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  • Mi hermano me vio siendo una putita

    Mi hermano me vio siendo una putita

    Hola amores me llamo Alisson pero pueden decirme Ali y ya tenía muchas ganas de contarle esta relación de incesto que llevo con mi hermano mayor a alguien así que ahí le va.

    Bueno soy una joven de 20 años blanca, rubia, con grandes tetas y piernas largas que resaltan mis caderas y culo anchos y cintura bien formada, me gusta mucho mantener un buen aspecto físico en mi.

    Mi hermano es Emanuel, aunque le dijo Manu tiene 21 años y es más moreno, grande no con músculos marcados pero se nota que hace ejercicio en mi opinión muy sexi y caliente.

    Bueno esto ya lleva unos 5 meses, tengo un fetiche que es grabarme mientras me masturbo y como ya he trabajado he podido comprarme algunos juguetes y lencería o trajes sexis.

    Un día nuestros padres salieron por su aniversario y el salió con sus amigos así que instalé todo para grabar y me puse un traje de colegiala bastante sexi con un moño pequeño, un top que apenas si me cubría los pezones y dejaba ver la mayoría de mis tetas, una mini falda que aún de pie dejaba ver la mitad de mis nalgas y de ella salía los tirantes de un hilo que se metía entre mis nalgas, para más a abajo tener unas medias de red blancas que lucían mis piernas con unos tacones rojos sexis.

    Me acomode en la cama y busque un vídeo porno para poner en la TV, con mi juguete en mano y empecé con mis dedos para ir mojándome hasta estar lista y meter el juguete con el cual empezaba a gemir bastante y usaba audífonos para el vídeo porno que era uno de sumisión. Estaba con los ojos cerrados cuando alguien me quitó los audífonos y al abrir los ojos vi a Manu que dijo.

    Manu: ¿entonces esto haces cuando no hay nadie en casa?

    Yo al verlo de inmediato me levanté asustada olvidando el como iba vestida y él se levantó también para acercarse a mí.

    Yo: ¿¡qué haces aquí!? ¿¡No estabas con tus amigos!?

    Manu: al final no tuve ganas de ir y mira con que me encuentro.

    Yo: no le digas a mamá y papá por favor.

    Manu: ok, pero me tienes que ayudar en algo.

    Yo: ¿en qué?

    Manu: bueno debo decir que te ves muy bien vestida así Ali.

    Y vi en su short que tenía una erección bien marcada y él no se hizo esperar porque se quitó la ropa mientras me tocaba, yo seguía caliente así que lo dejaba seguir. Mientras me tocaba sentí sus dedos entrar a mi coño y tocar mis paredes internas.

    Mientras hacía eso me puso de rodillas y frotaba su verga en mi rostro. El acariciaba mi cabeza y sin pensarlo mucho comencé a darle un oral de forma sexi mientras el soltaba unos pequeños gemidos y me empujaba más hacia él.

    En un momento me empecé a mover rápido estaba disfrutando el oral a mi hermano y el sabor de su verga y a la vez me estaba masturbando. El al ver esto me puso de pie y nos subimos a la cama frotando su verga dura en mis labios vaginales mientras vaciaba lubricante en ambos y me dijo.

    Manu: uff Ali yo solo pensaba en un oral, pero estás muy caliente.

    Yo: sii

    Manu: ¿quieres que tengamos sexo?

    Yo: sii, llevo tiempo sin hacerlo.

    Sin más avisos empujo su verga dentro de mí la cual entró rápidamente por el lubricante y mis jugos y cuando ya estaba más de la mitad me di cuenta que no llevaba condón pero estaba gimiendo mucho y no podía hablar bien.

    Con toda adentro el me vio excitado y comenzó a moverse rápido chupando mis tetas, su verga se sentía bien grande dentro de mi y sus manos me recorrían todo el cuerpo mientras el cuarto se llenaba de mis gemidos, el sonar de nuestros cuerpos chocando y el olor de nuestro sudor juntos.

    Parecía que se había olvídalo por completo que era su hermana por la fuerza que usaba y lo excitado que se sentía igual que yo que lo abracé con brazos y piernas y con un fuerte gemido tuve un orgasmo por su verga, el sintió mi orgasmo y se movía más rápido haciéndome gritar de placer.

    Hasta que saco su verga y metió sus dedos masturbándome hasta tener un squirt mojando la cama y parte de el con eso me sonrojé y me quedé quieta unos segundos tomando aire y el seguía con su verga dura viéndome y me dijo.

    Manu: ¿estás bien Ali?

    Yo: si si solo que eso se sintió muy bien

    Manu: gracias, ¿quieres continuar?

    Yo: si, aún no te corres tu.

    Y me puse boca abajo para tomar el lubricante, pero él lo tomo como una invitación y tomo mis caderas metiendo toda su verga de nuevo de golpe. Estar en 4 me hace sentir sumisa y cuando la metió toda me hizo sentir una puta, mordí una almohada y levanté mi culo para estar más cómoda mientras el apretaba mis tetas y escuchaba sus ligeros gemidos en mi oído.

    Tenía mis nalgas pegadas a él mientras una mano suya frotaba mi clítoris, en un momento se separó un poco y me dio una fuerte nalgada la cual me puso más caliente a él le gusto y jugaba con mis nalgas mientras yo descubría mi nuevo fetiche por las nalgadas.

    Sentí que iba a tener otro orgasmo cuando saco su verga y me acostó boca arriba de nuevo levantando mis piernas, me abrazo con fuerza y me levanto para saltar sobre su verga manteniendo él el control mientras mis brazos y piernas lo abrazaban con fuerza.

    De nuevo mis gemidos salían directo a su oído y el aumentaba el ritmo con cada embestida. Nos estábamos viendo fijamente cuando me dijo.

    Manu: Ali aquí viene.

    Yo: tienes que sacarla.

    Manu: déjame hacerlo dentro está vez por favor se siente muy bien.

    Yo: está bien esta vez.

    Cuando le dije eso se empezó a mover mucho más fuerte que antes haciéndome gritar y tener otro orgasmo, mientras disfrutaba de mi orgasmo sentí su verga palpitar y soltar su semen dentro de mí. Él se detuvo y me beso metiendo su lengua muy rico mientras teníamos nuestros orgasmos juntos.

    Cuando acabamos él se acostó boca arriba conmigo encima y yo me recosté en el mientras nos mirábamos en silencio sonrojados hasta que le dije.

    Yo: oye…

    Manu: ¿sí?

    Yo: bueno… Gracias lo necesitaba.

    Manu: si hermanita y no será la única vez ¿verdad?

    Yo: puede que lo hagamos más si quieres.

    Me miró con una linda sonrisa y puso la cobija sobre ambos, ninguno de los dos se molestó en sacar su verga de mi solo nos miramos un rato en silencio hasta que me quede dormida abrazada a él.

    Ya después de eso nos hicimos más unidos y tuvimos sexo más veces, actualmente nuestra relación sigue siendo un secreto, pero si quieres que les cuente alguna experiencia como: situaciones, lugares donde lo hemos hecho, fantasías, etc.

    Díganme en los comentarios, esa fue mi historia y espero que les guste, chao.

  • Espiando a mi hermana que vuelve de bailar

    Espiando a mi hermana que vuelve de bailar

    Arrodillado, la cara pegada contra la puerta del baño, trato de espiar a mi hermana, un ojo cerrado y el otro sin parpadear.

    Un momento atrás se despedía de Hernán, el novio. Bajo del auto y camina lo más derecha que puede hasta la entrada. Esta borracha- pienso- hace las cosas como si tuviera miedo de hacer ruido. Saca despacio las llaves, abre, y cierra con más cuidado aún. Viene de coger- pienso-. Tiene el vestido negro que se compró para la fiesta de fin de año pero en mi imaginación esta desnuda, sentada encima de Hernán cogiendo abrazada. La prenda colabora con mi excitación. La tela le da forma a sus tetas chiquitas, sin corpiño y apretado en la panza, se estira desde la cintura hasta la cola, que todos le miran, que sus amigas envidian, por la que mis amigos se pajean.

    Entra al baño, escucho que abre una canilla. Salgo de mi cuarto, silencioso como un pervertido, y repito un ejercicio de años, medalla olímpica de cerraduras, ventanas, descuidos y planes elaborados en las vacaciones donde una nueva casa o camping desafían mis sistemas de espionaje.

    Primero el ojo se confunde, tiene que acostumbrarse, pero después aparecen las imágenes. Esta sin el vestido, es lo primero que veo, su cuerpo de costado, parada frente del espejo. Tiene puesta la tanga negra, la de bordes con puntillas y una tela transparente que apenas le tapa la concha. El corpiño, es un conjunto que le regalo el novio, ya no lo tiene. Creo que se lo saco Hernán cuando cogieron y no volvió a ponérselo. Puedo ver sus tetas de costado, el pezón apuntando directo al espejo y las muecas que hace mientras se lava los dientes. Su cintura blanca y redondeada resalta el hilito oscuro de la tanga.

    Cierra la canilla, la veo sentarse y lleno mis oídos con el ruido del pis. Su cara es de alivio y la mía una pura tensión excitada. Se mueve para comprobar el agua, ella odia el agua fría, y frente a mis ojos aparece su cola, las nalgas gordas, separadas por la tanga oscura y sus muslos.

    Se sienta, puedo ver la cara que pone cuando se quema, muy caliente el agua quiero decirle, y después enérgica, deportiva, de quien se frota para limpiar el flujo, la transpiración, el pis, la saliva el deseo y quizá la leche de su novio. Pronto suaviza el gesto, el agua tibia golpeando directa sobre su concha depilada o el alcohol, la vuelven amable.

    Se levanta, las tetas cruzan fugaces por mis ojos y cuando gira para apagar el agua, compruebo que se sacó la tanga, su cola esta desnuda, ya no hay nada en medio de las nalgas que libres, se balancean y caen, separándose una de otra.

    De pronto susurra mi nombre. Lo hace mirando al espejo, es confuso, pero dice: -Marianooo-. La sangre se congela, quedo paralizado. Intento retroceder agachado, como si todavía estuviera espiando y escucho su voz, suave: – no me traes una remera de dormir…

    Después, abre unos centímetros la puerta y saca la mano. Me contengo de no meterme sus dedos en la boca y le alcanzo la remera. La puerta se cierra pero esta vez no la espió y me retiro hasta mañana, cuando amanezca, cuando se levanta para hacer pis y bañarse, antes de ir al trabajo.

  • Relato de mis fantasías cumplidas

    Relato de mis fantasías cumplidas

    Pienso que todos(as) tenemos pensamientos y fantasías sexuales que deseamos cumplir, lo rico es cuando encuentras a una pareja que tiene los mismos deseos y juntos logran experimentar cosas que satisfacen a ambos.

    Algunos lo saben, esta cuenta la creamos Claudia y yo, porque hemos vivido experiencias sexuales ricas, mientras hemos cogido hemos fantaseado con incluir a alguien más y hemos puesto a prueba el publicar nuestras experiencias para intentar conocer más gente con nuestros mismos deseos sexuales.

    Hoy Claudia está en EdoMex, pidió una semana de vacaciones en su trabajo y ha estado con un señor que según me cuenta tiene unos 60 años, es el primer hombre mayor con el que ha estado, le atrae porque me dice que es culto, y n el sexo dudo que sea bueno pero es discreto y limpio, además ella gusta de probar nuevas experiencias así que se ha enredado con él en varias ocasiones. A mi no me molesta, y me ha tocado recibirla después de haber estado con él, se va algunos días a verla y agendamos fechas para recibirla en la ciudad donde ella vive en el estado de Morelos.

    Tengo en mente un recuerdo de hace un año aproximadamente, me comentó que había tomado mucho con ese señor durante unos 3 días seguidos, él no bebe mucho pero ella cuando bebe se pone mal, se pierde y hace cosas que a veces no recuerda. Me pidió recibirla para cuidarla y así lo hice, rente una habitación en un hotel, le compre un bikini tipo tanga porque me gusta como se ve, tiene tetas más grandes de lo normal y eso me encanta. Cuando estamos juntos bebemos y nos metemos a la alberca donde me gusta verla y que la vean.

    Fui por ella a la terminal de autobuses y venía consiente, pero mareada, hablamos muy poco en el camino, la lleve al hotel y me pidió pasar a comprar wisky, llegamos al hotel y quiso ir a nadar, le conté que le había comprado un bikini, se lo muestre, color blanco, talla chica, no le puso mucha atención, solo se desnudó y se lo puso, se veía linda. En lo que me ponía el mío, salió a la alberca y la dejé, sé que le gusta hacer amigos, así que hice un poco de tiempo, unos 15 minutos y cuando llegue así fue, ya estaba en la alberca con dos chicas y dos chicos. Estaban platicando y me presento con ellos, yo saludé y sabía que algo rico iba a pasar…

    Saqué la botella de wisky y bebimos junto con cervezas que ellos tenían, noté que Claudia se veía muy rica en su bikini, por el frente se veía su vello público mal rasurado, sus magias se veían perfectas, sus tetas grandes salían de los costados, cuando saltaba a la alberca rebotaban delicioso. Se me antojaba llevarla a la habitación para cogerla fuerte pero me gustaba que los demás también la vieran y se les antojara. Jugamos un buen rato pero para mala suerte no pasó nada, las chicas quisieron ir a su habitación y ellos fueron con ellas. Nosotros optamos también por ir a nuestra habitación. Al llegar ella se acostó en la cama y quedó profundamente dormida, se veía deliciosa ahí acostada, con piernas un poco abiertas, abrí un poco la ventana igual que la cortina, me gusta que quien pase nos vea, y me dirigí a ella, hice a un lado el bikini y noté que estaba rasurada, más tarde supe que fue el hombre quien la rasuró mientras estuvo en Puebla, jugué su vagina, me acercaba para olerla y olía a cuando has tenido sexo recientemente, me gusto, así que abrí más sus piernas y le hice sexo oral, me encantaba ese olor y sentir el interior de su vagina. Volteaba de vez en cuando a la ventana, para mala suerte nadie pasó. Le tome fotos, mismas que tengo aun guardadas. Saque mi pene y lo rose en la entrada de su vagina, la penetre poco a poco, imaginando lo que le habría hecho ese señor que la había cogido.

    Empezó a despertarse y a sentir como entraba y salía de ella, termino de quitarse el bikini quedando totalmente desnuda, pienso que no noto que la ventana estaba abierta, aun la veía un poco mareada, la puse en 4 y empecé a penetrarla por atrás, me encanta la vista de su espalda desnuda, sus nalgas paradas y ese culo que varias veces he querido penetrar pero no me ha dejado, gemía muy rico, y entonces pasó, hubo personas que pasaban por esa ventana, las luces de nuestra habitación estaban encendidas y se veía Perfecto hacia el interior, eso me prendía más y le daba aún más duro, ella paraba el culo y yo le daba más rico, la puse de espaldas a la ventana y grabé un video de nosotros en un espejo que daba frente a nosotros, también guardo ese video.

    Tuvimos sexo varias veces durante la noche, me gusta despertar, darle lengua ponerla cachonda y volver a coger.

    Me encanta Claudia, lo hacemos tan fuerte, tan sucio, tan rico.

    Pienso en que hoy ese mismo señor la volverá a coger e imagino que le hará en esa vagina que ambos compartimos…

    Ya hablaré con ella para que me cuente, en esta ocasión no podré ir a recibirla.

    Saludos a quienes tenemos el mismo gusto sexual, pueden escribir a nuestro correo publicado en el perfil.

  • Con una de mis lectoras. La experiencia más extraña

    Con una de mis lectoras. La experiencia más extraña

    El anonimato que nos dan las letras nos permite expresar más allá de lo que llegamos a platicar y en esta ocasión deseo compartirles la experiencia más extraña, pero a su vez mas increíble que he vivido en años.

    Un domingo en la noche recibí un mail de una chica que llamaré la señorita V, era muy escueto. Solo decía: entretenido tu relato del tren ligero, si puedes pásame tu wasap y platicamos por ahí.

    Fue algo que nunca me había pasado, que alguien de esta página me escribiera directamente para platicar. Entonces le contesté su correo diciéndole que sería un placer poder platicar con ella y compartir historias y seguido de eso puse mi cel.

    No pasó ni media hora y ya tenía un mensaje de la señorita V saludando.

    Lo más curioso que la plática no fue muy fluida. Mas bien diría que fue demasiado concreta. Le pregunté si ya había tenido experiencias, así como mi relato y dijo que no pero que le gustaría que pasara alguna vez. Entonces me ofrecí a compartir esas vivencias y le dije que sería increíble poder conocerla y cumplir esas fantasías, pero ella se limitó a contestar que casi no usaba el transporte público pero que igual podíamos conocernos en la semana e ir a un lugar más tranquilo, quizá un hotel.

    En ese momento sentí mucha curiosidad, para serles muy honesto llegué a pensar que era un trans, un hombre o quien sabe quién que estaba viendo a ver que sacaba. Que equivocado estaba. Me daba mucha curiosidad, pero al mismo tiempo sentía cierta zozobra. Así como están las cosas de la inseguridad hasta pensé que quizá era gente que se dedicaba a la delincuencia. Pero aun así quedamos de vernos al siguiente día en un metro de transbordos al sur de la ciudad.

    La cita era a las 3 de la tarde y obviamente hice ajustes en mi horario laboral para poder estar en la cita. Algo que me causó mucha extrañeza es que le pedí una foto para conocerla y le dije que yo le mandaría una mía para así podernos ubicar al llegar. Pero ella se negó, no insistí. No dejaba de tener incertidumbre, pero la curiosidad me mataba. Nunca me había reunido con nadie en estas circunstancias.

    Llegué a la estación media hora antes y me quedé en un lugar estratégico para observar el lugar de la reunión por cuestiones de seguridad. Ella había querido que nos viéramos afuera del metro así que le dije en qué lugar y que ya estaba cerca. Ella me pidió la descripción de cómo iba vestido para que me localizara y le dije que llevaba playera gris y gorra roja. Obviamente desde mi punto de observación traía mi chamarra puesta y no usaba la gorra. Quería ver quien podría ser y si es que no sería emboscado por otras personas. Llegué a sentirme en una de esas películas de espías. Ella me escribió que ya había llegado pero que no me veía. Lo más curioso es que no me quiso decir como venía vestida y comencé a sentir que era un engaño (error nuevamente). Vi entre algunas personas a una chica de pantalón de mezclilla muy holgado, de chamarra negra, pelo lacio y lentes. A la distancia parecía de complexión mediana pero no sabía si era ella así que decidí tomar la iniciativa y arriesgarme. Me quité la chamarra, me pude la gorra y me encaminé al punto de reunión. Ya una vez ahí le escribí que no la veía, que ya había llegado, pero no tuve respuesta. Comencé con un poco de taquicardia, pero mantuve la calma. Volví a ver a esta chica de la chamarra negra dar algunas vueltas, pero parecía que andaba perdida y no le tomé importancia. Yo estaba más preocupado observando si había malandros o algo parecido.

    Cuál fue mi sorpresa cuando la chica en cuestión se acercó y me saludo…

    – Señorita V?

    – Si, soy yo. Hola. ¿Caminamos?

    – Claro.

    Para ese momento mi desconcierto cambió y se convirtió en expectación. Empezamos a caminar hacia el hotel que estaba a una cuadra de distancia y pude observar que era muy chica. Tenía 20 años y se veía muy tímida. Imagínense para mis 42 como me sentía.

    Llegamos al hotel y sentí que alguien caminaba detrás nuestro y ella me pidió seguir caminando un poco más. Eso me hizo desconfiar así que la tome del brazo y la detuve un poco como para dejar que la persona que caminaba detrás se siguiera cosa que así pasó.

    Respiré profundo y le dije que platicáramos ahí, justo en la esquina antes de entrar al hotel. Pude ver que casi no hacia contacto visual, pero vi que tenía ojos cafés muy expresivos, venían delineados de tal manera que a pesar de los lentes se le percibía una mirada sensual. Me quede atrapado de su mirada. Tenía labios pequeños pero una boca hermosa. Piel blanca, que se antojaba suave y tersa y traía un perfume ligeramente floral. Estaba observándola mientras teníamos una charla un tanto trivial cuando me dijo que entráramos al hotel pero que debía decirme algo.

    – debes saber que soy virgen, tienes problema?

    – no, para nada (mentira. Quedé desconcertado).

    Le pregunté que cuál era el motivo del porque quería entregar su virginidad a un perfecto desconocido y su respuesta me impresionó aún más.

    – me la he pasado estudiando y con muchas cosas que no se ha dado la oportunidad de tener sexo con nadie además no quiero involucrar sentimientos ni compromisos. Solo quiero sentir lo que es tener sexo por primera vez sin ningún compromiso.

    Como se podrán imaginar quede más que impresionado. Pero pues pasamos al hotel, pague la habitación, subimos y ya una vez dentro y después de que cada uno entró al sanitario me le acerque, ella estaba parada a un costado de la cama y la recargue en la pared, la tome de la cintura y quise darle un beso, pero ella se volteó, a lo cual empecé a besarle el cuello de manera lenta y suave, liberando mi mente de todo pensamiento y entregándome a ese momento. No sabía si era cierta o no su historia, pero decidí creer y lo único que deseaba era que si en verdad era su primera vez al menos fuera una experiencia muy placentera para ella. Me entregaría a ella en su totalidad.

    La acariciaba suavemente mientras besaba su cuello, rosando su cintura, bajando despacio hacia sus nalgas. Sintiendo cada parte de ella. Quería llenarme de su sabor, de su olor.

    Comencé a levantar su blusa y me dijo que no se quería desnudar completa a lo cual yo no tuve problema. Me preguntó si traía preservativos y obviamente no. Jajaja. Así que tuve que parar y bajar como rayo a la recepción, comprar un par de condones y regresar corriendo. De verdad me sentí tan novato y primerizo. No lo podía creer. Pero bueno, ya estaba ahí así que a darle.

    Regrese a la habitación y ella estaba haciendo una llamada, puso su dedo índice en su boca haciéndome la seña de que guardara silencio a lo cual accedí sin problema. Mientras recuperaba el aliento. Una vez que terminó su llamada me acerqué y la tomé de nuevo por la cintura acercándome a sus labios y ahora solo nos dimos un pequeño beso y me senté en la cama. La acerqué a mí y comencé a bajar la blusa de los hombros, quedando expuesto su pecho. Dios mío, tenía unas bubis divinas. De muy buen tamaño, unos pezones rositas deliciosos y se sentían tan suaves y firmes que me dejé llevar por la excitación y deseo de ese momento. Comencé a besarlas, primero de manera suave mientras las tomaba con mis manos y la llenaba de caricias. Comencé a desabrochar su pantalón lentamente y pude ver una pantaleta super tierna, la cual me hizo creer que si era virgen. Bajé el pantalón, le quité los zapatos y la recosté en la cama boca arriba. Mientras me quitaba mis botas y mi pantalón acompañado de mi playera pude contemplarla semidesnuda recostada. Tenía una piel nívea, suave, de una perfección que sentía que tenía a la misma afrodita recostada frente a mí. Jamás había visto un cuerpo tan bonito y tan joven así de bello. Combinación perfecta de porcelana y mármol.

    Jamás en la vida había estado con una chica virgen así que sentía que estaba soñando.

    Comencé a besarle el empeine mientras iba acariciando lenta y suavemente sus piernas. Fui subiendo poco a poco, trazando un mapa de su piel en mi memoria, ya no detuve esa increíble travesía rumbo a la gloria. Llegué hasta su pantaleta y le di besitos por sobre sus labios. Despedía un olor tan delicioso, tan puro que me dirigí hacia sus ingles y las recorrí suavemente con la lengua. Me acomode de manera de poder quedar cómodo y que ella pudiera reposar sus piernas completamente abiertas. Le hice la pantaleta a un costado y pude ver unos labios rozagantes, ligeramente hinchados por la creciente excitación del momento. Respiré profundo y acerqué mi boca lo más lento posible y al llegar al borde del perineo roce con la punta de mi lengua esa línea divina que forman sus labios. La recorrí de sur a norte llenándome de su néctar y probando todo su sabor. Comencé a realizar ese movimiento un poco más profundo cada vez hasta que mi boca logró separar sus labios y llegué a su clítoris. Podía escucharla respirar profundo y fuerte, de vez en cuando algún gemido tímido y eso me excitaba aún más.

    No sé cuánto tiempo estuve así pero no quería parar. Pude haberle hecho sexo oral por horas sin siquiera cansarme, pero decidí seguir la travesía rumbo al norte pasando por su ombligo, escalando ese par de tetas tan deliciosas y haciendo cumbre en la dureza de sus pezones. Descendiendo hacia su cuello y terminando en su boca pude sentir su aliento y cada minuto que pasa, mi deseo por ella crecía y crecía.

    Me di la vuelta quedando boca arriba y ella se acercó a mi pene, lo tomó en sus manos y les juro por dios que ver mi miembro en sus manos fue tan excitante, ver cómo lo veía. Mis latidos aumentaron cuando vi que empezó a bajar hasta rosarlo con su lengua, recorriendo por todo lo largo y bajando hasta mis testículos. Lo lamió algunas veces hasta que decidió meterlo a su boca y mamarlo de la manera más deliciosa que me pudo regalar.

    Me puse el condón y me coloqué justo en la entrada de la gloria. Realicé algunos movimientos con la cabeza de mi pene acariciando su clítoris y pasándolo por todo lo largo de sus labios acercándolo gentilmente hacia la entrada. Lo puse y lo empujé muy despacito y pude ver sus ojos. Me miro y me dijo que lo hiciera despacito. Ella respiraba profundo y gemía suavecito a cada centímetro que entraba. Hasta que por fin quedé totalmente dentro y así me quedé unos segundos hasta que empecé con un va y ven suave, rítmico, lento. Deje caer mi peso sobre ella, la sujeté de las manos y la bese mientras seguíamos con el movimiento. Lo seguimos haciendo así hasta que ambos terminamos.

    Lo curioso es que la plática no fluía, sentía que estaba incomoda y eso me puso algo mal. No sabía qué hacer. Estaba en una situación tan extraña que no sabía de qué más podía platicar así que me acerqué a sus piernas y le empecé a besar de nuevo. Se recostó completamente de inmediato y entendí el mensaje. Bajé de inmediato y comencé a besar esa vagina tan rica, que ahora y justo en ese momento era solo para mí. Solo mía.

    Y mientras tenía la punta de mi lengua viajando por todo su clítoris empecé a meter un dedo muy lentamente en su vagina y la sentí estremecerse. Sentía como apretaba mi dedo y como se lubricaba de una forma increíble así que use otro dedo para empezar a acariciar suavemente su anito. Sentía su clítoris completamente durito la humedad de su vagina y la palpitación de su ano. Así que empecé a meter muy despacito el otro dedo en su culito al grado de que estaba siendo estimulada anal, vaginal y oralmente al mismo tiempo. Cuando sentí que se vino en mi boca la puse boca abajo y comencé a Besar desde sus tobillos hacia arriba. Recorriendo palmo a palmo cada parte de su piel hasta llegar a sus nalgas. Pasé mi lengua rosando dulcemente la línea que divide ese otro paraíso y la sentí tan relajada que con ambas manos separé poco a poco sus nalguitas y empecé a besarle ese anito tan rico y delicioso que tenía. Se los juro que hasta dulcecito sabia. Ya mi excitación era demasiada que me puse el otro condón y la penetré de nuevo solo que ahora ella me decía que lo hiciera más fuerte y más fuerte. Después de un rato cambiamos de posición y ella se puso arriba. Podía sentir su sensualidad que se acompañaba de una falta de experiencia que confirmaba que si era virgen.

    No podía quedarme solo así, entonces le pedí que se pusiera en 4 y la tome. Tenía una cadera maravillosa y unas nalgas de ensueño. Yo seguía en ese idílico momento. No podía creerlo. Quise cargarla así que me senté en el borde de la cama y la puse sobre mí. Ella sentía miedo porque pensaba que la tiraría, pero le dije que confiara. Que me abrazara y se relajara. Pasé mis brazos por debajo de sus rodillas, la penetré y me puse de pie. Ella solo gritaba «mierda, mierda, mierda» y gemía y gemía.

    La puse boca arriba y seguí penetrándola hasta que en medio de besos terminé viniéndome de la forma más placentera que pude imaginar.

    Después de todo eso y de descansar un rato cada quien se bañó, nos vestimos y salimos del hotel.

    Ella me dijo que se quedaría afuera del metro, esperaría Uber. Somo le dije que seguíamos en contacto, le di in abrazo y me fui.

    Después de eso no he vuelto a saber nada de ella. Pero no imaginan con que placer volvería a hacerle eso y más.

    Mi mail es [email protected].

  • Mis primeras zapatillas (3)

    Mis primeras zapatillas (3)

    Mis pies recorrían de arriba a abajo su hermoso miembro mojado por líquido preseminal, era tanto que ya resbalaba por las zapatillas mojando la parte entre mis plantas y la base. 

    «Quiero cogerte mamacita» me dijo en voz baja, lo noté tan excitado que no pude negarme… Bueno ¿y a quien se le niega una buena cogida? Jiji «Soy tuya papito, ¡Romperme como quieras!» Le dije entre gemidos calientes.

    Me puso de pie mientras yo apoyaba mis manos en la silla dejando mis nalgas a su entera disposición… las lamió completas y me dio un par de nalgadas antes de hacer mi tanga a un lado para lamer mi culito que ya pedía su miembro a gritos.

    Primero metió su lengua deliciosamente mojando las paredes de mi ano, para después prepararlo con los dedos, metía uno, después dos, yo ya no aguantaba…

    «¡Ya métela papito por favor!» Le supliqué entre gemidos y respiración agitada… Me sentía como toda la puta que soy. Entonces me giró y me besó muy caliente, su boca sabía a mi culito, eso me prendió a mil y me senté de nuevo ofreciendo mis pies para que los pusiera en sus hombros, así lo hizo y comenzó por pasar la cabeza de su hermoso miembro en la entrada de mi culo una y otra vez… Eso sólo me calentó más, cerré los ojos como señal de que estaba lista… Entonces sentí como empezó a penetrarme, mi ano se abría gustoso al paso de aquella verga caliente y de repente empujó con mucha fuerza entrando de un solo empujón…

    «¡Ahhh me duele!» Grité pero eso le calentó más aún, mis lágrimas brotaron de mis ojos, «así me gusta más, me gusta verte llorar putita» me dijo con voz agitada, yo me sentí dominada por aquel hermoso hombre maduro que me estaba haciendo suya de manera salvaje.

    Sus embestidas eran muy fuertes, dejaron de doler y provocaron mucho placer, ¡sí que sabía lo que hacía ese macho! Ya mi ano estaba completamente abierto y el sacaba su verga completa para después meterla a fondo con toda facilidad, «estás buenísima mamita» me decía de vez en cuando… ¡Yo, divina!

    En eso me sobresalté cuando escuché que tocaban a la pequeña puerta de metal… «No te muevas putita» me dijo mi macho mientras iba a abrir, era el muchacho que, con cara libidinosa observaba mi posición, abiertas las piernas con mi culo expuesto y muy abierto.

    «Pásate» le dijo con tono apresurado «¿Se te antoja?» El muchacho asintió con la cabeza mientras el maduro lo animaba a acercarse a mi… Yo, tan caliente como estaba solo atiné a masajear su miembro sobre su pantalón mientras mi macho retomaba su penetración en mi…

    Continuará

    ¡Gracias por leer lindos! Espero sus mensajes, me mantienen calientita. [email protected]

    ¡Besos!

    Tania Love

  • Intercambio de esposas en la playa

    Intercambio de esposas en la playa

    Llevaba tiempo queriendo contarles este relato que nos sucedió hace un par de meses del presente año. Esta vez nos fuimos Carla y yo con una pareja de amigos que llevamos conociendo unos diez años, juntos a la playa, la idea era pasar un fin de semana agradable y quitarnos el estrés de la vida cotidiana. Carla y yo teníamos donde quedarnos, una casa de la familia de ella que nos la habían prestado, y por el otro lado Andrés y Ceci, la contraparte en esta historia, tenían su propia casa playera. Todo se planeó como un paseo familiar, por lo que ambas parejas fuimos con nuestros hijos. Tuvimos una mañana agradable y para la tarde decidimos hacer una barbacoa en la casa de Andrés y Ceci. Ya que ambas casas quedaban relativamente cerca habíamos planeado que la barbacoa se extendiera hasta la noche y terminar con unos tragos cuando ya los niños se hayan dormido, considerando la opción de quedarnos a dormir en casa de ellos.

    Antes de continuar necesito hacer referencia a un evento del pasado que es muy indispensable para entender otro punto en el relato. Andrés y yo éramos muy buenos amigos, en nuestra época de solteros nos contábamos nuestras aventuras y una que otra confesión de quienes en aquel entonces eran nuestras novias y ahora esposas. En una ocasión habíamos querido hacer un trio con una amiga en común, pero por circunstancias de la vida no pudimos concretar nada. En otra ocasión nos pusimos a comparar a nuestras en aquel entonces novias, cuáles eran sus mejores atributos, y que era lo que más nos encantaba hacer con ellas. Aquella ocasión Andrés incluso me mostró ciertas fotos de Cecilia que tenía en su teléfono mientras estábamos en el trabajo, todas decentes, pero aun así reluciendo su hermosa figura. Por un descuido Andrés dejó desbloqueado su teléfono en un instante que lo llamaron a atender algo, descuido que aproveché para ver que otras fotos tenía, y que afortunadamente encontré aquel tesoro que estaba buscando. Eran unas fotos de Ceci completamente desnuda, mientras posaba para él en la cama, desde aquella ocasión le guardaba unas ganas enormes, y solo fantaseaba con poder probarla cada vez que nos veíamos en alguna reunión. Nunca me sentí seguro de confesarle esas ganas a mi amigo, aun cuando en ese entonces la relación con nuestras parejas no era completamente seria.

    Retomando el presente, mientras hacíamos la barbacoa, Andrés y yo nos encontrábamos en la planta baja mientras asábamos las carnes y nos tomábamos unas cervezas, mientras nuestras esposas observaban jugar a los niños mientras conversaban asomadas en un balcón con paredes de vidrio transparente que estaba justo frente a nosotros. Mi mirada buscaba todo el tiempo un descuido de parte de Cecilia que me permitiera ver un poco más allá de la corta falta jean que cargaba puesta. Que ironía, hace poco la había visto en un traje de baño de dos piezas que le quedaba muy bien y le permitía mostrar todos sus atributos generosamente, pero por algún motivo no se comparaba con la excitación que me causaba poder ver que ropa interior cargaba puesta, esto mientras mi esposa estaba parada junto a ella en un puti short que también le ajustaba muy bien su exquisito trasero. Si leen en mis relatos anteriores sabrán que Carla y yo ya hemos compartido experiencias de compartir mi esposa, y ciertamente estaba notando que mis ojos no estaban fijados en ella, pero tampoco daba muestras de que esto le moleste. Entendí que esto era indirectamente su aprobación a que pudiera seguir saboreando a Cecilia con la mirada.

    Ese respaldo por parte de mi esposa, y unos tragos de mas en la cabeza, me hizo decirle, sin titubeos a Andrés:

    – “hermano, que ricas piernas tiene tu esposa”.

    Andrés me respondió: – pues si, puedo notar que llevas rato fijándote en ellas.

    A lo que le contesté: – ¿no te molesta que vea con ganas a tu esposa?

    Andrés me dijo: – hermano, tu y yo nos hemos contado de todo. Tienes la confianza de ver un poco si deseas.

    A esto no pude contener mas mis ganas y le dije: – ¿has pensado alguna vez en comerte a mi esposa?

    Andrés, un poco en shock, contestó: – bueno hermano, ciertamente siempre la he visto también, pero la idea jamás se me había pasado por la mente hasta este momento.

    Sin dar más vueltas le hice mi propuesta: – ¿te gustaría comerte a Carla esta noche y hacer un intercambio de esposas?

    Andrés me vio y me dijo: Jamás hemos hecho algo así, no se cómo lo pueda tomar Cecilia, y tampoco se cómo lo pueda tomar yo. No me incomoda que veas a mi esposa, pero compartirla es algo completamente nuevo.

    Yo sé que Andrés ama a su esposa, pero también sé que es un pícaro y que varias veces la ha engañado, por lo que le contesté: bueno hermano, piensa en las veces que te has divertido tu, y si bien no lo sabes si ella lo habrá hecho también, porque no darle la oportunidad a tu esposa de que pruebe otra verga después de tanto tiempo. Andrés soltó una buena carcajada y me contestó: – puede que tengas razón, después de todo porqué debería ser egoísta si también voy a disfrutar yo. Le dije que me parecía perfecta su manera de ver las cosas, sin embargo, acotó: aun así, el problema es como lo vayan a tomar nuestras esposas, a lo que respondí inmediatamente: yo sé que Carla también te ha observado, y aunque jamás me lo ha dicho, sé que debes resultarle atractivo. Andrés calló por un momento y me contestó: aun así, todavía falta Cecilia. No creo poder convencerla de hacer algo así.

    Un tanto excitado y desesperado por el plan, y ver que Andrés si estaba dispuesto, le dije: mira, hagamos algo, ahora en la noche vamos a pasarnos un poco de copas, pero principalmente tratemos de emborracharlas a ellas, juguemos un poco juegos de parejas a ver que tal va la cosa, y si en el peor de los casos, a Cecilia no le agrada el rumbo de las cosas, ahí lo dejamos, aun así yo sé que eres del gusto de Carla, así que si lo deseas, después de tomar, la puerta de nuestro cuarto estará abierta. Andrés me contestó: hermano contigo no tengo como perder, y soltó otra carcajada ja ja ja.

    Contento yo también por nuestro acuerdo, seguí disfrutando de la hermosa vista de las piernas de Ceci, al mismo momento que observé a mi esposa y la vi con una sonrisa de complicidad.

    Llegada la noche, llegó el momento, los niños ya dormían y nosotros cuatro estábamos en la sala ya con varios tragos encima, propuse el juego de parejas, nos tocaría responder preguntas atrevidas y cumplir desafíos que poco a poco iban a ir subiendo el tono. Siempre mantuvimos el juego de desafíos con nuestras esposas, sin embargo, las preguntas podrían ser dirigidas a quienes sea. Mi esposa, que ya sabía cuales eran mis intenciones, de a momentos lanzaba las preguntas mas sexuales a Andrés, y Ceci poco a poco fue cogiendo el tono, y también me hacia una que otra pregunta a mí.

    Como a pedir de boca, luego de varios juegos y apuestas perdidas, las chicas, especialmente Ceci, estaban muy mareadas, le hice una seña a Andrés de que me siguiera, y empecé a besar a Carla fervorosamente en el mueble que nos encontrábamos, mientras le hacía señas a Andrés para que hiciera lo mismo a su esposa. Carla me dijo: – te la quieres comer a Ceci verdad? A lo que contesté: – así es mi amor, hoy quiero que tu seas mi cómplice. Ella me miró, y me besó aun con más ganas, y solo me respondió: – pero yo también tendré mi parte, verdad amor? A lo que le respondí: – por supuesto. Y la seguí besando mientras recorría con mis manos sus piernas, e iba subiéndolas poco a poco por sus muslos hasta tocar su vagina por encima del short que cargaba puesto.

    Esto la prendió bastante a Carla, pude notar como empezaba a soltar gemidos cerca de mi oído, mientras sentía como nuestros corazones se aceleraban. Olvidé por un momento por completo a Andrés y Ceci, solo esperaba que estén haciendo lo mismo, mientras Carla y yo nos perdíamos en caricias y lujuria. De repente me detengo a voltear, y con gusto veo que aunque Ceci estaba bien mareada, Andrés ya había desabotonado la blusita que cargaba, mostrando así esos deliciosos senos enormes que Ceci tenía, más grandes que los de mi esposa, de hecho, todo en Ceci era más grande, ya que ella era ligeramente más gruesita. Volví a besar a Carla y esta vez empecé a introducir mis dedos por dentro de su short, Carla ya estaba húmeda, y decidí saborear mis dedos, probando sus jugos, volví a ver a Andrés, y Carla también lo veía, mientras expresaba en su rostro deseo.

    Noté que él vio lo que hice, seguramente lo excitó bastante también. Le hice un gesto con mis cejas, para saber si me podía acercar, a lo que el me respondió así mismo con otro gesto indicándome que sí. Andrés se levantó, apagó la luz de la sala, y nos quedamos únicamente con la luz de la luna que entraba por ventanal donde anteriormente estaban nuestras esposas asomadas. Me despedí de Carla con otro beso y le dije: – bueno amor, ya te mando a Andrés para que no te sientas sola, ella me contestó con otro beso y me dijo: – espero que lo disfrutes porque yo lo pienso hacer, le di otro beso más apasionado que el anterior, me levanté, y me dirigí hacia Andrés y Cecilia, ya con la luz apagada, le pregunté una vez a Andrés: – puedo? Y él me contestó: es toda tuya hermano, espero que puedas sacarte las ganas.

    De cerca pude notar que Ceci estaba bien mareada, casi al punto de estar inconsciente, ya llevaba un buen rato que no hablaba mucho, y aunque no era como la hubiese preferido, era mi oportunidad, y quizás la única, así que empecé a besarla y para mi suerte, Ceci bien me respondía, de manera un poco torpe por los tragos, pero aun así besaba con ganas. Pude sentir como mi verga empezó a lubricarse por montones por debajo de mi bóxer, y empecé a tocar sin titubeos ese cuerpo que tanto deseaba, volteé una última vez hacia Carla y pude observar que ella ya atendía muy bien a Andrés, por lo que eso ya no iba a ser un problema. Decidí arriesgarme un poco más y empecé a besar los senos que Andrés ya había dejado descubiertos, primero solo por encima, ya que aún tenía su brasier puesto, pero eso no duró más, los bajé suavemente y ahora si, tenía esas ricas tetas completamente descubiertas para mi. Empecé a chuparlas, lamerlas, mordisquearlas, todo mientras Cecilia gemía y se quejaba, denotando también el placer que estaba sintiendo aún sin saber quizás quien se lo estaba dando. Empecé a succionar sus pezones, y dios que ricos los encontraba, sé que habré estado en sus senos por al menos diez minutos sin despegar un segundo mi boca de ellos, mas que para eventualmente besar su boca.

    No podía aguantar más mi excitación, para esto ya me había bajado el pantalón que cargaba puesto, y estaba con el bóxer a reventar por lo tieso que estaba mi pene, en algún momento vi que Andrés lo mismo hacia con mi esposa y ambos lo disfrutaban mucho, ya que aún sin hablar, los gemidos de Carla eran cada vez mas fuertes. Por mi parte decidí tomar el riesgo final, y bajé hasta la vagina de Ceci, su blusa ya se encontraba totalmente abierta, y ya había tocado con mis dedos esa vulva que también se encontraba extremadamente húmeda, no di mas vueltas y me puse de rodillas frente a ella, y de un solo tirón le bajé su panti, mientras aun cargaba esa faldita puesta, se me hizo agua la boca literalmente de ver en primer plano la vagina que tanto había deseado ya por tanto tiempo, no me aguanté más y me clavé inmediatamente en ella, a lo que Cecilia dijo con un fuerte gemido: – Ah Andrés, que rico! ¡No pares de comerte mi chuchita! No lo podía creer, Cecilia seguía creyendo que era su marido quien la saboreaba, esto me puso a mil, me clavé de nariz dentro de su vagina, no me importaba que no estuviera fresquita como me gusta, tenía un ligero sabor amargo, pero la excitación psicológica y física me tenían completamente dominado, prácticamente sequé la vagina de Ceci de lo húmeda que estaba, con tanto lengüeteo y chupadas de mi boca. Me distraje por un instante por un gemido fuerte de Carla, volteé a ver, y para mi gusto y sorpresa Andrés ya tenía de hace rato bien ensartada a mi esposa, en cuatro, apoyaba sobre el espaldar del sillón donde ellos se encontraban, mientras ambos nos daban a Ceci y a mi la espalda. Me concentré nuevamente en el manjar que tenía frente a mí, y sin más titubeos y de una vez por todas, finalmente me bajé mi interior y de un soló empujón metí completamente mi verga en la vagina de Ceci, esa vagina que tenía años soñando comerme, finalmente lo hacía, mientras la tenía con sus piernas bien abiertas, sentía como mi verga estaba completamente hinchada, y sentía que con cada metida ya me venía. Ceci empezó a gemir más duro y esto me volvió completamente loco, la embestía cada vez con más fuerza y Ceci cada vez gemía más. Apenas si escuché la advertencia de Andrés que me dijo: -no he vayas a venir dentro de ella cabrón! Lo cual vino como advertencia de último momento, ya que no pude aguantar más, y apenas si logré sacarlo a tiempo, llenando totalmente de semen los pequeñitos vellos púbicos que Ceci tenía, muy meticulosamente cuidados. Mi gemido fue tan fuerte que Carla reaccionó y dejándolo a Andrés, se acercó a mi para limpiar mi verga, y dejarme completamente seco, esto mientras tenía aún a Andrés de la mano.

    Que rico sentía como Carla lamía mis bolas y sacaba el poco resto de semen que aún guardaba mi pene. Note cómo Andrés se perdió un momento viendo la imagen de su esposa, y antes de que se pierda el momento, tomé a Carla del cabello y le dije: – mi amor aquí tienes dos vergas para esa boquita golosa. Carla agarró nuevamente la verga de Andrés y empezó a chuparla, mientras me pajeaba con su mano haciendo nuevamente parar mi verga. Finalmente, se sentó junto a Ceci, quien estaba prácticamente dormida, ambas con las piernas bien abiertas, y le tomo a Andrés de las caderas, empujándolo dentro suyo con sus piernas, mientras agarraba con una de sus manos los senos de Ceci, y por otro lado, mi verga, que conveniente se la puse junto a su rostro, para que la siguiera mamando mientras Andrés la penetraba. Andrés no pudo aguantar más, y finalmente se vino en los senos de mi mujer, derramando su esperma en su rostro y sus tetas. Felices al menos casi todos, nos levantamos y nos vestimos, nos despedimos después de quedarnos besando un rato, y ayudando a Andrés a llevar a su cuarto a Ceci, por lo que terminé despidiéndome de ellos. Regresé por mi esposa y también nos fuimos al otro cuarto, yo totalmente contento por haber saciado un gusto que había llevado por tanto tiempo, y que jamás pensé podría saciarme.

  • Yoli, mi sobrina en el pub

    Yoli, mi sobrina en el pub

    —¡La madre que la par…! 

    Conseguí ahogar mi exclamación a tiempo.

    ¡Que buen trabajo hizo mi queridísima hermana!

    Todo eso necesita una mejor explicación. La interjección iba dirigida al culo de una joven morena que aparecía casi desnudo bajo un mínimo short vaquero al lado de la barra del pub en que me tomaba una copa. Lógicamente me tuve que tragar mis palabras con el siguiente trago de mi copa.

    Desde mi posición, dos pasos más allá junto a los grifos de cerveza, podía ver perfectamente sus largos muslos ahusados y una espalda bien torneada no muy tapada por un pequeño top.

    Charlaba animadamente con una rubia también muy bien formada y tan poco vestida como la morena, una falda muy, muy corta y un sujetador por llamarlo de alguna forma era todo lo que la cubría. Como estaba de espaldas y su larga melena negra me ocultaba el rostro no tenía muchos más datos.

    Hasta que en el momento justo se giró como si me hubiera oído. Y allí estaba mi preciosa sobrina Yolanda tomando una copa con su amiga Carmen.

    —¡Tío! No sabía que te gustaba salir por aquí.

    Y me plantó dos besos en las mejillas muy, muy, cerca de mis labios.

    Mi hermana Sonia que me sacaba diez años y desde adolescente siempre había sido la musa de mis pajas era la madre de esa hermosa criatura de diez y ocho años recién cumplidos. Una morenaza de impresionantes ojos azules con una figura de modelo que la niña había heredado.

    Con Sonia nunca me había atrevido a nada evidentemente y aparte de verla algunas veces desnuda o en bragas apenas la había rozado. No se escondía precisamente y sus bikinis en la playa eran algo espectacular que me daba material para mis deslices onanistas durante todo el invierno.

    En ese momento el amigo que me acompañaba estaba embobado mirando el par de bellezas de diez y ocho años que nos sonreían y anonadado apenas se había enterado de nada.

    —Alex ella es mi sobrina Yolanda. ¿Tú eres?

    —Carmen, una amiga.

    —Él es Alex, como ya he dicho, un amigo también.

    —Ya tenéis pagado lo que tomabais.

    —Gracias, tito.

    Procedí a las presentaciones y como el familiar generoso que era, me ofrecí a invitarles a lo que estaban tomando. A que nos acompañaran sin la menor esperanza de que eso pudiera ocurrir. De que aceptaran quedarse con dos carcamales como nosotros. Ante mi sorpresa y no antes de cruzar sus miradas en un mudo gesto de entendimiento aceptaron.

    —Podemos seguir juntos. Si no tenéis mejor plan.

    —Si nos invitas a las copas, tito.

    —Pues claro, cielo.

    Sorprendentemente su conversación era animada y adulta y nos lo estábamos pasando bien los cuatro. Incluso empezamos con las bromas, subidas de tono. Su amiga coqueteaba descaradamente con quien me acompañaba que embobado estaba muy perdido en su profundo escote.

    Mientras mi sobrina cariñosa se me pegaba como una lapa haciéndome notar sus duras tetitas en mi bíceps trabajado a fuerza de largos en la piscina. Las rondas de bebidas se iban sucediendo pagadas por nosotros evidentemente y parecía que aguantaban tan bien el alcohol como nosotros.

    La verdad es que yo no podía evitar echar descaradas miradas al escote de Yolanda o cogerla de la cintura. Aprovechando para acariciar la piel que el top desnudaba, mi antebrazo rozaba su espalda o sus costados rodeando su cuerpo hasta el vientre. Gestos cariñosos que a ella no parecían desagradarle.

    —Tengo unas botellas en casa y música. Podemos terminar la noche allí.

    Viendo que todos estábamos a gusto en mutua compañía propuse seguir con la conversación y las copas en mi casa, un sitio más tranquilo.

    —Claro, no hay mucho ambiente por aquí.

    Lo que ellas aceptaron de buen grado. Le propuse a mi bella familiar llamar a mi hermana y decirle que se quedaría a pasar la noche conmigo e incluso extendí la misma proposición a su amiga con sus padres.

    —Claro que pueden quedarse contigo, tato, sé que las cuidarás bien. Yo misma le mando un wasap a la madre de Carmen. ¡No os emborrachéis!, mucho.

    Sonia no puso ninguna objeción, aunque me pidió que nos retiráramos pronto y no las dejara beber mucho. Creo que pensaba en aprovechar la noche con mi cuñado. Ella misma se encargó de llamar a los padres de la amiga.

    Ya que yo era el menos perjudicado de los cuatro conduje el coche de mi amigo hasta la verja de mi jardín. Yolanda a mi lado cogía mi mano y la ponía en su rodilla en cada semáforo. O la subía despacio por su muslo guiándola por su piel en suaves caricias. Desde luego yo no la retiraba. Me encantaba acariciar esa epidermis tan delicada.

    —Alex, no me prestas atención. ¿Te gusta más Yolanda?

    —Me gustáis las dos. Mucho.

    —Mejor, porque ella siempre ha deseado a su tío.

    Carmen en el asiento de atrás, cogía la cara de mi amigo y la apuntaba hacia sus piernas. Separaba sus bien torneados muslos para que mi amigo pudiera admirar su tanguita negro que la cortísima falda descubría.

    O se inclinaba adrede para lucir el profundo escote. Alex deslizaba la mano por allí con suavidad. Acariciando la suave piel y metiéndola por debajo de la tela hasta pellizcar los pezones con suavidad.

    Aparqué el vehículo a la entrada del jardín bien cuidado, con un frondoso seto, y nos bajamos todos. Ellas se descalzaron para cruzar la suave y fresca franja de césped. Y para que los altos tacones no les jodiera un tobillo al clavarse en la tierra.

    —¡Todos fuera! Yoli ya conoces la casa. Podemos quedarnos en el jardín, hace muy buena noche.

    Como los vecinos de ambos lados estaban de vacaciones fuera de la ciudad no nos oiría nadie. Les propuse sacar las bebidas al jardín. Con algo de música suave y las copas pasaríamos un rato agradable bajo las estrellas.

    Era una noche calurosa que invitaba a librarse de mas ropa. Pero aunque llevábamos toda la noche provocándonos, más bien ellas a nosotros, ninguno tenía muy claro como dar el siguiente paso.

    La segunda vez que entré a la cocina a reponer las bebidas y los aperitivos decidí dar un salto y dejar mi camiseta en el respaldo de una silla. Frio no iba a pasar. Al verme el torso descubierto me jalearon con risas y bromas y Marcos me imitó echando su camisa a un lado.

    —Fuera camisas.

    A Carmen sentada con las piernas cruzadas, la faldita casi recogida en la cintura le veíamos perfectamente el tanguita.

    Yolanda mostraba sus pechos, sin sujetador, casi hasta los pezones cada vez que se inclinaba a recoger la copa o unas avellanas. Así que en la práctica ya todos mostrábamos más piel de lo habitual.

    -¡Tito! Se ve que te cuidas. ¿Puedo?

    —Claro, lo que quieras.

    —Vas mucho al gym. ¡Eh!

    —Voy más a la piscina, a nadar. Pero si, hago ejercicio.

    —Llevarás bañadores pequeñitos para lucir ese cuerpazo.

    Se me pegó más, pasando su mano con suavidad por mi pecho y mis abdominales. Incluso pasó un dedo suave por mis pezones. Una corriente eléctrica recorrió mi columna mientras ella me dejaba ver sus tetas bien cerca de mí. Le hablé al oído para que los otros no se enteraran.

    —¿Puedo yo ver más?

    —Tú y todos.

    Yolanda con una bella sonrisa se limitó a sacarse el top por la cabeza. Era el top less mas bonito que veía desde que espiaba a su madre y la veía en tetas. Cónicas, duras, y al contrario que las de Sonia en su época bronceadas al completo. No sabía donde tomaba el sol o si lo hacía con rayos uva.

    Carmen al ver que se quedaba atrás enseñando carne le pidió a mi colega que le soltara el broche que su top tenía en la espalda. Con un sensual movimiento de hombros lo dejó caer en su regazo enseñándonos unos pechos ligeramente mas grandes y caídos que los de Yolanda y francamente bonitos.

    —¡Tetas al aire!

    Abierta esa puerta a la desnudez todos parecíamos mas relajados. Como si la presión hubiera desaparecido mágicamente.

    —¡Me toca! Suéltame el cierre de la falda, Alex. Está ahí detrás en la espalda.

    Como Carmen ya nos estaba enseñando el tanga se libró de su faldita quedándose solo con esa reducida prenda de lencería. Lo hizo de pie, dejando caer el trapito que había cubierto su cadera al suelo, se giró para que además pudiéramos ver su duro culito. Alex parecía hipnotizado con tan bonita parte de su anatomía.

    —Bueno. ¿Qué os parece?

    —Sensacional, divina. Un culo precioso.

    Mi sobrinita relajada apoyó su espalda en mi desnudo pecho y apartó su melena sobre un hombro. Soplé con suavidad sobre su cuello y orejita haciendo que el vello de su nuca se erizara.

    —Eres preciosa. Me recuerdas a tu madre cuando tenía tu edad.

    —¿Soy tan guapa como ella?

    —Aún más.

    Yolanda como en un descuido dejó reposar su mano sobre mi bragueta que ya para entonces marcaba un buen y duro tamaño. En ese momento el que soltó un gemido fui yo.

    —Cielo, como sigas así no voy a poder…

    Pero no perdía, perdíamos los dos, de vista el depilado pubis de su amiga que se trasparentaba en el fino tejido. El tanga de Carmen, de fino encaje, casi dejaba ver su pubis depilado.

    —Carmen, llevas el xixi casi al aire.

    —Pues no sé a qué esperas tú.

    -A que me pongas otra copa.

    Cuando una de mis manos rodeó su vientre dejándola sobre su ombligo. Empecé a subir con mis caricias despacio hacia sus tetas. Yolanda soltó un suave gemido. No sé si lo hizo por animarme o por que de verdad le gustaba.

    Carmen, después de rellenar el vaso de su amiga, se sentó de frente sobre los muslos de mi amigo. Estaban mirándose a los ojos y clavando las tetas en su pecho. Le dio un buen morreo al que Alex correspondió con ansia.

    —¡Joder! Ya tenía ganas. ¡Que labios tienes preciosa!

    Nosotros éramos espectadores privilegiados y cachondos. Mi amigo agarró sus nalgas amplias y duras como si no quisiera volver a soltarlas en la vida.

    Yolanda dejó de mirar el bonito culo de su amiga y giró la cabeza buscando mis labios, se los mordisqueaba con suavidad. Ella me correspondía buscando los míos. Por fin pude agarrar sus pechos y acariciar suave sus pezones. En ese momento mi sobrinita empezó a darme lengua y saliva en serio.

    Sus besos dulces, lascivos estaban elevando mi excitación a cotas estratosféricas. Mi polla estaba tan dura que me dolía dentro de mis pantalones.

    —Yolanda. ¿En serio quieres esto?

    —Llevo años deseándolo tito.

    Me dediqué a amasar y besar esas durísimas tetas. Pellizcando sus pezones para darle todo el placer posible. Lamía su cuello, la nuca, por debajo y detrás de su orejita, besaba sus hombros. Ya nos habíamos soltado.

    Carmen estiró una mano para coger la de mi sobrina y apretarla. No sé si para darse ánimos, como un gesto de cariño o una muestra más de la lascivia que ambas estaban demostrando.

    Luciendo su flexibilidad cuando Yolanda tiró de ella se echó hacia atrás hasta apoyar la cabeza en el regazo de mi sobrina. Ahora Yolanda se inclinó sobre su cara y besó sus labios con tanta lascivia como me estaba besando a mí.

    Alex aprovechaba ese momento para lamer las tetas de la rubia y como tenía las manos agarrando sus nalgas deslizar un dedo bajo la goma del tanga buscando su ano. Sus gemidos los ahogaba mi sobrina con sus besos.

    —¿Por qué no os quitáis los pantalones? Me parece que os aprietan mucho. Estáis muy vestidos.

    Tal y como nos lo pedían no nos quedaba más remedio que obedecer. Claro que lo estábamos deseando.

    No me moleste en levantarme. Me limité a apoyar la espalda en el césped y dejar que Yolanda y su amiga tiraran de las perneras. Mi slip era muy pequeño y apenas podía contener la dureza de mi rabo.

    —¡Joder! ¡como marca tu tío! cielo.

    —Ya te lo había dicho.

    —¿Y se puede saber cuando te has fijado tú en lo que marco?

    —Siempre que te veo. Claro que en la playa el año pasado pude verlo mejor.

    Juguetonas, las dos hicieron lo mismo con mi amigo. Su bóxer era algo más grande que mi calzoncillo pero tan ajustado que su polla se marcaba perfectamente.

    —Este también va bien servido.

    —No tanto como vosotras, preciosas.

    Aprovechando que estaba de pie Yolanda se quitó el short y lo arrojó a un lado. Su tanga era tan pequeño como el de su amiga, apenas podía cubrir los labios de la vulva. Me moría por poner la boca allí.

    —Yoli, te voy a comprar veinte como ese. Para que no lleves ninguno diferente.

    —¿Solo tangas? Seguro que podemos comprar algo más de lencería de tu gusto.

    Esta vez Carmen se vino conmigo para tumbarse encima de mi cuerpo. Sus tetas en mi torso y su cadera justo sobre mi polla. Mientras nos besábamos dándonos lengua y saliva a nuestro lado mi sobrina y mi amigo estaban en maniobras parecidas.

    He de admitir que eso me dio algo de celos. Deseaba a Yolanda, pero en esto estábamos los cuatro juntos y muy revueltos.

    A esas alturas quería probar coñito. Levanté a Carmen poco a poco. Desplazándola sobre mi cuerpo. Así podía besar sus hombros bronceados. Levantar sus brazos para lamer sus suaves axilas. De ahí pasar a besar sus pechos y mordisquear sus pezones oscuros y duros.

    —¡Qué bien come las tetas tu tío!

    —No te preocupes que pienso comprobarlo.

    Mientras se movía iba girando acercándose a la otra pareja. Ellos imitaban nuestros movimientos arrimándose. Todos queríamos disfrutar con todos. Pero mi amigo y yo queríamos darles una sorpresa.

    Viendo que ya tenían su vena bisexual y cariñosa entre ellas. No se iban a asustar. Nosotros podíamos demostrarles que los chicos también sabíamos divertirnos solos. Aquello iba camino de una interesante orgia.

    Pasé la lengua por su ombligo y besé todo su vientre mientras se abrían sus muslos para rodear mi cabeza con ellos. La postura no era muy cómoda pues estaba inclinada hacia la polla de Carlos.

    —Vamos tío. Tiene un culito muy jugoso. ¡Cómeselo!

    —Ya me parecía que tú se lo has probado bastante.

    Besaba el pubis depilado de Carmen. Unas manitas suaves bajaban mi slip liberando mi nabo. Mi querida sobrina tenía sus otras ideas y yo no pensaba negarle mi polla, mis testículos y creo que trataba de alcanzar mi ano lamiendo el perineo.

    —Tú sobrina también está riquísima.

    Al mismo tiempo aparté el tanguita y clavé la húmeda en el coñito de Carmen. Aquella chica era una fuente, de su coñito manaban jugos como del grifo de una bañera.

    Poco a poco estábamos montando una rueda. Marcos recibía las atenciones bucofaríngeas de la rubia en su polla y huevos que apuntaba a las estrellas. Mientras él le daba su lengua a mi pervertida sobrinita.

    Nos habíamos tenido que poner de costado apoyando las cabezas en el muslo inferior de la persona a la que lamíamos. Así era más cómodo. Ninguno dejábamos de lamer el sexo que nos había tocado en suerte.

    Mi colega y yo intentábamos aguantar todo lo posible sin corrernos, pero intentando conseguirles sus primeros orgasmos a las chicas. No tardaron mucho, estaban muy calientes.

    Carmen casi me llena la boca con sus jugos en ese momento y yo tuve que contenerme mucho para no derramar mi lefa en la boca de mi sobrina.

    —Tito, ¿no le vas a dar cariño a tu amigo?

    —¿Quieres ver a dos chicos juntos?

    Estiré la mano hasta alcanzar la polla de mi amigo y acariciarla con suavidad. Si estaba tan excitado como yo suelo corría el riesgo de convertirse en un volcán en segundos y mandar fuera toda su esencia.

    Me arrodillé frente a su nabo con las chicas a mi lado. Las tres caras muy juntas esperando el semen. Carmen pasó la lengua por el glande y en ese miento estalló jadeando como una locomotora vieja. Nuestras bocas y lenguas se frotaban buscaba cada gota que salía de su polla.

    Notaba las manos de las chicas agarrando mis nalgas y separándose, hasta alcanzar mi ano con sus deditos juguetones. Yo acariciaba los huevos de mi amigo para que soltara hasta la última gota.

    Compartíamos el semen en un lascivo beso a tres lenguas que pasaban por el torso de los demás para limpiar hasta el último resto que se hubiera escapado al principio de la corrida.

    —Yolanda, ¿no quieres mi polla?

    —Pues claro, tío. Pero yo mando.

    —Como llevas haciendo toda la noche.

    Nos levantamos, ella se apoyó en las tetas de Carmen. Se agachó arqueando la espalda y ofreciéndome su precioso culito. Mientras ella le comía las poderosas tetas a su amiga yo fui penetrándola, sin prisa pero con firmeza.

    —No voy a aguantar mucho, cielo.

    —No importa, sigo muy cachonda.

    Mientras me movía despacio dentro de mi sobrina. Alex se arrodilló detrás de mí y me abrió el culo con las manos para clavar la lengua en mi ano. Ya lo había hecho muchas veces antes.

    Si antes temía correrme pronto, en ese momento el placer recorrió todo mi cuerpo como un calambrazo. Llené el coñito de Yolanda de semen, creo que ella también se corrió de nuevo conmigo. Pero había sido tanto el placer de todos que ya no tenía importancia.

    Nos tumbamos en el césped con unas copas nuevas para descansar y recuperar fuerzas. Seguimos charlando un rato compartiendo nuestras experiencias más morbosas. Y también comentando nuestros deseos más oscuros.

    Yoli confesó que siempre me había deseado. Yo le tuve que decir lo mucho que siempre me había gustado su madre.

    —Tío, tu siempre has sido mi objeto de deseo.

    —Me alagas cielo. Desde siempre yo miraba a mi hermana y le tenía ganas.

    —No me extraña. A mi también me gusta, sigue estando muy buena.

    Todos hablamos abiertamente de nuestra bisexualidad. Como nosotros ellas eran follamigas y cuando no follaban con otras personas se lo montaban juntas.

    Viendo la actitud que tenía mi sobrina y que estaba descubriendo esa noche le ofrecí mi casa como picadero.

    —Puedes venir aquí cuando quieras. Te tendré preparado un dormitorio y condones de sobra.

    —Claro, así también podrás tú follar conmigo. Listo.

    —Si tú quieres claro.

    —No te niego que pienso repetir.

    Y se lanzó a darme un nuevo beso muy lascivo y con mucha lengua y saliva. Sentada sobre mis muslos.

    —¿Y si subimos al dormitorio? Estaremos más cómodos en una cama.

    Por supuesto nos pasamos el resto del fin de semana desnudos y follando. Hemos repetido bastantes de los que han venido después. Con los mismos participantes y con algunas variaciones incluyendo a gente nueva. No contaré hoy lo que ha llegado a pasar con mi querida hermana.

  • Familia muy unida… demasiado (1)

    Familia muy unida… demasiado (1)

    Sugey, mi madre. Bea (Beatriz) y Soli (Soledad), mis hermanas. Pablo, mi padre y Zandra, su amante, luego mi esposa. Yo, soy Alejandro y les contaré una historia familiar.

    Alejandro estaba en una fiesta en casa de unos amigos, cerca de su residencia, en compañía de una chica maravillosa, de 20 años, 1.60 de estatura, 56 kg de peso, piel canela, ojos color miel, cabellera castaña ondulada, con una figura corporal que era un pecado mortal; muy parecida a su madre, que era la mujer más hermosa que sus ojos hubieran visto. Y a su hermana menor, quien era otra criatura celestial. La primera se llamaba Beatriz, pero familiarmente le decían Bea. Llevaba un vestidito floreado, a media pierna, con vuelo y escote regular, que la convertía en blanco de todas las miradas, de ambos sexos y de todas las edades.

    Se encontraban bailando en el cumpleaños de la mejor amiga de ella, Flor Iraida. Desde temprano bailaban salsa, merengues, pasodobles, boleros, polkas y había llegado la hora del rock. Del británico, del bueno. Luego, más tarde, sería de la música lenta, suave, ya para los enamorados. Para bailar en medio ladrillito -del piso- ciertamente.

    A decir verdad, esta chica no era su novia, ni siquiera estaban intentando nada, solo divertirse sanamente, bailar y reír. Le encantaba hacerlo con ella, porque era muy divertida. Hasta cómica, diría él. Tenía un carácter que Dios se lo guarde, era un cielo. Una personalidad avasallante en cierto sentido, pero con mucha dulzura y ternura y todo lo que se les ocurra que termine en “ura”. Desde hacía rato eran el centro de las miradas de los concurrentes, que les hacían rondas y hasta les pedían que se besaran, porque supuestamente eran una bella pareja. Pero no podía besarla, no se atrevería a hacerlo, porque… bueno, se trataba simplemente de su hermana. Si, su hermana Bea. La acompañó a esta fiesta debido a que recientemente, hacía solo una semana, “terminó” con el idiota de su novio. Si, el idiota, porque solo un tonto se atrevería a ponerle los cuernos con su mejor amiga, a una chica como Bea. Se los puso con la homenajeada, Flor Iraida. Pero todo fue una componenda entre ellas, Flor le contó a Bea que Jesús le estaba coqueteando descaradamente y se pusieron de acuerdo para ver hasta donde llegaba el tipo. Cuando Flor llamó a Bea para decirle que se estaban besando en su casa, Bea fue hasta allá y los agarró con las manos en la masa, es decir, con las lenguas en las bocas del otro. Enseguida lo mandó al carajo y Flor también, por descarado.

    Cuando Alejandro lo supo, pensó que en este mundo había cada imbécil… él no cometería un error así. Una chica como Bea, no porque fuese su hermana, no se la consigue uno todos los días, por ahí. Con decirles que entre todas sus amistades, compañeras de clases en el liceo y ahora en la universidad y sus amigas con derechos, no se conseguía ni siquiera una que le hiciera sombra, no solo a Bea, sino también a Soli -Soledad- su otra hermana. Y ni que hablar de su madre, Anaís, la mujer más hermosa del mundo. No lo decía solo él, lo decían todos los que las conocían, familiares, amigos, vecinos, sus profesores del liceo y especialmente sus amigotes.

    Hola, soy Alejandro, Ale para mamá y mis hermanas, soy el mayor de tres y feliz custodio de mis dos hermosas hermanitas. Pues bien, el idiota de Jesús se la pierde, pero entonces yo tuve que traerla a la fiesta, porque no le gustaba ir sin pareja. Desde los 15 no lo hacía. O tenía con quien ir o no iba. Y ya que vinimos juntos, nos divertiríamos y ya. La otra, Soli, si iba a fiestas ella sola, pero esa no le tenía miedo a nadie ni a nada.

    Llegada la hora de la música lenta, la del medio ladrillito, las luces desaparecieron y entraron las de neón negro. A mí, particularmente, se me notaban los interiores Wilson Athetlics -con suspensor anatómico Canguro- blancos, bajo el bluejean. Parecían fosforescentes y Bea se moría de la risa y le decía a todos que mirasen mi ropa interior brillar. Ella era así y yo la soportaba, no me quedaba de otra.

    – Quédate quieta, niña y vamos a bailar. Mira que se me puede notar a “mi mejor amigo” en rebeldía y entonces van a decir que soy vulgar. No jodas mucho – le decía, para apaciguarla.

    – Pero si yo no jodo, solo digo… jajaja, no te molestes conmigo, hermanito, diviértete – me respondía Bea.

    Entonces la tomé por la cintura, la atraje hacia mí para bailar una lenta canción que duraba un montón, Al Kooper – Lookin’ for a home, de 5:51 minutos de duración, solo para enamorados. Ella se abrazaba a mi cuello y yo hacía lo propio por su cintura y al poco estaba notando las miradas de envidia de los amigos, que me veían bailar así con aquella diosa. A ninguno ella se los hubiera permitido, solo a mí, su hermano mayor, su figura masculina y a alguno que haya sido novio de ella. Un ratico después empecé a sentir el dulce aroma de su perfume, la tibieza de su piel, lo agradable de su sudor, del tacto de sus dedos en mi cuello…

    – Contrólate, mira que no soy tu novio. La gente va a pensar que somos unos pervertidos – le dije, susurrándole al oído.

    – Pero si me abrazas así y me hablas de esa manera ¿qué puedo yo hacer? Yo sé que somos hermanos, pero tú estás más bueno que nadie, así que seré una pervertida… jajaja.

    Unas gotas de sudor rodaron por sus mejillas y yo las sorbí con mi lengua, disimuladamente. Ella se erizó con mi accionar y me dio un pellizco. Luego nos reímos a dúo. Hacia el final de la canción, ya “mi mejor amigo” pretendía rebelarse y traté de despegarme de ella, pero ella no me lo permitió. Le expliqué lo comprometido de mi situación y ella me dijo que no le importaba. Que le agradaba saber que causaba ese tipo de reacciones en un hombre, así fuese su hermanito querido. Le expliqué que era obvio que produjera esas sensaciones en los hombres, porque estaba buenísima y ella se reía de mis piropos.

    Poco rato después terminó la larguísima canción y el suplicio. Me despegué de ella y la tomé de la mano para salir al patio a respirar aire fresco y recobrar la calma. En mis pantalones, para variar, se notaba el “efecto Bea”.

    – Hermanito, pero ¿por qué te pones así? Soy tu hermana, no una de tus amiguitas “especiales”. Mejor te sacas la camisa por fuera, para ver si tapas esa cosa. Se te nota demasiado – me dijo con toda naturalidad.

    Yo, atribulado, ni siquiera respondí. Me saqué la camisa, que afortunadamente era de faldones largos y santo remedio. En eso hizo acto de presencia nuestra otra hermana, Soli, la menor. Venía con cara de pocos amigos.

    – ¿Y a ti que te pasa, Soli? ¿Por qué esa cara? ¿Alguien te molestó? – le pregunté, inquieto por verla así.

    – No, solo el idiota de Fernando, empeñado en besarme. Le di su rodillazo y se está revolcando por allá, detrás de aquella columna. A mí no me besa el que quiera, sino al que yo se lo permita.

    – Otro idiota más. Pero bueno ¿qué les pasa? ¿No son capaces de conquistar a una chica? – les dije, sin mucha convicción.

    – Lo que pasa es que no saben cómo tratar a una mujer; creen que somos sus panas, sus compinches y no es así. Para conquistar a una chica hacen falta buenos modales, sutilezas, halagos, pero no empalagosos. Estos van al punto. Esa carajita me gusta, entonces me la jamoneo. ¿Qué fue? – dijo ella, en descargo de su actitud.

    – Tienes razón, mi niña linda. Ven, vamos a bailar un ratico, como noviecitos, para que se te tranquilice el espíritu. Y tú, te quedas quietecita aquí. Me esperas ¿sí? – le dije a Bea, que estaba sentada en el banco junto a mí.

    Bailé con Soli, otra hermosísima chica, un poco menos desarrollada que Bea, quizás desarrollo retardado, pero que apuntaba a ser una mujerona. 18 años, medía 1.67 y pesaba unos 57 kg., pero su trasero y sus tetas aún no despuntaban como era regla en las mujeres de mi casa. Pero algo me decía que cuando se terminara de desarrollar, sería más voluptuosa que Anaís y Bea. Y era hermosa como ella sola. Su carita era preciosa, sin más calificativos. Y sus ojos color miel, como los de mamá, Bea y los míos, marca de fábrica.

    – Los vi a Bea y a ti bailando hace un ratico, antes de darle el rodillazo a Fernando. Parecía que te la estabas cepillando, no sé, digo yo, jijijiji – me dijo al oído, discretamente, con una cierta sonrisita…

    – Ya sabes cómo es Bea, se me pega como una lapa, se cuadra delante de mi cuerpo y se incrusta en mí. Le pido cordura y no me para. Y como está tan buena, todo el mundo se fija en ella. Me va a volver loco un día de estos. Menos mal que tú eres mejor comportada, porque ya todos te están mirando y no será por fea, precisamente – le respondí.

    Entonces la tremenda de Soli me enredó una pierna entre las suyas que me hizo trastabillar y casi caemos al piso. Y se soltó a reír a carcajadas.

    Así pasé la noche, bailando con mis dos hermosas hermanas, solicitadas por todos, pero ariscas, solo querían estar conmigo. Les pedí en varias oportunidades que se soltaran pero me respondían que en esa fiesta no había nadie que les interesara.

    A eso de las 3 am nos fuimos para nuestra casa. Subimos al Toyota Land Cruiser y recorrimos las escasas calles que nos separaban de casa. Al entrar, nos recibió Pepe, nuestro pastor alemán, incondicional de Bea. Ella se agachó a saludarlo y darle un beso y se fueron para el segundo piso, hasta su habitación. Soli y yo entramos a la cocina a beber agua para luego subir también.

    – ¿Le diste muy duro a Fernando? ¿Crees que le hiciste daño? – le pregunté, mientras bebíamos.

    – No fue muy duro, pero tenía que darle una lección. Yo no soy fácil, tiene que tener paciencia y estilo. Si me hubiera tratado bien, estaríamos besándonos todavía, porque él me gusta, físicamente hablando, pero tiene que ser más hombrecito – me respondió.

    – Si, tienes razón, es muy tonto. Bueno, feíta, vamos a dormir. Me doy una ducha y me acuesto. Hasta mañana – le dije, para despedirme.

    – Hasta mañana, peluchito, que duermas bien – me dijo y me dio un beso en la mejilla.

    Subimos y cada uno a su habitación. Poco después, una vez que ellas dos salieron del baño que compartimos, me metí para darme una ducha y acostarme fresco y limpio.

    Continuará…

  • Lluvia en Madrid

    Lluvia en Madrid

    Cuando me levanté de la siesta, miré por el balcón de la habitación del hotel, comprendí que iba caer tela de agua. Tardes de verano, ya se sabe que pasa con las tormentas y sus aguaceros intensos a la vez de imprevistos. Por suerte, mejor por precaución, siempre pongo en la maleta un chubasquero eficaz para estos golpes de agua que duran un momento. No sólo es la prenda impermeable, suelo acompañarlo con botas perfectamente preparadas para evitar que calen, nada mejor que una buena capa de grasa de caballo, por si fuera poco, un inmenso sombrero. Ya saben pacientes lectores, como esos personajes de algunas películas del Oeste, y especialmente entre los malos.

    Cuando abandoné el hotel, concretamente el madrileño Palace, salí con todo el pertrecho, hasta el conserje me miró desafiante como un fatal agorero. La noche se anunciaba, estaba oscureciendo, empezaban a encenderse las farolas, me encaminé a ritmo de paseo por Carrera de San Jerónimo hacia Puerta de Sol con la intención de comer algo y beber también, el estómago me estaba anunciando cierta gusa. Lo típico, ya saben, picar por aquí y por allí, algunas pichorradicas bien regadas con su correspondiente Rioja. Empezaron los primeros truenos, rayos y relámpagos que anunciaban la proximidad de la manta de agua. La verdad es que no me apetecía seguir por aquel barrio, que se iba despoblando al ver la que se avecinaba y la hora que era. Así que tomé la decisión de ir acercándome hasta el hotel poco a poco, y si fuera necesario ya haría alguna que otra parada para refrescar el gaznate y seguir dándole al comercio y el bebercio.

    Cuando estaba dando cuenta de media ración de ibéricos en La Taurina en mi camino de retorno, empezó a caer todo lo que no estaba en los escritos. Agua toda la del mundo, con ganas, prometiendo que duraría bastante hasta que escampara. Subiéndome el cuello del chubasquero y en plan chiquillo pisando charcos adrede, reinicié el camino de vuelta para el hogar hotelero. En el trayecto miraba como la gente quería resguardarse en portales o debajo de los salientes de los edificios.

    Al llegar a la puerta del hotel y justamente enfrente había un andamio y se arremolinaba la gente para protegerse de la lluvia, en aquel momento era ya un exagerado diluvio total. Seguía con mi desafío, tan chulo con mi sombrero, las botas y el impermeable. Mirando al personal en un momento mis ojos se cruzaron con otros, sonando en mi cerebro un chasquido, ojo, a esa chica la conoces. Era cierto, es de mi pueblo y nos habremos cruzado mil veces por la calle con un hola o un adiós. Su mirada me pedía caridad, o ayuda, échame una mano, o un no me abandones.

    Me acerqué hasta ella, con andares de salvavidas y más chulo que el ocho punteras

    —Hola, tú eres de mi pueblo, te conozco de vista.

    —Sí, de vista, mira como estoy, me parece me va a dar un jamacuco, me está escurriendo el agua por las piernas.

    Sabía que se llamaba Mónica, pues la había espiado en Facebook porque tenía algo, un no sé qué, que me llamaba la atención. Su estado en ese momento era lastimoso, el pelo totalmente mojado, chorreando al igual que su ropa, parecía que se había arrojado vestida en alguna acequia. Ella tiene unos ojos claros, de un color no muy definido, prevaleciendo un verde claro, muy hermoso. Es baja de estatura, diría que sobre el metro sesenta, muy delgada, sin grandes curvas y un pecho pequeño, que naturalmente no se le cae, ni se le caerá. Sin contar las apetitosas nalgas que me parece te piden el sóbame. Treinta y muchos diría que es su edad, nunca lo pregunté, ni lo pregunto. Ya saben como son estas cosas.

    Su camiseta la tenía totalmente empapada y adherida al cuerpo, destacando unos pezones marcados y tiesos por la lluvia fría y el nerviosismo de la incomodidad. Llevaba unos pantalones claros, tipo leggins, muy ceñidos pegados al cuerpo; no me paré a mirar con detenimiento. Un bolso en bandolera, su mano sujetaba una maletita con ruedas. Apenas llevaba maquillaje, algo de rímel que iba escurriéndose desde los ojos al principio de las mejillas, que ella intentaba controlar con un pañuelo de papel. Los labios carnosos y perfilados, daba la sensación, por momentos, que empezaban a coger un color morado, su cuerpo menudo empezaba a moverse con cierta tiritona.

    —¿En la maleta llevas ropa seca? —pregunté.

    —Sí, hoy empezaba mis vacaciones aquí en Madrid, la idea era alojarme en el apartamento de una amiga, me ha llamado hace nada comunicándome que viajaba urgentemente para Galicia, su padre había tenido un accidente laboral ¡Ya ves, menudo día!

    Agarré su mano que estaba helada, estaba temblorosa y empezaba, ella misma a encorvarse, su situación era de asustar. En ese mismo momento tiré de ella, casi corriendo, crucé la calle hasta la puerta de entrada del hotel. Una vez en la recepción me encaminé hasta el ascensor tirando de ella, según transcurría el tiempo más se temblaba y los labios se tornaban a un morado feo. Llegamos hasta la habitación que me costó abrirla por la situación que nos encontrábamos.

    —Voy al baño a prepararte una ducha caliente, vete quitándote la ropa, o mejor espero y lo haces en el cuarto de baño para evitar poner de agua perdido toda la estancia, y cuidado al entrar en la ducha no te escaldes.

    Mónica quedó detrás de mí, solamente emitió un sonido gutural inteligible que no supe entender. Cuando calculé que el agua estaba a la temperatura correcta me giré para que entrara al cuarto. Pero seguía vestida, encogida y temblorosa.

    —Quítate la ropa mientras busco un albornoz —la dije.

    —No puedo moverme, es imposible —mientras sus dientes castañeaban de manera incontrolada.

    —Está bien, te ayudo, no queda otro remedio.

    Tiré de su camiseta hacia arriba a la vez estirando sus brazos, ella apenas tenía fuerza para tenerse en pie. Al sacar la prenda como pude su sujetador se deslizó para arriba, dejando a la vista sus menudas y bien puestas tetas. En el centro unos pezones tiesos y duros, por el efecto del agua, la aureola muy oscura, pequeña y bien delimitada. Mantenía sus ojos cerrados, sus movimientos eran torpes y descontrolados. Me arrodillé delante y solté las tiras de las sandalias, por el efecto del agua habían quedado para el arrastre. Sus pies eran proporcionados a su altura, perfectos sin defectos ni protuberancias. Fui bajando sus pantalones evitando arrastrar con ellos la ropa interior. Estaban empapados siendo muy complicados bajárselos para extraerlos. Allí delante estaba sólo con un tanga blanco simple, sin ninguna concesión a la fantasía, un servidor de rodillas delante de ella, que seguía manteniendo sus ojos cerrados. Puse delicadamente mis dedos en las tiritas del tanga con ánimo de bajárselos, en una operación sutil por si hubiera alguna señal de rechazo. No la hubo. Al terminar la operación y sacar la prenda por los pies, elevé la vista a la entrepierna, su pubis estaba ralo poco poblado, no rasurado. Era como una pelusilla muy sexy que daba la sensación de niña traviesa que empieza a descubrir la vida.

    —¡Venga, a la ducha! Cuidado no te escaldes para terminar el día.

    La ayudé advirtiendo que tenga cuidado de resbalarse. A continuación, cuando observé que controlaba la situación acerqué un bote de gel y marché para el dormitorio.

    —Tú me avisas cuando termines para ayudarte.

    Después de un rato, no recuerdo cuanto, con voz debilitada anunciaba el final de la ducha. Me acerqué con una gran toalla blanca y la cubrí totalmente, a la vez frotada su espalda, hombros y espalda mientras ella secaba su hendidura íntima y piernas. Dándose la vuelta se percató que estaba recogiendo del colgador un enorme y acogedor albornoz, ella misma dejó caer la toalla a sus pies.

    Abrazada la llevé hasta la cama apartando el edredón. Se recostó y de manera delicada la tapé.

    —Descansa Mónica, voy hasta la cafetería para conseguirte algo caliente para arreglarte el cuerpo, aunque no lo necesites.

    Ella mostró en su cara media sonrisa de agradecimiento cerró los ojos y acurrucándose entre las sábanas se durmió plácidamente. Con un caldito caliente me presenté en la habitación al poco rato, seguía dormida, su cara reflejaba complacencia y no quise despertarla. La cama era muy amplia y ella ocupaba un lateral mínimo, toda acurrucada. Con sigilo, en el otro lateral, me acosté evitando hacer movimientos bruscos.

    A la mañana siguiente, cuando empezaba a clarear el día, desperté con cierta pereza, lo primero que vi fue su bonita cara que me miraba fijamente. Por un breve momento me pareció estar viviendo en el sueño imposible, su sonrisa en la cara me transmitió felicidad. Se la veía bien, lozana, fresca y descansada.

    —Gracias de verdad, no sé qué hubiera pasado ayer, has sido como mi ángel de la guarda.

    —Bueno mujer siempre queda urgencias, el Samur o el ropero de la parroquia —mientras me reía de manera socarrona.

    Incorporó sugestivamente su cuerpo, desplazándose sinuosamente hasta el otro lado de la cama, dándome un suave y cálido beso en la comisura de los labios y se acurrucó con cierto ademán mimoso entre mis brazos. Puso su pierna sobre mi cuerpo estirándose y colocándose estratégicamente encima del rabo reaccionando al instante, poniéndose en primer tiempo de saludo. Estaba un poco dubitativo si tenemos en cuenta que no nos conocíamos de nada, no sabía a qué carta quedarme. La agarré con fuerza de las nalgas que empujando hacia mí, mientras mi boca giró para buscar un pezón de Mónica. De manera traviesa empieza a palparme todo mi ser.

    —¿Te gusta, mi paisano? —Mientras su entrepierna buscaba ubicación en el cipote.

    Movió el asunto hasta lograr una erección tremenda, y se sentó encima de mi virilidad con decisión violenta, ella misma dejó sus ojos en blanco abandonándose al placer. En manera relajada pero pasional fuimos luchando por tocarnos, por acariciarnos buscando el clímax final. La lucha fue larga, pero sin brusquedades. Comprobé que cuando mordía sus labios vaginales se retorcía. Era su punto débil hacia el camino final del deleite. Sus pezones estaban a punto de explotar, duros desafiantes, totalmente hinchados. Sus sonidos guturales avisaban de su próximo orgasmo. Tensó todo el cuerpo, sujetó la respiración y de su garganta salía un sonido gutural de satisfacción. Un espectáculo insuperable, para seguir un momento de relajación. La cara interior de sus torneados muslos tenían ese brillo que da la humedad de sus flujos. Sus brazos me apretaron por el cuello y sólo dijo alto y claro:

    —¡Qué momento!

    Se levantó y dando saltitos se fue hacia la ducha, la que hace apenas unas horas vio su estado tan preocupante. Pasado un tiempo, no muy largo, volvió a la habitación totalmente desnuda, dirigiéndose a su maletita, de donde saco un tanguita muy pequeño negro. En nada se vistió con una camiseta roja y unos vaqueros cortos. Levantó su cara y mirándome con cierta mueca buscó provocarme.

    —¿Puedes andar? ¿Llamo al 112? ¿Vienes conmigo a desayunar por la Plaza Mayor chocolate con churros?

  • Samantha: Corrupción y perversión de una casada

    Samantha: Corrupción y perversión de una casada

    Eran apenas las 6 de la mañana y en una casa en medio de una colonia popular, los primeros ruidos hacían acto de presencia. Dichos ruidos provenían de la cocina, en donde se encontraba una mujer abriendo y cerrando el refrigerador, sacando diferentes tipos de ingredientes para poder preparar el desayunó mientras desde su teléfono se escuchaba una canción que ella tarareaba mientras se movía de un lado al otro usando sólo su recatado camisón para dormir, pero aun así dejando entre ver una visible silueta de su muy bien proporcionado cuerpo.

    -¡Haaam!… ay no, ya se me había olvidado lo que era levantarse tan temprano para hacer el desayuno- comentaba la mujer mientras con una de sus manos se tapaba su boca al bostezar.

    -Bueno, mejor me apuró a preparar el desayunó para que esté listo cuándo ese par se termine bañar. No quiero que se les haga tarde en llegar a su trabajo y escuela por mi culpa- terminó diciendo la mujer y se puso a picar unas verduras y comenzó a freír unos huevos en la estufa.

    Unos minutos más tardé, la mujer ya se encontraba acomodando la mesa con 3 platos y vasos mientras servía en ellos los alimentos.

    -¡Apurenseee!, ¡ya está el desayunó servido!- les gritaba a sus familiares dando los últimos toques al acomodo de los platos y vasos.

    -Buenos días Samantha, que rico huele todo. ¡Muack!- escuchó la mujer detrás de ella mientras sentía cómo una mano tocaba su espalda y sentía el contacto de unos labios en su mejilla.

    -¡Buenos días amor! Muchas gracias. Espero y no sólo huela bien, sino que también sepa rico jiji- le respondía Samantha a su esposo con una cálida sonrisa mientras lo abrazaba con ambas manos.

    -Sabes perfectamente qué sí. Tienes el mismo sazón que tenía tú mamá. De hecho, por eso me case contigo jajaja- decía su esposo de una forma bromista mientras se separaba de ella y tomaba asiento en la mesa.

    -Jajaja eres un tonto- le contestaba dándole un ligero golpe en el brazo a su esposo.

    -¡Auch! Sólo bromeaba mujer. Mejor ve y apura a tú hijo por qué no quiero llegar tarde a mi trabajo por su culpa- le decía su marido mientras tomaba el periódico para comenzar con su lectura matutina de lo más relevante que había pasado en la ciudad en las últimas 24 horas. Desde el rescate de un indefenso gato, hasta los cuerpos desmembrados que encontraron en algún terreno baldío con alguna narco manta.

    Roberto, el esposo de Samantha era un hombre bien parecido. Aunque ya rondaba los 36 años de edad, seguía manteniendo parte de su juventud gracias a que se ejercitaba regularmente, su estatura seria aproximadamente de 1.80 cm. Si bien los costados de su cabellera ya comenzaban a tener algunas canas. Esto en vez de hacerlo ver viejo, le daba un toque más masculino o eso era lo que decía su esposa y las compañeras de su trabajo que intentaban coquetear con él, pero sin tener ningún resultado ya que él siempre les recordaba que era un hombre casado.

    Provenía de una familia sumamente religiosa y educada a la antigua donde el hombre sale a la calle para proveer a su familia mientras que la mujer se queda en la casa para el cuidado de esta y de sus hijos. Si bien, no era tan posesivo con Samantha como su padre lo fue con su madre. Le gustaba ser el quien tuviera la última palabra sobre cualquier decisión que existiera en su casa. A lo cual Samantha no le resultaba conflictivo ya que ella también provenía de un núcleo familiar similar al de su esposo, así que le parecía de lo más normal o por lo menos así fue en sus primeros años de matrimonio.

    Samantha y Roberto se habían conocido en la Universidad. Ella estudiaba Contabilidad y él estudiaba Ingeniería civil dado a que su padre se dedicaba a eso y tenía que mantener esa tradición familiar qué más que una tradición parecía una obligación ya que a él siempre le había gustado la carrera de medicina, pero su padre nunca se lo permitió.

    Desde la primera vez que la vio quedo profundamente enamorado de ella. Y es que, aunque eran de diferentes facultades, el rumor de que había una chica hermosa que estudiaba Contabilidad, se regó como pólvora por toda la Universidad. Naciendo una curiosidad enorme dentro de Roberto, haciéndolo ir a conocer a esa chica, sólo para terminar rendido a sus pies.

    Aunque la competencia por el amor de Samantha era muy peleada ya que eran muchos los pretendientes que ella tenía. La apariencia y sobre todo la educación que Roberto le mostró a ella, fueron motivos suficientes para que el fuera el ganador de su amor.

    Si bien Roberto no era muy expresivo con sus sentimientos, lo recompensaba con su caballerosidad y sus detalles. Y no es que Samantha fuera una persona interesada, pero sabía que esa era la forma en la que él podía decirle lo mucho que la amaba. Lo sabía por qué su padre siempre fue así con su madre y ella siempre se veía feliz hasta su muerte sin saber Samantha que su madre vivió ocultando un triste y frustrante secreto.

    Aunque su romance escolar fue efímero ya que cuándo Samantha apenas entraba a la Universidad, Roberto ya estaba cursando su último año universitario, eso no hizo que ambos perdieran el interés ni el amor el uno por el otro. Es más, pareciera que todo lo habían planeado porqué mientras Samantha continuaba sus estudios, Roberto encontró rápido trabajo en su área, gracias a las amistades que su padre había obtenido a lo largo de su etapa como ingeniero. Durante esos años que su amada novia terminaba su carrera, el logro ahorrar una considerable cantidad de dinero. Y cuándo Samantha por fin egreso de su carrera de contabilidad con todos los honores posibles por ser la mejor estudiante, Roberto le propuso matrimonio, a lo cual ella entre lágrimas de felicidad le dijo que sí.

    No perdieron el tiempo y a los pocos meses de feliz matrimonio la pareja les informó a sus seres más cercanos que serían padres y así fue, a los 9 meses Samantha dio a luz a un saludable niño que decidieron llamar Daniel.

    Pero cómo todo en la vida, lo bueno no dura para siempre. A los 2 años de matrimonio, Samantha sufrió la pérdida de su padre a causas de un paro cardíaco.

    A la par de estos tristes acontecimientos un sentimiento comenzaba a crecer dentro de ella. Un sentimiento qué le pedía y le exigía el sentirse querida, sentirse amada, sentirse mujer, anhelar un poco más de afecto y de atención de su distante esposo. Pero este incapaz de demostrarle afecto, tan sólo se limitaba a darle una tenue caricia o un simple abrazó.

    No entendía en ese momento por qué ese sentimiento de anhelar afecto con el paso del tiempo sólo iba en aumento. En toda su vida nunca había necesitado afecto de una persona en específico. Es más, Roberto había sido su primer novio dado a que antes no le resultaba interesante el entablar alguna relación. Ella era feliz siendo el centro de atención ya fuera de la escuela cómo de cualquier lado en que ella se dignara a asistir.

    Tal vez este sentimiento se debía a qué se la pasaba todos los días encerrada en su casa. Dado a qué no pudo ejercer su profesión porqué se casó mal termino su carrera y a los pocos meses quedó embarazada de su hijo. Roberto le había prohibido el que ella ejerciera. Aparte con lo bien que le iba a su esposo, no era necesario el que ella tuviera que trabajar. Pero lo que en un principio le pareció una buena idea para estar al tanto de su casa y su amado hijo, poco a poco se fue convirtiendo en un martirio. El ver en sus redes sociales cómo sus ex compañeras de Universidad subían fotos y videos de los viajes qué ellas hacían, dado a que habían ejercido su carrera y eran autosuficientes. Le comenzaba a dar una mezcla de envidia y tristeza.

    Comenzaba a recordar que antes de casarse todo era diferente, salía muy a menudo a fiestas y viajes ya fuera con Roberto o sus amigas. Le encantaba esa sensación que sentía cuándo llegaba a algún lugar y todas las miradas iban dirigidas hacia ella. Si bien ella nunca fue vanidosa, su ego de mujer le pedía ser alimentado y ella gustosa lo hacía, vistiendo vestidos entallados y escotados, que dejaban a la vista de todos sus admiradores y detractoras, sus bien torneadas piernas y gran parte de sus generosos pechos sin contar que dado a que sus vestidos eran muy ceñidos, dibujaban de buena forma ese par de montañas de carne que tenía por nalgas. Le gustaba maquillarse, pero no en forma excesiva, tampoco era que lo necesitará, su rostro parecía haber sido esculpido por los mismos dioses. Sus labios carnosos le gustaba siempre tenerlos pintados de un color rojo intenso y suelto su abundante cabellera pelirroja natural que la hacian ver como si unas llamas adornaran su angelical rostro. Tenía una mirada seductora por naturaleza, que en más de una ocasión le había traído problemas con las novias de otros hombres que ella miraba, ellas pensaban que Samantha intentaba coquetear con ellos, pero eso no era así, tan sólo era su forma natural de mirar.

    A Roberto todas esas cosas no le terminaban de agradar en su noviazgo ya que sus padres veían con malos ojos que su novia vistiera de una forma tan “libertina”, decían ellos. Pero dado al inmenso amor que le tenía a Samantha, el aceptaba a regañadientes el que ella vistiera así. “Total, cuándo nos casemos esas cosas cambiarán” pensaba el hombre.

    Y en efecto, todo eso cambió desde el momento en que ella dijo, “Acepto”, delante del altar. Sus viajes se volvieron escasos por no decir nulos y las pocas veces que salían de viaje ya no podía divertirse como a ella le gustaba porqué tenía que estar cuidando al bebé. Esas miradas que recibía en sus años de Universidad, se volvieron miradas esquivas hacia su persona. Dado a que sus vestimentas ya no eran aquellos vestidos escotados y a media pierna ni maquillajes sensuales con su melena alborotada. Y no es por qué no le quedarán por su actual físico, al contrario, pareciera que el haber dado a luz nunca hubiera ocurrido. Su curvilíneo cuerpo seguía ahí. Es más, gracias al embarazo sus caderas se habían ensanchado un poco, haciendo que sus nalgas que ya antes eran prominentes, lo fueran aún más, sus pechos corrieron con la misma suerte aumentando un poco más de su tamaño, dando la ilusión que Samantha estuviera cargando debajo de su brasier un par de melones y su vientre plano daba la impresión como si jamás hubiera albergado ahí a un bebe. Era la viva imagen de un reloj de arena por esas curvas de infarto que había obtenido.

    Tan sólo era qué ella ya no brillaba cómo antes, esa mirada coqueta se había convertido en la de una mujer tímida e insegura que a la primera sonrisa que recibía de algún hombre volteaba la mirada por pena. Esos vestidos sexys se habían ido y ahora sólo usaba vestidos holgados qué no dejaban lucir su cuerpo como debería. Su maquillaje se había ido y el poco que usaba sólo era para poder ocultar las ojeras que le había ocasionado su hijo en esas noches de vela en las que no dejaba de llorar y su abundante cabellera, esa cabellera que parecía la de un león de fuego, la habían enjaulado en un simple chongo o cuándo le iba bien, en una cola de caballo.

    Su vida social se había acabado y aunque amaba con todo su corazón a su esposo e hijo. La verdad era que a ella le gustaría seguir saliendo con sus amigas a una fiesta, algún concierto o simplemente pasar una noche de pijamada contándose todos los chismes que se sabían cómo lo hacían cuándo iban en la Universidad. Pero ellas se habían ido, su esposo pensaba que esas amistades no eran buenas para su esposa ya que ellas solo la querían invitar a fiestas y eso no era propio de una mujer casada con hijo.

    Y no sólo su vida social había acabado sino qué también su vida íntima iba por los mismos rumbos.

    Las sesiones de sexo con su esposo cada vez iban de mal en peor. No es que fuera una adicta al sexo o algo así, pero cómo no hacía muchas cosas durante el día, esa energía que acumulaba necesitaba liberarla de alguna forma. Al principio de su matrimonio las sesiones de sexo o cómo ellos lo llamaban, ‘hacer el amor’ eran muy a menudo. No eran sesiones largas o satisfactorias plenamente para la joven casada, pero dado a que no tenía experiencia sexual más allá de Roberto, pensaba que el hacía las cosas bien, aparte el simple hecho de demostrarse cuánto se amaban era suficiente para mantenerla contenta.

    Pero luego el poco a poco se fue alejando de ella, argumentando que su trabajo lo consumía tanto que no tenía fuerzas para mantener el acto sexual. Sin mencionar que también él le reprochaba a Samantha que cómo podía pensar en esas cosas en esos momentos cuándo su única prioridad era el cuidado de su hijo. Que esos pensamientos no serían bien vistos por Dios.

    La joven esposa siempre buscaba apoyo con su madre, pero esta tan solo se limitaba a consolarla y decirle que las cosas pronto se solucionarían.

    Poco a poco el tiempo fue pasando y con él las inquietudes que Samantha sentía en un principio se fueron apaciguando.

    Su madre comenzó a visitarla más a menudo lo cual le servía de mucha distracción a ella y su pequeño Daniel, este también fue creciendo haciendo que ella se enfocara más en él y sus estudios, dejando poco a poco de lado sus necesidades sexuales y banales. También Roberto fue siendo más accesible y dejaba salir a su querida esposa con sus nuevas amigas que había hecho en la zona residencial en la que vivían, si bien sus amigas ya eran señoras que rondaban los 35 o 40 años a Samantha no le importaba. Ella se sentía cómoda con el simple hecho de poder platicar con otras mujeres de alguno que otro chisme que ocurría con los vecinos. Y había encontrado en el ejercicio una buena forma de liberar energía.

    De a poco ella fue asimilando que esta nueva vida no era tan mala como en un principio lo creía. Ya que tenía un esposo que la amaba con todo el corazón, así como ella lo hacía y tenían un hermoso hijo que había sido hecho del gran amor que ambos se tenían.

    En la vida de la familia Jauregui de a poco fue reinando la paz. Así pasaron 8 años en los cuales los 3 vivieron felizmente hasta que un día una terrible noticia llego a su puerta. A Don Antonio el padre de Roberto le habían detectado cáncer en los pulmones. Roberto como hijo único, se hizo cargo de todos los trámites para que su padre tuviera las mejores atenciones en los mejores hospitales no solo del país sino también del extranjero. Claro que para eso tuvo que echar mano de los ahorros familiares ya que dichos servicios no saldrían nada baratos. Samantha sin dudar un segundo apoyo esa decisión. Si bien sus suegros no eran muy de su agrado, les tenía mucho respeto y cariño. Así que, sin más, Roberto comenzó a gastar todos sus ahorros en busca de que algún medico u hospital pudiera ayudar a su padre. Pero para desgracia de él, ya nada podía hacerse, la enfermedad ya estaba muy avanzada y la edad de su padre ya no era apta para soportar algún tratamiento.

    Y así 1 año y medio más tarde su padre partió de este mundo. Fue un dolor muy fuerte para toda la familia y más sabiendo que gastaron prácticamente todos sus ahorros y ni con eso pudieron salvarle la vida. Aunque Roberto sabía que en su trabajo recuperaría ese dinero en poco tiempo… o eso creía.

    A los pocos meses de esos acontecimientos, una noticia sacudió el mundo. Era el virus que afecto en un principio el lado oriental del mundo y poco a poco fue afectando a todo el mundo a tal punto que se entró en una cuarentena mundial.

    Samantha y Roberto creían que eso sería solo de un par de meses y todo volvería a la normalidad, como todos lo creíamos. Pero con el pasar del tiempo se dieron cuenta que no sería así. Sus desgracias aumentaron cuando la madre de Samantha cayo en cama por dicha enfermedad y por lo reciente de la enfermedad no pudieron hacer nada los médicos para salvarla. Y lo peor para Samantha es que no se pudo despedir de ella por última vez dado que en ese entonces se prohibía el contacto con cuerpos infectados.

    La familia Jauregui se encontraba en tristeza total cuando unos meses después a Roberto le llego otra pésima noticia. La empresa para la que había trabajado siempre, se había declarado en bancarrota. Así que ya no tendría una fuente de ingresos con la cual pudiera proveer a su familia. Aparte con lo gastado que había quedado con el tema de su padre, apenas y podrían sobrevivir unos cuantos meses más con los ahorros que les quedaban.

    Samantha le propuso a Roberto el mudarse a la casa que su madre le había dejado como única herencia. Si bien la casa no era de lujos y esta se encontraba localizada en una colonia popular de la ciudad, los gastos económicos bajarían considerablemente. Roberto en un principio había rechazado esa propuesta de manera inmediata. El solo hecho de pensarse viviendo en un lugar así cuando tenía todas las comodidades en su actual casa lo hacía sentirse derrotado. Sin contar que el aceptar eso, sería como el aceptar que no fue lo suficientemente hombre para poder darle el estilo de vida que su familia se merecía.

    Pero mientras más pasaban los meses y la pandemia parecía no tener fin, sus ahorros entraron en números rojos y Roberto continuaba sin poder conseguir algún empleo. Así que con su orgullo lastimado termino aceptando la propuesta de su esposa.

    A las pocas semanas la familia ya se encontraba terminando de acomodar todos sus muebles en la que sería su nueva casa.

    Samantha no podía dejar de sentir cierta felicidad al estar en la casa donde vivió toda su infancia con sus padres. En sus adentros era como volver a estar en casa. Si bien tenía muchos años de no haber regresado ahí, el aroma y los recuerdos seguían intactos.

    Los meses pasaron y con ellos un par de noticias buenas al fin llegaron. Y es que las autoridades de salud habían dado luz verde para poder volver a la normalidad o por lo menos ya no estar encerrados todo el día. Aunado a eso Roberto pudo conseguir empleo, no era una empresa de renombre como en la que estaba antes ni su sueldo era tan jugoso, pero el por fin encontrar empleo después de meses, ya era más que suficiente. Sabía que, si hacía unos buenos trabajos en esa empresa, le podrían aumentar el suelo u otra empresa más importante lo podría contratar así que no tenía mucha preocupación en ese sentido.

    Por el lado de Daniel, ya había cumplido 12 años así que buscaron una secundaria a la cual pudiera ingresar y que no estuviera muy lejos de su casa. Aunque tanto a Samantha como a Ricardo les encantaba la idea de que su hijo siguiera estudiando en alguna escuela privada. La economía actual no les permitía eso. Así que Samantha se decantó por inscribir a su hijo en la misma secundaria a la que ella fue en su época de pubertad. Y así la familia Jauregui estaba lista a volver a la vida normal.

    -¡Daniel!, ¡Mi amor!, ¡Apúrate que se te va a enfriar el desayuno!- su madre le gritaba desde las escaleras a su retoño para que bajara rápido y su padre no lo fuera a regañar. Lo que menos quería era comenzar la mañana con una discusión entre ambos.

    -¡Ya estoy aquí mami, tranquila!- decía el puberto sin dejar de mirar su teléfono mientras bajaba las escaleras.

    -¡Que hermoso te vez con ese uniforme mi amor!- Samantha le decía a su hijo mientras lo abrazaba y le daba un beso en su frente.

    -¡¡Mamaaa!! Ya no soy un niño para que me trates así- le respondía el chico sacando su rostro de entre los enormes pechos de su madre. Y es que Daniel a diferencia de su madre y padre. La genética no le había favorecido mucho. Era un chico de estatura baja y complexión algo robusta, usaba anteojos y por la edad, su rostro estaba plagado de barros y espinillas. Era el típico chico raro. Su vida la pasaba jugando video juegos, viendo caricaturas y en la noche algún hentai o entraba en foros donde otros chicos subían fotos de algunas chiquillas pendejas que les pasaban el pack.

    -¡Daniel, apúrate a desayunar que no quiero llegar tarde al trabajo, hoy tengo una reunión sobre el nuevo proyecto y no quiero que tampoco tu llegues tarde a tu primer día de clases!- Su padre le gritaba desde la mesa sin dejar de ver el periódico.

    -Ya escuchaste amor, tu padre quiere nos apuremos o nos va a regañar jiji- una bromista Samantha le decía a su hijo mientras lo tomaba de la mano para llevarlo hasta la mesa.

    Ya estando en la mesa los 3 desayunaron como cualquier familia. Samantha emocionada le daba tips a su hijo sobre la escuela y le comentaba las anécdotas y travesuras que ahí hizo. Todos reían por las ocurrencias que ella hizo en su época de pubertad. Hasta que Roberto vio el reloj y le dijo a su hijo que ya era hora de irse.

    Samantha se despidió de su hijo con un beso en la frente y de Roberto con un tenue beso en los labios.

    Viendo recargada desde la puerta como el auto se perdía entre los demás carros y camiones que a esa hora también comenzaban su vida laboral, Samantha no pudo ocultar ese vacío que sintió en el estómago. Y es que volverse a sentir sola después de estar tanto tiempo juntos todos los días por la pandemia le daba cierta tristeza.

    Estaba en esos pensamientos cuando un pitido de un auto acompañado de un chiflido la hicieron volver en sí y recordar la vestimenta que traía puesta. Si bien su camisón le llegaba apenas un poco arriba de las rodillas y no tenía ningún tipo de escote generoso como para considerarlo sexy. Lo que si tenía era que le quedaba un tanto pegado en específico de sus pechos, caderas y nalgas. Y no es que la talla de su camisón fuera una talla más chica, tan solo que sus proporciones en esas áreas de sus cuerpos eran de un tamaño mayor al promedio.

    Samantha con un muy visible color rojizo en su rostro, rápidamente dio la media vuelta y entro a su casa, cerrando la puerta detrás de ella.

    La mujer casada intento tranquilizarse un poco, mientras recordaba que ese tipo de insolencias no ocurrían en su antigua casa. Rápidamente recordó cuando ella era más joven y vivía ahí como cada vez que salía de su casa recibía una que otra leperada de algunas personas. Por lo general eran personas de la clase obrera las que se referían a ella con piropos, unos chistosos y otros subido de tono. Si bien en aquellos años, dichos piropos no le desagradaban del todo y hasta algunos le parecían interesantes. Ahora no le parecían propios para una mujer casada y madre. Así que mientras se dirigía hacia su habitación para cambiarse de ropa, pensaba en no darle pie a que ese tipo de gente le volviera a faltar el respeto. Así que evitaría el salir a la calle como lo había hecho hace algunos minutos.

    -No tengo tiempo de darle mucha importancia, mejor me apuro a limpiar la casa para que la comida este lista cuando llegue de la escuela mi vida. Sirve que me cuenta que tanto cambio la escuela desde que yo estudiaba ahí jijiji- termino diciendo Samantha en tono como si de un gran chisme se tratara mientras se dirigía a su habitación para cambiarse de ropa.

    A unas cuadras de ahí, en los portones de la escuela secundaria. Un hombre supervisaba la entrada de los alumnos. Por la cara de pocos amigos que tenía, pareciera que lo tenían ahí en contra de su voluntad. Tan solo a las alumnas y alguna que otra madre que llevaba a su criatura, se dignaba a saludar con una sonrisa de oreja a oreja y algún piropo según el cautivador pero que ante los ojos de ellas solo les causaba gracia. Porque a los hombres solo se limitaba a regresarles el saludo de mala gana o simplemente ignorarlos.

    El tipo iba vestido con un pantalón sastre de color café ya muy degastado, una camisa un tanto percudida de manga corta. Mientras que los botones de su camisa hacían lo posible por no salir disparados y es que la prominente barriga repleta de lombrices y sabrá Dios que más parásitos llevaría dentro, hacían que la camisa le quedara extremadamente entallada. Era tanto que claramente se podían dibujar sus pechos que rivalizaban con los pechos de las estudiantes más desarrolladas de la escuela. El aspecto su rostro no era muy diferente al de su ropa y su cuerpo. Carecía de cabello en la parte más alta de su cabeza, tan solo tenía cabello alrededor de esta como una coronilla, tenía unos enormes cachetes que parecía más un bulldog viejo que una persona. Tenía un bigote muy descuidado con una enorme verruga en su nariz. Si alguien les dijera que era un espécimen que se había escapado del museo de criaturas mutantes que se ponía cada año en la feria local, todos lo habrían creído.

    Mientras el viejo mastodonte se mantenía maldiciendo por dentro el tener que regresar a clases, pudo sentir como una mano le impactaba en su calvicie.

    -¡Que paso pinche mantecas! ¿Tan temprano y ya te andas echando un taco de ojo con las nalguitas?- le decía un tipo con un overol lleno de parches por lo viejo y usado que estaba. Se trataba del conserje de la escuela. Un tipo que, al contrario del otro espécimen, este pareciera que sufría de algún tipo de desnutrición severa. Pareciera que tu piel estaba completamente pegada al hueso, tan solo una panza cervecera era la que hacía bulto bajo su viejo overol.

    -¡Que traes mendiga calaca! Ya te dije que delante de los alumnos y padres de familia no estes chingando. No ves que soy el director y tengo que dar buena imagen- Le respondía el viejo con un tono de molestia ya que vio como unas alumnas vieron el zape que le dio su amigo el conserje y comenzaron a reír.

    -Ta’ bueno, mi director, una disculpa- en tono de burla le decía el conserje. -Pero si andas viendo si hay buenas nalgas o porque andas aquí parado como pendejo tan temprano con este frillazo?- Se volvía a dirigir al director con ese lenguaje tan soez. Y es que entre ambos existía una gran amistad de años. Y esa era su forma habitual de hablarse.

    -Pendeja tu puta madre, pinche cerillo con patas. Si estoy parado aquí ahorita es porque la Secretaría de Educación nos pidió a los directores de todas las escuelas el estar en el portón a primera hora para darle la bienvenida a los alumnos y así tener buena imagen con los padres de familia. Puras pendejadas de esos cabrones- En un tono molesto quee comentaba a su amigo

    -¡Jajaja! Puras mamadas con esos cabrones mi buen Rigo. Pues tú que les haces caso. Mejor vámonos a tu oficina a chingarnos un cafecito. Sirve y de ahí vemos más a gusto las nalgas de las alumnas- decía su amigo mientras le daba un jalón de su brazo para intentar meterlo a la escuela.

    -No puedo pinche Goyo. Esta orden viene desde mero arriba y si la desobedezco me pueden quitar el puesto. Ya viste que antes de que empezara la pandemia los dirigentes se enteraron de que les subía las calificaciones a las alumnas si se me mandaban regalitos. Y uno de los dirigentes que es mi compa me dijo que el pitazo vino de alguien que trabajaba dentro de la escuela, pero no me pudo dar nombres porque a el tampoco se los dijeron. Hay un cabron o cabrona que me quiere torcer para quedarse con mi puesto, pero ni madres que se los voy a dar. Por eso ahorita tengo que hacer todo lo que esos pendejos me digan en lo que salgo de su mira- le murmuraba casi en el oído como si alguien los estuviera vigilando.

    -No pues si esta cabron. Ni pedo, nomás te toca aguantar vara. Entonces me quedo aquí un rato contigo para ver la nueva mercancía jejeje- su fiel compañero puso una mano en su hombro en señal de apoyo mientras miraba a cuanta jovencita le permitían sus degenerados ojos.

    Mientras tanto en el coche de Roberto. Padre e hijo venian teniendo una amena conversación hasta que llegaron a la escuela.

    -Muy bien hijo, vamos, te llevare a la entrada para que te digan en donde queda tu salón- le decía a su hijo mientras le quitaba las llaves a su auto y bajaba de este con su hijo.

    -Mira nada más el carrazo que trae ese wey- un asombrado Rigo le decía a su tilico amigo.

    -Me cae de a madres que en un carro de esos se nos subirían un chingo de culos. Lástima que con tu pinche sueldo de director nomas te alcanza para la carcacha que traes jajaja- expresaba de forma burlona el conserje

    -Pero al menos tengo carro no como tu pende… – Rigo apenas iba a terminar su frase cuando vio delante de ellos a Roberto.

    -Buenos días, disculpe mi hijo es de nuevo ingreso y quisiera saber si me podría ayudar en encontrar su aula- Mientras Roberto de forma amable decía eso, extendía su mano hacia el director en forma de saludo.

    -Bu… bu… buenos días, claro que sí, soy el director de esta escuela, Rigoberto Ruiz Nuñez, para servirle. Permítame ver su hoja para checar en cual aula le toco a su hijo- Rigoberto de una forma torpe le daba la mano. Y es que el porte que tenía Roberto, imponía respeto a la mayoría de personas, y este par de infelices no serían la excepción. Aparte el verlo bajar de ese auto de lujo y con el traje de marca que llevaba puesto le daba la impresión que se trataba de alguien importante que prefería tener de amigo. Tal vez y algún beneficio podría tener en algún futuro, pensaba el obeso director.

    Roberto le dio la hoja donde venia el aula en donde le había tocado a su hijo. El director intercambio un par más de palabras con Roberto. Luego tomo del hombro a Daniel y el mismo fue quien lo llevo hasta su aula. Mientras que en una banca se encontraba un grupo de chicos que no perdían detalle de Daniel, desde que bajo de ese auto con un hombre bien vestido y como este era escoltado hasta su salón por el mismísimo director de la escuela.

    -Al parecer hay nuevo niño consentido en la escuela. Le tenemos que dar una buena bienvenida no creen?- decía uno de los chicos que pareciera era el líder del grupo ya que al terminar su frase los demás de manera inmediata le respondieron que si al unisonó entre risas.

    Algunas horas más tarde en la casa de Samantha. La bella casada terminaba el aseo de su hogar y se dirigía a la cocina para ver que ingredientes le faltaban para preparar la comida. Había pensado que sería buena idea el prepararle la comida favorita a su hijo por su primer día en la Secundaria. Así que apuntando en una hoja las cosas que le faltaban, tomo su bolsa de mandado, y ya se disponía a salir cuando de reojo se vio en un espejo que tenían por el pasillo que daba a la puerta principal. Mientras se miraba en el espejo, no puedo evitar esbozar una ligera sonrisa mientras lleva la palma de su mano derecha a su frente y movía su cabeza en forma de negación.

    -¡Ay, Samantha! ¿Como se te iba a ocurrir salir así a la calle?- Se recriminaba a ella misma en un tono de burla.

    Y es que la ropa que llevaba puesta era un pequeño short tipo licra de color rojo, que, en el cuerpo de cualquier otra mujer, este le quedaría a media pierna, pero en el cuerpo de Samantha era diferente. Y es que debido a que era poseedora de unas piernas grandes, pero bien torneadas y un par de prominentes nalgas, el short se subía hasta el inicio de sus nalgas y cuando se agachaba para limpiar la parte baja de algún mueble o sacar el polvo que se acumulaba debajo de las camas el short subía aún más incrustándose entre sus nalgas, dando la imagen como si de una tanga se tratara. Sin contar que, por enfrente, sus labios vaginales se marcaban perfectamente sobre el short. Era una maldición o por lo menos eso era lo que ella decía ya que su vagina era de las que tienen unos labios vaginales grandes que con cualquier ropa ajusta estos salen a la vista haciendo la famosa, “Pata de camello”. Por ese motivo desde secundaria había evitado el usar el short de educación física y cualquier pantalón o leggins que fuera de licra. Ya que era muy vergonzoso el ver como sus compañeros no le quitaban los ojos de encima y sus compañeras la vieran como bicho raro. Aunque su maestro de educación física de ese entonces que se llamaba Rigoberto, siempre la alentaba para llevar su short diciendo que era algo normal, ella siempre lo catalogo como un gran maestro y amigo que la apoyo mucho. En la parte superior llevaba puesto una blusa de tirantes de color blanco la cual usaba sin brasier haciendo que cuando se le mojaba un poco la blusa esta hacía que se les transparentaran su par enormes pechos, la blusa quedaba como ombliguera, dejando al descubierto parte de su vientre.

    Aunque ya había tenido ciertos problemas con Roberto por el uso de esa ropa, a ella no le importaba mucho ya que solo la usaba cuando hacia el aseo de la casa y por lo general siempre estaba sola. Solo a veces estaba su hijo, pero este se encerraba en su habitación para jugar algún video juego y ni caso le ponía. Aparte esa ropa se le hacía muy cómoda para hacer ese tipo de actividades.

    Samantha rápidamente subió a su habitación y buscando en su armario, saco una falda de vuelo que le llegaba a media pantorrilla. De la parte superior solo decidió ponerse una ligera sudadera con cierre por enfrente sobre su blusa ya que era bien sabido que ella odiaba usar brasier, aparte ni falta le hacían ya que a sus pechos la fuerza de gravedad no les hacía ningún efecto. Ellos seguían igual que erguidos como en sus épocas de universidad, ni pareciera que ya había dado a luz a un niño.

    Subiendo el cierre hasta arriba y tomando su bolso, volvió a bajar y pasando de nueva cuenta por el espejo se dio una checada y con una sonrisa de aprobación salió de su casa, si bien aún con esa sudadera y esa falda cualquiera que la viera tendría una muy buena de vista esos pechos y nalgas que se lograban formar debajo de esas ropas, ya no era nada comparado a la exquisita visión que hubiera dado si hubiera salido con la ropa anterior.

    La candorosa casada caminaba por las calles de esa colonia, mientras iba entrando en diferentes locales para comprar los ingredientes que necesitaba. Así como también de vez en cuando algún rostro familiar de su niñez la reconocía y la saludaba, por lo general eras mujeres ya grandes las que la saludaban y que eran amigas de su difunta madre. Así continuo Samantha sus mandados hasta que mientras miraba su hoja para ver que ingredientes le hacían falta una voz familiar la hizo girar su rostro hacia la dirección de donde provenía esa voz.

    -Hola Samantita, ¿Cómo estas mi niña?- le decía aquella voz a los lejos

    -¡Doña Carmen!, ¡Hola!, muy bien y usted como esta?- respondía Samantha con una muy sincera sonrisa a la mujer que se iba acercando.

    -Pues aquí seguimos que es lo importante. Ya tenía años sin verte muchacha te me habías escondido muy feo- diciendo esto último en un tono serio mientras cruzaba sus brazos la señora.

    -No es eso Doña Carmen, solo que nuestra anterior casa nos quedaba prácticamente de orilla a orilla de la ciudad y con la escuela y las clases de natación e inglés de Daniel, no nos daba tiempo de venir para acá- argumentaba la casada con un tono de sinceras disculpas como si hubiera hecho de verdad algún crimen.

    -¡Jajaja! No te creas mi niña, solo bromeo. Pero si me dio gusto verte de nuevo. ¿Y qué andas haciendo por acá y con esa bolsa de mandado?- le decía la señora un tanto intrigada señalando la bolsa.

    -Es que nos mudamos a la casa de mis papas Doña Carmen. A Roberto le salió un nuevo trabajo y la casa de mis papas le quedaba más cerca de aquí.- le comentaba la casada. Si bien en parte era cierto eso que le dijo. Aun le daba cierta pena el decir que se habían cambiado de casa por los problemas económicos por los que estaban pasando.

    -¡Que felicidad mi niña!, así te podre ver más seguido, aparte a tu mama le hubiera encantado que su casa fuera habitada de nueva cuenta por su hija y su nieto- una entusiasmada mujer lo decía. Y es que Doña Carmen había visto crecer a Samantha desde que ella aun usaba pañales. Y Samantha desde muy pequeña le había tomado un afecto especial a Doña Carmen como una segunda madre ya que la mujer por desgracia había resultado que era infértil. Así que desde que vio a la pequeña Samantha y aunado que era gran amiga de su madre, ella la crio y cuido como su hija desde entonces.

    -¡Si, Doña Carmen! Le prometo que nos veremos muy seguido como en los viejos tiempos- reafirmaba una alegre Samantha.

    -Así se habla mi niña. Por cierto, en mi casa tengo un localito donde vendo ropa. Tendrías que darte una vuelta para comprarte ropa más joven como tú. ¿Qué es eso de andar usando esos harapos para salir a la calle? Ya ni yo que estoy más vieja que tú me visto tan fodonga- decía la señora mientras se daba una vuelta dando a entender que le estaba modelando. Pero más bien parecía un trompo dando vueltas. Y es que la señora era chaparra y gorda, en realidad tenía la forma de un trompo de tacos al pastor.

    -Ay Doña Carmen que mala es jijiji. Yo ya no estoy para usar ropa destapa, ya no estoy en esa edad y aparte no es propio de una mujer casada y con hijo- respondía Samantha con cierta timidez. Y es que, aunque muy en el fondo si le gustaría vestir de vez en cuando más joven, ya no se sentía físicamente atractiva, ya que no recordaba la última vez que su marido le había hecho algún cumplido hacia su físico. Y aparte a Roberto tampoco le parecía correcto el que ella saliera con algún pantalón entallado, vestido a media pierna o blusas escotadas.

    -¡Tonterías!. Ya no estamos en esa época donde teníamos que salir bien tapadas, mijita. Es para que salgas vestida como tú quieras sin miedo al que diran. Es más, desabróchate esta cosa que ni frio está haciendo. Es más, está haciendo calor- mientras decia eso la señora, con una mano le baja el cierre de la sudadera completamente.

    -¡Espere doña Carmen!- una asustada Samantha le decía a la vieja. Y es que debajo de la sudadera solo llevaba su blusa de tirantes sin brasier. Samantha al sentir el tenue aire veraniego golpear contra su pecho no pudo evitar el llevar ambas manos hacia sus pechos en autentico reflejo de protección ya que se sentía vulnerable a las miradas de cualquier curioso que pasara por ahí en ese momento.

    Doña Carmen no pudo evitar el sonreír al ver ese par de melones que Samatha escondía debajo de su blusa y que le recordaron esas anécdotas que ella tenía con la madre de Samantha en su juventud. Donde ella la alentaba a mostrar más su bello cuerpo, pero la mujer al igual que su hija le decía que el andar mostrando de mas no era propio de una mujer casada.

    -”Ay Samantita, vaya que si heredaste el cuerpo de tu madre y por desgracia también esas anticuadas costumbres. Pero hare el intento de hacerte cambiar esos pensamientos para que puedas vivir más plena y feliz, así como tu madre también le hubiera gustado vivir”- pensaba la viejita

    -Bueno mija, vamos a mi casa para que veas la ropa que tengo. De hecho, ayer me llego nueva mercancía que de seguro en ti se verán hermosos- decía la señora mientras con una mano jalaba a la casada.

    -Espere Doña Carmen. Ahorita no puedo, tengo que terminar de comprar las cosas que me hacen falta para hacer la comida. Quiero tener la comida lista para cuando Daniel llegue de su primer día de escuela- respondía Samantha mientras detenía el andar de la señora.

    -Eso me gusta de ti muchacha, que sabes tener tu casa en orden. Bueno mija, te dejo para que termines de hacer tus mandados. Y nada de andarte subiendo el cierre, no estás haciendo nada malo- la viejita le decía a Samantha mientras le daba un beso en la mejilla y comenzaba a alejarse de ahí.

    -¡¡Es… es… espere… Doña Carmen!!- una avergonzada Samantha le gritaba a la señora. Haciéndole señas con una mano de que regresara mientras con la otra mano intentaba cubrirse lo más que podía sus pechos.

    -¿Qué paso muchacha? No me digas que te molestaste porque te hice eso- la señora le preguntaba a la joven mientras apuntaba hacia su sudadera.

    -N… n… no, no es eso, aunque si me tomo por sorpresa. Solo quería preguntarle si aún vive donde mismo y que si me podría pasar su número de teléfono para estar en contacto y que me diga a que horas puedo ir a su casa- Samantha sacaba su teléfono de una de las bolsas de su suéter y se metía a la opción de agregar un nuevo contacto telefónico.

    -Es cierto. Se me habían olvidado esas cosas jajaja. Si mija, ahí donde mismo se encuentra tu humilde casa. Tú puedes ir a cualquier hora que quieras después de las 4 de la tarde mi amor. Y mi número es…- le dictaba la mujer a Samantha y esta se apuraba a teclear los números.

    Después de intercambiar números Samantha y Doña Carmen se despidieron de un beso en la mejilla, después la señora se alejó de ahí. Mientras nuestra joven casada metía su teléfono en la bolsa de su suéter bajaba su mirada hacia sus pechos.

    -”Tal vez Doña Carmen tenga razón. No está mal el salir un poco destapada a la calle. Además… no es como que alguien me vaya a mirar, ya soy una señora. Los hombres solo están en busca de jovencitas. De seguro el tipo que mi chiflo y me pito en la mañana lo hizo en forma de burla”- pensaba la mujer, aunque sin que ella se diera cuenta con un poco de decepción.

    -Aunque a la próxima me pondré brasier, me siento extraña de salir sin brasier a la calle. En voz baja se decía Samantha mientras se subía el cierre de la sudadera a la altura de su ombligo. Según ella eso era para que el suéter no se moviera tanto y le tapara un poco más de sus pechos. Lo que no sabía es que solo haría que fuera más visible el bamboleo de sus pechos al caminar.

    Apenas empezó a caminar y se dio cuenta de este detalle. Y cuando se disponía mejor a subirse el cierre completamente, sintió como su celular comenzó a sonar dentro de su bolsillo. Rápidamente tomo su celular y vio que era un mensaje de su amado esposo. Con alegría lo abrió y grande fue su sorpresa cuando leyó en el mensaje, “Cariño, espérenme para comer juntos”. Le dieron ganas de marcarle en ese preciso momento y decirle que claro que si lo esperarían. Y ese que Roberto tenia a cargo una construcción muy importante por la que casi no estaba en casa. Salía temprano de casa y llegaba muy tarde por lo que la interacción entre ambos se había vuelto un tanto distante. Por lo que el tenerlo más tiempo en casa le causaba mucha alegría a Samantha. Pero entendió que si él le había mandado un mensaje en vez de llamarle era porque estaba ocupado así que decidió responderle con un mensaje diciéndole lo feliz que le hacía leer eso. Pero ya no recibió respuesta de su esposo. -“Al parecer si estaba ocupado”- pensó Samantha.

    -Bueno, no importa. Con saber que vendrá a comer con nosotros es más que suficiente- se decía la alegre casada con una sonrisa de oreja a oreja, reanudando su andar hacia la frutería, olvidando el detalle de su sudadera.

    Mientras caminaba no pudo evitar darse cuenta que algunos hombres la volteaban a ver más de la cuenta. No le quiso dar mucha importancia a ese detalle. Pensaba que tal vez se debía a que nunca la habían visto por el barrio. Así que mejor deicidio solo responderles esas miradas con un, “Buenos días”. Así tal vez la dejarían de ver tanto y entenderían que era nueva en el barrio, pensaba ella.

    Lo que no sabía la ingenua Samantha es que esos hombres ni cuenta se daban de los buenos días que ella les había dado. Esos hombres solo miraban el bamboleo tan erótico de sus enormes tetas que le regalaba a cualquiera que volteara a mirarlas. Era prácticamente hipnotizante. Pareciera como si ese par de melones hablaran y les dijeran a todos que no apartaran sus vistas de ellas.

    Después de algunas otras miradas y unos buenos días, dichos por ella, Samantha por fin llego a su destino. Se le hizo raro entrar y ver que el local se encontraba solo.

    ”Tal vez por ser lunes todas las amas de casa fueron desde temprano a comprar su mandado” pensaba la casada.

    -¡Buenos días!- Samantha saludaba al hombre que estaba detrás del mostrador leyendo el periódico.

    -Pues no sé qué tengan de buenos- le respondía el señor de mala gana sin quitar la vista de su periódico mientras tomaba un cigarro de una corcholata que le servía de cenicero.

    -¿Disculpe?- en un tono un tanto molesto y sarcástico, la mujer le preguntaba al hombre.

    -Que nada seño, dígame que quier… – decía el hombre mientras bajaba su periódico para atender a tan impertinente mujer que no lo dejaba leer su periódico tranquilamente, pensaba él. Pero grande fue su sorpresa al darse cuenta que la mujer que tenía delante de él, no era una ama de casa como las que muy regularmente le tocaba atender todos los días, ya entradas en años y también estradas en grasas. Si no que se trataba de una hembra que era todo lo contrario a esas mujeres. Esta hembra más bien parecía una modelo de esas que salen en concursos de belleza que transmiten en televisión, pensaba el hombre. Fue tanta la sorpresa de aquel hombre que ni pudo terminar lo que le estaba diciendo al portento de mujer que tenía delante. Tanto así que hasta su cigarro que sostenía entre sus labios, cayó al suelo en el momento que su boca se abrió por el asombro que le provoco esa mujer.

    -¿Le sucede algo?- preguntaba Samantha, extrañada. Ya que desde su perspectiva más bien parecía que aquel hombre había visto al mismo diablo. Que, tomando en cuenta el rojo de su cabello, si lo pareciera. Pero de una demonia que incitaba al pecado carnal.

    -S…i, si, si. Todo más que bien, señorita- decía un ahora más amigable y jovial hombre.

    -Que extraño. Es que ahorita que entre lo note molesto, pero de la nada ya parece estar de buen humor- una incrédula Samantha le decía al viejo mientras que esta llevaba su mano derecha a su mentón mientras entre cerraba sus ojos, dando a entender que estaba pensando el motivo de su cambio de humor.

    -Ahí dispénseme señorita, es que las ventas últimamente han estado muy bajas, pero al verla a usted ni modo de que no me ponga de buen humor jejeje- con una amarillenta sonrisa por el consumo del cigarro, le decía el verdulero.

    -Gracias. ¿Pero yo por qué? Si ni nos conocemos, oiga- una confundida Samantha le preguntaba. Mientras cruzaba sus brazos por debajo de sus pechos. Haciendo que sus pechos se levantaran más dando la impresión de que habían aumentado de tamaño.

    “jija de la chingada, mira nomas esas chichotas que se carga. Me cae de a madres que es de esas viejas que les gusta enseñar carne cuando salen a la calle, exhibistas creo que les dicen. Ni chichero trae la cabrona” pensaba el hombre mientras le miraba los pechos y notaba como unas pequeñas gotitas de sudor se formaba en la piel desnuda de sus pechos y estas terminaban desapareciendo en su blusa.

    – ¿Cómo que por qué? Es usted muy guapa, señorita. Cualquiera se pondría de buen humor solo con verla- decía aquel viejo que sacaba sus frases de ligue que usaba cuando era joven pero que nunca le surtieron efecto. -Aparte hay otras 2 muuuy buenas razones para ponerme de buen humor jejeje- el rabo verde viejo decía eso mientras clavaba su mirada descaradamente en los pechos de la joven casada.

    Samantha pudo entender esto último al instante. Si bien no entendía la mayoría de los albures, esa mirada del señor sabía muy bien a donde iba dirigida. Ahí fue cuando se dio cuenta que todo ese tiempo habia andado con el suéter abierto el cual había olvidado cerrar por lo feliz que le había puesto el mensaje de su esposo. También comprendió que las miradas de los hombres que recibió en la calle, no eran porque fuera nueva en el barrio sino por sus pechos. No pudo evitar sentir una gran vergüenza por lo ingenua que fue. Porque aparte de que esos hombres le estaban viendo los pechos, ella les había devuelto esas miradas con un “Buenos días una sonrisa en forma de ser amable, pero ahora más bien parecían destellos de coquetería de su parte hacia esos hombres.

    Pero con este hombre era diferente. Si bien las miradas que había recibido en la calle eran extrañas, no le parecieron nada fuera de lo normal. Pero la mirada de este hombre era muy diferente, sentía como si la desnudara con la mirada. La hacía sentirse como un tierno e indefenso conejo que esta delante de un hambriento lobo. Esa sensación de sentirse tan indefensa le causaba miedo, pero a la vez le causaba una sensación que le era familiar pero no sabía de donde o cuando. Pero sin duda alguna no lo había sentido en los más recientes años. Le hacía sentir un vacío en el estómago, no sabía de qué forma, pero era una sensación agradable.

    Una gran parte de ella quería subirse el cierre de la sudadera y salir de ahí, pero una pequeña parte de ella, una que era confusa no la dejaba ni siquiera mover un dedo. Era como si una pelea dentro de ella se estuviera librando, en la que al parecer esa pequeña parte confusa iba ganando ya que dicha confusión se fue convirtiendo en curiosidad.

    No sabía que responderle a ese hombre. ¿Ser agresiva? Solo sería una forma de darle la razón, pensaba ella. ¿hacer como si no pasa nada? Sería peor que ser agresiva. ¿Ser indiferente? Supongo que sería la mejor opción, se decía a ella misma la alterada mujer. Hasta que por obra del espíritu santo o alguno de esos santos, algo que llevaba en uno de sus dedos le hizo saber cuál sería la mejor respuesta.

    -Muchas gracias por sus palabras, señor. Pero mire, soy casada- Samantha decía eso mientras levantaba su mano derecha mientras con uno de sus dedos de la otra mano apuntaba hacia su anillo de matrimonio.

    -Yo también lo soy, mira- decía el viejo mientras levantaba su mano derecha en el que también se podía ver un anillo de menor calidad que el que tenía Samantha. -Pero eso no tiene nada que ver con saber reconocer y apreciar la belleza de otra persona, o si?- argumentaba el hombre mientras veía de nueva cuenta de pies a cabeza a Samantha.

    -Pues, pues no. Pero se podría tomar a malas interpretaciones- le decía la casada trabándose un poco al hablar. Y es que esa charla, aunado a la mirada que nuevamente le hacia el viejo a su cuerpo, le había hecho sentir ese rico vacío en su cuerpo de nueva cuenta.

    -Podría ser, pero, ¿Acaso ves a alguien más aquí que pudiera mal interpretar lo que le digo?- el verdulero señalaba alrededor de ellos haciendo alusión a que solo estaban ellos ahí.

    -Bueno… tiene razón. Pero no creo que sea tan amable con cualquier desconocida que se encuentra o si?- expreso la joven casada evitando mirar al hombre a los ojos por los nervios que le estaba causando tan extrañada pero coqueta conversación.

    “Pues no cualquier desconocida, solo con una que este como tú de buena y chichona, cabrona” pensaba el verdulero mientras se acomodaba el bulto que se le marcaba en los pantalones pero gracias al mostrador, nuestra bella casada no lo podía ver.

    -Tiene razón señori… perdón, señora. Olvide que ya está casada jejeje. Pero entiéndame un poco, han sido días muy solos, casi no vendo nada y de repente llega usted con su belleza y pues me alegra el día. Dígame, es eso algo malo?- esto último lo decía el hombre con un tono y una cara de perro regañado, intentando causarle lastima a Samantha y al parecer lo estaba logrando.

    Y es que Samantha no pudo evitarse halagada con tan bellas palabras y a su vez apenada por lo defensiva que ella se había portado con él. Que le dijera que ella con solo haber entrado ahí le había alegrado el día a ese hombre se le hizo un lindo detalle. “¿Hace cuanto tiempo que nadie me había dicho algo así? Que le alegraba el día con solo tener mi presencia cerca del”. Eso la hizo replantear su impresión sobre el hombre. “Tal vez fue también mi culpa el que el me mirara de esa forma, al final de cuentas fui yo la que entro a su local enseñando de más. Aparte no es como si me hubiera dicho una grosería o me hubiera tocado”, pensaba Samantha intentando justificar las miradas y comentarios que ese viejo rabo verde había tenido hacia su persona.

    -Tiene razón. Usted solo intento ser lindo conmigo y yo me puse a la defensiva sin ningún motivo. Le ofrezco una disculpa- Samantha decía con una cálida sonrisa mientras extendía su mano hacia él, invitándolo a darle la mano…

    -No tiene por qué pedir disculpas, seño. Yo también fui un bruto por andar diciéndole esas cosas. Pero pues es la verdad, usted está bien chula jejeje- respondía el viejo, devolviéndole una sonrisa, pero a diferencia de la saludable y bien cuidada dentadura de la casada, la del viejo era con sus dientes chuecos y amarillos. Mientras estiraba su mano para devolverle el saludo…

    Samantha al sentir el contacto de su mano con la de ese hombre, pudo sentir un escalofrió por toda su columna. Y es que la mano de ese viejo era muy diferente a cualquier otra mano masculina que haya tocado ni la de su esposo tenía alguna similitud. Esa mano era dura, raposa y muy fuerte. Las manos de su esposo y los pocos amigos que tenía, eran muy similares a la de ella, suaves, lisas y delicadas. No entendía por qué, pero ese contacto no le resultaba para nada incomodo. Es más, entre más duraba ese apretón de manos, más curiosidad le daba el saber si su otra mano estaría igual.

    Lo que no vio Samantha es que con ese escalofrió sus pezones se pusieron duros, marcándoseles por encima de su blusa. Detalle que el viejo verdulero no perdió de vista.

    -”Pinche chichona, no me digas que te calentaste solo por tocarme la mano y por eso se te pusieron duros los pezones jejeje. Eso pasa porque estas sintiendo la mano de un hombre de verdad. Ya me imagino que el pendejo de tu esposo debe de tener las manos de vieja jajaja” pensaba el viejo sin quitarle la vista a tan ricos melones que tenía delante.

    -Samantha- fue la palabra que saco al viejo de sus pensamientos

    -¿Qué?- preguntaba el viejo un tanto confundido.

    -Le digo que me llamo Samantha. Es que eso de señora no me gusta- la casa decía. Poniéndose un poco roja de la cara al decir lo último. Pasaba todo eso sin aun soltarse de un ya algo largo apretón de manos.

    -Ah, mucho gusto Samantha. Yo me llamo Cresencio. Que lindas manos tienes Samantha, bien suavecitas- le respondía el hombre sin dejar de apretarle la mano y ya comenzando a sobársela ligeramente.

    Samantha al sentir esas ligeras caricias no pudo evitar dejar escapar un ligero suspiro.

    -Igualmente Don Cresencio. Graciasss… por decirrr eso de mis manosss. Puedo notar que usted… es alguien tra… bajador- le contestaba Samantha con su voz entre cortada y pesada. Y es que como ya fue dicho, ella no estaba acostumbrada a ese tipo de tacto. Su esposo no era de dar ese tipo de caricias o tal vez en algún momento lo fue, pero ya había pasado mucho tiempo de eso y dado a que él ha sido el único hombre en su vida, ella era un tanto ajena a ese tipo de cosas. Apenas iba a comenzar a descubrir que su cuerpo susceptible a ese tipo de cariños.

    Don Cresencio apenas y escuchaba lo que decía Samantha. El no perdía detalle de ese par de pechos. Y es que dado a la respiración pesada que estaba comenzando a sentir Samantha, sus pechos comenzaban a tomar un ritmo de sube y baja más cadencioso, pero sumamente erótico. El ver como se hacían más grandes cuando Samantha tomaba aire era un deleite y más el verlos con ese par de botoncitos que se marcaban en su blusa.

    -Y bueno, ya que nos presentamos dígame, ¿Para que soy bueno? ¿Qué anda buscando? Tal vez quiere probar el plátano macho jejeje- le decía esto último en forma de albur. Pero para su suerte la acalorada mujer no le entendió.

    -Ah, sí. Permítame un poco…- Samantha separaba su mano de la de el mientras le decía eso y buscaba en su bolso de mandado su pequeña hoja donde venia lo que ocupaba.

    -Aquí esta, necesito estas cosas Don Cresencio- le comentaba la casada al momento de ponerle el papel en su mano.

    -A ver, déjeme checar. Muy bien, tengo todo lo que viene aquí apuntado. Si quieres siéntate en esa silla que está ahí Samantha. Veo que estas algo agitada. ¿quieres un vaso de agua o tal vez quieras un masaje para que te relajes- decía el hombre sonriente mientras movía sus dedos.

    -¡No!- exclamaba al instante Samantha como si algo malo le quisieran hacer. -Así estoy bien Don, ahorita con sentarme de seguro me tranquilizo- en un tono más amigable le decía al viejo y es que tampoco lo quería hacer sentir mal. Así que mejor fue a tomar asiento, dejando a un lado de la silla su bolsa. Se frotaba suavemente sus manos entre si intentando relajarse mientras también pensaba el porqué de su reacción hacia ese tacto.

    El viejo si bien veía a la joven casada un tanto confundida, sabía que no podía arriesgarse tanto y hacer algún movimiento que la alejara de él. Sabía que mujeres del calibre como ella, no se daban muy seguido por esos rumbos. Es más, es sus más de 10 años que tenía atendiendo su negocio, nunca había visto a una mujer con esas proporciones que entrara a su local. Así que sabía que, si quería que esa ninfa siguiera asistiendo a su local como clienta para seguirse echando su taco de ojo y quien sabe, tal vez y solo tal vez tener alguna posibilidad con tremenda hembra, tendría que ir moviendo sus fichas muy sabiamente.

    Entendía que su mejor arma era la de seguirse portando como un hombre caballeroso y seguirle diciendo esos cumplidos tiernos que la hacían sonrojar. Así que tenía que controlar esas ansias de aventársele encima, quitarle la ropa y ponerle un cogidon mientras le mamaba sus jugosas chichotas.

    “Tranquilo Cresencio, no hagas ninguna pendejada. Primero hay que ganarnos su confianza diciéndole esas puterias que su rostro me alegra el día. Ya que me gane su confianza la voy a tener empinada y le podre decir que lo que en verdad me alegra del dia es verle esas chichotas y ese culote que se carga jejeje” pensaba el viejo sin quitarle los ojos de encima mientras seguía poniendo en la báscula las diferentes frutas y verduras que venían en la hoja.

    Mientras tanto Samantha ya un poco más tranquila, no levantaba la mirada del piso y es que sentía mucha pena el mirar a ese hombre a la cara. El mirarlo solo haría avergonzarse de ella misma por haber sentido esos extraños sentimientos hacia él.

    “¿Y ahora qué hago? ¿Cómo le puedo dar la cara a Don Cresencio sin sentirme apenada? Aparte, ¿De dónde vinieron esos sentimientos? Ya no soy una niña para andarme comportando así. Soy una mujer casada y también madre. No puedo permitirme andarme teniendo este tipo de escenitas” se decía en sus adentros la mujer casada mientras entrelazaba sus manos sin dejar de mirar el piso.

    -Samantha, aquí esta tu encargo- el hombre la sacaba de sus pensamientos mientras se paraba delante de ella con las bolsas de frutas y verduras en sus manos.

    -Ay, disculpe Don Cresencio me tomo pensativa jiji- con un tono de sorpresa y cierta cohibición en su risa al voltear al verlo y ver como este no le quitaba la mirada de encima. También lo podía ver por primera vez de cuerpo completo, el hombre era de aproximadamente de 55 o 60 años. Físicamente era bajo de estatura. Samantha pensaba que hasta sería un poco más bajo que ella, tenía una panza cervecera que era tapada por una ya desgastada camisa de resaque de la cual podía ver como unos vellos entre blancos y negros de su pecho y sus axilas salían. Un pantalón de mezclilla que al igual que su camisa de resaque, ya estaba muy desgastado. Su piel era morena, pero de un tono quemado, pensaba ella que debería de ser por las largas jornadas que pasaba debajo del sol. Su rostro tenía rasgos indígenas muy marcados que le hacían ver un rostro algo tosco por no decir feo. Pero lo que más le llamo la atención a la casada fue ese olor que emanaba ese hombre. Y es que pareciera que llevara meses sin que ese cuerpo hubiera tomado un baño. Samantha no pudo evitar llevar por mero instinto una de sus manos a su nariz en búsqueda de evitar el seguir respirando ese fétido olor.

    El hombre ni cuenta se dio de la acción de había hecho la mujer en contra de él y su olor. El de nueva cuenta había quedado hipnotizado por esas tetas y es que ahora que las veía desde arriba porque la chichona aún seguía sentada, le daba una mejor vista de ese par de montañas de carne y del canalillo que se formaba entre ambas.

    La mujer al ver tan descarada mirada, inconscientemente no pudo evitar ruborizarse y devolverle una sonrisa coqueta. Aunque también al mismo tiempo intentaba levantarse de la silla y salir de ahí lo más pronto posible. Sentía que, si se quedaba más tiempo junto aquel hombre, las extrañas sensaciones de hace unos minutos volverían a renacer en su cuerpo.

    Como pudo se levantó y es que el hombre estaba tan cerca de ella que no podía moverse con libertad.

    Por fin pudiéndose incorporar por completo, saco de una de las bolsas de su sudadera su monedero y mientras lo abria para sacar efectivo le pregunto al viejo.

    -Este… Muchas gracias Don Cresencio. ¿Cuánto va a ser por todo?

    -Como crees que te voy a cobrar Samanthita. Al contrario, yo te salgo debiendo a ti por haberme alegrado el día con tu hermosa presencia- el viejo mañoso replicaba tan lindas palabras para intentar ganarse más la confianza de tan ingenua mujer. Mientras tomaba la bolsa del mandado de Samantha y metía las bolsas de fruta y verdura.

    -Ay, que lindo es usted Don Cresencio. Pero como cree que no le voy a pagar. Este es su negocio, ni modo que regale su trabajo. No me sentiría como si no le pago- le decía Samantha, que no había podido evitar el volverse a sentir halagada por tan lindas palabras del viejo.

    “Claro que no regalo ni madres, pendeja. Tan solo es una inversión para sigas viniendo más seguido y ver ese rico cuerpo que te cargas. Y ver si tengo chances de darte una rica cogida jejeje” confabulaba el viejo

    -No es nada de eso Samanthita. Es más, tómalo como tu premio por ser la primera vez que compras aquí jejeje- levantaba la mirada el viejo de nueva cuenta al terminar de meter el mandado de la joven casada.

    -Me da mucha pena en verdad. Déjeme pagarle, aunque sea la mitad- decía la casada al momento de sacar un billete de su monedero y se lo intentaba dar al viejo.

    -¡¡¡Que no Samantha!!!- el hombre con un tono de voz más alto se dirigía a ella mientras con una mano detenía la mano que sostenía el billete.

    Samantha al escuchar esa voz autoritaria pudo sentir algo dentro de ella muy similar a la sensación que sintió cuando toco sus manos. Sintió como su piel se erizaba y su corazón latía más de prisa. Ya ni recordaba el mal olor que desprendía aquel tipo.

    El hombre al mirar que la piel de del rostro de Samantha había tomado un color rojizo y buscaba por toda costa el evitar que los ojos de ella y los de él hicieran contacto, Intuyo que tal vez estaba teniendo esa reacción como la que había tenido cuando se tocaron las manos. Sabía que no podía hacer un movimiento muy arriesgado, pero al mirar el comportamiento que estaba teniendo en ese momento, decidió probar un poco más su suerte así que le dijo…

    -Qué te parece si me das un abrazo y con eso quedamos a mano Samanthita- le proponía el apestoso sujeto mientras abría sus brazos de par en par invitándola a fundirse con él en un abrazo.

    -Mmmmh, bueno. Si eso quiere, está bien- con un tono de voz dócil y hasta se podría decir, sumiso. La casada acepto tal propuesta sin mirar en ningún momento la cara de aquel hombre.

    El viejo sin perder el tiempo se fue acercando al voluptuoso cuerpo de la casada. Fue dirigiendo ambas manos hacia su pequeña cintura desnuda ya que ni el suéter ni su blusa eran tan grandes para cubrir esa parte de su piel. Entre más se acercaba ese sujeto, Samantha más penetrante sentía ese olor. Samantha por mero instinto intento dar un paso hacia atrás para alejarse de aquel pútrido olor, pero ya era muy tarde. El sujeto ya la tenía bien agarrada de su cintura. La mujer bajo su mirada y pudo ver preocupada como la cabeza de aquel esperpento descansaba a unos centímetros arriba de sus pechos. Podía sentir la respiración caliente en su piel desnuda que dejaba su blusa de tirantes.

    A diferencia de las cálidas y nuevas sensaciones que había sentido cuando había tocado la mano de ese viejo, ahora las sensaciones eran muy diferentes. Ahora lo que sentía era un miedo y hasta cierta incomodidad. Y es que la curvilínea casada sentía que en cualquier momento entraría algún cliente y los encontraría en tan cálido abrazo.

    -Ay, Don Cresencio. Yo creo que ya fue suficiente jijiji- le susurraba la mujer con una risita nerviosa sin dejar de mirar a la entrada del local.

    -Solo un momentito más Samanthita, es que hueles muy rico- diciendo eso, el hombre daba una fuerte inhalación como si su vida dependiera de ello y es que en su miserable vida había tenido tan cerca una hembra tan rica como la que hoy tenía, así que buscaba por todos los medios el alargar lo más posible el tiempo de tenerla entre sus brazos.

    -Jijiji me hace cosquillas Don Cresencio- fue lo único que dijo la aun fiel esposa mientras bajaba su mirada y veía como ese viejo continuaba con sus fuertes respiraciones y el roce de su piel desnuda con esa barba de un par de dias sin rasurar que le ocasionaban esas cosquillas.

    No se había dado cuenta Samantha por estar entretenida viendo como el viejo trataba de capturar su esencia, pero el viejo ya había comenzado a mover sus callosas manos, subiendo aún más ese suéter y esa blusa, haciendo que ahora si su cintura y gran parte de su vientre quedaban al descubierto.

    La mujer al darse cuenta de lo que estaban haciendo esas atrevidas manos no puedo evitar dar un pequeño brinquito ya que el sentir esas manos rasposas ahora tocando una parte más sensible, la había tomado por sorpresa. Si bien, el viejo ya le había demostrado ser atrevido y coqueto con esas miradas que le había estado dando desde que entró a su local, nunca creyó que pudiera ser más atrevido. Pero para sorpresa de ella, esa acción no le molestaba más bien le causó cierta gracia su insolencia. Pensaba que era como cuando ella era más joven y hacia algo malo a escondidas de sus papás, sabía que no lo debía de hacer porque sus papás la castigarían, pero la adrenalina de ser descubierta le gustaba mucho. La misma sensación de adrenalina de ese entonces comenzaba a renacer dentro de ella, sabía que todo eso era malo, que si alguien la viera en esa situación con ese viejo y le dijera a su esposo sin duda alguna le traería grandes problemas. Pero para su sorpresa esa adrenalina poco a poco se fue convirtiendo en un rico vacío en su estómago, de nueva cuenta se comenzaba a hacer presente dentro de ella. Así que haciéndose la desentendida e inconscientemente mordiéndose ligeramente el labio inferior, solo hizo por volver a mirar hacia la entrada del local y darle unos segundos de más a Don Cresencio de tan gratificante abrazo para ambos.

    “Esta culona no me dice nada porque le ande pasando la cara por sus chichotas y la tenga bien agarrada de estas caderotas de yegua jejeje. Si se le vio de volada que es de esas viejas que se les calienta la pucha cuando se las morbosean en la calle. Pues si eso es lo que quiera esta putita casada, yo se lo daré, como chingados que no” eran los calientes pasamientos que tenía el viejo mientras con sus dedos comenzaba a hacer círculos en las caderas y vientre de Samantha.

    Ya habían pasado un par de minutos de ese cadente abrazo y Samantha de nueva cuenta comenzaba a sentir su respiración pesada. Esas caricias eran nuevas para ella, “Roberto jamás me ha tocado así” pensaba Samantha que sin darse cuenta ya comenzaba a morderse su labio inferior de una forma visible y sus pezones estaban tan duros que de nueva cuenta eran visibles a través de su blusa.

    Justo en ese momento que tenía esos pensamientos, una pequeña chispa de raciocinio le recordó a alguien, “¡ROBERTO!” pensaba la casada mientras abría sus ojos como plato y sentía un bulto grande y duro en su pierna derecha.

    La mujer al instante se separó de aquel viejo con un empujón haciendo que cayera al suelo mientras rápidamente tomaba su bolsa del mandado y salía disparada de ese lugar. Dejando a un viejo confundido y sentado en el piso por tremendo empujón.

    -¡En qué demonios estaba pensando!- se recriminaba Samantha en voz baja mientras caminaba hacia su casa con la vista hacia el suelo por vergüenza y su respiración aun un poco agitada.