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  • Enseñando a mi sumiso a comer pollas

    Enseñando a mi sumiso a comer pollas

    Sé que otras Amas, en tu vida pasada (esa que ocurrió antes de pertenecerme y que ni siquiera deseas mencionar) te ordenaron comer pollas a sus sumisos o a algunos juguetes en alguna sesión grupal en la que participaste hace bastante tiempo.

    Pero hoy es el primer día que YO voy a ordenarte comerte una polla para mí. No lo sabes, y eso me excita aún más. Crees que esta noche haremos una de esas cenas de jamón, queso, vino y BDSM que tanto nos gustan los viernes. Pero esta noche no será exactamente como otras. Esta noche no estaremos solos. Tengo una sorpresita para ti (o unas cuantas más bien).

    Era un viernes de invierno. Uno de esos días desapacibles de viento, lluvia y frío en Madrid. Como todos los viernes, los dos habíamos teletrabajado por la mañana, habíamos comido juntos en un restaurante japonés que nos encanta, y nos habíamos ido a dar una vuelta por el centro de la ciudad, porque te había dicho que quería comprarme algo de “ropita sexy” que había visto por internet.

    Por supuesto, aceptaste la invitación y me acompañaste encantado. Te gusta acompañarme de compras porque, aunque no te gusta el hecho en sí de ir de compras… sabes que siempre tengo alguna sorpresa en los probadores de mis tiendas de referencia. Y aquel viernes no fue una excepción.

    Mientras miraba ropa de un perchero a otro, sentía que estabas detrás de mí, como el perrito faldero que eres. Pero te notaba ausente. Aburrido. Quizás ese fue tu primer error esa tarde. Si hubieras estado atento, te habrías dado cuenta que elegí varios leggings de látex para llevarme al probador. Con un giro de cuello y después de darte un fugaz beso, te dije:

    “¿Me acompañas al probador para ver qué tal me sientan estos leggings, mi amor?”.

    Sin dudar, sonreíste y nos dirigimos a la zona de probadores. De rodillas me descalzaste y me ayudaste a quitarme las mallas negras. Cuando salieron por mis pies, y aprovechando que estabas de rodillas, agarré tu cabeza con fuerza y la llevé a mi entrepierna diciéndote:

    “Huele, puta… Dime, ¿A qué huele tu Dueña?”

    Moví mis caderas para hacerte sentir mi coño frotándose con tu nariz y boca, y cuando solté algo la presión, contestaste:

    “Huele a gloria, Ama. Este es mi lugar favorito del mundo”.

    Te besé y te dije que eras muy tonto, pero me arrancaste una sonrisa y te miré con ojos de amor. Es increíble cómo me pueden dar tantas ganas de humillarte y de abrazarte en la misma décima de segundo. Es parte de nosotros. De nuestra magia. Pero dejé de pensarlo para seguir adelante con mi plan, y te dije que me ayudaras a ponerme los leggings que había elegido.

    Me quedaban increíbles. Perfectos de culo, me hacían unas piernas estilizadas y además, a pesar de mi escaso 1,60, también me quedaban perfectos de largo. Estaba contenta, y también me gustó ver la erección que me devolvían tus vaqueros, así que aprovechando la situación, te dije que ya que estabas empalmado, te quitaras los pantalones.

    Estoy segura que cuando obedeciste y te quitaste los vaqueros pensabas que jugaría contigo. Lo sé por la cara que se te quedó cuando te di los segundos leggings que había cogido para ti. No entendías nada, hasta que te dije:

    “Pruebatelos, bonita. Quiero ver qué tal te sientan, y así podemos vestirnos igual. ¿No te hace ilusión, puta?”.

    Con la cara que se te pone cuando algo te da vergüenza, y una erección todavía mayor, me contestaste que claro que te hacía ilusión, y te los probaste para mí. Después de algo de trabajo, conseguiste cerrarlos. Te quedaban muy apretados, y todavía se marcaba más la erección de tu ridícula polla bajo el látex negro y brillante… pero me encantaba lo zorra que te hacían. Aún más de lo zorra que eres, ya que el hábito no hace al monje. Casi nunca. Porque tengo la suerte de tener a la más puta. Por dentro y por fuera.

    Muy contenta de comprobar lo bien que nos quedaban los leggings a los dos, pagamos y nos fuimos para casa. Ya lo tenía todo pensado y estaba feliz, así que nos fuimos directos al salón, encendimos la chimenea y nos tomamos un café en el sofá mientras charlábamos de lo divino y de lo humano.

    Al rato pusimos música y nos sentamos cómodamente a leer. Yo en el sofá y tú a mis pies, con la espalda apoyada en el sofá, y mis pies jugando con tu cabeza y con tus hombros. Después de un buen rato me di cuenta que no podía concentrarme en leer. Estaba muy excitada pensando en aquella noche de viernes, así que cogí el teléfono y abrí Skype. Allí estaba Mario. Un juguete al que me había follado el verano pasado en nuestras vacaciones en Málaga, y que casualmente me había contactado tres o cuatro días atras para decirme que pasaría ese fin de semana en Madrid. Lo que tú no sabías, es que Marío sería nuestro invitado durante el fin de semana.

    Hablé un rato con él para asegurarme que el plan que había trazado hace algunos días seguía adelante. Mario me contestó que por supuesto contara con él, y que estaría a las 20:30 en el portón de casa. Le di instrucciones precisas de cómo quería que fuera el encuentro. Quería sorprenderte y comprobar tu reacción, así que le pedí a Mario que recogiera la llave de casa que dejaría para él en la cafetería que está a escasos cuarenta metros de casa y le indiqué que entrara por la puerta de la cocina a las 20:30 en punto. Le pedí que atravesara la casa, se desnudara y se sentara en el sofá del salón. Después de confirmar que lo había entendido todo y que estaba de acuerdo con el plan, solté el teléfono y entonces descubrí que me estabas mirando.

    Me conoces muy bien, y notaste perfectamente mi cara de ilusión y de excitación, pero conseguí “engañarte” (una de esas mentirijillas piadosas) diciéndote que te estaba preparando una sorpresa para dentro de unos fines de semana, y que estaba hablando con Javier (otro de nuestros juguetes estables)… pero que aún no podía decirte nada. Me miraste con ojos de cordero degollado y buscaste mis pies con tu boca. Me dejé hacer. Adoro cómo lames mis pies. Cómo te entregas a ellos. El ansia de tu mirada y sentir tu lengua recorrer dedo a dedo mis bonitos y pequeños pies. Pero no te dejé seguir. Buscabas subir a mi coño, pero no te di permiso y cuando -atrevido- quisiste subir para meter tu cabeza en mi entrepierna te dije que siguieras con los pies hasta que yo te lo dijera.

    Por supuesto, obedeciste sin rechistar, aunque noté cierto halo de decepción en tu mirada. Cuando pensé que era suficiente, y sin dejar de mirar el reloj, te dije que fueras a Sánchez Romero a comprar medio kilo de jamón ibérico, otro medio de lomo ibérico, una cuña de queso muy curado, nueces y uvas. Teníamos muchas botellas de vino, así que no hacía falta que comprases.

    “No te entretengas, mi amor. Tengo hambre y eso que apenas son las 19:30”.

    En cuanto saliste de casa para meterte en el coche y comprar lo que te había ordenado, subí a la habitación. Preparé mi ropa y también la tuya. Elegí para los dos lo mismo. Leggings de látex negros, zapatos de tacón negros, un tenga negro para cada uno, y un top rojo muy apretado. Ni tú ni yo llevaríamos sujetador. Quería que vieras mis pezones duros y excitados con la sorpresa que tenía preparada.

    A las ocho en punto de la tarde, apareciste por casa con la compra. Te pedí cortar el lomo y el queso y preparar la mesa con dos copas y una botella de Mauro de 2014 que también te pedí abrir para que fuera aireándose. Te dije que cuando terminaras de prepararlo todo y de poner la mesa, subieras a ducharte conmigo, así que fue lo que hiciste, aunque cuando llegaste a la ducha, viste que yo estaba vistiéndome. Adoras ducharte conmigo, jabonar mi cuerpo, echarme crema, secarme… pero no teníamos mucho tiempo… aunque claro, tú eso no lo sabías.

    Mientras me vestía y maquillaba, fuiste duchándote. Eran las 20:20 y salías de la ducha. Miré el reloj y pensé que había conseguido cuadrar los tiempos perfectamente. Imaginaba que Mario estaría pidiendo las llaves en el bar, pero por asegurar que nada salía mal, abrí Skype en el móvil y le pregunté. Efectivamente ya tenía las llaves en el bolsillo y estaba esperando a que fueran las 20.30 para cumplir mis órdenes, entrar en casa, y desnudarse en el sofá.

    Cuando saliste de la ducha y viste que me había puesto los leggins negros, mis zapatos de tacón de aguja negros y un top rojo, a juego con mis labios y bien maquillada, preguntaste en plan de broma si se celebraba algo. Sonreí y te indiqué que tenías tu ropa encima de la cama de nuestra habitación. Te ordené que fueras vistiéndome, porque quería maquillarte y pintarte los labios con la misma barra de labios roja que lo había hecho yo.

    Sin dudar, obedeciste mis órdenes. Te pusiste los leggings negros de látex, tus zapatos negros de tacón, un tanga negro y un top rojo, y con esos andares torpes que sueles tener cuando te subes en los 11 cm de tus zapatos, te acercaste a mí. Según te vi me pareció que estabas muy sexy vestida de mujer, y te besé. Tus manos empezaron a recorrer mi cuerpo, y te contesté separándome de ti y dándote un buen tortazo. Te quedaste inmovil junto a mí. Entonces te escupí en la cara y te volví a besar mientras te ordenaba ponerte de rodillas para pintarte los labios.

    Te maquillé y te pinté los labios. Te dije que estabas muy guapa, y que tenía muchas ganas de ese viernes de jamón, queso y BDSM. Sonreiste y pude ver tu erección marcarse claramente por debajo de tus apretados leggings negros. No pude evitar sentir cómo me mojaba al pensar lo que vendría después.

    Cuando estuvimos listo, te puse el collar de cuero negro con la correa dorada, y nos dirigimos al salón. Al entrar, te diste cuenta de que aquel chico con quién habíamos jugado en la playa, estaba desnudo y sentado en el sofá. Te ordené que te quedaras de rodillas en mitad del salón, con la frente apoyada en el suelo, y fui a saludar a nuestro invitado.

    Al verme así vestida, o al pensar en lo que ocurriría, Mario comenzó a excitarse… y agarrando su buena polla con la mano, le dije que le veía con ganas de jugar, a lo que Mario contestó con un breve:

    “Llevo toda la semana pensando en ti. Llevo todo el día excitado. Siempre es un placer poder estar a tus pies, Laila”.

    Sentía que estabas apretando la mandíbula arrodillado en medio del salón. Alguna vez me has dicho que prefieres prepararte mentalmente cuando hay juegos con mis juguetes, pero sabes que haremos siempre lo que yo desee.

    Mientras charlaba con Mario, y de forma intencionada, iba soltando comentarios que sabía que irían preparándote. Quería humillarte y que ambos disfrutáramos de ello, así que hacía comentarios algo forzados sobre la dureza de la polla de Mario, lo bien depilado que estaba, o las ganas que tenía de subirme encima de su polla mientras te besaba. Incluso te pregunté:

    “Cariño, ¿tienes ganas de besarme mientras me follo a Mario?”.

    Sintiendo tu humillación y casi viendo el rubor en tus mejillas, me contestaste que tenías muchas ganas de disfrutar de mí placer, y que te apetecía muchísimo besarme mientras cabalgaba a Mario.

    Entonces, y sin que esperaras nada parecido, te dije que te acercaras al sofá en el que Mario y yo estábamos sentados charlando. Cuando estuviste muy cerca, ordené que te levantaras para que Mario viera lo guapa que estabas. Y sin apenas darle tiempo al juguete a elogiarte, me levanté y me puse a tu lado. Era evidente la diferencia de altura, pero Mario se dio cuenta de que estábamos vestidas y maquilladas iguales, y comentó:

    “¡Qué morbazo, Laila! Llevas a tu puta vestida igual que tú. No se te ocurre una idea buena. Jajaja”

    Me reí y le pedí a Mario que se pusiera de pie a nuestro lado. Llegó a nuestro lado con una buena erección, y al mirarte, descubrí (no sin esperarlo) que tu mini polla estaba excitada y empujaba el leggings, mostrando un bultito que indicaba tus ganas. Te ordené ponerte de rodillas frente a Mario, que tenía su miembro de 17cm a escaso medio metro de tu boca.

    Entonces, te sorprendió ver que me arrodillaba a tu lado, sacaba un condón del bolsillo trasero de mi leggings, y le colocaba el condón a Mario con mis propias manos. Cuando estuvo bien colocado, comencé a comerle la polla. Tú no te movías, y yo le comía la polla con calma, haciendo círculos con mi lengua en su glande, y metiéndome cada uno de sus 17 cm dentro de mi boca. Estaba muy excitada por sentir cómo crecía más y más… y cómo estaba cada vez más dura, mientras sus gemidos aumentaban de intensidad, pero me excitaba aún más prácticamente escuchar el crujir de tu mandíbula al verme hacer lo que tanto te gusta que te haga a ti.

    En un momento dado. Paré y miré a Mario desde el suelo, para preguntarle:

    “¿Te gusta, Mario?”

    Obviamente, Mario contestó que le estaba encantando, y que hacía unas mamadas increíbles. Sin más dilación, continué chupando, a ratos solo con la boca, y en otra ocasión acompañando mis movimientos con la mano. Mario estaba cada vez más excitado, y preferí bajar un poco el ritmo hasta que paré y me giré a ti. Estabas de rodillas, observando de cerca como le daba placer al juguete mientras te dejaba de lado.

    Entonces, te pregunté:

    “¿Quieres un poco, mi amor? ¿Te gustaría comerle la polla a Mario?”

    Agachando la cabeza, dijiste que te encantaría, así que te invité a comerle la polla como mejor supieras.

    Quizás por los nervios o quizás por la sorpresa, estuviste bastante torpe. Mario se retiró en una ocasión porque le hacías daño con los dientes, así que delante de él, y a modo de disculpas, te di varias bofetadas en la cara sin pausa. Fueron 10 o 12. Una en cada lado. Después de cada bofetada, con la voz cada vez más rasgada por la humillación y por la excitación, te hice repetir:

    “Perdón Mario por ser tan torpe. Gracias Ama por enseñarme a comer pollas y a ser la mejor puta”.

    Después de sentir que tenías la cara ardiendo y que mis propias manos me quemaban, te animé a seguir, poniendo algo más de atención. Sabes perfectamente lo mal que me sienta que no hagan disfrutar a mis juguetes como yo misma lo haría, así que esta vez te esmeraste mucho más y le dedicaste una buena mamada a nuestro invitado.

    Estaba tan caliente, que le pedí a Mario que se sentara en el sofá, acercando el culo al extremo, de modo que los dos (cada uno por un lado) nos besábamos mientras nuestros labios le hacían una mamada al unísono. Con los labios pintados de rojo, estábamos dejando el condón con muestras de carmín. Así estuvimos un buen rato. Compartiendo esos maravillosos 17 cm de polla como una piedra, hasta que paré de golpe y mirándote a los ojos, te pregunté:

    “¿Qué prefieres, mi amor? ¿Quieres que me suba encima de Mario y me lo folle ahora que está bien duro, o prefieres que sigamos juntos comiéndole la polla hasta que se corra?”

    Odias esas situaciones. Aunque has mejorado mucho, siento la tensión en tu mandíbula. No contestabas, así que, para ayudarte un poco, te escupí en los ojos y te pegué un buen bofetón, requiriendo una respuesta inmediata.

    Cuando levantaste la mirada, había fuego en tus ojos. Mirándome de frente, me dijiste:

    “Quiero que te lo folles, mi amor. Pero quiero besarte mientras lo haces. Hasta que te corras”

    “Muy bien, preciosa… como desees”, contesté.

    Y sin perder más tiempo, me subí encima de Mario para follármelo pausadamente. Me pediste un beso, y te dije que sí. Que te colocaras detrás del sofá y me besaras. Y eso hicimos. Un beso precioso, largo… excitante, que duró los 5 minutos que tardé en correrme mientras subía y bajaba de su deliciosa polla, tratando de controlar mis gemidos y las ganas de morderte los labios.

    Tú no lo sabías, pero le había ordenado a Mario que no se corriera bajo ningún concepto si se daba la situación en la que follábamos. Quería que se corriera en tu boca, así que, después de limpiarme el coño, las piernas y el culo con tu lengua, te di una orden concisa y sencilla, que cumpliste inmediatamente.

    “Ponte a cuatro patas y cómele la polla a Mario, corazón. Te he visto con ganas de chupársela como lo hace una buena puta. Venga. Cómetela para mí, cariño”.

    Sin dudar, te agachaste y comenzaste la labor. Le estabas haciendo una buena mamada, acompañada por gemidos, miradas desde abajo y un ansia que jamás te había visto. Apenas pasaron 3 minutos, cuando Mario no aguantó más y, después de pedirme permiso, se corrió en tu boca. Dentro del condón, pero agarrándote la cabeza y provocándote alguna arcada que otra mientras sus caderas empujaban dentro de tu garganta al ritmo de su corrida.

    Al mirarme con los ojos llorosos por el esfuerzo, me diste las gracias por enseñarte a comer pollas, y yo me acerqué a ti para besarte. Mientras te miraba, después de besarte, no pude evitar volver a excitarme. Tu rimen corrido, el maquillaje de tus ojos resbalando por tus mejillas, el pelo mojado por mi corrida y mis escupitajos… y cuatro dedos marcados en cada lado de tu cara. Te miré y te djie que ahora sí que te habías convertido en una auténtica comepollas. Una zorra. Una puta de manual. Sin poder evitar el escalofrío que recorrió mi espalda le dije a Mario que te desvistiera.

    Desnudo y con su polla en estado morcillón te desnudó, y os coloqué hombro con hombro.

    “Eres patético, mi amor. Tu polla erecta es más pequeña que la de Mario después de haberse corrido. Pero no te preocupes… no es lo que voy a utilizar de ti ahora mismo”.

    Y sin mediar palabra, tiré de la correa y te coloqué en el suelo a cuatro patas, ante la mirada de Mario. Te pedí que pusieras tus manos en la espalda, y las até con una brida. Me encanta esa postura. Estás tan indefenso ante cualquiera de mis embestidas… Pero no quería que te cayeras al suelo, y utilicé a Mario de parapeto. Le pedí colocarse a cuatro patas delante de ti, para que le comieras el culo. Mientras lo hacías, me coloqué el arnés y no tardé en entrar dentro de ti. Al principio despacio, pero cuando el último centímetro del dildo desapareció en tu culo de puta, comencé a follarte más fuerte. Gemías como la puta que eres, pero no querías desobedecerme, así que eran unos gemidos ahogados, ya que tenías la lengua ocupada en el culo de Mario, que también gemía de placer mientras, con su mano derecha comenzaba a masturbarse.

    Me excitaba muchísimo la imagen. Yo follándote. Tú comiéndole el culo mientras tanto a nuestro invitado, y este último, que acababa de follarme y que no hacía ni cinco minutos que se había corrido en tu boca, masturbándose. Era un espectáculo digno de ver. Respiraciones agitadas. Gemidos incontrolados… y yo acelerando el ritmo y la intensidad de mis embestidas. Entonces, mientras seguíamos en esa posición, y sin parar un instante, agarré tu ridícula polla y comencé a masturbarte. Al principio me costó, porque no estabas dura… pero aquello no tardó en coger robustez. Entonces, saliste un segundo del culo de Mario y me pediste correrte, a lo que contesté.

    “Os vais a correr a la vez, como los buenos amiguitos. Y lo haréis en 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1… ¡ya!”

    Tu orgasmo fue inmediato. Te descargaste inmediatamente mientras yo apretaba tu pollita, pero Mario no pudo correrse. Avergonzado, me pidió perdón, pero le contesté que no se preocupara… que él no era mi prioridad. Que mi prioridad siempre sería mi puta, y que había cumplido con parte de lo que quería de él. Entonces, te pedí que le acompañaras a la ducha, le dieras una toalla y le llevases su ropa.

    Al bajar, te ordené vestirte como la puta que eres. Con tus leggings, el tanga, los tacones y el top rojo. Nos besamos y te dije lo orgullosa que estaba de ti. Lo bien que te habías portado y lo feliz que me hacía ver tu evolución. Te pregunté si te apetecía que Mario se quedase a cenar y a dormir con nosotros, y contestaste que sí. Pusiste otra copa, otro servicio, y pasamos una agradable noche de jamón, queso, vino y… BDSM.

  • Jugando al escondite

    Jugando al escondite

    Recuerdo una chica, de melena rubia, menuda, delgada y con unos bonitos ojos verdes, con la que solía quedar hace años.  Cuando empezamos a vernos ella acababa de cumplir 18 y yo tenía solo 3 más que ella. Su juventud se notaba en la forma de comportarse, sin tomarse nada en serio. Siempre saltando, riendo, bromeando y pensando que hacer para divertirse. Le encantaba revivir los juegos de su infancia.

    María nunca se había acostado con ningún chico. Decía que no estaba preparada, y a mí… bueno, aunque me dejó claro que tendría que esperar, hubo un día en que hablando sobre el tema, le dejé claro que meterme en la cama con ella era algo con lo que soñaba a menudo. Le dije que no iba a estar mencionándolo constantemente, así que decidiría ella el momento. Le pareció bien la idea.

    En nuestros encuentros, a veces hacíamos bastantes cosas juntos, y en lo que se refería a “cosas intimas”, todo consistía en encontrarnos a veces para estar solos y besarnos durante un rato, compartiendo caricias y algunas palabras cariñosas. Cuando ella me notaba muy acalorado, apenada de no estar preparada para avanzar un paso más, se dejaba hacer algunas cosas (supongo que no sabía que servían precisamente para calentarme aún más).

    A veces subíamos a su cuarto, quitábamos todos los muñecos de peluche de la colección que tenía encima de su cama y se tumbaba, luego se levantaba la camiseta y se quitaba el sujetador para dejar que probara sus pechos durante un rato. Yo lo hacía con cuidado, intentando que también le gustara a ella, saboreando sus pezones, que a pesar de tener delantera bastante generosa, eran pequeños y se endurecían con facilidad. En ocasiones no podía dejar de intentar acariciar sus piernas y subir con cuidado la mano hacia su sexo, pero me paraba siempre antes de que pudiera llegar a él o apretaba fuerte las piernas para negarme el acceso.

    Mi amiga tenía un escote y un cuello muy sensibles a los besos y disfrutaba mirándome y acariciándome mientras recorría con mi lengua toda la parte superior de su cuerpo. Que la besara en el ombligo la hacía reír, y que mordiera con cuidado sus pezones la excitaba bastante, así que llegaba un momento en el que tenía que pararme para no sucumbir a sus instintos y, como le daba vergüenza decírmelo, para poner fin a aquellos peligrosos instantes se ponía a jugar y hacerme cosquillas hasta que la distracción enfriaba las cosas. Así, con el tiempo y estos pequeños juegos, María iba queriendo adentrarse poco a poco en el sexo.

    Recuerdo que un día encontró uno de mis cuadernos de fantasías y relatos y después de hojearlo me pidió que se lo dejara para un viaje que iba a hacer en verano.

    Mientras estuvo de viaje hablábamos por teléfono todas las noches y me preguntaba sobre cosas que había leído y despertaban su curiosidad. Terminó el cuaderno en solo unos días, porque al parecer se aburría en las vacaciones con sus padres y tenía mucho tiempo libre que dedicar a la lectura.

    Cuando volvió y me trajo de vuelta cuaderno, hablamos y me dijo que le gustaban mis fantasías. Por lo visto le parecían imaginativas, pero también le excitaban, y muy avergonzada pero con la intención de provocarme, me confesó que se había masturbado varias veces durante las vacaciones, casi una vez con cada aventura que había leído. Susurrando y poniéndose colorada, me contó como lo hizo en la bañera del hotel, en su cama por la noche revolviéndose entre las sábanas, e incluso una vez en secreto y siendo silenciosa mientras hablábamos por teléfono en la distancia.

    Aquello me sorprendió pero también me hizo sentir muy halagado.

    Siguió narrándome como en un día de playa que había estado leyendo llegó un momento en que tuvo que meterse al agua hasta que le cubriera lo suficiente y acariciarse disimuladamente metiendo sus manos por debajo de su bikini morado favorito. Al final le pregunté si eso significaba que quería tener sexo conmigo, pero al parecer seguía sin ser el momento.

    La espera continuaría algo más de tiempo.

    Seguimos viéndonos cada vez más veces en mi casa o en la suya cuando no había nadie, me preguntaba cosas sobre mis fantasías, con curiosidad, mientras nos devorábamos el uno al otro y a veces me dejaba acariciarle o besar su cuerpo con la misma condición de siempre: no bajar de su cintura.

    Recuerdo otra ocasión en que, mientras estaba sentado, se acercó a mi oído y me dijo que quería “hacerme una paja”. Durante un rato no pude parar de reír, por la forma algo brusca y fuera de contexto en que lo dijo, y también me chocó un poco, pero por supuesto me excitaron sus palabras, así que le expliqué que yo estaba dispuesto a todo y si quería algo en vez de decirlo y ponerse tan colorada como estaba ahora, lo mejor era que simplemente lo intentara y si no me parecía bien yo se lo diría para que parara.

    Sentada frente a mi, se echó un poco hacia atrás y separó las piernas para tener espacio y poder desabrocharme el pantalón y meter su mano en mi ropa interior en busca de mi sexo. Iba demasiado rápido y se notaban sus nervios, así que, con la intención de que se relajara, empecé a besarla, a saborear su lengua y sus labios mientras dejaba que mi miembro se endureciera entre sus dedos. La besé un poco por el cuello, pero me hizo parar. Decía que la ponía muy mala y que me relajara y me dejara hacer, dejándome como único encargo que le guiara un poco, ya que ella no sabía como hacerlo y le daba miedo hacerme daño.

    La verdad es que María era un poco inocente, o tal vez solo lo fingía… Pero eso tenía su punto morboso.

    Empezó a deslizar su mano, moviéndola arriba y abajo por todo el tronco preguntándome si lo hacía bien y asintiendo solo le corregí para que lo hiciera más lento. Quería que me permitiera disfrutarlo, con calma, jugando y sin centrarse solo en una zona. Siguiendo mis instrucciones hizo algunos círculos con su pulgar sobre mi glande y relajó sus caricias para que fueran calmadas, sin apretar, dejando que la palma de su mano solo se deslizara y acelerando al ritmo de mi respiración. Al mismo tiempo, mientras me tocaba yo masajeaba un poco su pecho. Hacerlo me excitaba y notaba más placer con las atenciones que me estaba dedicando. Luego, al cabo de muy poco tiempo le pregunte si podía humedecerse un poco la mano, pero no quiso y parece que aquello interrumpió un poco su juego y le puso nerviosa, así que tuvimos que parar. Como siempre parece que estaba reprimiendo sus deseos para no llegar hasta lo que, en ese caso, parecía darle un poco de respeto.

    Hablamos de ella, de su placer, de cómo se sentía y si quería que yo hiciera algo para que tuviera su momento. Pensé que si se había complacido leyendo mi cuaderno podía hacérselo yo mientras le improvisaba algo al oído, pero era demasiado vergonzosa y, aunque le apetecía prefirió, dejarlo para más adelante.

    Siguieron pasando las fechas y nuestra extraña relación continuó. Mi amiga seguía como siempre, con sus juegos, sus anécdotas y su buen humor, pero a la hora de dormir solía mandarme mensajes subidos de tono. Noche tras noche preguntaba que me gustaba de su cuerpo, si había disfrutado compartiendo cosas con ella, y me confesaba que le apetecía dejarse llevar un poco más cada vez y no paraba de luchar contra el ser una chica tan tímida.

    El tiempo pasó de nuevo hasta que una noche, de madrugada, dijo claramente que estaba decidida a acostarse conmigo, que se sentía a gusto, preparada y ya le podían las ganas, pero después de aquel último mensaje, estuvo fría y distante durante semanas. Se dejaba besar, pero huía del contacto físico. Dejó de proponer encuentros conmigo, así que solo la veía si era yo quien le preguntaba si podíamos quedar. Empecé a pensar que lo mejor era dejarlo pasar, que quizá había dejado de gustarle, pero como también me preocupaba su estado de ánimo decidí que debíamos hablar para ver que le ocurría. Así que nos vimos a solas en mi casa una tarde de verano y nos sentamos en el sofá. María se distrajo con la tele y estaba muy callada, era difícil hablar con ella y las cosas parecían estar en una situación complicada. Así, tras mucho esfuerzo, cuando conseguí que me contara que le pasaba, vi todo claro. Tenía miedo y estaba tensa por sus deseos. Quería ser buena amante pero no sabía como, quería dejarse llevar pero no sabía de qué forma empezar, tenía dudas sobre su cuerpo e incluso sobre si besaba bien o la experiencia con ella podría resultarme aburrida.

    Intenté tranquilizarla, restarle importancia a sus preocupaciones. El sexo no es tan importante como para preocuparse por todo eso, como si agradar a la otra persona dependiera únicamente de ello. Entonces se me ocurrió una idea para que se relajara. Sacar partido de lo juguetona que era.

    – Vale, vamos a olvidarnos de esta conversación. Juguemos al escondite – le dije.

    – ¿Al escondite? ¿Los dos solos? – me respondió extrañada.

    – Claro, siempre has dicho que te traía recuerdos de tu infancia y te encantaba. Podemos jugar a que tú te escondes por la casa, yo te busco, y si te encuentro te pediré alguna cosa, y si te apetece… tal vez puedas cumplir mi deseo.

    – ¡Pero a ver que me vas a pedir! – me interrumpió.

    – Ey, si no quieres pues pasamos de lo que haya pedido y ya está. Pero después de cada cosa que te pida te tienes que volver a esconder.

    Creo que mi idea le pareció rara al principio, pero aceptó, y enseguida se escondió en alguna parte de la casa mientras yo contaba hasta 20.

    La primera vez la encontré bajo la cama de una de las habitaciones. Me tumbe a su lado en el suelo y le pedí que me besara. Creo que había alguna película con una escena parecida (¿Los amantes del Círculo Polar?). Recuerdo que besarnos así acostados fue especialmente intenso y por fin, noté que María estaba relajada. Empezaba a olvidarse de todo y, después de un tiempo dejando que fuera yo el que comenzara, ella volvía a tomar la iniciativa para que nos enrolláramos.

    Sus labios, especialmente el inferior que era bonito y grueso, se sentían suaves y agradables. Su lengua estaba muy cálida y húmeda y, aunque no podíamos usar las manos, fue una forma interesante de fusionar nuestras bocas, tanto que nos costó separarnos para que yo pudiera contar de nuevo y María corriera a su próximo escondite: un armario.

    Me costó localizarla la segunda vez, parecía que se estaba tomando en serio el juego, pero cuando la descubrí tuve el capricho de que se quitara la camiseta para que esta vez los besos no fueran solo en la boca. Salio de su escondite y dejó que viera su sujetador de encaje que decía haberse puesto para mi, y empezara a recorrer su cuello con mis labios. Estando ambos de pié, yo mordisqueaba un poco los lóbulos de sus orejas y trataba de que se sintiera acalorada por como me movía por su cuello y su nuca, mientras posaba la palma de mi mano sobre su cintura. Ella apartaba su media melena rubia para dejarse hacer, cerraba sus profundos ojos verdes y respiraba de forma entrecortada. Así, después de un rato, volvimos a la realidad, interrumpiendo ese cálido instante para seguir con el juego.

    El tercer escondrijo fue la bañera. Hizo algo de ruido mientras yo estaba contando, así que enseguida supe donde estaba. De nuevo salió para acercarse a mí y me miró sonriendo esperando mi nueva petición. Me encantaba como estaba disfrutando del juego y se la veía relajada y feliz. Esta vez quise que mi quitara ella la camiseta a mi y, mientras lo hacía, empezamos a besarnos de nuevo, a acariciarnos y abrazarnos. María me dejaba masajear y apretar sus senos aun cubiertos por su ropa interior mientras ella recorría mi cuello con sus labios. Deslizaba mis manos por su cintura, su espalda y sus costados, buscaba su lengua con la mía y nuestros cuerpos estaban a escasos milímetros el uno del otro… Uff, pero hubo que parar de nuevo. Las reglas de nuestro pasatiempo mandaban y yo tuve que contar otra vez hasta veinte.

    Creo que a partir de aquí mi joven amiga tenía ganas de que la encontrara pronto porque sus escondites fueron cada vez más torpes. En esta ocasión estaba detrás de una cortina y, cuando aparté la tela, parecía estar esperándome para que volviera a fundir mis labios con los suyos mientras la acariciaba. Hicimos una pequeña pausa para que revelara mi petición, aunque no era difícil adivinar que ahora tocaba quitarle el sujetador. Lo desabroche y ella se lo sacó despacio mientras yo saboreaba cada rincón de su cuello una vez más. Cuando sus pechos estuvieron al descubierto fui bajando hacia su escote para después disfrutar de tener uno de sus pezones en contacto con la punta de mi lengua. Lo lamía, lo chupaba y rozaba levemente con mis labios humedeciéndolo para poder pellizcarlo luego con las yemas de mis dedos mientras iba a por el otro. Ella me miraba y acariciaba mi pelo para acercarme a ella. A veces incluso se juntaba los pechos para que yo intentara lamer los dos pezones juntos o meterlos en mi boca. Umm, esta vez sí que nos costó volver al juego, pero estaba siendo una buena manera de que una joven tan tímida se sintiera cómoda y despreocupada.

    Detrás de la puerta de mi habitación había sido su siguiente opción para ocultarse. Se reía cuando me vio acercarme a ella, directo a acariciar un poco más su cintura y su pecho. La forma en que saboreábamos ahora los labios del otro era entre erótica y divertida. Le mordía con suavidad y luego jugué a conseguir que me sacara la lengua para cogerla con mis labios y chuparla ligeramente. Así, mi nueva petición simplemente ocurrió y no tuvo que ser pronunciada. María se descalzó y yo desabroché su pantalón que con un poco de ayuda de ambos cayó al suelo. Estábamos como escondidos, en un espacio muy pequeño, aun detrás de la puerta, y por fin podía escuchar sus jadeos sin notar que se estaba reprimiendo por vergüenza, o me permitía acariciar sus piernas o su trasero. Cuando comencé a deslizar mis dedos por encima de su ropa interior y a empujarla un poco contra la pared quiso que yo también me quitara más ropa, pero la detuve. Aquello infringía las normas. Por otra parte ella se rendía, respiraba cerca de mi oído y me hablaba de las innumerables noches que había deseado sentir mi mano acariciando su sexo, de lo húmeda que se sentía solo de pensarlo. Desde aquel momento parecía querer que nuestro entretenimiento pasara a algo un poco más serio, pero hacerla esperar para que me deseara más me apetecía tanto…

    Corriendo semidesnuda por la casa María buscó esta vez un sitio para ocultarse que fuera el definitivo. No quería dejarme escapar ni que aumentara la espera, así que simplemente se tumbó sobre la cama y se cubrió con las sabanas. Cuando entré en el cuarto noté la forma de su cuerpo insinuarse bajo la tela y traté de acercarme en silencio. Me senté en la cama y empecé a acariciarla por todo su contorno hasta que asomó la cabeza sonriendo. La descubrí entonces por completo y me acomodé a su lado para recorrerla toda con mis manos, moviéndolas luego desde sus muslos hacía arriba y comprobando que al contrario que otras veces, ahora separaba las piernas para dejarme trepar libremente por su piel. Pronto tuve su ropa interior en contacto con mis dedos y la aparté un poco para permitirme el lujo de estimular su clítoris. Las yemas de mis dedos pronto notaron que estaba húmeda y excitada y resbalaron con facilidad por todo su sexo. Recuerdo como gemía ligeramente y se sujetaba a las sabanas antes de empezar a acompañar mis caricias tocándose a si misma. Masajeaba sus pechos y pellizcaba uno de sus pezones para endurecerlo mientras yo me ocupaba del otro con mis labios. Jugaba con un dedo en la entrada de su sexo a la vez que yo la masajeaba en la misma zona pero un poco más arriba. En algún momento se notó una confianza que siempre había esperado cuando me corrigió cogiéndome la mano y colocándome los dedos para que acariciara justo en el punto que quería en ese momento concreto, sentirlos moviéndose y acelerándose solo para ella, resbalando deliciosamente y con facilidad gracias a la lubricación de sus jugos. Después de un rato María no podía más. Se incorporó en la cama y terminó de desnudarse, pidiéndome después que hiciera yo lo mismo. Con el juego del escondite nuestra ropa estaba ahora repartida por toda la casa y nosotros, desnudos y tumbados en la cama, al contrario que la ropa, estábamos todo lo juntos que podíamos. Me puse sobre María ocupando el espacio que me dejó entre sus piernas, apoyándome sobre los brazos para no echarle demasiado peso encima, y bajando lo justo para sentir el roce de sus pezones en mi piel. Le pregunté si estaba lista para recibirme en su interior, siempre hablando cerca de su oído y en voz muy baja, y ella contestó mordiéndose el labio y afirmando con la cabeza. Con mi mano coloqué mi miembro de forma que cuando empecé a mover mis caderas la punta fuera abriéndose camino entre los labios de su sexo, y aunque costaba un poco al principio, lentamente fui llenándola, observando su reacción antes de empezar a moverme dentro y fuera de ella.

    Sé que al ser la primera vez que se dejaba llevar por sus deseos tuvo un pequeño instante de dolor. Se notaba por como se mordía el labio y apartaba su mirada. Pero también sé que fue un instante muy breve por que pronto estaba pidiéndome que me acelerara, acariciándome el trasero para empujarme un poco y que me moviera más rápido, abrazándome con sus piernas y respirando de forma entrecortada. Hice movimientos lentos con mis caderas que siguiendo sus instrucciones fui haciendo más ágiles, más variados, más apresurados, hasta que el calor que sentía cuando la penetraba hasta el final me excitó tanto que esos movimientos se convirtieron en aun pausadas embestidas que hacían agitarse sus pechos y conseguían que María empezara a gemir y a dejar definitivamente a un lado su timidez para revelarme cualquier cosa que le apetecía y así conseguir que su placer fuera más intenso.

    Decidí prestarle un poco de atención a su clítoris con intensas caricias mientras se la sacaba para poner un poco de pausa, recuperar la serenidad y no terminar antes que ella. Se retorcía entre las sábanas y me pedía que siguiera, y yo me dedicaba a explorarla por dentro con mis dedos, metiéndolos despacio y buscando que el movimiento le hiciera disfrutar al máximo. Al girarlos, mis yemas palparon y rozaron una zona en la parte superior, dentro de ella, que se notó que era especialmente sensible. No dejaba de decir que le encantaba aquello, que siguiera un poco más. Y yo continué, pero solo hasta que estuve preparado para dejarle sentir de nuevo la dureza de mi sexo, ya que entonces coloqué sus piernas sobre mis hombros e hice que levantara un poco sus caderas para que el ángulo en que penetraba que mi glande acariciara aquel punto mágico que había encontrado recientemente.

    María gemía.

    Cerraba sus ojos mientras se sujetaba fuerte a las sábanas. Le invité cogiendo su mano y llevándola hasta su clítoris a que se acariciara un poco para que su placer mayor. Quería que se sintiera libre, plena, feliz, pero aunque me hizo caso, no pudo hacerlo durante mucho tiempo porque se corría. Lo supe por sus jadeos, aunque no dijo nada, todo su cuerpo tembló y su boca entreabierta dejaba escapar los sonidos de su orgasmo en forma de respiración intensa que poco a poco se fue calmando.

    Al contemplar como soltaba las sábanas y sonreía le pregunté y efectivamente había terminado. Ella me hizo la misma pregunta, pero le dije que había aguantado todo lo posible para esperarla y, en ese momento, decidida, se incorporó en la cama y se acercó a mí para conocer que fantasía tenía en ese instante para poner punto final. Mi tímida amante insistía y me besaba. Se abrazaba a mí mientras me preguntaba casi suplicando que podía hacer para que yo también tuviera mi momento, pero yo no sabía que responder por que lo quería todo. No podía decidir de que forma me daba más morbo correrme o sobre que parte de su cuerpo, así que pensé en nuestra historia juntos, en todos los momentos íntimos que ella había tenido conmigo y finalmente le pedí que terminara lo que quiso hacer hace un tiempo con sus manos.

    María se humedeció las manos con un poco de saliva dejando claro que recordaba aquella vez que le conté como quería que lo hiciera, luego empezó a recorrer el tronco de mi sexo, moviendo sus dedos por cada milímetro y haciendo que se deslizaran lentamente y con suavidad. Me miraba y se mordía el labio inferior cuando me veía jadear de placer. Aceleraba sus manos y pasaba a acariciar también el glande y a notarlo palpitando y a punto de estallar, cuando le confesé que iba a correrme.

    Aun tengo la visión de como comencé a expulsar algunos chorros calientes que gotearon sobre sus dedos mientras casi rogaba que no parara aún. No detuvo sus mimos por todo mi miembro mientras yo seguía mojándola con las últimas gotas de leche, hasta que acabé relajado, besándola, acariciando su cuerpo y recuperando el aliento.

    Después de aquel día nuestra relación duró algunos meses más. Hubo más momentos como ese, más historias en las que estábamos solos y no aguantábamos las ganas de comernos el uno al otro.

    Juntos cumplimos muchas de nuestras fantasías más íntimas, probamos posturas que nos despertaban curiosidad y lugares fuera de lo habitual en los que unir nuestros cuerpos. Pero al final, por cosas de la vida tuvimos que separarnos.

    Aunque siempre nos quedará el juego del escondite como recuerdo.

  • Pobre del mesero

    Pobre del mesero

    Quiero platicarles de algo que hicimos el miércoles pasado. Resulta que mi esposa Minerva y yo decidimos pasar la tarde en un motel.

    Después de un rato de caricias, ella me dijo que tenía un poco de hambre.

    (Se me ocurrió algo)

    Que, para jugar y cachondear un poco, estaría muy caliente que ella recibiera al mesero desnuda.

    Mi esposa respondió que le parecía mucho y posiblemente no se atrevía a tanto.

    Pero que se sentía más segura con una toalla puesta.

    Tome el teléfono de la habitación, llame a la recepción y ordene la comida, pasaron casi 20 minutos cuando escuchamos el ruido de la cortina abriéndose, ella, rápidamente tomo la tolla y la puso sobre sus pechos, pero dejando sus hermosas nalgas medianamente visibles, se le veía menos de media nalga, lo que ella no sabía es que para nosotros los hombres eso es mucho más atractivo.

    Yo dejé mi celular grabando y lo escondí en una toalla para mirar después el espectáculo, al abrir la puerta el mesero ya estaba parado sosteniendo una charola donde traía la comida, no se imaginan la cara que puso el pobre, la cara se le pusa roja, mi esposa lo saludo mientras agarraba la toalla para que no se le cayera, pero la soltó para tomar la charola, se dio la vuelta lentamente para dejarla sobre la mesita del cuarto, obviamente el chico no quitaba la mirada de sus nalgas desnudas.

    Mi esposa le pago y le dijo que se quedara con el cambio, el mesero le contesto muchas gracias a usted, fue todo un placer y si necesita otra cosa avíseme.

    Se dio la vuelta para irse.

    Yo salí del baño y vi a mi esposa con una sonrisa enorme.

    Nos moríamos de risa al ver en el celular, los ojos que hizo el mesero.

    Mi esposa comentaba que nunca se había imaginado capaz de algo así, nos abrazamos y besamos como emocionados.

    Después de comer hicimos el amor cuando terminamos y estábamos descansando, le pregunté a mi esposa

    -¿pedimos unas cervezas?

    Me miro incrédula, pero le dije esta vez salgo yo.

    Ella se echó a reír y comento que no creía que al mesero le gustara mucho ver mi cuerpo.

    Le conté mi plan, tú te quedas al fondo de la habitación completamente desnuda, pero de espaldas, cabe señalar que mi esposa tiene una espalda muy atractiva.

    Con la misma toalla te cubres las nalgas que no se te vean o tu decide cuánto enseñar dije.

    Yo recibo las cervezas las pongo en la mesa el estará observando tu espalda, regresó a pagar y cuando yo diga la palabra (GRACIAS), tú te levantas lentamente, la idea es solo darle oportunidad de ver mientras la puerta se cierra.

    -Vale manos a la obra. Dijo mi esposa

    Llamé nuevamente a la recepción y pedí 4 cervezas, esta vez sólo tardó 10 minutos cuándo se escuchó el ruido, de la cortina abriéndose, tocaron la puerta, esta vez salí yo vestido.

    Vi la cara de decepción del joven, pero mejoro cuando vio a mi esposa que se veía al fondo del cuarto posando su hermosa espalda.

    Tomé la charola y le dije permítame regresé por dinero, dejando la puerta abierta, nuevamente hice el mismo recorrido para pagar.

    Estaba apenas por pagar cuando escuché los pasos de mi esposa que caminaba rumbo al baño soltando una carcajada burlona.

    Los ojos del mesero se abrieron más.

    (Cuál gracias pensé)

    Se adelantó mi esposa.

    Nos vimos los dos con cara de bobos, le dije gracias mientras cerraba la puerta lentamente.

    Adoro a mi esposa porque siempre busca la forma de sorprenderme.

    Lo que les puedo comentar como esposo con todo respeto, más a parejas como nosotros que llevamos ya mucho tiempo juntos.

    Es que sean cómplices de ustedes.

    Jueguen, jueguen mucho.

    Hagan el amor de mil formas antes que ya no podamos.

    Es mejor decir nosotros hicimos y nos divertimos, a que hubiera hecho esto o lo otro.

    Los años no regresan.

    Gracias y Saludos.

    M&J

  • Interóseo

    Interóseo

    Nara apareció detrás de su mamá por el costado de la ventana del auto.  Mariella se inclinó sobre el capó y agitó su mano con una sonrisa en la boca. Yo llevé las mías al volante y le devolví la sonrisa. Intenté no mirar a Nara, pero me fue imposible. Estaba hermosa. La nena había crecido demasiado rápido. Tenía diecinueve años y había comenzado a estudiar algo en la facultad. Nunca me acuerdo qué. Esa tarde de verano, apareció con una remera blanca hecha un nudo en el medio y una minifalda a cuadros de tonos tierra que ni por casualidad le cubría la mitad de las piernas. Su pelo negro recogido en una coleta apretada. Masticaba un chicle que le hacía temblar la nariz de tanto en tanto. Las caderas se le habían ensanchado, y sus piernas se habían vuelto más musculosas. Me miraba como siempre, con esa sonrisa a medio hacer y los ojos apagados, seductores. No pude apartar la mirada de sus tetas que se abultaban debajo de la tela blanca. “Qué pendeja de mierda, mirá cómo aparece” pensé. La voz de Mariella me arrebató del ensueño.

    —Amor… Perdoná que te hicimos esperar. Nara se tardó dos horas para vestirse —se quejaba mientras apoyaba el antebrazo en el borde de la ventana del auto.

    —No pasa nada.

    El plan de esa tarde consistía en llevarla a las afueras de la ciudad para enseñarle a manejar. Mariella estaba obsesionada con que su hija aprendiera. Decía que ella misma había aprendido de mucho más joven, y que era un conocimiento básico de… ya ni recuerdo. Mariella tiene una propensión a hablar demasiado. Quizás eso fue lo primero que me atrajo de Nara. Su silencio. No necesitaba palabras. Se quedaba sentada en la mesa o en el sillón y su belleza juvenil persistía en el aire. El verano pasado, la había mirado demasiado, y ella terminó dándose cuenta. Desde entonces, sin decir ni una sola palabra, nos miramos, casi como cómplices.

    Se subió al auto y se sentó al lado mío. Mariella me miraba fijo mientras me hablaba. Y yo hacía una fuerza sobrehumana para que mi mirada no descendiera al infierno de las piernas de Nara. Pero, por los bordes de mis ojos, estimaba que la pollera se le había subido un poquito más.

    —Por favor, tengan cuidado. Cuando terminen, llevala a la casa de Rolo que hace mucho que no la ve y ya se anda quejando.

    Asentí con la cabeza. Nara no dejaba de mirar hacia el frente con esa sonrisa picarona que la caracterizaba. Fingí querer arreglar la traba de la puerta. Y, mientras Mariella se iba, agaché la mirada. Por el borde de la minifalda, asomaba una línea rosada de encaje. La pija me latió de sólo ver su tanga asomando. El aroma de su perfume combinado con el olor de su piel me embriagó por un momento. Nara puso sus manos sobre mi brazo.

    —¿Estás bien, Julio? —me preguntó.

    No me atreví a cruzarle la mirada. Pero le contesté que sí y volví a acomodarme en mi asiento.

    Conduje en silencio. La calle se desplegaba como una hoja frente a mis ojos. Evitaba mirar hacia el costado derecho de la vereda, por más que implicase un peligro, porque temía por alguna razón que mis ojos se desviaran hacia la hija de la mujer con la que yo estaba en pareja hacía tres años. Sin embargo, Nara llenaba el auto con su aroma a fresas. Yo la inhalaba por la nariz y cerraba los ojos de tanto en tanto. Mi pija comenzaba a palpitar debajo del pantalón. Sentí un calor insoportable desprenderse de mis poros. Supongo que ella también lo sintió, porque comenzó a moverse inquieta en el asiento. Miraba por la ventana, escupía el chicle, o se arreglaba el labial en el retrovisor. Retorcía la cola en el asiento, apretaba sus piernas. Suspiraba, como cansada o aburrida, y llevaba sus brazos a los caños del cabezal del asiento. Sonreí disimuladamente.

    —¿De qué te reís? —me preguntó divertida.

    La miré. Por la ventana entraba un viento que le desarreglaba la coleta del pelo y algunos de sus cabellos le flameaban en la cara. Sus ojos color miel se encendían con el brillo del sol que golpeaba contra el auto, como si consumieran la luz y la dispararan de nuevo hacia afuera.

    —Quedate quieta, nena. Estás muy convulsiva —le respondí sin borrar la sonrisa que ella había descubierto.

    —Bueno, perdón… Me aburro —dijo.

    No había forma de borrarle la risita de traviesa que se deformaba los labios. Cada tanto, la nariz le latía, como una perrita que olía algo, que buscaba algo.

    Volví mi mirada hacia el camino. Habíamos llegado a la ruta. Las afueras de la ciudad parecían un desierto casi vacío de no ser por algunos arbustos accidentales o abandonados que irrumpían el llano a la distancia. Cerré los ojos. Cuando yo aprendí a manejar, a los dieciocho años, solía salir a la ruta para conducir con los ojos cerrados. La inercia del movimiento que llevaba al auto me adormecía. Y no sentía nada. Pero de todo aquello ya habían pasado treinta años. Esta vez, cuando cerré los ojos, mientras el viento me golpeaba en el rostro, sentí la mano intrusa de Nara metiéndose entre mis piernas. Me abrió la bragueta y liberó mi pija. Por el tacto de sus manos me di cuenta que estaba dura. Sentí sus labios recorrer el tronco y su lengua acariciar el glande. No quise abrir los ojos. Sólo sentía como Nara me chupaba la pija como una profesional. La sentí moverse, seguramente para acomodar las rodillas en el asiento, y meterse la pija todavía más adentro de la boca. Mi glande se deslizó por el fondo del paladar hasta llegar a su garganta, y sus labios rozaron la base de mis huevos. Nara se había metido toda mi verga dentro de la boca. Algo que su madre, para comparar, no había podido hacer nunca. Se me ocurrió en ese momento que esa no era la primera vez que lo había hecho.

    Abrí los ojos. La ruta seguía recta, sin curvas, como si se hubiera diseñado específicamente para que un hombre como yo disfrutara de una buena chupada de pija. Agaché la mirada. La cara de Nara estaba escondida entre mis piernas. Bajé la velocidad. Al mirar hacia el costado, vi la minifalda subida por encima de sus nalgas. Agradecí en aquel momento a la persona que había diseñado esa prenda. A Nara le quedaba de mil maravillas. Agarré la tela con mi mano derecha y se la levanté como un velo por encima de la espalda. Corrí la tanga de encaje rosa que llevaba puesta y le manoseé las nalgas. La piel de Nara era suave, tersa. El tacto de mis manos endurecidas por tantos años de trabajo parecía complacerla, porque sentía las vibraciones de sus gemidos ahogados en mi pija. Despacio, mientras ella hacía su trabajo, mis dedos rosaban los costados de sus labios vaginales. Nara estaba muy mojada. Eso quizás era lo que la tenía tan inquieta. Me volvía loco imaginar que mientras se movía como loca en el asiento de mi auto, su concha se ponía cada vez más húmeda.

    Detuve el auto al costado de la ruta, el sonido de las llantas en la banquina me pareció un estruendo delator. Tiré mi asiento hacia atrás. Recién entonces pude verla. Tenía los ojos cerrados. La coleta del pelo desarreglada. La parte de sus cabellos más cercana a la raíz se abultaba como un globo a medio inflar. La forma de mi pija se imprimía en el cachete de su cara, y entonces me miraba e intentaba sonreírme con la boca llena. Me estiré para llevar su asiento hacia atrás, para que estuviese más cómoda. Y, de paso, aproveché para meter mis dedos en adentro de su concha. Nara gimió. El hueco apretaba, pero se notaba que cedía a la presión. Con el dedo índice que me había quedado libre comencé a acariciarle el agujero del culo. Nara no frenó ni un segundo. Se comía la pija con un hambre desesperado. Nos habíamos pasado todo este tiempo midiéndonos, y ahora, en medio de una ruta desierta concretábamos una cogida que los dos sabíamos que tarde o temprano iba a suceder.

    No aguanté las ganas de jugar con sus agujeros. Metí hasta el fondo de su concha el dedo del medio y el anular, y clavé mi dedo índice en su culo con el excedente de fluidos. Nara se sacó la pija de la boca.

    —¡Ay, hijo de puta! Así… Así… Pajeame —me pidió y volvió a comérsela hasta los huevos.

    Entonces comencé a mover mis dedos. Ignoré el sentimiento incómodo en el espacio entre mis dedos que se separaban para entrar por sus agujeros. El placer de tener a la hija de mi pareja comiéndome la pija mientras me la cogía con los dedos era infinitamente mayor a cualquier incomodidad. Como si mis dedos fueran órganos sexuales, se los metía y se los sacaba. Nara se retorcía en el asiento. Su piel se volvía roja, se encendía. Los poros se le abrían, y la pendeja despedía un aroma tan excitante que me pareció de repente que acabaría allí mismo. La frené.

    —Te quiero comer la concha, pendeja —le dije.

    Saqué mis dedos y me los llevé a la boca. El sabor que tenían me embriagó. La puse de espaladas a la ventana, con los pies subidos al asiento. Le separé las rodillas y, después de acomodarme hacia el costado, me quedé embobado mirándole la concha. Nara sostenía la tela de la minifalda hacia arriba, dejaba al desnudo su sexo, el perineo y el agujero de su culo. Su piel blanca se volvía rosada. Con una de mis manos, agarré la tanga de encaje rosa que la cubría y se la arranqué de un solo tirón. Nara sonrió. Los labios de su concha estaban inflados e irritados por la cogida que le habían pegado mis dedos. Chorreaba un líquido espeso que goteaba en medio del segundo agujero y caía en el asiento del auto. La miré de nuevo, y Nara lanzó una risita torpe que, como un disparador, me hizo reaccionar. Pasé mi lengua de arriba abajo. Primero por el agujero de su culo y luego por el de su concha. Ella inhaló un gemido y llevó una de sus manos a mi cabeza. Yo la agarré de las nalgas, por debajo de las piernas, y la acerqué a mí para poder comérmela mejor. Trabajé los costados, sus labios, el clítoris diminuto, rosado, prístino que se endurecía con cada lamida. La mano de Nara me apretaba el pelo y me empujaba aún más contra su cuerpo. Le metí dos dedos en el agujero de la concha y saqué mi cara tórrida por el placer. Le llevé el sabor de su sexo a los labios y la besé como nunca había besado a nadie.

    Sentí en ese momento su lengua impetuosa que chocaba con la mía. Gemía despacito y, cuando lo hacía, despedía de su boca el sabor a chicle de menta en forma de aliento. Apresé su lengua entre mis labios y aceleré el ritmo de mis dedos que se clavaban en su concha. Nara comenzó a convulsionar. Sus gemidos se volvieron más marcados. Me empujó hacia atrás y, sin sacarse mis dedos de su agujero, disparó un chorro explosivo, relativamente breve de fluidos. Mientras duraba el disparo, se contorsionó trayendo el pecho hacia adelante. Los pezones se marcaban en su remera blanca. Me quedé petrificado del sólo verla. Nara se relajó de a poco.

    —¿Y eso…? —pregunté.

    Nara se encogió de hombros, sonrió.

    —Me sale todo el tiempo —me respondió haciéndose la tonta.

    —Hacelo de nuevo para mí, pendeja… Dale —le ordené.

    Volví a besarla. Mis dedos retomaron sus movimientos dentro de su concha. Con la mano que me quedaba libre, agarré la remera hecha un nudo y desnudé sus tetas. Eran grandes, como las de su madre, y la coronaban unos pezones rosados algo oscuros. El rebote de sus senos era perfecto. Una vez que la carne se le acomodaba, volvían a su postura como músculos endurecidos. Mientras la masturbaba, me llevé a la boca una de las tetillas y la acaricié con la lengua antes de morderla suavemente. Costó poco volver a provocar una explosión semejante a la anterior. Nara me dio un golpecito en la cabeza para avisarme que iba a suceder de nuevo. Y yo llevé mi cara a su concha justo a tiempo para que me bañe con el fluido. Mientras chorreaba, abrí mi boca y dejé que me diera de beber del chorro. Mis dedos se escaparon hacia el agujero de su culo y se incrustaron en él. No costó en lo absoluto. Las paredes de su segundo agujero se dilataron de inmediato con el paso de mis dedos. Mi lengua irrumpía en su vagina. El sabor de sus chorros era delicioso, una especie de agua de fuente con la que se me ocurrió que podría hidratarme por el resto de mi vida. Tuve que sostenerla para no interrumpir mi trabajo, porque se estremecía, trastornada por la sacudida que le había producido el líquido.

    Nara, que no podía parar de gemir como una puta, volvió a echarme hacia atrás. Con el empujón, me acomodó de nuevo en mi asiento. Se puso encima de mí, y comenzó a acariciar mi pija con los labios de su concha hasta que el palo quedó completamente lubricado. Una vez que decidió que era suficiente, se la metió despacio ella solita. El interior de Nara era suave, como pomposo. Sus labios no deglutían mi pija, más bien, como si fueran una segunda boca, la lamían, la ingerían con un movimiento suave, persistente y sosegado. Vi desaparecer el tronco de mi pene dentro de ella y sentí sus labios conchando contra la base de mi pija. Estaba a punto de desmayarme. Dejé caer mi cabeza hacia atrás, pero ella se sostuvo de mi nuca. La miré.

    Después de culminar la penetración absoluta, Nara levantó la mirada y me sonrió.

    —Sos una pendeja muy traviesa, ¿sabés? —le dije a media voz.

    —Me gusta portarme mal —me respondió aguantando un gemido.

    —A ver… Mostrame lo mal que te portás…

    La dejé saltar un rato arriba mío. Pero el rose de su interior con el glande fue en algún momento insoportable. Sentí la necesidad de tomar la iniciativa. La eché contra el volante. El auto dejó sonar un bocinazo breve y delator. Pero no me importó. Una vez que la acomodé contra el volante, tomé fuerza con las caderas y, recostándome sobre ella, comencé a mover mi cintura.

    Nara seguía agarrada de mi nuca, gimiendo desesperada. Yo sentía su concha mojarse cada vez más con cada embestida. Mi cara se hundía entre sus tetas, y mi lengua relamía sus pezones. Volví a apresar una tetilla entre los dientes. La miré desde abajo. Nara tenía la cara deformada, los ojos cerrados, el ceño fruncido, la boca a medio abrir.

    —¿Así que te gusta portarte mal, pendeja…? Dale, pórtate mal entonces. Bancate la pija, puta, dale —le dije entre dientes.

    Nara no podía hablar. Seseaba el inicio de una afirmación que no llegaba a ser un sí. Se interrumpía con gemidos. Yo sentía el roce de su teta derecha que me acariciaba el rostro. Las embestidas que le estaba dando hacían que su carne saltara de arriba abajo. La dejé ir. Cayó sobre el volante, y volvió a sonar la bocina. Al tomar distancia, pude ver cómo mis empujones le hacían rebotar las tetas. La remera blanca le cubría sólo el cuello y los hombros. Nara volvió a convulsionar. Se arrancó de mi pija y volvió a soltar uno de sus chorros que me mojaron el torso y el abdomen.

    Pero ya era demasiado tarde para detener mis perversiones. Estaba, después de todo, cogiéndome a pelo a la hija de Mariella. Mientras Nara chorreaba, metí mi verga lubricada en su segundo agujero. Ella abrió los ojos de repente, como asustada. Tardó en reaccionar y, para cuando lo hizo, mi verga se había incrustado hasta la mitad en el agujero de su culo.

    —¡Ay, sí, por Dios! ¡Metémela por el culo! —gritó y su cuerpo cayó contra el mío, metiéndose lo que restaba de mi pija.

    —Mirá cómo se te abre todo el agujero del culo, pendeja… Seguro ya te lo hicieron varios…

    Nara sonrió y se llevó las manos a la cara. Puse mis dedos en forma de garfio y comencé a masturbarle la concha mientras me la cogía por el culo. Mi pija se deslizaba con suma facilidad dentro del segundo agujero.

    —Sí… Estoy seguro que ya te cogieron el culo a vos, pendeja puta.

    Nara se río. Yo sabía que era cierto. El poco esfuerzo que fue requerido para que mi verga entrara por sus agujeros era la prueba. La miré de arriba abajo. Me la imaginaba como la puta de todos. Los vecinos, los profesores de la facultad, sus compañeros de curso. Me imaginé que se la había cogido todos y cada uno de ellos. Algunos, incluso, a la vez. Me excitó imaginarla recibiendo pijas como una puta desinhibida. Entonces me la cogí más fuerte. El agujero de su culo estaba menos dilatado, por lo que generaba más fricción. Tuve que llevar saliva al palo varias veces. Pero nada de eso debuto las embestidas que le pegué. Nara gemía, gritaba, me arañaba el pecho o el cuello tratando de agarrarse. Yo no aguantaba más.

    —¿Dónde querés la leche, pendeja? ¿Dónde la querés?

    Nara me miró. Sus dientes apretados unos contra otros. El sudor de su frente le pegaba unos mechones diminutos de cabellos a la piel. Tenía los ojos encendidos. La cara, enrojecida. Estaba echa una salvaje.

    —¡En la concha! —me ordenó.

    —Así me gusta… Eso… Ponete bien puta para mí.

    Saqué mi pija de su culo y volvía a embestirla por la concha.

    —¡Llename, llename! —me exigió—. ¡Llename de leche, Julio! ¡Por favor!

    Escucharla decir mi nombre me puso aún más bravío de lo que ya estaba.

    —Dale que te preño, puta. Dale que te preño —le advertí.

    Y los dos pegamos un grito que se censuró por la bocina que otra vez volvía a sonar. El semen salió como disparado de mis huevos. Los latidos de mi verga y los de su vulva se confundieron al punto de que ya no podía saber cuál era cuál. Y nos quedamos así, apretados el uno al otro. Pasmados, bobos. La besé con mis labios lerdos, y ella sonrió con un gesto tonto.

    Volvimos a hacerlo una vez más, pero la noche amenazaba en el horizonte y teníamos que volver. Nara protestó. Pero le prometí que lo volveríamos a hacer las veces que ella quisiera. Me chupó la pija todo el viaje de regreso. Le hice una broma. Le dije que dejara de hacerlo porque me iba a sacar leche en polvo. Fue efectiva. Le causó gracia. Me gustaba verla reír.

    Estacioné en la esquina de la casa y vi la figura rechoncha de Rolo que salía a recibir a su hija. Hablaba por teléfono y nos saludaba con la mano. De la nada, nos hizo una seña para que esperemos y se giró preocupado con la llamada.

    —Después se queja que no lo visito —dijo Nara—. Si cuando vengo nunca me da bola. Además, ya soy adulta yo. Hago lo que quiero.

    La miré. Su ánimo había caído considerablemente. No sabía cómo expresar que la entendía, que tenía razón. Así que, en vez de decir algo estúpido, volví a llevar mis manos debajo de su minifalda.

    —A ver, me parece que hay algo que me olvidé acá… No sé —le dije en tono de broma.

    Nara se rio. Le metí tres dedos en la concha. La vi estremecerse. Estaba húmeda, la cubría una combinación de sus fluidos y mi semen. Acerqué mis labios a su oído izquierdo.

    —Miralo a tu papá —le susurré—. Quiero hacerte chorrear en frente de él, vos que sos una nena tan buena.

    Nara gimió y pegó los ojos a la espalda de su padre.

    —No le saques los ojos de encima mientras sentís cómo te pajeo, pendeja… Te calienta ser así de putita, ¿no? Te encanta portarte mal a espaldas de tus papás, ¿verdad?

    —Sí… Sí… Me encanta —murmuró Nara sin quitar sus ojos del objetivo.

    —Mirá si se da vuelta tu papá y te ve así. Siendo pajeada por los dedos del nuevo novio de su exmujer.

    —Ah… Cae desmayado —susurró con una sonrisa traviesa.

    Me hizo reír la imagen del imbécil de Rolo cayendo desmayado.

    —No te preocupes que, aunque se desmaye, no voy a dejar de meterte los dedos por la concha.

    —Ay, no. Por favor… No pares… No pares.

    Volví a repetir la maniobra. Mis dedos anudar y medio clavados en su concha, y el índice enterrado en su culo. No tardó mucho en empezar a retorcerse. Y, después de eso, tardó menos en explotar con un chorro. Estaba a punto de gemir, pero la callé con un beso de lengua mientras sentía el fluido dispararse entre mis dedos. Cuando acabó, saqué mi mano, y ella se acomodó la minifalda. Nos quedamos riéndonos como dos tontos. Su padre se dio vuelta y cortó la llamada. Se acercó al auto con una sonrisa patética.

    —Hola, Julito. Amigo, ¿cómo estás? —dijo con una sonrisa que desnudaba sus dientes amarillentos—. ¿Cómo fueron las clases?

    —Bien —le respondí cortante.

    —Estás grandote, amigo, eh… ¿Qué hacés para estar así de musculoso?

    Lo miré con la cara inexpresiva.

    —Se cuida con la comida y va al gimnasio, papá —dijo Nara bajándose del auto—. Algo que vos deberías hacer más seguido.

    Se saludaron y Rolo me despidió. Mientras se alejaban, vi que una gota caía por la pierna de Nara. Ella se giró y yo sonreí. Le lancé un beso en el aire, y ella hizo el gesto de comérselo a dentadas. Me guiñó un ojo y desapareció de mi vista.

    La tanga rota había quedado atrapada al costado del asiento. Antes de tirarla por la ventana, la olfateé sólo para comprobar que todavía mantenía el aroma delicioso de Nara. Volví a casa sonriendo como un adolescente idiota. El espacio entre mis dedos dolía. Mientras manejaba, abría y cerraba las manos. Me daba la sensación de que entre más doliera, más placentero sería el recuerdo.

  • Follada por jóvenes en el botellón

    Follada por jóvenes en el botellón

    Soy una mujer casada, treintañera, y me siento insatisfecha con el sexo que tengo en casa, por lo que suelo serle infiel a mi esposo. Hace tres semanas, aprovechando que él estaba de viaje, me decidí a ir a una de las zonas donde los jóvenes de mi ciudad hacen botellón buscando la posibilidad de tener sexo con algún yogurín.

    Muchos de los chicos y chicas se sorprendían al verme allí por la diferencia de edad, otros, los que no iban acompañados por chicas, se decidían a hacerme propuestas de sexo a gritos.

    En una zona apartada vi un grupo de cuatro chicos bebiendo junto a un coche. Me acerqué a ellos y entablé conversación. Eran universitarios de entre 18 y 20 años. Pronto me invitaron a tomar algo y así entablé conversación con ellos. Ellos vieron claro lo que yo buscaba y yo no tardé en proponerles que me follaran, en grupo o por turnos.

    Nos subimos al coche y fuimos a una zona apartada. Bajamos del vehículo y allí empezaron a hablar de cómo hacerlo, decidiendo que al ser cuatro, lo mejor sería turnarse. Entonces el tema era decidir el orden en que me irían usando. Todos querían ser de los primeros ya que no teníamos condones, iba a ser a pelo todo y estaba claro que los últimos meterían su polla en mi vagina llena de la leche de los que me iban a follar primero o en mi boca tras haber recibido ya alguna corrida anterior. En este aspecto yo les dije que por la boca no se preocuparan porque me iría tragando la leche que me echaran en ella.

    Se jugaron el orden en que gozarían de mi cuerpo a pares o nones, resultando que los dos que eran hermanos serían los primeros. Me desnudé y apoyé la espalda en el capó del coche. El dueño propuso, y fue aceptado, que pusiera las manos en cruz y con unas cuerdas que sacaron del maletero me amarraron de las manos a los espejos retrovisores, al tiempo que me abrían las piernas. Las mamadas, dijeron, serían al final.

    El primero de los chicos, de 20 años, se bajó los pantalones y se acercó a mi con el pene ya erecto, un pene muy normal, de unos 15 o 16 centímetros, que me metió de un fuerte empujón, comenzando los movimientos de penetración. Al mismo tiempo me daba bofetadas y me llamaba puta, mientras los otros tres miraban bebiéndose un cubata. En unos cinco minutos se corrió y llenó mi coño de leche, no llegando yo al orgasmo.

    Se retiró y ocupó su sitio su hermano, un chico rubito y delgado de 18 años con una polla más grande que la de aquel que metió dentro de mí en un fuerte estado de excitación. Yo le pedí que también me abofeteara y me insultara, aunque él prefirió centrarse en mis pezones, que mordisqueaba. No tardo mucho mas que su hermano en correrse, lo que hicimos al mismo tiempo, aunque su semen fue mucho más abundante, y yo ya notaba como la leche de ambos me chorreaba por los muslos.

    El que seguía en el turno también se percató y dijo que quería un agujero mas limpio, así que propuso que me colocaran sobre el capó boca abajo para penetrarme analmente. Yo al principio no estaba muy de acuerdo porque no tenía forma de lubricarme, pero al ver que el pene era más bien pequeño, acepté. Así, jaleado por sus amigos, penetro en mi culo y cogiendo mi pelo marcaba el ritmo de las embestidas, que duraron por lo menos 10 minutos antes de que notara como se corría dentro mía.

    El cuarto dijo que prefería dejar su penetración para el final, «cuando ya le haya chorreado toda la leche fuera» dijo, y que quería que se la chupara. Su polla, totalmente depilada, no me la podía meter en la boca si no cambiaba de postura, por lo que me soltaron, él apoyó su culo en el capó y yo me puse de rodillas delante suya. Empezó a follarme la boca, mientras sus amigos ya no aguantaban mas y comenzaban a pajearse. Chupar es una de las cosas que más me gustan y que dicen que mejor hago, por lo que en pocos minutos sentí como su leche corría por mi garganta.

    Se apartó y tomó el relevo el que me había follado primero. Su excitación era tal que tardó poquísimo en llenarme también la boca de leche, que me tragué rápidamente. El que me folló por el culo fue el siguiente en darme un buen chorro de leche que recorrió de nuevo mi garganta.

    El que no me había penetrado me hizo ponerme a cuatro patas en el suelo y por detrás me clavó su polla en mi vagina. Los otros, mientras, sobaban todo mi cuerpo, sobre el que echaron algunos escupitajos al tiempo que me abofeteaban y me insultaban. La cuarta corrida interna no tardó en llenar mi coño y con ella mi segundo orgasmo.

    Fue una fiesta especial que terminó tomando una copa con ellos y prometiéndoles repetirla, aunque de uno en uno y por separado, para lo que intercambiamos números de whatsapp.

  • Mientras ella me engañaba, su hermana disfrutaba

    Mientras ella me engañaba, su hermana disfrutaba

    En un relato anterior les narraba sobre mi fantasía de ser cornudo desde mi última relación, y lo fui, aunque sin consentimiento. Pero también tuve la fortuna de poder coger con la hermana de mi ex mientras ella me ponía los cuernos nuevamente. Cuando las cosas con Viri empezaron a ir mal, comencé a tener encuentros íntimos con su hermana, Clau.

    En nuestra cotidianidad, los tres nos llevábamos muy bien, Viri y yo la pasábamos muy bien con Claudia, ella vivió varias temporadas con nosotros porque como estudiante, le era complicado tener un lugar para rentar. Aunque yo siempre sentía una tensión sexual con mi cuñada, no era notoria en el día a día, pues parecía que éramos como familia. Pero como ya lo dije antes, mi relación con Viri estaba mal, ya me había engañado, al menos una vez, con un compañero de trabajo; y aunque mi fantasía era precisamente que alguien más se la cogiera, la falta de confianza, el no platicarlo y el deterioro de la relación provocó que la infidelidad fuera más una especie de sufrimiento que de placer para mi.

    Pasaron un par de años desde esa primera infidelidad, y entonces, Viri comenzó a engañarme con otra persona, también de su trabajo. En esta ocasión también me di cuenta cómo fue empezando todo entre ellos dos, pero pude sobrellevarlo mejor con ayuda de su hermana menor. Claudia es 4 años menor que mi ex, en ese entonces tenía 24 años. En el último periodo de mi relación con Viri, Clau también vivió con nosotros y esto propiciaba a que hubiera más confianza. Incluso llegué a llevarme mejor con ella y salíamos de fiesta juntos con mis amigos o los suyos, mientras Viri prefería no ir con nosotros.

    La tensión entre nosotros se rompió en una de estas salidas sin su hermana, mi ex, cuando Clau comenzó a acariciarme debajo de la mesa y más tarde comenzamos a besarnos y tocarnos apasionadamente, pero no llegamos a tener sexo. Prometimos que esto no volvería a pasar por respeto a Viri, pero fue cuestión de tiempo para que las cosas se repitieran. A veces Claudia llegaba a casa tarde con unas copas encima, se quitaba la ropa y se quedaba dormida solo en ropa interior, sin importarle que yo pudiera verla, pues dormía en el sofá cama de la sala de estar. Una vez, llegamos de una fiesta y nos fuimos cada quien a nuestras camas, yo me fui a acostar con mi ex, quien ya dormía plácidamente, entonces, recibí un mensaje de texto de Claudia, para que la acompañara en el baño, una vez adentro, ella me esperaba sentada en la taza del baño; cuando entré cerré la puerta, caminé hacia ella y me bajó los pantalones para hacerme un oral que siempre recordaré, ya que fue la primera vez que ella me chupaba la verga. Con todo y el riesgo que implicaba que Viri nos descubriera si también se levantaba al baño. Claudia me la chupó y me masturbó hasta que me corrí en su cuerpo, sobre su ropa y en su barbilla, había sido una de las escenas más calientes que había vivido hasta entonces. Terminando, me dijo que ojalá pudieran repetirse cosas así en otros momentos.

    Y pasó más de un par de veces. Llegamos a coger en público, en hoteles, en casa, en el Uber, son varias historias. Una que recuerdo mucho, es cuando Viri me comentó que tendría que salir todo el fin de semana en un viaje de trabajo a Guanajuato. Yo claramente sospechaba que no solo sería un viaje de trabajo, pero prefería no mencionarlo. Esa ocasión, Claudia y yo nos quedamos solos desde el viernes, y lo festejamos con unas copas toda la tarde, platicando de todo y nada, pero al final de la noche, con las copas y toda la tensión acumulada, terminamos en mi cama cogiendo hasta quedarnos dormidos. Ella me montaba y me lo chupaba, mientras gritaba y pedía que la tocara y la nalgueara. Esa noche dormimos abrazados desnudos en la cama donde normalmente yo cogía con su hermana. A la mañana siguiente, aunque sobrios, ya no nos importó, ella me despertó con una buena mamada y seguimos cogiendo todo el fin de semana como conejos. Cogimos en la cocina, en la sala, en el baño, en nuestras camas. Cogíamos sin condón, yo me corría sobre sus pechos, en su cara o simplemente en las cobijas y almohadas, ya fueran en las de Claudia o en las de su hermana, no nos importaba.

    Así entonces, mientras Viri pasaba su fin de semana «trabajando», yo dejaba bien atendida a su hermana. Meses después Viri dejó su correo abierto en mi computadora y encontré fotos de ella y su amante en ese mismo viaje, con esa misma fecha, y de trabajo no tenía nada, pues estaban en una playa (ni siquiera fue en Guanajuato). Me hubiera gustado que esas fotos fueran más explícitas, pero solo eran selfies de ellos en la playa, ella con una camisa grande, obvio de él, abierta hasta medio pecho, casi dejando ver sus tetas, en una escena más romántica que laboral. Me imagino que ellos también la pasaron de lujo ese fin de semana, cogiendo en la playa, viviendo a miel y leche todos los días.

    Cuando mi relación con Viri terminó, tuve que buscar un nuevo lugar donde vivir, pero mientras buscaba, Claudia y yo teníamos sexo siempre que podíamos, hasta que me fui y nos despedimos como buenos compañeros.

  • Cogiendo en el jacuzzi

    Cogiendo en el jacuzzi

    La idea de hacerlo donde alguna persona desde la calle pudiera verme surgió un día que regresaba de la universidad a mi casa pues, caminando al mirar a un edificio pude ver a una pareja follando delante de la ventana.

    Bien, un día con una prima fuimos a un hotel ella y yo habíamos follado otras veces aunque esta era especial habíamos planeado cumplir dos de nuestras fantasías follar en el jacuzzi y en una terraza para que la gente que pasara nos viera. Llegando nos colocamos los trajes de baño y nos metimos al jacuzzi unos minutos después me subí en ella comencé a besarla rodeando su cuello con mis brazos un beso largo metiendo mi lengua en su boca.

    -No seas tímida primita hay que comenzar- susurre en su oído, para después seguir besándola apretando mi cuerpo contra el suyo rosando mi coño contra su pierna para estimular me y estar lista y mojada para cuando ella quisiera comerselo. Mientras me froto en su muslo ella besa y muerde mis pechos esto me provoca haciendo que me frote con más fuerza.

    -Que rico hazlo más, me calienta sentir tu calor- dice mi prima acercándome más a ella- Si no paras te haré un oral.

    -Primita si no estuviéramos en el agua te darías cuenta de lo mojada que me tienes…

    Me sube a la orilla del jacuzzi me abre las piernas para poder comerse todo mi coño diciendo me entre gemidos lo rico que sabe y que no va a parar hasta que me corra.

    -Te gusta o quieres que pare.

    -No primita ah… ah… aha… no pares quiero que te tomes mis jugos -digo entre gemidos teniendo mi primer orgasmo y mojando toda la cara de mi prima.

    -Que ricos jugos pero aun no terminamos -me voltea y escupe en mi culo para después meter su dedo mientras con su lengua estimula mi vagina-  Quiero que tengas otro gran orgasmo -acelara la velocidad con la que penetra mi ano.

    -O prima que rico no pares mmmmm si… sigue ah… ah… dios no puedo no dejes de hacerlo.

    -No pensaba detenerme perrita ¡DIOS! Ahora quiero que nos toquemos al mismo tiempo para terminar juntas.

    Cabía la posición a un 69 para que pueda estimular su coño y ella el mío en ese momento noto lo mojada que ella está tanto que chorrea un poco mi cara le chupo todo de arriba abajo meto mi lengua dentro de ella, quiero que toda mi cara quede llena de sus jugos tener su olor en mi, unos minutos después ambas acabamos en un gran orgasmo salimos del jacuzzi nos dirigimos a la cama para recostáramos y dormir mientras ellas juga con mis tetas.

    Diciendo ambas. «Y pensar que en casa nadie sospecha que las primas que no se soportan se comen los coños».

    Espero se mojen mucho y tengan un buen rato ya saben que pueden escribir a insta aparezco como saraem_17.

    Besos en sus coñitos y en sus vergas.

  • Sugar dady

    Sugar dady

    Desde que fui consciente de que me gustaban las personas de mí mismo sexo. Me considero bisexual, también me di cuenta de que me gustaban los maduros y las milfs poco menos que la gente de mi edad.

    Personas hechas, sabias, morbosas y aunque a nadie le amarga un dulce, mi primera experiencia fue con alguien que me sacaba más de veinte años. En ese caso fue un hombre, pero si una mujer me hubiera seducido también lo hubiera hecho con ella.

    Se mostró dulce considerado tierno y que procuró que esa situación fuera lo mas placentera posible para mi. Evitando posibles complejos.

    Lo conocí una noche de sábado en una discoteca cualquiera.

    Era un BMW enorme, alto, largo y ancho y eso que a primera vista el fulano no necesitaba compensar nada. Pero el tipo olía a dinero desde lejos, ropa cara, físico trabajado de gimnasio. Me sacaba veinte años pero me iba a llevar a un hotel de cinco estrellas.

    Probablemente porque en su casa estaba su mujer, una mujer florero que tendría operadas hasta las pestañas y que con una alta probabilidad también se estaría follando a un jovencito. No le pregunté por ello claro.

    Yo había estado haciendo la guarrilla en la pista de baile toda la noche. Altas sandalias de tacón, un short tan pequeño que la mitad de los cachetes de mi culo quedaban al aire y por la cintura asomaba la goma del tanga.

    El top mostraba el pircing del ombligo, apenas tapaba mis tetas y desnudaba toda mi espalda. Por supuesto iba sin sujetador. Meneando el culo y provocando al personal, a chicos y chicas.

    Así que cuando el maduro empezó a invitarme a copas sin importar el precio de la marca que me pidiera, me plantee follármelo. Junto a la barra noté su mano acariciándome el culo y le sonreí.

    Abrí la boca esperando su lengua, crucé la mirada con la suya dándole mi saliva con el sabor del alcohol caro que él estaba pagando. El beso fue lascivo y dulce. Sus manos recorrían las partes donde mi piel estaba desnuda y yo amasé su polla por encima de los levis. Ya me tenía caliente y húmeda.

    Su lengua me llegaba a la garganta y lamiendo su oreja le propuse irnos ya. Una vez decidida me agobiaba el olor a sudor y a alcohol y la muchedumbre. Estirada en el asiento de cuero del coche dejaba que acariciara mis muslos desnudos hasta casi llegar a mi pubis.

    Yo no le tocaba para no pegárnosla, aunque sabía que estaba excitado. Hasta aparcar en el hotel donde me incliné sobre su pecho le abrí la camisa y le chupé los pezones, sin salir del coche.

    Llegamos a la recepción cachondos donde nos dejaron pasar sin apenas trámites pues él conocía a la guapa morena que estaba tras el mostrador. Lo que me dio una pista sobre que yo no era la primera putita que se follaba en ese hotel.

    En el ascensor volvimos a enzarzarnos comiéndonos la boca con ansia, sujetó mi culo justo donde terminaba el short apretándome contra su musculoso pecho lampiño.

    En la suite nos esperaba una bandeja con una botella de champán y unas copas, un bol de fresas y nata. Todo un cliché pero desde luego efectivo. Me desnudó en la misma entrada, casi sin cerrar la puerta. Creo que una pareja que pasaba me vio el culo.

    Él me estaba arrancando el tanga con los dientes de rodillas ante mí. Considerando que su precio no llegaba al euro no me importó que se quedara colgando de su boca.

    – Eres preciosa. Me decía.

    Recogí la botella camino del jacuzzi mientras él me miraba el culo que yo procuraba menear en su honor lo mas posible. Me siguió, librándose del resto de su ropa por el camino.

    He de admitir que para andar por algo más de los cuarenta su cuerpo era estupendo, los abdominales marcado. Tenía buenos muslos, ni un pelo por debajo del cuello y una polla muy respetable que estaba cogiendo rápidamente un ángulo de cuarenta y cinco grados.

    Me metí en el jacuzzi con la intención de hacerlo como en las películas, prescindiendo de las copas derramé el champán por mis tetas. Aceptó la invitación y acudió a chuparlas. Me lo echaba en la boca y sin tragarlo dejaba que rebosara por mi cuello y pecho dejando que acariciara mi piel con la lengua y mordisqueara mis pezones.

    Guardé un poco en la boca y volví a besarlo pasándole el burbujeante líquido. Luego quise ser yo la que probara el sabor de su piel y terminé de derramarlo por su espalda a donde me desplacé.

    Mordisqueé su nuca, lamí su columna, mordí sus dorsales, bajando acaricie su espalda con mis pezones erizados bajando por ella hasta el duro culo que mis manos amasaban desde hacía rato. Él apretaba las nalgas con miedo de lo que podría hacerle.

    Se nota que esas mujeres que había traído a ese hotel no eran tan lascivas como yo. Y probablemente con su parienta tendría que conformarse con el misionero. ¡Que iluso!

    Mi lengua de lagarta juguetona fue venciendo poco a poco la resistencia que su culo me oponía. Doblando el cuerpo y dejando más sitio para mis maniobras mientras descubría lo placenteras que pueden ser las caricias en sitios en las que no las han recibido nunca.

    Cuando por fin clavé la lengua en su ano se le escapó un fuerte gemido. Sabía que iba por buen camino, tenía sus huevos pelados en una mano acariciándolos y notando la dureza del rabo en el índice.

    Cuando apoyé la yema en el frenillo se le escapó un gemido. Mientras me preparaba a usar el de la otra mano para follarle el culo. Sabiendo que le iba a hacer disfrutar me dejó el camino libre relajando las nalgas. ¡Por fin! Usando el agua y el gel de baño que había en el jacuzzi fui abriendo su culo follándolo con un dedo y luego con dos.

    Me deslicé entre sus piernas y alcancé el escroto con los labios metiéndome los testículos en la boca y sin sacar los dedos de su culo por fin tragarme su polla.

    No soy de garganta profunda me gusta mas deslizar la lengua por el tronco o chupar el glande como un caramelo. Seguí con esos juegos hasta que se corrió en mi boca. Con ella llena de semen me incorporé para besarlo y compartirlo con él cambiándolo entre nuestras lenguas.

    Visto lo que había hecho en su ano ya no le importó saborear su lefa de entre mis labios. Le gustó jugar con las salivas, lenguas, y su leche, lascivo y morboso sin que sus manos se separaran de mí cuerpo.

    Ya limpios nos fuimos a la enorme cama donde lo puse a comerme a mí. No me iba a quedar sin mi ración de placer y aún no estaba segura de si se volvería a empalmar. Con las rodillas levantadas hasta los hombros puse a prueba sus músculos y agilidad ganados en el gimnasio caro para que me hiciera disfrutar a mí.

    – ¡Cómeme!

    Quería que su lengua me devolviera los favores prestados. Ahora era yo quien reclamaba mi orgasmo. Lo conseguí pronto, iba muy burra de toda la noche, y verlo desnudo y jugar con su cuerpo había terminado de calentarme.

    También se dedicó a jugar con mi culito que se abría a los toques de la húmeda. No sólo a chuparme el coño y pronto dejé mis jugos en su boca.

    Sabía que otra buena ración de lengua en su ano volvería a levantar su adormecido miembro, eso sí no se había preparado con una dosis de viagra para hacer frente a la noche.

    Teniéndolo desnudo en aquella enorme cama volví a deleitarme con su cuerpo. A ser la más lasciva y viciosa de sus amantes, a lamer cada centímetro de su cuerpo y amasar cada músculo.

    Sentada sobre su espalda, la humedad de mi xoxito resbalando a su columna, mis muslos rodeando su cuerpo y las manos en su piel.

    Dejé caer saliva en su raja y volví a jugar con su prieto culo. Notando como se removida inquieto según se le endurecía la polla. Terminó de empinarse cuando volví a lamer el ano.

    Se giró dejándome debajo de su poderoso cuerpo. Entre mis abiertos muslos notaba su rabo buscando los labios de mi vulva. Apenas tuve que darle un quiebro a mi cadera para que el poderoso glande se deslizara en mi interior. Cuando por fin se juntaron las pieles suaves de nuestros pubis depilados la que gemí fui yo.

    Bombeaba fuerte, firme, seguro oyendo como gemía junto a su oído lamiendo su oreja. Mis rodillas rodeando sus corvas para sujetarlo contra mí, contra mi pecho. Mis manos agarrando con fuerza sus nalgas tirando de su cuerpo. Lo estábamos haciendo sin condón pero yo tomaba la píldora y conociendo su nivel no me preocupaba por su salud.

    Ya estábamos los dos muy calientes como para aguantar mucho. No soy muy escandalosa cuando me corro pero me solté sin cortarme gritando de gusto, sabiendo que las paredes de la habitación serían gruesas. En mi cuarto me habrían oído gritar mis padres.

    Se dejó caer a mi lado, respirando fuerte. Y yo me quedé relajada a su lado. Suponía que solo era un entretenimiento para él y que no pensaría en volver a verme. Pero antes de irse me dejó una perdida en el móvil, el desayuno pagado y una generosa propina que nunca le pedí.

    Nunca pensé volver a tener noticias suyas. Pero el sábado siguiente me llamó para invitarme a cenar y me dijo que esta vez me llevaría a su casa. Me pidió que me pusiera un vestido bonito y que me recogería donde yo le dijera.

    En esa ocasión conocí a su bella hija, muy íntimamente en su casa y en extrañas circunstancias. Lo dejo para una continuación que espero publicar en el apartado sexo en familia. Besos a todos y todas.

  • Antonio, mi vecino favorito (parte VII)

    Antonio, mi vecino favorito (parte VII)

    Verán, las cosas con mi vecino favorito iban muy bien; cuando estaba en casa me cogía en cualquier momento y lugar que se le antojaba y cuando no lo estaba siempre me daba órdenes, ese hombre me convirtió en una perra en celo, solo era escuchar su voz o recibir un mensaje suyo para que yo tuviera el coño mojado y los pezones erguidos, ese hombre me enloquecía y no había nada que me gustará más que tener toda su verga bien dentro de mí.

    En ese desenfreno sexual fueron pasando los días, una vez, luego de coger, nos estuvimos contando más de nuestras vidas, no se confundan, el sexo que teníamos era duro y salvaje, pero también había momentos de intimidad en donde nos abrazamos y nos contábamos de nuestro día.

    Le conté de mi historia con mi exnovio y mi prima, que traicionaron mi confianza, que los descubrí en mi propia cama, nunca pidieron disculpas, se quedaron embarazados y tuvieron el descaro de invitarme a su matrimonio.

    Antonio no se podía creer que hubieran tenido tal desfachatez, le parecía impensable, por eso le mostré la invitación, que tiempo atrás, me habían hecho llegar.

    -Hermosa, no me lo puedo creer…

    -El descaro no conoce límites.

    -Eso parece, mira la fecha; aún no ha pasado el matrimonio, ¿Has pensado en ir?

    – De ninguna manera me apareceré por allá para ver a la feliz pareja jurarse amor eterno, ni hablar.

    – Y, ¿si te digo que yo te acompaño, que la vas a pasar genial y me voy a encargar de todo?

    -Lo podría pensar, pero no sé…

    -¿Tienes algo más que hacer el próximo fin de semana? Podríamos pasarlo juntos, alquilaría la mejor habitación del hotel y te prometo todos los orgasmos que quieras.

    -¿Todos los orgasmos que yo quiera?

    -TODOS.

    -Me convenciste, pero si no me siento bien en algún momento, me tienes que sacar de allí y llevarme a la habitación para cogerme hasta que se me olvidé todo.

    -Perfecto, es un trato. No te preocupes por nada, yo cuidare de ti, me encargaré de todo, no vayas a comprar un vestido para la ceremonia, también me ocuparé de eso.

    -Está bien, es un trato.

    Así fue, Antonio se ocupó de todo, compro los tickets de avión, reservo la mejor habitación del hotel en donde se iba a hacer la recepción, compro mi vestido (aunque no me lo dejó ver), saco turno con el mejor estilista de la zona y hasta compro el regalo para los estúpidos, digo, para los novios.

    Se llegó el día, hicimos maletas y salimos al aeropuerto, cuando llegamos me estaban esperando mis padres, yo no les había dicho que iba a asistir a la boda, pero Antonio se había comunicado con ellos y había organizado un almuerzo.

    El matrimonio se realizaría en un hotel lujoso que está a las afueras de mi ciudad natal, estaba bastante apartado pero tenía espacios hermosos, la ceremonia sería en la capilla de este hotel el sábado por la tarde, así que nosotros llegamos el viernes para aprovechar al máximo el tiempo.

    El almuerzo fue muy bien, mis padres estaban encantados con Antonio, un sentimiento que yo también compartía. Poco antes de irnos me llegó un mensaje de mi vecino favorito, «Quítate las bragas» decía, para ser honesta no me sorprendió, así que como una niña obediente, fui al baño y me quite las bragas; estaba usando un hilo muy pequeño rosado, que ya estaba mojado por mi excitación anticipada.

    Llegue a la mesa y, discretamente, le entregué mis pantys, el las tomo en sus manos y se las llevo a la nariz con una sonrisa en la cara, casi me desmayo de la impresión, ¿Como era posible que hiciera eso delante de mis padres?, para mi alivió ellos no se dieron cuenta de nada. Yo ese día llevaba un vestido corto con estampado de flores rosas porque estábamos en verano, así que Antonio aprovecho mi corto vestido para poner su mano en mi entrepierna, no sé cómo se las arregló para hacerlo y seguir hablando tan normalmente con los demás, al cabo de unos segundos me llegó otro mensaje de el: «Estas muy mojada putita», solo pude reprimir un gemido al leerlo.

    Así que allí estaba yo; sin bragas, mojada, con una mano en el coño y temblando de excitación, todo esto frente a mis padres, gracias a Dios mi madre dijo que se tenían que ir. Así que nos despedimos y cada quien tomó su camino.

    Nosotros decidimos ir a ver algunos lugares de la ciudad, Antonio cada vez que tenía la oportunidad volvía a masajear mi clítoris o mi culo, o me hacía tocar su verga dura con cualquier parte de mi cuerpo, estuvimos calientes toda la tarde.

    Al final del día, tomamos el carro que habíamos alquilado y nos dirigimos al hotel, ambos seguíamos excitados, y Antonio seguía tocando me en cada semáforo en rojo, me estaba enloqueciendo, en algún punto le dije sin pensar «ya cógeme, por favor», y el se lo tomo muy literal, se desvió a una calle muy poco transitada y después de unos minutos paro.

    -Te voy a coger ahora, en la calle, desnuda.

    Al principio no reaccione, pero él me seguía mirando con tanta lujuria que decidí empezar a quitarme el vestido, luego el brasier, así quede totalmente desnuda en el auto.

    El salió y camino hasta la puerta que estaba a mi lado, la abrió y me tendió la mano, yo la tomé temblando de excitación, me llevo a la parte frontal del auto y me subió en el, me hizo abrir las piernas lo más que pude y se alejó unos metros para contemplar su obra. Él seguía alejado cuando se sacó la verga y empezó a tocarse, ese hombre me estaba matando, no me había tocado y ya me tenía gimiendo y con el coño chorreante.

    -Por favor Amo, cógeme.

    -Mi putita, solo tenías que pedirlo…

    El se acercó como un animal en celo, metió toda su verga dentro de mi sin ninguna resistencia, mis gemidos llenaron la noche y me deje llevar, solo era consciente de su verga entrando y saliendo, de sus manos en mis tetas y su boca mordiendo mi cuello, me perdí tanto en eso que solo fui consciente del carro que venía cuando nos pasó y algunas voces gritaban felicitaciones a Antonio mientras seguían de largo.

    Esa situación me puso más caliente si cabía, enterré mis uñas en su espalda, quería tener esa verga bien clavada en mi interior, mientras nos besábamos y recorríamos cada rincón de nuestros cuerpos, unos minutos más tardes llegamos los dos al mismo tiempo a un extraordinario orgasmo, tanto que Antonio me tuvo que ayudar a bajar y subir al auto, mis piernas temblaban demasiado. Antes de llegar al hotel, como pude, me puse el vestido, hicimos el registro y nos dispusimos a dormir.

    Al día siguiente lo desperté con una mamada, como ya era costumbre para nosotros, desayunamos y fuimos a dar un paseo por los alrededores del hotel, era un lugar enorme, había sitios muy lindos y algunos muy escondidos, mientras estábamos en uno de estos sitios besándonos profundamente y acariciando la verga de mi Amo sobre su ropa, recibió una llamada; era el estilista que venía a maquillarme.

    Fuimos a recibirlo, me sorprendió que el estilista llevará tantas personas para que lo ayudará, pero cuando vi a mi mamá pude entender un poco, Antonio la había invitado para que también la maquillaran, aunque seguían siendo demasiadas personas, luego me explicaron, no me iban a hacer un simple maquillaje, también era un día de spa, nos hicieron masajes, depilación, limpieza facial y un largo etcétera.

    Como empezamos tan temprano no tuvimos oportunidad de toparnos con ninguno de mis familiares (a parte de mis padres) y como tampoco había confirmado mi asistencia, nadie sabía que yo estaba ahí.

    El tiempo pasó y llegó la hora de que nos maquillaran y peinaran, hasta de eso se encargó Antonio, el hablo con el estilista y le dio instrucciones de cómo quería que yo quedará, me hicieron un maquillaje muy sobrio en donde resaltaban mis labios rojos, el peinado fue un semi recogido, que dejaba ver mi rostro pero también dejaba parte de mi cabello suelto, finalizaron el peinado con una diadema de delicadas flores de donde salían cascadas de perlas transparentes y brillantes.

    Enseguida salió Antonio y dijo;

    -No pongas esa cara, ese accesorio hace juego con el vestido…

    Tenía en sus manos un vestido blanco, hecho con una tela de patrones de flores y con las mismas perlas transparentes y brillantes de la diadema. Era largo, con un escote profundo, la espalda solo la cubría dos tiritas de tela que se unían al frente del vestido y tenía una abertura en la pierna tan alta que no pude usar pantys y esto lo complemento, con unos zapatos de tacón rojos, tan altos que me faltó poco para estar de su misma estatura.

    -Wow, ese vestido es ultra blanco, no puedo usarlo, es hermoso, pero es inapropiado.

    -¿Te pareció apropiado que tu exnovio y tu prima, que era como una hija para mí, traicionaran tu confianza, que estén esperando un hijo y que además te invitaran sin ningún remordimiento a su boda? Creo que es más apropiado que tú uses blanco a que lo usé ella.

    Las palabras de mi mamá me sorprendieron, sabía que estaba disgustada con mi prima, pero no sabía que estaba tan herida.

    Todos en la habitación me alentaron a usar el vestido, incluso las personas que nos ayudaron a estar listas, así que decidí hacerles caso, me probé el vestido con todos los accesorios; estaba espectacular, eso si, de no ser por los demás accesorios y que el vestido indudablemente era muy caro, me hubiera visto vulgar, pero estaba en el balance perfecto entre elegante y sexy, a pesar de no estar usando ropa interior.

    Mis padres se adelantaron a la ceremonia y nos avisaron cuando está empezó, Antonio y yo entramos justo cuando acabaron de tocar la marcha nupcial, no sé de dónde mi Amo consiguió una única rosa roja, pero me la entrego y entramos tomados de la mano, mientras que con la otra yo sostenía la rosa, hasta los puestos que nos habían separado mis padres, puestos que estaban muy cerca de los novios. Mientras caminabamos se escuchan murmullos, las personas no sabían que estaba pasando, algunos se preguntaban se era una boda doble. Yo estaba espectacular con mi vestido blanco, pero Antonio no se quedaba atrás, llevaba un smoking negro, estaba impecable, con la barba recortada y su pelo arreglado y ese aroma tan característico de él, el solo verlo aceleraba mi corazón y mojaba mi coño.

    Mi prima y mi ex, estaban con la boca abierta, no podían creerlo, antes de sentarme les di una mirada a cada uno y guiñe un ojo, fue lo más cliché que pude hacer pero sus reacciones valieron la pena, me ex se puso pálido y mi prima estaba roja de la furia, tuve que controlarme para no reír a carcajadas.

    -¿Lo disfrutaste? Pregunto Antonio.

    -Lo disfrute casi tanto como cuando tengo tu verga dentro…

    -Entonces lo disfrutaste mucho, mi amor. Dijo mientras acariciaba toda la longitud de mi pierna que los buenos modales le permitían.

    La ceremonia transcurrió con normalidad, salvo en algunos momentos en donde el novio o la novia me miraban de más, cuando el padre pregunto si había alguien que se opusiera, los novios me voltearon a ver fijamente, yo solo pude sonreír, en ese momento, como si lo hubiéramos ensayado, Antonio y yo nos miramos y nos besamos.

    La ceremonia acabo y todos nos fuimos a la recepción, saludamos y hablamos con mucha gente antes de que los recién casados llegarán.

    Cuando llegaron empezaron con los discursos, hablaron mis tíos y mis ex suegros, hablaron sus amigos y luego preguntaron si alguien más quería dar unas palabras.

    Así que yo tomé el micrófono, tuve que volver a reprimir una carcajada por las caras que hicieron los recién casados al verme tomar el micrófono.

    Comencé diciendo; estoy muy feliz, porque estás personas están comenzando una nueva vida juntos, porque después de mucho buscar se pudieron encontrar, y buscaron mucho, ustedes me entienden, pero por fin encontraron su complemento perfecto, no puedo imaginar otras dos personas tan compatibles, que se merezcan tanto el uno al otro, porque créanme, se merecen, son tal para cual, solo espero que el universo les devuelva todo lo que le han dado a los demás. ¡Que vivan los novios!

    Los asistentes, no sabían muy bien como reaccionar, solo atinaron a dar unos aplausos descoordinados.

    Eso no me quito todo el dolor por el que pase, pero si lo disfruté bastante.

    Al transcurrir la noche los ánimos se subieron, las personas empezaron a bailar y disfrutar.

    Mi papá me invitó a bailar y Antonio hizo lo mismo con mi mamá, luego de estar un rato en la pista, me exnovio, ya bastante tomado, prácticamente me arranco de los brazos de mi padre para que bailará con él.

    -Estas preciosa.

    -Siempre lo he estado.

    -Tienes razón, pero hoy estás deslumbrante, verte con ese vestido me hace recordar todas las veces en las que me imaginé ir al altar contigo.

    -Que lástima que la memoria te falló cada vez que te cogiste a mi prima.

    -Eso fue un error, tú lo sabes.

    -Un error que repetiste muchas veces, y que falta poco para que llegue a este mundo.

    -Pero un error al fin y al cabo, yo a la que quiero es a ti.

    No sé qué espíritu poseyó a mi exnovio, porque a partir de esa frase, intento meter sus manos bajo mi vestido, todo frente a la mirada incrédula de su recién y embarazada esposa. Yo no quería hacer un escándalo, por eso intentaba quitarme lo de encima lo más discretamente posibles, pero ese hombre no me dejaba en paz, gracias al cielo Antonio apareció.

    -Ya es hora de que bailes conmigo. Dijo apartando a mi ex.

    -¡Oye! Primero pide permiso, que ella está bailando conmigo.

    -El no tiene que pedirle permiso a nadie, pues, yo le pertenezco.

    Dicho esto lo dejamos en medio de la pista de baile mirándonos fijamente.

    Antonio me llevo a una parte de la pista de baile más oscura.

    -Me encanta que le hagas saber a los demás que eres mía, que me perteneces.

    -¿Como no lo voy a hacer? Si me encanta ser tuya.

    Empezamos a bailar sensualmente, no nos importo que nos estuvieran mirando, él tenía una mano en mi culo y la otra en mi espalda, presionandome fuertemente contra él, yo tenía mis manos alrededor de su cuello, pero lo que me estaba enloqueciendo, era su rodilla en mi entrepierna, esa rodilla se abría paso por la abertura del vestido, y masajeaba mi clítoris, a veces fuerte y a veces suave.

    -Si sigues así, vas a tener que cogerme aquí y ahora, ni siquiera me importa que mis padres lo vean.

    -Mmmm tentador, pero me temo que si hacemos eso vamos a terminar en la cárcel, pero tengo una mejor idea.

    Sin dejar de tocarme el culo, me llevo por los diferentes pasillos del hotel, paramos frente una habitación que tenía como nombre «suite nupcial».

    -Si está abierta te cojo aquí, puta hermosa.

    Y si, estaba abierta, dentro estaba decorado con pétalos de rosa, había fresas con crema, champagne y una nota deseando felicidad a la pareja de recién casados.

    -Mi perrita, tú sabes que yo cumplo mis promesas.

    Me tomo en brazos, como cuando estábamos en la pista de baile, pero esta vez sus movimientos eran más bruscos, me cogía las tetas, el culo, me halaba el cabello para darme un beso profundo y con lengua y su rodilla no dejaba en paz a mi clítoris.

    -Mi puta caliente, me tienes el pantalón mojado con tu excitación.

    -Amo, eso es enteramente tu culpa.

    -Tambien va a ser mi culpa que salgas de aquí con el culo rojo y bien follada.

    Me hizo ponerme en cuatro sobre la cama, subió mi vestido, me empezó a azotarme el culo fuertemente, a veces metía dos o tres dedo en mi coño, pero él seguía dando nalgadas, solo hasta cuando mi humedad empezó a caer en la cama, fue que mi Amo decidió que era momento de llenarme el coño de verga, estaba disfrutando mucho, ese entra y sale de la polla dura, larga y gruesa que tenía mi Amo, di un chillido de placer cuando sentí que iba metiendo un dedo en mi ano, luego otro y luego otro. Cuando de repente se escucharon voces, eran personas discutiendo, específicamente, era mi prima y mi exnovio.

    -Como es posible que me hicieras esto, que ella me hiciera esto, debiste sacarla nada más la viste, pero no, solo te la quedabas viendo como un estúpido.

    -¿Que podía hacer? NADA. Yo no te hecho nada.

    -Te parece poco ir a hablar con esa zorra, seguro te quiere reconquistar, esa puta roba maridos, debi sacarla de mi matrimonio de inmediato, pero te tenía que hacer caso a ti, ¡Por Dios, hasta se puso un vestido blanco!

    -Ella se veía muy bien, y no hizo nada malo, solo la fui a saludar, eso es todo. ES-TO-DO.

    -De esa perra puedo esperar cualquier cosa.

    Mientras está conversación se daba, mi Amo me pregunto si quería seguir o si parabamos.

    -Quiero seguir, no se te ocurra sacar esa verga y esos dedos dentro de mi, quiero que me cojas más duro, quiero que me hagas venir.

    Mi Amo cumplió mis deseos, siguió clavándome profundamente su verga y sus dedos, sus embestidas eran cada vez más fuertes, me iba a venir y mi Amo también. Instantes antes de que llegáramos al clímax, los recién casados entraron en la habitación, mi querida prima profirió un tremendo grito de incredulidad y en ese instante me Amo me dio una descarga de semen tan fuerte y abundante que me hizo venir de inmediato, el semen de mi Amo salía de mi vagina manchando las sábanas blancas de la cama.

    -Pero que está pasando aquí, prima, como pudiste hacerme esto, que asco, estas enferma.

    -Ajajaja No es para tanto, fue un ojo por ojo, tu saliste ganando porque está no es tu cama y este no es tu novio.

    Mi exnovio se había quedado mudo, mientras Antonio y yo íbamos saliendo de la habitación le dije:

    -Cariño, así es como se ve un orgasmo femenino.

  • Mi amiga apuesta su culo

    Mi amiga apuesta su culo

    Estaba en la casa de mi amiga de visita para pasar la tarde y para divertirnos jugamos al “uno” hicimos apuestas el de ella fue ir a la playa y caminar de punta en punta en bóxer y yo le dije mi apuesta que era mas picante y le dije «si gano vos te vas a dejar penetrar por el culo en la playa, la persona es a tu elección» mirándome y maldiciéndome, aceptó porque ella tenía confianza en ella misma al final le termine ganando 3 a 2 en 5 partidas, empezó ganándome 2 a 0 pero pude dar vuelta el asunto y gane, al final se fue a bañar para ir bien presentable, después salió del baño con toalla le dije que venga, se puso frente mío le di vuelta le levanté la toalla y puse mi cara en su culo y se lo chupe se sorprendió pero le gustó la chupada en su culo no me dijo nada ya que tenemos mucha confianza, le dije que era para prepararla igual se dio cuenta que aproveche la oportunidad y me dejo pasar, después de un rato fuimos a la playa caminando y buscando hasta que encontramos a uno fuimos y le hablamos le contamos que perdió una apuesta y tiene que cumplirla, el pregunta cual apuesta?

    Y nosotros, bueno mas ella dijo si perdía tenía que darle su culo a un desconocido, el tipo quedo como ¿Que? Sin reaccionar, luego pensó y dijo que lo estábamos jodiendo. Nosotros decíamos la verdad que fue asi como paso de dejarse coger por el culo, para demostrarlo mi amiga le agarre la mano y lo puso en sus nalgas y que apretara para que viera que no mentía.

    Después fuimos a unos arbustos que había y nos acomodamos mi amiga le agarra la pija por encima del pantalón y empezó a manosear y yo empecé a grabar (desgraciadamente no tengo los videos porque entro un virus y me los jodió) después ahí empezaron a besarse y el pibe a tocar sus tetas yo que toque que esas tetas te volverán loco mas si los ves mi amiga dice al pibe si los quiere ver y el acepta se saca el buzo y el sosten y vio esas tetas redondas y grandes el pibe no aguanto mas y las empezo a chupar mi amiga me ve y dice vos aprovecha el momento y dije «como grabo?»

    Ella saca un palo selfie de su bolsa, ya venía preparada lo agarre y empece a grabar mientras los dos chupabamos sus tetas que ricas eran, después de eso mi amiga le dice que se pare para bajarle los pantalones y chuparle la pija, se los baja ve que tiene un buen pedazo y mi amiga se sorprende dice «Wow, que pija me voy a comer» y empieza a chuparlo con ganas y mete lengua y yo veia todo sus huevos rebotaban en su menton y el pibe agarrando su pelo para que lo chupara mas fuerte, estaba tan excitada que la levanté le baje el pantalón a ella con tanga roja incluida le chupe el culo para que empezara a coger, estaba rica la verdad su culo cuando se lo deje bien mojado mi amiga se da vuelta y pone su culo en su pija y lo frota con ganas después de eso le dice «méteme esa pija en la cola y lléname de lechita bien adentro» el pibe lo empezo a coger de parada sus tetas rebotaban con cada metida de pija en su culo igual que sus nalgas que rebotaban, mi amiga notaba que mi pija estaba dura y me dice que me baje los pantalones y que me penetre la concha le digo «por qué?» Me dice con cada gemido «la apuesta era que me penetraran a mi elección» yo dije por el culo nada mas, le importo poco diciéndome «cogeme la concha y después me llenas de leche el culo»

    (Igual lo iba hacer cuando lo pido) me saco el pantalón le levantamos con el otro y le hicimos doble penetración mi amiga estaba tan excitada que gemía mas fuerte diciendo «que ricas pijas comen mi orto y mi concha, cójanme como una puta perra» el pibe no aguanto esas palabras y le lleno el recto lleno de semen pero seguía cogiendo a pesar de haber acabado yo estaba disfrutando de su concha toda húmeda y sin pelos, después el pibe baja la velocidad y se lo saca del culo de mi amiga y empieza va salir el semen yo la bajo para darle mi carga porque ya estaban a punto de acabar se lo meto por el culo entro fácil desde de ser penetrada dure varios minutos que al fin logre acabar en su orto le dejamos bien adentro nuestro semen y para terminar nos lava la pija con su boca para después irnos, al rato el pibe se fue contento, la miro a mi amiga y le digo «como pasaste?» Lo que ella me responde «mi culo esta feliz» le digo me alegro, me mira y me dice «volvemos a casa y me llenas la cola de nuevo?» Yo la mire y le dije si y no mas llegar fuimos al sillón y le meti la pija en el culo y acabe en su recto 4 veces mas los que le dimos antes.

    Y así fue como gané y tuve premio.