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  • El mejor regalo improvisado para mi amigo

    El mejor regalo improvisado para mi amigo

    Hola a todos, esto paso hace pocas semanas,  un sábado 5 de Febrero, mi colega colombiano cumplía años y cómo apenas tiene amistades me llamo para invitarme a tomar algo dé tranquis por su cumpleaños, para el que ha leído mis anteriores relatos les cuento que él es Luis, el primer chico con el que mi esposa Julia y yo hicimos un trío, así que ya teníamos cierta confianza.

    Sobre las 22:00 horas quedamos en el centro de la ciudad a ver que discoteca iríamos para tomar un par de copas e irnos, porque ese mismo sábado en la noche, mi esposa y yo habíamos quedado con nuestros amigos Leo y Lyn, con los que también habíamos hecho ciertas cosas con ellos, pasadas unas horas entramos en un disco-bar dominicano, y ahí Luis y yo nos calentamos un poco al ver unas cuantas chicas lindas y bonitas, llegada la hora de irnos, nos cogimos un taxi, y mi amigo que se quedaría solo, me decía que le llevara con nosotros, porqué él ya sabía lo que nos montábamos con nuestros amigos Leo y Lyn, yo educadamente le comente que ellos no estaban a favor de meter a otra persona más, así que el taxi le dejo en su casa primero y a mi luego.

    Llegado a casa, mi esposa Julia estaba terminando de prepararse para irnos a casa de Leo y Lyn, estaba con un tanguita rojo de hilo, y con sus tetas grandes a la vista, maquillándose, en ese momento Luis, caliente desde antes, me escribe insistiendo en que le lleváramos con nosotros a casa de nuestros amigos, pero le volví a insistir que otro día, tal vez cuando su novia pueda quedar, podríamos juntarnos las tres parejas, y el a pesar de la negativa me decía que estaba muy caliente, a lo que en un momento dado, le mande una foto de mi esposa Julia desnuda preparándose para irnos, entonces me dijo Luis que si antes de ir a casa de mis amigos, nos pasáramos en la suya, que la quería comer el coño a mi mujer, le encantaba el coño de mi mujer, yo no dije ni si ni que no, porqué tal vez llegaríamos tarde a la cita.

    Al rato de estar mi esposa terminando de prepararse nos llega un mensaje de nuestros amigos que al final no podían quedar en la noche al encontrarse ellos un poco mal, y por precaución por el Covid-19 lo aplazaríamos, en ese momento tuve una idea, ir a casa de Luis sin avisarle y llevarle su regalo, mi mujer, para que se la follara bien rico como él sabe y ella la encanta, a la vez que bajábamos seguía hablando con Luis por mensajes, en ese momento me pregunta si ya estábamos en casa de nuestros amigos, a lo que yo a propósito le dije que si, en realidad estábamos en la puerta de su portal momentos antes de llamar a su timbre.

    Llame a su timbre, me contesto asustado que quién era, le dije que abriese la puerta, sin más, se hizo un silencio y al cabo de unos segundos abre el portal, se percató que éramos nosotros, subimos al primer piso y la puerta de su casa estaba abierta para que según llegáramos Julia y entráramos, ella vestida con una falda que se l salía su enorme culo y un escote que se la salían las tetas tapadas por un abrigo encima, entramos y Luis estaba en el pasillo contento y a la vez nervioso, nos saludó y con una risa nerviosa dijo a Julia que estaba muy bonita, él, desnudo, con su polla enorme y gruesa, ya erecta nos esperaba ansiado, tan solo nos dejó pasar al salón y quitarse ella el abrigo y los dos empezamos a besarla y acariciarla uno por detrás y el otro por delante, mi esposa Julia se puso muy puta enseguida a lo que le agarro el enorme pene ya bien mojado de el, se dispuso a darse la vuelta y de rodillas empezó a comérselo hasta el fondo sin importarla atragantarse, yo me aparté para desnudarme y sentarme en un sillón y observar lo rico que Luis va a follarse a mi esposa Julia que tanto la excita que él se la folle y yo les mire.

    Acto seguido Julia se levantó y el empezo a desnudarla con besos y caricias hasta hacerla tumbarse en el sofá y empezo a besarla intensamente y bajando poco a poco hasta llegar a su rico coño humedo, ella loca de placer pegaba unos enormes gemidos que casi me hacen correrme de verlo y oirlo, ella no aguantó más hasta que le pidió que la penetrara esa enorme polla en ella, quería sentirlo dentro de ella, Luis sin pensarlo, se subió y acto seguido la penetro sin pensarselo dos veces, fuerte e intenso, empezaron a follar y ella lo agarraba de la cintura empujandole hacia dentro de ella pidiéndole más, poco tardó Julia en correrse a chorros y dejarle su ombligo y sofá lleno de sus liquidos, en ese momento se levantó Luis y yo me dispuse a comerla el coño, mientras él la puso en su boca su enorme polla mojada de líquido de ella y semen de el, una vez bien comido y limpito el coño de mi esposa la dije que se le follara rico, a lo que él se sento en el sofá y ella ansiada de su enorme pene se puso encima de el, agarro por detrás de su culo la enorme polla de Luis, la condujo a su coño y se sento encima de el, dando brincos y lanzandose a él a besarlo y gemir como nunca antes, volví a sentarme en el sillon enfrente de ellos, a lo que al rato empece a notar el semen de Luis como iba saliendo por su coño jugoso, mientras seguía dando brincos encima de el, yo no me aguantaba, ellos tampoco, decidí ir a lamerla el chiquito y penetrarla por detrás, inclusive llegue a lamer la enorme polla de Luis al estar comiéndola por detrás a mi esposa, como buen cornudo me encantó probar el sabor mezclado de líquidos de ambos, una vez lamida mi esposa, les pare y acto seguido metiéndole mi gruesa polla por el ano a mi esposa ella gritaba de dolor y de placer, a la vez que sentía la polla de Luis palpitando y ella mojándose, no me aguante y la echamos nuestra leche a la vez en su coño y su culito, ella grito de placer a la vez que nosotros nos corrimos, apoyándose en el su cabeza de lo exhausta que estaba. Y dicho esto, termínanos el polvo ahí, pero la noche siguió… ya os contaré, un beso a todos, a disfrutar del sexo! Que es lo único bueno que nos queda, sexo y amor

  • Manoseada en el transporte público

    Manoseada en el transporte público

    Estaba llegando un poco tarde a mi clase de inglés con lo que odio llegar tarde…

    Veo que el colectivo que tenía que tomar se asoma y me preparo para pararlo. Se acerca a la vereda, subo y saco mi boleto. Iba llenísimo de gente, esto aumentó aún más mi fastidio, me quito la mochila para llevarla en la mano e intento hacerme lugar entre tanta gente.

    Paso entre una mujer y los que imagino son sus hijos, al lado aferrado a un barral había un hombre algo mayor, más adelante varias chicas adolescentes que parecía iban a la escuela y mucha gente más que a juzgar por el horario, estaba yendo a trabajar. Avanzar era casi imposible por lo que iba pidiendo permiso a la vez que empujaba un poco. Me esperaba un viaje de al menos 45 minutos y el fastidio aumentaba cada vez más.

    Llegando casi al final del colectivo decido buscar algún rincón para quedarme y esperar ahí a llegar a mi destino. Quedo de frente a una de las ventanillas y entre la ventanilla y yo la fila de asientos para una sola persona.

    Me puse los auriculares ya que había encontrado el lugar «más cómodo» y puse Amy Winehouse para relajarme un poco.

    Entre arranques y frenadas, curvas y calles en mal estado viajar en colectivo es como subirse a un juego en un parque de atracciones. Las personas que viajamos a diario en el transporte público lo sabemos y estamos algo acostumbradas a empujones o alguna que otra apoyada de algún vivo.

    Yo iba bastante enganchada con las canciones que estaba escuchando y en un momento el colectivero frena algo brusco y por inercia me empujan contra las ventanillas. Me pareció sentir algo más a parte del empujón, pero dado que ya tenía bastante fastidio encima decidí ignorar la cuestión.

    Al rato el colectivero vuelve a realizar una maniobra un poco brusca, aunque menos que la anterior y vuelvo a sentir algo sobre mi cola. Lo sentí de manera intensa y ya me di cuenta de que claramente no había sido inocente la apoyada anterior. Quise reaccionar, pero encontré que entre el enojo por la situación y mi fastidio esa apoyadita me estaba generando algo.

    Me quedé esperando a ver si pasaba algo más y nada. Me quedé un poco desconcertada porque siendo que no me quejé, no me moví del lugar ni nada ¿Qué esperaba la persona que me había apoyado para volver a hacerlo?

    Mi desconcierto no duró mucho, porque al doblar el colectivo en la avenida mi compañero de viaje volvió a aprovechar la situación y esta vez me dio una apoyadita que duró más tiempo y que sentí mucho mejor. Yo llevaba calzas deportivas porque después de mi clase de inglés me iba a entrenar así que la calza hacia todo más interesante y rico.

    Al parecer el muchacho me estaba probando a ver si yo hacía algún berrinche o algo, pero la verdad es que yo me la estaba pasando bien, es más quería que continuara y para hacérselo saber di un paso para atrás y está vez fui yo quien se pegó a él. Él entendiéndome inmediatamente dio un pequeño paso hacia adelante lo cual hizo que quedáramos perfectamente pegados y que nadie lo notara por la cantidad de gente que había en el transporte.

    El mal estado de las calles hizo lo suyo, rebotábamos y en cada rebote sentía la verga empalmada del muchacho tratando de acomodarse entre medio de los cachetes de mi cola. Yo muy a gusto paraba mi cola para que mi caballero disfrutará aún más y para yo sentirlo con más intensidad.

    Estaba incendiada, me ardían los cachetes de la cara, podía imaginar mi cara colorada por la calentura, mis labios rojos y mis ojos brillantes, la situación me calentaba demasiado.

    Pasados unos minutos mi caballero se animó a más y puso la palma de su mano sobre mi cola y comenzó a apretarme suavemente, yo lo dejaba hacer y moría de placer. El morbo de estar en esa situación, rodeados de gente con la adrenalina al mango y el miedo de que nos descubran me estaba excitando a niveles increíbles.

    El continuó amasándome el culo hasta que se encontró con el relieve que formaba mi tanguita sobre la calza, al parecer eso le encantó porque la apoyada que me estaba dando se hizo aún más intensa y sentía como su verga parecía que iba a explotar. Cada vez se soltaba más y empezó a frotarse de a poco contra mi culo y con su mano derecha esta vez me tenía de la cadera, esto hacia que no pudiera moverme y nos estaba enloqueciendo a los dos. Su mano pasaba de la cadera a mi cola y a mi concha por momentos.

    Por momentos yo cerraba los ojos porque no podía creer que me estaba apoyando un hombre que no sé quién era, en un transporte público, a plena luz del día y encima lo estaba disfrutando tanto. Hasta que lo sentí acercarse más, acerco todo su torso y puse la música en pausa, él se dio cuenta y al oído me dijo: «que culo hermoso que tenés, me encantan las putitas como vos». Yo me quedé congelada. No sólo me estaba apoyando un desconocido sino que también me estaba llamando «putita» y esto lejos de molestarme, me dejó al borde del orgasmo.

    Al parecer él lo notó porque empezó a frotarse con más celeridad y con su mano derecha a frotarme la concha. El sentir su verga tan dura y su mano caliente hizo que tuviera un orgasmo riquísimo. Me mordí los labios para no gemir y me contuve de hacer cualquier cosa que nos delatara. Fue un orgasmo silencioso por fuera, pero por dentro ardía en llamas.

    Mi caballero me puso en la mano un papel con un número y su nombre y yo lo guardé en mi mochila. Ya tenía que bajarme por lo que decidí esperar a estar lo más cerca de la parada de colectivo posible para recién tocar el timbre y bajar ya que me moría de vergüenza por la situación que había vivido, sentía que todos me miraban y que se habían dado cuenta, aunque pensándolo en frío no creo que alguien lo haya notado.

    Espero que les haya gustado esta experiencia y que me dejen su comentario.

    También pueden escribirme a mi mail

    [email protected]

  • La mazmorra

    La mazmorra

    Se oían pasos fuera de aquel salón,  se abrió la puerta y varias personas encapuchadas entraron, 10 en total, los llantos eran más intensos, el que parecía ser el líder dijo en voz alta:

    Líder: Aquí tienen a sus presas que han escogido

    Líder: reconozcan a sus esclavos y disfruten esta semana de placer carnal en la mazamorra

    Líder: son libres de usarlos como quieran

    Cada uno de ellos fue a reconocer a la víctima que habían traído, a mí se acercó una mujer, recorrió con sus manos mis muslos hasta me pecho, me toco el bóxer y apretó mi pene y me dijo:

    Secuestradora: Espero que tu amiguito no me decepcione

    Secuestradora: eras la mejor opción bastardo

    Secuestradora. Si quieres salir vivo, tendrás que complacerme

    Secuestradora: por cierto, soy muy exigente y espero que toleres el dolor físico maltrato perro llorón.

    Cada uno de los secuestradores se llevaba a su presa a su cuarto de tortura, muchas cosas pasaban por mi cabeza, después del discurso del quien parecía ser el líder, tenía entendido que estaría en ese lugar al menos una semana, mi mejor opción era ser sumiso a mi secuestradora, pero no sabía cómo.

    Aquella mujer me seguía manoseando, mientras veía como un hombre se llevaba a Natalia, cuando ella intentaba luchar, el hombre el tomo de los pies y la arrastro a su tortura, Natalia logro verme y solo emitía llantos:

    -Natalia: Mmmfff!!!

    Yo y esa mujer habíamos quedado al final, al darse cuenta de eso me dejo de manosear y me dijo:

    -Secuestradora: ayyy! Me deje llevar

    -secuestradora: ya se fueron todos

    -Secuestradora: mejor me apresuro, tengo tantas cosas en mente que no se por dónde empezar contigo

    Tiro las cadenas y me bajo, luego me tomo por los pies atados y me arrastro hacia el cuarto, mientras me arrastraba, pasamos por varias puertas en donde se escuchaban gritos de desesperación y autoridad:

    Chica: ¡POR FAVORRR DEJEME IR!

    Secuestrador: Calla zorra, serás mi esclava hasta que yo diga

    En otra habitación

    Chico: Por favor déjeme ir

    Secuestradora: Parece que esas bolas que tienes ahí son de adorno

    Llegamos, ella cerró la puerta, en aquella habitación había varias cosas, como una silla con varios cinturones, un soporte X y lo que parecía ser la restructura de un columpio, entre otras cosas que no conocía, me llevo al columpio, me levando y me dio las siguientes ordenes:

    Secuestradora: Cuando estés sin mordaza me llamaras AMA, solo cuando te diga que hables

    Secuestradora: tu dolor y sufrimiento dependerá mi humor y de cómo me obedezcas

    Secuestradora: no quiero escuchar tus quejas y lloriqueos a no ser que te diga

    Secuestradora: asiente con la cabeza si entendiste perro

    Asentí con la cabeza, luego me dio otra orden, después de subirme a una silla:

    Ama: Ahora agacha solo el torso

    Ama: ni se te ocurra moverte bastardo

    Me agache, ella fue por unas cuerdas y comenzó a atarme para que yo quedase suspendido del torso, ella pateo bruscamente la silla, mientras estaba colgando, me quito con rapidez el bóxer que tenía, como instinto di unas pataletas y grite un poco, solo empeore las cosas:

    Ama: Te dije que no quiero escuchar tus quejidos

    Ella al quitarme la ropa interior, me había dejado vulnerable ante sus próximos abusos, tomo una vara delgada y comenzó a azotarme con fuerza mientras me insultaba por haberla desobedecido:

    Ama: te dije (azote) hijo de puta (azote) que (azote) te (azote) quedaras quiero (azote)

    Yo: aaa!!! mmm!!! gggg!!! mmmm

    Ella me azotaba el culo y mis piernas desnudas que colgaban tenía delante suyo

    Ama: Apenas empezamos y ya me desobedeciste, bueno tendremos una semana para corregir eso

    Mis piernas empezaron a temblar de los nervios y dolor, ella tomo mis pies y los ato al soporte del columpio, luego ato unas pequeñas pesas a mis genitales, parecían livianas a simple vista, pero eran completamente pesadas y me hacían sentir un dolor insoportable y estaba ahí completamente sometido.

    Ama: ¿Qué?

    Ama: ¿esas pequeñas pesas te molestan?

    Ama: que pena, no es problema mío (azote)

    Después de estar mucho tiempo con esa mordaza de bola y luego de esos azotes comenzó a babear, mi ama vio esto y se molesto

    Ama: Animal asqueroso (Azote)

    Ama: Acaban (Azote) de limpiar (Azote) este lugar (Azote)

    Yo: mmm! Aaaa!

    Tenía algo de calambres, mi entonces ama fue a buscar algo, no podía ver que, solo me decía

    Ama: ahora vas a sentir un castigo ejemplar

    Ama: tu culo está listo para ser mío

    Continúo azotándome por unos minutos, mientras más me azotaba más sentía que me ardía el culo y más babeaba por los gritos, ella noto eso tomo un balde con agua fría y me lo hecho:

    Ama: para que veas que te quiero limpio

    Ama: fue buen comienzo

    Ama: al menos no lloraste como el ultimo bastardo al que torture

    Ama: veremos si mañana lloras

    Mientras ella me hablaba movió un espejo al frente mío y se fue, estuve horas así, no sentía mis piernas y genitales, tenía un calambre infernal, me veía al espejo y no me veía a mí, veía a un animal que estaba sufriendo y aun su calvario no terminaba, mientras pasan las horas, los gritos y ruidos de los demás cuartos fueron disminuyendo, me resulto imposible soltarme, en uno de esos intentos orine un poco, las pesas hicieron que no lo sintiera.

    Al día siguiente, se empezaron a escuchar gritos otra vez, mi ama no había entrado todavía, mientras estaba aterrado de lo que me tocaría hoy, de repente escuche unos pasos cerca a la puerta, era ella, se detuvo cerca mío un momento.

    Ama: maltado cerdo.

    Ama: ahora aprenderás que odio que mis esclavos orinen cuando sufren

    Ama: ahora vamos a corregir eso

    Ella tomo un electroshock y me electrocuto, me dejo aturdido, ella me estaba desatando de la suspensión en la que estaba, me desato los brazos y comenzó a atarme a la X que estaba en la habitación, me puso pinzas en los genitales, en los muslos, axilas, y partes sensibles de mi cuerpo, ella inclino la X un poco y me puso unos cables en mis pezones y genitales.

    Ama: veremos cuanto resistes el dolor

    Ama: si unas de esas pinzas caen, más va a ser el tiempo que sufras

    Escuché encender un aparato y sentí a electricidad en mi cuerpo,

    Yo: mmmfff aaa!

    Ama; Aguanta bastardo

    Inconscientemente me movía como loco, cayeron unos cuantos, mi ama se molestó mas

    Ama: Aguanta llorón de mierda

    Ama: ya hiciste caer varias pinzas

    Me las volvió a colocar y por un largo rato se puso a electrocutarme en momentos aleatorios, otros momentos me manoseaba mientras estaba aturdido, en uno de esos momentos ella empezó a jalarme el pene para que eyacule.

    Ama: tu ama quiere tu néctar

    Ama; Para eso estas aquí

    Creo que eyacule varias veces, si no lo hacia ella me electrocutaba, ella salió por un momento y dejo el aparto que me electrocutaba programado para darme toques cada cierto tiempo

    Ama: si veo una sola pinza en el suelo

    Ama: mañana tu castigo será peor

    Ella salió por unas horas, cada 5 minutos creo, el aparato me daba toques eléctricos, de tantos toques estaba bastante mareado, no había comido desde que salí de casa, así que era algo obvio que este débil, para mi mala suerte se me cayeron 2 pinzas, cuando mi ama entro solo miro al suelo, mientras me quitaba los cables que me dieron toques me decía:

    Ama: bueno al parecer tu castigo será peor mañana

    Ama: espero que sepas aguantar la respiración

    Me puso las dos pinzas que se cayeron y cambiaba de lugar las otras, la note un poco cansada y algo amable:

    Ama: Al menos tú no te pusiste a llorar como el esclavo anterior

    Ama: o como las chicas y algunos chicos que están aquí ahora

    Ama: empiezo a creer que te gusta esto

    Ella me dejo en la X y se fue, y pues tal vez ella tenía razón, si bien al principio estaba aterrado, a la vez sentía algo de placer y cuando empezó a estar con mi ama el placer aumento un poco más. Al día siguiente ella me soltó las piernas, y las ato juntas, luego me soltó los brazos y manos y me las ato a la espalda, y me arrastro hacia la estructura de columpio y me colgó otra vez de pies boca abajo, me quito la mordaza de bola y me dijo:

    Ama: intenta gritar bastardo, nadie te oirá

    Ama: Si me cumples el castigo tal vez tengas una recompensa

    Ella salió, me dejo colgado, por instinto quería gritar, pero era consciente de que era inútil, los otros chicos y chicas seguían gritando a diario y nadie los oía, cuando ella volvió puso un recipiente bajo mi cabeza y lo lleno de agua.

    Ama: Es la primera vez que hago este tipo de tortura

    Ama: no te pongas a llorar o será peor

    Ella sin aviso me bajo y me dejo unos segundos la cabeza en el agua, mientras intentaba aguantar la respiración, por instinto intentaba patalear, pero me agitaba más, después de eso me levanto y se dirigió hacia a mí.

    Ama: vamos a probar que tan obediente eres

    Ella coloco una marca en el recipiente de cristal

    Ama: si el agua queda por debajo después de esta hora

    Ama: tendrás otro castigo mañana,

    Ama: pero si cumples tendrás un incentivo

    Me volvió a meter al agua, contuve la respiración como 1 o dos minutos y me levanto, de ahí, la tortura era así básicamente, por momentos me dejaba por varios minutos en el agua y ella se iba al frente del recipiente de cristal y me tomaba fotos, se me hacía demasiado difícil no salpicar agua, las piernas me temblaban, en ocasiones no tomaba el suficiente aire y en el agua no aguantaba mucho o gritaba por instinto, después más de una hora, logre cumplir el reto de mi ama, ella me miro y me dijo:

    Ama: Bien esclavo, cumpliste

    Ama: resultaste ser el mejor esclavo que tuve hasta ahora

    Ella me hecho toda el agua del recipiente a mi cuerpo desnudo, me manoseo un poco y me decía:

    Ama: tendrás que estar limpio para tu recompensa

    Ama: te daré una pista por ser un buen esclavo

    Amo: estas dos últimas noches no dormirás solo

    Salió, del cuarto, y me dejo colgado otra vez, pensaba a que se podría referir con eso, tenía varias posibilidades, una de ellas era que mi ama me llevaría a dormir u obligarme a coger con ella, otra era que me haga una especie de tortura de pareja con alguno de los otros chicos, después de una media hora ella entro al cuarto con un trapo y una botella pequeña.

    Ama: bien hora de dormir

    Yo: queem mmmm!!!

    Me puso el trapo en mi nariz hasta que pierda la conciencia, estuve un buen rato inconsciente, supongo que era que estaba bastante agotado por los 3 días seguidos de tortura, solo oía y sentía algunas cosas.

    Cuando recobre un poco de conciencia no podía moverme, ni ver nada y note algo extraño como si alguien estuviese encima mío, intente moverme un poco, me di cuenta que estaba envuelto con cinta, cuando intente mover mis manos sentí que estaba sosteniendo algo suave, me moví un poco más, y escuche unos gemidos femeninos

    Chica: mmm mmmff

    No podía ver quien era, ella empezó a moverse más bruscamente, y sentía su cuerpo sobre el mío, ambos estábamos desnudos, sentía que nuestras zonas intimas estaban frente a frente, mis manos estaban pegadas a las nalgas de esa chica, y las suyas en las mías, comenzamos a movernos para intentar liberarnos.

    Chica: mmmm mmm fff

    Yo: mmm ffffffff mmm

    Mientras más nos movíamos, menos podía controlar la erección que me provocaban los movimientos de esa chica, ella sintió eso y se dejó de mover, aparte intentaba quejar de eso, sentí que ella soltó un líquido de su vagina, intentábamos comunicarnos

    Yo: mmmm

    Natalia: mmmfmfmf

    Escuchándola mas atentamente me dio la sensación que era Natalia, quien estaba encima mío. Cuando mi ama entro nos desenvolvió, a mi me ato las extremidades en la cama del cuarto y luego a la chica la puso de rodillas, dejando nuestras zonas intimas muy cerca una de la otra, le quito la cinta de los ojos a ella primero, y luego ama, y si, era Natalia, estaba atada de rodillas sobre mis zonas intimas, amordazada y sus brazos atados en la espalda haciendo que las puntas de sus dedos toquen su nuca, Natalia y yo nos veíamos aterrados, mientras nuestra ama nos colocaba cables en zonas sensibles a ambos. Veía que Natalia traía marcas de azotes en si cuerpo como yo.

    Continuará en “El Calvario de Natalia”.

  • Festejo de cumpleaños

    Festejo de cumpleaños

    Cuando leí la tercera parte del relato  “¿Qué será amor y qué lujuria?”, en el cual se aclaraba que era ficción, y contaba cómo la pasó un fin de semana una señora en compañía de su amante y su esposo, en casa, invitado por el matrimonio con el fin expreso de cogérsela juntos, me emocioné por la manera en la que estaba contada. Al terminar la lectura, lo primero que pensé fue “¡Qué fantasía ni nada! Éstas son buenas ideas para llevarlas a la realidad”. Pues sentí lo mismo que cuando terminé de leer el relato «Tumulto» que escribió Ber y el cual fue motivo de que llevara a la acción algo similar, lo cual hice y conté cómo festejé mis “Bodas de Oro”.

    Esta vez no quería a todas mis parejas juntas. Quería una noche con mi marido y uno cualquiera de mis otros amores. Saúl, mi marido, aún me debía mi regalo de cumpleaños, el cual estaba en suspenso porque yo le había dicho qué pensaría en un buen regalo y después le diría, pero al leer el relato que mencioné y me calentó, supe qué le pediría a Saúl. Por la facilidad de comunicación y transporte, el macho elegido fue Eduardo, el macho más antiguo y vergudo que tengo, de quienes viven aún.

    Para quienes no conocen mi historia, ya de 72 años cumplidos, la cual relaté en la saga “Ninfomanía e infidelidad”, les diré que fui ninfómana y, al final, el amor triunfó: me quedé con un cornudo consentidor a quienes lo asisten varios machos para que yo sea feliz.

    –Ya sé qué quiero de festejo para mi cumpleaños –le dije a Saúl una mañana poco antes de que él saliera a entregar un trabajo a la editorial de Eduardo.

    –Dime. Espero que me alcance, y si no, por ti soy capaz de endeudarme –contestó con mucha seguridad.

    –Quiero que me hagas el amor

    –¡Con gusto, mi Nena! Entiendo el asunto, sigues creyendo que yo sólo te cojo y que los otros sí te hacen el amor –dijo volcando su ternura en besos y abrazándome con delicadeza

    –Sí me haces el amor, al igual que los demás, quienes también me cogen desaforadamente cuando están muy calientes –dije, aceptando que todos me trataban igual de bien–, pero quiero que hagamos el amor junto con Eduardo –concluí mirándolo a los ojos.

    –¡Guau, otra vez como hace muchos años! –dijo relamiéndose, seguramente acordándose de Adriana, la esposa de Eduardo (relato contado en “Quiero hacer un gato”), a quien se cogió y seguro que embarazó aquella vez, hace ya más de un cuarto de siglo.

    –¡No, sin Adriana!, quiero un festejo para mí, no para ti. ¡Qué chistosito, quieres cogerte a tu comadre casi veinte años menor! –reclamé enojada poniéndole un alto.

    –Está bien, ya la festejaré a ella en otra ocasión, con marido o sola… –aceptó para no contrariarme, pero dejándome ver que yo debería ser justa.

    –Sí, me pongo celosa sin tener cara para ello, pero quiero ese regalo –expliqué acompañada de un gesto de puchero.

    –Bien, ¿cuándo será eso?

    –No lo sé, propónselo a Eduardo y acuérdenlo mientras juegan billar, pues no te creo que vas sólo a entregar un trabajo que seguramente ya enviaste a tu ahijada por el correo electrónico –dije y él se rio, asintiendo con la cabeza.

    –Por lo visto, él no sabe que lo quieres desenvuelto para regalo… –dijo moviendo negativamente la cabeza.

    –No, enterarlo y convencerlo también es parte tuya, si me quieres festejar….

    Volvió a sonreír, me besó muy rico mientras que levantó mi falda y, haciendo a un lado la pantaleta, me metió un dedo en la pepa que se me empezó a inundar con el mimo tan romántico. Al terminar de besarme, sonriendo, se lamió el dedo reluciente de baba y dijo “¡Rico!”, antes de salir.

    Cuando regresó le pregunté sobre lo que habían acordado. “No es tan fácil sin Adriana, pero sí conmigo, una noche. Lo meterías en problemas”, me señaló. Yo me entristecí y Saúl continuó hablando.

    –Le dije que le hablara con franqueza a su mujer, ya que ella sí lo deja cogerte con frecuencia, pero esta vez se trataba de festejar tu cumpleaños y le precisara que “después, si ella quisiera, se lo festejamos nosotros”, contigo o sin ti.

    –¡Qué chistositos! –dije enojada, pero suponiendo que podría ser una broma, ¿o no?

    A los pocos días me habló Eduardo y, después de los intercambios de saludos, me preguntó “¿Qué día quieres tu festejo?” Me quedé pensando en que quizá podría haber problemas.

    –Cuando no te cause problema con Adriana –contesté.

    –Ella no se opone, pero me echó en cara que te estás volviendo más promiscua ya que antes te los echabas de uno en uno, a veces tres el mismo día, pero nunca juntos. –dijo citando las palabras que yo decía hace muchos años ante los reclamos de mis amores.

    –¿Ella supo que estuvimos en tu casa festejando mis Bodas de Oro? –pregunté, a sabiendas que seguramente Eduardo se lo contó.

    –¡Claro!, ella misma aceptó ir a la casa de su hermana para pasar con ella el fin de semana en San Juan del Río esa vez para no importunar y dejó instrucciones a la servidumbre sobre cómo preparar lo necesario de viandas y hacer mutis cuando yo se los indicara. Por eso, esta vez hizo el comentario sobre la promiscuidad.

    –¿Entonces está de acuerdo en que duermas acá esa noche? –pregunté.

    –Sí, aunque no le pareció la idea de no participar…

    –¡Qué celosa! –exclamé pensando en que me tiro a su marido y no se opone, porque ese fue parte del acuerdo que ella tuvo con Eduardo para que éste aceptara casarse, pero entonces me “cayó el veinte” y entendí que ella desea a Saúl, y que quizá mi esposo le corresponda…

    –Sí, ya lo sabes, y no creo que se deba a mí. Pero le dije que, si ella quería podía invitar a alguien para que yo la festejara también así –comentó y recordé que esa era la propuesta que le dijo Saúl a Eduardo–, y la descarada me preguntó “¿Puede ser con alguien de mi edad o más joven?”

    –¡Zape! ¡Desvergonzada! ¡Tiene a alguien más y tú no lo sabes! –exclamé airada de que la “mosquita muerta” fuera tan puta.

    –¡Ja, ja, ja! ¿Y qué, si lo tiene? La menos indicada para juzgarla eres tú –me dijo burlonamente.

    –… –me tapó la boca y los pensamientos.

    –¿Hola? ¿Aún estás ahí? –me preguntó varias veces y solté un quejido, porque me sentía herida, antes de colgar.

    En lugar de pensar en lo que me estaba ocurriendo, vinieron a mi mente escenas de amor que viví con Eduardo, eran de tal intensidad que volví a sentir el miedo de que Saúl descubriera la profundidad de mi relación, así como se me estaba revelando a mí. No me di cuenta que Saúl estaba a mis espaldas escuchando mi conversación. Lo supe porque me miró con esa mirada que vacía su ser dentro de mí a través de mis ojos; me abrazó con ternura y me dio un beso apaciguador en la frente. Lo abracé fuerte y a gritos empecé a llorar. Quedé dormida en sus brazos. Me recostó y salió de la recámara, cerrando la puerta. No cabía duda de que mi marido sí entendía mi confusión…

    Más tarde sonó el celular de Saúl. Él se encontraba en su estudio, con la puerta abierta. Me levanté y, sin hacer ruido, salí de la recámara para escuchar con quien hablaba. Sólo escuché una carcajada antes de que él dijera “¡Ah qué Adriana! Sí, sé qué pasó, no te preocupes, ya se repondrá” y las palabras de despedida. Era Eduardo, ¿quién más?

    –¿Qué te dijo? –le pregunté a Saúl.

    –¿Ya estás bien, mi Nena? –preguntó sin contestarme.

    –Sí, ya estoy bien, pero quiero saber qué te dijo Eduardo –insistí.

    –Me contó lo que había pasado con Adriana y lo que él te contestó. Para no aumentar su preocupación por tu comportamiento, le dije que no se preocupara.

    –No entiendo que pasó…

    –Que su comentario te traumó severamente, pero no lo hizo con mala intención y que lo de Adriana se trata de un asunto lúdico entre ellos dos, en el cual no debemos meternos.

    –¿Lúdico? ¿Te parece un juego que esa puta tenga a otro? –le grité y Saúl se atacó de la risa –¡¿Por qué te ríes?! –le grité aún más fuerte y me quité la sandalia para golpearlo, pero eso sólo aumentó el volumen e intensidad de sus carcajadas, hasta que me detuvo de las muñecas.

    –Cálmate, Nena, te voy a contar lo que te pasa… –dijo calmadamente, pero su rostro continuaba con una sonrisa hiriente.

    –Uno de tus más severos problemas es lo posesiva que eres. ¡Eso lo he vivido en carne propia! Sólo que esta vez fueron Adriana y Eduardo el centro de tu ira, a ambos los amas, cada uno a su manera, pero para ti y para nadie más.

    Continuó señalándome mis momentos de celos y todo lo que decía caía en una explicación muy racional de algo que yo entendía cabalmente, pero que me resultaba imposible de controlar. Ya calmada completamente, me saqué una de las tetas y se la ofrecí.

    –Ten. Gracias por explicarme y por permanecer a mi lado soportando mis enfermedades y contradicciones. No creo que alguno de los otros lo hubiese resistido tanto tiempo, pues por mucho amor que me tuviera no tienen la inteligencia –le confesé mi admiración mientras él me mamaba y me iba quitando la ropa.

    Después fue mi raja la que gozó con su lengua hasta sacarme lágrimas de felicidad en un tren de orgasmos que me dejó noqueada. Cuando desperté, repuesta de las dos experiencias fuertes, mala una y deliciosa la otra, yo estaba en la cama. Al rato se asomó Saúl llevándome una taza de café y unos panecillos de los que más me gustan.

    –¿Qué día quieres tu festejo? –me preguntó, dejándome claro que no se había cancelado.

    –Lo bueno es que Adriana no quiere que lo pagues tú…

    –¿Tú qué sabes? y, además, no es asunto tuyo cómo hemos de pagar Eduardo y yo tu fiesta –dijo y me quedó claro que podrían ser ambos, y alguien más, en una noche para ella.

    –Tienes razón –dije resignada–. Este sábado los quiero a los dos para que me amen al mismo tiempo –precisé–. También los quiero rasurados del sexo. Yo te rasuraré a ti y pregúntale a Eduardo si viene para que lo rasure o él lo hace en su casa.

    Saúl asintió con un beso y después, mostrándome su vega enhiesta me preguntó “¿Quieres hacerlo de una vez y practicamos un poco?”

    Toda la mañana del sábado, Saúl y yo, ayudados por mi hija y mi nieta, estuvimos preparando la cena y los bocadillos para la reunión. Después de la comida, mi hija se retiró diciendo “Me saludan a sus compadres”. En la tarde, llegó Eduardo con unas botellas de vino, un ramo de flores y un regalo. No pude evitar agradecerlo con un beso, acompañado de mutuos magreos que duró el tiempo que tardó Saúl en colocar las flores en el florero y a éste en el centro de la mesa.

    Senté a Eduardo en el sillón y yo me senté en sus piernas.

    –Perdona que me siente yo aquí, pero… –le dije a Saúl señalándole el sofá para que él se sentara allí.

    –Sí, ya me di cuenta cómo le creció el pene a Eduardo con tus caricias, ni modo que desperdicies ese regazo –me dijo Saúl, extendiéndome el regalo.

    Fue entonces que leí la tarjeta y supe que era de Adriana: “¡Feliz cumpleaños, comadre! (aunque sea sólo para iniciar el festejo y después no sepas dónde quedó)” Me dio curiosidad y lo abrí viendo un envoltorio en papel seda que tenía escrito “Está nuevo, pero ya está lavado para usarse”. Lo abrí y era un juego de lencería color vino, hermosísimo y tan fino como el que me regaló la hermana de Joel (que relaté en “El arquitecto”). El dato me obligó a recordar el amanecer del festejo en mis Bodas de Oro con ropa nueva y limpia. Supe entonces que fue ella quien cuidó ese detalle y no Eduardo, como lo había creído yo. “Adriana sí merece que la festejen como ella quiera”, me dije. Sonriendo, les mostré el regalo y de inmediato comenzaron a gritar “¡Que se lo ponga, que se lo ponga!”. “Sí, pero mientras yo me lo pongo, ustedes sirvan el vino”, dije poniéndome de pie para ir a cambiarme a la recámara.

    –¿A dónde crees que vas? –dijo Eduardo deteniéndome de la mano–. Aquí te desvistes.

    –Sí, mi compadre tiene razón, además lo harás al ritmo de la música –dijo Saúl cambiando el ritmo al aparato de sonido.

    Al escuchar la música, volví a recordar a Joel y cómo bailé para él quitándome la ropa. Lo recordé desnudo con la verga sumamente tiesa y quise revivir la escena por lo que les advertí que mi estriptís comenzaría cuando ellos estuvieran encuerados. No pasó ni un minuto cuando ya estaban desnudos y con su copa de vino en la mano. Recreé el baile sensual que recordaba haberle hecho a Joel y me despojé una a una las prendas; cuando me quité el sostén se lo lancé a Eduardo en la cara, quien después de olerlo y besarlo con cariño se lo puso amarrado en la cabeza, como sombrero. Al quitarme los zapatos, me agaché haciendo oscilar mis chiches en cada uno. Cuando por fin salió la tanga, después de unos pases provocativos, la besé y se la lancé al rostro a Saúl quien gritó “¡A esta hermosa Nena le gusta aventarles el calzón a todos! ¡La amo así!” y terminando de hablar se lanzó a chuparme la raja, que yo también me había rasurado. Eduardo, por su parte, se apoderó de mis tetas y pegándolas mamó juntos ambos pezones.

    –¡Calma! –grité separándolos de mí como pude– Recuerden que me voy a poner el regalo de mi comadre, “aunque sea sólo para iniciar el festejo y al rato no sepa ni dónde quedó” –concluí repitiendo lo que decía la tarjeta del regalo.

    Se volvieron a sentar, con los pitos crecidos y babeantes, deslizando sus manos por sus respectivos troncos. Volví a bailar provocativamente, estirando mis labios interiores, acercándolos a sus glandes para humedecerme aún más con su presemen y me puse la tanga. después bailoteé las tetas y las fui cubriendo con el sostén; por último, en unos pases como si manipulara una capa, me puse el neglillé para concluir mi baile con el fin de la música. Vinieron los aplausos y los abrazos, metiendo mano donde podían. “¡Qué hermosa hembra!”, dijo Eduardo tomando una teta en cada mano. “Ni Tongolele nos la hubiera podido parar así”, exclamó Saúl golpeándome con su verga la cicatriz de la cesárea que tengo en el vientre. Y sí, bien decía mi comadre, no supe dónde quedó mi ropa, ya saldría a la mañana siguiente…

    Tomamos el vino de muchas maneras, pero siempre resbalando de nuestros cuerpos. Después, Saúl y Eduardo sentados juntos, y yo sobre ellos, acabamos con la botella: yo tomaba un trago con el que hacía un buche y se lo vaciaba en la boca a ellos de manera alternada, y ellos, cuando no les correspondía trago, chupaban el pezón que les quedaba cerca.

    –Ya chuparon mucho, ahora yo quiero chupar mis paletas –dije y los agarré del pene. Los junté y comencé a mamar uno a uno, luego junté sus glandes, y los recorrí con la lengua, les tallé uno contra otro, tal como lo había hecho en mis Bodas de Oro, y me calenté mucho viendo sus caras con los ojos cerrados disfrutando el roce de sus capullos. Luego Tomando ambos troncos juntos y con ambas manos los masturbé con lentitud, ahora bajando y subiendo sus pellejos o frotándolos entre mis manos como se hace con el molinillo para darle vueltas y mis amores seguían arrechos, con cara de putos, sintiéndose uno con el otro. Sin dejar de manipular ambos penes juntos, bajé mi lengua recorriendo el pubis rasurado y liso de Eduardo, llegué al testículo que me quedaba cerca y jugando al mete y saca, saboreé el ovoide. Después hice lo mismo con Saúl. Ellos seguían en éxtasis. Como pude, me metí entre sus piernas para tener las cuatro bolas sobre mi cara y las lamí. Ellos, al no poder separarse, porque yo seguía con los movimientos masturbatorios donde las manos juntaban y friccionaban un pene contra el otro, no les quedó más que apoyarse uno en los brazos del otro, pero sin abrir los ojos abandonándose a las sensaciones… “¡Putos!”, exclamé cuando los solté y me quedaron las manos mojadas de los líquidos que ellos soltaron facilitando mi trabajo de amor.

    –Ahora, quiero ver qué tanto pueden controlarse: Cójanme juntos como la vez anterior, ambos por la vagina, pero sin venirse, hagan que me venga yo hasta que les escurra mi flujo en sus huevos –les pedí, deseando que no eyacularan al sentir sus penes acariciándose, a fin de que duraran más tiempo para mi disfrute.

    Eduardo se colocó detrás, con su brazo izquierdo rodeó mi cuerpo y se agarró de mi chiche derecha para penetrarme y, asegurándome el vientre con la mano derecha, me levantó para que Saúl, dificultosamente y ayudándose de la mano, metiera su pene dentro de mí. Una vez que lo logró, metió la mano izquierda atrás de mí, con el dedo medio en mi ano y los restantes en las nalgas, para sostenerme también. La mano derecha le sirvió para apretar la teta izquierda y ponerse el pezón en la boca. Empezó el chaca-chaca, con mi mano derecha acaricié la cabeza de Eduardo y con la izquierda la oreja de Saúl. Sentí mi lóbulo de la oreja mojarse con la lengua de Eduardo y aumentar la frecuencia del ritmo coital.

    Me sentía como se ha de sentir un acordeón siendo jaladas sus partes en dirección contraria. Pronto entendí que Saúl me tiraba hacia arriba cuando Eduardo lo hacía hacia abajo y luego el movimiento se invertía y mi vagina lo registraba exactamente como mi piel. ¡Ellos se friccionaban los penes uno al otro dentro de mí! Me empecé a venir y sentir “la muerte chiquita” una y otra vez.

    Estoicos mis machos, resistieron el placer que se daban sin venirse y suspendieron el movimiento cuando aflojé mis brazos y me dejé caer, pero no caí pues la prensa en la que me tenían hacía muy bien su función. Sin sacar sus penes, aún muy erectos, me llevaron a la cama y, sin soltarme, prácticamente, se echaron un clavado en el colchón, donde descansamos y pude besar a Saúl, quien al terminar el beso me dijo ¡Feliz cumpleaños, mi Nena! Volteé la cabeza para recibir el beso de Eduardo, quien también dijo “¡Feliz cumpleaños, mi mujer!

    Seguimos descansando, noté que yo estaba mojada del sudor de mis amores y me puse a recordar que desde el principio de nuestra relación Saúl me dijo “Nena” y, también, una vez que hicimos el amor Eduardo y yo, éste me dijo “mi mujer”, recordándome una y otra vez que me penetraba que yo era su mujer, sin importar los papeles de matrimonio. Como pude, los obligué a salirse de mí, porque ya estaban otra vez disfrutándose uno al otro adentro de mí.

    –¡Si ya les gustó el pene del otro, pónganse a hacer un 69 entre ustedes! –les dije y ellos se rieron–. ¿No me creen? Véanse las caras. Pon la repetición de las cámaras –le pedí a Saúl que no pierde grabación de los coitos con mis machos cuando lo hago en casa.

    Saúl tomó el control remoto del sistema de grabación y prendió la pantalla. Retrocedió la cámara de la sala y me dijo “Mira qué bien bailas”. Se lo quité y avancé las tomas hasta la parte donde estoy chupándoles los glandes y restregándoselos uno contra el otro. “¡Mírense las caras, putos! Se nota que les gusta el calor de otro falo”, les indiqué. “Y mírate la cara de pervertida cuando juegas con las vergas y nos volteas a ver”, dijo Saúl. “Pues la verdad, a mí sí me gustó sentir esas caricias”, replicó Eduardo. “Pero no tanto como para venirte, ¿verdad?”, reclamó Saúl. “Pues en las Bodas de Oro, tú y yo nos venimos, ¡y mucho!, cuando la penetramos juntos, hasta las piernas le quedaron chorreadas de semen. Yo sentí muy rica la fricción de tu glande”, insistió Eduardo. “No voy a negarlo, pero ahora no nos dejó venirnos”, aceptó Saúl. “Ya ven que sí son gays”, les retobé. “Bisexuales incipientes”, acotó Eduardo y Saúl soltó una carcajada.

    –Ahora sí van a venirse –dije acostándome al centro de la cama y abrí las piernas–. Pero el invitado sobre mí y tú haciéndote una chaqueta mientras ves cómo fornicamos –precisé de inmediato, dirigiéndome a Saúl, al ver que ya se disponían a acomodarse para penetrarme al mismo tiempo.

    –Bueno, tú eres la festejada… –aceptó Saúl, y Eduardo lo vio burlonamente, levantando rápidamente las cejas y sonrió como diciendo “yo soy el elegido”.

    –Ahora podrás pajearte en vivo, sin tener que recurrir al video –rematé antes de recibir en mi interior al pene de Eduardo.

    Ambos estaban con muchas ganas de eyacular. Pobres, se habían aguantado para darme gusto. Eduardo me penetró y sus manos fueron a mis tetas, en tanto que abrió enormemente la boca para mamarme un pezón y lo que siguiera… Saúl, por su parte, veía la acción y comenzó a menearse el palo. Cuando me di cuenta que Saúl eyacularía le pedí que me llenara la boca de su leche. Eduardo me soltó las chiches, se agarró de mis nalgas y apresuró el ritmo para venirse casi al mismo tiempo.

    –¡Te amo por ser mi mujer! –gritó al venirse.

    Yo retuve buena parte del semen de Saúl en mi boca y, cuando Eduardo se quedó quieto para disfrutar el final de su orgasmo, le di un beso blanco pasándole la venida de mi marido a su boca, moviendo mi lengua para que se le distribuyera bien el sabor en toda la cavidad bucal. Eduardo se quedó sorprendido, pero tuvo que aceptar el contenido de mi beso. “¡Cómo eres mala, mi mujer!, reclamó en voz baja en tanto que Saúl se aguantaba la risa. “Al rato te tocará un beso así, cornudo”, dije, y ambos soltaron una carcajada. “No te preocupes, sabe rico, pues viene en beso”, le dijo Eduardo a Saúl. “Será… A mí me gusta el semen, pero en el atole” Contestó Saúl lanzándose a chuparme la pepa en cuanto Eduardo se salió de mí. Mientras Saúl me limpiaba la vagina, Eduardo me besaba, y ambos sobaban una teta con su mano.

    Al rato, le pedí a Saúl que hiciera un café para fumarnos un cigarro. Mientras él estaba entretenido, yo le dije a Eduardo que quería tirarme a Saúl, y como a éste también le fascina mamarme las tetas mientras me coge. “En ese momento, quiero tu verga en mi boca y que te vengas mucho”, le precisé. Eduardo supo entonces que yo besaría a Saúl para que estuvieran parejos. Cuando Saúl regresó, platicamos recordando los tiempos en los que yo no entendía lo que me pasaba, pero que ahora me había ocurrido algo similar al lanzarme Eduardo en cara mis contradicciones cuando hablamos por teléfono, pero también mis celos de que Adriana estuviese con Saúl, “que se reduce a una puta celosa y posesiva que quiere todas las vergas del mundo para ella sola”, concluyó mi marido.

    –Te toca pasar por esta puerta, mi amor –le dije a Saúl, acostándome y abriendo las piernas.

    –Te amo puta, mi Nena… –dijo al penetrarme y me agarró de las tetas.

    Cuando Saúl estaba muy entretenido en el movimiento, Eduardo me ofreció su pene para que lo mamara. Al poco tiempo mi marido me dejó de chupar las tetas y gritó “¡Te amo, Nena, te amooo…!, soltando su calor en el interior de mi vagina, entonces Eduardo y yo aceleramos el ritmo que concluyó en una venida de chorro en la garganta. Le exprimí el resto y cuando Saúl volteó a ver lo que hacíamos, se dio cuenta lo que le esperaba. Cerró los ojos y aceptó mi beso, el cual disfrutó mucho por mi calentura de besarlo por primera vez con toda la carga ordeñada de mi amante.

    Ya antes le había dado un beso después de que Eduardo u otro se había venido en mi boca, pero sólo con resabios de semen, nunca con un buche. Siempre los disfrutó, pues sus sospechas las comprobaba metiendo su lengua para constatar que mi boca sabía a leche, pero no tanto como ahora que lo hice expresamente para que paladeara junto a mí el sabor del semen. ¡Rico!

    –A descansar, mis amores, ya tuve lo que quería. Sin embargo, si a alguno se le antoja tomarme, hágalo, aunque yo esté dormida –dije acomodándonos todos bajo las cobijas.

    Ninguno protestó, sólo se acomodaron para dormir como bebés: con su teta en la boca. Más noche, sentí en el ano la turgencia de Eduardo y me separé las nalgas para que entrara. No me penetró completamente pues se volvió a dormir con cuando sólo había entrado el glande.

    Al amanecer, Saúl me cogió enardecido, se vino pronto y se bajó para que Eduardo se resbalara en nuestros flujos, haciendo lo propio y volviéndose a dormir. A la hora, desperté con las chupadas que mi marido me daba y sentía en mis piernas cómo se movía su nuez al deglutir con deleite; me abrí completamente y le acaricié la cabeza con ambas manos. Recordé que Eduardo estaba allí cuando sentí su boca y manos en mis chiches. Me sentí feliz y me abandoné a las caricias que con la boca me daban mis amores. Después, otra vez dormimos todos.

    Más tarde sentí a Eduardo penetrándome con enjundia y me creí estar sola con él pues no veía a Saúl. Mi pensamiento me llevó a creer que estaba en mi juventud, a las pocas veces en las que habíamos dormido juntos, cuando Saúl salía de viaje de trabajo. Después de sentir el fuego de su semen, vinieron los “te amo” y quedamos dormidos, él sobre de mí.

    –Disculpen la molestia, jóvenes amantes, pero ya está el desayuno. Quédense así, ensartados. Ahorita termino de traerlo –dijo al colocar una de las charolas de servicio a cama en el banco del peinador.

    Al regresar con una charola más, Eduardo y yo estábamos acostados normalmente para desayunar en cama y colocó una charola sobre cada uno antes de ir a correr una de las cortinas.

    –Gracias, me hubieras dicho que te ayudara a hacer el desayuno –expresó Eduardo.

    –Me hubieras dicho que lo querías hacer tú, y yo me hubiera quedado sobre mi esposa, es decir, tu mujer, haciendo lo que le hiciste tú –retobó Saúl.

    –Gracias, así estuvo muy bien, ¿verdad, mi mujer?

    –No sé si sería igual, pero a mí me hubiera dado exactamente lo mismo… –contesté sabiendo que erar ciertas mis palabras.

    Al terminar de desayunar, los tres retozamos un poco más en la cama, y luego Eduardo preparó el yacusi, mientras Saúl tomaba el postre que hice con Eduardo antes del desayuno. Nos bañamos haciendo el amor de muchas formas. Al terminar, los vestí y despedimos a Eduardo. ¡La fiesta había concluido!

  • Con mi prima putita

    Con mi prima putita

    Me llamo Andrés, tengo 18 años y no he tenido novia ni nada parecido, me suelo masturbar frecuentemente con videos porno y con ropa femenina, hace un mes nos fuimos de viaje a la playa con mi tía y su hija, mi tía tiene unos 40 años pero aparenta unos 25, se viste con vestidos muy pequeños y escotados por lo que cuando se agacha se le ve la tanga que es la única ropa interior que le gusta usar.

    Su hija tienen 19 y se llama Valeria tiene unas curvas muy sensuales y tiene bastante pecho y pues siguiendo los pasos de la putita de su madre le encanta usar ropa muy pequeña.

    La historia empezaría al segundo día cuando decidimos que era el día de playa yo andaba muy caliente esa mañana, mi tía decidió salir un poco antes mientras Valeria se bañaba y yo alistaba mis cosas ahí decidí abrir un video porno y cuando iba a empezar a masturbarme fue cuando vi el traje de baño de Valeria en la cama, era de 2 piezas color rosa y la verdad era muy pequeñito yo no resistí y tomé la tanguita y me la envolví en la verga y me la empecé a jalar con esa tela abrazando mi pene cuando sentí que me iba a correr la puse al frente de mi glande y los chorros de leche se quedaron en la parte interna de la tanga, ahí escuché que la ducha había dejado de sonar hace un tiempo y supuse que ella estaba a punto de salir así que tomé la tanga y la dejé en el grupo de ropa sucia junto con el bra para que no la tocará y tuviera tiempo de lavarla.

    Ya en mi cuarto escuché como se cambiaba y al rato me llamó para que saliéramos, yo tomé mis cosas y salí del cuarto para llevarme la sorpresa de que tenía puesto el bikini con la tanguita llena de leche, me miró sonriente y me dijo: que tal me queda primito? Me veo sexy?

    Empezó a dar la vuelta y mire su gran culo, y después me fije en sus tetotas que apenas cabían en la prenda, me quedé callado unos segundos y le respondí sin pensar: te ves muy rica prima. Me di cuenta de lo que le había dicho y le pedí perdón, ella solo se río y dijo: salimos?

    Ya en la playa estaba en la misma toalla rodeado de 2 bellezas, todos los hombres giraban la mirada hacia ellas disimuladamente y con deseo, me sentí afortunado de tenerlas al lado.

    Ya cuando nos bañábamos noté que vale me sonreía mucho he incluso me pidió que la enseñara a nada bien, soy muy buen nadador y acepté, hubo mucho toque en lo que sentía su pecho contra mi y tenía que tomarla de la cintura, después de un rato ella salió del agua y se reunió con su madre, yo no salí con ella ya que tenía una gran erección, noté que hablaban mucho, con risas y me miraban muy seguido.

    Cuando salí decidimos irnos al hotel de nuevo y en la entrada del hotel mi tia dijo que saldría de fiesta esa noche y nos dejó en la habitación, yo me duche primero y me senté a ver TV, unos minutos después llegó vale y llevaba un bikini igual que el anterior pero de otro color y nos pusimos a hablar de como me iba y como le iba a ella, de pronto vale se me acercó un poco y me preguntó: Tienes novia? Tenía una sonrisa, yo dije que no con un poco de timidez enseguida vale tocándome en brazo me dijo: con lo guapo que eres no tienes novia enserio?

    Yo respondí que no y me dijo con una voz muy dulce: eres virgen? Yo respondí que si y ella se río para luego preguntar: y te masturbas? Yo muy nervioso respondí que a veces por lo que enseguida me pregunta si me prendían las prendas femeninas yo recordé enseguida lo de la mañana y empecé a tener una erección pero aun así respondí que no…

    Vale con una mano saca algo de su costado y para mi sorpresa era la tanga rosa y dice: yo creí que te gustaban prendas así ya que te veías muy feliz llenando de leche mi tanguita. Lo había visto todo y no había duda, yo estaba en shock pero la tensión acabó cuando ella dirigió su mano a mi entrepierna mientras decía, me encantó tener la tanga llena de tu leche todo el día. Yo estaba totalmente caliente y dejé que me bajara la pantaloneta junto con el bóxer y quedó mi verga a su vista, me mide unos 14-15 centímetros de grosor promedio, yo ya estaba totalmente duro y ella con su delicada mano y un calor muy rico que desprendía me empezó a pajear, su mano y ritmo eran increíble. Inmediatamente llevo su cabeza hacia abajo y me la empezó a chupar, se sentía húmedo y cálido y los movimientos de su lengua eran increíbles, jugaba con mis bolas, mi glande, se la tragaba toda, era algo increíble y fue cuando sentí que me iba a correr, le dije que se detuviera pero ella solo respondió: córrete en mi cara primito.

    Yo no iba a dejar ir esa oportunidad y me la jale un poco mientras tenía su bello rostro al frente con los ojos cerrados listo para ser bañado de leche, deje salir 4 chorros de semen que se quedaron en su cara y un poco en el cabello.

    Ella abrió los ojos y me dijo: gracias por darme tu lechita caliente… Soy tu putita primo.

    Inmediatamente se puso en 4 y su culo en tanga quedó frente a mí, eso hizo que mi verga se pusiera dura de nuevo ella la miro y sonrió mientras meneaba ese culazo y me dijo: métemela primito, quiero que me des bien duro. Yo le respondí: pero primita, no tengo ningún condón, ella se quedó callada un momento y respondió: tranquilo, te voy a entregar mi culito, serás el primer hombre que me parta el culo… Yo no podía creerlo, mis instintos se salieron de control y rápidamente le bajé la tanga para dejar esos dos agujeritos a la vista, era una imagen impresionante… Enseguida puse la punta de mi verga en la entrada de su culo e hice un poco de fuerza, ella empezó a gemir con sollozos y yo le pregunte si quería que parara, ella tajantemente respondió: Noo, quiero tu verga dentro de mí, párteme el culo, yo aceleré la penetración cada vez me apretaba más la verga pero era increíble, ella seguía gimiendo y pidiéndola hasta el fondo.

    Cuando por fin entró toda ella apretó su culo y yo me sentí en el cielo. Ella preguntó: si está apretadito? Te gusta mi culo? Yo le respondí: tu culo es increíble, aprieta muy rico. Y empecé a meterla y sacarla ella gemía y decía: eso primito, párteme el culito, es todo tuyo al igual que todo mi cuerpo de putita, no te contengas y lléname de lechita. Yo no resistí más y me vine en su culo ella decía: me encanta tu leche caliente dentro de mi.

    Yo quedé mirando como ella se separaba las nalgadas para dejar ver como le salía la leche sobrante del culo. Se levantó y me preguntó si me había gustado yo con mucha confianza le respondí: me encantó primita, estás muy rica. Ella sonrió con la leche en la cara y fue enseguida a lavársela, salió y dijo: mi mamá está en la entrada del hotel, vamos a recibirla, salió adelante y yo detrás noté que iba con la tanga y se le notaba la leche saliéndole por los costados, ese detalle me puso erecto de nuevo…

  • Viuda de García

    Viuda de García

    Permitan que me presente.  Mi nombre es Damián. Quería compartir con ustedes la singular y rocambolesca historia de la que fui testigo trabajando como chico de los recados en la pensión que regentaba la Vda. De García en la calle Jacometrezo de Madrid.

    Corría el año 2006, contaba ella por entonces con 60 primaveras cumplidas y llevadas con verdadera dignidad. Hacía 5 que regentaba su negocio en solitario tras el fallecimiento de su marido a causa de un cáncer ‘galopante’ en palabras de la susodicha.

    Tras haber superado las penurias y miserias iniciales, llegó a un pacto muy decente y provechoso con el Sr. Laredo, un hombre de 72 años que vivía muy cerca de ella y que gozaba de una posición económica muy ventajosa tras haber ejercido la carrera diplomática. Cabe recalcar que dicho hombre no contribuyó solo a llenar la escuálida despensa de la viuda, sino que también solía hacer las delicias de la señora y sus invitados cuando contaba historias sobre los pintorescos lugares donde había sido embajador.

    Decidieron sellar su acuerdo matrimonial al poco de conocerse. Ambos eran muy felices juntos y gozaban de una vida apacible, si bien es cierto que el señor me confesó su insatisfacción en lo que a la vida de cama se refería: al parecer, la viuda, con objeto de hacer que su virtud permaneciera intachable, había decidido no consumar su segundo matrimonio y, desde entonces, dormían los esposos en habitaciones separadas.

    Yo ofrecí a mi amigo la posibilidad de recrearse en ciertos lupanares donde era conocida mi reputación y no le faltaría de nada, pero reitero que se trataba de un auténtico caballero.

    Sucedió entonces que, recuperada la prosperidad y el prestigio de la pensión, solían acudir atraídos por su aire clásico y decadente, numerosos artistas, aspirantes a escritores, bohemios pintores y, hasta algún músico.

    Uno de ellos, fue un joven flautista, que deleitaba a los señores con su música las tardes de otoño.

    Quiso el Sr. Laredo contribuir a su causa sufragando los gastos de su estancia allí a cambio de que compusiera una pieza inspirada en su bella esposa.

    La señora, a pesar de su edad, mantenía una piel tersa y un cuerpo más propio de una mujer veinte o treinta años más joven gracias a su riguroso estilo de vida, todo ello coronado por una larga cabellera sobre la que aplicaba algunos reflejos rubios para tratar de ocultar a la implacable blancura que amenazaba con hacerse perenne en su frente.

    El flautista, cumplió con su palabra y dedicó una muy bella melodía a la viuda, la cual agasajó los oídos de los presentes que estaban allí la tarde que decidió que había llegado la hora de compartirla con el mundo.

    Agradecidos y reconfortados por la dulzura de la pieza, aquella noche fueron a dormir tarde después de horas de conversación sobre la desarraigada existencia de aquel músico errante.

    De madrugada, el señor Laredo se despertó por culpa de unos golpes que provenían de la otra ala de la pensión. Alarmado, salió al pasillo ataviado con su ropa de noche y armado con un garrote de notables dimensiones, elaborado con madera de un roble perteneciente a su familia. Decidió pertrecharse así pues no era extraño que sucedieran allí altercados en relación con los excesos etílicos de algunos de sus huéspedes.

    Siguió los sonidos hasta llegar al origen, que no era otro que la habitación de la viuda. Apoyó su oreja en la puerta y oyó unos quejidos que no hicieron sino acrecentar su alarma.

    Se decidió entonces a abrir la puerta y, lo que vio allí, lo dejó petrificado.

    Ante él, el cuerpo desnudo de su esposa (al menos en lo concerniente a la legalidad), de espaldas a la puerta, en un movimiento lento y cadencioso sobre el flautista. Cuando sus ojos se acostumbraron a la tenue luz de la vela que alumbraba la estancia, contempló como su esposa subía y bajaba, cada vez más rápido, haciendo que el pene de aquel joven se introdujera en el interior de su vagina, sacudiendo la pelvis para aumentar aún más la excitación de este que, sin poder aguantar más, la volteó sobre la cama y la abrió de piernas para penetrarla profundamente.

    Tan abstraídos estaban por el acto carnal, que ninguno de los dos se percató de la presencia del marido.

    Lo que vino después fue la demostración de la inclinación salvaje de aquella mujer, aparentemente recatada y pudorosa, por el miembro de aquel joven al que acababa de conocer.

    Tras muchos minutos de atraer a su amante hacia sus entrañas con el empuje de sus piernas, este cayó rendido y ella tomó el relevo, cabalgando nuevamente sobre él. No contenta con este primer acto, tras la eyaculación, comenzó a manosear lujuriosamente el miembro de aquel chico y lo chupó con la devoción de quien lleva años sin disfrutar de semejantes placeres.

    La segunda erección sirvió para propagar los gritos y gemidos de la viuda por toda la pensión después de que este la cubriera tras ponerla boca abajo y la embistiera con fuerza, primero tumbada, después con el culo en pompa y, para finalizar, se entregaron a la locura con la señora abierta de piernas contra la pared del cuarto, retrepando una y otra vez sobre aquella ansiada verga hasta que volvió a sentir la irrupción del semen de su amante en su interior.

    El señor huyó despavorido al lugar de donde había venido tras semejante visión.

    Durante muchos días, los desayunos fueron tensos entre los dos, sin cruzar palabra, el señor cada día más ojeroso a causa de la estruendosa forma con la que cada noche, el músico de tez morena, se follaba a la viuda.

    Tras un período de reflexión, él se atrevió a recriminarle su actitud, pues se sentía ultrajado tras haber demostrado paciencia y comprensión con las creencias que su esposa ahora había dejado caer a los pies de la cama.

    Ella, visiblemente ofendida, le recordó que su matrimonio se basaba en la conveniencia de dicha unión, que ya había aguantado al petulante de su marido durante muchos años y que no estaba dispuesta a volver a sentir el mismo asco que cuando este la tocaba.

    Las cosas, siguieron sin cambios durante el tiempo que el músico pernoctó en la pensión. Si acaso, comenzaba a atisbarse un deje de cansancio en el rostro de este, a causa de la frenética actividad a la que era sometido cada noche.

    Y quiso la funesta providencia, que el señor de la casa, tras percatarse de que podía ver el interior de la habitación de su esposa desde su ventana, tomase por costumbre masturbarse viendo dichas escenas con una bolsa de plástico transparente cubriendo su cabeza y apretada esta con una soga.

    Contemplaba a su esposa abierta de piernas, recibiendo aquel pene colosal entre sus piernas, sus gritos ahogados, su mirada perdida entre orgasmo y orgasmo.

    A tal grado llegó su demencia, que una noche apretó demasiado y así lo encontré yo cuando fui a ordenar su habitación.

    Desde entonces, se hace llamar viuda de García y Laredo y yo sigo acudiendo cada día, aunque ya no trabajo allí, alimentando la dulce fantasía de su boca recorriendo mi cuerpo para después envolverme con sus piernas y dejar que me pierda en el misterio de su sexo.

    Barcelona, 25 de febrero de 2022

    Roberto Cechinello

  • Cuando se ama es el corazón quien juzga

    Cuando se ama es el corazón quien juzga

    El despertador del móvil sonó a las siete. Sólo había dormido dos horas. Claudia lo apagó somnolienta y caminó desnuda, —como una autómata— hasta el baño, se sentó en la taza a orinar entre bostezo y bostezo, después se levantó, apoyó las manos en el lavabo frente al espejo y tuvo unas arcadas que le hicieron vomitar el escaso contenido de su estómago. Permaneció unos segundos inmóvil contemplándose en el espejo sin gustarle lo que veía, por lo que se lavó la cara, como si al hacerlo pudiese blanquear también la vileza de sus actos. A continuación se secó y volvió a mirarse en él, por si le devolvía algún cambio sustancial, pero no fue así. Salió del baño un poco más recompuesta, se vistió, se dio unos retoques al pelo y por último cogió su bolso, observó a su amante durmiendo y salió de la vivienda sin hacer ruido.

    A las ocho llegaba a casa, habiendo disfrazado una vez más su aventura carnal con una guardia en el hospital. Iván ya había preparado el desayuno para los dos. Claudia colgó el abrigo en la percha, el bolso en la silla, le dio los buenos días acompañados de un beso y se sentó a desayunar con él, pese a su inapetencia. Sólo deseaba estar sola, darse un baño y recapitular.

    —¿Qué tal la noche?

    —Movidita, —respondió. Inmediatamente cayó en la cuenta de que no andaba lejos de la verdad.

    —¿Algo destacable? —preguntó levantando la vista del periódico.

    —Nada que merezca la pena reseñar, —mintió.

    Apenas desayunó. Tomó un café, únicamente por interpretar el papel de buena esposa y camuflar su perfidia. Tampoco le apetecía comentar nada más. En esos momentos siempre albergaba la extraña sensación de que, de alguna manera, su infidelidad era diáfana, es decir, tenía el presentimiento de que si decía o hacía algo inapropiado se delataría, como también tenía la percepción de que en su cuerpo quedaba algún resquicio, alguna mancha, algún resto en el peinado o cualquier otro elemento singular o indicio sospechoso que la pudiese inculpar.

    —Voy a darme un baño, —le indicó a fin de eliminar cualquier rastro que solamente existía en su cabeza, y no tener que seguir una conversación que no le apetecía en esos momentos, dada su vulnerabilidad.

    —¿Te ocurre algo? —le preguntó.

    “Apenas he dormido. Ha sido una noche de sexo duro”.

    Esa hubiera sido su sincera respuesta, no obstante, evocó las palabras de su psicoanalista afirmando que la fuerza más poderosa que mueve el mundo era la mentira. Todo el mundo miente: políticos que prometen lo que nunca cumplen; periodistas que omiten la verdad; hijos que dicen no haber tomado nunca drogas; vecinos que se saludan cordialmente, pero en realidad se detestan; padres que dicen entender a sus hijos; hijos que dicen obedecer a sus padres; cónyuges que aseguran no engañar a su pareja. Se dice que los niños nunca mienten, pero incluso, cuando lloran están mintiendo para reclamar la atención de la madre. Después de la convincente reflexión respaldó la verdad de su psicólogo y se reafirmó en que la mentira era más apropiada si no quería que se desatara el caos, aun cuando estuvo tentada de sincerarse, teniendo en cuenta que su dignidad estaba tocando fondo.

    —No, sólo estoy cansada, necesito relajarme y dormir un rato, —dijo enmascarando una vez más la media verdad.

    —Hoy estás especialmente guapa, —le declaró Iván con total sinceridad, como hacía siempre. Tal vez era la excepción que confirmaba la regla. Puede que también, la podredumbre en la cual se veía ella reflejaba por su vileza era lo opuesto a lo que percibía Iván, y quizás también por el amor que le profesaba.

    Hundió la cabeza en la bañera unos segundos buscando despejar su mala conciencia y cuando supuso haberlo hecho emergió del agua echándose el pelo hacia atrás con las manos.

    Un poco más serenada salió del agua y cogió la toalla. Iván entró para despedirse, se quedó un instante observándola obnubilado, como si ella fuese Afrodita, la diosa de la belleza, la sensualidad y el amor. A continuación, injustificadamente dichoso, le dio un beso y se marchó al hospital.

    El teléfono sonó y Claudia confió en que no fuese una urgencia.

    —Te has ido sin decirme nada, —le reprochó su amante.

    —Estabas dormido. No quise despertarte.

    —¿Cuándo nos volvemos a ver? —preguntó.

    —Ya te llamaré, —sentenció para inmediatamente colgar.

    Había pensado en dormir un rato, pero su cabeza era un hervidero de contradicciones y sabía que era inútil intentarlo a no ser que tomara un tranquilizante, y no le gustaba la idea porque luego andaba el resto del día adormecida, por consiguiente, decidió ir al hospital y mantener la cabeza ocupada para así desdeñar sus cavilaciones, si eso era posible.

    El teléfono volvió a sonar. De nuevo era Cristian, y por un momento pensó en no contestar, pero lo hizo.

    —No puedes llamarme cuando te venga en gana, —le reprochó

    —Antes me has colgado.

    —No estaba de humor.

    —¿Te encuentras bien?

    —Se me pasará.

    —¿Te apetece que nos veamos y lo hablemos?

    —No quiero volver a verte.

    —¿Estás segura?

    —No, no lo estoy, pero es lo que quiero. No puedo seguir así.

    —Ven a casa y lo hablamos.

    Claudia dudó un instante y pensó que era un buen momento para cortar con todo aquel despropósito.

    —En una hora estoy ahí.

    Cristian la saludó con su cautivadora sonrisa. Iba descalzo, y como única prenda vestía un vaquero rasgado en las rodillas, mostrando su fibroso torso. Claudia lo observo un momento y su cuerpo le mandó una señal inequívoca de que estaba preparada de nuevo.

    El ambiente de la estancia estaba cargado y podía percibir todavía la mezcla de olores de la contienda de la noche anterior.

    —Tenemos que poner fin a esto, —le dijo mientras se sentaba en el sofá.

    —Si es lo que quieres… ¿pero crees que podrás?

    —Al menos lo intentaré.

    —Tú me gustas demasiado, Claudia. Eres la mujer que todo hombre desearía para él y por eso envidio a tu marido, pero sabes de sobra que si no soy yo, será otro con quien busques saciar tu sed.

    —Por el momento, quiero intentarlo. No puedo vivir con este desasosiego constante. No puedo más.

    —Creo que son tus prejuicios los que no te dejan avanzar.

    —¿Crees que esto es avanzar? —se quejó. —Para ti es fácil decirlo. A ti no te ata nada ni nadie. ¿Crees que puedo continuar así y seguir mirando a mi marido a la cara por las mañanas?

    —Pues déjalo y vente conmigo.

    —A ti no te quiero.

    —Pero sí que me buscas para follar. Todo no puede ser en la vida, Claudia. La pareja perfecta no existe y creer lo contrario te hará más daño que bien. Muchas veces caemos en la creencia de que el amor todo lo puede, o que todo es por amor y eso no es así. ¿Por qué no disfrutas de ese don que se te ha dado y dejas ya de lamentarte tanto?

    —No me sermonees con tu psicología barata. Para ti es fácil. ¿Qué tienes que perder? Absolutamente nada. ¿Crees que mi ninfomanía es un don? Para mí desde luego no lo es.

    —¿Qué quieres de mí Claudia? ¿Si tan mal te sientes por qué me buscas?

    —He venido a despedirme.

    —¿Seguro? Podrías haberlo hecho por teléfono, o mañana en el hospital, pero aquí estás.

    Claudia intentó contradecir su argumento, pero no pudo.

    —¿Qué sientes cuando te cruzas con Iván en el hospital?

    —¿Qué quieres que te diga? Nada. Eres tú quien quiere mantener encubierta esta relación. Si quisieras, mañana hablaba con él, pero tienes que saber qué deseas, puesto que tienes un problema que ni tú misma sabes cómo resolver. Yo te doy lo que no te da él y él te da lo que no te doy yo, pero tampoco eso te satisface. Sigues aferrándote a la idea de que todo irá sobre ruedas si me dejas y sabes que no va a ser así.

    Reconoció que tenía razón. Amaba a Iván, pero sus exigencias superaban con creces esa adoración. ¿Se podía ser feliz con la persona a la que se amaba, pero sustituyéndola en los momentos de pasión? Era evidente que no. Su situación comportaba un dilema importante difícil de resolver, no obstante, había dos maneras: seguir ocultando su doble vida, o dejar al amor de su vida. Tanto una decisión como la otra no conducía a la felicidad, dado que, en una y en otra continuaría existiendo una carencia de diferente naturaleza, y viendo su congoja, Cristian le hizo mirarle de frente virando su rostro con la mano.

    —¡Quédate esta mañana! No tienes por qué tomar esa decisión ahora. Date tiempo.

    Claudia lo miró, sintió su mano en la zona erógena del cuello y se dejó llevar de nuevo por las sensaciones, abandonándose al intercambio de saliva del pasional beso. Sus pezones respondieron al beso queriendo perforar la fina prenda y el contacto entre los labios se tornó más apasionado llevando a que el desenfreno tomase las riendas de las suaves caricias.

    Claudia paseó su mano por la espalda desnuda de él con impaciencia. Ambos se deshicieron en pocos segundos del estorbo de la ropa con la acelerada ansiedad de dos primerizos, y ante la manifiesta torpeza, ella terminó de quitarse las bragas para inmediatamente abrir sus piernas a fin de recibirlo anhelante, y sin demorarse la penetró de un golpe llevándola a exhalar un gemido de placer cuando lo sintió, cual barra de hierro candente en sus entrañas. A ese gemido le siguieron otros muchos cuando empezó a bombear con vehemencia en su interior.

    Le bastó tan sólo un minuto para que se corriera reclamándole que se lo diera todo en un orgasmo que se prolongó durante otro minuto entre jadeos y espasmos de placer. Cristian extrajo la polla erecta de su vagina y contempló unos instantes sus intimidades totalmente expuestas, a continuación se escupió repetidas veces el falo y se lo embadurnó, lo posó a la entrada del pequeño orificio y empujó con suavidad hasta que el miembro penetró hasta el fondo. Claudia contuvo sus lamentos con la verga percutiendo en sus esfínteres, y el morbo, la lujuria y el desenfreno se instaló en su ser, de manera que sus jadeos se solaparon con los gritos de placer. Su dedo buscó el pequeño nódulo en busca de un segundo orgasmo, al mismo tiempo, Cristian se agarró a sus pechos con ensañamiento sin dejar de percutir con contundentes golpes de cadera en la búsqueda de un clímax compartido que no se hizo de esperar. Claudia gritó, y Cristian no fue menos, mientras le atizaba con unos últimos golpes de riñón, entre espasmos y bramidos, al tiempo que alojaba en el estrecho canal los postreros restos de su simiente. Seguidamente se dejó caer encima de Claudia y ella acusó el peso muerto. Después se deshizo de él para ir al lavabo. Se sentó en el bidet y visualizó el mismo escenario de la noche anterior, pero esta vez no quiso verse reflejada en el espejo. A continuación siguió con el ritual, se vistió y se marchó sin despedirse. Cristian la miró antes de salir por la puerta y se compadeció de ella.

    Deambuló por la calle durante todo el día como una autómata sin un rumbo fijo, como si quisiera encontrar la senda de la circunspección, de tal modo que el arrebol del atardecer la sorprendió al pie del Miguelete. Miró hacia arriba y admiró su majestuosidad. Tantos años viviendo allí y nunca había subido, y pensó que era un buen momento para hacerlo, por lo que pagó los dos euros de la entrada y subió los doscientos siete escalones hasta la terraza, situada a sesenta y tres metros de altura.

    Se apoyó en la baranda presenciando la magia del crepúsculo con el sol arrojando sus últimos rayos de luz sobre el horizonte y tamizando el cielo en tonos violáceos, amarillos, naranjas y rojos, al igual que un pintor fauvista se ensañaba en el cromatismo de su paleta. Claudia observó fascinada como el astro rey desaparecía en el horizonte, dedicándole el hermoso espectáculo, y durante ese breve periodo de tiempo se embriagó de la belleza intrínseca de su exhibición.

    El atardecer dio paso al ocaso y el centellear de las luces adornó la ciudad otorgándole a la noche un clima especial para soñar donde se percibía mejor el estruendo del corazón, el repiqueteo de la ansiedad, el murmullo de lo imposible y el silencio del mundo.

    Miró hacia abajo y el vértigo golpeó su sien. No había nadie. Tan sólo estaba ella, sus razonamientos, su culpa y su propósito. Sus heridas eran tan profundas que no veía otra alternativa y pensó que esas heridas que no sangraban eran las que más costaban de curar y no estaba segura de que nunca lo hicieran.

    El corazón parecía que iba reventarle en el pecho. Miró de nuevo hacia abajo, pero el vértigo le impedía dar el paso, por ello desvió la mirada hacia arriba. Contempló un cielo oscuro y con ello, una luz alumbró su angustia, pues, cuanto más oscura era la noche, más brillantes eran las estrellas y cuanto más profundo era el dolor, más cerca estaba Dios.

  • Soy una pecadora (Parte 2)

    Soy una pecadora (Parte 2)

    Seré honesta con ustedes: siempre preferí una cama en donde follar a una iglesia en donde rezar. Intenté ser diferente, pero el deseo ha ganado cada vez, precipitándose e inundando todo en olas y olas de placer.

    Al principio, me sentía culpable. Se suponía que no debía meter mis dedos en mí y luego chuparlos sólo por curiosidad, o en mitad de la noche deslizar mis dedos por mi coño y follarme a mí misma una y otra y otra y otra vez, jadeando y cubriendo mi boca con mi mano para no hacer el menor sonido. Que mi familia devota, fielmente creyente en Dios, se enterara de que cedí a mi deseo carnal claramente no era el plan.

    Como decía: me sentía culpable. Luego del inevitable orgasmo pensaba «¿Qué acabo de hacer?»

    Resumiendo, en poco tiempo me importó un carajo. Así que disfruté de lo que no debe ser vergonzoso ni un motivo de culpa: la exploración de la sexualidad.

    Pero ese día domingo debía ir a la iglesia y fingir que mi coño ama ser follado con fuerza mientras cierro mis ojos y finjo rezar.

    ¿Y lo peor de todo? Debía confesarme ante un sacerdote.

    Podría mentir, sí. Podría fingir que soy una mujer consagrada a Dios, pero me daba curiosidad saber qué diría él al escuchar mis aventuras en el sexo. Llámame loca o enferma, pero me resultaba morboso. Así que tal vez no sería tan malo.

    Entré al cuarto de confesión como tantas veces antes. Él estaba allí, y pensé que podría tener mi edad.

    –Padre, he pecado– murmuré.

    –Confiesa ante Dios y ante mí tus pecados.

    –Me gusta follar– ¿Había sido demasiado brusca? Bueno, que se joda la sutileza–. Admito, padre, que me he follado a mí misma y he abierto mis piernas ante otros para que me montaran. Disfruté todas y cada una de esas noches llenas de gemidos y orgasmos. He pensado en eso tantas veces como resulta posible, e incluso he tenido fantasías con amigos. Sólo quiero que me arranquen la ropa y me tomen contra alguna pared, o me arrastren y me lancen sobre alguna cama y me follen tan duro como es posible. ¿Es normal que piense en lo delicioso que sería sentir los dedos deslizándose por mi cuerpo, por mis pechos, por mi coño y su lengua haciéndome sentir tanto? Soy una pecadora, padre, y lo peor es que me encanta serlo.

    Hubo un largo momento de silencio antes de que él dijera:

    –No suenas arrepentida.

    –No lo estoy.

    –Entonces ¿Por qué estás aquí?

    –Tal vez porque quería decirle todas estas cosas a un sacerdote y averiguar si se le puso dura.

    Otro silencio siguió luego de eso. Del otro lado hubo un sonido casi imperceptible, como si la pequeña puerta se hubiese abierto.

    Mi propia puerta se abrió y allí estaba el padre, con sus pupilas dilatadas y su respiración jadeante.

    –Levántate.

    –¿Disculpe?

    –Dije que te levantes. Obedece.

    Me levanté y noté que estaba un poco temblorosa y, sobre todo, mojada. Me había excitado, y ahora el sacerdote probablemente me echaría de la iglesia a la fuerza. En mi mente retorcida hasta eso era caliente.

    –Sígueme.

    Esta vez no lo cuestioné. ¿Qué sentido tendría?

    Me llevó a un pasillo que yo no conocía. Había habitaciones.

    Y me hizo entrar a una de ellas.

    Sólo había una cama y cosas típicas y esenciales para una habitación. El padre me miró con una seriedad que, aparentemente, era una característica típica suya, y me dijo:

    –Ahora te diré lo que va a pasar. Voy a quitarte la ropa y no me tomaré demasiado tiempo. Luego, te tiraré a la cama y te follaré como tantas veces he querido hacer. ¿Dijiste que te gustaba duro? Bien, a mí también– sonrió ligeramente antes de agregar–. Tienes pocos segundos para irte si lo de allá afuera fue tan solo una provocación. Odiaría estar tan duro y no poder hacer nada al respecto, pero es tu decisión. No voy a violarte.

    Mi cerebro no reaccionó, pero mi cuerpo sí. Mis pezones se endurecieron, mi coño se mojó aún más y sólo podía pensar en él sobre mí haciendo tantas cosas como quisiera.

    No me fui.

    Y él se acercó a mí dispuesto a tomarme.

    Me destrozó la camisa y me quitó la falda con brusquedad antes de meter sus dedos en mí tan, tan rápido y tan deliciosamente. Mi clítoris estaba en el cielo.

    –¿Olvidé mencionar que quería saber si estabas mojada o no? Bien, acabo de comprobar que estás empapada. Buena chica.

    Lancé un gemido antes de que me lanzara a la cama tal y como había prometido. Reboté en ella.

    Sus dedos recorrieron mi cuerpo y yo toqué el suyo.

    –¿No es un poco injusta esta situación?– pregunté–. Tú estás con toda tu ropa puesta mientras yo estoy desnuda por completo.

    Me sonrió y, créeme, esa sonrisa fue diabólica.

    –Sospecho que te encanta esto– lamió el lóbulo de mi oreja y arrastró sus dientes, haciéndome gemir de nuevo. Susurró en mi oído–. ¿Te gusta saber que un sacerdote está a punto de follarte?

    –Dios, sí.

    –Entonces llevaré puesta la sotana cada maldito segundo, pequeña descarada.

    Abrió mis piernas más ampliamente y envolví mis piernas alrededor de sus caderas, preparándome. Él no perdió demasiado tiempo. Se movió y pude sentir cómo su verga se abría paso a través de mi coño y todo se sentía tan perfecto. Grité cuando se lanzó con brusquedad y la fricción se volvió tan disfrutable.

    –¿Te gusta esto, hm?– jadeó en mi oído–. ¿Te gusta que un padre esté cogiéndote en una iglesia luego de provocarlo? ¿Te gusta sentirme?

    –Me encanta– dije entre gemidos que se hacían cada vez más fuertes.

    Él cubrió mi boca con su mano, ahogando los gemidos que rogaban salir.

    Acarició mi clítoris y rodé los ojos mientras que él rodó sus caderas. Fue el movimiento más magistral.

    Sus gruñidos eran casi ásperos, y bajó su rostro y chupó mis pezones, los mordió para luego lamerlos.

    Santa madre, era demasiado.

    Me moví todo el tiempo junto a él, acompañando sus movimientos rápidos. Me estaba follando tan duro que el dosel golpeaba una y otra vez la pared junto con sus embestidas celestiales.

    Pronto, casi demasiado pronto, la tensión nos sobrepasó. Los dos temblábamos y él comenzó a gemir.

    –¿Te gusta esto, pequeña puta?

    Oh, mierda, sí.

    Acerqué mis labios a su oído y rocé el lóbulo de su oreja, tal y como él había hecho antes conmigo.

    –Ven conmigo– rogué–. Estoy a punto de correrme, y quiero sentirte llenarme. Ven conmigo. Ahora.

    Lanzó un quejido antes de impulsarse hacia mi interior. Presionó por última vez mi clítoris y eso fue todo lo que necesité para correrme y apretarlo con mis músculos internos.

    Quise cantar aleluya a todo pulmón. Eso fue glorioso.

    Le sonreí, somnolienta, antes de murmurar:

    –Nunca me divertí tanto en una confesión. Gracias, supongo.

  • Fantasía virtual (Parte 3)

    Fantasía virtual (Parte 3)

    Para cuando sonó la alarma esa mañana, ya Matías llevaba un largo rato despierto. Apenas había pegado un ojo durante la noche, durmiendo de a ratos, y el cansancio acumulado se hacía notar. A pesar de eso se levantó rápidamente de la cama: finalmente era sábado, y la sensación de vacío en el estómago, producto de los nervios, estaba ahí para recordárselo.

    Ahora solo le restaba dejar que las horas pasaran: Débora había quedado en llamarlo aproximadamente a las 17 horas y la ansiedad lo comía por dentro, pero no tenía más opción que tener paciencia y esperar que los minutos transcurrieran.

    La sensación se fue incrementando a medida que pasaban las horas y la aguja del reloj se acercaba a las 17, hasta que finalmente el plazo se cumplió. A pesar de eso, el teléfono no sonaba, y su impaciencia crecía. Comenzó a caminar por adentro de la casa, dando vueltas como un león enjaulado, hasta que finalmente a las 17:16 el teléfono sonó. Corrió hasta donde lo había dejado y atendió la videollamada lo más rápido posible, y luego de unos segundos que la llamada tardo en conectar, pudo ver la cara de Débora del otro lado, que a través de la webcam de la computadora le dedicaba una sonrisa cómplice.

    La imagen lo dejo sin aliento. Siempre le había parecido hermosa, pero esta vez se había producido especialmente para la ocasión: había delineado sus ojos con negro, pintado sus labios de rojo sangre y todavía tenía su cabello húmedo, producto de la ducha que se acababa de dar. Lo primero que se le cruzo por la cabeza a Matías cuando la vio es que parecía una tigresa en celo, lista para saltar sobre su victima

    – Te gusta como me arregle? – le dijo ella sacudiéndose el pelo y mostrando su maquillaje mientras hacía caras divertidas frente a la computadora

    – Estas increíble! – le dijo Matías, sin salir todavía de su asombro

    – Y eso que no viste nada todavía!!!- aclaro Débora – Mira lo que me puse: el body favorito de Juan!-

    Apenas termino de decir eso, se levantó de la silla y se paró a unos dos metros de la computadora, para que la cam pudiera tomar una vista completa de su cuerpo: llevaba un body rojo, con un tramado de red que dejaba transparentar su pezones, y que en su parte baja también traslucía la fina línea de vello que la depilación había dibujado sobre su pubis.

    Comenzó a reírse y – mirando a cámara – comenzó a posar para Matías, poniendo una mano en su cadera, girando para que la viera desde todos los ángulos y volviendo a la posición original, mientras ensayaba caras sobre actuadamente sexys y divertidas.

    – Y? qué te parece? Crees que con esto se va a calentar??

    – No sé ni que decir – balbuceo Matías mientras trataba de disimular su tremenda excitación.

    – Bueno… pero te gusto o no? – le pregunto ella buscando una respuesta concreta – A ver decime…. A vos te calienta??

    – Claro!!! – le respondió él rápidamente – Me encanta!!!

    – A ver… mostrame a ver que tanto te excito! – le dijo poniendo su mejor cara de gata y sin sacarle la mirada de los ojos. Luego hizo una pausa y se quedó esperando la reacción de él.

    – Pero entonces… vos queres que… – Matías se quedó observándola, esperando ver algún gesto en ella que confirmara lo que él pensaba que le estaba sugiriendo

    – Si! – dijo Débora impaciente – quiero ver cómo te pongo de caliente! Mostramela que te la quiero ver – le dijo mientras se reía, y se volvió a sentar para quedar cerca de la pantalla y ver con más detalle.

    Matías se puso de pie, desabrocho el botón y lentamente comenzó a bajar el cierre. Hurgo dentro de su pantalón y luego de abrirse paso en su bóxer, saco su verga y la exhibió frente a la cam, como Débora le había pedido.

    Ella abrió la boquita y llevo ambas manos al costado de la cara, en un gesto de asombro fingido

    – Ay ay ay… pero mira lo que escondías ahí? Jaja. Por lo que veo parece que te gusto lo que viste!!! – le dijo mientras se reía

    Matías tenía la pija como una roca, y verla a Débora del otro lado observándolo lo excitaba aún más.

    – Bueno, así está mejor. Al menos me quedo tranquila que te excito – le dijo mientras le guiñaba el ojo

    En ese momento sonó el teléfono de Débora y ella le dio un rápido vistazo a la pantalla. Volvió a mirar a Matías a través de la cam y llevando un labio a sus dedos le indico que haga silencio y atendió: era Juan.

    – Hola amor!!! Ya estás en el aeropuerto?… ahhh no tenias señal en el celular… si si… claro… bueno bueno, si ya estas acá cerca mejor todavía! En cuanto calculas que estas?… ahhh en 5 nomas? Dale dale… te espero!!! Besito!!!

    Corto y volvió a dirigirse a Matías, que observaba desde el otro lado esperando que le contara las novedades

    . Era Juan! Ya está a punto de llegar – le dijo apresuradamente– Parece que no tenia señal y que recién ahora me pudo llamar desde el taxi, en 5 esta acá!! Te acordas como era todo, no?

    Se quedaron repasando el plan unos minutos: ella había tapado la cam para que Juan no sospechara que estaba prendida, y ambos se aseguraron de que el audio de Matías estaba silenciado. Y en el momento justo en que terminaron de repasar todos los detalles, sono el timbre del departamento de Débora: Juan había llegado.

    Débora se acercó a la computadora y mira a la cam con su mejor cara de gata.

    – Que disfrutes el show – le murmuro con sus labios bien pegados al micrófono para que no se escuchara, y luego de eso se levantó y fue rápidamente a abrir la puerta.

  • Isolda y yo, Cleo (Parte I)

    Isolda y yo, Cleo (Parte I)

    Soy Cleo, una chica de 25 años. Soy bajita (mido más o menos 1,60), delgada, blanca de piel, tengo el cabello castaño con una corta melena casi por encima de los hombros, los labios carnosos, los ojos marrones y llevo gafas. Soy muy femenina. Soy una chica muy tímida, introvertida y sensible. Soy bisexual con bastante preferencia hacia las mujeres. No tengo ninguna experiencia en el amor ni en el terreno íntimo. He tenido oportunidades, pero me he negado. No soy capaz de llegar a un punto de intimidad sin estar enamorada ni sin que haya sentimientos de por medio. No puedo. Me parece un acto vacío. La primera persona de la que me enamoré fue una mujer, insana y obsesivamente, mejor no recordar, fue una experiencia nefasta que me generó un trastorno psicológico con el que casi me arruino la vida. Me di cuenta del gran cáncer que son las apps de ligar y hasta cierto punto (aunque obviamente no en general) las redes sociales. Nada más que un gran mercado de personas como si fuéramos objetos. Cometí grandes errores por mi incautela e inmadurez. Paulatinamente, fui recuperándome con mucha ayuda psicológica y volviendo a ser yo.

    Y a la vez aparece Isolda en mi vida. Y me vuelvo a enamorar. Pero esta vez de una mujer real. Conociéndola de verdad. Más bien, me enamoro genuinamente por primera vez en mi vida.

    Isolda es una hermosa mujer de 30 años. Es muy alta (mide entre 1,85 y 1,90), gordita con buen porte (buenas curvas y bien proporcionadas: abundante cintura, anchas caderas, pechos más bien pequeños aunque un trasero grande, caderas y muslos discretamente anchos y piernas fornidas y largas), una piel muy blanca como la luna llena iluminando la noche de su cabello, una hermosa melena larga lacia y con flequillo recto, de un negro azabache que quita el sentido. Tiene una hermosa mirada que transmite frialdad (pero si te adentras más en ella conociendo más la personalidad de Isolda, melancolía y paz) de unos grandes ojos turquesas como el inmenso océano y lleva gafas. Físicamente muy parecida a la primera mujer de la que me «enamoré», a diferencia del color del cabello y los ojos. No es por nada, sino porque siempre tuve mi prototipo concretísimo de mujer.

    En mis largos paseos durante las tardes de domingo al lado de la playa, cada vez que miro el mar pienso en ella. Estoy enamorada de ella. Cada vez que la veo me tiemblan las piernas y mi cuerpo se estremece como nunca antes.

    Isolda es mi médica de cabecera desde hace poco más de un año. Ya desde el primer momento que la vi, me sentí algo muy fuerte hacia ella. Son muchas las veces en las que mi cuerpo ha sentido ese dulce calor pensando en ella. Pensando en su cabello, su mirada, las abundantes y fornidas curvas de su hermoso cuerpo, sus anchas caderas, sus fornidas y largas piernas, esas botas altas de plataforma y tacón que siempre lleva, que aunque sea una mujer muy discreta y sencilla vistiéndose, resaltan su belleza y sensualidad y siento algo indescriptible viéndoselas puestas. Imaginando cómo sería besarla, acariciar su cabello y su piel. Cómo sería llegar a tener el máximo grado de intimidad con ella. La deseo muchísimo desde el primer instante que la vi.

    Cuando más nos unimos fue justamente un año atrás (al poco tiempo de empezar a ser ella mi nueva médica de cabecera). Tuve un fuerte accidente que además se mezcló con mi estado de ansiedad y depresión y tuve que estar ingresada casi tres meses. Fue ella quien estuvo a mi lado en todo momento atendiéndome, cuidándome, escuchándome, apoyándome, curando mis heridas, tanto de la piel como del corazón.

    Amo su manera de ser conmigo, tan sensible, protectora y preocupada por mí. Lo segura que me hace sentir. Su tierna, hermosa y pura sonrisa. Su voz gruesa, fría hasta cierto punto, aunque cuando está conmigo tierna, que despierta en mi una sensación de sumisión pero a la vez un intenso sentimiento, una voz grave y suave a la vez. A primera impresión, es una persona bastante fría y que apenas sonríe, pero a medida que la he ido conociendo, me he percatado de que tiene un fondo muy bondadoso y tierno. Es una buena profesional y con todos los pacientes tiene un trato cordial y más bien frío. No obstante, ha llegado un momento que conmigo es diferente. A raíz de haber tenido largas conversaciones entre nosotras a solas, las dos nos hemos ido conociendo y también dado cuenta de que tenemos bastante en común en nuestro carácter, nuestras ideas políticas (lo que algunos dirían «rojipardismo»), nuestra manera de ver la vida, el mundo, los sentimientos… Conmigo es bastante más cercana. Conmigo ha llegado a tener un afecto especial. Creo ya sentir algo más allá de una simple atracción. Siento que estoy enamorada de ella. Es muy hermosa, tanto por fuera como por dentro y en el fondo eso es lo más importante. ¿Cómo no voy a estar enamorada de una mujer como ella?

    Como he dicho, de puertas para fuera da la impresión de ser una mujer bastante fría y dura. Quizás da esta impresión porque es una persona introvertida, sonríe poco y obviamente como buena profesional. Seguramente también porque sumado a eso, al ser físicamente grande, impone e incluso «intimida» (algo que, sinceramente, tanto me atrae en una mujer) y también por su profunda y penetrante mirada azul turquesa. Aunque al poco tiempo de tratar con ella me di cuenta que no es lo que parece. Aunque le cueste mostrarse, enseguida me percaté de lo cariñosa, sensible y buena que es. Además de eso, conmigo ha llegado a tener la confianza suficiente para abrir más sus sentimientos. Me ha ofrecido la confianza de establecer un vínculo más personal con ella, ya más allá de doctora/paciente.

    A juzgar por su estilo, no es muy femenina ni masculina, un punto medio. Tirando a femenina aunque con un aspecto un poco lo que se diría «agresivo», es decir, la típica mujer que suele vestir de negro, más bien sencilla, que raramente se la ve con vestido o falda, entre sus fotos más actuales me ha enseñado algunas llevando una falda escocesa, esas botas altas de cuero, plataforma y tacón y un jersey o un polo de manga corta negro, con un estilo como de colegiala de estilo alternativo, pero si lleva es muy ocasionalmente. Normalmente se la ve con sus pantalones tejanos, su sudadera, jersey o camisa normalmente negras (o si no de otros colores oscuros) y sus botas de cuero, plataforma y tacón. Tampoco se suele maquillar. Y para mí mejor, una mujer es mucho más hermosa por su belleza natural. Me ha enseñado fotos de cuando era más joven y la verdad es que tenía un estilo aún más rudo, con muchas camisas de grupos de heavy metal, punk, Oí!…, cadenas, collares y pulseras con pinchos, algún que otro piercing que entonces llevaba, haciendo sus tatuajes más visibles… Lleva un par tatuajes (que por razones obvias debe disimularlos lo máximo posible): uno de una telaraña en el codo del brazo izquierdo y otro bastante grande que lleva en la espalda de su nombre escrito en letras góticas. Isolda… Precioso nombre de origen germánico que significa «guerrera fuerte y dominante». La verdad es que su nombre va muy de la mano con su personalidad. Cuando me lo enseñó quedé fascinada, me encantó. Es mi tatuaje suyo favorito. Por lo que me ha contado entre lágrimas, no tuvo una infancia ni una adolescencia fáciles, llenas de abuso psicólogo por parte de sus compañeros de clase y además fue adoptada a los siete años de edad, ya que procedía de una familia biológica disfuncional y de la cual también sufrió abusos, físicos y psicológicos. Eso la hizo endurecerse, empezando por su apariencia y en transmitir una imagen fría. Aunque detrás de esa aparente dureza y frialdad hay una mujer realmente muy sensible que ha sufrido mucho y que siempre ha luchado día a día para llegar a ser la persona que es hoy. Obviamente, por su carrera y su trabajo, con los años ha tenido que modificar su aspecto para guardar las apariencias y mostrar toda la discreción posible, pero en el fondo es algo que sigue amando y llevando muy dentro.

    Tengo visita con ella en un piso personal de consultas que tiene compaginando sanidad privada con sanidad pública para así remediar el colapso de la pública (algo muy propio en este país, por suerte o por desgracia). Soy su última paciente, por lo tanto, ya no hay nadie más esperando. Es una fría tarde de un viernes de invierno. El cielo oscurece ya acaecido el ocaso. Miro el cielo mientras camino por la calle. Se avecina noche de luna llena. De una grande y hermosa luna llena. Miro la luna y pienso en ella. Camino lentamente por la calle. Tengo un sentimiento de felicidad, emoción y ansias por volver a verla. Ha pasado un poco de tiempo desde mi última visita con ella y la he echado tanto de menos… A pesar de ello, algunas veces durante este tiempo hemos hablado por e-mail sobre mi estado de salud (sin nada más allá de eso porque es una muy buena profesional). Aunque cuando me habla desde su correo o teléfono personales, ya fuera de su trabajo, me pregunta qué tal estoy en todos los aspectos, hablamos de nuestras cosas y nos decimos lo mucho que nos echamos de menos. Y que en nuestros mensajes ella siempre se despida con un «cuídate mucho» y un «te quiero», algo que tanto me enamora. Y de esa misma manera yo le correspondo. Aunque con ella está claro que no es lo mismo hablar por correo que cara a cara.

    Subo las escaleras. Ya con el simple hecho de pensar en ella y en que nos veremos, me empiezo a sentir un poco excitada. Voy arreglada. Llevo puesto un vestido negro largo hasta las rodillas, unas medias negras y unos botines color marrón oscuro. Llamo al timbre. El corazón me late a mil por hora. Me abre. Casi me quedo sin aire al verla. Que hermosa es… Su largo y lacio cabello negro azabache, sus ojos turquesas, su sonrisa… Su manera de vestir… Lleva puesta su bata blanca, debajo de la cual intuyo una sudadera básica negra sin capucha, unos pantalones vaqueros ligeramente ajustados y unas de sus provocativas botas altas negras de cuero, plataforma y tacón, combinándolas con el negro azabache de su cabello. Que buen porte tiene. Que mujer. Que diosa.

    Me recibe muy cariñosa con el inmenso y precioso verdor de sus ojos, su hermosa sonrisa y con un fuerte y cálido abrazo. Me encanta que nos abracemos, sentir la calidez de su cuerpo, la diferencia de altura entre las dos, ella mucho más alta y grande que yo físicamente, me hace sentir protegida, algo que tanto me gusta. Nos damos los dos besos en las mejillas. Sentir el roce de sus labios en mi rostro… Me dice que me ha echado mucho de menos. Me ruborizo y mis ojos se iluminan y se empañan. Contengo mis lágrimas de emoción.

    Entramos, ella me lleva hacia la habitación. Mientras vamos para allí, me coge de la cintura con su brazo. Ese gesto me hace sentir muy segura. Una vez allí, hablamos de cómo me encuentro y de mis revisiones y consultas. Amo oír su tierna y cálida voz, gruesa pero a la vez suave. Me transmite mucha paz. Su mirada. Sus ojos, turquesas como el océano. Su cabello, negro como la oscura noche. Su piel, blanca como la hermosa luna llena. Su hermosa sonrisa llena de vida, que la puedo imaginar mientras contemplo la luna en sus fases de cuarto creciente o menguante. Es tan perfecta… Me sonrojo mucho. Me pide que me tumbe de espaldas y que me debo quitar el vestido y desabrochar el sujetador. Me tiene que masajear y mirar bien la espalda, los hombros y las costillas para ver cómo estoy. Me tumbo y me quedo con las medias de cintura para abajo y el sujetador desabrochado para arriba. Me masajea la espalda, los hombros y las costillas, va escribiendo los resultados y me pregunta si me duele o no.

    En un momento dado, debe ir a buscar varios utensilios porque al terminar tiene que administrarme una dosis de un medicamento vía intramuscular. Verla caminando de espaldas, su cabello, sus discretamente anchas caderas, sus fornidas piernas, sus botas… hace que me sonroje, mis latidos se aceleren y sienta ese dulce calor en mi cuerpo. Ella vuelve con los botes y tubos con el medicamento, la jeringa, el algodón… Le da una imagen imponente que me atrae de un modo inexplicable, aunque paradójicamente lo pase mal con las inyecciones. Cuando está casi terminando, me pide que me siente en la camilla, ya que me tiene que inyectar un medicamento. Sabe que a veces lo paso mal con las inyecciones y es muy cuidadosa conmigo. Amaina mi temor muy cariñosamente. Me dice que si juntas vencimos la fuerte enfermedad que tuve causada por mi accidente y mi depresión, esto aún podrá menos con nosotras. Me guiña un ojo con una sincera y confiable sonrisa.

    Una vez me pone la inyección, me pone un algodón en el brazo que me aguanto con la mano y empiezo a sentirme mareada. Mi cabeza da vueltas, siento escalofríos y temblores que se acaban convirtiendo en sofocos y mi rostro palidece.

    —Ufff… Me encuentro mal…

    Empiezo a suspirar de dolor físico. Me silban los oídos y tengo una sensación de hormigueo en las manos y en los pies. Isolda me dice inmediatamente que me vuelva a tumbar en la cama. Acto seguido, pone una mano en mi frente y otra en mi pecho para tomarme el pulso y va rápidamente a por una pequeña toalla que moja con agua fría y me la pone en la frente, mientras me la sujeta con una mano, a la vez que me da la otra como una manera de tomarme el pulso. Empiezo a temblar y a ponerme nerviosa.

    —Tranquila, tranquila… —me dice, con un tono de voz suave.

    Acto seguido, Isolda empieza a acariciarme con cuidado el cabello y las mejillas, a la vez que sujeta la toalla en mi frente con su otra mano, que por algunos instantes me la pone en el pecho para tomarme el pulso.

    —Ya está… Tranquila… Respira fondo… Inspira… Espira… Inspira… Espira… —me dice unas cuantas veces con cariño.

    —Gracias… Gracias… Gracias… —le digo.

    —Te doy un vaso con agua y una Biodramina —me dice en un momento dado. Acto seguido, se dirige hacia una máquina de agua con vasos de plástico y me lo da, juntamente con la pastilla que coge de un bote.

    Intento levantar la mitad de mi cuerpo para sentarme en la camilla. Nada más hacerlo, todo me da vueltas, vuelvo a percibir mi vista algo borrosa y a sentir que me silban los oídos y empiezo a sentir una sensación de adormecimiento y hormigueo en mis extremidades.

    —Muchas gracias… —me da el vaso e intento beber. Me vuelvo a sentir mareada y por un momento casi derramo el vaso, solo me ha alcanzado tiempo para tomarme la pastilla.

    —Uy, te veo mal, te veo mal aún. Túmbate, túmbate, tranquila. Tú estate tranquila sobre todo.

    —Ufffff… Aún no puedo levantar mi cuerpo… No puedo sentarme… A la mínima me mareo… —le digo, entre sollozos de malestar físico.

    —De acuerdo, Cleo. Cuando te vayas encontrado mejor ya sabes.

    Sigue sosteniendo la pequeña toalla de agua fría en mi frente y acariciándome. Que segura me hace sentir esta mujer… Poco a poco, mi angustia y malestar se van disipando y mi rostro recuperando el color. A medida que me voy encontrando mejor, me concentro más en ella. Sus dulces caricias… Sus ojos turquesas… Su voz hablándome con ternura… La misma sensación que contemplar el mar en calma, escuchando el sonido del pacífico oleaje y sintiendo una suave brisa acariciando mi rostro. Su cabellera negra azabache… Su rostro, de intensa palidez… La misma sensación que contemplar la luna llena iluminándome en una noche oscura.

    —Te encuentras mejor, ¿verdad? —me pregunta, con una tierna sonrisa mientras me acaricia las mejillas y el cabello.

    —Sí, me encuentro mejor. Muchas gracias por todo lo que has hecho y haces por mí, de verdad. Por todo y por tanto —le respondo.

    Voy levantando mi cuerpo y bebiendo lentamente el agua que me había dado, poco a poco, mientras ella me mira con afecto.

    —¡Eres una campeona! —me dice. Acto seguido, me da un beso en la frente. Yo sonrío y me sonrojo. Siento mariposas en el estómago.

    Entonces, Isolda va recogiendo las cosas, mientras yo me visto. Voy fijándome en ella. Es tan hermosa… La miro disimuladamente y sonrojada, no sabiendo que cara poner, sin sonreír, apretando mis labios hacia dentro. Me fijo especialmente en su larga cabellera negra azabache y lacia, en sus fornidas piernas por debajo de sus pantalones tejanos, en sus botas altas negras de cuero, plataforma y tacón grueso, combinando con el color de su cabello. «Que mujer, que diosa» pienso dentro de mí. Me sonrojo aún más. Mi corazón vuelve a acelerarse. Mi respiración vuelve a agitarse lentamente. Mi cuerpo vuelve a estremecerse, En pocas palabras, vuelvo a sentir calor. Por un instante, nuestras miradas se encuentran y ella se sonroja, entrecierra sus ojos y me lanza una sonrisa que no sabría cómo descifrar, entre tímida y seductora, de sentirse deseada. La verdad es que en varias ocasiones me ha sorprendido mirándola de esa manera. Tengo la sensación de que ya se percata de mi atracción hacia ella. Sabe de sobras que me atraen las mujeres, ya que obviamente le expliqué el detonante principal de mi depresión y todo por lo que había pasado con la primera mujer de la que me enamoré, a lo que ella me escuchó atentamente y terminé llorando desconsoladamente entre sus brazos. Ella, en cambio, en una de nuestras conversaciones cuando estuve ingresada me dijo que había tenido dos relaciones largas con hombres, por lo tanto, no lo es. Debo decir que dejándonos llevar por estereotipos y por nuestro aspecto, cualquiera diría que la lesbiana o bisexual es ella y no yo, aunque debemos empezar a superar ya esas cosas. Se puede no ser el colmo de la feminidad y ser hetero, igual que se puede ser muy femenina y ser lesbiana o bisexual. Eso me derrumbó un poco, pensé que era una lástima que no tuviéramos posibilidades… Aunque paradójicamente, reconozco que me atraía cuando me hablaba de los dos novios que ha tenido, pensaba que vaya suerte la suya de tener a una mujer como ella a su lado.

    A pesar de ello, a medida que nos hemos ido conociendo más, cada vez se ha mostrado más cercana, cariñosa y protectora conmigo. Además, cuando nos vemos a solas, sus muestras físicas de cariño hacia mí son cada vez más frecuentes (abrazos, caricias, besos…). Eso quizás despertaba en mí un atisbo de esperanza. Quizás sí que se daba cuenta de mis miradas, mi atracción y mis sentimientos hacia ella… Aunque claro, si a ella no le interesara se mostraría más distante conmigo, cosa que no pasa, sino lo contrario. Aunque a la vez, sé que ella jamás jugaría conmigo por el simple hecho de sentirse deseada. Empezaba a sospechar que había algo más… Y eso hacía mantener mi esperanza.

    Una vez estoy vestida, se vuelve hacia mí, que sigo sentada en la camilla.

    —Si ves que te encuentras mal, tómate la Biodramina, como siempre te recomiendo… Ahora vuelves a casa, tranquila, sin prisas… O… Si quieres te acompaño yo, que es ya de noche y hace mucho frío… En fin, como lo veas mejor —me dice, mirándome con afecto y acariciándome el cabello y la mejilla. Me encanta lo protectora que es conmigo. Yo me sonrojo, siento que mi corazón da un vuelco y que mi estómago se encoge aún más.

    —Vale, como quieras, te lo agradezco—le digo.

    —Como te vaya mejor —me dice, afectuosamente.

    Entonces, sigue acariciando mi cabello y mis mejillas. Me sonrojo aún más. Sonrío. La miro tímidamente. Mi corazón late con fuerza. Mi cuerpo se estremece aún más ante ella. Es imposible que no se dé cuenta de mi lenguaje corporal.

    —Eres muy hermosa —me dice, sonriendo, con un tono afectuoso, una mirada seductora y las mejillas sonrojadas.

    —Tú lo eres más… Mucho más… —le digo, sonriendo y con un brillo en los ojos. Mi corazón late muy fuerte, mi estómago se encoge cada vez más y mi respiración se vuelve entrecortada.

    Yo sigo sentada en la camilla e Isolda de pie delante de mí. Acto seguido, acaricia sensualmente mi corta melena casi por encima de los hombros, mis mejillas, mi cuello y mis oídos… Acerca aún más su rostro al mío… Hasta que me besa en los labios de una manera lenta y sensual. Mi corazón late con mucha fuerza. Le correspondo. Jamás había besado a nadie antes. Es mi primer beso. Es indescriptible lo que siento al besarla por primera vez.

    Después de nuestro primer beso, ella me mira nerviosa, muy sonrojada y con un intenso brillo en los ojos. Ambas estamos nerviosas, sin articular palabra, sin saber qué decir. Entonces, siento que su cuerpo empieza a temblar y veo que sus hermosos ojos empiezan a derramar lágrimas.

    —Uy, no, no, no, no… ¿Qué estoy haciendo? ¡Joder, joder, joder…! ¡Perdóname, perdóname, perdóname…! —me dice en un tono muy preocupado y algo desesperado y con sus ojos empezando a derramar lágrimas.

    —¡No! ¡Que no pasa nada…! Tranquila, tranquila… —le digo, en un tono apacible y poniendo mi mano en su hombro.

    —Yo… ¡Perdóname, de verdad…! ¡En ningún momento quería hacerte daño, jamás se me pasaría por la cabeza…! Joder, lo siento… —me dice llorando.

    —No pasa nada, no pasa nada… —le digo. Y acto seguido la abrazo por el cuello, le acaricio el cabello y le doy un beso en la mejilla.

    Acto seguido, ella se retira y me dice, llorando:

    —Es que no sé qué me está pasando… Hace tiempo que siento cosas por ti, Cleo… Nunca antes me había pasado eso con una mujer, nunca… Me he sentido confundida… Me gustas, mucho. Aunque jamás se me pasaría por la cabeza hacerte daño ni aprovecharme de ti, jamás… Ha sido… ¡Joder! No volverá a pasar, te lo prometo… —y yo me levanto y la abrazo mientras llora. Siento como su cuerpo tiembla y que su corazón late fuerte y rápido. La abrazo con fuerza y ella poco a poco me corresponde, le acaricio el cabello y la espalda y le doy besos en las mejillas.

    —¡Es que yo te quiero, joder…! —me dice.

    —No pasa nada, no me has hecho ningún daño, sé que jamás me lo harías —le digo. Mis ojos se empañan y también empiezan a derramar lágrimas.

    Entonces, las dos nos retiramos ligeramente y le miro a los ojos. Le digo:

    —Yo también siento lo mismo por ti. Siempre me has gustado, muchísimo. Desde el primer momento que te vi me encandilé de ti. De tus hermosos ojos, de tu sonrisa, de tu cabello… Eres hermosa, Isolda, eres la mujer más hermosa que he visto nunca, en todos los sentidos. Deseo y adoro todo de ti. Tiempo al tiempo de conocernos, he ido descubriendo que igual de hermosa que eres por fuera, también lo eres por dentro y me he ido enamorando de ti. Eres la mujer de mis sueños. Yo sí que quiero estar contigo, de verdad —le digo, entre lágrimas de emoción, mientras ella me abraza por la cintura

    Ella también se emociona. Entonces me responde:

    —Lo sé, Cleo. Siempre lo he sabido. Siempre lo he notado. Eso también ha impulsado mi deseo de besarte, aunque después me hayan asaltado las dudas y el remordimiento —me dice, emocionada.

    —Entonces, nos abrazamos, yo sentada en la camilla y ella de pie delante mío, acomodando mis piernas entre su cintura. Nuestros cuerpos se van acercando lentamente, a la par que nuestros rostros.

    —No sé lo que soy ni nada de eso, pero sí que sé y tengo clara una cosa, y es que solo tengo ojos y corazón para ti. Te amo, Cleo —me dice, sonrojada y con un brillo en los ojos.

    —Te amo, Isolda —le digo, con la misma expresión.

    Y nos besamos. Nos seguimos besando una y otra vez… Cada vez con más intensidad. Nuestros cuerpos se van acercando. Ella sigue acariciando mi cuello y mis oídos… Yo su hermosa cabellera. Pongo mis piernas entre su cintura. La camilla está lo suficientemente alzada para que las dos nos podamos alcanzar, ya que Isolda es bastante más alta que yo. Cada beso que nos damos, es más largo e intenso. En un momento dado, en medio de nuestros apasionados besos, nos abrazamos, siguiendo yo sentada y ella de pie. Acaricio su abundante cintura con avidez, a la vez que ella también acaricia la mía y nos abrazamos fuertemente. Que mujer… Besar a una mujer como ella… Es que vaya suerte la mía… Como la deseo… Que manera de acariciarme y besarme… Me siento en el séptimo cielo… Entonces, voy sintiendo ese dulce calor recorriendo todo mi cuerpo. Por momentos, mientras hacemos pausas para coger aire entre nuestros besos, voy bajando la mirada disimuladamente para fijarme en sus piernas y en sus botas negras de cuero y plataforma, cosa que hace que el calor de mi cuerpo aumente y la bese con aún más avidez. No puedo despegar mis labios de los suyos ni mi cuerpo del suyo. La deseo a más no poder.

    —Eres hermosa, Isolda… Que buena estás… —le digo en cierto momento, cogiendo aire entre fuertes suspiros y entre beso y beso.

    —No más que tú, Cleo… Te deseo, mucho, mucho…

    Y seguimos besándonos apasionadamente, abrazándonos cada vez con más fuerza, acercando más nuestros cuerpos. Me estremezco de deseo hacia ella. Ella también se siente igual. Sentimos mucho ese dulce calor dentro de nosotras, hasta el punto que no querer despegarnos la una de la otra. A medida que nos abrazamos y nos besamos, cada vez más y más fuerte, me siento aún más hambrienta de ella. Me muero cada vez más por compartir ese grado de intimidad que tanto deseo con ella… Aunque prefiero ir poco a poco, por ahora me conformo con esos abrazos y besos.

    Cuánto tiempo llevaba soñando con ese momento… Y por fin se hace realidad.

    La amo y la deseo más que nunca.

    Continuará.