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  • El hombre que cambió mi vida (capítulo 2)

    El hombre que cambió mi vida (capítulo 2)

    Habían ya pasado dos días de lo ocurrido con Daniel,  yo no dejaba de pensar en eso y sentirme mal, no era la primera vez que había cometido una infidelidad, en el pasado le había descubierto una infidelidad a mi esposo, le perdoné pero le pagué con la misma moneda e hice que se enterará. Está vez era diferente, era con uno de sus amigos y casi parte de nuestra familia, lo peor es que me había gustado y cada vez que pensaba en eso se empapaba mi tanga.

    Termino mi turno, me cambié de ropa y salí, cuando estaba cruzando la calle me percate que estaba el auto de Daniel parado del otro lado, bajó el vidrio y me hizo señas que fuera hasta donde estaba, llegué, abrí la puerta y me senté.

    Yo: que paso?

    Daniel: justo estaba pasando por aquí y pensé en pasar a saludarte

    Yo: aah hola

    Daniel: por qué tan seria

    Yo: no nada, normal

    Daniel: quieres ir a comer algo

    Yo: Daniel escúchame, no puedes venir a verme, lo que paso ese día ya lo hablamos y queda entre nosotros, no volverá a pasar algo así.

    Daniel: no estoy hablando de eso, recuerda que somos familia, que de malo tiene que vayamos a almorzar.

    Yo: Juan puede pensar mal, además si me ven contigo encerrada en el carro

    Daniel: sabes que, le voy a escribir a Juan

    Yo: cómo? Que?

    Le escribió «bro justo pasaba por la comandancia donde trabaja Jessica, la Vi y estamos yendo a almorzar algo», tomo una selfie de los dos y se la mandó. Al cabo de pocos minutos Juan respondió «está bien pero me traen un postrecito».

    Daniel: ya ves? No pasa nada, todo tranquilo

    Yo: ok vamos

    Llegamos al restaurant e hicimos nuestros pedidos, se sentía incómodo, ambos estábamos tratando de ignorar al otro, la comida fue un alivio pues era una excusa para seguir ignorandonos, terminamos y salimos de ahi, de vuelta al auto ya me estaba llevando hacia la parada de mi autobús, al menos ahí ya conversábamos, del trabajo, de la familia y demas. Llegó la hora de bajarme, me despido y cuando estaba a punto de salir el me tomo mi mano izquierda.

    Daniel: te puedo ver mañana?

    Yo: ya hablamos de eso, no hay nada más que decir

    Daniel: cuando hablaremos de lo que paso el domingo?

    Yo: no hay de que hablar, los dos estábamos borrachos y nos ganó la calentura

    Daniel: lo que te dije no era mentira, siempre te he visto y uuff te deseaba

    Yo: estás hablando tonterías, ya cállate, me voy

    Daniel: acaso no te gusto

    Yo: no se estaba muy borracha, casi no recuerdo

    Daniel: si? Porque en el momento parecía que lo disfrutabas mucho

    Hubo un silencio incómodo, se sacó la verga ya erecta y me hizo mirar.

    Daniel: mira como me pones, de solo estar cerca de ti

    Yo; guardate eso Daniel por favor

    Daniel: tocalo

    Me había la difícil pero dentro de mi quería ir devorarlo. Daniel agarro mi mano y la quiso llevar a su verga, yo me hacía la difícil pero al final accedi y comencé a masturbarlo.

    Yo: feliz

    Daniel: sii que rico aahh

    Yo: es lo último que haremos

    Daniel: entonces haz que la despedida sea inolvidable

    Me incline y comencé a mamar su verga y uuff, sentirla otra vez en mi boca, su sabor, su olor y esa dureza, me sentía toda una perra mamando, así estuve por unos 10 min comencé a masturbarlo fuerte mientras me metía su cabezota en mi boca, y así fue como se vino, no me avisó, solo expulsó toda su leche dentro de mi boca, aparte cayó en su pelvis y solo un gemido, yo me levanté y le pedi papel para limpiarme.

    Yo: satisfecho?

    Daniel: sii bastante

    Yo: ok ya me voy

    Daniel: ojalá algún día podamos continuar

    Yo: pásame buscando mañana, le diré a Juan que saldré a comer con unos amigos

    Daniel: uuff me confirmas

    Yo: cuando esté sola te mensajeo

    Daniel: ok chao

    Fui a darle un abrazo, el me correspondió, pero su mano derecho se fue a mi culo y sentí que metía algo en mi panty.

    Sentí que eran billetes, así que solo asentí con la cabeza y salí del carro.

    Más tarde en hora de cena le comenté a mi esposo que tendría un almuerzo con mis amigos, a mi esposo le pareció algo bueno y me dijo que el iría a casa de su madre.

  • Tarde triste en el cine Venus

    Tarde triste en el cine Venus

    Hola queridos. ¿Cómo están? Hoy quiero relatarles una historia que acaba de suceder. Quien haya leído mis relatos sabe que he pasado momentos deliciosos en el cine Venus, pero esta vez… fue algo triste.

    Resulta que, a partir de mi primer relato «Una tarde deliciosa en el cine Venus» mi correo se llenó de mensajes, que les gustaba mi relato, que yo parecía una mujer interesante, que si aceptaba salir, etc…

    Pero hubo uno en especial que me llamó la atención… Se trata de una persona que llamaré «X» que tenía una manera tosca y fuerte de escribirme, siempre me ha gustado ser tratada como princesa pero esta vez, su forma brusca me acariciaba, como si de un macho en celo se tratase, uno grande y fuerte, al menos así lo imaginaba cada que leía su mensaje.

    Era excitante la manera en que me llamaba «zorra» aún sin conocerme, nadie que me conociera me llamaría así, soy lo que soy, pero siempre soy respetuosa.

    No sé por qué lo hice, generalmente no doy mi número telefónico, pero esa forma de tratarme me llenaba de curiosidad y por qué no decirlo, de morbo, supongo que como cualquier mujer y aún más a mi edad me sentí atraída por el macho, por aquel que podría cogerme fuerte y tosco, vamos… que me hiciera sentir una verdadera puta. Saben que soy madura, que ya no soy joven ¡y esa manera de tratarme me excitaba tanto! Que no pude resistirme y finalmente le escribí al número que había dejado en mi correo electrónico.

    Fue así que X y yo comenzamos a chatear, conocer que nos gustaba, donde solíamos movernos por esta hermosa ciudad y demás charla inicial, hasta que empezamos a escribirnos cosas calientes y después a enviarnos fotos, ¡ahh! Recuerdo la primera vez que me envió una foto de su pene, era hermoso, tamaño normal, unos 15 y se veía cabezón y grueso, comencé a soñar con besarlo, engullirlo completo en mi boca para después disfrutarlo muy dentro de mi, violento y fuerte, con esa forma tan deliciosa que tenía de decirme «¡eres una puta zorra que me prende!»

    Y lo era… Él sacaba de mi a la Tania joven, aquella que hacía temblar a cualquier macho con tan sólo caminar con sus medias y tacones altos. La que seducía con la boca y exprimía a los hombres con su trasero, aquella hermosa y ardiente. Yo ya no aguantaba la excitación, necesitaba conocerlo, sentir ese miembro hermoso muy dentro de mi para gozar de su jugo, de su leche inundando mi ano y cualquier parte de mi cuerpo que él deseara… Estaba loca por él.

    Transcurrieron los días, él continuaba calentando mis noches con mensajes sucios y cachondos… «Te voy a coger puta zorra» me escribía a la vez que me decía que fuera al centro de la ciudad, que ahí me cogería en alguna plaza hasta que ya no pudiera más…

    Finalmente acepté. «Está bien» le dije con un mensaje de audio haciendo la voz más caliente y ansiosa que pude, «voy al centro mañana, necesito que me cojas muy fuerte papi». (me gustaba decirle papi, eso me hacía sentir ese delicioso hombre detrás de mi aparato celular).

    Aquella tarde en que nos veríamos me vestí con mi mejor liguero negro, una tanga de encaje del mismo color que guardaba mi pequeño pene muy bien ya que es realmente pequeño y por detrás sólo una tira de encaje que recorría la línea entre mis nalgas aún firmes y redondas, arriba sólo una blusita de tirantes muy fina y sedosa ya que quería seducir completamente a mi macho, todo esto cubierto con un pants y sudadera para guardar las apariencias. Tomé mis zapatillas más sexys, unas de tiras, altas de tacón de aguja y las puse en mi mochila, pronto calzarían mis pies que siempre han sido de princesa, pinté mis uñas de rojo intenso para satisfacerlo al máximo. Tomé mi mochila y salí a su encuentro muy excitada, necesitando su compañía, casi gritando que me cogiera fuerte, que lo necesitaba tanto…

    Continuará…

    Gracias por leer queridos, si les gustan mis relatos no olviden dejar una valoración.

    Como siempre les dejo mi correo [email protected] me gusta mucho leer sus mensajes y me pone cachonda.

    ¡Besos!

    Tania

  • Convenciendo a mi mujer

    Convenciendo a mi mujer

    Antes de comenzar os comentare que este relato es totalmente verídico y está escrito tal como fue con pelos y señales.

    Somos un matrimonio de 45 y 46 años, mi mujer se llama María y yo Julio, llevamos juntos desde los 18 años y el sexo entre nosotros siempre fue fantástico.

    María es lo que denominamos como un pibón, aparte de guapa, tiene un cuerpo perfecto, unas tetas duras y grandes, un culo perfecto sin un gramo de celulitis y un coño precioso, como le digo yo, tiene un coño de peli porno, sin un solo pelo, por lo que comérselo es una auténtica locura.

    Yo soy alto y de complexión normal y no es por tirarme faroles, pero estoy muy bien dotado.

    Como dije antes, teníamos un sexo fantástico y casi a diario, a pesar de llevar más de 25 años juntos.

    Un día por motivos laborales, me tuve que desplazar durante unos meses a la otra punta del país, y ahí fue donde cambió todo.

    Esa temporada vivía con un compañero de trabajo en un piso que nos había puesto la empresa, y dicho compañero tenía un lote de revistas porno con las cuales mataba el aburrimiento cuando no trabajábamos. Un día se me dio por ojear una de esas revistas, y vi un anuncio que me llamó mucho la atención, se trataba de un matrimonio que buscaba un chico para hacer un trio, desde ese preciso instante mi cabeza no paraba de cavilar sobre lo morboso que tenía que ser compartir a tu mujer con otro hombre, y darle placer hasta el éxtasis. En mi mente no paraba de darle vueltas al asunto y cada vez me ponía más la idea de ver a mi mujer tragándose otra polla que no fuese la mía.

    Los días fueron pasando y volví a mi casa, pero ese anuncio de la revista había cambiado algo en mi cabeza, deseaba a toda costa cumplir esa fantasía, ahora el problema radicaba en convencer a mi mujer, la cual nunca había estado con otro hombre que no fuese yo, por lo que la tarea no iba a ser nada fácil.

    Esa misma noche mientras estábamos haciéndolo se lo propuse, naturalmente y tal como me lo esperaba me llamó de todo menos bonito y se cogió un mosqueo de la leche, me decía que si estaba loco, que si ya no la quería y no sé qué cuantas cosas más.

    Los días pasaron y yo con lo cabezón que soy, siempre que tenía oportunidad le soltaba alguna indirecta sobre el tema, pero ella no cedía, yo ya estaba desesperado, cada día tenía más ganas de hacer un trio, pero ella no entraba al trapo. Así que decidí presionarla un poquito más, alquilé una película porno de tríos y compré un vibrador. Al principio rosmaba un poco, ya que veía por donde venían los tiros, pero poco a poco fue entrando en calor y acabamos en un tremendo 69 con todo el vibrador en su coño chorreante, el cual no paraba de rezumar sus jugos vaginales, mientras ella jadeaba y se retorcía de placer como no había hecho nunca. En ese momento me di cuenta que el trabajo de persuasión de meses comenzaba a dar sus frutos, así que volví a insistir por enésima vez y cual fue mi sorpresa, cuando en vez de un “NO rotundo”, me dijo que se lo pensaría, eso me abrió las puertas del cielo.

    Pasaron unos y en otro de nuestros polvos volví a sacar el tema con sutileza, y por fin dijo que si, pero con tres condiciones.

    La primera que escogería ella al chico, la segunda que quería una buena polla, una como que por lo menos fuese de grande como la mía, y la tercera que hubiese mucha higiene, es decir, ducharse todos antes de comenzar la fiesta. Naturalmente accedí a todas sus peticiones, y ese mismo día antes de que se enfriase la cosa, puse un anuncio en una página de contactos en internet.

    Con lo buena que está mi mujer, como era de esperar, llegó multitud de correos de chicos interesados en el tema, y yo se los reenviaba a ella para que decidiese. Al principio a todos les buscaba algún defecto, o bien eran de muy lejos, o bien eran de muy cerca, o que tenían la polla pequeña, vamos que parecía que iba a ser imposible el tema. Después de varias semanas por fin un chico le llamó la atención, yo no me lo podía creer, ya estaba desesperado con el asunto, así que antes de que se echase atrás me puse en contacto con el chaval para quedar y conocernos, eso sí, en principio sin ningún tipo de compromiso, tomar un café, conocerse y punto. Quedamos en un bar del centro de la ciudad, ni que decir tiene que ella estaba muy nerviosa y yo ni os cuento, era una mezcla entre nerviosismo y excitación, algo que no sabría cómo explicar.

    A la hora acordada apareció Iván, que así se llamaba el chico en cuestión, era físicamente como las fotos que nos envió, vamos que no era ningún listo de esos que manda fotos bajadas de internet. El muchacho tenía 37 años, complexión normal y muy buena presencia. Al principio con los nervios nos costaba mantener una conversación fluida, pero poco a poco nos fuimos soltando y al final conseguimos una charla amena, los nervios del principio desaparecieron por completo, y tanto mi mujer como yo nos sentimos muy a gusto con el muchacho, por lo que decidimos quedar para el próximo fin de semana, iríamos de cena y miraríamos de dar el paso definitivo.

    Habíamos quedado para el sábado por la noche y os puedo asegurar que los días anteriores apenas dormí de los nervios que tenía, eso sí, estaba excitado día y noche, solo de pensar en Iván follándose a mi mujer me ponía mil.

    Por fin llego el ansiado sábado, tengo que deciros que ni ella ni yo pegamos ojo, y en toda la semana ni siquiera hablamos del tema, pero la tensión estaba en el ambiente. Ya se estaba acercando la hora, por lo que nos duchamos y nos vestimos. Cuando ella salió del baño casi me da un infarto, ella estaba preciosa, llevaba una blusa estampada semi transparente, que dejaba entrever un sujetador negro de encaje el cual guardaba sus enormes y preciosos senos, acompañado de una tremenda minifalda roja. Tengo que deciros que me costó mucho trabajo no follármela en ese preciso instante, ya que entre la transparencia y la minifalda tenía la polla que me estallaba, y si a eso le sumamos que estuvimos toda esa semana sin follar para reservarnos para la fiesta, pues os lo podéis imaginar cómo estaba yo.

    Bueno, pues llegamos al restaurante donde habíamos quedado con Iván y nos acomodamos, no tardó mucho en llegar, y nada mas hacerlo le estampo dos besos en la mejilla de mi mujer en forma de saludo y nos dispusimos a cenar. Al principio estábamos todos un poco tensos, ya que ninguno de los tres había hecho un trio antes, pero así que tomamos unas cuantas cervezas, los nervios desaparecieron y dieron paso a las risas y a las bromas.

    Si yo estaba cachondo, Iván ni os cuento, no le sacaba ojo a las tetas de mi mujer, la cual ya estaba desinhibida debido a las cervezas que se había tomado. En un momento entre risa y risa, propuse ir ya para el motel para rematar la fiesta, y allá nos fuimos, cogimos nuestro coche y marchamos. Mi mujer se sentó a mi lado, e Iván atrás. Durante todo el camino nadie abrió la boca, ni una sola palabra, la tensión era total. Al llegar a la entrada del motel les dije, que, si alguien se quería rajar, ese era el momento, pero nadie dijo nada, así que tiré para adelante y cogimos la habitación. Al entrar en ella estábamos todos como un flan, Iván estaba muy nervioso y mi mujer ni os cuento, yo ya tenía una erección brutal, por lo que pedí ser el primero en ducharme y bajar así la excitación que tenía. Me duché rápido y volví para la habitación completamente desnudo y me metí en la cama para esperarlos.

    El siguiente fue Iván, que también después de la ducha pertinente y tomando mi ejemplo vino para la habitación completamente desnudo, exhibiendo el pedazo rabo que tenía, de unas dimensiones similares a la mía, pero curvada hacia un lado. Se metió en la cama conmigo a esperar a mi mujer, la cual estaba como un flan, y además se puso roja como un tomate al ver el rabo de Iván imaginando lo que se le iba a venir encima. Yo estaba acojonado pensando en que ella se podía rajar en el último instante, pero no, cogió y se fue a la ducha sin mediar palabra alguna, saliendo al poco rato envuelta en una gran toalla blanca y se vino a los pies de la cama y exclamo: “Hacerme lo que queráis, soy toda vuestra”, mientras dejaba caer la toalla al suelo, mostrándonos sus enormes y duros senos con sus pezones erectos debido a la excitación, así como su precioso coño depilado.

    Al instante se metió en la cama en medio de los dos y me soltó un morreo de película, Iván no desperdicio el momento y empezó a sobarle el culo con dulzura, luego ella se giró y le dio un beso a él, el chaval después fue bajando y empezó a comerle las tetas, esas tetas que lo habían tenido en jaque toda la noche, luego prosiguió chupeteándole los pezones erectos de mi mujer, la cual ya empezaba a jadear. La tumbamos en la cama e Iván siguió bajando poco a poco hasta llegar a su precioso coño depilado y comenzó a comérselo suavemente y con dulzura, aumentando el ritmo a la vez que ella aumentaba sus gemidos, yo ni corto ni perezoso le metí toda mi polla carnuda en su boca, para que me la chupase como ella sabe.

    María no paraba de gemir y chupar a la vez, era como una película porno donde ella era la protagonista. Al poco tiempo mi mujer tuvo el primer orgasmo ante la comida de coño que estaba llevando, se corrió toda en la boca de Ivan, el cual no paraba ni un instante en su labor de comerle el rico coño depilado de mi mujer, la cual no paraba de retorcerse de placer, con toda mi polla en su boca.

    Al terminar el orgasmo de mi mujer le pedí el cambio a Ivan, el cual se puso enfrente de ella con su polla erecta esperando su recompensa por el trabajo realizado, María no tardo ni un instante en metérsela en la boca y hacerle una brutal mamada, era una autentica pasada verla chupar una polla que no fuese la mía, yo toda la semana tenía miedo que ella se cortase ante la situación, pero no, fue todo lo contrario, ella se soltó como nunca lo había hecho, no paraba de chuparle la polla a Iván de una forma magistral, mientras yo seguía comiéndole ese pedazo coño de actriz porno que tiene, eso sí, sin perder de vista la escena de la mamada que le estaba propinando al muchacho.

    María estaba cachondísima, jamás en 25 le vi el coño tan jugoso como ese día, no paraba de rezumar fluidos por todas partes, parecía un pozo sin fondo, cuanto más se lo comía, mas se corría, era una locura. No tardo en volverse a correr ante la comedura de coño que le estaba pegando, mientras el amigo Iván le follaba la boca sin descanso. En esta posición hicimos que María se corriese tres veces a base de intensas comidas de coño, fue entonces cuando decidimos empezar a follarla, el muchacho estaba loco por clavársela, así que le deje los honores a él, el cual la puso a cuatro patas y se la metió de una estocada hasta el fondo, algo normal tal y como le chorreaba el coño a mi mujer, no hacía falta ni empujar, era la primera vez que mi mujer disfrutaba de una polla que no fuese la mía, y vaya si lo disfrutaba, yo me puse delante de ella y mientras el amigo le reventaba el coño a pollazos, María me hacia una mamada de película. Estábamos perfectamente sincronizados, cuando Iván se la clavaba hasta el fondo, María se la tragaba hasta la campanilla, era brutal.

    Así estuvimos un buen rato, Iván follandosela duramente, mientras mi mujer me la chupaba sin parar, no tardo ella en tener su cuarto orgasmo, fruto de los pollazos que Iván le estaba metiendo a cuatro patas, yo al ver la imagen de mi mujer a cuatro patas totalmente ensartada por una polla desconocida, mientras sus enormes tetas se balanceaban al ritmo de las embestidas que le estaban dando, no pude evitarlo y me corrí en su boca, fue tremendo, la verdad que no recuerdo una corrida así en toda mi vida, se la llene toda de leche con un par de andanadas, mientras ella llegaba al éxtasis una vez más, estaba como una loca gracias a la follada que estaba llevando. Se trago toda mi corrida y siguió chupándomela con esmero, mientras el muchacho seguía follandosela como un campeón, el cabrón era de corrida retardada, la verdad es que no sé cómo aguantaba sin correrse.

    Al momento ya volví a tener el rabo pidiendo guerra, así que le pedí el cambio al chaval, que ya estaba exhausto de tanto cabalgar, así que me tumbé en la cama y puse a María encima, ella empezó a cabalgarme como una amazona sobre mi polla dura, mientras se la comía a Iván con ahínco. Así estuvimos un buen rato hasta que mi mujer se corrió dos veces más, luego yo pedí el cambio y ahora era Iván el que se la follaba al estilo misionero, mientras yo volvía a disfrutar de otra suculenta comida de polla.

    Después de un par de orgasmos más de mi mujer, decidimos poner punto y final a la follada dándole un buen baño de leche a sus enormes tetas, tanto Iván como yo nos corrimos al unisonó sobre sus melones, dejando a mi mujer toda lechada como una autentica zorra, una imagen indescriptible, que no tengo palabras para reflejarlo en este relato.

    Yo había estado toda la semana fantaseando con este momento, pero tengo que reconocer que la realidad supero con creces a la ficción, me encanto ver a mi mujer disfrutar de una polla que no fuese la mía y reventarle el coño como se lo reventamos de tanto follar en ella. Tengo que comentar que ella por lo normal es de correrse una o dos veces a lo sumo, pero ese día la hicimos correrse ocho veces en cuatro horas, algo nunca visto en 25 años con ella.

    Al terminar nos pegamos una ducha y nos fuimos, al llegar a casa volvimos a follar como leones, y durante una buena temporada tuvimos unos polvos increíbles, recordando la tremenda follada que le metimos Iván y yo. Y por supuesto hemos vuelto a quedar con Iván varias veces y con otros chicos después, pero este fue nuestro primer trio y me apetecía compartirlo con vosotros. Perdón por los errores gramaticales que he podido cometer, pero este es mi primer relato.

  • Follada por mi cuñado

    Follada por mi cuñado

    ¡Hola!  Mi nombre es Nathy y lo que estoy a punto de contar, es una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida, ya que jamás pensé serle infiel a mi marido, y menos con mi cuñado que viene a ser el marido de mi hermana.

    Tengo 32 años, conocí a Melvin que es mi esposo cuando éramos adolescentes y estamos juntos desde entonces, nos casamos hace 4 años y él había sido el único hombre a quien yo me había entregado, y digo “Me había” porque ahora siento que le pertenezco más al marido de mi hermana que a él.

    Considero que soy una chica bastante atractiva deseada por los hombres, mido 1,62, delgada, piel blanca, pelo liso castaño y ojos claros, no tengo un culo demasiado grande, pero si unos pechos grandes y deseables, y una cinturita que me hace parecer más sexy. Y casi siempre acostumbro a vestir con minifaldas y vestidos cortos, me encanta sentirme sexy y deseada, aunque no vaya a hacer nada con nadie.

    Siempre le fui fiel a Melvin, aunque con los años el sexo y la relación se volvió algo rutinario, intenté experimentar cosas nuevas con él a la hora de tener relaciones, pero nunca cedió, al final llegué a creer que misionero, de perrito y el sexo oral era todo lo que se debía hacer…

    Con mi hermana nos tenemos mucha confianza, es solamente 3 años menor que yo y eso hace que llevemos una muy buena relación, ella también está casada, Johan se llama su esposo, tiene su misma edad y siendo muy sincera la verdad es que está bien bueno, es atractivo, muy servicial, atento y detallista (todo lo contrario al mío).

    Siempre hablamos de todo menos de sexo, nunca habíamos tocado el tema de nuestras intimidades con nuestros maridos, hasta que un día yo un poco triste por lo aburrido que se estaba convirtiendo todo en mi matrimonio acudí a ella para preguntarle como eran sus relaciones con Johan… ella sorprendida dijo que no hablaría de cómo Johan se la follaba, a lo que le dije que solamente quería saber si ellos también hacían solo lo mismo. Entonces me pregunto que porque quería saber eso.

    Yo: es que siento que con Melvin todo se está volviendo aburrido, siempre hacemos lo mismo, misionero, en 4 y en ocasiones sexo oral, pero solo de mí para él, porque a él no le gusta hacérmelo a mí y cuando yo se lo hago a veces parece que ni lo disfrutara…

    Mi hermana: ¿¿¿Que no disfruta el sexo oral??? ¡¿Qué hombre en su sano juicio no lo disfruta?! A Johan lo vuelvo loco con eso, y claro, él también a mi, me encanta cuando me lo hace a mi, tiene una lengua que me vuelve loca, la verdad es que ambos somos de mentes muy abiertas y siempre buscamos hacer cosas diferentes, no siempre hacer lo mismo, diferentes posiciones, juegos de rol, diferentes lugares de la casa o fuera de casa… hacemos de todo excepto una, sexo anal…. Él ha insistido mucho pero una vez lo intentamos, la tiene muy gruesa y me dolió jaja. Y claro no lo hemos vuelto a intentar aunque sé que lo desea con locura.

    Yo: (en mi mente: así que mi cuñadito aparte de estar bueno es un experto en la cama) entonces le respondí: pero que hago si Melvin no quiere experimentar? Se lo he propuesto y no ha querido…

    Mi hermana: entonces búscate un amante… jajaja. Alguien que te haga sentir mujer, que te haga sentir deseada, alguien que te vuelva loca cuando te lo hace… Alguien como Johan… que me hace sentir tan deseada y me vuelve loca cuando lo hacemos.

    Yo: Entonces préstame a Johan porque no conozco a ningún hombre que sepa que es así. Jajaja.

    Mi hermana: Si no fuese tan celosa quizás te lo dejara, a menos que lo hagas sin que me dé cuenta… jajaja.

    ¡Pero que ni se te ocurra! Búscate el tuyo jajaja

    Luego cambiamos de tema y la verdad es que empecé a desear estar con otros hombres, experimentar algo nuevo, pero no sabía dónde buscar ni a quien buscar, y cuando pasaba eso siempre terminaba pensando en Johan, desde esa conversación empecé a observarlo más, me empezó a gustar y lo peor aún, empecé a desearlo, lo empecé a desear tanto que cuando tenía relaciones con mi marido pensaba que era Johan quien me follaba, me empecé a masturbar como una adolescente pensando que era Johan quien me lo hacía, y eso me excitaba mucho, me ponía muy caliente, mi mente volaba y entre tanta fantasía y fantasía con él empecé a querer follármelo, pensaba en planes de cómo poder hacerlo, luego me daba cargos de conciencia y al final no hacía nada.

    Aunque siendo sincera, no fue muy complicado seducirle para terminar follándomelo, ya que ahora que lo observaba mucho, me di cuenta que él también me observaba mucho, y lo pillé muchas veces observándome el culo y las tetas, y esas miradas estaban llenas de lujuria… así que decidí ser intencional en mis acciones con él.

    Ellos viven a una calle de donde nosotros y nos vemos todos los días porque acostumbramos siempre a cenar juntos, y en la mayoría de casos es en mi casa. La verdad es que empecé a vestir con faldas mas cortas y camisas escotadas cada vez que sabía que vería a mi cuñado, Melvin ni siquiera lo noto, pero mi cuñadito si. Sus ojos cuando me vio una noche en minifalda y con una camisa que enseñaba mucho mis tetas lo delató, se notaba que me devoró con su mirada. Mi hermana solamente me dijo que me había tomado en serio lo de buscarme un amante, porque con esa pinta más de uno saldría.

    A lo que yo respondí: pues la verdad si me lo he tomado muy enserio y creo que ya he conseguido al primero que me follare…

    Ella: pues espero que pronto suceda porque se ve que necesitas un buen macho que te quite esas ganas que te cargas…

    Yo: La verdad es que creo que será más pronto de lo que pensé. Y en mi mente pensé (si supieras hermanita que se trata de tu marido al que me quiero follar)

    Esa noche me senté a posta frente a mi cuñado, cruzando mis piernas en todo momento para enseñarle a mi cuñado lo que podía ser suyo si lo deseaba. Podía observar como su mirada recorría todo mi cuerpo terminando en mis ojos y con una sonrisa ligona…

    Eso fue suficiente para darme cuenta que en cuanto quisiera podría ser mío. Luego mi hermana lo movió de sitio porque lo pillo viéndome las piernas…

    Cuando Iban de salida camino a su casa, mi cuñado se acercó a despedirse de mi, dándome 2 besos como era costumbre pero esta vez me cogió de la cintura acercándome a él hasta pegar su cuerpo con el mío, luego me dijo al oído, estas muy hermosa… fue tan excitante sentirlo y sobre todo sentir el susurro de sus palabras en mi oído, la verdad es que hizo mojarme…

    Al día siguiente fuimos a cenar a casa a de ellos, la verdad es que pase todo el día esperando la hora de la cena para poder verle y seguir con el jueguecito que había comenzado. Me puse un vestido cortito y muy pegadito, hacia resaltar mucho mis curvas. Cuando llegamos a casa de ellos fue mi cuñado quien nos recibió mientras mi hermana preparaba la cena, saludo a mi marido y lo dejo pasar, luego me saludo a mi con 2 besos, uno más cerca de mi boca que el otro, me puso su mano sobre mi cintura para invitarme a pasar, y mientras lo hacía deslizo su mano de mi cintura hasta mis nalgas… obviamente no le dije nada, al contrario, giré mi cabeza para verle e indicarle con una sonrisa que eso también le podía pertenecer a él si quisiera.

    Durante la noche no parábamos de buscarnos con las miradas de una manera prudente, cuando terminamos de cenar tanto él como yo nos ofrecimos voluntarios para limpiar la cocina y lavar los platos y todo lo demás.

    Yo me adelanté con algunas cosas a la cocina y mientras las colocaba en la pica, de la nada sentí como me arrimo todo su paquete por detrás, lo tenía duro, pude sentir como lo tenía duro… me giré para verlo y en cuanto lo hice me beso intensamente en la boca y me dijo: ya para el jueguecito que te traes y pídeme que te de lo que tu marido no te da…

    Lo aparte de mi porque sabía que no era el momento para eso porque en cualquier momento podía llegar o mi hermana o mi marido.

    Así que le pase mi mano por encima del pantalón sobre su polla, estaba dura y parecía más grande que la de mi marido. Y le dije: Quiero comerme esta polla que tantas maravillas dicen que hace… pero ahora no es el momento.

    Nosotros tenemos el mismo horario en nuestros trabajos y siempre estamos 3 horas antes que nuestras parejas en casa. Por lo tanto le invite a que del trabajo al siguiente día se viniera directo a mi casa y que allí si podíamos hacer lo que fuese.

    Al día siguiente antes de que llegase le envié fotos de ropa con la que quería que lo esperara. A lo escogió una minifalda de revuelo tipo colegiala y un una camiseta cortita y escotada sin sostén. La verdad es que estaba muy emocionada y demasiado caliente esperando el momento. Cuando el timbre de mi casa sonó me puse muy nerviosa, y en cuanto le abrí la puerta me cogió de cargo en sus brazos y me llevo directo a mi habitación, si a la habitación donde duermo y tengo intimidades con mi marido, me lanzo sobre la cama y empezó a besarme la boca, luego bajo al cuello, luego bajo a mis pechos, la camisa que tenía puesta prácticamente me la arranco de encima y me empezó a comer los pechos como si fuesen un manjar que le exigía comer más y más. Era increíble la sensación que tenía, estaba tan excitada como nunca lo había estado, me besaba el abdomen, los pechos, el cuello, luego me giro para besarme la espalda, luego poco a poco me fue poniendo posición de perrito, y en cuanto me tubo así, me subió la falda y inmediatamente me bajo la tanguita roja que me había puesto, y en cuanto la quito me empezó a comer el coño. ¡Cuanta razón tenía mi hermana, mi cuñado tiene una lengua que la usa de maravilla!

    Estaba tan caliente, me encantaba que me tuviera en cuatro y que me estuviera comiendo el coño en esa posición, estaba tan caliente que no tarde en tener mi primer orgasmo, y mientras terminaba él seguía comiéndome el coño con más intensidad. Waow jamás había experimentado tal cosa… una vez termine bajo la intensidad, pero seguí tan caliente que le decía que no parara, el obedientemente continuo, yo solo podía gemir como nunca antes, hasta que en un dado momento sentí que su lengua subió hasta la entrada de mi ano, y la verdad es que esa sensación me encanto, le pedí que no parara, que era su putita y que tenía que complacerme en todo, mámame el culo eran mis órdenes, y él lo empezó a hacer, no sé como lo hacía tan delicioso que tuve otro orgasmo, nunca me habían besado el ano, y nunca creí que se disfrutara tanto.

    Luego él se puso de pie y se quitó toda su ropa hasta quedar completamente desnudo, sabía que era mi turno de comerme esa polla que tanto había deseado, me giré y me puse de pie para luego colocarme de rodilla frente a él. Era una polla increíble, un poquito más grande que la de mi marido y era gruesa como bien había dicho mi hermana. Sin pensármelo me la metí a la boca, no me entraba toda pero la metía hasta donde podía. Estaba tan dura… luego me la saqué y empecé a recorrer su tronco con mi lengua de arriba a abajo para luego terminar chupándole los huevos.

    Podía ver en su rostro que le encantaba, hasta que en momento me la metió en mi boca, me cogió con sus manos la cabeza y empezó a bombear como si me estuviera follando, me encantaba todo porque mi marido nada de esas cosas me había hecho. Bombeaba hasta que sentía que me ahogaba y luego paraba y luego lo volvía y así repetidas veces hasta que la saco y me dijo: no creí que fueras tan putita, ahora vamos a probar ese coño que tan fiel que dicen que ha sido. Me puso en pie, me giro y me puso en 4 a la orilla de la cama y se dispuso a penetrarme. Mi coño estaba tan mojado y si polla tan ensalivada que no resultó difícil el hecho de que me introdujera esa enorme polla, sentí como poco a poco iba entrando hasta que la introdujo toda, en realidad para mi era enorme, me dolió un poco pero me dio igual, le pedí desesperadamente que me follara como quisiera, cuñadito soy tuya y follame como a ti te plazca!! Follame como te follas a mi hermana quien dice que tan bien que lo haces, entonces note como esas palabras hicieron no importarle nada, porque empezó a embestirme como si su única misión en la vida fuera recentarme el coño. Yo gritaba de placer y dolor, quería disfrutarlo sin importarme nada ni nadie. Sentir esa enorme polla dentro de mi coño me tenía como loca hasta que tuve mi tercer orgasmo. Y mientras lo tenía empecé a sentir como empezó a pasar un dedo en la entrada de mi ano, mientras me follaba me pasaba su dedo por mi ano como quien prepara algo que se va a comer también.

    Entonces recordé que mi hermana dijo que él deseaba con locura practicar sexo anal pero que ella no quería. Entonces supuse que él lo intentaría a toda costa conmigo, y la verdad es que quería tener este macho complaciéndome por mucho tiempo, así que algo que no le da mi hermanita le tenía que dar, pero antes de que eso sucediera iba disfrutar yo lo que no disfruto con mi marido.

    Así que lo detuve me puse en pie y lo tumbé en la cama boca a arriba, quería cabalgar esa polla y verle su cara mientras lo hacía. Me subí en el abriendo mis piernas y metiéndome ese pedazo de polla, y empecé a mover mis caderas con su polla dentro, su cara estaba llena de placer, de lujuria, de deseo. Lo estuve cabalgando por un rato hasta que el en la misma posición me giro y esta vez quede de espalda hacia él, con las piernas abiertas y él abajo. Y empezó a follarme de esa manera, sentía como esa polla entraba toda hasta llegar a sus huevos. Ya me tenía toda reventada pero lo estaba gozando.

    Luego se puso en pie y me puso de lado a la orilla de la cama y me empezó a penetrar así hasta que pude sentir como esa polla se iba hinchando más de lo normal, entonces supe que estaba a punto de correrse, entonces le dije: lléname el coño de leche cuñadito, dame toda esa leche dentro de mi coño, no pares! No pares!! Lléname de tu leche y entonces sentí como esa leche caliente recorría por el interior de mi coño hasta que terminó la saco y se tumbó en la cama boca arriba. Sentía como salían gotas de mi coño de toda esa leche que me dejo dentro, entonces me acerqué a él y empecé comerle la polla una vez más, está vez para dejársela limpia de residuos de semen y vaginales. El me lo agradeció dándome un beso intenso en la boca.

    Sabía que estaba en deuda con el, estaba decidida a entregarle la virginidad de mi ano y que se lo disfrutase como no puede hacerlo con mi hermanita, pero estábamos cortos de tiempo y no quería que fuera rápido, quería disfrutarlo con calma, así que le dije al oído. Por hoy no podemos continuar porque pronto llegarán nuestras parejas, así que mañana te espero a la misma hora y te daré un regalito muy especial, tan especial que ni siquiera mi hermana te lo ha dado.

    Le brillaron los ojos, creo que entendió a qué me refería, entonces me pidió amablemente si le podía comer la polla una vez más antes de irse, todavía estaba dura así que ni dude en metérmela una vez más y chupársela, se estaba poniendo caliente otra vez así que lo empecé a masturbar mientras le pasaba la lengua por el glande, hasta sentí que terminaba otra vez y antes de que lo hiciese me la metí a la boca para recibir en mi boca toda esa leche, tenía demasiada aun, era tanta que pude sentir como de la ranura que quedaba de entre su polla y mi boca salían gotas de semen. Me tragué todo lo que pude. Se levanto, me beso la frente, se cambió y me dijo, mañana vuelvo por mas cuñadita. Me fui a duchar y como a los 40 minutos llego mi marido. Me vio tan feliz que me pregunto que me pasaba, solamente le dije que me sentía satisfecha, y literalmente estaba muy satisfecha.

    La verdad es que me sentí mujer con él, me hizo explotar de placer. Lo que paso al día siguiente será para otro relato. Porque si, le entregue la virginidad de mi culito, y fue una experiencia increíble.

  • El novio de Rafaela (parte 3)

    El novio de Rafaela (parte 3)

    Un puto ascensor emocional, eso fue. Este manipulador jugaba conmigo y me había dejado sin voz. Prendió el motor, desabrochó su pantalón, sacó su verga tensa y empezó a manejar. Ya la veía de cerca, era particularmente gruesa. Un escalofrío me recorrió al pensar en lo rico que me llenaría la concha.

    —Me voy a pajear apenas lo suficiente que para que se quede parada hasta llegar a casa. La vas a mirar todo el camino, Sandra. Pero cuidado, como en los museos: miras, pero no toques.

    Me agarró delicadamente la nuca para que agachara la cabeza y estar seguro no me perdía ni un centímetro de su erección.

    —Así querida, mira… mira el pedazo de carne que te va a cachar bien duro…

    Se hacía el macho mal criado y me encantaba el juego. Levanté mi vestido, abrí las piernas y le contesté, provocadora:

    —Ya, si quieres. Voy a mirar bien, no te preocupes. Y si no te puedo tocar, pues me voy a tocar a mí.

    Me vine justo antes de llegar a la esquina de la calle donde vivían. Los doscientos metros que quedaban para llegar bastaron para que Lionel volviera a guardar su sexo en su pantalón y que yo retomara cierta contundencia. Así llegamos a su casa, con el carro lleno de cajas de vino, yo todavía enrojecida por mi orgasmo y él esforzándose para que bajara su erección. Rafaela nos esperaba en la terraza con una cerveza en la mano, radiante de felicidad. Parecía que su tarde de masaje había sido placentera. Pero de repente no tanto como la nuestra.

    En la noche, probamos los vinos. Lo suficiente para que Rafaela estuviera totalmente tranquila en cuanto a su calidad y que Lionel y yo estuviéramos picaditos. Fue una noche alegre, conversamos mucho, contando chistes y brindando a su futura boda, iba a ser muy bonita.

    El viernes en la mañana, me desperté tarde, ya solo faltaba un día antes de la ceremonia y de la fiesta. Parecía que todo estaba listo y Rafaela estaba tranquila. Los primeros invitados iban a llegar al final de tarde. Eran familiares o amigos cercanos que venían de lejos y que se iban a alojar en casas de campos cercanas o con carpas en el inmenso jardín, para los más aventureros. La pareja había planeado hacer parrilla con ensaladas y postres para la noche, invitando a los que acabaran de llegar para poder pasar un momento juntos antes del gran día. Mi novio, que también nos iba a alcanzar en la noche, me había pedido que preparara mi “ratatouille”. Era su plato favorito y quería que todos pudieran probar la receta de mi abuela originaria del sur de Francia que, según sus dichos, era la mejor de la Tierra.

    Después de un desayuno tardío, los tres empezamos a cocinar para la noche, escuchando la radio. Rafaela nos dijo que sus padres llegaban en tren en la tarde y que había que ir a recogerlos a la estación más cercana, a unos 25km. Por cortesía, Lionel propuso ir, una oferta que Rafaela rechazó al toque, con una mirada golosa.

    —Vida ¿no querías preparar tu arroz con leche? —le preguntó haciéndose la ingenua. —Sandra, tienes que probar el arroz con leche de Lionel… ¡Es una delicia! Nunca en la vida he probado cosa más rica. Voy a ir a recoger a mis padres yo, para estar segura de que te alcance el tiempo para preparar esta maravilla, mi amor.

    Lionel la abrazó sonriendo y le regaló un besito en la boca con una mirada cómplice y llena de amor. Fue así que la gula de Rafaela nos llevó a quedarnos solitos en la cocina durante una buena hora aquella tarde. Era de estas cocinas modernas, renovada con gusto y cómoda. Tenía una imponente isla central, con una encimera de madera donde me había instalado para preparar las verduras. Lionel ocupaba la placa con un par de ollas llenas de arroz con leche de las cuales se escapaba un delicioso olor a canela. Removía las masas untuosas continuo y lentamente con un batidor de metal. Apenas Rafaela hubo cerrado la puerta de la casa, que sentí la presencia de Lionel en mi espalda. Acercó su boca de mi oreja y susurró:

    —Hoy si te pusiste un calzón, ¿no? ¿Tienes miedo de que tu amiga se entierre de la depravada que eres?

    Asentí con la cabeza mientras había puesto sus manos sobre mis caderas. Llevaba una falda ligera y un top de algodón blanco, sin sujetador para estar cómoda.

    —A ver… —siguió, levantando mi falda.

    Me calentaba ponerme a su disposición, lo dejé hacer mientras seguía picando tomates como si no pasara nada. Había bloqueado la tela de mi falda en la cintura y regresó a sus ollas. De vez en cuando se daba la vuelta para mirarme y disfrutaba de la vista sobre mi calzón de encaje negro. Me quedé así expuesta un buen momento, hasta que Lionel terminara de cocer su arroz con leche. De la nada, sentí un objeto frio que me acariciaba el interior de los muslos. Estaba de nuevo en mi espalda y me tocaba con el mango del batidor. Subió lentamente hasta mi entrepierna y no pude detener un gemido cuando tocó mi calzón. El contacto del metal me excitaba y más aún porque sabía que este vicioso había elegido un juguete particular, a modo de guiño a mi cepillo de cabello. Siempre me gustó jugar y hacer subir lentamente la temperatura, pero dado los meses que llevaba deseándolo en secreto y lo que había pasado el día anterior, ya no podía más. Quise que llegara al grano rápidamente.

    —Quiero que me la metas —le dije en voz baja, lasciva, arqueándome y abriendo las piernas.

    Una presión más fuerte del mango del batidor contra mi sexo me contestó. Pasó su mano en mi calzón y me acarició levemente los labios antes de llevarse los dedos a la boca.

    —Y además de ser una zorra de primera, sabes rico…

    Mantenía el mango horizontal entre mis labios mojados, presos del encaje, y amasaba mis nalgas con la otra mano. Yo había soltado el cuchillo que tenía en la mano y me apoyaba en la encimera, tratando de sobarme en la pieza de metal. Me agachaba y el jugo de los tomates mojaba y manchaba mi top blanco. Quería sentir su verga ancha llenarme, pero Lionel no lo veía con estos ojos y estaba bien decidido a revelarme su lado perverso y dominante.

    —Tsss… quietita, quietita… Si te portas bien, te voy a dar lo que quieres.

    Cerré los ojos, se había pegado a mí y me acariciaba la nuca y la cara como si estuviera una yegua rabiosa que quisiera calmar. Cada vez que sus dedos pasaban cerca de mi boca, sacaba mi lengua desesperadamente para tratar de lamerlos como una muerta de hambre. Me quitó mi calzón y lo llevó a mi cara mientras colocaba el mango en la entrada de mi concha. Quise bajar para que entrara más, pero me lo impidió.

    —Quietita te dije… ¿Ves lo empapado que está tu calzón? A ver, abre tu boquita… Así, está bien. Sabe rico ¿no?

    Obedecí y me metió mi calzón fino en la boca, era verdad que estaba muy húmedo. Lamía mi propio jugo y me encantaba. Era un maestro, estaba completamente arrecha y dispuesta a todo. Lionel se revelaba ser de los con quienes no tenía límites. Sentí que el mango se deslizaba en mi concha, gemí mientras me mantenía el calzón en la boca. No era muy grueso, pero por fin tenía la sensación de estar penetrada. Hacía idas y venidas lentas que yo acompañaba con movimientos de caderas. Pegaba mi culo pegado la bragueta de su pantalón, hinchada y endurecida por su verga. Rápidamente, me puse a temblar, mi clítoris me dolía por tanta excitación, necesitaba venirme. En su gran clemencia y para recompensarme por mi obediencia, soltó mi boca y acudió en socorro de mi dolorosa frustración. Siguiendo el ritmo de la penetración de mango, acarició mi clítoris con movimientos circulares. Así me vine, el pecho pegado a la encimera, el culo en ofrenda y babeando con mi propio calzón en la boca.

    —Qué rico Sandra…

    —Me moría de ganas… —le contesté, dándome la vuelta para mirarlo.

    Mi top se había vuelto transparente por el jugo de los tomates, se pegaba a mis tetas. Lionel acercó su cara de mi pecho y lamió uno de mis pezones a través de la tela. Subió lentamente, dejando su lengua pasar sobre mi cuello hasta llegar a mi boca. Nos besamos con furia. Sentí su mano pasar entre mis nalgas y mientras me callaba con su boca, uno de sus dedos abrió tímidamente paso en mi ano. Movía mi culo para que entendiera que no me molestaba que entrara más, al contrario.

    —Parece que este huequito también necesita estar cuidado —me dijo. —Lo vamos a complacer y darle todos los honores.

    Sonreímos, maravillados por nuestro juego. Lionel me invitó a subir en la isla central y a ponerme en cuatro patas, lo que hice con gusto. Se quitó el polo y dio un par de vueltas alrededor de la isla con el batidor en la mano, mirándome con mucha seriedad y bajo todos los ángulos, como un escultor que hubiera estado evaluando el potencial de un bloque de mármol. Mi falda seguía bloqueada en su cintura y mi culo desnudo lo esperaba, encima de las verduras y de las cáscaras. Pasó a mi espalda y se puso a acariciar mis nalgas, suavemente al inicio, hasta amasarlas con fuerza. Les confieso que el solo hecho de estar en esta posición me excitaba, entonces cuando sentí su lengua contra mi ano, perdí el seso. Me lamió con aplicación e insistencia durante un rato. Me di cuenta de que estaba muy mojada cuando volvió a pasar sus dedos entre mis labios, con una caricia regular que me hizo gemir. Sentí mi ano ceder bajo su lengua cuya punta trataba de penetrarme. Se dedicó a aplicarme este tratamiento unos largos minutos, dejando mi placer subir lentamente hasta que estimara que mi pudor había completamente desaparecido. Se apartó de nuevo para mirarme, chupando sus dedos, satisfecho. Mi jugo estaba chorreando lentamente en mis muslos, tenía los ojos cerrados y meneaba lascivamente el culo a modo de invitación.

    —Eres aún más perra de lo que me hubiera imaginado…

    Me escupió en el ano y sentí uno de sus dedos entrar sin ninguna dificultad. Rápidamente un segundo lo alcanzó. Con su otra mano, Lionel se masturbaba. Respiraba hondo, lo fascinaba ver sus dedos entrar y salir de mi hueco y no resistió mucho tiempo antes de reemplazarlos por el mango del batidor que había dejado al alcance de la mano. Era un algo más grueso y me abrió un poco más. Lo volvió a sacar y lo dejó justo pegado contra mi ano, provocándome una repentina frustración.

    —¿Lo quieres? —me preguntó —A ver, hazlo tú. Ya no lo muevo.

    Con precauciones al inicio, me puse a mover para que el mango vuelva a entrar. Entre el ruido de la masturbación de Lionel y el placer de la penetración, mis movimientos se volvieron más hondos y regulares. Me gustaba que me viera así, sodomizándome solita con un utensilio de cocina que él ponía a mi disposición. Después de un rato, viendo que yo me estaba satisfaciendo sin más ayuda y que acercaba mi mano de mi concha para masturbarme, puso la suya firmemente en mi nalga para indicarme que dejara de mover. Clavó por completo el mango en mi culo y dio un paso atrás para mirarme. Se seguía masturbando lentamente, su verga dura le ocupaba toda la mano. Pareció estar reflexionando un instante y volvió a acercarse de la isla para bajar mi top, sacar mis tetas y dejarlas colgar. Empujó ligeramente mis hombros hasta que tocaran la tabla donde cortaba los tomates y que se llenaran de jugo. Yo me dejaba completamente llevar, siguiendo sus gestos y sobando mis senos en el jugo. Cuando le pareció que era suficiente, me invitó a enderezarme de nuevo, agarrándome la barbilla y besándome.

    —¿Te gusta chupar, Sandra?

    —Sí, me encanta… Hace tiempo que te la quiero mamar —le contesté, esperando tener por fin su verga en la boca.

    —Es que soy muy exigente en cuanto a eso…

    —Haré mis mejores esfuerzos —traté de convencerlo.

    —Uhm… primero me vas a enseñar lo que sabes hacer y luego voy a ver si mereces ocuparte de mí.

    Eligió un calabacín de un tamaño parecido al de su sexo, me hizo abrir la boca y me ordenó que empezara a chuparlo como si fuera su verga. No era la primera vez que me entregaba a un juego de dominación, pero el genio perverso de Lionel para crear una escena de la más grande obscenidad era más allá de lo que nunca me hubiera imaginado y lo peor era que yo disfrutaba cada segundo más convertirme en su perra. Con el batidor metido en el culo, mis tetas llenas de pepas y de jugo de tomate balanceando al ritmo de mis mamadas y lenguazos sobre la verdura que me él presentaba, estaba en un estado de lubricidad que nunca había alcanzado en mi vida. Pero él se hizo el insatisfecho.

    —Tsss… No sabes nada, cariño… Te voy a enseñar cómo se chupa una verga.

    Me agarró la boca, hizo que la abriera y empezó a hacer ir y venir el calabacín sobre mi lengua. La sensación de tener la boca llena y la humillación que me infligía me hacían gemir de placer. Me cachaba la boca hasta la garganta y yo meneaba, moviendo lentamente el batidor en el aire, como si hubiera querido remover una masa imaginaria con mi culo. En esta situación, tener mis tres huecos llenos me hubiera hecho venir al instante, pero no era lo que él quería. Se paró y me dejó la verdura metida en la boca y, de nuevo, dio un paso atrás. Me pidió que no me mueva y se quedó mirándome en esta posición unos instantes, con el culo y la boca ocupados, hasta que mi saliva chorreara en lentos hilos brillantes. Entre ronroneos y gemidos, yo solo anhelaba que me liberara con un orgasmo. No le hubiera pedido mucho: una cachetada en la concha hubiera ampliamente bastado.

    —Ya, está bien —dijo finalmente.

    Se acercó y tomó mi concha a plena mano, presionándola con fuerza como si quisiera sacarle todo su jugo. Mi grito de goce ahogado se escuchó en la cocina. Me acababa de venir en la posición más obscena que hubiera conocido. Liberó mi boca y mi ano, y me hizo bajar de mi altar. Sin dejarle el tiempo de tomar otra iniciativa, me arrodillé, bajé su pantalón y su bóxer, y hundí de una vez su verga en mi boca. Era riquísima, suave y particularmente dura. Me llenaba perfectamente la boca y sacaba la lengua al máximo para poder metérmela lo más profundo que pudiera. Sus gemidos de placer me indicaron que yo había aprendido la lección con el calabacín. A él le gustaba el sexo así, duro, áspero y perverso. A medida que lo mamaba profundamente, sentía que se hinchaba más y más hasta que estuviera a punto de explotar en mi boca. Se retiró y, contrariando mis ansias de que se viniera en mi cara, me invitó a pararme y retomar mi posición inicial, frente a la isla central. Lo escuché abrir y cerrar de nuevo la refrigeradora. Regresó a mi espalda y me abrazó, mordiéndome levemente el cuello.

    —¿Todavía quieres que te la meta?

    —Por favor…

    —Me molesta un poco la idea de querer meterla en otra concha que la de mi futura esposa…

    De nuevo se hacía el arrepentido, pero no caí en la trampa, sabía lo que quería:

    —Mejor no me la metas ahí entonces, si eso te puede aliviar la consciencia.

    —Eres una persona muy considerada, mi querida Sandra. Mi matrimonio te lo agradecerá.

    Sentí un bloque frío y liso deslizarse contra mis nalgas que, en seguida, se encontraron cubiertas por una capa brillante y grasosa. Lionel había agarrado un trozo de mantequilla y me estaba untando el culo. El contacto de mi piel cálida lo derretía al toque. Me lo pasaba entre las nalgas, presionando para que entre algo de grasa en mi hueco que, todavía, no se había cerrado por completo. Cuando le pareció que estaba suficientemente lubricado, me amasó las nalgas y metió su pulgar en mi ano.

    —A mí me gusta cocinar a las zorras como tú con mantequilla, no se merecen lubricante más fino, ¿no crees?

    A modo de respuesta, me arqueé más y abrí las piernas, volviendo a pegar mi pecho en la encimera. Soltó mis nalgas para agarrarme una cadera y, con la otra mano, guiar su verga en la entrada de mi ano. No solía tener frecuentemente sexo anal, pero cuando pasaba con mi novio, me descontrolaba por el morbo que me provocaba, viniéndome gritando antes que hubiera empezado sus idas y venidas. La sensación de estiramiento lento y controlado era algo que me alocaba. El sexo de Lionel, cuyo tamaño era más que respetable, me estaba abriendo el culo poquito a poco. Los dos estábamos jadeando. El ligero dolor de la lenta penetración que me regalaba fue rápidamente reemplazado por el placer de sentirlo llenarme el culo. Se puso a mover lentamente, mi ano aflojado y vencido ya no le oponía ninguna resistencia. No supe si por cuidado o si era para frustrarme, pero su ritmo no se aceleraba, fui yo que empecé a moverme más rápido con gemidos insatisfechos. Entendió la señal y aceleró. Me dio más y más duro, cachaba mi culo de puta con fuerza, saliendo por completo y volviendo a entrar de golpe en mi hueco abierto. Nuestros jadeos se convirtieron en suspiros profundos y no pude contenerme un segundo más cuando me volvió a agarrar la concha. Grité como un animal y, un par de segundos después, descargó toda su leche en mi culo.

    Lionel, si era verdad que solo había conocido a una mujer, era un genio del sexo que acababa de hacerme una demostración de su arte y de su perversión.

    Apenas tuvimos el tiempo de volver a una escena normal en la cocina, él, repartiendo el arroz con leche en varios platitos y yo, poniendo la cebolla a freír con los tomates, que se escuchó el carro de Rafaela estacionarse delante de la casa. Entró con sus padres que nos saludaron con grandes abrazos, demostrativos y joviales. Rafaela se echó a reír al ver mi top todo manchado.

    —Tú, Sandrita, tú nunca vas a cambiar ¡Jajaja! ¡No sabes cocinar sin mancharte y hacer cochinadas!

    —¡Jajaja! Tienes razón, soy una plaga —le contesté, tratando de reír a pesar de lo incómoda que me sentía.

    —Desde que te conozco siempre has sido un desastre cocinando. ¡Mira! ¡Parece que hubo un tsunami en la encimera! —siguió entre dos carcajadas.

    “Y en mi culo, también…”, completé en mi cabeza.

    Tratando de no cruzar la mirada todavía lúbrica de Lionel, agarré el calabacín que poco antes había ocupado mi boca para picarlo, mientras los padres de Rafaela nos comentaban su viaje en tren. Ella se instaló a mi costado para preparar las ensaladas y me dijo discretamente.

    —Lo siento por haberte dejado solita con Lionel. Sé que para ti no siempre ha sido tan fácil conversar a solas con él, pero te aprecia y te estima, amiga.

    Le contesté que el tiempo había pasado rápido y que no tenía que preocuparse, que habíamos conversado tranquilamente. Mientras la tranquilizaba, el semen del novio ejemplar chorreaba todavía de mi culo.

    La fiesta fue hermosa, se casaron felices y que lo siguen siendo. Nadie se enteró de lo que había pasado entre Lionel y yo antes de la boda. Y tampoco de lo que iba a pasar después…

  • Disfrutando el culo de mis cuñadas antes de viajar

    Disfrutando el culo de mis cuñadas antes de viajar

    Después del viaje a Corrientes con mi cuñada Marisa, donde disfrute de su culo por diez días, pasaron dos semanas donde solo charlábamos en altavoz con mi mujer y ella para ver cosas de ese viaje. Y de la nada, surgió la posibilidad de otro viaje, en este caso a la costa, de una semana.

    Mi mujer, todavía estaba dudando de ir, y finalmente no quiso hacerlo. Nuevamente iba a ser Marisa quien me acompañe. Yo estaba haciendo unos trámites y ella me llamo para que pase por su departamento para comentarme algo.

    -Hola Marisa.

    -Hola Fer… pasa. Me dijo cuando abrió la puerta.

    Para mi sorpresa con ella estaba Tere, la menor de las tres hermanas, 22 años, algo rellenita, pero con muy buenas tetas y culo.

    -Hola Tere, que sorpresa verte. Dije.

    -Hola Fer…

    -Contame Marisa, ¿Qué querías comentarme?

    -Eh… Sobre el viaje Fer…

    -¿Qué pasa? ¿No queres ir? No hay problema, voy solo.

    -No, no… Dale Tere, habla vos. Dijo Marisa.

    -Fer… ¿habrá un lugarcito para mí en la camioneta?

    -¿Cómo? Lugar en la camioneta hay, donde no hay lugar es en el camper. Es para dos personas. Y cuando viaja Marisa duerme en el suelo, en una colchoneta.

    -Claro… es que tenía muchas ganas de ir…

    -Entiendo, pero en serio no hay lugar Tere. Marisa, explícale por favor.

    -Fer, ya le explique, pero ella quiere ir… Basta, en realidad quiere otra cosa Fer, ¿Entendes?

    -No, te aseguro que no. Dije.

    -Para ponerlo elegante, quiere un trio…

    -¿Qué? Teresa, como vas a… vos estas loca, ¿De dónde sacaste esa idea?

    -Marisa me contó…

    -No podes ser tan estúpida de haberle contado.

    -Si… estábamos jugando y se me escapo tu nombre…

    -Jugando… ¿Uds. saben el quilombo que se arma si se entera su hermana? Nos mata.

    -Pero no se va a enterar, Fer. Te lo juro. Dijo Tere.

    -El tema es así Fer: Tere es virgen, y quiere seguir siéndolo, por ahora claro. Nunca estuvo con un chico, y quiere aprender, probar.

    -¿Vos le contaste todo?

    -Sí, por eso está tan interesada…

    -Fer te prometo que voy a hacer todo lo que digas, por favor…

    Escucharla decir eso y que se me empiece a parar la pija, fue una sola cosa. Y decidí ir a fondo.

    -Tere, pongamos algo en claro. Nada de tonterías, si viajas no hay vuelta atrás. Tenes que tener eso muy en claro.

    -Lo tengo…

    Mi pija ya estaba doliéndome en los pantalones. Me puse de pie, me baje pantalón y bóxer, y la cara de Tere fue de sorpresa. Nunca había visto una pija a no ser en las películas. Me senté en el sillón a ver que pasaba.

    -Veni. Dijo Marisa.

    Las dos se pusieron de rodillas y comenzaron a chuparme la pija. Marisa como siempre bien, Tersa me sorprendió ya que lo hacía bastante bien para no haberlo hecho nunca.

    -Vos ya chupaste pija. Le dije a Tere.

    -No… solo el consolador de Marisa.

    -Tere… te mato.

    -Conque consolador… tráelo Marisa

    Lo trajo y me lo mostro, era bastante chico. Las dos siguieron chupando y Marisa se fue quitando la ropa. Tere la miró y la imito. En un par de minutos las dos estaban desnudas y yo super caliente. Dos mujeres, desnudas y mis cuñadas…

    Me paré y me quite toda la ropa.

    -Vení Tere, ponete de rodillas al lado mío, Marisa, quiero verte con el consolador…

    Teresa se puso de rodillas y metí un dedo en su concha, a poco de meterlo, encontré el himen, realmente era virgen. Hice que me siga chupando mientras Marisa se metía el consolador en la concha y se acariciaba las tetas.

    -Por como te moves lo usas seguido… Dije.

    -Fer… yo…

    -Sos muy caliente y muy puta conmigo.

    -Si… soy muy puta con vos, me vuelve loca como me rompes el culo…

    Cuando lo dijo tuvo un orgasmo y quiso parar, le dije que siga.

    -Escuchaste Tere, tu hermana es muy puta… y no sabes como goza cuando le rompo en culo.

    Teresa chupaba y gemía mientras con una mano se tocaba la concha. Marisa la miraba chupar, acariciarse y más se calentaba.

    -Metemela por favor, no doy más Fer…

    -No… tengo que probar a Tere, vos por traviesa, estas castigada.

    -Guacho… Dijo y se sacó el consolador de la concha para metérselo en el culo.

    -No, no lo hagas. Sigue donde estaba ese consolador, y por haberlo sacado, chupale el orto a tu hermana.

    -Hijo de puta… Dijo Marisa.

    Se puso detrás de la hermana, y separándole los cachetes, se lo comenzó a chupar con todo. Tere casi no podía chupar gimiendo, solo me masturbaba despacio y me miraba a los ojos y se mordía los labios.

    -Caliente, otra caliente más… escucha como gime Marisa, toda una gata en celo. Dije.

    -Hija de puta… y con mi lengua…

    Me levante y le dije a Tere que se ponga de rodillas en el piso. Me puse detrás y coloque mi pija entre sus cachetes, ella respiro hondo y cuando sintió mis manos en sus pechos y mi boca en su cuello, se empezó a mover como queriendo que la penetre.

    -Apoya los hombros en el piso. Le dije.

    Ella lo hizo y apoye mi pija contra su orto. Se la fui metiendo sin parar. Ella se quejaba de dolor pero no decía nada. La tome fuerte de la cintura y la enterré hasta el fondo. Dio un grito y arqueo la espalda hacia arriba, para volver a apoyar los hombros en el suelo.

    -Hermoso culo… Mira como se la comió toda Marisa.

    Ella se puso de rodillas y miraba como la hermana tenía toda mi pija en su culo.

    -Hija de puta… te envidio… Dijo Marisa.

    Empecé a bombear con todo, y la pendeja empezó a gemir como loca, se apretaba las tetas, se tocaba la concha sin parar. Tuvo un orgasmo y no paraba de gemir, de pronto empezó a pedir más, que la castigue por puta, que era una puta como la hermana, pero solo para mí. Marisa miraba y no paraba de darse con el consolador en la concha de rodillas a mi lado. Estuve un rato, hasta que por fin acabe en el culo de la pendeja, que cuando sintió mi leche en su intestino di un grito de placer y tuvo un orgasmo.

    Me paré y le metí la pija en la boca a Marisa. Chupaba desesperada, no le importaba nada que tuviera mi leche, y materia fecal de la hermana. Yo seguía caliente, y ver tan loca a Marisa me calentaba aún más. Siguió chupando y por suerte mi pija no perdió vigor, seguía bien dura y gorda. Hice que ella se acueste boca arriba y le levante las piernas.

    Jugué con mi pija sobre su concha y ella me miraba sorprendida y deseosa que la penetre.

    -No… Dije y en un solo movimiento se la ensarte en el culo hasta el fondo.

    Ella dio un grito tremendo, y comenzó a llorar, tal cual su costumbre cuando le cogía el culo. Tere miraba y se tocaba los pechos y la concha.

    -Sentate en su boca Tere…

    -Fernando, nunca… no lo hicimos… Dijo Tere.

    -Es hora de empezar, dale.

    Ella se sentó en la boca de la hermana que de inmediato empezó a chuparle como loca la concha. Tere abrió los ojos a más no poder, y empezó a gemir y apretarse las tetas. La tome por la nuca y nos empezamos a besar, mientras yo entraba y salía del culo de la hermana, que le chupaba como loca la concha.

    -¿Te gusta como te chupa tu hermana? Pregunté.

    -Me encanta, me vuelve loca. Dijo inflando los pulmones en cada respiración.

    -Toma, metete el consolador en el culo, y acaben juntas putas.

    Ella sin dudarlo lo tomó y se lo metió en el culo. Se frotaba contra la boca de Marisa con todo, me miraba como enloquecida y se apretaba los pechos con la mano libre. No pude aguantar más y le llene el culo de leche a Marisa que tuvo un tremendo orgasmo y le enterró la lengua a Tere en la concha que al sentirla tuvo un tremendo orgasmo y cayó sobre la hermana.

    Saque la pija del culo de Marisa, y aprovechando que Tere estaba con la boca abierta, se la metí y me la chupó con todo, hasta dejarla limpia.

    Las dos fueron al baño y yo a la heladera a buscar una cerveza. Volvieron y se sentaron frente a mí.

    -Viste, como te dije, es un animal, te destroza, pero te da un placer tremendo. Dijo Marisa.

    -Increíble, nunca pensé que se gozaba tanto por el culo… ¿Me vas a llevar?

    -Bueno, vamos. Salimos mañana a la mañana, a las 8 las paso a buscar.

    Las dos sonrieron y me dieron un beso las dos… Al día siguiente partimos…

  • Me cogieron en los baños de hombres

    Me cogieron en los baños de hombres

    Trabajaba de intendencia en una fábrica, siempre que tocaba lavar los baños de hombres abría la puerta y gritaba si había alguien, si había respuesta me esperaba afuera a que saliera la persona, si no contestaba nadie entraba para hacer mis labores.

    En una ocasión, grité, pero no hubo respuesta por lo que puse mi letrero de “FUERA DE SERVICIO” y me metí a lavar, fue mi sorpresa encontrar a un trabajador ahí dentro, le pedí disculpas y di media vuelta para salir, en ese instante me jalo del pelo y me regreso, yo no entendía lo que pasaba, tomó su teléfono e hizo una llamada, al poco tiempo llego otro de los trabajadores.

    Mientras uno me tenía maniatada con los brazos por la espalda el otro de frente se tomó la libertad de desabrocharme el pantalón y bajármelo hasta los tobillos, grité, pero las troqueladoras no dejaban escuchar mis gritos y poco después me amordazaron.

    El trabajador frente a mi empezó a tocarme mi vagina y mis nalgas con mis pantaletas puestas, no dejaba de manosearme mientras me decía que le gustaban las panochas peludas como la mía, el trabajador que me tomaba por la espalda, sin soltarme me dio una patada por detrás de mis rodillas doblándomelas y haciéndome caer al piso.

    Estando de rodillas en el piso, el trabajador de enfrente se sacó el pene ya erecto y me lo embarró por toda la cara, cuando estuvo aún más parado me metió su pene en la boca al mismo tiempo que me quitaba la mordaza, me agarró la cabeza y me metió su verga hasta el fondo de mi garganta, solo me la sacaba para darme un poco de aire, traté de morderlo, pero me empezó a golpear y mejor seguí mamando.

    Mientras, el trabajador de atrás soltó por un momento mis brazos para bajarme las pantaletas y manosear mi vagina, se escupió en una mano y me introdujo sus dedos, poco después se sacó la verga, se escupió de nuevo en la mano y embarró su saliva en su pene y me penetró mientras nuevamente me jalaba los brazos hacia atrás.

    El tiempo se me hizo eterno, pero me estuvo cogiendo por unos 10 minutos, entonces le pidió al otro trabajador intercambiar posiciones, sin pensarlo el otro me saco la verga de la boca y se fue hacia atrás mío, aproveche para gritar de nuevo, pero nadie atendió, me resistí a meterme en la boca aquel pene con sabor a mi vagina, pero un fuerte jalón de pelo basto para que abriera la boca de nuevo.

    El trabajador que ahora quedó detrás estuvo frotando su pene entre mis nalgas para después penetrarme hasta el fondo de una clavada, sin duda la tenía más grande que el primer trabajador, a estas alturas ya me había resignado un poco, por lo que empecé a mamar aquella verga que tenía en la boca y a disfrutar aquel pene que parecía quererme atravesar.

    Cuando el trabajador que me cogía la vagina se cansó de hacerlo se paró y se puso junto al otro con su verga apuntando a mi cara, enseguida la tomé con mi boca y se la empecé a mamar, al poco rato salió su esperma, teniendo que tragármelo, aún no terminaba de pasarlo cuando el otro trabajador me jalo de la cabeza y me metió la verga, todo para eyacular dentro de mi boca también.

    El que me dijo que le gustaban las panochas peludas como la mía saco su navaja y corto mis pantaletas para llevárselas, hicieron que les limpiara sus vergas con mi lengua y me dejaron ahí tirada, una vez recuperé la calma me subí los pantalones y fui al departamento de Recursos Humanos a levantar un reporte y pedir ayuda, pero no esperaba lo que me sucedió ahí…

  • Mi primera sexualidad (4)

    Mi primera sexualidad (4)

    Luego de entrar al colegio, un poco tarde, y como les conté la vez pasada, tuve que reportarme a la dirección y tal como dijo él,  decir que tuvimos una pinchadura en un neumático. También me llamaron la atención por la falda tan corta.

    Yo estaba como una zombie, escuchaba, asentía, miraba pero mi concentración estaba en no acercarme a los demás por el olor a semen que sentía en mi cuerpo. Aún mi panty seguía mojado de él.

    Luego de las amonestaciones me dirigí a mi curso. Mi mente no dejaba de pensar en lo que estaba haciendo. En que todo era tan rápido que no podía detenerlo. Me preguntaba que podría hacer. Pero no encontraba respuesta.

    Once y media de la mañana, se me ocurre pedirle a una de mis mejores amigas que si podría irme a su casa esa tarde.

    Ella me respondió, que claro e hizo la coordinación con su madre. Respire aliviada. Así también de mi parte lo hice con mi madre. No tendría que verle la cara al degenerado del chofer de mi padre.

    Pase el día más tranquila. Y así pasó el día. Estuve toda la tarde donde mi amiga, retomando los temas habituales de dos muchachas de 18 años.

    Pasada al seis, tome un taxi hasta mi casa. Ya era hora de que el se hubiera marchado por su horario de trabajo.

    Llegue, le pedí al taxista que me dejara en la entrada y con el control abrí la puerta. Entré caminando. Llegue a la puerta principal y abrí con mis llaves.

    Pero mi pequeña perrita, cómo todas las tardes, hizo un escándalo de felicidad viéndome llegar. Entre, pase por la sala y cuando iba a abrir la puerta del pasillo para dirigirme a mi cuarto, Luisa, me sorprendió. Y me agarro las manos.

    Me dijo: para donde vas tan rápido?

    Y yo le respondí confiada: para mi habitación.

    Ella me dijo: no, no, no. Vas para mi cuarto ahora mismo.

    Y yo buscando frenarla le dije: pero mis padres deben estar llegando.

    Ella dijo: que perdida estás putica. Tus padres no llegan hasta la madrugada. Están de fiesta.

    Pero tú si estás y vas conmigo que te tenemos una sorpresa.

    Mi corazón se volcó. Que barbaridad. Que será?

    Me llevo de mano hasta su habitación. Y abrió la puerta. Y mi alma se cayó al piso, hay estaba Chano, sin camisa, con una barriga de bebedor de cerveza. Y me empujo. Ella entró y me puso frente a él. Y le dijo: aquí está la puta que tanto te gusta.

    El dijo: desnúdala!!

    Yo salte en llanto. Nunca había estado desnuda frente a un hombre. Forcé para que no pudiera pero el se paró y la ayudó a desnudarme.

    Primero mi blusa, luego la minifalda. Luego soltaron mi brasserie y se expusieron mis senos. El los miro. Y comenzó a tocarlos con sus manos mientras Luisa me agarraba mis manos en la espalda. Las agarraba, las apretaba. Y luego se acercó y comenzó a besar mis pezones. Le pasaba su lengua por encima causando su ereccion.

    Comenzó a chuparlas con todas sus fuerzas como si quisiera sacarles algo desde adentro. Tomo sus dientes y me los mordía y yo solo podía gritar. Hizo lo que quiso con mis pechos.

    Luego, me bajaron el panty, y con la más grande de las vergüenzas, me sentí desnuda frente a estas dos bestias.

    El ordeno que me pusiera boca arriba sobre la cama de Luisa. Yo trate de escaparme. Pero fue inútil. Caí en la cama. Y amarraron mis manos al espaldar. Yo tiraba con fuerza pero no podía hacer nada.

    El le dijo a Luisa. Disfrútala que yo sé cuánto te gusta estar con mujeres. Y Luisa sin pensarlo se te rito encima de mi. Me comía mis senos. Estaba como una fiera que no había comido en días. El disfrutaba viéndola.

    Ella fue bajando, y me hizo presión para que abriera las piernas. No quería pero entró él en acción apretando de manera dolorosa mis pezones.

    Y me decía: ábrete puta. Déjala que te va a poner a gozar.

    El dolor era tan fuerte en mis pezones que tuve que ceder. Y ella aprovecho para entrar su boca en mi parte. Chano le advirtió, no le metas los dedos. Esta virgen es para mi.

    Ella continuó comiéndome pasando su lengua por donde quiso. Sentía vergüenza, repugnancia y tristeza.

    El fue suavizando su tacto sobre mis pezones mientras ella seguía comiéndome. Sentía un cosquilleo cuando su lengua pasaba por mi clitoris. Pero mi nivel de presión era muy alto tanto que me inhibía. Pero todo estaba preparado. Chano me dijo: abre la boca y traga. Y me metió una pastilla y tapó mi boca.

    Al rato, ya estaba relajada. Y debo confesar que comencé a sentir cosas tan excitantes que nunca imaginé. Luisa sabía hacerlo y me hizo sentir tres orgasmos.

    El dijo: tu ves perrita, que tu alcurnia no importa porque eres una puta. Mira como disfrutas con un chófer y una sirvienta. Y río.

    Bien Luisa ahora me toca a mi. Y le dijo a luisa: vamos a ponerla con la cabeza hacia el otro lado. Suéltala y amarremosla de la pata de la cama dejandole la cabeza en el borde.

    Así me hicieron, aún yo rogándole que no. No me imaginaba para que era esa posición pero no dure ni un minuto para saberlo.

    El parado detras de mi cabeza, saco su miembro y lo puso sobre mi cara. Estaba muy erecto y caliente. Lo pasaba por mis mejillas, por mis labios.

    Yo tenia mi cabeza inclinada hacia atrás con mis manos atadas y estiradas por los lados de atrás de la cama sujetas a la barra de hierro que sostiene la cama. Por ello, y por estar en el borde mi cabeza si inclinaba hacia atrás.

    Él estaba detrás de mi cabeza. En algunos momentos para pegarme su miembro se ponía de lado.

    Paso un tiempo poniéndolo en toda mi cara y golpeándome con el. Podía oler una combinación de sudor y olerse extraños a mis sentidos.

    Luego me ordeno que abriera la boca, advirtiéndome que si hacía algo indebido me daría un buen escarmiento.

    Mis nervios no me dejaban ni pensar. Estaba prisionera de ellos. No quise abrir mi boca y el me dio por mi cara muy fuerte por lo que pegue un gran grito.

    Tuve que abrir mi boca. Cómo estaba boca arriba y atada, él la giro hacia atrás y con sus partes sobre mi cara me penetro por mi boca. No tuvo compasión y la primera estocada la hizo completa entrándolo entero. Se quedó ahí con él totalmente dentro de mi boca.

    Estaba desesperada pues no podía respirar y las arcadas que hacía podían ahogarme, pero a él no le importaba.

    Así comenzó un movimiento de sacar y meter durante unos 10 minutos.

    Mi posición era muy vulnerable. Tener la cabeza hacia atrás tirada en la cama boca arriba era la forma planificada para violar mi garganta.

    Fueron tantos y tan fuertes las penetraciones que vomite varias veces. Y el solo decía aguanta pendeja y chúpala.

    En varías ocasiones el paraba y me obligaba a sacar mi lengua para lamer sus partes. Así mismo como leen me pasaba toda su área por mi cara y tenía que lamerlas.

    Luego, me penetro nuevamente y hacía movimientos mas violentos y se vino en mi garganta. No se como pude tragar con toda su pieza enroscada en mi boca.

    Luego se puso flácida y así la saco de mi boca inmediatamente después me tapo la boca con su mano para que no derramara nada.

    Mi boca quedó adormecida. Y así completamente desnuda que de atada en la cama de Luisa.

    Chano poniéndose la ropa me dijo. Aquí no te voy a quitar la virginidad. Tengo un lugar especial para ello. No te desesperes putica que esto vendrá.

    Luisa tomo fotos durante esta experiencia para tener testimonio de lo que me obligan hacer. Pero para ellos es que yo quiero hacer.

    Continuará.

  • Nuestro primer e inesperado trío (parte 1)

    Nuestro primer e inesperado trío (parte 1)

    Este relato tiene mucho de realidad, aderezado con detalles ficticios que ojalá hubieran ocurrido. Pasó antes de la pandemia y, como es de esperarse, los nombres y lugares se cambian para para proteger identidades.

    Cuando por fin nos fue posible a mi novia (ahora mi esposa) y a mí, vivir juntos, nuestra vida sexual, ya de por sí emocionante, mejoró increíblemente. Pero antes, haré la necesaria presentación: yo soy Marco, tengo 26 años, mido 1.87, moreno claro, cabello negro, ojos cafés oscuro y con un cuerpo que no es atlético pero que no llega al sobrepeso, para deleite de mi novia desde niño tengo el miembro circuncidado, algo poco usual en nuestro país. Ella es Ana, tiene 28 años, es bajita (1.55m), piel canela, ojos cafés oscuro, cabello castaño ondulado, caderas generosas y pechos aún más generosos. Ella tampoco es atlética, bien dicen que el amor engorda y al ser novios desde hace muchos años el amor nos ha hecho subir un poquito de peso. Gracias al cielo ella es una gordibuena. Somos de la CDMX. Somos una pareja muy sólida, nos conocimos antes de la universidad y perdimos la virginidad juntos, nunca habíamos estado con otra persona.

    Desde que éramos simples novios, explorando su sexualidad, tuve cada vez fantasías más y más alocadas que jamás me atreví a confesar. Ella es de una familia tradicional y nunca le faltaría el respeto a su pareja, pero en los momentos más intensos del sexo, cuando el orgasmo se acercaba y ella perdía toda noción del tiempo o del espacio hacía un movimiento inconsciente que alimentaba mi principal fantasía (el trío) y me daba a entender que ella, muy en sus adentros, también lo deseaba: estando sobre mí, cabalgándome, su cabello sobre su espalda y sus hermosos pechos brincando libres, ya totalmente fuera de sí, tomaba mi mano y metía mi dedo medio a su boca, simulando otro pene, chupándolo hasta llegar ambos al orgasmo.

    Además, si el tema salía levemente a flote (sea porque lo trataran en la televisión, porque saliera en el porno que nos gustaba ver juntos, porque nos enterábamos de que algún conocido había hecho o fantaseaba con un trío) o sin necesidad de eso, siempre me insistía que en nuestra relación “los tríos no, eh”. Pero ella era la única que mencionaba esas prácticas, algo raro.

    En aquel entonces ese tipo de experiencias las consultaba con mi grupo de amigas y ellas, que casualmente tenían la misma fantasía que yo, compartían mi opinión: ella también lo fantaseaba, pero jamás se atrevería a decirlo. Siendo así, mi misión estaba clara: sacarla de su capullo y explorar sin miedos nuestras fantasías.

    Pero para ello era necesaria cierta seguridad. Si yo le confesaba a Ana mi fantasía, de verla jugar con dos miembros, uno de ellos el mío, había altas probabilidades de que los miedos y prejuicios ganaran y yo la perdiera. Eso no podía pasar, así que era necesario un mejor plan y mucha, mucha paciencia.

    De modo que, el primer paso era darle a ella una certeza: ella era y es el amor de mi vida, no un mero juguete. Esa certeza no se logra de otra manera que viviendo juntos y casándonos (fue una boda sencilla).

    El segundo paso es inducirla a que ella lo proponga o, de no ser así, que la fantasía sea tan fuerte en ella que, al momento de yo proponerlo, acepte.

    Eso era lo difícil y debía hacerse poco a poco, no importa, soy un hombre paciente. Lo primero que hice fue regalarle para San Valentín su primer juguete sexual: un vibrador, con el pretexto de que se masturbe cuando yo no me encontrara en casa. Lógicamente el vibrador le encantó y a los quince días era ya nuestro compañero en la cama. Que yo pasara el vibrador por su cuerpo mientras la penetraba era algo que la volvía loca, pero pasarlo por el clítoris, pezones o ano la hacía estallar en orgasmos que no podía contener. Lo bueno es que los departamentos vecinos están casi vacíos y podíamos divertirnos sin miedo a ser escuchados.

    Después vino el vibrador a control remoto, que la ayudó a desinhibirse y perder el miedo al placer sexual fuera del departamento. Nuestros juegos cada vez se diversificaban: primero salíamos a comer o beber algo usando el vibrador en su ropa interior controlado remotamente por una aplicación en mi celular, lo que siempre nos llevaba a coger en los estacionamientos, cines, parques, en los atascos viales y baños de bares y restaurantes. Después, ella llevaba el vibrador a su trabajo y yo lo controlaba desde la distancia en el mío. Esos juegos sexuales eran una locura que aún nos encanta repetir.

    El siguiente paso fue el dildo con base adherible, que le regalé para nuestro aniversario en abril. Al principio lo usaba estando sola, pero una noche de intenso sexo sacó al amigo de silicón con forma de pene y comenzó a jugar con él sobre su cuerpo mientras yo la tenía recostada sobre la cama con sus piernas en mis hombros. Lo que inició con poner el dildo en sus pechos, evolucionó a introducirlo en su boca y simular sexo oral a otro pene.

    Yo no lo podía creer, estaba extasiado de verla recibiendo mi miembro, sus hermosos pechos bailar al ritmo de mis envestidas y su boca succionar un pene con la maestría que siempre la ha caracterizado, pues tengo que mencionar que el sexo oral que ella da es increíble. Después de un rato así se levantó, tomó el dildo y fijó su base a la pared junto a la cama y se puso en cuatro, dándome la mejor vista de su sexo humedecido, su ano palpitante y sus caderas anchas y bien formadas.

    – Dame duro, mi vida -me dijo, casi jadeando.

    Las embestidas fueron firmes y profundas. No podía escuchar sus gemidos, ahogados en el pene de plástico que ahora ocupaba toda su boca y que entraba y salía a su voluntad. Yo luchaba por contener mi orgasmo, hasta el momento en que se detuvo, se sacó ambos penes de su cuerpo y giró, poniendo mi pene en su boca y haciendo desaparecer al dildo entre sus piernas.

    – Quiero comérmelos – su cara lo decía todo, su orgasmo estaba tan cerca como el mío. Las embestidas fueron al revés y no tarde mucho en explotar en su boca, que no pudo gritar por su orgasmo gracias a que mi falo continuaba en ella.

    Fue asombroso y caímos los dos exhaustos, bañados en sudor y sonrientes. Sabía que era mi momento, era jugarme el todo por el todo así que comencé a besarla, darle caricias y jugueteos que nos volvieron a poner a la acción en unos minutos. La posición ahora era distinta, ella tumbada de lado, nuestras piernas entrelazadas mientras yo, atrás de ella, penetrándola suavemente y con las manos libres para acariciarla. A los pocos minutos de esa posición ella retiró al dildo de la pared, lugar en el que había permanecido, para llevárselo a la boca, ese era mi momento:

    – ¿Te gusta mi amor? – le pregunté.

    – Mmmh sii – me respondió sin sacarse mucho su juguete de la boca

    – ¿Te gusta tener dos penes dentro de ti? – pregunté mientras mis embestidas eran más intensas y sentía como mi erección aumentaba.

    – Ahhh es delicioso – respondió ella, el tiempo que lamía las bolas de silicón

    – ¿Y te gustaría que ese pene fuera real?

    – Ay que rico, ojalá – y volvió a las chupadas sobre nuestro amigo de silicón morado.

    No pude aguantar más, me levanté, la puse en cuatro y di las embestidas más fuertes que había dado en mi vida. Por su parte ella no se sacó el dildo de la boca. Ambos terminamos en fuertes orgasmos y su vagina escurría semen y sus propios fluidos mientras nos abrazábamos. Sabía que no había tiempo que perder, así que proseguí una vez que nuestros ritmos cardiacos se estabilizaron:

    – Oye mi vida, ya hablando en serio, ¿te gustaría reemplazar ese pene de plástico por uno real?

    – ¿A qué te refieres? – dijo entre jadeos, en su tono se notaba nerviosismo, había caído en la trampa.

    – Ya sabes, invitar a otro chico y hacer un trío. Veo que tener dos penes para ti te vuelve loca.

    – No mi amor yo solo te amo a ti, nunca haría eso – respondió tratando de salir de la trampa, era tarde.

    – No pongo en duda tu amor mi vida, pero ve cuánto te excitó la idea y también a mí.

    – O sea sí, es un pequeño fetiche o fantasía que tengo, pero nunca lo trataría de hacer realidad, eso sería engañarte y hacerte daño.

    – No sería un engaño si es conmigo y no me haría daño porque esa también es mi fantasía

    – ¿Qué?… ¿verme con otro hombre?… ¿no te dan celos? – estaba perpleja

    – Para nada, sabes que nunca he sido celoso y siempre ha sido mi principal fantasía

    – ¿Por qué?

    – Porque quiero explorar, ver hasta dónde podemos llegar. Verte tener un orgasmo es lo más excitante del mundo, quiero ver qué puede pasar por tu cuerpo si recibes placer de otro hombre, uno que te agrade y atraiga.

    – ¿Y cómo sería?… en caso de aceptar.

    El resto de la tarde platicamos al respecto y durante algunos días era un tema habitual de conversación. La idea le encantó y llegamos a algunos acuerdos: el chico en cuestión debía ser de confianza, alguien íntegro, pero no tan cercano (nadie podía enterarse); alguien con higiene impecable, lampiño (como yo); alto, en forma aceptable; joven, pero sin ser un niñato y que demostrara no tener una ETS. Le debía atraer, obvio, pero a mí me debía agradar, tanto en su forma de ser como por no ser un tipo desagradable a la vista. Podía estar trabajado su cuerpo, pero sin ser un chico fitness. Debía haber química sexual entre ambos y entre él y yo nos debíamos caer bien.

    También acordamos qué podía pasar en el trío. Debía ser con protección, los besos para el otro participante estaban permitidos. Para él, el ano estaba prohibido y podía darle sexo oral sí y solo sí demostraba que era muy bueno besando y no tenía barba. No podía acabar dentro de ella sin usar condón y no podía contradecirnos en nada ni insistir en nada. Estaría para cumplir una fantasía en nuestros términos.

    Durante semanas nuestra vida sexual mejoró, considerando que ya era excelente. A veces fantaseábamos con ese encuentro, veíamos porno de tríos, leíamos relatos, entramos a foros en Reddit, escuchamos podcast sobre el tema y estábamos seguros de hacerlo, la cuestión era con quién, pues ambos somos algo tímidos y la opción de ir a un club swinger quedaba, de momento, descartada. No importaba, no teníamos prisa alguna.

    Llegó el verano, ambos teníamos vacaciones y apartamos 4 días de estas para ir a la casa de verano que mis padres tienen a las afueras de la ciudad. Por obvias razones no especificaré dónde, pero basta con decir que está ubicada en un pueblito pintoresco y tranquilo, no muy conocido, con un par de haciendas y sitios arqueológicos a visitar, con 2 niveles, 3 recámaras (1 matrimonial y 2 individuales), cuenta con vigilancia privada y una piscina de modesto tamaño, compartida con una veintena de casas iguales, la mayoría del año desocupadas, pues también son usadas como casas de verano por sus dueños.

    Después de aprovechar los primeros días de vacaciones para visitar a familia y amigos, nos iríamos un jueves para regresar un domingo. La idea era emocionante, pues por trabajo no habíamos podido salir en mucho tiempo e ir a vacacionar a solas con tu pareja a un lugar como ese solo significa descanso, buena comida, lugares interesantes por visitar y mucho, mucho sexo.

    Pero pasó algo que cambiaría nuestros planes y gracias al cielo que así fue.

    La mejor amiga de mi suegra es una madre soltera, cuyo único hijo, Fernando, tiene 20 años y va en los primeros semestres de la universidad. Desde siempre ha sido un buen chico, tranquilo, tímido y centrado en sus estudios, con cierto atractivo, pero no muy bien explotado: de cabello castaño y ondulado, piel blanca y algo pecoso, cuerpo delgado y alto gracias al baloncesto que practicaba desde la preparatoria.

    Desde que Ana y yo éramos simples novios, el entonces adolescente, al no tener hermanos o primos con quien sentirse identificado, nos tomó cierto aprecio y era cercano a nosotros en las reuniones familiares, más si se considera que cuando Ana y yo nos mudamos juntos, quedamos más cercanos a él que el resto de la familia, por lo que la convivencia con él aumentó.

    Ese chico no tenía mucha suerte en el amor. Solo había tenido dos novias en su vida, la primera “de manita sudada” en la secundaria y la segunda a inicios de la universidad lo había terminado al iniciar las vacaciones escolares, de modo que se encontraba triste y su madre, que trabajaba todo el día, no sabía qué hacer para animarlo. Dada la confianza de ella y mi suegra para con nosotros, un día antes de salir a la carretera nos pidieron que hiciéramos algo por él. Pensé que nuestras vacaciones se habían estropeado pero la solución de Ana fue del todo inesperada para mí: llevarlo con nosotros.

    Aún más sorpresivo fue ver cómo Ana reemplazaba todo el contenido de su maleta por ropa más cómoda y reveladora: pantalones por shorts y faldas cortas, blusas coloridas por las escotadas y ombligueras, traje de baño de una pieza por el bikini revelador que usa en los hoteles con jacuzzi a los que nos gusta ir de vez en cuando y pijama normal por la sexy. No pude contener la pregunta:

    – Mi amor, ¿planeas volver loco al pobre de Fernando?

    – Jajaja lo más seguro es que eso llegue a pasar.

    – Y… ¿pretendes que pase algo más?

    – ¿Cómo qué?

    – Pues no sé… ¿planeas que te vea desnuda o te lo quieres coger?

    – No, no creo que llegue a tanto, es muy tímido y está en estos momentos dolido de amor. Si te das cuenta, no llevamos preservativos así que no – no usamos gracias a que tengo la vasectomía hecha.

    – Entonces, ¿para qué tanta ropa tan sexy?

    – Pues… quiero ver cómo me siento siendo observada por otro hombre con algo de deseo. Si me siento incómoda sabré que el trío es mala idea, si me gusta podremos ir pensando en candidatos. Además, estoy segura de que le levantará el ánimo a Fernando echarse un taco de ojo con mayor libertad y viendo más carne de la que normalmente ve.

    – ¿Por qué lo dices?

    – Pues desde que tiene 16 años lo he visto dirigir su mirada al culo y tetas de mi hermana y las mías en las fiestas y reuniones. Trata de ser discreto, pero le cuesta mucho evitarlo, es normal, así son los hombres a esa edad. Quiero darle el gusto de que vea un poco más, así olvidará a su novia que seguro lo lastimó.

    – Y… ¿para el sexo? No vamos a dejar de hacerlo porque esté él ¿o sí?

    – Claro que no, si llega a escuchar algo también le servirá para motivarse y conseguir otra novia para saciar su apetito sexual el siguiente semestre. Acuérdate que soy psicóloga, son pequeños trucos de mi profesión jajaja.

    Llegó el jueves y a las 8 de la mañana pasamos en nuestro auto a la casa de Fernando y su madre. El camino no era largo, pero queríamos evitar los atascos viales tan típicos de la CDMX, así como aprovechar al máximo las vacaciones.

    Salió Fernando con su maleta y su madre para agradecernos. Nos dio algo de dinero por las molestias y para los gastos, el cual tratamos de rechazar, pero ante la insistencia aceptamos y nos deseó buen viaje.

    Y salimos a la carretera. Ana, que se veía radiante con su cabello castaño suelto sobre sus hombros, su blusa holgada con un bello escote sin ser demasiado revelador y su falda que llegaba arriba de la rodilla, se encargaba de la música, yo manejaba y Fernando iba atrás viendo el camino con cierta melancolía.

    Tratábamos de platicar con él y nos respondía de la manera más alegre que le era posible. Nos contaba sobre su universidad, sobre las series, películas, música y videojuegos que había descubierto este semestre y que lo tenían enganchado, pero no engañaba a nadie, se notaba triste, aunque no incómodo, siempre hubo muy buena amistad con él.

    A medio camino se encuentra un mirador en el que los automovilistas se detienen a admirar el paisaje y a comer y beber algo. Ana y yo siempre nos detenemos para tomarnos una foto, saciar el hambre y sed que la carretera provoca y estirar las piernas un momento, así que se nos hizo buena idea que Fernando lo conociera.

    Mientras observábamos el paisaje, Ana a mi derecha, tomados de la cintura, y Fernando a mi izquierda, se soltó a llorar. Lo abrazamos, era obvio que desde que lo habían terminado no había desahogado sus sentimientos con nadie. Después de unos minutos de abrazo, algunos clínex y palmadas en la espalda se compuso y nos aceptó un pequeño refrigerio. No dijo nada, pero el resto del camino cambió por completo su semblante y estado de ánimo, se le veía más alegre, hacía bromas inocentes como antes y tomaba fotos al camino, a sí mismo y a nosotros.

    Por fin llegamos a la casa, después de 2 horas y media de camino y después de descargar maletas, darle un recorrido para ver su estado y que Fernando conociera la casa, fuimos a comer al centro del pueblo. La comida era siempre una delicia, platillos típicos mexicanos, agua de sabor y tortillas hechas a mano. Para bajar la comida caminamos en la plaza y comimos un helado.

    Regresamos a la casa a medio día, no sin antes pasar por unas cervezas y artículos de primera necesidad que no había, como papel de baño y esas cosas, y nos metimos a la piscina, que tenía poca profundidad (1.50 en su parte más honda) y que se encontraba sin gente, así como la mayoría de las casas restantes, salvo un par de parejas de ancianos que acudían para pasar el verano y que no se metían en los asuntos de los demás.

    Ana me sorprendió y se puso su traje de baño de una sola pieza (pensé que lo había dejado en casa) al parecer era muy pronto para ella revelar sus deliciosas curvas con el bikini negro que deja poco a la imaginación. Sin embargo, el traje de baño le quedaba perfecto, pues aun así lucía su cuerpo natural de diosa mexicana.

    Para evitar quemaduras, Ana me untó bloqueador solar en espalda, cara y brazos, así como yo a ella en hombros, cara, brazos y piernas. Fernando trataba de mirar a otro lado, pero mis manos esparciendo bloqueador sobre las bellas y delicadas piernas de Ana eran una visión casi hipnótica.

    Pero faltaba Fernando, así que ella se ofreció a untarle bloqueador solar en la espalda

    – Ah… si muchas gracias – dijo él en un tono nervioso. Lo hizo con delicadeza, era más una caricia que el acto mecánico de poner bloqueador.

    – Listo, ya quedaste. Espera unos minutos antes de meterte.

    Ya en el agua, a Fernando le costaba apartar o disimular su mirada sobre el cuerpo de Ana, pero a ella no le importaba, nadaba, se sumergía y flotaba con naturalidad. Pasados unos minutos, comenzamos a jugar. Primero el clásico “marco-polo”. Las cosas comenzaban a salirse del juego convencional. Cuando era mi turno siempre la buscaba a ella, tengo buen oído así que no me era difícil encontrarla, atrapándola siempre y terminando la partida con un largo y profundo beso y un pellizco en su trasero, no importaba que él nos mirara. Cuando era turno de ella, nos cazaba a ambos, si me atrapaba a mí se me trepaba de un brinco para darme un beso y, de manera discreta, apretujar sus senos contra mi cara y cuello. Si lo atrapaba a él, se le trepaba a su espalda y apretujaba su cuerpo contra él, exclamando: ¡Te atrapé!

    Cuando era su turno, trataba de disimular y me buscaba, las pocas veces que me lograba atrapar me sujetaba del brazo y cantaba victoria, pero la mayoría de las veces iba en busca de ella, que no ponía mucha resistencia y, cuando la lograba apresar, la abrazaba de lado, poniendo uno de sus brazos sobre su espalda y el otro sobre su cuello al principio, sobre sus pechos después, y después de un apretón la dejaba ir.

    Después de una hora de jugar así yo ya estaba erecto y podía ver que Ana también estaba un poco excitada, pues sus pezones se habían puesto duros y se notaba en su traje de baño. Entonces cambiamos de juego y las cosas se pusieron más interesantes.

    Comenzamos a jugar luchitas acuáticas, pero como éramos 3 solamente, las reglas tuvieron que cambiar. Ana se subiría en los hombros de alguno de los dos y juntos debían llegar de un extremo de la piscina al otro mientras el tercero trataba de derribarlos.

    En el primer turno Ana se subió en mis hombros y Fernando luchaba como podía por derribarla. Entre risas, salpicadas de agua, cosquillas y ligeros forcejeos Ana cayó al agua. Para el segundo turno, ahora ella en los hombros de Fernando, no me fue difícil derribarlos, considerando mi tamaño. Quizá abusé un poco de mi fuerza porque, al emerger Ana del agua, parte de su traje de baño se había roto, cosa de 2 centímetros de costura rota sobre su costado, debajo de la axila y a la altura de su seno derecho.

    Seguramente eso provocó que, en el siguiente turno, al ser derribados ambos por la rapidez de Fernando, Ana saliera del agua y, al dirigirse a mi para besarnos y abrazarnos por haber perdido el turno, fuera evidente que la rotura sobre su traje se había ampliado, dejando ver su seno derecho, que ahora estaba libre y bellamente excitado. Ambos estallamos en risas y en un beso apasionado y muy profundo. Ana se giró hacia Fernando:

    – Mira lo que has provocado, torpe – dijo en tono alegre y que aparentaba indignación, mientras trataba de cubrir con su mano su teta derecha, que la desbordaba.

    – Lo lamento mucho, no fue mi intención – Fernando se llevó una mano a la boca de vergüenza, estaba rojo como una manzana.

    – Jajajaja no pasa nada, voy a enmendarlo adentro, ahora vuelvo.

    Ana salió de la piscina, tomó su toalla y se cubrió con ella, esperó un par de minutos que se escurriera el agua y entró a la casa. Mientras, Fernando y yo conversábamos sobre qué juego podíamos practicar que no pusiera en riesgo nuestra integridad o la de nuestros trajes. Se nos ocurrieron un par de buenas ideas.

    Cuando Ana volvió, no pensé que arreglara su traje de esa forma. En lugar de repararlo o cambiarse por el otro, optó por ponerse una playera blanca de algodón encima. Al regresar al agua, lo que antes era un pezón duro que resaltaba a través del traje ahora era una transparencia de su seno derecho. La imagen era cómica y excitante y mi pene fue el primero en resentirlo, se había puesto duro nada más verla. Fernando hacía como si no viera nada, pero era obvio que disfrutaba la vista.

    – Bueno, a jugar de nuevo – dijo sonriente.

    El primer juego que se nos ocurrió era un clásico, el gato. Dos personas se ponen en cada extremo de la piscina y se lanzan una pelota entre ellos, de modo que el tercero, el gato, que está en medio, trate de atraparla o desviarla, si lo logra toma el lugar del que no pudo concretar el pase.

    Cada que a Ana le tocaba ser el gato y brincaba sobre el agua, ver sus tetas rebotar era un deleite y yo no apartaba la vista de ellas sin tapujos, hasta lanzaba la pelota más arriba para verlas brincar lo más fuerte posible.

    Dado que soy muy alto, cuando me tocaba ser el gato medio cuerpo salía del agua y si brincaba mi erección salía también del agua, a lo que Ana solo se reía y señalaba con la mirada mi miembro que no podía ignorar.

    – Jajaja ¿y eso? – decía dirigiendo una mirada pícara sobre mi falo.

    – Qué quieres, no lo puedo evitar con lo que veo.

    Cuando era turno de Fernando, trataba de evitarlo, pero su erección también era evidente y cada que Ana le devolvía la mirada se ponía rojo de nuevo. Al cabo de unas horas todos estábamos algo cansados, ya eran las 4 de la tarde y decidimos salir y ducharnos. El problema era que sólo había un baño con regadera, así que le cedimos el primer turno a nuestro invitado. Al momento de salir del agua, la erección de Fernando era evidente y corrió a su toalla y luego a la regadera, momento en que Ana y no nos quedamos a solas.

    – Pobre chico – le dije – mira como lo tienes, anda bien paraguas.

    – Jajaja si, lo noté, aunque trata de evitarlo.

    – ¿Cómo te sientes al respecto?

    – Pues como si nada, sus miradas no son morbosas, se me hacen tiernas.

    Para ese momento yo ya estaba muy excitado por la idea de que Ana viera otro pene, aunque fuera con ropa, y no se sintiera incómoda.

    – Y mira cómo me tienes a mí – la jalé hacia mí, haciendo que sus piernas rodearan mi cintura y mi pene chocara con su vagina cubierta por el traje de baño.

    – Ya me di cuenta – dijo antes de darme un beso largo y profundo. Nos besamos y acariciamos durante un buen rato, cada vez con mayor intensidad y mi miembro golpeaba más y más su entrada.

    – Aquí no, que un vecino nos puede ver y se haría un desmadre si lo hacemos en la piscina, acuérdate lo que les pasó a unos vecinos hace años – me dijo, conteniendo su deseo.

    – Está bien, vamos saliendo entonces en lo que Fernando termina.

    Verla fuera del agua era un deleite, su pezón erecto era evidente al igual que mi miembro que sobresalía como carpa de circo. A los dos minutos, Fernando se asomó por la ventana de uno de los cuartos para avisarnos que ya podíamos hacer uso de la regadera.

    Si de por sí el sexo en la regadera es una delicia, hacerlo después de lo que había pasado lo volvió una experiencia de otro nivel.

    Nos despojamos de nuestros trajes de baño y entibiamos el agua. Mientras yo me lavaba el cabello para quitar todo el cloro de él y tenía los ojos cerrados, sentí como Ana se arrodillaba y llevaba mi pene a su boca, metiéndolo y sacándolo con suavidad mientras jugaba con mis bolas. Me apresuré a enjuagarme para poder abrir los ojos y apreciar la vista. Era espectacular pero no duró mucho, ya que ella también debía lavar su cabello y su cuerpo.

    Mientras se aplicaba shampoo y cerraba los ojos, aproveché para hacer lo propio y arrodillarme. Le comí la vagina que estaba completamente depilada (bendita sea la depilación láser que ambos usamos) y después de un rato le di media vuelta, la incliné y pasé mi lengua lentamente por su ano, alternando después uno y otro orificio. Sus gemidos solo eran opacados por el sonido del agua cayendo. Terminé hasta que la incómoda posición me provocó un dolor de mandíbula. Salí de la regadera y me dirigí a nuestro maletín de productos de higiene

    – Antes de que acabemos, ¿crees que podrías?… – saqué del maletín el enema con el que se lava su ano por dentro, cada que hacemos sexo anal.

    Me miró con su cara de excitada, sonrió, lo tomó, lo llenó de agua caliente y procedió a usarlo. Nos terminamos de bañar y salimos en toalla a nuestro cuarto, el que cuenta con cama matrimonial.

    Fernando había acabado ya y estaba en el cuarto que había tomado, con la puerta abierta, viendo su celular.

    – En un rato bajamos, Fernando – dijo Ana

    – Si, allá los espero.

    Y cerramos la puerta con seguro. Nos deseábamos tanto que solo alcanzamos a ponernos crema corporal antes de hacer el amor. Lo hacíamos despacio y con mucha intensidad, ni siquiera fue necesario besarnos o juegos previos, cuando recosté a Ana sobre la cama y abrí sus piernas, seguía mojada.

    Al inicio no se oía nada más que el rechinar de la cama y el colchón, pero la adrenalina de ser escuchados por nuestro invitado nos hizo alocarnos. De la pose del misionero cambiamos y ella me montó, bailando sobre mí mientras yo jugaba con sus nalgas, masajeaba sus senos y la besaba. Después cambiamos de posición y la puse en cuatro. Primero saludé su vagina y ano con un largo y profundo beso, mi lengua jugueteaba por todos lados.

    La penetré lo más suave que pude, pero el ritmo fue aumentando más y más. Después de un buen rato el sonido de su culo rebotar contra mi pelvis ya era más que evidente, nos podían oír, no importaba nada.

    Unos buenos minutos en esa posición la hicieron llegar al orgasmo, que le provocaron gemidos incontrolables que tuvo que ahogar en una almohada. Fue hasta ese momento que escuchamos como Fernando bajaba por las escaleras a la sala. Nos había oído todo este tiempo, el sinvergüenza. Imposible saber si todo ese tiempo había estado en su cuarto o pegado a nuestra puerta.

    El orgasmo de ella seguía palpitando y su ano se dilataba y contraía al mismo ritmo, llamándome a la acción. Tomé nuestro lubricante del maletín, lo unté en su ano con suavidad y en mi pene y comencé a penetrarla. Para ese momento sus gemidos ya casi eran gritos, así que le di suave e intensamente para no lastimarla. Tomé mi celular y me puse a grabar y sacar fotos, otro de mis fetiches.

    En unos minutos me vine dentro de ella y me salí. Su vagina estaba hinchada y chorreaba el lubricante natural que ella produce; su ano, ahora también rojo y ligeramente hinchado, chorreaba un hilo de semen. Todo había sido captado por mi celular. Por lo regular ese material lo subo a mi nube personal para después borrarlo y evitar que caiga en manos equivocadas, pero estando solos y tranquilos, omití esa parte, ya lo haría llegando a la ciudad el domingo.

    Ana estaba a punto de caer dormida como es su costumbre, pero evité que lo hiciera, pues no podíamos dejar a nuestro invitado solo. Después de unos minutos nos repusimos, nos terminamos de arreglar y bajamos a la sala.

    Ana se puso un vestido muy bonito de una sola pieza con flores. Le llegaba a media pierna, resaltaba su bien formado trasero que se acentuaba gracias a la plataforma que tenían sus bonitos zapatos, que dejaban a ver sus bellos pies. Pero tenía un defecto que en esas circunstancias ya no lo era tanto: le era difícil contener los pechos de Ana, pues dejaba hombros descubiertos y se sostenía por dos tirantes delgados, por lo que debía moverse con cuidado si no quería que se escapara una teta ya que no se podía usar con brasier. Se dejó el cabello suelto y se puso un collar que hacía juego con los aretes cuyo dije, de corazón, quedaba justo en el nacimiento de su busto. Yo me puse una camisa de manga larga y un pantalón, con zapato cómodo.

    En la sala encontramos a Fernando un tanto aburrido, pero su manera de mirar a Ana era distinta: la devoraba con la mirada, con menos pena que en la piscina le veía todo, pero sin llegar al morbo mal educado.

    – Ay lo sentimos mucho Fer, espero no te hayan incomodado nuestros ruidos – le dijo ella con voz dulce.

    – No pasa nada, quería darles privacidad y por eso bajé – respondió él, tratando de mirar al suelo, perdiéndose en sus piernas.

    – Ajá y por eso bajaste casi hasta el final jajaja – le dije.

    – ¡Marco! – me interrumpió Ana, mientras me daba un codazo en las costillas – ¡Mira como lo pusiste, lo sonrojaste! – Fernando se había puesto rojo hasta las orejas.

    – Mmmm no… en verdad que yo no…

    – No pasa nada guapo, es natural escuchar, además hacemos tanto ruido que hasta nuestros padres nos han llegado a escuchar – lo tranquilizó ella, mientras ponía su mano sobre su brazo para que entrara de nuevo en confianza – en fin, ¿no tienen hambre? Ya son las 6 y comimos a medio día, ¿quieren ir a cenar algo?

    Fuimos al centro del pueblo, pero por ser jueves no había gran cosa para cenar, así que optamos por unos tacos en un concurrido local. No eran los mejores del mundo, pero eran decentes y saciaron nuestro apetito.

    Al regresar a la casa aún era temprano (7.30) así que, para que nuestro invitado entrara en confianza, destapamos las primeras cervezas y nos pusimos a platicar en la sala. La conversación, que se centraba en chismes familiares, la historia de la casa, anécdotas y demás se hacía cada vez más amena. Tampoco nos poníamos ebrios, pero con un par de cervezas encima no hay conversación que no fluya. A mí la curiosidad me estaba matando así que solté la pregunta.

    – Bueno Fernando, ya entrados en confianza, ¿cómo estuvo lo de tu novia?

    – ¡Marco Antonio! – Ana me llamó la atención, pero ya era tarde.

    – No, está bien, ya me siento mejor para hablar de eso – contestó Fernando.

    En resumen, Fernando había comenzado a salir con esta chica, que pertenecía a su pequeño grupo de amigos, desde el semestre anterior y se habían hecho novios en enero. Ella era de una secta cristiana así que tenía que ocultar su noviazgo, de modo que su relación había sido sin sabor ni pasión, se veían en la escuela, si acaso un par de fajes y ya. Todo se deterioró cuando, en las últimas semanas, habían ido juntos a una fiesta y ella se molestó con él por ser tan mal bailarín que casi la derriba y, según sus palabras, estar cansada de que Fernando no supiera besar. A los pocos días lo terminó y con ello, fue excluido de facto por todos los que se decían sus amigos.

    Yo estaba perplejo, pero Ana indignada.

    – ¡Que poca madre de esta chava! – exclamó ella.

    – Si, así fue y creo que tenía razón, no soy buen novio, no sé bailar, besar, sacar tema de conversación y soy muy tímido, creo que ahora anda con alguien más – dijo Fernando con tono de resignación.

    – Eso tiene solución – contestó Ana – primero que nada, vamos a enseñarte a bailar – se puso de pie – Marco, pon música por favor en lo que yo muevo la mesita y hago espacio, ya verá esa mujer, cuando regreses verá el partidazo que se le fue.

    Conecté mi celular al sistema de sonido y puse mi lista de reproducción de música para bailar, en esencia, salsas, merengues, cumbias y algo de rock. Ana me tomó del hombro y la cintura, yo hice lo propio y sonó la primera canción: “Procura seducirme muy despacio, y no reparo de todo lo que en el acto te haré…”

    – Ahora pon atención Fernando – dijo ella al momento que comenzábamos a bailar.

    No somos bailarines de primera, pero nos defendemos con lo básico. El baile no era del todo fluido porque antes de cada movimiento Ana le indicaba a Fernando lo que hacíamos paso por paso. Pero era obvio, él estaba más atento al movimiento de su falda y sus piernas, que eran hipnotizantes, que a los pasos de baile. Terminó la canción y dijo:

    – ¿Pusiste atención? Porque ahora es tu turno, levántate.

    Me senté y ella bailó con él. Ana se movía bastante fluida, pero Fernando tenía dos pies izquierdos. “No, así no, a ver” y lo volvían a intentar. “Eso, ahora dame vuelta”, “bien, ahora así” esa y muchas frases usaba Ana cuando bailaban juntos. “Mira, pon atención, ve cómo lo hace Marco”, “este paso es así”, “y después haces lo que Marco hace”, era lo que se oía cuando ella y yo bailábamos.

    Las canciones, cervezas y turnos de baile fluyeron y al cabo de una hora ya estábamos un poco mareados, el sudor recorría el pecho de Ana y hacía brillar la tersa piel canela de sus piernas. Yo tengo mejor aguante para tomar, el más mareado era Fernando, que se veía que fueron sus primeras cervezas y Ana, más que estar mareada, ya estaba excitada de nuevo, pues desde que la conozco el alcohol la pone caliente. Fernando se sentó en el sofá, cerró los ojos y parecía dormitar, pobre. Ana y yo también nos sentamos y me dijo al oído:

    – Ya estoy algo caliente, ven aquí y bésame

    – Pero está Fernando, ¿no preferirías subir a nuestro cuarto? – susurré en su oído

    – No, leí que muchas parejas lo hacen frente a un tercero para saber si se sienten cómodos con la idea del trío – me dijo al oído

    – ¿Qué?, ¿quieres hacerlo frente a él? – volví a susurrar, asombrado

    – No, quiero que fajemos. Ya después nos subimos – dijo en mi oído con un tono tan sensual que no me contuve más y la besé.

    Después de los primeros besos ella se subió a mi regazo y la cosa se puso más cachonda.

    Nuestras lenguas y labios jugaban y danzaban a un ritmo frenético, las respiraciones se aceleraban y nuestras manos paseaban por nuestros cuerpos. Las mías recorrían su cuello, bajaban por sus senos a la cintura, de ahí llegaban a las piernas para volver a subir a su espalda pasando por su culo y repetían el ciclo. Las de ella me acariciaban el cabello, se detenían en los brazos y me sobaban el pene por sobre la ropa, que estaba tan erecto que dolía tenerlo encerrado.

    Estábamos en ese frenesí cuando nos sorprendió el ruido que produjo Fernando al levantarse del sillón y caminar a las escaleras. Ana y yo interrumpimos el beso y las caricias para mirarlo de golpe.

    – Ay Fernando perdónanos, pensábamos que te habías dormido – dijo Ana, despeinada y con los labios húmedos y enrojecidos.

    – No pasa nada, los dejo – contestó un poco somnoliento.

    – Espera, te ofrezco una disculpa por hacer esto frente a ti, es comer frente al hambriento, ¡que descortesía! – le dije – ven, vamos a jugar baraja o algo.

    – No, creo que están muy encendidos y no quiero ser mal tercio. Mejor continúen – dijo al momento que ponía su pie en el primer escalón.

    – Espera, espera – lo detuvo Ana – tengo una idea, ven.

    Ana dirigió su boca a mi oído y dijo:

    – También leí que una manera de saber qué tan cómoda está una pareja con el trío es que alguno bese a alguien más en frente del otro. Supongo que no te importará que le enseñe a besar a nuestro invitado.

    – Pues no, a ver qué tal – le contesté igualmente al oído – además Fernando es de confianza, le vendrá bien.

    Ana se levantó de mi regazo, se acomodó el vestido y se acomodó el cabello. No había nada fuera de su lugar, pero era evidente que yo lo había removido todo. Ana no lo notó, yo no dije nada, pero la erección en el pantalón de Fernando era más que obvia.

    – Yo no te puedo dejar ir por la vida, así como así, Fernando – dijo Ana mientras lo tomaba del brazo y lo hacía sentarse en el sillón – las lecciones de baile no son lo único que vas a aprender aquí.

    – ¿De qué hablas?

    – Con tu permiso mi vida – dijo ella mirándome a mí, por puro protocolo.

    – Adelante, mi amor – le contesté, yo ya sabía lo que se venía.

    – Pues que para conquistar y mantener a una chica necesitas muchas cosas. Tema de conversación ya los tienes y los comprobé en el camino. Bailar ya sabes – en ese momento se puso sobre su regazo, abriendo las piernas y colocando las manos de él sobre su cintura – pero besar aún no.

    Y unió sus labios con los de él, que se puso nervioso y trató de apartarla de sí.

    – No pasa nada, relájate – le dijo Ana mientras lo tomaba del cabello y lo acercaba de nuevo a ella – Marco no tiene problema con esto – y volvió a besarlo.

    Lejos de incomodarme o darme celos, la escena me encendió más de lo que ya estaba. Desde mi posición sólo podía ver a mi mujer de espaldas montada sobre las piernas de Fernando, quien tenía sus manos en la cintura de ella y en seguida las bajó y apretó con firmeza su trasero. Sus respiraciones se hacían cada vez más fuertes.

    – Ey, despacio, siempre debes ir poco a poco – Ana interrumpió el beso para colocar las manos de él sobre su espalda – y besa suavemente, juega con mis labios y masajea lentamente mi lengua con la tuya – el beso se reanudó.

    Él acariciaba su espalda y sus brazos, ella el cabello y brazos de él. Los movimientos eran lentos y cargados de deseo.

    – Así, muy bien – dijo ella después de unos segundos – ya puedes bajar una mano. Con delicadeza, disfrútalo, eso es.

    Ella volvió a besarlo, pero ahora ella frotaba su pelvis con la de él, muy despacio, mientras Fernando masajeaba sus nalgas, primero con una sola mano, después con ambas; primero sobre la falda, luego bajo ella, alternando con sus piernas.

    Yo luchaba por no morir de deseo. Mi pene estaba a punto de romper mi pantalón, mi corazón estaba desbocado, me sudaban las manos y literalmente estaba babeando de ver tan deliciosa escena. Ya no podía contenerme, metí mi mano por debajo de mi pantalón y comencé a masturbarme frente a esa vista.

    – Ay que rico, eso es – ella lo tomó de los cabellos e hizo que su boca se bajara al cuello de ella, esa zona la vuelve loca – ahora bésame el cuello, despacio… si, justo así.

    Ana hizo su cabeza hacia atrás, de modo que el cabello le caía por los hombros y espalda. Tomó las manos de él y las puso sobre sus costillas. Tenía los ojos cerrados de placer, ya no estaba en sí.

    – Ahora puedes tocar, despacio y no saques nada – las manos de Fernando subieron a la base de sus pechos y se quedaron ahí un buen tiempo.

    – ¡Ay dios mío, así! – ella frotaba su pelvis con más fuerza con lo que seguramente era el pene erecto de Fernando luchando por salir de su pantalón – baja un poco si quieres, querido. Si quieres dales un besito, pero no saques nada.

    Eso ni era necesario, casi la mitad de sus tetas sobresalían del escote. Fernando las devoró como quien nunca ha posado sus labios sobre un manjar así.

    De improvisto un espasmo recorrió el cuerpo de Fernando que lo obligó a doblarse sobre sí. Ana, para evitar ser arrojada por ese movimiento involuntario, brincó hacia un lado, cayendo al sillón con las piernas abiertas.

    La escena era cómica y excitante. La cara de Fernando estaba tan roja como nunca lo había estado, doblado sobre sus piernas y con la boca abierta, tratando de asimilar el orgasmo que le habían producido sin tocarlo directamente. Ana estaba jadeando, sus piernas abiertas y la falda recorrida revelaban lo mojada que estaba su ropa interior, un bello calzón cachetero color rosa. Su cabello estaba revuelto y sus tetas a punto de desbordarse del vestido, que cubría los pezones, pero no el inicio de la aureola, que eran visibles. Su cara de satisfacción era la misma que hace cuando logra hacerme eyacular después de un intenso sexo oral. Mi querida mujer se estaba adentrando en los misteriosos caminos de la putería.

    – Sácatelo – me dijo, mordiéndose su labio inferior.

    – ¿Qué? – le pregunté.

    No dijo nada, se arrodilló frente a mí, sacó mi polla del pantalón que ahora babeaba líquido preseminal y estaba con una erección incontrolable que la ponía de color morado. Ahora ella tenía esa cara que pone cuando está hambrienta de verga.

    Se llevó mi pene a su cara y sin dejar de mirarme a los ojos lo lamió desde las bolas hasta el glande y de un movimiento lo introdujo por completo a su boca. Yo no pude contener mi gemido.

    – Ahhh que rico, eres una pinche putita ¿verdad mi amor? – le dije mientras ella asentía con una sonrisa sin dejar de bajar y subir sobre mi pene – ve nada más, cómetela toda, mi amor.

    En ese momento ambos reparamos en Fernando, que se había recuperado parcialmente de su orgasmo. Estaba viéndonos extasiado (la verdad es que ver a Ana mamando verga siempre es una imagen preciosa, no en vano trato de grabarla cuando lo hace) y se masturbaba por debajo del pantalón.

    Ella y yo nos volvimos a mirar. Creo que ambos pensamos lo mismo: sería bueno incluirlo, pero él no estaba listo, si con unos arrimones se había venido no nos duraría un suspiro, así que interrumpimos la mamada.

    – Ay Fernando, por favor discúlpanos – dijo Ana mientras ella y yo nos poníamos de pie – mañana hablamos de lo que aquí pasó.

    – No… no sé qué decir – decía sonriente y algo apenado por estarse masturbando. Se sacó la mano de debajo del pantalón y se lo acomodó.

    – No digas nada – le dedicó una sonrisa seductora – Marco y yo vamos a nuestra habitación.

    Me tomó de la mano y subimos las escaleras. Se notaba que Ana tenía hambre de polla. Entramos a la habitación, le puse seguro y ni tiempo me dio de desabotonarme la camisa cuando me obligó a tumbarme sobre la cama.

    – Veo que aún tienes hambre de pene, ¿verdad? – le dije, mientras me arrancaba los pantalones y volvía a sacar mi pende del bóxer.

    – Si, te la quiero comer todita – respondió al momento que reanudaba lo que había dejado a medias.

    – Me encanta saber que eres una putita, mi amor.

    – Soy tu puta mi cielo – me dijo después de succionar mis bolas. No podía ser, mi pene había alcanzado casi el mismo largo que su cara – ¿Te gustó lo que viste? – ahora jugaba con mi glande y su lengua.

    – ¿No se nota? Mira cómo me tienes.

    – También a mí me encantó – dijo al momento que terminaba la mamada, ahora quería más – la verdad es que besa muy rico – se sacó el calzón y me montó – y acaricia muy bien – en ese momento se ensartó en mi pene. Estaba muy mojada.

    – ¿Nada más? – le pregunté mientras le sacaba las tetas que al fin se desbordaban. Sus pezones estaban bien duros. Me llevé sus tetas a la boca, nunca me he cansado de ellas.

    – Ah y también tiene un pito bien rico – sus cabalgadas aumentaron de velocidad – la verdad se me antojó, está grandecito.

    Las nalgadas que le daba a su bien formado trasero, el rechinar del colchón y nuestras voces se escuchaban fuerte y claro, ya nos valía madre, Fernando nos escucharía coger.

    Después de un rato de estar en esa posición, estimular sus pezones con manos y lengua y masajear su ano con las yemas de mis dedos, Ana llegó al orgasmo, pero ni se molestó en ocultarlo y sus gemidos y gritos estallaron.

    – Ah ahhh ahhh si.

    Se quedó un momento sobre mi pecho, estaba empapada en sudor.

    – Dime que no has acabado – me dijo cuando volvió en sí.

    – Ya sabes que yo tengo aguante – le contesté.

    Cambiamos de posición y la puse en cuatro. Antes de penetrarla, tenía hambre, así que le comí la vagina y el ano que tenían un sabor delicioso a sexo y sudor. Ambos estaban dilatados y pedían pene a gritos. Después de saciarme le quité el vestido, quería ver esa espalda bailar a nuestro ritmo, le dejé los zapatos puestos. Pero faltaba algo.

    Tomé el cinturón de mi pantalón, que ahora estaba en el suelo e hice lo que a ella la vuelve loca: se lo ajusté ligeramente sobre el cuello, de modo que pudiera ahorcarla sin hacerle daño y, con el resto del cinturón, darle nalgadas en su culo.

    Mis primeras embestidas la hicieron gemir de nuevo: “Ay no mames que rico Marco” y continuaron. Sus nalgas brincaban al tiempo que las golpeaba con el cinturón y con la mano libre acariciaba y jugaba con su ano, sus caderas, su cintura, sus tetas y su cabello.

    De improvisto Ana se levantó y se acercó a su maleta abierta.

    – ¿Qué pasa? – le pregunté. A decir verdad, rompió un poco mi concentración. De la maleta sacó su dildo, la traviesa había traído sus juguetes de contrabando. Me sonrió con cara de chiquilla a la que le van a dar doble pastel en una fiesta. Volvió a ponerse en cuatro.

    – Síguele, cógeme duro – y volvió a hacerle sexo oral a su juguete.

    Volví a penetrarla, golpearla con el cinturón y jugar con su ano. Hacíamos un escándalo enorme, sus gemidos, estoy seguro, se escuchaban en toda la casa.

    A los pocos minutos sentí cómo su vagina comenzaba a apretar de nuevo, su piel volvía a erizarse y el sexo oral que a su juguete le daba no hacía más que aumentar su velocidad, su segundo orgasmo se acercaba.

    Ana se sacó el juguete de la boca y me dijo:

    – Quiero darme a Fernando – dijo entre gemidos mientras simulaba masturbar su juguete – ¿estás de acuerdo?

    – ¿Cómo? – dejé de golpearla, de decirle obscenidades y aflojé el cinturón de su cuello para escuchar mejor, sin dejar de meterla y sacarla.

    – Que quiero coger con Fernando – su expresión era más gemido que frase – quiero que hagamos el trío con él.

    – Concedido – mi ritmo se aceleró, mi orgasmo también comenzaba – mámasela, cógetelo, dale sentones, móntalo, lo que quieras, zorrita.

    – Aaah ahhh – su orgasmo llegó y su vagina apretaba mi pene con fuerza. Ana se aferraba con fuerza de las sábanas.

    – Ahhhh no mames que rico – estallé dentro de ella y no me salí hasta haber vaciado todo mi semen en su interior.

    Caímos exhaustos, bañados en sudor y nos quedamos dormidos. No nos importó el destino de nuestro invitado y si había escuchado o no.

    Ana y yo despertamos a las 9 de la mañana con los rayos de sol que se filtraban por la cortina de nuestra ventana. No teníamos idea de la hora a la que caímos dormidos.

    – Buenos días princesa cogelona – le dije con una sonrisa. La verdad es que estaba encantadora: desnuda, despeinada, no se había desmaquillado, adormilada y desorientada. Cuando uno ama a su mujer, siempre se enamora de ella sin importar cuán arreglada esté.

    – Buenos días mi vida – me besó – ay ahora sí te la volaste, me dejaste en coma.

    – ¿Me la volé? – reí – si la que me excitó y lo provocó todo fuiste tu.

    – Ya ni me digas, anoche fue una locura – bostezó – tengo hambre, ¿y Fernando?

    – Yo también tengo hambre, hay que arreglarnos y bajar. Sobre Fernando no tengo idea, ayer también me quedé dormido.

    – ¿Cómo te sientes respecto a ayer, no tienes celos?

    – Para nada, verte fajártelo me puso bien caliente. Creo que hay suficiente confianza con él y eso me deja tranquilo hasta para que te lo folles, como dices.

    – Pensé que eso lo había dicho soñando – hizo una pausa – ¿si te gustaría que el trío fuera con él?

    – Pues creo que sí. Es de mucha confianza, bien parecido y no me provoca asco. Se ha comportado como un caballero y he visto sus erecciones queriendo salir de su pantalón, creo que está bien dotado el muchacho.

    – La verdad sí, además ya sabe besar y acariciar y creo que es virgen, así que será bueno que aprenda con nosotros jajaja.

    – Jajaja si, ha de ser virgen el pobre. Solo unos detalles: ¿qué le decimos sobre lo de ayer?, ¿le quieres proponer el trío directamente o seducirlo como ayer? y ¿no te va a incomodar su pene? Probablemente no lo tenga circuncidado como yo y nunca has estado con nadie más que conmigo.

    – Pues sobre qué le decimos hay que explicarle que somos una pareja un poco liberal, que no tiene problema con besar y fajar con otras personas siempre que el otro esté presente, que es parte de nuestros juegos sexuales.

    – Ajá.

    – Sobre contarle preferiría que no. Ayer fue muy rico y todo salió improvisado, preferiría guiarlo como un corderito al matadero jajajaja – mi mujer era más perversa de lo que imaginaba – Y sobre su pene con pellejo creo que no tendré problema. Prefiero los penes circuncidados pero en el porno hay algunos que no lo son y se ven lindos, en todo caso, si no me gusta no haremos nada y esto nos servirá como experiencia.

    – Me parece perfecto mi amor, entonces hay que vestirnos al menos y bajar a desayunar.

    Ambos nos pusimos pijama, pues arreglarnos bien implicaba más tiempo y ya teníamos hambre. Yo usaba un pants muy cómodo y una playera holgada. Ana se puso la puti-pijama que había traído: un short que apenas y le cubría el culo y una blusa blanca con tirantes que dejaba sus hombros descubiertos y que apenas y le cubría las tetas, que luchaban por salir. No usó brasier de modo que sus pezones quedaban, de nuevo, marcados a través de la ropa. Era evidente que quería provocar al pobre chico.

    Cuando bajamos las escaleras descubrimos que Fernando ya estaba desayunando cereal con leche que compramos el día anterior, pero muy amablemente había preparado café para nosotros. Ana bajó primero.

    – Buenos días, guapo – lo saludó con entusiasmo y una sonrisa adorable.

    – Buenos días – la cara de Fernando era hilarante. Tenía los ojos muy abiertos y su expresión era mitad asombro mitad miedo, como quien no está seguro de si va a ser liquidado por una pareja de locos o solo están jugando con él.

    – Qué cara tienes, Fernando – le dije – tranquilo, no mordemos.

    – Amor, no lo molestes – me corrigió Ana – seguro no sabe cómo procesar lo de ayer.

    Nos sentamos junto a él, Ana a su izquierda y yo a su derecha.

    – Ya, perdón Fernando – puse mi mano sobre su hombro – no tienes nada que temer.

    – No es eso, lo que pasa es que…

    – Tranquilo – Ana lo interrumpió y puso su mano sobre la de Fernando – déjanos explicarte lo que ayer pasó. Cada pareja, después de algunos años, desarrolla sus propias dinámicas y juegos sexuales, que varían de pareja en pareja y en ocasiones no son muy convencionales. A Marco y a mí nos gusta, ¿cómo definirlo amor?

    – Podría decirse que nos gusta un poco el ser observados – continué – y escuchados. También podríamos definirnos como una pareja un poco liberal que encuentra placer sexual en besar y tocar a otras personas, siempre que estemos juntos, sea espontáneo y sea consentido.

    – Lo que ayer pasó fue eso. A mí se me sube muy rápido el alcohol y me pongo un poco cachonda. No fue planeado, pero fue consentido y parte de nuestras prácticas sexuales – continuó Ana.

    – Entonces… ¿no estás enojado conmigo, Marco? – preguntó Fernando al tiempo que me miraba con cierto asombro y temor.

    – ¡No hombre! – le di una palmada en el hombro – eres un gran chico, muy atractivo y confiamos mucho en ti. Piensa que, si antes tenías dos amigos, ahora tienes dos amigos especiales que te incluyen en ciertos jugueteos sexuales y de los que aprenderás algunas cosas.

    – Entonces… ¿lo que pasó ayer se puede repetir? – se dibujó una sonrisa tímida en el rostro de Fernando, mientras volteaba a ver a Ana y sus gloriosas tetas que había evitado mirar.

    – Siempre que te portes bien – Ana le devolvió la sonrisa con aire seductor – y hay ciertas condiciones que debes aceptar.

    – ¿Cuáles?

    – En primera debe ser sí y solo sí Ana te incluye o te da entrada, si ella dice no, es no – le respondí – la segunda, no se lo puedes contar a nadie, por no mencionar a tu madre o a la familia y mucho menos a tus amigos.

    – No, eso no será un problema, en verdad me quedé sin amigos después de que mi exnovia rompiera conmigo. Nadie sabrá de esto – Fernando iba entendiendo.

    – La tercera es que debes tomar el rol – continuó Ana – que te estamos otorgando. No eres ni mi novio ni mi pareja, ese lugar solo lo ocupa Marco, así que, si yo inicio con toqueteos y tú los respondes, que sean en la misma intensidad y frecuencia que los míos. No seas avorazado, no me busques si no lo hago yo, no trates de hacer cosas si Marco no está ni me hagas sentir incómoda, espero entiendas este punto.

    – Si, lo entiendo, no me propasaré – respondió él.

    – Y la última y más importante – continué yo – la discreción. Si estamos jugando en un lugar público debes hacerlo cuando nadie nos vea. Si estamos en una reunión familiar ni una mirada puedes hacer. No puedes grabar ni tomar fotos. Debes mantener esto en absoluto secreto y nadie puede darse cuenta de lo que pasa.

    – Recuerda que, quien come callado, come dos veces – Ana puso su mano en el pecho de él, para suavizar el tono que use que podía sonar algo severo, pero fue necesario.

    – Si, está bien – respondió Fernando mientras trataba de asimilar todo.

    – Buen chico – Ana le dio un beso en los labios que duró dos segundos – ahora vamos a desayunar.

    Durante el desayuno Fernando, de manera disimulada pero constante, no le quitaba los ojos al cuerpo de Ana, que no llevaba ropa interior. Se notaba que estaba feliz por lo que se le había concedido.

    Decidimos que sería buena idea ir a almorzar a la plaza y conocer las haciendas que se encontraban en el pueblo, así que subimos a bañarnos y a arreglarnos. Nuestro invitado fue el primero en ocupar el baño y después nosotros. A decir verdad, no hicimos el amor en la regadera, queríamos reservarnos para lo que vendría después. Al cabo de una hora, salimos.

    La mañana se había puesto calurosa y el conjunto de Ana era para la ocasión: llevaba un short de mezclilla corto y apretado que hacía lucir sus bonitas piernas y resaltaba su esponjoso culito; una blusa blanca, holgada, de mangas cortas, cuyo escote, que ya resaltaba sus bien formados senos, terminaba en cordón entretejido en medio de su pecho, a modo de agujetas, que revelaba el centro de su pecho y su brasier rojo. Su cabello amarrado en una coleta levantada hacía lucir su fino cuello y sus tenis blancos le daban un aire juvenil.

    Parecía que Fernando y yo nos habíamos puesto de acuerdo: ambos usamos short de mezclilla y camisetas tipo polo con tenis cómodos para caminar. Sólo discrepábamos en los colores.

    Llegamos a la misma fondita, que el día anterior nos cautivó con un manjar de comida mexicana. Durante el almuerzo se notaba que la confianza de Fernando aumentaba, ya que no simulaba sus miradas al escote de mi mujer. Tampoco eran irrespetuosas o lascivas, su cara era la de un niño viendo una tienda de juguetes en un centro comercial. Ana tampoco mostraba incomodidad, todo lo contrario, en ocasiones bromeaba con él:

    – ¿Disfrutas la vista, Fernando? – le decía cuando las miradas eran más que evidentes.

    – Eh… a decir verdad, sí – respondía sonriendo sin evitar ponerse rojo de nuevo.

    Terminamos de almorzar y fuimos a la hacienda que databa de la época colonial y que ahora se usaba como centro para eventos privados pero que permitía el ingreso al público, al ser patrimonio histórico del lugar. Afortunadamente, apenas y había gente recorriéndola, salvo un par de familias de turistas.

    Recorrimos el sitio, disfrutando de la caminata. Fernando y yo disfrutábamos de la vista que Ana nos daba y ella gozaba de nuestras miradas, así como de los besos y arrimones que yo le daba. Cuando eso ocurría, Fernando se quedaba mirándonos cual perrito que ve comer jamón a su dueño y espera un pedazo. Ana no le negaba los besos, cuando no había gente que los pudiera ver, y un par de arrimones. De tanto erotismo ambos sufríamos de una fuerte erección que Ana mantenía viva con roces, toqueteos y besos apasionados.

    Al cabo de una hora recorrimos todo el lugar y, como aún era temprano, fuimos a la otra hacienda del lugar que, más que hacienda era en épocas virreinales un ingenio azucarero y ahora era propiedad de una cadena hotelera.

    En este segundo recorrido las cosas fueron más atrevidas. Ahora le dábamos nalgadas a Ana en cada oportunidad. Si el sitio se prestaba, ya no eran besos apasionados sino fajes y manoseos descarados y todo lo estábamos documentando con mi celular: fotos y videos de nuestros encuentros y los de Ana con Fernando se acumularon en mi galería, además de selfies inocentes y fotos que podíamos subir a redes sociales. Para ese punto, creo que ninguno de los tres aguantaba más las ganas así que decidimos regresar a la casa y ver qué pasaba.

    Era la 1 de la tarde y, previniendo que nos daría hambre en unas horas pero que probablemente no tendríamos ganas de salir, compramos en el mercado local algunas cosas para cocinar, además de una botella de whisky, la bebida favorita de Ana. En el camino de regreso Ana me pidió parar en una farmacia grande.

    – ¿Qué vas a comprar, mi amor? – le pregunté.

    – Unas cosas, ahorita vengo.

    Al regresar, traía consigo una bolsa negra, de modo que la duda continuó.

    Llegando a la casa, la tarde seguía siendo bastante disfrutable, pues algunas nubes espontáneas daban tregua a los rayos del sol. Nos sentamos en la sala los tres y Ana preguntó:

    – ¿Quieren entrar al agua?

    – Qué buena idea – contestó Fernando. Parecía que ver a Ana en poca ropa lo entusiasmaba mucho.

    – Pues vamos a cambiarnos entonces – finalicé yo.

    Ana y yo subimos a cambiarnos y ponernos nuestros trajes de baño. Mientras nos cambiábamos le comenté a Ana lo siguiente:

    – Recuerda que no podemos hacer gran cosa en la piscina. Si nos ven, además del escándalo que se arma, estos vecinos mandan a vaciar el agua, lavar y volver a llenar y el costo nos lo pasan a nosotros, como a aquellos vecinos les pasó hace algunos años.

    – Ya lo sé, soy muy cuidadosa – dijo mientras terminaba de colocarse su bikini negro.

    – Por cierto, ¿qué compraste en la farmacia?

    – Ah – se echó a reír – esto.

    Y sacó un paquete de condones, unas tijeras pequeñas y unos rastrillos para hombre. Era evidente lo que pasaría.

    – Supongo que el trío se hará hoy, traviesa – no pude contener mi erección que Ana notó en seguida.

    – Hoy o mañana, no hay prisa – ella se arrodilló frente a mí, sacó mi miembro y comenzó a succionarlo – veremos qué pasa.

    La mamada fue interrumpida por Fernando, quien bajó las escaleras avisándonos que ya se metería.

    – ¡Espera! – le gritó Ana – tu bloqueador solar, torpe.

    Se notaba que se lo quería coger, pero también lo quería cautivar.

    Lo alcanzamos en la sala y el pobre chico quedó deslumbrado por la vista que Ana daba. Mi short de nadar seguía levantado y el de nuestro invitado no tardó en hacer lo mismo. Ella tomó el bloqueador y me lo aplicó primero sin dejarme intervenir en el proceso.

    – Ahora vas tú, Fernando – se giró hacia él cuando terminó conmigo – ven.

    Y le untó el bloqueador por todo su torso, brazos, cuello y cara. No lo hacía de manera mecánica, cada movimiento sobre su piel era una caricia que era respondida por la piel de ambos erizándose, cada mirada podía ser interpretada como “Hoy te toca”. El traje de Fernando era ya una carpa de circo y Ana lo notó:

    – Tranquilo, muchacho, solo te estoy poniendo crema, no quiero que te vayas a venir ahora como ayer – le dijo y pasó su mano por sobre su short a la altura de su abultado miembro. Fernando se estremeció, cerró los ojos y se llevó la mano a la boca, sin embargo, se repuso en seguida.

    – Lo mismo puedo decir de ti – y llevó sus pulgares al sujetador de Ana, sobre sus pezones que, para entonces, estaban duros y se marcaban debajo de la tela.

    Los tres nos echamos a reír para matar un poco la tensión, que no hizo más que aumentar después.

    – Bueno, ahora te toca ponerte bloqueador, mi vida – le dije a Ana una vez que las risas cesaron – pásame la botella. Coloqué un poco de crema sobre mi mano – Fernando, extiende tu mano – lo hizo y puse la misma cantidad en la suya – ayúdame a ponerle crema, tu abajo y yo arriba.

    Fernando se puso de rodillas frente a ella y comenzó a untar de abajo hacia arriba con movimientos suaves, el muchacho estaba aprendiendo bien el arte de la seducción. Yo me coloqué atrás de Ana y comencé a untarle sobre su espalda y hombros. Mi mujer contenía la respiración con los ojos cerrados, pero era evidente que la excitación la hacía temblar y tener escalofríos y no era para menos: había cuatro manos acariciándola con mucha suavidad y cada par se acercaba más y más a sus zonas erógenas

    Fernando subía sobre sus piernas. Su vista debía ser espectacular porque frente a su cara tenía la tanga de Ana que dejaba ver sus bien depiladas ingles. Cuando llegó a su cadera yo ya había colocado crema sobre su espalda, hombros y brazos, se notaba que se tomaba su tiempo para disfrutarlo. Al terminar, Fernando preguntó:

    – Ana, ¿podrías girarte?

    La mirada de Ana lo decía todo: moría de placer. Sin decir nada dio la media vuelta y ahora yo la tenía de frente y Fernando había cambiado de vista a una mejor: su delicioso y enorme culo, apenas cubierto por un pequeño hilo de la tanga, estaba frente a su cara.

    Mientras él frotaba crema en sus nalgas yo lo hacía sobre su cara, abdomen y sus pechos. La respiración de Ana se hacía cada vez más irregular por el placer. De reojo, podía ver que Fernando había dejado de untar crema y ahora masajeaba y jugaba tan suculento manjar, le daba pellizcos y posaba su cara sobre el culo de mi mujer mientras sostenía su cadera con sus manos. Ana tenía una mano metida en el cabello de Fernando, obligándolo a no despegar su cara de sus nalgas, y la otra mano la tenía sobre mi pene, que acariciaba a través de la tela. Metí las manos en su sujetador y jugué con sus pezones mientras le daba un profundo y largo beso.

    Tras unos minutos así, de súbito, Ana se apartó de ambos, gemía y trataba de controlar su respiración. De no ser porque se sostenía de la esquina de un sillón se habría desvanecido. Estaba sudando por completo, tenía los ojos cerrados, sus piernas temblaban al igual que todo su cuerpo. Después de unos segundos, sin voltear a vernos, dijo con mucha dificultad:

    – Fernando entra al agua por favor, en unos minutos te alcanzamos.

    – Mi vida, ¿estás bien? – le pregunté conteniendo mi risa.

    – Si, mi amor, estoy bien. Ve Fernando, danos unos minutos.

    Fernando se levantó y me miró preocupado. Pobre chico, se nota que nunca había visto el más leve orgasmo femenino. Le hice una seña de que todo estaba bien y se fue.

    Después de unos segundos, Ana se sentó en uno de los sillones y yo junto a ella, sosteniendo sus manos, que sudaban.

    – ¿Te gustó? – le pregunté cuando volvió a abrir los ojos – ese chico está mejorando mucho.

    – No mames me acaban de provocar un orgasmo. Ese Fernando ni si quiera alcanzó a tocar mi ano o vagina y mira lo que pasó.

    – Cuando por fin te demos los dos juntos te vas a volver loca – le dije entre risas – si ahorita ve cómo te pones, no imagino cuando hagamos el trío.

    – Yo tampoco quiero imaginarlo, quiero hacer el trío hoy – ya no lo quería, lo necesitaba. Su hambre de verga la consumía, pobre de mi mujer.

    – Bueno, hoy lo hacemos entonces. ¿Quieres que le diga a Fernando?

    – No, quiero seducirlo.

    Cuando Ana se repuso nos dimos un beso, nos levantamos y caminamos a la piscina. En ella estaba Fernando nadando de extremo a extremo, cuando nos vio acercarnos detuvo su nado con una sonrisa ya cada vez más pícara preguntó:

    – ¿A mano?

    – ¿Cómo? – respondió Ana, desconcertada.

    – Si, que si estamos a mano. Tu ayer me provocaste un orgasmo sin avisarme y ahora Marco y yo hicimos lo mismo. ¿Estamos a mano?, ¿no? – Fernando no paraba de verle el cuerpo, se la estaba comiendo con la mirada.

    – ¡Ah, tramposo! – dijo Ana indignada – bueno, el que se lleva se aguanta, ¿eh?

    Y nos metimos al agua. Tratamos de controlarnos para evitar un escándalo vecinal pero los juegos eran cada vez más y más atrevidos.

    En el típico Marco Polo, si Ana nos atrapaba, nos trataba de sujetar por la cadera y buscaba nuestras pollas sin recato, aunque fuese sobre el traje de baño. Al poder llegar a ellas decía entre risas “¡Qué tengo aquí!”, “¿Y este tiburón?” y cosas como esas. Quien la atrapara a ella aprovechaba para manosear su culo o sus tetas y decía a su vez “¡Qué buenos flotadores!”, “¡Con razón no te hundes!”, etc.

    Jugamos luchitas acuáticas y sus tetas y culo eran el blanco preferido del que tratara de derribarla. Una vez sumergida, ella se abalanzaba sobre nuestros miembros y los apretaba en represalia por haberla hecho caer al agua. Sobra decir que nadie lograba completar el trayecto.

    En uno de tantos derribos Ana perdió el sujetador de su bikini. Al parecer se dio cuenta de inmediato porque emergió cubriendo sus pezones con las yemas de dos de sus dedos, pero dejaba la aureola al descubierto.

    – Creo que mi sujetador se desamarró. Fernando, querido, ¿lo puedes buscar? – dijo mientras hacía su carita y voz de puta.

    – Por mí quédate así, pero bueno – y nadó en su búsqueda. Tardó no más de 15 segundos en hallarlo.

    – Gracias, ahora voltéate, anda.

    Fernando se giró y Ana se colocó de nuevo el sujetador. Yo estaba mirando a todas las casas para ver si alguien observaba, pero, al parecer, no había nadie en toda la unidad habitacional.

    – Listo, ya puedes voltear – Fernando se giró y Ana se acercó a él – otro favor, guapo. Danos un momento a solas, así que ve a bañarte y a ponerte guapo, nosotros en un momento haremos lo mismo porque quiero que salgamos por la noche – y en ese momento le rodeó el cuello con sus brazos y le dio un profundo beso.

    – Está bien, me apuro – y de un brinco salió del agua, se puso su toalla y se dirigió hacia adentro.

    – No sabía que querías salir por la noche – le dije.

    – No quiero salir, muero de ganas, quiero hacer el trío ya – me dio el mismo beso, con la diferencia que metió su mano en mi traje y acarició a mi miembro – tu sígueme la corriente. Vamos a ponernos guapos y cuando nos espere en la sala sacaré la baraja, los hielos, la botella y entraremos en calor y en confianza de nuevo.

    Mi mujer, que antes era admirada por todos por la rectitud de su actuar, ahora era una zorra hecha y derecha y yo estaba sumamente orgulloso de ello.

    Cuando el baño estuvo por fin libre, entramos a bañarnos. Yo no podía con la emoción, había fantaseado con esto muchos años. Bajo el agua caliente que nos quitaba el cloro de la piscina, tomé a mi mujer varias veces por la espalda y le hacía el amor. Ella me detenía, diciéndome que tuviera paciencia.

    Ya en nuestra recámara, mientras nos vestíamos y peinábamos, me surgió la curiosidad:

    – Mi amor, ¿dónde te gustaría que te acabáramos? – le pregunté.

    – Pues, fíjate que no había pensado en eso. Siempre en el porno a la mujer le terminan en la boca, en la cara, alguna parte de su cuerpo o dentro de él. Todas me gustarían.

    – Entonces, ¿dónde caiga?

    – Si.

    Fernando acabó de arreglarse antes que nosotros y bajó a la sala. Unos minutos después, nosotros estábamos listos. Yo me había puesto una camisa azul de algodón que traje, pensando usarla en la foto oficial de nuestras vacaciones; pantalón de mezclilla negro y zapatos y Ana estaba, de nuevo, espectacular. Se había puesto de nuevo esos zapatos abiertos con plataforma; una falda blanca que apenas y le cubría las nalgas y que, si se movía mucho, dejaba ver el calzón cachetero rojo; una blusa de malla negra bastante transparente y que la hacía lucir su bello brasier rojo que realzaba su busto; un collar que rodeaba su cuello con una cinta negra y el cabello cepillado y suelto sobre su espalda. En su bolso metió los condones, lubricante, un spray que le relajaba la mandíbula, el juego de cartas, un paquete de toallas húmedas y uno de clínex. Estaba más que decidida a jugar con dos penes esa noche.

    Al bajar vimos a Fernando impaciente en la sala, viendo su celular y la verdad se había arreglado muy bien el muchacho. No tenía camisa de manga larga como yo, pero si su playera polo gris que hacía juego con su pantalón de mezclilla y calzado limpio. Vio a Ana y, sin recato, la chuleó:

    – Estás increíblemente sexy, Ana.

    – Muchas gracias, querido. Veo que también tú te has esmerado – le dijo mientras yo iba a la cocina a buscar hielos, vasos y licor.

    – Bien pues, ¿a dónde vamos? – preguntó impaciente.

    – Tendremos que ir al comedor – escuché que le respondió – Marco acaba de buscar y lugar al que siempre vamos a bailar cerró hace un año.

    – Ah… entonces, ¿bailaremos aquí? – su tono delataba su entusiasmo.

    – No, querido. Vamos a hacer otra cosa: jugar baraja y echarnos unos tragos, ¿qué dices? – vi que lo llevaba del brazo a la mesa. Yo tenía todo listo ya.

    – Le entro y en eso no me van a ganar, si algo sé es jugar cartas en todos sus estilos.

    Pusimos música y comenzamos. A decir verdad, soy mejor jugador que Ana, pero ella siempre tiene más suerte que yo al obtener cartas y ni así éramos rivales para Fernando. Al principio apostábamos monedas: 5 pesos, 10 pesos y, cuando el poco cambio que llevábamos encima se agotó, cambiamos a retos.

    Los primeros fueron algo inocentes: besos, arrimones y manoseos. Sin embargo, conforme tomábamos comenzaron a ser más fuertes hasta llegar al inevitable: quien pierda se quita una prenda.

    El primero en sufrir fui yo, que tuve que despojarme de mi camisa. La segunda fue Ana, que de manera tramposa solo se quitó los zapatos y el tercero (sospecho que perdió a propósito) fue nuestro invitado, que se despojó de la camisa también.

    Siguiente ronda, Ana se quitó su falda, deleitándonos con un baile sexy al ritmo de la música mientras la falda caía al suelo. No pude contener y cuando el baile terminó y ella se encontraba de espaldas le di una nalgada con la fuerza justa para hacer brincar su glorioso trasero. Los tres estábamos ansiosos de seguir jugando y apostando.

    En la ronda siguiente Fernando volvió a perder y tuvo que ceder su calzado. Yo perdí las dos siguientes rondas y me quedé sin calzado y sin pantalón. Fernando me siguió, perdiendo también su pantalón. Parecía que él era quien llevaba el ritmo del juego, pues a la siguiente ronda Ana quedó al último y se despojó de su blusa, quedando en ropa interior.

    La última ronda estaba sumamente reñida, pero al final Fernando y yo prevalecimos, pues el alcohol mermaba la capacidad de Ana y tuvo que perder una prenda. Sin pena se levantó y se desabrochó el brasier, dejándolo caer al suelo. Sus tetas estaban por fin libres.

    Fernando y yo estábamos babeando, hipnotizados ante el panorama que mi mujer nos daba: sus tetas de excelente tamaño y pezones grandes y morenos estaban bañadas por un ligero rocío de sudor que el alcohol le producía.

    – Ahora sí – dijo ella mientras se sentaba – con estas – las tomó y apretujó entre sus manos – haré que pierdan. No se van a concentrar.

    Siguiente ronda y yo, que por mi tamaño resisto mejor las bebidas alcohólicas, les gané a ambos y Ana quedó peor posicionada. Se disponía a quitarse su calzón cuando la detuve:

    – No, tu castigo es otro.

    – ¿Ah sí?, ¿cuál? – preguntó en tono desafiante.

    – Lo llevas torturando ya mucho tiempo y veo su cara – señalé a Fernando – deja que las pruebe. Tu castigo es ponerle a nuestro amigo las chichis en la cara y dejar que las coma.

    – En…. ¿en serio? – Fernando no esperaba eso y su cara lo decía todo.

    – Pues no se diga más – Ana terminó su trago – Fernando gira tu silla.

    Ana se acercó a él y nuestro amigo hundió su cara en esas magníficas tetas. Yo ya sabía lo que se venía y no tuve ningún recato en sacarme el pene y comenzar a entretenerlo.

    Fernando estaba disfrutando el manjar de mi mujer. Las besaba, lamía y estrujaba. Jugaba con los pezones, los succionaba, trataba de meterse lo más que podía a la boca y mordisqueaba. Cada que salía de ese mar para tomar aire exclamaba “¡Ay no mames que rico!”, “¡qué pinche delicia!”, “están deliciosas” y etc.

    Ana suspiraba de la excitación y me volteaba a ver con su cara de complicidad. Me vio gozando el espectáculo así que elevó las cosas de nivel. Bajó su mano derecha, que tenía ocupada acariciando la espalda de Fernando, la introdujo en el bóxer de nuestro amigo y comenzó a masturbarlo.

    – ¡Ay que rico! – gritó Fernando.

    – Ey, tranquilo guapo no quiero que te vengas tan rápido, apenas estamos iniciando.

    – Es que no mames – dijo Fernando al tiempo que juntaba las tetas de Ana para tener ambos pezones al alcance de la boca – nunca me habían masturbado.

    – ¿Tu exnovia nunca te acarició? – Ana detuvo la mano, pero no la quitó del lugar.

    – No, nunca.

    – ¡Qué barbaridad! – me volteó a ver de nuevo – todo eso lo vamos a solucionar. A ver, ponte de pie. – y metió su pene en su bóxer de nuevo.

    Fernando obedeció, aunque no quitó las manos de sus tetas. Ana estiró la mano y tomó uno de los cojines del sillón y lo puso frente a él. Le dio un largo y profundo beso y acto seguido se hincó frente a él. Sacó su polla del bóxer y la tomó con su mano. Era de un buen tamaño, algo más pequeña que la mía, pero no le faltaba nada. Lo que le faltaba en longitud lo compensaba en grosor, gracias a que no estaba circuncidada como la mía. Estaba durísima, algo peluda y chorreaba líquido preseminal, pero a Ana le agradaba, a pesar de su prepucio.

    – Esto que te voy a hacer, querido – comenzó a masturbarlo lentamente – es una mamada. Debes ser fuerte y no venirte – acercó su boca a él, descubrió su cabeza y lo miró a los ojos – no se vale cerrar los ojos o mirar a otro lugar, ¿eh?

    Ana introdujo el pene de Fernando, que estaba a punto de explotar, en su boca.

    – Ahhh – suspiró – no es posible, ¡qué rico! – el pobre estaba completamente rojo y sudando de la emoción.

    Comenzó a masajearlo con los labios, lo metía y lo sacaba, lo metía y lo sacaba. Con su mano derecha la sujetaba y con la izquierda acariciaba sus bolas.

    – ¿Te gusta? – se lo sacó de la boca por un momento sin dejar de jalársela.

    – Me encanta no mames, ¡síguele! – dijo Fernando eufórico.

    – Pero no estás poniendo de tu parte, tesoro. Mira – me hizo seña con su dedo para que me acercara – se la voy a chupar a Marco y mira lo que él hace, pon atención porque ahorita lo harás tú.

    Me acerqué a donde ellos estaban, completamente desnudo. Ahora Ana estaba hincada frente a ambos, con dos penes frente a su cara para ella solita. Con sus tetas al aire, su cabello suelto y ese collar de listón negro se veía como una auténtica puta, cinta negra en sexo oral.

    Mi pene circuncidado y bolas perfectamente rasuradas estaban relucientes. Apenas y le cabía y aun así Ana se la metió a la boca y comenzó a hacerme sexo oral. Yo le acariciaba el cabello, quitaba de su rostro el que le incomodara, le tocaba y jugueteaba con sus tetas y acariciaba sus hombros. Cuando lo lamía, tomaba mi pene y golpeaba con él su lengua. Después de succionar mis testículos y sacarme un gemido se volteó de nuevo hacia él.

    – ¿Pusiste atención? – tomó ambos penes con las manos y comenzó a masturbarlos lentamente.

    – Si, sí.

    – A ver si es cierto – y la mamada se reanudó, con una diferencia. Ana no quitaba su mano de mi pene.

    Ahora Fernando hacía exactamente lo que yo había hecho. Después de un rato, dejó de atenderlo a él y regresó a mí.

    – ¿Esto te gusta, mi amor? – me preguntó con su voz de puta – ¿es lo que querías?

    – No mames me encanta, mi vida – le respondí – eres una putita consumada.

    Ana soltó una risa y, después de atenderme como es debido, regresó a Fernando. Se metió sus bolas en la boca y el pobre no podía mantener la compostura. Ana al notarlo aumentó el ritmo. Ya no eran mamadas suaves, ahora eran fuertes y sonoras. Mientras yo golpeaba la frente y ojos de mi amada con mi pene.

    – ¡Con calma por favor, ahhh! – dijo Fernando, quien parecía querer quitarse a mi mujer de su pene – es mi primera vez, esto es mucho para mí.

    – Pues tienes que resistir, guapo – Ana regresó a mi pene – esto no es solo un trío, te estamos enseñando a coger – y volvió a jugar con su lengua en mi glande, sin dejar de masturbarlo. Para variar un poco y que el pobre no se viniera, traté de iniciar un poco de conversación.

    – Ahora que las has probado ambas, ¿qué tipo de polla prefieres, circuncidada o con cuerito?

    – Pues ambas están deliciosas, aunque – se tomó una pausa para escupir sobre mi pene y meterlo hasta donde le fue posible, casi lo hace desaparecer. Al sacarlo hizo un sonoro chup – no he jugado con su pellejo, déjame probar.

    Dejó mi pene y regresó al de él. Hizo su prepucio hacia atrás y jugó con su cabeza. Lo hizo hacia adelante y jugó con su prepucio: mordiscos y pasaba su lengua por la parte interior y exterior.

    – Ahhh no hagas eso, ¡no puedo! – dijo Fernando al tiempo que trataba de sacársela de encima. Fatal error, eso solo la provocó más.

    Los movimientos de mi mujer aumentaron, al tiempo que se metía su palpitante polla hasta hacerla desaparecer. Ahora la succionaba con fuerza.

    – ¡Para, para! – suplicó él – siento que me voy a venir, no sigas.

    – No te puedes venir aún – Ana escupió sobre su polla y la volvió a meter en su boca.

    – ¡No, en serio!, ¡Ahhh ahí viene! – gimió Fernando y Ana se hizo para atrás.

    – ¡Cómetelo, bebé! – tomé del cabello a mi mujer y la empujé hacia el pene de nuevo – que no se desperdicie su primera chupada.

    – Ah ahhhh – obediente mi Ana mantuvo el glande de Fernando dentro de sus labios sin parar de succionarlo y sin apartar sus ojos de los míos. Él explotó. Ni una gota se desperdició, todo quedó dentro de la boquita de mi esposa. Fernando apenas y logró llegar al sillón para sentarse y yo corrí por mi celular.

    – Espera, espera. No te los tragues – le dije mientras lo desbloqueaba – quiero tener un recuerdo de la primera vez que mi mujer me hizo cornudo. A ver, abre la boquita mi cielo.

    Ella, aún hincada, abrió la boca y el semen, mezclado a su saliva, seguía en su lengua. Era un chingo, parecía que Fernando nunca se había venido y esta era su primera vez. Las fotos fueron maravillosas, después Ana tragó.

    – ¿Te gustó su lechita? – le pregunté.

    – Si – se relamió los labios – tiene un sabor dulce.

    – Esa es mi zorrita – le di un golpecito en la frente con mi pene. Ambos nos dedicamos una sonrisa de complicidad.

    – ¿Qué pasó, amigo? – dijo Ana al tiempo que se puso de pie. Su piel brillaba de sudor y sus labios estaban hinchados. Verla era una maravilla.

    – Ahora sí se la volaron – dijo Fernando mientras trataba de controlar su respiración.

    – La mama bien pinche rico, ¿verdad? – le pregunté orgulloso a nuestro, ahora, íntimo amigo.

    – Es una experta – Fernando se pasaba las manos por la cara, no creía lo que había pasado.

    Su imagen resultaba cómica. Estaba sudado y desnudo sobre el sillón. Su pene, flácido y empapado chorreaba gotitas de semen que llegaban al sillón.

    – Bien, pero yo aún tengo ganas de verga – Ana tomó una botella de agua de la cocina y bebió un trago para enjuagarse el semen de la boca.

    – Pues vamos arriba – le di una nalgada – Fernando, ¿nos acompañas?

    – ¿Cómo? – estaba perplejo.

    – Si, que si nos acompañas. La clase no ha acabado – Ana comenzaba a masturbarme – si se te vuelve a parar, te nos unes y enseñamos a coger. Si no, la clase será solo teórica y no práctica.

    – Pero yo nunca he…

    – Eso ya lo sé – Ana se le acercó y volvió a arrodillarse frente a él. Tomó su pene entre sus manos y con cariño y delicadeza, volvió a darle una chupada. Fernando se estremeció – no pasa nada si no duras lo que quisieras, es tu primera vez. Ojalá alguien nos hubiera enseñado a Marco y a mí cuando lo hicimos la primera vez como a ti te vamos a enseñar.

    – Está bien, pero no venía preparado para esto y…

    – Tranquilo – Ana le dio otra chupada – nosotros si venimos preparados. Nos vamos adelantando mientras tu subes mi bolso, los celulares y la botella de agua, ¿sale?

    – Ok.

    Ana se levantó y me dio un beso. Su boca sabía a pene y a semen.

    – Vamos, mi vida – tomó mi pene y me guio por las escaleras, como si fuera una tercera mano. Mi corazón estaba latiendo muy fuerte de la emoción. Fernando nos seguía a unos pasos.

    Entramos a la recámara y me volvió a besar, muy suave y apasionadamente. Tras nosotros llegó Fernando y puso las cosas en el tocador que había junto a la gran cama matrimonial y se quedó sentado en el borde, mirándonos. Ana y yo seguíamos unidos en un largo y delicioso beso y, para que se animara, con mi mano le hice señas de que se nos uniera.

    Se puso atrás de ella y le besó el cuello, los brazos, la espalda. Sentí como con cada beso, un escalofrío recorría el cuerpo de Ana. Después de unos minutos ella se volteó, lo beso y yo hice lo propio: besar su cuello y espalda. Hasta el momento Ana sólo había besado a una persona a la vez, no a dos y su piel erizada era prueba de que lo estaba disfrutando.

    Pero esto, además de nuestro primer trío, era una clase para nuestro amigo, así que tomé la iniciativa: con delicadeza tomé a mi mujer por la cintura, la separé de los labios de Fernando y la recosté sobre la cama.

    – Ahora pon atención, Fernando – le dije – siempre hay que comerse a una mujer antes que cualquier cosa. Acércate, ponte del otro lado – yo estaba a la izquierda de Ana y él a su derecha – hay que comernos sus tetas, los pezones tienen muchas terminaciones nerviosas, cómete esa y yo la de este lado.

    Y mamamos ambos de sus tetas. Ana se retorcía de placer y gemía. Nos acariciaba a ambos. Después de unos minutos, bajé a su abdomen para dar paso a su vagina que aún era cubierta por su calzón rojo. Mientras mi compañero disfrutaba del manjar de sus senos, le quité la última prenda a mi mujer. Me arrodillé al borde de la cama, puse sus piernas sobre mis hombros y acerqué mi boca a sus labios. La vista era espectacular. Frente a mí tenía la vagina de mi mujer, sin un solo vello, que chorreaba su lubricante de excitación y podía ver sus senos siendo agasajados por nuestro amigo.

    Comencé con besos sobre sus labios exteriores, pero no pude resistir más y usé mi lengua para masajear su clítoris, que estaba increíblemente duro. Sobre él ejercía presión, hacía círculos y lo succionaba. Cuando introduje mi lengua dentro de su vagina, Ana comenzó a gemir.

    – Aaayyy si, mi amor así, ¡que rico! – se retorcía – Fernando cómeme las tetas, justo así, no pares…

    Yo no me cansaba de beber de su néctar ni Fernando de mamar de sus tetas. Al cabo de unos minutos, interrumpí mi labor, pues esto también era una clase.

    – Ven Fernando – hice a un lado mi cabeza y mantuve sus piernas abiertas – acércate – se arrodilló junto a mí – estoy seguro de que solo las has visto en el porno, así que te presento una vagina real, ¿no es magnífica?

    – Está preciosa, ¿puedo tocar?

    – Desde luego, pero antes una breve instrucción. Estos son los labios exteriores, que son muy sensibles – abrí la vagina de mi mujer – estos son los interiores, que son aún más sensibles – los acaricié con las yemas de mis dedos, Ana soltó un gemido – esta es la vagina – metí dos de mis dedos – y este es el clítoris – le levanté la capucha y puse mi dedo índice son suavidad sobre él, Ana volvió a gemir.

    – Que rico – Fernando metió mano y acarició todo – ¿cómo se estimula todo esto?

    – Ah pues depende la situación y la mujer. Hoy es tu día de suerte, te vas a bajar al pozo por primera vez.

    – Espero no hacerlo mal jeje.

    – Tranquilo. Dale besos, succiona con suavidad, pasea tu lengua por todos lados y estimula más donde sientas que Ana lo disfruta más y presta especial atención al clítoris. Algo que siempre me funciona es tratar de hacer las letras del abecedario con la punta de mi lengua sobre él. Inténtalo y diviértete.

    Fernando no tardó en unir su boca a la entrepierna de mi mujer, haciéndola gemir y soltar una risita después.

    – Que juguetón, me hace cosquillas – gimió de nuevo – cómetela toda, guapo.

    Bien atendida mi mujer subí de nuevo a besarla y jugar con sus tetas otra vez. No tardé en ponerme de rodillas frente a ella y ponerle mi pene en su boca.

    – ¿Te gusta esto, mi vida? – ella asintió con la cabeza sin sacar mi verga de su boca – ¿puedo sacar fotos y vídeos? Quisiera tener un recuerdo de esto.

    Ella volvió a asentir. Me bajé de la cama y tomé mi celular. Comencé a grabar y tomar fotografías. La escena era la gloria. Fernando no dejaba de comerse a mi esposa y ella me hacía una mamada increíble. Esas fotos y videos me ayudaron a recordar paso a paso lo que pasó y escribir esto, por cierto.

    Unos minutos después nuestro amigo levantó por fin la cara, empapada con los fluidos de mi mujer.

    – Ya me cansé – dijo con una sonrisa de satisfacción – me duele la mandíbula.

    – Es normal las primeras veces – le dije – ¿te gustó?

    – Me encantó. Tiene un sabor particular – se subía de nuevo a la cama y se ponía de rodillas, ofreciendo su miembro a mi mujer, que no tardó en jugar de nuevo con ambos. Ponía ambas pollas en su lengua a la vez, se golpeaba la cara con ambas y repartía chupadas entre ambos. Era una niña con dos helados.

    Mientras tanto, Fernando y yo masajeábamos sus pechos. Yo no dejaba de grabar y pedirle que posara para las fotos.

    Pero mis ganas de penetrarla eran ya muy intensas como para controlarlas. Dejé a mi mujer mamarle a nuestro amigo la polla y cambié de posición. Abrí sus piernas y de pie, al borde de la cama, entré a ella lentamente.

    Ella estaba vuelta loca, al fin tenía dos pollas dentro de su cuerpo. El ritmo de las chupadas sobre Fernando y de mis embestidas fue aumentando. Estaba bañada en sudor, sus tetas bailaban y ella gemía y lo gozaba más y más.

    – Ah ahhh ¡Qué rico! – dijo con fuerza – no quiero que se vayan a venir aún, ¿eh?

    – A mí ya me sacaste toda la leche, Ana – le contestó Fernando. Los tres reímos.

    – Cambio – dijo Ana después de unos minutos – ponte el condón, Fernando. Están en mi bolsa.

    En chinga Fernando bajó de la cama y sacó los condones de su bolsa. Extrajo uno, pero se quedó petrificado, el pobre no sabía ponerse un condón y Ana lo notó.

    – Trae el condón y tu polla acá, yo te lo pongo – dijo con dificultad, mis embestidas no la dejaban hablar claro.

    Fernando obedeció.

    – Mira, pon atención, así se ponen – y le colocó el preservativo – ahora sí estás listo. Marco, mi vida, ¿le das permiso? – el espíritu de la putería la había poseído por completo.

    – Claro que sí, chula – me salí – A ver, mi amigo, métesela, pero antes, toma mi celular y graba, es tu primera vez.

    El chico le abrió las piernas e introdujo su miembro cubierto de látex dentro de ella. Si la cara de Fernando cuando mi mujer se la mamaba era de satisfacción, dentro de ella estaba en la gloria, acababa de perder la virginidad.

    – Muy bien. Ahora pon atención – le dije mientras me acostaba de lado junto a mi mujer, colocando mi miembro a la altura de su cara – el ritmo lo llevas tu. Ve tranquilo y no te avoraces, para que dures. Si sientes otra vez ese cosquilleó que precede a tu orgasmo, te detienes y me avisas.

    Y el baile comenzó de nuevo. Fernando lo disfrutaba, acariciaba sus piernas y sus senos. Ana no dejaba de jugar con mi polla en su boca y yo lo documentaba todo con mi celular y le acariciaba la cara. Fernando aumentó el ritmo cada vez más y llegó a un punto que se detuvo.

    – No me quiero venir, ¿puedo tomar una pausa?

    – Te voy a enseñar un truco – le dije – pero para eso es necesario que te des la vuelta, mi vida – me dirigí ahora a mi mujer – ponte en cuatro, bebé.

    Fernando se salió y Ana se giró sobre sí misma, colocándose en cuatro patas. Yo me bajé de la cama, fui a su bolso, tomé una toallita húmeda del paquete que siempre llevaba consigo y un clínex seco.

    – Para bien la colita, mi amor – le indiqué a mi mujer dándole una nalgadita. Ella obedeció y levantó las caderas, al tiempo que pegaba el resto de su espalda a la cama.

    Pasé la toallita húmeda por su ano, para quitar todo rastro de sabor extraño y el clínex seco, para que no supiera a toalla húmeda y me dirigí a Fernando.

    – Y bien, mi amigo, te presento al ano femenino – el cual estaba teniendo contracciones, se dilataba y se contraía – esta zona también es muy sensible a la estimulación con la lengua. El consejo que te doy es que, cuando sientas que no tardas en venirte, hagas sexo oral o, en este caso, le mames el culo a la mujer. Así podrás tomar un descanso sin parar el sexo. Antes de que hagas lo propio, permíteme.

    Y le di un beso y jugué con mi lengua sobre él. Ana gimió. Sabía a sexo y a culo sudado, era una delicia.

    – ¡Ah que rico! – retiré mi boca – es tu turno, Fernando – y se comió el ano de mi mujer con entusiasmo. Acababa de romper una regla que habíamos acordado, lo sabía, pero a Ana no pareció importarle. Yo no dejaba de grabar todo.

    Al cabo de un minuto, Fernando sacó su boca de ahí.

    – ¡Qué puta delicia! – el chico no lo podía creer.

    – Bien, puedes darte, socio – me subí de nuevo a la cama y me recosté frente a mi mujer, con mi pene frente a su cara – métesela y recuerda, si sientes que estás por venirte, para y mámale el culo.

    Fernando penetró a mi mujer y ella soltó un gemido que.

    – Aaah que rico

    La tomé del cabello y la obligué a comerse mi polla. Fernando daba embestidas profundas y suaves mientras la tenía sujeta de la cadera y acariciaba sus glúteos. Cuando nuestro amigo aumentó la velocidad nos preguntó.

    – ¿Puedo darle nalgadas y cosas así?

    – Claro que puedes – le dije – nalguéala, masajea su ano y, si quieres, dile cosas sucias, eso la excita mucho.

    Ana me dirigió una mirada de indignación ycomplicidad, dándome a entender que no quería que revelara cosas íntimas, pero siendo consciente de que Fernando ya le había conocido y saboreado todo, hasta las anginas.

    La faena aumentó su intensidad.

    Ana se comía mi pene como una actriz porno profesional sin quitarme la mirada de encima. Sus labios subían y bajaban, con una mano se sostenía y con la otra jugaba con mis bolas. Su maquillaje se había corrido del sudor y sus gemidos eran más y más sonoros. Los chup, chup, chup, de sus chupadas se mezclaban con los ay, ahhh, mmhhh.

    Fernando le daba más y más fuerte, chorreando sudor de la frente. Le daba nalgadas, la sujetaba de la cadera y paseaba sus manos por sus glúteos, piernas, ano, espalda y sus senos, tomando solo pausas para hundir su cara en su trasero y comerle el ano y la vagina sin distinción. Cuando retomaba, el golpeteo de pelvis contra culo se entremezclaba con las cosas sucias que le decía. Los clap, clap, clap, se oían por toda la habitación, junto con las obscenidades que le decía a mi mujer: “Eres una puta culona”, “Eres nuestra zorra”, “¿Te gusta, perrita?”.

    Yo tenía a mi mujer sometida del cabello y con la otra mano grababa y fotografiaba el espectáculo que tenía en frente. Mi pene estaba a reventar y apenas y entraba en la boca de Ana. El morbo me ganó y me uní a Fernando en las obscenidades hacia Ana: “¿Te gusta tu primer trío, putita?”, “¿Te gusta tener dos vergas para ti solita, mi amor?”, “Eres nuestra golfita”.

    Sin avisar, Ana se sacó de un golpe mi pene de su boca y gritó: “ah ahhh”. Se podía escuchar en toda la casa. Se desplomó sobre su pecho, liberando el pene de nuestro amigo. Apretó sus piernas y su cuerpo entero se tensó, tomó con fuerza mi pierna derecha y comenzó a temblar. Estaba muy caliente. Su orgasmo por fin había llegado.

    – Felicidades – le dije a Fernando, quien no lo podía creer – le provocaste un orgasmo a tu primera mujer. Oficialmente, ya sabes coger, amigo mío, aunque aún te faltan cosas.

    – No pensé que le gustara tanto – Fernando, asombrado, se masturbaba despacio, viendo a Ana – ¿ahora qué?

    – Pues – acaricié el cabello de mi novia – hay que dejar que su orgasmo termine. Si no se queda dormida, podremos continuar, de lo contrario, habrá que esperar hasta mañana.

    – ¿Y qué hacemos mientras?

    – Primero quítate el condón, lo más probable es que tarde unos minutos. Tomemos agua y vamos abajo por la ropa que dejamos allá y regresamos.

    Fernando obedeció mis instrucciones y me siguió. Ambos nos pusimos nuestros bóxeres y subimos las pertenencias de los tres a las recámaras, tardamos menos de un minuto en ello. Cuando entramos al cuarto con Ana, estaba boca arriba, tratándose de retirar el sudor de la cara con las manos.

    – Ahora sí, los dos se pasaron de verga, literal.

    – ¿Nos perdonas? – le dijo Fernando con picardía.

    – ¿Te gustó, mi amor? – me recosté a la izquierda de mi mujer y nuestro amigo a su derecha.

    – No mamen, me encantó. Este tipo de orgasmo no lo había sentido nunca.

    – Jajaja si, se nota – le respondí mientras le acariciaba el cuerpo. Fernando hacía lo mismo, ambos estábamos erectos aún.

    – Ya ni supe, ¿se vinieron? – nos volteó a ver a ambos.

    – No, aún aguantamos otra ronda – Fernando reía – por si gustas.

    – Por favor discúlpenme, pensé que sí se habían venido. Les diría que se las chupo, pero me duele bien cabrón la mandíbula y ya no siento mi vagina, no me responde.

    – Pues hay otras maneras – estiré mi mano al tocador y alcancé su bolsa, de la cual extraje el lubricante – la pregunta aquí es, ¿dónde se te antoja la leche? Si la quieres dentro usamos esto, si la quieres fuera nos masturbamos y ya.

    – Ay es que ambas opciones me gustan…quiero ambas. Quiero que tú, Marco, te vengas dentro de mí y tú, Fernando – lo volteó a ver – quiero tu leche en mis tetas.

    – Tus deseos son órdenes – añadió Fernando.

    Me levanté y giré a Ana hacia su derecha, mirando hacia Fernando. Me arrodillé frente a su culo, perpendicular hacia ella y entrelacé mis piernas con las suyas. Fernando movió su cuerpo, de modo que su pene volvió a quedar a la altura de la cara de mi mujer.

    Coloqué una buena cantidad de lubricante en mi pene y su vagina. Cuando la penetré la escena era gloriosa: mis arremetidas eran lentas y mi pene penetraba profundo dentro de Ana. Ella, incapaz de comerse el miembro de nuestro amigo, lo masturbaba, lamía y apretaba contra su cara. Ana y yo aceleramos más y más y sus gemidos volvieron a sonar en la habitación.

    La posición era una delicia, aunque algo incómoda, así que, para evitar un molesto calambre, cambiamos de pose.

    – A ver, mi amor, gírate – la tomé de la cadera y la coloqué de nuevo en cuatro. Fernando se reacomodó, extendió sus piernas ante ella y colocó su verga en su boca.

    El frenesí continuó. Sus nalgas y mi pelvis hacían música de nuevo, acompañada por nalgadas sobre su culo sudado y enrojecido y sus gemidos constantes. Cada vez más rápido, más fuerte. Ella masturbaba a Fernando, besaba y lamía la cabeza de su pene con mayor intensidad.

    – Ya casi me vengo – dijo él con una mueca.

    – Yo también – y giré a mi esposa de un movimiento hacia arriba.

    En segundos volví a penetrarla y Fernando se puso de rodillas frente a sus tetas y comenzó a masturbarse. La follada continuó uno segundos más, hasta que ambos eyaculamos sobre y dentro de ella.

    El semen de Fernando bañaba sus sudados pechos e hinchados pezones. Si creíamos que el chico no podía bombear más, los tres nos habíamos equivocado. Todo su pecho y abdomen estaban rociados con gotas de semen de todos los tamaños, brillando como un vestido de perlas.

    Yo, que en todo el día no había eyaculado, exploté en su interior durante largos segundos. Cuando saqué mi pene, la vagina de mi mujer, hinchada y algo roja, escurría semen a caudales. Ana se mordía el labio de placer para evitar gritar.

    – Mira que belleza – Fernando admiraba su obra. Ana se retorcía entre gemidos con los ojos cerrados. Estaba tensa, bañada en sudor y temblando de nuevo: era su segundo orgasmo de la noche, el tercero en lo que iba del día.

    – Bañada en lechita es un encanto – confirmé – Fernando, pásame mi celular, quiero capturar este momento.

    Me dio mi teléfono y tomé las mejores fotos que pude. Fotos de sus pechos, de su vagina usada y escurriendo, de su cara de satisfacción y, para firmar nuestra obra de arte, ambas vergas que escurrían aún un hilillo de semen, sobre sus pezones y sobre sus ojos. A Ana no le importaba, el orgasmo la había noqueado.

    Ambos nos limpiamos y nos pusimos nuestra ropa interior. Después de semejante jornada, nos dimos cuenta de que eran las 10.30 de la noche y teníamos hambre, por lo que decidimos dejar a nuestra puta durmiente y bajar a prepararnos las hamburguesas que habíamos comprado por la tarde y que bien merecidas teníamos. Por aquello de que mi amada despertara, dejamos su ropa interior junto a ella.

    En el comedor comentamos lo sucedido con la mayor naturalidad. Fernando estaba sumamente feliz y declaraba que era el mejor día de su vida. Escuchándolo, me di cuenta de que nos veía como lo mejor que había llegado a su vida: en mí veía una especie de hermano que comparte todo con él y en ella una amiga especial con la que la confianza es total, con la que podía soltarse a llorar y desahogar sus apetitos sexuales.

    Una vez comimos le hice un último favor.

    – Mi buen Fernando, lo que te acaba de pasar no creo que le pase a nadie más. Debes valorarlo mucho y no traicionar nuestra confianza.

    – Nunca lo haré, fuera de la cogedera que acaba de pasar, acaban de quitarme muchas inseguridades. Los quiero y no quisiera perder esto.

    – Así se habla. Ahora, una vez que acaben estas vacaciones, probablemente te volvamos a invitar a hacer más tríos…

    – Si, por favor – me interrumpió.

    – Pero por nuestras actividades y la discreción que debemos mantener los tres, no será siempre. Así que para que no nos extrañes quiero darte algo.

    Tomé mi celular, activé mi internet y le pasé todas las fotos y videos que había tomado desde la carretera. En los que estábamos vestidos y en los que no. Fotos inocentes y las más guarras. Fernando estaba feliz con su regalo.

    – Ah no mames, muchas gracias – sonreía.

    – Cuida eso con tu vida. Súbelo a una nube personal y bórralo de tu celular, por si te lo llegaran a quitar en un asalto. Confío en ti.

    Apagamos todo y subimos a dormir. Me dio las buenas noches y entró a su recámara. Cuando yo entré a la mía, Ana estaba profundamente dormida. El semen en su pecho y abdomen se había secado y eran manchas blancas sobre su piel. Tomé una toalla húmeda y se las limpié, así como limpié su cara del sudor que se había secado sobre ella y que, de no hacerlo, la irritaría por la mañana.

    Me puse mi pijama y traté de ponerle la suya. Parecía estar bajo el efecto de alguna droga, pues logré hacerlo sin que despertara. La tapé con el cobertor, pues la noche era agradable pero siempre refresca por la madrugada y dormí abrazado a ella.

  • Cumpliéndole una fantasía a mi mujer

    Cumpliéndole una fantasía a mi mujer

    Les contaré lo qué pasó con la fantasía que mi mujer quería que le cumpliera, me llamo Roberto y mi mujer se llama Marisol. Mi mujer es de complexión robusta algo gordita, pero tiene su culo y sus piernas muy bien formadas, de tetas es algo normal. Yo soy un tipo fitness por qué en mis tiempos libres voy al gym y me cuido, mi pene mide cerca de 16 cm.

    Mi esposa y yo disfrutamos mucho cuando tenemos relaciones, la verdad que me deja satisfecho, una noche viendo una película en Netflix, mi mujer comenzó acariciarme la pierna y subiendo hacia mi pene, comenzó alborotarmelo y cuando estaba muy bien parado, me dijo que si podía masturbarme diciendo como quisiera que se la culearan y yo acepte.

    M: pero quisiera que me culeara otro hombre y tú lo estés viendo y no puedas hacer nada.

    Y: bueno dejaré que me masturbes pensando eso.

    M: quisiera tener un hombre con una verga gruesa y que me ponga mis piernas en sus hombros y me comience a penetrar lentamente

    Y ella comenzó a masturbarme a un ritmo lento

    Y: te gustaría que te toque tus tetas mientras te comienza a penetrar

    M: si que me las toque y me las apriete, y que después de un rato se acueste y yo subirme en su pene y comenzar a cabalgarlo

    Y: y no se la chuparías?

    M: siii, y me la comiera toda

    Y: a ver cómo harías eso

    Y comenzó a darme una tremenda mamada

    M: no te prende la idea hacer eso?

    Y: tú quisieras hacer eso?

    M: sii quiero que me penetre otro hombre y tú nos veas.

    Y: si me prende, pero qué más quisieras?

    M: después de un rato que me ponga en 4 y me comience a chupar mi vagina y ya que este lubricada que me penetre y me envista como fuerza y me pegue nalgadas mientras yo grito que me dé más duro

    Y: sigue sigue que ya no tardo en venirme

    M: mientras él me penetra gritarte que soy tu putita y qué me gusta que me culeen así de duro

    Después de un tiempo salió disparada mi leche y ella se encargó de comerse toda mi leche.

    A la mañana siguiente cuando me levanté y desayunaba le dije

    Y: ya pensaste quien es el hombre que quieres para tu fantasía

    M: me la vas a cumplir?

    Y: si eso quieres si

    M: pues tengo dos candidatos uno es el vecino Carlos y otro el maestro Fabián, tendría que hablar con ellos

    Y: pues habla y el sábado en la casa aquí va ser

    Pasaron los días y me dijo que el que había aceptado Era el maestro Fabián y estaba de acuerdo en que fuera el sábado.

    Llegó el sábado y ahí estaba Fabián en la puerta un hombre ni muy gordo ni muy delgado, con un pantalón de mezclilla y camisa de cuadros, lentes y barba.

    M: pasa te estamos esperando

    Y: bueno, me imagino que mi esposa ya te comentó lo que pasará

    F: si ya platico conmigo

    Nos dirigimos al cuarto y me senté en una silla, mi esposa me amarró las manos y los pies de tal manera que no me moviera y después de eso me puso cinta en mi boca, Fabián se quedó en calzoncillos y mi esposa se metió al baño.

    Salió disfrazada de enfermera, yo solamente pelaba mis ojos

    M: alguien pidió una enfermera?

    F: yo me siento enfermo

    M: ahorita veremos que tienes y te curaré

    Comenzó a bailarle y Fabián poco a poco fue tomando la erección, después de unos minutos su pene estaba parado, mi esposa le quitó el bóxer y pude ver qué Fabián tenía un miembro más grande y grueso que el mío, mi esposa se lo saboreo, y comenzó a mamárselo, le pegaba tremendas succiones que Fabián solamente empujaba la cabeza de mi mujer, mi esposa se atragantaba y seguía chupando y masturbando a Fabián que dentro de unos minutos se corrió en la boca de mi mujer. Fue el turno de Fabián y comenzó hacerse sexo oral a mi mujer, que ella solamente gemía y disfrutaba, terminó en un largo orgasmo.

    M: vamos papito cógeme, cógeme duro

    Mi mujer subió sus piernas a sus hombros y Fabián con fuerza la embistió y de la boca de mi mujer salió un grito de dolor y placer, la penetracion brusca no paraba se escuchaba el golpeteo de sus huevos contra el culo de mi mujer ella solo gemía, gritaba y disfrutaba, mientras yo solo veía como se cogían a mi mujer.

    M: oh siii que rica verga tienes, ya yaaa no aguanto voy a venirme, ah ahhh ya paraaa termi, termineee

    El siguió penetrándola a un ritmo más lento.

    M: ahh no te pares viene un orgasmo chiquito

    Y en un suspiro largo terminó mi mujer, Fabián no acababa.

    M: no termines dentro de mi

    F: cállate perra que hoy eres mía y yo te daré como yo quiera

    Y después de unos minutos termino dentro de la vagina de mi mujer.

    No pasó mucho cuando Fabián la colocó de perrito y comenzó a darle por la vagina, mi esposa solo gritaba de lo fuerte que le daba.

    F: ahora tú verás como le parto el culo a tu mujer

    Comenzó a meterle un dedo, después dos, se puso de pie en la cama y después colocó la punta de su pene en la entrada del culo de mi mujer, que ella solamente paro más si culo y colocó su cabeza en la cama, cuando de un solo movimiento le introdujo el pene a mi mujer que ella solamente grito y se mordió los labios.

    F: ahora si putitaaa a disfrutar

    M: despacio que me duele

    F: cállate que yo se que te gusta

    Y le pego dos nalgas y mi mujer solo gemía.

    F: ve como disfruta tu mujer mi verga, ve como le destrozó todo el culo y tú no puedes hacer nada mientras lo hago

    Y después le jalo el pelo, mi esposa tuvo un orgasmo el siguió y siguió hasta que terminó dentro del culo de mi esposa, qué solamente le brotaba leche.

    M: que rica cogida tuve hoy, gracias maestro

    F: no hay de qué zorrita, y ya sabes que te puedo quitar las ganas cuando gustes

    M: vamos te acompaño a la puerta

    Regreso mi esposa, me desato y me dio un beso y dijo:

    -gracias por cumplir mi fantasía, ahora quisiera hacer un trío con ustedes qué te parece?

    Yo no conteste solamente le dije que lo pensaría y que quisiera cumplir mi fantasía.