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  • La vecina de junto

    La vecina de junto

    Hace unos meses que mi anterior casero vendió su edificio; así que tuve que buscar un nuevo lugar donde rentar. Encontré un departamento a 30 minutos de mi universidad (estoy a un año de terminarla), más barato que el anterior, pero también más pequeño, tiene cocina y baño independientes, pero solo una habitación y está en el 4º piso.

    Recién me mudé noté que por las paredes se escuchaba todo lo que hacían los vecinos; la pareja del departamento que queda del lado de mi cocina discute mucho y la vecina del departamento que queda del lado de mi habitación escucha la música alto, pero a todo se acostumbra una.

    Estuvo todo tranquilo las primeras semanas, hasta que la vecina decidió hacer una remodelación, el sonido de los muebles moviéndose, más la música altísima, más ella cantando me molestó durante varios días; me compré unos tapones de oídos para dormir mejor hasta que ella terminó.

    Una noche varios días después de poder dejar de usar los tapones, no podía dormir, no por el ruido (de hecho había más silencio de lo habitual), si no por el estrés del trabajo y la escuela; por más vueltas que daba y por más meditaciones o ejercicios hiciera, no podía dormir. Entonces, escuché algo extraño, como un suspiro cerca mío, al inicio me asusté (¡Un fantasma!), pero me di cuenta que era la vecina, debía estar cerca de la pared, porque escuchaba su respiración agitada…

    Me dio mucha vergüenza, sabía exactamente que la vecina se estaba masturbando (¿cuenta cómo espiarla?), no supe si moverme o quedarme quieta, no quería escuchar su intimidad, pero no quería que ella se diera cuenta que estaba escuchando.

    Era obvio que había movido su cama de lugar y justo quedaba junto a la mía del otro lado del muro, pensé que al otro día movería mi cama para no escucharla nunca más pero tendría que mover todos mis muebles de lugar, etc., mientras pensaba en eso tratando de no escuchar, comenzó a darme un poco de morbo; había visto una o dos veces a la vecina, pero no le había puesto atención, era más alta que yo y como 10 años mayor, tenía el cabello pintado de güero. Me empecé a imaginar cómo estaría acostada en su cama, con sus piernas abiertas y masajeando su clítoris rápidamente, ¿Estaría desnuda?, tal vez si, sus pechos desparramados a los lados y sudados, dando saltitos por el movimiento de si brazo, estaba sintiéndome caliente.

    Pronto su respiración se volvió un gemido ahogado (trata de que no la escuchen), posiblemente se tapó la boca para ahogar sus gemiditos… Su respiración volvió a la normalidad, se acomodó y al poco rato se escucharon algunos ronquidos, se quedó dormida y yo me quedé caliente, me dieron ganas de masturbarme también, pero me dio pena, mejor me puse a leer.

    Al día siguiente salí en la mañana para la escuela como de costumbre y me encontré a la vecina en la entrada del edificio sacando la basura al camión.

    – Buenas vecinita, ¿Ya a la escuela?

    – Si vecina, bonito día

    Aproveché para darle una mejor miradita; tendría treinta y tantos, tenía la tez medio blanca medio rojiza, cabello lacio, pintado y amarrado en un chongo, tenía bonito cuerpo, no era delgada, pero tampoco gorda, pechos medianos, cadera ancha.

    – Bonito día vecinita que te vaya bien

    Escuché que llegó tarde en la noche, yo ya estaba acostada, luego que llegó se acostó en su cama… (Sonidos de ropa, se estaba desnudando)… (Se quejó un poquito que le dolían los pies)… (Se acuesta)… (Silencio)… (Respiración agitada, se masturbaba de nuevo)

    En el momento en que empecé a escuchar como se agitaba, sentí electricidad en todo mi cuerpo, de nuevo me la imaginé acostada desnuda en su cama, me la imaginaba boca abajo, alzando el culo y masajeándose. Recibí su orgasmo ahogado sintiendo como yo misma lubricaba por la excitación… (Se escucha que se levanta)… Pegué mi oreja a la pared, (Se escucha que abre la llave de la regadera) y yo me masturbo pensando en ella.

    Así pasaron varias semanas, mi vecina se masturbaba mucho, unas 3 o 4 veces a la semana; casi siempre después de llegar del trabajo, algunas veces en la madrugada y solo una vez antes de levantarse. Cada vez sentía que me excitaba más, me la imaginaba en distintas posiciones, desnuda o vestida, me imaginaba haciéndole caricias, dándole sexo oral, viendo como un hombre la penetraba, en fin, un sin número de fantasías.

    Comencé a soñar con ella, tenía sueños húmedos, soñaba que entraba en su departamento en la noche y la penetraba con distintos objetos. Se estaba convirtiendo en obsesión mía, en mis ratos libres antes de irme al escuela me pegaba a la pared para escucharla y estuve tentada a comprar un estetoscopio para escuchar mejor.

    La semana de exámenes fue la peor de todas, estaba tan cansada que me quedaba dormida de inmediato y no podía escucharla, estuve teniendo mucha ansiedad en las mañanas por no haber tenido mi sesión con ella; ya ningún vídeo o lectura erótica me complacía, necesitaba escucharla a ella.

    Por fin un día libre, era festivo y me quedé en casa, aproveché para llevar mi escritorio a arreglar (se le rompió una pata), la vecina me vio en problemas en la escalera y me ayudó.

    – Has tenido días cansados, ¿verdad vecinita?, tu cama y la mía quedan pegadas y te he escuchado dormir inquieta, se te ve que no has dormido bien, ya no te estreses tanto vecinita.

    – Si vecina, está bien pesado a veces, jaja no sabía que nuestras camas quedan juntas.

    Sentí que se me helaba la sangre, ella sabía que nuestras camas estaban pegadas, ¿Sabía ella que la escuchaba masturbarse?, ni puse atención a la plática, estaba muy nerviosa.

    Traté de hacer como que yo no escuchaba como se masturbaba, algo no tan difícil, tenía práctica. Pero una noche fue totalmente imposible mantener la mentira, era sábado cerca de las 2 am, entró haciendo mucho ruido y ¡Había alguien más!, era un hombre, se escuchaba como se besaban fuerte y como se quitaban la ropa, pronto comenzaron sonidos de succión. Se escuchaba como la vecina le mamaba el miembro al sujeto, se ahogaba y luego seguía, comencé a masturbarme de inmediato, me la imaginaba sentada en la cama con un pene que no le cabía en la boca.

    Después que paró, se empezaron a escuchar sonidos de succión de él y gemidos fuertes de ella, seguramente él le hacía sexo oral, me imaginé su sabor y lo mojada que debía estar, casi grito con ella cuando llegó al orgasmo.

    Más sonidos de besos y de repente, los resortes de su colchón como locos, él le estaba dando unas embestidas tan fuertes que se sentían en la pared, estaban gruñendo como locos, gemían y se besaban, podía escuchar como sonaba como charco su vagina, a distintas velocidades y yo estaba que explotaba de excitación.

    Cambiaron de posición, ahora se escuchaban como saltos, me imaginé que ella estaba montada arriba y saltaba mientras él besaba sus senos que saltaban como locos al ritmo de ella.

    Yo me quité la blusa de la pijama, masajeaba mis pechos bien duros, me penetré la vagina y el ano con los dedos, trataba de no gemir, pero solo escuchando la voz de la vecina casi gritando me volvía loca.

    Otro orgasmo de ella, esta vez si alzó mucho la voz, luego un orgasmo de él, también muy sonoro y pronto, un orgasmo mío, lo más silencioso que pude.

    Cuando me tranquilice pude escuchar su conversación:

    -… Y tus vecinos no se quejan del ruido jajaja

    – Jaja espero que no, la vecina de aquí al lado debe haberse despertado, su cama queda justo aquí junto

    – Jajaja no, mejor vayamos a su departamento, es igual en este caso

    – Ya debe estar acostumbrada, seguro debe escuchas cuando me meto el dedo en las tardes jajaja

    – No pues mejor ya invítala a pasar, ¿y tú no escuchas cuando ella se mete los dedos?

    – Creo que una vez, pero ella es más callada que yo, que vergüenza mañana que la vea

    Siguieron platicando, pero yo me quedé dormida, no la vi en los siguientes días, pero yo decidí que le iba a compensar esa noche.

    Un día después de que llegó, puse mi vibrador a máxima potencia y comencé a masturbarme haciendo mucho ruido; comencé desnudándome, me masajeé los pechos y el clítoris con en vibrador, me penetré el ano, luego la vagina, estaba pensando en ella haciéndome el amor, ella lamiendo mi cuerpo, metiendo su lengua entre mis nalgas y metiendo sus dedos en mi vagina, me imaginé como yo la haría gritar succionando su clítoris y mordiendo sus pezones. Tuve varios orgasmos y no limité mis gemidos, quería que ella me escuchara, que estuviéramos a mano… No pensé que eso nos llevaría a un juego perverso y delicioso

    Después de ese día, ninguna de las dos tuvo pudor con sus orgasmos, se acostaba a masturbarse sin limitar sonidos; al inicio nos turnábamos, una gemía y la otra escuchaba, pronto, ambas comenzamos masturbarnos al mismo tiempo, yo pegaba mi cuerpo al muro para sentirme cerca de ella, sentir que ella estaba ahí tocándome.

    Todo culminó una mañana, yo estaba desayunando antes de irme a la escuela, alguien tocó la puerta, era ella.

    – Buenas vecinita, oye antes de que te vayas, ¿crees que me puedas ayudar a subir un mueble?, Perdón, pero eres la única despierta a esta hora

    – Si vecina, vamos

    Bajamos por el mueble, era una cajonera, no tan pesada, pero difícil de manipular. Mientras lo subíamos, iba sintiéndome excitada, solo con ver su cuerpo me la imaginaba desnuda frotándose contra la pared como yo lo hacía en las noches. Cuido lo metimos a su departamento, lo acomodamos donde había hecho un espacio vacío.

    – Gracias vecinita, déjame te doy aunque sean 20 pesos

    – No, cómo crees, no es nada

    – Cómo que no, claro que te mereces algo por ayudarme

    – No vecina, no te preocupes, ahori…

    No me dejó terminar, por detrás estaba masajeando mi entre pierna, después subió sus manos y me agarró los senos.

    – Hay vecinita, ya no me aguantaba las ganas de agarrarte así solita

    Yo no sabía que hacer, ella me estaba besando el cuello y comenzó a desvestirme, me besaba el cuello, los hombros, la boca.

    – Andas tímida vecinita, quién te viera, a ver si ahorita sigues así de calladita

    Me desnudó y me aventó a su cama, me besaba todo el cuerpo, empezó a masajear mi clítoris, no pude evitar gemir, me hizo sexo horas tan rico; primero me besó las piernas, luego mordió mis labios y chupó mi clítoris, lo succionaba, lo mordía y lo jalaba, metía sus dedos en mi vagina, yo jadeaba y jalaba su cabello, estaba ansiosa por verla desnuda. Me hizo llegar al orgasmo rápidamente, ella se desvistió, pude ver por fin el cuerpo con el que había fantaseado tanto: sus pezones eran obscuros, su vello púbico negro recortado en forma de corazón, las rodillas rojas flacas, toda era perfecta.

    Me tiró de nuevo a la cama, abrió mis piernas y encajó las suyas, juntando vulvas, se movía tan rico, sentía como masajeaba toda mi entre pierna y jalaba mi clítoris con el suyo, ella llegó a un orgasmo que me bañó en sus jugos.

    La jale hacia mi, hasta que se sentó en mi cara, comencé a lamerla, primero sus labios, su clítoris, metí la lengua en su uretra y vagina, jugué con si ano con mi lengua y dedos, ella gemía fuerte, me volvía loca. Tuvo otro orgasmo, limpié todo lo que me escupió con la lengua, sabía dulce.

    No sé de dónde ella sacó un vibrador y me dio placer con él, mientras me penetraba, lamía mi clítoris y lo succionaba, tuve varios orgasmos, luego hice lo mismo con ella.

    Seguimos durante horas, luego nos bañamos juntas, sentir su cuerpo mojado tallándose con el mío me hizo tener otro orgasmo.

    Luego nos vestimos y nos despedimos, ese día no fui a la escuela, pero a partir de eso, ella llega a mi departamento a hacerme el amor antes de dormir.

  • El juego de la botella

    El juego de la botella

    Que tal, mi nombre es Mike. Tengo muchos relatos que hacer, pero empezaremos por el inicio de mi vida sexual. 

    Hace ya bastante tiempo de eso, empezó por hacer un juego de «La Botella» en donde los participantes eran un primo y una tía que es de nuestra edad, más bien es media hermana de nuestros padres, este juego consiste en girar la botella y el picó gana al fondo de la botella y la persona que pierda tiene que elegir entre decir la verdad o hacer un reto.

    Los retos fueron algo calientes, ya que empezamos a quitarnos las prendas conforme íbamos perdiendo, hasta dejar a la tía en puro calzón. De ahí comenzamos a que nos tocara la verga, le diera besos y así hasta que también nosotros le dábamos besos en los senos, le chupábamos la panocha hasta prenderla.

    Estuvimos haciendo este juego hasta que ya no quiso avanzar y dejarse hacer más. Todo esto fue en una noche.

    A la siguiente noche hablé yo con ella durante la tarde para ir a visitarla a su cuarto en la madrugada, eran alrededor de las 12 de la noche cuando toque a su puerta y ella abrió y me dejó entrar, una vez adentro nos comenzamos a besar y tocar por todos lados, le apretaba sus pechos, le daba besos, le mordía sus pezones, ella por consiguiente me apretaba la verga sobre el pantalón.

    Una vez que la deje en puro calzón le dije que se la iba a meter y ella me contesto que me pusiera un condón, por fortuna llevaba uno. Que cuando empezamos a coger por la fricción y demás rozamientos este se rompió por lo que inmediatamente saque mi miembro de su rica y suculenta vagina, y se la iba a meter cuando me dice que sin condón no. Yo me hice el molesto porque ya estaba caliente y al borde de la excitación, cuando me recosté sobre la cama y estaba mirando al techo con mi pene a tope por la calentura, en un momento siento que se sube a horcajadas sobre mi y de una se mete mi pene en su vagina y comienza a cabalgar de una manera fenomenal era la primera vez que yo tenía relaciones así que no tenía ningún punto de comparación, en ese momento era la gloria para mi.

    Se cansó de cabalgar y la puse en 4 le di de perrito viendo ese enorme culo, aceleraba mis movimientos y ella hacia lo suyo con sus caderas, después de estar en un mete y saca por bastante tiempo, cambiamos de posición a la de misionero y le seguía dando intensamente hasta más no poder. En un momento me dice que ya que terminará porque ella ya había llegado varias veces y ya estaba rosada de tanto coger, le ardía y se la saque sin yo poder llegar. Esa vez tuve que dejarla dormir y descansar después la tremenda noche que tuvimos, salí de su habitación y me dirigí al baño a terminar lo que estaba pendiente durante unos 20 minutos estuve jalándomela hasta que por fin pude hacerlo.

    Me quedé pensando, si el tener sexo, siempre será igual. Cuando vi la hora eran las 7:15 am y ya se iban a comenzar a despertar los demás familiares.

    Hasta aquí mi historia es 100% real espero les haya gustado.

    Pronto relataré más encuentros que tuve con ella porque duramos teniendo sexo cerca de 1 año.

  • El ex esposo de mi hija

    El ex esposo de mi hija

    Lo conocí apenas él tenía 12 años, cuando nos mudamos de casa Y no más conoció a mi hija, se enamoró perdidamente de mi hija Kenya. Te puedo decir de Mi hija que fue una chica tierna y sencilla, pero cometí el error de reprimirla en Todo momento, jamás Kenya pudo expresar sus emociones o sus sentimientos por la idea errónea que una dama debe ser sumisa y obedecer siempre sin cuestionar y con el tiempo descubri que eso fue un grave error. Con el paso de los años Kenya se hizo novia de César, aquel chico que conocí apenas tenía el 12 años.

    Sospechaba que algo había entre mi hija y Cesar, pero no lo había confirmado. Tiempo después descubrí que los últimos años en la escuela y todo el bachillerato fueron novios. Al parecer mis vecinos y padres de César sabían de esa relación y la aceptaban pues Kenya hasta ese tiempo era una chica buena, decente y amable. La represión y el rigor que le había impregnado a su crianza había funcionado bien, hasta ese momento.

    Cuando Cesar termino el bachillerato tenia ya alrededor de 19 años y sus padres lo mandaron a estudiar a la Universidad, asi que tubo que mudarse de ciudad. Cesar había crecido en una buena familia, sus modales eran excelentes y tenia la cualidad de expresar de buena manera sus ideas de una forma clara, concisa y sin caer en las ofensas. Esa cualidad hacia que tuviera una capacidad de convencimiento increíble. Se podría decir que era un experto en convencer, pero su integridad moral lo hacían un buen líder y no un manipulador. De su físico lo que puedo decir es que tenia una muy atractiva apariencia, su piel era morena clara, y de cuerpo delgado aun que eso se lo atribuyo a su edad, y mas alto que el promedio. En cambio, mi hija Kenya, era una chica tímida un poco callada pero insistente en lo que quería, de su físico lo que puedo decir es que tenia mi mismo cuerpo, piel blanca de buena estatura, cabello largo y negro y una cintura bastante estrecha, sus caderas delgadas y pocas pompis pero abundantes pechos. Para ese tiempo Kenya tenia 18 años.

    Paso un año completo y no hubo mayores noticias de Cesar ni de como le iba en la Universidad, en todo ese tiempo pensé que ya no tenía comunicación con Kenya y se había llegado el momento que mi hija también se mudara de ciudad para iniciar sus estudios universitarios. Para mi esposo y para mi fue muy duro dejar ir a nuestra hija, pues todo seria nuevo para ella. Ahí fue cuando empecé a sentir que fue un error haberla tenido tan sometida a nuestra disciplina pues para nuestra hija todo se había vuelto ajeno y extraño. Pero tuvimos que dejarla ir y Kenya tuvo que hacerse al mundo. A partir de esa ocasión nada volvería a ser igual, no sé qué paso en la universidad, pero la niña tímida y asustadiza que solía ser mi hija se fue convirtiendo en una persona segura, firme y de carácter muy fuerte. Todo le molestaba y casi no conversaba con nosotros. Cuando regresaba a casa a pasar las vacaciones de fin de año, apenas salía de su habitación, todo su mundo se había desarrollado en aquella ciudad lejana a la nuestra. Con el único que la veía conversar era con Cesar que también regresaba a casa a pasar las vacaciones de fin de año con sus padres. Pero mantuve la idea de que ya no eran novios, que su relación se termino cuando Cesar termino el bachillerato y se mudo de ciudad para iniciar sus estudios.

    Los años pasaron y Kenya regreso a casa convertida en una profesional, nunca tuve mayor información sobre las amistades de ella en la Universidad o sobre las cosas que hacía en su tiempo libre, la verdad es que perdimos el control de nuestra hija. No paso mucho tiempo desde su graduación hasta que inicio a trabajar en una oficina jurídica, y aun me costaba trabajo ver a mi hija convertida en toda una mujer.

    Una noche de domingo estábamos cenando reunidos en familia y con una agradable visita, Cesar estaba en la mesa con nosotros, el humor de Mi hija andaba bastante bien, pues sonreía y bromeaba conmigo y con su padre, Kenya tenía ya 27 años. cuando de sorpresa nos dio una noticia que en verdad no esperábamos pero que ya lo habíamos considerado. “Padres me voy a casar”, y con quien fue lo primero que pensé.

    Cesar y Kenya se sonrieron y se pusieron de pie, y supe que el amor de Cesar por mi hija nunca se había terminado. Yo en verdad pensaba que Kenya nunca quiso en realidad a Cesar, pero hasta el momento no era algo con mayor relevancia. Lo que si debo mencionar es que Cesar me estaba pareciendo sumamente atractivo, pero jamás se me cruzaría por la mente tener algo con el pues yo ya tenía 52 años.

    Tres años habían pasado desde esa tarde, en que recibimos la noticia de la boda y después de este tiempo al parecer habían iniciado los problemas en el matrimonio de Cesar y Kenya. Y mis sospechas habían resultado ciertas. Pues había un tercero en ese matrimonio. Cesar era un buen hombre, bastante suave de carácter y complaciente, pero al parecer Kenya necesitaba un tipo que la pudiera dominar, y como no hay dos sin tres, ella se había vuelto una mujer infiel. Cesar no tardo en enterarse en que había otro en la vida de su esposa y la noticia lo destruyo. Su orgullo como hombre había sido destruido y según supe una numerosa cantidad de ideas rondaban su mente y lo único que podía hacer era iniciar los trámites de divorcio.

    Cesar se comunicaba conmigo constantemente, pues lo conocía desde que era un niño, y ante los reclamos que como padres le hicimos a Kenya esta opto por alejarse aun mas de nosotros, al punto que la comunicación era escasa o mas bien dicho nula. A pesar de la separación, mi esposo siempre invitaba a Cesar a casa para ver el futbol y tomarse algunas cervezas incluso la habitación de Kenya siempre estaba disponible para Cesar para que durmiera ahí las noches que se quedaba hasta tarde viendo el futbol con mi esposo y creo que en una de esas noches fue que empezó todo.

    Una tarde de domingo recibimos la visita de Cesar, mi esposo lo había invitado a cenar y beber unas cervezas, el tiempo paso bastante rápido y a eso de las nueve de la noche me dirigí a mi habitación, me quite la ropa del día y me puse ropa para dormir, confiando en que unos minutos después Cesar se marcharía y mi esposo se encargaría de cerrar y apagar las luces de la casa, y me dormí. Eran ya pasadas las diez de la noche cuando desperté y escuché que la tv aun estaba encendida y los dos hombres bien dormidos y bastante ebrios. Desperté a Cesar y le pedí que me ayudara a llevar a mi esposo a la habitación, y tambaleando nos dirigimos los tres hacia la habitación, Cesar me ayudo hasta dejar a mi esposo en la cama y se salió rápidamente. Desvestí a mi esposo y lo deje acostado en la cama y sali nuevamente de la recamara. Me dirigí donde estaba Cesar y le invite a que se quedara a dormir en casa pues seria irresponsable que se marchara tan noche y para colmo que condujera tan ebrio y mas si apenas se podía parar, ayude a Cesar para caminar y lo sujete con mis brazos para trasladarnos a la antigua habitación de Kenya donde iba a quedarse a dormir.

    Entramos a la habitación y al dar el paso tropezamos con la alfombra, lo que nos hizo caer de frente en la cama, me di un leve golpe en la pierna pero me levante rápidamente a pesar de tener un ligero dolor, pero Cesar se quedó acostado intentando girarse para ponerse de pie, al estar de pie volví a dirigirme hacia el para ayudarle a sentarse en la orilla de la cama y luego de eso me arrodille para soltar las cintas de sus zapatos, en ese momento Cesar coloco su mano sobre mi cabeza y acaricio mi cabello deslizando su mano hacia mi rostro, en ese momento experimente una sensación cálida y tierna que me dejo pensando durante los posteriores días.

    En ese mismo momento coloqué mi mano sobre la mano de cesar y me puse de pie, nos sonreímos y le dije “solo solté las cintas de tus zapatos, si quieres duermes con ropa o como tu quieras, me voy para mi habitación”. Cesar me dio una mirada tierna, incluso sentí que sus ojos me pedían que no me marchara y la verdad es que deseaba quedarme. Pero sali de la habitación y me dirigí rápidamente a mi recamara. Me acosté junto a mi esposo y me quede pensando en que significo esa caricia y que fue esa sensación de querer quedarme en la habitación con mi ex yerno. El corazón me palpitaba muy fuerte y las manos me temblaban, en realidad no había una causa fuerte para tal sensación. Me acomode y poco a poco me fui quedando dormida.

    Al día siguiente me desperté muy temprano por la mañana, aún estaba oscuro pues no había amanecido por completo. Me dirigí muy adormitada hacia el baño y al regresar a mi habitación me voy percatando que la puerta de la habitación donde estaba Cesar había quedado abierta, había olvidado por completo que Cesar estaba en casa y yo ahí de pie, cubierta con una prenda de dormir llamada camisón que apenas cubría mis caderas y para colmo sin ningún tipo de ropa interior, por suerte Cesar aun dormía. Al parecer la borrachera de la noche fue tan fuerte que mi ex yerno no se había podido quitar la ropa, solo se quito los zapatos y se quedo dormido. Apenas se había cubierto el pecho con una manta. Me quede unos segundos viéndolo pero como aún estaba oscuro decidí dar unos pasos y entrar a la habitación. Al verlo enseguida recordé que a los hombres jóvenes se les pone erecto su miembro en las madrugadas y en efecto un gran bulto asomaba en el pantalón de Cesar, ahí se me desempañaron por completo los ojos y nuevamente empecé a temblar como en la noche. No pude más y me sali de la habitación.

    Regrese de inmediato a la habitación, un temblor invadía mi cuerpo, pero algo completamente extraño me estaba sucediendo. Como lo mencione antes solo traía puesto un camisón y pude sentir como un ligero hilito de fluido corporal bajaba por mis piernas, regrese otra vez al baño pero no pude evitar quedarme a la entrada de la habitación donde estaba Cesar, me detuve y me quede observándolo, el aun dormía y de paso hasta roncaba pero el bulto en su pantalón no había desaparecido, no se en realidad que pasaba por mi mente en ese momento pero mis manos se dirigieron hacia mi entrepierna y sin poder evitarlo empecé a acariciar ni vientre y un poco más abajo hasta llegar a mis labios vaginales.

    Un momento después por mis piernas bajaban las pruebas de un pecaminoso orgasmo, un blanquecino y espeso fluido escurría de mi intimidad y a mis 55 años sentí un desmesurado morbo por mi ex yerno. Y Si me había masturbado viendo a Cesar mi ex yerno. En esos momentos regrese a mi habitación me sentía mal la pena moral me mataba, pero por otra parte, en verdad que sentía un gran alivio en mi interior. Hacía mucho que no tenia sexo y menos tener orgasmos.

    Regrese nuevamente a la habitación y me quede en mi cama y volvi a dormirme. Era media mañana cuando desperté y Cesar ya se había ido.

    Resentí mucho que no me despedí de el pero inmediatamente le envié un texto y pasamos conversando todo el día. Cesar me pregunto si podía venir a casa durante el dia, mientras mi esposo esta trabajando, yo le comente que no había problema pero que seria mejor que nos viéramos en otra parte pues durante el dia solo yo pasaba en casa y no seria correcto estar solo nosotros dos, pero Cesar insistió y quedamos de vernos la próxima semana.

    Se llego el dia de vernos y efectivamente estaba sola en casa, el hecho de saber que estaría a solas con Cesar me hizo querer verme muy bien y desde temprano empezó la jornada. Una buena ducha el maquillaje suave y adecuado y un vestido blanco. Obviamente mi sostén blanco y un delicado cachetero de encaje que hacia remarcar mis curvas de mujer madura. Eran las 9 de la mañana cuando llego Cesar y por mi parte no dejaba de pensar en lo que había pasado la ocasión anterior. Lo Invite a pasar y tomar asiento en la sala, Cesar se mostró bastante amigable y sonreía incluso hacia una que otra broma, parecíamos dos buenos amigos y no una suegra con su yerno.

    Me comento que la noche que se quedo a dormir en casa había perdido un pequeño objeto de mucho valor sentimental para el y que, si podía pasar a la habitación a buscarlo, quizás se le había caído del bolsillo del pantalón. “Por su puesto” le respondí y caminamos hacia la habitación.

    Entramos y enseguida Cesar se colocó en el piso, como buscando algo bajo la cama, de inmediato encontró lo que buscaba, era un llavero con una foto de Kenya. A pesar de todo Cesar aun quería a mi hija. Me mostro el llavero que había recogido del piso y me dijo

    “Sabes Tania este es el único recuerdo que me permitiré tener de Kenya, he decidido olvidarla por completo y darle un giro a mi camino, se que no será fácil pues desde que la conocí cuando yo tenia 12 años me enamore profundamente de ella y no es por agradarte o algo parecido pero quisiera que sepas que no ha habido otra mujer en mi vida, la única mujer que he besado ha sido Kenya y de igual forma la única mujer que conoce mi cuerpo es Kenya”

    De ninguna manera esperaba esa confesión, pues Cesar es un hombre sumamente atractivo y siempre creí que tenía mujeres a disposición y aun sigo manteniendo esa idea, con la diferencia de que al parecer rechazo a toda aquella que se le acercaba con otras intensiones diferentes a las de amistad. Salimos de la habitación y nos dirigimos a la sala de estar y seguimos platicando de uno y otro tema, pero después de esa conversación en la habitación, nunca más en la vida volvimos a tocar el tema de mi hija. Para el resto de la familia Kenya se volvió una desconocida pues su ausencia había causado ese efecto en todos aparte de eso ella así lo había querido. Cesar se volvió por así decirlo un poco mundano, salía de fiesta en las noches y en repetidas ocasiones invitaba a mi esposo y se iban a bares y seguramente a visitar prostitutas, aunque eso nunca lo confirme. Había pasado mas de un año desde la separación de mi hija con Cesar y una madrugada de domingo sucedió lo que tanto había temido.

    Un agente policial llamo al celular de mi esposo para informarle que Cesar estaba en el hospital central de la capital del país, había sufrido un fuerte accidente mientras conducía con un alto grado de alcohol en su organismo. No esperamos ni que amaneciera, salimos de casa inmediatamente hacia el hospital y los pronósticos de su situación eran desalentadores. Había sufrido lesiones en su columna y fractura en la pierna, al parecer el impacto había sido tan grande que su fémur se había salido de su posición normal en su cadera y había causado heridas internas, aparte de eso golpes y heridas superficiales. El doctor nos comento que era algo casi increíble que estuviera vivo, no pude contener las lágrimas y empecé a llorar abrazada a mi esposo. Cesar paso en el hospital varias semanas enyesado de varias partes de su cuerpo. Con el tiempo empezó a mejorar, pero apenas tenía movilidad en sus manos y su cabeza.

    En una de las visitas que le hicimos a Cesar, su médico de cabecera nos comentó que le daría de alta para que el resto del tiempo de recuperación lo pasara en casa y algo que no esperaba era que mi esposo ofreciera nuestra casa para que cesar estuviera ahí con nosotros, pues la casa de los padres de cesar no estaba en buenas condiciones para albergarlo y de alguna manera me sentí muy bien al saber que el estaría aquí en casa.

    El día se llego y empezamos los preparativos para recibirlo, adecuamos una habitación y los utensilios que tendríamos que usar para darle los cuidados pertinentes, la mayor parte del tiempo el pasaba dormido, esto era por los medicamentos que se le aplicaban para controlar el dolor. Después de unos 6 meses de estar en casa, ya le habían retirado buena parte de los yesos que le habían colocado, solo usaba una especie de arnés que le daba más estabilidad a su columna, pero no había movimiento en sus piernas y apenas lograba mover los brazos, fue en ese tiempo que empecé a tener una mezcla de sentimientos para Cesar, una especie de lastima un apego extraño que se podría decir que era amor y quizás atracción. Todos los días le daba un baño con una esponja, le tenía que quitar el arnés y lavar su cuerpo, después de eso lo dejaba en la cama desnudo para secar su cuerpo. Se hizo costumbre que al momento de lavar la ropa yo usaba un camisón, un short o a veces incluso lo hice solamente en ropa interior. Siempre terminaba bien mojada así que me pareció bien hacerlo de esa manera. El cuerpo de Cesar había cambiado mucho, se había puesto completamente delgado y toda su masa muscular había desaparecido, ya no era el hombre sumamente atractivo que una vez fue, pero aun así en mis ojos seguía pareciendo un hombre maravilloso y espectacular.

    Una mañana después de que mi esposo saliera al trabajo me dispuse a darle una ducha a Cesar, entre a la cocina y puse agua a calentar y me dirigí hacia mi habitación, me quite el pantalón de lycra que andaba y la playera y me quede solo en ropa interior, ese día andaba un cachetero que más parecía bóxer corto de hombre y mi sostén, entre a la habitación de cesar, llevaba una cubeta con agua tibia y empecé a desnudarlo, mientras lavaba su cuerpo con la esponja empecé a notar algo diferente, sus ojos estaban abiertos, él estaba despierto. Si me sorprendió, pero de igual forma sabía que Cesar no estaba consciente de lo que estaba pasando. Seguí lavando su cuello y empecé a hablarle aunque no me contestara, tome la esponja y la deslizaba por su cuerpo, tallando con delicadeza su frágil y pálida piel, tome con mi mano su pene y empecé a notar que no estaba completamente flácido como en las ocasiones anteriores, es más, parecía que tenía una erección. Su misma firmeza me permitió alar su piel y descubrir por completo su glande y limpiarlo de mejor manera. No es posible describir lo que pasaba por mi mente en esos momentos porque sentí incorrecto estar en ropa interior y con el pene erecto de mi ex yerno en mis manos, así que me apresure a terminar la tarea, lo deje desnudo un momento para que su piel recibiera aire y se secara para poder volverlo a cubrir con ropa limpia y colocar su arnés, limpie el resto de agua derramada y sali de la habitación. Ese día me comunique con el médico para comentarle lo sucedido y me explico que era posible que Cesar estuviera reaccionando a los estímulos y era posible que sus nervios estuvieran sanando, también me recomendó seguir estimulándolo y siempre hacerle los ejercicios de movilidad. Esas palabras me alegraron mucho y de alguna manera empecé a ver una luz de esperanza para Cesar.

    Las horas pasaron y era de noche cuando regreso mi esposo de trabajar, me acompaño a darle de comer a Cesar y luego lo dejamos listo para dormir. Pero en la madrugada como era costumbre me levanté a ver como estaba el, entré a la habitación y solamente vestía mi habitual camisón y sin ropa interior, no quise prender las luces, nos quedamos en lo oscuro. El estaba dormido así que me recosté a su lado y empecé a tocar sus brazos, su pecho y le di unas caricias en su vientre, en eso note que el bello de su parte intima había crecido mucho y pensé que en la mañana lo recortaría. No logre contener los impulsos y mi mano se dirigió hacia su pene que estaba completamente flácido a lo que me pareció gracioso y mas recordar que hacia unos años con solo verlo tuve un culposo orgasmo. Seguí acariciando su pene, sus testículos y un sentimiento culposo me invadió y no pude mas que levantarme de la cama sin antes darle un beso en su mejilla muy cerca de su boca y abandone la habitación y me dirigí hacia mi recamara.

    Por la mañana continúe con la rutina siempre, entre a la cocina a poner agua a calentar y regrese a mi habitación para desvestirme, sali nuevamente ya en ropa interior y me dirigí otra vez a la cocina para retirar el agua, busque la máquina de afeitar y continúe hacia la habitación de cesar. Empecé a quitarle la ropa y el arnés de su columna para iniciar a frotar su cuerpo con agua y la esponja. Aun no estaba segura en si rasurarle sus partes intimas pero tuve que hacerlo, cesar estaba despierto y me alegro mucho así que empecé a afeitarlo, primero cubrirlo con espuma de jabón y luego con mucho cuidado para no causarle ningún daño, en unos segundos su pene estaba muy duro mientras lo depilaba y los latidos de mi corazón aumentaron, seguí realizando la tarea hasta que había retirado todo el bello de su vientre y sus testículos, mi cuerpo temblaba de nervios al ver su pene completamente erecto, y no pude contener sentir la humedad en mi entrepierna, mi vulva estaba que derramaba un blanquecino y viscoso néctar y mi ropa interior completamente empapada de esos fluidos que salían de lo más íntimo de mi cuerpo, no logre controlarme y sujete fuertemente su pene con mis manos y en un momento le baje la piel que cubría su glande, volví a subir su piel y continúe haciéndolo en repetidas ocasiones hasta que al cabo de unos segundos se derramaba en mi mano abundante semen, caliente con su olor particular y pegajoso.

    Sin querer había masturbado a Cesar, no medí las consecuencias de lo que podía pasar pero a la vez sentía cierta satisfacción por lo que acababa de pasar, sali inmediatamente de la habitación con mi mano cubierta de semen y al estar en mi recamara no pude mas que acariciar mi vulva, sentí el exceso de humedad y la calidez en los pliegues de los gruesos labios que recubren mi cavidad vaginal, y al reaccionar me di cuenta que el semen que estaba en mis manos se había mezclado con mis fluidos mientras frotaba con mis dedos mi caliente vulvita, en realidad que no pude dejar de frotar mis dedos sobre mi clítoris y más de uno lo introduje en mi húmeda vagina, a penas logre mantenerme de pie y recostada sobre la pared, hasta que los espasmos y contracciones de un delicioso y pecaminoso orgasmo hacían convulsionar todo mi cuerpo. La tela de mi tanga no pudo seguir absorbiendo los fluidos que emanaron de mi cuerpo y estos se derramaron y corrieron por mis piernas hasta caer al piso y con ellos me deje caer en el suelo, cansada y jadeante. Un profundo sueño invadió mi ser y quede dormida en el piso por unas cuantas horas.

    Cuando desperté era ya tarde y mi esposo regresaría de trabajar de un momento a otro, me dirigí rápido al cuarto de baño, tome una ducha rápida y sali a ponerme ropa e inmediatamente regrese a la habitación donde esta cesar, el estaba justo como lo había dejado completamente desnudo y con una buena cantidad de semen cristalizado en sus piernas y su pene, lo limpie rápidamente y lo volví a cubrir con su ropa habitual. Mientras lo arropaba cesar abrió sus ojos y me miro fijamente, pudo haber sido mi imaginación, pero una sonrisa se dibujó en su rostro y algo inesperado fue que Cesar logro mover su brazo para colocar su mano en mi hombro, en ese momento sentí un fuerte nudo en mi garganta y no pude mas que echarme a llorar sobre el cuerpo de Cesar. Entre lagrimas lo deje arropado y cómodo para regresar en unos momentos para darle su cena.

    Escuche que mi esposo había llegado a casa y sali a recibirlo, conversamos unos momentos, tomamos la cena y un poco después regrese con Cesar para darle su cena y dejarlo listo para dormir. Esa noche mi esposo me comento que los padres y hermanos de Cesar habían acordado que se lo llevarían hacia su casa, que era tiempo de que ellos se encargaran de cuidar a su pariente. Tuve que disimular en gran manera para que mi esposo no notara la tristeza que me había causado esa noticia y con el nudo en la garganta se llego la hora de dormir. Apenas logre dormir unas horas esa noche y como era costumbre me levante de la cama en la madrugada, vestida solo con mi camisón. Me dirigí hacia la habitación de Cesar y sin encender la luz en completa oscuridad. Separe un poco su brazo de su cuerpo y acomode mi cuerpo entre el suyo y su delgado brazo.

    En unos momentos sentí que Cesar me abrazaba, eso fue suficiente para mi para hacer lo que había deseado desde que este era un adolescente y pase a torpemente besar su cuello, quite los botones de su bata y separándome de su cuerpo me coloque sobre el e inicie a besar su pecho, me detuve un breve momento sobre sus tetillas y frote mi lengua sobre ellas. Con mis rodillas apoyadas a cada lado del cuerpo de él me abalancé sobre su boca para darle un apasionado beso, metí mi lengua en su boca y mordí suavemente sus labios y la mejor respuesta a esto fue empezar a sentir su erección. Podría jurar que el correspondió a mis besos y no necesite mas para subir mi camisón, dejar descubiertas mis nalgas y sujetar su pene para dirigirlo hacia mi vulva. Separé un poco más las piernas y me senté sobre el pene de mi ex yerno enterrándolo por completo en lo mas profundo de mi vagina. Movía mis caderas sobre su cuerpo, frotando mis labios vaginales y mi clítoris sobre su vientre y así pasamos unos minutos, a lo mucho habrán sido diez minutos hasta que sentí como su pene se ponía mas grueso y mi excitación aumento aún más, mientras su caliente semen se derramaba en mi interior yo también me derramaba sobre el, un fuerte orgasmo sacudió mi cuerpo, todos mis músculos se contrajeron y por poco siento como mi respiración se detenía, tuve miedo de que mi esposo me escuchara pero a la vez no quería parar de disfrutarlo y de alguna manera no me importo mas lo que pudiera pasar, me había convertido en un ser puramente de instintos. Le había hecho el amor a Cesar el ex esposo de mi desaparecida hija en los tiempos en que Cesar no podía ni moverse, cualquiera diría que había abusado de mi ex yerno. Pero la sensación de haber sido correspondida por un beso me dio la libertad y el pase de hacer todo lo que había deseado por muchos años.

    La mañana había llegado y los familiares de Cesar estaban en casa, me agradecieron grandemente por todos los cuidados hacia su familiar y pasaron a llevárselo de mi casa. Durante varios años no supimos prácticamente nada de Cesar ni de sus familiares, hasta el dia de mi cumpleaños, celebraba mis sesenta años y recibi una carta, que me decía que recordaba todo lo ocurrido y que quería verme, el remitente era Cesar.

  • Vuelo nocturno

    Vuelo nocturno

    Nunca me han gustado los instantes previos a volar. Esos en los que hay lidiar con uñas y dientes ante el asedio de decenas de pasajeros agolpados intentando ocupar un asiento, como si en realidad, alguien fuese a quedarse sin él. Es uno de los inconvenientes de viajar en clase turista, que hay que ir buscando huecos donde los haya y donde te dejen. En ese sentido es mejor viajar sola, ya que, maldita gracia que debe dar el viajar en asientos dispersos.

    Al cruzar la puerta de embarque la azafata nos va saludando de forma individual. Soy de las últimas en entrar, y como era de esperar, ya no quedan asientos libres, excepto uno al lado de una madre con su hijo de ocho años, por lo que maldigo mi suerte, maldigo a la madre, pero sobre todo, al hijo, habida cuenta de que, si ya de por sí aborrezco a los niños, el hecho de viajar con ellos me provoca ansiedad. De ahí que, si no quería caldo, ahí van tres tazas.

    Trato de acoplar mi maleta de mano en el compartimento, pero no lo logro por falta de espacio. Al parecer soy la única que queda por hacerlo y percibo que cada una de mis acciones está siendo analizada, como si fuese yo la atracción del lugar, después de superar ese instante de estrés en el que cada cual ha batallado por hacerse con su sitio. Seguidamente, le sucede ese otro momento que nos indica que ya podemos respirar tranquilos porque no nos vamos a quedar en el suelo. Es entonces cuando ya podemos echar un vistazo a nuestro alrededor para fijarnos en quienes son nuestros vecinos y qué hace cada uno de ellos. Nos cambia la cara y el rictus mortis le entrega el cetro a las risas distendidas.

    En cuanto a mí, sigo peleándome con la maleta de mano sin lograr encastrarla, y viendo mis infructuosos esfuerzos, la azafata acude en mi ayuda, de tal modo que cambia la ubicación de algunas bolsas de mano para que encaje todo como en un tetris, y después de agradecérselo, ocupo mi lugar junto al pasillo, al lado de la madre de un niño que parece ahora interesado en mirar por la ventana en espera de que el avión levante el vuelo. Me mira un instante y me sonríe con un gesto que a mi me resulta maquiavélico, pues me hago una idea del viaje que me espera.

    Intentando ver la parte positiva, (si es que existe), mi butaca está al lado de su madre. La saludo con un “buenas tardes” y ella me responde al saludo acompañándolo con una amable sonrisa que a mi me cuesta gran esfuerzo devolverle, dadas las circunstancias.

    Por fin estoy en mi poltrona. Ahora es a mí a quien me toca hacer ese reconocimiento visual. Miro a mi alrededor. Todo el mundo parece dichoso, pendientes de que el avión despegue. La azafata nos informa de los pasos a tener en cuenta en caso de que hubiese algún incidente, aunque, siempre he pensado que, en caso de que el avión se venga abajo, de poco, o de nada nos servirían los consejos de la encantadora azafata, pero es el protocolo y todos escuchamos atentamente.

    Minutos después estamos volando y en pocos segundos las ciudades se empequeñecen hasta que poco a poco se convierten en pequeños puntos luminosos. Me coloco los cascos para evadirme del revuelo que está armando el mocoso, así como del bullicio de esos primeros compases, y poco después, la música relajante me ayuda a conciliar el sueño, pese al alboroto existente.

    Al cabo de una hora abro los ojos y compruebo que ya es noche cerrada y que la calma se ha adueñado del lugar. El ambiente está en penumbra, iluminado tan sólo por la luz mortecina de los pilotos. Parece que ha dejado de reinar el caos y es el silencio el que toma el relevo, roto únicamente por el amortiguado ruido de los motores y determinadas respiraciones de algún que otro pasajero.

    Vuelvo la vista a mi derecha y me doy cuenta de que un hombre de unos sesenta años me mira, asiente y me sonríe. Yo le devuelvo el saludo escoltado por una afable sonrisa. Su mujer duerme plácidamente al otro lado con la boca abierta con el consiguiente peligro de que una intrépida mosca se aventure al interior. Después me doy la vuelta, enciendo mi e-book y retomo el capítulo donde lo dejé la última vez.

    Hago un inciso en la lectura y caigo en la cuenta de que mañana cumplo cincuenta y con toda seguridad, seguro que en casa ya tengo una fiesta preparada para la ocasión, tanto por parte de mi marido, como por la de mi hija. Con el ajetreo de la feria, no he tenido mucho tiempo de echarlos de menos. Es ahora cuando tengo ganas de abrazarlos, sobre todo a mi esposo y estoy deseando celebrarlo por todo lo alto. Un poco de jazz para amenizar la velada, una copa de vino para enardecer el ánimo y unas velas para que nos envuelvan en esa atmosfera romántica que tanto echo de menos. Es lo que pulula por mi cabeza cuando algo me lleva a voltearla y contemplo a mi vecino observándome con descaro, sin apartar su mirada y sin dejar de sonreírme, y eso me causa cierta incomodidad, pero no hago demasiado caso, lo ignoro y retomo la lectura sin acordarme de lo que había leído con anterioridad a causa del acoso visual al que sigue sometiéndome ese individuo. Me volteo de nuevo, movida por la indignación, pero también por la curiosidad, y advierto como se está sobando la entrepierna a través del pantalón, al mismo tiempo que su observación ha pasado de indiscreta a ser lasciva, y tengo que apartarle de nuevo la mirada, abrumada por la perturbadora situación. Decido no montar en cólera, ni otorgarle excesiva importancia al suceso, e intento centrarme en lo mío, aunque me resulta difícil, pensando que seguramente el degenerado seguirá con sus tocamientos.

    Es un tipo de lo más normal, de pelo canoso y unas pronunciadas entradas con las que pronto tendrá que hacer malabares para tapar la coronilla. Lleva pantalones de pinzas de lo más clásicos y una camisa en tonos grises. No es ni alto ni bajo, ni guapo ni feo. Es un tipo de aspecto bastante ordinario, diría que con poco gusto y escaso refinamiento. Luce una ligera panza, propia de su edad, y su mujer, ajena a la conducta de su marido, disfruta de un sueño profundo e insondable.

    Escucho el ruido de su cinturón e intuyo lo que eso significa, y no doy crédito. No quiero darme la vuelta, ni seguirle el juego a ese degenerado. Estoy a punto de llamar a la azafata para advertirle del comportamiento irrespetuoso del pasajero de al lado cuando oigo una especie de siseo llamándome. En un primer momento lo ignoro hasta que lo hace reiteradas veces. Entonces me doy la vuelta y observo como balancea su miembro de un lado a otro, y no sé si apartar la mirada o recrearme viendo el vaivén de aquel péndulo oscilante. Mi sentido común hace que me decante por lo primero. Pienso que la osadía del gachó no tiene parangón. Su conducta la considero pueril, pero de nuevo, mi curiosidad, y por qué no decirlo, también el morbo, me obliga a darme la vuelta otra vez.

    El hombre me observa con mirada impúdica. Me saca la lengua en un gesto obsceno sin dejar de masajear su polla. Mi mirada se descuelga hasta ella y advierto lo gorda que es. No es excesivamente larga, pero su diámetro es el de un obús con una cabeza morada y completamente descapullada. El sujeto se la coge de la base y me la muestra en toda su magnitud. Es una polla adornada de gruesas venas y otros capilares menores que se ramifican a lo largo del tronco. A continuación, el fulano aprieta la bolsa que le cuelga haciendo gala de unos desmedidos huevazos similares a dos pelotas de pin pon.

    No sé que cara debo de haber puesto, si de sorpresa, de fisgona voyeur, o de zorra hambrienta porque ahora está masturbándose para mí a modo de ofrecimiento, de tal modo que parece que he pasado del repudio al morbo, y del morbo a querer coger ese pedazo de carne que me hace olvidar que soy “vegetariana”, hablando en términos conyugales. El sesentón aparenta haberse percatado de ello y enfunda su herramienta, se abrocha el cinturón y se dirige al lavabo haciéndome una señal para que lo siga.

    Me quedo un instante indecisa sin saber qué hacer, pues nunca me he visto en una tesitura tan surrealista como ésta. Hace un instante estaba pensando en celebrar mi aniversario con romanticismo, y ahora, la desfachatez de un individuo de lo más ordinario y diez años mayor que yo me ha puesto cachonda exhibiendo un puntal que bien podría abrirme en canal. Me debato entre mis instintos primarios y la cordura y conduzco mi mano por dentro de la falda hasta alcanzar mi sexo para comprobar que mi dedo patina por la regata y alcanza el botón, y como si al tocarlo hubiese pulsado el mando de arranque, me levanto movida por el deseo, obviando por tanto la sensatez que me mantenía pegada a mi asiento y soslayando el romanticismo. Cojo mi bolso y enfilo con paso vacilante hasta el lavabo. Miro hacia atrás y compruebo que todos duermen, a continuación echo la cortina y golpeo la puerta con suavidad. Inmediatamente se abre y el extraño me hace pasar al reducido espacio. Después la cierra, me sienta en el trono y desabrocha su pantalón mostrándome de nuevo el garrote. Ahora me da la impresión de que viajo en zona vip y tengo asiento de primera fila con un primer plano de la polla nervuda. El fulano coge mi mano, observa el anillo y una ladina sonrisa se le dibuja en la cara. Imagino lo que piensa, pero no dice nada, en su lugar, la conduce al tronco y yo lo aferro con decisión. La tiene tan dura que puedo apretar sin temor a lastimarle. Mi mano viene justa para aferrar el perímetro del cilindro y empiezo a menearlo sin dejar de mirar cada vena y cada relieve de la vigorosa polla. Mis fosas nasales se embriagan de su aroma y abro la boca deseosa.

    El hombre contempla con cara desencajada como le masturbo, y al mismo tiempo que le miro, paso mi lengua por la cabeza morada para saborearla unos instantes. A continuación, abrazo el glande con la boca e inicio una mamada, mientras con una mano aferro el tronco desde la base y con la otra aprieto sus huevos hinchados, emprendiendo una felación digna de la mejor profesional, hasta que en un arrebato es él quien quiere tomar las riendas. Me coge por detrás de la cabeza y empieza a follarme la boca con vehemencia, como si pretendiera desencajarme la quijada, con lo cual, las babas resbalan de mi boca sin contención.

    Mi coño hace aguas y noto como mis flujos impregnan mis bragas. Abandono la felación, muy a mi pesar porque debemos actuar con premura antes de levantar sospechas. Me incorporo. Sé que es una locura, pero el paso ya está dado y no hay vuelta atrás. Ahora lo que deseo es que me penetre, y el sesentón parece adivinar mis pensamientos. Me da la vuelta de forma brusca, me levanta la falda y me baja las bragas hasta las rodillas. Yo me las termino de quitar con los tacones. Me apoya contra la pared del reducido espacio, apoyo mi brazo en la puerta y con la otra mano me sujeto la falda e inmediatamente me coloca la polla entre las nalgas mientras tira de mi cabello y me habla al oído.

    —¡Pídeme que te folle, zorra! —me dice.

    No me gusta como me habla, pero tampoco quiero renunciar a que me la meta, de modo que ignoro sus insultos y le sigo el juego al degenerado solicitándole que lo haga.

    No se hace mucho de rogar. Posa el glande en mi raja e inmediatamente lo noto horadándome y tratando de abrirse paso hacia las profundidades. Yo separo ligeramente las piernas e inclino mi trasero para facilitarle la labor. Apoyo mis manos en la puerta y apalanco mis pies. La abundante lubricación de mis flujos permite que se adentre por completo, aun así, la sensación es la de que me va a partir por la mitad, pero nada más lejos de eso. Poco a poco, mi coño se adapta al calibre y empiezo a gozar de las embestidas del energúmeno bufando como un toro en celo. Por mi parte, intento refrenar mis jadeos. Siento la necesidad de jadear, de gritar y dejarme llevar por el placer, sin embargo, no puedo explayarme como me gustaría.

    Muerdo mi mano para no gritar y el resopla en mi oído como un miura embanderillado. Siento la presión de su cuerpo aprisionándome contra la puerta, del mismo modo que mi cara está completamente perpendicular, de tal manera que el exaltado energúmeno me muerde y me besa, presa del delirio, en tanto que su polla pistonea de forma despiadada una y otra vez dentro de mi coño, en consecuencia, siento unas ganas de orinar apremiantes combinándose con la gestación de un orgasmo que empieza a irrumpir en mis bajos, y en pocos segundos invade mis sentidos, de manera que tengo que morderme la mano con saña para no gritar de gusto, en tanto que mi atacante empieza a soltar lastre entre resuellos y un extenso repertorio de improperios.

    Noto su leche golpeando en mi útero y mi placer se intensifica, con lo que siento la necesidad de sacarme la polla que me va a reventar las entrañas, y en un movimiento brusco me deshago de ella, y por ende, la orina se me escapa de forma incontrolada, al mismo tiempo que el orgasmo se prolonga durante unos segundos más entre temblores de piernas y gritos contenidos que intento atenuar con la mano.

    La descarga ha sido salvaje e irracional. No sé si por haber estado un mes en dique seco, por el morbo implícito o por el garrote que casi me parte en dos mitades. Lo cierto es que no me tengo en pie y me veo obligada a sentarme en el W.C. y con ello vuelvo a tener un primer plano de la polla nervuda a la altura de mi cara, pero esta vez perdiendo su consistencia. Está pringosa y reluciente de tantos fluidos y el hombre la restriega por mi boca con el propósito morboso de que se la limpie. Lo hago de modo somero porque el morbo y el entusiasmo ya se han esfumado. Paladeo la mezcla de sabores y se me queda un regustillo acibarado. Ahora quiero abandonar el mugriento lugar y alejarme de ese sujeto.

    Limpio el estropicio entre mis piernas con papel y una toallita húmeda, me pongo las bragas, cojo mi bolso y salgo la primera del servicio sin decir nada. Al regresar constato que, afortunadamente todos siguen durmiendo y nadie ha reparado en la contienda que ha tenido lugar en la popa. Vuelvo a mi asiento y compruebo que la mujer de mi follador sigue respirando fuerte ajena a las actividades indebidas de su esposo.

    Un minuto después regresa ufano el marido. Me mira con complicidad y se sienta al lado de su esposa como si tan sólo viniese de orinar y con cara de no haber roto nunca un plato, con lo que, cada cual sigue a lo suyo hasta que la agitación invade paulatinamente el lugar pronosticando el inminente aterrizaje.

    Es mi hija la primera que corre a mi encuentro y me abraza. A continuación lo hace mi esposo y me estrecha entre sus brazos, dándome un beso caluroso y moderado a la vez. Él coge la maleta grande y mi hija la pequeña. Tenemos mucho que contarnos y son ellos los que me asaltan con sus historias. En ese instante pasa por mi lado mi follador junto a su esposa. Nuestras miradas se cruzan y me quedo un momento absorta haciendo balance de lo acontecido en el avión, mientras escucho taciturna a mis seres queridos sin prestar atención a sus palabras, hasta que mi marido me saca de mi abstracción.

    —¿Quién era ese? —me pregunta.

    —¿Qué? —respondo.

    —¿Qué quién era ese? —repite.

    —Nadie, —respondo retornando a la realidad.

  • Soñé que era mujer y desperté mojado

    Soñé que era mujer y desperté mojado

    Qué extraños son los sueños, ¿verdad?

    Algunos dicen que son el reflejo del subconsciente y otros que son emociones o deseos reprimidos. En mi caso creo que recientemente son un poco de todo eso.

    Como te conté en el relato anterior, soñé que me besaba y manoseaba con mi prima, algo que espero pueda hacer realidad a mediano plazo; sin embargo el sueño que acabo de tener hizo que despertara con la verga dura y el bóxer mojado.

    Como debes saber, los sueños no tienen mucha lógica ni explicación sencilla y se van olvidando en el transcurso del día, pero recuerdo perfectamente que era de noche y yo iba caminando por la calle donde pasé mis años de estudiante hasta que justo, llegué a mi antiguo colegio, un edificio grande con espejos. De inmediato pensé: «Sería increíble estar desnudo en el piso más alto y dejar que la gente me viera…». En ese momento un hermoso par de tetas creció en mi pecho y entré al edificio para llegar al ascensor. Conforme iba caminando podía sentir como me iba transformando en mujer; mi cabello crecía, mis labios se hacían gruesos y carnosos, mi cadera se hacía ancha al mismo tiempo que mi cintura pequeña y mis piernas y pantorrillas se hacían femeninas. Cuando el ascensor abría la puerta, en su espejo pude ver que ya era una bella fémina. Subí al piso 5, que era el último, caminé al último salón que era el que daba a la calle y me asomaba a ver quien pasaba. La sensación de mostrarme sin que puedan tocarme siempre me ha parecido muy excitante. Si buscas en mis relatos, podrás encontrar cuando vestido de mujer le hice un striptease a un par de albañiles y otro donde le di una buena mamada al papá de mi ex novia en un hotel. Pues bien, en mi sueño tenía cuerpo de mujer y lo primero que decidí mostrar fueron las tetas.

    Recuerdo que me desvestía despacio, y las personas en los otros edificios podían observarlo. Yo, muy coqueta, me agachaba para que me vieran el culo, jugaba con mis tetas y me acariciaba toda. Los ojos en las ventanas cercanas brillaban como destellos y el deseo de que me vieran más personas se hacía más grande. Me desvestí hasta quedar completamente desnudo y de pronto, desperté antes que pudiera hacer algo más interesante.

    Me hubiera gustado que en mi sueño apareciera un hombre o mejor dos, de algún lugar. Tal vez un par de conserjes o de mis ex profesores de aquel entonces. Que me pusieran a hacerles de todo frente a la ventana mientras todos miraban. Me hubiera encantado que me cogiera uno mientras a otro se la chupaba y que los dos terminaran en mí.

    Pero no pasó así, así que tuve que imaginarlo despierto mientras me masturbaba.

    Nos leemos pronto.

    Bellota.

  • Una noche extraordinaria con un amigo de confianza

    Una noche extraordinaria con un amigo de confianza

    Alfredo era un hombre de piel blanca, cejas pobladas, ojos verdes, ojeras marcadas, cabello azabache, corto y ondulado, barbilla prolija, patillas recortadas, orejas perforadas con aritos, nariz bulbosa, frente desprotegida, mejillas regordetas, labios finos, mentón redondeado, cuello corto, hombros anchos, pecho voluminoso, barriga un poco abultada, nalgas flácidas y piernas cortas. Tenía treinta años de edad y medía un metro sesenta y cinco. Tenía mucho vello en los antebrazos y en las piernas, pero poco en el resto del cuerpo. Tenía una voz medio chillona, casi como la de un enano.

    La cuarta semana del último mes del año finalmente había llegado, los trabajadores estaban baldados luego de haber trabajo duramente los últimos once meses, querían tomarse un descanso e irse de vacaciones. Gente de diferentes sectores y diferente posición económica estaba harta de la misma rutina monótona y aburrida, era tiempo de disfrutar un poco la vida.

    Fue durante una tarde del día veintidós que Alfredo decidió hacer un viaje relámpago antes del feriado del veinticinco. Su primo Máximo había ido a la casa de sus padres (los tíos de Alfredo), para pasar Nochebuena en familia. Él, en cambio, prefirió salir a divertirse un poco antes de la desdeñosa reunión de fin de año, en la que todos se trataban amablemente (nótese la ironía implícita) y hablaban entre sí como si conformasen una familia unida.

    Los padres de Alfredo y su medio hermano Rogelio, eran personas pesimistas, retrógradas, displicentes y antipáticas. Lo único que sabían hacer era criticar, desplumar, decir tacos y resaltar defectos ajenos, algo que, por obvias razones, al hijo pródigo de la familia no le agradaba. La única razón por la que se reunía con sus padres todos los años era por respeto a su queridísima abuela que estaba pisando los noventa años, persona a la que le tenía un especial aprecio.

    Alfredo, como todo hombre de su edad, tenía pocos amigos de confianza, la mayoría de ellos se había apartado por cuestiones personales. Casi todos sus amigos eran casados y tenían hijos, lo cual imposibilitaba que se juntaran como cuando eran adolescentes. La diversión entre amigos era cosa del pasado para ellos, no para él que todavía se mantenía soltero y con ganas de salir a divertirse al estilo juvenil.

    Dentro de la reducida lista de amigos disponibles, estaban tres personas que quería mucho: Gonzalo, un fanático de la fórmula 1 y el motociclismo que vivía en el quinto pino; Román, un repositor que trabajaba de lunes a sábado en un mercado ubicado en el centro de la ciudad; Tomás, un peluquero y estilista con un gran futuro en la industria de la moda. Ellos tres eran un año menor que él y tenían vidas tranquilas, o al menos eso parecía.

    Román era un hombre extrovertido, confiable y puntual. Su piel porosa tiraba a moreno, sus ojos eran color café, su extenso cabello rizado de color bruno parecía un conjunto de resortes, sus cejas gruesas le cubrían la parte alta del rostro, sus orejas grandes y su nariz ancha eran llamativas, no así su boca que no tenía nada de raro. Tenía extremidades gruesas y vientre medianamente inflado, con rollitos de grasa debajo del pecho. Los músculos de la espalda y los hombros los tenía bien desarrollados. Tenía un metro ochenta y uno y su voz era grave.

    Tomás era un hombre atractivo, de buena fama y voz de seductor. Tenía piel blanca, ojos celestes, cabello rubio recortado en la parte de atrás y con flequillos caídos en la parte frontal, cejas finas, nariz pequeña, orejas diminutas, labios pálidos, una comisura bien marcada, mejillas rojizas, barbilla rectangular y sin vellos, una nuez de Adán apenas visible, cuello enjuto, pectorales firmes, abdomen definido, cintura angosta, brazos de tenista, glúteos carnosos, muslos rígidos, pantorrillas delgadas y manos huesudas con uñas limadas. Su cuerpo estilizado estaba depilado e impecable. Tenía un metro sesenta y siete.

    Alfredo se había contactado con Román para pedirle que lo llevara hasta el casino de Concordia, que quedaba a nueve kilómetros del barrio en donde vivía. Román no tuvo ningún inconveniente en decirle que sí, aceptó la petición sin problema. A eso de las ocho menos cuarto, sacó el viejo carro de la cochera: un Peugeot 306 de color azul, de finales del siglo XX. A pesar de tener varios años de uso, el automóvil parecía nuevo por lo bien cuidado que estaba.

    Alfredo se puso la mejor ropa para aparentar que tenía algo de dignidad. Un pantalón vaquero de color negro, una camisa gris a rayas, calcetines blancos y zapatillas de color azul marino fue lo que se puso, sin contar el perfume de mediana calidad que se echó en el cuello y en las axilas para disimular el olor a traspiración. Se miró en el espejo decenas de veces para cerciorarse de que lucía elegante, podía darse la oportunidad de toparse con una bella damisela que le invitase un trago.

    La casa que compartía con Máximo era pequeña, con ventanas enrejadas de un metro por un metro, puertas metálicas, paredes manchadas, techo con goteras y pisos de cerámico rugoso. Había un baño, una cocina, un living, dos habitaciones, un lavadero y un sótano en el interior; había un patiecito con sendero asfaltado que iba desde la entrada hasta la maltratada vereda, que estaba pegada a una pedregosa calle en pésimo estado. Era la vigésima tercera casa dentro de un barrio residencial en el que todas las viviendas eran parecidas.

    Salió a estirar las piernas cinco minutos antes, tomó el celular, ingresó a internet, chequeó la distancia a recorrer y los atajos en el mapa de Google. Se apercibió de que la mejor forma de llegar al casino era tomando la avenida Sorvieri, la más extensa y estropeada de la ciudad, y luego doblar por una calle en pendiente hasta meterse en el área baja del distrito comercial, atiborrado de lujosos locales que vendían productos de excelente calidad. Dado que no había dónde estacionar, tenía pensado bajarse a tres cuadras del casino.

    Conocía la avenida Sorvieri, más que nada por lo inmunda que era y porque parecía una ruta. Ésta atravesaba algunos barrios poco habitados y zonas boscosas que parecían formar parte de un parque nacional. Sabiendo que no serviría de nada ponerse a buscar caminos alternativos, lo mejor era tomar esa avenida como fuese. De todas maneras, él sabía que el coche de Román aguantaba los caminos más duros, viajes anteriores lo habían demostrado.

    Cuando el reloj marcó las ocho en punto, el vehículo apareció desde la izquierda, estacionó a pocos metros de la esquina y bajó las ventanillas. Alfredo se apresuró por subirse, tras hacerlo se llevó una gran sorpresa; un invitado extra se había sumado al viaje sin previo aviso. Cruzado de piernas y con el cinturón de seguridad puesto, Tomás se encontraba sentado al otro lado del asiento trasero. Fue extraño volver a verlo luego de tanto tiempo.

    Román tenía una chomba azul, pantalón vaquero del mismo color y zapatillas deportivas. Tomás tenía una camisa amarilla ajustada al cuerpo, pantalón vaquero de color blanco y un par de mocasines marrones. Se notaba a la legua que el primero no tenía planes de salir mientras que el segundo sí. Ambos olían muy bien y se veían contentos.

    Alfredo los saludó con cortesía como siempre, se acomodó en el asiento, cerró la puerta, se colocó el cinturón de seguridad y se puso a hablar con el pasajero que tenía al lado. Después de casi medio año de no ver a Tomás, se sentía muy feliz de tenerlo cerca de vuelta. Él le inspiraba confianza y siempre lo hacía reír. Pese a la clara diferencia de gustos que había entre los dos, el lazo de amistad se mantenía intacto.

    Tomás había salido del clóset hacía varios años, fue durante su vigésimo primer cumpleaños que se llevó a cabo en el departamento de su expareja. Les confesó a todos sus amigos que le gustaban los hombres y que no tenía ningún deseo de ser menospreciado por ello. Para los demás la noticia había resultado inesperada, aunque no inquietó a nadie. Consideraban que siempre y cuando él fuese feliz, podía hacer lo que quisiera con su vida.

    Alfredo aprovechó esa oportunidad para hacerle varias preguntas en privado, sin ánimos de ofenderlo. Tomás no tenía ningún problema en decirle lo que sentía por su mejor amigo (expareja) ni por lo que sentía por los demás hombres que formaba parte de su círculo de confianza. A sabiendas que de nada servía ocultar la verdad, le contó todos sus secretos esa misma noche. Él era pasivo, delicado y cariñoso. Le atraían los osos y los tipos fortachones. Su sueño era convertirse en un estilista de renombre.

    Alfredo se lo tomó con calma, admiró la osadía de Tomás al decirle la verdad. No le importaba en lo más mínimo que él se excitase con otros hombres o que se calentase metiéndose objetos fálicos por el ano, eso era lo de menos, lo importante era que aquel hombre era un buen amigo y merecía todo el respeto del mundo.

    La parte bochornosa fue cuando Alfredo le confesó sobre un extraño sueño húmedo que había tenido con él, días antes de la fecha del cumpleaños. Al enterarse de eso, Tomás se echó a reír y le dijo que no se preocupara, que eso era normal, que no pondría en peligro su frágil masculinidad ni que cambiaría su orientación sexual por una somera fantasía. A él le había pasado algo similar con el secretario (un hombre transgénero) de su primer jefe.

    Alfredo se sintió más relajado luego de confesarle aquella fantasía abstrusa que había tenido durante una noche confusa, pero que por alguna razón no le pareció una escena desagradable. No era la primera vez que soñaba que tenía sexo con uno de sus conocidos más cercanos, ni tampoco sería la última. Lo distintivo de aquel sueño fue que se excitó con otro hombre, algo que no tenía sentido siendo que él era (supuestamente) heterosexual.

    Durante el largo viaje, Tomás y Alfredo hablaron como si no se hubieran visto en un lustro, intercambiaron todo tipo de anécdotas y chascarrillos. Román no hablaba, sólo escuchaba lo que ellos decían. La enorme paciencia del conductor se mantuvo hasta que un problema en un neumático trasero hizo que el vehículo se bamboleara y casi se saliera del carril. Viró a la derecha y frenó como pudo. Estacionó el auto al costado del camino, en la interminable avenida llena de roturas y cráteres.

    Al descender del auto, vio que se había pinchado la goma izquierda de atrás, la que había cambiado poco tiempo atrás. Se puso furioso por un momento y maldijo sin timidez. Se agarró la cabeza y suspiró enarbolado. Sacó del baúl una caja de herramientas para poder retirar el neumático de la llanta. No era la primera vez que le pasaba eso, ya sabía cómo arreglárselas.

    —Era de esperar que esto sucediera —comentó Tomás con tono mordaz y echó un vistazo a su teléfono.

    —No entiendo por qué nunca arreglan esta avenida. ¡Es un desastre! —se quejó Román y se acuclilló para meter mano en el neumático pinchado.

    —¡Espera! —Alfredo bajó del auto y se dirigió a él—. No te apresures en arreglarlo. Mejor llamemos a Gonzalo para que nos dé una mano. Él está libre los sábados a la noche.

    —Conozco un sujeto que tiene la gomería a dos kilómetros. Iré a pedirle que me cambie la goma.

    —A esta hora no creo que trabaje —musitó con el ceño fruncido, mostrando incredulidad.

    —Es que el tipo me debe un favor. No será problema para mí.

    —¿En serio no quieres que llame a alguien?

    —Prometí que te llevaría y eso haré. —Le dirigió una mirada seria e intimidante, como queriendo decirle que no lo fastidiara con más estulticias. Se negaba a romper sus promesas, y con más razón tratándose de amigos de confianza.

    Román estuvo unos cuantos minutos para sacar el neumático de la llanta, lo acomodó sobre su hombro derecho y les avisó que volvería por ellos cuan pronto pudiese. Les pidió que no se desesperaran y que lo esperasen dentro del auto. Alfredo y Tomás confiaban en que volvería en algún momento, no les molestaba esperarlo un rato. Al fin y al cabo, eso era lo único que podían hacer.

    Alfredo se sentía culpable por haber escogido el peor camino, Tomás le convenció de que no servía de nada echarse la culpa por esa tontería. Tarde o temprano, alguno de los neumáticos se pincharía. Y aunque fuese el vehículo de otra persona, la posibilidad de que ocurriera eso era grande.

    —Nos quedamos varados en medio de la nada —mencionó Alfredo, tratando de ver entre tanta frondosidad—. Ni un poste de luz hay aquí.

    —En esta región no vive nadie y ya veo por qué —habló Tomás y bebió un poco de agua de su botella transparente de medio litro.

    —Hay una luz en la parte del fondo —dijo y señaló con la mano derecha hacia el costado del camino—. Debe ser de algún terreno con dueño.

    —Al menos es algo —farfulló Tomás y salió del auto—. Esto es una boca de lobo los días sin luna.

    —Vayamos a echar un vistazo. Hace mucho calor dentro del auto.

    Dejaron el vehículo atrás, caminaron por la oscura avenida a trancas y barrancas, tratando de no pisar ningún bache. Circularon como cualquier transeúnte por el averiado asfalto hasta que pisaron el pastoso sendero, rodeado de sauces llorones, que conducía hacia un poste con una lámpara incandescente en la parte alta. Un muro de concreto y un tejido firme separaban la parte tupida del terreno, de uno de los lugareños que moraba en quién sabe dónde.

    —Debe ser una parcela que alguien compró. Es muy pequeña para ser una finca completa —murmuró Alfredo y se cruzó de brazos frente a un viejo árbol carcomido por insectos xilófagos. La copa del mismo cubría el cielo en su totalidad—. Es la primera vez que vengo aquí. Nunca me fijo en el entorno.

    —No pasa nada —le dijo y manoseó los bolsillos del pantalón buscando su teléfono. Al no encontrarlo, retornó al auto de inmediato, dejando solo a su compañero de viaje.

    Desde ese lugar, apenas se veía la parte trasera del auto. Como no vivía nadie en los alrededores, era muy difícil que alguien apareciera para robarse el vehículo o alguna de sus partes como sucedía en los barrios bajos. La casa más cercana estaba a doscientos metros de allí. El silencio y la paz eran abrumadores, casi insoportables. Para un noctívago como él, esa noche era ideal para salir.

    Apoyó la espalda sobre el muro, manoteó el teléfono y vio que no habían pasado ni cinco minutos desde que Román se había ido. Sintió la vejiga hinchada y se aproximó al árbol de al lado para vaciarla. Se bajó la bragueta, saco su verga flácida y orinó sobre el oscuro pastizal que rodeaba las raíces de ese árbol de áspera corteza. Se le cruzó por la mente un recuerdo morboso del pasado y volvió a mirar el teléfono. Exploró la galería y seleccionó fotografías de actrices porno que lo enloquecían.

    Las mujeres rubias, de cadera ancha, pechos abultados y nalgas gordas, eran sus favoritas. Soñaba con cogerse alguna culona con dotes angelicales, anhelaba tener de celestina a una de esas mujeres hermosas, o al menos conocerlas en persona. Para un pobre diablo como él, eso sería imposible teniendo en cuenta que apenas le alcanzaba el dinero para comer.

    Al cortar el chorro de orina, sintió un leve cosquilleo en la ingle y decidió hacerse una paja rápida, de esas que dan poco placer. Guardó el teléfono en el bolsillo, sujetó la verga con la mano derecha y la sacudió hasta hacerla crecer. En menos de un minuto, su oscura longaniza se puso tiesa y alcanzó los diecinueve centímetros de longitud. Apoyó la mano izquierda en el árbol y se pajeó como quien no quiere la cosa. El grueso pedazo de carne se iba poniendo más tenso a medida que se la jalaba.

    Cerró los ojos por un instante y se imaginó una escena de sexo entre dos lesbianas cachondas para que la excitación fuese mayor. La temperatura corporal aumentó y los deseos de eyacular también. Estaba cerca de conseguir lo que quería, sólo tenía que seguir haciendo lo mismo con toda la tranquilidad del mundo. Cuando sintió que se iba a venir, escuchó un ruido y giró la cabeza para ver. Tomás estaba a pocos metros de distancia, viendo cómo se la jalaba.

    Aun sabiendo que estaba haciendo algo indebido en un lugar público, le importaba un comino que alguien apareciese para decírselo. En ese caso, la persona que había aparecido era alguien de confianza que jamás lo mandaría al frente por masturbarse en la vía pública. Alfredo no sabía que a Tomás no le molestaba en lo más mínimo ver a otros hombres autoestimulándose, ni mucho menos hombres que conocía personalmente.

    La mirada sicalíptica de Tomás hablaba por sí sola. Ver a su amigo masturbándose como si nada no sólo le intrigaba, sino que también le producía cierto encanto. Desde aquella noche del cumpleaños en la que le había hablado sobre ese sueño húmedo con él, supuso que muy dentro de su corrompida mente masculina, Alfredo quería hacer realidad esa fantasía homoerótica en algún momento. Esa noche era perfecta para concretar dicho deseo.

    —No podía esperar menos de ti —le dijo de forma tajante—. Aprovechas la circunstancia para pajearte.

    —¿Te molesta? —le preguntó y se detuvo.

    —Todo lo contrario —le respondió y se acercó a él—. Me excita.

    —Hombre, no seas cínico. Dime que no te gusta y ya.

    —¿En verdad crees que a un gay le disguste ver lo que estás haciendo? —le preguntó y se rio.

    —Tú eres una vainilla. No te comportas como los machirulos que conozco.

    —Yo también soy un hombre sucio —aseveró y puso la mano derecha sobre la verga dura—. Masturbar a otros es algo que me gusta hacer.

    Alfredo se dejó llevar por la vigorosa lascivia y le dio el visto bueno para que le masturbara. Las manos de Tomás eran suaves como las manos de una mujer; él sabía muy bien cómo masturbar a otro hombre. Le demostró que otro macho podía brindarle el mismo placer que una mujer libidinosa, o incluso más placer.

    —Admito que tienes talento —se lo dijo a modo de broma—. Se nota que tienes práctica en esto.

    —Y espera a ver lo que sigue —le respondió al instante, lanzándole una mirada misteriosa que guardaba un oscuro secreto. Alfredo sospechaba que algo raro estaba tramando aquel hombrezuelo de rasgos atrayentes.

    —Oye, no esperarás que yo te haga lo mismo ¿cierto?

    —Eso sería mucho pedir —le dijo. No quería que pensara que lo estaba extorsionando para que luego le hiciera lo mismo—. Aunque pensándolo bien, me vendría bien una buena cogida. Hace una semana que no me masturbo con ninguno de mis juguetes. Mi novio todavía no ha vuelto de su último viaje. Estoy más caliente que nunca.

    —Se nota.

    Dada la excitación constante y la acuciante vehemencia, Tomás se puso en cuclillas, le desabrochó el cinturón, le bajó el pantalón y el calzón, y colocó la verga en su boca. La saboreó para ver qué tan sabrosa era. Hacerle garganta profunda puso a cincuenta grados a Alfredo, quien no tenía palabras para expresar lo que sentía. Uno de sus mejores amigos estaba dándole algo que siempre había querido sentir, sólo que él quería que fuera de parte de una mujer.

    Tomás le chupaba la pija a su novio todos los fines de semana, sin excepción alguna. Como se había quedado solo por una cuestión de viajes de negocios, omitió la escena erótica que tanto disfrutaba con él. Tragarse el semen de su pareja era algo normal para él, pero no lo hacía con extraños, de modo que no permitía que otro hombre hiciese lo mismo. Debía haber mucha confianza de por medio para que él hiciese eso.

    Alfredo sentía que el momento más crítico llegaría en cualquier momento, presentía que la corrida sería exquisita como lo había soñado desde joven. La forma en la que Tomás se la chupaba no se comparaba con nada que había sentido antes, ni las vaginas artificiales ni los anillos vibradores le generaban tanta delectación carnal como esa riquísima felación.

    Antes de que saliese la leche, Tomás se hizo a un lado, se puso de pie, tomó un condón de su pantalón y una botellita de lubricante que llevaba en el bolsillo izquierdo a fin de pasar a la siguiente etapa. Con rapidez y sin dar vueltas, quitó el envoltorio plástico, puso el condón sobre la verga ensalivada, le untó el fluido transparente encima y alrededor, se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón y el calzón hasta los tobillos, puso las manos sobre el árbol e inclinó el tren superior hacia adelante, levantando la cadera.

    —¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —Alfredo le preguntó, viendo que él no daría brazo a torcer por más que le pidiese que desistiera.

    —Te recuerdo que tú fuiste el que me provocó, ahora haz lo que tu mente te pida.

    —¿Piensas contárselo a alguien?

    —No. Nadie lo creerá de todas formas.

    —¿No te preocupa serle infiel a tu novio?

    —Somos hombres, la infidelidad es parte de nosotros. Además, él ni siquiera es celoso.

    —Ten en cuenta que yo no tengo experiencia en esto.

    —¡Descuida! Es mucho más fácil de lo que crees —le dijo para calmarlo—. Hazlo con cariño, no te apresures —le aconsejó—. Mientras más rápido empujes, más pronto acabarás. Tenemos tiempo de sobra así que no desaprovechemos la noche.

    —Hablas como si hubieras planeado todo esto.

    —Ah, qué perspicaz eres —dijo y se rio—. Ya te diste cuenta.

    —Eres un maldito desgraciado —fingió estar enfadado—, pero como eres mi amigo no te defraudaré.

    —Venga esa vergota que estoy ansioso.

    Al no tener otra opción, Alfredo se la metió por detrás como lo había pedido. Lo hizo despacio, explorando el interior de ese apretado orificio anal que parecía estrangularle la verga con vasta presión. La intemperancia no era deseable dada la poca resistencia del hombre de antebrazos velludos, sí la búsqueda de la fruición. Con las manos en la cintura del joto, desplazó la cadera hacia atrás y hacia adelante, lo cual era exigido por la penetración anal.

    Metérsela en el culo a otro hombre no era muy distinto de metérsela a una mujer en la concha, la única diferencia era la escasez de lubrificación, el resto era prácticamente igual. El estímulo anal era muy intenso gracias a la presión que ejercía el miembro cada vez que rosaba la glándula prostática durante el ingreso por la puerta trasera. Ningún hombre, sin importar su orientación sexual, podía resistirse a la estimulación anal.

    Como Tomás ya estaba acostumbrado a introducirse (o a que le introdujeran) objetos por el recto, no sentía más que un somero masaje interno que lo ponía tenso y ansioso. Obtuvo una erección con el estímulo de atrás y manoteó su corta verga de diez centímetros para jalársela. Se rehusaba a emplearla para sodomizar a otros, prefería mil veces que otros lo sodomizaran a él. Era una pasiva asaz orgullosa de su sexualidad.

    Los leves resuellos, inevitables durante el coito anal, se iban volviendo más intensos a medida que la penetración se aceleraba. Con un socotroco como el que tenía Alfredo entre las piernas, podía darle a su presa un placer supremo. Como a un animal acorralado, le dio con fuerza a ver cuánto resistía. Tomás tenía el culo de acero, aguantaba hasta las cogidas más despiadadas y no se quejaba, sólo gozaba.

    —Estoy en el límite…

    —Agarra mi verga y sacúdemela —le pidió—. Quiero que nos corramos juntos.

    Alfredo hizo lo que le pidió, estiró el brazo derecho, agarró una corta manguera con prepucio a la vista y la sacudió como se lo había solicitado. Era la primera vez que tocaba los genitales de otro hombre, y, a decir verdad, no le pareció tan desagradable como había imaginado. Le hizo la paja que se merecía por haberle dado la oportunidad de cogérselo.

    En cosa de nada, la tensión muscular se apoderó de las piernas del penetrador, el intenso placer se concentró en la entrepierna, el blancuzco fluido salió de los testículos, cruzó los conductos deferentes, ingresó a la próstata y fue expulsado con fuerza hacia la punta del condón que protegía el miembro viril. Tomás se vino justo después que él, lo disfrutó de la misma manera, sólo que con más intensidad ya que sus dos extremos estaban siendo estimulados al mismo tiempo.

    —Nada mal, eh —musitó Tomás y lanzó una sonrisa picarona.

    —Menos mal que me pusiste el condón a tiempo. Si no lo tuviese puesto, te habría inundado el culo.

    —La primera corrida siempre es brusca.

    Tratándose de un hombre virgen, la primera corrida siempre era la más esperada y la que más duraba. Las demás corridas producían el mismo placer que la primera, con la diferencia de que eran menos duraderas. No obstante, la última corrida era la más épica de todas, la que dejaba deslumbrado al eyaculador. El problema era que no todos los hombres tenían el mismo aguante durante el sexo, algunos apenas aguantaban cinco rondas como mucho.

    —¿Quieres más?

    —Eso no hace falta preguntar.

    Como la ansiógena escena de amor había resultado tan relajante, prosiguieron al mismo ritmo que al principio. Alfredo estaba encantado con el resultado, había hecho bien en decirle que sí a su amigo de confianza, que era más fresco que una lechuga y más lujurioso que un bonobo. El sexo gay no era más que otra forma de expresar amor entre hombres.

    Alfredo sentía el cuerpo más caliente y húmedo que antes, el sudor y la alta presión arterial eran partes inevitables del sexo. Las contracciones musculares y la vasodilatación hacían que su cuerpo fuese una máquina de transpirar. Sentía que tenía las piernas de plomo y un cacho de cemento en la entrepierna, y eso le generaba seguridad. Todo indicaba que estaba haciendo bien su trabajo, al menos lo estuvo haciendo bien hasta ese momento.

    Tomás, atrapado entre la espada y la pared, no podía hacer otra cosa más que gozar. Después de haber estado tanto tiempo sin estimularse la zona anal, cualquier pija le veía bien. Lo bueno era que había encontrado una que se adaptase bien al incontrolable deseo que tenía. Y no era poca cosa la que había hallado. La rigidez producía más dolor, pero generaba más deleite. A mayor tamaño, más dolorosa resultaba la penetración.

    Alfredo tocó con sus tibias manos, temblorosas como las manos de un anciano, el bello cuerpo del atractivo hombrezuelo aprisionado. Los dedos recorrieron parte del abdomen y el pecho, le rozaron los pezones y el ombligo. Tenía la sensación de que estaba abrazando a una damisela, cuando en realidad estaba abrazando a una pasiva bien cuidada. Aquellas temblonas manos pronto bajaron a la zona más interesante y exploraron de aquí para allá. Tomás le susurró algo que él no alcanzó a oír por estar distraído.

    La verga seguía haciendo estragos en ese culito apretado que había pasado muchos días sin divertirse. Al entrar y salir, el movimiento provocaba los espasmos más agradables del mundo, tanto así que parecían calambres en potencia. Alfredo no se detuvo en ningún instante, lo hizo cuando llegó al punto de no retorno. En ese momento tan confuso e intrincado, las sensaciones percibidas eran una mezcolanza de emociones que emergían en lo más hondo del cerebro.

    Al hacer erupción por segunda vez, masturbó a Tomás para que se viniera con él. No se tuvo que esforzar mucho para que él se corriera de nuevo. El rígido miembro con piel de sobra largaba un viscoso fluido de aroma penetrante. La expulsión de semen era inevitable con la alígera jalada y la persistente estimulación anal. Los cuerpos de los dos segregaban sudor y emitían gemidos desde la boca. Las manos de Alfredo quedaron pegadas a los laterales de la cadera de Tomás, sin moverse.

    —Lo has hecho fetén —le dijo y lo tomó de las manos—. Qué bien coges, compañero.

    —¿Es normal que quiera seguir haciéndolo?

    —Cuando uno es virgen, lo único que busca es acabar lo más pronto posible —le aseguró. Eso lo sabía por experiencia propia—. Por mí está bien que prosigas. La estoy pasando bomba.

    —Yo también.

    La humedecida nariz del activo rozaba la cerviz del pasivo, el cálido aliento acariciaba los romboides y los deltoides, los labios saboreaban la tierna carne de la espalda, los ojos entrecerrados estudiaban la anatomía externa y la inquieta lengua anhelaba lamer ese frígido cuello. Las manos subieron por debajo de la ropa, palparon los pectorales y los abdominales de un momento a otro, uñaron con delicadeza los oblicuos y rasparon la piel de las axilas.

    Tomás mencionó que le estaba haciendo cosquillas con tanto manoseo innecesario. Si bien no le disgustaba lo que el hombre de atrás estaba haciendo, tampoco le excitaba mucho que digamos. Prefería que usara las manos para frotar la zona baja, desde la ingle hasta el periné. Le guió tomándole de las manos para que le tocara el paquete, para que sintiese la carne masculina que estaba estimulando al metérsela por detrás.

    Alfredo ya le estaba tomando el gustito, imaginaba que esa escena era con una mujer y se comportaba como si él fuera el amante dominante. Al cerrar los ojos y olfatear la volátil libídine del corderito arrinconado, se imaginaba a sí mismo como un lobo feroz dispuesto a devorar a la presa a dos carrillos. Unidos por la carne, la concupiscencia era ineluctable. El deseo por alcanzar el pico más alto del vicio, empujaba a los dos a tocarse como si fueran pareja.

    La insistente sodomía trajo aparejado un sinfín de reconfortantes contracciones musculares e ineludibles exhalaciones que pusieron en manifiesto la poca resistencia que les quedaba. Alcanzaron el orgasmo casi al mismo tiempo; se dejaron llevar por el entusiasmo y la ansiedad. Estaban agitados y necesitaban tomar un poco de aire antes de seguir adelante.

    —Me preocupa lo excitado que estoy —murmuró Alfredo con la verga tiesa de Tomás entre las manos—. No debería excitarme tanto con un hombre.

    —Has descubierto la pólvora, compañero —balbuceó y se rio—. ¿Acaso pensabas que sólo era rico hacerlo con mujeres?

    —No te lo puedo confirmar al no tener experiencia en eso.

    —Ya es tiempo de que te vayas despidiendo de esa recalcitrante virginidad que te ha esclavizado durante tantos años. Es hora de mandar todo al demonio y disfrutar el momento juntos.

    —Tengo unas ganas terribles de chuparte la boca.

    —Eso tiene arreglo —le dijo, dobló el cuerpo, apoyó el antebrazo derecho en la corteza del árbol, subió la pierna izquierda, giró la cabeza y le apuntó con los labios hacia adelante—. Acércate más que no llego.

    Intercambiaron una extensa serie de besos apasionados, lengüetazos frontales y mordisquitos inofensivos. Alfredo mantenía los ojos cerrados, imaginaba que estaba besando a una mujer cachonda y no a un marica. También intercambiaron sensaciones y emociones propias del sexo consensuado, lo cual los llevó a la lubricidad. No eran más que dos amigos pajeros haciendo algo que les gustaba hacer, en el sitio menos esperado.

    Tomás se reacomodó: extendió las piernas hacia los costados, levantó la cadera, dobló la espalda para quedar en una posición de cuarenta y cinco grados, se aferró al árbol y suplicó por más sexo. Lo que Alfredo le había dado hasta ese momento había sido sólo una pizca de lo que acostumbraba hacer con su novio en privado. Si el culo no le quedaba ardiendo, no era una buena culeada. Había que seguir sí o sí.

    Al adentrarse en el mundo de los placeres carnales, la concupiscencia los llamaba desde el más allá, desde lo más hondo del libertinaje. Querían que el placer durase una eternidad, no unos pocos minutitos. Anhelaban experimentar el confort que compartía una pareja durante la accesión, como si sus cuerpos se unieran y formaran uno. La erección de Alfredo se mantenía intacta aun luego de haberse corrido con fugacidad en las rondas anteriores. La corrida que se venía tenía la misma intensidad pero menos cantidad de fluido espermático.

    Superada la barrera de tensión carnal, volvieron a eyacular con emisiones sincronizadas y resuellos fuertes. Las cálidas manos de Alfredo descansaban sobre los dorsales de Tomás, cuyo tren inferior se mantenía enhiesto como un poste de cemento. Se había masturbado a sí mismo para venirse, lo había logrado sin ningún problema.

    Intercambiaron palabras que describían cómo se sentían en ese momento y cuán ansiosos estaban por acabar. Pese a la nula experiencia sexual de Alfredo, demostró que podía ofrecerle una buena azotaina de pijazos a su amigo. Obviamente, un hombre como Tomás no iba a exigirle que actuara como una estrella del cine porno, sabiendo que ni su orientación sexual ni sus experiencias personales ayudaban en lo más mínimo.

    Alfredo retomó la acción de socavar el orificio trasero, la enterró en lo más hondo sin miedo y buscó la mejor forma de hacer que los fluidos volviese a salir. En el caso de Tomás, lo que lo llenaba de placer era el movimiento constante. Sabía muy bien que una verga quieta, aun estando en lo más profundo del culo, no generaba satisfacción en absoluto. Al entrar y salir, provocada una sensación inenarrable que sólo podían describirla aquellos que lo habían experimentado en carne propia.

    La sodomía continuó unos minutos más hasta que sus órganos sexuales dijeron basta. Se vinieron por quinta vez, disfrutaron la sensación estando quietos, pegados el uno con el otro. Presentían que ya no les quedaba mucha gasolina en el tanque, por lo que sólo había una sola oportunidad para terminar el juego. Querían que la última ronda fuese la más brutal, la que los condujese al clímax en un santiamén, la que los dejase extenuados.

    Alfredo agarró a Tomás con los brazos, lo acercó al árbol y le dijo que le daría con todo para ver cuánto podía resistir. Estaba dispuesto a partirle el culo con tal de experimentar una corrida monumental como las de las películas que tanto le gustaba mirar. Al tener un poco de experiencia penetrando un agujero apretado, suponía que no tenía que esforzarse mucho para venirse de vuelta.

    Dicho y hecho, se la metió como si su vida dependiera de ello. Tomás notó la rudeza de la penetración y gozó más que nunca. La temperatura corporal iba en aumento y también el sudor que les mojaba la ropa. Entre resuellos y gemidos, se iban aproximando poco a poco al final. No querían que la última parte fuese algo tenue, querían algo que fuese memorable.

    La resistencia de Alfredo no aguantó ni dos minutos y se vino. Se la jaló a Tomás para que también se viniera. Ambos quedaron muy satisfechos con el resultado final, no les había costado casi nada alcanzar el último orgasmo. Las vergas perdieron rigidez y se debilitaron, quedando flácidas. Alfredo se la sacó del culo, retiró y el condón lleno de semen y lo arrojó al pastizal. De todas formas, nadie iba a descubrir lo que él había hecho allí a menos que se lo contara a alguien.

    Tomás había largado el semen sobre las raíces del árbol, dejándolo a merced de su incontinencia sexual. Poco le importaba ensuciar un árbol que quedaba en medio de la nada y que a nadie le afectaba. Lo que sí cuidaba era su salud sexual, no tenía deseos de contraer enfermedades de transmisión sexual ni fastidiosas infecciones, por eso utilizaba métodos higiénicos para protegerse. El único momento en el que no usaba condón era cuando se la chupaba a su novio.

    Se subieron la ropa interior y los pantalones, guardaron sus genitales, se cerraron la bragueta, agitaron sus camisas empolvadas, exhalaron por última vez y retornaron al vehículo como si no hubiera sucedido nada. Caminaron juntos y se sentaron en sus respectivos asientos. Lo que habían acabado de hacer no podía ser ignorado, tenían que hablar sobre ello.

    —¿Qué tal estuve? Sé sincero conmigo —Alfredo le preguntó, clavándole la mirada más inocente.

    —Estuviste muy bien —le dijo con la mano en el corazón—. Ni parecía que lo estaba haciendo con un tipo virgen. Me has dejado satisfecho.

    —No sabía que podía sentir eso contigo, quiero decir… con otro hombre. Tú sabes como soy.

    Algo en su interior no dejaba de producirle reticencias. Creía que aquella experiencia íntima con Tomás lo volvería un marica de un día para otro, cuando en realidad eso no era posible. En prisión, hombres de toda clase cogían entre ellos y eso no afectaba su orientación sexual ni sus gustos. Lo que había acaecido debajo de ese árbol fue sólo un experimento para lidiar con la calentura contenida durante tanto tiempo.

    —Ah, no pasa nada. No te volverás gay por coger con un hombre.

    —¿Crees que podríamos volver a hacerlo en algún momento?

    —Claro que sí —asintió con una dulce sonrisa—. Me gustaría volver a sentir lo mismo que sentí hace un rato.

    —Pensé que ibas a terminar odiándome por esto.

    —¿Por qué iba a odiarte? Yo fui el que te convenció de hacerlo.

    —¿Por qué lo hiciste? ¿Para qué planificaste todo esto?

    —Es que no quería que siguieras siendo virgen, cariño. Merecías saber cómo se siente el sexo.

    —¿Planificaste todo esto sólo para que dejara de ser virgen?

    —Para eso son los amigos ¿no? —le dijo y le dio un beso en la mejilla.

    —Mereces que te rompa el culo un millón de veces más.

    —Cuando quieras. Sabes que siempre estoy disponible para juegos sucios.

    Román regresó a los pocos minutos con un neumático nuevo. Se dirigió a la parte trasera del vehículo, cambió el neumático en cuestión de minutos, guardó las herramientas en el baúl, se acomodó en el asiento del conductor y se puso el cinturón de seguridad. Arrancó el motor, prendió el estéreo, puso música retro, sacó el freno de mano, pisó el embrague para meter el cambio, aceleró y siguió el viaje.

    Él ya sabía lo que había pasado entre los pasajeros que llevaba, pero hacía como que no estaba al tanto de ello. No le importaba en lo más mínimo lo que sus amigos hicieran con sus genitales ni tampoco lo que sintiesen el uno por el otro. Él sólo se encargaba de llevarlos al otro lado de la ciudad.

  • ¿No que no comadre?

    ¿No que no comadre?

    Eulogia no sabía si esperar aún, o ya de plano irse. Hacía mucho que sus demás compañeras se habían marchado y ella todavía estaba ahí, a la salida de la fábrica, esperando. Ya debería ir en camino a casa, tenía mucho que hacer por allá: preparar comida; lavar; ir por las hijas a la escuela, además… ¿qué necesidad de estar ahí perdiendo el tiempo? Pero Trinidad era su amiga después de todo, es más, incluso eran comadres. Se sentía responsable de verla salir con bien de allí pese a que…

    …en fin, pese a lo que estuviese haciendo. Corría un gran riesgo si su esposo la descubría, ¡qué va!, si cualquiera de las compañeras le fuesen con el chisme a Casimiro… Lo harían sólo por chingar, ni hablar, así son.

    No podía creerlo, ¡¿cómo se había atrevido a…?! Si la propia Trini le había negado el tener intenciones de hacerlo cuando la misma Eulogia le habló del asunto. La comadre se lo había advertido:

    —Ten cuidado comadre, yo sé lo que te digo. Sánchez Medina te trae ganas, se ve a leguas, y si no le pones un alto atente a las consecuencias. Cuando a él se le antoja una trabajadora…, uy comadre, ni te cuento. Muchas han preferido irse nomás por evitar el escándalo. Tienes que ponerle un freno si no quieres que te pase algo. Si supieras cómo les ha ido a las que han caído en sus manos. Y si te lo advierto es porque eres casada, si estuvieras soltera, bueno…, allá tú, la cosa podría ser diferente. Es guapo y tiene buen puesto, lo sé, entiendo que muchas caigan en sus redes, pero ni creas que él va en serio. No es un príncipe azul como muchas creen. Él sólo busca hembra pa’ saciarse, ya luego ni las pela. Aquél es un verraco, nada más se las aprovecha y listo. ‘Ora que si a ti se te antoja y quieres darte el gusto pues…

    —No, cómo crees qué se me va a pasar por la cabeza algo así. Jamás, ¿me escuchas?, ¡jamás! —le respondió Trinidad muy indignada.

    —Siendo así lo mejor que puedes hacer es pedir tu cambio. Deberías irte pa’ la fábrica de Naucalpan. Allá estarías a salvo de ese cabrón. Hasta estarías más cerca de tu casa —le aconsejó Eulogia.

    —Pero es que no es tan fácil. Para que me den el cambio hay que meter permuta, y luego ver si hay alguien de allá que se quiera venir pa’ cá. Está muy difícil.

    —¡Pues haz algo comadre!, antes de que pase alguna cosa grave… ¡ay Trini, donde se enteré Casimiro! Donde se entere que aquél te está echando los perros se arma la de Dios Padre. Ya sabes cómo es tu marido, bien prontito que se encabrona por cualquier pendejada. Y… no se vaya a comprometer poniéndole una madriza a aquel desgraciado. Que la tiene bien merecida el sinvergüenza, que ni qué, pero Casimiro puede perder el trabajo… o hasta pior, ¿qué tal si lo meten a la cárcel…? …nomás por defenderte —concluyó Eulogia.

    Al oír las palabras de Eulogia, a Trini le vino a la mente su esposo. Su comadre tenía razón, si Casimiro la veía siendo “cortejada” por el Jefe de personal de la fábrica poco le importaría el cargo de aquél y su propio trabajo. De seguro Casimiro se le iría directamente a los golpes a Alberto. Y, quizás, hasta a ella misma por dejarse.

    Pero qué podía hacer para que aquel patán la dejara en paz. Tan sólo se le caía la cara de vergüenza al recordar su último encuentro con él. De hecho ni se lo había comentado a su comadre, le abochornaba.

    El Jefe de personal había coincidido con ella en el estrecho pasillo que llevaba a los servicios. Ella salía del baño de damas y él se dirigía al de hombres.

    Como otras ocasiones, al sólo verlo, Trinidad se sintió acalenturada. Se daba perfecta cuenta de que aquél algo quería con ella, y eso la hacía sonrojarse, sin embargo, ya de por sí, el guapo y alto hombre le estimulaba instintivamente. Su simple presencia le espoleaba las hormonas. Era como si su ser requiriera saciarse de una necesidad que, bien sentía, sólo él podría aplacar.

    Por su parte, Alberto Sánchez Medina, como cada vez que estaba ante una nueva “víctima”, exhibió una particular caballerosidad.

    —Pase usted —le dijo en el tono más amable, brindándole indiscutiblemente el paso por el angosto pasaje.

    Trinidad aceptó la cortesía y procedió a avanzar, no obstante, y pese a lo dicho, Alberto también avanzó tan rápido que fue inevitable que ambos cuerpos colisionaran en terrible encontrón. El hombre procuró colocarse de tal forma que su bulto se resguardó justo en medio de las nalgas de Trinidad, sacando lo mejor de la situación.

    El tamaño y suavidad de las ancas se le hicieron sentir deliciosamente al hombre, mientras que a la mujer le fue patente la dureza y el grosor de su atacador, quien hasta movió la pelvis como copulando, aunque había ropa de por medio.

    La Señora ni protestó ni reclamó, sólo pujó en reacción involuntaria y se desatrancó como pudo. Se alejó de ahí sin decir nada, como si no hubiera pasado. No se lo confió a nadie, ni en ese momento ni después. Y es que hubo otras ocasiones en las que Sánchez Medina le expresó físicamente sus deseos de aparearse con ella, pero ese era el problema, Trinidad no pronunciaba queja alguna. Ni concedía ni se negaba, simplemente hacía como si no pasara nada. Ella nunca se quejó de las acciones de aquél, ni mucho menos se lo dijo a su esposo. No quería que, por soltarse de la lengua, Casimiro se viera metido en problemas. Pero quizás había algo más. Era como un placer culposo. Aunque aquello no lo aceptaba ni sí misma.

    “No, ese hombre no me gusta. Además… ¡soy casada! ¡Por Dios!”, le decía a su comadre Eulogia, engañándose con sus propias palabras. En el fondo eso no era del todo cierto.

    Trinidad se auto engañaba diciéndose que aquel hombre no llegaría a más, pese a que era evidente que aquél era uno de esos “vergas sueltas” que no se detiene si no lo detienen. Alberto Sánchez Medina se cogía toda hembra que se dejara. Aunque en el caso de Trini la cosa era más arriesgada, ya que su esposo laboraba en la misma empresa, eso a aquél no le importaba. Si se la quería coger se la iba a coger, aunque fuera frente a las narices del marido.

    Por algo bien se lo había advertido Eulogia, “O te interesa el Jefe de personal, y sacias tu deseo cuidándote de que tu marido no se entere; o le pones un hasta aquí y se lo dejas bien claro a ese cabrón, para que no tengas problemas”. Pero Trinidad no parecía ser coherente con su propio sentir; ni se alejaba de las intenciones de Sánchez Medina ni las aceptaba abiertamente, así que todo siguió su curso. Trinidad hizo lo que las personas que no quieren cargar con la responsabilidad de vivir hacen: dejan todo a la voluntad de Dios diciéndose, “Que sea lo que Diosito quiera”.

    Y así fue, en vez de decidir por su propia cuenta.

    —Ahí va ese pinche barbero de Sánchez Medina —expuso Casimiro, expresando los sentimientos que el mentado le producía, justo el día que por fin ocurrió lo que tenía que pasar.

    Alberto seguía los pasos del Patrón hacia su oficina.

    Casimiro, por su parte, le estaba revisando la máquina de coser a su esposa, pues tal aparato se había estropeado.

    —Hasta parece que le encanta olerle los pedos al viejo; pinche lambiscón, siempre detrás del patrón —siguió comentando el esposo de Trini mientras continuaba su trabajo.

    Ella vio a Alberto sin compartir los sentimientos de su marido.

    —Ay, tú ni te metas. No te vaya escuchar y te busques un problema —comentó Trinidad.

    —¿Y qué…? ¡¿Crees que le tengo miedo?! —le respondió en tono brusco Casimiro.

    Le pareció que su mujer defendía a aquél, y aquello le molestó. «¿Por qué defendía a ese tipo?», pensó.

    Una vez estuvo reparada la máquina Casimiro se fue dejando a su esposa Trinidad cumpliendo con su jornada laboral. Como era habitual la mujer se enfocó en su labor sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor. Fue por ello que una presencia le sorprendió.

    —¿Qué tal Trinidad, cómo te va? —dijo la voz masculina sobre el hombro de la trabajadora.

    Trini volteó y, mirándolo cual alto era, vio a Alberto Sánchez Medina, el Jefe de personal, justo detrás de ella.

    El hombre estaba allí plantado y aquella temió que los viera su marido. Miró a su alrededor en su busca pero no lo halló.

    Sánchez Medina continuó hablando. Su sola presencia producía reacciones químicas en el cuerpo de la mujer quien no lograba comprender aquello. Apenas si cayó en la cuenta de que su corazón palpitaba más rápido.

    —Oye. Ya casi es hora de comer y me gustaría invitarte.

    —Ah… disculpe… Don Alberto, pero mi esposo y yo comemos juntos y él no… —inmediatamente objetó Trinidad.

    —Sé que es así pero hoy no estará para hacerlo. El patrón me dijo que lo necesitaban en Naucalpan y lo envié. Al parecer el técnico de allá se reportó enfermo y según sé tu marido estará muy atareado. No podrá comer contigo, así que, qué te parece si sólo por hoy nos acompañamos. Permíteme esta vez, sólo ésta.

    Trinidad no podría ser tan ingenua como para no darse cuenta lo que aceptar tal invitación significaba, no obstante, aceptó.

    Sánchez Medina la llevó a un restaurante bastante agradable. Trini, acostumbrada a comer en el humilde mercado al que iba con su marido, salió completamente de lo convencional. El lugar se veía de buen gusto; limpísimo y hasta tenía música en vivo. Los alimentos a la carta eran de considerable precio pero su acompañante le recalcó que él pagaría la cuenta.

    Trinidad se sintió extraña allí. Tuvo la sensación de estar siendo cortejada por un pretendiente que se esforzaba por complacerla. Su propio marido nunca la había llevado a un sitio así. Claro que no contaba con los recursos como para hacerlo de manera frecuente, pero…

    “…de vez en cuando… una vez al año ya de perdis”, pensó para sus adentros Trini.

    La mujer degustó de pescado y mariscos, mientras que él comió un corte de carne tipo argentino.

    Sánchez Medina tuvo el buen tino de no molestarla a la hora de degustar los alimentos, y la única conversación que hubo entre plato y plato sirvió para que el Jefe de personal conociera mejor a la Señora, pues discretamente le preguntó sobre su vida personal.

    —Así que tienes dos hijas.

    —Sí, una en la primaria y otra en el kínder.

    —Ah, pues me gustaría un día conocerlas, deben ser tan bonitas como tú —le dijo él, halagándola notoriamente.

    Sánchez Medina sonrió confiado mientras que a Trini se le vino la sangre a las mejillas. Se sintió incómoda al ser adulada por un hombre que no fuera su esposo, aunque a la vez, Alberto la hacía sentir especial con sus palabras. Realmente parecía interesado en ella. Después de toda una vida de casada, Trinidad volvía a sentirse una mujer atractiva, deseada, y en su interior eso le agradaba.

    Mientras continuaron comiendo y charlando, Trinidad estaba bien consciente que estaba disfrutando de aquello mientras que su esposo estaba trabajando lejos de ahí.

    Sánchez Medina, después de todo, no parecía tan desagradable como su marido creía, o tan aprovechado como su comadre opinaba. Es decir, más allá de su evidente atractivo de hombre, Alberto era alguien con quien le era grato estar.

    Luego de la comida Trinidad salió del restaurante junto con Alberto. Ella se sentía tan bien, era como si su cuerpo se aligerara. Parecía que caminaba entre las nubes. Se sintió tan ligera, tan despreocupada como nunca antes. El hombre le brindó su brazo y ella se agarró sin disimulo. No vio malicia en ello, además creyó necesitar de tal sostén, pues se sentía tan liviana como una pluma. Temía que si no se sujetaba de él sus pies perderían el piso. Aquella se dejó llevar a la fábrica apoyada en ese hombre, quien no era su marido, a pesar de que sus compañeras la vieran así. De seguro la criticarían, o aún peor, bien le pudieran ir con el chisme al marido. Pero no le importó, se sentía completamente desinhibida.

    Por su parte el hombre sonrió para sí. Su plan surtía efecto. Bien sabía que aquel mismo día aquella hembra, pese a ser casada y ser madre (cosa que le daba sabor al asunto) lo resguardaría en su intimidad. Él ya había hecho su trabajo, la había “cortejado” y ahora era tiempo de cosechar.

    —¿A dónde vamos? —le dijo Trini luego de ingresar a la factoría, aunque yendo lejos de su zona de trabajo—. Tengo que checar mi regreso y volver a…

    —No te preocupes, yo cubro tu ausencia —le dijo Alberto mientras la conducía a un área de la fábrica distinta a la de costura.

    Minutos más tarde, Trinidad se sentía recostada en las nubes. Nunca se había sentido más cómoda y despreocupada. Prácticamente flotaba. En realidad estaba sobre un montón de retazos de tela, pero era lo bastante mullido como para servirle de cama.

    Todo era suavidad y confort, sin embargo, llegó el momento en el que Trini fue aterrizando en la realidad. Tenía a Alberto Sánchez Medina, el Jefe de personal, encima de ella y completamente desnudo. ¡Por Dios, ella era una mujer casada! ¡¿Cómo podía haberse dejado llevar hasta ese punto?!

    Además ella también estaba encuerada. Vio hacia abajo y pudo atestiguar cómo el hombre, mediante una de sus manos, le paseaba la hinchada punta cabezona de su falo por la hendidura vertical de su… ¡su sexo estaba depilado!

    Ella se había dejado rasurar por Sánchez Medina y no lo recordaba. ¡¿Cómo se dejó hacer tal cosa?! Trinidad jamás se había afeitado de allí. ¿Cómo le explicaría a su esposo que le hubiese desaparecido su pelambre? ¡Él se daría cuenta!

    Trinidad veía el asta de carne resbalar lúbricamente, amenazando con ingresar a su cuerpo. Aquella abertura parecía la tierna boca de una niña chupando con sus finos labios una roja paleta.

    Retomando su pudor gritó:

    —¡No, no, no, por favor! ¡Alberto, soy una mujer casada!

    —Olvidaste la palabra mágica. Debiste decir, soy una mujer “felizmente” casada. Si lo hubieras dicho yo no…

    Y entonces el hombre procedió. La mujer sintió el ingreso del invasor a su cuerpo. Era notablemente mayor que el de su marido. Su intimidad nunca se había abierto tanto, a excepción de las veces que parió.

    Aunque le era un tanto doloroso, en ese momento tuvo plena consciencia de que su cuerpo en verdad lo deseaba, pues se abrió y adaptó al tamaño y espesor del ocupante.

    Desnuda y pelada de ahí abajo, echada sobre aquel montículo de sobras de tela, Trinidad estaba abriéndose a otro hombre. Uno que la deseaba más que su propio marido.

    Sánchez Medina la estaba penetrando con su tiesa y maciza carne, y si ésta estaba en esa condición era sólo porque ella provocaba tal excitación. Evidentemente Trinidad le ponía dura la verga a ese hombre, y al tener eso en consciencia, se sintió también excitada.

    Alberto le puso una mano sobre el vientre y así percibió la calidez de la hembra que penetraba. Presionó más su palma contra el cuerpo con intención de sentir su propio pene a través del abdomen femenino, y en efecto, lo sintió. El miembro era lo bastante largo y grueso para así percibirlo.

    Trini misma se sorprendió y comenzó a reaccionar al tamaño y a los bríos de la arremetida. Su bajo vientre se movía de forma espasmódica, como en respuesta a la ocupación fálica.

    Él la besaba desde detrás de la oreja hasta bajarle por el cuello. Ella gimió del gusto que le provocaba.

    La hendidura recibía y tragaba con gusto el gordo pedazo de carne. Sánchez Medina se abría paso sintiéndola estrecha como señorita, pese a que aquella ya era madre de dos. Trinidad bien sabía que Casimiro, su marido, no la había dilatado tanto nunca; él jamás podría hacerlo, y el sólo pensarlo provocaba que sus fluidos de mujer brotaran sirviéndoles a ambos de lubricante necesario para la faena.

    El brillo que podía verse a lo largo del fuste de Alberto, mientras entraba y salía, provenía de la propia Trinidad. Percibiendo la temperatura, movimiento y grosor del invasor, el cuerpo de Trini expulsaba aquellos jugos de forma espontánea, reaccionando de acuerdo al placer recibido. Su vibrante reacción a cada arremetida era como un estallido de éxtasis, parecía invitar a una fricción más constante y vigorosa. Ella lo tragaba abrazándolo contra las paredes de su túnel, que le quedaba tan estrecho al macho que parecía guante de carne de menor talla a la requerida.

    Trinidad, por propia boca, pidió cambio. Fue así como ella se puso en cuatro mostrando su interés de ser cogida de a perrito. Segundos más tarde ambos parecieron convertirse en máquinas de “coger”. Así como, a unos cuantos metros, las máquinas de coser no paraban en su traquetear productivo, así ellos se mantuvieron cogiendo en un continuo movimiento rítmico, acelerado. Tan coordinado que parecían pareja de hace tiempo. Cada uno se ocupaba del movimiento que le correspondía, uno metía y la otra recibía; luego soltaba para inmediatamente volver a recibir. La ejecución se realizaba diestramente; restregándose uno contra el otro entre suspiros y jadeos; moviéndose constantemente; chocando sus vientres y meneando febrilmente sus caderas; siguiendo un compás marcado por su naturaleza humana. Lo único que ambos deseaban en esos momentos era consumirse en el fuego sexual que los abrasaba.

    Cuando por fin llegó el tan anhelado orgasmo para Trini, la sudorosa mujer se encorvó y tiritó de placer. No obstante, su amante, quien la tenía bien sujeta de sus caderas, la siguió horadando sin detenerse. Para él aún le faltaba bastante para llegar al clímax, por ello no dejaba de bombearla.

    «Cómo aguanta», pensó ella, teniendo como única referencia a su esposo, con quien comparaba al que en ese momento la penetraba.

    Alberto la embestía con un frenesí que nunca le viera a Casimiro. Cada choque del pubis masculino contra su trasero femenino, y el agarre de esas fuertes manos en sus caderas, demostraban para Trini que aquel hombre que tenía detrás en verdad sentía algo por ella. Creyó que Alberto Sánchez Medina la amaba con una pasión desbordada, y que así se lo estaba demostrando. Sin embargo, lo que para la mujer era amor, para el macho era puro ardor sexual.

    La entrada y salida del miembro masculino se volvió aún más violento y bestial, parecido a un férreo pistón entró y salió en rápida fricción que produjo un calor intenso en la vagina a la mujer no acostumbrada a tal trato. Esto llegó a serle ardoroso.

    —¡Aaayyy….! ¡Para, para! ¡Me arde! ¡Me lastimas! —gritó ella.

    Pero el hombre no cesó. La cópula se había vuelto terriblemente violenta y, como remate de ello, Sánchez Medina usó sus manos para cachetearle varias veces las nalgas a la señora que empalaba en su asta de carne.

    Los terribles manotazos pronto rompieron vasos capilares que le confirieron un tono más oscuro a las morenas nalgas de Trinidad, nunca antes tratadas así. Alberto se hizo de Trini con tal velocidad y dominio que ella misma se sorprendió al quedar en otra pose sexual en un par de segundos. Había colocado a la Señora de lado con una de sus piernas estirada y la otra flexionada. Así siguió penetrándola y amasándole las nalgas, que ya evidenciaban el maltrato.

    Sin dar muestras de cansancio, la colocó luego encima de él para que ella lo cabalgara.

    La mujer, a pesar del trato recibido, hizo lo que estaba en su naturaleza, sin necesidad de mayor instrucción meneó sus caderas instintivamente. Empotrada en el poste de carne, cual suripanta ejerciendo su oficio, batió su pelvis como si su vida dependiera de ello, lo meneó con la mayor de las fuerzas.

    Terrible montada brindó aquella mujer casada a su improvisada yunta sexual.

    Alberto la tomó de las pantorrillas, deslizó las piernas de Trini hacia el frente haciendo que ella quedara en cuclillas. Con tal cambio hecho la conminó a que hiciera sentadillas sobre su vergazo.

    Sánchez Medina le ofreció sus manos como apoyo entrelazando sus dedos con los de ella. Esto Trini lo tomó como otro gesto amoroso que le brindaba seguridad para no caer. No obstante, aquél pronto le retiró tal sostén, pues usó sus manos para pellizcarle los oscuros pezones. De forma extraña, Trinidad sintió un doloroso placer. Sujetando tales remates de las tetas de la Señora Alberto los meneó con tal fuerza que las dos mamas temblaron. Sus senos jamás habían padecido tal tipo de trato.

    Para cuando aquél se le vino disparándole su semilla dentro (no habían usado condón), la mujer vibraba; su sudor la recorría desde la cabeza hasta deslizarse por el surco de la espalda y llegarle al canalillo del trasero. Trinidad Gómez Hernández se sentía consumida de placer y consumada como mujer.

    Se dejó caer sobre el hombre que la había poseído y así ambos amantes se abrazaron; ella pensando que aquél la amaba, él satisfecho de haberse chingado a otra más.

    Minutos después, la antes recatada señora, le mamó el miembro al Jefe de personal, lo hizo a pedido de él quien no se quedó pasivo ya que le metió dedo en el apretado anillo, un orificio que a la mujer le servía exclusivamente de salida a sus excresencias. Ahora, sin embargo, se convertiría en entrada para aquello que ella mamaba; aunque Trinidad aún no lo sabía.

    Conociendo de hembras, el Jefe de personal ejerció un especial trato al área clitoral para que ella estuviese susceptible. Con dedicación y tiempo, logró poner en marcha la propia lujuria de la dama a quien estaba dispuesto a empalar por el ano. Trinidad, por propia mano, siguió masturbándole.

    Sin que ella lo advirtiera, el hombre tomó posición, colocándose detrás de ella. Trinidad supuso que simplemente le volvería a “hacer el amor” desde detrás. Alberto, sin embargo, manipuló su propio miembro hasta que éste estuvo sobre el asterisco bien cerrado de la dama a penetrar. Esto dio aviso a la mujer de que aquél pretendía…

    —¡No, por ahí no! —gritó.

    Trató de detener a su invasor empujándole el pubis con una mano, pero no pudo, fue inútil. Alberto se abrió camino por el túnel estrecho. El miembro fálico expandió el oscuro canal cual embutido, alojándose ahí por unos segundos.

    La mujer chilló como puerco, pero su atacante no dejó de asediarla. En cambio dio fuerte cachetada en una de las mejillas traseras. Alberto no la amaba, no le hacía el amor, sólo quería saciar su apetito sexual, pero ella aún no lo entendía.

    Tras un momento Sánchez Medina se puso en cuclillas e inició el bombeo; parecía como si estuviese haciendo sentadillas, con la peculiaridad de estar conectado con la Señora vía fálica. Su talega testicular daba constantes chasquidos al pegar incesantemente con la zona genital de la mujer.

    Sánchez Medina la tomó de ambos brazos para cruzarlos tras su espalda, haciendo que ella cayera directamente sobre su cara mientras la seguía penetrando analmente. Pese a intentarlo Trinidad no podía zafarse.

    El hombre siguió así por varios minutos. Las vigorosas sentadillas parecían una rutina de ejercicio que él ejercía con disciplina. La dama lo continuó recibiendo con evidente dolor por el ano.

    Las otras trabajadoras de la fábrica, sus compañeras, continuaban con su jornada laboral a unos cuantos metros. Algunas sabían lo que le estaba ocurriendo a Trini, no eran tontas. Al no verla en su lugar, y no ver tampoco al Jefe de personal era lo más obvio. Por ello no faltaron los habituales cuchicheos.

    Eulogia también lo sabía y lo lamentaba. Lamentaba que no le hubiese hecho caso Trinidad. Ahora se venía lo peor cuando Casimiro se enterase de que el Jefe de personal se había chingado a su propia esposa. Con tanto chismorreo eso era prácticamente inevitable.

    Cuando llegó la hora de la salida, como buena amiga, en vez de irse a su casa, decidió esperar a Trinidad afuera de la fábrica. Rogaba porque Casimiro no llegara.

    Pasados unos minutos su comadre por fin salió. Se le notaba exhausta, diría que afligida.

    —¡¿Qué pasó comadre?! —le inquirió inmediatamente Eulogia.

    Pero Trinidad guardó silencio, no contestó.

    Sin embargo tal cuestionamiento inició una ola de pensamientos en la mente de Trini. Ni ella misma sabía cómo explicarse lo ocurrido. No podría negar que hubo un momento en que lo disfrutó, pero luego fue…

    Y en ese momento Alberto, el Jefe de personal, salió de la fábrica por otro lado, por el estacionamiento, en su auto. Trinidad lo volteó a ver. Eulogia, viendo cómo lo veía, creyó comprender, dando por juzgada la situación.

    —Ay comadre, no que no —le dijo Eulogia.

    Trinidad inmediatamente se sintió ofendida. Ella amaba a su marido, ¿cómo podía creer su propia amiga que fuese capaz de…?

    Pero había pasado.

  • Con la mujer de mis sueños

    Con la mujer de mis sueños

    Seis veces! Seis veces me corrí.  Jamás he podido y al paso que voy jamás poder superar esa vez que logré meter a la cama a la que fue mi amor platónico… Bueno, más bien fue esa mujer que siempre deseabas poseer, esa mujer que cumple todos el checklist de la mujer perfecta en cuanto a físico refiere.

    Su nombre es Diana. Mide 1.65, tez blanca, ojos grandes y cafés, labios carnosos, rasgos exquisitamente finos. En cuanto a cuerpo refiere, si tuviera que encontrar un comparativo con alguien «famoso» sería con la pornstar Valentina Nappi. Delgada pero aun así con lo suyo, dos hermosas tetas y un culo firme y paradito.

    A ella la conocí cuando cursaba preparatoria, desde que la ví me llamo la atención, como ya dije, ella cumplía los requisitos de mi mujer físicamente perfecta. Pero, siempre tiene que haber un pero, ella y yo siempre fuimos agua y aceite. Teníamos gustos similares en cuanto a música, pero nuestro humor y nuestras metas eran muy diferentes. Aún así convivíamos seguido porque nuestro grupo de amigos era el mismo. Salimos de preparatoria y nuestro grupo de amigos aún se frecuentaba, pero nuestra historia era la misma.

    Ella en ese tiempo por trabajo emigró a otra ciudad y yo me distancie de ese grupo de amigos y me enfoque en proyectos personales y en mi novia en ese entonces. Pasaron años y recibí un mensaje de Américo, nuestra banda favorita venía a una ciudad relativamente cercana y nos pusimos de acuerdo para ir, el me dijo que no me preocupara por el hospedaje. Confíe en el y espere el día.

    Cuando llegó el día emprendimos camino en mi auto, escuchabamos las canciones de dicha banda y hablabamos, después de no vernos en varios años, nos estabamos poniendo al corriente. Llegamos a donde ibamos a hospedarnos, una casa de tamaño mediano, ella me dijo que ahi vivia una amiga de el con varios amigos de ella. Por mi mente jamás pasó que sería Diana la que vivía ahi. Esperamos un poco afuera, ella aún no llegaba a su casa, alrededor de 20 minutos después llego en un auto pequeño, abrió la cochera y entró, al ver que era ella solo suspire y mire a mi amigo. El entendió y se encogió de hombros y me puso su mano en mi hombro y dijo «no vas a pagar hospedaje».

    Entramos y nos saludamos, ella también iba al concierto, tomamos unas cervezas previo al concierto, y con cada cerveza que tomábamos fuimos hablando más y más y hasta se volvió un momento ameno y agradable. Fuimos al concierto y fue increíble, logramos colarnos hasta el frente y estábamos pegados al escenario, ella se posicionó frente a mi, pegada al riel que dividía al escenario de la multitud. Con cada empujón de la gente yo aprovechaba para pegar mi miembro por su hermoso culo. No pasó mucho para tener una erección, ella lo noto, me volteo a ver e hicimos contacto visual, mordió su labio y volvió su atención al concierto, ella se pego a mi cuerpo, los dos impulsados por el alcohol y la euforia nos dejamos llevar. Puse una de mis manos en su cintura y me pegue fuertemente a su culo y lo que restó del concierto asi estuvimos.

    Al terminar, caminábamos mientras esperábamos que algún taxi nos recogiera, yo caminaba con dificultad, mi erección era tan notoria que tenia que bajar mi playera lo más posible. Américo estaba borracho, prácticamente lo veníamos cargando, varios minutos después conseguimos un taxi y al llegar a la casa de Diana con algo de ayuda del taxista logramos meter a Américo a la sala. Era aún temprano, aproximadamente las 11 pm. La noche era calurosa y al llegar ella me dijo, se me antoja meterme a la piscina, yo fastidiado por el calor dije que era una gran idea. Su casa contaba con una pequeña alberca y un asador en el patio. Prendimos un poco de carbon, abrimos unas cervezas y ella entro a la alberca mientras yo estaba en el asador preparando una carne.

    Ahi deja la carne, no pasa nada y ven dijo mientras se metía a la piscina. Me quite mi sudada playera y en boxers entre a la cálida agua de la piscina. Al entrar, camine hacia ella y la bese sin pensarlo. Que beso, sus suculentos labios parecían comerme, su lengua pasaba por todo orificio dentro de mi boca, jugaba con mi lengua, mordía mis labios y paraba y daba pequeños mordiscos en mis orejas mientras yo besaba su cuello. Ella tenia puesto un bikini nada revelador de color azul cielo, con sus piernas enredadas en mi cuerpo estrujaba mi pene, la erección ya era insoportable, deseaba penetrarla. Comencé pasando mis dedos por su depilada vagina, sus callados gemidos en mi oreja me excitaban, metí un dedo y me apretó ligeramente el cuerpo mientras sus ojos reflejaban el placer que sentía. Nos miramos fijamente, mientras yo introducía el segundo dedo, su respiración se aceleró, beso mi boca y mordió fuertemente mi labio, con mis dedos acariciaba su clitoris bajo el agua, ella estaba en el climax, con su mano bajo mi bóxer, en ese momento me golpeó la realidad. Me di cuenta de con quien estaba, era la mujer perfecta, aquella que reunía todo lo que yo esperaba en una mujer. Me comencé a excitar en demasía. Ella buscaba mi grueso miembro, me fue llevando lentamente a un extremo de la piscina. Su espalda recargada en la pared de la piscina y sus piernas enredadas en mi cintura, tomó con decisión mi pene y sin dejar de besarme lo introdujo en su apretada cueva de placer.

    Y vaya placer, ella gimió, mordió mi cuello, y movia su cintura, yo estaba congelado, no por no saber que hacer, en mi mente trataba de prolongar lo más posible aquel momento, no quería arruinar corriéndome instantáneamente aquel tan soñado momento. Pero fue inútil, no pasaron ni 10 segundos cuando saque forzosamente mi pene y bajo el agua solté varios chorros de semen, ella con la respiración agitada me vio y dijo «ya?» Fue un balde de agua fría para mi ego. Me beso tiernamente, el beso se prolongo y en cuestión de un minuto mi amigo estaba listo para el round 2.

    Ella volvió a sentir mi pene erecto pegado a su estómago. Sonrío pícaramente y tomo mi mano, salimos de la piscina y nos sentamos en un pequeño colchón en el pasto. Pude ver sus rosados pezones cuando se quito por completo el bikini, su rosada vagina palpitaba, seguíamos besándonos y acariciándonos. Lentamente comencé a bajar por todo su cuerpo, mordiendo sus pechos, sus pezones, su estómago y saboreando su suave piel, su aroma era un perfume que invitaba a la lujuria, llegué a su vulva, la vi, mojada, rosada y esperando ser follada por un semental, que es lo que ella merecía, por alguna extraña decisión, el destino se apiadó de mi y me permitió ese placer. Acerque mi boca y comencé a comer esa deliciosa vagina. Ella tomaba con una mano sus pechos, pellizcaba sus pezones y con la otra tomaba mi cabeza y apretaba mi cabello, sus jugos fluían y acaban siendo tomados por mí, que delicia, el acordarme ahora de su sabor hace que mi pene se ponga duro como roca. Me perdí en ese mar de placer y volví a la realidad cuando escuche su voz agitada decir «dame verga, metemela, metemela», me posicioné, tome una de sus piernas y la recargue en mi hombro, la otra la abrí un poco y puse mi enrojecido pene en la entrada de su vagina, empujé lentamente, quería ver toda expresión de su cara al sentir mi pene entrando en su vagina. Su cara de dolor y placer, sus gemidos, mordía sus labios, con su mano en mi estómago me marcaba el ritmo, no quería que la introdujera de golpe, comencé a mover mi cintura, con lentitud metía y sacaba mi pene, ella levantaba su cabeza y veía como desaparecía el cilindro de carne dentro de ella. Sus fluidos mancharon de blanco mi pene, el placer era increíble, su vagina parecía masajear cada centímetro de mi pene, no tardé mucho y saque mi pene y descargue mi orgasmo en su estómago, algunos chorros alcanzaron su barbilla y sus pechos, en medio del orgasmo la volví a introducir, ahora llevaba un ritmo frenético, el placer que sentía al estar aún sensible por el orgasmo que acababa de tener y su húmeda vagina me volvían loco. Tense todo músculo de mi ser y en segundos me estaba corriendo nuevamente, esta vez dentro de ella.

    Ella sintió cada bombeada de mi semen dentro de ella, me tomo y me beso. Yo gemía de placer y la apretaba con fuerza contra mi. «No te salgas papi, no te salgas, dámela toda» me dijo mientras me besaba. Saque mi pene, algo flácido y rojo por la fricción y el orgasmo. Comencé a pasar mi glande por su clítoris, ella daba pequeños saltos de placer y con mi pene yo esparcía mi leche que fluía de dentro de ella. Sin estar totalmente erecto lo introduje nuevamente. Pude sentir en segundos a mi pene endurecerse al interior de ella, puse sus dos piernas en mis hombros y empuje como una bestia. Ella tapaba su boca con una de sus manos, puso su mano en mi pecho y con dificultad me dijo que parara, saco mi pene y se puso de pie, me tomó la mano y nos dirigimos a su cuarto. Cabe resaltar que la casa obviamente estaba sola, el único otro ser era Américo que estaba en un sueño pesado a causa del alcohol. Entramos besándonos, la voltee y la puse en cuatro y penetre su vagina. Ella tomaba con fuerza la cabecera de su cama, apretaba con fuerza los barrotes, daba pequeñas nalgadas en sus nalgas y en seguida estaban rojas debido a lo blanco de su piel. Con una mano acariciaba sus mágicos pechos y con la otra me inclinaba y masajeaba su clítoris. Seguía en mi frenesí, por varios minutos estuve bombeando, sentía el orgasmo cerca, ella ya se habia corrido pero pedía más, nuestros cuerpos sudados y el olor a sexo inundaba el cuarto. Saque mi pene y un pequeño chorro decoró esas nalgas.

    Cansado me tumbe en la cama, jadeando y agitado. Ella se puso a un lado mío, pude sentir su mojado cuerpo. «Cuatro veces, que aguante» me dijo mientras juguetonamente pasaba sus dedos por mis testículos, «todavía hay mas lechita aquí para mi?» Me preguntó mientras ya tomaba con su mano mi pene y me masturbaba lentamente.

    Hasta su mano se sentía bien, tarde un poco mas que de costumbre pero mi pene nuevamente endureció sin decir nada ella dijo «parece que si hay más» y en seguida desapareció mi pene en su boca. Jugaba con su lengua en mi glande y metía un poco a su boca, pasaba su lengua por todo mi falo, yo quería mas, quería sentir mi pene hasta su garganta. Métela hasta el fondo, le dije mientras me retorcía por el placer. Se detuvo un poco, pensando en la situación «estás loco, no me cabe, la tienes muy gruesa» y paso su lengua nuevamente por mi glande. Inténtalo, ándale, suplicandole. Ella lo intentó, pude sentir su lengua moviéndose mientras trataba de meterla toda, lo logró, escuchaba y sentía como parecía ahogarse, y no me contuve y descargue mi quinto orgasmo en lo profundo de su boca, ella empezó a toser, mi semen salió por su nariz y ella fue al baño, fui detrás de ella, aun agitado y excitado por ese orgasmo.

    Ella volteó a verme con ojos llorosos y aún con algo de tos, me acerque a ella y la bese. Nuevamente fuimos a la cama y nos acostamos, como dos novatos amantes nos besamos y en misionero la penetre, sin dejar de besarnos, nuevamente no dure mucho, avise que me corría, me pidió nuevamente que acabará dentro de ella y por sexta y última vez esa noche descargue mi lo poco que quedaba de semen dentro de mi ser. Nos recostamos, totalmente exhaustos, nos duchamos y bajamos a comer un poco de la carne que no se habia quemado en el asador. Platicamos como si hubiésemos sido buenos amigos de toda la vida, ambos coincidimos en que tal vez la animosidad entre los dos era una atracción que ninguno de los dos quiso aceptar nunca. Seguimos siendo buenos amigos hasta la fecha, tuvimos varios encuentros más, pero ninguno tan intenso como esa primera vez. Ella vive en Estados Unidos ahora, felizmente casada, pero aún hablamos y recordamos esas veces.

  • El intercambio que cambió mi vida

    El intercambio que cambió mi vida

    Conocí a Facundo en una empresa donde labore por 2 años.

    Un tipo delgado, algo macizo por el ejercicio, de 1.70 de estatura y piel blanca.

    Fuimos muy buenos compañeros. Tanto que no perdimos contacto.

    En la primera reunión que hicimos, me quedé encantado con su esposa Graciela.

    Una mujer de 1.68. Piel trigueña, pechos medianos y bien redondos, piernas torneadas, caderas redondas, acompañadas de unas nalgas medianas y también redondas.

    Mi esposa Araceli también mide 1.68, piel blanca, pechos grandes, cadera y trasero suculento, ella practica zumba, por lo que también tiene un buen cuerpo.

    Físicamente soy parecido Facundo. A excepción que en vez de hacer ejercicio, practico algo de box, por lo que también me veo fuerte.

    Ambos somos publicistas, pero luego me independice y la verdad no me iba tan mal; de hecho, Facundo me ayudaba en algunos trabajos.

    En una de esas reuniones, platicamos de todo e incluso, Facundo y Graciela nos compartieron la historia de como se conocieron e igualmente les platicamos como nos conocimos Araceli y yo; solo que, les platique de la vez que Ara y yo nos dimos un atascon en uno de los baños del gym donde nos conocimos.

    Esto ocasionó que aquella conversación subiera de tono. A tal grado que Facundo nos confesara que a él y a su esposa les gustaría realizar un intercambio.

    Nosotros no pudimos negar que también teníamos curiosidad de hacerlo.

    Para no hacer largo esto. Facundo propuso ir de viaje a unas cabañitas que tiene su papá y ahí veríamos si nos animábamos o solo pasaríamos el rato.

    Como era de su ponerse ese día fue sábado y llegamos a medio día.

    Nos metimos a nadar en la alberca que está en la parte de atrás de la propiedad.

    Araceli y yo estábamos muy nerviosos e intentamos conversar del asunto.

    Ella me decía que como yo quisiera. Y la verdad, como deseaba a la mujer de mi amigo.

    Pero me preocupaba ella; quería evitar alguna escena de celos, por parte de ambos.

    La verdad tengo curiosidad ¿tú que dices amor? Me dijo Araceli mirándome a los ojos en un tono muy serio.

    Como tu quieras mi vida. Atine a decir.

    ¿Sabes que? Hagamos lo. Eso sí. Sin clavarse. (enamorarse).

    Ya caída la noche, el alcohol y los nervios eran más que evidentes entre nosotros.

    Me sorprendió un tanto Araceli porque; no se si por el alcohol o por el nervio, pero nos dijo. «¿Se va hacer el intercambio, o que?» Parecía que me leyó el pensamiento, cosa que no me atrevía a preguntar.

    Facundo hizo un último brindis, argumentando que esto sería con respeto y también brindamos por la amistad.

    Terminado esto y como dos zombies, Araceli y Graciela intercambiaron lugares, mi corazón estaba al 100 por el nervio, antes de retirarse cada quien a su habitación.

    Solo pensaba en que mi mujer sería follada por otro e imaginar cosas, en como quitaría su traje de baño de dos piezas verde y amarillo, de como la parte amarilla del calzón se le metía entre sus nalgas tipo tanga, viéndose muy sensual, cosa que por un instante me haría desistir del intercambio.

    Pero, por otro lado estaba Graciela y mis ganas de estar con ella, lo único que me alentaba a seguir a delante era ese redondo culo que estaba en vuelo en un short diminuto de mezclilla, el cual se contoneaba en cada paso.

    Estando en la recamara y como llevaba unas cervezas, ella me miro, pidiéndome que no estuviera nervioso y que me sentara a la orilla de la cama.

    Sentandose junto a mi, comenzó a sobar mi verga por encima de mi short.

    Levantándose, se inclino, sacándome el falo y de pronto me dio una suave y rica mamada.

    Que delicia fue sentir su boca en mi miembro erecto.

    Ahora se levanto y bailando se desnudó lentamente, quedando solo con una tanga negra de encaje, masajeando sus pechos.

    Puso su culo a la altura de mi cara y en ese momento le hice aún lado su prenda admirando su ano y parte de su vagina.

    Como poseso hundi mi cara en aquel trasero, metiendo mi lengua en su ano, así con mis dos manos deteniendola de las nalgas.

    Graciela se aparto, quitándose su tanga, para luego tumbarme y así cabalgarme.

    Sus pechos iban de arriba abajo, con mis manos los detenia, al tiempo que los estrujaba.

    Se inclino para besarnos, baje las manos a sus nalgas, introduciendo un dedo en su esfinter. Eso la puso algo loca, pues luego de morderme los labios, su brincoteo fue más rápido.

    Cambiamos de posición a la de misionero, pero antes de penetrarla, le devoré la vulva con muchas ganas. Su sabor era muy rico y embriagante.

    Succione sus pezones rosados, los entre mordi y finalmente llegué a su boca e hicimos el amor.

    De pronto. Se me vino la imagen de como Araceli disfrutaba de aquel acto y de imaginar como lo disfrutaba y gemia de placer.

    Eso hizo que me aferrara al cuerpo de mi amiga, haciéndome explotar de un modo muy rico.

    Apenado por la pregunta ¿ya acabaste?

    Fui hacia el baño, pensando en mi pobre actuación y la decepción de Graciela, tratando de quitar esa imagen de mi mente; por lo que al salir del baño, tome una cerveza, en eso noto que aquella mujer se encontraba abierta de piernas, como invitándome a seguir disfrutando de ella.

    Ese cuadro hizo que recobrara la ereccion. Quitando ese pensamiento de Araceli y Facundo, decidí ir con Graciela, ponerla en cuatro y darle la más rica felacion que haya podido dar.

    Sus gemidos fueron como música para mis oídos. Tanto que, al momento de penetrarla podía sentir el calor de su vulva, dando así con más fuerza cada estocada.

    Coloque sus piernas en mis hombros, luego de acostarla, lamiendo sus pies, hasta llegar a las rodillas.

    Ahora solo me importaba disfrutar de esa mujer casi prohibida y de ese hermoso cuerpo que poseía.

    ¡Dámelo por el culo! Decía.

    Así que la coloque en posición, le di otro beso negro y a disfrutar.

    Pareciera que Facundo no le daba por ahí, pues sentía un poco apretado, cosa que me hacía pensar que la desvirginaba del esfinter y eso me ponía al cien.

    Ella se movía como si estuviese bailando, haciéndome soltar pequeños gemidos. Que rico era eso. ¡Uuufff!

    Como ya le había llenado la vagina, lo justo era que también su ano; así que lo llene sin reparo, sintiendo ambos un rico orgasmo.

    Le di una limpia con mi lengua y ella me agradeció con otra felacion.

    Como no perdí la fuerza, me volvió a cabalgar de lo lindo.

    Ahora si. No hubo pena por mi parte, ya que no dure mucho.

    Con besos y caricias, tomamos cerveza, fumamos unos cigarrillo y a dormir.

    Al casi medio día, nos reunimos en la sala y el silencio fue bastante incomodo.

    Graciela sonreía al igual que Facundo y Araceli.

    Yo seguía serio, no sabía que decir, o que hacer y más fue mi incomodo, porque Graciela me llevaba del abrazo, en lo que los otros dos salieron como si nada.

    Pedimos comida a domicilio y no tocamos el tema para nada, todo fue como si cada quien pasara la noche con su pareja.

    Casi no participe de las conversaciones, por lo que ya en casa, Araceli me pregunto de porqué estaba tan tenso y callado todo ese día.

    La verdad me sentía raro, una infidelidad consensuada, no era precisamente algo normal en mi entorno, aun así por mucho que disfrute de la compañía de Graciela.

    – Quiero saber ¿como te fue? Quiero todos los detalles ¿si?

    Araceli me miro fijamente.

    -Esta bien. Pero quiero que tu también me cuentes.

    Pues bien…

    Antes de entrar a la recamara Facundo me pidió que le avisara si algo no me gustaba y que él pararía, porque tenía en mente algo para mi.

    Ya estando ahí, el me pidió que solo me quitara la parte de arriba, camisa y el sostén del traje.

    Se sentó en la cama y acercándome a él, comenzó a acariciarme el trasero, metiendo de más mi calzón del bañador, besando cada nalga.

    Luego. Hizo aún lado el calzoncillo, mostrando y abriendome el culo, para luego meter su lengua, yo podía ver todo gracias dos espejos que habían frente y atras de mi.

    Él lamia el recto como si se tratara de una paleta. En ocasiones metía su lengua y en otras lamia mis nalgas en formas circulares.

    Después, así como seguíamos. Yo de pie y él sentado, subió mi pierna derecha y comenzó con mi vulva.

    Araceli seguía hablando, cuando le desabroche el camisón para sacar sus pechos y chuparlos, mis manos paseaban por todo su cuerpo.

    Le pedí que siguiera contando su anecdota; es que la verdad, me estaba excitando lo que mi amigo le hizo.

    Prosiguió…

    Ahora me acostó en la cama, luego de haber quitado la prenda.

    Una vez más recorrió con su lengua mi vagina, luego pasaba por mis piernas.

    ¡En fin! Lamio y beso todo mi cuerpo como si fuese un dulce.

    Mis pechos al igual que mi cuerpo estaban húmedos de su saliva, al llegar a mi cuello, me penetro de golpe.

    No pensé que lo haría así.

    _ Hay mi amor, perdona lo que te voy a decir, pero, la verdad me hacía gemir del placer.

    Luego. Hizo el 69, disfrutando ahora de la secreción de ambos, yo sentía muy dura su verga en mi boca, su sabor algo salado y su aroma me hicieron estremecer.

    Ahora en posición de perrito me clavo con mucha ansia, a veces sacaba su falo y con el simulaba golpear mis nalgas y culo con el.

    Pasaba su miembro por mi ano como si lo fuera a meter, pero luego lo volvía a meter a mi vulva.

    (En esta parte de la historia, yo la tenía clavada en cuatro, simulando lo que Facundo le hacía).

    En una de esas pasadas por mi culo, finalmente se decidió a traspasarme el esfinter, cruzo sus brazos por mi cintura, imagino para aferrarse bien a mi y darme con fuerza.

    La verdad sentía que me lastimaba un poco, pero yo quería que siguiera.

    Me gustaba ver sus gestos, por los espejos, hubo un momento en que cerré los ojos, cuando siento que ¡eyaculo en mi espalda!

    Sin decir nada, me limpio con la boca y de ahí volvió a lamerme de cuerpo completo.

    En posición de misionero, nos sorprendió un rico orgasmo. ¡Perdoname amor! Pero terminamos entre besos y caricias.

    Para ese momento yo ya había expulsado leche dentro de Araceli; solo que no me detuve, por lo que terminé con otro orgasmo, teniendo a Ara en posición de tijera.

    Luego. Fue mi turno para contar lo que pasó con Graciela. Esto calentó a Araceli y volvimos a hacer el amor con mucha lujuria. Fue más que obvio que por tanta faena, nos levantamos hasta la tarde del siguiente día.

    Todo circulaba con normalidad, a excepción que Facundo y Graciela querían hablar conmigo.

    Pero los mensajes llegaron por separado y a distinta hora ¿Ahora que podrá ser?

    Vladimir escritor.

  • El ligue del gym

    El ligue del gym

    Te acuerdas el muchacho que te dije del gimnasio que se me queda viendo? El que te dije que se llamaba Andrés.

    – ¿Te lo cogiste?

    – ¡Nooo tonto! Apenas te digo que se me queda viendo y tú me sales con eso. No me lo comería sin preguntarte antes.

    – Emboscada es emboscada. Pudiera pasar que tuvieras que decidirte a aprovechar sin chance de preguntar mi opinión.

    – No dejaría llegar las cosas de ese modo. Aunque ya me hayas dicho eso mismo.

    – De hecho cuando ando de viaje fantaseo mucho que me marcas sin previo aviso para que te escuche coger o para que me cuentes que algo así te pasó. Y de hecho me excita y me puedo masturbar nada más de imaginarlo.

    – Mmmm ¿en serio te gustaría como sorpresa de toro pasado?

    – Mucho muchísimo amor.

    – Ok, haré la prueba pero solamente porque ahora me lo dices que deseas algo así.

    – Claro que uno se adapta. Me generaría mucha expectativa si me empezaras a enterar de algo que apenas andas tramando.

    – Bueno pues este es el caso. A la hora que voy al gimnasio solo somos 3 personas aparte del couch. Un señor ya mayor que se nota que ha hecho ejercicio toda su vida y este niño.

    – No inventes, ¿es menor de edad?

    – No, para nada. Ya salió de la universidad y hasta viene al gimnasio en coche de la empresa donde trabaja. Le digo niño porque si te dijera que tiene 18 le creerías y conmigo se porta muy formal pero ya lo he cachado mirándome el trasero por los espejos de la pared y se puso como tomate.

    – Lo hiciste a propósito, no te hagas.

    – No lo provoqué. Realmente fue repentino. Claro que me le quedé viendo para que supiera que lo caché. Jajaja. El señor, Don Carlos, ya me di cuenta que también se fija que el niño mira y cuando no estoy cerca, los veo que él le dice algo al niño y me miran los dos.

    – Y ¿te gusta?

    – Pues no está mal para un faje. Se nota que entrena desde hace tiempo y siempre anda muy limpio y se viste bien al menos para venir al gym. El problema es que se ve un poco ingenuo y si me lanzo directo se va a asustar.

    – Pues todo depende de como que le digas.

    – No sé. Voy a tratar de platicar más con él y vemos.

    – Es tu juego y tú lo controlas amor. Ojalá te diviertas.

    Los días pasaron y de pronto Ana me mandó una foto. Era ella desnuda en la ducha. Si bien su cara no aparecía en la foto, pude reconocer nuestro baño. Con una mano cubría su vientre para ocultar su entrepierna mientras el agua resbalaba por sus pechos que mostraban sus pezones erectos. Estaba a punto de preguntarle si estaba sola o con alguien cuando entró la respuesta a mi pregunta:

    – Acabo de mandarle esa foto al Andrés jajaja

    – Pensé que te la había tomado él

    – Y ya te la ibas a jalar imaginando

    – Algo así pero, iba a esperar a que me dieras más detalles.

    – No hay detalles. Sólo le saqué plática aprovechando que sólo estábamos los 2 ese día y nos empezamos a escribir. Ya sabes, conversando llegamos al punto de por qué había empezado a platicar con él y le dije claramente: porque te he estado viendo que me miras el trasero y quiero tener sexo contigo.

    – Jajaja y ¿Qué dijo?

    – Pues dijo que se me quedaba viendo porque mi trasero y mis piernas le parecen impresionantes.

    – Ya imagino tu respuesta.

    – Pues ya me conoces. Le dije: Pues no te les quedes mirando tanto si puedes tenerlas en tus manos cuando quieras.

    – Wow me encanta cuando te lanzas así.

    – A mí me gusta mucho liberar la tensión de ese modo y siempre sirve dejar las cosas en claro.

    – ¿Y ya hiciste plan?

    – Nada específico. A ver qué se va dando.

    – Muy bien. Ya no sé qué escoger, si saber antes o después.

    – Te puedo hacer una combinación de ambas. Me encantaría avisarte que va a pasar algo y que tú no puedas masturbarte por andar en el trabajo y al mismo tiempo que tengas que imaginarte lo que podría estar pasando.

    – Eso sería endemoniadamente caliente.

    – Pues veremos… no creo que pase mucho tiempo. Traigo muchas ganas y él trata de ser respetuoso y de no verse desesperado pero no tarda en explotar.

    Los días pasaron y solo me apareció el mensaje:

    – Vine a comer con Andrés

    Para cuando vi el mensaje había pasado cadi una hora desde que Ana me lo envío. Podía estar pasando cualquier cosa. El solo mensaje sin más actualizaciones me puso a imaginar. ¿Habrán ido a un restaurante o fueron a un lugar más privado? Para mí ubicación ya eran las 5 de la tarde y había regresado ya a mi hotel. No sabía si responder o esperar a que ella me enviara una actualización. Opté por algo provocador y le escribí:

    -Espero que tu silencio sea porque ya estás cogiendo desenfrenadamente…

    Pasaron apenas unos segundos:

    -No, apenas nos trajeron los platillos. Cuando te escribí apenas me había puesto de acuerdo pero te la quise hacer de emoción.

    -Pues funcionó. Ya te imaginaba con Andrés entre tus piernas.

    -Eso quiero. Me siento tan mojada que empiezo a ponerme incómoda.

    – Pues toma la iniciativa. ¿Van en coches separados?

    – o pasé por él. Pero es muy discreto. No habla de sexo cuando estamos en persona. Sólo me sigue el juego por mensajes.

    – Con mayor razón. Creo que si no lo propones, él seguirá a la expectativa. ¿Y qué llevas puesto?

    – Te habías tardado en preguntar. Me puse una blusa rojo oscuro, suelta sin abrochar y abajo una blusa interior negra. Una minifalda negra muy suelta. Sin medias y sandalias bajitas.

    – Y ¿traes panty?

    – Jajaja sí. No me arriesgo. Ando muy mojada.

    – Pues…

    – Pues nada, me lo voy a coger. De eso no tengas duda amor. Me urge tener sexo.

    – Me encanta cuando lo expresas así. A ver cómo te sale.

    – Ya le dije que pidiéramos la cuenta.

    – Qué rico amor…

    2 horas de silencio que yo estuve excitado en ascuas hasta que llegó el primer mensaje:

    – Estuvo rico. Muy básico pero rico.

    – Jajaja básico?

    – Sexo puro pero intenso sin mucho preámbulo. Me dio todo lo que quise.

    – Me imagino, fueron 2 horas.

    – Si, hasta eso, me puso muy buena cogida.

    – Qué rico, me encanta que hables así.

    – No hay otra manera de decirlo. Me cogió como desesperado. No me esperaba tantas.

    – ¿En serio?

    – ¡Siii amor! Salimos del restaurante y él se notaba inquieto pero siguió muy respetuoso. No decía nada y yo con la vagina hinchada y mojada pidiendo verga pero me hice también la que andaba muy tranquila. Cuando llegamos a su casa, no pregunté nada. Me estacioné bien y me bajé. Él tampoco dijo nada ni hizo por despedirse. Mientras caminábamos hacia la puerta no pude evitarlo y me le quedé viendo al bulto porque empezaba a verse prominente y él se dio cuenta pero en ese momento no dijo nada. Yo sentí sonrojarme pero más de las ganas que de vergüenza. Sólo pensaba en sacarle la verga y hacer que me la metiera.

    – Me hubiera encantado ver la escena. Me encanta verte cuando sigues tu movimiento sin preguntar qué quiere tu contraparte.

    – Pues ese fue todo mi avance. Abrió la puerta y me dio el pase. Yo todavía le estaba dando la espalda cuando cerró la puerta y de inmediato lo sentí que me abrazó por detrás y me jaló hacia él. Sentí su bulto apretándose contra mi trasero. Yo lo dejé hacer. Ya con mi calentura no me aguanté y dejé escapar un gemido que me hizo sentir libre. De momento quise darme la vuelta pero él ya me estaba empujando sobre el descansabrazos de uno de los sofás de la sala. En ese punto ya sólo quería sentirme ensartada así que me fui flojita y cooperando. Te diría que me relajé pero en realidad ya estando empinada en el sofá levanté mis caderas mientras él me levantaba la falda y me bajaba la panty. Fue un instante eterno en lo que él se sacaba la verga pero por fin lo sentí que se acomodaba y me preparé a que me penetrara. Me excitaba pensando que te iba a contar como me puso empinada y yo disfrutaba estar ahí bien cogida. Apenas con unos cuantos empujones fue suficiente para que me empezara a venir. Fue simultáneo y clarito sentí sus chorros al venirse adentro de mí. Fue delicioso sentir que me escurría tanto líquido desbordándose de mi vagina. Se siguió moviendo al ritmo que quiso al punto de que me hizo tener otro orgasmo chiquito. Yo creo que el pobre tenía mucho tiempo sin coger porque apenas paró sus movimientos, me ayudó a enderezarme y empezó a quitarme la ropa y cuando él se quitó la suya vi que seguía bien duro a pesar de acabar de venirse. Estoy acostumbrada a quitarme yo la ropa pero fue placentero dejarlo que me la quitara sin preguntar. Me hizo sentir muy vulnerable pero deseada. Me empujó al sofá y estuvimos ahí fajando. Me gustó que sí me besó mucho en la boca. Yo deseaba que me hiciera un oral pero él estuvo listo muy rápido y sin preguntarme me penetró otra vez en misionero. Yo me sentía en toda la disposición y lo dejé entrar sin moverme mucho. Me sentía en el ánimo de simplemente sentirme objeto de placer y él me aprovechó muy bien. Me estuvo dando varias embestidas antes de levantarme las piernas hasta sus hombros. Sentí profundamente su verga adentro de mí, resbalando de adentro para afuera entre toda mi lubricación y lo que restaba de su semen. Me daba empujones fuertes gimiendo y pujando cada vez que se impulsaba en mi vagina y su verga resbalaba delicioso. Ahí estuvo hasta que me hizo explotar otra vez. Yo sentí que me iba en cada espasmo y más cuando lo veía desesperado acariciando mis piernas de arriba a abajo sin dejar de moverse adentro de mí hasta que volvió a vaciarse adentro con una fuerza sorprendente para haber tenido una eyaculación apenas antes. Súper caliente el chavo. Tuve que pedirle que parara de moverse pero se quedó adentro mientras se me pasaba la agitación. Ya que me repuse se sentó a un lado mío sin dejar de acariciar mis piernas y mis pies.

    – Entonces te puso una buena sacudida amor. ¿Te viniste rico?

    – Y lo que falta de contarte amor.

    – Aaah, ¿no fue todo?

    – Claro que no. Estuvo ahí acariciándome. Le pregunté si me traía ganas desde hacía mucho. Me salió con que yo le gustaba mucho desde el principio pero que no pensaba que fuera a hacerle caso. Yo le pregunté qué era lo que le llamaba más la atención de mí y cómo siempre me dicen, me dijo que lo primero es que le había parecido de cara muy bonita pero que mi trasero le parecía impresionante. A mí me dio risa. Le pregunté qué tenía de impresionante y me dijo que para ser hispana trigueña, mi trasero era de atleta negra. Estaba acostada boca arriba en el sillón y cuando me dijo eso me puse boca abajo y le dije: «pues aquí lo tienes en vivo y a todo color. Me empezó a acariciar y no se aguantó de apretarme ambas nalgas. Lejos de molestarme me arrancó un gemido. Antes de avisarme ya lo tenía encima acomodando su verga entre mi trasero. Yo le ayudé un poco moviéndome pero al mismo tiempo le dije que no me gusta anal y él me dijo que a él tampoco. No trató de penetrarme desde atrás sino que más bien acomodó el miembro a modo que me rozaba el clítoris y los labios. Ya estaba bien duro otra vez. Quería que me cogiera otra vez. Yo me apoyé para levantar poquito el trasero y quedar empinada, metí mi mano por debajo y lo acomodé para que me metiera la verga así. Me encanta esa posición con todo el peso sobre mi espalda pero sentir la penetración. Yo seguía mojada, llena de semen y resbaló bien fácil pero de todos modos se me salió un quejido. Te hubiera encantado estar ahí mirándome ahí ensartada y gimiendo. Siguió moviéndose bien rico hasta que me vine otra vez mucho mas fuerte y largo que antes. Nos quedamos ahí un rato en el sillón descansando. Le dije que iba al baño y cuando estaba ahí me alcanzó que porque quería verme orinar. Cuando lo vi de pie frente a mí pude ver su miembro finalmente de frente. No sé si entreabrí la boca por el deseo y las ganas o fue mi manera de mirarle la verga pero creo que lo invité porque de pronto se me acercó y casi pude ver como se ponía otra vez duro y de la manera más natural, ahí mismo sentada en el baño empecé a mamársela. Me tomó de la cabeza con ambas manos y empezó a moverse de un modo que sentí que se iba a venir. Empecé a imaginar que se vaciaba en mi boca pero no quise aunque se me antojaba. «Cógeme otra vez» le dije y nos fuimos a su cama. Me puse en cuatro y me dio hasta que me vine otra vez y luego me puso los pies en sus hombros otra vez. No puedo dejar de venirme largo y fuerte cuando me penetran así. No sé ni cuántas veces me vine pero cuando sentí que él se venía lo hice que se saliera y se vaciara en mi vientre. Me dejó toda salpicada. Me cayó hasta la cara pero ya sabes que eso me encanta!

    – Wow! Estuvo excelente amor.

    – Me encantó la recuperación que tiene. Me puso una cogida tras otra. Cuando vuelvas deberíamos convencerlo de estar los 3.