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  • La demostradora del súper

    La demostradora del súper

    A ella la conocí en el trabajo, era edecán de una marca cosmética. No charlamos mucho pero si lo suficiente, donde ella estaba quedaba cerca de donde yo trabajaba así que fue algo que nos acercó. Comenzamos una pequeña relación después de un concierto y me gusto. No era la típica chica delgada pero tampoco era obesa. Complexión media y velludita con el padecimiento de verse por mucho más chica de la edad que tiene. Saliendo del concierto la lleve a su casa y en el auto comenzamos a besarnos. Me encantaba su manera de besar y más la manera en la que me miraba cuando lo hacía. Comencé a excitarme y puse su mano sobre mi pene mientras metí mi mano en su sostén. Sus pechos eran pequeños, levante su blusa y comencé a chuparlos. Quería que me mamara el pene pero no quería verme tan urgido en la primera cita. Así que comencé a tocar tu vagina. Las cosas se estaban poniendo muy calientes así que decidimos parar.

    Continuamos la conversación y al llegar a casa me metí a masturbarme pensando en esos pechos pequeños y esos dulces besaos. Días después quedamos de vernos para concluir el encuentro, pasó por mi y fuimos a un hotel sobre Tlalpan, cervezas y condones incluidos en la parada antes de entrar al hotel y al llegar subimos donde la habitación. Dejamos nuestras cosas y la abrace, comencé a besarla, nuevamente y al instante mi pene ya estaba listo para la acción, fui despojándola de su ropa y mientras ella se quitaba lo más difícil yo me desnudé nuestros cuerpos por fin desnudos se rozaban, la recosté sobre la cama mientras seguía besándola. Poco a poco mis besos bajaban por sus pechos mientras ponía su mano en mi pene para que lo acariciara. Ella comenzaba a masturbarlo mientras yo la besaba. Me puse en posición de misionero y puse mi pene en su vagina y lo froté contra ella. Estaba húmedo y ella excitada. Metí el glande y volví a su boca para seguir besándola mientras metía solo el glande y un poco más el pene hasta que metí súbitamente el pene hasta el fondo. Ella gimió y apretó mi nalga y comencé a cogerla, comencé despacio mientras la besaba y mordía sus pechos mientras gemía. Comencé a cogérmela más y más duro. Mientras ella gemía y me abrazaba como intentando arañarme. Una y otra vez más duro hasta incorporarme y ya no estar encima de ella sino de frente y dándole duro y tan continuo que sentí como se vino un par de veces. Después la puse de lado con las piernas recogidas y de nuevo dentro de ella. Seguí con el mismo ritmo hasta que sentí claramente como desde dentro se vino y gritó entre las almohadas

    Ahhh! Sigue así!

    Intente aguantar el ritmo pero estaba a punto de venirme así que me salí.

    -Te viniste dentro?

    No! Fue mi respuesta, de hecho aún no me vengo.

    Había un sillón de esos raros y le dije no se como usar uno de esos.

    Me paso al sillón y me senté después ella encima y como una loca comenzó a cogerme. Lo hacía tan duro y tan vigoroso que simplemente la dejé y me enfoqué en sus pechos pequeños. Jugaba con mi lengua en sus pezones mientras los mordía. Sentí como de nuevo se vino una y después otra vez. Yo ya comenzaba a sudar y ella me decía

    -Qué no te vienes?

    Yo quiero que tú disfrutes y termines las veces que sea necesario para ti!

    -Me encantas ahhh ahh ahh

    Mientras me cogia y se venía.

    Pasamos de nuevo a la cama y la voltee, su trasero no era ni grande ni pequeño pero si un poco peludo, le abrí las piernas y metí mi pené mientras ella estaba boca abajo y comencé a cogermela sentí como vibraban sus piernas mientras gemía y gritaba entre las almohadas y apretaba las sábanas. Nuevamente sentí como estaba a punto de venirse y quería venirme con ella pero termino primero que yo.

    Tomo un pequeño descanso y me dijo:

    -Que quieres que te haga

    Así que tome su rostro. La bese y baje su rostro hasta mi pene. Entendió lo que quería y comenzó a hacerme un delicioso oral, sentía sus dientes y su lengua por todo mi pene. Mientras yo metía todo el pene hasta el fondo de su garganta y comenzaba a ahogarse. Deje de hacerlo mientras ella lo chupaba suavemente. Así jamás iba a venirme así que la puse encima de mi y me la cogi de nuevo mientras ella hacía lo mismo, me gustaba la manera en la que me cogia entre ruda y dispuesta a hacer que me viniera. Llevábamos ya un par de horas cogiendo así que estaba cansada y yo ya exhausto y muy sudado así que decidí venirme esta vez pero mientras lo pensaba ella se estaba viniendo. Decidimos parar porque ya se había cansado.

    Tomamos una cerveza y nos metimos a bañar estaba impresionada porque mi pene seguía erecto y con ganas de seguir cogiendola. Ya en el baño nos seguíamos besando y acariciando la cogi un poco pero era incómodo por lo chaparrita que es. Así que comencé a masturbarme!

    -Que quieres que haga?

    Pregunto! Yo solo comencé a besarla y a besar sus pechos mientras decía voy a venirme en tu boca. Yo te digo cuando esté listo y me mamas el pene para venirme dentro. La masturbaba mientras me masturbaba yo también y al punto de sentir que ya iba a venirme le dije ahora si! Chupa, chupa!

    Ella se hincó y comenzó a chuparme el pene, el semen estaba ya a tope y no aguante más y lo deje salir. Ella chupó un par de veces pero fue más de lo que ella pudo soportar y comenzó a escupirlo mientras me masturbaba. El semen salía disparado por doquier saliendo de su boca y el resto disparado a su rostro! Quite su mano y seguí masturbando para terminar pues se siente horrible no poder terminar bien. Después de que se re recuperó me ofreció una disculpa y comenzó a mamar mi pene mientras el semen se escurría en su pequeño pecho izquierdo y por todo su cuerpo. Mientras me hacía el oral y mamaba esperando sacar más de mi semen yo me reía.

    No te preocupes mi niña! Es normal con tanto que salió, pero piensa que fueron horas guardando tanto. La levante, la bese y limpie el semen. Terminamos de bañarnos para salir a vestirnos. Desde ese día se apena cuando hablamos de ese momento y esperamos pronto volver a vernos para en la siguiente ocasión venirme pero dentro de ella y llenarla no solo de amor sino de leche.

  • Mi primera hora después de ser un sumiso cornudo

    Mi primera hora después de ser un sumiso cornudo

    Hola. Soy pedro1974madrid, sumiso de DominAma, y siguiendo sus indicaciones, escribiré este relato en su perfil.

    Este relato es la continuación del relato escrito por mi Dueña DominAma, en el que explica cómo me humilló usando y disfrutando de un invitado que vino a nuestra casa.

    Puedes encontrar el relato en el perfil de DominAma, o si prefieres dejo el link al final de este relato.

    En esta ocasión, me pidió que relatara cómo me sentí desde el momento en el que nuestro invitado se marchó de casa, dejándonos a los dos solos de nuevo.

    Allá va, espero que os guste:

    Acaba de marcharse nuestro invitado. Le he acompañado a la puerta y le he despedido con poco entusiasmo. Estoy feliz por estar de nuevo a solas con mi Dueña. Los dos solos y sin tener que estar pendiente de nada ni de nadie que no sea Ella. Al cerrar la puerta, apoyo mi cabeza contra ella y siento que mi culo todavía me duele. También noto la humedad del lubricante que usó ese sumiso para follarme el culo por última vez cayendo por mi entrepierna. Aprieto la mandíbula.

    Con pausa, retiro la máscara de látex que cubrió mi cara de ese extraño con quién finalmente mi Ama estuvo disfrutando después de hablar con él durante casi dos semanas vía Skype. Tengo el pelo alborotado y cierta sensación de sudor por toda la cara. Me noto exhausto. Pero seguramente sea un cansancio psicológico más que físico.

    Noto que todo me cuesta, y dejo la máscara al lado de la mesa sobre la que mi Ama acaba de sodomizar a nuestro invitado, para luego follárselo en el sofá. Cada rincón del salón está “infectado” por los recuerdos de mi Ama disfrutando con otro hombre, y siento un calor intenso que me sube desde el estómago hasta la garganta recordando cómo se lo follaba mientras me obligaba a tener mi lengua a escasos centímetros de su polla, mientras ella subía y bajaba disfrutando de cada centímetro, hasta correrse en mi cara mientras él se corría dentro de Ella a la vez.

    Ella me está mirando, todavía desnuda sentada en el sofá y me dice que me acerque hacia allí. Arrastro los pies. De pronto, me siento cansado y humillado. Pero es una humillación más profunda, desprendida de cualquier atisbo de excitación. Me había advertido que iba a excitarme y disfrutar, pero que también lo pasaría mal… y efectivamente estaba sintiendo que mil imágenes se agolpaban en mi cabeza. Y estaba doliendo por dentro. Esas cosas no pueden esconderse, aunque Ella sabe que intento evitar aquellas cosas que me duelen, fruto de mi desmesurado optimismo por ver el vaso medio lleno. Pero nota mis ojos a medio gas y me dice:

    “Siéntate aquí, preciosa. ¿Qué tal estás?”

    Sorprendentemente no me dijo que me sentara en el suelo, y pone una mano en el sofá, indicándome que me siente junto a Ella… La miré con cara triste y me senté a su lado y la abracé fuerte. Estuve un rato sin hablar, mientras Ella me decía dulcemente que había estado muy bien. Que estaba orgullosa de mí. Que sabía que era una puta obediente y que le había gustado humillarme usando a otro sumiso… pero necesitaba saber que me encontraba bien.

    Mientras me acariciaba el pelo y los hombros con sus manos, me hablaba despacio y con mucha dulzura y me dijo:

    “Pedro, te quiero mucho… ¿lo sabes, verdad?. Necesito que estés bien y saber que puedes afrontar estas situaciones. Yo deseo usar a otros para humillarte y disfrutar yo, pero no lo haré si siento que eso te va a romper a ti. Porque a quien quiero es a ti, y no voy a perderte por estos juegos de humillación. ¿Lo tienes, claro, verdad mi amor?”

    Yo sigo abrazado a Ella, con mi cabeza entre las piernas y los ojos húmedos. Lo he pasado mal, y ahora que recuerdo cómo disfrutaba de otro hombre, siento que un calor intenso me recorre todo el cuerpo. Y quema. Ella lo sabe y por eso ha decidido que me siente a su lado y cuidarme.

    Por fin me decido a hablar, y con los ojos cerrados, le digo:

    “Es difícil, mi niña. Mientras estaba pasando, estaba sufriendo, pero tu placer se anteponía a mi sufrimiento o a mi humillación. Disfrutaba viendo cómo te corrías y disfrutabas del invitado aunque me doliera. No estoy acostumbrado, cariño… siempre he sido el juguete, y me plantaba donde me requerían sin otra vinculación psicológica que la del disfrute del momento. Ahora es diferente. A ti te quiero mi vida. Soy tu sumiso, tu puta, tu amigo, tu amante… tu todo… y sentir cómo durante un rato es otro quien te hace disfrutar, duele”

    Me interrumpes y con voz algo más firme, me dices:

    “Pedro. Es un proceso. Eres un kamikaze y llevo tiempo diciéndote que si no estás preparado, te va a doler. Soy consciente de las ganas que tienes de complacerme, y también de lo que sientes ahora, pero eres el mejor sumiso del que he disfrutado jamás, y tus ansias de superación son mayores que el dolor que ahora te inunda. Sé perfectamente que podrás con ello. Sé que dentro de unas semanas serás tú quién me pida que vuelva a usar a otro juguete para volver a humillarte. Pero es un proceso. Nadie nace aprendido, así que necesito que seas muy sincero conmigo, porque no voy a arriesgar perderte por el morbo de usar a otro hombre junto a ti”

    Suspiro y me incorporo. Giro mi cabeza hacia ti, y con ternura te doy un beso en los labios. Esos labios que son mi refugio. Esos labios que nadie besará jamás. Cierro los ojos y me pierdo en ellos… pero cuando me quiero dar cuenta, ambos estamos encendiéndonos, besándonos apasionadamente. Mis manos recorren tu cuerpo. El mismo cuerpo que otro hombre acaba de disfrutar, pero me siento especial. Yo te quiero. Tú me quieres. Y eso me hace especial y distinto a cualquiera que pueda disfrutarte un rato. Somos tú y yo. Juntos. Para siempre. De pronto me separas la cara y mirándome, con esos hipnotizantes ojos verdes me dices:

    -”Te quiero a ti, cariño. A nadie más que a ti. Tenlo claro por favor. Te necesito”

    Y diciéndome eso te levantas del sofá y te sientas sobre mis piernas… frotando tu delicioso coño contra mi pollita, que empieza a estar dura y mojada para ti. Seguimos besándonos, mis manos no paran de recorrerte, como queriendo recuperar un terreno que, acaso hace unos instantes, creí perdido. Y de pronto, incorporas un poco tus caderas y con tus manos agarras mi polla para dejarme entrar en ti. Ese placer que tantas veces nos hemos dedicado, pero que por un segundo se me antoja solo mío, y disfruto cuando aprietas mi polla con tu coño, como haces cada vez que follamos. Mientras nos movemos acompasadamente te acercas a mí y me besas diciéndome:

    ”Vamos mi amor. Fóllame. Soy tuya y nunca seré de nadie más. Aunque otros me follen también. Aunque le rompa el culo a otras personas, aunque me corra con ellos y ellos se corran para mí, soy entera para ti, preciosa… tenlo claro, así que esmérate… que quiero correrme sobre ti”

    Después de corrernos los dos a la vez, me cogiste de la mano y me llevaste a la ducha.

    “Ven cariño. Estoy muy orgullosa de ti, pero quiero que me bañes. Deseo sentir tus manos recorrer mi cuerpo. Enjabonarme. Enjuagarme. Aclararme, echarme cremas y vestirme para ti”

    Pienso que es una suerte ser propiedad de Ella. Entre las rutinas de mi día están despertarla cada mañana con sexo oral, bañarla, ayudarla a descalzarse y calzarse, y otras mil tareas que Ella establece para que no pueda dejar de sentir ni un segundo de mi vida que le pertenezco. Que soy de su propiedad. Que haré siempre lo que desee… y que Ella hará lo que quiera conmigo.

    Ducharla es una de mis labores favoritas. Su escaso 1,59 m rebosa sensualidad. Su cuerpo es una maravilla para verlo y para disfrutarlo… y disfruto mucho pasando mis manos por su cuerpo mientras distribuyo el jabón acariciando suavemente ese cuerpo que cualquier querría tener. Adoro lavarle el pelo, y ella disfruta mucho también del cuidado que pongo dejándola perfecta.

    Además, siento cierta necesidad de ducharme. Me siento una puta después de haber sido follado dos veces por su juguete, y quiero quitarme su olor de encima, así que nos metemos en la ducha y parece que el tiempo se para. Cierro los ojos mientras el agua cae sobre mi cabeza, pero de pronto siento que me agarras de la oreja, me acercas a tu boca y me dices:

    “A mis pies, puta… no vayas a olvidar cual es tu sitio”.

    Inmediatamente me arrodillo y lamo sus bonitos pies. Esos pies de la talla 37 con las uñas rojas, que son mi perdición. Los lamo como si me fuera la vida en ello, y de pronto, siento que el agua deja de salir de la ducha. Miro un poco hacia arriba y te veo sonreír mientras muerdes tu labio inferior. Conozco esa cara, estás excitada y tu perversa mente ha pensado algo. Sin dudarlo un segundo me giro y me coloco boca arriba.

    Ella se agacha sobre mí, poniendo su coño en mi boca. Lame bien, puta… y a mi orden, abre la boca. Voy a mearte, y espero que tengas sed, porque no permitiré que derrames ni una gota. Abro mi boca y ella comienza a mear en mi cara, y cuando ve que no puedo más, baja un poco hacia mi cintura para arrojar su líquido dorado por mi pecho, mi tripa y mi pequeña colita.

    Después, sales de la ducha y me dices. “Levántate, termina de ducharte y ven aquí a secarme el pelo, zorra.”

    Termino de ducharme con prisa y después de secarme, me coloco detrás de mi Dueña. Con la toalla del pelo, comienzo a secárselo despacio, y después lo hago con el secador. A Ella le encanta que le seque el pelo. Es una de mis muchas obligaciones diarias. Estoy desnudo detrás de ella, y de pronto, percibo que mira mi pequeña polla flácida a través del espejo y sonríe para decirme:

    “Tienes una polla ridícula, Pedro. Pero te quiero mucho preciosa”

    Miro hacia el suelo y le digo que me alegro que encuentre otras pollas de las que disfrutar. Entonces, después de girarte, me das una torta con fuerza y me repites lo que me has dicho muchas veces:

    “Pedro, me da igual lo grande o pequeña que la tengas. Eres mi perro, mi sumiso, mi amigo, mi TODO… métetelo en la cabeza. No uso a otros sumisos para follarme pollas más grandes que la tuya, sino para humillarte y que sepas que siempre podré hacer de ti lo que desee. No volveré a repetírtelo nunca más. La próxima vez que lo insinúes, entonces buscaré a un hombre muy dotado y me lo follaré durante horas mientras tú estás sentado sobre un plug y atado a una silla.”

    Agacho la cabeza y emito un imperceptible “Sí, Ama. Perdón. No volveré a repetirlo”. Entonces me miras fijamente y me besas en los labios. Es un beso que habla. Que me está diciendo un “te perdono”. Inmediatamente después, señalas tu ropa que está encima de la cama y me dices que te vista. Quieres estar cómoda en casa el resto del día. Sobre la mesa hay unos culotes de encaje negros, unas mallas que te quedan de muerte, una camiseta de Spiderman y una sudadera gris.

    Después de vestirte, señalas ropa que hay sobre una silla y me dices que me vista. Veo que hay unas medias negras, un tanga con encaje a juego con un sujetador también negro, una faldita corta y una camisa abierta a la espalda. También están mis tacones negros favoritos de talla 45. Cuando estoy terminando de vestirme, me dices que te prepare la cena y que cuando termine te la sirva en la terraza.

    Vuelvo a sentirme pleno. Haciendo que recuperemos nuestra rutinas has eliminado cualquier atisbo de tristeza de mi cabeza, y contoneando mis caderas encima de esos tacones de 11 cm me dirijo a la cocina para preparar tu cena con una media sonrisa en mi cara y la ilusión de poder cenar junto a ti disfrutando de horas de conversación.

    Pienso que soy afortunado por pertenecerte. Por ser tu sumiso. Y me siento fuerte y preparado para todo. Para ti. Enciendo la música en la cocina y me concentro en mis tareas domésticas, sabiendo que queda una bonita noche a tu lado y que mañana será otro día, y me levantaré habiendo crecido para ti. Y pienso que esa es mi única ilusión. Complacerte. Ser mejor sumiso cada día y que te sientas orgullosa de mí.

    Al llegar a la terraza, sirvo la comida y con una sonrisa de orgullo en mi alma, te digo:

    “Gracias Ama”

    *******************

    “Humillando a mi sumiso con un invitado”

  • El trueno

    El trueno

    —¿Se la tocaste? —le preguntó Andrea al oído a su amiga.

    —Un poco —respondió Belén muy bajito. En un susurro apenas inaudible.

    Las dos iban en el asiento de atrás de la camioneta, muy juntas, como si fueran una. Eran las tres de la mañana y en Buenos Aires llovía. Manejaba el padre de Andrea que estaba entretenido con su mujer en una charla sobre la fiesta de su ascenso en la empresa. Habían salido del festejo unos minutos solo para recoger a su hija y su amiga a la salida del boliche. Avanzaron por la calle Paraguay y al llegar a la esquina de Vidt, doblaron. A unos treinta metros frenaron y las chicas bajaron de la mano para entrar a la casona.

    —En una hora volvemos —les dijo el padre de Andrea. Las vieron entrar a la casona y desde la ventana, Andrea les hizo la señal que todo estaba en orden.

    —Voy al baño y nos contamos todo. Usa el otro si querés —dijo Andrea y salió dando saltitos como conejos desde la habitación. Se desvistió y sintió la humedad en su concha. ¡Qué calentura! Pensó mientras orinaba y después se lavaba en el bidé. Se paró, se terminó de quitar la ropa y vio sus pezones como pitones frente al espejo. Se los rozó con un dedo y un relámpago la atravesó. Se lavó la cara y se enjuagó la boca antes de volver a su cuarto.

    En el otro baño, Belén se había quitado el pantalón y la blusa. Se sacó el corpiño y se puso una remera corta. También sentía la humedad en su vagina y se quitó la bombacha. Repitió el rito de lavado de su amiga, y antes de ir a la habitación, se pasó un dedo por los labios de su vagina. Ahogo un gemido y se tentó en tocarse más, pero se contuvo. Afuera, la lluvia ahora era un diluvio y el cielo se encendía con relámpagos que venían desde el rio.

    Las dos volvieron a la habitación como sincronizadas. Llevaban sus bombachas en la mano. Se rieron. Y las revolearon.

    —Somos unas asquerosas y unas putas —dijo Andrea, con una sonrisa pícara. Estaba desnuda y se había pasado por la piel una crema de leche. Dulce y floral.

    —Oleme —le dijo a su amiga. Belén como un animalito adiestrado se acercó y la olfateó en el cuello. Se volvió a contener.

    A sus dieciocho, Andrea y Belén eran amigas y compinches. Se lo contaban todo, hasta el detalle más mínimo. En realidad, era Andrea, la que provocaba aquellas tertulias intimas, que a Belén le costaban un poco al inicio hasta entrar en clima. Esa noche no iba a ser diferente. Estaban extasiadas y con toda la energía. La caldera de la casona daba a los ambientes una sensación de bienestar, que ponían a las dos adolescentes a salvo de cualquier frio, a pesar de la lluvia.

    Andrea buscó en uno de los cajones del placar dos bombachas, mientras Belén adoraba con su mirada el cuerpo de su amiga. La firmeza de esas tetas, más grandes que las suyas, casi perfectas, con dos pezones marrones erectos. ¿Cuántas veces había soñado con esas tetas? Con cualquier pretexto desde que se habían conocido, Belén buscaba esos pechos como dos médanos. Los buscaba con la vista o rozarlos, en aparentes juegos inocentes.

    —Se la toque por encima del pantalón. La tenía dura como una piedra. Podía imaginar el tronco y la cabeza de esa pija, mientras él me metía mano por todos lados como un pulpo. Me dejé acariciar las tetas y la concha. Estaba tan mojada que se me mojó el pantalón. Yo me había prendido a sus besos y no lo podía soltar ¡Como me hizo calentar! —dijo Belén mientras se calzaba tanga negra.

    Aquella noche, Andrea y Belén habían elegido los sillones de los reservados del boliche Quantum, para transar con dos chicos que iban a primer año de medicina. Los habían conocido la semana anterior, en una peña universitaria. Les parecieron guapos y se lanzaron a la aventura.

    —Yo casi se la chupo en la oscuridad. Me comió a besos y me desabrochó el pantalón. Lo quería parar, pero con poca resistencia —dijo con una carcajada Andrea —me toco las tetas y con los dedos me amasaba los pezones. Cuando me besó el cuello me volvió loca. Yo le desabroché el jean y metí la mano. Primero se la acaricié por encima del boxer, pero después se la agarré. Era como un hierro caliente. ¡Lo pienso y me mojo!

    Las dos estaban frente a frente. Belén seguía el relato de su amiga, pero no le sacaba los ojos de encima a las tetas. Andrea se dio cuenta y se acercó.

    —Si no llega mi viejo a buscarnos me lo hubiera cogido —dijo Andrea y se puso a centímetros de su amiga.

    Belén la miró fijo sin moverse. Las tetas de las dos estaban separadas por pocos centímetros.

    —¿Estás caliente? —le preguntó Andrea.

    Belén asintió con la cabeza.

    Andrea le tomó una mano. Enredó sus dedos en los de ella y después subió el brazo hasta la teta izquierda.

    —Tocamela. Sé que siempre te gustaron —le dijo.

    Belén le hizo caso. Se sentían chispeantes y muy femeninas. La acarició despacio y le pasó un dedo por el pezón.

    —Si fuera varón, te juro que te cogería —dijo Andrea al oído de Belén —. Tu culo me calienta. Su amiga no respondió.

    Después, sobrevino un beso. No un beso casto o breve. Andrea le comió la boca. Belén quiso resistir, pero tenía sus defensas sexuales bajas. Sintió como la lengua de su amiga se metía en la cavidad de la boca. Como se querían chupar las lenguas. Una mano de Andrea bajó hasta el elástico de la tanga de Belén. Unos centímetros más abajo, y no sabía cómo iba a responder su cuerpo. Andrea tenía a su amiga en el punto que quería: doblegada al deseo. Fue entonces que unos haces de luz iluminaron el barrio y se colaron por la hendija de la persiana. Después, sonó un trueno como una metralla que las hizo sobresaltar y despegarse. Las dos gritaron por el susto y el trepidar de los vidrios, hasta que el trueno se fue apagando.

    Belén saltó hacia la cama y se tapó. Más para escapar de las caricias de su amiga, que por el miedo a la tormenta. Andrea también se replegó. Se metió en la cama y se cubrió con una sábana. La única luz de la habitación era un velador, sobre la mesa de noche.

    —Mejor dormimos —dijo con vos de ruego Belén. Andrea estiró el brazo y apagó el velador. Las dos estaban acostadas de lado. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad cruzaron miradas. Belén vio que su amiga se había destapado. La mirada se le fue a las tetas.

    —Contame cómo la tenía —dijo Andrea.

    —Basta, ya te expliqué.

    —Quiero más detalles. ¿Era grande? —le preguntó y llevó una mano hacia su concha. Belén vio en la oscuridad, los movimientos sutiles de su amiga bajo la tanga. Nunca se había atrevido a tanto. Primero el beso. Después le había dicho que se la quería coger. Ahora se masturbaba. Era demasiado.

    —Si, la tenía grande y gorda —respondió Belén. Andrea aceleró los movimientos circulares sobre su clítoris, mientras con la otra mano estimulaba el universo del pezón.

    —¿No te vas a tocar? —preguntó Andrea.

    —No sé.

    —Si te morís de ganas.

    Belén se moría de ganas. No lo podía negar, pero jamás se había masturbado delante de nadie. Pero aquella noche, lo podía todo. Entrecerró los ojos e imaginó la dureza de aquel pene que tanto había frotado. Lo imaginó desnudo, con su piel rugosa, entre sus dedos. En especial, pensó en el glande. En la cabeza. La imaginó rozando los labios de su concha. Cuando abría los ojos veía a su amiga. Sus tetas y su mano mecanizada. La respiración de las dos se agitó. Ahogaban sus gemidos. A Belén le pareció escuchar el chapoteo de los dedos de su amiga en el interior de aquel mar, que debía inundar su concha. Ella deseó más. Resistió las ganas de cruzarse a la cama de Andrea. Ella la miraba como hechizada. La atraía. Los truenos ahora se alejaban, pero no cesaban. Los dedos de ellas tampoco tenían paz. Al mismo tiempo acabaron, en dos gemidos a coro, mientras un último trueno sacudió las ventanas. Después, Andrea de paró y dio dos pasos hasta la cama donde Belén respiraba agitada.

    —Voy a dormir con vos —le dijo y se quitó la tanga.

    —Estás loca, mirá si entra tu madre.

    —Ella nunca, pero nunca entra a mi pieza —dijo con seguridad Andrea.

    Belén se giró y quedó con su mirada clavada en la pared. Andrea le quitó la tanga.

    —Mejor las dos desnudas —le dijo al oído.

    Pegó sus tetas a la espalda de su amiga y su concha a la cola. La abrazó con fuerza. Belén en un movimiento inconsciente, arrimó su culo más al cuerpo de su amiga. El calor subía por la piel de ambas y así se durmieron.

  • La graduación de los hombres

    La graduación de los hombres

    Hola mi nombre es Fernando y esta historia es algo que me paso en la mejor etapa de mi vida ya hace unos años y en la que me libere sexualmente de una forma increíble, todo empezó desde 6 meses antes de nuestra graduación de universidad y se planeaba como seria además del costo tendría, y vaya que era un precio elevado, claro se elegiría la decoración, música, comida y todo lo demás por votación pero había un problema, realmente a los hombres no nos gustaba como seria la graduación, pero que se puede hacer cuando solo quedan cuatro hombres y 15 mujeres en el grupo, iluminación rosa, globos morados, canciones feministas y de reggaetón, un contraste muy extraño, pero los cuatro éramos buenos amigos desde hace bastantes semestres y acordamos simplemente no pagar la graduación y por ende no asistir, después de todo solo es un festejo, pero se nos ocurrió hacer nuestro propio festejo, para nosotros estar con una pizza y pasar un rato el la plaza era un festejo aceptable pero mi buen amigo Kevin nos convenció de hacer algo mas divertido y para recordar, entonces a Daniel se le ocurrió la idea de hacer un viaje a una playa, siendo una de las más cercanas Acapulco, una semana y entonces checamos fechas y encontró en poco tiempo un hotel que ofrecía una habitación para cuatro personas, claro con dos camas matrimoniales, pero con todo lo necesario y frente a la playa, por 750 pesos la noche, pero se tenia que reservar pronto porque si se reserva con bastante tiempo de anticipación menor precio, además iríamos en temporada baja a inicios de diciembre, por lo que vimos que si cooperábamos entre los cuatro salía muy barato a comparación de lo de graduación, así que por supuesto en menos de una semana la reservamos.

    Llego el día y para irnos el padre de Daniel nos prestó su camioneta para irnos y Daniel y yo conduciríamos turnándonos y Kevin y Alejandro de hablar y checar que vayamos por el camino correcto, fue un viaje de 10 horas pero llegamos muy bien, a tiempo para la reservación que estaba programado que nos la dieran a medio día y lo primero que hicimos fue ir al mar y tomar fotos para que nuestras familias supieran que ya estábamos ahí, ese día fue muy divertido, estar en la playa, ir a comer a un restaurante y en la noche pues ir a un bar donde no fue lo que esperábamos, tomamos unos tragos y fue algo aburrido pero pues que se espera el lugar no estaba en su mejor momento y menos en temporada baja, nos fuimos y estábamos en la habitación del hotel a las 11 pm, que hacemos, la verdad quería hacer otras cosas afuera pero había que planearlo mejor, así que empezamos a hablar de que haríamos mañana, luego de quien nos había gustado de grupo, que servicio profesional haríamos y al final de que nos arrepentíamos de no hacer, tal vez fue por el alcohol o de la confianza del momento o simplemente peso que era el momento pero realmente le agradezco a Alejandro por lo que dijo:

    – Yo la verdad, si soy honesto con ustedes de no tener un cogiamigo, de no haber mamado una verga, listo ya lo dije.

    Siguió un silencio corto hasta que Kevin dijo:

    – Al chile, a mí también me hubiera gustado coger con un vato, digo pues probar.

    Así que me sentí confiado de confesar, después de todo también me mataba la curiosidad:

    – La verdad me hubiera gustado tener un amigo para coger en las clases libres, ya ven que luego eran 4 horas.

    Finalmente, Daniel dijo:

    Pues me hubieras dicho a mí, ya vez que rentaba cuarto, de haber sabido esas horas libres se aprovechaban bien.

    Y así Kevin se levanta se comienza a quitar la ropa y sosteniendo su verga que lentamente se comienza a parar dice.

    – Alex si aun quieres aquí esta, o quien quiera, al fin y esto queda entre los cuatro.

    Así que Alex no lo duda, se arrodilla y su lengua lentamente toca la cabeza de la verga de Kevin y comienza a chuparla lentamente y se para cada vez mas hasta que queda totalmente erecta, una verga venosa y cabezona que cada vez Alex lleva mas profundo en su boca y a ambos los llena de placer, con las exclamaciones de Kevin, ¡Que putas rico!, ¡que rico la mamas!, y así Alex comenzó a desnudarse y mostrando que también la tenia bien parada, un poco mas chica pero bastante cabezona y siguió mamándosela y besándole la verga y los huevos.

    Mientras eso pasaba Daniel se me acerca y me dice:

    – ¿Qué paso? ¿No vamos a probar?

    Y se baja parte de su bermuda para dejar salir su verga, ya parada por lo que estaba viendo frente a él, y bueno, era irresistible ya, era obvio que se la iba a mamar, una verga muy grande, que parecía un hongo, al que podía lamerle perfectamente el contorno de la cabeza, mientras se la mamaba veía su vello púbico bastante abundante y volteaba a ver sus expresiones y lo que decía, ¡Es la mejor mamada de mi vida! ¡Debimos hacer esto mucho antes!, Eso solo me prendía más, estaba nervioso y super caliente al mismo tiempo, después de todo era la primera verga que mamaba e intente mamar mas profundo pero solo llegaba a la mitad, volteaba a un lado Alex mamaba con fuerza y Kevin solo en ese momento solo gemía del placer, así que deje de mamársela y le dije quítate todo, voy al baño rápido, me levante rápido y en el baño me quite toda la ropa y me vi a espejo, la tenia super parada también, recuerdo que me vi y dije, que rico, que rico, que rico, respire un poco me calme porque me temblaban las piernas, y salí completamente desnudo y ya me esperaba Daniel en la cama y mientras Kevin y Alex estaban sacando los condones de sus mochilas, claro pensábamos que tal vez conseguiríamos a algunas chicas, nunca imagine que terminaría cogiendo con mis amigos, o bueno eso pensaba yo.

    Daniel solo me dice.

    – Hoy hasta tarde. (mientras se menea la verga).

    Y obvio yo me subo a la cama gateo hasta tener su verga de frente y comienzo a chupársela mas fuerte, mientras tengo mi culo al aire, intenté hacerlo más profundo, pero casi vomitaba, la saque y aun con ojos llorosos por lo que hice me dice:

    – Creo que cabría mejor por otro lado, Vamos a hacer el 69 primero.

    Volteo y lo primero que veo es a Kevin metiéndole los dedos a Alex, mientras dice:

    – Haber si así cabe mejor.

    Al parecer se la intento meter pero no pudo, y estaban preparándolo mejor, mientras yo seguía mamando la verga de Daniel y viendo esos huevos grandes que tiene, pensaba que me iba a hacer lo mismo pero solo empiezo a sentir que me la jala un poco y después como entra un dedo poco a poco en mi culo, y la verdad se sintió muy bien, ahora dos y yo seguía mamándosela sin darme cuenta su verga había llegado más adentro y mi nariz toco sus huevos, ahí la saque y vi su verga toda babeada y como palpitaba, ya en ese punto me dice ya logre meter los 3 de cada mano, quieres ver si entra, los dedos me los estaba metiendo con un poco de crema que teníamos, después de todo no teníamos lubricante, y bueno solo lo voltee a ver me moví un poco agarre uno de los condones de la cama, levanto su verga, se lo pongo, le puse un como de crema y lo agarro para que empiece a entrar, y así su cabeza poco a poco comienza entrar, siento como lo aprieta y siento como que no entrara cuando de repente siento que entra la cabeza entera y lo demás se empieza a deslizar suavemente hasta que mis huevos comienzan a tocar su pubis llena de vello y solo comienzo a decir:

    – ¡Esta adentro, esta toda adentro!, no mames que puto rico.

    En ese momento solo pensaba en la enorme verga que estaba dentro de mi y comienzo a moverme para darle placer de arriba a abajo, solo escucho como mi culo contra sus muslos cuando llego de nuevo hasta abajo y mis huevos y mi pene rebotan al mismo ritmo, cuando me levanto para sacarla un poco para seguir montándola siento el contorno de la verga en mi culo y cuando la cabeza esta a punto de salir, mi culo succiona la verga de nuevo sabiendo que quiero más.

    Mientras estaba ocupado con eso Kevin tenia a Alex de perrito, solo veía como su verga se movía al mismo ritmo de que las embestidas que le daba, a veces le levantaba la pierna y se veía perfectamente como mientras Kevin se la metía le acariciaba los huevos y la verga, después de un rato cambiaron de posición acostando a Alex en la cama y levantándolo un poco para que su culo quedara al aire y metérsela más fácil, se veía tan rico como entraba y salía de ese culo y a un buen ritmo, la habitación ya solo olía a hombre, a mucho sudor y verga.

    Mientras tanto yo ya me estaba cansando de montar a Daniel y el solo se levanta un poco y me agarra de las nalgas para voltearme hacia la cama sin sacarme la verga, ahora estaba acostado en ella y abierto de pies listo para continuar y mientras continúa metiéndome la verga me dice:

    – No mames cabrón hubiéramos hecho esto desde hace un buen, habríamos cogido un chingo.

    – Yo que iba a saber que me gustaba la verga, es la primera que pruebo.

    – Ya vi que te encanta.

    – Cállate pendejo y métemela bien.

    Al voltear veo como Kevin le saca la verga a Alex, se quita el condón y se la comienza a jalar rápido mientras Alex solo ve cansado, y de repente solo comienza a salir un montón de leche de su verga que tira en el vientre de Alex y con gemidos de placer Kevin cae rendido al lado de Alex quien solo pasa su dedo por su vientre y prueba un poco de esa lechita que quedo ahí.

    Después de ver tan excitante momento comienzo a sentir como comienzo a venirme yo sobre mi vientre, me había venido sin jalármela solo con el placer de una verga en mi culo, al poco rato Daniel me dice que la leche para mi ya va a salir a lo que yo solo le digo: tu sigue hasta que no puedas más, dicho esto, siguió hasta que pude sentir como se hacia durísimo dentro de mí y sentía como disparaba cada chorro dentro del condón, terminamos exhaustos, solo se levantó y tiro el condón y volvió a la cama a dormir, ahora ya éramos todos algo mejor que unos simples amigos.

    Después de esto uno pensaría que seria la locura de una noche de sexo, pero la realidad fue otra, al despertar, obviamente desnudos, nadie se molesto en vestirse y estábamos de acuerdo en algo, anoche tuvimos el mejor sexo de nuestras vidas y comenzamos a planear lo que haríamos el resto de las noches, sin saber muy bien que la última noche la mejor de nuestras vidas.

    Hola, esta es la primera parte, seis noches no se cuentan fácil y solo conté lo que paso en una, esta fue la mejor experiencia que tuve en mi vida así que obvio será la única que contare, compartirlo para mi es una buena manera de preservar el recuerdo de unos amigos que ya casi no veo aunque aun nos comunicamos.

  • La morena con cola de caballo (Parte 2)

    La morena con cola de caballo (Parte 2)

    Era un sueño hecho realidad, ella con una mano se abría las nalgas y con otra se estaba masturbando. Estuvimos así por unos minutos, un mete y saca que nos llevó a acabar al mismo tiempo, mi semen en su culo y ella en sus manos y mi sofá.

    Me agaché, le lamí el ano y luego le mamé la verga para sentir el sabor de su leche. Era una sensación perfecta, ahora yo quería que ella me hiciera suyo.

    Luego de ese intenso orgasmo, nos acostamos en el piso de la sala de mi departamento. El sudor después de la cogida hacía que su piel estuviera más radiante, casi que podía contar los poros de sus pezones de lo erizados que los tenía y su vientre subía y bajaba agitadamente.

    Comencé a acariciar su rostro y al pasar mi mano por su boca, atrapó dos de mis dedos para mamarlos, primero pasando su lengua suavemente y luego chuparlos como si se le fuera la vida en ello. Eso hizo que me excitara nuevamente, así que mientras ella mamaba mis dedos, atrapé una de sus tetas para comérmelas, luego bajé por su vientre, su ombligo y sin darme cuenta, ya estábamos en un delicioso 69.

    Atrapó mi verga con su boca y yo la imité. Sentía como su lengua recorría el ojo de mi glande, eso me generaba electricidad por todo mi cuerpo y en especial cosquillas que recorrían toda mi verga hasta la entrada del culo. Ella al parecer lo notó, porque mientras tenía toda mi verga en su boca, sus dedos iban acariciando entre las bolas y la entrada de mi trasero, hasta que con su dedo índice comenzó a hacer círculos alrededor.

    Mientras tanto, yo me comía toda su polla sintiendo que llegaba hasta el fondo de mi garganta, luego bajé con mi lengua y comencé a comerle el culo. Confieso que si hubiera llegado alguien más con un juguete o una polla, habría pedido que me cogieran allí mismo.

    Ella pareció adivinar mi pensamiento porque metió primero el índice, sin pedir permiso, sentí cómo abría mi culo. No puse resistencia y volví a mamar su verga, su dedo hasta el fondo de mi culo y su polla hasta mi garganta. Luego metió dos dedos, tres, haciendo círculos y lamiendo el tronco de mi pene. En ese momento me preguntó: ¿Estás listo?

    Tomando aire solo alcancé a decir: Cógeme por favor, ábreme el culo. Es lo que más he querido desde que tuve tu polla frente a mi cara.

    Me tomó de la mano, me acostó boca arriba en el sofá y sentí cómo colocaba su verga en la entrada de mi culo. – Muéstrame el culo, mi putico- haciéndole caso abrí con mis dos manos mis nalgas mientras iba sintiendo como su glande me penetraba. Era una sensación deliciosa, comencé a gemir mientras ella comenzaba a masturbarme.

    Quería más, así que mientras la tomaba por las nalgas con mis dos manos, la atraje hacia mí mientras le pedía jadeando: – Rómpeme el culo, mi amor- y así tuve toda su verga dentro de mí. Sentía un poco de dolor pero también el roce de ese pedazo de carne en mi próstata era delicioso.

    La atrapé con mis piernas para dirigir la cogida, movía mi cintura mientras ambos masturbábamos mi polla. Sentí mi culo latir, primero un placer que inundó todas mis nalgas y luego tres, cuatro chorros de leche fueron a dar a mi vientre. }

    Yo gemía mientras ella seguía cogiéndome, era una sensación indescriptible y de nuevo, imaginé que si hubiera tenido otra polla o un juguete cerca, lo habría metido en mi boca para sentirme completamente lleno.

    Dejé que se saliera de mi culo y la senté en el piso. Luego yo dirigí la cogida, de espaldas, cabalgándola como una puta barata mientras me masturbaba y ella me daba nalgadas. Nuevamente tuve un orgasmo y mi culo chorreaba humedad, ella me lo lamió, me metió dedos y así nos quedamos dormidos, desnudos y extasiados.

    Desde ese día, comenzamos a ser vistos más juntos en la oficina y hasta mis amigos vieron con otra cara e incluso ganas a la morena, que al final, me contó que le encantaría que fuéramos una pareja para complacer las fantasías de muchos.

    Pero eso ya es otra historia…

  • Melanie

    Melanie

    Cuando escuché los toquidos en la puerta no sabía ni cómo me llamaba.

    Poco a poco fui entrando en tanta razón como mi cerebro, apelmazado y entelarañado lo permitía.

    Nuevamente los toquidos. Mi cabeza se sentía pesada. Pasé gran parte de la noche buscando ligar en un chat. El haber dormido con la ropa puesta y en mi casa hablaba de mi poco éxito. Me levanté pesadamente a la puerta antes de que los toquidos se repitieran. Abrí la puerta.

    -Buenos días, tío- Me saludó mi sobrino. A sus veintidos años, sin oficio ni beneficio, era la vergüenza de la familia. No por no tener oficio ni beneficio. Algunos primos eran devotos de esa religión. Era la burla por su forma delicada y esbelta. Todos mis hermanos y yo, somos de espalda amplia, hombros altos y fuertes, con manos grandes y rasgos de gorila domesticado. Mi sobrino, para su mala fortuna, heredó casi todos los genes de su madre, que, si bien en una mujer son apetecibles (perdón, hermano, pero tu mujer se antoja), en un hombre se ven incluso molestos. Su cuello delgado y alto, sus rasgos delicados y brazos enclenques, mas unas piernas largas y lampiñas no le permitieron nunca encajar con sus primos.

    -Buen día- Le dije -Pasa- cerré tras de mi la puerta. Quizá lo que más me molestaba no era su delicadeza de figura, era el modo en que se conducía, como si no se avergonzara siquiera. Vestía ropa negra pegada, con cabello casi al hombro y jeans ajustados. No me extrañaba entonces que nunca hubiera encajado: con esa facha parecía más una chica que un hombre.

    Mi sobrino había venido a hacer limpieza en mi casa. No tener trabajo era pesado para sus padres y lo obligaban a venir cada dos semanas a trabajar para mí. No le pagaba gran cosa y eso, junto con venir a fuerzas, se reflejaba en su ánimo. Pasó y sin decir más, se dirigió a la cocina.

    Regresé a la habitación. Decidí darme un baño para terminar de sacar la desvelada y el alcohol de la noche anterior. Ya en la ducha, decidí darme una buena jalada. A mi verga le costó menos tiempo despertar que a mí. Comenzaba ya la parte rica cuando el agua se puso tan fría que me sacó de mi ritmo.

    -¡Hey! – grité- ¡Me estoy bañando, deja la pinche agua caliente!-

    Salí a vestirme de muy mal humor. Un rato después, en jeans y playera, regresé a la sala. Mi sobrino había terminado con la cocina y estaba ahora en el baño limpiando. Nuevamente, toquidos en la puerta.

    -Vecino, buenos días- me dijo la chica del piso de arriba. -Fíjese que me quedé sin gas y no ha pasado el camión. ¿Cree que sería posible que me permitiera darme un baño?- dijo juntando los codos en el modo que sólo las mujeres saben hacer. Su piel morena capuchino, su cabello negro, ese par de tetas deliciosas y esas mallas deportivas que definían sus piernas me hicieron recordar que me quedé a medias en la regadera.

    En mi mente corrieron cien escenarios donde en todos me la cogía como perrita. No es que alguno de esos escenarios fuera probable, pero la sangre de mi cerebro estaba siendo redireccionada a otro lado y no pensaba con mucha claridad. Estaba a punto de emitir un atropellado asentimiento, mas gruñido primitivo que palabra, cuando un golpe y un grito se escuchó desde el baño. Ambos volteamos a tiempo para ver toda una cubeta de agua salir del baño y manchar la alfombra y a mi sobrino caer deslizándose con el agua.

    -Ehm… Veo que está muy ocupado con su baño, no se apure, no le doy molestias- La vecina se fue dejándome a mí indeciso si correr tras ella o moler a golpes a mi sobrino. Al final, de nuevo, de pie pero sin funda, entré a la casa cerrando tras de mí.

    -Perdón, tío.- dijo mi sobrino, empapado mientras intentaba secar la alfombra. Me iba a costar mucho más enviarla a lavar que lo que le pagaba a este imbécil en seis meses, -¡ésta me la vas a pagar, cabrón!- le dije sin levantar la voz, pero mirándolo fijamente. El modo en que se encogió y me miró con los ojos grandes me tomó por sorpresa -Ve a la recámara, busca algo de mi ropa que te quede y sales a limpiar.- le dije bajando un poco mi tono mientras respiraba profundamente. En otras condiciones me hubiera reído, el andar caliente y no poder venirme siempre me pone de malas.

    Unos minutos después, ya respirado, salió mi sobrino. Llevaba una playera que le quedaba muy grande y un short muy corto que yo usaba en tiempos del kickboxing. Lo grande de la playera y lo corto del short (y mi calentura, supongo) me hicieron verlo con una nueva luz que me sorprendió por completo. Su feminidad se acentuaba con lo desprotegido. Su tono sumiso y su obediencia me excitaron para mi propia sorpresa.

    Me senté en el sofá de la sala, tenía que sacarme esas malas ideas de la cabeza, pero elegí el peor lugar. Mi sobrino estaba ahora frente a mi en cuatro, limpiando la alfombra, pero con un culito bien redondo y levantado frente a mí. Lo estuve observando embobado por unos momentos antes de darme cuenta de la masiva erección en mis pantalones. Esto no iba por buen camino.

    Me levanté del sofá y lo dejé limpiando la alfombra. O me iba de ahí o me le iba a montar a la mala.

    Entré de nuevo a mi habitación. «A la fregada, me voy a buscarme una puta», pensé. Pero al abrir el closet para tomar una chamarra vi una caja abierta. Una caja que no debía ser abierta. Ahí guardaba mis trofeos.

    -¡A ver, cabron, ven para acá!- mi sobrino entró despacio, con las manos juntas y la mirada baja. -¿Qué tomaste de aquí?-

    -Es que nada me quedaba- dijo con voz apenas audible

    -¿Cuál tomaste?- volví a preguntar, la voz más baja, el tono más frío

    -Una panty azul que estaba casi hasta arriba- dijo tímidamente

    -Muéstrame- mi sobrino no se movía -¡Muéstrame!- le repetí levantando la voz. Despacio, vergonzosamente, bajó el short. Una panty azul (de Lucía, si recuerdo bien), alargaba sus piernas y bajo su tela se adivinaba el paquete en el frente. Aún en mi molestia me di cuenta de lo perfecta de la vista frente a mí.

    -Date la vuelta- le dije. Esta vez no tuve que levantar la voz. Él se dio la vuelta obedientemente e incluso se quitó la playera cuando se lo ordené. Su cintura era breve. Si bien no era redondamente femenina, si tenía las medidas apropiadas para sujetarla fuertemente desde atrás. Mi erección volvió con más ánimo. Tomé mi celular y le tomé una foto. -Date la vuelta de nuevo- le dije. Al voltearse se tapaba castamente los pechos. Abrió la boca con sorpresa cuando vio mi celular, pero ni siquiera lo dejé hablar.

    -Voy a mandarle estas fotos a tu madre.-

    -No tío, por f…-

    -Silencio, puta, porque eso eres, una puta.-

    -No tío, no hagas eso!-

    -Ven acá.- le dije guardando el celular. Si tanto quieres vestirte de puta, te voy a ayudar.- Le dije mientras la tomaba por el cabello, sujetándolo firmemente, pero cuidando no lastimarlo.

    -Ponte esto- le dije extendiéndole un corpiño sin correas azul a juego. Lucía era una chica de pechos pequeños que le iban muy bien, pero tenía el complejo de plana, que compensaba habiendose convertido en una virtuosa de la lengua.

    -Pero tío- Le di una sonora nalgada. Mi sobrino se quedó paralizado un momento antes de ponerse rojo por completo. -¿Quieres más? – le dije pasándole el corpiño. Él se lo puso lo mejor que pudo. Un poco hacia un lado. A pesar de sus pechos planos, con un poco de maquillaje pasaría facilmente como chica. Me acerqué a él para acomodarle el corpiño pasando mis manos por su espalda. -Vas a hacer lo que te diga, como te diga, cuando te diga, o esas fotos van con tu madre, ¿está claro?- Él asintió.

    La calentura me había ganado. Nunca me habían gustado los hombres, y siguen sin gustarme. Mi pequeño sobrino, en cambio, despertó en mí un lado que me era desconocido.

    -Ahora ponte esto- Le pasé un vestido azul tambien, repegado, Apenas un poco más ancho que un cinturón. Ese era de Caro. Le encantaba vestirse como señora conservadora en la calle y después como puta ya en la habitación. Le encantaba bailar para mí e incluso usar el tubo cuando íbamos a un hotel así.

    Por su estatura, a mi sobrino le quedaba el vestio apenas cubriendo el bra y apenas cubriendo el triangulo por el frente. Atrás no cubria nada. De la caja saqué también los zapatos que usaba Caro cuando bailaba para mí. Con correa en el tobillo y tacón continuo (para el equilibrio, me dijo algún día). Senté a mi sobrino en la cama y le fui colocando los zapatos subiendo una pierna a la vez, un poco más arriba de lo necesario. Él respiraba ansioso. Estaba asustado, así que decidí bajarle un poco. -vamos, aún tienes mucho que limpiar- le dije. Lo tomé por el talle y él se dejó llevar, inseguro con los zapatos altos. En más de una ocasión lo sujeté con firmeza por la cintura para evitar que se cayera.

    -Sacude- Le dije poniéndolo frente al librero. Él obedeció muerto de miedo. Cada que se estiraba para alcanzar algún estante alto, su culo se descubría del vestido. Sus piernas estiradas, torneadas, con los zapatos marcando sus pantorrillas y su mirada tímida que me daba de vez en vez, alimentaban mi morbo. Mi celular no perdía detalle, ni yo perdía oportunidad de recordarle que mandar esas fotos a su mamá me tomaría sólo unos segundos si no me obedecía.

    A momentos me paraba detrás de él, lo tomaba por la cintura y le decía al oído -eres una puta muy linda. – después le daba una nalgada más. Mi sobrino pasaba del rojo al pálido. Entre la vergüenza y el miedo. Mi verga, en cambio, pasaba del rojo al morado. Necesitaba convencerlo (y convencerme) de que fuéramos más allá de sólo restregarle mi verga sobre el vestido.

    -Ahora la mesa de centro- le dije jalándola de la cintura una vez que completó el librero. La llevé sobre la alfombra frente al sofá. Primero la arrodillé frente a mí. Aproveché ahora para restregar mi verga en su cara. Sentí mi propio pulso acelerarse. Él no me repelió, pero tampoco puso de su parte. Después de unos (muy) breves momentos, le permití ponerse en cuatro para que limpiara la mesa. Yo me senté en el sofa detrás de él, admirando su hermoso culo.-eres hermosa- le dije -no entiendo cómo no tienes novio aún- Le dije mientras me arrodillaba detrás de él, sujetándolo por el talle para que no pudiera escapar mientras me restregaba más descaradamente.

    -tío, no…- dijo, irguiéndose un poco en protesta, pero permitiéndome un mejor ángulo.

    -O me dejas, o le mando las fotos a tu mamá- le dije al oído muy bajito. -Vas a ser mía, vete haciendo a la idea- le dije con una nueva nalgada. Le levanté un poco el vestido para acariciar su culo, tan redondo y femenino. -No tío, no le digas- dijo resignadamente. Su cuerpo se aflojó un poco. Yo comencé a usar ambas manos para acariciarla. Él se dejaba hacer ya sin tanta tensión.

    -Despacio, quítate el vestido- le dije, él obedeció corriendo primero el cierre, después bajándolo. Ahí estabamos. Yo con tremenda erección, mi sobrino en ropa interior de mujer, sonrojado aún, pero también complaciente. Tapándose los pechos y su paquete.

    Me acerqué despacio. Con una mano acaricié mi erección por encima del pantalón. Con la otra tomé su mano sin dejar de acercarme. Besé su mano y luego su muñeca interior. -Si te portas bien, saldrás con una propina, ¿Estamos?- Él asintió. Sus ojos a punto de lágrimas. Cerré el abrazo. Sus brazos sobre mis hombros, mi pelvis tocando la suya, mi boca en su oido, empujándolo suavemente contra la pared más cercana. Cuando él topó con la pared, no pudo evitar que nuestras entrepiernas chocaran. Mi enorme erección fue empujada contra su verga más pequeña. Un relámpago recorrió mis nervios al mismo tiempo que mis manos apretaban sus nalgas. Él gimió intentando zafarse, pero no tenía a donde ir. En su forcejeo, terminó abriendo más sus piernas. Yo no aguanté más y lo besé con todo. El resistió fuertemente, pero no se atrevio a morderme o golpearme, sabía que estaba en mis manos. Y mis manos en sus nalgas.

    Seguí besando su cuello y su boca a momentos cerrada y a momentos abierta. Mi lengua explorándolo contra su voluntad, pero sin mucha resistencia. Poco a poco comencé a sentir lo que nunca creí: su verga comenzaba a ofrecer resistencia contra la mía. Su respiración se agitaba por momentos y sus piernas levantadas se abrían aún más.

    -¿Te está gustando, perrita?-

    -No, tío, ya déjame- dijo entrecortadamente.

    -¿Y entonces esto?- Le dije poniendo mi mano en su erección. Nunca había tocado la de otro hombre, pero a mis ojos (y mis huevos) mi sobrino era una perrita a la cuál coger.

    -Ahhh- dijo él mientras las rodillas se le doblaban. Aproveché el momento para bajar mi pantalón. Lo tomé por los hombros y lo empujé hacia abajo. Sus rodillas tocaron el piso abiertas en ángulo, su cara ahora frente a mi verga, goteante y alzada.

    Tomé a mi sobrino por la nuca, sus ojos encontraron los míos, le sonreí y en el instante en que abrió la boca para protestar lancé mi estocada. Tiro directo. La punta de mi verga chocó con la parte de atrás de su garganta. Con un estertor, su cuerpo delicado se convulsionó. Pude sentir su saliva acumulándose rápidamente sin soltarlo de la nuca seguí embistiendo, pero muy despacio. Quería disfrutar de la sensación de mi verga entrando en su garganta. Cerré los ojos para concentrarme en la sensación. Sus manos se apoyaron en mis muslos empujando cada vez más fuerte.

    Despacio, tomándome mi tiempo, saqué mi verga de su boca, un rio de saliva escurrió por su mentón y su cuello. Mi verga brillaba de tan mojada. Mi nueva mascota respiró profundo y a bocanadas. Sus manos bajaron a sus rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.

    -¿Te va gustando, pequeña?

    -Es… Muy… Grande… – dijo respirando apurado.

    -Verás que así te gusta más- Le dije sonriendo mientras lo volvía a tomar por la nuca.

    -No! Tío! Espergah- se atragantó mientras mi verga lo volvía a penetrar.

    Se acomodó con la espalda arqueada. Dejó de resistirse y acomodó su cabeza. Podía sentir su respiración pausada, pero profunda. Sus manos en mi cadera.

    -¿Ves, linda? Si te relajas es más rico para todos. Ahora dime, ¿Te mueves tú? ¿O prefieres que yo me sirva a mi gusto?

    Mi sobrino abrió sus ojos como platos, grandes, expresivos… Hermosos. Poco a poco cambió poco a poco su apoyo dejando a su cuerpo moverse sin cambiar mucho su postura. Mi verga se perdía en su boca hasta la raíz antes de salir casi por completo. Mi glande rozaba su campanilla y sentía sus arcadas cada vez menos, pero también sentía las paredes de su garganta completa.

    Mi mástil cada vez mas duro, él cada vez menos tieso. Mi respiración más acelerada. Poco a poco fuimos encontrando el ritmo. Una voz en mi cerebro seguramente me decía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero con toda mi sangre concentrada en mi entrepierna, mi cerebro no tenía mucha autoridad.

    De pronto tomó mi verga con su mano, la otra en mis huevos. Abajo, unos centímetros abajo del vestido corto pude ver la tela estirada de la panty. ¿Su la posición, o la tela, o, quizá, la excitación? El hecho es que se veía que la tenía tan dura como yo.

    -Tío… – dijo tímidamente- si te hago venir ya me dejas?

    -Si me dejas satisfecho con tu mamada, hasta te invito a cenar.- Dije sonriendo. Él cerró los ojos y sacó su lengua. De pronto mi columna vertebral recibió un rayo cuando su lengua me tocó. El morbo de verlo a mi merced, excitado y masajeando mi glande con su lengua fue suficiente par a perdonarle todas sus tonterías del día. Las del mes, incluso las de su vida.

    -Sigue- le dije con voz áspera por el deseo- Vas muy bien, mi pequeña.

    -Sí, tío- me contestó mientras su lengua se concentraba ahora en la base de mi pene y sus manos en mis huevos, masajeándolos con delicadeza.

    Me asomé a ver el espectáculo. Sus ojos me miraron. Alejó mi verga y concentró su lengua en el borde de mi glande.

    -No puedo creerte que sea tu primera vez. Dime, ¿Te gusta mamar, mi perrita?

    -No tío, nunca lo he hecho- dijo tomando un respiro. -Pero así me gustaría que me lo hicieran a mí.

    Sonreí ante su lógica sólida. Su verga, igual de sólida, decía otra cosa.

    -Levántate- le dije. Desconcertado, se levantó apoyado en la mano que le tendí. Aproveché para abrazarlo y acercarme a su oído. -Te llamaré Melanie a partir de ahora. Es un buen nombre para una putita como tú- Ella (porque para mí era ya una mujercita) pareció sorprenderse, tanto que cuando la tomé por la cintura y la empujé de nuevo contra la pared, se resistió sólo decorativamente. Mi lengua exploró a su antojo su cuello, su boca, mordió sus oídos, besó sus hombros y mis oídos escucharon por fin sus gemidos.

    Ese fue el momento en que mi verga, mojada de su saliva y mi pre seminal se pegó a su clítoris, enorme para una mujercita, pero igual de sensible. Comencé a tallarme levantando su cabeza para besarla mientras mi verga luchaba con la tela de sus pantys. Ella abrió un poco sus piernas mientras me abrazaba por la cintura.

    -Tíoooh!- dijo ella en un gemido que sonó a gloria. Sin pensarlo mucho la tendí boca arriba en la cama. Sus piernas bien abiertas, sus manos sobre su cabeza. Mi lengua encontró sus pechos, pequeños, lisos, pero de pezones sensibles y duros, levantados esperando a mi boca. Abajo, mi verga bien erecta se repegó cabeza arriba sobre su clítoris bajo la panty. Mi verga y su verguita se juntaron, una a una. Sus piernas me abrazaron por la cintura mientras mis manos sostenían las suyas sobre su cabeza, ella dejándome hacer mi voluntad.

    -Tío… Me… Encanta… – decía en cada embestida mía. Mi peso le entrecortaba la respiración. Sus piernas, bien entrelazadas en mi espalda no dejaba que nos separáramos. Mi lengua pasaba de su boca a su cuello, sus orejas y sus pezones, ella se dejaba hacer sumisamente.

    En algún momento, sin darme cuenta, mi verga entró en su tanga por la pierna. Mojadas como estaban, nuestras vergas se juntaron resbalando piel a piel causándome una descarga de placer nueva en mi vida. Mi nueva mascota me miraba ahora con ojos y boca abierta, con la piel sonrojada. Permaneció así unos momentos hasta que poco a poco fui consciente de que ella estaba jalando aire. Cuando volvió a respirar, me beso, su lengua se disparó hacia mí, exploró mi boca y mi cuello, me sujetó por la cabeza. La chica sumisa que había sido hasta ahora quedó en el pasado, en su lugar tenía a una gatita en celo ronroneándome al oído.

    Me sentí cerca de venirme, me detuve en seco, con una mirada decepcionada de ella. Sus ojos tristes me dolieron. Aún no quería terminar, pero si seguía por ese camino, me deslecharía muy pronto.

    La tomé de las piernas. Me separé y le di la vuelta. Ella estaba ahora estómago abajo. Con su colita deliciosamente levantada, con las piernas abiertas. Me hinqué entre ellas y le di una gran nalgada. Pude sentir su tensión antes de escucharme a mí mismo decirle

    -Mala!-

    -Sí, tío, he sido mala, castígame- dijo quedamente. Una segunda nalgada en el otro lado la hizo jalar aire. Sus manos bajo su cuerpo, me entregaba las riendas de su castigo. Su enorme clítoris, cabeza abajo, seguía goteando sin perder dureza.

    Decidí besarla poco a poco, detrás de su rodilla derecha. Comenzar a subir poco a poco por su muslo. Lamer la deliciosa línea que se forma entre el muslo y la nalga para pasarme a la otra pierna y comenzar el mismo descenso, por dentro de su muslo, despacio. Enloquecedoramente despacio.

    Podía sentir su anticipación. Sus músculos tensos de placer, pero controlándose para dejarme hacer. Sus manos salieron de debajo de su cuerpo para bajar la panty y abrirme el camino a su paraíso. Terminé de bajar las pantys por ella. Ahora su culito era mío. Mi boca besó primero el punto donde la espalda se separa en sus lindísimas nalgas. Besé y lamí delicadamente. Ella suspiraba de placer. Tomé sus manos e hice que me abriera sus nalgas. Ella, obediente, las separó tanto como pudo. Mi lengua comenzó su bajada hacia su entrada.

    Despacio, jugando de lado a lado, a momentos saliendo de su cañada, subía a veces a los montes de sus nalgas para lamer, besar y darle nalgadas, que agradecía con gemidos deliciosos. De pronto llegué a su entrada. Mi lengua exploró ese rincón íntimo. Abrió paso y se divirtió en los pliegues. Lejos estaba de ser la primera vez que me comía un culo; intenté darle el mejor servicio que pudiera. Sus gemidos fueron la propina anhelada.

    Poco a poco comencé a bajar por su pliegue. Entre sus nalgas, en medio de ellas. Mi lengua rozando con su punta, despacio y tomándome mi tiempo. Ella abrió más sus piernas, compás completo, entrega total. La punta de mi lengua acarició sus huevos, la base de su verguita, su cuerpo… Finalmente su punta.

    Nunca había probado una. Estaba seguro de que ninguna sabría como la suya, a deseo y calentura. Mi lengua jugó en su cabeza unos momentos antes de regresar a hoyito. A mojarlo bien, prepararlo para el clímax.

    -¿Sabes?- le dije- Seguro te dolerá menos si está bien lubricada. Quieres lamerla un poco?- Sonreí pícaramente. Para mi sorpresa, ella se dió la vuelta para pasar de nuevo su hábil lengua por todo mi glande escupiéndole y distribuyendo su saliva. Después, obedientemente, volvió a ponerse en posición.

    -Con cuidado, ¿si?- dijo mientras levantaba de nuevo su culito invitándome a poseerla. Volteando su cabeza me miró con esos hermosos ojos. -Es mi primera vez- me dijo quedamente antes de hundir su cabeza en la almohada.

    Mi verga tomó vida propia y comenzó a explorarla poco a poco. Despacio, un milímetro a la vez. Ella, valiente, lo fue aceptando abriendo sus nalgas con sus manos. Aguantando el dolor, mordiendo las sábanas para no gritar. Como toda una guerrera aguantó hasta que mi raíz estaba firmemente recargada en sus nalgas.

    -Es… Tan grande…- dijo ella.- Me encanta.

    Despacio, delicadamente, comencé a bombear. Poco a poco, sólo unos milímetros. Extendiéndome poco a poco. Un par de centímetros. Ella jadeaba al compás, quedamente, recatadamente. Fui aumentando mi recorrido tomándola de la cintura para mantener el ritmo. Ella gemía, entre el dolor y el placer, pero siempre encontrando su cuerpo con mi embestida.

    Nuestros movimientos y gemidos fueron subiendo en intensidad. Dejó de estar inclinada hacia abajo, subiendo poco a poco. La abracé sin salir de ella, rodeando su pequeño cuerpo, una mano en su cuello, la otra en sus diminutos pechos. Mi boca en su nuca, sus hombros, a momentos su boca, pero siempre sin dejar de bombearla.

    -Me encanta, tío… Dame más, así- me decía ella, jadeante.

    -¿Quieres montarme?- le pregunté. Ella, por respuesta, se separó y me empujó por los hombros hasta recostarme en la cama. Sin dejar de mirarme, se sentó a horcajadas en mi cintura. Apuntó la cabeza de mi verga a su entrada y entrecerrando los ojos comenzó a ensartarse despacio, disfrutándolo. Dándome todo el placer prohibido que podía.

    Verla así, moviéndose despacio, rebotando cada vez más frenéticamente, con el bra a medio hombro, y su pequeña verga rebotando en mi estómago era un espectáculo de dioses. La tomé por la cintura para guiarla. Mi verga en su estrecho anito sentía cada milímetro de movimiento. El calor de su cuerpo se concentraba en mi pelvis. Sentía a mi verga más dura que nunca, y acumulando presión. El final no estaba lejos.

    La tomé por las manos, nuestros dedos entrelazados. Ella cabalgando a un ritmo enloquecedor, su mirada de lujuria concentrada en mis ojos. Sabía que estaba a punto de estallar.

    -Tiooo! Gimió cuando sintió en su colita mi primera palpitación. Un abundante chorro de leche la mojó por dentro. Ella se detuvo, con la boca y los ojos abiertos por completo, respiración detenida. Un segundo, un tercer espasmo. Pude sentir mi leche llenándola. Completándola.

    Unos espasmos después, ella aún sin respirar, apretó mis dedos en sus manos y, abajo, en mi verga, sentí su primer espasmo. Un instante después su leche me mojaba el pecho y el estómago. Una voz grito desde atrás de mi cerebro que era algo asqueroso tener la leche de otro hombre en mí, pero, ahogado en endorfinas, mi cerebro acalló la alarma y disfrutó el momento. Cada nuevo chorrito me hacía sonreír cada vez más. Mi putita, con los ojos cerrados, estaba en el paraíso en ese momento. Ahí la dejé; se lo había ganado.

    Ella se derrumbó sobre mí, agotada, feliz, completa. Ella se abrazó a mi pecho, yo la abracé por la espalda. Húmedos, empapados. Mi verga salió de ella. Mi leche escurriéndole. El mejor sexo que había tenido en muchísimo tiempo. Ella, a punto del desmayo, me dio un beso en los labios, pequeño, casto, inocente, de entrega. Nos quedamos dormidos.

    Un rato después, abrí los ojos al escuchar la puerta de mi departamento. Después escuché sus pasos ligeros y descalzos entrando a mi habitación. Melanie entró, ya aseada y con su propia ropa normal.

    -Era tu vecina- sonrió. -Que si querías subir a tomar café. Le dije que estabas algo ocupado.- se acercó besándome nuevamente. -Y… ¿qué mas tienes en tu caja?

    FIN.

  • Me traicionó el culo

    Me traicionó el culo

    En la siguiente historia sucedió en el norte de México, tierra de “machos”. Se puede ser gay siempre y cuando actúes masculino.

    Yo tengo 38 años recientemente divorciado, mido 1.74 m y corpulento algo blanco para México, algo llenito, nalgón y frecuentaba el gym.

    Me encontraba yo fumando un cigarrillo con un albañil bastante simpático de unos 50 años y viudo, a las afueras de una casa en construcción, era mi vecino temporal, fuimos por unas cervezas, tomamos juntos y mientras se acercaba la noche, al ir a orinar y volver el albañil me toma por la espalda por sorpresa y me sujeta de las caderas, yo traía un shorts deportivos por lo que sentí todo su bulto entre mis nalgas perfectamente embonado y el sintió mis “cachetes”, yo no supe que hacer de momento se me fundió un fusible en la cabeza y volteé a ver si alguien nos vio, pero sentí un latigazo de excitación y electricidad recorrer desde la punta de mi verga y por toda mi espalda, así es que me deje hacer por morbo y curiosidad, además llevaba tiempo de divorciado y cargaba mucha leche encima.

    Pasamos al segundo piso de la casa sin ventanas y yo sentía adrenalina y una sensación rara en mi estómago de excitación. Ahí mismo en la escalera el “maistro” albañil me sujeto y restregó su cara en mi culo y me bajo el shorts – “Vas a ver canijote nalgón, ya sabía que te gustaba la verga.”

    En el segundo piso, encima de costales de cemento me desvistió como niñato que se deja hacer por un adulto que antes del baño, hasta los calcetines me quitó recostado sobre costales apilados de cemento, completamente desnudo y mis pies tocando los costales fue cuando realmente me sentí expuesto a mi macho, que cualquiera podría subir y vernos lo que solo aumentó mi excitación

    Paso sus manos ásperas por mi piel y me mamó mi pecho, mis piernas y mi verga, sentí su boca caliente alrededor de mi pene como quien mama solo por calentarme, yo me limite a gozar y tímidamente sobar su cabeza mientras amarraba mis piernas sobre sus hombros y espalda., Mil cosas pasaban por mi cabeza hasta que algún fusible se fundió en mi cabeza y me entregue a la calentura, él invadió mi boca cuello y orejas, con su bigote y lengua áspera y caliente. Y yo solo me dejé hacer entre gemidos y note que mis piernas temblaban.

    Subí mis piernas sobre los costales y me acomodo de perrito, me abrió las nalgas y restregó su rostro como salvaje mientras me nalgueaba, escupía y lamia mi culo… No fue hasta que metió su lengua que comprendí por qué tanto albur con el beso negro. Yo suspire, – “te gusta güero?” – me decía y me nalgueaba, yo me sentía como niño chiquito, -“ajá” decía yo. Sentí sus dedos áspero de albañil introducirse , yo me sentía explorado, invadido como cuando uno va con el doctor y así cada vez metía mas su lengua hasta el tope, y yo podía estar así por la eternidad con respiración agitada le respondía en voz entrecortada “que sí quería verga” . Sentí su punta en mi entrada, la cual en comparación con sus dedos ásperos ésta se sentía muy suavecita, lisita, caliente y dura a la vez, pensé que era muy placentero, hasta que sentí empujarla y partirme en dos. El sentimiento fue abrumador. Él al ver mi sufrimiento solo la dejo dentro largo rato, mientras me besaba cuello y orejas y hasta lamió mis dos o tres lágrimas, era buen amante el Don.

    Lo veía echarle un trago a la caguama y me ofrecía para bajar el dolor y echaba un poco en mi espalda y hombro y mamaba la cerveza en mi piel. Paso una eternidad y solo escuchaba en mi oreja – “asi asi putita vas a ver que te gustará mi verga, no te vas a arrepentir,… luego de harto rato yo me encontraba echando mis nalgas para atrás sintiendo la maceta de pelos púbicos y el mástil de carne de Don Neto. El se limitaba a estar sobando sus pezones erectos. Yo quería complacerlo y demostrar que era buena putita “que aguantaba la verga”. Me nalgueaba y yo lo miraba incrédulo sufriendo y algo retador, me alcanzaba con su rostro para seguetear nuestras bocas como consuelo. Empecé a sentir placer con su verga entrar y salir, seria la cerveza y las hormonas de macho de Don neto flotando en el aire que tuvieron efecto. yo imaginaba lo peor para mi culito, pero me deje hacer, pensé “el sabrá que hacer…” entre cartones y cobijas me tuvo toda la noche como su amante y esposa dándome de ladito.

    Era medio friki por que le gustaba poner las plantas de mis pies sobre sus hombros y mamármelos y ponerlos en su pecho sobre sus pezones erectos. Todo esto mientras me la metía. Me volteó boca abajo y sentí su peso encima del mío. Y su aliento en mi nuca. Mientras, él se movía en círculos meneándola sobre mi próstata ya que me hizo venir sin tocarme. Yo apreté tanto mi esfínter que él se vino a chorros, lanzando trallazos de leche sobre mi próstata. Fue algo delicioso, sellamos con un beso licuador de bocas y quedamos exhaustos recuperando el aliento mientras yo sobaba a mi macho, sintiendo su sudor y su olor a macho. Nos paramos a compartir un cigarro abrazados y con su verga flácida rozar mis nalgas mientras veíamos por la ventana desnudos ambos sintiendo la brisa en mi piel y la luz de la luna, bastante complacidos y satisfechos los dos. En el fondo se escuchaba la radio con canciones de amor… “El hombre que yo amo sabe que lo amo…” o fue mi imaginación lo mas probable es que era música norteña, pero me sentía su perrita, su amante. Nos acabamos de tomar la cahuama que nos cayó muy bien por la sed y ganas de reponer energía, por supuesto compartimos la botella intercambiamos whatsapp y unos besos de lengüita.

    Tontamente de mi parte no sabía como despedirme a lo que el se adelantaba “Si ya mi perrita, ya se que vas a venir por más ándale ya vete a bañar y hacer la mimi lulu”. Quedé de acuerdo en llevarlo a comer ostiones para reponer energía y traer los huevos llenos de leche para la siguiente tarde… al irme sentía su risa pícara mientras me alejaba caminando raro mirándome el culo, pero me gustaba la sensación de estar recién estrenado por “Don Neto”. La verdad es que con el culo adolorido y de la excitación en la cama me acordaba y me la tenia que jalar volviendo a expulsas mucha leche.

    Al siguiente día como prometí lo lleve a comer al medio día mariscos, me sentía relajado con la verga a medio parada de excitación, eso si muy hombrecillos los dos ante el público, me calentaba lo que sucedería mas tarde. Al atardecer volví con cara de felicidad a ver a mi macho, subimos al segundo piso. Se sentó, prendió un cigarro y me arrodille a degustar su verga y huevos mientras desbrochaba los botones de su camisa para sobar su pecho y pezones. La leche exploto en mi boca a borbotones y yo por inexperiencia no pude tragar mucho de su leche agria. Él con su dedo recogió de mi cara la leche y me la dio a chupar con el dedo, yo trague e inmediatamente viéndome como hipnotizado me beso licuando mi boca una vez mas. Yo con la respiración agitada mientras me manoseaba cuerpo y nalgas.

    Conforme avanzo la obra no había necesidad de estar vigilada y Don neto volvió a su hogar a un pueblo rural del valle. He buscado repetir la experiencia como un adicto, pero la verdad es que no ha sido igual. A veces busco casas en construcción y le saco platica a cholitos y chalanes albañiles, pero no tienen la misma presencia animal de Don Neto que me relajaba mi culo y me excitaba. Hoy me limito a seguir buscando y a jalarmela pensando en la experiencia, como perra en celo me dejo adicto a la verga, a su verga cada vez que recuerdo el olor a cerveza o alguna canción norteña me acuerdo de lo que dice una canción vulgar de la región de broma a los homosexuales de grupo marrano “el Poder de tu verga, tus huevos sobre mi hombro…” la verdad es que si me llegan al corazón, o al culito. O como otra que dice tragos de amargo licor… recuerdo su leche agria de Don Neto. Fin.

  • Mi historia con una mujer maltratada (5)

    Mi historia con una mujer maltratada (5)

    Al día siguiente los dos nos levantamos a la misma hora, nos habremos despertado a eso de las 8 y nos empezamos a duchar a las 9. Le pregunté si quería hacer un baño de inmersión conmigo. Asintió. Abrí el agua caliente y cuando se llenó la bañadera, entramos, yo primero y ella después. Yo me dejé el bóxer y ella se dejó la bombacha nada más. Le toqué la piel y estaba muy suave. «Estás hecha una diosa», le dije. «…». Estuvimos en silencio durante un rato. Se pasó una esponja de mar que se había comprado por los brazos, el cuello, los hombros, el pecho. Agachó la cabeza para pasársela por la nuca, le di un beso ahí y un escalofrío recorrió su cuerpo, se le erizó la piel, soltó la esponja, flexionó sus piernas y cruzó los brazos por encima de estas. Yo la abracé, sabía que algo no andaba bien, pero no sabía exactamente el qué, le dije:

    —Está bien, está bien, llorá. Sé por lo que estás pasando y no es nada fácil, tranquila.

    Empezó a deshacerse en lágrimas.

    —Es demasiado, ¿entendés?, me dijo.

    —Sí, ya lo sé, yo sufro igual que vos.

    —¡No sé por qué me estás ayudando!

    —Porque te quiero.

    —¡Yo te debo parecer una basura, una sucia!

    —Para nada, sos lo mejor que me pasó en la vida.

    —¡MENTIRA! gritó fuertemente.

    Se apartó de mí dándome un empujón y salió de la ducha. En ese momento yo me quería morir. Sumergí totalmente la cabeza en el agua y me quedé pensando durante 2 minutos aproximadamente, estando así. No sabía qué hacer. Saqué la cabeza de abajo del agua. Salí de la ducha, me puse una toalla, fui a la habitación y la encontré en un costado de la cama, desnuda, llorando.

    —¡Salí de acá! ¡¡Dejáme en paz!!

    —Escuchame, cómo vas a decir las barbaridades que dijiste. Que sos una basura. Sos mi primer mujer. Vos entendés eso ¿no?

    —…

    —Entendés que gracias a vos yo conocí lo que es el amor, ¿verdad?

    —…

    —Anen, hablame. Dame una señal por lo menos.

    Me acerqué a ella. Le toqué el hombro y me dio esa ´señal´ que tanto añoraba. Como respuesta se dio la vuelta y me pegó un golpe en la cara.

    Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, ya era demasiado tarde. Vio como el labio inferior de mi cara sangraba.

    —Ay, no. Perdón perdón perdón perdón. No no no, se disculpó.

    —No sé en qué pensás, dije con la cabeza gacha.

    —Perdón, mi amor.

    —¿Dónde quedó eso de que me ibas a cuidar?

    Fue a buscar un hielo al freezer de la cocina, yo me quedé en el mismo lugar, inmóvil, vino y me puso el hielo en la cara. Me agarró de los hombros y mientras lloraba, me dijo:

    —Estoy muy estresada.

    —Te lo vuelvo a repetir. No sé en qué pensás.

    Empezó a abrazarme.

    —Yo tampoco.

    —Lo único que hago o que intento hacer es ayudarte y me pagás de esta manera. Lamentable, Anen.

    —Perdón.

    —Mirá, no me voy a enojar con vos ni nada. Porque sé que estás pasando por un momento de mierda. Y los cambios de humor son muy comunes en las mujeres. Pero con el perdón no se arregla nada.

    —…

    —Yo te amo, pero si vos no ponés de tu parte, la verdad que es un poco al pedo estar juntos. Tenés que aprender a hablar, flaca.

    —…

    —…

    Ninguno de los dos dijo nada más, ni una palabra.

    Llegó el momento del almuerzo.

    Nos sentamos a comer y nadie emitió palabra. Ella se levantó de la mesa, fue a la vinoteca. Agarró el vino más viejo que tenía. Tomó dos copas, las puso en la mesa y descorchó la botella.

    —Ahoguemos nuestras penas con alcohol, dijo.

    Le acerqué mi copa para que me sirviera. Me sirvió, lo olí y tomé un sorbo, me ardía el labio.

    —¿Y?, preguntó.

    —…

    —¿Me vas a responder?

    —Está bueno.

    —Este vino lo trajo mi papá de Mendoza, lo tengo hace añares.

    Me sorprendió bastante. Anen había abierto un pedazo de historia de su familia en frente mío y para mí.

    Nos tomamos toda la botella y nos sentamos en el sillón. Lo último que recuerdo es que nos dimos un abrazo. Luego, mi mente se nubló y perdí la consciencia por el alcohol.

    Me desperté a la noche, estaba desorientado. Ella estaba preparando la comida. Traté de levantarme del sillón y no podía.

    —Anen…

    —…

    —¡Anen!

    —…

    Hacía caso omiso a mis llamados.

    De repente un hombre encapuchado tiró abajo la puerta del departamento y entró. Sacó un revólver y ella gritó. La liquidó ahí nomás de dos tiros, saqué fuerzas de dónde no tenía y me levanté del sillón, me dirigí hacia él para pegarle, el tipo se volteó y disparó en la cabeza, mi cabeza.

    Me desperté en la cama hiperventilándome, estaba sudando, fue todo una pesadilla. En un momento me pegué una cachetada a mí mismo, para ver si seguía en el sueño. Para mi suerte, no era así. Me levanté medio mareado. Abrí la puerta de la habitación. Fui a la cocina y ahí estaba, con su cuerpo y cara de ángel, revolviendo unos fideos en una olla. Corrí hacia ella, la abracé, suspiré y dije:

    —Gracias al destino que estás bien.

    Casi me desvanezco al ver que ella estaba bien, fue como un alivio, por suerte pudo agarrarme con una mano de la cintura y con la otra de un hombro. Me pidió que me sentara en una silla.

    —¿Qué pasó? Justo te iba a ir a despertar, dijo intranquila.

    —Tuve una pesadilla.

    —¿Qué pesadilla?

    De inmediato, dejó lo que estaba haciendo y escuchó lo que había pasado.

    —Qué terrible, dijo con cara de preocupación.

    —Cuando el tipo me disparó, desperté. Y vos no me hablabas. Fue terrorífico.

    —Bueno, tranquilo. ¿Me bancás un cachito que termino de cocinar?

    —Dale, no hay problema.

    Yo de lo que tenía miedo era que fuera todo una visión, yo no creo para nada en ese tipo de cosas, pero si me lo preguntan, se sintió muy real.

    Anen sirvió los fideos y ninguno de los dos pudo comer. Estábamos muy traumados por todo lo que estaba pasando.

    —¿Me perdonás por cómo te traté ayer?, preguntó agarrándome de la mano.

    —No pasa nada.

    —¿Te sigue doliendo?

    Me tocó la cara en el lugar del golpe. La sangre ya se había coagulado y hecho cascarita, pero me seguía doliendo, no lo manifestaba igualmente.

    —No, ya no.

    —Si te molesta decime y te doy algo para calmar el dolor.

    —Quedáte tranquila.

    Nos fuimos a acostar. Me dormí y soñé lo mismo, sólo que con algunos cambios.

    Me desperté a la noche, estaba desorientado. Anen estaba preparando la comida. Traté de levantarme del sillón y no podía.

    —Anen…

    —…

    —¡Anen!

    —…

    Hacía caso omiso a mis llamados.

    De repente un hombre encapuchado tiró abajo la puerta del departamento y entró. Sacó un revólver y ella gritó. La liquidó ahí nomás de cuatro tiros en el abdomen, saqué fuerzas de dónde no tenía y me levanté del sillón, el canalla ese no se dio cuenta de que yo estaba atrás de él, entonces lo tomé por sorpresa y traté de asfixiarlo, era más fuerte y más alto que yo, así que pudo conmigo, me pegó un codazo en la cabeza, con la fuerza del golpe, el arma cayó al suelo, justo al lado de mi novia. Caí al piso y el tipo estaba a punto de darme un pisotón para rematarme. En ese preciso instante Anen agarró el revólver, accionó el martillo y tiró a la espalda, seguía viva. El bastardo cayó, me levanté con un dolor de bocha impresionante. Por un momento, la vi. Me acerqué a ella rápidamente, estaba agonizando. Traté de hacer presión sobre las heridas.

    —Te… quiero, dijo.

    —No.

    —Ter… mi… nalo…

    Esas fueron sus últimas palabras y me dio el revólver.

    —No. No me dejes así… Anen. Por favor, cariño. No, no te vayas. ¿Por qué?

    Comencé a llorar de rabia y angustia.

    Le tomé el pulso y ya no tenía, comprobé su respiración. Había muerto. Agarré su mano con fuerza y saqué el anillo del dedo anular que le había regalado, me lo guardé en el bolsillo. Sujeté el arma, abrí el tambor, vi que le quedaban cinco tiros, lo cerré. Accioné el martillo, apunté a la cabeza y dije unas palabras antes de acabar con la vida de ese miserable, las cuales fueron: «Hijo de puta, esto es por ella», miré al desgraciado con furia, apunté y disparé a bocajarro. El arma no tenía tanto retroceso, por lo que, cada vez que disparaba, no tenía que hacer una fuerza brutal para poder controlarlo. Amartillaba una y otra vez con mi mano izquierda el mecanismo del revólver y con la derecha apretaba el gatillo, hasta descargar por completo el tambor de nueve balas. La sangre salpicó para todos lados. Le dejé un hoyo considerable en el cráneo. Cuando todo terminó, había sangre por todas partes. El arma se me cayó de las manos. Miré mis falanges, llenas de sangre. Se escucharon las sirenas de la policía. Y terminó ahí, por suerte. Nunca supe si era un ladrón o si era el tipejo este. Sea el que sea, se lo tenía merecido.

    Me desperté sin abrir los ojos, de la misma manera que me había despertado la otra vez.

    Abrí los ojos y la vi a Anen al lado mío, respiré profundamente.

    Me levanté de la cama y fui a reflexionar al living, daba vueltas como un lunático. Anen se despertó y me preguntó qué hacía levantado a esa hora, sin incorporarse de la cama. Me temblaban las manos y hablaba conmigo mismo, me estaba volviendo loco. Me sentía re perseguido.

    —Tommy, volvé a la cama.

    —…

    —Tomás.

    —Sí, voy, bancame un… un segundo.

    —Dale.

    Fui a la habitación y me acosté junto a ella en la cama. Tenía espasmos.

    —¿Qué fuiste a hacer?

    —Fui a tomar un vaso de soda.

    —Si no te gusta la soda a vos. No me mientas.

    Ya no sabía ni lo que me gustaba.

    —¿Te puedo contar lo que acabo de soñar?

    —Sí, dale. Para eso estoy.

    Nos sentamos en un lado de la cama y le conté lo que pasó en el sueño al pie de la letra. Mientras se lo contaba yo lloraba desconsoladamente, jamás lloré así en toda mi vida. En algunos momentos me decía: «Modulá, porque no te entiendo, mi amor» o «Repetime». Cuando lloraba de esa manera y hablaba ni yo me entendía.

    Al final de todo, me pasó el pelo por atrás de la oreja y me abrazó.

    —Ya está. Tranquilo. No pasa nada. Estoy acá.

    —¿Te das cuenta de que sufro igual que vos?

    —Sí, ahora sí.

    Nos dormimos, abrazándonos.

    Me desperté más tranquilo, pero aún muy nervioso, al día siguiente a eso de las 7:30 de la mañana.

    Igualmente no tomé el desayuno y me senté en el escritorio de mi novia a pensar. Hablaba conmigo mismo como si estuviera fuera de mis casillas. Anen se sentó al lado mío, con un café, lo dejó arriba del escritorio y me abrazó. «Soltáme», le dije, y me comí las uñas. Ella me dijo:

    —Necesitás un abrazo.

    —No necesito nada.

    —Necesitas algo.

    —¡¡¡NO NECESITO NADA!!! grité.

    —Eu, calmate. No grites.

    —¡¿Cómo no querés que grite?!

    En ese momento, alguien tocó la puerta.

    —Quedáte acá, por favor, me dijo.

    Se fue y yo me quedé en la silla. Escuché como Anen discutía con un vecino que había escuchado mis vociferaciones y de paso se estaba quejando de que a la noche hacíamos mucho ruido.

    Me re calenté, me levanté de la silla, fui y le dediqué unas palabras al señor, por no llamarlo de otra manera más ofensiva. Sólo Anen me separaba de él, estaba yo, Anen, la puerta y el tipo afuera. «Escuchame, pelotudo. ¡O rajás de acá o te arranco la cabeza, chupapija!». Salió espantado, era un hombre de entre unos 40 a 50 años. Ahora que me pongo a pensar me pasé un poco con él. Pero yo estaba mal.

    Anen cerró de un portazo y me miró enojada.

    —¿Qué te dije?, me preguntó.

    —¡Me tiene harto toda esta mierda! ¿A vos no te molesta? ¿No te rompe las pelotas?

    —Si, pero yo no me pongo violenta y empiezo a decir que le voy a arrancar la cabeza a alguien. ¿En qué estás pensando, Tomás?

    Esas palabras me hicieron reflexionar y en seguida se me cayeron unas lágrimas.

    Me dijo con esa voz suave que tiene:

    —Tranquilo, yo te entiendo.

    Se acercó, se paró en puntas de pie y me dio un beso en la frente.

    La besé en la boca de manera salvaje, mordía sus labios fuertemente y con rabia, le metía la lengua hasta la garganta, no sabía por qué, hasta hoy no lo sé. Se ve que le gustó porque ella también puso de su parte y continuó besándome, la puse contra la pared del living, pero siempre mirándonos. Escuché salir de su boca las palabras: «Quiero que me agarres y me cojas». Me empezó a tocar la verga por encima del pantalón y me lo bajó. Me sacó la remera que tenía puesta. Tocó mis abdominales, mi torso, mis brazos. «Tenés una mente tan simple y sucia, y lo peor es que funciona», dije. «No puedo esperar a que estés adentro mío, me estoy mojando de querer sentirte», dijo. Se ve que estaba preparada, porque sacó un forro del bolsillito de su blusa, lo abrió, se agachó, me sacó el bóxer y me puso el preservativo. Yo estaba en un estado de abstracción total, por lo tanto no ponía ningún tipo de resistencia a los roces. «Qué caliente que me ponés», le dije. «Ah, ¿sí?», preguntó de manera sensual, mordiéndose los labios. Vi eso como un incentivo. Entonces le di la vuelta, la coloqué frente a un espejo largo y angosto que había en el living room, (quería que los dos nos viéramos mientras lo hacíamos) esta vez sí de espaldas a mí, le bajé las calzas color fucsia, alzó el culo, toqué su vagina por encima de la tanga de encaje que tenía puesta y me di cuenta de que estaba mojadísima, me deshice de la tanga, le saqué la blusa y le desabroché el corpiño, empecé a acariciarla para calentarla un poco más de lo que ya estaba, tiró la cabeza hacia atrás y a un costado, para dejar que mi boca trabaje su cuello, toqué con mi mano derecha su pecho, y con la izquierda su abdomen marcado y en un momento gritó: «¡Metémela de una puta vez, no quiero esperar más!». Abrió sus nalgas y se la hundí hasta el fondo, empujándola contra el espejo. Entró sin el menor esfuerzo. Abrió la boca buscando aire. «Así de dura me gusta ponértela», susurré muy bajito. Yo le daba suave, hasta que me pidió que le empezara a dar más fuerte. «¡¡¡Quiero gritar de placer porque me estés dando duro, no mantengas la calma ni por un segundo, sujetame del pelo y empotrame contra este espejo, dame más hasta que ya no puedas, te lo ordeno!!!», exclamó. Obedecí a mi ama. Le saqué la colita del pelo, lo tomé y tiré de éste hacia atrás, hasta que su cara chocó con la mía y le comí la boca. Cuando dejé de morfarmela empezó a gritar mi nombre y le metí los dedos en la boca para que dejara de chillar. Lamía y chupaba mis dedos hasta que los introduje profundamente y empezó a tener arcadas. Ahí dejé de hacer presión con mis dedos en su boca y los saqué de allí, tampoco quería lastimarla. También solté su pelo. Me rogó: «Porfavor, dejala adentro un segundo». Hice lo que me pidió. Giró su cabeza, me miró de reojo y expresó un «te amo» con una voz y un tono digno solamente de ella. Luego de muchas caricias y roces le pregunté si podía continuar. Me dijo: «Seguí dándome». Continué bombeándola. Comencé a frotar sus pechos con mis manos, mientras ella agarraba sus nalgas y las separaba una de otra, eso me excitaba más y a ella también. Me arañaba la cara con una mano y con la otra se acariciaba suavemente el clítoris al ritmo de la penetración. Hasta que recordé lo que me había dicho aquella vez que le hice el primer oral, eso de: «Faaaaa, re decidido el chabón. Bueno, demostralo». Me dio muchísima nostalgia. Entonces la penetré con furia. Le demostré de qué estaba hecho. Empecé a gruñir, parecía un animal. Me sentía poderoso, dominante. Le daba rápido, fuerte y sin pausas. Sentía que con cada embestida se le partía la vagina en dos. «¡¡Sí semental, cogéme!! ¡¡¡Me encanta!!!», gritaba. «¿Te gusta? ¿No era esto lo que querías?», le pregunté en voz bien bajita. «sí», respondió de la misma manera, se escuchó mitigado por el sonido de las embestidas. El lubricante del preservativo hacía que todo fuera mucho más fácil y con el fluido que salía de su vulva, aún más. «¿Qué sos mío?» «¡¡Soy tu zorra, papito lindo!!» «¿Qué más?» «¡¡Tu perrita fiel!!» «Así me gusta», le susurré al oído. «¡¡Me hacés sentir como una puta!! ¡¡¡Tomás, Tomás, Tomás, Tomás, Tomás!!!», aullaba. Ya no era que jadeara o que gimiera, ahora estaba gritando de placer, y eso me alteraba muchísimo. «¡Si seguís así vas a hacer que me vengaaa!», gritaba. «¿No te das cuenta de que eso es lo que yo quiero provocar en vos? Que te corras, que gimas y grites de gusto, que tus piernas tiemblen», susurré a la par que respiraba fuertemente en su oreja. Para mí, eso fue lo que más la agitó. No sólo hay que tener sexo físicamente, sino también psicológicamente, masturbar la mente de la otra persona hasta que no pueda más: hablar, gemir, decir cosas bien bajito al oído, mirarse, etc. El factor psíquico siempre está presente en cualquier relación sexual. Porque si no, se vuelve monótono y aburrido a veces, desde mi punto de vista, y según el suyo también, supongo. El caso es que unos segundos después de soltar esa frase sucia, dejó de gritar teniendo un orgasmo que le produjo espasmos, le flaquearon las piernas y su cara se deformó por completo. Pude notarlo, porque cuando dejó de bramar mi nombre y gimió levemente, sentí que empapó por completo mis muslos. Saqué mi pene de su vagina, la di vuelta y vi su carita de ángel desecha. Me saqué el preservativo y le hice un nudo. Me fijé como siempre de que no estuviera roto. «Qué bueno que estuvo eso, mi Rey», me dijo. «Lo mismo digo, mi Reina», le dije. La subí a upa y la llevé al cuarto. Nos acostamos y me dijo: «¿Sabés? Hay alguien acá que no acabó todavía». «Esperá, voy a adivinar», le dije. «¿A ver?», preguntó. «Yo», respondí. «¡Correcto!», dijo, y me sonrió. Entonces se incorporó, escupió en una de sus manos y comenzó a masturbarme suavemente, sin prisa. Hasta que después de unos minutos subió la rapidez, el agarre y le avisé que me venía, agarró mi miembro con las dos manos, y lo hizo todavía más rápido. «Voy a exprimirte hasta la última gota», dijo en un tono muy suave. Tuve un orgasmo y me corrí. Siguió masturbándome, iba a cumplir lo que había dicho. Escupió otra vez para tener la zona bien lubricada. Me corrí por segunda vez, hubo una tercera también. Me excitó muchísimo la forma en que me masturbaba, cada vez más rápido, con esa fricción, intensidad, ritmo y presión que me vuelven loco. Fue a buscar algo. Cuando volvió, vino con unas toallitas, las cuales pasó por todo mi tronco y sus manos.

    —Me encanta tener sexo con vos, mi amor.

    —A mí más, le dije.

    Nos recostamos, puso su mano en mi pecho y dijo:

    —Por fin se cumplió mi sueño.

    —¿Cuál?, le pregunté.

    —El de sentirme mujer, respondió.

    —Me alegro, corazón.

    Miré el reloj y eran las 12:40, ¡habían pasado más de 4 horas! En mi cabeza había pasado no más de media hora. Anen hizo que mis sentidos se nublen y que perdiera la noción del tiempo. Me sorprendió todo lo que puedo llegar a durar teniendo una relación sexual.

    —¿Vamos a comer algo?, preguntó.

    —Dale, que tengo hambre.

    Preparó unos ravioles con una salsa boloñesa casera que estaba buenísima, mientras que yo me senté a mirar la tele. Sirvió una cantidad considerable en cada plato y nos sentamos en la mesa, enfrentados. Lo peor es que cada uno estaba tan concentrado en comer su plato, que casi ni hablábamos, no habíamos comido bien, tranquilos hace días.

    —Dejá los cubiertos un segundo, le dije.

    Los soltó y la agarré de las manos.

    —¿Qué pasa bebé?

    —Perdón que a veces cuando lo hacemos me pongo violento, es sólo que me encendés.

    —Tranquilo, a mí también me gusta que los hombres se pongan violentos cuando llega la hora de tener intimidad, y más vos. Me gusta demasiado como me hacés tuya.

    —Está bien, pero no es correcto.

    —¿Por qué no?

    —Porque a las mujeres se las respeta y más si tiene 7 años más que uno. ¿Entendés?

    —Sí, supongo.

    —Bueno, bien.

    —Es que a mí me excita la violencia en el sexo, no sé porque.

    —Ok, está bien.

    —…

    —…

    —Me fascinó como me cogías en el comedor. Me hiciste sentir como la mejor de las putas. Es una experiencia que no llevaba a cabo hace años.

    —¿Te gustó? A mí también. Pero me tenés que decir si en algún momento te dolió.

    —No, quedate tranquilo pibe. ¿Sabés la cantidad de veces que hice este tipo cosas? Si querés podemos repetir en algún momento igual ¿eh?

    No me había parado a pensar que esta muchacha tiene 25 años. La experiencia sexual que tiene debe ser vasta, comparada con la mía, en general con la de cualquier chico de 18 años como yo.

    —…

    —…

    —Está muy rica la comida, por cierto.

    —Igual que vos, me dijo.

    —Sí, lo sé. Ahre, ¿quién era?

    —Jajajaja, eu.

    —¿Qué pasa?

    —Hay algo que nunca probamos nosotros dos.

    —¿Qué cosa?

    —Sexo anal.

    —Sí, tenés razón.

    —Compré gel lubricante.

    —¿Cómo? ¿Cuándo?

    —¿Te acordás que el día que fuimos a comprar la bondiola yo entré a un local?

    —Sí, me acuerdo.

    —Bueno, ahí.

    —Ah, ok.

    —¿Querés hoy a la noche?

    —Dale, no hay drama.

  • Secuelas de una pandemia (II) El bóxer negro

    Secuelas de una pandemia (II) El bóxer negro

    Ese día le tocaba a Pato encargarse de lavar la ropa, según el acuerdo que habían pactado al principio de la convivencia. Cuando estaba por poner dentro de la lavadora un bóxer de Diego, Pato pudo ver un enorme guascazo que almidonaba la tela negra. Un calor profundo, como el que sintió cuando Diego le pasó el dedo por la nariz después de tocarse el hoyo, se apoderó de él. Se aseguró de que su compañero no estuviera cerca y se guardó aquella prenda en su bolsillo.

    Esa noche acabó dos veces sobre el calzón de Diego.

    ***

    –Pato ¿Vos viste mi bóxer negro?

    –No. Para nada.

    –Fijate bien. Debe estar entre tu ropa.

    Pato dejó a un lado el mate y se levantó del sillón para dirigirse a su cuarto y fingir una búsqueda infructuosa.

    Algo raro había en la voz de Pato, algo sutil que hizo pensar a Diego que su amigo había mentido al responder. Y esto se debía a la sencilla razón de que una nueva etapa de esa amistad, un morbo que comenzaba a despuntar, se había instalado entre ellos. En esa sospecha permaneció Diego hasta que, a la mañana siguiente, cuando Pato salió a hacer la compra del día, sin dudar un instante, se dirigió al cuarto de su compañero para encontrar lo que buscaba.

    Lo que no sospechaba era que lo hallaría manchado de semen seco y duro, pero no solo en un punto determinado, sino completamente sucio, producto de varias acabadas. Al ver esta imagen, Diego se llevó el bóxer a la cara y comenzó a aspirar el olor a macho que despedía aquella prenda, mientras la pija se le iba poniendo dura. Enseguida peló y comenzó una paja furiosa que terminó en diez segundos con un lechazo que adornó una vez más la tela del calzoncillo. Y así, mojado, lo dejó sobre la almohada de Pato.

    ***

    –¡Limpiá las cosas con lavandina vos! –ordenó Pato mientras dejaba las bolsas del súper sobre la mesada–. Me cambio y te ayudo.

    Dentro de su cuarto, comenzó a desvestirse para ponerse la ropa de entrecasa, cuando de pronto su mirada se topó con el bóxer robado, tirado sobre la almohada. Por un instante, el corazón le dejó de latir, pero al tomar el calzón y comprobar que estaba húmedo de guasca reciente, las palpitaciones aumentaron como si hubiese terminado de correr una maratón.

    Lo había descubierto. Diego había descubierto que él tenía escondido el calzoncillo manchado de leche seca de más de una paja.

    Nunca había sentido tanta vergüenza, tanta humillación.

    Pero ahora el bóxer estaba sucio de leche fresca. Recién escupida. Leche fresca recién escupida de la pija de Diego. Leche de Diego en su mano, pegoteándose.

    Pato salió del cuarto con los ojos llorosos, indignado, enseñando el calzón embadurnado de semen fresco y manchas antiguas, con la mano en alto, pero sin decir una palabra, en señal de protesta.

    Diego estaba apoyado en la mesada con los brazos cruzados, como esperando a Pato desde hacía un par de minutos, sabiendo que encontraría su trofeo y vendría a declarar algo. Pero ¿qué había para declarar?

    –Todo bien –dijo Diego con una calma seductora que rozaba el cinismo–. Te lo podés quedar.

    Pato quedó petrificado, con el calzoncillo en la mano levantada en alto. Quiso hablar. No pudo. Los ojos al borde de un estallido de lágrimas. Dio media vuelta y se encerró en su habitación.

    Pero se había llevado el calzoncillo consigo.

    ***

    –¿Hablamos? –preguntó Diego a través de la puerta cerrada–. Dale boludo. No pasa nada. Salí y charlemos.

    –…

    –En serio. No pasa nada. Dale chabón… ¿Puedo entrar?

    – Pasá.

    Pato estaba en la cama, hecho un ovillo. Tapado con el acolchado miraba hacia el lado opuesto a Diego. Al cabo de unos segundos, musitó un débil “perdón”, seguido de un sollozo.

    –Ah, bueno, yo sabía que eras boludo ¡pero no tanto!! Dejate de joder, chabón, no tenés que pedir per…

    –¡Vas a pensar que soy puto! – lo interrumpió Pato con un grito angustiado que dejó a Diego sin palabras por unos segundos, hasta que mansamente agregó:

    –Te das una ducha y charlamos. ¿Dale?

    Quince minutos después, birra mediante, ambos amigos comenzaron un diálogo inédito para las mentes de aquellos dos hombres jóvenes de clase media y familias moderadamente progres.

    – ¿La verdad? No sé lo que me pasó –arrancó Pato–. Nunca hice nada así, te lo juro. Pero bueno, esas charlas que tuvimos, el encierro, no poder salir a garchar con ninguna mina…

    –Se llama morbo.

    –¿Qué? ¿De qué hablás?

    –Eso que te pasó, o te pasa, se llama morbo –explicó Diego con aplomo–. Y no tiene que ver con la orientación sexual.

    Pato sintió que algo se relajaba dentro de él. Quería escuchar, necesitaba respuestas.

    –Mirá –dijo Diego después de terminar su lata de cerveza–, yo eso lo descubrí en el gym. Primero, somos treinta chabones usando ropa ajustada y viéndonos tensionar los músculos, multiplicados en todos los espejos. ¿Ok? Ya eso solo te llama la atención. Es así. Sumale los vestuarios y…

    –¿Pasa algo en los vestuarios? –interrumpió Pato algo ansioso.

    –Sí, seguro. Bueno, en realidad no sé; pero algo debe pasar. A mí nunca me tocó ver nada raro, pero seguro… Bueno, a lo que voy es que en el vestuario estamos literalmente en pelotas, y bueno, eso es sexual aunque no quieras. Todos miramos la pija del compañero. No sé, para compararla, por curiosidad… Qué se yo.

    –Pero ¿Y lo del morbo?

    –Pará. Ya llego a esa parte –respondió acomodándose en el sillón con la actitud de quien va a desarrollar una teoría trascendente para la humanidad–. Una vez, creo que fue hará dos años atrás, estaba yo solo en el vestuario, cambiándome para salir, cuando un compañero se metió en las duchas. El flaco dejó al lado de mi bolso su ropa usada. No sé qué me pasó, pero bueno; me picó una curiosidad rara… Cuando noté que no me podía ver, tomé su remera y la miré en detalle, estaba buena, qué se yo. La dejé y vi que al lado había un suspensor. Yo nunca había usado eso y siempre me había llamado la atención. Lo agarré y sin pensarlo me lo puse en la napia. Olí y casi me caigo de culo.

    Pato miraba con una expresión extrañada, pero quería que su amigo continuara con el relato.

    –Fue rarísimo… Era una mezcla de olores que, no sé, no se parecían a nada. Pero me excitó a full. Obvio me sentí súper raro, pero la verdad es que ni se me cruzó por la cabeza meterme en la ducha a chuparle la pija al chabón. ¿Se entiende?

    –Sí, sí. Re.

    –Y nada. Lo dejé en su lugar, me terminé de peinar y listo. A la calle.

    –Pero y después, ¿no te pajeaste?

    –¡Nooo! ¡Para nada! Es más, esa noche me vi con Lore ¿te acordás? Y me la garché como el mejor pero ni me acordé del suspensor del vestuario ni en joda.

    Pato seguía mudo. El relato de su amigo, lejos de calmar su angustia le había provocado un sentimiento indefinible que prefería no experimentar.

    –Lo que quiero decir –siguió Diego– es que tener morbos es normal. Mirá, vos me dijiste que nunca te olías la verga y… de alguna manera es mi culpa, porque yo saqué el tema, ¿viste? Y bueno, otro día volvimos a hablar de lo mismo, y pintó paja y…

    –Tremenda paja –agregó Pato con una sonrisa, ya más relajado.

    –¡Tremenda, amigo! Y nos re miramos. ¿O no?

    –Re.

    –Pero todo bien, ¿viste? Re normal. Y bueno, eso también es morbo.

    Diego iba a seguir hablando, pero comenzó a reír levemente. Se moría de ganas de comentar algo más, pero lo disimulaba con una risa que invitaba a preguntar.

    –¿Qué? ¿De qué te reís? –preguntó Pato.

    –De nada… pero bueno. Estamos en confianza, ¿no?

    –Más vale, forro.

    –Bueno, nada –confesó Diego–, hablar del tema me la puso gomosa. ¿A vos?

    –…

    –¿Sale paja?

    Por toda respuesta, Pato comenzó a desnudarse torpemente, por completo, para dejar al descubierto su nada despreciable chota, dura como un tronco. Diego volvió a reparar en el porte de aquella verga y se sorprendió un poco de verla erecta al cien por ciento, cuando se suponía que su amigo aún seguía preocupado por haber sido descubierto en su contrabando del bóxer enlechado.

    Esta vez no había porno. Lo que ahora cada uno de ellos veía no era una pantalla de tv mostrando a dos personas cogiendo, sino a un hombre en pelotas con las gambas abiertas, dejando caer los huevos sobre la tela del sillón, rebotando con cada movimiento de las manos aferradas a las pijas calientes y duras.

    Diego se detuvo un momento para sacarse el pantalón que tenía bajado hasta los tobillos y volvió a sentarse, esta vez con las piernas mucho más abiertas, con los talones apoyados en el sillón, dejando al descubierto su hoyo peludo.

    Pato seguía su paja sin poder evitar que el torso se le arqueara de vez en cuando, sin poder impedir que los gemidos fueran cada vez más evidentes.

    Diego volvió a acomodarse, esta vez para levantar las piernas y dejarlas suspendidas en el aire. Enseguida se escupió las manos y mientras con una se tocaba los huevos y la pija, cubriéndolos de baba, con la otra se dedeaba el orto, como seduciendo a Pato que, sin pensarlo, había comenzado a hacer lo mismo que su amigo, casi en espejo.

    “¡Tomá, puta!”, gritó Diego con voz ronca, dejando caer un chorro de leche espesa sobre su pecho peludo, unos segundos antes de que Pato comenzara a escupir guascazos por todos lados, con un gemido de placer que nunca antes había expresado de esa manera.

    Por un minuto, silencio y ojos cerrados. Luego, cruce de miradas y al unísono, como si hubiese sido ensayado, ambos largaron un “¡alta paja!”, seguido de un ataque de risa franca.

    Ambos estaban exhaustos, relajados y tranquilos; en la confianza más plena, la de dos amigos que no tienen nada que ocultarse y que comparten algo que les pertenece solo a ellos y a nadie más; su pequeño tesoro, su secreto más íntimo.

    ***

    La paja compartida comenzó a tomar carácter de práctica habitual. Surgía sin un plan: después de entrenar, oliendo las calzas chivadas; antes de cenar, con una birra en la mano libre, o bien antes de ir a dormir “para estar más relajados”.

    Lo habitual era quedarse en pelotas, sentarse frente a frente y comenzar la paja mirándose mutuamente. De a poco empezaron a volverse cada vez más verbales. “che, mirá cómo la tengo”. “La tenés re babosa hoy”. “Apretate los huevos, dale: está buenísimo”. Comentarios, consejos, chistes. Y luego de la acabada, seguir charlando de lo que sea, mientras la leche se iba escurriendo al principio, hasta secarse en los pelos del pubis o el pecho unos minutos después.

    ***

    Una noche pintó competencia.

    –Pero vos ganás, forro –dijo Diego–. Acabás más lejos que yo.

    –Porque la tuya es más espesa. Dale. Onda tiro al blanco.

    –Ok. Traé el bóxer negro –sugirió Diego, sin notar que Pato bajaba la mirada con pudor–. Dale, no me digas que lo tiraste.

    Pato respiró profundo, fue a su cuarto y al rato volvió con el famoso calzón almidonado de leche. Diego lo tomó, lo aspiró con fuerza y como estimulado por una droga, empezó su paja.

    Quince minutos después, el calzoncillo estaba empapado por la leche copiosa y líquida de Pato que ya empezaba a ser absorbida por la tela, y cubierto luego por la acabada untuosa de Diego que tardaba en diluirse.

    “Lo guardo”, dijo Pato de camino a su cuarto. “Obvio”, respondió Diego con una sonrisa. “La próxima lo usamos”.

    ***

    –Che. ¿No estamos haciendo cualquiera? –preguntó Pato con voz insegura unos minutos después de una de aquellas “altas pajas”.

    Diego dudó unos instantes y sincero aventuró un “No sé”, para quedar callado por un largo lapso.

    El silencio era incómodo y Pato arremetió nuevamente:

    –Digo… No es que esté mal, pero qué se yo. Es raro.

    –Si querés lo dejamos.

    Un “no” rotundo brotó de los labios de Pato con tanta vehemencia que sintió pudor, al punto de buscar, con palabras débiles, justificar aquella respuesta.

    –Entonces no rompas los huevos, amigo. Estamos solos, en medio de una pandemia, estamos calientes, tenemos confianza. ¿Qué onda? ¿Te da salir a garchar con una piba que no conocés?

    –No, está bien –atinó a responder Pato–. La verdad es que sí, lo pensé, pero… me da cagazo salir y contagiarme.

    –Listo, boludo. Ya está. ¿Está claro que esto queda entre nosotros?

    –Sí.

    –¿Y que no tiene nada de malo?

    –…

    –¿Te parece mal lo que hacemos sí o no?

    Pato suspiró. Parecía buscar las palabras:

    –Me parece mal. Pero me gusta.

    –¿Sí? ¿Te gusta?

    –Sí.

    –¿Cuánto? –Preguntó Diego mientras se sobaba la pija con las piernas bien abiertas.

    –Mucho –respondió Pato, iniciando la segunda paja de esa tarde, pero no la última de aquel día.

    (Continúa)

  • Chat con una milf (Parte 2)

    Chat con una milf (Parte 2)

    Después de la foto hice lo posible para que me aceptara una salida para tener sexo, un faje, un beso, lo que sea. Estaba demasiado cachondo como para no conformarme. Aunque ella, algo incomoda me dijo que sería todo, y que lo considerara un favor.

    Ella: Perdón pero es todo lo que puedo hacer, tengo mi familia y no quiero arruinar nada.

    Yo: Te prometo que cualquier cosa que pueda pasar entre nosotros, se queda entre nosotros.

    Ella: Mijo, conozco también a tu familia y son mis amistades, también a ti te considero amistad y no quiero arruinar eso.

    Yo: ¿Arruinar?, para nada, creo que con lo que hemos platicado se ha incrementado la confianza.

    Ella: Tienes razón, hace años que no hacía este tipo de cosas, pero no sé si quiero continuar.

    Yo: Hay que hablarlo en persona, ¿a qué hora estás sola en tu trabajo?, haré espacio para ir.

    Ella: No, a mi trabajo no, hay personas en los demás locales y me da miedo que digan algo, ¿qué tal el jueves?, ese día descanso.

    Yo: Muy bien, jueves.

    Los días restantes para vernos no hubo ninguna situación sexosa, solo eran platicas muy «a lo señor», lo más cercano a intimidad fue la siguiente conversación:

    Ella: ¿Por qué no te interesan más las chicas de tu edad?, sé que tienes mucho pegue

    Yo: Vaya, realmente no es mucho, y bueno, sí he estado con un par de chicas pero, siento que no me prenden lo suficiente como las mujeres mayores

    Ella: ¿Pero que tan mayores?, ¿por qué yo?

    Yo: Obviamente no estaré con una mujer mayor a 60 por poner un ejemplo, pero, si puedo ser sincero y tú puedes guardar el secreto. Algunas veces cuando estuve con chicas de mi edad, me esforzaba por imaginarme que tenía sexo con tías o mujeres mayores que conozco.

    Ella: No sé si eso es bueno o malo, no voy a juzgar pero, ¿también imaginabas a tu mamá?

    Yo: Jaja no, para nada. Sólo las tías más buenas o bonitas que tengo, o amigas de mi madre que me interesan.

    Ella: ¿Y has tenido algo con tus tías o mujeres mayores?

    Yo: Una vez, con la mejor amiga de mi madre… Bueno, en realidad fueron 3 o 4 veces, pero a ella le empezó a dar miedo.

    Después de eso duró un rato sin responder.

    Yo: … ¿Eso te calienta?, ¿te gustaría tener algo así conmigo?

    Ella: No sé, lo sigo pensando, no me presiones y por favor respeta mi decisión. Pongo en riesgo mi familia.

    Yo: Está bien, aunque me gustaría ser un poco más rudo contigo… Pero bueno, por ser tú lo haré.

    Llegó el día. Ya había hecho todo lo que me tocaba y acordamos vernos cerca de una plaza del pueblo, claro, un lugar más privado.

    Como todo lo que pasó fue en persona y no tengo chat sobre lo que pasó, voy a describir como lo recuerdo.

    Ella iba vestida de manera casual, jeans, camisa (poco escotada, pero vamos, yo ansiaba por ver esos pechos). Me di cuenta que iba un poco más maquillada que la vez que la vi en su trabajo. Ella me saludó primero.

    Ella: Hey, siento que hay muchas personas alrededor y para lo que vamos a hablar a lo mejor es peligroso.

    Yo: Te ves hermosa. Yo opino que no hay problema que sea aqui, yo no conozco a nadie y seguramente a ellos les da igual. Además, en la plaza seguramente hay más personas.

    Ella: Está bien, hay que sentarnos.

    Acepto que fue un poco incómodo al principio, ya que comenzamos hablando de otros temas como mis estudios o pasatiempos, también sobre ella e incluso la manera en que conoció a su esposo. Por lo menos me enteré que él no es el padre de los niños. Finalmente decidí empezar con lo interesante.

    Yo: Bueno, si llegamos a este punto es porque te interesa mi propuesta.

    Ella: No recuerdo ninguna propuesta, pero quiero escucharla

    Yo: (Aunque inicié firme, me dio miedo y nervios continuar hablando)… Uhm vaya… Pues, yo estoy dispuesto a todo, me encantaría hacer de todo contigo solo si tú quieres.

    Ella: Jajaja ya lo había decidido, noté que en chat eres diferente, pero acepto que me prendes un poco.

    Yo: Tú sí que eres diferente en chat, en persona eres muy abierta, en chat no tanto.

    Ella: Te mandé una foto muy candente, ¿me dices que no soy abierta?

    Yo: Bueno… Solo cuando escribes pues. No quiero molestar pero, ¿habrá más fotos?

    Ella: Tienes que decidir, ¿prefieres las cosas en persona o por foto?

    Yo: Persona persona!, eso significa que… ¿aceptas?

    Ella: Sí sí, acepto

    En ese momento me excité bastante, al mismo tiempo sentí una sensación de logro muy grande.

    Ella: Pero, debes de entender que nadie debe de saber, debo de contar con tu absoluta discreción. No puedes contarle a ningún amigo o familiar por más confianza que le tengas.

    Yo: Claro, por eso no te preocupes.

    Ella: Bueno, ¿qué plan tienes?, estoy ya muy caliente y ya quiero hacerlo contigo.

    ¡Puta madre!, yo no tenía nada planeado, yo iba con la intención solo de platicar, no pensé que justo en ese momento ella quería coger… Pero, no podía negarme, también estaba muy caliente.

    Yo: Uy… No pensé que iniciaríamos hoy, ¿tú qué propones?

    Ella: ¿Enserio no?, jaja… ¿Por qué crees que te cité a las 5?, además tú sabes que mi marido sale hasta las 11 del trabajo, así que tengo mucho tiempo para gozar contigo. Pero, tranquilo, tengo carro y podemos ir a mi casa, dejé los niños con mi hermana.

    Yo: ¡Entonces tú eras quien lo tenía planeado!

    Ella: Jiji. Bueno solo un poco. Pensé que te ibas a asustar o te ibas a arrepentir si yo estaba dispuesta. Bueno, vayamos al carro

    De camino a su casa seguimos platicando y calentándonos más y más. Llegamos a la esquina y me dio indicaciones de donde vive

    Ella: Ya casi llegamos, solo hazme un favor, bájate aquí y cuando te marque entra a mi casa. Hay un par de vecinas que me da miedo que te vean. Entra por la puerta de atrás.

    Yo: Claro, sin problema.

    Pasaron 10 minutos sin que me marcara, para mí, una eternidad, y pensé miles de cosas. Quizá su esposo está ahí. Quizá se arrepintió. Quizá todo es una broma… Al fin me marcó. Sólo me dijo que con cuidado pasara por atrás.

    Lo hice sin problemas. Entré por la puerta y escuché su voz, me dijo que cerrara la puerta y subiera por las escaleras.

    Su casa era grande, muy bonita y familiar. Había juguetes regados y comida en las mesas. Por un segundo me sentí un poco mal al pensar en sus hijos… Pero todo eso no me importó cuando subí las escaleras y al abrir la puerta la vi…

    Entendí por qué tardo tanto en marcar… Llevaba un babydoll que le quedaba de lujo. Se podía ver muy muy poco el pezón marcado, pero era excitante hasta el infierno. Llevaba tanga, y para mí eso era bueno, porque quería quitársela. ¡NO!, quería arrancársela con mis dientes.

    Su cabello suelto, voluminoso y castaño pasaba por sus pechos.

    Ni siquiera necesitaba estar en alguna pose. Solo estaba sentada en a cama y con una luz prendida a un lado. Me dijo que me sentara. Yo no accedí y me lancé a besarla.

    Durante los besos usaba las manos, todo, todo lo que pudiera tocar.

    Ella me detuvo un poco y me dijo: Espera, con calma muchacho, sé lo que sientes, yo también lo siento, pero hay que disfrutarlo… Esto no se va a acabar, respira y no te exaltes. Si no lo haces, yo no voy a continuar.

    Vaya, yo quería despedazarla en la cama… Pero entendí que a ella quizá no le gustaba rudo.

    Yo: Está bien.

    Respiro profundo mientras sigo encima de ella.

    Ella: Jaja, eres muy guapo. Quítate la playera.

    Sin pensarlo lo hice, apenas me estaba desabrochando el cinto cuando me dijo: No no, yo sólo dije la playera.

    Yo: ¿Quieres llevar el ritmo y el control?

    Ella: Sí, mi esposo nunca me deja. Pero no te preocupes, si nos volvemos a ver, te tocará a ti.

    Yo: Sí, nos vamos a ver de nuevo, ni lo dudes.

    La tomo del cuello sin apretar, me acerco a su oido y susurro: ¿Qué quieres que haga?, ¿qué quieres que te haga?

    Ella soltó un pequeño suspiro que al mismo tiempo fue un gemido en silencio.

    Ella: Besame, lento, pero tocame los pechos.

    Lo hice, la besé de manera lenta pero sugiriendo siempre con mi legua tratar de aumentar el ritmo. Ella accedió.

    Ella: Perdón. Quiero ir lento, por favor no te molestes

    Decidí ponerla a ella como prioridad, darle todo lo que se merece. Además, la satisfacción de una mujer es algo que me excita descomunalmente… ¿Le pasa a más hombres? (Me interesa saber, dime en los comentarios)

    Yo: No me pidas perdón, no me pidas permiso y no me preguntes. Soy tuyo y haré lo que me pidas, con la promesa de que la siguiente vez tú harás lo mismo.

    Ella: Acepto.

    Me pidió que besara su cuello y poco a poco bajara a sus pechos, pero que no le quitara nada de ropa aún.

    Desde el primer beso en el cuello ella gimió: Ahhh

    Cuando llegué a sus pechos, usé la lengua para tratar de tocar un pezón. Ella me dijo: Hazlo, pero no quites nada.

    Comencé a lamer el pezón derecho, mientras, mi mando izquierda acariciaba su pecho izquierdo.

    Ella entre gemidos me dijo que ya podía dejarla desnuda solo de la parte de arriba, y lo hice.

    Vaya, si antes creía que era hermosa, ahí era toda una diosa. Sus pechos eran perfectos, sus pezones estaban con un todo rojizo muy jugozo.

    Me acomodé para poder continuar besando sus pechos, eso le encantaba. Me puse a tal altura donde mi pene rozaba su vagina. Ella empezó hacer movimiento de arriba hacia abajo para calentarme aún más. Yo ya moría por coger, pero respeté el acuerdo.

    Ella tomó mi mano que acariciaba su otro pecho para llevarlo a su boca y chuparlos. Pregunté: ¿No quieres chupar otra cosa?

    Ella respondió: ¡Por favor!

    Apenas me iba a poner a su altura cuando ella de un jalon tomó mi cintura y me desabrochó a medias el cinto y el pantalón para bajarlo como pudo. Mi pene salió muy rapido y le dio un ligero golpe en su mejilla.

    Ella: Wow, que delicia.

    Empezó a masturbarme y mirarme desde abajo con unos ojos… Mierda, unos ojos que me decían «Cogeme, cogeme por cada lugar y en cada lugar que puedas». Yo tan solo me mordía los labias para aguantar mis ganas. Estaba muy distraido aguantandome esas ganas cuando de pronto siento su humeda boca en mi pene. Ella chupaba muy muy rapido, mientras que sus manos hacían movimientos en mi pene.

    Duro un buen rato haciendo eso cuando de golpe me dijo: Estoy muy caliente, toma tu celular y grabame si quieres, esto me excita muchisimo.

    Lo hice, empecé a grabar como me hacía el oral. La tomaba de su cabello y hacía que llegara lo más profundo hasta que escupiera.

    Yo: Por favor, no aguanto más, dejame cogerte, dejame hacerlo.

    Ella: Me calienta que me supliques. Yo también muero porque me cojas, pero no, quiero ir poco a poco y aún falta.

    Mierda, yo ya no aguantaba. Pero ella me dijo que quería un oral para ella.

    La cargué y la puse en la cama, abrí sus piernas y…

    Ella: No, de nuevo no quites nada. Besame las piernas, los muslos, la vagina por encima de las bragas… Pero no quites nada.

    Yo: Me matas…

    Estabamos sudando un poco, pero eso me calentaba más. La besé por cada rincon que podía, incluso trataba de meter mi lengua por sus bragas. Duré así poco tiempo y de pronto pude saborear su vagina.

    Yo: ¿Ya puedo qui-…? (Ni siquiera me dejó terminar la oración)

    Ella: Hazlo, quitame lo que quieras, cogeme de una vez si es lo que quieres pero hazlo, ¡HAZLO!

    No me preocupó no llevar condón, no me preocupó absolutamente nada, yo estaba más cachondo de lo que nunca estuve.

    Tomé sus piernas y con fuerza la acomodé para dejarla en 4, no me dijo nada, ella estaba igual o más cachonda que yo.

    Fui acariciando poco a poco su vagina con mi pene. Estuve a punto de meterlo cuando pensé… «Me voy a esperar a que me ruegue».

    Duré así un rato, metiendo muy muy poco la cabeza del pene, golpeando con mi pene sus nalgas y saboreándola cuando me dijo.

    Ella: ¿Es tu venganza?, ¡Ya metemela!

    Yo: Jajaja, sí, quería que lo pidieras.

    Lo hice, y hasta adentro. Llevé un ritmo normal por un rato, ella gemía como diosa, al parecer le terminó importando nada que hubiese vecinos.

    Poco a poco aumentaba la velocidad porque parecía que me lo pedia por la manera en que se movía.

    De pronto ella se quita para aventarse hacía a mi diciendo: Se me olvidó que yo llevaba el control. Quiero estar arriba.

    Sí, eso me prendió aún más.

    Ella me cabalgaba como una experta, se movia y gemía mientras se tomaba de cabello ella misma. Su otra mano acariciaba mi pecho y cuello.

    Con mis manos la sostenía de su culo y de vez en cuando las pasaba por sus maravillosas tetas.

    Ella disfrutaba mucho, gemia y gemia hasta que…

    Yo: Dios, ¡dios!, Estoy a punto de venirme, estoy a-… Uh uhhh para ¡Para!

    Ella: ¡Ah! ¡Dameee!, ¡Me- me vng… Me vngoo… (Estaba balbuceando a medio orgasmo)

    Tuvimos orgasmo casi al mismo tiempo, yo me vine primero, y fue el mejor orgasmo que he tenido. Ella continuaba durante mi orgasmo y tuve de aquellos dolores/calambres placenteros después de un orgasmo.

    Ella cayó rendida a la cama, temblando un poco de placer.

    Yo, la vi desnuda, y aún sin estar tan excitado como antes… Me prendía… Estaba hermosa.

    Tardó un par de minutos en recuperarse y me dijo.

    Ella: Fue el mejor orgasmo que he tenido.

    Yo: Creeme, eres una diosa, tú lo que me hiciste no solo fue un orgasmo, me llevaste al cielo

    Ella: Jajaja, eres un amor. Esto se va a repetir pronto.

    Para ese momento ya eran las 10 de la noche

    Ella: ¡Son las 10!

    Yo: Sí, falta un hora, ¿np?

    Ella: Sí, pero mira como dejamos la cama y el cuarto. Mierda, el olor se va a quedar un buen rato… Salte, tengo que acomodar todo y fingir que no me dejaste satisfecha

    Yo: Jajaja, muy bien muy bien, pero me dejaste un poco lejos de casa.

    Ella: Ouh… Lo siento mucho, no pensé en eso… ¿Te llamo un taxi?

    Yo: No no, no te preocupes, no hago tanto de camino, además, pasaré por algo de cenar.

    Ella: ¿Y tus padres?, ¿no te han llamado?

    Yo: No, piensan que fui a ver peliculas con amigos.

    Ella: Bueno. Perdón si no te despido bien, pero tengo que apurarme en ordenar todo.

    Yo: ¿Nos mensajeamos?

    Ella: A esta hora a lo mejor no, pero mañana como siempre podemos hablar.

    Yo: Quieres… ¿El video?

    Ella: Ups… Ammm no, conservalo, confio en ti.

    Yo: Está bien, ¡Nos vemos!