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  • Los técnicos del aire acondicionado

    Los técnicos del aire acondicionado

    Hace tiempo necesité los servicios de una empresa para reparar el aparato de aire acondicionado que al encenderlo tiraba bastante agua y caía del balcón a la calle con el consiguiente problema para los viandantes. Tras contactar con una de ellas me enviaron a dos operarios jóvenes. Uno de ellos tenía 24 años y se llamaba Wilson pues era venezolano y de color mulato. El otro parecía un poco mayor y se llamaba Braulio y era argentino, pero su voz tenía acentos afeminados.

    Bien saben que yo soy gay y tras explicarles el problema me dijeron que tenía fácil solución. Les dejé solos en el dormitorio y al rato les llevé unos refrescos porque hacía bastante calor. Ellos comenzaron a quitarse el mono de trabajo, pues hacía un día soleado y una fuerte temperatura. Yo no paraba de mirarles especialmente al negrito Wilson que con un pelo anillado y una cara angelical, era bastante guapo. Medía 1.80 de altura y lucía unos fuertes bíceps en los brazos. Me llamó la atención el que apenas tenía vello en el pecho y en sus extremidades.

    Estuve contemplando como reparaban una de las piezas y Wilson no paraba de mirarme de forma sensual, mientras contemplaba como Braulio hablaba con mucha ternura y candidez. Yo tenía una gran erección y prueba de ello es que mi bragueta abultaba más de lo normal y ellos lo notaron. Braulio empezó a restregarse su mano por encima de su pantalón vaquero, pues se había quitado el mono de trabajo, y al poco tiempo vi como ya tenía un bulto considerable, eso me fue encendiendo más y enseguida noté como Wilson, una vez concluido los trabajos en el balcón, entraba en la habitación todo sudado y se quitaba la ropa quedando solo en slip con una erección de caballo.

    Se quitó el calzoncillo y note como su enorme pene crecía mientras que Braulio le besaba y se desnudaba. Así estuvieron unos minutos hasta que yo hice lo mismo y me quede desnudo ante ellos. Ya no podía aguantar mas ver esos esculturales cuerpos y las caricias mutuas que se prodigaban.

    Braulio se acostó en la cama y me pidió que lo follase pues era pasivo y mientras lo hacía, Wilson le ponía su enorme pollón en la boca. Se notaba que no era la primera vez que lo hacían, pues el argentino tenía un buen agujero y mi polla entró casi sin apretar. Le estuve dando varios minutos, mientras veía como el chaval pedía más y más, y eso que su compañero de fatigas le ensartaba dentro de su boca una enorme polla de color que yo estaba ansioso de probar, pues iba depilado y tenía un glande rosadito.

    Cuando pensaba eyacular se la saqué de dentro y me corrí en su pecho amplio y grande quedando mi semen junto a su peluda zona, que esparcí con mis manos. Su polla era pequeña, mediría unos 12 centímetros y me dediqué a darle varias lamidas con mi boca que le estaban volviendo loco, mientras le hice acabar mas tarde, al mismo tiempo que el negrito Wilson se corría en la cara de Braulio y este lo hacía en mis manos, tras una pequeña paja que le hice.

    Descansamos unos minutos y Wilson me dijo que le apetecía follarme pues su pene estaba de nuevo en alza. Me acosté en la cama y cogiendo un poco de crema me la untó en el ano y tras ponerse un preservativo comenzó a perforarlo. Me hacía un poco de daño pero al final entro toda, me dijo que lo que más le gustaba era correrse dentro del culo de otro y que no iba a desaprovechar esta oportunidad.

    Mientras yo se la comía a Braulio cuya herramienta no era muy gruesa pero si algo larga, Wilson seguía dándome placer, se movía rítmicamente y cada vez me gustaba más. Joder como follaba el chaval.

    Al final se corrió dentro del condón que se había puesto y quedó tendido en el colchón exhausto por el mete y saca continúo que me dio para seguidamente Braulio anunciarme que se venía y finalmente eyaculó en mi cara, mientras que con una de sus manos él me hacía una paja de campeonato que finalizó con la expulsión de mi leche sobre mi pecho.

    Wilson no paro en todo momento de besarme y acariciarme al igual que Braulio que al principio estaba un poco cortado pero que al final optó por que tanto Wilson como yo le comiéramos su sensual rabo mientras nos daba pequeños insultos que no excitaba cada vez más.

    Al final se limpiaron un poco y a pesar de que les ofrecí una ducha, dijeron que se iban a casa pues era viernes casi al mediodía y habían terminado la jornada laboral y preferían llegar a su ciudad, distante unos 20 kilómetros de la mía. Les aboné los gastos de reparación del aparato y les di una propina por haberme hecho este trabajo extra que me dejó bastante satisfecho.

    Hace unas semanas que pasó esta visita y estoy viendo a ver la forma de que vuelvan a casa de nuevo los técnicos pues me dijeron que ellos se encargaban también del mantenimiento del aparato de aire y del mío.

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  • Una historia más que contar

    Una historia más que contar

    Como platicaba en mis relatos anteriores, para nosotros se nos ha hecho muy difícil cambiar de un día para otro nuestra rutina de vida, aunque con estas nuevas experiencia que estábamos viviendo, poco a poco se ampliaba nuestro panorama en el terreno sexual. También, poco a poco fui externando con mi esposa mi fetiche por las pantimedias, faldas cortas y en especial, por mi gusto de exhibirla a ella; por su parte y contrario a lo que expresa su madre, fue externando su gusto por mostrarse ante la gente, quizás no como una exhibicionista total, pero si como un inicio importante.

    Mientras hacíamos el amor durante algunas noches, imaginábamos que era lo que más adelante haríamos; el resultado fue el siguiente.

    Un domingo por la tarde, después de que mi suegra se había ido para su casa, decidimos pedir un pollo para comer en una rosticería que tiene servicio a domicilio. Para esto le pedí a mi esposa que se vistiera de manera muy sexi y ver que es lo que podría pasar con el repartidor.

    Se baño, se puso una blusa de tela gruesa, pero sin sostén, ya se imaginarán, siempre mantuvo las altas arriba (o sea los pezones parados) y aunque no tiene mucho busto, lo poco que tiene, lo tiene bien durito y sabrosito; haz de cuenta que estas apretando unos limoncitos. Una faldita de las nuevas que le había yo comprado, de licra color azul rey, unas pantimedias muy claritas que no brillaban mucho unas sandalias de tacón alto y sin chones.

    La jugada sería que ella lo recibiera y le pagara, no sería más que eso. Yo estaría viendo todo lo que sucedía desde la parte posterior de un sillón. Me puse algunas almohadas encima de mi cabeza para que no me viera que yo estaba ahí, me puse también una fila de ropa doblada que había planchado mi vieja el día anterior, esto me permitiría ver bien entre la ropa doblada.

    Nada más de volver a recordarlo se me paró el pito hasta el tope.

    Desde que me ubiqué en mi sitio para hacer las pruebas y ver si desde donde estaba ella se podía ver mi rostro, no podía aguantar el dolor de mantener adentro de mi pants la verga bien parada, así es que mejor me quite el pants y quede en pelotas.

    Pasaron como 10 minutos y sonó el interfon, era el repartidor del pollo. Mi esposa le descolgó el teléfono y le pidió que subiera a nuestro departamento. La falda de mi esposa le quedaba a media pierna y poco antes de que le abriera la puerta se la subió un poquito más, yo no aguantaba la calentura y de mi pito comenzaba a salir de manera automática, líquido preseminal, transparente y oloroso.

    Tocaron la puerta y era él, nuestra primera víctima.

    Abrió la puerta mi esposa y recibió el pedido. Al principio no pude ver la cara del tipo este, ya que mi esposa me tapaba la entrada. Cuando mi esposa pagó, el chico le dijo que no tenía. Entonces se voltea mi esposa para llevar el pollo a la mesa y al momento de hacerse la tonta buscando cambio en su monedero, estando de espaldas al muchacho, ni tardo ni perezoso sacó su teléfono celular (que me imagino tenía cámara fotográfica) y comenzó a enfocar la retaguardia de mi vieja. En ese momento sentía que me venía solo.

    La verdad es que ni sé cuántas fotos o video le tomo, pero lo que si sucedió es que mi esposa se dio cuenta de eso.

    Cuando le pagó el monto del pedido le dijo mi esposa:

    —¿Cuánto te debo?

    —$120.00

    —¿Eso que es, que significa… me estas fotografiando?

    —No, no señora, disculpe, es que me mandaron un mensaje y como tiene vibrador

    —No es cierto, yo tengo un teléfono igual y es de cámara

    —No señito, disculpe, pero es que…

    —Me vas a tener que descontar $20.00 por las fotos que me tomaste sin mi consentimiento ¿eh?

    —Ja, ja; está bien señito, deme $100.00 y bueno, usted disculpe.

    —Ten entonces…

    Cuando cerró la puerta se acomodó la falda a su posición normal, pero de inmediato tocó nuevamente la puerta el tipo:

    —¿Señito, me deja tomarle dos fotos más y le pago $50.00?

    —¿Estás loco o qué? En cualquier momento va a llegar mi esposo y te puede ir mal, así es que mejor vete.

    —Ande si, porfas, es más le regreso los $100.00 que me pagó y asunto arreglado.

    —Pero tómame solo el cuerpo y rápido.

    —Siéntese y cruce las piernas.

    —Rápido.

    Entonces se acomodó en el sofá, cruzó sus piernas y las dejo entre abiertas, como 5 minutos después, cuando el tipo ya estaba tomando más confianza ella se paró, le dijo que estaba arreglado y que mejor se retirara.

    El muchacho se fue y cuando me levante de detrás del sillón, ya me había yo venido, me senté con ella y se me volvió a parar la verga. Platicamos al respecto y terminé nuevamente, pero ahora dentro de ella.

    Fue un juego de lo mejor que hasta ese momento nos había pasado. Mucho mejor que lo del micro.

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  • El ligue

    El ligue

    Antes que nada, permítanme decirles que si bien soy un travestí desclosetado, por razones laborales algunas veces tengo que actuar como “hombre” y como tal, vestirme y tratar de no ser tan obvio.

    En una de esas ocasiones, después de tratar un asunto de negocios, nos fuimos un amigo y yo, a comer y tomarnos unas cervezas a un restaurante cercano a mi departamento. Este amigo, aunque conoce mis preferencias sexuales, no es del ambiente pero es bastante tolerante. En fin, cuando llegamos al restaurante se encontraba ahí un señor de unos 55 años, de muy buena presencia y se veía de agradable carácter.

    En el transcurso de los brindis y la degustación de sabrosas viandas, me di cuenta que el señor (que se encontraba a dos mesas de distancia), constantemente nos veía pero sin mucha insistencia y sin definir a quien de los dos. Con ya tres cervezas bebidas, le empecé a dirigir miradas, que según me dijo mi amigo, eran de coquetería (¿tengo alguna otra forma de mirar?). Al cabo de unos momentos, llegó el mesero con otra ronda de cerveza diciéndonos que nos las invitaba el señor Gustavo, dirigiendo la mirada a donde se encontraba.

    Le agradecimos efusivamente su cortesía y lo invitamos a sentarse en nuestra mesa, cosa que aceptó de inmediato. Después de las mutuas presentaciones entablamos una charla referente al clima, pues estábamos en la temporada de ciclones y amenazaba una tormenta. Gustavo se dirigía más a mí y sin querer casi nos olvidamos de mi amigo, pues su participación en la conversación era casi nula.

    Hablamos de mujeres y de la moda de las dietas, haciendo él el comentario de que no entendía como era que a las jovencitas actuales les gustaba estar tan flacas, siendo que a la mayoría de los hombres les gustan más, sino gorditas, rellenitas (aclaro que una servidora está algo pasadita de peso), a la vez que me lanzaba miradas hacia mi pecho, pues algo que no puedo esconder, es el volumen de mis senos (40C) que ocasionalmente me han producido bochornos al no contenerlos las camisas de hombre, y literalmente, avientan la camisa hacia delante por mas grande que las use.

    Como les decía, mi amigo conoce de mis inclinaciones sexuales y además es muy discreto, así que al darse cuenta que Gustavo y yo ya estábamos en pleno ligue, se despidió argumentando un compromiso contraído con anterioridad. Al quedarnos solos Gustavo y yo, me descaré un poco mas y le pregunté que si alguna vez había tenido relaciones con algún travestí, contestándome que solo lo había hecho con algunos gays (él es soltero), pero que no lo satisfacían completamente, además de que algunos le pidieron “correspondencia” y no estaba dispuesto a aceptarlo.

    Sin hacerle ningún comentario sobre mi personalidad, lo invité a mi departamento a tomar algún digestivo para quitarnos la pesadez de las cervezas, a lo que de inmediato aceptó. Le informé que mi hábitat se encontraba muy cerca y podíamos ir caminando, pero me dijo que era mejor que se llevara su auto por seguridad. Al llegar al departamento, le serví una copa de brandy y yo una de jerez y brindé por que se estableciera un vínculo amistoso entre los dos, pues le dije, que tenía un carácter muy agradable. Puse unos CD’s de música clásica (Albinoni, Chopin, Ravel) y charlamos acerca de los temas que estábamos escuchando mientras tomábamos y fumábamos.

    Después de la segunda copa, Gustavo me preguntó que si tenía otro nombre, además de con el que me presenté, yo sin dudarlo le dije: Si, me llamo Andrea; pero solo cuando asumo mi otra personalidad, la verdadera. Se quedó meditando unos segundos y dijo: Me gustaría conocer esa personalidad, ¿me la presentas?. ¿A quién le dan pan que llore?, pensé. Si me permites unos minutos con mucho gusto te la presento; le contesté. Ponte cómodo mientras voy por ella.

    Me dirigí a mi recámara y rápidamente me cambié de ropas y me hice un maquillaje exprés, poniéndome una peluca castaño-oscuro larga y rizada. Regresé a la sala entrando súbitamente y provocando que Gustavo casi derramara el trago que estaba por tomar.

    Mi vestimenta era la siguiente: zapatillas rojas de alto tacón (10 cm.), medias de encaje negras, liguero negro de satín (¡desde luego!), una brevísima tanga roja (que hacía resaltar mi de por sí voluminoso trasero), un brasier rojo transparente que me horma deliciosamente mis senos, y encima de todo esto, un camisón de seda negra también negro con su bata a juego. Además de un juego de aretes, collar y pulseras de rubí (sintético, mi presupuesto no da para más).

    Así que estaba realmente espectacular, tal como me demostró su cara de asombro. Se puso de pie y dijo: ¿Realmente eres tú, o acaso me están jugando una broma? ¿Eres su hermana o algo así?. No Gustavo soy Andrea y esta es mi verdadera personalidad, le contesté. Pero por favor, sigue sentado y te acompaño.

    Me senté a su lado y levantando mi copa dije: porque esta reciente amistad dure mucho tiempo, ¡Salud!. Tomamos nuestros tragos y le pedí permiso de cambiar de música, pues sentía ganas de bailar (mas bien de sentir su cuerpo pegado al mío). Cambié los discos y lo tomé de la mano y nos pusimos a bailar con una música muy romántica. Al sentir sus brazos rodeando mi cuerpo casi tengo un orgasmo, pues Gustavo es de complexión fuerte y es mas alto que yo.

    Me repegué a su cuerpo y sentí su verga que ya estaba dura como un hierro, frotando mi región púbica, a la vez que sus grandes y fuertes manos acariciaban mi espalda y lentamente se desplazaban hacia mis nalgas. Cuando llegó a ellas, tomó los dos globos y sentí como los abría suavemente y sus dedos comenzaron a juguetear al borde de mi ya para entonces, caliente y ansioso culo.

    Mientras, yo no estaba estática. Retiré uno de mis brazos de su cuello y dirigí mi mano traviesamente hacia su entrepierna, donde cada vez se ponía mas dura y crecía su gran verga. Le bajé el cierre del pantalón y metí mi mano para sentir el calor de ese cetro que adoramos tanto las mujeres. Lo que palpé era una verga que si bien he conocido más grandes, no dejaba de ser respetuosa y mas bien gruesa que larga.

    Afortunadamente circuncidada y con un glande más grueso que el tallo. Duro pero con esa suavidad aterciopelada, ya goteaba liquido preeyaculatorio que yo ansiaba libar. Mientras Gustavo me besaba ansiosamente en la boca y sentía su lengua palpando la mía, lo que excitaba bastante, aunque no tanto como sus dedos que ya había introducido en mi caliente ojete.

    No me pude contener un instante más y deshaciendo el dulce abrazo, me deslicé al suelo a tomar la posición de pleitesía al príapo, esto es: de rodillas. Su verga, exultante, turgente, caliente, húmeda, apuntaba directamente a mi boca, que golosa y ansiosamente se abrió a todo lo que dio para recibir el majestuoso miembro que parecía que iba a reventar.

    Con un poco de dificultad pude tragar el glande, que como dije era más grueso que lo demás. Pero una vez que ya lo tuve dentro de mi acariciante boca, comencé a jugar con él, pasando mi lengua por el frenillo y succionando el rico liquido seminal. Gustavo me dejaba hacer mi tarea, pero al poco tiempo me rogó que nos fuéramos a la cama, pues quería interactuar conmigo. Accedí de inmediato pues yo también estaba necesitada de recibir la dureza de su verga en mi caliente culo.

    Ya en la cama, le pedí que se acostara y lo empecé a desnudar, pues para mi no hay nada más erótico que ir despojando de su ropa a mi pareja lentamente, para apreciar su cuerpo y dar suaves caricias a sus partes más sensibles. Y así lo hice, al quitar su camisa mordí ligeramente sus tetillas hasta que se pusieron duras, dándoles unas breves mamadas. Su pecho estaba cubierto de abundante vello, en el que enredaba mis dedos; fui bajando hacia su ombligo besando todo el trayecto y al llegar, metí la punta de mi lengua ocasionando un respingo por parte de Gustavo.

    Afortunadamente resultó ser una persona muy aseada y no encontré ningún mal sabor u olor en su cuerpo. En el aspecto del aseo, diré que soy muy puntillosa, pues basta algún olorcito desagradable para acabar con mi erotismo.

    Continuando con el camino, aflojé su cinturón y el pantalón bajándolos hasta las rodillas quedando en la trusa que cubría su hermosa verga. Se la mordí por encima suavemente y pude ver como saltaba al ponérsela aun más rígida. Descubrí su orgulloso miembro y pude disfrutar de su perfecta construcción: un glande terso, bulboso, opíparo, mas destacado que el resto de la verga, lo que hizo que mi culo se estremeciera de placer anticipado, pues lo imaginaba ya distendiendo mi esfínter. El tallo con unas venas bastante gruesas y ya en ese momento pulsátiles tal vez anticipando una tumultuosa eyaculación. De su meato brotaba el perlino liquido preeyaculatorio, que escurría como lava de volcán.

    No pude resistir mas tiempo esta hermosa visión y abriendo mi golosa boca, me zampé casi toda la verga de un solo bocado. ¡Que ricas sensaciones obtuve de ese tremendo falo!, su glande palpitando en mi boca, era algo increíble, sentía sus venas con mi lengua como aumentaban de volumen, y su líquido seminal dejaba un rico sabor que me excitaba aún más. Él no pudo contener sus ansias y me tomó de la cabeza y moviéndola hacia delante y hacia atrás, me clavaba su estaca hasta las profundidades de mi garganta. Afortunadamente tengo mucha práctica en el sexo oral, y puedo acomodar mi garganta para que no me provoque arcadas la introducción de un miembro de casi cualquier tamaño.

    Gustavo ya estaba incontrolable y presentía que no iba a aguantar mucho tiempo mi trabajo oral, así que traté de liberarme de sus manos que retenían mi cabeza pegada a su verga para que no eyaculara, pero fue por demás. Se vino en un tumultuoso orgasmo que inundó mi boca de un rico y cremoso semen, del que escurrió por mis labios por la gran cantidad que era.

    Un poco desilusionada, me separe de él paladeando su descarga y retirando los restos de mis labios, pues pensé que ahí iba a terminar todo. Sin embargo Gustavo se incorporó y abrazándome fuertemente, me acomodó en la cama y colocándose sobre de mí me besaba de una manera bastante erótica. En correspondencia yo lo acariciaba en su espalda y sus nalgas, arañando suavemente su piel. Cual no sería mi sorpresa cuando sentí que su verga volvía a la vida y me presionaba entre las piernas, pues jamás imaginé que dada su edad, tuviera esa reacción en tan poco tiempo.

    Sus grandes y hermosas manos ya acariciaban mis senos y se los llevaba a la boca para succionar mis pezones. Creí desfallecer por el placer que esto provocó en mí, pues los tengo muy sensibles y grandes. Mientras él me mamaba los senos yo acariciaba su verga y la sentía en mi mano como aumentaba de tamaño, lo que me estimulaba aún más.

    Sentir esa verga crecer por el estímulo que yo ocasionaba, me hizo sentir la urgencia de ser penetrada de una manera violenta. Acomodé mis piernas para rodear el cuerpo de Gustavo y pude, entonces, sentir su tremenda erección en el borde de mi ansioso culo.

    Casi gritando le pedí que me la metiera, y como él tardaba, me repegué a su verga y sentí que entraba un poco de su glande. Al sentir Gustavo que ya estaba bien apuntado, sin compasión me la dejó ir de un solo envite. A pesar del dolor que esto me ocasionó, crucé mis piernas alrededor de su cuerpo e hice que su verga penetrara aún más. Me sentí en éxtasis al comprobar que sus testículos golpeaban mis nalgas, señal de que tenía completamente clavado su miembro en mi caliente culo. Dolía, si dolía, pero el placer superaba con mucho ese dolor; mientras Gustavo se apoderó de mi boca y me besaba de una manera sensual, clavando su lengua casi hasta mi garganta y mordisqueando mis labios.

    Yo apretaba con mi esfínter su dura verga y sentía como aumentaba de volumen. Podía sentir las gruesas venas como palpitaban y se engrosaban en mi interior. Gustavo ya había pasado de mis labios a mis senos y chupaba mis pezones fuertemente. Mis manos apretaban las sábanas en señal de excitación, de mi boca salían gemidos de placer. Su verga ya entraba y salía de mi culo con gran velocidad y me sentía transportada al paraíso de la cantidad de placer que sabía estaba proporcionándole y que estaba yo sintiendo. El orgasmo se acercaba de una manera implacable. Deseaba que no llegara y prolongar ese éxtasis por la eternidad.

    No pude contenerme más y con un grito derramé mis jugos de una forma bestial. Sentí que me vaciaba completamente y durante mucho tiempo el flujo de mi orgasmo corrió libremente, sin embargo, Gustavo continuó propinándome ricas arremetidas con su aun rígida verga. Le pedí que cambiáramos de posición pues quería probarlo en todas las formas. Sin desprenderse de mí, fue recargándose hacia un costado y manteniendo abiertas mis piernas quedamos en la posición de “cucharas”, esto es, acoplados de lado a lado. En esta postura, mas relajada que la anterior, pude tomar un respiro y lo dejé hacer lo suyo.

    Su verga en un poderoso vaivén, casi salía completamente de mi, para ese momento relajado culo, pues con el reciente orgasmo, no tenía fuerzas ni ánimo para ofrecer alguna resistencia. Sin embargo con la fricción y el hecho de sentir sus vellos púbicos rozando mis nalgas, me fui excitando poco a poco. Gustavo parecía no cansarse pues sus movimientos eran bastante vigorosos. Yo sentía que su verga se clavaba mas y más y pensé que en cualquier momento se iba a venir, por lo que apreté un poco los músculos de mi colita, pero esto lo que provocó fue que Gustavo aumentara el vigor de sus arremetidas.

    Desconcertada hasta cierto punto, le pedí que intentáramos otra posición pues esta parecía un poco cansada (¡mentira, quería sentarme en él para sentirla más profunda!), a lo que él inmediatamente aceptó. Le pedí que se colocara de espaldas y me dejara dirigir el acto. Una vez colocado en pose, su verga pareció decaer un poco por lo que le di unas deliciosas mamadas hasta que obtuvo la dureza y tamaño adecuados.

    Acomodándome en cuclillas de frente a él, tomé su miembro con una mano y lo dirigí a la caldera que en esos momentos era mi culo. Fui descendiendo lentamente mi grupa y logré introducir mas de la mitad de su tremenda verga. Me detuve unos instantes para tomar alientos, y sin más ni más me dejé caer sobre ese duro garrote.

    ¡Cielos! que sensaciones me invadieron al tener, en esa posición, su verga clavada hasta los más recónditos rincones de mi cuerpo. Gustavo, comprendiendo que si él hacia cualquier movimiento me podía lastimar, se quedó quieto dejándome a mí toda la iniciativa. Pasado el momento de cierto dolor provocado por el empalamiento, me recosté sobre su pecho y así recomenzamos el dulce y eterno movimiento del amor. Como Gustavo no se podía mover, yo me desfogué y me movía como la mujer en celo que soy, gritando y gimiendo, subiendo y bajando a lo largo de la tranca que destrozaba mi culo.

    El orgasmo, una vez más, se acercaba de una manera incontenible. Dándose cuenta Gustavo que ya estaba yo a punto del orgasmo, me empujó haciendo que me separara de él. Un poco desconcertada, quedé jadeante al lado de él, quien sin tardanza se incorporó y volteándome boca abajo, me tomó de la cintura y levantando mi grupa me colocó en la exquisita posición de “perrita”. Sin mas trámite, clavo su enhiesta verga sin compasión hasta el tope. Me sentí desfallecer tanto por la violencia de la penetración como por el placer ocasionado. Gustavo se empezó a mover rápida y fuertemente, bombeando, saqueando, rompiendo mi pobre recto.

    Ya había perdido la cuenta de mis orgasmos, pues estos venían casi en forma ininterrumpida. En eso, dio un fuerte empujón que me hizo gritar y sentí mis intestinos inundados de un liquido caliente y espeso, que vino a aliviar el ardor que sentía en mis interiores. Nos quedamos estáticos unos momentos en lo que Gustavo terminaba de expulsar su semen, el que ya escurría fuera de mi culo. Su verga fue disminuyendo de tamaño y saliéndose de su acogedor estuche. Derrumbándome en la cama, Gustavo se acostó en mis espaldas embarrando los restos de su semen en mis nalgas y dejando su flácido miembro entre ellas.

    Al fin, separándose de mí, se acostó a un lado y besó dulcemente mis labios y nos quedamos dormidos. Desde luego que no terminó ahí todo, pues al despertarnos continuamos con nuestra pasión todo lo que restaba de la noche. Ahora estamos viviendo nuestro romance, casi como una luna de miel. Gustavo quiere que vivamos juntos y que lo atienda como si fuera mi esposo, pero desgraciadamente yo no soy “mujer” de un solo hombre y así se lo dije. Comprendiéndome, me pidió que por lo menos lo pusiera en los primeros lugares de mi larga lista de amantes.

    Así lo hice y nunca olvidaré este “ligue”.

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  • El novio de mi prima

    El novio de mi prima

    Las 5 de la tarde. Desde primera hora de la mañana había estado dando vueltas, primero a recoger a familia que venía de fuera, llevarles corriendo a casa para que se cambien. La boda a la 1 del mediodía, la comida a las 3, ya estamos terminando, estoy agotado porque encima anoche tocó salí con todos los primos que habían venido el día anterior y claro, como no están acostumbrados a venir a la ciudad, que mínimo que sacarles de marcha.

    No tengo gran resaca, la verdad es que no bebí mucho. Mi posición en estas bodas es la de aguantar, soy el mayor de todos mis primos y de los pocos que aún no está casado, la razón, evidente, soy gay, quizás el año que viene con la ley nueva aunque claro primero habrá que buscar al príncipe azul. Ya he tenido que aguantar parte y aún me queda una segunda tanda de familia que me dirá tonterías tipo “a ver cuando te toca a ti” “se te va a pasar el arroz” “no te da vergüenza que tus primos mas pequeños se te adelanten” menos mal que estoy acostumbrado y ya se salir del atolladero.

    Hoy se ha casado una de mis primas pequeña, Rosa, iba muy guapa, pero que queréis que os diga, creo que su novio, ya su marido, es más guapo, Raúl, 27 añitos, buen cuerpo, mejor cara, un pelo de estrella de cine y una sonrisa que para si la quisiera Tom Cruise (perdona amor).

    Le conocí el día que mi prima nos presentó, hará un año y aunque no nos hemos visto mucho, siempre que ha pasado hemos hablado como si nos conociéramos de toda la vida. De hecho anoche tuvimos una de nuestras charlas sobre el amor, el sexo, los niños y el futuro que le esperaba. Su sonrisa y la ilusión que ponía hablando de todo esto me derretían, cada vez que miraba a mi prima y la cogía de la mano me daban ganas de llorar de felicidad por ellos dos. Pero no os voy a engañar, también le cogería a solas y le haría un hombrecito, por delante y por detrás. A mis 38 años ya he catado a muchos, muchísimos y no creo que me costara mucho

    Al salir de la iglesia tocaba dar la enhorabuena, primero a mi prima con dos besazos y un enorme abrazo y luego a Raúl, le iba a dar la mano sin mas y él me abrazó y me dio dos besos, juraría que se me acercó demasiado, tanto que nuestros paquetes se rozaron, cosas mías seguro.

    Están sirviendo el postre, dos horas sirviendo platos, entre los entremeses y la tarta, ya he perdido la cuenta, si a esto le añadimos las cervezas que he tomado antes de llegar al restaurante, estoy que reviento. Me hace falta un licor para rebajar esto.

    Raúl al lado de Rosa no hace más que mirarla, no le suelta la mano por debajo de la mesa, esto no se ve, pero se intuye. Durante la comida se han levantado varias veces para saludar a los invitados, me hecho una foto al lado de los dos y mientras Rosa hablaba con el resto de comensales de mi mesa Raúl al oído me ha dicho que tenía que decirme algo pero más tarde.

    Me ha dejado preocupado porque su habitual sonrisa se ha apagado mientras me lo decía aunque luego me ha mirado y me ha guiñado el ojo regalándome media. Después de los postres empieza el consabido baile, el vals nupcial seguido de la interminable lista de pasodobles, rumbitas y cancioncitas con baile del verano, de todos los veranos. Si no fuese porque en el fondo me lo paso bien me hubiese largado hace horas. Porque me lo paso bien y por Raúl, por lo guapo que es y por lo intrigado que me tiene.

    Son casi las 8, me estoy meando, llevo un par de cubatas encima que seguido del vino, las cervezas, el licor y yo que se mas, hacen que este muy contento, de más diría yo. Voy al servicio, de caballeros por supuesto, pero al entrar una mano me agarra del brazo y me dice por la espalda “a este no, ven conmigo que te llevo a otro más tranquilo”. Es Raúl. “Joder me has asustado, espero que no esté muy lejos o me lo haré encima”. Se sonríe al oírme decir esto y yo al ver esos dientes casi me lo hago allí mismo.

    Vamos a otro edificio, pertenece al mismo complejo pero en este no hay celebraciones “Puedes ir a mear, te espero aquí”, me dice. Desahogo cómodamente, en silencio, al menos no tengo que aguantar a alguno de mis primitos presionando para que los lleve a un bar donde se liguen dos pibitas mientras meo, que esta juventud no aprende que en un servicio público no se habla, solo se mea o se liga.

    Cuando salgo no veo a Raúl, le llamo y desde un lado del enorme salón oigo como me llama

    —Estoy aquí, perdona —se ha quitado la corbata la chaqueta y se ha abierto un poco la camisa— que calor hace aquí.

    —Es verdad —Contesto— ¿Qué me querías comentar?

    —Siéntate, quiero enseñarte una cosa.

    Le hago caso y mientras yo me siento él se levanta. Empieza a quitarse la camisa, no entiendo muy bien que pasa. Miro nervioso a todos lados preocupado por si alguien nos ve, lo que menos me hacía falta ahora es que me viesen con el novio desnudándose delante de mí.

    —Tranquilo, aquí no nos buscaran, además les he dicho que tenía que ir a hablar con los dueños del restaurante y que te llevaría conmigo.

    Sigue desabrochándose la camisa, muy despacio, poco a poco se deja ver el pecho y después el abdomen, ahora los gemelos, se saca la camisa por fuera del pantalón. Ya la tiene completamente abierta. Ahora que caigo, nunca había visto su cuerpo, lo mas sus brazos este verano, llevaba una camiseta sin mangas. Le pregunto:

    —¿No tienes pelo?

    —Me depilo, ¿no te gusta?

    Llegados a ese punto, creo que es hora de quitarnos las máscaras, es evidente que aunque yo no se lo haya dicho, éste sabe que me van los tíos y más si están como él.

    —Todo lo contrario, me ponen mucho, aunque si te soy sincero, me gustan todos mientras estén buenos.

    —¿Y yo lo estoy?

    No sé si será el alcohol que llevo encima o el novio de mi prima, ya su marido, se me esta insinuando. En ese momento deja de ser familia, solo es carne que me voy a comer como siga en este plan. Me estoy empezando a calentar de verdad y el cabrón se ha quitado la camisa, es francamente espectacular. Se desajusta el cinturón y empieza a abrir la bragueta desabrochando uno a uno todos los cinturones, le empiezo a ver el slip, blanco, de marca. Mi bulto se está hinchando, me lo colocó para que pueda crecer por dentro de la ropa sin problemas. Raúl lo mira, ya ha terminado con la bragueta, se baja los pantalones, quitándose los zapatos a la vez.

    —Me parece poco erótico un tío en calzoncillos y con los calcetines puestos, ¿no te parece?

    Y dicho esto se sienta encima de la mesa que tengo enfrente y se los quita como lo haría cualquier profesional, poco a poco. El suave olor a pies inunda el espacio. La luz tenue de los focos del jardín exterior entra por la ventana e ilumina el cuerpo sentado de Raúl, se me antoja muy erótico con esa luz. Mi cosota revienta en el pantalón, me noto húmedo y no hago mas que colocármela para que sufra lo menos posible.

    Raúl no está empalmado, a lo sumo la tiene morcillona, lo puedo detectar por el ajustado bóxer. Se pone de pie encima de la mesa mientras yo miro sentado desde la silla. Ahí subido es como un dios griego, se olisquea la axila izquierda mientras que con su mano derecha se empieza a acariciar, primero el cuello después el pecho, se moja un dedo en la boca y empieza a hacer círculos con él en uno de sus pezones. Se coje el paquete y lo aprieta, después se dedica a los huevos y mas tarde a la verga que ya empieza a coger forma.

    Un momento de lucidez me asalta, de golpe pienso bien lo que está pasando. Tengo a Raúl, el novio de queridísima Rosa, subido en una mesa, en ropa interior y a punto de desnudarse del todo delante de mí.

    —Raúl, espera, espera, estás loco o que, venga vístete y vámonos, estas un poco borracho y no sabes lo que haces, mañana te reirás de esto. Y mejor que te rías y no que te arrepientas.

    Me hace un gesto todo tranquilo para que me calle y espere sentado a que termine lo que ha venido a hacer. Bebo un poco y miro sus piernas, mis ojos le recorren por enésima vez esa tarde. Vuelvo a ver a un hombre y no al recién casado, ¡y que hombre! Que suerte tiene mi prima que cada noche puede catar un macho como este.

    Todo vuelve al ritmo de antes, se pone de espaldas a mi para que vea su culo, como el resto de su anatomía, perfecto, nalgas turgentes y duras. Su mano se mete por dentro del bóxer y se lo toca, poco a poco se lo empieza a bajar. Se lo deja justo por debajo del culito, veo como su mano se dirige a la polla y se la masajea bien, por la sombra que la luz que entra por la ventana proyecta contra la pared puedo ver que ya la tiene a un tamaño considerable, su vaivén es lento, pausado, se pajea a conciencia pero de espaldas a mí, las nalgas se le contraen de vez en cuando.

    La escena es preciosa, digna de la mejor película erótica, y digo esto porque aquello no es pornografía, todo es sutil, bello. La luz, el cuerpo, yo aún vestido ¿Por qué estoy vestido? En otra como está ya me lo habría follado 3 veces pero aquí no era capaz de mover un dedo. Raúl me ha dejado fuera de juego, creo que lo que él pretende es justo lo que está pasando así que le dejo hacer.

    Se acaricia esas nalgas y se atreve a meter la mano por la rajita, se acaricia bien el agujero sin llegar a meterse ningún dedo, su otra mano acelera el ritmo, el tamaño de su verga a juzgar por la sombra ha llegado a su plenitud, sube la cabeza y goza de lo que está haciendo. Su respiración aumenta, creo que se va a correr.

    Por entre sus piernas puedo ver como la leche que le sale disparada llega al mantel blanco que cubre la mesa, gime aunque levemente, por cada espasmo contrae las nalgas y gotas de semen van cubriendo la zona. Un último gemido acompaña a la última sacudida para escurrirse bien. Ha doblado un poco las piernas. No puedo verle la cara, solo el pelo que deja caer mientras tiene la cabeza inclinada hacia atrás.

    —Espero que te haya gustado. Tenía muchas ganas de hacer esto delante de ti. Considéralo un regalo por tu amabilidad y por asistir a mi boda.

    —Espero que no hagas lo mismo con todos los invitados —dije sonriendo

    —Descuida, solo para ti, eres un tío muy especial y además eres el único de la gente que conozco, incluida tu prima, que sé que apreciaría esto de la manera que lo he hecho.

    —Ha sido una maravilla, absolutamente espectacular y sublime si lo hubieses preparado aposta no te sale tan bien.

    —¿y quién te dice que no lo preparé? —y dejó ver sus preciosos dientes mientras soltaba una aún más preciosa sonrisa.

    Mientas hablamos se va vistiendo. Termina y me abraza por el hombro como dos buenos colegas. Antes de salir, noto que se me olvida algo.

    —Me vas a perdonar, pero creo que necesito ir al servicio de nuevo.

    —¿Otra vez te estas meando? —dice

    —No precisamente —contesto, y le guiño un ojo.

    El mismo que os guiño a vosotros. Besitos para todos.

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  • Pasión a primera vista

    Pasión a primera vista

    Hola de nuevo, espero que hayan disfrutado mis aventuras anteriores, hoy vengo con una nueva historia en la que les hablaré de Fernando, el hombre que me a gustado desde que lo conocí.

    Todo comenzó en un baile de esos de pueblo, en la casa del rancho de mis papás, entonces yo tenía 26 años, vestía una mini falda negra, botas a la rodilla negras y una blusita café que marcaba mi silueta curvy.

    Llegamos con mi primo Ricardo a un grupo de chicos y chicas que estaban ya en el lugar, nosotros cómo vivimos en la capital llegamos ya un poco tarde, pero ellos muy atentos nos apartaron un lugar. Nos instalamos y nos comenzó mi primo a presentar a sus amigos que no conocíamos eran muchos pero para mí el más importante que me dejó babeando era Fernando.

    Pasaron los minutos y el baile estaba muy bien, todos nos divertíamos y tomábamos cerveza, yo estaba divertida pero atenta a los movimientos de Fernando, descubrí que me veía mucho pero se notaba que era demasiado tímido así que decidí ser la primera en acercarme, lo invité a bailar y con una expresión como de pena acepto, comenzamos a bailar y se dio esta charla:

    Fernando: ¿y dime María vienes muy seguido por estos rumbos?

    María: la verdad es que solo en fechas como semana santa y navidad.

    Fernando: ¿entonces no te veré tan seguido cierto?

    María: pues no creo

    Fernando me agarro mas fuerte de la cintura y me dijo: a mi me gustaría verte siempre.

    Yo emocionada por lo que me decía, pensé en ese momento que yo le había gustado tanto como él a mi le contesté: a mi también me gustaría verte seguido.

    Paso la noche bailamos y nos dimos muchos besos, me acompañaba al baño y me acariciaba por encima de la ropa, debo decir que era un poco torpe su manera de hacerlo, pero de verdad me encantaba, cada vez que podíamos desparecer de ahí (que no podía ser mucho tiempo por que en esos lugares todos te conocen y ya me habían visto con él, quise ser discreta en realidad) cada que podíamos desaparecíamos, en una ovación fuimos al estacionamiento y ahí recargada en su coche comenzó a besarme con mucha intensidad, yo estaba completamente mojada, me está excitando mucho y toque su pene por arriba de su pantalón, su tamaño se sentía normal.

    Él seguía besando el cuello, tomándome de la cintura y bajando sus manos por mis caderas hasta llegar a mis nalgas, a las que tenía total acceso porque solo traía una tanguita abajo de la falda, me estaba comenzando que meter los dedos, yo estaba respirando, haciendo el menos ruido que pudiera, me tenía ahí dominada, con sus dedos en ambos hoyitos, saqué su pene y comencé a masturbarlo, comenzó a crecer, a hacerse gordo y mas gordo, era una verga deliciosamente gruesa, era como haberme sacado la lotería, nos seguimos masturbando y besando por un momentito mas hasta que me volteó con fuerza, levantó mi falda un poquito, solo se veía la mitad de mis glúteos.

    Saco de su billetera un condón y comenzó a penetrarme, yo estaba completamente excitada, no me importaba si alguien me veía, yo solo quería sentirlo mas y mas, era tan grueso su pene que sentía como raspaba alrededor de mi útero, Fernando jadeaba y me decía al oído que estaba muy rica, que le gustaba mi olor y mis besos no dure mucho y termine. Fernando me bajo para terminar en mi boca, fue delicioso, me levanto, paso un pañuelo por mi entrepierna para limpiar los jugos que habían salido de mi, me acomodo la tanga y bajo mi falda, nos dimos otro beso muy caliente y nos despedimos por que el baile ya estaba por terminar, prometimos vernos pronto y cumplimos, nos volvimos a ver, pero les contaré en la siguiente historia.

    Muchas gracias por leerme, me encanta que me dejen sus comentarios, no sean tan reservados, cuéntenme si han tenido una experiencia igual o si fantasean con ello. Saludos y hasta el siguiente relato.

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  • Miradas que lo dicen todo

    Miradas que lo dicen todo

    Ni siquiera recuerdo como sucedió, todo comenzó muy inocentemente mientras ojeaba el periódico en la cafetería de la esquina, me quedé embobado mirándola, no la había visto nunca antes, sus movimientos, sus gestos, todo hacía que yo la observara con mis cinco sentidos, era una chica joven de unos 20 años, sus ojos eran de color miel y movía su pelo castaño con sensualidad. Ella era el centro de atención de un grupo de jóvenes que la acompañaba y yo la miraba como si no hubiera nadie más en el local a excepción de nosotros dos.

    Durante unos segundos pude adivinar una mirada fugaz suya, levanté la vista, pero ella evitó mis ojos, así permanecimos durante unos cuantos minutos, jugando al gato y al ratón, contemplándonos mutuamente pero sin mirarnos a los ojos, rehuyendo el encuentro de nuestros ojos.

    Era ya demasiado tarde, debía irme, el trabajo me reclamaba, así que me levanté, dejé el importe del café sobre la mesa y me dirigí hacia la puerta, pasé a su lado y entonces la miré directamente a los ojos, ella no evitó mi mirada, mientras avanzaba hacia la salida seguía fijo en sus ojos, y experimenté una sensación nueva, era como si de pronto todos los sonidos del mundo se hubieran callado, como si me hubiera quedado sordo, tan solo oía los latidos de mi corazón. Tomé el pomo de la puerta y por unos instantes dudé entre irme o quedarme y decirle algo. Sin embargo escogí la primera opción, salí de nuevo a la calle y de pronto todo volvió a la normalidad, los sonidos volvieron y me adentré en la monotonía del día.

    Lo más lógico habría sido que no volviera a haber visto a aquella chica nunca más, pero la vida da muchas vueltas y el destino te depara sorpresas insospechadas. Habían pasado ya un par de semanas desde nuestro encuentro, era un viernes típico de invierno, gris plomizo, frío y lluvioso, había salido a tomar unas cervezas con unos amigos pero me encontraba algo cansado así que decidí irme a casa, las campanas del reloj de la Iglesia de “San Juan” acababan de dar las dos de la mañana.

    Mi casa no estaba lejos, pero la lluvia arreciaba y formaba una especie de cortina que no te permitía ver más allá de dos metros, aceleré el paso pues no llevaba paraguas y me estaba empapando. De pronto, al dar una esquina de la callejuela que conduce al Mercado de Las Flores me tropecé con una chica, no me dio tiempo a disculparme, cuando levanté la vista la vi, era ella, sus ojos también me reconocieron, ninguno de los dos decía nada, solo nos mirábamos, los dos solos en la calle, empapándonos bajo la lluvia, sin decirnos ni una sola palabra, el agua arrollaba por su cabello, por sus mejillas y surcos de gotas de lluvia entraban por el cuello de su jersey.

    En ese momento me pareció la criatura más hermosa sobre la faz de la tierra y di un paso hacia ella, mis labios se acercaron a su boca y la besé, ella respondió a mi beso con naturalidad, nuestras lenguas se fundieron en un baile sensual y húmedo, mis manos acariciaban su nuca y las suyas mi cintura. Así permanecimos entrelazados durante mucho tiempo, cuando nuestras bocas se separaron ella sonrió, y dijo:

    —Será mejor que vayamos a algún sitio, estamos calados hasta los huesos.

    —Ven, vivo aquí al lado. —Y la tomé de la mano para que me siguiera.

    En el corto camino a casa no intercambiamos palabra alguna, puede resultar extraño, pero así fue, caminábamos entrelazados y ella apoyaba su cabeza en mi hombro.

    Llegamos a casa y le ofrecí algo de beber, rehusó el ofrecimiento.

    —Estoy muerta de frío y empapada, creo que nos vendría bien una ducha caliente y poner a secar la ropa, ¿no te parece? —dijo con un hermosa sonrisa.

    —Sí, tienes toda la razón —le dije mientras me acercaba a ella y le quitaba un mechón de pelo de su frente, para, a continuación, besarla.

    Los dos unidos, entrelazados, fuimos desplazándonos poco a poco hacia el cuarto de baño, tropezando con los pocos muebles que encontramos a nuestro paso, desnudándonos torpemente el uno al otro.

    Su piel era muy pálida, parecía una hermosa pintura de algún pintor de la escuela holandesa, su tacto extremadamente suave y sensible, algunas pecas salpicaban su bello torso, sus pechos voluptuosos, turgentes y sus pezones increíblemente grandes, sus caderas anchas, rotundas y su pubis aparecía ante mi completamente depilado, como si de una inocente niña se tratara. Era una criatura deliciosa.

    Nuestros cuerpos disfrutaban del agua caliente que caía sobre nosotros, nuestras bocas y manos se dedicaban a explorar el cuerpo del otro. La besaba en el cuello, mis manos recorrían su espalda bajando hacia sus caderas, sus pechos se apretaban contra mí, su boca lamía el lóbulo de mi oreja y sus manos acariciaban mis glúteos.

    El agua relajaba nuestros cuerpos y el vapor daba sensualidad al momento, nuestros besos se volvían más lujuriosos, lamíamos, besábamos, mordíamos nuestros labios, nuestras lenguas exploraban cada rincón, bebíamos el uno del otro con auténtica pasión. Las caricias se volvieron más atrevidas, mis manos acariciaban sus pechos, amasándolos, jugando con sus ya erectos pezones, lamiendo y chupando éstos.

    Sus manos tomaron mi sexo, acariciándolo dulcemente, recorriéndolo lentamente en toda su longitud una y otra vez, practicándome una maravillosa masturbación.

    Mi mano derecha bajó por su vientre hasta llegar a su sexo, recorriéndolo en toda su longitud, notando el sensible tacto de sus labios vaginales, descubriendo su clítoris aún oculto, su boca lamía mi cuello y un ligero gemido me indicó que mis caricias le gustaban.

    Mis dedos comenzaron a explorar más íntimamente, separaban sus labios vaginales para descubrir la hermosa flor que éstos ocultaban, su vulva era sonrosada y se encontraba ya muy lubricada. Mi dedo pulgar comenzó a acariciar en círculos su clítoris, notando como poco a poco éste iba aumentando de tamaño y mostrándose más y más visible, mientras, mi dedo anular comenzaba a penetrarla cuidadosamente. Mi dedo se movía en su interior a ritmos acompasados, acariciando sus sensibles paredes que lo absorbían.

    Nos besamos de nuevo, su lengua serpenteaba en el interior de mi boca, la humedad de su sexo iba en continuo aumento, decidí usar un segundo dedo para penetrarla, los dos eran atrapados por sus músculos vaginales, su clítoris ya estaba completamente erecto y sensible y sus gemidos aumentaban de tono.

    Retiré mi mano de su sexo y mis labios bajaron por su vientre hasta su Monte de Venus, lamiendo cada milímetro de su piel, separó más sus piernas y mi boca bajó hasta sus más íntimos labios, mi lengua los lamió profundamente, recorriéndolos en toda su extensión y abriéndolos ligeramente en cada lamida, su sabor era salado y su olor intenso, mis manos ayudaron a ir más allá, mi lengua recorrió su clítoris y mis labios puestos en forma de O la ayudaron a succionarlo, sus manos acariciaban mi cabello, crispándose cuando su placer era mayor.

    Mientras mi boca se ocupaba de su hermoso y mágico botón comencé nuevamente a penetrarla con dos de mis dedos, sus contracciones eran cada vez mayores, sus gemidos más intensos, noté como apretaba los dedos de sus pies, y de pronto lo noté, le llegó un orgasmo intenso acompañado de un gemido ronco, lamí y bebí su esencia como bebe aquél que está sediento.

    Sus dedos tiraron de mi cabello hacia arriba, me separé de su pubis, los dos de pie nuevamente, me beso, notando en mis labios y boca su propio sabor íntimo.

    Ahora eran sus labios los que bajaban por mi cuello, se apoderaban de mis pezones y los lamían, incluso los mordían y estiraban juguetonamente, sus manos acariciaban mi espalda y mis costados.

    Su lengua recorría mi vientre, surcaba las proximidades de mi ombligo, lo lamía y penetraba apasionadamente. Su boca bajaba, sus manos acariciaban mi culo.

    Sus manos tomaron mi sexo, sopesándolo, con una tomó mi pene y con la otra me acariciaba y masajeaba los testículos, noté la punta de su lengua en mi glande y una pequeña descarga eléctrica recorrió mi espina dorsal.

    Comenzó lentamente a masturbarme, sus labios se apoderaron de mi glande, sorbiéndolo, volviéndome loco con su lengua, colocó sus manos de nuevo en mis nalgas y de esta manera era ella la que controlaba mis embestidas a su boca, sus labios se abrieron más y mi polla entró más profundamente en su interior, cada vez un poquito más, hasta que entró completamente, su lengua me volvía loco y sus labios se cerraban en torno a mi pene como si de su vulva se tratara, esta dulce tortura se repitió durante varios minutos.

    Me estaba llevando al éxtasis, pero yo no quería terminar aún. El agua seguía cayendo sobre nosotros, la cogí de sus hombros y la obligué a ponerse en pie para fundirnos en un nuevo y apasionado beso.

    Hice que apoyara su espalda en la pared de la ducha, ella abrió sus piernas y con sus manos tomó mi tremendamente excitado pene para conducirlo a la entrada de su sexo, introduje tan solo la punta y me quedé quieto, contemplándola, pero ella quería más, lo quería todo, puso sus manos en mis caderas y empujó con fuerza, consiguiendo que casi la penetrara completamente, un leve gemido salió de su garganta, me retiré levemente de su interior para volver a penetrarla, en esta ocasión hasta lo más profundo de sus entrañas, mientras, mi boca devoraba su pezón derecho.

    Así permanecimos largo tiempo, acoplados el uno en el otro, dejando que el agua caliente y el vapor cubriera nuestros cuerpos, haciendo el amor de forma cadenciosa y lánguida en unas ocasiones y de forma ruda y rápida en otras, besándonos y lamiéndonos como dos animales en celo, su sexo me atrapaba y me exprimía, nuestros cuerpos se tensaban y crispaban.

    Tomó una de mis manos y la besó, introdujo uno de mis dedos en su boca y lo lamió de la manera más lujuriosa que jamás he visto, y, a continuación llevó mi mano a sus nalgas. No me dijo nada, no necesitaba hacerlo. Mi mano se perdió entre sus glúteos buscando penetrar su hermoso culo, mi dedo presionó su entrada y su anillo lo atrapó, comencé a moverlo en su interior, notando como mi pene penetraba su sexo a través de la fina pared que los separaba.

    Mi dedo se desplazaba en su interior con asombrosa facilidad, así que decidí utilizar un segundo dedo, lograrlo fue algo más difícil pero conseguí que se dilatara lo suficiente para conseguirlo, una vez superado esto mis dedos se desplazaban en su interior con suavidad y seguridad, horadando su interior a la vez que mi sexo penetraba su delicada vagina.

    Moví mis caderas con fuerza, logrando una penetración profunda e introduciendo a la vez con firmeza mis dedos en su interior, de sus entrañas salió un profundo gemido, sus uñas marcaron mi espalda.

    Mientras me besaba sus manos bajaron hasta mi pene, sacándolo de su interior y acariciándolo con dulzura. Tomó un bote de gel y vertió una considerable cantidad en sus manos, comenzó a masajear y a lubricar mi sexo, para luego aproximarlo a su entrada posterior que mis dedos acababan de abandonar, colocó mi glande en la entrada de su culo y muy lentamente la fui penetrando, su anillo anal comprimía todo mi pene cerrándose sobre él, los primeros momentos fueron difíciles, nuestros movimientos lentos para conseguir que su cuerpo se acostumbrara a mí y que su dilatación aumentara, mi mano izquierda masajeaba a la vez su sensible clítoris.

    Poco a poco, centímetro a centímetro, me introducía más y más en su interior, cada vez nos encontrábamos mas cómodos y disfrutábamos más.

    Decidí dar un último paso más, puse sus manos tras mi nuca y coloqué las mías bajo sus muslos, levantándola del suelo de la ducha y dejándola tan solo apoyada en la pared de ésta y en mí. La penetración ahora era más profunda, cada vez nuestro ritmo era más rápido, nuestros gemidos aumentaban a cada embestida, el clímax estaba cerca.

    Sus uñas arañaban mis hombros y de pronto mientras nos besábamos, ella se tensó completamente, clavó incluso sus dientes en mi labio hasta hacerle sangre y noté como una inequívoca humedad mojaba mi vientre, yo tampoco podía retrasarlo más y segundos mas tarde estallaba en su interior explotando de placer.

    Continué dentro de ella durante algún tiempo más mientras disminuía mi erección, acariciándonos y besándonos a la vez que el agua seguía corriendo por nuestros cuerpos.

    Esa fue aquella noche tan especial, una noche en la que casi no hubo palabras, una noche en la que solo hubo pasión, una noche que surgió de unas miradas, unas miradas que en ocasiones lo dicen todo.

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  • Mi secreto infiel

    Mi secreto infiel

    Estaba enamorada perdidamente de un hombre, prácticamente convencida que él era el amor de mi vida, lo amaba con locura y no podía imaginar una vida que no sea con él. Tenía para ese entonces 18 años, cuando él vino con la noticia más desastrosa, me dijo que se iba a casar con otra persona ya que había quedado embarazada de él.

    En ese momento mi mundo se derrumbó, pensaba que era injusto lo que él me hacía, nadie lo iba a amar así con este amor, pero ese amor se transformó en un deseo muy fuerte de herirlo, tanto como él lo hizo conmigo.

    Para ese entonces aun yo era virgen, y no tenía idea de lo que era el sexo. Conocí a una persona y decidí que me casaría con él, claro que no lo amaba, es más me resultaba repugnante tanto físicamente como su forma de ser tan extraña.

    Resumiendo un poco, nuestra noche de bodas fuimos a un hotel, el cuarto estaba en penumbras, pensé que él vendría hacia mí, que me abrazaría, pero no lo hizo. Estaba sentado en una silla mirándome, no sonreía, estaba sombrío, vacilé, no sabía que decirle, no sabía que debía hacer, nadie me había dicho que sucedía, si es que sucedía algo entre marido y mujer, que cosas misteriosas los unían, al fin por estar cansada y por sentirme fuera de lugar, me senté frente a él, me miraba de un modo hostil y me alarme ¿qué estaba mal?

    De pronto me dijo:

    —Te explicaré como viviremos tú y yo, y quiero que lo entiendas, los hombres y las mujeres cuando se casan, cuando duermen juntos, realizan un… un acto físico que se llama acto de procreación, es simplemente un acto por el que el hombre une su cuerpo al de la mujer y la penetra, es algo horriblemente degradante, algo animal, y muy doloroso para la esposa, tengo entendido que muchos hombres llegan a disfrutarlo ¿cómo podrían hacerlo? Es una acción inmunda enfermante, he decidido no infligirte algo así ¿entiendes lo que te estoy diciendo? No entendía, pero asentí, porque comprendí que era lo que esperaba que hiciera. Así fue mi lamentable noche de bodas.

    Mi marido era una persona totalmente enferma, pero eso lo descubrí un tiempo después cuando si conocí el amor de verdad y el despertar a la vida, a la sexualidad.

    Lo conocí en casa de un amigo, el cuarto estaba lleno de gente, pero fue como si estuviésemos solos, sentí como si me hubiera despertado de un largo sueño o que en ese momento se iniciara un sueño, solo lo veía a él y supe que nunca había visto antes a un hombre, que allí había recibido el don de la vista y del sentimiento.

    Una noche me invitó a su casa a cenar, comenzamos a bailar, me sentía mareada, débil por el vino que había bebido, por la fragancia de su perfume, por el calor y sobre todo por amor a él. Inexperta como era, sabía que él no jugaba conmigo.

    Comenzó a desprenderme los botones de mi vestido, mientras hacía eso me besaba cada parte de cuerpo que se iba descubriendo, el cuello, los hombros, después me beso los pezones rígidos, paso la lengua por los pechos y los besó, yo comencé a fundirme, a sentir un tormento dulcísimo que latía dentro de mí y que nunca había sentido, me tomo en brazos y me recostó en la cama a su lado y me acarició, yo escuchaba el sonido de mi voz, gimiendo, buscó con su mano y descubrió mi clítoris.

    Yo estaba húmeda, llena de líquidos; él acercó su boca y comenzó a lamer, mi cuerpo se retorcía en espasmos, la respiración aumentaba entre gemidos y sollozos de placer, se subió encima de mí y sentí un pequeño dolor cuando se introdujo en mí, él encontró su camino al sitio que me atormentaba y me colmo, me devolvió a la vida, sus movimientos eran tiernos y me sostuvo allí en un prolongado orgasmo, estuvimos así hasta calmarnos y quedarnos dormidos y luego al despertar él tenía otra erección y esta vez me dijo que me subiera sobre él, me senté sobre su miembro hinchado, él tomó mis senos, mordisqueaba mis pezones, con su mano me tomó la cadera.

    Contuve el aliento, expectante ¿dónde me tocaría ahora? Era una delicia sentir que recorría cada parte de mi cuerpo dándome cada vez más placer, el deseo me volvía loca. Durante 3 días apenas si salimos del cuarto.

    Mucho tiempo ha pasado ya de aquellos días. Y él ya forma parte de mí. Nos cuidamos para que mi marido no sospeche nada y cada vez que podemos nos fundimos en nuestro amor. Pero nadie conoce el secreto que escondo en el baúl de mi espíritu y mi sensualidad.

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  • Diario de Lucy (2)

    Diario de Lucy (2)

    La puerta se cerró detrás de nosotros con un golpe seco, y el mundo desapareció. No hubo palabras, ni siquiera un gesto. Solo mi cuerpo ardiendo y su mirada fija en mí, como si todo lo que había contenido hasta entonces estallara en ese instante.

    No pensé, no planeé. Me arrodillé frente a él con la misma naturalidad con la que una mujer respira. Mis rodillas tocaron la alfombra y mis manos buscaron su cintura, ansiosas, desesperadas. Quería saborearlo, quería llenar mi boca de él, quería probar lo que me había estado quemando en la imaginación durante meses.

    Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, más rápidos de lo que hubiera creído. Bajé su pantalón y la tela cayó a sus tobillos. Allí estaba, duro, palpitante, apuntando hacia mí con esa arrogancia silenciosa que me hizo gemir antes de siquiera probarlo. Lo envolví con mi mano y lo sentí caliente, vivo, casi latiendo contra mi palma.

    —Mírame —le pedí con la voz rota por la urgencia.

    Y cuando mis labios lo rodearon por primera vez, sentí que todo lo demás dejaba de existir. El sabor de su piel, el grosor llenándome la boca, el calor que me recorría la garganta, todo era demasiado. Cerré los ojos un instante, dejándome inundar por la sensación de tenerlo dentro, y luego lo miré de nuevo, con mis labios hundidos hasta la mitad de su erección, como si quisiera que viera lo perdida que estaba ya.

    Fue entonces cuando su mano se enredó en mi pelo, primero suave, luego con una fuerza que me arrancó un gemido ahogado. No me dejó decidir el ritmo, lo marcó él, empujando mi cabeza contra su cadera, hundiéndome cada vez más, hasta que mis ojos comenzaron a lagrimear. Sentí una lágrima rodar por mi mejilla y, en lugar de aflojar, él se detuvo apenas, lo suficiente para hacerme respirar y volver a hundirse con más firmeza.

    Esa mezcla de dolor y placer me atravesó como una descarga. Con una mano apreté sus muslos y con la otra busqué mi coño, acariciando mi clítoris duro y palpitante mientras lo tragaba más profundo. Me empujé contra él con fuerza, hundiéndome hasta donde mi garganta lo permitió. El aire se me cortaba, mis labios tensos alrededor de su polla, y sentí cómo la saliva se acumulaba sin control, desbordando mi boca y cayendo en hilos calientes por mi barbilla.

    Resbalaba por mi cuello, y me mojaba las tetas, pegándose a mi piel como una marca de lo que estaba haciendo. Cada gota me excitaba más, me hacía sentir usada, marcada, perdida. Y, aun así, no quería detenerme. Quería que supiera que era capaz de arruinarme entera solo por tenerlo dentro, que estaba dispuesta a romper cualquier límite con tal de poseerlo en mi boca, hasta la última gota de aire, hasta la última fibra de control.

    Sentí sus dedos apretando aún más mi pelo, guiándome con esa brutalidad que me arrancaba lágrimas y gemidos ahogados, y en ese instante, con la saliva resbalando entre mis pechos, entendí que necesitaba más. No solo su control en mi boca, no solo su dureza llenándome la garganta. Quería sentirlo dentro de mí, entero, devorándome desde adentro.

    Me aparté despacio, con los labios aún húmedos y rojos de tanto tenerlo dentro. Mis manos lo acariciaron suavemente, una última caricia de despedida a esa tortura deliciosa, mientras me incorporaba. Me levanté despacio, con la respiración deshecha, los labios entreabiertos y los ojos brillando de lujuria.

    Lo miré directamente, sin bajar la vista, y sin decir palabra empecé a desabrocharme el vestido. Tiré de los tirantes de seda y dejé que la tela negra se deslizara por mi piel, bajando como un río hasta caer a mis pies. Sentí el aire fresco de la habitación recorrer mi cuerpo desnudo, y la humedad de mi coño palpitar más fuerte con cada segundo.

    No me quité las medias, tampoco los tacones. Quise quedarme así, envuelta en ese contraste que sabía que lo enloquecería: mi cuerpo desnudo y vulnerable, pero aún vestido con los símbolos más obscenos de mi feminidad.

    Avancé hacia la cama sin prisa, balanceando las caderas, dejando que mis tetas firmes se movieran libres con cada paso, que mis pezones endurecidos lo provocaran como un desafío. Mis bragas, empapadas, cayeron en el suelo a medio camino, tiradas con un movimiento rápido de mi mano. Y seguí caminando hacia el borde de la cama, desnuda salvo por las medias que ceñían mis muslos y los tacones que marcaban el compás de mis pasos.

    Me subí lentamente al colchón, apoyando las rodillas primero, arqueando la espalda, ofreciéndole la visión de mi culo redondo y empapado, levantado hacia él. Giré el rostro apenas lo suficiente para mirarlo por encima del hombro, con el pelo suelto cayéndome en ondas sobre la espalda, y le susurré con la voz ronca de las embestidas:

    —¿A qué esperas?

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  • Me convierto por una noche en la puta de mi hermano

    Me convierto por una noche en la puta de mi hermano

    Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.

    Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.

    Escúchalo narrado por su autora

    Relato

    Me convierto por una noche en la puta de mi hermano. La frase, cruda y afilada, resuena con ecos de tabú, pero en mi corazón late una explicación que, al menos para mí, teje un hilo de lógica en un tapiz de deseos cruzados. Hace un par de meses, mi hermano Álex y yo cruzamos una línea prohibida. Desde entonces, mantenemos relaciones sexuales más allá de lo fraternal. Nuestros encuentros, clandestinos y ardientes, se deslizan entre las grietas de la rutina.

    Pero entonces apareció Sergio, mi actual novio, un torbellino que irrumpió en nuestras vidas, y nos llevó a los tres a un baile prohibido, un trío que elevó los límites del placer. Desde entonces, mi cuerpo se ha convertido en un puente entre dos mundos, el de Álex, con su intensidad visceral, como un fuego que quema desde dentro; y el de Sergio, con una seguridad magnética que me atrae como un imán. A veces, los tres follábamos en casa de Sergio, un escenario donde el deseo se desborda sin restricciones. Pero en las últimas semanas, un viento frío de discordia ha comenzado a colarse entre ellos.

    Ninguno lo admite, pero los celos, como sombras alargadas, se proyectan en los gestos, en los silencios. Yo, en el epicentro de este huracán emocional, no hago distinciones. Mi entrega es absoluta, mi piel un lienzo imparcial donde ambos dejan sus marcas. Sin embargo, algo susurraba en el aire que Álex era la nota desafinada en esta melodía, el elemento que amenazaba con romper el equilibrio.

    Álex, a sus 24 años, lleva en su rostro la rebeldía de quien conoce mis secretos más oscuros. Yo, con 22, me muevo entre la audacia y la fragilidad, atrapada en un juego que yo misma he ayudado a crear. En casa de nuestros padres, por las mañanas cuando trabajan, Álex y yo follábamos en este espacio donde el deseo se desata sin preguntas ni culpas. Pero mi vida comenzó a inclinarse hacia Sergio, hacia su hogar, donde las noches se alargan y el amanecer me reclama para él. Allí, entre sus brazos, el ritual que antes compartía con Álex se desvanece en la distancia.

    Mi hermano no comprende que no puedo partirme en dos, que mi alma no se divide como un trozo de pan. Alguien, siempre, queda con menos. Y en este juego de equilibrios imposibles, la fricción entre ellos crece como una sombra que amenaza con engullirnos. Así que, en la quietud de las noches, tejo mi plan con hilos de ingenio en un tablero donde cada movimiento cuenta. Cada decisión es un paso en la cuerda floja, un intento de apaciguar los celos que rugen en silencio. Pero en el fondo, sé que este misterio no se resolverá con facilidad. ¿Hasta cuándo podré danzar entre dos fuegos sin quemarme? La respuesta, como tantas cosas en esta historia, se pierde en la bruma de lo que aún no me atrevo a nombrar.

    Sergio, empresario a sus 29 años, puede permitirse un bonito chalet individual a las afueras de Tarragona, en un barrio plagado de pijos, donde se alza como un oasis de calma. Por las noches, el silencio reina, roto apenas por el ronroneo lejano de algún coche perdido, buscando su camino en el laberinto de calles dormidas. Aquí, la privacidad es un lienzo en blanco, un espacio donde nuestra pasión pinta sus colores más vibrantes.

    Sin embargo, cuando Sergio se ausenta por negocios, la soledad se cuela en las sábanas frías de su cama. Su ausencia pesa como una losa, y mi cuerpo, inquieto, anhela la intensidad de un encuentro que sacuda el alma. Hace tiempo que soy incapaz de dormir sin una buena ración de sexo.

    Es entonces cuando mi hermano se convierte en cómplice de noches furtivas, y llena este vacío. Nos entregamos al deseo con una urgencia que desafía el tiempo, como si el mundo contuviera el aliento, con una furia que amenaza con desbordar los confines de la carne. Cada roce, cada susurro, es una chispa que amenaza con incendiarlo todo. Mis gemidos, contenidos tras el balcón cerrado, podrían despertar a la urbanización entera si no fuéramos cautelosos, resonando como un vendaval en la quietud de la noche.

    Cuando la pasión se aquieta y el sudor se enfría sobre la piel, abro el balcón y salgo a respirar aire limpio. La brisa nocturna se desliza como un susurro fresco, envolviéndome en su caricia. Enciendo un cigarrillo y el humo asciende, danzando en volutas perezosas. En esos instantes, mi mente se libera, flotando en una paz efímera, como si el universo entero se detuviera para contemplarme.

    La última noche de agosto de 2024, algo rompió la magia de nuestro ritual. Álex estaba conmigo, y un presagio flotaba en el aire, traído por una brisa inquieta. Los eventos que siguieron, inesperados, trastocaron mi mundo.

    Tras la cena, subí al dormitorio, dejando a Álex absorto en el final de una película. Me preparé para nuestro encuentro sexual, un rito que agota los sentidos y apacigua el corazón. Pero Álex tardaba, y la tentación de un cigarrillo me llevó al balcón. La noche se desplegaba sobre la costa como un manto de terciopelo, con una brisa salada que trepaba hasta mí. Allí, desnuda y con el cigarrillo entre los dedos, me entregué al abrazo fresco de la oscuridad, de espaldas a la calle, confiada en que la hora y el lugar me protegían de miradas indiscretas.

    Estaba sumida en ese trance cuando Álex apareció, se tendió en la cama como un náufrago en la orilla, las sábanas revueltas como dunas tras una tempestad. Sus ojos, brillando con picardía bajo la luz ámbar de la lámpara, me recorrieron con deleite. Su voz, teñida de un tono juguetón, cortó el silencio.

    —A media luz, bajo el telón de la noche y el cigarrillo entre los labios — dijo, su sonrisa danzando en la penumbra—, pareces la reina de un burdel de sueños, soberana de deseos que nadie osa nombrar.

    Reí, sorprendida por su audacia poética, y di una calada profunda, dejando que el humo se elevara hacia un cielo cuajado de estrellas.

    —¿Y cuánto pagarías por una noche con la reina del burdel? —pregunté, mi voz teñida de provocación y coquetería.

    —Cualquier suma sería un derroche —bromeó, su risa llenando el aire como un eco cálido—. Siempre me robas el alma sin pedirme una moneda. Pero seré generoso: veinte euros si te tocas para mí.

    No necesitaba su dinero, pero el reto encendió una chispa en mi sangre. Cambié el cigarrillo a la mano izquierda, y con la derecha tracé un sendero lento por la curva de mis pechos, moviéndome con la languidez de una cortesana de otro tiempo. Mis dedos danzaron sobre la piel, pellizcando los pezones con delicadeza, despertando sensaciones prohibidas, mientras exhalaba volutas de humo hacia la bóveda celeste, el rostro alzado como en un sacrificio a los dioses.

    —¿Es suficiente para ganarme la recompensa? —pregunté, con una sonrisa cargada de malicia.

    Álex negó con la cabeza, sus ojos exigiendo más. Arrojé el cigarrillo al vacío, y mis manos, ahora libres, descendieron por mi cuerpo, explorando con deliberada lentitud, trazando un camino ardiente hasta el umbral de mi deseo. Apoyada en la barandilla, con los muslos entreabiertos, jugué con la promesa de lo prohibido, dejando que la brisa marina se enredara en mi piel. Pero pronto detuve el espectáculo, mirándolo con fingida severidad.

    —Las reinas no se entregan tan fácilmente —dije, guiñándole un ojo—. Si quieres más, sube la apuesta.

    Su risa resonó, vibrante y juguetona, pero no cedió.

    —No tiene sentido pagar por lo que ya es mío — replicó, su tono burlón encendiendo el juego.

    Fingí indignación, riendo, y corrí descalza hacia la cocina, donde la penumbra me envolvió como una aliada. Abrí el frigorífico, y la luz fría perfiló mi silueta mientras tomaba una botella de agua helada. Bebí con avidez, dejando que el frescor apagara el calor que aún latía en mi cuerpo, y deslicé la botella por la nuca, contemplando las luces lejanas que titilaban en la costa, como faros de un mundo distante.

    Entonces, un movimiento en la calle capturó mi atención. Entre las sombras, un perro grande correteaba, su silueta difuminada por la noche. Mi corazón, siempre blando ante los animales, se detuvo a observarlo. Pero algo en su danza errática me inquietó. Un perro así no vagaba solo a esas horas. Mis ojos escrutaron la oscuridad hasta dar con una figura inmóvil, sentada en un banco al otro lado de la calle. Un coche pasó, y sus faros rasgaron la penumbra, revelando a un joven flaco, casi espectral, con la mirada fija en el balcón.

    Un escalofrío me recorrió, no de temor, sino de un instinto antiguo, visceral. ¿Quién era aquel extraño, anclado en la noche como un guardián silencioso? ¿Por qué había elegido ese banco, ese instante, para detenerse? Cuando se alzó sobre el respaldo, tambaleándose como un equilibrista, su mirada buscándome en la penumbra, lo entendí. Era un voyeur, un ladrón de instantes, atraído por mi figura desnuda recortada contra la luz del dormitorio.

    En lugar de retroceder, una chispa de desafío se encendió en mí. Mi mano derecha descendió, trazando con los dedos círculos lentos y deliberados, encontrando el calor de mi deseo. El orgasmo llegó como una ola, rápida y salvaje, y me dejé llevar, gimiendo en un susurro que la noche se llevó consigo. Fue un éxtasis íntimo, un secreto compartido con la oscuridad y aquel desconocido que, sin saberlo, había sido mi cómplice.

    Con el deseo aún latiendo, dejé el celular grabando al curioso desde la ventana y regresé al dormitorio, donde Álex aguardaba, ajeno a mi aventura.

    —Hoy es tu noche de suerte —dije, con una voz que destilaba miel y promesas—. Tengo una oferta irresistible para mis mejores clientes. Mi cuerpo, y todo lo que quieras hacer con él, será tuyo por un euro más. Los veinte de antes ya me los gané.

    Mi hermano sonrió, como un niño travieso, y asintió. Tomé una silla, la coloqué a mi derecha, y subí la pierna flexionada, apoyando el pie en el asiento. Con la espalda ligeramente arqueada contra la barandilla, dejé que la melena cayera sobre el vacío. Las manos danzaron sobre mi cuerpo, una en los pechos, la otra entre los muslos, trazando senderos de fuego, mientras procuraba que el desconocido viera solo lo justo, dejando que su imaginación volara. Los primeros gemidos escaparon al rozar el clítoris, intensos como el eco de un canto prohibido. Lo invité al balcón con un susurro sensual.

    —Ven conmigo — dije, mi voz aterciopelada—. Esta noche me siento traviesa, y quiero que me folles bajo las estrellas.

    Él, raramente tan osado como yo, aceptó el reto. Bajé la pierna, alcé los brazos y entrelacé los dedos en su nuca, sellando un candado que no cedería.

    Nos fundimos en un beso ardiente, los labios abrasándose, las lenguas danzando como llamas. Mi mano derecha, ahora impaciente, recorrió su torso hasta encontrar lo que buscaba palpitante entre sus piernas.

    —Quiero que lo hagas desde atrás — susurré, con una dulzura que escondía un incendio—. Quiero que el mundo sea testigo de mi placer.

    Lo empujé suavemente, me puse en cuclillas y envolví su miembro con la boca, solo lo suficiente para avivar su deseo. Cuando su mano aferró mi melena, tirando con firmeza, supe que estaba listo. Me alzó, me giró y, con un movimiento preciso, abrió mis piernas. Aferrada a la barandilla, con los brazos extendidos como alas, lancé un grito ahogado de dicha al sentirlo dentro de mí. Mis ojos buscaron al desconocido, testigo silencioso de mi gozo, desafiándolo en silencio mientras Álex, con furia sagrada, me follaba y el placer me consumía.

    —¡Por tu santa madre, dame más! —supliqué, mi voz un lamento que cruzó la calle.

    —Nunca un euro dio para tanto —bromeó Álex, su risa entremezclada con jadeos.

    Reí, divertida, justo antes de que el clímax me alcanzara como un sunami. Agité la melena al viento, mi espalda contra su pecho, mi nuca en su hombro, mientras el placer me inundaba hasta rebosar por la cara interna de los muslos. Exhausta, tragué bocanadas de aire fresco, sin apartar la vista del desconocido, mordiéndome el labio inferior. En la penumbra, intuí el movimiento de su brazo en el pantalón, un reflejo de mi propio desenfreno. Le lancé un grito mudo, suplicando que aguardara porque la noche escondía nuevos secretos.

    —Dame ahora por el culo, te lo suplico — susurré, mi voz un ruego íntimo —. Pero empieza de ese modo que tanto me gusta.

    Uno de mis vicios inconfesables, posiblemente el más íntimo, es notar cómo se abre camino el glande dilatando el ano, repetidamente, cuando entra y cuando sale.

    Álex obedeció, diez o doce veces, con una cadencia que me habría al éxtasis. Mientras tanto, mis dedos, ágiles como los de un guitarrista, buscaban el clímax estimulando el clítoris. Y cuando llegó, tras sodomizarme durante unos pocos minutos, fue como una marea que lo arrasó todo. El mundo se desvaneció, dejando solo el eco de mi respiración y la brisa que acariciaba mi piel empapada. El desconocido, cómplice silencioso, fue testigo de mi rendición, y yo, soberana de aquel burdel imaginario, reinaba sobre su deseo y el de mi fiel amante.

    Con el sigilo de un felino que se desliza entre sombras, con picardía, me aparté de mi hermano, consciente de que había incumplido mi parte del trato. Una chispa juguetona danzaba en mi interior, urdiendo la travesura de hacerlo rabiar una vez más. Apenas había dado un par de pasos, sintiendo el suelo frío bajo mis pies, cuando su mano, firme como un lazo de acero, atrapó mi antebrazo. Con un movimiento tan súbito como el aleteo de un halcón, me alzó en el aire, ligera como una pluma, y me depositó sobre el borde afilado de la barandilla, donde el metal helado se clavó en mi carne.

    —No te has ganado el último céntimo —gruñó, su voz un murmullo ronco cargado de reproche, mientras mis manos, en un acto instintivo, se aferraban a la cálida curva de su nuca, temiendo perder el equilibrio y caer al vacío—. No creas que me dejo timar tan fácilmente —añadió.

    Como un corcel desbocado que rompe las riendas, abrió mis muslos de par en par, y me la metió en el coño como un aguijonazo ardiente. Me dejé llevar, rendida al torbellino de sensaciones, hasta que Álex, con un ímpetu que parecía desbordar los confines de la realidad, se corrió reclamando su victoria, inundándolo todo con una corriente cálida que se mezclaba con la mía. Por un instante, permanecimos entrelazados, suspendidos en el tiempo, con su verga aún palpitante en mi interior, mientras nuestras esencias se fundían en un abrazo efímero pero eterno.

    Finalmente, con un movimiento lento, casi ceremonial, corrí las cortinas, dejando que el tejido suave rozara mis dedos temblorosos. A través de una rendija, mis ojos se asomaron al exterior, donde la penumbra envolvía el mundo en un velo de misterio. Allí, bajo la luz difusa de farolas lejanas, vi al desconocido alejarse, su silueta desvaneciéndose en la noche como un espejismo. Mi corazón latía con una dicha desbordante, anhelando ya la llegada de la próxima velada, que le pertenecería solo a él. Lo había decidido en ese instante, pero aún debía buscar, en lo más profundo de mi alma, el atrevimiento necesario para hacer realidad ese deseo.

    De algún modo lo hallé, al reproducir los breves fragmentos de vídeo que mi teléfono había capturado. Lo hice cuando mi hermano dormía, sentada frente a la pantalla del ordenador, con la habitación envuelta en un silencio expectante. Entonces, con un programa básico pero efectivo, manipulé ajustes y filtros, luchando contra la oscuridad de las imágenes hasta que, finalmente, emergieron con una claridad casi mágica. Lo que mis ojos contemplaron me dejó sin aliento.

    La moraleja del cuento es que, aquella noche, bajo el manto estrellado, descubrí una verdad electrizante: la excitación de sentirme observada mientras me entrego al placer. No era comparable a esos momentos compartidos con dos o más amantes, cuando unos contemplan mientras otro me colma de placer. Aquello no guarda misterio alguno, aunque su intensidad es innegable. Pero esto, esto era un secreto nuevo, un fuego que ardía en mi interior con una fuerza que debo aprender a nombrar.

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  • Una pérdida que no tiene sentido

    Una pérdida que no tiene sentido

    Que inaudito pensar que has perdido la razón,

    que me has dejado enfrascado entre mis pensamientos

    y que has contribuido a que mi vida se vaya poco a poco marchitando.

    Es cruel creer que luego de tanto tiempo en el que tu amor, tu sexo y tu alma

    se complementaban con mi cuerpo.

    Cómo han acabado los perfectos besos a tus labios de rubí en llama,

    y cómo es posible que el perfecto amor y la perfecta fantasía que habíamos cultivado,

    simplemente hayan sufrido su fin.

    Tú, cristal de mis preferencias, espejo de mis virtudes y dolencia de mi corazón.

    Sé que se han acabado las caricias y que las dulces voces que antes me cobijaban mientras hacíamos el amor, no son más que dolorosas penas que se han marchado… que ya no son más que simples gritos de pánico que rondan por mi cabeza.

    He creído que lo más dulce fue siempre poder amarte a ti, poder poseerte, poderte hacer mía, tirarte a un lecho bañado en pétalos de rosas y hacerte el amor a costa del tiempo.

    Hoy me doy cuenta, fatigado y sólo, tirado y triste, condenado y loco, que no soy más que uno más… y tú, inaudito, sólo una más, una cualquiera.

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