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  • ¡Mamá se va a correr, hijo, mamá se va a correr!

    ¡Mamá se va a correr, hijo, mamá se va a correr!

    Laura y su tío.

    Laura Lucia Antonia Gabriela era una joven flaca, de casi un metro setenta de estatura, de ojos marrones, cabello negro, tetas pequeñas y culo redondo y prieto. Aquella tarde noche iba rumbo a Madrid en un autobús sentada al lado de su tío Javier, que le dijo:

    -Llegó el momento. A ver si eres tan temeraria como dices.

    Laura lo miró con cara de asombro.

    -¡¿Aquí?! ¡Nos van a ver!

    El tío se puso serio,

    -Te comprometiste a hacerlo cuando yo quisiera.

    -Pero no pensé…

    -Te dije que soy un apasionado del dogging.

    -Estabas tan borracho que pensé que me decías que te gustaba la posición del perrito. ¿Recuerdas que te dije que de follar nada? ¿Qué coño es el dogging?

    -Hacerlo en lugares públicos sin que te vean, pero con el morbo añadido de que te pueden ver.

    -Pues rompo el trato.

    El trato que habían hecho tío y sobrina era que ella se tenía que masturbar, masturbarlo y mamársela cuando él se lo pidiera. A cambio la llevaría del pueblo a la capital y le daría alojamiento mientras no encontraba trabajo. Su tío le había puesto ese trato estando borracho y pensando que no iba a aceptar, pero Laura le había tomado la palabra.

    -Al llegar a Madrid te mando de vuelta para el pueblo.

    -¡Allá va un sueño a tomar por culo!

    Media hora más tarde Laura se lo había pensado mejor. Se quitó el abrigo, lo puso sobre las rodillas, metió una mano debajo de la falda, cerró los ojos y comenzó a masturbarse. Javier, que era un cuarentón, alto, con el pelo cano, bien parecido y que iba bien vestido, vio cómo se movía la mano de su sobrina debajo del abrigo. No había pasajeros en los asientos cercanos a los suyos. Sacó la polla, le cogió una mano y se la llevó a su miembro. Laura lo miró para ver cómo era y comenzó a meneársela. A rato el conductor del autobús se percató de lo que estaban haciendo. Laura se dio cuenta, miró a su tío y le dijo:

    -El conductor nos está mirando, veo sus ojos en el espejo retrovisor.

    -Yo también lo veo. Que sufra.

    -¡Que cachonda me puse!

    Unos diez minutos más tarde, masturbándose y machacándosela a su tío, le dijo:

    -Nos sigue mirando, nos sigue mirando. Mira cómo mueve el brazo izquierdo. ¡Me voy a correr!

    Laura movió los dedos dentro de su vagina a mil por hora Sus ojos se cerraron, emitió un reposado gemido y se corrió. Se estaba corriendo cuando su tío le cogió la cabeza y le llevó la boca a la polla. Laura se la chupó y se tragó la corrida. Aún seguía corriéndose cuando su cabeza volvió al respaldo del asiento. Su cara era de extasiada. El autobús pegó un bandazo. El conductor también se había corrido.

    Una hora más tarde Javier estaba en su piso de Carabanchel sentado en un sofá con un whisky en la mano, Laura estaba a su lado de pie tomando una naranjada. Javier poso el vaso en la mesa camilla que estaba entre dos sillones y un tresillo, bajó el pantalón, sacó la polla, polla que estaba descapullada y a media asta y le dijo:

    -Quítate las bragas y siéntate en mi regazo.

    -De eso nada, follar no entraba en el trato.

    -¿Qué te creías? ¿Pensabas que ibas a vivir conmigo, me la ibas a mamar y no íbamos a follar?

    -Sí, eso creía… Voy coger mi maleta y me iré de aquí.

    -¿Adónde vas a ir sin dinero y sin conocer a nadie en Madrid?

    Laura le dio la espalda y posó su vaso sobre la mesa camilla. Su tío le levantó la falda, le dio la vuelta, le bajó las bragas, la atrajo hacia él y le lamio el coño cómo si fuera un perro hasta que la muchacha se pudo separar de él. Al separarse subió las bragas y quiso huir de allí. Javier se puso en pie, le echó las manos a las tetas y magreándoselas le chupó el cuello y empujó con la polla en su culo. Laura, revolviéndose, le dijo:

    -¡Déjame!

    Sacó la polla empalmada, le bajó las bragas hasta las rodillas y se la metió entre las piernas. Tiró de su cabeza hacia atrás cogiéndola por el cabello y le comió la boca mientras su polla iba y venía entre sus labios vaginales. Lucia comenzó a llorar.

    A oír y ver su llanto a Javier se le cortó el rollo, la soltó y guardando la polla le dijo:

    -Perdona, Laura, no debí comportarme cómo un animal.

    Laura subió las bragas y salió del salón. Javier bebió el whisky de un trago y posó el vaso sobre la mesa camilla. No pasara ni un minuto cuando Laura volvió a la sala. Se puso frente a su tío, se quitó la falda, se quitó las bragas, le puso el coño en la boca y le dijo:

    -No sé que me pasa, pero necesito que me comas el coño, tío.

    Javier le echó las manos al culo y lamió desde el periné al clítoris, lento, aprisa, lento de nuevo, aprisa… Cuando vio que se iba a correr, se chupó el dedo medio de su mano derecha, jugó con la yema en su ojete, le metió la puntita y le folló el culo con ella… Lamió aprisa y Laura se corrió. Sus piernas temblando se movían de adentro hacia fuera sin control y de su coño salió una corrida que Javier se tragó.

    Al acabar de correrse Laura, Javier, meneando la polla le dijo:

    -Enséñame las tetas.

    -No voy a dejar que me la metas en el coño.

    -¿Es que lo tienes en las tetas?

    -¿Solo quieres jugar con mis tetas?

    -Solo quiero jugar contigo.

    -¿Sin meter?

    Le mintió.

    -Sí, sin meter.

    Laura, sabiendo que le estaba mintiendo, se quitó el jersey, la blusa y el sujetador. Aparecieron unas tetas pequeñas con areolas rosadas y pequeños pezones.

    -Siéntate en mi regazo y aplasta mi polla con tu coño.

    Laura miró para la polla empalmada, y le dijo:

    -¿No intentarás meterla?

    -No, si cambias de idea y quieres follar, la metes tú.

    -No voy a cambiar de idea.

    Laura se sentó en el regazo de su tío y aplastó la polla poniendo su raja sobre ella. Javier le echó las manos a las tetas y magreándolas le dio un buen repaso. Estaba comiéndoselas y deslizando su polla ente los labios mojados, cuando se detuvo y le dijo:

    -Sigue tú.

    Laura apretando su coño contra la polla y con las manos sobre los hombros de Javier, hizo más o menos lo que le estaba haciendo él a ella, o sea, deslizó su coño mojado sobre la polla de atrás hacia delante y de delante hacia atrás. Cuando ya no pudo más, le dijo:

    -Me voy a correr, tío.

    Javier la besó, la abrazó y se corrió con ella dejando el coño y sus huevos perdidos de leche.

    Laura quería más. Siguió apretando el coño contra la polla… Luego de besos, caricias y mamadas de tetas, Javier le dijo:

    -Métela.

    -Sabía que acabarías queriendo meter y a mí nunca me la metieron.

    -¿No tienes curiosidad por saber que se siente?

    -La verdad es que sí, si no la tuviera no estaría sentada sobre tu polla, pero la tienes tan gorda que me mete miedo.

    -Cuanto más ajustada entra una polla en un coño más placer se siente.

    -Hablas por ti.

    -Métela, ya verás cómo acabarás deseando que la tuviera aún más gorda.

    -A ver si no rompo el coño.

    Laura levantó el culo, puso la polla en la entrada de la vagina, lo dejó caer lentamente y la polla le entró hasta el fondo. Con toda dentro miró a su tío y le dijo:

    -¡Qué barbaridad!

    -¿Te dolió?

    -No, pero ni se te ocurra moverte.

    Se besaron largamente. Besándose Laura fue sacando y metiendo la polla muy despacito, tan despacito la sacaba y la metía que parecía que lo hacia a cámara lenta… Sacando y metiendo llegó un momento en que le gustaba tanto que no quería que se acabase, por eso cada vez que se iba a correr, paraba, besaba a su tío y después seguía. Javier le tendió una trampa al decirle:

    -¡Sácala, Laura, sácala que me corro!

    Laura no la sacó. Abrazó a su tío y le dijo:

    -Aguanta, aguanta un poquito que me voy a correr… ¡Ya, ya, ya! ¡¡Me corro!!

    Dejó que acabara de correrse. Sin quitarle la polla del coño la echó sobre la alfombra. Le cerró sus delgadas piernas y apoyando sus manos sobre la alfombra le dio a mazo.

    -¡Vas a echar leche hasta por las orejas, perra!

    A Laura le molestó que le llamara perra.

    -No me llames perra, tío.

    Javier estaba salido.

    -¡Perra, perra, perra!

    Laura se soltó la melena.

    -¡Cabrón!

    Javier sin parar de darle leña la siguió insultando.

    -¡A mi no me llama cabrón una puta!

    -¡A ti te llamo lo que me salga del coño, depravado.

    Javier le siguió dando caña y siguieron los insultos hasta que Laura le dijo:

    -¡Me corro!

    Le echó una mano a la garganta y no la dejó respirar hasta que no acabó de correrse.

    Cuando acabó la puso boca a abajo, le levantó el trasero, le pasó la lengua por la raja del culo, le separó las nalgas con las dos manos y con la punta de la lengua le folló el ojete.

    -¿Qué buscas, guarro?

    -¡¡Romperte el culo!!

    Laura se asustó.

    -¡No!

    -¡Sí!

    La puso a cuatro patas. Le agarró las tetas. Le escupió en el ojete, se lo lamió y se lo volvió a lamer y a follar con la lengua. Al rato, cuando ya gemía con cada lamida y follada, le preguntó:

    -¿Lista?

    -¡No!

    -Yo creo que sí.

    No le iba a romper el culo, iba a follar su culo con la lengua, magrearle las tetas con una mano y con tres dedos de la otra acariciare el clítoris. Laura acabó diciendo:

    -¡Me corro, tío, me corro!

    Fue lo último que dijo, ya que Javier le apretó la garganta con su manopla y no se la soltó hasta que Laura acabó de correrse,

    Laura esa noche quedó con el culo intacto, esa noche.

    Laura y su prima.

    Eran las ocho y algo de la tarde. Laura se había probado un vestido largo de color rojo en la habitación de un hotel. Su prima Silvia, una joven rubia, tetona, culona y guapa, que además de prima era su mejor amiga y que la había visto vestirse y desvestirse, con una lágrima rodando por su mejilla, le dijo:

    -Estarás radiante con ese vestido.

    Laura vestida ahora con una lencería roja con encajes en las bragas, en el liguero y en el sujetador, se acercó a ella, le acarició el cabello y le dijo:

    -No llores, mujer, con llorar no ganas nada.

    -No lloro porque no quieras nada conmigo, lloro porque quiero algo contigo sabiendo que eres un imposible.

    -Quien sabe, a lo mejor algún día me cambia el chip.

    -Si no tuvieras novio…

    -Las infidelidades se hacen a escondidas.

    Rompió a llorar. Bajó la cabeza y le dijo:

    -Lo dices para que no me sienta triste. Si supieras lo duro que es no poder conocer el sabor de los labios de alguien que deseas con locura…

    Laura le puso un dedo en el mentón, le levantó la cabeza y le dio un pico en los labios, labios que estaban salados por las lágrimas.

    -Ya conoces el sabor de mis labios.

    Silvia dejo de llorar.

    -Esos no son los labios de los cuales quería conocer el sabor.

    Laura después de carcajearse, le dijo:

    -¡Serás puta!

    Silvia le echó las manos la cintura.

    -Anda, se buena y déjate un poquito.

    -¿A qué le llamas tú un poquito?

    A Silvia se le abrieron las puertas de Edén al oír la pregunta, pues al habérsela hecho en ropa interior era una invitación a atacar, y atacó. Besó su labio inferior, luego el superior y después la besó con lengua. Laura sin hacer nada para que parase, le dijo

    -Se ve que te manejas bien en las distancias cortas.

    Le besó el cuello y le mordió el lóbulo de una oreja, después le quitó las tetas de las copas y besó los pezones, se los lamió y le chupó las tetas, luego se agachó, besó su ombligo y a continuación apartó las bragas para un lado y le lamió el coño varias veces. Volvió a subir, besó su ombligo, beso y lamió sus pezones le chupó las tetas, besó el otro lado del cuello, mordió el lóbulo de la otra oreja y acabó besándola con lengua.

    -A esto le llamo yo un poquito. ¿Quieres más?

    -¿Tú qué crees?

    Silvia, que ya echaba por fuera, tiró a Laura sobre la cama y la desnudó. Luego se desnudó ella y le dio un repaso a las tetas que le dejó los pezones de punta y duros cómo piedras. El repaso a las tetas le encharcó el coño a Laura. Silvia al meterse entre sus piernas se introdujo dos dedos dentro del coño y comenzó a masturbarse. Luego metió la lengua entre los labios mojados y se los abrió con ella para a continuación lamer con la punta de la lengua hasta llegar al clítoris. Lo lamió con la punta y bajó lamiendo hasta el periné. Al subir ya lo hizo con la lengua plana. Los gemidos de Laura subieron de tono cuando la lengua apretó su clítoris y lo lamió, después la lengua bajó a su vagina y entró y salió de ella. Silvia le levantó el culo, lamió su ojete y le metió y sacó la punta de la lenga varias veces. Cuando volvió a lamer su coño Laura le dijo:

    -¡Me voy a correr!

    -Córrete, cariño, córrete.

    Laura, jadeando y convulsionándose, se corrió en la boca de su prima.

    Al acabar de correrse la besó y le preguntó:

    -¿Quieres correrte otra vez?

    -Porque no.

    -¿Te has corrido alguna vez con dos dedos inmóviles dentro de tu coño?

    -No, mis dedos se mueven siempre dentro de mi coño.

    -A mí me gusta meter dos dedos dentro del coño de mi amante y dejándolos inmóviles ver cómo se mueve, ver su rostro de placer mientras se va acercando al orgasmo y luego ver su cara al correrse.

    -¿Sin besos ni caricias?

    -Y sin palabras. El silencio solo lo romperán tus gemidos y al oírlos te irás excitando más y más, hasta que te corras

    -No creo que me corra, pero venga, házmelo, será una experiencia nueva.

    Silvia se arrodilló entre sus piernas y metió los dedos índice y medio dentro del coño. Los sacó llenos de jugos. Mirándola a los ojos los chupó, luego se los volvió a meter y presionó con ellos su punto G. Al quedar los dedos inmóviles, Laura, instintivamente, movió la pelvis de abajo a arriba y de arriba a abajo… Moviéndola alrededor, hacía arriba y hacia abajo, echó las manos a las tetas y las magreó. Tiró de los pezones, los apretó, los acarició… Silvia la miraba a los ojos, luego le miraba para el coño y a continuación pasaba la lengua por los labios insinuando que se lo iba a comer. Laura no quería gemir, pero acabó haciéndolo. Tal y como le había dicho Silvia, oír sus gemidos la fueron excitando. Sus movimientos de pelvis y caderas se volvieron frenéticos y acabó corriéndose cómo una golfa que era. Silvia al acabar de correrse le quitó los dedos. Metió todo el coño en la boca, le folló la vagina con la lengua, luego se lo lamió de abajó arriba, le hizo el remolino sobre el glande del clítoris y Laura se volvió acorrer. Al correrse ya no solo sus gemidos rompieron el silencio, pues dijo:

    -¡Qué pedazo de corrida!

    Silvia sintiendo cómo salían del coño jugos en cantidad, apartó un poco la boca, se tragó los jugos que tenía en ella, y dijo:

    -¡Vaya si lo es!

    Un par de minutos más tarde, le dijo Laura:

    -Eres muy buena en la cama…

    No la dejo que acabara de hablar, su coño era una piscina de jugos y quería que la lengua de Laura nadase en ella. Sentada en la cama, le dijo:

    -Estoy muy cachonda de hacerte correr. ¿Me haces tú cosas?

    -Estaba esperando a que me lo pidieras

    Laura acarició con las palmas de sus manos las tetas de su prima, unas tetas grandes con pequeños pezones y grandes areolas rosadas. Después, amasándolas, besó los pezones, lamió las areolas, chupó las tetas y luego se volvieron a besar. A continuación Silvia se echó hacia atrás. Laura volvió a lamer sus pezones y areolas y a mamar sus tetas. Después besó el vello rubio de su monte de Venus. Silvia se abrió de piernas. Laura besó su clítoris, se lo lamio, se lo chupó y después lamió su coño de abajo a arriba. Silvia comenzó a gemir y a magrear las tetas mientras miraba cómo su prima le lamia y le mamaba el coño y el clítoris. Para ser el primer coño que comía lo hacía de maravilla, tan bien lo hizo que Silvia poco después le decía.

    -¡Me estoy corriendo!

    No hubiera hecho falta que se lo dijera. Laura ya veía cómo le temblaba el cuerpo y sentía cómo su lengua se iba llenando de jugos espesos.

    Al acabar de correrse Silvia, la besó y le preguntó:

    -¿Qué tal lo hice?

    -Maravillosamente bien. Tienes alma de lesbiana.

    Llamaron a la puerta de la habitación. Silvia le preguntó a Laura:

    -¿Esperas a alguien?

    Laura incorporándose se dio con la palma de la mano en la frente y le respondió:

    -A Conchi. Quedamos para ir juntas desde aquí a la despedida de soltera de Julia

    -Para la despedida aún quedan más de dos horas. Abre que lo vamos a pasar bien.

    -¿Te la follaste?

    -Sí, y folla que no veas.

    Se lo pasaron bien.

    Laura y Gustavo.

    El cuco salió una vez del reloj que había en la casa de Gustavo cuando abrió la puerta de su casa. En la puerta apareció Laura con el vestido que la noche anterior había probado en la habitación, Gustavo, le dijo:

    -No quiero comprar nada.

    -Nada vendo. ¿Podría dejarme llamar por teléfono? Es que al autobús en que viajaba se le ha parado el motor y necesito llamar a un taxi para que me lleve a la iglesia.

    Gustavo, con un niño de meses dormido en sus brazos, le dijo en bajito:

    -Pasa, el teléfono está ahí en el pasillo.

    En bajito para no despertar al niño, le dijo ella:

    -Es muy bonito su hijo. ¿Se acaba de quedar dormido?

    -Sí.

    -¿Cómo se llama?

    -Ramón, pero a la madre no le debió parecer tan bonito.

    -¿Qué pasó?

    Gustavo, que era un treintañero, moreno, alto y fuerte cerró la puerta y yéndose hacia su habitación para poner al niño en la cuna le dijo:

    -Nos abandonó.

    Laura mientras descolgaba el teléfono, le dijo:

    -¿Por qué los abandonó? Lo siento, no debí hacer esa pregunta. ¿Sabe el número la parada de taxis más cercana?

    -Mira en la guía telefónica.

    Buscaba el número cuando Gustavo la abordó por detrás, le tapó la boca con una mano, le apretó la garganta con la otra, le arrimó cebolleta al culo y le dijo:

    -¿Va a ser por las buenas o lo prefieres por las malas?

    Dejó de apretarle el cuello y le quitó la mano de la boca para que le pudiera responder. Laura, temblando, le respondió:

    -No tienes cara de mala persona. ¿Por qué quieres forzarme?

    -Porque en mi vida había visto una mujer tan sensual, porque estás en mi casa y porque llevo tres meses sin mojar el churro. ¿Te parecen razones suficientes?

    -No, nunca habrá una sola razón para forzar a una mujer.

    Le volvió a echar la mano a la garganta.

    -¿Por las buenas o por las malas?

    Laura tuvo que dejarse ir.

    -Si tiene que ser que sea, pero que sea sin violencia.

    Gustavo le bajó la cremallera que tenía el vestido en la espalda, se lo quitó y lo puso a un lado. Vio que llevaba puesta unas medias sujetas a un liguero con encajes y que no llevaba bragas, vio su culo redondo y sus delgadas piernas y se empalmó. Se agachó, le abrió las nalgas con las dos manos y le pasó la punta de la lengua por el ojete. Laura, ya sin miedo, le dijo:

    -Quien quiera que seas, acaba pronto que tengo que ir a una boda.

    Las manos de Gustavo separaron las nalgas y su lengua lamió el ojete. La lengua entró y salió de él. Le dio besos, luego juntó las nalgas y las besó… Por el interior de los muslos de Laura comenzaron a bajar gotas blanquecinas de jugos. Gustavo las veía y su polla quería atravesar calzoncillos y pantalón. La sacó y se la clavó en el coño. Laura separó las piernas. Gustavo le dio con ganas atrasadas. Al rato la muchacha cerró los puños, se puso tensa y se corrió. Las gotas de jugo se convirtieron en diminutos riachuelos de jugos espesos y blanquecinos. Laura descargó sin un gemido, sin un temblor, sin una convulsión.

    Al acabar de correrse le quitó la polla y luego le dio la vuelta.

    Laura llevaba puestos unos zapatos rojos de tacón de aguja y la lencería roja. Se arrodilló delante de ella, le olió el coño empapado con la corrida, un coño rasurado. Luego parafraseando a José Luis López Vázquez en Atraco A Las Tres, le dijo:

    -Gustavo García. ¡Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo!

    A Laura a pesar de estar en la situación que estaba casi le da la risa.

    -¿Te crees que estoy para bromas?

    -Hablaba con tu coño. Es precioso.

    -Los coños son todos iguales.

    -De eso nada, los hay de muchos tipos, y tú tienes un coño Barbie.

    -Si tu lo dices…

    Al lamerle el coño la lengua le quedó pringada con los jugos de la corrida. Se puso en pie, le quitó el sujetador, esparció los jugos por los pequeños pezones y las areolas rosadas y luego le chupó las tetas. Laura le dijo:

    -No voy a llegar a la boda.

    -Se le rompió el motor al autobús. ¿No?

    -Sí.

    -Pues mejor disculpa no puedes tener.

    -Es que yo quiero ver cómo se casa mi amiga.

    -Con que llegues al banquete…

    Gustavo la cogió en alto en peso, la arrimó a la pared del pasillo, y le dijo.

    -Coge mi polla y métela.

    Mintiendo como una bellaca, le dijo:

    -La cojo, pero porque me das miedo, no por que me guste lo que me haces.

    -Cógela y métela y déjate de hostias

    Le dio el primer beso. Laura ya estaba demasiado cachonda cómo para no querer disfrutar el momento. Le cogió la polla, la frotó en el coño y la dejó en la entrada de la vagina. Echó los brazos alrededor del cuello de Gustavo, puso las piernas alrededor del culo y le devolvió el beso. Gustavo empujó y se la clavó hasta el fondo. La polla había entrado ajustada. Gustavo le dijo:

    -La tienes muy estrecha.

    -Depende para quien.

    -¿Qué has dicho?

    -Nada. ¿Te gusta que la tenga estrecha?

    -Me encanta.

    Le dio caña mientras se comían las bocas. Al entrar tan justa a Gustavo le produjo tanto placer que no se pudo aguantar. Se corrió dentro de su coño.

    Al acabar, Laura, decepcionada por no haberse corrido otra vez, le preguntó:

    -¿Puedo irme ya?

    Gustavo la puso en el piso, se puso en cuclillas y lamió su coño de abajo a arriba. Laura sentía salir de su coño la leche de la corrida y sentía cómo la lengua la esparcía por sus labios vaginales y por su clítoris. Al rato sintió que se iba a correr.

    -No pares, no pares que… ¡Me corro!

    Después de llenarle a boca de jugos le dijo:

    -¿Satisfecho? ¿Puedo irme ahora?

    -¿No quieres volver a correrte subiendo encima de mí? Tengo una cama de agua.

    -Está visto que no voy a llegar a la boda.

    No llegó ni al banquete.

    Veinte años más tarde.

    Hacía un calor insoportable. Fuera de la casa se podían freír huevos encima de las piedras y dentro de ella sudaban cómo cerdos Laura Lucía Antonia Gabriela y Ramón. Ramón estaba en la cocina de la casa vestido con un mono azul removiendo con un pincel el barniz de un pequeño bote que tenía encima de una silla. Llegó Laura. Venía descalza, vestida con una falda blanca con flores rojas que le daba por encima de las rodillas y una camiseta blanca holgada y sudada en la que se le marcaban sus pequeños pezones. Su cabello negro lo traía húmedo del sudor… Agarró una de las botellas que había encima de la mesa y echó un trago, trago que escupió nada más entrar en su boca.

    -¡Qué coño es esto!

    -Vino. La botella de al lado es la de agua, mamá.

    -Podías haber avisado.

    -El vino blanco también quita la sed.

    -De eso nada, da más sed.

    Laura cogió la otra botella y le echo un trago. Le cayó agua por encima del vino que le había caído en su camiseta. Se le marcaron en ella las pequeñas tetas y los pezones. Después de beber se sentó en una silla, separó las piernas al más puro estilo de la Chiquita Piconera, se inclinó hacia delante, tiró hacia fuera la camiseta para despegarla del cuerpo y luego moviéndola hacia dentro y hacia fuera se dio aire. Ramón, que tenía veinte años y era moreno y alto, viendo cómo le colgaban las tetas le dijo:

    -No hay quien pare, debemos estar a 40 grados, por lo menos.

    -Es demasiado el calor que hace. ¡Qué bien debe estar Gustavo en Suiza!

    Gustavo llevaba diecinueve años en Suiza y venía de vacaciones un mes cada dos años

    -No creo que esté muy bien sin ti, mamá.

    -Yo también llevo casi dos años sin él y encima me estoy asando.

    -Eso es muy cierto. ¿Te puedo hacer una pregunta personal?

    -Hazla.

    -¿Pasas muchas ganas?

    -¿De qué?

    -¿De chingar?

    -¿Por qué me has hecho esa pregunta?

    -Por si, eso, ya sabes

    Laura puso cara de mala hostia.

    -¿No acabarás de decir que tu madre te atrae sexualmente?

    -Eso acabo de decir.

    -¡¿Te has vuelto loco?!

    -No, tu olor corporal actúa en mí como un afrodisíaco.

    Laura levantó el brazo izquierdo, olió la axila y dijo:

    -A mi me huele a sudor que apesta a pesar de haber echado desodorante.

    -Me pone ese olor mezclado con el de tu coño recién corrido. ¿A qué te acabas de masturbar, no limpiaste la corrida y pusiste las mismas bragas que tenías?

    -¡¿Me has estado espiando?!

    -No, pero tengo tan buen olfato como un perro de caza.

    Laura se puso seria.

    -¡Qué sinvergüenza!

    -Siempre voy con la verdad por delante, me inculcaste tú ese pensamiento.

    -¿Algo más?

    -Sí, llevo años oliendo esa maravilla que me vuelve loco. Llevó años matándome a pajas después de olerlo y deseo hacerte mía aunque solo sea por una noche.

    -Mo me jodas. ¿Qué me hace ser el objeto de tu deseo?

    -Tus tetitas, tu boca, tu culo, tu olor corporal…

    -Que desees un cuerpo de cuarenta y seis años, podría llegar a asimilarlo, pero lo del olor corporal no lo puedo entender.

    -Pues es tu olor a hembra el que me pone malo.

    Olió el otro sobaco.

    -A mí me sigue oliendo a sudor.

    -Tócate el coño y huele

    -¡Lo que voy a toca son tus narices!

    -¡Si supieras lo buena que estás!

    Ramón se puso en pie. En el mono se veía la pequeña montaña que hacía su polla empalmada. Su madre lo vio y le dijo:

    -Así debe ser porque con ese empalme… ¿Cuánto tempo hace que no metes?

    -Más de un mes.

    -Llevo yo casi dos años sin que me la metan y no ando salida cómo tú.

    Ahora al mover la camiseta hacia fuera ya no se veía nada, pero Ramón le seguía mirando para las tetas. Laura le dio un empujón y sonriendo, le dijo:

    -¿Tienen imán o qué?

    La miró a los ojos y le dijo:

    -Tienen imán, tienen.

    Laura volvió a tirar de la camiseta hacia fuera y a echarla hacia dentro.

    -No tienes vergüenza, hijo, no tienes vergüenza.

    Se levantó y volvió a su habitación. Ramón le dijo:

    -¡Qué rica estás, mamá!

    Laura giró la cabeza y sonriendo le dijo:

    -Hazte una paja, hijo, hazte una paja.

    Unos diez minutos más tarde Ramón fue a la habitación de su madre a ver si sonaba la flauta. Al entrar en la habitación la vio sobre la cama. Estaba de espaldas a la puerta Su camiseta y su falda estaban en piso. Solo llevaba puestas unas bragas blancas. Se quedó embobado mirando para el bulto que hacia su coño en las bragas mojadas. Fue a su lado, le dio un pequeño empujón y le dijo:

    -¿Duermes, mamá?

    Lura no le contestó. Le dio un par de empujones más. Laura se puso boca arriba, colocó las manos detrás de la nuca y Ramón vio sus axilas peludas. Vio sus pequeñas tetas y su coño sudado rodeado por una gran mata de pelo negro. Se quitó el mono y después le tocó con la yema de un dedo en un pezón, luego en el otro y después le pasó la lengua por las areolas y los pezones. Laura gimió en bajito. Ramón cogió la polla empalmada y comenzó a menearla. Laura se dio la vuelta hacia él. Le pasó la polla mojada por los labios. Al separarla sacó la mitad de la lengua y lamió la aguadilla. Ramón se puso detrás de ella, le apartó las bragas para un lado y le pasó la yema del dedo medio por el ojete, después fue la polla la que se hizo círculos sobre él. Luego de haber jugado un par de minutos con el ojete, se lo lamió, se lo besó y después le metió y le sacó de él la puntita de la lengua. De la boca de Laura escapó un dulce gemido. Ramón dijo:

    -Si supiese que no despertabas te la clavaba en el coño.

    Volvió a frotar la polla en su ojete. Laura se volvió a poner boca arriba para que la follara.

    -Estás buenísima.

    Le separó las piernas con cuidado. Laura flexionó una rodilla. Ramón se arrodilló hizo que flexionara la otra y luego se puso entre sus piernas, cogió la polla con su mano derecha y se la frotó en el coño por encima de las bragas, bragas que el coño ya había mojado, lo que hacía que estás se metieran entre sus labios vaginales al frotar la polla. Luego empujó y la punta de la polla y las bragas se metieron dentro de la vagina. Laura soltó un gemido tan sensual que le puso la piel de gallina a su hijo. Ramón le apartó las bragas para un lado, puso la cabeza de la polla en la entrada de la vagina y dijo:

    -Voy a conocer el paraíso.

    Laura abrió los ojos y le espetó:

    -Ni se te ocurra, mi coño es de tu padre.

    -Estabas despierta y no decía nada.

    -Quería saber hasta donde ibas a llegar.

    Le metió la punta de la polla. Laura mordió el labio inferior, echó la cabeza hacia atrás, echó la pelvis hacia delante y la metió hasta la mitad. Antes de que levantara la pelvis Ramón se la clavó hasta el fondo. Laura le dijo:

    -¡¿Cómo te has atrevido?!

    -Entró sola.

    Le puso las uñas en la cara y muy sería le dijo:

    -Quítate de encima de mí o te dejo la cara marcada.

    Le cogió las manos por las muñecas y se las aplastó contra la cama. Laura le lanzó una mirada de odio y le dijo:

    -Me forzarás, pero no lograrás que me corra.

    La folló despacito y buscando sus labios con los suyos. Laura no paraba de hacerle la cobra. A medida que fue acelerando las clavadas las cobras eran más pequeñas. Llegó un momento en que se dejó besar, pero no le correspondía con sus besos. Cuando ya las clavadas se hicieron diabólicas y sus gemidos hablaban sin hablar de una inminente corrida, le dijo:

    -¡Mamá se va a correr, hijo, mamá se va a correr!

    Le dio aún más aprisa. Sus gemidos fueron subiendo de volumen a medida que iba llegando al orgasmo. Su lengua se metió en la boca de Ramón, sus manos agarraron su culo, lo apretó contra ella y acabó diciendo:

    -¡Mira cómo se corre mamá, hijo, mira cómo se corre!

    Se corrió gimiendo dulcemente y convulsionándose. Su corrida larga e intensa se mezcló con la de Ramón, que al ver su cara de gozo se corrió dentro de ella.

    Cuando acabó de correrse Laura le dijo:

    -Eres un asalta camas.

    -Y tú una delicia de mujer. Quita las bragas y sube encima de mi.

    -Soy tu madre, joder.

    -Sí, pero como ya lo hicimos…

    -Lo has hecho tú, cabronazo, lo has hecho tú.

    Ramón le repitió

    -Quítate las bragas y sube encima de mí.

    Le preguntó con sorna:

    -¿Y no quieres también que te haga una mamada?

    -No estaría mal. ¿Subes o no?

    -¡No, coño, no!

    -En ese caso no me queda más remedio que hacerme una paja.

    -Aquí, no, vete a hacerla a tu habitación.

    Ramón comenzó hacerse una paja.

    -¡Te dije que te fueras!

    Sin parar de masturbarse le dijo:

    -Quita las bragas, sube y dame una corrida en la boca.

    -¡Ni muerta te la daría!

    -Pues haré la paja mirando para ti, carita de ángel.

    La carita de ángel pasó a ser la cosita sexy, el bomboncito, la diosa…

    -Me estoy poniendo enferma, hijo.

    -Sube, mamá.

    -No soy una puta.

    -Se mi puta por un día.

    -No voy ser tu puta, soy tu madre, cabrón.

    -¡Qué bien suena esa palabra al salir de tu boca!

    -¿Cabrón?

    -No, puta, dámela en la boca.

    -Te ahogaría.

    -Dámela, ahógame, mamá.

    -No me tientes más, hijo, no me tientes más que me pierdo.

    -¡Cobarde!

    -¡¿Cobarde yo?

    Apartando un poco las bragas hacia un lado le puso el coño en la boca y le dijo:

    -Huélelo.

    Se lo olió.

    -Huele a lubricidad, a perdición…

    Laura se lo quitó de delante y le dijo:

    -Pues te vas a quedar con las ganas de comerlo.

    Se quitó las bragas, subió encima de él, le cogió la polla, la puso en la entrada del coño y con dos dedos le masturbó la corona del glande mientras algo de leche y de jugos salían del coño. La mezcla llegó a los huevos de Ramón antes de mojar la cama.

    Cuando Ramón se corrió el primer chorro entró dentro del coño de su madre. La mujer bajó el culo y metió la polla hasta el fondo, suspiró y dijo:

    -Ahora sí, ahora necesito correrme.

    Lo folló con toda la polla dentro y sin quitar un solo centímetro… Lo hizo frotando su clítoris contra la pelvis de Ramón. Ni veinte segundos tardó en correrse. Corriéndose echó la cabeza y el cuerpo hacia atrás. Convulsionándose dijo en bajito:

    -Me corro en tu polla, hijo.

    Acabó y siguió follándolo, pero ahora sacándola hasta la mitad y metiéndola con más fuerza… Se corrió otra vez transcurridos un par de minutos. Laura era multiorgásmica y no se cansaba de gozar. Después de la última corrida lo folló con más calma. Esta vez tardó un poco más. Cuando sus gemidos avisaron a Ramón de que Laura se iba a correr de nuevo, le dijo:

    -Dámela en la boca, mamá?

    Paró de follarlo y con la voz entrecortada le dijo:

    -Ya te dije que te podría ahogar.

    -Y yo te había dicho que me ahogaras.

    Con toda la polla dentro y frotando de nuevo su clítoris contra la pelvis de Ramón le preguntó:

    -¿Cuándo bebiste de una mujer por última vez?

    -También te lo he dicho, hace más de un mes.

    La cogió por la cintura y tiró de ella. Laura se dejó ir hasta que su coño llegó a la boca de su hijo. Ramón sacó la lengua. Gotas de jugo blanquecino cayeron sobre ella. Le lamió el coño… Laura le cogió la cabeza, frotó el coño y el ojete contra la lengua y se corrió apretando la cara de su hijo con sus muslos. Ramón oyó como gemía y sintió cómo temblaba. Gimiendo y temblando le fue encharcando la lengua de jugos, jugos espesos y calentitos que fueron cayendo en su boca. Corriéndose dijo:

    -No quiero que se acabe.

    No quería que se acabase y no se acabó. Ramón se quitó de encima a su madre. Metió la cabeza entre sus piernas y lamió su coño encharcado con la corrida que acababa de echar. Luego con la lengua llena de jugos la besó. Laura volvió a gemir, y siguió gimiendo cuando la lengua de Ramón lamió su cuello, sus axilas, sus areolas, sus pezones… Entre gemidos le preguntó:

    -¿A qué te sabe mi cuerpo?

    -A vicio.

    Ese día Laura estaba rica, rica, rica, pero para rico su coño, coño que olía a bacalao, a rancio, olía a lujuria. Ese olor excitaba a Ramón una cosa mala. Su polla no paraba de echar aguadilla, y la siguió echando cuando su lengua se enterró en el coño de su madre, cuando lamió sus labios vaginales, cuando lamió y chupé su clítoris y cuando se volvió a correr en su boca.

    Al acabar fue Laura la que se lanzó a por la boca de su hijo, pero poco paró su lengua en ella, ya que en nada bajó a su polla, la empuñó con su mano derecha, lo miró y le dijo:

    -¿Te gustaría correrte en mi boca?

    -Me encantaría, mamá.

    -Pues te vas a quedar con las ganas.

    Acarició sus pezones y sus areolas con la punta de la polla, polla que no paraba de mojarlas con su aguadilla. Poco después sus pezones rayaban diamantes de lo duros que estaban. Laura le dio las tetas a mamar y Ramón se las devoró. Al quitarle las tetas de delante le cogió la polla, le chupó los huevos, luego metió el glande en la boca, lo chupó y lo meneó. Cuando sintió que se iba correr le dijo:

    -Dámela, hijo, dame tu leche.

    Ramón se la dio en la boca y en la cara. Al acabar de correrse Ramón le lamió la leche de los labios, de la cara y de la mano. Luego Laura lo volvió a montar y lo folló cómo una amazona a la que se le había ido el juicio. Tan rápido lo folló que no tardó nada en correrse, y lo hizo diciendo:

    -¡Me corro otra vez!

    Al acabar le dio un pico y le dijo:

    -Eres muy buen amante, hijo.

    -¿Quieres correrte follándote el culo, mamá?

    -¿Sabrás hacerlo?

    -Claro que sí.

    -¿Qué vas a hacer para lubricarlo?

    -Usaré aceite de coco.

    Laura después de coger el aceite de coco en el baño llegó a la cocina, donde la esperaba su hijo. Puso el aceite sobre la mesa, cogió la botella de vino y echó un trago. El vino le volvió a caer entre las tetas y le bajo hasta cerca del coño. Al poner la botella sobre la mesa, Ramón se acercó a ella y le dijo:

    -Antes de ir a por tu culo… ¿Quieres correrte de pie?

    -¿Aquí?

    -Sí.

    -Quiero.

    A lamidas le limpió el vino del cuerpo, le amasó y le mamó las tetas y luego se puso en cuclillas para comerle el coño. Se lo abrió con dos dedos, le clavó la lengua dentro y después lamió sus labios y su clítoris. Laura le dijo:

    -Ahora sí que te voy a ahogar.

    -Tiempo habrá para eso.

    Dejó de comerle el coño, se puso en pie, la levantó en alto en peso y se la clavó hasta las trancas. Laura con los brazos alrededor del cuello de Ramón comenzó a comerlo a besos. Su lengua en la boca de su hijo hizo estragos, ya que en nada se corrió cómo un lobo y le llenó el coño de leche.

    Al acabar de correrse volvió a ponerse en cuclillas y con su leche saliendo de su coño se lo lamió hasta que Laura se corrió, lo hizo descargando en su boca un pequeño torrente de jugos blanquecinos.

    Laura al acabar de disfrutar le dijo:

    -Eres un guarro de cojones.

    -A las mujeres suele gustarles que les coman el coño cuando lo tienen asqueroso.

    -A mi no me gustó, me encantó. ¡Eres uno de los míos!

    -¿Vamos a por el anal?

    -¿Con preámbulos?

    -Con preámbulos.

    Poco más tarde Laura estaba boca arriba sobre la cama. Ramón estaba arrodillado a su lado. Sus manos untadas de aceite masajeaban, su cuello, sus tetas, su vientre, su coño, luego un dedo entraba y salía del coño, después las manos bajaban por el interior de sus muslos y volvían a subir por su coño, el dedo volvía a entrar y salir de él y luego las manos subían por el vientre hasta llegar a las tetas y al cuello… Masajeando su coño Laura flexionó las rodillas y se abrió de piernas. Le masajeó el coño con las dos manos. La mujer le echó una mano a la polla y tiró de ella para que se la metiera en el coño. Ramón se la clavó de un trancazo y la folló hasta que sintió que una corriente de jugos mojaba su polla. Laura arqueó su cuerpo y se corrió entre fuertes convulsiones.

    Al acabar de correrse se puso boca abajo y le dijo:

    -Mi culo es todo tuyo, hijo. A ver que haces con él.

    Ramón se puso manos a la obra. Con la ayuda del aceite de coco masajeó su cuello, su espalda, sus costillas y sus muslos. Luego masajeó sus nalgas… Separándolas y juntándolas le metió dentro del culo la punta de los dedos pulgares. Más tarde la puso a cuatro patas. Separó sus nalgas, lamió su ojete, lo besó y luego metió y sacó la lengua de él. Laura comenzó a gemir y entre gemidos le dijo:

    -Si sigues así puede que me corra sin meterla, hijo.

    No iba a seguir así. Untó la polla con aceite, se la frotó en el ojete y después le metió la punta.

    -¡Pufff!

    Le metió el glande.

    -¡Me encanta!

    Se la quitó.

    -¡¿Qué haces!

    Se la metió en el coño y dándole a mazo, le dijo:

    -Así cuando te la vuelva a meter la vas a coger con más ganas.

    Cando Laura se iba a correr la sacó, le volví a meter la punta en el culo y le acarició el clítoris con dos dedos. Laura empujó con el culo. La metió hasta el fondo y exclamó:

    -¡Me voy a correr, me voy a correr!

    Dejó de acariciarle el clítoris. Le agarró las tetas y se las magreó mientras ella metía y sacaba la polla de su culo. Le llevó su tiempo correrse, pero cuando lo hizo sus piernas comenzaron a temblar una cosa mala y descargó cómo una loba. Acabó derrumbándose sobre la cama entre fuertes convulsiones. Ramón, al acabar de correrse su madre, le llenó el culo de leche.

    Laura tardó un par de minutos en recuperarse, cuando lo hizo se dio la vuelta y le dijo:

    -Fue increíble, hijo.

    -Me alegra que lo hayas disfrutado, madre.

    Siguieron follando mientras Gustavo estuvo en Suiza… Es que cuando se le coge el gusto a una cosa…

    Este relato está inspirado por unas fotos y una información que me dio una de las lectoras que me animaron a volver a escribir.

    Quique.

  • La farmacéutica

    La farmacéutica

    Isabel es una mujer atractiva. A sus cuarenta y dos añazos sigue conservando un cuerpo envidiable, sus ciento setenta centímetros de altura la vuelven imponente detrás del mostrador de la farmacia que dirige. Adorna su figura con una melena negra que le llega hasta el hombro y alguna cana furtiva que la hacen más interesante si cabe; un busto de buena talla y sobre el cual la gravedad no se ha cebado, y un culo redondo y respingón que vuelve loco a José María, su marido. Risueña y con un don de gentes que la ha hecho famosa en el barrio. Pero de puertas adentro, las cosas no son tan perfectas, su vida matrimonial ha caído en una tediosa rutina de la que sólo José María parece darse cuenta. Da la sensación que ella tiene su vida plena con su farmacia y sus hijos. Hasta aquella tarde de un mes de octubre.

    Ariel es el nuevo delegado de zona de la farmacéutica Irrelevant Pharma. Campeón de boxeo en la categoría de peso Wélter en su Cuba natal, y médico graduado por la Universidad La Habana. Físicamente un portento, su metro ochenta y cinco, su piel negra, su sonrisa cautivadora con una fila de dientes blancos perfectos, un culo redondo, espaldas anchas, pectorales definidos…más de alguna mujer había vuelto la cabeza para mirarle en la calle. Y para qué hablar del personal femenino del polideportivo donde entrenaba todas las tardes. Se podía ganar la vida ejerciendo de gigoló, sin embargo su objetivo era trabajar y hacerse un hueco en nuestro país.

    * * * * *

    Isabel estaba distraída ordenado recetas y albaranes de pedidos que la cooperativa farmacéutica le había dejado por la mañana. La puerta automática de cristal de la entrada se abrió y entró un chico joven negro que se presentó como el nuevo delegado de un proveedor con el que Isabel había empezado a trabajar recientemente. Dejó lo que estaba haciendo, llamó a su empleada, y pasó con Ariel a un despacho en la parte de atrás de la botica. Ariel desplegó todos sus encantos para conseguir que Isabel aumentara la cantidad de productos de su laboratorio. Dejó algunas muestras, catálogos, e informó a Isabel de las promociones para los clientes distinguidos, que incluían viajes al Caribe, o fines de semana en hoteles de superlujo en Cádiz y Málaga. Pero Isabel no se dejó impresionar por todo aquello, le llamaba más la atención la forma de hablar de Ariel, ese acento cubano meloso mezclado con el hablar español. Una sucesión de palabras terminadas en “L”, con ces y zetas que a Isabel le hacía mucha gracia. Una especie de interruptor se activó en su cerebro, la líbido que parecía dormida se activó de repente. A Ariel algo se le activó también en su interior, aquella mujer que tenía delante le inspiraba. Intuyó que era mayor que él, pero tenía mucho morbo. Pensó en invitarla a tomar un café, pero recapacitó y antepuso el trabajo al ligoteo. Cuando dieron por terminada la visita se despidieron dándose la mano, pero Isabel tiró al suelo accidentalmente una carpeta que estaba encima de la mesa. Ariel muy solícito se agachó a recogerla, e Isabel de forma instintiva hizo lo mismo. Los ojos de Ariel se fueron directamente al escote de Isabel y pudo deleitarse con un hermoso canalillo y un sujetador de encaje negro. Isabel aspiró profundamente el aroma de Ariel, “Le Male”, de Jean Paul Gaultier” pensó, “buena elección”.

    Las visitas de Ariel se prolongaron durante todo el mes, siempre por las tardes y a la misma hora. Isabel no sabía la razón, pero esos días antes de llegar Ariel a la farmacia, se arreglaba el pelo, se desabrochaba un botón de la camisa, o dejaba la bata abierta para poder lucirse por entero. Un día Ariel se decidió y la invitó a comer. Como excusa puso la disculpa de un viaje a Alemania y para no faltar a su cita semanal con ella, en una comida podrían hablar de negocios sin que ninguno de los dos faltara luego a su trabajo. Durante la comida hablaron lo justo de trabajo, y dedicaron más tiempo a hablar de banalidades. Salir de la rutina diaria relajó mucho a Isabel, tanto que bebió y rio como hacía tiempo que no hacía. Y cuanto más tiempo pasaba, más se sentía Ariel atraído por aquella mujer. Ariel se ofreció a llevar a su invitada de nuevo a la farmacia, abrió la puerta derecha de su flamante Alfa Romeo Stelvio cortesía de la empresa, y condujo hasta su destino. Sin meditar antes las consecuencias, se despidió de ella con un beso en la boca. Sus gruesos labios abrazaron la boca de Isabel, y la punta de su lengua entró en la boca de la farmacéutica. Isabel tampoco reflexionó mucho, y siguió el juego. El beso duró unos segundos, pero fue lo justo para despertar un ansia, un arrebato. Repitieron el beso una y otra vez, la lengua de Ariel entraba cada vez más en la boca de Isabel, y ella permitía que llegara cada vez más adentro. Cerró los ojos sin pensar en las repercusiones, mientras la mano de Ariel subió por su muslo. El corazón de ella iba desbocado, sentía una mezcla de miedo y deseo, al contrario que Ariel, que cada segundo que pasaba se sentía más seguro.

    Eran las dos y media de la tarde, y aquel día la farmacia no abriría hasta las cinco. Isabel invitó a Ariel a pasar por una puerta lateral del local. En la parte de atrás había un cuarto con un baño y una cama, que usaban cuando la farmacia estaba de guardia o abría las 24 horas para descanso del personal. Entraron de forma atolondrada, tropezando con todo pero sin despegarse el uno del otro. Isabel se agarraba al cuello de su amante, y él no dejaba de apretar el culo de ella por encima del vestido. Isabel se había puesto ese día un vestido camisero de color verde, que le llegaba a medio muslo, una fila de botones desde el cuello hasta abajo, y un cinturón que le estilizaba mucho la figura. Sin dejar de besarse y enredar sus lenguas, se desnudaron mutuamente y tiraron la ropa sin mirar donde caía, hasta que ella quedó únicamente con sus bragas negras, y Ariel con su bóxer azul. Ariel recorrió el cuerpo de ella hasta quedar de rodillas. Empezó por el cuello, los hombros, se detuvo en las tetas de Isabel y chupó los pezones. En su lengua notó el tacto duro de los mismos. Isabel apretó la cabeza de su amante negro contra su pecho, mientras se le aceleraba la respiración. Hacía tiempo que no sentía aquella sensación, sentirse deseada, esa especie de arrebato que hace que todo te dé igual. Tenía curiosidad por saborear una piel desconocida y furtiva.

    Ariel bajó las bragas hasta los tobillos, y frente a su cara apareció el sexo de Isabel. Hundió su cara entre las piernas de ella, paseó su lengua mientras agarraba con fuerza las nalgas de la mujer. Isabel jadeaba, y mirando hacia abajo para no perder detalle de lo que hacía Ariel, sujetó su cabeza en un intento de que no escapara. Abrió un poco las piernas para facilitarle la labor. Estaba fuera de si, no se había tan siquiera parado a pensar en lo que estaba haciendo o lo que estuviera por venir. Sin aviso previo Ariel se puso de pie y empujó a Isabel sobre la cama, terminó de quitarle las bragas, y se deshizo de sus bóxer. Ante ella se presentó un Dios de ébano, se incorporó para quedar sentada al borde de la cama y pudo ver de cerca el dibujo de sus abdominales como el mapa de una ciudad perfecta, líneas verticales y horizontales que formaban cuadros simétricos. Los muslos perfectos con los cuádriceps y los femorales marcados, y los pectorales perfectamente definidos. Y qué decir de su verga, a Isabel le pareció perfecta. Con poco vello, unos testículos redondos y un glande al descubierto y brillante. Una erección descarada y soberbia que no se merecía caricias, sino engullirla con falta de decoro. Instintivamente sus labios abrazaron la punta de aquella erecta polla, mientras sus manos sujetaban las caderas del hombre que le estaba regalando uno de los momentos más locos de su vida. Introdujo el falo duro caliente en su boca, sintió como chocaba en su paladar pero advirtió que era imposible tragarlo por entero. Sus labios se dilataron y abrazaron aquella polla oscura, a la par que apretaba aquellas nalgas masculinas que le parecieron duras como el mármol. Ariel no se movía, puso sus brazos en jarras, bajó la cabeza para ver con claridad como Isabel se deleitaba con aquella mamada, y con unos leves vaivenes de cadera, introducía su miembro en la boca de Isabel.

    Él parecía no tener prisa, por el contrario ella aceleró el movimiento de su cabeza como si quisiera acabar con aquello cuanto antes, pero la idea de Isabel no era esa realmente; quería más, y quería que durara toda la tarde a ser posible, pero la pérdida del hábito y el ansia le hacían ir más deprisa de lo que deseaba. Cuando Isabel se tomaba una pausa para respirar notaba como la saliva le salía de la boca por la comisura de los labios, y le caían gotas por la barbilla. Miraba detenidamente la polla de su amante, y la veía lustrosa y mojada, embadurnada con sus babas. Ariel puso sus manos sobre los hombros de la mujer y la empujó sobre la cama. Acto seguido se arrodilló, subió las piernas hasta sus hombros, y volvió a meter su cabeza entre las piernas de Isabel. Sujetó los muslos suaves fuertemente, y recorrió con su lengua todo el camino que va desde el culo hasta el clítoris. Chupó los labios vaginales, mojó la entrada del ano, estimuló con la punta de la lengua el botón del clítoris, y todo eso con una lentitud que exasperaba a Isabel a la par que la hacía gozar. El placer que sentía le llegaba con oleadas, sentía la necesidad de revolverse, de agitarse, pero Ariel la sujetaba con fuerza y a ella no le quedaba más remedio que arquear la espalda, jadear y agarrarse con fuerza al edredón que cubría la cama.

    -¡Joder!, no te pares cabrón, sigue, sigue, -le apremiaba a gritos. -¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!…

    Pero Ariel no se dejaba llevar por las prisas, le estaba regalando a Isabel un placer indescriptible. Hasta que le llegó el primero de los muchos orgasmos de aquella tarde.

    -¡Aaaah!, ¡aaaah!… me corrooo, -gritó mientras tensaba la espalda. -¡Ah!, ¡ah!, joderrrr.

    Pero Ariel no iba a tener piedad. Sin esperar a que esa mujer blanca totalmente entregada recuperara el resuello, se elevó quedando en cuclillas lo justo para encarar su polla frente al coño de Isabel y la introdujo con un golpe de cadera. Ese trozo de carne entró sin dificultad taladrando a Isabel, que lo recibió con un gemido. Ariel comenzó a bombear con fuerza en cuanto advirtió que el sexo de Isabel se había adaptado al grosor de su polla. Los jadeos de ambos se mezclaron con el sonido de sus cuerpos chocando. Ariel no había soltado las piernas de la mujer, y a ella la sensación de estar a merced de ese semental, de no poder moverse, la volvía más loca aún. Ella, acostumbrada al misionero, a cuatro patas y poco más cada vez que follaba con su marido, aquello era irresistible, pero aún le quedaba más que experimentar. Ariel se levantó sin sacar su miembro, subió a Isabel en volandas y la dejó subida empalada a su polla. Ella se abrazó con fuerza al cuello del macho y sentía como la penetraba con fuerza, hasta que Ariel caminó hasta la pared, apoyó a Isabel contra ella y siguió percutiendo.

    -¡Joder cabrón!, fóllame, fóllame más, -gritaba Isabel sin vergüenza ninguna. -Ostias joder, méteme esa polla entera.

    -Tu marido no te ha follado nunca así, ¿verdad?, -le susurraba él en su oído, -toma polla puta.

    Cuando Isabel le iba a gritar que no se corriera dentro, ya era tarde. Ariel descargó un buen chorro de semen tibio acompañado de un gruñido. Siguió metiendo y sacando su verga sin tomarse un descanso, pero el bombeo ya era más lento. Su polla lubricada con una mezcla de semen y flujos se deslizaba fácilmente. A Isabel el corazón se le salía del pecho, y sentía sus tetas bailando al compás de la danza de Ariel. Le pidió que la bajara porque quería ir al baño, lo que él hizo de buena gana. Cuando volvió del pequeño aseo, encontró a su amante recostado sobre la cama. Una pierna colgaba fuera del colchón y la otra flexionada; una mano sobre el pecho y la otra detrás de la nuca como una almohada. Ella admiró el cuerpo desnudo de Ariel y se quedó pensativa. Durante años había escondido en el fondo de su cerebro estas fantasías que esa tarde estaba haciendo realidad. Se acercó a la cama y sin mediar palabra, se sentó a horcajadas sobre el hombre que la recibió de buen grado.

    -Quiero más, -le dijo Isabel mirándolo fijamente, -otro antes de que tengas que irte.

    -Y parecías una mosquita muerta cuando te conocí, -contestó Ariel con su inconfundible acento caribeño. -¿No te ha bastado?

    La respuesta de Isabel fue situar su sexo sobre la verga negra de su amante, y bajando suavemente sus caderas, la introdujo dentro de ella. Ariel flexionó ambas piernas para bombear y le dio a Isabel dos sonoros azotes. Para ella aquello era nuevo, inusual, no sabía si era bueno o malo, si procedía o no, pero si tuvo claro que el placer de los dos azotes y la polla de Ariel entrando y saliendo de su coño, le provocaron un placer enorme. Gritó con fuerza, se desahogó como si hubiera tenido reprimido un sentimiento durante mucho tiempo. Se puso erguida, apoyó ambas manos sobre el pecho de Ariel y aceleró el movimiento cerrando los ojos, y percibiendo las sensaciones que le provocaba aquel trozo de carne caliente y duro rozando las paredes de su sexo. Él le masajeaba los pechos y los estrujaba con sus manos, le pellizcaba los pezones, y a Isabel se le mezclaba dolor y placer a la vez. Ariel decidió ir un paso más allá, y llevó su dedo corazón hasta el culo de ella, estimuló el esfínter y lo introdujo lentamente. Isabel quiso decirle que no, pero algo le impidió decírselo. Nunca le habían follado por el culo ni estimulado de ninguna forma, siempre le dio la sensación de que aquello aparte de doloroso, no era bueno. Pero algo la atenazó y no fue capaz de poner un límite. Es más, al igual que con los azotes, se le mezcló una sensación de placer con un cierto dolor pero sin llegar a un límite que le hiciera pedir basta. Ariel entendió la falta de rechazo por parte de ella, como algo bueno, y con un movimiento lento, volteó a la mujer colocándola boca abajo. Pasó su mano por la vagina y mojó la entrada del ano de Isabel con sus flujos.

    -Espera, -dijo ella, -ponte algo porque me vas a hacer daño.

    Se levantó y trajo de la estantería un tubo de vaselina.

    -Lo siento, pero es que no tengo otra cosa más a mano, -le dijo a Ariel mientras le embadurnaba la polla con la pomada grasienta.

    Se colocó a cuatro patas, y dejó que Ariel le untara el esfínter con la vaselina, al mismo tiempo que aprovechaba para introducirle un dedo primero, y luego dos.

    -¡Aaaah!, -gimió Isabel en una mezcla de dolor y placer.

    Ariel repitió la acción varias veces, ampliando el movimiento de su mano hasta llegar a la vagina y el clítoris de Isabel. Cuando creyó que era el momento, guio con su mano la polla hasta el hermoso culo de Isabel y apoyó el glande en la entrada. Hizo unos suaves movimientos intentando hundir su verga dentro de ella, hasta que fue entrando lentamente, buscando la dilatación. Isabel se dejó caer, extendió los brazos hasta tocar la pared con las manos y exponiendo más su culo. Ariel la sujetó por la cintura y empezó un lento baile, sodomizando a Isabel. De forma lenta y pausada pero con determinación Ariel movía sus caderas bombeando y provocándole a la mujer un placer hasta entonces desconocido. Como una corriente eléctrica, el orgasmo invadió el cuerpo de ambos, uniéndose todo en sus zonas genitales. Ariel volvió a eyacular su semen cálido dentro de ella al mismo tiempo que lanzaba un gruñido. Ella lo recibió con un prolongado gemido, cerrando los ojos y apretando los puños.

    La vida perfecta y ordenada de Isabel sólo le dejaba sitio para lo desconocido y lo furtivo.

  • Mi novia de lejos

    Mi novia de lejos

    Hace muchos años tuve una novia de un pueblo, lejos de aquí, cómo a 7 horas.

    Nos conocimos por el Messenger en esa época. Ella tenía 18 años en ese entonces.

    Yo le ganaba por algunos años, a veces ponía su cámara y me gustaba mucho, era muy bonita.

    Después de meses platicando decidí ir a verla a su pueblo.

    Era un sábado, me fui muy temprano como a las 6 am. y llegué allá después de mediodía, ella me esperó en la pequeña central de ese pueblo.

    Cuando la vi me quedé impactado, realmente era más preciosa en persona que a como la veía en la cámara.

    Estaba bien sabrosa, vestía un pantalón de mezclilla y una blusa negra, era algo alta, buenos pechos, buenas piernas y nalgas. (Gordibuena) unas facciones muy bonitas.

    Según ya éramos novios sin vernos aún en persona.

    Quizá me estaba obsesionando con ella, me gustaba demasiado cuando veía sus fotos y escuchaba su voz por teléfono.

    Pero al verla yo me quedé satisfecho, podía regresarme contento de verla, de conocerla. No imaginé ni planeé lo que más noche sucedió.

    Pasamos toda la tarde caminando por el pueblo, no había mucho que ver, ni hacer, era muy tranquilo.

    Cuando llegó la noche me fui a hospedar a un hotel que estaba en la entrada del pueblo, a unas cuadras de su casa.

    Ella me dijo: arréglate, más al rato vengo para ir a la plaza.

    Me metí a bañar y me arregle para esperarla e irnos

    Como una hora después tocaron mi puerta, era ella, venía bien arreglada.

    Traía una faldita muy cortita de mezclilla, ajustada, se notaban sus piernotas bien buenas.

    Traía también una blusa floreada y manga corta.

    Su cabello recogido con un broche como de mariposa.

    Se metió a la habitación y se sentó en la cama, yo me senté a su lado y la recosté en la cama, la besaba y acariciaba sus piernas, estaban buenísimas.

    Le pedí que se quitará la blusa, me decía con la cabeza que no. Yo me puse de pie y me desabroché el pantalón y le dije: mira…

    Mi verga bien parada se la acerqué a su boca y comenzó a mamarla, recuerdo que deslizaba su lengua por todo el pene.

    Sentía riquísimo que una chava de 18 años y muy bonita me la estuviera chupando.

    Poco a poco fui subiendo su blusa hasta quitársela, desabroché su brasier y lo quité.

    Mientras seguía chupándomela yo acariciaba sus tetas, eran grandes, duras, pezones pequeños.

    Así estuvimos un rato hasta que yo le dije: me toca a mí!

    La recosté en la cama, metí mis manos bajo su falda y quite su bóxer, era muy cortito, color negro.

    Me hinqué, abrí sus piernas y metí mi lengua en su panocha, estaba riquísima! La chupé por un buen rato, olía bien rico, ella solo gemía muy bajito.

    Quítate la falda! Le dije…

    Se levantó, desabrochó su falda y se la quitó.

    Se puso a un lado mío y me la volvió a mamar mientras yo acariciaba su espalda.

    Traes condones? Me preguntó

    No, no traje

    Mmm, que desperdicio, nos quedaremos con las ganas

    No necesito condones mamacita

    Me subí encima de ella y se la metí, le daba fuerte que hasta se escuchaba el choque de mi estómago con el de ella.

    Recuerdo que me enterró la uñas en mi espalda. Después puse sus piernas al hombro, estaba riquísima!

    Así duramos un buen rato cogiendo hasta que se la saqué y se los aventé en su vientre.

    Mi verga seguía parada y le dije: te la voy a volver a meter

    Ella solo me dijo con la cabeza que si

    Volví a poner sus piernas a mis hombros por un buen rato.

    Después le pedí que se volteara, se puso en 4 en la orilla de la cama, la agarré de las nalgas y se la metí…

    Yo estaba de pie

    Estaba tan excitado que hasta la tomé del cabello fuerte y su broche calló al suelo…

    Recuerdo que en un momento me dijo: ya ya me duele!

    No manches! Contesté

    Deberás, me duele!

    Se la saqué y se levantó rápido, se los aventé y le cayeron en un brazo y cabello.

    Se levantó rápido y corrió a la regadera, fui tras ella pero cerró la puerta con seguro.

    Mi verga seguía parada, me fui a la cama y me masturbe con su bóxer.

    Después salió, se vistió y nos salimos de la habitación…

    Está fue una de las mejores experiencias que tuve en mi vida.

    Aunque ya pasaron muchos años, no olvidó ese momento.

  • Sobreprotegiendo a mi sobrino

    Sobreprotegiendo a mi sobrino

    Mis publicaciones no siguen un orden cronológico, las voy redactando a cómo llegan a mi mente. Espero sea de su gusto esta historia, espero sus comentarios y valoraciones, besos a todos.

    Todos los personajes que aparecen tienen más de 18 años.

    Preocupada por los maltratos de los cuales es víctima mi sobrino, decido visitar la casa de su abusador…

    Era mi descanso, y me encontraba preparando la comida. La Bendición mayor estaba en la sala, holgazaneando.

    Yo esperaba que el sobrino de la hermana de Mi Mor, mi sobrino, Felipe; que se había mudado con nosotros del Estado/Departamento vecino para realizar sus estudios, llegara a casa del Instituto. Era un chico bueno y dulce, al que su timidez suele jugarle malas pasadas.

    Me encontraba muy concentrada en mis quehaceres cuando escuché el ruido de la puerta principal abriéndose. Supe que era Felipe, estaba por darle la bienvenida y decirle que la cena estaría lista pronto, pero oí la voz de mi Bendición.

    B: —¿Otra vez, Felipe? —alarmada.

    Al instante supe lo que pasaba y salí de la cocina para verlo, me encontré lo que ya esperaba. A mi sobrino con golpes en la cara, la nariz se veía que había estado sangrando.

    Con el corazón en un suspiro me acerqué a él. Me dolía ver que cada vez era más frecuente que regresara así a casa.

    Y: —Felipe… ¿Qué te pasó?

    F: —Lo mismo de siempre — agachando la mirada.

    Y: —Cristian… —fue lo único que pude decir —¿Por qué no le dices a los profesores?

    B: —Eso solo empeoraría las cosas, mamá — a mis espaldas —. Si dice algo, seguro lo golpearán peor por andar de soplón.

    Felipe asintió con la cabeza.

    B: —Ya te he dicho que lo mejor que puedes hacer es enfrentarlo — con la voz seria —. Solo así dejará de molestarte.

    Y: —¿Cómo puedes decirle eso? —sorprendida —. La violencia no es buena, solo genera más violencia. Además…

    Miré a mi sobrino, no era precisamente un hombre grande y fuerte, sino lo contrario. Tenía la genética de la familia de Mi Mor, bastante bajito y flaco, lo cierto es que, aunque lo amo con todo mi corazón, no confiaba en que pudiera ganar una pelea a golpes. Y lo último que yo quería era verlo más golpeado.

    No quería decir algo como eso, porque lastimaría sus sentimientos, pero fue evidente por su reacción que entendió lo que estaba pensando.

    Ofendido, me dio la espalda y subió las escaleras a toda prisa.

    Y: —¡Espera, Felipe! —le grité, pero él me ignoró, a los pocos segundos escuché la puerta de su habitación cerrarse con mucha fuerza.

    Intenté subir las escaleras para hablar con él, pero mi Bendición me detuvo.

    B: —Déjalo mamá. Es mejor que esté solo.

    Y: —Pero…

    B: —Créeme, ahora mismo no ayudarás si vas a hablar con él, mejor déjalo estar tranquilo un rato.

    Yo suspiré. Fue lo único que pude hacer. No quería verlo sufrir, y es que no era la primera vez que mi sobrino regresaba así a casa. Los golpes y moratones se habían vuelto cada vez más frecuentes. Y me preocupaba.

    Miré a mi Bendición, también se preocupaba por Felipe, pero lo conocía mejor que nadie, al ser de una edad tan cercana se contaban muchas cosas.

    Y: —¿Tú sabes donde vive ese tal Cristian? —pregunté. Era un nombre que había comenzado a escuchar cerca de un año antes, cuando Felipe entró a estudiar al Instituto.

    B: —No. Puedes llamar a la escuela e informarte, pero si estás planeando ir a su casa, te sugiero que no lo hagas.

    Y: —¿Por qué?

    B: —Es obvio, ¿cómo crees que se sentiría Felipe si eres tu quien tiene que ir a pelear sus batallas? —mirándome fijamente —. Solo empeorarías las cosas.

    Y: —Pero, quiero ayudarlo…

    B: —Lo sé, mamá. Pero ya sabes como son los hombres, orgullosos y tontos algunas veces.

    Volví a suspirar, entendía perfectamente lo que mi hija me decía. Sabía que lo mejor era mantenerme al margen, pero es que me molestaba tanto verlo golpeado que no pude quitarme de la cabeza el que yo tenía que hacer algo.

    Esa misma noche, antes de acostarnos le conté a Mi Mor lo que pasaba. Y me repitió lo que mi hija ya me había dicho esa tarde.

    MM —Tiene que aprender a defenderse — dándome la espalda —. Ya es un hombre.

    Esa fue toda la conversación que tuve con mi esposo esa noche. Nos habíamos distanciado recientemente, el amor seguía intacto, pero nuestros trabajos cada vez nos permitían vernos menos.

    Finalmente me acomodé en la cama, pensando que tal vez mi hija y Mi Mor tuvieran razón. Sin embargo, escuché un ruido en el pasillo, tras unos segundos de dudas salí de mi habitación para revisar.

    No había nadie, pero la puerta del baño estaba entreabierta, y la luz encendida. Iba a volver a la cama cuando otro ruido me detuvo, fue un quejido claro que me hizo encaminarme hacia el lugar.

    Asomé un poco la mirada por la ranura de la puerta y lo que vi me hizo contener la respiración.

    Ahí estaba Felipe, mirándose al espejo con el torso desnudo. Los moratones de su rostro no eran nada comparados con los que tenía en su cuerpo. Muchas marcas de puños adornaban su abdomen.

    Pensé en entrar y decirle algo. Pues él se las tocaba y el gesto en su rostro era de completo dolor. Pero no lo hice, decidí que lo mejor que podía hacer era dejarlo en paz en ese momento, Mi Mor y mi hija tenían razón en una cosa, él orgullo de Felipe era importante, pero no tanto como para que yo no tomara la decisión de ir al día siguiente a hablar con los padres del maldito que le hacía eso.

    Al día siguiente a duras penas pude concentrarme en el trabajo. Me la pasé pensando todo el tiempo en las heridas que había visto en Felipe, y en cómo podría hacer para ayudarlo.

    Lo mejor era hablar con los padres de Cristian, tal vez ellos pudieran hacerlo entrar en razón.

    En cuanto salí del trabajo me despedí hable a casa con mi hija, inventándole que tenía que hacer un encargo para la empresa. Esa misma mañana había llamado a la escuela y tras una larga charla telefónica en la cual tuve que demostrar que yo era familiar de Felipe e inventar también una excusa tonta, me dieron la dirección.

    Mientras conducía estaba nerviosa. No sabía a qué clase de personas me iba a encontrar, pero entendía que mi deber era ayudar a Felipe, y eso es lo que haría.

    No tardé mucho en llegar a la dirección que me indicaron, era ya cerca de las seis de la tarde. Suspirando, me acerqué a la puerta y llamé al timbre.

    Durante unos cuantos segundos no hubo ninguna respuesta ni ruido. Pero de pronto la puerta se abrió.

    Ante mí apareció uno de los hombres más apuestos que he visto en mi vida. Joven, de ojos negros penetrantes.

    Me avergüenza admitir que no pude controlar mis instintos de mirar el cuerpo de ese joven, llevaba una camisa ajustada que marcaba sus músculos, y unos pantalones cortos a la rodilla. Sé que estuvo mal mirarlo de esa manera, pero una mujer como yo, no se da el lujo de no apreciar la belleza cuando la vea.

    C: —¿Sí? — con una voz gruesa mientras yo lo recorría con la mirada. De inmediato lleve mis ojos a los suyos, para que no me descubriera —¿Qué deseas?

    Y: —Bu… busco a…

    C: —Espera, No me digas que vienes buscando a mi papá.

    Y: —Pues… creo que sí — sin comprender como lo sabe —¿Está en casa?

    C: —No. Salió con mi madre —el muchacho me ve enfadado. A estas alturas ya sé que es Cristian. Me sorprende que un joven de la edad de Felipe pueda ser tan… guapo —. Escucha, creo que mi padre les tiene dicho que no vengan aquí. Si les debe dinero, él les pagara, pero lo van a meter en problemas con mi mamá.

    Y: —Lo siento, no sé de que me estás hablando — confundida.

    C: —¿No eres una de las putas que mi padre contrata? —sin ningún tipo de reparo en la voz.

    Y: —¡¿Qué?! ¡Claro que no! — indignada.

    C: —¿En serio? —Ahora es Cristian quien me recorre con la mirada y me hace sentir nerviosa, y algo más… —. Pues pensé que…, bah no importa, ¿qué quieres?

    Y: —Yo… venía a hablar con tus padres sobre ti, pero, ya que no están… —tras esto, intento darme la vuelta para marcharme, pensando en que puedo volver en otra ocasión. Sin embargo, me detiene tomándome de la muñeca.

    C: —Espera, ¿qué querías decirles sobre mí? — con mirada seria.

    Y: —Vo-volveré mañana.

    C: —No, mejor pasa — abriendo la puerta de par en par —. Tengo curiosidad.

    Tras esto, tiró de mí haciendo gala de su fuerza. La verdad es que yo estaba tan confundida y nerviosa que no puse mucha resistencia.

    Y: —Espera. Mejor vuelvo mañana, cuando estén tus padres.

    Él hizo caso omiso a lo que estaba diciéndole y siguió guiándome por un corto pasillo hasta llegar a una sala con sofás.

    C: —Siéntate — En su mirada pude ver que no aceptaba discusión.

    Por alguna razón que incluso hoy en día no puedo explicarme, que me viera tan seriamente me asustó, hizo que mi cuerpo temblara y terminé haciendo lo que me ordenó.

    Cristian tomó asiento a mi lado y al instante me sentí nerviosa, pude oler su perfume, tan varonil…

    C: —¿De qué querías hablar con mis padres? — Su rostro, a pesar de la malicia que había en él, seguía siendo muy apuesto.

    Yo supuse que, llegados a esa situación, si no podía hablar con sus padres, lo mejor era hacerlo directamente con él. Tal vez entendería.

    Y: —Lo que pasa es que… tengo un sobrino en tu misma clase, y últimamente ha llegado siempre golpeado, y me dijo que fuiste tú…

    C: —¿Estás aquí por eso? — como si no fuera importante.

    Y: —Sí…

    Cristian me miró a los ojos, haciéndome estremecer, aunque era el culpable del sufrimiento de Felipe, mi cuerpo reaccionó instintivamente con un pequeño escalofrío.

    C: —¿Quién es tu sobrino?

    Y: —Felipe — El hecho de que preguntara me hizo entender que mi muchacho no era el único al que molestaba.

    C —¿Esa pequeña mierda es tu sobrino? — parecía incrédulo.

    Y: —¿Qué dijiste…?

    C: —No esperaba que tuviera una tía tan sexy —me interrumpió; sorprendiéndome bastante.

    Y: —¿Disculpa? —.

    C: —¿Qué? ¿No puedo decir que eres sexy? Es en serio, y mucho —Sus ojos van directamente a mis pechos, los cuales están cubiertos por mi blusa, no uso un gran escote, pero a él eso no parece importarle —. Me gustas bastante.

    Yo me digo a mi misma que tengo que ignorar sus cumplidos, pero no puedo evitar que se sienta bien ser halagada.

    Y: —No estoy aquí para escuchar esas cosas — tratando de calmarme —. Quiero saber porque estás golpeando así a Felipe

    C: —¿Por qué? —riéndose —. La pregunta aquí es porqué tú defiendes a pendejo así.

    Y: —¿Qué? ¡Felipe no es ningún pendejo! —enojada —. Es el chico más tierno que existe.

    C: —¿Eso es lo que piensas? —vuelve a reír —. Has estado engañada. Tu sobrino no es más que una pequeña mierda. Sabe que es inteligente y tiene buenas notas en las clases, así que se burla de los demás. Simplemente tuvo mala suerte de burlarse de mí, yo no lo iba a dejar pasar tan fácil.

    No me podía creer lo que me estaba diciendo, debía ser algún error. Una mentira por parte de ese chico. Sin embargo, no pude evitar pensar que desde hace un par de años Felipe es más rebelde que antes, nos responde de mala manera muchas veces, aun así, no creo que…

    Y: —Mira, incluso si hace eso, no está bien que tú lo golpees de esa manera.

    Cristian me miró y al instante sentí la lujuria en esos ojos, supe que iba a intentar tomar el control de la negociación.

    C: —¿Quieres que deje de hacerlo?

    Y: —Sí… — preparándome para lo peor. Una mirada como esa, en un joven de esa edad, solo podía significar una cosa.

    C: —¿Qué tanto quieres que me detenga?

    Y: —Mucho — pensé que, de alguna manera podía retomar el control de la situación si me mostraba segura de mi misma.

    C: —¿Qué harías con tal de que yo deje de golpear a tu sobrino? —sonriendo.

    Y: —¿Que es lo que quieres? — Mi corazón latía como loco, por el miedo y también por algo más. Esa mirada me estaba poniendo muy nerviosa, mi cuerpo se estremecía.

    C: —Quiero ver esas tetas que tienes ahí.

    Yo cerré los ojos y suspiré. Lo sabía, la forma en que me veía solo podía tener connotaciones sexuales. Sé que soy una mujer deseable, tal vez esté mal que lo diga yo, pero me conservo de maravilla.

    Lo cierto es que esperaba que me pidiera algo más fuerte. No es que fuera el primer hombre que me lo pedía en mi vida o no lo había hecho algo parecido con un hombre que no fuera Mi Mor, así que no me lo pensé mucho, con tal de salvar a Felipe.

    Y: —E-está bien — tartamudeando. Él sonrió, sospecho que no esperaba que fuera tan fácil —. Pero solo un vistazo rápido.

    C: —No. Quiero verlas hasta que me canse. De lo contrario seguiré golpeando cada día tu sobrino —con seriedad.

    Y: —Está bien — avergonzada.

    Y tras esto comencé a deshacerme de mi blusa. Lentamente por los nervios que sentía. Él no perdió detalle de lo que estaba haciendo A pesar de la lentitud con lo que lo hice No pasó mucho tiempo hasta que sólo el sujetador fue visible.

    Deslicé las manos por mi espalda hasta poder soltar el broche de mi sujetador, finalmente lo tomé y lo dejé caer al piso, así mis tetas quedaron libres para que Cristian las viera sin ningún reparo.

    C: —Chingado, son más hermosas de que me imagine — Me dijo el muchacho con una gran sonrisa en el rostro, como niño que acabara de abrir un regalo de Navidad — No me puedo creer que el pendejo de Felipe tenga una tía tan sexy.

    Y: — No digas eso de Felipe —Le respondí poniendo una cara de enfado, aunque lo cierto es que mi cuerpo se estaba calentando cada vez más al sentir su mirada sobre mis pechos.

    Sé bien que no debería ser así, pero no pude evitarlo en ese momento. Encontrarme de pronto en esa situación me pareció extrañamente excitante. No crean que no me avergüenzo de sentir aquello, ni tampoco que no sabía que estaba mal. Simplemente es que no logré mandar sobre mi cuerpo.

    Cristian se movió sobre su asiento para acercarse a mí. Yo sentí nervios, pues pensé que iba a tocarme. Sin embargo, contrario a eso, solo acercó mi rostro más a mis pechos.

    Guiada por los nervios mire hacia abajo, pues no quería encontrarme con su mirada, pero esto resultó ser una mala idea. Con lo que me topé en cambio fue con un enorme bulto en sus pantalones. Ya suponía que el espectáculo haría que se excitara, después de todo esa era su intención claramente, pero lo que no esperaba fuera… tan atrayente.

    C: —Parece que ambos tenemos algo que nos gusta mirar —modo de broma —. Si quieres, podemos hacer que las cosas sean un poco más justas para ti…

    Sin darme tiempo siquiera haga reaccionar, se puso de pie con rapidez, bajó sus pantalones y ante mí apareció la verga venosa y brillante. Mi reacción fue abrir los ojos como platos por la sorpresa Pues no me creía lo apetitosa que lucía.

    C: —¿Te gusta? —con una risa macabra. Yo no pude ni siquiera responder — Te dejaré tocarla si quieres, pero a cambio, debes dejarme hacer lo mismo con tus pechos.

    Yo estaba tan atontada mirando esa monstruosidad qué fue muy tarde cuando me di cuenta que mi cabeza había sentido de manera inconsciente. Pronto, el muchacho se había sentado de nuevo en el sofá, a mi lado, y sentí como mi teta izquierda era tomada por una de sus manos, segundos después, pasó lo mismo con la derecha.

    Y: —¿Qué haces? — sobresaltada.

    C: —Solamente estoy comprobando que valga la pena dejar de golpear al imbécil de tu sobrino — me sentí como una mercancía siendo catada por un posible comprador.

    Sopesé que lo mejor era dejarlo hacer lo que quisiera con mis pechos. Con tal de que los golpes desaparecieran de la vida de Felipe.

    Lo que no me esperaba es que fuera tan bueno con sus manos. No sé donde aprendió a moverlas así, pero sabía exactamente qué puntos tocar y donde pellizcar para hacer que me excitara. Es obvio que ha practicado, y de pronto, aunque no lo entienda, me puse un poco celosa.

    C: —Si quieres puedes tocar mi verga — sin dejar de pellízcalo mis pezones.

    Y: —¡¡Hmmm!! —gemí dejándome llevar por la extraña sensación de placer.

    C: —Oh, ese gemido fue muy sexy.

    Inconscientemente volví a bajar la mirada hacia el erecto pene del muchacho. Traté de no mirarlo fijamente porque sabía que, de hacerlo, iba a terminar envuelta por la lujuria. Pero me fue imposible no ver está tremenda cosa qué palpitaba justo frente a mí.

    C: —Vamos, es obvio que quieres tocarla. Se nota en tu mirada.

    Levanté la vista para verlo, molesta.

    Y: —No quiero tocarlo — tratando de mantenerme firme en mi decisión.

    Justo en ese momento sentí como su boca se enredaban rededor de uno de mis pezones. Yo estaba realmente sensible, ese muchacho era en serio, muy bueno jugando con los pechos.

    Entonces, sentí como su mano libre se deslizaba por mis muslos, entre mis piernas y hasta llegar a tocar mi entrepierna, por encima de la delgada tela de mi pantalón entallado.

    Y: —¡Hey! —le grité, enfadada.

    C: —Solo estoy tocando — con una cara tan inocente que me volvió loca al verla.

    Y: —Ahí no, solo toca mis…

    Me detuve antes de continuar. Sabía que ahora estaba a su merced, si no lo dejo seguir, quien pagaría los platos rotos sería Felipe.

    En ese momento me sentí muy impotente, como una idiota por no poder ayudar a Felipe de otra manera.

    Y: —Está bien —le dije, resignada —. Toca donde tú quieras…

    C: —Imaginé que dirías eso —. Su sonrisa era un arma de doble filo para mí. Tan linda que hace que mi corazón lata, tan malvada que causa que al mismo tiempo se contraiga del miedo.

    Durante varios segundos continúa masajeando mi vagina por encima de mi ropa mientras jugaba con uno de mis pezones. Lo hace tan bien, y yo estoy tan sensible qué no puedo evitar sentirme excitada.

    C: —Se me acaba de ocurrir una cosa —me dice de pronto —. Si acaricias mi verga, tal vez consideré dejar de molestar a Felipe para siempre.

    Lo vi con rabia durante unos instantes, para luego volver a bajar mi vista en dirección de su pene. Es tan venoso…, tan seductor ¿Cómo puede un joven imberbe tener una cosa así?

    No me lo explico como mi mano se moviera sola en ese momento. Cuando por fin esa cosa se enredó entre mis dedos, la sentí caliente, tanto que fue como si me quemara. Me dije a mí misma que lo estaba haciendo para salvar a Felipe, pero lo cierto es que la calidez en el interior de mi cuerpo me indicaba algo distinto.

    C: —Así me gusta, que seas obediente —en cuanto mi mano hizo contacto con su tranca.

    Ignoré su comentario y comencé a acariciar esa caliente verga. Era tan maravillosa, lo único malo que poseía era que pertenecía al matón que molestaba a Felipe. Si esa cosa fuera de Mi Mor, sería simplemente genial.

    Y: —¡Ahh! —un leve gemido escapo de mi boca. Me estaba mojando cada vez más. La forma en que ese joven usaba sus manos y su boca era maravillosa.

    Sé que es el matón de Felipe, sé que no debería hacer eso, pero se siente tan bien solo ser tocada. En mi mente, no pude evitar preguntarme como se sentiría si no solamente fueran toqueteos.

    Suelto otro gemido, las caricias que ese chico le da a mi vagina son tan geniales que mi cuerpo se estremece entero.

    Entonces, Cristian se agachó, suevamente saco mis zapatos de mis pequeños pies, paso sus manos desde mis pies hasta mi cintura acariciando mis piernas y mientras posaba sus labios sobre mi pezón izquierdo, metió sus manos en la cintura de mi pantalón intentando bajarlo. Yo levanté mis caderas permitiéndoselo. Él aprovechó mi inesperada cooperación para también quitarme la ropa interior que ya estaba empapada.

    Y así de pronto, estaba desnuda en la casa del matón que molestaba y golpeaba a Felipe. Aunque lo peor de todo no era eso, sino que me encontraba muy excitada.

    C: —Estorbaban — soltando mis bragas hacia el piso de la sala.

    Y: —Vaya que sí… — jadeando y provocando una sonrisa de su parte.

    Entonces retomó lo que estaba haciendo. Con una de sus manos acariciaba mis pezones y con la otra hacia lo mismo en mi vagina. Llevó su boca a mi cuello y comenzó a besarlo y lamerlo.

    Mientras tanto yo seguía acariciando su verga, moviendo una de mis manos de arriba hacia abajo, y recorriendo toda la extensa longitud de ese maravilloso pene.

    De pronto sentí como el muy cabrón metió uno de sus dedos en mi vagina, y luego otro. La sensación fue como si acabara de perder todo el aire de mis pulmones, placentera, pero molesta a la vez.

    Él movió sus dedos con rapidez, encontrando el lugar más sensible de mi cuerpo. No tardé en comenzar a revolverme por el placer en el sofá.

    C: —Me imaginé que ibas a luchar un poco más — sonriendo —. No esperaba que en realidad si fueras una puta.

    Y: —Vete a… la chigadaaa… —dije como respuesta.

    A pesar de decir eso, la verdad es que para ese momento yo estaba completamente entregada al placer. La forma en que movía sus manos en mi cuerpo me calentaba más y más.

    Sus dedos continuaron explorando el interior de mi vagina durante varios segundos. Parecían dos aventureros adentrándose en una cueva en la cual no ha habido nadie en años.

    C: —Estas bien rica y sabrosa, puta— lamiendo mi cuello, besándolo con pasión —. Quiero cogerte, lo quise desde que abrí la puerta y te vi ahí parada.

    A pesar de saber que está mal, y de querer decir algo negativo al respecto, lo único que sale de mi boca son más gemidos.

    Y es que, aunque me dolía admitirlo, me encontraba completamente segura de que en poco tiempo tendría su verga en mi interior. Para esos momentos, yo a duras penas recordaba el motivo del porque estaba en esa casa. Ahora que lo pienso, la verdad es que supe como terminaría todo desde que miró mis pechos con lujuria.

    C: —Quiero que chupes mi verga —seriamente.

    Yo asentí, recuerdo que lo hice con tanta vehemencia que mi cuello dolió durante varios segundos.

    Lentamente sacó los dedos de mi vagina y se los llevo a la boca, los chupó y saboreó mis líquidos frente a mí, como si quisiera demostrar con eso lo que yo le haría a su miembro.

    Entonces se paró frente a mí. Con su verga completamente erecta, como si me la estuviera ofreciendo. Guiada por mí excitación, me dejé caer sobre mis rodillas y lentamente acerqué mi rostro a su tranca gruesa y grande.

    Envolví mis labios sobre la cálida punta y, como si quisiera demostrar lo que valgo, comencé a meter la verga lo máximo posible en mi garganta. Solo pude llegar hasta la mitad antes de atragantarme, lo que causó que volviera a sacarla de mi boca.

    Y: —¡Así, puta, que ricooo! — entre gemidos.

    Seguí chupando su verga tanto como pude, metiéndola y sacándola de mi boca. Al poco tiempo, decidí que lo mejor era usar una de mis manos para darle una paja también, todo su tronco sentía placer.

    C: —Eres muy buena en esto —me dijo, soltando otro gemido —. Mucho mejor que las OTRAS putas que conozco.

    Escuchar esas palabras me hizo sentir orgullosa, y pronto mi cuerpo se estremeció de nuevo.

    Llevé la otra mano hasta la entrada de mi vagina y comencé a frotarla, yo también merecía sentirme bien. A los pocos segundos, mi menté pensaba en cambiar mis dedos por la verga de Cristian, quería tenerla dentro, y sabía que no estaba lejos de ocurrir.

    De pronto, sentí como Cristian tomaba mi nuca y sin perder un segundo empujaba mi cabeza hacia adelante, obligándome a meter su verga hasta mi garganta.

    Sentí arcadas al instante y de nueva cuenta como si estuviera a punto de ahogarme. Levanté la mirada como pude para pedirle que me soltara, pero él no lo hizo. Siguió empujando mi cadera hasta que toda su verga entró en mi boca.

    Era algo tan humillante e irrespetuoso… hervía en lujuria a mil por hora.

    A los pocos segundos mi cuerpo estaba tan caliente como un volcán, y mi lengua se movía sobre su verga, tratando de abarcar la mayor cantidad de carne posible. Y cuando al fin soltó mi cabeza, no saqué ni un centímetro de su verga de mi boca. Continué dándole la mejor felación que había dado en mi vida, respirando pesadamente por la nariz.

    Yo sabía que todo aquello estaba mal, que era una mujer casada y que ese chico le hacía la vida imposible a Felipe. Pero la lujuria me impedía pensar con claridad, lo único que me importaba era esa enorme verga que estaba chupando. No tenía tiempo para arrepentirme ni dejar que me comiera la culpa.

    Aunque no pude seguir por mucho tiempo, pues pronto mis mandíbulas comenzaron a cansarse. Así que no me queda más remedio que sacarla de mi boca.

    C: —¿Terminaste?

    Yo asentí con cierta decepción.

    C: —Entonces, es hora de que montes mi verga.

    Una indecente sonrisa aparece en mi rostro al escuchar esas palabras, era lo que estaba esperando.

    Y: —Con gusto — ya entregada por completo a sus deseos, y a los míos, por supuesto.

    Cristian se recostó sobre el sofá rápidamente y yo no tardé mucho en subir sobre su cuerpo. Su verga erecta parecía un mástil, al que solo le faltaba la bandera, que iba a ser mi vagina.

    Poco a poco comienzo a dejar que esa cosa entre a mi interior. Lo hace lentamente, pero no tardo en sentirme llena, mi vagina se estremece, casi como agradecimiento.

    Puse sus manos sobre sus hombros y el hizo lo mismo, pero tomando mi trasero, levantándolo, para ayudarme con los últimos centímetros.

    Solté el gemido más largo de toda mi vida cuando finalmente llegué a la base de su verga. Me di varios segundos para acostumbrarme a tenerlo dentro de mí, la verdad es que ya estaba disfrutando como una loca.

    Ya no había vuelta atrás, en esos momentos no me importaba en lo más mínimo, el mundo y sus problemas, solo importaba el placer que sentía entre mis piernas.

    Comencé a bajar y subir mis caderas, penetrándome con esta delicia de verga, Durante varios instantes estuve cabalgando a este semental, lo hacía lentamente. Se sentía tan bien que mi cuerpo estaba en llamas, más caliente que nunca.

    De pronto, Cristian tomó mi trasero con más fuerza, abriendo mi ano con sus manos y comenzó a hacerme subir y bajar por su cuenta.

    Lo hizo más fuerte de lo que yo lo estaba haciendo, su verga ahora no solamente me penetraba, sino que prácticamente me estaba apuñalando. No me había preguntado si quería hacerlo de esa manera, sin embargo, la verdad es que no me molestaba, encontré cierto placer en que me usara como quisiera.

    Al poco tiempo, yo misma movía mis caderas al mismo ritmo que él me marcaba. Sentía su verga llegar tan adentro que me estaba volviendo loca.

    Nos miramos a los ojos, y verlo sonreír, sabiendo que había conseguido lo que quería me excitó más. Sus manos recorrían mi trasero con tanta vehemencia que sentí como si fuera a desgarrarme.

    Me sujeté con más fuerza a sus hombros y aumenté el ritmo en el que levantaba y bajaba mis caderas. A esas alturas, lo único que se escuchaba en la casa eran mis gemidos, y el sonido de nuestra carne chocando.

    Si hubiera sido Mi Mor, ya se habría corrido y girado en la cama para dormir.

    Por fortuna, quien me estaba haciendo suya en esos momentos no era Mi Mor, sino Cristian. El poseedor de una maravillosa verga y que resistía mucho más.

    De pronto sentí un tirón en mi interior, primero pensé que era mi imaginación, pero cuando se repite siento, todo mi cuerpo esta sobre ascuas, el tercer tirón en mi cérvix me lo deja bien claro.

    Iba a correrme.

    No puedo decir la emoción que sentía lo miré a los ojos y le sonreí, agradeciéndole.

    Mis gemidos se volvieron más salvajes, y él debió entender lo que pasaba pues aumentó el ritmo una vez. De pronto mi interior estaba siendo penetrado con fuerza por una gran verga que no era de Mi Mor, y se sentía tan bien…

    El grito que di cuando finalmente sentí mi orgasmo fue tan resonante que probablemente me escucharon en la calle, pero no me importó.

    Sentí cientos de descargas eléctricas recorrer mi cuerpo, mi vagina se apretó alrededor de la verga de Cristian. Me dejé caer sobre él, gritando de gozo, lo abracé y finalmente le di un pequeño beso en los labios, de nuevo, agradeciéndole por el placer.

    Ese chico me había hecho correr, era increíble…

    Mi orgasmo tardó tanto tiempo en disiparse, que me pareció una eternidad. Cuando finalmente pasa, lo miró a la cara, él sonríe, y yo también.

    C: —Espero que no creas que esto fue todo — empujándome para que me pusiera de pie, me costó separarme de esa verga casi tanto como mantenerme en pie.

    Él se paró también y me empujó un poco hacia adelante, indicándome que quería que me inclinara sobre el brazo del sofá. Yo lo hago sin rechistar, después de lo que acabo de sentir, ni se me pasaría por la cabeza negarle algo a ese chico.

    Cristian se coloca detrás de mí y comienza a pasar su verga por mi mojada vagina. Siento que se está burlando de mí, pues no la mete, solo me hace esperar.

    Moví mis caderas de arriba abajo, indicándole que se apresurara. Desde esa posición no podía verlo, pero no me importó, solo quería hacerlo sentir bien.

    Finalmente, tras hacerme esperar lo que me parecieron horas, comienza a volver a meter su verga, la misma que acababa de regalarme un maravilloso orgasmo.

    Miró por encima del hombro y le sonrió. Él hace lo mismo, pero de pronto me penetra con tanta fuerza que me lanza hacia adelante, provocando que yo quedara recargada sobre el brazo del sofá, con el trasero completamente hacia arriba.

    Solté un grito de sorpresa, pero también de placer, me lo hacía tan fuerte.

    C: —¿Te gusta, puta? — en tono de burla.

    Y: —Chingas a tu madre —le respondí, con una enorme sonrisa en mi rostro.

    Entonces, para mi sorpresa levanta la mano y la descargar sobre mi trasero con fuerza. A pesar del dolor, el placer que sentí con su golpe fue mayor. Y eso debió haberse reflejado en mi cara.

    C: —Ya no estás tan seria como antes, putita.

    Y: —¿De qué hablas? — sorprendida.

    Antes de responderme, comenzó a mover sus caderas con fuerza de nuevo, penetrándome como un animal y azotándome con su mano. El placer y el dolor eran tan fuertes que se mezclaban dando lugar a una sensación deliciosa para mí.

    C: —Llegaste con una cara de perra pretensiosa — entre jadeos —. Y ahora, sigues teniendo cara de perra, pero de una que disfruta siendo cogida por el hombre que maltrata a su sobrino.

    De pronto me tomó por el cabello y tiró de el, levantando mi cabeza, de modo que solo vi el techo.

    C: —Admítelo, Di que eres una puta que disfruta que se la cojan así.

    Yo tragué saliva, de alguna forma sabía que, si hacía eso, rompería la última línea de decencia que me quedaba.

    Su verga seguía entrando y golpeando mi interior sin piedad.

    Y: —¡Me gusta! —grité; descontrolada —¡Me encanta lo que me haces! ¡Ser tu puta se siente riquísimo!

    Cristian soltó una carcajada y me dio otra nalgada, demostrando que yo era su perra.

    C: —Entonces, ¿no te importa que siga lastimando a tu sobrino cada vez lo que vea si es necesario?

    Y: —Eso… —mi respuesta se detuvo, pues por fin logré recordar la razón de porque me encontraba ahí —. No lo hagas…

    C: —¿Estás segura, puta? Si me detengo, ya no tendrás ninguna excusa para volver a buscarme.

    Entendí a la perfección lo que estaba tratando de decirme y me asusté. Supe que para él no importaba golpear a Felipe, sino que ahora me quería a mí, ese era su modo de decir que yo le pertenecía. En el fondo, no quería renunciar a un placer así.

    Y: —Está bien — humillada —. Pero, no le pegues tan fuerte… Por favor.

    C: —Eso depende de ti — sin dejar de embestirme —. ¿Dejarás que te coja cuando yo quiera?

    Y: —¡Si! — percibiendo como mi vagina se contraía otra vez.

    C: —Entonces, me das tu número y cuando yo te llame vas a venir corriendo, puta.

    Y: —¡Si, siii! —grité; sintiéndome más puta que nunca

    Ser usada de esa manera por él me parecía tan increíble. Someterme a él me excitaba mucho. Supongo que su verga es tan maravillosa que despertó mi verdadera naturaleza.

    De pronto volví a sentir un nuevo tirón en mi vagina, no me pude creer que estuviera a punto de correrme por segunda vez en tan poco tiempo.

    Mis gemidos se hicieron más fuertes, y él se dio cuenta al instante.

    C: —¿Vas a correrte de nuevo, puta?

    Y: —¡Mmm…! —solo pude gemir como respuesta.

    C: —Ya voy a terminar— agitado

    Cristian siguió empujando sus caderas hacia adelante. Penetrándome con la misma intensidad todo ese tiempo. Un último azote es lo que causo que mi cuerpo explotara.

    Grité tan fuerte que sentí como si mis cuerdas vocales fueran a explotar. Él siguió sacando y metiendo su verga mientras yo me corría, inundada por el placer.

    En cuanto dejé de gritar, sentí su verga palpitar en mi interior y supe lo que estaba a punto de pasar. Aunque para mi sorpresa, me tomó por los hombros y me hizo girar rápidamente de modo que quedé mirándolo.

    Cristian se masturbó por unos pocos segundos y de repente hilos de semen comenzaron a brotar de su pene, cayendo directamente sobre mi rostro, mi abdomen y mi pecho, con tanta fuerza…. eran como balas.

    Nos quedamos en esa posición durante unos segundos que se convirtieron en minutos rápidamente. Ambos jadeamos, conscientes de la maravillosa sesión de sexo que acabamos de tener.

    C: —Tu cuerpo… es tan increíble… —jadeó Cristian, haciendo que me ruborizara.

    Y: —Lo único increíble aquí es tu verga —le respondí con sinceridad. Él sonrió.

    C: —Dime tu número —me ordena, sacando su teléfono del bolsillo del pantalón que se quitó unos momentos atrás.

    Sin perder tiempo comencé a enumerarle los dígitos uno por uno, con una enorme sonrisa en el rostro.

    C: —Te llamaré cuando quiera cogerme, este maravilloso cuerpo de puta que tienes.

    No puedo evitar pensar en lo mucho que me gustaría que me llamara todos los días.

    C: —Mejor vete. Llevamos mucho tiempo cogiendo, mis padres podrían regresar.

    En esos momentos la realidad me golpea, recuerdo que tengo que regresar a casa para preparar la cena. Me levanté con rapidez, recogiendo mi ropa del suelo y comenzando a vestirme, sin siquiera preocuparme por limpiar el semen de mi cuerpo.

    Y: —Entonces…, no vas a decirle a nadie sobre esto, ¿verdad? — temerosa de que le contara a Felipe.

    C: —Soy una tumba — le creí, pues vi sinceridad en su mirada.

    Yo sonreí, sentí unas ganas enormes de darle un beso, esta vez uno de verdad. Pero me contuve, sentí que eso sería demasiado.

    En un acto de caballerosidad, Cristian me acompañó hasta la puerta, por supuesto, sin separar la mano de mi trasero en ningún momento. Cuando llegamos a la puerta, sentí un arrebato de tristeza y de nostalgia.

    Sé que fue una tontería, pero no quería irme, siempre es difícil renunciar al placer.

    C: —Te llamaré pronto — abriendo la puerta, como si leyera mi mente, lo cual me sorprendió —. Y sobre tu sobrino… supongo que puedo moderarme un poco con él. Pero si vuelve a comportarse como un pendejo, no me contendré.

    Asentí, tomando nota de que debía hablar con Felipe.

    Tras esto, sonreí y me despedí de él. Subí a mi auto y limpié el semen de mi rostro con unas toallas húmedas que siempre cargo y conduje a casa.

    Por suerte, Mi Mor no había regresado y las Bendiciones estaban en sus habitaciones, así que no tuve que dar cuentas a nadie. Corrí a bañarme, no sin antes probar por fin el semen de mi pecho, el cual ya estaba completamente frio, pero fue como un manjar en mi boca, y me hizo sonreír…

    Desde ese día, Felipe regreso a casa con menos moratones y golpes, incluso se volvió un poco más comprensivo, gracias al peor regaño que le he dado en su vida, comprendió que había actuado mal en la escuela, a postre consiguió una beca al extranjero, donde ahora vive, así que dejo de ser una preocupación para mí.

    Y por mi parte…, el resto de las semanas que vivió Felipe con nosotros, recibí varias llamadas y mensajes, Él cumplió la promesa de no golpear tanto a Felipe, así que por supuesto, yo cumplí con la mía, con mucho gusto.

    FIN

  • Me ofreció a su mujer, pero yo ya me la había follado

    Me ofreció a su mujer, pero yo ya me la había follado

    Ya para este tiempo, ya me había desvirgado una chica de nombre Sonia y también ya me había follado a Ana, ya sabía qué esperar del sexo y sí hacemos memoria, esas primeras folladas y esa primera eyaculación son para el recuerdo. En mi caso las primeras experiencias fueron anales, aunque luego Sonia si me daba su panochita y Ana solamente una vez la follé por el trasero, es lo único que ella me dio y no me dio más.

    La tercera chica era una mujer hecha y derecha y aunque no estaba casada vivía con su marido en unión libre. Es la única chica que me follé y que no recuerdo su nombre y verdaderamente no me esperaba tal situación. Resulta que eran nuestros vecinos, nuevos en la vecindad y un buen día tuvieron problemas en la cañería de su casa que les obligo a hablar con mi madre para ellos poder llegar a casa y usar nuestros baños. Creo que pasaron en esa condición por 3 o 4 días según mi recuerdo. Yo no lo sabía hasta que un día la veo entrar al baño de mi habitación, el cual tenía también acceso al pasillo y una puerta hacia mi cuarto.

    Yo ya los conocía, los había saludado anteriormente y ambos me hacían bromas acerca de mi altura pues ya por esa época media mi metro setenta. (Llegue a medir 1:88 con los pies descalzos). Más que todo ella me hacía bromas acerca de las chicas, de cómo muchas me coqueteaban y que de seguro sería un don Juan, pues ella me decía que tenía buena pinta. De hecho, sentí que ella me coqueteaba o de alguna manera quería excitarme y jugar con las fantasías de alguien inexperto, que quizá ella todavía me creía virgen.

    En esta época yo estaba de vacaciones de verano y ella con su marido tenían diferentes horarios de trabajo. Su marido trabajaba horas regulares de mañana a tarde y ella por ser enfermera su horario fluctuaba y en ese tiempo trabajaba de tarde hasta horas de la madrugada. La verdad que a mi me gustaba y por esa época fantaseaba con ella. Era una mujer de cuerpo petit, de cabellera oscura y piel morena clara. Su rostro era bonito de esos ovalados, alargados. No creo que llegara al metro sesenta… yo me miraba mucho más grande que ella.

    Todo comenzó cuando en cierta ocasión ella cerró la puerta del pasillo del baño, pero dejó abierta la puerta que da a mi habitación. No sé si lo hizo adrede porque pensó que no me encontraba ahí, pero más creo que lo hizo a propósito. Yo escuché la regadera y la verdad me dio la curiosidad de ir a espiarla y aunque no se miraba claramente, mi imaginación aclaraba esa imagen a través del cristal corrugado de la regadera. Cuando escuche que el agua dejó de caer me fui para un pequeño escritorio que tenía y simulé que estaba leyendo. Ella después de secarse abrió la puerta de mi habitación y me dijo en un tono serio.

    – Tony, me has estado espiando ¿verdad?

    – No… he estado leyendo. -le dije.

    – No me mientas… sé que me has estado espiando. Escucha… si me quieres ver desnuda solo dímelo y te dejo ver lo que tú quieras. – agregó con un sentido serio.

    – No… no te he espiado.

    – Mira… no te sigas haciendo la paja… si quieres probar lo que te imaginas… ven a mi casa y ahí hacemos lo te pase por la cabeza.

    Me había dicho aquello y me había mostrado sus pechos desnudos removiendo un poco su toalla, pues no se había vestido. Yo me quedé un tanto paralizado, pues aquello fue sorpresivo. Se vistió y escuché que salió por la puerta frontal. Me quedé pensando y pellizcando sí todo aquello era verdad y que no era un sueño. La verdad no lo pensé mucho y sin medir riesgo alguno me crucé la calle y estaba en minutos tocando su puerta.

    – ¡Sabia que ibas a venir! – me dijo. Todavía tenía el cabello mojado y solo se había puesto uno de esos pantalones deportivos y una blusa que mostraba no llevaba sostén pues sus pezones se le marcaban. Ella me tomó de la mano y me llevó directamente a su cama no sin antes decirme lo siguiente:

    – Tony… sé lo que quieres. Sé lo que un chico como tú busca. Solo prométeme que esto nadie lo sabrá… mi marido nos mataría sí se da cuenta de esto.

    – No… no se lo diré a nadie. -le dije.

    Ella misma me pidió que le quitara su camisa y le bajara el pantalón deportivo. Descubría una silueta curvilínea usando solamente uno de esos calzones cacheteros de color rosa que magnificaban sus glúteos. A pesar de que ya me había cogido dos chicas, por su edad esta mujer me dirigía, como que tuviera esa seguridad que estaba tratando con un chico virgen. Ella me asistió a quitarme la camisa y olio el sudor en mi pecho. Me bajó el pantalón con delicadeza y me dejó solo con unos calzoncillos estilo bikini donde mi erección era obvia. Los tenía mojado y ella me hizo esa observación: – ¡Estas bien mojado!

    Ella se tomó a la tarea de bajarlos por completo y mi verga se estiró hacia delante y me dijo: – Vaya… esto no me lo esperaba. ¡Tienes una verga fenomenal y esa cabecita hará locas a las chicas que se te pongan por delante! – Ella no se tomó mucho tiempo y comenzó a intentar en tragarse todo mi falo. Recuerdo que, sí era largo, pero no tan grueso… quizá con el tiempo, por mi ejercicio y hacer pesas tomó grosor. Ella estaba dispuesta a hacerme acabar y que me corriera en su boca y eso no tomó mucho tiempo. En cinco o siete minutos me estaba haciendo llegar al paraíso y le dejé su boca llena de mi corrida al compas de unos gemidos que me provocaron cuando mis testículos se contraían. Ella se fue a limpiar con la misma toalla que se había secado el cabello y me dijo de esta manera: -Hoy tu vas a hacer lo mismo… Quiero sentir tu lengua adentro y alrededor de mi sexo.

    Ya se lo había hecho a Sonia quien fue la chica que me desvirgó, pero esta mujer me pedía que además de chuparle la panocha, con mis manos le apretara los pezones a la vez. Quizá estaba mas excitada que yo, pero no recuerdo con precisión, pero se corrió prácticamente en seguida. Sus flujos vaginales emanaron y todo mi rostro estaba llenos de ellos y usé la misma toalla de ella para limpiarme. Obviamente mi verga estaba ya lista de nuevo viviendo todo aquello y luego ella me dijo a sabiendas que no llevaba un condón.

    – Tony, hoy solo me la vas a meter por atrás, pues no tienes condón y no quiero salir embarazada… no me estoy cuidando. Otro día de te la voy a dar.

    – Como tú quieras.

    Yo no decía mucho y esta chica me ha vuelto a dar otra mamada y se pone en cuatro a la orilla de la cama y ella misma guía mi falo a la entrada de su ojete. No me pide nada que se lo dilate o nada por el estilo. Ella con mi glande soba su ojete y este le lubrica la entrada pues a esa edad ese flujo pre seminal es abundante. Es la primera vez que alguien me expone su culo así, pues con Sonia y Ana, les aseguro no sabía dónde lo metía, pero esta chica era más abierta y podía ver donde estaba su panochita con su vellos depilados y ese culo que me lo dejaba para que lo disfrutara. Ella lo hizo todo… poco a poco se lo metió, yo sentí la gloria de verme atrapado por su ojete e instintivamente hundirlo y sacarlo en una danza ancestral que nos lleva a ese ritmo íntimo de dos seres que buscan el placer. Le hice un vaivén de mete y saca con mucha potencia y ella se masturbaba su conchita y explotó en seguida. No sé sí lo prohibido la excitaba, no sé sí su marido no le había dado por algún tiempo, o simplemente era una mujer fogosa y caliente. De solo escuchar sus gemidos y alaridos que se levaban me hizo acabar y le llené el culo con mi espuma blanca.

    Aquella tarde volvimos a hacer otro anal y esto se me hizo tan natural que desde entonces siempre busqué cogerme a todas las chicas por detrás. La gran mayoría me lo dieron y creo que también la gran mayoría lo disfrutaron. Con esta mujer de quien no recuerdo su nombre, eventualmente me dio su rica y apretada panocha cuando ya conseguimos condones, pues ella no se cuidaba porque intentaba salir embarazada y eso sí no se lo iba a hacer a su marido: quedar embarazada de alguien más. Follamos así por unos meses y luego ellos se fueron de la vecindad. Su marido era algo bromista y muy liberal también, que un día que quizá el me vio que miraba las piernas de su mujer pues esta llevaba una minifalda que al sentarse se le miraban las bragas me dijo:

    – Tony… ¿te gusta verdad? pedírselas y a lo mejor de las da… mira que yo no soy celoso.

    – ¿De que hablas? respondí un tanto incómodo.

    – Que veo que cómo le miras las nalgas de mi mujer… de veras de lo digo… pedírselas y a lo mejor te las da. Yo creo que te las quiere dar y sí es contigo, pues yo no tengo bronca. -decía riéndose.

    Me hacía sentir mal e incómodo, pero en el fondo me decía a mí mismo: Ya exploré todos los orificios de tu chica… y los voy a seguir explorando, porque siempre ella con su coquetería me ponía a mil.

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  • Visita a un amigo

    Visita a un amigo

    El tren perdió velocidad poco a poco hasta detenerse en la estación. Laura agarró el bolso, dirigió una mirada a su alrededor para comprobar que no olvidaba nada y se levantó del asiento.

    Caminando por el andén, y a pesar de la fina lluvia y el viento que helaban su rostro, agradeció el poder mover las piernas y desentumecer la musculatura recuperando sensaciones.

    En aquel momento sentía ese tipo de nerviosismo propio de quien anhela el reencuentro. La verdad es que no sabía muy bien que esperar. Pablo y ella eran amigos, habían estudiado un idioma extranjero en un país extranjero durante meses, y allí, en ese lugar que a veces parece irreal, habían hablado y nada más. Luego ella conoció a un tipo con el que no llegó a nada, mientras que en la vida de él no ocurrió nada. Cada semana se intercambiaban correos electrónicos hasta que un buen día llegó la invitación.

    – No te preocupes por el alojamiento. En mi piso hay sitio de sobra, tendrás tu habitación, tu cuarto de baño y si no te gusta siempre está el hotel.

    Laura tardó unos días en responder, tenía ganas de conocer la ciudad y bueno, para que negarlo, sentía curiosidad por ver dónde acababa aquello. No es que Pablo fuese el mismísimo Apolo, pero la idea de besarle había cruzado su mente más de una vez. Tendría que ser él quien lo intentase desde luego, si es que se sentía atraída por ella. Bueno, eso parecía obvio, lo de invitarla a su casa, lo de añadir atropelladamente que dormirían en habitaciones distintas… incluso lo del cuarto de baño… como si le diera vergüenza la naturaleza. Por un momento imaginó la escena, ella tirándose un pedete y él con el rostro todo colorado sin saber dónde meterse. Definitivamente la idea de que Pablo tomase la iniciativa no estaba clara del todo, quizás tendría que darle un pequeño empujón.

    A la salida de la estación, Pablo reconoció a su amiga y la llamó por su nombre mientras notaba como su corazón latía más rápido. Aquella chica le gustaba mucho en todos los sentidos, estar con ella le llenaba de alegría y le daba paz al mismo tiempo y también, por que no decirlo, le ponía un poco entre nervioso y excitado. Quería más, pero tenía miedo a romper la magia… tocarla, besarla, formar parte de ella… había soñado tantas veces con su piel, con su voz y con su aliento… un no, una duda, un baño de realidad era algo que le pondría muy triste y eso le asustaba.

    Laura se mostró entusiasmada con la habitación. Sacó una toalla, bragas, sujetador y un bote de champú, tomó en sus manos la bolsa de aseo y de puntillas se coló en el cuarto de baño. A continuación se desnudó de cintura para abajo y se sentó en la taza del váter, tiró de la cadena y orinó. Se estaba bien, la calefacción funcionaba perfectamente y el frío de afuera era solo un recuerdo. Se terminó de desnudar, el espejo reflejaba su rostro y sus senos. Sonrió. Se metió en la ducha y tras enjabonarse abrió el grifo, cerró los ojos y disfrutó del agua calentita que se deslizaba por su cuerpo.

    Después de cenar besó en la mejilla a Pablo y se metió en la cama.

    Al día siguiente fueron a pasear. Poco a poco, la confianza volvió a aflorar y la conversación se hizo fluida, como si el tiempo no hubiera pasado. Laura se acercó a Pablo un par de veces, tocándole el brazo y apoyando la mano en su espalda. No hubo rechazo, pero tampoco reacción. La mujer comenzó a dudar del deseo de su amigo, incluso se sintió ofendida. «¿A qué jugaba Pablo?»

    De vuelta a casa sacó el tema.

    – Oye, ¿no te gusta que te toque?

    – Eh… pues claro que me gusta…

    – Pero…

    – He hecho algo… que yo sepa no he rehuido el contacto, incluso te he dado la mano.

    Laura suspiró resignada mientras Pablo se sentaba en un sillón mirándola.

    – ¿Te pasa algo? – dijo.

    A Laura le entraron ganas de insultarle. Se acercó a él, sus caras a escasos centímetros. Pablo podía oler el perfume de su amiga.

    Tragó saliva.

    Laura tomó la iniciativa y le besó en los labios.

    Pablo respondió a pesar de la sorpresa. Aquello era adictivo.

    – Ya era hora. – dijo la muchacha.

    – Perdón… yo no sabía.

    – Pareces nuevo, como que no sabías, es como…

    – Es mi primera vez.

    – ¿Tu primera vez? – respondió Laura incrédula.

    – Sí, la primera vez que beso a alguien en la boca.

    Laura pensó durante un instante que su amigo estaba de coña… pero no las tenía todas consigo.

    Pablo se levantó del sillón y se tumbó en la cama. Laura le acompañó y se puso a mirar por la ventana, luego lo miro a él.

    – ¿Te acuestas a mi lado? – le invitó el varón.

    Laura se acercó y se tumbó boca arriba a su lado.

    Un minuto después Pablo se puso de lado, le acarició la mejilla y la besó.

    Luego Laura se puso encima de Pablo y Pablo la rodeó con los brazos. Sus manos comenzaron a masajear la espalda para poco después hacer lo propio con el trasero femenino.

    – Méteme mano. – susurró la chica en el oído de su compañero.

    Este no se hizo de rogar y deslizó sus dedos bajo la ropa de su amante bajo las bragas. El culete era suave al tacto y la rajita estaba húmeda. El dedo medio continuó explorando y se coló en la vagina haciéndola gemir.

    Laura notó el roce del pene sobre su sexo y decidió averiguar más.

    – ¡Bájate los pantalones! quiero ver que escondes.

    Pablo obedeció.

  • Un atardecer de agosto, un atardecer con mi primo

    Un atardecer de agosto, un atardecer con mi primo

    El otro día, hablando con un amigo, un amigo muy querido, hablábamos de las experiencias sexuales que habíamos tenido en las playas, me acuerdo que le contaba entre risas que ellos mejor que nosotras, por lo menos yo, que me lleno siempre de arena y no os diré donde, simplemente imaginarlo, le contaba que yo prefería estar dentro del agua que fuera, pero claro esta le decía riendo, la pasión y el deseo te puede pillar en cualquier sitio. Empecé a contarle una experiencia que particularmente a mí me marcó, aparte de que me encantó, fue algo inesperado, algo que me ocurrió ya hace unos años cuando todavía estaba en la universidad, algo que no esperaba, algo que vino y tal como vino se fue, uno de esos momentos que se quedan grabados, ya que con quien compartí aquel tórrido encuentro tan apasionado, además de ser uno de mis mejores amigos en la universidad, era mi primo con quien hoy todavía comparto no solamente familia sino una gran amistad y aunque nunca más volvimos hablar del tema, sé que nos reiríamos mucho recordándolo juntos.

    Agosto, uno de los meses más calurosos del año, las costas de Cádiz, playas de arenas blancas interminables, de arena fina y ardiente sol, cinco amigos disfrutan de unas vacaciones merecidas tras haber superado uno de los años más difíciles en la universidad, desde finales del mes de junio empezamos a planear el irnos todo juntos de vacaciones, a la casa que tenían los padres de una de mis amigas, una casa en un pueblecito increíblemente bonito. Los cinco habíamos sido inseparables desde que empezamos en la universidad, había mucha complicidad entre los cinco, había risas y llantos, risas cada vez que salíamos por Madrid, llantos cada vez que alguno de nosotros se encontraba con algún problema y en esos momentos siempre estábamos como una piña para ayudarnos y darnos consuelo.

    Pongámosles nombres, pero no caras, Raúl, Fernando, Verónica, Alicia y una servidora que os cuenta, los cinco arquitectos de una gran amistad que aun hoy perdura, aunque dos de nosotros tenemos un gran secreto que ninguno de los demás sabe y que hoy voy a contaros, a desgranar paso a paso para que sintáis lo mismo que sentimos los dos.

    Era tarde ya y el sol empezaba a esconderse por el horizonte, una grande y hermosa luna le daba las buenas noches a la vez que empezaba a reinar sobre las playas de Cádiz, Raúl, Verónica y Alicia hacía tiempo que se habían marchado, habíamos quedado un poco más tarde para ir a cenar todos juntos, pero Fernando y yo nos habíamos quedado aprovechando los últimos rayos de sol, la playa casi desierta y más donde nosotros nos encontrábamos, en la parte más alejada para estar más tranquilos, sin ese bullicio de gente y de los niños que como es normal no dejaban de jugar, aparte de ser un sitio perfecto para hacer top less sin que ninguna mirada te incomodara y no porque nos importara realmente.

    Fernando y yo hablábamos animadamente y sinceramente ya no me acuerde de que, de lo que si me acuerdo es de que Fernando decidió darse un último baño antes de que el sol se ocultasen para siempre ese día, me dejo sola tumbada boca abajo sobre una enorme toalla y no negaré que me alegro, ya que de alguna manera yo también quería robar los últimos rayos encerrándolos en mi piel, para tener esa piel morena que todas queremos y deseamos. Fueron los minutos más tranquilos del día, sin gente mi alrededor, sin ruido salvo el batir de las olas, unos momentos que invitaban a la relajación, que invadía mi cuerpo haciéndome soñar, me sentía viva, notaba que aquellos últimos rayos recargaban mi cuerpo hasta qué.

    – ¡Joder Fernando!, te puedes apartar y dejarme de mojar. – Gruñí a mi primo, me despertaba sin compasión mojándome la espalda con las pequeñas gotas frías que caían de su cuerpo, me reía mucho con él, éramos casi inseparables pero me hubiera gustado matarle en esos momentos, Fernando se sentó a mi lado y empezó a dibujar con sus dedos sobre mi espalda, como si fuera un lienzo en blanco, a pesar del enfado, las caricias con sus dedos hacían que me relajara.

    – Ves Lara, así mejor mi gruñona amiguita, sé que te gusta así que, no te resistas a mis encantos. – Me hacía reír, ya podía estar muy enfadada o tristes que él siempre conseguía sacarme una sonrisa, era de lo que no había, tan pronto te sacaba de quicio como que al segundo después te lo querías comer a besos.

    – Si primo, me gusta, no te lo voy a negar, como que tampoco te negaré que sabías que no me iba a levantar de golpe, porque no tengo la parte de arriba del bikini y sabes muy bien que te has librado de una colleja por molestarme. – Le contestaba entre risas y gruñidos.

    – Mmmm que sexy te pones cuando te enfadas querida prima, sabes que tienes una espalda perfecta, podría dibujar en ella sin problemas, el lienzo perfecto para mis pinceles. – Mi primo seguía recorriendo mi espalda con sus dedos, dejando sobre mi piel la humedad de sus dedos y realmente excitándome con cada movimiento cuando se acercaba al final de mi espalda, justo donde mi braga empezaba a tapar mis glúteos.

    – Hay por favor Fernando para ya, déjame tranquila, quiero disfrutar antes de que caía el sol y al final vas a conseguir que tenga frío y me tenga que tapar con una toalla. – Le insistía entre pequeños escalofríos al paso de sus dedos, que ya no solo se deslizaban por mi espalda sino también por mi costado, acariciando con varios dedos la parte exterior de mis pechos.

    – Mon amie, no me diga que tiene frío, pues no se preocupe que yo estoy para lo que necesite, no se preocupe mi amiga que yo la cubro con mi cuerpo. – Dicho y hecho, Fernando se tumbó encima de mí, mojándome todo el cuerpo, sintiendo el bañador mojado sobre mis glúteos.

    – ¡Fernando! – Le grité riéndome, pero a la vez enfadada, me quería levantar, pero no podía, el peso de Fernando me paralizaba, los dos reíamos a la vez, los dos forcejeábamos, sentía su aliento en mi nuca, en mis oídos a la vez que me susurraba que si ya estaba caliente.

    La verdad que caliente no, notaba como mi cuerpo había pasado de los cálidos rayos de sol a la humedad del agua del cuerpo frío de Fernando, pero realmente eso no fue todo, realmente sentía como al forcejear el pene de mi primo empezaba a golpear mis glúteos, notaba como sin querer los dos nos íbamos calentando interiormente poco a poco, que la sinrazón nos invadía internamente hasta que las risas se apagaron, hasta que sus manos se entrelazaron con las mías, hasta que sus labios besaron mi oído y sentía como su pelvis se frotaba con mis glúteos y que yo muy despacio le correspondía, notando como su miembro viril se iba agrandando cada vez más, endureciendo y sacando de mí una pequeña sonrisa cuando me mordía el labio inferior con los dientes.

    – Fernando, para, para ya. – Susurraba sin apenas convicción, sin que yo misma me lo creyera, sin que mi cadera se empezara a mover de un lado a otro levantando mi pelvis empujando su pene contra mí, sintiéndolo tan duro, tan rígido.

    – Lara, ¿seguro que quieres que pare?, si es así me quito, si es así deja de apretar mi mano – Me acababa de desarmar, acababa de darme el poder de seguir o parar, seguir hacia una locura incierta pero que deseaba, o parar y hacer como si nada hubiera ocurrido, que ganara la razón sobre la pasión.

    – Tengo frío, además alguien puede vernos, – No le dije que si, pero tampoco que no y Fernando seguía rozando su pene sobre mis glúteos y dejando de entrelazar nuestros dedos de la mano izquierda, acerco una toalla enorme y de un golpe nos tapó a los dos de arriba abajo, mimetizándonos con la arena de la playa.

    – Así mejor Lara. – Me preguntaba sin obtener ninguna respuesta por mi parte, más que el movimiento de mis caderas.

    Note como la toalla nos cubría de pies a cabeza, la playa que antes se hallaba ante mí se oscurecía, de un solo golpe nos había hecho invisibles aunque solo fuera para las aves que volaban sobre nosotros, porque ya a esas horas la playa estaba desierta. Sentía como en mi interior la lucha había terminado, el deseo había ganado a la razón y notaba como mi vagina se humedecía, como mis manos se aferraban a él con más fuerza que antes y descubría mi cuello para él.

    – Segura Lara, estás segura de lo que vamos a hacer.

    – Y tu Fernando, ¿estás seguro?

    – Sí, estoy seguro, pero ¿y tu Lara?

    – Sí, estoy segura.

    Nada más pronunciar esas palabras habría mis piernas un poco, notaba como su pene salía de su bañador ayudado por su mano y con la misma me bajaba un poco la braga de mi bikini, hasta dejar mi vagina libre de la tela que la cubría, sentía como su pene atravesaba mis muslos y como rozaba mis labios empapando su tronco. Debajo de la toalla se oían los primeros gemidos y de fondo una música perfecta, el batir de las olas, el sonido de las gaviotas al gritar esa letanía aguda y estirada al pasar volando sobre nosotros.

    No, no estaba preparada cuando sentí como su pene empezaba a deslizarse dentro de mí, un grito sordo amaneció entre las toallas, un grito, un gemido de placer al notar como su pene se abría paso por mi interior, cerrando mis manos y apretando la suya y a¡con la otra mano llenándola y apretando un montón de arena cuando me hacía gemir, era algo que no me esperaba, ni yo misma me podía explicar que aquel atardecer estaría follando con mi primo, uno de mis mejores amigos, sintiéndole entrar en mí, salir de mí, mojado con los fluidos que hacía que su pene se deslizara tan libremente en mi interior, como si de un barco se tratase navegando en un mar de deseo y pasión.

    Los gemidos de los dos ya al unísono, su cadera subía y bajaba penetrando dentro de mí, llenándome hasta el fondo con su sexo, dejando que invadiera el mío al son de los gemidos, la toalla caía a un lado y dejaba que aquellos movimientos antes ocultos dejaran de serlos, ya los gritos que salían de mí cuando recibía una nueva estocada con su lanza, rivalizaban con el resto de los sonidos de la playa, las olas y las gaviotas se rendían ante los gemidos de placer de los dos, mi pelvis se elevaba para sentirle más dentro de mí, sus empujones más fuertes, más placenteros para mí, mi vagina se contraía para no dejarle escapar, para que la fricción fuera máxima y el placer aumentase entre los dos, sus manos sobre mis pechos amarrándolos con fuerza con cada penetración, me estaba volviendo loca y por fin, aquellos espasmos, aquel ardor en mi cuerpo que desembocaba en un grito potente cuando mi vagina se inundaba de placer y varias penetraciones más, Fernando me sacaba el pene de mi vagina sin antes dejarme un pequeño regalo de su semen dentro de mí.

    Esa tarde acabo yendo los dos abrazados y besándonos cariñosamente como si fuéramos novios hacia la casa de nuestra amiga, con la sensación de haber hecho algo terrible, pero con el placer de habernos compartido el uno al otro, recuerdo haber estado preocupada días más tarde cuando no me bajo el periodo a tiempo y el alivio que sentí cuando me puse mala, nunca se lo he llegado a decir, nunca supo que eyaculo dentro de mí, nada más sacármela su semen seguía saliendo golpeándome la entrada de mi vagina con los gemidos de placer que nunca más oiría, solo un atardecer nos perteneció, solo una hora en que nuestros cuerpos se unieron como en uno solo, solo un atardecer, aquel atardecer del mes de agosto cuando mi primo me follo.

  • Fantasía virtual (Parte 4)

    Fantasía virtual (Parte 4)

    Luego de levantarse de la silla, Débora se puso la bata que había dejado a un costado, se dirigió hacia la derecha de la cam y desapareció de la vista. Matías solo pudo seguir escuchando los pasos hasta la entrada, el ruido de las llaves, y luego el de la puerta abriéndose. También escucho las voces a lo lejos, algunas risas, y poco más que eso, hasta que de a poco sintió que las palabras se hacían cada vez más claras y fuertes, y los pasos comenzaban a sonar más cercanos.

    A pesar de eso todavía no aparecían frente a la cam. Parecía que se habían quedado ahí cerca, en la mesa del comedor, y por el ruido que hicieron al mover las sillas, aparentemente se habían sentado a hablar un rato.

    Que pasaba? Porque no lo llevaba frente a la cam? Se preguntaba Matías, y si bien en un principio se intranquilizo, luego se dio cuenta de que hacia mas de quince días que no se veían, y lo lógico era que hablaran al menos un poco antes de pasar a la acción.

    Por un momento la vio pasar a Débora rumbo a la cocina, y al rato volver con dos tazas de café. El estómago se le hacía un nudo de pensar que tenía que esperar, pero por otro lado lo excitaba la idea de ser un voyeur, escondido de la vista de Juan.

    Luego de pasados algunos minutos que se le hicieron eternos, escucho el movimiento de las sillas, y a los pocos pasos Débora apareció frente a la cam y se sentó frente a la computadora, seguida de Juan que se quedó parado junto a ella. Por lo cerca que estaban de la cam, a Juan solo lo veía hasta la altura del pecho.

    Matías se estremeció cuando vio que ella clavaba la mirada en la cam, como si estuviera viéndolo, pero enseguida recordó que su cam y el audio estaban apagados y se relajó.

    – Pongo algo de música, te parece? – dijo ella

    – Si dale- le respondió Juan – pone algo tranquilo

    A los pocos segundos empezó a sonar un chill out muy sensual y relajante, y Débora giro su silla para quedar de perfil a la cam y enfrentada a Juan

    – Me extrañaste? – pregunto Juan

    – Obvio! – Respondió ella- y me imagino que vos también me extrañaste, no?

    – Claro que si… a vos y a tus mimos – dijo el inmediatamente

    – Mmmm así que extrañaste mis mimos? Bueno… podría hacerte algunos si queres – le respondió ella

    Recién ahí Matías pudo ver a Juan, que se agacho hasta quedar frente a Débora y la beso. Ella le devolvió el beso, pero se retiró apenas un poco, creando un espacio entre los labios de ambos y permitiendo que la cámara captara como sus lenguas se entrelazaban. Ahí Matías comprendió que ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo y que estaba dispuesta a brindarle un show que no olvidaría fácilmente.

    Luego de un momento de estar besándose, Juan metió la mano bajo la bata y al tocar el tramado de red del body se separó de Débora y la miro riéndose

    – Es lo que pienso que es? – le dijo con los ojos prendidos fuego

    – Por supuesto… es el body rojo. No es el que más te gusta?? – le respondió ella con una sonrisa

    Luego de eso lo separo y se levantó de la silla, y con un movimiento muy delicado se sacó la bata que la cubría. Estaba increíble, y Juan no paraba de decírselo.

    Ahora estaban los dos parados y Matías no podía verles el cuerpo sino hasta el pecho, pero vio como Juan se acercaba a ella y la abrazaba, y se podía escuchar perfectamente el sonido de los besos. También veía las manos de él recorriendo sus nalgas y las de ella desabrochando su camisa hasta el último botón y acariciando su pecho.

    Luego de unos momentos, Débora se sentó frente a la cámara, quedando de perfil y dejando a Juan parado frente a ella. Movió su pelo para el costado y levanto la cara para mirarlo a los ojos, y mientras lo miraba con cara provocadora, apoyo la mano sobre pecho de él y fue deslizándola hacia abajo muy lentamente

    – Así que me extrañaste… y “él”?… también me extraño? – le dijo, mientras su mano llegaba finalmente a la entrepierna de Juan.

    Sin dejar siquiera que le contestara y sin dejar tampoco de mirarlo a los ojos, desabrocho el botón del jean y agarro entre sus dedos el cierre, bajándolo con extrema lentitud, como torturándolo.

    Luego de eso metió la mano dentro de su bóxer y tras unos segundo saco la verga de Juan del pantalón, dejándola totalmente expuesta. A Matías le pareció grande, pero a pesar de todos los besos previos, seguía totalmente flácida. Débora la sostuvo con dos dedos, se quedó mirándola con una risita burlona y enseguida puso cara de puchero, como cuando una nena abre un regalo y no es lo que esperaba.

    – Ahhh!!! no está contenta de verme!!! – le dijo, mientras sobreactuaba su cara de tristeza y la alternaba con alguna risita

    – Nooo solo está un poquito dormida por el viaje! Apenas le des unos besos se despierta – contesto Juan mientras se reía de las expresiones de ella.

    – Bueno… vamos a ver si es cierto – le dijo Débora y lo miro con cara de gata en celo.

    En ese preciso momento comenzó el show para Matías, que estaba tan excitado por lo que estaba viendo que había comenzado a masturbarse. Débora se acercó a la verga de Juan, la levanto un poco mientras la sostenía con dos de sus dedos, y mirándolo a la cara comenzó a lamer muy lentamente la cabeza. Juan largo un largo suspiro y para cuando termino, ella se rio

    – Bueno, parece que sí es cierto que me extrañaste jaja

    Inmediatamente, bajo hasta sus testículos, y desde ahí recorrió con su lengua todo el tronco, hasta llegar a la cabeza, y al llegar a ella comenzó a jugar en círculos, lamiéndola todo alrededor.

    Matías pudo ver como después de apenas unas lamidas, y sin siquiera habérsela metido en la boca, Débora había logrado que a Juan se le pusiera como una roca. La cabeza de su pija se había puesto enorme, y en su tronco se podían ver como las venas parecían a punto de reventar.

    Sin dejar de mirarlo a los ojos, Débora comenzó a meterla muy lentamente en su boca, pero no fue hasta llegar a la mitad del tronco que cerro sus labios. Recién ahí comenzó el movimiento de retroceso, chupando todo el largo de su verga. Al llegar a la cabeza sus labios se abrieron para dejarla pasar, y finalmente la saco entera de su boca.

    Matías escucho el gemido de Juan, y lo calentó sobremanera ver como Débora le daba placer. Nada lo había excitado jamás tanto en su vida como lo que estaba viendo en ese momento: a Débora mostrándose por cam mientras se la chupaba a su novio. Jamás hubiera pensado ver eso ni en sus mayores fantasías.

    Mientras tanto, Débora seguía con su trabajo a la perfección. Pasaba de metérsela bien profundo en la boca, a succionar solo la cabeza, luego a darle rápidas lamidas con su lengua en el frenillo y luego a subir besando desde sus testículos hasta el glande.

    En un momento giro su cabeza, quedando casi de frente a la computadora, y mientras abría su boca para volver a meterla, miro a cámara y le guiño un ojo a su atento “espectador”. Juan estaba demasiado extasiado como para darse cuenta y esa complicidad y ese secreto que tenían en común con Débora hizo que la Matías entrara en un nivel de excitación que jamás había sentido.

    Estaba el mismo a punto de acabar, pero no quería distraerse en lo más mínimo, sobre todo ahora que veía que el final estaba cerca.

    Juan gemía cada vez más fuerte, y Débora había decidido que era momento de hacerlo acabar. Sus labios subían y bajaban por su pija a un ritmo lento e hipnótico, pero constante, y comenzaba a sentir en su boca esas pequeñas contracciones que anunciaban que el orgasmo estaba cerca. Levanto su mirada para estudiar la expresión de Juan y leer el momento justo, pero antes de que pudiera hacer nada, Juan emitió un profundo gemido y un fuerte espasmo sacudió su pene dentro de la boca de Débora. Los ojos de ella se abrieron grandes por la sorpresa al sentir el primer chorro de semen. Lo trago como pudo, y luego saco la verga entera de su boca. Hubo otro gemido de Juan, aún más profundo, y una segunda y espesa descarga fue a dar justo sobre la cara de Débora, que la esperaba con los labios abiertos y la lengua afuera.

    Juan no paraba de gemir mientras acababa como un caballo sobre el precioso rostro de Débora, que soportaba las descargas con los ojos cerrados: tres, cuatro y hasta un quinto chorro de semen fueron a dar sobre su cara. El espectáculo que veía fue demasiado para Matías, que del otro lado de la cam también comenzó a venirse de forma descontrolada, teniendo el orgasmo más fuerte de su vida.

    Finalmente la verga de Juan dejo de sacudirse y tras un último espasmo expulso las ultimas gotas de semen. Luego de eso, solo se escuchó un gran último y profundo gemido.

    Finalmente ella abrió lentamente los ojos y tras ver como había quedado, comenzó a reírse

    – Wow!!! Te salto por todos lados bebe! – atino a decirle, mientras se revisaba el pelo y veía pegados en sus mechones los restos de la eyaculación de Juan.

    – Y si! dieciséis días! Es un poco mucho – le dijo el mientras también se reía

    Débora seguía con la verga de Juan en la mano, que de a poco iba perdiendo su erección y ya estaba casi flácida nuevamente. Abrió sus labios y metiéndola en su boca la chupo muy suavemente hasta limpiar todo resto de semen que hubiera quedado. Luego de eso volvió a meterla dentro del bóxer, abrocho el botón del jean y levanto el cierre.

    – Listo señor… servicie completo- le dijo y le tiro un besito mientras lo miraba a los ojos

    – Ufff ahora sí que estoy relajadito!!! – contesto Juan riéndose – Anda para la habitación, que yo voy al baño y en un minuto estoy con vos y seguimos.

    – Dale, te espero – dijo ella, mientras Juan se alejaba de la computadora

    Débora se quedó viendo cómo se dirigía hacia el baño, y cuando la puerta se cerró, dirigió su mirada a la cámara

    Se quedó mirando fijo, sabiendo que Matías la veía del otro lado, y aunque era innecesario llevo su dedo índice a sus labios, indicándole que haga silencio con una sonrisa sexy. Luego, con ese mismo dedo y sin dejar de mirarlo ni de sonreír, comenzó a recoger los restos de semen que colgaban de su rostro y a llevarlos a su boca abierta. Lo metía entero, lo sacaba limpio y luego volvía a buscar un poco más, mientras giraba y se mostraba desde distintos ángulos para que Matías pudiera ver su rostro totalmente cubierto de semen.

    – Espero que te haya gustado! – le susurro acercando bien cerca del micrófono – Te dejo, porque ahora es mi turno de disfrutar!! Jaaj. La próxima hacemos algo más completo, querés? – y guiñándole un ojo y tirándole un beso se levantó de la silla y corto la llamada.

  • Isolda y yo (Parte II): Punto de vista de Isolda

    Isolda y yo (Parte II): Punto de vista de Isolda

    Soy Isolda. Tengo 30 años. Soy una mujer muy alta (mido casi 1,90), gordita con mis curvas bien proporcionadas, muy blanca de piel, tengo el cabello largo, lacio y con flequillo recto y los ojos grandes y azules tirando a verdes, más bien turquesas. Tengo un estilo muy discreto y alternativo, más bien tirando a rudo. No soy lo que se diría «masculina», pero tampoco soy muy «femenina», quizás un punto medio. Suelo optar por la comodidad en el vestir, siempre voy con mis pantalones tejanos ajustados, mis sudaderas, jerseyes o camisetas negras o de otro color oscuro. Eso sí, a pesar de la comodidad, también en al menos alguna prenda, suelo optar sutilmente por la sensualidad, sobre todo en mi calzado. Acostumbro a ir con botas de caña alta o baja de cuero, plataforma y tacón. Estilizan mucho mis piernas.

    Además, me encanta todo el tema rockero, metalero, punk, skinhead y toda la música de este tipo. Realmente yo tengo un estilo así, aunque por temas laborales, obviamente lo tengo que disimular lo máximo posible. Cuando era más joven a veces salía con mis collares y pulseras de pinchos, con mis polos, con alguna que otra falda escocesa más bien larga hasta las rodillas, enseñando mis tatuajes, con algún que otro pírcing que entonces llevaba… Sin ningún problema.

    Soy una persona introvertida y que a primeras impresiones puedo parecer fría y dura. He tenido un pasado muy duro y marcado por muchos abusos de por medio, tanto de haber sufrido maltrato por parte de mi familia biológica (de la que me separaron dándome en adopción a una muy buena familia a la que hoy le debo todo lo que soy), además de acoso escolar durante gran parte de mi infancia y adolescencia, algo que me ha hecho endurecer mi apariencia física e incluso mi carácter. Pero en el fondo y conociéndome bien, soy una persona muy sensible y sentimental, que cuando le tocas la fibra llora con facilidad y con mucha necesidad de ser amada, de amar y de proteger.

    Soy médico desde hace unos tres años, cuando terminé la carrera con unos muy buenos resultados y empecé a ejercer. Siempre he tenido claro que quería dedicarme a esa profesión. Lo que más quiero en esta vida es ayudar a las personas, acompañarlas y protegerlas ante todo. Fueron pocas veces me sentí acompañada y protegida en mi vida. Y no deseo que las demás personas pasen por lo mismo que yo pasé.

    Yo siempre creí que quizás era heterosexual. Tuve dos relaciones serias y largas con hombres. Han sido buenas relaciones, en las que me he enamorado, he disfrutado y ha sido recíproco y apasionado. Y que por cosas de la vida, terminaron. Rupturas algo dolorosas, aunque, en fin, de todo se sale en esta vida. A pesar de todo, siempre he sentido que por buenas que hubieran sido mis relaciones con hombres, algo fallaba, como que no acababa de encajar. Siempre he tenido esa necesidad de proteger, también en una relación sentimental, de ser la figura más protectora y dominante de la relación. Y no es por caer en estereotipos de género, pero no nos engañemos, con un hombre siempre me ha parecido muy difícil asumir este rol. Y es una faceta mía que siempre he querido desarrollar en una relación. Es como si muy en el fondo instintivamente siempre hubiera sido ese mi rol natural en una relación sentimental, no sé si me explico. Además, siempre he sabido que en gran parte de las parejas entre mujeres hay una que hace un rol más fuerte, dominante y protector y otra que hace un rol más delicado, sumiso y de sentirse protegida y es algo que siempre me ha llamado la atención y me ha generado cierta curiosidad a pesar de nunca haberme sentido atraída hacia ninguna mujer. No pretendo caer en roles sexistas, aunque independientemente de eso no nos engañemos, muchas parejas lésbicas son así. Es a partir de esos pensamientos, sensaciones y preferencias mías que, a pesar de estar relativamente convencida de ser heterosexual, empecé a tener algunas dudas. Dudas que se aclararon cuando apareció ella en mi vida hace algo más de un año cuando por cuestiones burocráticas me trasladaron a otro centro de salud.

    Tengo una paciente llamada Cleo, de la que soy su médico de cabecera desde hace algo más de un año. Tiene 25 años. Es una chica bajita (mide 1,60 más o menos), delgada con muy buen cuerpo, sobre todo unos buenos pechos, blanquita de piel, con el cabello castaño corto hasta encima de los hombros, con una profunda mirada de ojos cafés llevando gafas, labios carnosos… No sabía qué me pasaba con ella, ya desde la primera vez que la vi… Bastante más bajita, menuda y delicada que yo, su mirada, su sonrisa, su voz suave, tierna, inocente… Afloraba en mí ese instinto protector. Sin conocer aún bien a esa chica, solo con mirarla a los ojos, algo me decía que estaba psicológicamente delicada y que tenía una necesidad de afecto y de protección (aunque como buena profesional, tampoco podía entrar en esos aspectos por mi propia cuenta). Y además, sus labios carnosos a la par que las perfiladas facciones de su rostro, sus finas y delicadas manos con dedos de pianista, su hermoso cuerpo, sus pechos, su delicado porte… Su manera de vestir tan discreta y elegante, casi siempre con vestidos y faldas… Suele vestir de manera discreta y con ropa más bien ancha, aunque también con ciertos vestidos y algunas faldas ajustadas que acentúan aún más su delicada y sensual figura… Mmmmm… Son aspectos que para nada pasaron desapercibidos en mí. Ya durante nuestras escasas primeras visitas antes de su ingreso hospitalario empecé a percatarme de la atracción y el afecto que estaba empezando a sentir hacia ella. En mis pensamientos más íntimos me imaginaba abrazándola muy fuerte, besándole la frente, las mejillas, sus carnosos y apetecibles labios, abrazándola desde detrás poniendo mis brazos entre su fina cintura… Cómo sería besar esos labios carnosos que quitan el aire y el sentido a cualquiera, acariciar y besar sus mejillas, su suave y fina piel, su cabello, sus delicadas manos, su cuerpo… En pocas palabras, además de protegerla, deseaba POSEERLA, hacerla MÍA, hacerla MI MUJER. Era pensar en ella y en estar a su lado y empezar a sentir ese dulce calor recorriendo mi cuerpo. Era todo algo extraño en un principio porque nunca antes me sentí atraída hacia ninguna mujer, aunque a la vez no me sorprendía tener ese tipo de imaginación y pensamientos hacia ella. Como que era ya algo que salía natural en mí, instintivamente. Incluso me sentía más cómoda que nunca imaginándome esas cosas, siendo yo quien asume ese rol dominante/protector, nada que ver con cuando me imaginaba con un hombre, ni punto de comparación, eso era mucho mejor. Sentía que ese era mi rol natural y que en el fondo siempre había sido así. Empecé a replantearme mi sexualidad como nunca antes. Al principio pensaba que quizás estaba confundiendo las cosas, pero con el paso de los días y de mis visitas con ella era cada vez más intenso lo que sentía y su estancia en el hospital ya fue la oportunidad definitiva para conocer bien a Cleo y aclarar mis dudas y fue cuando me percaté de que aquello que sentía era real y de lo enamorada que empezaba a estar de ella a raíz de habernos conocido mejor. A partir de ese momento, pero, me asaltaban otras dudas: no tenía claro si me gustaban tanto las mujeres como los hombres, si lo mío eran realmente las mujeres y ahora me estaba dando cuenta de mi verdadera sexualidad… La verdad es que no sabía ya ni cómo definirme, aunque el hecho de no dejar de pensar en Cleo y de enamorarme de ella me hacía sentir más lesbiana que otra cosa. Llegué al punto de imaginarme en una relación seria y formal con ella, siendo yo la parte fuerte, dominante y protectora y ella la parte más delicada y sumisa.

    Era algo nuevo para mí, ya que, reitero, nunca había sentido algo así hacia ninguna mujer. Y aún menos con una paciente. Sabía que lo que sentía ya iba más allá de una mera curiosidad o de simplemente sentir aprecio y querer entablar una simple amistad. Con ella, todo era diferente.

    La hermosura y la delicadeza de Cleo empezaron a asaltar hasta mi vida onírica. Cuando empecé a soñar con ella tenía un sueño muy recurrente en el que yo era una bella diosa guerrera de la mitología germánica-nórdica (un tema que siempre me ha interesado y me ha encantado), concretamente, que era una versión femenina de Thor. Entonces, ella se encontraba en un grave apuro en Brezal de Gnita siendo atacada por dragones, desesperada, temblando y paralizada del miedo y yo la acababa salvando y caminando victoriosa llevándola en brazos rumbo a Bilskirnir, nuestra residencia, mientras ella se recompone del susto, entre lágrimas me dice «eres mi heroína» y nos besamos. Yo su heroína, ella mi doncella. Yo su Thor, ella mi Sif. «Isolda», nombre germánico que significa «guerrera fuerte y dominante»… con el paso de los años el significado de mi nombre cobraba más sentido en mi persona. Y lo cobrarían aún más a raíz de este experiencia mía en mi faceta afectivosexual. Y no tuve ese sueño una sola vez, este sueño, sino varias. Estaba claro que este sueño me intentaba decir algo sobre ella que aún desconocía pero ya intuía.

    Fue entonces en otoño de hace ya un par de años que eso que intuía sobre Cleo no podía ser más cierto y que hay veces que la realidad supera los sueños y la ficción. Fue a partir de entonces cuando mis sentimientos hacia Cleo se confirmaron aún más y se acrecentaron, hasta llegar a un punto que pasó a ser alguien más que una paciente para mí. Lo que empecé a sentir por ella fue algo que ya iba más allá de una sensación. Empezaba a ser algo muy cercano al amor que siento hoy hacia ella.

    Cleo tuvo un fuerte accidente doméstico que le dejó lesiones profundas tanto internas como externas además de una infección respiratoria, la tuvo que ir a recoger la ambulancia y estuvo ingresada durante casi tres meses. Fue en ese momento cuando la conocí de verdad. Yo estuve a su lado en todo momento dentro de mis posibilidades. Muy pendiente de su mejoría física (lo que me pertoca como profesional, al fin y al cabo) y también psicológica. Pudimos pasar momentos a solas, en los que ella me hablaba bastante de su vida y de su estado anímico y de salud mental. Nunca antes había conocido a una persona tan hermosa como ella, tanto por fuera como por dentro.

    Cleo es una chica Asperger. Muy luchadora, honrada, sincera, noble, dulce, sensible y con una alma pura y cándida. Muy trabajadora y con una carrera recién terminada. Una gran lástima que las circunstancias de aquel momento no la trataron nada bien. No estaba atravesando un buen momento de su vida. Llevaba casi unos tres años arrastrando un trastorno obsesivo y un bloqueo emocional importantes. A raíz de una mala situación laboral (en un trabajo que perdió) su estado empeoró hasta padecer de una profunda depresión y soledad. Me contó que es bisexual con mucha preferencia hacia las mujeres, que se «enamoró» obsesivamente de una mujer que vio en las redes sociales y que acabó todo muy mal. En fin. Mientras me contó todo eso, lloró desconsoladamente y acabé abrazándola con fuerza durante un buen rato. Me tuve que contener mucho para no llorar yo también, aunque fue imposible no derramar ninguna lágrima.

    Yo en el fondo sufría con ella. Había veces en las que ella estaba mal (ya fuera física o emocionalmente) que contenía con todas mis fuerzas mis ganas de llorar mientras la atendía (ya fuera haciéndole curas, administrándole medicamentos vía intramuscular…) y también mientras la consolaba en sus días más bajos. No podía, era superior a mí verla sufrir. Había veces que llegaba a casa llorando. Llegó un punto en el que su sufrimiento era también mío. Cleo despertaba mucho mi instinto protector, y ya no solo como paciente y profesionalmente sino también como persona y afectivamente.

    En sus días que estaba más animada (sobre todo los últimos de su ingreso) yo también era feliz. Verla sonreír para mí es lo más importante. Su sonrisa ilumina mi mirada y mi corazón. Durante esos días me hablaba mucho de sus planes de futuro. Que quería trabajar de lo que había estudiado, sí. Pero donde ella se sentía cómoda. También hablábamos mucho de nuestros puntos de vista sobre la vida, los sentimientos y el mundo, de política, de como está nuestra sociedad planeando una posible revuelta contra este mundo moderno tan deshumanizado, hipersexualizado, privado de sentimientos auténticos e influido por un neoliberalismo salvaje e ideologías que lo único que buscan es enfrentar y dividir la sociedad y la clase obrera en sí (salimos «rojipardas» las dos, sí), de nuestras vidas pasadas más remotas (especialmente le conté todo lo que sufrí en mi infancia y adolescencia, a lo que ella terminó abrazándome llorando conmovida y yo acabé derramando todas las lágrimas que contuve con todas mis fuerzas mientras se lo contaba), de los viajes de cada una en Francia (tanto ella como yo), Italia (yo), Alemania (yo, ya que es mi país natal, realmente soy alemana, mi indeseable familia biológica es de allí y nos trasladamos a vivir en España siendo yo muy pequeña), Inglaterra (yo), Polonia (ella) o Grecia (tanto ella como yo), de mi gran deseo de poder viajar a Escandinavia y a Escocia, traduciéndole al alemán palabras y frases que me pedía (ya que obviamente es mi lengua natal)… Entre muchas más otras cosas nuestras.

    Yo fui notando cierta atracción y sentimientos hacia mí por parte de ella, incluso antes de que me hablara de su orientación sexual y de su clara preferencia hacia las mujeres. Esperaba que no fuera una percepción falsa porque cuando estás muy enamorado de una persona y no sabes a ciencia cierta si ésta te corresponde te sueles ilusionar mucho y confundir las cosas. Aunque después de que ella me contara lo que le pasó con la mujer de la que estuvo enamorada y me enseñara unas fotos suyas en cierta red social quedé asombrada, se trataba de una mujer físicamente muy parecida a mí salvo en los ojos y el color del cabello, pero en el resto (altura, cuerpo, melena, sonrisa, porte…) muy parecida. Fue a partir de entonces cuando pensé «pues quizás sí». Sus discretas miradas de deseo hacia mí con las mejillas sonrojadas, sobre todo centradas en reseguir cada milímetro de mi cabello negro, de mi cuerpo especialmente de mis piernas con las botas altas de cuero, plataforma y tacón puestas… Parecía que me devoraba con la mirada, con esa mirada de pedirme a gritos «hazme tuya», aunque no lo verbalizara… Algunas veces la sorprendía mirándome de esa manera y cuando nuestras miradas se acababan encontrando, acabábamos las dos sonrojadas… También su amplia sonrisa cuando me saluda mirándome fijamente a los ojos, su dulce tono de voz al dirigirse a mí… Cuando me decía (y aún me sigue recordando a día de hoy) que nunca había tenido una médico tan atenta y bondadosa como yo, que le transmito mucha paz y protección y que no le alcanza una vida para agradecerme todo lo que he hecho por ella… Más de una vez me llegó a decir «eres mi heroína» (ya sea abrazándome o dándome seguidamente un beso en la mejilla), justo lo mismo que en mis sueños premonitorios con ella… Eran esos pequeños detalles los que me hacían mantener mi esperanza para con ella.

    Cuando le di el alta, nos pasamos los correos electrónicos y los números de teléfono personales. La verdad es que habíamos entablado una bella amistad, que no faltaría mucho para convertirse en algo más.

    A raíz de las secuelas del accidente, Cleo tenía que seguir visitándose conmigo cada tres semanas durante unos seis meses para continuar haciéndole las revisiones y curas pertinentes y administrarle una dosis de un medicamento vía intramuscular. Durante las últimas tres semanas hemos seguido en contacto, tanto vía profesional como personal. Ella empezó a ir a visitarse con un psicólogo y su estado emocional poco a poco iba mejorando. En nuestras conversaciones, ella me decía que su ingreso no hubiera sido lo mismo sin mí y que una gran parte de su mejoría psicológica, además de la física, también se debe al apoyo recibido por parte de mí y a que yo haya entrado en su vida.

    Y no nos vimos hasta pasadas tres semanas, concretamente una fría tarde de enero ya acaecido el ocaso. La intensidad de todo lo que vivimos durante aquella tarde-noche de hermosa luna llena lo contaré desde mi punto de vista en el siguiente capítulo.

    Continuará.

  • Amiga ¿Quién lo diría?

    Amiga ¿Quién lo diría?

    Era un sábado de diciembre, estábamos reunidos dos panas, dos amigas de la infancia y yo, desde las 10 am tomando cerveza, haciendo hallacas y carne asada con pan francés, escuchando buen rock; entre todos somos tan amigos que parecemos hermanos, estábamos en la casa de Diego, una casa vieja en el centro de la ciudad, tanto las hallacas como el asado lo estábamos preparando en el porche, pero el baño quedaba atrás y afuera de la casa, y cada vez que alguien iba al baño tenía que hacer todo ese viaje.

    A Adriana, la conozco desde chamita, prima de mi mejor amiga ahí también presente; ya Adriana tenía una niña, y estaba separada de su marido; ella es gordita, bajita, de piel morena oscura, cabello liso y largo, con unas tetas inmensas y paradas, ojos café y de labios rojos naturales, carnosos y bellos; jamás hubo algo entre ella y yo, ni un cumplido, panas muy chéveres, pero nada.

    Ése día yo estaba muy contento sin razón alguna, cuando Adriana llegó con su prima, las saludé y también le dije hola a sus hermosas tetas, ya al anochecer, bien encendidos todos de tanto beber, en un juego de palabras que no recuerdo, le metí la boca entre las tetas y soplé fuerte que sonara como un peo, todos nos reímos y hasta ahora no había nada de raro en eso.

    En una ocasión en que fui al baño, yo no sabía que ella ya estaba ahí, y yo, al encontrar la puerta cerrada, la toque y ella respondió «está ocupado».

    -bueno, aprovechemos que tienes el pantalón abajo, y yo me lo bajo y me dejas pasar pues- le dije.

    -a que abro la puerta y no tienes ni el cierre abajo- dijo ella.

    Y efectivamente al abrir la puerta, ni ella ni yo teníamos los cierres abiertos ni los pantalones abajo, -¿Viste? Pura paja chamo- me dijo; la verdad es que yo no había aguantado las ganas de orinar y en el diálogo con ella ya estaba orinando en el patio, juntos nos lavamos las manos en la batea, cada uno luego agarró su cerveza, nos vimos a los ojos y sin más, nos besamos; que divino fue, su piel caliente, sus labios carnosos, suaves pero fuertes, su destreza para besar rico, el alcohol que teníamos en el cerebro, todo influyó, duramos cómo tres o cuatro minutos besándonos y se separó y me dijo -ya, que me van a dar ganas y este no es el lugar-, nos fuimos al porche y seguimos rumbeando con los panas.

    En una de esas pusimos reagge, y bailé con mi amiga, luego con ella; en un momento en que su espalda no estaba ante la vista de nadie, y que de hecho ni nos veían, le agarré una nalga con una mano y la otra la metí entre el pantalón y la piel y le metí la mano entre las nalgas, ella sin negarse, me dijo – no lo hagas chamo, de pana, es que ya me dieron ganas y estamos claros que hoy no podemos hacer nada-, -y ¿Porque no?- le dije yo, -porque aquí está Pamela, los muchachos y además de aquí tengo que irme a la casa, mi niña está esperándome, otro día ¿SÍ? anda, no me calientes- y la dejé en paz por esa noche.

    Ella tuvo que irse a las 11 pm luego de que ya habíamos cenado hallacas, vino más gente y la rumba se extendió hasta las 6 de la mañana.

    Amanecía domingo y a los demás no les importaba, claro, porque son todos civiles, yo no, yo recibía guardia a las 8 am en el bosque, al llegar allá, otros dos de los cinco compañeros que estábamos recibiendo guardia, venían como yo, de una rumba, menos mal que ese día no abría el parque del bosque, de manera que podíamos descansar tranquilos; yo dormí como hasta las 2 pm y como a las 5 empezó a escribirme Andreína:

    -hola Iván, ¿Cómo estás? ¿Cómo amaneció ese ratón?

    -hola, bien mi amor, si supieras que supe matar bien a ése ratón, al llegar al bosque me acosté y al despertar me tomé tres cervezas y listo.

    -¿Que? ¿Ustedes tienen cervezas ahí?

    -sí chica, pero son para éstos casos, no creas que bebemos caña de servicio.

    -epa ¿Y qué fue eso? ¿Lo de anoche?

    -epa sí, jajaja, que rico besas chama, que digo rico, divino ¿Quién lo diría?

    -claro que sí mi amor, tu también besas muy bien, yo me lo disfruté mucho.

    -¿Cuando se repite?

    -cuando tu quieras, pero que estemos tu y yo solitos.

    -¿Y si te digo que hoy mismo?

    -¿Tu no estás trabajando pues?

    -eso no importa, yo sé cómo podemos.

    -la verdad es que me dejaste alborotada chico, ¿Cómo hacemos?

    Y lo coordiné todo para que un taxista de confianza fuera a buscarla cerca de su casa y la trajo a las cabañas turísticas del bosque donde yo estaba.

    Al llegar dimos un paseo por el bosque como de 300 metros, y llegamos a la cabaña en cuestión, en realidad era una especie de ateneo, pero en el segundo piso había un techo transparente a dónde la llevé, puse una colchoneta ahí previamente y nos besamos largo rato bajo las estrellas, sin dejar de besar sus labios me quité el correaje con el arma, me zafé las botas, me saqué la guerrera, me solté el pantalón, -¿Te vas a quedar desnudo?- preguntó ella, -tú también, no te preocupes que aquí no vendrá nadie- le dije, y comencé a desnudarla a ella, que muy tiernamente se dejó hacer todo sin intervenir más que para colaborar, hasta que quedamos sin una prenda.

    Sus besos eran deliciosos, su boca carnosa inigualable, no quería dejar de besarla pero hay que hacer más, bajé por su cuello y al fin en la vida pude ver la verdadera dimensión de sus increíbles tetas, grandes y firmes, con los pezones marrones y bellos, me deleite con sus tetas que mordí y chupe a placer, y más viendo que a ella le gustaba demasiado; bajé entre sus piernas y yo me había imaginado otra cosa, la realidad fue mucho mejor exponencialmente que la expectativa, tenía la vulva bella, carnosa, ni grande ni pequeña, moradita y de un sabroso que cambiaría sus labios bucales por sus labios íntimos y hubiera durado horas chupándosela; me salió gritona la muchacha, gemía divinamente, la vulva se me movía sola al contacto con mi boca, sus labios íntimos estaban hinchados, se los chupé cada uno, acariciaba sus muslos y sus tetas las apreté mientras le chupaba el clítoris, me agarró un dedo y se lo chupó, lo sacó bien lleno de saliva y se lo puso en la vulva, por supuesto que se lo introduje, jugué mucho con su vagina y supe encontrar esa protuberancia especial que se hincha al ser estimulada, y sentí como reaccionó, le saque el dedo y le lo llene de más saliva, pero también ensalivé al dedo pulgar, y le metí el dedo medio tocando donde ya sabía y le hundí al mismo tiempo el pulgar en el ano y continué estimulándola, a su vez le chupé el clítoris, ella gemía gritando muy agudito, cuando bebí de su flujo exquisito algo físico me empujó a penetrarla de una vez, ese sabor fue muy afrodisíaco, me le encajé, y al contrario de lo que me esperaba la tenía muy estrecha y creo haberla abarcado, -guao, amiga ¿Quién lo diría?- le dije, y ella entre sus gemidos me preguntó -¿Qué cosa mi amor?

    -lo rica que estás…

    -para que tú veas mi amor.

    -uy que rica…

    Y con sus piernas bien abiertas la penetré con el mayor de los placeres, comiéndome sus tetas las cuales apretaba como masa de harina para pizza, y abría bastante mi boca para meterme más de su teta, pero aun así ni la mitad me cabía; ella me empujó y me pidió que me sentara, se me montó y se tragó completamente mi pene con su vagina, sintiendo yo el fondo de la misma, comenzó a mover en círculos las caderas, era una cosquilla extrema lo que me hizo sentir, además de sus gemidos, sentí la energía queriendo hacerme explotar, doble mis piernas y apoyé las plantas de mis pies abajo y comencé a embestirla hacia arriba al mismo tiempo de que metió sus tetas en mi boca, luego comenzó a martillarme con su cuca, sentí que se puso mucho pero muy caliente, halé su cuello y traje su boca a la mía, yo quería besarla pero ella gemía y gemía sin control, luego comenzó a frotarse de atrás para adelante y ahí si me mató, me llevó a lo más alto y me dejó caer, mi voz sonó como la de un toro bravo de lo duro y abundante que me hizo acabar, fue divino, aun así ella tuvo la voluntad de bajarse y comenzó a chupármelo y a masturbarme, no permitió que el pene se me durmiera, fue muy rápida en eso, yo sentí la necesidad de volver de inmediato, y una vez que pude me paré, me le tiré encima, la volví a penetrar y ésta vez lo hice con movimientos cortos y rápidos pero en lo más profundo, y ella gritándome al oído sus gemidos -sí, así papi dame más y más- y yo con un solo grito grave y largo volví a soltarle unos buenos chorros de leche adentro.