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  • La amiga de mi hija

    La amiga de mi hija

    Desde el miércoles mi hija me había avisado que Sofía, su mejor amiga, venía a quedarse el fin de semana con nosotras. Iban a estudiar para una prueba de Derecho, así que me lo tomé como algo rutinario.

    El viernes, a eso de las seis de la tarde, sonó el timbre. Yo había llegado temprano del laburo y estaba en el sillón. Fue mi esposa quien abrió la puerta.

    —Mi amor, vení a saludar a Sofía —me dijo desde la entrada.

    Me levanté tranquilo, sin apuro. Pero cuando llegué al recibidor y la vi… me quedé de cara.

    Sofía. Rubia, 24 años, con un cuerpo trabajado, de esos que ves en el gimnasio. Tetas medianas, pero bien formadas, llamativas. Cintura de avispa, caderas firmes. Vestía una calza clara y una remera corta que le dejaba un pedazo de panza al aire. Su perfume llenaba el ambiente, dulce y penetrante.

    Mis ojos la recorrieron enterita, de arriba abajo. No pude evitarlo. Ella, en cambio, se mostró totalmente indiferente. Ni un titubeo, ni una sonrisa rara. Como si nada.

    Mi esposa fue la perfecta anfitriona, como siempre. Tenía la cena preparada, el cuarto arreglado, todo listo. A las nueve nos sentamos los cuatro a comer. Charlas comunes, boludeces de facultad, risas. Yo hablaba poco, no podía dejar de mirar a Sofía.

    Después de la cena, ambas se fueron al cuarto. Decían que querían levantarse temprano a estudiar. Nos quedamos solos con mi esposa en el living. Pusimos una película y abrimos una botella de vino.

    Cuando terminó la película, ya eran casi la una y media. Nos fuimos al cuarto y nos metimos en la cama en silencio. Pero apenas las luces se apagaron, ella se me vino encima. Me besaba con ganas, con hambre. Me manoseaba sin pudor. Sus manos recorrían mi pecho, mi abdomen, bajaban con decisión.

    Sentí cómo agarraba mi verga, ya parada, y empezaba a pajearme con fuerza, mientras yo le metía mano entre las piernas. Estaba mojada. Le corrí la bombacha hacia un costado y le empecé a frotar el clítoris. Ella gemía bajito, con la respiración entrecortada. Se retorcía contra mi cuerpo. Le metí dos dedos sin problema. Entraron suaves.

    De un momento a otro se deslizó debajo de las sábanas. Sentí su aliento caliente bajando por mi abdomen. Y de repente, su boca me envolvió la verga. El calor, la saliva, la lengua. Me la chupaba con ganas. Me recorría desde la punta hasta la base, me succionaba, me lamía todo el tronco. Gemía entre cada chupada. Yo gemía también, cada vez más fuerte.

    Fue en ese momento que miré hacia la puerta, estaba entreabierta, y ahí estaba ella, Sofía.

    Observando. Callada. La luz tenue del pasillo iluminaba apenas su figura. Tenía puesto un shortcito mínimo y una musculosa que le marcaban con claridad los pezones duros. Una mano le sostenía un pecho. La otra estaba metida dentro de la bombacha.

    Se tocaba mientras miraba cómo mi esposa me chupaba la pija. Y yo, lejos de parar, seguí. No sé si fue la calentura del momento o el morbo, pero no hice nada por detenerme, me dejé llevar. Sofía nos miraba y se tocaba con ganas. Mordía su labio inferior.

    Mi esposa salió de las sábanas con la boca toda húmeda, me miró y se subió arriba mío. Sin decir nada, me montó.

    La puerta seguía abierta y Sofía ahí, mirando, tocándose.

    Eso me calentó como nunca. me enloquecía. Yo ya no aguantaba más. Sentía cómo la leche me subía por la verga. Y ahí, con los ojos fijos en Sofía, que se tocaba desde la puerta, me acabé.

    Cerré los ojos un momento y cuando abrí los ojos, Sofía ya no estaba. La puerta seguía entreabierta, pero el pasillo estaba vacío. Fue todo morbo

    Me desperté temprano ese sábado. Apenas abrí los ojos, lo primero que me vino a la cabeza fue lo de anoche. Las imágenes me pasaban en cámara lenta.

    Me levanté en silencio, tratando de no despertar a mi mujer. Me puse el pantalón de entrecasa y bajé a la cocina. Preparé un café cargado, necesitaba aclarar la cabeza. Me apoyé contra la mesada mientras lo tomaba, mirando por la ventana, intentando despejarme, pero era imposible.

    Con la taza en la mano me fui hacia la sala. Y ahí estaban.

    Mi hija y Sofía, sentadas en el sillón. Mi hija con el pelo recogido, cara de dormida, y Sofía con un shortcito nuevo —más corto que el de anoche— y una remera floja sin corpiño. Saludé con naturalidad, sin mostrar nada.

    —Buen día —dije con tono tranquilo.

    Ambas respondieron el saludo. Pero los ojos de Sofía… me atravesaron. Fue apenas un segundo, pero lo sentí. Una mirada directa, como si supiera que yo aún pensaba en ella. Como si ella también estuviera pensando en lo de anoche. No era una mirada común. Era fuego. Una picardía muda, como si me estuviera diciendo “te vi… y me gustó”.

    El resto de la mañana fue normal. No hubo contacto entre nosotros. No la crucé más. Cada uno estaba en la suya. Yo me mantuve ocupado, haciendo tiempo.

    Al mediodía nos juntamos todos a almorzar. La charla era liviana, sin tensión aparente. Mi esposa hablaba de salir a hacer unas compras, mi hija comentaba algo de un trabajo práctico. Yo solo asentía.

    Más entrada la tarde, mi esposa se me acercó y me avisó que iban a salir un rato, iban a pasar por lo de su madre y luego dar una vuelta.

    Asumí que se iban las tres.

    Me tiré en el sillón, puse la tele, agarré el control y me quedé medio tirado, disfrutando del silencio. Estaba cómodo. Solo en casa, o eso creía.

    Pasaron unos diez minutos, y de repente, escuché unos pasos. Me sobresalté un poco.

    Apareció Sofía en la puerta del living, me quedé helado.

    —Pensé que te habías ido con las otras —le dije, intentando disimular el sobresalto.

    —No, me quedé. ¿Te jode si me siento a ver tele con vos?

    Tenía una sonrisa tranquila, pero esos ojos… esos ojos me decían otra cosa. Se acercó con esa manera de caminar lenta, segura. Y yo sentí que algo empezaba a tensarse otra vez adentro mío.

    Tenerla ahí sentada conmigo en el sillón fue una mezcla explosiva de sensaciones. Deseo, nervios, culpa… pero sobre todo, un silencio espeso que me estaba matando. La tele sonaba de fondo, pero no escuchaba nada. Cada segundo que pasaba sin decir una palabra me quemaba por dentro. No sabía si decir algo. No sabía si tocar el tema de anoche, si fingir demencia, si actuar como si no hubiera pasado nada.

    Ella miraba la pantalla, o eso parecía. Pero de reojo notaba cómo me espiaba, y esa sonrisa… la misma que me tiró esta mañana. Pícara, cargada de intención.

    No aguanté más.

    —Perdoname por lo de anoche —le solté, casi sin pensarlo—. No me di cuenta que la puerta estaba mal cerrada.

    Ella no se inmutó. Al contrario. Giró apenas la cabeza, me miró con esos ojos celestes y sonrió de costado. Esa sonrisa me atravesó entero.

    —No te disculpes… al contrario. Qué suerte que estaba la puerta entreabierta.

    Me quedé duro. La miré, sin poder creer lo que había dicho. No me salió palabra. Solo la recorrí con la mirada, de arriba a abajo. Y era perfecta. Tenía lo justo, lo necesario para volver loco a cualquier hombre. Nada le sobraba, nada le faltaba.

    —Sé que esto está mal —me dijo—, pero no pude sacarte de mi cabeza en toda la noche.

    Me tembló el cuerpo.

    No entendía por qué. No me faltaba nada con mi esposa. Me cogía como una diosa, me complacía en todo. Y sin embargo, esa pendeja me tenía hechizado. Era su voz suave, su forma de decirlo, sus ojos, su actitud segura. Me dejé tentar.

    Mi bulto empezó a crecer. Se marcaba con claridad bajo el pantalón. No lo podía evitar, y ella se dio cuenta enseguida.

    Sin decir una sola palabra, posó la mano sobre mi entrepierna.

    Me quedé helado. Esa mano tibia, suave, apretando apenas, como tanteando el terreno.

    Debía detenerla. Lo supe. Pero fue más fuerte. No hice nada. Solo la miré a los ojos. Cinco segundos donde no existió nada más. Y ya estaba jugado.

    De repente su mirada bajó. Y con ella, su cabeza.

    Mientras descendía lentamente, su mano empezó a moverse con precisión. Se coló entre el borde del pantalón y el elástico del boxer, despacio, y ahí la encontró, dura, caliente, palpitando de morbo.

    La acarició suave, con ternura. La sostuvo firme, la sacó con cuidado. Y justo cuando su cabeza llegó a destino… yo ya no era dueño de mí.

    La miró un segundo, como si la estuviera admirando. Yo tenía el corazón latiéndome en la garganta, la respiración acelerada, y una dureza que dolía.

    Su boca se acercó, despacio, apenas abierta. Y sin más, la sentí envolviéndome la pija.

    Un calor húmedo, suave, perfecto. Me la chupó con una suavidad que me dejó sin aire. Se la metía en la boca de a poco, profunda, mojada. La lengua se deslizaba con precisión, subía y bajaba con un ritmo cadencioso que me volvía loco.

    Tenía los ojos cerrados. La mano que no me pajeaba la apoyaba en mi muslo, con fuerza, como si se anclara para seguir. Se la tragaba sin apuro, pero con decisión.

    Yo no podía ni moverme. Solo respiraba agitado, con el cuerpo tenso, con los músculos duros. Mis manos se apoyaban en el sillón, como si necesitara sostenerme. Ella seguía. Me la chupaba con una dedicación que no parecía real.

    Sentía las bolas tensarse. Me latía la pija, sabía que no aguantaba mucho más. Estaba por acabar.

    Le puse una mano en el hombro, suave, como para advertirle.

    —Voy a acabar —le dije, con voz ronca, quebrada.

    Ella apenas levantó la vista, me miró fijo con esos ojos celestes, brillantes, llenos de lujuria. No frenó. No dudó. Solo dijo, con la boca húmeda:

    —Llename la boca.

    Eso fue todo. Gemí con fuerza, y acabé de golpe. Le llené la boca de leche. Ella no se movió. No se apartó. Me lo tragó todo. Ella me miró como si nada. Con la boca llena. Como si ese momento fuera suyo.

    Ella se incorporó con total calma. No dijo nada. No hacía falta. Sus ojos me lo dijeron todo. Se acomodó el short, se pasó los dedos por la comisura de los labios y me miró una última vez antes de irse. Ya de pie, y con esa misma sonrisa que me venía quemando desde la mañana, me soltó:

    —No cierres la puerta en la noche.

    Y se fue. Esa frase me desarmó. Me dejó loco.

    A los diez minutos volvieron mi esposa y mi hija. Me recompuse como pude, aunque sentía la piel encendida. El resto del día transcurrió con una extraña normalidad. Como si nada hubiera pasado.

    Cenamos los cuatro juntos. Conversaciones comunes. Mi esposa le preguntó a Sofía sobre su vida, cómo iba la facultad, si seguía con novio. Y ahí lo dijo. Sin dudarlo. Que hacía tres años que estaba con un muchacho, y que era muy feliz.

    Me descolocó.

    ¿Cómo que tenía novio? ¿Y todo esto? ¿La mirada en la mañana? ¿El sexo oral en la tarde? ¿La frase de la puerta? ¿Qué carajo pasaba por su cabeza?

    No dije nada, pero por dentro hervía. No de bronca, sino de confusión. O de morbo. O de las dos cosas al mismo tiempo.

    Llegó la hora de acostarse. Mi hija y Sofía se fueron primero. Las escuchamos subir, reírse bajito por las escaleras. Al rato mi esposa y yo subimos juntos al dormitorio. Cuando entré, dejé la puerta entreabierta, como quien no quiere la cosa. Ni mucho ni poco. Apenas.

    Nos metimos en la cama. Ella estaba cansada. Cerró los ojos y a los diez minutos ya respiraba profundo. Dormida.

    Yo me quedé boca arriba, con el libro en la mano. Fingía que leía, pero no entendía ni una frase. Mi cabeza era un hervidero.

    Podía aparecer. O no. Podía entrar en cualquier momento, o quizás fue solo un juego. Un mensaje para dejarme inquieto.

    Pasó media hora. No había señales. El pasillo seguía oscuro. Todo en silencio.

    De tanto pensar la sangre se me fue a la verga. Sentía el pulso en la pija, dura bajo las sábanas. No hice ruido. Moví apenas la cintura. Bajé la mano. Empecé a pajearme lento. En la otra, el libro seguía abierto, pero ya no existía.

    En mi mente, una sola imagen. Sofía.

    Apenas empecé a pajearme, lo sentí. Esa presencia. Levanté la vista, y ahí estaba, parada en la puerta de la habitación.

    Descalza. Silenciosa. Como si flotara. Tenía puesta una musculosa blanca con lunares, sin corpiño, que le marcaba cada curva. Los pezones se le dibujaban duros en la tela. Abajo, un short rosado, ajustado, tan corto que le marcaba toda la entrepierna. Podía ver claramente el pliegue de sus labios, como si el pantalón los abrazara.

    Me vio con la pija dura entre las manos, debajo de las sábanas, con mi esposa dormida a mi lado. No se inmutó. Llevó un dedo de una mano a su boca, como pidiéndome silencio, mientras con la otra me hacía un gesto. Que la siguiera.

    La vi darse media vuelta y desaparecer con la misma elegancia con la que apareció.

    No lo dudé. Me levanté lo más silenciosamente posible, tratando de no despertar a mi mujer. Me puse el pantalón del pijama como pude y salí al pasillo. Estaba vacío. Oscuro. No había rastro de ella.

    Por un segundo pensé que era un sueño. Una fantasía mía. Me froté los ojos, caminé hasta el baño. Nada. Silencio total. El corazón me latía fuerte, los pies descalzos pisaban frío. Me empecé a desesperar.

    Bajé las escaleras en silencio, de a poco. Y ahí estaba, en la cocina.

    Parada frente a la ventana, iluminada por la luz de la luna. Era una imagen irreal. Su silueta, su pelo rubio suelto, ese cuerpo de escándalo recortado contra el fondo oscuro. Hermosa. Angelical. Y al mismo tiempo, puro pecado.

    Me acerqué lento, con la respiración agitada. Me puse frente a ella, la miré a los ojos, y sin pensarlo intenté besarla. Pero me detuvo.

    Me miró seria. Me preguntó si ese lugar era seguro. Si alguien podía vernos. Tenía razón. Yo no estaba pensando. Solo actuaba, dominado por la excitación.

    Le dije que el mejor lugar era el garaje. Nadie bajaba ahí. Nadie se asomaba. Estábamos a salvo.

    Ella no dudó, me tomó de la mano, y me llevó.

    Caminaba delante mío con paso lento, seguro, y yo no podía dejar de mirarla. Ese short era un crimen. Le marcaba las nalgas con una perfección enfermiza. Pequeñas, firmes, bien redondeadas. Se movían con elegancia, con ritmo.

    Llegamos al garaje, y en ese instante, el mundo se detuvo.

    Un beso profundo, con lengua, cargado de deseo contenido. La apretaba contra mí, mis manos le agarraban las nalgas, firmes, perfectas. Ella me agarraba del cuello, me tironeaba el pelo, me apretaba las nalgas también, como queriendo fundir nuestros cuerpos.

    Mis manos fueron subiendo lentamente, le pasé los dedos por los costados hasta encontrar el borde de su musculosa. Se la levanté despacio, y se la quité de un tirón. Quedó con las tetas al aire. Medianas, hermosas, redondas, simétricas, los pezones duros, encendidos.

    Le chupé las tetas con todas mis ganas. Le mordía los pezones, suave, los lamía, los tenía entre los labios como si fueran mi salvación. Ella gemía bajito, con la cabeza para atrás, completamente rendida.

    De repente se dio vuelta y se apoyó sobre el capó del auto. Esa imagen… su culo elevado, ofrecido, esperándome, me volvió loco. Me puse detrás de ella y bajé su short con lentitud, lo deslicé por esas piernas torneadas mientras me agachaba. Quería contemplarlo todo. Su culo se liberó de la tela. Me hinqué frente a ella y comencé a besarle las piernas, desde los tobillos hacia arriba, centímetro a centímetro, respirando su piel.

    Cuando llegué a su entrepierna, me detuve. La noté empapada.

    Su concha brillaba con la luz tenue que se colaba desde la cocina. Hundí la cara sin pensar, como quien mete la cabeza en un balde con agua. Era un manjar. El aroma, el sabor, la textura… todo me enloquecía. La lengua le recorría los labios, el clítoris, cada rincón. Ella se retorcía sobre el auto, se apretaba, se abría más. Sus gemidos eran suaves pero intensos, cargados de placer. Mi lengua la poseía, y mis dedos entraban en su concha con facilidad. Se los tragaba enteros, caliente, mojada.

    Estaba completamente entregada.

    En un momento intentó girarse, como queriendo devolverme el favor. pero la detuve. No quería más chupadas. Me acerqué despacio a su oído

    —Quiero cogerte —le dije con voz ronca.

    Ella me miró por encima del hombro y me soltó:

    —Metemela toda.

    Me bajé el pantalón y el bóxer, la pija me saltó como un resorte, dura, pulsando de ansiedad. Apoyé la cabeza en la entrada de su concha, y la froté despacio. La frotaba sobre sus labios, mojándola más, haciéndola vibrar. Ella se volvió loca. Se empujó hacia atrás, y la verga le entró de una, toda, sin pausa ni resistencia.

    Ambos largamos un gemido contenido, casi al unísono. La tenía toda adentro, caliente. Me recibió como si me hubiera estado esperando desde anoche.

    Empecé a cogerla despacio, saboreando cada embestida. El choque de nuestros cuerpos llenaba el garaje de sonidos húmedos. Cada vez la pija entraba más profunda, cada vez la sentía más rendida.

    Ella se incorporó, quedó parada frente a mí con la espalda contra mi pecho, y yo seguía dándosela parado. Le agarraba las tetas, le apretaba los pezones mientras se dejaba coger, callada y ardiente. Mis manos recorrían su abdomen, su cuello, su cintura. Su cuerpo encajaba perfecto contra el mío. Era una locura.

    De repente se giró, me miró con una intensidad animal y me empujó al suelo. No sentí el frío del piso. El cuerpo me hervía.

    Ella se subió sobre mí, con las piernas abiertas, y sin perder tiempo se dejó caer.

    Mi verga entró de nuevo como si fuera su lugar natural.

    Se apoyó con las manos en mi pecho y empezó a cabalgarme. Yo no me movía. La miraba. Era ella quien hacía todo.

    Movía las caderas con maestría, con un ritmo lento pero profundo, haciendo que mi pija desapareciera dentro suyo en cada bajada. La veía rebotar, sudar, gemir con la boca entreabierta. Me miraba fijo, con esos ojos azules que parecían fuego. Me estaba cogiendo salvaje.

    Yo ya no aguantaba. Sentía que me venía, que me iba a explotar todo adentro.

    Ella lo notó.

    Se inclinó un poco, con esa sonrisa de diosa impura, y me soltó una frase que me voló la cabeza:

    —No vayas a acabar… todavía falta que pruebes mi colita.

    No nos movimos del suelo.

    Apenas acabó de cabalgarme, se levantó sin decir palabra y se puso de perrito, apoyando manos y rodillas en el piso. Menea la cola de un lado al otro, provocadora, sabiendo exactamente lo que hacía. Me llamaba con ese culo perfecto.

    Me puse de rodillas detrás de ella. La vista era una locura. Tenía la cola bien levantada, las piernas abiertas, la conchita mojada aún palpitando.

    Le escupí directo en el centro. Un hilo de saliva grueso le cayó justo en el punto exacto, deslizándose suave por la ranura. La pija me latía. Se la acerqué con lentitud, apoyando la punta en la entrada de su colita, y comencé a empujar.

    De a poco. Sentía cómo se le abría, cómo me iba recibiendo centímetro a centímetro. Ella respiraba profundo, se iba relajando con cada avance. No se resistía. No apuraba.

    Cuando la tuvo toda adentro, se aflojó. Apoyó la frente contra el suelo, los brazos estirados, el cuerpo completamente entregado. La cola seguía elevada, ofrecida, abierta para mí. Y empecé a darle.

    La cogía despacio al principio, viendo cómo la pija desaparecía dentro de su culito ajustado. La imagen era brutal. Su piel se tensaba con cada embestida, sus gemidos salían apagados al principio, como si no pudiera contenerlos.

    Pero la cosa fue subiendo. Mis manos le apretaban las caderas mientras le daba con más fuerza. Las embestidas se hacían más profundas, más rápidas. El sonido de mi cuerpo chocando contra su culo llenaba el garaje. Era un eco húmedo, salvaje.

    Ella se tocaba la concha mientras la penetraba. Se frotaba el clítoris con desesperación, gemía cada vez más fuerte. Me gritaba sin gritar, con el cuerpo, con los movimientos, con esa forma en que se empujaba hacia atrás pidiendo más.

    Le cogía la cola como nunca había hecho con nadie. Cada vez más fuerte, más rápido. Los dos al borde. Ella gemía, yo gruñía. El calor del momento era insoportable. El aire denso, los cuerpos sudados, el olor a sexo llenándolo todo.

    Y de repente, sin mirar, sin detenerse, me dijo con la voz quebrada:

    —Acabame ya…

    Y fue como una orden.

    La tomé por las caderas con ambas manos, la apreté fuerte, y solté toda la leche adentro de esa colita hermosa. Sentí cómo la pija me latía con cada chorro, descargando todo, sin contener nada.

    Al mismo tiempo, ella se vino. La vi temblar, gemir con la boca abierta contra el piso, mientras sus jugos le chorreaban entre las piernas. Acabamos juntos. Sin frenos. Sin pudor. Fue perfecto, maravilloso.

    Nos quedamos un rato tirados en el piso del garaje, respirando agitados, con el cuerpo rendido, la piel sudada y caliente. No hablamos. No hacía falta. Solo escuchábamos nuestras respiraciones mezcladas con el silencio de la madrugada.

    Cuando el corazón volvió a su ritmo, nos acomodamos la ropa. Nos vestimos en silencio, sin mirarnos demasiado. La temperatura corporal bajaba.

    Caminamos por el pasillo con pasos lentos, cuidados. Yo la acompañé hasta la puerta de la habitación. Ella se dio vuelta antes de entrar, me miró apenas y dijo:

    —Que descanses.

    —Igualmente —le contesté.

    Se metió en el cuarto y cerró la puerta.

    Yo seguí hasta mi habitación. Mi esposa seguía dormida, del mismo lado de la cama, sin moverse. Me acosté con cuidado, sin hacer ruido. Me quedé mirando al techo unos minutos. El cuerpo relajado.

    No podía creer todo lo que había pasado. Todo lo que había hecho. Todo lo que habíamos compartido. Lo vivido entre esos muros.

    Y así, con esa mezcla de culpa y excitación, me fui quedando dormido.

    A la mañana siguiente, todo volvió a su curso habitual.

    Me levanté temprano. Bajé, preparé café. La cocina tenía el mismo olor de siempre. El mismo sol entrando por la ventana. En la sala estaban mi hija y Sofía, ya vestida, con la mochila al hombro, pronta para irse.

    A los pocos minutos sonó el timbre. Era el novio. El mismo al que dijo amar.

    Ella me saludó de lejos, con un gesto leve. Nada más. Ninguna palabra, ningún cruce, ningún guiño.

    La vi por la ventana mientras subía al auto. Esperaba que mirara hacia atrás. Que me regalara una última mirada. Pero no lo hizo.

    Lo que pasó ese fin de semana… quedó ahí. Murió en esas paredes.

    Mi hija, sentada junto a mí, me preguntó qué me había parecido su amiga.

    Le respondí con calma, sin dudar:

    —Parece buena persona. Inteligente. Te va a venir bien seguir estudiando con ella.

    Y era cierto.

    En parte.

    Al rato bajó mi esposa. Nos saludamos con un beso en los labios. Me preguntó cómo había dormido.

    Le sonreí y le contesté:

    —Como nunca.

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  • El uber casado (1): Mi jefe me hizo suya

    El uber casado (1): Mi jefe me hizo suya

    Son las 4.41 de la noche, tengo como una hora que llegue a casa. Fui a una “reu” con un grupo de amigos del trabajo, todos hetero que saben de mi bisexualidad, pero no que me encanta vestirme y comportarme como mujer. Sabiendo esto, solo me puse unos jeans de niña negros, ajustados levanta pompa y abajo un cachetero morado (mi color favorito). Arriba una playera y sudadera grande para cubrir hasta los muslos pero de niño. Todos estaban con sus parejas; me preguntaron si pensaba tener novio o novia pronto, bla bla bla; todos hablaban menos uno que iba solo ya que su mujer había salido de viaje y que en esa plática de mis relaciones en particular, no pronunció sílaba alguna.

    Creo que es importante regresar un poco el tiempo y contarles la historia de “él”.

    Hace unas semanas, estábamos los mismos amigos de la chamba en mi departamento. Yo, en fachas pero de niño. Fue pasando la noche y se acabaron los cigarros, me ofrecí a ir a la tienda. El amigo que iba solo, pues volvió a ir solo. Su esposa tuvo una reunión de amigas de secundaria y llegaron al acuerdo de que cada quien se iba a su respectiva reunión. Se ofreció a acompañarme a la tienda por cigarros.

    De hecho tengo que confesar que era mi jefe directo, pero neta ya lo veía más como amigo, hicimos desde el inicio buena mancuerna laboral. Con el resto del equipo éramos muy unidos también.

    Tomé mi coche, salimos, se sentía tensión en el ambiente. Por fin una pregunta, indiscreta:

    -¿Entonces eres bi?

    -Yep, mientras afirmaba con la cabeza

    -Entiendo que algunos reciben, otros les gusta dar… y así. ¿A ti que te gusta?

    En las siguientes oraciones que diré, el subconsciente neta que me traicionó.

    -Pues como sabes soy bisexual, entonces obvio con mujer activo Con Trans y TV soy Inter. Con hombre soy completamente pasiva, más cuando me visto; me siento y me encanta que me traten como mujer. Cuando acabé de decir eso si me dije: ¡¡¡que pendeja estoy!!!

    -No mames que te vistes de mujer, imagino tienes fotos. ¿Puedo ver?

    Me quedé pasmada sin saber qué decir, ¡¡¡era mi jefe!!! ¡O sea si somos amigos, pero al final es mi jefe! Abrí mi álbum buscando algo que no estuviera tan atrevido. Al final le mostré una donde ando vestida con un vestido largo azul. Cuando me vio, sus ojos casi se le salen de las órbitas.

    -¡¡¡No mames!!! Neta no te pareces nada. Si te viera por la calle no te reconocería. ¡¡¡Te ves mujer real!!!

    -¿Pero por lo menos una mujer bonita o una mujer fea?

    Exactamente cuando le hacía la pregunta, pasa a la siguiente foto sin permiso donde estoy en lencería, mostrando el camel toe que se marcaba en la tanga de animal print que use ese día para mi sesión de fotos. Lo que más le sorprendió fue el chaleco de chichis postizas debajo del top que combinaba con la tanga y que medio salían de una bata del mismo diseño.

    -¡¡¡No mames!!! No solo bonita, ¡te ves buenísima!

    Con toda la pena del mundo y siendo quien era y todo… No pude decirle más que “gracias”.

    Llegamos de la tienda, pasó como una hora cuando poco a poco se fueron retirando mis invitados hasta que nos quedamos solo mi jefe y yo. Al inicio fue plática de trabajo aunque no tardó en retomar el tema.

    -Lo que me agrada es que no eres amanerado ni nada

    -Soy discreto. Me encanta mi masculinidad, pero también amo esa parte femenina, más siendo que pues me gusta también la verga. Soy mujer y sumisa.

    -¿Cómo se llama tu yo niña?

    -Lía

    -¿Ya sales a la calle y todo?

    -Sí he salido, pero jamás desde mi casa y solo en la noche a lugares de ambiente. Se puede decir que soy de “semi-clóset”

    -Pues fíjate que si no te molesta o algo, me encantaría conocerla y es que ¡no te imagino!

    Por dentro estaba muy sacada de onda pero pues…

    -Si la quieres conocer, le llamo y llega como en 30 minutos. Mientras porque no vas por más cerveza que eso nos faltó comprar.

    Pensé que me iba a mandar a volar o decirme que otro día o algo. Acepto al momento.

    En lo que salía, fui en chinga a sacar mi ropa. En mi mente pasaban mil cosas, pero igual y en efecto solo era su curiosidad. Por cualquier cosa me vacíe y me lave por dentro con mi enema, en contraste, no me puse algo tan provocador como acostumbro cuando recibo a mis… visitas.

    Vestido negro corte A hasta medio muslo, medias negras, liguero, tanga roja y bra rojo. Obvio con chichis y peluca, maquillada y ese día por fortuna me había depilado. ¡Estaba vestida muy ejecutiva y mega linda para mi jefe! Lo cual me llenaba de nervios pero también igual solo estaba pensando cosas.

    La verdad es que él es guapo, medio gordito pero va al gym. Sí me gusta pero volvemos. Es mi jefe…

    Llegó cuando yo me estaba poniendo el último arete, respiré profundo y salí a la sala. Cuando me vio, no solo fueron los ojos los que casi se le salen, literal dejó caer la mandíbula. Mi chip había cambió de niño a niña de la misma forma que la gente bilingüe puede pensar en español y cambiarlo a inglés u otro idioma. En esa habitación había un hombre y una mujer.

    -Pues mucho gusto, me llamo Lía, mi primo (siempre procuro separar lo más posible mi lado niño de mi lado niña) me ha platicado mucho de ti.

    -¡En serio! ¿Qué tanto te ha platicado de mí?

    -Que eres un hombre trabajador, muy lindo y buena onda. Lo que olvidó mencionar es lo atractivo que eres.

    ¡Otra vez metí las 4!

    ¿O no? Ahorita Lía ya estaba al mando.

    Me agradeció mientras se sentaba en el comedor, no sin antes arrimarme la silla para que me sentara. Cómo toda una dama me senté. Crucé las piernas muy femeninamente con el objetivo de que con el paso del tiempo subiera un poco el vestido, dejando ver un poquito del liguero.

    -Pues estoy sorprendido.

    -¿Pero por qué? Tu conoces a mi primo, es la primera vez que me vez. Di una risita muy juguetona.

    -Aunque sé que somos la misma persona, procuro mantener esa fantasía. Por eso es mi primo y él ya no está aquí.

    -Tardas mucho en arreglarte normalmente?

    -Bastante. Ahorita fue rápido porque ya estaba depilada y afeitada que es lo que más tiempo me toma. La maquillada tarda pero no tanto. Vestirme tampoco y pues “montarme en mi misma” pues depende que tan abajo estén los ovarios jiji.

    -E imagino que usas ropa interior de mujer, ¿cierto? Otra cosa: No entendí eso de montarte en ti.

    -Pues procuro cuidar todos los detalles, obvio uso lencería y amo el encaje. El montarme en mi, es esconder mi paquete para que parezca de niña.

    Levanto las cejas sorprendido.

    -¡Las chichis también se te ven bien!

    -La neta es que me encantan, rebotan genial (mientras las hacía rebotar para él), aparte se siente, digo, no al 100% real pero rico.

    Entre el alcohol y la calentura, había perdido toda vergüenza ya para este momento.

    -Si quieres tócalas y dime que opinas. Se sienten reales o no.

    -¿Puedo?

    No tardé en decirle que si, cuando ya me estaba amasando mi chaleco de silicon por encima del vestido. Su atención se centraba en ellas, se notaba a kilómetros que ya empezaba a excitarse.

    -Pues se sienten bastante reales la verdad.

    Ahí es cuando ya lance el anzuelo. Ya me valía si era mi jefe o no.

    -Pues es lo que te digo. Procuro verme lo más femenina posible. También es por eso que tengo que usar copa DD. Imagínate una copa B, me vería ridícula con mi espaldota. Así mismo lo hago cuando me monto en mi misma para que se vea planito. Especialmente con vestidos ajustados. ¿Quieres verla?

    Mientras me decía que sí, yo me levantaba el vestido, dejando expuestos mi ligero, el encaje de las medias y mi tanga.

    -¡¡¡Verga, parece panocha!!!

    Creo que la calentura de los dos ya superaba cualquier vergüenza o cuestión laboral.

    -No papi, la verga me entra en la panocha jajaja. ¿Te gusto? ¿Quieres ver como se siente?

    Empezó a manosearme la flor por encima del calzón.

    -No pues sí eres toda una mujer, que bárbara Lía, ¡¡¡te ves divina!!!

    Esa primera vez que me habló por mi nombre de niña, me sentí más mujer. El hecho de que me haya tocado, me haya visto y le haya gustado a mi jefe, a mi patrón, me puso más puta.

    -Bueno y ya para que me des toda tu opinión. ¿Mis nalgas se ven como de niña con esta tanguita?

    Le di la espalda, se paró de la silla, se acercó a mi oído para decirme mientras embarraba su cuerpo en el mío, con una mano agarrándome una nalga y con la otra jugando con la tanga

    -Me encantas, solo no le digas nada a tu primo y por fis que no salga de aquí que recuerda que soy casado.

    Di la vuelta para darle la cara pegando mi “pseudo-panocha” a su paquete que ya se empezaba a sentir duro y mis brazos abrazándolo de los hombros

    -Obvio, la que come callada, come dos veces, ¿no? Aparte mi primo te adora, no te apures.

    Su lengua se adentro en mi boca y sus manos en mi cintura, bajaron hasta mis nalgas, apretándolas sobre el vestido, no tardo en subírmelo, sintiendo sus manos en mis nalgas desnudas. La sala no quedando tan lejos del comedor, me fue llevando sin dejarme de comer y manosear hasta el sillón grande… no recuerdo el nombre de este tipo de mueble.

    Me acostó boca arriba, abriendo mis piernas metiéndose entre ellas. Besándome muy apasionadamente los muslos y entrepierna. Ya era imposible tener mi “clítoris” de 16 cm escondido. Con una mano y la tanga, escondía mi verga, tratar de ser lo más mujer para él.

    -Me da curiosidad tus tetas

    -Pues que te parece si me ayudas a desnudarme y te las enseño

    Me paré del sillón dándole la espalda para que me ayudara a bajar el cierre del vestido. Me alejé lentamente hacia mi cuarto, al llegar a la puerta, lo vi a los ojos y le cerré uno de forma algo coqueta y hasta me atrevo a decir inocente.

    Había dejado luz solo para tener penumbra en mi cuarto, lo suficiente para distinguir las formas. Cuando entró, dejé caer el vestido al suelo, levanté los tacones para salir de mi outfit lo más sexy posible. Doblando las piernas, exagerando los movimientos, poniendo un tacón enfrente del otro, acercándome a él.

    -Se ven lindas tus tetas

    Me empezó a besar mientras hábilmente con una mano desabrochaba el bra, me hice para atrás y lentamente me lo fui quitando hasta dejarlas desnudas.

    -uuuffff, me imagino una rusa.

    -Ya lo he hecho, ¿quieres que te haga una rusa?

    -¿Me puedo venir así?

    Asentí con la cabeza, quitándole la playera besando su cuello y pecho, le sobaba su verga por encima del pantalón. Se sentía grande. ¡Ya me urgía verla! Le desabroche los jeans y los boxers los bajé a media nalga dejando ver una verga como de unos 17 cm y gruesa. Mi macho hizo a un lado mi tanga, dejando ver mi panocha ya desarreglada y la rayita recortada de vello púbico. Yo escupía a mi mano para lubricar su verga lo más posible y meterla entre mis piernas, simulando que me estaba dando por la panocha, frotando mi creciente verga también.

    Me senté en la cama seduciéndolo mientras se desnudaba completo. Se paró enfrente de mí, poniéndome su verga en la cara, con gusto la acepte, dándole besitos primero con mi labial rojo. Luego solo me metí la cabeza jugando con mi lengua, hasta metérmela poco a poco. No pasó mucho tiempo cuando ya la tenía en la garganta, salivando y escupiendo a los huevos para luego sobarlos.

    Sentía que esto iba a ser muy rápido, tenía que venirme pronto y que mejor manera que yo montada, ya si duraba más, pues… Es lo bueno que las mujeres somos multiorgasmicas ¿no? Jajaja

    Saqué el condón y se lo puse con la boca como me encanta hacerlo. Normalmente si me monto pregunto si de espaldas o frente. Sabiendo que mi jefe moría por las tetas…

    Me fui clavando yo solita poco a poco, moviendo el culo para dilatar más y pues: ¿A que hombre no le gusta que la vieja que se van a coger le mueva las nalgas?

    Al momento que me senté totalmente en él, empecé a moverme primero lento, subiendo el tono hasta que ya me estaba dando de sentones. Él fascinado de cómo rebotaban mis tetas como si fueran reales.

    Tuvo la decencia de decirme que ya se quería venir pero que me viniera yo primero. Mega gesto.

    Me empecé a mover a mi ritmo hasta que me vine, no le importó que le haya echado mi leche sobre él lo cual me dio pena pero pues ya no dijo nada.

    Lo prometido es deuda…

    Se quitó el condón y me pidió el lubricante. Con una sonrisa le dije:

    -Tú no necesitas lubricante, yo sí.

    Aún con su cara de “what” Me volví a meter la verga en la boca. Ya si con eso no entiende…. Jajaja. Procuraba ahogarme en ella lo más que pudiera para hacer la mayor cantidad de saliva posible.

    Me acosté boca arriba poniendo lubricante entre las tetas. Se monta en mi pecho poniéndome la verga en medio. Con mis manos aprieto mis chichis al mismo tiempo que empezó a moverse. A pesar de que no sentía nada, me excitaba el hecho de tenerlo así.

    Yo gemía mientras se frotaba hasta que me disparó su semen a mis labios, tan exacto que si le atina no le da.

    Se dio cuenta y puso cara de pena. Lo miré fijamente, abriendo la boca para lamer su semen de mis labios.

    Creo que me extendí mucho mi querido lector. Es por eso que esta historia la dividí en 2 partes. Les diré por qué es tan cierta la frase:

    Mientras unos se lo pierden, yo lo ahorro y otros me gozan.

    Ya les contaré en:

    “El uber casado (2)” (Las mujeres TV son las mejores amantes 1)

    Quería que se repitiera, fuéramos a mi casa y me vistiera full. Se puso de sangrón y pues me quedé sin nada ahí, medio tomada y bastante caliente.

    Hoy tocó Uber y pues ya lo pedí. Llego por mi, me subo y me empieza a hacer la plática el conductor: “ de la fiesta, que tal, como le fue?”

    Decidí lanzar el anzuelo y con voz fémina: “Pues fue una reunión con amigos, estuvo bien, pero no acabó como quería.”

    -“porqué, como la querías terminar”

    -“pues no pensaba llegar sola, pero se puso sangrón. Ya ni porque me puse jeans y calzón de nena que es lo que le gusta, ppppffff”

    Me veo sorprendido por el retrovisor “Entontes te vistes de mujer, wow!!! Tienes fotos de ti así?”

    Solo pensaba, creo que ya mordió el anzuelo.

    Rápido se la enseñé, una foto no tan… atrevida.

    “No quieres pasarte adelante?”

    -sip, ya mordió el anzuelo jiji

    Ya estando en el asiento de adelante, me pude ver más fotos. “Pues si te ves rica eh. Me debías que tenías calzón de mujer puesto ahorita, cierto?”

    -si, quieres verlo?

    Luego luego dijo que sí.

    Me desabroche los jeans y los bajé. Me puso la mano sobre la pierna y dice: “no, pues si quieres te puedo completar la noche”

    Obvio le dije que sí.

    Llegamos a mi casa, obvio apago la app, le dije que me diera a 10 min para ir al baño. Se quedó en la sala, yo me quité todo menos el calzón, me puse el top y liguero, bata, cabello y así salí como en las fotos. Me beso muy rico, me abrió la bata y me manoseo toda. Dejo caer la bata al piso dejándome solo en lencería. Fajamos, nos besamos todo y me hizo suya en el sillón de mi sala.

    Gracias por leer.

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  • Confesiones de una mujer casada (7)

    Confesiones de una mujer casada (7)

    Hola, muy buenas a todos los lectores que visitan mi relatos, para el día de hoy vamos a contarles otra de sus infidelidades que mi amada esposa me contó.

    Ya estando en la casa y después de haber pasado un fin de semana excitante mi esposa llega a la comodidad de su hogar en donde yo la espero, con ansias de verla y comérmela a besos y caricias, esperando y me cuente cómo se siente y terminar en nuestra cama haciendo el amor.

    Desafortunadamente para mí ella lo que menos quería era eso. Si recibió todo mi cariño pero me rechazó estaba diría yo un poco hastiada de tanto sexo, después de haber tenido sexo con seis hombres por cerca de seis horas en el yate.

    Me dejó claro que no quería que la tocará, le hice caso esperando el momento de poder disfrutar de su cuerpo así como aquellos hombres lo hicieron sin compasión.

    Fue hasta el miércoles que tuvimos ese momento en donde los dos nos fundimos en un intenso momento de placer y excitación al escucharla, contándome todo lo que había disfrutado de su encuentro sexual con 6 hombres y acompañada de dos mujeres que habían contratado en la ciudad que al igual que mi esposa eran casadas.

    El jueves volvimos a hacer el amor con una pasión extrema, enloquecidos y excitados. El viernes ya un poco más calmados mi esposa me quiso contar cómo ella me puso los cuernos y yo ni por enterado me di estando de paseo.

    Pues resulta que a mí me gusta el deporte y lo practico. El fútbol, el patinaje, el ciclismo, los bolos, el basquetbol y otra cosa que me encanta el juego de cartas.

    Tengo una vida muy social. Para esta vez habíamos viajado a la ciudad de Villeta y mi esposa me empieza a contar cómo coqueteando empieza su aventura sexual así.

    -¿Papi te acuerdas cuando fuimos a Villeta y tú participaste en una competencia los tres días que estuvimos allá?

    -Si claro que sí como olvidar esa competencia si hasta me caí y casi no la termino.

    Me quedé pensando y le preguntó.

    -¿Por qué, paso algo en esos días?

    Ella me responde.

    -¡Si!

    A lo que le preguntó.

    -Si ¿y se puede saber que fue?

    Lucia se me queda mirando y sonriendo me la suelta.

    -Pues mientras tú competías mi amor este pechito te ponía los cuernos con cuatro tipos que estaban en la casa donde nos quedamos.

    La mire sorprendido y con la mano le indique los cuatro dedos.

    -¿Guau tuviste sexo con cuatro hombres, tu sola con cuatro tipos y quiénes fueron?

    Me contesta.

    -Hay papi tú sabes muy bien quienes fueron, si los viste salir del cuarto y te creíste lo que te dije.

    A lo que le contesté.

    -Si me acuerdo muy bien de ese día y el día anterior también estuviste teniendo sexo con los mismos.

    A lo que me responde.

    -Si y por eso no fui a la aburrida carrera quedándome para disfrutar de dos sementales que me follaron toda la tarde en compañía de doña Isabel quien también le puso los cuernos a su marido.

    Isabel era la esposa de uno de los organizadores del evento una mujer atractiva de 50 años, mona teñida, pelo largo, de ojos color miel, de 1.70 de alta, de contextura gruesa. No gorda.

    Entonces la Lucia continúa.

    -Y la historia empieza así. Resulta que el sábado estuvimos viendo la carrera pues era en el pueblo y que gracias a que don Julio nos dejó en compañía de dos de sus peones de la finca Ramiro un moreno buena persona, divertido, calvo, de ojos negros saltones de 1.70 de alto y David un mestizo de abundante pelo de 1.80 de estatura nada feo ambos con sus sombreros de vaquero y sus botas texanas me atrajeron y como se quedaron a acompañarnos durante la carrera haciéndole barra cuando pasaban coquetee con ambos siendo más cariñosa con Ramiro ya que me dejaba que sus manos me acariciara la cintura sintiendo sus manos sobre mi piel.

    Ese día tenía puesto un top negro y jeans descaderados a la vez que también lo abrazaba y metía mis manos entre su franela y camisa abierta acariciándole la espalda, lo que el aprovecho para acariciarme en varias oportunidades el trasero, a la primera le sonreí y le pique el ojo.

    Empezamos a caminar hacia la meta ya que estaba por acabar la carrera y hubo un momento en que quedamos solos la gente voltio la esquina y nos detuvimos antes de voltear quedando yo contra la pared lo abrace acercándolo a mi cuerpo y sin decirnos nada nos besamos por más de cinco minutos, hasta cuándo sentimos que pasaron los ciclistas por la vía yo me imagino que tú pasaste en ese momento y al parecer ni me viste besándome con Ramiro, pues estábamos detrás de la gente del pueblo que salió a ver la carrera.

    Terminaron de pasar todo el grupo y la gente empezó a caminar hacia la meta, Ramiro quería seguir hay lo complací por otros diez minutos volvimos a besarnos, la gente seguía caminando, seguimos al grupo y abrazados llegamos a dónde estaban premiando al ganador de la etapa, llegamos a dónde estaban tus amigos y yo seguía abrazada de Ramiro, la verdad me tenía excitada y me valió huevo que la gente pensará mal, de al fin y al cabo no los conocía.

    El grupo de ciclista se aproxima para quitarse las zapatillas y colocarse sandalias y tenis refrescarse echándose agua y tomando té recibí la cicla mientras te hidratabas hay alistamos las ciclas sobre los carros en donde nos separamos de Ramiro, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban yo le mandaba un beso o le picaba un ojo, hasta ahí paso el comienzo arrancamos para la finca de don Julio una casa grande, con piscina, una cancha de basquetbol, un kiosco con bar y asador y rodeada de árboles altísimos. Ya eran las doce del día almorzamos y no volví a ver a los muchachos.

    Yo comí demasiado y quedé llena, me fui a dormir la siesta me desperté a las cuatro pm. Estaba que sudaba me desvestí y me metí a la ducha a refrescarme vestirme y salir a la sala dónde estaban todos escuchando a uno de los invitados, contar chistes. Mire a ver si veía a Ramiro y no estaba ninguno de los peones. Llego don Julio y nos avisó que íbamos a ir al pueblo a mover el esqueleto así es que nos alistamos y yo había llevado un bodi gris transparente con figuritas que poco cubrían mis pechos no use sostén, de manga larga unas medias veladas grises brillantes, una culifalda y una chaqueta de tela también brillante.

    Detuve a mi esposa comentando.

    -A si me acuerdo de la pinta, fuiste la sensación de la noche, por eso paso lo que pasó cuando llegamos a la pieza.

    -Yo también papi si llegaste bien arrechito.

    Lucia siguió contando la historia y yo empecé a besarla por el cuello y acariciar su cuerpo desnudo.

    Eran las ocho de la noche y salimos para el pueblo. Sandra, doña Isabel y su marido iba con nosotros. El esposo de Sandra iba en el platón de la camioneta de don Julio, dónde varios se montaron para no llevar sus carros. Esa noche fue como si nos hubiéramos puesto de acuerdo las mujeres y fuimos todas muy sexys, minifaldas, escotes bastante generosos que dejaban ver más de la cuenta.

    Llegamos al sitio, entramos y lo llenamos pidieron aguardiente y cervezas para las mujeres ya que los ciclistas pues apenas tomaron dos tragos pues había que competir al otro día, la música retumbaba en el bar, y las parejas bailaban, tenía la esperanza de que Ramiro y David vinieran hasta que los veo entrar con otros tres peones, quienes se instalaron en el mesón del bar pues todas las mesas estaban ocupadas, estábamos en ese momento bailando los dos y veo que Ramiro nos veía bailar y le envié un beso, no sé si te acuerdes y termino el disco y me fui a saludarlos y sacar a bailar Ramiro un vallenato romántico que sonó lo que nos dio pie a restregarnos nuestros cuerpos.

    La oscuridad de la pista fue cómplice de tal acción y así baile con el varios discos de salsa, bailables, merengues y más vallenatos seguidos, hasta que sonó uno de música electrónica desocupando la pista y en donde los jóvenes y alguna de las damas salieron a bailar entre ellas yo, doña Isabel, Adriana y la otra niña que no me acuerdo de su nombre ya que Ramiro se sentó con sus compañeros tomando cerveza. Baile enfrente de el moviendo la cintura la Isabel me pregunta.

    -Bueno mamita ¿y tú qué te traes con el Ramiro?

    A lo que le respondí.

    Me encanta y que cuando a mi me gusta un hombre no veo el problema de pasar un buen rato.

    A lo que Isabel me responde.

    -Quien ve a la chiquita y lo bandida que sale. Lo lamento por tu amado esposo. Debe de tener una cornamenta bastante grande.

    Nos reímos seguimos bailando en frente de los peones, ya iba terminando el disco y le envié varios besos al Ramiro, termino el disco y me le acerque con Isabel y Adriana quienes se pararon tapándome sin querer y aproveché para meterme entre las piernas de Ramiro y abrazarlo y darnos varios besos. Sonó un merengue y saque a David a bailar y Isabel saco a Ramiro, Adriana otro de los muchachos, la otra chica venía del baño y saco a otro de los peones. El disco termino y las cuatros cambiamos de pareja mientras que tú con tus amigos bailaban con otras damas y otros seguían en las mesas hablando y riendo.

    Y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo las cuatro nos acercamos a bailar con sus esposos hay si te acuerdas bailamos un buen rato, con don Julio y varios de los ciclistas me dieron ganas de salir a fumarme un cigarrillo y me acerque a Ramiro abrazándolo le dije.

    -ven papi me acompañas a fumar.

    Salimos abrazados lo que el aprovecho para acariciarme las nalgas y apretármelas, en la calle había varias mesas ocupadas con gente del pueblo que no formaban parte del grupo y aprovechando nos alejamos unos metros en un punto medio escondido y oscuro y ahí nos besamos apasionadamente, me acaricio las nalgas, y yo su espalda me agarra mis tetas sobre el bodi, besándome el cuello y mi mano derecha bajo a tocarle el pantalón a la altura de su verga sintiendo su grosor

    Hay papi te juro que nunca me imaginé llegar a algo así y menos en plena calle pero al sentir ese bulto en sus pantalones no me aguante las ganas de saborearla de sentirla en mi boca. Voltee a mirar hacia los lados y no había nadie cerca, lo miraba directo a sus ojos y riéndome

    Le solté el cinturón el botón le baje la cremallera y metí mi mano derecha entre su bóxer y le saque la gruesa y larga verga la que me quedé asombrada lo bien dotado que estaba, mire hacia los lados para cerciorarme de que nadie nos viera, enseguida me la metí a la boca y se la mame por varios minutos diciéndole lo rica que estaba su verga y que me fascinan los hombres bien dotados el termino de bajarse los pantalones a las rodillas lo que me dejó chuparle hasta las huevas y lamberle todo el grueso tronco.

    Volví a mirar hacia los lados y nadie se veía, me sonreí mirándolo a los ojos, seguí mamándosela y masturbarlo, me la restregué por la cara en medio de gemidos y seguía mamándosela tratando de hacerle una garganta profunda, pero por lo gruesa me dificultaba hacerlo, volvía a mirar hacia el bar y veía a la gente en el sitio y seguí mamándosela y masturbarlo, hay fueron más 30 minutos, hasta que se me vino en mi boca tomándome todo su semen con algunas gotas que alcanzaron a salir de mi boca mientras terminaba de venirse cayendo sobre el bodi quedando como evidencia de ese momento tan excitante.

    Terminé de tomarme todo su semen el se colocó su pantalón y nos volvimos a besar y le conté que me fascinó mamársela lo rico que me hizo sentir con su deliciosa verga en mi boca. Hay prendí el cigarrillo y mientras me lo fumaba Ramiro me agarró por la espalda acariciándome la Cuquita sintió lo mojado que el bodi estaba en mi cuquita. Terminé de fumar y entramos al bar y acercándome a dónde la Isabel me pregunta.

    -¿dónde estaba mamita?

    Y haciendo el ademán de enrollar la mano acercando a la boca indicándole que estaba mamándole la verga a Ramiro. A lo que sorprendida y riéndose me dice.

    -Hay no te lo puedo creer

    Y al colocar su mano sobre mi hombro vio una de las gotas del semen y se acercó a olerlo y me mira diciéndome.

    -Eres una desvergonzada mamita guau que loca eres.

    A lo que le contesté.

    -nunca había hecho eso en plena calle pero después de haberle acariciado el pantalón y sentir tremendo paquete no me aguante las ganas de hacerlo.

    Y Isabel me pregunta.

    -¿Y es que es muy grande?

    Con mis manos le indique lo larga y lo gruesa.

    Me mira y con cara de picardía enrollando sus labios en círculo me dice.

    -Me encantan también, me encantan los hombres bien dotados. Creo que el David está también buen dotado, cuando baile con el sentí algo bien grande.

    A lo que le respondí.

    -Hay si yo también se la sentí sobre todo cuando baile un reguetón y le restregué mi trasero en su pantalón.

    Adriana nos escuchaba atenta y se sonríe diciéndonos.

    -He ave María al parecer a todas nos gustan los hombres bien dotados.

    A lo que Isabel dice.

    -Sin dudarlo ni un poquito y tengo varios amigos que me complacen con sus bien dotadas vergas.

    A lo que les digo.

    -yo he sido también afortunada la gran mayoría son bien dotados.

    A lo que Isabel dice.

    -Tu eres un pedacito de mujer físicamente perfecta buenos pechos a pesar de tu altura y un trasero redondo bien formado.

    -hay me tienes.

    Me paro en frente de ambas y doy una vuelta entera mostrándoles mi cuerpo y le digo.

    -Pues chicas este cuerpecito me ha servido para conquistar a más de uno que me han hecho disfrutar de excitantes momentos.

    A lo que la Adrián dice.

    -Bueno lo siento mucho por tu marido.

    Y las tres en coro dijimos.

    -Pooobrecito…

    Y nos reímos. Seguimos bailando con nuestros esposos hasta la una de la mañana que salimos con dirección a la finca y al llegar y entrar al cuarto tu te convertiste en una fiera sexual he hicimos el amor como locos desenfrenados. Yo me desperté al otro día y tú no estabas ya habías salido a revisar las bicicletas. Me levanto y en la piscina ya había varias de las damas que habían venido acompañando a sus maridos ciclistas y también había otras parejas

    Que jugaban domino otras parques y un grupo que hablaban y reían, me puse un vestido de baño de dos piezas un hilo dental que dejaba ver mi trasero y el sostén apenas tapaba los pezones salí a la piscina con una batica abierta y doña Isabel hacían corrillo con Adriana y tres peladas que exhibían sus cuerpos en diminutos vestidos de baño. Me les acerque saludándolas.

    -Hola chicas ¿cómo están?

    Y doña Isabel me saluda.

    -Buenos días mi pequeña y traviesa amiga.

    A todas les di piquitos en la mejilla. El sol estaba en pleno despejado. Saque mi bloqueador y me lo unte mientras hablábamos de lo del bar y salió a colación lo de mi sexo oral con el Ramiro con todo y una animada demostración de lo hecho y la burla que desperté por tal hazaña haciéndome sentir realizada y dándome un toque de heroína ante todas.

    Al rato de estar hablando le gente poco a poco fue saliendo de la piscina pues se acercaba la hora de la carrera y de pronto Ramiro lo vemos que entraba a la zona de la piscina con una toalla en la mano en un vestido de baño y unas arrastraderas las cinco estábamos acostadas en sillas de sol y con lentes de sol. Isabel al verlo nos dice.

    -A ver mis niñas si gustan dirigir su mirada a la izquierda verán al Ramiro que viene hacia nosotras con su caminar y vean pues viene con una pequeña pantaloneta ceñida a su cuerpo no, no, no que descarado, viene a provocarnos. Todas volteamos a verlo y nos reímos.

    A lo que una de las chicas dice.

    -Guau miren ese monumento de hombre si está como quiere.

    A lo que otra de las chicas dice.

    -Lucia, valla en serio tuviste sexo oral con ese semental. Soy fan tuya ese hombre está que provoca una buena cogida.

    Todas nos reímos.

    A lo que también Adriana opina.

    -Me encantaría meterme a la cama con él.

    Me pare y sonriendo me le acerque saludándolo con un prolongado beso en la boca.

    -Papacito buenos días.

    -hola mamita ¿como amaneces?

    -con ganas de haber amanecido contigo.

    Después de una noche larga de sexo.

    Volvimos a besarnos y me dice.

    -Ha eso pensé está mañana al despertarme que rico sería.

    Ramiro coloca su toalla extendida sobre una de las sillas de sol y un nevera de icopor que traía con cerveza en el suelo, en los parlantes sonaba pura música clásica y a los minutos cambio a un poco más bailable. Ramiro saludo a las otras chicas dándole a cada una besito en la mejilla en pleno coqueteo de las chicas, quienes en forma jocosa le dieron a saber de nuestra experiencia sexual de la noche anterior, hasta la misma Isabel comento el bulto que se le veía al vestido de baño muy visible.

    El Ramiro se sintió un poco apenado pero al final duro un buen rato de pie dejando ver ese exquisito bulto en su vestido de baño y yo a su lado abrazada por la espalda dándonos besitos, hablábamos con las chicas, dos de las chicas se fueron pues sus esposos las habían llamado. Ramiro les ofreció cerveza fría que traía en la nevera.

    Me senté en el borde de la piscina y el Ramiro se mandó de cabeza nadando un poco a lo que yo también me metí a nadar un poco ejercitándome por varios minutos, el tiempo fue trascurriendo y la gente se iba ya yendo a vestirse para ir a la carrera ya quedando unas pocas mujeres entre ellas el grupo de doña Isabel.

    Lo que me dio la libertad de estar al lado de Ramiro y abrazarlo con mis piernas y besarnos por prolongados minutos diciéndonos bobadas, empezó a besarme el cuello y a acariciarme el trasero y como había pocas personas me solté el sostén del vestido de baño quedando en toples lo que me aplaudieron las chicas y que también poco a poco se alistaron para irse dejándonos solos y así darle rienda suelta a mis instintos sexuales, le baje la pantaloneta quitándose la toda y mientras nos besábamos le acaricie la verga y las guevas.

    Nos salimos de la piscina Ramiro saco dos cervezas tomamos varios sorbos y se sienta en una de las sillas y yo me le arrodillo en frente de él colocando una toalla en el piso y le agarro la verga y empiezo a mamársela, se la lambí, me la restregué por la cara, le chupe las huevas, ya llevaba cosa de 5 minutos cuando te veo que pasas directo a la casa muy seguramente buscándome sin dejar de mamarle la verga a Ramiro me sonrió mirando al Ramiro y continúo en mi exquisita acción. Veo que entras a la casa y se la lambo y dándole un besito en el glande le digo a Ramiro.

    -Ya vengo mi amor, espérame y me deshago de mi esposo.

    -Listo mamita acá te espero.

    Le pegue tres mamadas y vi a David que venía hacia nosotros observándome me mira tapándose los ojos con su mano derecha, me sonrió y pegándole la última mamada, a lo que e el David pregunta.

    -¿Y ustedes no se han arreglado no van a ir a la carrera?

    Le contesté.

    -Nooo… Yo no tengo ganas de ir creo pasarla mejor acá con Ramiro.

    A lo que Ramiro también dijo.

    -Tan huevón usted, que cree que tenemos ganas de ir a esa bendita carrera.

    Nos responde David.

    -pues si se ve de lejos las ganas que tienen

    Me sonreí y volví a mamarle la verga a Ramiro y le dije.

    -Como vez no tengo ni cinco de ganas de ir.

    Me pare y acercándomele le pregunté.

    -y tú si vas a ir, no te gustaría más bien quedarte y entre Ramiro y tú me hace pasar un buen rato.

    Lo abrace y le acaricie el bulto de la verga sobre su pantalón con mi mano derecha y con la mano izquierda toque su quijada y acercándolo a mi cara lo bese en la boca y me dice.

    -Quien se puede oponer a tal invitación, claro que me quedo mamacita.

    Volvimos a besarnos y metí mi mano derecha entre su pantalón buscando agarrarle la verga y acariciarla. Y le dije.

    -Listo entonces desviste que ya vuelvo me deshago de mi amado esposo y regreso.

    A lo que me responde.

    -a listó mamita de una.

    Y me fui a buscarte menos mal ya bajabas la escalera recuerdas que al verme en toples volteaste a mirar para todos lados que no hubiera nadie que me pudiera ver.

    -Si me acuerdo.

    Le respondí y fue cuando te pregunté porque no te habías vestido. Y me respondiste que no ibas a ir. Ajá y me contestaste que ibas a aprovechar que no había mucha gente.

    Si y me dijiste que me iba a quedar sola y fue cuando te conté que en la piscina estaban Ramiro y David que me iba a quedar con ellos.

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  • Curioseando encontré un punto de sexo

    Curioseando encontré un punto de sexo

    Después de mi trabajo solía ir a las cabinas de internet hasta que un día encontré por internet que había una zona que se llamaba Netcom que se reunían gays, ni corto ni perezoso fui a ese lugar entré y veía que había personas que miraban con su puerta entreabierta y notaba algunos pajeandose, otros con puerta cerrada gimiendo despacio, eso me causaba curiosidad, ese día no pasó nada, pero mi mente estaba en ese lugar, que al día siguiente que era mi descanso me bañé y me compré un calzón hilo dental y me puse.

    Salí rumbo al punto, cuando pasaba al fondo vi a un hombre con el pelo cenizo que se pajeaba con la puerta entre abierta, tenía una pija grande y fuerte que me enamoró al instante me vio y me llamó, entré y aseguró su puerta, le dije: ¡tienes una pija grande! Me respondió: así es, ¿te gusta? Le dije que si, me hizo mamarlo su que era grande y mientras lo mamaba me empujó la cabeza con fuerza que casi vomito y me dijo: “vamos a un hotel, pero pagas la entrada”, “está bien” le dije, fuimos a un hotel que entraban gay y el conocía, era la primera vez que entraba a ese hotel, allí dentro nos desnudamos y lo vi más grande quizás no me percaté bien porque en la cabina estaba sentado.

    Pero si que me asusté y le dije, “mejor otro día porque tengo que ir al trabajo ya es tarde”. “¡No! Me has hecho venir y voy a cachar ese rico culito”, cogiéndome del brazo y jalándome a la cama, mamé su pinga que a cada mamada me presionaba que entraba la polla casi toda que llenaba de saliva sus piernas, mientras gemía de placer, ya no le decía, estábamos en posición 69 mientras él mamaba mi culo, cacheteándome con sus grandes manos era una excitación rica, sentía su lengua recorrer mi ano que nunca había recibido una pija de ese porte, lleno de saliva mi culo.

    Me dio la vuelta y me puso sobre la cama en cuatro, y sentí la cabeza de su pija que apuntaba a mi culo, cuando de pronto lo metió con fuerza que caí sobre la cama y él que no me soltaba se echó sobre mí, yo grité del dolor, cogió la sabana y me puso en la boca, muerde puta de mierda me dijo, mientras bombeaba mi culo adolorido, yo mordía la sabana llorando del dolor mientras su pija se acomodaba en mi culo, sentía que me partió las paredes internas de mi culo, se sentía claramente toda la pija dentro de mi pobre culo adolorido.

    Sacó su pija que sentí un alivio, me jalo de los pies y me puso al filo de la cama para meterlo de nuevo mientras palmeaba mi culo con fuerza para meterlo de nuevo que me destrozaban todo, hasta que por fin descargó su leche que sentía caliente dentro de mi culo a borbotones que cuando saco la pija la leche salía por entre mis piernas, yo seguía llorando con el culo que latía mil, trajo su pija a mi boca y pude ver con rasgos de sangre que lloré y le dije “¡me has roto el culo!”.

    Me dijo que debía avisarlo que era virgen, estaba dura su pija que cubría mi mano, mientras secaba mis lágrimas con la sabana, me besaba de a pocos, echados los dos en cama me acerqué y le mamé la pija de nuevo hasta que eyaculó de nuevo y me tomé su leche.

    Nos despedimos, aunque debo decir que fue el recuerdo más duro y doloroso de mi vida, pues demoré mucho para recuperarme de esta experiencia sexual, la verdad no lo busque porque tuve miedo y descanse de mis andadas por un buen tiempo.

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  • Harem incestuoso (3): La venganza

    Harem incestuoso (3): La venganza

    Como ya vimos en los relatos anteriores, Jake, pese a ser el hombre del harem, no tiene ningún tipo de poder de edición sobre el mismo y, más que ejercer su autoridad sobre sus mujeres (como ocurriría en cualquier Harem tradicional), son sus mujeres las que ejercen su poder y dominio sobre él, tratando lo como un juguete sexual.

    Sin embargo, de la misma forma que las mujeres del harem de Jake tienen derecho a hacer lo que quieran con él susodicho, también tienen la obligación de protegerlo, y de eso tratara la historia de hoy.

    Todo comenzó noche en la que, aprovechando que Jake se había quedado dormido después de varias secciones de sexo con su madre, está misma organizo una reunión con las miembros del harem en el comedor de la casa para hablar de un asunto urgente.

    “Bien, señoritas, he convocado está reunión para hablar de un asunto de vital importancia” dijo Gloria, con mucha seriedad “Como ya debieron haber notado, Jake tiene un ojo morado y, aunque él diga que se lo hizo porque se cayó, yo estoy convencida de que lo golpearon, y quiero saber si alguna de ustedes tuvo algo que ver ¡Les recuerdo que las reglas del harem prohíben todo tipo de práctica sexual violenta que pueda lastimar a Jake!”

    “Yo también me percate de eso, pero yo no fui” dijo Lupe.

    “¡Ni yo!” exclamó Nina “Yo, a lo mucho, le he dado unas nalgadas tan fuertes que le he dejado el culo rojo, pero nada más”

    “¡Entonces, si ustedes no lo golpearon y yo tampoco, eso quiere decir que alguien más lo hizo!” exclamó Gloria, molesta.

    “¿Hablas de un bully?” pregunto Lupe, furiosa.

    “Dicho bully debe ser uno de los compañeros del curso de Jake” dijo Nina “¡Debemos obligar a ese idiota que nos diga de quien se trata!”

    “¡No, yo ya lo intente y se niega a hablar!” exclamó la milf rubia “Lo deben tener amenazado de seguro ¡Debemos descubrir quien es por nuestra cuenta para poder hacer algo al respecto!”

    “¡Dejen que yo me encargue de eso!” exclamó Nina.

    Una semana después, Nina siguió en secreto a Jake hasta la casa en donde se dictaba el curso de arte. Luego, la chica musculosa se metió en el callejón que estaba al lado de la casa, y pudo espiar la clase desde una ventana sin que nadie la viera ñ.

    Un rato después, cuando la clase ya había acabado y todos se estaban retirando, Nina vio a una chica afroamericana, de una edad y de un cuerpo muy similar al suyo, acercándose a su hermanastro.

    “¡Bien, ya sabes lo que tienes que hacer, estúpido!” exclamó la afroamericana, mientras le daba un pequeño golpe en la nuca a Jake “¡Pasere por tu casa para buscar mi tarea ya hecha, y más te vale que la hagas bien, o te dejare el otro ojo morado! ¿Me escuchaste, marica?”

    “No creo que sea conveniente que vengas a mi casa, Mandy” dijo Jake, asustado “Déjame que haga tu tarea y, ni bien la tenga lista, te escribiré para acordar un lugar en el que te la pueda entregar”

    “¡Está bien, Pero ni se te ocurra demorar mucho!” exclamó la chica, y le da un tirón de orejas a Jake “¡Nos vemos, estúpido!”

    “¡Maldito hija de perra!” exclamó Nina, furiosa, mientras aguantaba sus ganas de entrar en la casa para darle una paliza a la afroamericana.

    Al regresar a su casa, Nina le contó a sus madres lo que había descubierto.

    “¡Maldita hija de la chingada!” exclamó Lupe, furiosa “¿Cómo se atreve a golpear y a tener amenazado a nuestro Jake? ¡Vamos ya mismo a romperle las malditas piernas!”

    “¡Estoy descansando contigo, mamá!” exclamó Nina.

    “¡No, esperé un momento!” exclamó Gloria “Yo también estoy furiosa por la situación, pero creo que pero se me ocurre una mejor manera de vengarnos de esa idiota. Lupe ¿Aún tienes el equipo de sadomasoquismo que usamos en nuestra luna de miel en Cancún?”

    “Si, está en el armario ¿Por qué?”

    “¡Escuchenme, estoy es lo que haremos…!” exclamó Gloria, y le comenzó a contar su plan a las chicas.

    Un par de días después, Lupe se llevó a Jake a la cama, y se lo cogió tan fuerte como pudo. La sesión de sexo que Jake había tenido con su madrastra había sido tan intensa que este, tras terminar de eyacular por quinta vez, se desplomó dormido sobre la cama.

    Luego, aprovechado que su hijastro estaba dormido, Lupe agarro el celular de esté, y se fue a la sala, en dónde se encontraban Gloria y Nina esperándola.

    “¿Alguien sabe la contraseña?” pregunto Lupe.

    “¡Si, es la fecha de su cumpleaños!” exclamó Gloria, mientras desbloqueaba el celular “¿Cómo se llama ese puta?”

    “¡Se llama Mandy!” exclamó Nina.

    Una vez que encontraron el contacto de la afroamericana, Gloria, haciéndome pasar por su hijo, le escribió un mensaje, el cual decía qué, si quería que le entregará la tarea del curso, debía encontrarse con él en frente del motel Noche de Pascio el martes por la noche. Al rato, Mandy contesto el mensaje, diciendo que allí estaría.

    Algunos días después, Mandy fue al punto de reunión que le habían indicado pero, en vez de encontrarse con Jake, se encontró con Nina.

    “Buenas noches, amiga” dijo Nina, de forma muy amable “Soy la hermanastra de Jake, y tú debes ser Mandy ¿Cierto?”

    “¡Si, lo soy!” exclamó molesta la afroamericana “¿Y dónde está Jake? Quedamos en reunirnos aquí”

    “Él me envió a buscarte” dijo la mujer musculosa” ¡Sígueme, te fuiste hacia el!”

    Nina guío a Mandy hasta una de las habitaciones del motel pero, en vez de ver a Jake, vio a Gloria y a Lupe vestidas como dominatrix.

    “¡Bienvenida al infierno, puta!” exclamó Gloria, con excitación.

    “¿Pero que carajo?” pregunto Mandy, sorprendida.

    “¿Así que te crees muy valiente por abusar de un hombre indefenso como nuestro Jake?” pregunto Nina, mientras cerraba la puerta de la habitación con llave, y se desnudaba “¿Por qué no te metes con mujeres de tu tamaño?”

    “¡Ni se les ocurra tocarme o gritaré!” exclamó Mandy, quien se comenzaba a sentir nerviosa.

    “¡Grita todo lo que quieras, pues nadie te escuchara!” exclamó Lupe, mientras ella y su esposa agarraban a la afroamericana “¡Está habitación es a prueba de ruido, y nadie podrá venir a salvarte de nosotras!”

    “¡Pagarás por lo que le hiciste a nuestro amado Jake!” exclamó Gloria, mientras ella, Lupe, y Nina comenzaban a desnudar a Mandy.

    “¡Suelteme, hijas de puta!” grito Mandy, mientras forcejeaba en un vano intento oír librarse de las mujeres.

    Luego de mucho forcejeo, las mujeres desnudaron por completo a la afroamericana, le esposaron las manos detrás de la espalda, la tiraron sobre la cama, y Lupe y Nina la agarraron con fuerza.

    “¡Debo admitir que, para ser una puta, tienes un excelente culo!” exclamó Gloria, mientras acariciaba las nalgas de Mandy “¡Voy a gozar hacer esto!”

    “¡Que ni se te ocu…!” exclamó la afroamericana pero, antes de que pudiera terminar de hablar, la milf le azotó el culo con un látigo “¡Hija de puta!”

    “¿A quien le dices puta?” grito Lupe, mientras agarraba del pelo a Mandy y le daba un beso ensalivado en contra de su voluntad “¡Las buenas mascotas no insultan a sus amas!”

    “¡Creo que debemos domesticar a esta zorra!” exclamó Nina, mientras le pellizcaba con fuerza los pechos a Mandy, haciendo que está gritara de dolor y de placer.

    Durante los siguientes minutos, las chicas del Harem se fueron turnando entre ellas para azotar las nalgas de Mandy, y lo hicieron con tanta fuerza que el culo de la afroamericana quedó todo rojo, y su coño todo mojado.

    “¡Parece que a alguien le gustó lo que le hicimos!” exclamó Lupe, entre risas, mientras le manoseaba la entrepierna a Mandy.

    “¡No es lo que creen… es algo involuntario!” exclamó Mandy, avergonzada.

    “¡Cómo sea, ahora es tu turno de darnos placer a nosotras!” exclamó Gloria, mientras agarraba la cabeza de la afroamericana y la metía entre sus nalgas “¡A chupar, puta de mierda!”

    “¡Jamás!” gritó Mandy, y Nina la toco con una picana eléctrica, haciendo que está se sobresaltara “¿Pero qué te pasa, enferma?”

    “¿Te gusta? La compré para esta ocasión y, como estaba en oferta, me costó una ganga” dijo Nina, mientras le mostraba la picana a Mandy

    “¡Me pudiste electrocutar!”

    “No te preocupes por eso, hora está en el nivel más bajo pero, si no empiezas a chupar culos como una buena putita, le subiré el nivel al máximo y te la meteré por el coño” dijo Nina, mientras agarraba la cabeza de la afroamericana y la metía entre las nalgas de su madrastra “¡Que tengas buen provecho!”

    Mandy, con temor y con excitación, comenzó a lamer el culo de Gloria, y está gimió al sentir la lengua de la afroamericana. Al rato, Gloria intercambio su puesto con Lupe, y fue la milf latina la que comenzó a disfrutar de la lengua de Mandy dentro de su ano. Finalmente, llegó el turno de Nina de divertirse, por lo que se puso encima de Mandy e hizo el 69 con ella, al tiempo que la hija de Lupe tocaba la piel de la afroamericana con su picana eléctrica, haciendo que está se retorciera de dolor y de excitación.

    Luego de mucho sexo oral, las chicas del Harem se pusieron unas cinturongas, las cuales tenían consoladores enormes, Lupe se acostó boca arriba sobre la cama, y Gloria y Nina agarraron a Mandy.

    “¡Piedad, por favor!” exclamó la afroamericana, temblando de miedo y de la lujuria.

    “¡No mereces ningún tipo de piedad, zorra! ¿Qué piedad has tenido con Jake?” exclamó Gloria, mientras ella y su hijastra metían el consolador de la cinturonga de Lupe dentro del coño de Mandy “¡Ahora cállate y sufre!”

    “¡Mierda, es demasiado grande!” grito la afroamericana, mientras Lupe se la cogía.

    “¡Y es solo el inicio!” grito Gloria ñ, mientras metía su consolador dentro del culo de Mandy.

    “¡Puta madre!” grito Mandy, mientras era penetrada por el culo y por el coño al mismo tiempo.

    “¡Que escandalosa eres!” exclamó Nina, mientras metía el consolador de su cinturonga dentro de la boca de la afroamericana “¡Mejor usa esa boca de mierda para algo útil!”

    Durante un buen rato, Mandy fue penetrada por todos sus orificio, al tiempo que las chicas del Harem la azotaban con látigos y la tocaban con la picana. Cada cierto tiempo, las mujeres cambiaban de lugar para que todas pudieran disfrutar de los agujeros de su víctima, y las tres se la cogían tan fuerte como podían.

    Al rato, tras finalizar el gang bang lésbico, Mandy se desplomó en la cama, completamente agotada, y con el coño todo mojados debido a que había tenido un orgasmo.

    “Creo que ya es hora de ir acabando” dijo Lupe “¿Listas para el gran final?”

    “¡Me parece bien!” exclamó Nina, mientras ella y sus madres le metían los consoladores de sus cinturongas dentro del culo a Mandy.

    “¡No, por favor, basta!” grito Mandy, excitada, mientras sentía como los tres consoladore le penetraban el ano al mismo tiempo “¡Les juro que dejaré en paz a Jake y jamás lo volveré a molestar!”

    “¡Yo sé que no lo harás pero, de todas formas, te romperemos el culito para que no olvides lo que te pasará si vuelves a meterte con nuestros hombre!” exclamó Gloria, mientras ella, su esposa, y su hijastra tenían sexo anal con la afroamericana.

    Tras romper el culo de Mandy, las mujeres liberaron a la afroamericana y, como está estaba con el culo tan adolorido, le dieron un par de muletas para que pudiera caminar.

    Al regresar a su casa, las mujeres se encontraron con Jake, le contaron todo lo que le habían hecho a Mandy, y este se puso nervioso.

    “¿Cómo se les ocurre hacer eso?” pregunto Jake, preocupado “¡Ahora Mandy le contará a todo el mundo que tengo un Harem incestuoso!”

    “¡No te preocupes porque si esa puta sabe lo que le conviene, mantendrá la boca cerrada!” exclamó Lupe.

    “¡Se lo merecía por meterse con el hombre del Harem!” exclamó Gloria.

    “Y que entonces sirva como lección a ti también, Jake” dijo Nina “La próxima vez que alguien te moleste, dinos quien es, y nosotras nos encargaremos de que te deje en paz”

    “¡Recuerda que nadie tiene derecho a abusar de ti… salvó nosotras!” dijo Lupe.

    “La verdad… les agradezco lo que han hecho por mi” dijo Jake, con una sonrisa “¡Se siente bien tener una familia y un Harem que te proteja!”

    “¡Si, muy lindo y todo, pero es hora de volver a la rutina habitual!” exclamó Gloria, mientras levantaba a su hijo como si fuera un saco de papas” ¡Te recuerdo que hoy es mi día, y aún tengo ganas de coger!”

    “¡Bueno… supongo que este es el precio a pagar por tener una familia tan buena como está!” pensó el joven, mientras su madre lo llevaba al cuarto.

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  • Por fin cumplí mi sueño: Un trío con mi novia y mi prima Blanca

    Por fin cumplí mi sueño: Un trío con mi novia y mi prima Blanca

    Después de la ocasión en que Blanca descubrió que terminé dentro de Irene y me obligó a cogérmela aun con el semen de su novio escurriendo de su coño, sus celos desaparecieron. El acuerdo fue que ambos tendríamos permitido tener una vida sexual plena con nuestras respectivas parejas sin perder la nuestra. Es decir, ahora yo tenía todo el derecho de eyacular dentro de Irene cuantas veces quisiera y bueno, Blanca tendría la posibilidad de que Samuel la rellenara cada vez que se vieran.

    El acuerdo funcionó durante varios meses, la verdad. El sexo con Blanca seguía siendo fabuloso, por supuesto, no hay nada cómo penetrar el coño desprotegido de tu prima, pero, por otro lado, eliminar los condones en mi relación con Irene fue la mejor decisión que he tomado. Las sesiones con ella eran de otro mundo; lo hacíamos con ternura y con coraje, diciéndonos las cosas más hermosas y las guarradas más terribles y ahora que no debía preocuparme por usar un condón, pudimos realizar varios jueguitos y fantasías que también les contaré más adelante.

    Blanca estaba contenta también. Quería Samuel, quien aparte por el hecho de que descargaba su semilla en la prima de mis amores, era un buen tipo. Las cosas fueron bien durante algunas meses aunque de forma frecuente y una vez relajados, entrelazados y desnudos, Blanca comenzaba a preguntarme cuándo le propondría matrimonio. Un domingo por la tarde fue más incisiva de lo normal:

    —Te estás tardando, Enrique y no te voy a esperar para siempre —me dijo un día en el que comenzó a vestirse para añadir dramatismo a sus palabras.

    —Tú sabes bien que quiero estar contigo, primita, pero debemos planear bien las cosas, todavía ni siquiera me gradúo de la universidad —respondí mientras la abrazaba por detrás y la empujaba de vuelta a la cama. Sin dejarla moverse volví a hundirme en ella pero la conversación continuó.

    —Pues demuéstralo —dijo con un gemido y acariciando mi nunca cuando la penetré —no podemos seguir así durante mucho tiempo, estamos lastimado a personas que nos quieren de verdad y además, el plan siempre ha sido ser sólo tú y yo, no soporto la idea de una vida sin ti —me decía con la voz cortada por mis embestidas.

    —Te amo, primita, encontraremos la forma de estar juntos, sólo ten paciencia —le respondí mientras lamía sus pezones.

    La verdad es que no le mentía. Yo la amaba de verdad, aunque tuviera sentimientos muy fuertes por Irene. Pero yo siempre fui un hombre práctico. A veces me odiaba a mí mismo por ser tan calculador y precavido y pensaba que si de verdad amara a Blanca, nos habíamos escapado a alguna otra ciudad el fin de semana que regresamos de la playa donde hicimos el amor por primera vez. Pero no.

    Yo pensaba todo el tiempo en finanzas y en el qué dirán y estaba seguro que Blanca por mucho que me amara, habría sufrido de carencias que al final la habrían convencido de volver a casa y alejarse de mí para siempre. Tenía que hacer las cosas bien y eso significaba al menos graduarme de la universidad. No podía decirle todo aquello sin que comenzara a dudar de nuevo, así que seguí moviéndome dentro de ella.

    —Al menos deberíamos pasar otro fin de semana solos, como la primera vez —dijo con la voz entrecortada, estaba a punto de venirse.

    —De acuerdo, Blanca, mi amor, el próximo fin de semana podemos irnos a Vallarta, he ahorrado algo desde que empecé a trabajar en el call center.

    —Sí, qué rico va a estar, te amo… —dijo viniéndose y empapando mis muslos de sus fluidos.

    —Yo te amo a ti, primita, todo va a estar bien —respondí expulsando mi semen en su coñito.

    Al día siguiente, Irene se decepcionó cuando le dije que ese fin de semana no podría verla porque tenía “un viaje familiar” a Puerto Vallarta.

    —¿Por qué no me llevas? —me dijo hundiendo su cara en mi pecho.

    —Me encantaría, flaquita, pero ya sabes cómo es mi familia medio rara. Aunque les caes de maravilla. Te prometo que a la próxima.

    —Bueno… —dijo sin sospechar nada.

    —Pero te propongo algo, podemos vernos todos los días esta semana y desahogar las ganas para que no nos extrañemos algo, ¿qué opinas?

    —¡Me parece perfecto! —chilló emocionada y comenzó a besarme el cuello. Estábamos en mi cuarto y podíamos coger siempre y cuando no hiciéramos tanto ruido.

    El martes Blanca me reclamó por WhatsApp.

    —¿Cómo que no nos veremos hasta el sábado?

    Le expliqué las razones y aceptó de mala gana.

    —Pues tú te lo pierdes, voy a pasarla con Samuel y te veo el sábado.

    Ya había anticipado su respuesta y procuré que no me afectara. Podría disfrutar del coño de Irene. Para complacerme, se había rasurado el vello en forma de corazón. Era toda una diosa desquiciada y me volvía loco. Sé que está mal, pero cuando le decía te amo a cualquiera de las dos mujeres de mi vida, no mentía.

    El miércoles invité a Irene a pasar la noche en casa, mis padres como siempre estarían fuera de la ciudad. Podríamos irnos juntos a la escuela como habíamos hecho en varias ocasiones. Esa pequeña rutina me encantaba, la sentía como la de un matrimonio. Luego pensaba en que debería estar viviendo eso con Blanca y sentía culpa. Pero ya llegaría nuestro momento.

    Después de clases fuimos a comer y de ahí de vuelta a casa. Pasamos al súper por tres botellas de vino, quesos y carnes frías. Pasaríamos la tarde y toda la noche viendo películas desnudos y por supuesto, cogiendo como si fuese la última vez.

    A las nueve de la noche tocaron el timbre. Era Blanca. La erección se me bajó y le pedí a Irene que se vistiera. Yo hice lo propio. La recibí en la sala.

    —Prima, ¿cómo estás? Qué gusto verte —le di la bienvenida tratando de mantener la calma. Irene bajó las escaleras aun poniéndose una camiseta mía de Black Shabbath.

    —Bien, primito, ¿puedo pasar? ¿Están mis tíos?

    —No, salieron de la ciudad, estoy con mi novia, Irene. Ya te la había presentado.

    —¡Prima! Qué gusto volver a verte —le dijo a Irene mientras la estrechaba entre sus brazos.

    ¿A qué estaba jugando Blanca? Comencé a enojarme pero no podía demostrar ninguna emoción que activara las emociones de Irene.

    —Igualmente, prima —respondió Irene con extrañeza —Pasa, tenemos vino, ¿quieres una copa?

    —Claro, hace frío.

    Blanca y yo nos sentamos en la sala mientras Irene subía a mi cuarto a buscar la botella. En los breves segundos que estuvimos solos, Blanca se encargó de pasar su mano por mi verga. Sus intenciones eran no eran claras, quizá dañinas. Aun así, mi pene reaccionó a su tacto, poniéndose duro como una roca. Luego se inclinó sobre mi regazo, intentando morder mi pene erecto por encima de la tela. Estaba loca esa mujer. Cuando escuchamos los pasos de Irene bajando las escaleras, adoptó una posición inocente.

    —Un Rioja, ¡qué buenos gustos tienes, Enrique! —exclamó al ver la botella mientras Irene llenaba su copa.

    —¡Hey! Debo admitir que he sido yo quien le ha enseñado algo sobre enología a Enriquito, él no salía de su Reservado o de puros vinos de La Redonda —confesó Irene con orgullo.

    —Bueno ya —corté la interacción —¿vamos a tomar o no? Por cierto, primita, no es que no me dé gusto, pero, ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas con tu novio.

    —Así era, pero tenía que estudiar para unos exámenes de la facultad y me aburrí. Decidí venir a verte, primo, tenía mucho tiempo que no estábamos juntos. Esta belleza te mantiene ocupadísimo… —dijo tomando de la mano a Irene para hacerla girar como si fuera una bailarina. Irene lo tomó de muy buen humor.

    —Ay, prima, mes sonrojas, pero qué bueno que has venido. Enrique me ha contado muchas cosas sobre ti y siento que no te conozco lo suficiente. Salud —dijo alzando su sopa.

    —Salud —repetimos al unísono Blanca y yo.

    Nos sentamos en la sala y pedí a Alexa que reprodujera música.

    —Hace un poco de calor —dijo Blanca y se quitó el suéter. Debajo tenía una blusa blanca de tirantes y sus pezones se remarcaban en la tela; no llevaba sostén. Evité voltear a ver su escote y centré la mirada en mi novia, quien tomó aquel gesto como una muestra de sana competencia. Se sentó y cruzó las piernas. No llevaba más que calzones debajo de mi camiseta -que le quedaba grande- y relució sus muslos morenos. Carajo.

    —Esto está un poco aburrido —dijo al fin Blanca dando un trago a su copa y sirviendo más a todos —¿y si jugamos un juego?

    —Sí, me parece gran idea —respondió Irene, que pegaba todo su cuerpo a mí, marcando territorio. Sospechaba algo, eso me quedaba más que claro.

    —¿Qué les parece “verdad o reto”? —propuso Blanca.

    —Excelente —fue la respuesta de Irene.

    Yo sólo bebí vino. La sentencia había sido dictada, podría mejor disfrutar el viaje al cadalso.

    —Perfecto, empiezo yo —Blanca dio un trago viéndome a los ojos —Primito, te reto a que beses a tu novia.

    —Qué aburrida, “prima” —fue la respuesta de Irene —pensaba que eras más atrevida —dijo y me atrajo hacia ella para darme un beso intenso. Me dejé hacer, no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando.

    —Me toca a mí —continuó —Amor, te reto a que beses a tu prima. Irene no sabía que acababa de abrir la caja de Pandora. —Si te atreves…

    Blanca y yo nos miramos. Yo con incredulidad y ella con lujuria. Nos acercamos hasta tocar nuestros labios y nos dimos un beso tierno pero largo. Después de varios segundos, fue Irene quien nos separó.

    —Ya, ya, que me pongo celosa. Te toca dictar el reto, amor.

    —Eh… —no supe qué decir. Ambas mujeres me miraron con anticipación. Decidí que debía jugar con sus reglas. —Amor, te reto a que beses a mi prima.

    —Ahora sí comenzó el juego —dijo Irene visiblemente ebria y caliente.

    Miré a Blanca, hizo una mueca de incredulidad pero recobró la compostura con rapidez.

    —Ven aquí, prima —le dijo a Irene y la atrajo hacia ella posando la mano en su nuca. Se besaron largamente mientras yo, a un costado, comencé a acariciar mi verga, que ya estaba lista para entrar en cualquiera de esas dos mujeres. Se separaron y notaron mis movimientos.

    —Vaya, vaya, amor, sí eres todo un caliente, ¿te gustó lo que viste? —preguntó Irene.

    —Sí, me ha encantado —confesé —Sigamos jugando. ¿A quién le toca dictar el reto?

    —Antes de que otra cosa pase —interrumpió Blanca —¿les molesto si me quito la blusa? No soporto el calor.

    Nadie dijo nada. Blanca se sacó la blusa de tirantes, dejando al descubierto sus hermosos pechos pequeños. Tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para evitar lanzarme a lamer esas tetitas que invitaban a saborearlas.

    —Tienes razón, el calor está terrible —dijo Irene para no quedarse atrás y también se quitó mi camiseta. Sus pesados pechos cayeron de una manera hipnótica. Ambas mujeres me voltearon a ver.

    —Está bien, está bien —dije y me quité la camisa.

    —No, oh, —dijo Irene —Todo. Blanca estuvo de acuerdo con la mirada. Me quedé en bóxers y con la verga empujando violentamente la tela negra.

    —Bien, amor, así estás perfecto —me acarició el abdomen pasando la mano por mi erección. Metió la mano debajo de la tela y comenzó a masturbarme mientras me besaba con los ojos cerrados. Yo mantuve los ojos abiertos y miré de reojo a Blanca, esperando su reacción. Estaba lívida, pero también muy excitada. Observó cómo Irene al fin liberaba mi verga y me masturbaba como Dios manda mientras bebía su vino y se tocaba los pezones.

    Apuró su vino y al fin se aproximó. Jaló del pelo a Irene y yo intuí problemas, pero sólo la besó con pasión para luego acercar sus labios a mi erección y comenzar a mamar. Por su parte, Irene me empujó, dejándome boca abajo en el sillón, se quitó las bragas y puso su maravilloso coño sobre mi cara, comencé a lamer sus labios y clítoris. Era el mejor día de mi vida. Blanca mamaba con coraje, usando sus dientes para arañar mi glande, dando el mensaje de que si bien estaba disfrutando de aquella sesión, prefería que mi verga y mi semen fuesen sólo para ella.

    Disfrutamos así un buen rato, los jugos de Irene escurriendo por mi barba y la saliva de Blanca empapando mi verga. Fue entonces que Blanca se sacó mi verga de la boca y decidió montarse en ella. Entré en pánico; no esperaba una buena reacción por parte de Irene, pero pareció ni siquiera notarlo, siguió con su coño en mi cara. Entrar en Blanca siempre era una delicia y me cabalgó con furia y pasión.

    El vino y la confusión me hicieron retrasar las sensaciones, estaba seguro de que sin importar lo que pasara, sería capaz de complacer a ambas mujeres. Blanca me cogió durante un buen rato y yo complací a mi mujer de igual forma hasta que los celos y la calentura hicieron que Irene alejara su vagina de mi cara y de un empujón se deshiciera de Blanca. Me incorporó de un jalón, acostándose en el sillón y me atrajo hacia ella para que la penetrara de misionero. Comencé a bombear dentro de ella, loco de placer y lujuria.

    —Dámela, mi amor, dame toda tu verga al natural, como nos gusta —gritaba Irene con exageración. Su propósito era establecer que en realidad mi verga le pertenecía a ella. Pensé que Blanca montaría en cólera pero cuando alcé la mirada vi que se había acomodado en el otro sillón y me masturbaba con furia ante la visión de su primo, y amor de su vida, penetrando a otra mujer sin condón.

    Noté las contracciones de Irene y supe que se iba a venir, decidí que ya era bastante tiempo y concentré mis sentidos alrededor de nuestros cuerpos, listos para eyacular dentro de mi novia y frente a mi prima.

    —Échamelos adentro, Enrique, donde van mi amor —gimió Irene y me rodeó con brazos y piernas. Aun de haber querido, me habría resultado imposible salir de esa situación. Eyaculé con fuerza en la vagina de Irene pero haciendo contacto visual con mi prima Blanca que también se venía en ese momento. Los tres nos quedamos relajados y yo la saqué hasta que estuvo flácida. Nos quedamos en silencio y sólo atiné a servir tres copas.

    Nos sentamos desnudos y en silencio. Fue Blanca quien habló.

    —Salud por la familia y por el amor —dijo con lujuria y algo de rencor en la voz.

    Ambas mujeres se sentaron junto a mí y recostaron sus cuerpos desnudos en mi pecho. La sala olía a sexo: a semen, fluidos y sudor. Al poco rato la respiración de Irene se volvió pesada: se había quedado dormida después de una buena cogida como era su costumbre. Blanca también lo notó. Recosté con suavidad a Irene en el sillón y puse mi atención en Blanca. Me puse de pie, con la verga de nuevo erecta y le tendí la mano para que se incorporara. La coloqué en cuatro sobre el otro sillón y sin avisarle la penetré. Seguía húmeda. Cogimos en silencio hasta que me vacié en ella. A pesar de la sesión anterior, expulsé una buena cantidad de semen en su vagina.

    —Esto no se ha acabado, cabrón, acuérdate que te puedes coger todo lo que quieras a esta putita, pero te vas a casar conmigo —sentenció Blanca dándome un beso en los labios.

    Desperté con ternura a Irene y los tres subimos al cuarto, para dormir. Descansamos desnudos, cada mujer a mi lado.

    Al día siguiente nos despertamos para ir a la universidad y no hablamos de lo sucedido, pero el trato fue cordial. Blanca se fue en su propio coche a la escuela, no sin antes despedirse de cada uno con un tierno beso en los labios.

    De camino Irene iba cambiando de canción en Spotify hasta encontrar una de los Black Eyed Peas, que cantó con emoción. Estaba contenta.

    —Deberíamos pasar más tiempo con tu prima, mi amor, me cayó a toda madre —dijo como si hubiéramos tenido una tranquila sesión de juegos de mesa.

    Sus sueños estaban a punto de cumplirse, ya que esa misma tarde Blanca y yo acordamos que invitaríamos a nuestras respectivas parejas al fin de semana que teníamos planeado en Vallarta y pasar unos días de sexo sin límites ya al fin involucrándolos.

    Muchas gracias por leerme, los relatos continuarán.

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  • Ellas

    Ellas

    Sabía que Ana y Laura hablaban habitualmente de sexo. Ana me había preguntado en alguna ocasión si me molestaba que compartiese detalles de nuestra vida sexual con su amiga, a lo que yo, sin darle demasiada importancia, había accedido sin mayor reparos.

    Lo que a continuación os relato, ocurrió ayer lunes en pleno verano, después de una noche de domingo especialmente traviesa. Eran las 15:37 cuando Ana llegó del trabajo. Yo la recibí en la puerta de casa y, sin tiempo para ninguna interacción, Ana me miró y dijo:  —Abre la mano. Obedecí sin cuestionarlo.

    Acto seguido, Ana posó sobre la palma de mi mano una prenda arrugada mientras cerraba la puerta de casa con su trasero: —Laura te manda recuerdos.

    Desplegué la prenda con cuidado. Eran unas bragas de tipo culote de color verde. No eran nuevas. Noté tanta humedad en ellas como si la propia Ana se las acabará de quitar delante de mí.

    No dije nada. Las apreté en mi mano, las acerque a mi boca, las olí, y, sin saber bien por qué, hice que Ana se las metiera en la boca.

    Ana accedió al juego y noté como sus ojos brillaban. Me arrodillé y le bajé los pantalones vaqueros. Arrastré lentamente sus bragas hasta quedar por debajo de las rodillas, disfrutando del delicioso hilo de viscosidad que dejaban a su paso.

    Ana me miraba fijamente, con la bragas de Raquel aún en su boca.

    Comencé a lamer su piel e introduje mi lengua entre sus pliegues. Le ayude a desplegar una de sus piernas sobre mi hombro. Lamí su sexo, tierno y empapado, allí mismo, aún de pie, apoyada sobre la puerta que acababa de cerrar unos segundos antes. Me sacié de ella durante varios minutos.

    Luego hice que se girara y se abriera las nalgas para mi. Jugué con su culo a mi antojo. Sin poder resistirse, Ana comenzó a masturbarse de forma apresurada, mientras ahogaba sus gemidos sobre la prenda que llenaba su boca. Introduje dos dedos en su coño mientras continuaba lamiéndolo. No paré de moverlos hasta que noté como una leve corriente rezumaba por mi barbilla.

    Ana se giró, jadeando. Me encantó verla así. Aún en el recibidor, despeinada, mirándome fijamente con el pantalón por los tobillos y las bragas de su amiga entre sus labios. Se las saque suavemente de la boca y las coloqué sobre su mano. Sin mediar palabra, comencé a masturbarme sobre ellas mientras mantenía mi mirada sobre los ojos de Ana. En apenas unos segundos, una corrida espesa y abundante caía sobre aquel tejido verde y chorreaba entre los dedos de Ana. Medio desnuda y temblorosa, Ana buscó su móvil en el bolso e hizo una foto de aquel amasijo de tela y fluidos que mantenía sobre su mano.

    Conocí todos los detalles unas horas más tarde: Al salir del trabajo, Ana y Laura habían coincidido en la estación de tren. Sería el calor del verano, o quizás sólo un descuidado desliz, pero en cuestión de minutos, las bromas pasaron a ser preguntas traviesas, y la preguntas en confesiones. Sin saber por qué, Ana había terminado por contarle los detalles sobre como, hacía no tantas horas, ella se encontraba en nuestro dormitorio, con un arnés sobre sus caderas, follándome a su antojo. Como ella misma me había pedido que simulase una felación sobre uno de sus juguetes y yo, cegado de excitación, había terminado por correrme sobre sus manos para luego ella lamérselas.

    Laura, visiblemente excitada por el relato, y viendo como su tren se aproximaba al andén, se había escondido torpemente entre dos máquinas de bebidas, se había subido el vestido y se había quitado las bragas que llevaba bajo él, entregándoselas a Ana mientras se subía al tren:

    —Quiero que le enseñes esto a Paco. Ya hablaremos.

    Veintisiete minutos más tarde desde aquel momento, Ana entraba por la puerta de casa y me entregaba el mensaje de Laura, aún húmedo.

    Esta, a su vez, todavía sentada en el asiento del tren, recibía una obscena fotografía de lo que una vez fueron sus bragas, mucho más mojadas de lo que ella las dejó, pringadas de mi semen y reposando sobre la mano de su amiga.

    La imagen encendió todos sus sentidos, dilató sus pupilas y le aceleró el corazón. Se levantó despacio, pensó en los pocos minutos que la separaban de su apartamento y, mientras una urgencia incontrolable recorría sus piernas desnudas, escribió un escueto mensaje a su amiga: “Me encanta. Quiero más. ¿Y tú?”.

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  • El reencuentro

    El reencuentro

    Llevábamos varios días hablando de vernos, siempre algo surgía, que si el trabajo, que si el estudio, etc. Sin embargo, creo que ambos sabíamos la importancia de esta cita, después de dos meses que estuvimos distanciados sin hablarnos y enviándonos mensajes muy esporádicos que nos permitieran saber que aún estábamos ahí, retomamos el contacto y le dimos reset a nuestra amistad sin nombrar nada que nos recordara lo ocurrido.

    El problema por el cual se dio el distanciamiento fue lo de menos ese día, la ansiedad que viví esa semana fue eterna, concretamos la cita el mismo día que se llevó a cabo mediante un mensaje de texto que ya estaba dando por perdido ese día, pero al fin llegó a las 4 pm, después de esperar toda la semana que él se pronunciara al respecto. Imaginé que seguía enfermo como lo estuvo desde el principio de semana, pero para mi fortuna ya se había recuperado y también sintió el mismo deseo de verme que yo sentía por él.

    Que a las 6:30 pm me recogía, no me convenía la hora así que le pedí que fuera después de las 8 pm debido a que yo ya tenía otros compromisos adquiridos y el tiempo no me alcanzaba además para ducharme y poner mi presentación personal acorde con la ocasión. Fue emocionante bañarme, depilarme, aplicarme cremas y demás, para que él al verme recordara de mi cuerpo y mi piel lo mejor que ya meses atrás habíamos vivido.

    Me vestí con un blusón rosado de tiras, muy suelto hasta la cadera y en las piernas muy ceñido, que llegaba de largo hasta 10 dedos por encima de mis rodillas, con unos zapatos negros estilo mafalda, altos de suela tipo playa que tienen unas cintas negras que se atan en los tobillos.

    Por estos días estamos en invierno por lo cual no podía salir muy desabrigada y opté por abrigarme con un torero negro, para que no se perdiera la sensualidad del vestido. Me recogí el cabello en una cola alta, porque sabía de antemano todo lo que queríamos hacer.

    Él muy puntual como siempre, llamó faltando cinco minutos para las 8 pm a mi casa, yo había acabado de llegar de mis otras tareas del día, salí esperando que mi corazón se me saliera de los nervios al abrir la puerta y ver su carro de nuevo esperándome como hacia tanto no ocurría, para mi sorpresa no fue así, sentí algo muy natural como si el tiempo no hubiera transcurrido desde hacía 3 meses cuando lo me dejó en mi casa la última vez que salimos.

    Hablamos de muchas cosas, pero por mi mente solo pasaban pensamientos como porque tanta naturalidad, sería que le gustaba como estaba vestida o ni se habrá dado cuenta, que estará pensando y etc. Decidí no preocuparme, teníamos todo el tiempo del mundo para yo ver que tan a gusto se sentía él de nuevo con mi compañía. Compramos algo de licor para tomar, y nos fuimos para el motel, que bueno que fue el que más me gusta, eso aportó mucho a la noche que comenzaba.

    Entramos a la habitación descargué mis cosas y nos servimos una copita de aguardiente, hace mucho no bebía, pero la ocasión lo ameritaba definitivamente. Me quité el saco que llevaba puesto con la firme intención de que él pudiera ver bien mi vestido, le comenté que lo estaba estrenando ese día, me miró mucho, me mostró donde debería usarlo según él, que es una altura poco recomendable para caminar por la calle sola.

    Siempre que vamos a estar juntos me gusta llegar a quitarme mis anillos, pulseras, reloj, aretes y cadenas si tengo, porque sé que después de comenzar es muy incómodo parar a quitármelos, y si no me los quitara fijo lo lastimaría con ellos, ese no es precisamente el recuerdo físico que me gusta dejar.

    Al verme se dirigió a mí, me pidió que esperara que él me colaboraba, alcancé a quitarme solo un arete y el continuó con el resto, con todo el resto de indumentaria. El otro arete, prosiguió con la pulsera, los anillos, etc. Se sentó en la cama y me pidió que me sentara de lado en sus piernas, me senté en una y subí las piernas en la otra, él me hablaba de otras cosas mientras me miraba mucho, me acariciaba las piernas y los brazos, después desató las cintas de mis zapatos cuidadosamente me los quitó.

    Para que pudiera seguir con el vestido me puse de pie de espaldas a él, al subirme el vestido suspiró y me lo quitó del todo, eso comenzó a ponerme los bellos en punta, me dio media vuelta y al verle su cara pude cerciorarme que si le gustaba mucho lo que estaba viendo continuó quitándome el brassier straple que llevaba mientras con ansias besaba, chupaba y sobaba mis senos, los que siempre le han gustado tanto desde la primera vez que estuvimos hace 10 meses atrás.

    Sentirlo respirando en ellos, tan concentrado en vivir plenamente ese momento, me hizo darme cuenta que si me extrañó de verdad, que verme de nuevo desnuda ante él y dispuesta a repetir de nuevo toda la satisfacción que sentimos al hacer el amor lo hacía feliz. Paró y murmuró cosas sobre el problema ocurrido, pero yo no quise decir nada, él sabe que aunque me dolió mucho yo le di pie a las cosas para que siguieran aun sabiendo que iba a sufrir por eso no le reprocho nada.

    Se levantó, me soltó el cabello, eso fue algo que me tomó por sorpresa, siempre pensé que le gustaba más que tuviera el cabello cogido para cuando hacemos el amor; me besó un rato muy largo, ese tal vez puedo asegurar que es el beso más largo y más sentido que nos hemos dado, mientras me tocaba la vagina, masajeaba mi clítoris y abría paso con sus dedos hasta el fondo, yo me sentía a punto de caerme y busqué su pene, ese que tanto había extrañado, para sentirlo caliente y crecido en mi mano.

    Él se quitó la ropa y continuamos besándonos al mismo tiempo que nos masturbábamos, yo me subí encima de él, me senté encima de su miembro para penetrarme, quería tanto sentirlo de nuevo adentro, pero no conté con que desde hacía 5 meses que no tenía relaciones y me dolió mucho porque estaba muy cerrada de nuevo.

    Entonces él me pidió que me pusiera en 4 con la cara contra la cama, para regular muy despacio la penetración. Me dolía mucho pero se abrió de nuevo camino profundamente dentro de mí, cuando ya no dolió tanto comenzó a bombear con un ritmo más acelerado, yo ya estaba al borde de un orgasmo, comencé a sudar y él me acostó en la cama dejé mi mente en blanco y me entregué completamente a lo que él me hacía, yo pasaba mis manos por todo su cuerpo y él hacía todo lo que quería con el mío, lo sentí de nuevo tocándome, penetrándome, mirándome mientras yo lo disfrutaba como nunca, con su manera tan única de concentrarse en mis orgasmos.

    A veces me siento en deuda con él, intento pensar en diversas formas de recompensarlo y por eso soy tan cuidadosa hasta con mi preparación para que él se sienta a gusto solo con verme al salir de mi casa.

    Después de esta primera vuelta, nos sentamos a tomar otra copa de aguardiente, hacia calor y puse a llenar el jacuzzi, él se sentó dentro mientas se llenaba y yo regulaba las llaves para que el agua estuviera lo más caliente que yo pudiera soportar, así nos duraría tibia largo rato.

    Nos sentamos y hablamos muchas cosas, yo jugaba con enredar mis piernas entre las de él, tomábamos más licor y llegó un momento en el que mi deseo volvió a despertar, el contacto de su piel con la mía dentro del agua detona algo que aún es nuevo para mí, porque es un detalle que yo no sabía hasta que comencé a vivir con él diversas experiencias sexuales.

    Me gusta dedicarme también a satisfacerlo como él lo hace conmigo, sé que le fascina que le hagan felación y a mí me fascina hacerla así que ni corta ni perezosa, le di un beso muy mojado y le pedí que se sentara al borde del jacuzzi dejando la piernas adentro, tomé su pene y comencé a masturbarlo, pasé mi lengua por alrededor de la cabeza y lo introduje en mi boca, chupándolo y masturbándolo al mismo tiempo, lamía sus testículos y jugueteaba con ellos con la mano izquierda mientas la derecha no dejaba de masturbarlo, me llevé su miembro hasta lo más profundo que pudiera dentro de mi boca sobándolo con la lengua e imitando tragarlo, yo estaba dispuesta a terminar mi trabajo completamente porque me gusta tragar su semen.

    Pero él me pidió que siguiéramos en la cama, salimos del jacuzzi, me secó y no esperó que yo lo secara, se secó rápido y nos acostamos en la cama a continuar en un 69 que me encantó, para ese momento ya yo estaba afectada por el licor, pero las sensaciones eran más profundas aún.

    Él me hacia el sexo oral con la firme intención de no dejarme pensar en nada más, y yo luchaba por igualar el placer que yo sentía, lo seguí haciendo hasta el momento en el que él me giró y me penetró más deliciosamente que la primera vez, yo cabalgando sobre su cuerpo sentía como entraba profundamente y salía de nuevo, mientras miraba su cara me concentré en moverme con mucha energía para que él alcanzara el máximo placer dentro de mí.

    Sus ojos de vez en cuando se abrían para ver mi cuerpo desnudo, mis senos en movimiento y mi mirada morbosa ávida de sus gemidos, de sus fluidos y de su sudor. Con un gesto de dolor pude comprobar que había alcanzado mi propósito, es la señal para descansar. Me acosté a su lado mientras él tomaba aliento, serví dos copas de aguardiente de nuevo, y continuamos hablando.

    Son tan acogedores esos momentos en los que ambos estamos desnudos completamente, hablando sin preocupaciones y mirándonos en la completa privacidad de una habitación, tan dispuestos a seguir y satisfacer cualquier iniciativa sexual del otro. Como la última sesión de sexo antes de irnos, más corta pero igual de intensa, escurriéndonos hasta las últimas ganas que teníamos reprimidas al llegar, cuando siento así su piel cálida y su sudor en mi cuerpo yo siento que algo de él me acompañará hasta el día siguiente.

    Después de descansar un momento, nos dispusimos a irnos, me vestí y me peiné mientras miraba en el espejo que mi rostro tenía un cambio notorio de cuando llegué hasta ese momento. Él lo sabe y a mí en realidad ya no me importa que lo sepa, que me gusta hacer el amor con él, me gusta mucho. Así yo no sea una mujer enferma por sexo, porque en realidad son más largas las temporadas sin tener compañero sexual que las temporadas sexualmente activa.

    Ya estoy muy acostumbrada a autosatisfacerme, es mejor no perder esa costumbre, para que cuando ya no tenga a “mi más que amigo” al lado, recuerde cada instante de los que he vivido y cada sensación que me ha provocado, mucho material lúdico para mis momentos en soledad. Pero sobre todo, muchas pajas en su nombre el día que ya no esté a mi lado.

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  • Rojo intenso (3): La rubia de recepción (parte 1)

    Rojo intenso (3): La rubia de recepción (parte 1)

    Rosanna no se movió. Sentada en la cabecera, los ojos clavados en Vanessa.

    —Quédate un momento —dijo con voz firme.

    Vanessa, como si lo hubiera anticipado, no dudó. Cruzó los brazos y permaneció en su silla. Ismael también se mantuvo en su lugar, casi en silencio, observando a ambas como si estuviera a punto de presenciar algo que no se repetiría jamás.

    Rosanna entrelazó los dedos, la mirada fija en la mujer de recepción.

    —¿Tú sabías lo que hacías cuando hablaste frente a todos? —preguntó.

    Vanessa sonrió, no con arrogancia, sino con deseo sincero.

    —Lo deseaba hace tiempo. Solo necesitaba permiso para decirlo en voz alta.

    —¿A quién deseas? —cuestionó Rosanna, ladeando el rostro, como si probara su seguridad.

    —A ti. Y a él… pero solo como testigo —respondió Vanessa, sin apartar la vista.

    Hubo un silencio. No incómodo. El tipo de silencio que precede a una tormenta, o a un descubrimiento profundo.

    Rosanna se levantó de su silla lentamente. Caminó hacia Vanessa, rodeando la mesa con una calma medida. Luego se detuvo detrás de ella, posando una mano en su hombro.

    —¿Ahora mismo? —susurró, cerca de su oído.

    Vanessa asintió.

    Ismael, aún sentado al fondo, observaba la escena con el corazón en la garganta. Rosanna lo miró de reojo, con una expresión que mezclaba poder, permiso y complicidad.

    —Lucas —dijo con voz baja—, no toques nada… solo mira.

    Ismael tragó saliva, asintió, y sacó su celular. Pero no grabó aún. Solo lo sostuvo, como símbolo de que aquello no era improvisado. Era elección. Era entrega.

    La sala, antes lugar de juntas y decisiones, se transformó en un escenario íntimo. No era solo deseo lo que flotaba en el aire. Era el comienzo de otra historia. Una que nadie había planeado, pero que ahora se desarrollaba en el espacio entre tres almas con hambre de conexión, de juego y de verdad.

    Lo que ocurrió allí no necesitó palabras.

    Solo miradas. Solo alientos. Solo la certeza de que algunas puertas, una vez abiertas, no vuelven a cerrarse jamás.

    La sala quedó sumida en una atmósfera densa, casi palpable, donde cada respiración parecía amplificarse y cada gesto cobrar un significado profundo.

    Rosanna no esperó más. Y sin cerrar la sala de juntas, con la seguridad de quien sabe lo que provoca, tomó a Vanessa con delicadeza y firmeza, guiándola hacia la mesa de juntas. Allí, sin perder ni un instante, deslizó sus manos por las piernas de la rubia, hasta alcanzar las medias que cubrían su piel, y con un gesto sutil pero decidido las rasgó, liberando la piel tibia y llena de promesas.

    Vanessa arqueó la espalda, sintiendo el roce de Rosanna como un fuego que se encendía sin remedio. Con un movimiento suave, Rosanna apartó la tanga Victoria Secret´s de color blanco que protegía su vagina, permitiendo ver una ligera capa de vello púbico, y comenzó a recorrerlo con su lengua con una atención reverente, una caricia en silencio, una exploración que hablaba sin palabras.

    El aire se llenó con el sonido entrecortado de suspiros y gemidos profundos. Vanessa, entregada, apretó con sus manos la cabeza de su jefa, como pidiendo más, como suplicando que no se detuviera, que siguiera explorando, adorando, encendiendo.

    Ismael, desde la esquina, observaba y grababa. Su mirada estaba fija, absorta en el momento, mientras Vanessa, consciente de la cámara, se tocaba con delicadeza los pezones, subiendo y bajando sus manos para intensificar la escena, para hacerla suya también.

    El espacio que antes había sido de reuniones y órdenes se había transformado en un santuario de deseo, donde el poder y la vulnerabilidad se mezclaban con cada caricia y cada mirada.

    Y en ese instante, nadie dudaba que lo que ocurría allí cambiaría para siempre las reglas del juego.

    La mirada de Vanessa se iluminó cuando vio a Ismael con la mirada fija en ellas, y se masturbaba al mismo tiempo que las grababa. Esa conexión, ese silencio compartido, hizo que una ola de excitación recorriera su piel. Sus manos jugueteaban con la cabeza de Rosanna, desafiándola, invitándola a seguir.

    Con voz temblorosa pero decidida, la rubia susurró a su jefa:

    —Haz que él participe… que no se quede solo mirando.

    Rosanna la miró con una mezcla de complicidad y autoridad, y con un suave movimiento levantó su falda, dejando caer al suelo la tanga que había sido su pequeña barrera.

    —Lucas —dijo, la voz cargada de deseo—, penétrame.

    Ismael dejó de grabar por un momento, atento solo a ella, a sus palabras, a su cuerpo. Respondió con la intensidad de quien se entrega sin reservas.

    —Cada que me lo pidas, tía —murmuró, mientras comenzaba a moverse con un ritmo salvaje y apasionado.

    Vanessa observaba, fascinada, excitada, dejándose llevar por la fuerza del momento, por el sonido de ese nombre, por la pasión que ambos compartían. Sus ojos se encontraron con Rosanna en un silencio cómplice, un pacto sin palabras que los unía más allá de cualquier límite.

    El clímax de su orgasmo, tan íntimo como salvaje, la alcanzó de la manera más inesperada: en la boca de su jefa, en el refugio de esa entrega sin miedo ni juicio, mientras que Ismael dejaba de penetrar a Rosanna.

    La sala de juntas quedó en penumbra, con el sol colándose entre las persianas en delgadas líneas doradas. El aire aún estaba espeso, no por el calor, sino por la tensión, el sudor de la confesión física, la carga de lo prohibido.

    Vanessa se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la mesa. Su respiración aún era agitada, pero en su rostro había algo más que deseo: había calma. Esa que llega después de haber hecho exactamente lo que uno deseaba, sin miedo.

    Rosanna permanecía de pie, con el cabello un poco desordenado, la falda levantada y su tanga en el piso. Se pasó la mano por el rostro con delicadeza, limpiando la miel que su trabajadora había dejado en ella y luego miró a Ismael.

    —¿Estás bien, Lucas? —preguntó, no como jefa, sino como mujer.

    Él asintió. Pero tardó en hablar.

    —Creo que nunca me sentí más parte de algo —dijo con honestidad, mirando a ambas.

    Vanessa esbozó una sonrisa que no era ni tímida ni provocadora. Era humana. Casi cómplice.

    —¿Y ahora qué? —preguntó, mientras jugaba con los botones de su blusa, aún sin abrochar del todo.

    Rosanna tardó unos segundos en responder. Caminó hacia la ventana, como si necesitara tocar la luz del mundo exterior para anclarse en algo real. Luego, con voz firme:

    —Ahora sin arrepentimiento. Porque esto no fue una distracción. Fue una decisión. Y si vamos a vivir con ella… que sea con la cabeza en alto.

    Se giró hacia ellos.

    —Aquí no hay juego si no hay respeto. No quiero celos, no quiero secretos. Pero si hay deseo… entonces se vive, no se reprime.

    Ismael y Vanessa asintieron, cada uno desde su rincón, sintiendo que algo más grande acababa de comenzar. No un romance típico. No una aventura de oficina. Sino un nuevo tipo de conexión: basada en la entrega, el consentimiento y el poder compartido.

    Horas después, mientras el estudio continuaba con su día, los murmullos seguían presentes. Algunos evitaban mirarlos. Otros… no podían dejar de hacerlo. Pero lo cierto es que, de un modo u otro, todos habían cambiado un poco.

    En el fondo de aquellos escritorios Vanessa se cruzó con Rosanna nuevamente. No dijeron nada. Solo se tomaron la mano por un segundo. Como quien promete algo. Como quien guarda un secreto.

    Y en su oficina, Ismael seguía trabajando, pero de vez en cuando se tocaba el cuello, recordando el aliento de ella, la voz que lo llamaba “Lucas” como si fuera un conjuro. Un conjuro al que nunca pensaba renunciar.

    La oficina se fue vaciando lentamente, como un teatro tras la función. Las luces del exterior comenzaban a reflejarse en los cristales, y las sombras de la ciudad trepaban por las paredes del estudio.

    Solo quedaron tres.

    Ismael, Rosanna y Vanessa.

    El silencio entre ellos no era incómodo. Era un lenguaje compartido, lleno de expectativa. Sin necesidad de palabras, se miraron… y caminaron juntos hacia la sala de juntas, como si el eco de lo vivido horas antes aún los llamara.

    Una vez dentro, Rosanna cerró la puerta, esta vez con el seguro puesto. Giró sobre sus talones y se dirigió a Vanessa con una mirada que era mitad orden, mitad deseo.

    —Quiero verte —dijo, con voz templada.

    Vanessa no dudó. Se despojó de su ropa como si se tratara de un acto ceremonial. Con movimientos lentos, seguros, se inclinó sobre la mesa, colocándose en cuatro, dejando que su cuerpo hablara por ella.

    Rosanna se acercó por detrás y con una sonrisa de admiración, deslizó sus dedos por su espalda, apreciando cada curva, cada tensión.

    —Tienes unas nalgas deliciosas, Vanessa —murmuró con la cadencia de quien pronuncia un poema.

    Se giró hacia Ismael, que observaba en silencio desde una esquina, con los labios entreabiertos, conteniendo la respiración.

    —Lucas —dijo Rosanna—. Ven. Haz lo que sabes hacer.

    Él se acercó, con pasos pesados pero firmes, y colocó su mano izquierda sobre la cadera de Vanessa. La otra, la alzó suavemente… y entonces dejó caer la primera nalgada. No con violencia, sino con intención. Un sonido seco, firme. Vanessa gimió, no de dolor, sino de un placer contenido que al fin tenía salida.

    —¡Oh, my god! —grito la rubia.

    Otra nalgada. Otro gemido.

    La piel de las nalgas de Vanessa comenzaba a enrojecerse, como una pintura viva. Su cuerpo vibraba. Y entre gemidos, su respiración se volvía más profunda… más desesperada. Como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo para dejar salir otra versión de sí misma.

    Rosanna, mientras tanto, observaba todo con fascinación. Acariciaba el cabello de Vanessa, la calmaba y la encendía al mismo tiempo con sus palabras.

    —Estás hermosa así… entregada, sin miedo.

    Y en ese momento, no eran jefa, recepcionista ni diseñador. Eran tres cuerpos conectados por algo más que deseo: por confianza, por impulso, por la certeza de que estaban exactamente donde querían estar.

    El reloj ya había marcado el fin de la jornada hacía horas, pero la oficina seguía viva. No por el murmullo de ideas ni el clic de teclas… sino por algo más primitivo. Algo que los envolvía a los tres.

    Ismael respiraba agitado, de pie frente a Vanessa, quien aún sostenía su cuerpo inclinado sobre la mesa.

    —Penetra mi ano —dijo Vanessa.

    Su piel era un mapa rojo marcado por cincuenta nalgadas llenas de deseo, y su mirada reflejaba entrega total.

    —¿Escuchaste lo que te pidió? —susurró Rosanna, desde un rincón oscuro de la sala.

    Ismael asintió. Sus manos temblaban, pero no por duda. Era por el peso del momento. Por la confianza. Por la orden disfrazada de deseo que su jefa acababa de pronunciar.

    Rosanna se acercó a Vanessa con lentitud y retiró la tanga que llevaba puesta con el mismo cuidado con el que se guarda un secreto. La colocó suavemente sobre los labios de la recepcionista, no como una mordaza, sino como un símbolo. Vanessa no se resistió. Al contrario, cerró los ojos como quien recibe una bendición.

    Luego, Rosanna se dejó caer en una de las sillas, recostando su espalda y separando ligeramente las piernas. Dispuesta a masajear su clítoris, sin participar. No necesitaba hacerlo. Solo con mirar… se encendía. Cada jadeo, cada palabra susurrada entre ellos era para ella alimento, dominio y placer.

    —Ismael… —dijo Vanessa en un grito suave, como si su alma se escapara por la garganta—. Quédate ahí. No pares.

    Ismael obedecía. Como guiado por algo más grande que él.

    Vanessa, se fundía con el momento. Lo llamaba entre suspiros rotos, se movía con un ritmo que no marcaban ni la vergüenza ni el pudor. En un instante, lo miró sobre su hombro, con la prenda aún entre los labios, y sus ojos llenos de una ternura brutal.

    —Te amo, me gusta rompes mi ano —dijo, apenas audible—. Eres el amor de mi vida.

    Ismael se quedó en silencio. Un segundo. Tal vez dos. Luego solo cerró los ojos, y lleno aquel estrecho orificio con su semen ardiente.

    Rosanna, desde su silla, apretó los labios y explotó en un orgasmo indescriptible.

    Hubo un silencio denso en la sala de juntas. No era silencio de paz, sino de preguntas. De esas que se hacen sin palabras, solo con el cuerpo exhausto y las miradas cargadas de un “¿y ahora qué?”

    Vanessa seguía en la mesa, respirando de forma agitada, con los labios húmedos y los ojos entrecerrados, sintiendo el dolor en su ano, pero lleno con aquel liquido lechoso en su interior. Ismael, a su lado, no se movía. Parecía mirar a través de ella, como si buscara entender lo que acababa de escuchar.

    —Eres el amor de mi vida.

    Esa frase, que había salido de los labios de Vanessa como una confesión suave y ardiente, había golpeado a Rosanna como un trueno. Aún sentada en su silla, con las piernas cruzadas y el cuerpo aparentemente relajado, su mente era otra cosa.

    Ella no lo dijo, pero lo pensó: ¿Por qué me prendió tanto que ella le dijera eso?

    Ismael no respondió de inmediato. Solo la miró. A Vanessa. Con una mezcla de ternura y desconcierto. Fue entonces cuando Rosanna se levantó. Su falda aún desordenada, su cabello enmarañado, pero sus ojos… eran fuego controlado.

    Caminó lentamente hasta las nalgas de su empleada, sin mirar a Ismael comenzó a saborear el semen de su hombre directamente del ano de Vanessa, minutos después se levantó y le dio una fuerte nalgada a la chica.

    —Está bien —dijo en voz baja, con una sonrisa difícil de descifrar—. Las emociones florecen en la oscuridad. Pero veremos qué sobreviven con la luz del día.

    Vanessa la observó, aún vulnerable, como si supiera si acababa de ser bendecida.

    Ismael quiso decir algo, pero las palabras no salieron. Solo estiró una mano hacia Rosanna, y ella la tomó.

    La sala de juntas aún respiraba con ellos. No era solo el aire espeso de una noche larga, sino esa carga invisible que queda cuando los cuerpos y las emociones se han dicho más de lo que las palabras permiten.

    Vanessa seguía sentada en la orilla de la mesa, su silueta recortada por las luces bajas del estudio. Sus piernas, abiertas con naturalidad, no buscaban provocar. Era una postura de entrega, de confianza, como si dijera: Aquí estoy. Sin máscaras.

    Rosanna se acercó primero. La observó por un instante, como si la estuviera redescubriendo. Se inclinó con lentitud, sus labios buscaron su piel, su mano recorrió con suavidad la curva de su nalga que aún ardía por aquellas nalgadas. Depositó un beso cálido, íntimo, en el pezón izquierdo de Vanessa, donde el corazón parecía latir con más fuerza.

    Ismael se acercó después, sin decir palabra. Se colocó al otro lado de Vanessa. Sus manos, firmes pero cuidadosas, la sostuvieron por la cintura. Sus labios también encontraron espacio. Besaron. Reconocieron. Reclamaron lo que el deseo había sembrado en los tres.

    Durante unos instantes, sus respiraciones se entrelazaron. No hubo necesidad de más. Las miradas hablaban. Los gestos respondían.

    Las manos de Rosanna y de Ismael se encontraron brevemente en las nalgas de Vanessa, como si hicieran un pacto silencioso, compartido. Uno que decía: Esto fue real. Esto fue nuestro.

    Entonces Rosanna se separó lentamente, acariciando la mejilla de Vanessa con ternura.

    —Ahora sí —susurró—. Es hora de irnos.

    Y así, salieron los tres de la sala. Cada uno con el corazón latiendo distinto. Uno lleno de preguntas, otra de emociones nuevas… y la tercera, de un poder que ya sabía que le pertenecía del todo.

    La ciudad dormía. Al menos en apariencia.

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  • Mi trabajo ideal (Maestro de ceremonias de mazmorras)

    Mi trabajo ideal (Maestro de ceremonias de mazmorras)

    La habitación del castillo, una sala de piedra antigua con altos techos abovedados, estaba tenuemente iluminada por antorchas parpadeantes que proyectaban sombras danzantes sobre los muros cubiertos de musgo.

    El aire, cargado de un aroma a cuero, cera y metal, creaba una atmósfera densa y embriagadora.

    Me encontraba aislado por tres semanas, según lo estipulado en el contrato que firmé.

    Había informado a mis conocidos que había conseguido un trabajo temporal que exigía absoluta confidencialidad, aunque omití mencionar que me hallaría en un paraje remoto, un castillo gótico enclavado en una colina rodeada de bosques oscuros y neblina perpetua.

    Apagué mi teléfono móvil, tomé mi última ducha antes de iniciar mis labores y observé con deleite el atuendo que debía usar durante mi estadía: un catsuit de cuero sintético, negro como la noche, que se ajustaba como una segunda piel y que, según el contrato, no podía quitarme en ningún momento.

    Además, se me imponía la obligación de mantener estricta confidencialidad sobre lo que estaba a punto de presenciar.

    Acepté sin dudar, pues soy un fetichista apasionado por los trajes de cuerpo entero, y el peculiar cargo de maestro de ceremonias de mazmorra que me ofrecieron me permitía explorar libremente mis deseos más profundos.

    Aunque el BDSM no era mi afición principal, el rol dominante me atraía, y la oportunidad de combinarlo con mi fetichismo era irresistible.

    Tras unos momentos de preparación, me enfundé en el catsuit.

    Mientras deslizaba el material por mi piel, sentí cómo se adhería a cada curva de mi cuerpo, desde mis piernas hasta mi torso.

    Al ajustarlo por mi entrepierna, no pude evitar una erección involuntaria, excitado por la sensación del cuero rozando mi piel y el crujido sensual que producía cada movimiento.

    Completé el atuendo con botas altas de charol que brillaban bajo la luz de las antorchas, guantes largos que se extendían hasta mis codos y, finalmente, una capucha ajustada del mismo material, que cubría toda mi cabeza salvo los orificios nasales y los ojos.

    Mi boca quedaba oculta tras una superficie lisa, y solo podía consumir alimentos a través de mangueras dispuestas en mi habitación, un detalle que añadía un toque de sumisión incluso a mi rol dominante.

    Me miré en un espejo de cuerpo entero con marco de hierro forjado, admirando cómo el atuendo transformaba mi figura en una silueta imponente y misteriosa, casi inhumana.

    Satisfecho con mi apariencia, salí al encuentro de mis empleadores, a quienes solo conocía por nombres en clave: “Cuervo”, “Sombra” y “Espejo”.

    Nunca se quitaban sus máscaras ni sus trajes de cuerpo entero en mi presencia, lo que reforzaba el aura de secretismo que envolvía el lugar.

    Mi contacto principal era una mujer de mediana edad, conocida como “Víbora”, cuya presencia era hipnótica.

    Vestía un catsuit de látex rojo brillante que realzaba cada curva de su cuerpo, con un corsé negro que ceñía su cintura hasta límites imposibles.

    Su capucha, también de látex, dejaba ver solo sus ojos penetrantes y unos labios pintados de negro, visibles a través de una abertura estratégicamente diseñada.

    Cuando hablaba, su voz, alterada por la capucha, tenía un tono grave y seductor que resonaba en la sala.

    Ella me entregaba las instrucciones diarias, siempre con un aire de autoridad que me fascinaba.

    Mi primer encargo fue formalizar una unión entre una domina y su esclavo, una ceremonia que se llevó a cabo en una cámara subterránea del castillo, decorada con cortinas de terciopelo negro, candelabros de hierro y un altar de mármol cubierto de runas grabadas.

    La domina, una figura imponente envuelta en un traje de vinilo negro con detalles metálicos, sostenía una fusta de cuero trenzado.

    Su esclavo, arrodillado ante ella, llevaba solo un arnés de cuero y una máscara de sumisión que ocultaba su rostro.

    Mi tarea consistía en tomar el anillo identificatorio de la domina con unas tenazas de hierro, calentarlo al rojo vivo sobre un brasero ardiente y pronunciar las obligaciones del esclavo: “Debes obedecer en todo, aceptar la humillación, entregar tu voluntad”.

    Con un movimiento preciso, marqué al esclavo en el pecho con el anillo candente, dejando una marca temporal que simbolizaba su entrega total.

    El aire se llenó del siseo del metal contra la piel y un leve gemido escapó de la boca del esclavo, mezcla de dolor y éxtasis.

    Aunque la ceremonia no era de mi completo agrado, no podía negar su fascinación: el contraste entre el poder de la domina y la sumisión absoluta del esclavo era hipnótico.

    Tras la ceremonia, se desató una celebración en una sala contigua, decorada con cadenas colgantes, espejos estratégicos y muebles de cuero acolchado diseñados para actividades BDSM.

    Los invitados, todos enmascarados y vestidos con atuendos fetichistas –desde corsés de látex hasta armaduras de cuero tachonado–, participaban en juegos de dominación y sumisión, acompañados por música gótica que resonaba en las paredes de piedra.

    Decliné quedarme, prefiriendo retirarme a mi habitación para reflexionar sobre lo que había presenciado, aunque la visión de látigos, cuerdas y cuerpos entrelazados seguía danzando en mi mente.

    Así transcurrieron mis días, sirviendo como ministro de fe en ceremonias de sumisión y esclavitud, actos prohibidos en el mundo exterior y que exigían la máxima discreción.

    Presencié cómo expertas dominas y amos aplicaban técnicas de tortura placentera: látigos que silbaban en el aire, cera caliente que goteaba sobre pieles expuestas, cuerdas que se anudaban en patrones intrincados para inmovilizar cuerpos en posturas artísticas.

    Me hice amigo de varios de ellos, quienes me enseñaron sus técnicas, como el arte de manejar un flogger con precisión quirúrgica o el uso de pinzas metálicas para estimular puntos sensibles.

    A pesar de mi papel serio, la atmósfera me erotizaba profundamente.

    Dentro de mi catsuit, sentía el calor de mi propio cuerpo, y no eran pocas las veces que una erección involuntaria o incluso una eyaculación espontánea me sorprendían, aunque la capucha inexpresiva ocultaba cualquier reacción en mi rostro.

    A la segunda semana, mis empleadores, satisfechos con mi desempeño, me ofrecieron un regalo: una sumisa para atender mis necesidades.

    La trajeron a mi mazmorra personal, una habitación con paredes de piedra negra, un suelo cubierto de alfombras rojas y un arsenal de juguetes fetichistas colgados en las paredes: látigos, esposas, mordazas y cuerdas de seda.

    La sumisa estaba desnuda, salvo por una capucha de látex negro que cubría su cabeza, dejando solo sus ojos visibles, brillantes de anticipación.

    Un cierre en la zona de la boca permanecía cerrado, añadiendo un toque de misterio a su figura curvilínea, cuyas formas me cautivaron al instante.

    Cuando mis empleadores nos dejaron solos, ella se acercó con pasos lentos y sensuales, arrodillándose ante mí.

    Con un gesto, solicitó permiso para complacerme.

    Abrí el cierre de su capucha, revelando unos labios carnosos, y accedí gustoso a su oferta de felación.

    La sensación fue electrizante, intensificada por el roce del látex contra mi piel.

    Noté que, junto a ella, habían dejado un catsuit de su talla, brillante y perfectamente cortado.

    Le ordené que lo usara, pues mi fetiche exigía que ambos estuviéramos enfundados en trajes idénticos.

    Mientras se lo ponía, el brillo en sus ojos me reveló que compartía mi pasión por el látex.

    Una vez vestida, su figura parecía esculpida en obsidiana líquida, y no pude resistir el impulso de besarla apasionadamente a través de las aberturas de nuestras capuchas.

    Ella me rogó que la tomara, y lo hice con fervor, explorando cada rincón de su cuerpo con manos enguantadas y movimientos precisos.

    La sodomicé con intensidad, culminando en un clímax que nos dejó jadeando, exhaustos pero satisfechos, sobre un diván de cuero en la mazmorra.

    Los días siguientes se volvieron una vorágine de placeres extremos.

    Juntos, exploramos fetiches más audaces: conectamos nuestros trajes con mangueras para compartir fluidos, un ritual íntimo que ella recibía con devoción, bebiendo mi “elixir” mientras yo hacía lo mismo con el suyo.

    En una ocasión, ella lamió mi cuerpo con una dedicación casi ritualística, usando su lengua para limpiar mi piel bajo el traje, un acto que me excitaba tanto por su sumisión como por su entrega.

    Cada noche, nos entregábamos a juegos de cuerdas, atándola en patrones shibari que resaltaban su figura, o usando máscaras de gas que amplificaban nuestra respiración, creando una sinfonía de sonidos eróticos en la penumbra.

    A medida que avanzaba mi contrato, mis empleadores me pidieron participar más activamente.

    Con mi sumisa como ayudante, castigué a esclavos con azotes precisos, aplicando técnicas que había aprendido de mis amigos dominantes.

    Usé velas para derramar cera caliente en patrones artísticos sobre sus cuerpos, asegurándome de que ninguna marca fuera permanente.

    Me convertí en un experto en el arte del placer doloroso, manejando herramientas como pinzas, electrodos y látigos con una destreza que sorprendía incluso a Víbora.

    Mi sumisa, siempre a mi lado, se volvía más devota cada día, anticipando mis deseos con una obediencia que alimentaba mi propio poder.

    Cuando las tres semanas llegaron a su fin, sentí una mezcla de alivio y nostalgia.

    Al quitarme el catsuit, el olor de mi cuerpo, impregnado de sudor y látex, era abrumador.

    Estaba a punto de asearme cuando mi sumisa apareció, aún con su capucha puesta.

    Sin mediar palabra, se desnudó, dejando que el hedor de nuestros cuerpos se mezclara en un último acto de intimidad.

    Hicimos el amor en esas condiciones, un encuentro crudo y primal que selló nuestro vínculo.

    Luego, ella me rogó que fuera su amo también en el mundo exterior.

    Accedí, y juntos nos quitamos las capuchas, revelando nuestras identidades por primera vez. “Ahora serás mía”, le dije, y ella asintió con una sonrisa.

    En el mundo exterior, para los demás, somos una pareja común, pero mi contrato se renovó a tiempo completo.

    Ahora paso la mayor parte del año con mi sumisa, sirviendo en este fascinante mundo subterráneo, donde el látex, las cadenas y el poder son la moneda de cambio, y donde nuestro amor fetichista florece en la penumbra del castillo.

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