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  • La rebelión de mi madre (XI): Privada de la libertad

    La rebelión de mi madre (XI): Privada de la libertad

    Anteriormente:

    Mi madre llega a mi departamento de improviso y descubre que Andrea, su amiga psicóloga quien nos estaba ayudando a superar nuestros actos perversos, estaba cogiendo conmigo regularmente.

    Esto la hace enojar, se pelea con su amiga a los gritos en mi cuarto y se va gritando de mi departamento.

    El fin de semana descubro que va a ir despechada a buscar salir con hombres, por lo que decido ir a buscarla para frenar su locura.

    Esa noche terminamos arreglando nuestras diferencias en el bar boliche, con la música fuerte sonando, los tragos yendo y viniendo y la oscuridad de la noche.

    Bailamos y disfrutamos, hasta que en cierto momento terminamos apoyados en una pared con mi mano dentro de su tanga por debajo de su mini y su mano por dentro de mi pantalón, masturbándonos mutuamente con la complicidad de la oscuridad y la cantidad de personas.

    Algunos se dieron cuenta de lo que hacíamos pero nos dejaban seguir cómplices también. Para ellos éramos dos amantes, un joven y una mujer madura deseosos de sexo.

    En cierto momento nuestras bocas se separan y nos miramos intensamente, sin hablar nos preguntamos si íbamos a dar un paso mas.

    Sin palabras sabemos que el otro lo desea, así que decidimos salir del boliche.

    Ambos habíamos ido con nuestros autos, así que debíamos ir cada uno en el suyo.

    Mi madre va por delante, yo siento nervios, las manos me sudan, siento erotismo en el aire.

    Al llegar a una esquina nos encontramos con un control policial. Hacen parar a mi madre y a mi no.

    Sigo una cuadra más y me detengo a mirar por el retrovisor.

    Es un test de alcoholemia.

    Es obvio que no pasaríamos con lo que tomamos.

    Veo a mi madre gesticular, mover las manos, evidentemente le retendrían el auto.

    Me bajo para dirigirme hacia ella sin que me vean que bajo de mi vehículo, tampoco estoy para pasar ese test.

    Camino por la cuadra lentamente.

    Mi madre está gritando, se niega a bajar, los policías se amontonan, llegan efectivos femeninos para forzarla a bajar del automóvil.

    Los gritos de las oficiales desafían a mi madre e intentan abrirle la puerta, ella acelera y se escapa del retén policial, atropellando a una oficial.

    Veo a la oficial salir despedida por encima del capó y caer de forma horrible contra el asfalto.

    No puedo creer lo que acaba de hacer mi madre, la policía sale a perseguirla, autos, camionetas, motos.

    Otros piden que venga la ambulancia a socorrer a la mujer policía que está inconsciente.

    Yo doy media vuelta y apuro el paso hacia mi auto, mientras veo como en el fondo mi madre sigue acelerando y la policía esta con las sirenas persiguiéndola.

    Al llegar a mi auto, acelero en busca de la huella de mi madre, la llamo por teléfono pero no me atiende.

    Trato de seguir a las luces azules que giran en cierta esquina, se que mi madre ira hacia su casa, así que allí voy también.

    Voy rápido para tratar de encontrarlos, pero no llego, han pasado suficientes minutos como para perderles el rastro.

    Veo un móvil pasar a toda velocidad en una calle y lo sigo, es evidentemente que mi madre está atrayendo a los móviles de toda la ciudad.

    Al llegar a cierto punto veo todas las luces azules, móviles bloqueando el paso, me estaciono, y voy hacia un quiosco 24 horas, pidiendo un café, chicles, y un desodorante barato, para sacarme el olor a alcohol.

    En una estación de servicio donde están todos mirando que es lo que sucede, voy a orinar a la fuerza para sacar lo mas posible el alcohol en mi cuerpo.

    Camino por la vereda, escucho a los vecinos hablar de una loca que está encerrada en su auto y choco a varios autos en la vereda.

    Me acerco hasta donde puedo, y allí veo a oficiales arrestando a mi madre, tapándole la cara, caminando hacia un móvil policial.

    Allí salgo de mi anonimato y digo que me permitan pasar, que es mi madre, me indican que debo ir a la comisaria, que está detenida por salir del control, atropellar y daños en la vía pública.

    Las noticias parecen escasear porque llegan los noticieros a hacer el relato de una noche de furia.

    Mi madre es tomada como chivo expiatorio de todos los males de la sociedad.

    Está arrestada, hay marchas para que la castiguen severamente por la oficial atropellada que está en coma.

    Los grandes noticieros piden condenas ejemplares. Los políticos se enganchan para ganar adeptos a su partido condenándola y pidiendo que la justicia no sea blanda.

    Ella está incomunicada.

    Con mi padre que se digna a aparecer por la repercusión decidimos pagar a uno de los mejores abogados de Buenos Aires.

    Nos permiten ver unos minutos a cada uno, pero el mayor tiempo se lo llevará el abogado.

    No hablamos de nada de lo sucedido en esa noche previo a su ataque de locura.

    Solo le damos ánimo, porque sabemos que esta complicada su situación, ella está ojerosa, con ojos hinchados, ha llorado mucho en esa celda.

    Pasan varias semanas, y solo la vemos unos minutos, la noticia es nacional, y solo le llevamos comida y ropa.

    Nuestro abogado pelea en la televisión tratando de mostrar las bondades de mi madre, de lo accidental, de la emoción violenta, del terror por el accionar policial, pero no es suficiente.

    Llega un juicio express que calme a la sociedad, mi madre es condenada a 3 años de prisión.

    Al menos la recuperación de la oficial atropellada morigeró su pena que hubiera sido catastrófica de haber muerto.

    Pero ella era invitada a todos los programas, lloraba y con cada lagrima le daba un día mas de condena a mi madre en prisión.

    Mi padre una vez finalizado el juicio decide desaparecer una vez más, dejándome el total cuidado de mi madre.

    Todas las semanas la visito y llevo comida y ropa, libros, lo que permitan para que pase el tiempo.

    Maribel su amiga apenas se enteró de la noticia esa noche de viernes del atropello, disolvió la sociedad, mientras mi madre estaba en la comisaría, su amiga y socia estaba con abogados buscando la manera de disolver el negocio conjunto y no quedar pegada.

    Andrea, intentó visitar a mi madre, pero ella no la perdonó aún.

    El resto de familiares y amigos ni apareció, era mucha la carga negativa de estar del lado de mi madre.

    Solo quedé yo.

    En mi trabajo me cambiaron de puesto, me degradaron y me mandaron a un lugar periférico de la empresa para que mi nombre no este relacionado con la empresa, y habían rumores de que los abogados estaban buscando una manera de echarme sin tener que pagar lo que corresponde.

    Llegamos al año de condena, y la empresa me llama para arreglar una salida consensuada.

    Terminamos arreglando mi desvinculación no sin antes pelear una buena indemnización.

    Con eso decido reabrir el café de mi madre, y también dejo el departamento para ir a la casa vacía de mi madre.

    Al visitar a mi madre, ella me dice que hay una forma de poder tener mas horas y mas intimidad que la visita tradicional en el espacio común.

    Las visitas higiénicas.

    Era claro que lo que habíamos vivido había quedado en el olvido, mi madre solo quería estar más tiempo fuera de su celda y acompañada, sin los ruidos de la cárcel.

    Es imposible que nos lo den porque somos familiares, pero con un soborno nos permiten ir al cuarto especial.

    Tenemos 3 horas para distendernos. Mi madre habla, cuenta lo que pasa, lo que siente, sus culpas. Se desahoga.

    Pasa muy rápido esas horas, salimos como entramos, y esperamos para la siguiente semana.

    Cada semana son 3 horas de intimidad hablando, a veces llorando y otras riendo.

    Mi madre hace ejercicio en el penal, tiene que estar en forma para intimidar y que no la hagan mucama de la cárcel.

    Su carácter se endurece, cada vez su rostro se pone mas rígido, ahí dentro no debe mostrar debilidad ni sumisión.

    Dice que es respetada por atropellar a una policía, eso da cierto rango en el lugar. Lo que antes era lagrima ahora es motivo de risa.

    Ya ha transcurrido un año y medio de su condena, seis meses de las visitas íntimas.

    Mi madre me pregunta sobre alguna novia, le digo que nada, no tengo tiempo ni la cabeza para una relación.

    Ella se ríe diciéndome que allí en la cárcel solo se masturba, y lo hace seguido.

    Nunca me había hablado de esa forma.

    Lo hace seguido, dice que es tanto el encierro que las horas se pasan lento, y tiene que pasar el tiempo imaginando cosas para masturbarse y matar las largas horas.

    Me dice que lo último que recuerda es lo que vivimos esa noche de viernes en el boliche.

    También que hace memoria de cuando me masturbó y de cuando yo le metí los dedos cuando le ponía crema de sol.

    Mientras me lo cuenta, ronronea, está distinta. Evidentemente el encierro la está afectando en su sexualidad.

    «te puedo pedir un favor» me dice mientras se lleva un dedo a la boca

    «solo necesito algo mas de material… solo verla» me sugiere mi madre.

    Me quiero negar, pero se que mi madre está en una situación de sufrimiento en la cárcel como para ponerme a debatir de la conveniencia o no de eso.

    «solo mirarla, nada mas, la quiero ver»

    Así es que procedo a sacarme el pantalón. Y bajarme los boxers.

    «la remera sacátela también» me ordena mi madre.

    obedezco y quedo totalmente desnudo a la vista de ella.

    Ella solo mira, no hace nada más, quiere tocarse pero se contiene, no tiene nada sexy, tiene un jogging negro suelto una remera grande y un rodete de peinado.

    mi pene está dormido, está caído. A mi madre no parece molestarle, lo mira, como si estuviera guardando en su memoria cada detalle.

    En eso suena la puerta, nos avisan que en 5 minutos debemos desalojar el cuarto.

    Rompe con la tensión, me visto y nos despedimos hasta la próxima semana.

    En esta nueva semana hablamos muy poco de lo vivido, mi madre nuevamente me dice que quiere ver, que no quiere perder mas tiempo.

    Tengo una sorpresa, llevo puesto el bóxer blanco.

    Cuando quedo en bóxer y estaba por sacármelo ella me detiene.

    Busca la botella de agua, se acerca y me lo tira despacio sobre la prenda.

    Lo moja todo, hasta que se trasluce lo que hay debajo, eso me erotiza y hace que comience una erección.

    Me pide que me mueva, que camine, que quiere ver como mi pija se acomoda al bóxer blanco, se ve que le gusta ver a través de la tela.

    Finalmente me pide que me lo saque. Eso hago.

    Ahora mi pija esta dura, grande, parada. La sonrisa de mi madre es notoria.

    Sigue con su vestimenta poco sexy, pantalones anchos, una remera, un buzo grandes, sin peinarse, sin maquillaje.

    aún así logró calentarme y erectar mi miembro.

    sigue contemplando hasta que me dice «te puedo pedir otro favor?»

    Comienzo a temblar antes de que me diga algo

    «¿te masturbarías?»

    Mi mano baja a la base de mi miembro que esta enorme, comienza a bajar y subir a la vista de ella.

    Ella no se toca, solo observa, subo y bajo con delicadeza con todo el tiempo del mundo. Le muestro el largo y ancho de mi miembro caliente.

    Sigo masturbándome, ella se acerca hasta mi, pero es para llegar donde están mis pies. Allí toma del suelo el bóxer blanco.

    Se lo lleva a la cama y sigue mirando mientras se lo pasa por la cara, por la nariz, por la boca.

    me pide que me acerque, que quiere sentir el calor de mi pija.

    Al subirme a la cama la tengo a mi madre a escasos centímetros mirando embobada mi masturbación.

    Cada tanto mira mis bolas, las ve bambolearse y parece hipnotizarla.

    Tras largos minutos en esa posición le aviso que estoy por acabar.

    Ella no dice nada, solo levanta la mirada y me mira con lascivia.

    Sigo subiendo y bajando, el glande esta rojo, grande y caliente.

    Mis huevos se contraen y expulsan grandes chorros de leche caliente a la cara de mi madre.

    Caen en su pelo, en sus frente, parpados, cachetes, boca y barbilla.

    Estoy agitado, mis piernas tiemblan y quieren recostarse, pero ella no me ha dado permiso, así que trato de seguir de rodillas en la cama con mi pene apuntando a su cara.

    Ella esta agitada también, su pecho se infla y se desinfla con rapidez.

    abre su boca y parte de mi leche entra a su boca, su lengua hace su aparición tratando de recoger lo que hay en los labios y metiéndolo en su interior.

    el resto de lo que tiene en la cara se lo limpia con mi bóxer blanco.

    queda algo goteando en el glande que sigue palpitando.

    Un dedo de ella se acerca y recoge esa ultima gota, el contacto de su yema con mi glande me electrifica.

    No le importó, porque siguió hasta secar esa gota completamente.

    Ese dedo se lo lleva lentamente a su boca mirándome a los ojos.

    Mi pija se vuelve a poner dura, ella disfruta esa gota como si fuera la ultima gota de agua en el desierto.

    Mira como se me puso el miembro y sonríe.

    «gracias hijo, hasta la próxima semana»

    Al salir del cuarto, la guardia que sabe que somos madre e hijo y no sospecha nada, se da con que al llevar a mi madre a la celda, esta tiene un liquido blanco en el cabello.

    Es obvio que es semen, al percatarse de eso mira a mi madre y me mira a mí con disgusto.

    Mi madre se va sonriendo a su calabozo, y yo cansado, con las piernas temblando me voy esperando saber que ocurrirá la próxima semana.

    Que les va pareciendo hasta ahora?, comenten que todo suma.

  • Me comí su coño mientras su marido me rompía el culo

    Me comí su coño mientras su marido me rompía el culo

    Al contrario de lo que sucede con la Semana Santa, la feria es de los sevillanos y para los sevillanos, la inmensa mayoría de las casetas son particulares a las que sólo puedes acceder si eres socio o has sido invitado por uno o bien son casetas de empresa en las que ocurre lo mismo, quedan muy pocas de acceso libre y las que hay están masificadas y ya se sabe lo que ocurre cuando se unen alcohol y muchedumbre, broncas. Ramón y Jorge eran socios de una de esas casetas particulares y gracias a su aval yo también había entrado, una de esas casetas en las que es imprescindible la corbata y la chaqueta para entrar.

    Era la feria del 2012, la “noche del pescaito”, es la noche en la que se inaugura la feria, en las casetas se les sirve a los socios una cena en el que el ingrediente principal es el riquísimo pescado frito sevillano, luego a las doce se enciende el alumbrado y comienza una semana de juerga y cachondeo.

    Yo aprendí a bailar sevillanas en una academia y la verdad es que bailo muy bien, me encanta hacerlo, es una forma magnífica de conquistar a una mujer, más de una había caído así. Esa noche yo estaba bailando con Juana, ella y José María, su marido, habían estado sentados con Jorge, Ramón y conmigo en la misma mesa durante la cena, son vecinos en la urbanización donde viven, y ahora que estábamos ya con las copas no dejábamos de bailar ella y yo mientras su esposo nos miraba.

    Juana era una mujer bellísima, tenia sesenta años, igual que su marido, y estaba en todo su esplendor, era jefe de ventas en un concesionario de coches de lujo, iba vestida con un traje de faralaes rojo que moldeaba su magnífica figura, se movía con una gracia y sensualidad que llamaban la atención, me estaba seduciendo de forma descarada y yo estaba preocupado porque su marido no nos quitaba ojo de encima. José María también era muy atractivo, pelo canoso, alto, delgado, era gerente del mismo concesionario donde trabajaba su mujer, tenía un aspecto muy cuidado, barba canosa impecablemente recortada, manicura, un traje que se notaba hecho a medida, todo un ejemplar, mi duda era si ligármela a ella o a él, no tenían hijos por decisión propia.

    En uno de los descansos que hicimos me salí a la puerta de la caseta buscando aire fresco, vi que el marido de Juana venía hacia mí con una copa en cada mano.

    -Toma – me entregó una – vodka con tónica ¿no?

    -Sí gracias.

    -¿Fumas? – sacó una cajetilla de tabaco y me ofreció un cigarrillo.

    -No José Mari, gracias, lo dejé hace dos años.

    -Yo también quiero dejarlo pero no lo consigo.

    -No es fácil pero hay que intentarlo.

    -A mi mujer le has gustado…

    -Eh… vaya, no es mi intención…

    -Y a mí también me gustas.

    -¿Cómo?

    -Ramón y Jorge me han hablado de ti.

    -Vaya dos bocazas.

    -Jajaja, si, un poco sí que lo son.

    -Pero ya que estamos, a mi también me gustáis los dos.

    -Juana me ha pedido que hable contigo.

    -Tienes toda mi atención.

    -Nosotros nos vamos ya, vamos a coger un taxi y mi mujer me ha dicho que te pida que vengas con nosotros a casa.

    -Vaya…

    -Juana tiene un fetiche erótico, quiere verme follar con un hombre y te hemos elegido a ti.

    -Joder,… ¿Lo habéis hecho antes?

    -Hemos hecho tríos con otra mujer, con otro hombre pero para ella y con una transexual para los dos.

    -Entonces supongo que ya habrás recibido por detrás

    -Si, pero hasta ahora solo con transexuales, ¿conoces a María?

    -Sí, claro.

    -Ha estado con nosotros en un par ocasiones.

    -Joder, pues María tiene un buen aparato, si lo has probado…

    -Jajaja, sí, la primera vez costó.

    -Y ¿qué es lo que buscáis?

    -Pues… lo que surja, a donde la cosa nos lleve, echar un buen polvo, todavía no se si tú a mi o yo a ti.

    -¿Y Juana, que papel tendrá?

    -El que quiera, en principio mirarnos, pero será ella la que decida sobre la marcha.

    -Pues por mí, encantado.

    En el trayecto en taxi apenas hablamos, nos mirábamos los tres y nos sonreíamos unos a los otros como tres colegiales, pasamos el control de seguridad en la urbanización donde vivían y llegamos a su chalet, un par de pastores alemanes nos recibieron en la puerta, era una construcción de dos plantas, estaba bien iluminado, con unos jardines bien cuidados, entramos y fuimos al salón, una estancia grande, con una chimenea de gas y decorada con buen gusto.

    -¿Quién me pone una copa?, voy a ponerme cómoda.

    José María se puso a trajinar con las copas y las bebidas en un bar que había en un rincón, yo me acerque a un ventanal grande que daba a un porche cubierto, a un lado había dos sofás de exterior separados por una mesa de centro baja, al otro una mesa larga para comer con ocho sillas, enfrente una impecable pradera de césped y la piscina. Abrí y salí, para ser finales de abril hacía fresco, me quité la corbata y me senté en uno de los sofás, saqué mis trastos y me preparé un cigarrillo de marihuana, acababa de encenderlo y darle la primera calada cuando llegó José María con las copas, las colocó sobre la mesa y se sentó a mi lado mirándome.

    -¡Vaya! Yo quiero.

    Le di una nueva calada y se lo pasé, el se había aflojado la corbata y se había desabrochado el último botón de la camisa, fumó del cigarrillo un par de veces y me lo devolvió, yo aspire de nuevo, me acerqué a él, uní mi boca a la suya y le pasé el humo, nuestras lenguas se encontraron y se cruzaron en un largo beso, nos separamos, apuré el cigarrillo y lo apagué en el cenicero, sus manos desabrocharon mi camisa, volvió a besarme en la boca mientras acariciaba mi torso y me pellizcaba los pezones, yo le empujé hacia atrás, le quité la corbata y abrí su camisa también, tenía un torso bien definido, con abundante vello canoso, seguíamos luchando con nuestras lenguas, desabroché su cinturón y su botón y cremallera, metí la mano en el slip y agarré su polla dura como una piedra, la saqué, era una hermosura, una buena polla, gruesa y con una curva hacia arriba y acabada en punta.

    -Ummm, que cosa más linda.

    Apreté hacia abajo dejando el glande al aire, lo besé suavemente y luego con mi lengua lamí el frenillo.

    -Aaahh, -le arranqué un lamento.

    -¡Vaya vaya! Así que los señores han comenzado a divertirse sin mí. – delante nuestra estaba Juana con una bata de seda negra que la cubría por completo -¿y mi copa?

    -Aquí tienes amor – José María le pasó su bebida.

    -Vamos dentro, aquí hace frío.

    Los dos la seguimos, se colocó de pie, junto a la chimenea, nos miró un momento sonriente.

    -Quitaos la ropa.

    Los dos obedecimos, quedamos delante de ella desnudos, miró a uno y al otro y dejó caer su bata, apareció desnuda, si esa mujer tenía sesenta años yo era el papá Benedicto, una mujer alta, unos ojos oscuros, una melena castaña abundante, muy blanca de piel, unos pechos voluminosos con unas areolas grandes, un vientre plano, unas caderas voluptuosas y unas piernas preciosas, su pubis se veía depilado a la brasileña.

    -Habéis sido muy malos y merecéis un castigo – mientras decía eso se sentaba en el sofá con las piernas abiertas. – tú vas a ser el primero Einar.

    Me acerqué a ella y me hinqué de rodillas, tenía un coño precioso, con unos labios gruesos y seductores que parecían salir para darme la bienvenida.

    -¡Dios mío! Tu coño es lo más bonito que he visto Juana.

    Me acerqué a él despacio, besé la parte interna de su muslo, lo chupé, dibujé en el con mi lengua mientras me acercaba a su coño, pasé a chupar el pliegue donde las piernas se juntan con su vagina, acaricié mi cara con su vello, pasé mis labios por su raja, Juana mientras suspiraba y se movía tratando de forzar que me acercara, puse mis labios en la superficie de su raja y la besé, suavemente al principio y luego más fuerte.

    -Aaah, cabrón.

    -Adoro tu coño Juana, es hermoso y sensual.

    Usé mi lengua para separar los labios, cuando se abrieron hice correr mi lengua entre sus capas de carne y con mis manos separé suavemente sus piernas, la follé con mi lengua como si de un pene se tratase, Juana gemía.

    -Aaah Aaah, ay ay que rico, que rico ooo.

    Miré para arriba y vi su clítoris duro sobresaliendo de su capucha, llevé mi lengua hasta el y lo chupé, al mismo tiempo moje mis dedos índice y anular en la abundante saliva que había y los introduje muy despacio al principio para ir incrementando el ritmo poco a poco frotando contra la montaña de su vulva.

    -Ay, ay, que me matas, ay cabrooon. – comenzó a temblar.

    Puse mis labios en forma de O y tomé el clítoris con mi boca, empecé a chupar suavemente, como comprobé que lo soportaba chupé más fuerte todavía acompañándola en sus movimientos, levantó la pelvis con la tensión del orgasmo viniendo y yo me moví con ella, manteniendo el clítoris en mi boca mientras la follaba con los dedos.

    -¡No pares! Hijo de puta, no pares maricón de mierda, ay, ay José Mariii, ay como me come el coñooo, ay que me meoo.

    Comenzó a temblar en su primer orgasmo de esa noche, yo continuaba con el clítoris en mi boca chupándolo hasta que cesaron sus temblores y quedó sobre el sofá, retiré mi boca del clítoris y volví con la lengua a su coño, metía la lengua, lamia la raja, metía y sacaba los dedos, besaba la cara interna de su muslo, todo suavemente.

    Durante todo ese tiempo yo había permanecido prácticamente a cuatro patas mostrando a José María mi ojete, en cuanto Juana tuvo el orgasmo, se acercó y me agarró por las caderas obligándome a alzar el culo, agarró mi polla y escupió saliva en mi ojete.

    -Ven, mójalo aquí, -Juana le señaló a su marido su coño que yo seguía lamiendo lleno de sus fluidos y mis babas. – rómpele el culo a este maricón.

    José María se impregnó bien los dedos y comenzó a masajear mi esfínter mientras acariciaba mi espalda, yo sacaba el culo para inducirlo a meterme uno mientras continuaba amorrado al coño de su mujer que iba ya por el tercer o cuarto orgasmo.

    -Ay, ay que me matas ay, ay que me voy a correr, ay.

    En ese momento el marido me introdujo un dedo en el culo y enseguida otro, mi ojete palpitaba ya pidiendo guerra y gracias a Juana estaba bien lubricado, comenzó a dilatarme.

    -Uuuuf, si José Mari, si, que rico.

    -Follatelo amor mío, dale por el culo, ay. – en ese momento saqué un dedo de su coño y aprovechando la cantidad de saliva y fluidos que lo lubricaban se lo metí por el culo. – maricón hijo de puta.

    Ahora le estaba comiendo el coño a la vez que le metía un dedo y otro por el culo.

    -Ay, ay, que me mata, ay ay, que me corrooo.

    José María se colocó de rodillas entre mis dos piernas obligándome a abrirme más, encaró su polla con mi esfínter clavó los dedos en mis caderas y de un solo movimiento me la fue metiendo despacio hasta que sus huevos tocaron mi perinéo.

    -Ay mi culo, cabrón, -probablemente debido a la curvatura de su polla me había dolido mas de lo normal – mi culo, mi culo.

    Estaba muy caliente el hijo de puta, el espectáculo que le habíamos dado su mujer y yo lo había puesto ardiendo, empezó a moverse despacio, metiendo y sacando su polla.

    -Uff, que culo tienes maricón, está apretadito.

    -Ay, que rico, ay, dame fuerte maricón.

    -Plaf plaf plaf  –mantenía un ritmo cadencioso, sacaba su polla casi entera y de un golpe me la volvía a meter hasta los huevos, tuve que sacar los dedos de Juana y colocar las manos en el suelo.

    -Sí José, dale a este maricón lo que se merece – gritaba ella

    -Ay, ay mi culo, ay.

    -Uf uf uf -José María entraba y salía de mi culo, con una mano acariciaba mi espalda y con la otra agarró mi pelo y me levantó la cabeza obligándome a mirar a su esposa.

    -Estás desfrutando, puta, estás gozando como una perra de la polla de mi marido, zorra. – me agarró por la barbilla y me besó metiéndome la lengua que chupé y saboreé.

    -Plaf plaf plaf  –seguía con su ritmo, cada vez que su pubis golpeaba mis nalgas yo soltaba un gemido.

    -Aah ah ah.

    -Paf – José María me soltó un cachete en mis nalgas, ahora era Juana quien me agarraba por el pelo -Puta, eres una puta, te voy a reventar.

    -Sí mi vida, pártele el culo a esta golfa.

    Las enculadas eran ahora mas seguidas y más profundas, me hincaba sus dedos en las caderas, mi polla estaba segregando líquido preseminal.

    -Ay, ay mi culo cabrón ay, préñame, ay, ay que gusto.

    -Me corro, ay que me corro maricón, me corrooo.

    Me dio una última embestida tan fuerte clavándome su polla hasta los cojones que casi caigo de bruces, apreté el esfínter para notar sus contracciones cuando se corría.

    -Ay que rico, ay como me aprietas la polla, ay que maravilla de culito.

    Me incorporé con su polla en mi culo pegando mi espalda a su pecho, con una mano me acariciaba el vientre mientras con la otra pellizcaba mis pezones y me acariciaba el pecho, me besaba la nuca y el cuello y mordía el lóbulo de mi oreja, mi polla quedó tiesa y llena de precumen ante Juana.

    -¡Qué delicia!

    Se dejó caer del sofá sobre la mullida alfombra tendiéndose de lado, agarró mis huevos y se metió mi polla en la boca de un golpe tan profundamente que sufrió una arcada.

    -Con cuidado cariño.

    -Slurp slurp slurp – comenzó a chupar mi polla mientras me la pajeaba con una mano y con la otra me sobaba los huevos.

    -Uufff Juana, que boquita tienes.

    Entre la mamada de aquella hermosa mujer, las caricias y los besos de José María y su polla enterrada en mi culo la cosa no podía durar mucho más.

    -Aah, me corro, me corro cabrones, me corrooo.

    Agarré a Juana por el pelo y le metí mi polla hasta la garganta largándole una buena cantidad de lefa que se vio obligada a tragar. José María sacó su polla de mi culo y noté como su leche me corría por las piernas.

    -¡Un momento! – Juana salió corriendo y regresó con una gran toalla de baño que colocó en el suelo. – siéntate en la toalla que me vas a llenar la alfombra de corrida.

    Se sentó junto a su marido y me pidió que preparara otro cigarrillo de maría, se lo di a ella para que lo encendiera, mientras fumábamos, la polla de José María seguía dura como una piedra y no dejaba de manosear a su mujer.

    -¡Qué cabrón! ¡Tú te has tomado la pastilla azul!

    -Pues claro – me dijo Juana riendo.

    -¡Qué cabron!

    Me pasaron el cigarrillo, comenzaron a besarse y acariciarse, ella se dejó caer sobre su espalda tirando de su esposo, José María se puso sobre su mujer que lo recibió con las piernas abiertas y él le metió la polla en el coño de una sola vez mientras ella lo abrazaba con sus piernas por la cintura.

    -Ay que polla, follame cabrón, follame.

    José María mordía sus pechos mientras metía y sacaba su miembro de aquella hermosa vagina, como tenía las piernas dobladas, su ojete quedaba a mi vista, así que apagué el cigarrillo, agarré sus nalgas con mis manos y apliqué mi lengua en aquél esfínter.

    -¡Joder!

    Aprovechando el movimiento de mete y saca le folle el ojete con mi lengua ensalivándolo bien, mordí sus cachetes y comencé a acariciárselo con el dedo pulgar.

    -Muévete cabrón, muévete.

    Se había quedado parado con la polla metida en el coño de su mujer, empezó a moverse adelante y atrás y en ese momento, cuando reculaba para volver a embestir le metí un dedo en el culo.

    -Ay, maricón.

    Comencé a dilatarlo hasta que mi polla se puso dura de nuevo, me coloqué sobre él, le eché bastante saliva en el ojete y cuando retrocedía le metí mi miembro en su culo.

    -Ay, hijo de puta.

    Juana desde su posición me jaleaba

    -Dale Einar, fóllate a este maricón. Y tú, muévete perro.

    Me quedé quieto, José María, con sus movimientos, tan pronto metía su polla en el coño de su mujer hasta los huevos como se metía la mía en el culo al retroceder.

    -Ay, ay que rico, ay ay, mi culo, mi culo.

    -Sigue maricón, no pares, que me corro, ay, que me corro.

    -Yo también ay mi Juana, ay mi culo, ay.

    -Aayy

    José María clavó su polla hasta el fondo en el coño de su mujer y comenzó a correrse, yo notaba en mi pene las contracciones de su esfínter al soltar su lefa en el interior de ella, Juana temblaba con los últimos espasmos de su orgasmo.

    -Ahora me toca a mí.

    Sin dejar que se retirara comencé a moverme, metía mi polla en su culo y eso hacía que profundizará en el coño de su mujer.

    -Plaf… plaf… plaf… -lento al principio pero metiéndosela hasta los cojones.

    -Ay, ay mi culo, ay

    -Ah, ah, ah, -también ella gemía ya que cada estocada mía la sentía también.

    -Maricón, te voy a romper el culo,

    -Ay, ay mi culo, mi culo, cabrón.

    -Dale Einar, pártele el culo, dale.

    -Aaaay, ay, ayyy. – Juana continuaba aferrada a la cintura de su marido con sus piernas y clavaba sus uñas en su espalda.

    Incrementé el ritmo, mi pelvis golpeaba sus nalgas mientras mis huevos iban y venían golpeándolo también.

    -Me corro maricon, me corro, me corrooo.

    Le largué una buena cantidad de leche, me apreté contra el y le solté tres o cuatro trallazo en ese culo.

    -Mi culo, ay mi culo, me lo has preñado cabrón.

    Me deje caer hacia un lado y quedé tendido boca arriba sobre la alfombra junto a ellos, Juana había abierto las piernas y había dejado que su marido se pusiera de rodillas, los tres estábamos empapados en sudor, olía a sexo.

    -Contad conmigo cada vez que queráis. – los tres nos echamos a reír.

  • Mi compañera nueva (II)

    Mi compañera nueva (II)

    Aquí os cuento otro día con mi compañera nueva.

    Después de la noche en el coche, nos vimos en el trabajo y la veía rara, después de una noche que fue esplendida con Fátima, los días anteriores antes de la magnífica noche siempre nos hacíamos muecas o guiños, y Fátima ese día me desviaba la mirada, fue pasando el día y como era viernes, quedamos varios compañeros y compañeras en quedar por la noche, le pregunté a Fátima si saldría y me dijo que llegaría más tarde.

    Quedamos para cenar y después nos fuimos de copas, éramos 5 chicas y 3 chicos, entre ellos había una pareja Natalia y Paco, y al fin llegó ella, estábamos todos juntos en el bar de copas y cuando llegó me pareció la chica más bonita que había visto en mi vida, los saludo a todos con 2 besos y cuando llegó a mi altura me plantó un beso en la boca apretando los labios, que los demás se quedaron anonadados y otros diciendo ohhh.

    Estuvimos bailando y nos íbamos quedando menos el bar, y Natalia y Paco que hacían muchas migas con nosotros, nos dijeron de tomarnos algo en su casa y accedimos.

    Llegamos a la casa de dicha pareja, y estuvimos hablando y bebiendo hasta largas horas de la noche, y nos dijeron que nos quedáramos a dormir, la casa era pequeña, una habitación y un gran sofá, Natalia nos dio mantas y nos guiño un ojo, y nos dijo a tono de broma, no vayáis a reventar el sofá.

    Abrimos el sofá, pusimos las sábanas, nos quitamos la ropa y nos metimos dentro de las mantas, no había sentido esas pulsaciones en mi vida, cuando Fátima empezamos a besarnos y me empezó a decirme cosas al oído de que le gustaría que le hiciera, la chica bonita que se veía en la calle o en el trabajo era inversamente proporcional a mujeron en la cama, yo como chico joven (22 años por entonces) me está volviendo loco con lo que me estaba diciendo y allí que iba yo a hacer lo que me estaba pidiendo, le quite las braguitas negras que llevaba y empecé a lamerlo todo como si me fuera la vida en ello, y se levantó más las piernas y me dijo, hazlo por favor, y lo que me había pedido al oído se lo iba a hacer, era la primera vez, y empecé a la er más abajo, hasta que llegue a su agujero chiquetito, su culito, lamiéndolo por fuera y con la lengua intentando metérsela dentro y con los dedos frotando su vagina, la lengua cada vez entraba más, y ella gemía cada vez más, hasta que apretó las piernas y soltó un gran mmmm, me tiro de las manos y me dijo que me subiera. Se puso encima mía y me dijo suavecito nene, quiero que dure toda la noche, estaba al límite con los besos q me daba y cuando se puso a 5 cm su boca de la mía y allí que dejó caer su saliva en mi boca, eso ya me la puso a mil y a mi también, metió su lengua en su boca y soltamos los dos un mmmm ahogado porque nuestras bocas están juntas…

    Dormimos los 2 unas cuantas de horas y nos levantamos, pero eso es otra historia que si os gusta os seguiré contando…

  • Cosas que pasan en la universidad (señales femeninas)

    Cosas que pasan en la universidad (señales femeninas)

    Es entendible y coincido en que la mayoría de «hombres» no entienden a la feminidad. Para mí no fue fácil, fui un inexperto en su momento. El relato que voy a contar es de aproximadamente de hace 6 años.

    Había entrado a la universidad, era una nueva etapa sin embargo le resté importancia para no tener suspenso a las nuevas situaciones. Quería un día normal sin embargo eso fue lo que menos pasó.

    Ingresé a mi salón de clases, me senté en cualquier carpeta que encontré a mi alcance. Ni me di cuenta quién estaba en las otras carpetas cercanas, la indiferencia e inexperiencia a nuevas situaciones estaban en control.

    Luego de un breve periodo, entre bulla y nerviosismo porque muy poco eran los que se conocían, ingresó el profesor.

    No me había dado cuenta cuando de pronto una mujer se voltea del asiento que tenía adelante y me dice:

    – Hola

    – Hola -dije sonriendo e intrigado porque no esperaba que alguien me hablase tan rápido y en el inicio de esta etapa.

    – ¿También eres nuevo o vas a volver a llevar el curso? -me dijo sonriendo sutilmente y bajando la mirada levemente con timidez

    – Sí, soy nuevo. Tú también, supongo

    – Así es

    Luego de esa breve conversación se volteó rápidamente porque el docente iba a tomar asistencia. Personalmente me sentía extrañado, ella no estaba tan mal, me atraía algo interno de ella pero no sabía identificarlo.

    El docente indicó que para conocer a quienes iba a tomar asistencia era necesario que se levantasen así él los conocería para las otras clases. Ni importancia le di a su anuncio, estaba pensando en esa chica, por qué me habrá hablado y con esos gestos si es muy raro que te hable alguien en el comienzo de unas clases.

    Estaba mirando de frente cuando el profesor menciona sus apellidos, ella se levantó. Fue uno de los momentos más interesantes en mi experiencia.

    Ella tenía unas caderas impresionantes, unos muslos que me dejaron enganchado de la situación. Se había colocado un jean ajustado que dejaba todo para la imaginación, todo el salón se quedó observando ese monumento de cuerpo.

    Luego de salir de clases ella rápidamente se apegó a mi y me dijo que por qué no salíamos de la universidad juntos, podríamos conocernos.

    Yo estaba totalmente desconcertado, si hay una de las cosas que siempre he tenido en cuenta es que soy sincero conmigo mismo, en ese entonces era flaco, alto, cabello cepillado y mi ropa era más urbana. Será posible que esta mujer se haya fijado en mí.

    Me dijo que era de provincia y que recién estaba conociendo la rutina de la ciudad, que quería saber de alguien que conozca la ciudad. Estaba muy entusiasmada de que sea nuevo.

    En el transcurso de la semana me comentó muchas cosas, que le caía muy bien, que me vio desde el primer momento que entré a ese salón y que ni cuenta me di, que le gustaban los chicos flacos, que le gustaba tomar cerveza, que era una mujer apasionada. Yo sabía que tenía que darle trámite a esto, tenía mi experiencia de colegio y con eso me bastaba para el momento dije, no creo que sea diferente dije. Confíe en mis instintos y quedamos por enorme voluntad de ambos salir una tarde de un sábado.

    Habían pasado varios días de que ya habíamos ido conociéndonos. Nos encontramos ese fin de semana. Ella estaba con un pantalón espectacular, con una camisa y la encontré con un chupachús en la boca. Mi mente automáticamente me dijo que lo hacía para enseñarme como es su estilo al chuparlo. Caminamos por las calles de la ciudad conversando, hasta que mi mente me dijo que la llevase a un lugar descampado de esos que son para hablar de dos, la lleve con la excusa de que era interesante que conociese ese lugar porque era interesante. Llegamos, estaba fastidiado porque me había peleado con palabras por la calle porque estúpidos la miraban deseándola prácticamente pero estos estúpidos no disimulaban y parecían trogloditas. Ella me dijo que me calmara pero yo insistía en que no me gustaba eso. Me recosté con la cabeza en sus piernas mirando el cielo mientras ella acariciaba mi cabello, me dijo que le encantaba pasar tiempo conmigo, que era alguien interesante, seguimos conversando hasta que ya anochecía. Le dije que deberíamos irnos, no estaba en mi mente follarla porque las cosas estaban precisas y me encantó sus temas de conversación, no fui ni soy un troglodita que solo piensa en sexo, me gusta cuando las chicas que conozco coinciden conmigo.

    Cuando íbamos, ella me tomó de la mano, me miró y con su sonrisa y sus ojos atrevidos completó su acción. Yo correspondí de manual sin embargo no sabía que esto iba a ser así, en nuestras conversaciones nunca dijimos que éramos novios pero me di cuenta que son SEÑALES FEMENINAS. Avanzamos una gran carretera de la mano y cuando llegamos a un parque medio oscuro, ella se detuvo y volteó en media vuelta haciendo bailar su hermoso cabello pelirrojo en el aire y mirándome con esos ojos de que quería algo mío, yo solo sonreí. Fue una mirada frente a frente de unos 10 segundos aproximadamente en que a lenta velocidad nuestros labios se encontraron, fue un beso suave, preciso, al inicio.

    Mi instinto me dominó, la tomé por la cintura y la atraje hacia mi cuerpo, sentía sus pezones levantados, su respiración excitada. La estaba besando con más pasión hasta que empecé a besarla en el cuello, ella gimió ligeramente por la obvia razón que estaba en la calle. Finalicé mi examen con un beso al labio inferior de su boca que me encantaba y mi instinto lo tomó como favorito.

    Le dije que ya era hora de dejarla en su casa, ella me dijo que vayamos. Caminamos ella delante mío mientras yo la abrazaba por detrás como novios, mi miembro sentía esos muslos y ella sentía mi miembro y por lo visto le encantaba porque me tomaba de los brazos para no soltarla. La cosa no estaba fuera de control pero si intensa, sentía que ella quería que la folle pero por lo visto eso no pasara hoy porque la dejaré en su casa o por lo menos eso tenía entendido.

    Cuando llegamos a la puerta de su casa, me despedí y estaba para irme, sin embargo ella dijo mi nombre y me dijo que si acaso no pensaba entrar, que la casa estaba sola. Sonreí, me acerqué con normalidad y le dije:

    – ¿Y qué quieres que hagamos?

    – Lo que tú ya sabes.

    – No sé, dímelo tú.

    – Quiero que me hagas tuya.

    – Está bien

    Ingresamos por un callejón oscuro, dejé mi normalidad con la que hablé en calle, la tomé por detrás y le besé el cuello.

    – Así que quieres ser mía

    – Si, mi amor quiero ser tuya

    Ella no podía hablar porque estaba muy excitada, aproveché el momento y fui a la acción en ese callejón.

    Sentí como ella hacía caer un chorro de agua, tocaba sus caderas, sus nalgas, la puse frente a frente y nos besábamos sin control, ella sudaba, la coloque frente a frente y tenía los senos muy levantados, sabía que era el momento.

    – ¿Quieres tenerla dentro, quieres sentirme dentro tuyo?

    – Lo deseo

    Tomó mi vamos y fuimos a su dormitorio. Entre besos nos sacamos la ropa y pude ver de reojo ese cuerpo, era espectacular pero más espectacular era como cabalgaba, como esas nalgas eran mías y las tenía en mi control, sudadas y azotadas por mí. Por el momento solo era vaginal sin embargo era un calor intenso en esa vagina, lubricada y ajustada que parecía complementarnos. Ella ajustaba y a la vez gritaba, su cabello rojo bailaba en el aire una vez más. Me hizo un oral increíble, tomó mi pene y lo succionaba con placer y ganas, yo colaboraba con ella y tomaba su cabeza a mi gusto haciendo que su labor sea más destacable. Luego de darle ella en cuatro vaginal veía como su fluido caía y las sábanas estaban realmente mojadísimas, aproveché la situación, le dije que hay que iba hacerle sexo anal, ella dijo que qué pasaba si le dolía, le dije que eso era una mentira además con lo lubricado que estoy va a entrar normal. Sinceramente ella tenía el culo cerrado, pero con esas nalgas en cuatro no iba a desaprovechar hacer el negocio. Sabía que le iba a doler pero estaba en mí no causarle eso y lubricar de la mejor manera, poco a poco para dilatarlo. Controlarme y entenderla, no era una puta a la cual uno le folla el culo sin parar y a lo bruto. Era una chica con una interesante personalidad y uno de los mejores culos de la ciudad que había confiado en esto. Quería follarme ese culo a lo bruto pero hay que ser hábiles.

    Empecé poco a poco, lubriqué a lo natural y ya iba dilatando, empecé con los dedos y luego de poco a poco, por la excitación ella colaboraba.

    Cuando estaba dilatado pude sentir como era flexible y rico, entraba en su mayoría.

    Empecé a testear unos minutos para asegurarme de que ya iba a dar rienda a mi plan, ella gemía sin parar y con penetradas normales, decía que era rico y que le encantaba tener mi pene en su culito.

    Le contestaba gritándole que si le gustaba que le haya estrenado ese culito y ella respondió a que le encantaba.

    Entonces di rienda suelta a mi plan, tomé bien las nalgas y empecé a penetrarla con todo completo y fuerte, sentía como ese culito apretaba, esas nalgas iban chocando con mi pubis mientras por yo estaba dentro de ella, jalándole ese cabello pelirrojo. Seguí dándole hasta que gritándole que me encantaba ese culo ella me decía que le encantaba mi pene, la follada fue más intensa y me derramé dentro del mejor culo de la ciudad, dentro de la chica que recién había conocido en la universidad, la que me había elegido desde que entré por la puerta de ese salón para vaciarle el culo. Señales femeninas.

  • Una idea magnífica

    Una idea magnífica

    Desi se pasea por la casa vestida con un kimono playero floreado semitransparente, a pesar del frío otoño. Lo peor no es que lo haga, pasearse, lo peor es que yo la miro y me empalmo. Y digo «lo peor» cuando debiera decir «lo mejor», porque Desi está tan buena… Desi es rubia y lleva melena; tiene un rostro risueño; su figura es tremendamente femenina, pues tiene unas tetas firmes y redondas, unas caderas anchas y un culo prieto y carnoso. Desi es mi pareja. No nos hemos casado, pero seguramente lo haremos más adelante, para obtener beneficios. «Desi», le digo desde el sofá donde me hallo sentado, «ven conmigo»; «No, no, no, querido, ahora no, que estoy escribiendo», me contesta desde el umbral de la puerta del cuarto que usa como estudio; «Con el kimono…»; «Sí, es mi uniforme, algunos escritores usan uniforme para escribir, fíjate en Pío Baroja»; «¿Quién es ese?»; «Da igual»; «Pues yo te follaba hasta con uniforme, fíjate en lo que te digo»; «Querido, esta noche te daré tu ración», rio Desi, y cerró la puerta tras de sí.

    «Desi, debes esforzarte más, me entregas muy pocas páginas y el plazo que te di expira pronto», le dijo el editor, un hombre barbudo y moreno de aspecto descuidado, a través de la pantalla del ordenador; «Juan, sabes que puedo hacerlo, tendré la novela en el plazo que fija nuestro contrato», contestó Desi algo azorada; «Desi, déjame verte las tetas», pidió el editor, «ábrete el kimono, levántate y acércamelas a la cámara…, tengo ganas de hacerme una buena paja…, eso, sí, así, buena chica, uff…, vamos, tócatelas…, sí, así, uff, oh, oh, oh, oohh…». Desi, comprendiendo por las últimas exhalaciones emitidas por el editor que este ya se había corrido, volvió a sentarse frente a la pantalla y observó su satisfecha cara. «Desi, deberías dejar a tu novio y venirte conmigo, no sabes lo bien que lo pasarías, sin tanto plazo ni tantas leches…»; «Sí, claro, ser tu puta, a eso te refieres», le interrumpió Desi; «Desi, eres escritora, eso y ser una puta es casi lo mismo». Desi cortó la videollamada.

    «Vamos, Desi, cuéntame qué te pasa», le dije a Desi al ver que lloraba en la cama. Nos habíamos acostado temprano con la intención de follar más veces de lo normal, pues queríamos tener un hijo y Desi estaba en sus días más fértiles. «Ay, Raimundo, mi editor me presiona, a mí no me sale nada, me quedo en blanco, ay, Raimundo, ay»; «Pero, chiquilla, eso es…, veamos, escribe sobre nosotros…»; «Eso está muy visto», me interrumpió; «Pues escribe sobre ellos»; «¿Sobre quiénes?»; «Sobre los que nos leen, míralos, están expectantes esperando la siguiente escena descrita de sexo, si no se la damos pronto dejarán de leer, escribe sobre ellos».

    Lectores de CuentoRelatos, atención, en este instante, os observan.

    Pero pronto ese instante ha pasado. Porque a Desi se le ha ocurrido una idea magnífica.

    Desi se ha desnudado y ha dejado que Raimundo le chupe las tetas, ambos están de pie, frente a frente, y Raimundo acude de vez en cuando al cuello de Desi y lo besa dejando la marca de su saliva, también a la boca de Desi, royéndole los labios con suaves mordisquitos, sin olvidarse de las tetas, que chupa y chupa, y ya Desi está muy excitada y le busca la polla con la mano, se la saca del pantalón, la acaricia y masajea, pero Desi lo que más quiere es mamarla, así que se arrodilla y se mete la polla de Raimundo en la boca, dentro, más dentro, dentro, más dentro, oyendo a Raimundo gemir, siente las manos de este en los sobacos para levantarla, porque quiere llevarla a la cama, por comodidad, y ahí tumba bocarriba a Desi y abre sus muslos y ve su coño semiabierto, entonces Raimundo, con la polla muy empalmada, penetra a Desi, y empuja y empuja, y como Desi grita mucho, muchísimo, esto lo anima a seguir con más ímpetu ya que siente en la punta de su polla tanto calor…, un incendio, y los gritos de Desi y sus ganas de eyacular dentro de Desi, en la carne de Desi, Desi, Desi, ¡De-si!

    Desi se pasea ahora desnuda por la casa. Sólo quiere follar, sólo eso, nada de escribir novelas, qué chorrada. Desi espera que yo la solicite para abrirse de piernas. Pero es que Desi ha evolucionado lo suficiente como para saber que el placer intelectual no le daba gran cosa, mucho menos de lo que le da el placer sensorial, y así se lo ha comunicado al editor. Bah, la literatura, donde se ponga un buen polvo… «Desi, ven conmigo»; «Tengo que escribir». ¿Veis?, os he engañado. Sí, Desi sigue escribiendo. Y sigue usando el mismo kimono para hacerlo.

    «Juan», dijo Desi al editor, «ya he acabado la novela, las páginas que te envié ayer son las últimas»; «Ya las he leído Desi»; «¿Y qué?»; «La verdad, me has dejado asombrado…, oye, Desi, acuéstate conmigo cuando vengas»; «No, sabes que le soy fiel a Raimundo»; «Raimundo, Raimundo…»; «Fue él el que me dio la idea para la novela, una novela sobre lectores»; «¿Y por qué hay sexo si va sobre lectores?».

    Desi me ha quitado el pantalón del pijama. Mi polla está muy dura y erguida. Desi se ha subido sobre mí y ahora a horcajadas me monta. Oh, Desi, uff, Desi. Las tetas de Desi se mueven como campanas sobre mi rostro, los pezones rozan mi boca y mi nariz. Oh, Desi, uff, Desi, oh, oh, oh. Desi se lamenta de placer y se lleva las manos a las sienes porque su Instinto le dicta que de tanto follar le va a estallar la cabeza, que de tanto pensar que le va a estallar la cabeza le estallará la cabeza. Oh, Desi, De-si, oohh. Pero soy yo el que estallo, es mi polla la que explota; eyaculo en su coño y lo riego de semen que, como la tinta, ejerciendo presión en el molde, que es el cuerpo de Desi, pero espeso, blanco, tibio, se confiere: de aquí nacerá una flamante creación.

  • Cuando fui asistente de una madura (2)

    Cuando fui asistente de una madura (2)

    S: ¡¡Que rica estás!! 

    C: ¡¡Ah!! ¡¡Uhm, uhm!!

    S: Mi mama si que sabe escoger ¡ricas putas!

    C: ¡¡Ah!! ¡¡La tienes riquísima!!

    Estaba yo en cuatro recibiendo la verga de 23 cm de Santiago, el hijo de Margaret, el muy cabrón me estaba rompiendo el culo de una manera ¡salvaje y rica!

    S: toma puta, uhm, ¡¡ah!!

    C: ¡¡¡Que rico, ah!!!

    Su semen me lleno todo el culo, aun goteando me jalo el cabello y dirigo su verga a mi boca para que se la limpiara y me tragara hasta la última gota de leche que escurría de el.

    S: Esta fue una rica velada, oye te veo el sábado en mi departamento ¿te parece?

    C: ¿El sábado? no puedo, es el cumpleaños de mi hija, no puedo ir.

    S: ¡Bueno! Tal vez tu marido deba enterarse que te coges a tu jefa, ¡jaja!

    C: Está bien, haber que me invento, ahí estaré.

    Mi relato anterior les hable como me volví amante de mi jefa, todo iba muy bien hasta que su hijo mayor, Santiago, nos descubrió.

    Nos hizo un escándalo, amenazó con difamarme, su madre me dijo que fuera hablar con él y negociar, el muy maldito me pidió las nalgas a cambio de su silencio, así que desde ese día era la puta de su madre y la de él.

    Él me citó el sábado a su departamento y pese a que era el cumpleaños de mi hija tuve que inventarme algo bueno y cambiarlo para el domingo, por suerte mi hija aceptó, así que me arreglé y fui al departamento de Santiago.

    Me puse un traje de minifalda gris que me gusta mucho, me encanta como resalta mi figura, ademas que mis muslos quedan al aire, me encanta ese traje y lo acompañe con unos tacones negros.

    Llegué a la casa de Santiago, él abrió, bebía una cerveza extranjera y vestía un traje, se veia muy bien.

    Santiago en ese momento tenía 24 años, era alto, medía 1.90 cm, fornido, piel morena, ojos claros, todo un carita, sin contar que tiene una verga grande, gruesa, de esas que me gustan.

    S: Me da gusto que vinieras.

    C: ¡Casi me obligaste! no espera, ¡me obligaste!

    S: ¡¡Jaja!! Que hermosa te ves, pero ponte cómoda, estamos esperando a alguien, mientras ¡bebe!

    Sus palabras me hicieron enojar, el muy maldito había invitado a alguien, seguro un amigo, ahora no estaba lista para doble penetracion, pero ni hablar, quien me manda a meterme en líos.

    Bebí un par de copas, él estaba a mi lado acariciándome las piernas y me pedía que le acariciara la verga, me besaba el cuello y los labios, admito que besaba muy rico.

    Me recosto en el sofa y bajo a mis piernas, las besaba sensualmente, levanto mi falda y comenzo a hacerme un rico ¡sexo oral!

    C: ¡¡Ah!! ¿No que esperábamos a alguien? ¡ah!

    S: No puedo esperar a comerme tu rico ¡¡coño!!

    Su boca devoraba toda mi concha, yo me retorcia de placer, a pesar de estar siendo extorsionada me la pasaba muy rico con Santiago.

    Sus dedos entraban a jugar con mi clítoris, su lengua estaba en mi culo saboreandolo todo, entrando y saliendo haciéndome gemir ¡fuerte!

    C: ¡¡¡Ah!!! Que rico, Santiago, ¡¡uhm!!

    S: ¡¡Adoro lo puta que eres!!!

    Su lengua, sus dedos, todo lo que hacía me estaba haciendo tener un rico orgasmo, me retorcí como lombriz ¡y me vine en su boca!

    Abrí mis ojos mientras respiraba agitadamente, ¡me quedé anonadada y sorprendida cuando vi a Margaret a lado de su hijo sonriendo y perversa!

    M: Vaya que se la pasan ¡¡super bien!!

    C: ¡Mar… margaret!

    M: Tranquila cariño, no estoy aquí para detenerlos, al contrario, solo vengo por diversión.

    Ella sonriendo se desabotonó su falda y la dejó caer, justo en ese momento Santiago se acercó a ella y ¡comenzaron a besarse!

    Me quedé muda y con la boca abierta, Santiago y Margaret se besaban apasionadamente, sus manos apretaban con fuerza las tetas de su madre ¡mientras le arrimaba su rico palo en las nalgas!

    M: ¿Que pasa cariño? ¡No te quedes ahí!

    S: Vamos nena ¡únete a la fiesta!

    Santiago le quitó la blusa a su madre y le besaba la espalda, noté por sus gestos que Margaret lo disfrutaba, no se cuanto tiempo llevaban haciendo eso pero me excite demasiado y comencé a desnudarme por completo.

    Me acerque a la inusual pareja y los bese a ambos primero a la madre y después al hijo, Margaret me acariciaba las nalgas y me mordía los pechos mientras Santiago me metía su lengua ahogándome.

    Ambas desnudamos a Santiago, recorrimos todo su deliciosos cuerpo, él grababa la acción, no me incomodaba para nada ser grabada mientras mi lengua se dirigía a su dura verga.

    Margaret la tomó con sus manos y me tomó del cabello dirigiéndome a la punta que escurría riquisimo, yo abrí mi boca y comencé a succionar sus jugos, mientras Margaret me besaba el cuello y mis tetas.

    S: ¡¡Que rico chupas!! Uhm, ¡¡agh!!

    M: Si, Cindy es una tragona, ¡jaja!

    Margaret comenzó a chupar las bolas de su hijo mientras yo me ahogaba metiéndome todo lo que me cabía de su verga, él solo grababa y gemía del placer que su madre y yo le generamos.

    Ahora yo le chupaba sus bolas y su madre tragaba su verga, en el inter nos besábamos apasionadamente y luego ambas besabamos su verga con nuestras lenguas, el solo se retorcia y gemia riquísimo, coloque su verga en mis tetas y lo masturbaba y chupaba al mismo tiempo, Margaret se puso detrás mio abrazandome y llevó sus dedos a mi clítoris apretandolo con fuerza haciéndome gemir ¡mientras me comía el pene de su hijo!

    S: ¡¡Que rico, agh, ah!!

    M: ¿Te gusta hijo?

    S: Ah, máma que rico es coger contigo y la puta que conseguiste ¡lo chupa de lujo!

    Santiago no aguanto mas y comenzo a venirse en nuestras caras, ambas abrimos la boca y tragabamos su rico semen, Margaret y yo nos besabamos con el semen en la boca, Santiago sonriendo grababa el momento, después de eso nos fuimo a su cama.

    Ya en la habitación, me acosté boca abajo y Margaret me besaba de cuello a mis talones, su lengua recorría cada parte de mi, yo estaba super humeda.

    Santiago se colocó detrás de su madre y mientras Margaret me besaba las nalgas su hijo le abrió las nalgas y le chupaba su rico y apretado culo.

    C: ¡Ah, uhm, que rico!

    M: ¡Mmm! Asi Santi, comete a máma.

    Me di la vuelta y tomé de la cabeza a Margaret llevándola a mi concha mojada, ella sedienta bebió todo mi néctar y me hacía gemir de placer, mientras su hijo le comía su culito y su coño.

    C: ¡¡Ah, uhm, agh!!

    M: ¡Me encanta tu vagina, es tan rica!

    Santiago se puso de lado y volvió a grabarnos, esta vez me deje llevar por mis deseos y acosté a Margaret para comermela toda, mi boca no quería despegarse de la suya, mis manos buscaban sus grandes tetas, bajaba lamiendo su abdomen para comerme su rico coño.

    S: Así, comete a mi máma, Cindy, ¡que puta eres!

    M: Ah, me encanta Cindy, uhm, agh, ¡ah!

    Yo no dejaba de lamer su coño, su clítoris era mio, Margaret se retorcía, mientras Santiago ya estaba duro como iceberg.

    Me puso a cuatro patas y tomándome del cabello empezó a penetrarme riquísimo, mientras yo ¡seguía comiéndole el coño a su madre!

    Mis gemidos eran de placer único, Santiago me la metia y sacaba con fuerza, me daba de nalgadas, empujaba mi cabeza para que devorara a su madre mientras tanto Margaret disfrutaba de mis dedos ¡en su culo!

    Margaret se puso a cuatro a lado mio y mientras nos besabamos Santiago me penetraba a mi y luego a su madre, una metida y una metida, era lento pero placentero.

    S: ¡¡Que ricas están, uhm!!

    M: Así hijo, mata a mami con tu verga, ¡uhm!

    C: Si, uhm, que rico, ¡¡uhm!!

    Santiago era todo un semental y mientras en ocasiones embestía con fuerza a su madre a mi me tenía empinada metiéndome los dedos y luego al revés, yo disfrutaba de su rica verga en mi, mientras a su madre le mete cuatro dedos con fuerza.

    C: ¡¡¡Santiago!!! Mas, dame mas, ¡¡agh!!

    S: ¡¡Asi putas!! Que rico gimen, tengan, uhm, ¡¡tengan!!

    M: ¡¡Agh!! Esto es el cielo, ¡¡¡ahg!!!

    Margaret no tolero más y se vino en un squirt de lujo, yo aun estaba firme y mientras margaret estaba tumbada retorciéndose de placer, me acosté en la cama boca arriba levante mis piernas y jale a Santiago, el respondio metiendomela con fuerza, besándome y mordiéndome, Margarte se puso a lado de nosotros y nos besaba, Santiago levanto mis piernas y besaba mis pies mientras su madre me mordía los pezones.

    M: ¿Te gusta? ¿Cindy, estás disfrutando?

    C: Me encanta, agh, uhm, seré su puta, cojanme para siempre, agh, uhm, ¡¡ah!!

    S: ¡¡Bien dicho, uhm!!

    En un riquísimo patitas al hombro recibí la verga de Santiago, Margarte me metia sus dedos en mi culo y no dejaba de lamer mis tetas, de vez en cuando se besaba con su hijo, ¡que momento mas pervertido en mi vida!

    C: ¡Llename de tu semen, damelo papi, dame tu leche!

    M: ¡¡Correte hijo!! ¡Dejala llena de ti!

    S: Como gustes perra ¡¡aquí voy!!

    Me embistió con fuerza y mientras yo gritaba de placer él comenzó a venirse, su leche salía con fuerza, yo sentía, llegaba a mi garganta, yo también me vine expulsando chorros de placer, ¡¡el mejor orgasmo de mi vida!!

    Terminamos acostados besándonos los tres, luego él se acostó y como hienas hambrientas su madre y yo devoramos su rica verga hasta dejarlo seco.

    S: Que rico, mmm, ¡son unas putas!

    C: ¡¡Me encanto!! ¡Están locos! ¡Pero me gustó!

    M: Y esto apenas comienza cariño, apenas comienza!

  • Noche lésbica de incesto: Mi esposa y su mamá cogiendo

    Noche lésbica de incesto: Mi esposa y su mamá cogiendo

    Nos despertamos temprano mi novia y yo, acostados todavía, nos besamos y nuestros besos sabían a sexo, a la venida de Melinda en la boca de Yesica. Mi novia estaba contenta, sonreía, me besaba en la boca y ambos disfrutábamos de ese sabor, el sabor de la panocha de mi suegra, quien seguía dormida a nuestro lado. Yesica me hizo señas para que saliéramos de la cabaña sin hacer ruido para no despertar a su mamá, así que nos vestimos y abrigamos bien, pues afuera se sentía mucho frío, así es en ese lugar donde estábamos.

    «Gracias amor, desde hace mucho que deseaba tener a mi mamá así, que buena idea tuviste de traernos aquí, siempre lo voy a recordar», me dijo Yesica. «Que bueno que te gustó amor, todo esto fue por ti, quiero que disfrutes tanto como me haces disfrutar a mí. Pero dime algo, ¿Te gustan las mujeres? ¿Cómo es que te gusta tu mamá, qué sientes por ella?» Le pregunté. Me contestó que a su mamá la quería con todo su corazón, que había sido ella la única quien siempre había estado a su lado, pues a su papá rara vez lo veían. Pero me aclaró que aunque tenía ese deseo por su mamá, no tenía la idea de tener una relación sentimental. Me contó cómo fue que empezó a sentir ese cosquilleo en la entrepierna por su mamá, resulta que un día en que llegó a su casa, al abrir la puerta escucho gemidos que venían del cuarto de su mamá, sin hacer ruido se acercó y como su puerta estaba abierta alcanzó a ver reflejados en un espejo a su mamá y su papá cogiendo. Melinda estaba desnuda en cuatro patas sobre la cama y su papá se la metía desde atrás de a perrito, mientras le preguntaba si extrañaba su pitote, que en realidad no era tan grande, también le decía que esa cogida era para que no fuera a andar de puta, porque si él se enteraba, la iba a madrear. Mi suegra le decía que nunca lo engañaría y le pedía que le metiera más el pito, que lo necesitaba y mi suegro aceleraba más las metidas, Melinda gemía más y en un momento en que reposó su cabeza sobre la cama alcanzó a ver a Yesica que los observaba, pero no hizo por separarse de su marido sino que esperó a que éste se viniera mientras le daba tremendas nalgadas diciéndole que no lo fuera a engañar, porque si lo hacía le iba a ir mal. Él se vacío en poco tiempo, se la sacó apenas terminó y se fue al baño, mientras ella se quedó así con el culo levantado, viendo a Yesica que no perdía detalle, incluso me contó que veía como escurría el esperma de la vagina de su mamá. Y fue esa imagen, verla en esa posición la que le hizo sentir ese deseo, esa atracción por explorar ese cuerpo bien formado, lleno de sudor, con las nalgas rojas por las nalgadas recibidas. Y fue a su mamá a quien le dedicó su primera masturbada.

    Yo estaba más que excitado con lo que me contaba Yesica, mientras ella me volvía a dar las gracias por lo ocurrido la noche anterior. La amo tanto, tomé su cara entre mis manos y nos besamos, estábamos así cuando salió Melinda, dándonos los buenos días y diciendo que ya tenía hambre, igual que nosotros. El encargado ya andaba en el lugar, así que le pedimos permiso para salir al pueblo a almorzar y comprar unas cosas. Paseamos hasta casi el medio día y regresamos con la intención de jugar en las albercas como el día anterior, pero al regresar ya había dos familias armando sus casas de campaña, o sea que ya no íbamos a estar solos. Aun así nos cambiamos, ellas se pusieron sus trajes de baño de una pieza con los que se veían más hermosas y yo un shorts, pues las familias llevaban niños y no podía andar con la trusa que me regalaron el día anterior. Sobra decir que los hombres de las dos familias, se deleitaban con los cuerpos de mi novia y mi suegra mientras que las señoras se veían molestas con la actitud de sus maridos, yo con un poco de celos, pero feliz. En un momento mientras nadábamos, Melinda demostraba un poco de arrepentimiento, nos decía que eso no debió haber pasado y que no se volvería a repetir. Le preguntamos si lo había disfrutado, obvio contestó que sí y le dijimos que nosotros no veíamos nada de malo en eso y que solo lo disfrutara. Seguimos nadando y a Yesica le dije que esa noche iban a coger solo ella y su mamá que yo no participaría pero al día siguiente sería para mí, y así estuvo de acuerdo aunque dudaba si Melinda aceptaría, le dije que encontraría el modo de convencerla.

    Llegó la noche y nos disponíamos a dormir, afuera las familias tenían una fogata y ponían música. Nosotros prendimos la chimenea y las velas, otra vez yo en medio de las dos pero ahora me besaba con Melinda y le iba quitando la pijama, ella estaba muy caliente, sus pezones estaban duros, quería quitarme el shorts, agarrar mi verga y subirse sobre mí, pero no dejé que lo hiciera. Ya que la tuve desnuda, agarré unas bufandas e hice lo que mi novia me hizo en varias ocasiones, amarré sus manos a la cama y vendé sus ojos, de ese modo se quedó indefensa. Mi suegra ya sabía lo que seguía y no se resistió. Besé apasionadamente a Yesica mientras le sacaba la pijama y me senté en una silla, tenía el mejor lugar como espectador.

    Yesica comenzó a pasar sus uñas por todo el cuerpo de su mamá, a quien se le veía erizada la piel y sus pezones se hinchaban con las caricias que recibían, Melinda sin pedírselo abría las piernas esperando las caricias de mi novia quien dirigió su mano a esa panocha hermosa, que se alcanzaba a notar húmeda y escurriendo, se besaban apasionadamente y mi suegra gemía mientras abría y cerraba las piernas por la sensación que le provocaban los dedos de Yesica, quien sin duda sabía el punto exacto donde tocarla. No pasó mucho tiempo en que mi suegra gritó y temblaron sus piernas, se vino en los dedos de su hija, quien prolongó lo más que pudo ese dedeo en la panocha. Yesica la besaba con pasión y ternura a la vez. Entonces Melinda le pidió que la desatara y así lo hizo, sin quitarse la bufanda de los ojos, recostó a Yesica boca arriba, se acercó a su boca y Yesica la atrajo a sus labios, después de un beso largo empezó a bajar por su cuello, por sus pechos, a los cuales les dio unos pequeños besos, siguió el recorrido con su lengua a su abdomen y mi novia entendió a dónde iba su mamá, así que abrió también sus piernas y Melinda empezó un lengüeteo sin experiencia, el cuál hacia gemir a Yesica quien tenía agarradas sus rodillas, levantando sus piernas para sentir la lengua de su mamá más profundo. Así estuvieron un rato para luego volver a fundirse en besos apasionados, sin pensar en que son madre e hija, disfrutando el sexo tan rico que se daban. Luego Yesica acomodó a su mamá en la cama y se montó sobre ella cruzando sus piernas de modo que sus vaginas casi rozaban una con otra pero eran sus piernas las que les servían de miembro para tallar sus panochas que estaban escurriendo, haciendo presión una sobre la otra, mi novia tenía a su mamá agarrada por las tetas, acariciándolas, pellizcando sus pezones, entrelazando sus lenguas y moviéndose como si se penetraran una con otra. Primero llegó el orgasmo de Yesica, quién poco a poco se quedó quieta dejando que su mamá la tomara por las nalgas y la atrajera con fuerza a su panocha para venirse del mismo modo que su hija, ambas gimiendo durante sus orgasmos. Fueron recuperando su respiración normal, y estando Yesica sobre Melinda, esta se quitó la bufanda de los ojos, tomo el mentón de mi novia para dirigir sus labios a los de ella y sin ninguna duda la beso delicadamente, beso al cuál mi novia correspondió.

    Yo en mi silla me masturbaba con un brasier de mi suegra que había usado durante el día, lo enredé en mis huevos y apreté lo más fuerte que aguanté, con uno de sus tirantes rodeé mi tronco y subía y bajaba dicho tirante acabando mientras las veía fundirse en ese beso tranquilo y tierno que se daban. Yo creo que se olvidaron que estaba ahí disfrutando de una maravillosa escena de amor, me vine viéndolas pero al mismo tiempo más enamorado de mi Yesica, feliz de verla a ella feliz.

    Me limpié con su brasier y lo dejé en su lugar, me acosté en la orilla de la cama y me quedé dormido. Entre sueños medio despertaba por los gemidos que se provocaban al acariciarse y besarse durante la noche, me daba gusto que mi novia siguiera disfrutando el cuerpo de deseo de su mamá. No las interrumpí y tampoco me solicitaron para unirme, a fin de cuentas, esa noche le tocaba a mi novia. Al otro día, sería mi turno.

    Saludos a todos y todas. Ojalá sigan disfrutando de nuestros relatos.

  • El sobrino depravado

    El sobrino depravado

    Salgo de la ducha, froto el vidrio empañado del espejo y me observo mientras me seco. Sé que hay algo que no anda bien, pero no alcanzo a entender de qué se trata. De hecho, cuando pienso en ello, me agarra un terrible dolor de cabeza.

    Es mejor no pensar, dice una voz en mi mente.

    Voy a mi cuarto, envuelta en una toalla. Mi cuerpo húmedo está completamente depilado, y antes de bañarme pasé diez minutos en el bidet. Me siento impecable, hermosa, pura. Y sin embargo sé que algo no anda bien.

    Mejor no pensar…

    Sobre mi cama está la ropa que me debo poner: una minifalda elastizada y ceñida color gris, y un top negro con los hombros desnudos. La ropa interior es una diminuta tanga con encaje.

    Me pongo entonces esa ropa, que más que vestirme me hace sentir desnuda, completamente expuesta. La minifalda de cintura alta es muy corta y se adhiere a mis carnosos glúteos a la perfección; el top es muy pequeño para unas tetas tan generosas como las mías. Cuando termino de vestirme me siento delante del pequeño espejo que tengo en la habitación, me maquillo, me peino el cabello lacio y negro con un rodete, me pinto los labios de rojo.

    ¿A dónde voy? Alcanzo a preguntarme. Pero la respuesta solo es una dolorosa jaqueca.

    Me pongo los zapatos de tacones altos. Me hacen ver más alta de lo que soy, y las piernas lucen muy elegantes.

    Agarro mi cartera y las llaves de la casa y salgo a la calle. Podría usar el auto pero no lo hago. Y eso que ir caminando con mi apariencia en pleno domingo por la tarde podría hacer que alguna vecina hable de más y me cause problemas.

    No es que yo misma considere que esté mal vestirme así, pero casi nunca lo hago, y no puedo negar que el hecho de que una mujer casada, cuyo marido se encuentra en un viaje laboral, camine sola con mi atuendo por la calle, es algo atípico, y se presta a las habladurías.

    Por suerte parece que casi todos los vecinos duermen la siesta.

    Camino una cuadra, dos cuadras, tres cuadras, cuatro, cinco. Mis tacones hacen un fuerte ruido cuando pisan las baldosas, haciendo difícil que pase desapercibida.

    En una esquina hay dos jóvenes tomando una cerveza. Me miran con asombro, me silban con descaro. Debería cruzarme de vereda, pero paso al lado de ellos como si quisiera provocarlos. Enmudecen cuando me tienen a unos centímetros. Siento como si estuvieran conteniendo la respiración. Recién cuando les doy la espalda salen de su estupefacción. Siento sus miradas lascivas a la vez que un vientito se mete por debajo de la pollera y sopla sobre mis muslos desnudos. Entonces los escucho hablando entre ellos. “Que pedazo de culo” dice uno de ellos en voz alta. “¿Viste esas tetas? Parecen que van a explotar” dice el otro.

    Apuro el paso. Qué locura, si para mi eran muy chicos. Debían de tener aproximadamente la misma edad que Camilo, mi sobrino. Unos dieciocho años.

    Al pensar en Camilo siento que una corriente eléctrica atraviesa mi cuerpo. ¡Claro, eso era! Debía ir a ver a Camilo. El pobre estaba enfermo y necesitaba que alguien lo cuide, pues su madre —la hermana de mi marido Eduardo— y su padre, se habían ido a unas cortas vacaciones a la costa.

    Camilo vive a kilómetro y medio de mi casa. Fui muy tonta al no usar el auto, y mucho más al vestirme de esta manera. Aunque… así era como tenía que vestir ¿cierto?

    Fuerte dolor de cabeza. Mejor no pensar.

    Dejo atrás a los adolescentes, pero el viento aún me acerca sus groserías. Siento mis pechos moverse dentro del top. Son demasiado grandes. Los pezones se frotan con la tela constantemente, cosa que me genera un placer culposo, pues temo que alguien note lo duros que se ponen. Siento también mi sexo húmedo debido al roce de la tanga que se me mete adentro a cada paso que doy —y tal vez también debido a las palabras de aquellos mocosos—. Qué locura. Debo controlarme. Debo comportarme como la mujer de treinta y dos años casada que soy. Camilo no debe verme así: además de no usar corpiño, los pezones duros se marcaban en el top. ¿Por qué tuve que vestirme de esta manera?

    Conozco a Camilo desde que era un niño. Muchas veces lo cuidé cuando se puso enfermo. Los últimos años estuvimos distantes, pues él estaba muy ocupado llevando su vida de adolescente, pero el cariño siempre estuvo presente. Carina, su madre, me confesó hacía unos días que temía por él, ya que el chico andaba mucho tiempo fuera de casa y ella no tenía en claro en qué cosas estaba metido. Le dije que se quedara tranquila, que si se trataba de Camilo, seguramente no estaba metido en nada raro. De todas formas, aprovecharé mientras lo cuido esta tarde para hablar con él sobre el asunto. Qué lástima que tuve que vestirme así. No era bueno que un sobrino vea a su tía con este aspecto. Me perdería el respeto, y tal vez me haría preguntas. Quizás debería volver a casa a cambiarme. Tengo la cabeza en cualquier parte. Pero ¡un momento! ya estoy frente a la casa de Camilo, ya estoy sacando la llave y abriendo la puerta, ya estoy gritando ¡Camilo, ya llegué! Y ya estoy subiendo por las escaleras para entrar a su cuarto.

    Golpeo la puerta, él me grita que pase. Siento las piernas temblar, y un calor inapropiado se apodera de mi entrepierna. ¡Qué locura!

    — Hola tía —dice Camilo.

    Está en la cama, aunque no parece enfermo. Veo su rostro aún aniñado, a pesar de que hace poco cumplió los dieciocho: sus mejillas sonrosadas, sus pecas, su nariz respingona, sus ojitos azules, su cabello corto rubio. Veo sus hombros desnudos, por lo visto no está usando remera. Me mira de arriba abajo. Me da vergüenza, debería llevar un pantalón para estar más cómoda, no debí ponerme esa diminuta tanga cuyo hilo se metía entre mis nalgas, y sobre todo, debí ponerme una remera y un sostén, y no usar ese top tan provocador.

    — Qué linda estás tía.

    Me limito a sonreír. Camilo siempre me decía cosas lindas, y cuando era un niño me dijo que se casaría conmigo cuando creciera. Pero ahora ya está grande, y un brillo en sus ojos me dice que sus palabras no tienen la inocencia de antes.

    — Veo que estás bien. Me alegra —digo.

    — La fiebre casi se va. La verdad es que no hacía falta que vinieras, pero tenía ganas de ver a mi tía favorita. Hace mucho que no pasamos un rato juntos.

    — Es cierto, pero eso no es culpa mía —digo a la defensiva.

    Las palabras me salen lentas, y me cuesta hilvanar frases inteligentes. Es casi como si estuviera borracha, aunque no lo estoy, claro que no. Pero siento es que me encuentro en un plano diferente. Mi cuerpo está frente a Camilo, pero mi mente parece observar todo desde cierta distancia, y eso hace que no pueda actuar con normalidad. Es como si mi cabeza estuviera rodeada de neblina.

    — ¿Estás bien? —pregunta Camilo, aunque en su rostro no se ve una pizca de preocupación.

    — Sí, sólo un poco mareada.

    — No escuché el auto cuando llegaste —comenta.

    — Es que no lo traje.

    — Vaya, ¿caminaste quince cuadras vestida de esa manera? —pregunta mi sobrino, penetrándome con la mirada.

    — Es que salí sin pensar, estoy muy distraída.

    — Me imagino que cada hombre que se cruzó con vos por la calle se sintió agradecido por tu distracción —comenta el chico con ironía.

    — Sólo me crucé a dos tipos que me dijeron vulgaridades —dije.

    — No los culpo, si viera a una chica como vos caminando así por la calle, me pondría un poco loco. No podría evitar decirle algo, y quizás también intentaría hacer algo…

    Pero qué carajos ¿Por qué Camilo me estaba hablando de esa manera?

    — Deberías tratar a las chicas con respeto —alcancé a decir.

    — Bueno, cuando una mujer se viste como puta, no creo que se merezca mi respeto.

    ¿De verdad estaba escuchando eso? ¿Qué había pasado con el tierno sobrino que conocía? Por lo visto Carina estaba en lo cierto: su hijo andaba en malas juntas.

    — Cómo te atreves a hablarme así… —digo indignada.

    — Tía, a partir de ahora, no hables salvo que yo te pregunte algo.

    Pero qué le pasa a este pendejo. ¿De verdad pensaba que me quedaría callada mientras él me humillaba?

    Sin embargo las palabras se amontonaban torpemente en mi cabeza, sin poder salir por mi boca.

    — Veamos tía, muéstrame detalladamente tu atuendo. Camina como si fueras una modelo.

    Al chico definitivamente se le había salido un tornillo. Quizás hasta estaba drogado. Lo mejor era que me fuera. Pero… ¡¿Qué estoy haciendo?! Estoy caminando de una punta de la habitación a la otra. Meneo las caderas, doy media vuelta para que me mire por detrás y vuelvo a donde estaba.

    — Muy bien, quédate un rato así.

    Quizás estoy soñando. Sí, eso debe ser. Recuerdo que una vez leí que a veces las personas son conscientes cuando están soñando. ¿Cómo se llamaba eso? Sueño lúcido, sí, eso era. Debía estar atrapada en un sueño lúcido. Eso explicaba todo: el vestirme como una cualquiera sin motivo aparente, el ir caminando por la calle, exponiéndome a cualquier degenerado que se pudiera cruzar conmigo, el sentirme poco lúcida, y finalmente la actitud aberrante de mi querido sobrino. Sí, debía estar soñando.

    — Qué te dijeron los tipos con los que te cruzaste.

    — Sólo hablaron entre ellos. Les gustó mi culo y dijeron que mis tetas parecían a punto de explotar.

    ¡Maldición! ¿Es que estaba obligada a contestarle con sinceridad a cada cosa que preguntara?

    — Muy poco originales —comenta Camilo—. Tía, quiero que me hagas un favor. Tengo un problema en mi cuerpo, y necesito que me ayudes. ¿Vas a ayudarme?

    — Sí —contesto. Después de todo, soy su tía, y debo cuidarlo ¿Verdad?

    Camilo hace a un lado el cubrecama. Descubro que se encuentra completamente desnudo. No puedo evitar observar la potente erección que tiene. Su pelvis está muy velluda, y su verga parece un hongo, pequeño y cabezón, totalmente erguido.

    — Pues verás. Mientras más se acercaba la hora en que llegarías, más me excitaba. Traté de controlarme, pero era imposible. La sola idea de tenerte como mi esclava personal durante horas, me volvía loco. Además, no estaba seguro de si la cosa funcionaría. Pero cuando vi que llevabas la ropa que te dije que te pusieras, y cuando me confirmaste que viniste caminando, supe que esto marchaba bien.

    ¿Qué carajos? ¿Él me había pedido que me vistiera así? Ahora lo recuerdo. Me llamó por la madrugada, me dijo que me pusiera ropa atrevida, que quería verme vestida como una puta; y me pidió… No. Más bien me ordenó que me fuera caminando hasta su casa. ¡Qué locura! Ahora empiezo a creer que de alguna manera me drogó para someterme a su voluntad, pero ¿En qué momento lo hizo? Si no nos vemos desde hace meses.

    — Bueno, en fin —sigue diciendo el mocoso perverso—. Lo que necesito es que me ayudes a terminar con esta erección. Parece que el esfuerzo que hice para no acabar tuvo como consecuencia que ahora no pueda deshinchar mi verga. Por favor tía, ayúdame con esto, vamos, acércate.

    Camilo extiende la mano y yo me acerco a él. ¿Qué demonios estoy haciendo? Quizás se trate de una hipnosis. ¡Maldición, mi cuerpo no me obedece! Tomo la mano de Camilo y me siento sobre la cama.

    — Por favor tía, leí en internet que puede ser muy doloroso mantener una erección por mucho tiempo. No quisieras ver a tu pequeño sobrino sufrir ¿Verdad?

    En su mirada siniestra todavía hay rastros de aquel niño que yo llevaba al parque los fines de semana. Ese niño que juró que se casaría conmigo cuando fuera grande.

    No parece dispuesto a obligarme por medio de la fuerza. Pero de hecho, no necesita hacerlo. Mi mano derecha ya está envolviendo su verga. Está roja, hinchada y durísima. Siento el calor de ese instrumento en la palma de la mano; siento la sangre corriendo a través de las gruesas venas. Camilo acaricia mi cabeza. ¿Qué carajos estoy haciendo? Empiezo a masturbarlo. Camilo me agarra del mentón, haciéndome sentir escalofríos, y me obliga a mirarlo mientras lo masturbo.

    — No tienes idea de cuántas veces soñé con este momento —dice. Acerca sus labios. Yo retrocedo, aunque no puedo dejar de masturbarlo. Parece como si me fuera imposible negarme a sus requerimientos verbales, eso me pone en una situación muy vulnerable—, Tía, por favor, deja que te bese.

    Ahí estaba, ya lo dijo. Ahora acerca los labios de nuevo, pero no puedo moverme. Físicamente sí podría hacerlo, pero por algún motivo me quedo ahí. Mi voluntad no me pertenece. Siento su aliento a menta, siento los labios carnosos apoyarse en los míos, siento la lengua metiéndose adentro.

    — Por favor, tú también masajéame con tu lengua —dice.

    Entonces vuelve a besarme, y ahora yo participo, nuestras lenguas se enredan, siento su saliva adentro de mi boca. Su mano se desliza lentamente, y se cierra como una garra en una de mis tetas.

    — Vaya, que tetas tan blandas. Se siente muy rico. Realmente estoy muy contento de que hayas venido a cuidarme vestida como una puta, y de que hagas todo lo que te pido. Siempre supiste cuidarme. Siempre me cumpliste todos mis caprichos. Eres una buena tía.

    Maldito pendejo. ¿Se está burlando de mí? Está usándome como si fuera su juguete sexual y encima tengo que soportar sus comentarios sin decir nada. Lo peor de todo es que hay una parte de mí que parece disfrutar de tener esa verga joven y completamente dura entre mis manos. De hecho, ahora mi sexo está empapado. ¡Qué locura!

    — Sabes tía, creo que así será difícil que acabe pronto. Tu mano se siente deliciosa en mi verga, se nota que sabes lo que haces, pero va a ser mejor que usemos otros estímulos, ¿Qué me recomiendas?

    Maldito mocoso, cómo se atreve.

    — Lo mejor va a ser que te la chupe —digo, sin poder evitarlo.

    — Muy bien, entonces, no esperes más —dice el degenerado de Camilo—. Y por favor, hazlo con esmero, como si se la estuvieras chupando a tu esposo después de una reconciliación, o como si se lo estuvieras haciendo a un tipo que hace mucho deseas.

    Me inclino. El glande brilla, pues de él ya empieza a salir presemen. Lamo como una gatita que está bebiendo de un plato de leche. Mi lengua frota el prepucio y la cabeza. Camilo se estremece. Succiono todo el presemen. Escupo sobre el sexo, una, dos, tres veces: la saliva ya se está chorreando por el tronco. Camilo suspira. Me llevo la verga a la boca. Mi sobrino apoya la mano en mi nuca y empuja la pelvis hacia adelante. Me da arcadas, toso, escupo sobre la verga de nuevo y luego, sigo chupando mientras lo masturbo.

    — Así que así es como la chupa una mujer con experiencia —se regodea Camilo—. Le habrás hecho muchas mamadas al tío Eduardo ¿Eh tía? ¿O acaso practicaste con otros hombres?

    — Nunca chupé otra pija que no fuera la de mi marido —me defiendo, para luego seguir mamando.

    Camilo suelta una carcajada.

    — Bueno, ya no vas a poder decir lo mismo a partir de hoy.

    La verga sigue completamente dura dentro de mi boca. Los masturbo con vehemencia, mis dedos se resbalan sobre el tronco resbaladizo debido a mi propia saliva. Lamo el prepucio con intensidad.

    — Qué imagen más hermosa tía —dice Camilo acariciando mi mejilla con una ternura que me desconcierta—. Qué diría tío Eduardo si te viera así, a los pies de tu sobrino preferido, mamando verga como una puta cualquiera.

    Lo miró con gesto suplicante, siento que de mis ojos van a salir lágrimas, pero no puedo pedir misericordia, pues debo seguir chupando hasta que acabe.

    — No te preocupes —dice él—. Nunca le diría al tío lo que está pasando entre nosotros. Por nada del mundo pondría en riesgo el futuro de nuestra relación… Tía, realmente eres una experta en mamadas, sigue así y pronto acabaré. Cuando lo haga te tragarás hasta la última gota. Quiero que te tomes mi esencia, que me lleves adentro tuyo por mucho tiempo. No te preocupes, leí en algún lugar que el semen tiene un sabor más rico si se consume mucha verdura, así que estuve toda la semana sin comer grasas ni carne, ni ningún tipo de frituras. Sólo verduras. Así que descuida, la leche saldrá sabrosa. Además tampoco me masturbé en toda esta semana, por lo que seguramente saldrá a montones.

    ¿De verdad había hecho eso por mí? Por primera vez siento que lo de Camilo va más allá de un impulso sexual. Acaricio sus testículos peludos mientras lo sigo mamando. En efecto, el abundante presemen que estoy saboreando hace rato tiene un sabor dulzón que nunca sentí en mi marido.

    Camilo me aprieta el rostro con ambas manos. Empuja, y su verga me invade por completo.

    — ¡Dios mío! Se siente delicioso, pero ya no puedo aguatar más —gruñe el chico—. Toma tía, bebe toda la leche de tu querido sobrino.

    El líquido pegajoso inunda mi boca. Está caliente y se siente exquisito. Pero además es extremadamente abundante, casi equivalente a cinco eyaculaciones de Eduardo. Siento una profunda lástima al recordar a mi marido. Pero no interrumpo mi tarea. No puedo hacerlo por más que quiera.

    Empiezo a tragar, pero Camilo sigue escupiendo sus semillas en mi boca. Trago todo. Mi garganta hace un sonido que me avergüenza. Ahora succiono la verga que aún está erecta y le saco hasta el último miligramo de semen.

    — Vaya tía eso estuvo increíble. Mejor de lo que pude haber imaginado —dice Camilo, limpiándose con servilletas que tenía en un cajón—. Definitivamente fue buena idea no masturbarme por una semana. La eyaculación fue abundante, y la sensación increíblemente intensa. Aunque claro, lo mejor fue la manera en que me la chupaste. Con esa cara de chica buena quién hubiera pensado que eras tan buena mamadora. Temía que fueras una mojigata y no supieras hacerlo bien, pero ya está claro que estuve completamente equivocado, para mi fortuna.

    Se sienta en el borde de la cama.

    — Ya puedes ponerte de pie —dice.

    Recién ahora me percato de que aún estoy de rodillas viendo la desnudez de mi sobrino. Me pongo de pie, no con cierto esfuerzo pues las rodillas me duelen y siento las piernas entumecidas.

    — Acércate —dice Camilo.

    Doy dos pasos hacia él.

    — Realmente no sé por dónde empezar a disfrutar este cuerpo perfecto que tienes. Es como si tuviera decenas de manjares en una mesa —rodea mi cintura con sus brazos—. Pero, en fin, supongo que el orden no importa. Al final del día habré conocido cada poro de tu piel, y me habré metido en cada uno de tus orificios —acaricia mis piernas y desliza una mano por debajo de la minifalda—. Vaya, por fin siento tu espectacular culo en mis manos. Tienes un trasero muy grande considerando tu esbelto cuerpo. Vaya, está muy firme, se nota que lo ejercitas. Oh, veo que te pusiste la diminuta tanga que te ordené que te pusieras –levanta la minifalda—. Vaya, realmente es muy linda. Además, puedo ver que estás totalmente depilada.

    Sus manos acarician y estrujan mis nalgas alternativamente. Camilo besa mi ombligo desnudo y huele mi piel.

    — Todo en ti es perfecto —dice, y yo no puedo evitar sentirme halagada.

    Una de sus manos acarician mi muslo. Los dedos no tardan en llegar hasta la parte de la tanga que cubre mi pelvis.

    — Pero ¿qué es esto? —dice.

    Hace a un costado la tela y mete su dedo en mi sexo.

    — ¡Pero si estás empapada! —dice—. Vaya, no esperaba que te excitaras tanto sin que te haya tocado siquiera.

    Saca el dedo de adentro de mí y me lo muestra. Me sonrojo al ver que mis fluidos se adhirieron a él. Camilo se chupa el dedo.

    — Exquisito —dice—. Este es el sabor del paraíso.

    Niño tonto, ¿de dónde se le ocurren tantas tonterías?

    Hunde su dedo de nuevo. Entra por completo, y siento su puño presionando mi vulva. Ahora mete dos dedos. Los mete y los saca una y otra vez. Mis fluidos salen con abundancia. Empiezo a gemir. No puedo evitarlo, pues se siente demasiado rico.

    — ¿Qué pasa tía? —dice Camilo sin dejar de enterrarme sus dedos—. ¿Acaso te excita que tu sobrino te toque? Después de todo eres una puta calenturienta. Debería darte vergüenza, estar frente a tu sobrino, dejar que te levante la pollera, y permitir que te toque. Y para colmo lo disfrutas. Eres una tía degenerada. Pero no te preocupes, en realidad me alegra que lo seas.

    ¿Era necesario que me humille de esa manera? Ya me tenía completamente a su merced el maldito mocoso. Estaba abusando a su antojo de mí y encima tenía que insultarme por la reacción involuntaria de mi cuerpo. Nunca lo perdonaré. Sin embargo, sus dedos se sienten muy ricos, y para colmo ahora usa su mano otra para frotar mi clítoris.

    — Tía, quiero que recuerdes el orgasmo más intenso que hayas tenido en tu vida.

    Maldición, ¿Por qué me pide eso? No estoy segura de cuál fue el más intenso. Con Eduardo, cuando recién empezamos a salir, tuve algunos que casi me dejaron desmayada. Ahora recuerdo uno en particular. Una noche Eduardo me hizo el mejor sexo oral del mundo. Refrescó su aliento con un caramelo de menta, por lo que su lengua, antes de hacer contacto con el clítoris, largaba un aire fresco que me enloquecía. Esa noche casi desnuco al pobre Eduardo cuando, al acabar, cerré mis piernas en su rostro.

    — Muy bien —dice camilo, sin dejar de estimularme—. Ahora quiero que imagines cómo sería un orgasmo que sea el triple de intenso que ese.

    Qué carajos. Me resulta muy difícil imaginar algo como eso. Ya de por sí aquel orgasmo fue increíble. ¿Cómo sería un orgasmo tres veces más intenso? ¿Acaso mi cuerpo podría tolerarlo?

    — Voy a contar hasta cinco —dice Camilo—. Cuando termine el conteo vas a tener ese orgasmo. Será el mejor que tuviste en la vida.

    ¿Estaba hablando en serio? Después de todo, desde hacía más de una hora que yo estaba haciendo cada cosa que él me ordenara. No debería ser raro, dado el contexto, que pueda incidir en las sensaciones que atraviesa mi cuerpo.

    — Uno —dice Camilo, iniciando el conteo. Mi tanga esta a la altura de mis rodillas y él sigue hurgando en mi sexo—. Dos —me mira a los ojos con su mirada traviesa. ¿Hay algo de ternura en sus ojos? ¿Aún estaba ahí el inocente chico que me había prometido matrimonio cuando fuera grande? —. Tres —empiezo a sentir cómo el cosquilleo que hay tanto en mi ombligo como en toda la zona de la pelvis, se va convirtiendo en un calor incendiario—. Cuatro— ¿De verdad va a pasar? Mis músculos se contraen. Apoyo mis manos en la cabeza y el hombro de Camilo, convencida de que necesitaré sostenerme de algo—. Cinco —dice al fin.

    Un violento estremecimiento se expande desde mi sexo hacia todo el cuerpo. Los pelos se erizan, los muslos se cierran. Mi garganta suelta un grito enloquecedor. Mi sexo mana fluidos de manera increíblemente abundante, casi parece que estuviera meando. Pero es todo flujo vaginal que empapa la mano de mi sobrino. ¿Es esto posible? El orgasmo no solo es espectacularmente intenso, sino que es muy prolongado. Mis piernas ceden. Caigo de rodillas en el piso, mientras mi sexo sigue largando fluidos. Pierdo el poco equilibrio que me queda, y ahora me encuentro recostada sobre la alfombra, boca arriba. Estoy muy agitada, como si hubiera corrido una maratón. Me debo ver completamente patética: la tanga en las rodillas, la minifalda levantada, el sexo convertido en una laguna, la alfombra manchada con mis flujos, mis mejillas coloradas, apenas pudiendo respirar, a punto de perder la consciencia, a los pies del sociópata de mi sobrino, todo mi ser tembloroso.

    Siento que me acaricia el rostro. Mis ojos están borrosos. ¿Estaba llorando? Ahora lo veo. Camilo me sonríe.

    — ¿Verdad que fue el mejor orgasmo de tu vida?

    — Sí, fue increíble — le contesto.

    — Me voy a quedar con esto —dice.

    Al principio no entiendo de qué habla. Pero luego siento cómo tironea de la tanga. En lugar de quitármela, me la arranca, cortando las tiras en el proceso.

    Se lleva la pequeña tela a la nariz y la huele.

    — Realmente el olor de tu sexo es muy rico. Voy a guardarla para masturbarme, ya que la espera hasta verte de nuevo será muy dura.

    Ahora se arrodilla. Yo todavía estoy conmocionada por el orgasmo. Camilo mete la cara en mi entrepierna y lame mi sexo.

    — Esto se siente realmente rico tía —dice, y lame de nuevo—. Ya ves cómo te pusiste a causa de tu sobrino. Después de todo eres una puta calentona. En principio no deberías andar vestida de esa manera por la calle, y mucho menos si vas a ver a tu sobrino. Si haces eso, cualquier hombre va a pensar que estás desesperada por ser poseída. Me sorprende que aquellos chicos con los que te cruzaste no te hayan querido coger. Pero yo no soy un cobarde como ellos, y si mi querida tía quiere que la coja, no voy a dudar en hacerlo.

    ¡Maldito cabrón! Sí fue él el que me obligó a vestirme de esta manera, así como también me está obligando a tener relaciones con él. Incluso me obliga a disfrutarlo. No sé cómo lo hace, pero así es. Mocoso degenerado, ahora empiezo a sentir excitación debido a los masajes que recibe mi clítoris de su lengua.

    — Vaya, tus pechos están increíblemente hinchados —dice, deteniéndose por un momento—. Y los pezones se marcan en tu ropa. No puedes contener tu calentura ¿Verdad?

    Me pellizca un pezón, me quita el top.

    — Tus tetas son muy grandes, pero aún así se mantienen muy firmes. Además, se sienten muy blandas —dice, estrujándome ambas tetas—. Tío Eduardo debe divertirse mucho con ellas… Pobre tío, si supiera las cosas que estás haciendo ahora con tu sobrino. ¿Cómo piensas que reaccionaría?

    — Se volvería loco. Pero no creo que tuviera el coraje de dejarme —contesto, presa de la sinceridad.

    No puedo evitar sentir una profunda lástima por mi marido. No merecía que lo humille de esa manera a sus espaldas.

    — Eso imaginé —dice Camilo, sin dejar de masajearme las tetas—. Tío Eduardo es un cornudo de alma. Aunque no lo hayas engañado antes, eso no importa, ser un cornudo es algo que se lleva adentro. Y el hecho de que me digas de que no tendría el valor de dejarte, aunque le metas los cuernos, confirma mi teoría.

    Pendejo de mierda, yo no le estoy metiendo los cuernos a mi marido. Pero no puedo decir nada de eso. Mis quejas solo quedan en mi mente, pues solo puedo hablar cuando él me pregunta algo, tal como lo dispuso hace un rato.

    Camilo se inclina y lleva uno de mis pezones a su boca. Los aprieta con los labios y los lame. Mi cuerpo se estremece y largo un gemido en contra mi voluntad.

    — Así que te gusta que te chupe las tetas, eso me gusta, eres realmente una warra.

    Se ensaña con ese pezón y lo succiona como si fuese un bebé que le quiere sacar toda la leche. Noto que su sexo ya está completamente duro.

    — Es mejor que vayamos a un lugar más cómodo —dice, poniéndose de pie al tiempo que me toma de la muñeca y me ayuda a levantarme—. Un momento —dice ahora, deteniendo sus pasos—. Me había olvidado de esto. Espérame aquí.

    Camilo mete la mano en el armario, y saca algo de él.

    — Esto lo compré pensando especialmente en ti —dice.

    No puedo creer lo que veo. Se trata de una larga cadena con una correa de cuero en un extremo.

    — A ver, quédate quieta —dice, ante mi absoluta indignación e impotencia, y acto seguido me coloca la correa alrededor del cuello—. No te preocupes, no la voy a ajustar mucho. Perfecto. Ahora ponte en cuatro patas, como la gata que eres. Eso es, eres una puta muy sumisa.

    ¡Hijo de puta! Veo el cuerpo desnudo de mi sobrino unos pasos delante de mí, tirando de la cadena. Tal como me lo ordenó, voy gateando detrás suyo. SI antes me veía patética, ahora no encuentro una palabra que describa la situación en que me encuentro. Camilo se da vuelta a cada rato, y sonríe con sarcasmo. La alfombra termina enseguida, y ahora apoyo mis rodillas en el lustroso piso. ¿Por qué tiene que humillarme de esta manera? Si de todas formas puede hacer conmigo lo que quiera.

    Atravesamos un pasillo y entramos a otro cuarto. Hay una cama de dos plazas y un enorme ropero. Me va a coger en el cuarto de sus padres. Espero que tenga la astucia suficiente como para dejar todo en orden una vez que termine con esta locura.

    — Mi cama es de una sola plaza. Aquí vamos a estar más cómodos —dice—. Súbete a la cama y ponte en esta misma posición. ¡Vamos! —ordena, dándome una innecesaria nalgada.

    Al menos ahora voy a estar más cómoda, aunque estoy segura de que no eligió coger en una cama más grande por mi confort, sino por el suyo propio.

    — Vaya tía, tu culo es un espectáculo digno de ver. Es todo una escultura, una obra de arte. Y pensar que el mojigato de tío Eduardo es el único que disfrutó de él hasta ahora. Pero eso se termina a partir de hoy.

    Estoy con la vista clavada en la pared. No quiero verlo. Camilo tironea de la cadena, generándome un leve dolor en el cuello.

    — ¿Sabes lo que te haré ahora, verdad? —pregunta.

    — Me vas a hacer el culo —digo.

    — Claro que te haré el culo. De hecho, mi verga ya está lista para enterrarse en ti. Pero me propuse hacer todo lentamente, como lo habrás notado. El primer impulso cuando entraste a mi cuarto fue arrancarte la ropa y cogerte como un condenado a muerte. Pero supuse que todo sería más rico haciéndolo despacio, y ya veo que no me equivoqué. Ahora llegó el momento de que me entregues el culo, eso es cierto, pero antes… —Camilo enmudece y yo siento su lengua lamiendo mis nalgas—. Vaya, Realmente estás completamente depilada. Tu trasero se siente increíblemente suave —dice, y me da un mordisco— ¿Alguna vez tío Eduardo te penetró por acá? Y en caso de que así fuera ¿Cuántas veces lo hizo?

    — Solo se lo permito en ocasiones especiales —contesto—. En su cumpleaños, o en nuestro aniversario, o cuando creo que se merece algo especial. Lo habremos hecho unas quince veces en todo nuestro matrimonio.

    Siento la lengua ahora en mi ano.

    — Este culo es realmente delicioso. Podría comer encima de él sin problemas —. La lengua se desliza como una enorme babosa a lo largo de la raya de mi culo, para luego detenerse en el ano. Frota el anillo de cuero, y ahora parece querer penetrarme con la lengua. Mientras lo hace, masajea mis glúteos y jadea como el cerdo maldito que es. Realmente parece estar comiéndome —Increíble, pero ya habrá tiempo para seguir degustando esta exquisita carne tuya. Ahora mi verga pide a gritos una nueva expulsión de leche. Sabes tía, eyacularé adentro tuyo, luego te pondrás de pie y me mostrarás cómo sale el semen de tu culo ¿Qué te parece la idea?

    — Me parece una idea repugnante —contesto.

    — Pero, lo harás ¿Cierto?

    — Claro, haré lo que me digas que haga ¿Acaso tengo otra alternativa?

    — No. Pero como recompensa, te haré gozar mientras te hago el culo, después de todo, te lo mereces.

    No sé si eso es peor o mejor. ¡Maldición! Con solo escuchar esas palabras, ahora se me hace agua la boca mientras espero que me penetre. Su verga no es muy grande, pero sí bastante gruesa. ¿Me dolerá? Si empieza despacio probablemente no.

    Siento la mano de mi sobrino hurgando en mi culo. Me está poniendo gel lubricante. Ahora tira de la cadena, mi espalda se yergue.

    — En lugar de una correa debería haberte puesto una montura. De esa manera te cabalgaría como la yegua que eres. Pero esto no está mal. Me gusta esta cadena.

    Camilo arrima la cabeza de su verga. Empuja. El glande se mete. Duele. Pero también se siente rico. Se siente demasiado rico. Es vergonzoso, porque la sensación es muy similar a cagar. Ahora retroceden unos milímetros, pero sin salirse, para luego empujar más. Agradezco que lo haga con cuidado. La verga se siente inusitadamente tiesa. Hace años que Eduardo no alcanza ese nivel de dureza, esa erección perfecta y total que solo se tiene cuando se es extremadamente joven. Me siento sucia por estar disfrutando cómo este pendejo diabólico me penetra. De mi boca se escapan gemidos cada vez más intensos. Me resulta imposible contenerlos. Camilo tira cada tanto de la cadena, y sensación de asfixia que siento cuando la correa aprieta mi cuello, es un ingrediente que suma aún más placer.

    De repente siento que un objeto cae sobre el colchón, muy cerca de mí. Miro para saber de qué se trata. Es el celular de Camilo.

    — Tía, enciende la cámara frontal y graba tu rostro mientras te estoy culeando.

    ¡Pendejo hijo de puta! Ahora tendría pruebas de que estuve con él. Sin embargo, enciendo la cámara.

    — No te preocupes, no usaré ese video en tu contra. Es solo que ahora se siente muy rico verte de espalda, boca abajo, mientras veo tu espalda doblarse cada vez que te entierro la verga. Pero luego querré ver tu linda cara de puta mientras lo hago.

    En la pantalla sólo está mi cara, la cual queda fuera de foco cada vez que Camilo arremete con mayor ímpetu, metiéndose más y más adentro mío. Veo una mujer joven, hermosa, de labios carnosos, ojos penetrantes. Parezco una puta fina, con el maquillaje corrido debido a algunas lágrimas que recorrieron mi mejilla, y con la cara roja debido a la presión de la correa. Tengo una expresión de gozo que no puedo ocultar. Estoy disfrutando. Lo odio, pero estoy disfrutando de esta vejación, y mi cara no puede ocultarlo. Ahora siento que la verga de mi sobrino entró por completo. Camilo tira de la cadena y siento sus bolas peludas chocando una y otra vez con mis glúteos. ¿Hace cuánto que me está culeando el pendejo? Ya perdí la noción del tiempo, pero tengo la sensación de que su duración es admirable. Más aun teniendo en cuenta la potencia de sus penetraciones. ¿Sus piernas aguantan tanto ejercicio? No hubiese apostado por ello.

    Ahora escucho que por primera vez sus gemidos se superponen a los míos. Tira de la cadena, y me obliga ahora a sostenerme solo de mis piernas. Mi cuerpo queda pegado a su torso, mientras me da cortas penetraciones, pequeñas puñaladas que hieren mi corazón, pero que regocijan mi cuerpo. Y por fin la eyaculación, el chorro caliente en mis entrañas. Un chorro casi tan abundante como el primero. Y entonces la sorpresa: mi cuerpo se convulsiona, cada poro de mi ser arde, y un nuevo orgasmo me sacude violentamente.

    Caigo rendida sobre la cama. Abro los ojos con mucha dificultada. ¿Acaso me desmayé durante unos minutos?

    — ¿No estarás olvidando algo tía? —Alcanzo a oír a Camilo.

    Con mucha dificultad me pongo de pie. Le doy la espalda. Me inclino apenas, y siento cómo el semen de mi sobrino empieza a salir de adentro mío. Lo siento deslizarse por la pierna derecha.

    Camilo se acerca con servilletas de papel en su mano. Me limpia la pierna, ahí donde está el semen, y lentamente sube hasta mi culo.

    — Esto no puede estar bien —dice—. Tener que limpiarte el culo como si fueras una niña. ¿No te da vergüenza?

    — No —contesto con sinceridad, pues a estas alturas, después de tanta humillación, ya perdí todo rastro de vergüenza.

    — La verdad es que me gustaría quedarme todo el día contigo tía —dice Camilo, y el solo hecho de pensar en todas las locuras que me obligaría a hacer, me generan escalofríos —, pero no sé hasta cuándo, con exactitud, dure esta cosa. Además, tengo que calcular el margen hasta que llegues a tu casa. Con mucho dolor debo decir que es hora de que te vayas. Aunque claro, ya tendremos la revancha.

    ¿Por fin era libre? Un triste alivio se adueña de mí.

    — Puedes arreglarte un poco en el baño, pero sólo el pelo y la cara —dice mi sobrino—. No quiero que te duches acá. Quiero que vuelvas caminando hasta tu casa, así como estás.

    Me acomodo la pollera. Vuelvo a su cuarto, y me pongo el diminuto top. Serían las únicas prendas que llevaría, pues Camilo había hecho hilachas la tanga. Dos prendas que más que vestirme me hacían ver desnuda. Debía caminar quince cuadras con ellas. Qué locura. Me pongo los zapatos y agarro la cartera.

    — No vayas a tardar mucho, o me van a dar ganas de cogerte nuevamente —Avisa Camilo desde el cuarto de sus padres.

    Me meto al baño. Me peino, y lavo mi cara. Me dirijo a la salida, hacia la libertad.

    — Tía —dice Camilo a mi espalda. Mi corazón da un vuelco—. No le dirás a nadie lo que sucedió hoy. ¿Entendido?

    — Sí —respondo sumisa.

    — De todas formas, en cuestión de algunos minutos olvidarás todo. Si alguien te pregunta cómo estuvo tu visita, les dirás que yo estaba en cama con fiebre, y tú te quedaste a cuidarme un par de horas. De hecho, cuando empieces a perder la memoria, tú misma creerás que lo que sucedió fue eso.

    — Entendido.

    — Ahora vuelve a tu casa. Cuídate de los degenerados, con esas pintas pueden querer violarte. Definitivamente no deberías vestir de esa forma cuando vas a visitar a tu sobrino.

    Salgo de la casa. Mis pasos son ruidosos debido a mis tacones. ¿Qué fue toda esa locura que acababa de pasar? ¡Maldición!

    Mi pollera es muy corta, y mis tetas demasiado grandes para ese top ¿Por qué tuve que vestirme así? Algunos autos me tocan bocina. Pero se pierden enseguida. Los chicos que me habían dicho groserías ya no están en la esquina, por suerte. De lo contrario, quién sabe qué harían al verme tan indefensa.

    Algunos vecinos me ven llegar con este aspecto deplorable. ¿Qué dirían? ¿Darían por sentado que engañe a Eduardo? ¿Le llegaría a él algún chisme?

    Entro a mi casa. Tiro la cartera sobre el sofá, y me quito los zapatos. Me desnudo y me voy a duchar. El ano está aún dilatado. Todavía siento como si tuviera una verga adentro. ¿Una verga? ¿Qué estoy diciendo? Si Eduardo está de viaje. Además, vine de la casa de mi sobrino Camilo. Pobre chico, tan solo en su casa mientras está enfermo. Hice bien en ir a cuidarlo. Aunque… ¿Por qué no recuerdo de qué conversamos? Me duele la cabeza. Una ducha caliente me va a hacer bien. ¡Qué demonios! Mi sexo está hinchado y de él sale un fuerte olor a flujos. Debo estar desvariando. Necesito descansar.

    Voy a la cama, a pesar de que es muy temprano. Necesito dormir. Por algún motivo me siento muy cansada. Camilo… debo visitarlo más seguido. Es un buen chico.

    Fin

  • Toda una señora puta…

    Toda una señora puta…

    Estábamos con las hormonas disparadas por aquellos días y vimos en la televisión un documental donde se hablaba sobre la vida de las trabajadoras sexuales, mostrando el fenómeno desde diferentes perspectivas. Las entrevistas sugerían que para algunas de ellas el trabajo representaba dinero rápido y fácil, mientras que para otras aquello, ante la falta de otro tipo de oportunidades, era su única manera de subsistir. Por lo bien que se realizó el programa y las imágenes sugerentes que se mostraron, no tardamos en hablar con mi esposa sobre el tema.

    ¿Te aguantarías estar con 9 y hasta 12 hombres en una noche, como mencionaron ahí? Pregunté. Debe ser un tanto pesado, respondió ella. Así, sin más, comenté, solo un tanto pesado. ¿O sea que estar con menos de ese número sería más tolerable? Es que yo no veo que el contacto sexual en sí sea lo difícil, respondió. Tal vez lo que venga involucrado para llegar a eso pudiera hacer que ese tipo de trabajo se vea como más o menos pesado. ¿Cómo así? pregunté de nuevo. Creo que lo que hace difícil aquello es la obligación de hacer y depender de ese trabajo, que los contactos no se elijan a voluntad, sino que toque atender a quien caiga, la jornada laboral, la imposibilidad de decir en algún momento de la noche ya no más, un pago inequitativo. En fin, muchas cosas.

    Entonces, según eso, a ti te quedaría más fácil asumir ese trabajo porque, al fin y al cabo, no vives de eso, y si lo haces sería por gusto, por vocación o por calmar la curiosidad. Sí, respondió, creo que así sería. ¿Y no te da miedo? Un poco, así que yo sería muy selectiva y no me prestaría para hacerlo en cualquier parte. Buscaría, más bien, un sitio de estrato alto que garantice, de alguna manera, que quienes van allí tienen algún tipo de educación. Y, al fin y al cabo, no nos digamos mentiras, los hombres acuden a esos lugares para calmar su necesidad de sexo y nada más. No me imagino a alguno de ustedes yendo a un burdel a conseguir novia o esposa. Pensaría que es el lugar menos indicado.

    O sea, mi señora, que ¿no le ves inconveniente alguno a ser una trabajadora sexual? Pues al hecho de estar con un hombre no le veo complique, pero sí a que se aprovechen de uno, abusen de las mujeres, las exploten y las maltraten. Y lo del romanticismo, ¿dónde queda? En eso no hay tal, respondió rápidamente. La mujer le vende al hombre la posibilidad de un orgasmo, utilizando el cuerpo femenino como medio para ello. Los dos sabemos que el hombre llega mucho más rápido a su orgasmo que nosotras las mujeres. Así que, en algún sentido, nosotras somos tan solo el vehículo para que ustedes satisfagan su virilidad y calmen sus impulsos. Yo pienso que una mujer, en ese trabajo, poca oportunidad tiene para experimentar un orgasmo de verdad. El interés es monetario y no otra cosa.

    Parecieras ser toda una autoridad en la materia, de cuando acá todas esas reflexiones. En la universidad teníamos compañeras que se financiaban haciendo ese trabajo. Nunca las discriminamos por eso, pero se notaba la diferencia. Ellas andaban bastante bien vestidas, lucían joyas finas, se perfumaban rico y viajaban mucho. ¿Y nunca les preguntaron cómo era aquello? No. Alguna vez, una de ellas, Maritza, me comentó que había que aprovechar la juventud porque la belleza no iba a durar para siempre. Ella tenía el propósito claro de terminar su carrera, ganar dinero, ahorrar y hacerse a sus cosas. Cuestionábamos si las personas que se dedicaban a eso podrían cambiar su estilo de vida con facilidad. Pero, al menos para ella, el tema del sexo no era un inconveniente.

    Bueno. Y tú ¿qué pensabas? Nada, la verdad. No la enjuiciábamos. Respetábamos sus cosas y trabajábamos con ella igual que con las otras. Al menos yo nunca le llegué a preguntar nada al respecto. Por otra parte, era una época en que apenas estábamos conociendo la vida y había muchas experiencias que generaban reacciones. Por ejemplo, por aquellos días, frente a nuestra residencia, frecuentemente se paraba un hombre que se exhibía medio desnudo y se masturbaba frente a nosotras. Y, siempre, por curiosidad, armábamos el grupo para verlo desde las ventanas. Y, cuando eyaculaba, las compañeras hacían bulla y aplaudía. Así que el volvía para hacernos el show casi cada noche. Pero jamás se metió con ninguna de nosotras.

    ¿Y acaso tú o alguna de tus amigas compartieron o acompañaron a Maritza en su trabajo como acompañante? No, para nada. ¿Y cómo crees que ella lo soportaba o lo manejaba? Yo creo que a ella le gustaba. Y a ti, ¿no te gustaba? Pues, no lo sabía muy bien. Me daba un poco de miedo porque no sabía cómo funcionaban las cosas, pensaba que la integridad de una corría riesgo y además jamás se me presentó la oportunidad. Yo creo, más bien, que fue por eso. Nosotras éramos excelentes académicamente y toda nuestra atención estaba enfocada en sacar buenas notas y graduarnos. Bueno, ¿pero acaso tus amigas y tu no tenían sus aventuritas con amigos? Seguramente. En aquellos días las cosas eran bastante diferentes a como son ahora, pero no dudo que más de una pudo haber sido sexualmente precoz.

    Y, ahora, ¿entonces ves que esa experiencia pudiera ser posible? ¿Cuál? Preguntó ella. Pues asumir la experiencia de una trabajadora sexual. Pienso que lo podría manejar, contestó, porque ya sé lo que eso es. Está claro. ¿Y qué te llamaría la atención de verte como prostituta? Pues, no sé, ver si todavía tengo acogida entre los hombres, porque la mayoría de las mujeres que se dedican a esa actividad son bastante jovencitas. De pronto uno ya no pega. ¿Qué te hace pensar eso? No lo sé. ¿Acaso has estado en un lugar de esos para saber cómo funciona? No, nunca. ¿Te gustaría ir a uno? Sí, por qué no. Simple curiosidad, contesté.

    No volvimos a tocar el tema y cada uno se enfocó en su trabajo, en los deberes del hogar y el trajín propio de un matrimonio convencional. Pero, pasados unos meses, ella volvió a tocar el tema. Oye, ¿en que quedó la propuesta de ir a conocer un prostíbulo? Que yo sepa, respondí, nunca hubo una propuesta. ¿Por qué? ¿Te interesa? Sí. Quedé con la expectativa de conocer uno de esos lugares y me he imaginado cómo pudiera yo manejar la situación. ¿Qué situación? Pregunté. Pues ver si puedo lidiar con más de un hombre en una noche. ¿Y es que no te sientes capaz? No sé. Nunca lo he hecho, contestó. ¿Y quieres saber si puedes? Sí. Quisiera saber cómo manejo las situaciones, si me motiva, si me gusta o me disgusta. En fin. Ahora es solo curiosidad. Bueno, contesté, programemos algo a ver qué pasa. Miremos qué encontramos.

    Nos pusimos a consultar las páginas web y nos llamó la atención un sitio llamado “Pussy´s Club”, entretenimiento para hombres. Así que el siguiente paso fue disponer fecha y hora para irnos de excursión y ver qué encontrábamos allí. Acudimos allí un viernes en la noche. Llegamos temprano, como a eso de las 7:30 pm pero el lugar no estaba muy concurrido, así que pedimos algo para beber y nos dedicamos a reconocer el lugar; una barra, una pista de baile, varias mesas alrededor. No vimos habitaciones, pero más tarde nos comentaron que se ubicaban en el segundo, tercer y cuarto piso de la edificación. Lógicamente identificamos a las bellas niñas que estaban allí, como unas quince, en principio. Y pudimos reconocer a quién las dirigía.

    Magda era su nombre. No tuvo inconveniente en acercarse a nuestra mesa, después de que uno de los meseros le comunicó que teníamos interés en hablar con ella. Buenas noches, mis amores. ¿En qué les puedo servir? Buenas noches, contesté su saludo. Gusto en conocerle. Mi nombre es Enrique y ella es Laura, mi esposa. Ella se sentó sin quitarnos la mirada. Bueno, es sencillo, mi esposa quiere probarse como trabajadora en este lugar, solo por vivir la experiencia, y necesitamos su apoyo para llevar a cabo la idea. ¿De qué se trata esto? Dijo, mirando a mi esposa. Quiero hacer un turno con sus niñas por una noche y siendo usted quien maneja las cosas por acá, requerimos su apoyo.

    Bueno, ¿qué es lo que quieren específicamente? Nada especial, dijo mi esposa. Yo solo quiero probar qué es ser una trabajadora sexual por una noche. Es todo. No pedimos contraprestación alguna. Solo que me de la oportunidad de estar a la par y trabajar igual que lo hacen ellas. Lo que usted recoja por mis servicios pudiera repartirlo entre ellas. ¡Qué petición tan extraña! Dijo ella. ¿Tiene experiencia? En este tipo de trabajos no. Tener sexo con hombres, pues claro que sí. ¿Y sabe cómo funcionamos? No, respondió mi esposa, por eso acudimos a usted.

    No le prometo nada. Tengo que hablar con las chicas y con el dueño del negocio. Bueno, mire, dije, si ustedes me cobran algo por prestarnos ese servicio, yo estoy dispuesto a pagar. Sólo dígame cuánto es y nos ponemos de acuerdo en cómo hacerlo. Déjeme consulto y tan pronto tenga una respuesta se los hago saber. Así que se retiró y nos dejó solos en la mesa. Nos dedicamos, entonces, a ver qué iba pasando en el lugar. En ese momento ya había movimiento. Entraban hombres solos y una que otra pareja, y ya se veía como las niñas que trabajaban en aquel lugar acudían a las mesas a pedido de los clientes.

    Mientras tanto, con Laura, conversábamos sobre aquello. ¿Qué opinas? ¿Será que sí? Pues yo no veo qué pierdan. Antes, por el contrario, se beneficiarían por lo que cobrarían por mí y por lo que nos puedan cobrar por darnos la oportunidad. Falta ver que piensen que somos algunos investigadores, o periodistas, o qué se yo. Esperemos a ver. Y si no es posible, pues no pasa nada. Ya para ese momento había varios muchachos bailando con las niñas, de modo que vino la pregunta obligada. Oye, y si alguno de eso te tirara el ojo, ¿te le medirías? Sí, por qué no. Es que yo no sé si te gustan, si estarías a gusto con alguno de ellos. A mí me parecen guapos, respondió.

    La señora Magda volvió a nuestra mesa. A ver, nos dijo, nunca senos había presentado una situación como esta. Entiendo que donarías lo que obtengas por tu trabajo para repartir entre las demás muchachas, dijo, mirando a mi esposa. Así es le respondió. El dueño lo ve un poco extraño, pero me dio su permiso siempre y cuando yo lo maneje, sin rollos. Perfecto, dijo mi esposa. Entonces, para que esté enterada, los hombres vienen aquí para pasar el rato, bailar con las muchachas y tomarse unos tragos con amigos. Su trabajo consiste en procurar que ellos consuman un mínimo de doscientos mil pesos.

    Si alguno de ellos quiere tener sexo con usted, el servicio se cobra por separado. Tiene un costo de trescientos mil pesos, de los cuales a usted le corresponderían cien mil pesos. El servicio tiene una duración máxima de treinta minutos. Lo usual es que haya el contacto sexual, usando el condón, pero está prohibido los besos en la boca, o las caricias en los senos, las nalgas o las piernas. Es, de alguna manera una forma de proteger la intimidad de las muchachas. Esas caricias se las reservan para sus maridos. Lo que se vende es la posibilidad de que el hombre experimente su orgasmo. Usted negocia con él, si es que decide que la acaricie o la bese. Puede hacerle sexo oral, si lo desea, para estimularlos. Ellos lo aprecian mucho. Normalmente las muchachas cobran cincuenta mil por cada caricia adicional.

    La gente que viene aquí es de nivel. Nunca hemos tenido malos rollos. Una muchacha fácilmente puede hacerse entre ochocientos y un millón de pesos por turno. A veces los clientes les dejan propinas y su ingreso aumenta un poco más. El turno es de seis horas, por lo general de 9:00 pm a 3:00 am. Lo importante es hacer que los hombres se sientan a gusto. Algunos, a veces, vienen tan solo a conversar, así que consumen y les dejan a las muchachas algo por el tiempo que los acompañaron. Los días de más movimiento son los viernes, como hoy, y los sábados.

    ¿Y cómo recomienda comportarme? Como cualquier mujer que quiera hacer sentir bien a su hombre. A ellos hay que consentirlos, escucharlos, hacerlos sentir bien y venderles la idea de que usted puede ser suya si lo desean. Muchos de ellos vienen ya enrumbados y llegan acá a desfogar su energía y satisfacer sus necesidades. Entendido, dijo mi esposa, ¿cuándo lo hacemos? Vénganse mañana, a las 7:00 pm, y le muestro las habitaciones. O, si desea, podemos darnos una vueltica ahora mismo. Me parece bien, dijo mi esposa. ¡Vamos! Dijo la señora Magda emprendiendo la marcha. Te espero aquí, le dije a mi esposa. Pregunta sobre vestimenta y demás. ¡Lo haré!

    Al rato volvieron. Bueno, mijita, dijo la Señora Magda, la espero mañana. Si señora, le contestó mi mujer. ¿Estás de ánimo para ir de compras? Preguntó. Pues si hay que ir de compras, vamos. ¿Por qué? Repliqué. Me recomendó vestirme bien provocativa, arreglada y perfumada, con zapatos de tacón alto y plataforma para verme más alta y resaltar mis piernas. Me dijo que yo puedo hacer con ellos lo que sea, pero que ellos no pueden tocarme, así que mi vestido debe ser lo más práctico para facilitar el contacto sexual. Y que ojalá tenga dos o tres mudas de interiores para cambiarme, si las prendas se llegan a mojar con el semen de los hombres. No es común porque se usa condón, pero a veces las prendas de las muchachas resultan humedecidas más de la cuenta.

    Salimos de allí, entonces, buscando un sex shop. Después de ver varios modelos, por fin ella se decidió por uno. Un conjunto de top y panti de textura negra mate, algo transparente, que dejaba ver poco de sus senos y sexo, aunque sus nalgas sí totalmente descubiertas, pero imaginar mucho. Unas medias tipo liguero, también negras, y unos zapatos de tacón alto, 15 cms, bastante bonitos. ¿Y el vestido? Pregunté. Yo lo acomodo con lo que tengo en casa. La chaqueta blanca y la minifalda de cuero negra.

    Seguimos mirando las vitrinas de aquel lugar. ¿Condones? Sí, mejor llevemos. ¿Perfume? Yo tengo. ¿Accesorios? Usaré los míos. Ella me recomendó que, después de cada encuentro, me arregle para lucir fresca, atractiva y siempre dispuesta. También me dijo que, después de haber atendido al cliente, me despida con mucha elegancia y me retire dando por terminado aquello. Las muchachas normalmente dicen, que tengas buen regreso a casa y espero verte de nuevo por aquí. Que yo no me preocupe por cobros. Yo solo tengo que dirigirme a la encargada para que formalice lo correspondiente y es ella quien me dice si podemos pasar a la habitación, y me indica cual. Bueno, listos, entonces…

    Al otro día, tal como nos habíamos comprometido, llegamos muy puntuales. La señora Magda nos recibió muy cordial. Estas muy atractiva, mijita, le dijo a mi mujer. De seguro vas a impresionar la clientela y te va a ir bien. Te ves veterana, como dicen los muchachos, y eso a veces gusta. Acuérdate que lo importante es que el cliente disfrute el contacto sexual. Tu verás cómo lo haces, cómo lo estimulas, cómo te mueves y cómo te gozas al macho de turno, porque eso también hace parte del intercambio. Ellos salen contentos cuando ven que la hembra gozó con sus embestidas. A veces hay que ser un poquito artistas para hacerles creer que estuvimos super.

    Señora Magda, intervine. Pregunta. Siendo que esto es una aventura en pareja, ¿puedo ser espectador en sus encuentros? A veces entran dos hombres con la misma muchacha, respondió, pero cada uno paga su servicio por separado. En esos casos el tiempo se extiende a una hora. Bueno, mijita, tendrías que preguntarle al cliente si tiene inconveniente en que tu pareja esté presente. No es lo acostumbrado, pero no se pierde nada con intentar. Pero, si es así, trate de ser simplemente un espectador silencioso, sin intervenir. Okey, respondí. Creo que puedes ir a hacerle compañía a las muchachas y estar todas dispuestas, le dijo a ella. Poco a poco la gente va a llegar. Ven conmigo y te las presento. Yo estaré en la barra, dije a mi esposa, allí me encuentras.

    Me instalé en un rincón de la barra, pedí un trago y me dediqué a observar y esperar. Al rato mi esposa llegó allí. Bueno, ¿qué ha pasado? Pregunté. No mucho, respondió ella. Las muchachas me dijeron que el movimiento fuerte empieza después de las 12 pm, porque todos han estado en sus citas y fiestas, y es después de esa hora que empiezan a llegar por acá para redondear sus programas.

    ¿Y les preguntaste algo? Sí, le pregunté a una de ellas cómo lo acostumbraba a hacer. Me dijo que a ella le gustaba chupar vergas, así que recién entraba a la habitación se desnudaba bailando frente a ellos, los desnudaba, les pegaba una mamada, después de colocarles el condón, y luego se ponía de perrito para que ellos terminaran la faena. Y que a veces, no más en la mamada se venían y ya, qué pena, no había penetración. Otra muchacha me dijo que ella prefería que acabaran rápido, así que tan pronto entraba se desnudaba y se tendía en la cama, con las piernas abiertas, esperando que el hombre la abordara y alcanzara lo suyo.

    Y tú, ¿cómo preferirías hacerlo? Aún no lo sé. Creo que cada situación es diferente y es el momento el que define cómo hacerlo. ¿Estás nerviosa? Extrañamente no, pero es que aún no ha llegado el momento. Por ahora estoy relajada, tranquila. ¿Y ya pensaste cómo decirle al fulano lo mío? La verdad, no. ¿Cómo lo harías tú? Diciéndole la verdad. De seguro van a reunirse a conversar un rato mientras consume algo, así que te contará algo de su vida y también pretenderá saber algo de la tuya. ¿No crees? Ya veremos, comentó ella. Y si no, continué, pues nada, No hay lío. Haz lo que tengas que hacer. ¿Te gustaría verme con ellos? Preguntó ella. Sí, contesté. La aventura es compartida. Sí, es cierto, contestó.

    Presurosa se acercó a nosotros una de las muchachas diciendo, señora Laura, venga, llegó un grupo grande. Voy contigo dijo ella, emprendiendo el camino. Aquí voy a estar, comenté, me avisas qué va a pasar. Sí, no te preocupes. Y ambas se alejaron hacia el sitio donde todas las chicas se reunían, expuestas a la vista de los hombres que ya empezaban a invadir el lugar. La señora Magda, junto a otra muchacha, acogía a los clientes y les iban acomodando en diferentes lugares. Se le veía conversar con ellos y mirar hacia las muchachas. Y luego la vi dirigirse al grupo y enganchar a mi mujer, llevándola a una mesa donde se había acomodado un hombre, vestido de negro, con jeans y buzo gris. Otras muchachas, igualmente, las fueron acomodando con otros clientes.

    Vi cómo aquel hombre saludaba cordialmente de mano a mi mujer. Ambos se sentaron y empezaron a conversar. La vi a ella muy relajada en su papel, pero llegué a pensar que ya debía sentir algo de ansiedad porque ya no eran solo especulaciones. Había llegado el momento. Yo, por mi parte, me sentía nervioso, algo excitado y expectante a lo que pudiera pasar, que no podía ser otra cosa que aquel le pidiera a mi mujer subir a la habitación. Al fin y al cabo, para eso estábamos allí.

    Mi mujer se despojó de la chaqueta blanca dejando sus brazos al descubierto, porque usaba una blusa roja sin mangas, que tenía un escote profundo y muy insinuante. Y no pasó mucho tiempo para que aquel la invitara a bailar, lo cual no suponía ningún reto para ella, porque le encanta hacerlo. Se siente como pez en el agua. Es su territorio. El hombre no perdió tiempo, porque bailaba con ella manteniéndola pegada a su cuerpo. Y pensé, cuál es el objeto de que no las toquen durante el encuentro sexual, si en la pista de baile aprovechan el tumulto de parejas bailando para dirigir sus manos y tocar por donde les plazca.

    Bailaron durante dos o tres movidas piezas antes de regresar a la mesa. Y vi como ella, una vez instalados, le servía al hombre licor en su vaso, tal vez siguiendo las recomendaciones de las muchachas. Seguían conversando y, a la distancia, se les notaba animados y comprometidos. Y ella, para mi sorpresa, también bebía a la par de aquel. ¿Por qué estaría bebiendo? Me preguntaba. ¿Será que ahora si se habían despertado sus nervios y necesitaba relajarse un poco? Al rato se volvieron a levantar y volvieron a bailar. Lo hacían muy animados y bastante compenetrados desde mi perspectiva.

    Volvieron a la mesa nuevamente y siguieron su conversación, bebiendo y brindando. ¿Cuál sería el motivo del brindis? Pensaba. De pronto vi como ella se volteó, señalando a donde yo me encontraba. El hombre dirigió su mirada hacia mí y levantó su copa, como saludándome a la distancia. Supuse, entonces, que ya aquel le había dicho a mi mujer que quería pasar un rato con ella. Laura se levantó, dirigiéndose a la caja. Entonces una muchacha la siguió a la mesa, llevando un datafono, para concretar el pago del servicio. Los vi levantarse y dirigirse hacia el ascensor. La muchacha vino hacía mí. La señora Laura me dijo que le avisara que van a estar en la habitación 202, que allá lo espera.

    Me apresuré a dirigirme allá. Subí por las escaleras para ganar tiempo y llegué frente a la puerta cuando ella recién la estaba cerrando. Así que, cuando me vió, ella se giró para atender a su cliente, desentendiéndose de mí. Había música ambiental, así que ella, dirigiéndose a la cama, donde el hombre la esperaba, empezó a balancearse, bailando, mientras se iba desnudando. Hacía aquello como muy desenvuelta y me extrañó su comportamiento. Yo me quede en a puerta, inmóvil, como si no existiera. El tipo, entonces, se levantó y frente a ella, también empezó a quitarse la ropa. Ella se despojó de la blusa, el top y los pantis, quedándose vestida tan solo con sus medias, zapatos y accesorios.

    El hombre, desnudo frente a ella, solo esperó que ella tomara la iniciativa. Ella lo empujó hacia atrás, de manera que, al rozar el borde de la cama, se dejó caer de espaldas. Mi mujer tomó su pene entre sus manos e inclinándose sobre él, metió su pene en su boca y empezó a chuparlo para estimularlo. El hombre se relajó, cerró los ojos y dejó que mi mujer hiciera su parte. Oye, le decía, para ser inexperta en el oficio, lo haces muy bien. Ella siguió chupando y chupando, y cuando su pene estuvo totalmente endurecido, se montó sobre él para, suponía yo, cabalgarlo. Pero el interrumpió su gesto, diciéndole, ¿me dejas ir arriba? Por supuesto, respondió ella muy familiarmente.

    Ella, en consecuencia, se recostó de espaldas, abriendo sus piernas. Ponte el condón y ven, le dijo. El tipo, envalentonado como estaba, se instaló el plástico en su pene y se abalanzó sobre ella y, sin demora, la penetró y empezó a bombear con mucha energía. Mi mujer, muy pronto, empezó a gemir. Me llamó la atención de que aquello estuviera pasando. Supuestamente era ella quien debería manejar la situación. Y más me extraño que, a continuación, el tipo la besó, con mucha pasión, y ella no lo rechazó. Por el contrario, pareció disfrutarlo mucho y promover que aquello siguiera sucediendo. Ella respondía con el movimiento de sus caderas al empuje de aquel. Y así, al rato, aquel presionó el cuerpo de mi mujer y se quedó inmóvil. De seguro ya había eyaculado.

    Se levantó y ayudó a mi mujer a incorporarse. ¿Entras tu primero? Le dijo ella a su hombre, mostrándole el baño. Sí, dijo él, no tardo. Gracias. Y, una vez cerró la puerta tras de sí, no pude contenerme para decirle a mi mujer, oye, ¿pero no dizque no había besos, toques y demás, y acaso la mamada no era con condón? Sí, ya sé, me respondió. Pero yo no soy una máquina. El tipo es hombre y me gustó, me excitó y disfruté estar con él. Además, esto es aventura de una noche y no es para siempre. Es un tipo confiable. ¿Cómo sabes? Dije un poco molesto. Lo sé, dijo, ya te contaré. Además, ya metidos en el cuento, pues terminémoslo. ¿Te parece? Sí, contesté.

    El hombre salió del baño dándole espacio para que mi mujer entrara. El y yo, por lo tanto, nos quedamos un instante solos. De alguna manera me parecía alguien conocido, pero no precisaba de dónde. Lo felicito, hombre, me dijo. Gracias, repliqué. ¿Por qué? Tienes una esposa muy bella, y además culea muy rico. Cuídala mucho. Voy a bajar, nos vemos allá para despedirnos. Quisiera agradecerle personalmente. ¡Claro! Contesté. Ella no tardará. Y él salió. Cuando bajamos volvimos a encontrarlo. Laura, la llamó, gracias, le dijo dándole un afectuoso abrazo. Tenemos que volvernos a ver. Y se fue. ¡Qué extraño! Pensé.

    Eran como las 10:30 pm y el lugar se estaba volviendo un tanto caótico. Había mucho movimiento. Las muchachas iban y venían. Había parejas en las mesas y gente bailando. Y pensé ¿de dónde habrá salido tanta gente en un momentico? Laura había bajado totalmente arreglada y dispuesta a continuar con el compromiso adquirido. Hubiera podido parar ahí, había imaginado yo, no había obligación alguna, pero, según me percaté, estaba decidida a continuar. No más llegar al primer piso, la señora Magda le hizo señas. Y ella, despidiéndose de mi con un agite de su mano derecha, acudió a su encuentro. Yo seguí de largo a la barra, para instalarme como habíamos acordado desde un principio. Recién lo estaba haciendo cuando la vi a ella, a la distancia, regresar de vuelta hacia los pisos superiores, llevando de la mano a un hombre, algo robusto y tal vez de su misma estatura. No se veía tan joven y tenía la apariencia de un artista, quizá, con su cabello rizado, vestido muy informal. Ella ni volteó a mirarme y los vi desaparecer.

    Quedé con la curiosidad de saber cómo se darían las cosas esta vez, aunque era claro lo que iba a suceder. Pero, habiendo sido testigo de su encuentro con su primer cliente, la verdad, trataba de imaginar en mi mente cual iba a ser su rutina esta vez. Con el primero hubo oportunidad de charlar, bailar y conocerse un poco, pero con este otro el encuentro caía en la categoría de un rapidito o un “polvo express”, como dicen los muchachos hoy en día. Y no sé porque, en medio de aquel ambiente, al parecer estaba sufriendo un tanto por no saber qué estaría pasando con ella en ese momento.

    Tal vez habrían pasado los treinta minutos, o más, cuando la vi bajar de nuevo, luciendo como al principio, como si nada. Encontré extraño que no volteara a mirar hacia la barra, pero entendía que ya se había metido en el cuento y estaba atenta al desarrollo de la situación en aquel lugar. Se dirigió directamente al sitio donde se reunían las muchachas para recibir a los clientes y, esta vez, no más llegar ahí, nuevamente la engancharon con otro sujeto. Y ella, al parecer sin disgusto, se unió a él y estuvieron intercambiando algunas palabras mientras tomaban una decisión.

    Era un tipo delgado, más bien alto, con poco cabello, se le veía un tanto calvo, elegantemente vestido. Se sentaron en una mesa, pero casi al instante salieron a bailar. Estuvieron en la pista lo que duraron dos canciones y, volviendo a la mesa, Carolina, la chica del datáfono, llegó para cerrar el trato. El tipo no pidió servicio de bebidas, por lo cual, me imagino, la idea del baile era para tantear el terreno y ver, tal vez, si tener la aventura con mi mujer era una buena elección. El baile, pensé, era la excusa para palpar lo que iba a tener a su alcance, si se decidía por ella. Asegurado el pago por el servicio, y sin más demoras, vi como ella lo tomaba de la mano y desaparecían entre la multitud.

    Esta situación me estaba generando un tanto de morbo. Yo ya la había visto a ella tener encuentros con otros machos, así que no sabía cual era la causa de mi inquietud. Cierto, las aventuras del pasado habían surgido para hacer realidad las fantasías del momento, hacer el amor con un extraño, tener una aventura de una noche, ir con su amante a un motel, tener sexo con su amante en la cama matrimonial, dejarse seducir en un hotel, en una discoteca, en una playa, hacer un trio, participar en una orgía. Y esto no dejaba de ser una experiencia más en el abanico de posibilidades. Tal vez, llegue a pensar, estaba un poco celoso de que ella tuviera esas posibilidades y yo no las pudiera compartir. Tal vez me sentiría más cómodo si pudiera estar con ella en todo momento.

    Al rato, mientras me distraía observando la dinámica del lugar, ella llegó a mi lado. No me di cuenta en qué momento había terminado su servicio y, para esa hora, yo ya había tomado la decisión de no pensar más en aquello y dejar pasar el tiempo, aceptando que las cosas se dieran como tenían que suceder. Yo me adaptaría a sus decisiones y trataría de pasar el rato, esperándola, lo mejor posible. La saludé de abrazo. Oye, ¿cómo va todo? Pregunté. Bien, me dijo. Me ha ido bien. ¿Esta concurrido el sitio? ¿Mucho trabajo? Sí respondió. Les esta yendo bien esta noche. Es un trabajito para tener en cuenta, comentó. Puede que se sude un poquito, pero la plata se ve. Es una posibilidad que no hay que descartar, dijo sonriendo y lanzándome una mirada maliciosa. Bueno, dije yo, ya descubriste otro de tus tantos talentos y habilidades. Y, mirando hacia dónde estaban las muchachas, me dijo, después hablamos, me tengo que ir.

    Esta vez la vi engancharse con un hombre negro y de inmediato pensé, le dieron en la vena del gusto. A este si le va a dejar hacer de todo. Y no me equivocaba, le noté una expresión de alegría en su rostro cuando salieron juntos rumbo a las habitaciones. Se veía un tanto risible cómo ella iba por delante de él, tomándolo de la mano, casi que, arrastrándolo detrás de ella, tal vez con curiosidad por saber qué sorpresas le esperarían con este mulato, pues para mí no era un secreto que los hombres de color eran su afrodisíaco. Así que no dudaba, para nada, que su vagina ya estuviera totalmente húmeda con el sólo contacto de sus manos durante el protocolario saludo.

    Yo seguía distrayéndome, tomándome unos tragos, y ya me estaba entonando, pero lejos estaba de perder mí lucidez. ¿Cuántos “destornilladores” me habría tomado hasta esa hora? Ni idea. La verdad estaba excitadísimo con esta aventura, pues me daba mucho morbo el sólo pensar que ella iba a acostarse con varios hombres esa noche. Y si antes, en nuestras aventuras, se me subía la calentura con verla cómo ella se daba a las situaciones para finalmente llevar a cabo sus caprichos, esta vez la nota estaba muy alta. Jamás pensé que su curiosidad para experimentar estas situaciones llegara a tanto.

    Estaba en esas divagaciones cuando ella volvió a mi lado. Pídeme algo para beber que tengo una sed terrible. ¿Qué quieres, pregunté? Algo frío, dijo ella. Acábate mi destornillador, dije. Pero, ¿tiene alcohol? ¡Claro! Respondí. Bueno, tal vez me está haciendo falta, dijo riendo. Pero pídeme un refresco, un agua con gas. Okey… Me tocó cambiarme las medias. ¿Por qué? Bueno, contestó, con el último cliente me vine de forma impresionante y mojé las medias. Pero, ¿no estabas en la cama? No, estaba de pie. Fue impresionante, me temblaban las piernas. Me imagino que fue el negrito. Sí, dijo. ¿Y se lo mamaste? Y ella asintió afirmativamente con la cabeza. Lo supuse. Bueno, ya valió la pena la noche. Todo el tiempo ha valido la pena, me contestó.

    Ella prácticamente había venido a tomarse un respiro de la faena que le había dado aquel. Son las satisfacciones que brinda el trabajo pensé, riéndome para mí mismo. Laura bebió su agua rápidamente y así como llegó se fue. Tan solo fue un corto descanso en el turno que estaba prestando. Volvió a su lugar y esta vez la engancharon con otro hombre, no tan jovencito, tal vez de nuestra misma edad. Se veía muy serio, por sus modales, pero bastante educado por cómo se comportaba con mi mujer, tratándola como a toda una dama. Se comportaría igual si supiera que para esa hora ella ya llevaba cuatro vergas en su vagina.

    Al parecer la cosa iría para largo, porque los acomodaron en una mesa donde les sirvieron bebidas. El tipo, desde el principio, le hablaba muy cerca al rostro de mi mujer, casi que, en su oreja, porque el volumen de la música no facilitaba que la comunicación se diera de otra manera. Estuvieron allí, hablando por largo rato, y, de pronto, ella se levantó invitándolo a bailar. Supongo que fue su iniciativa. Así que se fueron a la pista. Al terminar la música volvían a la mesa, el señor bebía y brindaba, mientras escuchaban otra melodía. Y a la siguiente interpretación volvían a bailar. Y así pasó el tiempo, casi una hora y media.

    Pero, al rato, la chica del datafono volvía a aparecer. Y en seguida vi a mi Laura tomar de la mano a aquel señor y proceder de nuevo en la rutina de la noche, rumbo a las habitaciones. La cosa debió se apasionada porque tardó más de los treinta minutos en bajar. Quizá había pagado el turno de 45 minutos. Qué se yo. El hecho es que ella tardó casi una hora en aparecer en escena, como siempre, otra vez arreglada, luciendo como si acabara de llegar al lugar. La vi volver a integrarse con las chicas y casi, de inmediato, engancharse con otro “comensal”, como a esa hora empezaba yo a llamar a quienes se emparejaban con mi mujer, pues ya sabía en qué iba a terminar la cosa.

    Esta vez la vi conducir a un muchacho, tal vez de su estatura, de constitución normal, vestido muy informal. A la distancia me pareció muy joven en contraste con mi mujer. Ciertamente, se notaba la diferencia de edades. Ella, muy veterana, y él, muy jovencito, casi imberbe diría yo. Pero, dada la naturaleza del negocio, creo que mi mujer no tenía la posibilidad de escoger, así que, sin remedio, de nuevo, de vuelta a las habitaciones. No la percibía disgustada, ni apremiada por la situación, así que llegué a pensar que ya le había cogido el gustico a aquello. Y, cogidos de la mano, los vi desaparecer. Yo, desprogramado como estaba, esperando tan solo que ella acabara su turno, estuve tentado a subir a las habitaciones con algunas de las muchachas, todas apetecibles, pero me arrepentí.

    Era un sábado muy agitado. ¿Cómo sería entre semana? Imaginaba que más bien con poco movimiento, pero nunca se sabe. Desconocía la forma de operar de aquellos sitios, de modo que no podía emitir juicio alguno al respecto, pero, si todos los días eran como aquel sábado, de seguro les iba muy bien. Mientras miraba aquí y allá, tratando de interpretar qué sucedía en cada situación, volvía a verla bajar. La experiencia, creía, había superado las expectativas más allá de lo imaginado, primero, porque ciertamente se notaba la diferencia entre mi mujer y las otras muchachas, y pudiera pensar uno que a los hombres les gustan las mujeres jóvenes, y, segundo, porque tal vez nunca llegamos a pensar, ni yo ni ella, que fuera a tener tanta acogida y demanda como hasta ahora se había dado.

    Ya casi eran los 2:00 am, así que nos aproximábamos a la hora del cierre del establecimiento. Yo ya estaba dando por sentado que las cosas habían culminado, pero, como dicen en el futbol, los partidos terminan con el pitazo final. Y eso aún no había sucedido. El muchacho que había estado con mi mujer llegó a la barra y se sentó justo a mi lado. Pidió una cerveza y se quedó mirando hacia la pista de baile. Buenas noches, lo saludé. Hola, ¿Qué tal? Me respondió. ¿Cómo van las cosas? Bien, le contesté. Por aquí, pasando un rato. Quedé de enconarme aquí con unos amigos, pero me dejaron plantado. Así que decidí que darme un rato y tomarme unos tragos. ¿Y tú? Vine a darme una vuelta a ver qué había. ¿Vienes seguido por acá? Pregunté. Más o menos, respondió. Entiendo, dije. ¿Y qué te llama la atención de este lugar? Yo vivo cerca y me gusta darme una vuelta por acá, y ver si hay ganado nuevo. ¿Y es que cambian a las muchachas regularmente? No mucho, pero a veces viene uno y hay alguien diferente.

    ¿Y hoy había muchachas diferentes? Sí, dijo, hoy apareció una señora que viste muy elegante. La Señora Magda me comentó que había una mujer nueva que me podría interesar. Yo la vi como buena, aguanta el riesgo, y, siendo la novedad, la pasé por las armas. Entiendo, respondí. ¿Y usted qué hace con veteranas? Pregunté. Lo veo bastante joven. No, que va. Me veo joven, pero yo tengo 26 años. Y la señora esa, ¿qué edad le calcula que pudiera tener? Yo pienso que ya está en sus cuarenta. Entonces, continué, ya es una puta experimentada. No sé, pero sí lo mueve rico, para qué. Pensaría yo que a usted le deberían gustar las jovencitas. Sí, pero hay que probar de todo. Pues, sí. Si hay la oportunidad, ¿por qué no? ¡Así es! Bueno, lo dejo. Y terminando su cerveza, se despidió y retiró del lugar.

    Miré hacia donde se concentraban las muchachas y, sorpresa, otra vez mi mujer guiaba a un hombre rumbo a las habitaciones. Ya la escena se había vuelto familiar. No sé qué trataba de probarse porque ya habíamos tenido experiencias diversas previamente y creía yo que ya, a estas alturas de nuestras vidas, muchas curiosidades sexuales habían sido satisfechas. Sin embargo, lo que sucedía aquella noche daba para pensar que todavía había asuntos pendientes por resolver. El sujeto aquel era como de su estatura, de contextura normal, quizá cuarentón. Nada especial. Un cliente más que caminaba muy animado de la mano de ella, esperando el mejor servicio por parte de mí, para esa hora, putísima esposa.

    Más tarde, a mí parecer, ya prestado su eficiente servicio, ella tuvo la oportunidad de llegar hasta donde me encontraba. Hola, ¿cómo has estado? Me preguntó. La verdad, contesté, ya la monotonía me está aburriendo. Menos mal que ya está próxima la hora del cierre. Y tú, ¿cómo la estás pasando? Bien, me contestó. Ha sido una experiencia interesante. Después te contaré, pero a estas horas el trabajo ya se vuelve un poco pesado. No por los encuentros en sí sino porque ya arrastra uno el cansancio del día anterior y se va perdiendo el ánimo. Los tipos podrían llamarme la atención, pero ya la disposición no es la misma. Yo creo que, por hoy, ya no fue más. Voy a llegar a donde Magda y me voy despidiendo.

    Sin embargo, las cosas no fueron como se esperaba, porque ella la estaba esperando para encargarle un nuevo servicio. Eran las 2:45 am cuando Laura recibió lo que parecía ser su último encargo. Se trataba de un moreno, bastante alto y de contextura atlética, tal vez un boxeador o levantador de pesas. Ella volteó a mirarme, haciéndome señas de que la esperara, mientras subían por las escaleras, desapareciendo de mi vista. Imaginé que se trataría de un rapidín, debido a la hora, pero, mirando el reloj, ella tardó 45 minutos exactos en bajar, despidiéndose de su último cliente. El sitio cerró sus puertas a las 3:00 am, pero, según me dijo el barman, a los clientes que ya estaban en las habitaciones se les respetaba la duración del turno contratado.

    Después de aquello mi esposa se dirigió donde Magda y las muchachas. Charlaron unos minutos, se despidieron y me hizo señas indicándome que nos fuéramos. Por fin, después de varias horas, aquello había terminado. Empecé a caminar hacia la puerta de entrada con la intención de reunirme con mi esposa, y quise despedirme de la Señora Magda. Parece que nos fue muy esta noche ¿verdad? comenté cuando estuve cerca de ella. Sí señor, no nos podemos quejar. Su mujer estuvo muy solicitada y cumplió muy bien con su trabajo. Tráigala de nuevo, cuando quiera, será bienvenida. Muchas gracias, le respondí, nos mantendremos en contacto a ver cómo negociamos. A ella le va bien, comentó, ya se pudo dar cuenta. Y, aunque habíamos quedado en otra cosa, yo la compensé por su trabajo. Hasta pronto… Hasta luego Señora Magda, respondí.

    Salimos de allí, llegamos hasta nuestro vehículo y emprendimos el regreso hasta nuestro hogar. Al principio hubo silencio entre los dos, pero unos minutos más tarde mi esposa entabló conversación. Bueno, dijo, ya sé que esto no me queda grande. ¿A que viene el comentario? Pregunté. Porque tenía mis dudas si podría estar con más de un hombre en una sola jornada, pero, de verdad, todas las parejas me entusiasmaron y disfruté cada encuentro. No sé si por ser una experiencia diferente, o porque era algo que tal vez hace tiempo quería probar, cada encargo me entusiasmaba. Creo que también tuvo que ver con sentir que me sentía especial por ser escogida, habiendo tantas otras niñas, más jóvenes, más bellas y más expertas en el oficio.

    Yo, la verdad, me comporté tal como me sentía. A cada uno de ellos me le entregué con mucha confianza y dedicación, tratando de que se sintieran bien y de sentirme bien y disfrutar al máximo la experiencia. Al fin y al cabo, se trataba de satisfacer un capricho más, que nosotros mismos habíamos elegido. Sabíamos en que nos habíamos metido. Era algo que se hacía por gusto y no por obligación, así que me sentía muy segura y tranquila con cada uno de ellos. Me sentía muy halagada cuando esos hombres me preferían y procuraba que se sintieran a gusto conmigo. Todos me excitaron y con todos disfruté el encuentro. No tengo queja, tal vez porque lo hacía por propia voluntad.

    Bueno, pregunté, ¿y qué pasó en aquel primer encuentro? ¿Por qué dijiste que aquel hombre era confiable? Porque yo lo conocía, dijo. ¿Cómo así? repliqué. Ese es David, el profesor de la Universidad Nacional con el que me involucré hace unos años, ¿recuerdas? Yo no me acuerdo. ¿Cuándo fue eso? Tú andabas en confiancitas con tus amigas del trabajo, lo cual me había disgustado. Habíamos discutido, estaba vulnerable y, sintiéndome despreciada, resulté conociendo a David mientras hacíamos fila para pagar servicios en un banco. Nos caímos bien. Volvimos a vernos varias veces. El interés inicial terminó convirtiéndose en otra cosa y ya no me gustó. Para completar, en aquella época, a él lo trasladaron y me propuso que me fuera con él. Y desde entonces no nos veíamos.

    Yo no había reparado en él. Está un poco cambiado y vestido de manera diferente. Fue él quien me reconoció. Al principio sentí un poco de vergüenza y me ruboricé, así que bebí a la par de él para desinhibirme un poco. Te habrás dado cuenta que bailamos, conversamos y demás, recordando lo que había sucedido en el pasado. Y luego, como podrás imaginar, me propuso terminar lo que había quedado inconcluso. Y yo, haciendo el papel de la prostituta, ¿qué iba a responder? Al fin y al cabo, es un cliente. Eso fue todo. Y claro, habiendo quedado esa deuda pendiente, las cosas se dieron más fácil. Creo entender que, en aquella ocasión, él te propuso tener sexo y tú no aceptaste. Así fue, contestó. Pero ahora, en este papel, no había excusa.

    ¿Y no te reprochó que estuvieras en estas? No. Le conté la verdad y el por qué estaba allí. Por eso accedió a que estuvieras presente. Creo que, de alguna manera, trató de humillarte. No sé. En ese tiempo el tipo me despertaba el deseo, y varias veces me insistió que te dejara, pero, aunque el tipo me gustaba, tenía miedo y me restringía de hacer muchas cosas. Ahora es diferente, no le pongo tanto misterio al asunto. Así que la curiosidad fue comprobar cómo me sentiría con él debido a ese pasado. Y estuvo bien. Quedó de llamarme. Vamos a ver si lo hace más adelante. Bueno, ¿y qué pasó con los demás?

    El otro hombre era un tipo algo regordete, de pelo rizado, desarreglado. El tipo, no más entró a la habitación, me pidió que le permitiera desnudarme. Le informé que no estaba permitido que me tocara. Me ofreció $ 50.000,oo si lo dejaba hacerlo. Le pregunté qué tenía en mente y me dijo que solo quería acariciarme y sentir la textura de mi piel. Estuve de acuerdo. Así que me desnudó, dejándome tan solo vestida con los zapatos, y me acarició hasta donde más no pudo. Y después me pidió que me colocara en posición de perrito y me penetró. Su miembro era bastante grueso y sentí muy apretada su penetración. Me decía, ¡muévete duro perra! ¡Gánate la plata! Y eso no me disgustó. Fue una sensación extraña, diferente, me excitó y me hizo venir.

    El otro cliente era un oficinista. Había discutido con su novia y estaba como dispuesto a vengarse de ella, pero yo pienso que descargó toda su energía y ofuscación conmigo, porque, sin decir palabra, yo sólo me quité los pantis mientras él se desnudaba, y me acosté en la cama, esperándolo. Y el tipo, sin dudarlo, se montó encima de mí, me penetró y empezó a follarme muy brusco. Pero, contrario a lo que me esperaba, esa manera de hacerlo me excitó, me gustó y se lo dije, así que el hombre le dio y le dio hasta que ambos nos vinimos. No sé. Fue especial. La verdad, pienso, yo estaba encantada con la posibilidad de tener a varios hombres a mi disposición. Creo que era eso.

    El otro fue un negrito chocoano. Y ya tu sabes que esos tipos me derriten. Con ese sí fui especial. Le hice sexo oral y me excité sobre manera. Su miembro estaba durísimo y grande, y yo toda húmeda. Ese muchacho me penetró como quiso, en posición de misionero, de lado, de perrito y me cargo, manteniéndome ensartada. Fue espectacular. Ni para qué te digo cómo la pasé. A él le conté que andaba de aventura contigo y que me gustaría que tú nos pudieras acompañar. Me dijo que quizá en otra ocasión, pero que ahora mismo quería disfrutarme de manera exclusiva. Le dije que no había problema y que esperaba que ojalá la pasara bien.

    El otro fue un señor casado, ya mayorcito, que me cogió de paño de lágrimas a contarme sus dichas y sus tristezas. Se había separado de su esposa. Discutían por el manejo de dinero. Cada uno quería mantener el control sobre el otro y se faltaron al respeto. El tipo estaba arrepentido, me pidió consejo y conversamos mucho tiempo, me pareció. Y llegué a pensar que con él la cosa no iba a pasar de ahí, pero no paso mucho tiempo hasta el momento en que me dijo que quería subir conmigo a la habitación. Y ya estando allá, el tipo muy respetuoso, esperó que yo me acomodara en la cama, se montó encima de mí, me penetró, eyaculó y ya. La cosa fue más bien rápida. Nos despedimos y cada uno por su lado.

    Estaba recién saliendo de la habitación, cuando Magda, con otro señor, me esperaba en el corredor. Es un cliente habitual, Laura, por favor, trátalo con cariño, me dijo. Ahí los dejo. ¡Claro! Si señora, le contesté. Saludé al señor y le pregunté por qué se había decidido por mí. Me dijo que era cliente habitual y que Magda le había dicho que había una señora nueva, que tal vez podría interesarme. Así que la acompañé y, cuando te vi, me pareció bien. Y ese caballero, igual que el anterior, no hizo demanda alguna. Simplemente me desnudé, me recosté en la cama, abrí mis piernas y ahí llegó. Muy blancuzco para mi gusto. Su verga era larga. La cosa estuvo bien también. Nada del otro mundo, pero rico.

    El otro fue un muchachito. Muy enérgico, eso sí. Yo creo que me quiso impresionar o tal vez se atrevió a hacer cosas que no hace regularmente con sus parejas. No lo sé. Primero me pidió que le hiciera un strip-tease, luego que le practicara sexo oral y luego que me dejara penetrarme mientras yo permanecía de pie. Y así lo hizo. Me coloqué de pie al borde de la cama, me incliné para apoyar los brazos en el colchón y así, en esta posición, me culeó hasta que se vino. Se movía muy rápido, con muchas variaciones en sus movimientos y, quien lo creyera, me puso a gemir.

    El otro señor me sorprendió por que era muy velludo. Parecía un oso. Trataba de ser muy simpático y alegre. Quería agradar y ser aceptado. Me dijo que quería hacerme el sexo oral. Le manifesté que aquello estaba prohibido. Pero insistió tanto que acepté que lo hiciera. Amor, el tipo maneja su lengua con una habilidad muy especial, tanto, que me hizo venir tan solo con sexo oral. Que ricura de caricias con su lengua. La sabe manejar. Dijo que aquello era su debilidad. Que le gustaba probar los jugos de las hembras. Y, para rematar, al igual que otros, terminó su faena penetrándome en posición de misionero. Su miembro no era muy grande, pero el contacto de su cuerpo velludo con el mío me puso a mil. Fue rico.

    El turno no pudo terminar mejor, porque el último cliente fue un señor muy esbelto. Tenía un cuerpo trabajado, con músculos firmes y una piel muy atractiva. Ese mulato, como todos ellos, tenía un miembro grande. ¡Que maravilla! Se sentó en la cama y me pidió que lo montara. Coloqué mis rodillas a lado y lado de sus piernas y me moví sobre él cuanto pude. Su miembro entró bien profundo dentro de mí y me lo gocé hasta que me vine. Y después, colocándome boca abajo sobre la cama, me penetró desde atrás hasta que eyaculó. Tocar ese cuerpo me excitaba muchísimo. La noche acabó bien.

    Bueno ¿y qué fue lo que más te gustó? Todo. Fueron nueve, pero habría disfrutado de más hombres si se hubiera dado la oportunidad. Ver esos machos, esos cuerpos y esas vergas, disponibles para mí, me mantuvieron excitada toda la noche. Esto, para nada fue un sacrificio, sino un gustazo enorme. Sé, con seguridad, que quizá entraría en la monotonía si esto se volviera habitual, pero tratándose de una aventura de una noche, estuvo genial. ¿Y cómo te sentiste? Pregunté. Como toda una puta, sin vergüenza, dispuesta a todo con tal de disfrutar de todos los machos a mi alcance.

    Magda me dijo que te trajera cuando quisiera, que serías bienvenida. Y que te había bonificado por tu trabajo. Pudiera ser, ¿por qué no? Si a uno le gusta lo que hace, las cosas funcionan a placer. Y sí, me bonificó. Me dio ochocientos mil pesos. Nada mal para seis horas de trabajo. Es un dinero ganado con el sudor de mi sexo, sentenció. Ahora sé, por lo menos, que, en caso de necesidad, esa pudiera ser un oficio que podría tolerar. No con cualquiera, claro está. Este es un sitio exclusivo y la clase de gente con la que estuve se vio de buen nivel educativo y económico. Es una plata bien ganada.

    Nunca pensé que mi adorada esposa tuviera esos alcances. Se había presentado como toda una dama, elegantemente vestida, dispuesta a desfogar todo su deseo y gozar de los machos que estuvieron a su alcance. Yo creo que lo del documental fue tan solo una excusa para atreverse a experimentar algo que ya había imaginado y previsto de tiempo atrás. Y cumpliendo la consigna que se había propuesto, en la noche de hoy fue toda una señora puta…

  • Año nuevo en casa de mi cuñada

    Año nuevo en casa de mi cuñada

    Eran las 9 de la noche el 31 de diciembre de 2019, recibí una llamada de mi esposa para decirme que pasaríamos año nuevo con su familia en casa de su hermana, me llamo Roberto, mido 1.80 cm. Piel morena y robusto, 26 años, mi esposa se llama clara mide 1.70 cm. Es de piel morena tiene 22 años y tiene unas nalgas que cualquier hombre quisiera tener, al llegar a casa de mi cuñada solo estábamos nosotros dos mi cuñada, su esposo y sus tres hijos, mi cuñada se llama melisa tiene 32 años piel blanca mide 1.60 cm. Y aunque no se parece en nada a mi esposa tiene unas tetas que no puedo dejar de mirar y ella lo ha notado en muchas ocasiones, a pesar de su edad tiene un trasero más firme y redondo que el de mi esposa y desde que la conozco quiero cogérmela.

    La noche paso con tranquilidad todos vestidos con sus mejores ropas, mi cuñada llevaba un pantalón negro que hacía que su trasero se levantara y una blusa blanca con la que se transparentaba su brasier y sus grandes senos, cuando los niños se fueron a dormir empezamos a tomar primero cerveza y después vodka, el esposo de mi cuñada es 10 años mas grande que ella (42 años), por los tragos que tomamos pronto nos dio sueño, mi cuñada y su esposo se fueron a dormir y yo me quede en la sala un rato más con mi esposa.

    M: bueno mana ya me voy a dormir

    C: si manis descansa, nosotros nos quedamos un rato a recoger

    M: vale no tarden en subir

    R: descansa cuñada

    M: si hasta mañana

    Cuando mi cuñada se fue tome a mi esposa por detrás y comencé a besarla ella e resistió un poco pero al tocar sus pechos no pudo decir que no, metí la mano bajo su blusa y note que tenía los pezones duros, tal vez por la bebida pero estaba realmente excitada, baje mi mano hacia su falda y pude sentir que tenía su ropa interior completamente mojada, como no queríamos ser descubiertos decidimos hacerlo rápido, mi esposa me besaba mientras sacaba mi pene que estaba a mil, pues estar en casa de mi cuñada y ser sorprendidos nos llenaba de excitación, saco mi pene que mide un poco más de 20 cm pero es tan grueso como dos pulgares juntos, ella se puso de rodillas y lo metió en su boca y empezó a chuparlo, a ella no le gusta hacerlo aunque puedo decir que es una experta,: yo solo me limite a contener mis gemidos, de pronto escuchamos un ruido y pensamos que bajarían y nos encontrarían en cualquier momento pero no bajo nadie, así que después de chupármelo por unos minutos me dijo:

    C: rápido mételo antes de que mi hermana baje

    Al momento que me daba la espalda, metí lentamente mi verga en su interior y a pesar de que a mi esposa le encanta no puedo meter toda mi verga dentro de ella, la tome del cabello y empecé empujar primero lento con gemidos silenciosos, solo escuchaba sus gemidos ahogados «aahh» tome sus pechos para pellizcar sus pezones, después de unos minutos me corrí dentro de ella a lo que soltó un gemido que creí nos delataría pero no paso nada, mi esposa se fue hacia la cocina y yo hacia el baño que está bajo la escalera, mi sorpresa fue grande cuando vi a mi cuñada viéndonos desde la escalera, estaba con su playera blanca pero sin brasier podía ver claramente sus pezones rosas que estaban tan duros que se le marcaban, a pesar de parecer una señora de casa me sorprendió ver que tenía una tanga roja que apenas cubría su vagina que se notaba estaba completamente empapada. Entre al baño como si no la hubiera visto y ella subió a su cuarto deseando que no la hubiera visto, pero justo en el momento que subió pude ver su trasero firme y redondo tan blanco como la leche, mi esposa me alcanzo en las escaleras y subimos.

    C: vamos ya es hora de dormir, estoy agotada

    R: si ahora te alcanzo

    Le di un beso y pasé junto a la habitación de mi cuñada y pude escuchar algo que llamo mi atención

    M -cógeme hace mucho que no lo hacemos

    S- estoy muy cansado, ¿podemos hacerlo mañana?

    M- mira como estoy de mojada…

    Después de eso no pude escuchar nada así que subí, después de una hora tuve que bajar al baño que esta junto al cuarto de mi cuñada, al salir del baño escuche algo que venía de la cocina, baje pues pensé que sería algún gato que se metió, pero vi a mi cuñada con una cerveza en la mano y una bata ligera que hacía parecer que estaba desnuda.

    R- si ibas a tomar me hubieras dicho

    M- no fue planeado, ¿quieres una?

    R: claro, pero solo una, clara me espera arriba

    Me dio una cerveza y pude verla de pies a cabeza lo que causo que mi pene se empezara a poner dura, después de una plática muy trivial me dijo.

    M- recuerdo cuando mi marido y yo éramos así

    R: ¿a que te refieres?: pregunte un poco dudoso

    M: como ustedes… Que tienen sexo donde sea: me sorprendió un poco que lo dijera pues yo sabía que ella nos había visto

    R: pensé que nadie se había dado cuenta

    Se notaba que ella estaba algo borracha por como hablaba, se acercó hasta donde me encontraba y me dijo.

    M- sabes solo he tenido sexo con mi esposo: la declaración me tomo por sorpresa: ¿con cuantas mujeres has estado?: su pregunta me sorprendió de igual manera así que conteste nervioso «6»

    M: bueno pues el 7 es un numero de suerte

    R: ¿y tú quieres ser la séptima?

    M: no… Pero me gustaría verlo… Quiero saber si es tan grande como mi hermana dice

    R: ¿platicas de esto con ella?

    M- desde el primer día, no dejaba de decirme que no podía aguantar toda tu verga, pero solo pude ver un poco hace rato

    R: si quieres verla tendrás que sacarla por tu cuenta

    Mi cuñada se acercó y quito mi cinturón, un poco torpe por lo borracha que estaba, bajo mi pantalón junto con mi bóxer y pude notar su mirada al ver mi verga frente a ella como sus pezones se ponían duros, puso su mano en mi verga y empezó a masturbarme, se puso de rodillas para verla mejor, yo la veía era mi cuñada la cual siempre quise follarme estaba con mi verga en la mano con cara de incredulidad, quería que me la chupara, pero no sabía cómo pedírselo, sin decirle nada abrió su boca y empezó chuparla, me dio la impresión de que a su marido no le gustaba porque no tenía nada de experiencia.

    R: ¿creo que no solo querías verla verdad?: saco mi pene de su boca la cual se encontraba llena de saliva, la trago y se levanto

    M: esto está mal es un error

    R: pero no puedes dejarme así

    M: pero esto está mal eres el marido de mi hermana

    R: bueno eso no te importo hace un momento

    M: está bien pero no le diremos a nadie y solo te la chupare un poco si no te corres no será mi problema

    R: está bien pero no podemos ensuciar así que tendré que correrme en tu boca

    M: eso nunca lo he hecho

    R: tampoco chupársela a tu cuñado y mírate ahora

    Sin decir más, me senté en el sillón y ella se puso enfrente de mí, se puso de rodillas y se metió mi verga hasta donde su pequeña boca pudo soportar, baje mi mano y empecé a tocar sus senos, ella se sorprendió pero no dijo nada y continúo chupando mi verga, era claro que con solo una mamada no podría correrme así que baje un poco más mi mano y toque su vagina, ella brinco y sentí un chorro en mi mano, al parecer se corrió por el escalofrió que tubo y de no ser por tener mi verga en su boca su gemido despertaría a todos, «no me toques ahí» solo dijo eso cuando mi dedo entro por completo en su vagina, la levante y le dije «¿quieres que lo meta?» solo negó con la cabeza pero no dijo nada, era claro que quería tenerla dentro de ella pero no quería decirlo, la tome de la cintura y la puse de espaldas, puse mi verga a la entrada de su vagina, hice a un lado su tanga y la metí poco a poco, sentía una presión increíble, si no fuera porque conozco a sus hijos pensaría que es virgen, podía sentir como se mojaba un más lo cual hizo que mi verga entrara por completo lo cual me sorprendió pues ella es más pequeña que mi esposa, «no te muevas» me dijo ella mientras sentía como apretaba mi verga, al poco tiempo empezó a moverse, yo podía ver su espalda y su trasero, yo no lo podía creer que tenía mi verga dentro de mi cuñada y ella contenía sus gemidos para que nadie los escuchara, en ocasiones empujaba mi verga para que ella gimiera «mmm» a lo que ella me miraba con esa cara de mama cuando uno de sus hijos hace algo, después de estarme montando un rato me dijo «cómo es posible mi esposo se hubiera corrido hace media hora estoy cansada» me levante sin sacarle la verga y la cargue, camine y la puse frente al espejo para que ella pudiera ver cómo le entraba mi verga, yo tenía sus piernas en mis manos y empecé a cogerla de una manera que no pudo contener sus gemidos, «eres un cabron… Ahhh… Ay que rico no te detengas» la baje y puso sus manos en el espejo yo tome su cadera y empecé a moverme más rápido «melisa estoy por correrme» «no… Lo… Ahh… Hagas…» no pudo terminar de decirme cuando empecé a vaciarme dentro de ella, ella apretó más su vagina y sentí como sus piernas temblaban «ahh que rico… Eres un cabron, te dije que adentro no » su grito fue tan fuerte que se la parte de arriba se escuchó una voz que decía «mama?» yo no quería sacar mi verga hasta soltar toda mi leche dentro de ella, pero la saco y mi semen empezó a salirse de su vagina resbalando por sus piernas y empapando su tanga, subió por las escaleras y yo subí detrás de ella, estaba en la puerta de su hijo, le dio las buenas noches y cerró la puerta, me miro y me dijo «esto no lo tiene que saber nadie» yo la tome de la cintura y la bese ella correspondió el beso «nadie va saberlo» tome su trasero en mis manos y entro a su habitación, yo subí a la mía, mire a mi esposa dormida y me acosté junto a ella.

    En la mañana cuando vi a mi cuñada noté que tenía la misma ropa con la que follamos en la noche y sabía que tenía su vagina llena de mi semen, me sonrió al verme y nos dijo que fuéramos a desayunar.

    Días después volví a tener sexo con mi cuñada, pero esa es otra historia.