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  • La chilena y su primer orgasmo anal

    La chilena y su primer orgasmo anal

    Gabriel Boric acababa de ganar las elecciones electorales en Chile. La comunidad Chilena había salido por las calles de Madrid y festejaban la victoria. 

    El bomboncito caminaba con su teléfono móvil en la mano escribiendo algo. La vi venir hacia mí e hice que yo también estaba escribiendo en mi teléfono móvil para chocar con ella. Chocamos y le cayó el móvil en la acera. Se agachó, lo cogió, luego levantó la cabeza y con cara de pocos amigos me dijo:

    -¡A ver si miramos por donde caminamos!

    Su voz era aniñada y por su acento intuí que era chilena.

    -Eso mismo digo.

    -¡Apártate!

    -Con esa voz no intimidas a nadie.

    El bomboncito estaba en plan altivo.

    -No trataba de intimidarte, si eso quisiera hacer me comportaría de otra manera. Tengo voz de niña chica, pero tengo muy mala baba. Tienes suerte de que estoy contenta porque ganó la izquierda en mi país y que no se me rompió el celular que sino…

    -Si se hubiera roto te compraría otro.

    -¡No sería lo mismo! ¿¡Quieres dejarme pasar, viejo!?

    -Por supuesto, pero dime. ¿Sabes de algún restaurante para cenar?

    -Calle arriba hay uno, es caro, pero se come bien, o eso dicen.

    Caminando a su lado calle arriba, le dije:

    -Mil dólares.

    -¿Qué quieres decir con mil dólares?

    -Que te apuesto mil dólares a que a Chile dentro de cuatro años no lo conoce ni la madre que lo parió.

    La chilena, que no era muy alta y que era guapa, delgada, de ojos oscuros, cabello negro y labios gruesos, que tenía tetas medianas y culo pequeño, me preguntó:

    -¿En el buen sentido?

    -En el malo, va a ser otra Venezuela, otra Cuba, otra…

    -Se ve que eres de derechas y me atrevería a decir que simpatizante de VOX.

    -Soy simpatizante del sentido común. En Chile hoy en día hay muy buenos sueldos, y eso se debe, entre otras cosas, a la inversión extranjera. Con el nuevo gobierno va a empezar a salir el dinero del país. Subirán los impuestos… Y el resto es fácil de imaginar, en nada acaba cómo España con los socialistas y comunistas y después cómo los países que te cité.

    -También puede ocurrir lo contrario.

    -Es muy raro que nieve en verano, pero se tiene dado algún caso.

    Me señaló el restaurante.

    -Ese es.

    -Te invito a cenar.

    Se puso altiva y recelosa.

    -No te conozco de nada.

    -Me llamo José, soy español y soy gallego. ¿Y tú?

    Mientras se iba me dijo:

    -No me llamo José y no soy española ni gallega.

    -Eso ya lo sabía.

    -Pues más no vas a saber.

    Viendo que nada podía conseguir entregué el equipo.

    -Vale, vale. Ni que te hubiera invitado a la habitación de mi hotel.

    Se detuvo, giró la cabeza y dijo:

    -Ganas no te faltarían.

    Tenía que ser franco.

    -La verdad es que no, pero tengo edad suficiente para saber que no se hizo la miel para la boca del asno.

    -Eso que has dicho me gustó. Te va a salir cara la cena.

    -Nunca será caro cenar con una belleza cómo tú

    Se ruborizó, cosa que no esperaba de una muchacha aparentemente tan seria.

    -Si no me hablas de política ceno contigo.

    -Hablaremos de lo que tú quieras.

    Cenando hablamos de lo que ella quiso. Así me enteré de que acababa de llegar a Madrid, que estaba haciendo un master…, y de otras cosas que no vienen al caso.

    Al acabar de cenar. Tomado café, me dijo:

    -Me cuesta dormir. No debía tomar café a estas horas.

    -Yo tengo un remedio para el insomnio

    -¿Cuál es?

    -Sexo, mucho sexo.

    -A tu edad no creo que des para mucho sexo.

    -Cuatro horas con una pastilla de viagra y una sin ella, para eso doy.

    Se me quedó mirando cómo si estuviera mirando para un Alien.

    -¡¿Cuatro horas?!

    -Bueno, cinco minutos más o menos no creo que cuenten.

    Me sorprendió de nuevo al preguntar:

    -¿Llevas viagra encima?

    -Siempre. Nunca se sabe donde puede salta la liebre y a mi edad hay que aprovechar las oportunidades.

    Se me ofreció.

    -Yo llevo más de tres años sin coger con un hombre.

    -Será porque no has querido coger. Mi hotel queda a diez minutos de aquí…

    Seguía el bullicio por las calles cuando salimos del restaurante… Al rato entramos en la habitación del hotel. Le pregunté:

    -¿Quieres tomar algo?

    -Antes de nada quiero darme una ducha.

    Le señalé una puerta.

    -Ese es el cuarto de baño.

    Cuando salió del cuarto de baño venía cubierta solamente con una toalla azul. Yo me había quitado la chaqueta y la corbata de mi traje gris con rayas negras y me había abierto tres botones de la camisa. Le ofrecí un vaso de rioja tinto, lo cogió, mojó los labios con él, lo posó sobre la mesita de noche y me dijo:

    -Quiero que me enseñes todo lo que te gusta que te haga una mujer.

    -Antes te voy a hacer yo cosas que me gusta hacerle a una mujer.

    Me acerqué a ella, le quité la toalla y la besé con lengua. La besé dulcemente, saboreando cada gota de su saliva. Luego la eché sobre la cama. Quité los zapatos, la camisa y los pantalones y me puse a su lado. Con mi mano derecha cogí su teta izquierda y la amasé. Comenzó a salir leche de su pezón. Me sorprendí tanto como me alegré, pero no hice preguntas. Mi lengua lamía sus pezones y llenaba de leche sus pequeñas areolas marrones, leche que me tragaba. Las yemas de los dedos de la mano derecha masturbaban su clítoris moviendo el capuchón de delante hacia atrás y de atrás hacia delante. Luego le trabajé la otra teta. La chilena apretaba mi dura polla. Después de darle un repaso a las tetas que le dejo los pezones duros cómo piedras fui a por su coño. Mi lengua continuó con lo que estaban haciendo los dedos, con la novedad de que movía el capuchón apretando la parte de arriba. Luego lamí el clítoris erecto, muy, muy suavemente, primero de abajo a arriba, después hacia los lados y para finalizar alrededor, y digo al finalizar porque la chilena jadeando cómo una perrita y temblando una cosa mala. Se corrió. Sus gemidos eran tan dulces que a oírlos mi polla no paraba de soltar aguadilla.

    Al acabar de correrse le metí dos dedos dentro del coño, le busqué el punto G y la masturbé al tiempo que lamia su clítoris. Masturbé y lamí hasta que me dio el segundo orgasmo, un orgasmo que le vino aún con más fuerza que el primero. No iba a dejar la cosa ahí, después de recuperar la chilena el ritmo normal de la respiración, le dije:

    -Ponte a cuatro patas.

    Se puso, le eché las manos a las tetas. Mis palmas se humedecieron con la leche y me iban a dar un gustazo al masajearlas cuando lamí desde su coño hasta su ojete, al llegar a él, le metí y saque la lengua varias veces, luego bajé al coño, se la metí y saque otras tantas veces y volví a lamer hasta el ojete… Estuve lamiendo y follando su culo un rato largo. Mi polla estaba tan empapada cómo su coño. Quité el calzoncillo, le abrí las piernas, le levanté el culo y se la clavé hasta el fondo del coño. Lo de que llevaba años sin follar era cierto, ya que mi polla entró más apretada de lo que había entrado en algunos culos de mujer. La follé a romper. Le di duro, pero duro de verdad… Se corrió de nuevo. Al acabar se la froté en el ojete, pero cuando se la quise meter dentro del culo no entraba Aquel culo era virgen. Se la volví a meter en el coño y la volví a follar como si no hubiera mañana. Le di mazo hasta que me corrí dentro de ella. Viendo mi cara de placer, me dijo:

    -Me gusta ver cómo acabas.

    Luego de llenarle el coño de leche y sujetando sus nalgas, se lo comí mientras mi leche y sus jugos salían de él. Al rato, con su dulce voz, me dijo:

    -¡Acabo!

    Se corrió cómo un pajarito.

    Cuando acabó me levanté de la cama y fui a echar un vino. Le pregunté. ¿Te llevo tu vaso?

    -No me apetece beber. Me apetece follarte. Cuando vuelvas quiero que me digas que quieres que te haga.

    Volví a la cama, me puse boca arriba y le dije:

    -Hazme una mamada.

    La chilena cogió la polla con una mano. Lamió y chupó mis huevos, lamió y chupó la polla desde la base a frenillo, desde el frenillo hasta la base, volvió a lamer y a chupar los huevos y luego me masturbó y me la mamó.

    -Dame las tetas a mamar.

    Cogió la teta derecha y me puso el pezón en los labios. Apretó la teta y un chorrito de leche cayó en mi boca, la tragué y después se la mamé… Luego me dio la otra y me harté de leche. Con mi polla latiendo, le dije:

    -Sube y fóllame sin compasión hasta que te llene el coño de leche.

    Después de clavar mi polla en su coño se desbocó. Su culo se movía de atrás hacia delante a la velocidad de la luz, y le debió dar corriente, pues de repente paró de darle al culo, se derrumbó sobre mí y se corrió cómo una loba. Sintiendo su coño apretar y soltar mi polla, la leche de sus tetas mojar mi pecho y oyendo sus gemidos, le llené el coño de leche.

    Al acabar de correrse me besó y me preguntó:

    -¿Qué más quieres que te haga?

    -Que frotes la polla en tu ojete, que la metas en el culo y que me rompas la polla.

    Sonriendo, me dijo:

    -¡Mira que te rompo la polla!

    -¿No romperás el culo?

    -Eso es lo malo. ¿Un vino?

    -O dos.

    Tomándonos un vio me preguntó:

    -¿Si te dejara desvirgarme el culo lo harías con mucho cuidado?

    -Con tanto cuidado que te correrías.

    De vuelta en cama, echado a su lado, mojé mi dedo medio con los jugos de su coño y después hice círculos sobre el ojete con la yema mientras le comía la boca. Me olvidé de sus tetas. Quería que sintiera solamente el placer que le proporcionaba la yema de mi dedo, yema que cómo una noria giraba y giraba sobre el ojete. Su coño se mojaba más y más. Los jugos al salir de la vaina y bajar por el periné acababan mojando la yema de mi dedo. Le introduje la punta del dedo, luego metiéndolo y sacándolo le follé el culo. Al rato saqué el dedo y volví a hacer círculos sobre el ojete, pero esta vez apretando el dedo sobre él. Su ojete se abrió y se cerró a toda hostia. Me chupó la lengua con fuerza, y chupándola se corrió a lo grande. La chilena había tenido su primer orgasmo anal.

    Después no me dejó desvirgarle el culo con la polla. Lo que le follé fue el coño… La chilena se corrió tantas veces que perdí la cuenta de las que fueron.

    Quique

  • Por encontrarnos

    Por encontrarnos

    Puede ser que te vuelva a cruzar o no, pero sé que voy a quedar en tu memoria y que cada tanto, vas a recurrir a tu imaginación con tal de recordarme o intentar disfrutarme otra vez.

    ¿Por qué?

    Porque voy a acercarme a vos, voy a besar tu cuello, tus hombros, con mis manos voy a rozar tus costillas por debajo de la remera y suavemente voy a besarte.

    Noto que logro erizar tu piel y que arqueas tu espalda, pidiéndome más, siempre vas a querer más.

    Con un leve tono de amenaza en tu voz vas a decirme que sentís cosas, que te estoy tentando, como si no pudiese afrontar ese desafío.

    Pero reconoces que sí porque sentís calor y algunas partes de tu cuerpo empiezan a despertarse.

    Yo reconozco que es el mismo calor que se siente cuando dos cuerpos se juntan y se pegan al otro, cuando las pieles se rozan y no se quieren separar. El mismo calor que siento yo cuando me tomas por los brazos, me giras y me sentas en la mesa para así besar fácilmente mis pechos.

    Te traslado a algún lugar, a algún momento, pero es el calor de mi mano agarrándote fuerte para estar muy cerca el que sentís ahora.

    Besas mi cuello y con los ojos cerrados me estiro de placer. Siento el aroma de tu perfume que me invade y me acerco a vos nuevamente para sentir como tus latidos se aceleran y como se agita tu respiración al mismo tiempo que la mía.

    Sé que deseas empezar por mi cuello con tus besos e ir bajando por mi cuerpo, que mis uñas quieran arrancarte la piel por puro placer para seguir bajando hasta pedirte que te detengas y te quedes en mi sexo.

    Voy a dejar marcas en tu espalda, en tus brazos para que sientas a través de mis uñas el éxtasis que poco a poco me provocas.

    Adoro verte disfrutar de mi cuerpo como yo disfruto del tuyo, exigirte que no pares, aunque sé que no vas a hacerlo porque es parte de tu deseo besar mi cuerpo entero, de arriba a abajo, de afuera hacia mis rincones más profundos. Empezar lentamente hasta comprobar la humedad de mi cuerpo y sentir mi respiración agitada.

    Ahí es cuando logras que te pida que continúes, voy a pedirte más, voy a traerte hacía mi y voy a gemir entre respiraciones.

    Cuando este por llegar a mi punto de explosión me vas a dejar para separarte de mí y mirarme completamente hasta cruzar mi mirada con la tuya para que con ella te de el permiso que estás buscando, el permiso de penetrarme y entonces voy a seguir tu juego, rogándote con mis ojos que lo hagas, que me hagas tuya.

    En ese momento voy a encontrar mi venganza para gemir en tu oído, clavar mis uñas por toda tu piel y elevar tu excitación al máximo.

    Ya me di cuenta de cuanto te gusta que te mire cuando penetras mi cuerpo, porque deseas que me entregué a vos, que libere mi mente, mi cuerpo y te permita dominarme por un rato.

    Me entrego a vos.

    Te cedo el dominio de mis movimientos, de mis pensamientos. Mi mirada se encuentra con la tuya sin separarse ni por un segundo. Mi respiración se agita aún más, mis latidos se aceleran en niveles incontables. Mi piel se eriza y una electricidad recorre todo mi cuerpo.

    Vas a girarme para sentir mi espalda contra tu pecho y recargar mis pechos sobre la mesa, aunque conseguís la ventaja para atarlas y que no pueda frenarte.

    Volves a penetrarme y me agarras fuerte, como si quisiera escaparme, pero solo muerdo mis labios de placer.

    Sentir el frio de la mesa en mi pecho aplaca el calor de mi cuerpo, que ates mis manos y controles mi placer a tu gusto me vuelve a encender. Mis gemidos se escapan de mis labios al ritmo de tus penetraciones.

    No puedo contenerlos.

    Quedamos marcados por el placer, por el éxtasis.

    Me pedís que siga hasta el final, que no te deje así, sé que vas a dejarte llevar con cada uno de mis besos, de mis caricias y cuando estés por llegar a ese orgasmo voy a gemir con más intensidad.

    Te cuesta controlar tus ganas de saber que provocas en mí y querés sentir la humedad que generan nuestros cuerpos uniéndose como uno y entregándose al placer.

    Te hago esperar.

    Finalmente te cuento al oído que me provocas deseo y ganas.

    Muchas ganas.

    También te cuento que perdí la cuenta de cuantas veces mordí mis labios y arquee la espalda.

    Y que me entrego a vos, al placer y a tu cuerpo.

    Estas a punto de llegar, lo siento, lo noto. Expresas con todo tu cuerpo las ganas, esas mismas ganas que aparecieron en vos solo al verme, esas ganas por arrancarme la ropa, verme desnuda y apreciar todo mi cuerpo.

    Las ganas que nacen solo para saciarlas y volver a comenzar. Después de todo, este es mi juego, porque aun cuando crees tener el control te dejas llevar por mi, en este momento soy quien domina tus placeres y deseos.

    Sos completamente mío al entregarme tu cuerpo, tu mente y al librarte de todos tus deseos para complacer los míos. Me entregas hasta tus fantasías mas arraigadas, aquellas que solo te pertenecían.

    Mientras me encuentro con mi éxtasis, llegando a mi orgasmo me juras que hace tiempo no te sentías así, que no conocías lo que te provoco y ahí ya descubrí que no vas a poder dejarme ir.

    Es tu cuerpo el que no puede esconder y el que me cuenta que solo yo puedo provocarte esto y entonces, busco que llegues al oasis de tu paraíso.

    Voy a asegurarme de quedar grabada en tu piel y en tu mente, voy a lograr que tu cuerpo reaccione incluso a mi recuerdo.

    ¿Por qué?

    Porque está en mí y vas a querer sentirlo otra vez.

  • Ángel y demonio (Parte 2)

    Ángel y demonio (Parte 2)

    Ángel y demonio (siguiente día).

    Martha estaba completamente segura haber tenido sexo con su vecino, no encontraba como abordar el asunto, había quedado complacida y con ganas de más, pero no encontraba como abordar el tema con el vecino de abajo, con quien al parecer no se animaba a tocar ese tema.

    Se fue a su trabajo pensando cómo hacer para tener de nuevo un encuentro sexual con aquel hombre que apenas y se había atrevido a hablarle en tantos años de vivir en el mismo edificio.

    Al volver por la noche, de nuevo el ascensor no funcionaba, subió pesadamente las escaleras de nuevo, al llegar al segundo piso encontró de nuevo a su vecino Jorge, quien realizaba mantenimiento a su cámara fotográfica, -buenas noches vecino- comenzó Martha, -buenas noches vecina- respondió el sin alzar la vista. Esa muestra de timidez encendió a Martha, quien se sintió dominante de ese hombre, pensó: -quieres fingir, pues vamos a fingir-, ¿qué tal tu día vecino, como has estado?, a lo que el respondió: muy bien vecina, aunque algo preocupado, se dice que han aumentado los robos en esta zona.

    -que horrible, respondió Martha, no sabía de esto, espero no ser víctima de estos ladrones.

    -espero no haberla inquietado mucho vecina, ojala no pierda el sueño.

    -no se preocupe vecino, yo duermo plácidamente, tomo medicamentos para dormir y jamás me doy cuenta de lo que pasa alrededor (mintió)

    -entonces no debe preocuparse de nada vecina. No escuchara si alguien entra a su apartamento.

    -es lo que me preocupa vecino, si alguien entrara yo no escucharía nada, que miedo.

    -pues yo estaré atento vecina, si llego a escuchar algo extraño me asomare por su apartamento para vigilar que no haya nada raro.

    -de verdad haría eso por mi vecino, respondió Martha mientras hurgaba en su bolso, mira: aquí tengo una copia de la llave del apartamento, tenla contigo por si llegas a escuchar algo.

    -pero vecina, como voy a entrar a su apartamento, que pena.

    -pues si no entras como revisaras que no pase nada, por favor no me pierdas de vista, le guiño un ojo y siguió su camino meneando las caderas más de lo normal, mientras pensaba; has caído vecino.

    Antes de dar vuelta por la escalera, volteo atrás y le recalco, acuérdate vecino: yo duermo como tronco, no despierto con nada.

    Llego a su apartamento a tomar la ducha de todas las noches, la disfruto más que otros días, se sentía excitada, sabía que el vecino llegaría en la madrugada a tratar de tener sexo con ella, tomo su cena, y se acostó a dormir con una tanguita roja que solo tapaba levemente su vagina y su culito, ya que por los lados era solamente unas delgadas tiras de tela, arriba su acostumbrado top transparente.

    Bueno, pensaba, ojala que el vecino no vaya a venir muy tarde, si no en verdad voy a estar dormida, apago todas las luces, por si estaba espiando para que se animara más pronto.

    Martha pensaba: ¿se animara a venir?, ya me estoy durmiendo, ha pasado una hora desde que apague todo, creo que mejor me acomodo para dormir.

    En eso escucho que la puerta de su apartamento se abría, ¡es el! – pensó – se acomodó en su cama de lado, con las nalgas hacia la orilla de la cama, se destapo de las sabanas que la cubrían, para dar todas las facilidades al intruso de la noche y fingió estar dormida.

    En unos segundos escucho se abría la puerta de su recamara, seguido de la voz del vecino susurrar: ¿estas despierta vecina?, sin obtener respuesta.

    De nuevo repitió la pregunta pero con un tono de voz más alto: ¿vecina estas despierta?, al no obtener respuesta se sintió más seguro, se acercó a la cama de Martha, hasta estar junto a ella, su mano se extendió para acariciar una de sus piernas, con sus dedos recorría toda la longitud de su firme muslo, su rodilla, su pantorrilla hasta su tobillo y su pie.

    Martha sentía un cosquilleo combinado con excitación, pero hizo lo que pudo para no dar una respuesta a esa caricia.

    El vecino empezó a tomar más confianza, Martha escucho que algo hacia su vecino pero no podía ver, solo pensaba: ¿qué está haciendo?

    Pronto encontró su respuesta: Jorge se sacó el pene del pantalón y lo coloco sobre la pierna de Martha, ella de inmediato lo sintió, ya que aunque estaba a medio parar, sentía el calor que emanaba ese pedazo de carne que ya había conocido, mientras tanto el vecino recorría de nuevo la pierna de Martha pero ahora con el tronco de su pene, empezando ahora desde el pie, subiendo poco a poco.

    Mientras el vecino subía con su pene por la pierna de Martha, ella sentía como aumentaba de tamaño y de dureza, cada centímetro de pierna que recorría, lo sentía más caliente y más pesado, mientas con los ojos cerrados pensaba: ya siento que me estoy mojando.

    El pene del vecino llego hasta las nalgas de Martha, el trato de meterlo por debajo de la tela de sus bragas, su cabeza recorría todo lo largo de la rajita húmeda de Martha, ella podía sentir como esa glande brillosa hacia lo posible por meterse dentro de su vagina sin poder lograrlo.

    Martha trato de ayudar moviéndose un poco para abrir más las piernas, pero esto asusto al vecino que se retiró de inmediato, Martha se dio cuenta y de inmediato fingió estar roncando, entreabriendo la boca, ahora acomodada hacia arriba y con las piernas abiertas, el vecino al escuchar los “ronquidos” retomo la ofensiva, ahora se subió a la cama por el lado contrario a donde se colocó Martha, se acercó a ella hincado y le coloco el pene en la boca, la cabeza de la glande se ajustó a la boca entreabierta de Martha y de inmediato comenzó a empujarlo dentro de la boca de ella.

    Martha comenzó a moldear su boca para que ese miembro ya duro en su máximo esplendor pudiera caber dentro de su boca, ya con la boca completamente abierta empezó a sentir el recorrer del tronco venudo dentro de ella, como entraba hasta el fondo y volvía a salir, mientras sentía un gran incendio en su vagina, ya totalmente mojada, no aguanto más y se atrevió a abrir los ojos para poder ver a su atacante, vio de inmediato la cara de su vecino, con los ojos cerrados y volteando hacia arriba, emitiendo gemidos de placer.

    De inmediato Martha aprovecho para bajar una mano hacia sus bragas, las hizo hacia un lado y comenzó a masajearse el clítoris, de manera inmediata este le correspondió poniéndose duro, recibiendo con gusto las caricias de su dedo, Martha ya estaba entregada de nuevo, solo pensaba en recibir un buen orgasmo, en eso, el movió la cabeza hacia abajo y Martha volvió a cerrar los ojos, no supo si el la vio, esperaba que no.

    El al abrir sus ojos miro hacia la entrepierna de Martha, al ver que se estaba tocando, dejo de preocuparse en despertarla, sabía perfectamente que ella estaba consiente, así que ya se dispuso a actuar descaradamente, se acomodó entre las piernas de ella, se las abrió lo más que pudo, le hizo las bragas hacia un lado y le acomodo la cabeza del pene en la entrada de la vagina, unas gotas salieron de dentro de la inundada vulva de Martha. Jorge hundió su miembro hasta el fondo de la humanidad de Martha, ella emitió un gemido de placer ya totalmente desinhibido, llevo sus manos hacia la espalda de su vecino y doblo las piernas para dejarlo que maniobrara a placer.

    El vecino embistió con fuerza dentro de la vagina de Martha, con la humedad el miembro duro entraba con gran facilidad dentro de la vagina de ella, cada embate se acompañaba de gemidos de ambos, en cada embate se escuchaba el choque de los cuerpos, los gemidos y la humedad.

    El vecino tomo los senos de Martha con sus manos y comenzó a morderlos, Martha recibía con gusto los mordiscos y los embates de él.

    Finalmente Martha sintió que inevitablemente llegaría el orgasmo, su cuerpo se puso rígido y de su garganta se ahogó un grito de placer, hundió sus uñas en la espalda del vecino en tanto que él se preparó para explotar dentro de ella, puso los brazos tensos al lado de ella, hundió finalmente su miembro hasta el fondo, lo mantuvo dentro y comenzó a descargar el esperma hirviendo que tenía depositado en sus testículos.

    Cayeron desfallecidos los dos, hasta quedar dormidos, por la mañana se despertó Martha, viendo su cama revuelta, con las señas de la batalla, ya no cabía duda, había sido poseída por su vecino, solo faltaba saber cuántas veces más…

  • Y si se puede, ¿por qué no?

    Y si se puede, ¿por qué no?

    Decidimos disfrutar nuestras vacaciones en Estados Unidos. El lugar seleccionado fue La Florida. Ya habíamos estado allí antes, propiamente en Miami, pero, debido a la época del año, junio, en baja temporada, quisimos explorar lugares diferentes. Las veces anteriores nos habíamos concentrado en visitar la ciudad y los alrededores, al sur, así que esta vez queríamos explorar el norte. Habíamos escuchado de una playa nudista legal, localizada en ese sector, así que, con ese objetivo en mente, elegimos alojarnos cerca a ese lugar y descubrir otras playas y otras atracciones.

    La información que nos dieron, la verdad, no nos animaba mucho, pero el solo morbo por conocer el lugar justificó nuestra decisión. Nos dijeron que había una comunidad LGTBI que frecuentaba esas playas, que era un sitio donde se practicaba el nudismo con mucho respeto y que era muy visitada. Sin más datos. Y mirando aquí y allá, comparando precios y demás, finalmente seleccionamos un hotel que quedara cerca a la “Halouver Nude Beach” y, pensamos que, estando allí, si aquello no era de nuestro gusto, podríamos rentar un vehículo para desplazarnos y visitar otros lugares.

    El Newport Beach Side Hotel & Resort, entonces, sería nuestra sede, y desde allí estaríamos en capacidad de viajar al centro de Miami y sus alrededores. Se nos decía que la playa quedaba a unos 8 kilómetros del hotel y que podríamos llegar a la ciudad, tomando la autopista, en unos cuarenta minutos. No íbamos a estar tan lejos, así que incluimos el alquiler del carro en nuestro presupuesto. La idea era descansar de la rutina laboral, disfrutar de lo que nos ofreciera el lugar y cambiar de ambiente.

    Cuando llegamos al lugar pudimos comprobar que el sitio contaba con lo necesario para pasar los días bastante entretenidos. Las habitaciones, los restaurantes, los salones de reuniones, las cafeterías, las facilidades para practicar deportes, el gimnasio, las zonas húmedas y demás eran apropiadas para el propósito de descansar. Desde la habitación que nos asignaron había una excelente vista del mar, las playas y una gran piscina anexa a ellas.

    El hotel no estaba ocupado al máximo de su capacidad, pero se veía bastante movimiento y considerábamos que tendríamos la oportunidad de conocer otras personas e interactuar en diferentes circunstancias. Y así fue. La primera noche, en el restaurante, vimos que los comensales, en su mayor parte, eran parejas, de edades similares a la nuestra. Y yo, entonces, queriendo empezar a trabajar el tema de las relaciones, pues me atreví a dirigirme a otra pareja y proponerles que cenáramos juntos. Ellos, para nuestra sorpresa, aceptaron. Y, continuando con el propósito, nos situamos en una mesa para compartir juntos la cena.

    En esa primera aproximación la conversación giró en torno a conocernos mutuamente; lo usual. ¿De dónde son, qué hacen, cuál es el propósito de su visita? En fin. En parte conversábamos para pasar el tiempo, tener excusa para beber algunos tragos de licor, compartir con otras personas y alejar el aburrimiento. En esa charla, curiosamente, nos comentaron que venían con el interés de conocer las playas nudistas. De ese modo, el tema de conversación se centró en las motivaciones que a ambas parejas nos habían llevado allí.

    Pronto descubrimos que había cierto morbo escondido en la intención de ir a visitar aquellas playas. Les conté una experiencia que tuvimos cuando vivimos en Kiel (Alemania), porque también tuvimos la idea de acudir a conocer ese tipo de playas. Era nuestra primera vez y, la verdad, nos dio vergüenza desnudarnos y nos sentíamos raros en medio de todos desnudos. Y la causa, quizá, era que aquella playa era frecuentada por compatriotas, latinos de otros países, y, de alguna manera, nos daba pena exhibirnos. Pero teníamos otra actitud cuando no había coterráneos a la vista. Y pensé que por la mente de quienes iban allí por primera vez, pudiera pasar lo mismo.

    Cosa curiosa, quienes hablábamos abiertamente y sin tapujos, éramos los hombres. Nuestras esposas hablaban, pero se mostraban reservadas a la hora de manifestar sus experiencias y, particularmente mi esposa, cómo se había sentido en aquella ocasión. No es común que las personas se vayan desnudando en frente de otras, así que aquello, reflexivamente, no se ajustaba a nuestra forma de comportarnos socialmente. Y de allí en adelante, pues todas las consecuencias derivadas. A menos que hubiera un interés especial y realizar la práctica de desnudarse llevara a expresar otras expectativas, como desinhibirse, vencer miedos, o simplemente atreverse a hacer algo que los demás consideran inoportuno, inadecuado o indeseable.

    No dudo que, así como nosotros guardábamos secretos, aquella pareja también lo hacía. Tal vez no sería apropiado, para ese momento, contemplar la posibilidad de visitar aquella playa para ligar alguna pareja, hombre o mujer dispuesto a compartir con otras personas su desnudez, venciendo obstáculos personales. Y, por qué no, quizás explorando otro nivel de la relación y vínculo humano a través de la desnudez como la propia sexualidad. Al fin y al cabo, hombres y mujeres, en la búsqueda de conocerse a sí mismos, exploran diferentes experiencias para definirse y tomar posición con respecto a algo.

    Parecíamos estar de acuerdo sobre lo ideológico, pero se percibía prevención si en algún momento, por ejemplo, se propusiera pasar de la teoría a la práctica. Yo conté cómo me había dado cuenta de que mi esposa tenía gustos por los hombres de color, porque notaba sus cambios de comportamiento, su mirada, la forma como hablaba y demás. Esperaba que esa historia diera pie para que los otros se abrieran un poco más en ese sentido. Pero no fue así. Por lo tanto, la velada no pasó de la charla más o menos formal, las anécdotas de viaje y las risas. Llegado el momento nos despedimos, pero no acordamos nada en particular. Buenas noches, fue la despedida, nos seguimos viendo.

    Al día siguiente, por supuesto, la visita a la playa nudista era la prioridad. Tomamos el desayuno en el hotel y decidimos pasar el resto del día por allá. Y más temprano que tarde, emprendimos nuestro viaje. Al llegar allí, la verdad, no vimos nada especial. Lo habíamos imaginado de otra manera. Pero, teniendo en mente disfrutar el paseo, decidimos acomodarnos a la situación, relajarnos y pasar el tiempo. Había muy poca gente y no muchas parejas, más bien personas solas pasando el tiempo.

    Nos mantuvimos acomodados en la playa, bajo una sombrilla, alternando períodos de sol y sombra, y adentrándonos a intervalos en el mar para evitar broncearnos en exceso. Y, allí, en uno de esos intervalos, mientras yo me estaba refrescando en el agua, vi cómo alguien llegó a donde estaba mi mujer. Era un muchacho moreno, de contextura normal. Permaneció de pie, al parecer conversando con ella, y en algún momento volteó a mirar a donde yo estaba, pero siguió ahí, como si nada. Y yo, haciéndome el indiferente, también permanecí en mi lugar, tratando de mirar para otro lado. El tipo, tal vez consciente que yo no me molestaba con su presencia, se sentó al lado de mi mujer.

    Al rato, me imaginé, aquel hombre, utilizando el pretexto de siempre para mantenerse al lado de la hembra, le aplicaba bronceador en sus piernas. De seguro se había ofrecido para ello, oportunidad ideal para tocar y detallar a mí mujer. Mmmm, pensé, la cosa ya se empezó a calentar. Decidí acercarme, ahora sí, para ver cómo evolucionaba aquello. El muchacho pareció no inmutarse con mi llegada. Mira, dijo mi esposa, Joel me está haciendo compañía un rato, contándome cómo es que se vive por acá. Mucho gusto, le dije. Un placer conocerle, contesto él. Y, quizá, para ganar más confianza, le preguntó a mi mujer, desnuda como estaba, si le permitía aplicarle el bronceador en su espalda y sus piernas. Y ella, sin vergüenza alguna, aceptó.

    Ella se acomodó boca abajo sobre la toalla y él, embadurnándose las manos con el bronceador, procedió a masajear a mi esposa, de arriba abajo, en su espalda, nalgas, piernas y pies. No dejó ningún espacio sin palpar. Mientras tanto nos comentaba de los sitios más icónicos del lugar, los parques disponibles y las preferencias de los visitantes, al parecer indiferente de lo que hacía con mi mujer. Ella, por supuesto, encantada con las caricias. Pero, aparte de la conversación y del masaje, nada parecía insinuar algo más. Nos contó que él todos los días visitaba la playa, en las tardes, después del trabajo, a eso de las 3 pm, como una manera de relajarse de la jornada. ¿Y por qué desnudo pregunté yo? Sonriendo contestó, hombre, porque hay la facilidad y vivo cerca de aquí. No es un problema y me gusta.

    El hombre, a medida que avanzaba la conversación, ganaba en confianza y se mostraba un poco más coqueto y abierto, sobre todo al dirigirse a mi mujer. Pero aquella tarde las cosas no iban a pasar de allí, simplemente porque en la charla jamás se insinuó esa posibilidad. Pasado el tiempo nos despedimos, nos preguntó donde nos alojábamos y cuando nos volveríamos a ver. No lo sé, contesté, mañana teníamos previsto ir de paseo a otro lugar, quizás darnos una vuelta por el centro de Miami, así que con seguridad estaríamos de regreso en el hotel en la tarde, y, dependiendo de la hora, de pronto habría oportunidad de volver aquí, comenté. Que disfruten la visita, nos dijo. Gracias, contestamos.

    Al día siguiente, como lo habíamos pensado, decidimos ir a darnos una vuelta por los alrededores. Hay varios parques en las proximidades, de manera que optamos por visitar esos lugares y ver qué había por allí. Y en eso, turisteando aquí y allá, incluido un tour náutico para ver las playas desde mar adentro, se nos fue pasando el día. Regresamos al hotel a eso de las 6:30 pm y, en plan de relax, nos dirigimos al bar situado al lado de la piscina para tomar algo y descansar del viaje. Sentados en la barra y próximos a degustar nuestros cocteles, en una mesa, cerca de nosotros, vimos a Joel. Al principio pareció estar distraído, pero poco tiempo después reparó en nosotros y se acercó.

    ¡Hola! ¿Cómo la han pasado el día de hoy? Preguntó dirigiéndose a mi mujer. Bien, contestó ella, estuvimos visitando varios lugares y navegamos en una lancha para ver las playas desde el mar. ¿En el bote grande? Preguntó. Pues no sé si era el más grande, pero estaba cómodo; como para unas 20 personas quizá, contesté. Sí, dijo él, ese es. Hay unos botes más pequeños que también hacen el recorrido, pero el que ustedes tomaron es el que más se frecuenta. ¿Y tú que haces por aquí? Pregunté curioso, imaginándome que aquella coincidencia no era casualidad. El barman, Rolando, es amigo mío, contestó mirándolo a él. Me pidió que recogiera su vehículo en un taller y se lo trajera. Y en esas ando. Ah, bueno… dije.

    Y ustedes, ¿qué van a hacer? Nada especial, contesté. Supongo que vamos a ir a cenar algo más tarde, y a descansar para lo que se presente mañana. Si quieres nos acompañas, se apresuró a invitarle mí mujer, sin haberme preguntado. ¿Acaso sabía ella qué pensaba yo? Les agradezco, contestó Joel, pero la verdad, como no tengo vehículo, prefiero tomar el transporte, que a esta hora es más fluido. Más tarde se complica. ¿Vives lejos? En un condominio, frente a las playas donde nos conocimos ayer. Bueno, pues si deseas, después de la cena, te llevamos. Ahora había sido yo, no sé por qué, el generoso imprudente. Siendo así, acepto. ¡Bien! Vamos a ducharnos, cambiarnos y bajamos de nuevo. Nos esperas ¿verdad? Aquí mismo, respondió.

    Subimos a nuestra habitación. Le dije a Laura, mi esposa, entra tú primero y arréglate, para no demorar tanto la espera de aquel. Bueno, contestó, y fue adentrándose en el baño. Yo, mientras tanto, me tiré en la cama y empecé a curiosear lo que se veía en la televisión. Al rato salió ella. Le dije que me iba a demorar un poquito y que, si le parecía, podía bajar e irse acomodando con Joel en el comedor. Y ¿Por qué? Me preguntó. Pues para no hacerlo esperar y que se aburra. Bajemos juntos, me dijo. Bueno, arréglate pues…

    Ciertamente me demoré un rato largo, porque me dio por llenar la tina y darme un baño relajado. Y mi sorpresa, cuando salí de allí, es que mi mujer ya no estaba en la habitación. Sin prisa alguna, me vestí y bajé a la planta baja. Pasé por el comedor, pero no los vi. Seguí para la piscina donde, sentados en una mesa, estaban conversando los dos. Laura se había colocado la vestimenta de mujer fatal, toda de negro, pero muy atractiva y elegante, contrastando conmigo que lucía muy informal. Seguramente, pensé, ella está en plan de impresionar al muchacho, porque no de otro modo explicaba yo esa vestimenta. Dicen que cuando las mujeres se quieren insinuar para tener sexo, pintan sus labios de rojo carmesí intenso. Y bueno, así estaba ella maquillada.

    Fuimos a cenar y conversar, de manera bastante formal. Nada de insinuaciones, ni de palabras de doble sentido, ni de propuestas sospechosas. Compartimos el momento hablando de muchas cosas, pero la conversación se centró en las posibilidades de vida en los Estados Unidos, el sueño americano, las oportunidades, las facilidades para educarse y demás. Una velada muy académica diría yo, por lo cual, aparte de pasar el tiempo, no se preveía algo más. Los dejé solos en varias oportunidades, pero no me percaté de nada extraño, aunque si pude ver a la pareja con la que habíamos cenado la primera noche, quienes se acomodaban en otra mesa, acompañados de severo negro. Ya me estoy dando cuenta por dónde va el agua al molino, pensé.

    Pasó el tiempo y Joel nos comentó que tenía que levantarse temprano, comentario que motivó el que apresuráramos la terminación de la reunión, y, como había prometido, procediéramos a llevarlo hasta su casa. En el camino nos mostró varios sitios que, a su parecer, valía la pena visitar. Si quieren visitar un sitio de entretenimiento para adultos, Dean’s Gold estaría bien. Yo los puedo acompañar si quieren. ¿Qué hay ahí? Pregunté. Chicas y chicos disponibles para satisfacer sus fantasías, contestó. Interesante, contestó mi mujer. Podríamos venir, ¿por qué no? Ahí vamos viendo comenté. Será nuestro estado de ánimo el que decida si incluimos el lugar dentro de las atracciones. Y un poco más tarde, llegados a nuestro destino, nos despedimos de Joel y emprendimos el regreso al hotel.

    Al día siguiente, después de pasar la mañana en la piscina y almorzar, decidimos darnos una vuelta por la playa nudista. Llegados allí, fuimos nosotros quienes, caminando por la playa, encontramos a Joel acomodado debajo de una sombrilla. Hola, ¿cómo vas? Bien, dijo. Me acompañan un rato. Sí, contestó, mi mujer. Hoy no hemos hecho nada especial y andamos un tanto desprogramados. Si quieren, dijo, vamos a visitar el lugar que les mencioné ayer y se distraen un rato. Mañana tengo día libre y podría acompañarlos, si desean. Me gustaría, comenté, hacer un recorrido para conocer cómo se mueve la vida nocturna por acá. Tu podrías servirnos de guía y, si no te incomoda, yo te compensó por el trabajo. Si ustedes gustan, respondió él encogiéndose de hombros, lo podemos hacer. Quedamos, entonces, de que nos recogiera en el hotel a las 8 p.m. y servirnos de guía para el recorrido.

    Muy puntual nos recogió en su vehículo, emprendiendo el recorrido propuesto, que básicamente consistía en reconocer los sitios que ofrecían entretenimiento nocturno en el sector norte de Miami. Y entre esos sitios, pregunté, ¿hay sitios de entretenimiento para damas? Hay de todo, comentó él. Si quieren nos damos una vuelta por allá. Pues ¡vamos! Dije. Joel condujo hacia Miami y nos llevó a un sitio conocido como Hunk-O-Mania, que era un sitio de stripers, especializado en shows masculinos para mujeres. Nos acomodamos allí, en zona VIP, para ver el espectáculo, que resultó bastante entretenido y todo un furor para las asistentes, en su mayoría mujeres, quienes gritaban a más no poder con cada puesta en escena. Los bailarines, por supuesto, todos con cuerpos atléticos, torsos trabajados y todos unos gimnastas.

    Nosotros, Joel y yo, nos ubicamos en la parte posterior del escenario, dejando que mi esposa se involucrara con las asistentes y disfrutara del espectáculo, que incluía que alguno de los actores presumiera de su enorme pene para que las mujeres disfrutaran de él y le dieran una probadita, además de tener la libertad para tocar sus muslos, sus musculosos brazos y su torso, todo lo cual parecía excitar aún más a las damas. Había euforia y excitación en el ambiente y mujeres y hombres se mostraban dispuestas a lo que fuera. Varias de ellas, en el escenario y las mesas adyacentes, se prestaban para ser penetradas por aquellos guapos hombres, como parte del entretenimiento ofrecido. Y no faltó la fotografía de mi mujer con alguno de aquellos musculosos hombres.

    Esperamos el show central de la noche y ya, entrada la madrugada, iniciamos nuestro regreso al hotel. El viaje era un tanto largo, así que regresar pareció ser la mejor decisión. Laura se mostraba entusiasmada con el evento y no ocultó que aquello le había gustado y le había despertado sus deseos de emparejarse con un macho como esos. La verdad, decía ella, con esos tipos no se necesita pensar mucho para tomar la decisión. Pero no tomamos iniciativa alguna para procurar que algo sucediera en aquel momento. La conversación durante el recorrido giró en torno a la disponibilidad de otros sitios similares en el área, qué tan concurridos eran, qué tan costosos eran, si los muchachos se prestaban para complacer a las damas, cuál era la tarifa y cosas así. Y eso, de algún modo, enfrío el calor del momento.

    Así que, al llegar al hotel y un tanto somnolientos, agradecimos a Joel por su amable gesto y disponibilidad para hacer aquel recorrido, aunque lo compensé por aquello, y, al despedirnos, quedamos de encontrarnos en la playa en las horas de la tarde. En nuestro recorrido hacia nuestras habitaciones, nos dimos una vuelta por la discoteca. Estaba un tanto concurrida, y, por lo atrayente del ambiente, decidimos quedarnos un rato allí. Nos situamos en la barra, pedimos un trago y nos quedamos observando lo que sucedía en el lugar. Apenas habían pasado unos minutos desde nuestra llegada, cuando un muchacho se situó al lado de mi mujer y le entabló conversación. Ella conversó con él unos instantes, y, de un momento a otro, él le tomó de la mano y ambos se dirigieron hacia la pista de baile.

    Me pareció algo normal, porque, al fin y al cabo, aquello hacía parte de la distracción y entretenimiento que pretendíamos buscar al disfrutar de nuestras vacaciones. Yo, la verdad, no estaba pensando, para nada, en bailar. Más bien tenía en mente subir a nuestra habitación, y tal vez, dar el cierre a la noche haciendo el amor con mi mujer. ¿Por qué no? Me preguntaba. Pero la aparición repentina de aquel muchacho, en ese momento, resultó sorpresiva e inesperada. Y, sabiendo yo que ella no desperdicia la oportunidad de bailar, como en otras ocasiones, tomé las cosas con calma y me dispuse a pasar la situación de la mejor manera. La vi a ella muy entretenida y, tal vez algo excitada, por lo cual el baile podría ser su manera de desfogar energía.

    En la media luz propia de aquellos ambientes, a la distancia podía ver cómo aquel hombre disfrutaba de la compañía de mi mujer, aunque, a mi parecer, la intención de baile estaba convirtiéndose en algo diferente. Las manos de aquel recorrían todos los rincones del cuerpo de mi mujer, por encima de su ropa, y ella, tal vez dejándose llevar por la excitación que había sentido unas horas atrás, aceptaba y se lo permitía. Pasado el tiempo, los vi bailando, prácticamente fusionándose en un solo cuerpo y besándose con toda pasión. Bueno, pensé, Laura está muy lanzada esta noche.

    Llegados a mí, pasado un rato, el muchacho se distanció de nosotros, quizá dejando que ella y yo conversáramos. Oye, ¿cómo va todo? ¿Pregunté? Te veo entretenida. Sí, me respondió. Encajamos con Juan. Es muy atento. Baila muy rico y es muy… muy especial. Ah, ¡ya! Y ¿entonces? Bueno, el tipo me tiene a mil. Y ¿eso qué significa? No te vayas a molestar, me dijo. ¿Qué? Pregunté fingiendo impaciencia. Quisiera estar con él. Entiendo, respondí. ¿Y él ya te lo sugirió? No, contestó ella. Pero tú ya sabes, una sabe qué quieren ustedes cuando comparten en una situación de estas con una mujer, pero quería hablar primero contigo y luego manifestárselo a él. Pudiera ser que no esté dispuesto. Y no pasa nada si fuera así. Y ¿dónde sería? En nuestra habitación, si te parece. O ¿dónde pudiera ser? Pues en la habitación. ¡Dale! ¡Adelante!

    Se fueron a bailar otra vez y allí, pasados los minutos, era evidente que ya copulaban en la pista, aún sin estar desnudos. El hombre procuraba que mi mujer estuviera excitada al máximo y, pieza tras pieza, la interacción subía de tono. En algún momento aquel llevó sus manos a las nalgas de mi esposa, levantándole su falda. Llegué a ofuscarme un tanto por su atrevimiento, pero, aparte de mí, nadie parecía reparar en aquello y comprendía que eso era parte del juego entre macho y hembra. Lo tomé con calma y esperé a ver qué pasaba. Y, como todo se anticipaba, un rato después ambos llegaban a mí. Amor, me dijo ella, te parece si subimos ya. Bueno, respondí. ¡Vamos! Voy a firmar la cuenta y los alcanzó.

    Ellos subieron primero. Al llegar yo a la habitación les encontré en el balcón. Ella ya estaba sin su falda, aún a medio vestir, manteniendo en su mano izquierda el pene de aquel, que ya tenía su pantalón ligeramente abajo. Seguramente ella esperaba que yo llegara para continuar con su aventura. Y no dudé para nada cuál había sido el motivo de su calentura, pues el miembro de aquel apenas le cabía en la mano. No más llegar yo, ellos, como si les hubiera instruido, entraron a la habitación y se dirigieron directamente a la cama. Mi mujer siguió prendada al cuello de aquel hombre, disfrutando el beso profundo y húmedo que aquel le prodigaba. Y así, en esta posición, de pie, junto a la cama, él se las arregló para irla desvistiendo, dejándola casi que desnuda.

    A continuación, ella, viéndose desnuda y muy ansiosa, se dejó caer en la cama, de espaldas, abriendo sus piernas en clara invitación a recibirle. El hombre no lo dudó un instante y terminó de desnudarse, dejando en evidencia el inmenso miembro, que, erecto, palpitaba, con toda la intención de penetrar a la hembra con prontitud. Laura volteó a mirarme y entendí su gesto. ¡Claro! ¿Y el condón? Busqué entre nuestras cosas, pues siempre tenemos una provisión a la mano, y con rapidez se lo alcancé a aquel ansioso macho. Y no solo eso; también le alcancé un frasquito con aceite lubricante. Uno nunca sabe.

    El abrió la envoltura del paquete, sacó el condón y con gran cuidado cubrió su radiante miembro. Le pareció adecuado lo del aceite, así que humedeció el plástico de arriba abajo con el contenido. Y después, sin demora alguna, se ubicó directamente entre las piernas de mi mujer, apuntando su herramienta al agujero de su vagina. La penetró suavecito. Vi como su voluminoso pene entraba dentro del cuerpo de mi mujer, quien, excitada, se apresuró a emitir un placentero ahhh… Y, casi al instante, se desató un acompasado y rítmico movimiento de sus cuerpos.

    La sensación que le producía aquel hombre, más la calentura que tenía, debió despertar en ella sus más plácidas sensaciones, porque de inmediato apoyó los talones en la cama para poder responder con sus caderas los embates de aquel macho, que, también muy excitado, empujaba con ímpetu contra el cuerpo de mi mujer. ¡Qué rica estás! Le decía. Y con eso generaba en ella aún más excitación. Ella, a su vez, le respondía, ¿Qué rico te siento dentro de mí! Me tienes a mil. ¡Fantástico! Al oír aquello, el joven, queriendo ir aún más profundo, levantó las piernas de mi excitada esposa, primero balanceándolas a los costados mientras seguía empujando, y, después, colocándolas juntas frente a él y llevándolas hacia el pecho de mi mujer.

    Ella estaba disfrutando de lo lindo. Su rostro se veía congestionado, enrojecido y emitía continuos uff, uff, uff, en medio de la faena con aquel hombre. Pero no se cambiaba por nadie. Con sus manos le agarraba sus nalgas y lo atraía hacía si. Ambos estaban encantados. Y más aquel, creería yo. Porque estaba seguro que aquella velada se había arreglado con nuestra llegada a la discoteca del hotel. ¡Quién lo iba a pensar! La intensidad de aquel encuentro era mucho más que excitante. Yo no paraba de hacerles fotografías y grabar uno que otro videíto, porque, aunque aquello es repetitivo, las actitudes de mi mujer son siempre diferentes.

    El muchacho sacó su pene, acostándose a un costado de mí mujer. Y ella, entonces, sin mediar palabras, se montó sobre él, de inmediato, manipulando su miembro para insertárselo en su vagina a toda prisa. Como para no perder la intensidad del momento. Una vez lo tuvo adentro, tomó sus manos y levantando los brazos del macho, empezó a mover sus caderas desenfrenadamente, adelante, atrás, a los lados, en círculos. Parecía no tener control sobre sí misma. En otras palabras, estaba enloquecida con las sensaciones que aquel le prodigaba. Ayyy, ayyy, ayyy, empezó a vociferar. ¡Te siento rico! ¡Te siento rico! ¡Te siento rico! Repetía una y otra vez, hasta que con un sonoro Uiiichhh, pareció alcanzar su mayor orgasmo.

    Recostó su cuerpo sobre el de aquel muchacho. Y así, como estaban, dormitaron un rato, recuperándose del esfuerzo. Luego ella, muy atenta a satisfacer las necesidades de su hombre, le preguntó si ya había llegado. El joven le respondió que había faltado un tris para que llegaran juntos. Entonces, mi considerada dama, lo alentó a que lo volvieran a hacer, porque no quería dejarlo a medias. Y, diciendo y haciendo, se colocó en posición de perrito. Ante eso, yo, nuevamente, le alcancé otro condón y más aceite lubricante. Y él, con mucha habilidad, otra vez estuvo listo y accedió a mi mujer por detrás, empujando con mucho vigor. Tomó a mi mujer de la cabellera y la halaba hacia sí mientras le penetraba con más y más fuerza.

    En esa posición aprovechó para acariciar el cuerpo de mi mujer como quiso, especialmente sus senos. Lo cierto es que unos minutos después cesó la faena. Retiró su miembro, quedándose un rato ahí, detrás de mí mujer, quien, volteándose a mirarle, le preguntó ¿ya llegaste? Si, respondió aquel. Muchas gracias. He disfrutado de una noche muy agradable gracias a ustedes. Deseo que disfruten su estadía y espero que nos volvamos a ver. Bueno, sí, dijo mi mujer, estaremos rondando por aquí. Voy a asearme un poco, vestirme y los dejo descansar, manifestó. Tranquilo, dije, está bien. El muchacho entró al baño y al rato, ya vestido, se despidió de nosotros. Que la terminen de pasar bien.

    A que se refirió con aquello, no tuve la menor idea. Quizá pensó que después de eso, Laura y yo íbamos a seguir en acción. La verdad, después de tanto ajetreo, fue que nos sentamos en el balcón a tomarnos un vino, mirar hacia abajo la gente que todavía rondaba por ahí y conversar sobre lo acontecido. Bueno ¿y qué pasó esta noche? Pregunté. Hubo mucho estímulo visual, creo yo, respondió ella. Esos tipos del show me encantaron. ¿Y por qué no tomaste la iniciativa con alguno de ellos? Me dio pena con Joel. No sé, pero no me pareció adecuado que estando tú y él ahí, yo hubiese armado fiesta con otras personas. Pero es que esos tipos, nada que ver con él y yo, argumenté. Pues sí, ¿no? Contestó ella. Cosas de mujeres. Y, hablando de otras cosas, finalmente decidimos irnos a dormir.

    Al día siguiente omitimos el desayuno y bajamos tarde a almorzar. Nos sorprendió ver en la mesa de al lado a Juan, el muchacho que horas antes había follado a mi mujer, acompañado de una joven y esbelta dama. Laura y yo nos miramos extrañados. ¿Qué habría pasado la noche anterior entre ellos dos, acaso? ¿cómo es que el tipo no estaba acompañado de esa dama en la discoteca? Los observábamos y veíamos que conversaban y se comportaban normalmente. No había indicios de disgusto o desavenencias si es que, como pensábamos, aquellos eran pareja. El joven, para acabar de completar, fue indiferente con nosotros, como si jamás en su vida nos hubiéramos visto. En fin, le comenté a mi esposa, quién sabe en qué clase de fechoría estamos metidos todos.

    En la tarde, como habíamos acordado, fuimos nuevamente a visitar la playa nudista. En dos días regresaríamos a nuestro país, así que teníamos que sacar el mayor provecho de nuestra estadía. Hicimos un recorrido y no vimos a Joel por ahí. Alquilamos una sombrilla y embadurnamos nuestros cuerpos desnudos con aceite bronceador para evitar quemaduras, pero el día estaba más bien opaco, no había mucho sol y la protección parecía exagerada. Pero, era mejor prevenir y así, procedimos a dormitar bajo la brisa y la tibieza del ambiente. Joel, por alguna razón, no apareció. Estuvimos allí hasta pasadas las 6 pm y regresamos al hotel.

    Al llegar a nuestra habitación, me adelanté a entrar al baño, ducharme y vestirme para ir a cenar. Cuando salí le dije a mi esposa, me adelanto, te espero en el comedor. Bueno, dijo ella, pero tal vez me demore un rato mientras me quito todo este aceite de encima. Yo me duché, me apliqué bastante jabón espumoso y quedé limpio. De todos modos, me repasé con ese jabón como tres veces, le dije. Me siento fresco y limpio. Bueno, allá te espero. Bajé al comedor, cené y me quedé esperando, porque Laura nunca bajó. Un camarero llegó hasta la mesa y me comunicó que ella había decidido cenar en la habitación. Que allá me esperaba. Y, la verdad, pensé que había cambiado de parecer por aquello del baño, quitarse la arena, remover el aceite, volverse a vestir y arreglarse para cenar. Y tal vez prefería quedarse en la habitación a descansar.

    Cuando ella abrió la puerta de la habitación, quedé un tanto sorprendido. Estaba vestida con un baby doll semitransparente, un diminuto panti y medias de liguero negro. Mejor dicho, estaba vestida para seducir. Esa era su vestimenta cuando salíamos en plan de encuentro con otros hombres, así que, observándola, un tanto extrañado, pregunté. ¿Y eso? ¿A qué se debe? Joel viene de visita, respondió. ¿Y a qué hora se acordó eso? Entró una llamada mientras tú estabas abajo. Era él. Se disculpó por no haber ido a la playa, como se había acordado. Algo se le presentó. Estuvimos charlando un rato y yo lo invité a que viniera a visitarnos. ¿Y a qué se debe la vestimenta? Creo que estoy en deuda con él. ¿Por qué? Pregunté.

    Creo que él nos llevó a ese recorrido con la intención de insinuárseme, pero las cosas no salieron como esperaba. Y tú ¿cómo sabes? Pregunté. Por que me lo dijo. Hablamos un largo rato sobre nuestras fantasías y experiencias pendientes. ¿Y qué tienes en mente? Pues, estar con él un rato. ¿Y es que no ha sido suficiente? Dije, tal vez, dando a entender que estaba un poco molesto. Bueno, amor, tu siempre has dicho, si se puede ¿por qué no? Y sí, desde que decidimos dar apertura a nuestras experiencias sexuales compartidas, siempre y cuando estuviésemos de acuerdo, yo mismo, tiempo atrás, justificando cualquier capricho, había dicho, ¿Por qué no? Y en esta ocasión era víctima de mi propio invento.

    Sabiendo lo que podía esperar en esa visita, ya había dispuesto de bebidas y snacks para pasar el rato. Según mi mujer, lo que tenían en mente podía o no podía darse. Serían las circunstancias del momento las que definirían el paso a seguir según ella. Joel llegó a nuestra habitación como a eso de las 8:30 pm. Se sorprendió al ver como ella estaba ataviada tan pronto le abrió la puerta y entró saludándola un tanto frío en comparación a la actitud de apertura y amistad que ella demostró al recibirle. Ya, adentro, me saludó con educación. Y seguimos hacia las sillas dispuestas en el balcón de la habitación.

    Una vez instalados y hechos los saludos de protocolo, fue Joel quién se atrevió a romper el hielo con un comentario. El día estuvo un poco nublado, ¿no sientes frío? Preguntó a mi esposa. Y ella, quizá intuyendo la intención del comentario, respondió. Si no te gusta, me visto diferente. No, quédate así, respondió él. Te gusta lo que ves ¿verdad? Sí, me encanta, contestó. Bueno, ¿y qué es lo que más te gusta? Siguió ella interrogando mientras sonreía. Me pareció que lo estaba haciendo sentir mal. Sin embargo, él se repuso de la inquisidora pregunta y contestó. Bueno, Laura, yo soy hombre, tu eres mujer. Qué te puedo decir. Tu marido está aquí. Me encantó tu conversación, tu manera de manejar las cosas. ¿Nada más? Sí, también otras cosas.

    ¿Qué otras cosas? Insistió ella. Bueno, tus piernas, tus senos y el contacto con tu piel. Eso me excitó. Y a ti, ¿qué te gustó? Que eres un hombre muy guapo, con sensibilidad, muy educado y buen conversador. ¿Nada más? También insistió él. También tu porte, tu voz, tu cuerpo y tu masculinidad, que es la manera como ella se refiere cuando ha sentido atracción por el pene de algún hombre. En este caso, Joel tenía un pene medianamente grande, pero muy grueso. Y su glande tenía la figura de un hongo, lo cual cautivaba la atención de mí mujer. Pero, pasadas estas iniciales interacciones, la conversación se volvió algo más trivial y resultamos hablando de todo y de nada, y el tema sexual pareció disiparse por un rato.

    Mientras conversábamos, sin embargo, mí esposa se las arreglaba para apretar la mano de Joel y acariciar sus muslos, muy cerca del bulto que ya se insinuaba por debajo de su ropa. Bebimos varios tragos y, curiosamente, Laura estaba bastante bebedora, algo que no es muy usual en ella. He hice la observación, ¡oye! si algo vas a hacer, es mejor que no bebas tanto o vas a echar todo al traste. Tranquilo, me dijo, yo sé lo que estoy haciendo. Me pareció un poco agresiva su respuesta, pero, en procura de no arruinar la velada, preferí guardar silencio y mantenerme a la expectativa. Ya ambos parecían tener claras sus intenciones, pero la cosa no avanzaba, para nada.

    Al rato, mí mujer, musita a mi oído. Oye, ¿puedes retirar la mesa? Y, sin decir nada, así lo hice, quedando libre el espacio que nos separaba. Ella, entonces, se colocó de rodillas frente a Joel, soltó su cinturón, abrió el cierre de su pantalón y expuso su pene a la vista de todos, después de lo cual, y más bien apresuradamente, se lo llevó a la boca y empezó a lamerlo por todas partes. Su miembro rápidamente empezó a crecer y endurecerse aún más dentro de su boca, caricia que le excitó sobre manera. ¡Qué dulce lo haces! Dijo él. Ella, habiendo empezado la maniobra, trataba de bajar el pantalón para liberar su miembro, pero la posición en que estaba lo impedía. Entonces, Joel, para facilitar las cosas, se levantó.

    Mi esposa siguió de rodillas, frente a él, concentrada en chupar y lamer aquel pene a su entera satisfacción. El hombre, hay que decirlo, estaba entusiasmadísimo porque tal vez suponía que era él quien debía tomar la iniciativa y se había demorado en hacerlo. Y aquel gesto por parte de ella, quizá lo había liberado de tal responsabilidad y ya estaba entrando en el papel de macho, que quizá ella estaba esperando. Y, en ese papel, él la tomo por la cabeza y empezó a guiar sus movimientos para que su pene entrara y saliera de su boca. Él se movía, introduciendo su pene, como si la boca de mí mujer fuera su vagina. Y ella, para nada, rechazaba tal acción.

    Aprovechando que el pantalón había caído al suelo, mi esposa, mientras era follada en su boca, acariciaba los muslos y las nalgas de aquel con una delicadeza tal, que excitaba aún más a ese macho mientras arreciaba sus embestidas. Poco después, sin embargo, él se retiró y ella, de inmediato, se fue hacia la cama y se tumbó de espaldas a esperarle. Yo intervine. Ponte el condón, le dije. Lo hizo presuroso y, sin perder tiempo, apartando sus piernas a los lados, la abordó y la penetró con inusitado entusiasmo. Había estado esperando el momento y para nada lo iba a desaprovechar, así que empezó a bombear dentro de mi mujer con gran vigor. Mi mujer también empujaba, contrarrestando sus movimientos.

    Pasado un rato él dijo ya, levantándose y acercando su pene al rostro de mí esposa, quien abrió su boca, esperando la descarga. El eyaculó dentro de su boca y ella esperó a recibir toda la descarga, después de lo cual tragó su semen, apretó sus testículos con su mano y chupó de nuevo su miembro dejándolo limpio. Al final, por si aquello no hubiera sido poco, atrajo aquel hombre hacia sí, de manera que él tuvo que recostarse sobre ella, para besarlo apasionadamente. Y así se quedaron un rato, contorsionado sus cuerpos, uno contra el otro, mientras desfogaban el calor del momento. Nunca había visto eso antes y, de verdad, me excitó presenciar la escena.

    ¿De dónde habrá sacado ella la idea de hacer tal cosa? Nunca lo había permitido, incluso con hombres más guapos y dotados que este. Pero, en fin, como ella misma dice muchas veces: son cosas de mujeres. Después, charlando entre los tres para relajarnos y pasar la página, me enteré que él le había confesado telefónicamente que esa era una de sus fantasías por cumplir y que mi adorada esposa se había mostrado dispuesta a complacerlo. Y todo había transcurrido mientras yo estaba cenando. Después de aquello la velada continuó en tono amistoso. Los dos permanecieron desnudos mientras nos consumíamos la botella de vodka que había dispuesto para el evento.

    Pero no pasó nada más. Mi esposa había desfogado todos sus deseos sexuales con dos hombres, en menos de 24 horas. La situación, como ella dijo, de mucha estimulación visual, le había disparado el apetito. Joel se vistió y muy educadamente se despidió. El día siguiente lo dedicamos a pasear por los alrededores. Vimos a la esposa de nuestra pareja amiga, con quien compartimos mesa la primera vez, otra vez acompañada por su semental negro. Su marido, al vernos, nos giñaba el ojo. Por lo visto, la esposa de aquel también estaba disfrutando de sus aventuras sexuales. Y a lo mejor también se preguntaría. Y si se puede, ¿por qué no?

  • Aventuras y desventuras húmedas. Tercera etapa (20)

    Aventuras y desventuras húmedas. Tercera etapa (20)

    —Es el nombre que me pusiste.

    El comentario le pareció venir directo de la mente de Carolina, punzante y sazonado con un poco de picante, su amiga estaría orgullosa. Aunque no solo puso esa parte, también añadió una media sonrisa para romper el primer bloque de hielo con su madre.

    —¿Qué haces aquí?

    Mari aún se sentía desubicada, la tienda donde ya llevaba trabajando bastante tiempo como para conocerse cada esquina, se convirtió en un lugar desconocido. La pregunta era más que obvia, ¿para qué iba a venir Sergio a verla si estaban “enfadados”? De vez en cuando, los humanos decimos cosas tan estúpidas…

    —Para que hablemos.

    —Sergio, pero este no es el mejor momento.

    Los dos se miraron guardando silencio. Sus mentes recorrieron juntos un viaje lleno de recuerdos, como si estuvieran unidas, desde su día en familia en casa de su tía a acabar teniendo un sexo perfecto en la capital.

    Ambos se mojaron los labios moviendo la lengua sobre estos y dejando un resto de babas para lubricarlos. Daba la sensación de que después de tanto tiempo, después de la ira sentida por Mari y la tristeza que anidó en Sergio, lo primero que querían era un beso del otro.

    —Me imagino, aunque no veo una oportunidad mejor.

    Mari se movió inquieta sin dar ni un paso, cruzándose de brazos quizá para mantener cierta coraza o mostrar su incomodidad. No sabía qué hacer, si comenzar a hablar o directamente decirle que se largase por donde había venido, que ese no era lugar para tales cosas. Tiró por lo más obvio y sensato.

    —Lo siento. —él asintió y ella quitó la mirada de sus ojos, no la soportaba— No quiero hablar del tema, porque creó que la cagué. Fue desmedido. —Carmen allanó su corazón— No me atrevía a llamarte.

    —Ni yo. No sabes lo mal que lo he pasado para venir hasta aquí. —dio un paso acercándose más a su madre— Quería pedirte perdón, sé que lo pasaste mal.

    Mari se tapó el rostro, los sentimientos se agolpaban y ver de nuevo a su niño en frente le produjo unas ganas de llorar inimaginables. Se contuvo, estaba trabajando y siempre se maquillaba un poco, no podía dejar que unas lágrimas lo estropearan todo.

    —No digas más, por favor. Olvídate de eso, de verdad. —miró la puerta, rezando para que nadie la traspasase o la escuchase en la calle. Nadie lo podía hacer, solo Sergio— De lo que tenemos que hablar, es de lo que pasó. No sé si tengo el valor para hacerlo, te podría decir, espera, mañana quizá…, pero me engañaría. Ahora estoy descolocada y sinceramente, no es el mejor momento, no tengo la cabeza ni siquiera clara para pensar, porque no me imaginaba nunca verte aquí. —cogió aire, soltó con fuerza— Te diré poco… aunque claro. Fue una maravilla, delicioso, espectacular, lo he pensado más de una y dos veces y no se me borrará nunca, pero… —no acabó la frase, no podía.

    —Pero no estuvo bien. Sé lo que dices, no el… coito, para mí también fue fantástico, hablo de todo lo que implica.

    —Apartando que seamos familia. —Mari no sabía ni cómo podía estar hablando de ello— Soy una mujer casada, te saco cien años y quiero que tengas una vida. Más allá de lo que pasó, no es bueno que tengamos una… relación como esa.

    —Te quiero decir lo que pienso. —dio otro paso, estaban muy cerca— Te amo, lo he pensado y claro, te quiero como mi madre. Pasó algo en mi cuerpo, no sé, me atraías, me volvías loco, me gustabas más que nada y me pareces preciosa hasta decir basta. —las palabras de Sergio llegaban a Mari que se empezaba a ruborizar mientras miraba a otro lado— Fue deseo, atracción, pasión… siento esto que te voy a decir… no se me va a pasar, lo sé. Pero aunque lo piense, no lo expresaré más, solo quiero que volvamos a ser madre e hijo, me duele no estar junto a ti.

    —Opino lo mismo. Necesito que volvamos a ser una familia, una familia… normal.

    El silencio se volvió a apoderar de ellos, les envolvía como un manto cálido y los sonidos de la calle se amortiguaron hasta acallarse. Esta vez Mari movió sus botines, haciendo un leve ruido que sonó como un eco lejano. Estaban a la par, sus ojos se miraban fijamente y sus cuerpos estaban separados por escasos milímetros, de moverse o respirar más de lo debido, el pecho de Mari golpearía en su hijo.

    —¿Has pensado en mí? —la tensión se acrecentó y la pregunta era necesaria. Mari sabía a lo que se refería, el calor en sus cuerpos estaba aumentando y el pene de Sergio empezaba a rugir.

    —Sí. —le avergonzó la respuesta, pero no se acobardó y mantuvo la mirada a Sergio— ¿Tú?

    Asintió muy despacio, sabían que los dos habían tenido vivos recuerdos del momento más íntimo que jamás tuvieron. El joven descendió ligeramente la cabeza, Mari la levantó, eran dos imanes atrayéndose, el meteorito atraído por la gravedad de la tierra, una colisión inevitable.

    Los labios de Mari, pintados de un vivo color granate, se acercaban a un paso de caracol que a Sergio le pareció erótico. No cerraban los ojos y tampoco se miraban, parecían que oteasen dentro del cuerpo, justo viéndose el alma.

    Las manos del joven ascendieron, haciendo contacto en la cintura de su madre después de tanto tiempo, para él, más de un siglo. Mari lo sintió, junto a una electrizante sensación de pasión irrefrenable que la volvía loca. Sabía lo que ella quería, sabía lo que su hijo quería, aquello no se podía parar, había que ponerle solución. Estaba desestimando sus palabras apenas un segundo después de decirlas. La pasión les robaba el raciocinio.

    Sergio sentía lo mismo, las ganas locas de estar con su madre le consumían, aunque un pensamiento, solo uno, le hizo detenerse en una millonésima parte de segundo “Carolina”. ¿Por qué aparecía su amiga en ese instante? No eran novios, solo amigos, porque esa sensación de que ella le importaba.

    El sonido de la campanilla les despertó de su real sueño. Una clienta entró sonriente a la tienda, una mujer de avanzada edad que saludó rozando el grito a Mari, respondiendo esta de forma automática.

    —Sandra, ¿qué tal?

    La tensión se disipó en un momento, tuvo que poner su mejor rostro y olvidarse de aquella sensación tan fascinante que le recorría la entrepierna. Millones de hormigas estaban andando con sus pequeñas patas a una zona tan sensible que dentro del pantalón ardía.

    —Ahora estoy contigo. —vio cómo la clienta se encaminaba al fondo de la tienda y volvió los ojos a su vástago— Sergio, ven a las ocho, cuando cierre. Espera en la otra acera… no tengo tiempo para hablar, debo ir a casa que estará tu padre y tu hermana esperándome para cenar.

    No hizo falta decir más. Apretó la cintura de su madre con las manos, haciendo que Mari apretase los dientes tratando de no sisear cuál serpiente y quitó la vista de su hijo. Este se marchó de allí, esperando a que pasara el tiempo y lamentándose de no tener un libro que le entretuviera.

    Mientras tanto, su madre atendió a quien entrase por la puerta, como a Sandra que le comió bastante tiempo. Entre clienta y clienta solo se le ocurrió una cosa, una única cosa para poder expresarse, escribirle todo en un papel, sería más sencillo que hablar.

    Antes de las ocho Sergio estaba en la otra acera, mirando dentro a su madre que hacía los últimos preparativos para cerrar, espantando a algunas clientas con buenas palabras y dejando todo listo. Salió de la tienda, cerrando con un manojo de llaves y accionando la persiana automática mientras miraba a su hijo al otro lado.

    El joven vio el papel que traía en la mano, un folio al uso que no dejó de mirar mientras cruzaba la calle con rapidez sin mirar a los lados. No tenía nervios, no tenía timidez, simplemente era un flan por tener allí a su querida madre.

    Le extendió el papel sin decir nada y después con un gesto veloz como el rayo, Mari se adelantó para darle un perfecto beso en la comisura del labio a su pequeño. No dijo más, no hizo más, solo se dio la vuelta y comenzó a caminar por la calle en dirección a su casa. El joven se quedó quieto, mirando el papel y con una erección que no era sana. En el pantalón algo se movía, un alíen dispuesto a hacer cualquier tipo de atrocidad con el objetivo de sacar el jugo blanco que tanto le oprimía los genitales.

    De la vuelta a la residencia ni se dio cuenta, solo se percató de la realidad cuando estaba sentado en su cama con el folio doblado en las manos. Lo había llevado con cuidado, colocado a la perfección en el sitio del copiloto como si fuera un ser viviente. Podía notarlo, casi sentir una palpitación constante de un corazón de papel que le llamaba.

    Ahora estaba dispuesto a leerlo, sin tener la menor idea de lo que habría en su interior. Los dedos le sudaban y no quería mancharlo, por lo que se acercó al escritorio, dio el flexo que usaba para estudiar y calmándose, lo abrió.

    “Hola, Sergio:

    Te lo escribo porque de otra manera no me va a salir. No puedo decírtelo a la cara, porque antes me daría un infarto. Lo mejor será decirlo lo más claro posible, si le doy vueltas va a ser peor. Te amo tanto como amo a tu hermana, sois mis hijos y daría la vida por vosotros si fuera necesario.

    Ahora viene el momento que no te volveré a llamar hijo, porque te pido una cosa. Mañana es sábado y no trabajo, quiero ir a verte a la residencia, sé que vives solo y allí tendremos intimidad, no se me ocurre un lugar mejor. Desde este momento hasta que vuelva a salir por la puerta de tu habitación no quiero ser tu madre, quiero ser Mari, nadie más.

    He notado lo que sientes, la pasión que tienes y te digo que me pasa lo mismo. Solo quiero una última vez, una satisfacción extrema. Porque no te puedo mentir, he pensado en ello muchas veces y aunque esto jamás lo admitiré después del sábado, me he masturbado pensando en ti.

    Dicho esto, solo queda añadir, que cuando pase lo que tenga que pasar, lo olvidaremos. Me seguirás atrayendo y yo a ti, pero se acabará, con una sonrisa y el amor materno filial de siempre. Es lo mejor para la familia, ni tu hermana, ni tu padre podrían enterarse de esto jamás. Nuestra relación rompería la familia.

    De verdad, no quiero hablar nunca más de estas más o menos 24 horas que van a suceder. Me las arreglaré para poner una excusa y verte, no sé a qué hora, ni en qué momento, pero estaré, solo mándame la dirección y ya.

    Para ir acabando, sé que tú eres joven y tendrás mujeres en tu vida, para mí eso obviamente acabó y con tu padre me siento más que satisfecha. Por lo que te voy a dar unas pautas para que sea perfecto para mí, no quiero sonar egoísta, los dos lo pasaremos bien. No quiero hacer el amor, quiero follar. Déjame llevar a mí las manijas y mandar sobre la intensidad, el momento, la postura, todo. No quiero que seas un robot, pero quiero que sigas el ritmo que yo imponga.

    Iré lo más guapa que pueda, sé que te gusta verme así y por las miradas que me echas, sé que mis pechos te llaman mucho la atención. Espero que tú también disfrutes porque yo lo haré. Tú no hace falta que te pongas nada en especial, estaremos desnudos muy pronto.

    ¡Por Dios! Quema esta carta según la leas, hazla pedazos o cómetela, que desaparezca del mundo. Porque mientras te escribo la mano me tiembla y tengo el rostro tan rojo que me va a estallar, nunca había escrito algo como esto y no lo volveré a hacer.

    Nos vemos mañana.

    Te quiere, Mari.”

    Sergio cogió la carta, la hizo añicos durante más de diez minutos. Llenó un vaso de agua, la desintegró moviéndola una y otra vez hasta que se convirtió en una masa compacta. Cogió la bola que allí quedaba y la lanzó a la papelera, rezando porque ningún lunático recompusiera aquella… confesión.

    Volvió a sentarse en el escritorio con un gesto ausente y la cabeza en blanco. Todavía era imposible que aquella carta que había destruido fuera real, que aquellas palabras provinieran del puño de su madre… de Mari. Pero era su mano la que las escribió.

    Se levantó, sin poder contener un cuerpo que estaba extrañamente en calma. Llevó las manos a sus pantalones y metió los dedos por el elástico. El pijama bajó con cautela, como todo él, descubriendo el pastel. Todos los sentimientos estaban en un lugar, en uno solo que ahora se levantaba como una bestia salida de un universo paralelo.

    Volvió a caer sobre la silla, teniendo entre sus piernas un asombroso coloso, lleno de venas repletas de sangre que transitaban como locas hacia una punta roja y desbordante de vida. El capullo había emergido, quedándose tan hinchado que la piel no podía volver a cubrirlo. Lo que si lo cubría era un manto de líquido, los primeros vestigios de semen ya habían anegado la punta y los calzoncillos, dejando una mancha caliente.

    Con los dedos de su mano derecha trató de ahogar aquella anaconda que parecía le fuera a comer. Estaba pletórica, pocas veces la veía así, parecía que en cualquier momento estallase bañándole tanto en sangre como en semen.

    Algo gracioso le pasó por la cabeza cuando movió por primera vez su piel hacia abajo. “Esta vez sí que va a oler a paja, Carol” rio por dentro, porque por fuera su rictus serio no cambiaba. De nuevo su amiga salía a la luz, pero esta vez casi no le importaba, al siguiente movimiento se le olvidó todo.

    Dos gestos más y la masturbación, cesó. Un líquido abundante, espeso y ardiente como el mismo infierno brotaba de la punta cayendo por toda la longitud en unos riachuelos que mancharon su mano.

    Se estremeció, se relajó y casi pudo dormirse en el mismo momento que creía ver el cielo. Si solo supiera que su madre hacía lo mismo en la ducha, seguramente se podría haber corrido de nuevo.

    ****

    Era sábado por la mañana y la residencia estaba casi vacía, solo Sergio y unos pocos más valientes, o como él los llamaba “los huérfanos”, quedaban dentro del edificio. Todo el día permaneció allí, inquieto y dando vueltas en la habitación con un temblor en el dedo meñique que no podía detener.

    Estaba nervioso como nunca, atacado por completo, esperando lo inevitable y rezando para que sucediera de una maldita vez. Apenas recordaba el día en Madrid, por lo oscuro del momento era difícil recordar imágenes nítidas y menos con el paso de todos estos días que borraron parcialmente el recuerdo.

    Para matar el tiempo, se duchó, limpió el cuarto hasta dejarlo como una patena e incluso habló un poco por el móvil con Carol, era la primera vez que lo hacían. Aunque no tenía mucha conversación que dar, eran las tres y justo se iba a echar una siesta para aguantar a la noche. No sabía que más hacer, jugó un poco a la consola e incluso se puso a estudiar, pero volvió a guardar todo cuando dieron las cinco, no se concentraba. Pensaba que sería la hora en la que Mari aparecería, quizá hubiera tenido que trabajar a la mañana y a la tarde se “escaparía” de casa.

    Según se despertó a la mañana le mandó la dirección, diciéndole el piso y el número de puerta, pero no había habido contestación, solo el tic azul. Dieron las seis de la tarde, mientras el joven no sabía que más podía hacer para que el segundero avanzase a una velocidad normal y entonces… golpearon la puerta.

    Con las piernas agarrotadas y el cuerpo tenso hasta el límite de la rotura, anduvo a la puerta con rapidez, no había duda, su “amante” había llegado. Abrió con ganas y la luz del pasillo entró en la habitación mientras contemplaba como Mari estaba delante de él.

    Dio dos pasos entrando en la habitación, echando una mirada rápida de madre y sorprendiéndose de lo ordenada que estaba, esa no era la habitación de su hijo… no podía ser. Escuchó detrás el golpe de la puerta al cerrarse y en mitad del cuarto se dio la vuelta, su hijo… Sergio, estaba delante de ella, mirándola con unos ojos que no había visto antes.

    Sergio observaba a su madre, había venido con el pelo ondulado, quizá visitando antes a la peluquera que tanto le gustaba ir y que tan poco iba, al menos antes. Tenía sus manos metidas en los bolsillos de una chaqueta guerrera verde donde la cremallera subía hasta casi la garganta, seguramente en la calle haría frío. Los pantalones esta vez eran vaqueros y ceñidos como pocos, sus delgadas piernas parecían largas y perfectas, sujetadas por unas Adidas blancas relucientes.

    —¿Cómo…? —Mari se llevó la mano con su anillo de matrimonio a la cabeza y los pelos sueltos los dejó detrás de su oreja, mostrando un rostro perfecto. Tenía una leve capa de maquillaje, con unas pestañas infinitas a base de rímel y el mismo color granate en los labios que vio en su visita a la tienda. Parecían más gruesos que de costumbre, sorprendente, aunque a Sergio no le pareció nada extraño ver los ojos más bonitos de la creación— ¿Cómo rompemos el hielo?

    No había nada que romper, Sergio se lanzó literalmente a por Mari. Agarró con su mano el rostro de esta y después rodeó con su mano libre la cintura hasta llegar a la parte baja de la espalda. La mujer se quedó perpleja, no espera esa reacción tan rápida, pero… había venido a eso ¿no?

    Sus labios se juntaron y en un segundo ambas bocas se abrieron, el calor que ni le había dado tiempo a formarse ya quemaba como una hoguera del mismo infierno. Respiraron con fuerza, notando en sus bocas como se abrían los pulmones del otro. Sus labios se expandieron como verdaderas cuevas para que… sus lenguas se tocaran con ganas por primera vez.

    El músculo húmedo y rosa de su hijo contactado con su lengua en el interior de su boca… la despertó. Hizo que una Mari distinta saliera, la que escribió la carta con cierta humedad en sus bragas, la que de joven hacía travesuras y pensaba en sexo, la que en casa se masturbaba pensando en su hijo.

    Por fin le tenía delante, era su presa, aquel que iba a sacar años de frustración de encima y que la iba a dejar “seca”. No tenía tiempo que perder, dijo a su marido que había quedado con unas amigas, no preguntó más, como siempre… qué bien para ella. Tenía toda la tarde si quería, pero cada segundo valía oro.

    Sus manos fueron a la nuca de su hijo, donde la agarraron con fuerza para acercar, si es que era posible, su boca más a la suya. Se unieron tanto que se podrían haber ahogado con un poco más de esfuerzo, pero quizá eso era lo que buscaban, hundirse en la pasión.

    La fuerza de cada uno desequilibraba al otro. Sergio acabó ganado esa batalla, llevando a su madre a caminar de espaldas sin saber dónde llegar. Topó con su espalda en la pared, cerca de la cama, no era el mejor lugar, pero en ese instante, todo le valía, hasta una cama de faquir.

    Las manos del joven fluyeron por la espalda de Mari, pasando hasta su trasero, sujetándolo con fuerza parar elevarla en el aire. La levantó con más o menos facilidad, Sergio no es que fuera excesivamente fuerte, pero la adrenalina del momento le hubiera permitido alzar hasta su querido coche rojo.

    Mari le hizo la bien llamada “pinza”, cogiéndole con ambas piernas y anudándolas detrás de su espalda. Aunque lo que sin duda más le gustó, fue que al abrirse de piernas topó con un miembro que golpeaba su sexo tras las telas. Era como lo recordaba, grande, poderoso, duro, gordo… todos los apelativos se le quedaban cortos, porque aquello que tenía su hijo, era lo que más deseaba.

    Los golpes del joven se sucedían una y otra vez. Con su cadera hacía pequeños movimientos para que ambos sexos conectasen, y cada vez que Mari sentía el duro pene de su hijo contra su hinchada vagina, se volvía loca.

    —Bájame.

    Sergio obedeció sin dejar de besarla y Mari le apartó un momento apoyando su espalda en la pared. Le miró con ojos felinos, de cazadora sedienta de carne… de una zona en concreto. El joven se detuvo, pero no separó su pene del sexo de su madre, solo su tronco.

    La mujer llevó sus manos a la chaqueta, empezó a bajar la cremallera con calma sabiendo que el momento era eterno. Llegó hasta el final, quitándose de una sentada y mandándola lejos, a algún lugar que no volviera a molestar. Había venido con una camiseta muy ceñida, se la compró hacía muy poco y le quedaba apretadísima en el pecho, sobre todo si se ponía buena lencería que mejoraba aún más esa preciosa delantera.

    La camiseta de rayas pareciera que iba a explotar y en la zona del escote, unos botones de clic llegaban desde el cuello hasta más debajo de los senos. Sergio los vio, estaban puestos para que no se viera nada de sus pechos, ni el más mínimo resquicio. Mari por supuesto esperó, quería ver que haría su hijo, que miraba con ojos perdidos unas mamas ocultas que sabía que amaba.

    Viendo los botones cerrados, con gesto ofensivo, al borde del insulto, su pene se enfadó, gritando que lo sacasen de dentro del pantalón del pijama, que hablaría él mismo con esa camiseta. No hizo falta, las manos del joven llegaron al lugar indicado, justo en el último botón metió los dedos que le cabían y con fuerza desmedida, separó ambas manos.

    Los botones se abrieron todos con violencia, haciendo que Mari soltase un pequeño gemido a la vez que sus pechos quedaban al aire, sumergidos en su lencería negra. No hubo segundo de espera, ni momento para admirarlas, ni nada. Sin quitarle la camiseta que cubría la mitad de los senos, Sergio se abalanzó con su boca a por ellos. Pasó su lengua por encima de unas mamas hinchadas y duras, mientras por debajo las apretaba con las dos manos. Estaban riquísimas, era el mejor plato de carne que había probado en su vida y apenas era el principio.

    —Qué bien las chupas —soltó Mari en un sollozo mientras su hijo dejaba un reguero de saliva.

    Sin embargo le tuvo que apartar. Que le comiera la parte alta del pecho podía ser muy placentero, pero no había venido a eso, quería mucho más, muchísimo más… y sobre todo, dentro de ella.

    Apartó a su hijo con un leve empujón, quería guerra y la iba a tener. Le agarró con fuerza de la parte de arriba del pijama y le lanzó contra la cama. Sergio cayó pesado, quedándose sentado contra los cojines que estaban al lado de la pared.

    Mari se quedó de pie, mientras su hijo se deleitaba con un cuerpo que le parecía esculpido por Miguel Ángel. Podría haberla dicho muchas cosas, un sinfín de piropos, pero ¿qué más daba? Su madre sabía lo que pensaba de ella, no era necesario, lo único que hacía falta era que le diera placer.

    Se arrebató la camiseta y la lanzó como hizo con la chaqueta. La imagen era despampanante, de pie, delante de él, una diosa se lo estaba a punto de llevar al cielo, Sergio perdía la razón viendo a su madre con el vaquero y el sujetador.

    —Quítate la ropa. —obedeció. Primero la camiseta, luego el pantalón. Lo último fue el calzoncillo, que se lo quitó sin perder de vista los ojos de Mari.

    El pene se liberó de la prisión. Gritó al salir, un rugido de una punta casi morada y totalmente gorda que no permitía a la piel cubrir semejante capullo. La mujer cerró los ojos, feliz como si hubiera ganado la lotería, se imaginaba lo que tenía allí abajo en sus lujuriosas duchas mientras se masturbaba. Pero verlo de nuevo… era otra cosa.

    —Te voy a chupar la polla con tantas ganas…

    El comentario sonó directo y erótico, entrecortándose las palabras debido a la lujuria. El rostro de Mari denotaba un ansia terrible por devorarlo. Sergio lo sintió en sus oídos, y su pene, brincó de alegría para regocijo de su madre que no le quitaba la vista de encima.

    Fue a quitarse el vaquero, se quería desnudar para estar a la par, pero en un momento, Sergio alzó la mano deteniéndola.

    —No te quites más, chúpamela así.

    No puso pegas, si al joven le gustaba, ella lo haría de ese modo, no le importaba mamar aquel tremendo miembro con ropa o sin ella, lo único que quería, era eso… metérsela en la boca.

    Se subió a la cama, poniéndose a gatas y sin dejar de mirar aquella antena de radio que señalaba al techo de la habitación. Estaba totalmente dura, cada vez que se acercaba podía notar el palpitar en el interior, como la sangre borboteaba ardiente.

    Estaba ya encima, meciéndose el pelo hacia su lado derecho y quitándose todas las posibles molestias. Su hijo la miraba, pero no era él, era un hombre con el que había quedado, uno que la ansiaba como ningún otro, solamente era Sergio.

    Agachó su cabeza hasta la punta, haciendo que el aire llegara a tocarlo y el joven se estremeciera sentado en su cama. Sergio aprovechó para recostarse, la mitad de su espalda quedó apoyada en un cojín contra la pared y sus piernas abiertas sin que molestasen.

    Con una mano Mari lo sujetó con fuerza, era como a Sergio le gustaba, no lo sabía, pero según apretó los labios supo que lo estaba haciendo bien. Deslizó la piel hacia abajo, era el movimiento que siempre hacía de forma involuntaria cuando… se la metía en la boca.

    La sensación de calor le embargó, tensando sus piernas y apretando el trasero del puro placer. Su madre a gatas en la cama con unas tetas perfectas y un trasero respingón comenzaba a felársela. Su lengua rodeaba el glande y sus labios succionaban un miembro que comenzó a humedecerse por toda la saliva que manaba de su boca.

    Mari no tuvo que hacer mucho esfuerzo para escuchar los primeros gemidos de su hijo, estaba exaltado, al igual que ella, que ya sentía como sus bragas se iban a encharcar. Su mano acompañaba el movimiento de su boca. Mientras la otra la sujetaba sobre la cama para no caerse, aunque de vez en cuando tenía que llevársela a la cabeza para apartar el cabello rebelde que se le movía.

    Tenía que detenerse cuando el pelo la molestaba metiéndosele en la boca. Se había olvidado de llevar un coletero, no tenía pensado ponérselo después de ir a la peluquería, era lo normal. Aunque tampoco recordaba muy bien lo que era mamar un miembro viril, por lo que se le podía perdonar.

    Se detuvo sentándose sobre sus rodillas y tratando de dejar el pelo quieto a un lado, pero no podía, el cabello se le metía en la boca y estaba fastidiando la gran mamada que estaba haciendo. Pero pronto se solucionaría, para algo eran dos.

    Sergio recogió el cabello de su madre con ambas manos, llegando a hacerla una coleta en su nuca la cual sujetaba con una de sus manos bien cerrada. Mari sonrió y… siguió haciendo lo que tanto le estaba gustando.

    —Así mejor… —consiguió decir Sergio.

    —¿Te gusta? —con un tono meloso. Asintió rápido el joven— ¿Más rápido? —de nuevo afirmó con la cabeza— ¿Así? —sabía las respuestas, solo jugaba para verle gozar.

    La succión se aceleró y el pene del muchacho se comenzó a hinchar como loco, reclamando a los genitales que soltaran el esperma cuanto antes, quería explotar.

    Sergio le llevaba el ritmo rápido con la coleta, dominado a una yegua que se dejaba llevar porque le estaba encantando. La corrida estaba ya, poco hacía falta para que aquello se desparramara por todo el lugar. Sin embargo, el joven con un rostro de furia placentera lo detuvo.

    —Ponte de rodillas en el suelo, por favor.

    Mari lo hizo con rapidez, sin pensar mucho que desearía su hijo, se lo permitiría todo, porque… ella también lo quería todo.

    —¿Qué quieres? —mirando al coloso de entre sus piernas, más hablando con esa polla que con Sergio.

    —Una paja con las tetas.

    Mari sonrió muy caliente, deshaciéndose del sujetador al instante y apretándose ambos pechos, esta vez mirando a los ojos de su hijo. Rebuznó de placer, eran grandes y duros, sin duda no había pasado el tiempo por ellos. El cuerpo delgado de Mari era una delicia, sus costillas eran algo visibles y el vientre era del todo plano, con una cintura que bien se podía asimilar a la de una avispa. Pero aquellos senos… eran la perfección, la más cercana visión del cielo la tenía la mujer en sus pechos. Sergio estaba seguro de que su madre tenía que ser una divinidad, así lo atestiguaba con un pene más duro que el martillo de un herrero.

    Dispuso su mástil entre ambas mamas bastante ansioso, desapareciendo el tronco cuando su madre las apretó para aprisionarlo. Estaba sentado en la cama y la mujer se empezó a mover arriba y abajo haciendo fricción con unos pechos ya húmedos por su propia saliva que seguía en el pene del joven.

    Aquello no duró nada. Sergio se contraccionó en la cama, apretando con sus manos el edredón hasta casi desgarrarlo con el poder de una corrida que estaba emergiendo. Empezó a hiperventilar, a ponerse rojo, si no estuviera teniendo un gran orgasmo, no habría dudas de que le estaría dando un infarto.

    —¡Me corro…!

    —Eso me gusta…

    Mari echó la cabeza algo hacia atrás, haciendo que el cabello le cayera por la espalda, sinceramente no quería mancharse su nuevo peinado, al menos de momento. Sin embargo su pecho era otra cosa, podía notar como la punta del pene palpitaba mucho más rápido que su corazón. Se estaba poniendo inmensa y ardía entre sus senos que cada vez le daban ese masaje tan placentero. Entonces fue que lo sintió, una tensión sin igual que parecía que el miembro reproductor de su hijo estuviera formado por cables de acero.

    —Toma… esto… ¡SÍ! ¡Tómalo…! —Sergio sonaba frenético y caliente hasta el extremo, había deseado por tanto tiempo esa situación que no sabía ni que decir.

    El semen salió disparado como una bala. Un chorro denso y grumoso impactó en la barbilla de su madre, que dio un pequeño grito de placer abriendo la boca para consumir todo el aire que pudiera, le había puesto demasiado. Siguió moviendo el pene entre sus voluminosos senos para darle muchísimo más placer y sacarle todo, lo consiguió.

    Salieron dos más, el segundo casi cayendo al lado de la punta y uno último, y más poderoso, que atravesó su piel hasta el cuello, haciendo otro río de espermatozoides en la garganta de su madre.

    Levantándose con calma, mientras su hijo yacía en la cama con los ojos en blanco y la mente viajando por mundos de placer, Mari fue al baño. Mirándose en el espejo vio a una mujer espectacular, con su vaquero apretado, y desnuda de cintura para arriba. Se veía hermosa y aquellos tres rastros de semen caliente que comenzaban a deslizarse por su piel no hacían más que acercarla a ser una diosa de la lujuria, amor y sexo.

    Sin embargo, tenía que limpiarse, ya se seguiría ensuciando después si era necesario… le apetecía mucho. De momento, con papel higiénico se quitó el exceso, quedando una piel tersa y reluciente.

    Su hijo seguía tirado en la cama, con un pene que no menguaba y rojo como un hierro dentro de una fragua. Arrodillándose en el mismo lugar, volvió a introducírsela en la boca, haciendo que el joven volviera a la vida y se moviera como la cola suelta de una lagartija. Para que luego digan los cuentos que los besos despiertan a las princesas…

    —Para, ma… Mari, espera —con un marcado y terrible lametazo, al final se detuvo— Ven aquí.

    La levantó del suelo, agachándose con unas piernas temblorosas y deshaciéndose de un pantalón que era una ofensa que cubriera el celestial cuerpo. Mari se rio por las ganas con las que su hijo lo hacía, parecía tenerle incluso devoción, estaba a sus pies y eso… como la ponía.

    El vaquero salió despedido y las bragas quedaron en la mano de Sergio que terriblemente excitado y viendo la enorme mancha de flujo que yacía en la tela, la lamió delante de su madre.

    —Sergio… —aquello le hizo soltar el fuego que ya se elevaba como una montaña en su interior.

    La volvió a subir en volandas, mientras Mari metía su lengua en el interior de su hijo que todavía sabía a sus propios fluidos, estaba delicioso. Por fin estaban ambos desnudos, preparados para un coito que seguro sería épico, al menos para ellos, sin embargo Sergio todavía tenía otro plan.

    La depositó en su escritorio, por una vez limpio y ordenado en todo lo que llevaba allí. El trasero de Mari se quedó en el borde mientras sus manos se apoyaban detrás para mantenerse en equilibrio. Sergio quitó la silla que tenía entre las piernas de la mujer, pero con la intención de sentarse y así lo hizo.

    Donde solía estudiar con libros abiertos, ahora lo que tenía a su disposición era unas piernas separadas y en el medio, un sexo reciéntenme recortado hasta el límite de lo posible, sin ningún pelo a la vista. La gloria y el cielo resumidos en dos labios y una cavidad que brillaban con la luz del techo debido a lo húmedos que estaban.

    —Tienes listo el primer plato —soltó Mari sin mostrar ninguna sonrisa, era un comentario serio, para que su hijo, empezara a devorarla.

    La lengua de su hijo no se demoró en recoger el cargamento de fluido que rezumaba fuera de su madre. Describió un rumbo ascendente, empezando muy cerca del ano y terminando en un monte de venus ahora lleno de saliva.

    —¡Sí! ¡Dios mío! —los ojos tan azules como el mar se fijaron en su hijo que volvía a la carga. La lengua dio otra fuerte pasada— No me acuerdo de la última vez que me lo comieron… ¡No me acuerdo! —gimió con fuerza, ajena si en la habitación contigua se encontraba alguien— ¡No pares!

    Su pene reaccionaba a los comentarios y gemidos de su madre, dando pequeños brincos, queriendo meterse donde la lengua lo intentaba. Sin embargo, la boca del joven no cesaba y de la comisura de los labios comenzaban a fluir líquidos varios que ya no podía contener en su interior. Estaba humedeciéndose como nunca, disfrutando de algo que se lo habían negado por tantos años hasta casi olvidarlo.

    Mari sintió una punzada de placer cuando le succionó el clítoris, tanta que asió de la nuca a su hijo tratando de ahogarle con su sexo con la intención de que no se separase jamás. El joven no se iba a ir a ningún lado, incluso introdujo un dedo en el interior de su progenitora haciendo que la cadera de esta se moviera gozosa.

    La mujer sonreía mientras echaba la cabeza para atrás notando un torbellino en su interior. Se lo estaba pasando tan bien que no recordaba otro momento más divertido que ese… su hijo devorando su entrepierna encima del escritorio.

    Aceleró la succión del clítoris viendo lo que le gustaba y con un dedo revoltoso masajeó las apretadas paredes de su madre, hasta el punto que Mari ya no podía cerrar la boca. La necesitaba bien abierta para respirar.

    El momento de sacarlo todo llegó. Mari con el dedo de su hijo moviéndose cada vez más rápido, no podía sostener más un orgasmo importante. Se contrajo, apretando los labios, cerrando los ojos y retorciendo los dedos de los pies hasta que parecieron las garras de un halcón.

    Se dejó caer todo lo que pudo en la mesa, topando su espalda caliente con el contraste frío de la pared, le daba lo mismo. Soltó sus manos para llevar ambas a la cabeza de su hijo, la cual agarraba con fuerza y la dirigía de arriba abajo mientras este daba profundos lametazos.

    Su vagina se contrajo y comenzó a expulsar todo lo que allí se había formado. No hubo gritos, ni gemidos, solo una incontrolable vibración que no la dejaba abrir los ojos como quería. Aunque sí que podía hablar, puesto que mientras que un orgasmo increíble seguía anegando su cuerpo, le decía a su hijo.

    —Comételo todo… —apretaba su cabeza con temblorosos dedos— No dejes nada…

    Obedeció a las peticiones de su madre como todo buen hijo debe hacer y no se puso de pie hasta que terminó su trabajo. Cuando lo hizo, se alzó, apartando la silla con sus propias piernas, mientras Mari, todavía tumbada, le observaba con un pecho acelerado.

    Sergio vio a su madre como una verdadera leona, aunque en parte herida por un orgasmo que la había dejado indefensa. Tenía el rostro enrojecido, unos ojos brillantes como nunca antes y los pies, que seguían en el aire, temblaban de manera ostensible.

    Aprovechó para pasar su mano por la pierna de esta, simplemente acariciándola, pero Mari no lo soportaba, seguía sumida en un orgasmo constante que la hizo sollozar y moverse en un espasmo.

    —¡Métemela! —vio como le miraba su hijo, quizá esperando a que se le pasase— ¡Métemela, ahora…!

    Ya no estaba delante de su madre, solo de una mujer que en aquel instante y solo por un intervalo corto de tiempo, era su amante. Hizo lo que le pedía, su pene estaba duro como antes, apenas había retrocedido unos milímetros que volvió a recuperar. Lo cogió con todos sus dedos rodeando el tronco como hizo Mari minutos atrás. Colocándolo en la cavidad de la mujer, esta se estremeció, estaba demasiado sensible, pero le daba lo mismo, quería la polla de su hijo.

    —¡Aaaahhhh! —gritó al sentirla dentro.

    Una mezcla de placer extremo y dolor se unieron en un chillido del que Sergio estaba seguro de que alguien lo habría escuchado. Sujetando sus piernas, la medida era perfecta para no tener que ponerse de puntillas. Las entradas se empezaron a solapar la una con la otra, sus cuerpos se unían entre sollozos de placer y fuertes respiraciones sin dejar de mirarse.

    Mari ya había cedido al poder que le estaba sometiendo su hijo, tumbándose casi por completo en la mesa después de haberse movido ligeramente. No es que fuera el mejor sitio del mundo, sobre todo teniendo la cama a unos pasos, pero el placer que sentía no la permitía quitar el pene de su interior.

    —Dame las manos —dijo Sergio sin parar de entrar y salir.

    —¿Cómo? —ella se las cedió.

    El joven las cogió, soltando los muslos donde estaba sujeto y las cruzó hasta llevarlas al clítoris de esta. No tenía la intención de que se masturbase, simplemente las agarró por las muñecas e hizo tracción con ellas. Con dos objetivos muy claros, uno, tener mucho más movimiento y velocidad, y dos, hacer que los senos de Mari se apretasen todo lo que pudieran, su madre se dio cuenta.

    —¡Te encantan mis tetas! —con una media sonrisa para gemir de placer por una entrada que le llegó a lo más hondo.

    —Son perfectas. —respiraba entre palabra y palabra, su jadeo era constante y el placer mucho mayor— Las mejores que vi en mi vida. —Carmen era una dura rival, pero… Mari quizá tenía mejor cuerpo, no lo podía asegurar a ciencia cierta.

    —Dame un poco más… ¡Sí…! —su voz se perdía en un hilo de placer. Se volvió a erguir, quitando el agarre de su hijo y empujándole de pronto levemente. El pene muy a su pesar se escapó— Siéntate en la silla.

    La voz de Mari tornó a orden, una bien caliente que Sergio cumplió a rajatabla, como si… se lo ordenase su madre. La mujer atrapó el pene erecto del joven y puso una pierna a cada lado de la silla disponiendo la herramienta en su cavidad y cayendo de golpe.

    —¡La leche…! —soltó con gusto con las manos en los hombros de su hijo— ¡Qué pedazo de polla tienes…! —la enterró toda en su cuerpo. Llegando a notar sus genitales cerca de su ano— Me llega tan… dentro…

    Su voz se perdía en un tono erótico, que por supuesto, Sergio nunca había escuchado. Su madre había sido una mujer dedicada a la casa, con ojeras bien marcadas, siempre una coleta mal hecha y desganada. Se transformó.

    Lo que tenía en frente era una mujer poderosa, sexy hasta la médula e independiente. Con unas ganas de sexo, que parecían imparables. No le había hecho falta nada más que creerse lo bella que era y salir un poco más de las cuatro paredes teniendo su propia vida. Sergio comprobada todo ese cambio mientras Mari lo cabalgaba con dureza.

    —¡Agárrame bien el culo, cariño! —esto último le salió solo, aunque no le importó, no había dicho hijo.

    Las manos de Sergio comprimieron ambas nalgas, ayudándola en sus saltos mientras se clavaba un pene sin fin que la llevaba al cielo. Adelante y atrás, a los lados, movimientos circulares de cadera, todo era poco para llenarse de placer, le haría falta una vida entera para quedarse satisfecha.

    El joven estaba muy caliente, la visión perfecta de su madre era demasiado. Tan caliente estaba, tantos sonidos emitía, que este se dejaba llevar por la preciosa ninfa que tenía enfrente… mejor dicho, encima. Soltó una de sus manos y a la par que atrapada uno de los dulces pezones con los labios, le golpeó con fuerza una de las nalgas haciendo que su madre… chillase.

    —¡Otra vez!

    Gritó sin contener el aliento, no había sido para tanto, solo una pequeña cachetada de pasión. Pero animado, Sergio le dio la siguiente con más fuerza.

    —¡Sí! ¡Eso es! ¡Esto quiero, mi vida! —los apelativos brotaban sin querer, esperaba no romper el momento.

    —¡Eres perfecta!

    Las frases atravesaban sus labios sin que su mente diera el visto bueno, rodeadas de inconexiones y gemidos de placer, que sobre todo, Mari soltaba a viva voz. Se estaba desatando, dejándose llevar por el demonio interno y dando un buen “repaso” a su… a Sergio.

    El muchacho estaba abstraído, observaba a su madre gemir y gemir, como nunca la hubiera imaginado mientras chupaba sus pezones como un verdadero loco lujurioso. Se vio con confianza y no pensó mucho su siguiente movimiento, solo le advirtió de una forma muy ambigua.

    —Esto te va a gustar.

    La mano derecha dejó de apretar la nalga izquierda de Mari, sin que a esta le importase mucho. Aunque cuando notó que el dedo corazón de su hijo se dirigía a su ano, le miró.

    El dedo hizo contacto con la entrada, lo masajeó mientras ambos se miraban y el ritmo iba descendiendo. Mari nunca había metido nada por ese agujero y no se había imaginado que sentiría, ni si el sexo anal sería divertido “con esta polla me da que no…” pensó mientras su hijo le masajeaba el trasero.

    —¿Lo meto…?

    Ella asintió sin meditarlo siquiera, como se suele decir habitualmente, había venido a jugar, por un dedo… no pasaba nada ¿no?

    El coito siguió y el dedo corazón se introdujo con calma en un trasero tan apretado, que le costaba introducir la primera falange. Pero pronto pareció que comenzó a ceder, Mari se dejaba hacer y casi se olvidaba del dedo porque era insignificante con lo que tenía en la vagina.

    Otra falange entró, y esta vez sí que sintió cierto placer extraño que no la desagradó, sobre todo porque se sumaba al que tenía en otra cavidad y la llevaba al cielo. Fue entonces que apretó el ritmo de forma intencionada. Se dejaba llevar por aquel pene que mandaba.

    —Se viene, Sergio… ¡Se viene, mi vida!

    —Dale… córrete… ma… Mari —menos mal que mamá y Mari tienen la misma sílaba inicial, si no la hubiera cagado.

    Fue entonces que ella bajó su trasero, separó ambas nalgas y tanto el dedo del joven, como su coloso entraron de forma profunda. Gimió sin control, un grito a cierto volumen que no cesaba, al tiempo que Sergio aprisionaba uno de sus pezones entre sus mandíbulas.

    Mari se estaba corriendo sin moverse, con la totalidad del pene de su hijo en el interior, mientras un dedo en su ano salía y entraba con cierta fuerza. Su cabeza cayó sobre la de su hijo, besándolo con calma para hacerle saber que debía parar. Este cedió a las súplicas aunque hubiera seguido por años.

    —¡La puta! ¡Qué rica follada! —las palabras de su madre eran incompresibles, no era un vocabulario que soliera usar, Sergio estaba sorprendido. Aunque viendo como estaban, en qué posición y notando como las gotas de flujo ya recorrían sus muslos, no sé de qué podría sorprenderse.

    —No estuvo mal…

    —Saca ese dedo que me vas a romper el culo. —añadió una sonrisa para no sonar grosera.

    Se levantó cuando sus piernas la dejaron, permitiéndola mantenerse en pie a duras penas mientras sus muslos empezaban a mojarse demasiado. Siempre fue de corridas abundantes aunque la de hoy se llevaba la palma. El pene de Sergio era un cúmulo de manchas blancas de diferentes tamaños, igual que los copos de nieve, no había dos iguales.

    —Te toca a ti dar un poco.

    —¿Me das trabajo? —contestó Sergio viendo como su madre se daba la vuelta y apoyaba las manos en el escritorio.

    —Mucho… —se tumbó por completo en la mesa donde Sergio estudiaba, dejando el pelo sobre esta y mirando a su hijo que se colocaba a su espalda. Sintió las manos del joven en cada lado de su cintura, agarrando con fuerza para hundirlas en la piel. Ella colaboró llegando hasta su trasero y abriendo ambas nalgas para exponer su sexo todo lo que pusiera— No sabes todo lo que me gusta que me follen así.

    —Mari… —resopló con ganas y algo atorado— No me puedes decir esas cosas, me ponen demasiado. Verte así, oírte decir eso… —su pene estaba tocando la entrada de su madre— es como una droga.

    —Drógate conmigo. Métela dentro, que está calentito.

    —Joder… tú sí que eres caliente.

    —¡SEEEERGIO! —gritó al sentir todo el poder que atesoraba su hijo en su interior— Bendito sea quién te puso eso ahí…

    El joven se veía con muchas ganas, lleno de poder, de calor, de erotismo. Sujetó aún más fuerte a su madre, agachando su tronco para llegar a ella, mientras estiraba sus brazos para que sus cuerpos se juntaran.

    El aliento lo podía sentir en la espalda, su hijo estaba detrás, con su poderoso pene empezando a meterlo y sacarlo, sacando sollozos a una mujer perdida por la pasión. Sintió un beso húmedo en su hombro, le miró con los ojos medio llorosos debido al clímax de los orgasmos. Lanzó su rostro, besándolo con pasión y al de unos segundos separándose sin dejar de mirarse, y sin que Sergio… se la dejase de meter.

    —¿Sabes quién me puso esto aquí? —ambos se miraron, sus cuerpos se mecían al compás de las penetraciones.

    —No… dímelo…

    —Fuiste tú, mamá. —Mari abrió la boca, no sabía si por oír una palabra vetada o por la fuerza de las palabras. Pensó en decir algo, negar esa palabra, pero se quedó callada, no le dio tiempo a hablar— Tú fuiste la que me dio esta polla, mamá. Querida madre que amo más que nada, espero que te guste lo que te estoy dando, porque te lo estoy haciendo con lo mismo que tú creaste.

    —Sergio… —el ritmo se había acelerado y el golpeteo empezaba a sonar en toda la habitación. Mari no sabía qué decir, pero soltó lo más lógico— No… no… no pares de llamarme… mamá.

    Se tumbó sobre sus antebrazos y entonces su hijo, su querido vástago, empezó en verdad a follársela. Soportaba las estradas con estoicismo gimiendo cada vez más alto y notando el calor que generaba su interior debido a las fricciones. Primero un azote, después el segundo, el tercero picó un poco, pero que bien se sentía, era lo que deseaba, como si le leyera la mente.

    —Mamá no me gusta esta frase, pero estás buenísima.

    —¡Sique, cariño! ¡Sigue hablando y follándome que me queda poco! —Mari apartaba a soplidos el pelo que le golpeaba la cara y de la nada se le ocurrió algo— Hijo, cógeme el pelo, como antes. Agárralo y quítamelo de la cara.

    Sergio lo hizo, creando una coleta con sus manos a la vez que entraba y salía. La fuerza se iba incrementando poco a poco, tanto en las entradas como en el agarre, hacía a la mujer tener la cabeza todo el rato en alto. No era violento, solo un poco rudo y… ¡Menudo placer!

    —Me corro. —rugía entre dientes mientras Sergio se lo aguantaba para seguir un rato más— ¡Joder, qué me corro! ¡Me corro, hijo! ¡Dame polla, qué me corro! —seguía gritando acelerada con los dientes apretados.

    —Ensúciamela. Lo necesito, necesito tu corrida.

    —Te la doy en tu polla. —como le ponía esa palabra, ¿por qué la usaba tan poco?— En tu polla, en tu polla, en tu polla… ¡AAAAHHHH!

    Mari se corrió haciendo que su trasero botase una y otra vez incluso llegando a expulsar el pene de Sergio que parecía echar humo. Unos líquidos abundantes manaron de la entrepierna de la mujer, que en forma de gotas corrían como caballos hasta las rodillas. De mientras, Sergio se mantenía paciente de pie, acariciando la espalda de su madre que se aferraba a la mesa como podía con la cara pegada en esta. De soltarse se caería.

    Aguantó como pudo un minuto tirada sobre el escritorio que se calentaba por culpa de su cuerpo. El sudor la estaba humedeciendo mientras su hijo se sentaba en la silla con la respiración agitada debido al esfuerzo.

    Logró despegarse de la madera que trataba de aferrarse a la dulce piel. Caminó sin que su hijo la dijera nada, entrando en el baño y cogiendo una toalla para secarse entera. Comenzaba a sudar por cada poro de su piel y necesitaba un poco de relajación.

    Volvió a la habitación con la toalla en la mano, limpiándose delante de su hijo su zona más íntima para después, con las piernas temblorosas agacharse y hacer lo propio con la polla de Sergio.

    —Lo tienes muy prieto. —señalando el sexo de su madre.

    —¿Qué quiere decir eso? —el comentario le hizo cierta gracia, no lo podía negar.

    —Qué he estado a punto de correrme dos veces.

    —Eso es una buena noticia entonces, pero ¿por qué no lo has hecho?

    —¿No es evidente? —una pequeña sonrisa desenmascaró la obviedad— Para seguir.

    Mari le tendió la mano levantándolo de la silla, para llevarlo a la cama y tumbarse por encima del edredón. El pene mirando al techo rápido fue tapado por un conejo hambriento en busca de su zanahoria. El secado de la mujer había provocado un reinicio en el coito, Sergio volvía a sentir tanto como al principio y era verdad, lo tenía muy apretado.

    El sexo fue algo más lento, pero no decayó, la profundidad que Mari le imprimía era infinita. Con gesto placentero en todo momento, la mujer cargaba todo su peso a su entrepierna, donde quería meterse cada uno de los centímetros que la llevaban al cielo, cada muesca de piel era un escalón hacia el nirvana.

    —Cómeme las tetas, cariño. No te cortes.

    —Me estoy aguantando mucho, voy a terminar. —cada vez le era más difícil evadirse, el placer le invadía.

    —Hazlo. —Sergio dudaba— En algún momento tendremos que acabar…

    —Levántate, mamá. —rompieron su unión y Mari atendió las explicaciones rápidas de su hijo. Este se sentó en la cama con los pies en el suelo y ella hizo lo mismo en su regazo, dándole la espalda. Apoyó ambas manos en las rodillas del joven y descendió su trasero mientras un pene se introducía en ella— Así… Sentadita…

    —¿Te gusta, mi vida? —los primeros movimientos corrían de parte de Mari.

    —Me falta un espejo delante, para verte entera.

    —Lo que quieres… —mientras su hijo la mordía la espalda y la hacía gemir— es ver cómo me botan las tetas.

    —Puede ser…

    —Sí… —el mordisco la excitaba demasiado y sentir la fuerte presión de los dedos en la cadera la extasiaba— Ayúdame a follarte.

    Las palabras encendieron el alma de Sergio hasta el borde de la abrasión. Su cuerpo se tumbó, dejando que el miembro viril se introdujera lo más profundo posible, donde nadie nunca había estado.

    —¡Por favor! ¡MENUDA POLLA!—soltó Mari con el labio tembloroso debido al placer.

    No aguantaba, con dos sacudidas las ganas pasarían la frontera donde la vuelta se volvía imposible. Era el final, la última vez que estarían de esa forma, casi lo podía sentir, sin embargo, no podía seguir más, era el culmen de la tarde.

    —Se acaba la función, mamá.

    Se levantó con rapidez, sin separarse de su madre, cogiéndola por los bíceps para que no se cayera. El movimiento había sido rápido e inesperado, menos mal que su hijo la agarró, si no hubiera salido volando, pero ahora no la soltaba. De pie en medio de la habitación la penetración se hacía dura, el eco del coito resonaba en cada pared atravesando los oídos de la mujer y llegándola hasta el fondo de su cuerpo.

    No podía correrse más, estaba totalmente seca, su hijo le había quitado hasta la última gota de su ser, pero se sentía más caliente que en toda la tarde. Su boca abierta con media lengua fuera parecía la de un perro ansioso por jugar. “Una perra…”.

    —Menuda corrida… esto va a salir.

    —¡Quita que te la chupo! —soltó en un tono autoritario la mujer girando su cuello. Sergio pareció dudar por un instante— ¡Sácala de mi coño, que quiero chupártela!

    La rapidez en sus palabras y el tono duro hizo que la duda de Sergio se volviera deseo. Su madre se arrodilló con rapidez, aliviando por un lado el dolor de sus piernas y saciando su boca que deseaba que la llenasen.

    El sabor del pene era tan variado como un plato gourmet. Tenía de todo aquel músculo y… a Mari, le supo delicioso. Sus labios aferraron el miembro de su hijo, succionando un capullo que parecía una tubería a punto de explotar. Estaba tan hinchada que su lengua apenas podía recorrer un breve trozo de piel, aquello era la mejor polla que había sentido en su vida.

    —Termino ya… mamá —Sergio estaba listo, aguantando una salvaje corrida para hacerla divina.

    Mari no contestó, solo siguió y siguió chupando como si le fuera la vida en ello. Su hijo sintió el último coletazo de electricidad llegando a unos genitales, que de nuevo estaban hinchados pese a la primera descarga. Atrapó el pelo de su madre que caía sobre su espalda y movió su cadera adelante y atrás. El pene entró golpeando la garganta de Mari haciendo que unos sonidos guturales cercanos a la arcada opacaran los jadeos del joven.

    —¡La leche! ¡Qué sale! ¡Toda! ¡Toda entera!

    —¡Dámela!

    Logró decir Mari antes que su hijo, convertido en puro deseo, impulsara su cabeza con fuerza contra su cuerpo haciendo que el pene la atravesara ligeramente la garganta. Entonces fue que lo sintió, un chorro de néctar ardiente recorriendo su interior y llenándola por completo directamente a su estómago.

    Los ojos se le humedecieron al tiempo que Sergio temblaba como un flan. Su hijo al fin aflojó el agarre y la mujer tosió derramando un poco del jugo por la barbilla. Esa pequeña parte era la que no yacía ya en su tracto digestivo.

    Abrió la boca para respirar, viendo a su hijo completamente ido, como se sentaba extasiado de placer y gimiendo sin control. Se miraron en silencio, mientras ambos respiraban violentamente. Había sido realmente épico, un recuerdo para toda su vida que seguiría muy presente en sus ardientes sexos que yacían satisfechos.

    La mujer arrodillada en el suelo, con unos muslos mojados y un sexo irritado que le dolería los siguientes días, pasó la mano por su barbilla. Dos gotas rápidas querían caer hacia su cuello, pero no lo permitió. Las recogió con tres dedos y mientras su hijo la miraba con un ojo medio cerrado, se las metió a la boca para comerse toda la corrida. Sergio no lo soportó y cayó hacia atrás en la cama mientras su cuerpo palpitaba sin control.

    CONTINUARÁ

    ———————–

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    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Regalo de cumpleaños: fui la puta de mi cuñado

    Regalo de cumpleaños: fui la puta de mi cuñado

    Confesiones de alcoba:

    Acabo de cumplir los treinta y seis años y el último regalo de mi esposo fue entregarme a otro hombre…

    Al abrir los ojos mi Ramón ya estaba despierto, de pie junto al marco de la puerta, noté su sonrisa debajo de su barba cubierta de canas, vi la luz brillar en el café de sus ojos aún estaba en pijama solo un pequeño bóxer, nunca le ha gustado dormir con mucha ropa, así que primero me di un taco de ojo con mis ojos aún a medio abrir. A pesar de que ya va por la mitad de los cuarenta, gusta cuidar su físico además por su trabajo como jefe de un departamento de bomberos debe estar en forma, así que dibuje una sonrisa al ver sus firmes pectorales desnudos, ese poco vello que crece en su pecho, luego mi vista se fue directo a sus caderas la erección matutina era evidente debajo de su ropa interior sonreí pícaramente mientras se acercaba poco a poco a mí.

    Estire mi mano hasta alcanzar, tocar y acariciar ese miembro que tantos orgasmos me ha regalado, Ramón simplemente se detuvo delante de mí y dejó mi mano girar y jugar por encima de su bóxer negro.

    Luego él estiró sus manos por debajo de mí pijama; una vieja playera de Ramón que me encanta para dormir porque es como si él estuviera en mí, tocó mis tetas aún sin el sujetador y rápidamente endureció mis pezones al contacto con sus dedos.

    Le ofrecí mi boca cuando él se agachó a besarme, un beso lento, largo, lujurioso que me hizo cerrar los ojos y provocó palpitaciones en mi entrepierna.

    Luego se separó de mí, abrió el closet y sacó una pequeña tarjeta que me entregó.

    Inmediatamente reconocí su caligrafía y leí con entusiasmo sus pensamientos palabras que me llegaron al corazón luego de darle las gracias, unos besos y un abrazó me entregó un pequeño regalo, una caja negra de terciopelo con letras doradas en la tapa, al abrirla me encontré con una fina y delgada pulsera de oro blanco.

    —¿Te gusta?

    —Me encanta!!!

    Ramón la sacó de la caja, tomó mi tobillo derecho y colocó la pulsera alrededor de el beso los dedos de mi pie y fue subiendo por mi pantorrilla.

    Cuando iba a medio muslo escuchamos ruidos fuera de la habitación, los niños venían cantando las mañanitas así que nos vestimos de prisa y dejamos el encuentro para más tarde con la promesa de que esa pulsera pronto se convertiría en arete.

    Llegaron a la habitación con una enorme sonrisa Manuel venía por delante con una caja de chocolates en sus manos luego Lucila con unas hermosas Casablanca entre sus manos.

    Me dieron los regalos y mi tradicional abrazo en medio de risas de felicidad y bromas de que me estaba haciendo vieja pasamos unos minutos familiares muy acogedores.

    Enseguida empezamos con la rutina, los niños se fueron a sus habitaciones a prepararse para ir a la escuela, nosotros nos vestimos para ir a trabajar.

    En la oficina otra sonrisa encontré mi lugar de trabajo decorado con globos y papelitos de colores con frases de felicitaciones, alguna de broma y la que nunca falta de que quiere pastel o que incite una ronda de cerveza, cada uno de mis compañeros escribió algo, reconocí la letra de todos, luego el calor de cada integrante del equipo un caluroso abrazo de la mayoría alguno pasado de listo se formó dos veces para poder abrazarme

    Llegando a casa apenas tuve tiempo de bañarme y arreglarme por la tarde noche había una pequeña cena familiar en un bonito restaurante local solo con mis hermanas y hermanos, mi familia.

    En el restaurante estaba también mi cuñado, el hermano menor de mi marido que estaba de visita en la ciudad. Tenía mucho tiempo sin verlo. Cuando lo conocí él apenas tenía doce años era un niño flaco y despeinado, ahora dieciocho años después y cerca de los treinta era un hombre atractivo, soltero y todo un don Juan. Yo por mi parte ya no tengo las curvas y el abdomen de mis veinte, ser madre y la edad van haciendo mella en el cuerpo aunque me cuido y sigo siendo atractiva, lo sé por las miradas furtivas de mis compañeros de trabajo, o personas en la calle que voltean a ver mi trasero, mis piernas también son motivo de miradas cuando visto con ropa corta. Cuido mi piel con cremas y tratamientos y es por eso que mi cutis sigue siendo terso y suave.

    Mi cuñado se despidió temprano, tenía un compromiso de negocios el siguiente día y quería dormir bien para estar atento a la reunión. De perdida ese fue el pretexto que puso al abandonar la mesa, pero yo sospecho que tenía una cita para llevarse alguna chica ingenua a su cama en algún hotel barato de la ciudad.

    Pasamos una memorable velada entre recuerdos y promesas de que deberíamos reunirnos más seguido solo para vivir más momentos como ese.

    Después de la fiesta llegamos a casa nos aseguramos de que los niños fueran a dormir y unos momentos después subimos a nuestra habitación, vi las intenciones en sus ojos y adivino las mías en la sonrisa así que fuimos a nuestra recamara.

    La habitación olía a las Casablanca las flores que me había regalado por la mañana.

    Tomó el control de inmediato y vendo mis ojos, me privó de la vista y comenzó a acariciar mi cuerpo por encima de la ropa, provocando mi sonrisa y aumentando mis ganas y deseos de que me desnudara, nada, aún no lo hizo.

    Luego de unos momentos jugando conmigo sentí como se acercaba a mi cuello y comenzaba a besar desde la clavícula en forma ascendente.

    Sí!!! Por fin comenzaba el verdadero juego, llegó a mi lóbulo y lo tomó entre sus labios beso con calma y al mismo tiempo con furia mi oreja provocando que un leve gemido saliera de mi boca. Luego simplemente susurro:

    —Te tengo un último regalo! Hoy te va a follar otro hombre.

    Mi piel se erizó ante la propuesta.

    Estuve a punto de decirle que no, hoy quería coger con él, ya eran varias las veces que mi esposo me proponía coger con otro pero yo me negaba, hoy en cambio me deje llevar, la curiosidad me ganó, así que un poco nerviosa acepté y con una sonrisa .

    —Promete divertirte, relajarte y disfrutar al máximo. Él te va a tratar bien y te hará gozar.

    Luego escuché sus pasos alejarse y el ruido seco de la puerta al cerrar. Mi corazón estaba acelerado y mis manos sobre mi regazo para calmar mis ansias por lo que vendría.

    De nuevo el ruido de la puerta al abrir y de nuevo al cerrar la puerta luego unos momentos que me parecieron una eternidad en completo silencio, escuché como caminaba por la habitación sin acercarse a mí, mordí mis labios sin querer escuche un ruido extraño, casi imperceptible y enseguida unos pasos seguros acercándose, mi corazón estaba al límite de su aceleración no sé si de nervios, deseo o solo curiosidad quería quitarme la venda de los ojos y descubrir al misterioso hombre.

    En cambio espere sentada al borde de la cama como una presa que sabe que no tiene escapatoria. Sentí que se plantó a mi lado y pude sentir como me miraba, no sé si le gusta lo que ve, se tomó un momento antes de sentir sus manos sobre mis hombros deslizó por mis brazos la chamarra de piel y luego tomando con sus manos mis muñecas me ayudó a levantar, no hablaba, no decía nada, creo que eligió un mudo para esto yo quería saber si le gustaba, si estaba excitado ante mí.

    En cambio solo tomó mi blusa y la levantó, mis brazos subieron en automático facilitando su trabajo para sacarla de mi cuerpo, depósito un par de besos por encima de mi sujetador justo en la circunferencia aún oculta de mis pezones, luego sentí como su mano bajaba por mi pierna hasta el tobillo desabrocho mi botín, de nuevo levanté mi pierna en automático para que el botín pudiera salir repitió el proceso con el otro pie sentí como sus manos quemaban mi piel cuando comenzó a desabotonar mis jeans y luego tiró de ellos hasta dejarlos en mis tobillos me ayude de él tomándome de sus hombros para sacar yo misma mis pantalones enredados en mis tobillos.

    Quedé solo en lencería frente a no sé quién, una lencería que había elegido con todo cuidado para que disfrutará mi marido aunque ahora era un desconocido quien me observaba

    Fue la primera vez que abrió la boca:

    —Eres hermosa.

    ¡Era mi cuñado!

    Debí abrir mucho la boca porque puso su dedo pulgar en ella y lo metió, succione su dedo imaginando lo que venía.

    Me arrancó lo último que me quedaba de ropa en un arranque de fuerza, de pasión, de hambre…

    Hambre de mí

    Como si llevara tiempo con ese deseo, por tenerme, por tocarme por todo… esperando, conteniendo el momento que por fin llegaba.

    Debo confesar que me excito su arranque de furia y deseo, sentí como mi entrepierna estaba humedecida.

    Sentí su respiración muy cerca, casi sobre mi cuello.

    Tomó mi mano y me hizo girar en mi eje, gire para él con una sonrisa dibujada en mi boca, el ruido de la nalgada llegó un poco antes que el picor en mi trasero, casi solté un gritito de sorpresa pero su mano sobre mi piel me calmo en forma de caricia.

    —No sabes el tiempo que tengo esperando esto.

    Voy a disfrutarlo tanto que no sé si el verdadero regalo sea para ti o para mí.

    Sus palabras tan cerca de mí oído me estremecieron, la piel erizada contestó por mí, sentí su sonrisa en mi hombro mientras confirmaba los estragos que su voz había provocado.

    Se tomó su tiempo, acariciando aquí y allá, besando mi piel, susurrando de vez en vez lo hermosa que estaba, sus caricias fueron cada vez más intensas hasta provocar que mis manos lo buscarán a ciegas toque su cuerpo por encima de la ropa, pero no me bastaba así que mis dedos hábiles fueron desabrochando cada uno de los botones de su camisa, fui tocando sus hombros, los vellos en el pecho, su abdomen aún firme y duro él se dejó hacer lo que mis manos quisieran, aunque no podía ver nada cerré mis ojos al momento de llegar a su pantalón acaricie su hombría por encima de la mezclilla y comencé a frotar mi mano por ese trozo de carne que en ese momento era para mí.

    No espere más y desabroche el botón de metal de su pantalón, escuche el cierre al abrirlo bruscamente y tiré con todas mis fuerzas de él para dejar a mi cuñado desnudo para mí.

    No lo podía ver pero lo podía sentir y eso hice; observé con mis manos su cuerpo, abrí la boca al sentir el grosor, al notar como las venas se marcaban bajo la yema de mis dedos.

    Sé por sus caricias que tiene ganas de cogerme. Acaricie la cabeza de su verga y descubrí que tanto él como yo destilábamos de deseo, estaba duro por mí, estaba hambriento de mí…

    Lo que siguió lo esperaba desde que mi esposo salió de la alcoba.

    Me tiro sobre el colchón y tomó con sus manos mis tobillos, abrió mis piernas y las estiró mientras las levantaba, sentí sus labios recorriendo la parte inferior de mis pies le hizo el amor a mis dedos y subió salvajemente por el lado interno de cada una, se instaló entre mis piernas y me saboreo, su lengua maestra tomó por asalto mi flor, mis pétalos se rindieron ante él entregando su néctar, sentía como acariciaba y lamía con ella, como tocaba con suavidad o mayor intensidad según mis reacciones, el muy cabrón me leía como si me conociera de mucho tiempo.

    —Eres excitante…

    Alcanzar el primer orgasmo fue rápido más fácil de lo que me imaginé, solo me olvidé de todos los miedos y prejuicios por estar con otro hombre que no es mi marido y disfrute, de hecho el saber que Ramón estaba del otro lado de la puerta, que era muy posible que pudiera escuchar fue muy excitante y me ayudó a llegar a ese grado de excitación.

    Mis labios aún palpitaban y las mieles del primer orgasmo aún estaban desbordando cuando sentí su verga en mi vulva, la frotó contra mis labios humedecidos, yo deseaba sentirlo dentro pero él se limitó a frotar mi hinchado clítoris con su dureza, podía sentir el calor de su verga sobre mi piel un calor que moría por tener dentro de mí, jugaba conmigo frotaba su falo por cada centímetro desde donde comienzan mis labios hasta mi sensible botón.

    Por fin hizo presión en mi vagina, se me escapó un gemidos cuando la cabeza entró abriendo camino su grosor era mágico tocaba todo, sentí con satisfacción su invasión, disfrute con centímetro recorriendo mi interior, lo hizo lento el carbón también disfrutaba al sentir como mi interior se abría para él, pude notar como cerraba los ojos mientras se contenía.

    Se tumbó encima de mí cuando estuvo por completo dentro de mí, su boca beso mis tetas, mi cuello, mi boca; se apropió de ella, de mí, de todo, sus movimientos fueron suaves, calculados, simples y aun así me corrí un par de veces antes de que él se levantará y aumentará su intensidad.

    No podía controlarme y mis gemidos escapaban sin control.

    —¿Crees que mi hermano lo esté disfrutando al otro lado de la puerta?

    —Sí!!!

    —Me sorprende tu entrega putita.

    —Solo por este día soy tu puta así que goza y haz que goce yo también.

    —Creo que ya has gozado bastante pero me encanta verte, olerte y escucharte así

    Sus palabras eran fuego en mi cabeza, al igual que su manera de penetrarme, deje de contar los orgasmos y me entregué al placer.

    Me sorprendí de estar así, en unos minutos me había transformado de una mujer casada y recatada a una hembra en celo que quería más que no le importaba nada más que su placer estaba totalmente entregada y disfrutando de otro hombre.

    Cuando estaba por correrse salió de mí y con su mano se masturbo un poco antes de lanzar sus calientes chorros sobre mi cuerpo, me baño toda se derramó en mis tetas un poco en mi rostro y sobre mi monte de venus luego tomó su ropa para dirigirse a la puerta, antes de salir me dijo: tu marido quiere limpiar el desorden.

    Ramón entró y lamió la leche esparcida sobre mi piel, yo solo limpie con uno de mis dedos la que había caído en mi rostro luego le ofrecí el dedo con la leche de su hermano y él lo llevó a su boca antes de que se lo tragara lo bese para compartir su sabor…

  • Profesoras oaxaqueñas

    Profesoras oaxaqueñas

    Buen día a todos los lectores de esta grandiosa página donde relatamos nuestras vivencias, anécdotas o fantasías que tenemos dentro del ámbito sexual. Espero conocer grandes amigos y amigas para compartir charlas y vivencias sobre nuestra vida sexual.

    Mi nombre es Rosario (Chayo) tengo 40 años, soy del bello estado de Oaxaca, soy maestra y madre de un hijo de 12 años, casada con mi esposo Jaime o como yo le digo de cariño Jaimito con 50 años de edad. Después de encontrar esta página y ya varios meses de ser lectora de muchos relatos publicados, me atreví a publicar este primer relato, así que espero sus comentarios para ir mejorando o tips para la redacción de mi relato, ya que tengo muchas experiencias y anécdotas que compartir con todos los de esta página.

    Soy de la región de la costa del estado de Oaxaca, los que son de este estado sabrán que las costeñas somos chaparritas, jacarandosas y sexys, yo soy morena, cabello ondulado a la cadera, mido 1.60, tengo unos senos de 38c, de cintura como 98 cm, unas nalgotas que varios hombres me las miran al caminar y unas piernas sexys debido a que voy a clases de zumba y participo en carreras de 5 y 10 km.

    Tengo pocos años de docente frente a grupo, y tengo que viajar a diversos pueblos de mi estado para cubrir interinatos, mi esposo que también es maestro me ayudo gracias a estudios que tengo de pedagogía a ser maestra por meses donde se necesite. Los que son maestros entenderán mejor a lo que me refiero.

    Trabajé en una escuela secundaria, como pueden recordar ahí hay maestros para cada asignatura, yo atendía la asignatura de geografía. Como es una escuela algo grande somos en total como 30 maestros más los administrativos, no me llevo con todos ya que tengo mi grupo de amigas y amigos con las que más me identifico.

    Mi grupo de amigos no les diré, ya que creo que lo que les interesa es mi grupo de amigas jajaa, bueno somos 6 profesoras que aunque de diferentes edades nos llevamos bien y hemos formado un lindo grupo de amistad, ellas son las siguientes:

    La maestra Sandra tiene a su cargo la asignatura de español: es una maestra como de 44 años, wuera como de 1.70, buenos pechos y un trasero no muy grandote, pero si respingado y paradito, es buena onda.

    La profesora Luz: de 42 años. Tiene a su cargo la asignatura de Educación cívica y Ética, le dicen profa Lucecita de cariño y por ser chaparrita de 1.60 m, tiene buenos pechos pero lo que más resalta de ella son unas nalgotas creo que es la más nalgona de todas.

    La profa Jimena de Educación Artística tiene 38 años es morena también chaparrita, mide como 1.65, es chichona y un buen traserote de esos que todos voltean a mirar.

    La profesora Soledad: Le dicen sol de cariño: Como de 45 años da la clase de inglés, por tener un buen trasero muchos profes la alburean y le dicen que atrás se carga un solezote (o sea un culote).

    Por último la maestra Angélica, le decimos Angy, es la más joven de nosotras con sus 26 años, es la maestra de computación de buena figura equilibrada entre senos y trasero.

    Bueno ahora si de que hablamos, pues dando clases todas somos muy educadas y respetables pero cuando nos juntamos antes de entrar, en la cafetería o a la hora de salida ahí debo reconocer que echamos nuestro relajo. La maestra Luz, Dianita y Soledad son las más desmadrozas, las otras dos y yo apenas estamos agarrando confianza.

    A continuación escribiré algunas cosas que mis amigas han dicho en las pláticas cortas que tenemos en la escuela:

    Luz: Hay amigas ahora si empezaré el día feliz mi marido por fin me dio un rico mañanero, por fin me atendió estas nalgas como se merecen. Nosotras le decimos, Luz como hablas esas cosas si tú enseñas formación cívica y nos reímos todas.

    Soledad: Hay ese director me regaño por unos documentos, ese pinche viejo de dos sentones le saco toda esa lechota, creo que su mujer no se la saca por eso siempre anda enojado el pinche viejito canoso. Ese viejo quiere un buen culote para que se quede mansito.

    Chayo o sea yo jaja: Pues dale sus sentones sol mátalo con ese solezote que tienes jejee.

    Jimena: Ese taxista me anda molestando amigas se ve de buen ver lo malo es que no sé cómo anda de ahí abajo jajaja.

    Son cosas que se hablan entre maestras, luego subiré más pláticas o anécdotas que no ´solo me pasan a mi sino con mis compañeras de trabajo.

    Capítulo 1. La llegada de las profesoras a la ciudad y el rencuentro con sus esposos.

    Buenos días a todos los lectores y lectoras de esta ardiente página, pues ya estamos de vacaciones después de pasar muchos días y semanas alejadas de las familias y estar en pueblos alejados de la ciudad con todas las incomodidades que ahí se viven, pero feliz por conocer y convivir con gente nueva y conocer lugares con linda naturaleza.

    Nosotras como profesoras salimos de nuestros pueblos donde trabajamos algunas semanas para retornar a nuestros hogares con nuestros hijitos y nuestros adorados esposos (cornudos sin saberlo porque no decirlo también) llegamos a un hogar donde esposos e hijos nos esperan con los brazos abiertos y alegres para pasar las fiestas decembrinas.

    Nos van a recibir hasta la terminal de autobuses donde nos bajamos con nuestras maletas llenas de ropa que usamos en los pueblos como son leggings, uniformes, licras, mayones, tangas, bikinis, hilos y brasieres, al bajar los choferes de los autobuses no se pierden esa última mirada a nuestras nalgotas marcadas en los jeans o mayones que traemos en el viaje, viendo ese movimiento cadencioso de cada nalga nuestra al dar un paso tras otro.

    Chofer: Pinches profesoras que culote se cargan las pendejas, ya me imagino los calzoncitos que han de traer bajo esas ropitas, que ni les ha de cubrir esos mendigos culotes de las pendejas, seguro en la noche buena se han de comer un buen pedazote de verga las putonas aunque no sea de sus estúpidos mariditos mensos jaja.

    Esposos pensando: Mmmm ya bajo mi Jimenita, mi Chayito, Mi lucerito, Mi Solecito, Mi Sandrita, ojala en el pueblo las hayan respetado, están culonas pero son buenas personas y sobre todo decentes, no creo que le hayan dado sus culotes a hombres pobres y sucios como los de esos pueblitos, eso espero sino me muero del coraje si algún hombre vaya a disfrutar el culote y las chichotas de mi adorada esposa.

    Hijitos: Por fin vamos a estar con mi papá, me da coraje que mi mamá ande en esos pueblos, si mi papá supiera como todos los señores gordos y canosos le sacan platica a nuestras mamitas en esos pueblitos se enojarían y ya no las dejarían ir, pero ellas también tienen la culpa, porque tienen que vestirse en los pueblos con esos leggings tan ajustados que hace que se vean más culonzotas de lo que ya están, que coraje que mis amigos del colegio y los señores del pueblo vean como se les marcan sus calzoncitos a nuestras mamitas lindas y adoradas, que bueno que ya estarán con nuestros papás, ellos las cuidaran de los señores morbosos que solo quieren gozar los culos de nuestras decentes mamitas.

    Las profesoras saludan de beso y abrazo a sus esposos ante la mirada morbosa de los choferes a lo lejos, ven como esos esposos afortunados abrazan a esas damas.

    Chofer: Pinche marido afortunado que envidia mirar como abraza a la Profa. Jimenita y esas chichotas de la cabrona. Hay Solecito que envidia como te abraza ese pendejo seguro ya quiere gozar tu solezote.

    Las familia de las profesoras se reúnen en esa terminal de autobuses y se van felices a sus casas para pasar las cenas navideñas, mientras los choferes no tienen otra alternativa que irse a los baños públicos de esa terminal para desahogarse haciéndose una rica masturbada pensando en los cuerpos voluptuosos de esas profesoras.

    Chofer: entra al baño y se va al baño de la esquina, al entrar se baja su pantalón y su bóxer impresionado que su verga ya este súper erecta sólo de ver los culotes de las profesoras, empieza a acariciarse su vergota gorda y peluda se la masajea mientras piensa en los culos de las profes) Hay pinches profas, pinche culote que te cargas Sandrita ufff como te verás desnudota cabrona, uf, seguro usas calzones de puta verdad pinche Lucerito, mi pinche chaparrita haaa que rico me la masajeo pensando en sus culotes profas, Chayo que culona estas cabrona seguro nececitas mucha lechota uffff, Solezote pinche Sol contigo si me caso de nuevo contal de gozar tu culote pendejaaa, haaa ya no aguanto me voy a deslechar por ustedes mis profas culonas ahí va la lechota haaa, uffff que rico dedicarles esta lechota cabronas y ustedes sin saberlo ahorita que van de la mano de sus cornudos esposos y mensos hijitos jaja (El chofer sale sudando y feliz de haberse deslechado por las profas)

    Mientras cada profa se dirige a sus casitas con sus esposos e hijitos, para preparar los asuntos navideños, sin saber lo que despiertan sus nalgotas en los señores y sobre todo en los familiares que pronto verán en las reuniones familiares… Esta historia continuara…

    Correo de contacto: [email protected]

    Esperamos sus consejos y saludos y sugerencias, saludos, feliz navidad de ante mano a todos y todas.

  • Todo queda en casa

    Todo queda en casa

    Procedo de una familia normal. Mis padres se casaron muy jóvenes, con 16 años mi madre, y se fueron a vivir a casa de mis abuelos paternos, porque la situación económica era precaria. En menos de un año de casados, ya tenían un hijo y estaba de nuevo embarazada de mí.

    Nací con problemas físicos, que por un motivo u otro, donde vivían no me podían tratar, y me trajeron mis abuelos a su casa, para acudir al médico de familia de su ciudad. El tratamiento duró más de lo esperado, y mi madre, embarazada de nuevo. Por ello acabe criándome con ellos, por suerte para mí. Mis abuelos eran muy trabajadores, de clase media, emigrantes de Francia, y me criaron como hijo único, por lo que al contrario que a mis hermanos, nunca me faltó de nada. Yo sabía quién eran mis padres, mis hermanos, tenía contacto con ellos, y demás, pero mi familia, mis padres, eran mis abuelos.

    Pasaron años, y cada uno hicimos nuestras vidas, en ciudades diferentes, y caminos diferentes. El azar, hizo que un tiempo después, mis padres biológicos, junto a mi hermana pequeña, vinieran a vivir a mi ciudad. Por aquel entonces la “peque”, ya tenía sus 24 años, muy bien puestos, en todos los sentidos. Era mi hermana, y la quería como tal, pero la falta de contacto diario, también me hacía verla como la mujer sexy que era, y eso me turbaba. Como buen hombre que soy, mis 30 años recién cumplidos, y con lo que me gusta el sexo, siempre pensé, que de haber nacido mujer, de haber sido yo mi hermana, que golfa iba a ser, jejeje

    El tenerla cerca, y querer retomar el tiempo perdido de relación, hizo que pasáramos mucho tiempo juntos, y salíamos los fines de semana, con mi pareja y su novio, mas como amigos que hermanos.

    Un fin de semana, de puente, nos fuimos los 4 a una casa rural en las afueras, cerca de una estación de sky, y para nuestra suerte, y a pesar de ser casi Abril, cayó una gran nevada, que nos hizo disfrutar de la casa, nieve, chimenea y juegos…

    La diferencia de edad, 6 años, con ella y su novio, se notaban, en la madurez, cuando después de unas cuantas cervezas y bastantes chupitos, y juegos de mesa, Miriam, mi hermana, sugirió jugar a “yo nunca”, pero incluyendo una prenda, cuando tocara beber. Con el calor del alcohol, todos aceptamos de buen grado.

    Varios yo nunca, y varios chupitos después, nos tenían a los 4 medio desnudos ya, y el juego empezó a calentarse con las afirmaciones.

    Yo nunca me he masturbado pensando en mi hermano-a, dijo Fran, el novio de mi hermana.

    Mi novia, María, mi hermana y yo, tras mirarnos pícaramente, bebimos.

    María, solo en tanga ya, dejaba ver sin pudor el esplendor de su cuerpo. Unas generosas tetas, talla 95C, con unos pezones duros y erguidos, atravesados por sendos piercings, 1,65 de estatura y unos 48 kg de peso. Unas piernas muy tonificadas, y un culo duro y respingón. La transparente tela, del minúsculo tanga rosa, que apenas tapaba nada, dejaba ver su totalmente depilado pubis, y el tatuaje de un duende que tenía en el lado derecho del mismo.

    Fran, no le quitaba ojo, y vi en su calzoncillo, que le gustaba lo que veía. Era un chaval deportista, muy fibrado, de cerca de metro noventa de estatura. Y debía de tener un buen instrumento.

    Miriam, era alta, casi 1,75, delgada, con unas buenas tetas también, más pequeñas que las de mi novia, una talla menos, calculé a través de su sujetador, pero con la turgencia de la juventud. Sus pezones parecían querer rasgar la tela y saltar fuera. El tanga, dejaba entrever un monte de Venus recortado, tipo brasileño, y su culo, redondo y perfecto. Estaba muy buena. Un tatuaje de unas flores en su brazo, y varios piercing en las orejas.

    Toco el turno a María.

    Yo nunca he hecho un trío, dijo. Fran, bebió y calzoncillo fuera, medio empalmado ya. Para mi asombro, Miriam Bebió y sujetador fuera. Mi chica y yo, quedamos perplejos, y eso que nos considerábamos abiertos en el sexo.

    Yo nunca bese a alguien de mi sexo, dije. Mi chica y mi hermana, bebieron y quedaron desnudas completamente. A mi hermana, en ese momento pude verle el piercing que asomaba en su entrepierna, en el clítoris. Joder, que buena estaba y que morbazo, imaginándola encima comer la boca a otra tía!!

    Fran ya estaba completamente empalmado, y no disimulaba nada mirando a María, incluso se tocaba la polla haciéndolo.

    Has ganado brother, me dijo mi hermana. Pero no es justo que no quedes en bolas.

    María se le acercó y le dijo algo al oído. Que sensualidad desprendían, desnudas y tan cerca una de la otra, con los pechos rozándose, me empalmé de golpe.

    Una pregunta final, si acierto te despelotas, me dijo

    Ok, dije yo

    Yo nunca he practicado Sado, dijo riendo.

    Eres una cabrona, dije mirando a María. Y me despojé de mi calzoncillo. Mi pene era mas pequeño que el de Fran, pero bastante más grueso. Mi cuerpo, no tan atlético como el suyo, está muy trabajado de gimnasio, menos definido, pero también más voluminoso. Y voy totalmente depilado. Mi hermana miraba mi polla sin pudor.

    Seguía muy pegada a María, y de repente, le tomo la cabeza por la nuca y empezó a besarle la boca. María le respondió, con una mano en la entrepierna, y Miriam se dejó hacer. Fran y yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer. Se tumbaron cerca de la chimenea y nos mandaron acercarnos.

    María se tumbó boca arriba, separó las piernas y con una mano, abrió sus húmedos labios, mirando a Fran, que aceptó la invitación sin titubear, tumbándose sobre ella, para empezar a comerle el coño. Mi hermana, a horcajadas sobre María, se dejaba comer también. Me acerque a ella, y le metí mi polla en la boca. Que placer, como la chupaba!! El piercing de la lengua, rozaba mi glande, y aportaba un plus de sensaciones. Estuvimos un buen rato así. Tomé la iniciativa. Puse a las 2 chicas haciendo un 69 sobre la mesa baja frente a la chimenea. Fran, empezó a alternar el coño de María con la boca de mi hermana. Yo empecé a follarmela desde detrás, mientras con un dedo empecé jugar en su culo. Escupí un par de veces para lubricarlo, hasta que conseguí meterlo entero. Jugueteé un rato, y lo intenté con un segundo. Ella pareció reticente, pero seguí igualmente. Le tenía el esfínter ya bien dilatado, por lo que saqué mi polla de su coño, empapada y brillante de los abundantes fluidos que de ella salían, y la apreté contra su ojete. Ofreció algo de resistencia, hasta que mi glande la penetró. Ella chilló un poco e intento apartarse, pero la polla de su novio le lleno la boca y le impidió la retirada. Aproveche para acabar de enterrársela por completo en el culo. La presión que sentía en toda mi vara, era una pasada. Me estaba costando no correrme. Estuve un poco sin moverme, hasta que la presión disminuyo. Empecé a meter y sacar poco a poco, y María acompaño el movimiento con la lengua en su clítoris. Deslicé una mano por un lado y le metí 2 dedos en la vagina. Mi hermana empezó a jadear y moverse acompasando el vaivén a mis envites.

    Me corro, me corro ¡!! Empezó a decir. Y lo hizo. De qué manera, sobre la cara de mi mujer, que hacía lo mismo, con la polla de Fran dentro de nuevo. Las contracciones del esfínter de mi hermana, hicieron que el placer en mí aumentara, y acabé descargando un buen chorro de semen dentro de su culo

    Agh, Gruñó Fran, mientras salía de mi chica y se corría sobre ella y en la cara de mi hermana, que empezó a chuparle la verga mientras aún descargaba sus huevos. Yo saque la mía de culo de mi hermana, y un hilo de blanca leche se deslizó de su interior, por sus labios a la boca de María, que se afanaba en limpiar mi polla y lamer todo lo que de mi hermana salía.

    La juventud, en este caso, se hace ver, y Fran, aun empalmado, saco la polla de la boca de Miriam, ocupo mi lugar y mientras se la empezaba a meter por el culo, dijo:

    Lo que llevo esperando este momento!! Y empezó a bombear con fuerza. María desde abajo empezó a lamerle los huevos, y el clítoris a Miriam

    Yo me puse delante, y mi hermana se afanó en chupármela consiguiendo en mi una nueva erección. Se había ocupado en lamer todo el semen que Fran había soltado sobre María, me situé entre sus piernas, y se la metí de golpe. Empecé a follarmela mirando a la cara a mi hermana, que cerraba los ojos y abría la boca, con lujuria, empalada por el culo por segunda vez en su vida, mientras su clítoris era lamido y succionado por María. Las tetas colgando, rozando los pezones contra los de mi chica, con el vaivén de los empellones de Fran.

    Miriam comenzó a jadear, y decir:

    Me corro, me corro, me corro, ag, ag

    Presa de la enculada y la comida de la que era presa, la lengua y la boca y manos de María hacían su magia en ella.

    Fran se salió, con intención de correrse en su cara. Pero le detuve. Le mande sentarse en el sofá. Lleve a María y la senté sobre él, de frente, que inmediatamente la ensarto por el coño.

    Yo por detrás, lubrique un poco su culo, y enterré mi polla en el. Al contrario que el de mi hermana, este ya tenía costumbre.

    Empezamos a movernos, mientras mi hermana descansaba tendida en el suelo, destrozada, frente a la chimenea.

    Fran tardo muy poco en correrse dentro de María, que lo hizo casi a la vez que el, entre gritos, jadeos y espasmos, que hacían que su esfínter se contrajera, atrapando con fuerza mi polla dentro de ella, y haciendo que me corriera de nuevo, esta vez, completamente dentro de ella. Estuvimos un rato quietos. Me salí, para ayudar a María a descabalgar de Fran. La acompañe donde mi hermana, y la tumbe al lado. De su culo y coño, salía abundante esperma, y Miriam, como hechizada por el olor, se colocó entre sus piernas lamiendo todo lo que de ella salía.

    El despertador sonó, eran las 11 de la mañana. Me costó recordar que era domingo. A mi lado, en la cama, dormía María, completamente desnuda, como le gustaba hacerlo. Yo tenía una erección de caballo. Busqué a mí alrededor a Fran y Miriam. No estaban. María y yo, estábamos solos en su apartamento. Todo había sido un sueño. Qué diablos?

    Aparté la sabana dejando el tremendo culo de María expuesto. Comencé a lamerle la raja del culo y meter mi lengua en su ojete, como queriendo follarmela con ella. Empezó a gemir y moverse. Cogí el lubricante de la mesilla, le puse una generosa cantidad y se lo restregué con la polla. Poco a poco fue entrando, mientras ella elevaba la cadera para facilitar la maniobra. Comencé a moverme mientras la pajeaba con una mano. Nos corrimos a la vez a los pocos minutos.

    Joder, que despertares, me dijo. Sueños calientes? Me preguntó

    Ni lo imaginas, le respondí, mientras la sacaba y se la acercaba a la boca, para que me la chupara

    Que te parecería pasar un finde con mi hermana y su novio? Le pregunte mientras lo hacía.

  • Mi cliente favorito

    Mi cliente favorito

    Todas las noches son distintas, algunas emocionantes y otras muy desagradables, pero esa noche en particular jamás la olvidaré. Trabajo de martes a domingo en un nigth club muy reconocido en mi ciudad y bueno si, lo que se están imaginando es cierto aparte de servir tragos también ofrezco servicios sexuales y compañía. Trato de divertirme cada noche para hacer mi trabajo más placentero y sí que me lo disfruto, bueno hay algunas excepciones, pero esa no es la historia de hoy; por el contrario vengo a contarles del mejor cliente que he tenido en mucho tiempo. Su nombre es Rafael y es un chileno que aparte de estar buenísimo es impresionantemente caliente y lo que lo hace mi cliente favorito que tiene tremendo vergón gruesa, grande y rosada, ufff se me hace babas la boca de solo recordarla, bueno les cuento como conocí a Rafael y como se convirtió en mi cliente favorito.

    Era una noche muy agitada ese día, recuerdo que era un sábado de quincena y el club estaba a reventar, me dolían un poco los pies y me senté en el sofá del fondo tratando de reponerme un poco, eran casi las 2 am cuando me dicen que solicitan un servicio especial. Les confieso que pensé en negarme pero el jefe me lo pidió, el muchacho era cliente de una de mis compañeras y ella estaba libre ese día, así que me pidieron a mí que la reemplazara, bueno nunca me había tocado un extranjero así que bueno después de todo quise probar y valla que fue la mejor decisión.

    Me acerqué al chico y me presenté, con un suave pico le dije hola guapo soy Deseo y vengo a cumplir todos tus deseos, me pidió irnos a un hotel y obviamente le dije que no, ya que el servicio se presta en las habitaciones del club, trató de convencerme de ofrecerme más dinero pero finalmente aceptó que lo hiciéramos en el club. Entramos a la habitación y bueno para romper el hielo le pregunté su nombre y me dijo Soy Rafael, ummm todo un angelito me ha tocado, recuerdo que le dije, él solo sonrió y dijo ya verás a este angelito.

    Me acerqué y empecé a besarlo apasionadamente nuestras lenguas se enrollaban y sentía que quería comerme mis labios, mientras nuestras lenguas se fundían en ese apasionante beso el metía su mano debajo de mi pequeño tutu color rojo acariciando mis nalgas y la otra mano acariciando mi espalda con una pasión desenfrenada que confieso me calentó mucho llevándome a un estado de arrechamiento que no había experimentado antes con ningún cliente, el tiempo corría así que rápidamente me desvistió y nos fuimos a la cama, se sentó en el borde de la cama y le bajé sus bóxer, wow que sorpresa me llevé que verga tan grande tenía el chilenito no pude ocultar mi sonrisa y de una la llevé a mi boca y empecé a mamarla con un gusto impresionante, la saqué de mi boca y pase mi lengua desde el tronco hasta la cabeza del glande que estaba muy hinchada del grado de erección que tenía, yo quería comerla toda di unos pequeños mordiscos a su glande y deje caer un poco de saliva, de verdad estaba disfrutando mucho comer semejante vergón, mientas yo la devoraba con mi boca el acariciaba mis grandes tetas y eso hacía que mis pezones se pusieran tan duros como si quisieran reventar.

    Lo empuje sobre la cama y quedó allí boca arriba todo para mi, mi coño ya estaba muy mojado que por un momento me olvidé que solo era un cliente y me dejé llevar por la pasión y lo arrecha que estaba en ese momento.

    Alcancé el condón, rápidamente se lo puse y Me subí encima de él, metí toda su verga dentro de mi coño mojado y di un tremendo gemido cuando la sentí dentro de mí, cabalgué un rato y sentía que llegaba al cielo en cada metida que me daba, sus manos me acariciaban la espalda, pellizcaba mis tetas y de pronto me dio una nalgada que me puso a mil.

    Me levanté y me puse de espalda, él se sentó un poco y seguimos cogiendo tan rico, empezó a besarme el cuello a acariciar más mis tetas y eso me llevó a sentir un gran orgasmo en el que mis uñas se enterraron en sus muslos y los gritos y gemidos eran cada vez más fuertes.

    Luego me puso en cuatro en el borde de la cama y él se colocó de pie detrás de mí y me penetró con tanta fuerza que les juro que la sentí tan profundo que emití un quejido de dolor, pero sus embestidas eran dolorosamente excitante, me agarró el cabello y lo halo cada vez que la metía, ufff más fuerte recuerdo que le pedí, así puta me dijo haciéndolo más fuerte, sentí que su respiración acelero al igual que sus movimientos, me dio un par de nalgadas más y sentí otro orgasmo más intenso que el anterior, no aguante y me corrí, ay chilenito eres todo un diablillo, él sonrió acelero un poco más y finalmente se vino como me hubiera gustado sentir su leche dentro de mi coño.

    Se tumbó encima de mí por algunos minutos luego nos vestimos y me ofreció una propina a la que obviamente me negué a recibir y le dije al oído, espero verte de nuevo por aquí. Él sonrió y salió, desde ese momento se convirtió en mi cliente favorito…aunque después de varios servicios más, ya ni le cobraba por que el simple placer de comerme tremendo vergón chileno era más que suficiente.

    Deseo21.

  • Agilis lingua

    Agilis lingua

    -Solo oírle hablar y ya me enamoré, pensaba Claudia, analizando que le pasó con Antonio, porque tenía la cualidad de saber decir lo que Claudia quería escuchar, además de tener una voz musical pero muy masculina y sensual, cada vez que Antonio le hablaba a Claudia se le empapaban las bragas. Su mayor atractivo era su lengua, y no solo por como hablaba, besaba como un auténtico demonio, que si la pillaba distraída podía hacerla correrse, porque su lengua, inusualmente larga, tensionaba, relajaba, hundía con fuerza o con suavidad, taladraba y campanilleaba, con energía y agilidad, con suavidad y con dureza, la máquina perfecta para el sexo.

    Gustaban de caminar por el campo, era comienzo del verano, hacía calor, el día estaba ideal, pensó Antonio cuando llegaron a la orilla del río.

    – ¡Que calor! ¿Te apetece un bañito?

    -Si pero no he traído el bikini.

    -¿Y para que lo quieres? no hay nadie, estamos solos tu y yo, dijo mientras acercaba sus labios a los de Claudia

    -Ummm siiii.

    El beso absorbente deja sin aliento a Claudia, la lengua de Antonio explora su boca, serpenteando por cada rincón de su paladar mientras se quitan la ropa con premura, ya en pelotas y demasiado calientes entran en el agua fría, que deja los pezones de Claudia cómo clavos de acero, Antonio no puede resistirse y agarra esas tetas y las chupa y lame con desespero, mordisquea esos pezones duros y los mama como un gato hambriento, en esto que la agarra por el culo y la coloca sobre una piedra a la orilla del río, su lengua ya está impaciente por chupar y lamer y se pone a ello sobre el frío y terso cuerpo de Claudia, la chupa y lame los dedos de los pies, las pantorrillas, entre gemidos de placer siente esa lengua juguetona en sus muslos y como la humedad caliente llega a la entrepierna, la lengua entra sin permiso en el coño de Claudia, nota la presión en las paredes de su vulva, como entra y sale, como tilila en el clítoris, entre alaridos de placer se corre, pero la lengua de Antonio no para y entra muy adentro moviéndose con rapidez, se vuelve loca por el gusto que le da, siente que le toca un punto muy sensible que hace que se corra y eyacule a la vez lo que le produce unos temblores y espasmos de placer alucinantes. Antonio se siente feliz con el chorro de Claudia sobre su cara, se emociona y se incorpora para besarla en la boca, Claudia aún se está corriendo, pero también, en ese momento le agarra la polla y se la incrusta en el chocho abierto, húmedo y caliente.

    -Antonio no pares hasta que te corras que yo aún no he terminado, Claudia sumó dos corridas más y Antonio se corrió y quedó feliz y satisfecho, y joder que fría está el agua.