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  • Mi primera vez como cornudo

    Mi primera vez como cornudo

    Hola a todos, voy a contar mi experiencia como cornudo consentidor.

    Tengo 45 años y cuando ocurrió lo que les voy a contar tenía 40, en ese entonces mi pareja tenía 25 años.

    Al ser mucho más joven que yo me esforzaba en satisfacerla sexualmente, pero no sé qué se me cruzo que un día empecé a fantasear con hacer un trio.

    Esas fantasías se fueron apoderando de mí y en especial fantaseaba que fuera con mi mejor amigo y paso a explicarles porque, mi amigo Marcelo tenía en ese entonces 38 años, casado con hijos, con varias amantes siempre lo considere un macho alfa ya que conocí a algunas de sus amantes y eran espectaculares por lo cual siempre estime que debía tener un buen rendimiento sexual.

    Obviamente al ser amigos, él me contaba sus andanzas y el placer que le causaba coronar con cuernos a otros hombres.

    Los dos trabajamos en la misma empresa, donde trabaja una mujer espectacular a la cual los dos la mirábamos con deseo, ella es casada pero no muy santa, yo no me animaba y le decía a mi amigo que era demasiada mujer para mí y el me contesto: raro que no te animes porque lo que tenés en casa también es tremenda mujer.

    Me quedo en la mente como se había referido a mi pareja, aclaro que no estamos casados somos concubinos y relativamente en esa época llevábamos juntos poco tiempo.

    Obviamente como amigos que somos nos juntábamos las parejas para almorzar o cenar, en un almuerzo en mi casa, haciendo un asado en la parrilla, viene mi pareja a traernos unos tragos y observó como mi amigo le observa la cola cuando ella se va y me hace un comentario que buena que esta, a lo cual le contesté que sí.

    Después de esa charla más crecieron en mí, esas ganas de ver a mi mujer con mi amigo.

    Un día tuve una discusión boba con mi mujer llegó al trabajo un poco compungido por la situación, mi amigo al darse cuenta me pregunta que te paso, se lo comento, se ríe y me dice en tono de broma si querés yo te la dejo mansita, a lo cual le contesté también en tono de broma que si y seguimos charlando de diferentes cosas hasta que en un momento me anime y le dije que tenía ganas de hacer un trío a lo cual prontamente se ofreció, yo ya no podía más las ganas de cumplir con mi fantasía y le dije déjame convencerla y lo hacemos.

    Pasaron varios días y una noche luego de tener relaciones, le propuse a mi mujer hacer un trio a lo cual me responde rotundamente que no, seguí varios días jugando con esa idea hasta que luego de unas semanas cuando estábamos acostados ella me pregunta con quien sería ese trio al responderle con Marcelo no pone ninguna objeción y me pregunta como lo haríamos, le contesté que lo podríamos invitar a cenar, regar con bastante alcohol la cena y luego proponer un juego de cartas y que apostáramos por algo, a lo cual ella aceptó.

    Al otro día ya en el trabajo le cuento a mi amigo que ella había aceptado y como lo íbamos a hacer, ya que ella quería que fuera como casual que la situación se había salido de control.

    Ese fin de semana concurrimos a la casa de esta pareja amiga a cenar y ahí hago el comentario ya planificado con Marcelo de ir a una jornada de pesca con mi amigo, a lo cual la señora de él dice que si y ahí mismo coordinamos que sería el próximo martes aprovechando que el miércoles era feriado por lo cual podíamos pasar toda la noche supuestamente pescando, y yo a partir de ahí empecé a observar a mi amigo que miraba a mi mujer cada vez que iba o venia y me reía socarronamente.

    Llegó el martes de nochecita, mi amigo me manda un mensaje por WhatsApp voy en camino, le digo a mi pareja, la cual se da un ducha, cuando sale del baño ya estábamos tomando una cerveza en el living, uniéndose mi pareja, hablamos bobadas y con mi amigo intercambiábamos miradas cómplices, cenamos y volvimos al living puse música y seguimos tomando cerveza, hasta que propongo jugar a las cartas y quien perdiera debería pagar una prenda, aceptan y como habíamos acordado con mi amigo hicimos trampa por lo cual prontamente mi mujer estaba de sostén y bombacha, otra mano más y vuelve a perder mi mujer por lo cual él le dice, te toca el sostén, vení que te ayudo a sacártelo, aprovechando para meterle varias manos en sus tetas y nalgas, yo ya había perdido el control de la situación y el la manejaba a su gusto, otra mano y mi mujer pierde la bombacha, a lo cual Marcelo le expresa si pierdes de nuevo vas a pagar tu prenda en la cama, y en esa mano que perdió se levanta mi amigo y comienza a besarle el cuello, las tetas y metiendo manos en todas las partes del cuerpo de mi mujer, mientras yo solamente miraba, fuimos al dormitorio, me tiro en la cama y mi mujer encima de mí, dejando su vagina para que la penetrara mi amigo, en ese momento él le dice te gusta tu prenda, contestando ella que sí, ahora te va a gustar más y procede a penetrarla con una fuerza inusitada y a bombear con una potencia que yo que estaba acostado debajo de mi mujer sentía la fuerza de sus embestidas.

    Luego de garchar en varias posiciones la pone en 4 y le dice ahora te voy a hacer la colita, sacando un gel lubricante que había traído y procede a penetrarla analmente, los quejidos, gemidos y ruegos de mi mujer para que le diera despacio provocaron que yo acabara, mientras que Marcelo le seguía dando, mirándome y humillándome con su mirada, me había consagrado de cornudo y en la primera oportunidad ya le había roto la cola a mi pareja delante mío.

    Las embestidas cada vez se vuelven más rápidas y fuertes mi mujer me agarraba la mano fuertemente observe que estaba gozando locamente y le rogaba a mi amigo que le diera la leche y en eso mi amigo la acuesta boca arriba y procede a acabar en las tetas de ella y así seguimos toda la noche teniendo sexo con mi mujer hasta que amaneció, cuando se despide nos dice que prontamente volverá a visitarnos a lo cual mi mujer le contesta que espera ansiosa, de sus visitas les cuento en mi próximo relato.

    Hasta acá el relato de cómo me volví un cornudo, de cómo le entregue a mi mujer a mi amigo, veo en su mirada hacia mi como disfruta haberme hecho cornudo.

  • La ginecóloga y mi novia

    La ginecóloga y mi novia

    Continuación de mi relato «Revisión sorpresa».

    Después de mi primera revisión urológica que acabó con un orgasmo, mientras la doctora me examinaba el ano y la próstata, hoy le tocaba el turno a mi novia. Tenía revisión ginecológica y yo por fin iba a ser testigo de como la iban a hacer la exploración. Siempre quise ver como se la hacían y, después de que ella viera el día anterior como me revisaban a mí, ahora era un intercambio de papeles.

    -¿Estás lista? -le pregunté.

    -Sí, vámonos -me dijo.

    Llegamos y nos sentamos en la sala de espera. Unos minutos más tarde la llamaron y pasamos a la consulta.

    Allí estaba una doctora que, la verdad, era muy guapa.

    Después de hacerla varias preguntas dijo: -pásate a esta sala, te quitas la ropa y te pones la bata que está sobre la camilla.

    Por fin empezaba lo bueno, pensé. Entonces mi novia se empezó a desnudar. No llevaba mucha ropa porque me dijo que lo mejor era llevar ropa fácil y rápida de quitar. Lo primero que hizo fue descalzarse, se quitó las sandalias, a continuación se libró del vestido de una sola pieza que llevaba. Y, en ese momento, me quedé de piedra. No llevaba sujetador y tan solo llevaba un tanga que, como no podía ser de otra manera, se lo quitó. Ya estaba completamente desnuda y se sentó a esperar a que llegara la ginecóloga.

    -¿No te pones la bata? -pregunté.

    -No, tengo mucho calor, la verdad -Me dijo sonriendo.- Y además no sé para qué me la tengo que poner si me va a tener que ver y tocar todo…

    Llegó la doctora y al verla sin la bata se quedó sorprendida.

    -Te voy a revisar primero los pechos, sube el brazo derecho- dijo la doctora.

    Empezó a tocarla la teta derecha. Lo que más me excitó fue cuando le tocó el pezón y lo pellizcó. Conozco a mi novia y sé que la estaba gustando. A continuación repitió el proceso con la teta izquierda. La cara de mi novia era cada vez más de excitación y la mía también.

    Después de examinarla sus grandes y hermosas tetas tocaba otra parte de su cuerpo.

    -Túmbate en la camilla y coloca los pies en los estribos- dijo la doctora.

    Mi novia hizo lo que le ordenó la doctora.

    -Necesito que saques el culo para afuera, por favor.

    La verdad que escuchar esa orden me puso muy caliente. Se colocó con el culo prácticamente fuera de la camilla y la doctora empezó a explorar el abdomen y después se puso unos guantes para revisar la vagina en su parte externa. Después de hacer una exploración visual procedió a introducir un dedo en la vagina. La erección que yo tenía era como la del día anterior mientras me exploraba la uróloga y mi novia miraba.

    Mientras la metía el dedo ella me miraba y me sonreía y después se mordió el labio inferior, quizás para no gemir de gusto.

    La doctora se levantó y pude ver mejor la vagina depilada de mi novia. Estaba pidiendo a gritos seguir siendo penetrada.

    Volvió con un espéculo. Lo lubricó con un gel, aunque dicho gel no era necesario. Supongo que lo hizo por protocolo porque estaba tan excitada que se lo podía haber ahorrado.

    Se lo introdujo en la vagina y después, con un palo alargado, la penetró para recoger muestras de flujo vaginal.

    Discretamente, sin que la doctora se diera cuenta, hice una foto mientras mi novia sonreía a la cámara. Era morbo puro verla completamente desnuda, tumbada, expuesta, con su sexo ofrecido y con los pies apoyados en los estribos mientras estaba siendo penetrada.

    Cuando terminó le sacó el espéculo.

    -¿Que tal estás? -preguntó la doctora.

    -Bien, no he tenido ningún dolor. Todo bien. -Respondió mi novia.

    -Bien, ahora para terminar, te voy a realizar un tacto rectal.

    Ella no se lo esperaba y yo tampoco y nos miramos muy excitados.

    Se lubricó el dedo y a continuación lubricó el ano. Después le introdujo el dedo en el interior de su culo. Lo metió completamente y a mi novia se le escapó un gemido. La doctora se quedó paralizada durante un par de segundos y luego siguió explorando el ano. Después sacó el dedo y la dijo que ya se podía vestir y que la esperaba en el despacho. Cerró la puerta y ella no se movió. Seguía abierta de piernas en la camilla y se me quedó mirando.

    Yo me acerqué y me desabroché los pantalones y me bajé los calzoncillos y la empecé a penetrar.

    -Revíseme, por favor, hasta el fondo -me dijo ella.

    Sabía que iba a ser un acto rápido porque además estaba la doctora esperando. No tardé ni un minuto en eyacular y los gritos de mi novia no se podían disimular.

    Después de follarla nos vestimos rápidamente. La mirada de la doctora era impagable. Lo escuchó todo pero a nosotros no nos importó.

    Cuando salimos de allí me dijo:

    -Gracias doctor. ¿Cuándo tengo que volver?

    No podíamos parar de reír.

  • Mi mujer me vacía los huevos por los celos de una prima suya

    Mi mujer me vacía los huevos por los celos de una prima suya

    Esto sucedió a raíz de que en una boda una prima madura, de buenas tetas estaba descontrolada y algo ebria te rosaba los huevos en pleno baile, y no solo lo hacía conmigo sino también con varios asistentes, hasta que mi mujer me llevo hacia el auto y en medio de una escena de celos me saco la verga y empezó a mamármela hasta vaciarme los huevos, tragándose todo mi semen, succionando mi verga hasta sacar la última gota de leche.

    A raíz que esta prima madura tetona, era separada y “open mind” ya de hijos grandes, estaba en aquella noche algo mareada, se notaba que a sus 50 años quería más verga; pues esa es otra historia ya que nos invitó para su medio siglo, una reunión con orquesta y todo, donde su “novio” quien en realidad casi nunca estaba presente en los compromisos familiares, aquella noche brillo también por su ausencia, el tema trasfondo que era un tipo casado y prácticamente ella era la querida, pues hay mujeres que ya a una edad grande son tan abiertas de mente y disfrutan de su sexualidad a mas no poder.

    Como sabrán en mis relatos anteriores, son muy sexual y finalmente me plante con mi mujer y en todo este tiempo hemos sido tan sexuales, morbosos, entregados al placer… obviamente ella cuidaría y celaría a su hombre, al igual que yo lo haría por eso cada acto sexual nos volvemos unos animales salvajes haciendo de todo y probando de todo.

    Pues volviendo aquella noche en la boda, a raíz de sus celos me llevo al auto para vaciarme los huevos y dejarme seco para no tener ningún morbo, no había reclamos de por medio ya que yo feliz mientras mi mujer me complazca soy feliz, pero aquella noche.

    D: ¡Ahh, ufff! – entregado en el asiento mientras me vaciada en su boca y tragaba a placer

    C: Espero que ya no andes de calenturiento por ahí, así que ahora con tus huevos vacíos no andarás todo morboseandote

    D: ¿Que hablas amor!, por favor no tendrás celos de… de quién? ¡De tu prima la bandida esa!

    C: No solo de ella de cualquiera ok, así que mejor… más vale prevenir que lamentar

    D: Amor por favor, no seas insegura… sabes que la única que voy a preferir es a ti ok

    C: ¡Mas te vale! ¡O quieres más! tu eres el que debe andar seguro, no yo

    D: Ok, mi vida… si quieres vámonos de la boda, vámonos a follar a un hotel que dices…

    C: Puede ser… vamos dentro un rato más… y yo te aviso para irnos… ¡trajiste mi buzo en la maletera?

    D: Si si… ahí tengo todo, tu ropa y la mía

    Fuimos de nuevo al matrimonio y entre trago y trago, nos aburrimos rápido y salimos para un hotel a pasar la noche, así que ya se imaginaran entrando ambos al hotel, ella con vestido de gala y yode terno, entrando al cuarto directamente a follar como locos, mi mujer bajándome la bragueta y empezar a levantármelo con cada mamada y succionada salvaje, pues siendo lo morboso que éramos, follamos semidesnudos.

    Sacándole las tetas para morderlas y chuparlas, para luego ella hacerme una paja rusa con sus tetas, tomándola de los cabellos obligándome a mamármelo, para luego llevarla a la cama y patas al hombro aún con su vestido follándomela y entregándome el culo en seco… mientras tenga que complacer a su hombre lo entrega todo, aunque estando algo casando luego ella toda una dominadora del sexo, me dio unos riquísimos sentones vaciándome los huevos nuevamente, ya desnudos dentro de la cama, pensaba en lo que me dijo – que más quieres!?, pues tenía muchas cosas en mente pero un trio no sabría si quisiera, empecé a alucinar con su prima milf, tenerlas a ambas follándomela sería excitante, ambas de buenas tetas, ambas luchando por mamarme la verga, sería riquísimo, pero quizás nunca se dé.

    Luego baje al auto casi al amanecer por el maletín de nuestra ropa, aprovechamos en bañarnos y a salir a buscar que desayunar.

    Pues para los que siguen mis historias con mi mujer pueden seguir descubriendo más de nosotros y para los nuevos pueden conocer el inicio de nuestro idilio, visitando mi perfil y buscando los títulos:

    “Encuentro con la contadora de mi trabajo y compañera sexual” – Inicio de nuestra relación

    “La contadora: una adicta a mi verga y a mi leche”

    “La contadora: su pasado, nuestro presente y su ardiente culo”

    ¡Que lo disfruten!

  • El pozo del diablo

    El pozo del diablo

    La abuela Helene, cómoda en su mecedora, observa a lo lejos a su nieta, a las orillas de los sembradíos de maíz.

    En todo momento, su rostro, muestra la preocupación de qué se adentre en las siembras.

    Al ver a Raquel, hija de su hijo, en los surcos para cortar mazorcas, se levanta gritando

    – ¿A dónde va chamaca? ¡Regrese!

    En eso, Ruth la nuera, aparece diciendo.

    – Suegra. No sé preocupe. La nena ya es mayor de edad. Sabe cuidarse sola. Siempre está acompañada de mi sobrina Lucia. Aquí no corren peligro. Tranquila.

    La suegra con rostro duro, contestó.

    – ¿Olvidas qué a tu madre y a mí, nos consta, la espantosa vejación ocurrida a jóvenes doncellas que estuvieron en medio de las milpas?

    Ruth, sonriendo, contestó.

    – Me sé esa historia. Mi madre nos contó el relato. Su intención fue asustar a mis hermanas y a mí, de niñas. Ya adulta, entiendo que lo hizo para obligarnos a conservar en lo más posible la moral y virginidad.

    La suegra, molesta, reviró

    – No son cuentos. El pozo sí existe. Tu mamá y yo, lo vimos.

    Ruth, sin diferir en opiniones, prefirió ir a la cocina a traerle una taza de café a Helene.

    Por la noche la nuera, dijo a Heriberto, su esposo

    – Tu mamá me tiene cansada con lo del pozo. ¿No sé sabe otra historia? Me pone nerviosa.

    Contestó Heriberto – ¿Y qué dices de tu madre? Trae la misma historia. Quizá hasta más ampliada –

    La esposa tras breve silencio, dijo

    – Bueno, al fin comadres las dos. Vamos a dormir –

    En esa noche, las hojas de los maizales, vibrando al roce con el viento, permitieron el pasó a unas volátiles sombras oscuras que tomaron dirección a las ventanas de la habitación de Helene. Al verla dormir, le dijeron

    – Hemos regresado a cobrar la cuota que deben Carmen y tú. Sus nietas están en nuestra lista.

    La abuela, gritando despertó.

    -No, no, ¡Váyanse! No, no dejaré que ataquen a mi nieta. Yo ya no acepto el trato. ¡Largo!

    Un toquido fuerte en la puerta se escuchó

    – ¿Mamá, estás bien?

    – Si Heriberto. Fue solo una pesadilla. Vuelve a tu cama

    Horas después, en el albor del despuntar del Sol, Helene, tomó rumbo a casa de su comadre Carmen. En mitad de camino la encontró.

    – Comadre Carmen, tengo que hablar contigo urgentemente

    – Helene, me dirigía yo a tu casa. Anoche me visitaron las apariciones

    Pálida la abuela de Raquel, respondió

    – Carmen, eso mismo, te iba a decir. Vienen a cobrársela en nuestras nietas

    Llorando Carmen, indicó

    – No debimos aceptar. Van a violar y esclavizar a nuestras nietas ¿Qué vamos a hacer Helene?

    – Carmen, trae a tu nieta Lucia junto con tus hijos mayores, a mi casa. Raquel, Heriberto, Ruth y yo, los esperaremos. Lleguen lo más pronto posible

    Estando ya ambas familias reunidas, dijo Helene

    – Lucia y Raquel, corren peligro

    Todos extrañados se vieron unos a otros. Cuestionó Heriberto

    – ¿Cuál es el peligro madre? ¿Quiénes son los maleantes? -Dijo Carmen

    – Los del pozo han venido a reclamarlas

    Una mueca de burla hubo en todos. Ruth, preguntó

    – ¿De qué hablas mamá? Lo del pozo es un invento. Años aguanté tu falsa historia. Ya basta.

    Helene, arrebatando la palabra a Carmen, mencionó.

    – Ruth, tu madre no miente. Ella dice la verdad. Es tiempo que escuchen algo que Carmen y yo, siempre ocultamos.

    La abuela de Lucia, llevando las manos a la boca comenzó a llorar.

    Y continuó Helene

    – Saben, hace 55 años, las reglas de la sociedad y religión, imponían a las mujeres estrictas prohibiciones morales. Todas tenían que ser recatadas salvo que fueran libertinas o pecadoras.

    Aún con las mil lisonjas que sonaron constantemente en nuestros oídos, mi comadre y yo, que éramos muy jóvenes para ese entonces. Sin rebasar los dieciocho años, cada una, tuvimos las inquietudes del despertar sexual. No sé cómo explicarlo pero estábamos habidas de conocer todo aquello de la intimidad que nuestros padres nunca explicaron.

    Un día, al río Carmen y yo, fuimos a lavar ropa. Cuando apuradas estábamos tallando las prendas unos gemidos, se escucharon entre los ahuehuetes. Suspendimos la labor. Ambas en silencio fuimos a verificar qué ocurría. Escondidas en los árboles, a distancia prudente, pudimos ver a una pareja haciendo el amor.

    El tipo era alto. Su cuerpo desnudo dibujaba sus músculos de tentación. Era fácil enamorarse de ese rostro varonil. La mujer que le acompañaba era escultural. Su cabello negro azabache, le llegaba a la cadera. Su blanca piel, se veía muy tersa. Eran el dúo de belleza perfecta.

    Mudas les observamos. Verlo besar los senos grandes de la joven era un deleite. Ella transmitía energía al atrapar con fuerza, el duro trasero y espalda de ese apolíneo varón.

    Con ojos desorbitados no dábamos crédito al descomunal pene que hipnotizaba por la vigorosa forma de entrar y salir en la vagina de la maja. Gemía ella. Nos afigurábamos el canto de una sirena, invitando a la perdición.

    En un instante, Carmen y yo, petrificadas quedamos cuando esos bellos ejemplares humanos, voltearon a vernos. Desde un principio supieron de nuestra presencia y por eso aceptaron tenernos como espectadoras. Mi comadre y yo, sentimos temor. Echamos a correr.

    Durante dos meses, noche con noche, soñé a esa pareja, invitando a unirme. Mis pecados de carne fueron enormes porque sin condición aceptaba. Cuando ya desnuda ellos desparecían. Al despertar, mis ganas eróticas me desbordaban. Tenía que bañarme con agua fría para apagar mi calor. Pensé que la única enferma pecadora era yo pero lo mismo ocurría con Carmen.

    Las necesidades de los hogares nos obligaron de nueva cuenta ir a lavar ropa al río. Deseábamos verlos. Nerviosas tallábamos en las piedras. Cualquier ruido, nos hacía ir a espiar entre los ahuehuetes. No los encontramos.

    De regreso a nuestras casas, entre las milpas, los vimos. El deseo impuro, nos impulsó a dejar las cestas llenas de ropa a orilla del camino y meternos en los maizales. Junto a un pozo que nunca habíamos visto, ahí estaban, parecían esperarnos.

    Nos tiramos en medio de los surcos. Les espiábamos. La mujer no se estuvo a medias tasas. Desgarró la camisa de su hombre. Le acarició con las mejillas el velludo pecho de acero para luego enroscar las lenguas haciendo sus besos más intensos.

    Presumiendo gran fuerza, el hombre, sin esfuerzo sentó a la mujer en el brocal. Impactadas quedamos al ver, qué al separar las piernas, no traía calzón. Hincado le deslizó suavemente la lengua en la vagina. Las manos de ella, lo sujetaron del cabello, jalándolo más a su entre pierna. Cuando éste le dio succión al clítoris, provocó que ésta en un fuerte respirar arqueara la espalda.

    Ni respirábamos. No queríamos interrumpir la escena. En eso, el individuo, dijo

    – Ambas vengan.

    Descubiertas por segunda vez, nos levantamos. Sacudimos el polvo de nuestras prendas. Temblorosas fuimos a ellos que con lascivia nos miraban. Una vez llegadas, sin esperar explicación o permiso, sentí los labios húmedos del buen mozo estamparse en los míos. Ese primer beso en mi vida me creo adicción.

    Luego se dirigió a Carmen. Ella un minuto dudó pero la mujer, le tomó de la mano, la acercó al hombre. Mi comadre alejó su resistencia. Cerró sus ojos por el ensueño de entrar a un paraíso que a la postre resultó el averno.

    En poco tiempo ya éramos parte del juego. Sin fuerza de voluntad permitimos a la bella, desnudar nuestros torsos. El hermoso varón cogió como presas voluntarias nuestros juveniles senos. Con toque cálido y gentil, amasó con precisión provocando a los pezones a su máximo levantarse.

    La respiración se nos agitó. Si un tercero nos hubiese descubierto escándalo hubiera sido en todo el pueblo. De libertinas y bajas nos hubiesen calificado. Sin embargo, no sentíamos pena ni vergüenza por nuestra conducta.

    De repente, nos horrorizamos cuando la pareja, se lanzó al fondo del pozo. Asustadas echamos vista. Era profundo y oscuro. No había voces de auxilio. Sólo leves risas y gemidos de placer. Preferimos no investigar más. Regresamos a recoger las ropas.

    Me vinieron once meses de sueños más atrevidos. El recato desapareció. En esas visiones las tres en fornicación estábamos a su disposición. Despertaba sudando. El agua fría ya no apagaba mi calor. El cuerpo me exigía saborear el enorme y aterciopelado pene de ese ser extraño.

    Por las noches mis manos no pararon de acariciarme. Una y mil veces me penetré con los dedos pero no me era suficiente pues deseaba con todas mis ganas el cuerpo estético de ese, que en el pozo, se lanzó.

    Una noche escuché llamados que salían de las milpas. Me asomé por la ventana. Era el hombre quien me llamaba. Tomé mi bata, lo seguí. Al lugar donde llegué encontré a mi comadre.

    Ambas notamos que el pozo no estaba en dónde por primera vez lo vimos. No dijimos nada. La emoción hizo a nuestros corazones palpitar sonoramente. De suyas por fin ya éramos. Las ropas al suelo cayeron. El clima nos fue bueno. Sus besos recorrieron los dos cuerpos virginales. Nos trató como a las reinas más amadas, protegidas y afortunadas del mundo.

    Primero me tuvo a mí. Mis ojos no dejaban de verle. Tomé la iniciativa al sentarme en el brocal del pozo. Desinhibida, le abracé con mis piernas su cintura. Sentí su pene estimular mi clítoris. Era fascinante esa sensación. Hoy con vergüenza digo que bien pude llenar el pozo de tan mojada que estaba.

    Le sujeté con ambas manos los hombros y mi cabeza quedó pegada a su pecho cuando entró en mi vientre. Dejé de ser virgen. En mi locura le pedí que el mete y saca fuera más rápido. Me complació. Me regaló en medio de su semen ardiente, el primero de muchos maravillosos orgasmos. Luego tocó turno a Carmen. En cuatro puntos la colocó. La hacía gemir con tal intensidad que se antoja con ella participar. Nos alternó. El sudor nos bañó. Para él, en todo momento éramos las más bellas del mundo.

    El agotamiento llegó. Prometió nunca abandonarnos. A cada una dio un costalito lleno de oro. Con el tiempo, eso nos permitió salir de la pobreza. Adquirimos tierras, ganado, los grandes ranchos que ahora tenemos.

    Un año desapareció. Cumplido ese tiempo, se repitió su llamado. Relamimos los labios para ser suyas de nueva cuenta. Corrimos para encontrarlo. Asombradas vimos el pozo de nueva cuenta movido de lugar.

    En el punto de encuentro no le encontramos. En su lugar estaba la mujer esperando. Nos abrazó al verlos. Nos dijo llamarse Albertina. Sus primeros besos fueron directos a nuestros cuellos. Tal era su poder placentero que parecía imán al atraernos. Nuestros senos desnudos se apretujaron y rozaron con los hermosamente suyos.

    Un relámpago iluminó la noche. Fuimos un grito cuando ella, nos tomó del cabello, arrojándose con nosotras por detrás al pozo. Vi el círculo de la luna alejarse de mí. El viaje se hizo eterno. Espantosa fue la caída. Los cuerpos tronaron feamente al tocar suelo. Al despertar todo era una inmensa oscuridad. El frío era terrible. No había un solo ruido. Aturdidas escuchamos la voz de ella, ordenar ponernos de pie y seguirla. Así lo hicimos.

    Nada se veía en el caminar. Nos guio su voz. Tras cinco minutos hubo una iluminación total que lastimó la vista. Ahí en medio de una inmensa caverna, estábamos. Las gigantes paredes del fondo se separaron. Un majestuoso salón apareció. Desde su trono de oro macizo el hombre nos llamó. Muchas mujeres desnudas de todas las razas y edades postradas le rodeaban.

    Ya a su lado, nos besó apasionadamente. En coro todas las demás, estirando sus brazos, le suplicaron tener el mismo privilegio. De pronto, su actitud cambió. De su asiento se levantó y nos dijo con frialdad

    – Pequeñas mías, es hora de que paguen mis favores. Nada les fue gratis. Son mujeres mías y por esa razón, las he hecho poderosas y adineradas. Nada les ha faltado de mi parte porque hasta tuvieron en sus sueños los más exquisitos clímax de pasión. ¿Miento?

    El movimiento de nuestras cabezas le dio la razón. Y continúo

    – Fácil es pagarme. Sólo requiero de dos cosas. Así como lo hizo Pattzy, deben traerme doncellas para hacerlas mías. Ellas como ustedes harán más llevadera mi soledad. Por último, consagraran a sus nietas para mí. ¿Verdad, qué desean hacerme feliz?

    Torpemente le pregunté

    – ¿Y al tener más mujeres te olvidarás de nosotras?

    Con bella sonrisa y dulces caricias en mí rostro, me dijo

    – Tontita. Seguirán siendo parte de mi felicidad. ¿Me pagaran?

    A simple vista el trato era sencillo. Llevar vírgenes al despertar parecía no malo. Total, no sería contra sus voluntades. Sumó a eso lo inexperto de la juventud. No había en nuestras cabezas la idea de concebir hijos mucho menos de tener nietas. Salvo él, a ningún varón ni por error nos atendía. Algo les hacía alejarse. Aceptamos pagar.

    De la nada aparecimos en nuestras casas. Todo fue normal. Sin embargo, los llamados al pozo se multiplicaron. En cada uno de ellos siempre hubo el regalo del sexo y dinero. Fue a nuestro vocabulario agregar la palabra “Maestro”. Así nos dirigíamos a él. En nuestra monstruosa labor aprendimos a seleccionar mujeres. Las elegidas terminaron haciendo lo mismo que nosotras. Ninguna se negó a pagar lo pedido.

    El desenfreno desconoció límites. Las nuevas reuniones en la caverna eran orgías. Éramos ninfas desnudas en plena libertad. No era pecado mujer contra mujer. Dimos cacería al fantasma del silencio que siempre tenía reprimida nuestra sexualidad. Las entregas eran espontáneas. El tiempo no contaba solo importaba el intenso placer.

    El macho cabrío montaba a todas sus hembras. No hacía distingos en delgadez o gordura, edad, color, o raza. Era un paraíso cuyos pastos verde cubrían oscuras muertes y traiciones. En una de esas tantas juntas las más viejas nos descubrieron el destino de las nietas. Él, el bello, el perfecto, el amoroso y protector, transformado en demonio, sacrificaba a sus víctimas.

    Frente a todas, el sadismo le afloraba. Con brutalidad las violaba. Su cola servía de látigo. Los puños de tanto golpearlas bañadas en sangre las dejaba. Lo más horrible fue verlas en el caldero cociéndose. Burlonamente las comía. Sus almas llorosas prisioneras eran. Les impedía alcanzar el cielo y la salvación.

    De lo visto no quisimos cargar con remordimientos. Fuimos indiferente. Usamos de escudo protector el discernir que con esas desdichadas no había vinculación. No eran parientas, amigas o conocidas. Su suerte estuvo en manos de otros. Irresponsablemente preferimos la riqueza y lujuria. El sufrimiento humano no importó.

    Años y años fuimos compartiendo la vida como cómplices de los secretos ruines. La depravación fue facilitada porque previo al sexo colectivo, la caverna, se impregnaba de un aroma exquisito, diría yo narcótico, que embriaga de euforia. La potencia aumentaba pero disminuía la agudeza mental. Desconectadas del plano afectivo con mejillas sonrosadas, sonrisas de satisfacción y mucha humedad en nuestras vaginas nos sumábamos al terreno del placer físico.

    De la etapa inocente por conocer la sexualidad pasamos a repartir besos, caricias y abrazos de manera indistinta a perfectas conocidas o desconocidas. Estorbaba la ropa para lograr el éxtasis. El impulso morboso tenía reflejo en la erección equina cuando al maestro por las sensuales danzas le expresábamos la seducción.

    Aquellas mejores bailarinas eran las primeras escogidas. Les llegaban de inicio las caricias a los senos desnudos para luego centrarse en las piernas. Las miradas de él con las nuestras se mantenían sin desvíos. A la preferida levantaba el pie para besar. Nadie podía superarlo en galantería.

    El primer anuncio de que las mieles en hojuelas nos peligraban fue al cumplir los treinta y dos años. De la nada a nuestras vidas llegaron los hombres con quienes nos matrimoniamos. De ser solteronas ahora teníamos el rol de amas de casa.

    Mi comadre fue bendecida con hijos cuates, niño y niña, y yo solamente a Heriberto. En esa época no llegó llamados al pozo. Las ansiedades de ser amasias tumultuarias cesaron. En mente, alma y amor nos entregamos a la crianza de nuestros hijos.

    Doce años después ya no teníamos maridos. No supimos a dónde se fueron. Otra vez el pozo resurgió. A la llamada, contentas fuimos. Ya con él, nos dijo

    – ¡Estoy contento de volverlas a ver! ¡De verdad las extrañé! ¡Me llené de frío cuando se ausentaron!

    Tan solo de besarnos los lóbulos de las orejas suspiramos. El Maestro nos hizo pegar ricos quejidos por sus fuertes embestidas. Empinadas alabábamos lo grueso y largo de su durísimo pene. Nuestras piernas temblaban y los labios vaginales dilatados y palpitantes se negaban a dejarlo salir por los intensos orgasmos que nos regaló. Quince para mí. Carmen tuvo veinte.

    Al momento que nos dio su tibia leche en las bocas comprobamos que solo para y por él, podíamos ser verdaderas hembras.

    Volvimos a la tarea de enganchar mujeres para su servicio. A la edad de cincuenta años comenzó nuestro calvario. Carlos, hijo de Carmen, embarazó a su esposa. Todo el periodo de gestaciones ansiábamos que no fuera niña. Vino el primer nieto de mi comadre. De verdad descansamos.

    Al año siguiente Heriberto y Ruth, esperaban bebé. Carlos volvió a embarazar a su mujer. Lloramos cuando nacieron Lucia y Raquel. Coincidieron en día. Miserables de nosotras ahí comprendimos la maldad de haber vendido a nuestras nietas y almas al sacrílego.

    Desde el nacimiento de las nietas buscamos zafarnos del compromiso. Un día nos llamó a su presencia. Sin haberle confesado nuestras intenciones, nos dijo

    – Esas niñas que nacieron son bellas. Muy parecidas a ustedes. No se esfuercen ni se acongojen. No hay forma de incumplir el trato. A ustedes dos las amo y por eso les prometo no tocar a sus nietas sino hasta cuando cumplan veintiún años. Ven sigo siendo bueno y amoroso.

    Veinte años han pasado y no encontramos solución para salvarlas. Intentamos ser más entregadas y conseguir el mayor beneficio. Sonriendo nos dijo

    – El pacto por las nietas cancelado no ha quedado.

    Todos los que en la habitación se encontraban se estremecieron. De todas las paredes salió una voz, indicando

    – ¡Helene y Carmen, el Maestro les llama!

    Sin excusa o explicación las llamadas, se encaminaron. Sus familias les siguieron de cerca para convencerlas que no fueran. Al adivinar que se lanzarían al fondo del pozo les sujetaron de brazos y cinturas pero era tal la descomunal fuerza de las abuelas que les fue imposible detenerlas.

    Boquiabiertos quedaron al verlas desaparecer en el fondo oscuro. Ninguno se animó a ir más allá del brocal.

    Al día siguiente las volvieron a ver. Tristes dijeron a sus familias

    – Fracasamos. No lo convencimos. El uno de octubre de este mil novecientos cuarenta, vendrá por ellas. Solo espera que cumplan veintiún años. En veinte días será.

    Dos días después, en la cabecera municipal, dijo Helene a Carmen

    – Me voy a suicidar. Estoy sumamente arrepentida de haber aceptado tan mal trato. Aumenta el peso de mi consciencia que también ayudamos que otras jóvenes pronto tengan el mismo destino de nuestras retoños.

    ¡Perdóname Dios mío! Ruego para que las eternas llamas del infierno purifiquen mi alma. Carmen, estamos cerca de una notaría. Acompáñame voy a dejar testamento –

    Carmen, llorando contestó

    – Haré lo mismo que tú pero yo me ahorcaré en tres días. Por la gran maldad que causé pediré que mi tumba sea llenada con sal para que en su superficie nada crezca. Vayamos a arreglar la documentación –

    Todo quedó en regla. De regreso fueron a sus casas. Con el sol del atardecer las milpas lucían hermosas. Ahí en el mismo lugar, de cuando jóvenes dejaron los cestos de ropa limpia para introducirse en los maizales y ver por primera vez el pozo, se detuvieron. Olía a esquites. De entre los surcos les salió un anciano carente del ojo izquierdo. En sus manos llevaba una olla chica con el hervido preparado.

    El hombre de avanzada edad, les dijo

    – Helene, Carmen, vengan. Aliméntense –

    Siendo desconocido le preguntaron

    – ¿De dónde o porqué nos conoce?

    El viejo, tardó en contestarles. Primero tragó el maíz que masticaba y después dijo

    – Hace poco más de cincuenta años mi hija llegó a platicarme de ustedes. Ella tiene dos años que murió –

    Preguntó Carmen

    – ¿Quién era ella?

    Contestó el hombre

    – Mi hija era la joven escultural de cabello negro azabache a la cadera, muy blanca de piel que conocieron. Se llamaba Albertina –

    Sorprendidas dijeron en coro

    – ¿Usted es el padre de ella?

    – Sí, lo soy. A mis noventa y cinco años recuerdo lo bien que se expresaba de ustedes. Me decía que eran muy bonitas e inocentes. Las predilectas del falso maestro

    Enmudecieron y preguntaron

    – ¿Sabe usted, del maestro?

    – Sí. Al muy desgraciado lo conozco. A las tres las convirtió en monstruos. Yo quise arrebatar a mi hija de sus garras.

    Empecé a sospechar que algo malo ocurría pues con cierta frecuencia en las noches desaparecía. Mis celos me hicieron concebir que era un amante quien la distraía. Tenía que ahuyentárselo. La espié.

    Cuando por primera vez la vi lanzarse al interior del pozo tuve miedo de perderla. Fui a casa para conseguir sogas y tratar de rescatarla. Tardé pero ya de regreso caminaba en mi dirección.

    No había rasguños. Amorosamente la abracé. El olor de su piel era a hierba húmeda pero podrida. No di importancia.

    Su conducta extraña me hizo ser más vigilante. No entendiendo los sucesos en cierta ocasión me hice acompañar de un viejo sacerdote. La seguimos hasta el pozo.

    El cura y yo casi morimos del susto. Salió del hoyo un hombre. Caídos al piso con saña nos pateó. Estando bañados en sangre se transformó en demonio. Nos dijo

    – ¡Largo de aquí! Son mis dominios y nadie es bienvenido si no es a invitación mía ¡Fuera!

    Al sentir sus ardientes escupitajos en la cara, corriendo huimos. El escape terminó a mitad del camino real, ahí aunque molidos recuperamos el aliento. El sacerdote me dijo

    – ¡Santo Dios, si existe el diablo! Para derrotar a la bestia ocupamos saber primero su nombre. Voy a solicitar al arzobispado traer curas exorcistas.

    En eso, el sacerdote se llevó sus manos al pecho. Al piso cayó sin vida. Había entrado en un paro cardiaco fulminante. Fui a casa por unas mulas. A lomo lo llevé a la parroquia. Quedé solo en mi guerra contra ese maligno.

    En mi poco entendimiento fui a consultar brujos. Siempre me quedó duda ¿Del porqué necesitábamos saber del nombre? Fue un nigromante, el que me dijo

    – Si obtienes el nombre de ese ser del mal, es porque lo has debilitado o sorprendido en torpeza. Obtendrás poder sobre él. Atóntalo primero. Quema incienso de copal y en las mismas llamas arroja el hígado y el corazón del pez que ahora pongo en tus manos.

    Era un pez que nunca en mi vida había visto y continuó diciendo.

    – En su ansiedad por no ahogarse te dará su nombre. Debes ser veloz o la vida te costará –

    Con la información obtenida me di valor y salí al combate. Antes de eso bañé en agua bendita mis armas. Me encomendé a la Virgen de Guadalupe. Le pedí me cubriera con su manto protector. Como en las otras veces seguí a Albertina. Cerca del hoyo que conduce al averno prendí un anafre.

    En las bolsas de mi chamarra traía el copal, el hígado y corazón del pez. En la boca del pozo grité conjuros religiosos. No tardó en salir el maligno. Lo rete a un duelo. Se reía de mí. Le dije

    – ¡Si no me temes dame tu nombre!

    Contestó altaneramente – Pobre mortal ¿Te crees merecedor de tan inmenso tesoro? ¿Acaso eres el Rey Salomón? Eres un idiota. Lárgate o te pesará

    Le grité

    – ¡Libera a mi hija!

    A carcajada me dijo

    – Ella está por propia voluntad ¿Ves que eres estúpido? Me entrega su cuerpo de forma libre. Ah, sí vieras como es obediente y buena amante – Guiñando un ojo agregó – Es mi mejor puta

    Sus palabras me descontrolaron y olvide arrojar los ingredientes al fuego. Enfurecido le vacié todas las balas de mi pistola. Sin haberle hecho daño, tomé mi machete y sobre su cuerpo me fui

    El anciano cayó y lloró amargamente. Carmen, desconcertada le preguntó

    – ¿Te venció?

    Contestó el tuerto

    –Sí. Me dejó moribundo, sin un ojo. Con mí mismo machete me castró. Toda mi hombría, voluntad y valor se fue. Tuve mucho miedo pero me entregué a la voluntad de Cristo. Una luz iluminó el lugar. Sentí los brazos de una mujer cargarme. Escuché al demonio decir

    – Ese me retó. ¡Devuélvemelo! ¡Es mi derecho! ¡Yo no busqué la bronca!

    La Virgen de Guadalupe, habló

    – Siempre has sido un provocador. Con falsos formulismos tratas de negar que eres maligno ¡No se te entregará! Por su valor, amor y bondad, se te ha quitado ¿Deseas desafiar el mandato? Sus manos no te derrotaran pero guárdate de seguir haciendo mal porqué de él viene tu humillación

    El ser se carcajeo, y dijo

    – ¿Ese que cargas me humillará? ¿Acaso no ves cómo lo he dejado? Hasta lo castré. En fin, si ya hay decreto, me voy. Yo Cynocephalus, te obsequio esa basura. De seguro poco habrá de vivir

    De la nada aparecí en el hospital Juárez de Ciudad de México. A quinientos kilómetros de aquí. Un año duré internado. Albertina nunca fue a verme. Después de dárseme de alta hospitalaria, tres años trabajé en la capital.

    No quería volver acá. Estaba aterrorizado aparte pesaba en mi la decepción de no estar entero en mis genitales pero mi preocupación por mi hija me obligó a regresar. Me las arreglé. Ahorré y al pueblo llegué. Encontré a mi hija como propietaria de una gran hacienda. Ofendida estaba conmigo.

    Le rogué deshacerse de ese criminal. Nunca aceptó. Unos cuatro meses me tuvo en su casa. Me platicó mucho de su falso maestro y de ustedes. Una mañana le dije tener en mis manos la forma de derrotarlo. Me echó de sus tierras.

    Con mis ahorros compre un terreno chico y construí una modesta casa. Mi hija tuvo hijos. A todos les prohibió hablarme. A la fecha ni los nietos me dirigen la palabra. Para entonces ella ya era muy rica.

    Nunca le pedí nada. Viví de mi trabajo. Nació su primera nieta. Es de la misma edad de Raquel y Lucia. Todavía no ha sido sacrificada y deseo salvarla. Día y noche rezo por la salvación de las almas infortunadas.

    Por un sueño, sé que pronto Ustedes, habrán de hacer el sacrificio de sus nietas. También por ese sueño supe que aquí las encontraría.

    El nombre del demonio es Cynocephalus. Repítanlo mil veces para que no lo olviden. En sus manos está salvar a todas las muchachas que serán sacrificadas y liberar a las almas aprisionadas.

    No lo piensen. Acaben con esta injusticia

    Helene y Carmen, sin decir nada se alejaron. El anciano tristemente se metió entre las milpas. Cuando llegaron a casa Helene, dijo

    – Comadre se nos adelantó la hora. Hagamos lo que nos indicó el padre de Albertina

    Carmen, reprochó

    – ¿Y si es una trampa?

    La comadre respondió

    – Debemos salvar a nuestras nietas. Estoy dispuesta a todo. No temas Carmen. Como consuelo piensa qué de salvar a las otras jóvenes y a las almas aprisionadas quizá y solo quizá nuestros pecados sean perdonados. Tenemos que arriesgarnos

    Con ese plan Helene cargó las bolsas de su mantel de copal. Carmen hizo lo propio con el hígado y corazón del pez. Hincadas imploraron ser llamadas a la presencia del oscuro. Se les concedió.

    Al bajar a la cámara infernal dejaron sus ropas en donde siempre. Desnudas se presentaron al demonio. Al oler sus cuerpos, les dijo, tapándose la nariz

    – ¿De dónde vienen qué apestan horrible? ¡No se acerquen a mí! Regresen a sus casas y no vuelvan hasta que ese nauseabundo olor les desaparezca. Me enfurece esa hediondez

    – ¿Maestro qué tanto nos amas? – Preguntó Carmen.

    El maléfico, salido de sus casillas, contestó

    – Mucho pero no lo suficiente para deshacer el trato. Tendrán que ir por sus nietas y entregármelas. Última vez que les tolero la necedad de quererlas salvar. ¡Largo!

    Contestó Carmen

    – Deseamos salvarlas. Libéralas por favor. Pide lo que quieras pero déjalas ir

    El diablo, contestó – ¡Dije largo!

    El demonio, dubitativo pensaba en el olor de ellas. En sus adentros, se decía

    – Ese aroma me es conocido ¡No recuerdo por más que me esfuerzo!

    Las abuelas fueron a vestirse. Luego Helene y Carmen, teniendo a sus espaldas una llama encendida, llamaron al oscuro. Éste teniéndolas cercar, volvió a percibirles el olor, y dijo

    – Ahora apestas mil veces más

    Calló por unos segundos y refirió

    – ¡Ya recordé! ¡Huelen igual al padre de Albertina! ¡Fuera de aquí!

    Helene, valientemente, le dijo

    – No nos iremos hasta que rompas el pacto

    El oscuro, replicó

    – ¡Me desafían! Mis niñas no me hagan enojar ¿No saben que puedo hacerles crujir los huesos? ¡El pacto se cumplirá!

    Eso bastó para que Helene arrojara el copal a las llamas. Carmen hizo lo mismo con las vísceras del pescado. Un abundante humo invadió el recinto. La Bestia gritó

    – ¡Traidoras! ¡Quiten eso que me ahogo!

    Helene, manifestó

    – Libera a todas las nietas que deben victimizarse y rompe todos los pactos con tus amasias

    Carmen, agregó

    – También has de liberar a las almas prisioneras

    El demonio, tosiendo, les mencionó

    – Eso que queman no ha de durar mucho tiempo. Se les acabará y las mataré

    Helene, gritó

    – ¡Obedece Cynocephalus! ¡Ahora!

    Él en medio de fuertes dolores que lo llevaron a arrastrarse, respondió

    – Piedad, piedad, les juro que el pacto no se puede romper

    Ambas, con severidad, dijeron

    – ¡Rómpelo! ¡Cynocephalus, rómpelo!

    El demonio llorando, dijo

    Es imposible. Puede ser modificado pero no roto. Deben darme la libertad y algo valioso para ustedes a cambio de ellas

    Helene, dijo

    – Nuestras vidas y almas nos son valiosas. Quedamos a cambio de ellas

    El humo cesó, el demonio se levantó, enfurecido grito

    – Largo todas menos ustedes dos. Cúmplase la modificación al pacto de forma inmediata. Tan enfurecido estoy que nunca más quiero volver a ver a ninguna de mis amasias

    Las mujeres del demonio le imploraban no abandonarlas. De la caverna salieron llorando. Las almas prisioneras se elevando sus brazos, se enfilaron a los cielos. Desde ese día cesaron los sacrificios de las jóvenes.

    Sin más testigos Cynocephalus, dijo a Helene y Carmen

    – Ustedes fueron mis cómplices. Mi maldad la compartieron. Son parte de mi esencia. Es tiempo de pagar mis hermosas

    Durante mil años, se vio a Cynocephalus, comer a solas en su mesa.

    Mascaba los cuerpos hervidos de Helene y Carmen.

  • Aún me busca, le encanta lo que hacíamos

    Aún me busca, le encanta lo que hacíamos

    Tenía un amigo con el que me veía de vez en cuando para coger, él se casó hace poco, dejé de verlo y buscarlo hasta hace unos días.

    Me envió un mensaje en el que me decía las ganas que tenía de verme.

    Le dije que viniera a mi casa para pasarla rico y llegó lo esperé con unas medias negras y un conjunto del mismo color.

    Al abrir la puerta lo dejé entrar, lo llevé a mi cuarto y comencé a vendarle los ojos y amarre sus manos el solo sonrió y comencé a desabrochar su pantalón lo baje y comencé a hacerle una mamada me encanta hacerlo la metía toda a mi boca y salía empapada seguí hasta hacer que estuviera muy duro.

    Sin desatarlo ni quitarle la venda me puse encima de él como estaba muy mojada frote su verga un poco antes de meterla el medio que ya lo metiera y lo obedecí el solo sentía como me movía sin verme ni poder tocarme.

    Eso me encantó así que lo hice hasta que tuve un squirt, lo desaté y le pedí que me hiciera su puta que extrañaba su verga y que me cogiera cómo más le gustara.

    Y lo hizo me puso en 4 y antes de mételo me hizo un oral con el que me volví a empapar lo dejo ir completo fuerte y casi despiadado le pedía más que no parara.

    Cuando se puso encima de mi vio mi cara de placer ponía su dedo en mi boca y yo lo chupaba me decía que le encantaba que no quería dejar de coger conmigo que siguiera siendo su puta.

    Le dije que siempre lo iba a ser y que viera cuando quisiera pasarla rico sus movimientos se volvieron más fuertes y enérgicos hasta que terminó en mi cara y pechos tomó una foto que aún conserva.

    Aún viene a pasarla rico de vez en cuando.

  • Lo raro de este mundo (capítulo dos): Luis

    Lo raro de este mundo (capítulo dos): Luis

    A Luis lo conocí cuando ya había pasado unos meses y yo había comenzado a trabajar en una fábrica de tabaco en mi pueblo, no había muchas opciones de trabajo y mucho menos siendo un conocido maricón porque entre William, la historia con Raúl y de nuevo en manos de William, la gente ya lo sabía todo, eso sí, me habían dejado ya bastante tranquilo, había pasado formar parte del paisaje exótico del lugar. Luis vivía en La Lisa, regresaba yo de una de esas andanzas por la capital cuando en la parada pasó él con su perrita. Nos miramos, me llamó la atención aquel bigote gris muy a pesar de su panza. Cuando vino mi guagua la dejé ir, cosa que él aprobó sonriendo y se me acercó.

    —¡Vaya chico, se te fue la última guagua!

    —¡Sí, ahora pues ni sé qué hacer!

    Me invitó a su casa, vivía bajando hacia el río en los altos de una casa de dos pisos. Me mostró la casa, muy chula, muy ordenada y limpia. En un momento me abrazo y me besó, besaba muy rico y sabía muy bien lo que hacía. Caímos en la cama enlazados, besándonos mutuamente. Yo sentía su paquete abultado sobre el mío. Separándose y mirándome a los ojos me dijo.

    —¡Solo hay dos cosas que hay que tener claro, una que soy activo y otra que tengo una pinga muy gorda!

    Le respondí que no había problemas, que las dos cosas me iban bien. Le agradó aquella respuesta y a mí aquella franqueza ante todo. Después nos dedicamos a satisfacer nuestra sed mutua, era cierto había dicho de su pinga, gruesa, no larga pero muy gruesa. Costaba incluso trabajo tratar de tragarla, por lo que opté por lamerla como si fuera un helado, terminé humedeciendo todo para poder sentarme sobre ella. Traté, pero me era imposible, aquel trozo no entraba. Luis sacó de la mesita de noche un tubo de crema y la unté bien, después de dos intentos me senté hasta atrás sobre él que cerraba los ojos de placer.

    —¡Cojones qué culito, me vas a sacar la leche así!

    Esa exclamación de Luis me hizo recordar aquella frase que William me repetía «ese culo es para dar placer a los machos y sacar leche». Me sentí bien, sabía que singaríamos bien y así fue, Luis resultó una máquina singando. Era un remolino porque cambiaba de posición muchas veces, saltábamos de la cama al suelo o en el borde de la cama con mis piernas en alto, en la sala sobre el sofá, en la cocina. Me hacía caminar de un lado a otro sin salirse de mí, tenía maestría para ello. Al principio me resultaba torpe el erguirme y caminar clavado, pero me guio bien, como digo ahora él fue quien me enseñó ese juego que muchas veces después dejé sorprendidos a muchos de mis amantes. Me hizo que me viniera primero, me arrastró al baño para que la leche cayera al suelo, después regresamos al cuarto y me tiro sobre la cama.

    —¡Ahora aguanta que quiero darte mi leche!

    De verdad que tuve que aguantar un poco, porque me singó a lo bestia. Se vino y cayó desplomado sobre mí, besándome la nuca. Aquella si había sido una buena singada, yo me sentía bien y él mucho mejor, antes de dormir y después de ducharnos, me dijo que tenía compromiso, pero que no podía singarse a su amigo porque él tenía problemas con las hemorroides. Dormimos abrazados, y al amanecer antes de que se fuera al trabajo me volvió a poseer, diciendo que hacía tiempo que no singaba tan rico.

    Quedamos en que yo pasaría por su casa al día siguiente. Así fue como empecé a convertirme en el amante de Luis, el segundo amante porque él tenía uno oficial. Estuve frecuentando su casa, dormía siempre con él y casi había dejado a William y sus cosas a un lado. Un día pasaba yo por una de las calles detrás de la iglesia cuando William me llamó, me acerqué para saludarlo y me invitó a pasar.

    —¡Entra, chico, estamos aquí hablando!

    Traté de decirle que no, pero raro aunque decía que no, ya estaba yo en la sala y mientras William me presentaba a los demás.

    —Mira este es Paco, Lázaro, su gente Mario, Berto y yo, claro. ¡Caballeros, este uno de los mejores culos del pueblo!

    Así fue como me presentó, yo conocía a algunos de vista pero nunca había tratado con ellos. Bebían ron, me dieron mi trago, al parecer como la conversación ocurría en la sala no habría singueta y era solo ideas mías que siempre asociaba a William con cualquier orgía. Hablaban de todo y de nada a la vez, al rato llegó Hugo, al parecer quien esperaban porque tras él la puerta y la ventana quedaron cerradas. Yo quise irme, no sé, no me sentía como en mi sopa.

    —¡Coño, chico, qué vas a irte ahora!

    Me atajó William abrazándome, pasamos a una pequeña terraza donde ya algunos se desnudaban. William me susurró al oído.

    —¡Nos reunimos para singarnos a Mario, así que no te preocupes, solo si él no puede, tú puedes poner ese culito!

    Berto, ayudando a Mario a subirse en una mesa dijo como dirigiendo la escena.

    —¡A ver, caballeros, Mario es el culo y entonces tú, pones la boca! ¿Qué opinan?

    Claro que todos se apuntaron al igual que Mario. Berto me hizo arrodillarme en el centro y me vendó los ojos, era un juego, escuché que a Mario también se lo vendaban, consistía en que después teníamos que adivinar quién era quién. Por delante de mí pasaron todos poniendo su pinga en mi cara, dando a que oliera, rozara y probara. En total cinco, de todos los tamaños y diámetros, después me quitaron la venda y estaban allí todos desnudos, primero Mario y después yo fuimos ahora mirando bien diciendo que número eran, es decir en qué orden habían pasado cuando teníamos las vendas. Mario acertó dos, yo tres por lo que gané yo el derecho a comenzar la tanda de mamadas. Quise elegir a otro, pero elegí a William, sabía que le iba a gustar.

    —¡Ya lo dije yo, este es maricón de pura cepa! —dijo William acercando su pinga para que yo me la tragara delante de todos.

    Berto se había puesto a mamar el culo de Mario que había vuelto a ocupar su lugar en la mesa. Siendo yo el que mamaba, era como quien preparaba a quien se singaría a Mario, por lo que William fue el primero, yo elegí a Paco después porque tenía una pinga de esas de cabeza grande, bueno, tenía el nombrete de mandarria. Él estuvo satisfecho de que yo lo hubiera elegido de segundo. A partir de aquel momento fue una locura yo ya ni sabía qué pasaba y lo mismo supongo que Mario que gemía desde su mesa. Hugo me hizo levantar mientras me tragaba la pinga de Lázaro y me ensalivó para singarme, nadie dijo nada y estaba claro que aquello de uno era boca y el otro culo se había terminado. Por suerte solo Hugo y Berto se turnaron en mi culo, hasta que William se adueño de mí, agarrado de mis nalgas y no dejó sitio a nadie más. William se sentó y yo encima de él, clavado, y mirando a Mario como se lo singaban.

    —¡Algún día cuando quieras te podemos hacer como a Mario!, me murmuró William al oído. ¡Solo tienes que pedirlo y todos se apuntan!

    No sé, viendo a Mario allí y su culo rosado e hinchado, no sé. Me imaginé que las veces que había participado en alguna orgía pues era igual y mi ojete quedaba así. Mario se incorporó satisfecho, sonreía y besaba a su amado quizá por aquel regalo. Se fueron yendo poco a poco, Berto nos dijo que nos quedáramos así que quería vernos, regresó y se quedó delante de nosotros mirando, después se agachó para ver como la pinga de William estaba en mi culo, dijo que William me sostuviera para ver mejor. Tocaba con sus dedos el borde de mi culo y la pinga de William, repetía que le gustaba vernos así, era como en una foto y se sorprendía de que William tenía la pinga dura todavía después de estar tanto rato sin moverse dentro de mí, solo así.

    —¡Macho, ya te lo dije este es el mejor culo del pueblo! Nada más que se la meto, me pone a mil y te digo una cosa, este tiene aguante.

    William me poseyó allí delante de Berto, que miraba y a veces decía algo. Quizá por haberse ya venido o por cansancio, William dejó de singarme e invitó a Berto si deseaba, claro que deseó y metió su pinga diciendo cosas sobre el mi culo caliente. William hizo lo que siempre hacía se fue dejándome allí con Berto que se apoderó de mí, me hizo suyo con cariño, como si estuviera enamorado. Cuando terminó, nos quedamos abrazos en el sofá de la terraza, ya oscurecía pero no teníamos apuro para nada. Por suerte hablando con Berto supe de que tenía pareja, que estaba en casa de sus familiares. Estaba claro que aquello si se repetía era cuando no estuviera su pareja.

    Seguí yo con mis encuentros con Luis, él de La Lisa, que de la misma manera llevaba esa doble vida. Un día Luis me dijo que quería presentarme a su pareja, se llamaba Evelio. Mi pregunta fue directa ¿para qué? Según Luis, él no tenía secretos con su pareja y la había contado desde nuestro encuentro hasta las veces que habíamos dormido juntos. No me gustaba la idea como tal, me sonaba algo infantil aquella presentarnos y suponer que todo marcharía bien.

    _No creo que sea una buena idea eso de conocer a tu compromiso.

    Luis no quiso escuchar, me convenció que al menos era como dar a nuestros encuentros un tono casi oficial, que así era mejor y su pareja se sentiría seguro de que él estaba conmigo, una persona que conocía bien. Así fue como conocí a Evelio, un tipo esbelto y de pelo negro aunque me pareció que era teñido, porque era demasiado negro, artificialmente negro. Desde el primer estrechón de mano sentí el peso de su mirada, esa mirada que mira a un usurpador. ¡Bonita cosa!, de pronto yo me había visto en vuelto en ese triángulo amoroso del peor corte telenovela. Claro que no fue una confrontación abierta, solo fue la primera impresión porque Evelio era muy educado, demasiado por lo que ya viendo a ambos juntos comprendí claro la esencia de Luis y la de su pareja, además supe en ese momento que tanto Evelio como yo nos habíamos rendido al juego de Luis o vulgarmente dicho, nos habíamos rendido a su pinga gorda y a cómo singaba.

    Comimos en el comedor, con toda la vajilla, una comida sabrosa y bien hecha. Luis sabía cocinar de maravilla, bebimos cerveza fría. Claro en un país como Cuba aquello era un lujo impensable, pero teniendo en cuenta que ambos trabajaban en turismo, pues estaba claro que podían tener una vida que a todo el mundo estaba vedada. Después de la comida, vimos algo de tele y bueno a la cama bajo la batuta de Luis. Nos desnudamos y tuve que lidiar entre las dos pingas mientras ellos se besaban. Me gustaba de todas maneras, no perdía yo nada y tampoco me molestaba porque ya había tenido ese tipo de experiencia. Después Luis se ocupó de llenar mi ojete con su pinga, estuvo bastante rato dándome caña mientras yo chupaba la pinga de Evelio. Cuando se vino Luis, le ordeno a su pareja que me singara, este no estaba muy animado a hacerlo. Luis insistió hasta que logró que al menos introdujera su pinga pero nada más, Evelio era completamente pasivo. Yo que estaba a mil como siempre, Luis me dijo que si quería singarme a Evelio.

    —¡Mira, papo, la pinga de él no es tan grade y gorda!¡No te va a doler!, le dijo a su pareja que se puso en cuatro para que yo me lo singara.

    Fue Luis quien me adentró en ese rol de activo, fue su pareja el primer macho que me singaba porque hasta aquel entonces yo había sido siempre pasivo, desde entonces eso de universal o versátil pasó a ser mi carta de presentación aunque en realidad me gustaba que me dieran pinga. Al principio no me sentía seguro metiendo mi pinga en el culo del otro, pero poco a poco y con la ayuda de Luis que me guiaba fui comprendiendo que podía sentir placer también, que el calor que rodeaba mi pinga era del culo del otro, que mientras más me movía mejor me parecía y lograba que Evelio gimiera de goce. Recuerdo que no estuve mucho tiempo singando a la pareja de Luis y más cuando éste empezó a juguetear con sus dedos en mi ojete ya dilatado, me vine casi gritando. Evelio cuando se vio libre de mí se fue corriendo al baño, era muy limpio según me dijo Luis, que además le costaba mucho meterse una pinga y que al menos conmigo había logrado vencer su pánico.

    Nunca entendí en que se basaba la unión casi matrimonial de ellos dos sino tenían casi relación, claro que era algo ingenuo yo, porque en realidad Evelio sí singaba y Luis también, quizá cada uno por su lado o simplemente yo había asistido a un teatro orquestado por y para ellos mimos donde yo era o simple actor o decorado. No me molestaba el haber llegado a semejante conclusión, simplemente comprobaba que el mundo era más complejo de lo que pensaba y que la mentira, el engaño o la infidelidad era el pan nuestro de cada día.

    No se volvió a repetir aquel trío con ellos, seguí visitando a Luis, quedándome con mucha frecuencia en su casa y satisfaciendo su apetito sexual al igual que el mío. Singábamos ya sin experimentar, tengo que aceptar que me había acostumbrado a su pinga, a su grosor y que ya no costaba trabajo la penetración. Usábamos a veces crema pero ya se iba haciendo común la saliva, había leído en libros sobre sexología que el recto se adaptaba a un miembro y por lo tanto el acto sexual llegaba no ser violento. Era cierto, aunque supongo que ya me había adaptado a la manera de Luis y había cogido confianza en él.

    A Berto lo volví a ver un día que pasaba por su casa, me hizo entrar, su amigo no estaba y claro él quería fiesta. La infidelidad estaba a la orden del día. Pero como no era yo de nadie ni tenía pareja eso no me preocupaba. Ese día nos fuimos directo a la ducha, primero porque había calor y segundo porque le dije que no me había bañado y claro, él me invitó directo. Ya desnudos bajo el chorro de agua empezamos besándonos, acariciándonos. Berto estaba que parecía iba a explotar, su pinga estaba dura y la movía contrayendo sus músculos. Estuvimos jugueteando mucho tiempo, yo me arrodillaba y me comía su sexo, él después a mí, hasta que me dijo.

    —¡Quiero singarte ahora!

    Me hizo poner mis manos en la pared de la ducha, después me abrió los pies y empezó a meterme caña. Decía palabrotas, me llamaba maricón, puta, hembra; mi culo era tanto un chocho como un culo como un túnel o pozo. No me preocupaba por aquellos comentarios mientras no fueran ofensivos, era más me agradaba porque maricón lo era, puta lo había sido cuando pasé de macho en macho aunque sin ganar nada, hembra lo era por el rol que tenía con él y bueno, que mi culo fuera chocho o pozo, tampoco me preocupaba por el contrario me sentía bien. Cuando se vino, me preguntó si me iba a venir yo o no, como de costumbre empecé a hacerme la paja, pero aquí Berto me sorprendió pidiéndome que me lo singara. Eso hice, se encorvó y le metí caña, me lo singué bien hasta que me vine. No soy de los que habla mucho pero Berto seguía diciendo cosas, ahora él me decía que lo había hecho mujer, que ahora él era el maricón. Parecía una comedia pero lo principal es que ambos quedamos satisfechos.

    Esta nueva noticia llegó a oídos de William, en pueblo chiquito, ruido grande y más tratándose de ese cerrado mundo homosexual, donde la promiscuidad imperaba. Yo le dije que el de La Lisa me enseñó a coger culos también, se lo dije más por darle rabia que otra cosa. Pero William nunca se dejaba vencer, me arrastró al baño del parque y sacando su pinga me dijo que se la mamara. Primero me opuse, pero viendo aquello no me resistí y agachándome me puse a mamar su pinga. No era el lugar más ideal para ello, primero los olores a orina, mezclados con el cloro y naftalina, la presión de que alguien pudiera entrar y descubrirnos, pero tomé aquello como una prueba más. Al rato alguien entró, me quedé helado con la pinga de William en las narices, él con su mano me la puso en la boca. No veía quien había entrado, escuché el chorro del meado caer y después llegó hasta los lavamanos y echó una ojeada a la cabina donde estábamos, yo traté de ocultar mi cara detrás de William. Yo quedé con el corazón en la boca, aunque lo que tenía en la boca era el pingón de William. El desconocido se acercó.

    —¡Cojones, qué trozo de maricón! ¿Mama rico?

    William le respondió dándole el lugar.

    —¡Prueba tú mismo que yo vigilo!

    El desconocido se puso en el sitio de William y sacó su pinga que ya estaba poniéndose dura. El sabor salado del orine al principio me molestó algo, hasta ese momento había mamado pingas limpias, pero esta no. El desconocido agarró mi cabeza y me empezó a singar por la boca. Yo hacía arqueadas, pero él era una máquina y no paró hasta que se vino, me lleno la garganta de leche, uso mi cara para limpiarse la pinga por lo que me dejó embarrado todo de semen el bigote y las mejillas. Cuando se fue dijo.

    —¡Buen maricón!

    William regresó a la cabina y me puso su pinga de nuevo delante para que continuara. Quise protestar pero fue imposible y continué lamiendo su pinga con el sabor y el olor del semen de aquel tipo.

    —¡Hoy te vas a convertir en el limpia pinga de este baño!

    Era William así con sus locuras todas relacionadas con el sexo, yo me apuntaba a sus cosas, iba comprendiendo que me gustaba y me sentía bien. Entraron dos reclutas a los que William llamó enseguida.

    —¡Eh, reclutas, aquí hay un maricón pidiendo pinga! ¡Así que aprovechen!

    Se repitió lo mismo que con el desconocido, le mamé por turno la pinga a los dos reclutas, tenía las mandíbulas que se me querían caer, la cara embarrada de semen de tres machos. Olía yo a semen, mi camisa tenía manchas de semen y hasta en el pelo porque uno de los reclutas se limpió su pinga en mi cabeza. William sabía cómo humillarme, como usarme, como hacerme sentir un ser sin voluntad.

    —¡No puedo más, me duelen las quijadas!

    —¡Bueno, pues te queda el culo!

    Salimos al parque, nos sentamos en uno de los bancos oscuros, William a fumar y yo a descansar algo. La noche fresca, la parada tenía algunas personas, pero como de costumbre la calle vacía.

    —¡Mira, los maricones tienen dos cosas, uno el culo y otra, la boca! ¡Cuando no puede con uno, pues con lo otro y sino con la mano! ¿O se te olvidó lo que te dije? ¡Tú eres maricón para satisfacer a los machos y ya!

    Era así la filosofía de William, yo callaba, no le iba a ir a la contraria. Pasó un tipo rumbo al baño, nos miró antes de entrar. Y William me indicó con un movimiento de cabeza que fuera, yo me resistí.

    —¡A ver, ve y haz lo que tú sabes hacer bien!

    Era una orden, creo que estaba yo embrujado, porque me levanté y entré en el baño. El hombre estaba en el meadero, yo fui y disimulé que meaba también. Le eché un vistazo a la pinga flácida que tenía en las manos. Él se dio cuenta y me dijo.

    —¿Qué? ¿Te gusta?

    No le respondí, me turbé, fui al lavamanos y me lavé las manos. El tipo se dirigió a la última cabina y me llamó con un gesto. Me acerqué y me dijo.

    —¡Vamos, maricón, es tuya, hazlo rápido que estoy apurado!

    Se había cumplido lo dicho por William, yo estaba allí moviendo mi cabeza tratando de que se viniera rápido. Cosa que logré también usando mi mano, se vino en silencio y agarrando mi cabeza. Se fue como una bala, salió y yo después. William estaba en el banco, y para que viera escupí la leche al piso. William me dijo que así se hacía, que en ese pueblo todos estaban dispuestos a dar pinga.

    —¡Bueno, ahora hay que buscar quien te singue el culo!

    Me dijo y nos levantamos, cogimos rumbo a la línea del tren para llegar a unos almacenes. Alguien lo saludó y fuimos hasta la puerta.

    —¡Mira, Teto, este culo quiere pinga! ¿Le haces el favor?

    Fue la presentación de William, él otro aceptó enseguida y sin miramientos. Teto un gordo grande, yo no lo hubiera ni mirado en la calle pero estaba bajo el embrujo de William. Teto dejó a William en la puerta y me llevó adentro, me dijo que me bajara los pantalones y en un abrir y cerrar de ojos estaba yo singado. No sé, no hubo ni preludio ni caricias ni besos ni mamadas, me singó así, de una manera fría y torpe. Se vino, sacó su pinga y se la guardó en el pantalón instándome a subirme el pantalón. Cuando salimos, William me contó que Teto no era bujarrón, pero que a falta de carne pues pescado, que a veces él venía a singarse a alguien y Teto lo dejaba entrar y miraba, habían hablado que algún día le traería a alguien para que se singara. Ese había sido yo.

    Después de aquel día loco, tuve mi receso, dejé de ir por La Lisa y evitaba caer en las garras de William. En uno de mis regresos a casa en Santiago de las Vegas me encontré con Roberto, no lo conocí de lo desmejorado que se veía. Nos sentamos a hablar, me contó que había pedido irse del país y cómo era médico no lo dejaban, que estaba sin trabajo, porque lo expulsaron y que no tenía ni un peso. Yo le pregunté por qué estaba tan desmejorado, era diabético y le faltaba la medicina. En fin que terminé dándole diez pesos, me dio lastima. Me dijo que pasara por su casa algún día, pero que estaba a punto de irse del país. No lo vi nunca más, al parecer se fue porque cuando pasé un día por la cuartería estaba sellada la puerta y ni pregunté, me fui sin preguntarle a nadie. Con Roberto había perdido el contacto con su amigo Julio. Me fui a casa de Luis, no estaba, cosa que me pareció rara porque él siempre estaba a esas horas. Nada, tomé rumbo a la parada pero al pasar unas de las esquinas vi que Luis iba rumbo a su casa, claro que no iba solo. No tuve celos, pero me pareció raro. Los seguí y cuando iban a entrar doblé la esquina, Luis se turbó algo y más el otro.

    —¡Mira, este…te presento a mi primo!

    Bueno, podría serlo, podría pero estaba muy claro, el chico era muy joven y muy afeminado, al no ser que todas en la familia fuera maricones. Le dijo al chico convertido en primo que subiera, a mí me dijo que no podía quedarme porque estaba el primo. Yo me despedí sin dar muestras que sería la última vez que me iba a ver. Así fue, no me lo encontré más, me perdí de su casa. Lo más cómico que como a la semana y pico en la parada de Carlos III me encontré a Evelio que paseaba con un perrito parecido al de Luis, nos saludamos, yo bromeé que si ese era el Rambi, pero no, eran diferentes. De regreso del paseo, Evelio se me acercó para hablar.

    Empezó por contarme que al principio tenía muchos celos de mí, que pensaba que Luis se iba a separar para quedarse conmigo, pero que después se calmó cuando me conoció, que estaba muy contento de que yo estuviera con su Luis porque así éste no se dedicaba a buscar por ahí. La venganza es dulce como decía aquella mala canción, le comenté que ya hacía como tres semanas que no veía a Luis y que tampoco lo vería. El dardo envenenado cayó en la diana, Evelio se sorprendió, yo le conté que me había alejado porque no me gustaban los cuentos chinos y le conté aquella escena del llamado primo. Evelio empezó a rabiar y a echar pestes contra Luis, porque en realidad no había primos ni nada y aquel jovenzuelo era uno más de sus conquistas. Él que estaba tan seguro conmigo y de pronto todo había comenzado de nuevo. Yo le dije que lo sentía, que también me había sentido mal, porque aunque sabía que ellos eran pareja y después de las cosas que me había contado de ellos dos, pues me consideraba como una persona cercana. Evelio me dijo que sí, que lo era, pero los asombros llovían, Evelio me confesó que hacía dos días no había ido por su casa porque estaba conmigo. En fin, me imagino que cuando Luis fuera a su casa habría tenido un buen concierto, lo tuvo porque un amigo común me contó que se enfadaron y todo.

    En resumen, había puesto yo punto final a aquella aventura con Luis, me sentía contento y liberado de todo. Era lo más conveniente porque era una relación de estar y no estar, de ser y no ser, con exigencias sólo por una parte.

  • El río. Una oportunidad para follar

    El río. Una oportunidad para follar

    Era una plácida mañana que invitaba al paseo. Me dispuse a dar una vuelta hasta el polígono, con la intención de entretenerme disipando presiones en el pensamiento, y a la vez estirar las piernas, mi trabajo es sedentario, a pesar de ello no hago nada por moverme, desoyendo las recomendaciones que vienen por todos los lados de mover las piernas. Pues eso, comencé un paseo con buen humor y motivación relajante. En el trayecto me desvié hacia las riberas del río, parecía más bonito y sobre todo distraído.

    Un paseo bucólico, pastoril y campestre aunque mis zapatos no eran los mas indicados para andar por esos vericuetos y desniveles, pero un día es un día, y siete una semana. Podría ser que la experiencia de una mañana amena y deportiva, ocasionará en mi cierta rutina, un nuevo rumbo con costumbres sanas. La variedad en otras caminatas sería cambiar la ruta.

    Es un rio pequeño, de poco caudal en esta época del año. Es un rio al cual desde hace muchos años no intervienen sus orillas, no desbrozan, tampoco extraen las gravas. Poco a poco vuelve a ser un curso de agua pacifico, sosegado, sin celeridad, con continuos obstáculos naturales, que hacen posible el sonido único y relajante del agua.

    En fin, desde la estrecha vereda iba disfrutando los paisajes, con su amplia tonalidad de verdes, desde el aguacate, hasta el esmeralda. Marchaba al paso de mirar escaparates en una gran avenida comercial, estaba disfrutando del paseo.

    En un momento debí inclinar el peso del cuerpo hacia adelante, la senda iba empinándose, obligándome al esfuerzo en ese trecho. Al final de la cuesta aparece un perro, pastor alemán, me mira con ciertos ojos de preguntarse qué hacía yo por allí, en su territorio. Esta raza de perros siempre me recuerdan a mis héroes infantiles a Rin-tin-tin y el cabo Rusty, imaginé que la nobleza y su fama de afectuosos no iba a ponerse agresivo.

    Remonte la loma, el buen perro enseñó los dientes gruñendo, no llegó a ladrar, me mosqueé un rato, parando, en perfecto estado de firmes, sin mover un solo músculo por lo que pudiera pasar. No había transcurrido nada de tiempo, segundos, cuando apareció la propietaria, a la cual en un principio no reconocí por mi estado de tensión.

    – ¡Ehhh!, no tengas miedo, no hace nada es un cacho pan.

    – Puede que sea sí –respondí- pero hay posibilidades que él no lo sepa, no hace nada más que mirarme el culo relamiéndose el morro con fruición.

    – Ja, ja ,ja- soltó un inmensa risotada simpática.

    En ese instante me di cuenta, una chica preciosa que tiene una cafetería en el pueblo, a la cual, no de manera constante, suelo acudir para tomar un cortadito con pincho de tortilla con cebolla, sí con cebolla, que le sale muy bien, casi sin cuajar, con un rico sabor. Me gusta esa textura, naturalmente creo que tiene algún añadido que no puedo identificar, es el secreto del éxito.

    A pesar de llevar gafas, empecé a verla con nitidez según se acercaba con la correa del perro en la mano, paso decidido, seguro, con un contoneo natural y a la vez insinuador de naturalidad brutal.

    – No sabes, Lola, que no puedes soltarlo en el campo, así a la pata de la llana, ¿y sí me ataca?

    – Qué no hombre, qué no, sólo gruñe, pero no ataca, está bien enseñado – contestó Lola – tampoco pensé que podría, a estas horas, encontrar a gente por la trocha a semejante hora.

    Acercándose pidió perdón con una amplia sonrisa y un movimiento sensual de ojos, estampó en la cara dos besos bien dados con cierta sonoridad afectuosa.

    Llevaba una camiseta de tirantes azul oscuro, apretada a su cuerpo, falda vaquera corta sin ser exagerada. Tiene un cuerpo categórico, en posesión de grandes curvas. Sus tetas son grandes y armoniosas con su macizo y deslumbrante cuerpo. Piernas también proporcionadas, se las ve fuertes, no musculosas, esos muslos que están acolchaditos por la acumulación de primeros síntomas de adiposidad sugerente, cuando se está a mediados de los treinta. Es una chica maciza de curvas serenas, una morenaza de buen ver y mejor tocar, suponía. Lleva melena suelta hasta los hombros. Ojos negros profundos, pero con mucha vida, labios sensuales y carnosos, cuando los tiene cerrados, en el medio forma un pequeño agujerito sugestivo y sugerente. Es un labio natural propio, toda la familia, qué conozco, les llaman los morros por el pueblo. Dientes blancos y perfectos, que le permite una sonrisa atrayente con cierto toque sexual.

    – ¿Dónde vas? -preguntó con cierta sonrisa encantadora.

    – No lo tengo decidido -respondí- iré hasta el puente de mas adelante, cruzaré, volviendo al pueblo por la otra ribera.

    – Te acompaño- contesto.

    Seguimos caminando hablando de memeces, del tiempo, de la ley de terrazas municipal que tanto le atañen. Cosas simples. En mi mano llevaba una vara de avellano, con la que iba pegando a pedruscos del camino, en un juego intrascendente, por hacer algo. En estas que me dio por tirarla al aire, con la idea que el perro se lanzara a por él y ver su respuesta.

    Así lo hice. No recuerdo ahora el nombre del chucho, un nombre corto, sonoro, digamos que algo así como Thor o parecido.

    – Ándale, ándale Thor, ve por el palito.

    El chucho se arrancó como un rayo en la distancia, saltó haciendo malabares en el aire, recogiendo la varita, trayéndomela. Lola, mirándome con sorpresa, movió la nariz intentando explicar su sorpresa

    – Es la primera vez que le veo hacer eso con un extraño.

    – Ya ves todos tenemos nuestros encantos ocultos.

    Olvidé comentar que ella es alta, para ser chica, diría que un metro setenta y cinco. Muy alta de verdad. Se sintió ofendida, agachándose con decisión buscó otro palo. En el gesto natural y decidido olvidó adecuarse la falda, dejando a mi vista el regalo de dos cachetes morenos imponentes, torneados, respingones, curvas de perfección tal volutas de un capitel jónico. En medio de ellos, la parte visible, era poquísima, de su ropa interior.

    Entendí que vestía un tanga pequeño, quizás de esos de hilo. El color era rojo puro, del cual solo distinguí a ver, la pequeña parte visible de la tela en la entrepierna. La visión y ponerse la polla tiesa como un fuste de mármol de Carrara. A partir de ese instante, el paseo no podía ser el mismo. Ella lo notó nada más darse la vuelta. No tiró el palo al aire, para que fuera recogido por el perro, simplemente fue apartado a un lado de las hierbas que marcaban el camino.

    Ustedes sabrán del descaro, las salidas, y la búsqueda de la palabra rápida que tienen las camareras con un desparpajo increíble.

    – ¿Que he enseñado?

    Mi respuesta fue de expresión y no de palabra. Abrí los ojos hasta el límite, los labios como si estaría pronunciando la letra O, la mano derecha agitándola con esa expresión infantil de ¡Andanda!, ¡Andanda!

    Estallando en una risotada inmensa, que me dieron ganas de comerla la boca, por su frescura y naturalidad, síntoma de vida feliz y franca. Sin dobleces. De enamorarse uno al instante con ese solo gesto.

    – ¡Qué tonto eres! No has visto nada, te lo imaginas. Solo tengo uno, si tuviera dos te lo regalaba para tú entretenimiento.

    La respuesta era atrevida, por un momento enmudecí, no tuve resorte para argumentar nada. Sólo una mueca de la boca, poner las manos y los brazos en ese lenguaje de mimos, otra vez será. Seguimos andando, pero un silencio flotaba en el aire, como si pasará un ángel o un demonio súcubo de malas intenciones.

    -Perdóname un momento que no llego, necesito aliviarme, siempre me desayuno con una botella de litro de agua, y está haciendo su efecto. Retirándose a un lado del camino detrás de unas moreras frondosas.

    – No vayas a mirar, te veo cara de sátiro y salido.

    – Mujer, la postura no es lo más erótico que pueda inspirar, ahí en cuclillas con el tanga en las rodillas

    – ¿Por qué sabes que llevó tanga?

    – Pues te daré otro dato, es rojo y apostaría que es de hilo, o hilo dental que dicen las adolescentes, ¿O no?

    – Claro -me respondió- cuando me agache, pero no pensé que la exposición fuese a ese nivel, confiaba en la visión de solo muslamen.

    En eso, posiblemente, por la postura y el irregular terreno, perdió un poco el equilibrio dando un grito, el perro se lanzó en su auxilio, solamente provocando su caída por el pequeño terraplén, mientras gritaba de manera dolorida.

    Acelere el paso para ir en su auxilio, viéndola abajo, con el tanga desplazado hasta los tobillos y ella en una postura abierta, sobre su espalda, y un poco descolocada.

    – Te has hecho daño, Lola, ¿Estás bien?

    Allí me mostró, sin querer, toda su intimidad. Una vulva gloriosa, equilibrada, estilosa. Perfecta. No tenía los labios menores fuera, solo los mayores abultados y cerrados. Tenía en su entrepierna un bosque bien cuidado de vellos negros, rizados, cortos y brillantes. Tengo la impresión que dedicaba tiempo a su ornamento y cuidado. Baje intentando no caer también, y ayude para su incorporación. Puesta el pie, tenía codos arañados, las rodillas y un muslo izquierdo. Bajó la falda con dignidad, pero su ropa interior seguía en los tobillos.

    – No te podrás quejar del espectáculo y la visión. El panorama no te creas que lo ha visto todo el mundo.

    No echamos a reír hasta la hilaridad y lágrimas asomando por los ojos.

    – Déjame que te mire por si estas sangrando, e intenta si puedes caminar.

    Se movió como las muñecas de Famosa, la ropa interior no daba más de sí. Mire sus hombros, brazos, codos, rodillas, muslos y en un gesto de caballero, pidiendo perdón, levante su faldita y mire sus nalgas que tenían cuatro arañazos sin importancia. Todo bien la dije. Me rogó que me diese la vuelta, así lo hice, se subió el tanga. Cuando terminó me giro agarrándome de hombro, mirándome fijo a los ojos, una mirada difícil de aguantar. No sabía que hacer ni decir, ante esa mirada que resultaba difícil descifrar.

    En ese momento me agarró decididamente de ahí, sí dónde están pensado, la masculinidad física. comenzando una labor de frotamiento con ritmo diabólico. La picha se puso en guardia produciéndome hasta dolor, pensé por un momento que estallaría por la parte de los huevos. Ella se agachó, bajó mi cremallera de la bragueta y a duras penas, con muchas maniobras, logró liberarla de mis vaqueros. Estaba atónito, en silencio, incrédulo, mientras se introdujo el cipote en su sexual boca. Sólo la cabeza, que con esos jugosos labios estuvo atrás y adelante. Atrás y adelante. Atrás y adelante. No encontraba donde agarrarme, donde apoyarme para no perder la estabilidad, quería pensar en algo horrible, en algo doloroso. Sentía que estaba a punto de soltar un chorro que intuía portentoso.

    Así que la agarré de la cabeza. Y al poco rato fue poniéndose en pie, ella empezó a frotar sus morros sensuales contra mis labios.

    – ¿Qué, te gustas como sabes? – preguntó

    – Naturalmente no llevarás ninguna goma en el bolso, ni en la cartera.

    – Efectivamente has acertado, por el campo no suelo llevar, aunque conozco, por oídas, que en estos sitios abundan los conejos salvajes peludos.

    Ella sonrió, yo también. Empezando un duelo desesperado con labios y lengua. Era ridículo a la vera de un camino, con una discreción que proporcionaba exiguamente la morera. El pene en todo su vigor y vistosidad, la polla para entendernos, ella abrazándome con sus torneados brazos. Yo que soy muy de tetas opté por liberarlas de un bonito sujetador de encaje. El tacto era cálido, mullido, agradable aumentando todavía mas mi excitación. Ella me ayudó, bajándose el sostén, y subiendo su camiseta. ¡Dios mío! Que pechos más bonitos y apetitosos, con unos pezones redondos a la perfección, oscuros erguidos y desafiantes. Los cuales estuve besando y chupando hasta que dijo basta, que me las vas a dejar lacias.

    Baje mi mano derecha hasta su ingle, y con delicadeza y precisión acaricie el capuchón del clítoris. Arriba y abajo, Arriba y abajo. La otra mano la descansaba en sus nalgas respingonas, alternando con caricias en su esfínter. Notaba su dilatación, siendo agradecido. Percibí sus contracciones, y como mi mano se humedecía de sus flujos. Se había corrido con clase, sólo unos contenidos jaleos en mi oreja fue su aviso.

    Me dio la vuelta y mi espalda situándose en el frente de su cuerpo. Con su mano derecha empezó a masajearme y sacudirme la polla. Con frecuencia improvisada, o bien cambiaba el ritmo, o bien paraba para mi desesperación. En un momento atinó a dar dos tandas con decisión, maestría y fuerza, mientras un dedo de su mano derecha era introducido en mi esfínter. En nada, en el mismo instante, solté un chorro con una fuerza de asustar de semen. Me recordó a esas faltas que tan magistralmente lanzaba Roberto Carlos, Por un momento temblaron las cachas. La chorra seguía goteando. Me di la vuelta, la miré, ella también a mi. En silencio, sobraban las palabras, el órgano agresivo fue tornando a su estado habitual. Ella se quitó del todo en tanga que restregó contra su hachazo y acto seguido me acercó el tanga.

    – Toma, límpiate con mis bragas, son baratas, no son mis preferidas.

    Hizo con ellas un rebullo, tirándolas debajo de unos arbustos.

    El perro seguía sentado en espera, fiel, sumiso y sin decir ni Pamplona. Había sido espectador de lujo del polvo del año, tal como nosotros mismos reconocimos, eso sí, sin introducción.

    Volvimos para el pueblo, sin decir ni pio, callados, mudos. La única comunicación eran las miradas disimuladas y la tierna sonrisa de complicidad. En cierto momento me acerqué a ella, la di un tierno besito en la mejilla. Tómalo como agradecimiento, como reconocimiento, algo de amigos. Ella estaba guapísima, el encenderse le sienta bien.

    Al llegar a su establecimiento, ayudé a levantar la verja del establecimiento, preguntando si podía invitarla a un café. La cafetera estaba encendida, seria automática, delataba en pitorro rojo destellante.

    – Tomaremos café sólo. Tengo que ir hasta al almacén a coger una botella, ahora no me apetece, y tú estás seco – seguida de una carcajada sensual y golosa.

    En ese momento saqué de mi billetera dinero, tres billetes de cincuenta, creo, la miré a los ojos poniéndolos encima del mostrador.

    – Mira Lola, no me juzgues mal. Espera que termine. Es para que compres en esa mercería de enfrente un conjunto de lencería sugerente roja. Un día me llamas y te la veo y doy opinión. Bueno es tú elección. Recuerda que en estos momentos no llevas bragas.

    Apoyándome en el mostrador la atraje hacia mí, agarrándola de los hombros me acerqué propinando un beso de Hollywood con lengua. Girándome marché por donde había venido.

    No volvimos, al día de la fecha, a tener otro contacto. Sigo entrando en su cafetería, cruzamos con complicidad las miradas con sonrisa picarona. Ella tiene ahora un novio formal, y el perro siempre está muy zalamero conmigo.

  • Voluntariado (capítulo 1)

    Voluntariado (capítulo 1)

    La Sra. Cárdenas, esposa del jefe de Mi Mor, dirigía labor Social en la comunidad y necesitaba voluntarios desesperadamente. El centro de atención al adulto mayor dependía demasiado de los pocos voluntarios que ya tenían.

    Sra. Cárdenas: «Tenemos literalmente docenas de personas de la tercera edad que necesitan algún tipo de asistencia. Podemos usar cualquier ayuda que nos puedan brindar».

    Yo: «Bueno, supongo que podría darte una hora o dos, digamos tres veces por semana. ¿Qué necesitas que haga?» – sintiéndome bien con el voluntariado, que estaba haciendo algo bueno en el mundo.

    Sra. Cárdenas: «Creo que te pediré que visites al Sr. Gutiérrez. Es viudo y está encerrado y no sale mucho, si es que sale. Casi no tiene familia y sería un buen lugar para comenzar como voluntario».

    La Sra. Cárdenas me dio el expediente del caso para que comenzara. Enrique Gutiérrez era un ex capataz de construcción de 78 años, estaba deprimido después de haber perdido a su esposa durante cincuenta años el año pasado. Solicitó un voluntario para que lo ayudara con algunos problemas menores de salud, lo acompañara y posiblemente lo ayudara con algunas tareas menores.

    Yo: «Sr. Gutiérrez, ¿eh? ¡No puedo esperar!»- emocionada

    Iba a visitar al señor Gutiérrez los martes y jueves. El Centro me recomendó que pasara de noventa minutos a dos horas con él, ya que estos tiempos eran los mínimos para que una visita fuera más efectiva. Sugirieron traer algunas cartas y otros juegos de mesa, pero que el tiempo debería ser interactivo y no estar demasiado ocupado con la televisión, la siesta o la computadora.

    Sra. Cárdenas: «Ahora, no dejes que te haga perder el tiempo. Te estás esforzando por ser compañía para él, así que asegúrate de mantenerlo ocupado. Si decides mirar televisión, asegúrate de que no sea una actividad regular y que lo hagan juntos. Trate de recordar que él es mayor y de una generación diferente”

    Mi Mor no estaba muy de acuerdo con el trabajo voluntario, pero pensó que era una buena forma de quedar bien con su Jefe.

    Para mi primera visita, utilice una falda, con una blusa y tacones. Me dirigí a la dirección del Sr. Gutiérrez, era una las partes viejas de la ciudad, no un mal vecindario, pero tampoco uno que elegiría para vivir.

    Me acerque a la puerta alisándome la falda y arreglando mi pelo.

    Toque el timbre y escuche atentamente en busca de señales de vida del otro lado. Me pareció oír la voz de una mujer gemir o cantar, pero era difícil saberlo.

    La puerta se abrió rápidamente y allí estaba un hombre calvo de 180 de alto con una tez oscura y una barriga cervecera redonda. Estaba arrugado y de aspecto muy viejo y vestía pantalones cortos y una camiseta.

    Sr. Gutiérrez: «Hola, cariño, ¿eres del Centro para personas de la tercera edad?» Se rascó la ingle y se acomodó su paquete, haciendo que mirara a un lado por un momento.

    Yo: «¡Sí, lo soy! Mi nombre es Elena. ¿Cómo está?»

    Extendí la mano y se sentí entusiasmada por mi primer «caso» voluntario. También estaba feliz de ver que él parecía agradable y no estaba postrado en cama.

    Entre y encontré limpio y bien organizado. Los muebles eran viejos, al igual que los electrodomésticos y los cuadros de la pared; olía un poco viejo y mal ventilado. Me sorprendió al ver lo que parecía ser un televisor de pantalla plana de 60″ en el área de la sala y una computadora de escritorio en una mesa apoyada contra la pared en el lado opuesto.

    Yo: «¿Tiene algo que le gustaría hacer para nuestra primera visita?» con mis brazos manos cruzados a la altura de la cintura.

    Enrique Gutiérrez me sonrió pensativamente

    Sr. Gutiérrez: «Bueno, jovencita. No me he estado sintiendo muy bien últimamente». Suspiró «Tengo un problema con la circulación en las piernas y estaba a punto de bañarme. ¿Te importaría ayudarme a llenar la bañera y asegurarte de que no me resbale? Tal vez puedas leerme o contarme algo sobre ti mientras me remojo».

    El Sr. Gutiérrez observó cuidadosamente mi reacción, con cara de romper un plato, su solicitud en realidad requería que él se desnudara durante mi visita, para mí era claro que no era el primer ni último hombre que vería desnudo en mi vida.

    Yo: «¡Suena como una gran idea!» – viendo su sonrisa de entusiasmo.

    Para mi voluntariado era más clínico que social. Me veía a mí misma casi como una trabajadora de un hospicio o una enfermera geriátrica cuidando a este anciano decrépito; ayudándolo a entrar cómodamente en la fase final de su vida. No vi ninguna insinuación en la solicitud del Sr. Gutiérrez. De hecho, estaba encantada de poder hacer algo además de jugar a las cartas o prepararle el almuerzo.

    Me dirigí al baño y abrí el agua. Miré debajo del lavamanos y encontré una vieja caja de burbujas de baño que debía haber pertenecido a su difunta esposa. Agregue un poco al agua y regrese a la sala donde el Sr. Gutiérrez estaba sentado en el sofá observando cada movimiento que hacía.

    Yo: «La bañera está casi llena, ¿Por qué no se desviste en el baño y me avisa cuando puede entrar?»

    Sr. Gutiérrez: «Está bien, chiquilla. Puede que necesite que me ayudes a entrar para no resbalar y romperme la cadera o algo así». Observando mi reacción.

    «Hmm. ¿Cómo podré meterlo en la bañera sin que se sienta avergonzado de que yo esté allí? Bueno, tendré que mirar hacia otro lado». pensé mientras mantenía mis ojos en la jabonera.

    Yo: «Ok, mirare para otra parte para darle privacidad»

    El Sr. Gutiérrez se levantó y se arrastró lentamente hacia el baño, mientras yo estaba afuera del baño con una toalla, de repente oí su voz pidiendo ayuda.

    Sr Gutiérrez: «Elena, querida, necesito ayuda para entrar». Sonaba tan débil.

    Yo: «Aquí estoy, Sr. Gutiérrez». lo envolví con la toalla y tomé su mano mientras lo guiaba por detrás.

    Oí como Dio un paso en el agua tibia, luego su otra pierna entró. tenía la cabeza vuelta todo el tiempo y no vi nada.

    Yo: «¿Está todo bien, entró?»

    Sr Gutiérrez: «Sí, pronto todo te entrará.» susurro.

    Al menos eso pensé escuchar y antes de poder contestarle

    Sr- Gutiérrez: «¿Por qué no traes el taburete en la sala y te sientas junto para que puedas ayudarme con la circulación?».

    Encontré el pequeño taburete acolchado y lo coloqué junto a la bañera.

    Yo: «¿Cómo puedo ayudarle con tu problema?» triste por el sufrir de este pobre anciano.

    Sr Gutiérrez: “Necesito que me frotes las piernas y trates de hacer que circule un poco de sangre. No seas tímida, y tampoco te preocupes por lastimarme.» preocupado.

    Metí la mano en la bañera y palpé a través del agua tibia y jabonosa en busca de su pierna derecha. Me senté sobre la bañera frente a él en el taburete para poder acceder fácilmente a ambas piernas.

    Repentinamente movió un brazo más cercano a mi sin cuidado mientras alcanzaba su pierna y empapo mi blusa con agua jabonosa.

    Yo: «¡Oh Dios!»

    Me levante de inmediato y me aleje de la bañera. mire la blusa mojada. Se veía clara mente la forma de mis senos y el estilo de sostén que estaba usando mientras el agua hacía que la blusa fuera más y más transparente.

    Sr Gutiérrez: «¡Lo siento mucho! A veces no controlo estos malditos espasmos, pero No te preocupes. Tengo una lavadora y una secadora en el pasillo justo al lado de la cocina. Solo métela en la secadora por unos minutos. No te preocupes por mí., no me molestará que estés en sostén». humildemente

    Yo: «No Estoy muy segura de que eso este bien” algo molesta.

    Sr Gutiérrez «Un anciano como yo, ya ha visto todo. No te preocupes. ¡Ve a secar tu blusa!»

    No sentí ninguna vibración sexual, en absoluto. De hecho, lo vi como un caballero dulce, anciano e indefenso. Me sentía muy cómoda a su lado.

    Encontré la secadora y puse la blusa en ella. Luego regrese al baño con una toalla envuelta alrededor de mi pecho.

    Tenía que agacharme para llegar a la pierna, así que tuve que quitarme la toalla. Estaba tan preocupada por ayudar a este pobre anciano con su condición que simplemente comencé a hacer lo que tenía que hacer. Él era demasiado mayor para que tuviera alguna reacción sexual, o eso pensé en ese momento.

    El Sr. Gutiérrez finalmente se relajó. Y Ahí estaba sentada con mis redondas tetas sobresaliendo del sostén escotado que llevaba puesto. Casi la mitad de mis pechos estaban expuestos a la vista de este tierno viejecito. Mis tetas se movían de un lado a otro cuando comencé a frotar mis manos en la carne de su pierna.

    Estaba decidida a traer alivio al Sr. Gutiérrez. Comencé con los dedos feos y torcidos del pie derecho. Giró y tire de cada uno. Luego amasé y apreté el talón, luego la pantorrilla y hasta el tendón de la corva y el cuádriceps. Estaba un poco cansada y sentí un hilo de sudor resbalar por un lado de mi mejilla.

    Yo: «¿Cómo se siente?»

    Sr Gutiérrez: «Oh, eso está ayudando mucho. ¿Qué tal si también la otra?»

    Yo: «¡Okey!»

    Descubrí que tenía que estirarme un poco más para llegar a su pierna izquierda porque estaba del otro lado de la bañera. Mientras hacía esto, sentí que algo rígido y suave se frotaba contra mi brazo. No tenía idea de qué podía ser, así que pensé que era su mano.

    Fuese lo que fuese se deslizaba y chocaba contra mi brazo y parte de mi pecho mientras me inclinaba sobre la bañera y trabajaba con su otra pierna. Dado la espuma del agua jabonosa No podía ver qué era lo que la estaba frotando, pero pronto había masajeado hasta el muslo de su pierna izquierda y para terminar el masaje note que la cosa que me había estado tocando se movía bajo las burbujas por reflejo extendí la mano y lo tome.

    Yo: «¿Qué es…? ¡Oh, Dios mío! ¡Sr. Gutiérrez! ¿¡Eso es lo que creo que es!?»

    Solté su gorda verga como si estuviera al rojo vivo, aparte el brazo y el pecho del agua y miré estupefacta al viejo de piel tostada.

    Sr Gutiérrez: «Lo siento mucho. No puedo evitarlo. Mi problema de circulación tiene que ver con mis extremidades inferiores… todas mis extremidades. Mis piernas, mi “pirinola” y mis testículos están afectados por mi condición. Los médicos tienen miedo de se me coagule la sangre y tenga un derrame cerebral o algo peor si no recibo masajes regulares. Solo soy un anciano. ¿A quién puedo pedirle que me ayude con mi circulación? No tengo familia y las enfermeras dejaron de venir a tratarme hace mucho tiempo».

    Al ver esa cara de sufrimiento realmente le creí sobre su triste condición.

    Yo: «¡Oh, pobre hombre! ¡Eso suena horrible! ¡Pobre, pobre hombre!»

    Estaba de pie mientras él continuaba acostado en la bañera. Mire el centro del agua donde su erección se hacía visible a través del jabón. La cabeza de su verga comenzaba a emerger desde la profundidad de la tina como un periscopio en un submarino.

    Me sentía incómoda ante la idea de tocar la verga de un anciano. Pero, para un hombre pobre, anciano y débil, no era cualquier verga, comparado con su cansado cuerpo lucia vigoroso.

    Entonces recordé sus comentarios que podría pasar si no lo ayudaba. «¡Él podría morir!» Pensé. Luego cómo haría para ayudarlo. «Tal vez si … No, eso no funcionaría. era lamentable no encontrar otra forma».

    Claramente se trataba de una condición médica y nada más. seguí racionalizando. «Esto no será más que un tratamiento médico».

    Volví a sentarse en su taburete y seguí pensando. Reconozco que una parte de mi estaba intrigada de una manera que se desviaba del razonamiento de «condición médica».

    Yo: «Está bien, Sr. Gutiérrez. Déjeme ver qué puedo hacer. Explíqueme cómo puedo ayudarlo a mejorar la circulación en todas sus extremidades». me senté con los brazos apoyados en la bañera con una mirada de preocupación.

    Sr Gutiérrez: «¡Oh, gracias, gracias! ¡Me ha salvado la vida!»

    Sonreí con tristeza. Sintiendo verdadera lástima por el hombre.

    Sr Gutiérrez «Bueno, Elena, necesitaré que me frotes la “pirinola” comenzando por abajo y subiendo hacia arriba. Mis testículos deben masajearse suavemente mientras trabaja en el pito también. Así es como me dijo el médico debería hacerse. El médico dijo que la mejor práctica para mí es eyacular, pero no creo que eso sea posible. Ya no soy el hombre que era y aunque mi pito puede reaccionar al masaje, es poco probable que eyacule».

    Yo: «Bueno, veremos qué podemos hacer».

    mire la situación con un nuevo propósito. “Masajee, mejore la circulación e intente que su verga eyacule para ayudar con la circulación”. Nunca me di cuenta de lo serio que podía ser ayudar a las personas mayores. Este anciano me necesitaba para ayudar a su condición médica. «¡Gracias a Dios me inscribí para ayudar!» Pensé.

    Estaba un poco preocupada por la parte de la eyaculación. Mi Mor siempre eyaculaba bastante rápido, por lo que tal vez podría tratarlo como un masaje rápido y eso funcionaría.

    Decidí intentarlo. Extendí la mano a través de la espuma del baño y encontré fácilmente al monstruo acechando bajo el agua. «Estoy a punto de tocar a verga de un anciano». Era todo en lo que podía pensar.

    «¡Dios mío! Esto no puede estar bien. Es muy gruesa. No puedo ver cómo se ve, pero puedo decir que es casi tan gruesa como mi muñeca. ¡Apenas puedo cerrar mi mano alrededor de él! es una COSA extraña y asquerosamente intrigante».

    Con una mirada de sorpresa y los ojos agrandados.

    Yo: «Um, ¿señor Gutiérrez? ¿El tamaño de su, ya sabe, también es parte del problema médico, o es normal para usted?» mientras envolvía ambas manos alrededor de esta serpiente oscura.

    Sr Gutiérrez: «Bueno, siempre he sido un hombre grande, así que supongo que no. Estoy seguro de que su esposo también es un hombre grande allí, ¿no es así?» con cara seria.

    Yo: » bueno, no, no exactamente».

    Pensé en lo delgaducho que era en realidad la verga de Mi Mor. La idea de que ahora estaba estimulando otra verga, de repente se registró. «¡No he tocado la verga como esta en un buen tiempo!, pero de todos modos debo hacer un buen trabajo. ¡Concéntrate, Eleny! ¡El Sr. Gutiérrez te necesita!» apreté su gruesa verga con ambas manos, pero aún no podía verlo por completo. Tiré y jaleé, pero realmente no tenía idea de cómo hacer para darle alivio al pobre hombre. Su verga se sentía poderosamente juvenil en mis manos y estaba un poco intimidada por eso.

    Sr Gutiérrez: «Toma la base, de la parte inferior de mi “pirinola”, con una mano encima de la otra y acaricia toda la longitud. Arriba y abajo, una y otra vez, por favor».

    moví lentamente mis manos según las instrucciones del Sr. Gutiérrez. lo mire a la cara y luego de nuevo al agua.

    Sr Gutiérrez: «Frota la parte superior muy fuerte, necesita más circulación».

    Después de unos diez minutos de caricias y jalones, sentí los espasmos naturales de un orgasmo agitando su verga.

    Sr Gutiérrez: «Mantén tus manos quietas y déjame deslizar mi “pirinola” entre ellas». obedecí.

    Tenía una mano encima de la otra formando un agujero con mis dos manos mientras su verga se movía a lo largo del estrecho espacio. Mis tetas se agitaban y movían al ritmo de sus embestidas. Inclinada sobre la bañera en una posición bastante incomoda; arqueada, me mantuve lo más quieta posible.

    Sr Gutiérrez: «¡Agárrala fuerte!»

    Su verga dura como una roca se frotaba en mis manos mientras. Levantó las caderas a través del agua. Mi cuerpo se movió con sus embestidas. Mis tetas temblaban bajo mi sostén mientras intentaba que el anciano se corriera, en sincronía con sus juveniles embestidas.

    Pensé: «¡Está usando mis manos para estimular su verga! ¡Parece que se está poniendo muy frenético!» Mis ojos estaban fijos en la gruesa verga que se abría paso a través del agua jabonosa mientras se deslizaba entre mis manos. Esto no se parecía a nada que hubiera hecho antes. Este fue un sentimiento estimulante, fue emocionante. Me gustaba ayudar al Sr. Gutiérrez con sus problemas médicos. ¡Estaba tan contenta de haberme inscrito en el voluntariado! Vi claramente como su uretra se abría.

    Sr. Gutiérrez: «¡Puta madre!»- con un fuerte grito

    Bajé la vista hacia la verga y vi surgir un chorro enorme y espeso de líquido blanco que se disparaba y se alejaba de la gruesa bestia que era su verga. Instintivamente apreté y empujé mis manos hacia abajo mientras él empujaba su cadera hacia arriba. Echó tres chorros más similares antes de colapsar de nuevo en el agua. El agua había salpicado de la bañera y sus gritos resonaban con fuerza en el baño. el agua se movía en ondas sobre la bañera y se acercaba a la cara del Sr. Gutiérrez. Estaba en estado de shock. No estaba muy segura de lo que acababa de pasar, pero sabía una cosa, me gustaba. Algo se agitó dentro de mí, y me gustó.

    Sr. Gutiérrez: «¡Putss! ¡Nunca había mequiado así en mi vida! ¿Si te dije que ya no podía tener orgasmos?»

    Sus palabras eran un cumplido, una recompensa por mi altruismo y mis esfuerzos para ayudar a un anciano “débil» con un problema de circulación.

    Yo: «¡Señor Gutiérrez! ¡No puedo creerlo! ¡Qué logro! ¡Eyaculo!»-emocionada

    Sr. Gutiérrez: «Sí, lo hice, mija. Sé que mi cuerpo viejo y marchito sentirá mucho alivio debido a su arduo trabajo. No puedo creer que pudiera… ¡Eres un excelente terapeuta! -Sonreí

    Mientras me ponía la blusa ahora seca.

    Yo: «Bueno, Sr. Gutiérrez, yo diría que nuestra primera sesión fue un éxito, ¿no es así?»

    preparándome para irme. Quería contarle a Mi Mor todo sobre cómo ayude hoy a este anciano.

    Sr. Gutiérrez: «Definitivamente lo fue. Tienes manos mágicas y una comprensión real de cómo hacer que mi circulación funcione. ¿Cuándo es nuestra próxima visita?» con mirada más seria en su rostro.

    Yo: «Estoy programada para los martes y jueves de 10:00 a. m. a alrededor de las 12:00 p. m. Entonces, ¿supongo que te veré el jueves?» mientras miraba mi teléfono celular.

    Sr. Gutiérrez «Sí, eso debería estar bien». Parecía abatido, me daba la impresión de que todavía necesita mucha ayuda.

    Pensé, pobrecillo anciano, extendí la mano y froté su hombro.

    Yo: «Trata de aguantar hasta el jueves. Estaré aquí a las 10:00 en punto».

    Dicho esto, le di un beso en la mejilla y me fui.

    Conduje hasta la casa pensativa sobre la naturaleza de mi visita al Sr. Gutiérrez. Concluí que él estaba realmente en una situación física difícil sin mi ayuda. ¿A quién más le importaba lo suficiente como para ayudarlo con su condición? El hombre era viejo y quién sabe cuántos años, o incluso meses, tiene antes de fallecer. Mi sentido del deber se elevó considerablemente por el hecho de que lo que hice, lo que toqué, lo que vi me emocionó hasta lo más profundo de mi ser. El hecho de que el Sr. Gutiérrez fuera tan viejo como me ayudó a enterrar la naturaleza sexual de su «terapia» y proceder como si lo que realmente era una condición médica con la que lo estaba ayudando. En el fondo, gran parte de mi entusiasmo tenía que ver con tener acceso a esa increíble verga juvenil. Una lujuria se estaba desarrollando dentro de mí. Una lujuria que ni siquiera sabía que tenía.

    Cuando llegue a casa, había decidido no decirle a Mi Mor nada más que hablaron y él era un buen tipo.

    Esa noche, después dormir a la bendición y de lavar los platos del comedor. Fuimos a la recién instalada piscina (esa es otra historia).

    Mi Mor: «¿Bebecita, y si no encueramos?» sonriendo como un niño de escuela.

    Yo: «¿Qué se te ha metido? ¡Nunca hemos hecho eso antes!»

    Estaba en la piscina mientras Mi Mor estaba en la en la orilla. Con una mirada sexy en su rostro, se acercó lentamente, se bajó el traje de baño y lo arrojó sobre la tumbona. Se paró sobre ella empujando su pinga hacia ella, con las manos en las caderas.

    Mi Mor «¿Cómo ves?» refiriéndose a su pinga semi-erecta.

    No pude evitarlo, comencé a reír. Pequeñas risitas al principio, luego risas más fuertes y completas.

    Mi mor: «¡¿Qué?!»

    Yo: «Nada, Mor.»

    Miraba fijamente una pinga que tenía aproximadamente el tamaño de un dedo índice y tan dura como una salchicha cuando estaba completamente erecta. Nunca antes había pensado mucho en su tamaño y dureza, excepto que ese día, después de pasar media hora acariciando la verga del Sr. Gutiérrez, me di cuenta de que las reales carencias de Mi Mor. Por supuesto no podía decirle eso. Nunca.

    Me quite el traje y me aleje nadando de él. Me persiguió por debajo y por encima del agua y, finalmente, deje que me atrapara.

    Yo: «¡Oh, no! ¿Y ahora qué?» siguiendo el juego.

    Mi Mor: «¡Ahora serás mía!» reprendió.

    Luego, por primera vez en semanas, me hizo el amor. A horcajadas sobre él en la piscina, no pude tener un orgasmo cuando él se corrió. Tendría que masturbarme más tarde si quería correrme.

    Lo que me desconcertó fue que estaba pensando en acariciar esa maravillosa verga que tenía en mis manos ese mismo día. No era la primera vez que fantaseaba con alguien que no fuera Mi Mor, y me encontré haciéndolo durante toda la noche. Rápidamente aparte ese pensamiento de mi mente mientras me preparaba para ir a la cama.

    Esa noche, mientras me disponía a dormir, pensé en el pobre señor Gutiérrez y en su terrible estado. «Me pregunto cómo puedo ayudarlo mejor». reflexione. «Tal vez debería comprar algunos aceites terapéuticos especiales y una camilla para masajes. ¿Adónde iría para conseguir una camilla para masajes?» Tenía mucho que hacer antes de mi próxima visita el jueves.

    Al día siguiente, pase por un spa después de un viaje a la tienda por comestibles y compre algunos aceites de masaje para ayudar a la circulación del Sr. Gutiérrez. Pregunté por una camilla de masajes y descubrí que no era tan fácil conseguir como pensé. Pedí una portátil que llegaría en cinco días hábiles.

    Por la noche.

    Mi Mor: «¿Cómo te fue ayer? ¿Te gusto el voluntariado?»

    Estaba cortando su bistec y me miro en espera de una respuesta.

    Yo: «¡Es una experiencia maravillosa! Me siento muy bien conmigo misma y me siento mucho mejor acerca de cómo uso mi tiempo. ¡Realmente me necesitan! La pobre alma vieja no tiene a nadie en su vida. Espero que ninguno de nosotros termine así de solo».

    Con entusiasmo por mi nuevo propósito encontrado. Describí mi visita al Sr. Gutiérrez, dónde vivía, cómo era su casa, información general. Deje de lado el tratamiento en la bañera.

    Mi Mor: «¡Suena genial, cariño! Me alegro de que tengas algo que hacer».

    Volvió a su bistec y yo comencé a preparar el postre. Esa noche, se encontré pensando en el Sr. Gutiérrez y en cómo se sentía. Empecé a preparar mi ropa para mi próxima visita.

    Elegí una falda que era un poco más corta que la que usaba anteriormente, una blusa y un bonito sujetador estilo push-up. Dediqué más tiempo a la selección de mi sostén, probablemente porque me encontré usando solo sostén frente al Sr. Gutiérrez el martes. Si volvía a ocurrir un accidente como ese, quería verme presentable.

    Jueves por la mañana. salte de la cama y vio a Mi Mor irse a trabajar. Me dio una larga ducha y me vestí con la ropa que había sacado la noche anterior.

    Mi falda era más corta de lo que recordaba. Era sexy, por alguna razón pensé que estaría bien para mi visita al Sr. Gutiérrez. Mi blusa abrazaba mis pechos impulsados por mi sostén push up. Me miré desde varios ángulos y decidí que se veía bien.

    Agarre el aceite de masaje que compre el día anterior y me fui para mi visita. Estaba apresurada y despreocupada. Me sorprendió lo mucho que había estado esperando esto. Apenas quite el dedo del timbre cuando el señor Gutiérrez abrió la puerta con una sonrisa en el rostro.

    Sr Gutiérrez: «¡Bueno, mira que tenemos aquí! ¡Si es mi terapeuta favorita! ¡Adelante, niña!»

    Yo: «¡Hola, señor Gutiérrez!» me acerque a él y lo bese en la mejilla.

    Sr Gutiérrez «¡wow! ¡Te ves muy bonita hoy, pequeña!»

    Recorrió mi cuerpo con su mirada y me frotó la espalda mientras me acompañaba a la sala.

    Yo: «¿Cómo se siente, Sr. Gutiérrez? ¿Necesita tratamiento?»

    Esperaba que dijera que sí. realmente me gustaba ayudarlo con su circulación.

    Sr Gutiérrez «De hecho, me siento horrible. Mis piernas están acalambradas y mis, mis… testículos están hinchados y necesitan atención».

    Se sentó en su sofá y miró hacia arriba.

    Yo: «¡Entonces que bueno que ya estoy aquí! Deberíamos empezar de inmediato. ¿Le preparo un baño?»

    Sr Gutiérrez: «No, no, hoy no. Ya me bañé antes y no creo que sea el mejor lugar para el masaje. ¿Qué tal en el piso con una sábana extendida?».

    Yo: «¡Creo que es una gran idea!»

    Aparte la mesa de centro y despeje un área amplia para llevar a cabo la terapia.

    Encontré una sábana blanca en un armario y la extendí suavemente sobre el suelo alfombrado. El Sr Gutiérrez permaneció desplomado en el sofá soportando su dolor. lo tomé del brazo y lo guie hasta el centro de la sábana. tenía un par de toallas dobladas para que él descansara su cabeza. Se acostó de espaldas.

    Yo: «Ahora, ¿dónde exactamente siente dolor?».

    El señaló sus muslos, pantorrillas, testículos y verga.

    Yo: «Sr. Gutiérrez, creo que necesita quitarse esa ropa y envolverse con esta toalla para que pueda llegar a esas áreas problemáticas».

    Sr Gutiérrez: «Está bien, iré a cambiarme».

    Entró cojeando a su habitación al otro lado de la casa y salió unos minutos después con una toalla alrededor de la cintura. note el tubo largo que causaba un bulto en la toalla entre sus piernas. Sentí que algo se movía dentro de mí. Un cosquilleo de emoción que no tenía nada que ver con ayudar a la circulación de este anciano. Su pecho caído y su barriga cervecera solo hacían que el hombre pareciera aún más melancólico. incliné la cabeza e hice un puchero.

    Yo: «Sr. Gutiérrez, parece que está sufriendo».

    Sr Gutiérrez «Si «.

    Regresó al centro de la sábana y se acostó. saque las botellas de aceite de masaje y le explique cada una.

    Yo: «Este es lavanda y lima. Le acerque la botella a la nariz. Luego, este es pepino y eneldo. Y este es un aceite térmico destinado a calentar la piel».

    Sr Gutiérrez: «¡Me estás dando hambre!» Él sonrió. «Vamos con el que más te guste».

    Estaba a punto de abrir el aceite cuando me propuso:

    Sr Gutiérrez: «¿No vayas a ensuciar y engrasar esa linda blusa y falda? ¿No deberías quitártelas?»

    mire mi atuendo.

    Yo: «Ni siquiera había pensado en eso. Supongo que tiene razón. ¡Y bueno, no es como si no me hubiera visto en ropa interior antes!» -reí.

    Sr Gutiérrez: «No importa. A mi edad ya he visto tanto».

    Me levante y me quite la blusa con cuidado. Mis brazos subieron la blusa sobre mis tetas, revelando mi sostén. De reojo me pareció ver que algo se movía debajo de su toalla, que ahora se había convertido en una tienda de campaña.

    Me quite la falda y revele mis bragas. Doble cuidadosamente mi ropa y la coloque sobre la mesa de café.

    Yo: «¡Me alegro que lo haya notado! ¡Hubiera arruinado esa linda blusa!» me puse en cuclillas junto a él, sentándome de espalda a su cara. «Veamos qué tenemos aquí».

    Mire la toalla que sobresalía casi verticalmente en el aire. Tenía mariposas en el estómago. Estaba emocionada y quería empezar.

    Sacando el aceite, vertí un poco en mi mano y me moví para trabajar en sus pies. Froté el aceite en sus pies arrugados y comencé a subir por sus piernas. Tuvo que reducir la velocidad y me recordé a mí misma no debía apresurarme.

    Lo que realmente quería era masajear su verga dura y juvenil de nuevo. Realmente necesitaba mi toque curativo especial. Incluso mientras le masajeaba las piernas, mis ojos estaban fijos en su entrepierna.

    Después de unos diez minutos de frotar y aceitar sus piernas, finalmente llegue a su ingle. volví a aceitarme las manos y lentamente metí la mano debajo de la toalla y busqué sus testículos.

    Sr Gutiérrez: «Sé amable». Él me recordó. «Y soba cada uno en tus manos y pasa algún tiempo con ellos».

    seguí sus órdenes. mis manos encontraron su escroto estirado. Sentí la piel extraña y me di cuenta de que nunca había tocado un escroto como lo estaba haciendo ahora. Había rozado otros en mi vida, pero nunca como ahora.

    Sus testículos eran grandes. masajee uno a la vez. Tenían forma ovalada y eran más pesados de lo que esperaba. Moví cada uno hacia adelante y hacia atrás en mis manos.

    Sr Gutiérrez: «Es suficiente de mis huev… eh, testículos. Mi pirilonga me está matando. Necesito que me la froten también. Pero no creo que logres hacerme eyacular. La última vez fue mucha suerte».

    Eso era como un desafío para mí.

    Me prometí a mí misma intentarlo. Cuando me senté, mis pechos presionaban bajo mi sostén. Mi paciente yacía parcialmente debajo de una toalla y me eche aún más aceite en las manos.

    Yo: «¿Cómo estamos aquí abajo?»

    Quite la toalla. El Sr. Gutiérrez ahora estaba completamente desnudo y, por primera vez, mire claramente la vergota del Sr Gutiérrez que se mostraba tan descaradamente frente a mí. Me quede sin aliento. Se me hizo agua la boca por alguna razón.

    Mi corazón latía con fuerza. Mire la verga venosa impactada. Me resultó difícil permanecer enfocada en el «tratamiento».

    Yo: «Umm… Es tan dura, Sr. Gutiérrez, ¿cómo se siente?»

    Sr Gutiérrez: «Me siento adolorido y se ha puesto erecta con más frecuencia desde que la hiciste eyacular. El médico dice que eso es bueno y que debería tratar de ponerla dura al menos una vez al día».

    El pobre sudaba frío, seguramente de dolor.

    Yo: «¿Quiere que empiece a masajearlo?» inocentemente.

    Sr Gutiérrez: «Sí, por favor. Frótala desde la parte superior hasta la base. Asegúrate de dejarla bien cubierta con aceite».

    Coloque más aceite tanto en mis manos y sobre su verga. El aceite de masaje resbaladizo goteó lentamente por toda la longitud de su pedazote de carne mientras las manos del Sr Gutiérrez lo sostenían.

    Mire la verga con entusiasmo. Como si acabara de recibir un cachorro por Navidad. Estaba en el cielo. Comencé un movimiento a dos manos a un ritmo muy lento. Comenzando desde la parte superior hasta la base del eje y retrocediendo nuevamente. Me tomó un tiempo considerable en comparación con acariciar a Mi Mor. De todos modos, solo usaba una mano sobre él, y con eso cubría su pinga por completo. Esta fue una experiencia completamente diferente.

    Yo: «¿Se siente aliviado, Sr. Gutiérrez?»

    Sentí como mi voz aumentó la dureza, que ya era como el acero.

    Sr, Gutiérrez: «Sí, mi niña. Un poco más rápido, por favor».

    Movía todo su cuerpo, por el impulso para acariciar de arriba abajo. Mis tetas temblaban como queriendo escapar de su prisión de encaje, pero permanecieron dentro de mi sostén.

    Aumente la velocidad, me estaba cansando. Pero, estaba decidida a que él eyaculara de nuevo. esto es lo que recetó el médico.

    Mis manos mantuvieron el ritmo acelerado y empecé a sudar. Después de unos diez minutos de caricias constantes, cambié mi método y comencé a usar una mano en su verga y otra masajeando sus testículos.

    Mire su rostro y me pregunte qué más podía hacer para ayudarlo a sentirse mejor. «Ese pobre viejo. ¡Ojalá hubiera algo más que pudiera hacer!»

    Mientras me inclinaba para examinar sus testículos, sentí una vibración en su verga, era sorprendente. volví al método de dos manos y él comenzó a respirar más fuerte.

    Sr Gutiérrez: «Eso es, bonita… bombéame fuerte ahora… ¡fuerte!» Él ordenó.

    iba tan rápido como podía a lo largo del grueso palo. note que su cuerpo comenzó a ponerse muy tenso y luego… un fuerte grito,

    Sr Gutiérrez «¡En la madreee!»

    seguido por una explosión de semen saliendo de la sinhueso. vi el chorro saltar por el aire y aterrizar en mi brazo. continúe acariciando. El siguiente disparo aterrizó en mi mano y el resto en la sábana.

    Yo: “¡wow! ¡señor Gutiérrez! ¡Dos veces en una semana! ¡Vaya, su médico se va a alegrar por eso!»

    acariciando su verga.

    Sr. Gutiérrez: “Esa es la manera de hacerlo, chiquilla. Eres muy útil para este anciano».

    Estaba totalmente agotado por el orgasmo que acababa de darle. Todavía estaba sosteniendo su verga. Él sonrió.

    Sr Gutiérrez: «Necesito hablar contigo sobre algo, Se trata de los martes y jueves».

    Le estaba limpiando el semen de su estómago.

    Yo: ¿Esos días no son buenos para ti?»

    Deje de limpiar y le preste atención al anciano.

    Sr Gutiérrez: «Bueno, el médico me dijo que esto podría pasar. Dijo que una vez que comenzara a reanudar mi tratamiento de circulación, el dolor podría intensificarse hasta que tenga un horario regular. Ayer, que no viniste, lo pasé peor con el dolor. ¡Tuve que sentarme en mi sillón reclinable casi todo el pinche día!

    ¿Hay algo que pueda hacer para ver si vienes otros días además de los martes y jueves, si alguna vez me pongo… demasiado rígido, o mi circulación necesita ayuda? Intenté llamar a la asociación de enfermeras y me dijeron que tenía que apoyarme con mi esposa o alguien más que ya no hacían esos masajes de circulación».

    Con una tristeza en su rostro, que contrastaba con mi alegría al escuchar su humilde petición. había querido ver cómo estaba y me pregunté si necesitaba ayuda ayer, pero tuve que apartar ese pensamiento de mi mente. Había estado pensando en él todo el día.

    Yo: «Sr. Gutiérrez, ¡me encantaría estar más disponible para usted para que no tenga que experimentar el dolor que soportó ayer! ¿Por qué no intercambiamos números de teléfono? y cada vez que llames, sabré de inmediato qué hay que hacer».

    Intercambiamos números, puse el suyo en mi teléfono como «SG Urgente» para recordarme lo importante que era la llamada. Me dijo dónde guardaba su llave de repuesto en la maceta de flores del frente en caso de que necesitara entrar a la casa por alguna razón.

    Volví a vestirme y seguí con mis labores de apoyo en su casa, al despedirme cuando me incliné para besar su frente mientras él se sentaba en su Sillón reclinable, sentí que sus manos subían y ahuecaban uno de mis senos. Al sentir esto, presioné mis labios en su frente con más presión y extendí el beso durante unos segundos. Por alguna razón, me sentí obligada a permitirle el acceso en ese momento, pero no procese esto como algo más que afecto. Di media vuelta y salí de su casa.

    Ese mismo día, al llegar Mi Mor del trabajo platique con él, sobre el Sr Gutiérrez.

    Yo: «Todo lo que digo es que el Sr. Gutiérrez, el anciano de 78 años al que estoy ayudando, puede necesitar que le haga un mandado y lo ayude durante la semana. No es gran cosa. Puedes llamarlo o al Centro si necesitas más información sobre el programa».

    Estaba explicando mi nuevo estado «de guardia» para el Sr. Gutiérrez. Sabía que a Mi Mor no le iba a gustar la idea.

    Mi Mor: «Bebecita, lo entiendo, pero tú sabes, que espero que estés aquí para mí cuando te necesite».

    En realidad, Mi Mor no se preocupaba si yo tenía una aventura, solo quería asegurarse que no estuviera demasiado ocupada para prepararle la cena.

    Esa era realmente su única preocupación. Mi Mor tenía muchos amigos con los que quería pasar más tiempo, y esto podía liberarlo un poco más.

    Para abordar las preocupaciones de Mi Mor, llame al Sr. Gutiérrez y le dije que mi esposo quería conocerlo. Estaba segura de que una vez que viera al anciano por sí mismo, no tendría reservas.

    Por la noche salimos con el pretexto de traer helado para la bendición y pasaríamos por la casa del Sr. Gutiérrez,

    Mi Mor: «¿Él vive aquí? ¿Qué edad tiene este tipo de nuevo?»

    Yo: «El señor Gutiérrez tiene 78 años, cariño. Ha tenido una vida difícil y su condición no mejora. Perdió a su esposa el año pasado y ahora vive solo».

    Mi Mor estacionó su coche frente a la casa y esperó a que lo guiara hasta la puerta.

    El Sr Gutiérrez abrió la puerta. Encorvado, vestía una camiseta, pantalones, pantuflas y una bata, sobre el puente de su nariz se posaban unas gafas gruesas.

    Yo: «Hola, señor Gutiérrez».

    Tomé su mano y me sorprendí ver lo viejo y débil que se veía en esta ocasión.

    Sr Gutiérrez: «¿Eh? Oh, hola, señora. Me alegro de verla de nuevo. Ha pasado un tiempo». Confundido,

    Le recordé.

    Yo: «No, apenas nos vimos esta tarde, ¿recuerda?»

    Sr Gutiérrez: «Oh, sí, sí. Lo siento. Acabo de despertarme de una siesta. Por favor, entren».

    Se arrastró hacia atrás y lejos de la puerta mientras entramos a la sala.

    Mi Mor: “Sr. Gutiérrez, soy el esposo de Eleny. Estábamos en el área y pensé, bueno, dado que usted y mi esposa pasarán más tiempo juntos, al menos deberíamos ser presentados».

    Podía ver la mirada de Mi Mor, su mirada de piedad.

    Sr Gutiérrez: «Oh, sí. Gracias, por permitir que tu esposa viniera y me ayudara. Espero que no te moleste. Te lo agradezco muchísimo».

    Nos sentamos y escuchamos la lista de síntomas del Sr Gutiérrez con los que necesitaba ayuda. noté que no usó la palabra «masaje» ni dio detalles sobre lo que hice para ayudarlo con sus síntomas físicos. Decidí que ese tipo de información probablemente era demasiado privada y debería permanecer así.

    Después de unos treinta minutos, Nos retiramos, en el auto, los dos discutimos la situación.

    Mi Mor: «Bebecita, creo que lo que estás haciendo con ese viejo es algo bueno. Se veía horrible y sé que debes sentirte muy bien ayudándolo».

    Yo: «¡Sí! ¡Mor, se siente como si tuviera un propósito otra vez!»

    Estaba emocionada y aliviada de que la reunión fuera tan bien. No pude evitar notar lo mal que se veía el Sr. Gutiérrez. Quizás porque era de noche, después de un largo día. prometí llamarlo mañana.

    Por la mañana, llame al Sr. Gutiérrez para informarle que estaba disponible para visitarlo todos los días de la semana si fuera necesario. Él le preguntó si podía venir esa mañana ya que estaba dolorido. Empecé a vestirme.

    Estaba guardando el sostén que use el día anterior y note manchas de aceite en él.

    Yo: «¡Valiendo madre! ¡Este es un sostén caro!»

    Busqué otro en mi cajón, pero me di cuenta de que no quería aceite en ninguno de mis sostenes. busque una blusa sencilla. Elegí una, aunque ajustada, era lo suficientemente firme para mis senos. Me puse unos pantalones cortos y tenis y me fui a la casa del Sr. Gutiérrez.

    Al salir, me detuve ante el espejo del vestíbulo. Me sorprendí al ver que no solo se mostraban mis pezones, sino que también podía ver mis areolas a través de la tela. lo más probable es que el señor Gutiérrez ni siquiera se diera cuenta ni le importara.

    Ni siquiera considere lo que haría si tuviera que quitarme la blusa para evitar que se me engrasara.

    Aparque el coche en la entrada de la casa del señor Gutiérrez y toque el timbre.

    Sr Gutiérrez: «¡Buenos días, preciosa!»

    Me Saludó con un beso en la mejilla. dio un paso atrás y me observó.

    Yo: «¡Buenos días! ¿Cómo está hoy? ¿Qué puedo hacer por usted primero, Sr. Gutiérrez?»

    Sr Gutiérrez: «¿Cómo te fue después de tu visita de anoche?»

    Yo: «Mi Mor es muy comprensivo. Apoya totalmente mi voluntariado. En cuanto a los detalles, no hablamos sobre tu problema de circulación. Esa es información médica privada, ¿no es así?»

    Sr Gutiérrez: «Absolutamente. Me avergonzaría si alguien se enterara de mi condición».

    Algo avergonzado

    Sr Gutiérrez: «En cuanto a hoy, iba a ver una película. ¿Te gustaría acompañarme o solo quieres darme mi masaje y seguir tu camino?»

    Yo: «¡Eso suena divertido! ¿Qué película que le gustaría ver?»

    Estaba encantada de hacerle compañía a este dulce anciano y ver una película.

    Le deje para que escogiera algo en la tv, mientras preparaba unas aguas frescas.

    Se decidió ver «Forrest Gump» en un canal de cable. también me gustaba.

    Me quite los zapatos, acurruque mis piernas en el sofá y espere a que regresara de su dormitorio, había ido cambiarse de ropa. Salió con una bata corta de algodón que le llegaba hasta la mitad de los muslos y una camiseta. La protuberancia grande y bulbosa de su verga estaba expuesta debajo del dobladillo de la túnica. Cuando salió de su habitación, note que colgaba y golpeaba contra su muslo. MI entrepierna comenzó a mojarse y desvié la mirada. «Debe ser difícil tener esos problemas de circulación» Pensé.

    Se sentó a la izquierda. Cerca. Sabía que el hombre necesitaba compañía y estaba feliz de que se sintiera lo suficientemente cómodo conmigo para haberse sentado tan cerca.

    Cuando comenzó la película, se recostó en el sofá.

    Me encanta la parte de Forrest Gump en la que el chico escapaba de los matones y se liberaba de sus aparatos ortopédicos. sonreí y estaba a punto de mirar para ver si el Sr. Gutiérrez también estaba disfrutando de la escena cuando algo le llamó la atención.

    Por mi vista periférica me percate que había abierto su túnica exponiendo su verga. «¿El Sr. Gutiérrez se está acariciando a mi lado? ¡Dios mío! ¿Por qué estaría haciendo eso?» No quería girar la cabeza porque entonces se esperaría que dijera algo o reaccionara de alguna manera. Enfoque mis ojos lo más a la izquierda posible para ver tanto como fuera permisible sin girar la cabeza. Me sentí emocionada y curiosa e incluso un poco asustada. Podía distinguir su mano derecha moviéndose arriba y debajo sobre su juvenil verga. Definitivamente se estaba acariciando a sí mismo. Pensé: «¿Estará cachondo? ¿Necesitaba su tratamiento de circulación? Dijo que ya no sentía deseo sexual. Debe necesitar un masaje de circulación. Esta era la única explicación lógica. ¿Cómo debería manejarlo? ¡Solo se útil, Eleny!» pensé para mí misma.

    Yo: «¡Señor Gutiérrez! ¿Necesita ayuda con su circulación?»

    Mire su mano moviéndose sobre su venosa carne. nunca podría cansarme de mirar duro y jovial órgano. Parecía excitarme mucho más de lo que quería admitir.

    Sr Gutiérrez: «Eso sería genial, chiquilla. Empezó a molestarme antes de que pusiéramos la película».

    Pregunte dónde estaban los aceites y busque las botellas, puse un poco en mi mano para estimular la verga que estaba a un lado de mí. Una vez que empecé con su tratamiento, seguimos viendo la película. Durante una escena particularmente oscura, vi nuestro reflejo en la televisión. Fue una vista impresionante. Estaba masturbando lentamente al Sr. Gutiérrez mientras miraba Forrest Gump. «Esto no es exactamente lo que pensé que debería ser su tratamiento, pero él es quien determina eso». Pensé. Y continúe acariciando su verga mientras miraba la película.

    El comenzó a mover sus caderas hacia mi mano en largos movimientos de empuje. Mantuve el ritmo deliberadamente lento. Ya no estaba interesada en la película.

    Sr Gutiérrez: «Esto simplemente no está funcionando. Cuando tu mano está en el cuerpo de mi pirinola, la cabeza no se toca. Cuando se toca la cabeza, se ignora el resto. ¿Crees que podrías usar ambas manos?» ?» – estaba sufriendo.

    Yo: «¡Lo siento mucho! Me concentraré más en tu terapia ahora. ¡Lo siento!»

    moví una almohada del sofá al suelo y me metí entre sus piernas, El separó sus piernas ampliamente. luego derramé aceite sobre su sinhueso.

    Estaba de rodillas entre sus piernas acariciando su verga con ambas manos. Mis ojos estaban fijos en su reluciente y resbaladiza pistón, me mordía el labio en profunda concentración. Necesitaba avanzar en esto.

    Mis manos estaban envueltas alrededor de la verga, una encima de la otra. Mis caricias eran largas y trataba de apretar y tocar toda la longitud.

    Él se recostó en su rostro podía ver que sentía alivio.

    Sr Gutiérrez: «Esto es bueno, pero necesito que me froten la cabeza, en la parte superior, mientras se masajea el resto».

    tendría que esforzarme más.

    Yo: «¿qué tal esto?»

    Use mi mano izquierda para acariciar y coloque mi mano derecha sobre la cabeza. Empecé a apretar y frotar la cabeza con movimientos circulares.

    Sr Gutiérrez: «Eso es…. Eso podría funcionar por ahora».

    observó atentamente mientras movía mis manos intentando atender a la bestia.

    Sr Gutiérrez: «¡Ten cuidado con el aceite o te manchará la blusa!»

    Por reflejo deje de acariciarlo y solté a la bestia. Cayo sobre el vientre del Sr. Gutiérrez e hizo un ruido sordo. Mire hacia abajo y me di cuenta de que necesitaba mantenerme alejada de la verga cubierta de aceite o me mancharía la ropa. Esto no era un gran problema, excepción que con la frecuencia con la que realizaba masaje, había mucha ropa arruinada cada semana.

    Estuve a punto de quitarme la blusa, pero lo pensé mejor.

    Yo: «Señor Gutiérrez, no traigo sostén. No usé uno porque no quería ensuciarlo, pero olvidé traer una blusa vieja que no me importara manchar de aceite. No… No sé qué debo hacer».

    Tenía las manos apoyadas en las rodillas del Sr. Gutiérrez

    Sr Gutiérrez: «¿Es eso lo que te preocupa?, soy un anciano. Estuve casado durante cincuenta y dos años. Tengo dos hijos y cuatro nietos. Lo he visto todo. Ver a una jovencita como tú medio desnuda no me importa. ¡Mi deseo sexual ha terminado!

    Él sonrió y se inclinó para acariciarme la mejilla.

    Sr. Gutiérrez: «Con lo que te sientas cómoda. Sin embargo, no me gustaría ser responsable de que arruines más de tu hermosa ropa».

    Pensaba. «Seria exponerme a este anciano, pero esto no es sexo, y este no es un hombre libidinoso tratando de ver mis tetas. Tal vez debería comprarme un delantal o unas blusas baratas. No, eso es ridículo. Si su esposa estuviera aquí, probablemente estaría haciendo esto, probablemente en topless. Es tan amable y necesita mucho mi ayuda. ¡Oh, al diablo con eso!

    limpie mis manos en una toalla, cruce los brazos en la base de la blusa y levante lentamente sobre mis pechos. La blusa se adhería firmemente a cada uno, así que cuando tire del dobladillo sobre ellos, se levantaron y luego cayeron y terminaron en una sacudida. Arroje la blusa sobre la mesa.

    La verga del Sr Gutiérrez se puso aún más erecta, si eso era posible. Con un solo movimiento, recogí su verga erecta y comencé a acariciarla de nuevo.

    No me sentía cohibida en absoluto. Estaba tan cómoda con este anciano que no me sentía incómoda. Lo que me sorprendió fue lo estimulada sexualmente que estaba. Descubrí que no solo disfrutaba de los buenos sentimientos que obtenía al ayudarlo, sino que me estaba volviendo muy, muy apegada a su juvenil verga. Había tratado de mantener mi mente en la terapia, pero era imposible no disfrutar, incluso desear tocar esta bestial … obra de arte. Apenas me daba cuenta de estos sentimientos y realmente no había pensado en ellos ni en lo que significaban. quería que estas «sesiones» nunca se detuvieran.

    Sr Gutiérrez: «Tienes un cuerpo hermoso, Me alegra que te sientas lo suficientemente cómoda conmigo».

    Sonreí y lo miré a los ojos mientras acariciaba su verga.

    Con cada movimiento hacia arriba y luego hacia abajo, mis tetas rebotaban y se movían. Me di cuenta de que, aunque el Sr. Gutiérrez dijo que quitarme la blusa no era gran cosa, su erección se volvió mucho más dura y su respiración se aceleró. De hecho, no había dejado de mirar mis pechos todo el tiempo y sentía que estaba a punto de…

    Sr Gutiérrez: «¡Más rápido … más rápido!» sonaba desesperado. «¡Dios!»

    Las caderas del Sr Gutiérrez comenzaron a empujar hacia arriba cuando el primer chorro de semen salió a borbotones de su verga.

    tenía la boca abierta en una exclamación de gusto. Su semen se disparó a través de sus piernas aterrizando en mi cara y en parte de mi boca. Su verga apuntaba hacia mi mientras agarraba la base y disparaba un segundo chorro que directamente golpeaba mi boca y barbilla. Otro chorro aterrizó en mis pechos. Sus caderas se movieron contra mis manos. Podía sentirlo temblar bajo mis caricias. Literalmente lo estaba follando con mis manos. disfrutaba esto.

    Sr Gutiérrez: «¡Oh! ¡Puta madre! ¡Eso estuvo requi …. ¡Fue satisfactorio!»

    Mi primera reacción fue levantarme de un salto, tomar una toalla de papel y limpiarme el semen. Antes de que se levantarme, instintivamente tragué el semen que cayó en mi boca y lamí las gotas que habían caído en mis labios. Parecía que estaba en otro mundo. «Su semen no era añejo, sabia rico, salado y dulce al mismo tiempo. Uno de los mejores que he probado». pensé para mí misma.

    Los dos nos limpiamos un poco y terminamos de ver Forrest Gump. Apoye la cabeza en el cuerpo del Sr Gutiérrez, mientras miraban la película. Ahora que lo pienso era extrañamente cómodo, permanecer en topless. Mientras la verga del Sr Gutiérrez colgaba entre sus piernas debajo de su cabeza.

    Después de la película, me levante y le prepare al Sr. Gutiérrez un poco de sopa de una lata y un sándwich de queso.

    Yo: «Tendremos que conseguirle algunos comestibles más saludables»

    Sr Gutiérrez: «Eres muy amable, ¡Gracias por todo lo que haces por mí!»

    Terminó su almuerzo y me observó ordenar su cocina.

    Sr Gutiérrez: «Voy a tomar mi siesta de la tarde. Gracias por el masaje y por el almuerzo. Puedes quedarte. Duermo una hora todas las tardes».

    Me besó en la frente y se dirigió a su habitación para acostarse.

    Yo: «Creo que podría arreglar un poco tu casa. ¡Qué duerma bien!»

    Cerré la puerta de su habitación y decidí usar su computadora para navegar un poco en busca de música.

    Me senté en el escritorio e hice clic con el mouse para ver si estaba encendida. La información de inicio de sesión del Sr. Gutiérrez se guardó para que pudiera pasar a la pantalla del escritorio. «¡Guau! ¡Tiene muchas carpetas aquí! ¿De qué serán?» Mire el título de las carpetas: “Boca”, “Mano”, “Tríos”, etc. «¿Debería de abrirlas?, No es mejor respetar su privacidad”, abrí el navegador y surfee un poco, pero la curiosidad y fue más fuerte. Y Abrí «Boca» y encontró docenas de archivos de video.

    Abrí uno y vi a una mujer desnuda entre las piernas de un hombre mayor bien dotado metiéndose su gran verga en la boca, luego entre sus pechos y dejándose culear con las tetas. Me quede estupefacta. Sabía que debía cerrar el video, pero mire por un rato. La mujer parecía disfrutar y estaba acariciando la verga y chupando la cabeza al mismo tiempo. El hombre mayor en el video era mucho muy parecido al Sr. Gutiérrez. Cerré el video. Estaba excitada.

    No era de ver porno. De vez en cuando, pero no era algo que le dicara mucho tiempo. Este video me hizo pensar en el Sr. Gutiérrez de una manera ligeramente diferente. Tal vez él era aún sexual activo, o al menos más activo de lo que me dejaba creer. tendría que prestar más atención y tener cuidado con él.

    Me volví a poner la blusa y fui al dormitorio a ver cómo estaba. Todavía estaba dormido, así que decidí irme a casa y preparar la cena para mi Mor. deje una nota:

    «Estimado Sr. Gutiérrez,

    Decidí irme a casa. Avísame si necesitas algo.

    ¡Te veo mañana!

    E.R.»

    tenía mucho en que pensar esa noche. Mi Mor había salido con un par de amigos y decidí acostarme un poco más temprano. Estaba confundida por la pornografía que vi en la computadora del Sr. Gutiérrez. No estaba segura de qué significaba, si es que significaba algo. Claramente necesitaba mi ayuda. Era un anciano indefenso e independientemente de lo que tuviera en su computadora, eso no cambiaba el hecho de que todavía necesitaba mi ayuda. Pero también estaba empezando a ver exactamente cuán activamente sexual habían sido mis visitas y no estaba segura de cómo se sentía acerca de cómo parecían estar progresando en intensidad. sabía una cosa: ayudarlo con su circulación me excitaba y no estaba dispuesta a parar.

    Me desperté sola en mi cama. Aparentemente Mi Mor se había pasado la noche anterior en la casa de un amigo. Iba a detenerse en casa para darse una ducha breve y dirigirse a la oficina. No estaba contenta con todo el asunto y le dije que no iba a alterar mi horario solo para estar en casa para él. tenía cosas que hacer.

    En espera de sus comentarios, para la siguiente parte.

  • Sin gas en el puti

    Sin gas en el puti

    Ya sé que es lo mas tonto que puede pasar al volante pero me quedé sin gasolina y sin batería en el móvil, para colmo.  Había anochecido y lo único que se veía en la carretera era un puticlub como a unos trescientos metros.

    Aparté el coche de la carretera lo mejor que pude y fui para allá con la intención de llamar por telefono pidiendo ayuda.

    En la recepción había una chica muy simpatica, dulce y con muy poca ropa que a juzgar por la cantidad de coches que había en el aparcamiento se debía estar aburriendo soberanamente.

    Tras explicarle mi situación, de inmediato me cedió el telefono. Pude contactar con el seguro y con dos gruas pero nadie me aseguraba la asistencia antes de tres horas así que no me quedaba mas remedio que armarme de paciencia.

    Mientras hablaba por telefono no podíá dejar de mirar a mi alrededor con curiosidad pues nunca había estado en un sitio de esos. A decir verdad tampoco era nada del otro mundo.

    Similar a una recepción de hotel, un mostrador y un casillero para las llaves de las habitaciones. A mi derecha estaba la puerta del bar donde debía estar el resto de las chicas.

    A la izquierda la escalera a las siguientes plantas y un poco mas allá la puerta de la cocina y un comedor. También la miraba a ella, una morenaza de formas rotundas, cabello rizado, y ojos oscuros.

    Solo cubría su cuerpo con una especie de corsé calado cuyas copas llegaban justo al borde superior de la areola de sus pezones. Un short de licra apenas le tapaba la mitad de sus redondeadas y hermosas nalgas firmes y repingonas.

    Me dijo:

    – ¿Por qué no esperas conmigo aquí en vez de hacerlo en tu coche?

    Accedí a su amable ofrecimiento y le pregunté por el baño. Me indicó la puerta del pub y me dijo que al fondo con lo que tuve que atravesar todo el local. Donde pude apreciar al resto de las chicas que con diversos atuendos cada uno mas pequeño y provocativo conversaban en grupos.

    Aún era temprano y solo había dos hombres que muy ocupados manoseando a las chicas con las que estaban no me prestaron la menor atención. Sí sentí clavadas en mi culo cubierto con un vaquero ajustado los ojos extrañados de algunas de ellas. No me conocían.

    Siempre he sido bastante liberal en cuestiones de sexo, tan liberal que no me importaba mucho el sexo de mis parejas. Me agradaba verlas a todas ellas tan ligeras de ropa, los mini vestidos, los escotes de vértigo. Sentada en el baño, liberando tensiones en el bajo vientre, pensaba en la ridícula situación en la que me había metido y me estaba excitando sola.

    Al salir del cubículo ante los espejos y la encimera de los lavabos se estaba maquillando unas preciosa morenita, pequeña, delgada, muy bien formada y sexi, con una dulce carita.

    Me sonrió y me preguntó si iba a trabajar allí. Me senté sobre la encimera después de lavarme las manos a su lado. Le dije que solo se me había estropeado el coche y estaba esperando una grúa.

    – ¿Empiezas hoy?

    – No, solo he tenido un problema con el coche y he entrado a llamar.

    – Me alegro, me dijo, hoy lo ves en una noche tranquila aunque de normal esta lleno de babosos.

    Apoyó una mano en mi muslo.

    – Esto no es una buena vida.

    Mirándome a los ojos. Le acaricié suave la dulce carita. Rocé el filo de su mandíbula con dos de mis dedos casi llegando a sus perfilados labios. Le pregunté:

    – ¿Por que lo haces? Entonces.

    – Dinero claro. Aunque le he cogido tanto asco a los tíos que me gustan las chicas. Su mano había pasado a mi cintura y con los rojos labios me besó suave.

    – Vamos fuera. Tengo curiosidad.

    Una rubia había tomado el lugar de la morenaza en recepción y esta nos esperaba en la barra. Ya me había pedido un refresco.

    – Aquí el alcohol es muy malo. Sólo hay garrafón.

    Además de una Coca-Cola para la chica que me acompañaba. Sentadas en los taburetes en un discreto rincón.

    – Nosotras te hemos visto primero, aunque hay más a las que les gustaría echarte mano. Y no te digo donde te pondrían esa mano.

    La chica del baño llevaba un mínimo top con la espalda descubierta y una falda tan corta que sobre el terciopelo de la banqueta veía su muslo al completo y buena parte de su nalga.

    Al otro lado justo bajo mi barbilla el escote de la recepcionista me dejaba muy poco a la imaginación. La tela apenas llegaba a cubrir las areola de sus pezones rosados. Rozaba su brazo desnudo con el mío y jugueteaba con la áspera tela de mi vaquero.

    Nunca habría pensado que terminaría el día durmiendo ¿follando? con dos putas pero la idea empezaba a atraerme. Me contaron anécdotas mientras flirteaban conmigo.

    Yo también les conté algunas de mis más morbosas aventuras. Hablándome al oído rozando con sus labios mi oreja. No eran nada cortadas.

    Nuria la recepcionista me propuso que nos fuéramos las tres a una habitación de la que había cogido la llave. Cogiendo la mano de Sara y girando la cabeza lo justo para besarle suavemente le dije:

    – Lo estoy deseando, os estoy deseando.

    Me guiaron hasta un dormitorio normal de hotel sin demasiadas extravagancias. Ni se molestaron en poner en la tele uno de los canales porno del cable que tenia reservado el local. La película la íbamos a protagonizar nosotras.

    Se limitaron a emparedarme entre las dos en cuanto cerramos la puerta y mientras Nuria besaba mi boca con furia, notaba en mi espalda los duros pechos de Sara y sus labios en mis hombros. Entre las dos me sacaron la fina camiseta de tirantes que cubría mis pechos bronceados.

    Nuria se agachó de inmediato a comerlos y morder suave mis oscuros pezones. Sara no perdió el tiempo y desabrochó mis vaqueros bajándolos hasta los tobillos.

    Quitarme las sandalias y terminar de sacarme los pantalones fue cosa de un segundo. Me manejaban como una muñeca dejándome solo con el mínimo tanga sencillito de algodón.

    Mis manos tampoco estaban ociosas. Le había conseguido sacar el corsé de encaje a Nuria liberando sus enormes pechos y deslizando dos dedos en el interior de su húmeda vulva desde la cintura del ajustado mini short. Rozando el clítoris.

    La otra mano en ese momento la tenia echada hacia atrás y apoderándome de la firme nalga de la chica delgada por debajo de su faldita.

    Mi cabeza echada atrás, suspirando y dejando mi cuello libre a los labios de ambas. Me giré para hacerle un poco de caso a mi otra belleza, lo que aprovechó Nuria para librarme del tanga.

    – ¡Que buenas estáis!

    – Tú si que estás rica.

    – ¿Todas las chicas de vuestra profesión se han vuelto lesbianas?

    – Todas puede que no. Pero muchas le hemos cogido el gusto a las mujeres al ver como nos tratan los tíos.

    Me agaché para comer las duras tetitas pequeñas cónicas. Tras quedarme con su top en la mano. La faldita ya había caído y su negro tanga de encaje era lo único que me escondía su vulva fina y pequeñita.

    Al agacharme mi culo había quedado perfecto para que la otra morena me besara y lamiera las desnudas nalgas. Incluso las abriera para darle una rápida lamida a mi ano.

    Ya libres de toda la ropa las dos me llevaron a la ducha, supongo que sería la costumbre antes de follar. Allí había un sitio cómodo para las tres. Abrieron el agua que corría desde la moderna ducha sobre nuestras pieles suaves.

    El gel de ducha nos ayudó a acariciarnos, la dermis enjabonada dejaba que nuestras manos recorrieran los cuerpos dulces de las otras. Las pieles frotándose.

    Yo sentía cuatro manos sobre mí, pues ellas parecían conocerse bien. A mí en cambio me faltaban manos para tan maravillosos cuerpos. Apretada entre ellas sus pechos, sus cuerpos frotándose con mi húmeda piel. Nuestros labios no paraban y yo lamía la piel limpia y brillante.

    Me corrí tantas veces bajo el agua que caía como lluvia sobre nuestros cuerpos que apenas me quedaban fuerzas cuando me llevaron a la enorme cama. Claro que yo tampoco había parado de acariciar y lamer sus pieles y sexos. Todas tuvimos nuestros orgasmos sin salir de la ducha jadeando y suspirando.

    Regresé a la entrada donde la nueva chica, la rubia, me invitó a tomar un refresco con ella. Lo suyo era trina de manzana que con los hielos parecía whisky. Pero era evidente que también me miraba con deseo.

    Claro que para entonces la grúa estaba recogiendo mi coche y no pude quedarme con ella un rato más. Aunque si me quedé con todos sus teléfonos para repetir la experiencia alguna de sus noches libres y en mi casa.

  • Necesito el trabajo

    Necesito el trabajo

    —¡Joder! —dijo Laura dando un puntapié a la papelera de plástico que tenía cerca de su escritorio. 

    Juan, su colega, levantó la mirada.

    —¿Qué pasa? —dijo con un tono en el que no se apreciaba ni una pizca de interés.

    La mujer pensó en decir algo, pero finalmente no lo hizo. Estaba demasiado ocupada releyendo el maldito email que acababa de recibir. A sus 32 años, casada con Andrés, tres menos que ella, y una niña de cuatro a su cargo, se encontraba en uno de esos momentos de horas bajas en los que tocaba apretar el culo, hacer horas extra y esperar a que su pareja, un escritor que acababa de empezar, terminase la obra que les sacaría de pobres.

    Las palabras del cliente eran claras y duras. Sabía cual era el siguiente paso, levantarse de la silla acolchada e ir al despacho de su nuevo jefe. Las piernas comenzaron a temblarle y un nudo de nervios se formó en su estómago. Tragó saliva, apoyó las manos en el reposabrazos y se reincorporó no sin cierto esfuerzo. «Quizás debería beber un vaso de agua… no, mejor no, con este estado de nervios lo último que necesito es llenar la vejiga» pensó.

    El despacho del nuevo encargado era luminoso y el mobiliario era de estilo moderno y minimalista. Un par de cuadros abstractos que parecían sacados de algún estudio de psicología, una mesa oscura de madera maciza y un par de sillas de metal.

    Don Pedro rondaría los 50. Alto, serio, atractivo a su modo. El traje y la corbata le sentaban bien. Su voz era grave.

    —Laura, siéntate por favor.

    La mujer obedeció con cierto alivio. Al menos ahora no tenía que preocuparse por mantenerse de pie. Le costó un tiempo decidirse a hablar y cuando lo hizo las palabras salieron de su boca atropelladamente en una mezcla de reproches y disculpas difícil de digerir. Cuando terminó, tenía el rostro colorado y su corazón latía con fuerza.

    Su jefe la miró de arriba a abajo en silencio durante unos segundos y luego habló con frialdad resumiendo la situación.

    «Estás despedida».

    Laura se rebeló ante esa conclusión.

    «No, no es justo. Tiene que haber otra solución.»

    Pedro respondió y la empleada habló de nuevo; rogó e imploró, haría cualquier cosa por conservar su trabajo.

    Para su sorpresa, el hombre que tenía enfrente sonrió.

    —Cierra la puerta. —ordenó.

    Laura obedeció tragando saliva tras echar el cerrojo.

    —Este despacho está insonorizado. Te voy a contar una cosa Laura, me gustan las mujeres, me gustan mucho. Me vuelven locos sus senos y sus nalgas temblonas. Me gusta cuando me miran con deseo y cuando, cuando se encargan de, bueno, ya sabes. ¿Qué me dices? Te apetecería conservar tu trabajo… bueno, tendrías que convencerme.

    Laura enrojeció violentamente. Lo que aquel hombre le pedía era demasiado. Quería a su marido, disfrutaba con él y le gustaba el sexo íntimo que practicaban los viernes, sexo lleno de confianza mutua. Lo que le pedía aquel tipo no era solo una humillación, si no una infidelidad en toda regla. El dilema era saber si estaba justificada dadas las circunstancias.

    —Yo… lo que me pide… yo.

    —Mira Laura, esto es una oportunidad que te doy, pero depende de ti. Si no te convence ahí tienes la puerta. Recibirás el finiquito y una carta de recomendación para encontrar otro trabajo… sé que es difícil, pero bueno, no sería el fin del mundo… es lo que hay.

    La mujer pensó a toda prisa, no podía llegar a casa y decir que la habían echado, no podía complicarse la vida ahora, su hija, su marido… todos dependían de ella y…

    —Esto, esto no saldría de aquí verdad…

    El jefe se levantó y se acercó a la empleada. Cogió una de sus manos, levantó con la otra su mentón y mirándola a los ojos respondió.

    —100% privado.

    Y a continuación añadió apoyando la mano en la cabeza de Laura y empujándola hacia abajo.

    —Agáchate, de cuclillas.

    Luego se desabrochó los pantalones y se bajó los calzoncillos dejando su miembro a la vista de su empleada.

    Laura reaccionó mecánicamente, agarró el falo entre sus manos y comenzó a masturbarlo.

    —Mírame. Quiero ver tus ojos.

    La mujer levantó la mirada mientras hurgaba con sus dedos el capullo. Luego abrió la boca besó el pene y metiéndolo en su boca, empezó a chuparlo. Algunas gotas de la abundante saliva, resbalaron por la comisura de sus labios y una sensación de cosquilleo recorrió su bajo vientre mientras escuchaba los entrecortados jadeos de aquel hombre.

    Dos minutos bastaron para que Pedro eyaculase en el rostro de su empleada.

    Luego sacó del bolsillo unos pañuelos de papel y limpió el rostro de la mujer. A continuación, eliminó como pudo el semen que había caído sobre sus huevos.

    —Y ahora viene el castigo. Has sido una chica mala y mereces que el tío Pedro te de unos buenos azotes.

    —Ven aquí… vamos, desnúdate, el culo al aire, eso es, sobre mis rodillas. Qué rajita más rica…

    Fuera del despacho, Juan y el resto de empleados trabajaban ajenos a lo que ocurría entre su jefe y una de sus colegas, ajenos al sonido de los azotes que calentaban el trasero de Laura.