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  • De las barbas a la policía (capítulo tres)

    De las barbas a la policía (capítulo tres)

    Las barbas (A José). 

    Volví a estar libre de ataduras, regresé a aquellos encuentros con William que bien sabía satisfacer mis deseos, que para ello me había enseñado ese mundo. Estuve con William, solo los dos sin más locuras o en orgias de las que él acostumbraba. El primer encuentro que tuvimos, por fin, me llevó a la línea del tren, a las afueras del pueblo y adonde me había invitado al principio cuando hablamos por primera vez. Ya no tenía sentido negarse a ir con él, además que aquella sensación de estar al aire libre daba cierto morbo a lo que hacíamos. Todo lo que podía ser el paisaje se había convertido en una oscuridad absoluta, las luces a lo lejos eran como esos faros que en el mar pudieran divisar los barcos.

    A William le gustaba besar, era un maestro en todo, me besaba mientras su manos entraban por todos los lados y agarraba con fuerza o acariciaba con suavidad, también hablaba de lo que sentía, lo que hacía y lo que iba a hacer. Me puso como de costumbre a mamar su pinga cosa que me gustaba porque la tenía grande, con una piel muy tersa que daba gusto lamer. Pero nunca me dejaba mucho tiempo, porque lo que más le agradaba era mi ojete, lamerlo y cogerlo. No me hizo esperar mucho para recibir mi pedazo de carne como decía él a veces, otras, decía que me daría mi toma de leche. Me quedé con el pantalón bajado, las nalgas al aire, encorvado para recibir su pinga que ya me entraba bien con la saliva. Estuvimos singando un rato cuando sentimos que se acercaba el tren, estábamos al lado de la línea férrea. Se le ocurrió que nos quedaríamos allí, al lado delante los arbustos.

    – ¡Quiero tenerte clavado cuando pase el tren!

    Me dijo con esa lascivia que acostumbraba, le comenté que nos verían con la luz. Pero no me hizo caso, nos apartamos un poco y siguió él singando con fuerza. De pronto el haz de luz iluminó todo incluyéndonos a nosotros, William siguió moviéndose, metiendo y sacando su pinga agarrado a mis caderas, yo encorvado ocultando la cara. Cuando pasó la locomotora por el lado se escuchó un grito.

    – ¡Mariconeees!

    Después volvió la oscuridad porque era un tren de carga, el sonido ensordecedor y rítmico lo abarcó todo, William siguió al ritmo de los vagones para venirse casi cuando el tren pasaba y se perdía a lo lejos. Nos quedamos un rato así quietos, jadeábamos y sudábamos ambos.

    – ¡Uf! ¡Rico! ¿No te has venido?

    Era otra de las cosas de William, tuve gente que no le importó nada si había terminado yo o no. Lo importante era que ellos se venían y ya, William era diferente. Él sabía cuando me había venido, una vez cuando le pregunté me dijo que lo sabía porque apretaba el culo más de lo común. Me hizo masturbarme antes de sacar su pinga que ya no estaba tan dura. Como era ya una ley, me hizo vestirme sin evacuar su leche. Le ponía a millón saber que alguien se iba con su leche en el culo, yo ya estaba acostumbrado a ello. Incluso me agradaba saber que le ponía bien que me fuera así. Después nos fuimos cada cual por nuestro lado.

    Aquella aventura ferroviaria con William me bastó para unos días sin que saliera a buscar nuevas aventuras o emociones, aunque a los dos días tuve la oportunidad de enrollarme en una, esperaba la guagua en una de esas noches calurosas en la avenida 41, cerca de Tropicana, lugar al que nunca había entrado, cuando vi a dos tipos que se interesaban en mí, bueno, como era un lugar de ligue, todo el mundo miraba a todo el mundo. No pasó mucho rato cuando uno de ellos, el más delgado se me acercó dándome la mano. Hablamos unas cuantas tonterías y fue directo al grano preguntándome si me dejaba singar, si quería y por último que si estaba de acuerdo iríamos a casa de un amigo de él, el otro que estaba algo apartado y que tenía una barba muy espesa y negra.

    – ¡Anda, la vas a pasar bien! ¿Acaso no te gusta que te singuen dos machos como nosotros dos? – me dijo con desfachatez al ver que la duda me invadia.

    Él otro era José, un tipo alto y robusto, todo peludo y que más tarde supe que trabajaba en la Biblioteca Nacional, dije que sí y fuimos, nos presentó y salimos caminando rumbo a la casa. Tremenda casona, de esas que hay en 5º avenida de los antiguos ricos, subimos a la segunda planta donde José tenía su dormitorio. Yo pasé al baño a lavarme, José lo había hecho en alguno de los baños de la casa, cuando salí el otro se metió a lavarse, en la cama estaba José acostado desnudo, con la pinga dura. Yo me acerqué y me senté encima de él dejando que su pinga rozara mi ojete y empezamos a besarnos.

    El otro llegó y se nos unió, tenía un buen machete y estaba muy dispuesto a usarlo y rápido. Poniéndose un preservativo me dijo que me abriera las nalgas, escupió varias veces y trató de meter su pinga, pero no pudo, de verdad que era grande y sin algo de crema o lubricante, pues costaba. Se fue al baño en busca de alguna crema, momento que José aprovechó para susurrarme al oído.

    – Haz que se venga rápido y regresas cuando se vaya, te quiero para mí y singarte toda la noche.

    No le di paso, por mucho que quiso penetrarme, no pudo. Lo hice a propósito y eso le gustó a José que me guiñaba un ojo con picardía cuando el amigo no nos veía.

    – Bueno, al parecer eres muy cerrado, pero ya que estamos aquí me sacas la leche mamando. – dijo el otro.

    No tuve otra opción que dedicarme a mamar por turno a ambos. José se apuró en venirse mientras que al otro le costaba trabajo aunque finalmente logró eyacular en mi boca. Comentó algo de que al menos tenía buena boca para mamar pero que hubiera preferido singarme. Después nos vestimos y salimos, José dijo que acompañaría a su amigo y yo cogí otro rumbo aunque solo esperaba ver que giraban para regresar y esperar a José. Al cabo de unos veinte minutos llegó José, se alegró de verme allí esperándolo. Nos besamos en el portal, subimos a su dormitorio y nos desnudamos.

    A José le encantaba besar, acariciar y yo salía ganando con todo ello. Fui yo quien tomó la iniciativa de sentarme sobre su pinga después de ensalivar bien. Él quedó encantado mirando lo que hacía, yo quizá por estar muy excitado o porque estaba acostumbrado, dejé entrar su sexo sentándome sobre él, despacio pero sin interrumpir recibiendo el doble goce que me propinaba y el que le daba a José. Fue una noche ardiente, hicimos el sexo la primera vez yo cabalgando como si fuera un jinete, besaba con pasión, no soltaba mis nalgas con sus manos grandes. La segunda vez fue en la ducha, porque al venirnos, yo le eché mi leche en su pecho. En la ducha seguimos besándonos, acariciándonos y por supuesto que no me negué a entregarme de nuevo a él. Me poseyó allí con las manos mías en la pared y el agua tibia cayendo sobre nosotros. Recuerdo que dormimos abrazados, satisfechos y cansados después de una noche tan marchosa. Por la mañana me despertó con besos y su pinga dura en mis nalgas.

    -¿Quiero tenerte ahora antes de que nos levantemos? – me murmuró al oído.

    Yo me dejé hacer, asentí y me quedé acostado bocabajo dándole la oportunidad de que me poseyera así. Me quedé con los ojos cerrados para sentir como me humedecía mi culo, como su pinga iba abriéndose paso entrando, cuando mis esfínteres se dilataron dejándolo pasar suspiré con fuerza y placer. Me singó así, suavemente mientras aguantaba mis manos y me besaba la nuca, las orejas, la cara, la boca. Yo con sus movimientos y caricias me vine antes, para él fue una sorpresa cuando me volví disculpándome de la mancha de semen en la sábana.

    -¿Te viniste solo? Ni siquiera te has tocado.

    -¡Papo, tú me tocaste donde debías!

    Recuerdo bien que mientras desayunábamos me decía lo bien que la había pasado, que así le gustaba levantarse así, con la pinga parada y singar suavemente. Me dio su teléfono y que llamara, que siempre que tuviera tiempo fuera por su casa a dormir.

    Comenzó así aquella interesante relación que al principio ardía por sí sola. No diría que nos amábamos pero sí que nos deseábamos. No sabía en aquel entonces que era un oso o la atracción por las barbas y vellos, él fue mi primer oso como tal porque a parte de una barba tenía mucho vello por el cuerpo, además que era enorme, grande y corpulento. Empecé a frecuentar su casa por las noches a dormir con él, y fui conociendo de él.

    Me contó que aquel amigo nos había visto una vez y que le dijo que sí, que estábamos con mucha frecuencia y a lo que el amigo le respondió, que yo no era buena cama. Para José era mejor, así se mantenía alejado de mí y podríamos seguir con nuestra pasión.

    Un día me invitó al cumpleaños de no sé qué amigo suyo, que le gustaría que yo fuera con él. La fiesta era cerca de su casa en Playa, había bastante gente y mucha bebida y comida. Era otro mundo, gente que tenía acceso a todo y se veía en la mesa y el bar. A mitad de la noche quedaban pocos y ya algunas parejas se retiraban a los rincones entre besos y caricias, nosotros no nos quedamos atrás, empezamos a besarnos, a acariciarnos y terminamos en una de las habitaciones haciendo el amor. José tenía facilidad o habilidad para penetrarme, es lo que más recuerdo, sabía cómo hacerlo y yo se lo agradecía. Allí de pie, yo con el pantalón y los calzoncillos bajados, inclinado algo mientras José me singaba. Cuando terminamos nos dimos cuenta que no estábamos solos, el amigo de José que cumplía años estaba allí mirándonos. Nos quedamos quietos como sorprendidos, mientras el amigo, que se llamaba Ramiro se nos acercó, agarrando con una de sus manos mi pinga dura y con la otra acarició mi culo lleno de la pinga de José que quiso sacarla, pero él le dijo que no.

    -¡No, Pepe, no se la saques! Ya veo que sabe cómo disfrutarla.

    Estuvo acariciando mi trasero, los huevos de José, el tronco de la pinga de José y el borde de mi culo húmedo. Terminó diciéndonos.

    -¡José hoy es mi cumpleaños!

    Estaba claro lo que quería, José sacó su pinga para dejar que aquel mulato se pusiera detrás de mí. José se situó delante, empezó a besarme, a acariciarme.

    -Nene, es su cumpleaños, no le vamos a negar un regalo así, no te preocupes, yo estoy aquí mirando.

    Quizá aquel idilio entre nosotros empezaba a llegar a su fin, José me ofreció como regalo de cumpleaños a su amigo. Al rato llegaron otros, unos miraban, decían algo y se iban, otros se sentaban allí mirando cómo me singaba. Era un regalo, un objeto, José me había regalado. Cuando el mulato terminó vino otro y cuando ese terminó otro quiso, yo protesté que me dolían las piernas pero eso no fue problema, me arrastraron hasta una cama y allí continuó el festín. Fueron cinco los que pasaron por mi dejando su semen, estaba molido, por suerte no me dolía pero no me sentía cómodo. Mi entre pierna y culo chorreaban semen de los machos que me usaron. Ramiro vino a la cama, trayendo un rollo de papel higiénico para limpiarme y así lo hizo, con suavidad. Quise levantarme pero Ramiro me dijo que no, que me quedara así, que retuviera la leche en mi culo, le obedecí y allí me quedé.

    José vino a despedirse, me dijo que mejor me quedara a dormir allí y que descansara. No soy tan tonto, sabía que no se iba solo, me levanté cuando salió para ver con quien se iba. Por eso me quedé y me entregué a Ramiro y a otro más que se había quedado. Dormimos algo en aquella cama tan grande los tres hasta que Julián, un negro delgado y pingón, me despertó para que le bajara la pinga que la tenía parada. De tanto revolcarnos y movernos Ramiro se despertó y se nos unió, ya no me importaba nada. Claro que Ramiro había untado mi culo con lidocaína y no sentía nada, ellos igual. A eso de las siete nos acostamos de nuevo ya medio muertos.

    A las doce Ramiro se levantó porque tenía que salir al trabajo dejándonos a Julián y a mí. A eso de las dos nos levantamos y salimos a la calle, Julián me invitó a su casa a almorzar. Vivía en La Víbora, en una casa de madera, humilde pero comimos bien. Julián era fotógrafo, después pasamos por el trabajo a buscar algo, por suerte ese día no trabajaba. Seguimos a casa de un amigo, un tal León, un tipo gordo y simpático.

    -Este es el regalo de Ramiro.

    Así me presentó, nos reímos mucho porque ya lo habíamos conversado. Buen humor, León nos mandó entrar al patio de su casa, conversamos un rato y después nos fuimos. Julián me acompañó hasta la parada de la guagua. Quedamos en vernos en otra ocasión.

    A José, lo vi como a la semana en una parada, iba yo en la guagua y me quedé mirándolo como si mirara algo interesante, él igual miraba con sorpresa y atinó a hacerme un gesto de que lo llamara. Por el momento no lo llamaría. Llegando al pueblo me encontré con William que como siempre deambulaba en el parquecito, me llamó enseguida.

    – ¡Oye, ven acá, chico! ¿Qué coño te pasa? Seguro que tienes a alguien que te está dando pinga a gusto.

    A veces era muy vulgar hablando, pero no me molestaba, lo conocía. Nos sentamos en el parque lo más alejado de la única farola que mal alumbraba, allí se sacó la pinga indicando que me encargara de chupársela. No me costó que se le parara aquel trozo de pingón, estuve un rato mamando y tratando de tragarme todo aquello cosa que no siempre podía, él me había enseñado pero allí en el parque no me salía.

    – ¡Ven, déjame darte un poco por culo!

    Nos metimos detrás de uno de los matorrales, me bajé los pantalones y él se arrodilló para empezar a lamerme el culo, a humedecerlo, a lubricar antes de empezar a singarme como solo él sabía. Me provocaba placer, goce, sabía moverse bien y cualquier cosa que hiciera le salía bien. Era un bujarrón perfecto. No se demoró mucho, al parecer estaba ya bien caliente y tenía ganas.

    – Vístete que veo a la rubia en la esquina.

    Comprendí su apuro, en la esquina había un carro de policía. Salimos y nos sentamos en el banco, al rato se nos acercó un policía que nos pidió el carné de identidad y nos inquirió qué hacíamos allí. William le dijo que nada, que estábamos hablando, que yo había venido en la guagua y ya. Era casi la verdad, el policía se rio.

    – ¡Ya, que no soy tonto, bien que los he visto detrás de ese matorral! – hizo una pausa y agregó señalando a William.- Le estabas cogiendo el culo a este y eso está prohibido en público.

    – ¡Vamos, oficial, qué aquí todos somos hombres! – le dijo William.

    – ¡No, este es hembra!, que lo vi clavado. – volvió a enfatizar el policía.

    – Bueno, macho, pues ¿por qué no te lo singas y ya? – William tenía esas respuestas locas, yo estaba cagado porque nunca se sabe qué va a pasar con estos policías. Pero todo tomó un color diferente, el otro policía se nos unió.

    – Miren, no los metemos presos pero nos vamos a singar a tu amiguita. – dijo el recién llegado.

    William rio como de costumbre y me dijo que fuera con ellos, yo le dije que fuera conmigo que no me dejara, pero no me hizo caso y se alejó dejándome con los dos policías.

    – ¡Bien, cariño, vamos y pórtate bien! – me dijo el policía que había llegado último.

    Nos sentamos en el carro de policía y salimos rumbo a lasa fueras. Uno de ellos se volvió para sonreírme y decirme que la iba a pasar bien que todos los días a un maricón como yo no se le daba que dos machos se lo singaran. El otro le río la gracia diciendo que me dejarían el culo chorreando leche. Ya cuando salíamos uno de ellos se sentó detrás y me pidió que le mamara la pinga. Tenía una pinga gordita y se le notaban las venas, no hacía más que decirle al otro lo bien que mamaba yo. Metió la mano por mi pantalón en busca de mi culo y le comentó a su compañero.

    -¡Cojones, tiene el culazo abierto y lleno de leche del bugarrón ese!

    Se reían, pero al parecer no les molestaba nada. Cuando detuvieron el carro y apagaron las luces, salimos fuera. Era un sitio rodeadod e matorrales, oscuro, el que estaba detrás del carro conmigo, enseguida me penetró mientras el otro me daba su pinga para que le mamara. También estaba bien dotado el muy cabrón, me singaron por turno, pero uno de ellos lo hizo dos veces. Se veían machotes, decían que era la hembra que necesitaban para esas noches de guardia, que no me arrepentiría de haberlos conocido. De verdad que pasé una buena noche, esos dos policías me dieron pinga bien, además como ya estaba dilatado por la cogida de William, me fue fácil. Disfruté mucho aquella singada.

    De vuelta me trajeron hasta el pueblo, me dejaron en la puerta de mi casa, por suerte que siendo tan tarde pues casi nadie vio que venía en el carro de policía y como uno de ellos para despedirse de mí, me hizo que le tocara la pinga a modo de despedida y le prometiera que repetiríamos. El otro que manejaba, agregó que sí, pero que en algún sitio con algo de luz, para gozar bien. Uno se llamaba Hugo y el otro Yuli según dijeron.

  • El morbo con mi hijo

    El morbo con mi hijo

    No hay morbo más grande que tener por amante a un hijo y aunque parezca demasiado grotesco, también así, la lascivia pornográfica que provoca, en mi caso, es el sumun máximo del placer; creo que el incesto alcanza la lujuria, no solo por el pecado que encierra en el deseo, sino inclusive por el morbo que incita el poder ser descubiertos.

    Arrodillarme frente al “bóxer” de mi hijo y desafiando sus ojos con mis ojos, acaricio sobre esa tela su glande con mis labios pintados, dejándole rastros de ese pecado en la erección que le provoco. ¡Me encanta! y aunque algún que otro amante satisface mis deseos, mi hijo es todo el sexo, la fantasía que necesito y que se revela entre gemidos.

    Aquellos días en un crucero que hacíamos desde Buenos Aires hasta el norte de Brasil, tuvimos una parada en Río de Janeiro, —siempre Río—, lugar de mis pecados y el inicio del incesto con Richard, mi hijo. Habíamos bajado en unas excursiones con él y mi esposo; pero de regreso mi marido se quedó dormido en nuestro camarote, yo aproveché para darme un buen baño de inmersión con sales y flores que me habían dejado en la suitte; Richard en el camarote contiguo se estaba duchando también, pero al separarnos en el corredor, lo provoqué rozando con mi mano su bulto prominente; le dije que me esperara esa noche; no sé cuántas veces me masturbe en esa tina mientras fantaseaba con el derrame de su semen sobre mis labios. Fui al “spa” del crucero, me hice depilar completamente, solo dejando una fina tira de bellos sobre mi pubis que baja hacia mi clítoris y con un buen sauna y masaje, sabía que sería una noche interminable de salvaje sexo… ¡Estaba lista para mi hijo!

    La cena se sucedió como esas noches sobre la última cubierta, mesa reservada para los que tenemos ciertos privilegios de un crucero conocido, me había dejado el camisolín (aunque parecía una blusa de seda) pero no llevaba soutien por lo cual mis pezones eran un bajo relieve en esas sedas, jean ajustados pero cortos en los tobillos y una pulsera en el izquierdo, como aquellas egipcias que delataban su erotismo en el antiguo Egipto, —bien transgresora y algo más, un tanto prostituta—. Mi marido “cornudo como de costumbre” solo me dio una palmada sobre mis nalgas que nada me provocara, pero el roce de mi hijo al acomodarnos en esa mesa me hizo cerrar los ojos y dejar que los sentidos fueran un escalofrío sobre mi piel. Sentado delante de mí, entre otros comensales, yo descalzaba uno de mis pies llevándolo a su entrepierna, el que él sujetaba dejándome sentir la erección que me volvía más loca; era evidente mi calentura, tanto que, una mujer sentada a mi lado me dejo saber que se había dado cuenta y la muy atrevida bajo el mantel acarició mi pierna con sus uñas, mirándome también me sonrió; demasiado caliente para un solo instante cuando me preguntó al oído: —¿lo compartís?… le respondí que sí, pero no esta noche, quizá mañana. Grace (esta mujer) rozó y volvió a acariciar mi pierna, pero esta vez, hasta mi ajustada vulva sobre el jeans, provocándome más fuego bajo mi piel, le sonreí, pero mi hijo no dejó de advertir esa escena, él, mordiéndose los labios me guiño un ojo. Estábamos listos para el placer.

    La sobremesa se había puesto pesada con esas conversaciones de los hombres que me aburren, por lo que Grace me invitó a salir a cubierta a fumar un cigarrillo, acepté porque fue un desafío lo que se provocaba en su mirada; mi hijo –caballero como siempre— nos corrió las sillas para poder abandonar la mesa, mientras salíamos a cubierta tomadas del brazo, mi hijo Richard, se me acercó, cuando acariciándome la mejilla me dijo —te espero en mi camarote; temblé y sentí que no solo me mojaba sino que también sentí electrizar mis pezones.

    —Te calienta mucho ese pendejo, —me murmuró Grace.

    —Si. hace mucho que disfrutamos el incesto.

    —Ah, pero entonces los conoces de hace tiempo y ¿cuál es ese morbo si se puede saber?

    —De meterle los cuernos a marido, eso nos calienta muchísimo, coger cada vez más seguido y esta es una noche de pecados. —Pero advertí que no había entendido que era una relación con mi hijo, o sea, puro incesto.

    Sentí que Grace se estaba excitando conmigo y mi morbo iba en “crescendo” nos apoyamos en la baranda y asegurándose ella que nadie nos viera. me besó dulcemente en los labios, mientras su mano desabrochaba mi jeans descubriendo que estaba empapada al masturbar mi clítoris y llevando mis jugos otra vez a su boca, me volvió a besar con un profundo beso de lengua.

    —¿Me vas a contar quien es ese pendejo que te tiene así? —Me murmuró al oído, mordiendo suavemente mi oreja y más me calentaba.

    —Es mi hijo… —Apenas pude suspirar y jadeando.

    Los ojos de ella no daban crédito a mis palabras, mientras le iba contando como habíamos empezado a coger con Richard en aquellas noches en Río de Janeiro y que a su vez era cómplice de mi adicción ninfómana, que solo él podía apagar mi fuego con tanto semen. Como estábamos navegando ya cerca de Río, le dije que eso me hacía recordar aquellas noches y que solo en ese momento quería estar en su camarote, desnuda y tendida sobre su pecho; —el de mi hijo—.

    —Me acabas de volver loca, —dijo Grace— me estás haciendo sentir hasta el más íntimo de mis escalofríos; ¿incesto puro y así tan abierto?, eso tengo que verlo y sentirlo. Me muero por ver cómo te besas con tu hijo, ¿serías capaz de invitarme a ese pecado?

    La volví a besar en sus labios, pero esta vez yo rodeé sus caderas y acaricié su espalda por debajo de su blusa. —Te va a gustar, pero esta noche estamos inaugurando el viaje con Richard; hoy me lo cojo y mañana quizá te invitamos. Pero ahora seguime.

    Llegamos a camarote de Richard, como dos niñas tomadas de la mano y corriendo por el pasillo, cuando golpeé la puerta, desde adentro me gritó, —está abierto—, entré, le hice señas de silencio a Grace, ya que mi hijo estaba en la ducha con la puerta del baño entreabierta, él no podía ver hacia la suitte; así que me desnudé delante de Grace, quien habría más sus ojos negros, —hermosos por cierto, al igual que su boca—, así que delante de ella me quedé con el bikini y sin el soutien mostrándole mis aureolas y mis pezones, los que pellizqué para erotizarlos aún más, bajé mi tanga y le enseñé que no solo estaba mojada, sino que tenía mi línea de bellos tan finos como le gusta a mi hijo. Grace me volvió a comer la boca y le dije: —Podes mirar, pero en cuanto veas que salimos de la ducha, salís del camarote. Ella asintió en silencio.

    Desnuda, solo en bikini y con las sandalias (las que no me había quitado) y haciendo juego, me metí en el baño; el vapor había empañado el vidrio de la mampara, allí apoyé mis tetas y los pezones sintieron la calidez de ese vidrio y con esa calentura empecé a masturbarme, mi hijo del otro lado y bajo la ducha mordió sus labios, comenzando a “pajear” su erección; de reojo la miré a Grace que se estaba masturbando también, pero con sus ojos clavados en mí.

    —Hacía rato que te esperaba putita, —me dijo Richard—.

    —Ya lo sé hijo, ¡putito mío!, y aquí estoy para celebrar y recordar nuestra primera cogida en Río; me depilé como a vos te gusta y estoy lista para que esta noche acabes en mi vientre. Todo esto lo decía, no por él ni por mí, sino para que Grace descubriera ese morbo con mi hijo.

    Me metí en la ducha sin quitarme el bikini, ni las sandalias, cuando mi hijo me abrazó y girándome en la ducha me contuvo contra la pared, nos comimos la boca a mordiscones, con esa culpa encendida por el morbo y más yo, que sabía que alguien nos estaba observando, fue cuando sentí que su erección golpeteaba sobre mi pubis.

    —Todavía no me cojas, lléname de besos, —le pedí susurrando.

    —Vos y esa otra veterana en la mesa, me calentaron demasiado, pensé que te ibas a encamar con ella; y me vine a pajear, tengo la pija que explota; pero te la voy a enterrar en la colita.

    —Esta noche mami, es toda tuya, ¡putito!, le decía mientras sentía su erección en mi mano.

    Me acomodé poniéndome debajo de la ducha, apoyé mi cara contra la pared igual que mis pezones, levantando mis caderas empecé a sentir como esa erección jugaba “punteando” mi esfínter. Giré mi cara y pude ver a través del empañado cristal que Grace aún estaba ahí, pero en un momento cuando Richard me jaló del cabello yo alcé mi cabeza hacia atrás y grité suavemente, su pija ya estaba dentro de mi vientre; en ese momento Grace tirándome un besito con la misma mano que se había masturbado y saboreado este placer en sus labios, desapareció del camarote.

    La ducha fue interminable, no podíamos de dejar de comernos la boca con mi hijo; había mucho morbo contenido desde que zarpamos de Buenos Aires. Me arrodillé delante de él y mi garganta fue lo más profunda que podía conteniendo la respiración; al menos sentíamos que el agua calmaba algo de ese ardor que friccionaban nuestros cuerpos, Edipo y Yocasta estaban otra vez juntos, yo me sentía demasiado perversa y mi cuerpo lo necesitaba, la piel de Richard también estaba encendida y el color de su glande y su erección la que salía y entraba en mi boca, eran en sus escalofríos el placer de poseerme.

    Sus manos me tomaban de los cabellos y acompañaba el ritmo mientras le chupaba esa pija, la que se hinchaba aún más en mi boca; —no sé cuánto estuvimos así—, pero yo sabía que mientras le hacia esa felación su placer también estaba en la yema de mis dedos que jugaban con su esfínter, mientras me abría paso en su ano hasta penetrarlo y más nos calentábamos bajo esa ducha.

    Me incorporé, nos seguimos besando, mis pezones se apoyaron en su pecho y su erección sin más, fue entrando por mis labios vaginales —yo me dejé llevar—, sintiendo como me invadía el sexo de mi hijo, otra vez el morbo me hacía cerrar los ojos y abrir la boca jadeando; después de largo rato de cogernos con tanta furia, mirándonos a los ojos y mordiéndonos los labios, sentí una estocada dentro de mi vientre, la que provocó un beso aún más perverso y tanto semen corría por mi nacarada vulva; estaba en fecha, era consciente que estaba ovulando, y supe que estaba quedando embarazada; ese calor atravesó mis entrañas y me abracé al cuerpo mojado de mi hijo, aún, estando cogida, penetrada, mientras él latía acabando aún más dentro mío.

    Me colgué un toallón sobre las lolas que todavía firmes sostenían mis aureolas rozadas y mis pezones aceitunas como una adolescente; Richard se anudó a su cintura un toallón y salimos al balcón de la suitte frente a la inmensidad de las olas del mar; nos volvimos a enfrentar con la mirada y me colgué otra vez su cuello para besarlo como una puta gata en celo.

    —me dejaste embarazada— le dije…

    —Lo sé, —murmuró él— y me comió la boca.

    Yo encendía un cigarrillo mientras Richard se servía una copa de buen “ron”, volviendo al balcón, el murmullo del mar era para nuestro silencio un cómplice más, alzó la copa y brindó por mí…

    —Por la “perra” que jamás puede tener en un hombre entre sus brazos.

    —Por mi hijo, que me hace sentir lo que ningún hombre arranca de mis entrañas; ¡Este placer!

    ¿Me apoyé contra la baranda de espalda a la inmensidad, cuando del camarote vecino, (el que tenía con mi esposo) apareció él y sin poder vernos bien, alcanzó a preguntar si estábamos bien?

    Entre risitas cómplices le dije que sí, que estábamos jugando cartas y fumando un poco, mi esposo “el muy cornudo”: —no tomen tanto, me voy al jacuzzi— y cerró la ventana del camarote; sabíamos con Richard que la noche recién estaba en pañales y azules sobre las olas del mar, tiritaban los astros a lo lejos.

    —Lau… ¿pido champagne?

    —Si… pero recuerda que en estas noches para vos soy Xochi, tu pervertida diosa erótica.

    —Cierto, la más puta.

    Cuando tocaron la puerta, el camarero advirtió que mis pezones en un bajo relieve sobresalían de ese fino toallón, que apenas me cubría el pubis.

    —Perdón señora, ¿aquí pidieron champagne?

    —Si, le dije, (provocando que mi mano descubriera un poco mi desnudez) póngalo sobre la cama.

    A lo que mi hijo entrando desde el balcón y con su toallón en la cintura, le alcanzó una propina. Al salir ese camarero, negro como el ébano y bien dotado según su blanco pantalón, me guiñó un ojo, cumplido al que yo sonreí con un gesto de mis labios.

    —¿Te gustó el negro?, me preguntó mi hijo.

    —Si. está bien dotado, por eso le deje ver mi conchita depilada.

    Nos emborrachamos durante gran parte de la noche entre besos quemantes y suaves mordiscos, esa era nuestro juego, el placer doliente y ardiendo en nuestros labios, hasta que caí rendida en la cama de mi hijo de tanto placer; cuando despertando en la madrugada y aún de noche, sentía otra vez sus pequeños mordiscos sobre mi pubis, la saliva de Richard servía de lubricación sobre mi clítoris y su lengua perversa, se enterraba aún más entre los labios húmedos de mi sexo.

    —No pares hijo. —le dije sosteniéndole la cabeza y apretándolo contra mi pubis.

    Estoy acabando sobre su boca y mis flujos se confunden en sus labios, sacudió su boca abierta y se devoró “literalmente” mi último orgasmo antes de que me volteara violentamente y se acomodara detrás de mí y me penetrara cabalgándome hasta que, rasgando las sábanas con mis uñas, volví a sentir su semen desbordando por mis piernas; me deje caer sobre las almohadas, su cuerpo sobre mi espalda, su pubis no dejaba de golpetear mis cadenas, una catarata de orgasmos eran mis gemidos mordiendo esas almohadas, no daba más de placer, pero aún no quería que se detuviera.

    —No pares, le volví a repetir. Cuando sentí que su tiesa pija estaba acomodándose otra vez en mi cola, curvé mi cadera hacia arriba, acomodé una almohada bajo mi vientre y mi cola quedo a merced de mi hijo, con sus manos separó mis nalgas y esa erección fue clavándose en mis entrañas con ese ardor interminable de placer de sus veintitantos centímetros, los que sentía en mi esfínter y que se hundían en mis entrañas.

    —Cogeme hijo de puta, cogeme más; ¡me partís, me arde!

    Cuando sentí que su ritmo era más intenso, supimos que estaba a punto de acabar, me solté y me puse en cuatro sobre la cama, como una perra en celo, cuando mi boca no dejó caer nada de ese semen que a chorros me bañaron el rostro y saboreándolo con mi boca lamí hasta la última gota que corrió por mi garganta.

    Nos tumbamos en la cama mirando el techo y ese amanecer sobre el mar que corría del otro lado del balcón; yo mojada de semen y mi hijo Richard cubierto de mis ninfómanos pecados.

    —La seguimos esta noche, le dije besándolo en los labios, —la podemos invitar a Grace.

    —Sí, pero la sorpresa la preparo yo. Me dijo sonriendo y mordiéndome los labios.

    Me levanté y envuelta en una bata de baño, me fui a mi camarote, mi marido dormía, seguramente con los cuernos entre sus sueños, me acomodé a su lado sin desearlo, pero tuve que cogérmelo al despertar, —por las dudas de haber quedado embarazada esa madrugada bañada por el semen de mi hijo—; apenas si fue un polvo echado al viento.

    En la cena siguiente, volvimos a compartir la mesa con Grace y su esposo, sus ojos no dejaban de clavarse en los míos, y en los de Richard; él le asintió con la cabeza cuando ella bebiendo de su copa le guiño un ojo; eso estaba listo; pero en un descuido y al rato lo veo a mi hijo conversar con el camarero del champagne. La noche prometía más placer, más pecados, incesto entre Edipo y Yocasta, entre Xochi, Richard y sus invitados, en un morbo ya encendido en esas noches de cruceros.

    Continuará…

  • Papá me revisó el periodo

    Papá me revisó el periodo

    Había transcurrido un mes desde la última ocasión que visité a mi papá en Morelia, Michoacán. Lo que ya les relaté en “Papá me atormentó en el patio de servicio”. El tiempo que paso sin estar junto a mi papá se me hace una eternidad, tener que distanciarme de su verga gruesa y jugosa durante semanas, me causa gran angustia y me refugio en la masturbación para darme consuelo, también me penetro con mis dildos a escondidas en mi habitación, imaginándome que es él quien me folla profundamente con su verga.

    Como ya saben, visito a mi papá un fin de semana al mes, para disfrutarnos y ayudarle con cuestiones administrativas en su bodega. Así que ansiosa de escucharlo, lo llamé por teléfono el viernes en la mañana.

    —¡Hola papí! —Le dije con ternura.

    —¡Hola princesa! ¿Cómo has estado? —Me preguntó alegre de escucharme.

    —¡Muy bien! Te extraño mucho.

    —Yo también te extraño mucho hija ¿Cuándo vienes para acá?

    —Pues es que quiero ir mañana ¿Cómo vez? —Le pregunté.

    —¡Sí! Entonces vente mañana temprano y te veo en la bodega. —Me respondió feliz de saber que me vería.

    —Sí, me parece muy bien papi.

    —Y ya de ahí nos vamos a comer a algún lado ¿Qué te parece? —Me propuso.

    —¡Ay! ¡Sí! ¡Que lindo! Entonces mañana te veo en la bodega.

    —Sí princesa ¡Te quiero mucho preciosa!

    —¡Yo te quiero más papi! —Le repliqué muy amorosa.

    —Manejas con cuidado, nos vemos mañana —Me dijo preocupado.

    —Sí, no te preocupes papi, bye.

    Cuando terminé la llamada, fui a comentarle a mi mamá que iría Morelia, para visitar a mi papá, y que saldría de viaje a la mañana siguiente. Por lo que durante el viernes procuré ayudarle a mi mamá, yendo de compras al mercado por las cosas que se necesitarían para la cenaduría durante el fin de semana. Ese día termine muy cansada de las labores de cocina y de ayudar a despachar a los clientes. Me sentí un poco fatigada y con dolor de cabeza. Llegué a casa rendida y comencé a sentir cólicos, estaba a punto de comenzar mi periodo, lo que me causo disgusto conmigo misma, ya que deseaba estar plena para follar con mi papá.

    A la mañana siguiente, me desperté a las 7 a.m. para preparar mi maleta, debido a que estaba a punto de comenzar mi periodo decidí empacar ropa con la que me sintiera cómoda. Por lo regular cuando estoy en mis días evito utilizar jeans ajustados, ya que me causan irritación en mi zona íntima. Además, llevé accesorios personales incluyendo mi enema anal y lubricante íntimo, opté guardar este último en mi bolso. Me pasó por la mente que en caso de que me sintiera indispuesta para tener relaciones vaginales con mi papá, podría tener sexo anal, pero sin sexo no nos quedaríamos.

    Enseguida entre al baño para hacerme limpiezas anales con mi enema y después me depilé completamente. Me apliqué shampoo para rizos definidos con aroma frutal y me enjaboné acariciando mi piel con un shampoo corporal de aroma frutal. Mientras lo hacía me detuve a estimular mi clítoris pues me sentía muy sensible de mi zona íntima, también froté mis pezones ya que sentía mis senos un poco adoloridos, es algo que me indicaba que estaba a punto de comenzar mi menstruación.

    Cuando terminé de bañarme, tomé mi toalla para secar mi cabello, cubrí mi cuerpo y fui a mi habitación para vestirme. Me apliqué una crema corporal de mi marca favorita Victoria´s pure seduction, me dejó la piel muy suave y oliendo delicioso.

    De mi ropa íntima escogí un brasier y unas bragas de encaje color negro, ya que no era buena idea usar tanguita a punto de comenzar el periodo, me coloqué una toalla femenina, por si acaso. Para vestirme elegí unos jeans color negro que tienen una tela muy suave y que se adaptan perfectamente a mi figura sin causarme irritación, son mis aliados cada mes, ya que mantienen todo en su lugar y en caso de tener algún accidente el color negro disimula muy bien cualquier mancha, los combiné con unos botines negros de gamuza. También elegí una blusa blanca de cuello amplio, muy ligera que se transparenta y deja ver mi brasier. Ondulé mi cabello, me maquillé con tonos cálidos y puse labial rojo. Para sentirme protegida, apliqué un poco de loción Victoria´s pure seduction. Me miré en el espejo grande de mi habitación y me sentí preciosa, lista para entregarme a mi papá.

    Bajé para subir mi maleta a la camioneta de mi papá, la que prometí devolverle la próxima vez que lo viera. Acto seguido me despedí de mi mamá.

    —Mami ya me voy, te cuidas mucho. —Le dije con cariño.

    —Sí hija cuídate mucho tú también, te vas con mucho cuidado. —Me dijo preocupada.

    —No te preocupes mami, en cuanto llegue te llamo por teléfono.

    —Me saludas a tu papá.

    —Sí mami, de tu parte.

    —Bye, mami te quiero. —Le dije mientras nos dábamos un beso y abrazo.

    —Te quiero mucho hija, bye.

    Subí a la camioneta y emprendí mi viaje hasta Morelia, Michoacán. Durante el trayecto estuve escuchando reggaetón y música pop. También hablé con mi mejor amiga, quien por cierto me ha estado preguntando mucho sobre lo que les relaté en “Follada por el taxista de app”. Después de aproximadamente 4 horas de viaje, por fin llegué a morelia, estaba muy acalorada por el trayecto, así que me detuve en una tienda y me compré una cerveza light. Aproveché para llamarle a mi mamá y avisarle que había llegado con bien a Morelia. Enseguida me dirigí a la bodega de mi papá, yo estaba ansiosa de llegar para abrazarlo, aunque me tengo que aguantar las ganas de besarlo apasionadamente pues sus trabajadores saben que yo soy su hija.

    Cuando llegué a la bodega, pude ver que mi papá estaba dándoles instrucciones a sus trabajadores. Vestía una playera azul marino de manga corta que le quedaba ajustada y dejaba ver su físico atlético, ya que hace mucho ejercicio y también se pone a cargar mercancía en su bodega. Llevaba puestos unos jeans y botas casuales color café. Yo me acerqué detrás de él sin hacer ruido y lo sorprendí dándole un abrazo. Él volteó y me dio un cálido abrazo enfrente de sus trabajadores, quienes pude ver que me miraban de pies a cabeza con mucha lujuria, no los puedo culpar.

    —¡Hola princesa! ¿Cómo estás? —Me preguntó gustoso de verme.

    —¡Muy bien papi! ¿Y tú? —Le pregunté cariñosa.

    —También hija ¿Como te fue en la carretera?

    —Todo bien papi, solo que tenía mucho calor y me compré una cerveza, me siento un poquito mareada porque no he comido —Le dije sosteniendo mi cerveza en la mano—. ¿Gustas cerveza?

    —Ya te he dicho que no me gusta que tomes alcohol en ayunas y menos cuando manejas, pero no entiendes. —Me reprendió.

    —Sí, ya sé, pero no te enojes. —Le dije con voz dulce.

    —A ver pues dame tantita. —Le dio un trago a mi cerveza.

    —¡Hola, chicos! —Saludé a los trabajadores.

    —¡Hola, Alexa! ¿Cómo te va? ¿Y ese milagro que te dejas ver? —Me saludaron viéndome lascivamente.

    —Pues es que ya extrañaba venir por acá. —Les contesté muy coqueta.

    —Abrías de venir más seguido. —Me dijo uno de ellos.

    —Pues es que he estado ocupada ayudándole a mi mamá en Zapopan.

    —Ah, ya. Pues es que nos gusta tenerte por acá. —Me dijeron coqueteándome.

    —A ver mucha plática, ya mejor pónganse a cargar el camión. —Les dijo mi papá muy celoso.

    —Sí, patrón. Ya vamos a terminar.

    —Bueno, ahí les encargo, y al rato vengo para cerrar.

    —Nos vemos chicos. —Me despedí de los trabajadores.

    —Que te vaya bien Alexa. —Me dijeron viéndome las nalgas, los muy desvergonzados.

    —Bueno hija ya vámonos a comer. —Me dijo mi papi.

    —Sí, ya tengo hambre, y me siento mareada.

    —Vámonos en mi coche y más tarde regresamos por la camioneta.

    —Ok, papi.

    Me abrió la puerta del coche y me dio un beso en la mejilla, para después subirse también y dirigirnos a algún lugar para comer.

    —¿Qué se te antoja? —Me preguntó complaciente.

    —Pues fíjate que con este calor se me antoja un coctel de camarón.

    —Yo desde ayer tengo ganas de uno, hasta parece que me leíste la mente. —Me dijo muy antojadizo.

    —Pues es que tú y yo tenemos muy buena química papi. —Lo miré muy cachondamente a los ojos.

    Al paso de unos minutos llegamos a la marisquería, ordenamos unos cócteles de camarón y dos cervezas, estuvimos platicando sobre nuestras rutinas diarias y cuanto nos extrañábamos. Yo me sentía muy cachonda y sufría de algunos cólicos, estaba por comenzar mi menstruación, me sentía muy sensible de mi zona íntima y me dolían un poco los senos. Después de media hora, nos retiramos de la marisquería rumbo a la casa. Yo estaba ansiosa de estar a solas con mi papi para que me cogiera.

    —Te vez muy guapo hoy papi y tengo ganas de portarme mal —Le dije muy sensualmente.

    —Tú te vez guapísima y ya sabes cómo me pongo con los mariscos preciosa. —Me advirtió sugestivamente.

    —Pues mucho mejor papi, porque también yo ando muy cachonda, ya sabes que el alcohol se me sube muy rápido. —Le dije mientras tocaba su verga sobre el pantalón con mi mano izquierda.

    —Ya me pusiste bien dura la verga, tenía muchas ganas de verte, te ves bien guapa.

    —¡Gracias, papi! —Le dije mientras bajaba el zíper de su pantalón.

    —Espera preciosa, hay mucho tráfico y nos pueden ver. —Me dijo sorprendido por lo que le estaba haciendo.

    —Llevo semanas sin verte, me vale madres lo que diga la gente. —Le contesté excitada e impulsiva, era mi ninfomanía manifestándose.

    Continué desabrochando la hebilla de su cinturón y desabotoné su pantalón, mi papi tenía la cara roja de lujuria y miraba para verificar que no nos fueran a ver los conductores que estaban junto a nosotros. De pronto un semáforo se puso en rojo, en ese momento aproveché para agacharme y tragarme su verga hasta el fondo de mi garganta, fue una experiencia tremendamente excitante. Jamás había hecho algo público con mi papá, no sé qué me pasó, quizá cada vez voy rebasando mis límites, es algo que a veces me preocupa, porque no sé hasta dónde puede llegar mi impulsividad. Comencé a mamar la verga de mi papi, como si fuese una paleta de dulce deliciosa que tuviese que terminarme antes de que el semáforo nos diera luz verde, yo mamaba su verga sin parar y chupaba sus testículos, me los quería comer a lengüetadas. Lamí su verga desde la base hasta la punta y chupeteaba su glande manchándolo con mi labial rojo, fue una mamada deliciosa la que le di en menos de un minuto. De pronto escuché el acelerar de los coches, el semáforo había dado luz verde y yo me regresé a mi asiento.

    —Estás bien loca princesa. —Me dijo mi papi muy excitado.

    —¿Te gustó papi? —Le pregunté muy cachonda y con mi mirada dulce.

    —Sí preciosa, pero nos pudieron haber visto.

    —Pues es que eso es lo excitante. —Le respondí con mi carita de traviesa.

    —Me gusta que seas así de loca y caliente hija ¡La mamas riquísimo! —Yo continué acariciando su verga erecta, tapándola ocasionalmente con su playera cuando había vehículos cerca, hasta que llegamos a la casa, entramos a la cochera y bajó el portón eléctrico.

    Permanecíamos en el coche, mi papá tenía la verga muy dura y caliente, yo estaba muy cachonda. Entonces él se me acercó y yo le correspondí con un beso de lengüita delicioso, nos gusta mucho juguetear con nuestras lenguas. Yo continuaba acariciando su verga que ya mostraba presemen transparente, se veía muy jugosa.

    —Pensaba dártelo más tarde, pero me gustaría que te lo pusieras ahorita preciosa. —Me dijo mientras sacaba una caja color rosa de la guantera del coche.

    —¡¿Es enserio?! —Le pregunté sorprendida.

    —Sí mi princesa, es tu regalo de cumpleaños.

    —¡Ay, que lindooo! ¡Me encantó este perfume la ves que fuimos a la plaza! —Era Chanel Chance, lo habíamos visto en la plaza el mes pasado que fui a visitar a mi papá.

    —Sí, preciosa. Lo compré hoy por la mañana sabiendo que vendrías. Sabes que te amo.

    —Yo te amo más papi. —Le repliqué dándole un beso de lengüita y acariciando con mucho cariño su verga.

    Abrí la caja y saqué el perfume, me apliqué un poco en el cuello y muñecas. Tenía un aroma floral exquisito, de inmediato cambio la atmosfera de la cochera.

    —¡Huele delicioso papi! ¡Muchas gracias! —Le di un cálido abrazo, mi vagina ya estaba muy lubricada por la excitación al mamarle la verga en el coche.

    —Sí, hueles muy rico princesa. Te va excelente este perfume. —Me dijo en mi oído mientras olía mi cuello y con su mano frotaba mi zona íntima sobre mi pantalón.

    —¡Aaah! ¡Mmm! ¡Mmmj! Estoy muy cachonda papi. —Vamos afuera del coche.

    Entonces nos bajamos y caminé hacia el mientras yo sensualmente me quité la blusa blanca que traía puesta y la dejé caer en el suelo de la cochera, me lancé a darle un abrazo a mi papi y a besarlo apasionadamente.

    —Te he extrañado mucho, me hiciste mucha falta. —Le confesé con voz cachonda y le di un abrazo.

    —Yo también tengo muchas ganas de ti preciosa. Pienso en ti todo el tiempo. —Me dijo con su voz varonil.

    —Cada que te veo te pones más guapa, eres una modelo. —Me dijo tomándome de las nalgas.

    Yo salté sobre de él colgándome de su cuello y rodeándolo con mis piernas. Nos dimos un caliente beso de lengüita y él comenzó a chupar el lóbulo de mi oreja y a meter su lengua en mi oído, lo que me hizo estremecer. Después besó y lamió mi cuello causándome una gran excitación, yo me sentía muy acalorada ya que estaba por comenzar mi periodo. Me puse de pie nuevamente y me quité el brasier dejándolo caer al suelo, mis senos quedaron completamente expuestos ante mi papá. Me sentí muy excitada y en consecuencia mis pezones rositas se pusieron muy duros y alargados como montañitas. Mi papi al ver mis senos, ipso facto se lanzó sobre de ellos y comenzó a lamerlos desde la parte externa hasta llegar a mis pezones, pues el me conoce y sabe que de esa forma me causa una tremenda excitación. El abdomen se me contraía por el placer, y yo podía sentir mucho calor en mi abdomen.

    —¡Aaah! ¡Que rico papi! ¡Mmm! ¡Me gusta mucho! ¡Aaah! ¡Mmmj! ¡Ay que rico! ¡Aaah!

    —Tienes unas tetas bien sabrosas hija.

    —Papi, tengo muchas ganas de estar contigo, pero siento que ya me va a bajar y ando indispuesta. —Le dije abochornada.

    —No te preocupes preciosa, para mí eso no es inconveniente, pero lo hacemos cuando tú te sientas cómoda.

    —Es que ya tengo muchas ganas, y quiero complacerte. Que te parece si lo hacemos anal. —Le propuse mientras sacaba mi lubricante íntimo del bolso.

    —Me encantaría preciosa. Ya sabes que me gusta mucho cogerte por el ano.

    —Sí, es que es muy rico. Solamente que ahorita sí me gustaría, que me lo hagas suavecito porque tengo cólicos. —Yo me sentía muy cachonda y a la vez incomoda.

    —Te lo voy a hacer con mucho cuidado, no te preocupes. Tú me vas diciendo amor. —Me dijo con mucho cariño, él me hace sentir muy querida.

    Me coloqué frente al cofre del coche, retiré los botines momentáneamente para poder quitarme los jeans y las bragas con mi toalla femenina limpia todavía. Quedé completamente desnuda y solamente volví a ponerme mis botines negros de gamuza para verme linda. Me apliqué lubricante íntimo en mi ano, introduciendo mi dedo índice para dilatarme un poquito.

    —¡Mmm! ¡Aaah! —Ya estoy lista papi.

    —Estás buenísima princesa, te vez preciosa. Me gusta mucho como se ve tu culo. —Me dijo de forma muy lujuriosa.

    Mi papi se quitó la playera azul marino que tenía puesta y se bajó los pantalones. Toqué con mis manos el cofre del coche, estaba caliente, pero podía soportarlo, así que me incliné y apoyé mis senos sobre la lámina caliente, sentí un fuerte ardor en mis pezones al hacer contacto, eso me causó una tremenda excitación ya que soy masoquista. Al paso de unos segundos me adapté a la temperatura y pude tolerarlo. Mi papi colocó el glande de su verga a la entrada de mi ano y comenzó a penetrarme muy suavemente, sentí como su verga abría mi esfínter anal con mucho cariño, fue algo hermoso. Eran nuestros cuerpos encontrándose de nuevo, después de semanas sin sentirse. Su verga estaba entrando en mi ano abriéndose paso en mi interior dándome una caricia profunda. Mi papi me abrió las nalgas con sus manos para que su verga pudiera llegar más adentro de mi culito. La forma en que me penetró fue amor puro, supo hacerlo sin causarme dolor alguno, respetando que me sentía indispuesta.

    —¡Aaaah! ¡Que rico papi! ¡Mmm! ¡Aaaah! ¡Sí, siento muy rico! ¡Así bebe! ¡Aaahaa! —Me sentía muy amada.

    —Estas bien calientita princesa, aprietas bien rico.

    —Ya tenía muchas ganas de que me cogieras. —Le dije gozando.

    —También yo ya extrañaba sentirte preciosa.

    —¡Ay, sí! ¡Que rico! ¡Aaah! —Su verga me complementaba.

    Dejó su verga dentro de mi ano durante algunos segundos y después comenzó a penetrarme muy suavemente, su enorme miembro viril entraba y salía de mi culo deslizándose muy placenteramente, todo lo que sentí fue cariño, ternura y pasión. Mi padre estaba tomándome de las caderas y me jalaba muy suavemente hasta topar en mi interior. Continuó haciéndolo cada vez más rápido, pero sin lastimarme, en esta ocasión no me embestía, más bien era como si me estuviera dando una caricia que masajeaba mi interior y me hacía sentir muy amada.

    —¡Aaah! ¡Aaay! ¡Síííí! ¡Aha! ¡Ay! ¡Que rico! ¡Sí papi, así, que bien lo haces!

    —Tienes una piel muy suave hija, eres muy hermosa.

    —¡Soy tuya papi! ¡Aaah! ¡Mmmj! ¡Que rico papi! ¡Aaah! ¡Aaah!

    Él continuó fallándome analmente durante 15 minutos aproximadamente, yo estaba excitadísima y mi papi tenía su verga reventando de excitación dentro de mí.

    —Princesa, me gustaría penetrar tu vagina. —Me dijo muy excitado.

    —Ay pues es que no sé papi, es que siento que ya me va a bajar la regla. Y pues me da pena que me vaya a pasar un accidente contigo.

    —No te preocupes por eso preciosa, es natural ¿Qué te parece, si te reviso el periodo mi amor? —Me propuso morbosamente, él sabía lo que podía ocasionar.

    —Pues no se papi, me da mucha pena, pero ya sabes que puedes hacer conmigo lo que quieras.

    —Te voy a penetrar vaginalmente, como ahorita estás sensible te va a gustar más. —Me dijo persuasivamente.

    —Sí, a ver házmelo, pero suavecito. —Le dije con voz cachonda.

    Entonces mi papi retiró su verga de mi ano y coloco su glande a la entrada de mi vagina ardiente. Me tomó de las caderas y comenzó a penetrarme muy despacito. Sentí como la punta de su verga se fue abriendo paso acariciando mis paredes vaginales que estaban ligeramente irritadas y sensibles. La verga de mi papá entro deslizándose deliciosamente hasta topar profundamente en mi cérvix, cuando de pronto sentí un fuerte cólico.

    —¡Aaaah! ¡Aaaay! ¡Espera papi, no te muevas! ¡Aaaah! Es que me dio un cólico y creo que ya me va a bajar. —Me ruboricé.

    —Está bien preciosa, no te preocupes. A mí me parece muy excitante cogerte así, en tus días. —Me dijo el muy depravado.

    —¿Enserio? ¿Te excita cogerme, así como ando? —Yo tenía su enorme verga dentro de mí y comencé a sentir un calor delicioso dentro de mí y el cólico fue pasando.

    —Sí, preciosa. Me parece muy excitante cogerte en tu periodo, desde hace tiempo tenía ganas de hacértelo así. —Él comenzó a penetrarme suavemente.

    —Pues la verdad también yo tenía ganas de hacerlo así, solo que me daba mucha pena pedírtelo.

    —Ya sabes que entre nosotros no hay límites mi princesita linda. —Me dijo de forma muy cariñosa.

    —Que lindo eres papi, pues entonces cógeme a tu antojo. —Le dije sumisa.

    Él inició una penetración ardiente y placentera, cada que sacaba su verga sentía una fuerte sensación dentro de mí, era un ardor delicioso. Él me acariciaba las caderas y yo sentía mis senos restregándose en el cofre caliente del coche. De pronto mi papi aceleró el ritmo de la penetración causándome un tremendo placer, mi piel se erizó y sentí mis pezones endurecerse. Mi vagina estaba ardiendo, pude percibir el aroma de mi menstruación, fue algo que me ruborizó e hizo sentir muy sucia. Estaba teniendo mi sangrado menstrual en pleno acto sexual, cuando de pronto mi papi retiró su verga por completo y en consecuencia la sangre se escurrió entre mis piernas.

    —Te ves preciosa hija, me excita muchísimo verte reglando. —Me dijo muy morbosamente.

    —Soy una perrita en celo papi ¡Cógeme! —Le dije a tono de ruego.

    Mi papi volvió a colocar su verga en mi vagina, me tomó de las caderas y me penetró con frenesí. Su gruesa verga entraba profundamente en mi vagina ardiente hasta topar en mi cérvix, lo hacía de forma incesante. Me sentí muy cogida y vulnerada por mi padre, cual si fuese un objeto sexual que él estaba gozando a su antojo. Mi sangre menstrual servía de lubricante a una penetración bestial. El aroma de mi sangrado, evocaba los más bajos placeres carnales, me sentí tan primitiva y salvaje. Yo una hembra en celo y mi padre un macho buscando la satisfacción propia. El aroma del fino perfume que me regaló se mezcló con el salvaje aroma de mi periodo, y nos envolvió en una atmosfera de pasión sexual. Ambos estábamos extasiados por tan sucio encuentro, dejando salir nuestro lado morboso.

    —¡Que rico papi! ¡Ay sí, así! ¡Más fuerte papi! ¡Fuck me! ¡Aaaah! ¡Que rico se siente! ¡Estoy menstruando papi! ¡Soy tuya! ¡Hazme reglar!

    —Que rico se siente cogerte mientras estas menstruando princesa. Eres una perrita. —Me dijo jalándome del cabello.

    —¡Sí, soy tu perrita! ¡Sí méteme la verga bien duro! ¡Así papi así! ¡Más rápido! ¡Hazme sangrar! ¡Se siente rico papi! ¡Que rico! ¡Ay! ¡Así! ¡Aaay! —Me sentía muy sucia y excitada.

    La irritación que me causaba mi sangrado menstrual, aunado a la desbordante excitación que sentía al ser penetrada de forma tan salvaje por mi papá. Me hizo comenzar a derramar algunas lágrimas, consecuencia de mis hormonas alteradas por tan apasionado encuentro en pleno periodo. Lágrimas negras y saladas rodaban por mis tiernas mejillas, escurriendo el rímel de mis pestañas.

    —¿Te sientes mal preciosa? —Me preguntó mi papi.

    —No, está bien papi. Estoy llorando de placer, soy muy hormonal, no te detengas. Siento que ya me voy a venir.

    —Sí preciosa vente, mi amor.

    —Cógeme fuerte papi, quiero sentirme muy cogida.

    Él atendió a mi súplica y comenzó a penetrarme muy violentamente, jalándome de las caderas y ensartándome su verga muy profundamente en cada embestida. Mi vagina ardiente y sensible sentía el fuerte impacto de su verga en mi cérvix. El coche se movía cada que mis piernas se restregaban contra él debido a los fuertes empujones que me daba mi padre. Mis senos estaban muy calientes y excitados. Mis pezones frotaban la lámina caliente del cofre y yo no dejaba de gemir.

    —¡Aaaah! ¡Sigue así papi! ¡Más duro papi! ¡Aaay! —Yo estaba rendida sobre el cofre del coche.

    —Que rico culo tienes hija. Estas bien caliente por dentro preciosa.

    —¡Que rico papi! ¡Házmelo duro! —Le suplicaba por más.

    —Te entra hasta el fondo hermosa, te comes toda mi verga. —Los impactos de nuestros cuerpos húmedos por mi sangre escarlata, se escuchaban en cada embestida.

    De pronto un calor extasiarte recorrió mi cuerpo sensibilizándome la piel, mi respiración se aceleró y sentí espasmos en mi abdomen. Mis pezones rositas se me endurecieron y alargaron como montañitas, estaba teniendo un fuerte orgasmo.

    —Papi, cógeme más rápido ya me estoy viniendo. —Las piernas se me entumieron y dejé caer el peso de mi cuerpo sobre el cofre caliente.

    —Vente preciosa, vente mi princesita. —Me decía con mucho cariño mientras me daba unos empujones violentos que me hicieron explotar en un squirt.

    —¡Sí! ¡Oh my god! ¡Ay que rico! ¡Aaaah!

    Súbitamente un squirt caliente mezclado con mi menstruación salpicó nuestros cuerpos, mi papi continuaba penetrándome vigorosamente, estaba matándome de placer. Yo quedé inerte sobre el cofre, cerré mis ojos y simplemente disfruté de el clímax. Mis paredes vaginales sufrían espasmos que apretaban la verga de mi papi en mi interior, lo que comúnmente se conoce como “perrito vaginal”. El aroma a motor que emanaba del coche, me recordó a los encuentros que tuve hace algunos meses con dos taxistas y por supuesto con el mecánico, imposible no recordarlos. Tengo mi vagina muy mojada y mis pezones rositas muy excitados al momento de escribir estas líneas.

    Yo estaba extasiada, me sentía plena por el tremendo orgasmo que me había causado mi papi. Él continuaba gozándome a un ritmo despiadado, el coche se movía de un lado a otro por los empujones que me daba, sentía la punta de su verga topando con mi cérvix cada que me penetraba.

    —Ya me voy a venir mi amor. —Me dijo mi papi con su respiración agitada.

    —Los quiero en mi boca papi. —Él retiró su verga ensangrentada de mi vagina.

    —Ven mi amor, arrodíllate para dártelos. —Me dijo mientras se masturbaba intensamente.

    Yo me giré para arrodillarme en posición de cuatro como perrita con mi lengua de fuera y mis ojos cristalinos mirándolo cachondamente. Él acercó su verga a mi lengua y de pronto un fuerte chorro de semen entró directo en mi boca.

    —¡Aah! —Mi papi jadeaba de placer.

    Yo poseída por la lujuria comencé a mamar su verga, me sentía tan cachonda que lamí su verga desde la base hasta la punta, limpiándole la sangre de mi menstruación. Fue algo muy hermoso y excitante, saborear su semen mezclado con la sangre de mi periodo, definitivamente he rebasado mis límites. Me sentí tan sucia y sumisa, dejando su verga limpia para disculparme por haberlo manchado. Le mostré mí lengua como perrita traviesa para que viera que me había tragado todo su semen. Me levanté y le di un abrazo con mucho cariño y lo miré a los ojos, él me correspondió con un beso de lengüita muy apasionado. El suelo quedo manchado de mi sangrado menstrual, mis piernas escurridas de sangre escarlata y nuestra lujuria satisfecha.

    —¡¿Estuvo increíble verdad?¡ —Me dijo sorprendido.

    —¡Sí, papi! ¡Estuvo riquísimo! ¡Me encanto! —Le dije extasiada.

    —Te dije que te iba a gustar más preciosa, porque en estos días andas más sensible.

    —Me encantas papi, sabes mucho, eres un experto ¡Eh!

    —Son cosas que he aprendido, para complacer a las mujeres hay que conocerlas.

    —¡Exacto papi! ¡Me encantas!

    Después de tan delicioso encuentro, recogí nuestra ropa, la deposité en la lavadora y programé el ciclo automático. Nos metimos a bañar juntos con agua caliente para terminar de darnos caricias mutuas y besos apasionados. Más tarde fuimos a la bodega por la camioneta y para hacer el cierre del día con los trabajadores. En la noche fuimos a cenar a un restaurante con música en vivo y bailamos como novios acaramelados.

    Alexandra Love.

  • El jefe de su marido (tercer capítulo)

    El jefe de su marido (tercer capítulo)

    Silvia salió de esa casa y se sentía desconcertada, confusa, humillada. Cogió el coche y se fue a un parque.

    Aún podía sentir la sensación del orgasmo que aquel odioso viejo le había provocado. Se preguntaba como aquel señor podía conseguir con su mano y con su boca, que ella perdiera el control de su cuerpo y le provocará orgasmos tan intensos.

    Se avergonzó al recordar la barba el señor Gómez empapada por su eyaculación. Cuando vio la colcha toda mojada se quiso morir porque le había sido imposible ocultar a ese viejo lo que le había hecho sentir. Se sentía mal pensando que nunca había sentido esas cosas. Amaba a su marido, le atraía más que nadie y justo con ese hombre que se aprovechaba de su situación y que para nada le atraía…

    Cogió el teléfono y nerviosa marcó el número del señor Gómez. Temía que se enojara con ella por haberse ido de su casa de aquella manera y le debía una explicación. Por nada del mundo quería que aquello afectara a su marido en la renovación de su contrato.

    – Diga?

    – S… soy Silvia – cada vez que escuchaba la voz de ese hombre se ponía muy tensa.

    – Que quieres? – su voz era de enfado.

    – Pedirle disculpas por haberme ido de esa forma

    – Mira yo no soy un crío para que te comportes así. Si tu marido lo es y te lo permite a mi no me incumbe

    – Es que nunca me había pasado eso – se avergonzó mucho de tener que darle aquellas explicaciones.

    – Eso lo que? A que te refieres?

    – A lo que me pasó – estaba segura que sabía a lo que se refería pero siempre conseguía humillarla.

    -Te refieres a que te hice correrte como una cerda? Es eso lo que quieres decirme?

    -…- sus mejillas se pusieron rojas al escuchar lo que ese hombre le decía y se quedó en silencio.

    – No te escucho. Te refieres a eso?

    Silvia respiró profundo.

    – S… Si…

    – Si, que?

    – Qué nunca me había corrido así – odiaba tener que decir eso.

    – Y ahora que harás para que me piense si perdonarte?

    – Volveré a su casa mañana si quiere.

    – Yo no estoy para perder el tiempo entiendes? Solo te digo una cosa. Como vuelvas a hacer lo de hoy despediré a tu querido esposo y será culpa tuya.

    – No volverá a pasar. Deme una oportunidad por favor.

    – Está bien. Mañana en mi casa a la misma hora – se iba a despedir cuando escuchó la voz de ese señor de nuevo – Silvia por cierto….

    – Dígame.

    – Mañana quiero que vengas con una falda más corta.

    – De acuerdo – solo escuchar lo que le pedía la hizo ruborizar.

    Cuando colgó la llamada sentía una mezcla de sensaciones. Nervios, vergüenza, humillación, rabia y ante su sorpresa se sentía contenta de que ese señor hubiera aceptado sus disculpas.

    Pasó por casa de su cuñada a recoger a su hija y decidió aceptar el café que está le dijo de tomar juntas. Deseaba estar distraída con alguien y olvidar por unos momentos todo lo que le estaba pasando.

    Conversaron de muchas cosas pero a Silvia le resultaba muy complicado disimular sus nervios.

    – Silvia estás bien? Te siento rara, como distraída. Algo te preocupa?

    – Estoy bien.

    – Segura? – las dos se conocían muy bien y su cuñada sabia cuando le pasaba algo – Es por mi hermano? Sabes que puedes contarme lo que sea. Todos los matrimonios tenemos nuestras crisis, no te creas que Jaime y yo no las tenemos eh!!

    – Es que no se explicarlo. – Silvia necesitaba desahogarse aunque no fuera contando todo lo que estaba viviendo – Me da miedo que el trabajo pueda afectar a nuestro matrimonio.

    – Yo también siento a mi hermano mal de un tiempo para aquí. – apoyó su mano en la pierna de Silvia como animándola – No te atiende como debiera? Es eso?

    – A qué te refieres?

    – Ya sabes tonta… Jajaja

    – Bueno… – se sonrojó de que su cuñada le dijera esas cosas. Como decirle a la hermana de su marido que un viejo cabrón le había provocado tres orgasmos de una intensidad que nunca había sentido? – Yo entiendo que esté cansado.

    – Ni cansado ni nada – su cuñada siempre tan espontánea y natural – que lo hagáis menos vale, pero por lo menos que cuando lo hagáis te haga quedar temblando eh!! Que no me entere yo!!

    – Cris!! No digas esas cosas!! – recordó al señor Gómez y que él sí que la había dejado temblando. – Bueno tenemos que marcharnos.

    – Tu siempre tan tímida. Te adoro cuñadita

    – Mañana puedes quedarme un ratito con la niña? – recordó que aquel señor le había casi exigido que fuera a su casa de nuevo.

    – Uy tu no tendrás un querido, no? – al decirle esto Silvia se sonrojó mucho – es broma tonta!! Claro que te quedo con mi princesita las veces que necesites.

    – Gracias cariño – se despidieron con un beso.

    El resto del día se lo pasó en casa, pues estaba lloviendo y con ese día no quería ir con la niña por ahí. Varias veces fue a la habitación y abriendo el armario miraba su ropa pensando en lo que le había pedido ese hombre. Miró sus pocas minifaldas pues Silvia siempre había sido muy discreta y tímida vistiendo. Recordó lo mucho que odiaba a ese viejo y decidió llevar la más fea que tenía. Abrió el cajón donde tenía su ropa interior y mirando sus braguitas decidió que llevaría unas normalitas y algo gastadas. Ese hombre no se merecía que ella se pusiera guapa para él, eso solo lo haría para su marido.

    Por la noche Mateo llegó un poco más tarde de lo normal y venía muy cansado.

    – Es un cabrón!! Hoy como tenía un mal día lo tenemos que pagar nosotros.

    – Tu jefe? Ayer dijiste que estaba de buen humor – Silvia se temía que ella el motivo del malhumor de ese señor.

    – Si, ayer estaba de muy buen humor y hoy a primera hora también. Fue recibir una llamada e irse y cuando volvió venía con un humor de perros. – los temores de Silvia se vieron confirmados.

    – Siento mucho que ese señor sea así cariño.

    – Cariño tu no tienes la culpa. – su mujer casi se atraganta al escuchar a su marido decir eso porque sabía que si era culpa suya.

    Esa noche Silvia intentó tener relaciones con su marido para volver a olvidar lo vivido esa mañana pero Mateo no estaba de humor y como siempre estaba cansado. Se durmió triste al sentir que ojalá su marido la deseara como antes.

    Él despertador interrumpió su sueño y enseguida pensó que tenía que ir de nuevo a casa del señor Gómez. Al recordarlo se sintió tensa, nerviosa, pues ese hombre le generaba sensaciones que nunca había sentido.

    Como el día anterior, al aparcar el coche, comenzó a sentir aquel temblor de piernas. Ya sabía donde era el edificio y fue directamente a él . Subió y se repitió la escena de encontrarse la puerta abierta y esta vez entró y la cerró sin que ese hombre le dijera nada.

    Al pasar al salón no lo vio y escuchó desde la habitación su voz.

    – Estoy en la habitación, ven aquí.

    Se acercó nerviosa y al abrir la puerta lo vio tumbado en la cama con solo una toalla alrededor de su cintura como el día anterior. Apenas podía mirarlo por la vergüenza de volver a encontrarse con él.

    – H… hola señor Gómez.

    – Hola Silvia – la miró de arriba a abajo – Veo que me hiciste caso y te pusiste una minifalda.

    – Si

    – Súbela hasta la cintura.

    Ella obedeció y subió su minifalda hasta la cintura dejando a la vista sus bragas algo gastadas.

    – Esas bragas están viejas. Acércate

    Se acercó por un lateral de la cama y ese señor le acarició las piernas de manera grosera. Él no podía ver su cara pero ella cerró los ojos. No entendía por qué esa manera de tocarla le provocaba esa sensación de repugnancia y a su vez la hacía excitar. Las manos de ese viejo agarraron sus nalgas manoseándoselas. Silvia intentaba dominar su respiración, no quería que ese cabrón notara lo que sentía. Un fuerte tirón de aquellas manos le rompieron las bragas quedándose ese viejo con ellas.

    – Te crees que una mujer como tu puede ir por ahí con esas bragas? – ella se quedó quieta, asustada por la reacción de ese hombre – Crees que yo voy a tocarte con unas bragas así? Abre ese cajón!! – con la mano le señaló un cajón en una mesita de noche. Silvia lo abrió y se quedó alucinada al ver un montón de billetes de cincuenta y de cien euros. La mano de ese señor le acarició el coño y tuvo que morderse los labios para no suspirar. – Coge trescientos euros y que no me entere que este coño vuelve a ir tapado por unas bragas viejas.

    Se sintió humillada al tener que coger ese dinero y pensar que lo tenía que gastar en ropa interior estando pasando tantas dificultades económicas. Cuando lo estaba guardando la mano de ese hombre le manoseó el coño y tuvo que taparse la boca para no gemir. Se sintió frustrada cuando esa mano se apartó de su coño.

    – Joder Silvia, te mojas muchísimo cuando te toco – él le mostraba la palma de su mano totalmente mojada. – Ves como me gusta tocar ese coño tan suave que tienes? – con la cabeza señalaba hacia su cintura y ella vio la toalla levantada debido a la erección que al tocarle le había provocado.

    Ver esa imagen le sorprendió mucho. Le impactó saber que un hombre de su edad pudiese sentir una erección así y con sólo tocar su coño.

    – Súbete a la cama y quítame la toalla.- obedeció lo que ese señor le dijo y se subió a la cama, muy nerviosa le quitó la toalla. Miraba hacia la pared evitando mirar el sexo de aquel viejo. – Mira mi polla. – poco a poco bajó la cabeza y miró aquel sexo varonil. Era de tamaño normal pero se quedó asustada al ver su grosor y su color más oscuro que el resto de su cuerpo – La ves? – Silvia solo pudo afirmar con la cabeza – Te gusta?

    – A mi solo me gusta la de mi marido.

    – Estoy seguro que tu marido ni sabe tocarte. Por que crees que te has corrido como una cerda conmigo?

    – No diga esas cosas por favor.

    – Has sido tú la que me dijo que nunca te habías corrido como ayer. Acaso miento?

    – No. No miente – odiaba tener que reconocerle esas cosas pero no quería enfadarlo y sabía que ella se lo había dicho.

    – Agarra mi polla – la mano rodeo aquel sexo tan grueso y estaba totalmente duro. Sus dedos no podían rodearla toda debido a su grosor. – La de tu marido es así de gorda? – ella negó con la cabeza. – Hazme una paja Silvia.

    Comenzó a mover su mano con timidez masturbando aquella gorda polla de la que sentía sus gruesas venas en sus dedos. Estaba durísima y muy caliente y mientras la masturbaba no podía quitar la mirada de ella. Cuando bajaba la mano se quedaba absorta mirando asomar su grueso glande y le asombraba lo oscuro que era y como brillaba por la humedad.

    Con mucha vergüenza sintió que aquella polla de aquel viejo le llamaba la atención. Se negaba a sentir eso obligándose a recordar que esa polla no era la de su marido, sino la de un viejo odioso que la humillaba por sus necesidades económicas. Pero su coño no entendía de amor ni del carácter de las personas, no entendía de edades y estaba mojándose muchísimo como cuando ese cabrón lo acariciaba, su coño sentía que esa persona que lo había hecho estallar en unos orgasmos inexplicables estaba allí al lado y sentía que ese señor lo estaba mirando en esos momentos y ajeno a su dueña deseaba hacerle saber a ese hombre que deseaba ser tocado de nuevo por él. Silvia sintió como su sexo ignoraba sus súplicas porque no sintiera aquello. Cerró las piernas al sentir que sus flujos se derramaban gota a gota sobre la colcha de esa cama, pero era inútil ese acto de ocultar lo que le estaba pasando a su cuerpo porque ese hombre no había dejado de mirar entre sus piernas en ningún momento.

    – Abre las piernas.

    – No por favor

    – Ábrelas o vístete y no vuelvas.

    Silvia abrió sus piernas y se sintió de nuevo humillada de que ese hombre se diera cuenta de lo que le estaba pasando.

    – Ahora mismo somos una mujer y un hombre. Olvida todo lo que pase en el exterior, olvida quién soy y haz lo que desees.

    – No soy capaz – ella seguía masturbando aquella polla que generaba en ella tantas sensaciones encontradas.

    – Si que eres capaz Silvia. Haz lo que desees. Olvida por unos instantes quien soy.

    Silvia se movió un poco y ese hombre se quedó expectante para saber los deseos de aquella mujer. Vio como esa mujer acercaba la mano hacia la suya y agarrándola se la llevaba hacia sus piernas abiertas.

    – Que quieres Silvia? Dilo…

    Aquel viejo era un cabrón y la hacía humillarse de nuevo.

    – Tóqueme

    – Que quieres que te toque?

    – El coño… – lo había dicho, le había pedido, casi rogándole, a ese viejo que le tocara el coño.

    – Te gusta como te toco el coño, verdad?

    – Si – ni ella misma se reconocía con lo que ese señor conseguía que dijera.

    – Te lo tocaré… – un dedo de él rozó sus labios vaginales y ella no lo esperaba y gimió-… solo si eres sincera conmigo.- aquel dedo siguió rozándola mientras le hablaba.

    – Lo seré. Seré sincera

    – Te gusta mi polla? – Silvia no era capaz de responder a eso. Ella se quedó en silencio, su moralidad le impedía responder. – Está bien, dejaré de tocarte.

    – No por favor. No deje de tocarme. – sintió que ese hombre apartaba la mano y se sintió desesperada. – Si, si…

    – Si, que?

    – Me gusta tu polla.

    – A mi me gusta tu coño. – la mano de ese hombre abarcó su mojado coño y se lo empezó a manosear. Ella gimió excitada, cachonda. – Te gusta más que la de tu marido?

    – Si… Me gusta más.

    – Haz lo que desees Silvia.

    Aquella mano magistral en el arte de acariciarla como a ella le gustaba, comenzó a masturbarla. Silvia se volvía loca con aquella manera de tocarla y sucumbió ante ese viejo. Se sintió vencida, era humillante pero aquellas caricias y la visión de aquella polla en su mano doblegó todos sus principios de mujer casada que amaba a su marido. No pensaba lo que hacía, solo sentía y deseaba, y ese deseo la hizo acercar su cara a aquella polla y sin ningún tipo de beso o caricia bucal abrió su boca y con dificultad por su grosor, se metió la polla en la boca chupándola con esa ansia de la mujer que venera el sexo de su amante.

    Sintió como los dedos de ese viejo la estaban enloqueciendo y como ya había sucedido en las otras ocasiones, un orgasmo intenso la hizo eyacular sobre la colcha. Escuchó los gemidos de ese hombre producto del placer que le estaba dando con su boca. Estaba muy cachonda.

    – Quieres sentir mi boca? – ese hombre sabía lo que en cada momento necesitaba y ella deseaba sentir de nuevo la boca de ese señor amorrada a su coño – No saques la polla de la boca. Si quieres ya sabes que hacer.

    De nuevo se sintió vencida moralmente cuando pasó su pierna por encima de la cabeza de él dejando su coño encima de su cara. Esperaba ansiosa sentir esa barba arañar su coño y que aquella lengua la lamiera entera.

    – Si lo deseas debes ser tu la que ponga el coño en mi boca – a ese señor le excitaba derrotar los principios de esa mujer casada – y si quieres eyacular como ayer en mi boca ya te aviso que yo me correré en la tuya. Tu lo decides. Yo dejaré de comerte el coño cuando tú quieras. – y Silvia apoyó su coño en la boca de ese señor.

    Se volvió loca. Cuando sentía que los gemidos de ese hombre podían indicar que se iba a correr, ella disminuía los movimientos de su cabeza y lengua. El en respuesta dejaba de comerle el coño y ella desesperada se movía alocada sobre la cara de ese señor. Sólo cuando volvía a chuparle la polla con ansia, sentía la lengua y boca de ese hombre y se retorcía de placer con lo que le hacía. Ella disminuía la mamada y él la privaba de ese placer inexplicable. Era una guerra de egos que cada minuto que pasaba, Silvia sentía que flaqueaban sus débiles defensas.

    – Te mueres de ganas por correrte como una cerda en mi boca. De ti depende…

    En ese momento la lengua de ese señor se empezó a mover de una manera diferente, sus labios bien abiertos abarcaban la totalidad del coño y Silvia se sintió desfallecer de placer. Sus piernas empezaron a temblar y sólo suplicaba que ese señor no detuviera aquello. Sabía que dependía de ella. Y aceptó. De nuevo ese señor había ganado. Chupó su polla con ansia, era la señal de su derrota. Chupó con avidez, movió la lengua desesperada. Y sintió como la lengua de ese hombre abría la llave de su coño para comenzar a eyacular sobre su boca. Y ella sintió como ese hombre comenzaba a eyacular dentro la suya. Entre temblores se estaban haciendo eyacular uno al otro. Sentía la boca de ese hombre totalmente abierta recibiendo los chorros de su coño, se estaba tragando sus líquidos. Ella hizo lo mismo y asombrada permitió que el semen de aquel viejo traspasara su garganta y se lo tragó todo.

    Se quedó así tumbada como estaba, con la cara apoyada en el muslo de él. Su cuerpo temblaba por el placer que había sentido. Se sentía avergonzada y no sabía ni como mirar a la cara a aquel señor después de todo lo que había hecho y las cosas que le había dicho.

    Poco a poco fue apartando su coño de la cara de él y se echó a un lado quedando tumbada mirando hacia los pies de la cama. Sintió la humedad en la colcha y miró como la había dejado de mojada.

    – Que vergüenza!! No se que decir señor Gómez.- hablaba sin mirarlo con la cara entre sus brazos.

    – No tienes que decir nada Silvia. No te preocupes por la colcha.

    – Es que como le dije, nunca me había pasado.

    – Tienes un coño muy sensible y creo que nadie te ha tocado como yo.

    – Es que no lo entiendo – sabía que ese maldito hombre tenía razón con lo que le decía.

    – Que es lo que no entiendes.

    – Usted me toca de manera brusca y en cambio… – al decir esto sintió la mano de ese señor que le agarraba el coño. Su voz se entrecortó al sentirla – No por favor…

    – Continua… te toco de manera brusca y en cambio te pone cachonda – la estaba volviendo a tocar como a ella le gustaba. – Es eso?

    – Si… – su voz estaba delatando lo que estaba sintiendo de nuevo.

    – Quieres que pare?

    – No. – Silvia cerró los ojos y se dejó llevar.

    – Tu marido no sabe tocarte. – la comenzó a masturbar de nuevo y ella gemía excitada – Prefieres que te toque yo. Verdad?

    – Si… – cada vez gemía más excitada y cachonda – prefiero que me toque usted.

    – Te gusta mi polla?

    – Si, me gusta su polla – los gemidos de Silvia hacían ver que estaba a punto de correrse de nuevo y ese estado le hacía confesar lo que tanto le avergonzaba.

    – Te gustó que me corriera en tu boca, verdad? – los dedos magistrales la estaban volviendo loca. Estaba a punto de eyacular de nuevo.

    – Siii… – su cuerpo comenzó a convulsionar- Me gustó que se corriera en mi boca… – y su coño comenzó a eyacular de nuevo sobre la colcha de aquella cama.

    Ella aún temblaba cuando sintió que el señor Gómez se levantaba de la cama y lo vio desaparecer por una puerta lateral de la habitación. Enseguida se dio cuenta que era un cuarto de baño cuando escuchó el sonido de una ducha recién abierta.

    – Recoge tus cosas y cierra la puerta cuando salgas – escuchó la voz de ese hombre desde la puerta del baño – Me voy a dar una ducha que quedé con tu marido ahora.

    Era un ser despreciable, sabía como hacerla sentir humillada y decirle que iba a ir a junto de su marido después de haberla hecho tragarse su semen era repugnante. Se levantó de la cama y se bajó la falda, le temblaban las piernas. Cogió su bolso y al ir a cerrarlo vio los trescientos euros. Se sentía una puta. Vio sus bragas rotas en el suelo y las guardó en el bolso. Se fue de aquella casa sin despedirse.

    Ya en la calle se acercó a una papelera y mirando a los lados y asegurándose que nadie viera lo que hacía, sacó sus bragas rotas del bolso y las tiró.

    Se sentó en un banco aturdida. No entendía lo que le estaba pasando con ese viejo al que tanto despreciaba. Intentó recordar los hombres con los que había estado antes de empezar de novia con su marido, deseaba darse cuenta de algún chico de los que habían pasado por su vida y que la hubiera hecho sentir algo parecido al mantener relaciones sexuales. Sabía que era inútil ese esfuerzo mental porque ninguno le había hecho sentir nada ni siquiera parecido. Ni sus ex novios, ni su marido y se sintió mal, sorprendida y sucia, muy sucia.

    Se fue al coche apurada, deseaba correr. Necesitaba llegar a casa y lavarse el cuerpo. Necesitaba borrar cualquier vestigio en su cuerpo del encuentro que acababa de tener. Pasaría después por casa de su cuñada a buscar a la niña. Sentía que su cuñada podría darse cuenta de su estado. Al sentarse en el coche recordó que ni siquiera llevaba bragas, jamás en su vida había estado fuera de casa así sin ropa interior. Con aquella minifalda casi podía ver su coño así como estaba sentada. Lo sentía sensible y acercó su dedo y al tocarlo sintió un estremecimiento. La necesidad por llegar a casa se convirtió en un deseo.

    Llegó a casa y se fue al baño directa. Se desnudó y se observó frente al espejo. Tenía el pubis y el coño enrojecidos y recordó lo sucedido. Sintió una punzada de excitación rememorando aquella mano intrusa y tuvo que masturbarse desesperada.

    Se sintió frustrada cuando alcanzó el orgasmo y se dio cuenta que ni ella misma era capaz de provocarse un orgasmo parecido a los que ese señor le hacía alcanzar.

  • Prostituyendo a mi sumiso y cobrando por ello

    Prostituyendo a mi sumiso y cobrando por ello

    “Todos nos equivocamos, Pedro. No te preocupes, cariño… no pasa nada. No voy a dejar de quererte. Pero entiendes que todo acto tiene su consecuencia, ¿verdad bonita?”.

    Contestaste con un “Sí Ama”. Estabas apesadumbrado. Eras consciente de que tus errores de la semana pasada me habían sacado de mis casillas, y en cierto modo esperabas las consecuencias… pero quizás no esperabas algo así. Quizás no lo esperabas tan pronto.

    No voy a entrar en detalles de lo que hizo mi sumiso durante los últimos tres días del crucero que nos llevó por los fiordos noruegos. Simplemente diré que no se comportó como espero de él. Sabe que no es una puta cualquiera. Sabe que es mi puta, y sabe también que quiero a la mejor a mis pies.

    Falló al ser engullido por los celos. No pensaba que fuera a pasar, pero supongo que algo hizo click en su interior y cometiste el error de retarme cuando me estaba follando a aquel italiano en nuestro camarote. Tuve que parar, pedirle disculpas y despedirme de él. Discutimos. Somos pareja, y somos Ama y sumiso. Pero te excediste y sobrepasaste todos los límites. Y ahora, pensaba cobrarlo.

    Dejadme que os ponga en contexto. Era viernes por la noche y habían pasado más de dos semanas desde que habíamos vuelto a Madrid. Los primeros días estuve muy fría y distante. Sabes que por mucho que te quiera y por mucho que te desee, cuando estoy enfadada, no me sale estar cariñosa. Sabiamente me diste espacio y procuraste mantener un perfil bajo. Pero sabías que cualquier día pagarías tu salida de tiesto. Y tenía decidido que sería mañana.

    Estábamos viendo la tele. Yo en el sofá y tú en el suelo, jugando con mis pies. Noté que te excitabas lamiéndolos… y también yo estaba excitándome. Y sé muy bien que cuando estás así de puta, puedo conseguir de ti cualquier cosa, así que comencé a tensar la cuerda.

    “Cariño. Mañana he alquilado un Rb&b cerca de la Plaza de Santa Ana para prostituirte. ¿Cuánto crees que deberíamos cobrar para que le hagas una mamada a un desconocido? ¿Y por que te folle el culo? ¿Y un completo?

    Mientras lamías mis pies, simplemente con tu collar como toda vestimenta, me dijiste que 50€ por la mamada, 100€ por la follada de culo y 120€ el completo.

    “¿Seguro mi amor? ¿Tan poco te valoras?”.

    Seguías lamiendo mis pies, y subiste la apuesta:

    “60€ la mamada, 120€ la follada de culo y 150€ el completo”, dijiste.

    Sonreí y agarré el collar con mi mano izquierda. Cuando acercabas tu cara a mí, pensando que iba a darte un beso, te solté un bofetón con todas mis fuerzas. Me miraste sorprendido. Con tu mirada tensa. Orgullosa. Dolida. Te volví a pegar. Y otra vez. Y otra. Y otra. A cada torta, el color de tu mejilla izquierda se enrojecía más, y yo sentía que me mojaba. Pero había orgullo en tu mirada.

    Me calmé para no seguir pegándole y después de beber un poco de vino blanco, te dije:

    “Cariño, mañana vas a sufrir el castigo por dejarme mal delante de mi amante italiano en el crucero. No estoy de broma con lo de los precios. Durante estas tres semanas he puesto un anuncio en varias páginas de contacto, y tienes nada más y nada menos que 8 clientes, mi amor”

    Inmediatamente tu mirada de orgullo desapareció. Me miraste sin decir nada. Yo sonreía y te dije:

    “Dos cosas, puta. La primera, siempre me has dicho que harás todo lo que yo quiera en cualquier momento… así que te jodes y obedeces. La segunda, te he dicho muchas veces que no me gusta que me hagas quedar mal con amigos, amantes, Amas, Amos, sumisas o sumisos. Y lo del crucero ha sido un reto en toda regla. A mi autoridad y a mi persona. Y no te permito ni una ni la otra. ¿Lo entiendes, verdad mi amor?”

    Te diste cuenta que iba en serio. Noté cómo te subía una sensación por todo el cuerpo y tu voz se hizo más ronca, para contestar.

    “Sí Ama. Me equivoqué y pagaré las consecuencias. Haz conmigo lo que quieras. Siempre que quieras”.

    Bajaste la mirada y me di cuenta que estabas apretando la mandíbula, pero estaba decidida a darte una lección.

    Nos fuimos a la cama, y esa noche (contrario a lo que hacemos cada día) no te dejé dormir en el colchón. Señálé la pequeña jaula que teníamos en la sala de juegos y de dije:

    “No pienso dormir con una puta a la que mañana se van a follar 8 desconocidos. Mete la esterilla en la jaula y avísame cuando estés dentro para cerrarte la puerta”

    Contestaste con un “Sí, Ama” y con tu mandíbula apretada te dirigiste al baño y después a la jaula. Cuando estuviste dentro me avisaste. Cerré la puerta, llené el bol con algo de agua y te di las buenas noches con un:

    “Más te vale descansar, cariño. Mañana no lo vas a pasar bien. Pero así es la vida”

    Me costó dormir. Estaba excitada pero también algo preocupada por cómo reaccionarías al días siguiente. Sé que estás preparado, pero el correctivo sería de los que no olvidarías fácilmente. Decidí masturbarme para relajarme y caí rendida.

    A la mañana siguiente, me levanté a las 10.45. Enseguida fui consciente de que tú estarías despierto desde las 7 u 8 de la mañana. No duermes mucho más ni aunque nos acostemos tarde, así que salí de la cama después de remolonear otros 10 minutos y encendí la luz del salón de juegos.

    “Buenos días, cariño. ¿Qué tal has dormido? ¿Estás preparado para un sábado diferente?”

    Dijiste que habías dormido poco y mal. Que te dolía la espalda y me preguntaste si querías que me preparases el desayuno, pero enseguida repliqué:

    “Claro que me prepararás el desayuno, bonita… pero te he hecho una pregunta que es importante para mí. ¿Estás listo para lo que te espera?”

    Mirando al suelo contestaste que sí lo estabas. Que te habías comportado como un imbécil y que aceptarías las consecuencias.

    “Ja ja ja… ¡cómo si tuvieras alternativa, zorra! Venga, prepárame el desayuno, que no vamos muy sobrados de tiempo”.

    Mientras me preparabas el desayuno, me senté en el sofá del salón con el portátil entre las piernas. Quería asegurar que no había habido ninguna baja de última hora, y también que no había nuevos candidatos dispuestos a usarte a su antojo. También estuve chateando con Olibert y con Javier, que me habían confirmado que estarían allí con nosotros, para asegurar que no ocurría nada raro.

    Me llamaste cuando estuvo todo listo y me senté en la mesa de la cocina con el portátil, sin apenas prestarte atención. Habías colocado intencionadamente dos platos con tostadas con tomate y aceite, y dos cafés con leche. Obviamente me estabas sugiriendo sutilmente desayunar juntos en la mesa, pero sin apenas darte tiempo, arrojé tu café en el bol de la bebida y después tiré las tostadas al suelo. Até tus manos a la espalda y te dije que sabías cuál era el sitio en el que desayunan las perras. Sin rechistar, comenzaste a arrastrar tu cara contra el suelo y a beber el café a lametazos, mientras con mi pie empujaba tu cara, que salía empapada en café… goteando por tu barbilla, lo que te humillaba y me excitaba a partes iguales.

    Te escuchaba sorber el café, y también cómo hacías ruiditos con cada cambio de movimiento, pero yo seguía concentrada en el portátil. Como había previsto tenía un mensaje de un tal Eduardo diciéndome que no podría acudir a follarte, y por otro lado tenía dos nuevos mensajes solicitando información. Les agregué a Skype para hablar con ellos y concertar los detalles, como había hecho con los otros 8 candidatos para follarse a mi sumiso.

    Tenía un mensaje que repetía como un loro a cada persona que quería usarte. Estaríamos todos en el piso alquilado desde las 12 de la mañana. Cada candidato tenía una cita a una hora exacta. Llamaría al timbre, subiría al piso. Les recibirían Olibert o Javi (o ambos). Les pagarían la cantidad acordada en función de lo que quisieran hacer con mi puta. Acompañarían al candidato a la habitación en la que estaría mi sumiso, el cuál estaría desnudo, con el collar que le distingue como mí propiedad y una máscara de látex. Les dejé claro a todos que las puertas estarían abiertas y que lo más posible es que yo estuviera mientras te usaban, igual que estarían Olibert y Javi.

    Siempre con condón. No podían tocarte la polla. Sólo follarte el culo o que les hicieras una mamada. Ante el mínimo intento de saltarse las reglas de cualquiera, Javi y Olibert entrarían en escena para asegurar que todo se cumplía según mis instrucciones.

    Conseguí otros dos clientes, con lo que finalmente serían 9 los que abusarían de ti a su antojo. Abrí el excel que había estado haciendo, y te dije:

    “Cariño, esta tarde voy a conseguir 1.300 euros prostituyéndote. ¿Estás contenta, bonita? Me voy a comprar muchas cositas con lo que vamos a conseguir hoy”

    Me miraste desde el suelo, con el café derramándose por tu cara, y la nariz llena de tomate. Contestaste con un escueto “Sí, Ama… estoy contento”.

    Después de unos segundos de silencio, continuaste:

    “Ama, ¿puedo saber cuántos van a follarme el culo hoy y cuántas pollas voy a tener que comerme?”.

    Te miré y sonreí. Y entonces, sin prestarte mucha atención, contesté con desgana:

    “Las que haga falta, cariño. Las que yo quiera”.

    Te duchaste y te pusiste la ropa que te dejé encima de la cama. Unos boxer grises, unos vaqueros azules y una camiseta negra. Tus tenis negros Nike y unos calcetines negros con cangrejos rojos.

    Me duché y cogí una bolsa en la que había metido algunas cosas. Cuerdas, bridas, plugs, mi strapon, velas, el altavoz portátil para poner algo de música, tu máscara de látex negra, un par de máscaras más para los juguetes, ropa para mí, tu collar morado, el vibrador que me regalaste y que había cargado durante toda la noche, varias cajas de condones y algunas cositas más. No quería echar nada de menos una vez estuviéramos instalados allí.

    Llegamos puntuales al centro de Madrid, y recogimos las llaves de la propietaria. Subimos al piso y le echamos un vistazo. Se te notaba nervioso. Te acercaste a mí con cara de perrito pochón, y no pude evitar darte un abrazo. Nos besamos suave y te dije:

    “Pedro, voy a estar todo el rato a tu lado. Voy a cuidar de ti y siempre te voy a querer. No lo olvides ni un segundo, cariño. Si necesitas parar, sabes cuál es la palabra de seguridad. Olibert y Javier también estarán cerca para asegurarse que todo va bien. Hoy vas a sufrir la mayor humillación de tu vida, pero me excita mucho. Lo harás por mí, verdad, preciosa?”

    Mirando al suelo me dijiste que sí. Que ya sabía que te obedecería siempre, y en todo. Te dije que estaba muy orgullosa de ti, y que sabía que no me harías quedar mal con nuestros clientes. Y entonces sentí cómo apretabas la mandíbula y bajabas la mirada al suelo.

    Yo iba vestida con unos leggings de latex negros, unos zapatos de tacón alto y un corsé rojo que me habías regalado y que aún no había podido estrenar. Tenía los labios y las uñas de manos y pies pintadas de rojo, tu color favorito. Me miraste y me dijiste que estaba increíble. Entonces me acerqué a ti y te pinté los labios de rojo y te puse la máscara. Te ordené desnudarte, y te coloqué el collar de cuero que habían personalizado para nosotros en E&LWhipmakers. Entonces me di cuenta que estabas mojado y, sonriendo, te llamé puta.

    Quedaba media hora cuando sonó el timbre. Me miraste con cara de terror y te tranquilicé diciéndote que Olibert y Javier habían llegado puntuales. Les abrí la puerta y te ordené ponerte de rodillas detrás de mí, con la correa sujeta a mi muñeca. Entraron los dos y les di dos sonoros besos a cada uno. Me miraron y cuando vieron que estaba con la máscara y de rodillas, no supieron si darme la mano o qué hacer.

    “¿Cómo saludan las perras, cariño?”

    Sabías bien lo qué tenías que hacer, así que levantaste una patita como si fueras un perrete bien educado, y Olibert y Javier no pudieron evitar soltar una sonora carcajada. Pasamos todos al salón y me senté en el sofá. Javier y Olibert se sentaron cada uno a mi lado y repasamos todas las instrucciones para que tuviéramos un día tranquilo y seguro. Tu te quedaste en el suelo, a mis pies, escuchando atentamente y visiblemente nervioso.

    Quedaban menos de cinco minutos para nuestro primer cliente, y le pedí a Olibert y a Javi que, por privacidad, se pusieran una máscara cada uno.

    “No quiero que quitéis los ojos de Pedro en ningún momento. ¿Queda claro? No os queda permitido interactuar aunque os lo pidan los clientes. Vuestra única misión es cobrarles al entrar y velar por nuestra seguridad. Pero por encima de todo, la de Pedro. Si hacéis bien vuestro trabajo, os tengo preparada una sorpresa para el final… pero para eso quedan unas horas y varios clientes, así que portaros bien los dos y no nos pongáis en riesgo a ninguno, ¿vale?”

    Los dos contestaron con un “Sí Señora” casi a la vez, y me gustó sentir su obediencia y lealtad. Habíamos jugado con los dos una decena de veces, siempre por separado, pero me sentía tranquila y a gusto con ellos en casa, y sentía que tú también lo estabas.

    A la una de la tarde, la hora prevista, sonó el timbre del portal. Era el primer cliente. Según mis notas, se llamaba Adrián, era de Alcobendas y pagaría 150€ por una mamada y por follarte el culo. Según la ficha que había rellenado después de cambiar varios emails con él, se consideraba bisexual, aunque al verle entrar por la puerta y observar sus movimientos, me di cuenta que más bien debería catalogarse como homosexual. Pero eso me daba igual. El proceso sería el mismo.

    Olibert y Javier le abrieron la puerta a Adrián, que se quedó sorprendido al ver a dos hombres con máscara, así que inmediatamente me acerqué y me presenté. Pagó y le conté lo que ya sabía, a modo de recordatorio. Con ese dinero, tenía derecho a que mi sumiso le comiera la polla, y después podía follárselo. El tiempo máximo era una hora de tiempo, y tanto Olibert como Javi estarían en la habitación. Yo estaría entrando y saliendo. No podía tocar a mi sumiso, ni interactuar conmigo o con nadie más. El acuerdo era muy claro. Confirmó que lo tenía claro y que no buscaba problemas… pero que tenía muchas ganas de follarse el culo de mí sumiso.

    Haciendo una seña hacia el salón le comenté:

    “Ahí lo tienes. Me ha dicho que tiene muchas ganas de que le folles, así que… es todo tuyo”

    Adrián sonrió y cogiendo el extremo de la correa que puse en su mano, tiró de ella hasta llevarte a la habitación principal. Inmediatamente después pasaron Olibert y Javier, que vieron cómo Adrián decía lo bien que te quedaba la máscara, y el morbo que le daba follarse a un desconocido que además estaba allí obedeciendo órdenes de su Ama.

    Me acerqué a la puerta para observar sin llegar a entrar. Vi como Adrián se quitaba la ropa y con cierta torpeza se ponía un condón mientras decía:

    “Llevo toda la semana pensando en lo morboso de este momento, y ahora no se me pone lo dura que me gustaría. ¿Vienes aquí y me comes la polla, sumiso?”

    Se tumbó en el borde de la cama, y vi cómo te acercaste despacio y comenzabas a pajear su polla fácida. Sé perfectamente lo poco que te gusta ese momento, y no pude sino sonreír y notar que estaba muy mojada. Mordiéndome los labios comprobé como la polla de Adrián comenzaba a adquirir la forma precisa, y entonces, con la destreza de una auténtica puta, le pusiste el condón con la boca.

    No pude evitarlo y comenté:

    “Muy bien, zorra. Hazle una mamada como tú sabes. Haz que tu Ama esté orgullosa de ti”

    Sentí cómo me mirabas de reojo, e inmediatamente empezaste a comerle la polla. Al principio despacio, pero poco a poco fuiste aumentando el ritmo y la profundidad de tu mamada. Adrián cogió tu cabeza con ambas manos y se aseguraba que su polla te llegara hasta el fondo de tu garganta, provocándote no pocas arcadas.

    En un momento dado giraste el cuello hacia mí, justo en el momento en el que Adrián, sujetándote la cabeza muy dentro, movía sus caderas, para follarte la boca con su gran polla. Era muy ancha y te provocó una arcada bastante fuerte. En ese momento, con tus ojos llorosos, me miraste… y con esos ojos de puta orgullosa que tanto me gustan, te giraste, colocaste tu frente en el suelo, y te ofreciste para que te follara, con ambas manos abriendo tu culito tragón.

    Adrián debió mostrarse satisfecho con tu actitud, porque dijo:

    “Menudo putón de sumiso que tienes, DominAma. Le pienso abrir el culo sin piedad”

    A lo que yo, sonriendo, y completamente excitada, contesté:

    “Ese culo es mío, pero has pagado para disfrutarlo, así que… todo tuyo”

    Y sin más dilación, y sin ninguna delicadeza, pude ver cómo Adrián clavaba su polla centímetro a centímetro hasta perderse completamente dentro de ti. Se quedó un buen rato con sus huevos pegados a tu culo, y sin avisar empezó a bombear violentamente. La sacaba entera y la volvía a meter. Cada vez más rápido. Cada vez más fuerte… y entonces me di cuenta que mi puta estaba en ese momento de entrega y sumisión del que tanto disfruto.

    Tus gemidos ya no eran de dolor, sino que gemías como lo que eras. Una auténtica puta. Mi puta. Adrián seguía empujando fuerte contra ti. Sentía que con cada embestida, se movía todo tu cuerpo… y no puede hacer otra cosa que quitarme los leggings, sentarme en una silla a escasos centímetros de tu cara, y masturbarme mientras Adrián te follaba ese culo que es y será mío para siempre.

    Creo que cuando me vio masturbarme, su ritmo se incrementó todavía más… hasta que se corrió dentro de ti, con unos gritos bastante poco oportunos para encontrarnos en un piso. Cuando terminó, se quedó con su tripa apoyada en tu espalda… repitiendo una y otra vez:

    “Joder, menuda zorra que es tu sumiso. Menudo culo tragón. Qué perra!”.

    Yo sonreí y cuando Adrián se separó de ti y me miraste a los ojos, me corrí a escasos centímetros de tu cara, diciéndote:

    “Ohhh…. siii. Qué puta eres, mi amor. Me ha encantado ver cómo te entregas para mí. Ahora acércate y aprovechemos los 5 minutos libres que te quedan hasta el siguiente invitado y limpia mi orgasmo hasta que no quede ni una gota”.

    “Olibert, vete a por mi vibrador rosa. En cuanto entré el siguiente cliente de Pedro, pienso correrme varias veces mientras veo como se lo folla”.

    Vi como te levantaste del suelo con expresión apagada y te dirigiste al baño a limpiarte, pero no habías vuelto, cuando escuché el timbre. Era Osvaldo, tu siguiente cliente. Si no recordaba mal, se trataba de un chaval colombiano que vivía en Logroño, y que había venido a pasar el fin de semana en Madrid. Me había dicho que le ponía mucho llegar, pagar y, sin mediar palabra, follarse un culito que lo estaba esperando.

    Al llamar a la puerta de casa, fue Javier quién se acercó a la puerta. Recogió los 100€ que le daban a Osvaldo el derecho a follarle el culo a Pedro, y le acompañó a la habitación. Allí se encontró con mi zorra a cuatro patas, completamente entregado para lo que Osvaldo quisiera hacer con él. Sin tardar ni dos minutos, se quitó el pantalón, y simplemente bajando sus boxer, se puso el condón y enseguida entró en ti.

    Obviamente estabas dilatado. Apenas hacía 15 minutos que Adrián te había follado el culo, así que Osvaldo no tuvo que esforzarse para entrar en ti, a pesar del buen tamaño de su polla. Tu cliente tuvo la delicadeza de preguntarte si estabas bien, a lo que contestaste con un:

    “Muy bien gracias”

    Te miré. Sabía que estabas humillado. Que tu excitación hacía tiempo que había desaparecido. Justo el tiempo que había pasado desde que terminaste de limpiar mi anterior orgasmo… y eso me excitó aún más. Abrí mis piernas y volví a masturbarme con “el bicho”. Ese vibrador maravilloso que me regalaste hace unos meses, mientras Osvaldo entraba y salía de ti con fuertes y profundas embestidas.

    En un momento dado, me di cuenta de que Osvaldo llevaba más de 15 minutos sin dejar de bombear, y sentía tu mirada de hartazgo. Querías terminar, e incluso sentí como empujabas con tu culo contra su polla. Pero nuestro amigo Osvaldo seguía empujando fuerte, sin parecer que fuera a correrse nunca.

    Olibert y Javier observaban la situación desde la puerta. Cambiaban la mirada de mí a tu culo constantemente. Sentía sus erecciones a flor de piel, pero no pensaba hacerles entrar en juego hasta que todo hubiera terminado. No podía arriesgarme a bajar la guardia y que pudiera pasar algo, así que, concentrándome en tu cara de dolor y en la cara de placer de Osvaldo al correrse, me corrí de una forma muy intensa.

    Después de que se fuera Osvaldo y de que le acompañáramos a la puerta, pedimos sushi para comer. Apenas descansamos media hora en el sofá (tú te quedaste dormido en el suelo), cuando, pasadas las 4 de la tarde, sonó el timbre del portal otra vez. Así pasamos la tarde hasta que a las 9 de la noche se marchó tu último cliente.

    Yo había perdido la cuenta de mis orgasmos, y también de las veces que te habían follado ese culo tragón del que tanto disfruto. Abrimos una botella de vino, y contamos el dinero. Efectivamente 1.300€ con los que te humillé un poco más, entre risas e insultos. Estabas tocado. Lo notaba en tu mirada, pero entonces me acerqué a ti y te besé. Un beso reparador. Largo, caliente y con mucho sentimiento.

    Te abracé. Nos abrazamos un buen rato, pero estabas físicamente y psicológicamente destrozado. Me pediste irte a dormir a otra habitación. No querías dormir en el mismo sitio en el que 9 desconocidos se habían aprovechado de ti, pero la noche no había terminado. Te dije que no. Que las putas duermen en el mismo colchón en el que han sido folladas, y que ni siquiera tenías permiso para ducharte, así que sin ni siquiera quitarte la máscara de látex, te tumbaste en el colchón y te quedaste dormido.

    Yo me quedé un rato en el salón charlando con Olibert y con Javier. Les agradecí su ayuda y escuché sus comentarios. Ambos creían que había sido un castigo con mayúsculas, y trataban de entender qué habías hecho para merecer tal humillación, cuando les dije:

    “Esto no lo hago simplemente por humillar o degradar a Pedro. No os equivoquéis. Lo hago porque me pertenece, y puedo hacer con él cualquier cosa que quiera. Vuestra posición es muy cómoda, pero ninguno de vosotros tiene el valor ni la hombría de entregarse a mí como lo hace Pedro. Vosotros venís, disfrutráis de mi cuerpo, os doy cuatro órdenes y os marcháis a casa a dormir. Pedro es la puta más perfecta que jamás tuve ni tendré a mis pies. Su entrega es verdadera y absoluta. Lo habéis visto hoy. No ha rechistado. Ha apretado la mandíbula. Ha bajado la mirada y ha hecho lo que yo quería que hiciera”.

    Estuvimos un buen rato charlando de BDSM, de lo divino y de lo humano. Ambos esperaban ansiosos el premio que les había prometido, aunque yo no tenía muchas ganas de jugar mientras estabas durmiendo en la habitación de al lado, así que busqué una solución que nos satisfaciera a los cuatro.

    “Chicos, vamos a la habitación en la que está durmiendo Pedro. Quiero que entréis desnudos. Vamos. Quitaros la ropa y vamos al dormitorio principal. No quiero que le despertéis. No al menos con palabras”

    Nos echamos a reír, y entramos en el dormitorio. No sé lo que esperaban, pero se sorprendieron cuando les dije que quería que se hicieran un 69. Se miraron entre ellos. Sabían que si querían follarme, tendrían que obedecer, así que después de discutir quién se ponía arriba y quién debajo… se tumbaron en la cama, al lado de ti, y comenzaron sus jueguecitos. Mientras Javier y Olibert se comían las pollas, yo me coloqué encima de ti. Al principio me senté sobre tu cara, impidiéndote respirar como te gustaría, pero sabiendo que disfrutabas mucho de esos segundos sin respiración.

    Después de frotarme contra tu cara un buen rato sentí que empezabas a despertarte. No lo noté por los movimientos de tu cuerpo… sino porque noté cómo tu pequeña polla se ponía dura casi por primera vez en toda la tarde. Me encantó sentirlo, así que apreté más las piernas y decidí privarte de tu respiración durante un buen rato… hasta que pataleaste, momento en el que te dejé respirar de nuevo.

    Me estaba excitando muchísimo ver tus ansiosos movimientos en búsqueda de algo de oxígeno. Me excitaba tanto saber que incluso tu respiración estaba en mis manos… Y también me excitó mirar al otro lado de la cama y ver cómo Olibert y Javier se comían la polla uno a otro tan solo porque yo se lo había ordenado.

    Cambié de postura y me senté en tu polla. Quería tenerla dentro. Necesitaba sentirla dentro de mi coño. Apreté con fuerza mientras te cabalgaba muy despacio, disfrutando de tus escasos 12cm entrando y saliendo de mi, mientras te daba la espalda y podía observar a mis dos juguetes completamente entregados a mis deseos.

    No tardaste mucho en correrte, y yo me corrí contigo. Un orgasmo pausado, suave… especial. Te había llevado muy abajo, pero ahora te estaba dando el privilegio de disfrutar de mi placer. Enseguida te moviste, limpiaste mi coño, mis piernas y mi culo y me pediste permiso para dormir. Estabas realmente muerto de cansancio… pero yo tenía una deuda que saldar. Y siempre cumplo mis promesas, así que les dije a los dos juguetes que, con los condones puestos, se tumbaran boca arriba, hombro con hombro.

    Empecé a follarme a Olibert y a Javier. Me subía sobre uno y otro indistintamente. Me encantaba la polla de Javier, y fue al primero que quise premiar con mi orgasmo. Le concedí permiso para correrse a la vez o después que yo. Nunca antes… y aceleré el ritmo salvajemente. Gemía, gritaba… estaba poseída. Completamente excitada por una tarde tan diferente… y de pronto, estallé. Me corrí de una forma increíble sobre esa polla gigante, y cuando Javier se corrió, le pedí que le hiciera un nudo al condón.

    Volví a despertarte para decirte que me acababa de correr follándome a Javier, y aún medio dormido, no dudaste en meter tu lengua en mi coño. En el mismo coño en el que otra polla había entrado hacía escasos segundos. Fui consciente de que sentías el sabor del condón, así que, cuando me limpiaste correctamente, metí el condón atado de Javier en tu boca para que no te quedases dormido mientras me follaba a Olibert.

    Y eso es lo que hice. Mientras Javier se daba una ducha y tú observabas la escena, me follé a Olibert. Lo hice mirándote a los ojos. Diciéndote que te quiero. Sintiéndome orgullosa de ti. De tu entrega y sumisión. Entonces, me sorprendió ver que te incorporabas y, sin sacar el condón atado de tu boca, me besaste, y con un susurro, me dijiste:

    “Te quiero mi amor. Córrete sobre Olibert, princesa. Adoro sentir tu placer”

    Y eso hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. Y me corrí mientras cabalgaba a Olibert. Me corrí entregándome tu placer. Mirándote a los ojos. Diciéndote “Te quiero”.

    Al rato le susurré algo a Olibert y me tumbé a tu lado. Ambos juguetes se ducharon, se vistieron y se fueron, dejándonos solos. Quedamos los dos y nuestras vivencias. Nuestro amor. Nuestro BDSM. El amor de nuestra vida.

  • Recuerdos de hermanos (IV): Nuestra vida marital

    Recuerdos de hermanos (IV): Nuestra vida marital

    La mañana de ese sábado que sería la reunión a la cual estábamos invitados, me desperté aún abrazada a mi hermano, sentí sobre mi espalda su pecho cubierto de un suave vello y con sus piernas aún enredadas entre las mías, podía percibir en el ambiente un penetrante olor a sexo el cual invadía nuestra recámara. La luz del sol penetraba por entre las rendijas de las persianas, iluminando nuestros cuerpos desnudos dibujando sobre estos una combinación entre sombras paralelas y otras de luz, como si tuviéramos puesta unas camisetas a rayas. Jajaja, pensé como ropa de presidiario, pero presa del corazón y del pene de mí hermano.

    Fuera de nuestra habitación se escuchaba el sonido del agua golpeando rítmicamente dentro de la tina de hidromasaje colocada precisamente a un lado de la ventana de la recámara. Esta era lo bastante amplia como para dar cabida a unas 6 personas. Me levanté, retirando el brazo de Francisco que descansaba sobre mis pechos con mis pezones aprisionados eso sí, entre sus dedos y cuyo pene estaba aún colocado en medio de mis nalgas, estiré mis brazos bostezando a la vez, luego de un sueño muy reparador.

    Al momento de levantar las cortinas para asomarme a ver, me sorprendió ver a la tía Luzma metida sin nada de ropa que la cubriera junto al tío Carlos también desnudo, pero lo que más me impactó en ese momento fue ver que también se encontraban Frida y Karla al igual que ellos dos sin ropas, prestas a ayudarlos en su baño muy al estilo de la Roma antigua, cuando la servidumbre se metía al baño de sus amos para enjabonar sus cuerpos y que se daban el lujo de tener sesiones de sexo con ellos. Me dio pena cuando voltearon hacia el ventanal de la recámara al momento de levantar las persianas y me vieran desnuda, pero a esas alturas, ya era por demás fingir que no pasaba nada entre mi hermano Francisco y yo.

    Mi tía me sonrío al verme, yo me quedé no como hipnotizada, sino más bien cómo idiotizada al verla tan hermosa como en los cuadros donde ella aparecía captada por la mano artística de mi tío. Ya no hice por tapar mi desnudez, ella me hizo la señal de invitarme para disfrutar del agua que realmente se me apetecía sentir, acariciando mi cuerpo. Mi hermano despertaba en ese momento en que entró suficiente luz al cuarto.

    – Ven a la cama hermana que se me antoja mucho que nos echemos el mañanero, mira como tengo mi pene ya listo para la batalla

    – Francisco, necesitamos bañarnos rápido, aquí huele a puro sexo y los tíos están afuera bañándose en la tina de hidromasaje junto con Frida y Karla. Ya me vio la tía Luzma para que vayamos con ellos, así que párate y nos damos un baño rápido para quitarnos estos olores a sexo y los restos de tu semen y de mis jugos.

    – ¿Y qué nos ponemos, si no tenemos aquí nuestros trajes de baño?

    – No necesitaremos trajes, todos están desnudos, incluyendo a Frida y a Karla

    – ¡Oh!, ¡No te puedo creer tanta belleza!

    – Pues más vale que te apresures, porque se ve que la cosa va en serio ahora sí. De todos modos no te vayas a desbocar viendo tantos culos, ni demuestres tu impaciencia por ver encueradas a las tres ninfas y coger.

    – ¡Yo impaciente!, ¿Acaso me conoces, hermanita?, mejor vamos a apurarnos.

    Incrédulo de lo que le decía, se apresuró a asomarse por el ventanal de la recámara sin siquiera demostrar cierto pudor, aunque ellos no podían ver desde ese ángulo su verga toda erecta. ¡Qué pena con los tíos, y con las muchachas, ya no podríamos seguir fingiendo que no había nada entre mi hermano y yo!

    Por mi parte ni en el más calenturiento de mis sueños, habría jamás pensado en la maravillosa oportunidad que se abría ahora ante nuestros horizontes. Era algo realmente inesperado que todo se abriera de la forma en la que se estaban dando las cosas.

    Sin pensar en nada más que en salir y abrirnos de capa por fin todos, abrí apresuradamente la llave de la regadera. Mi hermano ni siquiera se encargó de enjabonarme como otras veces, cada quien nos bañamos tan de prisa como pudimos. Francisco me miraba incrédulo con su verga crecida a tope, señalando hacía el techo tal y como mis pezones también estaban erguidos viendo hacía la misma dirección. Ni pudimos secamos lo suficiente pues el corazón por lo menos a mí, me latía al mil por hora, salimos presurosos así sin más.

    Al verlos ya se notaban ansiosos, esperándonos. No salí de mi asombro al ver cómo la tía Luzma y el tío Carlos se estaban besando en la boca delante de nosotros, cómo para demostrar que también ellos tenían los mismos gustos que nosotros yo no sabía cómo entrar, pero Frida y Karla nos tomaron de la mano a mi hermano y a mí. Los pechos de las mellizas se movían graciosamente, al igual que los míos, solo se sonreían entre ellas viendo el pene bien erecto de mi hermano columpiándose.

    No sabía si empezar con mi tío o con mi tía, pero algo de lucidez entró en mi cerebro y me senté en medio de ellos, vi cómo mi tía me miraba con verdaderas ansias de mujer y sin pensarlo más me acerqué a la boca de ella y comenzó una danza impresionante de lenguas entre nosotras. No veía nada más que sus pechos con pezones iguales a los míos, cómo había dicho, muy de familia como ahora también lo eran sin duda alguna nuestras preferencias sexuales. Se los acariciaba a la vez que acariciaba los pechos de Karla una de las gemelas, presta a confundir mi boca entre sus piernas que mostraban una vulva poblada de un vello púbico ensortijado tan espeso como una selva negra, con sus labios vaginales tan hinchados de deseo tal y como ya estaban los míos, derramando sus jugos de placer.

    – Bienvenida a casa, sobrina. Esperaba este momento con verdaderas ansías, pero no hallaba la forma y se nos ocurrió a mi hermano Carlos y a mí que fuera ésta.

    – Bienvenida sobrina, espero que te sientas cómoda con tu tía y conmigo -me dijo el tío Carlos metiendo uno de sus dedos en mi vagina, al tiempo que me besaba en la boca compartiendo su lengua con la de su hermana y la mía al mismo tiempo, para luego perderme nuevamente en la miel de la boca de mi tía y en la noción del tiempo.

    Cuando abrí los ojos, no podía creer en lo que estaba viendo, no podría habérmelo imaginado ni creído si no es porque sentí la mano de mi hermano Francisco acariciándome la pierna para hacerme voltear. Fue un espectáculo grandioso a mi forma de ver, algo insólito ver a Francisco y al tío Carlos besándose en la boca mientras el tío Carlos se aprestaba a acariciar la verga de mi hermano, para meterla dentro de su boca cómo si lo hubieran hecho desde siempre.

    – Francisco, hermano, ¡Qué sorpresa! ¿Desde cuándo?…

    – Desde que te besó a ti por primera vez, nosotros también nos besamos, sin que tú te diera cuenta, fue algo que se dio así de simple, no te lo quise decir para darte la sorpresa, hermanita, la verdad es que ya lo teníamos planeado mis tíos y yo desde antes.

    – Pues sí que me han dejado con la baba de fuera ustedes, pero me encantó cómo no tienes idea la sorpresa y más al verte besando en la boca al tío y me excitas aún más al saber que mi hermano también se suma a todo cómo yo.

    – Ay, hermanita, pensé que así todo queda en familia, como dicen las buenas lenguas que sí son las que saben lo que es lo mero bueno, así que tú disfruta con la tía luzma al igual que el tío Carlos y yo lo hacemos.

    – Y no nada más con la tía Luzma, también con estas hermosas niñas que están para coger y seguir cogiendo. –dije ante las risitas y miradas sugestivas de ambas hermanitas.

    Qué curioso, pensé, de pronto no nada más éramos mi hermano y yo, sino tres parejas de hermanos las que estábamos disfrutando de tan bellos momentos y sin restricciones cómo lo fue en el caso de Luis y Carmen, cuyos celos tan pronunciados no dejaron que pudiéramos disfrutar del viaje cómo se debe, creo que a esa enfermedad de celos exagerados le llaman Celopidia o algo por el estilo. También pensé en las hermosas tías de ellos, transexuales y tan hermosas que bien podían satisfacer a cualquier hombre o mujer que tuvieran a su lado, yo no le hubiera hecho el feo a un hermano que fuera transexual y con gusto me hubiera acostado con mi hermosa hermana con pene de hombre pero cuerpo de mujer, debe ser una delicia también saber disfrutar eso.

    Pero ya dejando a un lado esos pensamientos, no solo yo estaba disfrutando con lo que estaba viendo. También la tía Luzma se quedaba pasmada observando cómo su hermano estaba chupándole la verga del mío, la verga tan hermosa de su querido sobrino. Con mi tío al lado mío lo que se me vino a la mente fue inclinarme para mamar también el glande de su verga que viéndolo bien tal vez sí era un poco más larga y gruesa que la de mi hermano, eso lo sentí al abrazar la cabeza de su dura verga entre mis labios.

    Mi hermano tomaba la cara del tío y lo atraía más hacia su verga al tiempo que por la calentura que ya traía no pudo aguantar mientras fluía una buena andanada de esperma lechoso que fue a parar dentro de la boca del tío Carlos, al mismo tiempo que mi tío se venía dentro de mi boca. Creo que el espectáculo que estábamos dando era tan caliente que las gemelas al verse un tanto abandonadas, empezaron a hacer el 69 entre ellas mismas con ayuda de la tía Luzma que les estaba metiendo sus dedos por el culo a ambas.

    – Ten sobrina, -me dijo mi tío Carlos- recibe también el esperma de tu hermano dentro de tu boca, para que nos recuerdes y no olvides este momento –yo lo tomé como tantas otras veces lo hacía con la única diferencia de que ahora lo tomaba de la boca de mi adorado tío que me lo pasaba juntando nuestras lenguas.

    – No seas envidiosa y dame algo también a mí -dijo mi tía

    – Ten mi amor, te lo mereces todo –y la besé, pero era tanta leche que no cabía bien dentro de mi boca, parte se escurría entre el cuello y los pechos de la tía Luzma por lo que se aprestaron las hermanas Frida y Karla a limpiarlo deslizando sus lenguas por todas las partes donde se apreciaba el semen.

    – Tú también lame mis pezones, mí adorada sobrina y algún día comprobarás por ti misma que son tan parecidos e igual de ricos que los de tu madre.

    – ¿Cómo sabes? –me quedé pasmada

    – ¡Hay muchas cosas que aún debes saber, querida!

    – ¿Te dijo algo de cuando nos encontró a mi hermano y a mí teniendo sexo?

    – Me imagino que ustedes temían que su madre le dijera algo al padre de ustedes acerca de que ya tenían tiempo de estar cogiendo, pero no dijo nada de eso, sólo me lo contaba todo a mí porque encontró muchos papeles que tu hermano te escribía y que estaban en el closet, además de otras cosas relacionadas con el incesto, pero a tu padre le dijo que se les había olvidado apagar la lámpara y que estaban cubiertos de más con cobijas que ella misma les había quitado, pero necesitas saber más cosas que ahora que ya están con nosotros, me ha autorizado tu madre a decirles, pero no es éste el momento.

    – ¡Ay mi querida y adorable tía…! Y nosotros sufriendo por nada, y es que está es una fecha que no la podré olvidar, así como tengo bien presente la mejor de mi vida que fue cuando me hice la mujer de mi hermano Francisco.

    – Algo me dijo tu madre cuando los encontró desnudos a ustedes dos sobre tu cama, pero ella ya sabía que tenían relaciones entre ustedes

    – Fue un día martes 12 de septiembre de 1978 a las 6 de la tarde cuando me tomó mi hermano para hacerme su mujer. Cogimos como conejos durante todo el día y mi hermano me penetró varias veces, una que me gustó mucho fue mientras hablaba con una de mis dos mejores amigas, Juanita, la otra es Olga y con ellas he disfrutado también de una relación lésbica. Ellas saben también de la relación que sostengo con mi hermano y no tengo ningún problema en decirles que disfruto de una relación plenamente incestuosa con él, cómo ahora la estoy disfrutando con ustedes que son mis tíos.

    – Y lo que les falta aún… sobre todo ahora que a su padre le han dicho que lo van a cambiar de Ciudad que él ya acepto su cambio y que ha preferido irse él solo. Pero menos plática y más incesto ¿de acuerdo?

    – ¿Y qué es lo que piensan tanto tú y tu hermano? –preguntó el tío Carlos

    – Nada, creo que estamos soñando aún, es lo mejor que nos ha podido pasar en nuestras vidas ¡De acuerdo! –dijimos mi hermano y yo y un beso de nuestras bocas con sabor al semen de nuestros hombres selló nuestro gran pacto de amor.

    La gran Reunión

    Cómo creo haber ya mencionado antes, había dos tipos de reuniones de personas interesadas en adquirir cuadros, unos óleos pintados a la perfección donde la tía Luzma adquiría poses muy eróticas en compañía de otras mujeres, las dos modelos eran precisamente sus inquilinas que como dije antes, estaban estudiando arte en la Academia de San Carlos y que al igual que los tíos eran totalmente liberales y sin ningún tipo de prejuicios, -eso estaba por verse por parte mía y de mi hermano ya que algunas personas se asustan con cuestiones relacionadas con el incesto en familia- otros eran cuadros con fotografías en tonos sepia o gris, aunque para mi gusto yo los prefería a color. Uno en especial me llamaba poderosamente la atención, era una fotografía ya de algunos años, una foto en blanco y negro muy erótica a mi parecer donde era inconfundible la figura de la tía, unos años más joven al lado de otra que podría jurar que se trataba de nuestra madre, ambas besándose en la boca al tiempo que pegaban pezón con pezón y lo más curioso es que dichos pezones eran gruesos y alargados con pequeñas bolitas alrededor del talle de los mismos ¿Qué curioso, no creen?

    Parecía no caberme la menor duda de que se trataba de nuestra madre porque también tenían una fotografía colgada en la sala de cuando mi madre y mi padre se casaron y era exactamente la cara de la que aparecía en la foto con esos pezones inconfundibles, herencia de familia.

    Según había dicho mi tía asistiría por una parte un grupo de una asociación lésbica interesada en adquirir algunos cuadros y fotos, ya que la fama del tío Carlos al igual que la de ella como artista y modelo del género erótico que posaba para ese tipo de cuadros y que son los que más gustaban mucho a la comunidad lésbica. Por otra parte la comunidad swinger que gustan del intercambio de parejas, tienen preferencia por cuadros que son más explícitos por lo que pueden verse parejas cogiendo, otros donde la esposa de uno está con la esposa del otro mamándose las vaginas, representadas muy bien por las inquilinas de mi tío que les toma fotos de muy alta calidad, ya que cuenta con un estudio muy bien puesto.

    Y según algo que me acababa de contar la tía Luzma, es que nuestra madre también practicaba y era una virtuosa de la fotografía profesional y que había sido ella precisamente quién les había tomado a ellos la foto donde aparecen como esposos. ¡Buff!… Hasta cuando me vengo a enterar que fue mamá la que les tomo esa foto, eso pensé, y no es por esa foto en sí, sino por otra que me acababa de mostrar en la cual aparecen la tía Luzma y nuestra madre con el tío Carlos con su verga bien parada, él en medio de las dos… ¡Los tres desnudos!, tomada por otra de las inquilinas que tenían desde hacía más de 15 años, lo cual quiere decir que nuestra madre engañaba a nuestro padre con sus hermanos, o al menos posaba desnuda junto a ellos.

    Llegan los primeros invitados

    Cuando tocaron el timbre llegaron un grupo de tres mujeres acompañadas cada una con sus respectivas parejas también unas mujeres hermosas, muy arregladas y finas de modales, algunas tomadas de la mano como si fueran sus novias o sus prometidas. Algunas de ellas un poco más atrevidas o las que ya tenían suficiente confianza con la tía Luzma la saludaban besándola en la boca y la tía les correspondía el beso sin mayor problema. Cuando me presentó ante ellas dijo que yo era una amiguita que escribía novelas de amor relacionadas con el sexo lésbico y que aunque yo tenía mi esposo, me gustaba procurar otro tipo de amistades sobre todo mujeres.

    Me supuse de inmediato que mamá habría leído alguna de las novelas que escribía, y que según yo tenía muy bien escondidas. Porque nunca le mencioné nada a la tía LuzMa sobre el tipo de novelas que nos gustaba escribir a mi hermano y a mí, pero no escribíamos de lesbianas nada más porque sí, sino que tenían el toque de ser lesbianas que estuvieran involucradas dentro de una relación familiar, así teníamos de relaciones entre hermanas, de las relaciones entre una madre y su hija, o de una madre con sus dos hijas, o de la tía con sus dos sobrinas y la madre de ellas. Pero sin excluir otras que trataban de relaciones entre madre, hija e hijo y otros temas que gustaban a mi hermano y a mí y que nos calentaban tanto discutir frente al espejo doble de mi ropero rosa, que irremediablemente siempre terminábamos o masturbándonos o cogiendo antes de terminar un tema. Es más antes de empezar yo ya tenía bien mojados mis calzones y mi hermano ya tenía su verga bien parada afuera de su calzón.

    – ¡Estás guapísima! Hasta tienes un poco los rasgos de Luz Marina, ¿Verdad querida? –le dijo a su pareja y yo pensé ¡Y cómo no si soy su sobrina! ¿o qué te lo tengo que decir?

    – ¡Sí! eso mismo me han dicho, pero no tengo la enorme dicha de poder pertenecer a la familia de la señora Luz Marina –contesté risueñamente

    – Pues estás guapísima, querida y ¿a qué te dedicas?

    – Vine a hacer la prueba para posar desnuda al lado de otras mujeres para saciar esa sed de curiosidad que a veces me pica y la señora Luz Marina va a ver si puedo hacerlo bien.

    – Pues de inmediato que tengas el primer cuadro querida, me avisas para venir a verlo con mi esposa y comprarlo.

    – Tiene usted una esposa encantadora, señora.

    – ¡Gracias, querida! A ver cuando podemos platicar un poco más y tomarnos un café.

    – Encantada señora, cuando usted diga, me puede avisar por medio de la señora Luz Marina.

    En ese momento volvieron a tocar la puerta, esta vez eran dos parejas hombre y mujer que venían también interesados en comprar algunos cuadros para adornar su club. Se trataba de dos hombres de muy buen ver, tal vez de 30 a 36 años, acompañados según presentaron a sus esposas. Saludaron muy amablemente a la tía LuzMa de beso en la mejilla y ella les indicó que la reunión con ellos sería en la parte de arriba, ya que la de abajo estaba preparada para recibir a las señoras del otro grupo.

    Continuará…

  • ¿Dará placer ridiculizar al cornudo?

    ¿Dará placer ridiculizar al cornudo?

    —“Aníbal, te gusta?”

    —“Escuchame bien Luis, sos mi amigo desde la niñez así que me conocés tanto como mi madre. Si llegara a decir que no, de manera urgente, tendrías que llevarme a un neuropsiquiátrico por presentar un cuadro de locura en estado muy avanzado”.

    El objeto de este diálogo era una dama, por debajo de los treinta, que destacaba nítidamente por encima de todo lo que la rodeaba. Si hubiera vestido una túnica de arpillera que dejara a la vista solamente cuello, cabeza, manos y pies igual estaba hermosa. Con lo que tenía puesto, los calificativos imaginables para describir su belleza, se quedaban cortos.

    —“La he conocido hace unos días por mi trabajo, querés que te la presente?”

    —“Sé que este ofrecimiento tuyo lo hacés pensando en darme un gusto enorme, y te lo agradezco, pero no”.

    —“No lo puedo creer. Seguro que todos los presentes quisieran recibir esa invitación. Querés que te lleve al loquero?”

    —“Todavía no. Voy razonar en voz alta, por favor, si encontrás algo errado corregime”.

    —“Perfecto, te escucho”.

    —“Vamos a considerar el asunto en dos tramos. El primero es imaginando el pensamiento de ella, que estimo sería así: «Ahí viene Luis con un boludo que quiere conocerme, pensando que podrá obtener algo con un apretón de manos, porque beso en la mejilla ni loca. Con toda suerte tengo preparadas un montón de excusas para que el asunto dure poco. Espero que en ese mínimo contacto no me pegue alguna enfermedad infecto-contagiosa»”

    —“Estás exagerando un poco”.

    —“Es verdad, pero poco. Vamos al segundo tramo, es decir, qué pienso yo, un tipo común y corriente. Cuál puede ser el placer que justifique ir a mendigar el saludo de una mina que maneja su belleza como un arma y así tiene a disposición centenares de tipos atados de pies y manos. De puro curioso, ¿cuál es tu relación laboral con ella?”

    —“En realidad es propiamente con el dueño de una agencia de publicidad, donde ella hace tareas de modelaje y yo hago la provisión de materiales de electricidad para el estudio de filmación. Días atrás, cuando fui a entregar un pedido ella participaba pasando lencería y al verla casi me da un infarto, por supuesto que prolongué mi estada mirando y en un descanso me la presentaron”.

    A mis treinta y tres, soltero, con un trabajo que me da buenos ingresos no me puedo quejar. Tengo las comunes expansiones a cualquier tipo de mi edad y disfruto de un grupo de buenos amigos, hombres y mujeres.

    Al segundo año de haber empezado la carrera de contador conseguí trabajo en un estudio con la idea de hacer algunos pesitos y adquirir experiencia. Ahí permanecí diez años, tres como estudiante y siete ya recibido. En ese lapso, por simple empatía, uno de los socios de mayor edad, me enseñó su especialidad en el estudio y que hoy es mi medio de vida. Que consiste en hacer que el fisco se lleve lo menos posible y además que ese dinero proporcione máxima ganancia corriendo moderados riesgos.

    Unos días después recibo llamada de Luis.

    —“Amigo solterón, tengo para vos una oportunidad única”.

    —“Seguro que me estás por meter en algo raro”.

    —“No, esto es serio, te acordás del minón que quise presentarte en la discoteca?”

    —“Sí señor, imposible de olvidar”.

    —“Hoy, haciendo una entrega de materiales, llegué justo en un descanso donde estaban tomado algo y hablaban del tema impuestos. En eso ella dice «A veces tengo la sensación de que trabajo para darle dinero a los parásitos del estado», ahí intervine yo diciéndole que tenía la solución. Le conté de tu actividad y me pidió que te diera su teléfono para que la llames y acuerden una cita; te mando el contacto”.

    —“Gracias por acordarte de mí, ya veré qué hago”.

    Con inmensa suerte tengo diez buenos clientes, a quienes hago ganar bastante, los libero de una tarea compleja y tediosa, y por eso pagan buena pasta y con gusto. Parte de lo que cobro queda fuera y acá facturo lo apropiado para que ninguno quede en evidencia.

    Colaboran conmigo dos hermanas, alrededor de los veinticinco, solteras, lindas, educadísimas, reservadas y con muchísimas ganas de trabajar y aprender; al punto tal que en dos años podían llevar el estudio casi solas.

    Enfrascado en mejorar una alternativa suena el teléfono y en la pantalla veo Luis.

    —“Hola amigo, no insistas que entre semana no salgo a la noche”.

    —“Te llamo por otra cosa. Vine a la agencia de publicidad a cobrar y justo me encuentro con Susana que me reclama por no haber recibido tu llamada”.

    —“Me estás hablando en chino, a qué Susana tenía que llamar?”

    —“Hace diez días te mandé un contacto, tenías que llamarla para concertar una cita pues quiere saber si podés ayudarla. La tengo al lado y te escucha”.

    —“Susana, creo que hay un pequeño malentendido y estimo que conviene solucionarlo, pues de lo contrario, la posible relación comercial tendrá un mal comienzo. Tu interés en saber si mi actividad puede servirte de ayuda debe moverte a llamar a mi estudio, concertar una cita, y luego concurrir en el momento acordado para hablar. De ser al revés yo me convertiría en el interesado, y no es así”.

    —“Entendí, me das tu teléfono?”

    —“Para concertar la reunión tenés que hablar al estudio pues ahí manejan la agenda, y aunque parezca mentira ese número no lo sé, pero seguro que figura en guía. Luis, te cuento que si llegamos a un acuerdo con Susana la voy a tomar porque es tu amiga, pues ya tengo el número que clientes que puedo atender sin apremios. Un gusto saludarlos a ambos, y que sigan bien”.

    Concretar la cita, acordar el servicio que pretendía, establecer la remuneración, determinar la manera confiable de comunicarnos y agarrarme un metejón de la gran puta fue casi al unísono. Parece ser que le caí bien pues los contactos fueron aumentando en frecuencia, duración y sin relación con lo que nos había reunido.

    Por una cuestión de simple equidad mantuvimos estricta separación entre lo profesional y lo personal. Sus ingresos duplicaban los míos y mi única intervención era para que invirtiera bien y fuera moderada en sus gastos.

    Su actividad era irregular en horarios y tiempos en función de los requerimientos recibidos y ello, así como la obligaba a viajar varios días a los lugares elegidos para el modelaje, otras veces renegaba de aburrimiento, pues mi compañía estaba reducida a los rutinarios horarios de oficina. Sin embargo, nos llevábamos bien y pronto decidimos convivir, eligiendo la casa de ella que era más cómoda y adaptada para una activa vida social.

    Yo mantuve mi departamento sin cambios. Amplio, muy cómodo, de tres dormitorios por si algún día quería formar familia y ubicado sobre lo que es mi estudio. Al tiempo de empezar vi que mis dos empleadas hacían malabarismos para llegar al trabajo cuando algo alteraba el funcionamiento del transporte. Tanto es así que en alguna jornada de esas, trabajaron ocho horas y viajaron cuatro, entre ida y vuelta, hasta la casita que alquilaban. Cuando los ingresos lo permitieron acordamos construir dos departamentos pequeños arriba del mío, ellas pagarían en cuotas a convenir. Hoy disfrutamos de cercanía e independencia. A la casa de Susana llevé algo de ropa y pocas cosas más.

    Cuando a mi novia le tocaba viajar por algunos días me quedaba en casa y, si teníamos ganas, comíamos con Eva y María algo que hubiéramos pedido. Una de esas noches suena el teléfono.

    —“Hola mi amor, ¿qué estás haciendo?”

    —“Cenando”.

    —“Escucho voces de mujeres”.

    —“Sí, son Eva y María que vinieron a acompañarme”.

    —“Se juntaron en casa?”

    —“No, en la mía”.

    —“Por qué no en la nuestra?”

    —“Porque ahí pesa más tu ausencia”.

    —“Mi amor, ya falta poco para terminar estos compromisos y en adelante no tendremos que estar separados a cada rato. Me quedan nada más que dos, pues ya acordé trabajar solamente acá Tengo que preocuparme por tus compañías femeninas?”

    —“Por el momento no, más adelante no lo sé”.

    —“Esa contestación no me gusta, explicate”.

    —“Es simplemente que no sé predecir el futuro”.

    —“Bueno, me quedo más tranquila, mañana te llamo, un beso enorme, te amo”.

    —“Yo también preciosa”.

    Días después recibo la infaltable llamada de Luis.

    —“Hola Aníbal, ¿estás en el estudio?”

    —“Sí, aquí estoy”.

    —“Necesito hablar con vos, no serán más de diez minutos. Si estás disponible voy para allá”.

    —“Te espero”.

    Un rato más tarde lo tenía sentado frente a mí.

    —“Hermano, me duele en el alma lo que voy a decirte, pero mayor sería el dolor si vos te enteraras que, sabiéndolo, me quedé callado”

    —“Cagamos, esto sí que pinta mal, te escucho”.

    —“Tu novia hace rato que te engaña, y lo hace en el estudio de filmación”.

    —“Cómo lo supiste?”

    —“Por una conversación de dos muchachos que también trabajan ahí, aunque en papeles menores. Ellos hablaban con total tranquilidad pues soy nada más que un proveedor de quien ignoran todo. Presté atención cuando uno le preguntó al otro «Ya te pajeó Susana?», «Eso es lo mínimo, pero lo que más me gusta es cuando el viejo dispone que se la meta por el culo», «Y le entra toda?», «Si amigo, veintidós centímetros íntegros, que algo de dolor produjeron las dos primeras veces, pero después ya se retuerce de gusto».

    —“Pará un segundo, Eva si tenés a mano un antiácido, serás tan amable de traérmelo. Ahora sigamos”.

    —“Por supuesto que quedé quieto simulando ordenar lo que había llevado y parando la oreja a lo que seguía, «Acaso don Elías es su dueño?», «Con lo que le paga, hace rato que la compró>, «Contá, contá», «No sé cómo hace, pero de todas las que trabajan aquí, esta mina es la única que logra provocarle una erección, entonces una vez al mes inventa una filmación en su quinta que es para comer, beber y coger durante tres o cuatro días. Son cuatro o cinco mujeres y la misma cantidad de hombres», «Si es esa cantidad de días, el viejo tiene muy buen rendimiento», «No, solo acaba dos veces, al llegar cuando se la chupa y el último día en que se la mete por el culo», «Y entre medio ella se aburre», «Qué se va a aburrir, coge con todos para que don Elías mire, pero sin usar la boca, que solo es de él. Y de cada reunión ella se va con lo que yo necesito para vivir seis meses», sinceramente lamento muchísimo ser mensajero de esta mierda”.

    —“Estás seguro que no es una fanfarronería?”

    —“A mí también me entró esa duda, así que con el pretexto de dejar en el escritorio el remito, me guardé cinco tarjetas de memoria de las cámaras. Después de hacer copia de tres, hoy llevando las facturas las volví a su lugar. Hermano, las dejo acá y te ruego me perdones porque fui yo quien te la presenté”.

    Apenas Luis traspuso la puerta, sin bajar las cortinas que dan privacidad al despacho, hice correr una de las tarjetas y antes de llegar al final ya estaba hecho mierda. Las escenas no dejaban lugar a dudas de que ella se prestaba con agrado a todo lo que hacían. Más aún, en determinados momentos parecía buscar algo más de lo que había dispuesto quien dirigía la filmación, y si algo faltaba para terminar de demolerme estaba la escena de mi novia con don Elías. En ese registro, relativamente corto ella, estaba arrodillada en el piso, entre las piernas del hombre, con la boca haciendo maravillas en el miembro erecto, mientras el macho ufano y sonriente le decía a los presentes «Muchachos aprendan a cuidar lo que tienen en casa para que no les pase lo mismo. El cornudo trabajando para hacerme ganar más plata mientras su bomboncito me saca la leche».

    Parece que mi aspecto era francamente deplorable, porque al entrar Eva con mi pedido largó una pregunta con tintes de exclamación

    —“¡Por Dios Aníbal, qué te sucede!”

    Llegar a mi lado y ver en la pantalla a Susana, gritando su placer ante las embestidas de un extraño que, encaramado en su espalda, la horadaba cual martinete neumático, hizo innecesario responder. Ahí llamó a su hermana.

    —“María traé alguna bebida fuerte, una taza de café bien cargado y una gaseosa fresca. No te demores por favor”.

    Algo repuesto del impacto que me había trastornado fui consciente de dos cosas, la primera que no estaba en condiciones de pensar o actuar con un mínimo de aplomo, y la segunda que necesitaba ayuda de alguien confiable por madurez, criterio y confianza. Intentando escarbar en la memoria el primer nombre que me llegó fue el de don Facundo Argumedo, uno de los primeros clientes, que cada vez que tomamos contacto se me reveló como la persona que hoy necesitaba. Sin vacilar lo llamé

    —“Hola Don Facundo, le habla Aníbal”.

    —“Hola Aníbal, sé quién habla y esta comunicación no me gusta”.

    —“Mil disculpas por haberlo molestado no debí llamarlo”.

    —“Ni se te ocurra cortar. Cuatro años hacen que nos conocemos y prestás servicios excelentes a mi empresa, y en ese lapso, cuando mucho me habrás hablado tres veces. Lo que no me gusta de esta llamada es que rompe la rutina, y esa alteración, casi siempre, es mala seña”.

    —“Señor, tiene razón, pero el problema no es suyo sino mío”.

    —“Hijo, decime por qué me llamaste a mí”.

    —“Don Facundo, estoy destrozado anímicamente, no puedo ni pensar. Recurro a usted convencido que tiene la experiencia y el aplomo necesarios para ayudarme, no solo a salir de la crisis sino también en una dirección racional a futuro”.

    —“Estoy en mi despacho, podés venir?”

    —“Ya salgo para allá”.

    —“No te muevas de tu estudio, en quince minutos mi auto te buscará”.

    Frente a él ni me preocupe en disimular.

    —“Aníbal, qué puede ser que te ponga tan mal, tu aspecto da miedo”.

    —“Mal de amores señor, nada más que eso”.

    Le conté todo, incluyendo lo visto en los videos, haciendo hincapié en la participación vejatoria de uno de mis clientes, Elías Quinteros con idéntica antigüedad que mi interlocutor.

    —“En los negocios es de malas artes, competimos en algunas cosas, pero en general todos lo conocen así que están precavidos y causa poco daño. Es incomprensible que haga esto, cuando el tipo de relación comercial que tiene con vos tiene una sola base, que es la confianza. En primera instancia, que quisieras hacer”.

    —“Romper ambas relaciones y vengarme de los dos”.

    —“Mi sugerencia es primero Elías y después ella. La venganza contra ese basura debe ser muy bien elaborada de manera tal que nadie te relacione con eso, pues de lo contrario dejarías de ser confiable para la clientela.

    Dejá que yo me encargue de este asunto. Solo necesitaría un dato que me permita demostrar su acción fuera de la ley”.

    “Es algo que hice días atrás. Deposité en la cuenta a nombre de un secretario de gobierno una suma importante. Como el beneficiario era otro, don Elías optó por usar el procedimiento más barato, que por supuesto es el menos seguro. Cualquiera lo puede encontrar, es Fulano”.

    —“Qué coincidencia, justo el que hace la adjudicación de una licitación en la que ambos participamos. Me viene como anillo al dedo. Como soy parte interesada es lógico que busque la manera de dejarlo fuera. Cómo estás con el trabajo?”.

    —“Al día, a tal punto que estamos buscando la trampa”.

    —“Aclará que no entiendo”

    —“Estamos cumpliendo con la segunda parte del dicho «Hecha la ley, hecha la trampa» que consiste en encontrar la fisura que beneficie a mis clientes, siempre dentro de la ley”.

    —“O sea que estoy beneficiado. Podés cerrar el estudio durante una semana?”

    —“Sin problemas, porque cualquier urgencia se resuelve electrónicamente”.

    —“Me gustaría que aceptes la invitación a pasar ese tiempo en mi quinta de descanso, mientras hago la parte que me toca. Tenés alguien que te acompañe?”

    —“Sí, las dos chicas que trabajan conmigo. Son una rara mezcla de empleada, madre y esposa, aunque nunca entraron a mi cama”.

    —“Listo, hoy es miércoles, el viernes a la mañana los van buscar. Lleven nada más que los enseres personales, allá hay gente que se va a encargar de todo, en caso de necesidad solo tenés que pedir. Te prohíbo comprar aunque sea una galletita. Una sugerencia, con tu novia, solamente cortá sorpresivamente. Ese tipo de personas solas se castigan, su debilidad las llevan por caminos que inevitablemente terminan en el abismo, y es por eso el dicho «En el pecado está la penitencia»”.

    Regresado al trabajo llamé a las dos mujeres, aunque la que decide y habla es Eva.

    —“Tienen algún compromiso hasta dentro de diez días?”

    —“No, estábamos esperando invitación para presenciar en primera fila la ejecución de tu novia”.

    —“Lamento decepcionarlas, quería invitarlas a descansar una semana en la quinta de don Facundo Argumedo. Me aconsejó llevar malas compañías y por eso pensé en ustedes”.

    —“Claro, por eso arriba, en el segundo piso, nos hiciste construir un departamento para cada una”

    —“Eso es porque les tengo desconfianza y quiero controlarlas de cerca”.

    —“Para eso nos hubieras hecho dormir con vos”.

    —“A tanto no me animo”.

    —“Dejemos de hablar macanas. Cuándo salimos y qué hay que llevar?”

    —“Salimos el viernes a la mañana, llevamos dos portátiles por si acaso y los enseres personales. En el caso de ustedes creo que con dos bombachas, cepillo de dientes, malla y un peine es suficiente. Esto es en serio, me dijo don Facundo que si llevamos, aunque sea una galletita, corta la relación con nosotros, y él no habla al vicio. Tenemos que estar listos temprano porque nos avisarán un rato antes de venir a buscarnos”.

    Algo repuesto por la ayuda de las mujeres y la conversación con este generoso cliente, tenía que organizar mis movimientos próximos. Primero con mi novia, para lo cual le mandé mensaje «Cuando tengas un momento libre llamame». Al rato lo hizo.

    —“Hola mi amor, algún tema en especial”.

    —“Me han surgido dos tareas, una complicada y larga para don Argumedo, y otra más moderada para don Elías. Por ello el primero nos ofreció pasar la próxima semana en su quinta, y de esa manera olvidarnos de las cuestiones domésticas dedicándonos a trabajar y descansar. Sería desde este viernes hasta el sábado de la semana siguiente; vos cómo tenés organizada tu actividad?”

    —“Nada fuera de lo común, pero aprovechando que no vas a estar esa semana propondré que un compromiso de varios días, que tenemos pendiente, lo hagamos ahora”

    —“Antes que me olvide, lo ubicás a don Elías? Luis me dijo que varias veces lo vio presenciando alguna filmación”.

    —“Sí, ya se de quien hablás, es uno de los dueños del estudio, un señor mayor con el que no he tenido contacto fuera de los saludos y algunas palabras”

    —“Hoy y mañana dormiré en mi departamento para, con tranquilidad, preparar lo que tendremos que llevar, tanto para el trabajo como para la estadía. En algún momento iré a casa para sacar aquello que pueda necesitar. Nos vemos en unos días. Un beso”.

    El jueves fuimos con María y Eva a la casa que compartía con Susana a sacar mis pertenencias, dejando lo mínimo, que en un bolso mediano cabía.

    Esos días descansé de lo propiamente laboral porque mis compañeras, seguramente instruidas a mis espaldas por don Facundo, inventaron un sinfín de entretenimientos que me hacían llegar a la cama cansado y habiendo tomado una pastillita inductora del sueño. Aquellos que no creen en la existencia de los ángeles tendrían que haber visto trabajar a estas dos mujeres para salir del escepticismo. Así fue como el dolor menguó muchísimo, aunque no desapareció.

    Durante esa semana las comunicaciones con Susana fueron diarias pero de corta duración. En mi caso representaba un esfuerzo fingir normalidad. El viernes, último día del período de descanso, le avisé que al mediodía siguiente llegaría a casa.

    —“Qué lástima, justo nos salió un trabajo que me obliga a partir el sábado temprano, estando previsto regresar el martes”.

    —“Sin problemas, no veremos cuando vuelvas. Avisame con tiempo así te espero en casa”.

    El lunes temprano me llamó don Facundo diciéndome que leyera el diario y viera un canal de noticias, pues ambos se estaban ocupando de don Elías. El periódico informaba de una investigación en curso sobre una coima pagada para influir en la adjudicación de una licitación y la televisión tenía móviles enfrente de la quinta del personaje investigado. Hice caso a la sugerencia y al rato mostraron la salida del auto del dueño de casa donde iba él acompañado de mi novia. La llamada de ella, indicando el cambio de programación, no se hizo esperar.

    —“Hola querido, han surgido inconvenientes así que se suspendió el trabajo; en una hora estoy en casa”.

    —“Perfecto, te espero.

    En diez minutos estaba en la casa que compartíamos, y en el living preparé toda la escenografía, televisor encendido de espaldas al ingreso, pen drive conectado, imagen de la pantalla detenida en el momento apropiado, volumen graduado, bebida cola de mi gusto en un vaso con hielo, cigarrillos y encendedor a mano. Al lado del sillón un bolso pequeño con las pocas pertenencias que me faltaban llevar.

    Terminada esa preparación abrí la ventana que da a la calle para observar su llegada desde atrás de la cortina. Después de estacionar el auto hubo algún minuto sin movimiento perceptible, pues tenía vidrios polarizados. Luego bajó ella cerrando la puerta y, estaba saludando con la mano, cuando descendió el cristal de la ventanilla mostrando a don Elías que le hacía señas de acercarse. Aceptando la indicación se agachó, siendo tomada del cuello para recibir y devolver un beso prolongado y pasional. Cuando se dio vuelta para caminar hacia la entrada yo había corrido la cortina y me mostraba de cuerpo entero moviendo la mano en señal de saludo con una semisonrisa en la cara.

    Al ingresar venía pálida y con evidente nerviosismo.

    —“Hola mi amor, lo que viste no es lo que parece”.

    —“Disculpame, estoy desorientado y necesito explicación. Qué es lo que parece y qué es lo que realmente ha sucedido?”

    —“Parecía que nos estábamos besando pero en realidad estaba hablándome al oído para que no escuche su chofer”.

    —“Gran suerte, tenía la sensación de estar viendo cómo me crecían unos cuernos”.

    —“Ya que estás inspirada quizá me puedas ayudar con un problema, cuya solución no encuentro, y amenaza romperme el corazón. Es posible que vos descubras la razón para convencerme de que estas imágenes parecen una cosa pero es otra”.

    —“De qué imágenes estás hablando?”

    —“De estas que me mandó un amigo. Son cinco videos pornográficos hechos con un realismo increíble, que justifica felicitar a todos los que intervinieron en su hechura. Para mi gusto hay uno que se lleva el premio mayor, no solo por las escenas excitantes sino también por las palabras de los actores”.

    —“Degeneradito, estabas entretenido en eso y juntando leche. Espero que no la hayas desperdiciado en una paja y la estés reservando para mí”-

    —“Depende de tu disposición, porque a veces llegás tan maltrecha del trabajo, que en lugar de querer gozar conmigo estás desesperada por un largo baño de inmersión, crema en todo el cuerpo y luego descanso en cama confortable sin que nada altere ese momento de relajamiento”.

    —“Estás exagerando, es verdad que a veces llego cansada, pero no para tanto”.

    —“Según mi memoria es eso y mucho más. Recuerdo varias oportunidades, sobre todo luego de algunos días ausente, cuando aceptaste un masaje pero por encima del largo camisón que vestías y al llegar a tetas o nalgas te quejaste de dolor, pero no me permitiste ver cuál podría ser la causa”.

    —“Y ahora te apareció la faceta de hombre celoso que desconfía de su novia, sin recordar cuanto amor te he demostrado a lo largo de toda la relación”.

    —“Tenés razón en mi demostración de celos, pero ellos se originan en que te quiero muchísimo y no estoy dispuesto a compartirte. La razón te abandona cuando me atribuís desconfianza. Si hubiera tenido dudas sobre tu leal proceder, o sobre ese cariño tan aclamado innumerables veces, no estaría destrozando mi corazón con las imágenes que me muestra la pantalla”.

    —“No entiendo por qué una película pornográfica te afecta tanto anímicamente”.

    —“Sentate acá un ratito y vas a tener la respuesta”.

    Apenas se ubicó a mi lado activé la reproducción y apenas apareció claramente la primera imagen de tres personas desnudas puse pausa. En ella estaba Susana, mirando la cámara acostada de frente sobre un tipo que, de espaldas al piso, la tenía penetrada por la vagina. El complemento era otro sujeto que, encaramado y tomándola de los hombros, había hecho desaparecer su miembro en el recto de la hembra. Si hubiera sido una foto para ser expuesta podría haber sido titulada ‘Testículos a la Intemperie’. La mujer, objeto de esa doble invasión, mostraba una expresión placer supremo y los ojos semicerrados, como quien desea anular todos los sentidos menos el del tacto, para que nada le dificulte sentir la fricción de los dos cilindros que la horadaban.

    Tras apreciar la imagen unos instantes reanudé el movimiento y consecuentemente el sonido. Lo primero que se escuchó fue la voz femenina en un quejido placentero «Siiii, más, más». Si algo podía agregarle mayor significado a la escena fue la aparición de un tercero, totalmente vestido con una cámara colgada al cuello, caminando hacia el trío, abriéndose la bragueta y sacando el pene «Vamos puta, chupá y sácame la leche». La contestación de la aludida reveló cabalmente cuál era su situación «Si querés lo hago, pero después vos te arreglás con don Elías. Bien sabes que mi boca es solo de él».

    —“Necesitás que avancemos algo más?”

    —“No por favor, déjame que te explique, es algo que viene de antes de conocerte y que ya tenía acordado terminar. Te amo, no me dejes”.

    —“Después de escuchar tus palabras de amor, debo reconocer que sos una incomprendida. No es justo que debas soportar un compañero incapaz de entender tu manera de expresar un afecto tan grande, así que me voy. Espero que la próxima elección sea con mejor suerte”.

    —“Te vas?”

    —“Naturalmente”.

    —“Y tus cosas?”

    —“Lo único mío que queda en esta casa se encuentra dentro del bolso”.

    Y sin una palabra más regresé a mi casa. Seguramente ella se lo contó a don Elías porque éste nunca más requirió mis servicios, y su actividad económica, dependiendo en gran medida de contratos con el estado, quedó casi paralizada al ser eliminado de la lista de proveedores. De mi ex novia no tuve noticias hasta el día que sonó mi intercomunicador.

    —“Aníbal, Susana Garrido está en la entrada y quiere verte”.

    —“Hacela pasar por favor”.

    Verla caminar, precedida por María, me dio la sensación de estar frente a una indigente pordiosera.

    —“Te escucho”.

    Me contó que en el año y medio transcurrido desde la ruptura había ido cuesta abajo. Cuando Quintero se aburrió de ella también empezó a decaer el modelaje así que tuvo que ingresar en la prostitución. El nivel de clientes y de ingresos descendió parejo con la pérdida de la lozanía y empezó a vender sus pertenencias. Acceder a los ahorros en la cuenta del exterior excedía su capacidad por lo cual consultó a un inescrupuloso que la timó. En concreto, me pedía si era posible ver el estado de esa cuenta.

    —“María, serás tan amable de traerme la carpeta de la señora”.

    El orden reinante en la oficina hizo que en dos minutos tuviera ante mí lo pedido. Al dejar la carpeta me sorprendió su pregunta.

    —“Esta es la basura que te engañó?”

    —“María, nunca te oí hablar así”

    —“Eso es porque no viste lo que yo vi. Cuando te dieron la hermosa noticia de los frondosos cuernos que portabas, tu estado deplorable me hizo pensar que estabas al borde de la muerte. Seis meses te costó salir del pozo, ciento ochenta días nosotras dos sufriendo al verte sufrir, llorando la impotencia de no poder aliviar tu dolor. Y cuál era la falta, el delito, el pecado que estabas purgando, solamente haber amado. A ésta, decirle basura, es alabarla. Permiso”.

    Sin levantar la vista del papel con los datos necesarios, entré en la cuenta. Di vuelta la pantalla y le mostré que tenía un saldo de veinte mil dólares.

    —“Querés que los transfiera a tu vieja cuenta de ahorro?”

    —“Sí, por favor”.

    —“Listo”.

    —“Cualquier palabra que diga es nada frente a tu bondad y generosidad”.

    Me dio pena verla salir encorvada y llorando, acompañada por las palabras de mi empleada.

    —“Volvé cuando quieras, para mí es un placer verte hecha mierda”.

    Entonces llamé a mis ángeles guardianes.

    —“Más de cinco años llevo teniendo dos esposas con quienes no compartí la cama. Las amo. Podré tomarme el atrevimiento de darles un beso?”

    —“Si no lo hubieras pedido, nosotros lo hubiéramos hecho sin tu permiso. Empezá vos María que sos más calentona”.

    Sin decir una palabra ambas, tomándome de las manos, me llevaron al sillón de tres cuerpos que teníamos en el sector recepción y me sentaron con Eva a mi lado mientras María permanecía de pie frente a mí para levantar el ruedo del vestido arriba de las rodillas y sentarse a caballo de mis piernas y juntando sus labios con los míos. Un beso tierno, delicioso, delicado, donde cada movimiento de lengua, en un idioma sin nombre pero universalmente conocido, hablaba de deseo carnal empapado de afecto. Luego se levantó y después de bajarme los parpados, se dedicó a maniobrar bajo la atenta mirada de la que permanecía a mi lado.

    —“María, qué estás haciendo!”

    —“Shsss”.

    —“Eso no está bien, no es propio de una dama educada, escuchá lo que digo!”.

    —“Te escucho hermanita”.

    —“No me mientas, ya le bajaste el pantalón y su miembro llena tu boca”.

    —“No te enojes, te juro que soy puro oídos para vos”.

    —“Me oís pero estás chupando como si en ello te fuera la vida!”

    —“No me desconcentrés que estoy en lo mejor”.

    —“Frená, que recién abrió los ojos y los tiene vueltos hacia atrás, pará de una vez que está convulsionando!”

    —“Listo, no podés quejarte pues te hice caso y frené, la leche estaba riquísima”.

    Todo este diálogo lo escuche desde alguna nube en la cual estaba acostado, agradablemente relajado, hasta que paulatinamente fue ganándome la tensión y llegó el momento en que, súbitamente, se produjo la explosión. Tres o cuatro espasmos expulsando semen, diestramente aspirados por la boca ordeñadora, me dejaron vacío e inerme. Cuando me repuse y abrí los ojos todo estaba normal y solamente Eva a mi lado.

    —“Y María?”

    —“Preparando la comida, ya se dio en el gusto, ahora que trabaje”.

    Luego de almuerzo y sobremesa coincidimos que era buen momento para descansar. Mientras ellas dejaban todo limpio y ordenado yo me acosté solo en bóxer, cual es mi costumbre, y apenas me tapé con la sábana ellas entraron.

    —“¡Qué sorpresa!”

    —“Pensábamos ayudarte a descansar”.

    —“Y qué las hizo pensar que necesito ayuda”.

    —“Perdón por la molestia, nos equivocamos”.

    Al verlas girar para irse, salté de la cama y las abracé haciendo que sus cabezas quedaran apoyadas en mis hombros.

    —“Qué sería de mí sin ustedes, a quienes debo estar vivo y sano. Me permitirían descansar teniéndolas abrazadas así como ahora?”

    —“Hijo de puta”.

    —“Eva, nunca pensé escuchar eso de vos”.

    —“Son las palabras de una mujer a quien tus palabras casi le detienen el corazón”.

    Me costó convencerlas, pero al final accedieron a acostarse una a cada lado, solo en ropa interior, abrazándolas para mantenerlas pegadas a mí. Apenas empezaron a desvestirse sonó el teléfono de María.

    —“Amiga, menos mal que llamaste, me había olvidado de la salida. No vemos en un rato”.

    —“Eva, parece que nos abandonan”.

    —“No te quejés Aníbal, estás livianito y te dejo en buena compañía. Mi hermana es buena persona, pero tengo la sensación de que su sangre es templada, tirando a fría, me voy a arreglar, no sé a qué hora regreso”.

    Si darnos tiempo a saludar salió rápidamente transformando el trío en dúo. En seguida la sábana, que tenía en la cintura, subió hasta los hombros llevada por Eva que, en corpiño y bombacha, había entrado a la cama.

    —“Esto sí que es noticia de último momento, por favor contame eso de que sos templada tirando a fría”.

    —“Me lo dice por comparación con ella que es más tentada. Si le gusta un hombre que conoce y, después de algún tiempo de frecuentarlo, le agrada, intima. Yo en cambio si no tengo una atracción profunda con algún sentimiento de base, no permito ningún contacto que dé pie para algo más”.

    —“Y en mi caso, he podido generar algún sentimiento de base de cierta importancia?”

    —“Por supuesto, te odio profundamente”.

    Mientras dialogábamos metí mi brazo por debajo del cuello para atraerla y hacer que su cabeza descansara sobre mi hombro.

    —“Ya es un avance, solo es cuestión de cambiar el sentimiento”.

    —“No creo que te sea fácil pues todavía me duelen tus palabras”.

    —“Querida, con el sujetador colocado no puedo acariciarte la espalda”.

    —“Degenerado, lo que pretendés es remover todo lo que te impide agarrarme libremente las tetas”.

    —“Primero me tengo que hacer perdonar esa broma de mal gusto, y trataré de lograrlo a base de besos, muchos, pequeños, cortos, pero cargados de afecto”.

    —“Te veo venir, lo que pretendés es calentarme”.

    —“Bueno, si se da no me voy a oponer”.

    —“Perverso, malvado, aprovechador, mierda, tonto, pelotudo”.

    Después de cada palabra cerraba la boca rápidamente metiendo los labios hacia adentro para evitar mi beso, así que los depositaba en mejillas, frente, orejas, cuello, párpados, todo menos boca.

    —“¡Qué hacés agarrándome una teta!”

    —“Es que no sabía dónde poner la mano”.

    —“Ahora entiendo, y la mano no sabe dónde poner los dedos, por eso es que me retuerce los pezones”.

    —“Perdón, la voy a cambiar de lugar”.

    —“¡Asqueroso, me estás agarrando el pubis!”

    —“Fue una casualidad. ¿En serio que estás enojada?”

    —“Por supuesto”.

    —“Y el enojo es lo que te hace mojar la entrepierna de la bombacha?”

    —“Me debe haber salido un poco de orina”.

    —“Qué raro porque tiene densidad como de un gel”.

    —“Entonces no sé qué será ¡no te pongás encima!”

    —“Es para que mis manos no se ubiquen en algún lugar inapropiado”.

    No me contestó, simplemente cerró los ojos y giró la cabeza hacia un costado sin mostrar gesto de desagrado. Los suaves movimientos de pelvis provocando el roce de los sexos dieron lugar a que frunciera su ceño, y aflojara la tensión de mantener las piernas juntas. Cuando, al movimiento, agregué besarle el cuello llegando hasta el lóbulo de la oreja, sus brazos subieron para cruzarlos en mi nuca, buscar mis labios con los suyos y abrir al máximo las extremidades llevando las rodillas a los hombros.

    —“Haceme tuya amor mío”.

    Sin dejar de besarla bajé mi calzoncillo, hice a un costado su bombacha y después de ubicar la entrada hice un lento pero progresivo ingreso hasta tocar fondo. El recorrido por ese túnel poco usado, ensanchando a presión las paredes y sintiendo los quejidos que me alentaban a seguir, fue casi tan placentero como una corrida.

    —“Sí mi vida, hasta que no entre más, llename de leche, haceme tocar el cielo con tu pija”.

    —“Si no te estás cuidando acabo afuera”.

    —“Ni se te ocurra, descargá adentro todo lo que tengas y si me preñás mejor todavía”.

    Dos veces se corrió antes de mi orgasmo, quedando ambos agotados pero sin romper el abrazo, ahora ella la sobre mí.

    Cerca de las nueve de la noche llamó María preguntando si la comida alcanzaba para ella. Una interrogación de mera cortesía porque bien sabía que cuando su hermana cocinaba siempre la tenía en cuenta. Al llegar, y después de saludar, fijó su mirada en Eva y sonrió.

    —“¡María, qué me estás mirando!”

    —“Hermana querida te felicito, tenés cara de bien cogida. Para vos Aníbal también va mi felicitación por haberte llevado un premio grande, pero además te agradezco que la hayas hecho disfrutar a conciencia. Su cara lo dice. A ambos los conozco bien y los dos son bichos extremadamente raros, por lo cual me atrevo a dar por seguro que, sin decirse nada, en el fondo de sus almas, se han prometido fidelidad, lo cual me da mucha bronca, pues yo querido amigo, tenía unas inmensas ganas de probarte. Sean felices aunque yo me tenga que morder”.

    Así comencé esta nueva y hermosa etapa de mi vida.

  • Sexo en la facultad (6): La Dra. de anatomía

    Sexo en la facultad (6): La Dra. de anatomía

    Decidí cambiar el nombre porque de las historias porque ya no solo serán con mi novia como coprotagonista.

    Cuando la Dra. Kennya cerro la puerta del salón para «coordinar la siguiente práctica» me dijo «sabes porque quiero hablar contigo», a lo que haciendome el loco le dije «para lo de la práctica?», ella me dice no te hagas, sabes que vi a tu noviecita chupando tu pene, que por cierto no esta nada mal, de hecho me sorprende que no me haya dado cuenta de lo que traes entre las piernas.

    A lo que le respondí: «Sí la vi y observe como se metia los dedos en su vagina y me enseño aprendo sus enormes tetas», ella se río y me dijo «sí vi como después de de verme te excitaste más corriendote en su boca.

    La Dra. agrego «sabes que lo que hicieron si se llega a saber es causa de expulsión?», yo antes de responder sabia que en ese edificio las cámaras de seguridad no servian pero era la palabra de una docente contra la mía a lo que le dije «hay forma de llegar a un arreglo con usted», a lo que me respondió «Sí, pero antes respondeme unas preguntas»…

    -«Te gustan mis tetas?, Crees que son muy grandes?, Te gusta mi culo?, Quisieras que fueran tuyos?

    A lo que sin pensarlo le dije que a todas sus preguntas un rotundo «Sí»

    Cuando escucho eso me dijo «Bien, no dire nada a nadie y tú y tu noviecita estaran bien, pero tendras que hacer algo que seguro te gustara». Yo sabia por dónde iba la cosa, la idea de serle infiel a Jessie no me gustaba mucho y menos porque tenia poco que empezamos a andar y estabamos viviendo juntos, pero tambien sabia que de negarme si bien no diria nada si nos reprobaria y yo al estar recursando la materia no podia darme el lujo de que eso pasara por lo que independientemente de su propuesta le pediria que nos pasara a todo el Squad con 10.

    Entonces le dije «De que se trata» y ella me dice «Bien, lo que tienes que hacer es que tendremos relaciones, quiero decir nos convertiremos en amantes y tendrás que darte un tiempo para que nos veamos y lo hagamos, y esto lo hare porque me excito verte y quiero sentirte dentro de mi, dejare que te corras dentro mio». A lo que yo le dije «esta bien» y al decirle eso me abraza y me dice «la vamos a pasar rico y Jessie no se enterara» y se acerco a darme un beso y fue cuando respondi tomandola de las manos y la tumbe contra el escritorio y acariciando su entre pierna le dije «si me quiere como amante, me tendra, pero aquí debemos ganar los 2 y ya que usted tendra la verga joven que tanto quiere yo quiero tener algo a cambio» y acariciando mas fuerte su vagina que se humedecio tanto que empezaba a mojar su pantalón y emitiendo un gemido me dijo » que quieres cariño» y le respondí sin dejarla de manosear «que tanto a Jessie mi grupo de amigos y a mi nos ponga 10 al final del curso» a lo que me dijo con una excitación «está bien» La levante y voltee teniendo su culo a la altura de mi verga y soltandole una mano, le dije «pon las notas» a lo que con mucho esfueezo lo hizo y firmo las actas cuando termino la solte y quedamos que nos pondriamos de acuerdo para vernos pues yo tenia que planear algo para que Jessie no sospechara nada, y lo que me tranquilizaba era que solo faltaba 1 mes para que las clases terminaran, por lo que no tendria que mentirle mucho.

    Cuando nos acomodamos la ropa otra vez me dice «mañana te digo que dia nos vemos y al rato te envio la práctica que haremos el viernes y diles a todos que traigan un corazón de cerdo y su material» y se salió, yo salí directo al baño a echarme agua en la cara para bajar a donde estaban todos.

    Cuando baje iba pensando en que no era correcto pero solo asi no diria nada.

    Cuando llegue a donde estaba el Squad y Jessie quienes me dijeron «de que será la práctica porque no se tardaron mucho» ya les dije que la práctica seria el viernes y que tendriamos que traer un corazon de cerdo por persona y nuestro materia y bata para hacer la disección.

    Después de eso Jessie y yo nos subimos al auto y nos fuimos al cine…

  • Matías, el cliente al que yo le habría pagado por sexo

    Matías, el cliente al que yo le habría pagado por sexo

    —Estoy abajo. El mensaje que le escribí a Matías para avisarle que había llegado a su departamento y ahí nos vimos por primera vez. Matías me escribió para decirme que le gustaba mi perfil y quería salir conmigo porque soy acompañante.

    El quería salir ese día pero yo había llegado de viaje y estaba cansada. Asique arreglamos para el viernes. Llegué, le avisé que estaba abajo. Me abrió y lo vi. Morocho, pelo medio larguito con un rapado en los costados, barba y más o menos 1,65 de altura.

    Me saque el buzo, le pregunté si me podía sacar las zapas (amo estar descalza). Me dio agua, porque vive en el 4 piso aproximadamente por escalera y estaba cansada jaja. En fin, cruzamos algunas palabras, el muy amable. Lo miré y le pregunté, ¿Qué hacemos? El se acercó y nos chapamos.

    Debo confesar que nunca beso clientes, es la regla número uno que no debo romper porque los besos son sentimentales me dijo alguien. Pero él me buscó la boca y le respondí de la manera que sé, envolver otra boca con mi lengua. Matías tiene una boca que saliva, que devora, una boca húmeda y una lengua muy caliente, esa boca hambrienta me sedujo por dos horas. Me hechizó, me saco la remera y esa boca me llevo al sillón y a mí juego me llamó. Me besó el cuello, las tetas y me arrodillé, no aguanté. Se la chupé, me la morfe toda…

    Empecé por la punta, cómo me gusta a mí, lamiendo, generando pequeñas succiones… Él sin duda estaba caliente, es difícil en este momento poder recordar sin apretar las piernas y contraer los muslos. Y del sillón fuimos a la cama, colchón en el piso porque así me gusta, evitamos molestar con ruidos a los vecinos y menos mal que lo hicimos. El quería que suba pero yo escondía un secreto, había pasado muchos años sin penetración, quería sacarme esa idea de dolor que rondaba en mi cabeza y creía que sería mejor decirle que el esté arriba mío y que me lo haga despacito.

    Él sin dudar obedeció, me acosté boca arriba, se puso el forro y empezó suave, despacio, justo como se lo pedí, sentía como él entraba dentro de mi suave, intenso. Su pija estaba muy dura, entraba y salía haciéndome gemir más y más. No quería que la saqué y me volvía a mojar, una y otra vez. No les puedo explicar cómo sentí, uff me sentía una puta hermosa, Matías me estaba cogiendo increíble. Empezó suave e iba subiendo el ritmo. Hicimos una pausa para tomar algo, teníamos sed y no solo de sexo…

    Luego de hidratarnos, me subí arriba de él y no tengo palabras para describir como me mojé, me empapé toda. El chabón me llevo hasta el cielo con todo su cuerpo, me hizo gozar como una hija de puta y me cogió como me lo merecía. Fue increíble el buen uso de ese tiempo que nos dimos, me encantó. Él me preguntó: ¿Qué querés hacer vos? – Decime. Yo no tenía idea pero dije: me voy a poner en 4.

    Él se dedicó a complacerme y a hacerme sentir bien, me cogió como no pensaba. Me volvió loca. Nos reímos, charlamos de boludeces y después, simplemente me la puse en la boca y él me dio toda la leche. Me vestí, me pagó y le dije: -Debería pagarte yo a vos y me fui.

    A los 3 días, recibí un mensaje que decía: Hola, ¿cómo estás? Si tenés libre el sábado podríamos vernos. Definitivamente algo hice muy bien…

  • Las tangas de mi suegra (1 y 2)

    Las tangas de mi suegra (1 y 2)

    Hoy les vengo a contar la historia de Rafa, un lector que me envió su historia.  Una historia que creo que muchas veces hemos soñado con que nos pase algo así. Rafa me cuenta que él es alto, delgado, de cabello castaño y ojos color café. Su novia de estatura pequeña, delgada, tetas pequeñas pero un culo hermoso y redondo. Su suegra de la altura de su novia, 40 años, delgada, culo hermoso, redondo y mas grande que el de su novia y tetas pequeñas.

    La historia que me cuenta Rafa es la siguiente.

    Yo tenía una relación normal con mi novia, la iba a visitar, nos manteníamos en su habitación en su sala viendo películas, platicando y cuando teníamos la casa sola teníamos sexo cada que podíamos. Su madre empezó a divorciase de su padre, y la actitud de ella empezó a cambiar. Se empezó a vestir mas sexy, con ropa mas apretada y yo lo empecé a notar. Pues para tener 40 años, una hija y una vida atareada de trabajo, la verdad tenia un cuerpo impresionante. Yo cada vez que tenia oportunidad la abrazaba y cuando quitaba mi mano la baja suavemente hasta llevar a su cintura y cadera y notaba que ella no decía nada. Me encantaba verla por que tenia un cuerpo impresionante.

    Un día yo estaba con mi novia viendo una película, y pues fui al baño, y me llevo una muy bella sorpresa, en el tubo que sostiene la cortina había 3 tangas recién lavadas y colgadas para que se secara, debo decir que 2 tangas eran de encaje y la otra era un hilo dental. Yo con la confianza que le tenia a mi novia y por conocer su ropa interior, no las conocía, entonces tome una tanga, y llegue con mi novia para molestarla y le dije – esta tanga nueva me gusta mucho cuando la vamos a estrenar – oh sorpresa, me contesta – esa tanga no es mía, es de mi mama – yo molestándola con la tanga y la tenia casi entre los dientes, no se que cara hice y solo le dije que disculpara, ella me dijo – no hay problema, igual si quieres me la robo y la usamos – yo solo podía pensar en cómo se vería el hermoso culo de mi suegra en esa tanga.

    Pasaron los días y mi suegra se hizo una cirugía, se agrando las tetas y no podía dejar de verla, toda ella esta perfecta. Usaba vestidos pegados, donde se le notaba las tangas que usaba y cada vez que llegaba, yo amaba entrar al baño para ver que tangas nuevas tenia y cuales había usado. Ya caliente me encantaba oler sus tangas, amaba ese olor. A veces cuando ya era tarde ella estaba solo en playera y sin bra y se le notaban los pezones. Yo siempre quería quedarme hasta tarde para verla.

    El día llego, yo entre a su casa para ir a traer unas cosas que mi novia había olvidado en su cuarto, y mi novia me dijo – ve por ellas yo te espero en el coche – cuando yo entro a su casa, ella estaba en tanga sin pantalón, era una tanga de encaje azul, le quedaba perfecta, su culo, sin estrías, redondo, bien formado. Yo entre y quede paralizado por un segundo ella volteo y me dijo – hola rafa pasa adelante, perdón por estar así – yo no podía dejar de verla era impresionante y ella me dejo verla yo estaba con la verga parada a mas no poder y ella lo noto, vi cuando sus ojos bajaron a mi pantalón, vio mi verga bien parada, solo empezó a reírse y me dijo – ay rafa – entro al baño y fue lo que paso. Luego de eso cada que podía buscaba sus tangas para olerlas y las robaba de la ropa para masturbarme con ellas.

    Esta es la primera historia de Rafa, me encanto, creo que todos hemos tenido una suegra con la que todos tuvimos fantasías.

    Parte 2:

    Rafa me cuenta la segunda parte de su historia.

    Como te había contado logre ver a mi suegra en tanga, encaje azul, tanga hermosa, ella perfecta, era la imagen perfecta. Luego de eso, note que ella se acercaba mas a mí, cuando yo la saludaba y la abrazaba, notabas esos abrazos que son de frente, donde si puedes sentir todo.

    Como mi suegra se acaba de operar las tetas, me encantaba abrazarla por la cintura y cada que la saludaba o la despedía le pegaba mi verga, y mas que al verla siempre tenia una media erección, si no era en su pierna era directo en su vagina. La primera vez que lo hice, sentí como ella no noto, porque dio un pequeño brinco, pero nunca dijo nada. Luego yo lo hacia constantemente y ella no decía nada. Ella estaba recién divorciada y yo intentaba tener algo con ella. ella respetaba a su hija y nunca paso nada, solo los arrimones de verga y que al bajar mi mano siempre pasaba tocando su culo. Y en las noches que ya estaba sin bra y solo en playera, me encantaba verla así.

    Como te dije con mi novia, cada vez que teníamos casa sola, teníamos sexo. Aun recuerdo que era un viernes, estábamos viendo una película de acción en su cuarto y yo fui al baño y vi un hilo de mi suegra, era negro y tenía unos triángulos dorados de decoración, la verdad estaba muy bonita, en ese momento empecé a tener una erección y pues teníamos casa sola, así que llegue con mi novia, un poco de juego previo, tome un condón y empezamos a tener sexo. Cuando estamos en medio de todo, logre escuchar la puerta del cuarto. Mi suegra había llegado, nosotros no habíamos escuchado. Yo la verdad solo saqué mi verga, me cubrí con las manos, mientras mi suegra nos veía, yo no sabia si estaba enojada o que. Se quedo en silencio unos segundos mientras mi novia le decía – perdón mami lo siento – ella solo le dijo que saliera que iba hablar conmigo un momento. Mi novia tomo su ropa y salió al baño a cambiarse. Mi suegra cerro la puerta del cuarto, yo estaba de pie cubriéndome con las manos, ella se acerca a mí, con una mirada molesta, pero una leve sonrisa y yo estaba confundido. Ella toma un dedazo de papel, toma mis manos y me descubre la verga mientras me dice – por eso tienes loquita a mi hija – con el papel me quito el condón, lo tiro en el bote de la basura y empezó a tocarme, yo por un momento no sabia que estaba pasando, mi suegra me estaba masturbando, mientras me decía – no es correcto que tengas sexo en casa cuando no estoy porque si llega alguien más y te encuentra así no será así de delicada como lo soy yo – ella seguía masturbándome y yo solo le pedía disculpas, ella me decía – no hay problema, pero si mi hija te pregunta tienes que decir que te regañe fuerte – yo ya estaba a punto de terminar, y ella lo noto y me dijo – antes de que te vengas me avisas para tomar un papel, además se que te encanta mi ropa interior, se que te has robada una o dos tangas, lo he notada y no me molesta – no pude mas y termine, ella me limpio la verga y me dijo – no es bueno que te quedes sin terminar porque después te puede doler – me dio un beso en la boca y me dijo – recuerda que te regañe y que esto nunca paso – yo quede sin palabras y solo asentí con la cabeza. La verdad fue la mejor masturbada de mi vida termine a chorros, ella controlo todo muy bien para que no manchara nada, pero fue increíble, la mejor noche que he tenido.

    Así termina la historia de Rafa. El me envió fotos de su suegra, me pidió que no las compartiera, pero tengo que confesarles, el tiene toda la razón, ella para la edad tiene un cuerpo increíble, y siento envidia por lo que le paso, con ese cuerpo increíble yo estaría detrás de la suegra y no de la novia.

    Si quieren enviarme sus historias y que los ayude a conseguir sus fantasías con sus madres, escríbanme al correo:

    [email protected], y con gusto yo los ayudare.

    Saludos.