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  • Confesión

    Confesión

    El sabor del alcohol y sexo aún se sentía en su boca…

    Escuché el motor de la camioneta un momento antes de sentir como la puerta de la cochera comenzaba a levantarse, mi corazón se aceleró al mismo tiempo que mi pene daba un pequeño brinco dentro de la jaula.

    Yo estaba desnudo y de pie esperando a Mariana, tenía todo el día ahí por órdenes suyas; quería verme al entrar a la cochera.

    El peinado perfecto con que salió de casa ya no existía ahora lo sustituyen unos cabellos alborotados, tampoco se miraban rastros del exquisito maquillaje con el que salió hoy por la mañana.

    Cuando bajó de la Land Rover me di cuenta que se tambaleaba un poco su sonrisa me lo decía todo: Mariana había follado y gozado todo el día.

    Ese pensamiento me produjo una sonrisa y un regocijo, no puedo decir que me calentó porque ya lo estaba desde que salió o mejor dicho tenía toda la semana caliente esperando este momento.

    Se acercó a mí con una sonrisa y me beso su boca aún sabía a alcohol y sexo reconocí el sabor salado de los fluidos suyos y de alguien más.

    Su dedo apuntó al suelo y me agaché hasta poder besar sus pies. Vi la llave de mi jaula colgada en la pulsera de su tobillo izquierdo.

    Luego la seguí a cuatro patas por la casa hasta llegar a la habitación.

    La ayudé a desnudarse y me di cuenta que no traía bragas Mariana sonrió y me quitó por fin la jaula.

    —Haz sido un buen perrito, paciente y servicial por eso te contaré como me fue en mi día.

    Mariana y yo teníamos toda la semana sin follar ella quería estar hambrienta este día y bueno quería que yo estuviera igual, ayer por la noche me masturbo hasta el punto de casi derramarme pero se detuvo antes de llegar, después puso el candado de castidad para asegurar que yo no terminará el trabajo por la noche lo que me frustró y no me dejó dormir.

    Hoy su mano está de nuevo sobre mi erección acariciando, subiendo y bajando suavemente por mi carne dura como una piedra no sé si es por lo que me va a contar o por sentir sus caricias en mi falo.

    —¿Te ha gustado?

    —Sí

    —¿Cómo te trato?

    —Fue un caballero me trató como una dama en público y como una puta en privado.

    —¿Te gustó?

    —Sí, supo meterse en mi cabeza y provocó que me entregará a él sin complejos ni temores, fui su dama y fui su puta sin ninguna reserva.

    —Me alegra saber eso. Y su verga

    —Exquisita. Más grande que la tuya y sabe que hacer con ella.

    —¿Te ha hecho gozar?

    —Mucho, almorzamos en la habitación y luego nos entregamos al sexo, me follo de una manera salvaje, me llevó al orgasmo una y otra vez, grite su nombre mientras sostenía mi argolla matrimonial, cuando quedamos exhaustos descansamos abrazados y pedimos de comer el servicio a la habitación nos encontró desnudos en la cama así que ya hay otro hombre que me vio desnudar hoy.

    Seguimos gozando luego de un par de copas fue más tranquilo e íntimo pero igual me llevo al cielo un montón de veces.

    ¡Oh cielo! creo que lo que te cuento te pone caliente ya estás a punto.

    —Sigue por favor. ¿Cuando lo volverás a ver?

    —En estos momentos viene para acá, quiere ver tu cara mientras grito su nombre.

    Su mano subía y bajaba por mí Verga dura que ya estaba a punto y me derrame sobre sus dedos y la sábana, al escuchar eso. Él entró en la habitación con las bragas de mi mujer en la mano mientras yo lamía el semen de las sábanas y Sonrió cuando Mariana embarraba en mi boca lo que había quedado en sus dedos.

  • Sexo anal más romántico con mi novia

    Sexo anal más romántico con mi novia

    Para el sexo anal satisfactorio hace falta un grado de excitación por encima de lo que normalmente pasa en una relación. Te relataré de la forma más breve mi experiencia, y así podéis experimentar.

    Pasaría mi lengua por tu pelvis mientras te toco las piernas, con mis labios tocaría tus senos y los mordería mientras te paso la mano por el clítoris, te miro a los ojos y beso tu boca, lentamente bajaría deslizando mi lengua por tu pecho y tu cintura al mismo tiempo de que acaricio tus manos, llego al lugar más excitante en la faz de la tierra, chupo tu clítoris suavemente, como si fuera algo delicado que no se puede romper, te tiemblan las piernas lo sé por eso mi lengua se desplaza lentamente de abajo hacia arriba haciendo mover tus labios inferiores como cuando besas una boca, mis dedos extrañan tocar tu interior, me pides que les de ese placer, introduzco uno, lentamente froto la parte superior que me queda a media pulgada, eso te da placer en introduzco dos, me pides que los meta más profundo y eso hago, mientras te chupo los labios y mis dedos juegan con tu interior, puedo mirar en el espejo el reflejo de excitación de tus ojos, es el momento de cambiar el juego.

    Saco mis dedos y le paso la lengua como niño a un helado, me deleito del sabor de tu gemidos, con la misma lubricación que desprende tu cuerpo te introduzco un dedo en el orificio anal, lo voy abriendo suavemente mientras te aprieto las piernas, te pongo de espaldas y te lleno de besos, muerdo tu cintura, una nalga, te hablo al oído y te digo que eres mía, quiero chupar tu culo y mis deseos son cumplidos por mi lengua mientras te estímulo lentamente el clítoris, noto algo muy hermoso en mis dedos, es un flujo que mis ojos han de mirar con deseo y placer, me pongo de rodillas y tú en cuatro aguantada del espaldar de la cama sientes como entra lentamente, estás muy excitada y me pide que te lo meta por el culo, y sin pensarlo mucho eso hice, nací para complacerte.

    Después de varios momentos de placer tus gemidos colman mis oídos al punto que llegamos juntos al orgasmo, tus piernas tiemblan mientras me leche corre por tu interior, me quedo parado por segundos y nos miramos en el espejo mientras suspiramos para volverlo hacer.

  • El convento

    El convento

    Siglo XVIII, el convento estaba ubicado en un pequeño pueblo en el norte de Italia, estaba regido por el recién llegado sacerdote Donato de 56 años, era un hombre de estatura elevada (198 cm), un poco gordo, de barba negra y tupida, muy bonachón y querido por los habitantes del pueblo y también por las monjas del convento, con excepción de la madre superiora Gabriella, tenía 48 años, era una belleza pelirroja de ojos verdes, media 180 cm; desde que enviaron desde Roma al padre Donato, el mal humor se apoderó de la madre superiora, pues prácticamente la habían relevado de su poder jerárquico, que anteriormente ejercía con orgullo.

    Era una edificación que estaba en las afueras del pequeño pueblo, constaba de un comedor enorme, una cocina, una gran enfermería dividida en tres pequeñas habitaciones, cada una con su respectiva camilla, una pequeña capilla, un despacho parroquial y 10 habitaciones ocupadas por una veintena de novicias, la principal de ellas, que anteriormente era ocupada por la madre Gabriella, tuvo que cederla cuando llegó el padre Donato, la madre superiora fue relegada a una de las habitaciones regulares del convento, donde compartía habitación con las otras tres monjas de rango superior, Brunilda la alemana de cabello negro y ojos penetrantes del mismo color, era una gigantesca vikinga de 185 cm, a sus 28 años era la más seria e introvertida de las tres, solo hablaba lo que era necesario, a veces intimidaba incluso a Gabriella con su mirada de acero, le seguía en rango, Varenka la rusa de cabello rubio plata, ojos grises, media 176 cm, a sus espaldas, la llamaban la Rusa loca, se sabía al derecho y al revés la biblia, lo cual utilizaba para dar sermones a las novicias cuando era necesario llamarles la atención, tenía 24 años, por último estaba la francesa Laetitia, la más alegre y bondadosa de todas, tenía el cabello castaño y ojos azul cielo, media 162 cm, era la más querida de las monjas y la menor de ellas con tan solo 18 años, era con quién mejor se llevaba el padre Donato.

    Las tres monjas tenían dos cosas en común, una de ellas, era el ejercicio de la medicina y lo otro era la singular belleza que poseían, al igual que la madre superiora Gabriella, todos los hombres del pueblo soñaban con los rostros de las monjas del convento cuando las veían en contadas ocasiones, pero solo suspiraban por sus rostros, pues gracias a sus hábitos no alcanzaban a imaginar sus cuerpos, que por cierto estaban bendecidos con gloriosas curvas, que a su debido tiempo serán descritos en este relato.

    Desde la llegada del padre Donato, se empezaron a celebrar misas todos los domingos en la capilla del convento, ya que la iglesia que estaba dentro del pueblo, fue víctima de un incendio en el que murió el padre Lorenzo y su sacristán, ésta fue la razón de la temporal visita del padre Donato al convento, quien esperaría a que construyan de nuevo un templo en reemplazo del anterior, para trasladarse a éste, lo cual esperaba con muchas ansías la madre superiora Gabriella.

    Desafortunadamente para los habitantes del pueblito, el incendio también arrasó con el pequeño centro médico y sus ocupantes, que eran los dos profesionales en medicina con los que contaban los pobladores, debido a esto el convento se convirtió en el nuevo y temporal hospital, que era atendido por las tres monjas, las cuales eran excelentes practicantes de la medicina en el siglo de las luces y por suerte para los lugareños hablaban perfecto italiano y lógicamente latín.

    El pueblo estaba habitado por unas 100 personas, de las cuales unas 35 eran de la tercera edad, y unos 40 eran menores de edad, lo que dejaba un promedio de 25 personas adultas hombres y mujeres entre los 18 y 45 años, la mayoría de estas personas gozaban de buena salud y todos eran católicos devotos.

    Era un sábado primaveral, día en que normalmente algunos feligreses iban a confesarse, ese día en particular sólo fue doña Antonella, la esposa del acaudalado comerciante don Pietro, posiblemente la mujer más adinerada del pueblo y también una de las más hermosas, era una rubia cuarentona de voluptuosos pechos y caderas anchas con gran trasero, iba con un vestido largo con mangas y un escote que oprimía los grandes melones de esta belleza Italiana; se dirigió hacia el confesionario donde se encontraba el padre Donato, hizo la señal de la cruz y se arrodilló dentro del habitáculo.

    Antonella – Ave María purísima!

    Donato – Sin pecado concebida.

    Antonella se santiguó.

    A – En el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo.

    D – El señor esté en tú corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados.

    A – Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, padre mi última confesión fue hace un año aproximadamente, he cometido adulterio padre, con diferentes hombres!

    D – Dime hija mía, lo sabe tú esposo?

    A – No padre, me mata si se entera!

    D – Pero estás arrepentida, me imagino!

    A – Si padre, pero no lo puedo evitar, cada vez que mi marido se va en busca de negocios, no veo la hora de follar!

    El padre Donato empezó a sentir dura su polla, en muchos años que no le pasaba esto, el relato de la mujer del que no debería saber más detalles, le empezaba a interesar mucho, además alcanzaba a ver por la rejilla los jugosos pechos de doña Antonella, así que el padre se salió de los cánones normales y siguió interrogando a su interlocutora.

    D – Con cuántos hombres has estado sin contar a tu señor esposo hija mía?

    A – Con tres padre, es que no sé como explicarlo, pero cuando mi marido se va de casa, es como que tengo la necesidad de tener algo metido entre mis piernas o mi boca padre, me siento muy puta, pero me gusta!

    D – Sigue con tu confesión hija mía.

    El padre Donato estaba muy acalorado, sin darse cuenta se sacó la enorme polla que tenía, por entre el hábito y empezó a masturbarse poco a poco, algo que solo había hecho una vez en su adolescencia, pero luego de eso se sintió mal y tomó la decisión de ser un representante de Dios.

    A – Si, padre, don Enzo el carnicero cuando se da cuenta que mi esposo se va de casa, aprovecha y me entierra su morcilla, don Fabrizio el herrero cada que estoy sola, aprovecha y me clava su espada, por último don Massimo el que vende mariscos, en cuanto se larga mi marido me come el chumino!

    Doña Antonella, también se estaba calentando con su confesión, así arrodillada como estaba e intentando que el padre no se diera cuenta, se metió mano por debajo del largo vestido y sus dedos hacían delicias con su hirviente coño, pero el padre que estaba atento a sus palabras, como a su escote, no pasó por alto el movimiento de su mano, el padre Donato que ya se estaba enajenando, le dijo:

    D – Hija mía, te voy a aconsejar, cuando tú marido se vaya de casa y te entre la calentura, te vengas directamente para el convento y hablas conmigo, vale?

    A – Sí padre, así lo haré!

    Luego el excitado Donato, retiro con facilidad la rejilla del confesionario y sacando su monstruosa polla por el agujero, le dijo:

    D – Tu penitencia hija mía, es que te comas este trozo de carne que representa el cuerpo de nuestro amado señor, para expiar tus pecados deberás meterte este instrumento de Dios por el agujero que está bajo el monte de Venus y por el de Sodoma, luego te vas a beber lo que salga de él hasta la última gota, ya que esto representa la sangre de Cristo, con este acto piadoso te puedes redimir ante el señor!

    Antonella que no podía creer lo que sucedía, trago saliva cuando vio la enorme polla del padre Donato, que parecía tener el tamaño de su antebrazo, con una cabezota roja y brillante por el líquido preseminal, así que sin darse cuenta la mano que tenía libre la agarrará, intentaba abarcar la gran circunferencia del miembro de su confesor, la movía de arriba a abajo y empezó a chupar la enorme cabeza de su santidad, por poco y le desencaja la mandíbula, pero la cachonda Antonella lo hacía con gusto, era una viciosa que amaba las pollas, además la del padre Donato era por mucho la más grande que había probado!

    D – Sí hija mía, deléitate con el cuerpo de Cristo!

    A – Padre que buen instrumento carga usted por Dios santo, me fascina su bendita polla, ¡qué puta me siento!

    D – A partir de hoy serás bendecida con mi garrote celestial!

    A – Por favor padre, necesito que me purifique mi chumino!

    Antonella dejó de chupar la gruesa verga del padre Donato, después de levantarse se bajó las bragas, se subió el vestido y empino su gran culo en dirección a la polla que tenía a su disposición, poco a poco la introdujo en su ardiente coño!

    A – Ay padre qué delicia, su tranca me llena toda, que me parte padre, que me parte!

    Los dos disfrutaban como chanchos en lodazal, Antonella empujaba hacía atrás con todas sus fuerzas, sus nalgas rebotaban contra la tabla por donde salía la colosal polla del padre que estaba por correrse.

    D – Hija, ahora la carne del señor entrará en la caverna de Sodoma, así que abre tu culo y prepárate!

    Aunque Antonella era muy viciosa, le daba un poco de miedo meterse semejante trozo de carne por el orto, pero más miedo le daba decepcionar a Dios y al caliente sacerdote, así que se escupió la mano y se lubrico su ojete, con ambas manos se abrió las nalgotas y con mucho dolor y placer introdujo hasta el fondo de sus entrañas la mastodóntica polla del padre Donato!

    A – Ay padre bendito, que dolor, que me rompe el culo!

    D – Es tu castigo hija mía, por ser tan puta, anda que lo disfrutas, no lo niegues pedazo de golfa!

    A – Si padre, lo merezco y me fascina su polla partiéndome el culo!

    Minutos después el culo de Antonella de verdad que padecía el tamaño de la polla del padre Donato, la sangre que salía de su orto lo demostraba, el lujurioso padre al ver la sangre que recorría su polla sonrió ante la ironía, ya que minutos antes le había dicho a la pecadora Antonella que se bebería la sangre del señor.

    D – De rodillas hija mía, que está por salir la bendición del señor!

    Al ponerse de rodillas Antonella que en medio de la gran excitación no se había dado cuenta de la hemorragia de su culo, hasta que vio la polla del padre Donato con su sangre, empezó a sentir el ardor en su ojete, pero eso no le impidió seguir con la penitencia, así que abrió su golosa boca y chupaba la pija del padre hasta que esté empezó a soltar chorros de leche, que bañaban el rostro de Antonella, ella intentó tragar lo más que podía, pero ya que el padre no había eyaculado por más de 40 años, la cantidad de leche que cubría la cara de doña Antonella era insólita, cabello, orejas, frente, ojos, hasta por su escote resbalaba la densa leche del padre Donato!

    D – No dejes nada de la semilla de nuestro amado señor, limpia toda su herramienta pedazo de puta!

    Antonella lamía todo el tronco mezclado de sangre y semen, lo dejo bien limpio y reluciente, luego con sus manos recogía la leche que estaba por toda su cara, ingiriendo la tibia leche del padre Donato, inclusive se chupaba los dedos con el esperma que quitó de su escote.

    Minutos después de recomponerse de la tremenda culeada que le dio el padre Donato, esté le ordenó recitar una oración:

    A – Jesús, hijo de Dios, ten misericordia de mí, que soy una pecadora.

    D – Dios, padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su hijo y DERRAMÓ el espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la iglesia, el perdón y la paz.

    Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del espíritu Santo.

    A – Amén.

    D – La pasión de nuestro señor Jesucristo, la intercesión de la bienaventurada Virgen María y de todos los santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna, vete en paz.

    Doña Antonella salió del confesionario, con su gran culo adolorido, pero llena de placer, había descubierto una forma de seguir teniendo un marido cornudo, sin culpas y sin riesgo de ser descubierta, pues había tomado la decisión de no volver a llevar a su cama a ninguno de sus tres amantes, pues estaba enamorada de la herramienta gorda y bendita del padre Donato.

    El padre Donato, luego de serenarse un poco, salió del confesionario, por suerte la capilla estaba desierta, lo que calmó sus nervios, pues de ser descubierto, podría hasta recibir la excomunión y ser desterrado de su cargo, por eso el padre Donato debía ser muy cauto en adelante.

    Con el pasar de los días, la madre superiora Gabriella, empezó a sentir mucha curiosidad por las constantes visitas de doña Antonella, que cada miércoles iba puntual al despacho parroquial (antes su despacho) en el cual se daba cita con el padre Donato, aunque don Pietro el esposo de doña Antonella, había empezado a donar importantes cantidades de dinero para el convento, cosa que agradecía la madre superiora Gabriella, no evitó que uno de los miércoles en los que el padre Donato recibía a doña Antonella, la curiosa monja descubriera el porqué de las donaciones y las regulares visitas, previamente la madre superiora había hecho un agujero en la pared que estaba entre el despacho y su nueva habitación, el cual cubría desde su habitación con una pintura de «La inspiración de San Mateo» del famoso Caravaggio, que retiraba para luego ver por el pequeño agujero lo que ocurría en el despacho, dicho agujero estaba oculto en el cabello de uno de los esbirros romanos de la pintura también de Caravaggio «La crucifixión de San Pedro».

    Ese día la madre superiora Gabriella, puso candado a la puerta de su habitación desde dentro para poder espiar tranquilamente lo que sucedería en el despacho, cuando Gabriella vio el acto blasfemo que ocurría entre el padre Donato y doña Antonella, por poco se desmaya, por un segundo estuvo a punto de gritar y salir corriendo a denunciar lo que el puerco padre hacía con la señora Antonella, pero algo la detuvo, algo en su interior femenino se despertó, lo que veía le causaba algo placentero que no podía describir, la escena en sí, lo prohibido de ese pecado, lo que el padre Donato tenía entre sus piernas hizo que Gabriella experimentará por vez primera un calor incontrolable en su entrepierna, no entendía porque lo que veía hacía que su coño se mojase como nunca lo había hecho, sin darse cuenta una de sus manos se empezó a hacer cargo de su calentura, la metió por debajo de su hábito y cuando la faena entre el padre Donato y doña Antonella estaba por acabar, la madre superiora Gabriella también lo hizo, era la primera vez que se masturbaba y que además tenía su primer orgasmo.

    A partir de ese día, no se perdió los miércoles de visita de doña Antonella, la madre superiora Gabriella, ahora veía con otros ojos al padre Donato, que ignoraba el espectáculo que ofrecía a la monja pelirroja.

    Días después, un viernes en la tarde, unos feligreses traían de urgencia a tres enfermos, eran don Enzo, don Fabrizio y don Massimo, al parecer tenían una extraña fiebre, fueron conducidos a la enfermería, las novicias inmediatamente le fueron a comunicar a sus hermanas lo ocurrido, minutos más tarde aparecían las tres monjas, Brunilda, Varenka y Laetitia, para alegría de las esposas de los tres enfermos, las monjas les dijeron a las señoras que harían todo lo posible por socorrer a los enfermos, las mujeres aliviadas hicieron acto de espera en la enfermería, cada uno de los hombres fue instalado en las tres habitaciones que tenía a disposición la enfermería.

    Minutos después las tres monjas dejaron descansando a los enfermos, compartieron sus impresiones y tomaron la decisión de dejar internados a los tres hombres en la enfermería del convento, lo comunicaron a las afligidas esposas, les dijeron también que en cuanto mejorarán tendrían noticias de ello, para que pudieran venir por ellos, las tres señoras quedaron muy agradecidas con las hermanas y partieron hacia el pueblo.

    Continuará…

  • ¡Me viola un tipo amable! ¡Hasta casi le agradezco!

    ¡Me viola un tipo amable! ¡Hasta casi le agradezco!

    Apenas entre a la casa, iba para mi cuarto, cuando una mano me tapo la boca, otra me sujetaba el torso.  Estaba inmovilizada totalmente. Logre mantener la calma y pensar. Me di cuenta que quien me había agarrado era más alto que yo, por el ángulo de sus brazos y porque mi cabeza quedo en su hombro.

    -Quédate quieta, no te quiero lastimar. Por favor, hace lo que te digo y todo va a salir bien. Asentí con la cabeza si entendiste.

    Asentí y para mi sorpresa, me soltó la boca.

    -Por favor, no me lastimes. No voy a hacer movimientos raros ni voy a gritar. Dije tranquila.

    -Te repito, no te quiero lastimar pero espero que grites… Dijo

    Que diga que esperaba que grite, me descolocó. De inmediato me colocó un tapa ojos que no me permitía ver nada.

    -Ahora, muy despacio, te vas a quitar la campera, la camisa y el brazier. Me dijo, siempre parado atrás mío, muy cerca.

    -Ok. Pero tranquilo. Y te pido nuevamente no me hagas daño.

    Su voz era tranquila, sus modales, propios de una persona educada y si no fuera por la situación, respetuosa. Nada cuadraba en lo que es el perfil de un violador.

    Me saque lo que él me pidió, y con tranquilidad y suavidad, tomo mis muñecas, las puso en mi pecho y me colocó un par de esposas acolchadas. Luego un collar también acolchado y escuche como unía las esposas con el collar, al parecer con una cadena.

    Se puso pegado a su espalda, y pude darme cuenta que no tenía nada sobre su torso. Era un pecho firme, con vellos. Me abrazo y comenzó a besar mi cuello en una forma muy suave, con pequeñas succiones. Yo tapaba mis pechos con mis antebrazos y el con suavidad hizo que los baje. Con la palma de sus manos, acariciaba apenas mis pezones, que de inmediato se pusieron duros.

    Sus manos no dejaban de acariciar de esa forma mis pezones, cuando su boca busco mi mejilla derecha, la beso y fue subiendo hasta mi sien. Yo empecé sentirme excitada, no solo por mis pezones duros, mi respiración se puso pesada, y pude darme cuenta que mi vagina se comenzaba a mojar. Y no pude detener mi excitación cuando su boca fue a los lóbulos de mis orejas.

    Estoy relatando un abuso sexual, una violación, y no puedo describir sus besos de otra forma que decir que lo hacía con dulzura, hasta con ternura. Mi cabeza explotaba tratando de entender. ¿Un violador suave, tierno?

    Sentí que se separaba de mí espalda, y lo siguiente fue sentir su boca en mis pezones. Me los succionaba suavemente, sin violencia, sin provocar dolor. Me beso por completo un pecho, luego el otro. Se dio cuenta que el primero que beso, era el más sensible y volvió a él. Sus manos acariciaban mi espalda, la recorrían por completo. Yo, inmóvil no por la fuerza, por placer, recibía las caricias y empecé a gemir.

    Eso fue lo que él esperaba para desabrocharme mi mini, y dejar que caiga al suelo. Quedé solo con una tanga super diminuta. Pasó un segundo, tomándome de un brazo me hico caminar un par de metros y me dijo:

    -Separa las piernas y sentate. Tranquila.

    Guiándome con sus manos, fui bajando hasta sentir que entre mis piernas estaba una de sus piernas. Me senté, cerré un poco las piernas apretando la suya. Pude darme cuenta que era la pierna de una persona que hace ejercicios, musculosa, con los costados firmes.

    Su boca volvió a mi cuello, mis hombros, mis ojeras; una de sus manos a mi pecho más sensible, la otra a mi espalda. Yo cada instante, cada beso, me excitaba más.

    -Tranquila, no te voy a lastimar. Me repitió mientras me besaba el cuello.

    Por mi calentura, comencé a levantarme menos de un centímetro y frotarme con mi entrepierna en su pierna. Me convencí que era un tiempista tremendo cuando al darse cuenta, bajo su boca a mi pecho, y nuevamente comenzó a chuparlo, besarlo y succionar mi pezón.

    Fue demasiado. Trate de rodear su cabeza con mis manos, pero la cadena lo impedía, me frotaba cada vez más fuerte y más rápido contra su pierna. Él no cambiaba su forma de darme placer en mi pecho. No pude evitar un orgasmo, en realidad, lo busque. Cuando lo tuve apoye la cabeza en su hombro, me quedé quieta y él se detuvo también.

    -¿Estás bien? Me pregunto.

    -Sí. Dije escuetamente, porque por pudor no le podía decir que estaba maravillosamente bien.

    -Me alegro. Vení. Me dijo y me puso de pie.

    Sus manos quitaron mi tanga lentamente. Estaba parado frente a mí, su boca volvió a mis pechos y fue bajando en medio de pequeños besos mientras sus manos lo acompañaban al costado de mi cuerpo. Instintivamente y por mi excitación, separe las piernas.

    Llego hasta mi entrepierna y con suavidad, empezó a jugar con mi clítoris, sus manos a recorrer mis piernas acariciándolas.

    Estuvo varios minutos haciendo eso, besando, succionando y “molestando” con su lengua mi clítoris, hasta que tuve otro orgasmo. Se levantó, se puso detrás de mí, y me hizo apoyar en su pecho. Ahí me di cuenta que estaba desnudo. Su pija, de muy buen tamaño, en largo y grosor, estaba dura. La sentía entre mi cintura y el comienzo de la raya del culo.

    Volvió a besar mi cuello, una mano a mi pecho sensible y la otra, a mi entrepierna, acariciándome muy suavemente. Yo estaba super caliente, sentía que mi cocha chorreaba fluidos. Esperaba que me meta los dedos, hasta lo deseaba, pero no lo hacía. Yo tiraba la cabeza hacia atrás y a un costado, para dejar que su boca “trabaje” mi cuello.

    Mis manos, buscaron su mano en mi pecho, y la apretaban contra él. Era un placer indescriptible. Estar recibiendo ese placer, sin violencia, sin brusquedad, y sin ningún tipo de apuro era increíble. “Puedo estar así por horas” pensé y no pude creer lo que pensaba. Me estaban abusando, como iba a pensar eso. De esa forma me saco un tercer orgasmo.

    Me hizo poner de rodillas. “Ahora va a hacer que se la chupe, y se acaba toda la ternura”. Pensé. No fue así. Sentí como su cabeza pasaba entre mis rodillas, estaba acostado, y mis pantorrillas al costado de su cuerpo. Quería poder mirarme.

    Tomándome de la cintura, me hizo bajar un poco. Hasta que sus labios tocaron mi concha. Tuve un escalofrío y mi cuerpo tembló. Comenzó a chuparme con sus labios, despacio, con tranquilidad. Con una mano separó mis labios y su boca fue a mi clítoris nuevamente. Él lo apretaba suavemente entre sus dientes, y con su lengua lo volvía loco.

    -Me estas matando. Por favor. Basta. Dije en medio de mi cuarto orgasmo.

    Mis manos apretaban mis pechos cuando su lengua lentamente jugaba con mi vagina. La penetró un poco, y fue el delirio total. En mi cabeza había fuegos artificiales. Baje mis manos y apenas podía tocar su cabeza. Como cuando estaba en su pierna, ahora me frotaba contra su boca y su lengua entraba y salía totalmente de mi concha. Estaba por tener un orgasmo cuando de detuvo. Sentí que se corría apenas centímetros y ahora su lengua estaba en mi culo.

    Jugaba con mi ano, en una forma que nunca otro hombre lo había hecho. Agachándome un poco, pude alcanzar a meterme dos dedos en la concha, y masturbarme al ritmo de su lengua. Mi ano respondía a sus juegos y se dilataba lentamente, por lo que él aprovechaba para meterme su lengua. O yo me la metía, todavía no puedo dilucidarlo. Tuve un quinto orgasmo.

    Volvió con su lengua a mi concha, sentí como desde atrás, dos dedos suyos la penetraban e iban directo a buscar mi punto G. Como él, tome con suavidad su cabeza e hice que me chupe el clítoris. Me volví totalmente loca. Gritaba de placer, le pedía que no se detenga, que por favor siguiera. Tuve un sexo orgasmo, tremendo, mi cuerpo parecía convulsionar. Caí hacia adelante y por suerte el me agarró, y me ayudó a recostarme en la alfombra.

    Por unos minutos quedé así.

    -Por favor, cogeme. Le dije.

    Se acercó, me ayudo a levantarme, y me sentó en un sillón.

    -A una mujer como vos no se la coge, Analía. Solo se le da placer o se le hace el amor.

    Cuando dijo mi nombre, me quede sorprendida. No atiné a decir nada.

    -Como viste, no te lastimé. Sé que esto estuvo mal, que es un delito, pero deseaba mucho gozar tu cuerpo, acariciarlo, besarlo. Te pido perdón por la forma. Ahora, te pregunto: ¿Te puedo besar?

    No podía creer lo que escuchaba. Mi violador, que me había hecho gozar de una forma increíble, como no recuerdo otra vez, me pedía permiso para besarme. Me sonreí y le dije que sí. Me ayudó a ponerme de pie, y tomando mi cara entre sus manos, me dio un terrible beso, que por supuesto, devolví, jugando con mi lengua en la suya. Juro que quedé tonta del beso. Su ternura era maravillosa.

    -Bueno. Me voy. Dijo, me hizo girar un poco, continuó.

    Te voy a sacar esto. Y me sacó el collar y las esposas.

    -Analía, de nuevo perdón, espero no haberte lastimado ni angustiado en exceso. Cuidate, sos una hermosa mujer, no para cualquier hombre. Me dijo.

    No entiendo porque un par de lágrimas cayeron por mi rostro. Sé que por la violación no era. Sus palabras me hicieron vibrar algo en mi interior. Escuche que abría y cerraba la puerta de casa.

    Normalmente las mujeres violadas cuentan que tuvieron la necesidad inmediata de bañarse, limpiarse todo el cuerpo. Yo, al contrario. A pesar que no había sentido perfume en él, no quería quitar de mi piel la sensación de sus labios.

    Me senté en el sillón. Desnuda. Sonriendo. ¿Quién sería? ¿Edad? Estaba segura de que si descubría quien era, había muchas posibilidades que me enamore de él.

    Tengo 24 años, un buen físico, sin llegar a ser una modelo. He tenido un par de parejas y varios toco y me voy. Tengo sexo desde los 16 años. Nunca, nunca un hombre me hizo gozar tanto placer como ese día.

    Los días siguientes, trataba de identificar su vos en todos lados: trabajo, cuando iba de compras, en un café. Nada. Cuando veía un hombre de más de 1,80 m de altura, lo miraba buscando algo. Una mirada, un gesto. Nada. Decidí no cortarle a nadie, ni a mi mejor amiga. Mucho menos, hacer una denuncia. “Me violaron, no me penetro con su pene y goce como nunca en mi vida”, no era justamente una declaración creíble.

    Pasaron veinte días, y no me podía olvidar de él. Cada vez que entraba a casa, esperaba sentir su mano en mi boca. Nada. El día veintiuno, entre y cerré la puerta.

    -Hola Analía. Escuche. Era su voz, que venía desde el sillón, totalmente a oscuras.

    Por favor, no prendas la luz. Dijo.

    -Hola. ¿Algún día me vas a contar como entras a mi casa sin forzar ninguna puerta ni ventana?

    -Hoy. Usando la llave que dejas en la segunda maceta.

    No mucha gente sabía que dejo una llave ahí. Él sí.

    -¿Me puedo sentar? Pregunte a mi violador en mi propia casa.

    -Por supuesto.

    -¿Quién sos?

    -Un hombre que te admira.

    -¿Tenes un nombre?

    -Claro, como todo el mundo.

    -¿Cuál es?

    -¿En serio lo queres saber?

    El desgraciado me hizo dudar. Estaba jugando con mi mente. Decidí no contestarle.

    -Legalmente lo del otro día fue abuso sexual. ¿Vas a abusar de mí nuevamente?

    -Quítate la ropa. Quédate solo con la tanga. Por favor.

    Mire hacia donde estaba pero no podía ver nada claro. Solo un bulto en el sillón. Me pare y me saque la ropa como me indicó. No sensualmente ni nada parecido a un striptease.

    -Te vuelvo a preguntar: ¿Vas a abusar de mí nuevamente?

    -No.

    Era la respuesta que menos esperaba. No. ¿Entonces? ¿Qué hacía en casa? ¿Por qué yo estaba casi desnuda? ¿Qué era lo que seguía? ¿Y yo, que deseaba, que repita lo de la vez anterior, que me penetre? ¿Qué me haga el amor? Tenía que buscar respuestas.

    -¿Por qué estoy desnuda?

    -Porque te lo pedí. Dijo y tuve que reconocer que tenía razón.

    -Si no me vas a abusar, ¿Qué haces aquí?

    -Contemplo tu hermoso cuerpo.

    -La otra vez no note que hayas gozado, acabado digo. No había manchas, ni te escuche acabar.

    -Goce haciendo que vos goces, dándote placer.

    -¿Sos impotente? Pregunte a pesar de haber sentido su verga super dura en mi espalda.

    -No. Dijo riéndose.

    -¿Voy a saber quién sos?

    -Quizás.

    -¿Te hace gozar dominar a una mujer?

    -¿Te sentís dominada?

    -Mentalmente sí. Dije sin pensar, y arrepintiéndome de inmediato.

    -¿Dominada o ansiosa, Dominada o deseosa de volver a gozar?

    -Quiero que me hagas el amor.

    -¿Acaso me amas? ¿Pensas que yo te amo?

    -No sé, solo sé que estoy super excitada, que la vez anterior me volviste loca totalmente, que me hiciste gozar como ningún hombre lo hizo, que todos los días te buscaba, trataba de identificar tu voz. Ah, y no cambie la llave de lugar. Haceme el amor, cogeme, o como quieras decirle. Necesito sentirte.

    -Ponete de pie y date vuelta.

    Lo hice y sentí como ponía un vendaje en mis ojos, fueron dos o tres vueltas, imposible que me lo saque. Cuando terminó me di vuelta y puse las manos juntas, esperando que me ponga las esposas. Nuevamente me descolocó cuando en vez de hacerlo, tomo con una de sus manos una mano mía, y así, tomados de la mano me guio hasta mi cuarto.

    Yo duermo en una cama King Size. Me hizo acostar en el medio, boca arriba y poner las manos a los costados. Lo primero que sentí fueron sus labios sobre los míos, en un beso tan cálido, tierno y embriagante que logro que tras él mi respiración se hiciera pesada. Siguió por mi cuello mientras sus manos acariciaban mis pechos.

    Su boca fue bajando y se detuvo en mi pecho con menor sensibilidad. Estuvo un rato jugueteando con su lengua y mi pezón, mientras su mano solo se apoyaba en mi entrepierna. Salto al otro pecho y me volvió loca, su mano apoyada, sin moverla un milímetro de hacía mover la pelvis buscando me masturbe. La mano inmutable.

    Lo siguiente fue una clase de erotismo puro. Su boca fue a mi muñeca izquierda, besaba el lado interno y succionaba suavemente. No entendí porque, pero cuando su lengua jugó mientras su boca succionaba mi palma izquierda, tuve un orgasmo, que siguió cuando hizo lo mismo en el pliegue interno del codo.

    -Esto es tortura, es inhumano. Te estás abusando de mi sexualidad. Protesté.

    -Silencio. Dijo pellizcándome suavemente un pezón.

    Lo que logro con eso fue que acaricie su cabeza con una mano mientras mi otra mano buscaba desesperada debajo de mi tanga meter dos dedos en mi concha.

    -Ah, queres jugar sola. Bueno. A ver como lo haces. Dijo y no me toco más.

    -Hijo de puta. Grite.

    Me metí dos dedos en la concha furiosa, así me masturbaba, furiosamente, la otra mano, apretaba mi pecho más sensible. No podía llegar al orgasmo, saber que me miraba y no me tocaba no me dejaba llegar. Estaba super loca, mis dedos entraban y salían a una velocidad demencial.

    De pronto, con una mano, apretó mi mano enterrándome mis propios dedos en mi concha. “Goza” dijo y sumisamente tuve un tremendo orgasmo.

    -Hijo de puta, no me podes estar haciendo gozar así. Te odio. Dije en medio de temblores.

    -¿O me amas? Dijo.

    En un segundo cesaron los temblores, me quedé dura y se me cortó la respiración. Su pregunta me descolocó totalmente. Y no quería decir la respuesta.

    Aún con los dedos en mi concha, y la tanga puesta, me hizo poner boca abajo, con dos almohadas bajo mi vientre. Me seguí masturbando, él se sentó sobre mis piernas y apoyo su verga en mi culo. Cada cosa me excitaba más, sentí como tiraba algo en mi espalda, que tenía un olor especial, lo fue esparciendo. Era un talco o algo parecido. Sus dos manos acariciaban mi espalda con ese talco, mis dedos me daban otro orgasmo y buscaban el siguiente.

    Sus manos fueron bajando hasta mi culo. Acariciaba los cachetes y los apretaba suavemente. Se levantó y automáticamente separe mis piernas. No termine de hacerlo que su mano corrió mi tanga y su lengua arremetió contra mi ano. Mis dedos en mi concha, ahora tres, su lengua en un segundo fue recordada por mi ano, que se abrió de par en par para que lo penetre. No puedo describir con palabras mi orgasmo.

    Su lengua dejó mi ano totalmente dilatado. Deseaba, ansiaba, rogaba que su pija me lo penetre. Mordí mis labios feliz cuando sentí que se acercaba rozando con su pija mis cachetes. No, no me la metió en el culo. Estaba por insultarlo cuando su mano corrió más mi tanga, y su verga fue entrando despacio en mi concha, aún con mis tres dedos adentro. Sentía que explotaba de placer y explote literalmente en un orgasmo. Saque mi mano y apoye mis dos manos al costado de mi cabeza, apretando las sabanas.

    Su verga era realmente grande y gruesa. Ocupaba toda mi vagina y creo que quedaba parte afuera. Rogué que me coja desaforadamente, aunque me doliera, quería sentir toda su virilidad, su poder, su fuerza. No. En vez de eso, se acostó sobre mí, y moviéndose muy lentamente, entraba y salía. Su boca en mi cuello, sus manos en mis brazos. Mi excitación no bajaba pero ahora el placer era inmenso, el desgraciado me estaba haciendo el amor, no me cogía. Yo era una mujer a la que le daba todo el placer, sin violencia, sin brusquedad. Sí, mi violador, me estaba haciendo el amor.

    Fueron minutos y minutos, incontables, que estuvo haciéndome el amor de esa forma, gloriosa forma. Cuando acabó llenando mi concha con su leche, me dijo al oído: “si, te amo”.

    Estalle. Tuve un orgasmo que nunca en mi vida había tenido. Fuerte, largo, especial. No era la primera vez que un hombre me decía te amo. Pero si la primera que me lo decían al acabar de hacerme el amor. No puedo describir la sensación de paz, alegría y placer que me invadió. Me beso nuevamente el cuello, y se quedó sobre mí.

    Cuando desperté no estaba sobre mí. Lo busque a tientas en la cama, pero no lo encontré. Quise llamarlo y no supe como. Hubiese sido muy bizarro si preguntaba: “¿Violador, dónde estás?” Ni la reina de las boludas podía llamarlo así. Espere varios minutos y no escuchaba nada. Nuevamente esperé y nada. Me quite la venda de los ojos, prendí mi velador, y no estaba en la habitación. Fui al living y mire en la oscuridad. Muy romántica la mina. Prendí la luz, esperanzada en encontrarlo y al mismo tiempo deseando no romper el hechizo. No estaba.

    En la mesa ratona, un ramo de jazmines increíblemente blancos, y una nota hecha con letras de revistas pegadas: ¿Me amas?

    -Sí, hijo de puta, te amo. ¿Dónde mierda estas? Grite sin obtener respuestas.

    Me puse una bata, abrí la puerta, busque en la maseta y allí estaba mi llave de seguridad. Se había ido. Entre, me senté en el sillón y me largue a llorar. En mi mente solo preguntas: ¿Fue real? ¿Quién es ese hombre que tanto, pero tanto placer me regala? Las manchas de semen en mi pierna me contestaron que fue real. La segunda pregunta, no tuvo respuesta.

    Nuevamente no me bañe. Tocaba las manchas de semen en mi pierna y en la cama como si fuera que de esa forma lo tocaba a él. No podía sacarme de la cabeza todo lo que había sentido. Lloraba de impotencia, de no tenerlo a mi lado, de no poder besarlo, tocarlo, pedirle que nunca me abandone. Me dormí pensando en todo eso. Claro que soñé con él y me desperté a mitad de la noche totalmente mojada, con mis dedos entrando y saliendo de mi concha al mismo ritmo que me hizo el amor. No era lo mismo. No buscaba un orgasmo que nunca llegó, era… mi forma de decir que lo amaba.

    Mi locura crecía. Lo buscaba desesperada en cada hombre que me cruzaba. No me importaba si fuera petiso o alto, gordo o flaco. Tenía que encontrarlo. Nada.

    Una semana después, me encontré a tomar café en un shopping con una amiga. Cuando le conté casi se cae de espaldas.

    -Boluda, no vivo buscándolo. No salgo de noche, me invitan a cenar, a bailar y en cada lugar lo busco. A ninguno siquiera le permito que me dé un beso. Soy solo suya, de mi violador. Le dije.

    -Analía, por favor. Tenes que parar. Estas desquiciada. No podes vivir buscando a un violador porque lo amas. Es de locos eso.

    -Jorgina, no sabes lo que es ese hombre. Te juro que es…

    Seguimos charlando un rato. Logro hacerme cambiar de tema, me conto de su trabajo y que estaba esperando a un compañero que vive en Córdoba capital y cada tanto viene a Bs.As.

    -Tengo ganas de invitarlo a cenar a casa, pero vos viste donde vivo, 2×2, imposible. Dijo Jorgina.

    -Invitalo a cenar afuera, no te hagas drama.

    -Es que le prometí que le iba a cocinar un matambre a la leche.

    -Hace una cosa, cocínalo en casa. ¿Qué problema hay? De paso veo a alguien fuera de mi locura. Vive en Córdoba dijiste.

    -Si, es el gerente de la Planta de Córdoba. ¿En serio me decís? ¿No te jode?

    -No, para nada.

    -Bueno, gracias loca. Le paso tu dirección entonces. Yo voy a las 20 h.

    -Dale.

    Exactamente a las 20 llego a casa y se puso a preparar la cena. Yo puse la mesa, le pregunte que vino iba, y nos quedamos en la cocina mientras terminaba. Puso el matambre en el horno, y casi una hora después estaba casi listo. Recibió un mensaje y me dijo que estaba por llegar.

    -Nooo, me olvide el queso rallado. ¿Hay alguna despensa por acá?

    -Si, en la esquina. Contesté.

    -Ya vengo. Dijo, tomo su cartera y salió corriendo. Me quede en la cocina.

    Cuando escuche que la puerta de calle se abría, pensé que Jorgina se había llevado llave. Fui a su encuentro y lo que encontré me paralizó: un tipo, de unos treinta años, hermoso, con un traje azul espectacular, y una sonrisa más espectacular aún. No dijo nada, solo extendió uno de sus brazos para darme… un ramo de jazmines blancos maravillosos.

    -Hola, vas a tener que cambiar de lugar la llave de seguridad. Puede entrar alguien, y hacerte quien sabe que cosa. Dijo con una sonrisa.

    Dios mío. Era su voz. Altura, voz, jazmines. No podía ser otro que mi violador.

    -Sos vos. Dije tartamudeando.

    -¿Te acordás me mí entonces?

    -Por supuesto que me acuerdo desgraciado. Dije sonriendo pensando en mi violador.

    -Soy Fernando, tu novio de la secundaria. Eso, y pegarme un mazazo en la cabeza fue lo mismo.

    Fernando fue mi primer “novio”. Yo estaba en tercer año, el en quinto. Un flaco desgarbado, con lentes. Un solitario, un genio solitario. Promedio general 10 en el secundario. Fue el primer chico que me beso, más que de los besos no pasamos. Y lo hacía muy rico. Solo estuvimos dos meses de “novios”. El terminó el secundario y no lo vi más.

    -No puede ser. Fernando. Dije sin animarme a preguntarle si era mi violador.

    -Sí, soy yo. Dijo

    Sonó mi celular, lo maldije por eso y atendí. Era Jorgina.

    -Bueno, te cuento que la cena ya está lista. Solo tenes que sacarla del horno y servir.

    -¿No entiendo, y vos? Dije totalmente confundida por Fernando, mi idea que era mi violador, lo que me decía ella.

    -Los dejo cenar solos. Disfruta mucho, pero mucho. Te quiero mucho.

    Cortó sin darme tiempo a nada.

    -Pasa Fernando, que sorpresa, estoy muy confundida por varias cosas, perdoname. Analía me acaba de decir que no viene. No entiendo, sos invitado de ella.

    -Si. Pero no importa. Estoy feliz de poder cenar con vos, y a solas.

    Cada vez que hablaba, me convencía más que era mi violador. ¿A que loca se le ocurre preguntarle a un tipo que fue su novio de la adolescencia, que vive en Córdoba si era mi violador? Ni yo haría eso. Y no lo hice.

    Se sacó el saco, no permitió que lo cuelgue, lo dejo sobre una silla y nos sentamos a cenar. Charlamos de nuestras vidas, el soltero y sin novia, yo soltera y sin novia, nuestros trabajos, en fin, de todo. Cuando terminamos de comer el matambre me miro sonriendo, con una sonrisa que bien podría haber sido la de mi violador, por lo hermosa que era y me dijo:

    -Por el postre no te preocupes. Yo ya tengo mi postre. Dijo sonriendo.

    Lo mire totalmente confundida. No había traído nada, ni yo había comprado nada. Tampoco vi que haya pedido algo por teléfono.

    -¿Cuál es tu postre Fernando? Pregunte con cara de no entender nada.

    -Vos. Dijo y saco el bolsillo de su saco un par de esposas, un collar con interior de piel, y una cadena.

    -Hijo de puta. No me equivoqué, sos vos. Grité y me tire encime de él para besarlo como loca. Me abrazo y me largue a llorar como una adolescente.

    -Veo que no estás muy enojada. Me dijo sonriendo.

    -Desgraciado. Quedé loca desde la primera vez. Y después de la segunda, ya loca de atar. ¿Pero cómo? Vos vivís en Córdoba.

    -Si, vivo en Córdoba.

    -Antes que te lleve a la cama, me podes explicar todo.

    -Jorgina es una amiga de varios años. Cuando vengo siempre nos juntamos a comer algo y charlar. Nos hicimos compinches en cosas de la empresa. Hace seis meses tuvo que viajar a Córdoba por una capacitación de una semana, de lunes a viernes. Me contó que iba a ir, y le dije que se quede en casa, se guardaba la plata que le daban para el hotel. Estuvo de sábado al domingo siguiente.

    En mi casa hay varias habitaciones, la primera noche, en medio de un asado de festejo y unos buenos vinos mendocinos, terminamos los dos en mi cama. Las noches siguientes también. Una de esas noches, tomando un whisky le conté que yo había tenido una novia la secundaria. Que nunca la olvidé y que para mí era un amor imposible. La había tratado de ubicar y no podía. Y al pasar le dije tu nombre. Me dijo que ella tenía una amiga con el mismo nombre y más o menos la misma edad que tendría mi amor imposible. Me preguntó el apellido y sorpresa, eras vos.

    -Bien, hasta ahí entiendo.

    -Empecé a venir a Buenos Aires todos los fines de semana. Te veía de lejos. Cuando se me ocurrió la idea de “abusarte” fue porque Jorgina me conto que era una fantasía tuya. Ahí me dio el dato de la llave en la maceta.

    -Desgraciada. Fue muy jugado “abusarme”. Pudo haber salido muy mal.

    -Si. Lo importante era que yo estuviera tranquilo, y te transmita tranquilidad. Y demostrarte mi amor. Demostrarte que puedo cuidarte hasta abusando de vos. La segunda vez, ni bien te sacaste la ropa, supe que si no me volvía loco, si no dejaba que la pasión de mi amor por vos me desborde, ibas a ser mía.

    -Por eso elegiste hacerme el amor y no cogerme.

    -Sí.

    -Pues lo lograste. Supongo que Jorgina te habrá contado que le conté todo y como estaba.

    -Si. Además unos fines de semana vine, y estuve muy cerca de ti, viéndote buscarme. Te acordás del barbudo que viste varias veces…

    -Hijo de puta. Eras vos. Por la barba te descarte. Cuanto trabajo te tomaste, por favor. Ahora Fernando, es mi casa, mi tiempo. Te voy a coger como nunca cogí a un hombre.

    Lo tome de la mano y fuimos a mi habitación. Nos quitamos la ropa mutuamente, yo con desesperación, Fernando, tomándose todo el tiempo del mundo. Con los dos desnudos, lo empujé haciendo que caiga de la espalda. En mi mente se agolpaban las cosas que le iba a hacer, como lo iba a volver totalmente loco. Quería escucharlo gritar de placer, que me suplique que lo haga acabar.

    Cuando me fui a tirar de cabeza para chupar su pija, en un rápido movimiento, me tomó de los brazos y me acostó en su pecho. Me abrazo, me miro a los ojos con un brillo que nunca le vi. “Te amo Analía, desde aquel lejano primer beso, te amo. Nunca tuve nada serio por respeto al amor que siento por vos. Me harías el hombre más feliz del mundo si aceptas casarte conmigo.”

    Me derretí, literalmente. Lo bese llorando como una mujer enamorada puede llorar cuando su hombre le dice lo que mi hombre me dijo. Como siempre, me descolocó. No podía parar de besarlo y decirle que lo amaba. Y mágicamente me acordé que estaba desnuda sobre él, que iba a cogerlo como loca, pero en cambio, me acomodé, metí su pija en mi concha, y con la misma tranquilidad y suavidad que él me empecé a mover.

    Fue maravilloso hacerle el amor de esa forma, sobre su inmenso pecho, abrazada por él, repitiéndole sin parar que lo amaba. No puedo decir cuánto tiempo estuvimos así, solo que fue uno de los mejores momentos de mi vida. Cuando acabó, llenó de su leche mi concha. Nos besamos y nos quedamos así.

    Nos quedamos así hasta que el detector de humo se activó y empezó a sonar la alarma de incendio. Nos levantamos corriendo y del horno salía una columna de humo. Apague el horno y abrimos las ventanas.

    -Al cuerno el matambre de Jorgina. Dije.

    -Tengo hambre. Vamos a buscar un lugar para cenar. Dijo

    Sin bañarnos subimos a su auto, conseguimos una pizzería y nos comimos dos tremendas pizzas, en medio de miradas, caricias en las manos y besos al aire.

    -Imposible volver a tu casa hoy. Dijo y fuimos a su hotel.

    Cuando llegamos a su habitación, tardó un segundo en desvestirme, me puso en el borde de la cama, y levantándome las piernas hasta mi pecho, me chupaba la concha como un animal, nada que ver con mi violador. Su lengua era asesina, destrozaba mi concha, mi clítoris y mi ano. Sus dedos jugaban con mi punto G, haciéndome gritar de placer. Su lengua le recordó a mi ano como debía abrirse, y por las dudas, uno de sus dedos reforzó el accionar de su lengua. Dios, es era un animal, pero al mismo tiempo, super cuidadoso. Cuando me enterró el dedo en mi culo, fue porque estaba totalmente abierto.

    Me hizo gritar una y mil veces de placer. Le pedía, le rogaba que me coja. Mi posición favorita siempre fue la de perrito. Me quise poner y me dio un chirlo en el culo. Me puso de costado, llevo una de mis piernas hacia arriba y me penetro con todo, con toda su verga dentro de mi concha. Grite de placer, mordí a las sabanas y volvía a gritar. El desgraciado así me controlaba por completo. Jugaba con sus dedos en mi clítoris, o apretaba mis pechos, o me metía un dedo en mi orto.

    -Doce años esperando para hacerte el amor con toda mi pasión, por fin dijo. Y siguió bombeando como animal en mi concha.

    Pensé que su pija golpeaba mis pulmones como la metía, se inclinó y si dejar de hacer mierda mi clítoris, me dio un beso para la historia. Dios, por fin sentía la pasión de un hombre que me amaba realmente. Mis parejas quedaron tan chiquito que eran insignificantes. Esto era un hombre enamorado. Gracias a Dios.

    Luego de sacarme uno de los tantos orgasmos, se detuvo, saco su pija de mi concha y la llevo a mi ano. Lo mire y le brillaban los ojos, y yo sentía un fuego tremendo, por fin iba a perder la virginidad en mi culo. La apoyo e hizo un poco de fuerza, apenas entro y se quedó quieto. No entro ni la mitad de la cabeza del pene. Para alentarlo, yo misma empuje para que entre. El desgraciado largo una carcajada y me dijo:

    -Te vas a quedar con las ganas.

    De un golpe me volvió a meter la pija en la concha y me cogía en forma brutal, sonreía, me miraba con lujuria, yo gozaba como la mejor de las putas. Sentí que dos dedos entraban en mi culo y me lo masturbaban. Por favor, que tremendo placer me daban. Su pija, sus dedos en mi culo y en mi clítoris estaban destrozándome. Abría la boca totalmente buscando algo de aire.

    Cuando acabó, sus dedos estaban totalmente adentro de mi culo, su otra mano, apretando un pecho, su pija, derramando todo su amor dentro de mí. Sentí que me desmayaba, mi cuerpo temblaba sin parar, el orgasmo era tremendo, gritaba de placer. Sacó sus dedos de mi culo, lo que hizo que mi orgasmo continúe y sin sacarme la verga de mi concha, se acostó sobre mí, y me beso una y mil veces. Yo clavaba mis dedos en su espalda.

    -Te amo. Grito y fue otro orgasmo el que no me dejaba parar de temblar.

    Por fin deje de temblar, él se acostó a mi lado y me sonrió con la sonrisa más hermosa del mundo. Fui yo la que lo empezó a besar con locura y decirle que lo amaba, que era la mujer más feliz del mundo. Su pija no había perdido totalmente la erección cuando la comencé a chupar. Estaba bañada en mis jugos y su esperma. Poco a poco fue recobrando su erección y quedando totalmente limpia.

    -Vos serás un animal, pero yo también, una yegua en tus brazos. Dije y lo chupaba con todo.

    -La más hermosa de las potrancas. Dijo.

    Mi sangre hervía. Ahora sí me podía descargar toda la calentura que sus “abusos” me generaron. Lo monte con todo, saltaba como loca con su pija en mi concha. Yo apretaba mis tetas, mojaba mis dedos en mis flujos y los pasaba sobre mis pezones. Con la otra mano, me daba con todo en mi clítoris. Fernando me miraba extasiado. Tuve un orgasmo y me puse como nos ponemos las mujeres para hacer pis.

    Tome su pija y moje un par de dedos en mi concha. Me sirvieron para meterlos en mi culo. Yo, si yo misma me estaba masturbando el culo para mi hombre sin que me lo pida. Apoye su pija y sabía que no iba a ser fácil. Fui bajando y era un hierro candente que entraba y me quemaba todo adentro. Pero mi calentura, el placer que sea él quien lo disfrute por primera vez, hizo el resto.

    -Esto es terrible, tremendo animal tenes entre las piernas amor. Dije mientras disfrutaba tenerla toda adentro.

    Poco a poco el dolor se transformó en placer, y que placer. Metí dos dedos en mi concha a jugar con el G, mientras subía y bajaba sobre ese monumento fálico. Era inconcebible el placer que sentía, me olvide por completo de Fernando gozando como loca esa pija erecta, dura como piedra. Mis movimientos se hicieron frenéticos, subía y bajaba a toda velocidad, su pija entraba en su totalidad en mi culo en cada bajada.

    Recuperé la conciencia y abrí los ojos, cuando me tomo con ambas manos de la cintura, y empezó a bombear como loco. Me soltó y me quede quieta con los ojos abiertos totalmente, era un dos de ojo. El animal estaba desatado, apretaba mis pechos con fuerza y me entraba con toda su fuerza.

    De repente me volvió a tomar de la cintura, ahora con más fuerza, embistió contra mi culo y los chorros de semen salieron expulsados de su pija con una fuerza tal que sentí como golpeaban el interior de mi intestino.

    -Animal. Grite en medio de un orgasmo maravilloso.

    El me sostenía, me temblaban las piernas de tal forma, que no me podía parar para salirme de su pija. Opte por dejame caer sobre ella, y luego de costado sobre la cama. Como pude, me acerque para chuparla y limpiarla totalmente. Lo estaba haciendo y sentía que no paraba su erección.

    -Vení. Me dijo para que me acueste a su lado.

    Lo hice y se empezó a masturbar con todo.

    -Ni pienses que me voy a quedar mirando. Dije y mientras se masturbaba yo chupaba su pija.

    -Hijo de puta, sos una bestia en serio.

    Abrace su mano con la mía y las dos lo masturbaban. Sentí que estaba por acabar y acerque mi boca.

    -No, acostate.

    Me acosté, y me penetro de inmediato. Tres bombazos y acabo nuevamente en mi concha en medio de besos y declaraciones de amor.

    Se tiró a mi lado y así nos dormimos. El sol saliendo nos despertó. Nos besamos y nos reímos los dos.

    -Sos la mujer más hermosa del mundo. Y la más caliente.

    -Y vos el hombre más bestial y el más dulce del mundo.

    Nos bañamos y bajamos a desayunar. Cuando nos íbamos le reclamaron por lo gritos de la noche. Los dos nos reímos, el conserje también.

    Íbamos para casa, cuando llamo Jorgina.

    -Holaaa. ¿Descubriste a tu violador?

    -Hija de puta, fuiste cómplice, te voy a matar. Pero primero te voy a dar un beso tremendo. Estoy loca de amor por este tipo, y no sabes lo que es en la cama. Si como violador era maravilloso, como futuro marido soltando su pasión…

    -Yo solo lo conozco como amante y si, es una animal. Dijo Jorgina riendo.

    -Cierto hija de puta, vos lo cogiste antes que yo, guacha.

    -¿Eso nos habilita para un trio? Dijo.

    -Ni se te ocurra. No comparto. Soy egoísta. Anoche se nos quemó totalmente la cena. Sonó la alarma de humo. No quedo nada.

    -Turros.

    -Jor, amiga, venite para lo de Analía. Voy a hacer un asado. Tenemos algo que contarte.

    -Voy yendo.

    Fernando tenía una semana de licencia. Tiempo que usamos para que yo renuncie a mi trabajo, junte algunas cosas y al final de la semana viajáramos juntos a Córdoba.

    Hace 10 años y dos hijos que estamos juntos, y seguimos manteniendo la misma pasión que esa primera noche.

  • Al hijo de la mucama: ¿Te gusta lo que ves?

    Al hijo de la mucama: ¿Te gusta lo que ves?

    Llegaba a la mediana edad, mis hijos se habían mudado; mi hija, la más pequeña, se encontraba estudiando en Canadá, y su hermano mayor, se había ido a trabajar unos meses con su padre, mi exesposo, a EEUU. Por lo que la casa de mis sueños que algún día resonara con risas y gritos alegres, ahora solo reproducía un eco siniestro de silencio constante.

    Era una casa hermosa, pero ya comenzaba aquedarme demasiado grande, especialmente para hacerle los mantenimientos necesarios, y el aseo cotidiano comenzaba a ser un reto, particularmente cuando la carga de obligaciones de mi trabajo se tornaba demasiado hostil.

    Pese a que me gustaba hacer las labores en casa, a mis cuarentas y sin una familia que me motivara, pronto me orilló a contratar un ama doméstica para que me ayudase con la limpieza y la comida.

    La elección no fue sencilla, ya que estando sola en casa también me encontraba ciertamente vulnerable a cualquier tipo de abuso. Para mí, el perfil idóneo era encontrar a una mujer mayor que yo, que me diera mayor confianza y seguridad.

    Tardé un tiempo, pero por fin encontré a una mucama que cumplía con aquellas características. Era una mujer no tan mayor como tenía en mente, de hecho, era más joven que yo, sin embargo, su notable sobrepeso y mala postura le hacía parecer más decrepita.

    Aquella señora se habría ganado su puesto gracias a su actitud de indiferencia para cualquier otra cosa que no fuese las actividades que le había encomendado. Como peculiaridad, y motivo de este relato, la señora tenía un hijo quien se encontraba cruzando la preparatoria, tenía dieciocho años justos, según me había confesado su propia madre, pidiéndome que le permitiese dejar que su hijo estudiase en la casa, ya que sus clases eran a distancia.

    Sin problema accedí, no lo vi como inapropiado, por lo contrario, me pareció una garantía de que las intenciones de aquella mujer eran sinceras, y de que no tendría distracciones para desempeñar sus labores.

    Ojos en los muros

    Todo se acomodaba de forma natural, ahora ya gozaba de tiempo suficiente para hacer mi trabajo, platicar con la familia distante, e incluso con tiempo de ocio para mí misma, tiempo que utilizaba para leer, como es mi afición, o en escribir como gusto recién descubierto.

    Era justamente en esos momentos cuando notaba a aquel pequeño de la sirvienta ganándose la vida. Era un chico delgado, carecía de estructura muscular prominente, y su altura de un metro con setenta y ocho, lo hacía verse aún más escualo. Pero no era feo en lo absoluto, tenía el cabello castaño, su piel era blanca, y tenía un rostro todavía inocente, lindo a mi parecer.

    En un principio el chico se limitaba a sus tareas escolares, pero en ocasiones solía ayudar a su madre con las actividades en la casa. Yo me hacía la desentendida, pero ya le había visto haciendo el aseo por la sala, el baño y los cuartos de la segunda planta.

    Y no era yo la única que espiaba, bien enterada estaba de sus indiscretas miradas cuando me encontraba en aquellos ratos de ociosidad, especialmente en mi recamara o en la sala, en general, cualquier lugar que no fuese mi estudio donde trabajaba.

    Era un sentimiento extraño; no sé si se debía a la edad, pero no me desagradaban sus miradas, tampoco sé si decir que me gustaban, más bien las comprendía. A esa edad, todos comenzamos a conocer nuestra propia sexualidad. No es que lo justificase, pero me hacía sentir más atractiva. Sabía que al estarme espiando era porque algo quería ver, y si lo deseaba, era porque le gustaba.

    De alguna manera sabía por qué lo hacía. Más allá del morbo de espiar sin ser descubierto, notaba en su mirada un evidente interés por mi anatomía, particularmente en mis zonas erógenas femeninas, específicamente en mis grandes senos.

    No es por presumir, simplemente tengo las tetas grandes, nada del otro mundo, naturalmente un tanto más caídas, porque los años no pasan en vano, al igual que mis nalgas, que ya no están tan firmes como solía recordarlas a los veinte, o a los treinta. Pero aun así, me siento orgullosa de mi cuerpo, no es perfecto, pero siempre he cuidado de él, puedo decir que me siento y me veo tan bien como es naturalmente posible.

    Mido algo así como un metro con sesenta y cinco, soy en general delgada, aunque un par de hijos siempre pasan factura en la parta baja del abdomen. Tengo cabello un poco riso, color rubio, aunque el tono no es de nacimiento. Como lo he dicho tengo los senos grandes, lo que de hecho ayuda a acentuar un poco más mi cintura, sin llegar a ser demasiado, y aunque es mi punto fuerte, de las nalgas tampoco estoy tan mal, redonditas y de buen tamaño, no lo sé, me gusta mi cuerpo.

    Probada previa

    Todo eran juegos y diversión, solo eso, miradas. A él le gustaba espiarme y a mí me gustaba jugar con ello, nada más, simples e inocentes juegos fetichistas de un joven adolescente y una loca mujer divorciada, sin embargo, poco a poco irían incrementando aquellos sutiles atrevimientos.

    En un principio, tan solo me dejaba mirar al deambular en casa con mis trajes de oficina en aquellos días que debía presentarme al trabajo, o bien cuando había alguna reunión importante mediante la cámara web de la computadora. Pero con el paso del tiempo me fui atreviendo un poco más.

    En una ocasión, me había despertado un poco más tarde de lo normal, y justamente esa noche me había acostado con un blusón un poco trasparente, y claro, debajo no vestía más que unas bragas cómodas. Esa mañana la señora ya se encontraba haciendo sus tareas y su hijo le acompañaba como era su rutina, pues contaban con llave para entrar. En cualquier otro momento, me habría dado tiempo para vestirme adecuadamente antes de bajar a saludarles, pero ese día no me importó salir de mi dormitorio en aquel precario blusón que apenas me cubría las piernas y cuya tela delineaba mis agudos pezones casi dejando entre ver el color café claro de su aureola.

    Creo que fue demasiado, porque hasta pude notar el disgusto de la señora, casi golpeando a su hijo para que disimulara un poco su mirada fundida en mis pechos. Aun así me divertí mucho, y no, no fue la última vez que aquel chico se deleitó con ese blusón.

    En otra ocasión lo pillé espiando en el cajón de mi ropa íntima, ya sabía que lo hacía, uno sabe perfectamente como acomoda su ropa, y en más de una ocasión me había percatado de que mis bragas estaban mal dobladas. Aunque ciertamente me molestaba un poco, no decía nada, pues después de todo también era parte del juego, pero todo cambió cunado encontré una de mis pantaletas sucia. Era obvio que aquella mancha era de semen, y no había que pensar mucho lo que había pasado ahí.

    En un principio pensaba decírselo a su madre, pero me pareció injusto y solo crearía un ambiente toxico, después pensé en reclamarle a él personalmente, pero tampoco quería confrontarlo pues sería como terminar con el juego de miradas, además de que no sabría que decirle, así que no hice nada por el momento.

    El regalo

    Los juegos siguieron y yo lo tomaba como un pasatiempo para entretenerme, ya era parte de mi día a día. Todo se había acomodado, él se encargaba de asear las recamaras y el baño en el segundo piso, mientras que su madre se ocupaba de la cocina, la sala y el comedor en la planta baja. Todo perfecto para que me divirtiera con su hijo sin preocupaciones.

    A él le gustaba limpiar el baño porque podía aprovechar el momento para espiarme al salir de la ducha, y yo me dejaba espiar haciendo la finta de que me quitaría la toalla enfrente de él, a sabiendas de que estaba completamente desnuda debajo, aunque tan solo me la acomodaba. Hubo una ocasión en que sí me atreví a abrirme la toalla y exponer mi cuerpo, pero fue una trampa, pues lo hice dándole la espalda, por lo que no me pudo ver nada.

    Lo traía como loco, y me encantaba. En un principio me divertía, pero después comencé a empatizar más con el muchacho. Me imaginaba lo que debía de sentir, todos esos cambios hormonales, las emociones y los sentimientos sexuales que no podía sofocar. No sabía si aún era virgen, pero tenía toda la pinta de que si, y yo, tras catorce años de divorcio casi que estaba igual que él.

    Una tarde me encontraba en mi habitación, recostada viendo el tiempo pasar, el chico y su madre se habían ido. No podía dejar de imaginar lo que pasaría por la mente de aquel joven. Me preguntaba si le gustaba yo o solo mi cuerpo, no me gustaría que se obsesionará conmigo y creara una situación incómoda, o peor aún, que se enamorará. Y si tan solo quería zacear sus deseos sexuales, ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar?

    Nunca lo había imaginado antes, porque, de alguna manera sabía que nunca sucedería, y simplemente no lo contemplé. Pero después de casi ocho meses de juegos y miradas aquella fantasía se había hecho lo suficientemente fuerte para convertirse en una idea. Una idea que me traía dando vueltas en mi habitación. ¿Nos atreveríamos? ¿Nos descubriría su madre? ¿Dónde sería? ¿Cómo sería?

    De golpe me reincorporé en un sobre salto, intentando sacudirme los pensamientos impuros de la mente. La noche había llegado, y no quedaba más que descansar para enfrentar un día más. Me quité mi vestido, mi sostén y me bajé las bragas, entonces noté lo húmedas que estaban, y entonces recordé las manchas de semen depositadas por aquel muchacho, y una maléfica idea me llegó a la mente.

    Lo primero que hice fue ponerme las mismas pantaletas de regreso, después apagué las luces de mi recamara y así, me tumbé sobre la cama encima de las cobijas. Entonces cerré los ojos y comencé a tocarme. Lo imaginaba a él, me imaginaba cómo se masturbaría al ver mis bragas así de húmedas como las tenía, lo que pensaría y lo que sentiría. Me imaginaba su pene eyaculando en mi ropa interior, aquel pene que tantas erecciones le había provocado yo misma.

    Me acariciaba mis senos imaginando ahora cómo sería hacer el amor con él, ahora lo dibujaba sobre mi cuerpo intentando penetrarme con su inexperiencia, disfrutando de mi mojada vagina madura en su pene virgen, mientras fingía que se trataba de mis dedos penetrándome una y otra vez.

    Hacía mucho que no me masturbaba así, y mi vagina se lubricaba más y más, empapando mis bragas ya de por sí húmedas por la natural excitación del día. Estaba tan mojada que la tela hacía sonidos al restregarse contra mis labios y mis dedos penetrándome. Sentía que me venía, me saqué los dedos y comencé a restregar mi clítoris sobre mis empapadas bragas hasta hacerme venir sobre ellas, terminándolas de mojar todavía más, tanto como fuese posible.

    Finalmente, me las quité y las coloqué con esmero cuidado en la esquina de mi cama, antes de meterme a las cobijas para dormir. Al día siguiente me levanté desde temprano y escribí una nota: “Puedes quedarte con estas, siempre que dejes mi ropa en paz” Decía. Entonces coloqué la nota sobre mis empapadas bragas y tras vestirme aquel blusón de delgados telares, bajé a recibir a la señora de la limpieza, asegurándome de que su hijo se dedicara a la limpieza de mi recamara para que encontrase aquella nota, y aquel regalito que le había dejado.

    Ojos húmedos

    Desde ese día, jamás volví a tener problemas con las manchas en mi ropa interior, pero en cambio, las miradas de aquel chico se habían vuelto más indiscretas. Ahora sabía que de cierta forma tenía mi consentimiento, e intentaba probar un poco más de suerte, especialmente en mi recamara, donde intentaba espiarme después de salir de bañarme, o en el mismo baño donde rogaba con desesperación por mirarme desnuda debajo de mi toalla.

    Yo me encontraba entre la espada y la pared. Sabía que estaba en la frontera de aquella situación, donde terminaban aquellos inocentes juegos de miradas y comenzaría a ponerse más serio el asunto. De dejarlo verme desnuda sería como una invitación a que me acosara directamente, y de no hacerlo sería terminar con todo y dejarlo de ese tamaño.

    Aquellas ideas me atormentaban por las mañanas, cuando me le insinuaba cada vez con mas descaro, muchas veces de forma inconsciente. Un día, me habían cancelado una junta, por lo que salí de mi estudio más temprano de lo habitual. Lo primero que tenía en mente era quitarme la incómoda ropa sastre que vestía, para ponerme un poco más cómoda.

    Entré a mi recamara para cambiarme de ropa, pero ahí estaba el hijo de la mucama, todavía limpiando y barriendo, entonces me decidí por esperar a que terminara. -Va a entrar señora, ya he acabado. -Me decía el tímido chico al salir de mi recamara con escoba en mano. -Gracias. -Le respondí con una coqueta sonrisa antes de entrar sin cerrar la puerta.

    Casi nunca suelo hablar con él, el trato siempre es con su madre, no me sorprendió que fuese así de amable, pero me gustó. Enseguida, tomé mi ropa de mi armario y me disponía a cerrar la puerta para vestirme, pero me di cuenta de que el chico estaba ahí, podía ver la sombra de sus pies por debajo de la puerta apenas un poco abierta.

    Como mi tocador estaba en el punto ciego, tenía la seguridad de que no me podría ver, a menos que se asomara con descaro, algo que jamás se atrevería a hacer. Con esa confianza comencé a desvestirme sin más. Zapatos, saco, camisa, falda, medias, sostén y bragas, en ese orden.

    El chico seguía ahí, esperando pacientemente su golpe de suerte, y yo decidí dárselo, pasando completamente desnuda frente al espacio de la puerta por el que sabía que estaría espiándome. Y como no tenía nada que hacer en el extremo opuesto de mi habitación, pues no me quedó más remedio que pasar de regreso por el mismo lugar, esta vez asegurándome de reojo, que efectivamente me estaba espiando.

    No podía fingirlo, me encantaba, pero, aunque nunca cerré mi puerta, tampoco me atrevía a mostrarme más, a menos no ese día, porque el voyerismo continuaría los días siguientes.

    Desde aquella ocasión continuamente me hacía la desentendida olvidando cerrar las puertas de mi habitación y la del baño, dejándome ver mientras me vestía, o me desnudaba antes de entrar a la ducha.

    Aunque nunca me dejaba ver del todo explícitamente, siempre me escondida detrás de la perspectiva de la puerta justo cuando me quedaba sin ropa. Todo estaba bajo control, el muchacho se estaba portando muy bien, sin importar las libertades que le diese, siempre se mantenía bajo los límites, sin sobrepasarse conmigo. Nunca se atrevía a entrar sin mi permiso, o a asomarse más de la cuenta, por mucho que se estuviese muriendo de ganas por hacerlo. Él sabía la diferencia entre mirar y actuar, espiando siempre con discreción, en medida de lo posible.

    O al menos eso intentaba, porque su cuerpo siempre lo delataba, especialmente cuando vestía pantalones holgados que se levantaban al paso de su pene hinchado bajo de ellos. Pero era justamente esa imagen la que condecoraba mis travesuras, era como la cereza en el pastel que enaltecía mi ego y soberbia, que además me excitaba al mismo tiempo.

    Pronto, el baño comenzó a convertirse en el epicentro de mi exhibicionismo y el voyerismo del hijo de la sirvienta. Cada mañana el chico entraba a limpiar justo después de que yo me tomara la ducha matutina. Eran minutos de oro en los que le permitía verme desnuda antes de entrar a la regadera, dejando la puerta entreabierta, siempre censurando mi cuerpo al no permitirle verme de frente, dejándolo únicamente con la imagen de mi espalda y mis nalgas.

    Un día decidí cerrarla, y no, no era por que quisiese censurar las mañas del muchacho, lo que sucedía era que tenía otros planes, pues esa mañana no había entrado sola a la ducha; debajo de mi toalla, llevaba escondido un dildo de plástico con base de succión, el cual empotré al azulejo del baño para podérmelo meter mientras me duchaba.

    Fue una buena masturbada, pero la travesura en realidad, fue dejar aquel falso pene pendiendo de la pared, y recubierto de mi eyaculación para que el chico pudiese darse una idea de lo que ahí había acontecido, cuando entrara a limpiar el baño. Quería que su imaginación volase, al visualizarme enterrándome el dildo, salpicando y aplaudiendo con mis nalgas al estamparlas contra la loseta una y otra vez en cada penetración hasta hacerme venir, tal y como lo había dejado de evidencia.

    ¿Te gusta lo que ves?

    Aquella no fue la única ocasión que me masturbé con el chico en casa. En otra ocasión, estaba aburrida porque simplemente no tenía trabajo y los pocos pendientes ya los había terminado. Recuerdo que esa mañana el chicho estaba haciendo la limpieza en la planta de arriba como todos los días, y yo estaba en mi recamara mirando mi teléfono móvil, todavía con mi traje de secretaria abnegada, que constaba de falda ceñida, blusa y saco. Debajo, vestía una lencería blanca de encajes, y unas pantimedias a medio muslo, nada sensual pero tampoco anticuada.

    Navegaba por internet y redes sociales, cuando me percaté que me estaba espiando. No tenía mucho margen de disimulo, porque en esa ocasión tenía mi puerta abierta de par en par, por lo que el muchacho se limitaba a pasearse por el pasillo fingiendo que barría y esas cosas.

    No me sorprendió, lo hacía todo el tiempo, pero eso ya comenzaba a aburrirme, el chiste había pasado de moda, y ahora quería más. Entonces quise averiguar qué tan lejos podría llegar está vez, así que me quité mis zapatos y me recosté cómodamente en la cama, comencé a acariciar mis piernas y a tocarme sensualmente, mientras el chico me miraba de reojo al pasar contoneando el trapeador, cruzando de lado a lado por la puerta de mi habitación.

    En una de esas pasadas, al perderse de vista, de inmediato me deshice de mi saco y mi falda, de modo que cuando pasará de vuelta me viese ahora con blusa y aquella lencería de oficina únicamente. Así lo hizo, y la escena que se presentó ante mis ojos fue muy divertida. Ver sus ojos bien abiertos intentando corroborar que su vista no le estuviese engañando, lo obligó por un momento a detenerse frente a mi puerta para mirarme con más atención y sin ningún disimulo.

    Por dentro estaba muerta de risa y regocijándome en mi maldad, pero al mismo tiempo comprendía completamente lo que debía estar sintiendo aquel pobre muchacho al ver a una mujer madura, sensual y en esa posición tan comprometedora.

    Podría parecer inocente y hasta simple, pero a esa edad no hay muchas oportunidades de mirar a una mujer en vivo y de tan cerca. Seguramente sería yo la primera mujer que miraba de esa manera en la vida real, quizá habría visto algunos videos explícitos, pero nunca a una de carne y hueso.

    Con esa idea, continué tocándome por encima de la ropa que aún vestía, al tiempo que me desabotonaba la blusa hasta dejarla completamente abierta, exponiendo ahora mi sujetador blanco trasparente. Aquella sería su oportunidad dorada, para verme mis pezones cafés por primera vez debajo de delgada tela de encajes, y yo sabía que no la desaprovecharía.

    Finalmente me quité la blusa, quedándome solo con mi ropa íntima: mi sostén, mis bragas, y mi cinturón de encajes sosteniendo mis pantimedias. El chico se asomó una vez más, pero esta vez ninguno de los dos pudimos disimularlo. Ni él pudo disimular que me espiaba, ni yo de verlo espiándome, por lo que irremediablemente nuestras miradas se cruzaron y no supimos cómo reaccionar.

    Él estaba a punto de salir huyendo, pero como yo no pude apartarle la mirada, no le quedó más opción que inventarse una excusa. -Venía a limpiar el cuarto, pero si gusta puedo regresar más tarde. -Me decía balbuceando de nerviosismo.

    -Descuida. Adelante, puedes pasar. -Le respondí con soberbia y apatía, mirando al chico entrar a mi habitación conmigo semidesnuda tumbada en la cama. De inmediato su mirada se fundía en mis senos expuestos debajo de la tela trasparente, recorriendo mis piernas forradas en las pantimedias negras de encajes, y claro, intentando mirar mis sensuales bragas entre mis muslos cerrados, al tener las piernas cruzadas por los tobillos.

    Él comenzó con su trabajo, y yo, continué con lo mío, acariciándome el cuerpo con delicadeza y extrema sensualidad. Mis manos recurrían mis femeninas curvas con una tortuosa lentitud, sin dejar de mirar mi celular, pero al mismo tiempo, sin perderle la pista al muchacho ni un segundo.

    Casi se me escapaba una malévola sonrisa en mi rostro cuando deslizaba uno de los tirantes de mi sostén y el chico casi se bambonea de la impresión. Me estaba divirtiendo en verdad, pero también lo estaba gozando como nunca.

    El pobre chico ya no sabía si mirarme o continuar limpiando la habitación, casi podía verle temblando de excitación. Se le miraba cómo su pene se enaltecía al inflarse por debajo de su pantalón de mezclilla, a punto de salírsele por su bolcillo derecho.

    Sin dejar de mirar mi celular, me abrí por completo de piernas, doblando mis rodillas frente a mí, y de inmediato sus ojos se fundieron en mi vagina como queriendo bajarme las bragas con la mirada. Me tentaba a espiarle, pero no quería cruzarme con su mirada una vez más, en cambio, me conformaba con imaginarme su expresión, siguiéndole con la vista periférica mientras el chico se paseaba frente a mi cama barriendo el piso.

    Entonces deslicé furtivamente mi mano entre mis piernas y comencé a tocarme por encima de la lencería que censuraba mi ardiente y maduro coño, cual acariciaba con mis tres dedos medios haciendo círculos lentamente al tiempo que presionaba sutilmente mis labios vaginales que comenzaban a humedecerse con toda la lubricación que emanaba de mi interior.

    Era como si pudiese sentir los ojos del chico sobre mi piel, y él no podía separar su mirada de mis dedos hipnóticos masturbándome, hasta que los alejé por un momento para llevarlos a mis espaldas y desabrochar mi sujetador, liberando mis senos ante su atónita mirada.

    No pude ocultar una sutil sonrisa coqueta de placer, y aunque quería verlo para observar su expresión, pensaba que sería demasiado directo, y echaría todo a perder. En cambio, bajé mis piernas y las estiré elegantemente, para que pudiese verme el torso desnudo. Así, por fin aquel chico lograba verme mis aclamadas tetas que tan loco le tenían, ahora, sin censura alguna se exponían ante él. Ese par de blancos senos, grandes y redondos en forma de gota, y mis erectos pezones cafés en el medio, sin nada que les escondiera.

    Al chico se le escapaba el aliento, temblaba y sudaba. Ya no había nada que pudiese hacer para continuar con su farsa de limpiador. Había barrido mi recamara como cien veces dando vueltas alrededor de mi cama con su pija totalmente parada. Se relamía sus labios intentando humedecer su boca seca por tanto jadeo indiscreto, mirándome cómo me tocaba frente a él, masajeándome los senos de forma erótica y sensual, recorriendo mis manos por todo mi cuerpo hasta regresarlas a mi entre pierna para acariciar mi coño sobre mis bragas de suave tela.

    Ahora que el chico tenía la certeza de que el espectáculo era en exclusiva y privado solo para él, me observaba con detenimiento, sin importarle nada más en ese momento que deleitarse con la explicita escena de aquella loca mujer masturbándose frente a sus ojos.

    Yo seguía mirando mi celular, ya por pura excusa para que no se tomará nada personal mientras me apartaba mis bragas para que me pudiese admirar mis húmedos labios vaginales sonrojados, depilados e inflamados, al paso de mis dedos masajeando mi clítoris completamente erecto y fuera de su escondite.

    Para ese momento ya estaba realmente excitada, me sentía relajada y complacida, ahora me estaba masturbando como si estuviese sola en mi habitación, sin importarme que el hijo de la mucama me estuviese viendo con todo descaro.

    -¿Te gusta lo que ves? -Le pregunté finalmente apartando mi móvil, con voz seductora y toda la sensualidad que pude. -Sí. -Me respondía, apenas pudiendo desanudar su garganta. -Demuéstramelo. -Lo retaba, mirándole el bulto de sus pantalones, mientras el chico bajaba una de sus manos y comenzaba a desabotonarse sus jeans.

    Mientras me seguía tocando, me complacía observando al muchacho bajándose los pantalones hasta la mitad de sus piernas, y un poco más arriba, sus calzoncillos afianzados con el elástico, debelando por fin, su largo pene sonrojado emergía a punto de estallar.

    Enseguida el chico comenzó a jalarse el pito como si quisiera exprimirse el alma, mirándome restregando mi clítoris complacida y extasiada, hasta que paré por un momento solo para quitarme mis bragas y botarlas en el suelo que el chico acababa de barrer, quedándome únicamente con mis sensuales pantimedias negras, para inmediatamente regresar a tocarme, abierta de piernas frente a él.

    Por un momento continuamos tocándonos uno para el otro. Mientras más me miraba, más se excitaba, y mientras más se masturbaba mirándome, más me excitaba yo. Era increíble, pero quería más, ya no había mucho tiempo antes de que su madre lo llamase para que continuara con sus obligaciones, tenía que aprovechar el momento o me quedaría con las ganas. Entonces me giré poniéndome de cuatro hacía él, parándole la cola mostrándole mi caliente y mojada vagina entre mis nalgas.

    No dije nada, confiaba en que sabría qué hacer. Aunque por si las dudas, me arrimé un poco a la orilla de mi cama sin dejar de masturbarme un segundo. Esperé un momento, hasta que de pronto, sentí una inocente mano acariciando mis nalgas, y en un momento más, finalmente pude palpar su ardiente y duro musculo intentando hacerse paso entre los labios inflamados de mi coño.

    Rápidamente tomé su pene para encaminarlo por mi húmeda cavidad, sintiendo finalmente todo el placer de un bien pito deslizándose dentro de mí, y él, seguramente complaciéndose con la sensación de una tibia vagina mojada recubriendo su virgen pene por primera vez.

    El inexperto adolescente me estampaba sus muslos en mis calientes nalgas y yo le gemía agradecida con exagerada sensualidad, meneándome de adelanta hacia atrás, gozando con si pito dentro de mí, entrando y saliendo fácilmente con toda esa lubricación. Produciendo ese erótico sonido acuoso, al embarrar todos esos jugos de mi vagina en su virgen pene.

    Quizá no era la mejor cogida de mi vida, pero lo estaba disfrutando mucho realmente. Era principalmente por el morbo de lo prohibido, por hacerlo con un chico más joven, además en la misma casa donde estaba su madre, quien ni enterada. Pero, sobre todo, lo que más me gustaba era el control, el poder satisfacer aquella ingenua fantasía a placer y cuánto quisiera.

    Así, acompañaba las embestidas del chiquillo con unas placenteras caricias en mi clítoris con mi traviesa mano que deslizaba por debajo para terminar de hacerme venir de una vez por todas. -No te vayas a venir dentro. -Le suspiré llena de placer, mientras sentía cómo mi vagina se dilataba y contraía preparándose para recibir un poderoso orgasmo.

    Entonces me estrujé fuertemente mi clítoris, pidiéndole al chico entre eróticos clamores que me diera más fuerte. -Así, sí, más fuerte, sí, rápido. -Le gemía con explicita excitación, cuando finalmente mi vagina explotaba viniéndome como pocas veces, haciéndome gritar un poco, con el temor que su madre me escuchara.

    Justo a tiempo, el chico sacaba su pene para eyacular sobre mis nalgas. Había aguantado muy bien, o quizá yo me había venido muy rápido. Como sea, aquel fue uno de los mejores orgasmos de mi vida, con toda sinceridad lo confieso. No fue tanto por la cogida, sino por la malicia y por toda esa premeditación y maquiavélica planeación, lo que me llevó a venirme tan rico.

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    Te agradezco profundamente por haber llegado hasta aquí.

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    Te deseo que tengas Felices Fantasías.

  • Mi cuñada me tienta

    Mi cuñada me tienta

    Quiero la opinión del público femenino y les agradezco. Primero quiero que sepan que me pasó algo con la hermana de mi novia y desde ese momento me excita mi cuñada.

    Una vez fui a casa de mis suegros a quedarme y me puse muy caliente y me masturbe en la habitación de mi novia mi cuñada paso por ahí y diagonal había un espejo entonces ella se peinaba en el y me veía masturbarme eso pasó en varias ocasiones luego de eso pasó un tiempo y nos fuimos de viaje para una finca mi suegro manejaba mi suegra era su copiloto y yo estaba en la mitad de del carro en un lado está mi novia y en el otro mi cuñada era de noche y me arriesgué y empecé a tocarle la rodilla a mi cuñada y muy lentamente me iba acercando a su coño ella llevaba un jean que tenía rotos y metí mi dedo en uno de los rotos y la acaricié, ella nunca puso resistencia y se hacía la dormida tampoco paso nada ese día pero poco después volví a masturbarme en el cuarto de mi novia y ella entro y me pillo y se detuvo saco su cara del cuarto yo lo guarde pero volví y lo saque mi pene y ella entro y mientras me preguntaba algo yo me seguí masturbando hasta casi llegar al orgasmo luego ella salió de la habitación pues la verdad todos estaban en la casa no estábamos solos, al otro día me disculpé con ella y más tarde le contó a su hermana cosa que casi termino con mi novia y desde ese momento no sé qué pensar también les confieso que ella le gusta estar sin sostén y con blusas casi transparentes en la casa y yo le veía muy bien esos pezones.

    Ustedes qué opinan de mi cuñada será que si me desea? Yo amo a mi novia pero deseó a mi cuñada que me sugieren chicas  Agradezco si hay chicas que les ha pasado algo similar me cuente cómo lo tomaron?

  • Yo una ninfómana de 20 con mi tío de 45 (real)

    Yo una ninfómana de 20 con mi tío de 45 (real)

    Tengo la cintura delgada, desde que pase a la secundaria me empecé a desarrollar, a la vez estaba padre pero a la vez no porque mis compañeros se burlaban de mi diciendo que estaba muy exagerada y que me parecía a nicki minaj, y solo le gustaba a los señores mayores jaja y la verdad soy muy aventada.

    Bueno la historia con mi tío empezó porque mis papás se fueron a Estados Unidos y me dejaron con mis tíos pero a las dos semanas de estar con ellos se separaron por problemas que tenían, así que solo me quede sola con mi tío, él tiene 45 años y es medio gordito así como me gustan y pues yo notaba que siempre que podía me veía el trasero y yo ya tenía tiempo que había terminado con mi pareja y no tenía nada de acción hace meses y el pues me imagino que peor ya no tenía nada con mi ex tía.

    La cosa es que un día tuvimos una pequeña reunión con sus amigos y nos pusimos a tomar y ya entrados me senté en las piernas de mi tío para ver cómo reaccionaba, me acomodo encima de él y después de un rato sentí como se le paraba pero ese día no pasó nada ya que había más gente ahí, solo le pregunté si le molestaba que me sentara en él y me dijo que para nada que cuando yo quisiera jaja.

    A los dos días él llegó del trabajo y yo estaba lavando ropa y le dije que me pasara su ropa sucia y me dijo que se iba a cambiar a su cuarto pero yo ya tenía muchas ganas y sabía en el fondo que él también quería y me atreví a decirle que no me molestaba que se quitara los pantalones aquí y me dijo que le daba pena y entonces le dije de broma que no se preocupara que si quería le ayudaba a lo que él me dijo que si lo cual no me esperaba pero aproveché y me arrodillé frente a él y le baje el cierre y le baje los pantalones y la puse en la lavadora.

    Luego le dije que se quitara los calzones para lavarlos también y me dijo que diría mi papá si nos viera haciendo eso y le dije que lo bueno que él no se iba a enterar jamás de esto y que voy y que se los bajo y fue cuando vi por primera vez su pene, la verdad no era muy largo pero si estaba muy grueso y le dije que no estaba nada mal que afortunada mi tía y me dijo que ya tenía muchos años que no tenían sexo y le dije que lastima.

    Y ya se iba a voltear para ponerse ropa limpia y que lo agarro de la cintura y que me meto su pene a la boca, no sé si es un fetiche mío pero me encanta chupar el pene cuando aún no está parado y él se intentó quitar y le dije que mi papá (su hermano) no se iba a enterar, y luego su pene empezó a sacar líquido preseminal que no sé si era muy rico o yo ya tenía muchas ganas jaja le empecé a chupar su pene y había leído que si se chupas los huevos a un hombre el producirá más semen.

    Luego cuando ya la tenía bien parada le dije que si no quería ir al cuarto y me dijo que si pero que no tenía condones y yo tampoco tenía así que le dije que me comprara la pastilla del día siguiente y mientras íbamos al cuarto yo me iba quitando la ropa para llegar desnuda al cuarto y él me iba nalgueando y me decía que le gustaba mucho mi trasero y le dije que hoy lo iba a disfrutar.

    Llegando al cuarto él me acostó boca arriba en la cama y me empezó a hacer un oral y me dio lengua por todos lados, en mis pechos, en mis piernas en mi vagina y me metió toda su lengua en la cola lo cual me llevo al cielo, luego así como estábamos me empezó a penetrar pero yo soy de vagina pequeña y estrecha y si nos costó entrar, mientras me penetraba me besaba pero se cansó un poquito rápido y le dije que se sentara en la cama y yo me montaba en el de frente, así que eso hicimos, se sentó en la orilla de la cama y yo me senté en el de frente y cuando me penetro sentí como nos fusionábamos en un solo, el me agarro de las nalgas y me sentaba contra el más rápido y fuerte mientras me decía que yo era la mujer más buena con la que había estado y que desde cuando me quería montar pero no me decía por miedo.

    Luego yo me canse y le dije que se acostara y me subí encima de él para hacer un 69 y lamernos nuestras partes para lubricarnos, luego de eso me puso en 4 y me quería meter su pené por mi colita pero si me dolía mucho ya que la tenía muy gruesa hasta que mejor le dije que por la vagina y que luego lo intentaríamos por atrás, en la posición de perrito me gusta mucho porque siento que es donde más entra el pene y no sé cómo decirlo pero sentía que mi vagina tenía la forma de su pene porque embonábamos muy bien como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

    Después de tanta penetración me dijo que yo estaba muy apretada y que ya se iba a venir que si se salía y le dije que no, que se viniera adentro y que por favor no me lo sacara, que nos quedáramos pegados como perritos y de repente empecé a sentir como le salía su semen, se sentía tan rico calientito y nos quedamos pegados como 10 minutos y me acosté y se acostó encima de mi sin sacarla hasta que se le puso su pene blandito de nuevo y se salió y me empezó a escurrir toda su lechita y yo con mis dedos me saqué un poco de su semen para probarlo y fue ahí cuando me volví adicta a su semen y él se enamoró de mi por ver como me lo comía.

    Después de eso lo hicimos muchas veces más de diferentes formas pero esa ya es historia para otro día.

    Esa fue mi primera vez con mi tío amigos y si les gusto dejen su like para animarme a subir la otra parte.

  • Y yo que pensé que era asunto finiquitado…

    Y yo que pensé que era asunto finiquitado…

    Pueden leer cómo inició esta historia en “Chocolate oscuro con relleno de crema”. Yo tenía 29 años cuando lo conocí, pero debieron pasar cinco años más para que retozáramos a gusto la primera vez, y dos años más para la que pensé que había sido la última pues él y su hermana regresaron a su país y las pocas veces que supe de él fue por comentarios de Saúl, mi esposo, pues eran buenos amigos. Hace unos cinco años me enteré de la muerte de Tere, su primera esposa, de quien se divorció hace muchos años; después tuvo varias parejas sucesivamente, pero también murió una con la que vivió en pareja intermitentemente. ¡Claro que tenía, y sigue teniendo, muchas virtudes para hacer y satisfacer las parejas que quisiera!, me consta…

    Hace menos de un mes, después de la comida, fui sola a hacer unas compras a una tienda departamental. Aún no realizaba compras, pero examinaba algunos artículos. De pronto, al avanzar para otra isla de artículos, vi a Moisés. ¡Quedé sorprendida, pues me pareció que el tiempo lo había conservado casi intacto! A no ser por el pelo algo canoso, diría que seguía igual. Él miraba con cierto interés una mercancía y yo, a seis metros de él, lo miraba emocionada recordando nuestros encuentros sexuales y me fui mojando poco a poco…

    A los pocos minutos sintió mi presencia al acercarme más. Al voltear a verme (primero las tetas, claro), su cara mostró asombro al reconocer mi rostro entre el pelo medio canoso que me he negado a pintar. Su boca abierta por la sorpresa, la cambió por una sonrisa al tiempo que abrió los brazos cuando corrí hacia él. El abrazo fue muy natural y, sólo porque estábamos vestidos, no fue completo. Nuestros cuerpos se estrecharon con fuerza y los pubis se friccionaron con la alegría de vernos. Nos dimos un rico beso y abrazados salimos del almacén. Caminamos abrazados, sin rumbo, platicando nuestra experiencia de volvernos a ver descansamos en una banca de un parquecito cercano. Al bajar la mirada para ver su entrepierna vi el maravilloso bulto y se notaba también lo húmedo el pantalón. Me di cuenta que yo también estaba chorreando flujo. Recargué mi mano en su miembro, sobre el mojado pantalón.

    -¿Se te olvidó ponerte pañal? –le pregunté apretándole el tubo duro que sentía y el lanzó una carcajada, tan sonora que tuve que retirar mi mano por si alguien volteaba a vernos.

    -Ja, ja, ja, no, aún no uso –dijo y me abrazó, pero dejó una mano al frente para sobarme la teta-, pero si quieres vamos a otro lugar para que sepas lo que me pasa.

    -Sí, vamos, pero no traigo auto, vine en metro.

    -Yo también ando en transporte público, no hay problema –explicó y nos pusimos de pie para caminar al metro.

    Tomamos la Ruta 2 y nos bajamos en Villa de Cortez, ahí hay un hotel y no hubo más que entrar. Como si hubiese sido ayer la última vez, entramos, nos besamos y nos desvestimos uno al otro. Era claro que los dos estábamos muy calientes.

    -¡Sigues hermosa! –exclamó antes de ponerse a chupar mis tetas completamente caídas por el paso de los años.

    -¡Tú también! –le dije acariciando sus huevotes con una mano y jalándole el tronco con la otra, la cual me quedó llena de presemen que Moisés seguía goteando.

    Lo tumbé en la cama y me subí en él, metiéndome apuradamente su enorme falo. Cabalgué hasta venirme, mientras él me jalaba las tetas.

    -¡Ah, negro, sigues igual de rico! -dije antes de dejarme caer sobre él.

    Me permitió descansar sobre de él, aun con su herramienta firme en mi interior. Pero no fue mucho tiempo, pues sin soltarme del abrazo, me dio la vuelta y quedó sobre mí. Se movió pocas veces, pero muy rápido. En breve cerró los ojos y me apretó fortísimo mientras eyaculaba tres abundantes chorros gritando “Ah, ah, ah” ¡Qué rica estás! Otra vez, sin sacarme el pene, aunque estaba flácido, nos volteamos y quedé sobre él sintiendo el sudor de nuestros cuerpos y arrullándonos con los latidos, cerramos los ojos, tratando de dormitar.

    -¿Con cuántas has hecho el amor estos cinco últimos años? –pregunté al tiempo que mi perrito lo trataba de exprimir.

    -Seguro que con menos que tú en el último mes –contestó y yo sonreí.

    -Desde hace años, ya sólo tengo cuatro amores fijos, y mi ninfomanía casi se esfumó –contesté.

    -¿A qué te refieres con “amores fijos”? –preguntó extrañado.

    Sí, en treinta años habían cambiado muchas cosas. Moisés supo que Saúl me permitía hacer el amor con otros, pero no se enteró que me quedé enamorada de cinco o seis, y ellos de mí, con los cuales nos veíamos periódicamente. Lo enteré de cómo cambió mi relación con Saúl para mi bien, aunque también le hice ver que mi marido seguía de “pito suelto” con muchas de sus exalumnas y otras amigas, entre ellas Regina, lo cual me provocaba unos celos tremendos.

    -¡Ja, ja, ja! –se rio y movió su verga dentro de mí, la cual ya había empezado a crecer-. ¿Y de esto no le darán celos a él?, ¡ja, ja, ja!

    Continuó riéndose y me acomodó para metérmela por atrás, embadurnó su miembro en los flujos y su leche que rebosaba en mi vagina y lo sacó para metérmelo en el ano. A pesar del tamaño, se me fue como mantequilla y sólo sentí un leve dolor que se convirtió en placer cuando empezó a menear mis intestinos. ¡Qué negro tan puto! ¡Sabe cómo coger! nos vinimos y quedamos acostados de lado. “¡Qué empalada tan rica!”, le dije moviendo mis nalgas y acariciando sus manos que no me habían soltado las tetas para nada y continuaban masajeando mis pezones al estirarlos y moverlos en círculos.

    -¡Tú sigues muy rica, Tita! Tus chiches son muy hermosas –me dijo al oído.

    -¡No mientas, ya están todas caídas! –exclamé

    -Sí, pero eso es por la edad, no obstante, eres muy hermosa, y en la cama lo eres más…

    Aún hubo tiempo para otro “clinch” en la ducha. Salimos cansadísimos y satisfechos.

    -Oye, aunque no estés enamorada de mí, ¿me puedes incluir entre tus atenciones periódicas? –Me preguntó antes de que yo abordara el convoy que me correspondía.

    -¡Claro que sí, tienes méritos suficientes! – contesté antes de que la puerta se cerrara.

    Al fin que, en un descanso, ya habíamos intercambiado número de teléfonos y me di cuenta que me tomó un par de fotos mientras lo tecleaba, en correspondencia le tomé una con el pene erguido.

    -¿Se te hizo tarde, Nena? Me hubieras hablado para que te recogiera –me dijo mi marido cuando llegué.

    -No fue necesario entonces, tal vez al rato –contesté y se extrañó de mi respuesta, quizá pensó que volvería yo a salir-. Me encontré a Moisés y se nos fue el tiempo actualizándonos.

    -¡Qué bien! ¿Cómo está él? –preguntó

    -Sigue estando muy bien, mira -le contesté y le mostré la foto que le tomé al falo- Te mandó muchos saludos.

    -¡Nena puta! -dijo mostrando una sonrisa al ver la foto y comenzó a desvestirme- ¡Dámelos…!

    Estuvo deliciosa la noche, sí, me chupó y recogió mi esposo…

  • La esposa de mi amigo (6): En viaje

    La esposa de mi amigo (6): En viaje

    Hace ya dos años que pasó un fin de semana al mes en la casa de mi amigo David, aunque ya hace medio año que se fue, yo me quedé atendiendo a su mujer.

    La mitad del viaje de 4 horas al sur de la provincia las pase sentado solo en el último asiento del bus, iba revisando las conversaciones de Whatsapp de mi pareja Verónica y su mejor amiga Clara, hablaban de nuestros últimos encuentros a detalle, de como me transforme en una bestia de un día para el otro después de encontrar su consolador azul. Clara no podía creer que yo le hiciera esas cosas a su amiga, que me veía como un bueno para nada, pero que ahora me iba a mirar con otros ojos. Al leer eso decidí ir mucho más atrás en el chat para ver que se hablaba de mí, cuando sin querer apreté y se desplegó ante mí la galería de imágenes del chat, fotos normales y de pronto entre las fotos mi pija, mantuve presionado y fui al mensaje “Deci lo que quieras, a mi me gusta” a lo que Clara respondía “Más o menos amiga, aunque ahora que la sabe usar es otra cosa”, la conversación era del mismo día que yo se la había enviado hace un par de días atrás.

    Seguí buscando en las imágenes y encontré al menos doce imágenes de mi novia probándose lencería en mi casa, pero lo hermoso es que Clara hacía lo mismo desde la suya. Clara es una rubia de pelo carré, ojos azules claros y piel trigueña, se viste estilo ejecutiva todo el tiempo con el collar de perlas y todo, tiene una delantera que madre mía, en estas fotos podía dar fe que eran unas tetas hermosas. Ella tiene 43 años mide 1,47 m, además de un muy buen cuerpo, después de todo eran amigas del gimnasio y hacían la misma rutina, solo que a Clara se le marcaban los abdominales y un poco los brazos, después del divorcio de su marido había pasado de un pibe a otro, todos menores de 30 años.

    Mi pija se había puesto a mil, copie las fotos a mi teléfono y seguí buscando, para encontrar fotos donde Clara de espaldas y de frente, totalmente desnuda le mostraba las líneas de bronceado, mi pija dio un salto dentro de mis pantalones, es entonces cuando vi un video, donde Verónica mostraba a Clara a un tipo en la ducha, el cual era un servidor. Ni enterado de cuando me filmó pero Clara comentaba como siempre “No es la gran cosa, aunque ese culito si se puede ver”, seguí buscando frenético, mas fotos en ropa interior, fotos en la playa y la frutilla del postre fue un video tipo selfie donde se veía a Clara recibir toda una eyaculación en las tetas con una cara de zorra increíble.

    Yo ya me había empezado a tocar el pedazo por encima del pantalón cuando a una hora de llegar el bus sube un nuevo contingente de gente. Una chica de unos 25 años se sienta a mi lado, trato de taparme el bulto con mi campera haciéndome el dormido mientras espero que baje, ella se sienta con un escote que no dejaba nada a la imaginación, a los diez minutos ella está dormida apoyada en mi hombro su escote con cada bache del camino se abre un poco más, eso sumado a todas las fotos que encontré de Clara hacen que mi pija gotee de la calentura.

    Me cercioro de que la chica está dormida, tomo mi teléfono y empiezo a enviar fotos a Eduardo “Hijo de puta mira el pedazo de escote que tengo a la mano y no puedo hacer nada” enviar. Pasa un rato y me contesta “Que envidia maestro”, apuntó el celular saco una nueva foto “No tenés una idea de lo caliente que me tiene esta piba” enviar.

    En un momento se acomoda abrazando mi brazo y apoyando esas hermosas tetas en mí, el movimiento del micro hacía que ella frotara su pecho contra mi. Mi pija estaba lista para explotar, cuando se despierta y me ve, rápidamente se acomoda, pide disculpas, yo me hago el galán, le digo que no hay nada de qué preocuparse. Charlamos tranquilamente, mi mirada se desviaba cada tanto a su escote y que ella no volvió a acomodarse, dejando que el bamboleo del viaje lo fuera desacomodando para mi fortuna. Un sostén color petróleo de encaje llevaba puesto se asomaba. Lorena se llamaba, coqueteamos hasta que ella se bajó del bus un par de paradas antes, un beso en la mejilla cálido y más largo de lo habitual fue lo único que obtuve de ella. Con una calentura monumental, enfilo derecho para la casa que era de mi amigo David, a cogerme a su señora como nunca.

  • Como cada jueves

    Como cada jueves

    Como cada jueves, yo llegaba desde Barcelona a primera hora de la mañana.  Después tomaba un taxi en el aeropuerto que me llevaba hasta el céntrico edificio de viviendas donde vivía en Madrid. A las 8:30 de la mañana me cruzaba en el portal con Juan Carlos, mi vecino. Era un alto cargo de un partido político que a sus 57 años lo había sido todo dentro de sus siglas. Nos saludábamos cordialmente y comentábamos algunos aspectos del panorama político. En los últimos tiempos Juan Carlos se había visto obligado a apagar varios incendios internos provocados por los celos entre compañeros. Esto había llevado al partido a ocupar muchas portadas de prensa en la última semana con lo que mi vecino había tenido un trabajo estresante.

    Tras compartir unos minutos de charla, él se subía al AUDI A8 oficial y yo me adentraba en el edificio. Después de atravesar un hall totalmente forrado de mármol entraba en el ascensor. Pulsaba el botón n°18 que me llevaba directamente a la planta ático. Al cerrarse las puertas me miraba en el espejo para repasar mi aspecto. A mis 32 años disfrutaba de un físico privilegiado. Apretaba el nudo de mi corbata y observaba como se ajustaba el traje de Armani azul a mi definida musculatura. No podía evitar una sonrisa de quién se sabe ganador. Canalla para ellas. Cabrón para ellos.

    El ascensor tardó menos de un minuto en ascenderme a la máxima altura de aquel exclusivo edificio. Con un sonido de campana se abrieron las puertas y pasé a un amplio descansillo con un gran ventanal que separaba las puertas de las dos únicas viviendas que se distribuían en la planta ático. A la izquierda la letra B, cerrada a cal y canto desde el domingo. A la derecha la letra A, permanecía encajada, invitándome a entrar. No lo dudé.

    Cerré la puerta a mi espalda y con parsimonia me deshice de la chaqueta. Ahora la camisa blanca a medida era lo que cubría mi cuerpo. Por fin vi a la persona que habitaba el ático:

    -Te esperaba ansiosa.

    Esa fue su bienvenida antes de levantarse del carísimo sofá de cuero. Eva lucía un espectacular desnudo a sus 50 años, 7 menos que su marido. Su doble maternidad hacia que sus tetas medianas comenzaran a ceder a la gravedad. Sus pezones oscuros estaban endurecidos de excitación. Tenía un cuerpo tonificado por el clycling. La mujer de mi vecino caminó hasta el ventanal desde donde se veía la gran avenida mientras yo me sentaba en el lugar que había ocupado ella.

    Frente a mí, colocó un consolador de unos 20 cm pegado al cristal. Sin dejar de mirarme lo untó con un gel viscoso antes de colocarse de espalda a la ventana, dejando la polla de goma entre sus piernas. Suspiraba mientras se balanceaba levemente sobre el juguete. En cada movimiento el capullo ficticio asomaba por entre sus gruesos labios vaginales lampiños. De repente lo agarró para dirigirlo a su culo. Mordiendo sus carnosos labios y cerrando los ojos fue lentamente empalando su ano. No pudo evitar dar un gemido cuando el ariete de látex ocupó la totalidad de su recto.

    Para entonces yo había liberado mi polla y lucía ante Eva una espectacular erección. Ella estrellaba su culo contra el cristal del ventanal provocándose una enculada casi dolorosa. Comenzaba a acariciarse el clítoris cuando me levanté, ya totalmente desnudo, y me acerqué a ella. Con una mano agarré una de sus tetas y con la otra tiré de su melena negra antes de comerle la boca. Eva intentaba agarrarme y arañarme:

    -Te he echado mucho de menos esta semana.

    La mujer de mi vecino se mostraba desatada cada vez que nos encontrábamos una vez a la semana. Llevábamos seis meses liados aprovechando las maratonianas jornadas laborales de Juan Carlos. Eva se había mostrado como una auténtica fiera sexual. Deseosa de experimentar todo tipo de juegos y posturas. Pese a nuestra diferencia de edad, 16 años, ella decía tener unas necesidades sexuales más cercanas a la de una mujer joven que a las de una de su edad y que su marido no se las cubría.

    Ahora, ante ella, me pedía que la follara. No me hice esperar. Me acomodé entre sus piernas y agarrándola por ellas la penetré de un golpe de cadera. La mujer gritó al sentirse ocupada por sus dos agujeros. Comencé un movimiento de cadera con el que conseguía follarla doblemente. Con cada empujón de mi polla su cuerpo se estrellaba contra el cristal de la ventana haciendo que los 20 cm de consolador se incrustaran hasta el fondo de su ano. Pese a haber parido dos veces, su coño permanecía muy estrecho y mi polla quedaba apretada provocándome un placer indescriptible.

    Entre suspiros, gemidos y gritos, continuamos follando contra el ventanal del gran salón del ático del político Juan Carlos, mi vecino. Fui acelerando el movimiento de cadera hasta sentir como mi semen comenzaba a subir:

    -Me voy a correr Eva…

    Le anuncié a mi vecina.

    -Joder, joder, joder…

    Fue su respuesta confirmándome que estaba a punto de llegar a su orgasmo.

    Coloqué las palmas de mis manos contra el cristal y dí un último empujón contra Eva. Mi polla comenzó a escupir las reservas de semen de toda la semana en el interior del coño de aquella madura caliente. Ella cruzó sus piernas alrededor de mi cuerpo sin dejar que el consolador se saliera de su culo. Gritó antes de morder mi hombro evitando un alarido de placer. Permanecimos unidos unos segundos antes de separar nuestros cuerpos sudados.

    Yo quedé de pie y apoyado contra el ventanal. Eva se bajó del consolador y, arrodillándose ante mí, comenzó a comerme la polla. Por un momento creí desvanecerme abatido por el placer. Desde arriba podía ver cómo aquella impresionante madura era insaciable. Movía la cabeza a lo largo de mi polla limpiándomela como una auténtica profesional.

    Por fin terminó, mi polla había perdido dureza, necesitaba un descanso. Me flaqueaban las fuerzas y mis piernas perdían tensión. Para entonces Eva se había levantado y me había besado en los labios dejándome restos de mi propio semen. Con movimientos elegantes paseó su desnudez hasta el sofá donde comenzó a hacerse un dedo y esperaba que yo la correspondiera con sexo oral.

    Después de un minuto de recuperación, alcancé el sofá a gatas. Eva abrió las piernas ofreciéndome toda la feminidad de sus espléndidos 50 años. No tardé en pasar mi lengua por su rajita rasurada. Separando los labios con mis dedos introduje la punta de la lengua en el interior de su coño rosado y, ahora, abierto por la follada. Sabía a polla, a sexo. Me encantaba el olor que producía la mezcla de nuestros fluidos corporales cuando follábamos. Me recreé en la comida. La visión que me ofrecía la mujer de mi vecino con sus piernas abiertas era magnífica. Su coño rosado y jugoso. Su ojete enrojecido y palpitante.

    Le comí el coño y el culo durante un tiempo indeterminado. Pasando la lengua desde abajo hasta arriba. Succionando el clítoris con los labios, trillándolo con los dientes, mientras le pasaba la lengua muy rápido. Por fin Eva me agarró la cabeza tirando de mi pelo y cerró las piernas en torno a ella. Su «joder, joder, joder…» fue el preludio de un gran orgasmo. Me bebí todos sus flujos hasta que cayó rendida en el sofá de cuero.

    Pero ahora era yo el que estaba con ganas de más. Sin darle tregua la volteé. Eva gritó excitada ante la fuerza con la que la manejaba. La coloqué a cuatro patas, apoyando su cabeza en el asiento del sofá. Yo detrás de ella, la agarré por las caderas y la penetré por el culo. Gritó de nuevo al sentir como mi polla no tenía nada que envidiar al consolador que aún seguía pegado al cristal del ventanal:

    -Dame fuerte, cabrón. Párteme el culo.

    Acaté sus órdenes y comencé a follármela de manera frenética. Le daba por culo muy fuerte. Notando como su ano se dilataba sin oponer resistencia. Como mi polla avanzaba por el recto de aquella madura sin oposición. Eva se aferraba al asiento con sus dedos y gemía como una gata con la enculada que estaba recibiendo. Finalmente la agarré por la melena y aceleré el movimiento de mi cadera. Con un grito animal me volví a correr en el interior de la mujer de mi vecino. Sentía como mi polla latía en lo más profundo del culo de ella. Soltando los últimos chorros de semen en sus intestinos.

    Caímos rendidos. Ella sobre el sofá, yo sobre el suelo, como cada jueves cuando yo llegaba desde Barcelona y su marido salía a trabajar en la sede de su partido político.