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  • Aprobando proyectos

    Aprobando proyectos

    Como ya algunos han leído, mi vida privada ha cambiado mucho desde mi separación a llevar una vida sexual muy activa bisexual, pero la verdad es que en mi trabajo soy muy reservada, seria y comprometida, que incluso he llegado a escuchar comentarios de oficina indicándome que me falta pene para arreglar mi carácter tan fuerte, me da mucha risa ya que mi cabeza en mis tiempos libres solo piensa en coger nuevamente con mi Leona en algún momento en el día.

    El domingo mientras alistaba mis cosas para el próximo día laboral mi jefe me llama a horas de la noche indicándome que el abogado del proyecto está enfermo por lo que yo segunda al mando debía presentarme junto a él a una reunión a primera hora con unos inversionistas españoles; tuve que reorganizar mi vestuario ya que el vestido que había escogido era muy ceñido y no era apto para una reunión, por lo que opte por algo más sobrio un pantalón de vestir y una blusa blanca.

    Al llegar temprano a la oficina lista para empezar la reunión, Leona me hace el comentario de mi pantalón con una mirada algo seductora (la verdad había olvidado por qué no lo usaba y era porque se me marcaba «la pata de camello») al notar su rostro supe que ya no podía hacer nada solo tratar de mantenerme sentada para que los inversionistas y mi jefe no lo notaran.

    Al entrar y presentarnos con los inversionistas me senté rápidamente para comenzar, ellos tenían mucho calor por lo que el aire acondicionado estaba heladísimo… En el transcurso de la reunión mi jefe me hizo ponerme de pie y presentar el proyecto, con tanto frío olvide el tema de mi pantalón y comencé a presentar el proyecto con mucho profesionalismo, uno de los españoles era guapísimo tez blanca, unos ojos azules profundos, cabellera color miel, creo que de estatura un metro noventa y una barba buen cuidada, mientras hablaba su mirada me excitaba pero mantenía mi concentración en el proyecto, en un momento lo veo de reojos que se acomodó en su asiento ajustando su pantalón y poniendo su mano sutil mente entre sus piernas por lo que note de inmediato una enorme erección, me voltee para sacar esa imagen pero al mismo tiempo note que con el frío de la sala mis pezones estaban muy marcados en mi blusa, no sabía que hacer mi pata de cabello era muy pronunciada y sumábamos dos enormes pezones sobresalientes en mi blusa, terminé mi presentación y acabamos la reunión.

    Mi jefe me llamó a un lado y me dijo que había salido todo muy bien pero Eduardo (el español de la erección) necesitaba ajustar algunas cosas para poder firmar el proyecto por lo que me solicitó ir al hotel del inversionista para otra reunión en la sala de juntas del mismo recinto. Acepte y le solicite por ir a cambiarme de atuendo ya que estaba algo incomoda, pero me dijo que era imposible ya que me tenía que ir con el inversionista en ese momento.

    Mientras íbamos en el vehículo se mantuvo callado en todo momento con una seriedad que atemorizaba, nos bajamos en el hotel y fuimos a sala de juntas que había reservado. Pero mi sorpresa que al entrar era una habitación más del hotel se sentó en un sofá y comenzó a revisar el proyecto sin decir ni preguntar nada, yo el sentía como una verdadera novata… Después de casi 30 minutos incómodos terminó de leer y dejó los documentos sobre una mesa, yo ya había contemplado toda la habitación y la verdad era casi del porte de mi departamento, era enorme…

    En ese momento él se levantó y me ofreció alto de tomar, me negué, solo quería que firmara el bendito proyecto, él se sirvió un vaso de whisky se sacó su chaqueta y note que el tipo tenía un excelente estado físico, se sentó con las piernas abierta como un gran patrón y me dice… «eres una mujer muy guapa y muy sensual… Espero no ofenderte» le dije que no le molestaban los piropos a diferencia de otras mujeres…

    Él sonrió muy sensual y me miró de pies a cabeza, sutilmente me dijo «puedes girar muy lentamente?» a lo cual asentí y lo hice… Cuando volví a mi posición él tenía su mano sobre su pantalón agarrando el paquete que tenía erecto… De inmediato mis pezones me traicionaron nuevamente y se erectaron muy duros… El volvió a sonreír y se levantó, se paró delante de mí y con su dedo índice comenzó a probar los pezones… Él me dijo… Solo quiero acomodarlos para que no te sientas incomoda, pero si gustas puedes quitártela para que no te vuelva a suceder…

    Por primera vez desde que comencé mis locuras sexuales, me sentí avergonzada pero al mismo tiempo quería descubrir ese enorme bulto en su pantalón… Solicite para al baño y me indicó donde estaba, dentro de la sala de baño entre a pensar que hacía, me iba y dejaba todo así, o accedía al juego que estaba realizando el español, quería ese proyecto pero también quería comerme su paquete… Tarde un poco en salir pero al ingresar nuevamente en la habitación no me dio mucho tiempo de pensar… El inversionista ya se encontraba solo en bóxer y una camiseta musculosas, un cuerpo perfectamente tonificado y musculoso y un paquete enorme erecto, el cual su cabeza se asomaba por uno de los bordes de su bóxer…

    Me quedé helada, él se acercó y comenzó a desabrochar mi blusa muy lentamente dejándole solo con el brasier de encajes… Me volteo y comenzó a sobar su miembro contrae mi trasero recogió mi cabello y comenzó a besar y lamer mi espalda lo cual hizo salir mi primer gemido y mi piel se erizo, aun de espaldas desabrocho mi pantalón y lo retiro a lo cual el exclamó «pero coño! Que culazo tienes! En tres tiempos me tomo entre sus brazos muy románticamente y me recostó sobre la enorme cama, me volteó corrió a un lado mi colaless, abrió mis nalgas y me dijo «ese ojete hay que probarlo» y comenzó a lamer mi ano, era primera vez que me daban un beso negro de esa manera, su lengua era maestra me causaba fuertes escalofríos que recorrían mi cuerpo, mientras el hacía lo suyo yo presionaba mis nalgas en su rostro era maravilloso, sus dedos incursionaban dentro de mí vagina, sentía mis jugos calientes correr por entre mis piernas, de repente se detuvo y me dijo si quería algo extremo o algo más suave…

    No entendí en un principio… Pero el luego me comenta… Tú ojete lo mantienes muy limpio y tu culo está tan depilado como una actriz porno, porque sé que tienes una vida sexual muy activa, tu ojete se dilata sin problema por lo que se nota que te gusta el sexo duro… Por lo que volvió a preguntar pero de diferente forma… Quieres sexo como puta o como una princesa… Me senté en la cama, lo tomé de si pene y le dije… Como puta…

    Y comencé a meterme su enorme pene en mi boca, mientras le sobaba sus testículos, el presionaba para meterlo todo, pero era enorme y mi me caía todo, solo la mitad de este… Solo escucha decir… Eres la puta latina más rica que he probado… Yo seguía lamento sus testículos, él se detuvo y se recostó en la cama abrió sus piernas hacia arriba y me dijo… Los españoles amamos el sexo negro… Por lo que entendí de inmediato y comencé a lamer por fuera de su ano mientras él se masturbaba… Me subí sobre él y comencé a cabalgar como loca debes en cuando me detenía me presionaba sobre él y sentía todo su pene dentro de mi el tomaba mis pezones y los giraba como perillas… Era doloroso pero al mismo tiempo me excitaba, luego note que tenía los pezones más hinchados de lo normal jamás pensé que mis pezones podían crecer mucho más de lo que eran.

    Me arrojó con fuerza sobre la cama y me volvió a poner en posición de perrito azotaba mis nalgas con su pene… Y me dijo «pasamos al siguiente nivel??» y le dije que si… Sacó un maletín de un mueble y al abrirlo tenía muchos juguetes eróticos, y me pasó un cascabel… Me dijo… Si te duele algo o te sientes incomoda toca 2 veces ok… Puso mis manos en mi espalda y me las amarró, acomodo mis piernas y me las junto y amarró mis pies… Ahí estaba yo como la cola parada sin poder hacer ningún movimiento… Comenzó a meterme dildos por mi vagina, unos vibraba, otros giraban,.. El que vibraba lo dejó en mi culo y el que giraba lo dejó en mi vagina, mientras el metía tu pene por mi boca… Dios ya estaba teniendo multiorgasmos, mi vagina estaba toda mojada… El noto mis orgasmo así que saco sus juguete y se montó sobre mi clavando todo su pene en mi culo… Eres horrorosamente doloroso pero aun así no quería que parara sus gemidos era excitantes hasta que saco de golpe su pene arrojando todo su chorro por mi espalda…

    Me desató y me beso muy dulcemente los labios, me tomo suavemente del cabello y me dijo si quería ser su putita por el mes que estaría en el país y su estaba dispuesta a acceder a sus juegos lujurioso lo cual accedí… Tenía que disfrutar ese miembro al menos por un tiempo…

    Él se levantó tomo los papeles y los firmó, el proyecto estaba aprobando y me vendí por unos buenos euros por un mes de puta todo servicio…

  • Mi fantasía médica hecha realidad (real)

    Mi fantasía médica hecha realidad (real)

    Antes de comenzar este relato me gustaría aclarar que todo lo que voy a contar es totalmente real y que me sucedió a mí en primera persona. Solo el recordarlo para este relato me vuelve a poner los pelos de punta.

    Mi nombre es Fran y tengo 34 años. Desde que empecé a vivir mi sexualidad, hay un tema que inevitablemente desencadena en mi mente una sensación erótica, y es todo aquello relacionado con el mundo médico: guantes, batas blancas, reconocimientos médicos, etc. Desconozco el origen, pero es algo que no puedo evitar.

    Y esto es lo que os quiero contar: cómo después de mucho tiempo pude cumplir la fantasía erótica que nunca había salido de mi cabeza.

    Contacté con la doctora por mail, aprovechando que por tema de trabajo tenía que pasar por la ciudad donde tiene su “consulta”. Quedamos a una determinada hora y me indicó la dirección en la que se encontraba.

    Desde que quedamos, no podía pensar en otra cosa, en cómo iba a sentirme en ese momento, en si sería capaz de soportar lo que me quisiera hacer. Llegué antes de tiempo y tras localizar dónde tenía que ir, me senté en un parque a esperar, intentando dejar la mente en blanco mientras pasaban eternos los minutos.

    Por fin llegó el momento y me levanté decidido hacia la dirección que me indicó. Llamé al timbre y se abrió la puerta. Avancé hacia el interior y tras la puerta me encontré con la doctora. Delgada y madura, vestida con una bata blanca, me recibió con dos besos.

    – Hola Fran.

    – Hola doctora. – dije balbuceando.

    – De modo que vienes a pasar un reconocimiento.

    – Así es.

    – ¿Hay algo que quieras que haga o que no haga en particular?

    – No doctora, me quedo en sus manos. Obedeceré sus decisiones.

    – Muy bien, acompáñame.

    La doctora avanzó por su local y me indicó que bajara unas escaleras, su consulta estaba en el sótano.

    – Pasa por aquí, te enseñaré la sala.

    Abrió una puerta y pasamos a una gran habitación llena de aparatos médicos. En el centro, una gran camilla de ginecólogo, preparada para mí. Tragué saliva. Me imaginé expuesto en esa silla, sintiendo lo que siente una mujer cuando pasa por las manos del ginecólogo. Se me pusieron los pelos de punta y un sudor frío recorrió mi espalda. Una parte de mi quería salir de allí y la otra estaba deseando someterse a la doctora.

    Además de la camilla, había distintas estanterías y muebles con todo tipo de aparatos y material médico. Yo solo era capaz de mirar a mi alrededor sin decir nada, con la boca seca, hasta que la doctora pronunció las palabras que me hicieron reaccionar:

    – Muy bien, vamos a empezar. Pasa por aquí y desnúdate por completo.

    Me indicó un pequeño vestidor que había junto a la sala. Obedecí. Me quité el jersey, la camisa, los zapatos, y los pantalones. La doctora me observaba mientras lo hacía. Quedaban mis calzoncillos. Dudé, volví a tragar saliva y los bajé, quedando totalmente desnudo delante de ella.

    Me hizo un gesto para que la siguiera, autoritaria, y así lo hice, desnudo, mientras instintivamente tapaba mis genitales con las dos manos. Me acompañó hasta la camilla de ginecólogo y la señaló para que me subiera. Me senté en el borde, sin saber muy bien cómo debía tumbarme. Ella me empujó en el pecho para que tumbara mi espalda.

    – Tranquilo Fran, sube aquí las piernas.

    Me sujetó una y la subió al estribo, luego la otra. Yo seguía tapando con mis manos mis testículos, cosa que sabía que iba a durar poco tiempo… La doctora ajustó los soportes de las piernas a mi altura y después de esto me ató a ellos por los tobillos. Mis piernas quedaban inmóviles.

    Después, cogió mis manos por las muñecas, dejando al descubierto mis genitales depilados para la ocasión, y las ató también a unos soportes que tenía la camilla en la parte inferior. Estaba paralizado, sabía que ahora sí estaba bajo su completo control, sin poder mover las piernas ni los brazos.

    – Muy bien, antes de empezar, necesito que avances tu culo hacia el borde de la camilla.

    – Vale. – acerté a decir…

    Con el poco margen de movimiento que tenía, avancé mi cuerpo en la camilla hasta que la doctora consideró. Mientras, ella se levantó y fue a por el primer material, me di cuenta de que frente a mí, en la pared, había un gran espejo donde podía ver mi cuerpo desnudo, expuesto y atado. Nunca había tenido una visión similar, y será una imagen que nunca podré borrar…

    La doctora acercó un pequeño carrito metálico con una bandeja que desde mi posición no podía observar por más que lo intentara. El hecho de no saber qué me iba a hacer hacía la situación aún más excitante. Primero cogió unos guantes de látex blancos y se los enfundó. Una vez hecho esto, pellizcó mis pezones para ver como reaccionaban y fue bajando por el abdomen hasta llegar a mis testículos. Estuvo examinando un rato mis genitales sin decir nada, mientras mi pene aún no decidía reaccionar, sabiendo que le esperaban momentos de placer, pero también de dolor…

    – Muy bien Fran, primero voy a dilatar tu uretra para ver cómo reacciona. Iré probando distintos tamaños de dilatadores hasta llegar a ponerte una sonda que vaciará tu vejiga por completo.

    – ¿Es esto necesario doctora? ¿Será doloroso? – Respondí con miedo.

    – Será molesto, pero voy a utilizar mucho lubricante. Tranquilo, he hecho esto mil veces. Mira, primero empezaré con esta.

    La doctora cogió de la bandeja una varilla metálica, con algo de curva y me la enseñó. Empecé a temblar, ¿cómo iba eso a entrar por mi uretra? La volvió a dejar en la bandeja y buscó entre los aparatos un pequeño envoltorio. La incertidumbre de no saber qué hacía me volvía loco, pero a la vez estaba disfrutando como nunca.

    Quitó el envoltorio a una pequeña jeringa, la cual llenó de lubricante. Mientras miraba mi cara de miedo, cogió mi pene con una mano mientras acercaba el lubricante.

    – Voy a llenar tu uretra de lubricante.

    Abrió el orificio de mi pene e introdujo primero la jeringa y luego el lubricante. Notaba en mi interior cómo se llenaba mi uretra con el frío líquido. Repitió la acción un par de veces y volvió a enseñarme el dilatador.

    Contuve la respiración. Muy despacio, introdujo la larga varilla en mi uretra. La sensación era muy extraña, no era doloroso, pero sí molesto. Sobre todo, saber que estaba entrando toda la longitud dentro de mi pene. La sacó y volvió a la bandeja donde soltó esa y cogió una más gruesa.

    – Vamos a ver con la número 6. Respira hondo…

    Aguanté la respiración, agarrando los soportes de la camilla con las manos, mientras introducía toda la longitud del dilatador en mi uretra. Aquí sí sentí dolor porque además entró mucho más honda. Hice un gesto que ella notó y paró.

    – Veo que todavía no estás preparado para seguir. Lo dejaremos aquí y la próxima vez continuaremos…

    Respiré aliviado, aunque reconozco que la sensación no se puede comparar con algo que hubiera sentido antes. Volví a recuperar la respiración, habían sido unos minutos muy intensos, en los que mi cuerpo no tenía margen para moverse o reaccionar.

    La doctora quitó sus guantes y se volvió en busca de un armario que estaba algo separado. Volví a verme en el espejo, mientras no podía mover casi ninguna parte de mi cuerpo. La doctora volvió a los segundos con un bote de suero de un litro que colgó en un soporte de hospital.

    – Muy bien, vamos con el enema…

    – ¡¿1 litro?! No lo voy a poder aguantar.

    – Lo aguantarás. – Me respondió tajante. – Pero antes vamos a comprobar cómo está tu ano.

    Lubricó sus dedos y empezó a masajear la parte externa de mi ano. Aquí las sensaciones eran muy placenteras. Poco a poco fue introduciendo su dedo mientras observaba como yo lo disfrutaba. Mi pene también.

    Una vez lubricó mi culo, buscó en otro armario la sonda para conectar el bote de suero con un gotero al soporte elevado. Antes de que me quisiera dar cuenta, había metido en mi ano uno de los extremos de la sonda y había abierto el gotero. Noté como el líquido empezaba a fluir en mi interior.

    Pasaron los minutos y el nivel iba bajando lentamente. Poco a poco notaba cómo me llenaba del líquido y cómo aumentaba la sensación de que no aguantaría todo lo que quedaba.

    – Doctora, no voy a poder aguantarlo.

    – Por supuesto que lo harás… Ya queda menos.

    Cada vez me fue costando más, pero aguanté. Notaba mi cuerpo lleno, con gana de vaciarse. Aquí pensé que la doctora me desataría para poder ir al baño y tener un momento de intimidad, pero tampoco fue así… Continué atado y expuesto a sus manos. Preparó una bolsa debajo de mi culo y me obligó a vaciarme allí, con las piernas abiertas.

    Aunque la situación no era nada cómoda, no pude aguantarme más y solté todo el líquido que había en mi interior, mientras lo oía caer en la bolsa y me agarraba con fuerza a la base de los estribos para poder soltarlo todo.

    Cuando por fin terminé, la doctora lo recogió todo mientras yo seguía inmovilizado en la camilla.

    – Perfecto, ahora que estás limpio, vamos a revisar esa próstata.

    No pude responder, solo tragué saliva una vez más. La doctora cambió sus guantes otra vez, lubricó su dedo y me penetró analmente sin compasión. Estuvo unos segundos papando mi próstata mientras mi pene crecía. Primero con un dedo, luego con dos, mientras gemía de placer.

    Una vez consideró que la exploración había terminado, buscó entre sus aparatos un pequeño vibrador que lubricó e introdujo en mi ano, dejándolo dentro mientras masajeaba mi pene. Primero con sus manos, pero luego buscó otro vibrador más grande y potente que utilizó para continuar con el masaje.

    Fue recorriendo con el segundo toda la base de mi erecto miembro. Pasaba por el perineo, testículos, el glande y prepucio… Todo mientras el pequeño continuaba en la próstata en una sensación de placer extremo.

    – Tienes prohibido correrte aún. No lo harás hasta que te lo ordene.

    – Sí doctora, lo intentaré…

    Las vibraciones iban en aumento y el placer también. Llegó un momento que solo pude cerrar los ojos y disfrutarlo, sintiendo como mis piernas temblaban en los estribos, y poco a poco, todo el cuerpo. Era la primera vez que estaba viviendo una sensación así, notando cómo temblaban de placer hasta los músculos de la cara.

    – No puedo más doctora. – Decía temblando

    No me respondía. Las sensaciones eran tan espectaculares que quería aguantar más, pero no podía. No me masturbaba, pero las vibraciones que recorrían desde mi prepucio hasta mis testículos daban todo el placer que podía imaginar. Solo paraba para lubricar mi miembro con distintos geles que solo hacían que el placer se multiplicara.

    No pude más. Pero antes de explotar en un clímax inmenso, me pasó algo que nunca había vivido. Fue como un orgasmo doble. No pude verlo porque mis ojos estaban cerrados, pero tuve la sensación de expulsar un chorro de esperma sin terminar el orgasmo. Y unos segundos después, el orgasmo más intenso y brutal que he sentido nunca.

    Tardé unos minutos en recuperarme, en que mi cuerpo dejara de temblar. Cuando por fin me desató y bajé de la camilla, mi cuerpo no era capaz de dar un paso, pero había disfrutado del mejor orgasmo de mi vida.

  • Secuelas de una pandemia (I): Olfato

    Secuelas de una pandemia (I): Olfato

    –¿Qué hacés boludo? ¿Te estás oliendo la pija?

    –Nada que ver –respondió Diego a la pregunta de su amigo, sin darse cuenta de la evidencia que lo delataba: la mano izquierda enterrada por completo en el calzón.

    –Sos un cerdo, chabón –dijo Pato levantándose a cambiar la yerba del mate.

    –Dale, ¿vos nunca te oliste la verga? Es re natural. Todos lo hacen.

    –Bue, todos no sé –opinó Pato, regresando al sillón desde donde veían la décima película desde el inicio del aislamiento; la famosa palabra incorporada al vocabulario cotidiano, impuesta por la realidad de una pandemia inesperada.

    Diego y Pato se conocían desde tercer año de la secundaria y habían decidido aventurarse a vivir fuera del amparo dela casa paterna del conurbano porque ya estaban “grandecitos”, con 21 y 23 años de edad. Obligados por la pandemia que recién empezaba, no imaginaban que el encierro se volvería la única forma de vida desde que decidieron compartir el departamento dos meses atrás.

    Los primeros días fueron los más difíciles, pero las diferencias en el carácter no resultaban un impedimento para la convivencia, sino más bien un encastre casi perfecto. Pato se dedicaba a ciertas tareas, mientras que Diego hacía lo propio con otras. Cada quien tenía su cuarto y si pintaba, compartían living, pero nada resultaba forzado. Incluso para coger las reglas fueron claras: no hacer ruidos. El argumento era sencillo. “Si escucho garchar me caliento. Punto”, dijo Diego el día en que se mudaron y Pato estuvo de acuerdo. Solo una vez coincidió que ambos habían levantado a unas pibas en el boliche y como cada cual tenía su garche, nadie dejó con las ganas al otro. Sí, esa noche hubo gritos de placer y cada uno escuchó a su amigo en plena faena sexual: una anécdota más para contar al resto de los flacos del boliche.

    Pero hubo una vez una pandemia y las cosas cambiaron.

    Como el resto de la humanidad, debieron preservarse en su casa y, aunque el teletrabajo ayudaba, la restricción de salir al mundo exterior se hacía cada vez más insoportable. En esa convivencia de 24 horas por siete días a la semana, comenzaron a crecer charlas inéditas, como esta, aleatoria, de olerse la pija.

    –En serio –insistió Diego–. Es re común. Dale. No me digas que no lo hacés.

    –Bueno… sí, pero cuando me estoy por dormir, ponele.

    –¡Ah, viste puto! Yo sabía –dijo Diego jugando con la bombilla del mate. –¿Por qué será que lo hacemos?

    –No sé, costumbre…

    –Sí, claro, pero no sé; la verdad es que me gusta olerme. Posta. Debe ser algo animal… Y te digo más: un poco me calienta.

    Pato levantó la vista y se limitó a clavarle la mirada con intención reprobatoria.

    –Bueno –se justificó Diego –no sé… pensé que a vos te pasaba igual.

    –No, para nada –respondió Pato, y para cambiar de tema, agregó: – Che, hoy hago pizza. ¿Te va?

    ***

    Al día siguiente ambos volvieron a sus rutinas, incluyendo un entrenamiento que propuso Diego, fanático del gym. Al finalizar los ejercicios, ambos se acostaron en el sillón para reponer energías, sin mediar palabras. De pronto, Pato llevó su mano izquierda a la calza que usaba para entrenar, se manoseó el paquete y luego se olió los dedos con un leve sonido de aspiración. Diego volvió la cabeza sorprendiendo a su amigo, quien lejos de inhibirse, con los dedos en la nariz declaró:

    –¡Uff! ¡El olor a chota que manejo!!

    Diego respondió con una carcajada y acto seguido hizo lo propio.

    –¡Boludo! ¿No era que nunca te la olías?

    Pero Pato, por toda respuesta volvió a manosearse para volver a su nariz con los dedos impregnados de su olor. Como parte del diálogo, Diego hurgó dentro de su short anaranjado.

    –Yo también –declaró–. Pero más a huevo sudado que a pija.

    –¡Jajaja! ¡Qué nabo! ¿Cuál es la diferencia? –preguntó Pato algo confundido.

    –Son dos cosas distintas, gil –respondió Diego sin dudarlo. Y viendo que su amigo parecía no entender, pasó a explicar el tema con la autoridad de un profesor.

    –Los huevos huelen por el sudor, ponele, pero la pija tiene olor propio. Algo de meo, algo de leche.

    –Dale, es lo mismo…

    –¡No! Mirá –dijo bajándose el short y dejando al descubierto su pija. –Primero olete los huevos, después pelá la cabeza y vas a notar la diferencia.

    Pato sintió un calor intenso en las mejillas. Era la primera vez que veía el sexo de su amigo. Años de salir juntos a todos lados, de confidencias y charlas; pero jamás había ocurrido que una situación los pusiera en este trance tan particular de que uno de ellos mostrase al otro sus genitales.

    –¡Ey! Hacelo, boludo, no te quedes mirando.

    Pero Pato no podía apartar la mirada de la pija de su amigo. Sobre todo de sus huevos peludos. De pronto, se puso de pie y fue al baño. Ese día no se habló más del tema hasta después de la cena, birra mediante.

    –Boludo, te quedaste mal hoy cuando te mostré la chota. No me di cuenta. Pensé que… nada, hay confianza, ¿no?

    –¡Más bien! –respondió Pato algo sorprendido por el tema que volvía sin previo aviso. –Lo que pasa es que… bueno, no me lo esperaba. Pero todo bien, posta.

    –Mirá Pato, hace bocha que nos conocemos, tenemos la mejor onda, ¿no? Y bueno, si vamos a convivir así, las 24 horas, mejor que hablemos de todo sin drama, ¿no te parece?

    Pato sonrió afirmando con la cabeza y sin pudor lanzó:

    –Tenés razón. Tienen olores diferentes.

    ***

    Desde aquella charla, algo cambió definitivamente. Pequeños gestos empezaron a incorporarse con naturalidad: hablar de todos los temas, compartir más momentos en común.

    Y olerse las pijas.

    Peli en la tele –a cualquier hora–, una birra y manoseada de ganso sin rastros de vergüenza. Diego era el más “compulsivo” en eso del toqueteo, pero Pato no se quedaba atrás. Los dos hacían eso sin reparar en el otro, como si hacerlo fuera igual a llevarse la mano al pelo o rascarse la nariz. Incluso Pato sacaba el tema con naturalidad, al punto de comentar una tarde, casi como un chiste, “hoy me huele más el culo que la pija”. Nada inusual en ese contexto, excepto esa frase. Mejor dicho, esa palabra en particular. Verga y huevos eran parte del vocabulario habitual, pero culo… Del culo no se hablaba.

    –¿Te oliste el hoyo? –preguntó Diego con una sonrisa socarrona.

    –Sí, ¿por?

    –Ah, mirá. No… Por nada…

    –…

    –¿Y?

    –¿Y qué?

    – No, nada. ¿A ver yo? –dijo Diego y se pasó un dedo por el tajo peludo. –No. No tiene olor.

    –Mentiroso.

    –Te juro.

    –Salí, forro. ¿Me vas a decir que no tenés olor a culo?

    –Te juro –repitió Diego mientras se acercaba a Pato con el dedo en alto–. Olé.

    Pato iba a decir algo pero la situación lo sorprendió a tal punto que apenas pudo apartar la cara. Sin embargo, olió, comprobando que era cierto. Y si bien no olía a nada que lo pudiera estimular, la situación le provocó una erección inmediata.

    Diego notó el bulto pujando contra el algodón del joggin gris y, rápido de reflejos, le tiró un almohadón a la entrepierna de su amigo en un gesto compasivo para que pudiera disimular su estado.

    Nadie agregó una palabra. Pacto de caballeros. Pero Diego empezó a madurar algo que no entendía bien y que sin embargo lo seducía.

    ***

    –Dale boludo, hace un año que estás ahí. Pongo la serie, me cansé.

    Desde el baño, Diego respondió con un sutil “chupame la verga”. Enseguida salió envuelto en una toalla y se tiró en el sillón.

    –Dale impaciente, ponela.

    –“Esta” te voy a poner –dijo Pato, mientras se agarraba el bulto y daba enter al capítulo del día.

    Pero Diego no podía dejar pasar el chiste; la réplica se caía de maduro y eso incluía desvalorizar el miembro de su interlocutor, como debe hacer todo macho que se precie de tal. ¿Y qué debe hacer por su parte el otro aspirante a alfa de la manada? ¿Callar o elevar la apuesta?

    –Tengo más pija que vos –se defendió Pato, y el silencio se hizo espeso.

    Uno de los dos debía hablar.

    –En serio – insistió–. La tengo más grande.

    Diego ahora debía responder, pero hacerlo no era fácil. Implicaba meterse de lleno en terreno desconocido; un tanto peligroso, pero sin dudas excitante. Y en segundos, la frase obvia cayó por su propio peso:

    – ¿A ver?

    Como si estuviese esperando el momento, Pato se levantó del sillón y con un movimiento limpio se desabrochó el pantalón dejando al descubierto una pija grande, sobre todo gruesa y de venas marcadas.

    –…

    –Te dije, forro. Lástima que no jugamos una apuesta.

    –Alta verga, chabón. No sabía –atinó a comentar Diego sin dejar de mirar–. ¿Y parada crece mucho más?

    –Bastante –fue la respuesta inmediata de Pato al tiempo que se la amasaba despreocupadamente.

    Sin ropa que disimulara, la pija de Diego empezó a crecer debajo de la toalla, que se movió dejándola al descubierto. Cada uno miraba la verga de su amigo con gesto hipnótico. Las manos comenzaron su juego y de la chota de Diego asomó una gota gruesa de presemen que lubricó el movimiento de la mano.

    Como saliendo de un trance, Pato advirtió que eso que estaba ocurriendo era, en principio, “raro” y la forma que encontró para normalizar la situación vino en forma de una propuesta lógica.

    – ¿Pongo una porno?

    Diego no respondió y Pato buscó una peli cualquiera. En silencio, comenzaron una paja casi sincronizada. Los ojos de ambos, fijos en la pantalla, se alimentaban de la escena que servía de excusa para tocarse las chotas. Diego abrió del todo la toalla y así, desnudo como estaba, comenzó a pasarse la mano libre por el pecho peludo. Pato, en cambio, tenía el pantalón en los tobillos y una remera, pero el cabo de unos segundos terminó quitándosela. Como imitando a su amigo, comenzó a acariciarse el pecho despojado de pelos, sin dejar de sobar su verga que, tal como lo había adelantado, había crecido más aún que cuando la había pelado minutos atrás.

    De pronto, como respondiendo a una orden, los dos se miraron. Con sus ojos recorrían el cuerpo del compañero hasta detenerse en las pijas. La peli era apenas una banda sonora de fondo, compuesta de gemidos y chasquidos húmedos.

    El primero en acabar fue Diego, convulsionando su cuerpo y haciendo que los abdominales se le marcaran notablemente en la rigidez del orgasmo. Tres segundos después, la verga de Pato escupió un lechazo que le dio de lleno en la boca y que limpió enseguida relamiéndose.

    El olor a leche apestaba el living.

    La panza de Diego brillaba después de la acabada. El brazo del sillón del lado de Pato estaba completamente salpicado. No podían dejar de mirarse a los ojos. Como un estallido, Diego comenzó a reír y Pato lo siguió con una carcajada, en esa extraña reacción que sobreviene al orgasmo entre dos. Y después, el silencio. Incómodo, extraño, cargado de un contenido no dicho pero claramente explícito y que debía romperse con una frase; cualquiera, la primera que viniese a poner orden en ese desmadre de dos machos que habían acabado a la vez mientras se miraban desnudos.

    –Alta paja, boludo. Me voy a dormir.

    ***

    Pato arrancó a la mañana siguiente con un mal humor evidente. “Tengo mucho laburo que hacer hoy”, fue lo primero que dijo cuando salió de su cuarto para hacerse un café, y regresar enseguida sin asomarse hasta la noche. Diego creyó ver en esa actitud un gesto de vergüenza por aquella intimidad compartida y optó por ser comprensivo, evitando cualquier comentario, hasta que, de a poco, volvieron a recuperar el clima de convivencia anterior, aunque despojado de cualquier situación sexual.

  • Una tarde como puta

    Una tarde como puta

    Tenía ya más de un año saliendo con mi tío José Antonio. Ya había estrenado mi culito y le gustaba usarlo siempre. Era sólo suyo pues a mi novio no me daban ganas de entregárselo.

    Una tarde mientras estábamos en el hostal de siempre, mi tío me dijo que vendría un socio suyo de México. Nunca supe en que negocios andaba mi tío, pero tenía bastante dinero, aunque era sencillo y muy amable. Me preguntó si conocía alguna amiga para salir los cuatro, a almorzar y “pasar la tarde”. Le dije que sí, pero que necesitaba saber exactamente que buscaba.

    Se abrió conmigo y me dijo que su socio quería salir y coger con una veinteañera. Mi tío le pagaría el gusto para que esté contento. Me dijo que pagaría S/. 300 por el almuerzo y la tarde, que debería incluir coger con su socio. Me pareció muchísimo dinero. En esos tiempos me daba entre S/. 800 y S/. 1,000 al mes, que para mí era más que suficiente para todo lo que quería y necesitaba, pero S/. 300 por una tarde me pareció un regalo de dinero.

    Conseguí a una amiga que sabía era muy libre y sin prejuicios. Llegado el día nos juntamos los cuatro y salimos a almorzar. Me di cuenta que el socio de mi tío José Antonio no me quitaba los ojos de encima y que siempre me hablaba a mí y no a mi amiga. Me resultó obvio que mi tío también se dio cuenta.

    Luego de almorzar fuimos a tomar unas cervezas a un bar muy elegante en Miraflores. En algún momento, que justo el amigo de mi tío y mi amiga fueron al baño, mi tío me dijo que su amigo quería coger conmigo. Yo me sorprendí. Le dije que no haría eso. Mi tío continuó y me ofreció los S/. 300 para mí. Le pregunté por mi amiga, como quedaría ella. Me dijo que sólo le daría S/. 100.

    Como media hora después fui con mi amiga al baño y le comenté lo que había hablado con mi tío. Ella me dijo que perfecto, que los S/. 100 estaban súper para ella. Que el amigo mexicano de mi tío no le gustaba y que mejor no coger con él. A mí me parecía atractivo, pero de hecho ya estaba acostumbrada a salir con un hombre mayor y quizás por eso no se me hacía tan difícil.

    Seguimos tomando y le dije a mi tío que mi amiga había aceptado los S/. 100 y yo me quedaría con los S/. 300. Le pareció muy bien. Se lo comentó luego a su amigo y tras otra ronda de cervezas partí con él a su hotel. Por lo que supe mi tío y mi amiga tomaron una cerveza más, mi tío le pago los S/. 100 y cada uno se fue a su casa.

    El amigo de mi tío se había hospedado en el Hotel Sheraton, que por aquellos años era el mejor de Lima. Desde Miraflores estaba algo lejos, y en el taxi me iba cogiendo los muslos (yo estaba en vestido) y por instantes avanzaba y me rozaba la tanga. Durante eso nos besábamos y estoy segura que el taxista miraba todo por el retrovisor, pero estaba algo mareada y me sentía puta por lo que estaba haciendo, lo que me calentaba mucho.

    Al entrar a su habitación, que era enorme, cambió su forma de actuar con solo cerrar la puerta. El hombre mayor y atento se transformó en un cliente. Para ser sincera no lo esperaba así, pero tampoco me desagradó. Me sorprendió al inicio, pero luego fue muy excitante.

    Me ordenó que me desnude “sácate la ropa puta”, recuerdo sus palabras. Mientras él se desvestía. Estaba algo gordo, pero no obeso. Cuando lo vi desnudo, me gustó lo muy velludo que era, realmente un oso.

    Se acostó en la cama y siguió ordenando “chúpala perrita”. Me senté a su lado y comencé a chupársela. Era un pene normal, no era enorme, pero tampoco pequeño, era quizás más grueso que el promedio, pero estaba bien. En muy poco tiempo se puso muy duro y siguió ordenando “sube peruana puta” me dijo.

    Y obedecí, me subí sobre él y empecé a cabalgarlo, ni siquiera se me ocurrió ponerle un condón. Él perdió el control y en menos de un minuto se vino dentro de mí. Me quedé sorprendida y con todas las ganas de seguir cogiendo.

    Pero ni bien se vino me ordenó “vístete y ándate”. Sólo lo obedecí.

    Al día siguiente mi tío me pagó los S/. 300 y me preguntó “qué tal te fue”. Le conté lo sucedido, se río y me llevó al hostal, donde si la pasé muy rico mientras mi tío me decía “tremenda putita resultaste”.

  • El concierto

    El concierto

    Vaya con mi madre, pantalones de seda o casi que me regaló por mi cumple, tengo la sensación de que llevo el paquete al aire, bueno es lo que hay, mira tú por donde voy a ir de estreno al concierto del sábado en la provincia cercana.

    Mi mejor amigo me ha fallado y no me queda otra que ir solo, que para eso tengo pagada la entrada leñe!!

    Vaya ambientazo que había en el evento, no cabía una persona más, que listos los organizadores, a optimizar y ganar dinerito y aquí los de a pie a sobarse unos con otros, mecachis diez!!

    A sobarse pensé, comenzó el concierto con una animación total y la gente ensimismada desde el primer tema, una vez mediado el concierto, la cosa se relajó, con música más suave y romántica.

    Mis pensamientos volvieron de nuevo y de pensar pasé a la acción, delante de mí había una piba de vicio, tenía una faldita por la rodilla de color amarillo, bastante ceñida que dejaba entrever una braguita que la marcaba su trasero.

    Estaba a unos treinta cm de distancia de lo más avanzado de mi pantalón, había que ir reduciendo la distancia poco a poco pensé, a medida que avanzaba un pasito mi cuerpo y sobre todo su parte central se calentaba y abultaba, cuando estaba a la altura adecuada, con un golpe suave de cadera me aproximé a la chica y la roce con mi miembro sus nalgas, así dos o tres veces, me estaba poniendo con un puntito muy agradable, hasta me estaba gustando la música, me parecía celestial.

    Cuál fue mi sorpresa que la chica dio un paso atrás y ya no era necesario doblarme con el riesgo de tirón lumbar, que hay que tener el core a punto por si toca darlo todo.

    Ya estábamos pegaditos y la chica morena comenzó a dibujar círculos perfectos con su culo sobre mí pene ya erecto, era una experta, seguro por su precisión era estudiante de bellas artes pensé.

    Cuando más calientes estábamos un brazo con mano incluida, de inocente nada, la cogió por detrás del hombro y sin querer o queriendo la alejó lo suficiente, para que aunque mi pene en elongación máxima, pongamos dieciocho cm no llegase a tocarla por un palmo, luego no arriesgué, y pasé a la fase de desempalmo.

    Acabó el festival y cabizbajo de cuerpo y polla me dirijo al bar del festival a ver si se me levantaba algo, como poco el ánimo.

    Que rica mi cerveza, cuando la estaba saboreando vi en la otra parte de la barra a mi chica morena con una amiga y su novio fanfarroneando con sus amigotes, quité una mano de la jarra de cerveza y la pose sobre mi pantalón de casi seda haciendo como una señal al tiempo que con la cabeza la marque la dirección a seguir, hacia los servicios, como nos compenetrábamos, me entendió de inmediato, dejo a su amiga y delante de mí nos dirigimos hacia los baños al llegar vimos una larga cola, como había estado la mía hace pocos minutos.

    Se me encendió la luz y vi que detrás del escenario había un hueco, hacia muy buena temperatura y llevábamos poca ropa, nos adentramos después de mi señal y ya a pie de prado segadito y suave que parecía artificial nos fuimos quitando la ropa a toda prisa, la situación requería un polvo rápido, no vaya a ser que nos corran el escenario y nos quedemos con el culo al aire.

    De pies obviamente no podíamos así que la coloque modo perro, la lamí todo su coño hasta mojarme mi boca y cuando vi que estaba suficientemente lubricado pasé a meter mi polla que ya llevaba unos minutos a punto de explotar, no había tiempo que perder la agarre por los hombros y una vez apunté y con el objetivo a tiro, con una fuerte embestida se la metí hasta el higadillo y ya no paré de embestir una y otra vez en silencio hasta que nos corrimos al unísono, con un placer digno de revivir durante muchos meses, quizás años al menos en nuestra mente.

    Nos dimos un beso, nos vestimos y salimos agazapados como pudimos, el chico de la novia ya estaba en su búsqueda, nos vio juntos a escasos metros de los servicios y cuando se nos acercó la dije en alto, es aquí donde están los servicios te habías equivocado chica, y te fuiste por el lado contrario, ahhh exclamó ella, su chico que nos escuchó me dio las gracias por mi amabilidad y buena disposición y yo mirando a su chica le dije ha sido un placer.

  • Esa noche

    Esa noche

    Te levantas de la silla y me tiendes la mano para que haga lo mismo. “Creo que este es el momento, vamos” me dices, y caminas decidida hacia el playroom; yo te sigo sin soltar tu mano, con una emoción adolescente. El vino y los brandis que has bebido, sin llegar a emborracharte, te han puesto en un mood atrevido y sensual.

    Es el primer día de esta nueva estancia en Desire; vacación que empezamos a anhelar desde el día que salimos de este paraíso para adultos, hace apenas once semanas. La mañana transcurrió deliciosa y la tarde, excitante.

    En la habitación hay más gente de lo que pensábamos. Aunque no me lo has dicho, sé que vienes siguiendo a una pareja que vimos esta tarde en el jacuzzi. Cruzamos con ellos poco más que un saludo, pero con sus miradas nos dijeron más que con cien palabras. Están allí: él ya está desnudo, sentado en el borde de la inmensa cama; ella está arrodillada entre sus piernas, chupándole el pene, que, valga la mención, luce muy respetable.

    Desde el desayuno pudimos ver las sutiles diferencias entre este mes especial y el resto del año. El viejo con las dos chicas que intentan pasar por gemelas y la pareja de lesbianas –una cincuentona alta, atlética y de cabello corto, la otra más joven, morena y voluptuosa- nos llamaron la atención.

    Mientras nos desnudamos apresuradamente –aún de pie- y ponemos nuestra escasa ropa en la barra, me señalas hacia donde están las dos mujeres, trenzadas entre sí con la pasión que sólo puede tener una pareja que se conoce al detalle. Emanan un magnetismo mágico.

    Te pongo frente al espejo y coloco tus manos contra éste, a la altura de los hombros. Te acaricio te beso la espalda y poso mi pito entre tus nalgas. Me acerco a tu nuca y soplo suavemente en ella. En esta posición, podemos vernos a nosotros mismos y podemos a la vez tener un panorama general de todo el salón. ¡Es algo genial!

    Esa tarde, cuando terminamos la primera sesión de sexo en una de las camas del jacuzzi, acordamos que en el playroom sólo tendríamos sexo oral… mucho, intenso, variado… pero sólo oral, hasta que no pudiéramos más. Entonces nos iríamos a coger a otro lugar, al aire libre.

    Te das media vuelta y quedas frente a mí. Con pasos cortos, me empujas hacia la cama y de un empellón haces que me siente en ella. He quedado a medio metro de la pareja que nos atrajo y de la cual no nos hemos dicho una palabra. Imitando a la mujer, te has arrodillado y tu lengua ejerce ya su magia con deliciosos lametones en mi glande. Volteas a mirarme –como tanto me gusta- mientras sujetas con fuerza mi miembro y con delicadeza lames su punta. En tu mirada hay reto, hay pasión y hay un inmenso amor. Una descarga eléctrica baja por mi espina dorsal.

    Durante la fiesta de espuma volvimos a hacer el amor. Tercera de tres, parece que se volverá una tradición. La diferencia esta vez fue que, en lugar de intentar pasar inadvertidos, nos tocó junto a otra pareja que estaba en el mismo asunto y más de una vez tuvimos roces con ellos –accidentales o con intención, ¿quién podría decirlo?- y la sensación nos gustó.

    Volteo a mi derecha y me encuentro con que mi vecino no está viendo a su mujer, sino a ti. Sientes su mirada y también lo ves, mientras aceleras y profundizas tu felación. Él se muerde los labios sin dejar de mirarte. ¡Siento que voy a estallar!

    Te devoras mi pito y con tu lengua lo presionas desde abajo. Tiemblo y tengo un orgasmo seco que casi me nubla la vista. Lo sientes y te retiras poco a poco. Mi erección sigue al cien por ciento y lo único que mi embotado cerebro quiere hacer ahora es tenderte boca arriba y meterte toda mi virilidad en la vagina, que adivino húmeda y palpitante.

    En la cena tuvimos una plática divertida como muchas de las que solemos tener. Fue una pausa a este ambiente cargado de erotismo en el que estamos inmersos; demostración de que somos tan buenos amigos como apasionados amantes. Y al final de ella, el infaltable café, esa bebida que nos unió aún antes de nuestro primer encuentro romántico.

    Te pido que te levantes y que te subas conmigo a la cama. Yo me acuesto con los pies hacia la pared y la cabeza hacia el borde, no muy cerca de éste. Te montas a horcajadas sobre mi cara y acercas tu vulva a mi boca, como aquella primera vez de San Gil que tanto te sorprendió y gustó. Tu vagina escurre y tu clítoris salta de su delicado capuchón. Me demoro un poco, con toda la intención de excitarte aún más. Al fin, empiezo con leves roces con la punta de mi lengua mientras mis manos –en contraste- aprisionan con fuerza tus nalgas. Te pido que me sientas, pero que al mismo tiempo mires hacia todos lados y disfrutes.

    Tu primer orgasmo llega en un minuto. Podría retirarme, pero presiento que ligarás otro mucho más intenso y eso es algo que simplemente me fascina. No me equivoco y cuando tus gritos están al máximo, te palmeo con fuerza un par de veces en la nalga. Poco a poco te levantas y yo me incorporo, recuperando mi campo visual. Me sorprende ver que la pareja vecina está paralela a nosotros, en la misma posición que teníamos hace un instante.

    Una vez más, has derrumbado mi reiterada afirmación “no me gusta bailar”. Antes de subir a la disco, nos hemos fundido el uno en el otro en la pista de baile, al ritmo del grupo de esta noche. Este bailar abrazados, fajar, besarnos, reír y manosearnos lascivamente derrumba todos mis absurdos prejuicios. Nunca has siquiera mencionado mi falta de ritmo e intentas adaptarte a mis torpes pasos. ¡Disfrutamos!

    Quiero llevar mi boca empapada hasta la tuya y fundirnos en un beso con sabor a ambos. Cuando hacemos una pausa, me cuentas que la mujer y tú estallaron al mismo tiempo, tomadas de la mano. “Fue algo espontáneo, natural” me explicas; y agregas: “¡me encantó!”.

    Como si no hubiésemos quedado suficientemente excitados después del baile-faje en la terraza, poco después de entrar a la disco, las gemelas falsas que acompañaban al viejo se subieron a la plataforma con el tubo en medio y le hicieron un striptease a su galán, mostrando dotes profesionales. Después, desnudas, se fueron a sentar flanqueando al tipo, que disfrutaba apoltronado en uno de los sillones, con ambos manjares al alcance de sus manos.

    Me acuesto nuevamente boca arriba, pero ahora tú te sitúas a mi lado, junto a mis piernas, de rodillas. Metes un dedo en tu vagina, te frotas un poco, lo sacas y lo pones en mi boca, que lo chupa con avidez. Suspiras.

    Te preparas y atacas mi miembro nuevamente con tu boca. Tus rodillas están separadas, y tus nalgas apuntando hacia arriba. Chupas, te sales y me miras. Me masturbas con la mano y vuelves a usar tu boca. Vuelves a mirarme… enloquezco. Estás concentrada en la labor que tan magistralmente ejecutas.

    Volteo a mi izquierda y veo que los vecinos han vuelto a imitar nuestra posición, pero como en un espejo. Ahora una nalga de la chica roza contra la tuya y ambas se frotan. ¡Lo gozo! Pero cuando creo que la situación es inmejorable, la vecina rompe el contacto con su pareja y se pone detrás de ti; con sus manos recorre tu espalda… la besa… la lame. Tú te arqueas y aceleras el ritmo de la felación; ¡No sé cuánto más aguantaré, pero quiero que esto sea eterno! Te pido que sigas… que sigas…

    Nos paramos a la pista; bailábamos separados porque el ritmo de la música así lo marcaba. Tres parejas de gringos bastante bebidos irrumpieron entre la concurrencia, bailando entre todos, frotándose con los demás, repartiendo caricias y magreos a discreción. Tú te llevaste una buena sobada de tetas y yo un agarrón de pito, entre otras cosas. Nos reímos y nos gustó la experiencia.

    La chica te ha metido un dedo en la vagina y lame entre tus nalgas. Gimes… no gritas abiertamente porque tienes medio pito en tu boca. No sabes qué estímulo atender. Levanto la vista y veo al hombre, junto a su pareja, que se está colocando un condón. Mi cerebro revoluciona, no sé si advertirte o dejar que las acciones corran. Tomo la segunda opción, con todos sus riesgos.

    La mujer se aparta un poco, sin romper el contacto contigo. Dos manos masculinas se posan en tus nalgas; me volteas a ver y levantas las cejas. “Disfrútalo”, alcanzo a decirte. Le hago al vecino un gesto afirmativo, casi imperceptible y él entra en ti con excesiva lentitud. Empujas tu trasero hacia él, con urgencia de sentir su miembro hasta el fondo, señal que él toma para empezar a bombear con ritmo, con fuerza.

    Sacas mi pito de tu boca y gritas. Con mi mano hago los tres o cuatro movimientos que faltaban para eyacular y me derramo directamente en tu boca, que no está dispuesta a desperdiciar una sola gota. Estallas en un orgasmo fenomenal. El hombre se queda un rato dentro de ti, disfrutando de tus estertores vaginales y luego sale lentamente. Tú y yo nos derrumbamos en la cama, no queremos saber más por un rato. Nos abrazamos.

  • Cornelio arregla una licuadora de la vecina

    Cornelio arregla una licuadora de la vecina

    Mi amigo Cornelio vive en la planta baja de un edificio, con cuatro departamentos en cada piso. Aunque son departamentos de interés social, éstos son relativamente amplios pues tienen cuatro recámaras y dos baños, además de un pequeño cuarto de servicio donde está el lavadero. Esto fue lo que me contó mi amigo, que le ocurrió la semana pasada.

    En el mismo piso, en el departamento de enfrente, vive un matrimonio, más o menos de 30 años de edad y tienen dos hijos pequeños. Una mañana en la que no había ido yo a trabajar, y no le tocaba venir a la sirvienta, me tocó el timbre mi vecina, quien no es fea, pero sí es muy sexy, a pesar de lo delgada. Ella aún no se peinaba pues se notaba que andaba en plena faena doméstica y su cara siempre me ha parecido de puta bonita.

    –Buenos días. ¿Sabes dónde habrá un electricista? Conecté la licuadora y después de un corto se me quemó el cable. No tengo luz.

    –Vamos a ver –le dije encaminándonos a su casa, ella por delante de mí, y yo percatándome que no traía ropa interior y con un movimiento de nalguitas que invitaba a sobárselas, pero no lo hice, soy todo un caballero.

    Pensé que seguramente se acababa de ir su marido y la dejó bien cogida, porque la estela e humor que dejaba olía intensamente a sexo. A cada paso que ella daba, se me paraba más la verga porque se esparcía el aroma. Llegamos a la cocina y me di cuenta que el corto circuito se dio en el contacto de la licuadora. Le pedí un desarmador y unas pinzas, los cuales me dio de inmediato. Me puse a trabajar, con ella de espectadora que me ponía arrecho no sólo por el olor, sino también porque al agacharse para ver lo que yo hacía, me dejaba ver cómo le colgaban las tetas, no eran grandes, pero por lo aguadas le colgaban hermoso y terminaban en un pezón cónico, moreno y grande.

    Al terminar de poner bien la clavija, le pedí que conectara la luz. Ella se estiró, pero no alcanzó, por lo cual me puse atrás y levanté la palanca del interruptor, pasando mi pantalón con el endurecido y crecido monte por sus nalgas (delgadas, pero con forma). Ella se quedó quieta y yo también. Permanecimos en contacto casi 30 segundos y me separé.

    –Ah, ya… –dijo dándose la vuelta y clavando su mirada en mi entrepierna, entrecerró los ojos y dejó escapar un suspiro.

    –Listo, conecta la licuadora –le dije, sentándome en un banco alto, mostrando mi protuberancia.

    –No, mejor conéctala tú –me dijo poniendo su mano en mi pierna.

    La conecté, prendí la licuadora y ésta empezó a moler. Ella, al escuchar el ruido del motor, me apretó la pierna y fue subiendo su mano hasta que la tuvo sobre mi pene.

    –¿Cuánto te debo? –preguntó dándome apretones en el pene.

    –Déjame hacer cuentas y te digo –contesté sonriendo.

    –Mientras piensas, ven acá, que tengo una cosa que dejé pendiente y se puede manchar –me dijo tomándome de la mano para conducirme al cuarto de servicio. Me acomodó al lado del lavadero y ella se puso a tallar unos calzones entre otras prendas enjabonadas. Es que ya no tengo limpios, éstos me los manchó mi marido antes de irse…, dijo dejándome claro, por si mi olfato no lo había percibido, que se la habían cogido.

    –¿Y no quedaste bien? –pregunté, metiéndole la mano por el escote, donde las tetas le bailaban al ritmo que tallaba.

    –La verdad, sí, pero ya se me volvió a antojar, más con tus caricias y lo que se ve entre tus piernas. ¿Aceptas Carnet de pago?

    Suspendió su labor y me abrazó para darme un rico beso. Prácticamente se secó las manos en mi camisa mientras yo le metía la mano bajo la falda. ¡No traía calzones!

    La cargué para llevármela a la sala, pero se me atravesó la mesa del comedor y allí la deposité.; me bajé los pantalones, ella viéndome la verga bien parada se colgó de mi cuello para dirigir su vagina hacia mi miembro. Hicimos contacto y nos movimos como posesos hasta que nos venimos. Ella lanzó un quejido de satisfacción y se acostó sobre la mesa, sin despegar su sexo del mío. “¿Me llevas a la sala?”, pidió y yo la cargué sin sacar la verga. Le subí las piernas a mis hombros y me senté en el sillón.

    Besos y caricias fueron el preámbulo para que mis ganas crecieran y ella me jineteara hasta venirse otra vez. Al terminar, entre sonoros jadeos, que disminuyeron poco a poco de volumen y frecuencia, fue quedándose quieta.

    –¿Así no te vienes? Se siente que sigues con ganas –dijo apretándome con su perrito.

    –Sí, aún me queda parque, vamos a la cama –le dije volviéndola a cargar ensartada como la tenía.

    –Pero… –balbuceó en el trayecto–, no hagas mucho ruido porque los nenes aún duermen –dijo en voz baja cuando pasamos por un cuarto que tenía la puerta cerrada.

    La llevé a la cama principal, cuya cama aún no había sido tendida, y la dejé en las sábanas, olorosas a sexo y llenas de vellos caídos con el fragor del amor marital. Abrió las piernas y me dijo “Ven, termina en mí.”

    Me moví con todas las fuerzas que me quedaban y le lancé un gran chorro en el interior de la vagina. Cuando terminé me bajé de ella y me percaté que a mi lado estaba un condón usado y roto.

    –Sí, mi marido me cogió tan rico como tú, pero al terminar se dio cuenta que el condón se rompió, y él dijo “ya ni modo”, así que ya ni modo… –me dijo poniendo una cara de inocencia.

    –Supongo que, si no pasa nada, seguirán usando condón –dije.

    –No sé, quizá sean mejor los anticonceptivos orales, ¿tú que piensas?, ¿te gusta el condón? –preguntó dejándome ver que estaba invitado a seguir dándole servicio.

    Sólo por morbo, esperaré unas semanas más para preguntarle a Cornelio si sus vecinos tendrán un hijo más, porque él me pregunta “¿Y si se embaraza, y se le quitan las ganas?”

  • Sexo con mi vecina madura a cambio de un potaje gitano

    Sexo con mi vecina madura a cambio de un potaje gitano

    En mi relato “Descubriendo mi lado homosexual”, hablé de cómo compartía piso con un compañero con el que tuve mi primera sexual durante la pandemia. La siguiente historia está conectada con ese contexto.

    Era una tarde del mes de abril del 2020, en pleno estado de alarma, cuando tendría mi primera experiencia con una mujer madura. A lo largo de mi vida había tenido sexo con chicas mayores que yo, pero nunca había estado con una mujer, en mayúsculas, como aquella que conocí en la localidad de Écija (Sevilla), donde entonces me encontraba por motivos laborales, aunque a raíz del estado de alarma sólo teletrabajaba. En los ratos en los que no trabajaba, hacía las labores de casa, iba al supermercado a hacer la compra y tenía experiencias sexuales con mi compañero de piso.

    Cierto día, regresé de hacer la compra cuando mi compañero Daniel me esperaba en la cocina con una olla de habas. “Las trajo nuestra vecina Lola”, me dijo Daniel, “parece ser que hizo de más y como le has caído en gracia, nos trajo para que podamos comer”. Dios, que alegre me puso esa noticia, hacía más de un mes que sólo comía congelados y fritos, necesitaba unas buenas habas. Aquel día fue el primero en todo el estado de alarma en que comimos en caliente.

    “¿Y por qué dices que le caí en gracia?”, le pregunté a Daniel. “Te ve desde su balcón cargado con las bolsas de la compra, sale siempre a la misma hora, creo que eres su tipo”, me contestó. “No te pongas celoso”, le dije a Daniel. “Podrías darle un poco de alegría a la mujer, así comeríamos más a menudo en caliente”, me sugirió Daniel.

    Sinceramente, no me había fijado en ella hasta ese día, quizás nos habríamos cruzado alguna vez por la escalera y la habría saludado sin más. Pero en realidad no me suelo fijar en mujeres tan mayores, que me sacaban veinte años, quizás porque me recuerdan a mi madre y las veo diferentes a otras mujeres. La única excepción, quizás, eran algunas actrices, como Rebecca de Mornay o Susan Sarandon y quizás también la cantante Marta Sánchez. Cierto es que la mujer se mantenía en buena forma a sus cincuenta y tres años, algo gordita, pelo teñido de castaño claro que le llegaba hasta los hombros, alta… Tenía los ojos negros, piel blanca, con alguna arruga, pero se mantenía joven por dentro. No sabía si ese gesto de amabilidad fue por solidaridad en un momento de crisis en nuestro país, si fue un gesto maternal hacia dos chicos jóvenes o si realmente se sentía atraída hacia mí. Fuera como fuera, tras haber comido bien y pegado una buena siesta, fui a su casa para devolverle la olla y así darle las gracias.

    Me abrió la puerta, cubierta con una bata blanca. “Quería agradecerle las habas que nos ha traído hoy”, le dije. “Niño, no me hables de usted, que soy tu vecina de al lado. Me alegra que os hayan gustado, es un placer para mí”. “Si en algo puedo ayudarte, no dudes en llamar a mi puerta”, le respondí. “Ay, no me digas eso, que soy muy pesada, pero te lo agradezco igualmente, guapo”. Me despedí sin más, con una sensación agradable por su simpatía y bondad hacia mí. No pensaba darle más vueltas al asunto, pero es que nos encantaron aquellas habas. Esto es lo que tiene que nuestros padres nos hayan creado como unos inútiles, que no sabemos cocinar y dependemos de nuestras madres para comer caliente, o en este caso, mi vecina madura.

    Al día siguiente, Daniel me dijo que por qué no iba a hacerle compañía de vez en cuando para alegrarle la vista o algo más y así poder comer cosas del estilo. Nos moríamos y seríamos capaz de matar por comer un potaje gitano y unas lentejas con chorizo. No había estado nunca con una mujer de su edad, pero estaba dispuesto a todo con tal de comer. Mi compañero me recomendó ir a verla para ver si podía ayudarla comprando algo en el supermercado. Me puse unos pantalones vaqueros ajustados y una camiseta de color negro, me eché colonia y fui a verla.

    “¿Necesitas que vaya a comprarte algo al supermercado, Lola?”, le pregunté. “Ay, niño, no, muchas gracias, yo compro a domicilio y me lo traen a casa, pero te lo agradezco igualmente, ¿no te apetece algo para ti y tu amigo?”, me preguntó. Claro que me apetecía, sólo Dios sabía lo que me apetecía comer en caliente y dejarme de frituras y congelados. Así que Lola me invitó a entrar a su casa y mientras puso a calentar un potaje gitano (Dios, qué ganas tenía de un potaje gitano), me mostró su casa. Me llamó la atención un pequeño altar dedicado a la Virgen del Valle Coronada, patrona de Écija, y algunas medallas relacionadas con premios de Danza, pues Lola se había dedicado profesionalmente al baile, en especial flamenco y danza oriental. Lola me enseñó una foto donde aparecía ella con otras dos chicas: las tres llevaban unas faldas largas que llegaban hasta los pies, pero abiertas por los lados, mostrando sus hermosas piernas. Por la parte de arriba, llevaban un sujetador con lentejuelas, mostrando unos pechos firmes y deliciosos. El vientre quedaba al aire, quedando bastante sexy.

    “¡Qué guapa estaba aquí!, ¿verdad?”, me dijo. “Sí, la verdad es que tenías buen tipo. Aunque ahora también lo tienes, no significa que ahora no…”, dije torpemente. “Calla, mi niño, no seas zalamero”. “La verdad, Lola, te mantienes muy bien, justo lo estuve comentando con mi compañero de piso”. “Uy, niño, me vas a poner colorá”. Entre estos y otros comentarios estábamos cuando Lola me invitó a sentarme en el tresillo del salón y me puso una cervecita y unas patatas. El potaje gitano ya estaba listo, pero podía guardar tiempo. Hablamos de nuestras vidas, y me enteré de que Lola era divorciada y tenía un par de hijos un poco más jóvenes que yo. Según me dijo, se había divorciado al no poder soportar su marido que bailara semidesnuda ante tantos desconocidos, que se la comían con los ojos. Llevaba ya un par de cervezas cuando me sentí desinhibido y le dije, “pues Lola, espero que no te importe, pero menudo tonto debe ser ese hombre para dejarte con lo guapa que eres, y lo bien que cocinas. Si yo fuera ese marido no te hubiera dejado nunca escapar”. Lola rio y al rato, poniendo su mano en mi muslo, casi, casi al lado de la entrepierna, me dijo: “¿te apetece algo más que un potaje?” Y acto seguido la besé. Estuvimos besándonos en el sofá, acariciando su rostro, menos suave que el de una chica joven, pero igual de excitante, hasta que decidió levantarme la camiseta y poder acariciar mi torso peludo. “Cómo me gustan los hombres peludos”, dijo.

    Le quité a ella una blusa de color púrpura que llevaba, dejando al aire sus pechos, únicamente ocultos por un sujetador negro. Le desabroché ese sujetador con la mano derecha mientras con la izquierda sostenía su nuca mientras la besaba. Al caer el sujetador, vi sus enormes pechos (me enteré después que su talla era 110 C), los cuales quizás no tenían la firmeza de aquellas fotos donde la había visto bailando de joven, pero eran más grandes y guardaban el regalo de la experiencia: esos pechos habían desahogado el amor de varios hombres antes que yo. Mi pene estaba durísimo, y Lola estaba más caliente que muchas de las chicas de más o menos mi edad con las que había estado. Con un brillo en sus hermosos ojos negros me desabrochó la cremallera, me hizo ponerme de pie y quitármelo al mismo tiempo que ella se tumbaba sobre el tresillo y se bajaba la falda y las bragas. Me dio permiso para penetrarla sin condón, ya que a su edad no podía quedarse embarazada y tanto ella como yo estábamos libres de enfermedades venéreas. Comencé a penetrarla y la forma con que ella apretaba los músculos vaginales parecía que iba a hacerme explotar en cualquier momento, cosa que ocurrió.

    Pensé que quizás la había decepcionado por haber durado tan poco, pero ella me hizo incorporar, se puso encima de mí y me dijo: “Cariño, esto le pasa a cualquiera, y además, ahora puedes rematar tu faena”. Me empezó a besar hasta que el pene volvió a estar erecto, y así, se lo acomodó en su interior y empezó a cabalgar sobre mí mientras sus enormes pechos chocaban contra mi cara. Tocaba a Lola con mis manos, recorriendo su trasero (muy firme), su torso (sus michelines saltando arriba y abajo eran hipnóticos, como una de aquellas “BBW” o “Big Beautiful Woman” de los videos pornográficos que veía a veces, si bien Lola sólo estaba algo rellenita) y finalmente sus enormes tetas, que me llevaba a la boca, lamiendo con placer sus pezones, lo que la hacía gemir. “Te gustan las tetas de mami, ¿verdad?”, me decía. Que hablara como si fuera mi madre me creaba una sensación extraña, mezcla de excitación y extrañeza (¿quizás culpabilidad?), pero consiguió endurecérmela más. Fue cuando empecé a respirar de forma profunda y a gemir, a lo que Lola me dijo “sí, cariño, córrete dentro de mí”, mientras encogía los músculos vaginales, lo que aumentó el placer. Empezó a gemir casi a coro conmigo hasta que me vine en su coño.

    Lola me besó mientras acariciaba mi pelo, llamándome “mi niño” y diciendo “pobrecito, es que no comes nada y te quedas sin fuerzas, necesitas comer para estar en forma”. Se levantó, me lanzó el calzoncillo y el pantalón, se puso una bata blanca y me dijo que me sentara a la mesa. Me vestí mientras ella iba a la cocina y regresó con un plato de potaje gitano.

    “Come conmigo, ya le llevarás a tu amigo su parte en un tupper”. Y he de decir que fue el mejor potaje gitano que había comido en mucho tiempo. Lola había logrado derrotarme en el sexo, pero logró mi amor a través del estómago. Al despedirme para volver a mi piso la besé en la boca: estaba seguro de que no sería la última vez que me acostaría con ella ni la última en que comería alguno de sus guisos. Daniel, mi amante homosexual, tendría que compartirme a partir de ahora con ella.

    Moraleja de este relato: acostarse con mujeres maduras está bien, pero no exclusivamente por la experiencia que se les supone en lo sexual, sino porque al acabar te preparan unos potajes de puta madre.

  • Yo, con una pareja de casados, sin planearlo

    Yo, con una pareja de casados, sin planearlo

    Te platicaré como fue la primera vez con una pareja de casados.

    No fue mi intención hacerlo y ni se me cruzaba por la mente hacer tal cosa.

    No estaba en mis planes.

    Tendría yo como 24 años, aun soltero. Trabajaba en una empresa, en la Ciudad de México, con múltiples problemas laborales por las que tenía yo que acudir muy cotidianamente a la Junta de Conciliación y Arbitraje. Ahí me encontraba con un abogado de una Dependencia Federal que, también tenía asuntos que tratar ahí seguido por lo que nos veíamos a menudo. No falto un día que nos fuimos a tomar una cerveza o trago en un Bar de ahí cerca de la Junta. Comenzamos a llevarnos e intercambiábamos experiencias laborales y nos ayudábamos con algún consejo en algunos asuntos.

    Este abogado al que llamare Apolo de 45 a 50 años, más o menos.

    Se fue volviendo una costumbre y llegamos a ser amigos. Apolo era muy dado a hablar de sexo, de mujeres, de coger mujeres y de como cogerlas, era como muy lujurioso, a veces al extremo.

    Hasta que un día después de un día de trabajo como a las 2 p.m. de nuevo nos fuimos a tomar unas cervezas, pero es vez ya no fueron dos, el comenzó a insistir que tomáramos otra y luego otra y así hasta que nos dio las 6 o 7 de la tarde. Entonces él me dijo que como ya era tarde para que no se enoje su esposa la hablaría por teléfono para que viniera a acompañarlo y así se ahorraría el enojo de ella. Y así fue, le hablo, y ella llego en mas o menos en una hora y media, ya para eso yo y el ya estábamos en un estado de ebriedad mas o menos ya considerable, pero aun bien. Llego su esposa y me la presento, era una señora madura como de 45 años aproximadamente, no gorda diría, llenita, nalgoncita, muslos gruesos, u poco acinturada y no mucho pecho, pero unos senos de tamaño aceptable. Ya ni sé de que tanto platicábamos pero ella se la pasaba la mayor parte callada y algo tímida. Ya como a las 10 de la noche Apolo dijo que tenía una botella en el carro de un ron y unas cocas que había comprado para llevar a su casa para el fin de semana, y que porque no la seguíamos tomando, pero que como las casa de ellos estaba muy lejos (Distrito Federal) que rentáramos un cuarto de un Hotel para seguir tomando. Buenos a esas alturas ni decir no, me dejé llevar, me sentí en confianza, aunque no me estaba yo cayendo si me sentía ya muy intoxicado,

    Fuimos al cuarto de un Hotel y yo hasta ahí no me imaginaba nada. La cosa es que una vez ahí Apolo preparaba las cubas, y hasta limones llevaba y las servía muy cargadas a mí, pero me di cuenta que los tragos de su esposa le echaba mas de la mitad de ron, más cargados, más que a mi y las mía con trabajo podía tomarla de lo fuerte que estaba, ya desde ahí me comencé a dar cuenta que como que pretendía emborracharme a mi y a su esposa, pero yo cada vez que podía y lo descuidaba me levantaba de donde estaba sentado y le echaba yo mas coca cola a mi trago, para bajarle. No veía el caso de quedar tirado.

    Ya ahí el le sube el volumen a la música ambiental del cuarto, y saca a bailar a su esposa, y la tenía muy pegada hasta mas de lo normal, yo pende bueno que onda de hacer eso ante otra persona, bailo ahí una, luego al rato otra, hasta que me dijo que bailara yo con su esposa, pero para eso su esposa hablaba lo necesario, muy poco y gran parte del tiempo con la vista hacia abajo. Yo no supe que responder dije que no que estaba yo bien y Apolo insistió que para que no me aburriera, en fin me convenció y baile una pieza con ella pero retirado, no pegado a ella. Hasta que cuando ella fue al baño, el se me acerca y me dice que yo baile pegado a su esposa, que no había problema por él, que había que pasarla bien, para eso yo ya me sentía bastante borracho, pero aun así me quede callado como queriendo procesar lo que el me había dicho, no respondí nada pero no sabia que pasaba,

    Pero al rato cuando el se fue al baño, le dije a ella lo que su marido me acababa de decir y que yo no sabia que hacer que yo no quería portarme abusivo, entonces ella me dijo sin casi levantar la mirada que su esposo quería verla con otro hombre que ella no estaba de acuerdo, pero que tenia años con ese problema de él estar insistiendo, y que ella había accedido a ir pero que nunca pensó que estuviera acompañado el, que el solo le dijo que estaba tomando con unos amigos y que la intención de ella era que al llegar ella, ellos se irían a otro Bar pero solos. Me dijo ella que ya se estaba dando cuenta cual era la intención de Apolo. Y que si había aceptado ir aun Hotel es por ya con unos tragos darle un poco de gusto a el, pero que ella no quería hacer nada.

    Al salir del baño el, yo ya sabia sus intenciones, y el continuo sirviéndonos mas cubas bien cargadas y volvió a decirnos que bailáramos, y así lo hicimos y cada vez que daba yo la vuelta y quedaba yo frente a el, me hacia señas que las apretara, y yo no me decidía pues yo, ya sabía que pensaba ella. Hasta que se paro el poniéndose atrás de sus esposa agarro nuestro ritmo y como se pego a ella, eso hacia que ella quedara mas pegada a mi y así estuvimos los tres pegados como abrazados moviéndonos, bailando, De pronto vi. Que el comenzó a acariciarla, a tocarle las piernas, las nalgas, al sobaba toda y después tomándome del antebrazo me hacia que yo recorriera el cuerpo de ella, ahí como que, yo me quede tranquilo porque ella veía que el me estaba haciendo que yo la tocara, espere una reacción por parte de ella que se separara o protestara pero vi. que no y si en cambio comencé a oír su respiración un poco mas agitada en mi oído, el seguía haciéndome señas que la acariciara toda y agarrando la cabeza de ella por atrás la separo de mi oído y hombro y casi nos obligo a besarnos, eso fue todo, ella comenzó a responder al beso o mas bien ella comenzó a besarme y yo a responder, ya nos olvidamos, y mientras nos besábamos el comenzó a quitarle la ropa desde atrás de ella, yo solo besaba y tocaba sus nalgas y piernas pero sin intentar quitarle ninguna prenda de su ropa, ni ella, era el marido quien poco a poco a poco la desnudaba hasta que me la dejo en brasiere y calzón, y yo, todavía vestido, fue cuando casi en un santiamén me comencé a quitar la ropa, y mientras como para que no se enfriara ella, Apolo casi se tito un clavado en su vagina con el calzón puesto aun, así, de buenas a primeras se bajo y veía que le comenzaba a mamarle la vagina encima del su ropa interior.

    Cuando estuve yo, ya desnudo, Apolo me dijo: “quiero ver que le bajes el calzón a mi esposa”.

    Me acerque y viéndole la cara a ella, vi en sus ojos que ya estaba dispuesta. Sentí que ya tenía el permiso de ella.

    Viéndola a la cara, a los ojos, metí mis dedos en el elástico de su ropa interior y se los fui bajando lentamente, sin dejar de verla a los ojos. Ella emitió un suspiro.

    Y escuche que Apolo dijo: “que hermoso espectáculo”

    Volteé a ver a Apolo, él ya estaba ya desnudo, con tremenda erección, sobándose el pene y dijo: “desde hace mucho quería yo ver esto, ver que le bajaras el calón a mi esposa”

    Apolo, siempre demostró ser muy posesivo y creo algo machista.

    Una vez que le bajé los calzones a su esposa, ahora ella cooperando al levantar sus piernas para que su prenda saliera por sus pies, él casi me la quita de enfrente, donde estaba parada frente a mí. Tomándola de la mano a su esposa la conduce a la cama, la ayuda a acostarse, le retira el brasiere que aun tenía, me hace una señal para que me acerque a la cama y me dice:

    “llégale, hazle lo que quieras, cógetela, quiero ver que te la cojas”

    Me acerque y comencé a besarla, baje por sus pechos, se los chupe, en tanto vi. que el se fue a sentar a un sillón en un rincón. Yo seguí bajando hasta si vagina y recuerdo que su clítoris era bien redondito, un botoncito algo como una canica, era fácil de atrapar entre los labios, chupe chupe y chupe, sentí como ella se retorcía con algunos ruidos guturales queriéndolos contener.

    Asi estaba lamiendo y chupando, metiéndole la lengua lo mas hondo que podía y sentía como ella se retorcía y emitiendo pequeños ruidos que se le escapaban.

    Se me acerca Apolo y me dice casi al oído: “quiero ver que te mame la verga, pónsela en la boca”

    Dejé de hacer lo que estaba haciendo, me pongo de rodillas a la altura de su cara y boca con el pene cerca de su boca y le dice a su esposa:

    “Mámale la verga” “quiero ver que le mames la verga a otro”

    Al principio tímidamente, solo abrió un poco los labios y dejó que le entre apenas la punta, la cabeza.

    Pero, Apolo se acercó a ella y le dijo:

    “Mámasela, métete toda la que puedas en la boca”

    y pareciera que él le daba instrucciones de cómo hacerlo.

    Ël decía: “lámele la cabeza” y ella lo hacía.

    El decía: “métela toda en la boca” y ella lo hacia.

    “Dale besitos” y ella lo hacía,

    “chúpale los huevos” y ella lo hacía

    Hasta que Apolo me dice a mi:

    “Ya cógetela”

    “Métele la verga”

    “quiero ver que le metas la verga”

    “Esta mujer es mi esposa, te la presto para que te la cojas”

    Me fui colocando entre sus piernas y la fui penetrando estaba súper mojada bien rico se la metí toda y ella se revolvía debajo de mi, entonces Apolo se acercó y me dijo:

    “Despacio… despacio, es la primera vez que entra otra verga en esta panocha que no sea la mía”

    Y añadió:

    “Quiero que le guste, para que acceda otras veces”

    Se la saqué un poco y la penetré con mas calma

    El repetía y repetía como enardecido:

    “quería que probara otra, quería que probara otra verga y ver como se la meten”

    Y le decía luego a ella:

    “ya vez que te iba a gustar”

    “disfrútalo mi reina” suéltate, nadie se va a enterar que ya cogiste con otro hombre, que ya te coge otro hombre además de mi”

    “porque te va a seguir cogiendo él verdad?

    Después de casi toda la noche de estar ella callada, por fin dijo: “Si”

    Y añadió: “tu quieres?”

    Apolo le dice: “Si quiero”

    A partir de ese momento, mientras, yo se la metía y sacaba, le metía la verga hasta el fondo, se la sacaba toda fuera de la vagina y se la volvia a meter completa. Ella se retorcía, con ruidos como

    “mmmm, agh, ajjjj, quejidos de gusto, que mas me excitaba

    Ellos dos, entre quejidos de ella, tenían una plática muy excitante, que me ahora a mi me enardecía. Desde eso aprendí lo importante que es a veces hablar y estimular a la mujer con frases calientes y cachondas.

    Apolo: “Quiero que lo tengas de amante, de planta”

    “O, a ver di que ya no quieres, como me decías”

    Ella dijo: “Si quiero”

    Apolo: “ya ves, te dije que te iba a gustar”

    “Y te busqué a un joven de amante”

    Y de pronto ella dijo algo a Apolo que me dejó perplejo y hasta la fecha recuerdo:

    “Amor, si me gusta, pero no quiero ser una puta”

    “Esto no me hace una puta?”

    Apolo:

    No mi Reyna, si yo estoy aquí contigo, yo te lo conseguí, yo te lo busqué”

    “No me estas engañando”

    “No me estás siendo infiel”

    Apolo no paraba de hablarle, la excitaba mas con lo que le decía y a mi también.

    Fue muy estimulante escucharlos.

    Y así le decía muchas cosas, le hablaba y le hablaba el acostado a un lado y si acaso acariciando a su esposa de piernas abiertas era Apolo:

    “Mi reyna, te ves hermosa abierta de piernas con V…”

    “Debieras ver cómo te ves abriendo la piernas para V…”.

    Ella: “Te gusta verme así?”

    Apolo: Si, tu sabes cuantas veces te pedí esto”

    Cuando conocí a V… y tratarlo supe que él era el indicado”

    Yo, seguía calentándome mas y mas, por mementos tenía que quedarme quieto, con la verga adentro sin moverme para no eyacular, para tomar el control. Para no venirme.

    Quería tardarme mas tiempo, para seguir escuchando esa plática tan excitante entre ellos.

    Otras veces se la sacaba por completo para recuperar el control. Esa vagina, esa plática de ellos dos era lo máximo

    Apolo: “Cuando tengas mas confianza con él te va a gustar mas, ya veras”

    Ella: “Si? Tu crees, todavía me da un poco de pena con él. Siento me dará pena cuando nos volvamos a ver”.

    Apolo: “No Reyna, todo estará bien es de confianza”

    “Mi Reyna, dile a V… cuanto te gusta lo que te está haciendo, dilo”

    Ella: “Esta muy rico”

    Y en eso, sentí como ella se empezó a convulsionar y a retorcerse y a emitir ruidos de “ah, aggg, y luego un jmmm, ahhh, ya, yaaa, ay que rico, que riiiico”

    Y una largo “aaahhh”

    Y después de ponerse tensa, aflojo y relajó tod su cuerpo.

    Aumenté mi ritmo de mete y saca y ya perdí el control, me vine.

    Sentí que se salía el alma, Y eyaculé adentro de ella. La clave hasta el fondo y le solté todo mi semen es su interior.

    Así me quedé un raro encima de ella, recobrándome, recobrando energías para levantarme de encina de ella.

    Hasta que me tocó Apolo el brazo y me dijo: “Dame chance a mi”

    Me retiré de encima de ella.

    Apolo se colocó entre las piernas de su esposa, se la metió, unas cuantas bombeadas.

    Pude escuchar el plaaaf… plaf o el ruido de su verga entrado y saliendo de la vagina de su esposa con mi semen adentro, sonando y escurriendo.

    Y vi como Apolo descargaba su semen en una vagina que ya tenía semen de otro.

    Y con tremendo alarido eyaculo.

    Y Apolo dijo: “V… ya somos hermanos de leche”

    Fue algo raro para mi en esa época.

    Un poco con sentimientos encontrados.

    Coger a una mujer con semen de otro. Digo, en ese tiempo.

    Me dejó impactado.

    Ahora, y muchos años después si lo llegue hacerlo y era hasta excitante batir la leche de otro.

    Pero. Fue una experiencia extraordinaria.

    Fue la primera vez de muchas mas con ellos.

    Les debo mucho, les estoy muy agradecido por tan formidable experiencia.

    Hicimos muchas cosas mas. Siempre con la “dirección” de Apolo.

    Digo dirección porque Apolo era muy dado a manejar la situación a decir haga esto, háganlo así, ponla así, y a ella le decía, hazle esto a Vic…, deja te lo hagan así.

    Siempre cosas nuevas.

    Llegamos a tener mucha confianza, llegué a sentirme como parte de ellos.

    Solo porque nunca supe donde Vivian, pareciera su esposa era mi novia. O cuando salíamos era un matrimonio de 3.

    Salíamos a bailar, a cenar a tomar la copa.

    Yo por cuestiones de trabajo me fui al norte del país de México. Y antes de casarme ante la petición de ellos, llegué a tomar un avión e ir a la Ciudad de México, solo para estar con ellos. Un viaje solo para verlos.

    Ya en otra ocasión contaré que mas hicimos.

    Tiene año que ya no se de ellos, muchos años. O ya no existen o están muy viejitos.

    Me hubiera gustado verlos, aun ya ancianos, edad que me llevaban.

    Bueno, es todo por ahora, y ya platicaré, como fue la siguiente vez…

    Vic

    Ese día no fue lo que se dice un trío porque después de que yo termine, el se le subió y también le echo su semen adentro, sin lavarse, y eso me excito mas.

    Después ya en otras ocasiones si ya hicimos trío o se las dos a la vez uno penetrándola otro por la boca… Y él me dijo que ella había ya aceptado ya venir ya sabiendo a que iba pero que no quería conocer a otro que solo yo con ellos dos.

    Desde eso me excita, el penetrar a una mujer con el semen de otro, pero ya no hay oportunidad mas ahora que ya se hace con preservativo, no como antes que era si el porque no había tantas cosa como ahora.

  • Desatando a la puta

    Desatando a la puta

    Esto sucedió hace unos meses. Fue al principio de registrarme en este foro. Después de comentar varios post recibí un correo privado de un «cornudo». El tipo decía tener una fantasía no cumplida. Era un consentidor potencial deseando serlo realmente pero no sabía cómo proponérselo a su mujer. Al parecer, años atrás, ella le había sido infiel con un compañero de trabajo. La pareja estuvo a punto de romperse pero él quedó extrañamente marcado. Me hablaba que cuando superó el impacto inicial la situación de saberse cornudo le excitaba. La cuestión es que fantaseaba con presenciar a su mujer follando con otro tío. A ser posible desconocido.

    Después de muchos correos el tipo se iba armando de valor. Una noche se folló a la mujer y en pleno éxtasis se confesó. Parece ser que el orgasmo de ambos fue brutal. Pero el post coito fue algo incómodo. Sin llegar a discutir parece que la relación se tensó. Sobre todo por parte de ella. El tipo me escribió para despedirse y contarme que todo aquello había sido una mala idea y que su mujer se lo había tomado demasiado mal.

    Dos semanas después el tipo me volvió a escribir. Resulta que la mujer había hablado con él sobre la propuesta. Se la había reconsiderado. Al parecer estaba dispuesta a cumplir la fantasía de su cornudo marido. Él le mintió diciéndole que se pondría a buscar a algún tío por la red para que ella le diera el visto bueno. Lo que hizo fue recuperar el contacto conmigo y me pidió fotos para convencer a la mujer. También me envió de ella.

    Ninguno de los dos estábamos mal. Yo a mis 48 me mantenía en forma, alto, no soy feo y mi polla tampoco está mal. Ella no era una belleza racial ni tenía un cuerpo de tipo modelo pero era una mujer atractiva de 40 años. Algo rellenita y con mucho morbo. Ojos claros, piel blanca, buen culo y buenas tetas.

    Después de varios intentos acordamos vernos en su ciudad un viernes noche. Vivían en un pequeño pueblo rural a las afueras de una capital castellana con catedral y barrio no apto para asmáticos. Llegue en mi coche y me aloje en un céntrico hotel aunque si la cosa iba bien dormiría en casa de mis anfitriones.

    Cinco minutos más tarde de lo acordado apareció, por una conocida plaza de la ciudad, la pareja. La verdad es que nos gustamos mucho más en persona que en fotografías. Yo con vaqueros y camisa. Ella con un elegante vestido que realzaba su maravilloso busto y disimulaba sutilmente sus kilitos demás. Era una mujer elegante, atractiva y a estas alturas (sabiendo a lo que había accedido) muy, muy morbosa. Su marido llegaba directamente al matadero. Pese a ser un tipo atractivo, la situación que estaba a punto de vivir le convertía en una víctima de su propia fantasía.

    Estuvimos de bar en bar tomando pinchos y cervezas. Una vez roto el hielo inicial la conversación fluyó con facilidad. Conectamos bien, nos reímos, nos divertimos y hubo química entre los 3. Después continuamos en un bar de copas donde ella y yo bailamos y comenzamos a caldear el ambiente. Al ritmo de música noventera nos fuimos rozando de manera morbosa ante la mirada del marido que empezaba a sentirse tan excitado como preocupado. Ella me dio la espalda y rozó su culo descaradente por mi paquete mientras recogía su melena con las manos sobre la cabeza. Destilaba sensualidad por segundos. No pude evitar besarla en el cuello mientras su marido nos miraba. La agarré por las caderas y le hice saber que mi polla estaba encantada de conocerla.

    Después de 3 copas la tensión sexual era incontenible. Decidimos salir del local en busca del coche. Por el camino, ella y yo íbamos agarrados por la cintura dándonos picos mientras su marido caminaba unos metros detrás de nosotros. Al cruzar una esquina nos dimos de frente con un portal de un edificio señorial abierto. Fue ella quién se le ocurrió que aquel era un buen lugar para desfogarnos. Tiró de mí hacia dentro. Su marido nos siguió en silencio. Refugiados tras la puerta comenzamos a besarnos desesperadamente. Me abalancé sobre las tetas de la mujer para comérselas. Le saqué una y pude apreciar el precioso pezón rosado que tenía. El marido encendió la luz del móvil para no perder detalles. Ella gemía sintiendo como mis labios succionaban su pezón.

    De repente me detuvo y se arrodilló ante mí:

    -Quiero comerte la polla delante de mi marido.

    Supongo que al oír eso el pobre cornudo se estremeció. Yo me deje hacer y ella, con habilidad, logro desabrocharle el pantalón y liberar mi polla. El marido alumbró con la linterna del móvil y se recreó en el momento en que su mujer engullía mi rabo. Gordo y caliente, se lo introdujo entero en la boca hasta la campanilla. Yo gemí de gusto cuando la lengua de la mujer comenzó a jugar con mi polla. La agarré por la cabeza y empecé a follármela lentamente. El marido se sacó la polla para pajearse.

    Ella me paró. Se recogió la melena en una cola y miro al marido:

    -¿Esto es lo que querías, no? Ver a la puta de tu mujer hacerte un cornudo. Pues está noche te vas a hartar.

    El marido no hablaba solo se pajeaba.

    -Calla y sigue mamando, puta.

    Le ordené sabiendo que era yo el que mandaba. Ella me sonrió y se la tragó entera. Comenzó a salivar. Sus babas caían por la comisura de los labios hasta sus tetas y mis cojones. Paro para tomar aire:

    -¿Te gusta, cabrón? ¿Te gusta cómo te la chupa una verdadera puta?

    -Joder, que guarra es tu mujer, cornudo. -dije mirando al pobre diablo que se machaca a la polla junto a nosotros.

    -Pégame, cabrón. Trátame como merezco.

    La miré mordiéndome el labio inferior y le crucé la cara ante la mirada de asombro de su marido. El sonido quedó suspendido en el aire antes de que la mujer se lanzara como una loca a devorar mí polla. El ruido líquido de sus babas cuando mi polla chapoteaba entrando y saliendo de su boca sirvió de preludio para que el cornudo se terminará la paja. El tipo me separó y se corrió sobre la cara de su mujer:

    -Toma pedazo de puta.

    Ella recibió los chorros de lefa de su marido con gusto. La imagen hizo que me corriera también, así que apuntando a la cara le llene los labios y el mentón de lefa. La mujer recogió los restos de semen de ambos y los llevó a su boca. Se los tragó como una buena guarra. El marido le tendió un cleenex para que terminara de limpiarse. Después salimos del portal y nos dirigimos al coche. Ella se sentó detrás mientras su marido conducía y yo iba de copiloto. Entre bromas sexuales y propuestas para la noche recorrimos los 10 minutos hasta su casa.

    El matrimonio era padre de 2 hijos que esa noche la pasaban en casa del abuelo materno. El padre de la mujer vivía en la casa de al lado. Cuando llegamos a las 3 de la madrugada no había movimiento en la casa del abuelo con lo que todos dormían. La posibilidad de ser oídos durante la sesión de sexo era reducida.

    Entramos en la casa del matrimonio riendo. El marido nos preparó unas copas, momento que aprovechamos su mujer y yo para comenzar a besarnos y desnudarnos. Cuando volvió el cornudo nos encontró sin ropas y excitados. No bebimos las copas y subimos directamente al dormitorio. El marido nos siguió.

    Nada más entrar nos tiramos en la cama de matrimonio y comenzamos a comernos. A recorrer nuestros cuerpos como dos adolescentes. Nos llamamos, nos mordíamos, nos arañábamos. Gemíamos, suspirábamos. El marido no podía creer lo que veía. Su mujer se comporta a como una puta desatada deseosa de sexo. Algo que no sucedía con él. En un momento ella se colocó sobre mí. Me agarró la polla y la dirigió a la raja de su coño. Lentamente se dejó caer. Si entiendo como mi rabo iba ganando centímetro a centímetro espacio en su vagina. De repente dio una sentada fuerte y se la encajo completamente. Un grito nos hizo saber que le había llegado muy dentro.

    Echo la cabeza hacia atrás y apoyando las manos sobre mi cuerpo comenzó una lenta cabalgada. Su movimiento de cadera era excelente. Aprieta a la musculatura de su vagina atrapando mi polla en su interior sin dejar de cabalgar. Me estaba llevando al orgasmo cuando decidí tomar las riendas.

    Agarrándola por la espalda gire sobre ella sin sacarle la polla de dentro. Ahora quedaba ella boca arriba con las piernas abiertas y yo en medio. Comencé entonces un movimiento de cadera, percutiendo cada vez más fuerte contra su coño. Arrancando gemidos y gritos de la mujer. Ella me agarró y clavó sus uñas en mi espalda cuando sintió que llegaba al orgasmo:

    -Así, joder. Dame fuerte cabrón. Mira cornudo la follada que me está pegando

    El marido no pudo evitar volver a correrse con otra paja ante la escena de cuernos consentido que él mismo había provocado. Yo anuncié que me correría y lo hice dentro del coño de aquella puta infiel. Durante unos segundos quedamos abrazados en silencio. Yo notaba los movimientos espasmódicos de la vagina terminando de ordeñar mi polla. Por fin salí del interior de la mujer y quedé tumbado en la cama. Ella se levantó y fue al baño.

    La situación era un tanto embarazosa en el dormitorio. El marido sentado en una silla con la polla fuera. Yo desnudo, tumbado en su cama después de haberme follado a su mujer. Por fin volvió ella. Ignorando al marido por completo paseo su desnudez por la habitación hasta coger un cigarro. Lo encendió y se sentó junto a mi en la cama. Sin mirar si quiera a su marido comenzó una conversación conmigo compartiendo el cigarro.

    Una vez lo terminamos ella se apoyó sobre mi cuerpo y comenzó a acariciarme. Yo le correspondía. Nos comenzamos a calentar de nuevo. Mi polla reaccionaba a la mano de la mujer. Una vez consiguió que mi polla creciera se inclinó para lamerla. A estas alturas el marido estaba superado por la situación. No sabía muy bien cómo actuar. Hacía tiempo que no le hacía gracia que esto siguiera adelante pero después de haberle sentido a la mujer había perdido autoridad para frenar todo.

    La mujer comenzó a chuparme la polla mientras yo le acariciaba las nalgas. Llevaba mis manos desde su culo hasta la raja del coño. Con los dedos abría sus labios vaginales para comprobar cómo se humedecían. Chapoteaba con ellos en el coño de la mujer antes de llevarlos a su ano y, con movimientos circulares, empezar a dilatártelo. Ella suspiraba sin un ápice de oposición lo que me dio a entender que esa noche la encularía delante de su marido. En el dormitorio los únicos sonidos eran los suspiros del marido, mis gemidos con la mamada y los líquidos que producía mi polla entrando en la boca de la mujer.

    Ella se la mantuvo unos segundos dentro hasta el borde de la arcada antes de detenerse. Se colocó a cuatro patas frente a su marido:

    -¿Querías ver lo puta que es tu mujer? ¿Te ponía saber hasta donde era capaz de llegar con otro tío? ¿Te excitaba saber todo lo que me hizo el compañero de trabajo con el que me lie hace tanto tiempo? Pues ahora lo vas a saber cornudo. Vas a saber cómo se comporta tu mujer en manos de un verdadero tío.

    El hombre no sabía ni que decir. Yo me coloque justo detrás de ella y comencé a masturbarla.

    -Dame por culo, cabrón. Muéstrale al cornudo de mi marido como hay que tratar a una puta como yo. Reviéntame el culo. Méteme la polla hasta que me partas en dos.

    Mirando al cornudo del marido azote las nalgas de la puta infiel. Luego le metí los dedos en el coño antes de llevarlos a su ano. Ella se quejaba pero seguía a 4 patas delante de mi. Únete el culo de la zorra con un gel viscoso que previamente había cogido de la mesita de noche y sin demasiado esfuerzo la enculen. Le di un puntazo fuerte agarrado a sus caderas que la hizo aullar de dolor. El cornudo no dejaba de mirarnos con la polla tiesa. Otro puntazo y el cuerpo de la mujer cayó desvanecido sobre el colchón. Sólo se mantenía con las rodillas lo que hacía que su culo quedase más a mi merced. Me incorporé sobre su grupa y comencé una follada frenética. La mujer comenzó a gritar y gemir, pidiendo más. Yo obedecí haciendo que mi polla llegará lo más adentro posible. La estaba destrozando.

    Nuestros cuerpos comenzaron a sudar. Yo aceleré hasta el punto de empujarla contra el colchón. La mujer quedó boca abajo y yo sobre ella, apoyando una mano contra su nuca de manera que quedaba inmovilizada. El sonido de mi pelvis contra sus nalgas se intercalaban con los gemidos de placer de ella y los suspiros del marido que, a estas alturas, se masturbaba a pocos centímetros de la cara de su mujer.

    Él fue el primero en llegar. Un grito casi anal y varios chorros de lefa impactaron contra la cara de la mujer. Alguno cayó en su boca. Yo tensé la musculatura cuando con un bufido comencé a rellenar sus intestinos de leche caliente. Ella se retorcía dándose placer con los dedos mientras mi polla no dejaba de percutir en su dilatado ano. Alcanzó un fantástico orgasmo regada y rellena de leche de su marido y un desconocido.

    Caímos rendidos y dormidos. Recuerdo salir de la casa de la pareja cerca del amanecer mientras ellos dormían. Salí andando hasta una gasolinera a las afueras del pueblo donde me avisaron un taxi que me llevo hasta mi hotel. Nunca más hemos vuelto a tener contacto. Espero que estén leyendo esto y se pongan en contacto por privado.