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  • Quédate dentro

    Quédate dentro

    Saliste de la ducha perfumado, 
    yo en la cama desnuda te esperaba. 
    Abriendo mis muslos para ti estaba, 
    y justo por la puerta habías entrado. 

    «Chúpame el chocho», te pedí ah, mi amado, 
    y me diste el placer que me gustaba. 
    Después, muy excitada, yo ya deseaba 
    mamarte la polla, verte empalmado. 

    Te subiste en mí y mmm-sí, me penetraste;
    me follabas bien, esto me valía;
    aumentaste la frecuencia y jadeaste. 

    Quédate dentro más, más, vida mía, 
    estate en mí hasta que tu ardor se gaste;
    venga el semen como una escorrentía. 

  • Mara le cuenta a Pablo (1)

    Mara le cuenta a Pablo (1)

    Este relato es la continuación de “La cuñada de Mara quiere que le cuente”.

    Esta vez la guacha de Mara no me invitó cuando vinieron a visitarla su hermano Gustavo y su cuñada Susana. El jueves me dijo que prefería que me calentara con lo que yo me imaginara y con lo que ella me iba a contar después. Así que me tuvo tres días a paja limpia imaginando desde ya lo que estarían haciendo durante su estadía en la casa de Mara, y ansiando que llegara el lunes para que me cuente.

    Cuando fui el lunes me recibió con un pico en los labios y su primera pregunta con una sonrisa lasciva como solo ella sabe hacerlo fue:

    M: Estás ansioso Pablito por saber qué pasó, no es cierto?

    P: Y qué te parece, dale contame!

    M: Primero decime vos que te imaginaste que pudo pasar, pero contámelo en la cama acostadito y en calzoncillo, yo me quedo solo con esta bombacha rosa, y apostamos a ver si mientras te cuento yo me mojo primero o vos te ponés al palo, y déjate la bragueta un poco abierta que quiero ir viendo la reacción de tu pija mientras hablamos, vos sabés que si hay algo que me pone son los bultos y más cuando empiezan a palpitar. Contame que te imaginaste?

    P: Conociéndote lo perversa que sos vos me imaginé de todo, estuve caliente los tres días. Pero mejor contame vos lo que pasó, pero con detalles, desde el principio.

    M: Bueno el recibimiento no vale la pena, llegaron a la tardecita, los saludos de costumbre, quizás un poco más fogosos porque los tres sabíamos a qué veníamos, hasta nos habíamos vestido para la ocasión haciendo realzar las zonas que más nos interesaban los otros vieran, mi cuñada con una mini que le resaltaba el culo y una musculosa semitransparente, mi hermano con unas bermudas ajustadas que se le notaba bien el bulto y una musculosa también y yo con la calza blanca que me resalta los labios de la concha y un top anudado flojo que se abría al menor movimiento, las miradas de todos estaban dirigidas reiteradamente a esos lugares. Esa fue la primera seducción de los tres, tratar de sorprender al otro con la mirada fija en una de esos lugares e inmediatamente tratar de que se vea más o se note más eso que el otro desea, y tratar de retenerlo así lo más posible y a la vez percibir su calentura, en algún movimiento, en los labios, en algún roce, o simplemente en coloreado de sus mejillas.

    La que estaba más acelerada era Susana, por cualquier razón me abrazaba o me acariciaba, y no me sacaba los ojos del top cuando se abría, además le insistía a Gustavo diciéndole lo linda que yo estaba, me hacía dar vueltas para que me admire el culo, si bien mi hermano era el que siempre le pedía que le contara mis encamadas con mis amantes para calentarse y cogérsela a ella, la que parecía más caliente conmigo era ella, tal vez la insistencia de mi hermano en saber los mínimos detalles de mis relaciones, llegó a hacerle el bocho conmigo tanto como a él, y también yo tendría que admitir que me daba cierto morbo contarle por teléfono con más detalles cuando sentía que a ella al preguntar, la viz se le enroquecia cada vez más a medida que yo avanzaba en el relato.

    Pedimos unas empanadas y me pusieron al tanto de los chismes de la familia allá en Corrientes

    A eso de las 10 de la noche Susana me dijo que me habían traído un regalito, revolvió en la valija, sacó dos paquetes y tomándome de la mano me llevo al baño diciendo que quería que me lo pruebe. Cuando nos encerramos sacó del paquete un camisón celeste tipo baby-doll celeste transparente.

    S: No quería que te los viera todavía Gustavo para mantenerlo ansioso, en cambio yo no aguantaba más y quería que te lo pruebes para mí, yo me compré uno igual pero rosa, ya lo vas a ver, también lo tengo acá, además Gustavo me pidió que te vaya adobando yo primero. Dale probátelo: Me dijo y se mordiéndose el labio se recostó contra una de las paredes para disfrutar del strip-tease.

    Y yo no le iba a privarla del show así que primero me levanté el top hasta engancharlo en los pezones de manera que quedaron afuera para dejarla con la ganas mientras le preguntaba con una sonrisa sarcástica:

    M: Pero no era tu marido el que más se calentaba con las encamadas que yo te contaba?

    S: Sí, al principio sí, pero con el tiempo primero al escuchar tu relato y después contárselo a él, que me exigía le describiera tantos detalles de tu cuerpo y tus cogidas, y la cepillada que me daba después de cada contada, me fui dando cuenta que era yo la que esperaba ansiosa tus historias, y no solo eso, ya no solo me calentaba por cómo me iba a garchar después mi marido, sino que me atraía también el placer de imaginar que mientras me relatabas te estabas haciendo un dedo. Dale desvestite que hace mucho que no te veo desnuda, y quiero comprobar si estás tan buena como te estuve recordando.

    M: Vamos a comprobarlo: Le dije mientras terminaba de sacarme el top y le dejaba las tetas al aire frente a ella, tiré el top y me las agarré como ofreciéndoselas: me pasé la lengua por los labios y le pregunté qué tal había estado su imaginación hasta ahora?

    S: Me quedé corta guacha, tenés unas tetas peritas hermosas y coronadas por esos pezones rosaditos son una tentación a la chupada: y se llevó la mano a la entrepierna por dentro de la bombacha, cuando la sacó me mostró los dedos: mirá como estoy chorreando. No me vas a decir que vos no te calentabas un poquito conmigo mientras me contabas?

    M: Si te digo que no, te miento: Le dije mientras me cambiaba mi bombacha por la celeste que me había traído, cuando me la puse sentí como se me encajaba bien en la raja, me la estiré más de los costados: Te gusta cómo me queda?

    S: Me volvés loca con esos labios gruesos que tenés, te diste cuenta cómo se te mete en la concha?: Me dijo mientras con el dedo mayor me hundía más la bombacha a lo largo de la raja?

    M: Claro que la siento, y ahora con tu ayudita más: Le dije cerrando los ojos y arqueando el cuerpo y la cabeza hacia atrás. Yo estaba apoyando el culo contra el lavatorio así que mi pelvis se acercó más hacia ella, haciendo que el dedo se hunda en mis labios, y mi muslo se metió entre las piernas de ella, que no tardó en apretarse contra mí refregándome la concha.

    S: Ay, déjame que te meta un dedo, me tenés tan caliente!

    M: No! Esperá que no quiero que se me moje la bombacha todavía: me costó separarla, estaba prendida a mí como una sanguijuela: dale probate el tuyo que también tengo ganas de verte.

    Susana es bajita, pero tiene un cuerpo proporcionado, lo que más me gusta es su culo, es macizo, es verdad lo que le decía el otro día de que me gustaría apoyárselo, más, quisiera bombeárselo hasta hacerla acabar, no se lo dije en ese momento porque no iba a poder sacármela de encima, me dediqué a admirárselo mientras se cambiaba, y de tanto en tanto me lo refregaba en uno de los muslos tentándome a que la apoye, y casi lo logra.

    Cuando se puso el baby-doll me tomó de la mano me dio un piquito y me dijo:

    S: Vamos que tu hermanito deba estar ansioso.

    Cuando entramos al dormitorio Gustavo estaba acostado en la cama en un costado, tenía puesto solamente un bóxer que le marcaba terriblemente el bulto, que indudablemente se había estado tocando, porque el calzoncillo estaba atravesado por una barra de carne importante, tal que me era imposible quitarle la vista de encima. Él se dio cuenta porque se la agarró como diciéndome: Mirá lo que te vas a tragar hermanita! Y bien que lo hubiera hecho ya en ese momento.

    Susana me guio para que me acostara al lado de su marido y ella lo hizo a mi lado, yo quedé como el jamón del sándwich que ellos habían preparado.

    S: Mirá Gustavo el regalito que te traje!

    Le dijo mientras ambos giraban hacia mí poniéndose de costado, ahora en mi muslo izquierdo sentía apoyada la concha de Susana y en el derecho el roce de la tremenda pija de mi hermano bajo el calzoncillo, del lado de mi cuñada, que ya había montado una pierna sobre la mía, sentía la humedad de su bombacha y del lado de mi hermano la tibieza de su poronga dura que se frotaba cada vez más fuerte contra mí. Imaginate Pablo como me empezó a chorrear la concha, hasta ahora había podido a las insinuaciones de mi cuñada, pero ahora era yo quien quería comenzar a manosearlos. Como si me hubiera leído el pensamiento Susana agarró mi mano y la llevó hasta la pija de mi hermano que pegó un salto dentro del calzoncillo:

    S: Sabés Gustavo que a tu hermanita lo que más le calienta es darle forma a los bultos, y al tuyo hace tiempo que le tiene ganas: Apoyó la palma de su mano sobre la mía apretando y soltando el bulto, de esa manera mi mano cuanto más se lo amasaba, más sentía como le crecía la poronga, el solo hecho de estar haciendo aquello que tanto había deseado, y de alguna manera guiada por mi cuñada, me ponía a mil, y ver a mi hermano con esa mirada de deseo tan esperada, la boca entreabierta y en cada apretón de nuestras manos largaba una exhalación cada vez más agitada. Susana seguía adivinándome el pensamiento.

    S: Me parece que Mara se muere por comerte la boca, pedile que te bese, contale lo que te imaginabas mientras me cogías a mí, lo que le ibas a pedir que te haga.

    M: Si contame Gustavo, contame todo que me encantan conocer tus deseos para compararlo con los mios.

    G: Imaginaba que estábamos los tres así, vos pajeándome como lo estás haciendo ahora, que yo me iba acercando así y vos empezabas a pasarme la lengua por los labios, metiéndome la puntita de vez en cuando…

    M: Cómo, así?: le dije mientras le hacía lo que me pedía y apuraba el movimiento de mi mano a lo largo de su pija, cuya cabeza ya asomaba por la pierna del bóxer enloqueciéndome aún más, a tal punto que lo entré a chuponear metiéndole la lengua hasta la garganta.

    S: Pará guacha, que yo también quiero algo para mí, acordate que fue tu cuñadita la que te lo consiguió, y de alguna manera me vas a tener que pagar: Entonces se sumó a nuestro beso y su lengua comenzó a jugar con las nuestras mezclando las salivas de los tres, mientras su mano se metía en mi bombacha y suavemente empezaba a masajearme circularmente el clítoris con el dedo: ¡Ay, no sabés lo que siento al tocarte por primera vez la concha que tantas veces soñé, pero nunca pensé que la tendrías tan empapada, que tus labios tan gruesos iban a succionarme el dedo como lo están haciendo, que te ibas a calentar tanto conmigo como para moverte como lo estás haciendo buscando que te entierre lo dedos, no es cierto? Es eso lo que querés? Dale pedilo!

    M: Sí, méteme los dedos por favor, empezá a abrirme para después tragarme la poronga de tu marido

    S: La poronga de mi hermano decí que eso te debe calentar más, esta poronga por la que te pajeaste tantas veces mientras se la mirabas estando el dormido, contale.

    M: Sí Gustavo, cada vez que te ibas, los viernes cuando le contaba a la puta de tu mujer mis encamadas, me reventaba a pajas pensando en tu poronga saliendo del calzoncillo cuando dormías, como ahora que la tenés inmensa. Dejame sacártela, así: le dije metiéndole la mano dentro del bóxer y empuñándola de arriba abajo: Y vos te la pajeabas así hermanito pensando en mí?

    G: Sí, lo hacía frente a Susana, que le encanta que nos pajeemos uno delante del otro, y le refregaba la cabeza en la concha.

    M: No me la querés meter entre las piernas y frotármela a mí?

    S: Ah no guachos, y a mí me dejan afuera, si querés que te la refriegue, sacate la bombacha que yo le saco el calzoncillo a él, date vuelta así te la apoya por atrás y cuando salga la cabeza entre tus piernas por lo menos se la chupo.

    M: (A Pablo) No sabés Pablo como me entusiasmó la idea de esta hija de puta, me di vuelta y Susana se encargó de llevar la pija de su marido entre mis piernas, sentir ese tronco tibio y palpitante resbalando en mi concha encharcada, sentir en cada ida y venida de mi hermano los pendejos hundiéndose en mi culo y ver aparecer entre mis labios esa cabezota, parecida a la tuya, lo que demuestra que perdiste porque ya se te salió de la bragueta, aunque yo también estoy mojada de solo pensar en esa imagen de la pija emergiendo entre mis piernas y la boca de Susana comiéndosela primero para después lengüeteármela a mí, Gustavo empujaba para que le entre a Susy lo más posible en la boca y después yo sacaba la pelvis y abría las piernas para sentir la lengua de Susana en el clítoris.

    Yo a esa altura quería todo, haber esperado tanto tiempo que mi hermano se decidiera a cogerme, yo misma haber deseado tanto tiempo y no me atrevía, que ahora quería calentarlos a los dos de tal forma que en estos tres días no pudieran parar de cogerme de mil formas.

    M: (A Susana) Susy si me das un gusto les cuento algo que nunca le conté a nadie.

    S: Lo que quieras, si estamos para hacerte acabar las veces que quieras.

    M: Ahora que veo emerger la pija de Gus entre mis piernas, me parece que fuera mía, me encanta mirarla e imaginarme que es mía, y que yo siempre quise cogerte de atrás, date vuelta y déjame apoyártela.

    S: Ay, sí por favor hacelo, y rápido, nunca imaginé que tenías fantasías conmigo como yo con vos, y me calienta muchísimo, después te voy a contar las mías.

    M: Pero primero quiero metertela en la concha

    Se dio vuelta y se separó las nalgas con ambas manos, solo ver el ojete dilatado no sabés como me calentó Pablito, yo sentía que podía manejar la pija de Gus con la contracciones de mi concha, cada vez que se la apretaba con mis muslos Gustavo empujaba tratando de alcanzar la concha de Susy que yo previamente había mojado con saliva, la sensación de empuñarla y hacérsela resbalar entre el ojete y los labios de la concha, con mi mano, me daba una sensación enloquecedora e incontrolable que me inundaba al poder cubrir justo con mi mano esa mitad de la poronga que sobresalía entre mis muslos, no veía el momento de enterrársela y estaba convencida que iba a poder sentir las paredes de su vagina a través de la pija de mi hermano. Susana me pedía que me la coja, que no aguantaba más, que le podía pedir lo que quisiera a partir de ese momento.

    M: Ya te voy a pedir de todo no te preocupes, te gusta desear no putita? querés que ya te la metamos, porque ahora Gustavo y yo somos una sola pija y eso te gusta como a mí que lo deseé tanto tiempo, y ahora te apuntamos la cabeza al centro de tu argolla, la sentís?

    S: Ay, sí claro que la siento, métela por favor

    M: Y te agarro de las caderas y te la ensartamos dé de un golpe… Así… así… Sabés que me siento adentro tuyo, es hermoso, siempre te vamos a coger así… querés??

    S: Sí pero métemela más, necesito más de la pija de Uds.

    M: (A Pablo) Le pasé los brazos por la cintura y le agarré con los dedos de las dos manos los labios de la concha y la empujé hacia mí, sintiendo su culo pegado a mi pelvis y la pija de Gustavo cepillando mi raja y clavándosela a ella hasta donde podía.

    S: Ay Gus, nunca la tuviste así de grande, nos vamos a tener que llevar a tu hermana a casa! Bien que te gustaría no?

    G: Y a vos también guacha, si la tenés más abierta que nunca, dos pijas te entrarían. Bueno hermanita, ahora contanos tu secreto que ya estoy por acabar y no quiero hacerlo todavía.

    Y entonces les empecé a contarles, poniendo voz aniñada:

    M: Sabés Gusti que hay algo que vos no sabés y no se lo sabe nadie, pero no sé si contártelo, porque a lo mejor te enojas conmigo…

    G: Dejate de joder, mirá si con la calentura que tengo me voy a enojar con vos tonta?

    M: Por favor, pero ahora sacásela y metémela a mí un poquito que te cuento.

    S: Pero si yo lo que más quiero es ver cómo te la ensarta toda….!

    M: Entonces no les cuento…

    G: Dale mi amor, y no dejes que entre nada más que la cabeza, y vos contá que me volvés loco…

    M: (A Pablo) Susana le agarro la pija así como te la agarro yo a vos Pablito ahora, y vení, necesito que me la apoyes como me la apoyaba él, dale se buenito ponete atrás métemela entre las piernas y te sigo contando, qué linda la tenés vos también, yo te la puse así?

    P: Vos sola no, tu cuñada y tu hermano, y la forma que lo contás me la pone así, tu hermano la tenía igual?

    M: No más grande, e imaginate cuando le empecé a contar?

    M: (A Gustavo) Yo te deseaba ya cuando tenía 18, te miraba el bulto, y me calentaba.

    G: Yo también, que me había matado a pajas pensando en vos.

    M: Ves? Yo no las necesité, ese es mi secreto. Te acordás que papá acostumbraba a hacerme caballito sobre sus rodillas, eso lo siguió haciendo hasta cuando yo ya era mayor, cuando estábamos solos, me pedía que me sentara sobre sus rodillas y seguíamos con el jueguito, la única diferencia era que ahora yo ya era grande y mi culo también, me sentaba en sus muslos y a papá se le paraba, yo hacía como que no sentía nada pero entreabría las piernas y trataba que se me metiera en la raja, siempre pensando en tu pija Gustavo, a medida que pasaban los minutos yo sentía cada vez más la tibieza y la dureza de ese pedazo de carne creciendo contra los labios de mi concha a través de la tela de la bombacha, casi no hablábamos, solo hacíamos los movimientos para acomodarnos él o yo.

    G: Qué hijo de puta, y mucho tiempo lo hicieron?

    M: Hijo de puta por qué? A vos no te hubiera gustado hacerlo? O espiarnos? La verdad decime.

    G: Claro que sí, te lo digo de envidia, si supieras que ganas de enterrártela toda que tengo, pero seguí…

    M: Los dos buscábamos esos momentos, generalmente eran al mediodía cuando mamá iba a dar clases y yo volvía de la facultad y papá llegaba a almorzar, un día lo encontré sentado en el sillón frente al televisor con las piernas juntas y me invitaba a hacer caballito con una sonrisa cómplice, inmediatamente me senté en su falda dándole la espalda, por su posición no tenía más remedio que hacerlo con las piernas abiertas y se me subió la minifalda que traía, cuando terminé de sentarme me di cuenta que papá ya tenía la pija fuera del pantalón, y mi raja estaba asentada a todo la largo de esa poronga que yo sentía tan caliente entre mis labios, como ahora la tuya hermanito.

    S: Cómo podés ser tan guacha, primero nos calentás contándonos tus cogidas con cualquiera, ahora nos contás que te franeleabas a tu viejo pensando en tu hermano, y seguro que en este momento estás pensando en la poronga de tu viejo mientras te metés la de mi marido.

    M: Sabés lo que fue para mí saber que mi padre se calentaba conmigo y que a partir de ese día no necesitaba pajearme, que ahora tenía a mi disposición esa pija y todas las veces que quisiera me la iba a poder refregar porque mi padre iba a estar esperando ansioso continuar nuestro juego y cada vez que lo hacía me iba con la bombacha empapada y mi viejo se quedaba con la pija embadurnada con mis acabadas.

    S: Si, cómo está embadurnada la mía ahora, deseando pija, o por lo menos que vos me la chupes como me lo imaginé tantas veces. Dale Mara por favor! Yo se la sigo frenando a tu hermano pero giro y me la chupás.

    M: (A Pablo) Si ella había deseado que se la chupe, no te imaginás lo que fue para mí al encontrarme con esa almeja roja y jugosa frente a mi boca, me di cuenta que yo también lo estaba deseando tal vez más que ella, además Susana la mantenía abierta con dos dedos de la mano libre y movía la pelvis tentándome a que me prenda a su concha, en ese momento me di cuenta que mi propio juego me había llevado a desear a mi cuñada tanto como a mi hermano, nunca había chupado una concha pero la deseaba tanto que junté mis labios los suyos como si fueran dos bocas, succioné como pocas veces lo he hecho en un beso, y mi lengua se adentró en ella recorriendo sus paredes y succionando sus jugos, indudablemente lo estaba haciendo bien, porque mi cuñada empezó a emitir quejidos de placer a tal punto que soltó la pija de Gustavo para llevar mi cabeza contra su entrepierna hundiéndome la nariz en su ojete a la vez que mi hermano me la enterraba hasta los huevos haciendo que ambos nos uniéramos a los quejidos de Susana que fueron aumentando hasta acabar en un chorro que me llenó la boca, y en vez de darme asco me enloqueció, empecé a refregarle los labios en el clítoris para seguirla haciendo terminar y tragándome el flujo.

    S: Te gusta cuñada como te la entierra tu hermano? Y parece que chuparme la concha también te gusta?

    M: Las dos cosas juntas me gustan, el sabor de tu flujo y el olor de tu concha me enloquece a tal punto que no voy a dejar más que me llames por teléfono si no estás con mi hermano y me contás vos como te la chupa así te recuerdo y puedo pajearme a gusto.

    G: Y papá te dejaba tocársela?

    M: No, creo que eso le hubiera hecho sentirse culpable, era mejor ese juego como casual de venir en cualquier momento en que no nos vieran y apoyármela, o yo a la mañana ir a saludarlo a la cama y tirarme arriba como proponiéndole un juego de pelea que terminaba siendo erótico, sobre todo cuando él estaba destapado, entonces podía sentir como le crecía la pija contra mi pubis, y mejor si podía levantarme la pollera y él se la sacaba fuera de la bragueta y me la ponía entre las piernas, así dura y calentita como la tuya Gus hasta que el estremecimiento de él me avisaba que estaba por acabar, a mí me bastaba con eso, ahí me levantaba y lo dejaba con la pija al aire y con todas las ganas, sabiendo que iba a tener que pajear o cogerse a mi vieja.

    S: Y ahora seguro te gustaría tener la de tu viejo también apoyándotela, no es cierto?

    M: Claro que sí, no me vas a decir que a vos no te gustaría hacer lo que yo hacía con mi viejo?

    S: A mí siempre me gustó que me apoyaran, que me la refregaran bien en la raya, sobre todo viajando en los colectivos, me enloquece hacer acabar a los tipos con mi culo. Pero ahora me vas a dejar realizar una fantasía que tengo con vos Mara, hace tiempo que me calienta la idea de hacerte acabar apoyándote mi concha en ese culo hermoso que tenés, y ahora que puedo tener la pija de Gus entre las piernas como la tuviste vos, y sentirla como mía, mi fantasía crece y no solo quiero apoyarte sino cogerte con este pedazo que le sobra, te gustaría?

    M: Que si me gustaría me enloquece! Gustavo se la prestás a Susy para que me la meta?

    G: Cómo no se la voy a prestar ¿Las veces que me la cogí pensando que te la metía a vos, las veces que me hacía apoyarla imaginando que te estaba apoyando a vos, y ahora que puedo tener su raja montada sobre la mi verga y la punta en tu culo, como no se la voy a prestar para que te la meta y así enhebrarlas a las dos!

    M: (A Pablo) Imaginate Pablito, me di vuelta boca abajo y le puse a mi cuñada mi culo a su disposición, ella me montó le agarró la pija del marido que se puso encima de ella y se la pasó entre las piernas, y con el pedazo que le sobresalía me lo empezó a hacer círculos con la cabeza alrededor de mi ojete, que ya pedía a gritos que la meta, pero la guacha me lo escupió y empezó apoyándome apenas la punta, de la que solo sentía la presión que ejercía mi hermano en su desesperación por meterla, mi culo se dilataba cada vez más como tentando a la poronga de mi hermano, y vos Pablito no sentís que mi concha te está llamando también, que me calienta muchísimo recordar el haber tenido la pija de mi hermano toda metida en el culo, haber sentido los pendejos de mi cuñada apoyados entre mis nalgas mientras con la otra mano me hacía una flor de paja, susurrándome al oído lo mucho que la calentaba estarme cogiendo, y pidiéndome que le rogara que se la metiera sino no lo iba a hacer.

    P: Y vos se lo pediste guacha?

    M: Y como no lo iba a hacerlo si era lo que más quería, a los gritos le pedí que me la enterrara, que nadie me había hecho gozar como ellos dos, que iba a hacer todo lo que me pidieran.

    P: Y mí no me vas a rogar que te la meta, no me vas a prometer que la próxima vez que vengan me vas a invitar y me vas a entrega a tu cuñada, pero después que te la tortilleés bien y quiero que vos te la cojas con mi garcha como ella te cogió a vos. Dale pedime turra!!

    M: Sí, por favor metémela hasta el fondo, y te juro que te la voy a entregar bien caliente, para que te la cojas junto con mi hermano, dale movete más… quiero sentirla como si fuera la de Gustavo… dale acabame adentro…

    P: Y no me vas a contar más?

    M: No, ahora lo único que quiero es acabemos juntos, después te sigo contando, así, así… enterramela pensando en Gustavo y Susana, te va a gustar sentir adentro de mi cuñada el roce de la pija de mi hermano… Dale acabaaaa conmigo!

    P: ¡Si guacha acabo… tomá… tomá… tom…!!!

  • El regalo de navidad de mi esposa estar con otro hombre

    El regalo de navidad de mi esposa estar con otro hombre

    Mi esposa, es once años menor que yo, verdaderamente una mujer atractiva, rubia, con un cuerpo curvilíneo, el trasero redondito y parado, senos grandes y paraditos, se pones unos brasieres push-up, que la hacen más interesante, mentalmente madura, y una increíble en la cama, cada vez que tenemos sexo, me pregunta si me gusto, y le pregunto a ella y me responde que le encanto, un día viernes día teníamos que ir a una fiesta de fin de año en su trabajo, esa abogado y la invitaron a la fiesta de un tribunal. Para ese evento se compró un vestido negro, que le llega unos centímetros arriba de las rodillas, con un apertura latera hasta casi la mitad de la pierna, una pequeña apertura en la parte superior del busto, reamente parecía una mujer que estuviera buscando hombres, y ese vestido lo vimos en una tienda y le dije te lo regalaré porque me gusta que te exhibas y luzcas tus atributos cuando salimos juntos, para que los hombres me vean con envidia, y te desnuden y deseen.

    Apenas llegamos a la fiesta, las mujeres con envidia y los hombres la veían con ganas de comérsela. Conversando con unas abogadas, una pregunto, si no me ponía celoso como veían a mi esposa con ese vestido tan atrevido, bailar tan pegado con otros hombres, y le respondí riéndome, yo lo escogí y se lo regale.

    Pasaron como dos horas y mi mujer era el centro de las miradas de todos los hombres, ella bailo mucho y vi como muchos querían bailar y apretarla, después dejo de bailar y me dijo no puedes estas bravo, tú me compraste el vestido para hoy, le respondí te quiero tanto que si no siento celos por ti, me encanta que te diviertas y te deseen.

    Luego se acerca un hombre joven bien vestido y me dice señor lo felicito por la esposa que tiene, es muy elegante, me gustaría tener una mujer así de atractiva como ella y se nos dejó solo, le comento a mi catira que ya estaba con olor a whiskey, ese tipo ha bailado contigo tres veces, seguro que le gustas, vi que te apretaba y me contesta si, me lo dijo, pero tú eres mi esposo. Luego se me acerca otro abogado y me dice lo mismo de mi mujer, ella se ríe. Dice el alcohol se me esta llenado de fantasías eróticas. Te gusta que me deseen, y si te pido permiso para vivir una experiencia que me compartas como lo vemos en los videos porno me das permiso. Dame ese regalo de navidad. Me pidió lo que yo quería ver ella entregándose a dos hombres, le dije algún día será. Vio a bailar con los hombres que se nos acercaron, y los me dijeron uno que le dejara hacerme sexo oral, el otro que se moría por estar conmigo, que se había masturbado en el baño pensando en mi, tiene un bulto muy grande, por eso me pegue cuando bailamos. Yo quería verla como se la cogían dos hombres, y le respondí, si puedes tener tu relago de que si a los dos, será esta noche, pero vamos los cuatro, quiero verte como lo disfrutas como si fueras una insaciable.

    Después de terminar la fiesta, fuimos al motel de un amigo del abogado, en mi carro, el aboga manejo, y en el asiento de atrás iban mi mujer y el hombre más joven, el metiendo su mano por la apertura del vestido de mi catira, y ella acariciándole el pene, que era de buen tamaño, la vi como varias veces se lo chupo. Pensa es una putica, y me encanta, por fin voy a ver como la ponen a mamar guebo, y a la vez la cogen.

    Compramos una cervezas en el camino, llegamos al motel lo saludaron, ya lo conocían, y el abogado pidió una habitación con jacuzzi, y dos toallas adicionales. Apenas entramos a la habitación, la empezaron a desvestir, cuando la vieron sin ropa, me dijeron donde la conseguiste, tienes los senos paraditos, el culo paraíto y rico para reventarlo, bonito y con el es una venus, y su vagina afeitada con esos labios rosados para chuparlos y llenarlos de leche. La besaron, la acariciaban como unos desesperados, la pusieron a mamar guebo, ellas se metía completamente los penes, como queriéndoselas comer todas sin dejar nada. Uno ellos el más joven dijo voy a correrme, le eso no, en su boca no, y ella respondió tú me diste permiso, y de inmediato siguió chupándole el guebo, era una garganta profunda, me mostro su boca llena de semen, se tragó hasta la última gota, me dice vi que te estabas masturbando, mientras yo les hacía sexo oral a ellos, así que te voy dejar sin leche, mientas me cogen como si fuera una perra. El abogado se quedó dormido, y se despertó cuando sintió que mi mujer le acariciaba le chupaba el pene.

    Luego ella en cuatro patas le ofreció su vagina y su culo, cuando la penetraron primero con condón lubricado, gemía como una perra, me yo me quite la ropa y ella comenzó a chuparme el pene gemía de placer y yo disfrutaba de ver cómo era penetrada por su culo estrecho, mi catira gritaba de dolor y placer a la vez, le acabe en su boca, luego el abogado se quitó el preservativo, le metió su pene era como de 20 cm, de largo y grueso, le lleno de leche su ano, y el joven, también la penetró analmente, me encanto ver como se la cogían, y luego me excitó más cuando vi cómo le salía la eche de dos hombres que disfrutaron de su culo.

    Luego dormimos, y me desperté como a las siete de la mañana y vi a la catira que tenía restos de semen en su cara y sobre sus senos. La desperté le revise los teléfonos de los amigos de mi mujer para verificar que no tenían fotos de ella, solo habían cinco fotos de su vagina llega de leche, ella dijo que no la borrara, pero solo deje una sola. No fuimos al jacuzzi, nos bañamos, y al rato, llegaron ellos, querían que mi mujer les hiciera sexo oral a los dos a la vez, ella ve me pidió permiso para hacerlo y tragarse la leche, le pregunte si te hace feliz si, hazlo date todo el placer a tu morbosa mente. Mi catira, poco a poco introdujo los falos en su boca hasta llegar al final de su garganta, comenzaron los movimientos sincronizados para meter y sacar sus vergas dentro de mi esposa mientras ella disfrutaba cada chupada, hasta que cada uno de ellos le lleno de semen su boca, luego se metió mi pene, hasta acabarle, y se tragó toda mi leche.

    Nos bañamos todos en el jacuzzi, pero esta vez ella estuvo todo el tiempo en mis pernas y le dijo, no tendré ni habrá más sexo con ninguno de ustedes, ni con ningún otro hombre, lo siento, pero ya no hay más infidelidad ni con permiso, tengo el mejor marido del mundo, y tengo que respetarlo.

    Así ella tuvo la oportunidad de vivir su fantasía, todos disfrutamos ahora yo quiero verla tener sexo con dos mujeres, pero tendré que esperar que ella me lo pida.

  • Me cogí a mi cuñada (Parte 3)

    Me cogí a mi cuñada (Parte 3)

    Nos besamos muy suavemente unos 3 o 4 minutos. De repente se separó y se metió enseguida en la cama, del lado opuesto al mío y se metió bajo las sábanas.

    La verdad fue cuestión de segundos, poco pude disfrutar verla con la lencería.

    Me dijo que se lo había puesto para no dejarme mal pero que estaba muy nerviosa, que mejor platicáramos.

    Saqué enseguida mi celular y puse videos de Franco Escamilla, nos empezamos a reír con sus chistes y entre carcajada y carcajada, se iba relajando hasta quedar abrazada de mí.

    Yo ya alcanzaba a ver pegadas a mi pecho, sus deliciosas tetas guardadas aún en el babydoll.

    De repente me dice:

    -Apaga el celular, vamos a platicar

    Y me pregunta:

    -¿Honestamente, ya has hecho esto antes?

    Y yo:

    -¿A qué te refieres?

    Ella:

    -Serle infiel a mi hermana

    Y yo:

    -Sí, con pena, pero reconozco que sí

    Ella:

    -¿Muchas veces?

    Yo:

    -Algunas

    Ella:

    -Mmm muy mal cuñis

    Lo dijo con un rostro que reflejaba molestia, pero al mismo tiempo no dejaba de abrazarme

    De repente se volteó, me miró fijamente y me dijo “me gustas mucho, pero me da miedo hacer esto, está muy mal”

    Y le dije: “no te preocupes, ya con tenerte en mis brazos me siento bien; es más si quieres sentirte más cómoda ve al baño y ponte la ropa del trabajo”.

    Y ella: ¿No te gustó cómo me veo?

    Yo: Casi no te vi

    Ella se paró con la sábana enrollada, caminó frente al espejo y se la quitó frente a mi.

    Me le quedé viendo y me bajé de la cama, me acerqué y le planté tremendo beso.

    Nos estuvimos besando sin tocar ni nada, como 3 minutos fácil, solo acariciando sus brazos y cintura.

    Entre que llegamos, se bañó y estuvimos viendo chistes, ya habían dado casi las 9, me había tomado casi una hora besarla bien, con pasión.

    La puse de espaldas a la cama sin dejar de besarla, la hice sentarse y con cuidado le abrí las piernas.

    Sin darle tiempo a decir que no, me hinqué frente a ella y sobre la tanguita del conjunto empecé a pasar mi lengua sobre su panochita.

    Ahí se dio por vencida a resistirse, se recostó, abrió más las piernas y empezó a gemir.

    Enseguida hice a un lado su tanguita.

    Un poco peludita para mi gusto, vellitos color castaño medio (aunque no me fascinan, los de ella me gustaron) toda rosadita su panochita y súper mojada.

    Tiene la panocha súper pequeñita (tal vez por eso mejor le hicieron cesárea).

    La cicatriz del nacimiento de su hija casi no se le nota.

    En fin, me puse a mamarle salvajemente y en menos de 3 minutos estaba teniendo su primer orgasmo.

    Tenía mi cara empapada entre mi saliva y sus fluidos.

    Al sentir su orgasmo y escuchar los gritos que daba, enseguida me bajé el pantalón y la trusa, me saqué la verga y sin decirle, se la metí.

    Le entró todito de un jalón pues estaba mojadísima, apretaba delicioso y gemía exquisito.

    Mientras se la metía le saqué las tetas. Uff! Pezón entre café y rosadito, tiene los pezones como invertidos y las areolas medianas. De tanto mamarle se le brotaron los pezones bien paraditos.

    Se las empecé a mamar mientras la cogía y ella me decía “¿te gustan mi amor?” y yo “siii”.

    Así estaba dándole cuando no aguanté y me vine dentro de ella. Pero como seguía teniéndola dura la seguí cogiendo sin parar un buen rato más.

    Al sentir mi leche ella tuvo otro orgasmo y me dijo “¿viste por qué te pedí la pastilla? (me pidió que llevara una pastilla postday, por si pasaba algo (mañosa jaja)”.

    Me tiré en la cama a su lado, ella estaba tirada exhausta con la tanguita a un lado… me fijo y mi leche le chorreaba de su panochita peludita hacia su pierna, delicioso.

    Así nos quedamos al menos 4 o 5 minutos, descansando.

    De repente me dice: “no sabes cuánto quería que pasara esto, desde hace mucho”.

    Me acerqué a ella y le dije “yo igual, la verdad, desde que te conocí me gustaste muchísimo”.

    La abracé y nos dormitamos unos 5 minutos.

    De repente desperté y ella al mismo tiempo. Nos empezamos a besar y ya vino el segundo round.

    Cuando sentí mi erección, saqué unas toallitas húmedas que siempre ando cuando voy a los moteles, me limpié bien los restos de leche y sus fluidos y estando ella acostada, le puse la verga cerca de su cara y le dije “mámalo”

    La primera cogida fue intensa pero más romántica, sin embargo, noté en ella al ponerle la verga en la boca que estaba tan excitada que no diría que no a nada.

    Enseguida me tomó la verga con sus manitas y se la puso en la boca.

    No puedo decir que fue la mejor mamada de mi vida, pero lo hace bien, se la traga toda y le gusta tenerla dentro de la boca. Entre más la mamaba más notaba que le gustaba ser sumisa.

    Al tiempo yo le metía los dedos en su panochita y con un dedo jugaba con la entrada de su culo. Mi leche aún estaba saliendo de su panochita así que la usaba como lubricante para el ano.

    De repente empecé a meter mi dedo en su culo y ella con su mano me detuvo.

    Me dijo “no cuñis, nunca lo he hecho por ahí, no me gusta”.

    Y yo: Déjame intentarlo, si te duele o no te gusta te la saco.

    Obvio ya con la verga adentro no se la sacaría.

    El caso es que me dejó seguir jugando con mi dedo dentro de su culo, de repente la puse de perrito y se la empecé a meter, sin demasiado cuidado. Estaba muy caliente y aunque decía que no, notaba que disfrutaba ser sometida.

    La verdad, los primeros 2 o 3 minutos del anal, no le gustaron, decía “me duele, me duele mucho” y yo “aguanta cuñis, por fa, esta riquísimo tu culo”.

    No me di cuenta de en qué momento le estaba hablando sucio, pero de repente ella misma me dijo “está muy gruesa tu verga”.

    Obvio al decirme eso más dura se me puso y empecé a darle durísimo por el culo y a darle nalgadas.

    Ella gemía no sé si de dolor o placer, pero gemía muy rico.

    Le pregunté si le gustaba la leche y me dijo “no mucho”.

    Con eso fue suficiente para decidirme y justo cuando iba a soltarle el chorro de leche se la saqué del culo y aprovechando que tenía su cara recostada en la cama, no pregunté y acerqué mi verga hasta su mejilla izquierda y le tiré ahí la leche. Era mi segunda venida y aún salió mucha leche. Le cayó en la mejilla, sus labios, nariz y cabello.

    Me dijo “ay cuñis ni me preguntaste” limpiándose con sus dedos la leche.

    Le di una toallita húmeda para limpiarse la cara.

    Me recosté y me dijo mira.

    Me mostró una toallita con la que se limpió el culo y tenía sangre, no mucha, pero sí manchitas.

    “me desvirgaste por ahí, te dije que no quería”.

    Y yo:

    -Perdón, pero se ve hermoso tu ano rosadito y se me antojó

    Ella:

    -¿Y te gustó darme por ahí?

    Yo:

    -¿Por el culo? Sí

    Ella:

    -Sí, por el culo, a eso me refiero, eres un cochino

    Yo:

    -Me excita hablar sucio

    Ella:

    -Mmmm a mí no tanto pero equis

    Se volvió a acostar a mi lado y empezamos a hablar de cosas sexuales.

    Según ella sólo ha tenido 2 parejas: el papá de su hija y su ex quien la desvirgó vaginal; nunca había hecho anal aunque el papá de su hija siempre se lo ha pedido; nunca le habían tirado la leche en la cara, solo su primer novio se le había venido una vez en la boca; nunca había ido a un motel lujoso motel porque su ex y el papá de la niña tenían poco dinero.

    Le dije, “vamos a bañarnos”.

    Y ya en la regadera con agua calientita le lavé bien el culo y panocha, y me bajé a mamarle su panochita de nuevo, ya que estaba listo con la verga parada me la empecé a coger ahí bajo el agua. Ahí si tardé como 30 minutos dándole y no me iba a venir aún pero ya era tarde, así que le pedí que hiciera venirme con su mano. Ella ya se había venido otra vez cogiéndola de perrito ahí parados así que sin dudarlo me agarró la verga y mientras le mamaba las tetas me la jalaba con su mano izquierda. Justo cuando le dije “me voy a venir” se empinó frente a mí, se abrió las nalgas y puso mucha saliva en su culo y me dijo, échamelo aquí dentro. Se la metí enseguida y tras unos 10 empujones le llené el culo de leche.

    Parece fantasía pero no lo es, Cecilia había pasado de ser mi cuñis, la niña tierna y cariñosa que había sido siempre, a ser mi puta.

    Al salirme de su culo, pasó sus dedos por su culo. Logró tomar un poco de semen con su mano y se lo llevó a la boca.

    “Sabe rico” me dijo.

    Aún con la verga dura de ver a esa mujer desnuda y cogida por la panocha, culo y boca y bañada de mi leche; terminamos de bañarnos y nos vestimos.

    Decidió tirar el babydoll, porque la casa donde vive pues es la de mi suegra y ella a veces le ayuda con la lavada de ropa y le entraría duda de por qué compró un nuevo babydoll. Así que ahí lo dejó de regalo sobre la cama. Espero que si alguien decidía usarlo lo lavara bien antes, pues tenía semen y fluidos por todos lados.

    El perfume sí lo llevó pero dijo que lo sacó a pagos con una amiga

    Había pasado casi 3 horas. Así que fui lo más rápido a su casa y la dejé a una cuadra de la caseta de vigilancia.

    Llegando a mi casa, mi esposa ya dormía.

    Me di un baño caliente y me recosté.

    Al revisar mi celular, tenía 21 mensajes de Cecilia no leídos.

    Estaba demasiado cansando, relajado y deslechado. Decidí leerlos el día siguiente.

  • Otra aventura con Leslie

    Otra aventura con Leslie

    Hace mucho que no subía relato, pero lo volví a hacer con mi cuñada.

    Era una noche de viernes, mi cuñada tenía una vuelta con una tía suya y me anime a decirle en secreto que yo la podía llevar ya que sinceramente le tenía muchas ganas de volver a cogerla y ella acepto ya que sabíamos que nadie sospecharía

    Le dije a mi esposa que trabajaría hasta muy tarde y me aventure a llevarla, eran alrededor de las 8 pm, ya obscuro pase cerca de su casa por ella. Traía puesto un mini vestido negro, uuuf súper rica que se veía, sus nalgas bien paraditas y redonda dignas de darle una buena cogida. Se subió rápido y nos fuimos, era alrededor de media hora de camino pero obvio hicimos más tiempo, le fui directo a decirle que le tenía muchas ganas y me dijo que también quería porque su novio no la tocaba ni poquito.

    Avanzado en el camino que cada vez era más oscuro le fui metiendo la mano en su vagina mientras me sacaba la verga, nos empezamos a masturbar muy rico, se empino recargada en la ventana del coche para verle ese culito rico que tiene y traía puesta una tanga roja que hizo que estallara de excitación.

    Andaba muy caliente que a como pudo se montó arriba de mi para penetrarla, súper mojada que se sentía que resbalaba muy rico sus sentones.

    «Que rica verga papi» me decía mientras yo la movía más fuerte. «Dame, Dame, Dame» gritaba.

    Me arrodillé para poder ponerla de perrito como a ella le gustaba y le di muy fuerte, «Así cógeme así me gusta, no pares dame tu verga»

    No pude contenerme y me vine dentro de ella, se molestó un poco pero era más su excitación que no quiso decirme nada. La recosté y le empecé a meter la lengua en su vagina hasta que la hice llegar, gemía y gemía.

    «Uuuuf papi me encanta tu lengua, no pares, sigue sigue, hasta que termino y escurrió su liquido en mi barbilla»

    «Me encanta coger papi ojala se repita. Quiero más verga tuya»

    Volvimos a tomar camino y la deje cerca de casa de su tía y quedamos en volver a repetir.

    Les mando pronto la próxima aventura con mi cuñada.

  • Mariluz

    Mariluz

    Regresamos con mi esposa a la ciudad que por muchos años nos albergó, principalmente para visitar viejas amistades y reconocer lo que una vez fue nuestro hogar. Volver allí, sin embargo, supuso revivir experiencias, aventuras y complicidades que marcaron nuestras vidas. Nuestra curiosidad por dar rienda suelta a nuestra sexualidad empezó en ese lugar y cada lugar recorrido trajo a nuestras mentes esas excitantes vivencias.

    Estábamos caminando por el centro de la ciudad y, de pronto, en medio de la multitud que caminaba por la otra acera, la vi: Mariluz. Ella estaba distraída y no reparó en nosotros. Hemos cambiado bastante desde la última vez, así que era comprensible que no nos hubiésemos reconocido fácilmente en medio del gentío. Verla a ella, entonces, fue recordar nuestra historia en común.

    Trabajábamos con Mariluz en el mismo lugar. Ella era secretaria y departía no solo conmigo sino con muchas otras personas, hombres principalmente. Y tratándose de una muchacha joven y bastante atractiva, tenía muchos admiradores y pretendientes. Lo que capturaba nuestra atención eran sus enormes senos, unas caderas proporcionadas y unas esbeltas piernas. Su cabello era negro azabache y disponía de una sonrisa permanente en su rostro y una conversación muy agradable. Era muy fácil entablar relación con ella.

    En muchas ocasiones bromeábamos con ella, expresando frases de doble sentido detrás de las cuales hacíamos evidente nuestras intenciones de tener algún tipo de vínculo más allá de lo laboral. Para acabar de completar, ella se arreglaba muy coqueta y su actuar era sensualmente insinuante, así que más de uno, no lo dudo, quizá le propuso pasar de las palabras y las insinuaciones a la acción. Ella se sorprendía con nuestras manifestaciones, las rechazaba, pero parecía gustarle y disfrutar con esas situaciones.

    Con el paso del tiempo decidió conformar una familia y se casó. En su nueva condición, claro, manteníamos la distancia para no generar situaciones incómodas o llegar a molestarla. Pero, en mi caso, conversando con ella de temas personales, pronto me di cuenta que su compromiso se dio de manera forzada y como una forma de salir de su casa y evadir situaciones que le resultaban inaguantables. En fin, parecía no disfrutar su matrimonio. No obstante, con su esposo, tuvo dos hijas.

    Con el paso del tiempo y la convivencia propia en lo laboral, ella tuvo la oportunidad de verme instruyendo a personal subalterno sobre la naturaleza de las relaciones humanas y se interesó porque yo le hablará más sobre esos temas y le aclarará múltiples preguntas. Esa proximidad propició una relación mucho más cercana y de confianza, así que, más temprano que tarde, nuestra compañía se hizo un hábito. Todos los días nos encontrábamos y todos los días había una curiosidad para satisfacer. Y, de tanta proximidad, poco a poco nos hicimos imprescindibles el uno para el otro. Ella, sin embargo, mantenía la distancia y el respeto propio de subalterno a jefe.

    Fui yo quien, con el paso del tiempo, sentí la necesidad de expresarle mi admiración y reconocimiento por su dedicación al trabajo. Pero en algún momento le escribí una carta donde le manifestaba abiertamente los sentimientos que ella me despertaba y mi gusto por permanecer junto a ella el mayor tiempo posible. Y esa declaración, en definitiva, cambió totalmente el sentido de la relación. A partir de ese momento su actitud hacia mi fue diferente. El compartir lo laboral y lo personal llevó a compenetrarnos muy íntimamente y creo que, la verdad, la amistad fue más allá y de alguna manera nos enamoramos.

    Y, en esa nueva tónica, continuó nuestra relación. Nuestra comunicación se volvió más espontánea, abandonando la rigidez de las formas entre jefe y subalterna. Ella empezó a ejercer su feminidad abiertamente y ejercer su rol como mujer de manera evidente; se preocupaba por recordar mi agenda, por excusarme de antemano cuando era necesario, por atenderme con un café en los descansos, tal vez buscando la oportunidad de estar juntos con mayor frecuencia. En esos instantes nos olvidábamos del trabajo y conversábamos.

    Yo puse mi atención en ella y mi interés estuvo orientado a procurar que ella progresara en lo personal, en lo social, en lo profesional y hasta en lo espiritual. Como resultado, ella promovía frecuentes espacios de conversación, que nos llevaron a pasar largas horas de conversación, principalmente dirigidas a que ella manejara de mejor manera su vida. Y, claro, esa intimidad llevó a que se despertara la curiosidad por explorar de todo. Había confianza, sí, pero se sabía que había limitaciones que impedían que los alcances de la relación se desbordaran para satisfacer las necesidades de uno y otro.

    Ella despertaba en mí el deseo de aproximarme, acariciarla, besarla y poseerla, pero la relación laboral parecía interponer distancia para no incurrir en conductas inapropiadas y, menos aún, exponernos a ser vistos y ser materia de rumores y chismes, aunque, para aquel momento, yo creería que ya muchos sospechaban que algo había entre los dos así no hubiese existido ningún tipo de contacto. Ese proceso, tal vez lento, propició que el deseo de compartirnos físicamente fuera más intenso y que la oportunidad se diera en cualquier momento.

    Parte de su trabajo incluía el manejo del inventario de un almacén de componentes aeronáuticos, de modo que todas las mañanas se encerraba allí para actualizar las existencias de acuerdo a las entradas y salidas que se habían producido el día anterior. Yo pasaba a saludarla y preguntarle si requería algún tipo de apoyo y siempre surgía allí alguna pregunta o algún comentario que hacía necesario que nos reuniéramos a comentar sobre el particular, lo cual hacíamos en las horas de la tarde, ya muy próximos a la hora de salida.

    Y fue allí, en ese almacén, donde, en alguna ocasión, ella se atrevió a aproximarse a mí y darme un beso en la boca. Y fue un beso raro, porque ella apretó sus labios contra los míos, pero su boca permaneció cerrada y nunca nuestras lenguas se tocaron. Yo no forcé nada y permití que ella me abordara a su manera. Me dio la impresión de que nunca antes había besado a alguien como yo lo conocía. Y quedé con la duda. ¿Sería que su aproximación fue muy tímida y no quiso que yo pensara mal de ella? O, de verdad, ¿Sería que ella no había experimentado un beso de verdad? Me causó curiosidad aquello porque siendo una mujer casada, y con dos hijas, pensé que ella sabía cómo comportarse con un macho.

    Después de aquello los saludos en aquel almacén, a solas y distantes de cualquier mirada curiosa, se volvieron frecuentes. El beso, ese beso, se volvió un hábito, y jamás me atreví a mostrar sorpresa. Por el contrario, le hacía ver mi profundo agrado y satisfacción por aquella caricia, y nunca mostré desagrado o rechazo. Y traté de ser considerado y respetuoso en nuestros encuentros, evitando mostrar las ganas de aprovechar la situación e ir más allá en nuestras caricias. Realmente lo quería hacer, pero, por alguna razón, me abstenía.

    Pero, en algún momento, le pedí que me dejara instruirla. Ella aceptó. Y, en consecuencia, le indiqué que se dejara llevar paso a paso y que, para no entrar en pánico, cerráramos los ojos y simplemente nos dejáramos llevar por el momento. Y así lo hicimos. Nos abrazamos, pusimos nuestros rostros en contacto y aproximando mi boca a la suya, le pedía que abriera un poquito sus labios. Ella así lo hizo y yo, con mucha delicadeza, roce sus labios con mi lengua, muy despacio, mientras con mis brazos apretaba su cuerpo contra el mío, y procedí a explorar su boca para encontrarme con la suya. Eso pasó muy rápido y ahora sí aquello fue un beso diferente.

    A ambos nos corrió electricidad, porque nuestros cuerpos quisieron fundirse en uno solo allí mismo. Ella besó como quizás nunca antes lo había hecho y su gesto me enterneció y me excitó. Ella se dio cuenta. Así que aquel beso se extendió por muchos minutos. Mis manos acariciaron su cuerpo, sus muslos, sus caderas, sus nalgas y sus deseados senos. Cada contacto aumentaba la intensidad de su beso y daba la impresión de nunca querer acabar aquello. Ella, por el contrario, aparte de besarme, solo se limitaba a dejarse llevar por el momento y sus circunstancias. Fui yo quien interrumpió el momento. Ella no abrió los ojos en ningún momento, así que, al darme cuenta, suavemente separé mi boca de la suya y suavemente le dije: Mariluz, ya puedes abrir los ojos.

    Ella así lo hizo y su rostro expresaba una inmensa alegría y emoción. ¿Te gustó? Le pregunté. Y, sin decir palabras, asintió afirmativamente con su cabeza. Unas lágrimas corrieron por sus mejillas, así que la abracé y me quedé allí, junto a ella, sin hacer nada más diferente a hacerle compañía y compartir con ella sus emociones y más internos sentimientos. Al rato, debido a que notamos proximidad de personas a aquel almacén, aquel instante eterno terminó. Más tarde hablamos, dije, y me despedí.

    Ese más tarde no llegó aquel día, ni al día siguiente, ni al otro día. Se vino el fin de semana y solo pudimos volver a vernos hasta el lunes siguiente. Y, cuando la vi de nuevo, la traté con cariño, pero para nada sugerí proximidades impetuosas y situaciones como la vivida la semana anterior. Ella, volviendo a la rutina de siempre, me preguntó algo de su vida privada y quiso que la aconsejara al respecto. La curiosidad surgió porque su marido le había hecho un comentario y ella no supo cómo reaccionar. En consecuencia, quería consejo sobre cómo proceder.

    Su marido le había preguntado si ella estaba saliendo con alguien. Me parece normal, le dije, porque si ella estuvo tan contenta toda la semana, como aquel día en que nos besamos, era apenas lógico que su marido notara ese comportamiento y que, ante la incertidumbre, le preguntara. Lo raro, opinaba yo, era que el motivo de su felicidad fuera otra persona y no otra situación. ¿Qué le contestaste? Solo le dije que eran cosas de mujeres y que simplemente se sentía contenta. Y cómo reaccionó, pregunté. No quedó muy convencido, pero, ni modo. Él es él y yo soy yo. ¿Y acaso no han estado juntos esta semana? No, dijo ella. Yo en lo mío y él en lo suyo. No pregunté más…

    El beso aquel se volvió el saludo de bienvenida cada vez que entraba a saludarla en aquel almacén. Y no pasó mucho tiempo para que sus conversaciones tocaran temas más profundos y comprometedores. ¿Es posible que uno esté con un hombre y no sienta nada? Sí, le había respondido, puede ser posible. ¿Por qué lo preguntas? Porque tú y yo no hemos estado juntos, pero lo que sentí cuando nos besamos jamás lo he sentido con mi marido. Bueno, me ruboricé, me alegro por ti, pero no me parece normal escuchar eso, más aún cuando llevas años casada y tienes hijos con él. Si, respondió ella, pero esa es la verdad. Entiendo. ¿Y qué quieres hacer ahora? Quiero estar contigo.

    El momento, postergado por muchas razones, finalmente llegó. Teníamos limitaciones, sin embargo. Ninguno de los dos podría llegar a su casa después de las 7:00 pm sin despertar sospechas, así que aprovechamos un viernes, en la jornada de práctica deportiva propia de la rutina donde trabajábamos, para literalmente perdernos. Quedamos de dejarnos ver en traje de deportes e ir hacia los campos deportivos, separándonos convenientemente y alejarnos de allí para vernos en el centro de la ciudad. El plan funcionó y al poco rato yo la estaba recogiendo. Bueno, dije, ¿a dónde vamos? Tú sabrás, respondió. Bueno, comenté, los sitios que me han referido quedan cerca de donde tú vives. ¡Perfecto! Comentó. Vamos para allá, entonces.

    Al poco tiempo estábamos entrando a un lugar llamado “El rincón del deseo”. Yo me sentía un poco raro entrando ambos a aquel sitio en pantaloneta y tenis. Pero eso no fue impedimento para que nos ubicáramos en una habitación bellamente decorada y con una gran cama rodeada de espejos. Instalados allí, uno frente al otro, en principio, no sabíamos cómo proceder. Me atreví, entonces, a aproximarme a ella y besarla con mucha ternura, como lo había hecho días atrás. Y aquello fue el detonante. Nos quedamos besándonos con mucha pasión, permaneciendo de pie, a un costado de la cama. La intensidad del momento llevó a que yo introdujera mis manos dentro de su pantaloneta para poder acariciar sus tan deseadas nalgas y, un poco después, mis manos inquietas se movilizaran por su silueta y llegaran a sus ansiados senos.

    La aventura ya estaba en marcha. Ella seguía allí, sin hacer otra cosa que disfrutar de ese profundo beso y esperar a ver qué hacía yo. Así que, sin dejar de besarnos, poco a poco empecé a desliza su pantaloneta hacia el suelo, seguida prontamente por sus pantis. El contacto de mis manos con su piel me excitó sobremanera y pude sentir cómo su piel se erizó cuando empecé a desnudarla. Ella seguía besándome, aferrados sus brazos a mi cuello. La pantaloneta y sus pantis, cayeron al suelo sin dificultad una vez se alejaron de sus caderas. Cayeron por su propio peso. Y, después de aquello, me concentré en soltar su sostén y acariciar sus senos. ¡Qué delicia!

    Señora Mariluz, dije, me das permiso de quitarte la camiseta. Sí, dijo ella. Así que nos separamos unos instantes. Ella levantó sus brazos y yo, con mucha habilidad y rapidez, levante su camiseta por encima de su cabeza, quedando desnuda frente a mí, tal como muchas veces lo había imaginado, vestida tan solo con sus tenis. Era muy cómica la imagen que de nosotros se proyectaba en los espejos. Volvimos a abrazarnos y besarnos, pero ahora su cuerpo estaba a mi disposición para acariciarla con toda libertad. Cómo estaba disfrutando de aquel momento. Era un sueño hecho realidad.

    Hice el amagué de quitarme mi camiseta, pues consideraba que debíamos estar ambos desnudos, pero ella lo impidió. Así que seguí besándola y acariciándola con entera libertad. Sin embargo, dije, Señora Mariluz, acariciarte me tiene a mil revoluciones por minuto, y quisiera que mi cuerpo estuviera en contacto con el tuyo, porque a esta hora me estoy sintiendo un poco incómodo así vestido. Ella, entonces, sonriéndose, me dijo, acuéstate. Y así lo hice. No hagas nada, comentó. Déjame a mí sola. Okey, respondí.

    Ella, entonces, se colocó encima de mí, apoyados sus brazos en la cama. ¡Quítate la camiseta! Me instruyó. Como ordene mi señora, le respondí, y rápidamente me despoje de la prenda. Ella, entonces, dejó caer su cuerpo sobre el mío y volvimos a besarnos. Quise volver a acariciar su cuerpo, pero reaccionó de inmediato diciéndome, te dije que no hicieras nada. Déjame a mi sola. Okey, respondí. Dime qué hago, entonces. Tu tranquilo, respondió. Y siguió encima de mí, besándome, juntando sus manos con las mías, llevando mis brazos a los costados. Su cadera empezó a moverse adelante y atrás sobre mí, y, al parecer, estaba masturbándose con mi cuerpo. No soltaba ningún sonido, solo me besaba al ritmo de sus movimientos y apretaba mis manos.

    Poco después empezó a deslizar su cuerpo hacia abajo hasta que su rostro quedó a la altura de mi sexo. Y, estando allí, bajó mi pantaloneta y pantaloncillos para liberar mi pene que estaba recto y endurecido. Pareció maravillarse al verlo así y, tomándolo en sus manos, casi de inmediato lo llevó a su boca y empezó a chuparlo con mucha delicadeza, sin dejar de mirarme y dejar de sonreír, como si estuviera logrando algo inalcanzable en su vida. Su forma de hacerlo, sin embargo, me daba chispazos de excitación, lejos de hacerme llegar al tope, pero era una delicia verla ensimismada en lo que estaba haciendo, lo cual perpetuó por largo tiempo.

    Yo, inmóvil como estaba, tan solo atinaba a observarla. ¿Así era como lo habías imaginado? Le preguntaba. Sí, contestaba ella, mientras seguía concentrada en chupar y chupar mi pene como un bombón. ¿Y qué seguía en tu película? Ya falta poco, me dijo. Tu tranquilo. Al rato, entonces, se incorporó, terminó de retirar mi pantaloneta y volvió a colocarse encima de mí. ¿Ya puedo hacer algo? No, quédate tranquilo. Y, entonces, tomó mi pene en sus manos y lo acomodó a la entrada de su vagina, descolgando su cuerpo sobre él. Lo hizo con cuidado, muy lentamente. Sentí su sexo bastante húmedo y la penetración fue fácil, sin dificultad.

    Y así, cabalgándome, ella empezó a agitar su cuerpo, moviendo sus caderas al compás de las sensaciones que experimentaba, a veces adelante y atrás, a veces a los lados, a veces echaba su cuerpo hacia atrás y a veces se venía hacia adelante. Al final volvió a juntar sus manos con las mías, colocando mis brazos estirados por encima de mi cabeza, inclinándose para besarme sin dejar de mover sus caderas. Su respiración era entrecortada. Y ese beso, al parecer, fue el disparador de su orgasmo, porque apretó sus piernas contra mi cuerpo y se quedó inmóvil sobre mí, sin dejar de besarme, para relajarse poco a poco, quedándose un tanto adormecida por un rato.

    Pasados unos minutos, ella, por su propia iniciativa, se situó a un lado de mí, boca arriba. Yo me volteé hacia ella, abrazándola por su torso. Bueno, Señora Mariluz, ya pudiste calmar fiebre. ¿Te gustó? Sí, respondió. Espero que lo que has hecho haya respondido a tus expectativas. Sí, me gustó. Así lo quería. Bueno, dije, pero a mí no me has dejado hacer lo que yo quería. Ambos nos reímos. Pues, dale, dijo. Yo disfruto estando cerca de ti, respondí mientras la abrazaba, y solo imaginaba estar abrazándote como lo estoy haciendo ahora, pero me gustaría devolverte el goce que tú me has proporcionado. Y, diciendo y haciendo, me coloqué sobre ella y empecé a besar su cuello, sus hombros, sus senos, su ombligo y sus caderas para finalmente llegar a su sexo.

    Señora Mariluz, ¿me puedes hacer un favor? Sí, dijo ella. ¡Abre tus piernas! Y lo hizo de inmediato. Y así, teniendo su sexo a mi alcance, me dediqué a lamer sus labios vaginales y su clítoris, introduciendo mis dedos para estimular el interior de su vagina y procurarle excitarla al máximo. Le miraba de reojo a su rostro para ver sus reacciones, pero la profusión de flujos en su vagina bien pronto me hizo percibir que estaba en la cúspide del placer. Yo prácticamente estaba sorbiendo sus flujos, así que decidí terminar lo empezado y seguir trabajando allí. Empezó a gemir tímidamente y a presionar sus caderas contra mi cara y, casi al instante sentí que sus manos se aferraron a mi cabeza, llevándome a profundizar mi trabajo en su húmedo sexo.

    Seguí insertando mis dedos en su vagina, presionando hacia arriba rítmicamente, sin dejar de lamer, una y otra vez su clítoris. Y después de tanta perseverancia en la maniobra, aquel esfuerzo pareció dar sus frutos. Sus piernas se abrieron, sus caderas empujaron hacia arriba y contorsionando su cuerpo, emitió un sonoro uuuichhh… ya, ya, ya… muchachito, dijo… ya está bien. Me incorporé para besarla apasionadamente, dándole a probar el sabor de sus fluidos. ¡Estás muy excitada Señora Mariluz! Y, mirándome con una expresión de alegría en su rostro, asintió afirmativamente. Quiero sentirte dentro de mí, dijo ahora.

    De modo que apunté mi arma a su vagina y le penetré. Mi pene entró sin dificultad. Su vagina estaba tan lubricada y húmeda, que me pareció que mi pene era pequeño para aquel excitado y cálido recipiente. Señora Mariluz, por favor, dime que disfrutas este momento. Sí, respondía ella. De manera que yo seguía embistiendo su sexo con gran intensidad, empujando con ritmo frenético mi cuerpo contra el suyo. Poco después me arrodille, levantado sus piernas, para que mi penetración fuera más profunda. Y seguía empujando. Ella empezó a gemir de nuevo, así que aceleré mis embestidas hasta que ya no pude aguantar más y, previendo lo inevitable, le dije.

    Oye, me vengo, me vengo, anuncié, mientras aceleraba más y más mis movimientos. Aayyy, dijo ella, en el momento mismo en que sentí que eyaculaba sin control. Y sacando mi miembro de su vagina, el chorro de semen cayó sobre su vientre. Me dejé caer sobre su cuerpo, arropándola con el mío. Qué feliz me has hecho, dije. Esto lo debimos haber hecho hace tiempo, pero valió la pena esperar. Sí, mi muchachito, dijo ella, lo hiciste bien. Estoy muy contenta. Me siento agotada, pero muy feliz. Y así nos quedamos un buen rato, dormitando el uno sobre el otro, recuperándonos del esfuerzo.

    Pasó un buen rato antes de despertarnos. Me coloqué a su lado, la abracé y la besé de nuevo. Ella respondió gustosamente, así que seguimos allí, tendidos en la cama, lado a lado, besándonos y acariciándonos como al principio, pero sin agite, sin premuras, sin apuros. El tiempo había pasado y la hora de partir era inminente, porque teníamos que llegar pronto a nuestras casas para no despertar incertidumbres sobre nuestro paradero. ¿Mary, nos bañamos juntos? Dale muchachito, dijo. Y diciendo y haciendo nos dirigimos al baño, abrimos la ducha y nos metimos bajo el agua mientras seguíamos en la tónica de besarnos y acariciarnos, como no queriendo que aquello terminara.

    Al salir del baño alcance su ropa para vestirnos de nuevo y, ya listos, solo quedaba dejar aquel sitio y volver de donde veníamos. La llevé hasta muy cerca de su casa, porque ella prefirió llegar caminando como de costumbre. Y no quería correr el riesgo de encontrarse con su marido y que constatara que realmente estaba viéndose con otro hombre. Así que la dejé donde me indicó y, esta vez, ya no hubo besos en la despedida; solo un cálido hasta luego Mariluz, la pasé muy rico. Yo también, dijo ella, nos vemos el lunes. Okey, dije, trae de nuevo tu pinta deportiva. Ambos sonreímos y finalmente dimos por terminada nuestra cita.

    Ha pasado mucho tiempo desde aquella vez y Mariluz, al otro lado de la calle, camina entre la gente, concentrada en lo suyo, sin percatarse que su amante en otra época está muy cerca. Las cosas son diferentes ahora, pero los recuerdos de mis amores con ella revivieron en instantes y toda la película de nuestra aventura pasó por mi cabeza. Me despedí mentalmente de ella mientras la veía alejarse. Tan cerca, pero tan lejos. ¡Adiós! Mariluz.

  • La amiga mas buena que he tenido

    La amiga mas buena que he tenido

    Es una de las mejores experiencias que tuve, ya tiene años…

    Era una chava con la que platiqué solo una vez por Messenger. Iba muy bien la plática hasta que me dijo que estaba embarazada, no le creí, pero después puso su cámara y se puso de pie, me enseño su pancita de algunos meses.

    Era muy bonita, 19 años y me empezó a platicar su historia con el novio que tenía y que según pronto se casarían.

    Me dijo que andaba visitando a unos familiares en otro estado. Yo le dije que me pasara su teléfono y en cuanto regresara a Monterrey yo le marcaria a su casa para platicar.

    Cuando vi su embarazo perdí el interés, pero pasaron unas semanas y un día que estaba aburrido le hablé por teléfono a su casa y por suerte ella me contestó.

    Le marcaba casi todos los días, era muy buena onda, aunque mucho menor que yo, algunos 9 años menos. Pero teníamos buena química en las pláticas.

    Pero una vez que hable a su casa, me dijo que sus papas se habían molestado porque ella ya se iba a casar y que no se veía bien que otro hombre le hablara por teléfono.

    Ya no me busques por favor, un día yo te voy a buscar, te lo prometo… Me dijo!

    Paso como un año y un día ella me hablo a la casa, me sorprendió su llamada. Me dijo que no se había casado, que el padre del su niño no le respondió, que andaba con otra.

    Nos hicimos buenos amigos, me hablaba a diario…

    Paso casi un mes de que hablábamos y decidimos conocernos, yo le preguntaba cómo había quedado su cuerpo después del embarazo. Ella me decía que estaba bien gorda, que yo me iba a desilusionar al verla y se reía…

    Yo me quedaba serio y ella me decía: no te desesperes, ya nos vamos a conocer.

    Quedamos de vernos en la central de autobuses en el centro de monterrey. Yo estaba esperándola en una sala, a lo lejos vi que entro por otra puerta una chava bien buena y se dirigió a los teléfonos públicos. Yo me dije: no creo sea esa, está bien buena! Así que decidí salirme de la central y en eso sonó mi celular y me pregunto que donde estaba.

    Le dije que estaba afuera y me dijo: ok. No te muevas, ya voy para allá…

    Para mi sorpresa era la misma chava que vi a lo lejos en los teléfonos públicos dentro de la central. Recuerdo que traía un pantalón de mezclilla ajustado, una blusa negra de manga larga, su cabello suelto casi hasta la cintura, piel blanca, muy bonita y alta.

    Yo quede impactado por su belleza, su cuerpo y aparte muy bonita.

    Le dije que camináramos y nos fuimos platicando por toda la avenida colon. Yo en momentos la abrazaba, le daba besos en la mejilla, y no se molestaba.

    Hasta que llegamos a una placita muy tranquila, platicamos por un buen rato, yo no dejaba de ver su cuerpo, su hermoso culo… Yo estaba sentado y ella de pie, no dejaba de admirar su cuerpo, me sentía ansioso y medio nervioso. Tal vez por lo buena que estaba, En ocasiones me levantaba de la banca y la abrazaba por atrás y le decía: no mames, estas bien buena!

    -Qué onda, vamos a coger. Le dije

    -Ay, no! Si nos acabamos de conocer. Me respondió

    -Cual conocer, si tenemos mucho hablando, ándale vamos, es que estas bien buena!

    -Está bien, vamos! Me dijo

    Nos fuimos caminando hacia una farmacia a comprar condones, de ahí nos regresamos caminando hacia el hotel.

    Recuerdo que al pasar por una banqueta, estaba un señor vendiendo dulces, cigarros etc. Y me dijo ella: cómprame un cigarro suelto.

    Claro que si, los que quieras… Conteste

    Seguimos caminando hacia el hotel, se me hacía largo el camino.

    Yo sentía como que se quería arrepentir, yo trataba de caminar más rápido y al entrar al hotel nos tocó la habitación en el segundo piso. Yo me senté en la cama mientras que ella saco un cigarro y se lo estaba fumando junto a la ventana…

    Yo solo la observaba y ella miraba hacia afuera por la ventana mientras se acababa el cigarro.

    Después de unos, minutos vi cuando desabrocho su cinto, se quitó la blusa, después el pantalón. Traía un top rosa el cual nunca se quitó porque sus tetas eran pequeñas, pero su figura, su cintura y su hermoso culo la hacían ver perfecta. Su tanguita era rosa, en verdad era hermosa, un cuerpo de diosa.

    Yo rápidamente me puse de pie y me quité todo, ella se acercó a mí, yo me senté en el costado de la cama y me abrazo, se veía hermosa, su cabello largo suelto, sus piernotas blancas bien buenotas. La tome de las piernas y la levante pero ella se dejó caer a la cama y yo encima de ella besándola, lamiendo su cuello, tocándola.

    Le dije que me iba a poner el condón y me dijo: no, así primero, ven!

    Me puse encima de ella y se la metí, su panochita estaba riquísima, le puse sus piernas al hombro y así me la estaba cogiendo. Ella gemía y eso me excitaba mucho. Después ella se subió en mí y se movía bien rico…

    De nuevo me la cogí en posición de misionero hasta que avente mi semen en su vientre.

    Recuerdo que cuando la acompañe a tomar su camión, todos los hombres que pasaban junto a nosotros volteaban a verla, veían su hermoso culo. Yo solo me decía: si vieran cabrones que me la acabo de coger!

  • Aventuras y desventuras húmedas. Tercera etapa (16)

    Aventuras y desventuras húmedas. Tercera etapa (16)

    Cuando en la distancia, la puerta de la que siempre había sido su casa se cerró, Sergio sintió un escalofrío profundo en la residencia de estudiantes. Sintió que un insecto le subía por la espalda a toda prisa hasta llegarle al cuello y morderle con fuerza. Su cuello se movió por instinto, girando en círculos, logrando que algún hueso crepitara.

    —¡Qué escalofrío más tonto!

    Carmen y Mari quedaron mirándose mientras la frase retumbaba en los oídos de esta última. Ya comprendía por qué estaba allí su hermana, entendía muy bien a que había venido solamente por un día.

    Recordó la imagen del sujetador, de su hijo guardándolo de forma furtiva y de cómo su hermana le montaba en la casa tan amplia que tenía. Se dio la vuelta sin mediar palabra, la ira la envolvía y no quería gritarla todo lo que pensaba. Casi corrió en un paso acelerado hasta la cocina, donde entró pensando que todo era un mal sueño y no se tendría que enfrentar a esa situación.

    Carmen se adentró en la cocina que le dio la sensación de haberse convertido en un cuadrilátero a expensas de que la campana sonara y comenzara la lucha. Sin embargo la mujer no tenía ganas ni de discutir, ni de pelear, lo iba a solucionar rápido y directo.

    —¿Cómo pudiste? —dijo a Carmen realmente enfadada con los ojos entornados— ¡¿Cómo coño pudiste?!

    Mari por momentos encendía más su cuerpo, Carmen estaba allí delante, era el motivo de que su hijo no estuviera en casa, de que no… estuviera a su lado. Toda la frustración que tenía, nacida de sus propios actos, los podría descargar en la que podía ser la culpable de todo.

    La mujer morena, que en este tiempo se comenzó a cuidar y había rejuvenecido varios años, cogió aire para soltar toda su ira de golpe. La camiseta de pijama que le quedaba algo pequeña marcó los dos duros senos que todavía tenía bajo la tela, con dos leves protuberancias por ambos pezones.

    Echó la cabeza hacia atrás, quería dar la sensación de que su cuello soltaba un latigazo a la vez que empezaba a hablar. Su pelo moreno que se había dejado crecer, llegaba ondulante como las olas hasta la mitad de su espalda.

    Carmen notó el buen cambió que dio su hermana nada más entrar por la puerta, pero ahora con esa ira que parecía portar, no quería que la bella Mari que observaba, se convirtiera en La Bestia.

    Alzó la palma de su mano antes de que Mari dijera nada. Esta última contuvo el aliento y abrió sus ojos azules tanto como pudo, pensando en ese instante “¿Encima me va a decir algo? ¡Cómo se atreve!”.

    —Ni lo intentes. —Mari se puso echa un basilisco y ya no es que solo fuera a gritar de todo, incluso echaría espuma por la boca. Carmen no cambió el rictus, con su as en la manga ahora se sentía segura. Lo soltó sin anestesia— Sé lo que pasó en Madrid.

    Aquella frase fue una punzada para Mari sintiera todo su cuerpo desinflarse como el globo de un chiquillo. Toda su ira, la rabia… lo que tenía para soltar contra su hermana cayó por su propio peso, alejándose por las cañerías como la suciedad en la ducha.

    —¿Qué? ¿Qué… pasó?

    Trató de disparar la última bala, pero la voz la tembló y ni ella se creyó a sí misma al preguntarla. Carmen mantuvo el silencio, sentándose en una de las sillas como si estuvieran hablando del tiempo. Mari se tapó los ojos con una mano y la subió después a la frente, apartándose los pelos sueltos que caían hacia su rostro.

    La lengua salió seca de su boca. Se dio la vuelta y rellenó un vaso de agua a la velocidad del rayo, el líquido pasó por su garganta casi sin tocar la boca. Necesitaba ese trago, aunque igual mejor de algo más fuerte.

    —No hagamos una telenovela absurda de esto. Lo sé, tú lo sabes, sentémonos y hablemos. Tratemos de ser dos mujeres civilizadas.

    —Niño de los cojones, bocazas… ¿Para qué dice nada? Según le pille lo voy a matar.

    La hermana morena mascullaba en frente del fregadero con las manos apretando el mármol de la encimera. De no haber terminado de beber, con aquella ira que ahora se conducía hacia Sergio, habría conseguido romper el vaso.

    Después de unos segundos tratando de calmar un cuerpo que solo pensaba en lo mal que actuó su hijo al contarlo, se dio la vuelta. Enfiló hacia la mesa donde su hermana la esperaba sentada y separando la silla más alejada, ella hizo lo mismo.

    La cara que portaba Mari, a Carmen le pareció graciosa. Tenía el entrecejo bien marcado y los labios contraídos, apretándose el uno contra el otro dejando una línea blanquecina finísima. Le recordaba a tiempos antiguos, a eras pasadas donde ellas eran jóvenes y Carmen se había quedado con la galleta más grande. La sonrió sin poder evitarlo, su hermana pequeña y tozuda seguía allí delante y pese a tener que hablar de un tema tan serio, a la tía Carmen, no se lo pareció.

    —¿De qué te ríes?

    —De ti. —Mari apretó a un más su gesto y por un momento Carmen pensó que le saldría humo por las orejas, una pena que no llegara a pasar— No me pongas esa cara. Solo me hace gracia pensar en todo lo que me ibas a soltar, sabiendo que tú estás en las mismas.

    —¡No es lo mismo! —Mari quitó la vista de su hermana—Yo… —pensó en decir, soy su madre, pero… eso… ¿No agravaba más las cosas? Se calló. Cuando vio que Carmen iba a decir algo, seguramente para hacerla ver que tenía razón se le ocurrió soltar— ¡Tú fuiste primero!

    —Si te duele, lo siento en el alma, Mari. —se puso seria, borrando la sonrisa del rostro— No sé ni cómo pasó, ni en que estaba pensando para hacer algo así, pero ocurrió. Estuve atacada cuando Sergio me dijo que te habías enterado, un poco más y me da un infarto.

    —El sujetador…

    —Sí —Carmen la cortó, no sabía lo que iba a decir, pero prefería hablar ella—. Me lo afanó después del encuentro. Lo sentí gracioso cuando me lo contó, pero ahora veo que no fue la mejor idea del mundo. —“lo siento, Sergio, pero tengo que mentir para allanar el camino”.

    Mari se volvió a levantar, incapaz de que su mente asimilase esa conversación. Poco a poco se iban adentrando en el tema principal y estaba claro que en algún momento saldría a la luz de forma más concreta que ella… tuvo sexo con su hijo.

    —Juro por nuestros padres, que lo que se hable aquí jamás volveré a repetirlo a nadie, ni contigo, ni con Sergio, nada. —Carmen lo dijo en tono solemne, como si Mari fuera jueza.

    —Joder, Carmen… no tenías que haber venido.

    —No querías que viniera para no enfrentarte a lo que pasó, ¿verdad? —Mari lanzó una mira penetrante, como si su hermana la estuviera juzgando. Estaba equivocada— Lo comprendo. No sé ni cómo he podido conducir hasta aquí, las piernas me temblaban y las manos me sudaban a mares. Todavía no entiendo como no me he estrellado, iba más nerviosa que en los partos de mis hijas. —Carmen se rio, aunque su hermana no lo hizo— Estaba cagada de miedo. Venía pensando en qué decir, qué hacer, como actuar y no tenía ni idea. Si no le hubiera sacado a Sergio lo vuestro no habría venido.

    —No digas eso.

    —¿Cuál?

    —No le llames, “lo vuestro”.

    —No tengo otra manera mejor para nombrarlo, las demás son inapropiadas. —ambas se miraron y por un momento sintió la tristeza en los ojos de Mari— Pero ¿qué palabra no es inapropiada para una situación así?

    —¿De qué tenemos que hablar, Carmen? ¿De qué? ¿De nuestra experiencia? ¿De por qué lo hicimos? Esto es una tontería. Cuando me he serenado un poco, ¿sabes lo que deseaba? Gritarte, insultarte y echarte la culpa de todo, de absolutamente todo. Creía que así mi conciencia se limpiaría, me libraría del pesar que tengo encima.

    —¿Te sientes mal por lo que pasó?

    El silencio recorrió la casa. Los coches en la calle atravesaban la carretera mientras el sol calentaba lo justo. Dentro de la cocina, unos rastros del astro rey iluminaban la estancia después de escapar de las esponjosas nubes

    —¿Mari? —incidió Carmen al no encontrar respuesta.

    —¡Claro que me arrepiento! ¿Es que tú no?

    —No.

    El rostro de la madre de Sergio se quedó petrificado. Una respuesta tan real, tan sincera y tan fuera de lo correcto, no se la esperaba. Tenía los oídos listos para escuchar que ella también se arrepentía, y seguir una conversación plagada de remordimientos, nada más. Pero no iba a ser así.

    —Me arrepiento del daño que te haya podido causar, pero creo que no soy culpable. Sergio y yo tuvimos un día… especial, no sé cómo llamarlo para que no te moleste. No hubo más que eso —“si algún día esta lista y receptiva, sabrá lo demás”. Hoy no era el día de sincerarse por completo— Pero… del momento, del cómo, de los sentimientos… arrepentimiento ninguno. Y de… ¿La traición a Pedro? Lo digo así para que suene aún más dramático, pero… lo mismo, ningún remordimiento.

    —¡Dios, Carmen…!

    Se levantó de su asiento, dirigiéndose donde sabía que tenía Dani sus botellas más personales y abrió el armarito. Mari sacó una botella donde nadaba la mitad de un contenido marrón de cuarenta grados de alcohol.

    Cogió un vaso de encima del fregadero y también aprovechó con el que había bebido agua. Dejó caer el líquido que se estrellaba contra el cristal y ambos recipientes los llenó hasta la mitad. Los llevó a la mesa con poco cuidado, derramando alguna que otra gota sobre el mantel impermeable, su hermana le agradeció el trago.

    —Vamos a necesitar de esto. —echó un vistazo a la botella que seguía en la encimera y añadió— Quizá más. —metieron en sus cuerpos una buena cantidad a la vez y cuando el esófago le quemó, Mari dijo en voz alta— ¡Qué asco!

    Carmen se rio, tosiendo levemente debido a lo fuerte que estaba aquel whisky escocés. Sonrió tontamente con la mirada perdida en el vaso, recapacitando sobre todo lo ocurrido en aquella semana que Sergio estuvo en su casa. “En verdad, ¡fue una puta locura!”.

    —Si tienes dudas, Mari, pregunta lo que quieras. No te quiero esconder nada. —lo iba a hacer sin ninguna duda. Le sorprendió la rapidez con la que contestó su hermana pequeña.

    —¿Fue solo una vez? —asintió— ¿Premeditado?

    —Improvisado. —las dos bebieron otro buen trago, dejando ambos vasos por la mitad.

    —Me duele hablar de ello.

    —¿Te duele hablar de lo tuyo, o de lo mío? —su hermana entendió la pregunta a la perfección. Lo que no sabía era si debía ser sincera. Sentía lo mismo que si Carmen se hubiera beneficiado a Dani antes que ella, ni más, ni menos. Resopló fuertemente antes de contestar.

    —¡La Virgen! De lo tuyo, Carmen, lo tuyo sí que me jode. Es alucinante, ¿cómo puede ser? ¿Quieres que te diga la verdad? Te la digo. Sentí que me quitaban lo mío, sé que cuando tus hijas se fueron de casa sentiste que te las arrebataban, un sentimiento de madre que no podemos evitar. Pero en este caso fue de celos, de… ¡Putos celos! Me habías quitado a mi hijo y me puse como una fiera. Sentí que me había usado, que solo… solo… solo… —Mari comenzó a notar una presión en el pecho y los ojos se le humedecieron— ¡Qué solo quería FOLLARME!

    La palabra sonó fuerte, no tanto en volumen, pero si en intensidad. Carmen echó la cabeza para atrás y dio un sorbo a su vaso. No dudo ni por un segundo en levantarse, ni se podía imaginar el flujo de sentimientos que discurría por la cabeza de su hermana. En su caso era muy diferente, por mucho que fuera su sobrino, había un abismo entre una madre y una tía, Mari debía centrar su mente.

    Llegó hasta donde ella. Su hermana miraba a la mesa con una tensión increíble por no llorar. No obstante la primera lágrima cayó pesada, la bronca a su hijo, los gritos, la ira, echarle de casa, su lejanía… todo se mezcló en su corazón. Logrando que después de la primera, las siguientes lágrimas fluyeran.

    Sus puños se cerraron, los labios contraídos querían dejar de llorar. El daño en su corazón era profundo y las uñas clavadas en la palma de su mano no le hacían olvidarlo. Sentía una desazón en el pecho que le parecía incurable, ya no le importaba que Sergio hubiera tenido una relación con su tía, aquello era lo de menos. Lo que deseaba era tenerle cerca, tocarle, abrazarle, sentirle… sí, en parte tenía una tensión sexual no resuelta con el joven, pero por otro lado… quería volver a ser madre de sus dos pequeños.

    De pronto sintió calor, un ligero roce en su espalda con un pelo que le cosquilleaba la mejilla. Los brazos de su hermana la estaban rodeando, una Carmen a la que había llegado a odiar por celos, por únicamente celos. Su hermana había tenido sexo con su hijo, pero ¿qué había hecho ella?

    Ambas habían pecado, comieron del fruto prohibido y ella… devoró todo el árbol. Carmen tenía mucha menos culpa que ella, ¿cómo culparla? Mari comenzaba a comprenderlo.

    Las manos de Carmen se unieron en el pecho acelerado de su hermana, subían y bajaban sus senos atorados por una inquietud en su interior que no cesaba. Sin embargo, con el abrazo de su hermana, con aquellos brazos rodeándola y proporcionándole una calidez casi maternal, su ansiedad tampoco aumentó.

    —No pasa nada, tranquila.

    La voz de su hermana le recordó a la casa de sus padres. Un susurro venido del pasado en noches que la joven Mari lloraba por cualquier desgracia que con ojos de adulta veían como nimiedades. Siempre había estado allí para ayudarla y ahora, cerca de la cincuentena, seguía a su lado.

    Abrió sus manos, con la marca de sus uñas bien nítida en su palma y agarró las manos de su hermana que seguían colgadas de su pecho. El beso que Carmen le dio en la mejilla la reconfortó, relajando un poco su corazón y sabiendo que todo tenía arreglo. El pasado es inamovible, pero el futuro está por escribir.

    —Perdóname, Mari.

    A Carmen una pequeña lágrima le brotó, no era mucho de llorar, pero ver a su hermana pequeña tan compungida pudo con ella. Para la mujer siempre había sido la enana de la familia, la jovencita que llegaba con las rodillas peladas de tanto jugar y que siempre tenía que merendar a su lado.

    —No, no. Yo lo siento, creo que hice una montaña demasiado grande.

    —Tenías tus motivos. Yo no sé ni cómo hubiera actuado, me hubiera vuelto loca. —de ambas bocas brotaba un aliento caliente aderezado de whisky— Me armé de valor para hablar contigo, sabía que lo necesitabas, pero no me atrevía. Si te apetece hablarlo o contarme algo… lo que sea, te escucho.

    Carmen se separó de su hermana, caminando con lentitud de nuevo a su silla, pero sin dejar de mirar a Mari que por lo menos parecía más tranquila.

    —No creo que pueda. De esa noche… lo recuerdo todo. Fue a oscuras, tal vez eso me movió a dar el último paso, al no ver quién era… —las palabras le resultaban tan extrañas…

    —¿Recuerdas cada detalle? —Mari asintió y se limpió los rastros de agua por su rostro.

    —Hace poco me parece que vi a Sergio mientras estaba en la tienda. Creía que lo tenía olvidado, o al menos aparcado en un rincón de mi mente, pero me volvió todo, lo reviví como si volviera a ese cuarto.

    —Ha pasado mucho tiempo desde que se fue…

    —No. —posó unos ojos todavía húmedos en los de su hermana— No digas que se fue… le eché de casa.

    El silencio volvió a ser completo. Entre ambas no se escuchaba nada, solo la respiración más acompasada de Mari que volvía a tener el corazón más tranquilo, aunque no descansado.

    —Deberíais hablarlo, o al menos sentaros en la misma habitación.

    —Me es tan complicado, creo que ya es una vergüenza absoluta, no sabría explicarlo. Primero me… bueno, lo hicimos, estuvo dentro de mí… y segundo le largué de casa. Me costaría mirarle a la cara.

    —Nadie tiene la culpa, Mari. —movió los dedos por el borde del vaso, aún seguía húmedo— Como mucho la culpable fui yo por empezar todo esto, nadie más. Sé que te sientes mal por lo que hiciste, fue un arrebato de celos y nada más, te entiendo a la perfección.

    Era cierto que la idea de que Sergio se acostara con otras mujeres Carmen la tenía muy clara, aun así, sentía en el interior, una picazón nacida en el vientre que era imposible de detener. Los celos son así, por mucho que no quieras que estén, siempre aparecen.

    —Carmen, —Mari se limpió la nariz con la manga del pijama— ¿está bien?

    —Sí… —su hermana no la miraba, apenas podía hablar sobre que su hijo no estuviera en casa— Por lo que me ha dicho, está en la universidad de maravilla. No te preocupes, que corro con todos los gastos.

    —Mierda… —Mari con las manos tapándose el rostro, se sintió más hundida.

    —No pasa nada. Entiéndelo como mi modo de compensar todo.

    Mari se levantó de la silla, cogiendo ambos vasos vacíos y llevándolos al fregadero. Apoyó las manos en la encimera, donde unos minutos atrás sentía tanta furia, ahora solo notaba desesperación. Sin embargo una luz se vislumbraba a lo lejos, debía arreglarlo con su hijo, no por nada en especial, solo… para volver a ser una madre.

    —No sé qué hacer… como hacerlo…

    —Mari, —Carmen se levantó y fue hasta donde la mujer. En la misma encimera posó su mano y entrelazó los dedos con los de su hermana— cuando puedas y estés preparada, háblalo con él. Decidir juntos que todo aquello pasó y ya. Pensar y hablar de qué queréis que pase en el futuro. Tener un sitio íntimo, sin miradas, solo vosotros y hablad.

    La mano de la mujer morena apretó la otra, sintiéndose de nuevo tan cerca como en aquellas pequeñas vacaciones. Mari sabía a qué se refería su hermana y estaba convencida de que la conversación se sucedería, sin embargo necesitaba tiempo.

    —Por mi parte —su hermana le cortó la meditación— cuando vuelva a casa, nada volverá a suceder, ¿me entiendes?

    No hacía falta decir que no volvería a tener relaciones con Sergio, aquello debía acabar, por el bien de la familia y ambas mujeres se abrazaron en un momento especial y totalmente improvisado.

    —De momento, vamos a dejarlo… —sugirió Carmen— ya retomaremos el tema, suficiente carga. Cuéntame que tal en ese nuevo trabajo tuyo.

    Ambas mujeres volvieron a la mesa, comenzando Mari a detallar con ilusión cada momento de su trabajo. No había olvidado su anterior conversación, pero prefería dejarla aparcada, su cuerpo había soportado ya demasiadas sensaciones.

    El tintineo de llaves las alteró, se habían tomado demasiado tiempo conversando o Laura había hecho todo demasiado deprisa. Levantándose con velocidad, Carmen guardó la botella de alcohol en el armarito de donde la sacó su hermana, tampoco había que dar pistas de que se habían desahogado.

    Las mujeres recibieron con una sonrisa a la pequeña de la familia que venía con varias bolsas bien aferradas a las manos. Durante más de una hora las tres mujeres estuvieron en la sala mirando las cosas y hablando sobre las nuevas prendas de ropa y libros que se leían los jóvenes de hoy en día.

    El tiempo corrió como loco y al final, Carmen tuvo que marchar. La tarde se le hizo más que breve y se desanimó por su sobrina, apenas pasaban tiempo juntas y estaban disfrutando tanto. Pero tenía que ir a ver a su otro sobrino, tenía que ser justa con los dos. Se despidió de su hermana con un largo abrazo que incluso a Laura le pareció excesivo. Ambas derramaron alguna que otra lágrima mientras se prometían estar en contacto, lo estarían, eso estaba claro.

    La mujer condujo más ligera, incluso parecía que el coche se deslizase por la carretera sin tocar el asfalto, se había quitado un gran peso de encima y ahora tocaba despedirse de su sobrino.

    Tardó en aparcar, era cierto lo que le dijo Sergio, el aparcamiento por esa zona se pagaba a precio de oro. No obstante al final consiguió un hueco a cinco minutos de la residencia. Por el camino le hizo gracia ver un coche viejo, de color rojo y desgastado. Pasó a su lado, mirando en el interior para comprobar sus suposiciones.

    No se equivocaba, el coche de Sergio estaba allí paciente, esperando a ser conducido por su dueño. Pasó la mano por la carrocería manchándosela sin que le preocupara. Acarició la parte superior de la puerta con dulzura como a un bebe recién nacido, aquel coche le traía buenos recuerdos… muy buenos. Un viaje que jamás olvidaría comenzó allí, dentro de los gastados sillones con su sobrino al volante.

    Bajó su cabeza y por mera inercia de su cuerpo, donde la palma de su mano había limpiado levemente la suciedad, posó sus labios dándole un tierno beso. No le importaba que alguien la mirase, solo quería demostrar su amor a la máquina que lo empezó todo.

    Cuatro minutos después estaba subiendo por un ascensor que le dejaría en el cuarto piso. Estaba nerviosa, hacía un tiempo que no veía a Sergio, casi un mes… para ella demasiado.

    Tocó la puerta donde había un gastado número trece. Escuchó unos pasos que venían de dentro, Sergio la iba a abrir, lo sabía de sobra y sin embargo, cuando el picaporte giró, se puso muy nerviosa.

    CONTINUARÁ

    —————————

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    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • En mi oficina

    En mi oficina

    Es peligroso que alguien llegara a encontrarnos… ¿lo sabes, verdad?, ¿qué tal si algún empleado entra por esa puerta? Eso podría causarnos problemas, sabes que esta Empresa es bastante seria, no imagino el desastre que podría causar si alguien llegase a enterarse… Pero vaya que eres bastante ardiente y hermosa, es innegable.

    Estoy seguro de que no aceptaste el puesto de ser mi secretaria solo para hacer crecer esta empresa, buscas algo, ¿no es así?, ¿Qué es lo que buscas en verdad, dinero, resolverte la vida a base de “bonos” que te regale, o solo ser mi amante? Bueno, al fin y al cabo, ¿A quién le importa…? eres irresistible mujer, ven aquí.

    Vaya, pero que mojada estas… No puedo esperar para comenzar a quitarte la ropa y admirar esa preciosa figura que posees.

    La lujuria y el calor se hacen presentes… apasionadamente comenzamos a besarnos, con un poco de desesperación bajas la cremallera de mi pantalón y notas mi potente erección. Los besos siguen, pero esta vez, arrinconándote contra la pared, comienzo a besar y lamer tu cuello, para después tocar tus perfectos pechos.

    El deseo es demasiado, así que rápidamente terminas de sacar mi pene sentándome en la silla del escritorio, después te arrodillas para así, comenzar el mejor sexo oral que un hombre pueda recibir en su vida. Tu lengua habilidosa comienza a recorrer lentamente todo mi miembro, haciendo énfasis en el glande, e inmediatamente terminas por meterlo en tu boca, provocando un mar de placer en mí.

    Al cabo de unos minutos, decidimos pasar a lo más intenso, me levanto y te posiciono frente al escritorio, subo tu formal y corto vestido hacia tu cintura, abriendo paso así hacia la más preciada parte del cuerpo. Con un poco de fuerza, comienzo a penetrarte, iniciando así unos movimientos de “mete y saca”, el calor de tu interior es incomparable…

    Al final, ya todo paso… aun no sé qué pasa por tu mente, que es lo que realmente esperas conseguir con todo esto, pero aun así, disfrutaré mientras dure. No será la primera ni la última vez que esto pase, seguro…

    Mr. K.

  • Bendito Instagram (Parte 2)

    Bendito Instagram (Parte 2)

    Gerardo me dijo que no diría nada, que todo quedaba entre nosotros; yo estaba muy nervioso pero ya estaba ahí, con él sin toalla, con la verga semiparada ¿Cómo la tenía? Seguramente se lo están preguntando. Gerardo mide 1,82, es de tez morena clara (más claro que moreno), hizo un poco de gym hace tiempo y los brazos hermosos semimarcados que tiene, son lo que enmarca su cuerpo delgado, además. Su zona púbica es recortada, si bien no se rasura completamente se ve que mantiene el pasto bien podado en ese camino. Nunca me imaginé que la tendría así; su pene es moreno claro, grueso, no es nada delgado como pensé, bien dicen que flaco desnalgado, vergón asegurado. Comienza grueso desde el tronco, y unos 17 centímetros después comienza su cabeza peniana, medio descubierta cuando está semiparada, es color tirando a rosa claro y de un gran tamaño, ovalada como si tuviera a propósito la forma perfecta para dar las estocadas que tanto nos gustan.

    Gerardo se acercó y me dijo, jálamela, sin titubear y ya metido en esa situación, se la agarré sin miedo, estaba caliente, muy caliente… lo miré como cuando miran en las películas porno antes de darle la mamada de su vida. Me dijo que no tardara porque pronto estarían llamándolo para la fiesta. Me lo metí a la boca, no se la jalé y me dijo, órale primo tu no te andas con mamadas, síguele pues. Ya la había mamado muchas veces antes, no me iba a impresionar esta vez. Me metí primero la cabeza a la boca, vi como hizo su cara hacia arriba, se tiró por completo a la cama, se terminó de quitar el bóxer y se puso una almohada en la cara; comencé a reirme al tiempo de preguntarle si algo estaba mal, y me dijo que no preguntara más y que terminara lo que empecé.

    Acariciaba sus bolas semipeludas mientras se la mamaba con mucha delicadeza, comenzando desde la cabeza hasta el tronco; sí me entraba toda y en momentos sentía arcadas en la garganta; posteriormente él mismo comenzó a empujarme la cabeza para que me la comiera toda. A la mitad de la mamada, abrió las piernas y me las puso en la espalda, me bajó la cabeza a sus testículos y comencé a lamerlos; se retorcía a tal grado que comenzó a chaquetearse, se descubrió la cara y me dijo, ¿Seguro que nunca te han cogido? y le reiteré que no, volvió a ponerse la almohada en la cara y a gemir como un loco. Yo me metía sus testículos a la boca y dentro movía la lengua de forma circular, como si chupara un dulce delicioso. El olor era mínimo, pero olía a hombre, olía a él, a eso que siempre me había imaginado. No podía creer que el sueño de mi vida se estaba haciendo por fin realidad. Mientras él mismo se la jalaba, yo comencé a besarle las piernas, la entrepierna la lamía como si mi deseo fuera quitarle todo el sabor que tenía; me dijo que estaba cerca y le dije que yo quería ser el que lo hiciera venir.

    Me dijo «estás loco, primo» (no somos primos, pero así se dicen entre los heterosexuales; asumía que ahora era yo su «bro»). Le quité la mano, y me metí su pene en la boca, se quitó la almohada y me dijo «sigue así primo, estás muy loco». Seguí masajeándole la verga con mi mano derecha, y con la izquierda acariciaba sus testículos hermosos y grandes, mientras que con la boca buscaba que fuera yo la mejor mamada de su vida. Continué por pocos minutos más, me la saqué de la boca y explotó su venoso miembro fuera de ella; no dejé pasar nada más de tiempo y me la regresé a la boca porque es ahí donde tenía que dejar su leche, no afuera. Siguió viniéndose y me la dejó chorreando en la boca. No voy a negar que la saboreé, era lo máximo, no podía creer lo que estaba pasando. Y bueno, el resto que quedó en su abdomen lo lamí con cierto detenimiento, de abajo hacia arriba; hasta no dejar rastro. Él lo único que hacía era reírse y me decía repetidamente, «¡primo que buena mamada! jajaja, te juro que me diste una buena mamada». Siguió riéndose hasta que vio que tenía abierta la boca llena de semen; nuevamente me puse muy nervioso porque no sabía qué hacer. No quería que pensara que de verdad me estaba volviendo loco, pero tampoco podía esconder la sorpresa que me había llevado. Lo miré y me lo tragué y comencé a reírme también con él, nos reímos un buen rato. No hubo arrumacos, no hubo abrazos, no hubo besos.

    Soñaba desde que comencé a mamarla, que el final sería de película, como video de Taylor Swift, donde la protagonista acaba en los brazos de Scott Eastwood al final del cortometraje; pero no fue así. Cada uno de un lado de la cama, descansando platicamos de la relación que teníamos desde hacía muchos años atrás. Me dijo que siempre le caí muy bien y que jamás se imaginó estar en esta situación conmigo, pero que no se arrepentía, además de que habíamos con esto afianzado una buena relación.

    Ya por el final de la charla, le pregunté si alguna vez lo había hecho y me dijo muy honestamente que jamás siquiera lo había pensado. Pero que la confianza conmigo y el coqueteo, porque así lo tomó cuando lo metí a mis mejores amigos de Instagram, lo habían hecho replantear que no sería mala idea intentar con alguien de confianza y me aclaró que no volvería a pasar ni conmigo ni con nadie.

    Nos levantamos de la cama, me puse la ropa y me dio una nalgada cuando tenía el bóxer abajo y mientras lo subía, al tiempo de decirme nuevamente «primo, estamos bien locos».

    Me vestí, le di la mano, me dio un fuerte abrazo y me dijo, no andes haciendo esto con todos, canijo y cuídate mucho. Sonreí, para mí, todo lo anterior había sido parte de un increíble sueño, pero no lo era, no lo fue; era parte de mi nueva realidad. ¿Pasó de nuevo? digamos que estoy en sus mejores amigos de Instagram y va seguido al gym, le sigo reaccionando a sus historias con fuego y sólo les da like. No pasó de nuevo, pero es algo que jamás olvidaré.

    Nos leemos en la siguiente historia, cuando les cuente «la primera vez que mamé una verga».

    Hasta la próxima. Si gustan, dejen sus Instagram en comentarios y posiblemente los siga.