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  • Sexo con una bella italiana

    Sexo con una bella italiana

    No me dijo su edad. Pero tendría unos 18 o 19 años. Era rubita, de piel blanquita. Su pelo liso y suave, precioso. Sus manos me encantaron nada más verlas. No hablamos nada. Todo fue con las miradas y con la atracción.

    Yo estaba sentado en el autobús. Ella entró en una parada y se sentó delante de mí. Segundos después me sintió. Y al instante, como por un impulso que casi no podía controlar, mi mano agarró su seno, desde mi asiento de atrás. Comencé a masajeárselo mientras veía que ella se excitaba. Se giró buscando mi cara, mis labios. Entonces de un salto me senté en el asiento vacío que estaba a su lado. Comenzamos a besarnos y a acariciarnos.

    Yo le acariciaba los senos con una mano, mientras mi otra mano la tenía detrás de su cabeza. Entreabría la boca, cerraba los ojos, mientras echaba la cabeza hacia atrás, reflejando toda su pasión. Veía que sus labios se ponían colorados de excitación. Y su nariz. Le cogí una mano y me la llevé a la boca para besarla. Sus manos eran preciosas. Blancas, suaves, delgadas, delicadas. Sus dedos delgados, preciosos. Me encantaban y comencé a besarlos. Sus manos me excitaban de verdad. Deseaba con locura que cogiera mi verga con una de ellas.

    De sus senos bajé mi mano a su pantalón. Ella se movió para que pudiera acceder a su gruta caliente. Lo acaricié por encima, notando su calidez.

    Me desabroché el pantalón, más porque quería que mi rabo tuviera más espacio que por otra cosa. Al verlo, ella bajó su cabeza y comenzó a chuparme la verga grande y gorda. Dije: “mi amor”, en bajito. Estaba pleno de excitación. Quería disfrutar el máximo tiempo, antes de correrme. Sentir la boca de esa chica preciosa chupándome el rabo.

    Pero también sabía que en unos minutos me tendría que bajar del autobús, en mi parada. Así que me corrí al cabo de un minuto o así. La corrida fue espectacular, así como la eyaculación. El primer chorro fue dentro de su boca. (Luego me dijo que le gusta el sabor de mi semen.). Y los otros cinco chorrazos fueron a fuera. Cayeron en mi ropa, en el asiento, en el pelo de ella, en su cara… Espectacular la eyaculación.

    Y así fue mi experiencia con una chica italiana. Una experiencia maravillosa, que no olvidaré.

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  • El deseo, la magia y la energía siguen allí

    El deseo, la magia y la energía siguen allí

    El deseo, la magia y la energía siguen allí, nada ha cambiado, de esos deseos que, aunque pase el tiempo ahí están, ahí siguen, inertes, pero más vivos que nunca.

    No te hablo, no te escribo, no te llamo, pero te pienso y de una u otra forma allí estás, siempre presente, el deseo está vivo y muestra presencia siempre cuando al recordar, el cuerpo late por sí solo, y es que son unas ganas tan eróticas y a su vez tan sucias, tan perversas, unas ganas que hacen querer tenerte cerca, sintiendo el calor de tu cuerpo, la suavidad de tu piel, tu rico olor, la fuerza y energía como macho, tus hermosos ojos con la profunda mirada que tienes, yo con solo cerrar los ojos improvisando, imaginando, te cojo y me coges y es tan real que comienzo a sentir como un nudo en el pecho, sabiendo claramente que soy tuya y eso tu muy bien lo sabes.

    Estas ganas de cada vez querer pedir y sentir más… Estas ganas de querer comerme una verga, pero no cualquiera, sino la tuya. Ella es especial.

    Esa manera tan perversa y a su vez tan rica de culear.

    Esa manera en la que con solo leerte me mojo toda. Como dicen por ahí… “los gemidos engañan, la humedad no” la humedad la decide el cuerpo y si ocurre es por algo… Esas ganas que a mí me dan de besarte y seguirte besando. Esas ganas tan ricas que me dan de agacharme a mamártelo y mirarte mordiéndome los labios, porque es que realmente de solo pensarlo sin darme cuenta ya me estoy mordiendo el labio.

    Esas ganas de que me lo empujes hasta el fondo de mi garganta. Esas ganas de que me agarres y me cojas a tu antojo, como quieras, donde quieras, no me importa. Esas ganas de olvidarme de la mujer que soy y hacerme toda una puta al estar contigo, de parecer una perra con ganas de verga, pero tu verga rica.

    Y es que de solo cerrar los ojos te imagino agarrándome, pero esta vez mas a lo salvaje. Que nos quitemos la ropa así con más ganas. Y me beses casi que, mordiéndome, que yo te abra el pantalón con desespero de comerme ese rico tesoro, que me tomes del cabello y me agaches a comérmelo, a mamártelo rico, mirándote para ver tu cara de placer y tu mi cara de pervertida, que me lo empujes rico guiándome el movimiento. Y entonces me levantas, me vuelves a besar, haciendo presencia con tu lengua. Y me agarras por la cintura y me acuestas en la cama, por qué quieres comerme y sentirme para luego metérmelo.

    Me chupas rico, me acaricias con tu lengua, te digo que lo haces muy rico, que me encanta, me metes tus dedos, te los chupas, me besas de nuevo, para compartirnos nuestros sabores y te pido que me lo metas, lo haces, sin piedad, duro, con toda tu fuerza, haciendo estremecer hasta los más mínimos rincones sedientos de placer de mi cuerpo. Te pido que te acuestes “acuéstate para ir sobre ti” porque me encanta sentirte, sentirte todo dentro de mí, que me duela, que me incline hacia atrás y se profundice más y me duela, dolor que es placer, porque es sentirme llena, sentirme viva, sentirme mujer…

    Encima de ti, me muevo, de arriba a abajo, sintiéndote, tomando tus manos y mirándote, mirando también al espejo y viendo como me veo encima de ti. Luego me pides que me ponga en cuatro, porque así también me entra más y entra rica y así me puedes nalguear y me puedes jalar el pelo, esta vez comienzas a darme unas mordidas, porque mi espalda es ultra sensible y no la has explorado. Diciéndote que quiero que me acabes en el culo. Pero antes de eso me sigas dando verga, bien rico, como siempre lo haces. Porque me lo metes y sacas con unas ganas muy ricas.

    Dame duro, cógeme duro, culéame bien rico, cógeme como a una puta y por último me clavas el culo, a tu antojo…

    Cuando quieras quiero, donde quieras quiero, yo dejo todo a un lado por salir contigo, cuando quieras, solo una señal me basta, decirte lo de siempre aquí ya no hace falta.

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  • Sexo con mi ahijada

    Sexo con mi ahijada

    Con cincuenta y dos años a cuestas, matrimonio tan solo en lo formal, dos ex parejas y un número no precisado de relaciones de corta duración, la experiencia es la herramienta más valiosa para seguir ganando mujeres.

    Cualquiera que haya estado en un hospital alguna vez habrá podido comprobar que más del 85 por ciento de los trabajadores son mujeres, también habrán escuchado mil historias de sexo furtivo, sobre todo en las guardias nocturnas, ni que hablar de los fines de semana.

    Una década trabajando en un hospital, los últimos cinco como jefe de personal, me sirvió para conocer vida y milagros de algunas de las mujeres que trabajan, algunos mal intencionados le llaman a este sector el muro de los lamentos, sobre todo después de mitad de mes, es decir cuando el dinero es poco y las necesidades muchas.

    Durante el verano el “mujeraje” suele andar sueltito de ropas y más dispuestas al intercambio amistoso. Mi esposa dejó de interesarse por el sexo, lo hacemos cada mucho tiempo y como por obligación, gracias a este trabajo pude solucionarlo y pasarlo de diez.

    La verdad es que merced a las prerrogativas del cargo y a la experiencia mencionada he podido “cepillarme” a una interesante cantidad de empleadas, pero la mejor de todas, es la que está por caer en la trampera del eterno cazador, como tal es conveniente estar siempre con el dedo en el gatillo por si se aparece alguna que necesita de un hombro donde consolarse.

    Sarita era la hija de un dilecto amigo, siempre fui para ella como un tío en el afecto, aunque solía decirme cariñosamente “padrino”, por haberlo sido de su casamiento.

    Sarita, fue una de las primeras en esta temporada de caza, más precisamente la primera en “pisar el palito” (caer en la trampera), vino buscaba un anticipo de sueldo, para solucionar un problema económico a espaldas del marido.

    La pude ver caminando en la antesala, con ese ambo blanco de enfermera, que se le transparenta todo, se le marca la tanguita, buena cola, bien de gomas y mejor de piernas. Por un instante se olvidó la relación familiar, la estaba mirando con la misma lujuriosa intención y la lascivia a flor de piel. Solo verla y el “amigo” despertó de su letargo de dos semanas de abstinencia, el instinto de cazador furtivo me hizo perder la compostura, subirme indomable espíritu de cazador empedernido y salvaje cuando se me cruza una falda con tanto tiempo sin tener sexo.

    Eché mano a uno de los argumentos preferidos para justificar lo injustificable, que todas las mujeres son peras en el árbol del amor, y a mí me gusta mucho la fruta cuanto más si es fruta prohibida, Sarita, reunía las dos condiciones…

    —¡Pasa! —Disimulo la erección como puedo.

    —¡Sea bueno jefecito! ¡Sea bueno padrino!

    Reviso la mercadería, como evaluando cuan buena está para una encamada, pero en verdad hacía esta pausa para poner en orden la testosterona excitada.

    —Padrino tengo que pagar una deuda, por haber ido al bingo a jugar y comprarme unas ropitas sexys, y ahora no sé cómo afrontar ese pago sin afectar el ya ajustado presupuesto familiar. —seguía haciendo caritas de mimosa, para conseguirlo.

    Rápida como el hambre, vio la mal disimulada erección, creo que también me leyó la mente, sobre todo los pensamientos sucios y lascivos.

    —¡Padrino!… ¿qué te sucede? ¿No me digas que esto que veo es por mí?

    —Hmm… Pescado infraganti, no tuve más opción que encogerme de hombros sin saber qué decirle, como mencioné es rápida de entendedera y directa para la respuesta.

    —Padrino, acá esta su ahijadita, cuente conmigo… Yo le soluciono ese problema… si es buenito, y no se lo contamos a nadie (guiño mediante), esto (tocándome el bulto) lo solucionamos entre los dos. Sea bueno jefecito, ¡porfa!

    Como era casi la hora de cierre de la tesorería no quedaba otro empleado más que yo, sabía que había salido la última empleada así que no esperó respuesta, se pasó por mi lado del escritorio, giró el sillón y acaricia el problema, lo sacó a tomar aire, con confianzuda naturalidad.

    —¡Qué buen pedazo tienes padrino!

    Sarita tiene una reconocida fama familiar, de no hacerle asco a nada, más bien se dice que es una de esas mujeres que siempre está dispuesta a probar carne nueva, según dicen algunas primas envidiosas de su popularidad entre los machos.

    Como si hiciera falta corroborar los antecedentes mencionados, Sarita comenzó a regalarme una paja muy especial. A la desesperada manoteé las tetotas, se liberan con facilidad y muestran una aureola grande y rosada, coronada por pezones, robustos y erizados como picas listas para el combate bucal.

    Volaba de calentura, pedí que me hiciera algo urgente, para solucionarlo, me urgía una respuesta para evitar esos dolores de testículos que se nos produce cuando la calentura se extiende demasiado, como en esta situación.

    Rápida como en emergencia, pero no descuidada, primero cerrar la puerta de la oficina por cualquier cosa, y luego demostró que ser enfermera la hizo experta en urgencias, sexuales en este caso, ¡ja!

    —Dámela, pero porfa no me acabes adentro…

    —Tengo condón, tranqui, lo saco del cajón del escritorio.

    Presta, me colocó el preservativo, con el brazo hice lugar sobre el escritorio. Tendida sobre el escritorio, bien en borde, descalza y sin bombacha, piernas abiertas y elevadas haciendo la V de la victoria. Los talones apoyados en mis hombros. Me deshice de los pantalones, bóxer y zapatos todo en un patadón para mayor libertad de movimientos. Con sus manitos abre la vulva, dejando expedito el acceso a esa jugosa cueva, me mandé en ella de un golpe, rudeza justificada por la urgencia sexual, sabe cómo vaciar a un tipo de forma rápida y eficiente, acompaña el zarandeo, se impulsa con sus talones presionando mis hombros, ella maneja el ritmo y la penetración de la cogida.

    Como es ducha en manejarse sobre los escritorios, puedo soltar una mano de su cadera para frotarle el clítoris, crece la humedad y la respuesta erótica hasta el tramo final, bien a fondo. Comienza el concierto de gemidos, está llegando a un orgasmo genuino, sin guardarse nada, generosa en la entrega de su placer.

    La acabada fue más rápida de que acostumbro, pero fue suficiente para venirme con una profusa cantidad de semen, las ganas insatisfechas de dos semanas sin ponerla. Ahogó mis bramidos entre sus tetotas hasta que me sacó hasta la última gota de semen. Me sacó el preservativo, se admiró por tanta leche vertida.

    —¡Gracias Jefecito! –le dio una gran lamida para dejarme la verga bien limpita.– ¿está bien de limpita, padrino?

    —¿Te espero mañana? —ahora soy yo quien pide ¡Porfa!

    Ese sábado, a punto de retirarme, llegó Sarita, se disculpó por que una emergencia le impidió venir antes.

    —Te quedaste con ganas, ¿podemos ahora padrinito?

    —¡Sí!! —Cerré para evitarnos ser sorprendidos.

    Arrodillada sobre un almohadón, me pegó una mamada que me dejó las piernas temblando, una acabada de antología, después la seguimos con un polvo de sentado, ella se ahorcajo sobre mí, se empaló en el tronco de carne hasta los pendejos enruladitos. La venida en su boca y los años de experiencia me permitieron demorarme lo suficiente para hacerle gozar de un regio orgasmo, esta vez también ella tenía muchas ganas de llegar al final feliz.

    Los corrillos de enfermeras son un clásico, los comentarios de las situaciones de sexo mucho más, y aún fue más allá, me hizo fama de buen cogedor y que la tengo gordota para más datos. Si hasta creo que me recomendó con las compañeras, puesto que desde ese sábado fueron varias las que arriaron la bombacha en mi escritorio.

    Después, llegó Elisa, regente de pediatría, venía por el ingreso de una sobrina suya, pidiendo que la favoreciera con unas vacantes que se habían producido precisamente en su sector, fue tan directa como efectiva al momento de pedir por la sobrinita:

    —¡Mirame! Me puedes hacer un favor a cambio de otro para ti. —Dio una vueltita para mostrarse— Mi sobrina está mejor y tiene veinte añitos. ¿Qué hacemos? ¿Tomamos mate o.…? Yerba no hay… (es un juego de palabras común en Argentina que significa que alguien te invita a tomar mate o coger, pero entonces dice yerba (para el mate) no, pues entonces… solo queda coger).

    —Entonces… hazme el favorcito. ¡no seas malo!

    Desnudó sus intenciones y sus carnes, me acercó a sus tetas para que le saque jugo… Elisa gustaba de la golosa mamada, jadea a destajo, frotándose en la calentura urgente. Apoya las caderas sobre la mesa, levantó una pierna para que tuviera el tajo bien expuesto, rosado y jugoso, corrió la tela de la bombacha mostrando la raja brillante de jugos.

    Me tragó la pija de una sola estocada, recaliente y diciendo guarradas como incentivo para el polvo, cogimos con ímpetu y fragor, quedó casi acostada sobre el escritorio liberado para hacer las veces de cama, volcado sobre ella, con urgente violencia, en el frenesí alocado del polvo en un metisaca equivoqué la puerta y entré por el marrón (el culo) y dio un grito, mezcla de dolor y sorpresa.

    —¡Ah, ah! —Los ojos como platos, por la brusca sorpresa y la boca llena de puteadas.

    Nos miramos, sin sacársela, ni ganas de hacerlo, me gustaba la sorpresa de hacer ese buen culo. Entendió fácil y rápido que no pensaba salirme, pidió menos brusco, más suave.

    —¡Porfa! Despacio, suave porfa…

    Accedía a todo lo que me pidiera con tal de no salirme de la vaina rectal, aguanta en silencio, acalla las embestidas mordiéndose el labio inferior y clavando sus uñas en mi espalda, que por suerte me protege la ropa. Intento seguir por más tiempo, pero me lo impide:

    —Si sacas no me la metes más. ¡Dale despacio!, ¡seguí bombeando no pares!

    Acompañaba la entrada por el orto con el frotamiento del clítoris para distraerla, volvió al nivel de excitación y así pude seguir dándole por el culo. Tanto se fue calentando la guacha que con la ayuda del frotamiento de clítoris también pudo acceder al necesario orgasmo.

    Bufa en ruidoso orgasmo, después del suyo, era mi turno. Me largué a fondo y la leche fue bálsamo caliente para el culo dolorido y rastros de un pequeño desgarro porque la poronga salía con un color rosado.

    Quedé en que pasaría por su casa, el domingo, para conocer la sobrinita y llevar algún croissant para el desayuno. Como boy scout, “siempre listo” en el tiempo acordado para cumplir la promesa de “conocer íntimamente a la sobrinita”.

    —Jefecito, ¿qué te parece Marina, mi sobrina?

    —¡Está bueeena! —Me salió gracioso y natural.

    Marina trajo café, Elisa la presenta y le ordena:

    —Una vueltita para que el señor te pueda mirar todita.

    —¡Está re-re-buena!

    —¿De verdad, jefecito? —No me engaña, haciendo conejito con la naricita. – Me vas a hacer “entrar” … en el hospital?

    —El jefecito te puede hacer entrar, si… lo dejas “entrar…” —¿En dónde jefecito?… Decía Elisa a Marina, un guiño de ojos compartido y una sonrisa.

    —¡Ven y me explicas! —Marina me toma de la mano, me conduce a su cuarto, le sigo el juego a ver hasta dónde llegamos con este juego tan cachondo.

    Me sentó sobre la cama y comenzó el espectáculo, un desnudo total para mí, falda, blusa, y nada debajo… El papo juvenil cubierto por vello trigueño, de aspecto aniñado, me amenazó con sus tetas, una en cada mano, ofrenda de buena voluntad para un maduro ansioso.

    Me puso en bolas, acarició el miembro, mamar parecía ser una de sus mejores cualidades, casi me hace acabar, siente las vibraciones previas, aprieta con intensidad en la base del pene para contener los impulsos, entonces me pide que no le acabe en la boca.

    Se tiende sobre la cama, piernas flexionadas y colgando fuera del lecho, me llama:

    —¡Vení, entrá! ¡Tengo ganas! ¡Estoy ardiendo! ¡Cogeme!!!

    Entré en el terciopelo vaginal, ajustado trayecto, hasta el fondo. Había resultado buena cogedora, sabía y podía manejar los labios vaginales como lo hacía con los labios al mamarme, una consumada experta. Cambiamos, ella quiere arriba para expresarse en libertad y comodidad, regula penetración y presión sobre el choto, tan joven y tan experta en lides sexuales. Quiere más, me coloca una almohada bajo mis caderas, necesita elevarse todo lo posible y dejarse caer, empalada en la poronga, gusta sentir el golpe de la cabeza del miembro golpeando sobre el fondo vaginal, sentir como el útero recibe el golpe del macho, la hace vibrar como la cuerda de un arco bien tensado.

    Masaje clitoridiano con los dos pulgares mientras me galopa, resopla sin parar hasta prorrumpir en un grito de guerra, ojos cerrados gozando en silencio del orgasmo, el shock la hace vibrar, los tendones se tensan y los músculos estremecen, toda ella es una convulsión.

    Seguidamente otras dos llegadas, ardorosos bramidos la dejaron medianamente satisfecha.

    Yo seguía sin haber acabado, sabía cómo manejar a estas pendejas calentonas, todo fuego y toda urgencia, por eso se dice que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Experiencia es mí segundo nombre, ahora era mi tiempo de aprovecharme y hacerme valer dentro de su ardorosa juventud.

    Aproveché el relax para jugarle en el marrón (culo), más atrevido cada vez, solo abrió los ojos cuando sintió que la caricia era un paso antes de una franca penetración. Acostada, de lado, en una perfecta cucharita, pierna levantada favorecía entrarle por el ano y bien sujeta por la cintura impedía que se volara la paloma, desde atrás es más fácil entrarle y menos doloroso, sé que la tengo gordota y algunas esquivan el culo cuando lo intento, no fue este el caso, tampoco le di mucha oportunidad de hacerlo.

    —¿Vas a meterme tooo… dooo? —La entrada interrumpió la pregunta obvia.

    Froto el piquito mientras le doy “para que tenga y guarde”. Ensartarla profundo es inigualable, las ganas de eyacular se gestan en los riñones, avanza como alud arrollador hasta el glande, chorro fuerte espeso y caliente baña el recto dolorido de Marina. Ella se ayudó con sud dedos para no quedarse a mitad de camino y poder arribar al final feliz.

    Esa mañana le robé la virginidad anal, un triunfo sin duda alguna, una buena faena para colgar en el tablero de las proezas de macho cogedor, ¡ja!

    Nos duchamos juntos, se agregó Elisa al juego bajo la tibieza dela lluvia. La seguimos en la cama en un improvisado trío, hasta el mediodía estuvimos recorriendo algunos capítulos del Kama Sutra y cambiando de monta.

    Marina consiguió trabajo. También preparó a su primita para que el jefecito la probara en el examen preocupacional, ¡ja!

    En este trabajo, y toco madera, nunca me falta carne fresca. Los que han trabajado en hospitales saben que mujeres sobran y como dice el viejo adagio del cazador, favor se paga con favor. Soy de hacer muchos favores.

    Nazareno Cruz

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  • Soy la puta del décimo

    Soy la puta del décimo

    Hacía tres meses que estaba sin trabajo, sin recursos de ningún tipo, el departamento que alquilo, al no querer el propietario otra moneda que no sea dólar, me había dado sin querer un respiro.

    Mi novio desapareció, creo más por la crisis económica que por cualquier otra cosa, no da señales de vida y mis amigas en común me dijeron que no me haga ninguna ilusiones, anda con una viuda.

    Bueno uno que soluciono aparentemente este problema de sobrevivir.

    Al tomar ese lunes a la mañana el ascensor desde mi piso décimo, en busca de la entrevista de trabajo de todos los días, al parar en el octavo y subir este hombre de unos cuarenta y cinco años, todavía no sé qué me dio fuerzas, para tratar de avanzarlo.

    ¿Sería que mis últimos pesos, me decían que tenían necesidad de compañeros para alimentarme?

    Un buen día automático, salió de su garganta.

    Mi voz melosa, le contestó y lo sentí perturbado, sus manos atrás en clara posición de defensa, quedaron muy cerca de mí, cuando subió en el séptimo un señora mayor, apoyé mi vagina en sus entrelazadas manos y vi en su cuello el sonrojamiento de su piel clara pero tostada por el sol, abrió sus entrelazados dedos y acarició los surcos marcados en mi pantalón apretado.

    Ni bien llegamos a la planta baja, esperamos que la señora se alejara, se dio vuelta me vio y con un tono sereno me invitó a desayunar.

    No desaproveché la oportunidad, (por lo menos algo comería), me interrogó el porqué de la situación del ascensor y empecé a mentir.

    Que me gustaba.

    Que siempre los hombres mayores dan seguridad.

    Que no me importaba si era casado, que no me gustaba molestar, que me encantaba el sexo y como al pasar que estaba libre que sentía las necesidades de toda mujer de 26 años.

    Que debía mantenerme por lo menos hasta conseguir un trabajo.

    ¡Ya está, se lo dije!

    Aunque sea por un plato de comida, tengo que prostituirme, pensé.

    Le comenté que había sido secretaria de un abogado, que se evaporó sin pagar hacia dos meses.

    No era sordo, no era gay, sus ojos me dijeron que me tomaba, sacó una tarjeta, le escribió una dirección y me mandó a que concertara una entrevista.

    Eso hice, a la tarde misma en la entrevista de una empresa multinacional, me indicaron los trámites para ingresar al personal de planta, el lunes siguiente después de los tramites rutinarios, entraría a trabajar.

    En su tarjeta estaba su dirección y número particular, desde un teléfono público lo llamé, con una de las tarjetas que ya estaban casi sin crédito, le agradecí, pero no me extrañó su invitación al departamento dos pisos más abajo, a las siete de la tarde.

    Bañadita, producida al máximo, dentro de las posibilidades del momento, toqué el timbre, frente a frente, me invitó a entrar, me sirvió champagne bien frío, mis naturales dotes, mi convencimiento que tenía que pagar una deuda, movilizaron mis ideas, hicieron el show, puse una música suave de la extensa colección de CD frente a mí y danzando me fui desnudando, lo fui desvistiendo y entrelazados iniciamos la sesión que nos debíamos desde la mañana.

    Ya desnudos, mamé su verga, cuando la sentí bien rígida, lo monté, mi lubricada vagina por los flujos ya incentivados por sus manos, me dejo “como haciendo cosquillas en la garganta” acabo dentro de mí, en un sofá blanco de cuero, era un día perfecto.

    El toque del llamador me extrañó (no a él), el entrevistador de la empresa entró por la puerta, recién me di cuenta que la cuenta seguía pendiente.

    Sabía que querían, poco a poco lo fuimos haciendo, como eran dos, se turnaban en mi culo y vagina, mientras mamaba, hasta quedar todos verdaderamente exhaustos.

    Cuando les pedí, un poco de plata hasta cobrar, me la dieron sin miramientos.

    El lunes siguiente me presenté a trabajar.

    Mi cargo era el de secretaria de mi vecino.

    Ambos sabemos que soy la puta del décimo.

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  • Janet, amor, deseo y confianza más allá de lo prohibido y lo sucio (2)

    Janet, amor, deseo y confianza más allá de lo prohibido y lo sucio (2)

    Domingo.

    El despertar fue lento y cálido. El sol apenas entraba por la ventana, filtrándose entre las cortinas y pintando líneas doradas sobre la piel desnuda que dormía a mi lado. Su respiración era profunda y pausada, la única melodía en la habitación en calma. Me quedé observándola un momento, notando cómo el cuerpo descansaba plácido, sin la preocupación ni la urgencia de los días pasados.

    Cuando abrió los ojos, su mirada se encontró con la mía, y por un instante no hubo palabras, solo una conexión tranquila, sin juicios ni exigencias. Me tendió la mano y me atrajo para un beso suave, un beso que sabía a promesas y al mismo tiempo a resignación feliz. Nos quedamos así, juntos, sin prisa.

    Luego, ella pidió algo que me sorprendió con la naturalidad con que lo dijo:

    —Quiero que me veas. Así, sin nada que esconder, sin trucos, sin filtros.

    Me levanté y me senté frente a ella. Se puso de pie lentamente, dejando que la luz del día delineara su figura real: la piel ligeramente marcada, el vello que jamás se había quitado del todo, la textura de su cuerpo que antes solo había visto en flashes apresurados o a través de la superficie pulida que suele mostrar el mundo.

    Su pecho, con esas marcas pequeñas que parecían mapas secretos. Su vientre, con una cicatriz que apenas había notado. La curva de sus muslos, con algunas manchas de sol y la evidencia del trabajo físico que hacía al aire libre. Su olor, una mezcla intensa de sudor, tierra, y un aroma natural, auténtico.

    —¿Te incomoda? —preguntó con una voz suave.

    —Para nada —respondí—. Es lo que siempre quise ver.

    Nos quedamos un rato en silencio, simplemente mirándonos y reconociéndonos en esa versión pura, sin adornos, sin pretensiones. Le tomé las manos, acaricié sus brazos, y luego bajé para besar cada luna en su piel, trazando una geografía nueva que nunca pensé que conocería tan bien.

    Después de un rato, la invité a tumbarse en la cama, y entre caricias y suspiros nos entregamos a un juego distinto, más lento, más paciente. Ella me pidió que no tuviera prisa, que solo me quedara ahí, explorando sin buscar un final, disfrutando el camino.

    Fue un domingo dedicado a redescubrirnos. La cama se convirtió en nuestro refugio y confesionario, donde las barreras se deshacían con cada roce y cada palabra. Ella me habló de sus miedos, de sus deseos ocultos, y yo le respondí con mi verdad desnuda.

    No hubo apuro, no hubo ganas frenéticas ni escapes. Solo presencia, aceptación, y una complicidad que se había fortalecido más allá del error y el perdón.

    Antes de que la tarde se volviera noche, estábamos sentados en la sala, envueltos en una manta, compartiendo un café mientras ella jugaba distraídamente con un mechón de su cabello.

    —Siempre quise ser libre —confesó—, pero no sabía cómo hacerlo sin perderme.

    Le tomé la mano con ternura.

    —Lo estás haciendo ahora —le dije—. Y no estás sola.

    Lunes.

    El lunes llegó con un aire distinto, una mezcla de rutina y gravedad. Los dos teníamos que regresar a la realidad del trabajo, con sus horarios, sus reglas y sus personas. Fue una mañana de silencios respetuosos mientras nos preparábamos, como si vestirnos fuera un acto que apretaba los límites del espacio íntimo que habíamos creado el fin de semana.

    Ella se despidió con un abrazo fuerte, con una intensidad que decía más que mil palabras.

    —No quiero que esto se vuelva rutina —susurró—. Prométeme que no dejaremos que el peso del día a día apague lo que tenemos.

    Asentí con la misma convicción.

    —Te lo prometo.

    Durante el día, sus imágenes y palabras me acompañaron. Pensaba en su piel, en su olor, en la vulnerabilidad que había tenido el coraje de mostrar. Me excitaba y me conmovía al mismo tiempo.

    Esa noche, cuando por fin regresamos, la atmósfera era distinta. No había urgencia, no había juego. Nos acostamos abrazados, compartiendo un calor silencioso que hablaba de confianza y renacimiento.

    —Esto es parte de lo nuevo —le dije—. Saber sostener el deseo en la calma.

    Ella sonrió y apoyó su cabeza en mi pecho.

    —Y yo estoy lista para seguir caminando contigo —respondió.

    Martes.

    Los días siguientes se convirtieron en un delicado equilibrio entre lo mundano y lo extraordinario. Janet cumplía con su promesa y yo con la mía, pero no sin tropiezos. A veces, en medio de una conversación trivial o un momento cotidiano, una mirada o un roce nos recordaba lo frágil y valiosa que era esta nueva etapa.

    Su olor, ahora más natural y menos contenido, era un constante recordatorio de nuestra vulnerabilidad y nuestra fortaleza. Aprendí a amarlo con toda su intensidad, sus matices y sus contradicciones.

    Una tarde, mientras ella me contaba cómo había sido el día en la empresa de jardinería, noté que sus manos estaban marcadas por el trabajo: tierra bajo las uñas, pequeñas heridas que se curaban lentamente, la fuerza en sus dedos. Era una belleza salvaje, sin pulir, y me fascinaba.

    —¿Sabes? —me dijo mientras tomaba mi mano—. A veces siento que mi cuerpo me pertenece más ahora que nunca. Que esta suciedad, este olor, estas marcas son parte de mi historia, de lo que soy.

    La miré con admiración.

    —Y yo quiero ser parte de esa historia, con todo lo que implica —le dije.

    Miércoles.

    La vida siguió su curso con una mezcla de normalidad y erotismo cotidiano. La rutina del trabajo, las pequeñas discusiones, las risas compartidas, y los momentos íntimos que ya no eran clandestinos sino parte de nuestra verdad.

    Una noche, después de cenar, Janet me sorprendió con una propuesta atrevida.

    —Quiero hacer un show en webcam contigo —dijo con una sonrisa pícara.

    Mi corazón se aceleró, mezclado con sorpresa y excitación.

    —¿Tú y yo? —pregunté incrédulo.

    Asintió.

    —Sí. Quiero que me veas y me disfrutes, sin esconder nada. Quiero que esto sea nuestro secreto, nuestro juego.

    La idea me pareció arriesgada, pero también muy excitante. Sabía que para ella era una forma de romper tabúes y al mismo tiempo profundizar nuestra complicidad.

    Esa noche nos preparamos. Luces suaves, música tenue, y la cámara lista para capturar cada instante. Empezamos con timidez, pero poco a poco nos soltamos. La mezcla de exhibicionismo y privacidad nos llevó a un territorio nuevo, donde el deseo se manifestaba sin miedo ni prejuicios.

    Fue una experiencia reveladora, que reforzó nuestra confianza y nuestra pasión.

    Jueves.

    El jueves fue un día de contrastes. Por la mañana, Janet estaba inquieta, casi nerviosa, mientras preparaba su ropa para el trabajo. Por la noche, sin embargo, se mostró radiante, llena de vida y energía.

    Nos regalamos momentos de caricias prolongadas, de palabras susurradas y de juegos que rozaban lo prohibido.

    En un momento dado, mientras ella descansaba sobre mí, me confesó algo.

    —Nunca pensé que podría disfrutar tanto siendo tan… desordenada.

    Reí y la besé.

    —A veces, lo que parece caos es solo otra forma de orden.

    Nos entregamos a la noche con una intensidad que hacía tiempo no experimentábamos. Cada beso, cada roce, era una reafirmación de que, a pesar de las tormentas, estábamos juntos y fuertes.

    Viernes.

    La semana cerró con la rutina y el deseo entrelazados. La suciedad, el olor, la picazón, y la necesidad de limpieza se convirtieron en símbolos de nuestra complicidad.

    Janet seguía cumpliendo con su promesa, soportando la incomodidad física y emocional con una valentía que me inspiraba.

    Nos reíamos de nuestras ocurrencias, de los desafíos, y de la extraña mezcla de asco y placer que nos acompañaba.

    El viernes por la noche, mientras nos preparábamos para dormir, ella me miró con esos ojos que ahora conocía como propios.

    —Gracias por ser mi cómplice —dijo—. Por entenderme, por no juzgarme.

    Le tomé la mano.

    —Siempre.

    Sábado.

    El sábado llegó con calma y reflexión. Pasamos el día juntos, sin prisas ni planes, disfrutando del silencio compartido y de la presencia del otro.

    En un momento, Janet me sorprendió con una pregunta.

    —¿Crees que esto que hicimos cambió algo?

    Pensé por un momento.

    —Sí —respondí—. Nos hizo más fuertes. Más libres.

    Ella asintió, y me abrazó.

    —Entonces valió la pena.

    Epílogo.

    Lo que comenzó como un error y una necesidad de expiación se convirtió en un viaje de descubrimiento, confianza y amor profundo. Aprendimos a abrazar nuestras sombras, a celebrar nuestras imperfecciones, y a construir un vínculo indestructible.

    Janet y yo seguimos caminando juntos, conscientes de que la verdadera libertad no está en la limpieza o la perfección, sino en la aceptación y el amor sin condiciones.

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  • Amo a mi prima Blanca, pero no pude resistirme a Irene

    Amo a mi prima Blanca, pero no pude resistirme a Irene

    Conté la última vez la idea de Blanca para evitar que nuestra relación incestuosa fuera descubierta por nuestros padres: cada quién conseguiría una pareja estable para guardar las apariencias. Ella escogió a Samuel, un tipo agradable y tímido y yo a Irene, una chica de mi universidad con fama de zorra.

    El día que nos hicimos novios, Irene me dio una mamada brutal y terminé en su boca. Más tarde recurrí a la técnica de edging para expulsar una buena cantidad de semen y que mi prima Blanca no notara m infidelidad (habíamos acordado no tener relaciones sexuales con nuestras parejas, que sólo serían una tapadera). Fracasé. No pude resistirme a los encantos de Irene.

    Como íbamos a la misma universidad, veía diario a mi novia oficial. Blanca asistía a otra escuela, por lo que el riesgo de ser descubierto era mínimo. Ya lo he dicho, a pesar de la fama de puta que tenía Irene en la facultad, la verdad es que era una mujer muy guapa e interesante. Me divertía mucho con ella y me encantaba escucharla hablar. Me sentía afortunado de haberla escogido como novia, ya que el resto de los hombres de la escuela no la tomaban mucho en serio por ser fácil a la hora del sexo y se perdieron a una mujer con planes, sentimientos y sobre todo, una maravilla seductora.

    El día se me iba en esos pensamientos y en el sentimiento de culpa que me embargaba cuando recordaba a mi prima Blanca. Ella era el verdadero amor de mi vida y debía permanecer fiel a ella a pesar de las circunstancias. Algún día encontraríamos la forma de estar juntos sin tener que ocultarnos. Pero por ahora, Irene estaba disponible para mí.

    Los miércoles era el día en que Blanca salía con Samuel y yo con Irene. Fuimos al cine, a una función semivacía. Irene pasó todo el rato acariciando mi verga por encima de los pantalones. Nos abrazamos y besamos suavemente y en general disfrutamos de la cita como una pareja lo haría. Al salir de la sala, mi erección estaba por reventar mis jeans. Ese había sido el propósito de Irene. En cuanto nos subimos al coche simplemente me dijo.

    —Llévame a un hotel, guapo, ahí puedo ayudar a desahogarte. Vi el reloj, no eran ni las ocho, había tiempo de sobra. Pasamos al OXXO por una botella de vino y condones y nos dirigimos a un hotel alejado de cualquiera de nuestras casas.

    Bebimos directo de la botella y pusimos algo de música. Irene se quitó los tacones, quedando sólo en un vestido azul. Eso era algo que me encantaba de ella. Blanca, mi prima estaba buenísima pero su estilo era mucho más relajado, con sudaderas y jeans. Irene, mi novia, siempre iba impecable, con vestidos, tacones y un maquillaje discreto pero que resaltaba su belleza. Cuando vaciamos media botella la abracé por detrás y comencé a besar su cuello y sus hombros cubiertos apenas por los tirantes de su vestido.

    Ella reaccionó acariciando mi nuca. Como he mencionado en más de una ocasión, sentirme tan atraído por Irene cuando a quien realidad amaba era a mi prima, pero no podía evitarlo. Incluso intenté imaginar que estaba con Blanca en lugar de Irene, pero eran tan distintas que me resultó imposible. Decidí dejarme llevar. Abrazaba a Irene por la cadera y fui subiendo mi mano hasta sus tetas. Me gustaba que a pesar del tamaño de sus pechos, casi nunca usaba sostén, ni siquiera cuando llevaba vestido. Bajé el los tirantes y la tela descubriendo esas tetas de maravilla y comencé a acariciarlas.

    Estaba en el cielo. Si bien jamás me rendiría respecto al amor de mi prima Blanca, ella era la única mujer con la que había estado hasta ahora. Me desabroché el pantalón y liberé mi verga, levanté la falda de Irene y le restregué mi erección entre sus nalguitas. Terminé por sacarle el vestido y la empujé para tirarla boca abajo en la cama. Irene soltó un gemidito ante la maniobra brusca. Me puse encima de ella, colocando mi verga apuntando hacia abajo en sus nalgas, para rozar su vulvita.

    No podía penetrarla sin condón, eso sería traicionar definitivamente la confianza de Blanca, pero podía rozarla por encima para hacerla gozar y ponerla a tope. Una vez encima de ella, puse mis dedos en su cuello y le giré la cara para besarnos. Me gustaba esa combinación entre ternura y brusquedad e Irene reaccionó positivamente a ella.

    —Me encantas, bebé —me dijo entre beso y beso.

    —Tú me vuelves loco, Irene —le dije mientras con un movimiento de cadera pasaba mi glande por sus labios —¿Me la chupas? —pedí, impaciente.

    Me puse boca arriba y ella comenzó a hacer lo suyo, metiéndose toda mi verga a la boca.

    Mientras disfrutaba de la boca de Irene agasajando mi pene, hice un último intento de pensar en Blanca, pero cada cierto tiempo ella volteaba hacia arriba para verme a los ojos. Era una viciosa de verdad. Decidí intentar otra cosa. La separé de mi pene y le pedí que se arrodillara. Para que estuviera más cómoda, coloqué una almohada en el suelo. Me puse de pie frente a ella y me agarré la verga. Le di varias cachetadas con mi glande hinchado y luego le ordené que abriera la boca. Ella no lo dudó ni un instante.

    Le metí la verga hasta la garganta, la tomé de la nuca y comencé a cogerme a Irene por la boca. La sensación era placentera y también un poco dolorosa, rozaba sus dientes, pero no me detuve. Escuchar a Irene atragantarse con mi verga era todo lo que necesitaba para seguir bombeando. Sin avisarle, eyaculé en su garganta. Varios chorros de semen inundaron su boca. Sólo gruñí con cada descarga y una vez terminado el orgasmo, saqué mi pene de la boquita de mi novia.

    Le tendí la mano para ayudarla a incorporarse. Tenía los ojos llorosos. Me vio con una mezcla de placer y miedo. Aun así, hizo un gesto exagerado a la hora de tragarse mi semilla.

    Pensé que me iba a reclamar, así que me adelanté.

    —Ahora te toca a ti.

    La empujé para ahora tumbarla boca arriba y me coloqué entre sus piernas. Comencé a lamer su vagina, centrándome en su clítoris, que sobresalía de sus labios. Toda una visión la vagina de mi novia.

    Estuvimos así varios minutos hasta que su cuerpo tensándose anunció la inminencia de un orgasmo. Se quedó relajada tumbada en la cama, respirando profundamente. Me acosté junto a ella y la abracé.

    —¿Qué te pareció? —pregunté besándole el pelo.

    —Me vine delicioso, amor.

    —Pues no hemos terminado.

    Sé que no debía volver a eyacular. Era arriesgarme demasiado a que Blanca notara mi interacción sexual con Blanca. Pero tener a Irene a mi merced era una sensación intoxicante. Comencé a besarla y ella respondió sin asco al sabor de sus propios jugos. Mientras lo hacía abrí la caja de condones y me puse uno; esa era la línea que no podía cruzar, la única vagina que llenaría de leche sería la de mi prima Blanca.

    Entré en ella sin mucho aspaviento y ella se acopló a mis movimientos.

    Era la primera vez que me ponía un condón y noté la diferencia con claridad. Mientras bombeaba dentro de Irene, hice una mueca de desagrado. No pensé que fuera a ser tan distinta la sensación de penetrar a una mujer con y sin condón. Ella, con los ojos cerrados, pareció no tener opiniones al respecto: supongo que en su vida pasada como la puta de la escuela al menos sí se cuidaba.

    Debido a la falta de sensaciones provocadas por el látex y el vino del principio, mi aguante fue superior al desempeño normal dentro de mi prima. Duré lo suficiente para que Irene se viniera dos veces y cuando por fin eyaculé, el resultado no fue insatisfactorio: el receptáculo del condón se hallaba repleto de mi leche.

    La dejé en su casa y nos despedimos con un beso apasionado. Al llegar a mi casa me di un baño y me puse a ver una película. Era miércoles y no vería a Blanca hasta el día siguiente. Tenía tiempo para pensar en qué decirle si me preguntaba por mi cita y para producir más semen.

    Me eché en el sillón con una cerveza dispuesto a relajarme. Veinte minutos después, Blanca entró por la puerta.

    —¿Qué haces aquí? —pregunté abrazándola no sin cierta angustia— ¿no ibas a salir con Samuel?

    —Sí salimos, fuimos a comer…pero tenía ganas de verte— me dijo con la voz quebrada —tengo algo que confesarte.

    Sentí un golpe en el estómago. Blanca me tomó de la mano y nos sentamos en el sillón.

    —Sé que acordamos no hacerlo, pero acabo de tener relaciones sexuales con Samuel. Es muy lindo y me trata muy bien, además técnicamente es mi novio, pero tú eres el amor de mi vida, no debí, ¡perdóname, mi amor! —sollozó Blanca echándose a mis brazos.

    Ardí de celos y la hipocresía de ese sentimiento no se me escapó. Imaginé a Blanca, mi mujer, abierta de piernas siendo penetrada por aquel Samuel. ¿Le había gustado más la verga de ese tipo que la mía? ¿Le había permitido una penetración al natural para después dejar que la rellenara de su leche? Quise preguntarle muchas cosas. Comencé por la más obvia y quizá la más estúpida.

    —¿Te gustó?

    —…

    —Te pregunté algo, Blanca, ¿te gustó cómo te cogió Samuel?

    —Por favor no me preguntes eso, no importa. Yo quiero estar contigo y eso es lo que importa. Te amo.

    Los celos hipócritas fueron disipándose poco a poco. Tenía razón, yo llevaba experimentando el mismo placer culpable desde el día en que exploté dentro de la boca de Irene. Entendí que para que la tapadera de nuestras relaciones funcionara, debíamos cumplir el papel de novio y novia a cabalidad.

    —Yo también te amo, Blanca —sus ojos, anegados en lágrimas, se iluminaron —y también hay algo que debo confesarte.

    —Lo sabía, eres un cabrón —estalló y me quiso dar una cachetada. Detuve su brazo a medio camino y la besé violentamente.

    —¿Qué te pasa, imbécil? Te cogiste a Irene y acordaste no hacerlo —chilló —me largo. Eres un pendejo, infiel.

    —Ambos acordamos no cogernos a nuestras parejas, acordamos que sólo serían una tapadera para lo nuestro y mírate, vienes de cogerte a Samuel. Eres toda una putita, prima.

    —Te prohíbo que me hables así —gritó e intentó golpearme de nuevo. Volví a impedirlo. Esta vez me arrojé sobre ella, inmovilizándola.

    —¿Qué haces? ¡Suéltame, Enrique!

    —Jamás, eres mía y yo sigo siendo tuyo. Te lo voy a demostrar ahora mismo —dije, desesperado mientras la desnudaba en la sala de mis padres.

    —¡Detente! ¡Estás loco!

    —Eres mía, primita. Para siempre serás mía y yo tuyo, lo que acaba de pasar no cambia nada, encontraremos la forma de estar juntos, pero mientras debemos cumplir nuestro papel. Y eso no significa que nos amemos menos, ¿o sí?

    Entre la lujuria y el coraje, mis palabras alcanzaron a tocar una fibra en Blanca. Bajó la guardia y comenzó a corresponder mis lances. Ambos ya estábamos desnudos.

    —Tienes razón, Enrique, mi amor. Nada cambia lo nuestro. Te juro que sólo acepté para guardar las apariencias, los necesitamos en nuestras vidas de momento.

    La besé y apunté mi verga a su vagina mojada. Me urgía entrar en mi prima y sentir sus fluidos mezclarse con mi líquido preseminal.

    —Espera —me detuvo Blanca —¿te la cogiste sin condón?

    —Obviamente no —respondí y me forcé dentro de ella, indignado —Jamás entraría en otro coñito al natural ni le dejaría mi semen a otra mujer que no fuera mi hermosa prima —añadí.

    —Ay mi amor…—suspiró Blanca con mis embestidas.

    —¿Y tú? ¿Dejaste que ese tipo te la clavara a pelo?

    —Para nada. Es más ni siquiera dejé que terminara dentro de mí. Cuando estuvo cerca lo obligué a salirse y lo masturbé. No quería correr ningún riesgo.

    —La besé profundamente. En verdad me amaba.

    —Te amo tanto, primita, y tu coño se siente tan bien. Odié la sensación del condón, no lo disfruté tanto como contigo.

    Estuvimos cogiendo con pasión varios minutos. Debido a mi eyaculación previa, volví a ser capaz de aguantar más tiempo. Al final sentí las contracciones vaginales de mi prima haciendo gozar a mi verga. Era la señal, la embestí con desesperación y descargué lo que me quedaba de leche en su vaginita depilada.

    Nos vestimos a prisa. Era algo tarde y mis padres no tardarían en llegar. Estaban mucho más relajados desde que se enteraron que ambos teníamos pareja, pero más valía no arriesgarlo todo.

    Nos quedamos en la sala platicando. La curiosidad me venció.

    —Oye, prima, y…¿qué tal la tiene el tal Samuel?

    Ella sólo rio.

    —¿Para qué quieres saber, degenerado?

    —¿La tiene más grande que yo? —pregunté celoso.

    Blanca sólo volteó los ojos.

    —Enrique, mi amor, tu verga es lo más delicioso que he probado en la vida. Además, no se compara la sensación de tenerte dentro mío sin nada entre nosotros. Y sí… si debes saber, tú la tienes más grande que Samuel. Al menos cuando está erecta, que es cuando de verdad importa el tamaño. ¿E Irene? —contraatacó— ¿está apretadita? He escuchado que es toda una putita, seguro todas las vergas que pasaron por ahí antes que la tuya causaron ciertos estragos… —dijo con petulancia.

    —No la tiene nada mal, la mantiene limpia y aún aprieta bastante. Pero como dices, nada se compara a la sensación de vaciarme en ti o de penetrarte sin perder tiempo colocándome un condón.

    La plática nos puso de nuevo a mil, pero mis padres estaban llegando.

    Los saludamos y explicamos que Blanca ya se iba, la acompañaría a casa. De camino paso manoseando mi verga por encima de los jeans. Era el preámbulo a alguna de sus ideas extravagantes.

    —¿Y si… —comenzó con una voz de inocencia— …un día invitamos a nuestras parejas a pasarla bien?

    La idea me puso loco y ella terminó de masturbarme, manché los jeans y el asiento de mi leche pero no me importó. Ella me dio un beso y entró corriendo a su casa.

    Por supuesto que poco después hicimos lo que ella pretendía. Pronto les contaré.

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  • Confesiones de una mujer casada (5)

    Confesiones de una mujer casada (5)

    Muy buenas las tengan hoy, venimos contando las experiencias de Lucia Teresa mi amada esposa quien al escuchar mis peticiones cuando hacíamos el amor y veíamos películas porno, decidió darle rienda suelta a sus instintos sexuales, los que con el paso de los días se fueron incrementando, haciendo de ella una mujer gozona y liberada y bien mentirosa haciéndome creer que andaba con sus amigas cuando en realidad estaba acostándose con hombres.

    Ya estando mas en la conversación con Lucia y estando en la cocina preparando el almuerzo.

    Me siento en el mesón a cortar la papa, la yuca, la cebolla, la arracacha, íbamos a preparar un suculento sancocho de pollo, Lucia se encargaría de lo demás.

    Y entonces volvimos a sus confesiones comencé por preguntarle.

    -Y entonces te has vuelto a ver con Antonio.

    -Ahí si te acuerda que te he llegado varias veces a las tres de la mañana.

    -Si claro y según tu estabas con tus amigas que mentirosa eres.

    -Papi que culpa, las ganas de un buen polvo me ganan y con Antonio me encanta ese papacito. Es más este jueves mis amigas si me celebraron mi cumpleaños pero yo estuve con ellas hasta las 8 de la noche y luego me fui para el apartamento de Raúl, me estaban esperando con Antonio para celebrarme mi cumpleaños y te cuento fue delicioso. Yo me lleve la gabardina esa noche y antes de salir el bar me fui al baño y me quite la ropa quedando en mis ligueros negros, las medias veladas y mi brasier, me coloque la gabardina me la abotone y amarre, salí para el apartamento de Raúl en un taxi. Al llegar y antes de que me abrieran la puerta me solté y desapunte la gabardina y con las manos en mi cintura espere a que abrieran, Raúl fue el que abrió sorprendido al verme.

    -Mamacita rica.

    A lo que le pregunto.

    -¿Alguien reporto un fuego?

    -Venga para acá y lo encendemos

    Raúl estira el brazo agarrándome de la cintura y me atrae hacia adentro para besarme tras cerrar la puerta, Antonio se asoma al corredor y nos ve amacizados en tremenda culiapretateteo, la gabardina cae al suelo y la sola vista a Antonio lo pone a full, se acerca y mientras Raúl me besa las tetas, nos besamos con Antonio. Se calman y me dejan entrar llevándome de la mano a la sala.

    -No mamacita que entrada tan espectacular definitivamente eres una mujer increíble.

    Dice el Raúl.

    -Valió la pena la espera preciosa definitivamente me tienes locamente enamorado.

    Comenta Antonio

    -Jejeje a ver queridos calmaditos que los quiero es disfrutar para esta noche, no se me enloquezcan.

    Me siento sonriendo.

    -Ahí preciosa contigo es difícil controlarse y menos viéndote así de hermosa y sexy.

    -Chicos está haciendo como sed de algo fuerte.

    -¿Que te tomas?

    -Wiski ¿tienen wiski?

    -Claro que si.

    Raúl sirve tres tragos y brindamos.

    -preciosa te deseamos un feliz cumpleaños y que cumplas muchos mas al lado nuestro y que tengamos muchos encuentros estamos enamorados de ti.

    -Salud

    Todos al unísono y golpeamos vasos.

    Sin más preámbulos yo ya estaba que quería verga a la lata.

    Raúl a la derecha y Antonio a mi izquierda.

    Definitivamente tengo de esposa a una loquita ninfómana. Me encanta verla como me comenta moviendo sus manos, su cuerpo y haciendo gestos de gustos.

    Continuando con su relato.

    Me empiezan a acariciar y a besar, levanto mis piernas abriéndolas sobre sus piernas me dedean metiendo sus manos en mis cazones, me chupan las tetas, mis manos se posesionan en sus pantalones acariciándolos sus vergas sobre el pantalón, se los sueltan sacándose sus vergas, se las agarro, masturbándolos, para luego acóstame encima de las piernas de Antonio para mamarle la verga y dejar que Raúl me lamba la cuca corriendo unos centímetros mi calzón haciéndome gemir con su lengua mientras que sigo mamándole la gruesa verga de Antonio mis manos lo masturban y acaricio sus huevos.

    Raúl me hace venir a chorros a lo que el se levanta me mueve colocándome en cuatro y me penetra el trasero suavemente y sigo mamándosela a Antonio,

    Fueron casi 20 minutos de sentir su verga rompiéndome el trasero y de disfrutar en mi boca de la verga de Antonio hasta que me vengo. Descansamos tomándonos varios sorbos de wiski y me le siento en las piernas a Antonio me besa las tetas, me abraza apretándome contra el, me levanto un poco le agarro la verga y me penetra la cuquita, la siento entrar en mi cuerpo enloqueciéndome de placer, nos abrazamos besándonos con fuerza, me lo follo desesperada.

    Raúl se sienta en la cabecera del sillón y aprovecho para mamarle la verga, me vengo en gritos y gemidos de placer, termino convulsionando mi cuerpo sintiendo la verga de Antonio en mis paredes vaginales, yo quiero seguir me doy media vuelta quedando Antonio a mis espaldas me levanto un poco le agarro la verga y me la meto al trasero dejándome rodar por su tronco que me abre el culo.

    Raúl me acaricia la cuca dedeándome, empiezo a follármelo aumentando el ritmo con cada embestida, mi cabeza va a explotar de tanto placer y así seguimos unos minutos, hasta cuando Raúl se monta encima y me penetra la cuquita y entre ambos me follan, mandándome a la estratosfera del placer varios orgasmos vienen a mi hasta hacer venir a Raúl quien se la saca la verga y me la pone en la boca soltando su semen en mi lengua y paladar, me lo trago, Antonio sigue follando por unos minutos más y vota su semen en mi trasero embadurnándomelo todo. Me levanto al baño a orinar y a limpiarme el culo.

    Salgo del baño Antonio me ofrece un trago lo tomo y nos abrazamos besándonos.

    -Delicioso preciosa definitivamente sos una mujer exquisita.

    -Y tu papacito me encanta tu verga.

    Lucia me voltea a mirar y me dice.

    -ha a propósito, este miércoles me voy para Cartagena con Antonio.

    -Ha ya y así no mas, te vas.

    -Si, me invito a que lo acompañara, están remodelando una casa que compraron en el centro histórico y me quiere a su lado, yo acepte de una, Cartagena, mar… a su lado 4 noches de sexo y pasión desbordada, guau delicioso, no me lo perdería por nada del mundo.

    -Mami pero Pamela tiene el examen médico el viernes.

    -Si tú la puedes llevar o no vas a ser capaz.

    -Pero como eras tú la interesada en llevarla.

    -No le veo problema a que tú la lleves, yo me voy con Antonio para Cartagena a pasarla bien bueno y tu llevas la niña al médico y ya.

    Terminamos de preparar el almuerzo, servimos y almorzamos, luego nos fuimos al cuarto a dormir la siesta.

    Me desperté Lucia ya se había levantado y estaba en el patio de ropa lavando la ropa calenté café, y tomamos fumándonos un cigarrillo.

    -¿Y cuando regresan?

    -El domingo.

    -Te dejo ir con una condición.

    -Ja, ja, ja si serás guevon, voy a ir quieras o no así de sencillo. Hace rato te he dicho que viajáramos a la costa y tu nada. Ahora se me presenta la oportunidad de ir y la pienso tomar todita.

    -Mami es algo sencillo tomate fotos con él.

    -Si quieres hasta videos y te los mando para que veas lo rico que la pasa tu mujer con otros hombres

    -Pues si puedes.

    -Claro que si

    -¿y me vas a seguir contando lo del jueves?

    -Hay papi que te cuento, que nos echamos dos polvitos más, y Antonio me trajo. Y dejemos para otro día que hoy ya no quiero hablar más.

    Y así llegamos al final de este relato esperen el siguiente capitulo.

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  • Harem incestuoso (2): El aniversario

    Harem incestuoso (2): El aniversario

    Tanto en una familia como en un harem, la clave para una buena convivencia es que todos los miembros que la componen tengan una buena comunicación y estén dispuestos a negociar entre si. Esto es aún más importante cuando la familia y el harem son lo mismo y, el día de hoy, les contaré como las mujeres que conforman el harem de Jake resuelven sus conflictos.

    Todo comenzó una noche, en la que la familia acaba de cenar.

    “¡Estuvo muy buena la pizza!” exclamó Jake, satisfecho.

    “¡Y llegó la hora del postre!” exclamó Nina, mientras le daba un tirón de orejas a su hermanastro “¡Al cuarto ya mismo, perdedor, que hoy desaprobé un examen de la universidad, y necesito descargar mi frustración con alguien!”

    “¡Esperen!” exclamó Gloria “Antes de que se vayan a coger, Lupe y yo les tenemos que dar un aviso importante”

    “Cómo ya deben saber, nuestro aniversario de bodas es dentro de unos días, y Gloria y yo hemos decidido tomarnos una semana de vacaciones en una cabaña en las montañas para celebrarlo” dijo Lupe.

    “¡Va a ser genial!” exclamó Gloría, con entusiasmo “¡Estaremos toda una semana sin nada más que hacer que descansar, convivir con la naturaleza, y coger como golfas en celo!”

    “¡Sin duda alguna, el plan perfecto!” exclamó Lupe, y besa apasionadamente a su esposa.

    “¡Me alegro mucho por ustedes!” exclamó Jake, contento “Y, lo mejor de todo, es que podré descansar los días que ustedes no estén”

    “¡Eso ni lo sueñes!” exclamó Nina, con firmeza y excitación, mientras agarraba la cabeza de su hermanastro y la presionaba contra sus tetas “¡Serás mi puta personal hasta que nuestras madres regresen, y no pienso dejarte tranquilo ni por un segundo!”

    “¡No tan rápido!” exclamó Lupe “¡Tu no podrás hacer eso, hija, porque Jake vendrá con nosotras!”

    “¿Cómo? preguntaron sorprendidos los hermanastros.

    “¿Realmente creyeron que sus madres se irían a festejar su aniversario sin su juguete sexual favorito?” pregunto Gloria, con una sonrisa pervertida “¡Tu, Jake, vendrás a las montañas con tu madrastra y conmigo!”

    “¡Esperen, eso no es justo!” exclamó Nina, molesta “¡Si ustedes se llevan a Jake, me estarían robando mis días con él, y eso va en contra de las leyes del harem!”

    “¡En eso tienes razón, Nina, y por eso te queremos hacer una propuesta!” dijo Gloria.

    “¡Si nos dejas llevarnos a Jake, nosotras te permitiremos que lo tengas para ti sola por toda una semana cuando regresemos!” dijo Lupe “Además, te compraremos las entradas para ese concierto que quieres ir a ver con tus amigas”

    “¡Me parece justo!” exclamó Nina, mientras le daba la mano a su madre “¡Acepto el trato!”

    “¿Puedo dar mi opinión sobre esto?” pregunto Jake.

    “¡No!” exclamaron todas las mujeres al unísono.

    Algunos días después, y tras varias horas de viaje, las madres y el hijo llegaron a la cabaña.

    Al anochecer, y luego de haber bajado todo el equipaje, las milf y el joven se desnudaron y se metieron en la cama para empezar con la “celebración” del aniversario.

    “¿Están seguras que quieren hacer esto?” pregunto Jake, quien se sentía intimidado al estar parado entre dos mujeres tan altas, voluptuosas, y musculosas como sus madres “Porque, si quieren que las deje sola para que tengan un momento romántico de pareja, por mi no ahí pro…”

    “Gloria ¡Nuestro hijo es demasiado puñetas!” exclamó Lupe, mientras ponía la cabeza de su hijastro entre sus tetas.

    “¡Eso lo heredero de su padre!” exclamó Gloria, mientras presionaba sus tetas contra las de Lupe, dejando la cabeza de Jake atrapada entré los dos pares de inmensos pechos “¡Solo ignorarlo y cojámoslo como siempre lo hemos hecho!”

    Ambas Milf comenzaron a besarse apasionadamente, al tiempo que Jake les chupaba las tetas y les masturbaba los coños. Luego, las mujeres y el joven se dieron un beso triple, en dónde las lenguas ensalivadas de los tres se entrelazaron.

    Al finalizar el besó, ambas mujeres hicieron que Jake se acostara boca arriba sobre la cama, y jugaron una partida de piedra, papel, o tijeras, la cual Gloria termino ganando.

    “¡Genial!” exclamó la milf rubia, mientras metía la verga de su hijo dentro de su coño “¡Seré la primera en disfrutar de esta verga!”

    “Por mi genial, pues me encanta la lengua que tiene este hijo de puta” exclamó Lupe.

    “¡No deberías hablarle así a mi madre y a tu esposa!” exclamó Jake.

    “¡A mí no me molesta!” exclamó Gloria, mientras montaba la verga de su hijo “¡Al contrario, me pone cachonda que me llamen así!”

    “¿Vez que tenía razón, Jake?” exclamó la milf latina, mientras se sentaba sobre la cara de su hijastro “¡Tu madre es literalmente una puta en toda la expresión de la palabra!”

    Ambas mujeres comenzaron a besarse y a chuparse las tetas apasionadamente, al tiempo que la verga de Jake entraba y salía del coño de su madre, y su lengua recorrí todo el coño de su madrastra. Al cabo de un rato, ambas mujeres intercambiaron puestos, y ahora era la milf rubia la que recibí sexo oral apasionado por parte de Jake, mientras que Lupe montaba con fuerza y violencia la verga de su hijastro.

    Tras mucho sexo, las milf hicieron que Jake se pusiera de pie, y Lupe metió la cara de este entre sus nalgas.

    “¡Que tengas buen provecho, cabroncito!” exclamó la milf latina “¡Mas te vale que tú lengua recorra hasta el último rincón de mi culo o, de lo contrario, me voy a enojar mucho contigo!”

    “¡Amo cuándo obligas a nuestro hijo a dar besos negros, me parece tan sexy!” exclamó Gloria, y besa a su esposa “¡Te amo, Lupe!”

    “¡Y yo te amo a ti, mi amada Gloria!”

    “¡Que romántico!” exclamó Jake, quien no pudo evitar emocionarme al escuchar las hermosas palabras que ambas milf se decían.

    “¿Y a ti quien te dijo que podías dejar de chupar?” exclamó Lupe, molesta, mientras presionaba la cabeza de Jake contra sus nalgas “¡Ni se te ocurra sacar tu lengua de mi culo!”

    “¡Es mi turno ahora!” exclamó Gloria, quien intercambio lugares con su esposa, y ahora era ella la que recibí los besos negros de su hijo “¡Jamás me voy a casar de esto!”

    Luego de que el joven chupara y lubricar con su saliva los culos de sus madres, Lupe se puso en cuatro, y le ordenó a Jake que tuviera sexo anal con ella, al tiempo que la milf latina le daba sexo oral a Gloria.

    Al cabo de un rato, las milf intercambiaron de lugar, y ahora era Gloria la que recibí la verga de su hijo por el culo, al tiempo que ella chupaba el coño de Lupe.

    “¿Pero que ritmo es ese?” pregunto Gloria, molesta “¡Más fuerte, carajo!”

    “¡Hago lo que puedo, mamá!” exclamó Jake, cansado “¡Ya casi no me quedan fuerzas!”

    “¿Quieres que me ponga la cinturonga y la use contigo para que aprendas como dar placer anal?” pregunto Lupe.

    “¡No, por favor!” exclamó Jake, asustado.

    “¡Pues entonces deja de quejarte y dale placer a mi culo!” exclamó Gloria, y su hijo se empezó a coger tan fuerte y duro como puedo “¡Ahora sí nos entendemos!”

    “¿Viste que si tenías fuerzas?” pregunto Lupe, mientras gemía al sentir la lengua de su esposa recorriendo su coño.

    Luego de mucho sexo anal, las milf de arrodillaron frente a Jake.

    “¡Has sido un chico muy bueno!” exclamó Lupe, y le lame los testículos a Jake.

    “¡Le diste mucho placer a tus madres!” exclamó Gloria, y le pasa su lengua por la verga a su hijo “¡Ahora es nuestro turno de darte placer!”

    “¡Está es una de las pocas veces en las que genuinamente agradezco tener un harem!” pensó Jake, mientras su madre y su madrastra le chupaban la verga.

    Tras recibir por un buen sexo oral de sus madres, Jake sintió que ya no podía aguantar más.

    “¡Madres… creo que me voy… me voy!” exclamó el joven, mientras aguantaba como podía.

    “¡Te doy los honores, mi amor!” exclamó Gloria, y Lupe metió la verga de Jake dentro de su boca.

    Finalmente, el joven eyaculo dentro de la boca de su madrastra, y está retirado todo el semen dentro de su boca. Luego, la milf latina le pasó parte del semen de Jake a su esposa a través de un beso, y ambas se lo grabaron.

    “¡No uniera sido justo si yo fuera la única que bebiera está espectacular bebida!” exclamó la milf latina “¡El saber compartir es la base de un buen matrimonio!”

    “¡Y por eso te amo!” exclamó Gloria, mientras besaba a su esposa.

    Al finalizar el acto sexual, Jake se acostó en medio de las dos milf musculosas, y los tres se quedaron profundamente dormidos.

    Durante las siguientes días, la milf celebraron su aniversario de bodas, teniendo sexo duró con su hijo y entre ellas mismas.

    Luego de una semana de estar conociendo con la naturaleza de día y teniendo tríos salvajes durante la noche, las milf y el joven regresaron a su casa y, al ingresar en la misma, vieron a Nina, quien se encontraba mirando la televisión.

    “¡Bienvenidas!” exclamó la joven “¿La pasaron bien?”

    “¡Mejor de lo que te imaginas!” exclamó Gloria.

    “¡Fue una semana pesada!” exclamó Jake “Pero, por suerte, ya puedo descansar en casa”

    “¡Nada de descanso, perdedor!” exclamó Nina, mientras le daba un tirón de orejas a su hermanastro “¡Estuve toda una semana sin tu verga, y me la vas a compensar ahora mismo!”

    “¡Al menos espera hasta que baje el equipaje!” exclamó Jake, quien tenía una erección.

    “¡Deja que nosotras nos encarguemos de eso, tu atiende a tu hermanastra!” exclamó Gloria.

    “¡Ya escuchaste, idiota!” exclamó Nina quien, de un empujó, hizo que Jake cayera sobre el sofá de la sala, y luego empezó a desvestirse “¡Ahora deja de hablar y pon tu lengua en mi coño!”

    “¡Que lindo es ver que Nina hecha tantos de menos a su hermanastro!” exclamó Lupe, mientras miraba como su hijastro le practicaba sexo oral a su hija.

    “Realmente adoro la hermosa familia que hemos construido!” exclamó Gloria, mientras ella y su pareja se masturbaba viendo a Nina y a Jake coger.

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  • La confesión: Mi maestro y yo

    La confesión: Mi maestro y yo

    Massiel respira lento, sentada frente a Ugo. Él la observa como siempre: serio, atento, dispuesto a escucharla.

    —Amor… necesito confesarte algo. —Lo suelta de golpe, bajito.— Llevo un par de semanas con esto… y no puedo guardarlo más.

    Ugo no dice nada. Solo se reclina, cruza los brazos, la mira. Massiel respira hondo. Juega con el borde de su bata, lo acaricia con la yema de los dedos.

    Massiel:

    “No fue de la nada… ni fue planeado, te lo juro. Yo solo iba a la escuela, como siempre. Ya sabes: pasillos largos, pizarras llenas de términos médicos, café quemado, el uniforme blanco que me ajusta a la cintura cuando respiro. Yo no hago nada, amor. Solo camino, escucho, tomo notas. Pero a veces siento… siento esas miradas. Y siempre hay alguien mirando…”

    Narrador

    En la escuela de enfermería, Massiel pasa casi desapercibida para quien no se fije bien. Morena, bajita, sencilla, cabello suelto que se enreda con la brisa de los ventiladores, un busto moderado, bonito trasero, nada fuera de lo común. Pero para el que se detiene a verla —como Juan, que siempre se sienta atrás de ella y se queda viendo cómo se le marca la tanga cuando se agacha. O Carlos, que finge que la empuja de broma solo para rozarle la cintura. Ella no hace nada, solo baja la cabeza, se hace la seria. Pero por dentro… por dentro le gusta.

    A veces se detiene en la máquina de café del pasillo. Juega a que no nota esas miradas que la recorren cuando se quita la bata o cuando mete la mano en el bolsillo y la tela se estira justo donde debería disimular.

    Massiel lo sabe. Y sonríe. Chiquito. Discreto. Lo justo para que piensen en ella cuando se vayan a su casa.

    Massiel no cruza las piernas. Nunca lo hace para coquetear. Su forma de provocar es otra: dejar un botón suelto del escote, dejar que el uniforme dibuje lo que debe cubrir. Sonríe bajito cuando la miran, pero no se detiene. Sabe que su forma de tentar no es directa: es quedarse callada, dejarse ver y desaparecer.

    Massiel:

    “Me gusta, amor. Me gusta sentir que mientras yo escucho al maestro hablar de anatomía, hay uno atrás de mí pensando en mis piernas. Ellos no hacen nada, claro. Son niños.”

    “El doctor Víctor no tiene nada de especial a simple vista: en los 50s, bata blanca floja, gafas que a veces ni usa, una voz grave que llena el salón cuando todos están a punto de dormirse. Yo nunca pensé que se me iba a acercar así. Él es serio, siempre habla fuerte en clase, explica todo como si lo leyera de memoria.

    Yo no soy perfecta, ya sabes. Paso mis exámenes bien, pero no soy la mejor. Por eso no me sorprendió cuando un día me dijo: “Massiel, espera un momento después de clase. Quiero revisar unas cosas contigo.”

    “Todos se fueron. Me quedé sentada frente a su escritorio, jugando con el cierre de mi mochila mientras él hablaba de mis notas. Me dijo que iba bien… pero que podía ir mejor. Que, si quería, podíamos repasar juntos, con calma, para subir mi promedio.”

    “Yo solo asentí. Me dio miedo decir no. Pero también… también sentí algo en mí. No sé cómo decirlo…”

    Narrador

    Días después, Massiel aceptó ir a tomar un café. En la cafetería de la esquina, se sentó frente a Víctor. Pidieron dos cafés. Uno se quedó frío. Él hablaba de hospitales, de prácticas clínicas, de la importancia de aprender a “manejar situaciones de estrés”. Massiel se quitó la bata; quedó en su blusa de algodón: un escote leve, nada vulgar, pero suficiente para que Víctor bajara la vista de vez en cuando.

    Afuera pasaba un camión cada diez minutos. Adentro, solo se escuchaba la cafetera goteando detrás de la barra. Massiel jugaba con la cucharita. La giraba, la soltaba, volvía a mirarlo.

    Víctor le rozó la mano una vez, fingiendo que tomaba la servilleta. Ella no la apartó. Sintió un leve calor en el pecho, algo que subía como corriente eléctrica. Se dijo que no era nada. Pero dentro, algo empezaba a abrirse.

    Massiel:

    “En el café hablamos de todo, amor. De la escuela, de mis turnos, de que quiero trabajar en hospital cuando acabe. Me dijo que ahí uno ve cosas que no enseña ningún libro. Me miró fijo y me dijo que en un hospital no todo es poner inyecciones. Que a veces los pacientes necesitan una enfermera que los relaje; que si un doctor lleva dieciocho horas de guardia, una mano suave puede hacer milagros.”

    “Yo solo escuchaba, pero dentro de mi cabeza pasaban mil cosas. Pensaba en que debía pararme, pagar mi parte, decir “gracias doctor, hasta mañana”. Pero no me moví. Seguí escuchando. Seguí imaginando.”

    “¿Sabes qué hice? Nada. No dije que sí ni que no. Pero un sudor frío se deslizaba en mi espalda, una sensación de nerviosismo… pero no del malo que da miedo. Del bueno, que emociona por alguna razón.”

    “Me preguntó si sabía cómo “ayudar a un paciente a relajarse”. Yo me reí. Le dije que no le entendía. Me dijo: “Una buena enfermera sabe aliviar tensión. No solo con medicinas.”

    En mi departamento tengo más libros y material.

    Sentí que me ardían las orejas. No dije nada. Solo jugué con la taza vacía.

    Él lo tomó como un sí.”

    Narrador

    No hubo más palabras. Víctor pagó la cuenta sin preguntar. Massiel lo siguió hasta la puerta. Mientras caminaba detrás de él hacia el carro, sintió que todos la miraban. Pero nadie la miraba. Solo ella sabía lo que estaba a punto de pasar… o lo que quería creer que no iba a pasar.

    Subió al carro de Víctor como si fuera a una clase más. Una asesoría privada, dijo él. Massiel miraba por la ventana, el pulso en la garganta, una vocecita que le gritaba “vete”. Pero se quedó.

    El carro se detuvo. Bajaron y entraron. El departamento olía a loción vieja, café recalentado y sábanas guardadas demasiado tiempo. El doctor se quitó la bata, puso música instrumental, abrió una libreta que no tocaron. Habló de exámenes, de prácticas, de técnicas de relajación. Massiel, sentada en la silla, a la mesa. Víctor, parado detrás de ella. Las manos casi rozándole los hombros cuando señalaba algo en la hoja. El aire cada vez más pesado. La línea entre alumno y maestro, cada vez más delgada.

    Massiel:

    “Cuando sentí que estaba detrás de mí, mi voz tembló. Murmuré, dijo algo de “ayudar a los pacientes… o a los doctores… como me explicó…”

    “Me preguntó si de verdad quería aprenderlo todo. Yo asentí. Tenía miedo, amor. Pero también… algo en mí quería hacerlo. No por él. Por mí. Por ti.”

    “Me dijo que primero tenía que relajarme… dejarme llevar. Yo solo respiré hondo. Sentí sus manos en mis hombros, bajando lento hasta mis brazos. Me susurró que cerrara los ojos. Que imaginara un turno largo en el hospital… que lo estaba ayudando a relajarse. Yo solo temblaba. Pero no me aparté.”

    Narrador

    Víctor le bajó la blusa despacio. No hubo palabras. Le besó el cuello, mordió su oreja apenas respiro y ella se estremeció. Deslizó las manos hasta sus pechos, lento, suave, acariciando sus pezones, sintiéndolos tensarse bajo sus dedos. La hizo levantarse y la llevó a la cama, sintiendo cómo ella respiraba entrecortado. Massiel se dejó guiar, la espalda erguida, la mente dividida entre lo prohibido y el deseo.

    Massiel:

    “Me quitó todo, amor. Primero la blusa, luego la falda. Me miraba como si hubiera pagado por verme desnuda. Yo quería taparme… pero me quedé quieta. Sentí sus manos en mi trasero, bajando a mis piernas. Me sentó y las abrió despacio. Puso su boca ahí, entre mis muslos. No podía parar de gemir. Agarré su cabello, como si eso tapara la culpa. Pensaba en ti… Pensaba que no debía, pero lo estaba haciendo, porque parte de mí quería, porque era mi fantasía y que cuando llegara a casa, te lo iba a decir…”

    Narrador

    Así continuó el juego con la boca, hasta que ella explotó en un gemido fuerte, húmedo, mojando la cama, sus muslos tensos, su espalda arqueada. Ella se estiró, tomó su miembro con la mano, lo sintió tibio, normal, promedio —justo como le gustaban. Lo acarició entre los dedos y susurró: —Lo necesito en mí.

    Víctor se levantó, la giró, la tomó de la cadera. Le murmuró algo sucio al oído. Ella solo asintió, mordiendo su labio. Y él se lanzó.

    Massiel:

    “Sentí su cuerpo detrás del mío. Lo empujó despacio… y luego más fuerte. Me sostuvo con firmeza. El calor me subió desde el vientre hasta el pecho. Me mordí los labios para no gritar. Le pedí más. Le susurré: “No pares”. Y no paró. Yo temblaba y movía las caderas al mismo ritmo que él y, entre la culpa y el placer, pensaba en ti, amor. Te lo juro. Pensaba que esto te iba a romper. Que me ibas a odiar. Pero también… también pensaba que tal vez te iba a encantar. Te conozco… sé lo que miras cuando crees que no te veo. Y aquí estoy ahora, contándotelo…”

    Narrador

    Ella se queda callada. Ugo le acaricia la cara, la mandíbula. Su respiración ya no es calmada: es pesada, caliente, impaciente. Massiel se muerde el labio, se inclina y pregunta:

    —¿Y tú… quieres que siga? ¿Quieres oír lo que pasó después?

    Ugo suelta un suspiro bajo, apenas controlado. Sus dedos se cierran suave en su muslo. Se inclina a su oído.

    —Dímelo todo, Massy. Hazme verlo. Hazme sentirlo… mientras me haces lo que quieras.

    Massiel sonríe apenas. Su mano baja, roza la entrepierna y la siente dura. Ella sabe que no hay vuelta atrás.

    Massiel:

    “Después… él se apartó. Me recostó boca arriba en la cama. Me miró como si no creyera que lo había hecho. Me preguntó si quería seguir. Asentí, sin decir nada. Sudada, mojada, ardiendo. Sentí su cuerpo pesado encima de mí. Sentí de nuevo cómo salía y volvía a entrar, lento, rápido, lento otra vez. Así duramos un buen rato, jadeando, sudando, pegados. Yo ya no pensaba… solo sentía.”

    Narrador

    El tiempo se detuvo en aquel departamento. El aire se volvió espeso, cargado de sudor, de gemidos. Mientras Víctor la tomaba, la miraba cerrar los ojos, gemir hasta casi llorar. No era solo placer carnal: era culpa, deseo, la fantasía hecha carne. Era saberse puta por voluntad propia, saberse de Ugo… y también de otro.

    Víctor perdió el ritmo, se cansó. La edad, el cuerpo ya no le respondía igual. Su miembro, flácido pero tibio, necesitaba ayuda. Massiel, sin pensar, se inclinó, se arrodilló. Le preguntó si quería ayuda. Él dijo que sí.

    Massiel:

    “Me arrodillé. Lo tomé con la mano primero, luego lo envolví con mis labios. Deslicé la lengua, lento, como tú me enseñaste. Lo sentí revivir, crecer, ponerse firme de nuevo. Sabes que lo hago bien, amor. Aprendí contigo.”

    Narrador

    El doctor gruñía frases que ella apenas escuchaba:

    —Mira nada más… la calladita… la de bata blanca… la tímida y seria… mírate… Massiel, quién diría. Esto te suma puntos, preciosa.

    Su mano la sostuvo por la nuca. Cuando terminó, fue de golpe. Caliente, amargo, escurrido. Ella tragó. No hubo romance. Solo la educación de no escupirlo en su cara.

    Massiel

    “No me avisó, amor. Lo sentí derramarse, me hice atrás para no atragantarme. El sabor era áspero, casi rancio. No como el tuyo: dulce, limpio, joven. Pero no quise escupirlo. No quería que se sintiera viejo, usado. Así que lo tragué todo.

    Se terminó. Me levanté. Me vestí rápido, tomé mis cosas y salí de ahí temblando, con la cabeza hecha un caos. Subí al camión, aún estaba ardiendo y sentía que todos me miraban. No sé si eran miradas de morbo… o sentencia. Pero algo era seguro: tenía que decírtelo. Que no podía guardarlo. Que si tú querías odiarme… podías hacerlo. Porque yo soy tuya igual.”

    “Perdóname, amor… o disfrútame. Pero dime algo… Dime que no quieres que pare aquí.”

    Narrador

    La habitación es solo respiración caliente. Ugo la mira fijamente. Le acaricia la cara, la mandíbula. Le besa suave la frente, los labios, la hace recostarse boca abajo.

    Su voz suena ansiosa, firme.

    —No quiero que pares, Massy. Quiero que me lo digas todo. Quiero verte hacer más. Quiero verte ser una puta, sin que dejes de ser mía. Pero la próxima vez… —le susurra al oído— lo quiero ver yo. No lo hagas sin mí, ¿entendiste?

    Massiel asiente, apenas puede hablar. La bata sube, las manos de Ugo la sostienen fuerte. Ya no hay ternura: hay carne, sudor, gemidos bajos.

    No es como antes. No hacen el amor, lo desarman. Ugo empuja sin pausa, sin preguntas. Ella arquea la espalda, gime entre mordiscos. Lo prohibido les sabe más dulce. Ella lo provoca, él la sostiene.

    Massiel se siente usada y amada. Sucia y suya.

    Massiel:

    “Así… así, amor… Hazlo fuerte. Hazlo como si no fuera tu esposa, sino tu puta. Pero que nadie más lo vea… solo tú. Prometo que la próxima… te preguntaré primero…”

    Fin

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  • La culpa fue de mis primas

    La culpa fue de mis primas

    Un juego nada inocente con mis primas que me cambiaría la vida para siempre.

    Esta historia, real como todas las que escribo, sucedió hace ya bastantes años en un barrio obrero de una pequeña ciudad del Noroeste. Yo tenía por aquel entonces 18 años cumplidos y era el único de todos los primos que había logrado entrar en la Universidad, lo que en mi familia suponía un logro bastante destacable, y tenía, aparte de un hermano pequeño del que no hablaré más pues no pinta nada en esta historia, dos primas por parte de madre, llamémoslas Rocío y Catalina, hermanas entre sí y un poco mayores que yo, con las que tenía una relación muy estrecha desde siempre.

    Como sé que os gustan este tipo de detalles, cochinos que sois, aclararé que Rocío tenía 22 años y aunque tenía cierto complejo de fea, no estaba nada mal: era morena, con los ojos negros y profundos, delgada pero con un cuerpo curvilíneo y un trasero amplio y carnoso que no se correspondía del todo con su figura pero que a mí me parecía muy atractivo, opinión que ella no compartía ya que maldecía a lo que ella llamaba “mi culo gordo” y achacaba sus dificultades para conseguir novio a esa circunstancia.

    Por otro lado, su hermana Catalina tenía 20 años y era bastante guapa de cara, además de tener una melena azabache lustrosa y bien cuidada, aunque su cuerpo, flaco y desprovisto casi por completo de curvas, no la acompañaba mucho. Tampoco ella tenía novio que supiéramos, y no parecía estar muy apurada por conseguirlo, para desesperación de su padre, tío mío y a la sazón hermano mayor de mi madre, que consideraba que ya iba siendo hora de que sus hijas se encarrilasen.

    Cabe añadir, sin entrar tampoco en muchos detalles, que en mi familia, como en la mayoría de las del barrio, los noviazgos (y la virginidad) de las chicas no eran cosa de broma y mientras mis primas no tuviesen novio oficial no se las permitía salir por ahí a no ser que las acompañase alguna mujer mayor de la familia, o en su defecto algún hombre, casi siempre yo, para controlar que nadie las molestase y que no hiciesen nada que pudiera considerarse indebido. Aquello contribuyó a hacer que mi vínculo con ellas fuese más estrecho aún, y pasábamos la mayor parte del tiempo juntos, sobre todo Rocío y yo, que teníamos una especial afinidad el uno por el otro.

    A todo esto, no he contado como era yo en aquellos tiempos, así que explicaré que a mis 18 años era un mozo de pelo largo y oscuro y ojos verdes, de estructura robusta, pero no gordo ya que hacía bastante deporte, poco velludo y con una sonrisa que me reportaba bastante éxito entre las chicas del barrio, que por desgracia estaban en su mayoría tan vigiladas como mis primas, así que me las apañaba con algún ligue bandolero de fin de semana, yendo a ver a una vecina viuda de mi abuela que era bastante amiga de hacer favores, o dejándome caer por un “bar de las luces” que había en la salida de la ciudad.

    Luego estaba el caso de mi tía Marcela.

    Mi tía Marcela, hermana mayor de mi santa madre, era una bala perdida que pasaba por casa de mi abuela de pascuas a ramos, siempre prometiendo que se iba a estabilizar y siempre escapando al poco tiempo detrás de algún boxeador sonado, de algún piloto de rallies fracasado, de algún ex legionario metido a chuloputas o de algún feriante borrachín. Para mis tíos era una vergüenza que manchaba el nombre de la familia, para mi madre era una pobrina que se enamoraba de quien no debía, y para mi abuela un dolor de cabeza persistente que sin embargo aceptaba con resignación porque había prometido a mi difunto abuelo, en el lecho de muerte de este, que no la desampararía pasara lo que pasara.

    Para nosotros sus sobrinos era una algo así como una leyenda. Cuando estaba por casa nos obnubilaba con relatos sobre noches de fiesta y playas paradisíacas, nos divertía con anécdotas picantes y chistes procaces, nos asombraba contándonos que había conocido a tal o cual futbolista, o que había estado en la fiesta de tal o cual cantante, afirmaciones que solía respaldar enseñándonos un anillo supuestamente regalado por no sé quién, o una foto supuestamente firmada por no sé cuál.

    Como iba y venía y no se estabilizaba, mi abuela le tenía en su casa un cuarto donde guardaba las cosas que no se llevaba consigo cuando se marchaba, ropa, viejos álbumes de fotos, cartas, cintas de música… en fin, todo tipo de telares que por supuesto habíamos fisgado y revuelto millones de veces contra el consejo de mi abuela.

    A aquella fascinación por lo que nos parecía una vida llena de aventuras había que sumarle, en mi caso, una atracción sexual que me obsesionaba y me atormentaba. No en vano se trataba de una mujer de unos 40 años, rolliza pero bien formada, con unos pechos inmensos, unos muslos fuertes y redondeados y un culazo jugoso y protuberante, siempre embutida en minifaldas imposibles, vestidos ceñidos, corpiños de leopardo y blusas con transparencias.

    Toda una jamona a la que yo no podía evitar observar con esforzado disimulo cuando se echaba hacia adelante para poner la mesa mostrando el culazo o cuando se inclinaba para servir la comida haciendo que sus melones se bamboleasen peligrosamente hacia adelante amenazando con salir a saludar.

    Tampoco ayudaba a enfriarme las ideas el hecho de que mis demás tías y mi abuela, para criticar su forma de vida y resaltar lo mucho hacía sufrir a la familia con sus andanzas, le contasen a todo el que quisiera oírlo que esa cabra loca de Marcela se iba con todos, se dejaba hacer de todo, se entregaba por menos de nada al primero que se lo pedía y que además parecía que hasta con otras mujeres la habían visto alguna vez, y no rezando el rosario precisamente. Y claro, yo imaginaba qué se dejaría hacer exactamente, y cómo, cuando se iba con toda aquella tropa de tipos peligrosos y mujeres perdularias, y no ganaba para pajas con el asunto.

    Alguna vez la había espiado, silencioso como una tumba, los ojos como platos y la polla como una peña de dura, mientras se cambiaba de ropa o se duchaba.

    Incluso una vez me había aventurado a entrar en su cuarto mientras dormía la siesta semidesnuda y había aprovechado para mirarle el coño de cerca, su oscura mata de rizos mostrándose a través de las bragas semitransparentes y sus pezones inmensos recortándose con nitidez contra la tela del camisón que apenas podía contener la mitad de la masa de sus senos que bailaban rítmicamente al ritmo de su respiración.

    Había incluso rozado levemente esos pechos con el dorso de la mano, y le hubiese estrujado las tetas con todas las ganas de no ser porque cuando me disponía a hacerlo despertó de pronto, obligándome a hacerme el disimulado e inventar la excusa de que estaba mi abuela me había encargado despertarla para preguntarle dónde había dejado no sé qué.

    Me libré por los pelos y no me atreví con más intentos después de aquello, pero no era por falta de ganas. De haber sido por las ganas, de hecho, me le hubiese echado encima y me la hubiese follado sin descanso hasta dejarla preñada.

    En fin, ya sé que me he estirado un cuanto con los detalles familiares, pero tienen su importancia y ya entenderéis por qué.

    Aquello fue en el verano del 98 si mal no recuerdo, y entre mi prima Rocío y yo había pasado algo unos meses antes que había ampliado por así decirlo los confines de nuestra relación. Un fin de semana de mayo nos había tocado acompañar a mi abuela al pueblo por cuestiones que no vienen al caso y ya se sabe que la noche, la primavera, las casas de pueblo pequeñas y la confianza, a ciertas edades, dan lugar a ciertas situaciones.

    La primera noche, entre bromas y veras y aprovechando que mi abuela se acostaba a la hora de las gallinas y se quedaba como un tronco enseguida, nos habíamos metido mano un poco, nos habíamos morreado y nos habíamos quedado con un calentón tremendo.

    La segunda ya me metí en la cama con mi prima y tras restregarme con ella un rato le quité las bragas y me lancé hacia su coño, que era una especie de fruta prohibida que me tenía loco. No me dejó tocárselo ni chupárselo por mucho que se lo supliqué, pero pude contemplarlo de cerca a la luz lechosa de la luna y olerlo con ansia de perro hambriento. Era, me pareció, maravillosamente hermoso: con unos labios gordos y bien dibujados, prietos y rosados, cubiertos de una espesa mata de rizos negros y suaves que formaba un triángulo exactamente equilátero en su entrepierna, y olía a marisco fresco, a vacaciones en la playa, a romance de verano, a séptimo cielo.

    Me moría por acariciarlo y saborearlo, pero sabido que es que a menudo en estos lances una cosa lleva a la otra, y recordemos que cualquier estropicio de la virtud de mi prima podía ser descubierto y acabar en una auténtica tragedia con muertos y toda la cosa, así que me aguanté las ganas y empecé a masturbarme despacio porque no podía contener la calentura ni un segundo más.

    Mi prima, que también parecía estar bastante cachonda, me dijo que ni hablar de tocarla “ahí” pero que si quería me prestaba su culo para que frotase mi polla contra él y me quedase a gusto. Casi me muero cuando me lo propuso, no sé si de la vergüenza o de la excitación. Asentí con la cabeza y ella se puso a cuatro patas, con su magnífico trasero apuntando hacia mí: era amplio, redondeado, carnoso, y lucía maravillosamente a la luz fantasmal de la luna que entraba por la ventana. Lo acaricié como se acaricia un sueño largamente perseguido. Era suave, terso, cálido. Besé sus nalgas tiernamente y me puse de rodillas, acercando mi polla ya más dura que una piedra a su culazo.

    -Nada de metérmela, solo me la frotas, ¿vale?

    -Vale.

    -No hagas ruido, no nos vayan a pillar. Y no tardes mucho.

    Empecé a restregar mi polla por la raja de su culo, pero me costaba un poco deslizarla así que le pegué un lametazo lo más húmedo que pude desde el perineo a la rabadilla, lo que hizo que ella soltase un leve suspiro y yo me llevase una sorpresa ya que el sabor vagamente salado del derriére de mi prima me pareció, contra todo pronóstico, bastante agradable. Una vez pringado de mis babas el trasero de ella empecé a frotar mi polla por aquella raja, agarrando sus nalgas para hacer algo de presión, rozando en cada pasada la entrada de su ano y reprimiendo en cada ocasión mis deseos de intentar dentro de ella.

    De todas formas la sensación era fantástica, y la visión de mi verga descapullada subiendo y bajando entre los generosos cachetes del trasero de ella aumentaba mi excitación. Ella también parecía estarlo disfrutando, porque empezó a tocarse discretamente y sus dedos rozaban mis pelotas cuando estas contactaban con los labios mayores de su vulva, que podía sentir hinchados y pringosos. No tardé, claro está, en llegar al clímax y eyacular copiosamente sobre las nalgas y la espalda de mi prima, y apenas unos segundos después ella empezó a convulsionar y hundió la cara en la almohada mientras cerraba crispadamente las piernas pegándose una corrida de campeonato.

    Luego me fui a mi cama, y las cosas, de puertas para afuera, siguieron como siempre. Porque de puertas para adentro era otra cosa. Aprovechábamos cualquier ocasión para escabullirnos a meternos mano, y siempre que podía convencerla, ella “me prestaba su culo”. Me encantaba la sensación de rozar mi polla por su culazo, sobar sus nalgas, correrme en ellas… pero me obsesionaba llegar más allá.

    Me obsesionaba conseguir que me dejase, ya que no follármela, al menos comerle el coño. Tanto le insistí y tan caliente la puse que un día me dejó que intentase darla por el culo, pero mi polla era muy gorda para su ano virgen y ante la posibilidad de acabar ella en urgencias y yo en el patíbulo decidimos desistir.

    Pasó el verano, empezó el otoño y empecé la Universidad, pero ninguna de mis bellas y simpáticas compañeras me movía tanto la aguja como mi prima Rocío. Quedaba con ella todos los fines de semana, la acompañaba al cine, la “cuidaba” cuando quedaba en el barrio con sus amigas, iba a verla a su casa día sí día no, y no desperdiciaba ocasión para pedirle, para suplicarle, para ordenarle o rogarle que me dejase chuparle el coño, pero no había manera.

    A lo sumo me dejaba mirar de cerca cómo se masturbaba y era aún peor, porque podía ver con detalle cómo se frotaba el clítoris con los dedos, cómo sus labios se hinchaban y se mojaban, cómo se estremecía cuando se corría, podía escuchar de cerca el sonido chapoteante de su flujo, oír los gemidos ahogados de su placer, oler el aroma embriagador de sus jugos, y me ponía malo. Prácticamente me corría en los calzoncillos de ver aquello.

    Pensaba en aquel coño a todas horas. Cuando alguna vez mi prima me prestaba su culo para desahogarme tenía que hacer esfuerzos realmente titánicos para no desvirgarla por la fuerza y follarle ese chocho prohibido hasta que rebosara de mi leche.

    Ya no podía más, y por si no fuera poco en una de estas ocasiones mi prima Catalina nos pilló en plena faena, Rocío a cuatro patas y yo restregándole el pollón todo duro por la raja del culo. Claro está, le suplicamos que no contase nada y ella aceptó con la condición de que la avisáramos y la dejásemos mirar siempre que fuéramos a hacer “esas cosas”. Tuvimos que aceptar, claro.

    Y fue peor.

    Ya no solo tenía que aguantarme las ganas de mancillarle el conejo a mi prima Rocío, sino que además tenía que ver cómo mi prima Catalina se despatarraba junto a nosotros mirándome fijamente y se manoseaba furiosamente su almeja peluda y babosa, más babosa que la de su hermana por cierto, y se relamía dándole al dedo mientras observaba toda la jugada. Ya no era un solo coño el que tenía delante sin poder tocarlo, sino dos. Porque, claro, tampoco Catalina estaba dispuesta a dejarse tocar la almendra ni con un pétalo de rosa. Y a mí la cabeza me iba a estallar en cualquier momento.

    Claro que me desquitaba con las putas de la barra, con alguna compañera bien dispuesta, con la vieja salida aquella del barrio, pero no me bastaba. Estaba loco por probar los chochos de mis primas y no aguantaba más.

    Quiso el destino o la suerte o sepa usted qué, que mi abuela y mis tíos, los padres de mis mentadas primas, tuviesen que irse unas semanas a Bilbao a casa de unos parientes a resolver unos asuntos pendientes, y que me dejasen muy encomendado ayudar a mi santa madre a “cuidar” de mis primas en su ausencia.

    El zorro cuidando de las gallinas, vaya.

    Redoblé mi campaña de acoso y derribo tratando de convencerlas para que me dejasen catar esas almejas jugosas, y una tarde de viernes, para mi sorpresa, mi prima Catalina me dijo que aceptaban, pero que era mejor hablarlo en casa de abuela por si mi madre o mi hermano se perlaban de algo. Quedamos de vernos allí con la excusa de ir al mercadillo el domingo por la mañana, y una vez reunidos les dije que bragas fuera, que cumplieran con su palabra.

    -Hay una condición.

    -¿Qué condición?

    -Puedes comerle el coño a Rocío, pero tienes que vestirte con ropa de la tía y hacernos un numerito.

    -¿Que qué?

    -Que te tienes que desnudar, ponerte unas cosas de la tía Marcela y hacernos un estriptis aquí para las dos.

    -Y una puta mierda.

    -¿No tenías tantas ganas de probar mi coño, primo?

    -No lo va a saber nadie.

    -No quiero. Ni hablar. Yo no soy ninguna maricona.

    -Es un juego solamente. De aquí no sale.

    -Ni hablar. Además, dices que le puedo comer el coño a Rocío. Pero, ¿el tuyo qué? Me tengo que vestir de maricón y tú te quedas ahí mirando.

    -No, mirando no. Si te vistes con ropas de la tía para nosotras, te puedes comer el coño de Rocío, y además luego si quieres te comemos la polla entre las dos.

    Me quedé mudo. Casi me caigo de espaldas. Me tuve que apoyar en la pared. Miré a mi prima Rocío, y la muy cerda se había subido la falda y se había apartado la braga a un lado para dejarme ver su chochazo mojado y enrojecido. Tragué saliva.

    -¿Como que me… cómo es eso de…?

    -Te pones la ropa de la tía que nosotras te digamos, nos haces un numerito, le comes el coño a Rocío, y después te hacemos una mamada doble como esas putas de las revistas esas que tanto te gustan.

    Me ruboricé hasta las orejas, no sé por qué. Miré a mi prima Rocío, que se relamía los labios de forma lasciva, y luego a mi prima Catalina, que me miraba fijamente con ojos ardientes.

    No contesté. No hizo falta. Me llevaron prácticamente a empujones al cuarto de mi tía Marcela, sacaron de sus cajones una multitud de prendas y eligieron un conjunto formado por unas bragas negras con encajes, unas medias de rejilla rojas con ligas elásticas, un sujetador con estampado de leopardo, una blusa blanca con transparencias y una minifalda en imitación de cuero negro. Hablaron de maquillarme, pero me negué en redondo, y desistieron de su idea de hacerme poner tacones por el riesgo cierto de que se rompieran y pudiésemos quedar en evidencia.

    -Ponte guapa.

    -Y no nos hagas esperar mucho.

    -Estamos en el salón.

    Me embutí como pude las medias, me abroché a duras penas el sostén, me puse la blusa como dios me dio a entender y me coloqué no sin dificultades la minifalda. Me vi en el espejo y observé, para mi sorpresa, que no me quedaban mal aquellas pintas. De espaldas, de hecho, parecía talmente una mujer. Y de cara, si no se fijaba uno mucho, podía pasar por una de esas chicas un poco especiales que no se maquillaban y que llevaban el pelo corto. La idea, sepa por qué, hizo que se me pusiera un poco dura. Se me ocurrió que estaba bastante buena, y que si los chavales del barrio me vieran así más de uno querría follarme…

    -Pero, ¿qué estás pensando?

    Sacudí la cabeza, abochornado. Estuve por quitarme aquella ropa, mandarlo todo a la mierda y contarle a mis tíos la putería de mis primas para que las metiesen en vereda, pero aquello me habría dejado en evidencia a mí también y no me apetecía mucho morir.

    Además era la oportunidad por fin de probar el coño de mi prima Rocío. Y me habían prometido además una mamada… me imaginé allí, en el salón, vestido con la ropa de mi tía, con la polla tiesa por fuera de las bragas y mis primas medio en pelotas arrodilladas ante mí pasándose mi rabo de una boca a la otra, hilos de saliva tejiendo una lúbrica telaraña que unía mi capullo y sus lenguas en un triángulo viscoso, y me puso tan caliente la idea que me temblaban hasta las manos. Sentí cómo mi polla empezaba a babear, pringando las bragas de mi tía.

    -Vamos allá…

    Me levanté, me alisé la blusa, me coloqué bien la falda y avancé hacia el salón con la polla palpitando desbocada y un nudo en la garganta. Estaba excitado y avergonzado, y recuerdo que pensé que en todo caso aquello no saldría de allí y la vida seguiría más o menos como siempre al día siguiente.

    No sería así, claro. Aquello me cambiaría la vida para siempre. Pero yo en aquel momento no tenía ni puta idea…

    (Si os gusta, para la próxima os cuento lo que pasó después…)

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