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  • Mi cachonda prima enfermera (2)

    Mi cachonda prima enfermera (2)

    Seguimos viendo películas, una tras otra, perdiéndonos en comedias ligeras y algún drama que apenas prestábamos atención. El reloj avanzaba, y cerca de la medianoche, noté que Regina se había quedado dormida otra vez, su cabeza permanecía apoyada en mi pecho, su respiración era lenta y rítmica. La frazada había resbalado, dejando al descubierto sus muslos, la tela de su mini short rosa abrazaba cada curva con una precisión que me hacía apretar los dientes.

    Con cuidado, me levanté del sillón, deslizando mis brazos bajo su cuerpo para cargarla. Su peso era ligero, pero la sensación de su piel cálida contra mis manos era abrumadora. Mientras la llevaba a su habitación, no pude resistir el impulso: mis manos se deslizaron un instante hacia sus nalgas, firmes y suaves bajo la tela fina del short. Fue una caricia fugaz, pero suficiente para enviar una corriente de deseo por todo mi cuerpo, una delicia prohibida que me hizo contener el aliento.

    La recosté en su cama, las sábanas blancas estaban bajo su figura. La luz de la luna se filtraba por la ventana, bañando su piel en un resplandor plateado que resaltaba la curva de su cuello y el contorno de sus pechos. La cubrí con cuidado, asegurándome de que estuviera cómoda, pero antes de irme, me incliné hacia ella. Mis labios encontraron los suyos en un beso lento, más largo de lo que había planeado, saboreando la suavidad de su boca dormida, el leve sabor a pizza aún presente. No se movió, pero un suspiro apenas audible escapó de ella, y mi corazón dio un vuelco.

    —Descansa, Regina —susurré, mi voz apenas un murmullo en la penumbra. Salí de la habitación, cerrando la puerta con suavidad, y me dejé caer en el sillón de la sala. El cojín aún conservaba el calor de nuestros cuerpos, y mientras me acomodaba, mi mente ya estaba en el día siguiente. Cerré los ojos, el deseo ardiendo en mi pecho, sabiendo que cada paso con ella era un juego delicado, pero uno que estaba decidido a jugar.

    El sol de la mañana del sábado calentaba las calles de Guadalajara, y me vestí para el calor: una bermuda caqui, holgada, que dejaba mis piernas respirar, una playera blanca que se ajustaba justo lo suficiente a mi torso, y una gorra a juego que me daba un aire relajado. Me miré al espejo, satisfecho, listo para un día con Regina. Ella salió de su habitación como un rayo de luz, envuelta en un vestido floral que flotaba sobre su figura, ligero como una brisa.

    La tela, casi traslúcida bajo la luz del sol, delineaba la silueta de sus pezones, un detalle que hizo que mi pulso se acelerara. Su cabello castaño caía en ondas suaves, y los anteojos de nerd le daban ese toque inocente que contrastaba con la sensualidad descarada de su atuendo. Estaba radiante, y no pude contenerme.

    —¡Qué excitante te ves, prima! —solté, lleno de admiración, mientras mis ojos recorrían cada centímetro de su figura.

    Ella se sonrojó, sus mejillas tiñéndose de un rosa suave, y agitó la mano como para espantar mis palabras. —Cállate, tonto, ya vámonos —dijo, riendo, pero el brillo en sus ojos me dijo que el cumplido no le había molestado en absoluto.

    Salimos del departamento, el aire cálido nos envolvió. Me dirigí hacia su coche, pero ella me detuvo con un gesto. —Mejor pedimos un Uber —propuso, ajustándose el vestido con un movimiento que hizo que la tela se pegara aún más a sus curvas—. Más cómodo, ¿no?

    —No hay problema —respondí, sacando mi teléfono para pedir el auto. Mientras esperábamos, no podía apartar la vista de ella, de cómo la brisa jugaba con el dobladillo de su vestido, levantándolo lo justo para insinuar la piel pálida de sus muslos.

    El Uber llegó, un sedán gris que relucía bajo el sol. Regina subió primero, y cuando lo hizo, el vestido se tensó contra su cuerpo, marcando el contorno de una tanga de encaje que se dibujaba con una claridad casi cruel. Mi respiración se entrecortó. Fingiendo un tropiezo al subir, apoyé una mano en su cadera, mis dedos rozaron la curva firme de sus nalgas. La sensación fue eléctrica, un destello de calor que me recorrió entero.

    —¡Ay, primo, para eso son, pero se piden! —dijo Regina, girando el rostro hacia mí con una sonrisa pícara, sus anteojos reflejaban un destello del sol.

    —Entonces dámelas —repliqué, con atrevimiento que no pude contener. Ella soltó una carcajada cristalina, echando la cabeza hacia atrás, y el sonido llenó el auto como una melodía.

    —Ya, compórtate —respondió, dándome un empujón juguetón mientras se acomodaba en el asiento. Nuestras piernas se rozaron al sentarnos, y ella no hizo nada por apartarse, dejando que el contacto permaneciera, cálido y deliberado, bajo la tela ligera de su vestido.

    El trayecto al zoológico fue una danza de miradas y roces. Regina señalaba por la ventana, hablando de los leones y los elefantes que quería ver, pero yo apenas escuchaba, perdido en la forma en que sus labios se movían, en el leve balanceo de sus pechos con cada bache del camino.

    —Oye, ¿me estás escuchando o solo me estás mirando? —preguntó de pronto, ladeando la cabeza con una ceja arqueada.

    —Un poco de las dos cosas —admití, mi sonrisa traicionando mis pensamientos. Ella rodó los ojos, pero su mano encontró mi rodilla, un toque ligero que pareció accidental, aunque ambos sabíamos que no lo era.

    —Eres imposible, Adrián —susurró, pero su voz tenía un matiz cálido, casi invitador, que hizo que mi piel se erizara.

    El auto se detuvo frente al zoológico, pero el juego entre nosotros apenas comenzaba. Bajamos, el sol calentando nuestras espaldas, y mientras caminábamos hacia la entrada, su cadera rozó la mía, un contacto fugaz pero intencional que prometía un día lleno de tentaciones.

    El sol ardía sobre el zoológico de Guadalajara, su luz dorada se filtraba entre los árboles mientras pagábamos las entradas. Regina, con su vestido floral ondeando al ritmo de la brisa, me tomó de la mano en cuanto cruzamos la entrada. Sus dedos, suaves y cálidos, se entrelazaron con los míos con una naturalidad que me hizo sentir como si fuéramos algo más que primos. Caminábamos como novios, sus pasos ligeros acompasados con los míos, su risa resonaba cada vez que un mono saltaba de rama en rama o un pavo real desplegaba su cola en un espectáculo de colores.

    —Ven, mira los flamencos, ¡son tan ridículamente elegantes! —dijo ella, tirando de mi mano hacia un estanque donde las aves rosadas se balanceaban sobre una pata. Su entusiasmo era contagioso, pero mi atención estaba dividida: la tela de su vestido se pegaba a su cuerpo con cada movimiento, marcando la curva de su cintura y el contorno de sus pezones, que se insinuaban sin pudor bajo la tela fina.

    La abracé por la cintura, mis manos rozaban la suavidad de sus costados, y en un impulso juguetón, la levanté del suelo, mis dedos se deslizaban deliberadamente por la parte trasera de sus muslos, tan cerca de sus nalgas que sentí el calor de su piel. Ella soltó una risita, dándome un golpecito en el pecho.

    —¡Bájame, loco! —protestó, pero su voz tenía un matiz juguetón, y no hizo nada por apartarse cuando la dejé en el suelo, mis manos demoraron un segundo más en sus caderas.

    Nos tomamos selfies frente a los elefantes, su trompa alzada como un telón de fondo. En una foto, Regina se inclinó hacia mí, sus labios a un suspiro de los míos, sus ojos brillando tras los anteojos con una promesa que me hacía contener el aliento. —Casi nos besamos, Adrián —susurró, revisando la foto en mi teléfono, su hombro rozando el mío.

    —Tal vez deberíamos intentarlo de verdad —respondí. Ella solo sonrió, mordiéndose el labio, y cambió de tema, señalando a un león que bostezaba en la distancia.

    En otro momento, frente a la jaula de los tigres, se puso delante de mí para otra selfie, su cuerpo pegándose al mío con una deliberación que no podía ser casual. Sus nalgas, firmes y redondeadas, se presionaron contra mi entrepierna, y mi erección, imposible de ocultar, respondió al instante. Intenté ajustarme la bermuda, agradeciendo su holgura, pero Regina giró el rostro, su sonrisa traviesa diciéndome que sabía exactamente lo que provocaba.

    Más tarde en el SkyZoo, la brisa cálida revolvía el vestido floral de mi prima mientras el paisaje del zoológico se desplegaba bajo nosotros. Estábamos sentados en el pequeño asiento, nuestros cuerpos apretados en el espacio reducido, sus muslos rozaban los míos bajo la tela ligera. De pronto, su mano se deslizó, aparentemente por accidente, y aterrizó en mi muslo, justo donde la evidencia de mi deseo era imposible de ignorar. Sus dedos rozaron mi erección a través de la bermuda, y sus ojos se abrieron, un destello de sorpresa cruzando su rostro.

    —¡Ay, primo, ¡qué chorizote! — exclamó, entre risas, sus mejillas tiñéndose de un rosa suave bajo la luz del sol.

    Sin pensarlo, tomé su mano y la guie para que sintiera toda la longitud, mi corazón latía con fuerza. —Siéntelo bien, primita — murmuré, mi voz estaba cargada de desafío.

    Ella apretó por un instante, un apretón firme que envió una corriente de calor por mi cuerpo, pero luego retiró la mano con una risa. —Eres un tonto, Adrián —dijo, sacudiendo la cabeza, sus anteojos reflejaban el brillo del atardecer. Pero la chispa en sus ojos no mentía; el juego estaba lejos de terminar.

    —Cuando gustes, te lo puedes comer —respondí, mientras la miraba fijamente.

    Regina volteó hacia mí, su sonrisa fue lenta y peligrosa, pero no respondió. En cambio, señaló los animales abajo, cambiando el tema con una facilidad que me desconcertó. —Mira, los elefantes están jugando en el agua —dijo, con voz ligera, como si nada hubiera pasado. Habló del paisaje, de las copas de los árboles que se mecían en la brisa, del horizonte teñido de naranja, pero su mano seguía rozando mi pierna, un contacto fugaz que mantenía mi piel en llamas.

    Cuando bajamos del SkyZoo, todo siguió como si aquel momento no hubiera ocurrido. Sus dedos volvieron a entrelazarse con los míos, y caminamos como si fuéramos algo más, sus risas y roces tejían una intimidad que no necesitaba palabras. Nos detuvimos en un puesto de comida, compartiendo un par de hamburguesas y papas a la francesa, ella robó una papa de mi plato.

    —Oye, ese era mía —protesté, fingiendo indignación.

    —Comparte, primo, no seas egoísta —respondió, lamiendo una gota de cátsup de su dedo con una lentitud que parecía calculada para torturarme.

    Para cerrar el día, subimos al trenecito que recorría el zoológico, nuestros cuerpos apretados en el asiento estrecho, su cadera presionada contra la mía. Cada curva del camino hacía que su cuerpo se deslizara más cerca, y aunque no dijo nada, la forma en que sus dedos jugaban con el borde de mi playera hablaba por sí sola.

    —¿Sabes? Este lugar es más divertido contigo —dijo, apoyando la barbilla en mi hombro, su aliento cálido rozaba mi cuello.

    —Es porque sabes que te estoy mirando —respondí, mi mano descansó en su rodilla, mis dedos trazando círculos lentos sobre su piel suave.

    Ella rio, pero no apartó mi mano. —Cuidado, Adrián, que el tren no es tan privado —susurró, con esa mezcla de inocencia y provocación que me volvía loco.

    El tren llegó al final del recorrido, y bajamos, para salir del zoológico. Pedimos otro Uber, y mientras esperábamos, Regina se apoyó en mí, su cuerpo cálido y relajado contra el mío.

    —Hoy fue perfecto, pero estoy agotada —dijo, mientras el auto se acercaba.

    —Ya vamos a casa, yo también estoy muy cansado, pero me divertí mucho contigo —respondí, mi mano apretó la suya con una promesa silenciosa.

    El Uber avanzaba por las calles de Guadalajara, el crepúsculo tiñendo el cielo de un violeta profundo. Regina, con esa naturalidad que desarmaba cualquier resistencia, se recostó en el asiento trasero, levantando sus piernas y apoyando la cabeza en mi regazo. Su vestido floral se deslizó apenas, dejando al descubierto la curva impecable de sus nalgas, la tela de su tanga asomando como un secreto a medio revelar. Mis dedos encontraron su cabello, acariciándolo en un gesto lento, casi hipnótico, mientras mis ojos se perdían en la silueta de su cuerpo, la piel pálida brillando bajo la luz tenue que se filtraba por la ventana.

    —Sigue, no pares —murmuró, con su voz somnolienta pero cálida, mientras se acurrucaba más contra mí. El roce de su mejilla contra mi muslo era una tortura dulce, y mi cuerpo respondía con una urgencia que apenas podía contener.

    El traqueteo del auto me fue venciendo, y el sueño me atrapó, mi cabeza cayó hacia atrás. En algún momento, una sensación cálida y húmeda me envolvió, como si unos labios suaves exploraran mi erección. Mi respiración se aceleró, pero no abrí los ojos, convencido de que era un sueño, una fantasía tejida por el deseo que Regina había encendido todo el día. Cuando por fin parpadeé, ella seguía allí, inmóvil, su rostro tranquilo en mi regazo, como si nada hubiera pasado. Sacudí la cabeza, confundido, el calor aun palpitaba en mi entrepierna.

    El auto se detuvo frente al departamento, la ciudad ya estaba envuelta en la penumbra. Bajé primero, extendiendo una mano para ayudarla. Regina se incorporó, estirándose con un movimiento que hizo que su vestido se ajustara aún más a sus curvas.

    —Tu chorizo se quiere salir —dijo de pronto, señalando mi entrepierna con una risa que resonó en el aire fresco de la noche.

    Bajé la mirada, horrorizado, y vi que la bragueta de mi bermuda estaba abierta, dejando entrever más de lo que debería. La subí de inmediato, el calor subió por mi rostro. —¡Maldita sea, Regina! —protesté, pero su risa era tan contagiosa que no pude evitar sonreír.

    —Tranquilo, solo yo lo vi —respondió, guiñándome un ojo mientras abría la puerta del departamento, su cadera balanceándose con una deliberación que me hizo apretar los dientes.

    Entramos, el ambiente cálido del departamento contrastando con el fresco exterior.

    —Voy a ducharme primero —anunció Regina, desapareciendo hacia el baño. El sonido del agua comenzó a filtrarse por la puerta, y mi mente, traicionera, evocó imágenes de ella bajo el chorro, el agua resbalando por su piel, sus manos recorriendo los mismos lugares que yo anhelaba tocar.

    Cuando salió, envuelta en una bata de seda que se ceñía a su cuerpo aún húmedo, su cabello goteando en mechones oscuros, apenas pude mirarla sin que mi pulso se disparara. —Tu turno —dijo, señalando el baño con una sonrisa que parecía saber exactamente lo que provocaba.

    El baño aún estaba cargado del vapor de la ducha de Regina, el aire era denso con el aroma dulce de su jabón. Al acercarme a la regadera, mis ojos captaron un destello de encaje colgado en la llave: la tanga que Regina había usado en el zoológico, esa prenda que se marcaba bajo su vestido floral y que había encendido mi imaginación todo el día. Estaba limpia y mojada, la tela blanca reluciente, pero no pude resistirme.

    La tomé entre mis dedos, la suavidad del encaje rozó mi piel, y la acerqué a mi rostro. Inhalé profundamente, buscando un eco de su esencia, imaginando el calor de su panocha, la curva de sus nalgas que había rozado en el Uber. El recuerdo de ese sueño en el auto me golpeó con fuerza: la sensación de unos labios cálidos envolviéndome, la duda de si Regina había cruzado una línea en la penumbra del trayecto.

    Bajo el chorro de la ducha, el agua caliente caía sobre mis hombros, y no pude contenerme. Mi mano encontró mi erección, y mientras el vapor me envolvía, me perdí en una fantasía donde mi prima y yo no estábamos en el zoológico rodeados de gente, sino solos, escondidos tras un rincón de árboles, su vestido levantado, sus piernas abiertas para mí. Imaginé su cuerpo contra el mío, sus gemidos ahogados mientras yo la penetraba con urgencia, el calor de su piel mezclándose con el mío. El clímax llegó rápido, un estallido que me dejó jadeando, el agua llevándose mi liberación mientras mi mente seguía atrapada en ella.

    Terminé de ducharme, pero antes de salir, tomé una decisión audaz. No lavé la tanga. Quería que Regina supiera, que encontrara el rastro de mi deseo impregnado en su prenda. La colgué exactamente donde la había dejado, el encaje brillando bajo la luz del baño, una provocación silenciosa que esperaba que ella notara. Me envolví en una toalla, el aire fresco de la sala me hizo estremecer, y me dirigí a mi maleta para ponerme un short gris, holgado pero lo bastante ajustado para insinuar. Con cuidado, lo acomodé de manera que, al recostarme, mi verga pudiera asomarse, una invitación deliberada si Regina decidía acercarse.

    Me dejé caer en el sillón, la frazada de la noche anterior aún doblada a un lado, y cerré los ojos, fingiendo dormir. Pero mi mente estaba despierta, vibrando con la anticipación de su reacción.

    El sillón crujió bajo mi peso mientras fingía dormir, la penumbra del departamento me envolvía. La puerta de su habitación se abrió con un chasquido suave, y escuché sus pasos descalzos acercándose, sigilosos como un susurro. Mi corazón latía con fuerza, pero mantuve los ojos cerrados, mi cuerpo inmóvil, aunque cada fibra de mí estaba alerta. Entonces, lo sentí: una caricia lenta, casi tentativa, sobre mi short, sus dedos rozaban mi erección a través de la tela. La sensación fue eléctrica, un cosquilleo que me hizo apretar los dientes para no reaccionar.

    Sus manos, cálidas y seguras, deslizaron el borde de mi short, liberando mi verga, que ya palpitaba de deseo. Luego, la humedad de su boca me envolvió, lenta al principio, sus labios suaves deslizándose sobre mí con una destreza que me robó el aliento. Me hice el dormido, aunque mi cuerpo traicionaba mi farsa, mi erección se endurecía bajo su lengua. Regina se movía con una mezcla de audacia y voracidad, sus gemidos ahogados vibrando contra mi piel mientras se atragantaba, el sonido húmedo de su garganta llenaba el silencio. Era una danza de placer crudo, su boca reclamándome con una intensidad que me llevaba al borde.

    No pude contenerme por mucho tiempo. Con un estremecimiento que recorrió mi cuerpo, me derramé en su garganta, un clímax que me dejó jadeando en silencio, mi mente nublada por la intensidad del momento. Regina tragó, su lengua limpió cada rastro antes de sacar mi pene de su boca con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de segundos antes. Acomodó mi short con cuidado, como si nunca hubiera pasado nada, y se levantó. Su voz, con un susurro travieso, cortó el aire.

    —Tan deliciosa como en el Uber, primito —dijo, y antes de que pudiera procesarlo, sus pasos rápidos se perdieron en dirección a su habitación, la puerta se cerró tras ella con un clic suave.

    Me quedé allí, inmóvil, el corazón retumbaba en mi pecho, la certeza golpeándome como un relámpago: lo del Uber no había sido un sueño. Regina había cruzado esa línea, y ahora lo había hecho de nuevo, sin pedir permiso, sin disculpas. Una parte de mí se arrepintió de no haber abierto los ojos, de no haberla tomado entre mis brazos para llevarla más lejos, para reclamarla en ese mismo sillón. Pero otra parte, la que aún palpitaba con el eco de su boca, sabía que esto era solo el comienzo.

    —Regina, vas a ser mía —murmuré al vacío, con mi voz cargada de una determinación feroz. Me acomodé para dormir, aunque el sueño tardaría en llegar. Mi mente estaba llena de ella: su risa, su cuerpo, la promesa de lo que vendría.

    La luz del amanecer se colaba por las cortinas, bañando la sala en un resplandor dorado. Yo estaba en la cocina, mordiendo un pan tostado con mermelada, el café humeando en una taza a mi lado, cuando Regina salió de su habitación. Su uniforme de enfermera, impecable y ceñido, abrazaba cada curva de su cuerpo: la falda marcaba sus caderas, la blusa blanca resaltaba la suavidad de su pecho, la tela estirándose justo lo suficiente para insinuar lo que había debajo. Sus anteojos de nerd, ligeramente ladeados, le daban un aire de inocencia que contrastaba con la sensualidad descarada que desprendía. No podía apartar la mirada, mi mano detenida a medio camino de mi boca.

    —Ay, prima, cómo me encantas con ese uniforme —dije, dejando el pan en el plato mientras mis ojos recorrían su figura sin disimulo.

    Regina se detuvo, girando lentamente hacia mí, una sonrisa traviesa curvó sus labios. —Sé que te gustaría más verme sin él —respondió, con tono provocador, sus ojos brillaron tras los cristales con una promesa que hizo que mi pulso se acelerara.

    —La verdad, sí —admití, inclinándome hacia adelante en la silla—. ¿Te espero en la noche para cenar?

    Ella se acercó, sus pasos fueron lentos y deliberados, el sonido de sus zapatillas destacaba en el silencio del departamento. Sin decir nada, se inclinó hacia mí, sus labios encontraron los míos en un beso breve pero intenso, un roce húmedo que me dejó sin aliento. Su mano, audaz y segura, se deslizó bajo la mesa, apretando mi erección a través de la tela de mi short con una presión que me hizo contener un gemido.

    —Prepara algo delicioso para mí, Adrián —susurró contra mi boca, su aliento cálido resonó en mi piel antes de apartarse, sus dedos demorándose un segundo más de lo necesario.

    Me quedé congelado, el calor de su toque aun palpitando en mi cuerpo, la sorpresa mezclándose con un deseo que ya no podía contener. Correspondí el beso justo cuando ella se apartaba, mis labios persiguiendo los suyos un instante más. Regina sonrió, ajustándose el bolso al hombro, y salió del departamento, la puerta cerró tras ella con un clic que resonó como un disparo en mi pecho.

    Me recosté en la silla, el café olvidado, mi mente dando vueltas. Cada gesto suyo, cada roce, era una confirmación de lo que ya sabía: mi prima y yo estábamos a un paso de cruzar la línea que había estado imaginando desde que llegué. La noche prometía ser el momento, el instante en que dejaríamos de jugar y nos entregaríamos por completo. Me levanté, decidido a planear una cena que no solo llenara su estómago, sino que la llevara a rendirse a lo que ambos queríamos.

    La noche había caído, y el departamento estaba iluminado por la luz suave de un par de velas que había colocado en la mesita. El aroma del espagueti a la boloñesa, con su salsa rica y especiada, llenaba el aire, mezclado con el toque sutil de un vino tinto que había servido en dos copas. Todo estaba listo cuando Regina abrió la puerta, su uniforme de enfermera ligeramente desarreglado, el cansancio en sus ojos eclipsado por esa chispa de picardía que nunca parecía apagarse.

    —Te luciste, primito —dijo, dejando su bolso en el sillón y acercándose con una sonrisa. Antes de que pudiera responder, sus labios encontraron los míos en un beso breve pero cargado de intención. Esta vez no dudé: la abracé por la cintura, atrayéndola contra mi cuerpo, sintiendo la calidez de sus curvas presionándose contra mí. Correspondí el beso con urgencia, mi lengua rozando la suya por un instante antes de que se apartara, riendo suavemente.

    Nos sentamos a cenar, el tenedor de Regina girando el espagueti con una gracia que me tenía hipnotizado. Cada bocado que tomaba, la forma en que sus labios se cerraban sobre la pasta era una provocación silenciosa. —Esto está increíble, Adrián —dijo, sorbiendo un trago de vino, sus ojos fijos en los míos, brillando bajo la luz de las velas.

    Continuará…

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  • Debutando en el gym

    Debutando en el gym

    Este relato es una anécdota de juventud. Mi nombre es Alfredo, tengo 35 años y esto ocurre cuando tenía unos 22, en ese entonces yo era un joven de 1,70, de piel clara, tersa y muy bien cuidada, sin ninguna vellosidad. Siempre me gustó el futbol y por lo mismo tengo una figura muy estilizada, con unas piernas gruesas y torneadas, con unas nalgas bastantes redondas y prominentes, que resaltaban más aún con mi estrecha cintura, tanto que ves que salía a la calle tanto hombres como mujeres me lo miran hasta el día de hoy.

    Era un día domingo por la tarde, uno de mis días favoritos para ir al gimnasio. Solía ir tipo 7, para alcanzar a darle duro por un par de horas hasta el cierre de las 9. En este horario siempre había poca gente, siempre casi las mismas personas. Entre esos dos chicos con los que solía hablar y a veces entrenar allí:

    Máximo, un hombre trigueño de 47 años, de 1,80, peludo y calvo. Era bien grueso, con un cuerpo bien fornido y musculoso, sus brazos piernas y hasta su voz era muy gruesa. Tenía un abdomen más bien distendido, sudaba testosterona, y su sobrino Leonardo, un joven de 1,90 adicto al fitness, que tenía un cuerpo esculpido a fármacos. Ambos muy simpáticos y bromistas las veces que coincidíamos.

    Ese día coincidimos en un par de máquinas para tren inferior, por lo que me invitaron a unírmeles en su rutina de piernas. Recuerdo que todo comenzó en la silla de extensiones para cuádriceps, ambos hablaban de estar a mitad de un ciclo de anabólicos.

    Máximo le bromeaba constantemente a su sobrino que dejara de masturbarse tanto, mientras este daba todo de si en sus repeticiones. Era asombroso el nivel de fuerza y hinchazón que tenían esas piernas, las que dejaba ver completamente depiladas debajo de ese short corto. Tan liviano que se notaba claramente un bulto bien contundente.

    Máximo: te estás cansando rápido, seguro te corriste al menos dos veces antes de venir…

    Leonardo: al contrario, tío, desde que empecé con el ciclo estoy sin ninguna actividad. Usted sabrá que sin novia y así, estoy a tope con mi energía.

    Máximo: aah ya veo, somos dos, desde que me divorcie con tu tía que no tengo nada jajaja es lo mejor para rendir como gladiadores, ¿no? (Mientras me miraba risueño). La verdad es que yo estaba igual, hace meses que no tenía sexo, desde que rompí con mi novia.

    Era mi turno en la máquina, y mientras conversaban Máximo me sostenía los cuádriceps, mientras me guiaba la contracción muscular.

    Máximo: aprieta fuerte cuando estés arriba, no bajes hasta que yo te diga. -me instruía con un tono autoritario, mientras yo apretaba y relajaba las piernas. Poco a poco empecé a notar que me acariciaba levemente, mientras bromeaba con su sobrino.

    Máximo: que bien te trabaja, se siente durito. Como la mía jajaja (plantó a reír con un tono pícaro). Yo entre sudor y cansancio, comencé a calentarme, no podía evitar mirarles de reojo la entrepierna e imaginar como seria echármelo a la boca.

    En la última serie fui más descuidado y Máximo me descubrió. Me miro, sonrío y nos dijo que pasáramos al siguiente ejercicio: la famosa sentadilla. Yo ya para ese momento, estaba avergonzado, pero demasiado caliente, tanto que el corazón me palpitaba fuerte, respiraba entrecortado y si no fuera por una tanga apretadísima que me puse ese día, hubiera dejado en evidencia una grotesca erección. De tan solo imaginarme esas manos en mis piernas y esa cara de degenerado incitándome indirectamente a someterme a su miembro, me derretía completo.

    Máximo: en esta si no es profunda no vale, ok?

    Leonardo: pues afloje las piernas y apriete el culo tío, que hoy le metemos peso.

    Máximo: entonces ponte atrás para apoyarme en caso de que ceda al fallo.

    Los escuchaba y veía entrenar y era un espectáculo, ambos ya tenían el culo hinchadísimo, como dos burbujas hermosas y unas piernas talladas, esculpidas completamente. Estaba extasiado, ambos sudados con olor a pene y cuerpo.

    Nuevamente era mi turno y Máximo se posiciona tras de mí, yo ya no podía disimular lo caliente y él lo notaba. Si bien hasta entonces había hablado de mujeres y de cómo les follaba duro, sentí que también probaba suerte conmigo.

    -Máximo: vamos campeón, yo te seguiré hasta abajo asique no aflojes a no ser que quieras caer de cola encima mío jajaja.

    El muy bestia seguía tirando indirectas mientras su sobrino miraba ya con la misma cara de burlón y degenerado.

    Ya en el ejercicio, bajando en la sentadilla, pude sentir por primera vez lo que estuve viendo todo el tiempo. Todo su miembro rozándome el culo abierto y vulnerable. Pude ver como lo gozaba cada vez más descaradamente, mientras yo estaba extasiado con lo duro que lo sentía cada vez que bajaba, junto a ese olor a pene y traspiración que emanaba Máximo.

    Leonardo ante todo el espectáculo me sugirió otras dos series más, y se ofreció a apoyarme como lo hacía su tío. Cada vez que bajaba podía sentirlo también, pero en él era diferente, era un miembro muy erecto que frotaba y frotaba en todo momento. Ya con lo caliente que estaba solo me dejé llevar, mientras mi culo les daba un poco de diversión. Estuvimos así todo el entrenamiento hasta que se cumplió la hora de cierre.

    Ambos me seguían como si fuera una perra en celo, locos por mi culo que para ese entonces estaba bronceadísimo de tanto ejercicio. Yo me sentí como una sucia ramera loca de probar esos dos penes exquisitos que me frotaron.

    Al llegar al baño y sin rodeos.

    Máximo: ya están cerrando, pero tú no te vas de aquí sin que termines de verdad este entrenamiento

    Leonardo: ven y agáchate aquí -me lleva a un rincón donde nunca nadie transita, y me empuja junto a su tío al suelo, bajándose sus shorts y dejando al descubierto dos grandes penes que fácilmente pasarían de los 18 cm, gruesos, rosados y formalísimos, sin ningún vello a la vista full depilados, lo más bello que había visto. El olor a pene y culo era impresionante pero fascinante como nunca había experimentado.

    Yo sin palabras, con el culo húmedo de excitación, me someto a sus órdenes y comienzo a chupar como si no hubiera un mañana.

    Máximo: vea sobrino, te dije que esta era una perra sucia jajaja

    Leonardo: vaya maricon, mama como un becerrito… (mientras ambos me miraban con una cara de pervertidos indescriptible). En ese momento yo solo asentía con la cabeza y los miraba como la prostituta más sucia, mientras gemía.

    El espectáculo no duro más de 7 minutos, tiempo en el que de rodillas le apretaba y manoseaba sus piernas y nalgas desesperado, y respiraba profundo el aroma de sus vergas calientes y húmedas. Ya al momento de terminar, ambos me eyaculan la cara sin ningún cuidado, mientras yo de boca abierta espero como les corre su néctar por las puntas de sus vigorosas herramientas. El semen era abundante, al punto de no solo llenarme la boca de él, sino que también llenarme el rostro completo, salpicando mi polera y algunas otras gotas mi pecho.

    Ya exhaustos, se dan un par de sacudidas en mi cara, mientras se limpian la punta con mi frente, se las guardan y se van riéndose.

    Ese fue el inicio de lo que sería una serie de aventuras con estos muchachos, una linda y discreta amistad que satisfacía a todos a su manera. Desde ese día debuté como una ramera de closet, en secreto, pero con complicidad.

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  • Mi primera experiencia

    Mi primera experiencia

    Yo tenía 35 años y mi esposa 28. Tras nueve años de matrimonio, llevábamos una vida como la de muchas parejas; con problemas y alegrías, pero dentro de todo, creo que una vida normal (por decirlo de alguna manera). Era burócrata y mi esposa ama de casa, teníamos un hermoso bebé de apenas 3 meses y bueno, está por demás decirlo, pero era la alegría de nuestras vidas.

    Cuando nos hicimos novios yo celaba tanto a mi esposa que le llegué a exigir que en lugar de que usara faldas (como era su costumbre) usara puros pantalones o pantis deportivos, le quité la posibilidad de que usara zapatillas o sandalias y se la cambié por zapatos tenis. En fin, trataba de cuidar tanto a mi esposa (que es una actitud meramente de inseguridad y machismo) que perdí algunos añitos de su juventud en disfrutarla como ahora he aprendido. Que pendejo me vi.

    Todo comenzó hace como dos años, cuando me invitaron a una fiesta en la casa de mi jefe inmediato. Nosotros somos de clase media, no tenemos la posibilidad de tener un automóvil ya que nuestros gastos son fuertes. Pagamos renta, alimentación y apenas y vestimos de manera limpia, aunque debo decir que en la ciudad de México (en donde vivimos) la vestimenta es parte importante del “como eres, como te tratan”.

    Era muy importante para mí el hecho de asistir a esa reunión ya que en la oficina se avecinaban cambios de gobierno y hasta ese momento mi puesto era llamado “De Confianza”, ahora ya tengo “Base”. Así que el asistir a dicho evento, me haría estar presente en los movimientos y jugadas que fuera a hacer el director de mi área.

    Una semana antes de la mentada fiesta nos fuimos a Suburbia a comprar ropa a crédito (única posibilidad de comprar ropa para ambos y pagarla cómodamente). Yo solo adquirí un saco y corbata, mi esposa se compró un conjunto de blazer y falda a la rodilla algo holgada, una zapatillas cerradas y unas pantimedias de color gris, la verdad no es el nombre exacto del color de medias, pero se veía increíble.

    He de confesar que siempre he tenido una fijación muy especial por esa prenda, pero por falta de comunicación con mi esposa nunca le pedí que las usara para mí (aparte de que el costo de las pantimedias, bien lo podríamos utilizar en algo más importante).

    Llegamos a la fiesta y cerca de las 9 de la noche nos disculpamos y nos retiramos, ya que esperábamos a que mi suegra llegara a pasar el fin de semana con nosotros, y no es que sea un vividor, pero la verdad es que a veces ella nos ha sacado del apuro dándonos algunos centavos que nunca terminamos de pagarle, así es que teníamos que ser atentos con ella.

    De regreso a casa tomamos el metro, salimos de la estación para tomar un micro, el cual nos llevaría hasta el departamento en donde vivimos, pero como siempre, la fila en la base para tomar el pesero estaba tan larga que fácil tardamos una media hora en subirnos al micro.

    Subimos al micro pero desafortunadamente nos tocó irnos parados. Siempre traté de estar muy cerca de mi esposa, pero los empujones me obligaron a moverme hacia un costado de ella. Un tipo que recién había subido al micro por la puerta de atrás se puso detrás de mi esposa, con una mano se apoyaba del tubular que va en la parte superior del micro mientras que con la otra cargaba su portafolios; de hecho, no podía yo ver su mano, de lo que sí me di cuenta es de que la llevaba muy cerca de las nalgas de mi esposa.

    Me hervía la sangre del pinche coraje que iba yo haciendo por ver como ese tipo se movía detrás de mi vieja y yo sin poder hacer nada, por supuesto que mi vieja tampoco se movía la cabrona. En un enfrenón brusco (de esos que suelen hacer los microbuseros) traté de empujar a quienes me estorbaban para tratar de estar cerca de mi vieja, pero lo único que conseguí fue pisar a un señor de edad avanzada quien me maltrató diciéndome que me fijara lo que hacía, que no fuera idiota.

    Oh sorpresa, lo que alcancé a ver me dejó helado, el tipo del portafolios tenía su mano bien sujetada a una de las nalgas de mi mujer y su portafolios estaba en el suelo, mi vieja se hacía la indiferente, como si nada estuviera pasando.

    Pensé dentro de mi tantas cosas que, mientras más coraje me daba ver lo que estaba sucediendo, que mi verga se ponía más y más dura y no entendía hasta ese momento el porqué de ese sentimiento. En un semáforo adelante se bajaron dos tipos y quedó libre un asiento para dos. Mi vieja fue la primera en sentarse cerca del vidrio, pero, aunque yo quisiera, no podía llegar hasta allá, el tipo del portafolios se sentó a su lado.

    Unas cuadras adelante mi mujer recostó su cabeza en el cristal y comenzó a dormitar.

    Poco a poco la gente iba bajando y yo pude acercarme a donde estaba sentada mi esposa.

    Esta vez el cabrón traía sus dedos acariciando la rodilla de mi vieja y ella se seguía haciendo la dormida, pensé en romperle la madre al tipo, pero la verga la traía tan parada que hasta los pelos me venían jalando el pellejito y mejor dejé que siguieran las cosas como hasta el momento.

    En un movimiento brusco de mi vieja le empuja sus dedos al muchacho y le dijo pendejada y media en un ratito, el tipo lo único que hizo fue levantarse del asiento y pedir la bajada al micro.

    Llegando al departamento, apenas habían pasado como 10 minutos y recibimos una llamada telefónica, era mi suegra, reportándose ya que no llegaría sino hasta el día siguiente.

    Nos sentamos a ver la televisión y a tomar un café, mientras le pedía a mi esposa que no se cambiara. Comencé a acariciarle sus piernas, todavía con las pantimedias puestas. Nuevamente se me volvió a parar la verga y me la llevé a la recamara, mientras cogíamos (como no lo habíamos hecho hace ya un tiempo) le empecé a hablar del tipo del portafolios, ella al principio se resistía a decirme lo que había sentido, pero era tanta mi insistencia y tanta la calentura que me confesó en ese momento que si, en efecto, le había estado apretando las nalgas por encima de la falda y que le había excitado tanto como le acariciaba las rodillas que en ese instante le hubiera permitido hacer más de lo que hasta el momento había hecho.

    Si se detuvo fue porque nunca antes lo había hecho y eso era nuevo para ella, pero que si me había gustado, que lo podríamos volver a intentar.

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  • El hombre perfecto

    El hombre perfecto

    La primera vez que le vi fue en las duchas de la playa, yo estaba tumbado cerca y de vez en cuando miraba para ver quien se acercaba a ducharse. Aquella mañana no había mucho que mirar, ya eran casi las dos y me iba a ir cuando apareció.

    Cuerpo moreno de todo el verano, con lo que me hizo pensar que era de allí, atlético, pechos y abdominales bien marcadas, llevaba un bañador de slip que alguna vez y al levantar los brazos dejaban ver parte del vello púbico, de cara guapo, excesivamente guapo diría yo, pelo ligeramente largo, negro azabache, así como sus ojos, las cejas muy pobladas del mismo color. Dejaba caer el agua por su cuerpo, debía estar fría por que los pezones se le pusieron erectos, se le mojo el bañador marcando sus formas sinuosas. Todo un sueño ante mis ojos que se desvaneció en pocos minutos.

    Al día siguiente dediqué la tarde a dar una vuelta por el centro, la temperatura era agradable e invitaba al paseo. Me gusta ir de tiendas, me fascinan los escaparates y la decoración interior de muchos locales, entré en varios, los dependientes casi siempre son fríos y dejan mirar sin ser pegajosos. Encontré una tienda de ropa de hombre bastante bien decorada y los precios parecían razonables, también es verdad que estamos en época de rebajas, pensé yo.

    Entré y me puse a mirar la mercancía, a los pocos segundos una voz por detrás de mi preguntó si deseaba algo, iba a contestarle lo de siempre, “estoy mirando” cuando al darme la vuelta me llevé tal sorpresa que me quedé sin palabras, era él, el joven de las duchas. Iba bien vestido, pantalón negro ligeramente acampanado, camisa blanca con las mangas algo recogidas y ligeramente entreabierta, la gomina no domaba suficientemente el pelo y este caía por los lados, estaba rabiosamente atractivo. Me sonrió y volvió a preguntar si deseaba algo “a ti en mi cama esta noche” pensaba yo pero le contesté lo de siempre “no, solo miraba, gracias”.

    Toda la tarde estuve pensando lo imbécil que había sido, como había dejado pasar la oportunidad de establecer un mínimo contacto con aquel adonis. Intenté distraerme sin conseguirlo, cada vez que recordaba esos pezones mojados y el vello púbico queriendo salirse del bañador…

    Al día siguiente decidí ir a una playa que me habían recomendado, me dijeron que había bastante petardeo así que sería fácil ligar y comerme algo en aquel viaje, me hacía falta. No era nudista aunque era fácil ver algún cuerpo desnudo, miré la zona y me percaté que muchos tíos se dirigían a una zona de pinos un poco mas lejos de donde yo estaba, enseguida me di cuenta que ahí estaba el tomate así que fui hacía allí dispuesto a pasar un buen rato.

    Al entrar varios tipos esperaban y miraban buscando algo, sexo evidentemente. Detrás de unos matorrales oí gemidos y la curiosidad me pudo, mi polla empezó a endurecerse por momentos. Aparté las plantas y vi un tío algo mayor como se trajinaba a alguien, al principio no se veía bien, estaba agachado hacia delante sujeto a un árbol caído, solo se le oía gemir de placer, se veían sus nalgas y parte de sus piernas, parecía joven, estaba muy moreno y se veía la marca del bañador.

    De repente se levantó para cambiar de postura, era él, el joven de la ducha, el de la tienda, el mismo por el que aquella noche me había hecho la paja mas buena desde hacía tiempo, y estaba siendo follado sin compasión por un desconocido, el tío le sacó la polla del culo y le cogió de los pelos para bajarle y correrse en su cara, me empecé a tocar y pajearme, ellos no parecían darse cuenta aunque sin duda sabían que el sitio se prestaba a miradas inoportunas. El señor se puso su bañador y se fue, el joven se quedó de rodillas limpiándose el semen de la cara, estaba desnudo, su polla flácida, parecía un salvaje entre aquellos matorrales.

    Estaba aún mas bello que los días anteriores, no me atreví a decirle nada, a pesar de lo que acababa de ver sentía que no era para mi, parecía demasiado perfecto y sin embargo esa escena venía a demostrarme que todos tenemos cosas que ocultar, en el fondo me dio pena, que un chico así fuese a ligar a un sitio como aquel no dejaba de ser triste, seguro que conseguiría cualquier tío que se propusiese con un solo chasquido de sus dedos. Terminó de limpiarse, buscó el bañador y se lo puso, se iba a ir cuando yo hice un ruido al pisar una rama, me quedé inmóvil y oculto, miró pero no me llegó a ver.

    Me habían recomendado aquel local de copas, buena música, buenos cuerpos, la ciudad no era muy grande y los sitios de ambiente no existían como tal, pero si que se podía hacer pequeños escarceos en ciertos lugares, de esta noche no pasaba, necesitaba un tío en mi cama o me volvería loco, pedí mi bebida de siempre al camarero, un errático y frío joven, guapo pero demasiado creído. Miré a mi alrededor buscando una presa fácil, me fije en un tío que me miraba demasiado, no era una gran cosa pero no estaba yo para exigencias, me dirigí al servicio y al poco tiempo apareció él, empecé a cascármela dejando que mirase, él hizo lo mismo, ya tenía culito para follarme.

    Le pregunté directamente si tenía lugar y me dijo que si así que todo hecho, salimos del local y le seguí un par de calles mas abajo, abrió la puerta del portal, subimos un par de plantas y entramos en un piso.

    —¿Vives solo? —pregunté.

    —No, vivo con mi hermano pequeño, pero ha salido y regresará tarde.

    A los pocos minutos estábamos desnudos en su cama, me hizo una mamada y después lo follé salvajemente, después nos quedamos dormidos.

    Al despertar no estaba en la cama, oí voces en un cuarto de al lado, me puse la ropa para marcharme y de repente el tío entró cabreado.

    —No sé qué voy hacer con él —se debía referir a su hermano, le miré con cara de poco interés, no me quería implicar nada es problemas de familia, había ido a follar y había follado así que fin de la historia.

    —Perdona, no te he dicho que te puedes duchar, es lo normal, anoche estuvo bien —me dijo.

    —Es igual, ya me ducho en el hotel —él insistió.

    —Por favor es lo menos que te puedo ofrecer, le diré a mi hermano que te prepare algo para cuando acabes la ducha —sacó una toalla de un cajón y me la dio.

    No sé por qué, pero accedí, cierta curiosidad malsana me hizo quedarme más por conocer a su hermano que otra cosa.

    El tío, del que ni siquiera conocía su nombre, se largó, me metí en la ducha, golpearon la puerta.

    —Perdona, ¿tomas café u otra cosa? —era el hermanito.

    —Café con leche, gracias, pero no te molestes desayuno por ahí —su voz era de alguien más joven que el tío con el que me había acostado.

    —Ya lo estoy preparando, no es molestia.

    Con la cortina de la ducha no le vi bien la cara, pero la voz me sonaba, salí de la ducha y en la cocina se oía el ruido de los cacharros que el misterioso joven movía preparando el desayuno.

    Me puse la toalla y fui hacia la cocina, al entrar estaba de espaldas cortando pan para tostar, llevaba un vaquero gastado y una camiseta negra sin mangas, el pelo me sonaba.

    —Hola, ya he acabado —dije.

    —Bien, siéntate, enseguida estará la leche —y se dio la vuelta, mi sorpresa fue mayúscula, era él, el joven que me había quitado el sueño, y estaba allí, delante de mí haciéndome el desayuno.

    Me quedé mirándole a la cara, debía ser un cuadro porque me miró y sonrió.

    —¿Te pasa algo?, parece que acabas de ver un fantasma.

    —¿Qué?, ah perdona es que… —me quedé en blanco, no sabía que decir.

    —Te has tirado a mi hermano, ¿verdad? —preguntó, yo asentí con la cabeza sin decir la palabra, como si eso no tuviese importancia.

    Se sentó enfrente y se presentó, se llamaba Oscar.

    —Yo me llamo Juan.

    —Tu cara me suena —dijo.

    —No sé, es posible, la tuya también.

    —Trabajo en una tienda de ropa, lo mismo has pasado por allí hace poco —me hice el despistado como si en ese momento cayese en lo que estaba diciendo.

    —Si, ahora recuerdo, estuve ayer en tu tienda, por eso me sonaba tanto, eres muy guapo, como me iba a olvidar de alguien como tú.

    —¿Crees que soy guapo? —Y mientras lo decía miró por debajo de la mesa.— A juzgar por lo que abulta la toalla, yo diría que crees que si.

    Me dejó de piedra, no era tan inocente como pensaba. En ese momento el que debía parecer un crío era yo, me lleve la mano al paquete como avergonzado. Oscar bebió leche sola sin dejar de mirarme, alguna gota se le derramo por la comisura de sus labios recogiéndola con la lengua, me estaba empezando a poner cachondo de verdad, decidí dejar de poner cara de tonto.

    —Se te cae la leche, límpiate —sonrió con cara de vicio mordiéndose el labio inferior. Se levantó y salió de la cocina quitándose la camiseta antes de salir, oí como abría la puerta de su cuarto y el rechinar del colchón al tirarse.

    Me levanté al minuto y seguí sus pasos, la puerta estaba entreabierta, la abrí despacio y allí estaba tumbado, desnudo con tan solo un slip blanco y boca abajo con una pierna fuera de la cama, la luz entraba por la ventana y Oscar se hacía el dormido, subió la pierna y se colocó con ellas bien abiertas, pero encima totalmente de la cama, movió su culito. Me senté a su lado y le acaricié las nalgas, la espalda, llegué al cuello y toqué su pelo. Acerqué mi cara hacía su cabeza y le olí, oí su respiración.

    De repente se dio la vuelta, con los ojos cerrados puso el brazo detrás del cuello y dejó su cuerpo de frente a mi merced, sus axilas repletas de negro pelo desprendía un olor mezcla de desodorante y sudor de después de una noche de baile. Le olí mmm, como me ponía ese olor, el muy cabrón seguía haciéndose el dormido y por lo tanto dejándose hacer, no aguante mas y le besé debajo del pezón derecho, después se lo mordí muy suavemente, se le escapó un suave gemido.

    Continué dándole besos por el cuello, él movía la cara hacia un lado y hacia otro dejando que yo continuase sin poner pegas, empecé a acariciar sus piernas y él se abrió para que hurgase entre ellas y así lo hice. Toqué su paquete, primero sus huevos, duros, buen tamaño, después su verga, aún flácida aunque ya cogiendo su tamaño.

    Metí la mano por el slip y se la magreé bien un buen rato hasta conseguir que se pusiera como yo quería, gorda y grande que así la tenía, sobrepasaba el slip. Su respiración se aceleraba y esto hacía que se le marcasen los abdominales, le arranqué el calzoncillo, no aguantaba más, me quería comer aquel cipote de una vez y así lo hice

    —Cómemela tío —dijo— Métetela entera, hazme la mejor mamada de tu vida y después me podrás follar como te plazca pero ahora chupa, chupa, aaaahh.

    Que rica estaba, el muy cabrón tenía un pollón inmenso, bonito y absolutamente delicioso. Mientras se retorcía, había despertado de su sueño y se tocaba el pecho, se metí dedos en la boca y disfrutaba de la mamada que le estaba haciendo. Durante un rato aguantó así hasta que no pudo mas y se corrió en mi cara llenándome de leche la misma.

    —Ahora fóllame —dijo y él solito se colocó a cuatro patas con el culo bien abierto, se lo comí un rato para lubricarle y que se dilatase— No sigas con eso, méteme la polla, venga, aguantaré bien.

    —Quiero que me la comas antes —dije.

    —He dicho que me folles, no aguanto más, necesito tener tu polla en mi culo para sentirme satisfecho —antes de terminar la frase ya tenía dentro mi verga.

    Empecé a cabalgarle de forma bestial y Oscar gritaba cada vez más, le encantaba aquello, no ponía resistencia, todo lo contrario, pedía más y yo cada vez iba más rápido. Se la saqué y me puse de pie, le di la vuelta y el arrastré al borde de la cama, subí sus piernas y le volví a embestir con fuerza, siguió gritando retorciéndose de placer.

    —Me voy a correr —dije.

    —sigue, dame por culo con más fuerza, me encanta.

    No aguanté más y me fui dentro de él, de una embestida conseguí meter mi verga entera y descargar lo más adentro de él posible. Noté como él también se corría sin llegar a tener la polla en erección. Su vientre se inundó de semen, tanto por dentro como por fuera. Me tiré en la cama junto a él, miró el reloj.

    —Falta poco para las 12, pronto vendrá mi hermano, creo que deberías irte, no creo que le haga gracia que me folle a su novio.

    —Yo no soy su novio, nos conocimos anoche —se me quedó mirando y sonrió.

    —Entonces nos podremos volver a ver, me gustas.

    Aquel fue el mejor polvo que había tenido nunca, el resto de días en aquella ciudad fueron los mejores de mi vida, desde entonces Oscar ya no vive allí, a las pocas semanas se vino conmigo a Madrid y hoy vivimos juntos, somos muy felices y así llevamos tres años, tengo lo mejor que se puede tener, el hombre perfecto.

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  • Mi tía en el pueblo fue solo mía

    Mi tía en el pueblo fue solo mía

    Les voy a contar una historia que me sucedió cuando tenía solo 19 años y sucedió con mi tía que entonces tenía 45 años. Con catorce años me había marchado con mis padres a Cataluña, a un pueblo cercano a Barcelona, pero cada año en agosto bajamos mis padres y mis hermanos al pueblo a visitar a mis abuelos donde también vive un hermano de mi madre, mi tío Andrés con su mujer Juana y dos primos.

    Yo sentía una atracción por mi tía una mujer muy campechana cariñosa y bastante picarona en su forma de hablar en los temas sobre el sexo. Em mi último año debido a que no había sacado nota suficiente para entrar en la universidad me había cogido lo que se llama un año sabático obligado y que me fue mas que bien para espabilarme y tener experiencia para hacer feliz en la cama a las mujeres.

    Como supongo habréis podido leer en alguno de mis relatos, después de mi primera experiencia sexual el verano antes de marcharnos a Cataluña en la campiña de Córdoba con una mujer que podía ser mi abuela había mantenido sexo con otra mujer también mayor que pasaba los vernos en una casa en el pueblo donde fuimos a vivir en Cataluña, era la mujer de un militar, también hay un relato en el que explico mis experiencias con aquella mujer que me sirvieron para conocer los gustos de una mujer en la cama y como hacerla disfrutar, pero lo ese año sabático al que me refería fue algo que ni en sueños hubiera imaginado.

    Como no encontraba un trabajo debido a que también tenía la mili (servicio militar) a las puertas a través de un chico que conocí en uno de los bares de alterne que comenzaban a funcionar en los pueblos cercanos a Barcelona debido a que el alcalde de Barcelona estaba cerrando prostíbulos, también me sirvió para mantener experiencias con algunas de esas camareras que instruyeron en el arte de la jodienda y esto me ayudó para ese verano atreverme a provocar a mi tía, dejar de pelármela (masturbarme) y conseguir llevármela a la cama como tantas veces había fantaseado, y soñado despierto en la oscuridad de mi habitación .

    Mi “tía” Juana, pongo lo de tía entre comillas porque realmente no teníamos lazos sanguíneos por lo cual no se puede tomar como incesto lo sucedido entre ella y yo.

    Mi tía era una mujer morena, tenía un cabello largo, un trasero (culo) muy sexy y redondito que movía con mucho salero al caminar y despertaba la atención de los hombres cuando la veían, tez morena, ojos cafés oscuros, unas buenas piernas y unas tetas generosas, algo caídas ya debido a haber amamantado a dos criaturas pero que me excitaban cuando la veía por casa sin sujetador, una barriguita (abdomen) un poquito rellenito y una voz dulce y seductora, ahh se me olvidaba unos labios gruesos y muy sensuales.

    Todo comenzó un día que el sol pegaba de lo lindo, yo había ido a su casa a buscar a mis primos, pero estos habían marchado con mi tío a una huerta que tenían algo distanciada del pueblo, como hacía mucho calor me había quitado la camiseta y solo llevaba puesto un pantaloncito corto. Me encontraba tumbado en el sofá esperando que volvieran mis primos. Yo en esos años era un chico más bien delgado, cercano al 1.80 de estatura, piel blanca. Entró mi tía y me dice:

    Ella: Que suerte sobrino, quien pudiera ir como tú.

    Yo: ¿Por qué lo dice, tita?

    Ella: Pues así tan fresquecito, quien pudiera ir como tú.

    Mi tía desde que comencé a sentir el hormigueo entre las piernas, sobre lo once años me excitaba la idea de verla desnuda, verle el coño que seguro lo tendría cubierto de una buena mata de pelo negro y le respondí.

    Yo: Pues será porque no quieras, aquí no te va a ver nadie, estas en tu casa. Se me quedo mirando ante mi reto.

    Ella: Pues como estamos solos te voy a coger la palabra, yo también me voy a poner fresquita.

    En ese momento yo solo tenía cara de asombro y me puse rojo ya que yo se lo había dicho como una broma, pero no pensaba que lo iría a hacer. Así que en un visto y no visto se quitó la blusa quedando con parte de las tetas al aire, me quedé impactado de ver sus tetas moverse dentro del sujetador y no me quedó más que babear.

    Ella: Ayy sobrino, porque me miras así, seguramente tú estarás acostumbrado a ver tetas (pechos) más hermosos que estos.

    Yo: No lo creas tita, aunque no se lo dije, jamás había visto pechos tan grandes y tan hermosos.

    Ella: Bueno, seguiré con lo que estaba haciendo, espero no incomode ver a tu vieja tía en sostenes.

    Yo: Para nada eres vieja, estas muy joven y muy guapa tita. Le dije, aunque por dentro solo existía el deseo de poder tocar aquellos senos tan grandes y morenos que adivinaba dentro del sujetador con lujuria.

    Ella terminó de hacer lo que estaba haciendo y cuando acabó se volvió a poner la blusa y se marchó a la calle. Nos despedimos con un beso en la mejilla.

    Yo me pasé toda la tarde fantaseando con mi tía recordando su imagen en sujetador, aun no me acababa de creer lo que había visto, su imagen había quedado grabada en mí cabeza y me volvía loco.

    Al día siguiente, después de comer volví a su, la saludé de costumbre, ella llevaba un vestidito azul muy sexy, pegado a su cuerpo se podían apreciar las hermosas nalgas que tenía. Ella me saludó y me dijo:

    Ella: ¿Estoy sola te gustaría que vayamos a dar una vuelta por la alameda junto al rio?

    Yo: Claro tita, me encantaría.

    Después del paseo llegamos a la casa y aún no habían vuelto mi tío y mis primos de la huerta, ella se sentó y encendió el televisor en blanco y negro, aún no había TV de color en España, me senté a su lado y comenzamos a ver lo que ponían en esos momentos, nada interesante. Después de un rato ella se recostó, se estiro poniendo su cabeza sobre mis piernas, yo intenté controlar la erección para que ella no lo notara, pero no pude y poco a poco se me fue poniendo la polla (pene) dura y tiesa.

    Mi tía el vestido que llevaba era escotado y en la posición que estaba dejaba ver sus pechos casi al completo, menos los pezones, se puede decir que estaba disfrutando de una visión más que maravillosa por lo que me fue imposible no empalmarme como un burro, cuando no pude más me levanté con la excusa de ir al baño, iba tan excitado que me olvide de poner el cerrojo en la puerta y me empecé a hacer una paja (masturbar) para que se me bajara la erección.

    Estando a punto de correrme, de pronto se abre la puerta y mi tía se encontraba allí observando lo que mantenía en una de mis manos, tenía los pantalones bajados a los pies y mientras una de mis manos subía y bajaba a lo largo de la polla la otra me masajeaba los huevos (testículos) algo que siempre me ha vuelto loco, ambos quedamos helados como hipnotizados unos segundos, fue mi tía la que primero se giró mientras yo volvía a cerrar la puerta, me subí los pantalones y salí del baño avergonzado.

    Cuando llegué a la sala, la encontré sentada en el sofá, le dije:

    Yo: Perdóname tita, pero tumbada sobre mis rodillas se te veían las tetas y no he podido evitar empalmarme, (excitarme).

    Ella: Perdonar, por qué te voy a tener que perdonar, no hacías nada malo, es algo normal en los chicos de tu edad, por mí no te apures que no le diré nada a nadie. Note en su mirada algo que nunca antes había notado.

    Después de ese día notaba distinta a mi tía en el trato hacia mí, me coqueteaba más, me provocaba. Hasta que un día que volvía de la calle subí a la habitación de mis primos a buscar algo que me había dejado olvidado, ella estaba limpiando la habitación, llevaba puesto el mismo vestidito del día del sofá, pero con varios botones del escote desabrochados.

    Después de saludarla y decirle a lo que iba me senté en la cama, ella seguía con un plumero sacando el polvo de los muebles un poco inclinada hacia adelante mostrándome sus nalgas, aquello lo tome como una provocación y pensé en jugármela, si me salía mal ya intentaría como convencerla para que quedara solo en algo que no pude evitar al verla tan seductora y deseable. Me levanté de la cama, me acerqué a ella por detrás y la tomé por la cintura y le dije al oído:

    Yo: Lo siento tita, perdóname si te ofendo, pero no resisto más.

    Ella se incorporó quedando de frente mirándome a los ojos.

    Ella: ¿A qué te refieres?

    Yo: Tita desde hace ya varios años me siento atraído hacia ti, no puedo dejar de pensar en ti y no puedo evitar hacer lo que el otro día me descubriste haciendo en el baño. Ella solo me miraba en silencio, después de unos segundos me dijo:

    Ella: Pues porque no le has dicho antes, podemos ponerle solución.

    La volví a abrazar por la cintura y la comencé a besar, ella después de habernos besado durante más de un minutos parecía tener más ganas que yo de echar un polvo, me ayudo a sacarme la camisa, después de volver a besarnos y desvistiéndonos, busque en mi bolsillo un preservativo con la intención de ponérmelo, pero entonces ella me dijo que no hacía falta, que lo pusiera, que a su edad ya no se quedaría preñada y podía follarla a pelo, bueno tal cual no lo dijo, dijo que podíamos hacerlo sin miedo a que pudiera quedarse preñada (embarazada).

    Deciros que pasé sino la mejor, una de las mejores tardes de mi vida seria quedarme corto, fue increíble el primer polvo que le eché a mi tía.

    Por lo que me confesó mientras reposábamos después del esfuerzo me confesó que mi tío hacia un tiempo que la tenía bastante olvidada, que si alguna vez lo hacían era porque ella casi lo obligaba a hacerlo y al descubrirme ese día en el baño meneándomela (masturbando) y ver el nabo tan hermoso, tan grande y gordo que tenía llevaba, se le hizo el chocho agua, (mojaba las bragas) de solo pensarlo. Mi tía era muy bruta hablando y cuando estábamos solos decía las cosas a lo bruto, al pene lo llamaba nabo a la vagina coño o chocho.

    Según sus palabras, ese día cuando vio el nabo (pene) tan grande y tan gordo que tenía notó como se le mojaban las bragas, ella decía (el chocho echo agua) y que estaba esperando que me decidiera a proponerle echar un polvo.

    Mientras la mantenía abrazada y la besaba le susurre al oído.

    Yo: Tita te deseo más que mi vida, te deseo con locura y si toda la leche que he derramado pensando en ti la hubiera recogido tendría un cubo lleno.

    Mi tía dejo escapar una carcajada mientras introducía una mano dentro mis pantalones y me sobaba los huevos (testículos) y exclamaba dejando escapar un resoplido.

    Ella: Jajaja, que bruto eres, cabronazo, pero que huevazos tienes, que gordos y duros, los debes tener bien llenos.

    Yo: A tope tita, bien llenos y te las pienso vaciar hasta no quede una sola gota dentro el coño.

    Le dije mientras ella buscaba mis labios con su boca y cuando nuestras lenguas se encontraron se enroscaron, entrelazadas se chuparon entrando en un juego sensual. Mis manos recorrían sus nalgas manoseaban sus tetas, (pechos). No sé cuánto duro ese beso, solo nos despegamos para respirar. Nos separamos para respirar y ella y cogiéndome de la mano:

    Ella: Ven vamos a la cama que te los voy a dejar mas secos que la mojama, tu tío y tus primos aun tardaran un buen rato en volver y podemos ver si el león es tan fiero como lo pintan.

    Ya en la cama mientras la besaba, notando la forma y la dureza de sus tetas contra mi pecho. Nuestras lenguas se entrelazaban una con otra, en un beso eterno. Las manos de mi tía fueron bajando hasta volver a adueñarse de mis testículos, de los testículos pasaba al nabo (pene) y luego volvía otra vez a los huevos dándole suaves apretoncitos. Así estuvimos durante unos minutos, mi polla (pene) lo notaba cada vez más hinchada y más dura.

    Mi tía estaba deseosa de sentirme dentro, mis manos no daban abasto, acariciaban y palpaban las curvas del precioso cuerpo de mi tía. Ella todavía llevaba el vestido de verano, ligero y de una tela muy fina puesto, lo cual me enloquecía. Me encantaba como se sentía su piel través de la fina tela. Pero me urgía hacer lo que tanto había deseado mientras me la meneaba (masturbaba).

    Me desprendí de sus brazos, le levante el vestido intentando quitárselo por la cabeza, pero ella me dijo que mejor no por si nos urgía dejarlo que estuviéramos haciendo, se lo remangue a la cintura y cogí sus bragas sacándolas por los pies, hice que se acomodara en medio de la cama con las piernas un poco abiertas, me incline sobre para oler esa mezcla de olores de su coño de hembra en celo.

    Quedo a mi vista su vagina, chocho como a ella le gustaba llamar lo que tenía entre las piernas, una negra y frondosa pelambrera negra lo cubría subiendo hacia su vientre en forma de espiga, aquello me excito de tal manera que note como las gotitas de líquido preseminal humedecían mis calzoncillos, su coño tenía unos labios vaginales grandes, los superiores algo más oscuros que los inferiores que eran rosaditos y brillantes de la humedad e la excitación.

    Me quede extasiado pasando mis dedos por la raja, (vagina) introduciendo un dedo dentro, moje mis dedos en aquel líquido blanquecino que parecía algo pegajoso de su rajita (vagina) y me los lleve a los labios para saborearlos y saber que sabía el coño de mi tía, chupándolos. Mientras que una de mis manos abría su chochete, (vagina) para introducir mi lengua, lleve mi otra mano a una de sus tetas, (pechos) pellizcándole un pezón que note endurecido, ella gemía, temblaba y dejaba escapar resoplidos.

    Ella: Hayy nene, neneee, pero que estás haciendo, ¿me estas comiendo el chocho? eres un guarro, esas cosas no se hacen pero me gusta que me lo comas, pero también quiero que me la metas, que me metas ese pedazo de nabo que tienes entre las piernas hasta el fondo y me llenes el chocho de leche.

    A pesar de sus quejas seguí comiéndole la almeja (vagina), se la chupé, lambí, mordí, absorbí hasta que ella retorciéndose de placer con un gemido, más que un gemido fue un gruñido llego a su primer orgasmo, seguí chupando hasta que los temblores de su cuerpo pararon.

    Deje de comerle el coño y subí por su vientre hasta encontrar su boca, la bese con mis labios mojados con el líquido de su coño (vagina).

    Mientras la besaba me pareció que no le desagradaba el sabor de su chocho, mientras las lenguas se entrelazaban y las salivas se mezclaban.

    Ella: Ahora me toca a mí darle besitos este precioso nabo.

    Me dijo agarrando mi polla, (pene) con una mano después de haberme sacado los calzoncillos mojados por los pies para empezar a chupármela, (hacerme una mamada). Yo no deje que lo hiciera, primero quería follarla, enterrarle como ella decía el nabo hasta solo dejar fuera los huevos (testículos).

    Yo: Noo, no tita, no ahora no quiero que me la chupes, me correría solo metértela y primero quiero follarte.

    Ella: ¿No te gusta que te la chupen?

    Yo: Claro que me gusta y mucho, pero ya habrá tiempo para que la chupes, primero quiero follarte metértela hasta no dejar fuera ms que los huevos, y correrme dentro tu coño.

    Ella: ¿Tantas ganas tienes de follar a tu tía, ¿cómo quieres follarme?

    Yo: No te imaginas cuantas, y cuantas veces me la he meneado imaginándolo, quiero que te pongas de rodillas al estilo perrito, es como más adentro te la puedo meter, la vas a sentir bien adentro.

    Le abrí las nalgas y pasé la punta del nabo (pene) por el orificio marrón de su culo, ella se estremeció y me dijo.

    Ella: Noo, por ahí no, nunca me lo ha hecho tu tío y con ese pedazo de nabo me lo reventarías.

    Yo: Tranquila hoy no toca, no por ahora, solo quería que sintieras la punta, cuando te la meta veras como no te reviento, vas a reventar, pero de gusto (placer).

    Mi tía obedeciendo mis deseos se puso de rodillas en la cama a cuatro patas, exponiendo totalmente su chochete ante mis ojos para que la penetrara. Sin hacerme esperar, arrodillado me puse detrás de ella y sujetando el pene con una mano coloqué la punta (capullo) entre los calientes y húmedos labios vaginales. Con una mano la sujetaba por la cintura mientras muy despacio se la iba introduciendo, una vez la tenía toda dentro y con una de las manos le acariciaba las tetas, (pechos), que le colgaban sensualmente hacia abajo y se movían con cada empujón que le daba hasta hacer chocar los huevos (testículos) contra sus nalgas.

    No voy a decir que mi pene fuera como los que, en más de un relato leo, 25 centímetros, pero si entre 18 y 20 y bastante gorda, entraba y salía con facilidad de su encharcado coño de jugos. Comenzó a hacer ruidos mi pija cada vez que entraba y salía eso me ponía a aun más excitado y comencé a bombearla más rápido. Ella empujada para atrás y pedía:

    Ella: Ya, yaa, me viene, me voy a correr, dámela, córrete conmigo, sigue, sigue ahora, ya échamela a quiero que me llenes, la quiero dame tu leche, ahhhh, cabroncete, que bien lo haces como te mueves, que bien culeas ahhhh, ay, ayyy, me viene, me vieneee ah, ahhh,

    Yo: quieres leche, toma leche, toda para ti, eres una guarrilla tita, mi guarrilla, ahhh, ufff, que coño más caliente, toda, toma leche.

    Le decía dándole empujones, notando como la punta de mi pene topaba en el fondo de su coño con las paredes del útero y los borbotones de semen golpeaban dentro.

    No sé cuántos chorros de semen escupió mi polla, (pene) esa primera vez que lo hicimos, mi polla no paraba de vomitar chorros y más chorros de leche (semen). Le deje el coño encharcado de semen mientras derrumbaba ella con los temblores del orgasmo se dejaba caer en la cama boca abajo y yo encima de ella mientras mi pene escupía las ultimas vomitadas de semen.

    Ella boca abajo sobre la cama y yo encima de ella aun con la polla (pene) dentro su coño permanecimos no sé cuantos minutos, las respiraciones aceleradas, las pulsaciones del corazón a mil poco a poco las respiraciones iban volviendo a la normalidad, ella seguía haciendo ruidos con la garganta con la cabeza hundida en la almohada.

    No nos fiábamos, había pasado algo más de una hora, nos levantamos y nos fuimos al baño al menos a refrescarnos y sacarnos el sudor del cuerpo antes de que llegara mi tío y mis primos, verla desnuda bajo la ducha, hizo que mi polla (pene) comenzara a ponerse dura de nuevo. Mi tía me miró y agarro mi polla con su mano, y acariciándola me dijo:

    Ella: Tu nabo quiere más, pero ahora no podemos cariño, pueden llegar y tendríamos que dejarlo a medias. Déjame que te la chupe un poco, voy a hacer que te corras en mi boca.

    Y arrodillándose se la metió en la boca, me la chupaba y sonreí mirándome a los ojos mientras con la otra mano me sobaba, (acariciaba) los huevos, (testículos) esto hizo que al momento de nuevo mi polla volviera a vomitar chorros de semen en su boca.

    No lo podía creer, en tan solo no más de tres o cuatro minutos me había vuelto a correr, me corrí en su boca tal cantidad de semen que parecía que hiciera un siglo que no me había corrido, mi tía se la tragó toda, la hice levantarse cogiéndola de los brazos y la bese, sentí el sabor de mi semen en su boca, el sabor era diferente al de su chocho (vagina) pero no me importo nada.

    Yo: Desde ahora no quiero compartirte con mi tío mientras este aquí, quiero que seamos solo nosotros los días que me queden en el pueblo, si no lo quieres así, dímelo ahora.

    Ella: Seré solo tuya mi amor, no te preocupes seré solo tuya.

    Después de ese primer polvo ella me dijo:

    Ella: Este será nuestro secreto, nunca nadie debe ser esto, júralo

    Le contesté.

    Yo: Lo que tú digas tita, te lo juro, lo haremos cada vez que tú lo desees.

    Una sonrisa traviesa me anunciaba que iban a ser muchas. Desde ese día, cada año cuando volvía al pueblo a pasar unos días follamos como animales, pero sucedió algo con lo que no contamos, al año siguiente de esa primera vez volví al pueblo esta vez me quedé tres semanas y follabamos siempre que podíamos nos escapamos y lo hacíamos en cualquier sitio.

    En navidad de ese año en mi casa recibimos la noticia que mi tía estaba preñada, (embarazada). Según me dijo mi madre estaba casi de cuatro meses, así que, como dice la frase, (en blanco y en botella), también se puede aplicar, (tanto va el cántaro a la fuente). Yo acabo de cumplir setenta años, la criatura que fue una niña, hoy es una mujer ha cumplido 50 años, casada y madre de tres hijos, dos niñas y un varón ya grandecitos.

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  • La mejor semana de mi vida

    La mejor semana de mi vida

    Hace un par de años, mi madrina se iba a pasar una semana de vacaciones en el interior del país y se iba con mi abuelo. Como no querían dejar la casa sola, quedamos en que yo iba a cuidársela mientras se iban.

    Ese primer día transcurrió todo normal, tenía toda la casa sola para mí, suficiente comida para toda la semana y nadie que me molestara. En la tarde, estaba sentado leyendo una revista en la terraza de enfrente cuando de reojo vi que había alguien regando las matas en la casa de al lado.

    Eché un vistazo y vi que era una señora como de 40 y tantos años. Razone que si iba a pasar toda una semana ahí, no me hacía mal conocer a la vecina, no fuera que pasara cualquier cosa y necesitara ayuda. Así que me le acerqué.

    Se llamaba Judith, vivía sola con el hijo, pero como era verano este se encontraba de paseo también. Resultó bien amigable. Ahí de cerca, si la chequeé mejor… cabello corto con tintes de rubio, la piel la tenía como bronceada, con un buen par de tetas y un culazo de película. Se veía mucho mejor que un par de chicas con las que he salido. Ese día tenía puesto un suetercito amarillo y un short negro.

    Al día siguiente, cuando me paro, estaba desayunando en la terraza atrás en la casa. Como la cerca tenía unos ojuelos que dejaban ver al otro lado, pude ver como Judith estaba tendiendo ropa y eso. Como no vi nada fuera de lo normal, seguí en lo mío, pero al rato, algo me hizo prestarle más atención.

    Al rato, veo que pasa y veo que llevaba el mismo suéter del día anterior. Si embargo, cual fue mi sorpresa al ver que abajo iba luciendo unas lindas bragas celestes. Como un rayo quedé en la cerca y le di los buenos días a mi vecina, la cual actuaba como si nada ante mi presencia.

    Pensaría uno que se taparía o se pondría algo, pero no. Al día siguiente fue lo mismo, un suetercito igual al que tenía el día anterior y abajo las bragas solamente, esta vez de color blanco. Ese día conversando, me dijo que antes de irme, me haría una cena casera, para variar el menú que tenía en la refrigeradora.

    Al día siguiente, nuevamente me encontraba en la terraza de enfrente. Como las casas están bastante pegadas, pude oír a Judith tomando una ducha. Recuerdo que la pluma se cerró y no pasó un minuto cuando vi a Judith echando agua a las matas afuera vistiendo solo una batita que le llegaba un poco más arriba de los muslos.

    Sabía que no era posible que entre cuando ella salió del baño y cuando la vi, hubiera tenido tiempo de vestirse, eso solo significaba que debajo de esa bata estaba prácticamente encuera. Obviamente quedé conversando con ella, lujuriándola por un buen rato.

    Me contaba cosas de su vida y una de las cosas que más me llamó la atención fue un cuento que me echó sobre como a veces cuando iba al súper y eso, se encontraba a un muchacho jardinero que le tiraba piropos y eso. Ella me decía que siempre regañaba al pelao, pero que en el fondo se sonrojaba, pensando en como alguien como ella todavía podía atraer a un hombre.

    Los siguientes días fueron aburridos, con Judith saliendo a hacer mandados y eso y no regresaba en un buen rato. Eso fue hasta mi penúltimo día allá.

    Ese día temprano, Judith me dijo que esa noche cenaba en su casa, que me iba a preparar algo rico. Esperé con ansias mientras pasaban las horas y finalmente llegó el momento. La cena tuvo bastante buena.

    Cuando terminó, yo hice ademán de que me iba, pero Judith me dijo que si quería me podía quedar más tiempo. Aproveché para regresar a la casa y trancar todo y regresé donde Judith. Cuando entré a la sala, Judith vestía solo la batita que ya antes le había visto. Había puesto música y me sacó a bailar.

    Luego me brindó un trago de seco. Trago va y trago viene y quedamos sentados en el sofá. Yo le miraba descaradamente los muslos a Judith, que se percató y me preguntó si veía algo que me gustara. Yo le contesté que sí, pero que no veía suficiente.

    Judith me sonrió, se puso de pie y se empezó a quitar la bata. Usando solo unas bragas turquesa me preguntó si ahora podía ver bien mientras se sentó a horcajadas encima de mí. Acercó sus labios a mi oído y me dijo que quería que la cogiera. Empecé a manosear sus nalgas primero y luego subí a sus tetas, pellizcándole los pezones mientras me daba tremendo beso de lengua.

    Terminé quitándole las bragas y nos acomodamos ahí mismo en el sofá en un 69 de lujo. Judith arriba mío, me chupaba la verga con fuerza e incluso me lamía las bolas mientras me pajeaba. Yo por mi parte, estaba empapado por los jugos de Judith, lamiéndola como loco.

    Judith cambió de posición y terminó montándome, cabalgándome como poseída, arañándome el pecho. Con cada embestida Judith gemía de placer y al final nos vinimos juntos, quedando rendida encima de mí.

    Al rato quedamos en la cama y seguimos cogiendo hasta quedar dormidos y una vez más en la mañana, mientras nos bañamos juntos. Nunca más la volví a ver, pero sin lugar a dudas, me dejó un recuerdo que nunca olvidaré.

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  • Trío con mi mejor amigo y su esposa

    Trío con mi mejor amigo y su esposa

    Después de haber realizado nuestro primer intercambio de pareja tanto Jaime, Jazmín, Mary y yo entablamos muy buena amistad, frecuentándonos constantemente, salíamos a cenar y bailar, yo pertenezco a un grupo de motociclistas al cual invite a Jaime a convivir con nosotros convirtiéndose él en parte de nuestro grupo, nos reuníamos en un bar cada viernes a pasar un rato agradable paseando en nuestras motos.

    Soy un empresario maduro con 50 años de edad, alto, labios gruesos, moreno claro, delgado conservado por el ejercicio, con una personalidad fuerte, mi esposa Mary de 46 años estatura 1.59, blanca pelirroja, ojos cafés, con unos senos paraditos con aureolas grandes rosaditas y unos pezones deliciosos, tiene un culito bien formado muy rico, labios gruesos y sensuales, su conchita depilada solo dejando un poco de bellos en la parte de arriba, es una mujer muy hermosa.

    Jaime de 41 y Jazmín de 34 ambos abogados de profesión, Jaime es un tipo bajo de estatura, gordito con ideas liberales, un tipo agradable, Jazmín su esposa es una mujer de mediana estatura, blanca, ojos negros preciosos, unos senos riquísimos, un trasero hermoso y unas piernas deliciosas, su conchita depiladita con labios gruesos, ella es muy simpática y alegre.

    Un viernes al salir de la reunión con nuestros nos subimos a nuestras motos me hace la invitación de ir a su casa a jugar domino y tomar unas cervezas, acepto la invitación y Jaime le llama a Jazmín para decirle que me había invitado, nos dirigimos a su casa y en cuestión de 15 minutos llegamos, Jazmín nos recibe en la sala, ella traía puesto un vestido negro entallado de tele muy delgada que hacía resaltar su pechos y trasero, se acerca y nos damos en beso de saludo, con solo sentir su cercanía hizo que sintiera un escalofrió que llego hasta mi verga.

    Nos sentamos en el comedor mientras Jaime sacaba el domino y la libreta de apuntes Jazmín nos puso unas cervezas durante el juego no dejaba de admirar las piernas y el escote que mostraban parte de sus senos ya me tenía a tope y no le pasaba desapercibido por las miradas que cruzábamos, después de varias partidas les propongo que el perdedor sea castigado quitándose una prenda los dos estuvieron de acuerdo comenzó perdiendo Jazmín como yo gane la partida le indique que se quitara el vestido, se para y se saca el vestido lentamente mostrando su hermoso cuerpo quedando únicamente con su ropa interior.

    Ni que decir que verla así me tenía con la verga bien parada los dos lo notaron entre risitas se miraron con picardía, posteriormente me toco perder a mí y me dijeron que me quitara la camisa, nuevamente perdió Jazmín y se quedó sin sostén luciendo sus hermosos senos a la vista de nosotros, estaba que me abalanzaba sobre ella, seguimos con el juego Jaime perdió se quitó la camisa al cabo de unas partidas Jazmín estaba completamente desnuda, yo con mi bóxer y una erección que parecía que lo iba a romper, Jaime todavía con el pantalón puesto, la última partida pierde Jazmín y Jaime le indica que me la mame, me pongo de pie y ella me baja el bóxer saliendo mi verga como resorte.

    Me mira a los ojos y empieza a darme una mamada que casi logra que me salga el chorro de semen, Jaime estaba observando mientras se tocaba el bulto, nos dice vamos al cuarto para estar más cómodos, en verdad los tres ya estábamos desinhibidos por el licor y el erotismo, pasamos al cuarto Jazmín acuesta boca arriba Jaime la besa mientras yo le acaricio los senos, le paso mi lengua por sus aureolas y pezones Jaime besa el otro seno y yo me acerco a besarla en la boca y nuestras lenguas se entrelazan en un beso intenso, caliente mientras mis manos juegan con sus senos Jaime ya está en medio de su rajita comiéndosela provocándole gemidos que me ponen más caliente.

    Jaime le levanta las piernas y la empieza a penetrar suavemente mientras tanto yo le pongo mi verga en la boca comenzando a mamarla muy rico al cabo de un rato Jaime empieza a emitir gruñidos y le dice a su mujer que se está viniendo al descargar su leche en ella se la saca y se recuesta por un lado, Jazmín quería más se pone encima de mí, nos besamos, la acaricio el cuerpo, le chupo los pezones haciéndola gemir, Jaime mientras tanto estaba nada más como espectador, Jazmín se coloca con sus piernas abiertas en posición de cabalgarme para clavarse mi verga poco a poco va metiéndosela hasta el fondo.

    Jaime queriendo ver toda la acción se coloca atrás de ella para ver cómo se clava mi verga en la concha de su mujer, la empuja hacia adelante quedando arriba de mi con el culo empinadito de esta manera Jaime tenía toda una película xxx a su vista mientras ella movía el trasero rápidamente y deliciosamente como si quisiera enterrársela hasta el fondo con ese movimiento se sale mi verga de su conchita cuando siento que Jaime toma mi verga con su mano y la dirige a la conchita, al cabo de otros movimientos se sale otra vez pero en esta ocasión empieza a masturbarme volviendo a ponerla en la entrada de la vagina su mujer, me quedo viendo a los ojos de Jazmín ella se encoge de hombros nos besamos.

    Estoy que quiero meterla, cuando siento la boca de Jaime mamarme la verga, le indico a Jazmín que vea lo que está haciendo, a ella parece no importarle mucho, lo deja ser mientras me acerca su cara y nos besamos, Jazmín se incorpora y acerca su cara a la de Jaime y entre los dos me maman la verga poniéndome como loco, tomo del brazo a Jazmín y le indico que se suba porque Jaime no quiere dejar de mamarme la verga, así que ella se coloca en posición de cabalgarme nuevamente Jaime no teniendo más remedio que ver una vez más como se mete la verga en la concha su esposa y ella empieza mover su cadera.

    Jaime se acerca por detrás con su verga parada y nos dice que quiere hacer un doble, se coloca atrás de su esposa yo la acerco a mi pecho besándole la boca para darle espacio a Jaime que empieza a meterla en la conchita de su mujer que ya está ocupada con mi verga, se siente apretado, Jazmín siente su vagina que está siendo penetrada por dos de palos, empieza a gemir de placer no pasa mucho cuando Jaime suelta la descarga de semen en el interior y se retira, Jazmín queda a medias así que empieza a mover su trasero sintiendo mi verga al fondo y su concha llena se semen de su marido, en unos instante su cuerpo se tensa.

    Su cara muestra que se está viniendo abundantemente y yo le suelto el chorro de semen que se mezcla con el flujo de los tres, quedo empapado, Jaime se acerca con una toalla se la da a Jazmín y empieza a limpiarme con la toalla y con su boca, se levanta y va a lavarse, cuando regresa salgo yo hacer los mismo, cuando regreso me acuesto en la cama, Jazmín está en medio de los dos y la acariciamos, Jaime ya no quiere más sexo así que me deja para que Jazmín y yo lo hagamos otras ves mientras se encamina a la cocina por unas bebidas.

    Jazmín me empieza a masturbar y a mamarme la verga, con mi mano le estoy acariciando la conchita, la tiene muy mojada a pesar de haberse lavado, se recuesta boca arriba y me dice métemela, agarro sus piernas y las abro con mis manos, ella tiene mucha elasticidad así que abro el compás completamente para penetrarla de una hasta el fondo, la meto y saco con fuerza, sé siete el golpe de nuestros cuerpos en cada embestida, sus ojos me indican que está gozando, me dice dame más, más duro y así lo hago hasta que gime y se estremece de la corrida que está teniendo.

    Bajo sus piernas y me pongo encima de ella viendo a sus ojos le doy un beso, nos miramos fijamente y me dice que rico palo, Jaime regresa al cuarto con unas cervezas, voy al baño a asearme, regreso a tomar la cerveza platicamos un rato antes de despedirme, le doy un abrazo y un beso a Jazmín y un abrazo a Jaime agradeciéndoles la invitación y el buen rato que pasamos juntos.

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  • Una aventura erótica con frutas

    Una aventura erótica con frutas

    Esta historia ocurrió hace unos años. Estaba aburrida en casa y me dispuse a entrar a Internet a conocer gente, amigos. Yo entré con mi nick, Milenia, cuando llamó mi atención un nombre, Dimas. Le envié un mensaje privado y él me contestó. Comenzamos la charla y fue tornándose muy agradable y divertida. Quedamos en vernos al día siguiente, y lo que en un principio era una amistad se transformó en una necesidad imperiosa de vernos, hablarnos, conocernos, saber cada vez más el uno del otro.

    Nos escribíamos muchos mails por día, nos encontrábamos siempre en ese chat; ya era casi de nuestra propiedad, de Milenia y Dimas. Luego fuimos más lejos, a los llamados telefónicos y aunque estábamos tan alejados el uno del otro ya que éramos de diferentes países, yo de Argentina y él de mucho más allá, de un hermoso país tropical, no nos importaba la distancia.

    A pesar de ella estábamos más unidos; luego nació la idea de conocernos personalmente, planeamos el viaje, y por fin llegó el gran día. Fui a buscarlo al aeropuerto, cuando por fin lo conocí, era como una aparición y nunca pensé que fuera tan bello; tenía el cabello dorado, con ojos color miel, unas enormes cejas que le daban un carácter especial a sus facciones, una boca bien formada.

    Nos miramos casi al instante y nos reconocimos. Los nervios de ese encuentro nos jugaban en contra, ¿Qué pensará de mí? ¿Le gustaré? Millones de dudas taladraban mi cabeza, y sospecho que a él le pasaba lo mismo. Tomamos un taxi y fuimos hacia la terminal ya que de allí partiríamos a un bello pueblo en el cual yo quería pasar esos espectaculares días junto a Dimas. Villa Rumipal, así se llama, es un lugar pacífico, las casas son coloridas tipo chalets, con techos a dos aguas, las calles de arena y piedras, salvo las avenidas principales, el pueblo desemboca en un bello lago llamado Los Molinos. Los días eran fabulosos, con un sol espléndido, el lago, Dimas y yo.

    Luego de llegar y de acomodarnos fuimos a dar un paseo; caminamos por la orilla del lago, Dimas me tomó la mano y entonces pude ver en persona su especial sonrisa, sus ojos tan expresivos, su tonada tan distinta de la mía; su voz era un canto, él me hablaba y yo me mareaba de tenerlo allí, tan cerca, tan palpable, tan real.

    Hacía mucho calor y lo único que teníamos era una heladera pequeña con un poco de ensalada de frutas. Invité a Dimas a dar un paseo en bote; cuando estuvimos dentro del bote, él se sacó la remera y comenzó a remar; yo observaba como se movían sus músculos cuando él realizaba el esfuerzo, era como si los dioses le hubiesen dado todas las cualidades masculinas juntas, él remaba en la dirección que yo le iba indicando, llegamos a un lugar que está alejado del mundo entero; es una bahía que está cerca de la usina eléctrica.

    Esa bahía está rodeada de montañas con mucha vegetación, mayormente compuesta por árboles inmensos, lo que le da un aire parecido a un bosque virgen, solo los pájaros lo habitan, también algunos patos que se encuentran en la orilla haciéndose un festín con los peces que osan pasar por allí.

    Cuando llegamos ayudé a Dimas a tirar el ancla, nos sentamos uno frente a otro y nos miramos, le pregunté si sabía nadar, él asintió, le dije que allí era muy profundo pero él dijo que era un experto nadando, lo cual no dudé ya que por la forma de su cuerpo se notaba que practicaba deportes; entonces fuimos al agua, estaba ideal, la temperatura estaba súper agradable, jugábamos a atraparnos y el me perseguía; en un momento me tomó de un brazo y me dio un tirón, cuando me di vuelta él estaba allí, su cara estaba tan cerca, mis ojos miraron directamente a su boca entreabierta y entonces sin pensar me abalancé sobre sus labios y lo besé; su lengua me buscó y comenzamos a besarnos apasionadamente.

    El tiró del nudo de mi bikini y allí quedé con mis senos flotando en el agua, parecían más grandes, y los pezones estaban muy duros; él los besó, me saqué la parte de abajo y así quede desnuda, luego me metí debajo del agua y le saque su short, su pene estaba erecto, seguimos jugando a atraparnos pero cada vez que él lo hacía me tocaba, me besaba, me lamía, y yo a él, nadábamos debajo del agua y me encantaba ver como se movía su pene, es muy diferente ver a una persona nadando desnuda ya que podía ver sus testículos y su pene moviéndose de aquí para allá; él hacia lo mismo y entonces podía ver mi cola y mis pechos, salimos del agua y fuimos de nuevo al bote, pero el sol estaba muy picante y entonces él saco la ensalada de frutas para refrescarnos.

    Me acostó sobre uno de los asientos y me abrió las piernas, en ese momento estaba abandonada a lo que él quería hacerme, tomo una cereza, comenzó a jugar con ella, me rozaba las nalgas, el clítoris, me acariciaba con ella, pero después comenzó a jugar en mi vagina y metía y sacaba la cereza, hasta que en un momento la metió del todo en mi vagina, se acercó y metió su lengua dentro hasta que la encontró y entonces me la dio de comer con su boca, así comenzó a hacer con toda la ensalada de frutas, con peras, durazno, ananá, la fruta salía mojada con los jugos vaginales que cada vez brotaban con más fuerza, realmente eso me excitaba, verlo a él con los rayos del sol dorándole la piel, allí con esa excitación que él también tenía de verme allí rendida sin querer luchar contra ese mar de sensaciones nuevas que él me estaba ofreciendo.

    Al fin terminamos de comer ese cóctel de jugos vaginales y frutas, fue delicioso, y entonces nos volvimos a meter al agua para refrescarnos del sol, esta vez ya no quería escapar de ese juego sino que todo lo contrario quería dejarme atrapar por él, quería que él me tomara porque estaba al borde del deseo, me puse al lado del bote y con mis manos me tomé de la cadena que sostenía el ancla.

    Entre medio de mis piernas quedo la cadena, comencé a masturbarme con ella; la tenía allí en el medio y apretaba fuerte mis piernas, él no soportó verme y se me acercó por detrás con una embestida y me penetró muy fuerte; tuve que aferrarme más a esa cadena para no soltarme ya que él se había prendido de mi cuerpo y yo tenía que sostener a los dos, me tomaba de los senos y con movimientos bruscos me penetraba, comencé a gemir ya que el placer era máximo, él seguía sin parar embistiendo más y más, hasta que exploté en un orgasmo y mis gemidos ya eran gritos de placer y de súplica.

    Él también llegó al final y quedamos los dos extasiados de placer al lado del bote y yo aferrada a esa cadena y él a mi. Nuestro único testigo, el sol del atardecer, replegaba sus cómplices rayos, para abandonarnos a la luz de la luna.

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  • Mi novia le da su despedida a su compañero de trabajo

    Mi novia le da su despedida a su compañero de trabajo

    Encuentro de despedida en el hotel

    La habitación del hotel estaba con ventanas y persianas cerradas que bloqueaban cualquier rastro del mundo exterior. Las luces del techo y las lámparas de mesita estaban encendidas, bañando cada rincón en un resplandor cálido y crudo que exponía cada detalle. Luci quería verlo todo, y yo también. El silencio era absoluto, roto solo por los sonidos que pronto llenarían el espacio: jadeos, gemidos, el choque de sus cuerpos. Me senté en un sillón clásico de hotel, de tela beige con patas de madera, justo frente a la cama, con una vista directa a la acción. Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de excitación ardiente y un nudo de celos que me apretaba el pecho.

    Luci, mi novia de 33 años, estaba a punto de cumplir una fantasía que había crecido en meses de coqueteo y fantasías con Erick en la oficina, donde trabajaban juntos en marketing. Él estaba renunciando, y esta noche era su despedida, un adiós salvaje que yo observaría, como aquella vez en nuestra casa, semanas atrás, cuando Luci le dio sexo oral frente a mí.

    Luci estaba en la cama, esperándolo, su cuerpo delgado envuelto en lencería negra que me tenía al borde de la locura. Llevaba una tanga crotchless que dejaba su vagina expuesta, mallas negras que abrazaban sus piernas esbeltas, y un brasier de encaje negro que realzaba sus pechos medianos y firmes.

    Su cabello castaño caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos cafés brillaban con deseo y un toque de nervios. Erick entró, su presencia de 1.90 metros dominando la habitación. A sus 26 años, su cuerpo atlético —hombros anchos, abdomen definido— era imponente. Se acercó a Luci con una sonrisa depredadora, sus ojos devorándola. “Estás increíble”, gruñó, con voz grave. Luci se mordió el labio, susurrando: “He soñado con esto desde nuestros coqueteos en la oficina”.

    Erick no perdió tiempo. La besó con intensidad, su boca reclamando la de ella, mientras sus manos desabrochaban el brasier con destreza, dejándola solo con la tanga crotchless y las mallas. Sus pechos firmes quedaron expuestos, los pezones endurecidos bajo la luz. Él se desvistió por completo, su erección prominente haciendo que Luci jadeara. Se arrodilló sobre ella, a la altura de su pecho, su miembro cerca de su rostro, ese pene de 21 cm bastante más grueso que el mío. “Hazlo como la última vez”, ordenó, su tono dominante. Luci, con una mirada lujuriosa, lo tomó con ambas manos, sus labios rodeándolo lentamente al principio, saboreando cada centímetro.

    Su lengua recorría la longitud, deteniéndose en la punta, succionando con una intensidad que hacía que Erick gruñera de placer. “Sí, así, Luci… tu boca es adictiva”, murmuró él, enredando sus dedos en su cabello para guiarla. Ella lo engullía con avidez, sus ojos cafés fijos en él, su respiración agitada mientras lo trabajaba con una mezcla de delicadeza y hambre, alternando entre lamidas lentas y succiones profundas que lo hacían tensarse.

    El espejo a un lado de la cama reflejaba la escena: su cabello desordenado, su boca moviéndose rítmicamente, el cuerpo de Erick tenso por el placer. “Más profundo, Luci… demuéstrame cuánto lo quieres”, exigió él, y Luci obedeció, tomándolo hasta el fondo, sus gemidos vibrando alrededor de él. Mi excitación era abrumadora, pero los celos me golpeaban al ver cómo ella lo disfrutaba, sabiendo que él la llenaba de una manera que yo no podía.

    Erick se recostó en la cama, jalando de Luci para que lo montara. “Sin condón”, dijo ella, su voz temblando de deseo. “Quiero sentirte todo”. Se posicionó sobre él, guiando su pene hacia su vagina a través de la tanga. El sonido de su unión fue húmedo, crudo, mientras ella descendía lentamente, gimiendo al sentir su grosor estirándola. “Oh, Dios, Erick… la tienes bien grande”, jadeó Luci, sus caderas comenzando a moverse, primero lentas, luego más rápidas, sus pechos rebotando bajo la luz.

    Él la sujetaba por las caderas, empujando hacia arriba para penetrarla más profundo, cada embestida haciendo que sus paredes internas se contrajeran alrededor de él. “Que rico se siente… apriétame más”, gruñó Erick, sus manos subiendo a pellizcar sus pezones, arrancándole gritos de placer. Luci aceleró, cabalgándolo con una pasión desenfrenada, su clítoris rozando contra su base con cada bajada. “¡Sí, justo ahí! No pares”, suplicó ella, sus ojos cerrados en éxtasis.

    Luego, sin detenerse, se giró en reverse cowgirl, dándome una vista perfecta de su cuerpo arqueado, las mallas negras resaltando sus piernas. Erick aceleró, penetrándola con una rapidez feroz, sus manos apretando su cintura mientras embestía desde abajo, golpeando ese punto sensible dentro de ella una y otra vez. “¡Más rápido, Erick! Me vas a hacer explotar”, gritó Luci, y él obedeció, sus caderas chocando contra sus nalgas con un ritmo implacable.

    El placer acumulado la llevó al límite: su cuerpo tembló violentamente mientras un squirt intenso brotaba, líquido disparándose sobre las sábanas y sus muslos, mojando todo a su alrededor. “¡Sí, eso es! Orgasmeate para mí”, animó Erick, sin frenar, prolongando su orgasmo hasta que ella colapsó jadeante sobre él.

    Sin darle respiro, Erick la recostó de espaldas contra su pecho. Él la levantó, colocándola en una posición de full nelson: sus brazos sujetando las piernas de Luci por detrás de las rodillas, abriéndola por completo, sus manos entrelazadas detrás de su cuello. La tanga crotchless facilitaba cada embestida profunda, y el espejo mostraba su vulnerabilidad y placer absoluto. Erick la penetraba con fuerza, su pene entrando y saliendo en ángulos que golpeaban su punto G sin piedad. “¡Erick, es demasiado! Me estás volviendo loca”, gemía Luci, sus piernas temblando incontrolablemente mientras oleadas de placer la atravesaban.

    Él gruñía en su oído: “Tómalo todo, Luci… eres mi puta esta noche”. Ella llegó al clímax varias veces, su cuerpo convulsionando en sus brazos, fluidos goteando por sus muslos, pero Erick mantenía el ritmo, su control dominante prolongando su éxtasis. “Otro más… dame otro orgasmo”, ordenaba él, y Luci obedecía, gritando mientras su cuerpo se rendía una y otra vez.

    Luego la puso en cuatro, sus rodillas hundiéndose en la cama. Erick tiró de su cabello con firmeza, arqueando su espalda, y comenzó a penetrarla con fuerza, cada embestida resonando en la habitación como un eco de su deseo. Su pene grueso la llenaba por completo, saliendo casi del todo antes de empujar de nuevo, profundo y rápido. “¡Jálame más fuerte! Quiero sentir tu huevos chocar”, suplicó Luci, y él obedeció, enredando su cabello en su puño mientras aceleraba. Cambió a sujetar sus brazos hacia atrás, inmovilizándola por completo, su otra mano azotando ligeramente su nalga para añadir un toque de picante que la hizo jadear.

    Sus pechos se movían hipnóticamente, sus ojos cafés cerrados en éxtasis puro, su boca entreabierta dejando escapar gemidos inarticulados que se volvían más altos con cada penetración. “¡Sí, así! Cógeme más duro, no pares nunca”, rogaba ella, su cuerpo temblando de anticipación. “Estás bien apretadita… voy a llenarte por completo, Luci”, respondió él, su voz grave y posesiva, y finalmente eyaculó dentro de ella, su semen caliente derramándose en chorros profundos y pulsantes que se veían en el espejo como un clímax visual, su pene latiendo visiblemente mientras la llenaba.

    Luci tembló con un orgasmo final intenso, su vagina contrayéndose alrededor de él, absorbiendo cada gota con avidez; a ella le encantó sentir esa calidez inundándola, el contraste de su grosor estirándola al máximo y el flujo cálido marcando su unión, un placer prohibido y adictivo que la dejó sin aliento. “¡Oh, Dios, sí, adentro! Me encanta sentirte terminar dentro de mí, es lo mejor que he sentido”, jadeó ella, girando la cabeza para mirarlo con ojos brillantes, sintiendo cada pulso como una ola de éxtasis que prolongaba su gozo.

    Sin pausa, Luci se giró, aún jadeando, y comenzó a hacerle sexo oral de nuevo, sus labios trabajando con urgencia: lamiendo el semen residual, succionando la punta sensible hasta que él volvió a estar erecto, su grosor brillando bajo la luz. “Buena chica… te voy a dar duro otra vez”, elogió Erick, guiando su cabeza con gentileza al principio, luego con más firmeza.

    Erick la acostó boca arriba al filo de la cama, levantando sus piernas sobre sus hombros. La penetró profundamente, cada embestida lenta al inicio, permitiendo que su longitud explorara cada rincón de ella. “¡Más profundo, Erick! Quiero sentirte hasta el fondo”, exigió Luci, sus ojos cafés clavados en los suyos.

    Él aceleró, inclinándose para besarla mientras empujaba, su abdomen rozando su clítoris con cada movimiento, creando una fricción que la hacía arquearse. Sus piernas temblaban sobre sus hombros, sus uñas clavándose en su espalda mientras llegaba a otro clímax, sus paredes contrayéndose alrededor de él. “¡Me estás matando de placer!”, gritó ella, y Erick sonrió: “Aún no hemos terminado”.

    Para intensificar, Erick la levantó en una posición de piledriver: Luci boca arriba con las caderas elevadas, sus piernas dobladas hacia su cabeza, exponiéndola por completo. Él se arrodilló sobre ella, penetrándola desde arriba con embestidas verticales que golpeaban directamente su punto más sensible.

    El ángulo era brutal, su pene grueso estirándola al máximo, y el espejo reflejaba su expresión de puro éxtasis. “¡Oh, Dios, esto es intenso! No pares, por favor”, suplicó Luci, sus manos aferrándose a las sábanas mientras oleadas de placer la invadían. Erick gruñía: “Toma cada centímetro… siente cómo te abro”. Ella tuvo múltiples orgasmos en esta posición, su cuerpo temblando, fluidos escapando con cada retirada, hasta que jadeaba exhausta.

    Luego, la giró a una posición de cuchara lateral, acurrucándose detrás de ella para una intimidad más profunda. Su brazo rodeándola, penetrándola desde atrás con movimientos lentos y circulares que rozaban su clítoris con su base. “Esto se siente tan rico.. cogeme así”, murmuró Luci, girando la cabeza para besarlo. Él aceleró gradualmente, su mano bajando para estimular su clítoris mientras empujaba, creando una doble sensación que la llevó a otro nivel de placer. “¡Sí, toca ahí! Me vas a hacer terminar de nuevo”, gemía ella, y Erick respondía: “Termina en mi verga Luci… apriétame fuerte”. El ritmo se volvió frenético, sus cuerpos sudorosos deslizándose juntos, hasta que ella convulsionó en sus brazos.

    Para algo más ardiente, Erick la puso en una variante de misionero con piernas abiertas en V, sujetando sus tobillos para mantenerla expuesta. Penetraba con embestidas rápidas y superficiales al principio, luego profundas y lentas, alternando para torturarla de placer. “Me encanta cómo me controlas”, jadeaba Luci, sus pechos moviéndose con cada impacto. Él se inclinaba para succionar sus pezones, añadiendo capas de sensación que la hacían gritar. “Tienes la vagina muy sensible, voy a hacerte explotar”, prometía él, y cumplía, llevándola a orgasmos que la dejaban temblando.

    Luego, sin salir de ella, la levantó, cargándola frente al espejo. Luci miraba su reflejo, sus ojos cafés encendidos de placer, sus gemidos intensificándose mientras tenía varios orgasmos, sus uñas clavándose en los hombros de Erick. “¡Míranos! Me estás cogiendo tan bien”, exclamaba ella, y él respondía: “Eres perfecta… toma más”. Sus embestidas eran potentes, su fuerza sosteniéndola mientras la penetraba de pie, el espejo captando cada gota de sudor, cada expresión de gozo.

    De repente, Luci me miró. “Quítate del sillón”, dijo entre jadeos. Obedecí, sentándome en la esquina de la cama. Erick, aun cargándola, se sentó en el sillón, y Luci se giró de espaldas a él, rebotando sobre su pene con sentones fuertes. Subía y bajaba con ímpetu, su tanga crotchless y mallas resaltando cada movimiento.

    Su longitud aseguraba que nunca se saliera, y el sonido de sus cuerpos chocando era hipnótico. “¡Voy a hacerte terminar yo!”, decía Luci, acelerando. Erick gruñó: “Voy a terminar otra vez”. Luci se arrodilló frente a él, se metió su pene en la boca, succionando y lamiendo hasta que él eyaculó en su boca y sobre su rostro, un chorro cálido que ella recibió con una sonrisa lujuriosa, tragando parte y dejando que el resto goteara por su barbilla.

    Exhausta, Luci se recostó en la cama, su lencería negra desordenada, su rostro sonrojado y satisfecho. Me miró, sus ojos cafés brillando con una mezcla de cansancio y euforia, y susurró: “Gracias por esto… fue increíble. Erick me ha cogido como nunca imaginé, no sabía que era posible tener tantos orgasmos así. Quiero volver a repetirlo, amor, por favor”. Sus palabras me golpearon, intensificando ese torbellino de excitación y celos, pero también una extraña satisfacción. Erick se levantó, se puso su ropa con una sonrisa confiada. “Buen adiós”, dijo, y le dio un beso a Luci antes de salir.

    Me acerqué a Luci, sentándome a su lado, mi mente revuelta pero mi corazón conectado con ella. La había visto alcanzar un éxtasis que no creí posible, y aunque una parte de mí comparaba, otra sabía que esta noche había sido nuestra fantasía compartida, un recuerdo imborrable que nos unía aún más, incluso si ella soñaba con repetirlo.

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  • La cajera del súper (2)

    La cajera del súper (2)

    Habrá pasado media hora desde que ella se quedó dormida, respirando tranquila después de esa cogida brutal. Yo, en cambio, por más que intenté, no lograba cerrar los ojos. Los sonidos de sus gemidos seguían retumbando en mi cabeza, como un eco imposible de apagar, y las imágenes de cómo se me entregó me pasaban una y otra vez, calentándome más de la cuenta.

    El panorama no ayudaba a relajarme: ella estaba ahí, acostada de costado, desnuda por completo, sin una sábana encima por el calor que hacía. Tenía toda esa cola hermosa a la vista, apenas iluminada por las luces de la calle que se colaba por la ventana. No podía dejar de mirarla, de recorrerla con los ojos, con esa mezcla de ternura y morbo que me estaba partiendo al medio.

    De golpe, sentí esa necesidad bruta, imposible de aguantar. No entendía por qué, si ya me había destruido cogiendo con ella hacía un rato. Pero la pija seguía dura, palpitando, pidiéndome acción. Así que, con cuidado para no interrumpirle el sueño, empecé a pajearme despacio, mirándola, recordando sus gemidos, cómo se movía, cómo me lo pedía. El calor de la habitación, su cuerpo desnudo tan cerca, todo me hacía arder.

    Después de unos minutos ya no aguantaba más. Me levanté apurado y me fui al baño, porque estaba a punto de explotar. Apenas me puse frente al inodoro, una descarga espesa de leche me salió al instante, acompañada de un gemido ahogado que se me escapó de la garganta. Sentí ese placer recorrerme de golpe, fuerte, liberador. Me apoyé un segundo, me limpié rápido y volví al cuarto.

    Ella seguía dormida, como si nada. Me acosté de nuevo y me acurruqué detrás suyo. Instintivamente, todavía en sueños, ella pegó su cuerpo caliente contra el mío, y ese gesto me terminó de desarmar. Cerré los ojos, por fin con calma, y me dejé llevar hasta dormirme.

    Nos despertamos casi al mismo tiempo, serían cerca de las diez. Ella tenía una sonrisa preciosa dibujada en la cara, y yo no pude evitar quedarme un segundo mirándola.

    —Buenos días —le dije.

    —Buenos días —me respondió suave—, ¿dormiste bien?

    —Como nunca en años —le contesté, con una sinceridad que hasta a mí me sorprendió.

    Nos quedamos un rato acariciándonos, viéndonos fijo a los ojos, sin necesidad de decir mucho más. De repente, con esa picardía natural que la hacía tan distinta, me dijo:

    —Me voy a dar una ducha… mirá que hay lugar para dos por si me querés acompañar.

    Obvio que no podía rechazar esa invitación.

    Fuimos al baño. Ella abrió el grifo y dejó correr el agua hasta que la lluvia salió en su punto justo. Yo la observaba, sin poder apartar la mirada de esa desnudez perfecta. Se metió bajo el chorro y dejó que el agua la empapara. Al rato se dio vuelta, me miró con esos ojos cargados de morbo, y sin decir una palabra, con un simple movimiento de su dedo índice, me invitó a entrar.

    Me metí detrás suyo. Ella se dio vuelta, y el agua resbalando por su piel me dejó la pija dura al instante. Me pidió que le enjabonara la espalda, y lo hice con gusto. Puse jabón líquido en mis manos y se lo esparcí lento, disfrutando de esa piel suave, de seda. El instinto me ganó y le pasé también por sus nalgas. Apenas se las toqué, ella empezó a arquearse, sabía que yo estaba pronto para degustarla.

    Comenzó a acercarse, hasta que los labios de su concha tocaron la cabeza de mi verga. Estaba ardiente. Mientras la enjabonaba, se meneaba despacito, masajeándome la punta con su concha mojada. No pude resistir más: empecé a empujar suave, como pidiendo permiso. Y ella, sin oponerse, simplemente se fue abriendo, dejándome entrar.

    Cuando se la terminé de meter, soltó un gemido fuerte, delicioso, apoyó las manos contra la cerámica, arqueó el cuerpo un poco mas y me dijo con voz suplicante:

    —Cogeme fuerte como anoche.

    La tomé de la cintura y le di duro, rápido, sin contemplaciones. El agua de la ducha salpicaba por todos lados mientras mis embestidas la hacían gemir con un placer animal. Sus gemidos llenaban el baño, mezclándose con el ruido del agua. A veces le agarraba la cintura, otras me llenaba las manos con sus tetas mojadas, mientras mi pija entraba y salía de su concha apretada sin descanso.

    —Cogeme más… más… —me pedía jadeando, con la voz quebrada por el placer.

    Yo ya no aguantaba más. El cuerpo me ardía de calentura.

    —Me voy a acabar… —alcancé a decir.

    —Sí… sí… acabame, dale… llename de leche… —me gritó, desesperada.

    Exploté adentro de ella. Sentí cómo le descargaba toda mi leche en lo más profundo, mientras ella soltaba otro grito agudo, estremecida:

    —¡Ahhh… síii!

    Su concha me apretaba como una garra húmeda, ordeñándome hasta la última gota. Cuando finalmente me salí, ella se dio vuelta, me miró fija a los ojos y luego bajó la mirada hacia mi pija todavía palpitante. Sin pensarlo, se agachó y me la chupó despacito, limpiándome con la boca, como un broche perfecto para el mañanero más sucio y delicioso que había tenido en mi vida.

    Terminamos de bañarnos, relajados, casi riéndonos del calor del momento. Antes de salir, me dijo con naturalidad:

    —Voy a preparar el desayuno, ahí me esperás.

    Nos sentamos en la mesa de la cocina, todavía con el pelo húmedo de la ducha. Ella sirvió café y tostadas, todo con una naturalidad que me sorprendía después de la calentura desatada que habíamos tenido minutos antes.

    La charla fue tranquila, casi como si nos conociéramos de toda la vida. Reímos de pavadas, comentamos cosas del día a día, pero en medio de esa calma me soltó, mirándome seria:

    —Quiero dejarte en claro algo… esto es solo por hoy. No se va a repetir. Yo quería sacarme las ganas contigo, nada más.

    La miré y asentí, sin dudar. Yo estaba en la misma sintonía, recién divorciado, sin ganas de compromisos ni de historias largas. Lo mío también era simple: disfrutarla, aunque fuera una sola vez, quemar ese deseo animal que nos había explotado encima.

    —Estamos iguales entonces —le respondí, con una sonrisa tranquila.

    Con las cartas sobre la mesa, todo era más fácil, más libre. Ella dio un sorbo a su café y agregó:

    —A las dos tengo que entrar a trabajar, arranco el turno en el súper.

    Se hizo un silencio corto, y de repente, con esa picardía suya, me soltó:

    —Es cadi mediodía… elegí: almorzamos… ¿o me cogés una vez más?

    No necesité pensarlo ni un segundo. El “menú carnal” era la opción obvia. Sonreí de costado y ella entendió todo sin que dijera palabra. Nos levantamos casi al mismo tiempo y fuimos directo al dormitorio, sabiendo que se venía la despedida perfecta.

    Apenas entramos al dormitorio la agarré de la cintura, la atraje contra mi cuerpo y la besé con una pasión salvaje, sabiendo que era la última vez que iba a probar esos labios.

    Esta vez yo iba a tener el control, me nacía de adentro. Mientras la besaba, mis manos ya estaban bajando su ropa. Solo tenía un top cortito y un shortcito, nada más, sin ropa interior. Era como si me estuviera esperando.

    La desnudé en segundos y la tumbé sobre la cama. Ella, al ver mi actitud animal, abrió las piernas sin dudar, ofreciéndome esa conchita mojada, invitándome a devorarla. Me saqué lo único que tenía puesto, la bata prestada y el bóxer, y mi pija quedó bien dura, palpitante. Ella se arrimó al borde de la cama con las piernas abiertas, mostrando claramente lo que quería: que se la metiera ya.

    Pero no, todavía no. Mi cara fue directo a su entrepierna. Empecé a chuparle la concha con una intensidad desmedida. Estaba empapada, ardiente. Le mordí el clítoris con fuerza, le pasé la lengua por toda la concha, arriba, abajo, bien profundo, mientras metía uno y luego dos dedos, bombeándola con la mano para arrancarle cada gemido.

    Ella se retorcía, se arqueaba contra el colchón, me agarraba la cabeza con desesperación y me apretaba contra su concha, como si quisiera fundirme ahí. No quería que parara. Yo le seguía metiendo dedos y lengua sin descanso, hasta que la calentura la venció: de golpe, un chorro abundante me mojó toda la cara y la cama. Un squirt violento, hermoso, mientras ella gritaba de placer con los ojos cerrados y la boca abierta.

    Su cara en ese momento era cine, puro éxtasis. Quedó agitada, jadeando boca arriba, mirando al techo como si no pudiera creer lo que le acababa de pasar. Y yo recién estaba empezando, lo que venía iba a ser la despedida más sucia y salvaje de todas.

    Me subí sobre ella, le rocé apenas la concha con la pija y, sin pedir permiso, se la metí de una, fuerte. El primer golpe contra su cuerpo la hizo gemir de nuevo, con ese sonido sucio que me enloquecía. Empecé a darle embestidas rítmicas: fuertes, suaves, otra vez fuertes, hasta el fondo, sintiendo mis huevos rebotar contra su piel mientras sus tetas se movían al mismo compás de cada entrada.

    En un momento se la saqué y la di vuelta. Quedó boca abajo sobre el colchón, y automáticamente levantó la cola, ofreciéndome esa postura perfecta. Así, en cuatro, volví a penetrarle la concha con fuerza, mezclando empujes suaves y otros más violentos. Ella mordía la sábana, me pedía más, disfrutaba que yo la dominara. La agarraba del pelo con ambas manos mientras la cogía sin parar, y el sonido de sus gemidos mezclados con el choque de nuestros cuerpos era pura música sucia.

    Al rato le saqué la verga de la concha, la tumbé otra vez boca abajo y, con mis manos, le abrí bien las nalgas. Tenía el culo ahí, hermoso, expuesto. Le escupí el ano, pasé un dedo alrededor y apoyé la punta de mi pija. Ella sabía lo que se venía, y se entregó. Su culito se fue abriendo lento, tragándose cada centímetro de mí hasta que entré del todo.

    —Siii… cogeme el culo —me gritó con un gemido desgarrado.

    Y eso hice. Primero despacio, y después más fuerte, hasta que su ojete dilatado me la chupaba como una boca. Cada gemido suyo era más intenso que el anterior. La cogía con todo, dándole alguna nalgada que ella disfrutaba mientras el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su culo llenaba la habitación. La imagen era espectacular, mi pija desapareciendo dentro de su ojete caliente una y otra vez.

    Ya no podía aguantar mucho más. Sentí esa urgencia final, esa necesidad de vaciarme otra vez.

    —Me acabo… —le dije jadeando.

    Ella se detuvo, se la sacó de adentro y se bajó de la cama. Se arrodilló al borde, con una mirada morbosa, y me dijo:

    —Vení.

    Me puse frente a ella, con la pija dura, y comenzó a pajearme mientras me miraba con esos ojos negros cargados de lujuria.

    —Acabame en las tetas —me suplicó, acelerando más fuerte la paja.

    Era el final ideal. No pude resistir. Toda mi leche salió disparada, cayendo directo en sus tetas, chorreándole por la piel mientras ella sonreía satisfecha. Con sus manos se esparció el semen por todo el cuerpo, mientras se reía con esa cara de triunfo que me volvía loco.

    Nos reímos juntos, nos miramos un instante en silencio, y enseguida me dijo:

    —Me baño y nos vamos, porque voy a llegar tarde.

    Ella se bañó rápido, se puso el uniforme de cajera y esperó a que yo me vistiera. Salimos, y la llevé en el auto hasta el súper. A una cuadra de la entrada me pidió que la dejara. Nos dimos un beso cordial y me dijo:

    —Gracias por la cita.

    —Gracias a vos —le contesté.

    Se bajó sin mirar atrás. Yo me quedé esperando a que entrara, y cuando la perdí de vista, agarré el celular. Quise mandarle un mensaje, pero me encontré con la sorpresa: me había bloqueado.

    Lo que había quedado claro en la mañana —que esto era solo sexo, un día, nada más— se confirmaba ahora sin lugar a dudas. Arranqué el auto y me fui, con la certeza de que no iba a repetirse.

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