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  • Cuando toqué el calzón de mi tía

    Cuando toqué el calzón de mi tía

    Hola a todos, antes de empezar con mi relato debo decir que ya tenía tiempo pensando en contar las cosas que he vivido, este será mi primer relato. Como ya lo leyeron en el título, les contaré la vez en que toqué el calzón de mi tía.

    Mi tía en ese entonces no vivía en mi pueblo, hasta que un día vino de visita, nada mas llegó con sus dos hijos, así que como no teníamos lugar en mi casa, le dijo a mi mamá que se iba a quedar en la casa que antes había ocupado un hermano mío, mi mamá le dijo que si pero que yo la acompañara. Yo accedí sin peros.

    Ya en la noche después de acomodar la cama donde íbamos a dormir, mi tía me dijo que yo me durmiera en la esquina de la cama pegada a la pared, sus hijos en medio y ella en la orilla, así pasó y nos fuimos a dormir, eran como las once y me desperté porque mis primos me estaban pateando inconscientemente, pero aproveché que estaba despierto para meter mi mano bajo la falda de mi tía, sentí miedo porque pensé en lo que podría pasar, pero eran más mis ganas.

    Lentamente fui buscando su entrepierna, hasta que llegué a donde quería, solo que no tenía las piernas más abiertas, alcance a tocar su vagina sobre la tela y acariciar su vello púbico, como me encantó, en ese momento mi tía se movió y yo tuve que quitar mi mano, me hice el dormido esperando y pensando si me iba a regañar, pero no pasó nada malo.

    Ahora de acordarme me excita mucho, pero bueno ojalá les guste este relato, con el tiempo iré contando más anécdotas…

  • Mar follada por papi (parte 1)

    Mar follada por papi (parte 1)

    Inicio:

    Mar se pregunta “¿cómo pude terminar así?”, atada boca abajo a una mesa, muñecas atadas con esposas y piernas amarradas bien separadas con cuerda, ojos vendados con mordaza en la boca y nada más que medias, liguero y zapatillas de tacón negros…

    En realidad Mar, sí, sabía cómo terminó así a punto de ser follada por un “desconocido” tal vez no tan desconocido, como una zorra, todo empezó hace unos 3 meses a petición de su esposo Maro.

    Mar con 32 años con un hijo chico, casada con Maro desde hace ya varios años, tiene buen cuerpo, delgada, morena y bajita con tetas medianas, un largo cabello negro, piernas moledadas y un trasero bien definido; ya no folla tanto como antes ya que Maro, por su trabajo, se ausenta por varias semanas, a veces hasta meses.

    Ahora, atada a la mesa, moja de excitación, pero como lo mencionamos antes, no era así hace ya desde un tiempo.

    En cuanto a Maro, si bien regresaba de su demandante trabajo con ganas de coger a Mar, y aún con los videos, fotos y videollamadas porno que hacía con Mar, sentía que faltaba algo para mantener su relación caliente. Llegar, poner en cuatro o boca arriba a su mujer y llenarla de semen ya no le satisfacía, pero para él también las cosas cambiaron cuando empezó a platicar con su suegro Gríseo.

    Todo empezó con un chat inocente entre Maro y Griseo sobre lo mandona que es Mar y de cómo podría ser rico y excitante tenerla domada para usar su concha peluda entre ambos.

    A Maro, empezó a prenderlo mucho imaginarse por ejemplo un trío entre su mujer, su suegro y él entre otras fantasías en dónde Mar gozaba con sus vergas en ella.

    Ahora, regresaba con más ganas a casa, y a raíz de las charlas con su suegro, ya no solamente cogía a Mar en posiciones y lugares “tradicionales” sino que empezó por ejemplo a cogerla atada en la cama, sobre la mesa de la cocina en lugar de la cama, a veces sodomizandola. Fue un cambio grato para ambos.

    Durante este tiempo, Maro regresaba a casa con sugerencias de Griseo.

    Por ejemplo, durante un chat Griseo, sugirió a su yerno que se podría follar a su hija en el sofá de su casa, pero antes pedirle que use sus medias y negras y zapatilla para luego abrirla de pierna y le practique sexo oral a Mar metiendo su lengua bien hondo y chupando su clítoris, antes que le devuelva el favor mamandole su verga hasta que este parada y pueda embestirla.

    No falta decir que Maro puso la sugerencia de su suegro en práctica, solo que no llegó hasta el punto de penetrar a la hija de su suegro, ya que se vino antes en su boca. Eso no fue ningún problema ya que aparte de tragar gustosa su semen, Mar ya se había corrido durante el oral de Maro. De todo eso se enteró Griseo en la siguiente charla con su yerno (poniéndole duro como nunca al imaginarse la escena entre su yerno e hija).

    Poco a poco, ya con la confianza creciente entre Maro y Griseo, este no solamente le contaba como les había ido a Mar y él con las sugerencias sino que también empezó a compartir fotos y videos de Mar (a veces con él también) para que pudiera ver por ejemplo cómo se veía la concha peluda de su hija llena de semen o bien que tan bien ejecutaba las mamadas su hija consentida.

    En una ocasión, Griseo y su yerno acordaron, sin que lo supiera Mar, que la iba a coger en “vivo”, es decir que Griseo iba a ver por primera vez, su hijita ser montada vía una sesión de videochat.

    A la hora acordada, Mar con los ojos vendados y el celular colocado de tal manera que se pudiera ver toda la escena, empezó el show.

    Mar, de frente a la cámara, parada de rodillas sobre el sofá, con Maro atrás de ella, como lo hemos dicho con los ojos vendados, ya que ella no sabe que su padre la está viendo. Una vez más lleva puesto lingerie negra, tanga, brasier, medias y ligueros, Griseo no logra distinguir si lleva puesto zapatillas.

    Maro, le besa el cuello y empieza acariciar el vientre de Mar, subiendo hasta sus senos despacio. Al llegar a sus senos aún cubiertos por su brasier negro, Maro se lo levanta, exponiendo los senos hermosos de Mar, no muy grandes, ni muy chicos, con la aureola bien marcada pues recién desteto a su hijo. Le acaricia los pezones que se le ponen duros al instante viéndose claramente en el video para el goce de Griseo.

    Pasando sus manos detrás de la espalda, Maro le quita por completo el brasier negro de encaje a Mar. Ahora solo tiene puesto las medias, tanga y ligueros negros, haaa y cierto lleva puesto los aretes de plata colgantes que le regalo Griseo (es un detalle que aprecia Griseo de Maro, haberle pedido que se pusiera estos arretes en particular a sabiendas que su suegro lo notaria).

    Con una mano sobre su seno izquierdo y la otra en sus tangas, aun besándole el cuello, mirando la cámara con sorna empieza a masturbarla. Griseo, solo ve como, la mano derecha de Maro acaricia y, de repente, pizca el pezón de su hija provocando un pequeño gemido mientras con su otra mano, debajo de la tanga, pasea por la rajita velluda de Mar humedeciendola cada vez más. Griseo se imagina la verga parada de su yerno apretada contra las nalgas de su hija poniéndole tan tieso que debe contener las ganas de venirse justo ahora.

    Griseo al ver la escena nota como a Maro le encanta la situación y que hace todo para exhibir a Mar para su padre; mira la cámara invitando a su suegro a participar, a que folle a su hija por la boca mientras él le da por atrás.

    Maro considera que ya es hora de que Griseo vea bien la entrada de su hija, ya pudo ver sus hermosos senos, ahora que vea su vagina. Por ello Maro, pone brevemente a Mar en cuatro y le baja la tanga negra que llevaba puesta por encima del liguero. La vuelve a parar, y ahora solo tiene puestos las medias y el liguero (aún no se ve si tiene puesto las zapatillas de tacón).

    Ahora Griseo ve perfectamente como la mano izquierda de Maro está sobre el pubis de su hija y como, con su dedo mayor, empieza a dedearla. Griseo toma nota mental de felicitar a su yerno por la buena iluminación y la excelente posición de la cámara que le permite no perderse ningún detalle. Y por si faltaba poco, están colocados a la distancia perfecta para que Mar ocupe toda la pantalla (y quién sabe cómo, Maro, parece controlar el zoom de la cámara de su celular).

    Ella se retuerce de placer y emite pequeños quejidos de placer. Ahora que ya no tiene la tanga debe poder sentir la verga de Maro sobre sus nalgas quien hasta dónde pudo darse cuenta Griseo solo tenía puesto un boxer al inicio de la sesión en vivo.

    De alguna manera, Maro logra hacer un zoom hacía la entrada peluda de Mar, para que su suegro pueda ver claramente como le entra su dedo y la abre un poco para que papi pueda apreciar la entrada rosadita de su hija. Es cuando Griseo, notando lo mojado que está su nena, le da un deseo enorme de meter su verga en ella.

    Al regresar el zoom de tal manera que se vea otra vez a Mar de cuerpo completo, Griseo escucha claramente su hija decir “ya metemela duro”…

    Entonces Maro, la vuelva a poner en cuatro (de paso, Griseo, aprecia la vista de las tetas de su hija colgando como bonitas medianas peras maduras y sus arretes de plata que le regalo que también cuelgan, resaltando su pelo negro que lleva amarrado en un moño y la tez morena de su piel) y se para para quitarse el boxer con la verga perfectamente parada haciendo un giño hacía la cámara.

    Maro empieza a clavársela a Mar, despacio pero aun así se oye como el gemido de Mar se intensifica al sentir la verga de su esposo en ella.

    “Con lo húmeda que estaba, tuvo que entrarle suave y sin problema” piensa Griseo al disfrutar la escena e imaginando su propia verga entrando en ella.

    Una vez más Maro tuvo un detalle para su suegro, acordándose que durante una de sus pláticas como sería follar a Mar entre los dos al mismo tiempo uno en la boca el otro en su vagina o culo, ya con su verga en ella, ella aún en cuatro, ya con sus senos moviéndose junto con sus aretes al ritmo de las embestidas le jalo suavemente el cabello para que mirará, aun con los vendados, la cámara y papi pudiera ver su boca abierta, es más Maro le mete unos dedos en la boca para que la abriera más y pareciera una zorra de película porno.

    Así en cuatro, la embiste unas cuantas veces tomándola de las caderas con ambas manos y de vez en cuando acariciando uno de sus senos con Mar jadeando abiertamente de placer, sigue mirando la cámara esperando que su suegro no se pierda nada (va sin decir que y jalandosela ni parpadea) cuando la para de nuevo de rodilla pero esta vez en lugar del dedo de su esposo tiene su verga clavada a su rajita.

    La vista para Griseo es excelente, ve perfectamente la verga de su yerno en su hija, como le entra y sale llenando su nena. Las manos de Maro están de nuevo, ahora sobre ambos senos, volviendo a besarle el cuello y de vez en cuando mirando la cámara.

    Si bien Mar se está comiendo la verga de su esposo, en esta posición parada de rodilla, no le entra todo lo que ella quisiera, siente lo grueso y lo palpitante de su verga, pero la quiere más hondo…

    Al conocer a su mujer, Maro, se recuesta boca arriba, para que Mar, aún de frente a la cámara pueda montar más a gusto su verga erecta. Ese cambio de posición es bienvenido para Papi, ya que ahora pueda apreciar, aparte de como le entra el pene de su esposo, como ella empieza a marcar el ritmo y como las manos de Maro ahora están en sus caderas sus pechos se mueven libremente. Y como si intuyera que la están viendo, se queda sentada bien recta, sus piernas en medias negras abiertas empalada sobre la verga de su esposo con sus senos erectos… Griseo otra vez al verla así no supo cómo aguanto como no venirse ya, ver el coño su hija tragando la verga de su yerno e imaginarla así encima de su miembro, de una forma u otra logró contenerse para gozar otro poco de este espectáculo en vivo, también noto que al final de cuenta no llevaba puestas las zapatillas para estar más cómoda.

    Mar con ganas se está empalando solita, gimiendo y ahora también masturbandose al par.

    Parece que Maro, al igual que su suegro estaba al límite de gozar, ya que no pudo más y se corrió en Mar… fue obvio para Griseo ya que se veía claramente como el semen de su yerno se escurría de la concha de su hijita mientras ella cabalgaba como una poseída…

    Hasta que ella tampoco pudo más y ya de rodilla sobre la verga de su esposo tuvo un orgasmo intenso… Cuando exactamente en este momento papi tuvo también una eyaculación enorme que salpicó hasta la pantalla.

    Aún con la verga de Maro en ella, ya casi recostada hacia adelante (Griseo pensó que su yerno debía tener una buena vista del trasero de su hija) Mar estaba recuperando el aliento cuando…

    Se quitó el antifaz…

    Y vio la cámara…

    No era la primera vez que hacían una película porno para su goce, pero la sorprendió que no se lo hubiera dicho su esposo

    Mar le pregunta: “¿Nos estabas filmando?”

    Maro: “Si, claro. Tuve una fantasía especial”

    Mar aún con el miembro de su esposo en ella, sintiendo como su semen se escurre de su coño velludo: “¿Cuál?”

    Maro: “Que tu padre te viera follando como lo hiciste…”

    Mar con la duda de si era cierto o no puedo impedir excitarse de nuevo a pesar del intenso orgasmo que tuvo, así que…

    Le siguió el juego, sin saber que no solamente la cámara estaba grabando sino que estaba en vivo.

    Mar mira la cámara y dice: “Mira Papi” y se endereza sacando la verga de su esposo aún recostado boca arriba; ella se acomoda y se abre de pierna las medias un poco manchadas de semen y fluidos del sexo, abre bien su raja provocando que se les escurra aún más el semen que tenia a dentro y la muestra a la camara diciendo “Mira Papi mi concha peluda llena de semen… si estuvieras aquí podrías ahora metermela tu”, mira la cámara ahora ella con sorna tocandose el clitoris.

    En este momento, casi le da un infarto a Griseo por la emoción y por más increíble que parezca se le vuelve a parar aún más duro que antes como si eso fuese posible.

    Mar ya tocándose la panocha y los senos: “Ven a metermela papi…” viendo fijamente a la cámara.

    Maro ya “liberado” de la concha de Mar, sentado ligeramente atrás de ella guiña a la cámara.

    Al parecer su hijita está en celos otra vez, imaginando que papi se la va a meter y batir la leche de su esposo, eso fue mucho más de lo que Griseo esperaba.

    Ver a su hija abierta, recién llenada de leche caliente, pidiendo más… tenía que ser suya.

    Mientras Griseo por segunda vez se masturbaba, Mar se corría otra vez intensamente enfrente de la cámara, Maro jugaba un poco con sus senos, se estaba preparando todo lo necesario para que Mar terminará atada, ofrecida sobre una mesa…

    Sin duda antes de llegar a este punto hubo otras “sesiones” intensas en dónde Mar aún no sabía con certeza si papi la veía o no.

    Pronto llegaremos a eso.

    Continuará…

  • Trío con mi amiga

    Trío con mi amiga

    Hace unos días, tuve la experiencia más intensa de mi vida sexual hasta ahora.

    Recibí el mensaje de una amiga, Paula, para juntarnos después del trabajo; hacía mucho tiempo que no la veía por distintos motivos, asique su mensaje me alegro. Siempre vi a Paula como una chica demasiado sexy, es muy bonita y tiene una chispa que enciende a todos al llegar; mas de una vez había fantaseado con ella, pero soy hetero y tengo pareja era solo una fantasía mas.

    Cuando nos vimos fue como si no pasara el tiempo, nos reímos, tomamos y hablamos de mil cosas. Ya estábamos a punto de irnos cuando se acerco un pesado a querer hacerse el vivo, buscaba levante… Empezó bastante mal y nos reímos de él. La típica, le dijimos que somos pareja y que estábamos bien. Por lo general después de eso los pibes se van pero él no, se quedo y siguió insistiendo; nos pago unas cervezas asique decidimos seguir el juego.

    Para demostrar la veracidad de nuestra pareja nos pidió a cambio besarnos frente a él. Lo dude, pero tuvimos una mirada cómplice con Pau, y entre risas y alcohol lo hicimos. Ella me agarro de la nuca y me acerco firme, por fin pude sentir sus labios, en ese momento me desconecte, su beso fue suave, me beso lento, paso su lengua por la comisura de mis labios y después nos entrelazamos. Notaba como su mano ya no era tan delicada como al principio, nuestros cuerpos se rozaban, nos dábamos pequeños mordiscos, se notaba su excitación y también la mía; al final, nos volvimos a mirar, pero ahora con deseo.

    A de todo esto, nuestro nuevo amiguito, ni lento ni perezoso, tenía una erección hermosa, y la verdad él no estaba nada mal, tenia espalda ancha, manos fuertes y unos ojos negros que acompañaban muy bien esa sonrisa canchera.

    Los tres sabíamos que hacer, y si había algún tipo de limite, sabíamos que lo íbamos a pasar esa noche.

    Pau ofreció su casa, vive a la vuelta del bar, asique fuimos…nos ganaba la calentura, esas dos cuadras las hicimos entre besos, y mucho manoseo los 3, la gente nos miraba y eso nos encendía mas, nunca sentí tanta adrenalina.

    Apenas entramos al departamento, nuestro amigo se sentó en el sillón a vernos, mucho mejor, pensé; me acerque a Paula y la bese pero con más intensidad que antes, como si quisiera devorarla. Le saque su vestido muy fácilmente y empecé a sentirla cada vez mas; escuchaba sus gemidos mientras la tocaba, los ruidos de los besos, esa mezcla de suavidad y desesperación, del roce, sentir su piel, su perfume, me estaba volviendo loca. Tenía un nivel de calentura que no había experimentado antes, y con mi amiga! Pero necesitaba sentirla más, bese su espalda, la acariciaba y rasguñaba, nada era suficiente, lamí cada parte de ella, acaricie su culo y me detenía a lamer sus pechos mientras mis manos recorrían sus piernas y sus muslos, me pedía que la toque más, que metiera mis dedos en ella o lamiera su clítoris, pero escucharla suplicar me hacia querer detener mas el momento, teníamos que aprovecharlo.

    Nico, el nuevo amiguito, estaba tumbado sobre el sillón mientras se sobaba la verga por encima del pantalón y nos miraba; el jean le marcaba el bulto y su remera blanca quedaba a la perfección con su piel morena y sus grandes brazos. Se paro y nos trajo hacia él con firmeza, cambio su actitud al 100% del cancherito inexperto que vimos en el bar. Ahora se mostraba determinado a que esa noche no sea solo nuestra sino que sea suya. Con la mirada nos mostro que ahora mandaba él. Nos arrodillo a sus pies y en menos de 10 segundos puso su verga ante nosotras, sabía muy bien lo que quería. Se la agarre y la levante, lamí de una pasada desde el perineo hasta la punta, donde Pauli ya le estaba chupando la cabeza. Mirábamos a Nico con hambre, como dos gatas en celo, mientras el nos miraba extasiado…

    Besaba a Pauli con la verga en medio, parecía que lo habíamos ensayado, a ella le gustaba darle besitos en los huevos, los masajeaba y chupaba como una experta y, mientras con una mano le acariciaba las piernas, con la otra me masturbaba. Yo estaba mojadisima, sentía como se me escurrían los jugos por las piernas, ni sabía que eso era posible!!

    Por mi parte me gustaba la verga, era bellísima, estaba levemente doblada a la izquierda lo cual era tierno y excitante y, con tanta saliva y los líquidos pre seminales, brillaba. Ninguna verga me pareció tan rica como esa, intercambiaba entre lamidas, chupadas y succiones mientras daba vueltas con la lengua en la cabecita. De vez en cuando me la metía entera en la boca y miraba a Nico a los ojos como mostrándole que en ese momento le pertenecía; él lo entendió rápido, me agarro del pelo con fuerza y dejo su verga entera en mi boca por unos segundos, me atragantaba pero eso me gustaba mas.. Y que empezó a bombear sin piedad. Con todo eso, yo no podía hacer más que dejarme llevar. Veía de reojo a Pauli chuparse los dedos empapados de mí y así, con los dedos de mi amiga en mi concha y el pene de un desconocido llenándome la boca, tuve mi primer orgasmo. Se me aflojaron las piernas, sentí una electricidad en todo el cuerpo y mi vista se nublo, fue increíble! Pero mis compañeros necesitaban mas…

    Nico alzo a Pauli y la acomodo en 4 en el borde del sillón, él se paro detrás; estaba tan enceguecido por el pete que le había hecho que la penetro de una y la empezó a embestir con fuerza mientras le agarraba la cadera y le empujaba la espalda hacia abajo. Ella hizo un quejido leve pero, después de tantas charlas que tuvimos, sabia que eso la excitaba tanto como a mí, asi que como buena amiga me puse frente a ella y le di la dulzura que necesitaba en ese momento bese sus labios mientras por detrás era bombeada con fuerza, lamí las gotas de sudor que corrían por su pecho y su abdomen y haciendo algunas contorsiones logue quedar debajo, entre las piernas de Nico y la vulva de Pau.

    Podía ver la penetración en primer plano, veía como los huevos de Nico le azotaban el culo a mi querida amiga y como su vagina se abría cada vez… Aproveche a lamer el clítoris de Pau y le masajeaba las tetas como podía mientras la embestían, quería que ella tenga el mismo placer que yo.. Sacaba la verga de Nico de su vagina y la frotaba contra su vulva, sabía que eso la volvía loca y a él parecía que también… Mientras se frotaba por fuera aprovechaba a volver a chupar esa linda verga aunque sea un poquito más, estar ahí abajo era una verdadera locura, intercambiamos entre embestidas y lamidas hasta que Paula pareció desmayarse, se le venció el cuerpo y se cayó encima mío, pero es una zorra con experiencia y se recupero rápido.

    Sentamos a Nico en el sillón y se la chupamos por unos minutos, lo suficiente para que recupere fuerzas, pero no tanto para que acabe.

    Me puse sobre el dándole la espalda y me deje caer, pude sentir por fin como esa verga llenaba cada parte de mi vagina, necesite unos segundos para adaptarme y ahí pude entender las lagrimas de Pauli cuando fue embestida de golpe.

    Esa posición le daba lugar a Nico para tocarme, me manoseaba mejor dicho porque lo hacía con fuerza, con rapidez, me apretaba las tetas, las piernas…sus manos eran ásperas y tenía la fuerza para levantarme y manejar el ritmo él. Podía sentir sus testículos y el roce; además de verme a mí misma siendo penetrada.

    Pauli se sumo y me besaba muy dulcemente, me acariciaba apenas con la yema de los dedos, suave, delicada, todo un contraste con la fuerza de Nico quien me agarro las caderas y me empujo hacia abajo como si quisiera meterse entero en mi y partirme en dos, se quedo unos segundos así, escuchaba sus gemidos, nuestros gemidos, y sentía ese olor a sexo que inundaba el lugar, es definitivamente uno de mis olores preferidos. Acabe otra vez.

    Ahora fue Paula quien se inclino sobre Nico y metió toda la verga en su boca, sabíamos que le faltaba poco y nos dedicamos de lleno a él, se atragantaba con su verga, el gemía y empujaba su cabeza para que entre más, le temblaban las piernas y tuvo varios espasmos donde arqueaba todo su cuerpo, y quedaba vulnerable ante un orgasmo que no pudo controlar. Toda su leche fue a la boca de Pau, la bese y compartimos sus jugos en un beso hermoso, pero se escurrían lo cual la hacían verse más linda aun, limpiamos a Nico entre las dos y nos rendimos agotados.

    No tengo idea de cuánto tiempo estuvimos ahí pero esa experiencia valió cada segundo. Después de eso no volvimos a tener contacto con Nico, pero si entre nosotras. Hacemos un espacio entre nuestras parejas y trabajos y seguimos siendo amigas que se divierten mucho mas cada vez que se encuentran, solo que ahora compartimos un poco más que tragos.

  • En cueros con mi senpai

    En cueros con mi senpai

    Me llamo Sayo y trabajo para una empresa. Soy más bien bajita y algo regordeta. Una chica de esas que aun teniendo un rostro agradable, suelen pasar desapercibidas. Probablemente el hecho de no ser el centro de atención también vaya ligado a mi timidez y falta de atrevimiento. Otras, con menos virtudes que yo, pero más descaradas, obtienen mucha más relevancia social.

    Aquella tarde Takada san, mi compañero de trabajo, mi mentor, mi senpai, estaba allí a mi lado, en pelotas. La cara roja de vergüenza, complexión delgada, culo caído y algo desinflado con una fina raja de la que salían aquí y alla algunos pelos negros. Por delante, el pene colgaba inclinándose ligeramente a la derecha, algo crecido a pesar de la situación.

    Frente a nosotros Yamada san, nuestra jefa. Más alta que yo, constitución atlética, frente despejada y pelo recogido en una larga coleta que casi le llegaba hasta las nalgas. Estaba seria pero no enfadada. Miró de arriba a abajo a Takada e inconscientemente, en un movimiento que no duró más de dos segundos, humedeció sus labios con la punta de la lengua.

    Luego me miró a mí.

    – ¡Desnúdate! – me ordenó.

    Desde el principio sabía que yo sería la siguiente, pero había albergado la esperanza de tener cierta privacidad.

    Enrojecí.

    Y a continuación, con un nudo en la garganta, hice una pregunta absurda.

    – Me quito toda la ropa.

    – Desde luego. ¿No ves a tu compañero? Pues tú igual.

    Sin decir más palabras, mecanicamente, comencé a quitarme la ropa. Notaba la mirada de mi senpai y de mi jefa. Dudé un instante antes de desabrochar el sujetador y enseñar mis tetas. Después, sin pensarlo mucho, de un tirón, me bajé las bragas dejando al aire mi pálido trasero temblón que tenía algún que otro granito en la parte baja.

    La directora caminó a nuestro alrededor examinando con su mirada nuestros cuerpos. La temperatura de la habitación era la adecuada.

    – ¿Os habéis enrollado alguna vez?

    La verdad es que la idea de tener algo con Takada se me había pasado por la cabeza alguna vez, pero claro, nunca se había dado la situación.

    – Bésala… es una orden.

    El varón no se decidía y yo tampoco hacía nada por animarle.

    – O la besas en la boca o está despedida – amenazó la que mandaba

    – Por favor, hazle caso. No quiero que me echen. – le supliqué al ver que todavía dudaba.

    Esa mujer era capaz de todo y yo no iba a poner mi futuro en riesgo por una pequeñez.

    Quizás por miedo o por deseo, ciertamente por obligación, el caso es que nos besamos en serio. Reconozco que me dejé llevar y le metí la lengua.

    Nuestra jefa, satisfecha. Cogió una silla, la puso frente a su escritorio y se sentó.

    – Quién es el primero? – dijo mientras hacia un gesto palmeando sus muslos.

    Mi compañero se acercó y siguiendo las instrucciones se tumbó boca abajo sobre el regazo de la que iba a calentarle el culo. Por mi parte, siguiendo órdenes, abrí el cajón del escritorio, saqué un cepillo de madera y se lo entregué a la directora.

    El castigo no fue suave. Aquella mujer pegaba con fuerza dejando marcas en el trasero de su empleado.

    Había algo hechizante en el correctivo que me hacía mirar con una mezcla de temor a lo que me esperaba y excitación por la escena al desnudo.

    Finalmente, Takada san se reincorporó y se pudo frotar las posaderas.

    Mi jefa me miró y repitió el gesto palmeando sus muslos e invitándome a tumbarme sobre ellos. Me acerqué a ella indecisa y aguardé un instante de pie, tratando de contener los nervios. Luego, de repente, agarró mi muñeca y tiró de mí. Caí torpemente sobre sus rodillas, apoyando una mano en el suelo para no perder el equilibrio. Suspiré con alivio cuando quedé en posición, me relaje demasiado deprisa y se me escapó un pedete. El rubor tiñó de rojo mi rostro, no sabía dónde meterme. Esperé un comentario burlón, una reprimenda. En su lugar recibí un azote del cepillo sobre mi pandero. Y luego otro y otro. Pronto mis nalgas comenzaron a danzar mientras cambiaban de color. Por suerte, al igual que con mi compañero, el correctivo fue intenso pero breve. Dejé escapar alguna lágrima mientras me ponía de pie y masajeaba mis glúteos.

    – Hoy os quedaréis un par de horas más acabando el trabajo.

    ****

    Por la tarde la oficina se hallaba casi en silencio y en semi-oscuridad. La única luz que delataba actividad provenía de la sala dónde trabajábamos. Faltaban 20 minutos y ya casi habíamos acabado.

    – ¿Qué tal estás? – me preguntó mi senpai

    – Me escuece el culo… pero supongo que a ti te ocurrirá lo mismo. – respondí con franqueza.

    Un minuto después hablé de nuevo.

    – ¿Te apetece hacer algo? – pregunté.

    – Algo cómo qué… enrollarnos?

    – Sí, por ejemplo eso. – dije acercándome a él y tocándole el brazo.

    – ¡Desnúdate! – me dijo.

    Obedecí.

    El también se quitó la ropa.

    La visión de su pene, erecto y grande, llenó de cosquillas mi bajo vientre.

    Le di la espalda, apoyé mis manos contra la pared e inclinándome puse mi culo colorado en pompa.

    La penetración me hizo gritar de placer.

  • Con mi entrenadora en el parque de casa

    Con mi entrenadora en el parque de casa

    Hacía dos meses, con Claudio mi marido, nos mudamos a un country club de la zona norte del Gran Buenos Aires, a una casa más amplia, con pileta y gran parque. Uno de los amenities del barrio es un gimnasio super completo y por comentarios de conocidos con muy buenos profesores.

    Luego de acomodarnos, decidí empezar a ir al gimnasio, para bajar un par de kilos y tonificar los músculos. El primer día que fui me recibió Sandra, una joven de no más de 28 años, pelo castaño, y un físico envidiable, a pesar de no tener grandes pechos.

    – Hola, ¿Cómo estás? Soy Sandra. ¿Sos nueva?

    – Hola, soy Romina, Ro. Sí, es mi primer día.

    – Bienvenida entonces, te voy a molestar con algunos datos para completar la ficha.

    En diez minutos habíamos terminado y ella me preguntó:

    – Contame Romina, ¿Qué buscas viviendo al gimnasio?

    – Tonificar mis músculos y si es posible bajar un par de kilitos.

    – Bueno… empecemos entonces.

    Con mucha dedicación me fue mostrando las máquinas y los ejercicios que quería que haga. Yo estaba vestida con un jogging, una remera y un buzo arriba. Poco se podía apreciar de mi cuerpo, ella por su parte estaba con unos leggings tremendos, floreados y un top que marcaba sus pechos a la perfección.

    Cuando terminé fui a saludarla y me dijo:

    – Ro, algunas cosas: si queres o no podes venir a la mañana, lo podes hacer en cualquier horario. En tu tarjeta esta todo tu entrenamiento, y acordate que tenes muy buenos baños, un sauna y ducha escocesa a tu disposición.

    – Gracias Sandra, lo voy a tener en cuenta. Nos vemos.

    Durante las siguientes semanas fui tres veces a la semana, y realmente me iba sintiendo mejor, sumado a que empecé a bajar esos kilitos. Siempre iba con mis joggings. Una mañana está en una de las máquinas y se me acercó.

    – Ro, ¿me dejas decirte algo?

    – Claro Sandra.

    – Mujer, tenes 34 años, sos una linda mina. ¿Por qué no lucís tu cuerpo?

    – No te entiendo Sandra.

    – Siempre con esos joggings bolsa, cómprate uno leggings, unas remeras ajustadas, unos tops. Tenes que lucirte, disfrutar las miradas de hombres y mujeres sobre tu cuerpo, en especial las de tu esposo.

    – Soy muy pacata… pero voy a hacerte caso, aunque sea probar…

    – Dale, vas a ver que hasta te vas a sentir mejor como mujer. Me dijo Sandra.

    – Puede ser…

    El miércoles de esa semana hice una escapada a un shopping y me compre dos leggings, remeras de lycra y un par de tops. Al día siguiente fui con uno de los conjuntos al gimnasio.

    – Huy… que cambio. Estás preciosa. Dijo Sandra cuando me vio entrar.

    – Gracias, es una sensación rara, como estar desnuda, casi no se sienten en la piel.

    – Viste, son geniales. Me dijo mientras me miraba sin perder detalle de mi cuerpo.

    Primero me sentí un poco incomoda, una mujer me miraba de una forma… excitante. Pero mientras hacía los ejercicios, sus miradas se mantuvieron y a mí se me hicieron agradables. Aunque nunca me atreví a contarle a mi esposo, antes de conocerlo, cuando estudiaba y vivía con una amiga, había tenido algunos encuentros calientes con ella, besos, caricias y masturbaciones.

    La semana siguiente fui a comprarme varios leggings, remeras y tops más. Una mañana arme mi bolso con otra muda y un par de toallones para bañarme en el gimnasio. Nunca había llevado bolso y pude ver una sonrisa distinta en el rostro de Sandra cuando me vio con el bolso.

    – ¿Te decidiste a tomar una sauna? Me pregunto cuando estaba en una máquina.

    – Sí, o una ducha escocesa, todavía no sé.

    – Sauna, así abrís bien los poros, y después la ducha para limpiar bien la piel.

    – Gracias por el consejo.

    Cuando termine los ejercicios fui al vestuario y entre en un box para sacarme la ropa, anudar un toallón sobre mi pecho y entrar al sauna. Lo estaba haciendo cuando escuche que alguien entraba. No le di importancia. Guarde la ropa sucia y cuando salí del box me encontré con Sandra, desnuda y con un toallón en el brazo.

    – Terminé mi turno, voy al sauna.

    – Vamos. Le dije.

    Las dos entramos ella fijo la temperatura y nos sentamos en las tarimas.

    – Perdoname, ¿Te molesta que no me tape con la toalla?

    – Para nada, quédate tranquila. Le contesté.

    – A algunas chicas no le gusta… se sienten “intimidadas”.

    – ¿Intimidadas? No entiendo.

    – Intimidadas sexualmente. Una hasta una queja hizo.

    – Wow… bueno, no me sorprende. Hay cada una… Dije.

    – Lo que pasa es que esa mina me vio besándome con una amiga una mañana que me trajo, y piensa que la voy a “atacar” solo porque soy 50% lesbiana como digo yo.

    – Jajaja, contame porque no entiendo.

    – Claro, soy bisexual, pero me gustan demasiado las chicas. El tipo tiene que ser algo alucinante para mí para que quiera estar con él.

    – Entiendo.

    – ¿En serio no te jode?

    – Para nada, en serio.

    – ¿Sos bisexual?

    – No hetero, aunque años atrás, he tenido encuentros con una amiga. Partiendo de tu definición, podría decir que soy 70% hetero, y de mi marido.

    – Buena política. Te digo que te están mirando varios para tirarte unos tiros en cualquier momento.

    – Tengo piel antibalas, estoy muy bien con mi marido para meterme con un tipo.

    – ¿Y con una chica?

    – Nunca digas de esta agua no he de beber. Pero tendría que ser algo claramente sexual, nada de enamoramientos, eso no me interesa. Dije sabiendo que podría venir su ataque.

    – Muy interesante… en serio te digo.

    Por un par de minutos no hablamos hasta que sonó la alarma indicando que los 20 minutos habían pasado. Me di una ducha escocesa y ella una normal. Me fui a cambiar y ella lo hacía tres boxes más allá. Cuando me estaba peinando frente a un espejo en los lavamanos de reojo vi que me observaba. Las dos fuimos hasta la puerta del vestuario y me dijo:

    – Espera Ro.

    – ¿Si Sandra?

    – Nada, deja, una tontería. Me dijo y se mordió los labios.

    Espere que deje de morderlos y le di un beso tomándola de la nuca.

    – ¿Eso? Pregunte sonriendo.

    – Algo así… me contesto sorprendida.

    – La mañana está muy linda, si tenes ganas podemos ir a tomar sol y darnos un baño en la pileta de casa.

    – Me muero por aceptar, pero tengo que ir a otro gimnasio… ¿Mañana?

    – Mañana.

    Me fui a casa con una excitación tremenda. Me gustaba, tanto sentirme excitada por una mujer como Sandra. Al día siguiente los cruces de miradas eran tremendos, las dos nos comíamos con los ojos. Yo no lleve el bolso y cuando salía del gimnasio fui a saludarla y le dije al oído: “Lote 37, ¿Venís?”. Ella solamente asintió con la cabeza. Volví trotando a casa y me metí de inmediato a la ducha, me estaba poniendo la tanga cuando llamaron a la puerta. Me puse una bata y fui a abrir.

    – Hola. Me dijo cuando abrí la puerta.

    – Hola.

    Entro y tiro su bolso en el piso. Nos empezamos a besar como locas las dos. Mi bata cayó al piso al instante y le quite el top. Ella comenzó a chupar mis pechos y acariciarme por sobre la tanga. La detuve, tomo su bolso y fuimos al parque a tirarnos en las colchonetas. Ella se quitó la ropa y yo la tanga. Nos besábamos con todo. De pronto estaba chupándome la concha, era la primera vez en mi vida que lo experimentaba. Me volvió loca por completo, me sacó varios orgasmos con una facilidad tremenda.

    Luego yo, totalmente inexperta, trate de copiar lo que ella me hizo, y guiándome por sus gemidos y por como apretaba mi cabeza contra su concha fui haciendo y le pude sacar un par de orgasmos. Mientras yo me dedicaba a eso, ella tomo de su bolso un dildo de goma, con forma de pene en las dos puntas. Con cuidado lo introdujo en mi concha e hicimos una X, y ella se metió la otra punta en su concha. Nos frotamos como locas, mientras nos besábamos y acariciábamos los pechos sin parar. Las dos tuvimos un tremendo orgasmo que nos dejó temblando y nos dimos otro beso.

    – Creo que para estar fuera de estado y ser inexperta no estuve tan mal. Dije.

    – Ro, estuviste genial. Pero estas loca, nos pueden ver aquí.

    – Y nos vieron… una mina en la casa que está detrás mio.

    – ¿La conoces?

    – No, pero la vi trotando, está muy fuerte.

    Me tengo que comprar un dildo como ese… A mi marido le va a encantar, de paso lo blanqueo… así lo tenemos por si te lo olvidas.

    – Lo vas a volver loco a tu marido con eso…

    – Espero.

    Entramos a la casa y nos vestimos. Tomamos un café y ella se fue.

    Al día siguiente pasé por un sex shop y me compre algunas “cositas” entre ellas el dildo. A la tarde salí a trotar, y me cruce con la vecina voyeur, la invite a ir al gimnasio a la mañana… será para otro relato. Besitos.

  • Encuentro en el Metro

    Encuentro en el Metro

    Una tarde nos pusimos de acuerdo para juntarnos, como siempre debía ser en la tarde después que él salía de su trabajo. De esta manera yo tenía tiempo de ir a mi casa a prepararme para el encuentro. Ese día mi esposo estaba fuera de Santiago, un problema menos, puesto le conté además que tenía una reunión en representación de la empresa a eso de las 20 h y que no estaría disponible, así que no alcanzábamos a hablar lo haríamos al día siguiente. Y mis hijos, sabían que de vez en cuando me pedían que asistiera a estas reuniones, por lo tanto, tampoco era un problema salir tarde y volver tarde.

    Ese día me puse muy bonita, una rica ducha, una bonita mini negra sin ropa interior, botas largas de taco, una blusa; chaqueta, pelo tomado y un bonito color mis labios, toda muy atractiva y sensual para mi encuentro. Al salir me intercepta mi hijo y me pregunta de voy tan bonita, a lo que respondí… lo que ya saben, aunque no creo haberlo convencido.

    Aunque no había algo preparado, con él siempre había adrenalina en el ambiente, nos juntamos con FJ en el Metro U. Católica, al verme se podía ver lo fascinado que estaba, quería tomarme, pero no lo deje, solo un beso como 2 conocimos. Insistió en tomarme la mano al entrar al vagón de metro, pero le dije que NO, era la hora punta y podíamos encontrarnos con cualquier conocido. Así le dije, yo entro primero y tú me sigues. El metro lleno, bajó algo de gente y pude meterme hasta el centro del vagón, como pude me afirmé y él se puso detrás de mío. Había mucha, pero mucha gente, todos muy apretados y el metro empieza a moverse, él me empezó a manosear el culo, bajó con sus manos por mi falda y empezó a meterse bajo la tela de la mini, podía sentir sus manos tocándome mi entre piernas, tratando de separar mis nalgas para alcanzar mi ano, mi vagina, no había calzón que le impidiera llegar. Yo preocupada de que no me viera nadie conocido, ni que alguien se diera cuenta de lo que me dejaba hacer, pero nadie te ve, nadie se fija en ti, todos preocupados de sus teléfonos, de su música, nadie ve nada… mi vagina más tranquila y segura, no tardo en mojarse mucho, cuando sus dedos alcanzaron mis labios ya ardían e inundaban en jugos. Separé un poco mis piernas para facilitarle el trabajo, pare mi culito para que explorara con tranquilidad, cuando… ¡Hoo, sorpresa!…, siento que lo que me hurgaba no era su dedo, era su pene duro y grande se empieza a abrir camino entre mis nalgas, resbala fácilmente por la gran cantidad de jugos que estaba liberando, resbala hasta alcanzar mi conchita, queda justo ahí en la entrada, entre los labios, puedo sentir su calor, su mano me toma de la cadera, como para que no me mueva, lo siento muy cerca, pero también siento un gran calor en mi cara, estoy nerviosa, hago un rápido recorrido con mi vista para cerciorarme que nadie nos ve y fijo mi vista al frente, levanto ligeramente mi culo, lo afirmo y empiezo a sentir como me penetra, se abre espacio entre mis carnes suavemente, pero firme con ella.

    Ya para ese lapso de tiempo hemos llegado a la siguiente estación y nos bajábamos en una más. La gente se mueve para pasar bajarse, otros suben, los movimientos de esos que suben y bajan le facilitan a él moverse de modo más brusco e intenso, siento como me encaja me tiene tomada firmemente de una de mis caderas, mientras siento su pico esta enorme invadiendo mi interior, suave y tan profundo como puede. Me aflijo con la parada, alguien podría vernos, pero todos pasan, salen, otros entran nadie se preocupa, y yo procuro mantener la calma, siento mi cara y mi cuerpo arder, los jugos escurren por mis piernas, me están culeando en el metro y el hecho despierta en mi un gran morbo, quiero más, es la perversión que me invade y me tiene muy caliente, nerviosa, pero me gusta, trato de facilitarle su trabajo dentro de lo que se puede, parada en la puntita de mis pies siento partir el metro nuevamente y él se apura para encajarme más hondo, siento su penetración, siento su respiración en mi oreja, me dice lo rica que estoy, lo caliente que lo pongo, su mano ya no está en mi cadera, está en mi vientre apretando contra él y a no mucho andar puedo sentir como acaba dentro de mí, siento su palpitar y su leche caliente derramarse a chorros. Ya casi llegamos a estación Republica del Metro, me tiene firme y sigue sus palpitaciones cada vez más suave, estamos entrando a la estación y lo siento salirse lenta y suavemente de mí, aun se siente gordito, el tren se detiene, se abren las puertas y sin preocuparme de nada, me abro camino entre la gente y salgo al andén, volteo atrás para esperarlo y lo veo salir, miro su paquete, no sé cómo lo hizo pero esta todo guardado en su lugar, entonces le digo… ¡¡y ya!!, entonces, para qué nos juntamos si ya no habrá más…, pero el muy seguro de si me dijo, ¡NOO!, esto es solo el comienzo, vamos donde podamos terminarlo.

    La verdad es que estaba muy caliente, todo eso me despertaba un morbo enorme, pero no pude acabar, estaba preocupada de que no nos vieran.

    Salimos caminando del metro y el semen derramado en mi interior comienza a escurría por mis piernas hasta asomarse en mis rodillas, le hago gesto para que lo vea, su mirada morbosa se inquieta, pero le digo… ¡naaa!, déjalo lo ahí…, nadie me miraba, nadie sabía lo que venía de hacer, así que caminaba segura de mí misma sin importar como los blancos hilos de semen se asomaban por mis piernas hasta las rodillas y un poco más.

    Llegamos a nuestro lugar de encuentros y así como iba de caliente no me deje esperar para terminar lo iniciado en ese vagón de metro… pero eso es otra historia.

  • Espiando a mi amiga

    Espiando a mi amiga

    Ese día estaba con mi mejor amiga en su casa y su pareja, que era una buena persona, empezamos a comer y tomar porque era el cumpleaños de mi amiga éramos solo nosotros 3 porque los demás tenían otros compromisos, bueno hicimos todo para que ella la pasara bien. Al terminar su cumple ya eran las 12 de la noche y yo me iba a ir, y ellos me dijeron que me quedara a dormir, les dije que no gracias sería un estorbo y todo eso y los dos se negaron que me fuera, al final acepté y me quedé.

    Ellos me dejaron dormir en su sofá que era muy cómoda y me quede a dormir y ellos se fueron también a dormir, pasaron 2 horas y despierto con unos ruidos, no di importancia, después volví s escuchar ruidos me levanté en silencio y veía una luz en el cuarto de ellos, la curiosidad me gano vi y eran ellos cogiendo veía como mi amiga le entraba la verga en su culo yo quede en shock al verlos coger, después de ver eso mi pija se pone dura y mi corazón aceleraba, de repente los escucho hablar.

    Ella: ¡Que rico como me coges la cola!

    El: te encanta como entra en tu orto?

    Ella: me fascina tenerla adentro de mi orto.

    Y ellos siguieron cogiendo mientras yo veía y me empecé a masturbar, en una mi amiga dice «quiero otra pija así gozo como puta y me llenan de leche el culo».

    Escuchar a mi amiga así me excite de tal manera que estaba a punto de acabar cuando de pronto él le lleno el culo de semen bien adentro y cuando se la sacaron salía de su interior y ella metió su dedo en su ano diciendo «este semen es mío» y se lo vuelve a meter con el dedo y se chupo el dedo.

    Después se terminaron durmiendo, yo estaba a punto de acabar fui a su baño y vi su tanga y me masturbe hasta acabar en su tanga y me fui a dormir.

    Al día siguiente mi amiga vio que su tanga estaba rara me llamo y me dice «fuiste vos?» Yo asustado no sabía que decir, me sonríe se baja el pantalón pone su culo contra mi verga se saca la tanga que tenía y se pone el que le use y al final me dice «gracias por el regalo de semen en mi tanga» y me da un beso en la mejilla, y así termina mi historia.

  • Nuestro primer e inesperado trío (parte 2)

    Nuestro primer e inesperado trío (parte 2)

    Yo desperté a las 9 de la mañana y Ana a las 10. Durante la hora que tardó en despertar me dediqué a admirarla, absorto. Dormía como un ángel, tan tranquila y apacible como nunca la había visto dormir. Cuando por fin despertó fue por la urgencia de ir al sanitario, hecho que me provocó una carcajada. Siempre hemos sido así: calenturientos y felices.

    – Buenos días, precioso – me dijo al regresar – no mames ayer me dejaron en coma.

    – Buenos días, princesa – le di un beso en los labios – entonces, ¿te gustó?

    – Ay Marco, si yo te contara lo que sentí… una experiencia de otro mundo – sonrió satisfecha – ¿tú cómo te sentiste?, ¿te gustó?

    – Yo estoy que no me lo creo. Para mí fue lo más morboso y sexy que hemos hecho, quisiera que esto se repita siempre.

    – ¿Me veía bonita y traviesa? – me abrazó.

    – Te veías como una putita divina, mi amor – mi pene se levantó de recordar lo que pasó en la noche anterior – y si no me crees, mira.

    Tomé mi celular y le mostré mi galería, llena de videos y de fotos que atestiguaban que mi esposa era una guarra.

    – La verdad se ve muy rico – acarició mi pene – espero que a Fernando le haya gustado. ¿Le mostraste los videos y fotos?

    – Yo creo que ayer fue el día más feliz en la vida de nuestro amigo – reí- y si, de hecho, hablé con él y le pasé todo.

    – ¿Por qué? – su tono era de cierta preocupación.

    – Pues a decir verdad ayer la pasamos muy bien. Tú y yo queríamos un trío desde hace tiempo y parece que la vida nos puso a Fernando en el camino. Seamos honestos, yo tengo ganas de repetir el trío, ¿tu?

    – Bueno sí, me gustaría repetir…

    – ¿Y planeas ir a conocer a otro hombre para hacerlo?

    – Mmm bueno, no lo sé…

    – No nos engañemos, Fernando será nuestro “corneador” de confianza hasta que nos animemos a conocer a alguien más. La neta este chico se la rifó: es limpio, un caballero, obediente y respetuoso de lo nuestro. Quise darle algo como recompensa, al menos un recuerdo de lo que pasó.

    – ¿Por qué?

    – Pues recuerda lo que en muchos sitios ponen: muchas veces la primera experiencia “swinger” sale mal. La nuestra salió perfecta y, en lo personal, estoy agradecido con él por tratarte tan bien. No te lastimó, no se sobrepasó, hizo lo que le dijimos, se portó bien el muchacho, creo que se lo ganó. Además, ya te mamó el culo, literalmente, ya es de confianza jajaja.

    – Creo que tienes razón – dijo Ana entre risas – por cierto, ¿ayer qué hicieron cuando caí en coma? – preguntó con una sonrisa.

    – Pues bajamos a cenar, le pasé el material y platiqué con él, recalcándole que confiamos mucho en él. Luego subimos a dormir y ya. Antes de que despertaras, escuché que salió de su cuarto y bajó a la cocina.

    – Con razón tengo hambre – dijo con una ligera mueca – yo ni cené, ¿vamos a desayunar?

    – Vamos, mi amor – le di un beso y bajamos.

    La mañana era perfecta, hacía sol y el viento era fresco. En el comedor estaba Fernando, con una playera holgada de algodón y en bóxer a modo de pijama, sirviéndose café.

    – Buenos días, Ana – le dedicó una sonrisa a mi mujer – y Marco, ¿cómo amanecieron?

    – Yo bien adolorida – Ana caminaba, de hecho, despacio – me duelen sobre todo las piernas y mi concha.

    – Ah, ¿en serio? – pregunté mientras chocaba puños con mi amigo y Ana lo saludaba de beso en la boca.

    – Si, miren – y se bajó el short de su pijama, revelando una vagina aún hinchada y algo irritada – literalmente, se pasaron de reata, ¿eh?

    – Si – Fernando se echó a reír – yo la tengo un poco cansada y me duele la vejiga, ¿tú, Marco?

    – También me duele un poco la vejiga, eso pasa cuando coges muy duro, es consecuencia de los golpes de estas nalgas – le di un pellizco a mi mujer en su trasero – sobre tu pelvis.

    – Otra cosa aprendida – observó Fernando – ¿quieren café?

    Desayunamos y platicamos de lo ocurrido. Los tres estábamos satisfechos, contando nuestras partes favoritas. Concluimos que queríamos otra ronda, pero debíamos dejar descansar a nuestros órganos. Así que, para matar el tiempo, tomar fotos que mostrar a la familia y guardar las apariencias, decidimos ir a pasear a una zona arqueológica, ir a comer a la plaza y regresar para un nuevo round.

    Cuando Fernando se levantó y subió las escaleras para tomar un baño, Ana se dirigió a mí.

    – Mi vida quisiera hacer un par de cosas que no prevenimos ni acordamos.

    – ¿Cuáles, mi cielo?

    – La primera es bañarme con Fernando y rasurarlo, para eso eran las tijeras y el rastrillo. Ya te he rasurado a ti en el pasado y después de tantos años de hacerlo sin vello púbico, el de Fernando me irritó un poco, ¿estás de acuerdo?

    – Solo con la condición de que pueda ver, tomar fotos y videos y, de ser posible, unirme a la cogedera que seguro se va a desatar – la idea me entusiasmaba – si quieres le prestó mi crema de afeitar.

    – Muchas gracias – me dio un beso – la otra es similar. Quisiera hacerlo sin condón. Ya sabes que los preservativos con o sin látex me irritan, mi rajita es sensible.

    – Pero y ¿los espermas? Yo como quiera tengo la vasectomía, pero él no. No me preocupa una ETS, está claro que no tiene, me preocupa un embarazo no deseado.

    – Pues hoy es sábado y los espermas tardan tres días en fecundar. Si Fernando no se viene dentro, y así se le escape y se venga, me tomó una pastilla del día siguiente el domingo y no pasa nada.

    Tardé un momento reflexionando.

    – De acuerdo. Pero tengo una duda. Si él va a ser nuestro corneador oficial, en el futuro, ¿qué? Sabes que esas pastillas provocan un caos en tu ciclo menstrual y no las puedes tomar como si fueran aspirinas.

    – Pues me tendré que poner un DIU, que él se haga la vasectomía como tú o tendremos que buscar condones que no me irriten.

    – Bueno, eso lo discutiremos después. Corre a alcanzarlo.

    Cuando Ana le explicó a Fernando lo que quería hacerle a sus bolas y pene, al principio se puso nervioso. Ella y yo lo calmamos, explicando las razones y nuestra experiencia en eso. Aceptó y entramos al baño desnudos los tres. Sobra decir que ver a Ana en cueros nos volvió a excitar.

    Yo me senté sobre el inodoro pues la primera parte siempre se hace en seco, con tijeras y sin necesidad de agua. Subí un banco para que Ana pudiera sentarse y hacer su labor sin necesidad de cansarse estando de rodillas.

    – Pon atención, querido – le dijo mientras sujetaba su pene con la mano izquierda – esta es otra habilidad que vas a aprender: mantener tus partes presentables.

    Y con las tijeras comenzó a recortar los pequeños mechones de su vello púbico, que caían por montones. Cuando acabó de usar las tijeras, la polla de Fernando se veía más presentable.

    – ¿Notas el cambio? – le dio un beso en su glande – ahora vamos a la parte más laboriosa. Por esta vez usaremos un rastrillo nuevo, pero si quieres la próxima que Marco y yo vayamos a una sesión de depilación láser te podemos llevar.

    Sacó un rastrillo de su empaque y mi crema de afeitar.

    – Abre un chorro de agua de la regadera, no mucho apenas y que salga – Fernando obedeció – bien, ahora voy a llenarte de crema de afeitar – cosa que hizo – y ahí voy. No espera, no te pongas nervioso, necesito que para la primera fase estés un poco erecto – pasó su lengua por su glande de nuevo y su pene reaccionó – eso es, ahora sí, ahí voy.

    Ana tenía una habilidad impresionante. Rasuró la vejiga primero, seguida del pene y su base, entre cada pasada con el rastrillo ella metía las cuchillas al chorro de agua para quitar el exceso de vellos. Luego les llegaron el turno a sus bolas. Estiró con delicadeza el escroto y daba pasadas suaves y delicadas. Poco a poco el vello iba cediendo y al cabo de unos minutos la vejiga, pene y testículos de nuestro amigo estaban como los míos, pero faltaba enjuagar.

    – ¿Viste? Es muy fácil y no te lastimas. Vamos a ver ahora cómo quedaste, abre el agua, que sea tibia.

    Fernando abrió ambas perillas y salió el chorro de agua tibia que los mojó a ambos. Ana enjuagó bien, pasó un par de veces el rastrillo en lugares que se le habían escapado y terminó.

    – Listo, te quedaron perfectas – y le dio un par de mamadas.

    En ese momento yo me paré y acerqué mi polla a su cara. Ella lo notó y con su mano libre la sujetó para darme un par de mamadas también a mí.

    – Me gustaría chupárselas a ambos, guapos, pero en verdad que la boca me quedó adolorida de ayer, aún no me acostumbro a dos vergas – sonrió – si gustan, los puedo masturbar hasta que se vengan, mis brazos no están tan cansados como el resto de mi cuerpo.

    – Por mí, genial – le dije.

    – A mí me gustan mucho de esas – dijo Fernando, sacándonos una risa – entonces cierro el agua para que no se desperdicie.

    – Trataré de darles mamadas cada que mi boca se relaje, pero no esperen mucho. Si mis brazos se cansan, me deben ayudar. Pero antes, del maletín saca un poco de aceite, Marco – obedecí – para que si piel no se irrite.

    Nos aceitó las vergas y comenzó a masturbarnos a ambos, una mano en cada polla. Para hacerlo más emocionante, lamía nuestros glandes con su lengua y cada que podía se llevaba una polla a la boca, procurando ser equitativa en ello.

    Yo grababa la escena, de nuevo, pues además de mi mujer y mi puta, era mi estrella porno. Ambos acariciábamos sus senos y su carita. Ella no decía nada, solo sonreía y preguntaba ocasionalmente “¿Te gusta?”, “¿No te lastimo?”. Fernando y yo jadeábamos y gemíamos. Ana, en respuesta, aumentó la velocidad.

    Sus tetas bailaban por el movimiento de sus brazos y en su cara se veía su sed de leche.

    – ¿Dónde vas a querer la lechita, mi amor? – pregunté yo. Sabía que mi eyaculación estaba cerca.

    – Pues ayer me bañaron las tetas, échenmelos en la cara – contestó ella con su carita perversa.

    Unos minutos después su ritmo comenzó a bajar.

    – Los brazos se me cansan, guapos, ¿tardan mucho en venirse?

    – Yo ya casi – suspiró Fernando.

    – Yo igual – contesté yo.

    – Entonces terminen ustedes – soltó nuestras pollas y levantó sus senos con las manos – si no le atinan a mi cara, que caigan aquí – se inclinó hacia atrás, abrió muy grande su boca y sacó la lengua.

    Ambos continuamos la tarea manual de manera frenética.

    – ahhh siii

    – ufff

    – ¡Ah! – gritó ella, quien no esperaba semejante descarga.

    Nuestros penes bombearon chorros de semen sobre la cara de mi esposa, quien apenas alcanzó a cerrar los ojos. Algunos llegaron hasta la pared, pero la mayoría cayeron sobre ella. Cabello, frente, uno de sus ojos, nariz, mejillas, lengua y el mentón estaban cubiertos por semen de ambos. Unas pocas gotitas, las últimas, cayeron sobre su pecho. Ella reía.

    – Ahora sí me bañaron, miren como me dejaron – dijo entre risas – ¿qué tal me veo? – me preguntó.

    – Como un sueño, mi amor – le contesté – ¿nos podemos tomar fotos antes de que te limpies?

    – Claro que sí, solo permíteme – bebió las gotitas que habían quedado en nuestras vergas – el colágeno no debe desperdiciarse.

    Nos tomamos muchas fotos. Una selfie de los tres con Ana en medio; Fernando nos tomó una foto a Ana y a mí, así como yo a ellos; selfies de cada uno con Ana y su cara llena de semen; fotos de Ana con cada polla, haciendo cara de sorpresa, llevándosela a la boca y fotos de Ana con ambas pollas sobre su cara. Sobra decir que compartí ese material con Fernando.

    Y nos metimos a bañar. La tensión sexual ya se había liberado por completo y volvíamos a ser el trío de amigos que se llevan fenomenal, ahora con más confianza. Fernando era un chico que no me incomodaba en absoluto, aún en algo tan personal como bañarse y, además de eso, era un caballero, pues respetó nuestro espacio apresurándose y siendo el primero en salir del baño, dejándonos solos.

    Como nos tomaríamos fotos que la familia pudiera ver, fuimos con ropa cómoda. Fernando y yo con short y playeras de algodón y Ana con una falda que apenas y llegaba arriba de la rodilla, una blusa con escote moderado, tenis y el cabello recogido. Los tres usábamos gorras, para evitar el calor y con esa ropa nadie sospecharía de lo que ocurría entre los tres.

    El sitio arqueológico se encontraba a una hora de camino, tiempo que aprovechamos para detenernos y comer antojitos en la carretera a modo de almuerzo. Durante todo el trayecto de ida y vuelta la plática se hizo muy amena, pues la confianza entre los tres era total y después de lo que había pasado ya no quedaban temas tabúes.

    La mayoría de los temas de conversación giraban en torno al sexo: nuestra primera vez, anécdotas, preferencias, fantasías, fetiches, consejos, reglas básicas, etc., Fernando quería saber todo. Ana y yo respondíamos las preguntas de Fernando con total naturalidad: cómo perdimos nuestra virginidad, la vez que casi nos cachan, lo que nos gustaba hacer y que nos hicieran y cómo nos gustaba, lo que queríamos hacer en un futuro, consejos para iniciar, sitios donde informarse, nuestros métodos anticonceptivos, cuidados e higiene y un largo etcétera.

    Llegamos a las ruinas arqueológicas y dimos un paseo por el lugar, aprovechando que es un sitio agradable, más allá del valor histórico. Dado que esas ruinas son famosas en el Estado y de renombre a nivel nacional, había un número nutrido de familias, turistas extranjeros y excursionistas, de modo que Fernando tuvo que aguantarse sus ganas. El chico disimuló muy bien, sabía estar en su papel.

    Tomamos varias fotografías al paisaje y a nosotros, para poder enseñar a la familia sin levantar sospechas de nuestras travesuras. El calor arreciaba y al cabo de hora y media decidimos regresar.

    Fuimos a comer a la misma fondita, que se había convertido en nuestro lugar favorito y dimos un paseo por el lugar para digerir bien los alimentos. Fernando parecía sobrellevar bien sus ganas de ponerle las manos encima a Ana.

    Regresamos a la casa y notamos que el estacionamiento de nuestra unidad (hay 6 unidades de casas con 6 piscinas cada una) estaba vacío. Le preguntamos al guardia de seguridad que nos dio acceso si éramos los únicos vecinos y nos informó que sí, todos los vecinos se habían ido ya.

    Nada más entrar nos dimos Ana y yo un largo y profundo beso. Fernando se nos unió besando su cuello por atrás y acariciando sus piernas. Antes de que las cosas se salieran de control, ella nos interrumpió.

    – Estoy sudada, no me siento cómoda – poniendo una mano en el pecho de cada uno – ¿les parece si entramos a nadar de nuevo? Jugamos un rato, aprovechando que no hay vecinos – nos dirigió una mirada de complicidad – nos bañamos y nos divertimos.

    Corrimos a cambiarnos y ponernos nuestros trajes. Esta vez, con las puertas abiertas, de modo que Fernando nos podía ver y nosotros a él. Estando Ana desnuda le pedí a Fernando que nos trajera el bloqueador solar del baño. En segundos estaba en nuestra habitación, bloqueador en mano, desnudo y con su falo apuntando a mi mujer.

    – Ayúdame, por favor, a ponerle bloqueador a este cuerpazo – y le di una nalgada a Ana.

    En instantes el cuerpo de mi novia se vio recorrido por nuestras manos que untaban bloqueador por todos lados. Ella, de pie, cerraba los ojos y se dejaba consentir por sus hombres. Sus pechos, nalgas, culo y el resto de su cuerpo quedaron cubiertos de crema protectora, su piel estaba erizada.

    – Faltan ustedes – Ana tomó la crema y comenzó a untarme a mí. Fernando aguardaba impaciente su turno.

    Cuando terminó con mi torso y brazos se arrodilló ante mí y, aunque no había necesidad, masajeó con la crema mi pene que se había levantado ya. Le dio un beso con ternura en la punta, se puso de pie y giró hacia Fernando.

    – Y te toca a ti – repitió el acto con él, así como el beso tierno sobre su glande – bien, ya estamos listos.

    Ninguno se había puesto el traje aún, no le importó. Nos tomó a ambos de nuestros falos, como si fueran una tercera mano, y nos condujo por las escaleras. Yo llevaba sus prendas y la mía en la mano, Fernando llevaba la suya.

    Al bajar abrió la puerta y se dispuso a entrar a las áreas comunes donde estaba la piscina. La detuve.

    – No, espera. Si nos llegan a ver se hará un desmadre.

    – Pero no hay vecinos, ¿quién nos vería? – puso su cara de traviesa.

    – Puede vernos alguien de vigilancia al hacer rondín o un vecino puede llegar de improviso.

    – Ah, está bien – su carita fingida de decepción solo me calentaba más – entonces hay que ponernos nuestros trajes.

    En la sala nos colocamos nuestras respectivas prendas y nada más salir Ana dijo.

    – ¿Qué les parece si damos una vuelta por las casas?, para asegurarnos que no haya nadie.

    – Si, vamos – la apoyó Fernando. Ambos querían portarse mal en la piscina.

    Recorrimos la veintena de casas y los guardias tenían razón, no había nadie y todas tenían sus candados puestos, cosa que lo confirmaba. Aun así, el riesgo del guardia persistía, así que se me ocurrió una idea. Caminamos a la puerta de mantenimiento, por donde el personal de vigilancia entraba a hacer rondines. Era una puerta de metal, pesada, que solo se abría si tenías la llave. No podía atascar la cerradura porque, al ser los únicos vecinos, sería demasiado obvio, pero podía dificultar su movimiento y hacerla ruidosa para avisarnos a tiempo.

    Entre los tres buscamos una piedra que pudiese colocarse debajo de la puerta y que, al abrirla, opusiera mucha resistencia e hiciera bastante ruido. Colocada la piedra, a Fernando se le ocurrió una excelente idea: colocar una moneda a modo de seguro improvisado junto a la cerradura, de modo que se requiriera mucha fuerza para abrirla y al lograrlo provocaría un fuerte ruido y haría volar la moneda por los aires, que con toda seguridad caería en el pasto. Caída debajo de la puerta, una moneda en el suelo no levantaría sospechas.

    – Quien te viera tan mañoso, Fernando – Ana estaba asombrada.

    – Así le hago la vida imposible a un profesor que me cae mal – dijo algo ruborizado.

    Colocado nuestro sistema de seguridad, caminamos hacia la piscina. La tarde era increíble: el implacable sol por fin había sido contenido por nubes blancas. Entramos al agua de un brinco, pero Ana permaneció afuera.

    – ¿Por qué no entras? – preguntó Fernando.

    – Antes de mojarme el cabello, quiero algunas fotografías – se acercó al sitio donde pusimos nuestros celulares y toallas, tomó la suya y mi celular y me lo dio – tómame una así.

    Restiró su toalla al borde de la piscina y se recostó sobre ella, de costado apoyada en su brazo cual modelo con las casas detrás de ella.

    – Listo – las fotos salieron perfectas – a ver, cambia de pose.

    Se puso de pie y luego de rodillas con los brazos sobre su cintura, ¡qué hermosa se veía! Cambió de pose y cruzó sus brazos debajo de sus pechos, los cuales enfoqué y salieron perfectos.

    – A ver, siéntate al borde y sumerge tus pies en el agua – dijo Fernando.

    Ana se sentó con sus piernas juntas sobre el borde, sumergiendo sus tobillos en el agua y apoyando sus brazos en el borde y sobre sus piernas.

    – Ahora abre más las piernas, mi amor – le dije. Las abrió y su linda tanga salió en las fotografías.

    – Una pose más sexy, por favor – pidió Fernando. Ella abrió aún más sus piernas y se veían sus bellas ingles.

    – Algo más atrevido, anda – insistió nuestro amigo. Ella sacó los tobillos del agua, se apoyó con sus brazos atrás y colocó sus pies sobre el borde. Su cara de actriz porno y su tanga no se le escaparon a mi lente.

    – Eso, a ver algo más atrevido – le pedí yo. Ana hizo a un lado la tanga – qué rico, mami – mi celular no paraba de fotografiarla.

    – Danos más – Fernando ya estaba ardiendo de deseo y creo que se estaba masturbando bajo el agua, porque su mano derecha estaba sumergida frente a él.

    Ana volteó hacia la puerta y al ver que no venía nadie, sumergió sus pies de nuevo en el agua, pero esta vez, se sacó las tetas del sujetador. Las poses se hacían cada vez más eróticas: ella sosteniendo sus pechos, con los brazos extendidos, recogiendo su cabello. Finalmente se atrevió y se despojó del sujetador. Sus poses eran increíbles: recostada de lado, dejando caer sus pechos o sosteniéndolos; cubriendo sus pezones o solo uno de ellos; llevándoselos a su boca. Era una maravilla.

    De repente escuchamos un ruido muy fuerte. Era la puerta de mantenimiento, un vigilante quería entrar.

    El pánico se apoderó de Ana y se arrojó al agua, cubriendo su cuerpo y dejando fuera la cabeza. Yo puse mi celular en la toalla y tomé su sujetador. El forcejeo con la puerta era más intenso, no había tiempo que perder. Le hice señas a Fernando para que disimulara, llevé a Ana a una esquina y de prisa le ayudé a colocarse el sujetador. Antes de que termináramos se escuchó un fuerte golpe, la puerta cedió y el guardia logró entrar.

    Fernando nadaba de un lado a otro, Ana dejó su cuerpo sumergido y yo me dispuse a flotar boca arriba, pues el susto mortal había terminado con mi erección.

    El vigilante entró y nos saludó cortésmente con un “Buenas tardes”. Fernando y yo simulamos continuar una conversación sobre una serie de televisión. En la esquina Ana estaba pálida y sin moverse, tratando de simular que se relajaba.

    El guardia terminó su rondín y salió, al parecer no sospechaba nada.

    – Mi amor, ¿estás bien? – me acerqué a ella una vez que el peligro terminó.

    – ¡Qué pinche susto, Marco! – parecía que la misma muerte se le había aparecido – y mira cómo me pusiste el traje, por eso ni me atreví a salir – sacó su pecho del agua.

    Su sujetador estaba al revés: la tela negra había quedado mirando hacia dentro y la tela interior hacia el exterior. Fernando y yo no pudimos contener las risas, Ana también reía, pero con menos intensidad.

    – Yo creo que aquí ya no haremos nada atrevido – aseveró ella.

    – Ahhh no, por favor – Fernando suplicó.

    – Calma, mi amor – le acaricié el hombro – vino el guardia a dar su rondín porque estamos nosotros, para justificar su trabajo, pero no volverá en al menos un par de horas – giré hacia Fernando – un favor, ve a atascar de nuevo la puerta, para que Ana se sienta segura.

    Fernando corrió y en unos segundos estaba de regreso.

    – Listo – dijo al entrar al agua – si vuelve, que lo dudo, le costará más trabajo.

    – ¿Estás más segura, mi vida? – el tono de Ana mejoraba y se había calmado un poco.

    – Algo, pero ¿y los vecinos? Podría llegar alguno y no vamos a atascar todas sus puertas.

    – En eso tienes razón – le dije – creo que si jugamos no hay que ser descarados ni hacer tanto ruido, ¿qué les parece?

    – Yo estoy de acuerdo – me apoyó Fernando. Ana dudó un instante.

    – Está bien, hay que ser disimulados. Entonces cúbranme en lo que me pongo correctamente el sujetador.

    Ana se puso de pie, el agua le llegaba por debajo de sus senos. Se quitó el sujetador y nos maravilló con esa preciosa vista, que duró unos instantes cuando se lo puso de nuevo.

    – Bueno, estoy lista, ¿qué proponen hacer?

    Ya se había relajado, así que tomé la iniciativa. La tomé entre mis brazos y la besé. Nuestras lenguas jugaban y se masajeaban, nuestras manos recorrían el cuerpo del otro. Sentí como se tranquilizaba, al mismo tiempo que encendía su deseo sexual. Después de unos minutos, se separó de mis labios y se unió a los de Fernando.

    Yo vigilaba mientras ellos se acariciaban bajo el agua. Unos instantes después el beso terminó.

    – Tengo una idea – dijo Fernando – vamos a quitarnos nuestros shorts y que Ana se quite su tanga.

    – ¿Y luego? – preguntó Ana, su miedo se había ido y las ganas de putear la controlaban.

    – Hay que hacerlo y después les explico. Sujeten sus prendas con su pie, si llega alguien nos las ponemos en chinga y nadie se da cuenta.

    Los tres nos despojamos de nuestras prendas. A decir verdad, solo que alguien entrara al agua vería que no llevábamos nada, ya que nubes un poco más oscuras habían cubierto el sol y el agua se había tornado azul oscuro, opaco.

    – Listo, ¿luego qué? – insistió Ana.

    – Luego esto – y Fernando la volvió a besar, ya tenía más confianza, pero no por ello dejaba de ser un caballero. Me hizo una seña para que me acercara, cuando Ana me sintió, comenzó a masturbarme. Era evidente que también se lo estaba haciendo a él.

    Ana cambiaba de uno a otro, siempre masturbando a ambos de manera muy discreta.

    – Contrólense y no se vayan a venir, ¿eh? – dijo al tomarse una pausa, sus manos seguían moviéndose – me deben durar mucho hoy. Además, no creo que el semen se diluya con esta agua – los tres reímos.

    – Ya sabes que yo aguanto, mi cielo – le acaricié una bubi.

    – Yo haré lo que pueda – Fernando acariciaba el trasero de Ana.

    Los besos se reanudaron. Ana llevaba el ritmo y no estaba precipitando nada. Cada beso, caricia y movimiento de su muñeca eran lentos, si sentía que uno se emocionaba demasiado apretaba su glande para bajar un poco la erección y continuar.

    El cielo se oscurecía.

    – ¡Para, para! – imploró Fernando – no mames deja camino, que casi me vengo.

    – Yo también que comienzo a sentir que mis huevos hormiguean – le dije a Ana, que detuvo sus manos y nos liberó.

    – Deben aguantar más, mis amores – Ana estaba satisfecha con nuestras reacciones.

    – Es que la jalas bien rico, mi cielo – le contesté.

    – Si, además como a ti no te están masturbando, te es fácil decirlo – le reclamó Fernando – eso me da una idea. Ana, ponte tu tanga, vas a nadar.

    – ¿Voy a nadar o me vas a hacer algo? – Ana obedeció y se puso su prenda.

    – Ambas.

    Fernando tomó a mi mujer y la cargó en sus brazos, luego la giró boca abajo, con su brazo izquierdo sujetándola de los pechos, evitando que se sumergiera demasiado y su brazo derecho sujetando su cintura.

    – Marco, el primer turno te corresponde, ven.

    – No entiendo – decía Ana mientras simulaba nadar. Yo me acerqué a ellos.

    – Ahora entenderás. Marco tómala de su bubi derecha, yo de la izquierda – lo hicimos – ahora, mientras yo la tomo de la cintura tu mete la mano entre sus piernas y hazle lo que nos hizo. A ver cuánto dura y ahorita cambiamos de turno.

    Jamás se me habría ocurrido algo así. Parecía que le enseñábamos a nadar, pero en realidad le dábamos placer. Cada vuelta a la piscina cambiábamos y al otro le tocaba masturbarla. Ana gemía y reía, sus pezones duros en nuestras manos confirmaban que lo estaba gozando.

    A la cuarta vuelta las nubes por fin dejaron caer la lluvia. No era una simple llovizna, sino una lluvia en forma pero que tampoco llegaba a tormenta.

    – ¡Nuestras cosas! – Fernando terminó el juego, salió del agua completamente desnudo y corrió a las toallas y celulares, las tomó y colocó dentro de la casa, justo a la entrada. Regresó y dio un salto al agua.

    – ¿No deberíamos salir? – dijo mi mujer una vez que Fernando emergió.

    – No creo que nos podamos mojar más – le contesté entre risas – además eso garantiza algo: no más rondines del vigilante.

    – Si, pero el aire frío nos puede hacer daño.

    – Si la lluvia empeora, salimos, mientras sigamos jugando – propuso Fernando.

    Decidimos cambiar de juego, pero ya no sabíamos qué más hacer, así que a mí se me ocurrió lo más simple, aprovechando que el tiempo era limitado. Volví a besar a Ana y, mientras lo hacía, deshice el nudo en su espalda que mantenía su sujetador.

    – ¿Qué haces? – dijo mientras su bikini quedaba flotando en el agua.

    – Este es un nuevo juego – le quité la tanga, que también flotó. Me recargué en una pared de la piscina y giré a mi mujer media vuelta – que se llama trío en la piscina – abrí sus piernas e introduje mi pene.

    – mmmh – Ana gimió. Fernando, entusiasmado, se acercó a ella y la besó largo y tendido. Las manos de Ana se perdieron dentro del agua, una lo masturbaba y otra se sujetaba de él.

    Ya nos valía madres si nos veían o no, era un sexo increíble. Lamentablemente, duró escasos 5 minutos, pues lo que era una tranquila lluvia se convirtió en tormenta, cuyos relámpagos y fuertes vientos interrumpieron nuestra pasión.

    – ¡Ah!, ¡corran! – Ana sacó mi pene de su interior y corrió a buscar los restos de su bikini – ¡nuestros trajes!

    Fernando y yo también los habíamos perdido. Después de una rápida búsqueda entre los tres, encontramos todas las piezas. La tormenta aumentaba así que corrimos para dentro de la casa desnudos, por fortuna no había vecinos que hubieran visto nuestra travesura. Ya dentro estábamos risueños, calientes y escurriendo.

    – Vamos a bañarnos, guapo – Ana detuvo a Fernando que estaba a punto de continuar el trío – que no me gusta el sabor de la verga con agua de alberca.

    Subimos al baño y, como en la mañana, decidimos ducharnos los tres al mismo tiempo con agua caliente. Bajo la regadera nuestros juegos se mezclaron con la ducha: caricias, besos, un par de mamadas, nalgadas ocurrían al mismo tiempo que lavábamos nuestros cuerpos.

    Casi al terminar el baño, Ana salió de la regadera, abrió nuestro maletín de productos personales y sacó de nuevo el enema. Yo sabía qué pretendía, pero no lo podía creer. Desde las primeras veces que acordamos esto, planeamos la doble penetración, pero jamás pensé que ocurriera tan rápido, todo iba muy rápido. Cuando Fernando lo vio no aparto la vista de él.

    – Eso, ¿qué es? – preguntó nuestro inocente amigo.

    – Ah, es algo que nos servirá más tarde, una sorpresa – respondió Ana al tiempo que lo llenaba de agua caliente y lo introducía en su ano.

    – Pero… ¿qué haces con él?, ¿para qué sirve? – Fernando seguía intrigado.

    – Paciencia, querido – dijo Ana cuando acabó – luego te explico.

    Fernando seguía desconcertado, pero continuó en lo suyo.

    – Quisiera que lo hagamos en la sala – dijo Ana una vez terminamos de lavarnos – ya bautizamos el baño, la recámara y hasta la alberca, pero no lo hemos hecho en la sala.

    – Si, nos parece bien – Fernando y yo coincidimos.

    – Bueno pues vamos a ponernos crema corporal y loción – añadió ella – no tiene caso vestirnos. Fernando, si quieres arréglate con nosotros.

    Ana le tenía cada vez más y más confianza, era obvio que también para ella, nuestro amigo era el corneador oficial.

    Nuestro invitado y yo quedamos listos en un par de minutos, pero las mujeres hacen más cosas para arreglarse. En lo que Ana se cepillaba el cabello, se maquillaba y aplicaba mil y un productos de higiene, Fernando y yo nos sentamos junto a ella en la cama y aproveché el momento para pasarle el resto de las fotos, enseñarle a crearse una nube y subir todo el material. Por cada fotografía o video que subía a su nube, nos la mostraba a ambos y la comentábamos: “Esa no me gustó”, “esa quedó bonita”, “¿así me veo mamándola?”, “me gusta como salgo ahí”, “esa salió borrosa”, “si esa no fuera tan guarra la pondría de foto de perfil”. Afuera la tormenta había amainado un poco, pero la lluvia copiosa seguía.

    – Ya voy, guapos – Ana había notado ambas erecciones.

    – Si, tu con calma, tenemos toda la noche – contestamos ambos. La verdad estábamos ansiosos, sin quitarle los ojos de encima como gatos parados frente a una pescadería.

    – Terminé, ¿qué tal me veo? – posó para nosotros. Estaba divina: su cabello bien cepillado caía sobre su espalda; su maquillaje resaltaba sus facciones, labios rojos, ojos delineados, pestañas rizadas y sombras tenues la hacían ver más bella; su perfume olía a mujer y a flores; y su piel canela desnuda era un sueño.

    – Te ves divina, eres un encanto – Fernando y yo nos pusimos de pie.

    – Quisiera un ligero cambio de planes – nos tomó de las manos – creo que la noche se pondrá fresca y abajo nos dará frío, quiero hacerlo aquí. ¿Pueden ir por una jarra de agua y los celulares? Mientras yo escombro aquí.

    – A tus órdenes, chichona – la piropeó Fernando y corrimos por lo necesario.

    Al regresar, la cama estaba tendida y libre de obstáculos. Ana se había sentado en un borde. Pusimos las cosas en el tocador y nos pusimos de pie frente a ella, nuestro segundo trío estaba por comenzar.

    – Antes que nada, quisiera pedirles otro favor – dijo mientras ponía sus manos sobre nuestros penes. No los masturbaba, los acariciaba con delicadeza y cariño.

    – El que sea – respondí.

    – Pues… ustedes ya tienen mucho material para recordar este fin de semana. Muchas de esas fotos y videos me gustaron… pero quisiera algo para mí. Me gustaría poder fotografiarlos y así tener algo para, ya saben, masturbarme cuando no tenga a ninguno de los dos.

    Era un hecho, ella deseaba a Fernando como corneador.

    – Claro que sí, princesa, ¿cómo quieres las fotos? – le pregunté.

    Sus peticiones eran un tanto extrañas para nosotros, pero nada que nos hiciera sentir incómodos.

    Inició pidiendo que posáramos juntos, de pie, abrazados de los hombros como buenos amigos y sonriendo frente a ella. Luego fotos de cuerpo entero de Ana y yo, Ana y Fernando y los tres juntos, las primeras tomándonos de los brazos o cintura, la segundas más atrevidas, tomando nuestros penes con sus manos y nosotros sosteniendo sus pechos.

    Sus peticiones se hacían cada vez más interesantes y, para mantener nuestros miembros erectos, les daba caricias y besos ocasionales que no hacían más que encendernos. Las siguientes fueron tiernas, de cierto modo. Se arrodillaba frente a nosotros y, primero Fernando, luego yo y al final con ambos, se tomaba selfies sosteniendo con ternura y una sonrisa encantadora nuestras vergas contra su cara y mejillas, como si cargara y estrujara contra sí algún animal recién nacido. Fotos dándoles besos, sonriendo con entusiasmo, sujetando nuestros penes de las bolas. De esas la que más me gustó fue una donde sacó la lengua y Fernando y yo la tocamos con las puntas de nuestras pollas.

    Nos sentó en el borde de la cama, frente al gran espejo del tocador y se sentó en medio de nosotros para tomar fotografías frente al espejo. Después se hincaba frente a Fernando o frente a mí y capturaba imágenes de nuestras vergas que ocupaban toda la pantalla, desde su base hasta la punta, con nuestros cuerpos y piernas de fondo, donde podían apreciarse a la perfección las venas e irregularidades de los falos.

    – Ahora me gustarían algunas desde mi perspectiva – seguía arrodillada – levántense.

    Se hincó ante mí y tomó una foto desde su perspectiva de mis piernas, de mis testículos y de mi pene, lo mismo hizo con Fernando y después con ambos. Fotos con el celular en el suelo, de frente, de perfil y a ¾ llenaban su galería.

    Sin avisar dejó el celular en el tocador y se puso de pie.

    – Bueno – posó ambas manos en nuestros miembros y se dispuso a masturbarlos – quisiera, ahora sí, empezar el trío con lo que estábamos haciendo en la alberca.

    Me besó y nuestras lenguas bailaron. Su boca tenía un ligero sabor a pene y aun así era una delicia. De inmediato, mis manos y las de Fernando comenzaron a acariciarla, paseándose por sus pechos, sus muslos y glúteos, su abdomen, espalda. Abrió ligeramente sus piernas para que pudieran entrar a su vagina y dentro de sus nalgas.

    Cambió de labios hacia los de Fernando, que detuvo las caricias y la tomó del cuello y la cintura, nuestro muchacho ya era un experto besando. Quien no se detenía era Ana, que nos masturbaba un poco más rápido. La lluvia se había detenido y la noche había refrescado, pero no en la habitación, cuyas ventanas ahora estaban empañadas con el calor que los tres emanábamos.

    Mientras, yo la acariciaba y besaba su cuello.

    – Mi amor – dijo sin despegar por completo sus labios de los labios de Fernando – tómanos una foto así.

    Tomé mi celular y capturé el momento, la escena era increíble, mi amada Ana se veía como una verdadera hotwife siendo atendida por dos hombres.

    Ana, de improviso, volvió a besarme y, después de unos segundos, volvía a besarlo a él y así comenzó a intercalar mis labios por los de Fernando de manera frenética. Fue entonces cuando se puso de cuclillas y el sexo oral comenzó. Fernando y yo teníamos dos enormes erecciones que Ana no era capaz de meter en su boca del todo. Mamaba a uno y a otro y cada vez que dejaba de succionar alguna verga para atender a la otra, un hilo de baba unía, por unos instantes, sus labios con el pene recién atendido. Era una delicia.

    – ¿Les está gustando? – Ana se tomó una pausa, pero sus manos seguían acariciándonos – ¿soy su puta?

    – Nos encanta – respondimos ambos – ¿a ti te gusta, putita? – le pregunté.

    – Yo estoy en la gloria – pasaba nuestros penes por toda su cara – hay algo que quiero hacer, siéntense.

    Nos sentó y se puso de rodillas frente a mí.

    – Esto es algo que te encanta, mi amor – volvió a comerse mi miembro y entre cada chupada le escupía – y ahorita te toca a ti, querido – miró a Fernando sin dejar de masturbarlo.

    Se acercó más y colocó mi pene entre sus pechos, apretó con sus manos y comenzó a subir y bajar.

    – Tómame una foto, mi vida – tomé mi celular y obedecí.

    – Yo también quiero de eso – dijo Fernando y nos provocó otra risa.

    – Paciencia, querido – la rusa continuaba. Cuando Ana sintió mi pene palpitar, cambió a nuestro amigo. Le di el celular a Fernando para que tomara una bella postal de la vista que tenía.

    – ahhh qué delicia – se llevaba las manos a la cabeza, era una nueva sensación para él.

    Unos minutos después, Ana se detuvo.

    – Hoy es tu día de suerte, Fernando.

    Se levantó, le dio la espalda, tomó su pene con la mano derecha y lo hizo desaparecer entre sus nalgas.

    – mmmh – Ana gimió – que delicia.

    – ahhh ¡espera!… ¿el condón? – Fernando estaba impactado.

    – Te dije que hoy era tu día de suerte – mi mujer comenzó a bailar sobre la polla de Fernando – ahhh está riquísima, su pellejo la hace más gordita.

    Su polla entraba y salía del cuerpo de mi mujer. Cada que salía, lo hacía cubierta de baba blanca, Ana estaba bien lubricada y no había necesitado sexo oral. Fernando estaba extasiado, su cuerpo se tensaba y acariciaba el rico culito moreno de mi novia, que había aumentado el ritmo y ahora brincaba sobre su pene. Sus pechos también daban brincos y su cabello le caía por la espalda. Esa escena también fue captada en toda su gloria por mi celular.

    – ¡Para, por favor! – imploró Fernando – me vas a hacer venir.

    Ana se detuvo, aún con el miembro viril de Fernando en sus entrañas.

    – Está bien. Fernando, esto seguro lo querrás grabar. Marco, préstale el celular – Fernando tomó el teléfono y enfocó de cerca el trasero de mi mujer. El video que tomó fue fenomenal, en él se podía apreciar el trasero de Ana liberando lentamente el mástil de Fernando, que ahora estaba pegajoso y cubierto de baba.

    Mi mujer no perdió el tiempo y procedió a ensartarse en mi miembro, pero para entonces ya estaba más que prendida y evitó los sentones lentos, se puso a brincar nada más sentir mi pene en su interior.

    – Ahh, ahh, ahh  –gemía.

    Al principio Fernando descansaba un poco, trataba de recuperarse y durar más. Una vez que recobró la compostura se puso de pie frente a ella.

    – Mira cómo me la dejaste – le dio un beso – ahora límpiala – y tomó a Ana del cabello, empujando su cara contra su entre pierna. Ana le hizo una deliciosa mamada.

    – Ay, ya me cansé un poco – Ana de tuvo la mamada y los sentones – cambiemos de posición, les toca darme.

    Se levantó y se recostó en el medio de la cama, con las piernas ligeramente abiertas, los brazos extendidos sobre su cabeza. Estaba despeinada, sudando y su raja húmeda y escurriendo lubricante natural.

    – Y bien, ¿quién será el primero en darme?

    – Creo que, por educación, Marco debe ser el primero – propuso Fernando.

    Me acerqué a ella y al tenerme en frente, Ana tomó mi cara y me besó. Atrajo mi pelvis con sus piernas, enroscándolas en mi cintura. Mi polla, que conocía el camino, se deslizó con suavidad dentro de su cuerpo.

    – ¡Qué rico, mi vida! – dijo Ana al tiempo que acariciaba mi espalda y mis embestidas comenzaban lentamente.

    – ¿Te gusta? – pregunté.

    – Bien sabes que si – dijo Ana – Fernando, querido, pon atención a lo que Marco hace, porque ahorita será tu turno – Fernando nos observaba de cerca.

    Con ternura y mucha pasión, le hice el amor a mi mujer. Mis manos paseaban por todo su cuerpo con delicadas caricias y las arremetidas eran cada vez más intensas. Ana no apartaba sus ojos de los míos, gemía y jadeaba, se dejaba llevar por el placer. Fernando estaba sentado junto a nosotros, se masturbaba despacio y observaba atentamente todos los movimientos. Al cabo de varios minutos, cuando sentía mis piernas un tanto cansadas y que mi pene comenzaba a alegrarse más de lo permitido, me levanté.

    – Es tu turno, mi amigo – le indiqué a Fernando – esta posición es muy rica tanto para ella como para ti. Debes concentrarte, piensa en el placer de ella y todo saldrá con naturalidad. Ten cuidado en no venirte.

    Fernando se colocó sobre mi esposa y con una mano condujo su pene al interior de Ana. Ambos gimieron cuando la penetró.

    – ¡Madre mía esto es la gloria! – dijo Fernando.

    – ¡Qué rica y gordita la tienes, querido! – Ana lo acarició.

    La faena continuó. Fernando la penetraba y luchaba para no emocionarse demasiado, Ana se dejaba llevar por el placer: caricias, besos, ligeros rasguños. Ahora tenía sus ojos clavados en los de él. Yo disfrutaba la escena, mi esposa era mi actriz porno favorita.

    Sin embargo, la pose del misionero es demasiado para quien está entre las piernas de mi mujer y tras unos minutos, Fernando se salió.

    – Tengo que parar o me voy a venir – dijo y se sentó al borde de la cama.

    – No pasa nada, guapo. Yo ya me repuse un poco y tengo ganas de cambiar de pose. Marco, mi amor, acuéstate.

    Ana se levantó y me recosté en medio de la cama. Al momento de montarme y ensartarse en mi pene, sentí cuan mojada estaba, su vagina escurría lubricante, que también empapaba sus labios exteriores y llegaba a sus muslos. Para ese momento estaba tan excitada que no comenzó despacio, tan pronto sintió mi miembro en su interior me cabalgó de manera frenética.

    – Cómeme las tetas, mi amor – hundió mi cara en sus pechos. Mis manos recorrían su cuerpo, que bailaba sobre mi verga y mi boca succionaba esos manjares, mis dientes mordisqueaban sus pezones y mis manos jugaban con ellos, haciéndolos aplaudir.

    Después de unos segundos volví a reparar en la presencia de Fernando, quien se reincorporó a la acción poniéndose de pie sobre la cama, acercando su pene a la cara de Ana.

    – Veo que ya estás listo de nuevo – Ana sonrió y desapareció el rabo de Fernando entre sus labios. Con una mano lo sujetaba y con la otra se apoyaba en la cabecera de la cama.

    Era una visión totalmente nueva para mí. Frente a mi cara tenía los pechos de mi esposa brincando, la mayoría de su cabello caía sobre su espalda salvo algunos mechones que adornaban su pecho. A mi lado tenía las piernas de Fernando y solo alcanzaba a ver sus bolas, que eran masajeadas por la mano de Ana quien tenía su pene dentro de su boca, el cual entraba y salía de sus labios sin parar. Los tres producíamos una música perfecta: los chup chup que mi esposa hacía mientras le daba sexo oral a nuestro amigo se mezclaban con los clap clap de sus nalgas rebotando en mi pelvis, los eventuales plap de las nalgadas que le propinaba a mi mujer y nuestros gemidos y obscenidades que decíamos.

    – No quiero que se vengan – dijo Ana, interrumpiendo la mamada que le estaba dando a Fernando – ya casi llego.

    Ana continuó la mamada y yo las embestidas. Los gemidos ahora eran casi gritos y las obscenidades pasaron a ser insultos.

    – aahhh – Ana gritó y se desplomó sobre mí. Su cuerpo estaba bañado en sudor, hervía y temblaba y su vagina apretaba mi pene con una fuerza que no conocía. Su respiración era fuerte y me abrazaba con mucha fuerza.

    Noté que Fernando, quien estaba de pie frente a nosotros, no se había venido aún. Nuestro muchacho estaba aprendiendo. El intenso orgasmo de mi esposa aún no acababa cuando le dije.

    – Muy bien, mi vida, vamos a ver ahora hasta dónde podemos llegar.

    – Mmmhhh… ¿qué? – respondió ella.

    – Que te muevas tantito – la empujé ligeramente y me moví, poniendo mi verga frente a su cara – y que pares la colita – con la mano le indiqué a Fernando que procediera.

    Él se bajó de la cama y se colocó en el borde, frente a las piernas de Ana, quien seguía anestesiada por el orgasmo. Con delicadeza levantó el culito de mi esposa, escupió un poco de saliva en su entrada y la penetró.

    – ahh… no se pasen de cabrones – Ana reaccionó al sentir el pene de Fernando en su interior. Se acomodó, paró bien el culo, bajó el resto de la espalda y tomó mi verga en sus manos.

    Fernando se follaba a mi mujer con movimientos rápidos y muy profundos. Sus nalgas brincaban y eran golpeadas, apretadas y acariciadas por nuestro amigo.

    Ana, sin apartar sus ojos de los míos, devoraba mi polla, que entraba y salía de sus labios.

    Fernando aumentó el ritmo, el placer de mi esposa le impidió continuar la mamada.

    – ahhh… ay si, ¡qué rico! – mi esposa gemía y gemía. Para evitar desatenderme, se comía mis bolas mientras me hacía una deliciosa paja.

    – ahhhh ya casi me vengo – vociferó Fernando. Estaba rojo y sudando por completo – ¿dónde los quieres, Ana?

    – ¡Para, para! – le indiqué – salte, tengo una idea.

    Fernando detuvo las embestidas y sacó su pene de la vagina de mi esposa.

    – Espero que tu idea sea buena, porque acaban de interrumpir mi segundo orgasmo – dijo ella.

    – Te va a encantar – le respondí al tiempo que me levantaba.

    Le indiqué a Fernando que se recostara en medio de la cama y que Ana lo cabalgara. Ana, obediente, se ensartó en su polla e inició sus movimientos. La cara de nuestro amigo se perdió en la inmensidad de las tetas de mi esposa. Yo me acerqué al tocador, tomé el lubricante del bolso de mi mujer y unté una generosa cantidad en mi falo. Me acerqué a mi esposa y, sin avisar, lubriqué su ano con una cantidad aún más generosa.

    – ahhh… ya sé cuál es tu idea – gimió Ana y bajó el ritmo de sus caderas.

    Me puse atrás de sus nalgas y, con mucho cuidado, le metí la verga en su ano.

    – mmmhhh – gimió mi esposa, al sentir su primera doble penetración – ¡dios, que delicia!

    – Ahora sí, Fernando. Vamos a darle hasta acabar dentro de ella – dije al tiempo que mis embestidas comenzaban. Ana tenía los ojos cerrados y se mordía el labio de placer.

    – ¿En serio?… ¿puedo venirme dentro? – Fernando no lo creía.

    – Con confianza, guapo – Ana lo besó – quiero que mis machos me dejen bien rellenita y escurriendo semen.

    La locura se apoderó de los tres. Fernando mamaba como niño hambriento de las tetas de mi mujer y la penetraba con fuerza. Ana se sostenía de la cabecera de la cama y gemía y gritaba sin recato. Yo la tenía sujetada del cabello y penetraba su ano de manera frenética.

    Sentí como el ano de mi esposa empezaba a tener contracciones y su piel se volvía a erizar, su orgasmo se acercaba.

    – ahhh… ¡ahí viene! – jadeó Fernando. Unos segundos después, su pene explotó en la vagina de mi amada y bombeó todo el semen que pudo.

    – ay ay ay – Ana no pudo más y fue alcanzada por su orgasmo. El mío llegó casi simultáneamente y vacié todo mi líquido en su interior.

    Pero quien más lo gozaba era Ana. Sentía como su cuerpo se tensaba, su ano apretaba y exprimía hasta la última gota de semen de mi verga y las contracciones la recorrían por completa. Con las fuerzas que le quedaban se arrastró hacia un lado y quedó boca abajo, presa del orgasmo que no le dio tregua durante un par de minutos.

    Fernando y yo estábamos embriagados de placer. Ambos bañados en sudor, con respiración acelerada y nuestros miembros completamente exprimidos, llenos de baba habían regresado a sus tamaños originales.

    Cuando el placer de Ana terminó, se dio vuelta y abrió sus bonitas piernas.

    – Miren cómo me dejaron – su vagina y ano estaban rojos, hinchados y chorreaban semen, manchando el cobertor de la cama. Ella estaba bañada en sudor, su maquillaje se había corrido por completo, su cabello revuelto. Era una diosa, Venus recién follada.

    – Te ves divina – comentó Fernando, orgulloso de su obra.

    – Si, tanto que quiero captar este momento – corrí al tocador por mi celular y grabé y tomé fotografías de su cuerpo expulsando nuestra lechita. Hice varios acercamientos y Ana posó para un par de fotografías, orgullosa de cómo la habíamos dejado.

    – ¿Te gustó, mi vida? – le pregunté una vez las fotografías terminaron, su cuerpo seguía expulsando semen.

    – Ay Marco, si supieras lo que siento y lo que sentí – nos tomó a ambos de las manos – fue increíble, no pensé que algo así se pudiera sentir – unas lagrimas bajaron por sus mejillas, estaba llorando de felicidad – muchas gracias, chicos.

    – Gracias a ti, mi vida, por permitirnos hacer esta locura contigo – la abracé, era un momento extraño y emotivo.

    – Yo soy quien debería estar agradecido – Fernando acariciaba su espalda – estas son las mejores vacaciones de mi vida, no quiero que acaben.

    Ana rio un poco, se secó las lágrimas y me dio un beso, sabía a verga. Se giró hacia Fernando.

    – Se acaban de ganar muchos premios de mi parte – lo besó – pero ahora, me urge ir al baño.

    Ana se levantó de un salto y corrió al sanitario. Era algo que no esperábamos, de modo que nos provocó risas a Fernando y a mí. Cuando regresó, estaba de un humor excelente.

    – Felicidades chicos, me provocaron un squirt – buscó en su maleta y se colocó su pijama sexy: short miniatura que apenas y le cubría el trasero, playera de tirantes que permitía que ambas tetas se salieran al más leve movimiento – y parece que no habían eyaculado en días, escurrí un chingo de semen y aún quedó algo dentro de mí.

    – Felicidades a ti, mi amor – le dije – pocas mujeres pueden presumir que han sentido lo que tú.

    – ¿Lograste sacar todo mi semen? No quisiera embarazarte… – Fernando había caído en cuenta que se había venido dentro de mi esposa sin usar protección. A ambos nos provocó risas.

    – Tranquilo, querido – Ana se sentó en un extremo de la cama, frente a nosotros – esto ya lo teníamos platicado Marco y yo. Mañana tomaré una pastilla de emergencia y no habrá embarazo.

    – Y… ¿para futuras ocasiones, también te tomarás esa pastilla? – Fernando estaba algo aliviado, aunque visiblemente preocupado. Se notaba que, antes que nada, éramos (y somos) buenos amigos.

    – No, en un futuro tendremos que buscar otros métodos – comentó Ana – pero antes de pensar en eso, dime Fernando, esto que acaba de pasar, ¿te gustaría repetirlo?

    – Me encantaría – nuestro amigo sonreía.

    – Bien, pero me refiero a que si te gustaría volver a hacerlo sin condón. Ya probaste de las dos maneras y estoy segura de que venirte dentro te encantó.

    – Fue lo más delicioso y hermoso que he vivido – Fernando estaba feliz y algo sonrojado.

    – Entonces necesitaré ponerme un implante o el DIU, mi vida – me dijo Ana – ya que la vasectomía es una decisión personal que Fernando debe tomar con su futura pareja.

    – Eso es cierto, en ese tema no debemos influir – respondí – en ese caso, preferiría el DIU, ya que las hormonas siempre provocan un desmadre en tu interior.

    – Es verdad – continuó Ana – solo entonces una cosa, Fernando, tenemos que hacer ciertos acuerdos. Si de verdad quieres que experiencias así se repitan con nosotros, cuidarnos de los embarazos nos corresponderá a nosotros, pero tú tienes que cuidar a ambos de cualquier ETS. Debes prometernos que no tendrás relaciones sexuales con nadie más que conmigo, además de mantener la vida sana que has tenido. A cambio podrás coger conmigo, solos o en trío con mi esposo, como ahora, las veces que queramos y podamos. Si alguna chica te llama la atención y quieres tener algo con ella podemos platicarlo. Si es solo sexo, puedes hacerlo con protección. Si es sentimental, nuestro acuerdo llegará a su fin en el mejor de los términos y te llevarás la más bonita de las amistades y los mejores recuerdos.

    – Y los mejores videos y fotos – apunté, todos rieron.

    – Pero siempre debes decirnos – continuó Ana – ¿Estás de acuerdo?

    – Si, prometo que les diré todo – Fernando se veía entusiasmado con el acuerdo.

    – Piensa, mi amigo – apunté yo – que serás el “corneador oficial” y que estas condiciones son para cuidarla y cuidarme. Antes que nada, eres nuestro amigo y confiamos mucho en ti. Por nuestra parte, no habrá otro que ocupe tu lugar y Ana no podrá hacerlo con nadie más si no es con nosotros dos, a menos que hablemos y acordemos otra cosa entre los tres, ¿te parece?

    – Perfecto. Si alguien me llama en lo más mínimo la atención se los diré, no porque no quiero perder esto sino porque, de corazón, los quiero. Han cambiado mi vida como no lo pueden imaginar.

    – Muy bien – Ana lo besó – ahora vamos a cenar algo, miren la hora, ya es media noche.

    Los tres bajamos a cenar pan y café. Ana en su pijama sexy, Fernando y yo en bóxer. La noche había refrescado como consecuencia de la torrencial lluvia. La plática era amena y giraba en torno a lo que habíamos vivido minutos antes. Se notaba que todos habíamos ganado mucho. Ana tenía una verga extra y un amante oficial, Fernando sexo seguro con una gran mujer y un gran amigo. Yo había cumplido mi mayor fantasía y tenía un socio que me daba mucha seguridad.

    Terminamos de cenar, le pasé a Fernando los videos y fotos que había sacado y subimos a dormir. Fernando y Ana se despidieron con un beso y él se retiró a su habitación.

    Ana y yo estábamos exhaustos y dormimos abrazados. Ella olía a sexo, su aliento sabía a café y verga y su cuerpo olía a semen y sudor, era el paraíso.

    – Buenos días, mi vida – Ana me despertó con un beso – arriba, que ya es de día.

    La luz entraba por la ventana, se veía que la mañana era preciosa.

    – ¿Qué hora es? – le devolví el beso.

    – Son las 8:30 de la mañana y la cansada debería ser yo – Ana estaba radiante y llena de energía – anda, vamos a desayunar. Creo que Fernando sigue dormido.

    Nos levantamos, fuimos al sanitario y al salir al pasillo notamos que Fernando aún dormía, pero esa mañana, Ana estaba un poco más traviesa.

    – Lo voy a despertar – Ana abrió la puerta de su habitación y entró en ella. Fernando dormía boca arriba, en bóxer. Yo me quedé parado en la entrada. Sin hacer ruido, mi esposa se despojó de su short, subió a su cama y con mucho cuidado descubrió el pene de nuestro amigo, que dormía al igual que él.

    Ana levantó el trasero y abrió las piernas, invitándome a la acción. Me acerqué a ella y saqué mi polla del bóxer, que ya se había levantado ante la vista magnífica de su culo. Mi mujer tomó el pene de nuestro amigo y lo hizo desaparecer entre sus labios.

    – ¿Qué?… – Fernando había despertado y no creía lo que veía: mi esposa le estaba dando una mamada matutina.

    – Buenos días dormilón – Ana gimió cuando la penetré, estaba mojada de nuevo – ya es hora de despertar – y volvió a succionar su polla, que ya se había levantado.

    – Veo que también es hora de coger – respondió él, que seguía medio dormido.

    – No, esto solo son los buenos días – Ana lamía su pene, desde la base hasta la punta – hay que desayunar, bañarnos y hacerlo como locos – le costaba hablar, mis embestidas aumentaban – hoy es nuestro último día y debemos aprovecharlo.

    – Quisiera que esto no acabara – Fernando acarició su cara.

    – Yo lo sé, querido, pero debemos regresar – Ana paseaba su polla por toda su cara – además, no es la última vez que lo haremos. Anda, levántate, que hay que desayunar – besó su glande y se levantó.

    El breve trío terminó y Ana se puso su prenda de nuevo. Tomó mi erección en su mano y me condujo por las escaleras a la cocina.

    Juntos preparamos de desayunar mientras Fernando limpiaba la mesa y lavaba los trastes. Ambos estábamos erectos y Ana nos complacía con caricias. Desayunamos y acordamos la agenda del día. Nos iríamos a las 6 de la tarde, con las últimas luces del día. Debíamos asear a las 4 para dejar la casa limpia a las 5, bañarnos y preparar nuestras maletas para salir a la carretera a la hora acordada. Así que teníamos varias horas para follar y hacer locuras. Para evitar salir, pediríamos pizza a domicilio.

    Antes de cualquier cosa, debíamos tomar un baño, para hacerlo con higiene y que la tarde fuese memorable.

    A esas alturas los tres podíamos tomar un baño sin que las cosas se salieran de control. Como es natural, Fernando y yo teníamos nuestras herramientas duras, así como Ana tenía sus pezones duros, pero las caricias y besos no pasaban de eso. Este chico había entrado en su papel a la perfección.

    Durante el baño, Ana volvió a sacar el enema de nuestro maletín y comenzó a usarlo. Fernando seguía con la duda y no aguantó más.

    – ¿Eso qué es, Ana? – preguntó.

    – Es un enema, querido. Con esto lavo el interior de mi ano para prepararme para el sexo anal. Funciona así – y Ana lo utilizó explicando cada paso y cada función – es para que cuando Marco use mi “chiquitín” no salga con algo indeseado, por cuestiones de higiene.

    – Cada día se aprende algo nuevo – Fernando estaba impresionado y no menos excitado.

    Terminado el baño, al igual que el día anterior, esperamos a que Ana se arreglara. Para matar el tiempo y que mi esposa no se sintiera presionada, la dejamos en la habitación y ambos bajamos a la sala a preparar el lugar. Prendimos los ventiladores del techo, pusimos música suave y sacamos una colchoneta que encontramos en uno de los armarios y la extendimos en medio de la sala, entre los sillones. Acercamos agua, hielos, vasos de vidrio, el whisky que había quedado, preparamos lubricante, el spray para su mandíbula, un par de toallas para el sudor y demás fluidos y alistamos nuestros celulares para grabar. Apenas eran las 10:30 de la mañana, la cosa se iba a descontrolar.

    En cuestión de media hora, Ana bajó. Llevaba puesto su último juego limpio de lencería, color negro y con encajes, el cabello recogido en una cola de caballo, aretes y collar de oro, zapatos de plataforma descubiertos y estaba bellamente maquillada y su perfume llenaba la sala con olor a flores. Llevaba consigo su bolso de mano, en ese momento ignoraba qué podía contener.

    – Espero estén listos, guapos – dijo al bajar, era una diosa – veo que ya prepararon todo.

    – Más que listos, mi amor – ambos nos pusimos de pie – ¿con qué te gustaría iniciar?

    – Brindando – dejó su bolso en un rincón, tomó los vasos, les puso hielo y llenó las copas de todos – por nosotros. Hasta el fondo, salud.

    – Salud – los tres levantamos las copas y terminamos su contenido de un trago.

    En ese momento, Ana me dio uno de los besos más ricos que me ha dado en mi vida. Pegó su cuerpo con el mío y, mientras nuestras lenguas y labios se masajeaban, nuestras manos recorrían el cuerpo del otro. Ella acariciaba mis hombros, mis brazos, mi espalda y el bulto que se había formado bajo mi bóxer. Yo pasaba mis manos por su espalda, su cintura, sus bien formados senos y su delicioso culo. Después pasó a Fernando, con quien se repitió la fórmula. Alternaba entre uno y otro, cada beso era más encendido, cada caricia más intensa.

    Estando pegada a mis labios se detuvo y me dijo:

    – Mi amor, quisiera hacer cositas más memorables para la ocasión y darle a nuestro muchacho uno de los premios que ayer se ganó, ¿no tienes problema con ello?

    – Claro que no, mi vida – yo desconocía por completo el premio del que hablaba, pero ya no había nada vedado para Fernando en ese momento – adelante.

    En ese momento volvió a los labios de Fernando. Mientras lo besaba lo empujó, con suavidad, hacia uno de los sillones, la respiración de ambos se aceleraba. Ana separó sus labios de los de él y comenzó a bajar. Besó su cuello, su pecho, su abdomen y por fin llegó al bóxer. Abrió las piernas de él y de un movimiento lo despojó de su prenda, dejando a la vista la polla de Fernando, que estaba erecta, de su glande escurría un poco de líquido preseminal. Me serví otra copa y me senté en una silla cercana para poder disfrutar del espectáculo.

    Sin perder más tiempo Ana se llevó el miembro de nuestro amigo a la boca, que desapareció entre sus labios.

    – uff ¡qué rico! – Fernando lo disfrutaba. Acariciaba el rostro de mi mujer y sostenía su cola de caballo mientras Ana subía y bajaba por su falo con suavidad. Mi esposa, sin dejar de darle sexo oral, con un movimiento, se despojó de su brasier, dejando libres sus tetas – ¿me prestas tu celular, Marco? Quisiera grabar esto.

    – Desde luego – le acerqué mi celular y la película porno comenzó. Ana bajaba y subía, bajaba y subía. Si se sacaba la polla de la boca era para lamer y succionar las bolas de Fernando, lamer su herramienta o jugar con su cabeza.

    Unas chupadas más y Ana levantó su pecho y colocó la verga mojada de Fernando entre sus magníficas tetas, la aprisionó y comenzó a subir y bajar. Las rusas eran una de tantas especialidades de mi mujer.

    – ¡Este es el mejor regalo del mundo, Ana! – Fernando seguía grabando.

    – Este no es tu regalo, guapo. Es solo el calentamiento – Ana se levantó, se quitó la tanga, lo tomó de sus tobillos y lo recostó por completo en el sillón.

    – ¿Qué vas a?… – la pregunta de Fernando fue silenciada cuando, sin avisar, Ana se sentó sobre su cara.

    – mmmh – Ana comenzó a gemir – cómetela toda, cariño.

    Mi esposa movía su trasero en la cara de nuestro amigo, pasando su vagina y su ano por su boca. Ella no dejaba de gemir. Yo grababa la escena, mi esposita era una puta en regla y mi actriz porno favorita.

    – Este es uno de tus regalos, espero te guste. Sé que a muchos hombres les encanta que se sienten en su cara – en ese momento Ana acercó su boca al pene de Fernando – y este es tu otro regalo – e introdujo su falo de nuevo en sus labios. Le estaba haciendo un “69”.

    La verga de Fernando entraba y salía de la boca de mi esposa, así como su lengua entraba y salía de su vagina. Yo grababa todo y tenía una erección gigantesca.

    – ahhh ¡Con calma, por favor! – imploró Fernando – harás que me venga.

    – Esa es la idea, guapo – Ana continuó con la mamada, cada vez más frenética.

    – ahhh ahí viene – Fernando se tensó por completo y hundió su cara entre el culo de Ana, quien ordeñó su polla hasta la última gota.

    – ¡Qué rica está tu lechita, tesoro! – Ana tragó y se puso de pie, dejando a Fernando agotado, con la cara empapada de sus fluidos y su polla flácida – pero yo quiero más. A ver, mi amor, es tu turno.

    Yo estaba de pie frente a ellos. Ana tomó un cojín del sillón, lo puso frente a mí, se arrodilló y comenzó a jugar con mi polla.

    – Pásame el spray, por favor – dijo después de unos minutos – que me duele un poco la mandíbula, pero yo quiero leche.

    Ana se dio un disparo de spray dentro de su boca y reanudó la mamada. El ritmo era frenético.

    Yo la sujetaba del cabello y jugaba con sus tetas. Con cada movimiento mi polla desaparecía por completo y emergía de nuevo llena de saliva.

    – Ahí te va tu segunda dosis, putita – mi orgasmo estaba cerca. Tomé a Ana con fuerza del cabello y mantuve mi pene en su boca. Ana comenzó a succionar – oohhh – exploté en su boca con un intenso orgasmo. Ignoro cuánto semen expulsó mi pene, pero Ana sustrajo hasta la última gota y tragó.

    – ¡Qué delicia de lechitas, mis amores! – Ana estaba satisfecha. Llenó de nuevo las copas y nos entregó las nuestras – se han portado bien, pero esto aún no acaba – se sentó entre ambos, Fernando había recobrado un poco la compostura y logrado sentarse – les daré unos minutos para que se repongan.

    – Pensé que esto era todo – dijo Fernando.

    – Claro que no, querido – Ana se echó a reír – un hombre puede eyacular cantidades decentes hasta 3 veces en un día. Quiero que ambos me llenen 3 veces hoy. Beban, relajémonos un rato, que aún les falta batalla.

    Los tres nos relajamos un rato. La música seguía, apenas era medio día y nuestras bebidas nos relajaban sin llegar a embriagarnos. La plática giraba aún en torno al sexo.

    – Bueno, mi amor – le pregunté – ya en confianza, ¿qué lechita te gustó más?

    – Pues es como las pollas, mi vida. Ahora que puedo decir que soy una “hotwife” – dejó escapar una risa – puedo decir que ambos penes tienen sabores muy particulares, me gustan ambos, y que cada semen tiene su propio sabor, ambos son muy ricos.

    – Entonces ¿serías capaz de diferenciar quien se está viniendo en tu boca por el puro sabor de su semen? – preguntó Fernando.

    – Claro, así como podría identificarlos por cómo se sienten sus pollas dentro de mí – respondió Ana, orgullosa.

    – No te creo – Fernando seguía incrédulo.

    – De verdad. Mira, te lo voy a demostrar – Ana se agachó y volvió a despertar nuestros penes con un sexo oral magnífico.

    No le costó mucho hacerlo, pues gracias a la estimulante plática y a la increíble vista de su desnudez ya estábamos a medio camino. Cuando logró que nuestras herramientas estuvieran de nuevo bastante duras, se hincó sobre el sillón y reclinó su cuerpo sobre el respaldo, dándonos la espalda y parando lo más que podía su delicioso culo.

    – Voy a cerrar los ojos – cosa que hizo y abrió ligeramente sus piernas – ustedes, sin hacer ruidos van a penetrarme y yo trataré de adivinar quién es.

    Entusiasmados, Fernando y yo jugamos “piedra, papel o tijera” para ver quién tenía el primer turno. Gané yo, así que con mucho cuidado tomé a mi esposa de la cintura y la penetré. Seguía mojada y mi pene se deslizó con suavidad en su interior.

    – Mmhhh cómo no voy a reconocer esa verga, si es la de mi marido.

    Los tres reímos y volvimos a jugar para ver quién tenía el próximo turno. Gané de nuevo yo y, para poner las cosas difíciles, penetré a mi esposa sin usar mis manos, por si eso me delataba.

    – ¿Otra vez tú, mi amor? – Ana volvía a adivinar.

    Siguiente ronda, ganó Fernando. Para que no sospechara nada se untó un poco de lubricante sobre su verga, para que entrara mejor y no alcanzara a sentir los relieves.

    – Esa es inconfundible, eres tú, Fernando – Ana se echó a reír – se los dije.

    – Para mí que estás haciendo trampa – Fernando seguía dentro de ella.

    – No, te juro que no – Ana giró la cabeza y abrió los ojos – es pura habilidad. Tu polla es algo más corta pero más gruesa, gracias a tu pellejo. Marco, en cambio, la tiene más larga y está más cabezón, pero al mismo tiempo más delgada por estar circuncidado, por no mencionar que eso se siente a la primera – Ana movió sus nalgas y se ensartó un par de veces en nuestro amigo – pero dejemos de jugar y vamos a retomar, ya que andamos en estas.

    Ana giró a un lado y Fernando con ella. Seguían en la pose de “perrito” pero la cara de Ana ahora miraba al sillón, lugar donde me senté yo con mis piernas extendidas hacia ellos. Mi esposa tomó mi polla con su mano mientras volvía a ser penetrada por Fernando. Antes de llevársela a la boca dijo:

    – Ahora me deben durar un poco más – nos miró a ambos – si sienten que se van a venir y no pueden más, me dicen, para indicarles dónde quiero que acaben. Bien, continuemos.

    Fernando la penetraba despacio, pero con intensidad, procurando introducir todo su pene en mi mujer, tratando de llenarla hasta donde podía. Con ese ritmo, los labios de Ana bajaban y subían lentamente por mi polla. Yo estaba decidido a recordar para siempre este momento, así que volví a grabar la escena, prestando ocasionalmente mi celular a Fernando para que capturara la espectacular vista que el culo de mi Ana le brindaba.

    No teníamos prisas, los tres nos tomábamos nuestro tiempo. Fernando controlaba su ritmo, que detenía solo para comerse el culito de mi mujer; Ana disfrutaba tener a Fernando penetrándola y comiéndosela por detrás y mi polla en su boca; y yo gozaba el sexo oral que mi esposa me daba y, obvio, la espectacular vista. Ignoro cuánto tiempo estuvimos así, los minutos se sentían horas.

    Después de un rato, Ana pidió que cambiáramos de lugar. Fernando entonces recibió el magnífico sexo oral de mi mujer y yo pude hacer uso de su culo. Estaba sudado y por dentro se sentía sumamente mojado y tibio. Los gemidos de Ana ya no eran frenéticos, eran suaves y profundos, lo estaba disfrutando y su vagina daba fe de ello: sus contracciones apretaban mi polla con firmeza.

    – Fernando, mi amor, pásame mi bolso, por favor – dijo Ana, interrumpiendo momentáneamente la mamada.

    Fernando alcanzó el bolso y de él Ana extrajo su vibrador. Sin decir nada lo encendió y con una mano lo colocó junto a su clítoris.

    – mmmh… – comenzó a masturbarse y reanudar la mamada – mi amor, dame un poquito más fuerte, por favor.

    Gustoso obedecí. Mis embestidas dejaron de ser suaves y aumentaron de intensidad y profundidad.

    El cuerpo de Ana rebotaba al ritmo que yo la penetraba. Podía ver sus tetas bailar y su ano contraerse una y otra vez. La velocidad a la que sus labios subían y bajaban por la polla de nuestro amigo también aumentó.

    – ¡Dame más! – dijo y aumentó la velocidad del vibrador, cuyas vibraciones llegaban con fuerza a mi pene. En ese momento hice uso de toda mi capacidad de concentración para no venirme y complacer a mi mujer. Ana estaba llegando al clímax.

    Aumenté todo lo que pude la velocidad, aquí en México usamos la expresión “como cajón que no cierra” o “como máquina de coser”. Comencé a darle nalgadas, apretujar su culo, pellizcar sus tetas y estimular con mis dedos su ano. Fernando, que había entendido lo que se venía, también me ayudaba obligándola a mamar más fuerte y rápido sujetándola del cabello, dándole bofetadas y diciéndole obscenidades: “¿Te gusta, putita?”, “Eres nuestra zorra”, “¿Te gusta tener dos vergas para ti?”, “¡Cómetela toda, perrita!”, etc.

    Ana intentó gritar su orgasmo, pero al tener semejante polla metida en la boca su grito se ahogó. Escurría sudor, tenía la espalda erizada y su vagina apretaba con la fuerza de una mano mi polla. Después de los primeros intentos de gritos, por fin se liberó del mástil de Fernando y se recostó completamente boca abajo, liberando mi polla. Por fin pudo tomar aire, estaba jadeando. Fernando se levantó para darle espacio.

    – Te felicito, mi hermano – le dije – ya aguantas más y lograste hacerle un orgasmo a una mujer sin venirte.

    – Gracias, pero fue un trabajo en equipo. Pensé que me vendría antes que ella – respondió Fernando.

    – La primera eyaculación siempre es la más difícil de controlar. De ahí en fuera, uno dura más y puede hacer cosas como estas – señalé a Ana – se ve hermosa, ¿no?

    – Maravillosa – confirmó él – ¿siempre tiene orgasmos así?

    – Ah, no, estos son nuevos, gracias a ti – le tomé una foto a Ana – hay que dejarla descansar un poco. Mientras vamos a tomar agua y prende tu internet para pasarte las nuevas fotos y videos.

    Fernando y yo pudimos platicar por escasos 3 minutos, momento en el cual Ana volvió en sí.

    – Ustedes me van a matar en una de esas – dijo mientras giraba boca arriba. Su maquillaje se había corrido por completo y su cola de caballo estaba casi deshecha.

    – ¿Te gustó, mi vida? – le pregunté.

    – No mamen, ¡necesitarían tener vagina para saber lo que yo sentí! – se sentó – ya ni me fijé, ¿se vinieron también?

    – No, ahora si aguanté – presumió Fernando – y creo que Marco tampoco se vino.

    – ¿En serio? Por favor, perdónenme – Ana se apenó – yo disfrutando sin pensar en mis hombres.

    – No pasa nada, mi vida – la calmé – la consentida eres tú.

    – Pero ustedes también tienen derecho al orgasmo. Vengan aquí – tomó el spray, se dio un disparo en la boca y se arrodilló – anden, quiero otro orgasmo con lechita.

    Fernando y yo nos acercamos. La idea de tener a Ana de rodillas frente a nosotros dándonos sexo oral nos volvió a excitar y nuestras vergas ya se habían puesto firmes de nuevo.

    – ¡Ay! – suspiró Ana al tenernos en frente – esto es el paraíso – y se metió mi polla a la boca mientras, con su mano derecha, masturbaba a Fernando.

    Alternaba entre uno y otro. No era una mamada suave o tierna, era una mamada guarra, como si nos la diera una puta profesional: nuestras pollas desaparecían por completo en sus labios; las masajeaba con lengua, labios y manos, les escupía, las lamía y besaba; las paseaba por su cara y golpeaba con ellas su lengua; lamía, se metía a la boca y succionaba nuestras bolas.

    Fernando y yo disfrutábamos de su boca. Acariciábamos su cabello, su cara y sus tetas. Yo grababa de nuevo la escena y Ana sonreía y posaba para la cámara.

    – Marco, mi vida, tú que estás más cerca, ¿podrías pasarme mi bolso? – dijo Ana con una voz de seductora a la que no se le podía decir que no.

    De él sacó su segundo juguete, el ya conocido dildo de silicón morado. Entonces Ana cambió de pose y se puso en cuclillas frente a nosotros, adhirió la base al suelo y se ensartó en él. Comenzó a bajar y subir, sin dejar de mamar nuestras vergas. Para ese momento, sus gemidos retornaron: mmm.

    – Eres una perrita insaciable, mi amor – le dije mientras tenía mi falo en su boca – tú lo que quieres son tres pollas, ¿verdad? – Ana solo asintió con la cabeza.

    Los gemidos, su movimiento de caderas y de su cuello se hacían cada vez más frenéticos.

    – ahhh ¡Ya casi me vengo! – gruñó Fernando.

    – ¡Yo también! – vociferé.

    – Entonces – Ana interrumpió las mamadas y comenzó a masturbarnos. Seguía brincando sobre su juguete – quiero que me bañen, échenmelos en la cara y en las niñas – dejó de jalárnosla, abrió la boca y levantó sus senos con las manos.

    – ahhh – Fernando comenzó a eyacular primero.

    – ufff – mi orgasmo vino después.

    – ay si, ¡qué rico! – Ana detuvo sus brincos y, con el dildo dentro de ella, disfrutaba el baño de semen.

    Quedó completamente bañada en nuestros fluidos. Nuestra lechita había caído sobre su cabello, uno de sus párpados, mejillas, dentro de su boca y barbilla, cuello, hombros, sus tetas y sus pezones. Estaba empapada de sus tetas hacia arriba. Las últimas gotas las succionó de cada polla. Todo quedó grabado en mi celular.

    – Con su permiso – sin limpiarse una gota, Ana se levantó, despegó su juguete del suelo y tomó el vibrador – ahora va el mío.

    Se sentó sobre el sillón, de frente a nosotros, con las piernas abiertas y los pies apoyados en la orilla. Introdujo en su vagina el dildo de nuevo y lo dejó ahí, entonces tomó el vibrador con su mano derecha, lo encendió y lo paseó lentamente por su clítoris. Con su mano izquierda acercaba sus tetas a su boca y lamía todo el semen que podía, sin quitar la vista de nosotros y nuestros cuerpos desnudos frente a ella. Sus gemidos comenzaron de nuevo, se estaba masturbando frente a nosotros sin ningún recato.

    – Graba eso, por favor – me pidió Fernando. Tomé mi celular de nuevo y grabé todo.

    Los gemidos de Ana se hacían más intensos, su pecho y vagina palpitaban. Cuando terminó de limpiarse la mayoría del semen, con su mano izquierda tomó el dildo y comenzó a moverlo, afuera y adentro, afuera y adentro.

    Era una visión casi onírica: sus piernas abiertas, su mano izquierda manipulando el dildo y su mano derecha el vibrador. Sus antebrazos empujaban sus magníficas tetas hacia el centro de su pecho, que palpitaba. Pechos, hombros, cuello y cara seguían empapados de semen, pues no había logrado retirar todo. Tenía sus ojos cerrados y se mordía los labios.

    Comenzó a mover sus juguetes más rápido, el dildo entraba y salía, entraba y salía, entraba y salía; el vibrador estaba a su máxima potencia; sus antebrazos hacían brincar sus tetas, cuyos pezones eran dos ciruelas duras; su respiración se aceleraba y de su frente y cuello escurría el sudor, que se mezclaba con el semen que había quedado sobre su piel. Abrió sus labios para comenzar a gemir con mayor fuerza: ah, ahhh.

    De no haber sido ordeñados hasta la última gota, habríamos ayudado a Ana en la búsqueda de su placer, pero nuestros penes habían entrado a su periodo refractario y no tenían la suficiente fuerza. Sin embargo, Fernando y yo mirábamos absortos. En el pasado, Ana ya se había masturbado frente a mí, pero nunca de esa manera.

    – ¡aaah! – Ana dio un último gemido, que se acercó más a un grito.

    Dejó caer el vibrador al suelo, bajó sus piernas y se recostó a un costado, quedando boca arriba. El dildo seguía dentro de ella. Había llegado al orgasmo y, por lo visto, quedó casi noqueada por su intensidad. Yo detuve la grabación, sin duda la más hermosa de nuestro fin de semana de aventura.

    Era la 1:30 de la tarde y Fernando y yo decidimos ponernos nuestros respectivos bóxeres y dejar a nuestra dama descansar. Platicamos, le pasé todo el material de mi celular, terminamos nuestros tragos y jugamos dominó. Ana dormía plácidamente sobre el sillón y las 2 de la tarde decidimos que era buena hora para comer.

    Pedimos pizza a domicilio y en 25 minutos había llegado. Fernando, con una toalla sobre la cintura, salió a recibirla. Sin embargo, el timbre despertó a Ana.

    – ¡¿Quién es?! – se asustó y despertó de golpe. Yo estaba sentado cerca de ella.

    – Tranquila, mi vida, es la pizza que ordenamos – me hinqué junto a ella y le di un beso, sabía de nuevo a verga y a semen, pero no me incomodaba – ¿quieres comer?

    – ¿Cuánto dormí? – seguía adormilada. Dos orgasmos seguidos a cualquiera lo ponen a dormir.

    – Unos 45 minutos – la besé de nuevo – anda, vamos a comer – la ayudé a levantarse.

    – Buenos días, dormilona – la saludó Fernando, quien venía con las pizzas en mano – ¿ya despertó nuestra bella durmiente?

    Ana respondió con una sonrisa, pues seguía adormilada. Nos sentamos y atacamos las pizzas, que por fin hizo reaccionar a mi esposa.

    – Tengo recuerdos un poco vagos – dijo después de dar su primera mordida y su primer trago de refresco (o soda) – díganme, ¿qué pasó después de que se vinieron? – ambos reímos.

    – Pasó esto, mi amor – tomé mi celular y le mostré la última grabación.

    – No lo puedo creer… ¿yo hice eso?… ¿qué se apoderó de mí?

    – La lujuria – Fernando rio.

    – Si, mi amor, hiciste eso – le di un nuevo beso – por eso caíste noqueada.

    – Increíble… ¿les gustó? – Ana seguía impactada, pero ya no había nada de pena.

    – Nos encantó – respondimos ambos – de haber podido, te dábamos duro de nuevo, nada más que nos dejaste vacíos – agregué.

    – Pero después de esta comida, verás que estaremos repuestos – Fernando tenía ganas de más, juventud divino tesoro.

    – Esa voz me agrada – Ana sonrió y continuamos la comida.

    De las dos pizzas no quedó nada y gracias a que nuestro desayuno había sido muy simple y nuestras actividades muy demandantes, no quedamos demasiado llenos como para continuar. Sin embargo, antes de volver a comenzar, decidimos reposar un poco la comida en el sillón.

    Fernando y yo nos sentamos, dejando un espacio para Ana, quien se estaba arreglando un poco en el baño. Cuando regresó, había cepillado y dejado suelto su cabello, con unas toallas húmedas se había quitado el semen seco de la piel, así como el sudor, los restos del maquillaje y se había enjuagado la boca. Cuando regresó, desnuda, se veía deslumbrante. Tenía una pastilla de menta en la boca y nos dio a cada uno una.

    Se sentó entre ambos. La tarde era maravillosa, el ventilador refrescaba la sala y en el estéreo sonaba música suave. Ana no tardó en recostarse entre ambos, colocando su cabeza en mi regazo, convenientemente cerca de mi polla (que volvía a ponerse firme) y las piernas sobre el regazo de Fernando, poniendo su vagina al alcance de su mano.

    La plática continuó durante 10 minutos, en los cuales la acariciamos a ella y ella a ambos: yo acariciaba sus senos y su cabello y Fernando sus piernas y la entrada de su conchita. Ana abría convenientemente las piernas y jugaba con mi pene y mis testículos. Al cabo de ese tiempo se giró y volvió a comerse mi polla, levantó una de sus piernas y permitió a Fernando jugar con su cuca con mayor libertad.

    – Esta posición me incomoda un poco, quiero cambiar – dijo después de unos instantes.

    Ana se levantó y volvió a arrodillarse frente a mí.

    – Se las voy a chupar tantito, para que se levanten – mientras me la mamaba, masturbaba a Fernando.

    Después de un minuto de tener mi polla apresada en su boca, cambió de lugar y se arrodilló frente a Fernando, dándole una suculenta mamada. Un minuto después, se sacó el miembro de nuestro amigo con un sonoro “chup”.

    – Bien, ya están listos – dijo ella.

    Se levantó, volvió a acercarse a mí y se inclinó frente a mí, manteniéndose de pie. Dio un beso sobre mi glande y un par de escupitajos, bien sabe cómo me prenden esas guarradas. Se dio media vuelta, dándome la espalda y se sentó sobre mis piernas. Con su mano guio mi pene a su interior, aún no había mojado del todo, de modo que su saliva sirvió como lubricante. Aun así, a mi verga le costó un poco de trabajo entrar, pues su rajita había quedado algo adormecida por los orgasmos que había gozado.

    – Ahh si… ¡qué rico! – dijo una vez que mi pene entró de lleno en ella. Movió sus nalgas en círculos – vamos a jugar un juego, chicos – volteó a ver a Fernando.

    – ¿Cuál? – preguntó Fernando, que se masturbaba despacio ante la vista magnífica de mi mujer dándome sentones.

    – Yo voy a cogérmelos a los dos, en trío o por separado y ustedes me deben durar ahora sí, nada de venirse. Si logran llegar hasta mi último orgasmo, les daré un premio – dijo Ana con voz traviesa.

    – Vale, yo haré lo que pueda – dijo Fernando.

    – Yo también, pero tampoco abuses – le di una nalgada – sabes cómo me gustan los sentones y Fernando sigue aprendiendo.

    – No abusaré, mis amores, lo prometo – comenzaron los sentones, su culito subía y bajaba sobre mi polla – pero les aviso, esto se pondrá rico.

    Los sentones de mi mujer siempre me han encantado. Ella aprendió a hacerlos viendo los antiguos videos de Abella Anderson y me costaba mucho trabajo concentrarme y no venirme. Después de unos minutos sentí un hormigueo dentro de mí y pedí tregua, no quería perderme del premio.

    – Está bien – Ana se levantó, dejando mi polla babosa palpitando – entonces es tu turno, guapo – y se sentó en la verga de Fernando, que desapareció entre sus nalgas.

    El pobre de Fernando luchaba por no venirse, pero tampoco podía evitar disfrutar algo así. Masajeaba el culo de mi esposa, lo nalgueaba, la tomaba de la cintura y jugaba con su ano. Ella, que sabía complacer a un hombre, brincaba sobre él, bailaba, movía en círculos sus caderas, gemía y giraba su torso lo más que podía, de modo que sus tetas bailando fuesen visibles para quien se la cogía.

    Con ese ritmo, Fernando duró poco más de la mitad del tiempo que yo duré antes de pedir que parara.

    – No, no, no, muchachos – se levantó ante las súplicas de Fernando – deben durarme más, no se pueden venir tan rápido.

    Fernando se contenía y logró evitar el orgasmo. Su polla, llena del lubricante natural de Ana, parecía que iba a explotar.

    – Es que también, sabes que das los mejores sentones del mundo – le dije, la tomé de la mano y la acerqué a mí – mejor hay que cambiar de posición. ¿Qué te parece esta?

    Acerqué a Ana y la senté sobre mi regazo, de frente, con sus piernas apoyadas junto a las mías. Era una posición peligrosa, porque tenía a mi mujer frente a mí, sus tetas (que me encantan desde que la conocí) frente a mi cara, su cara demasiado cercana a la mía y todo su cuerpo al alcance de mis manos, aun así me arriesgué y la penetré, pues es de las poses que más le gustan y donde hemos alcanzado el orgasmo juntos, entonces el riesgo era igual.

    – ¿Te gusta así? – pregunté.

    – Ah… sabes que me encanta – gimió y comenzó a subir y a bajar. Yo me llevé sus tetas a la boca y comencé a morder y succionar sus pezones. Sus gemidos no se hicieron esperar, le encantaba que lo hiciera y yo lo sabía.

    – ¿Y qué pasa si tu pierdes? – le pregunté, hundido en sus tetas y con mis manos acariciando su culo.

    – mmh… ¿qué? – Ana comenzaba a gozarlo más y perder noción de la realidad.

    – ¿Qué pasa si llegas al orgasmo antes que nosotros? – mi boca seguía entretenida en el manjar de sus pechos.

    – Ay, eso no se vale – dijo Ana entre gemidos – pues… supongo que tendré que darles doble premio, pero no creo que pase.

    – Esa voz me agrada – y comencé a jugar con sus pechos más intenso. De mordisquitos a mordidas que apenas y le dejaban marca, lamidas y succiones suaves a devorar sus tetas, justo como yo se que a ella le encanta. Mis manos pellizcaban con firmeza su culo, que brincaba sobre mi verga a un ritmo más intenso. Con mi mano izquierda invité a nuestro amigo a que se uniera. Ignoro qué estaba haciendo, pero se levantó, se paró sobre el sillón y puso su polla a la altura de la cara de mi mujer.

    – Veo que ya estás mejor – le dijo Ana. Pude ver cómo se llevaba su pinga a la boca y comenzaba a succionársela. Por la sonrisa que Fernando tenía y porque Ana no bajaba la mirada, asumo que ambos se miraban a los ojos.

    Sentía como Ana volvía a mojarse tanto que sus muslos y mis piernas escurrían de nuevo. La escena era una delicia y no quise esperar, así que con mi mano izquierda tomé y encendí el vibrador y lo llevé a su ano. Con la yema de mi pulgar derecho masajeé con intensidad su clítoris, que ya estaba duro.

    – ¡No!, ¡Espera, no hagas eso! – suplicó Ana entre gemidos, su cuerpo se estremecía de nuevo – no se vale…

    – ¡Gózalo, putita! – continué dándole placer.

    – ¡No!… en serio… me harás llegar – imploró. Su cuerpo volvía a hervir – Fernando para por favor…

    – ¡Tú dale! – le ordené a Fernando. Obedientemente tomó el cabello de mi esposa y la obligó a reanudar la mamada.

    Cuando sentí la vagina de Ana apretar con fuerza mi pene se escuchó un sonoro “CHUP” y la boca de mi mujer se liberó.

    – ahhhhh… – sus gemidos delataron su orgasmo. Soltó la polla de Fernando y se reclinó hacia un costado y hacia delante. Podía sentir su vagina escurriendo, así como su cuerpo escurrir de sudor; sus latidos y respiración acelerados y su cuerpo emanando calor como si estuviera al rojo vivo. Ella apretaba sus piernas y se sujetaba del sillón con fuerza, sus ojos cerrados y sus labios apretados la hacían verse encantadora. Toda ella teniendo orgasmos intensos era una obra de arte.

    Fernando y yo estábamos orgullosos, él se sentó junto a nosotros y acariciaba el cabello de Ana mientras yo acariciaba su espalda.

    – Eso estuvo riquísimo – dijo él – con razón te gusta darle placer, mira qué bella es teniendo un orgasmo.

    – Es divina – confirmé. Ana seguía fuera de sí – no hay nada más excitante ni bello que ver y sentir como una mujer tiene un orgasmo.

    – Par de cabrones – dijo Ana. Había reaccionado por fin, se sentó derecha, aún con mi polla dentro de ella y nos miró con cierta indignación – estoy segura de que esto lo planearon.

    – Te juro que no fue así – dije sin evitar reírme – fue todo espontáneo.

    – Pero me arruinaron el final, yo quería llegar al orgasmo en otra pose – mi esposa fingió tristeza.

    – Pero por lo visto eres multiorgásmica – dijo Fernando – puedes llegar de nuevo.

    – Pero eso me obliga a buscar otro premio – Ana echó su cabello de nuevo hacia atrás y se llevó las manos a la cintura – y no sé si tenga capacidad, después de este día voy a quedar bien adolorida.

    – En ese caso, quiero que quedes como venadito recién parido – tomé a Ana del torso y me levanté cargándola, la dejé ponerse de pie y la tomé de la mano – vamos arriba que yo aún tengo ganas y Fernando también – señalé su miembro.

    – Espera, deja recuperarme – la cara de Ana reflejaba nerviosismo, excitación y un poco de miedo inocente – no quiero que me duela mientras lo hacemos.

    – Eso se soluciona fácil. Fernando ayúdame a llevar las cosas.

    Entre los dos tomamos una botella de agua, el spray, lubricante, los juguetes y el resto de las cosas. Subimos por las escaleras de la mano de Ana, a quien apenas y le respondían las piernas. Al llegar al cuarto ella se recostó boca arriba en medio de la cama, con las piernas abiertas. Su vagina seguía mojada y ya estaba algo roja y ligeramente hinchada.

    – Entonces denme ustedes, yo estoy cansada – se untó lubricante sobre la vagina y se dio un disparo de spray en la boca – ven, Fernando, es tu turno, papi.

    De un salto Fernando quedó sobre de ella y Ana lo recibió enroscando sus piernas en torno a su cintura, empujando su pelvis hacia el de ella y gimiendo de placer al ser penetrada. Con una seña me indicó que acercara mi polla a su cara, que comenzó a chupar con un hambre inusual.

    Fernando, quien tenía las piernas de Ana contra su pecho, hacía bailar sus tetas con sus embestidas. Con su mano derecha estimulaba el clítoris de mi mujer, con su mano izquierda masajeaba sus tetas. Yo participaba en esas caricias con mi mano libre, pues la otra la tenía ocupada grabando y fotografiando toda la escena.

    Alcanzamos buen ritmo entre los tres, uno lo suficientemente intenso como para que Ana gimiera, pero sin que nos provocara orgasmos aún no deseados.

    Cuando Fernando sintió que la pose lo cansaba, cambiamos de lugar y de posición. Ana se puso en cuatro patas, Fernando frente a ella y yo detrás y el baile reanudó. Mi esposa le daba una espléndida mamada a nuestro amigo, que la tenía sujetada del cabello. El ritmo era el mismo, ni tan lento ni tan rápido, algo que nos permitiera darle placer sin venirnos en el intento.

    – Baja un poco la intensidad, Ana – suplicó Fernando – la chupas muy rico, harás que me venga.

    – Aún no puedes venirte – Ana recorrió la polla de Fernando con la lengua – recuerda que tienes un premio que cobrar, bueno son dos.

    Mientras hablaban, aumenté el ritmo con el que la penetraba, ahora sus nalgas rebotaban y hacían un delicioso plap, plap.

    – Entonces quisiera ir cobrando uno, porque con esas mamadas no creo resistir – dijo Fernando mientras acariciaba la cara de mi mujer, a la que le escurría el sudor.

    – Solo si me prometes aguantar – Ana succionó sus bolas – Marco, mi cielo, ¿puedes cambiarle el lugar a Fernando?

    Cambiamos de lugar y cuando Fernando se disponía a penetrarla, pensando que venirse dentro de ella otra vez sería su premio, Ana lo detuvo y se acercó a mi oído.

    – Yo sé que no era parte de nuestro acuerdo – susurró sin que Fernando escuchara – pero en este punto, me gustaría darle mi “chiquito” a Fernando, ¿estás de acuerdo?

    – Me encantaría – le respondí con un largo beso. Su boca sabía a pene.

    – Gracias, te amo – me devolvió el beso.

    Ana se alejó de mí y tomó el lubricante y su dildo, introduciéndolo en su vagina.

    – Este es uno de tus premios, guapo – Ana aplicó abundante lubricante en la polla de Fernando – espero lo disfrutes y no te vengas tan rápido – se giró y volvió a ponerse en cuatro patas – ahora unta lubricante en mi ano.

    – Esto… ¿es en serio? – la polla de Fernando se puso gigante, del mismo tamaño que la mía. Su cara era de un asombro y felicidad indescriptibles.

    – En serio, te lo ganaste – le respondí.

    Fernando aplicó bastante lubricante sobre el ano moreno y sonrojado de mi mujer, metiendo sus dedos en el proceso.

    – mmhhh… eso es – Ana abrió sus nalgas con ambas manos – ahora métela, pero despacio.

    Fernando obedeció y su verga fue tragada lentamente por el ano de Ana, hasta que desapareció por completo.

    – ahhh siiii… la tienes bien gruesa… – Ana gimió de placer, Fernando llenaba sus entrañas de carne.

    – ufff… esto es lo más delicioso del mundo – Fernando estaba rojo de placer. Sujetaba el culo de mi mujer con fuerza.

    – Ahora dame despacito – Ana me miraba directamente a los ojos – eso es… despacio. Gózalo, pero no te vayas a venir, ¿eh?

    Tomé a Ana del cabello y la obligué a mamármela. Ella, feliz, gimiendo, reanudó el sexo oral. Sus labios subían y bajaban por mi polla, Fernando la penetraba con firmeza, pero lentamente. En su cara delataba su asombro ante un placer nunca imaginado.

    – Ten – le acerqué mi celular – graba tu primer anal, muchacho.

    Él comenzó a grabar lo que sin dudas era el mejor día de su vida. Acercaba la cámara para captar cómo su polla entraba y salía de la cavidad más sagrada de Ana. Filmaba sus pechos, su cara y el oral que me daba. Apagó el celular, tomó a mi esposa de la cintura con ambas manos, y aumentó el ritmo de sus penetraciones.

    – Deja descansar un poco mi anito, tesoro – pidió Ana a Fernando después de un rato – no está tan acostumbrado a una polla tan gorda como la tuya y será parte de tu segundo premio.

    Fernando, obediente, sacó su verga del culo de mi mujer, así como el dildo de su vagina y la penetró por ahí.

    – Mhhh, vas aprendiendo como tratar a una dama – gimió feliz mi esposa en cuento Fernando la llenó de nuevo.

    – ¿Cuál dama? – pregunté y me puse de rodillas frente a la cara de Ana – yo lo que aquí veo es a una pinche putita. Fernando, vamos a follarla duro.

    Lo que era un tercer round tranquilo se tornó en una salvajada. Tomé a mi mujer del cabello y metí mi verga en su boca de nuevo, metiéndola y sacándola con intensidad. Fernando, obediente, comenzó a darle a mi esposa con una mayor intensidad, dándole nalgadas que le dejaban el culo enrojecido, metiendo sus dedos en su ano aún lubricado. Ambos le decíamos obscenidades.

    Yo sabía lo que un trío tan rudo provocaría en mi esposa, quien no esperaba algo así. Su piel se erizó de nuevo, sus gemidos se volvían casi chillidos, sus manos se sujetaban con fuerza de la cama y su cuerpo volvía a exhalar calor. Un par de minutos así bastaron para que Ana se sacara mi verga de su boca.

    – Ya casi llega mi orgasmo – estaba jadeando – vamos a cambiar de posición, que quiero que ambos me llenen de leche por dentro.

    Detuvimos la faena y seguimos sus indicaciones, emocionados por hacerle de nuevo una doble penetración. Primero ambos nos colocamos lubricante en nuestras pollas y en sus hoyos. Su vagina estaba roja e hinchada, su ano igual. Ana gimió cuando sintió nuestros dedos lubricarla.

    Luego Fernando se acostó en la cama boca arriba y Ana se subió sobre él, reclinada, dándole la espalda, con las piernas abiertas y flexionadas y apoyando sus manos en la cama.

    – Mi amor – me dijo Ana – en esta pose no puedo usar mis manos. ¿Puedes abrir mis nalgas, por favor? – la voz de Ana era de puta y su cara lo confirmaba.

    Tomé sus nalgas y las abrí lo más que pude.

    – Ahora méteme esa deliciosa verga por mi ano, Fernando – él obedeció – mhhh… qué rico – mi esposa gimió de placer cuando su culo hizo desaparecer la verga de nuestro amigo.

    La escena era preciosa. Mi esposa, abierta de piernas y con su deliciosa vagina en todo su esplendor, escurriendo lubricante natural y artificial. Tenía metida la verga de Fernando y sólo se veían sus bolas, a las que el vello les comenzaba a crecer de nuevo. Las tetas de Ana, abiertas, estaban empapadas de sudor y con los pezones erectos, su cabello cubría la cara de Fernando, quien sostenía a mi mujer con sus manos en la cintura de ella.

    – Sonríe, mi amor – tomé varias fotos de la escena – eso es, zorrita.

    Ana posó para la cámara. Sonreía, se mordía el labio, abría la boca y sacaba la lengua. Con la ayuda de Fernando, pudo sostener sus tetas para una última foto.

    – Ahora métemela, mi amor – me dijo ella – quiero sentir esa verga dentro de mí.

    Me acerqué de rodillas frente a ellos e introduje mi polla en su vagina. Estaba cálida y tan húmeda que resbaló hacia dentro de un movimiento, apenas y la sentía.

    – mmmh… qué rico – gimió ella – ahora sí, mis machos, denme tan duro como puedan.

    Fernando, quien la sostenía del torso, comenzó a subir y bajar su pelvis con una intensidad asombrosa. Su polla entraba y salía de las entrañas de mi esposa. Yo hice lo propio y mis embestidas eran rápidas e intensas, mientras mis manos acariciaban sus enormes pechos y jugaban con sus pezones morenos, que estaban duros y sus pezones del tamaño de uvas.

    – ahhh, así, más, más, más – los gemidos de Ana se convertían en gritos. Por lo visto, ser penetrada por dos vergas la volvía loca.

    El ritmo aumentó y, como consecuencia, cada cierto tiempo, alguna polla se salía de su lugar e iba a chocar con los muslos de Ana o con la verga del otro, las más de las veces, era Fernando. Cada que eso sucedía, antes de penetrarla, cada uno se ponía más lubricante en sus respectivas vergas.

    Extrañamente no me incomodaba y, por lo visto, a él tampoco, pues desde que esa posición comenzó, nuestras bolas chocaban de vez en cuando al estar tan juntas. Cualquier incomodidad era borrada por el placer de darle pinga a la zorrita de mi mujer.

    – Ahhh ay, ¡así qué rico! – los gemidos de Ana se mezclaban con los nuestros, con el rechinar de la cama y con los insultos que tanto prendían a mi esposa: “Eres una zorrita sucia”, “¿te gusta, putita?”, “¿quieres más?”, “eres nuestra puta”, etc.

    Le dábamos más y más duro, pese a la pose el chocar de las pelvis producía el delicioso “clap, clap”.

    – Ahhh… esperen – pidió ella, no hicimos caso – no, esperen… tengo unas extrañas ganas de orinar.

    – ¡Cállate, perrita! – le di una ligera bofetada, de esas que le gusta que le de en ciertas ocasiones y la ahorqué ligeramente con mi mano izquierda – no pares, Fernando. Vamos a ver hasta dónde llega – llevé mi mano derecha a su clítoris, que estaba tan duro como una moneda y con las yemas de mis dedos comencé a masturbarla frenéticamente.

    – No… en serio, tengo ganas de orinar… – dijo Ana entre gemidos – ay, ay… ahhh.

    De su vagina brotó un chorro de líquido transparente. No fue tan abundante, el equivalente a un vaso pequeño de agua, pero bastó para mojarnos a los tres. Era el segundo squirt de mi esposa, el primero que tenía en plena acción

    Los tres sabíamos lo que era, pero no esperábamos que algo así pasara, eso solo sucede en el porno. Tan pronto como Ana terminó nos volvimos a encender y las embestidas eran con tanta fuerza que rayaba el odio. Sentía cómo su vagina palpitaba y se contraía. Su piel se erizaba y la recorrían escalofríos.

    – Mhh,– Ana trataba de contener el orgasmo. Sus manos se agarraban con fuerza de las sábanas.

    – Ah… ¿me puedo venir dentro? – preguntó Fernando.

    – Esa es la idea, vamos a dejarla bien llenita de leche – le contesté yo.

    Unas cogidas más y ambos nos detuvimos para bombear dentro de mi esposa todo el semen que nos quedaba. En ese momento, Ana no pudo contener más su clímax.

    – Ahh, – ese alarido de placer bien se podría haber escuchado hasta la CDMX.

    Antes de que Ana se desplomara, la tomé de la espalda para evitar algún golpe no deseado. Fernando sacó su polla, ahora flácida y yo hice lo mismo. Con cuidado la recostamos en la cama boca arriba. Si Venus cogía, estoy seguro de que se veía como ella. Su respiración acelerada, sus ojos cerrados, bañada en sudor, despeinada, empapada de sus muslos.

    Abrí y levanté sus piernas para apreciar nuestra obra. De su vagina, roja e hinchada, escurría mi leche. De su ano, tan abierto que podían entrar dos de mis dedos, escurría el semen de Fernando. Tomé fotos y videos de tan magnífica vista.

    Ambos, de pie frente a ella, estábamos también exhaustos. Yo no imaginaba que Ana pudiese alcanzar un placer así.

    – No pensé que se pudiera sentir algo así – Fernando se limpiaba el sudor de su cara sin quitarle la vista a mi mujer – neta, no saben cuánto agradezco esto, esta oportunidad.

    – Yo no sabía que Ana pudiera tener un orgasmo tan fuerte – le respondí – el agradecido soy yo y desde luego ella. Serás el corneador de base, te lo has ganado. Y te has ganado esto – tomé mi celular y le pasé todo el material.

    – Muchas gracias – la idea lo hacía feliz – ¿hay algo que pueda hacer para que Ana lo goce más?

    – Pues, en ocasiones le doy un masaje de cuerpo entero, para que quede bien atendida. Vamos.

    Ana estaba semi consciente, adormilada por el efecto del orgasmo. Con toallas húmedas limpiamos el sudor y nuestros fluidos de su cuerpo y con crema atendimos su cansado y magullado cuerpo. También le enseñé a Fernando cómo darle masaje corporal a una mujer, cómo tratar su piel y sus músculos. Masajeamos su pecho, abdomen, piernas y cara, le dimos la vuelta y atendimos su espalda, hombros, nalgas y piernas. Al terminar, Ana dormía plácidamente.

    Para no interrumpirla, Fernando y yo acordamos ponernos nuestros respectivos bóxeres y limpiar la casa, para que no quedara huella de nuestras travesuras. Al finalizar eran las 6 de la tarde y Ana seguía dormida. Se veía tan bella que no queríamos despertarla, pero era necesario.

    Ambos nos sentamos junto a ella. Yo acariciaba su piel y uno de sus senos. Fernando besaba con delicadeza el otro pecho.

    Olía a sexo, a sudor y a semen, su respiración era profunda, dormía como un ángel.

    – Arriba, dormilona – la desperté con un beso en los labios – hay que prepararnos para salir.

    Ana despertó con una sonrisa.

    – Ay – bostezó – ¿cómo están mis hombres? – acarició el cabello de Fernando, que ya mamaba de una de sus tetas.

    – Muy bien, muy felices – acaricié su rostro – ¿cómo se siente mi princesa cogelona?

    – Como si me hubiera pasado un camión encima – sonrió, Fernando seguía pegado a su teta – me duele bien rico la concha y el ano y entre cansancio y relajación, no siento mi cuerpo.

    – Esa era la idea – le di un beso – ¿lo disfrutaste?

    – Fue una DELICIA.

    – Bueno pues, hay que bañarnos, mi amor – le recordé – Fernando y yo ya hicimos el aseo, pero hay que bañarnos y alistarnos para la carretera.

    Ayudamos a Ana a ponerse de pie. Las piernas le temblaban y aún no había despertado del todo, así que la guiamos hasta la regadera. Nos metimos a bañar los tres, pero por la debilidad de Ana, Fernando y yo nos encargamos de bañarla.

    Aunque lo más probable era que ya no nos quedara semen que darle, nuestras pollas se habían puesto algo duras. Al ver esto y sentir el agua caliente bajando por su cuerpo, Ana despertó un poco más, lo suficiente para acariciarnos.

    – Cómo me gustaría hacerlo de nuevo, mis vidas – nos dijo mientras acariciaba nuestros penes – pero no creo poder hacerlo más.

    – Tampoco creo que tengamos más semen que ofrecerte – bromeé – nos ordeñaste por completo.

    – A mí lo que me gustaría es que estas vacaciones no acabasen nunca – Fernando se puso algo melancólico – no saben cómo han cambiado mi vida.

    – Querido – Ana lo abrazó – esto es solo el comienzo. Eres el único que podrá tocarme, además de mi Marco. Y estas pingas – se agachó y dio un beso tierno a cada glande – son las únicas que podrán entrar y venirse dentro de mí sin condón.

    – Sobre eso, ¿qué método usaremos? – preguntó él.

    – Pues Marco tiene la vasectomía hecha. Tu estás muy joven para eso, así que me pondré el DIU. Mientras, tomaré la pastilla del día siguiente porque tus niños siguen en mí.

    – Podría decirse que es la mayor cantidad de lechita que has recibido en tu vida, mi amor – le di un beso, la sola idea de Ana bañada en semen me prendía de nuevo, pero su cuerpo estaba fuera de combate.

    – En mi vida hasta hoy – me dedicó una mirada de complicidad que no había visto nunca.

    Terminamos de bañarnos y de arreglarnos. Para no levantar sospechas de lo zorra que había sido, Ana se puso la misma ropa que uso cuando partimos de la ciudad. Cargamos las maletas, cerramos la casa y salimos a la carretera, no sin antes pasar a la farmacia por pastillas del día siguiente. Ya había oscurecido.

    El ambiente ahora era distinto. Los tres veníamos platicando, bromeando, cantando y comiendo botanas, los temas eran de todo, sexuales también. De ser un chico callado, tímido y triste, Fernando era una persona distinta: alegre, bromista, desinhibido, sin dejar de ser educado y un caballero.

    Su educación y caballerosidad no apagaban el deseo que sentía por Ana, que revelaba en su plática cuando volvíamos a tratar un tema sexual. Proponía nuevas poses, el uso de disfraces, juguetes, juegos, lugares, etc. Sin embargo, hubo un punto en que no se contuvo más y posó sus manos sobre los pechos de Ana.

    – Ya sé que las volveré a ver, pero las voy a extrañar – dijo mientras las acariciaba.

    – Bueno, velas por última vez – y la zorrita de mi esposa se sacó las tetas de su escote, estaban preciosas.

    Fernando las acariciaba y jugaba con sus pezones. En un punto iluminado de la carretera, antes de llegar a una caseta, Ana me pidió parar. Con la iluminación, sacó su celular y tomó un par de selfies. En una los tres salimos sonrientes y sus tetas al aire, en la otra cada uno agarraba una de sus tetas y ella hacía una cara de asombro deliciosa.

    – Esta es la última foto de esta aventura – dijo – pero no es nuestra última aventura.

    Al pasar la caseta, la cosa ya se había puesto más caliente de lo esperado. Fernando acariciaba sus pechos y yo metía mano bajo su falda. Ana no pudo contener más el morbo y excitación que produce hacer travesuras en lugares públicos.

    – Párate – era increíble, quería más verga.

    Me detuve en un punto en que la carretera me lo permitía. Ana bajó del coche, hizo su asiento hasta adelante y se pasó atrás, con Fernando.

    – Continúa – dijo ella mientras le desabrochaba el pantalón a Fernando.

    Yo continué el camino. Desde el espejo retrovisor veía como Ana, pese a su mandíbula cansada, le daba un increíble sexo oral. Tenía los senos de fuera y a Fernando metiendo la mano bajo su falda.

    Ana escupió a la polla de Fernando, se despojó de su ropa interior, se volteó, levantó su pierna izquierda, se escupió sobre la mano y humectó su concha.

    – Dale – dijo.

    Fernando la tomó de la pierna y comenzó a follarla. Los gemidos de mi esposa decían que lo disfrutaba, pero no del todo. Al cabo de un par de minutos volvió a moverse

    – No me acomodo así, a ver – se sentó sobre Fernando y comenzaron los sentones – Mmhhh mucho mejor.

    Fernando, quien pensaba que no follaría más ese día, disfrutaba cada sentón nalgueando el delicioso culo de mi mujer. Ella gemía y se agarraba con fuerza el asiento delantero.

    – Marco busca un lugar donde podamos detenernos y hacerlo – dijo Ana entre jadeos – donde no nos vean.

    De inmediato comencé a buscar tal lugar, la zorrita de mi esposa me lo pedía y mi polla, que ya no cabía en mi pantalón, me lo imploraba a gritos.

    A los cinco minutos encontré un camino de tierra que salía de la carretera. No sabía a dónde llevaba, pero lo tomé porque había unos árboles bastante frondosos que nos ocultarían de la carretera. Lo tomé, apagué las luces y detuve el auto en la arbolada.

    Al fin pude voltear a verlos, gracias a la iluminación interna del coche pude apreciar la escena. Mi esposa tenía sus senos de fuera y le daba sentones a Fernando, que tenía los pantalones abajo.

    – Pásate de este lado – me dijo ella, indicando su lado derecho, donde estaba la puerta.

    Salí del coche, abrí la puerta y desenfundé. Ella tomó mi polla con su mano derecha y trató de llevársela a la boca, pero la posición lo hacía difícil.

    – Fernando, dame de a perrito, para que pueda mamársela a mi esposo – dijo Ana entre jadeos.

    Ambos cambiaron de pose. Fernando se puso de rodillas, como pudo, en el asiento trasero y volvió a penetrarla. Ana, en cuatro patas, acercó su cabeza a mí y devoró mi verga entre sus labios. Yo estaba de pie, vigilando que nadie viniera, pero era muy difícil con el delicioso sexo oral que mi mujer me daba.

    Succionaba mi polla con fuerza y masajeaba mis bolas, si yo pensaba que mi mujer estaba cansada, me había equivocado. La ninfómana que lleva dentro volvió a aflorar y sus gemidos lo demostraban.

    – ¿Podemos cambiar? – dijo Fernando después de unos minutos – me gusta mucho pero aquí no me acomodo.

    – Ya sé, hagamos esto – Ana nos indicó la nueva pose. Los coches y camiones pasaban muy cerca de nosotros, pero no nos veían y lograban ver algo, era el coche de lado en medio de los árboles.

    Fernando se sentó en medio del asiento trasero, Ana se giró, poniendo sus rodillas al borde del asiento, dándome la oportunidad de jugar con su culo y dándole ese fenomenal sexo oral a Fernando, que la tenía sujeta del cabello y jugaba con sus tetas.

    Levanté la falda de Ana y ahí estaba su redondo culo. Escupí sobre él y me ensalivé la verga, no era necesario, pero a ella y a mí nos prenden ese tipo de guarradas.

    – Mmhhh… cómo me encanta esa verga – gimió cuando la penetré – dale, mi amor.

    Sin dejar de vigilar, comencé a follarme a mi mujer. Sus gemidos eran ahogados por la verga de nuestro amigo. Los plap, plap, plap, hacían juego con los glup, glup, glup, de sus mamadas.

    – Ahhh que rico es esto – gemí.

    – La mama como una diosa, mi hermano – dijo Fernando.

    – Esta es mi manera de agradecerles por darme la mejor cogida de mi vida, mis machos – gimió Ana – avísenme dónde quieren venirse.

    – Pues mi lechita ahí te va, ¡trágatela! – Fernando obligó a mi esposa a comerse su verga de nuevo, tampoco le costó trabajo, a ella le encantaba mamársela – uufff.

    Fernando se vino dentro de su boca y la obligó a sacarle y tragarse hasta la última gota. Saber que mi mujer era la puta a las órdenes de dos hombres me hizo explotar de placer dentro de ella.

    – Aaayyyy… qué rico – dijo ella entre gemidos. Su vagina apretaba, pero no estaba seguro de si era un orgasmo o simple excitación.

    Saqué mi polla de sus entrañas, estaba llena de baba y flácida. Ignoro cuánto semen deposité dentro de ella, de cualquier forma, no pudo ser mucho. Ella se puso de pie junto a mí fuera del auto. Sus senos seguían de fuera y estaba algo sudada, aunque, afortunadamente, su maquillaje no se había corrido.

    – Tenía ganas de esto – me dio un beso, sabía a verga y a semen – espero les haya gustado. Sé que no es lo mismo que ustedes me provocaron, espero lo hayan disfrutado.

    – A mí me encantó – jadeó Fernando – es que la mamas bien delicioso.

    – A mí igual – tomé sus senos y los estrujé y llevé a mi boca – eso que sentí, ¿fue un orgasmo?

    – Si, aunque no uno tan intenso como los que estos días me sacaron – se metió las tetas dentro del escote – bueno, vístanse que debemos irnos de aquí.

    – Ten tu ropa interior, Ana – Fernando le extendió su calzón cachetero, con encaje y blanco.

    – Quédatelo, papi, es un regalo – jamás acordamos eso, aunque no me molestaba en lo absoluto – úsalo cuando te la jales pensando en mí con tantos videos y fotos. Trata de que mi olor dure.

    – ¿En serio? – Fernando se llevó el calzón a la cara y lo olió – huele a ti.

    – En serio – Ana volteó a ver mi expresión y vio que era de aprobación y excitación – con una condición.

    – ¿Cuál? – Fernando sostenía el calzón como una reliquia.

    – Cada que acordemos vernos para portarnos mal, me lo debes entregar lleno de tus chamacos. Yo me lo pondré y te daré el calzón que ese día use a cambio, ¿qué dices? – eso tampoco lo habíamos acordado, pero pensar que de vez en cuando Ana usaría ropa interior llena de semen, me encantaba.

    – ¡Qué rico, si! – dijo Fernando con mucho entusiasmo.

    – Mejor que sea el juego completo – propuse – dale también el brasier e inclúyelo en el acuerdo.

    – Me gusta esa idea – totalmente desinhibida, Ana se quitó la blusa, el brasier y volvió a vestirse.

    Entregó el sostén a Fernando, quien los guardó en un compartimiento aparte dentro de su maleta, como si guardara el tesoro más preciado de la humanidad.

    – Bueno, continuemos el camino que aquí da un poco de miedo – abrió su puerta, acomodó su asiento y entró al auto.

    Entré y di marcha atrás, volviendo a la carretera después de nuestra deliciosa parada. El resto del camino, la plática, bromas y canciones continuaron con una excepción: Ana no usaba ropa interior y eso se notaba.

    Cuando entramos a la ciudad, Ana bajó a una tienda de auto servicio por unas bebidas. Noté que en su asiento había una mancha blanca, húmeda, probablemente mi semen que le escurría de la vagina. Cuando volvió, la ausencia de ropa interior era evidente, pues sus pezones resaltaban en su blusa. Fernando y yo lo notamos y seguro en la tienda también, ahora mi Ana era una zorra que tanteaba con el exhibicionismo.

    Llegamos a la casa de Fernando a las 10 de la noche. Su mamá salió a recibirnos y Ana cubrió sus pezones con su cabello. La despedida tuvo que ser “normal”. Ambos bajamos del auto para abrazarlo, nos agradeció por las bonitas vacaciones y su madre por distraer a su hijo.

    Gracias a mi suegra nos enteramos de que Fernando tenía una nueva actitud en la vida. Un grupo de amigas lo había adoptado en la facultad, volvía a ser alegre, carismático y seguro de sí mismo. Su madre y mi suegra estaban agradecidas por haberle levantado los ánimos y preguntaban cómo nos la habíamos pasado en las vacaciones, qué habíamos hecho con Fernando.

    La versión oficial fue que jugamos baloncesto con él, que le enseñamos a bailar, paseamos por ruinas arqueológicas y que platicamos largo y tendido con él, a modo de “terapia”. Nadie sabía que Fernando se había convertido en nuestro corneador oficial, que al menos una vez cada 10 días sosteníamos encuentros con él.

    A partir de esas vacaciones nuestra vida sexual cambió por completo. Tríos y más tríos con Fernando eran lo habitual, para Fernando ya no existían barreras o zonas prohibidas. También cambiamos los tres: Fernando nos acompañó a la depilación láser y mantuvo su vida saludable; Ana y yo nos metimos al gimnasio, nos arreglamos los dientes y cuidamos más nuestra figura. Ana comenzó a pensar en la posibilidad de operarse los senos, ya fuesen implantes o lipotransferencia, quería senos más grandes.

    Pero no era solo lo sexual, la vida era distinta. Entre Ana y yo había una nueva confianza, una complicidad distinta. Fernando, además de ser nuestro corneador de confianza, se convirtió en un amigo más que cercano. Era nuestro compañero de eventos (como partidos de futbol, conciertos), nuestro amigo de confianza. Para él, nosotros nos convertimos en fuente de consejos, ayuda escolar, confidentes y grandes amigos. Cuando no estábamos en la cama, cualquiera hubiese pensado que crecimos juntos.

    Además, comenzamos a explorar el exhibicionismo y a platicar sobre otras prácticas de la vida swinger, había muchas propuestas: yo le propuse a Ana un gangbang con bukkake, en el que participaran al menos 4 o 5 hombres, la idea le encantó; ella propuso un intercambio de parejas y un trío con otra mujer y aunque no teníamos idea de con quien, no negaré que me gustó mucho la idea; participar en una orgía, ir a un club swinger fue idea de ambos y comenzamos a buscar clubes que nos agradaran. Muchas ideas estaban sobre la mesa, pero antes de llevarlas a cabo, decidimos hacer más tríos y demás encuentros con Fernando más atrevidos y con distintas dinámicas, pero eso ya lo dejo para otro relato.

  • Los cinco sentidos (tercer capítulo)

    Los cinco sentidos (tercer capítulo)

    Estaba nerviosa por como sería encontrarse con su vecino después de lo ocurrido el día anterior. Al salir lo vio esperándola. Como no quería volver a sentir la mirada de decepción de Braulio se había puesto el pantalón viejo que aunque le quedaba pequeño no era diminuto y él se lo supo agradecer mirándola con descaro entre las piernas.

    – Buenos días joven.

    – Buenos días Braulio, que tal está? – se quedó contenta de ver la cara de alegría de él y sentir que todo era como si nada hubiera pasado.

    – Bien, gracias. Y tu que tal estás?

    – Muy bien.

    – Gracias por traer ese pantalón. Es el que mas me gusta.

    – Y el diminuto no le gusta?

    – Ese me gusta muchísimo pero tenias razón y solo lo podré ver cuando vengas a casa a ponértelo.

    – Si, ese solo puedo ponerlo en su casa. – acaso estaban dando por sentado que volvería a suceder aquello?

    Los dos sonrieron para si mismos al darse cuenta que ambos habían disfrutado de lo vivido. Caminaron un rato en silencio. Él pensando en el cuerpo desnudo de ella y Tania pensando que era extraño caminar como si tal cosa al lado del hombre que la había visto desnuda y masturbándose.

    – Para una mujer cual crees que puede ser el sentido mas importante en una relación sexual?

    – Uy no se – le encantaba que aquel hombre le hiciera cuestionarse cosas que la hicieran pensar – Supongo que el tacto, el gusto quizás. Me hace preguntas muy complicadas eh!! – Tania se quedó pensativa recordando lo mucho que le había excitado el oler el pene de su marido – Aunque el olor creo que también. – en ese momento recordó que con el sentido de la vista había vivido la experiencia mas intensa de su vida – Y la vista… ya vio lo que me pasó con ese sentido.

    – Todos son importantes Tania, solo hay que saber estimularlos de manera adecuada.

    – Creo que tiene razón, lo malo es saber o poder hacerlo – Tania pensó que con su marido aquello sería una tarea imposible. – Y para un hombre?

    – Cada persona es un mundo. Si me preguntaras esto hace dos días, para mi en particular te diría el olor o el sabor.

    – Y hoy? – cada vez sentía mas interés en lo que estaban hablando. – Hoy piensa diferente a hace dos días?

    – Te he prometido siempre ser sincero y la respuesta es si. Nunca consideré el tacto como uno de los principales hasta ayer.

    – Y que ha cambiado de hoy a hace dos días?

    – Lo sucedido en mi casa ayer Tania. Tu cuerpo ha hecho que mis prioridades sensitivas hayan cambiado y te aseguro que es algo que no esperaba.

    – Me gustaría que me lo explicara. Quiere?

    – Por supuesto joven. Una de las cosas primordiales en un estudio sobre la mente es poder intercambiar impresiones. En otro momento que estemos tranquilos te lo explicaré con mucho gusto.

    Estaban llegando a la mitad de camino, unos metros mas adelante fue donde el día anterior habían decidido dar vuelta y regresar. Tania no podía aguantar con su curiosidad.

    – Volvemos?

    – Volvamos de regreso Tania.

    No fue necesario decirse nada durante el camino de regreso, los dos sabían que al igual que el día anterior, aquella caminata terminaría en casa de Braulio. Por momentos él le hablaba de cosas banales para que Tania estuviese tranquila y ella se lo agradecía porque se sentía nerviosa sin saber que iba a suceder, Tania solo sentía ganas de traspasar la puerta de su vecino.

    Llegaron al poco rato y ella miró interrogante a Braulio como preguntándole que tenía que hacer. No sabía si tenía que pasar por casa a buscar su diminuto pantalón o ese hombre quería que pasara directamente.

    – Braulio que quiere que haga? Voy a casa a por el pantalón de ayer o prefiere que entre así?

    – Son tus sensaciones Tania, la que dirige tus emociones debes ser tu misma. Que deseas en estos momentos?

    – Espéreme como ayer dentro, ahora vengo.

    Tania entró en su casa y cogió como el día anterior el pantalón corto y su camiseta blanca. Salió de casa y una vez comprobó que nadie la miraba entró en el jardín de Braulio. Cuando cerró la puerta de casa se sintió libre, aquel sitio era donde así se sentía, libre de sentir cosas que ni ella misma comprendía. Braulio estaba sentado en el sofá esperándola. Y ella se sintió contenta de verlo, aquella confianza que ese hombre le inspiraba le gustaba mucho.

    Braulio la miró con la ropa en la mano y le preguntó.

    – Así debe ser siempre. Debes sentirte con el derecho de realizar lo que desees. Yo simplemente te ayudaré a desarrollar tus emociones.

    – En mi casa nunca podré ser libre de ponérmelo – estirando su mano le mostró las prendas.

    – Deseas que te vuelva a ver con esa ropa puesta?

    – La traje para que usted me la guarde. Hoy deseo… – su voz se entrecortó por los nervios -… deseo que usted me mire mientras hablamos – al terminar la frase, Tania se quitó la camiseta y desabrochó el sujetador dejando sus pechos desnudos. Sintió la mirada descarada de Braulio sobre sus tetas- Nadie me miró como usted. – Se bajó el pantalón y las bragas quedando totalmente desnuda. – Y siento que me gusta mucho como mira mi cuerpo.

    – Es un placer mirarte Tania, eres muy hermosa – se levantó del sofá y cogió en sus manos las prendas que ella le ofrecía.- siempre podrás pedirme lo que quieras. Ven conmigo.

    Braulio se fue hacia la puerta de la derecha y ella lo siguió. Cuando entraron en la habitación de él, Braulio abrió un cajón y doblando la ropa con cuidado la guardó en él.

    – Siéntate por favor – con su mano le señaló la cama – quiero que estés cómoda.

    Tania se subió a la cama y se sentó en ella. Braulio hizo lo propio y se sentó frente a ella. Sentir la mirada en su cuerpo hizo que sus pezones reaccionaran mucho y los sentía duros pero esta vez no los ocultó sino que apoyando sus manos en el colchón encorvó la espalda para ofrecerle una mejor visión de ellos.

    – Sabe? Ayer cuando llegó mi marido a casa no sabía como me sentiría. Tenía miedo que pudiera notarme rara, me daba vergüenza que pudiera darse cuenta que mi cuerpo desnudo lo había visto otro hombre. Me aterraba la idea de que Rodrigo supiera que me había masturbado delante de alguien.

    – Cuando lo viste que sentiste? – Braulio deseaba que aquella joven expresara todas sus emociones.

    – Cuando lo vi recordé lo que usted me dijo, que quizás su manera de vivir la sexualidad sea distinta a la mía y no debía reprochárselo. Que debía amarlo mas que nunca.

    – Debes amarlo mas que nunca Tania, los dos estáis enamorados uno del otro.

    – Si, yo siento que me ama y yo lo amo a él. – Tania cerraba los ojos para hablar y cuando los abría se estremecía al sentir como Braulio miraba sus tetas y su coño – No me sentí mal al ver a mi marido, si no que me sentí feliz de haberme casado con él.

    – Esto no tiene nada que ver con el amor hacia tu marido. Esto es tu sexualidad y deseo que seas capaz de vivirla en plenitud.

    – Si, esto es mi sexualidad, mi cuerpo – gimió de nuevo al abrir los ojos y sentir que ese señor miraba fascinado su vagina excitada. – ayer cuando me fui a mi casa me tuve que masturbar en la ducha, me sentía muy excitada. Usted se masturbó?

    – Si, me masturbé.

    – Y que pensaba cuando lo hacía?

    – Pensaba en tu cuerpo.

    – Quiere contarme lo que pensaba?

    – Es tu deseo?

    – Si, deseo saberlo Braulio.

    – Uno de los sentidos es el oído. Quieres escuchar lo que imaginaba?

    – Si por favor.

    – Me masturbé pensando en tus tetas, en tu precioso coño – Al tener los ojos cerrados no se dio cuenta que Braulio se había movido y se estremeció al escuchar la voz grave en su oído diciéndole esas cosas – y tu en que pensabas?

    – Me acaricié el coño pensando en su mirada. Me excita muchísimo como mira mi cuerpo desnudo – la vagina de Tania no dejaba de manar flujos que resbalaban hacia su ano y del ano goteaban en la colcha.

    – Me toqué la polla aquí donde estás sentada Tania. Pensaba como seria tocarte el coño.

    – Yo pensaba como seria que usted me tocara la vagina, que era usted el que me masturbaba – la voz de Tania delataba lo excitada que estaba hablando esas cosas tan íntimas, estaba desnudando su alma a aquel señor.

    – Estaba muy excitado imaginando como sería lamer tu coño, como seria olerlo.

    – Le excitaba pensar como seria oler mi coño?

    – Si y me corrí oliendo la colcha mojada por tus flujos.

    – Yo me corrí pensando que le masturbaba a usted. – esa confesión la hizo gemir, sentía su coño encharcado.

    – Te hubiera gustado masturbarme? Desahógate Tania, siéntete libre.

    – Si me hubiera gustado masturbarle

    – Piénsalo Tania, tu mano en mi polla. Mi mano en tu coño

    – Estoy cachonda Braulio. Lo estoy pensando. – la mano de Tania se dirigió a su coño y comenzó a frotárselo con deseo, necesitaba aplacar aquella excitación.

    – Eso es. Mastúrbate!! Lo estabas deseando desde ayer.

    – Si. Deseaba venir de nuevo a su casa. – aquella joven comenzó a temblar – Deseaba masturbarme otra vez delante suya

    – Estoy viendo como te masturbas, estoy viendo tus tetas. Son preciosas.

    – Me estoy corriendo Braulio – Tania sentía un inmenso placer recorrer todo su cuerpo – Mire como me corro, pienso que es su mano la que me toca.

    – Así Tania, córrete en mi cama. Echa todo fuera – mientras se corría Braulio apoyó la espalda de esa joven sobre la cama para que orgasmara tranquila. Él la observaba mientras se corría. Fue un orgasmo largo que hizo que el cuerpo de esa joven temblara por completo durante bastantes segundos.

    Había sido un orgasmo devastador, Braulio acariciaba el pelo de esa joven mientras ella se iba recuperando y su corazón iba volviendo a un ritmo normal. Ella lo miró sorprendida, alucinada. Se tapó la cara con la almohada porque sintió muchísima vergüenza de pensar en todo lo que había dicho y escuchado de ese señor.

    – Estás bien?

    – Si, bueno… muerta de la vergüenza.

    – Tranquila, es normal esa sensación. Abrir el alma de esa manera no es fácil. Lo has hecho muy bien Tania

    – Pero le dije cosas demasiado intimas y no debería.

    – Aquí te sientes segura y sabes que puedes confiar en mi.

    – Lo se, se que puedo confiar en usted. Hoy es la segunda vez que me lo demuestra.

    – Y te lo seguiré demostrando. Te ha gustado el sentido del oído?

    – Mucho pero entre la vista y el oído no sabría cual elegir. Los dos me dieron vergüenza, pero este…

    – Todos los sentidos son maravillosos Tania. Todos dan vergüenza si se viven plenamente pero es solo la primera vez.

    – Quieres darte una ducha?

    – Si no le importa me ducharé ya en mi casa. No le molesta?

    – Por que me iba a molestar?

    – No lo se.

    – Nunca lo olvides joven. Siéntete libre de hacer lo que te apetezca

    Tania se levantó de la cama y le temblaban las piernas. En el salón recogió su ropa y se vistió. Estaba impresionada con lo que ese hombre le estaba haciendo descubrir.

    Cuando Rodrigo llegó a casa la encontró en la habitación ordenando el armario. Desde la puerta la observó en silencio sintiéndose el hombre mas afortunado del mundo, los tres meses que llevaba casado con ella estaban siendo los mas maravillosos de su vida.

    – Hola mi amor, que tal ha ido la mañana? – ella al verlo se abalanzó sobre él y lo abrazó efusivamente – que mirabas?

    – Te miraba a ti, eres lo mejor que me pasó en mi vida – Rodrigo respondió a su abrazo y la estrechó entre sus brazos – Te queda precioso el pelo así recogido.

    – Te gusta? – ella hubiera deseado que le hubiera dicho que le quedaba bien ese pantalón vaquero que llevaba que le hacía un culo muy bonito, o que le dijera que esa camiseta ajustada de tirantes le realzaba sus pechos, pero igualmente le gustó mucho escuchar lo de su pelo recogido. – Gracias cielo, te adoro.

    Estuvieron un rato abrazados dándose muestras de cariño y hablando sobre la mañana que había tenido en el trabajo.

    – Y tu has ido a caminar cielo?

    – Si cariño, he ido con el vecino. – nombrar a Braulio le hizo sentirse tranquila. Se estaba dando cuenta que era capaz de separar su vida, su amor por su marido de lo que ella estaba descubriendo con ese señor. – Me gusta ir con él cariño.

    – Yo también prefiero que vayas con él y no vayas sola. Que tal es ese hombre?

    – Tiene conversaciones muy interesantes sobre la mente, sobre los comportamientos de la gente. Ya sabes, habla mucho sobre psicología y eso a mi me encanta.

    – Se ha ofrecido a ayudarte con la oposición?

    – Si cariño, me ha dicho que me ayudaría en lo que necesitara.

    – Parece un buen hombre aunque es un poco raro, siempre está solo. No tiene familia?

    – No lo se amor, creo que por lo que me dijo ayer que está divorciado – le sorprendía poder hablar de Braulio así tranquila, era extraño con todo lo que ese señor le había hecho sentir en su cama.

    – Vamos a comer?

    – Si amor mío, vamos a comer.

    Rodrigo le propuso comer en el jardín y a Tania le pareció una buena idea. Cuando estaban comiendo vieron salir a su vecino como siempre con su libreta en mano.

    – Que aproveche jóvenes.

    – Gracias – ambos respondieron al unísono.

    Volver a escuchar la voz grave de su vecino le produjo un estremecimiento. No pudo evitar recordar la sensación que había tenido cuando ese hombre le decía aquellas cosas tan íntimas al oído y como se había masturbado mientras las escuchaba. Tania intentaba no mirarlo pero era difícil y lo hacía disimuladamente.

    – Hace un día genial – Rodrigo estaba contento – hoy me he tomado la tarde libre.

    – Si? Me encanta cielo – ella feliz se levantó para abrazarlo – Me hace muy feliz poder estar juntos toda la tarde cariño. – vio que Braulio los miraba sonriendo, estar abrazada a Rodrigo delante de él le dio un poco de reparo pero recordó sus palabras de que siempre se sintiera libre de hacer lo que deseara, y besó a su esposo en su presencia – te amo mi vida.

    Al terminar de comer recogieron todo y cuando estaban tomando el café vieron como su vecino salía con una toalla de playa y se tumbaba a tomar el sol.

    – Cariño tomamos el sol? – su marido nunca le había propuesto eso.

    – Aquí? – ella estaba sorprendida ante la idea.

    – Claro! Mira nuestro vecino, no creo que le vaya a importar, no crees?

    – Pues tienes razón – se levantó contenta – voy a ponerme un biquini.

    – Voy contigo que me tengo que poner un bañador.

    Fue una tarde distinta que a los dos le encantó. Tomaron el sol, se rieron, abrazaron y Braulio observaba feliz como aquella pareja se amaba.

    Hubo un momento que Rodrigo se durmió y ella aprovechó para mirar a su vecino sin tener que disimular. Le gustaba mirarlo con descaro como ese hombre lo hacía con ella cuando tenía oportunidad. Braulio sintió la mirada de aquella joven y al ver que su marido dormía también la miró con descaro. Se miraban uno al otro y los dos sabían lo que estaban sintiendo. Tania con las piernas flexionadas las abría y cerraba sintiendo la mirada de ese hombre entre sus piernas. Siéntete libre, la voz de Braulio retumbaba en sus oídos pero en ese momento no podía hacer lo que realmente deseaba. Mantuvo las piernas abiertas y sintió su vagina encharcarse. Aquel hombre le estaba acariciando el coño con su mirada. Siéntete libre, haz lo que siempre desees. Tania giró la cabeza y vio a su marido durmiendo, por la respiración supo que estaba profundamente dormido. Volvió a mirar a su vecino. Estaba muy excitada. Recordó lo mucho que le gustaba a ese señor su coño y lo hizo. Dirigió su mano hacia sus muslos y apartó a un lado la braga del biquini. Le estaba mostrando de nuevo su coño desnudo, allí delante de su marido. No apartó la mirada hacia donde estaba su vecino que absorto miraba la vagina de aquella joven totalmente mojada. No apartó la mirada cuando se comenzó a frotar el coño. Se estaba masturbando de nuevo delante de él, en su jardín, Rodrigo a su lado dormido. Se tuvo que tapar la boca para reprimir sus gemidos de placer cuando un fuerte orgasmo inesperado, ya que apenas llevaba unos segundos tocándose, atravesó su cuerpo dejándola temblorosa sobre la toalla.

    Cuando su esposo se despertó no vio a Tania, se desperezó y se fue a dentro de la casa y la vio estudiando en el salón. Ya se había cambiado el biquini y estaba en braguitas y una camiseta. Al verlo lo abrazó y comenzó a besarlo con pasión.

    – Vamos a la cama cariño, te necesito.

    – Ahora? Si cenamos algo mejor antes?

    – Vale, cenemos algo – en ese momento se sintió decepcionada. No le reproches nada, cada persona es un mundo. Debes amar a tu esposo y aceptar como es. La voz de Braulio diciéndole esas palabras la hicieron recapacitar – Ya luego hacemos el amor.

    – Si cariño. Te amo

    – Y yo a ti mi vida – lo abrazó fuerte y sintió que cada día su amor era mas fuerte. Y su sexualidad mas débil.

    Aquella noche fue diferente a todas las anteriores. Su encuentro intimo con Rodrigo fue mas corto de lo normal pero había alcanzado cuatro orgasmos. Y sabia perfectamente que ese orgasmo extra que había sentido no era porque su esposo hiciera algo diferente a otras noches, había sido porque ella estaba especialmente sensible. Acaso Braulio estaba consiguiendo que su cuerpo estuviera mas orgásmico? Sabia que la respuesta era que si. Intentó recordar cuantas veces se había corrido en todo el día y se avergonzó al contar. Cuatro ahora, uno por la tarde en el jardín, dos en la ducha al volver de casa de su vecino y por la mañana en la cama de su vecino, cuantos había tenido allí? En aquella cama recordó que había perdido la cuenta de las veces que se había corrido. Mi cuerpo se está volviendo loco, pensó mientras abrazaba a Rodrigo que ya estaba dormido. Lo único que la atormentaba era sentir que de todos esos orgasmos, los que más le habían gustado eran cuando la estimulación había sido provocada por su vecino.

  • En calzoncitos, una chupadita… solo la puntita

    En calzoncitos, una chupadita… solo la puntita

    Esta experiencia sucedió este pasado viernes, pues había olvidado que el servicio de limpieza se adelantaba debido a que este pasado lunes se celebró el día del trabajo en este país. Yo había olvidado la notificación de la agencia y me sorprendió ver a la chica de la limpieza por la mañana. Por suerte ellas tienen clave para entrar por el portón de seguridad sin reportarse al igual que la clave para entrar a la casa. En esta ocasión como tienen mucho trabajo y tienen que cubrir un día más de trabajo, pues no vienen las dos que regularmente vienen, en esta ocasión solamente es una para hacer el trabajo.

    A través del tiempo veo pasar a diferentes chicas haciendo este trabajo y son raras las que se vuelven conocidas pues tal parece que el promedio solo dura alrededor de un año laborando para esta compañía. También a través de los años solamente a una de estas chicas me la había llevado a la cama y no es que no haya habido buenos prospectos y es más bien que pasan desapercibidas pues como esta casa es bastante grande se pierden entre habitaciones y baños. Entonces para mi es difícil recordarme de sus nombres, pero en los últimos años he adoptado la rutina que cuando limpian la cocina las he invitado a un café o a algo de tomar para tener una idea de quienes son ellas y es de esa manera que he conocido a algunas.

    Es de esta manera que conozco a Naomi, quien es una mujer que ha de rondar entre 30 a 35 años. Por las cortas conversaciones en esos descansos de un café conozco que es casada y tiene dos hijos y ella en cierta ocasión me cuestionaba cómo podía vivir a solas en una casa tan grande. Ella me hacía la sugerencia… algo así como un consejo: – Usted está muy joven todavía y bien puede encontrar a una buena mujer para que le haga compañía. – Fue en esa ocasión que en forma de broma le dije que sí ella estaba dispuesta a casarse conmigo y es como me doy cuenta por su respuesta en son de broma que tiene familia: – Si no estuviera casada y con dos hijos le aseguro que me caso con usted.

    La verdad que nunca Naomi había coqueteado conmigo y su comentario en son de broma solamente lo tomé como tal. Me gusta verla con esos pantalones de uniforme que usan, pues esa tela de un color azul turquesa marca y revela fácilmente que tipo de calzones usan, al igual esa blusa blanca casi transparente les marca el sostén y si debo mencionar los atributos de Naomi es precisamente eso, creo que le gustan las tangas y cacheteros y con ese tremendo trasero que se tiene al igual que unos senos triple D, pues la verdad no pasa desapercibida. Su rostro es agradable y me gusta su cabello trigueño ondulado, ojos color miel y tiene unos labios gruesos en un boca verdaderamente sensual. Me gusta ese acento caribeño que tiene y al principio pensé que era de Venezuela, pero luego ella me hizo saber que es dominicana.

    Este pasado viernes que se apareció a solas, pues si iba a hacer el mismo trabajo y sí dos se toman cuatro horas para hacer la limpieza, ella sola pues iba a pasar todo el día en mi casa. Pensó que nadie estaba en casa y ella se ha sorprendido cuando entró a mi cuarto y yo estaba en solo bóxer cuando tocó la puerta. Me pidió disculpas y había salido de nuevo. Me puse un pantalón corto y le dije que podía pasar. Encendí el televisor y me puse a ver las noticias en mi cuarto mientras ella lo limpiaba. Semanas antes había visto un video de una de las cámaras en mi habitación donde esta misma mujer se miraba en los espejos que también sirven de puerta hacia el armario de mi habitación. Creo que se miraba cómo se le marcaban los calzoncitos en el espejo y cómo se le miraba ese tremendo culo que se maneja, el cual por lo menos debe de tener de 100 a 104 centímetros. Naomi es una mujer sensualmente curvilínea con una altura de un metro sesenta y cinco y un peso de alrededor de las 150 libras. Realmente su rostro es alargado y sus brazos se miran delgados y todo ese peso está en su busto y nalgas. Cuando limpiaba en mi habitación ella me hacía plática trivial y yo solo la miraba como se le marcaba ese cachetero que llevaba puesto. En ese preciso momento se me antojó esta mujer, pero no hallaba cómo insinuarle y hacer un acercamiento, pues siempre había sido distante o por lo menos nunca me había mostrado algún coqueteo más que la broma que meses antes me había hecho. No encontrando nada más, me fui por esa broma y en mi mente ya tenía esa propuesta indecente que intentaba encontrarle un colchón por sí no le era de su agrado. Le dije:

    – Naomi, ¿de veras te casarías conmigo si no estuvieras casada?

    – ¿Y por qué lo pregunta?

    – La verdad que eres una chica muy linda… quizá mucho más joven que yo, pero quizá solamente con una chica como tú consideraría volverme a casar.

    – Don Antonio, como le dije ese día. Usted está joven… puede encontrar a una mujer mucho más linda y mejor que yo y…

    – Disculpa Naomi… quizá eso sea una posibilidad, pero verdaderamente tú me gustas mucho y no te quiero incomodar pues sé muy bien que eres casada. Mira… te voy a hacer una propuesta y si te incómoda solo dímelo y lo dejamos y esto no se repite.

    – ¿Una propuesta? Usted si ya me puso nerviosa.

    – No… tómalo con calma y si no quieres pues tú continúa trabajando y yo me salgo del cuarto para que estés tranquila.

    – Diga… ¿Cuál es la propuesta. -dijo con una voz algo recortada y ansiosa.

    – Mira, desde que te vi tengo una fantasía contigo…

    – ¿Fantasía conmigo?

    – Si… fantaseo que tú haces la limpieza con solo tu ropa interior y quizá nunca te le hubiese dicho, pero hoy has venido sola y quizá esta sea la única oportunidad.

    – Usted sabe lo que me está pidiendo y yo la verdad nunca le he sido infiel a mi esposo. Él es el único que me ha visto en paños menores o sin ropa. -Sonreía algo nerviosa.

    – Entiendo… yo no te estoy pidiendo nada más. Mira… estoy dispuesto a darte $200.00 si me complaces con esa fantasía.

    – $200.00 por trabajar en su casa haciendo la limpieza en ropa interior.

    – Bueno, la verdad que te fantaseo solo usando tus bragas.

    – Mire que esto no me lo esperaba de usted y me ha puesto muy tensa. ¡No sé qué decir!

    – Disculpa mi atrevimiento… no quise incomodarte.

    – No… no hay problema. Es solamente que estoy en shock… nunca imaginé que alguien me pidiera algo así.

    – ¡Lo siento! La verdad que desde la primera vez que te vi te fantaseo de esa manera.

    – Mire don Antonio… yo le cumplo su fantasía pero me tiene que prometer que de esto nadie debe saber. Mi marido se da cuenta de esto y me mata.

    – Descuida Naomi… esto te lo pedí hoy porque aquí solamente tú y yo estamos. Esto no sale más allá de estas paredes.

    – ¿Me lo promete?

    – ¡Tienes mi palabra!

    Podía sentir esa tensión en ella, pero también creo que ocultaba el morbo que todo esto le causaba. Comenzó removiendo su blusa blanca y luego sin pensarlo mucho se desabrocho el sostén por la parte delantera y esos dos grandes melones quedaban sueltos. Areola grande y oscura y un pezón alargado y también bastante grandes. Se le miraban erectos y quizá haya sido por causa del morbo o lo frío del aire acondicionado. Ella solo me quedaba mirando a una distancia de unos cuatro metros. Puso su blusa y brasier en mi tocador y pasó a despojarse de sus pantalones de uniforme. Llevaba un cachetero blanco y pude ver esas voluptuosas nalgas que culminaron con una reacción abrupta de mi pequeño amiguito entre mis piernas. Esas nalgas se le miraban inmensas, quizá con algunas estrías y algo de celulitis, pero con toda seguridad se le antojan a cualquiera. Tomó su balde de cosas y simulo limpiar, pues creo que todo esto, esa tensión no la dejaban concentrarse. Yo para romper el hielo le dije:

    – ¡Tienes un bonito cuerpo!

    – La verdad que después de parir a dos hijos no creo que lusca de lo mejor.

    – Naomi… créeme, tienes un bonito y sensual cuerpo.

    El calzón cachetero se le metía entre las nalgas y ella intentaba sacárselo mientras simulaba limpiar. Le dije que no se afanara por la limpieza y le dije que sí se quería tomar un trago conmigo, pues teníamos casi todo el día y eran apenas las diez de la mañana. Ella me dijo lo siguiente:

    – No debería tomar… regularmente yo nunca tomo.

    – Un trago te va a poner relajada, pues todavía estás tensa.

    – Lo estoy… nunca en mi vida he hecho algo así.

    – Pues es como que nunca lo hayas hecho. Esto nadie lo sabrá.

    – ¡Deme un trago pues!

    Le hice una margarita y yo me serví un whisky. Hicimos un brindis por nuestro secreto y esta mujer me miraba con cierta desconfianza pues quizá creía que le pondría mano. Estábamos cerca uno del otro y Naomi se afanaba diciéndome que nunca le había sido infiel a su marido, que su marido había sido el único en su vida y cosas así. Yo le decía que no le estaba siendo infiel a su marido puesto que no habíamos hecho nada… que solo estaba semi desnuda y ella había agregado que los únicos que habían visto su conchita eran los médicos que la atendieron en el parto y los ginecólogos. Yo ni siquiera eso le había visto puesto todavía llevaba su cachetero y se lo hice saber a Naomi. Yo solamente estaba con un pantalón corto, de esos de esa tela suelta y elástica que se diseñan para sudar y sabía que mi bulto se me notaba, pues tampoco quería ocultar mi erección, es más, quería proyectar la erección. Fue cuando se me ocurrió decirle y ver su reacción:

    – Sabes, te voy a ser honesto y espero que me entiendas… no quiero que te sientas mal. Cuando te fantaseo siempre termino masturbándome. ¿Podría masturbarme frente a ti… te molestaría?

    – No… si usted quiere, pues lo puede hacer. – Dijo con una voz algo tímida.

    La verdad que yo nunca me masturbo y si lo he hecho tres veces en mi vida será cogiendo a alguna chica y que le debo echar afuera la corrida o en el cabello, quizá en las tetas. Yo estaba sentado en un sillón de mi habitación y Naomi se encontraba frente al yacusi y de donde se reflejaba de lado el cuerpo sensual de esta mujer en los espejos. Me levanté para quitarme el pantalón corto y que ella me viera el paquete comprimido en mi bóxer y me puse la mano entre ellas como buscándome la verga. La verdad que no me lo esperaba y de repente Naomi me dijo:

    – Don Antonio… si quiere yo le puedo dar un mameluco, pero es todo lo que le puedo dar.

    – ¡Perdón… no te entendí!

    – Que si quiere le puedo dar una chupadita, pero es todo lo que puedo hacer.

    – ¡Por mi encantado… es mucho, mucho mas de lo que te he pedido!

    Se acerco al sillón y se hincó frente a mi con sus pechos desnudos y me ayudó a removerme el bóxer el cual estaba ya húmedo de lo caliente que me tenía. Me vio la verga y la buscó con sus manos y pude sentir su piel y el calor de ellas y después de darme una mirada un tanto seria, como si estuviera sorprendida de lo que iba a hacer, se metió la punta de mi verga a su pequeña boca y me la atrapó con esos labios carnosos de esta linda mujer. Al principio fue como una mamada de exploración. Se metió lo que mas pudo de mi verga, me lo chupó alrededor en el tronco y a la vez sentía como esos erectos pezones se deslizaban entre mis piernas. La tomaba de su cabello mientras sentía el calor de sus paredes de su boca. Naomi hizo una pausa y me dijo:

    – ¡Tiene una pija muy grande!

    – ¿Te parece grande a ti?

    – ¡Mucha más grande que la única que conozco!

    – ¿Te gustaría sentirla en tu coñito?

    – ¡Usted sabe que sí, aunque no creo que me atreva! Eso creo que sería ir muy lejos.

    – Bueno, si me vas a hacer correr con una mamada, me gustaría hacerte correr a ti con una chupadita también. ¿Me la darías?

    – Usted es muy malo don Antonio… usted sabe como me tiene y que usted con esa pijota es una tentación. Si quiere chupármela yo se la doy, pero debo ir al baño para limpiarme… usted sabe como somos nosotros las mujeres.

    – Está bien, solo dejame tener el privilegio de removerte ese calzoncito y me gustaría tocar ese coñito si se puede.

    – Mire que solo mi marido ha hecho eso… nunca me imaginé que esto me sucedería con usted. Quítemelo pues. – y se paró para luego salir al baño.

    Sabía que era imposible no encontrar esa panochita húmeda. Su sexo estaba caliente y lleno de miel y supe que terminaría dándome su panochita, pues si me daba ese coñito para chuparlo, de seguro le sacaría más de un orgasmo y terminaría pidiéndome la verga. La verdad que Naomi se me antojaba, pero lo que más se me antojaba de esta mujer, era poder explorar ese suculento culo y que mi amiguito cabezón sintiera ese calor dentro de él. Escuché como se abrieron los grifos y esta mujer se duchaba. Salió envuelta en una toalla y yo ya la esperaba en mi cama.

    Para hacerle sentir que todavía ella todavía tenía el control y que todo esto pasaba porque también ella así lo había querido, le pregunté si le podía tocar y mamar las tetas. Ella solo contestó con un: -Si usted quiere. – La verdad que quería… quería sentir esos pezones adentro de mi boca, chuparlos, halarlos, morderlos cuidadosamente y creo que todo esto Naomi lo disfrutó, pues solo podía escuchar esos gemidos de placer. Yo solo le pregunté: ¿Te gusta que te coma las tetas? – Ella entre palabras recortadas me contestó: – Parece que usted lo sabía… es mi debilidad.

    Cuando llegué a su coñito este estaba emanando jugo que su entrepierna estaba super mojada. La panochita de Naomi es de esas de labios gruesos y de un clítoris bastante grande. Estaba afeitada pero no era un trabajo reciente y fue donde también descubrí la cicatriz de una cesaría. Besé todo esa zona del monte venus hasta llegar lentamente a su clítoris, el cual saboreé delicadamente pues no creía que Naomi pudiese aguantar mucho más pues parecía que se correría en cualquier momento. Le gustaba que le halara el clítoris y que se lo succionara mientras mi índice se lo insertaba en el coño o jugaba haciéndole masajes circulares en su perineo. Naomi no decía mucho y solo se le escuchaba gemir de placer mientras mordía una almohada. Sabía que en cualquier momento podría explotar y fue cuando le dije:

    – Naomi, ¿quieres que te pase por encima la cabecita de mi verga?

    – Usted sabe que estando ya allí se va a deslizar hacia dentro.

    – Tendré cuidado. -le dije.

    – Pero solo la cabecita… acuérdese.

    Me hinqué frente a ella, mientras seguía con sus piernas abiertas y le puse mi glande chocando con su clítoris. Se lo golpeaba con la punta y luego tomé el tronco de mi verga y se lo pasaba de arriba abajo y podía sentir su clítoris como vibraba e incluso sus labios parecían vibrar. Fue cuando Naomi dijo: -Así, así… hágale así. – Seguí así guiando mi verga con mi mano de arriba abajo y en ciertas ocasiones le hundía solo el glande para que lo sintiera y fue allí cuando ya no pudo. – Me corro… me corro, por Dios que rica corrida me esta sacando…. Húndemela, méteme toda la verga que ya no aguanto. – Me fui por sobre ella mientras mi verga se hundía completamente y comencé a darle un embate frenético mientras le atrapaba una de sus tetas con mi boca. Solo gritaba: – ¡uff que rico… deme, deme, deme… no pare. – Naomi llevaba el mismo vaivén violento y su respiración era profusa. Vi en sus ojos y en su sonrisa el placer de una buena corrida y recuperando la respiración me dijo: – Usted es malo… sabía que terminaríamos cogiendo finalmente.

    La verdad hasta este punto había sido una buena cogida aunque yo continuaba sin correrme. Naomi sabía que todavía no me había corrido y ella me preguntó:

    – ¿No se ha corrido todavía?

    – No quería correrme adentro de ti.

    – No hay ningún problema… yo me opere después del segundo parto… tuve una complicación y me hicieron cesaría y es por eso por lo que el médico me recomendó esterilizarme. No se preocupe, que esta mujer nunca lo hará padre de nuevo.

    Me hizo reír, pero desde ese punto Naomi fue mucho mas suelta. Ella me había preguntado si la había fantaseado dándole de perrito. Se me puso en cuatro y que espectáculo es ver ese tremendo culo de Naomi, pero yo le dije lo siguiente: – Sabes, obviamente te fantaseé dándote de perrito, pero antes fantaseaba comerte el coñito así. Sin hacer mas pausas me fui a comerle la conchita en esta posición a esta linda mujer y llegué a su perineo con mi boca y suspiró y dio tremendo gemido cuando sintió mi lengua en el culo. En ese momento con mis dedos le golpeteaba el clítoris mientras mi lengua se hundía lo que más podía en su ojete. Ella solo decía: ¡Ah, Dios… uste me va a volver loca! – Me gusta chupar un buen culo y una buena conchita y puedo pasar largos minutos en ello y todo depende de cuanto aguanta la chica en turno. A la mayoría les encanta, son solo una minoría a quienes les da cosquilla y no lo pueden tolerar. A Naomi parecía gustarle aunque en el proceso le pregunté:

    – ¿Te gusta?

    – ¡Es una sensación rara!

    – ¿Pero te gusta… quieres que continúe?

    – ¡Si usted quiere!

    – ¿Ya te lo habían hecho verdad?

    – No, esto es la primera vez.

    – ¿A poco no te han cogido la colita nunca?

    – Mi marido me ha cogido como él a querido, pero esto nunca.

    – Naomi… ¿Me darías la colita?

    – Mire cómo comenzamos… que solo era estar con mis calzones ante usted. Luego que solo una chupadita, luego que solo la puntita… Ahora que quiere que le diga si al final usted me va a coger como usted quiera.

    – Naomi… ¿me das tu colita?

    – Solo vaya con cuidado, que su pija usted sabe que no es normal.

    Después de recibir su bendición me dediqué a dedearla para dilatar ese ojete. Asimilaba muy bien la invasión e imaginé que el sexo anal era parte de su rutina… no me había puesto tanto pretextos o travas. En posición de perrito le he asomado mi glande y ese anillo se siente flexible y es porque Naomi tiene experiencia en ello. Cuando entró mi glande y se la empujaba me dijo: – ¡Por Dios, cómo se siente esa verga! -Mientras asimilaba el grosor y el tamaño podía sentir como Naomi contraía el ojete y me mandaba ese apretón y yo puse una de mis piernas sobre la cama y así tener espacio para seguirle chaqueteando la conchita. Así estuve por unos dos minutos y esta mujer debe ser tan caliente que no aguantó más y se corría. Yo solo le di un embate de nuevo mientras sus gemidos de placer y ver ese rostro en un gozo total a través de los espejos hizo que explotara con la primera corrida. Ella se había quedado en esa posición de perrito y miraba como le quedaba de abierto el ojete y con los segundos comenzó a aparecer mi esperma. Se tiró un par de ventosos los cuales por pena me daba la explicación que era el aire que le había metido con mi pompeada, lo cual intenté no ponerle mucha atención para que no se sintiera apenada por tal situación.

    Nos fuimos a bañar a la tina y luego pasamos al yacusi y nos sumergimos e hice que Naomi se sentara frente a mi por sobre mis piernas y sentí de nuevo su conchita. Mi pene reaccionó y se introdujo por aquel caliente canal. Estábamos así cogiendo y viéndonos los rostros y Naomi me dijo:

    – Sabes… esto me parece un sueño. Nunca imagine estar cogiendo con usted.

    – ¿Nunca te paso por la cabeza?

    – No… nunca. Y eso de pedirme que me quería verme solo en ropa interior me dejo anonadada pero también me encendió.

    – Lo bueno que ya no estas tan tensa, como al principio.

    – Eran nervios… yo nunca había hecho algo así.

    – ¿No se te antojaba coger con alguien más?

    – Si… uno también fantasea, pero uno sabe cuando alejarse y en esta ocasión aunque nunca fantaseé con usted, no me pude alejar cuando me sentí tentada.

    – ¿Nunca imaginaste que ibas a estar cogiendo con un hombre viejo como yo… verdad?

    – ¡Usted no está viejo! La verdad que usted se mira bien, pero siempre me pareció ser un hombre elegante que tendría por allí alguna mujer y que alguien como yo le era totalmente fuera de su vista.

    – Eres una mujer hermosa Naomi. Siempre has llamado mi atención.

    – ¿Qué es lo que más le llama la atención de mí? Sea honesto.

    – Mira… tienes muchas cosas que llaman la atención de un hombre como yo. Me gusta tu rostro, tienes unos pechos que siempre se me antojaron, pero lo que siempre deseé probar, es ese trasero que tienes.

    – ¡Qué pena… es lo que más me incomoda! Creo que tengo un complejo con ello.

    – La verdad que a mi me gusta y me gustaría cogérmelo otra vez. – Y le tomaba sus nalgas debajo del agua y le contraía mi pene.

    – Como se siente su verga. La verdad que eres un hombre bastante grande y por lógica debía de haber esperado una cosa a tu altura, pero nunca la imaginé así de grande.

    – Pero ahí me la tienes atrapada con tu coñito.

    – ¡Que rica se siente! Usted si sabe coger don Antonio… esta cogida así no me la esperaba. Mire que solo la puntita y aquí me la tiene bien hundida.

    Platicábamos así mientras seguíamos cogiendo en esa posición sin mucho movimiento más con ese intento y deseo de contraminar mi pelvis con el de Naomi. Le comencé a mordiscar las orejas y más que todo a chupar su lóbulo. Esto fue la clave para que explotara en otro rico orgasmo. Sentí como contraía su vagina y comenzó a chuparme de una manera erótica mis labios para luego mover lentamente su pelvis buscando el placer y prolongar su orgasmo. Luego ella me preguntó de esta manera:

    – ¿Te estás corriendo verdad? Siento el calor de tu corrida.

    – Ya no me aguante y la verdad te lo quería echar de nuevo en tu culito.

    – Bueno si tienes más, me lo puedes echar si quieres.

    – ¿Te gusta que te den por el culo?

    – La verdad que me encanta pero ese orgasmo que me sacaste, ese orgasmo me fascinó. ¡Por Dios lo que estoy diciendo! ¿No sé como le veré la cara a mi marido esta noche?

    – No pienses en ello… luego asimilaras ese sentimiento.

    – Tiene razón… no quiero pensar en ello. Como dicen por ahí: – Ya lo bailado no me lo quita nadie. La verdad que no me puedo arrepentir ya… esta ha sido una rica cogida que solo recuerdo esos días de mi juventud.

    Naomi se había corrido en aquella conversación y yo le había dejado ir otra corrida más en el yacusi. Ya con más confianza fue más abierta al sexo anal y me confirmaba que le encantaba. Como dije, esta linda mujer tiene tremendas nalgas que mis 22 centímetros de mi verga parecían pequeño en ese tremendo culo. Pasamos cogiendo por alrededor de unas cinco horas y se fue de la casa con esa tensión y sentimiento de culpa lo cual era entendible, pero con la tentación que aquella rica culeada en cualquier momento posible la repetiríamos. Quedamos en que ella me llamaría y la verdad que no me aguanto para poderme follar de nuevo ese rico y suculento trasero de Naomi. El dinero nunca lo quiso aceptar, pero finalmente se lo he dejado en el bolsillo trasero volviendo a sentir esas nalgas en las que deseo volverme a hundir.

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