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  • Anal desenfrenado con mi vecina mayor

    Anal desenfrenado con mi vecina mayor

    Está es una de las mejores anécdotas que tengo.

    Ele es aún amiga mía y de la familia, pero hace muchos ayeres, tuvimos un delicioso encuentro sexual muy intenso

    A tres cuadras de distancia de mi casa y 4 cuadras de la de Ele, había un bar, el lugar de 3 pisos, permanecía abierto hasta que el cuerpo aguantara, invariablemente, todos los que salíamos de fiesta viernes o sábado y queríamos seguir, terminábamos en ese bar.

    Por la cercanía y otras cosas, yo era cliente habitual, así que nunca hacía fila, ese viernes, como muchos otros, salí de la disco y me encaminé al bar, al llegar toqué el timbre, el buen amigo DoorMan abrió la pequeña mirilla para ver quién tocaba, levanté mi mano, al identificarme abrió la puerta y entré.

    Empecé mi recorrido en el primer piso donde había grupo y pista de baile, saludé a personas conocidas y subí al siguiente piso, me entretuve más tiempo charlando con el Barman en la barra, los meseros y otros conocidos, pero como no vi nada interesante, subí al tercer nivel, este espacio era más reducido, unas pocas mesas, menos luz y una mesa de billar, al entrar me dirigí a la barra en donde me puse a platicar con el barman, al empezar a recorrer las mesas con la mirada vi una mano saludando, debido a la luz no identifiqué al instante a Ele, la mujer que me saludaba, al enfocar bien la mirada y reconocerla me acerqué a su mesa, ella estaba acompañada por otra pareja, el Sherif (dueño de otro bar) y su esposa.

    Ele me invitó a sentarme en su mesa, invitación que acepté, un tanto resignado a pasar la noche sin sexo porque no tuve suerte ese día, Ele dio unos golpes con su mano al lado de donde ella estaba sentada indicando que ocupará ese lugar.

    Ele es una mujer 12 años mayor que yo, en aquel entonces tenía un muuuy buen cuerpo, de estatura baja, caderas amplias, piernas torneadas y firmes, un par de tetas grandes (siempre atraían mi mirada), de piel morena, cabello negro, ojos grandes, nariz afilada y labios carnosos.

    Cabe mencionar que nunca había pensado en tener sexo con Ele, a pesar de lo buena que estaba, en primer lugar por la relación de amistad, en segundo lugar porque era esposa del hermano mayor de uno de mis mejores amigos (nunca me cayó bien, es un tipo arrogante y prepotente).

    Pero esa noche después del bar, todo sería diferente.

    Sentado en la mesa junto a ella, sentía su mano muy frecuentemente acariciar mis piernas, Ele estaba ya un poco pasada de copas, así que no le di importancia, en cierto momento me levanté para ir al baño, al regresar, Ele tenía algunos botones de su blusa desabrochados, lo que dejaba admirar parte de sus grandes tetas y de su bra.

    Al sentarme, no sabía que hacer, así que me acerqué a su oído y le dije que su blusa estaba desabrochada, a lo que ella respondió ante mi asombro, «abróchalos tú», para reír junto a la otra pareja cuando yo lo hacía.

    Eso me apenó y molestó un poco, cuando anuncié que me retiraba, Ele me dijo que por favor la acompañara a su casa, que se sentía mareada y no quería manejar.

    Así las cosas, esperé un poco más, Ele subía de tono sus caricias hacia mí, en varias ocasiones tocó mi falo, yo sentía que todos nos miraban, pero lo cierto es que nadie lo hacía excepto, el personal del bar y la pareja.

    Afortunadamente, el dueño del bar se acercó y le recomendó que sería prudente retirarnos, ya que estaba un poco bebida y muchos ahí la conocían a ella y a su esposo, cuando nos retiramos del bar, la pareja, Ele y yo, el dueño del lugar me preguntó si yo la llevaría, le respondí afirmativamente y me guiñó el ojo, me dijo que fuera con cuidado.

    Una vez estacionado el auto en la cochera de la casa de Ele, me dijo que me quedara un rato con ellos, que Mane (su esposo odioso) no estaba y no quería estar haciendo mal tercio con Sheriff y su esposa, ellos también dijeron que me quedara un rato, así que accedí.

    Conforme el alcohol entraba a nuestro cuerpo Ele me abrazaba y acariciaba más, mientras que mi reacción se empezaba a notar bajo mi pantalón.

    Ele, el Sheriff y su esposa bromean al respecto, lo que me molestaba un poco, sin embargo, el alcohol se encargó de minimizar eso, además de las caricias de Ele cada vez más intensas.

    Al cabo de dos o tres tragos más el Sheriff y su esposa se retiraron a una habitación, para ese momento Ele me acariciaba bajo mi camisa, me dijo que la besara, que no tuviera miedo, me dejé llevar y comencé a devolver las caricias, la besé, nuestras lenguas se enfrascaron en lo que parecía una lucha, mis manos fueron tocando su cara, después su cuello, una bajo a sus tetas grandes y firmes, otra bajo a su cintura para jalarla hacia mí.

    Esas tetas que había admirado muchas veces, ahora las disfrutaba de una manera formidable, mientras las manos de ella recorrían mi espalda y pecho, sus senos eran suaves y firmes, sus pezones se sentían grandes y duros, mientras una mano los tocaba la otra mano subía desesperada el resto de la prenda para sacarla por su cabeza.

    Ele lucía espectacular, pero en el momento que yo la admiraba, me dijo «aquí no», «vamos a mi cama», acariciando mi erecta verga por encima del pantalón, metió su pequeña mano entre mi pantalón y mi piel y me jaló para que la siguiera.

    Una vez en su recámara, continuamos con nuestras caricias, mientras nos besamos nuestras manos recorrían espalda y pecho, como si nos hubiéramos sincronizado, ambos empezamos a quitar el pantalón del otro con todo y calzón, yo el de Ele y ella el mío, finalmente me quité mi camisa mientras ella se quitaba el bra.

    Quedamos los dos desnudos, yo admiraba su pequeño cuerpo cuando me dijo, ¿te gusta lo que ves? al responder afirmativamente, me dijo «si eres discreto puedes tenerlo cuando quieras», mientras hablaba se acercaba hacia mí, empezó a acariciar mi verga, al mismo tiempo que me besaba apasionadamente, sentía sus tetas rosar mi pecho, sus pezones suaves y firmes.

    Mis manos ahora recorrían todo su cuerpo, la espalda, las nalgas, las piernas, su entrepierna, sintiendo la humedad caliente que salía de su vagina.

    En un abrazo nos dejamos caer en la cama, mis manos buscaron su vulva, los besos seguían, mi boca iba de su boca a su cuello, a sus tetas, mis dedos separaron los calientes labios y entraron a su mojada y muy caliente vagina, después de meterlos y sacarlos un pico, Ele dijo «cógeme, méteme ya esa verga», giramos y ella quedó abajo de mi con sus piernas abiertas y su bien cuidada panocha dispuesta a recibirme.

    Me acomode para penetrarla, primero lento, después rápido, cada vez más rápido hasta que sentí más caliente y húmedo, Elle apretaba mi pene con su vagina al tiempo que enterraba sus uñas en espalda y gritaba que no me detuviera, no pude aguantar más tiempo y dejé escapar mi leche dentro de ella.

    Después de un momento dando un gran suspiro Ele se incorporó y me dijo «quiero esa verga en el culo», mi verga aún estaba dura, pero no lo suficiente, Ele la apretó con sus manos y dijo «antes deja ponerla a punto», acercó su boca y empezó a lamerla, con su lengua limpio todo residuo del coito anterior para engullirla toda, uffff aún recuerdo como se sentía su paladar, sus amígdalas, la producción de saliva era algo que no había visto, en poco tiempo mi verga estaba lista de nuevo, su vagina seguía muy mojada mis manos se ocupaban de sus tetas y de su panocha.

    De pronto se separó y dijo «listo, métela en mi culo bien profundo», Ele se puso en cuatro, con una mano se unto de nuestros fluidos anteriores alrededor del culo, repitió la operación pero esta vez metió sus dedos en su ano y dijo «listo, es tuyo», me acomodé atrás de ella y guie mi falo hacia su ano.

    La vista de sus nalgas era espectacular, formaban un corazón con un punto más oscuro listo para ser atravesado, puse la punta de mi cabeza en su ano, ella gimió y gritó «ya métela, métela toda», yo obedecí y metí toda mi verga de un solo golpe, ella gritaba, mientras se movía frenéticamente, mis bolas chocaban con su mojada vagina, sentía como escurrían nuestros de sus labios vaginales.

    Ele me dijo «apriétame las nalgas, pégales, pégales fuerte» empecé a darle nalgadas, «mas fuerte» decía, obedecí, «más fuerte cabrón» dijo ella, así que aumenté de intensidad incluso me ardió la palma de la mano, sus nalgas ya estaban rojas, parecían a punto de estallar, los gritos y movimientos se intensificaron más, mas rápido, mas fuerte, más intenso, hasta que me apretó la verga con su culo, como si quisiera devorarla y me dijo «ahora, vente ahora, vente yaaa», la excitación del momento, sus gritos y movimientos me ayudaron a hacerlo, vacíe mi verga dentro de su culo.

    Ella se dejó caer y me dijo que la abrazara, así nos quedamos hasta el amanecer.

    Antes de irme, Elle me dio una muuuy buena despedida y me dijo «si eres discreto, te veo pronto».

    Estuvimos teniendo sexo por 3 años aproximadamente, hasta que quedó embarazada, tiempo después se separó, sigue siendo mi amiga, consejera y maestra.

    Pero eso es otra historia.

  • La tía Elizabeth (disciplina doméstica)

    La tía Elizabeth (disciplina doméstica)

    En aquella época me había convertido en un completo delincuente juvenil. Ya había superado con creces la mayoría de edad, pero no sentaba la cabeza, todo lo contario, cada día que pasaba me volvía más rebelde, irrespetuoso, desobediente y comenzaba a infringir la ley sin aceptar las consecuencias que ello producía. Todo comenzó el día que murió mi padre, era el único al que le mostraba respeto y obediencia, pero desde aquel día deje de hacer caso a todo tipo de normas y reglas. Mi madre no conseguía que la obedeciese, es más, no tenía tiempo para poder hacerlo, trabajaba a destajo en una fábrica. Había días que realizaba dos turnos seguidos para poder llevar el sustento económico que necesitábamos a casa. Yo sin embargo no sabía apreciarlo, tan solo me preocupaba de mí y no me importaba mi madre.

    Ni estudiaba ni trabajaba, ni tenía la menor intención de hacer ninguna de las dos cosas. Me pasaba el día holgazaneando, salía con los amigos, comprábamos cervezas y algo tipo de sustancia para fumar y así pasábamos el día entero. Raro era el día que no nos metíamos en problemas, ya tenía varias denuncias policiales por actos de vandalismo, y una de ellas incluso tendríamos un pequeño juicio donde nos condenarían a pagar todos los daños ocasionados. Mi madre estaba desesperada no sabía qué hacer conmigo, solo me metía en problema tras problema y no la mostraba el menor respeto. Se pasaba el día fuera de casa trabajando sin saber que estaría haciendo en ese momento o en qué clase de líos estaría metido.

    La solución llego sin previo aviso. Mi tía, la hermana mayor de mi madre que vivía en un pueblo lejos de donde nosotros residíamos, se ofreció a ayudarla en la casa y ya de paso a echarme un vistazo a mí. Escuché la conversación telefónica donde explicaba a mi tía que me había vuelto un delincuente y me metía en problemas cada vez de mayor índole. Mi tía se ofreció, se vendría a vivir con nosotros una temporada hasta que se solucionasen mis problemas y sentara la cabeza. Mi madre acepto a regañadientes, había algo oscuro que no le gustaba y ocultaba, no deseaba por completo que viniese a ayudarnos mi tía. Había un pasado desconocido entre ellas.

    Hacía años que no veía a mi tía, recuerdo que no la soportaba, había dejado de acompañar a mi madre en las vacaciones para ir a visitar a mi tía. Mi tía Elizabeth era una mujer gruñona, mandona y muy estricta con el orden, la limpieza, la educación… con un fuerte carácter. Por supuesto era todo lo que yo detestaba. A mí no me daba órdenes nadie. Me creía el rey del mundo.

    Un día antes que llegase mi tía a nuestra casa, mi madre me advirtió que respetase y obedeciese a mi tía. Se sentó a mi lado y me hablo muy en serio:

    – Tu tía no es como yo, ella es dura y hace lo que sea necesario para que la obedezcan, utiliza todo tipo de métodos, hazla caso por favor -. Me advirtió.

    Por supuesto que no haría caso a los consejos de mi madre, odiaba la idea que viniese a vivir con nosotros mi tía. Me propuse hacer todo cuando fuese necesario para que mi tía se fuese cuanto antes de nuestra casa. Estaba seguro de que no tardaría mucho en echarla, haría todo lo posible para que fuese en pocos días. Iba a conocer el verdeado delincuente que llevaba en mi interior, la haría la vida imposible.

    – Hazme caso y obedécela y no la hagas enfadar y por supuesto si la ves ponerse guantes en sus manos, obedece – Aquello me sonó muy extraño y ridículo. ¿Guantes? Aquel consejo me producía risa, mi madre ya empezaba a divagar, no sabía lo que decía, no tenía sentido.

    Mi tía, entró cargada de dos grandes maletas con sus pertenecías, que instalo en una habitación sin ocupar de la casa que sería su nueva habitación. Mi tía Elizabeth era enorme de tamaño y corpulencia, alta y con mucho peso. Brazos, caderas y piernas robustas, era como una montaña frente a mí que era un completo escuálido. Era una señora de unos 50 y muchos años pasada de peso y corpulenta, para mí ya era una vieja. Cabello oscuro corto y muy rizado, La bautizó como “Shrek “, ese sería su apodo.

    En muy poco tiempo, se hizo dueña y señora de la casa, empezó a dar órdenes, tanto a mi madre como a mí de lo que debíamos de hacer. Haz esto… haz lo otro, no paraba de dar órdenes. Mi madre cuando no estaba trabajando y estaba en casa la obedecía en todo, era su hermana mayor y la tenía un gran respeto, además de ser conocedora de su carácter. Yo desde el primer día que entró por la puerta no la presté la menor atención ni respeto e hice todo lo necesario para que se sintiese incomoda en casa.

    Al día siguiente de instalarse en mi casa, me entregó una hoja con una lista de tareas que debía de hacer en casa todos los días. Arreglar mi habitación, hacer el baño una vez a la semana, ayudar en la cocina, ir a la comprar… y horarios que debía de cumplir tanto para levantarme como para irme a la cama a dormir, y finalmente que debía buscar trabajo para ayudar en casa económicamente. Cogí la lista y la rompí en pedazos delante de ella y me burlé, no iba a obedecerla en lo más mínimo, más bien haría todo lo contrario, la desobedecería por completo para que se marchara cuanto antes y me dejase en paz.

    – Aquí tienes tu lista Shrek – La dije haciendo una pelota a su papel y tirándolo al suelo mientras me burlaba de ella.

    Pasaron varios días y observaba tumbado en el sillón como mi tía no paraba de limpiar la casa, iba de un lado para otro enfundada con sus guantes de goma domésticos limpiando la casa al milímetro. No toleraba la suciedad y el desorden, y mi casa llevaba mucho tiempo abandonada. Mi madre no podía hacerse cargo por los horarios excesivos de trabajo y yo no movía un solo dedo, todo lo contrario, ensuciaba más y más, dejando todo tirado en cualquier lado. Mi tía Elizabeth no se quitaba sus guantes de goma rosas de goma en todo el día, continuaba limpiando y fregando cualquier estancia. Me daba órdenes de lo que yo debía de hacer, pero no la obedecía en nada, hacía todo lo contrario. Si me ordenaba fregar el suelo, yo lo ensuciaba aún más con mis zapatillas embarradas y me burlaba de nuevo. Ella se plantaba frente a mí y con su dedo enguantado amenazante me señalaba:

    – Mi paciencia se empieza a acabar, te aseguro que vas a obedecerme, por las buenas o por las malas -Me amenazaba señalándome y malhumorada.

    El colofón llego una semana más tarde. Yo salía de casa todas las noches, había llegado el verano y el buen tiempo y me encontraba con mis amigos en el parque para beber y fumar marihuana mientras reíamos y nos lo paseábamos genial. Esa noche me dispuse a salir de casa de nuevo, hasta que mi tía se puso delante de la puerta y me ordeno que no podía salir. Mi madre estaba trabajando, uno de sus turnos dobles y ella no quería que saliese, le daba miedo en los líos y problemas que pudiese meterme y más con juicios pendientes. No la hice el menor caso, me volví a burlar de ella, la aparté, la insulté llamándola “vieja, gorda, shrek“ y me dispuse a abrir la puerta de casa para encontrarme con mis amigos una noche más, no sin antes escuchar una nueva amenaza absurda por parte de mi tía:

    – Si se te ocurre salir por esa puerta y desobedecerme, te aseguro que lo vas a lamentar, te enseñare a obedecerme, se me ha acabado la paciencia – Me dijo con tono muy serio y amenazante.

    La hice una peineta y seguí burlándome de ella mientras me marchaba de casa riéndome e insultándola. Estaba seguro que se marcharía al día siguiente, iba a ganar estaba batalla y nos dejaría en paz a mi y a mi madre. Esa noche llegue más tarde de lo habitual, algo borracho y con los ojos vidriosos de fumar y beber alcohol. Entré en casa y me encontré a mi tía Elizabeth sentada en el sillón del salón esperándome. Iba vestida con un camisón negro, que dejaba al descubierto sus robustos brazos y piernas, calzada con unas sandalias de tiras de goma que rodeaban sus grandes pies. Sobre su regazo a la altura de las rodillas tenía apoyado sus guantes de goma rosas. No los llevaba enfundados, solo situados sobre sus rodillas.

    Me acerqué a ella y comencé a reírme y burlarme de ella, más de lo habitual debido a mi estado, me burlé de ella, de su vestimenta y de sus inseparables guantes de goma rosas que iba a todos los lados con ella. Mi tía Elizabeth sin abrir la boca y haciendo caso omiso a mis burlas comenzó a enfundarse los guantes de goma en ambas manos. La quedaban terriblemente apretados a sus manos y brazos ya que era bastante corpulenta y carnosa. Se terminó de ajustar los guantes rosas de goma a sus dedos mirándome fijamente con increíble odio y se levantó del sillón. Se abalanzó sobre mi sin mediar palabra y metió una mano enguantada por detrás de mi pantalón, como hacía calor llevaba un pantalón cortó de tejido suave y fino de mi equipo de futbol preferido. En un principio quedé extrañado ¿pretendía meterme mano y tocarme el culo? pero pronto comprobé como introdujo su mano de goma por mi culo y agarró mis testículos por detrás con fuerza, los apretujó y retorció y tiró de ellos, provocando un dolor que me dejó paralizado.

    – Vamos, camina estúpido, se han acabado las tonterías – Me dijo mientras seguía retorciendo fuertemente mis testículos cogidos por detrás con su mano enguantada entre mi culo. No tuve más remedio que obedecer, me provocaba un daño increíble, apretaba con una fuerza brutal mis huevos retorcidos y me obligaba a caminar delante de ella agarrado. Caminaba a duras penas soportando el dolor mientras me condujo al interior de su habitación.

    – Ahhhh ¡¡suéltame zorra ahora mismo!! La grité mientras continuaba agarrándome por detrás mis testículos!!! Noté como aumento la presión, estrujo de nuevo mis testículos con su mano enguanta, los retorció sin compasión, el dolor aumentó considerablemente. Escuché el crujido de la goma de sus guantes al apretar con más fuerte.

    – Ahggg – Una mano me estrujaba severamente mis testículos por detrás y su otra mano enguantada la metió dentro de mi boca. Metió sus dedos de goma en mi boca impidiendo pudiese quejarme, gritar y hacer tanto ruido. Saboreé un sabor repugnante de sus guantes de goma, ya que apenas se los quitaba, limpiaba y limpiaba con ellos, incluso el wc. Era un sabor muy humillante, de esta manera continuaba estrujándome por detrás los huevos y a la vez que no pudiese armar jaleo y estar en silencio.

    Entramos al interior de su habitación y cerró la puerta mientras seguía conduciéndome a través de mis testículos. Se sentó sobre la cama y me tumbó sobre su regazó mientras continuaba sujetando y estrujando con su mano mis testículos sin compasión. Tumbado sobre su regazo me bajo el pantalón corto y pasó una de sus grandes piernas por encima de mi cuerpo para sujetarme. Continuó estrujando dolorosamente mis testículos provocándome un gran dolor mientras noté su otra mano enguantada en mi culo. Levantó su mano y la estrelló contra la piel de mi culo dándome un fuerte azote. Rápidamente volvió a levantar su mano y la descargó con gran fuerza contra mi trasero. Su guante de goma se estrelló una y otra vez fuertemente sobre mi piel provocándome un fuerte escozor. Comprobé como la goma en el culo puede escocer y mucho.

    Traté de resistirme pero no podía levantarme de su regazo, mi tía es corpulenta y con gran fuerza y para colmo me tenía bien sujeto por los testículos mientras su pierna me rodeaba, pero mis manos estaban libres. Traté de tapar mi culo con mi mano para amortiguar sus azotes y protegerme, ella intentó agarrarme la mano y seguir azotándome descargando su pesada mano enguantada sobre la piel de mi culo. Mi tía Elizabet no tenía sufriente manos como para agarrarme los testículos, azotarme y agarrar mi manos, así que zarandeaba y cada vez la resultaba más difícil. Mantuvimos una gran batalla, en donde ella no paraba de azotarme pero yo me intentaba tapar con una mano para amortiguar el impacto. Finalmente, ella se enfadó aún más de tanta batalla y resistencia.

    Estiró una mano hasta el cajón de su mesilla, lo abrió y sacó algo metálico entre sus manos. Me giré ligeramente y comprobé como eran unas esposas de metal. ¿Pero porque tenía unas esposas de metal en su mesilla? me pregunte completamente intrigado y asustado a la vez.

    La tía Elizabeth agarró mis manos fuertemente, envolvió mis muñecas de las manos con el metal de las esposas pegadas a mi espalda. Escuché el sonido metálico apretando el metal a mis manos y sentí una fuerte presión. Las cerró fuertemente, tanto que el metal ejercía una fuerte mordedura sobre mis muñecas, ahhh, ¡¡me hacían daño!! Estaban muy apretadas, pero a ella no la importó. Se descalzó de un pie soltando la hebilla que sujetaba la tira de goma de sus sandalias a su tobillo y agarró con una mano la sandalia de goma de tiras y esta vez comenzó a azotarme con ella. La suela de goma se estrelló contra la piel de mi culo con fuerza, su poderoso brazo descargó con ira la sandalia contra mi culo.

    PLAF Resonó en la habitación donde me encontraba esposado y bocabajo sobre su regazo y grandes muslos.

    AHHH esta vez el dolor fue mucho más intento y a medida que comenzó a azotarme una y otra vez con su sandalia de goma el dolor se hizo más y más intenso.

    PLAF continuó azotándome duramente sin parar. El dolor comenzaba a ser insufrible y no podía hacer nada para evitarlo, salvo quejarme.

    – AHHH, suéltame inmediatamente, ¡¡para ya maldita zorra!! – La reproche gritando.

    – Caaallate – Me ordenó la tía Elizabeth levantado ella más aún la voz.

    – Aaah, sueltame ahora mismo -Continúe gritándola.

    La tía Elizabeth enojada volvió soltar la zapatilla en el suelo y metió su mano por debajo de su camisón negro. Agarró sus bragas y las deslizó por sus piernas hasta sacarlas por sus tobillos y pies. Las agarró y estrujó fuertemente acercando su mano rosada enguantada a mi boca. Forzó sus bragas al interior de mi boca para silenciarme. Fue muy humillante, no solo por el hecho de ser amordazado con su ropa interior sino porque estaban completamente sucias y desprendían un fuerte sabor a orines. Agarró de nuevo su sandalia de goma y continuó azotándome usando toda su fuerza.

    – Hhhmmm – Se escuchaba proveniente de mi boca amordazada debido al dolor que producían sus azotes o sandaliazos.

    Tras propinarme 5 o 6 zapatillazos o azotes de sandalia conseguí escupir sus sucias bragas de mi boca, ejercí toda la fuerza que pude con la lengua hasta expulsarlas.

    – Aaah, ¡¡suéltame maldita puta!! -Grité y grité completamente enojado con mi tía por lo que me estaba haciendo. Me di cuenta que al gritar tendría que parar de azotarme o se despertaría todo el vecindario. No podía mover las manos debido a las apretadas esposas, pero si gritar, su mordaza no había sido efectiva, ya que la había escupido. A mis gritos le sume insultos muy graves hacía ella debido a mi cólera y humillación.

    Mi tía suspiro completamente enojada, nuestra batalla continuaba una y otra vez. Había conseguido inmovilizarme, pero no silenciarme. Estiró su brazo, completamente enfadada, y sacó algo de su mesilla. Eran unas medias negras de lycra. Se inclinó sobre mí, agarró sus bragas que había escupido y de nuevo las metió dentro de mi boca, esta vez utilizó su fuerza bruta y las forzó con la yema de sus dedos enguantados para que entraran por completo dentro de mi boca. Ejerció su fuerza una y otra vez hasta que consiguió meterme sus sucias bragas hasta la campanilla de la boca. Sentí nauseas debido al sabor, sabían repugnantes, estaban completamente sucias y malolientes. Agarró la media negra de lycra y la abrió con sus manos acercándola a mi cabeza. Envolvió sus medias oscuras en mi cabeza y las bajó hasta el cuello. Sentí una fuerte presión en la cara, las medias aprisionaban mi rostro produciendo una sensación de agonía. Traté de escupir sus bragas de mi boca, pero esta vez fue imposible, la media oscura impedía que pudiese escupirla. La presión elástica de la lycra oprimía mi rostro y cabeza y sujetaba sus bragas bien dentro de mi boca sin posibilidad de poder escupirlas.

    – Se acabó. Ahora estarás quieto y callado, te voy a dar una lección que no olvidaras, aprenderás a obedecerme y respetarme – Agarró su sandalia de goma, pasó su pierna sobre mi cuerpo sujetándome fuertemente contra ella inmovilizándome y de nuevo noté su guante de goma apretando mis testículos, los retorció fuertemente, tanto que se escuchó el grujido de la goma de sus guantes produciéndome un dolor insoportable. Esta vez no pude quejarme ni gritar, estaba bien amordazado con sus bragas en mi boca y la media en la cabeza para no poder escupirlas. Aaah se me saltaron las lagrimas debido al dolor y acto seguido descargó la suela de su sandalia de una forma brutal, con tal fuerza que me producía un dolor inaguantable en la piel de mi culo. Me dejó marcada la suela de sus sandalias de goma en la piel de mi culo.

    Continuó estrellando su sandalia una y otra vez produciéndome un dolor terrible. Ahora no podía hacer nada para evitarlo, ni podía moverme ni podía gritar o quejarme, seguía amordazado en la agónica media de lycra Estuvo diez largos minutos azotándome con fuerza mi trasero hasta que se detuvo. Creí que había terminado pero no era así. Alargó su mano hasta la mesilla de nuevo y agarró una correa de cuero.

    – Voy a romperte el culo a correazos imbécil, aprenderás a respetarme, no vas a poder sentarte durante una larga temporada, así recordaras que sucede cuando me desobedeces – .Levantó la correa de cuero entre su mano enguantada y la descargó contra mi culo provocándome un dolor inaudito. Recibí un primer correazo que me hicieron saltar las lágrimas de nuevo por mi rostro de dolor. Volvió a levantar su poderosa mano de nuevo y volvió a descargar la correa con todas sus fuerzas aumentando mas y mas mi dolor. Recibí muchos correazos brutales sobre la piel de mi trasero, no se detuvo hasta dejarme el culo morado y magullado.

    – A partir de ahora me obedecerás en todo, harás todo lo que te escribí en la lista y olvídate de holgazanear con tus amigos. Si me desobedeces volveremos a esta habitación e insistiré con tu comportamiento. Te romperé el culo las veces que sean necesarias hasta que aprendas estúpido ¿has entendido? -Me recriminó furiosa la vez que continuó azotándome una y otra vez sin piedad.

    No pude sentarme en varios días, tuve el culo completamente magullado y no podía olvidar la terrible lección que había recibido debido al dolor. Al día siguiente mi tía me devolvió la hoja de papel que había hecho una bola, llena de mis labores. La cogí educadamente bajo la sonrisa de mi tía Elizabeth.

    – Me obedecerás, respetaras y harás todas tus labores diarias, si las haces mal o desobedeces… – Me dijo mi tía a la vez que sacaba los guantes de goma de su bata y me los enseñaba.

    Ahora comprendía lo que me advirtió mi madre sobre los guantes, siempre los usaba para castigar. Desconocía el motivo, pero era realidad.

    Desde el día siguiente mi tía comenzó a darme una orden tras otra y rápidamente la obedecía sin rechistar, y si notaba que trataba de esquivarla o hacer mal lo que ordenado, ella me amenazaba levantando su dedo enguantado señalándome:

    – No se te ocurra desobedecerme más, cada vez que tenga que enseñarte modales será mucho peor, duplicaré tu castigo las veces que sean necesarias hasta que aprendas – Me amenazaba de forma muy seria mirándome fijamente.

    ¿La obedecería o quizás querría más de sus castigos?

    Continuará.

    FIN

    Agradeceré sus comentarios en: [email protected].

  • Cuando antes no existía Netflix

    Cuando antes no existía Netflix

    Que tal, nuevamente su amigo Mike, esta vez les contaré otra anécdota que me ocurrió en mi juventud. Los años 2002-2003.

    Tengo unos familiares de GDL. Y a su vez ellos tienen parientes por el lado materno, en esta ocasión nos centraremos en una de ellas de nombre Claudette (nombre ficticio por eso del anonimato). Aclarando ese punto, continuemos. Resulta que mi prima iba a alojar a Claudette en su casa con su marido y sus hijas, por unos días, en los cuales irían de paseo y demás cosas, ya que vendría de vacaciones a la CDMX, entonces llegó el momento en que salieron todos juntos, en esa época me tocaba trabajar en un negocio familiar de uno de mis tíos, terminaba mi turno a eso de la 1 am.

    Mi prima llegó junto con los demás incluida Claudette, y anteriormente ya habíamos cruzado miradas varias veces y había una tensión entre los dos, me dice mi prima vamos a ver una película en mi casa, a lo cual le respondo que ya era tarde, y me dice que de todas maneras iban a estar en su casa viendo la película que si quería que fuera.

    Al cabo de unos minutos alrededor de 20 min. Llegué a su casa, su casa era muy pequeña tendría una habitación con 2 camas 1 matrimonial y otra individual. Donde se dormían mis sobrinas ellas pequeñas aun. De 2 y 4 años. Por lo que se fueron a dormir con sus papás, dejandole la cama de 1 persona a Claudette, cuando llegue solo estaban despiertas mi prima y Claudette, el único lugar disponible era acostarme junto a ella, por lo que me acomode ahí. Al pasar el tiempo ya veía que mi prima se había dormido y cuando menos lo espere Claudette y yo nos estábamos besando, de tal manera que nos acariciabanos el uno al otro y poco a poco le fui quitando su blusa, y dejando salir sus pechos, que eran de buen tamaño se los comencé a besar y mordía y succionaba sus pezones los retorcía con mi lengua provocando que emitiera unos gemidos leves ya que no queríamos hacer mucho ruido por que se fueran a despertar los demás.

    Ella seguía sintiendo el placer que le provocaba, y cuando comencé a acariciar su vientre con mis dedos y empezar a bajar sus pantys con los mismos, deje salir su montón de bellos que adornaba su hermosa vagina suave con unos labios carnosos, a los cuales no me pude resistir y comencé a bajar mi cabeza besando su cuerpo, sus hombros, sus pechos, su vientre hasta que mi cabeza se posiciono entre sus piernas y comencé a rozar con mi lengua su clitoris y a comerle toda su cavidad, mientras hacia eso ella se retorcía de placer a cada embestida de mi lengua y dedos ella se mordía su labio inferior de su boca y hacia unos gestos que parecía le daría un infarto, en ese momento llego su primer orgasmo. Después de eso la volví a besar en su boca, y acomode la punta de mi verga la cual es de un tamaño considerable y comencé a penetrarla de manera lenta y suave llenado cada espacio de su apretada vagina, y el roce aumentaba el placer que sentíamos cada uno.

    Las embestidas eran fuerte y potentes, pero con el sigilo de no ser descubiertos o que despertarán los demás, seguí dándole con la misma intensidad una y otra vez, hasta que llego su orgasmo por segunda vez. Esta ves yo sabía que ya casi iba a venirme por lo cual aumente el ritmo hasta que no pude más, le saque mi miembro de su panocha y comencé a venirme encima de su vientre llenandole su bulto de pelos vaginales y su deliciosa y carnosa vagina que aún escurría sus jugos. Esa noche fue magnífica, que película era? nunca la vimos.

    Al día siguiente solo mi prima me dijo, oye estuvo buena la película verdad, guiándome un ojo. Ya tiempo después me dijo que nos vio, que solo se hizo la dormida para ver que sucedía. De Claudette, ella se fue a vivir a su país de origen. Es de Estados unidos. Recuerdo sus últimas palabras que cruzamos y fueron «Cojes muy Rico».

    Hasta aquí mi relato de cómo fue que vimos una película sin saber de qué trató.

    Dejen sus comentarios y valoraciones para seguir subiendo más anécdota e historias de mi vida real.

  • La infidelidad abrió una puerta que ya no se puede cerrar

    La infidelidad abrió una puerta que ya no se puede cerrar

    Hola soy Mimí, con mi marido en estos momentos somos una pareja muy abierta y nos encanta el sexo, pesamos que el placer no tiene nada que ver con el amor. Por supuesto este pensamiento no siempre fue así nos llevó un buen tiempo asimilarlo, pero cuando pudimos entenderlo cambio para siempre nuestra relación de pareja. Un hecho muy común en la vida de todo matrimonio por suerte nos abrió la mente y nuestra forma de pensar. El día que descubrí que mi esposo tenía relaciones sexuales con su secretaria pensé que mi vida se destruía, me angustie muchísimo y me enoje mucho más quería que se fuera de mi vida para no volverlo a ver nunca más y si era posible dejarlo en la ruina monetaria, quería verlo en la calle mendigado por de comida, lo odie con toda mi fuerza.

    Pase varios días masticando bronca y rencor hasta que junté el valor para increparlo y pedirle el divorcio, ese Sábado por la mañana me desperté decidida a que era el momento de hacer volar todo por los aires y que todo termine, que junte sus cosas y se fuera de la casa, Salí de la cama al baño y me dispuse a ponerme lo más sexy que pudiera, no me sentía en ese momento como una bomba sexual, pero tenía que parecer la perra más sexy de todo el mundo para que viera la mujer que estaba perdiendo y le doliera, se arrepintiera y se de cuenta de lo que me estaba haciendo, me puse un piyama transparente súper sensual que me había comprado pero nunca lo había estrenado verde agua muy clarito casi turquesa con unas muy delicadas flores en colores pasteles estampadas aleatoriamente, en la parte superior era como una remerita muy transparente en la parte del corpiño que apenas cubría mis buenas tetas para abajo llegando apenas hasta mi pubis la tanguita del mismo color que el corpiño que apenas cubría lo necesario de mi vagina dejando volar la imaginación y la excitación, para terminar en una delgada tira de tela bien metida entre mis nalgas, cepillé mi largo cabello, me perfume con mi mejor perfume y me maquille delicadamente para ocultar algunas arruguitas de la edad para bajar las escaleras con dirección a la cocina a preparar el desayuno obviamente solo para mí cuando al entrar en la cocina lo encontré sentado en la mesa con el desayuno preparado para dos, saco sus ojos del diario que estaba leyendo para darme los buenos días cuando se percató de mi sexy vestimenta y con una expresión de wauu!!! comento lo hermosa y sexy que me encontraba con una estúpida frase cursi.

    – Que paso que se abrieron las puertas del cielo para que los angelitos bajen a la tierra

    a la cual respondí directa y sin vueltas dispuesta a que su farsa de marido fiel, amoroso y cariñoso terminara de una vez por todas.

    – ¿Lo mismo le decís a la puta de tu secretaria?

    – ¿Qué decís? ¿Qué tiene que ver mi secretaria en esto?

    – ¡Vamos no te hagas el que no sabes de que estoy hablando! El mes pasado cuando me dijiste que tenías que viajar a ver unas propiedades para la empresa, mi amiga Eugenia estaba en el mismo hotel donde te hospedaste con la prostituta de tu secretaria. No te molestes en negar nada porque vi las fotos que te saco sin que te dieras cuenta por lo distraído que estabas tocándole las tetas a esa perra en la piscina del hotel. ¿Miento?… ¿Quién sabe cuánto tiempo llevas metiéndome los cuernos con esa puta? pero se terminó me entere y quiero el divorcio hoy mismo así te puedes coger a todas las putas que quieras cundo quieras sin preocuparte por la estúpida de tu esposa.

    – Mi amor no voy a negarte nada, Si te mentí y te metí los cuernos, pero esto no tiene nada que ver con lo que yo te amo y mucho menos con que nos divorciemos. ¡Sos y serás el amor de mi vida!

    – ¡A no! ¿Y con que mierda tiene que ver?

    – ¡Solo es sexo, placer! Es lo mismo que cuando trabajas todo el día y llegas a tu casa muerto, destruido de cansancio y te sentar en tu sillón preferido. Esa sensación es puro placer. Lo mismo cuando hace un calor insoportable y estuviste en la calle de acá para allá corriendo haciendo tramites en el centro todo transpirado y llegas a tu casa te sacas la ropa y te tiras desnudo en la piscina. Eso también es puro placer nada más que placer. ¿Si me dejas que te demuestre?

    – ¡No seas hipócrita! ¿Qué queres demostrarme?

    Fue ahí que se levantó de donde estaba sentado me tomo por los brazos yo me resistí, pero él me sujeto con fuerza, pero sin ser violento para nada debo admitir eso, me hiso girar quedando mi espalda aprisionada contra su pecho rodeando mi cintura con sus brazos sin rudeza, pero firme para que no pudiera liberarme corrió mi largo cabello con su mentón y comenzó a besarme y lamerme el cuello, por supuesto sebe bien que me besen el cuello me gusta y me excita muchísimo. Me fue guiando con pasitos cortos hacia la mesada de la cocina, cuando mi estómago toco el borde de la mesada me apoye con mis codos sobre el frio mármol y el dejo caer todo el peso de su cuerpo sobre mi espalda seguía besando y pasando su lengua por mi cuello y sentí como mi conchita se empezaba a humedecer me relaje y me entregue aflojando todo mi cuerpo, él lo sintió y bajo una de sus manos para meterla dentro de mi tanguita para empezar a estimularme el clítoris con la yema de sus dedos suave pero constante como le avía enseñado que me gusta que me toquen a los pocos segundos me sentí empapada extremadamente lubricada a la espera de ser penetrada sentí la firmeza y el calor de su miembro a lo largo de la separación de mis nalgas, ya quería sentir su verga muy profundo dentro de mí, con una mano empecé a tironear para bajarme la tanga para que nada se interpusiera entre su caliente verga y mi culo. El noto mis intenciones y separó su verga de mi culo unos centímetros para dejarme quitar mi tanguita. No me fue sencillo lograr bajar la pequeña prenda y entre jalones y tirones con una sola mano mientras él seguía manoseándome la conchita con su hábil mano y no dejaba de besarme el cuello como un Drácula hambriento. Después de una breve lucha con mi tanguita logré bajarla para automáticamente después tirar del elástico de su piyama para tomar su pene totalmente erecto con la misma mano y comenzar a pajearlo suavemente recorriendo todo el largo de su verga con toda mi mano tomando la forma del tronco de su pija. Lo escuche suspirar pesadamente como indicándome que ya estaba listo para penetrarme, separe mis piernas y arqueando mi espalda levantando levemente mi culo para que le fuera más fácil la penetración y le entregue toda mi húmeda vagina lista para recibirlo. Introdujo toda su verga dentro de mí de una sola embestida, sentí toda mi concha llenarse de su pija. La dejo unos segundos toda dentro de mi empujando con su pelvis contra mi culo para meterla aún más adentro, empezó a cogerme con un constante movimiento de vaivén con la intensidad justa ni fuerte ni despacio, con la intensidad para hacerme empezar a gemir profunda y pesadamente, cuando noto que mi respiración se hacía cada vez más pesada fue aumentando la velocidad de sus movimientos haciéndome buscar bocanadas de aire cada vez que retrocedía para volver a embestirme cada vez con más fuerza, comencé a sentir ese calorcito ese estremecimiento corporal que anuncia que estoy a punto de llegar al orgasmo sentí como los músculos de mi vagina se tensaban apretando y envolviendo su verga, acabe profundamente. Desplomándome sobre el ya no tan frio mármol el siguió bombeándome como si nada hubiera ocurrido mientras yo gemía e intentaba recuperarme para sostenerme en mis aflojadas piernas cuando una réplica de mi orgasmo volvió a inundarme para hacerme correr nuevamente con más intensidad que la anterior. Ya el placer que recorría mi cuerpo era insuperable y empezaba a desear que me llenara la concha de leche y se lo hice saber.

    – ¡Cómo me coges me encanta, lléname la conchita de lechita! ¡me encanta como me coges! ¡lléname toda con tu leche!

    Le repetía hasta sentir el caliente esperma inundar mi mojada vagina. Termino de lanzar su leche caliente y espesa en mi interior y saco su verga de mí, se alejó unos pocos centímetros para darme el espacio para darme vuelta lo mire a los ojos e inmediatamente baje la mirada no solo por lo incomodo de la situación de querer el divorcio a coger como dos calientes adolescentes en pocos minutos sino también para mirar su hermoso pene que tanto me gusta y me hace gozar como una loba en celo, volvió a acercarse y me tomo en sus brazos con un abrazo que hizo que me sintiera contenida y a salvo y acariciando mi espalda con sus dos manos me dijo.

    – ¡Tranquila mi amor, tranquila!

    – Si mi vida lo estoy. Es que me enoja muchísimo saber qué haces gozar a otra mujer como lo haces conmigo.

    – ¡Te entiendo mi vida! Yo también disfruto coger, porque solo es coger, no tiene nada que ver con el amor. Hace escasos minutos me odiabas y no quería verme nunca más pidiéndome el divorcio y al instante queríamos cogernos como dos locos. Por eso coger no tiene nada que ver con el amor. El amor es otra cosa, el amor somos nosotros cuando no teníamos nada ¿te acordas? Trabajando juntos espalda con espada para formar una familia, tener nuestros hijos, para montar y sacar adelante la empresa, para comprar nuestra casa. Con toda la lucha, sudor y sacrificio que nos costó lograrlo. Eso es amor. Coger se puede coger con cualquiera. Pero lograr lo que nosotros logramos juntos… sin amor y sin vos yo no hubiera podido hacerlo. ¿entonces qué es lo nuestro? ¿coger o amor?

    – ¡Amor!

    – Por eso mi vida te propongo cumplir todas nuestras más sucias fantasías sexuales gocemos y cojamos todo lo que podamos y con quien queramos ¿Para qué reprimir nuestras fantasías? Mientras que los dos sepamos que el amor es solo para nosotros dos y nadie más. Ya conseguimos el amor ahora es momento de que gocemos y disfrutemos todo lo que tenemos sin reprimirnos.

    – ¡Si mi amor! Reconozco que no me faltaron oportunidades, muchas veces quería cogerme a otros y no solo hombres, me he llegado a masturbar en secreto pensando en coger con otra mujer reprimiendo mis locas fantasías por temor a perderte es que te amo demasiado para perderte. Pero como me lo estas planteando en este momento juntos podemos cumplir nuestros deseos sexuales porque solo es coger, el amor que nos tenemos no va a cambiar por coger o no con otras personas.

    – ¡Así es mi amor! Yo no voy a dejarte porque me cojo a mi secretaria, esa pendeja coge conmigo solo porque soy su jefe o se pasa unos días de vacaciones en un buen hotel todo pago. Yo te amo tanto o más de como vos me amas a mí y tampoco voy a dejarte si vos quisieras cogerte a otro o a otra todo lo contrario me gustaría que lo hagas o que lo hagamos juntos para que lo disfrutemos como pareja.

    – ¿Si lo que decís, es de verdad lo que piensas? Yo pienso que sería excitante intentarlo, fantasías tenemos todos y ya estamos maduros como para intentar hacerlas realidad ¿Quién sabe cuántas veces abras venido de meterle la verga en la concha a tu secretaria y yo te chupe la pija gustosa y contenta ignorándolo? No te voy a mentir ahora que lo estoy pensado y asimilado hasta te reconozco que me excita un poco saberlo. Y no dudo que vos sabiéndolo también te excitabas mucho más para cogerme y dejarme satisfecha.

    – ¡Mi amor! Se me para la pija de que solamente lo digas.

    – ¿Ha sí?

    Inmediatamente con mi mano tome su verga y lo bese apasionadamente entrelazando nuestras lenguas, una de sus manos apretó y masajeo una de mis tetas sobre la fina tela del corpiño y con la otra mano hiso lo mismo en una de mis nalgas desnudas, nos besamos y acariciamos como dos adolescentes calientes experimentando el sexo por primera vez, sumamente excitados, pude notar como su verga crecía en mi mano poniéndose dura nuevamente, deje de besarlo y pajeando su ya erecta pija le dije al oído.

    – ¿Venís de cogerte a la pendejita? ¿Seguro que te dejo la pija toda llena de sus jugosos orgasmos mesclados con tu lechita? ¡eres un sucio puerquito! Pero no te preocupes porque tu putita te la va a dejar bien limpita.

    Intento contestar mis preguntas, pero poniéndole el dedo en los labios indicándole silencio. Me arrodille frente a su verga, para pase la lengua por la punta del glande dejando un hilito de saliva colgando de su pija a mi lengüita, lo mire a los ojos con mi mejor carita de deseo y me metí toda esa verga en la boca pude saborear el gustito de mi propia vagina, pero imagine que era el sabor de una conchita extraña eso me excito tanto que me llevo a tocarme la conchita para masturbarme mientras le comía la verga desesperada, llenándome la boca del sabor de su leche y mis jugos vaginales producto a la feroz cogida que habíamos tenido hace minutos. Más pensaba en el penetrando otra concha que más me excitaba y más quería chupársela. Alcancé a tener un orgasmo diferente a cualquiera que hubiese tenido antes en mi vida intenso, jugoso y muy húmedo, un flujo espeso y viscoso salía de mi concha y se enredaba entre mis dedos mientras no podía dejar de masajear mi clítoris sin importar que ya hubiese acabado. Estaba tan excitada que no me importaba nada ahora deseaba un abundante desayuno de delicioso semen en mi boca y bajado por mi garganta. Le empecé a ordeñar la verga con mi mano y metiéndola y sacándola de mi hambrienta boca deseosa de que me la llené de leche. Que hermosa sensación de placer sentí cuando su semen empezó a inundar mi boca con abundantes y pesados chorros de lechita caliente, obligándome a tragarme ese manjar para dejar que siguiera entrando más para no desperdiciar ni una sola gota, me trague toda su rica leche, le pase la lengua por toda la verga para dejarla bien limpia y me incorpore para besarlo en los labios para agradecerle el placer que me había regalado me sentí plena, satisfecha repleta de placer como hacía años que no me sentía, había liberado mi mente de los prejuicios y me había entregado entera al placer.

    Nos fuimos juntos a darnos un romántico baño y nos propusimos a dejar darnos la oportunidad de disfrutar del sexo en plenitud y sin prejuicios, nos vestimos y me invito a desayunar en un elegante bar para tomarnos todo el día para estar juntos y pasear por la ciudad sin un rumbo fijo.

    Ese día nos liberó de mente y cuerpo para hacer que nuestro matrimonio continúe feliz hasta el día de hoy. Por supuesto que empezamos a tener sexo con otras personas juntos y por separado, pero eso se los contare en sucesivos relatos. Les deseo una vida repleta de placer y buen sexo a todos lo que lean este relato.

    Un beso @dulcemimi065.

  • El primo de mi esposo me coge a la fuerza

    El primo de mi esposo me coge a la fuerza

    Conocí a Juan Carlos en mi matrimonio.  Desde el primer momento me resultó repulsivo. Me dio un beso de felicitaciones demasiado húmedo. Sus manos también sudorosas. Físicamente desagradable, poco atractivo, pero lo peor su actitud y forma de ser, chabacano y soez.

    Lo volví a ver más de una vez, en reuniones familiares en las que coincidíamos. En alguna oportunidad me hizo comentarios groseros, diciéndome cosas como “prima tienes buen culo”. Trataba en todo momento, en cada reunión en la que coincidíamos, de mantenerme lo más lejos posible de él.

    Así pasaron algunos años. Tratando siempre de mantener el menor contacto posible. No era difícil pues sus propios primos y primas lo evitaban también. Cómo no vivía en Lima, sus presencias eran esporádicas.

    Un día mi esposo me dijo que Juan Carlos vendría a Lima. Que la casa de su hermana, donde solía quedarse, estaba llena con visitas y que le había pedido quedarse tres días con nosotros. Él sabía que me era repulsivo, se lo recordé. Me pidió por favor recibirlo, finalmente, como eran sólo tres días, lo acepté.

    Llegó un martes por la tarde. Felizmente estaba mi esposo en casa. Hablamos unos minutos y me di cuenta la forma vulgar como me miraba. Me fui a la habitación rápido. El miércoles desayuné con mi esposo y ni bien él se fue, Juan Carlos salió de la habitación Sólo en pijama, sin ropa interior. Era obvio que era así. Antes que pudiera reaccionar me dijo ¿prima, te gusta lo que ves? Me dio tanta rabia que me encerré en la habitación sin responderle nada. Al día siguiente, ni bien mi esposo se fue luego del desayuno, me metí al cuarto. Luego él salió y se fue.

    Esa noche, Juan Carlos llegó muy mareado. Conversó con mi esposo unos minutos, yo lo escuchaba desde la habitación. Le dijo que al día siguiente hacia las 10am se iría al aeropuerto. Escucharlo me dio paz.

    El viernes desayuné con mi esposo. Él se fue hacia las 8.30am a trabajar y quedé sola en la cocina. Puse música y me puse a lavar los servicios. Mientras lo hacía, bailaba. Me distraje. De pronto sentí dos manos en mis nalgas. Me di vuelta y encontré la cara repulsiva de Juan Carlos.

    Le dije ¿Qué te pasa? Me respondió “vas a ser mía puta de mierda”.

    Me dio miedo. Quise soltarme, pero él ya me había cogido por la cintura, me tenía dominada. Me dijo, grita perra si quieres. Que todos los vecinos se enteren como te cojo por puta.

    Me quedé atontada y en silencio. Le susurraba que no siga. Que no me hiciera nada. Me bajó el short de pijama. No tenía ropa interior, pues suelo dormir sin ella. Mientras con una mano me tenía sometida, con la otra recorría mis nalgas. Con sus piernas separó las mías. Sentí su mano explorar mi vagina y meter dos dedos en ella. Me dijo “estás húmeda puta, sabía que eras una perra de mierda”. Yo no me sentía húmeda. No tenía deseo. Tenía sólo miedo.

    Me seguía teniendo dominada con una de sus manos. Sentí que se bajó el short de su pijama. Con sus piernas separó aún más las mías y me empujó hacia adelante. Inclinada sobre el lavatorio me penetró. Le pedí que parara nuevamente. Le rogué que no lo hiciera. Pero el sólo me respondía “esto te gusta puta, no te hagas la decente”.

    Sentía que me ardía mi coño. Que me ardía como fuego. No estaba excitada y tenía su verga gruesa entrando y saliendo toda.

    Él seguía insultándome. Ofendiéndome. Diciéndome puta todo el tiempo y más.

    De pronto la sacó y me dijo “te voy a coger en tu cama perra de mierda”. Le volví a suplicar que pare. Pero era una súplica inútil. Me cogió con sus dos manos y me llevó a la fuerza a la cama. Me tiró sobre ella, caí boca abajo.

    Imaginé que me quería coger por atrás y con la intención de evitarlo me di vuelta. Me dio una bofetada y me dijo “boca abajo perra”. Llorando lo obedecí. Se acostó encima de mí y nuevamente con sus piernas separó las mías. Con sus manos separó mis nalgas. Pensé, con lágrimas en los ojos, que me la metería al culo. Pero no fue así. Siguió por mi vagina.

    Imaginé que si él llegaba me dejaría y se iría. Recordé que tenía que irse a las 10am. En ese momento pensé que si él creía que yo lo disfrutaba llegaría más rápido y me dejaría.

    Comencé a simular gemidos. A simular que lo estaba disfrutando. Él se comió el cuento. Empezó a decir cosas como “sabía lo puta que eres”. Intenté seguir disimulando, para que llegara más rápido y me deje. Creía que esa era la mejor forma de evitar me posea por el culo. Pero me equivoqué.

    Me la sacó. Se separó un poco de mí. Sentí sus dedos humedecer mi culo con su saliva. Le pedí que no hiciera eso, que no me cogiera por allí. Le ofrecí chupársela, tomarme su leche. Pero no me respondía nada. Se volvió a colocar encima. Pegado a mí y sin ningún respeto ni cuidado, puso su verga en la entrada de mi culito y me la metió en una sola empujada.

    Lloré de dolor. Las lágrimas se chorreaban por mis mejillas. Mi almohada ya estaba húmeda. El dolor no se iba. Él lo estaba disfrutando y mucho. Lo que más repetía era “este culo ya es mío”. Y lo era. Contra mi voluntad, pero era de él. Sentí que se aceleraba su respiración. Pero yo estaba como inerte. Sólo sollozando. De pronto él comenzó a gemir con fuerza y decir “puta viene tu leche” y se vino dentro de mi culo.

    Ni bien terminó se levantó. Se fue a su cuarto. Dejó la puerta abierta. Algunos minutos después cuando pude reanimarme un poco me levanté y la cerré con llave. Me quedé dormida. Cuando desperté era medio día. Él se había ido.

  • Infieles todos en un fin de semana: Alex y Arturo

    Infieles todos en un fin de semana: Alex y Arturo

    Regresé al cuarto que rentábamos como a las 9 de la mañana. Entrar y ver a dos hermosuras en la cama, Sara desnuda y mi Yesica con medias y liguero, me paró la verga al instante. Se veían hermosas y aunque Sara tenía un poco de pena, las saludé y pasé a picar un poco de fruta y a poner café para desayunar, mientras ellas se metían juntas a bañarse. Al salir envueltas en toallas, ya sin mucha pena se cambiaron de ropa frente a mí, pues el cuarto era pequeño, en un lado teníamos la cocina en el otro lado la cama y a un costado el baño.

    Les platiqué cómo estuvo la noche anterior y las razones por las que terminé con Maribel en el motel. Sara se notaba un poco molesta con Yaja por irse así con otras personas, pero al fin de cuentas tanto mi novia como ella se la habían pasado muy bien.

    Sara nos invitó ese día sábado a una fiesta a la que irían sus papás. Yesica tenía que pedir permiso a su mamá y casi era un hecho que se lo daría, pero yo no podía ir, pues esa tarde tenía que trabajar. Así que fuimos a la casa de mi suegra a pedirle permiso. Siempre que la veía me excitaba el recordar todo lo que habíamos hecho, ella se veía contenta con la relación que tenía con su amante Miguel y pues como estábamos en buenos términos, solo me conformaba con admirar su delicioso cuerpo, esperando algún día volver a tenerlo entre mis brazos. Una vez que aceptó mi suegra dejar ir a Yesica a la fiesta, junto con Sara se metieron a su cuarto a tomar ropa mientras yo platicaba con ella. Nos despedimos y las acompañé a la terminal de autobuses, esperé a que se subieran y luego me regresé al cuarto, me bañé y me dormí un rato.

    Por la tarde salí al centro a hacer tiempo en lo que daba mi hora de entrada. De casualidad me encontré a Alex y Arturo que estaban tomando unas cervezas, los saludé y me senté con ellos. Me contaron que la noche anterior no hubo nada pues en la casa donde se iban a seguir la fiesta ya no les dieron permiso y mejor cada quien se fue a su casa. Arturo me preguntó por Maribel, le conté en donde estuvimos y que por la mañana la dejé en su casa. A él no parecía importarle mucho que me la haya cogido toda la noche, más bien estaba afligido porque ellos no tuvieron acción y se habían quedado calientes.

    Luego de un rato de estar tomando y platicando yo me despedí pues ya tenía que entrar a trabajar. Ellos insistieron en que me quedara a acompañarlos a lo que yo me negaba. Entonces Alex me dio dinero, más o menos lo que me ganaría esa tarde y me dijo que él pagaría el consumo que hiciéramos y así me presentaba hasta el otro día a trabajar. Aunque me negué a aceptar ese dinero, el insistió tanto que terminé por aceptarlo. Así estuvimos tomando una buena parte de la tarde.

    Ya en la noche nos dijo que podíamos pasar a su casa un rato, escuchar música y tomar otro poco. Preguntamos si sus papás no sé molestarían, a lo que contestó que ese día solo estaba su mamá y que no tendría problema en aceptar. Llegamos a su casa y su mamá salió a saludarnos y nos dijo que podíamos tomar de la cocina algo para cenar y que ella estaría en su cuarto.

    La mamá de Alex era una señora muy guapa, alta y de buen cuerpo. No sonreía mucho, incluso a veces parecía triste. Yo me daba cuenta de eso pero no decía nada ni a Alex y mucho menos a ella. Alex le dijo que estaríamos en la parte de atrás de su casa. Aunque ya habíamos estado una vez, hasta ese día pude conocer bien su casa, era muy grande, tenían alberca y un jardín muy amplio, incluso tenían un salón para eventos o para hacer fiestas a un lado de la alberca. Su familia tenía una buena posición económica.

    Estuvimos oyendo música, cantando y platicando, no tomamos mucho. Entre la plática empezamos a hablar de sexo, con quienes habían estado, lo que habíamos hecho. Ninguno de los tres teníamos problemas para hablar de nuestra sexualidad y lo que nos gustaba. Arturo contó que le gustaban los hombres y que estar con Maribel no lo satisfacía, al contrario, se sentía presionado pues lo suyo eran las vergas. Alex nos contó que a él le gustaba vestir con ropa de mujer, en su cuarto tenía calzones y brasieres y también uno que otro vestido que se había comprado. Además que también a solas le gustaba maquillarse. Arturo y yo lo animamos a que se transformara para verlo. Ya sabrán que nuestra plática terminó en sexo muy rico.

    A un costado de la casa grande tenían unos cuartos que eran para las visitas que llegaban a tener ocasionalmente. Los tres nos metimos a uno de esos cuartos. Alex fue por su ropa a su cuarto y regresó muy rápido. Se metió al baño y cuando salió en verdad parecía una mujer, sabía maquillarse muy bien. Vestida así nos pidió que la llamáramos Alexa. Yo estaba muy excitado y más porque mientras Alex se vestía, Arturo me estuvo mamando la verga. Me puse de pie y agarré a Alexa por la espalda, acariciaba su pecho y metía mis manos bajo su vestido para sentir su pantaleta de encaje y ella echaba sus nalgas hacia atras, rozando mi verga. Mientras Arturo estaba detrás de mí, pasando su verga erecta sobre mis nalgas, las cuales acariciaba y me daba nalgadas, tratando de abarcar lo más posible con sus manos y una que otra vez pasándola entre mis piernas para acariciar mis huevos. Yo estaba muy caliente pues ver a Alexa vestida así casi me hacía explotar la verga, pues como ya les había dicho soy fetichista de la lencería femenina. Le quité su vestido y me recosté en la cama, ellas se pusieron a cada costado mío y se inclinaron a mamarme la verga, se turnaban y mientras se acariciaban sus vergas. Me estaban dando mucho placer, al mismo tiempo yo les acaricia sus nalgas, más a Alexa que movía su culito invitándome a meter mis dedos en ella, qué rico placer oral me estaban dando.

    Les pregunté que a quién se la metería primero, Arturo se ofreció y Alexa estuvo de acuerdo. Al instante se puso de a perrito. Me puse un condón y viendo a Alexa frente a nosotros y como se acariciaba la verga sobre su pantaleta se la metí a Arturo escupiendo un poco de saliva en su ano, él recostó su cara sobre la cama y usó ambas manos para abrir sus nalgas, mi verga es gruesa y ya la había tenido adentro, pero esta vez no le había trabajado su ano, solo se la dejé ir. Él gemía y pedía más adentro, poco a poco fui entrando en él hasta que mis huevos rozaban los suyos y una vez que se acostumbró a mi grosor, comenzó a masturbarse, despacio, tratando de prolongar su placer. Yo lo tenía agarrado de las caderas y así lo atraía hacia mí, me estaba dando mucho placer. Se vino después de un rato y a pesar de vaciarse me dejó seguir dándole verga, hasta que él ya no pudo mas. Los dos nos habíamos cansado por la posición y mejor me salí, él se dejó caer sobre la cama y así boca abajo se quedó recostado.

    Me paré a cambiar el condón y Alexa entendió que era su turno, se iba a acomodar de a perrito pero le pedí que se acostara boca arriba en la orilla de la cama, la iba a penetrar de patitas al hombro. Tenía puesto un brasier de encaje que hacía juego con su pantaleta, se había pintado los ojos y los labios, en verdad parecía una mujer, de hecho, es una mujer. Levanté sus piernas dejando su culo a mi altura, escupí saliva en su ano y con mis dedos se lo masajeé un poco, entraron dos dedos con facilidad. Así la acomodé de nuevo en la orilla de la cama, sus ojos se clavaban en los míos pidiéndome que ya se la metiera, su verga pequeña estaba dura y sus huevos retraídos, acomodé con mi mano la punta de mi verga en su entrada y con facilidad entré en su culo, él apretó sus piernas sobre mis hombros, fui entrando poco a poco hasta que estuve completamente adentro para iniciar un mete y saca. Alexa me intimidaba, sus labios se entreabrían y pasaba su lengua sobre ellos, la pintura en sus ojos los resaltaban, se veía muy expresiva, muy caliente. Estuve bombeando su culo un buen rato, ver las facciones y los gestos en su rostro me tenía muy excitado, ella lo disfrutaba mucho y yo igual. Cerré mis ojos para imaginarla vistiendo medias y liguero, algo que le pediría más adelante y me concedería, y con esa imagen en mi mente me la cogí tan duro que me vine dentro de su culo y ella casi al mismo tiempo se vació sobre su abdomen y su semen escurría a sus costados. Me fui saliendo poco a poco, estaba muy caliente su interior. Mientras me decía lo rico que había estado esa cogida, lo habíamos disfrutado mucho los tres.

    Me vine muy rico, pero seguía dura mi verga. Arturo que nos estuvo viendo también, ya se había vuelto a calentar. Me preguntó si se la podía meter de nuevo. Yo seguía muy caliente, así que me cambie otra vez el condón. Le pedí que se pusiera igual que Alexa en la orilla de la cama, él así lo hizo y puso sus piernas sobre mis hombros, él seguía lubricado así que igual tome mi verga con la mano y la dirigí a su culo, donde entré con facilidad y estuve presionando para que lo apretado de su culo, me terminara por poner dura la verga. Y así fue, completamente duro de nuevo empecé a bombearlo, mis huevos chocaban con sus nalgas y mi vientre con los suyos, Alexa se acercó a mí y me tomó de los hombros, empezó a besar mi pecho y mis pezones mientras con su mano acariciaba la verga de Arturo. Fue subiendo de a poco hasta que llegó a mis labios, nos besamos y ese beso me excitó mucho más, tanto que aceleré mis metidas en el culo de Arturo y escuche mientras gemía que se venía con las masturbada que le hacía Alexa, yo también no tardaría mucho en venirme y al sentir como me agitaba, Alexa me pidió que se los echara en la boca. De golpe me salí del culo de Arturo, alcance a sacar el condón y ella ya estaba a la altura de mi verga, me vacíe de a poco en su boca mientras sacaba su lengua para acariciar mi glande y luego usar sus labios para exprimirme las últimas gotas de leche. Tan sumisa que se veía, se tomó mi descarga de leche. Rendidos los tres nos acostamos sobre la cama.

    Cada uno pasó a limpiarse al baño, Alexa a quitarse la ropa y volver a ser Alex. Los tres ya vestidos y como si nada hubiera pasado, nos volvimos a salir al jardín. Estuvimos platicando otro rato más y siendo ya tarde, nos despedimos Arturo y yo para salir a buscar un taxi e ir hacia nuestras casas.

    Al llegar a mi cuarto me metí a bañar y a tratar de dormir. Trataba de dormir pero en mi cabeza estaba el pensamiento de lo que estaba haciendo mi novia en ese momento, si ya estaría haciendo el amor con Sara e imaginando lo que habrían hecho la noche anterior. Salí del cuarto a asomarme si de casualidad la señora Camila hubiera dejado su ropa interior colgada en señal de que podía visitarla en la noche, pero ese día no hubo suerte, así que caliente como estaba, tuve que masturbarme enredando uno de los brasieres de mi novia en mi verga y pasando sobre mi rostro sus medias y liguero usados una noche antes con Sara, lo que no encontré fue su tanga y me imaginé que la usaba esa noche estando con Sara. Recordando la redondez de su culo y lo bien que se veía en lencería yo me vine tan fuerte manchando su ropa y gimiendo. Desenredé su brasier de mi verga y poco a poco me fui quedando dormido.

    Salí ganando lo de mi día de trabajo y había tenido una buena sesión de sexo. Extrañaba a mi novia, pero me sentía a gusto saber que ella también disfrutaría esa noche con alguien que le gustaba mucho como Sara.

    Faltaba el domingo para que se acabara ese fin de semana, ahora sí me tenía que presentar a trabajar y esperar a mi Yesica para contarnos lo que habíamos hecho y seguramente hacer el amor como tanto nos gusta. Pero pues nada estaba planeado, nos faltaba un extra. Se los contamos en el siguiente relato.

  • La visita de Matías

    La visita de Matías

    —Sandra, soy yo.

    Me quedé con el interfono en la mano, incapaz de pronunciar la menor palabra. Una ola de calor me envolvió brutalmente, subiendo de mis piernas hacia mis hombros.

    Cuando Matías había dicho que me visitaría en Zúrich, no le había creído ni un segundo. Sin embargo, le había dejado mi dirección en un post-it cuando nos habíamos vuelto a encontrar en Santiago. Era más bien para no ofenderlo al insinuar que nunca iba a viajar Suiza que por pensar que un día lo iba a encontrar, bajo su eterna gorra negra, en la entrada del edificio donde yo vivía.

    —¿Me abres?

    Matías era mi ex. Lo había conocido la primera semana de intercambio universitario en Chile de mi máster. Habíamos compartido una mesa de laboratorio, unas cervezas, una cama, y finalmente un pequeño estudio. Había regresado a Suiza al final del año universitario y habíamos tenido la lucidez de abandonar el proyecto de dejar de querernos. Años después, y a pesar de habernos casado cada uno por su lado, nos seguíamos deseando con furia. En secreto, nos mandábamos fotos y videos excitantes y no perdíamos una ocasión de masturbarnos juntos a distancia, calentándonos con mensajes y audios. Solíamos acompañarnos hacia el orgasmo con una videollamada, disfrutando de vernos venir bajo todos los ángulos. Cada vez que compraba ropa interior nueva, regresaba apurada a casa para sacarme fotos y mandárselas. Nunca demoraba mucho antes de contestarme con una foto de la erección que le había provocado la vista de mi culo, que las pequeñas piezas de encaje que elegía no ocultaban para nada. Yo la recibía con mucha satisfacción y a menudo empezaba a tocarme llevando mis nuevos atuendos. Lo que más me gustaba era cuando sacaba una foto al bulto que tenía en su entrepierna mientras estaba en su escritorio, en la oficina donde trabajaba. Me excitaba mucho saber que tenía que aguantar sus ganas y esperar que sus colegas salieran a almorzar para ir al baño y pajearse frenéticamente como un adolescente frustrado. A veces me mandaba videos de cuando se venía. Guardaba las preciosas imágenes del semen choreando a lo largo de su verga, siempre acompañadas por su delicioso suspiro de alivio, y las miraba en el preciso momento de venirme cuando me masturbaba. Matías era mi inspiración infalible y mi detonante favorito.

    Hacía unos meses, había tenido que viajar a Santiago para coordinar un proyecto de investigación internacional en biología. Menos de dos horas después del aterrizaje de mi avión, estábamos tirando en el piso de la habitación de mi hotel, sin tomar el tiempo de llegar a la cama ni de quitarnos toda la ropa. Había sido un reencuentro rico y animal, reanudando con las costumbres de nuestro pasado de novios, mirándonos a los ojos y sonriendo mientras nos agarrábamos el cabello y nos arañábamos la espalda. Siempre habíamos sido excelentes en el sexo y nos habíamos extrañado mucho. Era la primera vez que engañábamos a nuestras parejas respectivas y la culpabilidad había sido totalmente anihilada por el goce y la arrechura que compartíamos. Me había quedado allí una pequeña semana durante la cual nos las habíamos ingeniado para vernos todos los días y disfrutar el uno del otro sin límites. Cuando vivíamos juntos, a pesar de tener una intimidad entusiasta e impetuosa, nunca habíamos conseguido superar algunos complejos o miedos, temiendo que ciertos deseos, aficiones o gustitos inconfesables pudieran incomodar al otro. Entonces, libres de cualquier forma de presión con respecto a la perennidad de una relación de pareja y franqueando las antiguas barreras, habíamos descubierto nuevos placeres. En nuestro nuevo pódium del sexo habían tomado posición varias innovaciones nuestras, como por ejemplo sentarme en su cara para que me lamiera o también que me escupiera en la boca mientras me cachaba. La versión descontrolada de nosotros había sido una maravilla, un desfogo total y necesario.

    Las imágenes de este reencuentro invadieron mi mente al escuchar su voz.

    —¿Matías?

    —Sandra, hace un frío tremendo, ¡abre!

    Abrí la ventana para agacharme y mirar la entrada del edificio. Era él.

    —No puede ser… —dije para mí misma —¡Te abro, sube! Está en el quinto piso.

    Por suerte para él, aquel día había regresado temprano de la universidad donde era profesora. Mi esposo se había ido de viaje para el fin de semana con un par de amigos y yo había decidido aprovechar estos días libres para hacer algunas cosas que no tenían espacio en la vida marital. Así, cuando había sonado el interfono, estaba cumpliendo con un total cliché de treintañera soltera: me acababa de meter en una bañera llena de espuma de jabón, con una copa de vino en una mano y un cigarro en la otra. Había puesto mi laptop en un banquito justo al lado y empezaba unos de mis videos porno favoritos. Era de dos chicas que probaban juguetes una con otra y, definitivamente, el ejercicio les procuraba un placer intenso. Sudaban, se besaban, se lamían, se penetraban y se venían varias veces, con caras exaltadas y lúbricas. Estaba a punto de dedicarme a 40 minutos de masturbación, inspirada por estas dos morbosas y la variedad de consoladores que empeñaban en chupar y meterse mutuamente en la concha o en el culo. Sabía que tenía el tiempo de fumar un cigarro antes de que se viniera la más carnosa. Después de verla gemir en cuatro, con sus tetas pesadas que balanceaban, arqueándose para sentir mejor las idas y venidas del juguete con lo cual la cachaba su amiguita, me era complicado resistir a las ganas de tocarme. Siempre me fascinó la expresión que tiene la gente en el momento de venirse, es más, creo que es la cosa que más me fascina en el mundo. Se puede mandar robots en Marte, descubrir nuevas medicinas, tesoros arqueológicos o medios revolucionarios de protección medioambiental, construir edificios inmensos o crear música sinfónica: ningún logro del ser humano llega a conmoverme más que su cara deformada por la intensidad de un orgasmo. Por eso había esperado que sonara el interfono por segunda vez antes de tomarme la pena de salir de mi bañera. Pensado que era un vecino a quién se le había olvidado las llaves, no había tomado la pena de vestirme y había atravesado el departamento calata y sin secarme, dejando agua por todo el piso.

    Al invitarlo a subir, me había precipitado para agarrar una bata, cerrándola con un nudo torpe y blando, y le había abierto la puerta así, con el moño desordenado que solía hacer para bañarme, mi copa de vino todavía en la mano y, lo confieso, algo de incomodidad. Sonrió al descubrirme así y me abrazó como se abraza a los amigos. Me explicó que había llegado el día de antes a Suiza, invitado por una universidad para participar a un coloquio internacional. Matías también era biólogo, bastante reconocido en Chile, pero por primera vez viajaba a Europa para presentar el resultado de sus investigaciones.

    —¿Por qué no me avisaste que viajabas?

    —Para hacerte la sorpresa, pero no te quiero molestar. Estás esperando a tu esposo ¿no? —me contestó mirando mi copa de vino.

    —No, salió con sus amigos para el fin de semana. Estaba a punto de bañarme. ¿Quieres una copa?

    Sonrió, travieso.

    —Por supuesto.

    Empezamos a conversar, dándonos las ultimas noticias de nuestras vidas mientras lo servía. Como siempre teníamos muchas cosas que contarnos, la conversación fluía, alegre y entusiasta. Cuando me vio ajustar el cinturón de mi bata se cortó en medio de una frase.

    —No te quería interrumpir, anda a bañarte, conversamos luego, te espero.

    Regresé al baño rápidamente. Las dos chicas seguían divirtiéndose en la pantalla de mi laptop. Me apuré en cerrarla, algo avergonzada por el entretenimiento que tenía planeado para noche. Mis fantasías lesbianas y en particular mi deseo intenso de lamer y chupar tetas formaban parte de las cosas que no compartía con nadie.

    Dejé caer mi bata en el piso, entré en la bañera y apenas cerré la cortina que escuché a mi espalda:

    —¿Se puede fumar en tu baño?

    Entreabrí un poco la cortina para sacar la cabeza. Matías me había seguido y ya lo tenía tranquilamente apoyado al lavadero con su copa de vino, a punto de prender el cigarro que tenía entre los labios.

    —Me acordé que te gustaba conversar cuando te bañabas, —siguió, bajando la tapa del inodoro para sentarse en él, —¿quieres?

    —Ahora es un poco raro, pero claro, me gusta tener compañía hasta bajo la ducha, —le contesté antes de volver a cerrar la cortina. —Y, sí, puedes fumar. Fumo donde me da la gana cuando no está mi esposo.

    Seguimos conversando mientras me lavaba el cabello y me jaboneaba todo el cuerpo. Era imposible negar que la situación me excitaba. Al darme la vuelta para enjuagarme, la cortina fina se pegó contra mis nalgas. Matías tuvo el gusto de ver sus formas dibujarse nítidamente en la tela que el contacto con mi piel mojada volvía transparente. Escuché un “Uhm, interesante…”, ligeramente burlón, antes de que continuara lo que me contaba. Me gustaba saber que me había visto, ya le tenía ganas y era claro que él también. Éramos incapaces de resistir a la atracción sexual que compartíamos, pero parecía que teníamos ganas de jugar un poco a los desinteresados.

    —¿Estabas mirando una película en tu bañera cuando llegué? —me preguntó al ver mi laptop en el banquito.

    —Sí, estaba en eso, tranquilita con una copa de vino y un cigarro.

    No lo veía, pero había agarrado la máquina y la había abierta, descubriendo la naturaleza de mi selección audiovisual. Terminé mi ducha y corté el agua, extendí el brazo afuera para agarrar una toalla y me sequé rápidamente antes de envolverme en ella. Cuando abrí la cortina, Matías tenía la laptop sobre sus rodillas y me miraba con una expresión de gula febril.

    —Le puse “play”, para ver qué era…

    —¿Y qué te pareció?

    Calentada por la situación y la tensión sexual que empezaba a ser evidente entre nosotros, le había contestado sonriendo, mirándolo a los ojos mientras salía de la bañera. A modo de respuesta, agarró mi muñeca para llevar mi mano a su entrepierna. Sentí su verga dura a través de su pantalón.

    —Veo que en este género también compartimos los mismos gustos cinematográficos —le dije, sin retirar mi mano, al contrario.

    Hubo un silencio en lo cual se escuchaba la respiración de Matías que se aceleraba. Me senté en el borde de la bañera, sin dejar de acariciarlo ni de sostener su mirada. Sentía que mi clítoris se estaba hinchando, con una ola de calor y un ligero picazón que pronto iba a volverse casi doloroso si no me tocara. En el movimiento de sentarme, mis labios se deslizaron uno contra otro. Sin darme cuenta, me había empezado a mojar. Desde la noche en la cual nos habíamos conocido, nunca había dejado de desearlo. Le bastaba una mirada para prenderme. A pesar de haber recorrido su cuerpo tantas veces, su piel, sus labios, sus manos y obviamente su sexo me seguían atrayendo como imanes.

    Puso su mano en mi muslo y empezó a subir lentamente debajo de la toalla. Acercó su cara para besarme y se detuvo a unos centímetros de mis labios, para prolongar un poquito la espera del beso que nos iba a reunir. Le agarré la nuca para acercarlo y mis labios entreabiertos encontraron los suyos. Su lengua empezó a acariciar la mía, mientras sus dedos llegaron a mi sexo. Abrí ligeramente las piernas a modo de invitación, él sabía exactamente cómo tocarme. Era, sin ninguna duda, el único hombre capaz de hacerme venir más rápidamente que yo masturbándome. Comenzó como siempre por tomar mi concha en la mano, con la delicadeza con la cual se toma una fruta madura y jugosa, y amasarla suavemente. Los primeros escalofríos de placer me recorrieron la espalda. Me seguía mirando a los ojos, con los labios todavía entreabiertos por nuestro beso. Sus dedos empezaron a jugar con mis labios, deslizándose entre ellos de arriba hasta abajo, lentamente. Gemí y abrí las piernas más aún, avanzando mis caderas hacia él. Había dejado su entrepierna para apoyarme con las dos manos al borde de la tina. Me entregaba a sus dedos expertos que no tardaron mucho antes de penetrarme. Las idas y venidas de dos de sus dedos me electrizaban y gemía más fuerte. Matías conocía los gestos que me gustaban y le encantaba hacerme venir. Más aún le encantaba desnudarme y quedarse vestido para meterme dedos hasta que me retorciera placer. A menudo no se tocaba antes de que me viniera, como para disfrutar completamente de la posición de voyerista que tenía. Yo, impúdica y arrecha, le regalaba con gusto e insolencia el espectáculo de la subida de mi goce. Así, cuando la toalla en la cual me había envuelto terminó por abrirse y caer, desvelando mis senos y mi concha, no pudo detener un suspiro de satisfacción. Su mirada había sido absorta por la visión de sus dedos brillantes que entraban y salían de mi sexo.

    —¿Te gusta verme así? —le pregunté.

    —Uy sí, qué hermosa eres…

    Abrí las piernas al máximo y entendió que quería más. Con la palma hacia arriba y presionando mi clítoris con su pulgar, me penetró con tres dedos y se quedó unos segundos así, sin mover, para dejarme disfrutar de la sensación de tener la concha llena. Era una delicia. Aprovechando de este momento de calma, agarró uno de mis pezones y empezó a pellizcarlo. Gemí más fuerte, este ligero dolor me excitaba terriblemente. Sin mover los dedos que ocupaban mi concha ni soltar mi pezón, volvió a mirarme a los ojos, con la expresión seria y tensa que tenía cuando luchaba para no voltearme y metérmela de una vez y con fuerza.

    —¿Quieres que te haga venir?

    —Con tus dedos… Cáchame con tus dedos…

    No me contestó porque había empezado a lamer mi otro pezón con lenguazos hambrientos mientras sus dedos volvieron a moverse, con idas y venidas lentas y profundas. Mis gemidos se aceleraron, se deslizaba dentro de mí sin ninguna pena, hacía tiempo que no había sido tan excitada y que no me mojaba tanto. Le gustaba tenerme toda empapada, más aún cuando llevaba ropa interior de color claro y que me era imposible disimular la mancha que se marcaba en mi calzón, evidencia implacable de mi excitación. También le gustaba mamar y aspirar mis pezones hasta adolorarlos un poco, lo que siempre me mandaba bien lejos. Cuando vio que estaba al borde del orgasmo, separó ligeramente sus dedos, que hasta el momento había mantenido apretados unos contra otros. Era riquísimo cuando me abría la concha así. Sentí un cuarto dedo juntarse a los demás y los avanzó al máximo para metérmelos lo más profundo que fuera y se detuvo de nuevo. Presa de mi orgasmo suspendido, gemía y movía las caderas como un animal en celo. Dejó de mamarme y volvió a mirarme a los ojos para disfrutar de su momento favorito. Sin mover sus dedos, presionó fuertemente mi clítoris con su pulgar, como si tratara de juntarlo con los dedos que me tenía metidos. Mi gemido largo y ronco resonó en el baño mientras mi concha se contraía sobre su mano.

    Cerré los ojos unos segundos para recuperar. Matías me besó con ternura, feliz de haberme dado un placer tan intenso, pero más arrecho que nunca.

    —Qué rico, Sandra, me encanta cuando te vienes —me dijo mientras se arrodillaba entre mis piernas y se acercaba de mi sexo. —Te quiero lamer todita.

    Hundió su cara entre mis piernas y empezó a lamerme con aplicación. Al mismo tiempo, abrió el cierre de su pantalón para liberar su verga, dura y tensa, y masturbarse lentamente. Matías podía quedarse así durante largos minutos, saboreándome como si fuera una golosina deliciosa. Acerqué mi pie de su sexo para acariciarlo. Gimió y soltó su verga, le excitaba mucho que le tocara el sexo con los pies. Suavemente, paseaba a lo largo de su verga con indolencia, de abajo hacia arriba, presionando un poco, para que se quede con una sensación de masturbación frustrada. Me lamía más rápidamente y sentí que podía venirme de nuevo bajo su lengua. Mis suspiros se aceleraron cuando concentró sus amplios lenguazos sobre mi clítoris. Le agarré la cabeza para pegarlo a mi sexo y presioné su verga más fuerte con mi pie. Su gemido ahogado fue la chispa que volvió a hacerme perder el control. Me penetró con su lengua y me vine sobándome en su cara con espasmos incontrolables.

    Esta vez, no me dejó mucho tiempo para recuperarme, se paró en seguida y se quitó la ropa con apuros. No aguantaba más las ganas de metérmela. Me dio la mano para que me levantara y se puso detrás de mí, besándome la nuca vorazmente. Me apoyé en el lavatorio, arqueándome para presentarle mi culo. Nuestras miradas se encontraron en el gran espejo que estaba de frente a nosotros y me penetró de una vez, deslizándose en mi concha sin ninguna pena. Me miraba con morbo, le encantaba verme así cuando me la metía, con mis piernas largas, mis muslos firmes y redonditos, abiertos y tensos, mi concha llenada por su verga, mis tetas que saltaban al ritmo de sus movimientos de caderas, mi boca abierta y mis ojos clavados en los suyos. Me agarraba una teta con fuerza mientras su otra mano había bajado hasta mi sexo para agregar las caricias a la delicia de su penetración. Su verga dura, cuyas fotos y videos me habían acompañado para tantos orgasmos solitarios, por fin iba y venía dentro de mí y, como siempre, me llenaba totalmente. Soltó mi concha y acercó de mi boca los dedos que le había empapado. Sin dejar de mirarlo, me puse a lamerlos y chuparlos. Sus movimientos se aceleraron, lo escuchaba gemir en mi espalda, al verme así de zorra, sacando mi lengua para lamer sus dedos llenos de mi propio jugo, le costaba contener la ola de goce que le invadía.

    —Quiero venirme en tu cara —me dijo jadeando.

    —Con mucho gusto…

    Me di la vuelta y me arrodillé con las piernas abiertas para masturbarme. Lo que me acababa de pedir me volvía loca, me quería venir mientras me llenaba la cara de leche. Empezó a pajearse rápidamente a la altura de mi cara, lo miraba con febrilidad, boca abierta y sacando la lengua, hipnotizada por su verga brillante que parecía estar a punto de explotar. Gimió más fuerte, cerré los ojos para disfrutar plenamente de la sensación de su leche cálida y espesa que brotó en abundancia en mis mejillas, en mis parpados y que sentí caer en mi lengua. Me vine al instante, apretando mi concha con fuerza.

    Matías se sentó en el piso y agarró la toalla que había dejado caer para limpiarme la cara. Nos besamos, sonriendo.

    —Tomaremos otra copita de vino ¿no? —le pregunté.

    El fin de semana se anunciaba bajo con los mejores auspicios. —Sandra, soy yo.

    Me quedé con el interfono en la mano, incapaz de pronunciar la menor palabra. Una ola de calor me envolvió brutalmente, subiendo de mis piernas hacia mis hombros.

    Cuando Matías había dicho que me visitaría en Zúrich, no le había creído ni un segundo. Sin embargo, le había dejado mi dirección en un post-it cuando nos habíamos vuelto a encontrar en Santiago. Era más bien para no ofenderlo al insinuar que nunca iba a viajar Suiza que por pensar que un día lo iba a encontrar, bajo su eterna gorra negra, en la entrada del edificio donde yo vivía.

    —¿Me abres?

    Matías era mi ex. Lo había conocido la primera semana de intercambio universitario en Chile de mi máster. Habíamos compartido una mesa de laboratorio, unas cervezas, una cama, y finalmente un pequeño estudio. Había regresado a Suiza al final del año universitario y habíamos tenido la lucidez de abandonar el proyecto de dejar de querernos. Años después, y a pesar de habernos casado cada uno por su lado, nos seguíamos deseando con furia. En secreto, nos mandábamos fotos y videos excitantes y no perdíamos una ocasión de masturbarnos juntos a distancia, calentándonos con mensajes y audios. Solíamos acompañarnos hacia el orgasmo con una videollamada, disfrutando de vernos venir bajo todos los ángulos. Cada vez que compraba ropa interior nueva, regresaba apurada a casa para sacarme fotos y mandárselas. Nunca demoraba mucho antes de contestarme con una foto de la erección que le había provocado la vista de mi culo, que las pequeñas piezas de encaje que elegía no ocultaban para nada. Yo la recibía con mucha satisfacción y a menudo empezaba a tocarme llevando mis nuevos atuendos. Lo que más me gustaba era cuando sacaba una foto al bulto que tenía en su entrepierna mientras estaba en su escritorio, en la oficina donde trabajaba. Me excitaba mucho saber que tenía que aguantar sus ganas y esperar que sus colegas salieran a almorzar para ir al baño y pajearse frenéticamente como un adolescente frustrado. A veces me mandaba videos de cuando se venía. Guardaba las preciosas imágenes del semen choreando a lo largo de su verga, siempre acompañadas por su delicioso suspiro de alivio, y las miraba en el preciso momento de venirme cuando me masturbaba. Matías era mi inspiración infalible y mi detonante favorito.

    Hacía unos meses, había tenido que viajar a Santiago para coordinar un proyecto de investigación internacional en biología. Menos de dos horas después del aterrizaje de mi avión, estábamos tirando en el piso de la habitación de mi hotel, sin tomar el tiempo de llegar a la cama ni de quitarnos toda la ropa. Había sido un reencuentro rico y animal, reanudando con las costumbres de nuestro pasado de novios, mirándonos a los ojos y sonriendo mientras nos agarrábamos el cabello y nos arañábamos la espalda. Siempre habíamos sido excelentes en el sexo y nos habíamos extrañado mucho. Era la primera vez que engañábamos a nuestras parejas respectivas y la culpabilidad había sido totalmente anihilada por el goce y la arrechura que compartíamos. Me había quedado allí una pequeña semana durante la cual nos las habíamos ingeniado para vernos todos los días y disfrutar el uno del otro sin límites. Cuando vivíamos juntos, a pesar de tener una intimidad entusiasta e impetuosa, nunca habíamos conseguido superar algunos complejos o miedos, temiendo que ciertos deseos, aficiones o gustitos inconfesables pudieran incomodar al otro. Entonces, libres de cualquier forma de presión con respecto a la perennidad de una relación de pareja y franqueando las antiguas barreras, habíamos descubierto nuevos placeres. En nuestro nuevo pódium del sexo habían tomado posición varias innovaciones nuestras, como por ejemplo sentarme en su cara para que me lamiera o también que me escupiera en la boca mientras me cachaba. La versión descontrolada de nosotros había sido una maravilla, un desfogo total y necesario.

    Las imágenes de este reencuentro invadieron mi mente al escuchar su voz.

    —¿Matías?

    —Sandra, hace un frío tremendo, ¡abre!

    Abrí la ventana para agacharme y mirar la entrada del edificio. Era él.

    —No puede ser… —dije para mí misma —¡Te abro, sube! Está en el quinto piso.

    Por suerte para él, aquel día había regresado temprano de la universidad donde era profesora. Mi esposo se había ido de viaje para el fin de semana con un par de amigos y yo había decidido aprovechar estos días libres para hacer algunas cosas que no tenían espacio en la vida marital. Así, cuando había sonado el interfono, estaba cumpliendo con un total cliché de treintañera soltera: me acababa de meter en una bañera llena de espuma de jabón, con una copa de vino en una mano y un cigarro en la otra. Había puesto mi laptop en un banquito justo al lado y empezaba unos de mis videos porno favoritos. Era de dos chicas que probaban juguetes una con otra y, definitivamente, el ejercicio les procuraba un placer intenso. Sudaban, se besaban, se lamían, se penetraban y se venían varias veces, con caras exaltadas y lúbricas. Estaba a punto de dedicarme a 40 minutos de masturbación, inspirada por estas dos morbosas y la variedad de consoladores que empeñaban en chupar y meterse mutuamente en la concha o en el culo. Sabía que tenía el tiempo de fumar un cigarro antes de que se viniera la más carnosa. Después de verla gemir en cuatro, con sus tetas pesadas que balanceaban, arqueándose para sentir mejor las idas y venidas del juguete con lo cual la cachaba su amiguita, me era complicado resistir a las ganas de tocarme. Siempre me fascinó la expresión que tiene la gente en el momento de venirse, es más, creo que es la cosa que más me fascina en el mundo. Se puede mandar robots en Marte, descubrir nuevas medicinas, tesoros arqueológicos o medios revolucionarios de protección medioambiental, construir edificios inmensos o crear música sinfónica: ningún logro del ser humano llega a conmoverme más que su cara deformada por la intensidad de un orgasmo. Por eso había esperado que sonara el interfono por segunda vez antes de tomarme la pena de salir de mi bañera. Pensado que era un vecino a quién se le había olvidado las llaves, no había tomado la pena de vestirme y había atravesado el departamento calata y sin secarme, dejando agua por todo el piso.

    Al invitarlo a subir, me había precipitado para agarrar una bata, cerrándola con un nudo torpe y blando, y le había abierto la puerta así, con el moño desordenado que solía hacer para bañarme, mi copa de vino todavía en la mano y, lo confieso, algo de incomodidad. Sonrió al descubrirme así y me abrazó como se abraza a los amigos. Me explicó que había llegado el día de antes a Suiza, invitado por una universidad para participar a un coloquio internacional. Matías también era biólogo, bastante reconocido en Chile, pero por primera vez viajaba a Europa para presentar el resultado de sus investigaciones.

    —¿Por qué no me avisaste que viajabas?

    —Para hacerte la sorpresa, pero no te quiero molestar. Estás esperando a tu esposo ¿no? —me contestó mirando mi copa de vino.

    —No, salió con sus amigos para el fin de semana. Estaba a punto de bañarme. ¿Quieres una copa?

    Sonrió, travieso.

    —Por supuesto.

    Empezamos a conversar, dándonos las ultimas noticias de nuestras vidas mientras lo servía. Como siempre teníamos muchas cosas que contarnos, la conversación fluía, alegre y entusiasta. Cuando me vio ajustar el cinturón de mi bata se cortó en medio de una frase.

    —No te quería interrumpir, anda a bañarte, conversamos luego, te espero.

    Regresé al baño rápidamente. Las dos chicas seguían divirtiéndose en la pantalla de mi laptop. Me apuré en cerrarla, algo avergonzada por el entretenimiento que tenía planeado para noche. Mis fantasías lesbianas y en particular mi deseo intenso de lamer y chupar tetas formaban parte de las cosas que no compartía con nadie.

    Dejé caer mi bata en el piso, entré en la bañera y apenas cerré la cortina que escuché a mi espalda:

    —¿Se puede fumar en tu baño?

    Entreabrí un poco la cortina para sacar la cabeza. Matías me había seguido y ya lo tenía tranquilamente apoyado al lavadero con su copa de vino, a punto de prender el cigarro que tenía entre los labios.

    —Me acordé que te gustaba conversar cuando te bañabas, —siguió, bajando la tapa del inodoro para sentarse en él, —¿quieres?

    —Ahora es un poco raro, pero claro, me gusta tener compañía hasta bajo la ducha, —le contesté antes de volver a cerrar la cortina. —Y, sí, puedes fumar. Fumo donde me da la gana cuando no está mi esposo.

    Seguimos conversando mientras me lavaba el cabello y me jaboneaba todo el cuerpo. Era imposible negar que la situación me excitaba. Al darme la vuelta para enjuagarme, la cortina fina se pegó contra mis nalgas. Matías tuvo el gusto de ver sus formas dibujarse nítidamente en la tela que el contacto con mi piel mojada volvía transparente. Escuché un “Uhm, interesante…”, ligeramente burlón, antes de que continuara lo que me contaba. Me gustaba saber que me había visto, ya le tenía ganas y era claro que él también. Éramos incapaces de resistir a la atracción sexual que compartíamos, pero parecía que teníamos ganas de jugar un poco a los desinteresados.

    —¿Estabas mirando una película en tu bañera cuando llegué? —me preguntó al ver mi laptop en el banquito.

    —Sí, estaba en eso, tranquilita con una copa de vino y un cigarro.

    No lo veía, pero había agarrado la máquina y la había abierta, descubriendo la naturaleza de mi selección audiovisual. Terminé mi ducha y corté el agua, extendí el brazo afuera para agarrar una toalla y me sequé rápidamente antes de envolverme en ella. Cuando abrí la cortina, Matías tenía la laptop sobre sus rodillas y me miraba con una expresión de gula febril.

    —Le puse “play”, para ver qué era…

    —¿Y qué te pareció?

    Calentada por la situación y la tensión sexual que empezaba a ser evidente entre nosotros, le había contestado sonriendo, mirándolo a los ojos mientras salía de la bañera. A modo de respuesta, agarró mi muñeca para llevar mi mano a su entrepierna. Sentí su verga dura a través de su pantalón.

    —Veo que en este género también compartimos los mismos gustos cinematográficos —le dije, sin retirar mi mano, al contrario.

    Hubo un silencio en lo cual se escuchaba la respiración de Matías que se aceleraba. Me senté en el borde de la bañera, sin dejar de acariciarlo ni de sostener su mirada. Sentía que mi clítoris se estaba hinchando, con una ola de calor y un ligero picazón que pronto iba a volverse casi doloroso si no me tocara. En el movimiento de sentarme, mis labios se deslizaron uno contra otro. Sin darme cuenta, me había empezado a mojar. Desde la noche en la cual nos habíamos conocido, nunca había dejado de desearlo. Le bastaba una mirada para prenderme. A pesar de haber recorrido su cuerpo tantas veces, su piel, sus labios, sus manos y obviamente su sexo me seguían atrayendo como imanes.

    Puso su mano en mi muslo y empezó a subir lentamente debajo de la toalla. Acercó su cara para besarme y se detuvo a unos centímetros de mis labios, para prolongar un poquito la espera del beso que nos iba a reunir. Le agarré la nuca para acercarlo y mis labios entreabiertos encontraron los suyos. Su lengua empezó a acariciar la mía, mientras sus dedos llegaron a mi sexo. Abrí ligeramente las piernas a modo de invitación, él sabía exactamente cómo tocarme. Era, sin ninguna duda, el único hombre capaz de hacerme venir más rápidamente que yo masturbándome. Comenzó como siempre por tomar mi concha en la mano, con la delicadeza con la cual se toma una fruta madura y jugosa, y amasarla suavemente. Los primeros escalofríos de placer me recorrieron la espalda. Me seguía mirando a los ojos, con los labios todavía entreabiertos por nuestro beso. Sus dedos empezaron a jugar con mis labios, deslizándose entre ellos de arriba hasta abajo, lentamente. Gemí y abrí las piernas más aún, avanzando mis caderas hacia él. Había dejado su entrepierna para apoyarme con las dos manos al borde de la tina. Me entregaba a sus dedos expertos que no tardaron mucho antes de penetrarme. Las idas y venidas de dos de sus dedos me electrizaban y gemía más fuerte. Matías conocía los gestos que me gustaban y le encantaba hacerme venir. Más aún le encantaba desnudarme y quedarse vestido para meterme dedos hasta que me retorciera placer. A menudo no se tocaba antes de que me viniera, como para disfrutar completamente de la posición de voyerista que tenía. Yo, impúdica y arrecha, le regalaba con gusto e insolencia el espectáculo de la subida de mi goce. Así, cuando la toalla en la cual me había envuelto terminó por abrirse y caer, desvelando mis senos y mi concha, no pudo detener un suspiro de satisfacción. Su mirada había sido absorta por la visión de sus dedos brillantes que entraban y salían de mi sexo.

    —¿Te gusta verme así? —le pregunté.

    —Uy sí, qué hermosa eres…

    Abrí las piernas al máximo y entendió que quería más. Con la palma hacia arriba y presionando mi clítoris con su pulgar, me penetró con tres dedos y se quedó unos segundos así, sin mover, para dejarme disfrutar de la sensación de tener la concha llena. Era una delicia. Aprovechando de este momento de calma, agarró uno de mis pezones y empezó a pellizcarlo. Gemí más fuerte, este ligero dolor me excitaba terriblemente. Sin mover los dedos que ocupaban mi concha ni soltar mi pezón, volvió a mirarme a los ojos, con la expresión seria y tensa que tenía cuando luchaba para no voltearme y metérmela de una vez y con fuerza.

    —¿Quieres que te haga venir?

    —Con tus dedos… Cáchame con tus dedos…

    No me contestó porque había empezado a lamer mi otro pezón con lenguazos hambrientos mientras sus dedos volvieron a moverse, con idas y venidas lentas y profundas. Mis gemidos se aceleraron, se deslizaba dentro de mí sin ninguna pena, hacía tiempo que no había sido tan excitada y que no me mojaba tanto. Le gustaba tenerme toda empapada, más aún cuando llevaba ropa interior de color claro y que me era imposible disimular la mancha que se marcaba en mi calzón, evidencia implacable de mi excitación. También le gustaba mamar y aspirar mis pezones hasta adolorarlos un poco, lo que siempre me mandaba bien lejos. Cuando vio que estaba al borde del orgasmo, separó ligeramente sus dedos, que hasta el momento había mantenido apretados unos contra otros. Era riquísimo cuando me abría la concha así. Sentí un cuarto dedo juntarse a los demás y los avanzó al máximo para metérmelos lo más profundo que fuera y se detuvo de nuevo. Presa de mi orgasmo suspendido, gemía y movía las caderas como un animal en celo. Dejó de mamarme y volvió a mirarme a los ojos para disfrutar de su momento favorito. Sin mover sus dedos, presionó fuertemente mi clítoris con su pulgar, como si tratara de juntarlo con los dedos que me tenía metidos. Mi gemido largo y ronco resonó en el baño mientras mi concha se contraía sobre su mano.

    Cerré los ojos unos segundos para recuperar. Matías me besó con ternura, feliz de haberme dado un placer tan intenso, pero más arrecho que nunca.

    —Qué rico, Sandra, me encanta cuando te vienes —me dijo mientras se arrodillaba entre mis piernas y se acercaba de mi sexo. —Te quiero lamer todita.

    Hundió su cara entre mis piernas y empezó a lamerme con aplicación. Al mismo tiempo, abrió el cierre de su pantalón para liberar su verga, dura y tensa, y masturbarse lentamente. Matías podía quedarse así durante largos minutos, saboreándome como si fuera una golosina deliciosa. Acerqué mi pie de su sexo para acariciarlo. Gimió y soltó su verga, le excitaba mucho que le tocara el sexo con los pies. Suavemente, paseaba a lo largo de su verga con indolencia, de abajo hacia arriba, presionando un poco, para que se quede con una sensación de masturbación frustrada. Me lamía más rápidamente y sentí que podía venirme de nuevo bajo su lengua. Mis suspiros se aceleraron cuando concentró sus amplios lenguazos sobre mi clítoris. Le agarré la cabeza para pegarlo a mi sexo y presioné su verga más fuerte con mi pie. Su gemido ahogado fue la chispa que volvió a hacerme perder el control. Me penetró con su lengua y me vine sobándome en su cara con espasmos incontrolables.

    Esta vez, no me dejó mucho tiempo para recuperarme, se paró en seguida y se quitó la ropa con apuros. No aguantaba más las ganas de metérmela. Me dio la mano para que me levantara y se puso detrás de mí, besándome la nuca vorazmente. Me apoyé en el lavatorio, arqueándome para presentarle mi culo. Nuestras miradas se encontraron en el gran espejo que estaba de frente a nosotros y me penetró de una vez, deslizándose en mi concha sin ninguna pena. Me miraba con morbo, le encantaba verme así cuando me la metía, con mis piernas largas, mis muslos firmes y redonditos, abiertos y tensos, mi concha llenada por su verga, mis tetas que saltaban al ritmo de sus movimientos de caderas, mi boca abierta y mis ojos clavados en los suyos. Me agarraba una teta con fuerza mientras su otra mano había bajado hasta mi sexo para agregar las caricias a la delicia de su penetración. Su verga dura, cuyas fotos y videos me habían acompañado para tantos orgasmos solitarios, por fin iba y venía dentro de mí y, como siempre, me llenaba totalmente. Soltó mi concha y acercó de mi boca los dedos que le había empapado. Sin dejar de mirarlo, me puse a lamerlos y chuparlos. Sus movimientos se aceleraron, lo escuchaba gemir en mi espalda, al verme así de zorra, sacando mi lengua para lamer sus dedos llenos de mi propio jugo, le costaba contener la ola de goce que le invadía.

    —Quiero venirme en tu cara —me dijo jadeando.

    —Con mucho gusto…

    Me di la vuelta y me arrodillé con las piernas abiertas para masturbarme. Lo que me acababa de pedir me volvía loca, me quería venir mientras me llenaba la cara de leche. Empezó a pajearse rápidamente a la altura de mi cara, lo miraba con febrilidad, boca abierta y sacando la lengua, hipnotizada por su verga brillante que parecía estar a punto de explotar. Gimió más fuerte, cerré los ojos para disfrutar plenamente de la sensación de su leche cálida y espesa que brotó en abundancia en mis mejillas, en mis parpados y que sentí caer en mi lengua. Me vine al instante, apretando mi concha con fuerza.

    Matías se sentó en el piso y agarró la toalla que había dejado caer para limpiarme la cara. Nos besamos, sonriendo.

    —Tomaremos otra copita de vino ¿no? —le pregunté.

    El fin de semana se anunciaba bajo con los mejores auspicios.

  • Dándome amor

    Dándome amor

    Hola me llamo Juan soy un joven de 24 años bisexual, mido 1.70, velludo de piernas y culo, voy a contarles como la calentura y un objeto al azar me llevan al máximo placer. 

    Un día que transcurría normal en el trabajo, realizando limpieza de la oficina done realizó mis labores, encuentro por casualidad un objeto parecido a un dildo, un tubo con una punta angosto que se alarga poco a poco como un cono y con el tamaño adecuado para confundirlo con un acostumbrador anal o bien si no lo era tenía la forma exacta para cumplir esa función, al percatarme que estaba solo en ese momento decidí guardarlo en mi mochila y llevarmelo para mi casa. Pasaron alrededor de 5 días después de aquel suceso, yo acostumbro por ratos a ver pornografia en mi trabajo, casi siempre a la hora del almuerzo me tomo un tiempo voy a mi oficina y me masturbo para al final acabar en mi mano y probar mi semen, ese día por alguna razón senti una calentura increíble, mi pene durante toda la jornada permanecía erecto, me masturbe pero aun así la necesidad de sentir placer me mataba, dure así hasta el fin de mi jornada laboral y cuando llegue a casa bajo esa calentura recordé que tenía aquel objeto guardado y que era el momento justo para utilizarlo, lo saque del lugar donde lo escondía y lo lave muy bien, procedí a desnudarme completamente, coloque el objeto en mi mano para empezar a lubricarlo con mi boca, mientras me masturbaba y lubricaba mi ano con la otra mano, cuando ya lo sentí bien babeado y mi ano me mataba de la necesidad de placer, me coloque en cuatro para empezar a meter aquel objeto en mi culo.

    Fue maravillosa esa sensación, era como sentir un pene del tamaño adecuado entrando y saliendo de mi culo, comencé a acelerar la velocidad de repeticiones con las que me penetraba, era tan espectacular el placer que sentía que no podía evitar gemir y fantasear con un abuelo peludo que me estuviera dando haciéndome su mujer al sentirlo dentro de mi culo, luego lo coloque apoyado en el suelo y comencé a sentarme encima de él, era tan rico que igual seguía gimiendo del placer y en esa pocision me sentía una total puta, se sentía tan rico que decidí terminar rápido y calmar por fin esas ganas de sexo que me mataban desde la mañana, me acosté en mi cama apoyando las piernas hacia arriba para que mi pene quedara en un ángulo correcto para venirme en mi propia boca y cara, continúe metiéndome el objeto y masturbandome hasta que el clímax me llegó y salió mi semen a chorros, era bastante más que veces anteriores, cayendo en su mayoría en mi boca y otra parte untado mi cara, al fin descanse, estaba tan complacido y me sentía tan mujer que por cerca de 5 minutos estuve recostado en mi cama y con el semen secándose en mi rostro, al final decidí levantarme, limpiarme, lavar el objeto y guardarlo para otras ocasiones. Actualmente aún me sigue complaciendo de una manera increíble.

    Gracias por leer mi relato, si gustan conocer más de mis experiencias sexuales pueden consultar mis otros relatos, poco a poco seguiré subiendo más relatos basados en mis experiencias reales.

  • Unas vacaciones con mi madre (6): El paseo

    Unas vacaciones con mi madre (6): El paseo

    Elena estaba encantada de que les hubieran dejado pasear solos.  Con roces ocasionales caminaron sonrientes por la orilla de la playa hablando distendidamente. Antes de comer, estando en el agua, había jugado con las olas y chapoteado con las manos disfrutando como niños. También la había balanceado sobre el agua, como había hecho su hijo, y los roces y toqueteos le habían gustado más de lo que esperaba. Hubo momentos en que noto las manos de Carlos en su culo y sus tetas produciéndole cierta excitación, aunque intentaba disimularlo viendo a Amanda tumbada en la arena. Cuando Amanda se fue a la casa y desapareció de su vista, dejó que Carlos la tocará con más libertad y comenzó a sentir el deseo en su cuerpo. Ahora estaban solos, y ya caminaban frente a la casa de ella. Le miró con sonrisa pícara.

    – Te apetece ver dónde nos alojamos? Podríamos tomar algo dentro! Dijo Elena con relativa timidez.

    – Por supuesto! Contestó Carlos. – Será un placer!

    Entraron a la casa y Elena fue a por un par de cervezas al frigorífico. Volvió con ellas y un par de vasos que dejo sobre la mesa que había frente al sofá. En él estaba sentado Carlos con una amplia sonrisa, y ella se sentó a su lado sin llegar a rozarse. Los dos iban en bañador, el con un bermudas y la camiseta que se había puesto para comer, ella con su bikini rojo y también una camiseta. Carlos puso la mano sobre el desnudo muslo de Elena y lo acarició mientras daba un sorbo al vaso. Elena sentía curiosidad por esa pareja.

    – Y tu mujer, que opinaría de esto? Te he visto muy lanzado en el agua, como si no te importará que nos viera!

    – Bueno, es una larga historia, pero resumiendo, los dos admitimos relaciones extramatrimoniales!

    – Y eso, que significa exactamente? Carlos sonrió mientras mantenía la mano sobre el muslo.

    – Es simple, tan solo que cada uno nos enrollamos con quién nos apetece, pero con algún matiz!

    Ahora sonrió Elena y dio un sorbo a la cerveza para después pasarse la lengua por los labios para quitar la espuma que había quedado sobre ellos. Fue instintivo, pero también algo intencionado por la situación.

    – Parece que te lo tengo que preguntar todo! Dijo Elena acercando un poco la cara a la de él. – Explícame… esos matices!

    Carlos interpretó el acercamiento como la apetencia de un beso, y así lo hizo. Posó los labios sobre los de ella con suavidad fundiéndose en un beso lento, parecían estar saboreando un vino recién abierto. – No sé si lo entenderás, pero podría decirte… dijo el haciendo una pausa mientras la miraba a los ojos con fijeza… que nos gusta vernos follar con otros u otras!

    Carlos parecía estar a la expectativa de la reacción de Elena, pero ella mantuvo la mirada sin realizar ningún gesto. Poco a poco, sin dejar de mirarse a los ojos, ella fue ampliando su sonrisa, ahora tenía ciertas connotaciones de lascivia. Por su mente pasaron escenas con rapidez, imaginando a Amanda mirando como follaban ella y Carlos, intentando adivinar la expresión de su cara, o simplemente que haría mientras miraba. Un suave escalofrío recorrió su cuerpo al visualizarlo, era algo extraño para ella, pero a la vez había sido excitante, y algo de lujuria iba avanzando en su mente. Ahora fue ella la que acercó los labios para fundirse en otro beso, un beso más largo donde sus lenguas salieron para enroscarse como serpientes. Sintió la mano de Carlos apretarla el muslo con más fuerza, con más deseo, sobando la fina piel de la parte interior hasta casi rozar la tela del tanga. Notó como subía el calor por su cuerpo, y a ciegas, dejo el vaso sobre la mesa para poner la mano sobre la pierna de Carlos. Notaba como el deseo avanzaba por su cuerpo con rapidez y subió con la mano por el bermudas, como una serpiente repta por un tronco en busca de su presa. La dureza que había adquirido el miembro se hizo patente cuando lo rodeó con sus dedos bajo la tela. La excitación no cesaba, pero la curiosidad parecía más fuerte.

    – Y que sientes cuando la ves follar con otro hombre? Volvió a preguntar después del intenso beso.

    – Ver su cara de deseo y placer a cierta distancia es muy estimulante. El salir de la monotonía produce sensaciones que parecías haber olvidado, y ver y sentir algo nuevo.. atrapa!

    Cada frase de Carlos Elena la interpretaba con imágenes en su mente, se acordaba de esa sensación, tan especial como deliciosa, que había tenido al follar con su hijo, y ahora lo imaginaba follando con otra mientras ella miraba. Su mente se iba llenando de sensaciones nuevas y comenzaba a tener cierto ansia por experimentarlas. De repente se le vino a la cabeza que su hijo se había quedado con Amanda y Estela y no pudo reprimir la pregunta.

    – Que crees que estará pasando en tu casa? Mi hijo se ha quedado con tu hija y Amanda!

    Carlos cogió el vaso para dar un buen trago y lo posó de nuevo sobre la mesa. Su mano volvió a sobar el interior de los muslos de Elena mientras la besaba de nuevo.

    – En mi casa nos entendemos los tres muy bien. Tu no te has dado cuenta durante la comida, pero tu hijo y Amanda se han estado toqueteando!

    Elena se retiró unos centímetros hacia atrás mostrando cierto asombro.

    – Síii? Pues no me he enterado!

    – Supongo que Estela se habrá marchado con alguna escusa, ya que ella también lo ha percibido, y también supongo que tu hijo y Amanda se lo estarán pasando bien!

    La imaginación de Elena no paraba, y volvía a visualizar a su hijo follando con la menuda mujer. Su mente era capaz de recrear escenas en cuestión de segundos y casi los podía ver follando como si estuvieran allí mismo, y lo que ciertamente le preocupaba, es que esas escenas la ponían caliente, algo que nunca hubiera imaginado. Metió la mano bajo el bermudas y tocó con sus finos dedos la dura carne cubierta de una tersa piel. Llevaba años sin tener ningún tipo de relación y ahora en dos días se había acostado con su hijo y ahora estaba a punto de hacerlo con un desconocido. Continuaron los besos, cada vez más largos y lascivos. La mano de Carlos llegó hasta el centro de los muslos de Elena y tocó los labios genitales a través de la fina tela del tanga. Fue un roce suave y lento, que Elena agradeció abriendo levemente sus muslos. Carlos se dio cuenta de que Elena quería seguir, pero estaba algo reticente.

    – Estás casada? Preguntó de repente.

    – No, separada! Contestó ella con rapidez volviendo a cerrar mínimamente los muslos. Carlos notaba la tensión en el cuerpo de Elena.

    – Tranquila, esas cosas pasan cada día. Y va siendo muy habitual.

    – Bueno, es que… – Lo entiendo. La corto Carlos sin dejar que siguiera. – Supongo que llevas tiempo sin estar con un hombre! Elena no quiso decirle nada de su hijo, “ Que pensaría de ella! “ Su cabeza trabajaba a gran velocidad antes de contestar.

    – Pues la verdad… es que si. Desde que me separé… mejor dicho, desde algún año antes de separarme. Rectificó la respuesta.

    – Lo entiendo! Contestó Carlos. – Te podría contar muchas cosas para que vieras cómo tu mundo puede cambiar en un espacio breve de tiempo, pero… no sé si podrías entenderlo.

    – Prueba a ver! Mi mente también está cambiando después de muchos años, y ahora… la tengo más abierta!

    Elena se fue relajando según hablaban. Carlos dio otro sorbo a la cerveza y se recostó en el sofá.

    – Un día que Amanda no estaba en casa, mi hija me propuso darnos un baño en la piscina. No era la primera vez que nos bañamos juntos y jugábamos a la pelota nos hacíamos aguadillas, en resumen, nos divertíamos. Comenzamos a jugar y chapotear, ella me agarraba por detrás e intentaba meterme la cabeza bajo el agua. El problema es su cuerpo ya estaba totalmente desarrollado, más o menos como la ves ahora. Podía sentir sus tetas sobre mi espalda y aunque me sentía algo incómodo, la dejaba seguir. En un momento dado se agarró de frente a mi, poniéndomelas casi en la cara, y eso ya fue más violento. Intente que dejáramos los juegos, pero se había abrazado a mí como una lapa y no me soltaba. Poco a poco fui cediendo, y acabo confesándome sus deseos sexuales. Era tal su persistencia y su entusiasmo que acabe dejándome llevar. Se lo dije a Amanda, y no sé cómo ni por qué, pero lo encajó bien, como algo que sabía que pasaría. A los pocos días, Estela entró en nuestra habitación cuando estábamos en plenos jadeos después de realizar el acto, y Amanda prácticamente la invitó a que siguiera conmigo.

    Elena estaba asombrada de la historia, pero a la vez se había relajado y se sentía mejor pensando en ella y su propio hijo, no sabía si era coincidencia o que estas cosas pasaban más de lo que ella hubiese supuesto. Carlos continuó con la historia, desvelando que con el paso de los días eso se había hecho habitual, hasta tal punto que una de las veces acabaron los tres en la cama compartiendo sexo y lujuria. Acabo diciéndole que ahora eso ocurría con bastante frecuencia y que los tres lo pasaban de maravilla. Cuando acabó de contarlo Elena tenía una sonrisa extraña, y se abrazó a Carlos en un largo y lascivo beso. No sólo se había relajado, sino que se había excitado escuchándole. Algunos detalles le habían sorprendido, a la vez que le habían agradado de una manera especial. Carlos había metido la mano bajo su camiseta y le sobaba las tetas provocando que los pezones se endurecieran, mientras ella tenía la polla agarrada desando sacarla del bermudas para ver con sus ojos ese gran miembro. No esperó más y tiro del bañador, la polla apareció erguida con un gordo y brillante capullo en su punta. La miró por el rabillo del ojo mientras se besaban y sintió un leve estertor al ver el gran tamaño, y el deseo de sentir esa polla dentro de su cuerpo casi nubló su mente. Carlos tiro de la camiseta de ella hasta sacársela por la cabeza, seguidamente le quitó el sujetador del bikini para contemplar las bonitas tetas totalmente desnudas. Las deseó con la mirada y acercó la boca hasta ellas para comenzar a lamer los pezones que se pusieron duros de inmediato. Después los succionó, y lo hizo con suavidad, no sabía cómo le gustaría y espero su reacción. Elena recordaba como los había succionado su hijo y esto le pareció suave. Apretó la cabeza de Carlos contra sus pechos, como indicativo de que quería más, y así lo entendió él. Succionó con más fuerza a la vez que los mordisqueaba.

    – Síii, síii! Susurró ella aprobando la intensidad. Carlos se deleitó con las dos bonitas tetas, su lengua, sus labios y sus dientes lamieron, chuparon y mordisquearon durante largo tiempo hasta poner a Elena tan caliente como si su cuerpo hubiera estado tendido al sol durante horas. Mientras Carlos embadurnaba las tetas de saliva, ella le masajeaba el miembro, subiendo y bajando la piel que lo envolvía, esa sensación de tener una polla en la mano, cada vez la ponía el cuerpo más ardiente. Sintió ganas de chuparla, de metérsela en la boca y sentir su dureza y su sabor. Retiró la cabeza de Carlos para bajar la suya, dio varias lamidas al inhiesto capullo, que como una punta de lanza marcaba el final de la dura vara. Lo empapó de saliva y no tardó en introducirlo en su boca. Comenzó a chupar con deseo, metiéndose todo lo que su boca podía, una chupada tras otra a gran velocidad hicieron que Carlos la sujetará la cabeza a la vez que abría las piernas.

    – Ahhh! Ahhh! Despacio, despacio! Susurró él. – No querrás que me corra en un momento! Intentó sonreír mientras la excitación desmadejaba su boca ansiosa.

    – No, no! Dijo sacando la polla de la boca. – Quiero sentir tu polla dentro de mí! Se atrevió a decir.

    Volvió a metérsela, y ahora fueron chupadas largas y profundas, recordando cómo lo hacía al principio con su exmarido, y pareció darle resultado. Los jadeos lentos y suaves de Carlos comenzaron a ser más patentes.

    Quería metérsela más, pero era demasiado grande y no estaba acostumbrada. Su cabeza no paraba de pensar en todas las situaciones que podrían producirse. Como se la follaría? En qué postura? De qué forma? Lo haría de pies? En el sofá? En la cama?

    La mano de Carlos, retirándola de su polla, resquebrajó la nube de pensamientos en la que se había sumido. Con suavidad, hizo que se colocará de rodillas sobre el sofá con el culo en pompa y agarrada en el respaldo. Elena pensó que ya había elegido la postura, pero se sorprendió al ver cómo se arrodillaba tras ella sobre la alfombra y comenzaba a lamerle el coño.

    Fue una sensación deliciosa que incluso mejoró cuando la lengua llegó hasta su culo. Fue algo distinto, pero absolutamente agradable, tanto que su cuerpo dio un pequeño estertor.

    La lengua subía y bajaba, pasaba de su coño a su culo impregnándolos de saliva caliente, y el placer, aderezado con una buena dosis de lujuria, recorrió estrepitosamente su cuerpo. Varios temblores sacudieron cada centímetro de su carne de una forma incesante y continua, hasta que sintió como el hinchado capullo de Carlos presionaba sobre su coño. Noto como penetraba despacio, sin ninguna prisa, abriendo sus labios genitales hasta llenar su vagina haciendo que todo su cuerpo se tensara como las cuerdas de un violín. Después de varios años sin sexo, ahora se la iba a follar un desconocido, ese fue el pensamiento que recorrió su cerebro cuando sintió toda la enorme polla dentro. Abrió más sus piernas, y también su mente, quería disfrutar de ese momento después de tanto tiempo.

    – Te he hecho daño? Susurró Carlos tras su espalda al notar como su cuerpo tembló.

    – No! No! Sigue! Casi gritó ella.

    Había notado como el duro capullo arrastraba la suave carne de su vagina al entrar y un leve dolor ascendió por su cuerpo, pero no lo quiso reconocer. Era tarde para echarse atrás, y tampoco era algo que quería.

    – Tranquila, lo haré despacio! Se que llevas tiempo sin follar! Susurró el de nuevo.

    La dura y tersa carne salió y volvió a entrar provocándole otro ligero estertor, pero tan solo le dio tiempo a gemir antes de la siguiente penetración. Su cuerpo se curvó más, y sus manos se aferraron al sofá mientras apretaba los labios.

    – Relájate, se que te va a gustar! Volvió a oír tras ella la voz tenue de Carlos, a la vez que sintió cómo la yema de un dedo presionaba sobre el centro de su culo.

    Dio un pequeño respingo, pero la otra mano de Carlos sujetaba su espalda impidiendo que se incorporara. La dura polla volvió a penetrar con más ímpetu y sintió como sus fuerzas flaqueaban provocando que se le flexionaran las rodillas levemente. Ahora la polla llenaba su coño a cada embestida pero de una forma más placentera.

    El dedo de Carlos penetró más en su culo y pudo notar como la polla y el dedo se rozaban entre la fina pared de piel que los separaba. Pensó en Amanda, la menuda mujer de Carlos penetrada por esa enorme polla, y sintió un escalofrío en el que se mezclaban el morbo y la lujuria. Notó el calor en el interior de su vagina al comenzar a mojarse mientras jadeaba. Volvió a pensar en Amanda al sentir los pollazos más potentes abriendo su vagina como un melón maduro. “ ¿Le daría esos fuertes pollazos a su pequeña mujer? “ Pensó visualizando la escena de esa enorme polla atravesando la mitad de su pequeño cuerpo. El morbo era algo que la excitaba poderosamente, y pensó en ver cómo se la follaba en real. Sus pensamientos se fulminaron al sentir un placer delicioso y su vagina chorreando. La enorme polla entraba y salía con una gran suavidad impregnada de sus fluidos y sintió un chorretón de leche chocando en su interior. Su culo también se había abierto, y el dedo de Carlos lo horadaba a gran velocidad a la vez que reventaba su coño llenándolo de leche. Elena volvió a correrse, aunque no supo si era la continuación de la corrida anterior. En un estado de euforia absoluta, sus rodillas se doblaron y sus manos se aflojaron quedando sobre es sofá como un trapo arrugado. Pero el morbo seguía dominando su mente

    – Te follas… ahhh… así… ahhh… a tu mujer? Surgió su voz ahogada entre jadeos.

    Carlos permanecía de pies tras ella, con la polla colgando y chorreante como si fuera una manguera que salía de su cuerpo, y parecía saber en qué estaba pensando Elena. Se dio cuenta del morbo que recreaba su mente, y quiso aderezarlo con más ingredientes.

    – Te gustaría verlo?

  • Perversión sexual de una amiga

    Perversión sexual de una amiga

    Eran ya casi las cuatro de la madrugada del sábado,  yo puntualmente te esperaba en mi camioneta en la dirección que me indicaste y a la hora acordada. A tu marido le dijiste que tenías una convivencia con tus compañeras de trabajo, pero en realidad era una convivencia con un grupo de cuatro hombres que conociste en un chat de sexo para adultos. Eran cuatro amigos que habitualmente participaban en grupos de swinger, intercambios o sexo grupal.

    Saliste de la portería del edificio caminando lentamente, tu vestido blanco tipo solera se veía un poco arrugado, tu pelo levemente desgreñado como peinada con la mano, tu pequeña cartera blanca colgaba de una mano y tu maquillaje corrido en ojos y labios… Al parecer había estado buena la fiesta.

    Como buen caballero bajé y te abrí la puerta del auto para que te puedas sentar y acomodar. Una vez encendí el motor comenzamos a circular por la ciudad y en silencio comencé a acariciar tu pierna por tu muslo, suavemente, hacia arriba y haca abajo, lentamente, siempre en silencio, tu respiración comenzó a acelerarse comenzaste a respirar por la boca. En ese instante le pedí que me contara como había estado la fiesta… Con tu voz agitada comenzaste a describir la atmosfera del departamento y los cuatro amigos que habías conocido esta noche en persona, el dueño de casa había sido el mas gentil y educado, pero en general todos fueron muy respetuosos y caballeros, en ningún momento te sentiste forzada a nada, en ese momento subí mi mano a tu panocha y comencé a acariciarla por encima de tu ropa interior que estaba completamente empapada por fluidos. Reclinaste un poco el asiento, apoyaste tu cabeza hacia atrás y abriste tus piernas para liberar la entrada a tu panocha que ya estaba palpitante. Así comenzaste a relatarme todos los detalles, comenzaste a revivir en tu memoria todo lo sucedido, disfrutando sexualmente todos esos momentos. Yo conducía y a la vez introducía mis dedos en tu encharcada panocha, totalmente abierta y jugosa, masturbándote como a ti te gusta, como tú me lo pides.

    El primero fue el dueño de casa, luego de unos tragos bailaron lentamente hasta que te susurro al oído que fuesen a su dormitorio, una vez cerrada la puerta te abalanzaste como una leona besándose ardientemente, sus lenguas entrechocaban mientras el te agarraba del culo y te clavaba todo el paquete sobre tu vestido, tu tomaste la iniciativa desabrochando su cinturón, rápidamente su verga salió disparada y bajaste a chuparla, era gruesa y cabezona como te gustan a ti las vergas, lleno tu boca y te hizo sentir muy puta, la mamaste desesperadamente hasta que te paraste y tomado del falo lo condujiste a su cama, lo empujaste y te montaste sobre él, corriendo hacia un lado tu tanga y clavándotela hasta adentro, lo cabalgaste como una verdadera diosa, moviéndote en círculos, hacia adelanta y hacia atrás, lo atenazabas hasta que eyaculo largos chorros de semen caliente en tu interior, lo estrujaste por completo. Luego de eso volvieron a la convivencia y ahí estaban los otros tres conversando. El siguiente te invito a la cocina a preparar unos tragos para servir una nueva ronda, una vez entraste a la cocina te tomo la mano y la puso en su paquete para que sintieras su erección. En un acto reflejo le apretaste el pico y lo recorriste desde los cocos hasta la punta, no era tan grueso como el anterior pero era más largo, acto seguido te dio vuelta apoyando tus manos en el refrigerador y ahí de pie al medio de la cocina te bajo el calzón y te penetro desde atrás, te agarro de las tetas y comenzó a montarte como un perro caliente, te estaba perforando la concha hasta los huevos, se sentía como un aplaudir en todo el departamento y las risas y gritos desde el living de los otros hasta que eyaculo toda tu energía en tu panocha, luego de eso con tus piernas temblando preparase trago para todos y saliste de la cocina para entregar a cada uno de ellos su licor. Comenzaron a bailar lentos nuevamente, todos con punteos y sobajeo de culo y tetas, esa noche eras una reina, esa era tu noche. Te excusaste y fuiste al baño, luego de un rato y de arreglar tu maquillaje saliste y a tu sorpresa en la puerta del baño te estaba esperando el tercer comensal que sin mediar palabra entro al baño, tu ya sabias lo que venia y optaste por tomar la iniciativa. Lo empujaste suavemente de los hombros hacia abajo, te levantaste el vestido y le pusiste toda tu panocha en su boca, comenzó a chupetear, lamer y chupar como un animal, tu clítoris estaba a punto de estallar, clavaste tus uñas en su cabeza, lo estabas ahogando y el te hacia llegar al cielo, mamando tu concha y bebiendo el semen de los otros dos hasta que un nuevo orgasmo te inundo por completo. Casi como una muñeca de trapo el tipo te apoyo sobre el lavamanos y te follo desde atrás, con la vista un poco nublada podías ver su cara de animal mientras te culeaba, mientras te follaba sin contemplación, como montando a una perra en la calle, pero lo estaba disfrutando, eso querías, querías así, quería sexo duro. En minutos eyaculo toda su leche y sentiste como escurría por tus piernas. Salió y quedaste sola en el baño, te arregle lo mejor que pudiste y saliste hacia el living, te sentaste un rato para reponer fuerzas y tomaste otra cuba libre.

    Luego de un buen rato de amena conversación y risas el cuarto hombre te invito a bailar, bailaron suave, lento, pero de apoco comenzaron las caricias calientes, el punteo. Te dio vuelta y te tomo por las tetas y comenzó a puntear tu culo, mientras todos sus amigos miraban y disfrutaban, tu cerraste los ojos y cargaste mas el culo sobre esa tranca que te estaba partiendo en dos, comenzaste a mover el culo como una diosa, jadeabas, te tomabas el pelo, jalo tu vestido y tus tetas volaron al aire, te apoyo sobre el respaldo del sofá, te bajo la tanga y comenzó a refregar la cabeza en los labios de tu vagina, tu con la voz entrecortada le pediste que te le metiera y el obedientemente te apuñalo hasta adentro de tu concha ante los gritos y risas de los otros tres, este tipo comenzó a hacer un sonido como un animal, mugía mientras te follaba, sus huevos revotaban en tu panocha, te abandonaste completamente, relajaste tus brazos, te dejaste desvanecer sobre el sofá y dejaste que te taladrara a su antojo, hasta que eyaculo y bajo el ritmo lentamente. Como pudiste te enderezaste y te recostaste sobre el sofá, pediste otra cuba libre para relajarte…

    Llegamos a tu casa y me estacione a 50 metros, se podía ver una suave luz como de lampara de velador encendida en el dormitorio matrimonial donde dormía tu marido, te pedí que pases al asiento de atrás para estar más cómodos y nos besamos de forma animal, de un solo tirón te baje la tanga, abriste las piernas para ayudar y baje lentamente a tu panocha, se lo que te vuelve loca, conozco tu más torcida parafilia y comencé a chupar tu concha llena de fluidos y esperma, te arqueas de placer y clavas tus uñas sobre mi cabeza, te sientes puta, te sientes una zorra que manda en el sexo y te dejo ser, te dejo disfrutar sexualmente, te retuerces y un profundo orgasmo te inunda, te abrazo fuertemente y te acaricio el pelo, hermosa, esta noche eres una reina.

    Pero todo tiene su precio en la vida, te pongo en cuatro sobre el asiento trasero del auto, desenfundo mi tranca y me cargo con todo mi cuerpo clavándotela de una sola estocada hasta los testículos, disfruto este momento, eres totalmente mía, hago un culeo suave, un suave vaivén y la saco lentamente. Me escupo en la mano y ensalivo toda la verga, la cabeza queda llena de babas y flujos, te apunto a tu anillo anal, estas apretada, comienzo a clavártela lentamente, con suavidad, muerdes el respaldo del asiento, haces un sonido animal, gimes, gritas, te clavo hasta la mitad, milímetro a milímetro entra, te estoy abriendo el culo, eres mía y este es el precio que debes pagar, llego al fondo y descansamos unos minutos, luego comienzo a bombear, tu cara contra el vidrio del auto, te estoy follando cual puta callejera a metros de tu casa, a metros de tu marido, tu ojos están blancos, desorbitados, haces un sonido animal en cada estocada, te partiré el culo por zorra, te bombeo hasta acabar. Te lleno los intestinos, puedes sentir todos los chorros de semen disparados en tu interior, y te desvaneces sobre el asiento, nuevamente te abrazo y te acaricio, por mucho rato, en silencio, hasta que comienza a amanecer.

    Nos despedimos con un tierno beso, sabes que yo siempre la complaceré y te bajas del auto, por la ventana te paso la tanga y me das las gracias por ir a buscarte, guardas tu empapado calzón en tu cartera blanca y comienzas a caminar lentamente hacia tu casa, caminas muy despacio, sacas las llaves de tu pequeño bolso y desapareces tras la puerta de tu casa.