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  • Memorias de África (VIII)

    Memorias de África (VIII)

    Durante un par de días necesité los cuidados de Aifon y de las otras mujeres, que me aplicaron toda una suerte de cataplasmas y de hierbas para cicatrizar el ano. Caminar se me hizo un calvario y la idea de que me volvieran a follar por el culo me dio pavor durante unos días. Días que por supuesto ni azotes, ni hombres, ni lavativas ni nada. Ungüentos y descanso, eso sí, acompañados de magreos y caricias por parte de Aifon, Lila y otras chicas, que me excitaban pero que me dejaban a las puertas de algo más. Cuando creyeron que había pasado el tiempo necesario de recuperación, me daban masajes por todo el cuerpo con un aceite que sacaban de alguna planta. Los hombros, el cuello, las piernas, la planta de los pies, incluso algunas veces exploraban mi sexo hasta mojarme, lo que a las chicas les provocaba mucha risa. Con ese mismo aceite untaban las nalgas y exploraban el ano, lo que confieso que en ocasiones me hacía gozar. Parecía que comprobar que me excitaba las hacía muy felices. Cuando ya estuve recuperada del todo, me di cuenta de que todos aquellos ejercicios y exploraciones me habían estado preparando. Me excitaba y no sólo humedecía mi sexo, mi ano se dilataba con unas leves caricias de los dedos o el roce de una lengua, no obstante, enseñé a aquellos salvajes que antes de follar a ninguna mujer por el culo, había que estimularlas y a veces usar algún lubricante. En mi caso descubrí por azar que el aceite vegetal con el que las mujeres me recuperaron, iba de maravilla. También me di cuenta de que muy pocas mujeres del poblado eran capaces de excitarse y gozar cuando las penetraban por el ano. Un día acompañé a una de las mujeres a la selva y al pasar junto a un árbol, le hizo un corte en el tronco. Por la hendidura salió un líquido viscoso y transparente. El líquido fluyó y la mujer llenó con él un recipiente de madera del tamaño de un vaso. Mojó sus dedos y me masajeó los pechos y los pezones. Comprendí que era una especie de lubricante natural.

    A través de algunos detalles que pude observar, llegué a la conclusión de que Samsung era una especie de jefe o de personaje de rango en el poblado. Al menos advertí que era alguien muy respetado. Me dio la sensación de que ser la amante de aquél personaje era el detalle definitivo para ser admitida con todos los derechos en su tribu. Iba a mis anchas, unas veces vestida con mis ropas de mujer occidental y civilizada, otras con el taparrabo de cuero que me habían regalado, y otras simplemente desnuda. Comprobé que aquella gente no tenía como nosotros un concepto de pareja o matrimonio, todos eran de todos y ninguno era de nadie. Criaban a los niños en colectivo, todos tenían una tarea, y durante el día se iba en cazar, pescar y recolectar fruta y bichos para la comida. En cuanto al sexo, lo usaban como divertimento pero de manera brusca. No tenían el concepto de morbo que tenemos nosotros, y eso lo usé en mi favor. En ocasiones lo hacía con alguna de las chicas y no dejaba participar al hombre. Eso los enfadaba muchísimo, pero les excitaba y con el tiempo comprendieron que ese era el juego. La tribu me alimentaba, me cobijaba y me cuidaba, pero al mismo tiempo me convertí en una especie de propiedad de lujo. Salvo que tuviera un motivo justificado como tener la regla, algo que consideraban poco menos que la peste, o alguna enfermedad, no podía negarme a las exigencias de cualquiera de ellos. El hombre que estuviera excitado me llevaba a su cabaña, me tiraba en su camastro y me desnudaba o me quitaba el taparrabo, para después follarme sin tregua. Me metía su polla en el coño, el ano o en la boca. A algunos les gustaba que metiese su verga entre mis tetas y se la apretara mientras lo masturbaba. Pero a diferencia de los primeros días, se tomaban su tiempo, me masturbaban, me comían el sexo, me acariciaban, para una vez excitados ambos, penetrarme. Pero cuando era el indígena el que no estaba muy por la labor ese día de desfogarse, era yo la que me lo llevaba a la choza, me desnudaba sin vergüenza ninguna y me entregaba a ellos. Samsung prefería agacharme delante de un árbol o de alguna de las chicas, o ponerme de rodillas, pero otros preferían ponerme boca arriba, piernas en alto y abiertas como una tijera, para una vez excitados, metérmela en la vagina o por el culo. Con el tiempo fuimos incorporando nuevas cosas como tríos o meter a otras chicas en nuestros juegos. Descubrieron, no sin algo de ayuda por mi parte, el juego de follarme dos a la vez. Solíamos usar el montículo con hierba cerca de la cabaña de Samsung, o el banco que usó Aifon para azotarme la primera vez. Uno de ellos se sentaba y yo lo hacía a su vez sobre él con las piernas abiertas cara a cara. Me sujetaba a su cuello y él por los muslos y en esa posición me llenaba la vagina con su verga; me apretaba muy fuerte contra su pecho. Un segundo indígena se ponía detrás de mí y apoyando su torso en mi espalda me hundía su verga untada de aceite en el culo. Si ese juego lo hacíamos sobre el camastro de alguna de las cabañas, el juego se convertía en algo no tan trabajoso, pero igual de excitante y placentero. En esa ocasión, uno de los indígenas se tumbaba boca arriba para después ponerme yo encima. El segundo hombre de cuclillas por detrás de mí, me follaba el culo en una posición menos forzada. En alguna ocasión se unía a nuestros juegos un tercer indígena, pero como mucho se limitaba a ponerme su polla en la boca para comérsela, como siempre digo en estos casos, si tres son multitud, cuatro es un gentío. Si los dos hombres conseguían follarme al unísono y llevaban el mismo ritmo, teníamos un orgasmo al mismo tiempo, regaban mi vagina con fuertes eyaculaciones, o el que estaba por detrás se corría en mis nalgas o dentro del ano. En ese momento yo gozaba con una lujuria desbordada, me daban espasmos y el orgasmo era tan intenso que a veces me quedaba sin respiración. Después de eso quedábamos rotos durante un buen rato. Pero para asombro mío, estaba serena, tranquila. Si el trio lo formábamos dos chicas con uno de los hombres, después nos quedábamos solas y el hombre por lo general se iba. Todos menos Samsung, mi semental.

    Aifon me había visto follar con él, pero ella nunca había participado en nuestros juegos, hasta que una tarde mientras Samsung me llevaba cogida de la mano hasta mi choza, pasamos a su lado. Me dio tiempo a cogerla por la muñeca y llevarla conmigo. La tumbé en el camastro después de quitarle el taparrabo y abrazándola empecé a besarla y a magrearle los pechos. Samsung se quitó su taparrabo y su enorme polla quedó reluciente y a la espera de nuestros mimos. No sé muy bien que era, pero aquella muchacha tenía algo especial que me atraía sexualmente de una forma poderosa. Sus pechos era duros y suaves y su sexo era muy apetecible. Con sólo un pequeño roce de mi lengua se mojaba y su piel de erizaba, pero es que ella me provocaba la misma reacción cuando me acariciaba o me comía el sexo. Formamos un 69 perfecto, sus curvas encajaban en las mías, mis muslos rozaban sus costados y sentía su aliento en mi coño abierto mientras me lo comía. Separaba mis nalgas con sus suaves manos para llegar con su lengua hasta mi ano y mojármelo con su saliva. Yo al mismo tiempo que mordisqueaba su clítoris, masajeaba su sexo o su ano. Me levanté y me puse erguida sin quitar mi sexo de su boca, y Samsung ocupó mi puesto. Con la polla en la mano acarició su glande por los labios de la vagina de Aifon. Me gustaba ver como Samsung se follaba a otras chicas en mi presencia, pero con Aifon era distinto. Mientras tanteaba con su verga la raja de Aifon, me miraba y yo a su vez me masajeaba las tetas y me masturbaba para hacer más placenteros los lametones de Aifon. Samsung levantó las piernas de Aifon en el aire, las sujetó por los tobillos y las abrió dejando el coño de Aifon a la vista y abierto. De un movimiento seco y rápido, penetró a Aifon que al sentir la embestida se estremeció entre mis piernas. Sin dejar de bombear y mirándome fijamente, Samsung follaba a Aifon, y ella me comía mi sexo y yo gozaba con aquello. Me sentía lujuriosa, pervertida, depravada… una puta leona, pero al mismo tiempo relajada y sin pudor ninguno. Me sentía desinhibida viviendo con aquellos salvajes. Gritaba, jadeaba, les decía todo tipo de soeces. Me levanté ligeramente y me puse en cuclillas para exponer mejor mi sexo a la boca y a la lengua de Aifon, y al echarme hacia adelante me apoyé en los hombros de Samsung, que no sólo no dejó de embestir, sino que lo hizo con más ganas. Podía mirar debajo de mí y ver aquella verga grande y vigorosa moverse en el sexo de Aifon. Los gritos de Samsung se hicieron cada vez más intensos y prolongados hasta que de manera abrupta sacó su polla y los chorros de semen caliente cayeron en el vientre de Aifon, llegando algunas gotas a mi pecho. Mientras masturbaba a Aifon, ella siguió jugando con mi sexo hasta corrernos las dos a la vez.

    Aquél fue el primero de uno de tantos juegos a tres bandas que tuvimos los tres.

  • El escort

    El escort

    Hoy es uno de esos días en los que siento que mi cuerpo arde y un fuego abrasador nace desde mi interior y se expande por cada una de mis terminaciones nerviosas. La sangre me hierve, los pezones me duelen, mi sexo segrega tantas babas como un caracol cuando se arrastra por el suelo. Será porque estoy ovulando.

    Es viernes por la mañana y le he dicho a mi marido que antes de irse al simposio tiene que pagar prenda, así que el día da comienzo con un polvo mañanero que aplaca, por el momento, ese deseo abrasador.

    Nos damos una ducha y le ayudo a hacer las maletas, después lo llevo al aeropuerto, mejor dicho, me lleva él a mí porque no le gusta ir de copiloto cuando yo conduzco.

    Me he tomado el día libre en el trabajo con la excusa del aeropuerto. La verdad es que no me apetece ir, tengo mi trabajo controlado y no hay ningún proyecto que requiera de mi supervisión hoy. Después de despedirme de mi esposo en la terminal, entro en Valencia y aparco el coche en Fnac para comprar un libro y un pendrive. A continuación camino hasta el Corte Inglés y me compro algunos trapillos, sobre todo lencería para las ocasiones.

    Como todavía es pronto, llamo a una amiga y la invito a comer a un italiano. Pedimos un risotto con champiñones y un vino, sin pensar que la combinación ovulación-vino puede ser una bomba de relojería, por tanto, intento no abusar del alcohol con la idea de poder conducir después, ya que el alcohol y la conducción nunca son buenos aliados.

    Después de comer nos vamos al Café de las Horas y tomamos tres cafés más, con tertulia incluida, y sobre las seis de la tarde nos despedimos para seguir cada una su rumbo.

    A las siete llego a casa y me doy una ducha tonificante. Como he dicho, estoy en uno de esos días en los que estoy más susceptible en todos los sentidos, y a pesar de que la mañana ha empezado con buen pie, siento la necesidad de tocarme de nuevo, y lo hago acariciando mis pechos, después deslizo las manos mojadas por mi abdomen hasta mi sexo y lo oprimo. Mis dedos se deslizan por la raja hasta que abren el capuchón en busca del pequeño nódulo. Sé que puedo correrme en pocos segundos y culminar mi placer, pero una idea que en momentos similares a este se fraguó en mi mente, empieza a tomar forma de nuevo, y parece que todos los planetas se hayan alineado para que hoy sea el día indicado.

    Vacilo unos instantes porque la idea de aventurarme en semejante insensatez me abruma, pero como he dicho, no es la primera vez que esos pensamientos pululan por mi cabeza y tras unos minutos de reflexión pienso que hoy es el día idóneo para hacerlo, así que entro en una página de escorts y me recreo por la extensa variedad de especímenes mostrando sus vergüenzas y dispuestos a satisfacer los más exquisitos gustos de cualquier fémina presta a solicitar sus servicios. Creo que dos horas dan para mucho y concluyo que es más que suficiente.

    Abro la página a la que ya le tenía echado el ojo, de igual modo, busco al modelo y no me cuesta dar con él. Pincho en la imagen donde está en actitud provocativa con unos slips blancos de Calvin Klein escondiendo unos atributos que no resulta difícil adivinar. Le doy clic a la imagen y otras similares se abren mostrando su apolíneo cuerpo adornado con una excelente y apetitosa polla que se aprecia desde varios ángulos.

    Mi boca se abre involuntariamente y mi coño vuelve a segregar fluidos como una hoja escarchada que gotea cuando recibe los primeros rayos del sol de la mañana, y tengo que volver a tocarme para aplacar mi calentura, sin embargo, con ello lo que hago es empeorar las cosas. Empiezo a transpirar de la excitación imaginando al apuesto muchacho encima de mí, y pese a tener claro que quiero hacerlo, las dudas no dejan de amartillar mi cabeza porque con esa llamada van implícitas muchas otras cosas. Sé que quiero a mi marido y también sé que no es compatible una cosa con la otra, de modo que mi confusión es manifiesta y mi dilema consiste entre lo que es éticamente correcto y lo que me apetece hacer. La sensatez combate contra mis deseos, pero en esa lucha sé que el sentido común va a perder la batalla. Ahora tengo el teléfono en una mano y el número de la agencia en la otra. Me armó de valor y decido hacer la llamada de la insensatez marcando el número. Soy consciente de que esta decisión puede acarrearme serias consecuencias y puede también que sea algo que me pese siempre, también corro el riesgo de echar mi vida por la borda por unos momentos de placer, pero ya es tarde para arrepentirse. Escuchó al otro lado una respuesta pronunciando el nombre de la agencia. Inmediatamente pregunto por el modelo que me interesa y por su disponibilidad. Sé que está disponible las veinticuatro horas del día, pero podría ser que anduviera ocupado en esos momentos, y confío en que no lo esté porque no me apetece estar con nadie más. Es como cuando algo te entra por el ojo y desde ese momento ya nada podría suplirlo, ni encajar en ese esquema de valores que se había estructurado en tu cabeza.

    No tardan más de un minuto en darme una respuesta afirmativa y automáticamente me pasan con el escort. Yo estoy dispuesta a ir a su casa, lo que no quiero es que venga a la mía, sin embargo, él tampoco recibe a sus clientas en su hogar, pero me dice que si yo estoy de acuerdo, él se encarga de gestionar el hotel. Imagino que debe haber algún tipo de convenio entre ellos, pero a mí eso me da igual, de hecho me quita problemas de encima.

    Fijamos hora y lugar, de tal modo que quedamos a las nueve en la habitación del hotel, con lo cual, me sorprende que ya sepa hasta el número de habitación.

    Me doy otra ducha y me coloco la lencería que me he comprado en el Corte inglés: unas diminutas braguitas de encaje blancas completamente transparentes en las que se aprecian perfectamente los pelillos del pubis y la forma de mi sexo. El sujetador cumple únicamente la función que le da su nombre, no otra. Me miro al espejo y considero que he hecho una buena compra con la lencería, quizás con tres o cuatro kilitos menos estaría perfecta, en cualquier caso, pienso que aún puedo levantar pasiones. Me pongo una falda ajustada gris por encima de las rodillas y una blusa negra sin escote. Para rematar el conjunto me planto sobre unos tacones de diez centímetros que estilizan mi figura. Unas gotitas de Ángel de Thierry Mugler en el cuello harán el resto. Cojo mi bolso con mis cosas y enfilo de nuevo hacia Valencia.

    Mientras conduzco tengo que contraer constantemente los labios de mi sexo porque estoy tremendamente excitada. Salgo con tiempo más que suficiente de casa porque no soy muy hábil al volante, pero llego antes de lo previsto. Quizás, con mi ansia, le he pisado al acelerador más de lo normal sin darme cuenta y por ello a las ocho treinta y cinco estoy aparcando el coche relativamente cerca del hotel.

    Al entrar me percato de que en esos momentos no hay nadie en recepción y aunque la habitación está en la primera planta, cojo el ascensor porque la falda estrecha me dificulta subir escaleras.

    Son las nueve menos cuarto. He llegado con tiempo de sobra, pero da igual. Estoy muy nerviosa y, a pesar del frio, estoy transpirando. Tan osada que soy en determinados momentos y tan retraída ahora. Siento que el corazón va a salírseme del pecho cuando se abre la puerta, y ahí está él, como un semidiós, sonriendo, teniendo la certeza de que va a dármelo todo. Seguramente sabe de antemano lo que yo necesito, porque no sé si se ha dado cuenta, pero estoy braceando en un mar de dudas.

    Doy por hecho que se llama Hugo, tal y como se anuncia en la página, pero no sé si es su nombre real, o tan sólo es el de guerra, en cualquier caso poco me importa. Y contrariamente a lo que pudiera imaginar, va muy elegante, aunque informal. Tiene un sexapil que encandilaría a cualquier mujer, al menos a mí hace que me tiemblen las piernas en ese momento, e imagino que él es consciente del deseo que provoca en las mujeres.

    Lleva unos pantalones chinos color caldera y una camisa de manga larga de un blanco nuclear perfectamente entallada y planchada que se ajusta a su cincelado cuerpo. Los dos colores combinados le dan un contraste llamativo y sugerente a la vez. La camisa la lleva por fuera del pantalón y una vuelta de manga descubre una pulsera de cuero ajustada a su muñeca, dejando entrever también un tatuaje de algún motivo tribal.

    Nos miramos unos segundos y él percibe mi nerviosismo e intenta tranquilizarme, pero le digo que todo va bien.

    Quiero darle un beso y que mis labios se llenen de los suyos, pero todavía albergo ciertos recelos que él hace que se disipen cuando acerca sus labios carnosos a los míos, y yo no quiero que los despegue nunca, en cambio, me quita la miel de su beso para hacerme pasar. Cierra la puerta y nos miramos fijamente mientras mi boca se abre ansiosa obligándome a abalanzarme en busca de la suya que me recibe con la misma codicia. Mis manos se aventuran buscando cada rincón de su morfología. No hay prisas, pero tampoco pausas. Quiero acariciar su piel, pero son sus manos las que me desnudan con celeridad y yo le imito, por ende, ambos quedamos con nuestra ropa interior. Nuestros cuerpos están pegados y puedo notar su hinchazón en mi abdomen. Mi cuello se llena de sus besos hasta que me encuentro ahíta de ellos, seguidamente desciende por mi hombro aplicándome ligeros mordiscos en él. Son suaves, de esos que endurecen los pezones, aun cuando me doy cuenta de que hace rato que los tengo erectos. Sus placenteros mordiscos siguen descolgándose por el brazo para después dar un pequeño brinco hasta mi pecho.

    Al posar su lengua, me deshago del sujetador para sentir el contacto más directo. Va trazando círculos sobre la aureola y se apodera del pezón para succionarlo con suavidad. Mientras se empacha de él, mira hacia arriba, contemplando mi cara de placer y parece no tener ninguna prisa, por el contrario, yo estoy que me salgo. Al mismo tiempo que se empacha de mis pezones, yo acaricio su cuerpo fibroso y meto mi mano a través del slip hasta su culo apretándolo con saña. Intento bajárselo, pero él no deja de comerme los pezones y mis movimientos son limitados, pero desisto e intento hacerme con su miembro, y al mismo tiempo que él sigue a lo suyo, yo masturbo una gran polla tan dura como una barra de hierro.

    Quiero arrodillarme, saborearla y mamársela hasta atragantarme, pero no me deja. Me tumba en la cama y se deshace lentamente de la pequeña prenda, mientras se queda un instante contemplando cada pliegue y cada vello de mi sexo. No se aventura todavía porque quiere seguir llenando mi cuerpo de besos, de tal modo que está arrodillado ante mí, abre ligeramente mis piernas y su lengua se desliza por mis rodillas, subiendo poco a poco por el muslo derecho, llenándolo de besos que van ascendiendo en dirección a mi sexo. Empiezo a respirar de forma un poco más convulsa, moviendo la pelvis en busca de una esquiva lengua que se desvía de su ruta para circunvalar la zona, pasearse por el ombligo y dar reiteradas vueltas para luego volver a descender por la cadera en dirección al muslo.

    Se detiene un instante contemplando mi raja, pero en mi ansiedad le cojo la cabeza para que hunda su lengua en las profundidades. No se resiste. Huele mi aroma y se embriaga, a continuación separa mis pliegues con la lengua y la pasea por la raja abierta saboreando mi sal. Noto como un hilillo de líquido se desliza hacia el ano y él lo atrapa antes de que llegue a su destino para degustar el elixir. Su lengua repasa en vertical toda mi raja, desde al ano hasta el clítoris una y otra vez, y al mismo tiempo que muevo mi pelvis, hunde su dedo corazón dentro de mí, mientras la lengua se detiene en el nódulo del placer.

    Mis gemidos empiezan a ser más intensos y Hugo acelera el movimiento de su dedo, incluso se atreve a añadir el índice, de este modo empieza a follarme como si de una polla se tratase, a la par que la lengua sigue centrada en el pequeño botón.

    Los dedos se detienen por un momento para buscar el punto G y lo aprieta repetidas veces. Mi excitación y mis gemidos van in crescendo e invaden la estancia. Cuando creo que voy a correrme de gusto, se detiene como si lo supiera y me quedo quieta respirando aceleradamente. A continuación se incorpora y se deshace completamente de los slips, mientras hace gala de una tranca que sobresale exageradamente de su pubis, se coloca un preservativo, me separa las piernas, se coge el sobresaliente miembro y me lo hunde con parsimonia hasta que mi ano saluda a sus pelotas, después, con el mismo comedimiento lo vuelve a sacar e inicia un lento movimiento de vaivén en el cual siento como la jodida barra de hierro me llena hasta los higadillos, pero me encanta. Le pido que incremente el ritmo y no se hace de rogar. Empieza a atizarme pollazos al mismo tiempo que mis piernas se engarzan a su cintura atenazándola.

    Estoy tan caliente que no quiero retardar el clímax y me dejo llevar por el deleite de la polla entrando y saliendo de mi coño, de tal modo que en cuestión de segundos el orgasmo me golpea, y al igual que un tsunami arrasa con todo lo que pilla a su paso sin detenerse ante nada, una oleada de placer me atraviesa y se instala en mi coño durante un interminable minuto entre gritos desenfrenados, mientras Hugo sigue follándome sin parar. Cuando el clímax empieza a remitir, siento que otro orgasmo empieza a fraguarse en mi columna para descender de nuevo hasta mi coño, y sin dar crédito estoy gozando de otro clímax espectacular entre jadeos a los que no puedo poner fin, y en medio de ellos, le pido por favor que pare porque no puedo resistir la sensación. Cuando lo hace, siento un alivio momentáneo, pero también un vacío dentro de mí.

    A continuación se recuesta a mi lado y contemplo su falo erecto enfundado en un preservativo blanquecino, fruto de mis caldos y me incorporo para mamárselo. Le quito el condón y atenazo la verga con ambas manos, acto seguido recorro la longitud del tronco con la lengua recreándome en cada capilar para después masturbarlo delante de mi cara durante unos segundos. La tiene tan dura que no importa lo mucho que la apriete. Es, como he dicho, una jodida barra de hierro que me meto en la boca hasta atragantarme, a continuación la saco y empiezo a bascular mi cabeza arriba y abajo, salivando al mismo tiempo. Hago un aro con mis dedos índice y pulgar para recorrer el tallo, al mismo tiempo que mi boca devora el cipote. Con sus movimientos de pelvis me anima a acelerar el ritmo y yo entiendo su señal, por lo que intensifico la velocidad hasta que le leche inunda mi boca, de tal modo que al mismo tiempo que voy mamando, dejo escapar el semen por la comisura.

    Su mano aprisiona mi cabeza para que no abandone la felación. Sólo lo hago cuando la fuente deja de manar para seguir lamiendo un tronco completamente mojado de su esencia. Poco a poco va perdiendo su consistencia sin que mi lengua deje de saborear la ambrosía. A continuación repaso sus pelotas dando leves golpecitos con ella. Introduzco una en la boca y la engullo, después hago lo mismo con la otra. Mientras tanto, mi mano vuelve a apoderarse de la verga y noto como se endurece hasta alcanzar la rigidez que a mí me gusta. Empiezo a masturbarlo mientras atrapo sus huevazos con mi boca hasta que me canso de ellos para abrazar la polla con mis labios. En el ínterin noto como unos dedos empiezan a hacer incursiones en mi raja, por consiguiente mi excitación aumenta a marchas forzadas, así que me pongo encima de él acoplándome en un sesenta y nueve y mi cabeza empieza a bascular intentando albergar el tamaño que permite mi boca, y a la par, su lengua penetra mi coño, mientras un dedo se pasea por el pequeño orificio sin llegarlo a introducir, tan sólo me aplica una ligera presión que consigue incrementar mi placer, y viendo que mi respuesta es satisfactoria, un dedo impregnado de mis flujos se adentra por completo en el estrecho agujero. Al mismo tiempo me deleito con el poste que se adentra cada vez más en mi gaznate, si bien, llega el momento en el que quiero cabalgar sobre el puntal, por tanto, me desacoplo del sesenta y nueve, cojo un condón de la caja y lo desenrollo en su verga, me pongo de cuclillas y ensamblo la cabeza en la entrada de mi coño y me dejo caer a fin de que el pollón se me incruste hasta el tuétano, y cuando me llena por completo, asiento mis rodillas e inicio una cabalgada digna de las mejores amazonas. Empiezo despacio, procurando sentir cada centímetro de carne, pero de forma progresiva, mis caderas van adquiriendo otros movimientos de contorneo como si quisiera enroscarme la polla. Mis meneos se van incrementando de tal modo que mi pelvis adquiere vida propia moviéndose en todas direcciones, entre tanto, noto unos contundentes cachetes en mis nalgas a la par que mi culo intenta dibujar una espiral ante sus ojos.

    Cambio el ángulo y me inclino hacia atrás. Una mano me atrapa una teta, la otra atiende el sensible botón, y con ello me lleva a un tercer orgasmo en el que el placer ser reparte por todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, pero principalmente en mi sexo, y al remitir el orgasmo, me coloca de lado sin extraer su miembro, me levanta una pierna y sigue fornicándome con firmeza. Sus manos vuelven a apoderarse de mis tetas, pero ahora las aprieta con fuerza como si quisiera arrancármelas. El orgasmo me ha abandonado, sin embargo sigo disfrutando del ariete percutiendo en mi interior. Su mano desciende hasta el clítoris y el placer vuelve a incrementarse sustancialmente, de pronto, ante el ímpetu de los embates, la polla escapa de mi orificio y me da una puntada en el ano, por lo que doy un respingo a causa del dolor, aun así quiero sentir su verga en el culo porque sé que después de un poco de dolor será el placer el que predominará.

    Bajo la mano y me hago con el miembro para encarármelo, lo coloco a la entrada, pero Hugo me deja con la miel en los labios y regresa con un tubito de lubricante, lo que me demuestra que sus recursos son ilimitados. Vuelve a la posición, se impregna los dedos con el gel para después aplicarse una cantidad considerable en el ano, pero me folla primero con los dedos, al mismo tiempo que yo me doy placer en el clítoris y cuando considera aceptable la dilatación, dirige su polla a la entrada del orificio. Yo con la pierna en alto le ayudo a encararlo por si no encuentra el camino, aunque tengo claro que no necesita de mi ayuda, lo que quiero es, por el momento poner yo el tope para decidir en qué momento puede explayarse.

    La polla se adentra muy poco a poco sin llegar a meter ni siquiera la mitad, después regresa a su posición de origen de tal manera que ensanche el canal progresivamente. No me hace daño, sólo siento algún pinchazo ocasional, pero el placer le gana raudo la partida a ese ligero dolor.

    Sigue con un ritmo pausado y el gozo anal comienza a intensificarse y a fusionarse con el placer clitoriano, entonces le pido que se acelere los empujes y el muchacho atiende mis ruegos e incrementa los embates, pero antes me coloca a cuatro patas sin sacármela y empieza a empujar con contundentes golpes de riñón, en tanto doy rienda suelta a mis instintos más salvajes gritando sin ningún pudor cuando me corro arañando las sábanas. Instantes después el adonis jadea y resopla como un miura hasta que noto las palpitaciones de su polla mientras descarga la leche en el condón.

    Ambos quedamos extenuados y sin articular palabra alguna hasta que nuestras respiraciones retornan a su estado natural. El ardor que me ha acompañado todo el día se ha esfumado. Estoy colmada, no me cabe la menor duda. El niñato que acaba de pegarme la follada de mi vida me pregunta si todo ha sido de mi agrado y yo le respondo que más que eso, aunque por el precio que he pagado no podía esperar menos.

    Transcurridos unos minutos el escort se levanta para vestirse y yo me quedo tumbada contemplando su figura y reconociendo que Dios ha sido muy generoso en las dádivas que le ha otorgado a aquel chaval y muy cicatero con las que les ha concedido a otros. Después de recrear mi vista por aquel espécimen recién bajado del Olimpo, me levanto yo para hacer lo propio, y una vez vestida saco la cartera de mi bolso y le pago el precio estipulado. Nos damos un beso de despedida y me dice que estará encantado de volver a verme.

    ¡No te jode! —pienso. Por ese precio ya puedes querer repetir.

    Salgo sola de la habitación, aunque estoy segura de que la gente del servicio del hotel ya lo conoce. Me voy sin decir nada, pero el caballero de recepción me saluda acompañando las buenas noches con una sonrisa que no sé como interpretar.

    Subo al coche y respiro aliviada. Ya está hecho. Todo ha salido a pedir de boca. Ha sido el mejor polvo de mi vida, en cambio, no me siento dichosa. Cojo el teléfono y marco el número de mi esposo. No sé lo que quiero decirle, lo único que sé es que necesito escuchar su voz.

  • Matrimonio convencional (Parte I)

    Matrimonio convencional (Parte I)

    Hola. Antes de comenzar me gustaría resaltar que todo lo que aquí se relata está basado en hechos reales, he cambiado nombres, fechas y lugares por motivos obvios de intimidad, Bueno, sólo me he permitido alguna licencia, aderezos que no desvirtúan la realidad de lo que me sucedió… nos sucedió.

    Mi nombre es Andrés, tengo 45 años, mido 1,78 cm, de complexión normal, pese a mis visitas periódicas al gimnasio no desarrollo una musculatura y complexión fuertes, casado con una preciosa mujer de la que continúo enamorado después de 18 años de casado. Nos conocimos mientras estudiábamos en el instituto, desde entonces hemos permanecido juntos.

    Beatriz, Bea, es una atractiva mujer de 43 años, 1,65 cm. Pelo rubio liso, media melena, grandes ojos color miel y unos pechos, digamos que medianos. Se cuida mucho, aparenta menos edad de la que tiene, es muy femenina y tradicional en sus costumbres, le gusta llevar faldas, no demasiado cortas, y camisas a juego de distintas formas y tamaños, zapatos de tacón medianos y medias de color carne con asiduidad (elegante sin llegar a ser sexy). Fue educada en un ambiente católico, estricto, con unos valores de la familia y las relaciones sociales muy convencionales.

    No tenemos hijos, recién casados nos pusimos a ello de inmediato, como mandan las costumbres (al menos en su casa), pero tras un par de años sin conseguirlo tuvimos que someternos a pruebas médicas. Fue una pequeña humillación ya en el entorno en el que se criaron los hombres de la familia nunca necesitaron pruebas que certificaran su fertilidad, todos fueron fértiles sementales. Esto me situaba, o así lo creía yo, en un peldaño inferior de la escala evolutiva familiar. El resultado no fue concluyente, a pesar de que Bea era fértil, no estuvo tan claro en mi caso, la cantidad y calidad de espermatozoides eran bajas pero no incapaces de engendrar. Sin embargo, los años fueron pasando y no hubo manera, muchas veces, demasiadas diría yo, follar se convirtió en una tarea mecánica con el único objetivo de engendrar, Bea se tumbaba en la cama boca arriba y yo me colocaba encima en la típica postura del misionero, descargaba en unos minutos mientras mi mujer me acariciaba la cara con gesto cariñoso para dar por concluido el coito.

    Nos quedaba la opción de la fecundación in vitro, pero económicamente no podíamos soportar los gastos, decidimos esperar hasta ahorrar el dinero necesario. El tiempo pasó pero nuestros ingresos no nos permitieron nunca más allá de unos ahorrillos para imprevistos.

    Con una familia tan tradicional, la humillación nos llegaba a través de las condescendientes palabras de su madre, el menosprecio de su padre, por supuesto hacia mí, y la honda felicidad mal disimulada de su hermana Ana María que, a sus 37 años tenía dos pequeños diablillos. José Antonio, su marido, debía tener buenos espermatozoides, mejores que los míos con toda seguridad, al año de casados ya tuvieron su primer vástago.

    José Antonio es buen tipo, aunque desde que supo de nuestros problemas para concebir se volvió mucho más condescendiente conmigo, altivo, crecido por ejercer de buen macho semental. A Bea la trataba como con lástima, Muchas veces me pareció que pensaba que él podría darle lo que ella quería de muy buen grado. No es que se hicieran miradas ni gestos especialmente lascivas, pero cuando se cruzaban había reconocimiento de macho por un lado y vanidad por parte de mi cuñado. No sé, quizá me estuviera volviendo un poco paranoico.

    Esa humillación me provocaba una cólera creciente cuando estábamos reunidos en familia, José Antonio y Bea bromeaban, reían y a veces se hacían los ofendidos, sobre todo mi mujer, dándole algunos manotazos en el hombro o en el pecho, entre broma va y broma viene él aprovechaba para rodearle la cintura con su brazo o la cogía de las manos para inmovilizarla en un gesto de aparente familiaridad, aunque a mí me parecían juegos de tentativas de acercamiento nada inocentes. En alguna ocasión la tanteé a ver qué pensaba al respecto, pero no volví a decirle nada desde aquel día, cuando volvíamos en coche tras una de aquellas visitas conjuntas

    -Bea, no me interpretes mal, pero ¿No crees que José se toma algunas libertades contigo?

    -Ay, no digas tonterías, es un buen hombre y tienen unos niños preciosos, dijo sin siquiera mirarme, aparentando arreglarse el vestido turquesa, ajustado a su talle, de escote amplio y corto, unos cinco o seis dedos por encima de sus rodillas. Muy sexy.

    El alma se me cayó a los pies, hubiera notado mi lividez si no me hubiera ignorado como lo hizo. No dije nada, Bea tampoco dio más explicaciones, miró fijamente al frente, fría, distante. No volvimos a cruzar palabra en todo el camino de vuelta.

    El tema del sexo es tabú en esa familia, cualquier referencia explícita es inmediatamente censurada y suavizada con palabras y conversaciones sin carga sexual, quedando en algo sin sustancia. Sin embargo, las referencias implícitas, frases inacabadas o miradas cargadas de dobles intenciones eran como estiletes que acertaban de lleno en mi “hombría”.

    No me gano mal la vida, pero como suele pasar nada es perfecto, aunque desempeño un puesto de cierta relevancia en una multinacional todos somos hormigas obreras, prescindibles y fácilmente sustituibles, soy Jefe de Departamento Contable en la filial de Madrid, El sueldo no es malo, pero mantener un estilo de vida socialmente aceptable en nuestro entorno supone un esfuerzo difícil de mantener. Mi mujer no encontró trabajo tras terminar la universidad, encontrar un empleo que encajara en sus exigencias fue sencillamente imposible, en realidad no creo que exista.

    Un día de julio, no recuerdo exactamente la fecha, escuchamos voces en la escalera, un piso por encima de nosotros, en el cuarto. La policía llamaba a voces tocando el timbre y golpeando la puerta.

    -¡Abran la puerta, somos la policía! Hemos recibido un aviso de esta dirección.

    Tardaban en abrir, por lo que las voces fueron subiendo de tono. Desde dentro debían estar diciéndoles algo porque los policías respondían desde el rellano.

    Por favor, abran la puerta, tenemos que hacer unas comprobaciones y haceros algunas preguntas, no nos iremos hasta hacerlas.

    El piso al que llamaban era de un matrimonio al que conocíamos desde siempre, tenían un hijo que ya no vivía con ellos. Don Cosme, 54 años muy bien llevados, alto, de porte elegante y buen trato con los vecinos, no parecía un amante obsesivo del deporte, pero su genética jugaba a su favor y conservaba un cuerpo envidiable para su edad. Su mujer Elvira de 52, más bajita que mi esposa, pelo cardado clásico, excedida en el uso del maquillaje, caderas anchas y algo de barriga, de trato excelente, muy inteligente y cultivada, de las que te hacen sentir cómodo sea cual fuere la conversación.

    Bea y yo parecíamos dos cotillas que espían a los vecinos escuchando tras la puerta, no era nada habitual en nosotros, pero la situación tampoco lo era.

    -Bea, me siento obligado a hacer algo, voy a subir para ver si puedo ser de ayuda, son nuestros vecinos y no me gustaría que pensaran que no nos preocupamos por ellos.

    -Tienes razón, será lo mejor, pero ten cuidado, no sabemos que puede haber pasado. Te vuelves al menor problema.

    Subí los 18 escalones que me separaban del pequeño tumulto y me presenté a los policías, hombre y mujer, como amigo de la familia con ánimo de ayudar.

    Se miraron un momento escrutando las alternativas.

    -Puede que sirva, asintió la mujer. Se giraron hacia la puerta de nuevo.

    -Oigan, ha venido Andrés, su vecino y amigo que está preocupado, abran la puerta y podremos aclararlo todo.

    -Don Cosme, soy Andrés, he venido a ayudar, creo que será mejor que abra y deje pasar a los agentes.

    Tras un breve silencio, se oye el sonido de la cerradura, la puerta se abre. Don Cosme, con aspecto serio, indescifrable nos mira y se echa a un lado para que podamos pasar.

    El pasillo es corto, más bien es un recibidor, una puerta a la derecha da acceso hacia un salón con decorado clásico, elegante, pero sin estridencias barrocas. El mobiliario es de calidad, a pesar de los años se mantiene en perfecto estado. Elvira estaba sentada en el sofá, sus ojos arrasados en lágrimas, las piernas cruzadas y el cuerpo algo inclinado hacia adelante, fumaba nerviosa con la mirada perdida en algún punto de la alfombra. Estaba vestida como si acabara de llegar de la calle. Su peinado alborotado y el rímel corrido no afeaban la belleza de una mujer que no ha perdido atractivo con los años. Don Cosme se situó a su lado, de pie, orgulloso con ademanes educados pero rectos, se dirigió a sus visitantes.

    -No entiendo qué hacen aquí, nadie de esta casa los ha llamado, mi mujer y yo estamos bien, pueden comprobarlo por ustedes mismos.

    La mujer policía se dirigió a Elvira en tono suave, conciliador.

    -¿Está usted bien?, ¿necesita algo? Elvira no respondió, entonces le hizo un gesto a su compañero que rápidamente interpretó

    -Don Cosme, ¿podemos apartarnos en alguna habitación, necesito hacerle unas preguntas?

    -Vengan conmigo, asintió altivo, regio, giró hacia una puerta a la derecha del fondo de la sala. Se encaminó a una habitación contigua donde se situaban pegadas a las paredes percheros y estanterías para ordenar la ropa, era una habitación de servicio para plancha de unos 15 metros cuadrados con una ventana por la que entraba la luz de la calle y una lámpara de techo de dudosa elegancia que daba una luz pobre, llamativo contraste en calidad para lo que se estila en el resto de la casa. Claramente allí sólo entraba el servicio que tuvieran contratado para ordenar y planchar la ropa.

    Allí me quedé, en el salón, sin saber qué hacer, de poco me parecía haber servido mi predisposición a ayudar, me sentía fuera de escena. Qué equivocado estaba, ahora que lo pienso, esa noche marcó un antes y un después en mi forma de ver el mundo.

    Tras unos cinco minutos, sale el hombre policía y me pide que lo acompañe a la habitación, me deja sólo con él. Allí estaba yo delante de ese hombre de porte majestuoso con mi pijama de todos los días y el batín, normalito, que cogí para salir de casa.

    -Mira Andrés, todo esto es un malentendido, me incomoda por muchas razones, pero una de ellas es por la que he pedido que vengas, apartado-. Se le notaba ciertamente inquieto, su mirada me escrutaba queriendo leer en mi mente. No parecía seguro de querer decirme lo que tenía en mente.

    Justo cuando abría la boca para comenzar a explicarme algo, supongo que lo sucedido, aparece el policía y le dice a Don Cosme que debe ponerle las esposas, se lo tienen que llevar a comisaría y el protocolo lo exige. La cara de Don Cosme se turbó, mudó a enfado, inquietud y preocupación, pero no dijo nada, era un hombre inteligente y sabía que de poco iba a servirle, es más, una reacción airada podría interpretarse como muestra de culpabilidad. Mientras el agente le ponía las esposas en las muñecas por la espalda. Su cuerpo se irguió.

    -Agente, ¿Le importaría dejarnos cinco minutos? Como ve no puedo ir a ningún sitio y Andrés y yo tenemos que hablar.

    Una vez solos me mira fijamente, escrutándome durante unos segundos que me parecieron eternos, estaba midiendo los tiempos, elegía las palabras en su mente, podía leerlo en sus ojos, aquello que me tenía que contar cuando entré a la habitación pasó a un segundo plano. De pronto, sus facciones se tensaron, su barbilla angulosa, cuadrada y sus ojos penetrantes se prepararon para hablarme con autoridad.

    -No tengo mucho tiempo, tienes que hacer algo por mí. No hagas preguntas, ya te lo explicaré y responderé lo que quieras cuando pase este entuerto. Pero antes, quiero tu palabra de que nada de lo que te pida saldrá de aquí-. Asiento, convencido y animado por poder ayudar.

    -No me vale un simple gesto, quiero que me respondas.

    -Haré lo que me pida, respondí casi de inmediato, ¿Qué otra cosa podía hacer?, Me había prestado voluntario a ayudar, además, su forma de pedírmelo me intrigó.

    Anduvo hasta el fondo de la habitación y se situó a un par de metros de la pared de espaldas a la puerta, donde se situaban unos percheros de los que colgaban camisas ordenadas por colores. Fui tras él y me volví a situar delante.

    -Desátame la bata. Dijo en tono seco, su expresión no dejaba dudas, me dejó descolocado, no entendía nada. Obedecí. El batín se abrió casi totalmente a los costados de Don Cosme forzado por la posición de sus brazos a la espalda y la rectitud de su pose, un pijama clásico de camisa y pantalón de tela muy fina, de rayas gruesas y colores indistinguibles al cien por cien con esa luz. Lo que resaltó fue el tremendo bulto que apareció en la zona de su entrepierna. Me parecía imposible que hubiera podido mantener escondida esa descomunal erección con sólo otra prenda encima. Durante unos segundos me quedé absorto, embobado mirando semejante erección. Levanté la cabeza y lo miré a los ojos, no entendía nada. Una pequeña sonrisa que no supe identificar (lascivia, poder, ego…no sé) iluminó su rostro.

    Bájame el pantalón, libera mi polla, vamos, date prisa, no tenemos demasiado tiempo. Su tono era autoritario.

    P… Pero. Mis palabras se atascaban, N… No puedo hacer eso… puede venir alguien. Me sorprendí a mí mismo dando una respuesta que, de alguna manera, dejaba entrever que el problema sólo residía en que podrían sorprendernos. Me confundió mi propia respuesta, no podía pensar con claridad.

    No tardaremos mucho, estaba casi a punto antes de que me interrumpieran. Su mirada y expresión se endurecieron. Me has dado tu palabra, ya te explicaré con más detalle, pero ahora no preguntes. Su forma de hablar anuló mi voluntad, me acerqué. -Vamos, ¿qué esperas?

    -Hazlo, ordenó con voz firme y autoritaria. Mi voluntad cede, las manos me tiemblan, frías, la boca se me seca. Bajo su pantalón y calzoncillos a mitad de muslo, su polla sale como un resorte apenas tapada con los bajos de su camisa, al menos 20 centímetros de gruesa polla venosa semi descapullada, la piel del prepucio no podía contener la enormidad de semejante trozo de carne tallada en mármol, el glande asomaba sonrosado, redondo, perfecto. -¡Joder! exclamé, era bastante más grande, gruesa y dura que mi polla. No es que tuviera experiencia alguna en otras pollas, pero esta me pareció imponente ¿deseable? una corriente eléctrica me recorrió los huevos hinchándome la polla. Enrojecí. ¿En serio me estaba excitando? ¿Cómo podía ser posible? nunca he tenido inclinaciones homosexuales. Me sentí algo mareado.

    -Mira cómo tengo la polla, cuando se me pone así, no puedo bajarla a menos que me masturbe, empieza a dolerme ¿No querrás que salga así a la calle? pensaba hacerlo yo mismo, pero como ves no puedo, tócala, no muerde, por la cara que has puesto cuando la has visto te ha gustado.

    Me sentí acorralado, me había prestado a ayudar y ahora no podía negarme, su forma de mirar no dejaba lugar a dudas, debía hacerlo (o era lo que yo pensaba para justificar lo que estaba a punto de hacer ¿?). Me quedé embobado mirando semejante potencia y virilidad, un tótem impropio para alguien con tanta edad.

    Uno frente a otro, Don Cosme en una posición de Superioridad, no sólo por su altura, sino porque yo me sentí empequeñecido, mi cabeza agachada hipnotizado mirando su virilidad.

    -¡Hazlo de una puta vez!, por tu cara veo que te gusta mi polla, viciosillo, si lo haces bien te dejaré que la vuelvas a tocar. Levanté la cabeza y lo miré a la cara, mi mano se aferró a ese tronco caliente, duro, palpitante, orgulloso, casi no podía abarcarlo, comencé lentamente el sube y baja sin dejar de mirar absorto su expresión de lascivia perversa.

    Vaya, tienes las manos finas, un poco frías, pero no sufras, se te calentarán rápidamente.

    Mmmm, sigue, joder, tienes buena mano para las pajas, suave y delicada ¿Seguro que no lo has hecho antes? debes hacer muchas para tanta maestría ¿eres una putita? Me sonrojé avergonzado y ofendido a la vez.

    Yo…  N… Nun… ca, respondí balbuceando.

    Ohhh, qué gusto me estás dando cabronazo, tienes manos de mujercita.

    Su cadera se movía rítmicamente a la cadencia de mi mano, por momentos era él el que follaba mi mano, decidí adoptar una posición más cómoda para seguir con la paja, así que me acuclillé, su polla quedaba a la altura de mi cara, me invadió un olor masculino a polla pero no era desagradable ni sucio, mi polla a estas alturas estaba dura, me dolía, pero no quería que me viera así. Para guardar mejor el equilibrio y facilitar la maniobra puse mi mano izquierda en su cadera. Aquella posición acuclillada en una posición “inferior”, su polla cerca de mi cara, mis manos apoyadas en su cadera me hicieron sentir cosas que no podía explicar, estaba excitado y avergonzado a la vez. La polla de Don Cosme comenzaba a destilar líquido preseminal, lo que facilitaba la aparición y desaparición del capullo cada vez más púrpura, el sonido de la paja se volvió más evidente con el chapoteo de la piel, el líquido viscoso y mi mano. Me estaba gustando, disminuí el ritmo hasta hacerlo casi a cámara lenta, una extraña excitación me estaba invadiendo, mientras lo hacía dejé de mirar su falo y levanté la mirada para ver su reacción.

    Tenía los ojos cerrados, la cara de placer era innegable, cuando reduje la velocidad abrió los ojos, agachó la cabeza. Su sonrisa se volvió perversa. – Mmmm Veo que lo estás disfrutando, viciosillo, eres un pervertido, me gusta, Ahhhh, qué bien, sigue, esto no es más que el comienzo, no te preocupes, te daré más ración de polla, a partir de ahora vas a ser mi putita maricona. Pero ahora no te entretengas en juegos, tienes que sacarme toda la leche, no querrás que nos encuentren así, ¿no? Jeje.

    -No me hable usted así, por favor, dije, sorprendiéndome mi tono sumiso. Y Claro, no, no quiero que nos pillen así, claro que no. Aumenté el ritmo de la masturbación, no era momento de recrearse.

    -Así, Asiii, sigue que estoy a punto, joder, qué gustazo. Dime, ¿Te gusta mi polla?, su cara era lascivia pura. ¡Contesta!

    S… Siii, es muy… muy… no supe terminar la frase, los adjetivos se me agolpaban, estaba casi babeando.

    Oh, si, ya noto cómo me sube la leche, voy a correrme, prepárate putita.

    De pronto, esas palabras me despertaron, iba a echar su lefa, joder, tenía su polla a pocos centímetros de mi cara, podría ser que no escupiera semen con mucha fuerza, pero no me quería arriesgar a que me pusiera perdido, sería demasiado fuerte. Me puse en pie, su polla alcanzó un grosor y dureza mayor, la corrida era inminente, miré a los lados y no encontré nada a mano para echar la leche, sin pensarlo dos veces tiré del elástico de mis pantalones de pijama y slips ahuecando hacia adelante y apunté su polla a la zona entre el ombligo y el comienzo de mis vellos púbicos.

    ¡Joder!, si, mi putita se va a llevar mi lefa a su casa, joder, ohhh eres muy pervertido Andresito, ahhh. Un gemido gutural profundo, como un toro anunciaba lo que estaba por venir. Me estaba gustando la sensación de darle placer, una buena corrida significaría que habría hecho un buen trabajo.

    Uno, dos, tres cuatro, cinco, hasta seis lefazos copiosos con una potencia bestial salieron de esa tremenda polla, tuve que apuntar más abajo, donde se encontraba mi pollita (en comparación con la suya) dura para evitar salpicar el resto de la ropa, joder, parecía una fuente inagotable, notaba su semen caliente inundarme la entrepierna, llenándome por completo y goteando por mis piernas. Ostias, no imaginaba que alguien pudiera correrse tanto y con tanta fuerza, más bien pensaba que todos los tíos nos corríamos como lo hacía yo, sin fuerza, con escasa cantidad, ay, qué ignorante. El calor y la humedad de su semen invadía mi zona genital y mi polla desde la base hasta la punta, estaba totalmente cubierto por él.

    Seguí exprimiendo hasta que ya no cayó más, con mi mano también impregnada recogí la última gota, exprimí su polla, que empezaba a perder rigidez hasta que vi que no salía nada, mientras Don Cosme daba los últimos estertores de placer cabeza arriba con la boca abierta y los ojos cerrados. Limpié los restos que quedaron entre mi pulgar y mi índice de mi mano derecha en mi vientre, fue algo casi instintivo, en aquel momento no me pareció tan… cochino. Le volví a subir los pantalones acercándome a su, algo más desinflada, polla. Aspiré su aroma, instintivamente le di un pequeño beso en el glande, por un momento pensé en lamerla, me contuve.

    Jajaja, de nada hombre, otro día te dejo que juegues con ella un rato más. Ufff, vecino, hacía mucho tiempo que no me sacaban la leche con tanta maestría.

    Llama al agente, pero antes tápate con el batín, no queremos que vean que te llevas algo mío, ni que nadie sepa que eres mi putita, ¿no? Dijo guiñándome un ojo jajaja.

  • De Sade en La Habana

    De Sade en La Habana

    Yo tenía 26 años, venía de un pueblo del interior del país y estaba aturdido por el trajín de la ciudad. Había venido a estudiar y odiaba lo que estaba viviendo.

    A esta edad mi historial incluía dos novias (por accidente), y el coqueteo con un profesor de la universidad que no llegó a nada. El miedo era mi guía y la timidez mi rasgo más notable.

    Una noche de tantas había descubierto aquel sitio en internet. Me resultaba vergonzoso, pero no podía dejar de mirarlo. Hablaba con chicos y terminábamos masturbándonos, unas veces lo disfrutaba más que otras, pero siempre era la misma cantidad de arrepentimiento y malestar después.

    Un día lo saludé y, no sé cómo, los deseos opacaron la indecisión. Decidí, ¿o fue él?, que aquel hombre iba a tomarme y a hacer de mi lo que quisiera. Era como si estuviera en mi cabeza y me manipulara a su antojo. Por las horas que siguieron fui otro (otra).

    Acordamos vernos en un cuartucho del Cerro, que pocos días atrás me resultó tan odioso que había prometido no volver jamás. Llegué antes, intenté acomodarme para darme tranquilidad, pero fue en vano. Al final de una hora completa solo en la pocilga, respondió mi mensaje y me dijo que lo esperara en la puerta.

    Intenté disimular mis nervios, pero mi cuerpo temblaba y bastó un beso para que él lo notara. Me abrazó apretándome fuerte contra su cuerpo, tan fuerte que llegó a doler. Siguió besándome y memoricé su aliento.

    – ¿Dónde vamos a singar? – me preguntó.

    Le dije que arriba.

    Me ordenó que me desvistiera.

    – Dale, mámala

    Me arrodillé frente a él. Había un espejo feo pero inmenso que mostraba la insignificancia de mi presencia frente a la suya.

    Pasaba los cuarenta, tenía barba y pelo tupidos con canas. No sé si dos metros, pero ciertamente mucho más alto que yo. El cuerpo fornido y con vellos cortos. Un tatuaje en la pierna que normalmente no me gustaría en un hombre, pero que esta vez amé. No sé las dimensiones del pene, pero lo que sí sé es que llenaba mi boca y mi garganta a tal punto que era difícil respirar.

    -Tienes que aprender a mamar

    Yo luchaba por tragarla completa, él la forzaba hasta el fondo de mi garganta, pero me costaba soportarlo por mucho tiempo. Mi cara estaba llena de saliva y lágrimas. Sabía a sudor y orina.

    – Me has acabado la pinga con los dientes

    Sentí vergüenza.

    Siguiendo aquella voz tosca lamí cada pliegue de su cuerpo, el sudor de sus pies y la suciedad de sus zapatos. Al oído me recordaba que era su puta, su propiedad.

    Yo no podía pensar en nada más que en servirlo. Mi única petición respondida fue «escúpeme». Él, además, me abofeteó cuánto quiso, dolía, entonces supe que entre el dolor y el placer hay una línea muy fina. Temía que los vecinos escucharan los golpes sobre mi cuerpo, pero no me atrevía decirle, no podía.

    Me hizo caminar por la habitación desnudo en cuatro patas. En ese instante era su perra, podía ser cuánto Él quisiera. Me ordenó que le llevara los condones y el lubricante que estaban sobre un mueble de noche.

    Me levantó sin esfuerzo alguno y me colocó como quiso. Me penetró. Mis movimientos al inicio eran torpes y se encargó de corregirme.

    – Sube el culo…, pega el pecho a la cama, arquea la espalda como la puta que eres –

    Dolía, sentí cada fibra de mi ano quebrarse, tuve deseos de defecar. Lloraba y deseaba que terminara, pero a la vez quería que nunca se fuera. El placer llegó de forma inesperada, pero ahí estaba.

    – Tienes que aprender a mover el culo

    Mientras más torpe era yo o más trataba de huir, más duro me agarraba por la cintura y me inmovilizaba contra él. Me pegaba con fuerza. A pesar del dolor y la sensación desagradable inicial me esforzaba por metértela y aguantar, mi único pensamiento en ese momento era el deber de servir a mi Amo. Se había convertido en mi Dueño.

    Al límite de mi dolor intenté rendirme. Él fue comprensivo al inicio, me abrazó fuerte y siguió besándome. El condón estaba un poco sucio y le embarró la pelvis, lo limpié con mi mano, pensé en lamerlo pero no estaba seguro. Me senté encima de él, me aferró fuerte contra su cuerpo desnudo y nos besamos por un buen rato.

    – ¿Cómo me vas a sacar la leche?

    – Con la boca – respondí

    Fingió permitirlo al inicio, pero mi Amo estaba decidido a descargar su semen dentro de mi. Había sido el primero en penetrarme y su trabajo no iba a quedar a medias. Me colocó frente al espejo y me la volvió a meter, esta vez ninguno de los dos pensó demasiado en mi dolor. Fue éxtasis, no sabía si me excitaba más ver su cuerpo o el mío en el espejo.

    Eyaculó dentro de mí y tiró el condón usado a un costado de la habitación sucia. En lo adelante fue más descuidado con mi placer. Como un Dios que recompensa a su adorador me permitió venirme mientras lamía su pene embarrado de semen. Yo agradecí.

    No recuerdo el último diálogo, solo que fue corto y simple. Él se fue y yo quedé en la cama, oliendo las sábanas con que había limpiado su cuerpo. Estuve así más de una hora.

    No sé si fue real o un juego de mi mente. Mi única certeza es que ya no puedo ser el mismo.

  • Mi esposa subiendo el puente

    Mi esposa subiendo el puente

    Mi esposa trabajaba de limpieza en un corporativo, muy cerquita de una televisora.

    La describo, es una mujer chaparrita, 1.55, tez morena clara, un poco llenita y le gusta usar faldas, aunque no le gustan muy cortas, tiene 53 años.

    Siempre me gustó que la vieran y cuando entro a ese trabajo, ella se vestía como secretaria, muy cerquita de los edificios donde trabajaba esta un puente el cual tenía que pasar para abordar el colectivo hacía nuestro domicilio a veces iba por ella y veías que al pie de las escaleras del puente hay puestos de comida, dulces y cosas varias y cuando ella salía había mucha gente comprando, entonces se me ocurrió la idea de pedirle que no usará medias y su falda un poco más corta y para mí sorpresa así lo hizo!!!

    Le dije te espero del lado de la televisora pero no fue así, me quedé del lado de donde subía y cuando la vi venir me mezcle entre la gente, cuando ella iba subiendo, los hombres que en ese momento estaba, veían el borde de su falda, el cual iba dejando ver sus piernas, más y más, hasta que se le veían sus nalgas y el calzoncito que ese día llevaba, hasta que subió por completo, yo subí rápido y la alcance cuando iba bajando del otro lado, la bese y ese día, en la noche, tuvimos sexo, como locos, me preguntó que me pasaba y le confesé lo del puente, a partir de ese día le compré unos huaraches de tacón mediano y faldas más holgadas y le podía que subiera las escaleras para que la vieran todos los que quisieran y si, si subía sabiendo que había muchas miradas esperando ver esas nalgas tan ricas que tiene.

    Este es mi relato, gracias por leerlo.

  • Cogí a mi madre cuando me visitó en la universidad

    Cogí a mi madre cuando me visitó en la universidad

    Después de haberla cogido ebria dos veces en casa, pasaron un par de meses antes que se presente una tercera oportunidad para coger a mi madre.  Sucedió de una manera con la que había soñado y me había masturbado casi infinitas veces. Un miércoles me llama a la pensión y me dijo que quería visitarme en la ciudad donde estudiaba en la Universidad. Antes de haberla cogido me visitaba unas tres o cuatro veces cada año, pero luego de ambas cogidas, no me había propuesto visitarme.

    Cuando la escuché tuve una erección inmediata y obviamente acepté. Luego de terminar la llamada, fui a correrme al baño de la pensión. Me descargué con muchas ansías. Me dio la noticia un miércoles. El jueves, fui a reservar el hotel donde se quedaría la noche del sábado. Uno simple pero cómodo a un par de cuadras de la pensión donde yo vivía.

    El sábado, como de costumbre, llegó hacia medio día. La recogí en la estación de buses y la lleve al hotel donde se quedaría. Como nos conocían pude pasar (como siempre) a la habitación que le había reservado. Al llegar me dijo que usaría el baño y que luego iríamos a almorzar. Me acosté en la cama y ella fue al baño. Me sorprendió que no cerrara la puerta.

    Desde la cama donde yo estaba, no se podía ver el inodoro, pero si el espejo frente al lavabo y en el mismo se podía apreciar lo que se hacía en el inodoro. Era algo muy evidente, más para ella, que ya había estado en habitaciones con el mismo diseño al menos un par de veces antes. Imaginé que fue descuido suyo. Pero no le dije nada.

    Por el espejo pude ver cómo se desabrochaba el jean. Se lo bajó hasta la mitad del muslo. Luego hizo lo mismo con su tanga. Pude ver por el espejo su pubis muy recortado, no depilado al 100%, sólo manteniendo una pequeña corona de vellos púbicos sobre su vagina. Se sentó en el inodoro y orinó. Al estar la puerta abierta el sonido de sus orines al caer, me pusieron a mil, mi erección ya era insoportable dentro de mi pantalón.

    La vi coger papel higiénico y limpiarse con delicadeza. No jaló la cadena al pararse, muy por el contrario, se paró y se dio vuelta, lo que me permitía ver su culo por el espejo. Aún tenía la tanga y el jean a medio muslo. Se inclinó un poco para adelante, jaló la cadena. En ese momento su culo era ya demasiado provocador. Mi erección ya empezaba a dolerme, contenida por el calzoncillo y el jean.

    Se subió la tanga con paciencia (infinita para mi) y luego el jean. Se lo abrochó. Todo eso de espaldas al espejo. Luego salió sin lavarse las manos. Me vio perturbado sobre la cama y me dijo “que te pasa amor”, le respondí “nada mamá, todo está bien”. Se sentó a mi lado en la cama, haciendo como que se acomodaba los aretes. De pronto me dijo “amor, ¿porque estás erecto?”.

    Me quedé unos segundos sin saber que responder. Mudo, sin reacción. Con vergüenza y deseo en la misma proporción. Ella acercó su cara a la mía y me dijo directamente “crees que no me di cuenta lo que me hiciste las dos noches”. Seguía yo sin poder articular palabra. Estaba demasiado confundido. Quería salir de la habitación y dejar allí a mi madre con los reclamos que esperaba me hiciera, pero no podía ni hablar, menos moverme.

    Ella sonrió ligeramente y, antes que atine yo a nada, me cogió la verga sobre el jean y me dijo “eres todo un hombre”. Con habilidad de mujer madura, me desabrochó el jean y pronto tenía mi verga erecta en sus manos. Dijo “es más grande que la de tu papá” y comenzó a chupármela. Se la comía toda, hasta el último centímetro. Sentí un placer indescriptible.

    Mientras ella me la chupaba, me saque la camiseta. Tire mis zapatillas al lado. Ella me ayudo, mientras mamaba, a sacarme completamente el jean, el calzoncillo y las medias. Cuando me tuvo completamente desnudo volvió a decirme “eres todo un hombre hijo”. La ayude a sacarse la blusa y el brasiere. Comencé a manosear sus senos y sus pezones. Ella, aun mamando, se sacó el jean y la tanga.

    Estando desnuda, se montó sobre mí. Sentí mi verga entrar completamente en un coño completamente jugoso. Ella empezó a gemir instantáneamente, muy pronto, en un par de minutos quizás, tuvo un orgasmo intenso, prolongado, con ella gimiendo desaforadamente cabalgando sobre mí.

    Yo me había masturbado dos o tres veces desde el miércoles que me avisó que iría. Estaba listo para durar mucho. Ella, luego de llegar, desmontó y se acostó boca abajo a mi lado. Me puse sobre ella. Acomodé mi verga en su coño húmedo y seguí dándole mientras ella seguía gimiendo como puta. Me levanté y la acomodé en perrito. En ese momento, ella parecía sólo obedecerme. Seguí cogiéndola en perrito mientras le decía “mamá, uff mamá. Que rico mamá”. Ella se excito aún más al oírme repetir y repetir la frase y volvió a llegar diciéndome “ay mi amor, ay mi amor, ay qué hombre eres”.

    Yo seguía con ganas y no quería parar. No le di esa posibilidad. Me bajé de la cama y la jalé al borde. En el filo de la cama, ella con sapiencia, cruzó sus piernas detrás de mis nalgas. Comencé a penetrarla totalmente mientras le decía “que puta eres mamá, que puta eres”. Ella se volvió a calentar y me decía “si amor, si hijo, soy una puta”. Seguí sin desear cambiar de posición, sintiendo entrar en ella toda mi verga. Fueron largos minutos subiendo cada vez de ritmo y sintiéndola gozar como perra. Sentí como se volvía a contraer su coño para un nuevo orgasmo y no me pude contener más. Nos vinimos juntos.

    Tras venirme dentro de ella, por primera vez en esa larga sesión sexual me animé a besarla en los labios. Ella me respondió. Ese sábado, mi madre empezó a ser también mi amante.

  • Conociendo a mis suegros y mucho más a mi cuñada

    Conociendo a mis suegros y mucho más a mi cuñada

    Otro día pasaba y llegó por fin, mi pareja Alicia quería que conociera a su familia. Fuimos a la estación de tren con las maletas y después de un par de horas de viaje llegamos, tocó a la puerta ya que no llevaba sus llaves.

    Se abren las cerraduras y es cuando una sombra golpea a Alicia.

    Era Helena su hermana 5 años menor que ella, acababa de terminar 1° de bachillerato y parecía que tuviese más edad a simple vista, ya que era verano y sólo llevaba una camiseta de tirantes casi mostrando unos pechos de una mujer de 30 años y unos pantalones que le llegaban por los cachetes dándole ver que tenía un culo bien prieto.

    Le saludo dándole dos besos en las mejillas, tenía un olor adictivo, no sé si era su perfume o su olor corporal pero me dejó en shok unos segundos. Una vez dentro de casa nos dice que sus padres no están ya que fueron a una zona más alejada que tienen como cortijo con piscina y demás comodidades para poder pasar la tarde y que se quedarían allí un par de días y que fuéramos una vez nos hayamos instalado.

    Alicia compartía habitación con Helena desde pequeñas y yo tuve que ir a una habitación contigua a la suya. Una vez dejo la ropa dentro del armario veo en unos de los cajones unas braguitas y lo que me llamó la atención es que no eran como las que llevaba mi pareja Alicia, ya que eran algo más juveniles con dibujos varios. Sin dudarlo automáticamente pensé que eran de Helena y quise ir a dárselas pero llamaron a la puerta de mi habitación y era Alicia preguntándome si quería comer y del susto las guardé de nuevo en el armario y le dije que si que ya iba e iríamos preparando la mesa.

    Mientras estábamos comiendo no se me iba de la cabeza la ropa interior de mi cuñada, cada vez que la miraba me la imaginaba desnuda solamente con esas bragas de color rosa chicle con un par de flores dibujadas, sin remedio el pene se me fue poniendo erecto con solo imaginarla así. Dije que tenía que ir al baño un momento, pasé por la habitación y las cogí, me las llevé a la cara y las estuve inhalando salvajemente mientras me masturbaba.

    Tocan a la puerta y se abre.

    -Disculpa Alex, quería saber si ibas a tomar postre?

    Era Helena… Mirándome fijamente mientras con una mano sujetaba sus bragas y con la otra mi pene lleno de semen. Sonrojada cerró la puerta y se fue al salón sin decir nada a su hermana. Una vez me limpié las manos y mi pene fui al salón, me dice Helena que me ha dejado una porción de tarta que seguro que me encanta ya que la había hecho para mi ya que sabía que iba a llegar para conocerme. Me sorprendió que en ningún momento estuviera nerviosa, al contrario la notaba como contenta. Después de unas horas y ver una película en el salón y sabiendo que Helena está en su habitación quería devolverle las bragas y pedirle disculpas que no quería que me viese en esa situación. Le doy su ropa interior y me disculpo a lo que ella me responde.

    -No te preocupes Alex, fue culpa mía dejarlas en el armario sabiendo que hoy llegabas pero me alegro que tu semen haya sido el que las haya pringado de esta manera -Helena me guiña un ojo y se va.

    Mi cabeza no daba crédito, esta chica me tenía desconcertado dadas esas dos situaciones, una cuando me ve en pleno acto y ahora diciéndome esto. Alicia me dice que la han llamado sus padres que nos esperan en la piscina que tienen a las afueras a unos 5 kilómetros de su casa. Cogemos el coche y vamos, conozco a mis suegros y se quedan dentro de un salón pequeño que hay y nosotros 3 fuera en la piscina, salgo con un bañador y mi toalla y veo a Alicia saliendo con ese triquini espectacular, dándole una silueta y marcándole un coño espectacular, cuando detrás de ella aparecía su hermana, con un bikini que le hacía unos pechos enormes. Sólo podía pensar una cosa, deseaba follarme a las dos en ese mismo momento sin contemplación alguna. Alicia estaba tomando el sol y yo me quedé con Helena jugando dentro del agua cuando de repente mi pene rozó su culo y sintió lo duro que lo tenía, ella automáticamente siguió apretando su culo más fuerte.

    Tenía la polla a punto de estallar y para colmo me da un beso en los labios mientras con una mano me agarra la polla y la otra me aprieta la cabeza a la suya, no lo podía creer Alicia estaba a escasos metros y podría llegar a vernos pero gracias que no fue así.

    Le pregunté a Alicia que a que vino esto a lo que me contestó:

    -Alex no voy a mentirte, el verte desnudo con mi ropa interior me había puesto muy cachonda y cuando salí de la habitación fui a mi cama y empecé a pasar mi mano por encima de mi coño hasta meter un par de dedos pensando que eras tú quien estaba encima de mí penetrándome.

    No podía creerlo, mi cuñada estaba masturbándose pensando en mí. A lo que le respondí.

    -Helena no me esperaba esta sinceridad tuya y para serte también sincero me encantó que te gustase.

    Alicia nos dijo que era hora de irnos, nos fuimos al coche y de regreso a casa. Creo que sospechaba algo pero estaba muy cariñosa así que no le tomé importancia. Una vez terminamos de cenar tuvimos que abrir las ventanas de las habitaciones, estábamos a 35° y era insoportable, la única habitación que tenía aire acondicionado era la de ellas a lo que Alicia y Helena me dieron que poner el colchón en el suelo entre las dos camas y así no pasar una mala noche de calor a lo que me llevé el colchón y lo puse entre ambas camas. Una vez apagada la luz y unos minutos largos veo que alguien se tumba a mi lado y me echa el muslo por encima mía mientras que noto como su mano la mete por dentro mi pijama y empieza a masturbarme. Por el olor era inconfundible…

    Era Helena, no podía creerlo Alicia estaba enfrente nuestra y creo que escuchaba los gemidos de su hermana. Me di la vuelta y me puse frente a Helena, con una mano le estuve manoseando los pechos y con la otra suavemente le fui introduciendo los dedos dentro de su coño, a los pocos minutos sentí que estaba lleno de flujo y cuando siento un gemido de Helena otro muslo se me echa por encima mientras me va besando el cuello y diciéndome pensé que no ibas a ser capaz pero veo que has tenido la iniciativa.

    Era imposible, era Alicia no sabía que hacer así que me dejé llevar quité la mano de los pechos de Helena y tenía cada mano dentro de un coño dándoles placer a amabas, una de ellas se montó encima de mí polla y la otra encima de mi cara, tenía un coño muy suave y era tan rico sentirlo en mi boca, mientras la otra hermana saltaba y cabalgaba encima mía, no sabía quién era quien ya que estaban las luces apagadas pero fueron intercambiando posiciones hasta que me corrí dentro de ambas hermanas. Amanecimos los 3 desnudos y sudados en el colchón tirado en el suelo.

  • Un secreto entre los dos

    Un secreto entre los dos

    En la parada de autobús coincidí con una mujer que vestía un pantalón de chándal y una sudadera y calzaba zapatillas deportivas. El sol templaba el frío de la mañana y la gente iba de acá para allá entretenida en sus quehaceres diarios. La mujer miraba su móvil y el panel donde se indicaba el tiempo de espera alternativamente. Había que formar cola para entrar al autobús y ese fue el momento en que me obnubilé. La mujer me precedía en la cola y no pude evitar bajar la vista y ver su culo. La tela del chándal pegada a su cuerpo dejaba pensar que lo que tenía delante de mí no era normal; quiero decir, sí, era normal, un culo, sólo que este era hermoso, bien formado; no de esos esculpidos en gimnasios, no: era un culo carnoso muy femenino. Enseguida me lo imaginé sin ropa que lo cubriera, y me empalmé. Precisamente no me había puesto calzón, por lo que mi polla tiesa se desvió hacia mi muslo y allí se paró.

    Seguí andando detrás de la mujer hasta que subí a la plataforma del autobús. No se me bajaba la hinchazón, así que me estiré el jersey todo lo que pude con el fin de disimular mi estado. Lo que no preví fue que la mujer se quedara junto a mí en la zona central del vehículo, donde íbamos todos de pie, y se pegara a mí; mucho menos preví que rozara su cuerpo con el mío varias veces durante el trayecto, aprovechando curvas y frenazos para restregar sus tetas orondas de pezones duros en mis brazos, sus muslos en mis muslos. «Señora», dije en voz baja para no llamar la atención de los pasajeros; «Señorita», dijo; «¿Me está usted provocando?», en voz baja; «¡Cómo!»; «Me está usted rozando todo el tiempo y…», elevé la voz ya que ella no me secundaba; «Tutéame»; «Me estás rozando…»; «Mira, si no pillas las indirectas, tengo que ir directo al grano»; «¿Qué quieres decir?»; «¿No me reconoces?»; «N-no»; «Esta mañana, en la cafetería donde trabajas, me preguntaste: qué le pongo, y te respondí: muy alterada, te reíste y te pedí un té»; «¡Ah, ya!, ¡me acuerdo!».

    En la cama no estaba mal. Me dijo que se llamaba Mariluz y que era funcionaria. Me dijo también que desde un tiempo hasta ahora había tomado por costumbre follarse a todo hombre que le gustase, sin pararse en cobardes prudencias. No obstante, me confesó, hablándome muy bajito y muy de cerca, como si fuese un secreto entre los dos, que confiaba en que, durante este itinerario sexual en el que la promiscuidad iba a ser su centro de gravedad, finalmente debía encontrar al que sería el hombre del que nunca se separaría hasta el día de su muerte. «Ah, ah, ah, Teo, me gusta, me gusta, ah, ah, ah», gemía Mariluz extendida sobre el colchón con las piernas abiertas mientras yo la penetraba. «Ah, ah, sigue, sigue, ah, ah», gritaba Mariluz. «Oh, Mariluz, oohh», rugí al correrme. La siguiente vez que vi a Mariluz fue en el juzgado, el día que nos casamos.

    Estuvimos separados bastante tiempo; a saber, después de nuestro encuentro sexual tras lo ocurrido en el transporte público, no volvimos a quedar, aunque nos habíamos dado nuestros teléfonos antes de despedirnos, instantes después del polvo. Oí hablar de ella a algunos compañeros de profesión, camareros como yo que también, como yo, se la habían follado. Me dio lástima Mariluz: una mujer como ella no se merecía estar de mano en mano como la falsa moneda. Un día, en mi trabajo, escuché que hablaban cuatro clientes enchaquetados y, por esa costumbre que tenemos los de mi oficio, pegué el oído. Lo que escuché me dejó helado:

    «Pues sí, amigos, la pequeña», Mariluz era baja de estatura, «la pequeña Mariluz se ha ofrecido a ser nuestro divertimento de este fin de semana, no me podréis negar que no he sido convincente, Mariluz se dejará follar por todos nosotros a la vez o uno por uno, o ambas cosas, durante el tiempo que dure la convención a la que asistiremos, ni que decir tiene que tendremos que disimular, la meteremos en el hotel sin que nadie se entere…».

    Mariluz con esos tipos, ¡ni hablar!

    Intervine:

    «Oigan, ¿hablan de Mariluz, la pequeña Mariluz, mi esposa?»; «Una que está muy buena, funcionaria y muy puta, con un culo de sobresaliente y…», dijo uno; «Efectivamente, mi esposa»; «Tiene usted suerte, ¡cómo folla esa chica, es insaciable!»; «Tiene una hermana gemela»; «¡Cómo!», dijeron todos; «Sí, y se hace pasar por ella, incluso dice llamarse Mariluz, cuando su nombre es Cipriana»; «¡Cipriana!, bueno Cipriana o Mariluz, da igual, lo principal es follar»; «Cipriana murió esta mañana de sobredosis de fentanilo». Fue decir esto y los cuatros enchaquetados ponerse nerviosos como gorriones. «En fin, caballero, nos ha jodido usted el fin de semana», dijo uno; «¿Cuándo te dijo Mariluz, o Cipriana que se venía con nosotros», dijo otro mientras todos ya se dirigían hacia la salida del bar; «Anoche, cuando la follaba», contestó el primero; «Pobre», dijo otro; «Puta», dijo otro distinto; «Fentanilo, ¿qué mierda es esa?», dijo aquel otro. Teo llamó a Mariluz.

    «¿Mariluz?»; «Sí, ¿quién es?»; «Teo»; «Hola, Teo»; «Mariluz, ¿te quieres casar conmigo?»; «Si salgo viva de este fin de semana es posible, me voy con cuatro hombres»; «Ya no»; «¿Ah, no, quién lo dice?»; «Yo, tu futuro marido»; «Oh, Teo, Teo, lo supe en cuanto te vi»; «Qué»; «Qué eras el hombre de mi vida y que nada, nada nos separaría».

    Nos casamos un día luminoso de diciembre.

    «Ah, Teo, ah, Teo». Devoro las tetas de Mariluz a la misma vez que mi polla entra y sale de su coño. «Ah, Teo, ah, Teo». Chupo su cuello y sus hombros. «Ah, Teo». Muerdo sus labios y pongo la punta de mi lengua en su paladar. «Ah, ah, Teo, ah, ah». Elevo mi torso y doy más impulso. «Ah, Teo, aahh, aahh». Derramo el semen en Mariluz, y ella me besa, me besa, me besa…

  • Mi mujer folla con cuatro machos

    Mi mujer folla con cuatro machos

    Hola chicos, hace tiempo que no escribía pues había tenido una pequeña crisis con mi mujer, pero después de una gran charla, hemos logrado volver a estar un poco mejor. Lentamente me he ido convirtiendo en un cornudo consentido y lo que ella en un principio negaba, ahora me lo confiesa y me lo restriega por la cara cuando quiere ponerme cachondo o dependiendo del momento, cuando quiere hacerme daño.

    Ya dije que ella negaba el que fumara y lo reiteró en varias ocasiones, hasta que un día descubrí que me mentía. A mi me importa un bledo que fume o no, pero es el hecho que al iniciar nuestra relación, por respeto a mi, pues sabía que no me gustaba, dijo que lo dejaba… pero luego vi que no.

    Es como los picos que se da con mi amigo, poco a poco fueron convirtiéndose en costumbre, hasta comprobar un día que se besaban larga y apasionadamente, incluso en cafeterías, en público.

    – A ver- me dijo un día- es mi problema. Vale?

    Y la noche que estuvimos cenando en casa y a él le dolía la espalda y me dijo:

    -Vamos un momento a la habitación, voy a hacerle un pequeño masaje con cremas. Tu prepara unos cafés cariño.

    – sí, amor. Ok.

    Y mi amigo sonreía.

    Y entraron y tardaban mucho y empecé a oír gemidos, no de un supuesto masaje, sino de un placer más intenso.

    – ohh, cariño, que grande es, me encanta.

    -Pues chúpala Eli, suave…así ufff, ohhh, joder.

    -Métemela cariño… hostiaaa, que buenooo, oh, que gozada… me corrooo!

    Y a través de la puerta oí como ambos se corrían y como ella le decía:

    -coge una toalla de la mesita, me has dejado pringada de tu leche…

    Cuando salieron, vestidos, sonreían los dos.

    Y ahora leo su cuaderno y aún veo lo zorra que puede llegar a ser.

    Diario

    Los hombres me gustan.

    Mi marido es un cornudo consentido y de vez en cuando me meto una buena fiesta.

    A veces ya lo hago con su mejor amigo, pero una noche, lo hice con su amigo y tres machos más.

    Fue en casa de uno de ellos, estábamos solos los cinco y voy directa al tema.

    Después de beber y sobarnos un poco, acabamos los cinco desnudos y yo con cuatro grandes pollas rodeándome en círculo.

    Lamerlas era una sensación de auténtico placer, pero si pensaba que la polla del amigo de mi marido era grande, aluciné al comprobar que uno de ellos tenía un instrumento impresionante. Le resaltaban las venas y la punta húmeda me la metí en mis labios, sintiendo una sensación alucinante.

    – ohh, que zorra eres.

    – sii, te gusta cariño?

    -joder, siii, que puta máquina estás hecha.

    – Pues disfruta.

    Mientras se la empecé a lamer cada vez con mas pasión, los otros tres se masturbaban y pedían una buena felación, a lo cual accedí e iba alternando una polla tras otra.

    – quieres que te follemos?

    -joder, siii.

    En un gran sofá, casi sin darme cuenta, noté en mís entrañas como diferentes pollas me metían hasta el fondo de mi coño y de mi culo un placer que no podría describir.

    – Me corrooo- grité- que gustooo, ahhh, oh, dios!

    Y noté una abundante corrida en mis entrañas.

    – me corro- dijo el amigo de mi marido.

    -y yo- dijo otro.

    -joder, nosotros también.

    Una corrida es alucinante, pero una corrida de cuatro pollas es extremadamente maravilloso. Me dejaron blanca y mientras ellos se retorcían de placer, yo fui lamiendo la leche hasta tragarme la última gota.

    Como buena zorra que soy y, muy de tanto en tanto, voy quedando para hacer en mi habitación, un masaje al amigo de mi marido y de paso el me lo hace en mi cuerpo gordito, de tetas bien grandes y con mis labios de seda le voy quitando sus molestias.

  • Mi esposa Tere, la maestra

    Mi esposa Tere, la maestra

    Vivimos en la CDMX y te presento a mi esposa, la Miss Tere:

    Tiene 42 años, mide 1.68, tez blanca, cabello lacio castaño claro hasta el hombro, senos pequeños pero muy bonitos y bien levantados, una cintura de avispa, trasero grande con nalgas grandes que son su mayor atractivo y piernas largas pero bien torneadas.

    Sin más preámbulos, te cuento la primera clase que le descubrí:

    La primer clase se la da a un compañero de trabajo, el contador de la empresa de nombre Jesús, ella viste una blusa de algodón azul bien pegada sin sostén, unos leggings de mezclilla súper ajustados que deja observar su hermoso trasero, zapatillas negras de cintas y un suéter que solo lo usa cuando anda en la calle para ocultar sus pezones, aquí el relato:

    Tere: Buenos días contador, cómo estás, pensé que no vendrías a trabajar, y que me dejarías solita todo el día preguntándome si lo que me dijiste ayer en la comida es cierto.

    Contador: Claro que es cierto Wera, eres una mujer hermosa que se merece que la lleven a la cama todos los días.

    Tere: Hay Jesús recuerda que soy casada

    Contador: Que seas casada no te impide que te lleven a la cama como lo mereces, vestida así, con esas nalgas tan ricas y esos senos deliciosos que incitan a morderlos, con esa boquita que se ve que sabe cómo chupar un rico miembro y esas piernas que bien abiertas se deben ver deliciosas.

    Tere: Jesús, nunca he hecho esto, pero me encantas y pues puedo enseñarte quién soy en la cama (Se acerca a Jesús y le besa con tanta pasión que le succiona literalmente la lengua)

    Contador: Pues vamos a visitar un cliente, acompáñame, se suben al coche y la lleva a un hotel de Mixcoac, cuando entran Tere le dice: Jesús no tenemos mucho tiempo, tengo que pasar por mi esposo a las 6, el responde: No te preocupes, tenemos una hora donde te voy a llenar de mi verga para que llegues por tu esposo perfectamente cogida.

    Entran al hotel: Jesús la toma por la espalda y empieza a masajearle los senos, jalándole los pezones muy duro con una mano, con la otra mano empieza a quitarle el pantalón, ella empieza a jadear diciendo: Ay ay papito apriétamelos más, déjame enseñarte lo mucho que te quiero adentro de mi, mientras estira sus manos para sobarle la verga a Jesús mientras le abre el pantalón, se desnudan, Tere se sienta en la cama y jalándole la verga a Jesús se la mete a la boca, voltea y le dice: te gusta como te la chupo papi, si Wera métela toda a tu boquita, me la chupas tan rico, papi, métemela, esta panocha es tuya, hazme gritar papito, Jesús se la mete tan fuerte que Tere se aferra al colchón y mordiéndose los labios le dice: Ay, ay, ay papito que rica verga tienes, estás hasta adentro papi, cógeme, hazme tuya. Vas a ser mía Wera cuando quiera, si papi soy tuya, toda tuya, ay, ay, ay, me coges como mi marido nunca me la ha metido, eres mía Wera, solo tuya papito, ay, ay, ay, papito muérdeme mis senos, ayyy que rico, déjame sentirte, lléname de tu leche papi. Mmmm.

    Terminaron, se bañaron y la llevo a mi trabajo, cuando salgo de mi oficina, nos subimos al coche y le pregunto cómo estuvo su días a lo que me contesta: Súper pesado mi amor, tuve una reunión pesadísima con el contador, llegamos a la casa y mientras reviso mi correo le llega un mail a Tere del Contador, lo abro y trae un archivo adjunto con el audio que te acabo de relatar y dónde le dice:

    Mi Wera hermosa nunca me imaginé que atrás de esa imagen de señora tímida y decente se escondiera una puta tan rica, me encantó oírte jadear al sentir mi verga adentro de ti, prepárate porque el viernes te vuelvo a llenar de mi leche.

    Ella le contesta:

    Mi querido contador, estoy esperando desesperadamente poder enseñarte lo puta que soy comiéndome esa rica verga que tienes, te veo el viernes para que me la metas como solo tú sabes y mientras tanto recuerda que cuando quieras clases, aquí estoy solo para ti… Tu Miss que te espera con el culo abierto, Tere tu wera.