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  • La hice mi perra

    La hice mi perra

    Hola, este es el primer relato que escribo espero sea de su agrado y me comenten que les parece, todo esto paso en realidad y trataré de no omitir detalles más que las identidades por seguridad y respeto.

    Esto ocurrió hace algunos años yo tenía 18 años recién cumplidos y empezaba mi vida universitaria lejos de casa, siempre fui delgado pero atlético por los deportes que practicaba, mido 1.80, cabello castaño claro y soy claro de piel.

    Eran mis primeros meses consumiendo marihuana y entre ese mundo conocí a quien llamaremos Alicia, morena de complexión delgada como de 1.55 de altura, senos muy pequeños me atrevería a decir que parecía no tenerlos pero tenía un culo paradito bien formado y una cara no tan atractiva pero unos labios bien carnosos que llamaban la atención.

    Platique con ellas un par de veces y me contó que tenía muchos problemas en casa y que sí le permitía llegar desde las 6 am a mi casa para irnos juntos a la universidad (entrabamos al mediodía) a lo que le dije que si por la situación que estaba pasando, existía cierta tensión entre nosotros pero yo nunca dije nada por miedo a arruinar nuestra amistad hasta que en una ocasión decidimos preparar un té de marihuana el cual nos tomamos ambos en mismas cantidades, sosteníamos una conversación en un pequeño comedor que tenía hasta que note que me costaba mantenerme firme en la silla y por lo que note ella igual, así que le ofrecí recostarse en mi cama y yo en el sillón para que ella se sintiera segura y me dijo que no, que ambos en la cama que no pasaba nada.

    Al irnos ambos a la cama yo moría de pena pero estaba algo desinhibido por el efecto de la bebida y me recostó muy cerca de ella, a tal punto que quedamos respirando cara a cara el uno del otro y ambos nos besamos, para ese entonces yo tenía una erección que no podía contener y ella sin duda se percató a lo que me dijo que si me sentía más cómodo que me lo quitará y sinceramente no lo pensé dos veces, ella también se quitó el suyo dejándome ver ese pequeño culo solo cubierto por un calzón de encaje de color lila donde alcanzaba a ver como se marcaban sus labios, sin pensarlo dos veces empecé a besarla hasta bajar por su cuello, después por su pecho donde me dejo comerme esos pezones paraditos y pegados a su pecho que se veían tan deliciosos le quite lo que le quedaba de ropa y sin pensarlo un segundo metí mi cara en esa vagina que emanaba un calor y olor delicioso, tenía un sabor dulce que inundaba mi boca, continúe devorándola hasta que me pidió que me la sacará.

    Me quite primero mi camiseta y por el ultimo el bóxer que al bajarlo salió rebotando mi verga como látigo, nunca antes la había tenido tan dura y grande como en ese momento, hasta ella se sorprendió y se tomó un tiempo para observarla y decirme que nunca había visto una de ese tamaño (normalmente me mide entre 19 y 20 cm pero bajo el efecto de sustancias comprobé que sube a los 22 hasta 23 cm y de grosor quizá 1 o 2 cm) sin pensarlo mucho se la metió a la boca, la babeaba tanto que chorreaba hasta mis testículos, se ahoga con mi verga y eso fue como 4 minutos hasta que yo le pedí que me dejará ver ese culo de nuevo, se acomodó de perrito y pude ver su cuerpo completo parecía una adolescente, se veía tan estrecha y chorreaba de mojada.

    Se la metí de poco en poco para que se acostumbrará pero bastaron unas 12 metidas de pura cabeza para que me la pidiera toda y ahí fue cuando se la deje ir completa, hasta sentir como mis huevos rozaban su cuerpo, soltó un grito entre dolor y placer que me hizo ponerme aún más caliente y proseguí metiéndosela y sacándola completa, podía ver cómo me cubría el miembro de su blanco y espeso flujo, basto de 3 minutos para que pudiera sentir como se venía sobre mí, veía su cara de placer y no pare por otros 10 minutos aproximadamente en los cuales tembló como si le dieran descargas eléctricas en 6 ocasiones, cuando sentí que estaba por venirme se la saque, la jale con fuerza del cabello y me vine en su cara, fueron 5 chorros con intensidad que cubrieron su rostro, cuello y pecho.

    Al terminar me dijo «nunca había conocido a un hombre como tú, me encanta tu verga, quiero que me cojas como a tu perra siempre.»

    Después les contaré más anécdotas con ella.

  • Ver algo prohibido nunca se sintió tan bien

    Ver algo prohibido nunca se sintió tan bien

    Es imposible olvidar aquella noche que ha formado parte de mis sueños más secretos. 

    Esa noche de diciembre mi amiga y yo habíamos caminado hasta su casa, en donde nos quedaríamos viendo alguna película antes de que llegara su novio, Damián.

    Todo marchaba bien. Habíamos llegado para luego recostarnos cómodamente en su cama frente a la televisión. Ev hizo palomitas. Todo parecía normal y supuse que sería una noche como habían sido tantas otras. Obviamente, estaba totalmente equivocada.

    Me quedé dormida en medio de la película para luego despertar y, somnolienta, notar que todo se había quedado en silencio excepto por unos… ¿Gemidos?

    Abrí mis ojos y los vi. Mi mejor amiga sin su camiseta, revelando unos pechos más hermosos de lo que había imaginado. Sus pezones estaban erectos y sabía que no era por el frío. Evelyn jadeaba mientras estaba con los ojos cerrados y echaba la cabeza hacia atrás. Su novio le rodeaba su suave cintura con su brazo y había metido su mano debajo de su falda haciendo movimientos tan, tan lentos y tentadores.

    ¿Debería irme? ¿Por qué estaban haciendo esto justo frente a mí?¿Y por qué estaba pensando tanto en esto en lugar de moverme e ir a otra habitación, simplemente?

    Estaba a punto de incorporarme y salir de allí lo más rápido que mis piernas me permitieran moverme. Pero entonces Damián deslizó su lengua sobre uno de sus pezones. Lo saboreó. Se acomodó contra Ev y comenzó a mecerse contra ella, buscando alivio. Buscando follarla.

    Me quedé allí paralizada sintiendo que era una tonta tan, tan, tan mojada. Casi me horrorizó descubrir que entre las piernas el calor se hacía cada vez más mayor y sólo quería tocarme para encontrar una liberación.

    Damián besó el cuello de Ev antes de chuparlo. Ella ladeó su cabeza, dándole más acceso, y pude ver su rostro con claridad. Sólo había deseo en su expresión mientras su respiración se hacía cada vez más rápida y fruncía el ceño a la vez que se movía con él.

    Entonces, abrió los ojos y me vio observando el acto íntimo entre ellos. Me pregunto qué tan patética debo haberme visto allí recostada en el dosel de la cama temblando, y no exactamente de miedo.

    Evelyn me dio una suave sonrisa. Atrajo el rostro de Damián hacia ella y lo besó con pasión, metiendo su lengua en su boca y chupando su labio inferior. No cerró sus ojos en ningún momento y su vista permaneció en mí.

    Lamí mis labios.

    Evelyn le quitó la camiseta a Damián y rápidamente la hizo a un lado. Deslizó sus manos por su pecho y, aun estando a horcajadas sobre él, bajó su cremallera con su ayuda. Acarició aquella verga que yo no podía ver aún. Casi quería acercarme para ver mejor.

    Damián cerró los ojos y miró a Ev lleno de hambre. Sus ojos parecían quemar su rostro mientras levantaba su falda del todo y la empujaba hacia atrás en la enorme cama. Expuso su mojado, su sonrojado coño, abierto para él. Bajó sus jeans hasta las rodillas, sin molestarse en sacarlos del todo o despojar a Evelyn de su falda.

    Pensé que, como el animal hambriento que parecía, se movería hasta quedar sobre mi amiga y la follaría como sus ojos prometían. Sin embargo, se tomó su tiempo. Su rostro se posicionó justo frente al coño suplicante de Evelyn y lamió su clítoris y la penetró con su lengua. Arrastró sus labios por ella, que gemía cada vez con más fuerza. Sus dedos acompañaron su lengua, provocando que ella temblara como papel antes de derrumbarse.

    Entonces él la volteó y le ordenó ponerse en cuatro. Cuando levantó su hermoso culo para él, otorgándole ese poder, él tomó sus nalgas y entró en ella bruscamente. Ambos gritaron, y ese grito se convirtió luego en un gemido. Ella había cerrado los ojos, pero él los había mantenido abiertos.

    Mientras se empujaba contra ella y juntos parecían balancearse en el vals más hermoso y desenfrenado que había visto en mi vida, Damián me miró. Su mirada capaz de quemarte hasta los cimientos se fijó en mí, y recorrió mi cuerpo con esa mirada.

    No lo soporté. Fue demasiado, simplemente demasiado. Eso pensé mientras deslizaba mi mano entre mis piernas, hacia mi coño suplicante y me acariciaba. Me penetré a mí misma con mis dedos a la misma velocidad en la que Damián penetraba a Evelyn.

    Poco a poco, la tensión se volvió insoportable.

    Él murmuró:

    –Quiero que te vengas– y luego gimió–. Vente. Ven conmigo. Ahora.

    Nos dijo eso a ambas. Evelyn y yo gemimos a la vez, decididas a entregarnos a ese placer incontenible.

    Hubo un silencio absoluto luego de eso.

    Evelyn río suavemente antes de mirarme y preguntarme con esa voz seductora:

    –Dime, pastelito, ¿te gustó lo que viste?

  • Una fuente incomparable de fruición

    Una fuente incomparable de fruición

    Ernesto era un hombre de piel blanca amarillenta, cabello rubio y lacio que le llegaba hasta los hombros, cejas peludas, ojos celestes, pestañas invisibles, patillas salientes, mejillas rojizas, tabique hundido, nariz grande con aletas amplias, labios bien rosados, mentón normal, cuello forrado con manchitas blancas, hombros bien desarrollados, pectorales marcados, abdomen definido, cintura delgada, extremidades fibrosas, manos huesudas, uñas transparentes con cutículas oscuras. Tenía veintiséis años de edad y medía un metro setenta y ocho. Era lampiño, casi pelado. Tenía voz de locutor, se le entendía a la perfección cuando hablaba.

    La poderosa tempestad había estado presente desde hacía más de una semana, todo el entorno estaba húmedo, las calles y avenidas estaban encharcadas, los terrenos baldíos parecían piscinas, los lagos y arroyos estaban desbordados, la erosión hídrica había echado a perder huertas y jardines, las terrazas y los techos estaban empapados, las viviendas estaban mojadas y la temperatura se mantenía por debajo de los veinte grados centígrados.

    Ernesto se había tomado unos días libres del trabajo y, debido al horrendo clima, tuvo que quedarse encerrado en su casa como si estuviera cumpliendo prisión domiciliaria. Vivía en una pequeña morada grisácea, con techo en mal estado, puertas macizas, ventanas con celosías, pisos monocromáticos y paredes dañadas. Tenía una cocina-comedor, una sala, el baño y un patio que compartía con varios vecinos. Afuera siempre había ropa colgada en el tendedero y niños ruidosos que hacían escándalo.

    La vecindad en la que se encontraba no tenía nada de malo, a excepción de la puerta de entrada que se estaba cayendo a pedazos. Todos los que allí residían eran personas de clase media, personas que vivían con lo justo y quizás un poquito más. La relación de Ernesto con los demás miembros de la vecindad era regular, ni buena ni mala. Ahí ninguno podía lucirse de sus riquezas ni pavonearse de sus trabajos. Todos sabían muy bien lo difícil que era ganarse el pan de cada día.

    Ernesto ya llevaba cinco años trabajando en obras de construcción con varios compañeros. Algo que compartían todos ellos era la soltería, ninguno conseguía una pareja estable o una persona fiel con la que pudiese expresarse libremente. Durante los ratos libres, se juntaban entre los albañiles y conversaban sobre experiencias personales. Había un ingeniero simpático y de buen hablar que siempre hacía reír al grupo con sus ocurrencias. Se trataba de Javier, el más afable de todos. Le gustaba contarles a los demás lo que hacía los fines de semana.

    Javier era un hombre fornido de piel morocha, cabello bien corto de color negro, cejas finas, ojos cafés, nariz ancha con aletas amplias, labios grandes y morados, dientes blancos como perlas, mentón circular, protuberante nuez de Adán, hombros definidos, pectorales bien trabajados, abdomen marcado, cintura ancha, extremidades fibrosas y manos grandes. Tenía treinta y siete años de edad y medía un metro noventa y uno. Era bien lampiño, no tenía pelos ni en la entrepierna. Tenía una voz gruesa que resultaba llamativa, a veces era difícil entender lo que decía por el marcado acento colombiano.

    Fue durante un día normal que Ernesto se cruzó con el ingeniero y le contó que había tenido una cita, pero que las cosas no le salieron bien y echó todo a perder en el mejor momento. Ante aquella desdichada oportunidad de ligar con alguien, Javier le comentó que conocía a una mujer promiscua que tenía muchos deseos de experimentar cosas nuevas con hombres jóvenes. Se trataba de una solterona de treinta y nueve años que había quedado en bancarrota luego de que su primer novio la cambiara por otra.

    Según lo que se comentaba, la mujer había quedado tan enfadada con lo que le había hecho su primer amante que comenzó a acostarse con todo hombre que se le cruzase. Cobraba una pequeña suma de dinero por cada sesión de amor que brindaba desde su casa, tal y como lo haría una prostituta, y así fue recuperando el dinero que había perdido por culpa del exnovio. Él le había robado casi todos sus ahorros para mudarse del país e irse a vivir a España con una jovenzuela bien zonza.

    El nombre de la mujer era Estela (hija de inmigrantes), una persona amorosa y de buen vestir. Pese a no tener una fortuna, vivía en una morada digna. Tenía dos gatos siameses y un loro que cuidaba la casa cuando ella no estaba. Trabajaba como profesora de danza y daba clases de música los sábados por la tarde en una escuela para adultos. Era común que los transeúntes le tiraran piropos y le susurrasen cosas a espaldas. Se mantenía muy bien a pesar de la edad.

    Estela era un muñeca de piel blanca, cabello rojizo y lacio que le llegaba hasta la mitad de la espalda, oreja chicas, cejas finas, ojos verdes, pómulos marcados con manchitas, nariz pequeña, labios rosados, mentón triangular, cerviz salpicada con lunarcitos, pechos grandes, abdomen chato, cintura angosta, cadera ancha, brazos delgados, nalgas abultadas, piernas carnosas, manos pequeñas y uñas cortas pintadas de color lila. Medía un metro setenta y siete y tenía el cuerpo totalmente depilado. Cabe mencionar que no tenía ni celulitis ni problemas de peso corporal.

    Javier le había contado que tenía pensado ir a visitar a Estela durante el fin de semana, pero no estaba seguro en qué momento lo haría. Le propuso que lo acompañara para que la conociera en persona ya que era una mujer encantadora que enamoraba a cualquiera con su bella sonrisa. Ernesto le pidió que le diera el número de teléfono de aquella mujer para llamarla. Él quería hablar con ella antes de ir a visitarla.

    Intento tras intento, ponerse en contacto con Estela fue imposible para Ernesto. Pensó que a lo mejor ella lo llamaría en algún momento para saber quién había estado llamándola tantas veces. Lo que Ernesto quería era cerciorarse de que esa mujer fuese lo que Javier había descripto y no una persona común y corriente como la que había conocido en la última cita. La espera se había hecho tan extensa que finalmente se dio por vencido.

    Eran casi las nueve de la noche cuando el celular sonó, Ernesto estaba lo más tranquilo viendo una película de acción en la televisión y apenas se dio cuenta. Se levantó del maltratado sillón y agarró el celular para contestar. Se llevó una gran sorpresa al escuchar la voz más dulce del mundo a través del parlante. El milagro se había cumplido: Estela por fin lo llamó. Los nervios se apoderaron de él y quedó tartamudo por un rato, como si no supiera cómo responder.

    Estela lo llamó para contarle que tenía la noche libre y que enviaría a Javier a recogerlo para que no tuviera que caminar o viajar en autobús. Ella vivía a más de quince kilómetros e ir hasta su casa bajo la lluvia era un verdadero fastidio. Le confesó que estaba muy ansiosa por conocerlo en persona, le dijo que quería probar carne joven y suculenta. Además, le avisó que Javier también participaría de la escena, por lo que no estaría solo con ella.

    Al escucharla decir eso, pensó que harían un trío como los de las películas: un hombre por delante y otro hombre por detrás. En realidad, lo que Estela pretendía era otra cosa más, pero él no se lo imaginaba. Javier era abiertamente bisexual y le gustaba metérsela a hombres y a mujeres por igual, con ambos sexos disfrutaba. El atractivo ingeniero había tenido muchas experiencias sexuales con personas de todas las edades, excepto con menores de edad. Se autoconsideraba un semental porque estaba bien dotado.

    Ernesto le dijo que quería verla con ropa provocativa antes de cogérsela, que no quería apresurarse porque siempre metía la pata cuando el tiempo le jugaba en contra. Su mayor deseo era tener contacto físico con ella antes de penetrarla, y de ser posible, intercambiar caricias como lo hacían las parejas antes de hacer el amor. No le importaba en lo más mínimo que ella fuese mayor que él o que tuviese más experiencia en la cama, lo único que quería era pasarla bien un rato.

    Tras finalizar la llamada, se contactó con Javier para decirle cuál era su dirección exacta a fin de que pudiese ir a buscarlo. Se puso la mejor ropa que tenía: una camisa blanca con botones negros, un pantalón de vestir de color marrón oscuro, calcetines grises, zapatos negros de suela alta y perfume por todo el cuerpo. Le temblaban las manos y no podía dejar las piernas quietas. Sentía mariposas en el estómago al saber que esa misma noche tendría un encuentro amoroso con una treintona.

    Se sentó en el mismo sillón descolorido de antes, apagó la televisión y se quedó pensando en cómo sería la escena de sexo. Tenía tan poca experiencia tratando con mujeres que ni siquiera sabía cómo hacer para conquistarlas, era un verdadero desastre para el ligue. Suponía que Estela no sería tan exigente con él considerando la diferencia de edad y las experiencias previas. Lo que ella buscaba era contacto carnal, no una cita amorosa que durase una eternidad ni un liróforo que le dijese con pulcritud lo que sentía por ella.

    La espera se hacía interminable y los deseos por coger no desistían. Ernesto tuvo que moverse un poco por la sala para hacer tiempo, estirar los músculos para que no se le acalambraran durante el viaje y hablar consigo mismo frente al espejo del baño para sentirse más relajado. Por la forma en la que estaba vestido, Estela jamás sospecharía que él era un hombre de bajos ingresos que vivía con lo justo. De todas formas, ella no discriminaba a ricos y pobres.

    Antes de las diez de la noche, Javier se contactó con Ernesto y le dijo que estaba por llegar. El obrero guardó el celular en el bolsillo del pantalón, agarró un paraguas, apagó las luces, tomó la llave, salió de la casa, cerró la puerta y se marchó sin decir nada. Trotó cuán rápido pudo hasta la puerta de entrada, ahí se quedó esperando hasta que Javier apareciera.

    No pasó ni medio minuto hasta que el ingeniero llegó en su auto de alta gama. Tenía un BMW serie 8 coupé de color azul marino que había comprado hacía dos años y lucía como si todavía estuviese nuevo. Al abrir la puerta y sentarse en el asiento del copiloto, Ernesto se sentía como si estuviera dentro de una nave espacial. Lo amplio y moderno del diseño le parecía magnífico. Nunca antes había estado dentro de un vehículo tan lujoso.

    Javier llevaba puesto un traje negro con corbata roja, camisa blanca, pantalón de vestir, calcetines blancos, zapatos marrones y un Rolex en la muñeca izquierda. Se había puesto un perfume fuertísimo que se olía a kilómetros de distancia. A simple vista, parecía un multimillonario con anhelos de lucirse frente a los demás. En realidad, era un hombre común que le gustaba vestirse con elegancia y juntarse con la chusma.

    —¿Vendes droga o qué? —Ernesto le preguntó en broma y se puso el cinturón de seguridad. En ningún momento quiso sonar grosero—. ¿Cómo hiciste para comprar esta máquina?

    —No estuve ocho años en la facultad de ingeniería por gusto —le respondió y pisó el acelerador—. Este carro lo compré con mis ahorros y un préstamo del banco.

    —Con un cochazo como este ninguna mujer te diría que no.

    Durante el viaje por las calles inundadas, se la pasaron hablando de autos de alta gama y de los precios que había en el mercado. Ernesto soñaba con comprarse un buen auto que tuviese un motor grande y potente, pero que no costase una millonada. Javier le recomendó algunos modelos a precios razonables, no tan potentes pero sí muy vistosos. Para poder acceder a uno de esos autos, Ernesto tenía que ganar un muy buen sueldo (como el de un diputado).

    Al llegar al destino, Javier se detuvo a pocos metros de la casa, apagó el motor, retiró la llave y le dijo al copiloto que ya estaban en el sitio de encuentro. Ernesto estaba alterado porque no sabía cómo comportarse para seducir a una dama, no quería volver a cometer los mismos errores de antes. Tenía miedo de hacer el ridículo frente al ingeniero que se había tomado la molestia de llevarlo hasta allí sin cobrarle ni un centavo.

    —No te preocupes por nada, parcero. Estela y yo ya lo hablamos. No haremos nada de otro mundo. Tendremos una cena normal y luego nos divertiremos un poco.

    —Hay algo de lo que no te hablé. Me daba vergüenza decírtelo.

    —¿De qué se trata? —insistió en saber.

    —Bueno, digamos que no resisto mucho cuando me excito —le contó y tragó saliva antes de continuar—. Yo sé que a las mujeres les gusta el sexo duradero. Me temo que yo no soy el indicado para eso. Me vengo enseguida.

    —Eso tiene arreglo —le contestó para calmarlo—. Tengo un gel especial con efecto anestésico. Te servirá para aguantar más tiempo sin venirte. Siempre lo uso porque tengo el mismo problema que tú.

    —Ah, pensé que era algo grave.

    —No pasa nada —le aseguró—. Ven, vayamos que Estela nos está esperando.

    Bajaron del vehículo, caminaron por la acera bajo el paraguas que Ernesto había llevado, se metieron por una entrada cubierta por un techo metálico, se quedaron de pie frente al portón negro y tocaron el timbre. En cuestión de nada, el portón de entrada se movió hacia un costado, atravesaron un prolijo jardín con arbustos podados y flores coloridas, cruzaron por un sendero pedregoso que los llevó hasta la escalinata de la vivienda. Como era de noche y había poca luz, no se veía con claridad. La casa de Estela era grande y lujosa.

    —¡Qué jartera esta lluvia! Parece un diluvio.

    —A mí también me tiene harto.

    La detallada puerta principal, la cual era de roble y poesía una aldaba argéntea, se abrió para dejar entrar a los invitados. Una preciosa mujer de aspecto atractivo, vestida con pantalón vaquero de color verde, una blusa rosada y calcetines amarillos, apareció frente a ellos. Les dio la bienvenida y les pidió disculpas porque aún no se había calzado. Le dio un poquito de vergüenza salir así.

    —No hay de qué disculparse, mi reina —Javier le habló—. Lo importante es que estamos aquí como acordamos.

    —Veo que me trajiste a este jovencito encantador. —Le clavó la mirada más intensa de todas y estudió su cuerpo de arriba abajo—. Ansío conocerlo.

    —Ya habrá tiempo para conocerlo. Por lo pronto, necesitamos descansar un poco.

    —Pasen.

    Al ingresar a la casa, Ernesto quedó boquiabierto al ver tanta belleza y prolijidad. Si bien la vivienda no era una mansión, por dentro lucía increíble. Las paredes eran blancas como la nieve, había cuadros con pinturas de paisajes en cada muro, los pisos estaban protegidos con cerámicos plateados, los muebles eran de algarrobo y brillaban como si fuesen nuevos, la grifería y los picaportes parecían estar hechos de oro, el techo enyesado tenía lámparas colgantes que iluminaban con gran intensidad.

    La sala era el sitio más amplio, con un sofá y dos sillones de cuero, una mesita con revistas encima, una televisión pantalla plana, un reproductor de DVD, veladores sobre las mesitas de los costados, una gigantesca alfombra con figuras abstractas y complejos bordados, una estufa pegada a la parte baja de la pared, una ventana que daba hacia la parte externa y varios llamadores de ángeles que colgaban del techo.

    A la derecha, estaban la cocina y el comedor; a la izquierda, estaba el baño y el cuarto de lavado; en la parte del fondo, había una habitación donde dormía la dueña de la casa y otra que estaba reservada para los visitantes que necesitaban hospedarse temporalmente. La parte de atrás tenía un galpón donde se guardaban las herramientas y las cosas que no se usaban con frecuencia.

    Ernesto se sentía como si estuviera en un palacio. Javier no estaba sorprendido de nada, ya había estado ahí en reiteradas ocasiones, hasta se encargó de barnizar uno de los muebles de la sala. Estela se sentía cómoda en esa casa, por más que todavía no había terminado de pagar la hipoteca. De no ser por la ayuda que le había brindado Javier, no habría podido seguir viviendo ahí. Él le pagaba muy bien por cada sesión de amor que le ofrecía.

    Ernesto y Javier se sentaron en el sofá, aflojaron los cinturones, se quitaron los zapatos y estiraron las piernas. Estela les ofreció un poco de jugo de piña y les dijo que pronto estaría lista la cena. Ella no acostumbraba ofrecer bebidas alcohólicas ni comidas extravagantes, le gustaba lo sencillo. Tampoco tenía dinero para despilfarrar como su novio que ganaba fortunas vendiendo esculturas y estatuillas. Él era un excelente escultor y un gran amante del arte hiperrealista, por eso su relación con Estela no duró mucho.

    Mientras esperaban a que estuviera lista la comida, los hombres intercambiaron miradas, inquietudes, palabras y sugerencias. Querían que todo pareciese normal hasta que llegase el momento indicado para entrar en acción. Para no excitarse con demasiada antelación, tenían que fingir que no sabían lo que iba a pasar a medianoche. De esa manera, no se distraerían pensando en sexo ni en cochinadas.

    Cuando la cena por fin estuvo lista, Estela los invitó a que se acomodaran en el lujoso comedor y que tomaran una silla para sentarse. La mesa era redonda y estaba emperejilada con un mantel púrpura de mediana calidad. Las sillas eran macizas y pesaba una tonelada cada una. Ella les sirvió un sabroso menú de espagueti con salsa blanca y una exquisita lasaña. Demás está decir que su especialidad era la comida italiana.

    Disfrutaron la cena en silencio, comieron despacio y bebieron jugo de fruta. Comían como si fuese una reunión familiar, sin pleitos ni discusiones. La paz y la tranquilidad se habían apoderado del comedor y los visitantes no hicieron más que degustar la sabrosa comida que la anfitriona había preparado especialmente para ellos. Los platillos eran un manjar, uno de los mejores que habían tenido el gusto de probar.

    En la sobremesa, luego de que todos terminaran de comer, se pusieron a hablar sobre cuestiones personales. Javier mencionó que tenía ganas de mudarse a otra parte porque no aguantaba a sus molestosos vecinos que ponían música a todo volumen los fines de semana. Estela les contó que necesitaba dinero para comprarse un nuevo lavarropas porque el que tenía estaba deteriorado. Ernesto sólo se limitó a hablar de su trabajo y lo dificultosa que era la economía de un obrero con un salario regular.

    Cuando Estela le preguntó a Ernesto sobre su vida sexual, se le hizo un nudo en la garganta y quedó callado por un momento. Le daba vergüenza contarle las cosas que había hecho de joven, lo malo que era como seductor y la poca experiencia que tenía en el sexo. Javier, en cambio, era un genuino rompecorazones. No sólo era un profesional que ganaba muy bien, también era un experto para ganarse el cariño de las damas.

    Contrario a la creencia popular, Javier no conquistaba mujeres por el tamaño de su tranca o por el cuerpo nervudo que tenía, sabía cómo tratar a las mujeres y cómo hacer para que se sintieran a gusto con él. El sexo lo dejaba para última instancia, una vez pasada la etapa de enamoramiento. Lo primero que hacía era coquetear con palabras y luego recurría a los halagos. Demostraba que le importaba los sentimientos de sus compañeras, y eso lo convertía en un hombre querible (según las opiniones de las mujeres que habían estado con él).

    Para que la incomodidad no persistiese, Estela se puso a hablar de las cosas que hacía en su tiempo libre, lo mucho que disfrutaba la compañía de sus mascotas y lo bien que dormía sabiendo que soñaría con alguno de sus galanes. Frecuentaba el mundo de las fantasías sexuales con los hombres más gallardos. Le fascinaba soñar con ellos e imaginarse las escenas de sexo con plenitud de detalles.

    Sin embargo, había algo más que ella siempre había querido ver en persona y era, precisamente, una escena pasional entre hombres. Anhelaba ver a dos hombres tocarse frente a ella y darse cariño como una pareja de gays. Se le humedecía la concha con tan sólo imaginárselo. Después de haber tenido esporádicas experiencias con otras mujeres de su edad, descubrió que el placer no discriminaba sexos ni orientación sexual. Suponía que, si dos mujeres podían excitarse tocándose, también podían hacerlo dos hombres.

    Ernesto no era homofóbico y tampoco tenía vértigo en la cola, por lo que aquellas experiencias deseadas poco le preocupaban. Lo que todavía no sabía era que el ingeniero que había trabajado tanto tiempo con él, tenía unas ganas terribles de cogérselo. A Javier le gustaban los hombres jóvenes, de rasgos masculinos y culos sin estrenar. Debido al tamaño elefantiásico de su miembro, tenía que ser gentil con sus parejas de juego. Era considerado descortés sodomizar salvajemente a alguien que desconocía la estimulación anal.

    Para ir calentando motores, Javier hizo comentarios irónicos en los que mencionó agujeros apretados y objetos grandes, refiriéndose a su aparato reproductor y al ano del acompañante de la cena. Ernesto, sin captar el significado de aquellos comentarios con mensajes subliminales, se sentía como el perico de los palotes. No sabía qué palabras escupir ni qué sugerencias hacer. Se mantenía con la boca sellada, tal y como acostumbraba hacer cuando no se le venía nada a la mente.

    Estela sabía que sería difícil para Ernesto aceptar ser sodomizado por un compañero de trabajo al que le tenía mucho respeto, pero no lo consideraba una imposibilidad. Para que el joven aceptase el reto, tenía que buscar la forma de persuadirlo (extorsionarlo) con el fin de que diera su consentimiento. Decir que no sería inadecuado después del favor que le había hecho Javier al llevarlo en su auto y al invitarlo a cenar en la morada de la mujer.

    —¿Alguno de ustedes desea hacer uso del baño? —les preguntó Estela y los miró a los ojos antes de levantarse de la mesa—. Yo necesito vaciar la vejiga.

    —Es mejor que lo hagas después de acabar —le respondió Javier con una mirada picarona.

    —No puedo esperar tanto. Yo no puedo retener la orina como ustedes —le dijo y se rio.

    —Ve al baño. Nosotros te esperaremos en el cuarto.

    —No se les ocurra fugarse, eh —les advirtió y se fue al baño.

    Javier movió la silla de lugar, se puso de pie y le hizo un ademán a Ernesto para que lo siguiera por detrás. El joven caminó en pos del ingeniero, no tuvo que esforzarse mucho para adivinar lo que vendría a continuación. Al ingresar a la cómoda habitación con una amplia cama matrimonial y muebles limpios, se pararon frente a la puerta y la recostaron un poco. Fue en ese momento desconcertante que el diabólico plan de Javier salió a la luz.

    —Antes que nada, me disculpo por no habértelo dicho antes —le dijo Javier y le puso las manos en los hombros—. No quería hacerlo de esta manera. Estela fue la que me pidió que guardara silencio. Si fuera por mí, te lo habría dicho desde el principio.

    —¿De qué estás hablando? No comprendo.

    —Me gustan los hombres y las mujeres —le confesó de corazón—. Como Estela insiste en presenciar una escena de sexo entre hombres, me ofrecí para traerle un espécimen masculino. Por eso te traje a ti. Esta noche la planificamos para darte una sorpresa —le explicó en qué consistía el plan y le quitó las manos de encima—. Pero no desesperes. No te obligaré a hacer algo que no quieras.

    —¿Acaso pretendes cogerme para que ella vea? Esa no era la idea.

    —Sólo será una escena de calentamiento. Te aseguro que ella no dejará que la penetres si no dejas que yo te penetre primero.

    Ernesto se tomó todo el tiempo del mundo para pensarlo con detenimiento. Lo que él quería era cogerse a esa hermosa pelirroja, no que otro hombre le diera por atrás. Pero si la única forma de acceder a ella era dejándose penetrar por otro hombre, no le quedaba otra alternativa. Tenía que dejar de lado el temor y sacrificar el orgullo masculino. No podía decir que no ni tampoco irse como si nada. No quería parecer un maleducado ni un ingrato.

    —¿Duele mucho? —arrojó la pregunta a bocajarro.

    —Usando el lubricante apropiado, no sentirás dolor. O en caso de sentirlo, será apenas notable.

    —¿Tú ya probaste?

    —Obvio que probé. ¿Por qué otra razón crees que quiero metértela? Está claro que ya sé cómo se siente.

    —¿Quieres que sufra?

    —Quiero que goces como yo gocé. Eres un buen hombre y mereces sentir el máximo placer.

    —Vacié la tubería esta mañana —mencionó, haciendo referencia a sus intestinos—. ¿No hay problema con eso?

    —Mejor para mí. Tendré más espacio para explorar.

    —¿Piensas hacerme una colonoscopia o algo por estilo?

    —No llegaré tan adentro.

    Estela apareció en ropa interior, un sostén negro le tapaba los pechos y una tanga roja le cubría los genitales. Se había quitado los calcetines y se colocó un perfume que atraía a los hombres como el olor de una perra en celo a los canes. Estaba ansiosa por empezar, al igual que ellos lo estaban por verla en cueros. El cuerpo de esa sílfide era bellísimo desde donde sea que se mirara.

    —¿No piensan desvestirse? —les preguntó, con una mirada sicalíptica que denotaba lo que quería ver.

    —Será más divertido si nos das una mano —le sugirió Javier—. Echa un vistazo antes de comenzar.

    —Como gusten.

    La mujer se aproximó a ellos meneando la cadera como una bailarina nocturna, tocó con sus suaves manos los rostros de ambos, les acarició el cuello, palpó los canesúes de las camisas, exploró la parte alta del pecho, luego restregó el resto del tórax. Hurgó en los botones, en los laterales de las caderas y, desde luego, en las aproximaciones de los cinturones. Rozó las braguetas de los pantalones con las uñas, raspó la tela de los pantalones, fisgoneó en la parte central del pubis y cosquilleó los paquetes.

    Se acomodó entre los dos, se movió de un lado a otro, tanteó los músculos de la espalda, les tocó la nuca y luego se desplazó para que la acorralaran contra el borde de la cama. En la punta apoyó las posaderas, desde allí manipuló los cinturones y los desabrochó. Les bajó la bragueta y les pidió que se quedaran quietos mientras ella examinaba los bultos en el interior de los calzones.

    La mano izquierda palpó el paquete de Javier y la mano derecha palpó el paquete de Ernesto. Los dos se sentían ansiosos por iniciar la memorable escena de sexo, mas ella tenía ganas de disfrutar el cortejo con cuentagotas. Aquellas traviesas manos estudiaban la carne blanda que yacía oculta tras la tela de la ropa interior. Al manosearlos de esa manera, hizo que se excitaran. Las caricias que les daba los iban poniendo tensos a los dos, hasta llegar a un punto en el que ya no podían disimularlo.

    Los calzones de ambos tomaron forma de carpa, algo protuberante hacía que la tela se estirara. Ella sabía muy bien que estaba haciendo un buen trabajo de precalentamiento. Al verlos excitarse con tanta rapidez, suponía que sería pan comido lo que vendría luego. Javier y Ernesto intercambiaban miradas ligeras sin susurrar ni una sola palabra. La estaban pasando muy bien ahí.

    —El masaje erótico está bacano. Sirve para entrar en calor —musitó Javier y pispió el bulto de su compañero sin que él se diera cuenta.

    Los invitados se desprendieron la camisa, expusieron sus troncos, ofrecieron todo el arsenal que tenían para que ella tanteara. Ver hombres semidesnudos siempre le daba pábulo a su arrechura. Siguió explorando la entrepierna y descendió despacito por los muslos, rozando los cuádriceps y los femorales de cada uno. Las piernas fibrosas de hombres le resultaban atractivas.

    Las manos siguieron explorando la región central, palparon la zona testicular, toquetearon la parte baja y apretujaron con cariño los arpones semirrígidos que ya habían empezado a humedecerse. Dada la incontenible ansiedad, metió la mano por encima del elástico y tocó los miembros directamente. Hacer eso la puso aún más cachonda. Sabía que esa noche gozaría como nunca.

    Ellos siguieron adelante con el juego, se bajaron los calzones, se quitaron las camisas y los calcetines, y se quedaron quietos frente a la curiosa fémina. Ella retomó los masajes para hacer que esos chorizos crecieran y se pusieran firmes. Una vez alcanzada la etapa final de la erección, ofreció besitos húmedos en el bálano de cada uno, acompañando con cosquillitas en las bolas. Los dos estaban circuncidados y tenían vergas venosas y oscuras.

    —¡Dios mío! ¡Javier! —Ernesto no tenía palabras para describir lo asombrado que estaba de ver al ingeniero en pelotas. Ese tremendo pedazo de carne entre sus piernas lo intranquilizaba—. Qué herramienta la tuya.

    —Los colombianos la tienen grande —susurró Estela y sonrió.

    La verga de Javier tenía cuatro centímetros de grosor y veinticinco centímetros de largo. La de Ernesto no llegaba a tres en grosor y apenas alcanzaba veinte en erección. Ambos estaban bien dotados; Estela estaba fascinada de verlos. Tocar genitales de hombres era su especialidad, y más cuando eran de tamaño considerable.

    —¿Piensas meterme esa cosa en el culo? —Ernesto le preguntó, mirándolo con desconfianza—. Me partirás por la mitad.

    —No es para tanto. Hay hombres que la tienen más grande que yo —le respondió—. Además, yo lo hago despacito y con calma. No te pasará nada.

    —Me raspará las almorranas.

    —Con el lubricante que traje, gozarás como no tienes idea.

    Estela saboreó las dos vergas tiesas que tenía al alcance de la mano, las ensalivó, las besuqueó, las mordisqueó, las lamió y las refregó contra sus mejillas. Les sobó las bolas y les rascó el perineo. Quería sentir la carne masculina lo más cerca posible. Se relamía pensando en la escena que harían los dos frente a ella. Fue tragando los miembros despacio, con la finalidad de degustar el néctar transparente que salía de la uretra. Les sorbió el fluido preseminal y les chupó el meato urinario junto con el frenillo.

    Lo siguiente en hacer fue quitarse el sostén y frotar los glandes contra esos enrojecidos pezones que parecían flores primaverales. Aceitó las tetas con los fluidos que los hombres segregaban. Esos grasientos pomelos femeninos fueron sometidos a los vergazos más brutales. Sostenía con fuerza las mangueras para que no perdieran rigidez. Estaba poniendo a prueba la dureza de cada una.

    —Creo que ya es tiempo de pasar a la segunda parte —dijo Estela y se detuvo—. Javier, es todo tuyo.

    Javier se agachó, sacó del bolsillo de su pantalón una botellita de color blanco con una etiqueta amarilla. Se la enseñó a Ernesto para que la viese de cerca. Ese era el famoso lubricante anal que neutralizaba el dolor de la sodomía. Paso siguiente, tomó otra botellita plástica que parecía tener crema para peinar en el interior. Le explicó que ese era el ingrediente secreto para alongar las erecciones y así evitar eyaculaciones precoces.

    Al ver que Javier ya tenía todas las cosas listas, no había marcha atrás, tenía que arriesgarse y dejarse culear por él. Estaba desnudo y excitado, frente a una mujer hermosa que lo había estado manoseando sin timidez alguna. El guapo ingeniero colombiano que tenía a todas las mujeres a sus pies, ahora quería probar un culo de hombre. Los dos miembros fueron embadurnados con la crema potenciadora con efecto retardante.

    Estela se sentó con las piernas abiertas en el medio de la cama, a Ernesto lo acomodaron de rodillas en el borde, con la cadera un tanto levantada para que fuera más fácil ingresar a sus entrañas. Javier estaba encantado de ver un culo neto. Pocos hombres tenían un culo tan bien cuidado como ese. Se notaba a la legua que Ernesto era un sujeto que cuidaba mucho su higiene personal.

    —Estoy un poco nervioso —titubeó Ernesto antes de que le tocaran el culo. Sentía un hormigueo en el vientre y tenía muchas dudas al respecto. No sabía qué esperar de su compañero de trabajo.

    —Creo que lo mejor será iniciar con dilatadores anales —masculló Javier al ver lo apretado que estaba aquel orificio que pretendía agrandar—. Estela, pásame algunos de tus consolares. Los usaré para dilatar este culito.

    Ella se levantó de la cama, buscó en la parte interior del ingente ropero, sacó una bolsa negra con un montón de objetos fálicos, tomó seis consoladores de distintos tamaños y se los entregó. Él colocó lubricante anal en cada uno de ellos y los usó para iniciar el viaje de exploración. Hizo el papel de urólogo, introdujo un dedo en el ano y luego prosiguió con los consoladores más pequeños.

    Ernesto sentía lo que le estaban metiendo por detrás, pero no sentía dolor en absoluto. Sólo percibía una ligera sensación de obstrucción en la parte final del intestino grueso, nada más. Esperó a que Estela se reacomodara frente a él para decirle que estaba sintiéndose raro. No se sentía ni bien ni mal, se sentía fuera de sí. El temor a sentir dolor generaba una sensación de incomodidad poco común. Ella le aseguró que todo iba a estar bien. Lo mejor que podía hacer era relajarse.

    Una vez que Javier acabó de dilatar el ano con los juguetes, reintrodujo más lubricante en el interior del orificio, se acomodó detrás de su compañero, le pellizcó las nalgas y comenzó a meter la enorme verga en ese agujerito. Lo que había imaginado Ernesto no era ni la sombra de lo que estaba iniciando. Su cuerpo comenzaba a precipitarse a toda máquina. El sometimiento era absoluto y el miedo impedía que se apaciguara. El tiempo que a Javier le tomó metérsela pareció una eternidad, cuando en realidad fue sólo un instante.

    Las penetraciones que siguieron fueron muy suaves, apenas perceptibles. Ernesto resollaba y jadeaba como si estuviera bajo presión. Esa vergota de color oscuro le estaba provocando algo que nunca antes en su vida había sentido. El placer inicial fue mínimo, luego se incrementó, luego volvió a incrementar, y siguió así. La temperatura corporal aumentaba al ritmo de las penetraciones. Mientras más aceleraba, mayor era el deleite.

    —¿Cómo te sientes, parcero? —Javier le preguntó.

    —Lo estoy disfrutando —le respondió con voz profunda.

    —Sabía que te gustaría —Estela murmuró y le acarició el rostro con ambas manos—. Deja que Javier siga un rato más. A mí me calienta muchísimo ver esto.

    A petición de la anfitriona, Ernesto se dispuso a aguantar todo lo que podía durante los próximos minutos. Javier le dio por atrás con toda la serenidad del mundo. En ningún momento recurrió a movimientos bruscos, hacía todo lo posible para que fuese un somero masaje anal. Centímetro tras centímetro, se la metía y se la sacaba como si estuviese probando la rigidez de su verga. El pasivo estaba en el límite de la resistencia, ya había largado medio litro de fluido preseminal.

    Estela se tocaba las tetas, dándose masajes circulares con las dos manos. Los delgados dedos recorrían de una punta a la otra del torso, desde el cuello hasta el ombligo. Se quitó la tanguita y se puso a trabajar en la parte inferior. Se masturbó introduciéndose los ensalivados dedos en la humedecida concha, masajeó el clítoris hasta hacer que se pusiera duro, estimuló los labios vaginales y los dejó enrojecidos. De sus genitales salía un olor intenso que avivaba las pasiones de los machos.

    Llegó un momento en el que Javier se detuvo para tomarse un respiro, retiró la verga del hoyo, tomó la botellita y le untó más lubricante para poder seguir adelante. Ernesto sentía que tenía el culo hecho un túnel, aunque no le molestaba en lo más mínimo. Había acabado de descubrir los placeres del sexo anal y no se sentía traumado por ello. Confiaba en que su compañero de trabajo no lo lastimaría bajo ninguna circunstancia.

    —Antes de pasar a la escena definitiva, quiero que me den una buena chupada entre los dos —les pidió Estela, con las piernas bien abiertas.

    —El señorito Quiñones y yo estaremos encantados de hacerte el favor —dijo Javier y se acomodó al lado del hombre sodomizado.

    —¿Qué se supone que tenemos que hacer? —preguntó Ernesto.

    —Comerme el coño.

    —Dos bocas siempre son mejores que una —añadió Javier y le mostró a su compañero cómo tenía que chupársela.

    Entre los dos, le dieron lo que a toda mujer le encantaría sentir: una chupada suprema. El cunnilingus inició despacio, desde los labios externos hasta la parte superior de la vulva. Lamieron el clítoris con entusiasmo y le llenaron la vagina de saliva. Las dos lenguas se tocaban durante la chupada, ofrecían delectación en todo momento y en todo lugar. Los besos y los mordisquitos causaban electrizantes espasmos en las piernas de Estela. Le estaban devolviendo el favor por la felación que les había dado antes.

    Hicieron que la mujer gimiera y se alborozara como una desquiciada. Disfrutó cada momento del juego exploratorio, desde la primera lamida hasta la última. Los dos le daban lo que se merecía por haberles preparado una deliciosa cena. La dejaron embriagada de placer y con las hormonas por las nubes.

    —Es tiempo de que pasemos a la siguiente escena —dijo Estela—. Ahora sí gozaremos a lo grande.

    Los hombres se reacomodaron para dar lugar a la mejor escena de la noche: el trío prometido. Estela se quedó con las piernas abiertas en el borde de la cama, Ernesto le colocó la verga en la concha, Javier se la metió de vuelta por atrás. Lo que vendría a continuación era el plato principal, todo lo anterior había sido pura calistenia. Había llegado el momento de coger en serio.

    Ernesto penetró a Estela cariñosamente mientras Javier lo tenía arrinconado contra la cama, con la enorme pija puesta en su culo. Debido a la irresistible lujuria, fueron aumentando la velocidad de las penetraciones poco a poco, sin perder la calma. El placer se acrecentaba cada segundo y los resuellos eran cada vez más notables. Los tres jadeaban al mismo tiempo, intercambiando sensaciones fascinantes que los incitaba a seguir adelante.

    Cuando ya no pudieron resistirse a la tentación, los hombres largaron sus fluidos precipitadamente: Ernesto le llenó la concha a Estela y Javier le inundó el culo a él. Ambos habían eyaculado con una presión bestial. Se vinieron como una par de caballos. El intercambio de fluidos fue sensacional, estupendo, portentoso.

    Continuaron dándose cariño como al principio, sólo que ahora lo hicieron a un ritmo un poco más raudo. Las tremendas cogidas que daba Javier no eran broma, Ernesto se percató de que el colombiano era una verdadera máquina de follar, la metía y la sacaba como si nada, y su erección se mantenía intacta.

    Los movimientos constantes de entrada y salida eran sencillos, fáciles de contener, lo que costaba era mantener la entereza durante el coito. Estela sabía que muy pocos hombres podían hacer que se viniera como una zorra, por suerte esa noche lo estaba haciendo con dos ejemplares bien preparados. Ni Ernesto ni Javier mostraban languidez a la hora de coger, sabían bien lo que tenían que hacer.

    La segunda ronda no duró tanto como la primera, se vinieron a los pocos minutos y gimieron al unísono. El talente los había obligado a rendirse ante los placeres carnales más intensos. Aun así, se corrieron con profusión de semen. Tanto la concha de Estela como el culo de Ernesto apestaban a emulsión masculina. No hace falta recalcar que los cuerpos desnudos ya atufaban a sudor.

    Pasaron por alto los nimios calambres en las piernas; prosiguieron con la más suculenta escena de sexo. La posición incómoda en la que habían estado durante tanto tiempo les crispaba, haciendo que los músculos más grandes sufrieran contracciones involuntarias, algo que se podía obviar sin drama.

    Estela gozaba la durísima verga de Ernesto y éste lidiaba con la recia verga de Javier. El hecho de tener una poronga en el culo ponía más tenso al participante del medio, lo ayudaba a venirse con mayor rapidez y le generaba mayor regodeo. Con una bomba hidráulica atrás y un orificio empapado adelante, Ernesto estaba en el paraíso. La fuente de fruición en la que se encontraba sumergido era incomparable.

    El semen volvió a salir una vez más para aliviar la tensión genital de los penetradores. Les costaba respirar y concentrarse, tanto esfuerzo los estaba dejando sin energía. El objetivo era alcanzar la complacencia en su estado más puro. Tenían que dar lo mejor que tenían si querían dejar satisfecha a Estela, quien apenas podía hablar por lo agitada que estaba.

    Dado que todavía les quedaban fuerzas para seguir, retomaron el ejercicio de cadera y respiraron como si tuviesen disnea. Las exhalaciones casi sonaban como estertores, pero eso no era posible puesto que los dos tenían los pulmones sanos. Ernesto se apoderó de los labios de Estela y le metió la lengua en la boca. Javier apenas alcanzaba a olisquear el perfume (mezclado con sudor) de su compañero.

    Volvieron a correrse antes de lo pensado, se detuvieron un instante para tomar un poco de aire. Javier sentía cómo el esfínter de Ernesto se contraía cada vez que alcanzaba el orgasmo. Le parecía excitante sentir aquellas contracciones mientras mantenía la verga fija en el culo, sin moverla para nada.

    Quisieron experimentar un orgasmo más intenso, con que optaron por aumentar la velocidad de las penetraciones. Fue en ese momento que Ernesto descubrió que podía sentir incluso más fruición de lo que venía sintiendo. Una cogida brutal era su pase al otro mundo. Javier le acompañó desde atrás, con violentos empellones que hacían que empujara a Estela contra el colchón.

    De haber sabido que podía sentir un placer como ese, Ernesto ya habría debutado antes con otro hombre. El goce que Javier le estaba haciendo sentir estaba más allá de lo que podía llegar a imaginar. El tute era aún mayor y la calentura era todavía más intensa. Estela se dio cuenta al instante de que al hacerlo de esa manera, ninguno de los duraría más de cinco minutos.

    Tal y como lo había pensado, las contracciones prostáticas hicieron que Javier y Ernesto eyacularan por quinta vez. Aunque la cantidad de semen era menor, el placer que sentían al eyacular era el mismo de siempre. Estela se sentía feliz de haber invitado a esos galanes a su casa. Le habían demostrado que podían alegrarle el día con un poco de sexo.

    Para ir cerrando con el trío, se pusieron de acuerdo en intentarlo una vez más a ver qué pasaba. Las pingas todavía estaban en condiciones de excretar fluidos. Para Javier y Ernesto hacer eso implicaba utilizar más brío; en cambio, para Estela sólo implicaba deleitarse con toda libertad. El ser mujer resultaba más conveniente a la hora de fornicar.

    Mientras la inminente corrida estaba en camino, Ernesto sintió que se abatiría después de terminar. Lo que no sabía era que Estela tenía pensado quedarse un rato más con ellos. Como era fin de semana, tenían toda la noche para divertirse entre los tres. A ninguno le afectaría quedarse hasta la madrugada o hasta la mañana del día siguiente inclusive.

    Finalmente, los hombres cayeron rendidos ante la consunción del coito. Javier la sacó del culo de Ernesto y éste se despegó de Estela. Estaban tan cansados que apenas tenían ganas de levantarse. Se reacomodaron en la cama y compartieron mimos y caricias. La dueña de la casa estaba contentísima con lo que había vivido. No podía estar más agradecida. De hecho, creía que todavía había una oportunidad más para darles el gustito final.

    Los masturbó a los dos, una verga en cada mano. Se las jaló con premura para que se vinieran lo antes posible. Las erecciones ya no tenían la misma dureza de antes, lo cual no significaba que no pudieran eyacular una vez más. Ella estaba convencida de que podía sacarles todo el jugo. Dejarlos secos era su objetivo. No le importaba cuánto tiempo le tomase.

    Lo bueno fue que ninguno de los dos aguantó más de nueve minutos de jalada, se vinieron por última vez, largando las últimas gotas de semen. Después de eso, se sintieron totalmente satisfechos. Le agradecieron a Estela por haberles dado tanto placer y por haberles preparado la cena. La besuquearon entre los dos y le tocaron el cuerpo.

    Recostados en la cama, se tocaron unos a otros e intercambiaron besos y lamidas. Las seis manos iban y venían de un lado a otro, rozando zonas erógenas y magreando partes sensibles. Dejaron atrás los genitales para centrarse en otras partes del cuerpo. A Estela la manosearon con todo el cariño del mundo y le dieron besitos en las mejillas. Estaban muy felices de haber compartido la noche con ella.

    Finalizada la sesión de amor que con tantas ansias habían esperado, fueron al baño, se lavaron con agua y jabón, se pusieron la ropa y el calzado, salieron de la habitación y se dirigieron a la sala. Ante la puerta se pusieron de pie y hablaron de lo bien que habían pasado la velada. Javier y Ernesto tenían sueño y querían irse a dormir. Ella seguía acelerada y tenía energía de sobra.

    —Para mí fue asombroso lo que hicieron —reconoció Estela—. Hacía tiempo que no me corría así. Me han dejado contenta.

    —No, tú nos dejaste contentos a nosotros —Javier le respondió—. Sí que la pasamos bien entre los tres.

    —Valió la pena la espera.

    Se despidieron de ella a eso de las tres de la mañana, salieron de la casa, desanduvieron el mismo sendero de la entrada, atravesaron el portón y retornaron a la acera. Lo único bueno era que ya había parado de llover y no tenían que usar paraguas. Se metieron en el auto y suspiraron calmados. Se quedaron pensando un momento antes de entablar conversación.

    —¿Qué te pareció el trío? —Javier le preguntó.

    —Estuvo muy bien. Quedé exhausto después de la última corrida que me pegué.

    —Sé que tú no eres de esos que sale a gallinacear por ahí los fines de semana, por eso te invité. Quería probar cómo se sentía hacer el amor contigo.

    —Ahora que lo mencionas, tengo el culo adormecido de tanto que me diste.

    —Gracias por aceptar la invitación. Te puedo asegurar que Estela y yo lo disfrutamos tanto como tú.

    —De eso estoy seguro.

    Sin más palabras para intercambiar, Javier encendió el auto, puso el cambio, pisó el acelerador y llevó a Ernesto de regreso a casa. A esas altas horas de la noche, no había un alma por la vía pública. Todo estaba en absoluto silencio. Todo el mundo dormía plácidamente. A Ernesto no le quedaba otra opción más que irse a dormir. Podía soñar con Estela y experimentar un orgasmo inconsciente.

  • Mi suegra me regala su culo por mis treinta años

    Mi suegra me regala su culo por mis treinta años

    Pocos días antes de cumplir 30 años, mi suegra me llama y me pregunta como lo celebraría. Le dije que no tenía nada planeado. Me respondió que quería viajar (de Cuzco a Lima) para “darme mi regalo”. Me excité al oírla, ya habíamos cogido varias veces, cuando ella nos visitaba en Lima o cuando íbamos nosotros a Cuzco. Pero no un encuentro así, programado.

    Le dije que si ella llegaba a Lima yo me tomaba el día libre en la oficina y lo pasaba con ella. Finalmente, coordinando, ella podía estar algo más de 2 horas conmigo la mañana de mi cumpleaños. Saldría se su casa, en Cuzco, hacia las 8 am, tomaría el vuelo de 8.50 am a Lima. Estaría en Lima hacia las 10 am y regresaría a Cuzco en el Vuelo de 12.45 pm. Una apuesta arriesgada, pero ella decidió jugársela. Le dijo a mi suegro que luego del gym día pasaría donde su amiga Luisa y que luego volvería a casa. Yo le dije a mi mujer que trabajaría esa mañana y que hacia la una la recogería a ella y mi hija para ir a almorzar y pasar la tarde juntos.

    El día de mi cumpleaños desayuné con mi mujer e hija. Me preparó mi desayuno favorito, huevos revueltos con tocino y tostadas más café. Simple, pero me encanta. Me despedí de ella como yendo a la oficina y manejé hasta el aeropuerto. Llegue al aeropuerto hacia las 9.30 am. Me estacioné y esperé a mi suegra, cuyo vuelo llegó puntual. A esa hora no suele haber muchos viajeros y a las 10.15 am ya estaba afuera.

    La vi salir en leggings y polo deportivo de gym con su casaca amarrada a la cintura. Para estar empezando los 50s estaba perfectamente conservada. La abrace y besé como si fuese mi novia. Subimos al auto y le dije “vamos al hotel más cercado”. Me respondió “a eso vine”.

    Salí y tomé ruta por Tomás Valle, hacia una zona donde sabía había muchos hostales “de paso”. Antes de las 10.30 am ya estábamos en la habitación “suite” de uno. Una pocilga pero qué carajo. Ambos queríamos coger.

    Se desnudó y me desnude. Ambos lo más rápido que pudimos. Me acostó en la cama y me la comenzó a mamar. En eso escuchamos que alguien entraba en la habitación del lado y como una puta le decía al cliente de turno “pago adelantado más cinco soles por el condón”. Escuchar ese diálogo sórdido me excitó y claramente a ella también. Sentí como su mamada se volvió más violenta. Antes que reaccione ya se había subido encima mío. Cabalgaba mirándome y entregándome su coño jugoso. Yo sólo me dejaba llevar, ella era mi regalo.

    Estábamos en eso y sentimos que también se abrió la habitación del otro lado. Nosotros cogíamos en silencio mientras escuchábamos a una mujer decirle a su pareja

    – yo no estoy acostumbrada a esto, no pienses mal

    – Tranquila mi amor, sabes que yo te amo

    – Y yo a ti mi amor, pero soy casada y no debería estar aquí.

    – ¿me amas?

    – Si te amo mi amor, pero soy casada

    – Yo te amo y no me importa seas casada

    – ¿En serio mi amor?

    – Si mi amor

    Tras el protocolo breve de la casada “inocente” y su eventual amante, comenzaron a coger. Nosotros seguimos en lo nuestro, amenizado con los gemidos y frases de la puta y su cliente y de la inocente casada y su amante.

    Mi suegra, que es una mujer elegante y de dinero, seguro jamás había cogido en un antro así. Se notaba lo mucho que la excitaba. En un momento que se levantó un poco, se la empuje en el culo, donde entró muy suavemente. En instantes ella llegó y la intensidad de su vibración anal me hizo llegar.

    Se acostó a mi lado y me dijo “te llamaré por tu cumpleaños”. Medio tonto que soy, no entendí que quiso decir. Cogió su celular y marcó. Casi me paro para ir a coger el mío pues no comprendía su juego. Pero no sonó. Cuando le contestaron, puso la llamada en altavoz y escuché a mi esposa responder.

    – ¿Hola mamá como estas?

    – Bien mi amor, llamo para saludar a Alonso en su día

    – Mamá se fue a trabajar, regresa a la 1 pm

    – Ay que penita mi amor, pero le habrás dado su regalito al despertar

    – Mamá sólo en eso piensas

    Luego siguió una conversa trivial de madre e hija. Mientras ellas hablaban, bajé hasta su entrepierna, puse mis piernas sobre mis hombros y le metí una lamida de coño que la volvió a poner mil. Le veía el rostro descompuesto y sentía como ahogaba sus gemidos mientras hablaba con mi esposa. Finalmente le cortó y empezó a gemir con fiereza, más fuerte que ninguna otra vez, seguro con el morbo interno de saber que en ambos cuartos a los lados la oirían gozar.

    Cuando estuvo a punto de llegar con mi lengua me dijo “para amor, para, dame por la cola”. Paré y ella se puso en perrito y sin necesidad de ensalivar mi verga, se la metí en su culo palpitante. Se acostó, luego se puso de costado, luego se paró y la seguí y nos pegamos a la pared. Seguía dándole por el culo y ella gemía y golpeaba la pared. Supongo los del lado sentían con claridad todo lo actuado.

    Se venía con fuerza y comenzó a decirme “ay Alonso, ay Alonso, que rico lo haces, que rico lo haces yerno”

    Inmediatamente después que dijo “yerno” se escuchó en el cuarto del lado un “vieja puta”. Ella siguió gimiendo y repetía con fuerza “si, es mi yerno, es mi yerno”. El “vieja puta” se transformó en “le robas el marido a tu hija”, finalmente ella llegó con unos gemidos que se debieron escuchar en todo el hostal. Yo no llegué, pero estaba exhausto.

    Nos acostamos nuevamente y tras unos minutos de retozar y eventuales “vieja puta, roba marido a tu hija” en el cuarto del lado, ella tomó la iniciativa y comenzó a lamerme de nuevo la verga. Oliendo y con sabor a su propia mierda. Eso me excito y en instantes estuvo muy dura.

    Me puse encima de ella, puse sus piernas hacia sus propios hombros y así doblada se la metí directo al culo. Me acerque a su rostro y nos besábamos brutalmente. Sin cambiar de posición, besándola y diciéndole “suegra la amo, suegra la amo” llegamos juntos.

    Le llené el culo de leche. Vi la hora y eran ya las 11.50 am. Tiempo justo. Nos dimos un duchazo rápido. Salimos del hotel y conduje al aeropuerto. Mientras manejaba, ella acariciaba mi verga y con la otra mano llamó a mi suegro. Le dijo “hola mi amor, estoy acompañando a Luisa a comprar, ya luego voy a la casa, te amo mi amor”.

    No escuche que le dijo él y cortó. La dejé en el aeropuerto. Se embarcó sin problemas y volvió a Cuzco, llena de mi leche.

    Fui a casa y tuve una muy linda tarde familiar por mi cumpleaños.

  • Viendo porno con mi hermana

    Viendo porno con mi hermana

    Un primer encuentro después de aquella gran noche se dio en su departamento, vivimos en la misma casa que es de mi mamá pero cada quien tiene su vivienda muy independiente el uno del otro, la razón de reunirnos ni la recuerdo, la fecha muy vagamente pero los detalles por supuesto que no se olvidan.

    Esa tarde estaba sola en su casa sin sus hijas, cuando yo llegue toque a su puerta, me invito a pasar a la sala y platicamos un poco, me invito un trago de tequila y ella se sirvió cerveza, conversamos de cualquier cosa y ella cambio de bebida a mezcal, el mezcal es una bebida fuerte incluso más fuerte que el tequila y ambas se beben sin combinarlas con nada, siendo así en menos de una hora el alcohol ya surtía efecto, poco a poco con el tiempo nuestra platica se tornó más sexual, de hecho yo la lleve hacia ese tema, en alguno de esos momentos de desinhibición pregunte si le gustaba ver porno, me dijo que no mucho que no acostumbraba verlo, me pareció raro y no le creí porque a quien no le gusta pensé yo.

    Hicimos una pausa porque la temperatura subió, es el efecto del tequila y del mezcal, te elevan todas las temperaturas, urdiendo un plan le pedí que pusiera una película porno en su televisión con cable pues eran tiempos donde no existían YouTube ni los DVD, yo no lo sabía pero esos canales requieren de un pago extra mensual o pago por evento, le dije yo lo pago, el dinero no era lo importante, lo verdaderamente importante fue que ella accediera a ver ese tipo de películas conmigo, para esas fechas ella ya estaba divorciada de su marido y él era el titular del sistema de cable por lo que para contratar el servicio de los canales XXX debía ser él directamente quien lo solicitara, esto paso hace tanto que ya no recuerdo porque había tanta disposición de su parte a mi solicitud, tanta que se atrevió a pedirle a su ex que contratara el servicio porno para nosotros ¿cómo se lo justificaría? Eso me hace pensar que posiblemente en su momento ambos eran asiduos consumidores, tal vez le dijo quiero meterme un dedo viendo porno, fue extraño pero así sucedió, sin que pasara mucho recibió una llamada de su ex para avisarle que en 30 minutos activaban los canales exclusivos.

    Mientras esperábamos el momento seguimos bebiendo y continuamos nuestra inusitada conversación, considere una ventaja y buena estrategia basar todo en mi discapacidad, le hablaba sobre las dificultades que debo pasar para darme placer, que la falta de movilidad en mis manos y piernas casi lo hace imposible y debo buscar la manera y esta resulta ser la menos ortodoxa para casi lograrlo, inclusive me atreví a hacerle una demostración de cómo lo hago pero eso no fue nada comparado cuando tuve el atrevimiento de describirle la manera correcta de hacerlo y de pedirle que tomara mi pene entre sus manos y subiera y bajara mi piel, que locura yo pedía y ella accedía, siendo así continuamos nuestra conversación.

    Cuando la señal del cable llego, con su control los sintonizo, unos 3 o 4 canales, playboy y otros que no recuerdo.

    – cual quieres ver me pregunto.

    – que te gusta respondí yo, ella me dijo que francamente no veía mucho porno mientras pasaba los canales, no era adicta cómo yo pero seguramente también disfrutaba, pensé en ver algo de lesbianas pues a mí me excita, después me sentí egoísta y pensando en ella cambiamos a hetero para que también disfrutara viendo una buena verga, viendo esa película en un instante con la mujer en cuatro puntos el hombre cambio de la vagina a metérsela por el culo de a perrito, en ese preciso instante le pregunte si ella tuvo sexo anal alguna vez, respondió que alguna vez lo intento con su ex, incluso confeso que tomo mi gel lubricante para intentarlo pero sin tener éxito, que tonto he inexperto pensé yo, pause la plática haciendo cómo que veía la tv pero realmente mi mente imaginaba imágenes de cómo sería aquel intento fallido de mi hermana con mi excuñado, la imagine a ella desnuda de perrito con el detrás untándole mi gel lubricante en su culito, lo imagine apuntando hacia el tomándola de sus hermosas caderas, fue tan excitante imaginar cómo mi cuñado abría ese par de nalgas para dejar al descubierto aquel manjar, su culito debió ser muy apretado o el muy pendejo para no lograrlo.

    Mis pensamientos regresaron a la película y al momento, se me ocurrió no dejar el tema asegurando que debieron intentarlo cien veces más, ella confirmo que lo intentaron muchas veces sin lograrlo, el ambiente era idóneo para intentar lo que fuera, tratando de asegurar un éxito en mi recién surgido plan, hice una pregunta más y le pregunte, te quedaste con las ganas tu o el, me confeso que era ella la que siempre tuvo las ganas de experimentar por atrás, que deseaba saber que se sentía pero las circunstancias y la inexperiencia no lo permitieron, su respuesta me llevo a una última pregunta y esta fue, si se diera la oportunidad con alguien más lo harías, después de todo eres soltera otra vez y podrías ahora intentarlo con otra persona, respondió que siempre le quedo la duda de conocer la experiencia, de inmediato le dije, te propongo algo, que cosa dijo mirándome a los ojos, me avergonzó y baje la mirada pero sin renunciar le propuse, que te parece si lo intentas conmigo, esto te permitirá vivir la experiencia con alguien de confianza.

    Si bien es cierto que somos hermanos pero no involucraremos sentimientos ni caricias ni nada y será solo un experimento sexual, ella se lo pensó y también tomo en cuenta nuestro parentesco pero le agrado la idea de la confianza mutua que nos teníamos y que al ser inexperta esto entre hermanos sería mejor,

    -me parece bien, tienes razón y te lo voy a agradecer, intentémoslo.

    Para estar más cómodos desde que comenzamos a ver la película me pase de mi silla de ruedas a su sillón, alistándome me acomode lo mejor que pude para facilitar el trabajo y aunque había alcohol en mi sangre me tome una pastilla de viagra que siempre traigo conmigo para mi erección, con el canal porno aun sintonizado ella se puso de pie y comenzó a quitarse la ropa, se sacó la playera y después desabrocho el botón y cierre de su pantalón y se lo bajo quedando solo en ropa interior, se acercó para desabrochar y bajar el mío, después bajo mi calzón y me jalo hacia el frente para quedar en una posición que facilitara la penetración, acordamos que no habría preámbulo, ni un beso, ni caricias, le dije de mi bolsa de emergencias saca mi gel lubricante, yo lo uso para sondearme la vejiga pero ese día tendría un uso totalmente distinto, después de tanta preparación en mí ya había hecho efecto la pastilla azul, colocó un poco de lubricante entre sus dedos y lo esparció por mi pene, desde la punta hasta la base enfocándose evidentemente más en la punta, acto seguido, se puso de espaldas a mi he iba a bajar su tanga negra y yo la detuve pidiendo que por favor la dejara puesta y solo la hiciera un lado, mi petición tenía que ver con lo excitante que me resulta que las mujeres cojan con la tanga sin quitar, complaciéndome se la dejo y no me alcanzo el tiempo para admirar sus caderas, sus nalgas eran lo más hermoso que pude imaginar entonces con cada mano las tomo y las abrió de par en par dejando indefensa su entrada trasera, con mis manos torpes dirigí mi pene hacia su hermoso culo y ella al sentirlo intento sentarse lentamente pero su ano era virgen, hacia presión pero no cedía, coloca más lubricante mucho más le dije pues no estaba dispuesto a fracasar cómo el pendejo de su ex esposo, así lo hizo y reanudamos una vez más exactamente igual, lo dirigí a su entrada y nuevamente se sentó lentamente y comenzó a ceder dejando entrar la puntita pero se quejó de dolor, pero ella era cómo yo y tampoco pensaba abandonar, siguió bajando y la cabeza de mi pene desapareció, estar viendo esa acción me enloquecía mientras tanto ella continuaba su proeza descendiendo lentamente pero con fuerza, cuando le entro toda y sus nalgas chocaron con mi pelvis, lanzo un haaaa prolongado y permaneció en esa posición un instante, yo no podía creerlo, apoyándose en mis piernas comenzó a subir y bajar transportándome al paraíso, ella comenzó a jadear cómo poseída y lanzaba palabras cómo esto es la gloria, gracias hermano por darme lo que quería, yo estaba segura que así seria, todo me encendía, sus palabras, su cuerpo, sus caderas y sobre todo haciendo mío ese culo perfecto, decidí con mis manos torpes tomarla de la cintura para acelerar su ritmo y al tocarla su cuerpo se convulsiono estaba teniendo un orgasmo anal y a la par gritaba y jadeaba, recuerdo que al subir yo no ayudaba mucho pero al bajar le daba el jalón para que dé un sentón se la enterrara toda.

    Aunque prometimos no caricias, instintivamente lleve mis manos a sus pechos que estaban protegidos por su brasier, cómo no dijo nada comencé a masajearlos y ella a decirme así, así, le dije hermana voy a venirme te quieres levantar y con la cabeza me dijo que no y con su boca dijo vente adentro de mí, fueron sus palabras y la forma de decirlo lo que apresuro que expulsara mi semen llenando sus intestinos y toda su cavidad anal, fue la eyaculación más deliciosa y abundante de toda mi existencia, cuando todo termino y mi hermana se levantó de su preciado tesoro escurría mi semen en señal de que era mío y me pertenecía.

  • El jarrón. Amoríos y castigos de otro siglo

    El jarrón. Amoríos y castigos de otro siglo

    El sol acababa de asomar por el horizonte y durante un minuto logró colar algún rayo entre las nubes justo antes de que estas ocupasen todo y empezase a llover. Una lluvia fina preludio de un día frío y desapacible. En un claro en el bosque, en medio de un jardín, al lado de las cuadras, la silueta de una mansión del siglo XIX se alzaba imponente.

    Dentro se encontraba el amplio salón, la extensa cocina y las habitaciones, estancias para los dueños y cuartos para el servicio doméstico.

    Maite, una cocinera regordeta de veinte años, fue la primera sirvienta en llegar al salón y descubrir el jarrón hecho añicos. No había nadie e intentó huir, pero al salir se cruzó con Margarita, joven delgada de piel pálida y cabello rubio.

    – Hola, acabo de encontrar el jarrón roto e iba a por una escoba para barrer los trozos. – dijo atropelladamente la fugitiva con visibles signos de nerviosismo.

    Margarita llegó al salón y se pronunció con preocupación.

    – Esto traerá problemas.

    Julia, pelo corto negro y rizado y mediana estatura y Ana, pelirroja de rostro agradable y cabello castaño llegaron después.

    Las cuatro sirvientas hablaban en un susurro, sabedoras de que aquel incidente no pasaría desapercibido. Ana, osadamente, propuso deshacerse de la evidencia, mientras Maite estrujaba su cerebro buscando salidas.

    Todas callaron cuando entró Federica, de cincuenta años, esposa del dueño.

    – ¿Quién ha roto el jarrón? – preguntó con tono autoritario.

    Nadie dijo nada.

    – ¿Julia?

    – No sé nada Doña Federica, cuando llegué ya estaban todas aquí.

    – ¿Quién llegó primero?

    – Yo… yo entré y vi el jarrón y fui a buscar una escoba. – intervino Maite con cierta ansiedad.

    – ¿Y tú que dices Ana? ¿Cuéntame en qué consiste eso de deshacerse de los restos?

    Ana se hizo la loca.

    – Se equivoca señora, yo no…

    La esposa del dueño abofeteó a la pelirroja cortando en seco la conversación.

    – ¡Crees que soy estúpida! ¡Julia, ve en busca del chico del establo y del jardinero! Quiero que todo el servicio este presente y se aclare este incidente.

    Jaime fue el primero en llegar, tenía puestas las botas de montar y dirigió una mirada a Margarita.

    Las pálidas mejillas de Margarita se ruborizaron al recordar lo que había sucedido entre ambos la tarde anterior.

    Julia llegó con Oscar, un chico joven y bien parecido, de delicadas manos, que desempeñaba el oficio de jardinero.

    – Bien, esta es la primera y última oportunidad, o sale ahora el culpable, que naturalmente recibirá un castigo ejemplar o pagarán justos por pecadores.

    Ana, con la mejilla colorada, se atrevió a hablar de nuevo.

    – Doña Federica, creo que deberíamos disponer de tiempo para investigar. No es fácil que el responsable de la cara, sobre todo sabiendo que será castigado.

    – Esta bien, tenéis hasta mañana a las 5. Si para entonces no hay respuesta todo el servicio probará la vara… y ese será solo el principio de la humillación.

    Los sirvientes volvieron a sus quehaceres y el día trascurrió sin novedad.

    ****************

    A las siete llegó Don Carlos, el marido de Doña Federica. Tras cenar, Federica le contó lo que había ocurrido con el jarrón.

    – ¿Quién ha sido?

    – Todavía no lo sabemos, mañana…

    – ¿Mañana? Se puede saber qué clase de disciplina es esta… se rompe un jarrón, una pieza única y todo lo que ocurre es nada.

    – Lo siento. – respondió Doña Federica mirando las manos de su marido.

    – Eso no es suficiente, quizás cierta dama necesita un recordatorio.

    – Carlos, yo…

    – Inclínate sobre la cama y muéstrame el culo. – ordenó el varón mientras se arremangaba la camisa dejando a la vista sus velludos brazos.

    La mujer tragó saliva, se dio la vuelta, levantó las faldas del vestido y desnudó su trasero.

    Carlos contempló las pálidas nalgas de su mujer. Habían perdido algo de firmeza con los años, pero junto a la jugosa raja, todavía conservaban el suficiente atractivo como para causarle una erección.

    – Mereces la vara. – continuó el caballero cogiendo en su mano el instrumento de castigo y agitándolo en el aire.

    La mujer contrajo las nalgas anticipando lo que vendría después.

    Antes de los golpes, su marido le sobó el pompis e introdujo dos dedos en la vagina haciendo que el cuerpo maduro de la víctima se estremeciese.

    Las atenciones eróticas duraron poco y la vara mordió las posaderas de la mujer. Después de siete azotes, el culo, decorado con líneas rojas, escocía.

    Carlos observó las marcas y sintió el deseo de poseerla. Después de todo amaba a su mujer, a su compañera.

    Dejó la vara, se acercó a ella y poniéndola en pie la besó en el cuello.

    Luego, cara a cara, le miró a los ojos y buscó sus labios.

    Doña Federica devolvió el beso con pasión.

    Carlos la llevó hacia la cama tumbándola boca arriba y se bajó los pantalones dejando su pene al aire. La penetró en posición de misionero.

    Sus bocas se volvieron a encontrar durante las embestidas y el sonido de los jadeos se mezcló con el de la saliva.

    ***************

    Ana, se había fijado en el intercambio de miradas y sospechaba, no, era más que una sospecha, era casi una certeza. Ana sabía que había algo entre esos dos.

    También sabía que ese algo no tenía que ver con el jarrón, pero no importaba. Tenía que encontrar un culpable, una distracción. Si calentaban el trasero a esos dos, a lo mejor, se libraba.

    Hasta el momento su plan iba bien, después de todo ella había propuesto investigar.

    La verdad no saldría a la luz. Nadie sabría jamás que ella había roto el jarrón.

    ****************

    Mientras tanto, corriendo un riesgo innecesario, Margarita visitó a Jaime en las cuadras. Estaba nerviosa, si había una investigación quizás averiguasen lo de ellos. No es que de por sí hubiese nada malo en hacer el amor, pero la envidia, a menudo, llevaba a la denuncia. El encargado de los caballos abrazó a su chica y luego se besaron con ansia.

    Al menos, durante esos instantes, sus miedos desaparecieron.

    – ¿Alguna vez te han pegado en el culo? – preguntó Margarita con el rostro lleno de rubor.

    Jaime le acarició la mejilla.

    Sí, hace varios años, trabajando para otros señores, le habían castigado. En aquella ocasión fue un látigo cayendo sobre su espalda. Era sospechoso de haber robado, algo que nunca se probó. Protestó, pero la protesta solo sirvió para aumentar el número de azotes. Estuvo varios días con la espalda dolorida y tuvieron que pasar meses para que su piel se recuperase por completo. Aunque no tuvo que exponer sus nalgas, el dolor, la rabia y las lágrimas convirtieron la situación en algo humillante.

    – No. – respondió abandonando sus pensamientos.

    La chica le miró comprendiendo que ocultaba algo pero no insistió.

    – No te preocupes. Te protegeré… si llega el caso no serán tus bonitas nalgas de doncella las que tengan que sufrir.

    Margarita comenzó a protestar pero Jaime ahogó sus palabras con un nuevo beso.

    ******************

    Al día siguiente, al mediodía, la cocinera decidió ir a hablar con Doña Federica. Quería convencerla de que ella no tenía nada que ver con el asunto del jarrón y que sospechaba de Ana.

    Llamó a la puerta y para su sorpresa fue Don Carlos el que abrió.

    – Tú eres la cocinera ¿verdad? – dijo mirándole los pechos sin disimulo.

    – Yo… sí señor. – respondió entrecortadamente.

    Doña Federica se unió a la conversación.

    – ¿Qué quieres? – espetó.

    Maite bajó la mirada y guardó silencio.

    – Habla muchacha… que no tenemos todo el día. – intervino el varón.

    – Yo… yo no fui… fue, digo, creo que fue Ana… yo

    – ¿Por qué crees que fue Ana? ¿Tienes pruebas?

    – No, yo…

    – ¡Basta!, creo que estás intentando sobornarnos… ¿crees que somos tontos? – intervino Don Carlos.

    – Creo que esta doncella merece un castigo. – continuó el hombre notando como su pene crecía bajo los pantalones.

    Doña Federica miró a Maite con deseo. El castigo corporal la encendía. Sí, zurrarían a esa gordita, pero antes la humillarían.

    Miró a su marido, él también estaba excitado y la excitación era algo contagioso.

    – ¡Desnúdate! – ordenó Doña Federica.

    Maite quedó paralizada, su cerebro incapaz de traducir lo que oía.

    – Vamos, ¿no has oído a tu señora? Si no te quitas la ropa ahora le contamos a todos tu confesión y les invitamos a que participen de esta función… ¿Quieres eso?

    La doncella dudó un instante, se ruborizó violentamente y luego, no viendo forma alguna de salvar la situación, se desprendió de la ropa hasta quedarse en cueros.

    Don Carlos observó el cuerpo desnudo. Por detrás, el culo generoso caía hasta unirse con los muslos arrugados por la celulitis. Nalgas pálidas divididas por una fina raja a medio definir. Por delante, las tetas eran las protagonistas, coronadas con oscuros pezones y más firmes de lo que uno podría aventurar. Más abajo el vello púbico, abundante y desordenado.

    Doña Federica posó una mano en el trasero de la cocinera y la acarició. Maite se mordió el labio al notar el contacto. De alguna manera, esos ojos que se posaban en sus expuestas carnes la estaban calentando.

    Don Carlos invitó a la sirvienta a que se inclinase sobre el sillón, apoyando la cabeza en el regazo de su mujer. Luego, sujetándola por detrás, comenzó a masajearle los pechos. Doña Federica se unió al juego pellizcando suavemente los pezones de la cocinera.

    Maite comenzó a gemir.

    El señor de la casa se puso de cuclillas y enterró el rostro en el pandero de la joven chupándole el ano con la lengua.

    – ¡Vamos a zurrarla! – dijo la señora temblando con anticipación.

    Maite se tumbó boca abajo sobre el sillón. Sobre ella, sentada a horcajadas, Federica.

    Carlos tomo la vara y con un golpe certero, cruzo de lado a lado el voluminoso culete.

    – ¿Cuántos golpes me va a dar el señor? – dijo la castigada recuperando la respiración.

    – Muchos y alguno más por impertinente.

    – Gracias señor.

    Terminado el correctivo Don Carlos se bajó los pantalones y sacó su miembro.

    Maite comenzó a chupárselo.

    Terminada la felación, se tumbó sobre el respaldo del sillón ofreciendo su vagina y su otro agujerito.

    ********

    A las 5 de la tarde, ante una audiencia expectante, Ana se adelantó y tomo la palabra.

    – Margarita y Jaime se acuestan juntos. Antes de ayer estuvieron haciendo de las suyas y no me extrañaría que uno de los dos empujase el jarrón.

    – Margarita no tiene nada que ver. – intervino el responsable de los establos con vehemencia.

    – Jaime, no es necesario todo esto, eres inocente, no hay pruebas – se quejó implorando la aludida

    – Ya basta. Jaime ha confesado y recibirá treinta azotes con la vara en el culo. ¡Desnúdate! Esta afrenta merece la mayor de las humillaciones. No hay espacio para la dignidad.

    – Pero… no se sabe si es culpable. – adujo Julia rascándose el pelo rizado.

    – ¿Tú también quieres probar la vara? – la cortó Doña Federica.

    – Jaime… es inocente… – intervino Margarita de nuevo viendo con angustia que aquello seguía adelante.

    Jaime, temiendo que su chica pagase el atrevimiento intervino.

    – Gracias Margarita… y gracias a ti también Julia. Sois muy valientes… pero este tema no tiene salida… lo único que conseguiremos será más castigos.

    Luego dirigiendo la mirada hacia Ana añadió con frialdad.

    – Ya habrá tiempo de esclarecer todo esto.

    El cuidador de caballos se desnudó por completo y siguiendo las indicaciones de Doña Federica, separó las piernas y se inclinó ligeramente sacando su culo peludo. El pene, a medio crecer, colgaba inclinado ligeramente hacia la derecha.

    La señora, armada con una vara, se colocó detrás del infortunado varón, cogió carrerilla y descargó el primer golpe de manera contundente dejando una marca roja.

    – ¿Escuece, verdad? pues esto solo es el principio. – dijo mientras la vara impactaba por segunda vez contra las indefensas nalgas haciéndolas temblar.

    Jaime aguantaba con entereza. Doña Federica se estaba empleando a fondo e intercalaba comentarios humillantes entre azote y azote. Su marido la había azotado por ser blanda y eso no volvería a pasar. Aquel hombre, inocente o culpable, tenía que pagar.

    Probablemente Ana ocultaba algo y por ese último comentario, esa amenaza, pronto recibiría su merecido. Una vez, de joven, había participado en algo así, no hay nada más impactante que cuando un grupo de gente se pone de acuerdo para castigar a un traidor. Ana era mala hierba y se lo merecía, o al menos ese sería el pensamiento de la joven Federica. Entonces la justicia tenía sentido. Ahora, años después, todo lo que importaba era disfrutar y no estar en el lado equivocado. El mundo no es justo, nunca lo había sido. Quizás Jaime no merecía estar ahí, pero estaba y a buen seguro, en su fuero interno, incluso las doncellas que contemplaban con temor el castigo, no eran inmunes al espectáculo sexual. Esa noche seguro que más de una se correría pensando en Jaime mientras frotaban sin descanso su sexo, arqueaban sus espaldas y gemían y jadeaban como animales salvajes.

  • Mi experiencia más placentera (Parte 1 – capítulo piloto)

    Mi experiencia más placentera (Parte 1 – capítulo piloto)

    Estas líneas a continuación narran,  mi mejor experiencia en el ámbito sexual, decidí contar esto en mi primer relato porque es muy importante para mi llamar la atención de los lectores (as) fanáticos de este universo de letras.

    Espero os guste; comenzaré por describirme tengo 29 años mido 1.81 m, mexicano 100%, no tengo una complexión totalmente atlética, ni pasada de peso, digamos que me considero un chico promedio con mucho carisma y muy buena suerte, ojos marrón oscuro, boca gruesa sin llegar a exagerar, me gusta usar la barba arreglada y el cabello muy corto, un miembro regular de 17 cm circuncidado con una cabeza muy gorda, y mi mayor atractivo según las chicas que se atreven a decirlo, unas piernas prominentes y unas pompas bien trabajadas por años de caminata, volleyball y bicicleta.

    Debido a mi trabajo es demasiado importante para mi mantener una buena imagen, me dedico a venta de maquinaria industrial, y mi trabajo es visitar empresas productoras en América Latina especialmente del ramo alimenticio, gracias a esto he tenido mucha variedad sexual y amorosa y me he permitido experimentar de todo un poco a mi edad.

    Mi relato inicia en el año 2015 con mi universidad casi terminada, decidí hacer prácticas en una empresa del mismo giro de mi trabajo actual, pero considerablemente más pequeña, mi buena suerte, mi talento natural y el domino de un segundo idioma me hicieron resaltar ante los que éramos novatos en ese entonces, y tuve la oportunidad de ser invitado por mis superiores a un podio de una conocida Exposición de maquinarias en América Latina, que en ese año tuvo cede en la hermosa ciudad de Panamá, no era la primera vez que salía del país, pero si era mi primera vez en un país del caribe, si alguien fuera de Latinoamérica me está leyendo, debo mencionarle que esta zona del planeta tiene a las mujeres más calientes y hermosas del universo, todo el día es una fiesta en sus corazones y son muy abiertas a saciar sus más sucios deseos como después lo comprobé.

    Ahí fue donde la miré por primera vez a dos bloques de mi stand, lo primero que supe fue que se llamaba Oriana, debido a un gafete de una conocida empresa de parlantes y entretenimiento que ella estaba animando junto con un chico y dos compañeras más (guapísimas igualmente por cierto), el gafete descansaba en un par de pechos redonditos de buen tamaño que llamaban la atención a kilómetros por lo atrevido de su escote, no usaba sujetador como pude averiguar después, solo un par de protectores adheridos. Originaria de Venezuela, con el cabello ondulado más hermoso del universo, tez apiñonada, ojos marrón muy claros, y la boquita mamadora más perfecta que he mirado, unas piernas largas y deliciosas, entalladas por un jean blanco muy ceñido y unas zapatillas bajas de color dorado, me quede embobado cómo nunca al mirar ese culo tan perfecto, imponía respeto solo con mirarlo, desde ese momento solo pensaba que sería una maravilla por lo menos poder tocarlo, (jamás me imaginé que unas horas más tarde lo estaría lamiendo y disfrutando hasta lo más profundo).

    Pero bueno, nunca me ha gustado ser lanzado o grosero con las damas; comencé solo cruzando miradas ocasionalmente, fue algo sencillo debido a que ella estaba totalmente dedicada a llamar a la atención, y vaya que lo lograba hipnotizando a todo aquel que le dirigiera la mirada, a unos les duraba poco el encanto, ya que al ser una Expo donde el objetivo es mirar el mayor número de stands posibles, no podías demorar mucho tiempo en uno solo, todo lo contrario a mi, que tuve que aguantar por horas con erecciones a mil por hora, ella lo notaba porque siempre que cruzábamos miradas bajaba su vista a mi evidente bulto y no se esforzaba en ocultar lo mucho que le divertía mi situación, se mordía los labios y se pronunciaba con movimientos más violentos y seductores.

    Al mediodía mi compañera y yo teníamos la instrucción de ser relevados para comer e ir a despejarnos un poco, cosa que evidentemente no hice, inmediatamente compré un par de sándwiches y un par de botellas de agua con la inocente intención de acercarme a Ori, al llegar nuevamente a su stand la vi tomando un poco de aire, posando los codos en el stand y con la vista ocupada en el móvil, dejando una hermosa vista de sus deliciosos senos y parando su maravillosa cola, sin decir nada puse la botella y el sándwich frente a ella, al levantar su mirada me regaló la más hermosa de sus sonrisas, aunque un poco sorprendida, tome la iniciativa preguntando si igual era su intermedio de descanso, podíamos almorzar juntos, abrió la botella de agua dándole un buen trago y de manera muy dulce me dijo; que me agradecía mucho el detalle pero que su stand cerraría pronto, debido a que la empresa que representaba era solo de entretenimiento no era conveniente usar el horario extendido, que organizaran un pequeño concurso y cerrarían el stand para volver al día siguiente, inmediatamente sus compañeros de stand la llamaron, me dio un beso entre la mejilla y la mitad de los labios, tomo igual el sándwich y se fue con sus compañeros, un poco decepcionado por la aparente derrota me disponía a irme, cuando escuche por los parlantes que las 3 hermosas animadoras, y 1 animador elegirían a 3 caballeros del público y a una dama para participar en un concurso por unos audífonos de gran calidad, al girarme solo por curiosidad a mirar el premio, me encontré con quien en realidad era mi recompensa, estaba Oriana unos centímetros de mi insistiendo que participara con ella, y que si no ganaba el premio ella me agradecería con una cena el detalle del almuerzo, pero si ganábamos el premio, la cena la pagaría yo, era un ganar para mi, debido a que ella sería mi cena de cualquier manera, me anime advirtiéndole que no era muy buen bailarín pero haríamos el esfuerzo, en realidad no estaba totalmente perdido, en mis tiempos de preparatoria trabajaba con uno de mis tíos que tiene un pequeño grupo de música versátil mi función era manejar el camión y cargar los instrumentos, pero mi tía que era la vocalista del grupo me enseñó unos cuantos pasos de baile, entre otras cosas que después les contaré, en fin para no desviarme del relato, sus compañeras al final encontraron parejas.

    Oriana y yo éramos la pareja más joven ya que los demás participantes sin contar a los animadores tenían como mínima edad 40 años, el concurso era por descalificación, la última pareja más ovacionada por el público ganaría el premio, para mi buena suerte la primera canción fue una bachata, Ori y yo poseíamos la ventaja, ser un par de chicos jóvenes que se habían estado calentando toda la mañana con miradas e insinuaciones era un volcán a punto de estallar, comenzamos a bailar muy pegaditos marcando el conteo tradicional de la bachata, yo estaba a mil con ese pedazo de hembra, textualmente unida a mi a un compás de sensualidad, pero para ser sinceros mis intenciones románticas se esfumaron en ese momento, haciendo caso a mi enorme erección ejecutando con devota maestría una vuelta muy sensual, puse mi pelvis contra su espectacular trasero de mi pareja, ella volteó con sobresalto al sentir mi hombría totalmente recargada contra ella buscando un camino y a un compás de una maravillosa simulación coital pero con ropa, no me atrevía a mirarla a los ojos, me imaginaba que aquella lujuria que brillaba en los míos pudiera ponerla incómoda, todo lo contrario a eso, aumentó su respiración casi al grado de agitarse, podría jurar que de su boca salían ligeros y casi inaudibles gemidos, en un movimiento muy hábil de su parte sin necesidad de marcar yo el giro, quedamos frente a frente, el fuego que había en nuestros ojos incendiaba la sensual escena todo el mundo desapareció para nosotros en nuestro cotejo, ella desabrochó dos botones de mi camisa y muy discretamente tratando de no perder el ritmo puso totalmente su rostro en mi pecho y acercó su lengua al grado de probar mi piel que en ese momento ardía de deseo, fue ahí donde supe que sería completamente mía por el tiempo que duró nuestra aventura…

    Amados lectores, este fue mi capítulo piloto tengo lista mi segunda parte donde relato lo que aconteció en el concurso y más tarde en el hotel, pero me gustaría saber si este estilo de escritura es de su agrado, es decir si consideran que soy muy específico (al grado de ser aburrido) puedo modificar un poco el estilo del relato, haciendo menos descripciones y yendo directo a las partes sexuales. Pero si este estilo (totalmente mi personalidad para narrarlo) les está gustando seguiré fiel a ello, me gustaría recibir por lo menos 3 comentarios de ustedes amados lectores, quiero que escribir sea mi pasatiempo exprés entre todas mis ocupaciones pero quiero hacerlo con un estilo que os guste, considero que yo me puedo adaptar, si llegaron hasta acá les agradezco de corazón leerme.

    AR Pendragon

  • Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras

    Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras

    Éste no es un relato al uso. Si alguien busca sexo explícito en él, que no lo lea.

    Sheila echó un último vistazo a su casa haciendo balance de todos esos años y la pesadumbre invadió su ánimo. ¿Había merecido la pena? Recapitulando a posteriori pensó que no.

    Tras ese último repaso, cogió las maletas sabiendo que ya nunca más iba a pisar la que fue su casa y en ese momento de introspección Damián abrió la puerta. Al no esperarlo, el corazón le dio un vuelco, puesto que le avisó de a qué hora pasaría a recoger sus cosas para no encontrarse con él y no tener que pasar por el bochornoso momento de dar absurdas explicaciones. Aun así, se alegró de verle una última vez.

    Los asuntos legales se habían resuelto ante notario. De mutuo acuerdo, la casa se la quedaba él, fingiendo que la decisión era ecuánime, pero, ¿qué era lo justo realmente? ¿Un bien material como pago del dolor, la rabia y la frustración de haber recibido aquel sablazo por la espalda? Sin duda, ambos estaban en desacuerdo en aquella tácita transacción.

    La encontró más delgada. Quizás con cuatros kilos menos, y eran sus mejillas hundidas el mayor indicador de esa pérdida de peso. Pese a ello, seguía encontrándola tan atractiva como siempre. Iba sin maquillar, con unos jeans ajustados, un suéter gris de pico y una cazadora de cuero negra. El cabello suelto le caía como una cascada por su espalda y sus ojos oscuros denotaban su pesadumbre.

    —Hola Sheila, —la saludó intentando contener la mezcla de emociones.

    —Hola, —respondió con frialdad, aunque alegrándose de verle.

    —He oído que te marchas del pueblo.

    —Sí. Es lo mejor, —afirmó.

    —¿Huyendo?

    —Simplemente me alejo de lo que me hace daño. Aquí ya no me ata nada. Es un pueblo pequeño. Todo el mundo me señala con el dedo. No puedo salir a la calle. No puedo trabajar. Me siento como un pájaro al que le falta un ala.

    —Bueno, tú te lo buscaste. No pensaste en el daño que podías hacer tú.

    —¿Has venido a echármelo en cara y a remover la mierda? —se quejó.

    —No, perdona, —se excusó. —No era mi intención. He venido porque necesitaba saber por qué. Nunca respondiste a eso. Hasta ahora no ha habido más que silencio por tu parte. Es tu vida y sé que no tienes por qué darme ninguna explicación, aunque creo que me la merezco, después de todo.

    —¿Qué quieres que te diga? No hay nada que explicar. No sé qué es lo que quieres saber.

    —No he venido a hacerte reproches, y sabe Dios que no es el morbo el que alimenta mi curiosidad. Sólo quiero entender los motivos. No puedo dormir por las noches pensando qué hice mal, o qué fallaba en nuestra relación y qué te motivó a hacerlo, cuando parecía que todo iba bien entre nosotros.

    —No hiciste nada mal, Damián. Fue culpa mía. Ya lo asumí en su momento. Tú llevas la pesada carga de la traición y yo la de la culpa, que aunque no lo creas, no es menos pesada.

    —¿Pero por qué lo hiciste?

    —Supongo que no supe decir que no.

    —No supiste o no quisiste.

    —¿Eso es lo que piensas?

    —Siempre se puede decir que no. Nadie te obligó a hacerlo.

    —Piensa lo que quieras. Sea como fuere, no se pueden cambiar las cosas. Lo hecho, hecho está. Ya he asumido mi parte de culpa.

    —¿Tu parte? ¿Acaso tengo yo que asumir la otra parte? Es eso lo que quiero saber.

    —No, dijo después de haber pensado la respuesta durante tres segundos.

    —¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué me rompiste el corazón? —continuó levantando la voz en un estado inconsolable.

    —Deberías pasar página, Damián. Ya no se puede hacer nada.

    —Para ti todo es muy fácil. ¿Cómo puedes ser tan fría? Ahí estás, impasible e imperturbable como si la cosa no fuese contigo.

    —No lo soy.

    —¡Pues dime algo! —gritó queriendo encontrar algún sentido o alguna respuesta lógica a su absurda situación.

    —¡Sólo te digo que pases página! —volvió a pedirle.

    —Quiero pensar que lo nuestro no fue una farsa. Tendrás tus motivos para hacer lo que hiciste y quiero saberlos. Quiero entenderte.

    —No lo fue. Puedes estar seguro. Es con lo que debes quedarte. Te quise con todo mi corazón. Eso no nos lo quitará nadie, al menos a mí, pero ocurrieron cosas que no supe gestionar. Por mucho que intente explicarte qué pasó no vas a encontrar consuelo de ninguna de las maneras. Lo que te diga te va a soliviantar todavía más, si cabe, y no lo vas a digerir, sólo me vas a juzgar de forma más categórica.

    —Inténtalo, —insistió.

    —¿Por qué crees que toda la culpa recae sobre mí? Y que conste que yo no eludo la parte que me corresponde.

    —Él era mi amigo.

    —Y yo tu mujer.

    —Por eso mismo.

    —¿Quieres saber qué pasó?

    —Precisamente eso es lo que te pregunto.

    —¿Se lo has preguntado a él?

    —No. Te lo pregunto a ti. Él para mí ha dejado de existir.

    —Pues deberías también escuchar su versión.

    —Quiero que seas tú quién me lo explique. No tengo nada que hablar con él.

    —Como quieras, pero antes te diré que tu amigo no era quien parecía ser.

    —¿Y lo eras tú?

    —Todos tenemos trapos sucios que esconder.

    —Habla por ti.

    Sheila calló, respiró hondo y buscó una manera sutil de enfocar los hechos.

    —¿Crees que todo empezó la noche que nos pillaste?

    Damián abrió los ojos expectante.

    —Tres meses antes de eso empezó a rondarme, siempre buscando la oportunidad para cortejarme cuando tú no estabas, y aunque eso no me exime a mí de culpa, no fui yo quien empezó esto. ¿Recuerdas aquel día que se quedó a dormir en casa? Tú tuviste que irte porque te reclamaron del trabajo y como recordarás, también fuiste tú quien insistió en que se quedara.

    —Para que no te quedaras sola, no para que te lo follaras —le cortó.

    —¿Vas a ponerte borde? —se quejó ella.

    Damián calló. Sheila lo miró un instante recelosa y después prosiguió con su relato.

    —Durante ese mes intenté evitarle y no paré de darle evasivas. Quería hablarlo contigo, decirte que estaba acosándome, sin embargo, pensé que al hacerlo empeoraría las cosas. Ese día tú le allanaste el camino. Quizás me pilló en un momento de flojera emocional. No debería haberse quedado…

    —No. Lo que no deberías es habértelo follado, —le interrumpió.

    Sheila le clavó la mirada como si de una daga se tratase, pensando si merecía la pena seguir sincerándose con él.

    —¡Perdona! —volvió a disculparse él, viendo que estaba perdiendo la compostura.

    —No, no te perdono. No paras de interrumpirme para hacerme reproches. Eres tú quien ha venido cuando no deberías haberlo hecho. Eres tú el único que parece estar interesado en tener esta conversación, y eres tú quien quieres saber los morbosos detalles. Pues te diré una cosa. Me folló él a mí, y no al revés. ¿Quieres que siga? —le preguntó alterada.

    —Para el caso es lo mismo, —respondió indignado.

    —No paras de acusarme. Sabía que esta conversación era inútil y que no conducía a ningún lugar. Por eso nunca quise contarte nada.

    —Imbécil de mí. Ahora resulta que estuviste dos meses poniéndome los cuernos. No me lo puedo creer, —aseveró de forma retórica.

    —Pues créetelo.

    —No sabía que te abrías de piernas con esa facilidad, —le dijo finalmente indignado.

    —Yo tampoco, —respondió sin pretender disimularlo y casi convencida de que era cierto, pues tanto lo había oído en las últimas semanas que estaba empezando a creérselo.

    —Que te vaya bien Damián, —dijo mientras cogía las maletas, advirtiendo que la conversación se había tornado demasiado tensa y que, pese a no pretender juzgarla, no había parado de hacerlo, no obstante, era algo con lo que ya contaba. Por otro lado, se alegró de tener la valentía de exteriorizarlo por fin ante él, considerando que en un primer momento no estaba tan segura, pero cada vez estaba más convencida, y eso le estaba sirviendo para alejar sus demonios y convencerse a sí misma de que, aunque determinados actos tenían sus consecuencias, habían sido sus decisiones, para bien o para mal.

    Sheila dejó las maletas en el suelo otra vez y le dio las llaves del piso, y pese a su enfado, le dio un beso en la mejilla. A continuación las cogió de nuevo y se despidió con un adiós, pulsó el botón de llamada del ascensor, esperó a que subiera, y Damián salió al rellano.

    —¿Vas a volver a verle? —preguntó.

    —No es asunto tuyo.

    —¿Eso es un sí?

    —Interprétalo como quieras.

    —Entiendo pues que lo es.

    Sheila lo miró sin afirmarlo, pero tampoco sin desmentirlo.

    —Creo que ya se me han disipado mis dudas, —agregó.

    —Sí, supongo que sí, ¿algún otro veredicto? Porque no has hecho más que juzgarme.

    Damián no quiso cruzar el umbral de la puerta y meterse en casa sin responder a la pregunta.

    —Creía conocerte durante todos estos años, pero me equivocaba. No te conozco en absoluto. O te has convertido de la noche a la mañana en algo que no eras.

    —¿En qué me he convertido? Puedes decirlo, —le retó.

    —En una mujerzuela, y lo malo no es sólo eso, sino que pareces complacida de ello.

    Sheila lo miró, ahora sí, con desprecio, se metió en el ascensor, pulsó el botón de bajada y antes de cerrar se asomó para hacerle una última observación en un tono de indiferencia.

    —Por cierto, Damián, tu amigo folla como los ángeles. ¡Ah!… Una última cosa. Lleva cuidado al entrar, no tropieces con el marco, —le sugirió mientras cerraba la puerta del ascensor.

  • Confidencias de sexo

    Confidencias de sexo

    Una noche de fiesta donde las risas y el alcohol corrían a la par, tres amigas desinhibidas nos contamos experiencias sexuales sin complejos y desnudamos nuestros recuerdos, os traigo tres confidencias, tres recuerdos sexuales, tres relatos uno de cada una de nosotras, situaciones inesperadas, calentones apasionados, amor y sexo. No sabréis que historia pertenece a una u a otra, solo podréis imaginarnos en un relato u otro en vuestros sueños y allí es donde os esperamos, las tres dispuestas a revivir aquellos momentos en los que disfrutamos tanto, pero esta vez contigo, así que sentaros y disfrutar de estas tres historias reales, tres sentimientos que los podríamos firmar cualquiera de nosotras, incluido vosotras.

    1ª Confidencia de sexo

    No importa tú sigue, no te pares ahora.

    Una noche de verano sofocante que ya pasaba con creces la media noche, cuando después de discutir con mi novio cada uno de nosotros se fue por su lado, llevaba toda la noche fijándome en aquel hombre que sin ser guapo, la verdad que tenía algo que me atraía, sabía que me había estado mirando, sabía que si me acercaba a él, muy posiblemente y más por como estaba mi ánimo en aquellos momentos acabaríamos follando, aquella noche estaba dispuesta a todo.

    No lo busque y, sin embargo, nos encontramos, un hola, unos besos en la pista de baile, una música tranquila que nos invita a bailar juntos, a bailar pegados y a partir de ese momento, miradas apasionadas, miradas con deseos, con nuestros cuerpos acariciándose por encima de nuestra ropa muy sutilmente, sin que ni él ni yo podamos controlarlo, un beso suyo en mis labios, sin que yo hiciera ademán por rechazar e inmediatamente un susurro de mis labios en su oído. La unión de nuestras manos, de nuestros cuerpos se deshacía, no así nuestras miradas que según me alejaba de él, le invitaba a que me acompañara a los servicios de la discoteca, una mirada felina, de gata en celo atrapándole sin remedio y una vez atravesada la puerta de los servicios, mis labios esperaban a ser besados apasionadamente.

    Primero fueron sus manos en mi cintura, luego sus caricias y sus besos en mis hombros, sin decirnos nada, pero diciéndolo todo sus manos empezaron acaricias mis pechos, tocándolos, apretándolos y ya, prácticamente encima de mí me hacía retroceder mientras que una de sus manos se posaba como una abeja en la flor, por encima de la falda del vestido corto apretando con sus dedos mi vulva y metiéndome el tanga dentro de mi vagina. Yo no me había quedado corta, porque en ese pequeño espacio de tiempo, en esos pocos pasos que me hizo retroceder, mis manos tocaban su miembro por encima del pantalón quitándole el cinturón, todo hasta llevar a topar con el lavabo donde sentí por primera vez su poderoso pene apretándome la vagina.

    Sus manos en mi culo y con un pequeño impulso me senté en el lavabo abriéndome de piernas, sus manos ya no tocaban vestido, una de ellas disfrutaba de la experiencia de mi tanga mojado y la otra apretándome los pechos, primero uno y luego el otro, llenando su boca con mis pezones, lamiéndolos a la vez que mis gemidos se empezaban a oír apagados eso si, por la música que venía de fuera mis pezones. La parte de arriba de mi vestido descansaba en mi cintura, mis manos en su espalda arañándole por debajo de la camisa y sintiendo los pequeños empujones de sus caderas, dos dedos me hacían gemir al entrar en mi vagina, gemidos apagados por los besos incesantes con nuestras lenguas descontroladas y notando como sus manos agarraban mi tanga y me lo empezaba a bajar por mis muslos hasta que de un tirón rompió uno de los lados, esa fue la señal para despertar realmente a la loba que tenía dentro aletargada porque de un tirón le baje los pantalones y cogiéndole el pene me lo acerque para metérmelo con tanta rapidez que ninguno de los dos esperaba que se metiera tan al fondo, una penetración que nos hizo la los dos gemir, parando de besarnos y solamente mirarnos a los ojos, viendo como la lujuria se había apoderado de los dos.

    Era increíble como entraba y salía su pene de mi vagina, como me penetraba una y otra vez, sin poder parar de gemir, sin poder evitar a pesar de que me tapara la boca, que salieran pequeños gritos cada vez que la metía y apretaba su pene tan dentro de mí. Unas risas nos despertaron de nuestro encuentro sexual, varias chicas un poco cohibidas nos miraban y reían tapándose la boca y los ojos desde la puerta sin atreverse a entrar, la reacción de mi amante fue la de parar.

    – No importa tú sigue, no te pares ahora, ahora no.

    Mis palabras le encendieron más a un sí cabe, hizo que continuara con más brío que antes, hasta estallar los dos en sendos orgasmos increíbles, de esos que se te nublan los ojos y sientes que tu cuerpo te abandona, que tiene vida propia y por su parte el abundante semen que expulso, llenando mi vagina en varias ocasiones junto con los gemidos como los de un oso, me hicieron pensar que el placer había sido mutuo.

    De las chicas nada supimos más, una vez más estábamos solos en el servicio, cinco minutos más tarde los dos nos dirigíamos a la salida de la discoteca, yo con la vagina chorreando semen entre mis muslos y él con un tanga roto en sus manos que ya no me servía, quizás un trofeo de una noche de verano para él, bueno dejemos que sueñe, porque la que realmente se lo follo… fui yo.

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    2ª Confidencia de sexo

    El sitio perfecto, la cocina.

    La regla, esa maldita amiga que nos visita inexorablemente todos los meses, la odias y, sin embargo, cuando no te viene te asustas, pero dejemos de pensar en esta amiga y pensemos en lo que viene cuando ya no está, pues esos días siguientes son increíbles, no hay nada como mantener a dieta a tu chico, unos días de hambre para que después se convierta en verdadero animal, supongo que tanta tensión en sus testículos no es buena y necesitan explotar y valla que si explotan.

    Sabía que llevaba la cuenta, sabía que me espiaba, de seguro que lo saben cuando tienen ganas y aquella mañana lo sabía desde el momento que se acercó a mí por detrás y me beso el cuello, me había abrazado más fuerte de lo habitual, se había acercado a mí apretando su sexo contra mi culo con fuerza y que yo notase la erección que tenía, quería que pensara en él, quería que despidiéramos pronto a nuestra familia que ese domingo habían venido a almorzar y eso me puso tan excitada que antes de comer me cambie de bragas, pero tuvimos que esperar hasta que mi familia se fueran, unos cafés, una tertulia en la que nos comíamos con la mirada y por fin solos.

    Mientras que mi chico los despedía desde el jardín yo aligeraba para recoger la cocina deprisa y vaciar él friega platos, necesitaba estar ocupada, no quería que me viera impaciente, deseosa, aunque sabía que nuevamente mis bragas me iban a delatar, no sé si tardo poco o que yo fui muy lenta, pero me sorprendió lavando una taza que se había quedado olvidada, no le sentí entrar, no note su presencia hasta que me rodeo con sus brazos por mi cintura y sus labios besaban mi cuello, dándome esos pequeños mordiscos que sabe que tanto me gustan y excitan, sus manos subiendo por mi cintura hasta mis pechos hasta ser secuestrados por sus manos apretándomelos con fuerza así, como su cintura apretaba su sexo contra mí y mi sexo contra la encimera del fregadero. Desde la ventana podía ver a mi hermana todavía en la calle mirándome fijamente y diciéndome adiós con la mano, para después meterse en el coche algo ruborizada.

    Mi cuello era la parcela preferida de sus besos, mi sujetador desabrochado y sus manos piel contra piel apretaban mis pechos y pellizcaban mis pezones duros y enormes, no podía hacer gran cosa más que dejarle hacer, con mis manos sobre el fregadero aguantaba los empujones de su cadera, notando lo que tanto deseaba tener, al girar mi cabeza me encontré con sus labios en los míos, nuestras lenguas se abrazaron y bailaron sin parar, mis bragas oliendo al perfume de mujer totalmente empapado de él y sus manos empezaban la peregrinación hasta mis caderas, subiéndome la falda y un poco más abajo apoderarse de mis bragas que me las fue bajando hasta que a la altura de las rodillas y momentos más tarde la gravedad tuvo efecto en ellas para que descansaran en mis tobillos. Sus labios se separaron de mi boca y sentí como dibujaban mi espalda, mi cintura y luego más tarde al notar como pequeños mordiscos en mis glúteos me hicieron abrir un poco mis piernas, deshaciéndome de las bragas por completo.

    Los gemidos empezaron a inundar la cocina en el momento de sentir su lengua atravesar la entrada de mi vagina, como metía su cara entre mis muslos agarrándome con sus manos mis glúteos, mis labios eran su pasión, recorriéndolos de arriba y abajo metiéndolos en su boca, buscando mi clítoris abriéndome más de piernas para que tuviera el acceso más fácil, al igual que mis pechos y mis pezones duros le habían esperado, mi clítoris le esperaba grande y duro, sensible y empapado en su saliva y del flujo que mis labios inundaron su boca, agachaba más y más mi cuerpo, pegando casi mis pechos y mi cara en la encimera sintiendo como su lengua se apropiaba de mí dejarme casi sin el aliento necesario para gemir.

    Unos segundos de calma, unos segundos en los que sus manos y su boca se apartaron de mí, en los que oí como sus pantalones caía al suelo antes de que la tregua terminaba, nuevamente sentía sus manos calientes en mi cintura cogiendo mi vestido y tirando de él hacia arriba hasta sacármelo por la cabeza, observaba por el reflejo del cristal como los dos estábamos desnudos antes de notar como su pene se introducía entre mis muslos buscaban la forma de entrar dentro de mí, estaba tan mojada que cuando su pene dejo de jugar conmigo, metiéndose entre mis labios, deslizándose sobre ellos, empapando su tronco entero mientras su glande hacia amagos de entrar en mi vagina, pero se pasaba de largo atravesando mis muslos, no podía más, sus manos apretaban mis pechos y nuestras bocas se unían alimentándose la una a la otra, mi espalda se arqueaba hacia atrás y ya solo deseaba que me penetrara. Uno y dos empujones con mi mano sujetándole el pene en la entrada de mi vagina, hasta que por fin sin ayuda de más su pene se metía en mi vagina, subiendo por ella, deslizándose tan suave que al llegar al fondo la mantuvo allí dentro un buen rato mientras mi cuello era secuestrado por sus labios, sentía como la sacaba lentamente y como me volvía a llenar, cada vez que un gemido salía de mi era motivado por un pequeño empujón, me penetraba con un ritmo pausado saboreando el momento en que me la metía, ritmo que fue en aumento cada vez más rápido y manteniendo siempre el ritmo de sus embestidas, penetraciones que fueron después más duras y más violentas, convirtiéndose en un verdadero animal metiéndome su polla en mi coño tan mojado y dilatado que no le costaba nada entrar, embestidas tan duras que me la metía hasta el fondo para descansar allí un segundo, sacándola y volviéndola a meter con tanta fuerza que mis pechos bailaban entre sus manos que ahora simplemente los mantenía en sus manos para sentir como le golpeaba con ellos sus manos.

    El ardor en mi estómago, los gemidos y gritos incontrolados, los espasmos en mis piernas con mi boca gritando a ras de la encimera de la cocina hacía que me corriera de tal forma que enseguida hice que él también me llenara con su semen, había valido la pena esperar aquellos días mala, había valido esperar una comida familiar si después el resultado era ese, y el que vino más tarde en el salón de camino a la habitación, y más en nuestra cama otro polvo de igual calidad que los anteriores.

    Más tarde al anochecer, una llamada de mi hermana, con un saludo algo peculiar.

    – Que tal hermanita ¿bien no?

    ___________________

    3ª Confidencia de sexo.

    Aquí no, para, para.

    Era la primera vez que nos íbamos todos juntos, no hacía ni un año que nos conocimos casi todos, el primer año de facultad es un ir y venir de emociones y se había pasado volando, te crees adulta, pero sigues siendo en parte una niña que comete los mismos errores y alguno más. Las clases se habían acabado y las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina, había sido un año que aunque se había pasado enseguida no por ello había dejado de ser duro, muchos días estudiando sin salir, fiestas a las que te invitaban y tú, por esa responsabilidad de ser universitaria, por no defraudar a tus padres los cuales esperaban tanto de ti, no querías ir y decidías quedarte en casa rodeada de libros, pero ese tiempo había terminado, ahora tocaba divertirse.

    Tanto como aquella noche de San Juan, con las hogueras crepitando en la playa rodeadas de gente bebiendo y riendo, aquella era una de las fiestas a las que no podíamos faltar y todos los nuevos amigos quedamos para pasarla juntos. Era una noche calurosa, como hacía años que no recordaba aquellas temperaturas tan altas, la gente ya desde primera hora del día aprovechaba para refrescarse en las aguas cálidas del mediterráneo y nosotras no íbamos a ser menos. Todo un día en la playa, con juegos de cartas, jugando a la pelota o con las típicas raquetas de playa, organizando lo que sería el fin de fiesta montando nuestra hoguera, más grade, más alta que la de los demás y entre trabajo, los juegos, las bebidas y las risas, había miradas entre nosotros, miradas que estuvieron allí durante todo el curso, pero que ninguno de los dos se había atrevido a dar el paso.

    El día seguía su curso, la playa atestada de gente y nosotras nos tomábamos un pequeño descanso mientras los chicos nos miraban desde la orilla, hablábamos entre risas adivinando quien iba a ser el primero que entraría en el agua con nosotras y para ello estábamos desplegando toda nuestra sensualidad jugando en el agua con movimientos de sirena para que los atrajeran hacia nosotras.

    – Que guapa estas. – Fue lo primero que me dijo nada más entrar en el agua, metiéndose en el corro que habíamos formado.

    – Ya era hora joder, anda que no te ha costado. – Espetaba una de mis amigas mientras todas reían y empezaban a correr gritando cuando los demás chicos las empezaron a perseguir.

    – Oye tío, no te prives, dale, dale duro. – Otro de nuestros amigos le gritaba cuando pasaron por nuestro lado, con el puño cerrado dando pequeños golpes al aire con él,

    – Pero, ¿qué quiere decir?, – Preguntaba yo ingenuamente.

    – Nada, no le hagas caso, es un imbécil. – Me contestaba él, mirándome a los ojos y apartándome el pelo de la cara. Fue el primer momento mágico del día, más bien ya de la tarde, cuando sentí como se dirigía a mí con tanto cariño, como rozaba sus dedos apartándome la melena, el roce de sus manos en mis hombros, recuerdo lo nerviosa que estaba, lo nervioso que él estaba y recuerdo muy bien instantes después el primer beso que me dio, desde ese momento ya fuimos inseparables, siempre lo habíamos sido la verdad, pero nunca ninguno de los dos había tomado la decisión de acercarse al otro y mucho menos de besarnos.

    La noche había caído sobre todos nosotros y las hogueras ya estaban medio apagadas, la gente seguía bailando, cantando y riendo en la playa, los ocho amigos estábamos sentados alrededor del fuego cada uno ya emparejado con otro, una noche mágica que a pesar del calor que desprendían los rescoldos aguantábamos rodeando la hoguera a la vez que hablábamos y reíamos, pero era insoportable tanto calor y nos alejamos un poco del resto, sentados en la orilla con las olas mojando nuestros pies hablábamos de proyectos de futuro, de los besos que nunca llegaron hasta ese día. Él me rodeaba con sus brazos, yo me sentía segura abrazada a él y los demás nos miraban con ternura, alejándose más de nosotros dejándonos solos para que pudiéramos decirnos todo aquello que no nos dijimos durante el curso, para recuperar los besos perdidos, para susurrarnos al oído lo mucho que nos queríamos.

    El calor era sofocante incluso allí sentados en la orilla, el calor de las hogueras lo aumentaba aún más, minutos más tarde cogidos de la mano entrábamos en las aguas tranquilas del mediterráneo los dos solos, solos, pero rodeados de un gran bullicio que parecía jalearnos cuando nos empezamos a besar, acariciar en la oscuridad de una noche que era nuestra mayor aliada, la luna, nuestro faro que nos hacía brillar como uno solo, cada vez más al fondo sintiendo el agua ya por encima de mi tripa y cada vez más excitada al sentir sus manos acariciar mis pechos por debajo del bikini, sus labios sobre mi cuello mordiéndomelo con suavidad, sintiendo bajo su bañador como su miembro viril había aumentado de tamaño, como cada vez que nos juntábamos lo tenía cada vez más duro. Me tenía enamorada, embrujada, estaba a merced de sus besos y de sus caricias, notaba mi cuerpo volar, decir si a todo, si a que me amara, si a no me separara jamás de él. Sus manos que seguían bajando por mi vientre, separando la tela de mi braga de mi piel, sintiendo como poco a poco su mano se apoderaba de mi sexo, como poco a poco dejaba entrar el agua de mar tras sus caricias y como despacio, muy despacio se iba apoderando de mí y yo empezaba a acunar a la luna con mis gemidos.

    Mientras que me iba entregando a él miraba por encima de su hombro la playa, veía algunas hogueras aun encendidas, a la gente divirtiéndose en la orilla incluidos nuestros amigos que ahora se preguntaban donde estaríamos, cuando entonces me beso, un beso no como los de antes, un beso lleno de pasión y entonces lo note, note como su mano había apartado mi braga, como sus dedos se apoderaban de mi vagina, me notaba húmeda, no por el agua de la mar, sino de la excitación que me invadía por dentro, mis gemidos se perdían en un inmenso horizonte por detrás de mí y apagados por el griterío de la playa.

    – Aquí no, no para, para – Entre jadeos mis palabras parecían no tener efecto en él, que seguía ahora acariciando mi clítoris, lo deseaba, pero delante de tanta gente no, alguien podría vernos, alguien como nuestros amigos, como mis hermanos que también estaban allí y, sin embargo, no me apartaba de él, no dejaba de acariciarle, de besarle, no hacía nada porque parará.

    – Para, para por favor – De mi boca salían esas pocas palabras huecas y sin convencimiento, de mi cuerpo los besos que no cesaban, los abrazos, las caricias en la espalda y mis piernas que se abrían a él rodeándole.

    Toda resistencia de mi mente terminó cuando le note entrar, cuando su pene atravesaba el portal de mis labios, separándolos y metiéndose en mi vagina, un grito, un gemido de placer me robo en ese instante que no termino hasta que la sentí tan adentro como nos fue posible a los dos, sus manos entonces se apoderaron de mis glúteos, mis piernas se elevaron y entrelazaron más sobre él, como si fuera una culebra mis manos y mis piernas le estrangulaban mientras que él me iba penetrando una y otra vez, subiéndome y bajándome con sus manos. La oscuridad nos ocultaba, las olas y el griterío de la playa ayudaban a ocultar mis gemidos y mis gritos, era algo que había deseado tres días después de conocerle, era algo con lo que había soñado, que me hiciera el amor, algo que nada más salir del agua mis amigas se dieron cuenta de lo que habíamos hecho, mis ojos irradiaban felicidad, los dos cogidos de la mano, pero yo, todavía con él dentro de mí, con su semen saliendo por mi vagina empapando mis bragas.

    Son tres relatos totalmente veraces de cómo pasamos una noche de pasión, cada historia contada en una noche de fiesta, dos de mis mejores amigas me han dado su confianza para contar un relato, el tercero el mío, igual de veraz y sin traicionar su confianza solo os diré que el primero puede ser el mío, como que también el segundo o el tercero, como puede ser de cualquiera de ellas o de cualquiera de vosotras.

  • Fantasía virtual (Parte 2)

    Fantasía virtual (Parte 2)

    Un sonido que no esperaba lo saco a Matías de su sueño. Todavía sin abrir los ojos, manoteo en la mesa de luz y alcanzo su celular, y al prenderlo pudo ver que eran las 2:16 de la mañana. Inmediatamente se volvió a repetir el mismo sonido que lo había despertado, pero esta vez lo reconoció enseguida: era el tono de notificación de Whatsapp que le había asignado a Débora, para saber cuándo le escribiera.

    Se le hizo un nudo en el estómago de la excitación, e inmediatamente se despertó como si le hubieran tirado un baldazo de agua fría en la cara. Había pasado una semana desde que habían hablado por última vez, y si bien sabía que en algún momento le iba a escribir, no esperaba que fuera a las 2 de la mañana y menos de un día de semana. Sin duda era raro.

    Abrió su whatsapp y se encontró efectivamente con los dos mensajes:

    Debora: Hola…

    Hola…. estas??

    Todavía sin salir mucho de su asombro le respondió:

    Matias: hola si… acá estoy! Todo bien?

    Debora: Si, no me podía dormir

    Matias: que paso?

    Debora: no, nada… todo bien. Solo que hace días que me cuesta dormirme.

    Matias: Te preocupa algo?

    DeborA: no, no…. Solo que me quede pensando en algo. En lo que hablamos la otra noche. Te acordas?

    Matias: Si! Estuvo muy divertida la charla! Ajaj

    Debora: si, claro…

    Matias se dio cuenta de para donde iba la conversación y comenzó a hacerse el desentendido, como si no supiera muy bien de que le estaba hablando.

    Matias: Pero entonces en que te quedaste pensando???

    Debora: bueno… no se bien como decirlo. Bueno, ya fue: queres verme?

    Matias: ahora? Son mas de las 2 Debo, no te jode si lo dejamos para mañana?

    Debora: Nooo!! No te estoy diciendo de vernos! Y menos ahora!

    Ya sabes de lo que te hablo: si queres verme… con Juan

    Matias: Vos decis….

    Debora: Si! si queres verme teniendo sexo con Juan! Y no me hagas pensarlo mucho que me puedo arrepentir

    A pesar de que ese siempre había sido el plan de Matías, no podía creer que en ese momento Débora le estuviera diciendo eso y que fuera a pasar realmente. Inmediatamente sintió un fuego en su entrepierna que pronto invadió todo su cuerpo.

    Matias: me encantaría. Creo que nada me excitaría más que ver cómo te cogen!! Pero como vamos a hacer? Le vas a decir a Juan?

    Debora: nooo!!! Vos queres que me mate! Jaja. No se tiene que enterar!

    Matias: y entonces? Como los veo??

    Debora: bueno, justo eso es lo que me mantenía con insomnio estos días: pensar cómo hacerlo!! Y al final se me ocurrió una idea: lo vamos a hacer por videollamada.

    Matías se quedó tildado, tratando de imaginar cómo podría resultar todo eso en la práctica. Mientras tanto Débora le seguía explicando su plan:

    Debora: El viene el fin de semana, y siempre antes de tomarse el taxi para casa me manda un mensaje, apenas baja de la estación. Yo sé que tarda 10 minutos en llegar, así que 5 minutos antes te voy a hacer una videollamada desde la computadora y me voy a quedar conectada

    Voy a tapar con una cinta la luz de la cámara, para que no se dé cuenta, y vos tenes que silenciarte, para que no escuche ningún ruido del otro lado. Me seguís?

    Matías no salía de su asombro. El plan era perfecto y ni siquiera a él se le habría ocurrido una mejor forma de hacerlo.

    Matias: Si, si…. Me parece genial la idea!

    Debora: eso si… no se cuál es tu idea, pero vamos tranquilos. Tampoco esperes ver todo todo la primera vez

    Matias: a que te referís?

    Debora: bueno, para que entiendas te tengo que contar una intimidad: Juan cuando viaja esta siempre rodeado con la gente del trabajo, así que no le da para masturbarse. Suele pasar una o dos semanas sin acabar. Imaginate como viene!!! Es un tambo! jaja

    La primera vez que vino de viaje, apenas abrí la puerta me salto encima y me tiro en el sillón. Estaba alzado! Para cuando me di cuenta me había levantado la pollera y me la estaba chupando como un desesperado, y a los pocos segundos, apenas lubrique un poco y ya me la estaba metiendo!!!

    El problema es que creo que no llego a metérmela tres veces que acabo como un toro en celo! Estuve una semana para sacar las manchas de leche del tapizado! Jaja

    La historia que Débora le estaba contando hizo que Matías se prendiera fuego. No pudo evitar empezar a masturbarse, visualizando cada una de las escenas en su mente. Mientras tanto Débora seguía con su relato:

    Debora: el asunto es que yo ese día me re calente, porque me quede con las ganas!! así que ahora, cada vez que viene de viaje tenemos una costumbre: apenas llega y se acomoda un poco, lo siento en el sillón y se la chupo hasta hacerlo acabar. Así le saco un poco la calentura y ya más tranquilito vamos a la cama y cogemos bien.

    Matías leía y cada vez se sorprendía más: Débora estaba demostrando ser mucho más “guarra” de lo que alguna vez se había imaginado, y esta nueva versión de ella, lo excitaba aún más.

    Matias: guau!!! No puedo creer lo que me contas. No te imaginaba así! Jaja.

    Pero bueno… entonces tu idea como seria?

    Debora: Como te empecé a contar: te hago videollamada, vos silencias todo y me esperas. Yo lo voy a hacer entrar, lo voy a llevar frente a la compu y se la chupo mientras vos me ves. Te gusta la idea?

    Matias: Si claro… no se ni que decir. Estoy demasiado excitado para pensar!!! Jaja

    Debora: bueno… ahora veamos un detalle importante: Donde queres que me acabe?

    Matias: no se… dónde te suele acabar?

    Debora: Por lo general en la boca, pero cuando viene de viaje normalmente en la cara, porque viene re cargado y le gusta dejarme toda enchastrada jaja

    Matias: guau…. Impresionante! En la cara entonces! Jaja Bueno, pero y cuando lo haríamos esto?

    Debora: Juan viene pasado mañana a la tarde, asi que a eso de las 5 de la tarde calculo que te estoy llamando. Estate atento!!!

    Matias: Si, obvio. Voy a estar acá esperando tu mensaje

    Debora: Bueno, ahora que ya me saque esto de la cabeza si me voy a dormir tranquila jaaj. Hablamos en un par de días. Que descanses!!!

    Matias: Vos también, beso!

    Matías cerro el Whatsapp, dejo su celular nuevamente sobre la mesa de luz y apoyo la cabeza en su almohada, pero por supuesto que no descanso: las imágenes de Débora con Juan que creaba en su cabeza no lo dejaron dormir, ni esa noche ni la siguiente. Ni siquiera le interesaba comer, y durante esos días en su mente no había otra cosa que no fuera esperar a que llegara el sábado y Débora lo llamara.