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  • Verónica, la mujer peluda de la quinta en Cuetzalan

    Verónica, la mujer peluda de la quinta en Cuetzalan

    Cuando tenía dieciocho años, mi padre me consiguió un trabajo de verano en una quinta cerca de Cuetzalan, en las montañas de Puebla. El lugar era como sacado de un sueño húmedo: todo verde, profundo, lleno de árboles frutales, caminos de tierra mojada, gallinas sueltas y el sonido de agua corriendo por acequias ocultas entre las piedras.

    La dueña de la quinta era Verónica. Todos la conocían como “la señora Vero”, aunque vivía sola. Era morena, de cuerpo fuerte, con piernas firmes y brazos que hablaban de trabajo rudo. Usaba vestidos amplios de manta o a veces overoles con camisetas debajo, siempre descalza o en sandalias. Lo primero que noté de ella, aunque me lo guardé, fue que tenía pelos en las axilas. Largos, oscuros, asomando cada vez que se estiraba o se secaba el sudor con un trapo. Yo apenas estaba saliendo de la adolescencia, pero eso me volvió loco desde el principio.

    Durante las primeras semanas, me tuvo limpiando el terreno, levantando ramas caídas, ayudándole a podar árboles. Yo obedecía en silencio, con la piel quemada por el sol y los pantalones pegados de sudor. Verónica cocinaba comida rara, muy de monte: verdolagas, frijoles de olla, aguas con frutas que ni conocía. Pero siempre había limonada fría y tortillas hechas a mano, y el momento de sentarnos a comer era cuando más disfrutaba… porque podía mirarla sin que lo notara.

    Un sábado, mientras almorzábamos bajo una palapa, ella alzó los brazos para colgar unas hierbas que estaba secando. Su blusa sin mangas dejó al descubierto sus axilas pobladas de pelos negros, pegados por el sudor del calor húmedo. Yo intenté no mirar… pero era imposible. Se me quedó grabada esa imagen: sus brazos morenos, el hueco oscuro de sus axilas, el sudor resbalándole por los costados. La sangre me bajó al pantalón y tuve que cruzar las piernas. Ella bajó los brazos y me miró.

    —¿Te mareaste con el calor? —me preguntó con media sonrisa.

    Negué con la cabeza, pero apenas podía hablar. Esa noche, ya en mi cuarto, me masturbé como loco pensando en eso. Me la imaginé acercándose a mí, alzando los brazos, poniéndome la cara justo ahí. Me imaginé lamiéndole los pelos, oliéndole el sudor, perdiéndome en esa parte que nadie más parecía apreciar. Y me corrí con una fuerza que me dejó tirado en la cama.

    Lo que siguió las semanas siguientes fue algo que todavía no entiendo del todo. Verónica empezó a mostrarme más. Cada vez que podía, alzaba los brazos cerca de mí. A veces se estiraba exageradamente para alcanzar algo, sabiendo que yo estaba justo detrás. Se agachaba sin cuidado, dejándome ver entre sus piernas, y una vez noté unos pelos sueltos en los muslos, justo por debajo del borde de su short. Era como si ella supiera lo que provocaba… y lo disfrutara.

    Un sábado particularmente caluroso, llegué a la quinta y ella ya me esperaba con un vaso de agua fresca en la mano.

    —Hoy no vas a trabajar afuera. Está demasiado fuerte el sol. Vamos a arreglar unas cosas adentro.

    Entramos a la casa. Olía a tierra mojada, copal y madera vieja. Me llevó a una sala donde había un foco colgando, cubierto por una pantalla grande de papel.

    —Se fundió. Voy a cambiarla —dijo mientras se paraba justo debajo y alzaba ambos brazos para quitar la pantalla.

    Allí estaba de nuevo. Las axilas más peludas y hermosas que había visto. Mojadas. Oscuras. Naturales. Sentí que se me aceleraba el corazón y la verga se me endureció al instante. Ella se dio cuenta.

    —¿Puedes alcanzarme la caja con focos? Está ahí, a mis pies —dijo sin bajar los brazos.

    Me agaché, y al hacerlo, quedé justo frente a sus piernas abiertas. Desde ahí vi la entrepierna de sus shorts: el borde estaba deshilachado, pero más allá vi unos pelos que salían hacia los lados, marrones, gruesos, claramente no llevaba ropa interior. Me quedé helado.

    —¿Por qué tardas tanto? —dijo en tono suave.

    —Perdón —balbuceé.

    —¿Te distrae algo, muchacho?

    Levanté la vista. Me sonreía. No era burla, era algo más… algo que decía “lo sé”.

    —¿Te gustan mis pelos? —preguntó, sin cambiar el tono.

    Asentí. No podía negarlo. Me temblaban las manos.

    —Sabía que sí. Desde el primer día que noté cómo me mirabas cuando subía los brazos.

    Caminó hacia mí. Yo seguía agachado. Me tocó la cabeza.

    —¿Has lamido alguna vez una axila?

    Negué. No podía ni respirar.

    —Entonces empieza.

    Levantó un brazo, lo colocó detrás de mi nuca y me atrajo hacia su axila. El olor era fuerte, a sudor caliente, a mujer viva, a piel sin miedo. Hundí la cara allí y comencé a lamerle los pelos, primero con timidez, luego con hambre. Ella gemía bajo, suave, mientras yo la devoraba con la lengua, como si hubiera esperado toda mi vida ese momento.

    —Eso es… así me gusta —murmuró, presionándome más.

    Pasé al otro lado. Mis labios y mi nariz quedaron llenos de sus pelos mojados. Chupé con desesperación. Mi erección me dolía, el pantalón ya no podía ocultar nada.

    —Quítate la ropa —ordenó—. Toda.

    Obedecí sin pensarlo. Me quedé completamente desnudo frente a ella, jadeando.

    Verónica se quitó lentamente los shorts. No llevaba nada debajo. Lo que vi me dejó sin aliento: una selva espesa de pelos oscuros, espesos como musgo húmedo, que cubrían completamente su sexo y parte de los muslos. Jamás había visto algo así.

    —¿Nunca habías visto un coño con tantos pelos, verdad?

    Negué otra vez. Ella se acarició el monte de Venus con una mano y se separó los labios con la otra.

    —Ven, chúpame.

    Caí de rodillas. Hundí la cara en su entrepierna como si fuera a morir si no lo hacía. Llevé mi lengua hasta el fondo, separando pelos, mojándome con su sabor. No era solo lujuria, era una obsesión. Me perdí ahí, lamí, chupé, olí, mordí suave, acaricié los pelos de sus muslos, sus nalgas, su ano.

    —Así, muchacho… come como si fuera lo último —me dijo jadeando.

    La llevé al clímax con la lengua enterrada entre su monte y sus labios. Gritó. Se vino. Me acarició el pelo.

    —Ahora fóllame —susurró—. Pero quiero que mientras me cojas, me sigas chupando las axilas.

    La penetré con fuerza. Ella me abrazó con las piernas, y yo subí la boca a su axila izquierda. Lamí, chupé, succioné cada pelo sudado mientras entraba y salía de ella, como en una danza primitiva. La otra axila la acaricié con la mano.

    —¡Sí, eso! ¡Métemela así! ¡Lame mis pelos!

    Me corrí dentro de ella, mientras sentía que me tragaba entero. Ella no se detuvo. Se vino otra vez, y luego me abrazó. Nos recostamos en una hamaca vieja, los dos desnudos, envueltos en sudor y pelos.

    No hablamos por un rato.

    Cuando me vestía, me miró con una sonrisa serena.

    —¿Vas a venir el próximo sábado?

    Asentí.

    —Bien. Me dejo los pelos para ti.

    Y así fue.

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  • Michel el stripper suertudo

    Michel el stripper suertudo

    Las visitas a los clubs swinger era una tarea pendiente, iniciamos en uno llamado Eve, interesante, porque había actividades previas a los encuentros sexuales, muy bien llevados, tranquilos para los principiantes y casi casi te llevaban de la mano.

    La primera noche que acudimos, llegamos con el nervio obvio de saber que podría pasar, se tenía un espacio con mesas para parejas donde se podía cenar y tomar bebidas espirituosas, llegamos a la entrada y de ahí nos explicaron que la primera “etapa” era pasar a ese espacio donde iniciaban las actividades, llego con nosotros una hoster, muy guapa, por cierto, con un vestido corto, escote profundo y sin bra, y tranquilamente al escuchar que era la primera vez nos explicó a detalle que el lugar tenía varios espacios, donde estábamos era para iniciar a conocerse, charlar tranquilamente.

    Algunos shows especiales y que después se podía pasar al cuarto obscuro donde el principal tema era el NO, si alguien no quería participar en alguna cosa, se debía respetar. Algo que pasa en todos los clubs de este tipo, pero si existía un sí, se permitía todo excepto la violencia (obvio).

    Bajo estas circunstancias nos sentimos más cómodos, empezaron a correr las bebidas, un par de tequilas siempre ayudan para relajar y ya cuando casi todas las mesitas estaban ocupadas, empezó el show, aparecieron 3 strippers dispuesto a bailar con la consigna de pasar a cada una mesa para dedicar la canción a las mujeres.

    Obvio los muchachos de buen cuerpo, un físico trabajado y apenas con una mini tanga que les cubría el paquete, empezaron a bailar y a nuestra mesa llegaron como a las 7-8 canción, quizá lo interesante es que interactuaban con la mujer, empezaban a bailar y se acercaban todo lo posible, me pregunto el stripper (después supimos que se llamaba michel), si tenía algún inconveniente en interactuar con mi pareja, a lo que respondí que no, que al contrario, tenía la libertad de hacer lo que ella le permitiera. Empezó la canción y el empezó a bailar muy sensualmente, se acercó a ella y metió sus manos por abajo de su escote, acariciando sus senos.

    A lo cual mi pareja respondió muy rápido (siempre le excita en extremo el contacto de sus ricos senos), siguió acariciándolos y los saco del vestido, quedando los 2 senos al descubierto, con sus ricos pezones erectos, a los que no dudo en ningún momento en acariciar, besar y lengüetear, mi pareja solo alcanzaba a gemir excitada y llevar sus manos al pene del stripper. Pero en ese momento termino la canción y hasta ahí llego esa actividad, se despidió amablemente y siguieron con otras mesas. Nosotros seguíamos observando el show de los strippers que seguían bailando muy sensualmente.

    Después decidimos ir al cuarto obscuro, un cuarto obscuro habitual de los clubs swinger, varias camas al centro, sillas alrededor y muchas parejas teniendo sexo en forma apasionada, nosotros decidimos sentarnos a observar, mientras mis manos acariciaban los senos de mi pareja quien poco a apoco se excitaba un poco más, decidimos caminar alrededor de las camas y nos encontramos de frente a una pareja, que nos detuvo, la chica le dijo a su pareja, mira, ella, creo que es la ideal, señalando los senos de mi pareja.

    La chica se acercó y empezó a acariciar los senos de mi pareja, dejándolos completamente descubiertos, y también desnudando sus senos que si bien eran bonitos era mucho más pequeños, en algún momento su pareja se agregó y empezó también a acariciar los senos de mi mujer, y a chuparlos también. En realidad, solo querían probar los senos de alguien más porque ya no continuaron con más actividad, se despidieron y siguieron su camino.

    Nosotros regresamos a la sala a tomar un poco más de tequila y decidimos retirarnos para tener sexo intenso en casa.

    La siguiente ocasión que regresamos a ese club, donde ya sabíamos el mecanismo fue aún más interesante, la verdad que Michel le había echado el ojo a mi pareja y le tenía muchas ganas, ella aún no se decidía si tendría sexo con alguien más en ese club, y quedamos solo de ir a observar. Pero después de tomar varios tequilas y unos tintos, decidimos ir nuevamente al cuarto obscuro, entramos y como era obvio se tenía ya mucha actividad entre los asistentes, entre parejas, tríos, voyeristas, etc. En algún momento le aviso a mi pareja que voy al sanitario y al salir encuentro a Michel, él me dice que está dispuesto a complacer a mi pareja y me asegura que la va a pasar bien.

    Ok, regreso al cuarto obscuro y le digo a mi pareja que si quiere solo puede tener un faje con Michel, que no necesariamente tiene que tener sexo, y si no le gusta, pues no pasa nada.

    Seguimos caminando por el cuarto obscuro y nos encontramos de frente a Michel, mi esposa llevaba un vestido negro, escote profundo, sin bra, corto, con medias de red, zapatillas, la verdad se veía muy sexosa. Le dije, mira aquí esta Michel, si quieres, acércate, el inmediatamente la ubico y ambos se acercaron, empezó el faje intenso, besos, caricias, el nuevamente disfruto de sus senos, los beso, acaricio, lamio, mientras llevaba la mano de mi esposa a sus genitales, dejando que acariciara sus testículos y su falo erecto.

    Llego un punto de alta intensidad en donde Michel le pidió penetrarla, y me pregunto si llevaba preservativos, le pregunte a mi esposa que si quería que la penetrara, dijo que si, le volví a preguntar, estas segura, ella dijo siii.

    Ok saqué de mi bolsa un preservativo y se lo di a Michel, ella le dio la vuelta y se colocó detrás, paso sus manos por su trasero, y bajo sus medias y su panty hasta medio muslo, acaricio su vulva y su clítoris, ella estaba completamente mojada y excitada, Michel coloco el preservativo en su pene erecto, y busco su vulva y su vagina, estando el atrás, la penetro lo más profundo que pudo, ella gimió intenso al sentir como se abría su vagina al recibir tremendo falo, yo me coloque frente a ella y saque sus senos, y mientras los chupaba.

    Michel la seguía penetrando con frenesí, varios minutos la tuvo de esa manera, con movimientos acompasados, mientras ella llegaba a su 2 o tercer orgasmo, solté sus senos para decirle a Michel que a ella le encanta que se lo hagan muy rápido, y entonces el aumento su velocidad, siendo verdaderamente intenso, mientras la tomaba de sus caderas entraba y salía de una manera veloz e intensa, haciéndola llegar al orgasmo un par de veces más, pero como a Michel le encantaba ese cuerpo, también se vino, llenando el preservativo de semen.

    Se quedó exhausto pero feliz, igual que ella, todos alrededor disfrutaban de este espectáculo intenso.

    Se salió, se despidió y nosotros bajos a refrescarnos con más tinto y agua mineral.

    Después tendríamos sexo en el cuarto obscuro… Ya se los contaré.

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  • Confesiones de una mujer casada (4)

    Confesiones de una mujer casada (4)

    Muy buenas para todos los lectores que buscan en esta página llevar a la imaginación eventos que ocurren, para algunos dirán que son fantasías mías, que soy un completo imbécil al contar las experiencias que hemos tenido con mi esposa, pueden pensar lo que quieran eso ya se los dejo a su total forma de pensar.

    Bueno y entonces el relato comienza al otro día de haber mi esposa pasado una noche de sexo y pasión con otro hombre en donde fue posible que lo viera en vivo y en directo, dejándome una experiencia mas que excitante, yo estaba muy lejos de pensar que lo que mi esposa permitió llegara a suceder tan rápidamente sucediera, guau fue una maravillosa cesión, un videaso, una excepcional protagonista, Lucia Teresa se fajo en todo y a ambos nos gustó tanto, que de ahora en adelante ella me iba a dejar verla cuando fuera a acostarse con otros hombres.

    Pues bien resulta que mi esposa al otro día se levanta a preparar café, y regresa a despertar a Antonio quien dormía plácidamente, él le avisa que en la tarde van a venir el Raúl con dos amigos a tomarnos unos tragos y que si podía llamar a alguna amiga para que viniera.

    -¿Que cuantos amigos iban a venir? Pregunto Lucia, a lo que le contesta Antonio, Raúl y dos compañeros de trabajo.

    Lucia enseguida pensó en su prima Mirian pues con ella ya ha tenido experiencias sexuales con varios hombres, las que en otra historia les contare. A Lucia también se le ocurrió llamar a dos de sus amigas para invitarlas, Mabel una morena preciosa de la misma edad de mi esposa y a Lucrecia una de sus compañeras de trabajo, ya mayorcita 37 años, que aunque no ha tenido experiencias con ella si sabe que le ha puesto los cuernos con otros hombres a su esposo.

    La duda era Mabel de que pudiera ir, ya que no era para ella algo con lo que pudiera lidiar ya que no sabía que decirle como excusa al esposo para poder ir, pero al fin fue. Antonio salió a una diligencia que tenía que hacer para regresar en la tarde como a las 4 de la tarde. Recibo su llamada estoy en la oficina, me retiro hacia un rincón donde nadie vea ver la video llamada, Al regresar Antonio, Lucia estaba en ropa interior, se abrazan se besan.

    -Mi preciosa que ganas tenia de verte, ¿cómo has estado?

    -Bien papi acá esperándote con ganas de comerte todito.

    Se vuelven a besar mi esposa le toca el pantalón a la altura de su verga Antonio la levanta colocándose sus piernas alrededor de su cintura y se la lleva para el cuarto, hasta ahí pude observar lo que pasaba, pero al momento Lucia apareció totalmente desnuda y me dice.

    -Camina papi y observas a tu mujercita disfrutar de una buena verga, te va a encantar.

    Lucia me manda un beso y luego observo que me lleva al cuarto. Antonio se está bañando, lucia coloca el celular hacia el baño y se dirige a el entrando en la ducha, se besan y tocan su cuerpo Lucia lo masturba y se agacha a mamársela, mi esposa gime, la lambe le chupa los huevos vuelve y la lambe y se la mama, se la restriega por su cara.

    Antonio cierra las llaves del agua y la levanta salen de la ducha agarran toallas y se secan, salen del baño besándose y dando vueltas se acercan a la cama Antonio se sienta y mi esposa se acerca al bolso para sacar su crema humectante para aplicársela y así poder cambiar la dirección del foco del celular hacia la cama y dejarme ver.

    Lucia vuelve y me pica el ojo y me envía un beso, se sube a la cama montándosele a Antonio quien estaba medio acostado recostado sobre las almohadas, se besan apasionadamente, mi esposa comienza a besarlo por el cuello, sigue bajando por su pecho dándole piquitos en su pecho, para luego llegar a su verga y metérsela a la boca y mamársela con esa pasión que empalaga de solo verla.

    -Cada vez me gusta más mamártela, me estoy volviendo adicta a ti.

    Lucia vuelve y se la lame varias veces.

    -Es un bombozote delicioso.

    Vuelve y se la mete a la boca, se la restriega por la cara. Continua así por varios minutos, hasta que Antonio la levanta acostándola de medio lado, se le coloca detrás agarra su verga le levanta la pierna derecha y le penetra el trasero, Lucia gime se retuerce al sentir su gruesa verga entrar en su trasero, la veo disfrutar.

    Antonio empieza a follarsela, aumentando sus embestidas con cada penetrada, mi esposa abre su boca emitiendo un grito de placer, su verga hace estragos en la humanidad de mi esposa, Lucia se viene emitiendo gritos, acariciándose las tetas, cambian de pose, colocándose ella en cuatro y Antonio la penetra nuevamente el trasero, dándole con todo lo que tiene, mi esposa se desgonza sobre sus hombros, su cara desfigurada sobre las sábanas, agarra una almohada y coloca su cara encima agarrándola fuertemente con sus manos, se nota que lo disfruta a rabiar.

    Antonio se detiene un momento y mi esposa empieza a moverse en círculos, sintiendo su gruesa verga en sus paredes anales, Lucia a la vez se dedea la cuca aumentando su placer y en ese momento suena el timbre de la puerta. Haciéndolos parar.

    -¿Quién será? -Pregunta Antonio.

    -Debe ser la Mirian, voy a abrirle.

    Mi esposa sale del foco y Antonio entra al baño a lavarse la verga, al momentico oigo la voz de la Mirian, quien entra al cuarto sorprendida.

    -¿Ahí la Tere con quien esta? Y así desnuda, ¿quién es el afortunado?

    En ese momento sale el Antonio secándose la verga del baño, a lo que la Mirian colocándose las manos en la cara exclama.

    -Ahí papacito pero que es ese espécimen tan divino.

    -Te presento a Antonio mi nueva adquisición.

    -La Tere si que sabes escoger papacitos.

    La Mirian se le acerca y le agarra la verga. Con esas mismas lo atrae hacia la cama empujándolo lo sienta y se desabotona la chaqueta que traía de un conjunto de falda y chaqueta, no traía blusa, se suelta el sostén, dejándome ver esas hermosas tetas, se arrodilla sobre el piso, metiéndose entre sus piernas, con sus manos lo hace acostarse mientras se mete su verga a la boca, se la lambe, y le chupa los huevos y lo masturba.

    -Tere, Tere esto esta delicioso, guau que sensación tan excitante, mamita.

    Mi esposa había entrado al baño a orinar y se limpió bien con la manguera de la ducha, regresa al cuarto y se monta en la cama colocándose encima de la cara de Antonio, con sus dedos se abre la cuca y el Antonio la lame, me mira metiéndose los dedos a la boca y gime la Mirian se para y termina de desvestirse, pide a mi esposa que se corran dentro de la cama y se monta encima de Antonio, le agarra la verga y se la restriega contra su cuca, para luego dejarse rodar, se mueve en circulo, suavemente, después de atrás hacia adelante y luego empieza a follar a toda mierda, gimiendo y gritando.

    Mientras mi esposa vuelve y se coloca encima de su cara y el Antonio la sigue lamiendo, Lucia mira hacia el celular y me hace caras de placer, me pica el ojo, me envía besos, me vuelve loco. Nunca me había imaginado tal espectáculo y menos con la Mirian quien es una mona bien complicadita, es mas nunca me había fijado en ella, que cuerpazo el que tiene, que mujeron, un geniecito tenaz, es voluntariosa, dominante, toda una joyita y ahora le agregamos el mejor de todos, el de puta, jajaja.

    El timbre vuelve a sonar mi esposa sale del cuarto y regresa con el Raúl, quien trae a mi esposa alzada colocándola sobre la cama y dos morenos de 180 de estatura Ángel María y Eliecer, saludan y apenas medio responden, la Mirian que no para de follarse a Antonio sigue cabalgando, gimiendo y gozando, mientras mi esposa se encarga de los nuevos integrantes,

    Eliecer se le acerca por detrás le agarra las tetas y le besa los hombros y el Raúl echándole flores a la Mirian.

    -Vaya Lucia pero que hermosa esta tu prima.

    Lo que el Ángel le da un palmada en la nalga a la Mirian se la acaricia recorriendo con sus dedos hasta el culo, mi esposa ya se ha dado media vuelta y le está soltando el cinturón al Eliecer, luego le desabotona el pantalón y le baja la cremallera, le levanta la franela y le besa y chupa sus pezones, me te sus manos entre sus calzoncillos le agarra la verga se la saca, lo masturba con la derecha y con la izquierda le acaricia los huevos, se besan apasionadamente, mi esposa se levanta del talón, hace agachar a Eliecer ya que es de 1.80 y ella apenas llega a los 1.60.

    Eliecer la suelta para terminar de desvestirse a lo que el Ángel la atrae hacia el colocándola de espaldas a el y así agarrarle las tetas y dedearla con su mano derecha, mientras la Mirian siguió follando con Antonio, el Raúl se sacó la verga se la agarra masturbándose mientras se pone erguida, se monta en la cama, se le acerca a la Mirian y le restriega la verga por su cara, veo que la Mirian trata de metérsela a la boca hasta que lo logra, al agarrarla con la mano derecha, abre su bocota y se la mama.

    Lucia se voltea y le suelta el cinturón, le desapunta el pantalón, le baja la cremallera, sus dos manos hacen presión para bajarle el pantalón, se quita los zapatos y levanta los pies para quedar desnudo, Eliecer se les arrima masturbándose, mi esposa se arrodilla agarra con sus manos esas dos vergas y empieza a mamárselas.

    Me mira fijamente y se sonríe saboreándose con sus vergas, el Ángel a pesar de ser casi igual de alto a mi esposa tiene la verga mas gruesa y larga que la de Eliecer.

    Me quedo hipnotizado con lo que veo, un sexteto excitante, dos bellas mujeres estaban siendo penetradas cada una por dos vergas.

    Antonio y Raúl cambian de posición.

    Raúl se sienta en el borde e la cama a un costado, la Mirian se le coloca encima dándole la espalda, le agarra la verga y se la coloca en su trasero, la penetra, monta sus pies en las piernas del Raúl y comienza a culeárselo suavemente, primero en círculos, hacia adelante y hacia atrás luego empieza a brincar cabalgando a toda mierda sobre su potro reproductor y a dedearse la panochita.

    Antonio trae para todos cerveza helada, le da la botella a Mirian quien toma un gran sorbo y le devuelve la botella a Antonio quien les deja en la mesa de noche a ambos, les alcanza las del trio de mi esposa y los dos morenos, Lucia se levanta y abraza a Ángel se toma un sorbo, luego se besan con Ángel.

    Eliecer se les acerca por detrás, la alza y la acuesta en la cama, metiéndose entre sus piernas se le arrodilla y comienza a lamberle la panochita, mientras el Ángel le pone su verga en la boca, mi esposa empieza a mamársela abriendo bien su boquita para metérsela y con sus manos masturbarlo, entre gemidos se escucha el timbre de la puerta el Antonio va a abrir, regresando al cuarto con dos bellas damas quienes entre sorprendidas y burlándose de lo que pasaba en la habitación.

    Lucrecia venia abrazada del Antonio elogiándole lo gruesa de su verga. Antonio les ofreció cerveza, la que aceptaron, se fue por ellas y ambas se soltaron la falda y sus blusas al suelo y luego su ropa interior. Antonio regresa con las cervezas y la Lucrecia lo abraza bailando un bailable que sonaba en la radio, a los segundos ya le acariciaba la verga, mientras la Mabel se les acerca al trio de mi esposa y se besan con el Eliecer.

    Mi esposa se acomoda en la cama levanta sus piernas colocándolas sobre sus pechos a lo que el Ángel se le monta encima y le restriega la verga en su panocha, para luego penetrarla hasta el fondo y comenzar a follarla haciéndola gritar y gemir de placer, yo seguía sorprendiéndome con mi esposa, pareciese que esto fuera algo muy normal para ella, su accionar era muy normal y excitante, sus gritos retumbaban en la habitación.

    La Mabel se deleitaba mamándole la verga a Eliecer lo sienta al borde de la cama al lado de mi esposa, sus manos le acarician sus pechos haciéndolo acostar, dejándome observar perfectamente lo gruesa de su verga quien se pierde de vista entre la boca de Mabel. la Mirian continua follando con el Raúl sentada sobre el así las cuatro parejas disfrutan de sus cuerpos en una orgia impresionante.

    Mi esposa y la Mabel cambian de parejo sentándolos al borde de la cama, se meten entre sus piernas, les agarran sus vergas y empiezan a mamárselas cosa de varios minutos, mi mujer se levanta y se le monta al Eliecer le agarra la verga y se la mete en su panocha para follarselo a toda prisa, colocando sus manos en su pecho para tener un mejor control de su follada.

    Mabel se levanta se da media vuelta montándose encima de Ángel, levanta sus nalgas y le agarra la verga a Ángel y se la coloca en la entrada de su trasero dejándose rodar hasta el fondo y empieza a culear como loca sin freno.

    Lucrecia estaba fuera de foco ya que estaban con Antonio follando en el sillón hasta que a la Lucrecia le dio por cambiar de parejo con la Mirian, montándose en la cama, la Mirian le cede el puesto, se baja de la cama saliendo del foco y regresa arrimándosele al dúo de mi esposa y Eliecer le agarra la verga sacándosela de la panocha de mi esposa y se la mama por unos segundos y vuelve a metérsela a la panocha de mi esposa para que sigan follando.

    Antonio se le acerca a Mirian por detrás agarra su verga y se la arrima restregándosela por el trasero, la hace agacharse un poco y la penetra por el trasero culeándosela a toda mierda, ahora si tengo la vista de las cuatro parejas en plena faena sexual, solo espero que el celular tenga la carga suficiente para seguir disfrutando de tan excitante espectáculo que continuo por mas de una hora en donde mi esposa su prima y amigas disfrutaron a rabiar de cuatro sementales bien dotados, hasta terminar en un mar de semen y líquidos vaginales.

    La orgia termino y todos se fueron quedando mi esposa con Antonio durmiendo hasta el siguiente día.

    Espero y les haya gustado el relato y escriban si desean más historias, porque hay bastante que contar.

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  • Intercambio en el congreso de Mérida

    Intercambio en el congreso de Mérida

    Me llamo Rodrigo Enríquez actualmente tengo treinta y ocho años. Durante mis años de universidad fui parte de la sociedad de alumnos de mi carrera; ingeniería industrial. Cada año asistíamos a congresos especializados para estudiantes que quisieran adquirir conocimientos adicionales sobre su carrera y así desarrollar habilidades que les darían una ventaja en el campo laboral. Siempre me gustó la escuela y tener roles de liderazgo. Además, siempre había compañeras en ese tipo de eventos.

    Yo me gradúe en diciembre y el último congreso al que asistí fue en enero del siguiente año. Al no ser estudiante ya no era elegible para inscribirme, pero como algunos de mis amigos seguían en la mesa directiva de nuestra sociedad y sería nuestro último congreso juntos, aprobaron mi inscripción y pude alcanzarlos en Mérida, Yucatán.

    En aquel entonces yo salía con Ana, una estudiante de la carrera que apenas iba en tercer semestre. Era alta y morena, con el pelo lacio que le caía sobre los hombros. Jugaba voleibol por lo que sus muslos eran grandes y fuertes. Tenía un culito respingado y unos pechos de tamaño normal. Me gustaba mucho pero no éramos novios, simplemente nos dedicábamos a pasarla bien. Además, una vez graduado sabía que podría conocer a muchas otras chicas con algo más de experiencia.

    El caso es que volamos a Mérida el jueves en la noche ya que el congreso comenzaría al día siguiente por la mañana. Al tener poco presupuesto debimos compartir cuarto y a mí me tocó con un compañero que apenas iba en primer semestre. Se llamaba Anselmo y era de Sonora. Se acababa de mudar junto a su novia a Ciudad de México para estudiar. El tipo era muy agradable. Buena onda y sencillo. Tenía claro el objetivo de estudiar una carrera para progresar y en algunos años casarse con Clara, su novia.

    Clara era toda una visión. Era más bajita que Ana y su piel era de tez clara. Su pelo ondulado le llegaba casi hasta las nalgas y a veces lo llevaba en una trenza. Siempre iba maquillada de manera impecable. Respecto a su cuerpo, tenía unas tetas enormes para su altura, lo cual la hacía ver todavía más buena. Su culito era pequeño pero muy bien formado.

    La primera noche hubo una fiesta después de las conferencias. Después de varias copas Ana y yo nos metimos al cuarto a dormir. Anselmo y Clara llegaron poco después. Yo estaba muy caliente. Tenía a Ana a un lado, en un pijama muy delgado. Ella me abrazaba, poniéndome los pechos en el torso. Mi verga reaccionó al instante, poniéndose a mil. Comenzamos a besarnos en silencio, tratando de no despertar a nuestros roomies. Se quitó el pantalón del pijama y yo sólo me bajé un poco los míos para liberar mi verga. Le tapé la boca para evitar que gimiera con fuerza y me moví con suavidad dentro de ella.

    Sólo se escuchaba nuestra piel rozando la tela de las sábanas. Eyaculé dentro de ella sin hacer ruido y la besé mientras ella me apretaba la verga con sus paredes vaginales. Siempre hacía eso después de que la llenara de semen “para no dejar ni una gota fuera de ella”. Nos fuimos a dormir mucho más relajados.

    La mañana siguiente fue un poco incómoda. Clara también durmió en el cuarto y al despertar nos saludamos todos con cierto recelo. Las mujeres se fueron a sus respectivos cuartos a arreglarse y yo me quedé con Anselmo, platicando. No estaba molesto. Al contrario, se había quedado con ganas la noche anterior y acordamos que esta vez cada pareja cogería con las luces encendidas y haciendo todo el ruido necesario para elevar la temperatura del cuarto y así pasarla bien entre todos. Claro, no le dijimos a nuestras parejas; sería una sorpresa.

    Después de la fiesta del segundo día, los cuatro nos dirigimos a la habitación. En nuestra cama comencé a besar a Ana y a meterle mano. Ana, que era también muy caliente, reaccionó bien a mis caricias aunque la vergüenza comenzó a invadirla. Anselmo comenzó a hacer lo propio con Clara, quien no dudó en responder quitándose la blusa, descubriendo esas enormes tetas que captaron mi atención. Ana me giró la cabeza hacia ella y cada pareja se concentró en lo suyo.

    La verdad es que la estaba pasando muy bien, al tener espectadores, Ana gemía con más fuerza y me cabalgaba como toda una amazona. Yo intentaba competir implícitamente con Anselmo, no podía ser yo el primero en eyacular. Pensé en todo tipo de temas, retrasando lo inevitable hasta que oí a Clara gritar “dame toda tu lechita, mi amor” y los gruñidos de placer de Anselmo. Supe que había ganado y rellené de semen a Ana. Los cuatro nos quedamos abrazados cada quien en su cama, riendo y platicando hasta quedarnos dormidos.

    El domingo era el último día de actividades, volaríamos de regreso a Ciudad de México el lunes y debíamos aprovechar las últimas horas en la ciudad blanca. La noche anterior volteé a ver a Clara varias veces, sobre todo mientras Anselmo se la cogía de perrito. Ver esas tetas rebotar con cada embestida me prendió en sobremanera. Las tetas de Ana no están mal, pero las de Clara eran simplemente cosa de otro mundo. Su tez blanca y sus pezones maravillosos comenzaron a hacer mella en mi cordura: debía cogérmela antes de volver a Ciudad de México.

    Tenía un plan para lograrlo. Durante la última fiesta los cuatro convivimos como viejos amigos. Bailamos y bebimos. Anselmo era un gran bailarín y le pedí que sacara a Ana. Yo hice lo propio con Clara. Sentir sus tetas contra mí provocó una erección que ella a su vez percibió. Después de un par de piezas volvimos con nuestras parejas

    De regreso en el cuarto comencé a desnudar y a besar a Ana en los pechos. Anselmo y Ana hicieron lo mismo. Ana me tomó del cuello y me atrajo hacia la cama pero yo me resistí y la cargué. Ella me rodeó con sus piernas. Caminé hacia la cama de Clara y Anselmo y me senté en ella, con Ana montándose en mi verga. Clara y Anselmo se sorprendieron pero no dejaron de cachondear. Clara se acostó bocarriba y Anselmo la penetró de pie junto a la cama. Estuvimos en esa posición varios minutos y comenzamos a hacer contacto visual entre todos, obviamente yo con Clara.

    Ella estaba igual de caliente que yo y cuando no pudo más, tomó mi mano y la posó sobre sus tetas. Temí que Ana se enojaría, pero a su vez ella comenzó a besarse con Anselmo con mi verga aún dentro de ella. El plan estaba funcionando. Fue Ana quien al final se separó de mí y comenzó a besarse de pie con Anselmo en la cama. Yo aproveché para ponerme encima de Clara y al final besar esas tetas que llevaban todo el fin de semana volviéndome loco. Ana se acostó en nuestra cama, atrayendo a Anselmo como lo quiso hacer conmigo minutos antes. Él la siguió, colocándose entre sus piernas.

    Escuché a Ana alcanzar a decir “condón” y Anselmo abrió un cajón para colocárselo antes de entrar en la vagina de mi chica. Me dio gusto saber que Ana era responsable, aunque me hubiera dado igual que otro hombre la penetrara al natural. Me caía muy bien y me gustaba mucho, pero no éramos novios y jamás lo seríamos. Otro hombre podía tenerla, yo estaba ahora con Clara. Rocé varias veces mi verga sobre sus vulva. Esa técnica funciona para calentar a una mujer y convencerla de que te quiere dentro de ella. Le besé los labios y la cara, acercándome a su oído para susurrarles “voy por un condón”.

    Ella respondió simplemente rodeándome con sus piernas. “Está bien así” gimió y no tardé ni un segundo en clavársela hasta el fondo sin que hubiera nada entre nosotros. Así que Clara era una putita que le gustaba al natural con desconocidos. Eso me prendió más. Comencé a hacerle el amor con ternura y con fuerza, como si fuéramos una pareja de verdad. Le besé la cara y de tanto en tanto bajaba a consentir esas tetas que se habían convertido en una realidad para mí. Gemía delicioso. Detrás de mí, escuchaba a Ana y Anselmo disfrutar también.

    Al hacerlo a pelo la sensación era mucho más intensa, aun así intenté aguantar más que Anselmo. Esta vez no lo logré, pero fui derrotado por algunos segundos nada más. Cuando estaba a punto de venirme le pregunté a Clara “¿dónde los echo?” A lo que ella respondió agarrándome las nalgas y pegándose a mí.

    Llevaba dos días seguidos eyaculando, pero esa vez fue como si no lo hubiera hecho en semanas, llené sus entrañas de mi lechita disfrutando cada segundo. Me quedé dentro de ella un ratito, lamiendo sus tetas y escuchando cómo estaba la situación con Clara y Anselmo. Después de venirse, Ana prácticamente lo empujó para alejarlo y él se quitó el condón, haciendo un nudo y tirándolo en el bote. Yo salí de su novia, pero mi semilla se quedaría dentro de ella. Cuando vio lo que había hecho con Clara, el pobre tipo hizo una cara de decepción pero no hizo nada al respecto. Le di un beso a Clara y una palmada en el hombro a Anselmo y fui a acostarme junto a Ana, quien también estaba confundida.

    “¿Por qué no te pusiste condón, cerdo?” me reclamó.

    “Clara me dijo que no era necesario” fue mi cínica respuesta. Se fue a dormir enojada por la supuesta traición. A mí me daba igual, pero tampoco quería que Ana se la pasara mal. La desperté a la media hora con besos pidiéndole perdón y acariciando sus pechos. Ella cedió después de poco tiempo y abrió las piernas para mí “pero te vas a tener que poner un condón ahora” sentenció.

    Yo negué con firmeza, “claro que no” dije, entrando en ella sin protección. Cogimos otra vez haciendo ruido. Volteé a ver a Clara, quien prendida de nuevo por nuestros gemidos, intentaba seducir a Anselmo quien se negó rotundamente por el asco provocado de pensar en mi semen dentro de su novia. Yo disfruté de Ana hasta eyacular otra vez en su vagina.

    Antes de irme a dormir pensé que era el hombre más afortunado del mundo, había inseminado a dos bellezas en la misma noche.

    A la mañana siguiente todo fue muy raro, Anselmo y Clara no hablaban tanto entre ellos y Ana, aunque molesta, sí era cariñosa conmigo.

    Hicimos las maletas y bajamos a recepción para hacer el check-out y desayunar.

    Tuve oportunidad de volver a estar con Clara, esta vez a espaldas de Ana y Anselmo, en uno de los baños del hotel. Volví a eyacular dentro de ella mientras me la cogía de perrito.

    De regreso a Ciudad de México encontré trabajo a las pocas semanas y dejé de pensar en Ana y Clara. Supe que Ana ahora es novia de un jugador de fútbol americano de su misma edad y Clara y Anselmo siguen juntos. Me la volví a encontrar un día en un plaza del sur de la ciudad. Lucía guapísima. Anselmo estaba de viaje y la invité a mi departamento a revivir las noches del congreso de Mérida.

    “Hoy sí te tienes que poner condón, Rodrigo, dejé de tomarme las pastillas y Anselmo sabría si quedo embarazada de alguien más.

    “Ya veremos”, respondí.

    Al salir de mi departamento a la mañana siguiente, la vagina de Clara iba de nuevo llena de mi semilla.

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  • Hasta el lunes (2)

    Hasta el lunes (2)

    El sonido de alarma me encontró despierto. No había conseguido aparcar las sensaciones que me invadían desde el pasado viernes, la excitación, la intriga, el deseo y la sorpresa había formado una extraña bola de tensión que me había mantenido alerta. El domingo, Montse fue mi pensamiento monotemático. ¿Qué había pasado? ¿Era realmente ella la de del vídeo? ¿Qué hubiera sucedido si no la hubiese apartado esa noche?… esas y otras preguntas parecidas me rondaban, todas con un denominador común: ella.

    Me dirigí al laboratorio después de mis rutinas y durante el camino me planteé mil escenarios posibles, pero conseguí sobreponerme y entrar por la puerta con cierta serenidad, aunque no hacía más que mirar hacía la puerta por si ella entraba, algo que sucedió a media mañana.

    -Buenos días, ¿Cómo estás hoy? –saludo con su habitual formalidad

    -Bien –respondí cortante.

    -He dejado en tu mesa la versión final de la comunicación del congreso de Barcelona, cuando des el visto bueno haré el envío –continuo con su tono más profesional– luego me cuentas.

    Sin más, salió por la puerta y la trabajada serenidad se esfumó con ella. ¿Qué coño se creía, que podía jugar conmigo y vacilarme? Estábamos solos, hubiera podido decir algo, explicarme lo sucedido… lo que fuera. Tras despotricar en mi fuero interno, conseguí volver a centrar mis pensamientos. Esa noche estaba enfadada y borracha, solo se dejó llevar. Si no, no hubiera buscado nada con un compañero de trabajo y más aún 14 años mayor. Pero… ¿y el sábado, como explicar ese enlace que me llevó a la cámara donde la vi cabalgando a su novio?

    Decidí frenar mis pensamientos y centrarme en el trabajo. Di el visto bueno a la comunicación, se la hice llegar a través de un ayudante y seguí con el trabajo. Conseguí llegar al final del día medianamente cuerdo y cuando estaba en el ascensor pensando si ir al super o al gym, Montse entró en el habitáculo.

    -¿Qué tal el día? –pregunto

    -Bien, sin mucha novedad. Por cierto, ya tienes la comunicación aprobada, puedes mandarla cuando quieras –respondí

    -Si, Carlos me lo dijo.

    Transcurrieron unos segundos que se me hicieron eternos mientras intentaba no girarme y clavar los ojos en ella. Cuando iba a romperlo con alguna frase absurda, ella se adelantó.

    -¿Cuántas veces te has masturbado pensando en mí desde el viernes? –soltó a bocajarro con voz ronca y susurrante.

    -Muchas… -respondí dubitativo

    -Entra está noche a las 11 en el enlace y serán más… -y sin girarse salió del ascensor, dejándome otra vez desubicado a la vez que no podía evitarme en sus caderas y recordar como hace apenas dos días mis manos las sujetaron

    El breve encuentro solucionó mi dilema casero en un momento y me fui directamente a casa. En cuanto llegué encendí el portátil y me registré en la página que me había mandado para no volver a ver el mensaje “Contenido para suscriptores” en el momento más inoportuno. Volvía a estar invadido por la excitación, tuve que resistirme para no masturbarme una vez más pensando en Montse y me movía por la casa como un animal enjaulado esperando que dieran las 11. Refrescaba la página una y otra vez, pero nada cambiaba, el mismo mensaje de “Cámara desconectada” hasta que un reloj de arena comenzó a dar vueltas y en pantalla apareció el sofá de la otra noche.

    Sin previo aviso unas piernas de mujer aparecieron en pantalla. Unas piernas largas, de muslos redondeados que se antojaban enormemente suaves y piel blanquecina, a las que siguió un primer plano de un culote de color negro que marcaba sus caderas. Una mano apareció deslizándose desde el vientre hacía abajo, la misma mano que ví en la videollamada del viernes, hasta que la punta de los dedos acarició un tatuaje en forma de ojo en la ingle derecha. El corazón me iba a mil por hora, era ella otra vez. Me incliné sobre el portátil intentado grabar cada segundo en mi retina.

    Montse, ahora ya estaba seguro de que era ella, dio la espalda a la cámara y se dirigió al sofá. Pude apreciar su culo y sentí un picor en la yema de los dedos pensando en cómo lo agarré aquella noche. Se sentó de tal forma que el plano se cortaba a la altura de su cuello, obviamente estaba todo perfectamente estudiado. Mientras me fijé en como subía el número de espectadores, 15, 38, 45, 125… hasta casi 200. En el chat de la página comenzaron a aparecer mensajes dando las buenas noches, preguntado si hoy estaba sola, si se iba a desnudar… Muchos usaban una familiaridad que reafirmó mis sospechas de que no era la primera vez que hacía algo así.

    Montse separó las piernas lentamente y acarició la cara interior de sus muslos, inclinándose hacia adelante, mostrando sus pechos contenidos en un sujetador a juego con el culote, al tiempo que levantaba la cabeza para ocultar su rostro. Sus manos recorrieron su cuerpo, hasta bajar un tirante del sujetador y, lentamente, dejar al descubierto un pezón de color levemente tostado. En ese momento hizo un gesto de despedida con la mano y apareció el maldito mensaje, pero esta vez pude continuar clicando en la zona de suscriptores. El púbico se había reducido considerablemente, apenas éramos 17 personas las que disfrutábamos de ver a esa mujer acariciando su cuerpo.

    Me recree en su cuerpo. La melena negra llegaba al nacimiento de sus pechos que se mostraron cuando se terminó de desabrochar el sujetador y comenzó a masajearlos. No eran grandes, sus manos casi los ocultaban, pero se veían firme, sus pezones duros me hicieron relamerme pensando tenerlos entre mis labios y mis dientes. Dejo caer un poco de saliva y la extendió con el dedo índice haciendo que se pusieran aún más duros y grandes.

    Después se puso de pie y dio la espalda a la cámara. Pensé en morder su culo en cuanto vi cómo se marcaban sus nalgas con el culote mientras se inclinaba hacia adelante y comenzaba a deslizarlo por su largas y bien torneadas piernas. Prescindiendo de toda sutilidad, las separo con sus manos y mostró su coñito. Sonrosado, de labios hinchados y perfectamente depilado, al igual que su culo, después se giró, con un gesto de estudiada coquetería ocultó su pubis con la mano y volvió a sentarse.

    Los comentarios del chat eran cada vez más subidos de tono. Ella parecía ignorarlos, pero de vez en cuando negaba con la cabeza, rechazando peticiones. Separó las piernas lentamente y retiro la mano mostrando una fina línea de vello y chupándose dos dedos los llevo hasta su coñito y empezó a acariciarlo. Lo hacía lentamente, extendiendo la humedad de sus dedos que comenzaba a mezclarse con sus flujos. Se recostó sin dejar de tocarse y con la contra mano volvió a masajear su pecho, retorciendo levemente los pezones y tirando de ellos. De forma inconsciente me encontré masturbándome, con la polla durísima y jadeando sin poder apartar la vista del monitor.

    No podía creer que esa mujer que se exhibía de aquella manera, sin ningún pudor, fue la misma mujer que cada día se comportaba como si fuese una desconocida, tan formal y correcta. Eyaculé casi sin darme cuenta, pero seguí moviendo mi mano mientras ella flexionaba las piernas y ponía los pies el sofá, mostrándose totalmente abierta para que todos viéramos como sus dedos entraban y salían.

    De vez en cuando propinaba un pequeño azote sobre su delicioso coñito con la mano abierta y volvía a chuparse los dos, ya no para lubricarse, sino para saborear sus propios flujos. Noté como estaba a punto de correrme otra vez, pero cuando vi como llevaba un dedo hasta culito y lo acariciaba en pequeños círculos no pude evitar una nueva explosión, que salpicó incluso la mesa del escritorio.

    Cerré los ojos un momento para recuperar el aliento y cuando volví a abrirlos la pantalla estaba negra con el menaje “recargué crédito”. Tarde lo menos posible en hacer una nueva transferencia, pero cuando volví a entrar apareció un desesperando “Emisión finalizada”.

    Me recosté en la silla y mi mente volvió a repasar todo el día. Desde su inicial indiferencia a su comentario en el ascensor y el final del día. Sacudiendo la cabeza decidí que era mejor ir a la ducha y acostarme.

    Cuando desperté, mi primer pensamiento fue para Montse y su cuerpo. Sentí como el morbo que me inundaba me estaba controlando. Desayuné, me duché y salí de casa dispuesto a enfrentarme al día y sobre todo a ella.

    Al llegar a la oficina Montse ya estaba allí.

    -Tenemos que hablar -dije sin más preámbulos parándome frente a su mesa.

    -Tranquilo, la comunicación ya está enviada -haciendo caso omiso del tono de mi voz

    -Ya sabes de lo que quiero hablar -insistí.

    Ella me miró fijamente….

    -Te dije que me gusta compartimentar mi vida -respondió en tono duro

    -No me gusta que jueguen conmigo

    Ella me miró fijamente y suspiró.

    -De acuerdo, en media hora hablaremos en la sala de juntas.

    -¿Por qué no ahora? -pregunté

    -Esa sala tiene paredes de cristal, todo el mundo puede ver lo que sucede y no quiero que nadie piense que es algo más que una reunión de trabajo.

    -De acuerdo -concedí- en sala en media hora, tienes mucho que explicarme.

    Ella no respondió, simplemente me miró y asintió clavándome los ojos, durante un segundo pude atisbar ese brilló que rondaba mi mente desde hace unos días. Correspondiendo a su silencio con otro movimiento de cabeza, me di la vuelta y me alejé.

    -Luego no te olvides de traer la nueva propuesta de comunicación -escuché en voz alta a mis espaldas mientras me dirigía a mi despacho para esperar esa media hora.

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  • Nuestra primera vez con otro matrimonio amigo

    Nuestra primera vez con otro matrimonio amigo

    Antes de iniciar con el relato, debo recalcar que esto ocurrió hace 1 mes, es algo reciente y 100% real; describiré mi historia con Consuelo, mi esposa, somos una pareja joven que vive su amor y pasión en cada oportunidad. Llevamos cinco años juntos, y cada momento íntimo ha sido maravilloso. Consuelo, de 25 años, tiene piel canela, ojos pícaros color café y labios finos que enmarcan su delicado rostro. Su figura escultural se curva en la cintura, realzando sus pechos medianos con areolas café y pezones puntiagudos. Sin embargo, lo más llamativo son sus perfectas y redondas nalgas, que, al verla recostada, forman un corazón perfecto que me hace perder la cabeza.

    Yo, Raúl, siete años mayor que Consuelo, soy un poco más lujurioso. Y he llegado a proponer a mi esposa fantasías que sé, muchas personas piensan o desean, pero no se atreven a decirlas en voz alta. Una de estas ideas es compartir a Consuelo para explorar juntos un nuevo mundo de la sexualidad. Lo que más me excita de esto, es el placer que ella podría llegar a sentir. Es difícil de explicar ¿Por qué un esposo que ama a su mujer pensaría en compartirla?, pero el solo pensamiento de multiplicar el éxtasis que Consuelo experimenta al hacer el amor me embriaga y me impulsa a desearlo con gran fuerza.

    Al principio, cuando intentaba abordar el tema con Consuelo, ella no lo tomaba bien. Creía que no la amaba y que la idea era “muy mala”, lo que generaba crisis en nuestra relación. Entendía su perspectiva, ya que ambos provenimos de familias conservadoras, y por un momento quise dejarlo atrás. Sin embargo, no podía evitarlo. Decidí dar pequeños pasos para abrir su mente: le compraba ropa sexy y lencería diminuta, y la animaba a mostrarse un poco más. Incluso llegamos a tomarnos fotos y videos explícitos teniendo relaciones sexuales, lo que añadió un morbo especial a nuestra relación. Así, una de mis facetas, la exhibicionista, emergió, y subimos nuestros videos a una página de adultos.

    Consuelo no le prestaba tanta atención como yo; sentía morbo y se excitaba, pero no al mismo nivel. Yo, en cambio, entraba con frecuencia para revisar los comentarios que dejaban las personas. Esto alimentaba mis ganas de compartirla y llevarla al éxtasis total. Mi miembro se ponía muy duro y caliente, demostrando mi completa excitación.

    Es normal que, después de ciertas acciones, surja la culpa. Esto le sucedió a Consuelo. Todo lo que habíamos logrado hasta ese momento se frenó en seco, y el tema se volvió tabú. Quizás la culpa la invadió. Yo, por mi parte, no quería perderla, así que dejé el tema de olvidado.

    El tiempo pasó, y el tema parecía haberse diluido, ya que no volvimos a tocarlo. Nuestra vida en pareja continuó con normalidad hasta que un fin de semana, decidimos hacer planes con Arturo y Camila, una pareja de amigos clave en lo que estaba por venir.

    Solíamos salir con ellos regularmente, y en ocasiones anteriores, ya habían expresado su ideología liberal y lo mucho que les gustaba Consuelo. Esto me causaba una mezcla de rabia, celos y excitación, pero temía mencionar el tema, pues creía que con mi esposa lo habíamos superado.

    La noche transcurrió entre tragos, risas y algunas frases picantes, nada fuera de lo común. Sin embargo, con algunos tragos encima, decidimos ir a una discoteca popular. Mientras bailábamos con nuestras respectivas parejas y seguíamos bebiendo, Consuelo y Camila comenzaron a bailar sensualmente entre ellas. Lejos de desagradarme, quería ver hasta dónde llegaría mi esposa. El baile se volvió cada vez más intenso y los tragos fluían, hasta que la tensión se hizo insostenible. Salimos de la discoteca y nos dirigimos rápidamente a nuestra casa. Nadie estaba seguro de cómo la situación se había calentado tanto, o cómo, sin decir una palabra, todos deseábamos lo mismo: dar rienda suelta a nuestros deseos.

    Una vez en nuestra habitación, Consuelo y Camila se desnudaron por completo entre besos y caricias, mostrando una lujuria y pasión desbordantes. No podía creer lo que veía, parecía un sueño, hasta que un fuerte gemido me trajo de vuelta a la realidad: Camila estaba con su lengua dentro de la vagina de Consuelo. Esto me impulsó a desnudarme al instante, dejando al aire mi gigantesca erección, mientras contemplaba una escena digna de una película pornográfica. Arturo también se desnudó, revelando su miembro curveado.

    Arturo y yo nos colocamos a un lado de Consuelo, quien estaba sumergida en gemidos, con los ojos entrecerrados, disfrutando del placer que Camila le proporcionaba. Tras observar el rostro de éxtasis de mi esposa, tomé su mano y se la coloqué sobre el pene de Arturo. Consuelo abrió los ojos, sorprendida por lo que acababa de suceder, me miró, pero no soltó el miembro que le había ofrecido. Me acerqué a su rostro, y ella, sin pensarlo, comenzó a chuparme la verga con pasión, como si fuera su dulce favorito. Después de unos minutos disfrutando de mi pene, me miró fijamente y, sin decir nada, giró su rostro para devorar por completo la verga de Arturo, el cual había estado masturbando casi instintivamente.

    Estaba sorprendido viendo a Consuelo disfrutar del pene de nuestro amigo, tanto que ni siquiera había notado el cuerpo desnudo de Camila, quien seguía saboreando el coñito de mi preciosa esposa. Ver a mi mujer con una verga en la boca, casi atragantada, y disfrutando de un buen sexo oral, me llevó al límite. Reclamé la boca de mi mujer, llenándola nuevamente mientras ella continuaba con el vaivén del miembro de nuestro amigo.

    Consuelo estaba increíblemente excitada. Sin pensarlo, comenzó a ahogar sus gemidos entre los dos penes a su disposición, alternando sus mamadas y chupando ambas vergas con dedicación, deseando tenerlos muy dentro de ella. Mientras esto sucedía, comencé a tocar a Camila. Tenía un cuerpo delgado y proporcionado, con senos pequeños pero tentadores, de pezones rosados y tímidos que invitaban a tocarlos y saborearlos. Recorrí el cuerpo de la mujer de nuestro amigo hasta llegar a sus nalgas, dándoles un buen apretón seguido de una nalgada, para luego pasar a tocar su depilada y muy mojada vagina.

    Sentí unas ganas intensas de penetrar a Consuelo. Aparté a Camila de su vagina, froté la cabeza de mi verga en ella y noté lo mojada que estaba mi mujer, los fluidos escurriéndose entre sus nalgas hasta su culito. Excitado y caliente, la penetré de una sola estocada, sintiendo la humedad de su coñito. Esto me enloqueció; no podía dejar de ver cómo mi pene se perdía dentro de ella. Mientras tanto, Camila chupaba los pechos de Consuelo, y ella seguía recibiendo la curveada verga de Arturo con su boca.

    Había imaginado esté momento, pero nunca pensé que se harían realidad: mi esposa recibiendo mi verga por su coñito y otro en su boca, mamándolo con un deseo que casi nunca le había visto. Consuelo estaba en un éxtasis total. Verla en ese estado me dio más placer que cualquier otra cosa, así que detuve mis embestidas para no eyacular. Volví a colocarme a su lado para que continuara saboreando los dos penes que la mantenían en ese estado de lujuria y placer.

    Arturo comenzó a masturbar a Consuelo, quien tenía su vagina como un río; se podía escuchar el chapoteo de sus dedos entrando y saliendo, mientras ella ahogaba sus gemidos con nuestras vergas en su boca. Camila sostenía el pene de su esposo para que mi mujer lo introdujera hasta donde pudiera y lo saboreara por completo.

    Consuelo, consciente de que el placer y la atención se habían centrado en ella, acostó a Camila y comenzó a lamer suavemente su vagina rosada y depilada. Camila, a su vez, ahogaba sus gemidos metiéndose el pene de su esposo en la boca. Por un instante, pensé en ofrecerle mi miembro para que también lo saboreara; de hecho, una parte de mí deseaba sentir su boca devorando mi verga.

    Pero, como dije al principio, el culo de mi mujer enloquece a cualquiera. Al verla en cuatro, saboreando ese coñito, perdí la cabeza y solo pude posicionarme detrás de esas imponentes nalgas y penetrarla con fuerza. Mi pene entró con violencia; estaba culeando a mi esposa con fuerza, dándole nalgadas y apretando sus pechos. Estaba en un éxtasis que nunca antes había sentido.

    Camila se separó de mi esposa y también se colocó en cuatro para que su esposo pudiera penetrarla. Ahí estábamos, las dos parejas, culeando salvajemente, gimiendo y dejando nuestros prejuicios a un lado para disfrutar de un sexo monumental. Yo estaba embriagado por la sensación que recorría mi cuerpo. Olvidé por completo a nuestros amigos y me concentré en mi mujer, dándole una follada que estoy seguro no olvidará en mucho tiempo.

    Mientras observaba el rostro de excitación y lujuria de mi mujer, sentí unas manos en mis testículos, que guiaban mi verga hacia el interior de Consuelo. Camila observaba en primera fila cómo follaba a mi mujer. Empezó a masajear mis testículos mientras con la otra mano sostenía la base de mi pene. La observé y, de nuevo, acaricié sus pequeñas tetas hasta llegar a tocar su trasero. Esta vez, los sentí bien, y me tomé un momento para acariciar sus nalgas varias veces.

    Había un poco de silencio. Al levantar la vista, Consuelo estaba de nuevo comiéndose la verga curveada de Arturo. Nuestro amigo tenía los ojos en blanco por la deliciosa mamada que Consuelo le estaba dando. Al ver esta escena – mi mujer disfrutando de dos penes mientras Camila me masajeaba las bolas–, hizo que eyacule toda mi leche dentro de Consuelo, llenándola por completo. Terminé como nunca, mi semen chorreaba por la húmeda y caliente vagina de mi mujer. Era hipnótico ver a Consuelo completamente satisfecha y sonriendo después de la tremenda culeada que le di y de su primera vez probando dos penes.

    Después de haber eyaculado dentro de Consuelo, nuestros amigos se vistieron y se fueron. Bajé a despedirlos en la puerta de nuestro hogar. Al regresar a la cama, mi mujer estaba exhausta de la deliciosa noche que habíamos tenido. A la mañana siguiente, al despertar, comenzamos a hablar de lo sucedido, compartiendo nuestras sensaciones, lo que nos puso calientes de nuevo. Mi erección era fuerte, y a Consuelo le encantaba. Comenzamos a besarnos con pasión y a recorrer nuestros cuerpos, pero eso lo contaré en otro relato.

    Mi fantasía no se cumplió por completo: aún deseo ver a Consuelo disfrutar de dos vergas solo para ella, penetrándola. En esta ocasión, nuestro amigo no la penetró, solo recibió unas buenas mamadas de mi mujer. Pero después de esta gran noche, ella me confesó que le gustaría poder estar con dos machos y volver a disfrutar como una puta. Ojalá pronto pueda ser así; muero de ganas por volver a sentir esa sensación inexplicable, excitante y embriagadora, viendo a mi esposa, ahora sí, disfrutar de dos machos por todos sus agujeros.

    Comenta nuestro relato, somos nuevos en esto y nos gustaría saber tu opinión, para poder seguir contando nuestras historias y fantasías.

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  • La cita en el bosque

    La cita en el bosque

    Hoy me citó en una comunidad un poco retirada de donde vivo, pero camino a donde él reside. Todo el camino fue un constante nervio pensando qué pasaría, qué haríamos hoy. Al llegar a la cita aún no había llegado, lo cual me puso un poco más nerviosa, de pronto se estacionó frente de mí mi corazón empezó a latir rápidamente.

    Se bajó del auto y se dirigió hacia mí, solo indicó que lo siguiera así lo hice, llegamos al lago, entramos, rentamos una lancha de pedales, estuvimos un rato pedaleando, pero no avanzamos mucho, además que yo llevaba puesto vestido lo que me impedía pedalear, así que decidimos regresar a tierra firme, apenados y divertidos nos fuimos al carro brindamos con un poco de tequila y refresco después nos dirigimos rumbo a la carretera, yo lo seguía, de pronto se dirigió a una zona boscosa y me indicó donde estacionarme tratando de que los autos no fueran visibles, me indicó que fuera a su carro, así lo hice.

    Indicó que subiera a la parte trasera del carro, sutilmente colocó su mano en mi pierna y la acarició, suavemente comenzó a subir al sentir mi pantaleta, la hizo a un lado y tocó suavemente mi zona íntima, me dijo al oído “quita esto” mientras su mano bajaba mi pantaleta, ohh, la adrenalina empezó a recorrer mi cuerpo.

    Se escuchaba a lo lejos el ruido del pasar de los autos en la carretera, empezó a acariciar suavemente mi clítoris, despacio haciendo pequeños toquecitos, después lo rodeo con los dedos, empezaba a lubricar, siguió explorando mi vulva, mi vagina, introdujo sus dedos, wow, comencé a gemir de placer, ohh, comenzó a salir agüita, sentía recorrer sus dedos de mi clítoris a mi vagina una y otra vez.

    De repente se puso de rodillas abrió mis piernas y sin decir una palabra acercó su cara a mi parte intima, ahora era su lengua la que estimulaba mi clítoris, wow, deliciosa sensación, también recorría mi vulva, sentía como succionaba mi clítoris, lo apretaba y soltaba y cada vez que lo hacía salía más y más agüita, yo me contorsionaba.

    Eran muchas sensaciones en mi cuerpo, gemía, gritaba, le pedía “más, no pares” fue delicioso, su cara estaba mojada, el asiento del auto también, seguimos así por un momento más, ya no pude aguantar más, wow tuve un glorioso orgasmo, lleno de squirts, cada que expulsaba chorritos de agua, él pedía más, se notaba que él también lo disfrutaba, fue maravilloso.

    Terminamos cansados y extasiados, felices, nos aseamos, tratamos de limpiar el asiento del carro.

    Poco después caminamos un poco por el bosque, aún sentía debilidad en las piernas, mi clítoris estaba muy sensible, mis pechos duros y mis pezones erectos, ya más tranquila nos despedimos, cada quien tomó su rumbo, todo el camino a casa venía recordando el delicioso momento en el bosque, un lugar que nunca olvidaré.

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  • Maestra en mini (6)

    Maestra en mini (6)

    Raúl mi marido y yo retomamos nuestras actividades sin ningún reproche a cerca de su relación con Ana, su alumna o mis roces con el esposo de ella, Lalo, en fin, el a sus asuntos y yo a dar mi clase, ataviada en mi minivestido negro, con vuelo a medio muslo, elegante, con los hombros descubiertos, mis zapatillas altísimas negras, con un coordinado de bra y tanga negros, finamente maquillada como la profesora de clase que soy.

    Ya casi son las nueve de la noche, la hora de la salida y a lo lejos veo a mi marido y a Ana muy sonrientes esperando a que todos salgan para dar rienda suelta a sus besos y caricias, es algo raro, no me siento bien, quizá no debí de haber ido demasiado lejos en mis infidelidades o por lo menos no hacerlas tan notorias delante de mi propio esposo, bueno, me resigno, quizá es el pago por lo hecho.

    Son las 11 de la noche en punto y suena el timbre de la puerta, mi marido sale presuroso a abrir mientras yo meto mis cosas al estudio, se oyen voces que van subiendo de tono.

    –Puedes venir por favor, me grita Raúl, accedo haciendo una mueca de fastidio

    –A como chingas… que quie…

    No termino la frase, Lalo el marido de Ana le reclama lo sucedido con su esposa, mi marido tratando de defenderse le reclama sus roces y alcances conmigo, Ahora es Ana con mi marido que le reclaman a Lalo, en fin, como puedo jalo a Lalo hacia una esquina de la casa y mi marido hace lo mismo con Ana al lado contrario.

    En medio de la discusión siento las manos de Lalo envolviendo mi delgada cintura desde atrás, mirando hacia donde esta Raúl de vez en vez, no me muevo, empiezo a sentir su grueso y largo miembro apoyarse sobre mi cadera, Raúl se lleva a Ana a la cocina lo que aprovecho para restregarme en el bulto de Lalo, me volteo hacia el y le ofrezco mis labios, el me abraza con fuerza sin despegar su boca de la mía yo como hipnotizada me dejo guiar, alargo mi mano e intento bajar el zíper de su pantalón.

    –espérate, me dice, tu marido nos puede ver.

    No le digo nada, le hecho mis brazos a su cuello y lo beso con pasión, ya con más confianza el mismo se baja el Zíper del pantalón y sacando su poderosa verga, toma mi mano y la coloca sobre ella, así con los ojos cerrados se la empiezo a acariciar, la siento crecer, abro los ojos y bajo la mirada viendo mi manita alrededor de su deliciosa verga, masturbándola, Lalo empieza a acariciarme un pecho, empieza a morder mis senos por encima de mi vestidito y acariciarlos.

    –Ah,

    baja mi vestido por la parte de arriba hasta mi cintura, dejándome en brasier

    –que preciosa estas Laura, eres una muñequita

    Me desabrocho el brasier, me lo quito, mis pechos quedan desnudos ante su mirada, hace un gesto de emoción y de gusto por verlos así, mientras el acaricia mis senos yo sigo masturbándolo, aprieta mis pezones, los chupa y los muerde como un desesperado eso me gusta muchísimo, con una mano lo masturbo mientras que con la otra dirijo su cara hacia mis pechos para que los chupara más.

    -ha, Lalo, chúpamelos, así, que rico

    Me desnudo y él también se desnuda, sin prisas, lo tomo de la mano y lo guío al sillón, Raül sigue en lo suyo con Ana me imagino.

    Lo observo, pero esta vez, me doy el placer de acariciarlo completamente, su pecho, sus tetillas el cierra los ojos, me acerco pasando mi pierna por encima de las suyas frotando mi sexo contra su muslo mientras mis suaves manitas recorren su cuerpo, mi piel blanca, contrapuesta contra su masa de pelo morena y peluda, mis manos acarician ahora sus testículos, beso su barbilla, su cuello, empiezo a bajar por su cuerpo, besando, lamiendo, mordiendo, tirando con mis labios su alfombra de pelos. tengo su miembro a mi alcance, lo observo detenidamente, mientras mi mano, hace que su prepucio cubra y descubra su cabezota.

    Lo beso y comienzo despacito a chuparlo, lo chupo con un placer inusual en mí, ¡como queriéndolo atrapar eternamente en mi boca!, mi mano aprieta suavemente sus testículos, siento su mano en mi cabeza y sus gemidos confirman su aprobación.

    –así… mami, cómetelo todo

    Ya no puedo esperar, me pongo de pie limpiándome la boca, con suavidad abro completamente sus muslos, me siento de frente a él con las piernas abiertas. tomo su verga y la guio a mi sexo, la siento, lanzo un gemido dejándome caer lentamente sobre ella, despacito pero constante, hasta sentir que ya no había más que meter.

    Con los ojos entrecerrados por el placer de sentirme así de llena, tomo su cara y la guío hacia mis pechos es increíble, estoy aquí ensartada, sin moverme, sintiendo como mi hombre me chupa los pechos, arrancándome gemidos intensos, mientras mis manos acarician tiernamente su cabeza.

    Le ruego que succione mis pezones, lo miro hacia abajo y toda una gama de sensaciones me envuelve, al ver y sentir su boca atraparlos, mientras el me chupa de ese modo, apoyo mis manos en sus hombros fuertes y aún a pesar de su panza, comienzo a mover rítmicamente mis caderas de adelante y hacia atrás. mis ansias de venganza me hacen experimentar el más delicioso orgasmo que jamás haya sentido en mi vida, mi útero es un pequeño corazón que palpita alrededor de su delicioso pito contrayéndose una y otra vez en estertores gloriosos.

    –Ah, dios, que rico, ah

    Agradecida me abrazo a él y lo beso apasionadamente mientras sus manos agarran mi cintura, continuo moviéndome, pero ésta vez, de forma circular, me abrazo a él, lo muerdo, lo beso, le digo:

    –Papito rico… me tienes loca mi amor

    Desahogo toda mi furia y todo lo que tengo guardado en mi corazón.

    –abrázate bien a mí, me dice, al momento que me toma de las nalgas con firmeza y se levanta del sofá, llevándome con él, lo abrazo con mis piernas ensartándome lo más que puedo en esta posición, camina conmigo, dirigiéndose a la cocina donde esta Raúl, lo escucho preguntar dónde está la recámara, le indica el lugar Lalo le da las gracias y al voltease lo observo penetrando a Ana de forma bestial encima de la mesa de la cocina, cierro los ojos escuchando sus gritos de perra en brama mientras mi amante camina hacia el dormitorio teniéndome bien ensartada, como botana en palillo.

    Una vez dentro, cierra la puerta, me apoya contra una pared y así en vilo toma fuertemente mis nalgas y comienza a culearme de una manera bestial, nunca me imaginé que me culearían en esa posición y que una pudiera sentir tan profundamente el pene de un hombre, mis gemidos se iban poco a poco convirtiendo en gritos desaforados por tanto placer, lo beso y muerdo como loca sintiendo su gruesa tranca partiéndome en dos, me bombea de tal forma que suenan en toda la habitación el choque de su pelvis con mi colita.

    –así, hum, así ¡por favor! le digo a gritos

    Nuevamente camina conmigo bien ensartada y me deposita en la cama suavemente, de espaldas, con emoción lo observo acomodarse entre mis piernas y nuevamente me la clava entera, me tiene afirmadas las piernas con ambas manos, abiertas, tomadas por los tobillos y me hace sentir su verga entrando y saliendo de mí, grito de placer, al sentir que mi vagina se va expandiendo más y más, amoldándose al gran falo de mi macho.

    –¡Laura!, ah, ¡me voy a venir!, no quiero perjudicarte.

    Me dice gimiendo, entonces lo atraigo hacia mí y lo abrazo con todas mis fuerzas, el suelta mis tobillos y se deja caer sobre mí, lo aferro con mis piernas y lo beso, ya no se resiste. Me hace sentir sus gruesos, calientes y potentes chorros de semen en mi útero, se descarga como si tuviera mucho tiempo sin descargar, lo beso tiernamente mientras siento sus semillitas nadando dentro de mi buscando algo por todas partes, termina, se quiere desprender quizá pensando que me aplasta, lo detengo abrazándolo con ternura.

    Me acorruco en sus brazos escuchando a lo lejos los gritos y gemidos de Ana y mi marido, quiero más, no puedo quitarme las ganas de sentir más que Ana, estiro mi mamo para masturbar a Lalo, pero está roncando completamente exhausto, pasa el tiempo y estas ansias de querer más sexo no me las puedo quitar de encima.

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  • La última vez que fui ella (1)

    La última vez que fui ella (1)

    Habían pasado unos meses desde todo lo que había vivido en casa. Mi vida había vuelto a la normalidad… o algo parecido a eso. Dirigir mi propia empresa me ocupaba casi todo el tiempo, pero últimamente sentía una energía distinta en mí, como si hubiera dormido, esperando despertarme.

    Cuando surgió la oportunidad de viajar a Miami por trabajo, lo vi casi como una escapatoria. Era una misión importante: expandir parte de mi negocio al mercado estadounidense. Como dueña de la empresa, estaba acostumbrada a reuniones tensas, firmas de contratos, cenas diplomáticas… pero esta vez era distinto.

    Mi amiga Camila, que hacía años vivía en Miami, insistió en que me quedara en el mismo hotel que ella. Trabajaba en el mundo de los eventos y siempre estaba rodeada de gente importante. Además, tenía guardaespaldas propio, algo que a mí me parecía un lujo excesivo… hasta que lo conocí.

    La primera noche, bajé al lobby a encontrarme con Camila. Ella estaba impecable, como siempre. A su lado, estaba él: Marcus. Alto, imponente, piel negra, traje oscuro perfectamente entallado. Tenía unos brazos enormes y una postura que no dejaba lugar a dudas: nadie se le acercaría si él no quería.

    Camila sonrió y me lo presentó:

    —Alma, te presento a Marcus, mi seguridad personal.

    —Mucho gusto, señora —dijo él, con esa voz grave y pausada que parecía retumbar en el pecho.

    Cuando me miró a los ojos, sentí un leve cosquilleo recorrerme la nuca. Me obligué a mantener mi porte serio y profesional. Después de todo, yo era la dueña de una empresa, estaba en un viaje de negocios… No podía dejar que un simple cruce de miradas me desestabilizara.

    Durante la cena, Marcus se mantuvo firme, a cierta distancia. Parecía concentrado en vigilar el lugar… pero de vez en cuando, sentía su mirada clavarse en mí. Y cada vez que sucedía, me costaba volver a concentrarme en lo que Camila decía.

    Algo en mí estaba alerta, como si una parte mía, cuidadosamente guardada, comenzara a despertar.

    Habían pasado solo dos días desde que llegué a Miami y ya me sentía diferente. No sabría decir exactamente qué me estaba pasando, pero algo en mí se había encendido.

    Quizás tenía que ver con estar lejos de casa, lejos de las miradas conocidas… o tal vez era Marcus. Su sola presencia me hacía estar más consciente de mi cuerpo, de cada movimiento, de cada mirada.

    Por las mañanas, me vestía como siempre: trajes elegantes, blusas de seda, faldas lápiz. Pero en el fondo de la valija había llevado ropa que nunca me hubiera atrevido a usar en Buenos Aires. Vestidos ajustados, telas que se pegaban a la piel, escotes más profundos de lo habitual.

    Y empecé a usarlos. No para nadie en particular… o al menos, eso me repetía.

    La noche siguiente, tenía cena con un grupo de empresarios locales. Me puse un vestido rojo, entallado, que me marcaba la cintura y se ceñía en las caderas. El escote era pronunciado, aunque no vulgar. Me miré en el espejo y me sentí… poderosa. Sexy.

    Pero también vulnerable. Así que, antes de salir, me cubrí con un saco negro largo, casi hasta las rodillas.

    Cuando bajé al lobby, Camila me esperaba, radiante como siempre. Y, a unos metros detrás de ella, Marcus.

    —Alma, estás divina —dijo Camila, dándome un rápido vistazo de arriba abajo—. ¿Vas a ir tapada toda la noche con ese saco?

    —No seas tonta —respondí, riendo—. Es solo para disimular un poco…

    Marcus no dijo nada. Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, noté cómo sus ojos bajaron un instante hacia mi escote, apenas visible entre las solapas del saco. Y luego volvió a mirarme a los ojos, serio, aunque había algo distinto en su expresión.

    No pude evitar que un leve calor me subiera por el cuello. Me sentí descubierta… y, para mi sorpresa, me gustó.

    Los días pasaban entre reuniones, cenas de negocios y eventos interminables. Yo me mantenía firme, profesional, impecable. Pero por dentro, cada noche que cruzaba miradas con Marcus, algo se me desordenaba.

    No pasaba nada entre nosotros. Ni un gesto fuera de lugar, ni una palabra más de las necesarias. Y sin embargo… todo estaba dicho en el modo en que él me miraba cuando creía que nadie lo notaba. En cómo se colocaba siempre un paso detrás mío, como si fuera una sombra protectora.

    Yo seguía usando mis vestidos más atrevidos, pero siempre tapados por un abrigo elegante. Y él, siempre impecable, con ese cuerpo que parecía hecho para el pecado y esa seriedad que me ponía los nervios de punta.

    En los eventos, varios hombres se me acercaban. Algunos con modales y sonrisas sinceras. Otros, más insistentes, con comentarios sutiles que rozaban lo inapropiado.

    Una noche en particular, en un cóctel de cierre, un empresario canadiense se pasó de la raya. Me había estado siguiendo por todo el salón, intentando convencerme de tomar algo “en privado”. Yo le había respondido con diplomacia, pero él insistía. Se acercó demasiado. Me rozó la espalda al hablarme al oído.

    Y ahí apareció Marcus.

    No sé en qué momento se había colocado a mi lado, pero de pronto lo sentí. Su cuerpo imponente, su brazo que me rodeó suavemente por la cintura para alejarme del hombre sin decir una palabra.

    —La señora no está interesada —dijo con voz grave, sin alzarla, pero con una firmeza que congeló el ambiente.

    El canadiense retrocedió, murmuró una disculpa y desapareció. Yo me quedé inmóvil, con la respiración agitada.

    Marcus aún tenía su mano en mi cintura. Solo por un segundo más… pero fue suficiente.

    Me aparté despacio, acomodándome el saco, sin mirarlo. No podía. Sentía el pulso latiéndome entre las piernas.

    Esa noche, al volver a la habitación, cerré la puerta y me apoyé contra ella. Jadeaba. Me quité el saco. El vestido rojo se me pegaba al cuerpo. Me quedé así, a oscuras, sola… y tan mojada como hacía tiempo no me sentía.

    Los días siguientes transcurrieron entre reuniones y eventos, pero también con pequeños momentos a solas con Camila. Era mi cable a tierra en esa ciudad que me resultaba tan excitante como agotadora.

    Una tarde, después de una serie de conferencias interminables, decidimos tomar algo en la terraza del hotel. El sol caía sobre los rascacielos y todo parecía teñido de oro. Yo llevaba mis lentes de sol, el saco negro, y debajo, un vestido de seda azul que apenas se insinuaba.

    Camila me observó de reojo mientras me servía una copa de vino blanco.

    —Últimamente estás distinta —me dijo, con esa sonrisa suya, medio cómplice, medio curiosa.

    —¿Distinta cómo? —pregunté, intentando sonar casual.

    —No sé… —dijo, moviendo la mano en el aire—. Como… más viva. Más luminosa. Y no me vengas con que es solo el viaje de negocios, ¿eh?

    Me reí, encogiéndome de hombros.

    —Son tus ideas. Será el clima de Miami.

    —Ajá —dijo, entrecerrando los ojos—. ¿Tiene algo que ver con cierto guardaespaldas alto y grandote?

    Tragué saliva, intentando mantener la compostura.

    —Camila… por favor. Es tu seguridad personal, no mío.

    —Pero él te mira. Y vos lo mirás a él. —Hizo una pausa, bajando la voz—. Alma… Marcus no es cualquier tipo.

    La forma en que lo dijo me dejó fría.

    —¿Qué querés decir?

    Camila se llevó la copa a los labios, dudando. Bajó la vista hacia el patio del hotel, donde Marcus estaba apostado cerca de la puerta, con sus brazos cruzados, escaneando el lugar.

    —Nada… —dijo finalmente—. Solo… que tengas cuidado.

    —¿Cuidado de qué? —insistí.

    Camila me miró y se limitó a decir:

    —A veces no todo es lo que parece.

    Antes de que pudiera seguir preguntando, ella cambió de tema con habilidad. Empezó a contarme anécdotas de empresarios famosos, de fiestas exclusivas, de contratos millonarios. Pero algo se había instalado entre nosotras.

    Esa noche, cuando volví a mi habitación, me sentía más revuelta que nunca.

    Ahora no solo me excitaba la presencia de Marcus. Sino que empezaba a preguntarme qué estaba escondiendo Camila… y por qué sentía que había mucho más detrás de la mirada intensa de ese hombre.

    Después de aquella conversación en la terraza, algo cambió en mi manera de mirar a Camila.

    La conocía hacía años, pero ahora, cada vez que hablaba de su trabajo, me parecía que dejaba cosas afuera. Decía que se dedicaba a organizar eventos, fiestas, conferencias… pero había demasiados silencios, demasiadas miradas evasivas.

    Estábamos en la terraza del hotel, al atardecer. El cielo estaba teñido de rosa y naranja. Camila parecía inquieta, moviendo el tallo de su copa de vino entre los dedos.

    Yo la miré fijamente.

    —Camila… ¿Qué está pasando? —pregunté—. Te conozco. Estás rara hace días.

    Ella bajó la vista.

    —No quiero que me juzgues, Alma.

    —No voy a juzgarte —le aseguré—. Pero necesito saber la verdad.

    Respiró profundo, como si se preparara para saltar al vacío.

    —Alma… Yo no solo trabajo en eventos. También soy creadora de contenido para adultos.

    La miré, parpadeando.

    —¿Creadora de contenido… sexual?

    —Sí —dijo, alzando un poco la barbilla—. Hago fotos, videos, sola o con otras personas. Todo profesional, consensuado. Es mi negocio. Me va bien.

    Me quedé callada unos segundos. No sabía bien qué decir. Ella siguió rápido, como temiendo mi reacción:

    —Y antes de que me preguntes… sí, Marcus grabó una escena conmigo. Fue una sola vez. Nada más. Él no es actor ni creador de contenido. Fue algo puntual, me hacía falta un partner, y él… bueno, aceptó.

    —¿Y por qué él? —pregunté, todavía procesando.

    —Porque es un bombón —dijo, medio riéndose, medio avergonzada—. Y porque es alguien de confianza. Pero no estoy enamorada de él ni nada. Fue puramente trabajo.

    Tragué saliva.

    —¿Por qué no me contaste antes?

    Camila me miró con ojos brillosos.

    —Tenía miedo de perderte, Alma. Sos mi amiga, sos mi familia en muchos sentidos. Y pensé… “¿Qué va a pensar Alma de mí si se entera?”

    Suspiré. La miré largo.

    —Camila… —dije finalmente—. No te voy a dejar de querer porque seas creadora de contenido. Sos mi amiga igual. Me sorprende… sí. Pero no me voy a alejar de vos.

    A Camila se le llenaron los ojos de lágrimas.

    —Ay, boluda… —dijo, riéndose entre lágrimas—. Te amo.

    Me reí también, aunque el corazón me latía fuerte.

    —Pero Marcus… —dije, bajando un poco la voz—. No sabía nada de esto.

    —Él no quiere que se sepa —respondió Camila—. No le gusta hablar del tema. No es su mundo. Sólo me hizo el favor.

    —¿Y él sabe que vos me estás contando esto?

    —No… —admitió Camila—. Me pidió que no te dijera nada. Pero no puedo más. Te veía mirándolo distinto, y vos no entendías nada… y me sentí horrible.

    Me quedé en silencio, mirando las luces que empezaban a encenderse en la ciudad. Todo me daba vueltas en la cabeza.

    Camila me tomó de la mano.

    —No me odies, Alma.

    —No te odio —dije con suavidad—. Solo… necesito tiempo para procesar.

    Ella asintió, aliviada.

    En ese momento, sentí una sombra a nuestras espaldas. Me di vuelta… y ahí estaba Marcus, serio, imponente, con los brazos cruzados.

    Nuestros ojos se encontraron. Y aunque todavía me sentía desconcertada, el deseo volvió a subir por mi cuerpo como una llamarada.

    Y Marcus… cada vez que alguien nombraba a Camila, él tensaba apenas la mandíbula. Como si se le activara algún recuerdo que prefería no tener.

    Una noche, después de una cena protocolar, Camila me arrastró a un bar algo más informal, lleno de luces de neón y música electrónica. Yo llevaba un vestido negro muy corto, debajo de mi inseparable saco. A Marcus lo vi más relajado, sin corbata, aunque igual de atento.

    Mientras bailábamos, Camila se acercó a mi oído:

    —No sabés lo que es tener a Marcus en la cama…

    Me quedé helada.

    —¿Qué dijiste?

    —Nada, nada —dijo ella, riéndose y moviendo las manos como si espantara un mosquito—. Estoy borracha, no me hagas caso.

    —Camila…

    —¡Alma, bailá! —cortó ella, dándome vuelta y empezando a moverse con la música.

    Pero yo ya no podía sacarme esa frase de la cabeza.

    Un rato después, fuimos al sector VIP, donde algunos hombres se acercaron a charlar. La mayoría con intenciones bastante claras. Uno de ellos, un ejecutivo local, se puso especialmente insistente. Me tocó el brazo mientras hablaba, se acercaba demasiado.

    Marcus apareció detrás de mí en silencio, como un muro.

    —Señora Alma, ¿necesita algo? —preguntó, con esa voz suya que parecía retumbar en el pecho.

    —Estoy bien, Marcus —murmuré, aunque me costaba mirar al hombre que estaba intimidando.

    El ejecutivo intentó bromear:

    —Ey, tranquilo, solo charlábamos…

    Marcus no le respondió. Solo lo miró fijo. El tipo se fue en menos de diez segundos.

    Me quedé temblando. No solo de nervios, sino… de otra cosa. Era como si Marcus supiera exactamente cuándo intervenir. Y cada vez que lo hacía, sentía que me latía el corazón entre las piernas.

    Esa noche, de vuelta en mi habitación, me senté frente al espejo, todavía vestida, con el saco apenas abierto. No podía dejar de pensar en dos cosas:

    Primero, en cómo me excitaba la forma en que Marcus me protegía.

    Segundo… en lo que había dicho Camila.

    No sabía exactamente qué me estaba ocultando, pero algo me decía que Marcus y ella compartían un pasado mucho más íntimo de lo que imaginaba. Y que, de alguna forma, yo estaba metiéndome en medio de eso… sin poder ni querer evitarlo.

    Esa noche, no podía dormir. Tenía el cuerpo encendido, los sentidos en alerta. Todo me alteraba: el aire cálido de Miami, la ropa que usaba debajo del saco, las miradas de Marcus…

    Estaba tirada en la cama del hotel, en silencio, con el celular en la mano. Dudé unos segundos, y abrí el chat con mi marido.

    Hacía días que nuestras conversaciones eran breves, casi frías. Él estaba ocupado, distante, como si yo estuviera a miles de kilómetros… que, en realidad, lo estaba.

    Aun así, me animé a mandarle un mensaje:

    —Hola… ¿Estás despierto?

    Pasaron varios minutos antes de que contestara:

    —Sí. ¿Qué pasa?

    Tragué saliva. Escribí:

    —Te extraño.

    Hubo otro silencio. Hasta que finalmente llegó su respuesta:

    —¿En serio?

    —Sí… Me cuesta dormir sola.

    —¿Qué llevás puesto?

    Eso me tomó por sorpresa. No solía hablarme así. Me quedé mirándolo, dudando, con el corazón acelerado. Luego escribí:

    —Un camisón de seda. Negro.

    —Mostrame.

    Saqué una foto. Nada demasiado explícito: mis piernas cruzadas en la cama, el tirante caído en el hombro. La mandé.

    —Estás hermosa —escribió él—. Tocáte.

    Sentí un cosquilleo recorrerme el cuerpo. No era ternura lo que sentía. Era deseo. Brutal, urgente.

    —Decime cómo… —contesté.

    Empezó a escribirme qué quería que hiciera. Yo obedecí. Me deslicé la mano por el muslo, subiendo despacio, mientras él seguía enviándome mensajes cada vez más explícitos.

    En pocos minutos, terminé. Me mordía el labio para no gemir. Él también pareció llegar al clímax, aunque nunca estaba segura con él.

    Apenas segundos después, me escribió:

    —Bueno, me voy a dormir. Mañana madrugo. Buenas noches.

    —Buenas noches… —respondí, con los dedos todavía temblando.

    Apagué el celular. Me quedé sola, desnuda, con una sensación extraña entre las piernas… y en el pecho.

    Suspiré. Me levanté y me envolví en el saco negro. Necesitaba aire. Bajé en silencio al lobby.

    Allí estaba Marcus, en su puesto habitual, con los brazos cruzados y esa mirada seria.

    Me detuve un segundo. No podía evitarlo: cada vez que lo miraba, algo me vibraba adentro. Y esta vez, después de lo que acababa de hacer, la sensación era todavía más intensa.

    —¿Todo bien, señora Alma? —preguntó él, con voz grave.

    —Sí… —dije, aunque mi voz salió un poco más ronca de lo normal—. Solo… necesitaba un poco de aire.

    Marcus me sostuvo la mirada un instante. Luego asintió y volvió a escanear el lugar, como si nada. Pero yo me quedé ahí, clavada, sintiendo el pulso retumbarme en el cuerpo.

    Y, aunque no lo sabía aún, algo me decía que tanto Marcus como Camila escondían secretos mucho más grandes de lo que imaginaba.

    Estábamos en la terraza del hotel, al atardecer. El cielo estaba teñido de rosa y naranja. Camila parecía inquieta, moviendo el tallo de su copa de vino entre los dedos.

    Yo la miré fijamente.

    —Camila… ¿Qué está pasando? —pregunté—. Te conozco. Estás rara hace días.

    Ella bajó la vista.

    —No quiero que me juzgues, Alma.

    —No voy a juzgarte —le aseguré—. Pero necesito saber la verdad.

    Respiró profundo, como si se preparara para saltar al vacío.

    —Alma… Yo no solo trabajo en eventos. También soy creadora de contenido para adultos.

    La miré, parpadeando.

    —¿Creadora de contenido… sexual?

    —Sí —dijo, alzando un poco la barbilla—. Hago fotos, videos, sola o con otras personas. Todo profesional, consensuado. Es mi negocio. Me va bien.

    Me quedé callada unos segundos. No sabía bien qué decir. Ella siguió rápido, como temiendo mi reacción:

    —Y antes de que me preguntes… sí, Marcus grabó una escena conmigo. Fue una sola vez. Nada más. Él no es actor ni creador de contenido. Fue algo puntual, me hacía falta un partner, y él… bueno, aceptó.

    —¿Y por qué él? —pregunté, todavía procesando.

    —Porque es un bombón —dijo, medio riéndose, medio avergonzada—. Y porque es alguien de confianza. Pero no estoy enamorada de él ni nada. Fue puramente trabajo.

    Tragué saliva.

    —¿Por qué no me contaste antes?

    Camila me miró con ojos brillosos.

    —Tenía miedo de perderte, Alma. Sos mi amiga, sos mi familia en muchos sentidos. Y pensé… “¿Qué va a pensar Alma de mí si se entera?”

    Suspiré. La miré largo.

    —Camila… —dije finalmente—. No te voy a dejar de querer porque seas creadora de contenido. Sos mi amiga igual. Me sorprende… sí. Pero no me voy a alejar de vos.

    A Camila se le llenaron los ojos de lágrimas.

    —Ay, boluda… —dijo, riéndose entre lágrimas—. Te amo.

    Me reí también, aunque el corazón me latía fuerte.

    —Pero Marcus… —dije, bajando un poco la voz—. No sabía nada de esto.

    —Él no quiere que se sepa —respondió Camila—. No le gusta hablar del tema. No es su mundo. Sólo me hizo el favor.

    —¿Y él sabe que vos me estás contando esto?

    —No… —admitió Camila—. Me pidió que no te dijera nada. Pero no puedo más. Te veía mirándolo distinto, y vos no entendías nada… y me sentí horrible.

    Me quedé en silencio, mirando las luces que empezaban a encenderse en la ciudad. Todo me daba vueltas en la cabeza.

    Camila me tomó de la mano.

    —No me odies, Alma.

    —No te odio —dije con suavidad—. Solo… necesito tiempo para procesar.

    Ella asintió, aliviada.

    En ese momento, sentí una sombra a nuestras espaldas. Me di vuelta… y ahí estaba Marcus, serio, imponente, con los brazos cruzados.

    Nuestros ojos se encontraron. Y aunque todavía me sentía desconcertada, el deseo volvió a subir por mi cuerpo como una llamarada.

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  • Mi esposa Erika una puta muy generosa

    Mi esposa Erika una puta muy generosa

    Para este nuevo relato nos vamos a ubicar en agosto, un mes donde las últimas lluvias a un persisten, en unas zonas más intensas que otras…

    Y se nos ocurrió algo que a la vez estaríamos rompiendo algo que dijimos y era nunca invitar a alguno de los indigentes a nuestra casa o bien permitir que se enteraran a donde vivimos, pero ¿Por qué queríamos romper eso? Justamente por esas tormentas, últimamente había estado lloviendo demasiado y las típicas inundaciones hacían gala, por lo que tomamos a bien invitar a Héctor, Antonio y a Julio a pasar una semana y media con nosotros… La respuesta fue un no, de parte de Héctor, pues donde ellos pasaban lo miraban como su hogar… sin embargo Antonio y Julio estuvieron más que encantados.

    ¿Que podría resultar de esto? Una semana y media, en casa, con un par de indigentes que sexualmente no respetan a mi esposa, y pasar noches completas… vaya cosas.

    Erika amablemente les dijo a ellos dos:

    -Puedes pasar al baño, tomen una ducha… eso les ayudará mucho –dijo sonriendo.

    Julio y Antonio que estaba acostumbrados a tratar de esa forma pesada a mi esposa respondieron:

    -Preferimos que tu nos limpies la verga con su boca, así como lo has hecho en otras ocasiones… –dijo Antonio.

    Mi esposa solo sonrió ante la respuesta de Antonio, y ella únicamente les pidió que usasen un baño cada uno para que tomaran una ducha.

    A regañadientes Antonio y Julio se fueron a dar una ducha, saliendo de ahí de una manera irreconocible pues nunca los habíamos vistos recién bañados… Luego, mi esposa les dio algo de ropa que previamente habíamos comprado y los hizo pasar al comedor… Si, ese mismo comedor donde aquella vez Ricardo se cogió a mi esposa y el vecino vio todo por error.

    Entre pláticas, Antonio y Julio dijeron:

    -Erika ¿Dormirás con nosotros cierto? –dijo Julio.

    Ella me miro buscando mi aprobación, y le dije que sí, pues no quería perder esa oportunidad de ver a mi esposa en esa situación, mas no sabía que ese era el inicio de una versión de Sodoma y Gomorra pero en mi hogar.

    El único problema es que yo no quería perder detalle de que lo iba a ocurrir en esa habitación, por lo que decidí acompañarlos un momento cuando ocurriera…

    Antonio dijo:

    -Claro Román puedes ver todo, a fin de cuentas, es lo que le gusta a tu esposa y a ti ¿No? –dijo riendo.

    Entonces llegado la noche era momento de ir a dormir, pero antes teníamos que ponernos de acuerdo, ¿Quién disfrutaría primero de mi esposa en la primera noche? Pues se decidió con el clásico rock paper, seasor shot, quien ganó fue Julio, en ese momento Antonio odio mucho perder…

    Y así comenzó lo que sería una semana muy larga para todos bueno más para mi esposa realmente…

    Comenzando al momento de ir a dormir, Antonio a regañadientes tuvo que ceder a mi esposa ante Julio… yo me acomodé en una silla mientras que mi esposa se desnudaba lentamente para Julio, para luego ella subirse a la cama gateando buscando la verga de Julio y comenzó a lamer mientras ella lo miraba a los ojos.

    Después de unos minutos, cambiaron de posición… esta vez seria Julio quien lamería el coño de mi esposa metiendo sus dedos en ella en el proceso. Podía ver como mi esposa disfrutaba el momento y eso me alegraba que fuese placentero para todos… Mi esposa rápidamente se puso en cuatro y llevo su mano a sus nalgas para abrirlas invitando a Julio a penetrarla… no fue de mucho rogar en un santiamén estaba detrás de ella penetrándola, mientras que Antonio imagino se retorcía de envidia afuera del cuarto al escuchar a mi esposa gemir poco a poco a medida su calentura iba en aumento.

    Mi esposa paso a ser más activa quitándose de esa posición y empujando a Julio acostándolo en la cama para luego ella montarse en él, poco a poco mi esposa bajó mientras yo miraba como poco a poco verga de Julio iba desapareciendo a medida entraba en la vagina de Erika, una vez calzado todo mi esposa empezó a subir y a bajar, alternando con un movimiento deslizante adelante hacia atrás estimulando más su clítoris eso hizo que ella tuviera su ansiado orgasmo, pensé que Julio al estar acostumbrado a cogerse a mi esposa pensé que le iba a resistir pero no fue así acabando dentro de Erika…

    Mi esposa al sentir todo ese chorro de semen en su interior se quitó antes que todo saliera de su interior y se acostó al lado de Julio, no sabía que esta noche iba acabar tan rápido.

    Mi esposa aun continuaba acostada a la par de Julio, la bese y salí de la habitación dejándolos a ellos durmiendo juntos, al salir Antonio estaba con los ojos que se le salían por la desesperación, pero ni modo, lo lleve hasta otra habitación resignado, luego yo me fui a la mía lo cual fue raro que mi esposa no estuviese a mi lado pero logré quedar dormido y demasiado diría yo pues a la mañana siguiente me había quedado dormido completamente hasta que el hambre hizo despertar y me levanté de golpe recordando que Julio y Antonio ahora estaban en casa.

    Bajé rápidamente de la habitación hecho una bala, y encontré a mi esposa cocinando el desayuno con una tanga y una camisa de tirante, y en el comedor a los dos vagabundos esperando el momento de desayunar.

    -Pensé iban a estar en otro tipo de mañanero –dije riendo.

    Antonio: No provoques que ayer no pude tener mi oportunidad –dijo algo malhumorado.

    Julio se puso a reír por lo que dijo Antonio y agregándole más “gasolina” a la hoguera se levantó directo yendo a mi esposa y le proporcionó una nalgada que un leve eco se escuchó en la cocina y dijo: -bueno, “Anti” fue una lástima no pudieras pasar una noche con esta puta –dijo riéndose.

    Sinceramente me ponía más caliente cuando trataban de esa forma a Erika, me encantaba y me sigue encantando.

    Antonio obviamente no se iba a quedar con los brazos cruzados y esperaría con ansias la noche… Mas temprano que tarde anocheció e indiscutiblemente era turno de él de estar con mi esposa y de un solo pidió a mi esposa que se desnudara desde la sala y que lo esperara en cuatro sobre la cama y mi esposa obediente hizo lo que Antonio pidió, sin ningún cuidado acomodó su lengua en el ano de mi esposa dándole un beso negro que incluso sé que en momentos llegó a meter su lengua… vaya marrano estaba hecho, mi esposa por otro lado sorprendida no sabía que hacer más que dejarse de la lengua intrusa de Antonio, pero una ligera excitación comenzaba a emanar de ella convirtiendo esa incomodidad en placer.

    Antonio iba por todas, mi esposa lo sabía, yo lo sabía, nos anticipamos a preparar el culito de mi esposa ante cualquier verga intrusa, y dicho y hecho, Antonio acomodó su glande en la entrada del ano de mi esposa y poco a poco fue empujando hasta que después de unos intentos logró introducirla dejando probablemente un minuto adentro su verga para que se pudiera “acomodar” bien, por lo que Antonio poco a poco comenzó a mover sus caderas y mi esposa a suspirar entre un ligero dolor y placer.

    Gradualmente Antonio iba aumentando el ritmo producto a que el culo de Erika iba acomodándose y adaptándose, hasta que finalmente los movimientos ya eran más intensos combinados con nalgadas y de mil maneras despectivas a mi esposa que lo que hacía era calentar más el encuentro.

    Mientras más sentía mi esposa más le pedía que se la cogiera, Antonio sin hacerse rogar continuaba dándole placer, mientras mi esposa también ya acostumbrada ahora era de puro placer y satisfacción, y como la noche anterior, ella cambió de posición y le dijo a Antonio que se acostara para luego ella sentarse calzando nuevamente la verga de Antonio en su entradita y sentándose lentamente, la escena era sumamente excitante, erótica y muy caliente… y no sé si esas 3 palabras sean redundante entre sí, pero que más da…

    Mi esposa poco a poco iba enterrando al verga de Antonio hasta poder sentarse por completo hasta que mi esposa empezó a subir y bajar lentamente engullendo con su apretado culo todo a su paso, una posición muy exigida para Antonio por cierto.

    Después de unos minutos Antonio tampoco pudo resistir a mi esposa y casi estaba por explotar cuando mi esposa se levanta, y creo que por primera vez bueno siendo sinceros no recordamos si es la primera o si ya habíamos narrado una situación igual, pero según recordamos esa fue la primera vez que mi esposa hizo un oral inmediatamente después de tener sexo anal… haciendo explotar a Antonio en su boca tragando y limpiando todo el semen.

    Ver a mi esposa siendo bien puta, sumamente entregada y realizando algo nuevo me llevo a otro plano de excitación… wauw.

    Esto solo fueron las dos primeras noches…

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