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  • Masajista a domicilio. Fetiche médico, masaje y sexo

    Masajista a domicilio. Fetiche médico, masaje y sexo

    El teléfono móvil vibró encima de la mesa acompañado con los acordes de la quinta sinfonía de Beethoven. Javier estaba sentado frente al ordenador, con los calzoncillos bajados, masturbándose mientras veía un video porno.

    – Una llamada, veamos. – dijo en voz alta mientras se secaba con un trozo de papel higiénico el líquido trasparente que impregnaba los dedos de su mano derecha.

    -¿Diga?

    -Hola. ¿Hablo con Javier García, el masajista? -respondió una voz femenina.

    -Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarte?

    -Mire, trabajo como directora de una oficina bancaria y he tenido una semana ajetreada. Me vendría bien un masaje.

    -Vale, pasado mañana tengo libre a partir de las cuatro. ¿Dónde trabaja?

    -Bueno yo, preferiría después del trabajo… sobre las siete y pico, una amiga, esto, he visto que tiene el masaje especial y yo…

    -Entiendo. Puedo ir a tu casa si prefieres.

    -Vale, vivo con una chica… mi, mi compañera.

    -No hay problema. Dame tus datos.

    *************

    Sara colgó el teléfono y suspiró. La idea del masaje le había parecido genial al principio, pero ahora tenía dudas.

    -¿Vas a ducharte? -dijo Amelia, su compañera de piso, desde la otra habitación.

    -Sí, ahora voy. -respondió la aludida quitándose la falda y sacando ropa interior limpia de un cajón.

    Antes de salir al pasillo se miró en el espejo que ocupaba la puerta del armario y sonrió con cara de cansancio. Le dolía la espalda y el culo, fruto de las horas que pasaba sentada, había perdido algo de firmeza. Mañana trataría de escaparse antes y hacer un poco de ejercicio. Sí, definitivamente el masaje le vendría bien.

    ***************

    Sara caminaba con paso rápido. El día en la oficina había sido especialmente estresante y faltaba menos de media hora para la cita. Por si esto fuese poco, su compañera de piso se había puesto mala, fiebre, tos. Amelia no toleraba las pastillas, le producían gases y dolor de tripa. El médico le había mandado supositorios y una inyección y Sara se había ofrecido para adquirir los medicamentos en una farmacia que, más o menos, le pillaba de paso.

    -¡Ya estoy en casa! -dijo mientras tomaba aire diez minutos después.

    -Gracias. -respondió con voz ronca y débil Amelia.

    -Faltan 10 minutos, voy a ducharme y luego hablamos. -concluyó Sara.

    A las siete y media, puntual, la directora abrió la puerta dejando pasar a Javier.

    -Buenas tardes. ¿Sara?

    -Sí, soy yo. Encantada. Pase por favor.

    -¿Qué tal todo?

    -Pues la verdad, bastante liada. Mucho trabajo y mi compañera en cama con fiebre.

    -No te preocupes por mi. -se oyó la voz de la enferma seguida de tos ronca.

    -Vaya, siento oír eso. Si puedo hacer algo.

    -El problema es que mi compañera tiene que ponerse una inyección y supositorios… pero vamos, esto último se los puedo poner yo, pero la…

    -Bueno. -la interrumpió Javier. -no sé si me meto donde no me llaman, pero en su día estuve ayudando en la consulta de mi tío y aprendí a inyectar.

    -¿De veras?, espera un momento. -dijo Sara poniéndose una mascarilla y dirigiéndose a la habitación de la paciente.

    Javier aprovechó la espera para echar una ojeada a su alrededor.

    -Ok. Si no te importa y puedes pincharla sería perfecto, así nos ahorramos la visita al practicante.

    -¿Ahora entonces?

    -Sí, vamos a la habitación. Mejor póngase una mascarilla. -dijo ofreciéndole una.

    -Vale, gracias.

    La habitación había sido recientemente ventilada. En una cesta de mimbre se mezclaban camisetas blancas y un pijama de flores húmedo. También había una mesilla junto a la cama con una lámpara cuya bombilla era de color azul oscuro y un paquete de pañuelos de usar y tirar. Amelia, tapada hasta el cuello por un edredón tenía el rostro colorado y la frente tapada por un paño blanco que ya se había secado. La escasa luz que se colaba por la ventana se complementaba con la que provenía de la lámpara que colgaba del techo.

    -Podemos preparar la medicina ahí. -dijo Sara señalando una mesa de escritorio y depositando la bolsa de la farmacia.

    -¿Algodón? ¿Alcohol? -preguntó Javier.

    -Sí, ahora los traigo.

    El masajista miró a Amelia.

    -¿Qué tal estás?

    -Ya ves.

    -Bueno, en cuanto te pongamos la medicina verás como mejoras. -dijo mientras sacaba la caja con los viales, la jeringa, la aguja y los supositorios.

    Amalia, como en un sueño siguió el proceso de preparación y no pudo evitar contraer las nalgas ante la aparición de la aguja.

    -Ya está listo. -anunció el ayudante.

    Sara se acercó a la cama y retiró el edredón.

    -Date la vuelta.

    La paciente obedeció y quedó tumbada en pijama, boca abajo. La tela de los pantalones arrugados se colaba en la glotona rajita de manera sensual.

    -Bájate los pantalones. -ordenó la directora.

    Amelia tosió, deslizó los pulgares por debajo del pijama y tirando de la tela descubrió, ruborizándose, su culete húmedo por el sudor.

    Lo siguiente que notó la enferma fue el fuerte olor a alcohol seguido del tacto del mismo mientras frotaban la parte superior y exterior de su nalga derecha. Una gota de alcohol, caprichosa, se deslizó hacia abajo desembocando en el ano.

    Amelia apretó el culo.

    -Relájate. -susurró Sara acariciando el cabello de su compañera.

    La paciente obedeció y Javier aprovechó el momento para clavar la aguja en el glúteo. A continuación, lentamente, apretó el émbolo de plástico y el líquido empezó a entrar en el cuerpo causando una mezcla de dolor y escozor. Amelia se mordió el labio inferior dispuesta a aguantar.

    -Se acabó. -dijo unos segundos después el hombre extrayendo la aguja y aplicando el algodón desinfectado sobre un puntito de sangre.

    -Tíralo en la papelera. -indicó Sara señalando un cubo de plástico dónde yacían, arrugados, papeles con mocos.

    -Ahora el supositorio. -informó a la paciente su compañera.

    -Espero fuera. -dijo el masajista dejando la habitación.

    -Te pongo un poco de vaselina con el dedo, así…

    -Sí, yo…

    Las palabras se perdieron al cerrarse la puerta.

    Amelia, acostada de lado, notó el cosquilleo del supositorio derritiéndose en su recto. También notó como algo de aire buscaba salida. Contrajo el esfínter un poco, lo suficiente para impedir que saliese. Debía ser muy rara, el dolor de la inyección, la invasión del supositorio, el ligero mareo de la fiebre, sí, eran síntomas desagradables y sin embargo, sin venir a cuento, todo ello se mezclaba en su mente con las caricias de su compañera y las miradas de ese masajista y su sexo comenzó a humedecerse con algo que poco tenía que ver con el sudor.

    Sara dejó el cuarto y Amelia aprovechó para tirarse un pedete, se llevó una mano al coño y lentamente empezó a jugar tirando del vello y frotando la zona.

    *****************

    -Ya está. Mil gracias. -dijo Sara con sincero agradecimiento.

    -Nada. ¿Vamos al masaje?

    -Sí, por favor. Ven a la habitación. -respondió la directora.

    Javier tomó su maletín y entró en la habitación de su clienta.

    -Cierra la puerta por favor.

    El masajista obedeció.

    Sin demora la mujer comenzó a quitarse la ropa hasta quedarse con un sostén y un tanga. Luego sacó una toalla blanca del cajón y se dirigió a Javier.

    -Tú dirás.

    Javier tardó unos segundos en reaccionar, pero finalmente, retomando al profesional que llevaba dentro, recuperó el control de la situación.

    -Dame la toalla y túmbate boca abajo en la cama.

    Sara obedeció y el masajista cubrió con la toalla el trasero semidesnudo. Ya se encargaría de eso más adelante.

    -Semana complicada entonces.

    -Sí, la verdad…

    Conversaron durante unos minutos mientras Javier aplicaba aceite en la espalda y masajeaba hombros y omóplatos.

    -Bueno, ahora relájate y olvida todo eso. Disfruta del aroma de los aceites y abandónate al relax.

    Sara cerró los ojos y se concentró en sentir y oler mientras las expertas manos del masajista moldeaban su cuerpo.

    -Date la vuelta. Eso es.

    Esta vez la cara, el cuello, el torso y la parte delantera de los muslos recibió las atenciones del profesional durante unos diez minutos.

    -Bueno Sara. Hemos terminado la primera parte, digamos la más tradicional. ¿Qué tal hasta ahora?

    -Bien, muy bien. -respondió la aludida con una sonrisa.

    -Ahora empieza la segunda parte… más sensual. Nos centraremos en cuidar de tres partes. Tus senos, tú trasero y tus partes íntimas. No sé si deseas mantener algo de intimidad o simplemente prefieres…

    -Javier, ¿puedo llamarte Javier?

    -Por supuesto.

    -Confieso, confieso que tenía mis dudas, un, un desconocido… pero no sé, después de esta tarde, siento que puedo confiar en ti… incluso, me gustas un poco. -dijo ruborizándose con las últimas palabras.

    -Está bien. -dijo el masajista. -Vamos adelante Sara y cualquier cosa me dices. Yo te voy informando.

    Javier comenzó el masaje especial encargándose de las tetas de la directora. El sujetador, colgando del respaldo de una silla se convirtió en un espectador más. Sara trató de ahogar los gemidos y cruzó las piernas, intentando acallar la corriente de placer que recorría su cuerpo. Javier se detuvo.

    -Una cosa que olvide mencionar. Relájate. Esta segunda parte, por la naturaleza de las partes que tratamos, tiene un inequívoco carácter sexual. Mi recomendación es que te relajes y no tengas miedo de expresar lo que sientes. ¿Ok?

    Sara, con el rostro encendido, asintió. Y esta vez, cuando las manos de Javier empezaron a dibujar círculos alrededor de sus pezones, dejó escapar un gemido.

    -Date la vuelta. Ahora nos encargaremos de tu trasero. Todas esas horas sentados en oficinas no son buenas para nadie y también el culo merece atención. ¿No te parece?

    -Sí. -respondió la directora apoyando la cabeza de lado y anticipando lo que estaba por venir.

    Javier dejó caer aceite en las nalgas y utilizando sus puños cerrados aplicó un masaje vigoroso amasando glúteos y muslos. Luego, tras pedir permiso a Sara, le quitó el tanga e introdujo un dedo, debidamente lubricado, en su ano. La mujer, pillada por sorpresa pese al aviso, apretó el ojete, pero luego, siguiendo las indicaciones del masajista, se relajó y empezó a disfrutar de las sensaciones.

    -Ahora viene la zona más delicada. Ponte boca arriba y abre las piernas.

    Sara, que ya estaba muy caliente, se dio la vuelta. Durante un instante su mirada se posó en la entrepierna del hombre bajo la que, por poca imaginación que se tuviese, se adivinaba una erección. Al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de Javier y antes de darse cuenta de lo que decía, con una sinceridad absoluta, dijo lo que en ese momento pasaba por su cabeza.

    -Tienes una erección. ¿Forma parte el pene del masaje especial?

    Javier se ruborizó y trató de explicarse.

    -Lo siento. A veces es difícil de controlar, sobre to… todo con alguien tan atractiva como tú.

    Sara sonrió dando a su sonrisa un matiz burlón que no pretendía. Javier bajó la mirada y se disculpó.

    -Lo siento, no sé que me pasa hoy. Ahora me centro.

    -¿Me lo enseñas?

    -¿Perdón?

    -Ven aquí y sácate el pene. Tu clienta quiere verlo.

    Javier se acercó y bajándose el pantalón y los calzoncillos dejo su miembro, crecido, al aire. Sara lo agarró.

    -Y ahora… sigue con el masaje.

    El masajista metió la cabeza entre las piernas de su clienta y sacando la lengua empezó a chuparle el sexo mientras ella estrujaba su pene, arqueaba la espalda e iniciaba los prolegómenos de un orgasmo.

    FIN

  • Siracusa

    Siracusa

    Había sido un largo e intenso día. Insomnio, avión, reencuentro, besos, drogas, sexo, alcohol y amistad. ¿Qué otro hubiera podido esperar de un fin de semana con el barbudo?

    Vamos por partes. Al cuarto de hora después de encontrarlo en su hotel, ya estábamos tirando, morbosos y sonrientes. Todo lo que había pasado en nuestras respectivas vidas durante este año no nos había quitado ni un gramo de la arrechura que compartíamos.

    Me preocupaba el rubio que le acompañaba para el viaje, aunque tenía la esperanza de que saltara la chispa entre los tres. El barbudo, que no hubiera traído a una persona cualquiera, me comentó que le había contado todo y suponía que no le molestaría entrar en nuestra fiesta.

    Apenas calmados y tranquilos en la pequeña cama, todavía sudados por el reencuentro, el rubio tocó a la puerta. Alto, mirada adormecida, lentes negras, gran sonrisa, rizos dorados y desordenados.

    Este sí o sí.

    A algunos les podrá costar entender que unos segundos bastan para tener la certeza de lo que va a ocurrir con una persona. Pero les puedo jurar que cuando una conexión tiene que establecerse, se hace al toque y sin palabras. Así pasó con el rubio, pero empezamos con el juego del diálogo cortés circunstancial, cumpliendo con el primer paso normal entre dos personas que no se conocen. Mientras me explicaba a qué se dedicaba en el balcón del hotel, yo tenía imágenes obscenas de cómo íbamos a cachar los tres juntos.

    Nos fuimos al departamento que habían reservado para los dos días siguientes. Abandonamos las maletas y las mochilas en la sala para salir un rato a comer y pasear, bromeando sobre el hecho de que ésta iba probablemente a ser nuestra única salida de visita turística del fin de semana que empezaba. Ya se notaba en el ambiente que algo iba a pasar entre los tres y me dejaba en un estado de excitación constante, al acecho.

    Iglesias, ruinas, vida, mercado, gritos, cláxones, quesos, sudor, telas africanas, pescados, basura, maravillas de arquitecturas, perros, ropa secando en balcones sucios, 32°, fritura, cerveza, cigarros, calles pavimentadas y pulpo.

    Regresamos al departamento para echar una siesta antes de seguir con la maratón de drogas y alcohol que los chicos habían empezado. El barbudo me alcanzó inmediatamente en mi cama, abrazándome y regalándome besos en el cuello con un “Quietitos, quietitos, hay que dormir un ratito”. Pero noté su erección contra mis nalgas que decía todo lo contrario.

    Lo besé, qué ricos eran sus labios. No sólo eran suaves y se entreabrían para dejar su lengua acariciar la mía, sino que eran una invitación a hundirse deliciosamente en esta boca. Se rio, cuando le dije: “Así va a ser imposible dormir, mejor nos calmemos rápidamente y ya después descansamos”. Me subí encima de él, nos seguimos besando y nos quitamos lo poco de ropa que nos quedaba. Bajé lentamente, pasando mis labios y mi lengua por su pecho, su barriga, me había olvidado la textura delicada de su piel. Contrastaba con su mirada rabiosa y la dureza de su verga, que empecé a lamer. Paseé mi lengua de las bolas a la punta durante unos largos minutos y dejó escapar un gemido cuando la hice entrar lentamente en mi boca. “Te la comes todita”, observó, entre dos suspiros mientras me agarraba las tetas con fuerza.

    Empecé a masturbarme suavemente, disfrutando de mis dedos que deslizaban en mi clítoris húmedo. No demoré mucho en llegar al orgasmo, sofocando, la barbilla y las mejillas llenas de saliva. Hasta ahora, no encontré cosa más rica que venirme con una verga en la boca. Quizás teniendo otra en la concha mientras tanto. No bajó mi excitación para nada, acostumbrada a venirme varias veces, y le pedí que me la metiera un ratito, “Para darme otro, por favor”. Sentí otra ola deliciosa al recibirlo dentro de mí, le sonreí y nos besamos de nuevo. Me encantaba sentir sus manos que me apretaban el culo. No escuchaba bien lo que me decía, pero ya, “Mamacita”. Unas idas y vueltas profundas bastaron para que me viniera de nuevo. Santa dedicación al orgasmo tuve siempre.

    Me tomé unos segundos de descanso bajo su mirada que oscilaba entre satisfacción y lujuria. Retomé su sexo en mi boca, probando mi propio sabor, limón suave y tibio. Le invité a correrse contra mis labios y mi lengua. Bajé un poquito más para lamerle las bolas con insistencia y lengua firme. El efecto fue inmediato, sentí su mano agarrarme el cabello mientras la otra aceleraba las idas y venidas en su verga llena de saliva. Estábamos llegando al mejor momento de la partida, el que más me satisface. Abandoné sus bolas justo para sentir cómo brotaba el esperma en mi boca y se derramaba en mi lengua.

    Cuánto te amo, mierda…

    Me levanté para volver a besarlo, sabía que le gustaba probar su propio sabor en mi boca. La calma se instaló, propicia para dejarse llevar tranquilamente por el sueño. Conversamos un rato y, mientras le acariciaba la barriga, me preguntó qué me gustaba de él o, más bien, por qué cachaba y me arrechaba con él, “Gordo, calvo y morboso”, según sus dichos. Demoré unos segundos antes de contestarle, repentinamente tímida.

    Pucha, nunca lo vas a entender.

    Traté de dormir un poco mientras me abrazaba, pero mi cerebro no me dejaba en paz, quería disfrutar cada segundo de este fin de semana. Estaba ansiosa por vivirlo todo. Me di la vuelta y lo abracé yo, como lo suelo hacer con los que amo, con un cariño maternal, experimentando un profundo y encantador momento de paz. Envolvía su espalda con mi brazo, manteniéndolo con mi mano y con la otra sujetaba su cabeza, movía apenas los dedos, entre caricia y rascadita. Tenía su cara contra mi pecho y lo escuchaba hundirse en el sueño a medida que sus respiros ralentizaban.

    Dormité unos minutos, pero mi siesta se acortó al sentir las gotitas de sudor que se resbalaban en mi espalda. Hacía mucho calor en el departamento. A pesar de los esfuerzos constantes del ventilador, este abrazo de siesta desnudos había vuelto a despertar nuestro talento compartido de convertirnos en charquitos.

    El barbudo se despertó besándome suavemente. Como siempre, regresaron las imágenes y las sensaciones, volví a pensar en lo poco de vida compartida que habíamos tenido. No me podía quitar de la cabeza de lo que hubiera sido estar juntos pero no me atrevía a decirle que no compartía su certeza de que “no puede haber dos locos en una pareja”.

    Y tu piel sigue oliendo a casa, maldito.

    Casi eran las 6 de la tarde. Afuera, la luz empezaba a disminuir, llevando con ella el calor sofocante de este agosto siciliano. Me dirigí hacia el baño y pasé delante del cuarto del rubio. Había dejado la puerta abierta y era obvio que nos había escuchado tirar. Fuera del aire acondicionado, el departamento también carecía de cualquier posibilidad de intimidad acústica. Me paré un rato para mirarlo. Estaba echado boca arriba, se había quitado el polo y las lentes. Tuve que resistir a la espontaneidad de ir a abrazarlo y darle besos para despertarlo con cariño. Sentí un ligero escalofrío en la espalda, en realidad, tenía unas ganas irreprimibles de tocarlo y pegarme contra su pecho.

    Ducha, fría. Calzón, negro. Vestido, negro. Sin sostén. No sirve, fuera de esconder los pezones siempre erguidos que reinan sobre mis pequeñas tetas – “Que caben perfectamente en la palma de la mano”, dicen.

    Salimos buscando dónde tomar algo y comer en las callecitas del centro histórico. Caminaba detrás, mirando al barbudo y al rubio avanzar en la muchedumbre y las luces, ya quería que fueran míos juntos. Trataba de contener mi necesidad de contacto físico, temía que no fuera apropiado.

    Somos amigos, claro.

    El plan que había expuesto el barbón era: salir, festejar, conversar, divertirnos, emborracharnos, disfrutar de la noche, el resto es “extra”. Ya.

    Encontramos un bar donde sentarnos y nos alegramos con la generosidad de las copas de vino. Me hubiera gustado poner mi mano en el muslo del barbudo mientras estábamos sentados, pero sólo me atreví a poner mi pierna contra la suya, con una presión suave. Me gustaba sentirlo cerca, hubiera querido que nos congeláramos así para siempre.

    Si supieras cuánto te extraño.

    Conversamos bastante y nos reímos mucho, son amores estos dos chicos. A cada minuto me gustaba más y más el rubio, quería tomarle la mano o tocarlo, darle una señal para que sepa que a él también le tenía ganas, pero no me atreví tampoco. Tenía la sensación de que se estaba estableciendo un equilibrio entre los tres. Era una intimidad compartida y efímera, sólo para este par de días, pero me daba miedo ir demasiado rápido y que el uno o el otro saliera de este triángulo naciente. Qué pena hubiera sido, ahora que imaginaba los mejores escenarios para el final de la noche.

    De copas de vino pasamos a cocteles en un bar con música electrónica. Encontramos a un par de alemanas amables y que estaban muy borrachas, una flaca y una más gordita, se veían más jóvenes que nosotros, unos 25, por ahí. Eran sonrientes y bullosas, me cayeron bien, aunque no entendía lo que les estaban contando el rubio y el barbudo, cuya mirada viva acompañaba el flujo continuo y entusiasta de su voz ronca. Me pregunté si él también se las estaba imaginando a cuatro patas con sus falditas de verano levantadas por la cintura en el sofá del departamento, porque a mí no me costó mucha imaginación tener esa imagen nítida de estos dos culos blanquitos ofreciéndose a quién fuera que los quisiera cuidar. Es otro rasgo que compartimos, el gran talento de imaginar a cualquier persona desconocida en la posición más obscena que sea – imagínense el infierno cotidiano: que sea un viaje en metro o una reunión de trabajo aburrida, es un esfuerzo de cada instante para no terminar en el baño masturbándose cada dos horas.

    Estas dos chicas me hubieran cambiado un poco los planes, pero no me iba a hacer la celosa, teníamos suficiente morbo para contagiar a dos más, sin problema. Las tetas de la más carnosa daban saltitos cuando se reía, como si hubieran querido escaparse del encaje que las apretaba y se dejaba adivinar. Tomando un sorbo de gin, me imaginaba sacándolas de sus nidos respectivos y dejándolas expuestas a las luces de la noche, para que el rubio y el barbudo las agarrasen y las mamasen. Sonreí, me quedé educada y amable, tratando de comunicar con ella con algunas palabras de inglés.

    Si vieras las imágenes que tengo en la mente, tontita…

    Mientras me perdía en mis fantasías, no me di cuenta de que habían decidido cambiar de sitio y alcanzar un callejón que habían conocido el día anterior, famoso para sus bares y repleto de gente. Terminamos los tragos y nos fuimos, seguidos por las alemanas y sus risitas. Trataron de conversar conmigo, buscando mi aprobación acerca de la belleza de los italianos con un castellano aproximativo. Cuando cruzamos un grupo de cuatro chicos morenos y con acento a pasta con pesto, obviamente se dieron la vuelta y les siguieron. “Ciao tetas”, pensamos los tres.

    Nos sentamos en unas gradas del callejón en medio de la gente, el rubio y el barbudo estaban en lo que llamaban su “viajecito” suave de drogas, a penas para estar despiertos y sentir las cosas como si todo fuera muestras de nubes. Pedimos otros tragos antes de que cerrase el bar más cercano, prendimos un pequeño que tenían e impuse una cumbia villera que llevaba hace días en la cabeza. El rubio, sentado a mi lado, se iluminó: “Es exactamente lo que necesitaba”. Noté que me miraba con más intensidad y que me hablaba más cerca, ya se estaba despejando un poco su timidez. Su pierna estaba claramente contra la mía mientras conversamos. Creo que el barbudo se dio cuenta y se quedó quieto a mi otro lado “disfrutando del viaje”. Se desprendía del rubio un equilibrio perfecto entre deseo ligero y ternura, lo quería besar. Sus rizos ondulaban en las luces del callejón cuando se reía con mis bromas. Era guapo, era tierno y sentía que mis ganas eran compartidas. Ya era tiempo de regresar al horno de departamento que alquilábamos.

    Son las 5 de la mañana y siento todavía el chorreo amargo de la coca en mi garganta.

    Hacía un calor infernal en la sala. Los chicos se quitaron los polos y prendieron los ventiladores. Me dejé caer en el piso de mayólica buscando algo de frescura mientras el barbudo empezaba a prepararse un porro, sentado en un sillón. Miradas cómplices entre nosotros dos, compartíamos las mismas expectativas. El rubio regresó a la sala con una botella de agua y se sentó a mi lado, mientras le pedía al barbudo que me haga un cigarro. “Te hago un cigarro si le das un beso al rubio”, me contestó.

    Ay, tú…

    “No hace falta que me hagas un cigarro para que le bese”, le dije, dándome la vuelta para encontrar los labios sonrientes del rubio.

    Allí estamos.

    Fue un beso compartido, esperado, rico y ardiente. Yo llevaba mucho tiempo sin besar a alguien por primera vez. Sonreímos, disfrutando de cómo desaparecía la vergüenza y la timidez. El barbudo había abierto el sofá negro en L y estaba cubriendo el cuero sintético metódicamente con una sábana blanca que había robado en la habitación más cercana. “Para estar más comoditos”, dijo, al darse cuenta de que le estábamos mirando con curiosidad. La escena parecía irreal, entre la sábana que contrastaba con todo el resto, con su color blanco limpio y puro y su olor a florcitas de detergente, y la dedicación del barbudo, porro en la boca, para armar esta cama gigante.

    El rubio permaneció sentado en el piso, mientras el barbudo retomó su sillón. Me instalé en el sofá cama, sentada con las piernas extendidas, los brazos abiertos y apoyados en respaldo, regia. Me sentía como una santa en su altar o alguna cosa sagrada parecida. “¿No tienes calor, Bellota? ¿Por qué no te quitas el vestido?”, me preguntó el barbudo, buscando un encendedor en la mesa baja como si no pasara nada. De repente me agarró el pudor por la presencia del rubio, aunque le tenía ganas, no sabía hasta donde hubiera aceptado llegar. Tenía calor obviamente, era demasiado excitada y a la vez tenía miedo de que todo se cayera a pedazos con un solo gesto mío. Sonaba una cumbia electrónica, lenta y mareante, miré al barbudo en los ojos. Abrí el cierre que estaba en el costado de mi vestido, dejando adivinar la curva ligera de mi teta. Me dejé caer más en el sofá y subí mi vestido corto por mis piernas, se veía todo mi calzón. El barbudo ya se mordió el labio inferior al mirarlo mientras el rubio estaba disfrutando de sus últimos segundos de duda acerca de lo que iba a suceder, tratando de enfocarse en lo que estaba fumando antes que lo interrumpiese.

    “Rubio, súbete en esta nave gigante, por favor, quiero abracito…”

    Me agaché hacia él para recogerlo y atraerlo con un beso. Se subió a bordo con mi lengua buscando la suya. Nos abrazamos con fuerza sin que parara el largo beso, sentía sus manos que recorrían mi espalda, apenas se atrevía a tocarme las nalgas. Pero desde la mañana le tenía unas ganas que le iban a mandar a volar bien lejos y quise pasar a una velocidad superior. Lo empujé y me senté a horcajadas sobre él. Se quitó los lentes y la sonrisita, más rico aún. Me encantó ver cómo se transformaba su expresión a medida que aumentaba el tamaño del bulto entre sus piernas, en el cual estaba sentada. Era una mirada hambrienta, con una chispa de rabia que anunciaba que el pudor y la buena educación se estaban alejando. Me quité el vestido, mientras el rubio se deshizo de su short con un movimiento apurado. Levanté la mirada y vi que el barbudo había tomado su posición favorita de voyerista, sentado en el sillón a nuestro lado. Su mano estaba tocando suavemente su sexo a través de su bóxer, estaba aguantando. Yo sabía que se moría por empezar a corrérsela mirándonos. El efecto de tenerlo tan cerca fue inmediato. Empecé a respirar hondo y a sentir este inaguantable vacío entre mis piernas abiertas, mientras mi calzón mojado torturaba deliciosamente mi clítoris y se pegaba a los labios. Quise esperar todavía un poco y darme el gusto de probar al rubio, ansiosa por lamer y chupar este sexo que mi mano acababa de encontrar duro e impaciente. Bajé lentamente desnudándolo y acercando mi cabeza a su pubis beso tras beso. Parecía que lo poco de pudor que le hubiera quedado se había evaporado con la excitación, no le importaba la mirada del barbudo ni su mano que ya se estaba agitando en una masturbación franca. Olía rico el rubio, me gustaba su piel, tenía algo que me dio escalofríos de felicidad en la espalda. Su verga era perfectamente contundente, parecida al tamaño de la del barbudo.

    Podría pasar de una a otra sin darme cuenta.

    La lamía, lentamente, tal como lo había hecho en la tarde con la del barbudo, con todo lo ancho de mi lengua cálida. Escuchaba sus suspiros y sentía los espasmos de sus piernas que revelaban su excitación cuando mi lengua recorría sus bolas y las dejaba mojadas para que mi mano se deslizara sobre ellas con una caricia suave. Subí hasta la punta de su verga para recoger la gotita que se había formado allí, delicioso detalle. Gimió de alivio en el momento de entrar en mi boca, acompañado por mi lengua que se apoderaba de su sexo, jugaba con él y lo invitaba a entrar más profundo, sin que mi mano soltara sus bolas. Tenía la otra mano en mi calzón, me tocaba como me gusta, con la palma que apretaba mi pubis y dos dedos acomodados en mi sexo que se consumía por un fuego húmedo. Me estaba acercando al colmo de la excitación con su verga que me ocupaba toda la boca. Sentía que me podía venir en cualquier momento y solté un poco la presión de mi palma para contenerme un rato más. Parecía que al rubio también le estaban costando estos preliminares y me levantó por debajo de los brazos para que mi boca regresara a la altura de la suya. Se volvieron a encontrar nuestras lenguas y me quitó mi calzón. Agarró su verga y me la metió de una vez, entrando sin pena en mi concha que chorreaba. Una onda de choque me recorrió todo el cuerpo.

    Qué rico me llena…

    Nos estamos sonriendo vorazmente. “Te tuve ganas todo el puto día”, le dije. El barbudo se había levantado y se estaba masturbando a nuestro lado. Su verga estaba a la altura de mi cabeza y levanté los ojos para dirigirle la mirada de aprobación que anhelaba, arrecho e inquieto. Mi boca volvió a encontrar esta hermosa pinga que había dejado en la tarde, y yo me encontraba en una posición obscena teniéndolos a ambos. Me llenaban por ambos lados y no iba a poder aguantar mucho el orgasmo que sentía subir en esta deliciosa sincronía de idas y vueltas. Miré al barbudo que me había agarrado la cabeza y me mantenía su verga profundamente en la garganta, mi saliva se resbalaba en mi barbilla.

    Así es como más te gusto ¿verdad?

    No hizo falta nada más que este intercambio de miradas para que me viniera, con la delicia de tener la boca llena y sintiendo cómo mi concha apretaba la verga del rubio con espasmos frenéticos.

    Me dejé caer de costadito, con una sonrisa beata. El rubio, que seguía muy excitado, no me dejó tiempo para recuperarme de la rica tormenta mojada que acababa de pasar entre mis piernas y se subió encima de mí. Me abrió las piernas y me volvió a penetrar de golpe, llenándome de nuevo con su verga, más dura que nunca, con movimientos de cadera enérgicos y rápidos. Su frente estaba pegada a la mía, mi lengua jugaba con la suya, lamiéndose con besos líquidos, apenas escondidos por la cortina ligera de sus rizos dorados. El barbudo había retomado su asiento, emperador del voyerismo sentado en su trono, y se pajeaba mordiéndose el labio inferior con los ojos fijados en la verga del rubio que entraba y salía de mi concha. Hacía tiempo que yo sabía que le encantaba que le contara como me cachaban mis novios y amantes, pero nunca le había visto tan excitado e hipnotizado al ver cómo mi sexo mojado se tragaba una verga.

    Ay, mi vida, qué rico verte así.

    Mientras los golpes del rubio se aceleraban, quise regalarle al barbudo otra perspectiva. Me gustaba que me mirara. El rubio entendió al toque lo que yo quería y se echó dócilmente, esperando que le chupara de nuevo. Si yo tenía una sonrisa beata hacía unos minutos, parecía que él estaba probando unos instantes de la más divina gloria, santificado por mi lengua en su sexo. Lo comía todito, dedicada y arrecha, le amasaba las bolas y le escuchaba gemir con satisfacción. Sentía la mirada del barbudo y, para provocarlo, empecé a masturbarme en esta posición, en cuatro patas, mirándolo, con la verga de su amigo metida hasta la garganta y dos dedos en mi concha. Se estaba pajeando rápidamente, con una mirada nublada por el morbo y la violencia de un deseo irreprimible.

    Cerré los ojos un segundo para enfocarme en la sensación que me procuraban mis dedos. En vez de hacerlos entrar y salir de mi sexo, hacía lo que más me gusta, los dejaba bien metidos y los movía lentamente adentro, alternando presiones y círculos en esta partecita sensible que algunos llaman el punto G. Sentí una nueva ola de placer a punto de derramarse entre mis piernas y abrí los ojos para aguantarme un rato más, sin soltar la verga del rubio que me ocupaba toda la boca.

    Vi que el barbudo ya no estaba en el sillón y, en este momento, sentí su lengua recorrer mi culo. Saqué mis dedos para dejarlo lamerme, sentía su barba contra mis nalgas. Sus gemidos de animal voraz que acaba de probar una carne fresca se mezclaron con los del rubio. Él me agarraba las tetas para mantenerme el busto hacia abajo y su verga en la boca, con el culo expuesto a la lengua y a las voluntades del barbudo. Casi me caí al sentir tres de sus dedos penetrarme, satisfaciendo mis ganas de sentirme llenada de nuevo. Estaba totalmente a su merced, me arqueaba y avanzaba mi culo hacia él para que sus dedos me follaran más fuerte. Me imagino que no podía aguantar mucho más lo que estaba viendo, yo en cuatro, esclava de una pinga que me llenaba la boca y de sus dedos, que ya no eran suficientes. Fueron rápidamente reemplazados por su verga dura e hinchada por la deliciosa frustración que le había provocado este largo momento de voyerismo. Una de sus manos guiaba mi cadera con fuerza para obligarme a sentarme en su pinga. La otra me agarraba la nalga con el pulgar metido en mi ano en el cual había procurado escupir copiosamente. Solté la verga del rubio para que me la pase en los labios y en la cara, la lamía como nunca, llena de saliva y con los ojos cerrados. El barbudo me estaba cachando rico y fuerte, con estos golpes de cadera que le hacen vibrar a uno todo el cuerpo y anuncian la apoteosis. Sentí el terremoto subir de mis piernas a mi pecho, apretándome el corazón y liberándose en una exquisita explosión entre mis piernas, acompañada por un gemido ronco y arañando la sábana blanca. Me vine por tercera vez de la noche, entre sus dos vergas, morbosa bajo sus miradas.

    No hizo falta ningún gesto mío para que se retiren, veían que estaba a punto de desmayarme por la violencia del orgasmo que acababa de tener. Les abracé sucesivamente, con el cariño apacible y agradecido parecido al que tienen los niños antes de dormirse. Entendí que también estaban cansados y que no se quedaban frustrados por no haberse venido, estaban plenamente satisfechos con lo que acababa de pasar entre nosotros. Me sonrieron mientras subía las escaleras como una somnámbula, jalada por un hilo invisible hacia su cama. Los escuché hablar un rato y no pude resistir al sueño, de mala gana, era un desperdicio de las pocas horas que teníamos la suerte de compartir.

    En un momento de optimismo organizacional, habíamos decidido despertarnos a una hora respetable para poder ir a disfrutar de un día en la playa. Así que sonó el despertador de mi celular a las 10, después de una noche suficientemente corta para que me parezca que no se había interrumpido del día anterior. Volvieron a mi mente las imágenes de lo que había vivido hacía unas escasas horas: la sábana blanca, la sonrisa inmensa del rubio, la lengua del barbudo, sus vergas, el deseo, el sudor, mi goce impúdico e implacable.

    Me sentía febril, habitada por una energía extraña pero suficiente vivir todo lo que me ofrecía este segundo día, ya quería estar contra sus cuerpos. El barbudo me había mandado un mensaje antes de dormir: “No te acompañé para que descanses bien, porque no pudiste dormir por mí antes. Estoy en el cuarto de abajo por si quieres venir”. Me emocionó la invitación y menos de un minuto después, le había alcanzado en la pequeña cama que ocupaba. Nos quedamos abrazados un momento, disfrutaba de sentirme acogida de nuevo por su barba suave y el olor de su piel.

    Entre excusas y confesión, le dije que iba a ser un día en el cual yo buscaría contacto y que de antemano le pedía perdón por si le pareciera inapropiado.

    Lo que me pasaba era más allá de lo que podía controlar, la energía que sentía era como un instinto de supervivencia que me obligada a estar en contacto físico con ellos. Tenía la misma sensación que cuando siento subir una tremenda cólera o cuando siento que me estoy enamorando: como si tuviera un árbol que creciera en la espalda, desplegando sus ramas hasta mis hombros. Era una sensación agradable por ser terriblemente frágil, a punto de desaparecer en cualquier instante. Cada caricia del barbudo era una nueva rama que crecía. Cuando se paró para ir a ducharse, el árbol y sus ramas desaparecieron, dejando una sombra que me atravesaba el cuerpo.

    Mi horror al vacío…

    Con más precauciones, me fui a despertar al rubio en la habitación vecina Me había puesto un polo y me eché púdicamente a su lado, regalándole besos suaves en las mejillas y en la frente. Estaba muy feliz de volver a rozar sus rizos y de encontrar de nuevo su sonrisa y su mirada adormecida. El árbol empezaba de nuevo a crecer. “Lo lamento, pero es altamente probable que sea muy cariñosa hoy, contigo y con el barbudo. Si te molesta, no dudes en mandarme a la mierda, sé que puedo ser pesada cuando necesito contacto”. Se rio y me dijo que no le molestaba el cariño, al contrario. Nos besamos sonriendo y tranquilizados, el día se anunciaba hermoso y, como le dije al presionar mi pierna sobre su bóxer, teníamos algo pendiente.

    Luchando contra una resaca que no habían atenuado ni el café espeso preparado por el barbudo ni los dulces que había comprado para desayunar, tomamos un bus para ir a la playa más cerca. Después de una media hora de ruta, saltamos en el paradero huyendo del calor sofocante del bus lleno. El agua turquesa nos esperaba y, a pesar de la falta de espacio que había en una ridícula lengua de playa pública, conseguimos un sitio para instalar nuestras toallas. Compramos una sombrilla roja de calidad mediocre para evitar que el rubio y yo tomáramos un lindo color a cangrejo en menos de media hora bajo el sol siciliano.

    El día pasó rápido, entre las cervezas de los vendedores ambulantes y las idas al agua para refrescarnos. Nos reímos mucho, fumamos y tomamos. Al final de la tarde, el barbudo se echó en su toalla para dormir un rato. Quería recuperar algo de energía para la noche. Yo estaba echada entre los dos, y me moría por estar abrazada por ambos. Acariciaba suavemente el cráneo del barbudo y con la otra mano buscaba la del rubio. Había rozado concienzudamente a los dos todo el día, con mucho pudor y discreción, pero sin miedo y disfrutando sencillamente de poder tocarlos. El barbudo nos dio la espalda con un gemido dormido y feliz, lo abracé un rato así y me di la vuelta hacia el rubio, dejando una de mis piernas enredada con las de barbudo. “Creo que te has quemado horrible a pesar de la sombrilla”, le dije al rubio, viendo su pecho enrojecido, y lo besé delicadamente con los labios entreabiertos. Nos acercamos un poco más para que se toquen nuestros cuerpos, nos seguíamos besando con ternura, tenía mi pecho contra el suyo. Me imaginaba que la gente que paseaba en la playa se preguntara qué mierda éramos los tres, empanizados de arena en medio de lo que seguramente parecía un cementerio de cervezas. Yo, echada a mitad sobre el pecho del rubio que me abrazaba, besándolo, mientras mi otro brazo abrazaba al barbudo y le acariciaba. Sentía su mano discretamente puesta sobre mi culo y mi pierna entre las suyas. Un nudo humano desordenado y exageradamente feliz, eso éramos.

    No hace falta decir que, con el rubio, no conseguimos dormir ni un minuto. Al besarnos, habíamos vuelto a abrir la cajita de Pandora y las ganas recíprocas se pusieron rápidamente insoportables, cuando recordamos lo que quedaba pendiente entre nosotros. Felizmente, no se notaba con mi bañador negro, pero me estaba mojando a medida que su verga se endurecía contra mi barriga, sentía mi pulso cardiaco latir en mi clítoris. La situación me excitaba mucho, nos estábamos calentando mutuamente casi sin movimiento, tratando de mantener contundencia y discreción en esta playa frecuentada. Sólo se trataba de presiones en las zonas más sensibles, de respiros un poco más hondos, de una lengua que se ponía más atrevida y lamia la otra en un beso húmedo. El barbudo, que seguramente tiene un sexto sentido para percibir la arrechura a kilómetros de distancia, se había puesto boca arriba e hizo pasar mi mano en su entrepierna. Sentí su verga dura con delicia. Los tres estábamos de nuevo conectados y morbosos, probablemente con las mismas ideas. Tenía ganas de besarlos juntos, de escupir sobre sus vergas y masturbarlos, allí mismo, frente al mar.

    Respiraba hondo, mi mano era inmóvil en la ingle del barbudo, rozando su verga a través de su short, la otra apretaba la mano del rubio. Quería que me cacharan por turnos, que me dejaran siempre con una pinga metida en la concha o en la boca, quería lamerlos de nuevo, mojarme sin vergüenza y que vieran como chorreaba por ellos hasta la mitad de mis muslos. Cerré los ojos, tenía la mejilla pegada a la del rubio, “No puedo más, tengo demasiadas ganas”, le dije, y suspiró un “Yo también” que sonaba como una súplica. Era verdad que él no se había venido el día de antes. Lo sentía tan tenso que estaba segura de que un par de lenguazos hubieran bastado para que me llene la boca de semen. Estaba tan arrecha que me sentía dispuesta a franquear el último paso que nos faltaba para llegar al colmo. Ya le había dicho al barbudo que a veces había tenido ganas que me la meta por el culo.

    En este momento, la excitación era tan fuerte que quería sentirlo allí mientras el rubio me cachara. Me imaginaba esta sensación de estar totalmente llenada, con dos vergas moviéndose suavemente dentro de mí. Creo que no aguantaría medio minuto antes de venirme, por lo rico de sentir mi culo abrirse a medida que le sexo del barbudo avanzaría en él, con el rubio clavado en mi concha. Temblaba de ganas, literalmente, torturada por mi entrepierna y las imágenes obscenas que tenía, escuchando los respiros rápidos del rubio. El barbudo, aparentemente más resistente a la frustración que nosotros, se sentó en su toalla, bostezando y estirando los brazos, jugando al que acababa de despertarse. Yo quería regresar al departamento en seguida o encontrar un baño público o cualquier sitio para masturbarme y relajar algo la tensión sexual que sentía. Pero tenía que aguantarme un poquito todavía.

    Encontré un poco de calma quitando la arena de mi toalla y buscando mi ropa para vestirme. Como era todavía temprano, decidimos quedarnos para seguir disfrutando del ambiente playero y caminamos en el paseo que bordaba el mar. En una placita, nos sentamos en la terraza improvisada de la tienda de vinos, quesos y fiambres, donde atendía una pareja de ancianos. Pedimos piqueos y vino, eso era exactamente lo que queríamos para empezar la noche.

    Regresamos al centro de la ciudad en taxi, cantando y riendo. Todo era perfecto. La fatiga no se sentía tanto, había sido reemplazada por la excitación de la noche que empezaba, sinónimo de fiesta, de tragos y de sexo para los tres.

    Apenas llegados al departamento, me fui a ducharme. Dejé la puerta del baño entreabierta, para indicar claramente que estaba dispuesta a compartir el agua, el jabón y mi culo con el que no hubiera podido esperar que yo terminara para bañarse.

    Siempre me encantaron las duchas después de la playa, cuando siento el agua caer en mi piel cálida, llena de sol y de sal, y que paso mis manos en mis brazos, en mi pecho y en mis piernas para quitarme la arena. Mi mano se deslizaba en mi piel dejando una estela de minúsculas burbujas de jabón, pasaba mis dedos entre los labios de mi vagina y entre mis nalgas. Empecé a jugar con mi clítoris, me excitaba que el rubio y el barbudo estuvieran justo al lado y que los hubiera bastado mirar por la abertura de la puerta para ver que me estaba tocando. Como no quería venirme solita, o por lo menos sin espectadores, terminé mi ducha con agua fría para calmarme. Me sequé y puse un calzón limpio que en seguida se pegó a mi sexo, ajustándose a mis labios. No dejaba de mojarme a pesar de los escalofríos que me habían provocado el agua helada. Salí del baño enrollada en una toalla, dejando el sitio al rubio que parecía apurado. Me quedé sentada en el sofá un rato mientras el barbudo armaba un porro.

    “Tengo que arreglármelas antes de salir, estoy demasiado arrecha, no me puedo quedar así”, le dije. No escuché lo que me contestó, el rubio acababa de cortar el agua de la ducha. Corrí hasta el baño, toqué la puerta. “Pasa, pasa”, me dijo en medio de una neblina olor a jabón. Estaba todavía mojado y sólo llevaba su toalla en la cintura. Me acerqué y lo abracé, amasando su espalda con fuerza. Levanté la cara para encontrar sus labios y nos empezamos a besar, con ternura, al inicio, y rápidamente como dos muertos de hambre que se quisieran devorar. “Tenemos algo pendiente”, susurré. “Es cierto”, me contestó mientras se caía su toalla en el piso. Me puse de rodillas para chuparlo, agarrándole las nalgas. Su verga estaba aún más dura e hinchada que el día anterior. El final de la tarde en la playa nos había dejado con una frustración sexual intensa a la cual estábamos a punto de remediar. Me tragaba su sexo con gula y satisfacción, por fin me volvía a llenar la boca. No tuve mucho tiempo para disfrutarlo así porque me levantó rápidamente y me volteó. Apoyada contra la pared, al lado de la puerta que no habíamos cerrado, me puse de puntillas para estar a la altura de sus caderas y abrí las piernas, presentándole mi culo para que me cache. Sentí su cabeza en mi hombro, y me penetró de una vez, avanzando inexorablemente en mi concha cálida y húmeda. Contuvo un gemido fuerte y me abrazó, agarrando mis tetas. Sus idas y venidas lentas me procuraban un placer intenso, no iba a poder aguantar mucho tiempo. Echó su busto un poco atrás, como para tomar impulso. Sus manos bajaron hacia mis caderas y las alejaron de las suyas. Sentí su verga que se retiraba, dándome una intensa e inaguantable sensación de vacío y de frustración.

    Tú también sí sabes…

    No quedaba nada del rubio tímido que parecía la primera vez que lo había visto. Ya empezaba a jugar también conmigo. Se quedó unos segundos justo en la entrada de mi vagina, con la punta apenas metida. “Por favor”, gemí. Le estaba rogando para que me llene de nuevo. Como si esperara que se le pida, me la metió de golpe. Empezó a cacharme con fuerza, sus caderas chocaban contra mi culo con un chasquido que seguramente arrechaba al barbudo que estaba a unos metros. Yo apretaba la palma de mi mano en mi clítoris y me agarraba todita así, dejando la verga del rubio pasar entre dos de mis dedos. Con la presión de mi mano e imaginando al barbudo masturbarse al escucharnos, me bastó un golpe de cadera más fuerte del rubio para que me viniera, mordiéndome el labio para contener un grito. Había esperado eso todo el día.

    Me fallaron las piernas y el rubio me abrazó. Me di la vuelta para mirarlo y besarlo. “Qué rico, carajo…”, le dije, contestando a la inmensa sonrisa que iluminaba su cara.

    Lo quería hacer venir, me obsesionaba y me excitaba demasiado la idea de verlo en este momento. Hasta hubiera dejado de lado mi afición para la felación y las ganas que me la meta para corrérsela, enfocarme en él y disfrutar plenamente de su placer que hubiera brotado en mi mano y que me hubiera apurado lamer, encantada.

    Con dos dedos, le empecé a acariciar ligeramente la verga. Su sonrisa desapareció y cerró los ojos. Seguía perfectamente dura y parada, la agarré con más firmeza para masturbarlo. Me había mojado tanto al venirme que su sexo estaba todavía bien lubricado y lo hacía correr en mi mano más y más rápidamente. Este sonido húmedo de masturbación y la dureza de su verga me volvieron a calentar. “Mejor vamos a tu cuarto, ¿no?”, le pregunté, y cruzamos en seguida el pasillo para entrar en la pequeña habitación que estaba al frente.

    Nos tiramos en la cama que estaba de frente a la puerta, que habíamos dejado completamente abierta. Yo esperaba que el barbudo se uniera a nosotros. Sabía que no se perdía nada de lo que estaba pasando y que probablemente la tenía tan parada como el rubio. Me subí encima de él, dando la espalda a la puerta y el rubio no me dejó el tiempo de chuparlo, agarró su verga y la presentó en la entrada de mi vagina. Sentí con delicia como me volvía a penetrar lentamente. Una rica descarga eléctrica me recorrió la espalda y bajé poco a poco mis caderas para sentarme completamente en él y que entre totalmente. Empecé a moverme lentamente, con las piernas lo más abierto que pueda, para tenerlo lo más profundo posible. Me miraba a los ojos, ya estaba empezando a notárselo el vicio y me encantaba.

    Como no me había dejado usar mi lengua y quedaba con ganas de tener algo en la boca, tomé dos de sus dedos para lamerlos y chuparlos. Sostenía su mirada mientras jugaba con sus dedos como si hubiera sido su verga. Sentí que se arrechaba más aún al verme así y empezó a moverse más, levantaba sus caderas y ya era él que daba el ritmo. Sus dedos entraban y salían de mi boca, como si me la estuviera cachando. Jugaba con mi lengua, recogía la saliva que chorreaba en mi barbilla con su pulgar y me la esparcía en los labios, morboso. Este juego me excitaba, sabía que se me veía muy zorra así y me gustaba compartir esta lujuria con el rubio. Me estaba mojando hasta el ano y me sobaba sin pudor en su pubis. Me quito sus dedos de la boca para agarrarme las caderas y moverse más rápido. Me tenía tan pegada a él que la fricción húmeda contra mi clítoris se volvió rápidamente inaguantable. Todo su cuerpo se tensaba, sus idas y venidas fuertes y constantes se ponían más y más rápidas. “Voy a venirme de nuevo”, le dije, ya no contenía mis gemidos. “Yo también…”, me contestó entre dos respiros hondos y entrecortados. Di un profundo y fuerte movimiento de caderas para sentirlo más fuerte al momento de llegar al orgasmo. Acompañada por un delicioso terremoto en todo mi cuerpo, mi vagina apretó su verga que sentí contraerse mientras gemía con los ojos cerrados y que me llenaba de leche. Qué guapo era al venirse este huevón. El goce le iba de maravilla, le daba a su cara esta increíble expresión que algunos tienen al momento de venirse y que es casi imposible distinguir de un gesto de dolor.

    A nuestros gemidos de goce se añadió un “Ah…” satisfecho que venía de la puerta. El rubio se rio mirando detrás de mí. Me di la vuelta y descubrí al barbudo que había instalado el sillón en la entrada del cuarto para mirarnos y corrérsela. “¡Qué rico, se vinieron juntos!”, nos dijo con una mirada pícara, dejando un segundo su hermosa costumbre de morderse el labio.

    … me entrego a ti y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte…

    “No quise interrumpirlos y para estar más comodito, me traje el sillón acá”, nos dijo el barbudo, guardando tranquilamente su sexo en su bóxer. Nos reímos los tres, en este preciso momento, la vida era sencilla y perfecta.

    Nos vestimos y salimos para encontrarnos con una chica que habían conocido un par de días antes en un bar. La noche fue linda, la chica nos presentó a sus amigos, acogedores y chistosos. Tomamos felices y con momentos de cariño ligero, una mano en la cintura, un abrazo largo, todos experimentamos un bienestar calmo y continuo a pesar de los tragos y del ambiente de fiesta. Mientras la chica nos había invitado a seguirla a una fiesta en el departamento de uno de sus amigos, me di cuenta que apenas me quedaban unas horas antes de volver al aeropuerto. No sabía cuándo iba a volver a ver al barbudo y esta vez, necesitaba estar segura que entendiera. Le di un beso en la mejilla al rubio que me abrazada en el sofá de la inmensa sala del departamento burgués en el cual estábamos terminando la noche y me fui a sentar al lado del barbudo, dedicado a preparar un porro. Desde el día anterior, estaba pensando en lo que me había dicho acerca de mi atracción para él. A pesar de que habíamos compartido la más grande intimidad física, temía todavía hablarle de sentimientos. Me atreví, por fin. “Tengo que decirte algo. Cuando ayer me dijiste que no entendías cómo podía ser que me arrechara contigo, supuestamente gordo, calvo y morboso, pues ahora que termina el fin de semana y que ya no tengo miedo de cómo va a pasar, te voy a contestar.” Tomé un momento para inspirar, me latía el corazón tanto como para un primer amor de colegio. “Barbudo, estoy profundamente enamorada de ti, eso no cambió desde hace años. No sé por qué te amo, es así, nada más. No te pido nada, sólo que no lo olvidas. Es incondicional y no va a cambiar a pesar de que sigamos nuestras respectivas vidas o que no nos veamos durante años.”

    “Lo sé, Bellota, lo sé”, y me abrazó, agradecido.

    Pasé las últimas horas antes de que llegara mi taxi durmiendo, abrazada por los dos en el sofá cama que había acogido nuestras fantasías. Seguramente las paredes centenarias de este departamento antiguo nunca habían visto a tres personas quererse tanto.

  • Fiesta en mi facultad

    Fiesta en mi facultad

    Mi facultad realizaba una fiesta cada año, esa ocasión era nuestro turno, como es de suponer este trabajo fue muy demandante, al final conseguimos un hermoso lugar a las afueras de la ciudad, parecía un pequeño castillo con un salón principal enorme con grandes ventanas que permitían observar el paisaje exterior. Todo iba genial a falta de una semana, mi novio David y yo salimos a comprar vestidos y accesorios, conseguí un hermoso vestido corto, con detalles plateados, aunque no me gustan mucho los escotes, ya que considero mi pecho demasiado voluminoso, este vestido tenía ese escote perfecto para mí, a David también le fascinó el vestido, por lo que estaba muy feliz y segura de mi elección.

    La noche de la fiesta llegó, y como organizadores llegamos temprano y arreglamos todo, para iniciar la fiesta a las 7 pm, todos empezaron a llegar y pronto el lugar estuvo completamente lleno, mi novio también llegó pero yo aún no me había cambiado, así que me acompaño al baño a cambiarme, una vez ahí mi novio empezó a besarme y por un segundo le seguí la corriente, pero no pude, por qué sentía la presencia de mucha gente alrededor, y lo detuve, él se molestó un poco, continué con mi vestido y salí de allí, no tardaron en lanzarme cumplidos, se sentía muy bien, continué con mis labores de organizadora y David se quedó en una mesa que habíamos separado para nosotros, todo marchaba de manera genial, así que empecé a relajarme un poco, salí a la recepción a tomar un poco de aire y fue cuando lo vi, era Andrés un amigo de la facultad, hace un par de años en una etapa un poco problemática de mi relación con David, nos acostamos un par de veces, se lo confesé a mi novio y por obvias razones me aleje de él, no habíamos hablado desde entonces, esa noche cruzamos las miradas y él vino directo hacia mí, me saludó con un beso en la mejilla y me dijo que estaba muy guapa, le dije que él tampoco se veía tan mal, la verdad se veía muy bien, llevaba un traje a la medida azul, venía con su novia, que también se veía increíble con un hermoso vestido beige, los invite a pasar y los acompañe hasta una mesa con sus amigos, fui a ver a David y estuve con él un momento, estaba solo en nuestra mesa, le dije que en un par de horas sería toda de él, que por favor me esperara, él estuvo de acuerdo, y yo volví a salir a la recepción.

    Eran aproximadamente las 10 y comencé a sentirme un poco cansada, sentí que ya debía entrar y quedarme con David, cuando de repente sentí un suave toque en mi espalda, al voltear me sorprendió ver a Andrés solo, sonriéndome, me dijo al oído que lo acompañara a su auto, quería contarme algo, le dije que no podía dejar el evento, el insistió y me tomó de la mano llevándome al estacionamiento y nos sentamos en la parte de atrás de su auto, empezó por preguntarme como iba mi relación con David, simplemente le respondí que muy bien, continuó diciéndome que no ha dejado de pensar en mí, que me extrañaba, que cuando tiene relaciones con cualquier chica se acuerda de mí, tuve que frenarlo en seco, le dije que no podía decir todas esas cosas, su novia y ¡mi novio! estaban en la fiesta, le recordé que esa breve aventura acabó muy mal y le dije que siento que David aún no termina de perdonarme por lo que pasó, él se calló por un momento y apartó su mirada de mí, no sabía que mas decir, pensé que ya había terminado, así que abrí la puerta del coche para volver a la fiesta, de pronto muy bruscamente Andrés detuvo la puerta quedando de frente a mí, solté un pequeño grito, clavo su mirada en mí, me dijo -Me encantas-, y me besó.

    En ese momento pasaron muchas cosas por mi mente, no pude separarlo de mí, o tal vez no quise, él coloco su mano derecha en mi cintura, y con su mano izquierda movió mi cabello a un lado y continuó besándome el cuello, consiguiendo que me retorciera un poco de placer, mi corazón latía a mil por hora, algo dentro de mi quería detenerlo, pero mi cuerpo no respondía a las demandas de mi cabeza, perdí el control, cualquier indicio de cordura se desvaneció, olvidé que David me esperaba, olvidé que Andrés tenía novia y peor aún perdí la noción del tiempo. Andrés continuó besándome y con mucha delicadeza bajo las tiras de mi vestido descubriendo mi pecho, apasionadamente mordisqueó mis pezones, uff…, yo no podía hacer más que gemir muy suavemente para no llamar la atención de nadie alrededor, entonces se quitó su leva y me acostó en el asiento colocándose sobre mí, besándome de una manera tan irresistible, los labios, mis oídos, el cuello, mi pecho; sus manos empezaron a bajar por mis piernas, apretándolas con firmeza, con sus dedos bajo mi vestido empezó a subirlo lentamente, le pedí que tuviera cuidado, ya que no podía romperlo, además de ser un vestido muy hermoso, fue costoso, él solo se burló de mi petición, pero lo hizo con cuidado y continuó, levanto mis piernas, las beso un poco, luego tomo mi braga y la retiro de un solo tirón, de repente estaba nuevamente desnuda con el mismo chico que me había causado tantos problemas, pero no pude resistir, solo sé que empecé a sentir como sus dedos empezaron a penetrarme de a poco, mientras él jugaba con su lengua y mis pezones, tape mi boca con ambas manos para no gemir tan fuerte, el retiro mis manos y puso sus dedos empapados de mi en mi boca, moviéndolos sobre mi lengua, estaba tan mojada que comencé a sentir como me resbalaba del asiento.

    Andrés se detuvo por un momento e hizo que me sentara, el hizo lo mismo, mi calentura era tal que sin titubear empecé a desabrochar su pantalón, bajándolo por completo, de un solo impulso me senté en sus piernas y continué besándolo, tome su corbata como una cadena obligándolo a besarme los senos, para luego quitársela junto con su camisa dejando al descubierto su pecho tan bien trabajado que no pude resistir besarlo, mientras él tomaba con sus manos mis nalgas, las apretaba y las golpeaba tanto que no pude resistirme más, mi mano tomó su pene tan mojado y caliente y lo introduje dentro de mí, ambos gemimos juntos y nos reímos mirándonos a los ojos, empecé a dar sentones uno tras otro posando mis manos sobre su pecho mientras el sostenía mi cintura con las suyas, mientras mi mente volaba de placer vino a mí el recuerdo de la última vez que habíamos tenido sexo hace ya 2 años más o menos, intentamos hacerlo de perrito pero no duró más de 5 segundos lo cual fue muy decepcionante para mí y quería cumplir esa boba fantasía.

    Lo miré a los ojos y le dije -Te quiero detrás de mí-, de inmediato el me quitó de sus piernas y me colocó de espaldas tomó mi pierna derecha y la ubicó sobre el asiento y me empujó hacia el frente dejándome perfectamente a su disposición, en ese momento agradecí ser pequeña porque de otra manera no lo hubiera conseguido, acto seguido comenzó a penetrarme de manera más deliciosa que había, lo hacía con tal intensidad que mi cuerpo empezó a golpear la puerta y yo no podía contener los gritos de placer, así que tomé su camisa y empecé a morderla para no gritar, sin embargo no sirvió de mucho mis pequeños gemidos eran demasiado evidentes, si alguna persona pasó por allí debió escuchar muy claramente, sin embargo, nada ni nadie podía arruinar ese momento, me penetro una y otra vez, hasta que no pudimos más, él se detuvo y eyaculó afuera, derramando sobre mi trasero y mis piernas su semen caliente, tanto el como yo estábamos exhaustos, sudados y por sobre todo desorientados en el tiempo, habíamos pasado alrededor de una hora en el coche.

    De pronto todo se volvió real, entré en pánico y no sabía qué hacer, le pedí algo para limpiarme y me ofreció unas toallitas húmedas, me apresuré a limpiarme por completo y vestirme, le pedí que no saliera hasta que yo haya llegado a la fiesta, me despedí sin más y salí muy deprisa, al llegar vi a David muy enojado y dentro de mi pensé, lo sabe, pero me acerqué y le pregunté qué pasaba, me dijo que estuvo esperándome más de una hora, y que sencillamente ya quería irse, eso me tranquilizó un poco, y me comporte como una novia comprensiva, aunque por dentro solo quería morirme, le dije que bailáramos y tomáramos algo, pero que me diera un segundo para ir al baño, el asintió algo molesto y me fui, una vez dentro del baño me miré al espejo y no podía creer lo que había hecho, que demonios había pasado por mi mente, no había ninguna excusa válida para mi comportamiento, observe todas las partes visibles de mi en busca de posibles evidencias, pero no encontré nada, lo cual me alivió bastante, así que salí con mi mejor rostro y fui con David, bebí un par de copas para matar mis culpas y salí a bailar, mi novio me tomaba con sus brazos y tocaba mi cuerpo pero eso me hacía sentir más culpable, al finalizar la noche, no podía ir a casa con David, tuve que inventar una excusa de que estaba muy cansada y mis padres querían que fuera a casa, eso solo terminó de enfurecer a mi novio, pero fue lo mejor, de otra forma no sé que hubiera sido de mi aquella noche, al llegar a casa solo pude llorar y del cansancio me quedé dormida poco después.

    Esta historia jamás se la pude confesar a mi novio, terminamos hace poco y no tuve el valor para decirle, pero creo que fue lo mejor, Andrés terminó casándose con su novia y ahora cada quien tomó un camino muy diferente en la vida.

  • La chica del Volvo Negro

    La chica del Volvo Negro

    Recuerdo que era un martes, entre burocracia y pendientes, estaría una buena parte del día manejando de un lugar a otro.  Salí de casa tarde pues quería eludir algo del tráfico matutino, no tenía prisa por llegar a la primera parada pues sabía que ahí empezaban tarde a atender, me bañé con tranquilidad, desayuné y emprendí el viaje.

    Hace unos días había decidido vender mi auto por lo que aquella jornada sería una buena oportunidad para mostrarlo, ya que en la parte trasera había colocado un letrero con mi teléfono por si alguien se interesaba.

    Elegí el punto más distante a mi casa para de ahí ir acercándome al centro de la ciudad, donde sería mi último destino. Subí a mi auto, prendí la radio y decidí poner algo de rock y bandas clásicas para mantener el buen ánimo ante la tediosa jornada que me esperaba entre oficinas y avenidas.

    En aquel momento transitaba por una de las avenidas más concurridas de la ciudad mientras sonada La Chispa Adecuada en mi auto y con el buen ánimo que traía, subí casi todo el volumen, subí los vidrios y comencé a cantar, sin importarme mucho mi entorno.

    De pronto en una de las interminables esperas de un crucero, giré mi vista a la derecha y la sorprendí mirándome. Ella reía, genuinamente divertida mientras yo me desgañitaba cantando, en cuando la miré disimuló la sonrisa recargando en la ventanilla su brazo y tapando su boca.

    Yo iba tan relajado y de buen humor que algo me impulsó a reír con ella y conectar con aquella desconocida al menos a la distancia de las ventanillas. Busqué su mirada, mientras yo continuaba cantando, sin embargo, unas amplias gafas de sol me impedían conectar con sus ojos, aunque estaba seguro que me miraba.

    Era una mujer ya cercana a los 40, de facciones muy delicadas, tenía el pelo recogido en un chongo que permitía ver su estilizado cuello, al que una blusa fina y negra llegaba, encontrándose con una delgada gargantilla plateada. Sus muñecas al volante eran adornadas por un fino reloj y pulseras, sutiles pero elegantes.

    Continuamos conduciendo lentamente en nuestros carriles detrás de una veintena de autos delante de nosotros. Accioné el botón y bajé la ventanilla del copiloto para que pudiera escuchar mejor y sobre todo entendiera la señal de invitarla a lo que yo suponía, un breve juego de tráfico. Ella no subió su ventanilla, pero retirando el brazo, fijó la vista al frente.

    Con tu pelo enmarañado

    Queriendo encontrar un arcoíris Infinito

    Mis manos que aún son de hueso

    Y tu vientre sabe a pan

    La catedral es tu cuerpo

    Cantaba cada palabra que parecía yo dirigirla al vehículo de junto, era un Volvo Negro, lujoso, que contrastaba con lo común de mi auto, un Jetta de año que si bien tiene todas las comodidades y está en excelentes condiciones, vale una cuarta o quinta parte del vehículo de la dama en cuestión.

    Le cantaba a ella, mi intención era sacarle otra sonrisa, sin embargo, su rostro tenía contrastes, endureció su semblante al recibir una llamada telefónica que la absorbió, pero ante el ruido y mis gestos, asomaba una sonrisa.

    El fuego que era a veces propio

    La ceniza siempre ajena

    Blanca esperma resbalando

    Por la espina dorsal

    Incrementé el descarado ataque a sus oídos, y volvió a voltear y sonrió más; noté que me miraba detrás de esas gafas, pude ver el reflejo de mi auto en ellas, sonreía, buscaba reconocerme. No me considero un galán de televisión ni mucho menos pero a punto de cumplir 35 años, me siento pleno y más allá de mi rostro, mi actitud refleja carisma y simpatía, virtudes que me han ayudado justo en días de burocracia y tedio con alguna que otra secretaria o recepcionista para acelerar algún papeleo.

    La chica del Volvo se quitó las gafas, permitiéndome ver sus profundos ojos negros, enmarcados por unas cejas perfectamente delineadas, me quedé absorto, hasta que ella me señaló hacía el frente de mi auto, el semáforo más adelante había cambiado y yo había dejado mucho espacio delante de mi, al tiempo que los pitidos de claxon no se dejaron esperar. Ella rio con la situación, pero trató de mantener su auto junto al mío.

    La canción terminó, pero el playlist parecía ser mi cómplice:

    Y por fin he encontrado el camino

    Que ha de guiar mis pasos

    Y esta noche me espera el amor

    En tus labios

    Seguí cantando, mientras no dejaba de ver y sonreír a aquella mujer, tenía su interés por unos minutos en mi y con la confianza que brinda el anonimato, ambos nos dejamos llevar al juego. Yo cantaba y ella me miraba.

    En la prisión del deseo estoy

    Junto a ti

    Me atreví aún más y la señalé, ella sonrió cómplice, ruborizada y nerviosa, la miré fijamente, de pronto, el semáforo cambió, estábamos ambos hasta el frente y los claxonazos detrás nuestro nos invitaron a dejar el juego, una calle sin autos estaba frente a nosotros, no quedaba pretexto alguno. Aceleré, aceleró, continuamos algunos metros juntos, sin embargo, ella redujo la velocidad, se incorporó a mi carril, quedando detrás de mí. Un alto nos detenía, mientras yo la buscaba por mi retrovisor, había activado su direccional para dar vuelta, mi destino me obligaba a seguir al frente, avanzamos, saqué la mano y le dije adiós. Sonreímos. Había sido divertido.

    Durante todo el trayecto no podía dejar de pensar en ella, en sus ojos, en sus labios delgados y expresivos, en sus pómulos duramente marcados. Continué mi camino, el estéreo era ya sólo un casi imperceptible fondo musical de mis pensamientos. Detuve el auto, llegué a mi destino, entregué los papeles y me senté a esperar las firmas y sellos. Sentado en la sala de espera, entró a mi teléfono un mensaje.

    “A mi también me gusta búnbury”

    Pude leer desde un número desconocido. Inmediatamente supe de quien se trataba, ahora yo estaba nervioso, no daba crédito, ¿Cómo dio con mi número?, me apresuré a observar su perfil, ¡era la la chica del Volvo! los mismos ojos, la misma boca se mostraban más sonrientes casi de cuerpo entero junto a 2 enormes perros en un jardín, era ella, en la foto portaba un vestido blanco de verano, entallado a media pierna y un enorme sombrero de playa. Era una mujer muy atractiva, delgada, pero con busto generoso que se asomaba a través del escote y unas pantorrillas sumamente torneadas.

    “Hola, ¿cómo obtuvo mi número?”

    Contesté nervioso el mensaje, con la respuesta más absurda que pude pensar. Me envió una foto de la parte trasera de mi automóvil donde había puesto el letrero de venta.

    -¡Cierto! Espero no haberle importunado, estaba muy relajado cantando y verla reír me dio cuerda.

    -me hiciste el día, andaba desde muy temprano muy tensa y fastidiada por algunas situaciones del trabajo y verte cantar me contagió de buena vibra

    -ahora yo la necesito, tengo que esperar sentado en una aburrida sala de espera a que llegue un licenciado a firmarme unos documentos.

    -Ponte a cantar otra de búnbury, seguro te firman pronto.

    -No a todos les gusta búnbury, seguro que me corren

    -Yo no te correría

    -Ojalá usted fuera quien me firmara los papeles, la esperaría toda la semana sentado en este sillón feo hasta poderla ver de nuevo.

    -Eso se arregla fácil, termina tu papeleo, te invito a comer

    Resultaba increíble lo que estaba pasando, la chica del Volvo me estaba invitando a salir, ahora ella dominaba todos mis pensamientos, olvidando incluso que tenía más citas y visitas que hacer ese día.

    -¿Va a comer con un desconocido?

    -Después de comer ya no seremos desconocidos

    -Cierto, bueno y a todo esto, ¿cómo se llama?

    -Me llamo Sonia.

    Después de decirle mi nombre, acordamos vernos en el restaurante de un centro comercial y quedamos de confirmar la hora en cuanto mi papeleo se resolviera y sus pendientes laborales disminuyeran. Los mensajes terminaron, y durante la media hora que esperé la firma de los documentos, y el trayecto a otra oficina a realizar otros trámites, hice todo en automático, pensando sólo en la comida con Sonia, la chica del Volvo.

    Nos desocupamos casi al mismo tiempo, intercambiamos mensajes para llegar al restaurante en cuestión, dejé el auto en el estacionamiento del centro comercial y accedí al lugar. Llegué primero así que busqué una mesa que me permitiera verla a su llegada y a ella también le facilitara buscarme.

    Pedí un vaso de agua, mi boca seca era la señal del nerviosismo ante tan inusual momento. Al cabo de unos minutos ella apareció en la entrada del restaurante. Se quitó las gafas obscuras con el mismo ademán que lo hiciera en la mañana, su vestido en efecto, era negro y entallado, cubría desde su cuello hasta abajo de la rodilla, permitiéndome ver su silueta rematada en unas pantorrillas cubiertas de unas delicadas medias y unas zapatillas de tacón discreto. Mientras se aproximaba a mi con una fina cartera en las manos, pude notar que una sutil abertura al frente dejaba mirar la línea de sus redondos senos.

    -Hola Sonia- Balbuce mientras buscaba apartar la silla frente a mi para ayudarle a sentar.

    -Mejor aquí- pronunció firme mientras buscaba el asiento que se encontraba a mi derecha, más próximo.

    -Mucho gusto- Ya sentada me tendió la mano a manera de un saludo formal

    -¿Lo ves?, ya no somos desconocidos, ahora relájate y comamos.

    Pedimos y mientras llegaba la comida y mientras comíamos, platicamos como dos grandes amigos de toda la vida, ella heredera de una de las empresas hoteleras más grandes del país, llevaba la gerencia comercial de la cadena. A pesar de su marcada posición social su carácter era muy afable, firme pero muy respetuosa y amigable, estaba acostumbrada a mandar y decidir. No daba lugar a titubeos.

    Hablamos de música, de su gusto por algunos grupos a los que las influencias familiares en su época universitaria le permitía acceder a lugares VIP o convivencias privadas. Me contó que conoció a Búnbury en un viaje a Madrid, y que como buena “grupy”, sin mencionar el nombre había terminado en la cama de otro rockero en Buenos Aires.

    Su firmeza, su carácter y su cercanía, no dejaban dudas de lo que nos depararía después de la comida. Pidió la cuenta y aunque el mesero me la extendió a mi, ella la tomó de inmediato.

    -Relájate, estamos en el siglo xxi

    Se apresuró a pagar con alguna de las múltiples tarjetas doradas y plateadas que guardaba en la cartera.

    No había mucho que decir, para ambos estaba claro, me invitó a acompañarla a su Volvo, me abrió la puerta del pasajero, mientras ella se preparaba a conducir. Tan pronto cerró las puertas del auto se acercó a mi para besarme, me tomó del rostro y lo hicimos largo, pronunciado y muy apasionado.

    Mi bragueta revelaba la intensidad de aquel beso, mientras ella encendía el motor y maniobraba para salir con mucha pericia del estacionamiento, tomar una de las avenidas principales y acelerar a toda velocidad con rumbo a las afueras de la ciudad.

    Durante el camino me agarraba la pierna, y me sonreía, mientras activaba el estéreo de su auto.

    Que termine un momento precioso

    Y le suceda la vulgaridad

    Y nadar mar adentro

    Y no poder salir

    Sonaba la misma canción de la mañana, mientras el Volvo negro se enfilaba al interior de un motel discreto y lujoso.

    -¿Traicionando el negocio familiar?- Le dije bromeando

    -Este también es nuestro- sentenció giñando el ojo.

    En efecto, nadie nos detuvo, llegamos hasta la habitación del fondo, señalada como «Suite», detuvo el auto en el garaje, bajamos del auto, subimos a la habitación y mientras yo observaba la amplitud y el diseño de la misma, Sonia, hablaba por teléfono ordenando que le subieran unas bebidas.

    La habitación no parecía la de un hotel de paso, verdaderamente parecía la suite de un hotel, con una pequeña sala, muebles y cuadros modernos, decorados discretos, perfectamente iluminada, un lugar sofisticado.

    El momento pareció romperse unos instantes, cuando un par de llamadas telefónicas la distrajeron algunos minutos, asuntos laborales que ordenó se resolvieran al día siguiente.

    Un sutil toque en la puerta fue señal para que al abrir sólo se encontrara un carrito de servicio con una botella de vino espumoso en hielo, unas copas y algunos bocadillos, artilugio que yo sólo había visto en películas clásicas.

    Comenzamos a beber y nos comenzamos a besar y acariciar. No podía esperar más, si la situación se me había presentado así, me dejaba llevar, y si era un sueño, esperaba despertar mojado.

    Acaricié sus brazos, su cintura, sus caderas y nalgas, su busto, todo por encima de aquel vestido negro, que no dejaba ver huella de algún cierre. Sonia besaba mi cuello, y me retiraba la chaqueta, yo quise tumbarla en la cama para iniciar la batalla contra su vestido, pero en un hábil maniobra ella me tumbó a mi, de espaldas.

    Permaneció de pie, y con tranquilidad comenzó a desnudarse. Empezó por quitarse una a una sus zapatillas. Después maniobró en su cuello para retirar su fina gargantilla, relojes y pulseras y ponerlos en una cómoda. Luego, sin saber cómo, desató del cuello su vestido, que dejó caer lentamente sobre sus pies, dejando ver su fina lencería negra, sus pechos atrapados en un sostén que desbordaba, un fino calzón le cubría, no era una tanga, pero con ciertas transparencias permitía ver la firmeza y redondez de sus nalgas, que culminaban en unas piernas gruesas y torneadas cubiertas con unas finas medias.

    Sonrió. se acercó a la orilla de la cama, yo me senté y la tomé de la cintura, comencé a lamer su vientre, su ombligo, el túnel de sus pechos, los tomé entre mis manos, no cabían, eran grandes pero no operados, tenían una ligera caída, se separaban entre ellos, bajé los tirantes y perdí la noción del tiempo chupándolos, lamiéndolos; retiré la tela que cubría uno de los pezones, era una aureola pequeña y un pezón grande, sus senos eran muy blancos. Lo hacía despacio, suave alternaba mis manos entre sus pechos, su cintura y sus nalgas, distinguí algunos pequeños gemidos cuando lamía sus pezones. Bajé mis manos, acaricié sus muslos, sus pantorrillas y piernas, disfruté la gran sensación de la suavidad de sus medias. Ella giró, me puso sus nalgas en la cara, se reclinó, tenía su trasero y entrepierna a mi altura, mordí sus nalgas, estiré mis manos para seguir masajeando sus pechos, el espectáculo era maravilloso.

    Me incorporé y con prisa me quité la camisa, los pantalones y los zapatos, ambos nos pusimos de rodillas sobre la cama y seguimos besándonos, ella terminó de quitar su sostén, sus pechos libres caían y se veían increíbles, pude notar un pequeño tatuaje justo entre ellos, lo besé, la besé, llevé mi mano a su entrepierna, la acaricié por encima de su calzón, comenzaba a sentirse húmedo. Sin duda era una mujer con experiencia, disfrutaba con calma, se dejaba llevar unas veces, otras tomaba el control. Agarró mi mano y mis dedos y con la suyas y guiaba mis caricias, controlaba la velocidad de mis masajes, se mojaba más.

    Mi pene estaba ya muy duro, y sobresalía de mi trusa, ella también de rodillas al girarse, mientras yo le besaba el cuello y pesaba sus senos, lo tomó entre sus manos, lo exploraba, lo medía, lo acariciaba por encima de la ropa, lo repegaba en sus nalgas.

    Nos separamos, nos acostamos frente a frente y maniobramos para despojarnos mutuamente de los calzones, ella con un hábil movimiento utilizó uno de sus pies para despojarme del calzón, su suave rodilla, su media acarició mi pene y mis testículos, me enchinó.

    Lentamente aproximó su cara a mi pene, me tiré de espaldas mientras ella arrodillada comenzó a lamerlo, suavemente, lo empezó a chupar, mientras yo le acariciaba con una mano sus nalgas y tomaba su cabeza con la otra, ella introdujo uno de sus dedos en su vulva, mientras seguía la felación. Poco a poco fue acercando sus piernas a mi cabeza para rodearla, iniciamos un 69. Con ella sobre mi, tenía a mi disposición todo su centro. Lo lamía despacio, besaba el contorno, sus muslos, acariciaba sus pantorrillas, sus nalgas, lamía muy suave, milimétricamente en torno a su clítoris, abrí sus nalgas, seguía lamiendo, cuando ella mostraba algún espasmo de placer, podía sentir como apretaba su boca en la felación, o la detenía pare escapar un gemido.

    Con la boca y la lengua aceleré el ritmo, sentí sus fluidos vaginales escurrir por mis mejillas, incluso escurrir en mis orejas, estaba muy excitada, de pronto ella sólo sostuvo con una mano mi pene, mientras gemía y respiraba agitado, ya no podía seguir la felación, estaba muy caliente.

    En medio de su excitación, probé metiendo la punta de mi dedo índice en su ano, quería ver su reacción, no hizo nada, lo mantuve, continué el masaje. Expulsó más líquido, debajo de mi cabeza ya estaba mojado el colchón, ella se incorporó se sentó en mi cara y arqueó la espalda, sentí que me ahogaba. Afortunadamente aguanté esa posición sólo un par de segundos, gritaba y de pronto se dejó caer a un lado de la cama con la respiración agitada.

    -Eres bueno con esa boca- Me dijo agitada y sonriente.

    Nos separamos, ella se sentó en la orilla de la cama, abrió las piernas en señal de invitación, me puse frente a ella, puse mi pene en la entrada de su vagina, y con él acaricié todo el entorno, lo froté en su clítoris, a veces suave, a veces rápido, cuando aceleré el ritmo ella dejó salir un chorro de fluido, me atrajo rodeándome con sus piernas, la penetré suavemente, quise sentir cada centímetro de su cavidad, ella acompañaba nuestros jadeantes movimientos apretándome contra ella con sus piernas en mi cintura, le agarré los pechos, rebotaban, caían cada uno de lado, gemía, seguía bombeando, puso sus piernas en mis hombros, entré más, gritó más, me agarró las nalgas, incrementamos la velocidad, y ella gemía, sentí que estaba a punto de venirme, ella volvía a tener un orgasmo, yo reventaba. Se detuvo de un golpe, se alejó, me empujó. Yo no daba crédito.

    -No amigo, nos falta mucho- me dijo mientras se levantaba. Me besó, mi pene palpitaba, ella caminó hacia la cómoda, sacó algo del cajón. Me indicó que me acostara boca arriba en la cama. Me montó. Tomó con una de sus manos mi pene, lo talló en la entrada, gimió, lo introdujo en su vagina, se dejó caer sobre mi, me besó, me repegó sus senos contra mi pecho, me besaba.

    -Sentí lo que querías hacer, pero es con cuidado y con paciencia- Me susurró al oído, llevó a su boca un pequeño dildo triangular, lo lamió, me sonrió y comenzó a introducirlo en su orificio anal, sonreía y gemía.

    En cuanto lo tuvo totalmente dentro, empezó a cabalgarme, entraba y salía rápido, con fuerza, apoyó sus pies en mi pierna, yo masajeaba sus nalgas, acariciaba sus piernas y mordía sus pechos, estábamos fundidos en un gran abrazo, sudando, entregándonos como si nos conociéramos de siempre.

    Inclinó su espalda y abrió sus piernas, me incorporé un poco, para observar el magnífico espectáculo, Ella penetrada con mi pene adentro se movía con velocidad, tallaba su clítoris con una de sus manos, y con s acariciaba un pecho, seguía gimiendo, ella era total dueña de la situación, yo sólo recibía cada una de las embestidas de sus sentones, con esa posición podía sentir en mi pene la pequeña presión del dildo anal que tenía por dentro.

    Cuando pareció cansarle la posición, sin sacar mi pene se giró sobre su propio eje, ahora me montaba con las nalgas hacia mi, y comenzaba a bombear, sus nalgas se movían de arriba a abajo mientras ella se sostenía de mis pantorrillas. Pude observar que el dildo anal tenía una punta brillante, como si fuera una joya en su pequeña agarradera.

    De vez en cuando ella lo sacaba y lo volvía a meter, gemía más, seguimos así un rato. Después ella se separó. Se sentó en la orilla de la cama y me jaló para darme un beso, parecía un pequeño respiro, lo tomamos ambos mientras nos besamos y acariciamos.

    Volvió a su cajón y sacó un pequeño tubito, era lubricante; cuidadosamente lo untó en mi pene, de rodillas sobre la cama extrajo el pequeño dildo, lo embarró también de lubricante, lo volvió a introducir en su ano, después tomó un dildo más grande que no había notado, lo empezó a lamer, se puso de nalgas en la orilla de la cama.

    -Dame por atrás- fue más una orden que una petición.

    Extrajo el pequeño dildo, tenía su ano a mi total disposición y no iba a dejar pasar tremenda oportunidad, con mucha paciencia y algo de experiencia empecé por penetrarla con mis dedos, primero uno, luego el otro, la ayudé a dilatar, y cuando sentí que estaba lista, empecé a penetrarla. Estrecho, fantástico, tibio, palpitante, la sentía, me sentía, ella daba un pequeño quejido, me detenía cuando sentía que entraba rápido. Después de un poco de tiempo finalmente la base de mi pene tobaba sus nalgas, estaba hasta adentro de su ano, comencé a moverme muy lento, y ella puso su dildo en la entrada de su vagina, era un vibrador, lo encendió. Gemía, se retorcía, yo empecé a bombear y acelerar el ritmo. Ella gemía aún más, y comentó a introducir el vibrador en su vagina, yo podía sentir las vibraciones en mi pene, ya no podía más, estaba a punto de reventar, seguí bombeando, y disfrutando cada momento.

    Comencé a sentir los espasmos de la eyaculación, estaba a punto de venirme dentro de ella, de sus entrañas, y entonces me salí, ella gritó fuerte, se arqueó, se su vagina salía otro chorro, de mi pene y de su ano salía líquido blanco, puse mi pene cerca de su espalda, terminé de venirme sobre de ella. Fue tanto el placer que no dejaba de salirme semen.

    Ambos jadeantes nos tumbamos en la cama.

    Blanca esperma resbalando por la espina dorsal.

    Vino esa canción a mi mente, sonreí.

    Ambos tirados boca arriba intentábamos recuperar la respiración, nos sonreímos.

    Estuvimos ahí desnudos un rato. Ella siguió poniendo música, desnudos platicamos más, y la tarde se hizo noche, más tarde volvimos a coger.

    Era la media noche y yo me bajé del Volvo negro, tomé mi auto y manejé a casa. Volví a encender la radio, volví a cantar, cuando recibí otra vez la llamada de la chica del Volvo, supe que no fue un sueño.

  • Huérfano de madre

    Huérfano de madre

    Cuando mi marido murió me quedé en la absoluta soledad, todos se alejaron de mí me rechazaban, decían por mí que era una caza fortuna, incluso nuestro hijo al cual crie desde los 6 años, cuando su mamá falleció y Jorge tuvo que hacerse cargo de su primogénito: Ángel.

    Creo yo que el niño me odiaba porque sus padres se divorciaron a sus 4 y hasta los 6, que su madre muere en un ataque salvaje de 2 empleados alcoholizados ni su padre ni yo hicimos siquiera un amague para verlo.

    El día que llegó para instalarse, llegó a un hogar que era de una nueva familia que su padre había formado después de alejarse de él y su mamá, un lugar para dos donde no había un solo espacio para él, un lugar donde yo era la dueña y él: «huérfano de madre» cómo se autoconvenció.

    Me costó sacar esa idea de su cabeza, pero lo logré, al menos yo creía eso.

    Ángel se fue el mismo día que inhumamos a su padre, el día que todos me dieron la espalda.

    Nunca superé todo ese suceso.

    Por eso me sorprendí cuando hace algunos días me pidió verme, lo cité a MI casa que también es suya, pero no deja de ser mi dominio.

    Cuando lo vi entrar (al menos para mí) lo vi hermoso, fornido, bronceado, todo un galán, tenía por decirlo de alguna manera: todos mis labios babeados. Parecía todo un hombre exitoso, nada más lejos de la realidad.

    Era un día fresco así que estaba con un vestido negro holgado, tanga del mismo color y mis tacos; cuando sentí su mirada en mis ojos mis rodillas temblaron.

    Me besó cerca de los labios y no paró de contarme su vida intercalando piropos varios; confesiones íntimas miradas de pasión; confesiones sexuales, su lengua mojando sus labios; confesiones amorosas, más miradas llenas de deseo; fantasías de las que yo era protagonista junto a él, estaba encharcadísima.

    Yo lo veía con los ojos del gato con botas, pero con la respiración agitada, la boca abierta con una sonrisa caliente, traviesa.

    Y pasó. Miradas más, miradas menos, una mano por aquí, otra mano por allá hasta llegar a los besos.

    Colaboré en todo: con los botones; cuando me giró para sacarme la ropa; levantando cada piecito al bajarme la tanga; abriendo las piernas; tirando la cola bien atrás, quebrando la cintura para que vea que estaba entregadísima.

    Me cogía con pasión o con fuerza mejor dicho, yo giraba para verlo, era hermoso, no era un hombre cogiéndome, era mi hijo que volvía a mí.

    Volvía a mí de una forma diferente porque lógicamente no fue en mi vientre que se creó.

    Me cogía de parados y lo hacía de una forma increíble, aunque de haberme dado a elegir hubiese preferido menos brutalidad, a ver: la metía y sacaba con desesperación y obvio que para eso me agarraba muy, muy fuerte de mis caderas, hombros y tetas, era doloroso, pero dentro de todo lo podía disfrutar porque su pija hacia que todo eso valiese la pena, aunque también por la fricción salvaje sentía que me podía paspar.

    Lo peor fue cuando me llevó hasta la mesa, me apretaba de las caderas mientras me empujaba empijándome toda, era salvaje, todavía no lo sabía pero tenía marcas de sus dedos en todo el cuerpo.

    Cuando llegué a la mesa me recosté boca abajo sabiendo que no me negaría a nada de lo que me proponga o haga, todo era para él y el muy siniestro se quedó quieto.

    Cuando no me sacudió más con sus brutales penetradas. Lloré. Lloré de felicidad. Pero no lloré porque paró, lloré porque me estaba usando y me gustaba como me estaba usando.

    Miré hacia atrás, directo a sus ojos y le dije: «no me hagas esto por favor» mientras me movía hacia atrás ensartándome a mí hijo en lo más profundo de mi ser.

    «Dale, que te pasa, ya no te excito?» miraba sus ojos y sus labios mientras empujando con el culo me apretaba a él moviendo en círculos mis caderas alrededor de esa pija gruesa que era toda mía, mordiendo mi labio inferior que es más grueso, rosado y carnoso que el superior intentando tentarlo para que me vuelva coger con el ímpetu que me demostró hacía tan solo un rato.

    Y no falló mi treta, «te amo mamá, perdoname por haberte dejado» diciendo eso cambió de la brutalidad que lo satisfacía a la intensidad, a la pasión que era más lo mío, ya no parecía una violación cómo al principio esto era deseo puro.

    «Siempre envidié a papá», «esto es un sueño», «quiero cogerte toda la vida» a todo eso yo solo le contestaba: «si» moviendo la cintura de atrás para adelante y viceversa erguida a estas alturas con las manos apoyadas en la mesa, los ojos cerrados, la boca abierta y reseca, transpirando a full, empapada deshidratándome mirando al techo.

    Él detrás mío empujando y sacando su miembro moviendo el culo arriba y abajo abrazándome diciendo lo lindo que es cogerme.

    Y de repente cesó con todo movimiento.

    Me moví muy lento hasta dejar el glande a punto de salir para meterlo igual de lento, lo hice unas cuatro veces más manteniendo el ritmo lento con el cual lo sacaba hasta apretar con los labios su gran glande y aumentando o duplicando la velocidad en cada vuelta.

    Así es que mientras lo sacaba lento, lo más lento posible al volver a introducírmelo lo hacía velozmente y apenas llegaba a la base volvía a sacarlo despacio para luego clavármelo cayendo con mi propio peso apretándolo con la concha a gran velocidad

    «No decías que te gustaba cogerme? Dale Papi. Movete bebé. No me hagas esto. Respondeme como hombre hijo, movete, dale» suplicaba apretando su falo alternando entre movimientos circulares y de atrás hacia adelante tratando de tener el mayor contacto frotando el clítoris y el ano con su cuerpo cada vez que podía, toda yo me meneaba con un hijo ingrato atrás que no colaboraba eso sí, disfrutaba mis movimientos diciendo «que bien que te moves» «y si te gusta por favor movete conmigo» le respondía moviendo las caderas, apretando las piernas y acariciándome la concha.

    Cansada de no recibir respuesta le grito histérica: «movete!» mientras cansada voy dejando de moverme.

    Él no se mueve. Medio minuto pasó y parece mucho tiempo. Quieta pero aun frotándome. Incómoda bajo la mirada «haceme el amor, haceme acabar otra vez y te doy» dije doblando la cintura mirándolo a los ojos y pasando los cuatro dedos de la mano izquierda por raya del orto estimulándome al máximo para dar el siguiente paso «el culo, hijo».

    Con su sonrisa de niño caprichoso que consigue lo que quiere empezó a cogerme cómo a mí me gustaba, con intensidad en vez de fuerza y sobre todo con consistencia manteniendo una postura por el tiempo que yo necesitaba para cambiar la postura y seguir buscando mi placer, es decir que todo se centraba en mí. Un sueño ser el centro de atención de un tipo así.

    Cuando llegué al orgasmo lo mojé todo, su vientre, mi culo, nuestras piernas y pies hasta el suelo dónde estábamos parados.

    Él continúo con fuerza por un rato más hasta que acabó adentro mío, acabé otra vez con él eyaculándome en la concha.

    En ese momento me hubiese encantado que sea mi hijo biológico.

    Todavía ensartada y él perdiendo de apoco la erección me llevó al sillón me empujó hasta quedar boca abajo mientras me penetraba con desesperación al ir perdiendo la dureza.

    Se salió sola.

    Suspiré y con cierto temor pensé: «le debo el culo».

  • Mi primera experiencia con una madura

    Mi primera experiencia con una madura

    Nunca imaginé algún día tener sexo con una mujer.  Pero por cosas del destino, un día jugando un juego de mesa en red, conocí a una mujer que no sé por qué me dio por saludar en privado. De esta forma comenzó una amistad muy intensa entre ambas. La cosa es que vivíamos en países distintos. Ella me dijo de conocernos y me invitó a su país.

    Teníamos un año siendo amigas virtuales, comentábamos todo, hablábamos mucho como amigas.

    Pero cuando nos vimos en persona algo pasó. Pasaron los primeros días del viaje con miradas de mucha atracción, pero ninguna se atrevía a más. Hasta que una noche, sentadas en el sillón jugando con un juego en el móvil, me dio por acariciarla en su mano, ella quedó sorprendida y a la vez encantada

    Al pasar las horas iba subiendo la tensión entre ambas. Ninguna había estado nunca con una mujer, de hecho una vez comentando el tema dijimos que a ninguna le atraía el tema lésbico.

    Así que entre una caricia y otra, me dio por ir besándola suavemente en su rostro, mejillas, nariz, frente. Ella solamente se dejaba llevar. Yo no podía controlar lo que estaba sintiendo y ella solo deseaba que no parara.

    Hasta que me detuve en sus labios y le di un piquito, ella se asustó y se retiró. Pero enseguida regresó y comenzamos a jugar con nuestros labios un buen rato, sin lengua. Solo besos, muchos besos de labios. Ella entreabre un poco los labios y se queda así, y yo muy nerviosa empecé a jugar con mi lengua en sus labios, los bordeaba, los dibujaba con mi lengua hasta que en no sé que momento sentí también su lengua haciendo lo mismo. Así pasó mucho tiempo dándonos besos con lengua muy profundos.

    Notaba que entre más sentía su lengua en mi boca más me mojaba. Me excitaban sus movimientos de lengua, su saliva, todo en ese momento era placer.

    Al mismo tiempo que nos besábamos empecé a tocarla por encima de su pijama, tocaba sus pechos, su vientre, su monte. Ella daba pequeños gemidos de placer. Recuerdo el suave tacto de su pijama y la excitación tan grande de estar tocando así a una mujer.

    Continuará…

  • Se la chupaba a mi primo a escondidas de mi marido

    Se la chupaba a mi primo a escondidas de mi marido

    Quiero empezar a contar lo puta que he sido desde que tengo marido. Eso empezó hace 4 años cuando me fui a vivir con quien era mi novio. Antes de él, había tenido una vida sexual muy activa. Pero antes me voy a presentar, me llamo Mesalina, tengo 26 años, piel morena, unos kilitos de más y unas grandes.

    Al poco tiempo de estar viviendo con mi marido, cerca de la casa de mi abuela, llegó un primo que venía de Armenia (yo vivo en el norte del Valle en Colombia). En esos días mi esposo estaba en Cali y mi primo vino a visitar a mi abuela. Entonces pasó a mi casa a visitarme y me dijo que estaba muy linda. Enseguida me tocó una mano y con mi mirada le demostré que me gustaba. Así que empezó a besarme. Yo bajé mi mano y cogí su verga que estaba bien dura. Me agaché y le bajé la sudadera que tenía puesta y empecé a chupar su verga con mucha pasión hasta que mi primo se vino en mi boca llenándola todita de leche. Me la tomé toda, porque me encanta el sabor del semen.

    Después de eso, otro día mi esposo estaba en el pueblo y mi primo llegó a visitarme. Yo estaba en la cocina haciendo el desayuno y mi primo me abrazó por detrás, empezó a tocarme por todas partes. De una me agaché, le saqué su verga y empecé a chupársela. Estando en esas escuché el sonido de la moto de mi esposo, me asusté mucho. Mi primo de una salió de la casa y se encontró a mi esposo en la puerta y lo saludó y siguió su camino. Mi esposo entró serio, como sospechando algo, con malicia. Sin embargo no alcanzó a ver nada en esa ocasión, y me dio un beso en la boca. Más adelante contaré cómo mi esposo se enteró de esta infidelidad la manera en que reaccionó.

  • Mi hijo me cambió la vida (4)

    Mi hijo me cambió la vida (4)

    Hola a todos nuevamente, soy Lorena la madre incestuosa, estoy muy agradecida de que publicaron mis anteriores relatos y gracias a todos por sus mensajes y comentarios.

    Hoy voy a contar algo que hicimos hace poco, a mi nene le gusta mucho el fútbol, yo soy hincha de Boca Juniors pero como nunca fui una gran seguidora de mi club mi hijo salió fanático de la contra, River Plate, cuando se enfrentan lo molesto con el tema fútbol pero solo para molestar, entonces hace poco se volvieron a enfrentar en el clásico y yo toda la semana molestando entonces él me desafía a una apuesta, si ganaba boca yo decidía lo que quería y él lo cumplía, pero si ganaba River yo debería ser su esclava sexual por todo un fin de semana. Guau! La sola idea me excito y me gustó el desafío así que acepté.

    Llego el día del partido y River no nos dio oportunidades, gano 2 a 1 y aparte del éxito deportivo mi hijo me tendría a su disposición como su SIERVA todo un fin de semana, igualmente esa noche ya tuvo un adelanto ya que me cogió muchísimo y no dejaba de decirme todo lo que me iba a hacer, «Vas a ver mamita todo lo que te voy a hacer, vas a ser lo que yo te diga», «Si papito voy a ser tu SIERVA».

    Finalmente llegó el viernes, el inicio del fin de semana, yo ya estaba en casa y a la noche llegó mi hijo, venía con una bolsa, me besó en la boca y me entregó la bolsa, «Toma mami hoy empezas a cumplir tu apuesta anda a la pieza y volve para el sillón» yo me fui a mi habitación sin saber que se venía, saque el contenido y había unos trajes, cada uno tenía escrito el día, viernes, sábado y domingo, el del viernes era una traje de colegiala, me moje de solo imaginar que sería la esclava de mi nene, me lo puse, la camisa con escote, la falda cuadrille y unas medias bien sexis que corone con unos tacos, me miré en el espejo estaba echa una verdadera puta

    Me dirigí al sillón y mi hijo estaba solo en bóxer pero ya se le notaba su verga empalmada, me acerqué hacia él de manera provocativa, «Veni aca y quítame el bóxer”, obviamente obedecí y se lo baje, su verga espléndida como siempre apuntando al cielo, me tomo de la cabeza e introdujo su miembro en mi boca, me hacía chupar con un ritmo frenético, «Dale putita chupa como vos sabes, vas a ser mi perra todo el fin de semana y te trataré como tal» yo chupaba como loca, saber que él me sometería me provocaba morbo y me calentaba en exceso. Seguí mamando mientras mi nene no paraba de decirme obscenidades, yo babeaba su falo sobando sus pelotas.

    Estuve varios minutos mamando hasta que Lucas me la sacó de la boca, me puso en 4 en el sillón me levanto la falda y yo traía una tanga diminuta, me la corrió y empezó a meterme dedos, mmm que sensación deliciosa, «Estas súper mojada zorrita, te gusta ser mi putita no?», «obvio papito soy tu putita sucia haceme lo que guste». Me mamo la concha y yo me chorreaba toda, le pedí que me penetrara y su respuesta fue una nalgada y un jalón de cabello, «Silencio putona acá te la voy a meter cuando yo lo decida y te voy a coger hasta que yo quiera», uyyy que placer, mi bebé mandaba y yo solo obedecía.

    Después de un rato de meterme dedos empezó una chupada de concha que me hacía ver el cielo, «Gemí zorra, dale quiero escucharte», yo estaba híper caliente, era la puta de mi bebé, su puta sumisa. «Papito que sabroso sentir tu lengua, mira como me mojo», «Así me gusta que te chorrees toda con la chupada de tu macho».

    Mi concha estaba lista para recibir verga, me la metió de un golpe, entera hasta los huevos, me empezó a coger con muchas ganas, sujetando mi cabello, era un jinete montando a su yegua, «Dale putita move el culo, enterratela sola» mi culo era un pistón de atrás hacia adelante acompañando sus metidas, me la sacó de la concha y volvió a metérmela en la boca, «Chupa zorrita, mama mi verga con sabor a tu concha», era una delicia saborear ese chorizo embebido en mis jugos, no paraba de mirarlo mientras le exprimía la pija. Me coloqué boca arriba y con las piernas en sus hombros me cogía furiosamente, «Puta mira lo caliente que estoy por vos», tremenda cogida estaba recibiendo, me abrió la camisa de colegiala y mis tetas quedaron a su merced para apretarlos, cuando me pongo muy caliente mis pezones se me endurecen tanto que me duelen pero el placer es único.

    Lucas me daba caña sin parar cuando faltaba poco para venirse me la sacó y acabo en el suelo, largo muchísima leche, yo no entendía y cuando dejo de largar semen me dijo «Bueno zorrita ahora lame mi leche del suelo» guau! Que sucio lo que estaba pasando, me arrastre hasta el charco de leche y levante con mi lengua su precioso líquido, mientras yo recogía Lucas aún tenía su verga dura, yo en 4 patas en el suelo con mi culo expuesto él aprovechó para metérmela en el culo, yo bebiendo leche del suelo y Lucas haciéndome el hoyo, infinito placer el que sentí.

    Termine de beber la leche y mi hijo no paraba de cogerme su verga era un hierro incansable, yo extasiada me metía dedos en la concha, gemía, jadeaba, gritaba, en eso Lucas vuelve a expulsar un manantial de leche, caímos ambos en el suelo muertos de placer.

    «Mami me dejaste pleno sos la mejor», «Bebé soy tu putita acordate».

    Me levanto del suelo y me termino de quitar la camisa y la falda que aún llevaba puesta, «A la ducha mami que te tengo que coger bajo el agua» otra cogida genial me dio en el baño, antes de meternos al agua le di otra mamada sentada en el inodoro. Esa noche fue increíble.

    Ese fin de semana fue así todo el día, el sábado me puso un trajecito de mucamita y mientras yo ordenaba la casa él me iba cogiendo, me agarro en la cocina de pie junto a la mesada y me dio una cogida tremenda, «Putita sos una zorrita caliente», me repetía mientras me bombeaba su trozo en mi concha en mi culo y en mi boca. Se vino en mi boca largando muchísima leche, el domingo me vestí de enfermerita y otra cogida de novela, en la cama, en el sillón y siempre llamándome putita, zorrita y haciendo de mi lo que gustara.

    Pague gustosa la apuesta, Lucas me dio mucha leche pero yo también goce como una perra en celo teniendo muchos orgasmos.

    Bueno espero que les haya gustado, un relato algo corto pero quería contar lo que me hizo esos días, ya les relatare otras experiencias con mi bebé y algunas otras más que tuve con otros hombres. Saludos a todos los quiero mucho, besitos.

  • Mi primer gang-bang (Parte 2)

    Mi primer gang-bang (Parte 2)

    Hola nuevamente, les mando un caluroso saludo y espero que disfruten está segunda parte de mi relato.

    Después de recoger las medias y la pantaleta rotas de la esposa de mi jefe, después de que se la cogiera mi compañero de trabajo, salí del cuarto de baño, con la intención de buscar a mi compañero, que tantas ganas tenía de que me metiera su verga. En cuanto lo vi, de inmediato me dirigí a él; le comenté que necesitaba hablar con él, me contestó algo despreciativo, que no tenía nada que hablar con una puta como yo, le dije que quisiera o no, hablaría conmigo, diciendo esto, le enseñe el pequeño paquete que tenía en las manos, él sabía perfectamente que era, pues él lo había hecho, me preguntó, que cómo había conseguido eso, le contesté que viniera conmigo para poder hablar sin que nadie nos molestará y no es que me importará que nos vieran que salíamos al estacionamiento de la oficina, para esas horas ya nada más quedamos 3 mujeres y 6 hombres, incluidos mi compañero y yo, algo borrachos todos en general.

    Los hombres bailaban con dos de las mujeres salsa, los manoseos eran descarados ya, en cualquier momento, cualquier pareja de baile, podía irse a alguna de las oficinas a saciar la calentura que se sentía en el ambiente.

    Llegamos al estacionamiento, le dije lo que había visto y que le podía decir al jefe, si no me cumplía lo que tanto anhelaba, él me dijo que no me iba a creer el jefe, pero después dudo, ya que se acordó que yo le daba las nalgas al jefe y tendría clara ventaja en cualquier cosa que yo le dijera. Me dijo está bien que quieres, le contesté que ya sabía lo que deseaba; no dijo nada, pero abrió la puerta de una de las camionetas, se subió al asiento, se recostó y se bajó el pantalón junto con su trusa, de inmediato saltó una gran verga semiparada, era de muy buen tamaño y llena de venas, no aguante más y la empecé a mamar como hacía tiempo no lo hacía con ninguna verga; él me dijo que no haría nada, que yo haría todo el trabajo, no me importó, yo solo quería comerme esa gran verga, la metí a mi boca y en cuanto sintió la caricia, soltó un pequeño gemido, continúe con mi labor por algunos minutos, cuando me di cuenta, su verga estaba totalmente parada, se veía realmente deliciosa, grande, gorda y jugosa, me subí a la camioneta y cerré la puerta, me subí el vestido y me quite mi mojado bikini, él abrió los ojos y me vio, por su miraba supe que le gustaba lo que veía, me acomode encima de él, tomé su verga en mi mano derecha, comencé a tallarla a lo largo de mi panocha, él disfrutaba mucho de esa caricia, no me lo decía, pero no era necesario, su cara y su verga me lo demostraban; así estuve durante algún rato, hasta que él, no aguanto más y me tomo de la cintura, me jalo hacia abajo para clavarme su verga, como estaba empapada por la calentura y las caricias que me había hecho con su verga, entro toda y hasta adentro, no pude contener un grito de placer, así como el, un bufido por lo mismo.

    Me quedé quieta un momento, disfrutando sentirme tan llena, con mis músculos vaginales le di un masaje que él disfruto mucho (acá en México, le decimos a las mujeres que tienen esa habilidad, de mover el interior de su panocha con la verga adentro, que tienen «perrito», es algo que casi todos los hombres con los que cogí, me lo decían), me dijo que rico «perrito» tienes. Me empecé a mover de adelante hacia atrás, de izquierda a derecha, subiendo y bajando, poco a poco, fui aumentando el ritmo, hasta hacerlo de manera veloz y acompasada, de esa manera logré un rico y largo orgasmo, se lo dije, él sonrió satisfecho como cualquier macho cogelon, no aguanto mucho tiempo cuando, me agarró las nalgas, las empezó a masajear y a darme golpes con su mano abierta, cada nalgada, era un golpe, que se magnificaba en el interior de mi panocha y hacia que se desbordaran mis jugos sexuales.

    Me alzó las manos, me quitó el vestido y el brasier, quedando totalmente desnuda ante él, me dijo querías que te cogiera no puta?, me comenzó a mamar y a morder mis tetas, diciendo lo deliciosas que sabían, entonces se empezó a mover rápidamente, bombeando sin piedad mi panocha, yo gritaba de placer y le pedía que no parará, que siguiera, a los pocos minutos, llegó una venida memorable para mí; no supe si fueron varias o una sola, el caso que el placer que sentí en ese momento, nunca lo había sentido y les confieso que solo algunas pocas veces lo logré sentir otra vez, a la fecha. Ahora sabía, porque algunas de las mujeres que habían cogido con él, decían que lo hacía riquísimo.

    El seguía apuñalando mi panocha sin detenerse, algo que me encanta, duro no sé cuánto tiempo haciéndolo, sudamos mucho, cuando de pronto, sentí que ya me iba a echar sus mocos, porque sentí como su verga se ponía más dura todavía; pero en eso abren la puerta, he interrumpieron una venida que deseaba tanto; era otra pareja que deseaba encontrar un lugar para coger, ella ya iba con las tetas de fuera y con la falda a la cintura, al vernos, nos ofrecieron disculpas y cerraron la puerta, el momento mágico se había perdido, yo seguía muy excitada, pero él me dijo que ya se le había bajado, yo sentía su verga muy parada, pero él me la sacó y me quitó de encima de él, como estaba sin mucha fuerza por el orgasmo tan intenso que me había sacado, no pude detenerlo.

    Se acomodó un poco la ropa, dejándome desnuda en la camioneta, tardé unos minutos en reaccionar, como pude me vestí y me dirigí al baño a limpiarme un poco.

    Cuando salí del baño, fui a dónde estaban los demás, se sentía el ambiente cargado de sexo.

    Pasaron algunos minutos, cuando la pareja que nos había interrumpido llegó, ella traía una sonrisa de satisfacción que no podía con ella.

    Uno de ellos sugirió que como ya nada más quedábamos muy pocos en la fiesta, la hiciéramos más íntima, a lo que preguntamos que cómo sería: él dijo que jugáramos con una botella, que se giraría y a quien apuntará el «pico» se quitaría una prenda; el jefe y su esposa dijeron que ellos ya se tenía que ir, pero que no había problema en que nosotros nos quedáramos otro rato más, pero que nos fuéramos a la bodega mejor para que las cámaras de seguridad, no captaran lo que íbamos a hacer (muy pocos sabían, por decir que nadie, que en la bodega, el jefe había instalado 2 cámaras de seguridad, además de las del interior de la oficina; porque sabía que en ocasiones, nos metíamos ahí para coger, yo lo sabía porque él mismo me lo dijo, en alguna vez que me estaba cogiendo; el jefe quería ver qué pasaba en esa fiesta y como podía terminar), su esposa puso una cara de molestia, claramente se veía que ella quería ser parte de esa fiesta sexual, pero el jefe la agarró de la mano, se despidieron de nosotros y nos pidió no dejar mucho desorden en la oficina.

    Quedamos 2 mujeres y 5 hombres, todos estuvimos de acuerdo, hicimos una promesa de no decir lo que iba a pasar dentro de esa bodega.

    Agarramos varias botellas de vino, refresco, algunas botanas y las llevamos a la bodega. Nos acomodamos sobre varias cajas de cartón sin armar, haciendo un círculo, con todos los hombres que estaban en la bodega: Joaquín, José Luis, Ramiro, Mario y el recién Salvador, yo ya había cogido, con todos ellos, algunos de manera constante como José Luis y Mario, los demás de vez en cuando; ella, Alma Delia, también era una puta como yo, de mi misma edad de aquel entonces, pero se veía mayor, ya que su físico así la hacía parecer, ella era un poco más alta que yo, gordibuena como yo lo estoy hoy en día, tenía unas tetas muy grandes y estaba muy caderona, no tenía muchas nalgas, pero la cadera le ayudaba a qué se viera cachonda y antojable para los hombres; su panocha, así como lo «dictaba» la moda de aquellos tiempos, estaba llena de vello púbico, yo estaba igual, pero ella, parecía que tenía una tarántula entre las piernas, no se acostumbraba rasurarlo o siquiera recortarlo un poco, estábamos como quien dice: al natural.

    La botella empezó a girar, poco a poco, entre vasos de vino, el calor del lugar y la calentura que traíamos todos, fuimos quedando desnudos, yo estaba excitada por el momento que estábamos viviendo, los hombres, tenían algunos la verga parada y otros semiparada, Alma Delia no le quitaba la vista a Salvador que era quien la tenía más grande de todos, no sé, nunca se me ocurrió medir el tamaño de aquellas vergas, pero hoy con la experiencia, podría decir que el promedio de tamaño de aquellos hombres, sería más o menos de 18 a 23 centímetros, casi todas gordas y con muchas venas, solo uno de ellos, Ramiro, la tenía delgada pero larga.

    Ahí estábamos platicando, riendo, lanzando piropos a diestra y siniestra, calentándonos cada vez más y más, totalmente desnudos, el olor a sexo dominaba el ambiente. Uno de ellos encendió una grabadora y puso salsa, todos nos quedamos viendo, sabíamos lo que iba a pasar, el baile iba a hacer el pretexto perfecto para desahogar, la energía sexual que teníamos todos.

    Hasta aquí le cortó al relato, espero que les guste y lo disfruten, trataré de que la tercera parte la escriba en menos tiempo, aunque es complicado, no imposible, les mando un beso cachondo. Saludos

  • Chorreando semen

    Chorreando semen

    Una noche de copitas, un chico que conocíamos de bastante tiempo, y que siempre que estamos cerca de él no paraba de mirar a mi mujer con cara de deseos, vamos que se la come con la mirada, y también veo que a mi mujer le gusta. Aproveché que estábamos calentitos, besándola en la mejilla le dije “eres capaz de follártelo, ¿Te gustaría?”.

    Ella se quedó un rato en silencio, tomó un sorbo de su copa, acercó sus labios a mi oído y me pidió que metiera la mano bajo su falda, estaba chorreando piernas abajo…

    -Sabes que lo haría –dijo.

    -Bien pues hoy es tu noche puedes hacerlo -le dije.

    -¿En serio me dejarías?

    -Si con una condición, trae su leche en tu coño, y que no se te salga, después te diré para qué.

    Ella se dirigió a él hablaron un rato muy insinuante, los dos me miraron y salieran del local.

    Yo seguí allí, tomé una copa más, pero mi polla no se bajaba solo de pensar que estarían haciendo, después de un tiempo prudencial, ella entró como apretando las piernas, “vamos” me dijo. Fuimos al apartamento, ella se echó en la cama muy excitada y me dijo “quiero más”.

    Yo abrí sus piernas y observé como la leche salía, me acerqué y con mi lengua empecé a refregar la leche por su clítoris y toda su rajita de arriba abajo e introduciéndosela, ella se corría una y otra vez, se retorcía, gemía hasta que no pudo más y me dijo “por favor fóllame”.

    Mi polla era tan dura y gorda que creí que no era mía, estaba muy húmeda y caliente, rebozaba, me encantaba aquella sensación, lo hicimos con una intensidad, que cuando terminamos ni siquiera dijimos nada.

    Al otro día, bueno os lo cuento en otro relato.