manejar, pero planeaba ir a mi oficina que estaba a solo cinco minutos y dormitar ahí. Fey, mencionó lo obvio y me invitó a que me quedara, que por lo menos permitiera que me bajara los efectos del alcohol e incluso me invitó a que me bañara y que eso me iba a ayudar a aminorar los efectos. Me fui a bañar no pensando que eso me ayudaría, sino que pensé que eso me daría más tiempo de estar ahí y a la vez estar limpio por si algo pasaba. Me proveyó unas toallas y me metí al baño.

    Cuando salí, ella me dijo que tenía que esperar unos minutos, pues había puesto a lavar mi ropa interior. Ella había entrado, pues la puerta no tenía llave y había tomado mi ropa interior para lavarla. Sentí que aquello era una insinuación, pues ella me había visto desnudo a través del cristal corrugado de la bañera. Y con una sonrisa me señaló la cama diciendo: Acomódate en mi cama, relájate que solo tomará unos diez minutos.

    Estaba con una sola toalla cubriendo mi sexo y Fey solo me miraba con una sonrisa coqueta e insinuadora. También ella había tomado lo suficiente para hacer desaparecer el pudor de cualquiera y el hecho de haberse metido al baño cuando yo me bañaba, me corroboraba que algo se iba a dar. Me acomodé en su cama siempre escuchando música y miraba a Fey pasar de un lado al otro. Con los minutos apareció sosteniendo mis calcetines y mi bóxer de color rojo y me lo extendió diciendo: ¿Quieres que voltee hacia atrás para que te vistas? -La verdad que ni lo pensé y me levante frente de ella diciendo: Si te metiste al baño por mi ropa, creo que ya debes imaginar cómo me veo desnudo. -le dije.

    No reaccionó a mi acción y solo vi sus ojos oscuros inquietos. Poniéndome el pantalón estaba cuando escucho lo que esperaba me dijera o insinuara:

    -Tony, quédate a dormir conmigo…

    -¿A dormir o a algo más que dormir?

    -¡Lo que tú quieras!

    -¿De veras… lo que yo quiera?

    -Si… te prometo no decirte no en nada que tú quieras esta noche.

    -¿Debo ir por profilácticos?

    -No… no es necesario… yo me cuido.

    -Ok… pero recuerda… no me dirás no a todo lo que quiera de ti.

    -¡Te lo prometo! Déjame tomar una ducha mientras tu sigue en la cama relajado.

    Se tomó unos diez minutos en el baño y salió con un calzón cachetero que pronunciaba aún más el hermoso y escultural trasero de esta chica. Llevaba sus pechos cubiertos por una toalla, donde eventualmente descubriría algunos lunares en su clara piel. Se sentó a la orilla de la cama, se abalanzó para besarme y continuó llenándome de besos por toda la parte frontal de mi cuerpo, hasta llegar poco a poco a mi verga completamente erecta y la que ya llevaba produciendo ese líquido pre seminal y solo me dio una mirada diciendo: ¡Tienes una verga hermosa! Me la imaginaba grande, pero no así de hermosa.

    Me dio una felación exquisita, fue un sexo oral erótico. En nada brusco y donde Fey parecía disfrutarlo tomándose su tiempo. Me masajeaba los testículos mientras seguía mamando, llegó en esa posición a la zona del perineo para luego invadir mi ano con su lengua. Realmente era una delicia y cuando sentí que podría venirme al pasar de los minutos, la invité a retribuirle ese mismo placer que ella me había provocado.

    Al igual que ella comencé por su boca, pero a diferencia de ella, yo comencé esa invasión de su hermoso cuerpo volteándola boca abajo en la cama. Quería ver ese hermoso culo que tiene y que ese calzón cachetero le hacía verse mucho más voluminoso y me fui en busca de su cuello, besaba sus orejas donde le susurré al oído: Quiero que mi lengua se hunda en tu conchita y saborear tu rico culo con ella… ¿me dejas? -le pregunté. Ella me respondió: ¡Lo que tú quieras… haz lo que tú quieras!

    Le besé su cuello por largos minutos, lo que ponía erizo todo el cuerpo de Fey. Un cuerpo de un metro y unos 67 centímetros de altura, unas 130 libras de peso, y cuyo trasero tenía unas buenas libras de ello, pues creo que es lo que más se fijaría un hombre de esta linda y hermosa mujer. Un culo sólido, sin ninguna seña de celulitis… son de esos traseros que yo llamo perfectos.

    Me di el placer en removerle ese calzón cachetero y me sorprendí como se miraba de majestuoso cuando Fey encorvo su cuerpo para que pudiera removérselo y me lance hacia él como un loco maniático. Le besé cada milímetro de sus nalgas, hasta llegar a ese camino el cual abrí para contemplar tal divino monumento y no le vi ningún vello en esa zona, parecían las nalgas de una infante, con un ojete rosadito y tierno. Lo saboreé… le hundí mi lengua lo más que pude y Fey solo jadeaba de placer y en esa posición, pude ver como su conchita se derretía, dejando caer a la cama un manantial de sus jugos vaginales.

    Le puse unas almohadillas al nivel de su vientre y de esa manera me dejaba más elevado su precioso culo y a la vez podía llegar a su rica y jugosa conchita. Le masajeé por unos minutos su conchita llegando algunas veces con mi lengua a su clítoris y no lo resistió. Fey estaba tan caliente como un volcán a punto de la erupción y me pide que la penetre. Sin pensarlo mucho, tomo inmediatamente esa posición, comienzo con unos embates violentos y Fey gime de placer y me anuncia que se está corriendo.

    Yo continúo taladrando su concha violentamente en esa posición donde ella ha quedado boca abajo sobre las almohadillas y puedo ver su rico culo, el cual intento invadir con uno de mis dedos, pero tampoco aguanto para más y me llega una corrida descomunal. Sentí un choque violento recorriendo toda mi columna vertebral, y han sido pocas las experiencias donde he podido vivir con esa intensidad una eyaculación. Le lleno de esperma su conchita y la cual ha comenzado a salir a pesar de que mi verga sigue adentro de su vagina. ¡Fue una descomunal corrida!

    Salimos ambos para el baño a asearlos nuevamente, donde ambos hemos aprovechado la ocasión para seguirnos tocando he insinuado continuar fornicando toda la noche. En el baño, después de diez minutos de agua fría nos hemos recuperado. Fey me ha vuelto a mamar la verga y esta ha respondido con una nueva erección. Entre sus pechos comienzo a ver mi verga aparecer y desaparecer. Me he dado el gusto de mamar y mordisquear sus dos erectos y pronunciados pezones. Se ha ido en contra de la pared del baño y me deja expuesta su conchita con la cual masajeo con todos mis dedos. Beso su cuello mientras tanto y creo que estamos a ese nivel para volverlo a intentar.

    Esta vez lo intentamos parados y comienzo con unas embestidas que hacen cachetear esas dos hermosas nalgas. Ella se sostiene contra la pared y yo continúo por minutos con ese vaivén viendo mi verga entrar y salir de la concha de esta linda mujer. Con mi dedo pulgar comienzo a masajear su ojete hasta dilatarlo y penetrarlo. Al igual que mi verga entra y sale de su concha, mi dedo pulgar hace lo mismo con el mismo ritmo. De repente después de algunos minutos Fey rompe el silencio diciéndome: Tony, dame más fuerte, me vas hacer acabar otra vez.

    El ritmo había sido lento por cierto periodo, pues no es fácil o confortable en ciertas posiciones penetrar a una chica mientras se les invade el culo con alguno de los dedos. Todo depende el ángulo que le quede a uno. En esta ocasión le dejé mi pulgar ensartado y comencé a pompear con más violencia y velocidad su conchita. Me lo aprobó diciendo: Así Tony… así, me vas hacer acabar. Dos minutos después pude sentir las contracciones de su vagina y aunque Fey no la podría llamar una chica “squirt”, ella produce abundante jugo vaginal que le quedan colgando por su espesor entre su entrepierna. Escucho su voz como un chillido queriendo decir algo, pero su placer es tan intenso que solo se limita a jadear y finalmente me dice: ¡Que rico… no pares! – Continúo por un par de minutos más y me hace llegar a mi segundo polvo. Rico, pero no tan potente como el primero. Nos aseamos y regresamos a la cama donde tuvimos que cambiar las sabanas.

    Nos relajamos por unos treinta minutos y Fey se ha puesto una camisa que ocupa como piyama y se recuesta por sobre mi pecho. Tengo en la mente que me quiero coger este culo… no lo podía dejar escapar y más que todo que Fey me ha dicho que está dispuesta a todo… que no me dirá no a nada. Juego con mis dedos sobándole el clítoris y con sus mismos jugos vaginales también aprovecho para dilatar y lubricar su ano. Creo que intuyo lo que quiero, pero ella quiere escucharlo de mi y me lo pregunta: ¿Qué te pasa por esa mente?

    Se lo dije como lo pensé, pues ya para esta hora éramos el uno para el otro y se lo pedí: Quiero cogerme tu culo y darte de perrito afuera en el patio. – El patio está encerrado y había dos sillas elevadas como las que ponen en las cantinas o bares y también había una que se doblaba y se hacía como cama, como las que ponen en las piscinas y la cual tenía una especie de colchón. Me tomó de la mano y como quien dirige a un niño, me llevó hasta el patio, apagando la luz que lo iluminaba.

    Le pedí que se sentara en las sillas elevadas y ella intuyó mi intención, pues se sentó al contrario de cómo regularmente uno debe sentarse, dejando expuesto su rico culo casi en el aire. Ver esa curva es divino, especialmente cuando le subí esa camisa que le llegaba hasta las rodillas. Su ojete lo había dilatado con mis dedos y lubricado con sus jugos, pero yo también se lo lubricaba con mi líquido pre seminal.

    Estuve pasando mi verga de arriba abajo, algunas veces amenazaba con hundírselo y solo gemía quizá porque ella lo vivía ya en su imaginación y así juegue con ese culo por largos minutos. En un momento supo que se lo iba a penetrar, pues se acomodó e incluso con sus manos se abrió las nalgas y se quitó totalmente su camisa. Su ojete me rechazó la verga en innumerables ocasiones, pero en cada intento se sostenía un poco más hasta que al pasar de los minutos, mi cabeza quedaba clavada en su ano. Solo gimió y me dijo: ¡Ve despacio…esto no es lo usual para mí!

    Se la mantuve sin movimiento alguno para que su ojete asimilara el grosor de mi verga, pues por lo que me han dicho algunas mujeres que, si bien mi verga está bastante grande en lo largo, pero en anal hay que pensarlo, pues también es una de las más gruesas que las chicas que me he cogido han visto. Poco a poco y con mucha paciencia mis testículos chocaron con sus nalgas y ella me lo dijo: ¡Increíble! Pensé que no iba a poder con tu verga y mira la que me tocó para que me desvirgaras el culo.

    Realmente no creía que no hubiese tenido esa experiencia he imaginé que lo decía para hacerme sentir especial y que era una ocasión única… su primera vez. Se la mantuve insertada por largos minutos sin ningún movimiento mientras le besaba el cuello y poco a poco, lentamente comencé a sacarla y meterla. Pasamos así por unos quince minutos hasta que Fey me sugirió pasar mejor a la silla que estaba doblada en el patio y se hacía como cama.

    Se puso en la misma posición y por mi altura de casi un metro y noventa centímetros, el nivel me quedaba perfecto para esos embates que esperaba en darle. Me monté por sobre ella y mi verga se hundió en un ángulo de cómo las cuatro en las manecillas de un reloj y se me ocurrió masajear su clítoris, aunque era una posición algo incómoda para hacerlo. Aquello la hizo gemir y continué masajeando su concha al punto que prácticamente se la cacheteaba dejando escapar un sonido que llevaba ese vaivén que cualquiera sin vernos lo que hacíamos podría intuir que eran el compás de una cogida.

    Comenzó a mover su pelvis y yo seguía cacheteando su concha y mi verga continuaba adentro de ese precioso culo y de repente explotó con un orgasmo descomunal y quizá más fuerte que el primero. Se movió como pidiendo que le taladrara el culo, pero no quedó así, ella me lo dijo: Tony, ¡pompéame el culo mi amor! -Mis embates fueron violentos y solo se escuchaban esos cacheteos de sus nalgas interrumpiendo el silencio de las dos de la mañana. Pensé que los vecinos nos podrían escuchar, pues Fey gemía y comenzaba a dar gritos de placer. Esos gritos y gemidos y ver como mi verga salía y entraba a ese precioso culo hizo que mis testículos se fruncieran y me provocaran un enorme orgasmo igual de potente que el primero.

    Quizá no con la misma cantidad de esperma, pero si con el mismo nivel de placer que hasta sentí un leve dolor de cabeza cuando llegué a la cúspide. Mi esperma salió del divino culo de Fey y hemos dejado el colchón de esta silla empapada de nuestras secreciones. Nos fuimos a bañar una vez más y nos hemos ido para la cama con un coctel más.

    Aquella noche me cogí cinco veces a Fey. Me volvió a dar otra felación, y terminamos con sexo vaginal… y una vez más después de eso me la ha vuelto a mamar, pero esta vez acabe en ella en otra escena anal, donde en esta ocasión Fey me montó primero de enfrente y luego a la inversa. ¡Que rico es ver a esta mujer cabalgando! ¡Que delicioso es ver que mi verga salga y entre a ese rico culo!

    Como era fin de semana y ese fin de semana Fey no trabajaría y era de por si parte de su plan, me quedé con ella hasta el domingo donde nos dimos un maratón de sexo erótico, de sexo duro y donde con Fey hicimos todas las posiciones del Kama Sutra y quizás inventamos algunas más, pero la verdad que esta chica me dejó los testículos secos, pero con las ansias de volver a probarla. Creo que esto se dio porque nos gustábamos los dos y porque debíamos de vivir una larga experiencia. Fey ha sido una de las pocas que han vivido en mi casa por un largo tiempo como pareja.

    Le ofrecí que dejara de buscar un lugar para vivir y que se viniera a vivir conmigo a mi casa. Le proveí el vehículo que no usaba y la universidad y su trabajo solo quedaban a veinte minutos. Le dije que no necesitaba trabajar, pero ella no accedió a ello y su último año en la universidad, ella vivió conmigo hasta el día que se graduó y se tuvo que ir para Arizona, donde reside su familia.

    Definitivamente Fey es de esas chicas de cuerpos perfectos, de rostros bonitos y personalidad de buenas vibras. No me hubiese opuesto si nunca se iba de mi casa, pero creo que su intuición es la misma que yo tengo. Yo le llevaba 23 años, y quieras o no, los años pasan factura y llegará una edad donde eso es una enorme diferencia en una pareja y es por eso por lo que no me aferro ni rogué para que se quedara.

    Creo que un año fue suficiente para ambos y disfrutarnos el uno al otro. Lo que si extraño de ella era ese hábito de comenzar por las mañanas jugando con sus uñas con mis testículos, me los pellizcaba sutilmente causándome un placer divino y eventualmente llegaba la erección donde ella pasaba a la felación y terminábamos con un vaginal o anal. Fey al igual que yo, somos activamente sexuales por las mañanas.

    Dormíamos plácidamente por las noches, pero a las seis que despertábamos, eran por los menos dos palos que nos echábamos. ¡Qué recuerdo el de Fey y qué rico culo tenía! ¡Sí que lo extraño!

  • Se la chupo para que no me delate

    Se la chupo para que no me delate

    Él siempre me cayó mal, un morboso a leguas que la verdad en varias ocasiones estuve a punto de mandarlo al carajo.

    Ni siquiera sé cómo se llama, todos le dicen el “huevo” ¿por qué? no sé, pero es el tipo más desagradable para mí o lo era hasta ese día.

    Recuerdan que les conté sobre el trio que hice con Valente y Fernando, pues les conté que ellos me llevaron a mi casa y el “huevo” me vio cuando me despedí de ellos, lo cual hubiese sido normal, pero como me besé con los dos, no me di cuenta de su presencia y ahora él me estaba estafando.

    De alguna forma consiguió mi teléfono donde me mandaba mensajes de amenaza.

    – ¡Le diré a tu marido que te besaste con dos!

    Al principio lo ignore, ya que, para mí, él era una persona insignificante y confiada sabía que yo tendría más credibilidad con las personas y mi marido peor todo me dio vueltas y me quise caer cuando me mando las fotos donde me estaba besando con ellos, ¡incluso donde Valente me estaba acariciando las nalgas!

    H: ¿Ahora si me crees?

    K: ¡Pervertido, borra eso y deja de chantajearme!

    H: ¡Preciosa quien diría que eras tan golosa!

    K: ¡Estúpido!

    Yo estaba que echaba chispas, quería apretarle el cuello y borrarle su sonrisa, pero honestamente, el nervio me recorría, el coraje se convirtió en preocupación, ¡tristemente acepte que me tenía en sus manos!

    No me quedo de otra que tratar de negociar con él, el muy idiota ponía las reglas y yo solo tenía que llegar a un acuerdo.

    K: ¡Te daré 1000 pesos si las borras!

    H: 1000 peso vale tu matrimonio? ¡jajá!

    K: Te doy mi celular, es un Galaxy

    H: ¡No!! ¡Esto vale más que eso!

    K: ¿Entonces qué quieres?

    H: ¡Quiero que me la chupes hasta que me venga en tu boca!

    Debo de admitir que quería matarlo, me tenía enojadísima, el degenerado fue directo lo que quería, obviamente lo mande al carajo, de hecho, hasta pensé en decirle a mi marido yo primero, la sangre me hervía y hasta pensé que fanfarroneaba y de ahí no pasaría.

    Pero estaba equivocada, esa tarde mi marido llego extraño y me comento que un tipo le hablo diciéndole que sabía algo sobre mí, que estaba dispuesto decirle y aunque él lo tomo como chantaje, se veía una pisca de curiosidad en la cara.

    Esa noche mientras mi marido dormía le escribí al “huevo” para negociar nuevamente con él, pensé ingenuamente que podía darle algo que no fuera lo que pedía.

    K: ¿Ya en serio, que quieres por las fotos?

    H: ¡Ya te dije!

    K: ¡Eso no!

    H: Entonces no hay trato, ni modo, ¡no siempre se gana!

    K: ¡Pero que ganas con que te la chupe!

    H: ¿Que gano? Gano todo mi reina, me encanta tu boquita, me eh masturbado mucho imaginando que me la mamas y esta es una buena oportunidad para hacerlo real!

    Estaba acorralada, así que, con toda la resignación del mundo, acepte su trato.

    K: Ok, tu ganas, pero solo te la chupare!

    H: ¡Con eso tengo mi amor!

    K: ¡No me digas mi amor, donde te veo!

    H: ¡En el eje, casi legando a la plaza, ahí nos vemos!

    Esa noche no pude ni dormir, quería que el reloj fuera más lento, pero inevitablemente llego la hora, salí y llegue puntual al lugar, quería que esto acabara rápido, ¡en eso un claxon sonó y al voltear era el en una camioneta!

    H: ¡Sube, vamos a un lugar mejor!

    K: ¡Ni loca iré a un motel!

    H: Jajá, para una chupada no necesito un motel, ¡vamos a un lugar sin gente!

    Ya lo repudiaba, pero era buena idea, mientras más lejos mejor.

    Subí y el manejo hasta casi salir a la autopista, tuve que tolerar que me manoseara las piernas, sabía que no podía alterarme y le permití me toqueteara con tal de que ya acabara esto.

    Se detuvo en medio de la nada, solo árboles, creo que estábamos en la salida a Cuernavaca o Querétaro, no sé, pero ahí nos detuvimos, ¡el me miro sonriente y me dijo que era momento de mamar!

    Con todo el asco del mundo me dirigí a su bragueta la baje y metí mis manos a su ropa interior para sacar un pene muy feo, grueso pero feo, con olor a semen y a orines, la verdad casi me vómito, pero ni modo, ¡ahí pagaría mi traición a mi marido!

    H: ¡Eso nena, pruébalo uhm!

    Él se comenzó a endurecer, yo lo masturbaba tratando de no oler su fétido aroma, pero era inevitable, ¡cerré los ojos y sin respirar introduje la mitad de su pene en mi boca!

    El lanzo un gran quejido e inmediatamente me apretó la cabeza, yo trataba de zafarme, ¡pero él era más fuerte y me estaba ahogando con su verga gruesa!

    Sin alterarme preferí comenzar a mover mi lengua, eso lo hizo calmarse, ¡ya que el placer que le estaba yo dando lo clamaba!

    H: ¡Uhm, que rico, uhm, uf!

    El no cabía de la felicidad, comencé a lamer su cabeza, le recorría su mástil me metía sus bolas a mi boca, ¡le estaba dando un buen trabajo para que se viniera rápido!

    H: ¡Dios, uhm!!

    K. Te gusta?

    H: ¡Que rica puta eres, uhm!

    K: Disfruta, ¡que no se repetirá jamás!

    ¡Les confieso mis queridos lectores que comencé a excitarme al escucharlo gemir, en cómo me metía su tranca para ahogarme, como me insultaba, la verdad lo estaba disfrutando!

    K: ¿Ya borraste las fotos?

    H: ¡Ah!! ¡Cuando acabes lo hago!

    Empecé a mover mi boca como aspiradora, me tragaba su pene con potencia, quería que terminara ya, no me importaba que me llenara la boca de semen, ¡quería terminar con eso!

    H: ¡Así chiquita, uhm!

    K: ¡Que rica verga!

    H: ¡Si mi putita es tuya, uhm, cómetela, que rico, uhm!

    K: ¡Dame tu leche!

    H: ¡Que puta eres!!!!

    Me tomo de los cabellos y me follo la boca como bestia, me apretaba las nalgas, un líquido empezó a escurrir por mi vagina, estaba excitada, el seguía metiéndomela en la boca hasta ahogarme, ¡sentí como se inflaba y de pronto su semen caliente me ahogaba!

    H: ¡Ah!! ¡Que rico, no ames, que rico!!

    Mientras el exclamaba yo se lo mamaba y recibía hasta la última gota, lance unos gemidos de excitación, la verdad me gusto hacerlo venir.

    El quedo exhausto satisfecho en el asiento de su camioneta tome baje y camine por unos arbustos, para tomar aire y agua, ¡enjuagarme la boca y terminar el trato!

    ¡Pero en eso el me tomo una foto!

    H: Que rico, ¡ahora tengo más pruebas de que eres una puta!

    K: ¡Que carajos!

    H: Tranquila nena, es muy fácil, borrare todas estas fotos, ¡pero ahora quiero que me aflojes las nalgas nena!

    Estaba perdida, lejos de casa, chantajeada, llena de semen y ahora un nuevo problema, ya que si me negaba me podía dejar ahí y aparte las fotos llegarían a mi marido, ¡la verdad me sentí morir!

    Kali

  • Esposa inocente (Parte 1)

    Esposa inocente (Parte 1)

    Después de 5 años de casados y mucho intentarlo, mis esperanzas de que mis sucias fantasías se hicieran realidad se habían perdido. Mi esposa educada bajo estrictas reglas religiosas desde niña se enojaba demasiado conmigo cuando hacia algún simple comentario que indicara que mi idea de que esas lindas piernas blancas, esos senos medianos de pezón rosado, esos inocentes labios o esa abultada panocha peluda pudieran ser tocadas por otro hombre que no fuera yo, ella simplemente me juzgaba loco, depravado o enfermo de la cabeza por siquiera imaginar algo así.

    Mis únicos logros, si así se les puede llamar, habían sido poderla a veces llamar putita cuando hacíamos el amor, o que a veces accediera a mi petición de usar tangas, vestidos o faldas cuando salíamos pero siempre con el comentario de que a ella no le gustaba a andar así, que no le gustaba que los hombres la vieran así que hasta en eso ya casi no le insistía pues me había resignado a que simplemente ella no me daría lo que yo deseaba, pues tanto a mis insinuaciones, como a los piropos de amigos y compañeros de trabajo le hacían ella siempre se protegía con su escudo de fidelidad y valores morales que le habían inculcado.

    A veces con pretexto de hacer una llamada le pedía que desbloqueara su celular para revisar sus redes sociales con la esperanza de encontrar algo que me indicara que mi inocente esposa tuviera algún secreto oculto, pero más allá de uno o dos comentarios con alguna amiga respecto a algún actor que consideraban “guapo”, pero nada de la vida real así que dejé de revisarle su celular por varios meses ya que nunca encontraba nada interesante, no sabía si sentirme afortunado por tener una esposa tan fiel o desafortunado por no tener con quien cumplir lo que desde hace años deseaba y soñaba.

    La vida continuaba de manera normal, trabajo, escuela de los hijos, compras, pero todo cambio un día que ella volvió del trabajo, mientras ella servía la comida en la cocina colocó su celular en la mesa yo estaba acomodando los platos cuando vi que llegó un mensaje a su celular que decía “¡llegaste bien?, estuvo delicioso espero se repita”, al principio pensé que había leído mal pero esa ventanita que se abrió en las notificaciones del celular no mentía era tal cual lo que yo estaba leyendo, mi corazón se aceleró y tuve el impulso de agarrar el celular aunque estaba bloqueado, pero mi esposa venia regresando de la cocina así que me hice el disimulado como si no hubiera visto nada, seguí acomodando los platos y ella tomó su celular, no note ninguna sorpresa en su rostro solo lo levantó y se fue hacia a la cocina pretextando que se le habían olvidado las cucharas y escribiendo algo en celular. Para ese momento yo no sabía que hacer solo atiné a preguntar: ¿alguna novedad en el trabajo?, a lo cual contesto, “ninguna amor todo igual de aburrido solo papeles y papeles”.

    Yo no podía creer lo que pasaba no sabía si realmente ese mensaje era para mi esposa o seria de alguien que se había equivocado de número, pero el hecho de que ella tomara el celular y luego contestara me indicaba que si se lo escribieron a ella, sin notarlo en ese momento mi verga empezó a tener una mediana erección, mi mente daba vueltas tenía que averiguar más saber si era real lo que vi o solo una mala jugada de mi pervertida mente, la vi de arriba abajo esperando notar algo extraño. Se veía hermosa en ese pantalón ajustado que le hacía resaltar sus medianas pero bien formadas nalgas, su cabello suelto haciendo juego con sus lentes que le daban ese toque de inocencia que tanto me encantaba, su blusa pegada, pero que no dejaba notar lo lindo que eran sus senos, se veía todo normal ni una pista de que hubiera hecho algo diferente a trabajar así que seguí insistiendo: “te ves cansada amor ¿tuviste mucho trabajo?”, le dije, ella sin voltearme a ver solo comentó… “pues si la verdad estuvo pesado el día tal vez me bañe y duerma un poco”.

    Para ese momento mi media erección se convirtió en una erección completa, mi verga no es tan grande, pero en ese momento estaba dura como una piedra y mojada pues entre el mensaje que leí y el hecho que ella quisiera bañarse y dormir como casi nunca lo hacía llegando del trabajo me indicaban que algo estaba pasando, pero ¿qué?, tenía que averiguar más, tenía que saber el secreto de mi inocente mujer…

    Pero se los contaré en el siguiente relato.

  • Esa clase fue clave

    Esa clase fue clave

    Llevaba tiempo pensando en ella, observándola por las redes y siguiéndola con la mirada cuando coincidíamos en el gimnasio y porque no confesarlo: fantaseando con ella, con tener una relación y poder disfrutar ambos de nuestros cuerpos.

    Mi timidez me impedía hablarla, aunque si la dejaba algún comentario en sus redes sociales y ella se mostraba agradable conmigo. No recuerdo como conseguí su teléfono y empecé a mandarla mensajes de buenos días y buenas noches para que se diera cuenta que estaba ahí. Algún mensaje en sus estados parecía indicarme que no debía seguir con ese tonteo, pero no me di por aludido y continúe escribiéndola, ella, que de tonta no tiene un pelo, me contestaba a todos mis mensajes con algo de distancia y prudencia, pero creo que algo la atraía de mí.

    Mis fantasías con ella crecían a medida que íbamos iba descubriendo cosas de ella, tenía un punto muy interesante y erótico que hacía que me excitara con facilidad al pensar en ella.

    Todo cambio el día que coincidimos en una clase, ella se puso delante de mi y yo traté de evitar mirarla demasiado, pero era imposible, los ejercicios hacían que nos levantáramos de la bici y para mirar al profesor tenía que mirarla el culo, madre mía, toda la clase pensando en tenerlo entre mis manos y poder morderla. Tras la clase evitamos saludarnos, pero más tarde me escribió preguntándome si había estado en la clase, a lo que conteste que si pero que no me había atrevido a saludarla. Eso era verdad, pero lo que no la dije es que habría deseado cogerla y apretarla contra la pared para recorrerla entera con mis manos y mi lengua.

    Esa conversación dio pie a que ella dijera que un día podíamos tomar café. Me escapé de la propuesta con mi timidez y vergüenza, pero estaba deseando hacerlo, poder disfrutar de ella y quien sabe… quizá tener algo más que ese café.

    Ese día llegó y se presentó con un vestido negro cortito que hacía lucir sus trabajadas piernas y el resto de su torso, nos dimos los dos besos de rigor y tomamos un café, charlamos y sin darnos cuenta pasaron las horas. Decidimos irnos, pero yo deseaba besarla y no sabía cómo reaccionaría, pero lo deseaba tanto…

    Tuve la suerte de que ambos habíamos aparcado en el garaje del centro comercial e hicimos juntos el recorrido hasta los coches, una vez en el suyo me acerque a ella y busque su boca para besarla sin saber cómo reaccionarias y no solo se limitó a continuar el beso, sino que me abrazo y apretó contra ti.

    Terminamos apoyados en tu coche besándonos y acariciándonos sin preocuparnos de la gente que podía entrar o salir del parking. Paramos y nos miramos, y sin saber cómo te dije: “quieres continuar en mi casa?”, tu sonreíste y contestaste “ya te vale, toda la tarde esperando”. Nos montamos en mi coche y nos fuimos.

    Del parking a mi casa, te cogí la mano y tú me la llevaste a tu muslo y ese rato estuve acariciándote con ganas de parar y subir la mano haya tu ingle. Llegamos a casa y en el mismo portal ya nos estábamos comiendo la boca como si se acabara el mundo, entramos en casa y sin separar casi nuestros labios me desabrochaste el pantalón y yo te quite la chaqueta y trate de sacarte el vestido.

    Nos tiramos en la cama y recorrí con mi lengua todo tu cuerpo, desde el cuello hasta tu ombligo, haciendo especial hincapié en tus tetas y pezones que mordisquee con mis dientes mientras tú ponías cara de placer. Tras un rato de caricias y besos decidí bajar a tu entrepierna, jugué con mi lengua por tu pelvis y cada vez que podía rozaba tus labios por encima de tu braguita, tú hacías un movimiento cada vez que esto ocurría.

    Decidiste quitarte tú misma la braga y ofrecerme tu coño depilado para que mi boca le disfrutara y te hiciera disfrutar, pero ahí aguantaste poco y me pediste que tú también querías. Me deje manejar y cambiamos las tornas, ahora yo era el que estaba tumbado boca arriba y tú me quitaste el pantalón y el slip para masajearme la polla.

    Primero con tus manos y luego con tu boca, jugaste con tu lengua a recorrer mi polla de arriba abajo y luego te la metiste entera en la boca para saborearla, yo me limitaba a observar la situación con la que tantas y tantas veces había fantaseado y… como disfrutaba. Como me estabas excitando mucho y no quería terminar aun, te pedí que pararas y que me dejaras follarte.

    Accediste y te pusiste a cuatro encima de la cama para que yo te penetrara por detrás, primero de manera suave y lenta pero después de metértela varias veces decidí darte fuerte y que notaras todo mi ser dentro de ti. Comenzaste a gemir y tratar de moverte y todo eso me ponía más cachondo aún. Pare de nuevo, pero para volver a penetrarte lentamente y notar como mi polla se iba abriendo camino entre tus labios y tú te saliste para ponerte boca arriba y mostrarme todo tu coño.

    Me cogiste de mi polla y te la llevaste hacia la entrada de tu coño, mientras con tus piernas me atrapabas, una vez dentro de ti comenzaste a moverte hasta que ambos llegamos al orgasmo. Nos hicimos a un lado y nos abrazamos quedándonos un rato quietos mirándonos a los ojos.

  • Día de cervezas y atrevimiento

    Día de cervezas y atrevimiento

    Esta historia ocurrió hace ya unos años, un espléndido día ya bien entrada la primavera.

    Era el día de la comunidad autónoma, con lo que todos los amigos y amigas del grupo teníamos fiesta. Y como era tradición del pueblo, fuimos a comer al parque que hay al lado del río.

    Es un pueblo de tamaño medio, en el que todos más o menos nos conocemos, pero sin llegar a ser una gran familia.

    Ese año, para el día campestre que nos esperaba, estábamos bastante gente. Más de lo habitual. Unas veinte personas entre los amigos del grupo, algunas parejas de estos y el primo de una amiga. Este chico, no es la primera vez que se une a nuestras habituales quedadas. Es un poco callado, pero cuando se suelta es gracioso y vacilón. Como detalle, diré que es gay.

    El día que os voy a describir, básicamente se pasa comiendo y bebiendo, como es tradición estos días festivos.

    Por la mañana quedamos pronto para llevar todas las cosas que hacen falta, que nos son pocas. Mesas, sillas, neveras de camping, comida y bebida como para el doble de comensales… vamos lo de siempre.

    Y ya una vez todo montado e instalado se almuerza para coger fuerzas. Como es costumbre, unos buenos huevos fritos con longaniza.

    Y ya poco más que hacer hasta la hora de la comida. Beber cerveza bien fresquita y contar alguna batallita.

    Como ya os he dicho, el día era estupendo. El sol era radiante, y como es ya bien entrada la primavera, el cuerpo ya tiene ganas de salir del letargo invernal, por lo que todos llegamos a ese día con muchas ganas.

    -¿Alguien quiere otra cerveza? -Pregunto yo, a la vez que me levanto.

    Varios son los que me piden que les acerque una.

    Esta es mi cuarta cerveza por lo menos y aun no es ni medio día, la cosa se presenta peligrosa.

    Es uno de esos días que estas a gusto y quieres disfrutar.

    Después de la buena dosis de cerveza, era el momento de evacuarlas. Para lo que nos alejábamos un poco entre los árboles del parque que están más pegados al rio, donde la maleza ya es más espesa y nadie te ve.

    Algún bache en el camino casi hace darme contra el suelo, fruto también de que la dosis de alcohol en sangre era creciente.

    Cuando ya estaba un poco apartado, me baje el pantalón y comencé a soltar cerveza. ¡Qué liberación!

    Y cuando ya estaba casi a punto de acabar, oigo una voz que me dice:

    -Tanta cerveza quería salir, ¡eh! Menudo rato llevas

    Estaba tan concentrado, que no me había dado cuenta de la presencia junto a mí de nuestro invitado de hoy. El primo de mi amiga.

    -¡Sí! Casi no acabo. Jajaja.

    Y mientras le decía esto, a punto de terminar, vi como dirigía su mirada con poco disimulo hacia mi polla. Me quede un poco parado, aunque no le di mucha importancia, ya que a veces esas cosas salen innatas.

    -Voy a por otra cerveza. -Le dije mientras me subía el pantalón y volvía con el resto de amigos.

    Cuando este chico volvió, se acercó a por una cerveza, ofreciéndome solo a mí, pese a que había más gente al lado mío.

    Se lo agradecí levantándole el pulgar, pero le dije que la tenía casi entera. A lo que él me respondió guiñándome un ojo.

    Le acababa de decir que iba a cogerme otra y aun así me ofrecía y luego me guiñaba el ojo.

    ¿Era un ofrecimiento por cordialidad o era algo más? Eso sumado a la mirada tan descarada de antes, me dio que pensar…

    Yo soy totalmente hetero, pero sí que es verdad que algún día muy borracho, se te pasan cosas por la cabeza. Y hoy tenía pinta que iba a ser uno de esos.

    Desde ese guiño de ojo, ya estaba un poco inquieto, y por un par de veces nos cruzamos de manera “accidental” las miradas. Tras eso, el siempre agachaba su mirada hacia mi paquete.

    Qué situación más rara, no sabía cómo actuar.

    Como os decía antes, no me gustan los hombres, pero conforme pasaba le miraba con otros ojos.

    Es un chico delgado y guapete. Pese a que no me gustan los hombres, se reconocer que está bastante bien.

    Cuando de repente, volví a sentir ganas de ir al improvisado excusado.

    Justo era un momento en el que los más cocineros ya estaban preparando el menú, otros jugando con un balón de futbol y otros simplemente charlando.

    Así que me levanté y dije a media voz:

    -Maldita cerveza, tengo que ir a vaciarla otra vez.

    Lo dije con un cierto volumen, pero que solo me escuchara el primo de mi amiga.

    Si, le estaba invitando a venir. No sé para qué, pero ya estaba hecho.

    Con el corazón a mil por hora, me aleje a un paso muy lento.

    No quería ir muy rápido con la esperanza de que hubiese entendido mi proposición y pudiera seguirme.

    Miré ligeramente hacia atrás y vi que alguien me seguía, pero no podía asegurar que era él, pero quien iba a ser si no.

    Esta vez, no me quede en los primeros árboles, si no me que fui al fondo, donde la maleza era lo suficientemente espesa para no ver a más de dos metros.

    Me volví de nuevo, y efectivamente era quien estaba esperando, diciéndome él:

    -Qué lejos te has ido, ¿te estás escondiendo para algo?

    A lo que yo no supe que responder, y mientras tragaba saliva y me señalaba mí ya erecto rabo le dije:

    -No sé muy bien que estoy haciendo, pero voy borracho y cachondo. ¿Qué me propones?

    Echándose él una gran carcajada, me dijo que estaba muy sorprendido por mi invitación, y que como intuía que era mi primera vez, me dejaba elegir.

    No sabía que decir ni que hacer, nunca había estado tan bloqueado en una situación sexual.

    Así que me saqué mi húmeda polla y le dije:

    -¡No sé!

    No hizo falta decir más, se acercó y se agacho delante de mí agarrándome la polla y llevándosela a su boca.

    Se la metió entera, y comenzó a chupar.

    La suma de la excitación del momento y mi grado de alcoholismo, estaban haciendo que fuese algo increíble.

    Él seguía chupándomela sin parar, se la sacaba de la boca y pasaba suavemente la lengua por el capullo a la vez que me acariciaba los huevos.

    En ese momento cogí su cabeza y la apreté contra mí, quería que se la tragara entera. Que le llegase hasta la garganta. Note como se le caía la baba porque no podía ni tragar al tener la boca llena de mi polla.

    Poco más iba a aguantar, así que cuando estaba a punto de correrme, le pregunte que el que hacía.

    A lo que él no dijo nada, pero se la saco de la boca y siguió haciéndome una paja. Momento en el cual intuyó por mis gemidos que iba correrme y apoyo mi capullo en su lengua, descargándole toda mi corrida en su boca mientras me miraba a los ojos.

    Ojos que casi tenía en blanco, ya que me habían hecho seguramente la mejor mamada de mi vida.

    Alguna vez había escuchado, que nadie mejor que un hombre conoce a otro hombre.

    Pero realmente es cierto.

    Sin mediar más palabra, me subí el pantalón y deshice el camino andado.

    Un poco avergonzado, por si alguno de los presentes había notado algo, llegue hasta donde estaban los demás.

    Todos estaban como antes de marcharme, en sus historias o entretenimientos, por lo que respire bastante aliviado.

    No más de un minuto después, volvió el chico que me había brindado tan gustosa mamada, entrándome de nuevo un poco de nerviosismo ante el miedo de ser relacionado con él. Eché una discreta mirada alrededor a ver si alguien hacia algo raro, que delatase que podía intuir lo ocurrido.

    Todo en calma hacia un lado, pero cuando gire la cabeza hacia el otro, note una mirada directa a los ojos precedida de una sonrisa picarona. Tragué saliva, e hice como que no iba conmigo la cosa.

    Quien me estaba mirando, era la prima del chico sobre el que me acababa de lefar. Nunca me dijo nada, hasta un cierto día que saco el tema… pero eso es otra historia que algún día contare.

  • Maribelle

    Maribelle

    Mientras esperaba mis ojos se aclimataron a la media luz de aquel bar sentí una mano que me tocó en el hombro.  Al volverme vi una sonrisa que me recibía y a quien jamás pensé en encontrar ahí. Era una amiga de hacía mucho tiempo llamada Maribel. La había conocido hacía bastante tiempo en el negocio de un amigo común, ella y yo hicimos una bonita amistad y hasta me compró una pintura para su sala ya que soy pintor. Nos saludamos y ambos nos preguntamos que hacíamos allí? Mientras yo le confesé entré a tomar un trago ya que afuera había mucho calor y un a taponamiento de tránsito en mi camino, lo que me llevó al lugar a esperar. Ella por su parte me dijo acércate a la mesa vine con unas amigas al happy hour.

    Me acerqué a la mesa y Maribel compartía con tres mujeres más las tres muy atractivas, me las presentó y nos sentamos a charlar. Debo confesar que Maribel siempre me había gustado, es una mujer muy hermosa con unos ojos negros preciosos, algo gordita y unos pechos deliciosos. Mientras charlábamos una de las amigas de Maribel me miraba insinuadamente cosa que me gustó mucho, bromeamos y reímos y al despedirme de ellas su amiga me dio su número telefónico con la excusa de que deseaba ver algunos de mis trabajos de pintura.

    Me fui al parking y Maribelle me siguió diciéndome perdona mi amiga es una propasada que no respeta. A lo que le conteste paro porque dices eso? A lo que me contestó debió respetarme la que tiene una relación contigo soy yo. Yo la miré y le dije bueno si somos amigos pero a ella eso no le impide a lo que ella me respondió pero tú sabes que yo te gusto y tú a mi y ellas lo saben porque le dije.

    Me quedé asombrado por sus palabras e inmediatamente le dije bueno es la primera vez que me dices estoy si tú me fascinas. Mari elle me miro y me dijo voy a buscar mi cartera espérame en el puesto de gasolina por favor. La dejé atrás y manejé tres minutos hacia la gasolinera que estaba en la esquina, minutos más tarde Maribelle se estacionó al lado de mi auto y me pidió sígueme. Maneje diez minutos detrás de su auto hasta llegar a otro centro comercial, Maribelle estacionó su auto en el valet parking y se subió a mi vehículo diciéndome, vamos llévame a un motel quiero estar contigo.

    No hablamos nada camino al motel yo porque estaba un poco sorprendido y ella realmente no sé. Llegamos al motel y entre el auto al garage, diciéndole no te bajes espera aquí, revise el cuarto y una joven me cobro. Baje la puerta de garaje y le abrí la puerta a ella, que se bajó con un bolso, entramos al cuarto y ella me dijo voy al baño. Me senté en la cama y puse el televisor daban una película porno, cambié de canal hasta encontrar un canal de música suave. Mari elle se había metido en la ducha, mientras yo la imaginaba desnuda y bañada, estaba bien excitado. Ella salió del baño con solo una toalla alrededor de su cuerpo, aproveché para decirle voy a bañarme y ella accedió. Me bañe rápidamente y me sequé salí del baño totalmente desnudo con solo una pequeña toalla. Maribelle estaba acostada en la cama cubierta con la sábana y me acerqué mirándola con deseo. Ella me pidió apaga la luz quiero que no me veas soy tan gorda. Le respondí me gustas como eres y me acerque a ella removí las sábanas, la miré sus senos enormes y su piel suave y blanca abrí poco a poco sus piernas su sexo delicioso totalmente rasurado me invitaba a lamerlo me acerque y nuestros labios se juntaron suavemente le susurré a su boca, eres una maravilla de mujer, eres tan hermosa, su boca se abrió y nuestras lenguas se juntaron en un beso largo y apasionado.

    Baje mi mano y tome su sexo mientras mis besos bajaban de su cuello hacia sus senos deliciosos deteniéndome en aquellos persones deliciosos, chupe, lamí cada uno de ellos, mientras bajaba y me colocaba entre sus piernas sumergiendo mi boca en su chocha, lamia y chupaba mientras ella gemía de placer, pidiéndome más y más y más. De repente mientas chupaba su clítoris y agarraba cada una se aquellas tetas hermosas Maribelle me regaló su primer orgasmo, gritaba de placer u me arropaba con sus muslos mientras yo seguía chupando y comiendo sus jugos exquisitos.

    Entonces me pidió “por favor bebé, métemelo” retiré mi cara de su chocha y ella se viró poniéndose en cuatro invitándome a penetrarla, puse mi bicho un la entrada de su chocha y poco a poco fui penetrándola mientras ella gritaba de placer dámelo completo papi mételo sin miedo, regalándome varios orgasmos.

    Disfrutamos el sexo en diferentes posiciones, hasta que ella me pidió, vamos a bañarnos juntos quiero chuparte la pinga, fuimos a la ducha y nos empezamos a enjabonar yo estaba extasiado con aquellos senos deliciosos, Maribelle disfrutaba de mis manos en su chocha y comenzó a agacharse hasta tomar mi bicho en su boca lo chupaba y besaba, metiéndolo hasta su garganta y haciendo que me transportara a las nubes.

    Entonces agarró mi pinga con su mano apretándola mientras también agarraba mis testículos y usando sus labios sobre la cabeza de mi bicho comenzó a subir y bajar hasta que no aguante más y me vine en su boca. El chorro de leche la tomó por sorpresa y sus labios se llenaron de mi leche ella apuró y tragó completo mi orgasmo hasta dejarme seco.

  • Adorado hijo

    Adorado hijo

    Mi nombre es Raquel, tengo 39 años, muy cerquita de los 40, si bien me casé a fines del siglo XX, nuestras familias mantienen aún arraigadas, ciertas costumbres clásicas de nuestra comunidad, tenía 18 años y mi esposo 32, médico, muy buen hombre. Admito que no estaba muy enamorada de él, pero era una decisión entre familias, en donde mi decisión era nula, parece mentira, pero fue así, accedí con la esperanza que con el pasar del tiempo llegaría a amarlo.

    No tengo quejas hacia él, hemos tenido una buena convivencia, faltaba algo, nuestra relación sexual no era nada apasionada, donde nunca conocí un orgasmo, era algo metódico, en donde me impedía hacer ciertas cosas, como utilizar lencería sexy o tener sexo oral, por ejemplo. Con los años me fui acostumbrando o más bien lo fui soportando, por suerte la venida de dos hijos cambio mi vida, me dedicaba a ellos, hoy Benjamín de 19 y Laura de 15.

    Adoro a ambos, pero Benjamín, que llamamos Ben, es un chico muy comprador y galante, que con sus piropos y halagos, ha compensado lo que mi esposo no me ha brindado.

    No sé con exactitud, cuando comenzó todo, recuerdo que en una oportunidad llegue a verlo desnudo saliendo del baño, no sé si se percató de mi presencia, pero su sexo realmente me impacto. Ya no lo vi como mi hijo, sino como hombre, movilizándome por dentro al ver su sexo algo erguido. Traté de apaciguarme, intentando borrar de mi mente ese instante tan alterador, conteniéndome en ese aspecto como lo venía haciendo desde hacía mucho, que comprendía perfectamente que era algo indebido, trate de borrar ese instante profano, aunque un día llegue a masturbarme mientras mantenía ese recuerdo. No era mi costumbre hacerlo, sentía que traicionaba a mi esposo, aunque cada tanto necesitaba aplacar mi excitación.

    En el transcurso de un largo tiempo, se fueron originando una serie de hechos que si bien en un principio, no los tomé demasiado en cuenta, ni sospechaba o realmente trataba de negármelos.

    Una de ellas fue en un viaje con otros familiares, como los autos no eran suficiente para llevarnos a todos, opté por sentarme sobre las rodillas de mi hijo, tomándome del asiento delantero, el movimiento del auto sumado a mi trasero sobre las piernas de mi hijo, tuve la sensación o más bien la seguridad que ese contacto lo había alterado, lo miré como diciéndole, “Que te pasa?”, cuando note que sus cachetes se sonrojaban, me reí por dentro, continuando el viaje, tratando de olvidar el incidente, aunque creo que ese podría ser el punto de partida.

    De vez en cuando mientras elaboraba el desayuno, se acercaba por atrás, me abrazaba fuertemente notando su pene apoyarse en mi traste, que si bien en principio trataba de separarme, poco a poco comencé a deleitarme con ese contacto transgresivo e inmoral. Pensaba que estaba creciendo y que se estaba haciendo hombre.

    También en una oportunidad fuimos a una fiesta los tres, mi esposo tuvo que quedarse, no sé porque, y lo pasamos muy bien, hasta baile con mi hijo, sintiendo su sexo cerca de mi abdomen, dado que él es más alto. Habíamos bailado tan juntos que me encantaba estar unidos por esa melodía, algo que no había experimentado desde hacía mucho tiempo atrás, llegando a un punto dónde ya estábamos apretando nuestros cuerpos. Al regresar a la mesa mi hija dice”

    – “Vaya, parecían novios”, si bien me sonroje algo, me agrado su comentario.

    Atentamente mi hijo la invito a bailar la próxima pieza musical, como evitando posibles celos.

    También creo que a veces trataba de verme mientras me cambiaba o salía de darme una ducha, creo que no me molestaba esa actitud, aunque trataba de no mostrar mis partes más provocativas. No puedo decir que esos momentos me llevaron a excitar, creo que más que nada era sentir que a pesar de ser mi hijo todavía, alguien se interesaba en mi figura.

    Traté de vestirme más a la moda, haciendo resaltar parte de mi cuerpo, que por supuesto mi esposo lo censuro rápidamente, diciendo que era una señora con dos hijos grandes y no sé cuántas cosas más.

    Hubo, por parte de mi hijo intenciones de efectuarme algunos masajes o cosas similares, a lo que traté de evitar, aunque su atención hacia mí, esas flores, o los chocolates que eran mi preferencia, me fueron llevando a sentir que estaba tratando de conquistarme, cosa que si bien lo era, fui como aceptándolo con mucho agrado.

    Un domingo que tuvimos un almuerzo familiar, alrededor de 12 personas, Ben se sentó a mi lado, en un momento apoyó su mano en mi rodilla, jugando con su pulgar en parte de mi entrepierna, debo confesar que sentí una excitación, al punto de levantarme con la excusa de ir a buscar algo, traté de olvidar ese momento, aunque eran detalles que me iban inconscientemente llevando a algo más.

    En otra oportunidad, me dolían los pies, se ofreció a hacerme unos masajes, si bien me opuse en un principio, ante su grata insistencia, acepte su ofrecimiento. Fuimos a mi dormitorio, me senté en el borde de la cama y el arrodillado comenzó con unos suaves masajes, que me fueron agradando rápidamente al punto de acostarme, mientras iba disfrutando plácidamente de esas frotaciones. Creo que abrí las piernas un poco, no sé si llegaba a ver la unión de ellas, pero creo que me atraía saber que podría estar observando,

    Ese momento fue como una especie de fusible que me trajo a la realidad, o por lo menos reconocer que algo buscaba mi hijo, que yo lo estaba consintiendo, y que debía dar un corte antes de llegar a mayores, si bien me atraía todo eso creo que debería poner un límite.

    Después de pensarlo durante unos días, tome la decisión de aclarar todo eso, así que una noche apenas se durmió mi esposo y mi hija, silenciosamente fui a la habitación de mi hijo. Diciéndole:

    – “Hijo, quiero hablar contigo”

    – “Si, dime madre”

    – “No te asustes, es para aclarar ciertas cosas”, las que fui enumerando, lo del auto, esos abrazos matutinos, lo de ese almuerzo etc.

    Por supuesto se disculpó, reconociendo que le había sucedido cosas, pero después de una pausa, noté que le costaba decir algo, así que lo alenté para que lo expresase.

    Cuando comenzó a formular, una serie de cosas, que si bien me agradaban, por otra parte me estremecieron

    – “Madre eres lo más lindo que me tocado, me encanta tu belleza, tu manera de ser, me encanta mirarte, eres tan dulce, me atrae tocar tu cuerpo, tu cuello, sé que posiblemente no te agrade, pero siento una excitación cuando veo tu trasero, hasta te he visto a través de la transparencia de tu camisón”

    Así continuo diciéndome cosas, que jamás alguien me lo habría expresado, sentí que mi cuerpo se revolucionaba, como que eso que tenía retenido de golpe despertaba a una realidad, imposible de aceptar. Acaricie a mi hijo, le bese la mejilla, agradeciendo sus palabras.

    Me había confesado todos sus secretos, abrí los ojos viendo una mirada de amor y a su vez de deseo cuando bajé mi mirada hacia su entrepierna, observando su erección, no puedo negar que me excito, esa mezcla de morbo y de incertidumbre.

    Apoye mi mano sobre su miembro, bajando mi vista con algo de vergüenza, creo que sentía sus palpitaciones y su calidez producto de ese rigidez, mientras mi mano se mantenía posada en su sexo, le volví a repetir que nadie me había dicho tantas hermosas palabras.

    Mi mano se posó más firmemente en el pene de mi hijo, dando un pequeño brinco, sorprendido ante mi actitud.

    Noté su exaltación, ese deseo contenido en su rostro, oprimí su aparato agitándolo suavemente a través de la delgada tela de sus pants, diciéndole con voz susurrante

    – “No hagas nada”

    Me arrodille frente a mi hijo, lentamente le bajé los pans, tome sutilmente su sexo erguido, cerrando los ojos comencé a efectuar un sublime movimiento de sube y baja, oprimiendo a la vez su tronco, percibiendo sus palpitaciones, iniciando una leve masturbación.

    Mientras mi esposo dormía a unos metros y mi hija mucho más cerca, mis manos se deleitaban frotando el pene de mi querido hijo. Hasta que mi boca se tentó a lamer ese erótico trozo de carne, sintiendo que mi cuerpo se comenzaba a incitar, cuando mi ávida boca, lo comenzó a deglutir de una forma desesperada y voraz, disfrutando de su pene en mi cavidad bucal, lamiéndolo y succionándolo con total avidez.

    Todo se fue intensificando cuando mi cuerpo parecía alterarse con la venida de un orgasmo, algo que prácticamente nunca lo había experimentado de esta manera.

    Eso me trajo a la realidad, dándome cuenta que estaba obrando pesimamente, que eso no debía de ser. Me levanté rápidamente encerrándome en el baño, bajé mi pantaloncito notando lo mojada que estaba, me lave la cara, traté de calmarme aunque me era difícil. Después de varios minutos salí para dirigirme a mi dormitorio, mi hijo parado en la puerta de su aposento trató de detenerme, pero baje la cabeza, continuando mi camino, sin siguiera mirarlo o saludarlo. Estaba totalmente avergonzada por lo ocurrido, pero ya no había marcha atrás, lo hecho, hecho esta.

    Los días subsiguientes fueron un infierno, a pesar de que mi hijo me traía flores y obsequios, me era imposible mirarlo a los ojos, me dejaba notas a las que no contestaba, sabía que él no era el culpable sino yo, con ese deseo lascivo e indebido.

    Pasaron más de dos semanas donde trataba de tener el mínimo contacto con mi hijo, sé que estaba intentando preservar algo, no podía dejar de estimularme al recordar su pene erecto en mi boca, hasta llegue a masturbarme, algo que si bien no practicaba comencé a practicarlo más frecuentemente.

    Una noche sonó el teléfono, era una urgencia que requerían a mi marido, mientras se vestía, traté de levantarme para prepararle algo, pero me dice:

    – “Son las tres de la mañana sigue durmiendo”

    Permanecí en la cama, esperando a que se fuese, apenas lo hizo, me levante para dirigirme a la habitación de mi hijo. No sabía bien que le diría, lo desperté suavemente y me senté en su cama, quería aclarar lo sucedido aquella noche y mi forma de actuar ante él.

    Cuando se despierta, me mira asombrado, y le digo:

    – “No te asustes, quiero decirte algo, antes que nada lo que hice contigo, no es propio de una madre, he actuado así últimamente, porque estaba totalmente avergonzada de mi actuación de aquella noche”

    – “Quiero que esto termine sin perjudicarnos más, me lastima tanto hacerte daño de esta manera, me lastima ya no verte, cómo te alejas, me lastima mucho no hablarte, pero como te lo dije eso que pasó estuvo muy mal, fue una atrocidad lo que pasó, no tuvo que haber sucedido”,

    Y así continué hablando tratando de disculparme por lo de esa vez, cuando pone sus dedos en mi boca y me dice:

    – “Cállate madre, fue lo más hermoso que sentí en mi vida, no dejo de recordar ese momento, tus manos tocando mi sexo, y tu boca besándolo”

    – “Pero eso no es normal, eres mi hijo, mi propia sangre” le contesto algo avergonzada.

    Y así continuo la conversación, apoyando su mano en mis rodillas, acariciando parte de mi muslo, hasta que me dice:

    – “Me encantaría devolverte ese favor, hacerte sentir mujer, que te permitas romper esa prohibición que nos impone la sociedad”

    Realmente no sabía qué hacer, no niego que me agradaba esa proposición, sentí por vez primera como si mariposas aleteaban en mi estómago, a la vez que mis pulsaciones aumentaban, en el momento que me hace acostar sobre la cama, levantando levemente mi camisón, diciéndome:

    – “Déjate llevar, déjame hacerte gozar, y hacerte lo que nadie te ha dado”

    Sin decir nada traté de relajarme, mientras levantaba más mi camisón, y sus manos acariciaban mi abdomen, pasando por mi ingle, rosando mi vagina a través de mi calzoncito. Sus manos exploraban mi zona prohibida, excitando mi cuerpo, cuando sentí que mi prenda era desplazada suavemente. Sabía que eso no debía de ser, pero nunca había sentido algo así en mi vida, permitiendo que continuase con su objetivo.

    Al estar mi zona intima descubierta, sus dedos continuaron explorando el sector, rosando e introduciéndose levemente en mi vagina humedecida sus dedos, friccionando las paredes de mi interior..

    Cuando colocó un almohadón bajo mi traste, separo mis piernas arrodillándose para meter su cabeza entre ella, sintiendo su lengua humedecer mi sexo, no me podía detener en esa loca decisión, me fui entregando, disfrutando de ese regalo que mi hijo me ofrecía.

    Mientras su ávida lengua recorría mi raja hasta introducirse en ella, rozando mi clítoris, llevándome a un estado de total paroxismo, mi cuerpo parecía explotar, a la vez que mis hormonas estaban totalmente revolucionadas, me arqueaba, empujando mi pelvis contra su cara, contenía mis gemidos para evitar de despertar a mi hija.

    Mientras su boca succionaba mis labios vaginales sin dejar de acariciar mi abdomen, llevándome en pocos minutos a paroxismo total.

    Ben no cedía, hasta que me transporto a un conmovedor orgasmo, algo indescriptible, algo que nunca había sentido, sintiendo que mis tetillas se erguían.

    Traté de contener mi orgasmo que estaba alterando la totalidad de mi cuerpo, sabía que estábamos haciendo algo indebido, pero el placer que me estaba produciendo me impedía detenerlo.

    Mi mano tapó mi boca para contener mis gemidos, mientras la lengua de mi hijo no dejaba de acosar mi sexo. Después de venirme estuve varios minutos tratando de recuperar el aliento, mientras en mi mente no podía organizar mis pensamientos, abrace la cabeza de mi hijo, agradeciéndole lo que me había hecho, cuando sentimos el auto de mi esposo llegar, corrí a mi dormitorio, para meterme en la cama, tratando de dormirme sin dejar de pensar en lo sucedido.

    A la mañana siguiente fui la primera en levantarme, cada vez que recordaba lo de la noche anterior me motivaba, cuando sentí que mi hijo, me abrazaba besándome el cuello, me entregue ante esa cálido demostración de cariño.

    – “Puedo tocar tus pechos? Me pregunto susurrándome al oído”

    – “Si te agrada, hazlo” le contesté suavemente, sintiendo aflojarse mis piernas…

    Comenzó a levantar mi camisón, hasta que sus manos se apoyaron en mis senos, apretujándolos suavemente, tocando mis pezones erguidos por mi motivación, apretándolos dócilmente, llevándome a pegarme a su cuerpo, inclinando mi cabeza contra su hombro, mientras sus manos recorrían mi candente cuerpo, llegando a mi abdomen, hasta meterse entre mi calzoncito, accediendo a mi sexo. Sentí mojarme al percibir ese acercamiento, no podía contener mi excitación ante esas sutiles y penetrantes caricias de mi hijo.

    Sentí bajar mi prenda, sin llegar a impedirlo, hasta que sus manos tocaron mis glúteos, sintiendo su verga apoyarse entre mis cachetes, me sentía transportar, con el deseo de ser poseída por mi propio hijo.

    Continuo bajándola, sintiendo su mano recorrer mis nalgas, hasta llegar a mi vagina, transitando mis humedecidos labios inferiores.

    Cuando unos pasos en la escalera detuvo nuestro encuentro tan lascivo, arreglando mis prendas rápidamente mientras Ben se sentaba a la mesa, tras ella bajo mi esposo y desayunamos como lo hacíamos habitualmente, aunque mi estado era bastante alterado.

    Mis movimientos, llegaron a delatarme, dado que mi esposo de una manera algo grosera, me dice:

    – “Que te pasa mujer, pareces trastornada?”

    No dije nada y trate de calmarme, mientras mi cabeza no dejaba de pensar, aunque mi decisión estaba tomada, para bien o para mal. Mientras todos se preparaban para ir, mi esposo al consultorio y mis hijos a sus escuelas, me acerque a Ben y le dije:

    – “No vayas a la universidad”, mirándome con una sonrisa de oreja a oreja, me dio un beso en la mejilla y se fue, comprendí cuál era su intención.

    Rato más tarde se fue mi esposo con mi hija para llevarla a su escuela, e ir a su consultorio, no solo sabía que contábamos con más de 5 horas para nosotros, sino que estaba dando un paso a algo prohibido, a un tabú, algo que no tenía explicación a un deseo que no podía reprimir más.

    Está bien, está mal, no sé, solo sé que lo deseaba, pero porque con mi hijo, podría haber sido otro, pero él me despertó de ese letargo, de ese mundo frio e irreal donde el sexo no existía. Sabia con qué podía encontrarme, podía destruir la familia, pero creo que lo que haríamos valdría correr el riesgo.

    Apenas quede sola arregle las camas rápidamente dándole prioridad a la de Ben, me duché, perfume, colocándome mi mejor y más transparente camisón, traté de aligerar mi vello vaginal, terminándome acostando en la cama de mi hijo a la espera de un infrecuente y prohibido encuentro nupcial.

  • Antes del café (Capítulo 2): Calentura y locura

    Antes del café (Capítulo 2): Calentura y locura

    Aquí en medio del suspenso y antes de tomar el café para leer este capítulo, la autora y su servidora, Lorena Padilla, me permito intervenir como narradora, ya que existen momentos en que, tanto la versión de Azucena como la de Braulio coinciden completamente, o son solo diálogos entre ellos.

    Aprovecho esta interrupción también para explicar algunos pequeños detalles: Los protagonistas son grandes amigos míos y cada uno me relató su versión de los hechos, por eso cada capítulo tiene ambas perspectivas. En su momento, redacté la historia como vivencia mía porque también fui partícipe, pero es mucho más interesante lo que pasa entre ellos. Lo mío lo compartiré posteriormente como una novela más corta.

    Por último, los personajes de esta novela tienen nombres distintos a los reales, incluyendo el mío. De esta manera, a lo largo de la novela se deja a la sabia intuición del lector adivinar qué personaje soy y a su fina imaginación cada fragmento erótico. Sin más que agregar, iniciaré narrando la siguiente conversación, cuando Braulio se acercó a Azucena después de que ella tuvo sexo con un tipo que no era su novio.

    -Hola, hermanita.

    Entre asustada y molesta, Azucena se dio la vuelta lentamente y con rostro serio, le respondió.

    -Nada de hermanita, mocoso. Soy mayor que tú, en cambio, tú pareces un adolescente. ¿Qué haces aquí? Se supone que deberías de estar en la universidad.

    A modo de aparentar seguridad, Braulio emitió una pequeña risa, se dirigió hacia la alacena, sacó su taza favorita y sirviéndose directo de la cafetera que previamente sus padres dejaron preparada desde temprano, contestó sonriente y astutamente.

    -Azu, somos adultos. Me dio flojera ir a la universidad. Y tú, mírate, teniendo más responsabilidades que yo, decidiste no ir a trabajar a escondidas de nuestros padres, estás en fachas de actriz porno y le acabas de dar el culo a un sujeto que no es tu novio, de lo cual tengo evidencia en mi celular.

    Boquiabierta por el desvergonzado vocabulario de su hermano, Azucena se dirigió a él, enojada y casi gritando.

    – ¡Ay! ¡Primero que nada tú no debías de estar aquí, borra todo lo que hayas capturado y ten cuidado con que me acuses con mis padres! ¡En segunda, ten más respeto hacia mí que soy mujer, yo hago lo que quiero con mi vida y mi cuerpo! ¡Además, Ernesto me fue infiel, así que tengo derecho de coger con quien quiera, es más, hoy mismo lo voy a mandar al diablo!

    Braulio permanecía sereno y pretendió terminar con la discusión antes de darle el primer trago a su café.

    -Es lo que estoy tratando de decirte. Somos adultos, hacemos lo que queremos, así que, no te preocupes, que yo no les diré nada a nuestros padres. Pero, así como somos adultos sabemos perfectamente lo que es un trato y quiero proponerte uno.

    Azucena puso una mirada de sospecha y ante la pausa de su hermano, quien comenzó a ingerir su café, pensó en posibles chantajes, pero el que más la intimidó fue el de tener sexo con él, por lo cual reaccionó intensamente.

    – ¡Ni se te ocurra! ¡Ni loca lo haría!

    De pronto, la supuesta seguridad de Braulio se esfumó. Le dio un trago más a su café, esta vez algo prolongado, para saber qué contestar, ya que estaba creyendo que su hermana dedujo cosas sucias entre ella y él. Así, procedió a hacerle la propuesta, trabándose entre tantas muletillas que me ahorraré escribir.

    – ¡Tranquila! ¿Pues en qué piensas, cochina? Escucha, anoche Isabel me terminó y desde que tuve mi primera pareja he querido saber qué se siente tener sexo. Viendo que tú estás disfrutando plenamente de tu sexualidad me dio, pues, mucha envidia, ¿me explico? Lo único que quiero es que, discretamente, le recomiendes a una de tus bellas amigas acerca de mí y consigas que folle conmigo. De lo contrario, las pruebas que tengo de tu cogida de hoy se las daré a conocer a nuestros padres ¿Trato hecho?

    Con las manos en la cintura y una sonrisa burlona, pareciera que Azucena atrapó la seguridad que a Braulio se le había escapado y sin demorarse, replicó de forma tenue.

    – ¡Hermanito de mi vida! Te crees inteligente, pero no lo eres. ¿En realidad crees que una mujer con estabilidad y una vida solucionada, como mis amigas, estaría interesada en coger con un escuincle como tú? Pídeme algo que sea posible, por favor.

    Desde aquella postura que adoptó Azucena, la mirada de Braulio se ancló en los muslos de su hermana y en el movimiento de su minifalda. Inevitablemente, su miembro tuvo una erección y él comenzó a sentirse incómodo. Azucena se dio cuenta, pero su prudencia fue superior para no delatarse, pues claramente observó el bulto en su ropa. Braulio, aún nervioso, se apresuró a acabar con la plática.

    -Lo lamento, pero esos son mis intereses. Piénsalo. Yo me retiro, todavía alcanzo a llegar a la clase de las once.

    Rápidamente, Braulio caminó hacia su cuarto, cargó su mochila, se dirigió hacia la puerta queriendo evadir la vista a su hermana y salió en camino a su universidad. Azucena mantuvo la misma posición hasta que su hermano se marchó. Lo que sucedió después corre por la cuenta de ambos, cada quién por su parte.

    VERSIÓN DE BRAULIO:

    Esperé un poco hasta alejarme lo suficiente de la casa para explotar el cúmulo de emociones que se originaron en mí. Estando a solas, hice un gesto de enfado mezclado con desesperación y regresé a mi propia conversación.

    – ¡Caray! ¿Qué fue eso? Creo que, si me hubiera quedado ahí, viéndola detenidamente, así como ella me veía a mí, hubiéramos terminado en el sofá después de varios orgasmos y una cogida muy rica. Se sentía una energía candente en su mirada y en su sexy pose. Me hubiera encantado acercarme a ella, empujarla hacia el sofá, agacharme y hacerle un sublime oral para comenzar y convencerla de que no interrumpa el momento con algún razonamiento moral.

    Notando que mi pene volvía a ponerse duro y sabiendo que estaba en público, traté de controlarme, aunque pronto caí en el desconsuelo.

    -Ya no sigas. Es más, ni te ilusiones. Eso nunca va a pasar. Sin duda alguna me habrá considerado como un idiota y continuó con su vida. Además, acerca de esa propuesta que le hice, sinceramente no seré capaz de delatarla. Es mi hermana y la quiero como tal. Solo que, cuando le dije que me dio mucha envidia de ver que disfrutaba de su sexualidad, en realidad quería decirle que me dio mucha calentura y quería que alguien me la quitara, sin importar que fuera ella.

    Quería estar solo. De tanta decepción, sentía que no iba a soportar a la gente que se me atravesara en el camino ni en el autobús. Decidí, por tanto, hacerle la parada a un taxi.

    Llegué a la entrada de la universidad. Estaba ansioso por comprar y fumarme un cigarro, sin embargo, dando unos pasos más me quedé inmóvil al ver a Isabel, vestida de manera tan impresionante, pero estaba siendo acariciada delicadamente por las manos del imbécil que provocó que mi hermana le entregara su cuerpo a un tipo cualquiera, sí, Ernesto.

    Lleno de frustración, volví hacia la calle y pedí otro taxi, esta vez, con destino a la zona hotelera de la ciudad para emprender el plan B.

    -Si mi hermana lo hizo ¿por qué yo no? Solo que a ella no le costó ni un peso. Pero yo haré que valga cada maldito centavo.

    Era casi el mediodía cuando me instalé en el penthouse suite de uno de los hoteles turísticos más famosos de Puerto Vallarta. De esta manera, me hallé solo, entre cuatro muros de lujo. Empecé a recorrer toda la habitación, incluso preparé la tina de jacuzzi, todo con el fin de idear los movimientos que realizaría a la hora de follar con la sexoservidora que contrataría. En cada paso, no pude controlar mis ganas de sacarme la verga y masturbarme. Realmente deseaba que el momento fuese perfecto.

    Al terminar de afinar detalles, me di un baño bastante minucioso, después me acosté en la deliciosa cama king size de la habitación y procedí a navegar en un sitio web de escorts a través de mi celular.

    Mi preferencia de búsqueda al principio fue VIP, no obstante, en los resultados siempre aparecían chicas de 19 a 23 años diciendo que se sabían todas las posiciones y eran perfectas para los hombres exigentes (a esas edades ni conocen bien su anatomía, comprobado). Mis gigantescas ganas de coger me solicitaban una hembra de mínimo 25 años, ¿acaso será porque me quedé intrigado por saber cómo hubiera follado con mi hermana si se hubiera dado la oportunidad?

    En fin, cambié el texto de búsqueda por “madura” y me arrojó varios perfiles de señoras no muy atractivas y algunos de adultas jóvenes muy sexys, de las cuales solo dos llamaron mucho mi atención.

    Comencé a ver la información de Crystal, una mujer morenaza de 27 años, venezolana, delgada, destacando sus enormes nalgas y sus 1.86 metros de estatura, lo cual fue el factor determinante para elegirla. Me parecía excitante la idea de coger con una mujer más alta que yo por quince centímetros.

    Sin pensarlo dos veces la llamé. La verdad, no sé si hice lo correcto al contarle todo lo que le haría, porque preguntó por mi nombre y mi edad y cuando le comenté que tenía 21 años me dijo que solo acepta a hombres mayores de 25 y me colgó. El karma en su máximo esplendor.

    Entonces me quedaba Itzel, la chica del otro anuncio, mujer de piel canela, de 28 años, mexicana, delgada, pechos prominentes y lindo atuendo de secretaria. Continué leyendo y me detuve en el apartado donde mencionaba: “Aplica promoción si deseas el trío con mi amiga Andrea”. Busqué si había una foto de esa tal Andrea dentro de la publicación y apareció una foto de ambas enseñando sus exquisitos culos.

    – ¡Uf! ¡Andrea tampoco está nada mal! ¡Un trío para ser mi primera vez sería espectacular!

    Inmediatamente llamé a Itzel, le dije todo lo que le haría a ella y a su amiga, además del champagne que habría al final. Ella sonó bastante sorprendida y excitada, aunque también preguntó por mi nombre y mi edad. Me tardé en responder falsamente que me llamo Bernardo y tengo 32 años, pero ella, demasiado contenta, me confirmó la cita acompañada de su amiga, a quien no se me dio por escucharla en la llamada.

    Minutos antes de que llegaran las chicas cerré las cortinas, apagué las luces y me desnudé. Después oí el golpeteo de la puerta, me asomé por la merilla y las vi con unas máscaras. A continuación, abrí y me escondí detrás de la puerta sin que me miraran. Esperé a que ingresaran a la habitación, cerré y lentamente me acerqué a arrimarle mi verga al trasero de la última que entró. Me fascinó su expresión, diciendo “¡Ay, papi!” Pero su voz se me hizo familiar.

    VERSIÓN DE AZUCENA:

    Después de que mi hermano se largó crucé los brazos y me acosté en el sofá. Me sentía apática, agotada, pero todavía bastante ganosa y tenía mi mano derecha introduciéndose bajo mi falda.

    – ¿En serio quise seducir a mi hermano con mi mirada y mi pose? ¿En serio me le quedé mirando el bulto? Es que, vaya que se veía grueso y largo lo que traía ahí adentro. No puede estar pasándome esto, ¡que alguien me diga que esto es un sueño!

    Mi mano pasó la barrera de mi pantaleta y en cuanto toqué mis labios vaginales, suspiré y experimenté vibraciones deliciosas.

    -En estos momentos, la persona indicada estaría pasando su lengua por toda mi concha, estimulando mi clítoris, provocando que me venga y después, metiendo toda su venosa pija hasta topar con mi cérvix. ¡Uf! Probar varias posiciones por un largo rato hasta que me diera aviso de que pronto eyacularía para mamársela y se viniera en mi boca. Si mi hermano pudiera hacer eso, de verdad lo hubiera permitido.

    Dentro de mi vagina se encontraban dos de mis dedos y con mi mano izquierda apretaba mis senos. Estuve a nada de entrar al punto de no retorno, pero mi moralidad me mortificó.

    – ¡No, Azucena! ¿En qué estás pensando? Tu hermano no debe hacerte lo que estás imaginando.

    Pronto paré de manosearme, tomé mi teléfono y llamé a Ingrid para que viniera a la casa y contarle lo sucedido, bueno, solo lo más importante. Entretanto se trasladaba hacia acá me duché y me vestí cómodamente.

    Mi amiga llegó a las 10 en punto e insistió en que lo que tenía que contarme era urgente. Le pedí de favor que primero me dejara hablar a mí y lo hice, aunque ella aceptó de mala gana.

    Durante mi charla motivacional agradeciéndole lo de Ernesto y platicándole lo de Ignacio, el celular de Ingrid sonó varias veces, pero ella me dijo que no me preocupara y siguiera hablando.

    Finalmente, terminé contándole lo que pasó con mi hermano, resaltando la propuesta que me hizo, es decir, insinuando que fuera ella quien accediera a sus términos. De pronto, Ingrid preguntó algo que tomé como broma.

    – ¿Y tu hermano estaría dispuesto a remunerarme económicamente si lo hago con él?

    Mi reacción consistió en llevar la palma de mi mano hacia mi frente y contesté sarcásticamente.

    -El que te estaría pagando es mi papá, porque él le deposita a su cuenta para sus gastos mensuales.

    Debo mencionar que Ingrid es una chica muy interesada, el dinero la hace muy feliz, sin importar a quién lastime. Acto seguido, ella comienza a contarme su chisme.

    -Aun así, los ahorros son de tu hermano. Y te pregunté lo anterior porque ¿qué crees? Anoche me anuncié en una página de sexoservidoras. Quiero intentar en ese ambiente.

    La miré a los ojos y le grité.

    – ¿¡Estás demente!?

    Sin embargo, ella defendió su punto de vista y, por si fuera poco, logró envolverme con su discurso, al fin y al cabo, yo ya lo había pensado desde antes.

    – ¿Y por qué no? ¡Haré lo que tanto me gusta y ganaré dinero por ello! Apuesto a que tú desearías un trabajo así, querida. ¿Por qué no lucrar con algo que casi todas hacen gratis? De hecho, quería saber si te animarías a promocionarte conmigo. Como te estás dando cuenta, me han estado llamando muchas veces, pero no he contestado y necesito saber tu respuesta. ¿Qué dices?

    No podía negar mis enormes ganas de volver a follar en el día, o más bien, de follar verdaderamente. Además, mi amiga sabe perfectamente que soy una perra y que soy muy buena en la cama, por lo que, para ella, cumplo con el perfil de una escort y por eso recurrió a mí.

    -Mi respuesta es, sí. Pero únicamente por hoy. Dependiendo de los resultados y las ganancias veré si me animo a continuar.

    Entonces, Ingrid se apresuró a crear un nuevo anuncio en la plataforma donde se publicó e incluyó una oferta por follar con las dos en un trío, sin revelar nuestras verdaderas identidades. Llenó unos requisitos, subió unas fotos suyas y me pidió que le enviara una imagen provocativa mía, pero le propuse tomarnos una juntas y así lo hicimos.

    El anuncio quedó listo, se publicó y en menos de dos minutos mi amiga recibió dos llamadas. Ella y yo concordamos en que los urgidos no cuentan. Sin embargo, parece que volvimos locos a los navegadores de la página web, porque las llamadas fueron constantes.

    Por lo tanto, Ingrid y yo acordamos que ella contestaría la primera llamada que le llegara después de quince minutos sin que suene el teléfono.

    Esperamos hasta que pasó el mediodía y prestamos atención cuando el teléfono dejó de sonar por quince minutos. No tardó mucho en llegar la llamada del elegido, Ingrid contestó, se puso cachonda en el teléfono, confirmó la cita, colgó y cuando me dijo el hotel donde estaba hospedado el varón de 32 años que nos esperaba yo no podía creerlo. ¡Pensé que sería un hombre rico!

    Las dos nos vestimos con ropa y lencería de secretaria, nos arreglamos, nos pusimos unas máscaras, ordenamos un vehículo de transporte privado y en menos de una hora, mi amiga y yo estábamos en la puerta del penthouse suite de uno de los hoteles más nombrados de la zona hotelera de Puerto Vallarta.

    Ingrid tocó la puerta. Por dentro, la habitación lucía oscura, lo cual nos extrañó. De pronto, la puerta se abrió e ingresamos. Escuché que la puerta se cerró, pero antes de voltear a ver, sentí lo dura y gruesa de una verga bien erecta justo en la línea entre mis glúteos. No pude hacer más que disfrutarlo y gritar: «¡Ay, papi!

    CONTINUARÁ…

  • Soledades compartidas

    Soledades compartidas

    LAURA 

    Salí de su departamento a escondidas, como una delincuente, secándome una vez más, las lágrimas de la culpa con el dorso de la mano. Pero estas serían las últimas. Hoy me juré a mí misma, después del tercer y más intenso orgasmo, que ya no volvería a verlo jamás.

    Esta vez va en serio. Estoy dispuesta a recuperar mi matrimonio.

    Desde el nacimiento de Luca, hacía ya casi tres años, las cosas habían cambiado para nosotros. El sexo conyugal había ido transformándose en un ejercicio monótono y esporádico, cada vez más esporádico. Nunca antes en mi vida habría siquiera imaginado la posibilidad de ser una mujer infiel. Yo no era de esas. Esa no era yo. Pero lo cierto es que lo fui, lo soy. Desde hace un año atrás nos vemos cada viernes y él me hace gozar como hacía tiempo no gozaba. No siento por él más que deseo sexual en la forma más animal de la palabra. En él no encuentro más que una descarga física, eléctrica. Ni siquiera es mi amante porque nada relativo al amor tiene que ver con él. Él es su polla, sus dedos, su lengua…

    RAÚL

    No era la primera vez que lo hacía en el baño público del ministerio y la verdad es que no era por morbo sino por imperiosa y humana necesidad.

    Estuve frente al ordenador casi sin poder concentrarme en todo el día. Estaba caliente como una mula. Todas las mujeres que pasaban frente a mis ojos me parecían una ostentación de lujuria insoportable. Antes de marcharme del ministerio, pasé por los servicios y me hice una paja en el lugar de siempre, el privado más alejado de la puerta.

    Luego de la descarga venía inmediatamente el alivio y la frustración como sensaciones simultáneas y complementarias.

    Una vez más volvía a casa pensando que toda la maravillosa magia que había traído nuestro hijo, nos había planteado una paradoja conyugal que no podíamos o no sabíamos resolver. No recordaba la última vez que habíamos follado, pero sin dudas no había sido en el último mes. Tuvimos algunos intentos frustrados, algunas veces por sus jaquecas y otras por mi falta de… como decirlo… de motivación. Sin eufemismos: no había conseguido que se me levante.

    Muchas veces pienso en la posibilidad de conseguirme una amante, al menos hasta que esta situación mejore, pero siempre termino en lo mismo. Laura no lo soportaría. Ella no sería capaz de hacerme una cosa semejante y tampoco lo toleraría en mí.

    LAURA

    Retiré a Luca de la guardería tratando de evitar a los otros padres que se acercaban amablemente a saludar. Sentía que cualquiera que se acercara lo suficiente podría advertir el hedor a sexo que llevaba encima.

    Me duché apenas llegué a casa. Raúl llegaría del ministerio en media hora. Estaba dispuesta a tomar cartas en el asunto de la recuperación matrimonial y tenías un plan para esa misma noche de viernes. La verdad era que todavía estaba encendida y no quería dejar apagar la última lumbre que ardía dentro de mí.

    Mi amiga Jimena tenía dos niños pequeños y todos los sábados por la noche los dejaba a cargo de una niñera que les daba de comer y los dormía, mientras ella salía con su pareja a cenar y a follar como dos adolescentes.

    Con Raúl siempre habíamos tenido reparos de dejar a Luquita con extraños, pero esta era una emergencia. Cogí el teléfono y le dije a mi amiga que estaba dispuesta a intentarlo. Le pregunté si su nany estaría libre para mí aquella misma noche. Jimena se entusiasmó con la idea y la llamó al móvil en ese mismo momento para consultarle. Todo estaba ok. Ana llegaría a casa a las ocho en punto y se quedaría con Luca hasta la mañana siguiente.

    ANA

    Estoy encerrada en mi cuarto, tirada en la cama. Es un viernes de mierda. Mi padre me ha puesto un castigo por haber llegado media hora tarde del instituto y no podré encontrarme con Esteban como habíamos planeado. Él quería llevarme a su casa y yo estaba dispuesta a hacer lo que él me pidiera. Siento que ya estoy en edad de estar con un chico. Mi cuerpo me lo exige. Últimamente me cuesta conciliar el sueño sin antes calmar tanto deseo. Lo hago desde hace unos años, pero ahora se ha vuelto una necesidad. Siento que todo el tiempo voy al límite de mis bragas. He empezado a usar apósitos femeninos diarios porque mi conejita se humedece con facilidad y temo ensuciarme en clase, en el metro o en la calle. Mis amigas no quieren confesarse sobre esos temas y se ríen de mí, pero estoy segura que ellas también lo hacen. Chechu, mi mejor amiga, en una ocasión me confió que utilizaba sus dedos cuando pensaba en Juan, su secreto enamorado, pero no estaba segura de haber tenido nunca un orgasmo.

    Suena el teléfono. Debe ser Esteban. Tengo que contestar antes que lo haga mi padre.

    —¿Diga?

    —¿Hola Ana?, Habla Jimena.

    —¡Ah! Hola Jimena… ¿Qué…?

    — Mira, te llamo porque una amiga, Laura, quiere saber si estarías disponible esta noche para cuidar a su niño. Es un niño divino de tres años.

    —Bueno, pues… Venga… No hay problemas. ¿A las 8 está bien?

    —Vale. Genial. En un rato te paso un mensaje con la dirección de Laura. Te las apañarás sin problemas, ya verás.

    Jimena era amiga de mi madre y yo cuidaba a sus hijos desde hacía unos meses.

    Entre quedarme en casa haciendo nada y hacer unos billetes extra, no había nada que pensar. Mis padres no tendrían problemas si Jimena estaba detrás de todo el asunto. Por otra parte, la idea en sí misma me resultaba atractiva. Disfrutaba de la compañía de los niños más que de cualquier otra. Y, además, porque siempre me resultaba excitante la idea de quedarme sola en una casa extraña.

    RAÚL

    Llegué a casa con ánimo de tomarme una cerveza y dormir hasta mañana. Pero mi mujer me aguardaba con una extraña propuesta. Quería que salgamos a cenar y luego al cine, como en los viejos tiempos. Traté de hacer memoria por si estaba omitiendo algún aniversario o fecha importante, pero no. Me dijo que había contratado a una nodriza para que cuide del niño en nuestra ausencia, lo cual me resultó más extraño aun, ya que ella siempre fue contraria a la idea. Me imagino que debe estar con unas ganas incontenibles de que se la monten un poco y, de alguna manera, me siento responsable.

    Cuando llegó la muchacha, Ana era su nombre, Laura empezó a darle indicaciones acerca de los hábitos del niño. Me quedé mirando disimuladamente a la adolescente vestida con ropa deportiva, y no pude más que sentir envidia por el pequeño que iba a pasar la noche con ella. La tela de sus finos pantalones de algodón se obstinaba en introducirse incómodamente entre sus nalgas mientras el elástico de su tanga apenas se asomaba sobre su cintura. No tenía unos pechos muy grandes, pero el hecho de no llevar sujetador provocaba que el contorno de sus pezones se distinguiera claramente. Me quedé un rato merodeando mientras le oteaba el culo, pero cuando mi verga comenzó a tomar vida propia salí de la sala por miedo a ser descubierto.

    Durante la cena con mi mujer no pude sacarme de la cabeza aquella manzana tierna de la niñera. No podía pensar en otra cosa, la imagen volvía una y otra vez. Estaba tan turbado que temía que Laura adivinara mis oscuros pensamientos. Pensé en ir al baño a descargar, pero otra paja sepultaría definitivamente una noche de posible reencuentro amoroso. No quería volver a pasar por otra frustración (disfunción) sexual con Laura, así que lo dejé estar y traté de concentrarme en otros temas. Entonces se me ocurrió comenzar a hablar de la película que veríamos a continuación.

    LAURA

    Raúl se sorprendió con la propuesta y, aún más, cuando le dije que vendría una nany a quedarse con nuestro hijo. Sé que voy por el buen camino. Él necesita salir de la rutina. Los dos lo necesitamos.

    Cuando la vi a Ana en la puerta de casa, me arrepentí inmediatamente del plan. Me parecía demasiado jovencita para quedarse a cargo de mi Luqui. Luego hablé con ella y me hizo saber que conocía el trabajo. Parecía ser una chica responsable. Eso me tranquilizó. Le pregunté si era mayor de edad y me dijo que hacía unos días había cumplido los dieciocho. Pensé en pedirle sus documentos para cerciorarme pero… Qué más daba. ¿Qué, si me estaba mintiendo? ¿Le pediría que se largue? No era posible. Sabía que debía enfrentar mis temores si pretendía resucitar mi vida conyugal.

    Me gustó que Raúl se quedara conmigo en la sala para escuchar las indicaciones que le deba a Ana. Yo sé que él tampoco se siente seguro al dejar a Luqui en manos de un extraño. Se hacía el distraído pero estaba pendiente de nuestra charla. Se lo veía nervioso.

    Más tarde, en el restaurante, lo noté un poco distante y silencioso. Propuse distintos temas de conversación durante la cena pero él no parecía conectarse del todo. No quería desilusionarme tan pronto, por lo que intenté calmar mi nivel de ansiedad para con él. El vino iba a ayudar a relajarme. Yo estaba encendida por dentro. Excitada. Tenía ganas de hacer el amor con mi marido. Hubiera pasado por alto el cine para ir directo al hotel alojamiento, pero Raúl sacó el tema de la película y por primera vez en la noche parecía entusiasmado con algo. De manera que opte por ir paso a paso y me serví otra copa.

    ANA

    Luca es un niño muy tranquilo. Ojalá los hijos de Jimena fuesen dóciles como él. Cenamos sin problemas. Luego lo ayudé con el cepillo de dientes y tras leerle un cuento en el que unas gallinas se enamoraban de su verdugo, el lobo, se quedó profundamente dormido. La madre me había mareado con sus indicaciones: que el puré no la caliente demasiado, que no le permita ver la TV, que no olvide cerrar el gas de la cocina, que si sonaba la alarma de la casa me encerrase bajo llave en el cuarto de Luqui antes de llamarla al móvil, ¡hasta me preguntó si sabría usar un matafuego en caso de ocurrir un accidente!

    Lo cierto es que eran apenas las diez de la noche y ya todo estada resuelto. Eran los cincuenta pavos más fáciles de toda mi vida.

    Me dejé caer en el sillón de la sala frente a la tevé y me entregué al zapping. Al cabo de media hora seguía yendo y viniendo por los canales de música, pero mi miente estaba en otra parte. Había vuelto la bronca con mi padre por haberme cortado el plan con Esteban. Había vuelto Esteban y con él mi cosquilleo en el vientre y entre mis piernas.

    Salté del sillón y me fui directo a la planta superior de la casa. Justo enfrente del cuarto del niño estaba la alcoba de sus padres. Era justo lo que necesitaba para distraerme un rato. Entré sigilosamente y cerré la puerta detrás de mí antes de encender la luz. Una sensación de vértigo, mezcla de miedo y excitación, se me clavó en la boca del estómago. Estaba violando la intimidad de una pareja de extraños. Allí se encerraban ellos cada noche para tener sexo. Estaba entrando en su lecho de amor.

    RAÚL

    A las once treinta comenzaba la película. Llegamos sobre la hora porque Laura había bebido media botella de vino en la cena y me rogó que esperásemos un momento en el coche hasta que se le quite el mareo. Cuando fuimos a retirar los tickets sólo quedaban ubicaciones para la última fila ¡Un coñazo! No sé porqué, pero siempre mi mujer se las apañaba para ponerme de mal humor. Para colmo de males yo tenía la vejiga a punto de estallar y no podía entrar a la sala sin antes pasar por el servicio.

    — Vete a mear. Yo voy entrando. ¡Ah! Haz un llamado a casa para ver cómo va todo, ¿quieres?

    ¿Importaba acaso si quería o no? ¿Qué hubiese pasado si le respondía que no, que no quería hacerlo?

    Entré volando al servicio de caballeros que estaba completamente vacío. Me ubique frente a un mingitorio y, mientras me bajaba la bragueta y extraía la manguera con una sola mano intentando no mearme en los pantalones, con la otra llamaba a casa como buen marido obediente que soy.

    —¿Diga?

    —Hola. Habla RAÚL, el papá de Luca.

    —Hola Sr. Raúl… ¿Hay… hay algún problema?

    Su voz sonaba como la de una niña dulce e inocente. Una niña buena que no lleva sujetador, y con aquellos pantalones deportivos tan bien metidos dentro del…

    —Sr. RAÚL… ¿Me escucha?

    La meada caliente salió eyectada de mi verga contra la loza blanca del mingitorio provocándome un leve mareo de placer.

    —Si… Si, querida… Lo siento, es que… Sólo quería saber cómo iba todo por allí…

    —¡Oh! Claro… Luca comió muy bien, le lavé los dientes, le leí el cuento que él quería y ya está en su cama durmiendo perfectamente.

    ¡Sigue hablando! ¡No te detengas! Sentía su voz juvenil en mi oído y la verga, que ya apenas goteaba, comenzaba a endurecerse con el calor de mi mano.

    —¡Oh! Ya veo… Excelente… ¿Y… Y tu…?

    —¿Yo?

    —Quiero decir… ¿Has comido?

    Aquí tengo algo para que comas. ¿Crees que podrás metértelo todo a la boca?

    —¡Si! Cené junto con su hijo. Gracias por preocuparse.

    —No… Faltaba más… Si quieres puedes dormir en el sofá… ¿Tienes…? Digo ¿Haz traído pijama?

    Sin darme cuenta ya había terminado de mear y me estaba haciendo una paja de pie mientras escuchaba la tierna voz de la niñera.

    —¿Pijamas? No, señor. No creo que… No es necesario. Puedo dormir con mi ropa. Tengo una sudadera y unos pantalones deportivos que…

    (…Se te meten bien por el culo…)

    —…no son incómodos para dormir.

    —Muy bien. Como quieras… Creo que no hemos dejado agua en el refrigerador, pero estoy seguro que hay una botella de leche, si te apetece algo fresco…

    Cerraba los ojos e intentaba imaginármela con los labios blancos, manchados de…

    —Es usted muy amable, Sr… Pero no es necesario, de verdad.

    —¡Oh! Ya veo… no tomas leche…

    —¿Eh? No. No es eso. Es que no me agrada helada… Prefiero la leche cuando está más bien tibia, pero…

    ¡Niña condenada! ¡Me vas a hacer venir aquí mismo!

    —…no se preocupe tanto por mí, de verdad, no es necesario.

    Mi cerebro había entrado en cortocircuito y como un disco rayado repetía la frase: «Prefiero la leche cuando está más bien tibia…» con el timbre de voz de Ana.

    Me estaba por venir cuando la puerta del servicio se abrió de golpe y alguien entró.

    —¡Ops!

    —¿Hola? ¿Se siente bien?

    Guardé todo a la velocidad del rayo y salí al hall del cine con la cabeza gacha.

    —Eh… Si… Sí, todo está bien. Vale. Nos vemos por la mañana. Adiós.

    Me sumergí lo más rápido que pude dentro de la oscuridad de la sala para evitar la vergüenza y disimular la carpa que formaba mi pantalón. La película ya había comenzado.

    LAURA

    Cando ingresé en la sala las luces ya estaban apagadas y en la pantalla proyectaban los avances de los próximos estrenos. Le enseñé los tickets al acomodador y me indicó el camino: Última fila, las dos primeras butacas a la izquierda del corredor central. Dejé la primera libre para facilitarle el ingreso a Raúl y me acomodé en la segunda. Luego coloqué la cartera sobre la butaca de mi esposo.

    El cine me traía algunos gratos recuerdos de nuestra época de novios. Los besos tiernos y los cachondeos en la penumbra. Nuestras manos explorándonos mutuamente. La humedad de nuestras bocas, de nuestras lenguas, de nuestra intimidad. Humedad que ahora volvía a mí como una reminiscencia de mi propio cuerpo, como si mi sexo también pudiese recordar. Solamente una vez, una tarde de verano en el cine, había permitido que Raúl hurgara por debajo de mis bragas. ¡Es que lo deseaba tanto! Permití que me penetrara suavemente con uno de sus dedos, que luego retiró y se llevó a la boca. Me dijo que era el sabor más dulce que había probado jamás.

    Este recuerdo me devolvió el ánimo que había perdido durante la cena y pensé que esta vez también sería indulgente si intentaba propasarse conmigo.

    La película había comenzado hacía no más de un minuto cuando Raúl se sentó torpemente a mi lado. Parecía agitado. Busqué su mano con la mía y advertí que había puesto mi cartera sobre su regazo. Intenté retirarla para que se sintiera más cómodo pero la retuvo con firmeza. Finalmente me tendió la mano y me aferró con fuerza. Lo miré a los ojos para saber si le pasaba algo, pero él tenía la vista clavada en la pantalla. Luego me tomó por la muñeca y dirigió mi mano hacia la cartera. Interpreté que querría pedirme algo de allí, por lo que empecé a tantear a ciegas. El tacto de mis dedos exploradores con la piel tibia e hinchada de su pene desnudo me sobresaltó. No había metido mi mano dentro de la cartera, sino más bien por debajo. El contacto directo y sin previo aviso con su miembro me resulto violento. Mi primera reacción fue de rechazo. Pero sin darme tiempo a nada él envolvió literalmente mi mano alrededor de su pene tieso y comenzó a masturbarse con ella. Una vez más intenté relajarme y dejarme llevar. ¡Al fin y al cabo la acción había comenzado! No era una película romántica como la que proyectaba mi mente en la pantalla de los recuerdos, pero bueno… algo era algo.

    Cuando Raúl noto que mi mano ya actuaba por cuenta propia, me dejó hacer. Nuevamente intenté mirarlo a los ojos para contagiarme un poco de su pasión, de su deseo… Pero aun yacía con la mirada perdida en la pantalla.

    Continué masturbándolo unos segundos más intentando no llamar la atención del anciano que se ubicaba a mi lado. Estaba nerviosa y me costaba involucrarme con lo que estaba haciendo. La escena, tal como la había montado Raúl, no me resultaba para nada estimulante. Pero no quería cortar su excitación. Entonces acerqué provocativamente mis labios a su oído y, justo cuando iba a susurrarle si no quería que nos largásemos de allí, siento que me toma con fuerza por la nuca y me baja violentamente hacia su entrepierna.

    No podría precisar con exactitud cuantos meses habrían pasado desde la última vez que me llevé su pene a la boca. No era algo que me agradara particularmente, ni algo que él solicitara con frecuencia. Pero ahora me veía obligada, casi ultrajada. Sus manos me sostenían por los costados de la cabeza para poder subirme y bajarme a su antojo. Me penetraba con fuerza, me asfixiaba. Cerré los ojos rogando que aquello terminara pronto y así fue. La felación duró menos de cinco segundos y terminó de la peor manera. Eyaculó bestialmente dentro de mi boca obligándome a permanecer allí recibiendo su descarga. Mis ojos estallaban en lágrimas, más por ahogo que por angustia, mientras una marea de esperma bajaba sin permiso por mi garganta. No tuve más alternativa que ingerir todo lo que él me ofrecía para no provocar un verdadero caos en aquel lugar público. Cuando pensé que iba a perder el sentido, finalmente me liberó. Me levanté muy lentamente y colmada de odio. Escuché que Raúl decía en un susurro «ahí tienes tu leche tibia…». Tuve que contener dos fuertes arcadas cuando sentí una gota espesa de semen bajándome desde la nariz.

    Busqué unos clínex en la cartera y me limpié como pude. Era un desastre. El delineador de ojos se había derramado por todo mi rostro. Intentaba no llorar para no volver a ensuciarme.

    Finalmente recuperé parte de mi dignidad y cuando me di vuelta para pedirle a Raúl una explicación de lo que había sucedido, advertí que se había quedado profundamente dormido. Entonces fijé la vista en la pantalla y me quedé en silencio sin saber qué hacer.

    A los pocos minutos me había dejado enredar por la trillada historia de amor que estaban proyectando. Y allí me perdí de mi misma y del mundo.

    ANA

    Encendí la luz y fue como entrar en un mundo perfecto. Un cuarto enorme con baño privado. Un placar gigante y un espejo que ocupaba la pared completa, de piso a techo. Nunca había visto una cama como aquella. Yo creo que podrían dormir allí cuatro personas sin molestarse en absoluto. Sin pensarlo me arrojé de espaldas sobre ella y comencé a rebotar sobre el silencioso colchón de resortes. ¡Me sentía libre! Libre se hacer a mi antojo en un lugar totalmente extraño. Todo era nuevo y todo era mío por un rato. Quería empezar explorar mi nuevo mundo.

    Me puse de pie frente al placar cerrado y jugué a adivinar cuál sería el lado que contenía la ropa femenina. ¡Exacto! Allí estaban los vestidos y las faldas colgando de sus perchas. ¡Qué hermoso paisaje! Más abajo estaba la cajonera. Allí se esconde el máximo tesoro de un guardarropa femenino: el ajuar, la ropa íntima.

    Laura era una mujer bastante más joven que mi madre y se mantenía en buena forma ¿Cuál sería su estilo? ¿Más bien sobrio? ¿Más bien clásico? ¿Más bien sexy? ¿Le irían las transparencias? ¿O quizás sería una guarrilla de tangas de cuero o de leopardo? ¿Usaría aquellas bragas con agujero por delante para follar que se veían en internet? En ese cajón estaba la respuesta. El lugar más íntimo de la casa que se me ofrecía a entera disposición.

    Comencé a revolver entre las prendas íntimas con total impunidad. Había de todo. Mucha variedad de colores, de marcas y de texturas. Lo que no había en aquel cajón eran prendas de saldo. Todo parecía lencería fina y cara. Y, por supuesto, tampoco había bragas con perforación en la vagina. En general el estilo era más bien sobrio. Abundaban los tonos pastel. Había algunas prendas estampadas con flores muy bonitas, pero nada de animé, corazones o motivos juveniles. También había un par de tangas de hilo muy pequeños y sendos sujetadores de encaje semi transparentes y bastante sexys. Pero no era, ni por asomo, el estilo principal del ajuar. Mi amiga Chechu les hubiese llamado «conjuntos para la ocasión» o «ropa de batalla».

    Yo no solía usar sujetador. No porque no tuviera nada qué sujetar, sino porque mi madre me decía que aún no lo necesitaba. «La gravedad comienza a hacer efecto después de los veinte» me dijo una vez. Además, con Chchu, teníamos la teoría que los chicos se daban cuenta cuando no lo llevabas y eso les excitaba. De manera que mi atención se centró exclusivamente en las bragas y los tangas.

    Me desnudé por completo y comencé a probarme algunas prendas. Me puse unas bragas blancas de hilo de algodón y lycra, súper ajustadas. Me paré frente al espejo y comencé a apreciarla desde distintos ángulos. De atrás calzaban súper, pero de adelante marcaban mucho los labios de mi chochi. Pensé que podrían resultar incómodas después de un tiempo de llevarlas puestas. También pensé cómo se pondría Esteban al verme así, sólo con estas bragas.

    Pensar en Esteban podría traerme problemas con la prenda blanca. Me la quité y me puse uno de los tangas, uno azul marino bastante pequeño. ¡Guau! Era mucho más sexy de lo que aparentaba. Me senté al borde de la cama, frente al espejo, y abrí un poco las piernas. El triángulo de lienzo azul cubría mi escaso vello púbico, se angostaba sobre mis labios y luego se perdía de vista entre mis muslos, hacia abajo y hacia adentro. Era extraño verse en ese espejo gigante. Me daba la sensación de estar mirándome en una pantalla de cine. ¡Me divirtió la idea! Me puse de rodillas sobre el colchón y miré hacia atrás para poder observar mi espalda desnuda y mi culo a través del espejo. Luego apoyé mis manos en el acolchado quedando en cuatro patas. Abriendo un poco las piernas podía ver como la fina tela del tanga se deslizaba en mi intimidad y apenas cubría la rugosidad de mi ano. Era extraño y excitante tener esa perspectiva de uno mismo. Dejé las caderas erguidas y apoyé mi rostro sobre el lecho mullido. El espejo me devolvía una perspectiva absolutamente obscena de mi propia anatomía. Sentí un cosquilleo extraño y cerré los ojos por un momento. La misma imagen de mi cuerpo ofreciéndose impúdicamente permanecía allí, en mi mente, pero no eran mis ojos los que la percibían. Eran los de Esteban. Yo podía ver a través de ellos. Él se acercaba por detrás y me acariciaba los muslos con sus manos tiernas. Tenía su pepino empinado. Podía verlo desde arriba, como si fuese mi propio pene. Estaba muy grueso y sudoroso. Luego posaba sus dos manos por la curvada pendiente que formaba mi espalda y me aferraba con determinación por la cintura. Podía ver con mis propios ojos como el algodón azul marino del tanga comenzaba a absorber la tibia humedad que brotaba de mi interior.

    ¡Mierda! Abrí los ojos de golpe y me quité la prenda de un manotazo. ¡Ya era tarde! ¡Qué vergüenza! Escondí el tanga en el fondo del cajón y volví a acomodar todo como estaba.

    ¿Y ahora qué? Me encontraba en una casa extraña, en una alcoba ajena, completamente desnuda y súper cachonda. No iba a seguir dilatando la idea que ya venía rondando en mi cabeza. Sabía que iba a hacerme unos dedillos, aunque no todavía.

    Abrí el cajón de una de las mesillas de luz. ¿De él o de ella? Fácil. Un calzador, unas pastillas de eucalipto, un perfume masculino, dos puros, unos gemelos y una caja grande de condones. ¡Guau como deben follar estos tíos! Tomé la caja y saqué un preservativo del interior, le quité el envoltorio y me quedé con el látex en la mano. Lo estudié con detenimiento. Parecía un pequeño sombrero de ala. No es que nunca hubiese visto uno, pero nunca lo había hecho en soledad. Estaba viscoso por la lubricación artificial. Me lo llevé al morro y olfateé el suave olor neutro del caucho envaselinado. Luego lo degusté introduciendo la punta de mi lengua por la copa del sombrero. ¿Ese sabor llenaría mi boca cuando Esteban me pida que le…? No. Muy artificial. Ese no era el auténtico sabor a hombre, a macho. No lo conocía. Nunca lo había sentido, nunca había estado con un hombre, y lo deseaba, lo deseaba más que nada. Pero mi padre parece querer impedírmelo todo el tiempo. No me permite salir con nadie. Me controla amistades, compañías, lugares, horarios, todo. Hasta mis amigas lo notan. ¿Cómo coños voy a conocer el verdadero sabor de un hombre? Odio a mi padre por hacerme sentir tan torpe, tan sola. Pero allí no estaba él. Allí no había nadie más que yo.

    Cuando volví a llevarme al condón a la boca comenzó a llamar el teléfono. Enseguida salté sobre él para que no despertara al niño. Era RAÚL, el padre de Luca.

    RAÚL

    Estaba en el servicio de hombres del ministerio. En el privado que utilizaba casi todos los días laborales para hacerme mis paja. Solo que ese día el privado no tenía puerta.

    Algunas personas pasaban, se aseaban las manos, se peinaban. Yo las veía pasar y ellos me veían a mi sentado en el retrete mientras me la pelaba apasionadamente.

    Todo iba bien hasta que aparece mi mujer, allí, de pie frente a mí, en el baño de caballeros. «¿Cómo puedes pajearte si no se te para, cariño?» Me preguntó en tono de preocupación. Acto seguido miré hacia abajo y me di cuenta que mi verga estaba completamente muerta. «Se de alguien que puede ayudarte». Dijo Laura antes de marcharse de mi vista.

    A los pocos segundos aparece Ana, la niñera, y se para frente a mí. Yo no dejaba de cascármela, pero mi miembro seguía absolutamente flácido. «¿Puedes ayudarme con esto?» Le pregunto a la jovencita. Y ella me hace un gesto de negación con la cabeza. No podía hablar, pero me miraba fijamente sin despegar sus labios. Justo cuando iba a pedirle que se marchase de allí, veo que regresa mi esposa y se para a su lado. Detrás de ellas, muchas otras personas entre hombres y mujeres, se habían ido congregando para ver cómo me masturbaba sin lograr la más mínima perspectiva de una erección. Había compañeros de oficina, gente de otras dependencias, personal de mantenimiento, hasta se encontraba entre el público el mismísimo Sr. Ministro, entre otras muchas personas que jamás había visto en mi vida.

    Laura me explica que Ana no podía hablar porque alguien se había corrido en su boca y la jovencita no sabía si debía escupir o tragar. «¡Dile que me importa una mierda, pero que se vaya de aquí! ¡Qué se largue ya!». Entonces Laura me toma del brazo y me sacude…

    —Voy al baño a arreglarme un poco. Espérame en el auto.

    —¿Q-Qué? ¿Cómo…?

    La sala estaba a media luz y en la pantalla se veía pasar una lista interminable de nombres desconocidos. La gente pasaba a mi lado buscando la salida. ¡Uf! Me dormí toda la puta película. Laura debe estar furiosa. Espero que no venga con ningún reclamo. Al fin y al cabo ella sabe perfectamente que los viernes llego a casa aniquilado del trabajo de la semana.

    Salí del cine y me fui directo al estacionamiento.

    LAURA

    El espejo del baño me devolvió la imagen de mi propia desilusión. Decenas de mujeres pasaban a mi alrededor sin advertirlo, sólo yo podía verla, podía sentirla. Me enjuagué el maquillaje que manchaba mi rostro y bebí del grifo para quitarme el sabor rancio que todavía invadía mi garganta y mis fosas nasales. Luego me encerré en uno de los privados libres, me senté sobre la tapa del excusado y busqué mi móvil en la cartera intentando no echarme a llorar.

    Cinco minutos más tarde ya estaba en el auto junto a mi esposo.

    —Oye, Raúl. Quiero hablar contigo.

    —¡No empieces! ¡No he tenido una buena semana y estoy..!

    —Sólo quiero decirte que me ha llamado mi madre, que mi padre no se encuentra bien.

    —¿Tu Pa…? ¡Oh! Ya veo. ¿Qué le sucede?

    —Está con temperatura y mi madre ha llamado al médico. Me pidió si no podría ir a echarle una mano.

    —Bueno, pues…

    —No estamos lejos. Déjame en lo de mis padres y vete a casa con Luqui. Luego voy por la mañana para preparar el desayuno.

    —Como digas.

    —Recuerda que tienes que darle los cincuenta pavos a Ana.

    ANA

    El señor Raúl me dio lata un buen rato. Parecía no cansarse nunca de hablar conmigo hasta que de pronto me cortó abruptamente. Me ofreció de todo. La verdad es que parecía buena gente, pero yo no podía evitar sentirme incómoda hablando con el dueño de casa mientras me encontraba completamente desnuda sobre su propia cama, con el chochito caliente y pensando cual sería mi estrategia para… en fin.

    Continué con mi exploración. En el baño, junto a la tina, había un canasto por donde asomaba un calcetín deportivo visiblemente usado. En su interior había un cúmulo de prendas amontonadas. Comencé a revolver con ansiedad: una camisa, una sudadera, dos calcetines de hombre, una blusa de tiras y… allí estaba: un slip de algodón negro, arrugado entre la ropa sucia. Allí encontraría lo que tanto ansiaba conocer… el olor a hombre, el verdadero olor a hombre.

    Volví a lanzarme sobre la cama con mi botín en la mano. Primero lo cogí del elástico y observé en detalle la forma abultada de la tela que servía para contener la… la polla. Luego no resistí más la tentación y miré en su interior. La parte de la prenda que entraba en contacto directo con la intimidad masculina era doblemente gruesa y llevaba una marca levemente amarillenta que justificaba su estadía en el cesto de la ropa para lavar. Pasé las yemas de mis dedos por allí y sentí un pinchazo de excitación clavándose entre mis piernas. Me sentía muy sucia y perversa por lo que estaba haciendo, y eso me ponía muy cachonda.

    Me senté frente al espejo con las piernas abiertas y comencé a acariciarme con la punta de mi dedo mayor. Podía ver en primer plano como mi pequeña perla rosada se despertaba y se asomaba desde su capuchón. Con mi otra mano comencé a frotar la tela manchada del slip para luego llevármela al morro. Lamí mis tres dedos medianos buscando el sabor que tanto deseaba. Allí estaba… Sabía como a levadura, si… pero también a… a cloro… Algo muy extraño al paladar pero que estaba teniendo un efecto letal en mi coñito que sudaba acaloradamente. Froté mi sexo con furia hasta que el calor de la fricción hizo implosión en mi interior provocándome un orgasmo intenso y profundo. Tuve que utilizar la prenda masculina como exclusa apretándola con fuerza contra la entrada de mi vagina para detener los líquidos que bajaban incontenibles por allí, lo cual me provocó una segunda convulsión de placer casi consecutivamente.

    RAÚL

    Aparqué frente al condominio donde vivían los padres de Laura y mi esposa bajó del auto con cara de preocupación. Esperé a que ingresara por la puerta principal y luego me marché a casa.

    A pesar de la mala noticia que le había dado su madre se encontraba mucho más serena de lo que hubiese imaginado. Al fin y al cabo la noche no había sido un total fracaso. Habíamos tenido un breve aproauch pasional en el cine, como en los viejos tiempos. Breve, es cierto, aunque intenso. Y con el plus de adrenalina de haberlo hecho en un lugar público.

    Las luces de la casa estaban apagadas. El casi absoluto silencio de la sala solo se interrumpía por el sonido apagado y apenas audible de una respiración suave, larga y monótona, característica del sueño en su estado profundo. Por la tenue iluminación de la acera que ingresaba por la ventana, podía ver a la muchacha recostada de bruces sobre el sofá grande de la sala. De allí provenía el sonido. Me quité los zapatos y subí a la primera planta para ver cómo se encontraba mi hijo. Luca también dormía profundamente.

    Nunca me había resultado tan placentero llegar a mi alcoba. Estaba solo. Podía desfrutar de todo el lecho para mí. Sólo quería dormirme. Me quité triunfalmente la ropa y los zapatos, y me calcé el pijama. Me cepillé los dientes y me dejé caer sobre el acolchado. Cerré los ojos y vi a Ana parada frente a mí con la boca cerrada. Yo seguía sentado en el retrete, en el privado sin puerta del servicio masculino del ministerio, tratando infructuosamente de tener una erección. «¡Si no vas a ayudarme con esto, lárgate de aquí!» Le lancé con furia. Entonces Ana se acercó unos pasos hacia mí, entrando al privado, y abrió cuidadosamente la boca mientras se ponía la mano en forma de cuenco debajo del mentón como evitando contener un posible derrame. Ella me quería mostrar lo que allí había. Su lengua estaba sumergida en un líquido blanquecino y espeso que pugnaba por desbordar por sus finas comisuras. «¡Traga. Trágalo todo!» Le ordené, y ella obedeció con una deglución limpia y sonora. Se secó los labios con la lengua y me dijo: «Gracias». Luego miró mi polla totalmente adormecida y la tomó entre sus dedos delgados y fríos. «Ahora ya puedo ayudarlo… Ya tengo mi boca libre…». El servicio estaba vacío. Ya no había más usuarios ni espectadores variopintos. La jovencita se arrodilló frente a mí y se llevó a la boca el miembro aletargado. Inesperadamente volvió a aparecer Laura parada frente a mí. No sabía qué decirle, pero ella habló primero. «Recuerda darle los 50 pavos después de correrte». En ese momento sentí que estaba a punto de eyacular y me desperté sobresaltado.

    LAURA

    Ingresé al hall desierto del edificio y escuché el motor de nuestro auto acelerar alejándose de allí. La puerta neumática del elevador estaba abierta. Me encerré en él y me largué a llorar como una niña.

    ¿Qué estaba haciendo allí, en casa de mis padres, en plena madrugada? ¿Por qué no había vuelto a mi casa con mi marido y con mi hijo? ¿Por qué había dejado a mi hijo con una extraña? ¿Por qué me había inventado aquella historia sobre mi padre? ¿Me quedaría a dormir allí con mis treinta y dos años? ¿Con qué pretexto? Eran muchas preguntas. Lloré un buen rato sin saber qué pensar. El elevador era mi pequeña guarida. No quería salir de allí. Estaba sola. Completamente sola.

    Pasaron más de veinte minutos hasta que mi cuerpo decidió prescindir de mi mente atormentada y tomar la iniciativa. Entonces mi mano tomó el móvil de la cartera e hizo lo que tenía planeado desde el comienzo: marcó el teléfono del taxi para que pasara a recogerme.

    ANA

    Sentí la piel transpirada y un calor sofocante e incómodo en el rostro, entonces desperté. El primer sol de la mañana entraba por la ventana y caía de lleno sobre mí, me estaba asando. Me levanté malhumorada del sofá y vi los cincuenta euros sobre la mesa baja junto a una nota. «Muchas gracias por todo, Ana. Aquí tienes el dinero. No hace falta que nos despiertes, la puerta está sin llave. Hasta la próxima.» Tomé el dinero, lo guardé en mi cartera y salí de la casa.

    El aire fresco de la mañana me recompuso del mal humor de haber dormido incómoda, con ropa de calle y al sol. Respiré profundo. Podía volver andando y eso haría. Era temprano y estaba muy agradable para caminar. Incluso me desviaría unos metros y cruzaría por el parque.

    Pensé en lo bueno que resultaba estar fuera de casa y mi corazón se llenó de alegría. Levante los brazos para que el aire de la mañana ingresara limpio y en buena cantidad a mis pulmones cuando noté que la tela de mi sudadera estaba adherida a mi piel a la altura de los riñones. Toqué allí y advertí algo húmedo y viscoso en mi espalda. No tenía importancia. Seguramente me habría manchado con la comida del niño. Ahora me dirigía al parque dispuesta a disfrutar de mi soledad.

    RAÚL

    Salté de la cama acalorado y redacté una nota escueta. Luego tomé cincuenta pavos de mi billetera. Descendí hacia la planta baja tratando de no hacer ningún ruido y deposité el billete y la nota sobre la mesa de la sala, junto al sofá donde dormía la niñera.

    Allí estaba ella iluminada por la tenue luz fría del alumbrado público que penetraba por la ventana. Estaba de bruces ocupando todo lo largo de las tres plazas del sofá, durmiendo profundamente. La tela gris de sus pantalones deportivos insistía obstinadamente en hundirse impúdicamente entre sus nalgas. Me acerqué interesado en tener una perspectiva más clara de aquella sugerente imagen. Entonces me pregunté qué pasaría si apoyaba mi mano sobre aquel culo tan firme y respingón. Nada. Nada en lo absoluto. Laura no estaba. Nadie se enteraría.

    La acaricié con cuidado clínico desde la cintura hasta la parte baja de su muslo describiendo todas las curvas y contracurvas que allí se presentaban. La tela era fina y suave. Cuando mi mano se detuvo, me fue imposible despegarla de allí. Mi verga se había puesto como un mástil dentro del pijama. Deslicé mis dedos hacia la cara interna de su muslo y volví a ascender. Como un acto reflejo Ana separó levemente las piernas dejando ante mi vista cenital, el surco que formaba su pantalón al adherirse a su vulva. Cuando las yemas de mis dedos índice y mayor hicieron contacto con aquellos cálidos pliegues, sentí que un fuego interno me invadía por completo. Presioné lo más suavemente que pude y sentí, a través de la tela, cómo su carne hinchada cedía ante mi avance. Un mareo me invadió de golpe cuando Ana cerró las piernas apresando mi mano en se sexo. Me quedé inmóvil sin respirar durante diez eternos segundos. No se había despertado, pero su cuerpo había notado mi presencia. Mi mano estaba atorada entre sus muslos y mis dedos entre sus labios mayores. Noté que sus músculos se ponían rígidos, como en contracción, para luego distenderse. En ese momento decidí que era mi oportunidad de retirarme de allí, pero una nueva sensación me retuvo. Las yemas de mis dedos índice y mayor comenzaron a colmarse de humedad. Un nuevo mareo me invadió, pero está vez sentí la certeza que estaba a punto correrme. Quité mi mano abusiva de allí y la mire alelado. La tenue luz blanca de la calle hizo destellar las moléculas de humedad sobre mis uñas. Cuando metí mis dedos en la boca como un adicto a aquel elixir, mi otra mano extrajo la polla del pijama en el momento exacto en que empezaba a vomitar esperma. No era mucho. Pero todo había caído sobre la espalda de Ana. Sobre su sudadera deportiva.

    Cuando me aseguré que la muchacha seguiría durmiendo como al principio, subí sigilosamente y me arrojé en el lecho. Me dormí al instante y en compañía única de aquel dulce sabor.

    LAURA

    Después de hacerme acabar por segunda vez me dijo que era una excepción el hecho de haberme recibido en mitad de la madrugada. Y que una excepción se debe pagar con otra excepción.

    Al cabo de una media hora de preparativos sentí por primera vez en mi vida la rudeza del miembro viril penetrándome por detrás.

    Después de alcanzar el tercer orgasmo, le comí la polla como nunca antes lo había hecho y le rogué que acabara en mi boca. Él estaba satisfecho y agradecido. Y a mi me daba igual.

    Cuando bajé a la calle la brisa de la mañana enfrió mis lágrimas. Debía darme prisa. Mi familia esperaba el desayuno.