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  • Después de la ducha

    Después de la ducha

    Salgo del baño, todo mojado, me termino de secar en la habitación y decido tirarme en la cama, a refrescar mi piel después de una ducha muy caliente.

    Lo necesitaba, estaba cansado del día entero y fue lo mejor que me paso, llegar y bañarme.

    Estoy ahí, acostado sin ropa, desnudo, mi pene suave y caído, mis manos al costado, cierro los ojos y descanso mi mente, pero mis manos de pronto empiezan a tocarme, a acariciarme, fresco, con la piel lavada y limpia.

    Paso por todos los relieves que contienen mi envase, me seduzco a mí mismo, me toco, me palpo, descubro nuevos caminos, nuevas formas de llegarme.

    Ahí desnudo, me excito, mi pene se para, toma forma, no dudo en acariciarlo, en saludarlo con una palma, con la mano derecha, lo toco, le digo hola, lo toco y lo manoseo, lo empiezo a mover hasta ver la erección completa.

    Esta ahí parado, se despertó, me miro, lo deseo, lo toco, me toca.

    De pronto entras, desnudo, después de otro baño caliente, me viste desde ahí, entre la puerta y la luz de la cocina, se te paro también, te tocabas hasta llegar al punto exacto, donde tu pene se pone grueso y grande, donde las venas dicen estamos acá, hervidas de tanto semen por salir.

    Te acercas, me miras, yo no te veo, me toco y te dejo suspiros al aire, mi sexo pide tu pene, mi boca pide tu carne.

    Pasaste por la puerta, estas ahí parado, con la erección más grande que jamás vi, tu pene pide pista, mi ano, mi boca.

    Te acercas, me miras, yo abro los ojos y te miro, te sonrió, me excita mucho mas tu llegada, mi frescura en la piel se va, llega la adicción a tu semen, a tu boca, tu olor.

    Caminas por la cama, te ubicas atrás mío, la cama es gigante, el cuarto también, hay lugar para desfiles de hormonas, estas atrás, mi cabeza en una vista aérea.

    Abro los ojos y veo tu pene parado, desde mi posición es gigante, erecto, sanguíneo, no dudo en levantar la mano y acariciarlo, tu suspiro me pide más, lo bajas, lo acercas a mi boca, la cual cede sin dudarlo, ante la energía de ese rejunte de carne, abro de a poco, dilato mis labios para tu llegada, me rozas con la piel, siento el gusto agrio, seco, tu pene me dice hola, yo lo salivo, le paso la lengua con la punta, lo cosquilleo, lo seduzco, es mi turno, ya la presentación está hecha, ahora es mi turno de seducirte, seducirlo, acariciarlo.

    Entra en mi boca, llega hasta la garganta, mi erección explota de fuerza, estas poniendo tu carne en mi paladar, siento tu gusto, tus ganas de cogerme.

    Lo chupo un poco, lo siento, me siento, es hermoso, sos hermoso, tu sabor a piel, a pene erecto y acido, la saliva invade tu cabeza, la trago cuando dejas caer tu pene de nuevo, entra todo en mi boca, acostumbrada a tanto sabor y carne.

    Te retiras, mirándome con cara de pervertido, con cara de necesidad de ano, de mi cola, a esta altura estoy dilatado sin haberme tocado, sin meter un dedo, estoy abierto, con mi pene erecto, lleno de furia por esto que está pasando, caminas, me miras, te tocas, yo me toco, mi pene explota, está parado como nunca, gimo, grito por dentro, quiero que me cojas, veni, no te vayas, te alejas, estas mirándome y caminas, te tocas, te masturbas.

    Tu pene de 20 cm está acostumbrado a estos juegos, me mira también, ya voy a estar adentro tuyo me dice con cada paso dado, das media vuelta, estas cerca de mis pies, al pie de la cama, me volves a mirar con cara de depravado, tus manos tocan mis pies, abren mas mis piernas, me miras, usas tu mano derecha para tocarme mi pene, para masturbarme un poco, yo no puedo más, estoy gimiendo por dentro como una perra en celo, usas tu mano izquierda y me abrís más todavía, de pronto bajas, te acercas de a poco, tu boca se acerca a mi ano, pasa un poco la lengua, lo prueba, lo dilata mas, solo saliva y la punta de tu lengua sobre mi cola, mi ano abierto, me tocas con tu mano derecha el pene de nuevo, me masturbas fuerte, yo no puedo más, gimo al aire, te digo dame todo, cógeme, tu lengua empieza a jugar con mi ano, mi cola se abre, mis cachetes juegan un papel fundamental, están lejos, mi ano abierto, tu lengua adentro, ahora usas un dedo de la mano izquierda, primero uno, después otro, son dos, dos dedos en mi ano entrando y saliendo, tu mano derecha pajeandome, masturbándome el pene, me tocas cada vez más rápido, tus dedos entran y salen como si fuera una carrera, quien gana, tu mano o tus dedos, de pronto exploto, eyaculo todo, mi pene exploto no puede más, el semen sale en el aire, como si fuera una fiesta de fin de año, lleno todo de semen, tu boca, lo tragaste todo, la imagen era mental, mientras mis ojos se cerraban para explotar, tu boca llegaba más rápido, todo acabado en vos.

    Desnudo en la cama, dilatado, con el ano listo, pero acabado, mi semen salió como en una catarata de amor.

    Te digo gracias, me hiciste gusto… no llego a terminar que de pronto siento de nuevo un dedo adentro mío, vaselina en mano, me llenas el ano, me das vuelta y me penetras como nunca, todo tu tronco de carne adentro, me estas cogiendo, grito, gimo, soy una puta en celo, si cógeme te digo, métemela toda, ya estoy dilatada para vos, entras y salís, yo en acostado en la cama, todo cogido, todo masturbado.

    Me seguís cogiendo, al compás de tu respiración y mis gemidos, somos una linda combinación, tu puta y vos, cógeme te digo, métemela fuerte.

    Eso haces, me estas penetrando como nunca, me abrís mas, me dilatas mas, tu pene enorme, carnoso y hermoso está adentro mío, yo solo abro, dilato por dentro al sentir que estás ahí, caliente, tu carne caliente entre mi ano, mis emociones vuelan, necesito que me cojas más fuerte, grito, gimo, digo que rico que sos, cógeme… cogemeee.

    Sacas tu enorme pija, tu pene erecto, sin protección, la carne más hermosa que jamás entro en mi cuerpo, hace años que estamos juntos pero jamás paso esto, te tente, encontré tu lado más perverso, tu lado animal.

    Me levantas la panza, me pones en cuatro, me decís al oído “Nunca te vi tan abierto”, yo gimo, te digo tu pija me pone así, cógeme, hermoso, cógeme.

    Tu pene vuelve a entrar, me penetra sin freno, sin meditar nada, entra y sale, estoy abierto como nunca, grito, gimo, digo dame mas, cógeme hermoso, me respondes te gusta

    “Puto de mierda”, “Te gusta puta”, siii dame más, cógeme, soy tuyo.

    Me la seguís metiendo, haciéndome gozar, mi punto g hace rato se fue, ya me estás haciendo volar por el cielo de tu carne, seguime cogiendo te digo, métemela fuerte, quiero que me acabes adentro, quiero sentir tu leche caliente adentro, toda adentro, ese litro de semen para mí.

    Fueron los minutos más hermosos que viví ahí, estando en cuatro, para vos, mi ano abierto para vos, después subí encima tuyo y cabalgue un rato, ante tu mirada de pervertido caliente, me pare en dos patas y subí y baje un rato, todo abierto, hasta el fondo, a la altura del ombligo llegaba tu pija, la sentía adentro, bien adentro, como estaba cogiéndome.

    Me hiciste sentir mujer, una puta caliente, en celo y gritona, no parabas de cogerme, sentado, parado, en cuatro, todo me entraba.

    Tus gritos, tu aliento, tu olor, tu carne caliente y con fuego.

    Después me volviste a dar vuelta, ponete en cuatro puta me dijiste, me prepare para tu embestida final, me cogiste como nunca, no sé de donde sacaste tanta energía, me cogiste, yo gemía, yo gritaba, cógeme hermoso, soy tuyo!

    De pronto siento la dureza de tu tronco, está llegando, llega tu semen, dale, acábame, déjame todo adentro.

    Así fue, acabaste como nunca, yo también, volví a acabar, los dos sacando leche, los dos sacando semen, vos adentro mío, todo, caliente, rico, mucha cantidad en mi ano, adentro mío.

    Terminaste arriba de mi espalda, con el pene afuera y bajo, sin erección, mi ano lleno de semen, mi panza contra el colchón lleno de semen.

    Te acostas al lado, yo me doy vuelta con cara de puta y me trago lo que había en el colchón, que rico todo te digo, me voy a limpiar.

    Voy al baño y me siento en el inodoro un poco, me saco el semen que tenía, te acercas con la cara que vi hace un rato, tu pene semi erecto y me empezas a hacer pis, me meas la cara, el cuerpo, me excito ,que haces te digo, está caliente, me meas mas, me tiras mas orín, caliente, acido, me gusta te digo, acercas tu pene y te lo empiezo a chupar fuerte, a tragar todo, que rico, meame mas, me das vuelta y me meas la cola y la espalda, estas sacando orín, me estás haciendo pis encima, calentito, me doy vuelta te la chupo, la trago, la vuelvo a poner erecta, me das vuelta, me abrís y me empezas a coger, me coges fuerte, prendemos la ducha y nos metemos abajo, me seguís cogiendo, yo gritando, cogemeee, cogemeee, me seguís dando como nunca, tu pene esta prendido fuego, nunca lo vi así, seguís entrando y saliendo como si fuera tu casa, mi cola jamás se dilato tanto, estoy abierto al mundo, disponible para vos solamente, tu pene gigante y mi ano, mi cuerpo y tu piel, mi sed y tu semen.

    Esta vez dura menos, estas por acabar, me doy cuenta por los gritos y el gemido interno, saco mi cola y me agacho, acábame en la cara te digo, tírame todo el semen, quiero probarlo bien caliente, quiero tragar todo.

    Lo haces, me acabas tu semen caliente, lo trago, meto tu pene adentro de mi boca mientras expulsa otro litro, de semen de leche, todo para mi, caliente, acido, veo tu cara complacida, estas satisfecho, me cogiste como nunca.

    Te bajas, me buscas y me la chupas, yo me sorprendo, entre la satisfacción de mi cola abierta y el semen en mi panza no me esperaba tu arremetida, me la chupas, me masturbas, me haces feliz, me chupas hasta los huevos, te tragas todo, lo más lindo es tu cara de pervertido, de sediento de sexo, me la seguís chupando, yo vuelo, estoy en otro planeta, tus dedos entran en mi cola de nuevo, me estas masturbando como nunca, acabo, todo en tu boca, apretó el ano fuerte ante tus dedos, todo concluye, mi semen esta en tu panza, el tuyo en la mía, todo termina, nos bañamos, me limpias todo, me pasas jabón, nos besamos y nos vamos a dormir.

  • Mi entrenador, Paulina y yo

    Mi entrenador, Paulina y yo

    Hola que tal mi nombre es Henrry hace poco menos de dos meses me metí al gym y le hice muy amiguito de mi instructor al cual nos dábamos cariño, una ocasión de después de nuestro primer encuentro entre la gym por la mañana había una chava que me llamaba mucho la atención me fascinaba su cuerpo, más cuando hacía sesiones de pompa ese día me di de valor y le hable la invite a tomar algo después de terminar rutina, ella entro a los vestidores me di cuenta que se bañó pues salió con el cabello mojado, llevaba un pans de licra guinda tenis blancos, y top guinda igual nos dimos el gusto de ir a un bar, yo anonadado al verla contonear en el coordinando deportivo que llevaba puesto yo me tomé la libertad de llevarla a un bar hotel, después de una copas empezamos a pasarla mejor, bailamos, reímos, nos besuqueamos, nos tocamos yo llevaba un short de licra azul inclusive me acomode la verga que ya la tenía bien parada me la puse de lado la tome de la mano y la lleve a la recepción del hotel pedi una habitación

    La chava de recepción se dio cuenta de mi erección y se mordió un labio yo lleno de nervios pero con ganas de coger entre la elevando ella hablaba con alguien por el celular, cuando termino la llamada, la bese tan apasionado, la tome de sus ricas nalgas redondas y duras, toque su entrepierna que ya se sentía húmeda ella se jadeaba en un beso profundo, entramos a la habitación, cerramos la puerta ella camino la centro de la habitación la admire la recargue en el tocador la levanté la bese de nuevo yo repegaba mi verga en su vagina le subí el top le bese lamí y succione sus senos, le baje el pans quite sus tenis y le dejé el bóxer cacheteros que llevaba puesto le encanta ver una mujer con esa ropa interior ella me bajo la licra en el faje menos jalaba bien rico.

    Me quito la playera, con sus uñas arañaba mi espalda eso me estremecía, me enchinaba la piel, me hinque y le hice de lado la prenda íntima y le empecé a lamer su vagina bien rico provocando sus primeros orgasmos y que sabía ricos ella se estremecía y gemía rico me levanté le dije que me tomara fuerte de mi cuello la tome de la cintura la cargue a la orilla de la cama la recosté y con una de sus manos puso mi verga en la entrada de su vagina yo moría por estar dentro de ella y se la fui deja di ir ya dentro le dije que no tenía condón me dijo que solo le avisará cuando me viniera, empezaron las embestidas todo fue muy rico escucharla gemir, estremecer, vibrar y escuché decir «carajo otra vez me hiciste venir papito» ella se jadeaba muy rico cambiamos de posición ahora la empine y en esa posición le empecé a lamer le clítoris para que llegara otra vez al orgasmo ya lubricada me puse detrás de ella y se la metí de un solo golpe ella gimió y se seguía encorvando de placer.

    Cuando de repente sentí una lengua en mi culo de momento me asusté, pero sentí rico como si alguien me lamieran la punta de mi pene cuando volteo vi que era mi entrenador, tenía la verga bien parada me dijo que rico te estas cogiendo a mi hermana me impresione pero me excito eso yo aún con la verga dentro mi entrenador me lamio rico el culo introdujo uno de sus dedos yo dejé de meter y sacar la verga de la vagina de su hermana pues sentí que me venía me quedé quietecito, cuando menos sentí me fue metiendo su verga cuando menos sentí ya estaba toda dentro de mi y nos empezamos a coordinar volví a bombear a esa bella mujer así estuvimos como 20 minutos aguantando las ganas de venirme ya no aguante más empecé a sentir que ella llegaba al orgasmo le dije que estaba por venirme igual y que me saldría pero ella me jalo y me dijo échamelos adentro no aguante más cuando ella se estaba viniendo me empecé a venir dentro sentí riquísimo gemíamos, nos estremecimos, grite sentí rico como la punta del pene de mi entrenador rosaba dentro de mi cuando me zafé de su hermana salió un chorro grande de mi semen ella se quedó recostada, con las piernas abiertas yo me incline para quedar empinado para el empezando a lamer la vagina de su hermana prácticamente lamí mi semen y volví a orgasmearla a ella empecé a sentir rico aquel mete y saca sentí que me venía de nuevo, apreté la sábana y me empecé a venir bien rico al momento que sentía dolor en mi culo sentó como se endurece su pene y al momento que se zafó se empezó a venir en mis nalgas tomándome de mi cintura su pene se posó en mi surco ahí se terminó de venir se recargo en mi y caímos cansados los tres espero pronto volver a repetir la faena.

  • Morir de amor

    Morir de amor

    Profesores ambos, se conocieron en un curso sabatino de actualización en el que coincidieron. Su atracción fue mutua y en los descansos platicaban mientras tomaban el café. En la segunda sesión ya sabían que los dos se habían divorciado recientemente, que habían nacido en el mismo año. En la tercera sesión, Verónica, con menor experiencia como docente –ya que ella se había retirado del trabajo en las aulas cuando se casó y regresó ocho años después, al divorciarse. Estaba obligada a obtener excelentes calificaciones en ese curso para obtener la definitividad de su plaza en el magisterio– le pidió a Leonardo que revisara uno de los trabajos que debía entregar a su inspectora.

    –Según yo, ya está concluido, pero quiero estar segura de que nada falta y saber si es de buena calidad –le dijo entregándole una copia del documento–. Si te es posible, dame tu opinión el martes –concluyó con tono suplicante, aunque las palabras pertenecían al modo netamente imperativo al no agregar un “por favor”, como mínimo al concluir.

    –¿A qué hora y a dónde puedo hablarte? –preguntó Leonardo.

    Con ello quiso dejarle claro que, si bien conocía varios aspectos de su situación sentimental, no le había su número telefónico ni su dirección, sólo sabía su nombre, el nombre de la escuela, el turno y los grados que atendía. Información que todos los participantes dieron al grupo en el momento de su presentación.

    –¡Perdona, es que ya te he platicado mucho de mí y no te he dado ni mi número telefónico…! –expresó ella poniéndose a anotar su teléfono en el cuaderno y arrancó la hoja para dárselo –Puedes hablarme a cualquier hora. Por lo general estoy, con seguridad, entre siete de la noche y seis de la mañana. No te preocupes por la hora.

    Leonardo tomó el papel que le dio Verónica y le añadió el nombre de ella. “Perdón, suponía que no olvidarías de quién sería”, dijo ella con un tono de insatisfacción.

    Justo a las 21:45 del día que se presentaba la única Luna llena de marzo, Leonardo marcó el teléfono de Verónica para darle sus observaciones sobre el trabajo que revisó. “Sus hijos deben estar dormidos y seguramente ella no, pues espera mi llamada”, se dijo recorriendo uno a uno los seis dígitos en el disco.

    La charla inició con las aclaraciones de rigor, luego pasó a las precisiones sobre el documento y unas sugerencias de ampliación en las prácticas que ella proponía a los alumnos y la razón de éstas.

    –No cabe duda que “el que sabe, sabe” –dijo Verónica aceptando incluir las propuestas.

    –Quizá no te resulte tan claro lo que acabo de decirte, pero mañana paso a tu escuela y te dejo un guion que hice de la práctica –prometió Leonardo.

    –¿A qué hora pasarías? –inquiere ella.

    –En la mañana, cuando pueda, y se lo dejo al conserje o portero. Así que avísale cuando llegues, para que lo reciba y no me entretenga de más –ordena Leonardo.

    –¡Oh!, ¿ya tienes prisa por colgar? –pregunta Verónica, temiendo haber molestado a Leonardo dado lo imperativo de su tono.

    –No, no, aunque ya estoy acostado, aún no cierro la cortina y me serví un vaso de vino, puedo seguir charlando, está hermosa la Luna –Dice Leonardo, quien descansa desnudo; piensa en ella meneándose el pene y viendo hacia la ventana.

    Él escucha que la bocina del teléfono es depositada sobre una superficie dura, quizá la mesa o el buró, y queda intrigado por el silencio breve, seguido de otros ruidos que no puede identificar. Unos segundos después identifica que la bocina es arrastrada.

    –¡Sí, está bonita, completamente llena! Ya abrí la cortina –exclama Verónica entusiasmada.

    Leonardo piensa en que sería bueno tener con quién festejar su cumpleaños, el cual es precisamente ese día, pero lo calla. Ella le comenta la última vez que tuvo tiempo de ver la Luna, pues fue gracias a su luz que pudo ver el cuerpo de su exesposo que borracho se había quedado dormido en el cajón donde le correspondía estacionarse a ella. Comienza así una serie de hechos por los cuales había tomado la decisión de divorciarse de su esposo dipsómano. Ella detiene su perorata una vez recorrido el calvario hasta llegar a ese momento, donde muy pocas veces Leonardo dio muestras de estar al otro lado de la línea.

    –Hola, ¿aún sigues ahí? –pregunta Verónica al darse cuenta que habló casi dos horas seguidas sin considerar a su escucha, que no interlocutor.

    –Sí, te sigo escuchando. ¿Ya te vas a acostar? –le pregunta Leonardo, quien había escuchado con interés y asombro pensando reiteradamente “Esta niña tiene necesidad de hablar”.

    –Acostada estoy, ya metida en la cama y con mi mameluco puesto. ¿Tú ya te pusiste el pijama?

    –No, yo duermo desnudo –responde Leonardo y se da varios jalones frenéticos en el tronco de su miembro imaginando que tiene a Verónica enfrente.

    –… –Ella queda en silencio y Leonardo piensa que escuchó los chasquidos que causó el prepucio en su viaje.

    –¿Bueno? ¿Ya te dormiste? –pregunta procurando que no se note la falta de aire en su voz y suspende la paja absteniéndose de jalar una profunda bocanada de aire.

    –No, sólo pensaba… –dice ella en tono enigmático.

    –¿Qué pensabas? –pregunta Leonardo, seguro de que Verónica identificó los chasquidos.

    –En que me gustaría que la Luna fuese espejo para verte y saber qué haces… –llevando su mano a la vulva al deducir las acciones que obligaban a su interlocutor hablar tan cortadamente.

    –Lo sabes, hablo por teléfono con una mujer muy hermosa y te invito a que el sábado nos vayamos a comer a la salida del curso –dice Leonardo para cambiar la dirección de la plática.

    –¡Uy, no puedo!, quedé de comer con un amigo en su casa y no sé a qué hora terminemos –aclara ella.

    –Bueno, si para el domingo ya te desocupaste de esa visita, podemos vernos –insiste Leonardo con tono de “ya sé qué van a hacer”.

    –Ja, ja, ja, no es lo que tú crees, pero no sé a qué hora regrese ni en qué estado, a él le gusta la bohemia y esas reuniones se ponen muy alegres. Yo voy a cooperar con un platillo. Mhh, creo que tampoco podré el domingo.

    –¿¡No sabes cuándo terminas la reunión!? –grita asombrado Leonardo.

    –Ja, ja, ja, no se trata de la reunión. El domingo debo ir a Cuernavaca a recoger unos documentos de mi automóvil –precisa ella y explica con detalle las razones (su primo, dueño de la agencia, le dio el crédito para la compra, sin aval).

    –¿Puedo acompañarte?

    –¡Claro que sí! Te espero a las ocho de la mañana en mi casa para irnos de aquí o paso por ti –contesta muy segura.

    –Me parece bien la segunda opción, pues no sé dónde vives –dice Leonardo socarronamente.

    –¡Ay, qué tonta! Es que me parece que nos conocemos desde hace mucho –le dice a Leonardo en tono jocoso y le pide que anote la dirección–. Mejor tú vienes, pues yo vivo en Copilco y la salida a la autopista está cerca de aquí.

    Ese domingo continuaron platicando, pero ahora ella hizo preguntas sobre las razones del divorcio de Leonardo y así estuvieron mejor enterados la una del otro –Verónica supo que la exmujer de Leonardo no quería ser discreta con sus relaciones extramaritales y que, además, éstas no se restringían a sus amantes, sino que incluyeron a otras parejas de sus familiares y amistades cercanas a la familia de ella. Sí, también que Leonardo se la tiraba a de vez en cuando–. En el trayecto del viaje, a ella se le subía con facilidad la corta y ligera falda que usaba, y Leonardo no quitaba la vista de las piernas tan hermosas de la dama, pero no le era fácil ocultar la erección que le generaban las fantasías debido a esa visión. Ella manejaba atenta al camino y se acomodaba frecuentemente la falda, pero lograba ver de soslayo el bulto crecido de Leonardo. No, más allá de los calentones que cada quien se daba por lo que veía o por los comentarios cuando hablaban de sus costumbres sexuales con sus parejas respectivas, no pasó nada.

    Leonardo supo que ella se excitaba, pero que ni su esposo ni otros intentos de pareja la habían satisfecho, pero ya estaba participando en una terapia grupal conducida por un analista con experiencia en sexualidad. A su vez, Leonardo explicó que le molestaba enormemente la conducta de su entonces esposa, pero que también disfrutaba las nuevas caricias que ella le daba, debido a esa práctica con otras parejas.

    Ambas posiciones les eran extrañas, porque Leonardo siempre había tenido la impresión de que las mujeres disfrutaban mucho los encuentros sexuales, tanto su exesposa como las mujeres que lo buscaron para hacer el amor, casadas todas ellas, por cierto. Verónica, por su parte no asimilaba que un hombre no le hubiese reñido a su esposa desde el primer amante que descubrió, sin tener que esperar a que hubiese otros.

    El miércoles siguiente fueron al cine, y en el estacionamiento sí pudieron besarse y manosearse mutuamente como si fuesen adolecentes pues ambos habían fantaseado con esa oportunidad. Al siguiente domingo fueron de paseo con cuatro niños, dos parejas respectivas, las edades de sus hijos: 9, 8, 7 y 6. El martes siguiente ella se reportó enferma de la garganta y le recetaron antibióticos inyectados, por lo que le pidió a Leonardo que él la inyectara. “Si no sabes, aprendes; yo te digo cómo”, le pidió en tono seguro. “Yo no sé ponerlas con jeringa de aguja, sólo sé de las otras, de las que hacen niños”, le respondió Leonardo. “También de esa quiero, pero no te preocupes, uso DIU”, insistió ella y se fueron al hotel esa mañana. Sobra decir que Leonardo sí aprendió a poner las inyecciones intramusculares, había suficiente espacio, y también gozaron con las que Leonardo había ofrecido a Verónica…

    Al mes, después de furtivas noches en las que Leonardo llegaba tarde y se retiraba temprano, Verónica decidió hablar con sus hijos para hacerles saber que Leonardo dormiría con ella. La felicidad de Verónica era notoria e irradiaba una alegría y sensualidad nunca antes vista por sus familiares y amigos.

    No era para menos, tenía sexo al menos tres veces al día y, quincenalmente maratones desde el viernes en la noche hasta el lunes en la mañana, el último encuentro sexual era en la ducha a las seis de la mañana. “Quiero morir como mueren los calamares”, le decía Leonardo cada vez que quedaba extenuado sobre ella. Verónica descubrió que no era frígida, según su analista; el único inconveniente era que sus hijos, y los hijos de Leonardo, también se enteraron de ello por los gemidos, gritos y expresiones que ella no podía acallar cuando Leonardo le hacía el amor. Ella debió explicarlo de alguna manera a los cuatro niños, y los hijos de Leonardo habrían comentado algo con su madre, porque después de esto, Victoria, la exesposa de Leonardo, también hacía los mismos ruidos con sus intermitentes parejas, además que Leonardo ya era refractario a los requiebros de ella.

    Las vacaciones las disfrutaban Leonardo y Verónica paseando con sus cuatro hijos por lugares nunca antes visitados, montados en una combi equipada para acampar que le prestaba el hermano de ella. Hicieron el amor en más de la mitad de los estados del país.

    Ciertamente, sus ingresos juntos no eran muchos, pero sí suficientes, aun con la merma que sufría Leonardo debido a la pensión que le daba a su esposa. Por si eso fuera poco, José, el exesposo de Verónica, decidió no pasarle pensión a ésta, aduciendo que no tenía empleo, lo cual no era tan cierto pues sí tenía trabajos eventuales, aunque mal pagados, y frecuentemente tenía que echar mano de la generosa liquidación que recibió cuando lo despidieron.

    No fue fácil para ninguno este cambio. Principalmente para José, pues cambió radicalmente. De nada habían servido las terapias en AA ni los tratamientos para dejar de beber, tampoco el que lo despidieran de su bien pagado empleo, ni el divorcio o haber tenido varios accidentes en su vehículo. Esta vez, ante el deslumbrante cambio que se veía en su exesposa, sí le quedó claro que había tocado fondo. Sin embargo, las cosas cambiaron para bien en casi todos, excepto en la relación de Victoria con su hijo Leo que se fue deteriorando conforme Leo entraba en la adolescencia. Ya se lo había vaticinado Leonardo cuando le pidió que, al divorciarse, su hijo se quedara con él. “Esas son patrañas de los psicólogos machistas”, respondió ella. Pero a los tres años, la realidad la golpeó brutalmente y no tuvo más inspiración que correrlo de su casa un par de veces, obligándolo a refugiarse con sus abuelos maternos la primera vez y con los paternos en la segunda. En ambas ocasiones, ella fue a pedirle a su hijo que regresara a casa y el niño aceptó regresar.

    Leonardo había disfrutado de la voluptuosidad de Verónica y la amaba. Pero también admiró a José quien dejó de beber, aunque seguía fumando mucho, y cambió radicalmente el trato con sus hijos y su exesposa, consiguió un nuevo empleo y escaló rápidamente hacia puestos de mayor responsabilidad con mejores ingresos. Sin embargo, José seguía molesto con Leonardo, a quien al principio había culpado de todos sus males, pero ahora ya sólo eran celos y, si bien no era amable en el trato, si era respetuoso con él. José le pedía frecuentemente a Verónica que regresaran y ella se negaba. Leonardo le pidió a Verónica que se casaran, ya tenían año y medio viviendo juntos, y ella le dijo “Por ahora no, primero debemos buscar una casa más grande donde quepamos los seis. Después de eso, ya veremos…”

    Leonardo no entendía por qué Verónica le daba largas a la propuesta de matrimonio y creyó que ella lo hacía porque veía en José una transformación para bien y quizá regresar con él tendría ventajas para los hijos. “¿Por qué no vuelves con José?, él ya es como tú querías que fuera”, le preguntó una vez a Verónica y ella contestó molesta en forma categórica: “Si alguien le dice a su pareja que ya terminó todo, ésta no debe suplicar por lo contrario.”

    Verónica y Leonardo habían planeado ir a la zona del Cañón del Sumidero en las vacaciones de verano, pero, Victoria había resuelto el problema legal donde ella aceptaba que la custodia de su hijo Leonardo pasara a ser del papá. Ello requería de un tiempo de adaptación entre Leonardo y su hijo e hizo las modificaciones sin consultarlo con Verónica, sólo le informó de lo que planeaba hacer: Remodeló su departamento y previó que esas vacaciones las hicieran padre e hijo solos. A los pocos días de que ya vivían los dos en el departamento, aunque a veces iban a dormir a la casa de Verónica, o ella iba a dormir con ellos. Una noche llegó ella y con los ojos húmedos se dirigió a Leonardo.

    –Sólo he venido para decirte que lo nuestro ha terminado –dice por toda explicación, sin concluir su entrada.

    –Pero… ¿Qué te ocurre? –inquiere alarmado al tomarla de las manos cambiando el semblante de su rostro por otro de sorpresa y compungido.

    –No pasa nada. Ya no podemos seguir con nuestra relación. Eso es todo –musita dejándose abrazar.

    Le quita el bolso y lo pone sobre una mesa; la lleva hacia el sofá y, sin separarse, se sientan. Ella llora recargada en el pecho de quien trata de reconfortarla; pero unos minutos después se levanta y toma su bolso para disponerse a salir.

    –Es todo lo que vine a decirte. Adiós.

    –No. No te vayas ahorita. Ya es muy tarde –dice él quitándole el bolso de sus manos para volver a depositarlo en el mismo sitio que antes–. Al menos quédate esta noche –le pide antes de besarla y acariciarla como le dicta su olfato cada vez que la tiene cerca.

    Él entiende que nada puede hacer, porque así lo expresó Verónica un par de meses atrás; en su mente resuenan categóricamente las palabras de ella: “Si alguien le dice a su pareja que ya terminó todo, ésta no debe suplicar por lo contrario.”

    Ella no insiste, su lengua navega ya en la boca de su amado. Abrazados caminan hacia la cama. Siguen con los juegos del cuerpo que les son tan gratos. Se desnudan y, como si nada hubiera pasado, se acuestan a intercambiar mimos apasionados y horas de placer hasta que el cansancio los vence.

    Cuando la alborada llega y el trino de los pájaros la despierta, Verónica se levanta. Mientras se viste, lo contempla con ternura. Le satisface la quietud del sueño profundo que ella le ha causado con el postrer placer que aceptó regalarte. No puede evitar que sus ojos empiecen a verter llanto.

    Al tomar el picaporte para salir, con el ruido que hace el pestillo al correr, Leonardo despierta.

    –Adiós, amor –es todo lo que ella dice.

    –Adiós –contesta él entre sueños, pero no hace algo para detenerla.

    Se escuchan, al cerrar, la puerta interior y el portón. Una historia, feliz, ha concluido.

    ¿De verdad ha concluido?

    ***

    Llamó a Leonardo para entregarle ropa y otros objetos personales que habían quedado en su casa. La entrega fue antes de entrar a dar sus clases, frente a la escuela, para evitar cualquier plática adicional. Por su parte, Leonardo le llevó un libro que pertenecía al padre de Verónica y algunos objetos personales de ella. Verónica se puso triste y el gesto sombrío debió acompañarla por varios años, lo cual percibieron de inmediato todos los que la rodeaban, pero después se fueron acostumbrando a verla retraída. Solamente en sus clases ella era alegre y los alumnos la adoraban. “Sí, la educación es una tarea que vale la pena realizar con alegría” se decía a sí misma recordando las palabras de Leonardo, las cuales la acompañarían hasta su jubilación.

    En una reunión familiar, Verónica se ensimismó recordando a Leonardo. Una sobrina le preguntó “¿Por qué estás tan triste, tía?”. “¡Por pendeja!” contestó ella muy molesta, y la sobrina calló para no importunarla más.

    Al cabo de medio año de la separación, Verónica y Leonardo se encuentran en un congreso y se saludan a lo lejos. Él va acompañado de Elena, una chica muy joven que Verónica conoció en algún otro curso intensivo de actualización antes del que había conocido a Leonardo. Recordó que Elena no sólo destacaba por su juventud y belleza sino aún más por su inteligencia crítica, la cual asombraba a los profesores. “Bonita pareja” expresó para sí misma con tristeza. Quiso la casualidad que, allí, en uno de los desayunos, ellos se sentaron en una mesa contigua. No pudo terminar de desayunar y prefirió salir para evitar que los demás la vieran llorar. Lo peor vino más tarde, cuando Elena y Verónica coincidieron en un taller sobre el uso de materiales concretos. Allí, Verónica se quebró por completo y comenzó a llorar. Afortunadamente, Locha, una de las conductoras del taller, se dio cuenta que algo malo le sucedía a Verónica y de inmediato fue a atenderla. Cariñosamente la abrazó y la llevó fuera del aula. Licha leyó en el gafete de Verónica el nombre de ésta y se dirigió a ella con amabilidad.

    –¿Qué te pasa Vero? ¿Te sientes mal? ¿Te duele algo? –preguntó preocupada para saber si requería atención médica.

    –¡Sí, creo que Leonardo y Elena andan juntos! –espetó con ira.

    –¡Eso es público y notorio! Se ven felices a pesar de la diferencia de edad ¿Eso en qué te afecta? –preguntó ignorante de la situación, aunque la conductora y Leonardo formaban parte del comité que organizó el congreso.

    –Es que… –y Verónica empezó a contarle la relación que habían tenido, además del arrepentimiento de su proceder.

    Más tarde, Locha, colega de Leonardo desde una década atrás y con quien había realizado labor académica, de difusión e incluso de política sindical, creyó que con sus cinco años mayor que él, debía reclamarle algo. Así que le contó lo que había ocurrido.

    –Verónica terminó conmigo –contestó Leonardo sin mayor explicación.

    –Sí, y te conseguiste una niña doce años menor para no tener qué discutir. ¿No sabes que, a veces las mujeres queremos que nos tomen en cuenta? Deberías saberlo, conozco al menos siete mujeres que quieren algo contigo, ¡y tú ni te enteras! –reaccionó molesta.

    –Yo sólo sé de cuatro –contestó Leonardo dando los nombres de tres–: y contigo cuatro, ¿quiénes son las otras tres?

    –¡Vete a la chingada!, encuéntralas tú para que te las cojas –gritó enojada y con la cara roja que la delataba también avergonzada.

    El asunto no terminó tan mal para Licha, pues meses después ella le pidió a Leonardo que revisara la prueba escrita para el concurso de oposición cerrado con el que ésta aspiraba a la mayor categoría académica. Faltaban pocos días para la entrega cuando Leonardo recibió los documentos y esa misma noche le habló por teléfono para decirle “No te atrevas a entregar esto. La parte teórica está excelente y pugnas por unas propuestas innovadoras, pero en la sección de la propuesta didáctica referente al tema que te impusieron echas abajo lo anterior desarrollándola de manera tradicional”.

    De inmediato, Licha se dio cuenta de la contradicción y sabría que el Jurado la haría polvo. ¡Dios mío, es cierto! “¿Qué haré ahora si el tema es de los de mayor dificultad y ya no hay tiempo?” dijo angustiada. “¡Pues habrá que trabajarlo desde ya! Trae lo que puedas, yo tengo aquí bibliografía suficiente y empecemos”, propuso Leonardo. “¡Gracias, llego a tu departamento inmediatamente!” contestó ella esperanzada. Afortunadamente el hijo de Leonardo se había ido a dormir con sus abuelos y no sería molestado. Había dos camas disponibles en diferentes cuartos para descansar cuando fuese necesario.

    Al llegar a la casa de Leonardo, éste le acercó una pila de libros, con papeles marcadores, donde había sugerencias de actividades específicas, para que los fuese leyendo en el orden que él se los entregó. En tanto, Leonardo comenzó a escribir el boceto de una planeación para desarrollar por completo la sección que habría de ser sustituida. Pidió unas Pizas para cenar y cuando Licha terminó la lectura pasaron a discutir la planeación escrita que había hecho Leonardo.

    –Aquí habrá que desarrollar las actividades sugeridas que acabas de leer. Acá debemos trabajar para generar otras que son necesarias, ya tengo algunas ideas –explicó señalándole el boceto escrito donde había secciones enmarcadas en diferentes colores.

    El semblante de Licha, antes preocupado, ahora mostraba mucha confianza en terminar a tiempo. Escribió siete u ocho de corrido, las cuales Leonardo leyó y corrigió tachando o añadiendo textos conforme ella se las iba entregando, hasta que, cansada revisó y aprobó las modificaciones propuestas por Leonardo y discutieron algunas otras para entenderlas mejor.

    –¡Gracias!, creo que puedo continuar sola. Por ahora hay que dormir –dijo Licha y dio un bostezo.

    –¿Dónde quieres dormir? –preguntó Leonardo mostrándole las dos recámaras.

    –¿Dónde vas a dormir tú? –preguntó ella a su gentil anfitrión dando un evidente acento de provocación a sus palabras.

    – Donde tú no quieras, o donde tú quieras, todo depende de lo que desees… –contestó Leonardo en el mismo tono en que Licha había preguntado.

    – Creí que nunca me lo pedirías, es algo que he deseado desde hace mucho tiempo: conocerte mejor. –dijo Licha antes de darle un beso donde introdujo la lengua en la boca de Leonardo y lo abrazó.

    Él, sin separar las bocas, la condujo a una de las recámaras y se desvistieron mutuamente.

    Al día siguiente, mientras desayunaban, cada quien habló a su respectivo centro de trabajo para avisar que no irían a laborar. Se pasaron el día terminando la sección faltante del documento, de manera sincronizada: haciendo las ilustraciones necesarias y mecanografiándolo. A la mañana siguiente, Licha sacó las fotocopias necesarias y lo entregó en el máximo plazo permitido.

    Sobra decir que la prueba escrita fue aprobada por unanimidad y que lo festejaron otras veces más, de la misma forma en que habían iniciado la tarea.

    Fueron pocas las veces que hicieron el amor, en cada una de ellas supieron más de ellos mismos, de sus frustraciones, complejos y deseos. En otras, hacían el amor con fondo musical, variado. Una ocasión, en el sonido estaba una nueva canción: “El gato y yo”, con Amanda Miguel. A Licha le resonó en su interior debido a que ella había intentado varias ocasiones acercarse a Leonardo para detonar los deseos sexuales de él.

    –Te me figuras un gato enorme –aseguró Licha esa vez, en medio de un orgasmo, pero el rasguñado fue Leonardo.

    Licha se apenó mucho, al cabo de unos minutos, cuando descubrió los rayones ensangrentados sobre la espalda de Leonardo.

    –Ya no me arde. Además, valió la pena ver tu rostro mientras me rasguñabas –le dijo Leonardo mintiendo en lo primero y no sabiendo si lo segundo era completamente verdadero.

    Todas las veces se mostraron muy complacientes, aunque no siempre lograron lo que se proponían pues eran fantasías absurdas. Se dieron muchas cosas que los hicieron crecer. Aunque Leonardo veía hermosa a Licha, pues la conoció bastante con esas experiencias amorosas, le faltó decírselo explícitamente. A ella le preocupaba el hecho que fuese mayor que él, y en su inseguridad le preguntaba si creía que físicamente era atractiva.

    –¡Claro que lo eres y también tu cuerpo es elegante!, incluso tu ombligo…–le aseguraba Leonardo al lamerlo. Esa referencia se debía a que ella le confesó que en una operación quirúrgica en su juventud lo había perdido, pero se lo reconstruyeron.

    Las condiciones cambiaron, Leonardo se casó con Elena y ya no había manera de darle un espacio adecuado a la relación sexual con Licha, así que sólo mantuvieron la de amistad.

    Por su parte, Verónica tuvo que regresar a sus terapias con el analista, quien antes ya la había dado de alta, ya que sufrió una fuerte depresión desde el rompimiento con Leonardo. Su conclusión fue que debía olvidarse de él y vivir lo mejor que pudiera, pero debería ser sola, si acaso con relaciones sexuales casuales e informales. Cinco años después de aquel congreso donde Verónica encontró a Leonardo y Elena juntos, volvió a cruzarse con él en un centro comercial. Leonardo iba acompañado de su hija, ahora casi adulta, y llevaba una carriola con una niña de medio año. Verónica se sorprendió y pensó que era una nieta de Leonardo. La sonrisa de asombro y de pregunta, fue contestada por Leonardo.

    –Es mi hija y de Elena –dijo dando explicación a la duda–. ¿Vienes sola?

    –No vengo con José y mis hijos –señalando hacia uno de los pasillos.

    Leonardo volteó y vio a José abrazando a sus hijos que miraban atentos el encuentro, en silencio y expectantes, abrazados los tres temiendo un cataclismo. Leonardo entendió que no era conveniente hablar más y se despidieron sin estrecharse la mano para que no se propagara el fuego que ambos sabían se había mantenido latente.

    Esa noche, Verónica aceptó la propuesta que innumerables veces le había hecho José: “volvamos a vivir juntos” e hicieron el amor con mucha ternura. No es que en cinco años no lo hubiesen hecho alguna vez, pero siempre ensombrecía a la mente de José sabiendo que ella sólo lo hacía por simple lujuria, tal como lo hacía con otros que también la buscaban y le proponían casarse o al menos vivir como pareja. Sí esa lujuria la desató Leonardo y la cultivó por casi dos años, aunque, para ser justos, también Leonardo aprendió en Verónica a amar de verdad.

    Dos años después, Verónica y José tuvieron otro hijo. Desde que vivieron juntos, José y Verónica fueron padres ejemplares, siendo uno para el otro. Cierto es que Verónica nunca pudo olvidar a Leonardo ni él a ella; incluso continuó escribiendo relatos sobre lo que había ocurrido entre ellos y haciendo poesía donde Verónica era el centro del tema. Sin embargo, ambos tomaban ese pasado como una lección que les trajo beneficios a los dos y a sus familias.

    Pasados más de veinte años, Leonardo ya vivía en una ciudad apacible, relativamente lejana a la gran urbe que era la capital del país. Encontró por accidente, más que casualidad, una foto en Internet, en la página de una revista peruana que reseñaba eventos sociales. En ella estaba la hija de Verónica, con el nombre incluido, y otras personas más, una que a todas luces era Verónica, aunque no concordaba la edad que ella debía tener, con la juventud de la mujer mostrada. Leonardo descargó la fotografía y buscó datos de José, de Verónica y sus hijos. Sólo encontró las páginas de Facebook de los padres, pero sólo estaba accesible al público una foto de José, quien sí mostraba la edad correspondiente. De allí pudo saber las páginas de sus hijos donde había fotos accesibles de todos, menos de Verónica.

    Siguió hurgando en Internet, pues él sabía datos muy confidenciales de Verónica, los cuales pudieran llevarlo a averiguar más y sólo encontró el correo electrónico. Se armó de valor y le envió un correo con la foto anexa, recortando y ampliando la imagen donde él la identificaba, y como texto “Me encontré ésta en la red, ¿eres tú?”

    Como respuesta recibió “Por supuesto que no, esa es mi sobrina y tiene la edad que yo tenía cuando te conocí hace 22 años (y los mismos kilos). Por desgracia no conservo ninguna foto de esa época. Te adjunto una foto de la boda de mi hijo donde estamos mis tres hijos (tengo una muñequita de 13 años), mi nuera, José (con quien regresé hace 16 años) y yo.»

    En el segundo correo ella decía: “doy clases a un sólo grupo y el resto del tiempo lo paso en un proyecto que se llama Red Escolar, esto es: facilitar a los profesores de las diferentes asignaturas el aula de medios con las 20 computadoras en red que en ella se encuentran para que trabajen los alumnos dentro de su hora de clase. Cuento con Internet por lo que abro mi correo todos los días, pero esta cuenta la abro poco, y en vacaciones MENOS, aunque prometo hacerlo con más frecuencia.

    La correspondencia continuó durante cinco meses, poniéndose al tanto sobre las actividades que realizaban. Ello hizo a ambos sentirse más contentos al poder intercambiar fotos, documentos consultarse opiniones, etc. Pero de pronto se interrumpió abruptamente por parte de ella. Leonardo continuó enviando correos donde platicaba el devenir cotidiano y preguntando reiteradamente qué le pasaba. Hasta que recibió respuesta.

    “Te comunico que desde hace unos meses mi papá presentaba un estado de salud delicado y falleció hace dos semanas. Me alegro de haber estado de vacaciones porque pude estar cuidándolo las 24 horas y falleció tranquilamente en su cama.”

    “Quiero que sepas que te amé intensa y plenamente, por eso no entendí qué fue lo que nos llevó a terminar la relación. Con el tiempo, lo que sí entendí, es que esas pasiones no duran (aunque la pasión de mi madre por mi padre duró 70 años) y es muy probable que nuestra relación se habría deteriorado y caído en la rutina, pero eso no lo sabremos.”

    “Ahora eres mi pasado y me molestaría enormemente lastimar a mi marido que, por desgracia, es muy celoso, razón por la cual tuve que cambiar la contraseña de mi correo electrónico y no quiero seguir haciéndolo. Adiós. Verónica.”

    Leonardo recibió con tristeza ese correo. No obstante, abrió otra cuenta donde ella podía reconocer quién era el remitente y firmaba con un pseudónimo fácilmente reconocido por Verónica. Desde esa cuenta siguió enviando correos cuando él consideraba contar algo de interés y para felicitarla en su cumpleaños, año nuevo o en el día del maestro. “Ante la imposibilidad de darte un abrazo, recibe mi felicitación por este medio, con motivo del día de la maestra, con quien aprendí mucho más que en cualquier cátedra.”, por ejemplo.

    Sin embargo, al primero que envió desde esa cuenta le puso como asunto “Los porqués” y decía:

    Cuando leí que escribiste ‘no entendí qué fue lo que nos llevó a terminar la relación. Con el tiempo, lo que sí entendí, es que esas pasiones no duran’. En ese momento quise escribir, pero ¿para qué, si lo que pudiera decir ya lo tenía escrito? En todo caso me quedaba la opción de comunicarlo o no. Creo que sí hay porqués y, como dije, ya estaba escrito. Lo siguiente es una selección de un libro, concluido hace cinco años. Ya no es mía la opción de leerlo o no.»

    Y le incluyó los relatos que sobre aquella relación él había escrito. Además de un poema titulado Paraíso perdido y aclaraba con amargura «Claro, bien podría titularse Esas pasiones no duran”.

    Presiento que, si te miro, advertirás mi presencia y caeré, nuevamente, sin remedio, en la fuerza gravitatoria de tu aromático triángulo, torrente que me lleva a la locura.

    ¿Por qué me expulsaste de ese paraíso? Tal vez fue un destello de misericordia hacia mi desvarío, o una prueba excelsa que no pude pasar, quizá un mal cálculo dentro de algún juego divino…

    Me subyugó la abundancia de placeres en tu cálido universo. Seducido, perdí juicio y medida. Agradecido, te entregué mi vida y sorbiste a mi ser, tal como se alimenta un dios, con los sacrificios y loas de sus favorecidos.

    Nunca podré pagar la deuda por el edén que me entregaste, en él siempre tuve un agradable refugio y asidero para sobrellevar las violencias ineluctables de mi destino. Vencí cuanto desafío terrible me obligó a sufrir mi estrella, ayudado sólo por la luz acariciante de tu halo.

    Sé que el nirvana se da, y sólo de manera fugaz, a pocos mortales, pero basta la fortuna de un instante de gracia para regocijarse eternamente.

    Leonardo continuó escribiéndole a Verónica sin recibir contestación hasta que un día tuvo respuesta a una nota necrológica sobre una compañera común.

    «Gracias por notificarme, no lo sabía y es una noticia muy triste. Por si acaso ves esto hoy, estoy tratando de resolver un problema, pero lo necesito para el lunes a más tardar.» y a continuación venía la redacción de un problema de mucha dificultad para darle una respuesta exacta en el medio de la educación secundaria, que es el nivel donde Verónica estaba contratada.

    Así que de inmediato Leonardo respondió «No sé quién te puso ese problema, pero hace cuarenta años sólo lo pude resolver con cálculo integral, y me salió una ecuación trascendente, la cual debí resolver por métodos numéricos.»

    La respuesta vino de inmediato también: » Por increíble que parezca se lo pusieron a un ex compañero de mi hija al que estoy regularizado y que va en primero de prepa así que no me voy a meter a explicarle integrales. Que se conforme su maestra conque él explique qué elementos están en juego. Nuevamente te reitero mi agradecimiento por tu pronta respuesta.

    El lunes muy de mañana, Verónica recibió una solución que no ocupaba mayores conocimientos que los de secundaria para plantear la ecuación, sí, trascendente, pero la acompañaba el archivo de una hoja electrónica de cálculo donde se anotaba un método que daba respuesta con tantos dígitos con los que operara la máquina. ¡Eso sí lo entendería un alumno de primero de preparatoria!

    Y como respuesta Verónica escribió: “Antes que nada, un millón de gracias por la solución del problema. Lo hiciste parecer sencillo aunque no lo era. Tu calificación fue 4 (porque era la máxima), great job!».

    Leonardo seguía enviando correos con felicitaciones y sonetos que ya tenían dos o casi tres décadas que había escrito y eran fáciles de reconocer elementos bellos de aquella relación. Verónica a veces enviaba otros donde el asunto daba muestra que sí leía los mensajes de Leonardo, pero la mayoría eran reenvíos, hechos quizá a todos sus contactos, pocas veces eran exclusivamente para Leonardo. Pero un día, con motivo de su cumpleaños, recibió lo siguiente: “Dice un tango que veinte años no es nada, dice un dicho que la vida empieza a los cuarenta. Sean pues estos 60 años el inicio o continuación de algo hermoso en tu vida. Felicidades, que cumplas muchos más.”

    ¡Tantos años habían pasado y ella se negaba a tener correspondencia fluida! “Debe ser lo del marido”, pensó Leonardo. Sin embargo, cuatro años después, leyendo las redes sociales, donde cotidianamente consultaba las páginas de Verónica, José y sus tres hijos se enteró de la muerte de José y las circunstancias: En la madrugada, había tenido un severo paro bronco respiratorio. En Twitter, su hija escribió en el momento del ataque “¡Pinche ambulancia!, ¿por qué tarda tanto?” La cuñada de Victoria dedicó su artículo semanal en un diario a describir las virtudes de su hermano, mencionó también el mal hábito del tabaquismo que, junto con las tensiones de su trabajo, habían contribuido al deceso. Leonardo mandó un mensaje: “»en esta semana supe de la muerte de José. Aunque mi único trato con él fueron un par de saludos que nunca me contestó, lo admiré (y envidié) por muchas razones que no es el caso ni el momento escribir de ello, pero me hizo reflexionar que yo también me estoy acercando a la sala de salida.»

    Victoria le respondió que José fue tierno, caballeroso y le correspondió sexualmente todos los días, “murió sobre mí, como los calamares”. Una razón más de Leonardo para envidiar a José.

  • A tres pollas

    A tres pollas

    Pedro me llamó unos días después de nuestro último encuentro, ese en el que me travestí para él.

    – ¿Qué te pasa, cabrón?

    – Yo también te quiero, pedazo de puta.

    – Jajaja, ya lo sé, no puedes vivir sin mí.

    – Me tienes caliente perdido, maricón, desde el otro día no dejo de hacerme pajas.

    – Pues guarda la leche, no te ordeñes que ya sabes donde la quiero.

    – ¿Puedes venir hoy y hacerme otro numerito?

    – ¿Hoy?, imposible, está mi mujer en casa y tengo que ir a casa de mis padres a por las cosas.

    – ¿Las guardas en casa de tus padres?

    – No, si te parece las guardo en la mía para que las encuentre mi mujer, desde que mis padres fallecieron la tengo vacía.

    – ¿Mañana sí puedes?

    – Sí, mañana nos vemos, ¿te viene bien a las once?

    – Ya sabes que a mi me viene bien cualquier hora.

    – Vale, pues hasta mañana, y relájate cabronazo, que quiero que mañana tengas los cojones bien cargados.

    – Adiós golfa.

    A la mañana siguiente, puntual como me gusta, a las once estaba llamando a su puerta, iba con mi pequeña maleta con todo lo necesario tal como él me había pedido. Me abrió en albornoz, como siempre, con su mata de vello saliendo por su abertura.

    – Buenos días, golfa.

    – Buenos días, becerro.

    – Entra y ve bajando, ahora voy yo.

    – No corras, necesito al menos una hora.

    – Joder con la puta.

    – No te quejes, perro, las cosas o se hacen bien o no se hacen.

    – Anda, tira para abajo.

    – ¿Hoy no hay sauna?

    – No, no la he encendido, lo siento.

    – Bueno, en fin… qué le vamos a hacer.

    En la gramola del sótano sonaba Eloise, del gran Tino Casal, crucé directamente al cuarto de baño sin detenerme, me desnudé y comencé por la higiene íntima, no quería que mi macho se llevara una sorpresa, me duché, me di un crema hidratante, mi base de maquillaje, corrector en nariz, pómulos y barbilla, perfilado de ojos negro con rabillo, sombra en tonos marrón, delinee mis cejas, mascarilla de pestañas negras, colorete y pinté mis labios en color rojo oscuro, a tono con las uñas de las manos, esta vez me coloqué una peluca de pelo negro natural, largo con flequillo y raya en medio, encajaba como un guante, no en vano entre esta y la rubia me había dejado una pequeña fortuna, me puse pendientes con una perla en las orejas, gargantilla también de perlas y una pulsera, pasadores de plata en los pezones unidos por una cadena, esta vez opté por el rojo, corsé con ligero, medias, zapatos de tacón, tanga y guantes de encaje cortos, todo en el mismo tono, cuando acabé me miré en el espejo.

    – ¡Qué zorra eres!

    Salí del cuarto de baño, una mano en la cadera y el paso firme, me quedé clavado.

    – ¡Aquí está! ¿Qué os parece? ¿No os dije que mi puta era de lo mejor?

    Pedro estaba detrás de la barra, poniéndole una copa a un señor que se encontraba sentado en una de las sillas, otro estaba sentado en uno de los Chester y los tres estaban desnudos.

    – ¡Coño Pedro! Que golfo eres, que callado te lo tenías.

    – Joder Ramón, ya sabes que soy muy reservado – soltó una carcajada.

    Conocía a aquellos dos, eran amigos de Pedro, regentaban una cervecería de bastante éxito en una de las mejores zonas de la capital, Pedro y yo habíamos ido varias veces, sabía que eran pareja pero no tenía ni idea de que estaban al tanto del tipo de relación que manteníamos, incluso conocían a los hijos de Pedro.

    El tal Ramón era el que estaba sentado en la silla de la barra, era mayor que Pedro, le calculaba unos setenta años, pelo muy blanco y piel también blanca, de ojos azules, delgado y bien proporcionado, de pezones pequeños y rosados.

    – Sí que está bien tu zorra – ahora hablaba el que se encontraba en el Chester – ¿es servicial?

    – Claro que sí Jorge, solo tienes que decirle lo que quieres y ella lo hará sin rechistar.

    El tal Jorge era joven, no creo que llegara a los cuarenta, estaba muy definido, muy moreno de piel y de pelo, ojos oscuros, una verdadera belleza gitana.

    – Ven aquí zorra.

    Miré a Pedro y asintió levemente con la cabeza. Los sofás habían sido alejados, la mesa de centro había sido retirada y en el lugar habían colocado cubriendo el suelo una especie de alfombra de lona negra, Jorge me estaba señalando precisamente el centro de esa lona.

    – Quiero verte bien, zorra.

    Se levantó, tenía la polla morcillona y aun así era más grande que la mía o la de Pedro. Giró alrededor como si estuviera valorando lo que estaba comprando.

    – Plaf – me dio una cachetada en el culo – joder, vaya culazo.

    Se detuvo frente a mí, agarró la cadena que unía mis pezones y tiró hacia abajo.

    – Ufff, – dolor y placer, la combinación que me ponía cachonda.

    – Arrodíllate perra, quiero que me la comas.

    Su polla quedó ante mis ojos, la agarré y la descapullé, abrí mi boca y me la metí, inicié un movimiento de vaivén, esa verga iba creciendo llenándome la boca, agarré sus nalgas con mis manos, las tenía duras, comenzó a mover las caderas follandome mi boca, su polla me llegaba a la campanilla y aún quedaba fuera un buen trozo.

    – Mmm, es verdad que sabes comerte una polla, zorra, uf.

    Ramón llegó por mi derecha, agarré con la mano la verga de Jorge y me volví, una polla con unos huevos colgónes y rosados apuntaba a mi cara, la agarré, dejé el glande al descubierto, besé el frenillo y me metí aquella cosa en la boca mientras con la otra mano pajeaba a Jorge.

    – Uuh, que boca, mariconazo, que lengua tienes, aah.

    Alternaba entre las dos pollas, las pajeaba y me las metía en la boca, la de Ramón me cabía bien, la de Jorge me costaba, se me saltaban las lágrimas y se me corría el rímel, Pedro me miraba con cara de sátiro mientras se masajeaba los huevos y la polla sentado en uno de los sofás.

    – Ven aquí putita, quiero que me comas el culo.

    Ramón se tendió en el suelo boca arriba, levantó las piernas y se las sujetó por las corvas, solté la polla de Jorge y abrí sus nalgas dejando a la vista su esfínter, escupí y con la lengua se lo follé, mordí, succioné y volví a meter la lengua, chupé sus huevos metiéndomelos en la boca.

    – Ay, ay zorra, ay que lengua, puta, puta.

    La posición me obligaba a mantener la cabeza agachada y la grupa levantada, alguien me agarró por las caderas.

    – Plaf – cachete en el culo – estás disfrutando como nunca, golfa. – era mi macho, mi Pedro.

    – Fóllame cabrón – le dije entre lengüetazos al ojete de Ramón – Fóllame.

    Agarró con sus manazas el tanga y lo rompió, me abrió las nalgas y escupió, puso la punta de su polla en mi ojete y de un solo movimiento me la enterró hasta los huevos.

    – Arg – la embestida me había cogido con la polla de Ramón en la boca y me había pasado la campanilla.

    – Plaf plaf plaf –a cada enculada la verga de Ramón se me incrustaba en la garganta.

    – Joder Pedro, mal amigo, la querías solo para tii, uf, que boca.

    Creí que me ahogaba, Pedro me agarró del cuello y me hizo incorporarme, tuve que arquear la espalda, pegó su pecho a mí con su polla en mi culo, comenzó a hablarme al oído.

    – Puta, zorra, estas disfrutando, guarra, pero hoy te vas a enterar, golfa.

    – Sí, sí, cabrón, cabrón, cabrón oh.

    Me soltó y quedé a cuatro patas, Ramón y Jorge me miraban desde el sofá delante de mí, mi semental continuaba metiendo y sacando su cetro de mi culo.

    – Sii, si mi amo, mi dueño, dame, dame, dame fuerte.

    Embestía con tanta fuerza que a cada enculada me levantaba del suelo y ahí estaba ya el olor, ese olor a sexo, a sudor, a macho – te voy a reventar zorra, zorra ah.

    Agarrado a mis caderas se apretó contra mí y empezó a correrse, yo como siempre apreté el esfínter para notar los espasmos de su polla mientras se descargaba.

    – Lléname, préñame, preña a tu esclava, amo – eso es lo que era, así me sentía.

    – Zorra.

    Pedro se retiró, sacó su polla, iba a protestar pero otras manos me agarraron las nalgas.

    – Tu amo te ha dejado bien abierta – era Ramón – y bien lubricada.

    Con sus piernas entre las mías me obligó a abrirme más, puso su polla en mi ojete, yo notaba el semen de Pedro saliendo de mi culo y cayendo por mis cojones.

    – No, mi culo, no no no.

    Con un sonido líquido su verga resbaló ayudada por la corrida de mi amo y de un solo golpe noté sus huevos colgónes golpeando los míos.

    – Hijo de puta, hijo de puta, sin condón no, mi culo, ay mi culo, ay.

    Ramón me daba por el culo con un sonido líquido – zorra, te follo como me da la gana, puta.

    – Ay, ay, ay mi culo, mi culo, ayy.

    – Puta, paf – cachete – paf, paf.

    Me obligó a colocar la cara en el suelo, en esa posición mis nalgas quedaban más levantadas, se colocó en cuclillas, casi sentado en mi grupa, ahora su polla apuntaba hacia abajo y aún me llegaba más hondo.

    – Ay, mi culo, cerdo, cerdoo, mi culo, mi culo, Pedro, Pedroo.

    – Te tiene bien domada puta, pero ahora tu coño de zorra es mío, mio.

    – Ay, ay, cabrones, cabroneess.

    Ramón se detuvo un momento con su polla casi fuera.

    – Pero no te pares, hijo de puta, no te pares ahora.

    – Te vas a enterar zorra.

    Colocó un dedo junto a su polla y lo metió con ella dentro dilatándome aún más el esfínter.

    – Ay, cabrón, ay, mi culo, mi culo, que me lo partes perro, perroo.

    – Zorra, te cabe mi mano entera, putón.

    – Ay, que me rajas, ay cabrón, ay mi culoo.

    Pedro me miraba sentado en el sofá, empapado en sudor, la polla flácida sobre una pierna y cayendo sobre ella los últimos restos de su preciado esperma.

    – Saca el dedo cabrón, sácalo, hijo de puta, ay mi culo, ay mi culo.

    Hizo lo que le pedía, golpeó con las dos manos a la vez mis nalgas y empezó a moverse con frenesí.

    – Zorra, zorra, zorraa.

    – Ay, ay, me has roto el culo cabrón, ay, ayy.

    Noté su rigidez, sabía lo que venía a continuación.

    – Ah, ah, ah, me corro, me corro, me corroo.

    – Sin condón no, sin condón noo, hijo de puta.

    Nuevamente sentí en mi esfínter las pulsaciones de una polla al correrse e inundarme de leche.

    – Hijo de puta, hijo de puta mi chochito, me arde cabrón.

    Ramón se retiró, sentí un borbotón de líquido salir de mi culo y resbalar por mis huevos, me iba a incorporar cuando una mano me sujetó por la nuca.

    – ¿No pensarás que has terminado, verdad preciosa?

    – No por favor Jorge, más no, mi culo no, por favor. – recordaba su polla tan grande.

    – Ssh, cállate zorrita, ya verás como lo disfrutas, tienes el coñito muy dilatado y lubricado.

    – No por favor – yo sollozaba – más no, mi culo, mi culo.

    -Tranquila gatita.

    Se había colocado detrás de mí, con sus piernas evitaba que yo pudiera cerrar las mías, notaba su polla restregarse por entre mis dos nalgas.

    Sollozaba – no, sniff, por favor, más no, más no, sniff, mi culo.

    – Tranquila preciosa, tranquila, ya verás, no me irás a dejar con este dolor de huevos ¿verdad?

    Mientras hablaba había ido encarando su polla con mi ojete y de una vez, despacio pero sin parar, me metió aquel vergajo. El dolor no fue tan intenso como yo esperaba aunque sí lo suficiente para intentar escapar hacia adelante pero me tenía bien sujeto y me fue imposible, me tenía bien agarrado.

    – Aah, dios, que gusto.

    – Ay, ay, me has reventado cabrón, ay, ay, sniff, sniff,- continuaba sollozando – mi culo.

    Pronto me adapté al tamaño de aquel miembro, Jorge sabía lo que hacía, dejó que mi esfínter se acomodara y empezó el vaivén metiendo y sacando muy despacio al principio.

    – Aah – suspiraba cada vez que aquello entraba hasta los huevos.

    Joder nena, que coñito por dios.

    – Ay, ay, sniff, ay, soy una puta, soy una cerda, sniff, ay ayy.

    Levanté la mirada y vi a Pedro sentado con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y suspirando, Ramón estaba a sus pies y le estaba haciendo una mamada brutal, algo dentro de mí se enervó.

    – Ay, ay que polla, esto sí que es una polla, ay, dame, dame, rómpeme.

    – Sii cerda, te voy a romper, te voy a reventar.

    – Si, sii, una polla que me llena, ay, ay mi culo, ay, como me abres cabrón, ayy. Dame fuerte, dame maricón.

    – Sii, así, asii.

    – Me corro puto maricón, me corro, me corroo oh.

    Otra nueva corrida en mi culo, Jorge sin embargo no se quedó quieto, se movía en círculos, apretaba y se movía, yo empezaba a notar algo nuevo, estaba tocando algo en mi interior que al principio me hizo sentir que me meaba pero enseguida dejó paso a un placer nuevo.

    – Sigue así, no te pares perro, sigue, sigue.

    El placer iba aumentando, algo parecido a lo que se siente al inicio del orgasmo pero más intenso, más prolongado y no se limitaba a los genitales sino que se extendía a todo el cuerpo, el pecho, el vientre, las piernas, el rostro, fue subiendo hasta que me llegó un orgasmo largo, continuo, húmedo, explosivo que me arrancó un sonoro gemido de placer y me hizo soltar una increíble cantidad de semen a pesar de que mi polla no estaba erecta, caí hacia adelante, la verga de Jorge salió de mí y quedé en el suelo, despatarrado, con mi culo rezumando leche y mi cuerpo recorrido por espasmos de placer, había tenido mi primer orgasmo prostático.

    – Zorra, te dije que te ibas a enterar, puta.

    Mientras Pedro hablaba los tres me fueron rodeando, yo estaba exhausto en el suelo, continuaba soltando lefa por el culo.

    – ¡levanta la cabeza guarra!

    Medio me incorporé y los miré, estaban alrededor mío sonriendo con sus pollas en la mano, comenzaron a mearme, la cara, el pecho, el cuerpo, el culo, sus meados me estaban empapando mientras reían.

    – eres una pedazo de guarra, límpianos las pollas.

    Me puse de rodillas, ahora sabía para qué era la lona negra sobre la que estaba, tenían planeado aquello, limpié con mi boca aquellas pollas con sabor a meados, me sentía violado y humillado… y satisfecho y feliz.

    Aquella fue la última vez que vi a Pedro, pasaron dos semanas sin llamarme, yo le llamaba y su móvil estaba “apagado o fuera de cobertura”, fui a su casa a pesar de que él no quería que lo hiciera sin avisarlo, la encontré cerrada, llamé pero nadie abrió. Estaba preocupado, algo ocurría y sabía quien podía decírmelo, fui a la cervecería de Ramón y de Jorge, Pedro solía ir por allí incluso con sus hijos.

    Cuando llegué los camareros estaban montando la terraza, en cuanto Ramón me vio me hizo señas y nos sentamos en un rincón apartado.

    – Te estaba esperando, no tenía medio de localizarte.

    – Ramón, ¿Qué pasa con Pedro?

    – Joder, no sé cómo decirlo…

    – Sin rodeos.

    – Pedro está en la UCI, el jueves lo encontró la señora de la limpieza – Pedro tenía una señora que le hacía la casa martes y jueves – ha sufrido un ictus.

    – ¿Cómo está? – el cuerpo se me había venido abajo, me entraron náuseas.

    – Mal, muy mal, el ataque ha sido devastador, no se sabe cuanto tiempo estuvo en el suelo hasta que la señora lo encontró y en los infartos cerebrales el tiempo de respuesta es primordial.

    Falleció un mes después, acudí al sepelio con Ramón que me presentó a los hijos como un amigo de la cervecería, estaba hundido, no entendía como un hombre tan grande, tan poderoso se había ido así.

    Pedro tenía tatuada sobre la tetilla izquierda una pequeña rosa negra en recuerdo a su mujer, yo me tatué una también negra, grande, en la espalda, entre los dos omóplatos, con un tallo largo lleno de espinas que llegaba a la zona lumbar y en el costado izquierdo me tatué una frase que él utilizaba mucho, parte de la letra de unas sevillanas. “Amigo, aprovecha el tiempo, busca los buenos momentos por que los malos vienen solos”.

  • Hay que saber elegir con quién complicarse la vida

    Hay que saber elegir con quién complicarse la vida

    Cuando Gemma entró, un agradable olor a café recién hecho le recibió. Sergio le tenía preparado el desayuno: 

    -Hola dormilona.

    Ella le sonrió y se sentó en uno de los taburetes que estaban alrededor de la isla que separaba la cocina del salón. Se ajustó su bata de seda con motivos japoneses y se recogió su melena negra antes de agarrar la taza que le ofrecía el chico:

    -Anoche era muy tarde cuando volviste, ¿no?

    -No, no era demasiado tarde.

    -Bueno, debo irme que llego tarde.

    Sergio le dio un pico en los labios como era costumbre, cogió su bolsa y se marchó. Antes de cerrar la puerta, Gemma le deseó suerte.

    La mujer se estiró con una extraña sensación. Una mezcla de culpabilidad y morbo le invadía. Se podía decir que se encontraba hecha un lío. De repente vio una luz parpadeante en su iPhone. Dio un último sorbo al café y cogió el aparato. En su whatsapp tenía un par de fotos de Pablo. En una se veía al joven en una imagen tomada desde arriba mostrando su escultural abdomen y su bóxer intentando contener una tremenda erección. En la otra se veía un primer plano de su polla erecta con su media sonrisa en un segundo plano casi difuminada.

    Gemma sintió una punzada en su cerebro y una descarga eléctrica recorrer su sistema nervioso hasta su clítoris. Rio sola y apretó sus piernas intentando rozar su botón palpitante. De inmediato notó como sus braguitas se humedecían:

    -Joder que locura qué puta locura, por dios.

    De un salto se puso de pie. Agarró el móvil y se dirigió a su dormitorio. Se desnudó allí mismo y se metió en la ducha. Al estar sola en casa no se preocupó en cerrar la puerta. Cualquiera que hubiese entrado podría haberse excitado con la visión de su cuerpo desnudo bajo la ducha, tras la mampara de cristal empañada por el agua caliente.

    Cuando terminó se envolvió en su albornoz y se secó el pelo. Para terminar se quedó desnuda sobre su cama y se puso su crema hidratante. De manera sensual distribuía la sustancia por sus torneadas piernas hasta llegar a sus magníficas nalgas. Luego se entretuvo en extenderla por su abdomen y sus preciosas tetas de tamaño mediano pero aún, a sus 43 años, muy bien puestas.

    Sin pensar muy bien lo que hacía buscó en uno de los cajones de su armario un tanga negro de encajes que apenas cubría su sexo. Unas finas cintas de seda se cruzaban por encima de sus nalgas, desde donde salía el hilo trasero que se ajustó perfectamente entre ellas. Preparó el temporizador de la cámara del móvil y posó delante de él. De rodillas en la cama y sentada sobre sus talones, se tapaba las tetas con la mano derecha mientras la izquierda se perdía tras su cabeza. Una mirada entornada le daba a sus ojos verdes un punto a medio camino entre lo virginal y lo vicioso. En su preciosa cara se dibujaba una leve sonrisa de sus carnosos labios.

    El móvil hizo un ruido anunciando que acaba de captar una provocativa instantánea. Luego volvió a manipular el dichoso terminal y estuvo unos minutos pensando si dar ese paso que tanto morbo le producía. Al final se decidió a hacerlo sin medir las consecuencias.

    Tirada en la cama, tan solo vestida con el tanga de encajes negro, manipulaba el móvil en busca del número de Pablo. De nuevo le asaltaron las dudas. A su cabeza vinieron los momentos vividos con este chico.

    Hacía unos meses que había decidido abrirse un perfil en una aplicación de citas. Los primeros mensajes que recibió fueron viejos verdes y tipos sin cultura que le dejaban comentarios soeces. Cuando estaba a punto de desistir y cerrar el perfil recibió una invitación que le llamó la atención. Era un chico joven que alababa su cuerpo. Ella lo justificó gracias a su pasado como jugadora de vóley profesional. El tipo también tenía un cuerpo de escándalo. En su caso era portero de fútbol de un equipo semiprofesional.

    Gemma se sintió atraída por este yogurín, la conversación era cómoda y fluida por lo que no tardaron en subir la temperatura. El ego de la mujer crecía sabiendo que podía excitar a un chico tan joven, casi doblaba su edad. Aunque esto era algo que le producía un poco de vértigo. En cualquier caso siguieron en contacto. De la aplicación pasaron a intercambiar los teléfonos y comenzaron a comunicarse por whatsapp.

    Durante dos semanas estuvieron intercambiando mensajes de contenido sexual. En el caso de Pablo alguna fotopolla con la que conseguía que la madura alcanzase altos niveles de excitación. Quedaron en un par de ocasiones para conocerse en persona, pero en lugares públicos. Gemma no quería correr riesgos y prefería tener una impresión personal antes de dar el paso de irse con el tipo a follar.

    La madura quedó realmente impresionada con su joven admirador. Con metro noventa y cinco su presencia era imponente. Un cuerpo trabajado en el gimnasio, mirada gris y una belleza canalla capaz de mojar las bragas de cualquier mujer heterosexual. Como buen futbolista, uno de sus brazos estaba totalmente tatuado. Después de dos quedadas el polvo se hacía inevitable.

    La mujer seguía tumbada en la cama, con el teléfono en la mano sin decidirse a enviar aquel whatsapp. Cuando comenzó a recordar pasajes de la noche anterior. A Sergio le había dicho que había quedado con unas amigas para cenar y tomar algo pero en realidad había quedado con su joven amante.

    Pablo la había recogido en una parada de autobús cerca del centro de la ciudad para llevarla a un pequeño apartamento en un edificio en una zona residencial. Era un auténtico picadero que el futbolista tenía alquilado. Ahora las imágenes de la noche de sexo se acumulaban en la cabeza de Gemma.

    Recordó con excitación ese desnudo integral de Pablo. Sus abdominales definidos, sus potentes brazos, su cuerpo duro y tensionado abrazándola, desnudándola. Dejando a la vista aquel cuerpo de genética privilegiada que durante diez años el vóley había cincelado.

    El futbolista acarició el cuerpo de la madura, recorriendo el contorno de su cuerpo mientras ella se sentaba a horcajadas sobre el regazo de él. Sus bocas se sellaron en un apasionado beso antes de que el tipo comenzara a descender mordiendo la barbilla, el cuello y sus maravillosas tetas de pezón rosado. Los gemidos de la mujer se intensificaron cuando sintió la polla de Pablo penetrar su coño centímetro a centímetro:

    -Aaahhh, sí, joder. -Estuvo a punto de correrse en ese mismo momento.

    La mujer comenzó una cabalgada que Pablo ayudó a acelerar cuando la agarró por la cintura. La mujer se agarraba a su nuca y le mordía la boca. Ahora, recordándolo, reía en su cama sintiendo como se excitaba y de su coño manaba flujo caliente. Apretando sus muslos trataba de frotarse el clítoris para conseguir un mayor placer.

    De nuevo una imagen se instaló en su cabeza. Se recordó arrodillada en el colchón de aquella cama extraña con la cabeza en la almohada, totalmente expuesta a la voluntad de un joven casi desconocido. Sentía los dedos del portero de fútbol clavándose en sus caderas mientras la polla de éste percutía una y otra vez contra su ano. No era la primera vez que practicaba el sexo anal pero hacía demasiado tiempo. Pese a que su amante se lo hizo con delicadeza, el grosor de la polla del tipo hizo que su culo tuviera que dilatase por encima de sus posibilidades. Por fin sintió como con un grito animal, Pablo se corrió abundantemente en su interior inundando sus intestinos.

    El polvo hizo que ambos quedaran extenuados sobre la cama. Gemma se encontraba en un punto de excitación desconocido. Hacía mucho que el morbo la había abandonado y ahora se sentía totalmente eufórica. Solo le permitió unos cinco minutos de recuperación a su joven amante. Se acercó a él para comenzar a recorrer su cuerpo con los labios. Se entretuvo en los pezones de aquel tipo totalmente depilado. Los mordió antes de continuar descendiendo por sus pectorales, abdomen y llegar por fin a la polla. Al contacto con su lengua, el miembro del portero reaccionó y comenzó a adquirir dureza. Con su mano, Gemma, empezó a masturbarlo hasta conseguir que la polla se pusiera erecta para que le permitiera regalarle una gran mamada. Durante minutos la mujer se estuvo empleando a lamer, succionar e incluso morder el grueso glande amoratado del futbolista.

    Con una mano se ayudó para pajearle al tiempo que mamaba. Con la otra comenzó a acariciar su clítoris mientras que por su ano sentía como se salía la corrida que minutos antes había depositado Pablo en el interior de su culo.

    Ahora, habían pasado más de 12 horas y se encontraba tumbada en su cama totalmente excitada por los recuerdos y apunto de enviar un mensaje a Pablo. No se lo pensó más y decidió apretar el botón de enviar. Durante el resto del domingo estuvo esperando un mensaje que no terminaba de llegar. El estado de ansiedad de Gemma iba en aumento con el paso del tiempo. El doble check azul aparecía en el mensaje delatando que Pablo lo había leído hacía varias horas pero no contestaba. Por fin, a las 2 de la madrugada y cuando la mujer estaba en su cama a punto de dormirse, recibió un par de whatsapp. En ellos el futbolista alababa la belleza de la mujer y le contestaba con una foto de su polla totalmente erecta donde se le marcaban las venas.

    El lunes, la mujer llegó a trabajar eufórica. Nada más despertarse le había enviado un mensaje de buenos días acompañado de una foto suya agarrada a la almohada y riéndose. En la oficina, la jefa de departamento la llamó a su oficina. Eran buenas amigas desde hacía varios años. Pese a ello, poco sabían de sus vidas privadas:

    -Oye Gemma, ¿qué te pasa hoy que estas como ausente? Te comportas como una quinceañera despistada y con sonrisa boba.

    Yolanda era una mujer de 54 años, de carácter fuerte y semblante serio, pero con un buen corazón. Pese a su rectitud y estrictas normas era una persona justa y en el caso de Gemma siempre se mostró como un gran apoyo dentro de la empresa:

    -Joder Yolanda, es que me ha pasado algo increíble.

    -A ver cuenta.

    -Hace meses me abrí un perfil en una aplicación de citas y hace un par de semanas me entró un tío joven.

    -Joder, ¿y está bueno?

    Gemma estuvo buscando en su móvil hasta que encontró lo que quería:

    -Mira Mostró a su jefa la galería fotográfica de su ligue.

    La cara de Yolanda se transformó. Su rictus cambió y su ceño se frunció:

    -¿Qué te pasa Yolanda?

    -¿Tú sabes quién es ese chaval?

    -Bueno, me ha dicho que es el portero del equipo de la ciudad.

    Yolanda cerró los ojos y respiró hondo antes de contestar:

    -Es, es, Pablo. Mi hijo.

    La frase quedó suspendida en el aire mientras Gemma abría los ojos de perplejidad. Lo único que pensaba en ese momento era tierra trágame. ¿Qué posibilidades había de liarse con el hijo de su propia jefa? Aquello era increíble. Yolanda permanecía con la mirada perdida en el suelo:

    -Gemma, ¿qué edad tienes?

    -Cuarenta y tres -Dijo la empleada en susurro.

    -Mi hijo tiene veintitrés y además tiene novia desde hace dos.

    Gemma cerró los ojos avergonzada. Se arrepentía de todo lo que había sucedido, pero ya no había vuelta atrás. La situación dese ese momento fue demasiado embarazosa. La tensión entre ambas se cortaba. Gemma evitaba mirar a su jefa.

    Tres horas después estaba en su casa cuando oyó que Sergio entraba. El portazo con que cerró delataba su enojo. Llegó al salón donde Gemma se encontraba sentada en el sofá con la mirada perdida en la televisión. Se sentía mal por toda la situación:

    -Mamá llamó su atención Sergio – ¿tú sabes lo que has hecho?

    Gemma no entendía nada. Sergio, su hijo de 18 años, le reprochaba algo que ella no lograba entender.

    -¿De qué me hablas Sergio? No estoy para pataletas infantiles.

    -¿Pataletas infantiles?

    El chico sacó su teléfono móvil del bolsillo y comenzó a manipular el aparato. Cuando encontró lo que buscaba se lo pasó a su madre. Gemma no se podía creer lo que estaba viendo. En la pantalla del móvil de su hijo se comenzó a reproducir un vídeo. En la pantalla aparecía ella, solamente vestida con el tanga de encajes negro hablándole a cámara.

    Hola Pablo, aquí me tienes dolorida. Lo de anoche estuvo muy bien, pero ahora tengo el culito muy dolorido y tengo que ponerme crea para aliviarme. Gemma se giraba dejando a la vista su agujero del culo totalmente enrojecido y aplicándose crema hidratante. Me arde el culo cabrón, es que me diste bien fuerte, ¿eh? La voz de aquella reproducción le pareció tan diferente a la suya que Gemma tuvo la ridícula tentación de decir que esa no era ella.

    A continuación la mujer se colocaba con las piernas abiertas frente a cámara. Cogió un vibrador y lo introdujo en su boca para lubricarlo antes de introducírselo en el coño. Al mismo tiempo agarró su succionador y lo colocó en su clítoris. Durante diez minutos estuvo masturbándose frente a la cámara de su móvil. El vídeo finalizaba entre jadeos y espasmos de su cuerpo nombrando a Pablo y alabando su miembro.

    Cuando terminó la reproducción del vídeo unas lágrimas caían por sus mejillas. La sensación de traición de aquel niñato era insoportable. Se lamentó haber dado el paso de enviarle el vídeo a un tipo indeseable que no había dudado de mostrarlo a todo el mundo. Incluso le había llegado a su propio hijo, Sergio, compañero de Pablo en el equipo de fútbol.

    Gemma se sentía traicionada por aquel cabrón pero lo peor era la sensación de haberle fallado a su propio hijo. A estas alturas Sergio estaba muy enfadado con su madre. Y es que la vergüenza que había pasado en el vestuario cuando los compañeros estuvieron viendo el vídeo y haciendo comentarios obscenos sobre lo guarra que era su madre era insoportable.

    Gemma tuvo dudas sobre qué hacer. Lo más lógico era denunciar a ese cabrón. Había vulnerado su intimidad y eso era un delito. Pero las consecuencias no se solucionarían con la denuncia. Lo mejor sería hablar con su ex marido e intentar buscar una solución fuera de su ciudad.

  • Rosa, casada, incestuosa y morbosa

    Rosa, casada, incestuosa y morbosa

    Rosa, que era una maestra de instituto y que vivía en el chalet de su suegro, sentada en un sillón del salón hablaba con el viejo, que era juez y estaba enfrente de ella sentado en otro sillón, le decía:

    -… Tu hijo sabe que tuve relaciones con amigas, de hecho a veces le comento que me gustaría volver a comer un coño.

    -No me lo creo.

    -Puedes creerlo, de hecho lo excita y acaba comiéndome el coño él.

    -Me encanta que digas la palabra coño. Se te llena la boca al decirlo y suena tan sensual…

    -Tú lo que quisieras es llenar tu boca con él.

    -Y llenártelo de leche.

    -Y a saber qué más. Llevas seis meses intentando que cumpla tu fantasía. Conmigo ya ves que no te valen ni los chantajes. ¿Por qué no te das por vencido?

    -Porque no le has dicho nada a mi hijo de la fantasía que tengo contigo.

    -No te hagas ilusiones, no se lo dije porque aún no me pusiste una mano encima y por no ser la causante de un drama.

    El juez, que era un sesentón, alto, de ojos negros y con pelo cano, no le importaban las consecuencias de sus actos, él iba a piñón fijo.

    – ¿Y si te regalara un Mercedes último modelo por tu cumpleaños?

    -Si lo hicieras te atropellaría con él.

    El abuso.

    Rosa, que era morena, de ojos negros, cabello marrón y corto y que tenía un buen cuerpo, estaba echada en su cama con la espalda apoyada a la cabecera de su cama corrigiendo unos exámenes. Tenía puestas sus lentes de pasta negra y vestía solo con una bata roja. Era verano. La ventana de su habitación estaba abierta y por ella entró sigilosamente un intruso. Rosa estaba tan enfrascada en la corrección que no lo sintió llegar a su lado, lo que si sintió fue una mano tapar su boca. Con los ojos desorbitados miró para el intruso. Vio que era alto y fuerte, que llevaba en la cara una careta de V de Vendetta. A su lado estaban dos muchachas altas con caretas de Cat Woman. Fue lo último que vio, ya que una de las muchachas le tapó los ojos con una venda y la otra chica la boca con una mordaza. El intruso la puso boca abajo sobre cama, le ató las manos a la espalda y luego con un cutter que quitó del bolsillo le cortó la bata desde el cuello hasta abajo. Cortándola besó y lamió su espalda. Besó también la marca que había dejado su sujetador al cortarlo. Después le cortó las mangas de arriba a abajo y besó su cuello. Rosa trató de chillar, pero la mordaza no le dejaba hacerlo. Se quitaron los tres las máscaras, pero ni Rosa los podía ver ni yo voy a desvelar sus identidades. Una de las muchachas. Puso el examen que estaba corrigiendo con los otros encima de la mesita de noche y luego le separó las piernas y se las sujetó con las dos manos. Cuando Rosa levantó el culo le lamió el coño y el ojete. Así estuvieron un buen rato, ella forcejeando y la muchacha lame que te lame hasta que Rosa dejó de mover el culo. Al dejar de moverlo le dio la vuelta. Le quitó lo que le quedaba de la bata y el sujetador. Rosa quedó vestida solo con unas bragas rojas y unas medias del mismo color sujetas a sus muslos con unas ligas blancas. La intrusa le pasó el cutter por los pezones erectos y por las grandes areolas rosadas de sus enormes tetas. Rosa se quedó quieta por miedo a que la cortara… Luego la intrusa fue bajando el filo del cutter hasta llegar a las bragas. Se las cortó por los lados y su coño peludo quedó al aire. Se lo olió profundamente y después le lamió el clítoris más de diez veces. A continuación cogió el bolígrafo con que Rosa estaba corrigiendo el examen, lo chupó y luego le introdujo la punta en el ojete. Rosa flexionó las rodillas y se abrió de piernas. El morbo había podido con ella. Al abrirse de piernas lo primero que sintió fue que le sacaban la mordaza luego sintió que una lengua recorría sus labios y se metía dentro de su boca al mismo tiempo que otra lengua se enterraba dentro de su vagina mientras el bolígrafo rentraba y salía de su culo.

    Quien besaba su boca era una chica, lo sabía porque sus besos eran extremadamente dulces y su perfume era de mujer. Era un perfume agradable. El caso fue que se puso tan cachonda que empezó a devolverle los besos a la chica…, le daba picos y le lamía lengua… Echó de menos la boca del intruso en sus tetas. Sabía que estaba en la habitación, lo que no sabía era que estaba sentado en una silla masturbándose con lo que estaba viendo.

    La chica que la estaba besando dejó de hacerlo y le puso el coño en la boca. Cogió el coño con hambre. Lamió los labios y el clítoris, le metió la lengua dentro… Si estando atada comía el coño cómo una diablesa, ¡¿cómo lo comería si estuviera libre de ataduras?! Al rato el intruso, a punto de correrse se puso a horcajadas encima del vientre de Rosa, le metió la polla entre las tetas, apretó una contra la otra y se las folló. Rosa ya estaba morada con la comida de coño y de boca. Al follarle las tetas se puso negra, y al correrse la chica en su boca y el intruso entre sus tetas se corrió ella cómo una loba.

    Acababa de correrse cuando sintió la voz de su suegro. Venía del salón y decía:

    -¿Estás en casa, Rosa?

    El intruso y las intrusas salieron a toda prisa por dónde había entrado. El juez sintió bulla y fue a la habitación de su nuera. Al abrir la puerta y verla al lado de la cama, de pie, desnuda, con los ojos vendados y las manos a la espalda, le dijo:

    -¡Te he pillado con el carrito del helado!

    -Me han violado.

    -Sí, te violó tu querido -vio unas bragas encima de la cama-, tu querido y una amiga.

    Sacó fotos con su móvil de sus tetas llenas de leche, de su coño, de sus muslos mojados y de cuerpo entero, y luego le dijo:

    -Estas fotos que te he quitado las va a ver tu marido. Cuéntale que te violaron, cuenta.

    -Desátame y deja de…

    Sintió las manos de su suegro en las tetas.

    -¡No te atreverás!

    -Sí que me voy a atrever.

    El juez le echó una mano al coño mojado y le mamó una teta.

    -No sigas.

    El juez siguió. Le mamó la otra teta y le metió dos dedos dentro del coño.

    -¡No sigas, cabrón!

    Quiso meterle la lengua en la boca pero Rosa le hizo la cobra. El juez se cabreó.

    -Va a ser por las buenas o por las malas.

    La echó sobre la cama y comiéndole una teta la masturbó a toda hostia frotando su punto G. En nada Rosa se corrió como una bendita.

    Después de correrse, le dijo:

    -Ok, cumplo tu fantasía. Seré tu profesora de sexualidad y tú serás mi alumno travieso, pero suéltame ya.

    El juez tenía un calentón de los que no se pueden aguantar. Metió la cabeza entre sus piernas y le lavó el coño a lametadas. Rosa comenzó a gozar de nuevo, y seguiría gozando al ponerla boca bajo, ya que el juez le abrió las nalgas con las dos manos y le lamió el ojete. Rosa levantó el culo para que pudiera lamer su coño y su culo. Se los lamió. Luego sacó la polla, se la frotó en el coño y después se la metió de una estocada. La quitó, se la frotó en el ojete y le preguntó:

    -¿La quieres dentro de tu culo?

    Rosa negó con la cabeza y dijo:

    -No.

    El juez metiendo su delgada polla dentro de su culo de una estocada, le dijo:

    -Me da igual que la quieras o que no la quieras. ¡Toma, puta!

    No le había dolido, pero le dijo:

    -¡Ayyyl!

    Le quitó la venda de los ojos, le desató las manos y le preguntó:

    -¿Quieres que pare?

    Rosa estaba tan cachonda que necesitaba correrse de nuevo. Le respondió:

    -Ahora acaba lo que empezaste, maricón.

    El juez le folló el culo sin prisa, pero sin pausa. Al rato Rosa metió dos dedos dentro del coño y luego los metió y los sacó acariciando el clítoris al mismo tiempo… Algo más tarde sintió la leche caliente de su suegro dentro del culo. Las piernas le comenzaron a temblar y se corrió diciendo:

    -¡¡Jodeeer!!

    La profesora y el alumno travieso.

    Rosa con una regla de madera en la mano derecha iba de un lado al otro de su habitación. Calzaba unas botas negras de mosquetero. Vestía una minifalda marrón y una camiseta del mismo color que tenía un escote que casi dejaba ver su ombligo. Se detuvo, bajó con un dedo sus gafas de pasta negra, y mirando a su suegro por encima de las gafas, le preguntó:

    -¿Qué ha dicho, señor Gutiérrez?

    El juez no tenía vergüenza, pues si la tuviera no estaría vistiendo unos pantalones cortos, una camisa blanca, una chaqueta verde, una gorra a juego con la chaqueta, unos calcetines blancos y no calzaría unos zapatos negros de charol. Sentado en una silla con una libreta en una mano, un bolígrafo en la otra y poniendo voz de pito, le respondió:

    -Nada, seño.

    -Algo dijo tan en bajo que no lo he podido oír.

    -No era nada, seño.

    Cogiendo la regla de madera con la mano derecha y dando pequeños golpes en la palma de su mano izquierda, le dijo:

    -¡Lo que nada no va al fondo! ¿Qué dijo? Hable o lo castigo.

    -Nada, seño.

    -Estire el brazo y abra la palma de la mano.

    Hizo lo que le dijo y le largó:

    -¡Zasca!

    -¿Qué dijo?

    -Nada malo, seño.

    -Estire el brazo otra vez. Junte los dedos y póngalos hacia arriba.

    El juez cantó por bulerías.

    -Dije que usted es la sexualidad hecha persona, profe.

    -¡¿Cómo?! Levántese y póngase contra la pared, señor Gutiérrez.

    El juez se levantó y se puso contra la pared, Rosa le bajó los pantalones y le dio con la regla tres veces en cada nalga.

    -Levante los pantalones y vuelva a su pupitre.

    De vuelta en la silla y mirando al piso, dijo:

    -Puta.

    -¡¿Cómo?!

    El juez levantó la cabeza y le respondió:

    -Comer, se la comía yo, seño.

    -¿Qué me comía, señor Gutiérrez?

    La voz del juez se hizo más gruesa

    -¡El coño!

    Rosa puso los brazos en jarra, y muy seria, le dijo:

    -Así que me comía el coño, eh.

    Levantó la falda, puso su pie encima de un brazo de la silla y al no llevar bragas le enseñó el coño, luego le preguntó:

    -¿Es este coño el que quiere comer, señor Gutiérrez?

    -Sí, seño, ese mismo.

    Le cogió la cabeza y se la restregó contra el coño, luego bajo la pierna y le dijo:

    -¡¿Le llegó de escarmiento?!

    -No, quiero más.

    -¡Castigado sin recreo!

    El juez se levantó, le quitó la regla de la mano, la cogió en alto en peso y la arrimó contra la pared.

    -¡Va a estar castigado por los siglos de los siglos!

    -¿La quiere por el culo o por el coño, seño?

    Rosa rodeó su cuello con una mano, le sacó la polla empalmada con la otra, la puso en la entrada de su coño y le dijo a su suegro:

    -¡De esto se va a enterar su madre, señor Gutiérrez!

    -Mejor dígaselo a mi padre que él también le tiene ganas.

    El juez se la clavó hasta el fondo del coño y luego le dio caña de la buena. Rosa le comió la boca a su suegro mientras este le reventaba el coño… Ya tenía el interior de las botas mojadas de los jugos que habían bajado por sus piernas cuando se corrió. Al hacerlo sintió tanto placer que perdió el conocimiento y ni se enteró de que su suegro se había corrido dentro de su coño.

    Despertó encima de su cama. Como su suegro se había ido de la habitación lo primero que hizo fue darse una ducha. Al salir de ella sintió a su marido hablar con el padre y con dos chicas. Puso ropa decente, echó en el cesto de la ropa sucia la que se había puesto para jugar y fue al salón. Al verla llegar le dijo su marido:

    -Hola cariño, te presento a la nueva propietaria del bufete y a su novia.

    La propietaria del bufete de abogados, que era alta, rubia, de ojos azules, muy guapa y tenía un tipazo, se acercó a Rosa, le dio un beso en la mejilla y después le dijo:

    -Quería conocerla porque me gusta conocer a las esposas y maridos de mis empleados.

    Rosa sonrió y le dijo:

    -Un placer.

    Luego le dio un beso en la mejilla la novia de la rubia, que era morena, de ojos negros y un poco más baja que la nueva dueña del bufete, pero era igual de guapa y también tenía un tipazo. Sus perfumes eran los mismos que los de las dos chicas que la habían follado. Luego se sentó en un sillón, su marido se sentó en el respaldo y le olió distinto, le olió cómo el hombre que le había follado las tetas, dijo para sí misma:

    -«Tarde o temprano os voy a comer vivas, zorritas, y tú te vas a enterar, canalla.»

    Quique.

  • Primeros cuernos

    Primeros cuernos

    En esta historia les contaré la vez que mi mujer me regaló mis primeros cuernos.

    Todo empezó cuando salíamos me daba curiosidad por saber las experiencias sexuales de mi mujer previamente, a lo que poco a poco me fue contando de sus encuentros con sus anteriores parejas. Lo cual empezó a despertar en mi cierta excitación por verla siendo cogida por alguno de ellos.

    Mi interés empezó a aumentar en especial por uno de ellos que ella misma me decía que era el que mejor se la cogía, que la tenía más grande y se acoplaban muy bien. Prácticamente se la cogió en todos los lugares y formas posibles. Ella es bajita de 1.55 pero con un cuerpazo que cuida mucho y el un tipo de 1.87 obsesionado con el gym.

    Poco a poco le insinué a mi mujer que lo buscara, al principio no quería pero en el fondo siempre me dio la impresión que de vez en cuando aún mantenían contacto.

    Total que poco a poco se empezaron a hablar, le dije a mi mujer que tenía libertad de insinuarle lo que quisiera. El pronto se le insinuó y le pidió verla, a lo que ella accedió a que fueran a cenar.

    En esa ocasión, ella recuerdo que se llevó un vestido corto y se arregló muy bien. Me cuenta platicaron de los recuerdos que tenían (obviamente de como cogían), que en el camino él le iba acariciando la pierna en su carro y ella también le siguió el juego acariciando la de él, después de cenar dice que estaba muy nerviosa, por lo que no quiso acceder a nada más, al final ella dice que se besaron un poco y ella entró a la casa.

    Luego de eso, la volvió a invitar, yo la motivaba a ir por lo que accedió, y esta vez se fue más sexy que la vez anterior, y más motivada. Nuevamente fueron a cenar pero posterior a ello él le dijo que fueran a casa de él, ella me preguntó por mensaje, y le dije que si, que fuera.

    Después de eso, no tuve noticias de ella, durante unas 3 horas, hasta que de pronto me mandó un mensaje saludando, y le pregunté que si lo había hecho? A lo que me respondió que Si, que ya por fin me lo había cumplido.

    Me contó que antes de subir al carro él se le acercó y la beso a lo que ella le correspondió, fue entonces donde le sintió el bulto a través de su pantalón, luego se subieron al carro y él le iba acariciando las piernas, al punto de acariciarle la vagina.

    Llegaron a su casa y directo pasaron a una habitación, me dice que él la sentó en su cama, y empezaron a besarse apasionadamente, mientras la acariciaba toda. Luego el empezó por bajarle la tanta y empezar a lamerla, ahí dice que tuvo el primer órgano, luego él la puso de pie mientras él se quitaba la ropa y mientras la besaba le fue quitando el vestido (ella no llevaba bra) así que procedió a seguir besándola y chuparle los pechos.

    Luego, ella empezó a jalarle la verga, dice que no la recordaba tan grande ni tan gruesa, por lo que no se contuvo y se hinco a mamársela, (ella siempre me decía que él tenía los testículos más grandes de todos sus ex) por lo que dice que procedió a chupárselos un buen rato, y a meterse toda ese pedazo de carne hasta la garganta.

    De pronto dice que él la levantó y la volvió a colocar al filo de la cama boca arriba y sin decirle nada se la metió completa y a cogerla muy duro, para ese entonces ella ya estaba muy mojada y dice que no recordaba lo duro que se la copia, lo que a ella le gustó porque así es como esperaba que se la metiera. Dice que la besaba toda mientras la embestía muy duro. Que la cargaba y le ponía sus piernas en sus hombros mientras le chupaba muy fuerte los pechos, al mismo tiempo que le decía lo mucho que recordaba su cuerpo.

    Luego de ello, ella le pidió que le diera de perrito, por lo que la volteo y las embestidas fueron más duras, él la mordía, la jalaba del cabello, la nalgueaba, le agarraba los pecho, de todo muy salvaje, y le seguía diciendo lo buena que estaba.

    Ella por su parte dice que ya había terminado por segunda ocasión y le decía como extrañaba su verga, abriendo más las piernas para que pudiera entrar más su verga. Después de un rato ella noto que él estaba por terminar y le pidió se corriera dentro de ella (ella dice que debido a los grandes testículos a él le sale demasiada leche, y que de forma muy potente) a lo que el accedió y se descargó dentro terminando ella también una tercera ocasión al sentir como él se venía dentro.

    Luego dice que quedaron tumbados un buen rato mientras se besaban, pero ella quería más por lo que empezó por chupársela un buen rato para luego montarlo como ella sabe, y él seguía besándola y chupando todo lo que podía, luego ella dice él la cargo y se la cogió de pie mientras la cargaba completa, ella dice que de ese modo ella sentía más las embestidas, ahí dice tuvo otro orgasmo, y entonces el sintió que se venía por lo que la bajo para entonces venirse y llenarle la cara de leche, ella dice que la chupo un rato más para acabarse todas las gotas de su semen.

    Posterior a eso, se recortaron y se estuvieron besando nuevamente hasta que ella decidió que ya la tenían que llevar, fui entonces Cuando me mandó los mensajes. Yo durante todo ese tiempo ya me la había jalado varias veces.

    Fue entonces que ella llegó a la casa con una cara de niña traviesa. Lo primero que hicimos fue irnos a la habitación a que me contará los detalles cuando ella me dio una sorpresa, aun iba escurriendo semen de él, por lo que me la puso durísima y no tarde en metérsela mientras me decía detalle a detalle. Lo hicimos varias veces esa noche, para entonces darnos cuenta al otro día que vaya sorpresa, no nos habíamos dado cuenta que ella venía llena de chupetones y moretones en todo el cuerpo, de lo duro que se la habían cogido.

    Posteriormente ella ya ha probado más vergas pero él se ha hecho el amante de planta.

    Espero les guste mi publicación, leeré sus comentarios para ver si me animo a contar más anécdotas.

  • El vecino de una amiga

    El vecino de una amiga

    Tengo una amiga llamada Camila que tiene un gato llamado Cucho a quien suelo ir a cuidar cuando ella debe viajar fuera de la ciudad.

    Los cuidados no son demasiados en realidad, solo debo ir una vez al día mientras ella no está para verificar que tenga agua, comida y limpiarle la bandeja de arena si es necesario.

    Por asuntos familiares, durante unos días Camila había tenido que viajar con mayor frecuencia así que yo iba más seguido a su departamento y me empecé a encontrar con un atractivo vecino de ella llamado Miguel con quien entablé conversaciones cada vez que nos veíamos, digamos que tuvimos química, no solo porque es agradable sino que además es muy atractivo y era evidente que nos teníamos ganas.

    En una de estas visitas ya le había dado de comer a Cucho, le serví agua, jugué un rato con él y luego me fui.

    Una vez que el ascensor llegó al primer piso y se abren las puertas me encuentro con Miguel quien había bajado a buscar sushi que le había llegado.

    Me mostró la bolsa de sushi y me comentó que era mucho para él solo, así que con esa excusa me invitó a su departamento para que lo acompañe a comer y tomar algo.

    Como ese día mi marido Andrés iba a llegar tarde a casa y mi hijo estaba donde un amigo suyo, en realidad yo no tenía nada mejor que hacer así que acepté la invitación.

    Ya en su departamento compartimos el sushi y tomamos algo mientras conversábamos de todo un poco, reímos y lo pasamos muy bien.

    Entre risa y risa, sin tener claro aún el motivo, surgió el tema de la ropa interior, todavía no sé cómo ni porqué llegamos a ese tema, pero así fue.

    Miguel me dijo que él podía adivinar de qué color era mi ropa interior, pero no acertó y se lo hice ver.

    Según él, no me creía y me dijo que tenía que verla para confirmar que había fallado en su videncia.

    Yo lo consideré un juego y como ya estábamos en confianza, me había dicho tantas veces lo bien que me veía, que tenía un bonito cuerpo y cosas así, me sentí con seguridad y le di el gusto, me saqué los jeans, la blusa y quedé en ropa interior, de todas formas en el fondo quería provocarlo.

    Dijo que me veía muy bien, se acercó, colocó sus manos en mi espalda y sin darme cuenta me desabrochó los sostenes los que cayeron dejando mis pechos al descubierto.

    Lo miré a los ojos, le sonreí y le pregunté si le gustaba lo que veía, ante eso Miguel me devolvió la sonrisa, asintió con la cabeza, se acercó y comenzó a besarme los pechos.

    Eso me tenía muy excitada, así que me acerqué más a él y comencé a besarlo apasionadamente, quería sentir sus labios pegados a los míos, nuestras lenguas entrelazándose y sus manos acariciando mi piel lo cual puede sentir mientras el acariciaba mis nalgas por debajo de la ropa interior que aún me quedaba puesta.

    De improviso me tomó en brazos y me llevó a su dormitorio.

    Allí Miguel se desnudó por completo mientras yo veía su fibroso cuerpo así como su erecto miembro, algo que me excitó de sobremanera.

    Nos estábamos besando mientras con mi mano le acariciaba el pene cuando de improviso me lanzó con fuerza a su cama y me hizo recostar boca abajo.

    Estando en esa posición me bajó la ropa interior hasta quitarla, se subió sobre mi y sin previo aviso insertó su pene completamente en mi vagina.

    Fue algo agresivo como entró de un solo golpe, pero a la vez me encantó así que comencé a moverme para sentirlo más profundo y el hizo lo propio con su miembro dentro mío.

    Estuvo así entrando y saliendo de mi, mientras me presionaba los pechos, me acariciaba la vagina, yo volteaba mi cabeza para besarlo y él me correspondía con unos besos deliciosos.

    Por mi parte me acercaba más y más a él cada vez que sentía su pene tocar mis paredes vaginales, estaba disfrutando mucho, no podía evitar gemir de tanto placer que me estaba dando.

    El seguía penetrándome, manoseando mi cuerpo como quería, yo feliz me dejaba, hasta que justo antes de eyacular sacó su pene de mi vagina y vertió todo el semen sobre mis nalgas y mi espalda, una sensación muy agradable para mí tanto por la calidez de su semen sobre mi piel así como el alivio de que no haya terminado dentro mío considerando que no estaba usando anticonceptivos ni medida de prevención alguna.

    Dejó su pene aún erecto entre mis nalgas mientras descansamos unos momentos, me di la vuelta, quedamos de frente y nos besamos mientras su pene, aún con algo de semen, se posaba sobre mis vellos púbicos y dejaba parte del semen allí.

    Estábamos en eso cuando noté que a Miguel le volvía la erección, pero a la vez noté que ya era tarde, vi mi teléfono y tenía tres llamadas perdidas de mi marido quien para entonces ya debía haber ido a recoger a nuestro hijo y seguro ya estaban en casa.

    Me vestí rápidamente, ni siquiera alcancé a limpiarme el semen que Miguel había dejado sobre mi cuerpo, no había tiempo, debía llamar a mi marido e inventarle alguna excusa creíble por llegar tan tarde a casa.

    Desde entonces cada vez que he tenido que ir a atender a Cucho aprovecho de pasar a visitar a Miguel y dar rienda suelta al placer.

    Honestamente nunca me ha molestado ir a ver a Cucho cuando me lo pide Camila, pero ahora me encanta ir, y nadie más que Miguel y yo sabemos el verdadero motivo por el cual voy sonriente y salgo de ese edificio con una sonrisa aún mayor.

  • Miércoles, por contrato

    Miércoles, por contrato

    Los términos del contrato fueron muy simples, y a la vez, engañosos. Pero los dos sabíamos perfectamente que era lo que estábamos buscando.

    Los dos teníamos una vida activa, agotadora, de trabajos, proyectos, parejas. Y ambos estábamos conformes con lo que teníamos. En ningún momento se nos cruzó por la cabeza poner en riesgo todo lo que habíamos construido con tanto esfuerzo.

    Los dos traíamos una valija repleta de experiencias.

    Vos ya habías pasado etapas de atragantarte de pijas. Tuviste todas las que quisiste, cuando y donde las quisiste.

    Yo, un cazador, que gustaba del juego de la seducción y que tuve mis etapas de juego permanente, que se acercaron al infierno. Casi al hartazgo.

    Pero nos encontramos en ese lugar oscuro, y nos atrajimos varias veces. De un modo extraño, porque ninguno de los dos era novato.

    Yo solo buscaba historias para volcar en los relatos mis experiencias y fantasías. Me gusta escribir, y, cazador al fin, me gusta provocar.

    Y a vos esas historias te encendían, desde un lugar distinto. Por fuera de los cuerpos. O mejor dicho, desde la pura intelectualidad, prescindiendo de los cuerpos.

    Y una cosa, trae la otra.

    Los dos, satisfechos con nuestras vidas. Pero a vos las historias te encendían y me lo hacías saber, y el viejo cazador despertaba. Y el ida y vuelta nos prendía fuego.

    Hasta que llegamos a un acuerdo. Un contrato muy simple.

    Dos horas por semana, para explorarnos, para hacer en los quince metros cuadrados de intimidad, todo lo que no hacíamos con nuestras apacibles parejas.

    Un espacio de libertad, donde nunca nadie pudiera penetrar. Sólo nosotros, para penetrarnos, con todo el cuerpo, en todos los intersticios.

    El juego tenía un solo requisito: el secreto, la discreción. Que ponga a salvo nuestras vidas, a las que suspenderíamos por dos horas, para entregarnos.

    Y fue engañoso, porque, claro, no se limitó a las dos horas semanales de encuentro.

    También había un antes, y un después.

    Los tres momentos más importantes del sexo: antes, durante y después.

    Y todos eran satisfactorios.

    Durante la semana, un intercambio de chats ya eran suficientes para encendernos. Alcanzaba con decir, por ejemplo… aun siento escozor en la espalda… y los dos sabíamos que se trataba de las uñas que ella había atravesado por mi espalda, y que yo tuve toda la semana que ocultar en mi casa.

    Habíamos construido algo interesante. Un lugar para los encuentros furtivos, de dos horas, en una habitación oscura y céntrica, a salvo de miradas indiscretas, donde nuestra intimidad estaba a salvo, pero también todo el mundo apacible que habíamos logrado construir estaba protegido por nuestra discreción.

    Cerrar la puerta de la habitación, poner las luces en el punto adecuado. Y matarnos.

    Porque eso es lo que hacíamos en la cama.

    Manos, bocas, dedos, lengua, pija, todo entraba y salía de todos los lugares.

    Tu culo y el mío no se salvaron de la depredación de cada encuentro.

    Mi lengua se satisfizo de tus jugos, y de trepanarte el ano. Pero eso no evitó que me privara de besarte la boca.

    Mi boca se aprovechó de la entrega y te besó toda la boca. Y todas tus cavidades.

    Y éramos dos cuerpos fundidos, dispuestos a encontrar orgasmos en cada rincón, en cada estertor.

    Y te dejaste atar. Y me dejé atar.

    Y te dejaste chirlear. Y me chirleaste.

    Y me vendaste los ojos. Y te vendé los ojos.

    Y sin guiones previos, cada encuentro era una sorpresa distinta.

    Porque la cosa fluía. Y no era difícil de entender. Fluía porque no era más que un hombre y una mujer entregándose, explorándose. Sin tabúes. Sin otras intenciones más que disfrutarse.

    Los juegos no se limitaban a usar el cuerpo.

    Hubo velas. Hubo hielo. Hubo cremas. Hubo consoladores. Hubo broches. Y sogas.

    Cada elemento que incorporábamos a nuestros juegos nos llevaba a otro estamento.

    Y voy a decir la verdad.

    Cada miércoles -normalmente los encuentros eran los miércoles- era especial. Y lo esperaba con ansias. Casi con ansias adolescente. Porque no había obligaciones.

    ¿Vendrá? ¿Y si hoy no viene?

    Pero siempre viniste.

    Y cada miércoles todo volvía a renovarse.

    Solo había tres rutinas.

    La sonrisa cómplice al momento de trabar la puerta; el beso profundo y largo de bienvenida; y el beso dulce del final, a modo de despedida.

    En el medio, dos cuerpos fundiéndose en el fuego del sexo. Porque nunca hubo nada más que sexo. Puro y duro.

    Nuestros quince metros cuadrados semanales de secreto y placer son nuestra terapia.

    Es un lugar que nos permite afrontar la dura vida cotidiana desde un lugar de, digamos las cosas como son, supremacía.

    Desde que existe este lugar discreto, todo se tolera, todo se destraba, todo es más fácil de llevar a cabo.

    Porque sabemos que, en apenas siete días, volveremos a tener, en formas distintas, la fiesta del sudor, del gemido, del orgasmo, del encuentro real, único, de dos cuerpos. El de un hombre y una mujer que son libres de todas las ataduras conocidas.

  • Seduciendo a mi roomie (Parte 2)

    Seduciendo a mi roomie (Parte 2)

    Pablo estaba proponiendo masturbarnos uno al otro, al escuchar la propuesta, me quedé sin habla, mudo, quería decirle que aceptaba, pero no podía articular palabra por lo nervioso que estaba, afortunadamente Pablo interpretó mi silencio como una aceptación tácita y su mano se dirigió a mi verga, mi cuerpo se estremeció al sentir el contacto de la tibia palma de su mano, mi cuerpo dio un respingo, inicio el suave movimiento frotando el tronco de arriba a abajo y mi espalda se arqueó involuntariamente, abrí las piernas en señal de gozo, sin embargo, no me atrevía a ir tras su verga en reciprocidad, al notar mi indecisión soltó mi verga y su mano tomó la mía y la dirigió a su gruesa verga, tan pronto sentí su calor y suavidad en la palma de mi mano no pude evitar apretarla, caliente, suave y esponjosa, era tan gruesa que mi mano no podía abarcar todo el contorno, lo que había estado deseando por semanas se estaba cumpliendo, al fin una verga de macho en mis manos y vaya verga, era imponente, empecé el movimiento arriba y abajo, apretando el tronco y sintiendo la hinchazón de sus gruesas venas, la mano de Pablo regresó a mi verga y empezamos a pajearnos, uno al otro, suave, lento, del ojo de la verga de Pablo brotaron gotas de un líquido viscoso y transparente, me quedé mirando, hechizado, viendo como chorreaba su néctar, no pude resistir tocarlo, acerqué la yema de mi dedo índice y lo dispersé sobre la punta de su verga, una caricia que le encantó a Pablo ya que dio un ligero gemido y eso me descontroló, empecé a pajearlo más rápido y gimió con más fuerza, me encantaba escuchar que disfrutaba con mis caricias y quería darle más placer, volverlo loco, así que continué apretando y exprimiendo su verga, Pablo soltó mi verga para concentrarse en el placer que sentía, no me importó, era evidente la fascinación que me provocaba ese enorme bulto.

    En la pantalla una colegiala rubia estaba mamando la gruesa verga de un profesor y Pablo dice viéndome a la cara:

    Mmmm, que rico, como quisiera que me mamaran la verga así- su mirada fija en mi cara, en espera de mi respuesta.

    Nuevamente no respondí, tampoco retiré la vista de su cara, atontado, como si no entendiera la indirecta, sentí su mano en mi cuello y empujar mi cabeza en dirección a su verga, puse una ligera resistencia, tratando de controlar mi ansiedad, la cabeza chorreante y cálida se posó sobre mis labios, frotó la punta y mis labios se impregnaron de su esencia natural, presionó más fuerte:

    Vamos, abre la boquita, te va a encantar, no te resistas, he visto tu mirada de deseo, como miras mi verga, sé que quieres probarla, tómala, anda, es tuya.

    Mis labios cedieron y el enorme nabo fue entrando poco a poco, el sabor saladito característico me invadió, cuando entró toda la cabeza succioné con suavidad, despacio, cuidando de no dañarlo con mis dientes, recorriendo con mi lengua todo el hongo, me encantó, un sabor fuerte a verga, a macho, embriagante, empecé a chupar con mayor ahínco, su verga era diferente a la de Arturo, Roberto, Pedro o Mariano, las cuatro vergas que había probado antes, era gruesa, pero no tan dura, podría decirse que más esponjosa y flexible, el prepucio le daba un toque especial, me excitaba sentir la delicada capa de piel entre mis labios, lo recorría con mi lengua, se metía curiosa entre el glande y el prepucio, explorando y encontrando el frenillo, oculto y con un sabor más intenso, estiraba la delgada piel con mis labios, despacio, jugueteando llegué a soplar y el aire quedó atrapado entre el prepucio y la cabeza, inflándose como un globo, un globo de piel, dio un suspiro y su cuerpo se tensó, estaba gozando con mi mamada y mis juegos, me encantaba disfrutar esa tierna capa de piel.

    Por Dios, que rico mamas, nunca me la han mamado así, ufff, se nota que tenías ganas de verga, eres una putita comepollas increíble, la mejor, ayyy, que rico, sigue mamando, me encanta.

    Si Pablo, me fascina tu verga, me encanta sentirla en mi boca, me vuelve loco, ¿te gusta? – respondí, aunque era innecesario, era evidente el placer que le estaba dando.

    Si, mamas de poca madre, ayyy, que rico me voy a correr, ya no aguanto, ufff.

    Regresé a mamar su verga, mi mano acariciaba sus pesados huevos y apretaban el tronco, sin dejar de mamar, Pablo acariciaba mi pelo y bajó a mi espalda, descendiendo hasta que encontró mi bóxer y lo bajó, dejando mis nalgas expuestas, a su alcance, las masajeó y apretó sin resistencia, un dedo recorrió el surco entre mis nalgas y pronto encontró mi sensible agujerito, al rozarlo, sentí un escalofrío y un suspiro salió de mi boca, mi hoyito se contrajo en acto reflejo, para volverse a relajar, abrí más las piernas en señal de aceptación y arqueé la espalda como una puta, dándole a entender que me había encantado su caricia, llevó sus dedos a su boca y los humedeció para regresar nuevamente a mi ansioso orificio, una ola de calor invadió mi cuerpo, frotaba en forma circular los arrugados pliegues y mi cuerpo me abandonaba, sentía mi culito tan caliente y ansioso, empecé a culear persiguiendo sus dedos, invitándolos a entrar.

    Pablo me tomó de la cabeza con la otra mano y empujando mi cabeza empezó a meter y sacar su verga, follándome literalmente la boca, cada vez entrando más profundo, más y más carne entraba en mi boca, hasta que sentí la punta del nabo en mi garganta, me dieron arcadas, me costaba respirar, por lo que a mi pesar, haciendo un esfuerzo tuve que sacarla de mi boca, mis quijadas dolían de tanto tiempo abiertas y exhalé aliviado un poco de aire.

    Ufff nenita, casi entra toda, eres una putita fantástica, de película, no puedo creer que sea la primera vez que mamas, tanto tiempo desperdiciado, de haberlo sabido desde hace mucho tiempo me estarías mamando la verga.

    Pablo azotó mi cara con su verga, sentir el golpeteo de su mástil de carne, me prendió, era algo que en ocasiones hacía con Adriana y la volvía loca, ahora sabía por qué, sentir el golpeteo incesante me hacía sentir más puta, entregada, sumisa, la cabeza de su verga recorrió mis mejillas, mi nariz, mi quijada, y cada milímetro de mi cara, quedando viscosa y brillante, llena de precum y saliva, marcando su territorio, mi mano fue a sus huevos, los palpé, pesados, rugosos, llenos de leche, los acariciaba suavemente, su verga apuntó nuevamente a mi boca y hundió su capullo, al tiempo que mi mano subía y bajaba por el tronco, empecé a salivar en forma abundante, mi saliva escurría por la comisura de mis labios.

    Ufff, ahhh, ayyy -Gemía y gritaba Pablo de gozo, su cuerpo se tensaba, era inminente la corrida, aceleré los movimientos de mi mano y succioné más intensamente la punta de su verga, listo para recibir su néctar, realmente no me gustaba tragar el semen, era demasiado viscoso y me causaba náuseas al sentirlo en mi garganta, pero me gustaba recibir la leche en mi boca, solamente sentir el sabor y dejar que escurriera por mis labios y por la verga que mamaba, pero sus manos tomaron mi cabeza y me enterró la verga profundo al tiempo que explotaba en el fondo de mi garganta, depositando el semen directamente en mi garganta, sin poderlo evitar, sentí el ardiente y viscoso líquido resbalar por mi cavidad rumbo a mi estómago, era tanto esperma que se quedó alojado en lo más profundo y me dieron arcadas, sentí que me ahogaba y saqué su verga de mi boca al tiempo que intentaba tragar el tibio líquido, disparó más chorros de leche que se estrellaban en mi cara, cerré los ojos para evitar que me entrara la leche y sentí que restregó su verga en mi cara al terminar de eyacular, era inconcebible tener mi cara chorreando y oliendo a semen, me sentía una puta barata

    Quedamos recostados unos minutos sin decir palabra alguna, Pablo se incorpora y sale de la recámara, pensé que allí acabaría todo y me estiré para sacar una toalla del cajón de la cabecera, a fin de limpiarme la cara, y quedé recostado, exhausto, boca abajo, recordando la experiencia, una de mis piernas semidoblada, segundos después se abre nuevamente la puerta y entró Pablo con un botecito de crema en las manos.

    Mmmmm, que rico te ves así, que linda colita, no sabes las pajas que me hecho desde que la vi, aquella vez que llegaste del gimnasio- exclamó.

    Me encantó el halago y empiné un poco más la colita, exhibiéndola, simulando inocencia expresé:

    En serio, ¿tú crees?

    Se acercó a la cama y acarició mi pantorrilla, mi piel se erizó al contacto y lentamente fue subiendo su mano a mi pierna,

    Si, tus piernas son tan suaves, tanto o más que las de mi novia, definitivamente son de nena, más firmes, pero lo que más me sorprende es este culito delicioso, es mejor que el cualquier chica que haya conocido antes- dijo al tiempo que acarició mis nalgas con una mano.

    Otro escalofrío recorrió mi cuerpo, frotaba mi blanca piel con la punta de sus dedos y ese ligero roce hacía que mi piel se pusiera chinita, sensible, mi cuerpo se estremecía, jaló el bóxer que había quedado enrollado bajo mis nalgas y colaboré alzando mis caderas y piernas para que lo pudiera quitar, sus manos regresaron a acariciar y apretar mis nalgas en forma cachonda, aplicando más presión a sus dedos.

    Mmmm, que rica colita, sin ningún pelito, tan suave y redonda, como se me antoja darle un besito, ¿puedo?

    No contesté, no hizo falta, disfruté un cálido y húmedo beso en mis nalgas un suspiro salió de mi boca, otro beso en mi otra nalga y después una caricia suave, húmeda y rugosa recorriendo el surco entre ellas, las sentía húmedas y calientes, todo tan suave y lento que me causaba ansiedad, me concentraba en sensibilizar los nervios de mis nalgas, incluso percibía el aire de su nariz acariciando mis nalgas, cada vez que respiraba.

    Mmmm, que culito más delicioso, pero el principal tesoro está oculto, en medio de estas suaves nalgas – dijo al tiempo que con sus manos las separaba y dejaba mi arrugado agujero al descubierto.

    Que lindo, rosadito, cerradito, mmmm, precioso, como se me antoja chuparlo como se merece.

    Seguí callado, solamente me relajé y cerré los ojos, sentí la punta de su tibia lengua posarse en mi agujero, punteando y recorriendo los arrugados pliegues, como si quisiera borrar las arrugas, dejarlo liso, di un respingo y de mi boca salió un gemido, eso lo enardeció y aceleró las lamidas, apretaba las sábanas, esa caricia me llevaba al cielo de ida y vuelta, humedeció su dedo con saliva y siguió acariciando mi entrada, sentía mi colita muy húmeda, flojita, de pronto sentí sus labios prenderse de mi agujero y succionar, eso fue demasiado, una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo, apreté mis puños y mordí la almohada para no gritar, mi cuerpo se retorció y mi agujero empezó a palpitar y contraerse involuntariamente, mi verga estaba durísima, apretada contra el colchón, abundante precum salía de mi verga y humedecía la sábana, retiró sus labios y sentí nuevamente sus dedos, esta vez cubiertos con una sustancia viscosa y fría, apreté las nalgas al sentir esa sustancia fría, recordé que era la crema y aflojé la colita, hizo un poco de presión con uno de sus dedos y fácilmente venció la resistencia de mi esfínter, entrando solo la primera falange, lo rotaba en forma circular, presionando las paredes, revolviéndolo dentro de mi culo con cuidado y metiendo y sacándolo de mi interior, moría de placer, ya necesitaba que me cogiera, mi culito iba al encuentro de su dedo, lo quería sentir en lo más profundo de mi culo, sobra decir que me sentía una zorra y cumpliendo mis deseos su dedo se introdujo hasta lo más profundo.

    Ufff, se acaba de tragar tu culito todo mi dedo, está hambriento, ¿lo sientes?, dilatas muy bien, me encanta, lo tienes tan suave y cálido, estoy seguro que no te ha dolido.

    Cuando su dedo entraba y salía con facilidad, metió otro y los revolvía dentro de mi colita, los abría y cerraba en tijera, estirando las paredes internas sin forzar demasiado, ensanchando poco a poco el conducto, preparándolo, mordí la almohada para no gritar y pedirle que me enculara en ese instante, siguió jugando con mi culito un largo rato, sin prisas, en ocasiones metía un dedo y después el otro, alternándolos, la forma en que me estaba preparando el culo era increíble, jamás había sentido nada igual, estaba en las nubes, en el paraíso, en otro planeta, pronto descubrí que mi culo iba al encuentro de sus dedos y lo notó:

    Pero que puta saliste, te está gustando, mira como meneas el culito, creo que estás lista- dijo al tiempo que sacaba sus dedos y me daba un azote en las nalgas, que más que dolor me excitó mucho.

    Acomodó su cuerpo contra el mío en posición de cucharita, la cabeza de su verga recorría el surco entre mis nalgas, buscando colarse entre ellas, me excitaba mucho el roce de los vellos de sus piernas y brazos contra mi piel, me hacían un poco de cosquillas, pero era un cosquilleo muy erótico que provocaba mayor sensibilidad en mi piel, sabía que el momento había llegado, y aunque estaba ansioso, puse algo de resistencia, no quería verme tan entregado, creí que era mejor hacerle pensar que efectivamente me desvirgar, sería más excitante para ambos.

    Espera, no, tu verga es muy gruesa, y mi culito demasiado estrecho, no me va a entrar, me vas a lastimar, por favor, soy virgen- le dije, volteando a verlo a la cara, aunque sin hacer esfuerzo por retirarme, dándole a entender que debía ser gentil al penetrarme, creo que dio resultado porque exclamó.

    Solo la puntita, anda, si te duele lo saco, solo la puntita, te meteré sólo la punta de la cabeza, despacito, suave, vamos te va a gustar, vas a ver que después me pedirás que te clave- me decía.

    Está bien Pablo, sólo la puntita, si me duele la sacas, no me vayas a lastimar- respondí, mirándolo a la cara, aceptando mi destino, pero me tratara con cuidado por ser mi “desvirgue”

    Sus ojos brillaron y me puse en posición, abrazando una almohada y arqueando la espalda, mi culito en pompa, su verga recorriendo el surco entre mis nalgas, dejando una estela viscosa y húmeda, con una mano abrió una de mis nalgas y posicionó la punta de su verga en la entrada de mi hoyito cerradito y palpitante, punteó ligeramente, la sensación era indescriptible, me encantaba sentir la caricia suave y tibia de su ardiente nabo buscando entrar en mi cuevita, siguió presionando suavemente y moría de placer, cerré mis ojos y apreté mis labios para no pedirle que me empalara y me reventara la colita.

    ¿Sientes mi verga?, ¿te gusta?, relájate, afloja la colita y verás que va a ir entrando poco a poco, te dolerá un poco, pero te va a encantar- dijo mientras continuaba con su verga en mi orificio, presionaba y cuando pensaba que me lo iba a meter continuaba su paso hacia arriba o hacia abajo, cada vez que la posicionaba en mi agujero sentía una oleada de placer atravesar mi cuerpo, pero nada, recorría el surco entre mis nalgas y volvía a puntear y presionar, todo muy suave, mis pliegues se dilataban lentamente, aplicó un poco más de crema y siguió con la operación, lento, apreté los puños y mordí la almohada, no de dolor, si no de desesperación, quería gritar que me empalara, estaba ansioso por que me ensartara de una vez, el “desvirgue” se estaba convirtiendo en un delicioso tormento, pero debía aguantar, pensé que era mejor esperar y prolongar el “desvirgue” el tiempo que Pablo considerara apropiado, él disfrutaba mucho y yo también, sería un regalo especial que pensara que me había desvirgado y también me ahorraba darle explicaciones sobre mis relaciones anteriores, continuó refregándome la cabeza de su verga en círculos y apretar en forma más insistente, apreté un poco mi esfínter, ya que era “virgen” y debía forzar un poco más, por lo que siguió insistiendo varios minutos.

    Intenta relajarte y no te muevas- avisó, al tiempo que me abrazó y me apretó contra su cuerpo, como para evitar que escapara de mi destino, sus vellos acariciaban mis piernas y espalda, posicionó la punta de su verga nuevamente en mi colita y empezó a empujar, sentí los pliegues de mi esfínter expandirse y la barra de carne entrando en mi interior, sentí un ardorcito rico al rendirse mi culo al invasor, que rico era sentir ese mazo de carne y la forma fantástica en que me estaba abriendo.

    Despacio, despacito- exclamaba,-agghhh- y Pablo trataba de relajarme, susurrándome al oído y pidiendo que me pusiera flojito – Shhh, tranquila, no aprietes, ponte flojita, ya va entrando, que rico, tu hoyito es tan apretadito, caliente y suave, me encanta, ufff, como aprieta mi verga.

    Poco a poco mi hoyito fue cediendo hasta que entró toda la cabeza- sentí claramente como mi esfínter intentaba cerrarse al traspasarlo el grueso nabo, pero el tronco lo impedía y lancé un fuerte gemido, junto con un grito.

    Bien, muy bien nena, vas muy bien, ya entró la puntita, aguanta, no aprietes, solamente me voy a mover un poquito para que sientas rico, te va a encantar, pon la colita flojita para que disfrutes más- me animaba

    Ay, me duele, ufff, me lastimas, espera un poco, no sigas- Mentí, la verdad es que, aunque si sentí dolor, resultado de la falta de uso, era un dolor tolerable, incluso disfrutable, un rico escozor al estirarse mis pliegues internos, pero fingí más dolor, se suponía que me estaban “desvirgando”.

    Mmm, que rico culito, indudablemente el mejor culo de mi vida, y además virgen, aguanta, ya tu culito se acostumbrará al grosor de mi verga y empezarás a sentir placer, eres una campeona, ya verás que pronto no será necesario ensartarte tan lento.

    Espero un ratito sin moverse, sentía la cabeza de su verga palpitando dentro de mi cuerpo y mi culito latía al mismo ritmo, al unísono, contrayéndose involuntariamente, ligeros espasmos apretaban la cabeza de su verga, sus manos acariciaban mi cuerpo, mis nalgas, estiraba y pellizcaba en forma circular mis pezones, besaba mi nuca y mi cuello, sentía placer en todo mi cuerpo, unos minutos después empezó a moverse lentamente milímetro a milímetro, sacando un milímetro y metiendo dos, mis pliegues iban cediendo, sentía como se abrían, estirándose y ajustándose al diámetro del invasor, me concentraba en agudizar las terminaciones nerviosas de mi conducto anal y disfrutar las sensaciones que me provocaban sus suaves movimientos, percibía la textura, el contorno de sus gruesas venas, las suaves contracciones y espasmos de su inflamado instrumento.

    Aggg, despacio, solo la puntita- exclamaba y gemía.

    Solo la puntita, solo la puntita, siéntela, gózala- exclamaba entre jadeos Pablo, pero percibía como cada vez se iba hundiendo más profundo, venciendo la resistencia y ganando terreno dentro de mi cuerpo

    Después de un largo rato como de unos 20 minutos alcancé a sentir el roce de sus vellos púbicos en mis nalgas, un rico cosquilleo y exclamé.

    Ahhh, cabrón, ya me la metiste toda, ufff, quedamos que solamente la puntita, ah, que cabrón, ya sácala, me duele, me estás lastimando- Dije, aunque ambos sabíamos que no la sacaría.

    No nenita, no ha entrado toda, todavía falta – dijo al tiempo que me tomó de la cintura y dio un empujón ensartándome completamente su verga, hasta los huevos, lancé un grito inesperado, su pelvis rebotó contra mis nalgas.

    Listo, ya está, ahora si tienes toda mi verga dentro, ufff, ha sido increíble desvirgarte, eres una campeona, relájate, sé que te duele, pero aguanta un poquito más, te juro que pronto morirás de placer, ufff, si supieras que rico es sentir toda mi verga dentro de tu culo, ahhh, me encanta, jamás pensé que fuera tan bueno, superó con creces mis expectativas más altas- dijo, sus labios besaron nuevamente mi cuello y nuca y sentí un ardiente lametón que me puso la piel de la nuca chinita y retorcer mi cuello, sus manos jugaban con mis pechos, apretando y estirando mis pezones, me dejé llevar por el placer, un placer que me transportaba a otro mundo.

    Ay Pablo que rico, el dolor disminuye y empiezo a sentir mucho placer, que bárbaro, que rico se siente tu verga, ufff, con razón a las mujeres les gusta tanto que se las claven- le informé a fin de que supiera que podía continuar.

    Si Ariel, siente, estás empezando a gozar como una hembra, disfrútalo, gózame, te juro que te haré sentir una puta, una putita hambrienta de verga y vas a querer que te ensarte todos los días, así que prepárate ahora vas a empezar a disfrutar de verdad- expresó al tiempo que me daba una sonora nalgada.

    Empezó un suave vaivén, la sacaba suavemente hasta quedar solamente la cabeza dentro y arremetía hasta metérmela entera, profundo, me hacía gemir de placer, en cada embestida mi alma se iba y regresaba, me derretía, susurraba a mi oído, definitivamente era su hembra, o al menos así me sentía:

    Ay, Ariel, que rico, ufff, me encanta tu culo, quiero cogerte seguido, quiero cogerte siempre, desde hoy serás mi putita, mi putita particular, ¿Te gusta puta?

    Si, ayyy, si me encanta, soy tuya, tu hembra, tu puta, me encanta como coges, que macho, agghh, sigue, más duro -exclamé.

    Mi vista se nublaba, me encantaba esa cogida, una cogida más suave que cualquiera de mis amantes anteriores, pero más intensa, más llena de pasión, mi verga estaba al tope.

    Me estuvo cogiendo por un largo rato y poco a poco, fue embistiéndome más rápido, su verga chocaba contra mi próstata haciéndome gemir y aullar de placer, me apretó más fuerte, ensartándome profundo, succionaba y mordisqueaba el lóbulo de mi oreja, mil sensaciones recorrían mi cuerpo, me sentía tan entregada, puta, cuando su verga llegaba a lo más profundo la movía en forma circular y veía el cielo, mi boca babeaba y gemía sin parar, inconscientemente empecé a mover mi colita también en círculos y arqueé la espalda de tal forma que me empalaba más fácil y profundo, completamente entregado, empezó a gemir, a bufar de placer, unidos en un éxtasis total, nuestros cuerpos temblaban, convulsionaban y exploté entre torrentes de placer que recorrían todo mi cuerpo, mi semen salió disparado con fuerza, chorros de abundante leche que se estrellaban en las sábanas, sin haberme tocado la verga, sentí una descarga desde mi columna vertebral hasta mi culo, haciéndome dar un alarido que seguramente se escuchó en todo el edificio, al tiempo que un líquido lubricaba mi culo, dejándome el culo más húmedo, pensé que Pablo se había corrido en mi culo, pero no fue así, el seguía embistiéndome profundo, taladrando mi culo sin piedad, mi cuerpo convulsionando y retorciéndome sin parar, casi sentí desmayarme de placer, cuando lo escuché decir:

    Ayyy, por Dios, que putita, te has corrido como una hembra, eres una putita increíble, ahhh, me voy a correr, aghhh, ya viene, te voy a preñar.

    Ahí comprendí que había logrado lo que se llama un orgasmo anal, algo que había escuchado alguna vez, pero pensaba que era un mito, mi culo había lubricado naturalmente, como una hembra, algo impensado, increíble, todo mi cuerpo vibraba y los músculos de mi trasero tenían un espasmo tras otro, ya no podía más, necesitaba que acabara y quería que fuera dentro mío, que me preñara como hembra, su hembra y así se lo pedí.

    Aggg, preñame, preñameee, hazme tu hembra, ayyy, vamos, lléname con tu leche.

    Dio una última embestida muy profunda al tiempo que daba un alarido estruendoso, su verga se hinchó y explotó en lo más profundo de mis entrañas, chorros de su ardiente néctar inundaron todo mi interior, mezclándose con mis flujos, siguió embistiendo, estocadas profundas, que me hacían delirar, me había cogido por cerca de una hora, sin pausa, mi cuerpo ya pedía un respiro, no me lo daba, siguió algunos minutos más embistiendo hasta que sentí que su verga iba perdiendo dureza y tamaño, su leche escurría por mis nalgas, nuestros cuerpos sudaban, el sudor lubricaba el roce de su cuerpo con el mío, gocé algunos minutos más esa tibia sensación, me sentía tan a gusto con mi macho, en sus brazos, hasta que poco a poco me fui quedando dormido, fundidos en un solo ser, exhausto, la película había terminado también y la habitación quedaba en silencio, solamente se escuchaba nuestra respiración.

    En la madrugada desperté, tenía el cuerpo de Pablo aún pegado al mío con una de sus piernas entre las mías, mi cuerpo pegajoso, sudor y fluidos en mis nalgas y piernas y pensé que necesitaba una ducha, intenté moverme sin interrumpir el sueño de mi amigo, pero no dio resultado, Pablo movió su pierna para dejarme incorporar, y se incorporaba también, le dije que necesitaba una ducha.

    Lo que pasó después se los cuento en el siguiente relato.

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