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  • Mi secreto con Rosita

    Mi secreto con Rosita

    Hola, me llamo Javier, tengo 26 años y quiero compartir con ustedes un secreto.

    Trabajo como enfermero cuidando a personas en sus casas, fue así como conocí a Rosita, una chica de 19 años que había pasado casi toda su vida en silla de ruedas, sus padres me contrataron para cuidar de ella, ya que trabajaban todo el día y la pobre Rosita no tenía quien la cuidara.

    Cabe aclarar que ella era una chica muy linda, tenía el cabello castaño, piel blanca y era bastante bien portada, rápidamente nos hicimos amigos, hablábamos durante horas y sobre todos los temas, independientemente de si la estaba cuidando o no.

    Hubo una vez en la que se quedó en su habitación y yo iba cada cierto tiempo a revisar que no me necesitara, en una de esas ocasiones, antes de tocar a su puerta me pareció escuchar ruidos un poco extraños por lo que guardé silencio y me puse a escuchar con atención.

    ¡Rosita estaba viendo porno! No era mi imaginación, claramente se escuchaban gemidos de mujeres y de fondo muy tenue pequeños gemidos de Rosita. Mi pene rápidamente comenzó a crecer y mi pulso se aceleró, solo había lugar en mi mente para una cosa y era la imagen de Rosita en su silla de ruedas con su mano dentro de su ropa interior tocando su clítoris, rápidamente y como por instinto me dirigí hacia el baño y me masturbe salvajemente pensando en el placer de Rosita.

    Eyacule como un animal en su lavabo, me lavé y limpié los restos de semen. Mi mente se aclaró y procurando hacer la mayor cantidad de ruido posible, caminé hacia la habitación de Rosita y toqué a su puerta diciendo: -Rosita, ¿Todo bien? ¿Necesitas algo? Ella con una voz tranquila y amable me respondió que no. Supuse que ya se había corrido y ahora se encontraba limpiando y ocultando la evidencia de su masturbación así que le dí su espacio y solo le contesté mientras regresaba a la sala de estar: -si me necesitas me avisas ¿ok?

    Ese día las cosas siguieron con bastante normalidad, yo intenté no excitarme de nuevo mientras seguía en su casa pero al llegar a la mía me encerré en mi habitación a masturbarme como loco pensando en ella.

    De ahí en adelante las cosas se pusieron interesantes cuando estábamos solos, de pronto la veía pasarse las manos por entre las piernas y sobre sus pechos y a veces me hacía preguntas un tanto subidas de tono como si yo ya tenía mucha experiencia en el sexo y cosas por el estilo.

    Un día estábamos jugando verdad o reto y las preguntas fueron subiendo de tono, primero le pregunté que con quien había y sido su primer beso a lo que me contestó que con un chico de su escuela, ella me preguntó que si yo veía porno, a lo que le contesté que sí, ella se río de una manera muy coqueta y yo le pregunté lo mismo, contestó que también, yo ya sabía la respuesta pero aun así le pregunté en el siguiente turno: -Rosita, ¿tú te masturbas? Ella se sonrojó y no contestó, por lo que le dije que si no contestaba debía cumplir un reto, ella preguntó cuál. Ambos ya estábamos muy excitados y solo le dije que su reto era cerrar los ojos y no abrirlos pase lo que pase.

    Entonces cerró sus ojos y yo me aproxime por detrás y con mi mano comencé a recorrer desde su brazo hasta su hombro, pasando por uno de sus pechos y bajando hasta su entrepierna y tocando encima de su ropa su vagina, pase mi mano de abajo hacia arriba y haciendo círculos, ella sostenía mi mano intentando quitarla de su sexo pero a su vez dejándose llevar por mi caricia, le pregunté al oído: -¿Te gusta Rosita? Mientras le besaba el cuello. Ella asintió mientras se retorcía en su silla.

    Entonces metí mi mano debajo de su ropa interior sintiendo por primera vez los suaves bellos que crecían sobre su pubis, bajé un poco más para sentir los fluidos que su vulva me estaba regalando y busqué su entradita metiendo lentamente la punta de mis dedos y poco a poco abriéndome paso hacia el interior de Rosita.

    Mientras todo esto pasaba yo seguía devorando su cuello y me acercaba poco a poco a su boca, cuando llegué a ella introduje mi lengua y ella la chupo y mordió de una manera deliciosa, sentí las manos de Rosita sobre mi bulto y jalándome de la cintura para que quedara a un costado de ella, apresuradamente liberó mi pene del interior de mi pantalón y comenzó a masturbarme.

    No podía creer lo que estaba pasando, ¿De verdad me estaba masturbando con Rosita? Todo se descontroló y nos entregamos al placer del otro, yo la dedeaba más fuerte y rápido y ella me también aumentaba el ritmo con el que me pajeaba, todo culminó en un clímax mutuo cuando ambos estallamos de placer y nos corrimos al mismo tiempo. Le llene la camisa de semen y ambos, agotados y satisfechos solo nos dimos un besito, nos agradecimos y me pidió que le ayudara a cambiarse la camisa y que la metiera a lavar para que sus padres no se dieran cuenta.

    Así lo hice y fue muy excitante percibir desde ese día el fuego en la mirada de Rosita. Sus padres llegaron y volví a mi casa esperando con ansias que el día terminara pronto para poder volver el día siguiente para cuidar nuevamente a Rosita

    Continuará…

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  • Ojo, detrás hay un espejo

    Ojo, detrás hay un espejo

    “Marta me contó que practican intercambio”.

    – “Y qué resultado les da”.

    – “Dice que ha renovado su relación matrimonial. Que disfrutan no sentirse obligados por normas morales o preceptos legales, pero que mantienen reserva por la hipocresía de la sociedad”.

    – “O sea que, en parte, se asemejan a nosotros, que estamos juntos porque ambos lo queremos y no por imposición de una ley o una norma”.

    – “Sí, pero además tienen momentos de placer con otras personas”.

    – “No voy a ser terminante en esto porque carezco de experiencia, pero no logro entenderlo. Se me escapa el mecanismo por el cual, la unión con otro fortalece la unión entre ellos”.

    – “No lo sé, sólo te cuento lo que ellos dicen”.

    – “Sigo razonando en voz alta. Si en uno de esos cambios, alguno encuentra fuera, algo mejor de lo que tiene en casa, seguramente se inclinará por eso, con lo cual la unión matrimonial se debilitará. A menos que el cambio busque simplemente algo distinto, pero siempre estará latente el peligro de que algo superior desequilibre la unión que se quiso reforzar”.

    Felicia, con la que llevo casado seis años, trabaja en una farmacia en el sector perfumería, y le va muy bien, pues una importante cantidad de clientes compra en función de sus acertadas sugerencias, y sus ingresos están acordes a su idoneidad profesional. Yo, en sociedad con mi hermano, tengo un negocio pequeño pero muy rentable, así que vivimos con holgura. Nuestra unión se concretó cuando ambos estábamos en los treinta y cinco, y los hijos no llegaron.

    Un año atrás el matrimonio mayor, dueño de la farmacia, decidió vender y descansar después de una vida de trabajo. Quienes compraron son una pareja en la cuarentena, Marta y Ramón

    Él, ciertamente llamativo, con vestimenta, adornos, pelo, piel y manos muy cuidados y a la moda. Ella, una mujer atractiva pero sin estridencias, contrastando de manera notable con su marido.

    Cuando nos presentaron y después de un rato de reunión, le comenté a mi mujer que ese tipo me parecía pedante, superficial y de los típicos mujeriegos.

    – “Miguel, no será que simplemente te cayó mal?”

    – “La deducción es relativamente fácil. Si ves un animal de cuatro patas, que ladra como perro, come como perro, mueve la cola como perro y persigue a una perra en celo, es razonable decir que se trata de un perro. De la misma manera pasa con él. No ha pasado una sola mujer que no se la haya comido con la mirada. Es casi seguro que va a intentar algo con vos. Si no querés tener un dolor de cabeza, en la primera vez tenés que frenarlo y además decirle que la próxima me lo dirás. Y debés cumplirlo”.

    – “Me parece que exagerás”.

    – “Es posible y ojalá que me equivoque”.

    – “De todos modos sabré frenarlo”.

    – “Querida, estos tipos son maestros en el arte de seducir mujer ajena. Tienen dos líneas de ataque perfectamente definidas, la primera levantando al máximo la estimación de la dama y la segunda convenciéndola de que es víctima y no culpable. La etapa inicial no ofrece mayores dificultades, (la más bella, simpática, un cuerpo de adolescente, labios para dar y recibir placer, etc.)”.

    – “Es lógico, cualquier mujer quiere sentirse valorada”.

    – “La segunda etapa consiste en transferir la responsabilidad del engaño, y para eso los destinatarios ideales son marido, novio o pareja. Ella no tiene culpa alguna, sencillamente fue llevada a actuar así (no te atiende, le interesa más el trabajo, si fueras mía me dedicaría solo a vos, etc.)”.

    – “Parece que lo hiciste ya que lo describís con tanto detalle”.

    – “Nunca lo pude hacer porque me sale mal la mentira. La parte final es una profundización de la segunda. El engañado no solo es culpable sino además indigno de ella. La mujer tolera que el amante sea despectivo con su compañero o contribuye a denigrarlo (vos sos mejor que el cornudo, a tu lado soy feliz, ese basura no me merece, etc.)”.

    – “Tranquilamente se los puede rechazar”.

    – “No creas que es tan fácil, si hay algo en que quisiera tener como ellos es en su tesón. No importa la cantidad de rechazos recibidos, siguen insistiendo una y otra vez. Con una perseverancia admirable van minando la resistencia y tejiendo la red, hasta que la presa, ya rendida, cae”.

    Un sábado nos invitaron a cenar en su casa junto a otros matrimonios. Acepté concurrir para no agregar algún resquemor en la relación laboral. Ahí confirmé mi primera impresión. Las frases con doble sentido eran moneda corriente en el pedante galán. Ya en la sobremesa Felicia me pidió si podía tomar unas fotografías de la reunión. Por supuesto que accedí y les pedí que se juntaran.

    Siete personas en la foto, tres matrimonios y mi señora, pues yo estaba detrás de cámara. Tomé varias para después seleccionar las mejores y distribuirlas. Cuando terminé mi labor de fotógrafo reparé en Ramón que, mirando a mi mujer, se chupaba dos dedos de una mano y de decía algo, a lo que ella correspondió con una sonrisa.

    A la mañana siguiente, revisando las fotos de la pasada cena, le encontré sentido a los gestos intercambiados entre el dueño de casa y mi esposa. En una de las tomas, el espejo de la vitrina que estaba atrás, permitía ver la espalda de ella con el ruedo del vestido en la cintura y la mano de él metida dentro de la bombacha. Creo que un proyectil de AK47 en mi estómago, disparado desde un metro y medio, me hubiera conmovido menos que esa imagen. No era para menos, seis años juntos se iban a la basura.

    Cuando logré reponerme me comuniqué con una agencia de vigilancia para concertar una cita el lunes temprano. Mi idea era no quedarme con una sola prueba. Antes de decidir mi futuro debía confirmar el dato.

    Esa tarde comenté que había entrado en actividad una úlcera estomacal que periódicamente me visitaba. Con ese argumento y para no alterar su sueño le dije a Felicia que dormiría en la otra habitación. Quedé en hacerme los estudios el próximo lunes. Por supuesto la intimidad con ella pasó a ser nula hasta que decidiera qué hacer.

    Ya más calmado me puse a observar con detenimiento la fotografía del colapso. En principio era evidente que ese tipo de intimidad era usual. Él no se iba a arriesgar a tanto la primera vez. La cara de mi mujer era llamativa; nada en sus gestos indicaba incomodidad, molestia o sorpresa. Por otro lado el ademán de Ramón chupándose los dedos indicaba a las claras que había algo que saborear, y la sonrisa de la dama era de complacencia. Como la actitud de ambos evidenciaba gran tranquilidad, me quedaba la duda si los otros matrimonios lo sabían y eran cómplices.

    Esa semana tuve que hacer un esfuerzo para aparentar normalidad. Dos cosas atentaban contra ello, mi ferviente deseo de retorcerle el pescuezo como a una gallina y la espera de los primeros resultados de la investigación. Ella se manejó sin cambios, así que el viernes salió a reunirse con sus amigas, como era costumbre.

    El sábado a mediodía me llamaron de la agencia diciéndome que tenían los primeros resultados y, si quería verlos podía ir a la tarde. Fui en el momento acordado y me mostraron cinco filmaciones de corta duración. Dos del miércoles, una con la pareja saliendo del negocio y otra, minutos después entrando a un hotel. Las otras tres correspondían al viernes.

    Estas eran las de mayor contenido y estaban tomadas en una discoteca. Si bien la luz era tenue, permitía identificar con claridad a las personas. La primera era de dos apasionados besos. Mi mujer con Ramón y Marta con otro hombre.

    La segunda mostraba al amante sentado con la cabeza apoyada en el respaldo mirando a mi pareja con su pene en la boca, mientras le dice.

    – “Qué espectáculo maravilloso ver a la mujer del que me desprecia chupando mi pija con devoción, con entusiasmo, con tantas ganas que asombra. Vamos putita seguí esmerándote que estoy al borde de llenarte la boca de leche. Y acordate de beber hasta la última gota”.

    La tercera enfocaba el mismo lugar y al varón en la misma posición. La diferencia estaba en Felicia, que a caballo de los muslos del macho, galopaba con ahínco, escuchando a quien parecía creerse el mariscal del coito.

    – “Si algo me gustaría en este momento sería la presencia de tu marido. Con qué ganas le mostraría que mi miembro, con cada empuje que doy, llega a la profundidad de tu cueva. Él, semejante cornudo, me dice superficial”.

    Con lo visto era suficiente. Pagué los servicios y quedé en avisarles si necesitaba algo más. Ahora debía pensar mi proceder. El lunes le pedí me informaran, en tiempo real, cuando ellos dejaran el negocio para dirigirse al hotel, pues ya tenía decidido qué hacer.

    El miércoles a media mañana me llegó el aviso y ahí mismo fui a la droguería, acercándome a una empleada que, sabía, se llevaba mal con mi mujer.

    – “Está Felicia?”

    – “No, salió hace un rato con el esposo de la Jefa”.

    – “No me digas, tendré que vigilar mi frente por si aparecen algunas puntas?”

    – “Yo que vos lo haría seguido”.

    – “Pobre muchacho, lo que le va a pegar”.

    – “¡Queee, contame!

    – “Es una broma. Por favor, la llamás a Marta? Tengo que dejarle un mensaje para la que me los pone”.

    Sonriendo fue a buscarla y vino con ella, pero quedándose a unos pasos, aparentemente ubicando unos productos en la estantería.

    – “Hola amiga, necesito un favor tuyo. El celular de Felicia me da como apagado, podrás darle un mensaje?”

    – “Sí, encantada”.

    – “Ando justo de tiempo para llegar al médico infectólogo. Decile que en mi estudio de laboratorio aparece el virus del SIDA, aunque falta la confirmación”.

    Sin darle tiempo a contestar me dirigí a la salida pero deteniéndome frente a una vitrina. La intención era observar disimuladamente, y sucedió lo esperable. La chismosa corriendo a contar la desgracia de su enemiga, y la esposa marcando el teléfono para relatarle a su marido el peligro implícito en la noticia recién recibida. Satisfecho con el curso de los acontecimientos, crucé la calle y entré a un bar, situado a unos metros, a tomar un café mientras esperaba. En apenas veinte minutos bajaron de un remís.

    La sonrisa alegre, el gesto de complacencia, el brazo de él en la cintura de ella, que mostraba la filmación de cuando salían, habían desaparecido. Ahora exhibían facciones desencajadas, hombros caídos, cabeza baja y una prudente distancia entre ambos. Y por si fuera poco la pesadumbre que llevaban, el ingreso al negocio sirvió para aumentar el malestar. Algunas miradas parecían decir <lo que les pasa se lo merecen>. Repetí el café, esta vez acompañado de un cigarrillo. Mientras, entraron a mi teléfono tres llamadas suyas que no atendí. Cuando mandó un mensaje diciendo que quería hablar conmigo, le respondí que lo haríamos en casa más tarde, que ahora no podía.

    El tiempo de espera no inquieta por su duración, sino porque se ignora cuándo finalizará y ese factor también se lo iba a hacer pesar. A rato salió nuevamente con cara de haber llorado, presumo que sus amigos de pasadas fiestas le echarían en cara lo que consideraban un descuido imperdonable.

    Mientras Felicia se alejaba, crucé nuevamente hacia el negocio a preguntar por ella. Me atendió Marta indicándome que se dirigía a casa para hablar conmigo. Entonces le pedí que me dejara usar el baño porque me orinaba encima. Al entrar al depósito ubiqué el lugar donde guardaban los enseres de limpieza, volqué alcohol sobre ellos, dejando en el piso tres botellas plásticas con el mismo líquido que con calor se derretirían. Encendí un trapo de piso, cerré la puerta y salí, agradeciendo el favor.

    Los bomberos son buenos para todo, menos para cuidar las cosas que hay en un local con fuego, sea éste grande o pequeño. Los veinte minutos que demoraron en llegar fueron suficientes para perder todo lo que tenían en stock, pues los empleados no piensan en combatir el fuego sino en escapar. Y si algo quedó rescatable, los bomberos lograron que se transformara en inútil.

    Los profesores de táctica suelen insistir en que un ataque exitoso, a cargo de un buen conductor, se prolonga naturalmente en lo que se denomina explotación. Esta continuación finaliza cuando el enemigo está totalmente imposibilitado de recuperarse y sólo le queda, a los sobrevivientes, rendirse sin condiciones.

    Con ese pensamiento llegué a casa. Mi mujer estaba en el comedor, con la mirada perdida, frente a una taza de café que apenas había probado.

    – “¿Cómo es eso que tenés sida?”

    – “¿Y quién te dijo que tengo sida?”

    – “Marta”.

    – “Evidentemente Marta sabe más que yo. Lo que dije es que podía ser, pero faltaba comprobar”.

    – “Culpa de eso Marta y su marido estaban muy incómodos, y además mis compañeras empezaron a hacerme el vacío”.

    – “Qué raro, a menos que a tu jefa se le haya ido la lengua. De todos modos no entiendo por qué puedan estar incómodos con vos si el probable infectado soy yo”.

    El silencio era indicio más que suficiente de que una respuesta aceptable no estaba a su alcance. Por eso su contestación fue un balbuceante:

    – “No sé”.

    – “No hay problema, te voy a suplantar en lo que vos no querés decir, pero lo haré con imágenes”.

    Abriendo mi portátil empecé a pasar el material disponible que mostraban patentemente la infidelidad.

    – “Si no querés que esto vaya a tus compañeras de trabajo y al juez que entienda en el juicio de divorcio firmá esos tres papeles que tenés en frente”.

    Forma parte de la naturaleza del rumor que su destrucción sea casi imposible. Se podrá disminuir su aire de marcha, se podrá menguar su volumen, pero anularlo no. Y así esta mujercita, de la noche a la mañana quedó sin trabajo, sin amigos, sin esposo y con fama de infectada. Yo estoy en proceso de hacer que estos malos recuerdos queden sepultados.

  • Un día de suerte

    Un día de suerte

    Esto pasó ya hace años.

    Era un sábado a mediodía y estaba aburrido, decidí ir al ciber y meterme a platicar a una sala de chat.

    Era ya un vicio para mi platicar con desconocidas, pero era excitante conocer todo tipo de mujeres en ese tiempo. Creo que me fue muy bien porque muchas de ellas eran mujeres muy interesantes.

    Vi un perfil de una chava de aquí de Monterrey, la jalé a privado y comenzamos a platicar.

    Me dijo que era de Cuernavaca, pero que estaba trabajando temporalmente para una empresa aquí en Monterrey, pero que solo estaría un tiempo.

    Me dijo que vivía en un departamento aquí en Monterrey, que tenía 27 años, soltera y sin hijos.

    Que le gustaría ir a tomar un café o ir a algún lado, que estaba aburrida.

    -pues si gustas voy a tu departamento y tomamos algo?

    -Y como a qué hora vendrías?

    -Pues en la tarde, pero pásame tu teléfono solo para saber que es verdad.

    -Dame tu número de celular para que veas que no juego, me contesto

    -Ok le dije.

    Me marco y me dijo:

    -ya ves, si soy yo y si soy mujer

    -Está bien, te creo, te veo a la tarde, pero ponte muy guapa

    -Que te gustaría que me pusiera?

    -Pues no sé, una faldita, una blusa de botones y una tanguita.

    -está bien, llegando a la avenida me marcas al departamento y yo te digo donde te espero.

    Al llegar la tarde le marque y me dijo:

    -sigue por tal calle y vas a llegar a los departamentos y ahí te encuentro.

    Me fui caminando y a lo lejos vi que venía una chava con faldita de mezclilla blanca, una blusa roja de botones, unos tacones no muy altos. Tenía el cabello cortito, era güerita, algo llenita, pero muy sexy.

    Entramos a su departamento y nos sentamos en la sala.

    Yo rápidamente la abracé y empecé a besarla, a besar su cuello y olía muy rico. Metí mi mano bajo su falda, hice a un lado la tanga y toqué su vagina.

    Me dijo que fuéramos a la habitación, le quité la blusa y el brasier. Mamé sus tetas, quité su tanga y lamí su vagina.

    Ella también me mamó la verga y lo hacía muy rico

    Se subió encima de mí y se movía muy bien, después subí sus piernas a mis hombros y así me la cogí.

    Se volteó y me la cogí empinada, le di fuerte, estaba tan excitado que cuando estaba por venirme me quité el condón y aventé mi semen en sus nalgas.

    Cogimos dos veces más ese día, fue una experiencia inolvidable.

  • Anoche me has volado la cabeza

    Anoche me has volado la cabeza

    Otra vez me encuentro sin poder pegar un ojo, tu suave respiración a mi lado acompaña mis pensamientos en la oscuridad. Me mantienen aún en vela las imágenes de anoche, que recorro en mi memoria con el corazón que palpitando empuja el calor por mis venas.

    Hace tiempo no teníamos algo así, el encierro nos ha dejado con pocos momentos de intimidad por el día, la noche se ve opacada por el desgaste de la jornada y la amenaza del despertador la mañana siguiente. Sin embargo, anoche se habían dado las condiciones, los niños se durmieron temprano y nosotros nos desvelamos compartiendo una copa frente a una serie sin importancia, interrumpida varias veces por caricias, besos y otros gestos que empezaron a preparar el ambiente.

    _____________

    Tú ya te habías dado un baño, pero a mi aún me quedaba pendiente, besé tus labios y te rogué que no te duermas antes de correr para darme la ducha más rápida que pude. Pronto volví a la habitación, cerré la puerta y colgué la toalla que traía en mi cintura en la silla junto a la cama mientras me observabas desnudo frente a ti. Creo que fue bastante evidente que el sólo hecho que me vieras expuesto sumaba su excitación a la acumulada Luego, gateé sobre el colchón hasta volver a encontrar tus labios y escapándose de mi sin pensarlo siquiera te confesé cuánto me calentabas, cuánto echaba de menos estar dentro de ti y cómo eras la culpable de mis noches sin dormir.

    Tú estabas recostada boca arriba, vistiendo sólo tus bragas y una de las finas camisetas que usas para dormir, tus brazos por sobre tu cabeza resaltaban tus pechos y me invitaban a quitarte la ropa. Bajé con mis labios por tu cuello al mismo tiempo que mi mano subía por tu cadera hasta llegar para desnudar tu torso. Se cuanto te gusta que sea yo quien se encargue de despojarte de tus prendas y tú sabes que es una de mis tareas preferidas. No pude evitar arrojar una mirada lujuriosa a tus dulces senos y acto seguido sumergirme a saborear tus pezones, que se endurecieron entre mis dientes cuando mis tersos mordisqueos te robaron un gemido. Inclinaste tu cabeza hacia atrás cuando tu mano recorrió mi pierna hasta llegar a mi sexo, lo rozaste de la punta a la base con sutileza para comprobar su firmeza y terminaste jugando con mis testículos entre tus dedos.

    El calor aumentaba pero lo hacíamos con calma para que dure, ambos queríamos aprovechar el momento y prolongarlo lo más posible, nos dedicamos a los contactos suaves para no hacer arder el infierno latente dentro nuestro, sin prisa enganché los dedos en tus bragas y las removí tocando cada centímetro de tus largas y sensuales piernas. Me alejé un poco para mirarte por completo antes que nuestras pieles se unan, te mostré cómo dejaba caer tus bragas al suelo para incitarte, después aproveché haber tomado distancia para sacar del cajón de la mesita la pequeña bolsa de encaje negro que guarda uno de nuestros juguetes y pude notar cómo aumenta el ansia en ti dada la forma en que te acomodaste en anticipación a lo que iba a hacerte.

    Me volví a inclinar sobre ti pero esta vez los labios que beso no son los de tu rostro. Aventuré mi lengua a degustar tu parte más privada para humedecerla aún más y me ayudé con el plug, originalmente diseñado para un juego anal, pero que sirvió a la perfección para hacer vibrar el interior de tu sexo mientras mi boca se encargaba de satisfacer el exterior. Siempre me llena de placer sentir tu sabor y escuchar tus gemidos, mi palma en tu vientre evaluaba los micro espasmos que me guiaban en mi tarea, así como mis oídos se deleitaban con tus suspiros en crescendo. El hormigueo del placer se irradiaba por todo tu ser impulsado por los patrones cambiantes de las vibraciones del aparato y luego de unos momentos el tempo de tu respiración me indicó que hora de pasar al siguiente nivel.

    Tiré el pequeño artefacto de tu interior, los deslicé con delicadeza entre tus nalgas y entonces lo apoyé para que sientas el temblor solicitando tu permiso para entrar. Asentiste con un sollozo ambiguo, sin embargo posicionaste tus piernas para facilitar el acceso y me invitaste a que comience a aplicar presión para penetrarte. Utilicé mi boca para catar por completo tu vulva, esa sabrosa humedad que adoro me regales en cada encuentro, para encenderte más mientras le abrías paso al juguete, que busca su camino lubricado por la saliva que dejo fluir por tu perineo al son que te estimulaba para que te relajes y así dejarlo ir. Finalmente, un dulce quejido indica que logró colarse dentro tuyo y continué avivando la llama con mi lengua directa en tu clítoris y mis dedos en tu coño.

    La vibración, la humedad, el calor y el roce se unieron en un remolino de goce que te hizo retorcerte, jadear y tironear de las sábanas. Tu cuerpo pedía más, tu éxtasis aumentaba marcado por el ritmo de tu exhalación, tu sudor aderezaba tu piel y tu pecho se elevaba con fuerza. El descontrol se apoderó de ti, te inclinaste a un lado para corresponder mi juego, tus sorpresivos labios en mi miembro me hacen gemir también, el paseo de tu lengua me endurece más allá de los límites y calor de tu boca abrazándome me hace voltear los ojos al arrastrarme junto a ti al descontrol. Entramos en un ciclo de estimulación mutua que escala en intensidad con celeridad, la excitación se apoderó de nosotros que entrelazados volvemos a ser amantes con la energía de nuestra juventud pero la experiencia de nuestros años juntos, convergen en este instante todos nuestros encuentros sexuales pasados que nos encauzan a las formas que el otro disfruta más y nos recuerda el placer que somos capaces de otorgarnos.

    Es tan increíble lo que me hacías que sin quererlo detengo mi juego para disfrutarlo por completo. Sin dudarlo, aprovechas la oportunidad para tomar el control. Primero me haces ponerme de rodillas, continuaste con una felación más intensa y profunda. Tenerte devota a mi no es algo común, sólo pasa cuando te exaltas por completo y alcanzar un estado de lujuria pura. Verte así es uno de mis mayores placeres que me eleva a otro nivel, ambos caímos en un éxtasis salvaje, empujados por el libido cogí tu cabellera, follé tu boca una y otra vez, te observé cómo me dejabas hacerlo disfrutando también la vibración en tu culo que seguía ininterrumpida.

    Cuando me detuve me empujaste para que me recueste contra el respaldo de la cama, corriste mis piernas del camino y te inclinaste para continuar. Tus nalgas en el horizonte que descendían a tu cintura, coronado por tu cabello negro sobre mi vientre es el panorama de mis fantasías más profundas. Apartaste tu cabello, te dispusiste a saborear toda mi extensión, jugueteaste nuevamente con mis huevos mientras mi falo se apoyaba sobre tu hermoso rostro, una imagen que no deja de aparecer aquí en la oscuridad para arrancarme de mi sueño. Entre tersos besos y suaves lamidas incluías hondas incursiones a tus fauces, me arrancabas intensos gemidos de placer, volví a decirte cuanto me ponías, cuánto te deseaba y cuánto echaba de menos nuestras incomparables folladas.

    Antes de llegar al punto sin retorno te detuve, te sostuve en tu postura, me posicioné detrás tuyo y sin vacilar te penetré con fuerza. Sentí entonces yo también el poderoso sacudir del juguete que continuaba en tu interior y esparcía sus ondas dentro de ti. Enredé tu cabello entre mis dedos, te jalé buscando llegar más profundo cómo si mis embestidas no fueran suficientes. El sonido húmedo, tus jadeos y la excitación acumulada me obligaron a poner toda mi voluntad para prolongar el acto. Exploté primero en palabras descuidadas y sin poesía

    ─Me voy a correr bien adentro tuyo.

    ─Voy a venirme en ti.

    ─¡Te voy a llenar de leche ahora mismo!

    Tú sólo respondiste con sonidos ininteligibles y de repente pude sentir tu coño contrayéndose que me aprisiona en ti obligándome a liberar la lujuria contenida.

    Nos retorcimos y enredamos soltando nuestros últimos jadeos, sentía la humedad envolvente que comenzaba a escapar de ti. Finalmente, cuando nuestra vos enmudeció nos tumbamos a un lado, te abracé por la espalda, besé tu cuello como suelo hacer y nos quedamos juntos hasta que la penumbra se apoderó de nosotros.

    ____________

    Noto entonces que mientras recuerdo esta escena y la narro para ti mis manos trataron de simular nuevamente las sensaciones. No sé en que momento mi bóxer fue a parar a un lado, o cuando mi erección pasó de un estado sólido a un líquido sobre mi vientre, ni cuando fue que tu pierna cruzó sobre la mía cuando te acomodaste para seguir durmiendo pegada a mí. Sólo sé que tú eres la culpable de mis noches de insomnio y anoche cómo ahora, me has volado la cabeza.

  • Martha a través del espejo

    Martha a través del espejo

    Una mañana soleada de verano, Martha contemplaba su belleza al espejo, desnuda de la parte superior, solo con una pequeña tanguita color azul, sentada frente al espejo, mientras cepillaba su larga cabellera rubia que caía deliciosamente sobre su espalda, admiraba su blanca piel, suave, observaba sus senos firmes, arqueaba la espalda para que se levantaran aún mas, desafiantes, sus pezones duros apuntando al techo de su habitación.

    Concentrada en si misma, acariciaba su cabello con el cepillo, al mismo tiempo que acariciaba su piel, sus dedos recorrían el contorno de sus senos, sus hombros, su abdomen, sus muslos, empezaba a sentir deseo de acariciar su entrepierna, delicadamente pasaba la punta del dedo por la orilla de la tanga, pensaba –tal vez sea demasiado temprano para tocarme– mientras continuaba cepillando su cabello al mirarse al espejo pudo notar a través del reflejo en la ventana de la casa contigua la silueta de su vecino, un tipo pervertido, sosteniendo en una de sus manos unos binoculares y en la otra sosteniendo el bulto que se le empezaba a desarrollar entre las piernas.

    Martha se quedó inmóvil, lo primero que pensó fue –que caradura, pervertido– pero de inmediato se comenzó a sentir deseada, y ese sentimiento empezó a invadirla, rectifico en su cabeza –quieres ver, fisgón, pues prepárate, porque vas a ver un espectáculo de calidad.

    Se acomodó frente al espejo, cuidando que su reflejo se viera por completo hacia el mirón de la casa de al lado, se recostó un poco sobre sus codos, abrió las piernas frente al espejo y comenzó a coquetear con su reflejo, una de sus manos se fue directo a sostener uno de sus senos, lo rodeaba con su mano, como queriendo trazar la circunferencia perfecta de cada uno de ellos, de vez en cuando los apretaba, amasándolos, sus pezones duros fueron pellizcados por sus dedos y les daba un ligero estirón para sentir un poco de dolor, cosa que a Martha le encanta.

    Por momentos se olvidaba que estaba dando función al pervertido del vecino, porque se concentraba por completo en sentir el placer que se estaba proporcionando ella misma, cuando recordaba que el show tenia dedicatoria, miraba fijamente al espejo, como tratando de hacerle notar al mirón que le estaba dedicando la faena.

    Bajaba su mano lentamente, acariciando el hermoso cráter de su ombligo, daba vueltas alrededor con su dedo, bajaba la mano lentamente pasándola por encima de su rajita depilada, pero no se detenía, continuaba el camino hacia sus piernas, torneadas suavemente, como hechas por un experto carpintero, acariciaba sus muslos, bajaba a sus pantorrillas y terminaba en sus pies, después volvía a subir siguiendo el mismo camino, se detenía unos segundos entre sus piernas, pero continuaba hacia los senos de nuevo.

    Para este momento la vagina de Martha estaba ya incendiada, y solo había una forma de bajar esa temperatura, Martha dirigió un par de dedos hacia su boca, los lamio y los dirigió hacia su tanga, con una maestría pocas veces vista hizo de lado su tanga para empezar a acariciar los labios de su vagina, la recorría de manera muy lenta, tratando de mojar con su saliva cada centímetro de su rajita que ya marcaba un cambio en la coloración de su piel, producto de la excitación.

    Comenzó a frotar de manera delicada su vulva, impregno de saliva sus dedos varias veces, mientras su vagina comenzaba a generar lubricante natural, Martha estaba inmersa en brindarse placer, conocía muy bien su cuerpo, sabía lo que le gustaba y como satisfacerse.

    Cuando empezó a frotar en círculos su clítoris, volteo hacia el reflejo del espejo para ver si su mirón disfrutaba del espectáculo, cuando lo vio se dio cuenta que él ya se había sacado el miembro del pantalón y lo estaba frotando de manera rítmica, en tanto que seguía con detalle con los binoculares de lo que Martha hacía en su cuarto.

    Martha al saber que tenía cautivo al público se desinhibió por completo, sus dedos recorrían su rajita a todo lo largo, acariciando los labios de su vagina, pellizcando levemente su clítoris e iniciando la incursión de los dedos dentro de su vagina, primero fue uno, después dos, al entrar en su vagina los doblaba hacia arriba para alcanzar a acariciarse su punto g, eso le fascina a Martha, que metía y sacaba los dedos de su vulva cada vez con mayor fuerza.

    Su vagina se encontraba completamente mojada, pero Martha necesitaba más, sabía que el público había obtenido lo que deseaba, pero ella necesitaba otra cosa, de inmediato estiro la mano al cajón de su buro y saco de el un consolador en forma de pene, se liberó de su tango y se colocó en posición de 4 puntos, con las piernas abiertas, el culito levantando apuntando hacia el espejo, y después con un movimiento maestro, coloco con su mano el consolador en la entrada de su vulva y comenzó a bombear.

    Ahora tenía la ventana de frente, vio a lo lejos a su mirón, agitando su pene de manera vigorosa, Martha cerro los ojos e imagino que era su fisgón, que lo tenía detrás de sus nalgas bombeando su tronco dentro de ella, simulando la fantasía movía su consolador al ritmo de su amante ficticio, aumentando el ritmo de bombeo, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.

    Martha empezó a gemir de placer, ante cada embestida del pene de hule, saboreaba cada incursión, mientras con la mano libre se pellizcaba los senos, su vecino a la vez continuaba el ritual de masturbación, sin dejar de ver mediante los binoculares dentro de la ventana de su vecina, podía ver el reflejo de su blanco trasero abierto, recibiendo los embates de su consolador, al tiempo que podía ver su cara con el rictus de placer reflejado en ella, con los ojos cerrados, la boca abierta, emitiendo cada vez más frecuentemente gemidos de placer.

    Finalmente Martha se entregó por completo a sus sensaciones, dejo de penetrarse para recibir un gran y merecido orgasmo, estiro los brazos al tiempo que dejaba salir un grito de desahogo, sus piernas comenzaron a temblar, así como el resto de su cuerpo, su culito al aire se convulsionaba al ritmo de los espasmos de su vagina, finalmente cayo tendida sobre su cama, tardo unos cuantos segundos en recuperarse, se incorporó para ver a su vecino, lo que alcanzo a mirar fue que caía de espaldas sobre una silla, en señal clara de explosión, cayo con los brazos a los costados, ya no sostenía los binoculares, tampoco se frotaba su camote, simplemente yacía sobre su silla.

    Martha entendió que había cumplido cabalmente con el espectáculo, que la imagen de aquel mirón desfallecido era la prueba que había sido superado el reto, Martha se acercó a la ventana aun desnuda, estiro los brazos para cerrar la persiana no sin antes mandar un beso a su depravado vecino, cerró las persianas y se dirigió a la ducha para empezar su día.

  • Mi esposa, su mejor amiga y yo

    Mi esposa, su mejor amiga y yo

    Buenas tardes.

    Esta experiencia se las cuento porque hasta la fecha me hace estremecer como si lo viviera ese mismo día.

    Somos un matrimonio como cualquiera, algunos años de casados con momentos buenos y momentos malos.

    3 hijos, aun pequeños pero siempre tuvimos una conexión sexual muy fuerte con mentalidad abiertas a siempre a explorar cosas nuevas para evitar que esa intensidad no se apague.

    En una ocasión dentro de muchas cosas que realizábamos, comenzamos a ver algo de porno hasta que comenzaron a salir videos con mujeres teniendo intimidad.

    Mi esposa me pregunto si me gustaba ver eso y temeroso le dije que si ya que mi esposa siempre fue muy celosa.

    La note un poco pensativa por unos minutos y seguimos hasta terminar. Un día de sexo más.

    La historia se volvió a repetir y cada vez subía mas de intensidad ese tema, en una ocasión me pregunto de manera directa si me gustaría un trio con una mujer. Mi respuesta fue obviamente que sí, pero de alguna algo temeroso, seguía sin creer lo que mi esposa me preguntaba.

    Continuamos con el tema y le pregunte si ella había tenido alguna interacción lésbica y su respuesta fue que sí, pero muy breve.

    Me conto que hace muchos años en una fiesta jugando botella le toco besar a una mujer que era bisexual y que el beso fue intenso y hubo un poco de toqueteos por encima de la ropa. De ahí no paso.

    En ese momento sentí como mi pene se empezó a poner más duro al imaginar a mi esposa con otra mujer, ella lo noto y empezó a chupármela mientras volteaba y me preguntaba si le gustaría verla con alguien más. Ufff que excitante escuchar a mi esposa preguntándome esas cosas.

    La puse en 4 y se lo metí tan duro y rápido como pude hasta que momentos antes de terminar la hinque y termine en su boca.

    La escena se repitió un par de ocasión hasta que llegó el momento en que ambos hablamos y acordamos experimentar un trio. AL FIN!

    A pesar de no estar en un momento íntimo mi verga se endureció como nunca, sabía que tarde o temprano mi fantasía iba a cumplirse.

    Estuvimos buscando opciones y llegamos a la conclusión de que fuera su mejor amiga desde la secundaria, se tenían mucha confianza y en ocasiones se frecuentaban a platicar cosas de adultos. Ella estaba también casada, con hijos pero con muchos problemas en su matrimonio.

    Decidimos no preguntarle de manera directa, únicamente comenzar a juntarse más seguido para romper el hielo poco a poco.

    Ellas se juntaron algunas ocasiones para ir a desayunar y platicar como siempre, mi esposa no tenía el valor de preguntarle o insinuarle algo por miedo a que la fuera a juzgar.

    En una ocasión, una BENDITA ocasión, ella le marco a mi esposa como a eso de las 8 pm para comentarle que había discutido con su esposo muy fuerte, que si se podían ver para tomar un par de cervezas. Mi esposa volteo me guiño el ojo y me toco la verga por encima del pantalón y respondió…

    «si chula, pero tengo flojera de salir. Vente para la casa mis hijos se fueron con mi suegra a dormir y aquí podemos poner música, tomar y platicar sin problema.

    Quedaron de verse en mi casa a las 10 pm y así fue, mi esposa se metió a bañar, y se puso unos leggings casi trasparentes que si se agachaba se podía ver su rica tanga sin ningún problema.

    Eran casi las 10 pm cuando llego su amiga, alforjudamente teníamos alcohol y un poco de marihuana en casa.

    Paso y se sorprendió cuando me vio, mi esposa le comento que había quedado de salir con mis amigos pero que se canceló.

    Le pregunto si tenía problema y ella contesto que no.

    Comenzamos a tomar y escuchar los problemas de esta chica, comenzó a llorar y levente comenzamos a meter cosas sexuales y le comentábamos que les hacía falta intimidad, que exploraran cosas diferentes y tuvieran sexo como niños de preparatoria.

    El tema cambio, prendimos un porro y ya más entrados y con efectos de alcohol, la fiesta había empezado de verdad.

    De todos nos reíamos y disfrutábamos la noche, comenzamos a poner música de antro, mi esposa se paró a bailar y jalo a su amiga.

    Poco a poco fue subiendo el volumen hasta que ya estaban perreando. Mi esposa se volteó y comenzó a pegarse mucho a ella, su tanga se notaba y se veía riquísima. En ese momento mi estiro la mano y me dijo «ven a bailar con nosotras amor, no seas aburrido mientras gritaron salud y nos dimos un fondo».

    De inmediato mi esposa se volteó y empezó a bailarme como una verdadera teibolera, mi verga casi explotaba mientras la agarraba de las nalgas.

    Su amiga no sabía que hacer hasta que la invitamos y poco a poco todo esa tensión se convirtió en algo excitante. Le pedí a mi esposa que le bailara a su amiga y de inmediato acepto, ella un poco asustada solo seguía con todo esto, le moví sus manos hasta que le agarro el culo a mi esposa.

    Dios que rico, yo quería quitarle la ropa a ambas en ese momento estaba súper excitado y mi esposa entre el baile y obviamente para excitarme de vez en cuando pasaba su mano por mi paquete y de vez en cuando tambíen bajaba mis manos para que tocara un poco a su amiga.

    La música se detuvo y el baile termino, prendimos la luz y mi erección era muy evidente. Mi esposa volteo y me dijo sin pena «amor que te paso?» mientras me veía el paquete. Su amiga se sonrojo y de reojo me miro tambíen soltando una risa picara.

    Decidimos comenzar a jugar para subir el nivel, el famoso juego de Verdad o Reto.

    De inmediato mi esposa inicio el juego y le pregunto a su amiga, verdad o reto. Ella un poco tímida dijo que Verdad.

    La pregunta de mi esposa fue, ¿has estado con una mujer?

    Su amiga se sonrojó y solo respondió «No, pero no me cierro a nada» su cara cambio por competo mientras se reía de nuevo.

    Mi turno llego y le pregunte a mi esposa, ella eligió Reto.

    De inmediato vi que era mi oportunidad, así que de nuevo con la verga bien dura le dije a mi esposa.

    Pues vas amor, un beso con tu amiga para que pruebe que tal besas jajaja solté una risa y dije «por mí no hay problema, sabemos que solo es juego»

    De inmediato mi esposa se paró le hizo a un lado el cabello, la tomo del cuello y comenzó a besarla.

    Al principio ella estaba muy tímida pero a los pocos segundo ya estaban súper prendidas las 2 besándose como si no estuviera yo ahí.

    Me acerque a ellas, toma la mano de mi esposa y la lleve lentamente hasta los pechos de su amiga mientras yo tocaba las nalgas de mi esposa.

    En ese momento ella paro el beso y solo pregunto ¿Que está pasando, de verdad no hay problema? No quiero generar problemas.

    Mi esposa se rio, y le respondió «no hay ningún problema, al contrario, va a estar súper rico» Ufff quería masturbarme justo ahí.

    La jalo y empezó a besarla de nuevo, poco a poco comenzaron a sacarse la ropa.

    Mi verga ya no aguantaba, estaba tan excitado como nunca en la vida al ver a mi esposa con otra mujer.

    Le hice a un lado el cabello a mi esposa y comencé a besar su cuello mientas ellas se tocaban y besaban.

    Mi esposa se paró y me dijo «vas amor» jalo a su amiga hacia mí y nos empezamos a besar.

    De inmediato lo quite la poca ropa que le quedo mientras mi esposa me la quitaba a mí, baje poco a poco hasta llegar a besar sus pechos y al mismo tiempo tocaba su vagina que ya estaba súper húmeda. Tome la cabeza de mi esposa y la empuje hasta que metió mi verga en su boca y comenzó a chupar como jamás en la vida. Me quito la mano y al mismo tiempo le metía los dedos a su amiga que gemía de placer mientras se tocaba sus pechos y se retorcía de placer.

    Las lleve al cuarto, las guie a la cama, tome una silla y les pedí que siguieran mientras yo solo observaba. Jamás en la vida la había tenido tan dura.

    Mi esposa se acostó y abrió las piernas, ella por un momento lo pensó, luego tomo sus pantorrillas y poco a poco besos sus piernas recorriendo desde las pantorrillas hasta las ingles y terminar en su vagina para lamérsela tan rica y excitante que ni pude aguantar y solo me masturbe viendo algo tan rico como eso.

    Mi esposa me miraba con ojos de puta y me invito a acercarme.

    Yo vi a su amiga en 4 mientras se la chupaba a su amiga, tenía un espectacular culo con un cachetero de encaje que casi me lleva al infarto.

    Le abrí sus nalgas y comencé a chuparle el ano mientras mis dedos entraban y salían muy mojados de su vagina.

    Mi esposa me pedio que me acostara para que me la chuparan las dos juntas y así fue, eran unas verdaderas putas peleando por mi verga y pasando mis fluidos por su bocas mientras se besaban.

    Sentí que iba a terminar así que pare, las acosté y comencé a tocarlas a ambas hasta que ambas terminaron mientras ellas no paraban de besarse y gemir.

    La cama termino súper mojada.

    Ya no aguantaba, puse a mi esposa en cuatro y le di muy duro mientras le jalaba el cabello hasta que explote como nunca, salió leche de su concha y le escurría, al ver esto su amiga se la chupaba a mi esposa y después volteaba y me la chupaba a mí para comerse todo ese semen.

    Terminamos sudados y exhaustos después de 1 hora y media de perversión, nos recostamos desnudos un par de minutos, ella dijo que se tenía que ir.

    Se enjuago el cuerpo en la regadera y se fue.

    Hoy en día tenemos un grupo los 3 en donde de vez cuando nos juntamos para tener sexo desenfrenado, hacemos juegos de roles, sumisión, a veces yo solo veo a ellas teniendo sexo, luego mi esposa nos mira y algunas cuantas ella nos ve.

    Nuestra próxima aventura, ya las estoy convenciendo de juntar a una mujer más. En cuanto se puedo les cuento ese relato en caso de que se.

    La mejor experiencia de mi vida, mi esposa y yo cada día más enamorados y nuestro sexo sigue mejorando cada día más y más.

    Saludos desde Monterrey.

  • Crónica de una primera vez

    Crónica de una primera vez

    Volvíamos de comprar algo que tenía poca utilidad, era una forma de saltarnos la lectura de un libro entero. En realidad era otra excusa para estar juntos como casi todos los días. El día era el típico de una ciudad a una altitud considerable: sol fuerte, que se siente inmediatamente cuando te toca pero frío cuando no lo hace. Dos polos que te mantienen en constante movimiento.

    Caminábamos por la avenida principal, callados, siguiendo el andar de nuestros propios pasos. Pensaba dejarla en la puerta de su casa y volver a la mía. Ella me invitó a pasar: “Ven a verla conmigo”, dijo, “así ya nos liberamos de esto” –‘además, si me da miedo me puede abrazar’, pensó-.

    Entramos, no podía negarme a esa invitación. Ahora pienso que leí su mente desde que el contraste de temperaturas me despistaba de camino a su casa.

    Subimos a la habitación de sus padres. “Este televisor es más grande y se verá mejor”, dijo, “Acuéstate que no vendrán hasta más tarde”. Mi mente giraba en torno a sí, no tenía nada claro. ‘Si acabábamos de alejarnos hace unos días, ya no nos juntábamos para besarnos con la excusa de tareas’, pensé.

    Lo que me hacía sentir ella iba más allá de cualquier experiencia erótica previa, de cualquier excitación sin sentido que antes se había despertado en mi cuerpo. Sus pechos eran mi paraíso, ese calor que me transmitía, la forma perfecta de los mismos, las sensaciones que percibía de ella mientras la acariciaba. Nuestra relación, sin ser nada, estaba realizada en base a excusas. Hacer tarea juntos, esas tareas que nunca se llegaban a realizar. La excusa de la amistad profunda que en realidad era deseo que encontraba su fin en los besos robados, en las cosquillas excitantes, en los roces de manos que unían nuestras almas.

    Pusimos la película. No se ella, pero yo no tenía la mente en nada más que en ella. Moría por volver a besarla, estábamos solos y me encantaba besarla sin miedo a ser descubiertos. Me tenía en vela por muchos días, no recuerdo por qué nos habíamos molestado esa vez.

    Cuerpos desnudos en la pantalla, un loco que seguía con pasión sus sensaciones, la consecución de un acto inmoral a toda costa. Y ella ahí, a centímetros de mi. Una vez más nuestro rito más sagrado volvía a empezar. Sus manos se acercaban a las mías, sus dedo rozaban los míos, su palma ligeramente sudada -de nervios tal vez- se encontraba con la mía. Caricias al comienzo, apretones apasionados después. Levanté mi cabeza que reposaba sobre sus piernas, mi mano dejó de acariciar disimuladamente sus piernas.

    Me alcé hacia ella. Nuestras respiraciones empezaron agitarse más y más. Un beso en la mejilla y el punto alto del rito empezaba a arribar. Esas mejillas tan tibias, esos cortos y transparentes vellos entre su nariz y sus labios. La sensación de besarlos como quien tienta una pizca del sabor de lo más deseado. Y, antes de la explosión final, un fuerte abrazo que confirmaba que esa sensación externa tenía como causa el cariño de dos jóvenes que empezaban a descubrir nuevas sensaciones con una persona específica.

    Y así se dio el primer beso, como esa bocanada agonizante del nadador al final de una profunda zambullida. Un beso intenso que desencadenó en incontables más. El sonido de fondo no superaba el de nuestras palpitaciones, lo húmedo de nuestros labios, y luego de nuestros sexos, había tenido como antesala la sudoración de esa palma que empezó todo.

    “¿Puedo?” pregunté mientras mis manos se filtraban por debajo de su camiseta. Y otra vez esa sensación tibia que mis manos adoraban. Las caricias al borde del sujetador cara vez fueron dejando a este de lado. De un momento para otro mis palmas, que antes habían agradecido estar junto a las suyas, ahora se realizaban completamente cubriendo completamente sus pechos. Esos pechos estáticos, suaves, sensibles. Sentí un pequeño gemido cuando mis manos frías todavía tocaron sus delicados pezones. Ella estaba acostada completamente sobre mi, con el pecho levantado para seguir sintiendo el placer enfocado en lo más sensible de sus pechos.

    Y entonces, decidí empezar a bajar. Un dedo curioso fue directamente hacia el botón de sus pantalones. Una torsión suya me indicó que la última decisión fue la correcta y me dejó desabrochar aquello a lo que hasta hoy no había tenido acceso.

    Bajé sus pantalones, y las bragas desprendían un olor a pureza, a entrega plena y cariño. Cuando la primera inseguridad surgió de mis labios: “¿Estás seguro que quieres hacerlo?”. Ella solo me miró a los ojos. ‘Bésame’, pude leer en ellos. El pudor se adueñó de nosotros y nos metimos bajo una manta que teníamos desplegada para no enfriarnos.

    Metí la mano bajo las bragas, ese vello espeso y grueso me excitó mucho más. Esa saltó un poquito, temí haber ido demasiado rápido, saqué la mano, pero ella la tomó y me invitó a empezar a tocarla. Ese sexo húmedo y caliente me pedía a gritos hacerlo mío. Nos quitamos lo que sobraba de ropa, nada de lo de arriba que la vergüenza no se había esfumado del todo.

    Se acostó debajo de mí, me tocó el pene, lo sintió tieso y húmedo, tanto o más que su propio sexo. Me miró como invitándome a penetrarla. ‘¿Estás segura?’, pensé para mí. Otra vez esos ojos volvieron a responder sin palabras. Eran deseo, entrega, anhelo puro.

    Sentí su humedad sobre mi glande, ‘Entra’, imperó. La sensación que me generaban esos vellos largos y húmedos me parecía de otro mundo. La vi a los ojos y arremetí. Ella sólo hizo cara de dolor. Paré, retrocedí, su dolor no podría permitirme seguir. Ella me pidió que siguiera. La abracé, la besé, empujé. Y de nuevo esa expresión de dolor que me hizo retroceder una vez más.

    Me pidió que yo fuera abajo. Se puso sobre mí. Pude ver en primer plano lo que hasta ese momento solo el tacto me había permitido percibir. Agarró mi erecto pene, lo puso en la entrada de su sexo. Otra vez esa sensación de satisfacción en la puerta del placer húmedo, caliente. Se sentó sobre mí, primero poco a poco, luego profundamente. Mi mente se concentró en su rostro adolorido, pero de actitud vehemente. Había determinado ese momento para entregarnos mutuamente y lo iba a conseguir a toda costa.

    Finalmente estaba dentro de ella. Todo era nuevo, sensaciones placenteras nunca antes percibidas. Dos sexos que quemaban haciendo el fuego más grande de sus vidas. Empezamos a entrar y a salir, muy lento porque no toleraba el dolor que le generaba. Ella muy valiente y entregada se movía nuevamente con vehemencia.

    La puse de nuevo sobre la cama, abrí sus piernas, y la penetré. Ahora con menor dolor, una y otra vez. La besaba mientras lo hacía, y cuando paraba de besarla la miraba fijamente a los ojos. Quería conectarla con la mirada tanto como con mi duro e inexperto pene.

    Poco a poco fuimos incrementando las sensaciones, a medida que el ritmo se hacía más acompasado. Habíamos olvidado por completo esa clase de biología que nos hizo cruzar tantas miradas sonrojadas. Los métodos anticonceptivos los manejábamos solo en teoría. La locura del amor había ganado la batalla contra el cuidado de nuestra sexualidad.

    Finalmente llegaron las ganas de correrme y fui sensato por un instante, mientras sacaba mi miembro de su sexo arremetido, excitado, sangrante. Me corrí sin hacer mayor ruido, creí que no era oportuno decirlo lo que me había hecho sentir, enseñarle el resultado de este desbaratado y alocado amor. Cuando mis órganos terminaron de empujar todo lo que se había producido dentro de mí, la besé y abracé. Le agradecí por lo que habíamos hecho.

    La sensación inmediata fue miedo, inseguridad sobre lo que habíamos hecho. Quería escapar de ese lugar. Esa sensación se incrementó cuando vi mi camiseta manchada con unas cuantas gotas de sangre. ‘¿Cómo explicaría esas manchas en casa?’ pensé. Ella notó una mancha de sangre sobre la cama de sus padres. Nos pusimos nerviosos. Nos volvimos a ocultar el uno al otro. No nos vimos como nos habíamos visto unos minutos atrás.

    Salí casi huyendo, la sensación tan rara me confundió. Solo recuerdo volver en sí cuando, al dirigirme hacia la puerta, ella me besó por última vez. En ese momento supe que lo que habíamos hecho fue una de las cosas más bonitas que habíamos sentido.

  • Mi esposo me controla hasta cuando me preñan

    Mi esposo me controla hasta cuando me preñan

    Hola. Les comento brevemente, para introducirlos, cómo comenzó toda esta historia. Resulta ser que con mi marido nos estamos por mudar a otra ciudad, donde hemos comprado una casa juntos. Me da mucha ilusión empezar esta nueva etapa de mi vida convirtiéndome en madre. Mi esposo no es precisamente partidario de tener hijos, no los quiere y de hecho no piensa dármelos. Él posee una ets, más específicamente herpes genital y, a pesar de los tratamientos, aún así podría contagiarme si no utiliza protección. Por ello, hemos mantenido relaciones siempre con condón. No uso anticonceptivos por esa razón. Cuestión que, como de inseminación artificial ni hablar, hemos quedado de acuerdo en que otro me embarace. ¡Bravo!, dejaría su hombría de lado para que yo pueda cumplir mi sueño. Es un gran paso.

    Comienzo entonces a planearlo todo, antes de que nos mudemos a la otra ciudad, calculando los días de mi ciclo, eligiendo al afortunado, digo al candidato, y así. Es en este punto que las cosas se empiezan a poner raras, y es que mi “señor” marido me dice que quiere estar presente el día de la fecundación, es decir, en el mismo cuarto, mientras yo y el elegido fornicamos… What the fuck!? Cuando le pregunto la razón, él me explica que, como será un día importante para mí, le parece menester que esté presente… ¡Pero si no es el día del parto, cabrón! Y además, ¿qué carajos pretendía, controlar todo lo que allí suceda? No sé qué demonios le pasa, piensa que lo iba a engañar o qué, si justamente habíamos quedado en mutuo acuerdo para esto. Me quedé con una mala gana que mejor ni les cuento.

    De bronca, elegí a un conocido nuestro: un pibe que me contaron (una compañera del trabajo que se lo garchó), tiene tremenda garcha. Es un chico delgado y alto, con el cabellito rapado. Si mi marido quería observar como “le meto los cuernos”, pues sería entonces con uno con la verga el doble de grande que la suya.

    Lo cité al chico en nuestro departamento. Una incomodidad profunda tuve durante toda la instancia. A modo de venganza, le había escrito al chico que lo íbamos a hacer varias veces, en frente de mi marido (y sin asco). Organicé el encuentro en aquellos días de mi ciclo en los que era menos fértil, ya hasta se me fueron las ganas de hacerlo así, pero era para desquitarme de la actitud de aquel hombre que amé y presté mi confianza durante varios años.

    Al desnudarse el chico, pude corroborar de que, en efecto, tiene una grande y cabezona tula entre las piernas. El hecho de estar incómoda, con la presencia controladora de mi marido, no evitaba que me sienta sumamente excitada. En pleno primer coito me giré para ver lo que hacía mi esposo. Me quedé atónita: descubrí que, sentado en un sofá a escasos metros de la cama, se estaba masturbando con furia… ¿Qué carajo?, ¿acaso se excitaba viendo a su mujer cojiendo con otro… y en su cara? Pues si era eso lo que le gusta me lo hubiera dicho de frente que, con mucho gusto, hago desfilar a varios modelos en la casa para que me hagan sonar la cama.

    Tras acabar el chico, mi esposo me hacía interrogatorios, que si ya está, que si ya se puede ir… «No querido, todavía falta», le respondo. Para el segundo round lo mismo, se volvió a pajear y luego se puso de pie para despedir al chico, como tratando de “recuperar su autoridad”. «No querido, la tercera es la vencida…». Pero ya para eso, el chico se sintió algo incomodo con la cara de depravado sexual de mi esposo y decidió interrumpir, en mitad de camino, el sexo para marcharse. Todo gracias a la fiscalizadora mirada de mi marido, moralizador, pero que no era suficiente fachada para ocultar de mí su oculto deseo.

    Luego del “día de la supuesta fecundación”, nos trasladamos a la otra ciudad. Allí, me iba a poner manos a la obra para lograr mi objetivo, esta vez sin mi marido presente. Él creía que ya estaba embarazada del chico ese, no sabía nada sobre el ciclo menstrual ni de cómo funciona, y menos se iba a molestar en aprenderlo.

    Ya tenía al candidato perfecto para preñarme. Se trataba de un chico bien guapo, rubiecito de ojos claros, carilindo. Es taxista, lo habíamos conocido mis amigas y yo una vez que pedimos un móvil para ir al boliche. Las chicas no paraban de comentar lo parecido que es con un modelo argentino. Nos dejó su número personal. Le empecé a escribir pero no para que me llevara a algún lugar, sino para coquetear. Yo trabajo por la mañana y mi marido por la tarde, por lo que tengo la mayor parte del día para disfrutarlo por mi cuenta. Llamé en una de esas tardes al taxista para que me “lleve a pasear”. Me dijo que no estaba de servicio pero que por mí lo haría sin dudarlo. Al rato, nos encontrábamos “paseando” bien rico en el asiento trasero de su auto.

    Invité varios días al taxista a hacerlo en mi cama, en mis días más fértiles. En una oportunidad, mi marido me comentó que «ojalá la criatura salga igual de linda que vos». Se podría decir que eso pasaría, porque el taxista y yo poseemos los mismos rasgos, y somos igual de bellos (no habría diferencia, jijiji).

    Estaba súper contenta, había conseguido mi objetivo, pero lo mejor, pareciera ser, recién estaba por comenzar. Me encuentro en una tarde, en el centro comercial, a un exnovio mío, uno con el que había terminado en buenos términos. Es un chico bien guapo, como Hernán Drago, y seguía tan bueno como antes. También lo invité a hacer sonar mi cama (esa es la ventaja de terminar en buenos términos con los exnovios guapos, chicas). A éste lo conocía bien, sabía que no poseía ninguna ets, estaba bien cuidado. Aproveché para hacerle una buena mamada. Con mi esposo todos los petes eran con profiláctico (si o si porque no iba a contagiarme de herpes en los labios), por lo que iban acompañados de gusto a daikiri de fresa, de durazno, mojito… no parecía que estuviera chupando un pene, sino un caramelo, pero en esta ocasión estaba disfrutando a pleno del sabor natural.

    Por último, porque en mi caso el cuarto es la vencida, tenía planeado hacerlo con el novio de una amiga. Es un chico que, descaradamente, me tiraba los perros. No era raro encontrar su like en mis fotos más sexys de instagram (fotos que, por cierto, me las tomaba mi marido). Lo delaté a mi amiga en la primera oportunidad, pero ella en vez de tomar cartas en el asunto, me empezó a delirar con que «yo soy una agrandada, y que siempre quiero ser el centro de atención…». ¡Qué fastidio!, una actúa con códigos y esta “amiga” lo toma como que fue con soberbia de mi parte… no entiendo. Al final quedó algo arreglado el asunto con ella, pero ya no la estimaba mucho. Para colmo, su novio me seguía tirando los perros por mensajes de Instagram.

    En una de esas, decidí seguirle el juego al cabrón este. Lo calenté por mensajes, todo lo necesario, hasta tenerlo de rodillas besándome los pies. Borraba todos los mensajes luego, cosa que mi pareja no los viera (ojos que no ven…), no era de revisar mi celular pero nunca se sabe cuando, un día cualquiera, se le ocurra hacerlo. El mujeriego novio de mi “amiga”, procedería con cuidado para que no se enterara de nada ella, porque si no lo fajaba. A pesar de lo pajero que es, eso no le quitaba lo guapo, me lo iba a garchar de bronca, por culpa de la zorra de su novia.

    Este último sí que me lo hizo con ganas, y varias veces encima. Toda la leche acumulada que tenía por mí me la expulsó todita, hasta llenarme por completo. Qué rico que se sentía coger con un ritmo intenso, sin que se interrumpa para acomodar el preservativo, como pasaba con mi pareja.

    El “spa de placer” que me di esos meses no tiene precio. Mi esposo jamás se enteró de estas aventuras, el sigue creyendo que mi bendición es del chico al que observó, como un baboso, ese día.

    Para que lo sepan, yo sí lo amaba enteramente a mi marido, jamás le había sido infiel, a otros novios sí pero a él no. Fue esa actitud tan descarada suya la que me hizo cambiar de actitud. Él quiere a una mujer bien zorra, que la complazca por completo, pero cuando la “zorra” tiene algo de libertad, se pone controlador y moralista, ¿por qué no se pone de acuerdo con su goce? Claramente me demostró que se excita viendo coger a su mujer con otro, pero jamás lo va a admitir porque prefiere conservar esa “pseudo-hombría” suya.

    Bueno eso es todo, espero que se hayan calentado tanto leyéndome, como yo al recordar a los cuatro cuernos de mi esposo. Bye.

    FIN

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    Para los que quieran saber más sobre este relato, les comento que está basado en otro llamado «Confesión: Mi esposa embarazada de un conocido» de Gab8. En la sección de comentarios, un usuario le dejó un mensaje intenso y cargado de morbo, que fue el disparador del relato que acabaron de leer.

  • Laura una madura excepcional

    Laura una madura excepcional

    Este es un relato real. Todo comenzó cuando conocí a Laura, todas las mañanas me la encontraba cuando ambos nos dirigíamos a nuestros trabajos. Yo en ese momento tenía 30 años, Laura aparentaba de 42 años, poco atractiva con sus trajes en ningún momento llamó mi atención, pasaron varias semanas solo saludando si ninguna intención.

    Hasta que un día a mí me cambiaron al turno nocturno ya no la vi más. Pasaron varias semanas sin coincidir hasta que un sábado por la tarde me la encontré ella muy sonriente me saludo, se hacía acompañar de dos niños eran sus hijos, la salude en esta ocasión me dejó con la boca abierta, con ropa más ajustada, su cuerpo se veía muy bien se notaba unos pechos exageradamente grandes y un culo muy rico y grande.

    En ese momento se despertó en mí mucho morbo hacia ella. En las siguientes semanas salí hacer ejercicio, y la encontré platicamos unos minutos, le pregunté cómo se llamaban sus hijos, y también su apellido, lo siguiente que hice fue buscarla en Facebook, la encontré para mi sorpresa le envíe la invitación y casi instantánea me acepto, cómo yo tenía mucho tiempo por las mañanas nos pasábamos hablando, nos tomamos mucha confianza me contó que como era su vida, ella estaba casada desde hace 16 años y dos niños de 8 años y 10 años.

    Durante varias semanas hablamos de todo un poco, hasta de sexo. En una ocasión le pedí una foto lo cual se negó, yo le dije que tenía muy lindos atributos lo cual era cierto, al final me envió una que mostraba un poco su escote, pero normal, luego ella me pidió una foto a mi, yo le envié una sin camisa y donde se me marcaba mi verga, al instante envió emojis de fuego y carita roja, le pedí disculpas si estaba subida de tono la foto, ella respondió que no se esperaba nada así, pero no se molestó, a partir de ese momento nuestra plática fueron más intensas, era un chat muy hot, le decía como me gustaría hacerle amor y cosas así.

    Yo insistí que me enviara fotos, pero como estaba desde su trabajo nunca me envió, pero ella de vez en cuando me pedía a mí, durante meses pasamos así, la invite a salir muchas veces, ella respondía que era imposible por su situación, y que jamás había sido infiel. Pero me confesó que yo le atraía mucho.

    Después de varios meses más la convencí de salir, pase por ella a su trabajo y la lleve directamente a un motel, Laura muy nerviosa, se resistía, pero el deseo era mayor y entre besos en el cuello le quite la ropa, hasta quedar en lencería muy sexi, fue fantástico lo que se escondía detrás de esos trajes de oficina, Laura no era nada bella de su cara, pero su cuerpo era espectacular, piel morena, estatura 1.65 aproximadamente, sus pechos increíblemente enormes, y un culo igualmente muy grande, era un cuerpo que salía de los estándares de belleza, pero en verdad muy rica, está muy buena para su edad era un monumento.

    La llevé hasta la cama ella quedó a la altura de mi verga, al instante sin decir nada la sacó de mi pantalón, y comenzó a acariciar, luego la metió a su boca, comenzó a mamar muy rico, me quito la ropa por completo, me subí sobre de ella y comencé a rodar mi verga sin penetrar pude sentir como mojaba, no aguante más me puse un condón, quite su ropa por completo, y la penetre por primera vez, se la dejé adentro y comencé a besar, metía mi cara en esos enormes pechos los saboreaba, luego puse sus piernas en mis hombros y comencé a penetrar con intensidad su vagina estaba muy húmeda, luego le dije que se pusiera de 4, eso ha sido uno de los mejores espectáculos que he visto su culo se veía hermoso, le dije que se veía tan rica, que me encanta su culo, ella comenzó a moverse y afrontar ese enorme culo contra mi verga, comencé a penetrarla duro, no aguante y le di unas nalgadas, eso la puso más caliente, la tomé del cabello y se la empuje con fuerzas ella gemía de placer.

    Luego nos movimos al sillón tipo «m» de los de hacer el amor. Me senté y ella sobre mí se hundió toda la verga y comenzó a moverse rico, no había pasado ni tres minutos cuando terminó, me comenzó a decir que acabará, yo la sujete fuerte de su culo y seguí penetrando hasta venirme quedo sobre mí, estuvimos unos minutos así. Luego llegó la realidad se puso nerviosa, y me pidió salir de ahí rápidamente.

    Continúa…

  • Gaby me entregó su culo y el de Sofi ¡Ricas culeadas!

    Gaby me entregó su culo y el de Sofi ¡Ricas culeadas!

    Con Gaby y Sofi nos conocemos desde toda la vida, pues crecimos en el mismo vecindario.  Aunque ambas chicas eran chicas lindas y yo sabía que a ambas les gustaba, nunca fuimos novios y quizá se debía a que me conocían muy bien, pues era del saber de todos mis amigos que yo salía con diferentes chicas a la vez.

    Las cosas comenzaron con Gaby, quien era la más cercana, sino que era la más amiga, pero también vivía cerca de mi casa: unos cuatro minutos caminando. En ese mes de octubre siempre venía un carnaval a un parque cerca de mi casa y es como me la encontré con sus padres. Terminamos subiéndonos a los juegos mecánicos y en ese aparato que le llaman La rueda de la Fortuna, ahí nos dimos el primer beso y comenzó todo. Sus papás que sabían que yo vivía cerca y conocían a mi familia pues dejaron a Gaby y a una su vecina en el carnaval y nosotros nos iríamos caminando hacia la casa.

    Obviamente su vecina supo que nos interrumpía y se juntó con otros conocidos dejándonos a Gaby y a mí a que nos desapareciéramos por un rato del Carnaval. Nos internamos al otro lado del parque, donde no había mucha gente y muchos lugares de esa zona estaban medio oscuros y solitarios y comenzamos a comernos a besos. Pasaba mis manos por sus dos pequeñas tetas por sobre la ropa y de la misma manera hacía con tomarles sus dos pequeñas nalgas que se sentían solidas ceñidas espectacularmente en un pantalón vaquero. Le sentí su sexo caliente por sobre la ropa y Gaby solo gemía cuando me dedicaba a besarle el cuello con el cuidado de no dejarle marcas. No pasamos a más de eso en esa entrada de la noche, pero sabía que las bragas las llevaba mojadas al igual que yo llevaba mojado mi calzoncillo.

    Habíamos quedado picados y dos días más tarde ella me citó al otro parque cerca de la casa, el cual es más pequeño y no tiene canchas de ningún deporte y quizá es por eso por lo que se mantiene solitario. Eran como las cuatro de la tarde y Gaby llegó vistiendo uno de esos pantalones deportivos de algodón y una camiseta que iba acorde con su pantalón. Buscamos el lugar más solitario y volvíamos a comernos a besos. Esta vez esos pantalones me daban la oportunidad de meter mis manos y manosear sus pequeñas y redondas nalgas y pude sentir las diminutas bragas que llevaba. Supe que eran blancas pues en algo las descubría cuando le metía las manos para tomarlas. Con los minutos nos acostamos en el pasto y seguimos besándonos hasta que, de tanta excitación, me fui por sobre ella en esa posición del misionero, aunque seguíamos siempre con ropa y donde descubría cómo mi falo a pesar de estar aprisionado con mi pantalón lograba hacerle ese hueco entre sus piernas.

    Ya nos importaba lo que pasaba alrededor, estábamos tan excitados que creo hacíamos un vaivén así con ropa y donde podía sentir su hueco caliente y Gaby de tanto restregar su concha en mi paquete terminó corriéndose. Lo supe porque ya tenía experiencia de haber visto como las chicas gesticulaban sus corridas y Gaby se había corrido sin penetración alguna, mas solo con el estímulo de sentir mi paquete restregar su conchita. Quise meter mi mano y llegar a su sexo y penetrarlo con mis dedos, pero ella me puso un alto diciendo: ¡Aquí no Tony! Yo también quiero, pero lo haremos más tranquilos en otro lugar otro día. Quedamos en eso, en que buscaríamos un lugar y que llevara condones, pues Gaby estaba dispuesta a coger conmigo. Eso me calmó un poco el dolor en lo huevos que llevaba de regreso a casa, con la idea que en cualquier momento me la cogería. Ese dolor en los huevos, para que sepan, se los puedo describir a como cuando uno con ganas de mear, para en seco el meado… duele y también arde.

    Gaby siempre me había gustado, era una chica rubia de nacionalidad argentina que había llegado a este país desde niña. Le decían la Flaca Gaby, pues su padre siempre la llamaba así desde pequeña. Al principio en su adolescencia se le metió que iba a ser gimnasta, pero con lo años su altura la obligó a dejar ese deporte y fue que se metió al tenis. No era en si flaca, tenía un cuerpo esbelto de una altura de un metro sesenta y cinco. Un cuerpo bien desarrollado con unos muslos bien definidos, como dicen bien torneados. Era de piernas alargadas y me gustaba verla en pantalones cortos, especialmente los que Gaby usaba algunas veces, unos bastante cortos que te dejaban ver esa curva donde comenzaban su redondo trasero. No tenía un enorme culo, pero era llamativo; sus pechos eran pequeños quizá de una medida de copa B36, pero sí eran sólidos y bien parados típicos de este tipo de cuerpos. Con esa altura no creo que pasara de las 130 libras. Su rostro era bonito, alargado con una nariz diminuta y unas cuantas pecas en sus pómulos y de boca pequeña y labios delgados.

    Cuando le dije que aquel fin de semana estaría a solas en mi casa, ella no me lo prometió, pero me dijo que intentaría estar ahí a las tres de la tarde. Esta no era la época de los teléfonos celulares o de servicios de textos, la comunicación era más breve y limitada en ese sentido. Me eché a la espera viendo televisión en mi casa, viendo el reloj a cada rato, pensando que el teléfono sonaría para hacerme saber que ya venía. Llegaron las cuatro y las cinco y ya me iba a alistar para salir en mi moto, cuando sonó el teléfono. Era Gaby y me decía que llegaría en diez minutos. Ella vivía al otro lado de mi colonia.

    Exactamente, diez minutos después sonó el timbre y fui a abrir la puerta. Llegaba en unos pantalones jeans blancos bien tallados a su cuerpo, una blusa negra que en ciertas áreas de su abdomen me dejaban ver esa piel blanca. Se acababa de bañar, pues aun llevaba su cabello mojado y olía su piel a un aroma dulce. Estábamos solos y sabíamos que nos queríamos coger. Yo siempre lo tenía visualizado desde el día que me dijo que quería coger conmigo y quería sacarle el primer orgasmo de forma oral, pues sabía que Gaby no esperaría sentir mi lengua en su conchita, pues para nosotros de aquella época, el sexo oral o anal no era conceptualizado de la manera que hoy lo tenemos debido a la pornografía fácil en internet. En aquella época era difícil hasta adquirir una revista pornográfica. Uno descubría el sexo paso a paso y para Gaby creo que fue una sorpresa muy adictiva.

    Pasamos a mi cuarto, le eché llave y comenzamos a comernos a besos. Apresuradamente le quité esa blusa negra y ella me asistió a quitarle el brasier también de color negro. Primera vez que le veía sus pequeñas tetas, sólidas y con su pezón erecto de color café rojizo. Le mamé el cuello hasta concentrarme en sus pezones los cuales al principio le provocó cosquillas. Con los minutos lo superó, como también superó las cosquillas que le provoqué al chupar sus axilas bien afeitadas. Según me decía Gaby, aquella era su primera vez experimentando todo esto. Llegué a su ombligo el cual besaba y le hundía mi lengua. Me acerqué a su zona púbica, pues creo que los pantalones de las mujeres nos permiten llegar mas abajo o son mas cortos de esa zona. Desabotoné su pantalón, y le besaba todo al contorno de sus bragas en el área frontal. Hice una pausa para removerle el pantalón, luego me quité yo mismo mi camisa y pantalón y me quedé solo en calzoncillos. Ella me miró el paquete comprimido y me preguntó:

    – ¿Y todo eso se mete?

    – Si… ¿Por qué?

    – Es que se mira muy grande… ¿conseguiste condones?

    – Si.

    Creo que hablaba todo aquello por los nervios y fue cuando me acerqué a removerle su pequeño calzón estilo bikini de color blanco cuando sentí que tenía un obvio temblor en su cuerpo. Tenía unos cuantos vellos amarillentos alrededor de su conchita que se miraba ya lista para ser penetrada. Sus calzoncitos estaban empapados de esa miel vaginal y me gustaba su aroma. La conchita de Gaby es una pequeña rajadura de unos 10 o 12 centímetros, de labios delgados típico de lo que muchos llaman conchita de Barbie. Le dije que se acostara en la cama y yo me fui por sobre ella con mi rostro al nivel de su ombligo y me interrumpió cuando se lo volvía a besar: – Tony, ponte el condón.

    Para que estuviera más tranquila, me puse en frente de ella el profiláctico y ahora sí lo veía en su optima potencia, pues estaba totalmente erecto. Regresé a su abdomen y seguí besando esa zona hasta llegar cerca del monte Venus y Gaby me volvía a interrumpir: ¿Qué haces? – Creo que Gaby se sentía insegura mostrando su desnudez y que alguien le invadiera así a las primeras, era algo para ella inconcebible. Creo que ella esperaba que fuera directo con mi falo directo a su vulva. Le dije que quería saborear y disfrutar su cuerpo y que lo quería besar todo. Creo que mi voz la excitó con lo que le había dicho y ya no me volvió a interrumpir. Bajé por sus encajes, besaba sus entrepiernas y alrededor de su vulva y así poco a poco llegué a atraparle uno de sus labios hasta hundir mi lengua en su orificio. Podía ver como se le erizaba la piel, como gemía profusamente, sabía que estaba a punto de llegar al paraíso y de nuevo me interrumpió: Tony, ya no aguanto, vente para acá.

    Quizá no encontró las palabras o no sabía cómo decírmelo, pero entendía que estaba al borde de un orgasmo, y quería que le metiera de una vez por todas la verga. Tomé posición hincado frente a Gaby con sus piernas abiertas y le metí primeramente mi glande, mientras le sobaba lentamente su inflamado clítoris. Dio un leve quejido de dolor y le pregunté si le había dolido. Me dijo que si, pero que no le importaba, también le había gustado. Poco a poco se la fui hundiendo, hasta que me fui por sobre ella en posición del misionero y ella correspondía a mis embates y lo pude ver en sus ojos cuando me miró con ese sentido de confusión. Aceleró su vaivén y comenzó a retorcer sus rostro, a morderse los labios, hizo a un lado su rostro para morder la almohada y luego unía sus labios como arrojando un beso y comencé a ver ese rostro de la relajación cuando yo también sentí que se me fruncían los huevos con una tremenda corrida.

    Encontramos en el condón con un hilo de sangre, pero, aunque Gaby me decía que tenía una sensación de ardor, todo aquello había valido la pena. Era su primer orgasmo provocado por un hombre donde disfrutaba por primera vez del sexo oral y ser penetrada por una verga. Por esa curiosidad de la primera vez, Gaby inspeccionaba aquel líquido blanco en el condón y hasta lo olía: Tiene un olor raro, pero me gusta olerlo. Nos fuimos a bañar y nos quedamos desnudos en la cama hasta recuperarnos y repetirlo, pues Gaby al igual que yo queríamos volver a sentir esa explosión otra vez.

    Lo hicimos tres veces siempre en esa posición del misionero, aunque en la última que lo hacíamos vaginalmente le pedí que cambiáramos a la de perrito y nos volvíamos a ir juntos, yo siempre unos minutos después de Gaby. Esa tarde Gaby me pidió que quería mamarla, por primera vez también mamó y probaba el sabor del semen. No le encontró un mal sabor, pues posteriormente me corrí en su boca en varias ocasiones a través del tiempo. Lo que no me creía fue que, en esa misma ocasión, Gaby estaba dispuesta a experimentar el sexo anal. Yo se lo mencioné y lo platicamos en la cama y ya con esa confianza me dijo que quería experimentarlo. Le dije que podría dolerle, pero que muchas mujeres encontraban mucho placer haciéndolo. Ya había visto a ciertas mujeres que me pidieron hacerles la cola y ver como explotaban con grandes orgasmos. No sé, pero había quedado adicto ya a hacerles sexo anal a las mujeres, pues las primeras chicas que me cogí, todas ellas me habían dado el culo antes que su vagina… lo encontré normal. Y creo que estas chicas no me lo niegan, pues en todo ese preámbulo para llegar a la penetración, el comerme y chuparles el ojete a todas ellas, es parte de mi rutina. Me encanta ver a una chica dándome el culo para que se lo chupe y ver si se puede a través de un espejo o video, ver sus expresiones faciales de placer.

    También se lo había hecho a Gaby, que creo que esta bonita chica nunca se esperó que alguien le chupara el culo. Lo comenzamos haciendo así de lado, en posición de cucharita y nos tomamos el tiempo. Sé que le gustaba sentir mi verga entre sus nalgas porque en minutos su conchita emanaba jugos vaginales. De hecho, ocupaba sus propios jugos y mi líquido pre seminal para lubricar su ano. Se quejó del dolor cuando mi glande entró, pero luego mi verga se hizo camino hasta llegar a hacer un vaivén en esa posición. Posición que te da la oportunidad de masturbar la conchita de tu pareja. Así se lo hice a Gaby, pues otras chicas ya me habían guiado por aquel proceso. No tardó en correrse, que creo fue su quinta corrida de la tarde y la cual parecía aún más potente. Ella me lo decía años después, que ese estímulo en su culo, junto al estímulo que le daba con mis dedos en su clítoris, era para volver loca a cualquiera. De eso quedó adicta Gaby, de esas cogidas por el culo mientras le masturbaba su clítoris. Siempre se me ofrecía así.

    Al principio de este relato mencioné a su amiga Sofi. Como dije, con Gaby nunca fuimos novios, nunca nos tratamos como pareja de novios. Lo nuestro era una amistad de confianza y nos gustaba tener sexo. Con los meses de estar cogiendo una de esas veces Gaby me lo propuso en una plática exploratoria:

    – ¿Te gusta Sofi?

    – Si… es una chica bonita.

    – ¿Te la cogerías?

    – ¿A qué viene esa pregunta?

    – Solo contéstame… ¿Te gustaría cogértela?

    – ¿Es tu amiga… verdad? No te miento… me gustaría.

    – Yo ya hablé con ella y me dijo que, si tu querías, ella también.

    – Pero… ¿y su novio?

    – De eso no hablemos… Es una larga historia. Solo te digo que quiere ver si no le miento de lo grande de tu verga y que eres incansable para coger.

    – ¿No te molesta a ti que me coja a tu amiga?

    – Me dan celos, pero me da también morbo lo que ella me cuente cuando de la cojas.

    El día que quedamos con Sofi fue un domingo que volvía a quedarme solo. Era una mañana de mucha lluvia y llegaba con sus típicos pantalones jeans azules, una blusa celeste ajustada a su bonito cuerpo y es que debo decir que al igual que Gaby, Sofi era deportistas, pero a diferencia de Gaby que era esbelta y alargada, Sofi era más llenita, atlética, pero con más carnes y músculo. Obviamente más nalgas y más pecho. Con ella fue algo más mecánico, sabía a lo que íbamos, quizá hasta hoy me sienta como un gigolo, aunque no me hayan pagado, pero era como un encargo de parte de Gaby. Nos conocíamos y nos saludábamos de vez en cuando, pero nunca hubo esa confianza. Y estaba ahí ella conmigo por curiosidad y morbo.

    Recuerdo que nos fuimos a mi cuarto, abrimos las cortinas para coger viendo la lluvia. Sofi no habló mucho y creo que de lo poco que dijo fue algo en modo de acuerdo: ¡Por favor, esto que no lo sepa nadie! – Recuerdo me fui directo a sus tetas que eran de medida 36C y una areola más oscura que la de Gaby a pesar de que ambas eran de piel blanca y rubias. También Sofi era argentina, pero a diferencia de Gaby, ella ya había cogido con su novio, aunque luego después supe por medio de Gaby, que se la cogía, pero no le hacía un buen trabajo y que la mayoría de las veces quedaba frustrada buscando sus orgasmos en la soledad de su habitación o en algún baño. Como siempre, yo ya había desarrollado mi rutina, caricias en el cuello, besos en los pezones, amenazar su conchita besando sus encajes y entrepierna para luego dedicarle toda mi atención por los minutos necesarios a chupar esa conchita.

    Le quité su blusa, ella me asistió con su brasier de color blanco. Como dije, todo era más mecánico que ella misma se bajaba los pantalones, aunque al final, ella acostada en mi cama se los he halado. Llevaba un bikini de color celeste y este apenas le cubría su conchita y de hecho podía ver uno de sus labios. Era una panochita con labios más gruesos que los de Gaby, aunque no exagerados. La tenía mojada, los toqué con mis dedos. Ella vio cómo me desvestí y me quedó viendo el falo atrapado en el calzoncillo sorprendida que lo que le había contado Gaby, era verdad. Continué besando sus tetas, axilas, llegué a su ombligo para luego llegar a los minutos a su conchita. Se la chupé por unos diez minutos y explotó con unos gemidos escandalosos que llevaban esa misma fuerza de su vaivén. Sin condón se la sobé por toda esa rajadura y solo le metí el glande y al igual que la conchita de Gaby, se sentía apretada, aunque sabía que este ya no era virgen. Ella me interrumpió y me dijo: ¡Ponte el condón y métemela! – No me tuvo que rogar mucho y a los minutos le estaba dando unas embestidas que hacían crujir la madera de mi cama, y para más escándalo, la casa el piso también era de madera en una tarima, típico de las casas de la zona. Le di tanto y tan rápido que luego sentí que su vagina vibraba y se le blanquearon sus ojos y me apretó con sus uñas mi espalda. Se estaba corriendo una segunda vez y aquel espectáculo de sus gemidos, movimientos y esas expresiones faciales me enviaron al paraíso.

    Con Sofi lo habíamos hablado de antemano el sexo anal era algo de definitivamente quería hacer. Al igual que a Gaby la puse de lado en posición de cucharita y después de lo que consideré una buena lubricación pues hasta el culo le chupé, la primera expresión que dijo cuando mi glande entró: Fuck… that hurts! (Puta, eso me dolió). -No me moví mucho, solo esperé a que asimilara mi verga y le comencé a sobar el clítoris con mi mano y eso pareció relajarla para que entrara lo demás. No fue un vaivén continuo, pues no todas las chicas son iguales y esta prefería que se la mantuviera quieta y era ella quien se restregaba contra mi verga. Fue Sofi quien me pidió que se lo hiciera de perrito y parecía que en ese ángulo le gustaba que le diera unos embates semi lentos pero continuos. Sin estímulo a su clítoris de mis manos o de la suya, pues Sofi nunca se masturbó ante mí, de repente sentí como le vibraba su intestino conllevando un orgasmo que jamás Sofi había vivido. Pensé que tenía un ataque de epilepsia y eso me desconcentró hasta verla recuperar la compostura. Ella solo me dijo: – ¡Me vas a volver loca con esta cogida! – Me siguió dando el culo hasta que yo me corrí.

    De esa manera seguimos cogiendo por largos meses a pesar de que Sofi tenía novio y lo conocía. Al igual Gaby la vi con otros chicos, pero siempre nos poníamos de acuerdo para coger. En esa época vi como las caderas de Gaby literalmente se hicieron más anchas y su culo parecía tenía más volumen al igual que sus tetas. Sofía siempre la molestaba y le decía que se debían a las culeadas que yo le daba. Un día, aquella que me pidió que no le dijera nada a nadie fue la que abrió la boca y todos nuestros amigos se dieron cuenta que me cogía a las dos con conocimientos de ambas. En aquella época era un escándalo comunitario, pues a pesar de que éramos picaros, los niveles de morbosidad no eran elevados como los que vivimos hoy. El sexo oral o anal era todo un tabú y quizá todavía lo siga siendo. Fue Sofi la que se encargó de describir el tamaño de mi verga y cómo me las cogía a las dos. Hasta el momento no sé lo que quiso lograr haciéndolo público.

    Todavía sigo en comunicación con Gaby, pero ambos le perdimos el rastro a Sofía. En una de esas pláticas recientes donde revivimos las aventuras de la época con Gaby, ella me contaba, que para esa época que Sofi lo contó todo, su mamá la confrontó. Debo decir que su madre era una mujer hermosa y sí algún día se me hubiese insinuado capaz me la cogía… tenía un cuerpo y cola espectacular. Regresando con Gaby y cómo su madre la confrontó me decía:

    – ¿Es verdad lo que anda en boca de todo el mundo… que vos y Tony se andan acostando?

    – Si… si es verdad.

    Me dijo que no se lo podía negar, pues la tal Sofi ya se lo había admitido horas antes. Dice que no se lo reprochó y que solamente le dijo que se cuidara, que evitara salir embarazada y que, por seguridad a su salud, usáramos condones. Me dijo que le había sorprendido, esperaba de su madre una regañada. Luego después me contaba que en el calor de unos tragos su madre le volvía a decir: No te lo reprocho… Tony es un chico muy guapo: quizá yo hubiese hecho lo mismo. Desde entonces Gaby me molesta diciendo que su madre cogía con el barrigón de su padre, imaginando que me cogía a mí. No hemos calentado recordando todo esto, pero después de más de dos años recordando ese tiempo, no hemos podido encontrarnos, aunque viendo su foto a sus 53 años y cómo luce la Gaby de hoy, siempre comenzaré mamando su conchita, y sé que terminaré cogiéndole el culo hasta hacerla acabar.

    Gratos recuerdos y ricas experiencias que viví con ambas chicas. Nunca pensamos en hacer un trío… como dije, éramos picaros, pero no tan perversos y ahora que recuerdo esto junto a Gaby, comienzo a recordar cosas que nos hacen únicos como seres humanos y que otras llaman fetiches que con el tiempo desarrollamos. Recuerdo como a Gaby le gustaba oler mi semen y a Sofi le gustaba mamarme la verga cuando estaba sudada. A ambas se les hizo un fetiche el sexo anal, algo que hasta el día de hoy Gaby me admite. Lo que no sabía era que ambas se lo contaban a sus amigas, y esas amigas empujadas por la curiosidad o porque se calentaban por lo que ambas le contaban, terminaron cogiendo conmigo en mi cama. Eso no lo sabe Gaby, pues yo siempre mantengo mi palabra: nunca comparto con nadie lo que pasó por esos días en mi cama.

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