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  • Diario de una puritana (Cap. 9): Los juegos de la líbido

    Diario de una puritana (Cap. 9): Los juegos de la líbido

    Hasta aquí había logrado un avance notable con Mafe. Poco y nada sobrevivía de esa chica reservada, llena de complejos, baja de autoestima y amor propio. Ahora era mucho más segura de sí misma, y una sonrisa permanente en su rostro era señal de su renovada felicidad.

    Pero algo de esa “moralidad” impuesta e inducida sobrevivía en ella. No faltaban las ocasiones en que ella se reprochaba a si misma el incurrir en conductas inmorales o impuras. No faltó tampoco la ocasión en que lo hizo hacia mí, incluso llegando a proponerme asistir a un retiro espiritual que nos llevara a la reflexión y al cambio.

    Evidentemente no estuve de acuerdo, no solo porque en mi condición de acérrimo ateo veía esta actividad como una estafa, sino porque realmente la encontraba poco provechosa. Mi deseo hacia ella no iba a disminuir porque un grupo de párrocos me dijera que así tenía que ser, y viendo lo enganchada que estaba ella hacia mí, me parecía que tampoco lo lograrían con ella.

    De todas formas no me dejaba de parecer absurdo que luego de tanto tiempo juntos, del trabajo constante de mi parte para despojarla de ese discurso de arrepentimiento y sumisión, existieran aún rezagos de esa mentalidad que la había llevado a ser una reprimida durante casi toda su vida.

    Debo confesar que verla de nuevo en ese plan de culpa y arrepentimiento, me produjo rabia e impotencia, pues no concebía que luego de tanta felicidad a partir de la liberación, persistieran en ella estos deseos de someterse a convencionalismos tan obsoletos.

    Pero esa rabia se convirtió en oportunidad, pues si mi bella Mafe se sentía culpable y pecaminosa, iba ser yo quien la liberara de sus tormentos, iba ser yo quien le dictaría su castigo; claro que muy a mi manera.

    Quería hacer de esta situación toda una fantasía hecha realidad. Conseguí un traje eclesiástico, y lo tuve guardado hasta la siguiente ocasión en que Mafe viviera una de esas crisis de culpabilidad.

    El esperado día llegó. Fue así entonces que la encontré un día rezando, arrodillada, con la cabeza gacha, sus manos juntas y su torso ligeramente encorvado.

    Corrí a ponerme mi atuendo de sacerdote informal para sorprenderla y luego dar rienda suelta a mis fantasías. Me acerqué a ella, la tomé del mentón y levanté su rostro.

    – ¿Qué te atormenta hija?

    – No juegues con esto

    – No te lo tomes a mal, es para evitarte ir al confesonario

    – Pero tú no eres párroco

    – No lo soy, pero de algo puede que sirva esto en tu inconsciente para aliviar esos cargos de consciencia

    – Pero tú ya sabes qué es lo que me atormenta

    – No importa, lo que quiero es que lo exteriorices para que dejes de sentirte culpable… adelante hija

    – Bueno, padre, lo que ocurre es que mantengo relaciones con mi novio y no estamos casados, no contamos con la bendición de dios, pero además incurrimos en varias conductas impuras

    – ¿Como cuáles hija?

    – Tenemos sexo durante mi periodo, nos masturbamos mutuamente, nos damos sexo oral

    – Hija, eso no es del todo grave, aunque de todas formas debo darte una penitencia. Date vuelta y reza diez ave María y un padre nuestro

    – ¡Qué leve!

    – Ni tanto…

    Una vez que Mafe se dio vuelta, le di una palmada en su trasero. Ella no se lo esperaba, me lo confirmó al girar su cara y mirarme con cierto desagrado y sorpresa.

    – ¿Qué haces? Me lastimaste

    – Es parte de tu penitencia

    Escucharla decir que le había lastimado me generó cierto cargo de conciencia, pero entendí que no había sido algo realmente grave, pues de haber sido así se habría puesto en pie y se habría retirado.

    Empecé a sobar sus nalgas, como tratando de redimirme por el daño causado y a la vez para sentirlas una vez más entre mis manos. Ese día Mafe llevaba puesta su pijama, lo que facilitó la sensación de mis manos sobre sus carnes, dado el poco grosor de la tela. A la vez que sobaba su culo, empecé a besarla por el cuello, sabiendo que no había forma de fallar con eso.

    Era extraña la escena, Mafe en pijama y yo vestido de cura, afortunadamente nadie nos estaba viendo.

    Mafe se olvidó rápidamente de sus culpas, de sus tormentos por sus conductas pecaminosas, estaba claro que una buena cantidad de besos por su cuello eran suficientes para hacerla cambiar de actitud. Claro que esto era algo que me generaba cierto temor, pues era tan contundente el hecho de besarla por el cuello, que cualquiera que lo hiciera iba a conseguir calentarla.

    Luego empezamos a besarnos, y mientras eso ocurría, metí mano en su entrepierna. Concretamente empecé a frotar la cara interna de sus muslos, buscando aproximarme a su apetecible coño.

    Su pijama constaba de un pantaloncito corto y una blusa, atuendo que la hacía lucir completamente deseable, y que a la vez otorgaba grandes facilidades a la hora de despojarla del mismo.

    Mientras nos besábamos fui abriendo su blusa para liberar sus hermosos y delicados senos. Empecé a acariciarlos suavemente con mis dedos índice, como dibujando un círculo alrededor de su pezón.

    – ¿Habías imaginado alguna vez a un cura acariciando tus pechos?

    – No lo dañes, no me pongas a pensar en lo pecaminoso de lo que estamos haciendo porque se me corta el rollo…

    Mafe tenía razón, así que la besé como para cerrar el capítulo de mi torpeza al preguntarle semejante tontería.

    Mis manos se posaron en sus nalgas para amasarlas, para apretujarlas, para sentirlas en todo su esplendor. Todavía llevaba puesto el pantaloncito de su pijama, pero este era lo suficientemente delgado como para permitirme apreciar su culo en su verdadera dimensión.

    Cuando le saqué el pantaloncito, noté sus nalgas ciertamente coloradas, aunque no necesariamente por la contundencia de mi golpe, sino porque su piel era tan pálida que, al más mínimo contacto, tomaba ese color rojizo. De todas formas me sentía culpable por la agresión, así que decidí compensarla con una buena sesión de sexo oral.

    Lo del atuendo del sacerdote pudo haber sido una mala idea en ese momento en que Mafe pudo haberse sentido ofendida, pero al final no hubo arrepentimiento alguno de mi parte, es más, la terminé considerando una idea genial, pues me había avivado el morbo, había sido como una experiencia voyeur, pues a pesar de ser yo quien protagonizaba la situación, en mi mente la vivía como un tercero, como un observador que veía a Mafe disfrutando con un cura. “La muy puta no se corta a pesar de que sea un cura el que le come el coño”, pensaba para mis adentros.

    El juego del cura fornicador se nos fue volviendo cada vez más habitual, a pesar de que Mafe siempre expresaba un cierto malestar moral por ello. Para mí era raro el hecho de ser joven, no estar casado y estar recurriendo a juegos que usualmente utilizan las parejas para reavivar la llama de la pasión. Lo nuestro era algo diferente, pues yo deseaba a Mafe independientemente de la forma como vistiéramos, era más un capricho insano por ultrajar su fe.

    Y entre juego y juego, fuimos avanzando y adentrándonos cada vez más en caminos más pecaminosos. El juego del “cura fornicador” fue adquiriendo mayores dosis de perversión. Las penitencias fueron variando, aunque siempre apuntando a terminar en coitos desenfrenados.

    Claro que la fantasía del cura fornicador fue apenas un juego de críos al lado de lo que se me ocurriría después. Fue una época en la que realmente estuve muy desquiciado.

    Sinceramente fue un juego apto para jugarse una sola vez. No se trató de una fantasía apta de repetición, pues haberlo hecho habría terminado en un fetiche de dominación.

    Recuerdo a la perfección ese sábado. En la noche del viernes Mafe y yo salimos, primeros fuimos a cenar a unos de estos restaurantes de comida creativa, y rematamos la noche en un rumbeadero. Bailamos y bebimos hasta las dos o tres de la mañana. Vencidos por el cansancio y el efecto del licor, partimos a casa para descansar.

    El sábado desperté muy temprano, aunque sin los devastadores síntomas de la resaca, apenas un ligero dolor de cabeza y nada más. Eran aproximadamente las seis de la mañana, y a pesar de tener vía libre para continuar durmiendo por el resto del día, no pude conciliar el sueño.

    Luego de media hora tratando de volver a dormir, me rendí y decidí levantarme, prepararme un café y aprovechar el tiempo. La verdad no tenía nada en mente para pasar el rato, pero una vez que me puse en pie y miré a Mafe dormida, empecé a proyectar lo que haría.

    Verla allí acostada, vistiendo apenas unas braguitas y una camiseta corta, sin nada debajo, fue suficiente motivo de inspiración. Planear lo que iba a hacer no me tomó mayor tiempo, de hecho pude hacerlo en unos cinco o diez minutos, mientras preparaba mi café. Estaba lúcido para maquinar mi siguiente perversión, que valga aclarar, no se me había ocurrido antes.

    Entre mi equipamiento para ejercitarme busqué lazos y bandas elásticas, pues eran los únicos implementos que iba a necesitar para ejecutar mi plan. Una vez los encontré, volví al cuarto y en medio del sigilo empecé a amarrar a Mafe. Ella estaba profunda, pero preferí ser silencioso porque haberla despertado habría echado a perder mi plan.

    La até a la cama con los brazos extendidos horizontalmente. Con una de las bandas elásticas até sus piernas, una con la otra. Mafe había quedado en la clásica posición de Cristo en la cruz. Ahora solo tenía que esperar a que ella despertara. Estaba ansioso por la llegada de ese momento. No quería precipitar las cosas, quería que ella despertara por sí misma y se sorprendiera al verse inmovilizada y en dicha posición. Acerqué una silla, tomé un libro y me senté a esperar por el ansiado momento.

    Mafé despertó sobre las nueve de la mañana aproximadamente, evidenciando algo de malestar en su rostro por la excesiva ingesta de licor la noche anterior. Claro que eso pasó a un segundo plano una vez que se vio allí, inmovilizada sobre la cama.

    – ¿Y esto, a qué se debe?

    – Es tu nuevo castigo

    – ¿Y por qué se supone que estoy castigada?

    – Por entregarte a los placeres mundanos. Tus manos están inmovilizadas para que no puedas volver a agarrar una botella de licor entre ellas, y tus piernas juntas para que no puedas entregarte a los placeres de la carne. Has sido crucificada para redimirte por tus pecados

    – No juegues con esto

    – No estás en posición de darme lecciones de moralidad, no por lo menos después de la forma como te has comportado

    En ese momento me puse en pie, me acerqué a ella y empecé a acariciar suavemente sus piernas. Ella insistía en que dejara de jugar con eso, “de verdad, me estoy enojando”, dijo ella mientras mis manos seguían paseándose lentamente por su cuerpo semidesnudo.

    Su enojo iba a ser muy efímero, pues fue cuestión de segundos, quizá un par de minutos, para que el discurso de molestia quedara guardado en sus adentros. Ya sabía yo que despertar el apetito sexual de Mafe era suficiente para apaciguar esa faceta pudorosa.

    Subí ligeramente su camisa, sin llegar a descubrir sus senos, y empecé a deslizar lentamente mis uñas por su torso. Rápidamente su delicada piel se fue tornando rojiza, fueron quedando los rastros de mis uñas al pasar.

    Mafe guardó silencio y me dejó continuar sin oponer resistencia alguna. Realmente no era mucho lo que podía hacer, aunque pudo haberlo hecho de palabra, pero no fue así.

    Posé mi lengua en la parte más baja de su esternón y empecé a deslizarla hacia abajo, aunque antes de llegar a su zona íntima me detuve. No quería precipitarme, quería dedicar el tiempo necesario a este juego, quería que fuera una experiencia digna de recordación, tanto para ella como para mí.

    Acaricié su abdomen, sus piernas y su rostro. Me encantaba tomarla de la mejilla con ternura, peinarla delicadamente con una de mis dedos, y contemplarla a la vez que la imaginaba entregada a la concupiscencia.

    Mafe me miraba fijamente mientras le acariciaba, clavaba su mirada en la mía, como tratando de leer lo que pensaba. “¿Qué es lo que más te gusta de mí?”, preguntó Mafe rompiendo el hasta entonces extendido silencio.

    Antes de empezar a responder, posé una de mis manos sobre su vagina, que aún estaba resguardada por sus braguitas. Puse la palma de mi mano sobre su vulva, y comencé a frotarla lentamente.

    – Tu alma Mafe, tu esencia es lo que más me gusta de ti. Tu forma de ser me da tranquilidad, me transmite paz. Tu capacidad para comprender a los demás, tu habilidad para siempre empatizar. Tu destreza para imponerte ante la adversidad, tus aptitudes para lograr convencimiento sobre otros. No solo me gustas por eso, sino que te admiro. Pero especialmente me gusta que has sido capaz de reinventarte, de dejar a un lado creencias, ideologías y demás, para aceptarme, y para aceptar nuevas formas de ver y apreciar la vida.

    – ¿Y de mi cuerpo que es lo que más te gusta?

    – Podríamos pasar el día entero y no acabo Mafe. Me gustas toda, de pies a cabeza. Me encanta tu cabello, cuando lo luces cepillado y arreglado, como cuando lo llevas desordenado y salvaje, como ahora. Tus hombros al desnudo, resaltados por un vestido escotado, también me enloquecen. Tu rostro de facciones finas y gestos elegantes. De hecho tu rostro es precioso incluso a primera hora de la mañana cuando lo lavas y lo veo sin el engañoso maquillaje. Tus manos suaves, delicadas y pequeñas me parecen muy lindas, me evocan ternura. Igual que tus pechos, que poco se desarrollaron, pero que lo hicieron lo suficiente para satisfacer gustos como el mío. Tus nalgas, a pesar de no tener la curvatura ideal, son carnosas, blanquitas y temblorosas, ideales para desatar mi locura. Aunque apelando a la sinceridad, he de decir que el rasgo físico que más me gusta de ti son tus piernas. Siempre fueron motivo de deseo para mí: largas, macizas, bien contorneadas, tersas; diría que son un peligro para el orden público.

    – ¿Sabes?… Jamás me habían dicho algo así. Nunca pensé que pudiera provocar eso en alguien. Me ha calentado escucharte decir todo eso sobre mí.

    – Lo noto

    Hasta ahí no había dejado de acariciar su concha por sobre su ropa interior. Podía sentir la forma como el calor en esa zona empezaba a surgir, pero no quería precipitarme. Me gustaba esto de hablar y elogiar a Mafe a la vez que la consentía.

    – ¿Crees que soy buena en la cama?

    – Obvio, sino no estaba contigo

    – Puede que lo hagas porque no tienes más a la mano

    – Para nada Mafe. He fantaseado contigo desde que te conocí, y no dejé de hacerlo ni siquiera cuando pude tenerte. Al comienzo eras un poco frígida, pero te soltaste rápidamente. También creo que había algo de torpeza o descoordinación entre nosotros, pero nos fuimos entendiendo rápidamente.

    – Bueno, el sentimiento es mutuo. A mí me has revelado todo un mundo. No tuve la oportunidad de probar con mucha más gente, pero hoy creo que no me hace falta

    – ¿Qué es lo que más te gusta del sexo conmigo?

    – Me encanta que piensas constantemente en complacerme. Me encanta como me masturbas y adoro tu sexo oral

    – Bueno, pues así las cosas voy a concederte la liberación de tus piernas para proceder a consentir tu vagina como tanto te gusta.

    Desaté las piernas de Mafe, de modo que ahora era posible que las separara. Bajé su blanca braguita, y empecé a acariciar su vagina con la palma de mi mano. Inicialmente sin intromisión alguna de mis dedos, sencillamente con el frote superficial de mi mano por sobre su vulva.

    Para ese momento su coño estaba ardiendo y ligeramente húmedo. Pero aún hacía falta estimularlo de verdad. Era hora de poner mi lengua en acción, pues no iba a descansar hasta dejar sus piernas como las de un venado recién nacido.

    Sus muslos se abrieron complacientes, y mis labios chuparon esa pulpa encarnada, ese fruto que destilaba ese licor exquisito del cual solo yo había bebido.

    Su clítoris saliente, creciente y notorio, y el enrojecimiento de su vagina eran señales adicionales de estar logrando mi cometido. También lo eran sus gemidos, que para ese momento eran más resuellos que otra cosa.

    Su vagina se encharcó, y su cuerpo se contorsionaba en la medida que las ataduras se lo permitían, lo que fue una clara señal de que era hora de la penetración.

    Jugué un rato con mi pene sobre su vagina, paseándolo, frotándolo y golpeándolo sobre esta. Ella guardaba silencio, pero con su mirada me pedía ser penetrada de inmediato. Pero yo quería disfrutar del momento, quería hacer de su ansiedad un arma a mi favor. Junté sus piernas y metí mi pene entre ellas, como simulando la penetración que haría minutos después.

    Antes de introducir mi miembro por primera vez, volvía a besarla, como tratando de causarle una distracción para el momento en que nuestros genitales se unieran.

    Mi pene entró con gran facilidad, se deslizó hasta el fondo en cuestión de centésimas de segundo. El entorno de humedad facilitó ese momento, era como tirarse por un tobogán.

    Mafe seguía con sus manos atadas, por lo que no podía utilizarlas para acompañar su expresión durante el coito. Tenía apenas sus ojos para manifestarme su sentir, su boca para expresar sus pedidos, y sus piernas para emular los abrazos que sus brazos no podían dar.

    Su respiración se fue agitando rápidamente, también se hizo más constante ese ademán de pasar saliva y especialmente el de morderse los labios.

    Mis movimientos eran relativamente lentos, aunque por la humedad de su vagina tendían a hacerse más rápidos, no porque yo quisiera, sino porque era tanto el deslizamiento que era complejo lograr un ritmo lento y pausado.

    Se hizo presente ese sonido tan diciente de los cuerpos al chocar, acompañado por nuestros gemidos, siendo Mafe la encargada de producir las altas tonalidades.

    Mafe fue abriendo y levantando cada vez más sus piernas, facilitando así una profunda penetración. Yo incrementé el ritmo, como si realmente buscara castigarla, aunque mucha expresión de sufrimiento no había en el bello rostro de Mafe.

    Ella pidió para que le desatara las manos, pero para ese momento yo estaba obsesionado por follarla, era esclavo de mis instintos más básicos, así que no podía procesar el pedido de Mafe, y mucho menos concebir interrumpir el coito para desatarla.

    De repente desaceleré por completo el ritmo de mis empellones. Hice una pausa para acomodarme y para agarrarla del cuello con una de mis manos, como tratando de asfixiarle. Mis movimientos pasaron a ser lentos, pero contundentes, como tratando de dejar el alma en cada uno de los empujones. Mafe apenas sonreía.

    La había sometido tanto como había querido, era hora de desatarla y entregarle la iniciativa. Una vez que le liberé, nos arrodillamos sobre la cama y nos fundimos en un apasionado beso que acompañamos rodeándonos mutuamente con los brazos.

    Luego Mafe me empujó, me tumbó sobre el colchón, se sentó sobre mí y empezó una intensa cabalgata. Esta versión de Mafe, que llevaba ya una buena cantidad de meses ejercitándose, no sintió el cansancio por fornicar en esa posición, podía aguantar tanto como quisiera, por lo que aún nos quedaba un buen rato para seguir entregándonos a nuestras pasiones.

    Estando sobre mí, Mafe me cacheteó, sonrió luego de hacerlo, yo no pronuncié palabra y continué agarrándola del culo mientras me cabalgaba. Pasados unos segundos volvió a hacerlo, ahora con su otra mano y ejerciendo su castigo sobre mi otra mejilla. No tenía reparo alguno en que sus golpes fueran fuertes, de seguro mi cara estaba colorada después del par de bofetadas.

    Eso realmente la excitaba, su vagina lo expresaba, pues el aumento de su humedad luego del par de cachetadas fue evidente. Sus sentones también fueron aumentando en intensidad, parecía como si quisiese aplastar mi pelvis. Y si bien el cansancio no la venció, la llegada al orgasmo si lo hizo, pues fue ahí cuando derrumbó su cuerpo sobre el mío para sumergirse en un intenso beso.

    Podía sentir los fuertes y rápidos latidos de su corazón al juntar su pecho con el mío, podía sentir sus piernas temblar del cansancio y del esfuerzo, y podía sentir que a pesar de su orgasmo, esto todavía no había terminado.

    Mientras nos besábamos, giramos nuestros cuerpos, quedando ella nuevamente debajo de mí. La penetración fue lenta, por lo menos mientras nos mantuvimos besándonos, pero luego volví a incrementar el ritmo. Ella me agarraba fuertemente del culo, como buscando que la penetración fuera cada vez más profunda.

    Separé mis labios de los suyos para posarlos en su cuello. Sus gemidos se transformaron en susurros en los que Mafe decía solo dos cosas: “¡Qué rico!” y “¡duro, duro!”.

    Hice caso a su pedido, separé mi cara de su cuello, me alejé un poco de su cuerpo apoyándome en mis brazos, como quien va hacer una flexión, y empecé a penetrarla duro, incrementando poco a poco la velocidad de mis movimientos. Mafe empezó a darme cortos y tiernos besos en los pectorales, aunque luego empezó a morderme.

    Sin embargo, fue cuando rasguñó mi espalda que causó mi estallido, una vez más al interior de su coño, como tanto le gustaba.

    Estaba agotado pero satisfecho, las piernas de mi bella Mafe habían quedado temblando, tal y como me lo había propuesto. Nuestros cuerpos estaban empapados en sudor, y el ambiente de la habitación estaba saturado de ese intenso olor a sexo. Había sido un coito intenso y plenamente satisfactorio para los dos, pero iba a ser la última vez que íbamos a incurrir en esta fantasía, básicamente porque estaba cumplida.

    El resto del día lo pasamos en la cama, compartiendo como pareja y descansando no solo de la intensa jornada de sexo, sino de los efectos de la resaca que aún quedaban en nosotros, que fueron disipados durante el coito por efecto del alto estado de excitación, pero que se hicieron presentes nuevamente una vez que liberamos oxitocina y dopamina.

    Capítulo 10: En búsqueda del “santo grial”

    Mafe era una mujer verdaderamente espectacular, maravillosa, pero sinceramente yo pensaba que nuestra relación no tenía futuro, estaba condenada a morir. Le admiraba mucho, era complaciente con ella, cariñoso y bastante entregado, pero no estaba seguro de quererla auténticamente…

  • Noche encantada

    Noche encantada

    Era una noche fría de diciembre donde todo lo que se escucha son villancicos y «feliz navidad».  Clara, sentada al frente de la ventana contemplando todo lo que va hacer después de ese día ya que era su cumpleaños número 18.

    Entre sus planes estaba visitar un bar con su mejor amigo: Bryan, un chico. No muy alto, pelo rizado tipo afro, de musculatura recién saliendo gracias a su nuevo hábito de ir al gym. Clara una chica trigueña, no muy alta con pechos medianos y unas nalgas firmes.

    Bryan pasa por clara a las 9:30 para llevarla a que tomen unos tragos y celebrar su cumpleaños. Llegan al bar y allá descubre Clara que Bryan le preparó una sorpresa donde estaban muchos de sus amigos iniciando todo con unas palabras de agradecimientos, brindis y lágrimas de parte de Clara por esa sorpresa.

    Conforme va pasando las horas y el alcohol a subir, Clara se va alocado y se deja llevar por el ritmo de la música.

    Clara por el alcohol ya muy metido en su sistema, intenta desvestirse. Bryan al ver lo que pasa, salta hacia donde Clara donde le pone un alto para que no cometa una locura y no siga tomando alcohol.

    Pasan las horas ya acercándose la hora del cierre del bar y clara ya parece estar en sus cabales y dirigiéndose hacia las demás personas con palabras de agradecimientos y disculpas por su comportamiento, se despiden y cada persona se retira. Bryan como fue quien se comprometió a llevar a Clara se propusieron a irse, pero Bryan le tenía otra sorpresa.

    Se montan en un taxi en rumbo hacia un parque donde pueden ver la ciudad completa. Ahí comenzaron hablar de todo y de nada. Bromearon, lloraron recordando cosas que pasaron juntos.

    En un momento dado donde pasa un silencio largo ellos se miran fijamente y Clara le dice a Bryan que es virgen y que quería que su primera vez sea con él. Bryan se lanza hacia Clara y se besan de una forma muy apasionada. Un hermoso, apasionado y ardiente beso que duró 5 minutos donde Bryan posó su mano en el seno derecho donde se estremece por completo.

    Él a sentir el estremecimiento, deja de besarla para cerciorarse que Clara está bien. Prosigue con el beso y Bryan va cada vez más lejos, ya le está pasando la mano por las piernas subiéndolas cada vez más hasta que se da cuenta de un detalle muy ardiente: Ella no lleva bragas puesta, así que él le toma la mano a ella y se la posa en su miembro ya erecto haciendo que ella lo masturbe por arriba de la ropa.

    Así duran unos 10 minutos hasta que ella toma iniciativa y saca el pene del pantalón a lo que él le saca sus dos grandes senos y se los comienza a comer como si no hubiera mañana, haciéndola gemir y mojar más de lo que estaba.

    Luego ella despegándolo a él de sus senos procede a bajar a su pene y hacer su primer sexo oral con las instrucciones que su amiga Andrea, le dio días atrás sin saber que era a Bryan a quien le iba a practicar.

    Bryan al sentir la boca de Clara pasar por su glande y por sus testículos se echa para atrás para disfrutar todo a lo que Clara aprovecha y se le sube ofreciéndole su vagina en bandeja de plata para que se lo coma.

    Bryan al ver que ella hace eso, entiende que debe hacer, pero se queda un momento contemplando su vagina toda virgen, su ano virgen y apretado y la forma de sus nalgas.

    Él en medio de la contemplación toma con ambas manos cada nalga y las abre haciéndose espacio para pasar su lengua por ese clítoris donde ninguna lengua, ni siquiera los dedos de Clara han pasado por ahí en son de la masturbación.

    Clara emite un gemido fuerte al sentir la lengua de Bryan pasar por el clítoris haciéndola mojar aún más y entrándose el pene de Bryan más adentro de su boca para motivarlo.

    Bryan sigue pasando su lengua por el clítoris un bien rato a lo que él decide ser más atrevido y la lleva hasta el ano dándole un beso negro. Clara al sentir esa lengua en esa parte, se eriza la piel y pide más

    Bryan al verla que de verdad está disfrutando le mete la lengua en el ano haciendo que Clara se saque su pene de 18 cm que ya entraba entero en su boca y se arquee.

    Clara al momento de arquearse, toma las manos de Bryan y una la lleva hasta su seno izquierdo y la otra la lleva junto con sus manos a su clítoris así comenzando unos movimientos de masturbación: su primera masturbada haciéndola venir en squirt con la lengua de Bryan aún adentro del ano de ella, empapando a Bryan de sus jugos y aun ella sintiendo espasmos y calambres en sus piernas.

    Bryan se le acerca al oído de Clara y le pregunta que si aún quiere que prosiga a lo que ella dice que sí, y saca un condón. Ella al verlo le dice que no. Quería sentir todo ese falo de 18 cm entrar, tomar su virginidad y al terminar, ese líquido caliente que sale, queme sus entrañas.

    Él le dice que se recueste boca arriba a lo cual ella responde que no, que lo quería en perrito lanzándole una mirada muy provocadora y perversa.

    Y así Bryan le pone su falo en la entrada de su vagina para así de un solo empujón…

    Un fuerte estruendo sacó de su imaginación a Clara. Era Bryan que había tropezado por no tener visibilidad por el gran peluche de oso que le llevaba de regalo, abrazándola y dándole un beso en la mejilla y en la frente como él acostumbra y le pregunta que si está lista para todas las sorpresas que le tiene preparado para su cumple.

    Fin

  • Ella sólo quería bailar

    Ella sólo quería bailar

    Después de varios días de aparente inactividad, mi esposa me confiesa que ha estado explorando en internet perfiles de muchachos que buscan tener una aventura sexual con maduras. Lo ha hecho un tanto por curiosidad, dice, y para espabilarse un rato y salir de la rutina. A ella le gusta revisar periódicamente el perfil que tenemos publicado en una página de encuentros y mirar los comentarios que colocan sobre nuestras fotografías. Por lo general, al hacerlo, se le activa el deseo y empieza a maquinar nuevas posibilidades.

    En este caso, Kevin, un muchacho joven, de color, para variar, le ha llamado la atención. Me cuenta que ha chateado con él en algunas ocasiones y que existe la probabilidad de que se concrete un encuentro. Le pregunto si hay seguridad sobre esa posibilidad y me dice que, al igual que en otras ocasiones, una cosa es lo que las personas escriben en las páginas de citas y otra actitud muy diferente la que muestran a la hora de concretar algo. Ella dice que, si algo se da, bien, y si no, pues habrá otras personas y otras oportunidades.

    Le pregunto qué le llamó la atención de aquel nuevo prospecto. Me dijo que su contextura y su rostro. Según ella se ve atractivo, delicado y muy varonil. Insisto en saber si lo ha visto desnudo. Me dice que no, que tan solo han chateado como consecuencia de los mensajes que se colocaron en la página de citas y a los cuales ella dio respuesta, pero que la comunicación, como siempre, no ha pasado de fantasear acerca de la posibilidad de realizar la tan ansiada cita y que, cuando se pretende programar algo, siempre han surgido inconvenientes con la disponibilidad de tiempo, el día, la hora, el lugar, etc.; quizás solo excusas.

    Para esos muchachos no es un secreto la imagen de mi esposa, porque las fotografías que hemos colgado en la página son bastante explícitas y no solo dejan ver su cuerpo desnudo sino también su rostro. No hay nada que esconder. Pero quise saber si él le había pedido fotos actualizadas; algunos lo hacen. Me dice que sí y que curiosamente pidió que fueran fotos normales, así que le envió algunas que nos hemos tomado en actividades turísticas, fotos casuales y donde ella se ve vestida con atuendos normales.

    Ella, entonces, me comparte las fotos de su potencial pareja, observando que le ha enviado fotografías donde se ve totalmente vestido. Me imagino que ya has visto su pene, comento. Ella, sonriendo, me dice, todavía no. ¿Y cómo te lo imaginas? Bueno, tal vez lo tiene grande, como todos esos muchachos. La verdad no le he puesto atención a eso, más bien me parece que tiene un cuerpo armónico y bien proporcionado. El muchacho se ve bien, me dice.

    Bueno, pero a estas alturas ya habrá empezado a piropear y a decir que tú eres la mujer más hembra del mundo y cosas así. No de esa manera, dice ella, pero sí se le nota las ganas de galantear y decir cosas agradables para caer bien de entrada. Y ¿ya tiene claro que yo estaré en la escena? Si. Creo que todos los que ven nuestro perfil en la página lo tienen claro. Kevin me pregunta si tú no te molestas porque otro me haga el amor, que si tú no muestras celos porque yo prefiera estar con otro que compartir contigo, que si tú no has llegado a intervenir si ve que el otro está haciendo conmigo algo que tú no compartes o no te guste, que si tú tratas bien a las personas que van a estar conmigo, y cosas así. Yo le he dicho que esto es una aventura compartida y que tú respetas que las cosas vayan hasta donde yo lo permita.

    En los días siguientes, cada vez es más frecuente que ella me comente que chateó con Kevin, que contestó una nota de Kevin, que habló con Kevin, pero nada en concreto sobre la posibilidad de definir cuándo sería el encuentro. En el pasado, me ha parecido que las cosas se han dado más rápido, pero, al fin y al cabo, es ella quien decide el qué, cómo, cuándo y dónde, así que me doy por enterado, y no indago más por el asunto. Me asalta la curiosidad por saber de qué tanto hablan y llego a pensar que ella está más que ansiosa y expectante por tener a aquel hombre entre sus piernas, pero nada apresurada a presionar que sea así.

    Un jueves en la noche, mientras veíamos televisión, ella me dice, parece que Kevin dispone de tiempo mañana. ¿Y…? Pues que mañana es el baile en el Tequendama y tenía muchas ganas de ir. Bueno, digo yo, pues, prioridades. Lo que pasa es que, si seguimos aplazando, de pronto la cosa no se da. ¿Y es que es muy importante? pregunto. Pues no, dice ella, pero le hemos dado muchas vueltas al asunto, así que ahora que se da la oportunidad, creo que habría que cerrar el ciclo y definir de una vez por todas lo que se quiere.

    ¿Y qué es lo que se quiere? Bueno, estar con él, dice ella. Eso me da a entender que ya está todo definido, replico, ¿dónde y a qué horas? No, todavía no. Quedamos de hablarnos mañana, en el transcurso del día, para coordinar. Y ¿qué has pensado? Pues, no sé, tal vez encontrarnos para conocernos, conversar un ratico y ver si podemos llegar a algo. Bueno, digo yo, coordina tú, ya sabrás qué es lo que quieres. O, ¿no? Pues, si. Pero siempre es mejor ir paso a paso.

    Al otro día recién llegar a casa en la tarde noche, veo que ya está vestida y arreglada para la ocasión. Una chaqueta blanca, un top negro transparente, bastante escotado y sin tirantes en los hombros, una falda corta negra, medias negras y zapatos de tacón alto, también negros. Su cabello está suelto, pero bien arreglado. Lleva un collar en su cuello, aretes y pulsera, todo en color dorado. Se ve bastante atractiva y sensual y, al acercarme a saludarla, compruebo que huele bastante bien. Usa una fragancia que me gusta, J’adore de Dior. Reservé en el Hotel Tequendama, ¿te parece? Bueno, dije yo…

    Su idea era sencilla. Había reservado habitación para pasar la noche en aquel hotel y, de paso, disfrutar del evento que había programado. Pretendía que llegáramos, nos registráramos, nos acomodáramos en la habitación y bajáramos a comer. Allí nos encontraríamos con Kevin. Y, dependiendo de lo que allí se acordara, nos dirigiríamos al evento o a la habitación. Ese era su idea original.

    Tal como estaba previsto, llegamos al hotel y nos acomodamos en la habitación, comprobando que la cama y el mobiliario se ajustaban a la posibilidad de jugar e interactuar de variadas maneras. Estando allí, ella le llamó para saber por dónde iba. Cuando le contestó, él le indicó que ya estaba en la recepción, así que me dijo, ya llegó, voy a encontrarlo. ¿Nos encontramos en el restaurante? Si, le contesté. Ella salió y yo me quedé, haciendo tiempo para encontrarles después de un rato. Me tardé en bajar, dándoles tiempo para que se encontraran, se reconocieran y se familiarizaran el uno con el otro antes de que yo llegara.

    Cuando llegué al restaurante les encontré acomodados en una mesa, ubicada discretamente detrás de una pared divisoria, protegida de la vista de otros comensales. No había mucha gente, pero aquel lugar estaba ideal, lejos de la curiosidad de la gente. Al verlos, ella procedió a presentarme de inmediato. Mira, Kevin, él es mi marido. Hola, dije yo estirando mi mano para saludarlo, Fernando. ¿Cómo estás? Kevin, me dijo, estrechando fuertemente su mano con la mía. Bien, gracias. ¿Llegó fácil? Si, me dijo.

    Bueno… ¿y valió la pena? ¿Cómo así? dijo. Pues, ya está aquí, ya la conoció personalmente… entonces, pregunto, ¿valió la pena? Creo que sí, respondió. Y burlonamente pregunté, ¿Y de qué depende que esté totalmente seguro? No, de nada. Fue mi manera de responder, dijo. Okey, dije, pensé que tenía algún reclamo. No, contestó. Bueno, ¿ya pidieron? pregunté, desviando la conversación. No, te estábamos esperando. Yo quiero algo ligero. Con una crema de cebolla me conformaría, dije. Ella pidió una trucha y él, una crema de espárragos. ¿Y de beber? Habíamos pedido vino, “Dubonnet”. Sí, me parece, dije. ¿Y el Kevin si bebe vino? pregunté. Sí, a veces, respondió él.

    Me causó curiosidad que, cuando llegué a la mesa, ellos estaban frente a frente y tenían sus manos entrelazadas sobre la mesa. Parecían pareja. Y, para ese momento, sin yo saberlo, el plan ya había cambiado. Cuando ella bajó a encontrarle, vio en el ascensor una publicidad que anunciaba la disponibilidad de una discoteca en alguno de los pisos del hotel y consideró que era mejor ir allí después de comer, quizá un lugar más discreto que la sala donde se iba a realizar la fiesta, beber algo, y de allí subir a la habitación si las cosas con aquel pintaban bien.

    La estancia en el restaurante duró lo que gastamos en consumir la botella de vino. Fue algo más bien rápido. Kevin había procurado arreglarse bien para impresionar favorablemente a la dama y olía bastante bien, así que supuse que aquello había empezado de buena manera. Conversamos sobre cosas triviales, pero en ningún momento hicimos referencia al motivo que nos convocaba para ese encuentro, de modo que todo transcurría aparentemente normal. Cuando terminamos de comer, decidimos que era tiempo de cambiar de lugar. Ellos ya tenían claro que íbamos para la discoteca, así que mi esposa nos indicó que iba al baño a retocarse y que volvía en un momento, dejándonos solos.

    Bueno, ¿cómo la ha pasado? dije. Espero que no se le suban los vinos a la cabeza, porque de pronto nos tiramos la velada. Pierda cuidado, me respondió. El licor, por el contrario, me envalentona. ¿Y es que va a pelear con alguien? apunté. No, para nada, pero siempre dan nervios. ¿De qué, pregunte? ¿Acaso no ha estado con otras mujeres antes? Bueno, sí, dijo. Con otras mujeres sí, pero nunca con una que estuviera acompañada por el marido. Las otras eran jóvenes. Y su esposa ya es una señora. Entonces, estoy un tanto nervioso. No se preocupe, le dije, haga lo suyo.

    En ese instante llegó mi esposa de nuevo. Nos levantamos y salimos de aquel lugar con rumbo a la discoteca. En ese momento y con más luz, pude detallar a nuestro invitado. Era casi tan alto como yo, de cuerpo bien proporcionado, pecho ancho y brazos musculosos. Al parecer asistía al gimnasio y hacia trabajo de fisicoculturismo. Su rostro se veía limpio y juvenil. Empecé a darme cuenta porqué le había gustado a mi esposa. Era su prototipo de hombre de ébano. Y, estando en el ascensor, ella se colocó de espaldas frente a él, momento que éste aprovechó para rodear su torso con sus brazos. Era una forma de continuar con la tarea de seducir a su pareja.

    No más llegar a la discoteca, comprobé que había sido la mejor elección. El lugar era más bien pequeño, con luces fluorescentes tenues, y bastante oscuro; ideal para amantes. La música estaba sonando con alto volumen, así que era muy difícil conversar; casi que tocaba gritar. Nos instalamos en una mesa, pedimos otra botella de vino y tratamos de charlar, pero era imposible. Entonces, le dije a mi mujer, bueno, charlar no es posible en este lugar, así que dedícate a lo tuyo y resolvamos si va a funcionar o no. ¿Te parece? Si, está bien, dijo ella.

    Y, para romper el hielo del momento, entonces, se me ocurrió sacar a bailar a mi esposa. Mientras lo hacíamos, me fije en que Kevin nos estuviera observando, porque llegué a pensar que de pronto ponía sus ojos en alguna otra de las mujeres que allí estaba, pues, estando solo, él pudiera ser una pareja apetecible para alguna mujer sola en aquel lugar. Pero no fue así. Él estuvo atento a nosotros a todo momento, así que procuré manosear a mi mujer hasta que más para que él se diera cuenta.

    Cuando terminó la tanda, volvimos a la mesa y, casi de inmediato, ella lo invitó a bailar, lo cual fue aceptado sin decir palabra. Fueron a la pista de baile y no volvieron. Al principio, el baile entre ellos dos se mostró muy respetuoso, pero, con el transcurrir de la música y los diferentes ritmos, las posturas empezaron a cambiar y Kevin, más temprano que tarde, comenzó a explorar con sus manos el cuerpo de mi mujer. Bailaban con sus cuerpos unidos, casi sin separarse, por lo que supuse que aquel ya le estaba haciendo saber a mi mujer lo que le esperaba y ella lo estaba disfrutando.

    Pasados los minutos, más bien pocos, ellos terminaron besándose apasionadamente mientras bailaban y para nada reparaban en la presencia de las parejas que les rodeaban. Ellos parecían estar solos en aquel lugar. Kevin seguía masajeando con sus manos la parte baja de la espalda y las nalgas de mi mujer, por encima de la ropa, y de cuando en vez, sus manos visitaban su torso y se aproximaban a sus senos. Sin embargo, al estar juntos sus cuerpos, la caricia se limitaba a delinear la silueta de su cuerpo, arriba y abajo, terminando en un fuerte apretón de nalgas.

    No pasó mucho tiempo cuando, finalizada una tanda de música, abandonaron la pista de baile y se dirigieron a la mesa. Yo creo que ya es hora, me dijo ella al llegar, ¿subimos a la habitación? Tú eres la que decide, dije yo. ¡Si! dijo ella. Voy a arreglarme y ya vengo. Paga y nos vamos. Kevin dijo, yo también voy un momento al baño. Así que procedí a pedir la cuenta y esperar. No más volver ellos a la mesa le dije a mi esposa, vayan subiendo, yo pago aquí y les llego allá en un rato. Bueno, dijo ella, no te demores.

    El mesero tardaría unos cinco minutos en aparecer después que ellos se habían ido, pero a mi me parecieron eternos. Pagué la cuenta y salí de aquel lugar rumbo a la habitación. Al entrar les encontré de pie, a un costado de la cama, abrazados y besándose, aún vestidos. Cuando ella se percató que yo había entrado, comenzó a desvestirlo, empezando por retirar el buzo de lana que llevaba puesto, debajo del cual encontraría un torso trabajado y desnudo, que ella acariciaba mientras seguía prendida a sus labios en un beso que parecía no tener fin. Y él, tal como lo había hecho mientras bailaban, seguía acariciando su silueta, solo que esta vez sus manos se atrevieron a llegar hasta sus nalgas por dentro de su falda.

    Ella no dudó y, ante esa incursión de su pretendiente, rápidamente se desabrochó la falda, cayendo esta al piso. Kevin se apresuró a despojarla también de su chaqueta, dejando el cuerpo de ella a la vista, solo cubierto por el body, sus medias y zapatos. Ella, en respuesta, soltó el cinturón y desabrochó la cremallera de su pantalón, exponiendo a la vista el miembro de aquel muchacho que, a primera vista, parecía algo delgado, pero firme, erecto y curvado hacia arriba, terminando en una punta abultada, con forma de hongo.

    Mi mujer procedió a inclinarse para bajar sus pantalones y, en ese movimiento, llegar con su boca al glande de su pene que, sin demora alguna, empezó a chupar, mientras con sus manos acariciaba sus testículos, sus muslos y sus nalgas. Kevin solo atinaba a masajear los hombros de mi esposa que, en posición de cuclillas, frente a él, seguía dedicada a trabajar en aquel miembro.

    Poco después ella se incorporó. Se subió a la cama, colocándose de rodillas, mientras él permanece de pie, ya totalmente desnudo, parado al lado. En esa posición, ella se inclina nuevamente y sigue mamando aquel miembro que le resultó provocativo y gustoso. Y él, aparentemente controlado, deja que ella continúe con su trabajo, solo que ahora puede acariciar su espalda y llegar hasta sus nalgas.

    Al rato él la hala por sus hombros para que se incorpore, y ahí, de rodillas sobre la cama, la abraza y la empieza a besar. Unen sus cuerpos. Ella, aun con su vestimenta y él, totalmente desnudo a su merced. En esa posición, y mientras se besan, él se las arregla para quitarle el body. Su torso queda ahora desnudo, y su cuerpo tan solo vestido por sus medias y zapatos, que jamás se va a quitar. Ella se ve muy sexy de esa manera, y me sorprende la devoción con la que aquel masajea el cuerpo de mi esposa y mama sus senos, como un bebé alimentándose de la madre.

    Así, en esa posición, el empieza a restregar su pene erecto contra el sexo de mi mujer. Siguen enlazados en un estrecho abrazo y besándose a más no poder, pero aquel ya insinúa querer ir más allá y penetrarla. Y ella, quizá interpretando lo que debiera seguir a continuación, se tumba de espaldas frente a él y abre sus piernas, ofreciéndole su húmeda vagina a Kevin, quien continúa de pie a un costado de la cama. No duda, atrayendo el cuerpo de ella hacia sí, y agarrándola por las caderas, procede a penetrarla. Lo hace muy rápido y su miembro entra sin dificultad en el sexo de mi esposa, que ya lo estaba esperando.

    Él se aferra a las pantorrillas de mi mujer, que tiene las piernas abiertas y estiradas, y apoyadas sobre su pecho, para meter y sacar rítmicamente su verga de la vagina de mi esposa que, de a poco, empieza a emitir unos tímidos gemidos, señal inequívoca de que aquello le está gustando, excitando y llevando al clímax. Kevin mete y saca, y mueve su miembro de un lado a otro, al compás de los gemidos de ella que, con cada nuevo embate, pareciera subir el volumen de su voz. Su cara se ve roja, contraída de placer y su cuerpo se contorsiona con cada movimiento de aquel muchacho.

    Kevin sigue empujando y ahora masajea con especial dedicación las tetas hinchadas de mi mujer, quien contorsiona su cuerpo, jadea, gime y explota de placer con el contacto de aquel hombre. Ahora el deja caer su torso sobre el de ella, y sus pechos entran en contacto mientras el sigue bombeando dentro del sexo de la excitada señora. Y así sigue. La empuja ahora, para que ella se corra más al centro de la cama, permitiendo que él pueda seguir haciendo su trabajo, poniendo todo su cuerpo en contacto con el de ella, sometiéndola bajo sus embates. Ella aprieta sus labios, mueve su cabeza de un lado a otro y aprieta las nalgas de Kevin para alentarlo a que siga haciendo lo suyo, y cada vez más profundo.

    Mi mujer estira sus brazos por encima de su cabeza, como entregándose al momento y al placer que aquel hombre le proporciona, y grita más alto, contorsionando su cuerpo. Y él, de repente, en respuesta, acelera sus movimientos, y en medio de ese frenesí, la vuelve a besar y, de un momento a otro, parece quedar paralizado sobre ella, apretando sus nalgas y empujando profundo dentro de su sexo. Y ella, por su parte, lleva ahora sus manos a las nalgas de aquel y palpa con detalle su piel en la parte baja de la espalda, mientras abre y cierra sus piernas alrededor del cuerpo de aquel. Él también llegó al punto máximo. Fue un orgasmo en simultáneo.

    Ambos quedan tumbados sobre la cama después de esta faena. Kevin, como no queriendo acabar el momento, sigue delineando con sus manos la silueta de mi mujer y no para de mamar sus tetas. Y ella, rendida por el esfuerzo, solo deja que aquel disfrute de su cuerpo, sin decir una sola palabra. Al rato, él también deja de acariciarla y queda inmóvil a su lado. Ambos parecen dormirse.

    Al rato, es mi mujer quien parecer recuperar el aliento, pero, atenazada como está, bajos los brazos de aquel muchacho, sigue inmóvil a su lado. Le mira de reojo, me mira, y hace la señal de todo bien, con el pulgar arriba. Eso indica que este encuentro respondió a sus expectativas. El orgasmo que experimentó debió ser muy intenso para que califique de bueno el resultado de su aventura, pero sigue teniendo en mente la idea de ir a bailar.

    El muchacho también abre sus ojos, mira el reloj, se incorpora, toma su ropa y se mete al baño. Serían como las once de la noche. Me quedo un poco sorprendido por la actitud de Kevin, así que miro a mi esposa con ojos interrogadores. Ella me dice, Kevin tiene un compromiso y nos deja. Es que era hoy o si no nunca lo íbamos a hacer. Y ¿por qué no me dijiste que ese era el plan? No importaba, dijo ella. Por eso arreglé para quedarnos aquí esta noche y poder asistir a la fiesta. Tenemos mesa reservada. ¡Tan calculadora la señora! pensé. Y yo pensando otras cosas, como que el muchacho iba a pasar la noche con nosotros.

    Kevin salió del baño, ya vestido, se despidió de nosotros sin muchas palabras, agradeció y se fue. Laura, por otra parte, entró al baño a ducharse y arreglarse de nuevo, porque lo que tenía en mente para ese viernes era ir a bailar. Lo de Kevin fue tan sólo un inconveniente que tuvo que resolver por el camino, sin perder el objetivo inicial, pues ella lo que quería era bailar. ¡Cosas de la vida!

  • Mi cuñada se hace la tonta

    Mi cuñada se hace la tonta

    Mi suegra se quedó en el salón de belleza, eran aproximadamente las dos de la tarde, yo seguí a casa con mi esposa y su hermana, mi cuñada.  Cuando llegamos a casa, mi esposa dice que tiene mucho sueño y pues yo me quedé en la sala echando cuento con su hermana, mientras se pintaba las uñas conversábamos de distintas cosas.

    Recuerdo que ese día ella llevaba puesto un vestido azul que llegaba a la mitad de sus muslos, que piernas que se gastaba, hermosas, fuertes, de piel blanca, definidas, y culminaba con un trasero precioso, muy muy grande, paradito sexy, tanto mi esposa como mi otra cuñada y hasta mi suegra siempre comentaban que ella tenía un trasero enorme.

    Lógicamente de vez en cuando se me escapaban unas miradas y también me daban ganas de agarrar esas nalgas.

    Ese día me preguntó que ejercicios debería hacer para ponerse en forma, le expliqué algunos y me dijo que si podía hacerlos para que yo le dijera si estaban bien, me ponía nervioso el hecho de que el vestido en ocasiones se le subía un poco y casi se veían sus nalgas.

    Hicimos algunos ejemplos de ejercicios y luego volvimos a sentarnos, le dije sin titubear, “vamos al cuarto, te haré un masaje que sirve para la piel y para la celulitis”, lancé eso así sin chistar, y esperaba que ella me dijera que no.

    La tomé de la mano y la llevé al cuarto, la acosté boca abajo y comencé a masajear sus piernas, desde sus tobillos hasta la parte alta de sus muslos cercano a su trasero. Elevé su vestido, ella no decía nada y le pregunté si podía masajear sus nalgas y ella me dijo que sí, pero que cargaba hilo, yo le dije que así era mejor, estaba con el corazón que se me salía.

    Me coloqué crema en las manos y empecé a masajear ese hermoso trasero, lo apretaba, lo masajeaba una y otra vez, me quedé pegado allí, se acabó la crema y me eche más, y en eso sonó el teléfono de mi esposa, y se escuchó su voz hablando con su mamá que ya estaba lista para que la fuéramos a buscar.

    Me levanté, fui al cuarto a hablar con ella para que siguiera durmiendo que yo iría a buscar a la suegra. Volví a donde estaba mi cuñada y pensé que se habría bajado el vestido, pero aún estaba con el vestido en la cintura y le dije que tenía que irme, yo mismo se lo bajé.

    Arrrsssss… que rica estaba mi cuñada. Lástima que se fue del país.

  • Comienzo del fin de semana

    Comienzo del fin de semana

    Tuvimos una semana agitada y solo deseábamos que llegara el viernes, quería llegar a casa quitarme todo y darme un intenso baño.

    Estoy en la regadera y te escucho llegar, al salir estas allí frente al balcón tomando un trago y escuchando tu música esos gustos tuyos, me sirvo un trago le doy un sorbo y me acerco a ti, sin mediar palabra cruzo mi pierna sobre ti y me siento encima te doy un beso apasionado tus manos me envuelven y me abrazan firmemente.

    Luego me recorren lentamente se pasean por mi espalda aun húmeda bajan a mis nalgas y sigue el camino de mis piernas, mi cuerpo se eriza y los besos se intensifican, quisiste decirme algo, pero yo solo logré decir “hazme tuya”.

    En ese instante me tomaste entre tus brazos me cargaste, la toalla en el piso se perdió, sentí el frio de la noche, pero ya no importaba estabas tú para darme el calor necesario.

    Me colocaste en la mesa del balcón y comenzaste a devorarme, entre besos lamidas y chupadas mi humedad fue floreciendo mis gemidos intensificándose, bajabas por mis pechos mi vientre con una meta clara llegar a saborear mis jugos que se derramaban.

    No podía dejar de mirarte yo también te quería allí levantaste la mirada y me diste una pícara sonrisa que yo respondí con una carcajada “shhh -me callaste- los vecinos nos oirán”, “cuáles vecinos?” te respondí, “eres tremenda y perversamente tierna”.

    Seguiste tu camino y llegaste donde quería, lamias, chupabas, tu lengua todo lo exploraba, mis piernas levantaste y mi culo no abandonaste.

    Yo me retorcía del placer que sentía, gemía y pedía más, quería me penetrada pero tu querías que el primero fuera en tu boca y así fue no aguante más y mi cuerpo cedió a tus deseos fue una explosión de placer corrientasos infinitos recorrieron mi cuerpo en ese instante sin darme cuenta ya estabas dentro de mí.

    Con un vaivén rítmico mis piernas en tus hombros lamias mis pies y jugabas con mi clítoris mientras un dedo travieso jugaba con mi culo, poco pasó para una nueva explosión, abriste mis piernas y te inclinaste hacia mi diciéndome al oído “ahora si mi puta grita y gime como solo tú sabes hacerlo”.

    Me bajaste de la mesa y me inclinaste hacia ella abriste mis piernas y con ayuda de un cómplice lubricante comenzamos un anal intenso, me sentía en una porno no me importaba quien me viera o escuchara era nuestro momento, halabas mi cabello mientras me embestías, mis piernas temblaban se acercaba otro orgasmo lo sentiste, te inclinaste hacia mi tomaste mis senos y me dijiste “este será de los dos”.

    Seguiste penetrándome hasta llegar juntos, nuestros cuerpos sintieron los corrientasos de placer emanados de tanta lujuria.

    Caímos al piso rendidos donde nos esperaba la toalla que al principio se soltó para dar rienda suelta a nuestros deseos…

  • Esclavo de ti mismo (Capítulo 3): Amo del Kaligari

    Esclavo de ti mismo (Capítulo 3): Amo del Kaligari

    Marcus se entretuvo con los videos captados por las cámaras de la casona. Disfrutó ver como Alfonso se quitaba la ropa para él, la manera en que dejaba las prendas tiradas por las habitaciones, pero sobre todo el modo excitante en que se sacó el short y el bóxer dentro de su alcoba. Recordó la escena y sintió como el deseo y apetito por llevárselo a la cama se incrementaban desbocadamente.

    Marcus contempló la pantalla, su vista se tornó roja al deleitarse otra vez con las imágenes, pero más al pensar en que ese hombre estaba a punto de volverse enteramente de su propiedad. Excitación pura.

    Marcus tecleó en el ordenador y maximizó la pantalla correspondiente al salón Kaligari, como a él le gustaba nombrarlo y se percató de que Alfonso respiraba fuerte y espaciadamente, con los párpados apretados y el cuerpo entregado a un estado de sueño profundo.

    Marcus torció una sonrisa, aunque para cerciorarse, revisó en las gráficas de la pantalla, la frecuencia de ondas delta y gama que el cerebro de Alfonso emitía. La cantidad era bastante elevada, incluso superior a la estimada, por lo que estuvo casi convencido de haber tenido éxito.

    Introdujo un nuevo comando en el ordenador y las ataduras de Alfonso retrocedieron al interior del sofá. Marcus activó el micrófono y se dirigió a su esclavo con voz autoritaria.

    -¡Caligari!

    Como activado por un resorte, al oír la voz de Marcus Alfonso se irguió y se puso de pie. Sin abrir los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás, alzó sus brazos y con voz gutural respondió. -Te escucho… Soy un miserable esclavo sonámbulo del Kaligari… Tus deseos son órdenes… Sólo vivo para complacerte y obedecerte… Soy un eterno objeto para tu placer… Duermo profundamente… Dormiré para Siempre y nunca despertaré… Viviré siempre sonámbulo y desnudo… Te serviré como tú esclavo … Eres mi nuevo Amo… haz conmigo lo que quieras…

    Marcus quedó impresionado por la profundidad del estado sonambúlico inducido en Alfonso, por lo cual presionó otro interruptor y la puerta se desbloqueó.

    -Esclavo, camina con los brazos por delante, tu cabeza caída y los ojos cerrados. Empuja la puerta y dirígete a mi alcoba al otro lado del pasillo. Aguárdame junto a la puerta.

    Sin decir nada Alfonso obedeció y ejecutó los movimientos que su Amo le ordenó. Marcus pudo ver a través del sistema de cámaras como salió de la habitación, anduvo con pasos lentos hacia la alcoba y se quedó allí de pie, firme, con los brazos extendidos, a espera de nuevas órdenes.

    Marcus abrió la puerta del cuarto de control junto al salón del Kaligari, cruzó el corredor y observó a su esclavo frente a frente. Se concentró en sus jugosos labios, no obstante, fue imposible evitar examinar lo perfecto de su desnudez, lo terso de su blanca piel, lo duro de sus músculos, lo excitante de tenerlo en ese estado de sueño profundo. Saber que aquel hombre se hallaba indefenso ante él sin darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor, que ahora por completo le pertenecía, que podía hacer con él lo que quisiera, aquello le excitaba sobre manera.

    Sin embargo, el sometimiento de Alfonso exclusivamente se trataba del principio de sus planes. O sí, porque Alfonso era la primera presa.

    Observó el reloj de pared a un lado del desnudo esclavo y se fijó en que eran las 3.30 am. Aún restaba vida a la noche, lo suficiente para gozar de ese exquisito esclavo, antes de comenzar con la siguiente parte de la cacería.

    -¿Alfonso, sabes quién soy?

    Preguntó con voz suave.

    -Ssi… Eres Marcus el Amo del Kaligari… Tú eres mi nuevo Amo…

    Contestó Alfonso con voz cadente y en automático.

    -¿Quién eres tú?

    Preguntó en un esfuerzo por medir la autonomía y noción que Alfonso poseía de sí mismo, así como el nivel de sometimiento.

    -Soy Alfonso… Un miserable esclavo sonámbulo del Kaligari… Sólo existo para servirte y complacerte en todo, mi Amo…

    Indicó en tono carente, sin vida.

    -¿Eres heterosexual u homosexual Alfonso?

    Cuestionó, pues de aquella pregunta dependía el éxito de su control.

    -No, no, yo no soy nada, ni nadie mi Amo… Yo sólo soy un eterno objeto para tu placer y nada más… Seré lo que tu desees que sea… Te pertenezco, puedes hacer conmigo lo que quieras…

    Al escuchar cada palabra, la erección de Marcus se disparó más y más. El sonambulismo del Kaligari era total. La autonomía y personalidad de Alfonso estaban por completo anuladas. Él sabía que las preferencias de Alfonso se perfilaban como heterosexuales. Incluso podría decirse que era un semental en toda regla y que jamás, ni en sus más recónditos pensamientos había tenido un acercamiento al placer gay.

    Marcus Avanzó hacia su esclavo sonámbulo y tomó posesión de sus labios. Lo besó con una descarga considerable de lujuria, mas Alfonso no respondió al beso, ni bajó en ningún momento los brazos. Fue cuando Marcus comprendió que sus niveles de respuestas psicosomáticas autónomas también eran casi inexistentes, por lo que tendría que reprogramar la mayor parte de su conducta y acciones.

    Marcus separó nuevamente su boca del sonámbulo e indicó. -Siempre has querido besarme. Sólo deseas besarme y sentir mis labios, el sabor de tabaco en mi boca te vuelve loco, ¡te excita! Quiero que me beses y mientras más me beses, tu excitación crecerá. Crecerá a tal nivel que vas a quitarme con lujuria la ropa, tanto que vas a romperla. ¡hazlo, bésame!

    Sin detenerse a meditar las órdenes, Alfonso se abalanzó sobre su Amo y le plantó un húmedo y caliente beso. Tomó posesión de su boca, introdujo vorazmente la lengua y le mordió suavemente los labios. Y tal como su Amo ordenó, comenzó a sacarle la camisa, aunque con tal fuerza que la rompió. Le quitó los pantalones y los desgarró en varios pedazos, desesperado destrozó el bóxer y casi derribó a Marcus al retirarle los zapatos de un tirón. Entonces prosiguió con los besos y encendidas carisias sobre el cuerpo de su Amo, mientras devoraba su boca.

    Marcus lo apartó un poco y volvió a ordenar. -¡Detente!

    Alfonso paró sus candentes acciones, dejó caer los brazos inertes al lado de su cuerpo y clavó la cabeza sobre su pecho.

    -A partir de ahora Alfonso, mientras estés en esta casa, tienes prohibido utilizar ropa. Debes permanecer desnudo para mí siempre. Sólo te vestirás cuando yo te lo mande, tu cuerpo debe mantenerse siempre desnudo para mí y estar listo cuando yo quiera usarlo. Eso te dará mucho placer, darle placer a tu Amo te complace, te hace feliz, te hace sentir bien y lo disfrutarás. ¿entendiste?

    Indicó Marcus con tono autoritario.

    -Ssi, mientras esté en esta casa tengo prohibido usar ropa. Debo permanecer siempre desnudo para ti mi Amo. Sólo me vestiré cuando lo mandes… Debo mantener mi cuerpo siempre desnudo para ti y estar listo cuando quieras usarlo… Eso te da placer… darte placer me complace Mi Amo… Darte placer me hace sentir feliz… Darte placer me hace sentir bien y lo disfruto… Ssi, mi Amo, haré lo que tu digas.

    Contestó con voz plana y sin el más mínimo destello de rebeldía.

    -Desde hoy sentirás una gran atracción por mí y por cualquier hombre que yo te diga. Toda tu energía sexual la concentrarás para mi placer, disfrutarás cuando yo te mande y sólo tendrás y disfrutarás el sexo conmigo, o con quien yo te ordene. ¿lo entiendes esclavo?

    Dijo Marcus cada vez más excitado.

    -Ssi mi Amo… A partir de ahora sentiré una gran atracción hacia ti y a los hombres que me mandes. Toda la energía sexual la concentraré para darte placer y sólo disfrutaré cuando lo mandes. Tendré y disfrutaré el sexo contigo, o con quien tu ordenes. Ssi, mi Amo haré lo que digas…

    Marcus no podía creer el estado de dominio sonambúlico en el que aquel heterosexual semental había entrado. Esta vez no se controló más y arrojó a Alfonso hacia la alfombra.

    -Vamos a tener sexo, quiero que lo disfrutes como nunca lo has hecho, es el mayor placer que jamás haz sentido en tu vida. Tener sexo con tu Amo te complace.-

    Dijo Marcus mientras lo besaba, tocaba y mordía desenfrenadamente.

    -Ssi, tener sexo con mi Amo me complace… Ssi, lo que tu ordenes mi Amo…

    Respondió Alfonso con tono soñador y complaciente.

    -¡Quiero que te excites y me brindes placer mi esclavo, siempre que tengamos sexo deberás hacerlo! ¡Excítate y cógeme con toda tu energía sexual!-

    Al escuchar la orden, Alfonso tomó a su Amo con fuerza. Le dio la vuelta para quedar boca arriba y comenzó por besarlo apasionadamente en el cuello. La lengua del sonámbulo recorrió varias veces a Marcus con sensualidad, a la vez que le plantaba calientes besos por todo el cuerpo.

    El sonámbulo metió el dedo medio de su mano derecha dentro del ano de Marcus en modo dominante, lo que provocó que el Amo gritara de placer. Alfonso empezó a restregar su miembro endurecido contra el abdomen de Marcus, a la vez que con su otra mano le frotaba el miembro.

    Marcus gozaba de aquella fogosidad desenfrenada. Mordió el cuello de su esclavo, se apoderó de vez en vez de sus labios y metió de manera intermitente sus dedos en el recto del sonámbulo, cuyo contacto causó que el miembro de Alfonso creciera todavía más.

    Alfonso sujetó repentinamente a Marcus de los brazos, lo inmovilizó y le dio la media vuelta. Se subió a horcajadas encima de su Amo y comenzó a penetrarle con fuerza. El rígido miembro del esclavo incrementó aún más su tamaño, a la vez que desgarraba el esfínter de Marcus.

    Al sentir la penetración, Marcus gritó de placer y ordenó que se moviera aún con más fuerza y lo chupara en el cuello. El esclavo obedeció y Marcus lo empujó con las piernas, mientras lograba introducir su dedo medio en el trasero de Alfonso.

    Una y otra vez repitieron aquellos movimientos, mientras Alfonso susurraba en voz apasionada y gutural. -Tener sexo con mi Amo me complace… Tener sexo con mi Amo me complace… Tener sexo con mi Amo me complace…

    Marcus le ordenó que se moviera aún con más fuerza, mientras clavaba las uñas en la espalda de su esclavo. En respuesta, Alfonso pronunció incesante, cada momento más excitado y si era posible más perdido en aquel sonambulismo, la orden de su Amo. -Tener sexo… Con mi Amo me complace… Tener sexo con mi Amo me complace… ¡Tener sexo con mi Amo me complace!”

    El esclavo incrementó el vaivén de sus caderas y Marcus introdujo con ímpetu todo su dedo medio hasta frotar la próstata de Alfonso.

    El esclavo doblegado totalmente a su Amo y perdido entre gritos guturales de placer dijo. -¡Soy un objeto eterno de placer!… ¡Te pertenezco!… Dar placer a mi Amo me complace… Dar placer a mi Amo me complace… ¡Dar placer a mi Amo me complace!

    En contestación Marcus absolutamente fuera de sí, respondió. -¡Placer infinito, multiorgasmia! ¡Córrete para tu Amo!

    Tras esas palabras, Amo y esclavo se corrieron de manera increíble y simultánea. Aunque Alfonso consiguió alcanzar un culmen sin precedentes en la eyaculación, ya que su Amo se lo había ordenado.

    Marcus le sintió venirse por más de medio minuto, al tiempo que su cuerpo vibraba de una manera impresionante y emitía un grito gutural y formidable de satisfacción.

    Marcus ordenó a su esclavo permanecer en aquella postura y no romper el contacto. Y mientras sentía el peso del cuerpo desnudo y el gran miembro removerse en su interior, se maravilló al pensar que Alfonso era tan sólo el principio, el primero de otras presas, el excitante inicio de una gran cacería de depredadores.

  • El mejor fin de semana

    El mejor fin de semana

    El día de la boda de mi suegro nos alistamos desde temprano, fuimos a la iglesia y luego a la recepción, era el primer evento formal al que íbamos juntos.

    Mi novio llevaba un traje azul oscuro muy elegante y yo llevaba un vestido negro largo con algunos detalles en dorado. Toda la recepción estuvimos bailando y divirtiéndonos, yo fui al sanitario a desarme el cabello ya que me era molesto, no había nadie más en el baño, el entro y cerró la puerta yo le sonreí por el espejo y me abrazo por la espalda me besó el cuello y dijo que le encantaba ese vestido largo y que moría por despojarme de él, yo me reí y lo bese.

    Al terminar la fiesta los invitados se marcharon y solo estábamos mi cuñado con su novia y nosotros dos ya que su padre y su ahora esposa se habían ido para alcanzar el vuelo a su luna de miel, llegó el encargado del salón reviso que todo estuviera en orden y le entregamos las llaves, me dijo que me llevaría a mi casa, no accedí y le propuse ir a casa de su padre ya que no habría nadie todo el fin de semana, llame a mi madre y le dije que iríamos a la misma playa que los novios, el fin de semana, ella llamo a mi cuñado y él le dijo que eso haríamos, obviamente fue una pequeña mentira ya que él y su novia se marcharon a otro lugar y nosotros nos quedaríamos en casa de su padre.

    Al llegar era bastante tarde, pero no teníamos nada de sueño quizá por lo que habíamos dejado pendiente en el baño de la recepción, fuimos a la cocina para servir un poco de champagne, pero de nuevo me abrazo por la espalda y subió mi vestido hasta mi cadera, y con sus manos cálidas recorrió mi pierna y mi entrepierna, él sabía que eso me encantaba y lo hacía más lento que nunca.

    Volteé a verlo y le quite el saco y la corbata, acaricie su cabello y lo bese tal y como lo había hecho unas horas antes me cargo y me puso sobre la isla de la cocina, bajo el cierre del vestido y me lo quito completamente, le desabotone la camisa y rodee con mis brazos su cuello mientras nos besábamos, me cargo hasta la habitación y nos tiramos en la cama besándonos de una manera increíble, se sacó el pantalón y ambos quedamos solo en ropa interior, se hincó en medio de la cama y me senté sobre él, comenzamos a hacer movimientos lentos con nuestros cuerpos juntos, nos quitamos la ropa que quedaba y él se levantó rápidamente al baño.

    Regresó con condones y los boto en la cama mientras se abalanzaba sobre mi, luego de besos y caricias desenfrenadas se puso el preservativo y metió su miembro totalmente empalmado dentro de mi, jamás pudimos explicar que al momento de entrar en mi a ambos nos recorría una descarga de electricidad y calor por todo el cuerpo, un escalofrío que se apoderaba de nuestros vientres y nuestras columnas, después de algún tiempo y entre fluidos, gemidos y ruidos de placer terminamos y nos quedamos totalmente dormidos juntos.

    Desperté al siguiente día con un olor a hoy cakes por toda la casa, baje solo con su camisa puesta, desayunamos mientras platicábamos de la noche anterior, al terminar me dijo que el lavaría los trastes, pero al ver su torso desnudo y su cabello despeinado algo despertó de nuevo dentro de mi, caminé hasta él y lo abracé, hasta que terminó de lavar los platos, se giró y me dijo que por qué hacía eso que lo ponía demasiado caliente, nos besamos apasionadamente y empezamos con caricias, luego de minutos de besos el me masturbaba con sus manos mientras yo besaba su miembro, me pare, fui corriendo a la habitación por el preservativo, baje las escaleras y el salió de atrás de la pared, me levanto en sus brazos y volvimos a la cocina, le coloque el preservativo, abrazados su pene buscaba la entrada de mi vagina, la encontró y entro lentamente, mientras sentíamos de nuevo esa electricidad que nos recorría y hacia que apretara mi espalda con sus manos y yo le enterrara las uñas en la suya, luego de varias posiciones, y experiencias terminamos entre gemidos y fluidos en la mesa.

    Fue un fin de semana lleno completamente de caricias, pasión, besos y bastante sexo.

  • Mi primer trío con mi madura vecina y su amiga

    Mi primer trío con mi madura vecina y su amiga

    Pasaron los días y Clara organizo el encuentro en su departamento, escribiéndome por mensaje de texto:

    “te esperamos el viernes en la tarde, “Sonia” está dispuesta a hacer un trio con ambos, podrás? me confirmas”

    Respondiendo a su mensaje, “Ahí estaré para follar a ambas, la pasaremos genial”.

    Así que me fui preparando para ese día, pedí permiso en el trabajo excusándome por un asunto familiar; Ya en mi departamento, eran como las 4 pm esperando ansioso la hora para que me avisaran, sonó mi móvil y era clara llamándome.

    C: Ya estamos en mi departamento, búscame en 20 minutos aproximadamente, vamos a alistarnos ok

    D: Ok, te busco en 20, besos – Conteste entusiasmado.

    Esperé los minutos, salí de mi departamento, tocando su puerta, escuchando desde adentro su voz.

    C: Si, quien es – pregunto Clara

    D: Dije, mi Nombre – esperando que me abriese la puerta

    Abrió su puerta muy lentamente, estaba con una bata de seda palo rosa y con un maquillaje suave, oliendo muy rico al saludarla de un beso, la luz de su sala estaba apagada, indicándome que entrase con cuidado a su habitación.

    D: ¿Estás sola? – pregunte

    C: No, ahí adentro nos espera mi amiga Sonia – mientras la seguía despacio

    Entramos a su habitación, que también estaba apagada pero su lámpara roja iluminaba todo el ambiente, combinado con los bajos rayos luz del atardecer que traspasaban algo sus cortinas cerradas, Sonia quien se encontraba sentada en el sofá, mirándonos entrar.

    C: Nena él es, (dijo ni nombre) te lo presento.

    S: Mucho gusto – se paró y me dio un beso en la mejilla, mientras sobaba mi antebrazo

    Pude notar que también traía una bata de seda puesta y al igual que clara olía muy rico; era una mujer como relaté de unos 36 años, cabello negro lacio algo trigueña, de buenas piernas y sobre todo buenas tetas; me sorprendió no notarlo la primera vez que la vi junto a Clara, además de tener labios carnosos, ya me imaginada esa boquita devorarme mi verga.

    D: Mucho Gusto Sonia, ya te conto Clara que me tiene embobado, no sabe lo rico que folla – atreviéndome a hablarle con lujuria

    C: ¡Atrevido! – mientras me daba una palmoteada en mi otro antebrazo y riéndose

    S: Bueno, no lo sé, pero si me dijo que tú eres bien ardiente, le dijiste que estabas dispuesta a follarme

    D: ¡Por supuesto! – Me quedé frio, pero rápidamente respondí siguiendo el juego

    C: Bueno… Sonia es algo tímida, quiere vernos primero como lo hacemos, así de a pocos y sin presión ella entrará con nosotros a hacer el trio – mientras me abrazaba de espaldas Clara y Sonia volvía a sentarse en el sofá que miraba de frente a la cama.

    D: Ok, no hay problema, ya verá que querrá integrarse a nosotros rápidamente – mientras la miraba.

    Llevé a Clara frente a la cama mientras su Sonia nos observaba, empecé besándola por su cuello sobando su culo pegándola hacia mí, mientras ella me tomaba del cuello y se echada hacia atrás excitándose mirando de reojo a su amiga; Le quite su bata dejándola caer al piso la gire con vista a su amiga, empecé a meter mis dedos en la vagina de Clara, friccionando su clítoris, y con la otra mano la abrazaba sujetando sus tetas presionando sus pezones mientras la besaba el cuello; Sonia estaba inmóvil, observando sentada en el sofá.

    Clara se giró hacia mí, empezando a quitarme mi camisa, quitándomelo rápidamente y poniéndose de rodillas desabrochándome la correa, bajándome el pantalón con todo y bóxer quedando expuesto a la mirada lujuriosa de Sonia.

    Momento en que Clara, estando ambos desnudos, empezó a darme una riquísima mamada, empezando a demostrar lo puta que era y así poder incitar a su amiga para que pronto se una al trio; pude observar que Sonia, estaba recostada sobre el sofá sobándose la vagina y tocándose unos de sus pechos sobre su bata.

    D: Te gusta lo que ves Sonia – tratando de sacarle una respuesta lujuriosa

    S: Si, Si… que rico lo están haciendo – mientras su voz se notaba excitada

    C: Te dije que follar con este niño era de lo más rico, ahora ya lo ves

    D: Tan niño no soy eh… así no follan los niños sino los hombres

    Llevándomela en peso a Clara sobre el filo de su cama, abriéndola de piernas, exponiendo su vagina para muestra de su amiga empezando a comerme desesperadamente su coño, oyendo un gemido detrás de mí, Sonia ya se estaba poniendo al máximo

    C: Ahhh, ahhh, uyyyy, sigue mi niño, sigue, ummm que rico papi…

    Estaba que ardía, pare y gire donde su amiga, ya estaba de pie dudosa de entrar o no, me levante jalándola hacia nosotros, mientras le daba un beso intenso dejándose llevar de placer sin oponer rechazo, metí mis manos en su concha y culo, a la vez que buscaba desatar su bata de seda

    S: Ahhh, ahhhh, no puedo creer lo que estoy haciendo, no puedo más de la caliente que estoy.

    C: Espera nena que aún estamos empezando – mientras la cogía de la cintura a Sonia

    D: Por fin, veremos lo que tienes para ofrecerme – abriendo su bata de seda

    Waooo, quede maravillado, tenía unas lindas tetas, de pezones gruesos, unas caderas anchas, de culo grande y carnoso, que buena hembra era Sonia, estaba excitada, cerraba sus ojos esperando recibir verga; Clara la sujeto por detrás de los brazos, subiéndola al filo de la cama para que levantase las piernas, entendí en el acto, lo que quería que le hiciera a su amiga era devorarme su coño, al cual lo hice sin dudar.

    C: Vamos nena, verás que lo vas a disfrutar

    S: Ajamm, sí – mientras levantaba las piernas

    Con sus piernas en mis hombros, empecé a comerme su depilado coño, ufff que delicia, estaba ya mojada de lo excitada que estaba, lengüeteaba su clítoris, mordía sus labios vaginales, atreviéndome a levantarle más su culo, sin medirme a hacerle un beso negro, que la volvió más loca

    S: Ahhhh!!! Siii, Siii… Que rico, no pares – excitada y sin que la dejase escapar Clara

    C: Disfrútalo nena, gózalo que te lo mereces – mientras que ella también le sobaba sus voluptuosas tetas y se daban besos entre sí.

    D: Vamos Sonia aquí estas para gozar y disfrutar del sexo – mientras seguía devorándome su húmedo coño, mientras tocaba todo su gran culo.

    S: Ujummm, ya ven fóllame, ven dame, dame pinga – excitada a mas no poder

    Así la tomé de sus piernas y empecé a follármela con tal fuerza que sus tetas y glúteos se remecían al movimiento, Clara a nuestro costado sobaba las tetas de su amiga y me buscaba para besarme, sacando mi verga en intervalos para que Clara me lo mamará… éramos unos salvajes ardientes de placer, Sonia gozaba como nunca, era una sedienta de verga.

    Yo: ¡mámenme las dos la verga, haber complázcame! – ordenándolas a las dos

    Subí sobre la cama y ambas empezaron a mamármelo, sentí que me arrancaban la verga, Clara mamándome la pinga y Sonia al costado de ella exprimiéndome los huevos; ufff que tal escena porno estaba realizando, mis sueños de adolescencia se volvieron realidad; Ambas compartían mi verga con intervalos de mamadas; después recostado diagonalmente Sonia me montaba y Clara me daba su concha para comérmela, mientras ambas se besaban

    Cambiaron de posición y estaba vez me comía el coño de Sonia y Clara me montaba, pero como sabía que le gustaba el sexo anal a los minutos se clavó mi verga dentro de su ano; Sonia en una posición de 69 sobre mi veía en detalle como mi verga entraba y salía del hambriento culo de Clara, haciendo pausas para que su amiga Sonia mamara mi verga, parecían unas putas sedientas de verga, que bien lo estábamos pasando.

    S: Yo también quiero que me des por el culo – Con voz antojada

    C: ¿En serio nena?… ok niño complace a mi amiga, ya ves que si era tremenda en la cama

    Sonia se colocó de costado dejándome su culazo abierto para penetrarla a placer, le puse lubricante que clara saco de tu cajón y poco a poco fue dilatando ese ano ansioso de verga, Sonia estaba muda, entregada y estremecida de placer; por el otro lado Clara, la besaba y mamaba sus tetas acomodándose entre ella haciendo un 69, Sonia se comía la concha de Clara y viceversa; y al igual que en el anterior acto, sacaba mi verga ofreciéndosela a Clara para que me lo mamará.

    D: Ufff creo que ya me vengo estoy arrechísimo

    C: ¡Espera!!… Sonia ven, prueba el semen de mi niño

    S: No, no… dame por el culo, que me dé por el culo – Ok, replico Clara y mirándome como diciendo que angurrienta de verga estaba

    Seguí follándomela hasta que sentí explotar dentro del culo de Sonia, estábamos sudados los tres, pero Clara no se iba a quedar con las ganas de probar leche y menos su amiga Sonia, ella expulso algo de semen del culo y lo recogió con sus dedos metiéndoselos a la boca de Sonia, pero a la vez también lamia el ano de ella, inmediatamente, me dirigí a la carnosa boca de su amiga y se la metí empezando a mamarlo para que me exprimiese hasta la última gota de leche.

    Mientras, me besaba con Clara me dijo

    C: Ahora me toca a mi niño, no solo a ella debes hacerla gozar – Afirmando con mi cabeza

    D: Claro que sí mi amor, tengo más leche para ti también – empecé a besarla, mientras que Sonia rendida a nuestro lado, y se recuperaba, veía como follaba nuevamente a Clara

    Le daba de perrito, de costado, piernas al hombro, estaba complaciendo a la verdadera hembra de la casa, y para que Sonia no se quedará con ganas, le ofrecía chupar mi verga por ciertos momentos; estaba cansado a mas no poder, hasta que nuevamente con unos intensos pajazos de Clara, me predispuse a venirme otra vez.

    Esta vez Sonia se dejó jalar y veía como descargaba nuevamente más semen, pero Clara sabiendo compartir, la beso y le paso algo de mi leche entre sus lenguas y ofreciéndole mi verga como dejando que ella también disfrute, así ambas me dejaron implacablemente lustrosa y limpia mi verga.

    Estaba tan exhausto que me deje caer rendido en su cama, y mientras los tres estábamos abrazados, manoseándonos entre todos, charlamos morbosamente.

    C: Y ya veo que te gusto nena, se ve que lo disfrutaste

    S: Pues sí, estuvo riquísimo, Uds. sí que saben gozar

    D: estuvieron fantásticas chicas, me han dejado molido, creo que no tendré leche en meses

    Riéndonos los tres, y siguiendo con más planes de quizás pueda repetirse otro encuentro

    C: bueno Sonia que no se te vaya hacer tarde por tu niña – preocupada por su amiga

    S: Uyyy, cierto, ya me alisto y salgo para mi casa – bajando de la cama y buscando su ropa dirigiéndose al baño

    Yo: Este… ¡puedo ir donde tu amiga y tratar de follármela una vez más? – pregunte dudoso

    C: Si aún puedes ve, pero ojo no la vayas a retener mucho, acuérdate que tiene familia

    Yo: Ok, ok – replique mientras Clara se quedaba mirando su celular

    Me dirigí presuroso al baño, entrando encontrándola sentada en el inodoro y pude notar con la luz del espejo que tenía un lindo rostro de piel canela, me excito más que le puse mi verga en su cara, buscando que me lo mamará sin perder tiempo, aunque dudo al principio quizás por estar solos accedió sin problemas, empezando a gozar su deliciosa boca devorándome la verga nuevamente; luego la levante con vista al espejo dándome su hermoso culo

    S: Espera no me he limpiado

    D: Espera – gire y busque una toalla de Clara y mojándola un poco, se la refregué el culo dejándose limpiar – Ahora sí.

    la tomé de sus caderas ,apunte mi verga dentro de su concha ,empezando a follarla nuevamente, sujetando sus caderas y viendo como sus tetas de pezones gruesos y color café rebotaban a cada golpeteo de mi pelvis; empezaba a gozar nuevamente, estaba demorando ya que me había venido 2 veces, así que para apresurar las cosas, se puso de cuclillas empezando a darme unos rápidos y brutales pajazos, mi verga maltrecha y enrojecida no daba más, sus boca me devoraba, succionaban mi verga y huevos…hasta que por fin pude venirme esta vez con poca leche y Sonia cual adicta a la leche se devoró todo nuevamente.

    D: Waooo, riquísimo Sonia, que boquita tan rica tienes – con voz baja y exhausta

    S: Si, lo crees… bueno gracias – con voz sensual y picara

    Me metí a la ducha y empecé a refrescarme- mientras Sonia se arreglaba para salir

    D: Nos veremos en otro momento con Clara para repetirlo nuevamente – buscando su afirmación.

    Clara entro en ese momento, y se puso frente al espejo, limpiándose el rostro y hablando ya cosas de ellas. Mientras Sonia que terminaba de limpiar y arreglar para ya irse, llamo a un taxi conocido de ambas para que la recoja eran como las 7.30 pm y tenía que ir a recoger a su hija de la casa de su suegra; Clara ya con bata nuevamente y Sonia maquillándose algo, repitieron

    C: Ya sabes niño esto queda entre nosotros, sabes que mi amiga tiene familia ten la discreción del caso, ya sabes Sonia, y si vuelve a pasar otra vez ya veremos… vamos nena te acompaño, salimos juntos del baño y Sonia se despido de mi con un beso tierno en la boca.

    S: Chau, ya veremos si nos vemos todos nuevamente.

    D: Espero que si – ambas salieron para la sala y hablaron un poco más hasta que se fue

    Clara volvió a la habitación, y fue a bañarse, sin pensarlo tome el celular de Clara y busque el contacto de Sonia y lo copie rápidamente, pero también pude fijarme que tenía varios mensajes de hombres, y en su galería de imágenes, vi fotos de ellas sexys, en lencería y algunos desnuda sin ropa frente a su espejo, y también pude fijarme de fotos de penes, y para no volar de la cabeza, decidí dejar su móvil como estaba y pensar, que bueno no es nada tuyo disfruta el momento.

    Prendí la TV, y me puse a ver mi móvil también, y tenía varios mensajes unos pares de dos amigas a las cuales pretendía diciéndome si íbamos a vernos como les invite, pero no puse fecha al día siguiente era sábado, pero como no confirme nada, Clara salió de la ducha y habrá visto mi cara de pícaro que me dijo

    C: y esa cara estas feliz, que paso alguna amiguita que vas a ver o que quiere que la veas – con voz arrogante

    D: Ehhh… si, pero no importa – diciéndolo en tono fresh

    Así que fuimos para su cocina y preparamos algo para comer, mientras escuchaba que le llegaban mensajes, pero no preguntaba nada, ella miraba los mensajes rápidamente pero no contestaba. Nuevamente en su cuarto eran ya casi las 10 pm, así nuevamente la bese buscando follármela nuevamente ya recuperado. No accedió porque estaba cansada.

    C: Dejémoslo para mañana niño, te vas a quedar a dormir.

    D: Si, se puede, claro que me gustaría quedarme.

    Así, abrí algo la ventana para que entrase un poco de ventilación y un poco las cortinas, ya con la penumbra de la luz de luna que iluminaba al interior de la habitación, veía el reflejo de nuestros cuerpos en el espejo; y pensaba en lo que había sucedido, y si se volvería a repetir, quedándome profundamente dormido junto a mi bella y madura vecina.

    Continuará…

  • Mi primera vez solo en el sauna, sexo con dos y luego otro

    Mi primera vez solo en el sauna, sexo con dos y luego otro

    Por esas cosas de la vida, no volví a ver a Juan, había sido muy bueno conmigo, era un excelente amante, y había aprendido cosas impensadas con él, pero me alejé o se alejó él, no sé bien que pasó.

    Volví a mis paseos nocturnos por la zona gay y conocí algunos tipos, uno era un enfermero del sanatorio Anchorena, se llamaba Daniel, no era muy pintón, pero era muy joven y vital, me cogia muy bien, podía hacerlo varias veces en una noche, y tenía mucho aguante, me río pensando que podría estar leyendo esto, sería muy loco después de tanto tiempo.

    Mis paseos por la zona digamos Rosa, los alterne con nuevas visitas al sauna, pero ahora iba solo, quise ver hasta donde podía llegar mi morbo en ese lugar, así que una tarde bien temprano fui, la mayor parte de los tipos iban al salir de la oficina y si eran casados, no se quedaban muy tarde, así que recién pasado el mediodía, no había mucha gente y me sentía más seguro, no tanta exposición, menos oferta de pasivos y más activos para elegir.

    Ni bien llegué obviamente guarde mi ropa después de desnudarme, tuve el descuido voluntario, de no taparme con el toallón mientras acomodaba la ropa, eso permitió que un par de maduros que entraron inmediatamente después de mi, me vieran como Dios y mi madre me trajeron a este mundo, me ocupé de que vieran bien mi cola e insinué con gestos, mis preferencias a la hora de estar en la cama, o en las colchonetas o en las camillas o donde fuera que me quieran coger.

    Allí rodeado de putos como yo, sentí que en ese lugar podía ser libre y mostrarme ante todos como deseaba ser, el único problema era que me encuentre con algún conocido de otro ambiente, pero eso era para mi, altamente improbable viviendo en una ciudad con millones de habitantes como Buenos Aires, y de última, si eso llegaba a pasar, íbamos a estar en igualdad de condiciones, salvo que me encuentre alguien teniendo sexo y se vaya antes de yo verlo.

    Después de acomodar la ropa, guardarla, exhibir mi culo y mis intenciones con poco disimulo, me fui a dar una ducha para estar limpito y bien aseado. Allí también llegaron los dos hombres que ya me habían visto en el vestuario y sobretodo uno de ellos, se tocaba y me mostraba una linda pija que ya empezaba a dar muestras de su verdadera dimensión bastante respetable por cierto.

    Salí de las duchas sin apuro y deje que vean adónde iba, entré en una sala común, y por común me refiero a que no era privada, había muchas colchonetas para descansar, o tirarse a coger, muchos lo hacían ahí abiertamente, muchos putos tenemos el morbo de hacerlo delante de otros y a mi ese morbo, se me había despertado y declarado definitivamente.

    Esperé un instante en la puerta de esa sala, para que los dos tipos vieran donde entraba, me acomodé en una colchoneta acostándome de costado en posición de cucharita, lo que resaltaba la forma de mi colita parada, les recuerdo que en esa época, yo era un chico de 21 años, bien menudito, lampiño, con cara aniñada, que parecía tener menos edad y con mucha actitud de putito, los dos tipos eran bien maduros, y bien apuestos, no tardaron en entrar y ubicar donde yo estaba, uno fue más decidido y se acostó detrás mío en una colchoneta pegada a la mía, era como estar en un cama matrimonial.

    Yo lo miré por sobre mi hombro y no dije nada, solo me acomodé un poco más provocativo y me toqué apenas la cola, de inmediato el tipo empezó a acariciarme el culo muy delicadamente, apenas me rozaba con una mano, cerré los ojos, tragué saliva y sonreí por dentro sabiendo que ese hombre iba a terminar cogiéndome, la palma de su mano recorría mis cachetes parados y tentadores, para cualquier macho al que le gustaran los pendejos como yo, no pude ni quise evitar comenzar a contornearme, moviendo mis caderas con una actitud femenina y dando una señal inequívoca de estar gozando sus caricias.

    De pronto sentí la yema de uno de sus dedos, apoyarse en la puertita de mi agujero, comenzó a moverlo suavemente sin introducirlo, empecé a jadear y desesperarme, sin dejar de hacerlo se acercó bien a mi oído y me dijo

    – ¿te gusta putito?

    – Me encanta – contesté

    Entonces apoyé mi cuerpo ladeado sobre uno de mis codos, incorporándome levemente, sin cambiar mi cola de lugar, que seguía recibiendo esas suaves caricias, entonces metiendo un par de centímetros su dedo dentro de mi ano, me dijo muy despacito

    – Tocate los pezones vos solo putito

    Cerré los ojos y lo hice, me acaricié solo mis pezones como me dijo muy suavemente, e introdujo un poco más su dedo, me estremecí por lo que me hacía y no me importó que cuatro tipos estuvieran mirando la escena como espectadores privilegiados de un estreno porno, que escuchen y vean mi jadeo y mis gemidos afeminados, en eso, el otro tipo que me había estado viendo en las duchas, se acomodó en cuclillas frente a mi, sacó mis dedos de mis pezones y me los empezó a retorcer y estirar él, acercó su verga, también muy deseable, a mi boca y sin decir nada, la puso tocando mis labios, empecé a lamerle la punta, lamí su glande, centrando la atención y moviendo bien rápido mi lengua en el orificio por donde sale la lechita, en el ojito de la pija.

    El que estaba atrás mío metiendo su dedo en mi ano, en medio de mi agitación dijo:

    – te vamos a coger nene, vas a entregarnos la colita, puta

    Nada me importó que los cuatro tipos que estaban cerca se hubieran acercado más y estuvieran parados casi al lado nuestro para ver mejor y por lo menos dos de ellos se estuvieran masturbando sus tremendas vergas.

    Mi agitación y jadeo iban en aumento, casi incontrolable, al escucharlo decir que iban a cogerme y tratarme de puta, me metí más de la mitad de la pija que estaba frente a mi en la boca, se la chupe desesperadamente, mi calentura era terrible, en eso sentí que el de atrás estaba empezando a penetrarme, se acomodó bien y comenzó a meter su verga muy lentamente sin cambiar de posición, mi ano no se resistió, el tipo sabía bien lo que hacía y me apretó las nalgas hacia los lados y las separó bien, así no tuvo problema en que mi agujero se abra y me la puso bien adentro y hasta los huevos, dándome muchísimo placer que pude expresar de ésta manera

    – Ahh, ohh, mmm papá, como me coges, que divino sos, me volves loca amor, que buena pija tenés, oh Dios mío, mmm por favor no pares, me vas a hacer acabar guacho

    Todo eso lo dije mientras el que había estado haciendo que se la chupe, me lleno la cara de semen, escupiéndola a chorros sobre mis mejillas, y toda mi cara, el de atrás tampoco aguanto más y anunció que se iba a correr y como yo también acabé como una perra, no pude ni tuve la claridad mental para evitar que me deje todo su esperma adentro, lamentablemente en esos días se empezaba a escuchar con mucha fuerza del tema de la peste rosa, que era un virus que atacaba solo a homosexuales, no había información muy clara al principio y quien tenía la desgracia de contraerlo, sufría una muerte horrible.

    En ese momento decidí que, a pesar de lo mucho que me gustaba el contacto piel a piel, nunca más iba a permitirme tener sexo sin condón y tampoco iba a tragar semen por la boca, por mucho que me gustara saborear la leche de un macho entre mis labios, deje de hacerlo, cosa que me trajo muchos rechazos de tipos que no quieren entender y creen que los putos deben tragarla obligadamente, pero de ninguna manera volví a tragar esperma.

    Los dos acabaron y se fueron, sin siquiera preguntar si yo estaba bien o si quería acabar. Quede tirado ahí un rato, con la cola hacia arriba, uno de los tipos que había estado viendo la escena, se acercó, me acarició las nalgas y como no dije nada, me las separó con sus manos, y se puso a lamer mi ano, eso me da tanto placer que no me importó ni haber visto la cara del hombre, dejé que me lo haga, hasta que él solo decidió que era hora de cogerme, yo estaba entregado y algo triste, sentía que los dos tipos que me cogieron antes, solo me habían usado como una cosa, y la verdad éste que estaba a punto de penetrarme no era muy distinto, pero ya me daba igual y me deje coger como una prostituta que mira el techo mientras se la coge un tipo que paga por eso.

    El tipo sació su necesidad y yo un poquito también, porque había disfrutado la chupada de culo que me dio.

    Después de eso estuve un tiempo sin ir al sauna, hasta que tuve ganas de darle una nueva oportunidad a ese tipo de lugares, y por suerte tuve experiencias mucho mejores y satisfactorias.

    Espero que les haya gustado y pueden dejar sus comentarios aquí o escribirme a [email protected]

    Besos a todos mis lectores.

  • Las manos de mi madre

    Las manos de mi madre

    La cruda realidad me estalló en la cara cuando el día después de mi cirugía en ambas manos fui plenamente consciente que durante al menos varias semanas estaría sin manos.  Si, literalmente sin manos. No podía hacer absolutamente nada sin mis dos preciadas manos. Ni comer, ni rascarme la nariz, ni orinar si quiera para al menos sacar mi pene o bajarme el pantalón. Era horrible. Escasamente las puntas de mis falanges se asomaban y podía moverlas un tanto.

    Maldije la vida en ese minuto. Maldije mi bicicleta de la que caí estrepitosamente al andar por aquella maldita vía asfaltada en pendiente. Mis manos soportaron el peso de mi cuerpo al impactar contra el suelo duro y negro y mis muñecas se hicieron añico. Ahora estaba sin manos. No sabía lo terrible que es no tener manos. Es peor que no tener piernas. Verlas así completamente enyesadas sin poderlas mover era una verdadera tragedia.

    No pude continuar yendo a mi primer año universitario que acababa de iniciar. Tuve que congelar mis estudios y eso me frustraba enormemente. Estaba deseoso de experimentar eso de ser un primíparo universitario y solo falta una semana para ello. Tranquilo, todo va a pasar, ten paciencia, el semestre próximo inicias y ya está, me repetía mi madre cada día cuando miraba mi rostro frustrado.

    Me sentía raro, avergonzado y fastidiado cada vez que tenía que usar el baño para hacer pipi o peor aún para hacer caca. Me incomodaba que mi mama me viera desnudo y aun peor que tuviera que agarrar mi pene para sacudirlo o secármelo con pedazos de papel higiénico. Era todavía más terrible e indignante que tuviera ella que limpiar mi culo después de cada deposición. Aunque ese primer día lo hacía procurando voltear su rostro para mirar hacia otro lado y no avergonzarme tanto.

    -Ándale hijo, déjate de tonterías, bien que te limpiaba todo cuando eras un bebé. Soy tu mamá. Relájate.

    Pero me era imposible al principio no sentirme incómodo y evitar la vergüenza. Ya no era un pequeño. Ahora ya acababa de cumplir mi mayoría de edad después de todo. Podía entender que mi madre aún me leyera como su niño, pero ya yo no me sentía tal cosa.

    Al día siguiente fue mi primera ducha en casa. La pensé mil veces para hacerlo. La idea de estar completamente desnudo ante mi madre y peor aún, que fuera ella quien me enjabonara como un bebé me ponía de puntas de lo incómodo. Dejé pasar el día entero sin decir nada hasta que fue ella misma casi al morir la tarde quien me sentenció a que debía ir ducharme.

    Lo hice de mala gana. Me levanté y me metí al baño a esperarla ansioso para que ese momento pasara lo más rápidamente posible.

    Ella entró resuelta y cariñosa como siempre con su ropa vieja de estar en casa. Alce mis brazos, con cuidado ella me quitó la franela suave y holgada que yo vestía y me bajó mi calzoncillo y pantaloneta de un solo tirón sin ser brusca. Me sentí al descubierto. Sentí el aire fresco y húmedo del baño recorrer mi desnudez. Era la primera vez que estaba completamente desnudo ante ella desde mi niñez.

    Ella ni expresó nada pero su mirada fisgoneó un poco en mi sexo con evidente y natural curiosidad y su mirada recorrió de reojo mi cuerpo desnudo completo. Con mucha naturalidad y ante mi actitud tensa me pidió que alzara los brazos y entrara en la ducha. Lo hice y ella con la llave flexible podía mojar por todas partes de mi cuerpo sin pringar el yeso de mis manos. Me recorría con ternura pero naturalidad. Yo no paraba de sentirme tenso e incómodo, pero extrañamente era agradable sentir sus manos enjabonar mi cuerpo. Cerré los ojos y en silencio dejé que sus manos suaves me recorrieran por toda mi intimidad. Un cosquilleo agradable me invadió.

    Me dio una palmaditas en mis nalgas que me sacó de mi estado de paz y me decía cosas como si fuera yo todavía un bebé. Lo hacía con cariño para bajarme la tensión. Yo sonreía un poco avergonzado. Pero cuando me giré y me expuse frente a ella completamente, sentí tensión nuevamente.

    -¡Tremenda cosa colgante tienes!, hijo de tu padre tenía que ser ja ja. Eres todo un hombre.

    Ese comentario con pretensión juguetona elevó mi vergüenza aun más. No supe cómo reaccionar ante esas palabras. Solo lo decía por romper el hielo y relajar la atmósfera. En todo caso, para mí, mi pene estaba muy dentro de lo normal aunque si un poco grueso según comentarios de una que otra novia que ya había tenido en los dos últimos años. Cerré los ojos en silencio y dejé que me enjabonara mi cuerpo, mi zona pélvica y mi pene. La sensación de su mano en mi zona íntima fue suave y agradable la verdad sea dicha. Pero fue breve, creo que lo más breve que pudo para no fastidiarme. Finalmente todo culminó. Me secó, me echó desodorante y polvo de cuerpo, me ayudó a colocarme un bóxer azul corto y una camisilla.

    -Ahora entiendo porque se te pinta siempre un bulto jajaja.

    -Ay mami me haces sonrojar.

    -No seas tonto. Soy tu madre.

    A pesar de lo natural y juguetona de mi madre, no podía evitar sentirme tenso y un tanto avergonzado a pesar de lo placentero del baño. Debo admitir por lo tanto que esa primera ducha fue menos dramática de lo que me esperaba.

    Mi mamá había pedido tres semanas de permiso de su trabajo para poder cuidar de mí, al menos hasta que me quitaran los yesos y pudiera yo comenzar a hacerme por mi mismo algunas cosas básicas. Era entonces raro estar todos los días en casa solo con ella. Rodolfo, mi hermano menor iba a la escuela y solo regresaba por las tardes y mi padre se había separado de ella ocho años atrás.

    Los días eran tranquilos, pero a ratos era desesperante no poder hacer otra cosa que mirar tv aunque podía con mucho esfuerzo teclear algo en el pc moviendo enteramente mi brazo y pulsando con la punta de mis salientes dedos y poder navegar en el internet un poco, pero me cansaba rápidamente. Mi mamá se ocupaba de mí y el resto del tiempo hacía los quehaceres de casa, sino se relajaba en su alcoba mirando tv. Me hablaba bastante a ratos y creo que eso ayudó a intimarnos y hasta a conocernos un tanto más que antes.

    Durante la madrugada ocurrió un primer incidente realmente vergonzoso que marcaría un punto de inflexión en esta historia. Tuve muchas ganas de orinar como solía ser habitual de mi cuerpo, pero al tiempo tenía una tremenda erección de naturaleza fisiológica, de esas que se forman en la noche sin motivo erótico. Así que intenté ir sigilosamente al baño solito y hacer pipí. Salí de mi alcoba, recorrí el pasillo, pasé por la puerta abierta de la alcoba de mi madre contigua al baño que había decidido mantener abierta para atender mis urgencias. Empujé la puerta del baño que estaba medio abierta y con mi brazo pude encender la luz. Craso error. Mi madre de sueño ligero sintió no solo mis pasos, sino también la luz del baño que iluminó el pasillo y de paso un poco la oscuridad de su habitación. Su instinto protector la hizo saltar de su cama y rápidamente salió en su bata corta y su rostro fruncido por la luz molesta y me hizo un reclamo sin enfado del porqué no la había llamado para ayudarme.

    -¿Vas a hacer pis?

    Yo apenas asentí tímidamente. Ella se acercó sin vacilar y me deslizó mi calzoncillo hacia abajo sin poder aun estabilizar su mirada aturdida por la luz. Mi erección inevitable salió disparada al aire libre. Mi madre miró mi pene crecido por primera vez seguramente. No se lo esperaba y mi vergüenza subió colores a mi rostro.

    -Las ganas de orinar me lo pone duro en las noches.

    Ella, solo lo miró un segundo y sonrió un poco entre curiosidad, vergüenza y sorpresa.

    -Hombres, hombres, ay hombres. ¿Puedes mear así o mejor te sientas en la taza?

    Me senté en la taza a esperar a que la erección cediera, pero sabía que iba a tomar unos largos segundos. Cuando volví a mirar hacia arriba noté que mi madre me lo miraba con curiosidad. Pude detectarlo en sus ojos color café ahora dilatados. Notó que yo me daba cuenta que miraba mi sexo y percibí en ella un cierto atisbo de vergüenza. Se sintió pillada contemplando mi intimidad.

    -Bueno me avisas, para secarte y subir tu calzón.

    Salió del baño un poco y se puso de espaldas en el pasillo sin cerrar la puerta. Fue una rara sensación. De alguna manera convivían en mí, una incomodidad y vergüenza por la situación pero al tiempo un cierto placer de saber que a mi propia madre de alguna manera le había llamado la atención ver mi pene así, erecto. Intenté entonces concentrarme para que mi erección cediera. Poco a poco mi miembro fue ablandándose y un chorrito de orín fue saliendo cada vez con más fuerza. Ella escuchó mi orín caer en la taza.

    -Pudiste al fin. Ya se te puso chiquita je je. Bueno chiquita es un decir, porque aun dormida la tienes tremenda.

    En realidad no estaba aún tan chiquita, pero su comentario hizo que mi mirada se volcara hacía ella que aún seguía de pie y de espaldas en el pasillo. Fue entonces cuando noté que su bata vieja azulosa y corta era bastante transparente y se le dibujaban claramente sus nalgas abundantes y una tanga oscura de encajes en las costuras inferiores. Era extraño y poco menos que imposible quitar mi vista de su culo grande. Sentí vergüenza, cierta culpa y morbo. Si, morbo hacia el culo de mi madre. Fue la primera vez en mi vida que había tenido un mal pensamiento para con ella. Muchas veces mi madre la he visto así en bata en la cocina incluso en ropa interior, pero era la primera vez que la miraba con ojos de morbo. Hice un esfuerzo mayúsculo para sacudir todo eso en ese instante. Miré hacia otro lado y pude terminar de orinar. Mi pene por suerte estaba fláccido y ella acudió a ayudarme. Me secó el glande con papel de forma diligente y me subió mi calzoncillo siempre evitando al máximo mirarme. Pero esta vez fui yo quien aprovechó para mirarle. Al agacharse para subir mi calzón volqué mi mirada hacia su escote desnudo. No tenía sostenes y no solo le miré de reojo su busto medio desnudo sino que pude por un instante estudiar su pezón ovalado amplio y oscuro visible a través de la tela delgada de su bata.

    -Listo hijo, sigue durmiendo.

    Se empinó, me dio un beso en la mejilla, se giró y caminó hasta entrar a su alcoba. Miré otra vez su cuerpo curvo y llenito de señora cuarentona. Su prenda íntima de encajes se hizo más visible al caminar. Yo apagué la luz y volví a mi cama. Un silencio absoluto roto solamente por los perros o un auto lejano invadió mi espacio. La imagen de mi madre en bata, su mirada atenta curioseando en mi sexo, su cara bonita, su cuerpo gordito de curvas amplias, su culo grande y su tanga oscura de encajes me abrumaban. Esta vez la erección ya no era por causas fisiológicas. Morbo y culpa, culpa y morbo. La vida es compleja y muchas cosas no nos las podemos explicar. No supe en qué momento caí dormido nuevamente pensando en lo atractiva que es mi propia madre.

    Al día siguiente todo transcurrió con normalidad. Pero me sentía diferente. Algo ya no era como antes. Decidí salir por un momento al patio para asolearme un poco antes de almorzar. Sobre la alambrada estaban colgadas varias prendas de vestir de ella, de mi hermano y mías que ondeaban con el viento. Uno ve lo que quiere ver definitivamente. Nunca antes me había fijado en ello a pesar de las cientos de veces que he visto en las alambradas prendas íntimas de mi madre al sol. Pero esta vez era diferente. Mi cerebro las fijó de inmediato en mi pensamiento una vez estuvieron en mi distraído campo visual. Me acerqué y comencé a observar y curiosear con atención esos calzones femeninos. Había cuatro prendas en la alambrada ese día. Una panty negra de algodón sencilla sin nada especial, una tanga blanca de tirantas delgadas y encajes en la zona de la vulva que me resultó tremendamente sugestiva y la última, la que yo pude ver a través de su bata, tenía puesta la noche anterior sin duda alguna. Era una tanga de un uniforme azul turquesa como pude constatar. Tenía un elástico amplio y encajes en los bordes inferiores. Era la más nueva de todas por su excelente estado. Se me vino la imagen de la noche anterior. Mi madre de espaldas hacia mí con sus nalgas abultadas y apretujando esa prenda ahora colgada ante mis ojos. Olía a limpio y aun estaba algo mojada. No hacía mucho había sido lavada a manos para no dañar los encajes seguramente.

    Me preguntaba con interés inusitado qué prenda tendría puesta ella ahora que ya tomó ducha. Me resultaba increíble que por mi cabeza solo pasaran ahora pensamientos obscenos para con mi propia madre, pero eran inevitables y cada vez más intensos y diversos. Cada paso me abría nuevas curiosidades y me hacía explorar nuevos horizontes de morbo y fantasía.

    Después de almorzar, estuve divagando en pensamientos obscenos. Se me había despertado un cierto apetito sexual inesperado en esta convalecencia. Pensaba en el olor de la vagina de María, una exnovia a quien le obsesionaba el sexo oral. Por ratos fantaseaba con Sonia, la novia de mi amigo Ernesto, quien era una chica sensual aunque no bonita ciertamente. Fantaseaba con la profe Marta de matemáticas de rostro bonito y grandes senos y con la tía Patricia de mi amigo Miguel, una señora también bonita gordita blanca de grandes ubres y culo redondo que gustaba mucho vestir con faldas cortas. Imaginé varias situaciones sexuales y eso expandía mi imaginación a límites eróticamente insospechados. Estuve largamente recreando en mi cabeza embriagada de deseos que la profe Marta y la tía Patricia estaban conmigo en una cama haciendo un trío y que además entre ellas había un voraz sexo lésbico incluido. Todos esos pensamientos cobraban fuerza a medida que avanzaba la tarde y mi pene se endurecía a ratos según lo intenso y vívido de cada escena imaginada.

    Entonces hubo una de esas conexiones de raciocinio raras que se meten de intrusas en la cabeza cuando uno menos lo espera. En medio de esa escena de sexo imaginada, me di cuenta que esas dos mujeres, Marta y Patricia, recreadas en mi mente desnudas y devorándome, eran dos señoras casi de la misma edad de mi madre y además de eso, ambas muy parecidas físicamente a ella. Un poco gorditas, de esas que lo han sido toda la vida por naturaleza y no necesariamente por mal comer, de tez clara, de rostros agraciados, curvas pronunciadas, caderas anchas, senos abundantes y traseros generosos. Parecía algo banal, pero fue un para mí en ese instante hallazgo fascinante y revelador que generó pálpitos en mi corazón. Tal vez en realidad y en el fondo, yo simplemente y de manera inconscientemente deseaba a mi propia madre y me era menos culposo reproducirla en otras mujeres parecidas a ella, tales como Marta y Patricia quienes a su vez tenían su encanto propio. Esta convalecencia y el estar cotidianamente desnudo frente a mi madre habían hecho sacar ese deseo prohibido del fondo de mi psiquis. Entre esas cavilaciones me quedé dormido sentado en una mecedora pegada a una ventana que daba hacia la calle.

    Mi mamá me despertó. Tal vez había pasado una media hora desde que me había quedado dormido. Al abrir mis ojos me hallé con su rostro bonito de ojos marrones y una sonrisa de ternura infinita. Se había maquillado y tenía puesta una blusa rosada que caía hasta sus muslos y una falda blanca. Lucía bonita. Ahora mis ojos tenían otro filtro cuando la miraba. Eso me fascinaba lo mismo que me incomodaba. Mi piel se erizaba de saber que miraba con ojos de deseo a mi propia madre. No lo podía evitar.

    -Voy a salir un momento al banco hijo, intentaré demorarme menos de una hora. ¿Necesitas algo? ¿Ir al baño?

    -Si mamá, debo orinar- le dije despreocupadamente.

    Entonces me levanté, todavía somnoliento y caminé hacia el baño. Me dispuse de pie frente a la taza intentando alejar esos pensamientos tan pesados, pero su belleza y el olor de su perfume, sumados a la intensa tarde de fantasías eróticas me arrastraban demasiado. Ella de un tirón e intentando no hacerme sentir incómodo como siempre, me bajo de un tirón mi pantaloneta y mi calzoncillo. Otra vez mi inocencia y despiste me fallaron. Lo primero que bajó de mi pene adormilado y en abundancia fue una espesa línea de líquido preseminal que cayó como un chorro de miel. Fue imposible esconderlo y a pesar de que mi madre hacía el esfuerzo de apartar la mirada, fue inevitable que no lo viera caer como una gota seguida de una línea en cámara lenta. Hubo un silencio de sepulcro. Ella no pudo evitar expresarse.

    -Wao, hombres, hombres. Siempre calientes. Me avisas cuando acabes hijo.

    Sentí algo de vergüenza. No sabía si su comentario era negativo, de molestia, de indignación o de sarcasmo. Pero esta vez no acudí al silencio. Le pedí disculpas de forma natural y honesta mientras meaba.

    -Está bien hijo, no pasa nada. Es normal. Solo que no me esperaba ver esa babita salir así de tu cosita, bueno más bien de tu cosota je je. En que andabas pensando?

    -Ay mamá en nada. Me haces sonrojar.

    Al terminar, ella tomó el pedazo habitual de papel higiénico, me peló el glande y me lo secó con cuidado y ternura. Aún había líquido espeso. Se sonrió y me exprimió un poco mi pene deslizando sus dedos en forma de pinza hacia adelante. Otro hilo de líquido espeso brotó y eso la divirtió. Me secó tomando aún más papel.

    -Wao, estas bien cargado hijo. No te sientas mal por eso. Es normal. Y lo peor es que no puedes jalártela. Pobrecito, ja ja. Perdona. No es mi intención burlarme. Luego tocará limpiarte bien más tarde cuando tomes la ducha ja ja. Debo apurarme porque me cierran el banco.

    Todo transcurrió natural. Me subió mis calzones y se marchó. Un silencio y un alivio me acogieron a pesar de la vergüenza que acababa de vivir. Era raro todo, pero otra vez me tranquilizaba el hecho de que mi madre entrara poco a poco en mi intimidad y mi sexualidad. Ahora tuve más claro que ella como tal, me excitaba y empezaba a fantasear con que ella a mí, también. Aun con el olor de su perfume y la sensación de su mano limpiando mi sexo, tuve una fulminante erección que disfruté. Esta vez era por y para ella. Tuve tantas ganas de masturbarme, pero me era imposible.

    Una hora y quince transcurrieron cuando sentí a mi madre abrir la puerta. Me preguntó si yo estaba bien y sintió mucho haberse demorado. Le dije que no pasaba nada, que yo no había necesitado de nada durante ese momento.

    -Ahora sí, ven vamos a que te duches, en una hora llega tu hermano y debo apurarme a prepararles cena.

    No supe bien porque. Pero deseaba ahora tanto ese momento a pesar de que yo sabía que no me atrevería a nada. Pero deseaba eso. Estar desnudo frente a ella y sentir sus manos.

    Ella se quitó la ropa de salir y se colocó una blusa blanca de tirantas y un short de algodón cómodo que dejaba sus muslos desnudos. También se apretaba mucho a su cintura e inevitablemente le dejaba bien dibujada du vulva. Era curioso que yo mirara ahora esos detalles que antes ni prestaba atención a pesar de que siempre estuvieron allí. Todo lo hacía con discreción. Mucha naturalidad de mi parte.

    Me desnudó ya en la cabina de la ducha. Alcé los brazos y comenzó la fiesta. El agua mojó mi cuerpo y en un par de minutos otra vez sus manos, sus suaves manos recorrieron mi espalda, mis nalgas y mis piernas con esponja y jabón. Ella hablaba de su vuelta al banco y yo apenas si podía prestarle atención, más bien concentrado en la rica sensación de sus manos en mi cuerpo. Desde atrás, sin girarme hacia ella, sentí su mano pasar por mi pelvis, mis testículos y mi pene. Lo enjabonó con suavidad y agilidad para no demorarse mucho y lo peló despacio para lavarlo. Sentí su mano tocar mi sensibilidad y cerré los ojos. Terminó esa zona y se concentró en mi cabello. Fue imposible no tener una erección aunque leve, pero sensiblemente visible. Me asusté e hice un esfuerzo para que eso se apagara mientras ella aún aplicaba mi champú en mi cabello.

    -Voltéate por favor.

    Me hice el que no escuché y seguí de espaldas solo para ganar tiempo, pero ella insistió y me hizo girar tomándome con cuidado del brazo. Mi erección había cedido un poco afortunadamente y al parecer no la notó. Pero su cara bonita, sus labios pintados de rojo, su perfume, el busto casi desnudo por las tirantas mal acomodadas, todo me resultaba tremendamente erótico. Y torpemente mi erección recobró algo de vida. La punta de mi pene topó con su abdomen y a pesar de que ella estaba concentrada en lavar bien mi cabello, al sentir mi glande rozar su panza su mirada se lanzó de inmediato hacia abajo para buscar el elemento que tocaba su cuerpo.

    Miro hacia abajo, alzó su mirada y clavó sus ojos marrones dilatados en los míos. Eran ojos interrogantes, sorprendidos, despiertos, emocionados, condenadores, extrañados, profundos, pero serenos. Yo no tuve aliento para musitar palabra. Una avalancha de vergüenza me inundó. Esquivé su mirada mirando como mi pene me traicionaba cobrando para mi sorpresa más erección aún. Volvió a mirarlo.

    -Hijo, creo que estas muy necesitado. Pero dime una cosa honestamente. ¿Se te puso así, porque yo te lo toqué?

    -No lo sé mamá. Creo que sí. Perdóname. No es voluntario. Perdóname mamá – fue lo único que me pudo salir de mi boca.

    Lo miró otra vez. Sonrió levemente. Después rio al tiempo que acariciaba mi rostro. Miraba otra vez mi pene duro y mojado.

    -Hijo, no pasa nada. Es normal. Creo que te hace falta una tocadita o como se dice comúnmente. Una buena paja.

    -Ay mamá para. Haces que me avergüence. Lo sé. Tal vez sea eso.

    -Está bien hijo. Es normal. Todo esto es natural. Pero perdona que me de gracia eso. Verte así. Nunca pensé que te vería desnudo y caliente. ¡Qué pinga que te gastas! Wuao y pensar que apenas ayer eras mi bebé.

    -Yo creo que la tengo normal. No exageres mamá.

    -Míratelo, es grueso. Se te ve interesante. Tremendo huevo que tienes.

    Al decirlo me guiñó el ojo y sonrió. Se inclinó, me dio un besito en la mejilla. Sus senos se aplastaron contra mi pecho y mi pene ya un tanto menos duro se estrelló más estrechamente contra la parte alta de la su zona púbica. Acercó su boca a mi oído y musitó – tranquilo hijo, no te sientas mal. Eres un hombre y como tal has de tener necesidades normales.

    El timbre sonó. Mi hermano menor había llegado de la escuela. Mi corazón palpitaba y una sensación extraña entre excitación, culpa, morbo, goce y vergüenza me invadieron mientras ella me secaba aceleradamente. Fue a abrirle a mi hermano quien de inmediato se sentó en la sala para mirar un capítulo de una serie de tv. Mi mamá volvió ingresó al baño con cierto actitud de complicidad. Su mirada ahora brillaba diferente. Me puso el calzoncillo con sigilo y acomodó mi pene que aún estaba un tanto grueso.

    – Que bulto tienes hijo – me dijo con voz pasita, casi secreteando.

    -Ay mamá para por favor.

    La tarde y noche transcurrieron dentro de la normalidad, pero mi cabeza solo pensaba y ansiaba situaciones como la que había sucedido en el baño con ella. Recreaba la sensación de sus manos tocando mi sexo. Quería que sucediera otra vez, aunque sabía que yo no me atrevería a tomar una iniciativa sexual para con ella. No creo que lo consintiera a pesar de su postura comprensiva con todo este tema. Carajo, se trata de mi propia madre.

    Esa noche a parte de ir a orinar antes de dormir, no hubo otra eventualidad. Dormí profundamente sin despertar hasta que la luz matutina invadió mi alcoba. Me desperté y oriné sin llamar a mi madre. Pude bajarme mi calzoncillo y sentarme en la taza como una dama. Para subirme mi ropa si tuve que pedirle el favor. Lo hizo algo apresurada para poder atender el desayuno puesto que mi hermano debía partir a la escuela.

    En esa mañana, la señora Nohemí, una vieja amiga de mi madre, fue a casa a visitarla aprovechando que mi madre andaba de libre laboralmente. Se sentaron bajo la sombra en el patio para chacharear y secretear temas de mujeres y yo quedé solo dentro de la casa mirando tv y matando el aburrimiento. Por un momento contemplé a Nohemí. Era una mujer casi de la edad de mi madre, de rostro bonito, de estatura chica, delgada y senos gordos. Era atractiva y también me despertó de pronto un mal pensamiento que antes nunca me había inspirado. Hasta imaginé por un instante que ella y mi madre estaban haciendo algo lésbico desnuditas en mi cama. Que pensamiento más caliente ese que tuve. Erección inevitable. Me fui a la alcoba de mi madre sin ninguna razón. Solo por moverme y me tumbé en su cama a imaginar y fantasear cosas sexuales. Miraba el cielo raso simplemente con ese deseo tan impío pero intensamente placentero. De repente y sin saber porqué, se me prendió el bombillo y me fui al cesto de la ropa sucia que está siempre en la alcoba de mi madre. Estaba a medio llenar y en la parte superior yacía la ropa de mi hermano y la mía. Pero había una diminuta prenda femenina que coronaba la pila de trapos. Era una tanga delgada de algodón gris con líneas rosadas delgadas. Era la que tenía puesta anoche seguramente. Me aseguré de que mi madre estaba bien distraída con su amiga y como pude la tomé con la punta de mis falanges. La zona interna donde se junta con la vulva estaba un tanto amarillosa y un pelillo se había pegado.

    Mi nariz se embriagó, debo admitirlo. El olor era más intenso y más vívido de lo que esperaba. Era como si estuviera oliendo directamente su sexo. Ese aroma penetrante a intimidad femenina me produjo una corriente en mi cuerpo muy placentera que avocaron unas urgidas ganas de masturbarme. Gocé oliendo esa prenda como si fuera un drogadicto perdido y sin remedios. Perdí incluso mi realidad y me olvidé del mundo. Tan solo porque Nohemí emitió una carcajada pude reponerme y salir de mi estado nirvánico. Dejé la alcoba sin levantar sospechas. Pero mi erección era definitiva. Así que me escondí en mi alcoba y respiré profundo para que se me pasara la alteración, pero el aroma vaginal materno impregnaba mi olfato. Todo olía a cuca de mamá.

    Me distraje después nuevamente en la tv hasta que Nohemí se marchó. Entonces tuve ganas de orinar. Mi madre al verme dirigir al baño, me persiguió para ayudarme. Otra vez, me bajó mis calzones y una gota espesa de líquido transparente cayó como hilo de miel. Mi madre solo sonrió un poco burlonamente.

    – Miguel. ¿En qué te la pasas pensando?

    – En nada mamá.

    Cerré mis ojos. Dejé que mi orín fluyera y ella me limpió. Había más líquido todavía saliendo.

    – Hijo, dime una cosa. Puedes ser sincero conmigo. ¿Tú te masturbabas a menudo antes de accidentarte? Digo, ¿Estabas acostumbrado a jalártela diariamente o algo así?

    Me puse rojo. Y solo sonreí avergonzado. Ella me acarició el cabello con ternura sin dejar de pasarme su mano con papel higiénico para secar mi glande que aun chorreaba un poco de líquido.

    – Anda, hijo, puedes decirlo. No tiene nada de malo eso. Quiero que te sientas cómodo con ese tema porque faltan semanas hasta que ya puedas ser autónomo con tus manos.

    – Ay mamá, a veces si lo hacía. Como todo chico de mi edad. Tú sabes.

    – Si, si, si lo sé. No te sientas mal. Es que me pregunto si acaso no te hace falta eso. Creo que estás necesitado, y mucho más de lo que yo podría imaginar.

    Me iba a quedar en silencio, pero algo desconocido me impulsó a expresarme con honestidad.

    – La verdad mamá. Si me hace falta hacérmela.

    No me dijo nada. Solo me quedó mirando un tanto con ternura, comprensión, indagación y sonrisa con esos ojos marrones. Hubo un silencio y de repente sentí sus dedos tantear mi pene dulcemente por la parte inferior. Pensé que eran ideas, pero era real. Mi mamá estaba acariciando mi pene. Así, tímidamente pasado la punta de su dedo medio entre la parte inferior de mi pene aún fláccido y mi testículo. Muy despacio. Luego, sin musitar palabra su dedo buscó el frenillo de mi glande, lo posó y lo paseaba muy delicadamente generándome un rico cosquilleo erector. No nos decíamos nada. Yo, incrédulo, me quedé estático e hice un esfuerzo por parecer sereno. Mi rostro inevitablemente expresó placer.

    Ella fijaba su mirada en mi rostro. Yo no dejaba de mirar el brillo raro de sus ojos bonitos palpitantes, pero seguros. Mi cuerpo reaccionó claro está. Mi pene empezó a cobrar volumen lentamente hasta ponerse en posición horizontal. El glande ahora estaba completamente descubierto. Ella sin cambiar de expresión, sencillamente comenzó a pasar el dorso de su mano por la parte superior de mi miembro. Acariciaba enredando sus dedos en mi vello púbico y después deslizándolos hasta la puntita palpitante. Después se devolvía muy, muy despacio para repetir el ciclo sin dejar de mirar las reacciones de mi rostro plácido.

    Ella mordisqueó su labio inferior con sus dientes blancos y medio sonrió. Su expresión muy sexy denotaba que algo prohibido estaba pasando. No nos quitábamos la mirada. Finalmente el silencio se rompió.

    – Hijo, yo sé que no es correcto esto, pero se te puso dura. Supongo que eso quiere decir que te gusta el toqueteo que te he hecho con mi dedo.

    – Si mamá. Si. Me gusta. No pares por favor.

    Sonrió. Volvió a mordisquear sus labios y miró hacia abajo.

    – Que verga tienes hijo, perdona que insista. No me creas perversa, pero caray, no pensaba que la tuvieras así. No puedo dejar de sorprenderme. Eres ya todo un hombre.

    Entonces fue cuando finalmente la garró. Sentí su mano suave tomarla con propiedad. Me comenzó a masturbar muy lentamente. Jugando a pelar y cubrir mi glande con sus dedos índice y pulgar. Nuestras respiraciones se entrecortaban y se hacían más intensas en el silencio de la casa.

    – Mamá te va ayudar. Yo sé que lo necesitas, pero esto es algo muy secreto Miguel. Esto no se le cuenta a ni a tu sombra. Es algo incorrecto. Tampoco te prometo que volverá a suceder otras veces.

    – Está bien mamá.

    – Voltéate. Es más cómodo para mí yo estando detrás de ti.

    Ambos estábamos de pie justo al frente del inodoro. Me giré y le di la espalda sin entender bien lo que deseaba. Me abrazó entonces desde atrás y con su mano izquierda, como mujer zurda que es, tomó mi pene. Su mano derecha la dispuso mi pecho velludo y luego la deslizó hacia mi muslo para acariciarlo. Comenzó entonces a masturbarme a un ritmo más intenso. Yo no lo podía creer. Me sentía extraño. Había un disfrute infinito, había un morbo multiplicado por cien viendo esa mano mayor, femenina, tierna y tremendamente prohibida trabajar en mi sexo. Yo jadeaba un tanto. Ella también daba muestras de excitación respirando en mi espalda. Su otra mano abandonó mi muslo y se ocupó en acariciar mis bolas sin que la otra dejara de menearme el miembro. Ella respiraba y jadeaba con su boca casi pegada en la parte baja posterior de mi hombro.

    Luego sentí que sus labios se pegaban a mi espalda y me daba besos tímidos y tibios. Su mano se agitaba más rápidamente. Advertí que ella gemía a ratos.

    – ¿Voy bien?, ¿así te gusta?

    – Si, si, si mamá, hmm. Si.

    – Pero me canso un poco así. Miguel, mejor me sentaré en la taza.

    Ella se sentó y mi verga apuntaba hacia su rostro curioso cuya mirada se alternaba entre mi sexo, recorriendo mi cuerpo hasta terminar en mis ojos. Miraba mi pecho, mi abdomen, mi pubis. Su mirada era otra. Era simplemente de mujer. De mujer excitada. Eso me daba más ánimo y morbo, pero yo no me atrevía decir o expresar nada al respecto. Continuó entonces agitando su mano. Ahora yo la podía ver. Contemplé su rostro que estaba rojizo. Su boca carnosa se mordisqueaba mientras su mano se deslizaba por mi miembro. Sus pupilas se dilataban. De repente su mano desocupada dejó de estar en mi cuerpo y comenzó a pasearse por sus senos encima de su blusa blanca. Entonces detuvo todo como si se hubiera cansado. Exhaló aire desde muy profundo tomó aire. Hizo un gesto de desapruebo para con ella misma, luego recobró su prestancia por unos segundos temblando un poco.

    – Ay perdona hijo, pero esto también me altera. No me siento cómoda del todo, pero la verdad hacer esto me estimula más de lo que yo creía. Me dieron ganas de tocarme. Qué vergüenza contigo.

    – Mamá está bien. Ahora soy yo quien te pide que no te sientas mal por eso. No sabes lo mucho que me gusta lo que está me haces. Estoy gozando mucho. ¿Por qué no podrías tú también gozar? No tiene nada de malo.

    – Ay hijo. Esto no es algo correcto, aunque nos guste. Terminemos esto y no te prometo que vuelva a pasar. ¿Bueno?

    – Ok mamá. Pero puedes tocarte si deseas. No te sientas mal. Solo eso quiero que sepas.

    Ella exhaló, sonrió y tomó mi pene. Lo comenzó a masturbar otra vez. Despacio, luego más rápido y miraba mi rostro de goce. Esa pausa de confesiones prohibidas me dio más seguridad y ganas. Quería que se desnudara. Quería verle las tetas. Pero no me atrevía a pedírselo. Podría tomarlo mal y todo acabaría.

    Su mano cobró la velocidad óptima en la que un cosquilleo sabroso recorrió mi cuerpo como corriente eléctrica. Su respiración otra vez denotaba excitación. Su boca ahora estaba relajada y su lengua se paseaba por sus labios y se mantenía entreabierta denotando deseo. Su mano derecha otra vez tocaba sus senos pero esta vez la metió por debajo de su blusa a la que tuvo que desatarle un par de botones. Se tocaba mientras me jalaba el pene. Que caliente era ver eso, aunque no estaba su seno desnudo a mi vista. Apenas si pude verle su sostén desacomodado y algo de su abultada teta cubierta por su necia mano. De repente escupió encima de mi glande y sus dos manos sujetaron mi sexo ahora suavizado. Comenzó a masturbarme asiduamente, con mucha intensidad y morbo. Gozaba mirando mi cara contraída en expresión pre-orgásmica. Yo me deleité mirando su cara y un poco su entre seno que había dejado un poco al descubierto.

    – Hmmm rico mamá ahhhh me voy a venir ya mamá. Voy a botarme.

    Ella no hizo nada. Solo continuó mirando mi cara de clímax y agitando sus manos en mi miembro con una agilidad de mujer experimentada. Ella gozaba al verme así. Se le notaba el morbo. Cuando los chorros comenzaron a ensuciar su ropa, su cuello y hasta la parte baja de su mentón, curiosamente rio con una felicidad perversa como si hubiera sido un gran logro personal.

    – ohh wow hijo, wow, jaja jajajaja jeje uyyy yuppi waooo así, así, vente, bota esa leche vieja hmmm yupiii waoo, así macho, bota todo hmmm que tibia y que montón jajaja.

    – Ahh ahh si, ahhh, si, hmm rico mamá.

    No se detuvo. Miraba mi pene pringar semen ensuciando su ropa y sus manos. Me sorprendió lo mucho que la divertía esa eventualidad. Gozaba mucho. Su cara lo expresaba de diversas maneras. Sus ojos palpitaban. Su mano mantenida en mi pene no paraba de masturbarme, casi exprimiendo chorros de semen ahora más débiles pero espesos que caían como miel pesada al piso frío y duro. Le divertía sentir las palpitaciones de mi verga en su mano enroscada.

    – Se te puso rojo hijo. Se ve bonito así.

    – Ay mamá. Dices unas cosas.

    Finalmente lo soltó. Mi pene aún estaba duro y palpitante aunque un poco menos.

    – ¿Te gustó la paja que te hizo mamá?

    – Si. Si mamá. Mucho, mucho.

    Entonces no sé porqué se me ocurrió hacerle una petición impetuosa.

    – Mamá, ¿te puedo pedir algo?

    – Dime, hijo – me dijo con voz interrogante mientras limpiaba el semen de su ropa con papel higiénico.

    – Mamá. ¿Me dejas conocer tus senos?

    – Ay Miguel, ¿qué cosas dices, hijo? No, no, no. Eso sí que no Miguel.

    – No te enfades mamá. Perdóname. Es que te tocabas y eso me gustó y no sé, me dieron ganas de vértelos.

    – No estoy enfadada hijo. No pasa nada tranquilo. Entiendo tu punto. Pero todo esto lo he hecho porque sé que es una necesidad de hombre que tienes y ni novia tienes para que pueda ayudarte con eso. No confundamos cosas. No me sentiría cómoda hijo. Aunque te entiendo tu deseo. Los hombres suelen ser muy visuales. Ver tetas y partes íntimas de la mujer les da morbo. Pero hijo, no por favor. Lo siento. Y a todas estas, ¿porqué los senos y no mi culo o mi cuca?

    – No sé mamá, me dio mucha calentura cuando te los tocabas. Discúlpame.

    Me limpió mi pene, me subió mis calzones. Se puso de pié. Me dio un beso en la frente y con su mano me acarició mi pene ya fláccido. Me pidió que saliera porque iba a tomar una ducha para lavarse bien.

    Salí extasiado. Mi cuerpo temblaba y un calor de goce me recorría. No podía creer que mi mamá me hubiera hecho una paja. La paja más deliciosa de toda mi existencia. Pero algo se había roto sin duda. Habíamos pasado un límite que no se debía cruzar.

    Mi madre pasó el resto del día en la cocina y haciendo algo de su trabajo en su alcoba bastante ocupada en el teléfono. Yo no paraba de pensar en lo sucedido. Cuando llegó la hora de la ducha era muy tarde y mi madre apenas si pudo ponerme el agua para que yo solito me mojara. Después me enjabonó y me enjuagó rápidamente con la puerta abierta porque mi hermano ya había llegado de la escuela. No hubo privacidad ni atmósfera erótica para que sucedieran más cosas ese día. Ella actuó con total normalidad como si nada hubiera pasado.

    Al día siguiente, viernes durante la mañana estuve dormido. Me sentí cansado de no haber podido conciliar el sueño en la madrugada. Creo que estuve muy estimulado por lo sucedido. Mi cabeza solo reproducía esa paja maravillosa y fantasías eróticas con mi mamá. Cuando desperté a orinar eran casi las nueve. La luz brillante estalló en mi cara. Lo hice sin la ayuda de mi mamá que ni supe dónde estaba.

    Luego me di cuenta que había salido tal vez al supermercado del barrio. Tenía hambre y debía esperarla para que me diera el desayuno. Al rato volvió. Tenía un vestido ajustado enterizo de color blanco y flores azules. No pude evitar recorrerla con la mirada y decirle lo bonita que se veía.

    Ella sonrió y se dispuso a darme el desayuno. No hablamos de lo sucedido. Su actitud, su comportamiento era totalmente natural. Yo hice un esfuerzo por entonar con eso. Intente ser natural, como antes, como si nada hubiera cambiado aunque en mi fuero interno sentía que no era así. Fuimos al baño y ella me cepillo los dientes.

    – Bueno, a la ducha.

    – ¿Ahora mamá?

    – Si hijo. Porque anoche casi que ni pudiste hacerlo bien, pero es más que todo porque esta tarde van a venir tu tío Antonio y tus primos a visitarte. Debo preparar comida y no podré ocuparme de tu ducha. Mejor ahora.

    Entré a la ducha y mi madre me desnudó completamente. Fue inevitable esta vez. Tuve una tremenda erección casi al instante. Ya en mi mente había una asociación erótica entre estar en el baño desnudo y la presencia de mi madre. A pesar de todo, yo no quería que eso no pasara. No quería que se ofendiera, pero no lo podía controlar.

    – Miguel, ¿otra vez? – expresó con sorpresa interrogándome con su mirada.

    – Mamá lo siento. Si quieres me ducho solo. No prestes atención a eso. Perdóname, pero no puedo evitarlo. Mamá perdóname.

    Mi rostro denotó una genuina vergüenza y desesperación por no estar en esa situación tan incómoda. Me sentí verdaderamente mal con ella. Pensé que se enfadaría. Bajé mi mirada e intente salir de la ducha para evitar la situación, pero ella me tomó de mi brazo.

    – Hijo, no pasa nada. Tranquilo. Tampoco es para tanto. No te pongas así como niño regañado. Lo siento. No quise incomodarte con ese comentario. Entiende también que para mí es imposible no reaccionar si te encuentro así con la pinga dura.

    – Mamá yo sé. Qué vergüenza contigo. No pude evitarlo. Lo siento. Yo no te quiero faltar el respeto mamá.

    – Lo sé Miguel. Dime una cosa con honestidad. ¿Se te puso así por mí?

    – Si, mamá. Por ti. Estas bonita y desde ayer no he podido dejar de pensar en lo que pasó. Lo disfruté y creo que eso hace que se me ponga así dura cuando entré al baño y te vi. Es como si mi cerebro pensara inconscientemente que otra vez va a pasar algo y eso pone así. Es involuntario mamá. Perdóname.

    Mi mamá miró mi pene duro. Mordisqueó sus labios. Se sentó en la taza otra.

    – Ven acá Miguel.

    Yo no dije nada. Solo obedecí intrigado preguntándome si acaso iba a hacerlo otra vez. Mi corazón latía fuerte. Estaba entre excitado, asustado y avergonzado. Mi erección había cedido un poco, pero aún mi pene tenía buen volumen y estaba levantado cuando salí de la ducha y me dispuse de pié frente a ella que apoyó sus dos manos en mis caderas sin dejar de contemplar mi sexo desnudo.

    – Hijo, no te sientas mal. A mí también me pasan cosas. No soy de hierro. Soy mujer de carne y hueso y además no tengo novio ni marido. También tengo mis necesidades igual que tú. Por eso te entiendo y por eso decidí ayudarte un poco. No me siento cómoda con esto. Se supone que son cosas que no pueden pasar entre una mamá y un hijo. Solo que esta circunstancia tan particular tuya de estar sin manos hace que como madre me sienta presta a ayudarte, a que no sufras esas ganas como yo a veces las sufro. La diferencia es que yo tengo manos y puedo tocarme, pero tú no puedes. Por eso te presto mis manos. Y para que no te sientas culpable, te confieso que a mí también me gustó mucho lo que pasó ayer. Mamá también siente morbo como cualquier persona. Mamá también le dan ganas de hacer cosas ahora mismo contigo. Además de ser mi hijo, eres un hombre atractivo, desnudo y erecto. Imagínate. Eso es tentador. Además las cosas prohibidas nos gustan. Los humanos somos así. Nos fascinamos a veces con cosas tabúes.

    Mientras decía eso, yo la escuchaba y me hacía sentir mejor, pero mi erección lejos de apagarse cobró vida.

    – Ay mamá, gracias por tus palabras.

    Sonrió y miró mi verga dura y palpitante.

    – Me la puedes hacer una última vez mamá. Te prometo que no te lo vuelvo a pedir.

    No me dijo nada. Solo miró mi rostro de tonto y sonrió nuevamente. Me agarró el pene y comenzó a acariciarlo despacio. Esta vez más entregada y relajada que el día anterior.

    – Hijo. Esto es un secreto grande entre tú y yo. No quiero que me veas como una mala madre perversa.

    – Mamá. No te veo así. Te quiero y te respeto mucho.

    – Te quiero hijo. Gracias por entenderme. Te voy a premiar.

    Soltó mi miembro. Deslizó con habilidad femenina su corredera trasera y dejó que su vestido se aflojara. Se lo dejó caer desnudando su pecho y su espalda y por primera vez en muchos años vi a mi madre en ropa interior. Su sostén era blanco bonito de encajes. Sus tetas eran algo desbordadas como queriéndose vomitar de la prenda. Era tremendamente sexy. Se inclinó hacia atrás, sacó pecho y los meneó.

    – ¿Los quieres ver?

    Entonces hubo el instante mágico. Se quitó el sostén y un par de tetas abundantes, blancas, hermosas, de piel tersa, pezón oscuro y aureolas ovaladas sin frontera definida saltaron ante mis ojos. No pensé que mi madre pudiera tener unas tetas tan provocativas. Tremendamente sensuales. Solo me inspiraban erotismo y ganas de mamarlas. Sexo, sexo, sexo.

    – ¿Te gustan? Dime, la verdad.

    – Mamá. Son las tetas más bonitas que he visto. Que grande son mamá.

    – Ay hijo. No exageres.

    – No exagero mamá.

    Se las tocaba. Pasaba sus dedos por los pezones y me miraba el pene. De repente me hizo la mejor propuesta del mundo.

    – ¿Me dejas que te la chupe hijo?, es que quiero tocarme los senos también. ¿Puedo?

    – Si mamá.

    Cerró los ojos. Exhaló y abrió su boca. Yo me acerqué más para facilitarle la tarea. Me dio un primer besito en la punta de mi cabeza.

    – No te has duchado. Huele fuerte tu cosa. Huele a macho sucio. Pero así me gusta más.

    Otro beso en la punta, después una lamida suave hasta que finalmente mi glande fue tragado. Luego mi tallo y en forma mi mamá había empezado a darme una mamada fenomenal. Yo ni me lo creía. Mi mamá la mamaba rico, despacio, con cadencia, ternura, ganas, entrega y emoción. Sus manos pellizcaban sus pezones y acariciaban sus senos. Mi boca se hacía agua gozando ante semejante espectáculo inesperado. La atmósfera íntima de esa casa para nosotros dos era maravillosa.

    Su mano izquierda se metió por debajo de su falda. Mi madre se estaba tocando abajo. Se estaba dedeando tal vez. ¡Se estaba masturbando! Gemía y mamaba. Mamaba y gemía. Su cabeza se sacudía a ratos violentamente tragando mi verga. Su boca tibia y suave deslizaba mi verga palpitante. Una sensación de placer nos invadía. Se agotó. Dejó que mi pene saliera mojado de su boca. Traspiraba excitada. Se puso de pié. Me tomó de mi brazo.

    – Ven hijo. Ven.

    Me condujo a su alcoba.

    – Me canso así en el baño. Mejor acuéstate así boca arriba en la cama.

    Lo hice. Ella se quitó el vestido. La panty blanca de encajes delgados, casi transparente le lucía hermosa. Gateó despacio como una pantera en celos. Pasó su rostro por mi pubis y me dio una mamada corta. Luego continuó subiendo. Su boca se posó en mi pecho y me dio unas lamidas cosquillosas en mis tetillas. Subió y su boca se unió brevemente a la mía. Hubo humedad en ese beso corto. Luego subió aún más hasta que sus ubres se posaron en mi rostro atónito. Las lamí, las chupé, las besé, las enjuagué con mi lengua. Finalmente, me concentré en chupar y chupar esos pezones erguidos y carnosos hasta la saciedad. Mi madre gemía y se excitaba y no desaprovechó en pasarse mi pene duro por su vulva sin quitar su panty.

    – Miguel. ¿Me harías oral? ¿Te atreverías?

    -¿Oral?

    Tal vez por estar tan anonadado en los placeres no entendí

    – Si hijo. Chupar mi cuca así como yo ya te la comí a ti.

    – Si mama, sí, claro que sí.

    – ¿Seguro Miguel? No quiero que hagas algo que no desees.

    – Seguro. Yo quiero.

    – ¿Ya lo has hecho?

    – Si mamá. Varias veces con mi ex novia Magola. Eso la enloquecía.

    – No tienes que decir nombres hijo.

    – Perdona mamá.

    Se quitó la prenda. Su vulva tenía poquitos vellos en la parte inferior. La mantenía más bien depilada.

    – Tengo días que no me depilo, espero no te moleste.

    Su cuca era rosada, carnosa y ese olor que había impregnado mi nariz el día anterior ahora brotó más intensamente. Me entregué a sus carnes. Lamí sin poder tocar con mis manos. Yo me senté en el suelo y ella al borde de su cama con las piernas abiertas. Sentí la suavidad de su vagina. El sabor de su sexo era exquisito. La textura de sus carnes en mi lengua hábil y hambrienta de nuevas experiencias me daba un morbo desconocido. Mi mamá gemía cada vez más fuerte. Sus gemidos pasaron a ser gritos graves. Al menos estábamos solos en la casa.

    – Miguel, no aguanto. Te deseo hijo. Por favor. Cógeme. Quiero que me penetres.

    – Mamá si, mamá

    – Hijo, perdóname por todo esto. Pero no puedo aguantarme.

    Para facilitarme la tarea por no tener mis manos. Ella se volteó en cuatro. Puso su culo a la altura de mi pene yo estando de pié junto a su cama. Solo tuve que apuntar y deslizar la punta de mi verga por la raya de su culo, pasar por su ano y seguir un poco más abajo hasta que hallé la entrada de su vagina. Mi madre es tremenda mujer atractiva. Su culo redondo y abultado me generaba ganas y morbo. Ella, abrió un poco más sus piernas y con una sola hincada que hice mi verga se hundió en su intimidad. Acceso carnal. Acceso carnal prohibido. Acceso carnal tabú. Ya todo se había consumado. No había marcha atrás.

    Meneé mis caderas suavemente sintiendo su carnosidad mojada y caliente quemar mi verga. La embestí despacio. No podía perder mi equilibrio. Era peligroso por no tener mis manos si debía apoyarme en algo. Mi mamá se meneaba penetrándose ella misma a ratos.

    – Miguel, que rica tu verga

    – Mamá tu concha me encanta. Tu culo me gusta.

    – Ay hijo, es el culo de tu mamá.

    Nos reímos y continuamos un tanto así. Hasta que ella me pidió que me acostara boca arriba en su cama nuevamente. Lo hice y por primera vez la tuve toda completamente desnuda encima de mí con sus piernas dobladas y abiertas a lado y lado de mis caderas. Su vulva explayada y carnosa se tragó mi verga hasta pegar sus labios mayores con mi zona púbica. Sus senos desparramados y abundantes se meneaban bamboleando en la atmósfera cargada de sexualidad. Sus manos se apoyaban en mi pecho o bien se acariciaban sus senos. El espectáculo no podía ser mejor. Entrega total. Mi madre, mi bella madre estaba en otra galaxia con sus ojos entreabiertos en goce íntimo. Su boca gemía y mordisqueaba. Subía, bajaba, subía y se dejaba caer y cada vez con más intensidad hasta que el sonido delatador de acto sexual desenfrenado, pla pla pla pla pla de sus muslos y sus nalgas al galopear en mi cuerpo se sumaban a los gemidos de ella y los míos. Sudamos, nos dio fiebre, la cama traqueaba tornillos oxidados, el colchón estaba exigido al máximo. Mi mamá exhaló un gemido profundo y su cuerpo tembló por unos segundos. Se quedó quieta en un estado de trance. Supe más tarde que había tenido un intenso orgasmo. El orgasmo más prohibido de su vida. Se tomó su tiempo para vivirlo y disfrutarlo egoístamente.

    – hmmm ahhhh

    Luego se repuso un tanto y continuó meneando su cadera, ahora ya no subía y bajaba, sino que se deslizaba hacía delante y hacía atrás. Mi pene experimentó allá dentro una invasión de fluidos que hacías más resbalosa la penetración. No pude aguantarlo más. Por respeto le dije que ya me iba a venir. Ella no hizo nada diferente a seguir meneándose.

    Me dejé llevar por un orgasmo de intensidad máxima como nunca antes había experimentado en mis cinco años y medio de pajas y sexo esporádico. Las palpitaciones de mi verga dentro de su vagina parecían arrancarme cada gota de mi vida. El calor era quemante y el semen seguramente expulsado con tal intensidad debía viajar hondo a su aparato reproductor que por suerte había sido desactivado varios años atrás.

    Nos desplomamos en un beso intenso. Mi madre dejo caer su cuerpo amplio encima de mí. Su boca acudió con urgencia hacía la mía. Necesitaba sentirse besada como mujer. Lo hice. Sellamos ese acto consumado con un beso prohibido. Un beso húmedo, largo, de lenguas malolientes a sexo. Un beso de labios vencidos, un beso que traspasaba los límites de lo moralmente aceptado como correcto.

    Sus manos acariciaron mi pecho. Sus manos limpiaron mi sexo. Sus manos vistieron mi cuerpo. Sus manos me ayudaron a levantar de esas sábanas usadas. Sus manos. Esas manos. Las manos de mi madre.