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  • Me convertí en la zorrita de mis amigos de la universidad

    Me convertí en la zorrita de mis amigos de la universidad

    Me llamo Angélica, la mayoría me conoce como Angie, aunque con el tiempo me he ganado varios apodos. Soy morena clara, casi blanca. Ojos grandes, cejas pobladas, labios gruesos y cabello castaño obscuro. Caderona desde la secundaria, pompis nada pequeñas y pechos talla D. Todas las mujeres del lado de mi mamá son parecidas. Somos de un pueblo en provincia, bien conocidas allá. Mi papá sin embargo trabajaba en Ecatepec. Cuando entré a la universidad los traslados se convirtieron en una pérdida de tiempo. Dos horas para llegar al sur de la ciudad que es donde está el mega campus. Lo que pasa en este relato me sucedió apneas 5 meses después de ingresar a la universidad. Mi prima Ximena ya rentaba un departamento cerca del campus universitario, a 5 minutos. Pero a mis padres les parecía mala idea que dos señoritas vivieran solas. Al final aceptaron pues los traslados eran terribles y la universidad valía mucho la pena al ser de las mejores del país y de bajo costo.

    Estábamos en finales de semestre y en una visita que le hice a mi prima a su departamento decidí quedarme al fin que ya tenía el permiso de mis padres. Le marqué a papá para darle la noticia y pedirle que me llevara dos cajas que ya había preparado con mis cosas y mi ropa. Me llevó sólo mis cosas pues la caja de la ropa la confundió con una caja de adornos navideños. Toda esa semana estuve usando la misma ropa. Sólo cambiaba de blusas que me prestaba mi prima, pero diario eran los mismos jeans a la cadera, los mismos tacones altos morados y la misma chamarra morada en las noches que hacía frío. Notaba que a mi prima Ximena no le encantaba prestarme ropa y me daba ropa pasada de moda. Llegado el viernes de esa semana la carga de trabajo había aumentado súbitamente por ser final de semestre. Olvidé por completo lavar mi ropa interior.

    Era viernes por la mañana y me levanté tarde. No alcancé a mi prima para pedirle ropa prestada y su cuarto se encontraba cerrado con llave. Ella ya se había ido a su clase. Decidí buscar en el cuarto de lavado y encontré tres prendas. Después de desayunar y bañarme me probé esas tres piezas de ropa. Era una tanga, un brassiere y una blusa de tirantes. La tanga y el brassiere se veían algo pequeños y peculiares. El brassiere era talla C y estaba hecho de resorte y tela aterciopelada imitando la piel de un leopardo; me quedó bastante apretado y mi escote lucía más voluptuoso de lo normal ya que el brassiere presionaba mis pechos contra mi cuerpo. La tanga tenía también manchas de jaguar en la tela y el resorte, aunque me quedó bien gracias al elástico. La blusa de color morado estaba bonita (el morado es mi color preferido y me encanta combinar la ropa). Me quedaba bastante chica la blusa. Tenía que decidir ente ocultar el brassiere de jaguar o tapar mi abdomen. Por lo anterior decidí ir de chamarra. Era finales de junio y aunque hacía calor esperaba que la sesión fuera corta. No más de 40 minutos y estaría de regreso.

    Ya en la escuela me encontré con Rodrigo y Eliseo. Eliseo es moreno, un poco más alto que yo; muy fuerte pues siempre fue fanático del fisicoculturismo. Rodrigo era blanco, alto y delgado. Ellos se conocían desde antes de la universidad y para ser sinceros yo me sentía afortunada de haberlos conocido pues siempre hice equipo con ellos para los trabajos y tareas. Siempre eran muy dedicados a la escuela. Además, ellos tenían novia los dos y fuera de algunas miradas o roces, nunca pensé que se sobrepasarían conmigo o que intentarían algo más allá de una amistad.

    Cabe recalcar que hasta ese día nunca había tenido nada que ver con nadie de la universidad. En mi casa me enseñaron a ser una señorita y a guardarme para alguien de buena familia que sería mi esposo. Seguido notaba las miradas de otros chicos o incluso sus comentarios subidos de tono, un par de pellizcos no solicitados, pero siempre les respondía con rechazo o enojo pues para mí eran todos poca cosa.

    Ese mismo día hacía mucho calor. La sesión en el salón de clases consistía únicamente en recibir los requerimientos del proyecto final. Después del viernes tendríamos dos semanas para trabajar en el proyecto y sólo regresaríamos al aula para la revisión final y la calificación definitiva. No tardamos más de 35 minutos. Al terminar todos estaban muy ansiosos pues los requerimientos eran más de lo esperado y para lograr una buena nota íbamos a tener que trabajar todos los días de las siguientes dos semanas con gran esmero. Por lo anterior, Rodrigo y Eliseo sugirieron ir al departamento de mi prima para adelantar el análisis de los requerimientos. Yo no quería pues sólo pensaba llegar para quitarme la chamarra, bañarme, lavar mi ropa y ponerme algo más cómodo. Al final acepté la sugerencia pues ellos estaban siendo muy insistentes y de verdad el proyecto final parecía muy complejo. Eliseo nos llevaría al departamento de mi prima en su coche.

    El coche lo había estacionado en un aparcamiento al aire libre. Estaba muy caliente por dentro, tanto que al entrar decidí que ya no podía más. Me tenía que quitar la chamarra o moriría de calor. Yo estaba sentada atrás y Rodrigo en el asiento de copiloto. Tuve mucha dificultad para quitarme la chamarra morada pues estaba toda sudada y las mangas se pegaban a mis brazos. Por la dificultad llamé la atención de ambos quienes se giraron para verme. Se burlaban de mí por el esfuerzo que me estaba costando quitarme la chamarra morada. Sus sonrisas se borraron de su rostro en cuanto logré quitármela. Sentí de inmediato el aire fresco en mi piel empapada de sudor. Recordé como iba vestida ese día por lo que sentí algo de vergüenza y no quise levantar la mirada de inmediato al saber que me estaban viendo. Me percaté que la blusa de tirantes estaba desacomodada por el esfuerzo de quitarme la chamarra por lo que el brassiere de leopardo se asomaba demasiado y también noté que mis pechos estaban sonrojados y brillosos por el calor y el sudor. Cuando alcé la mirada los dos me estaban observando el escote de forma descarada, eso sólo incrementó mi vergüenza “¿Nos podemos ir?” les pregunté. Después casi un minuto más observándome, ambos se giraron Eliseo arrancó el coche.

    El viaje no fue incómodo pues los tres fuimos bromeando sobre los demás chicos de la clase, aunque si noté como Eliseo acomodaba el espejo retrovisor para echar vistazos a mis pechos durante las luces rojas de los semáforos. Como era de esperarse, el viaje no duró más de 10 minutos. Llegamos a la caseta de vigilancia del conjunto de edificios donde viviría con mi prima. De turno estaba Fernando, que usualmente es el vigilante asignado a la caseta durante el día. Nos conocemos de las veces que he visitado a mi prima y a veces hemos platicado un poco. De inmediato me reconoció y me saludó dándonos acceso pero también casi de inmediato su mirada se clavó en mis pechos, creo que nunca me había visto vestida así. Eso lo notaron Eliseo y Rodrigo. “Ya te lo ligaste jaguarcita” comentó Eliseo riéndose. Yo me molesté un poco por claramente me acaba de poner el apodo jaguarcita haciendo referencia al brassiere con imitación de piel de leopardo que traía puesto y que minutos antes ellos habían estado fisgoneando. No le hice mucho caso para no darle cuerda.

    Una vez que Eliseo estacionó el auto en los lugares de visitantes, descendimos y caminé delante de ellos para guiarlos hasta el edificio 5. El departamento es el 4 y está en el primer piso por lo que normalmente usamos las escaleras para llegar a él. “Pero que colotas tienen las jaguarcitas” dijo Eliseo con voz de murmullo mientras Rodrigo se reía. Claramente fueron observando mis pompis todo el camino y Eliseo no aguantó las ganas de decir esa burla. Lo tomé como juego y fingí no escucharlos.

    Al entrar al departamento les di la bienvenida y les serví un vaso de agua con hielo a ambos y a mí. Sugerí sentarnos en la mesa del comedor para comenzar a trabajar en el análisis del proyecto. La mesa es cuadrada para 8 personas. Eliseo se sentó a mi izquierda y Rodrigo a mi derecha, pero dando la vuelta a la esquina de la mesa. Estuvimos largo rato dibujando y bromeando, me hicieron reír varias veces y les gustó decirme jaguarcita pues varias veces lo repitieron y lo usaron en lugar de mi nombre para referirse a mí. Notaba también como daban vistazos rápidos a mi escote, seguro pensaban que yo no lo notaba, pero eran muy obvios. Eliseo y Rodrigo cada vez se me acercaban más y sentí varias caricias suaves, de Eliseo en mi muslo izquierdo con su mano y de Rodrigo en mi pantorrilla con su pie. Primero yo pensaba que era roces incidentales, pero después de algunas ya no podían ser accidentes. En eso sentí la mano de Eliseo apretando mi muslo y me pregunto “Jaguarcita, donde esta tu baño” le indiqué que al fondo del mismo pasillo del comedor. Me quedé con Rodrigo haciendo trazos en los bocetos. Nos concentramos tanto en el trabajo que no me di cuenta cuando Eliseo se paró detrás de mi silla, sólo sentí sus manos gruesas y tibias en mis hombros. Me sorprendí un poco. “No te asustes jaguarcita salvaje” dijo Eliseo mientras comenzaba a masajear mis hombros con delicadeza, pero firmemente con sus fuertes manos. Rodrigo tomó mi mano derecha y también la comenzó a acariciar de manera suave pero electrizante. Sentí como Eliseo acercó su cabeza a la mía y dijo “Que rico hueles Angie y eso que estabas sudando mucho” yo me reí y le dije que en la primavera hace mucho calor y es normal. Eliseo se río un poco y me contestó “En primavera todas las gatitas están en celo. De seguro las jaguarcitas también.” Cuando dijo eso me hizo una caricia en mi cuello. La combinación de sus palabras, su voz y su caricia me hizo estremecer; sentí mariposas en el estómago. La sensación de relajación era muy profunda y poco a poco se iba sustituyendo por una de emoción y curiosidad. ¿Qué estaba pasando? ¿A dónde terminaría esto? ¿Era normal que me comenzara a sentir atraía hacia ellos dos al mismo tiempo cuando hasta hace unos momentos yo sólo los veía como mis amigos?

    Eliseo continuó acariciando mi cuello con ambas manos mientras Rodrigo acariciaba mis antebrazos. Sin darme cuenta comencé a suspirar de relajación, pero Eliseo si lo notó y me pregunto “A ver Angie dinos ¿Cómo hacen las gatitas?” a lo que yo respondí suavemente “Miau, miau, miau” Ambos se rieron y Eliseo pregunto ahora “¿Cómo hacen las jaguarcitas?” a lo que yo respondí “Rrrrr rrrrr rrrr” luego Eliseo dijo “Muy bien Angie, muy bien. Ahora dinos tu sonido natural ¿Cómo hacen las putitas?” Cuando escuché eso, sentí una combinación de enojo con cariño y excitación. Me sentía llena de deseo, pero tenía que ponerle alto pues en ese momento me consideraba a mí misma una señorita de buena familia, traté de ponerme de pie para pedirle que se fueran pero Eliseo me tomó fuerte de los hombros y me mantuvo sentada. Después dijo “Tranquila Angie, yo sé que ya estás calientota. Fue refácil echarte a andar.” Le respondí que no era cierto y que quería que se fueran; aunque en realidad yo sabía que mi cuerpo hacía sentirme cada vez más dispuesta a entregarme. “¿Crees que no sé cuando una hembra ya esta puesta? Ya me imaginaba que tú eras de las que rápido se prestan.” Cuando dijo eso me sonrojé todavía más. ¿¡Cómo lo sabía?! Para ser honesta sí me prendía con facilidad, siempre he sido así. Siempre me enojo muy fácil como igual me exalto o me excito muy pronto, sobre todo si lo provoca un hombre con intenciones reales o si es uno de esos días donde estoy de ansiosa.

    Entre mi desesperación por ponerle un alto a esa situación antes de que se saliera de mi control y mi combinación de enojo con excitación, grite: “¡Ya Eliseo, déjame levantarme!”. Sentía la cara y el cuerpo super calientes, al grado de que empezaba a sudar un poco. Les dije con voz firme que se fueran. Eliseo y Rodrigo se rieron de mí. Eliseo dijo: “Tu ya eres nuestra hermosa y jariosa Angie, a partir de ahora haremos contigo lo que queramos y tú nos obedecerás en todo”. Cada que decía algo yo me excitaba más y más. Ya sabía yo que me excitaba que me hablaran de esa forma, pero esa vez fue la primera que alguien me tenía a su disposición y conociendo mis puntos débiles, en el fondo yo sabía que no podría evitar lo que iba a pasar. No sé de donde agarré fuerzas, pero caminé rápido hacia la puerta, dispuesta a abrirla para exigirles que se fueran. Justo cuando di dos pasos sentí la mano de Eliseo acariciarme una pompi. Todavía recuerdo como se sintió, suave pero muy fuerte. Toda la piel se me puso chinita. Estaba furiosa pero al mismo tiempo más excitada. Al darme la vuelta para enfrentarlo, Eliseo me tomó de la cintura y me besó en los labios. Yo no hice nada más que cerrar los ojos. Sentía mi corazón latiendo a mil por hora y las mariposas en la panza más intensas que nunca. Cuando reaccioné, abrí los ojos y lo empujé. Le dije con voz de enojo que ya se tenían que ir. Me dispuse a reanudar mi camino hacia la puerta, pero al hacerlo sólo sentía la sensación de sus labios en mi boca y de su mano en mi pompi y mi cintura. A cada paso que daba la sensación crecía. Alcancé la perilla de la puerta y la abrí, con voz temblorosa les dije: “O-o-o-o se se van o le le le ma marco a mi pap pa papá” Cuando terminé de decir eso los dos se rieron y me miraron de pies a cabeza. Eliseo dijo esa frase que aún recuerdo vívidamente “Voy a contar hasta tres, si después del tres sigues ahí parada quiere decir que eres una dama y nos iremos. Si después del tres cierras la puerta y vienes a besarme, quiere decir que estas cachonda y a partir de ahora serás nuestra puta para lo que queramos. Uno, d…” No terminó de decir dos cuando yo azoté la puerta y corrí a besarlo.

    Puse mis brazos alrededor de su cuello y llevé mis labios a su boca. Yo buscaba un beso tierno y despacio pero Eliseo casi de inmediato metió su lengua en boca. Una de sus manos acariciaba mi cuello y la otra apretaba fuertemente una de mis pompis. Mi excitación crecía aún más, decidí responder a su beso y nuestras dos lenguas se comenzaron a acariciar. Después me tomó de la cara con su fuerte mano derecha y me apretó las mejillas de forma que mis labios se fruncían como dando un beso. Se detuvo así un rato contemplando mi rostro. “Que chulada de vieja Angie, hasta que se nos va a hacer darte lo que te mereces” Me mantuvo así un rato hasta que me dijo “A partir de ahora eres nuestra, para lo que queramos, entendido?” Le dije que sí con voz leve. “Ya te haremos decirlo más convencida en un rato. De entrada tu ya no eres Angie, el nombre te lo ponemos nosotros a como nos de la gana” Le respondí que estaba bien. “Nada de esta bien, Si papi Eliseo a partir de ahora, entendido?!” Le respondí: Si papi Eliseo. Sentí unas palmaditas en las pompis, era Rodrigo quien me dijo “A mí me dirás Maestro, queda claro zorrita?” Le respondí: Si Rodrigo, ahora tu eres mi maestro. Me comenzó a besar intensamente, mordiendo mis labios y llenándome la boca de su sabor. Mientras nos besábamos yo sentía las manos de Eliseo por todo el cuerpo, en mis muslos, en mi abdomen, en mis pechos y en mi entrepierna. Me estaban convirtiendo en un objeto, es su juguete, en su zorra. Yo estaba encantada.

    Eliseo metió su mano en mis pantalones, sentía sus dedos masajeando mi vulva de abajo hacia arriba, con uno de sus dedos presionaba la zona de mi clítoris. Rodrigo me seguía besando, con una de sus manos apretaba mis pompis y con la otra sujetaba mi cuello. “Esta puta esta que arde por una verga, esta empapada” Eliseo decía con voz burlona mientras seguía tocando mi parte más íntima como si fuera cualquier guarra. “Seguro la pendeja se corre con el truquito ese” dijo Rodrigo. Eliseo me comenzó a pellizcar fuertemente la zona de mi clítoris por encima de la tanga. “Te haremos adicta a esto” Mientras Eliseo me pellizcaba con su pulgar y su índice en mi entrepierna, Rodrigo me comenzó a apretar el cuello con ambas manos poco a poco, cada vez más. Estaba asustada pero cada vez más excitada hasta que mi vagina comenzó a palpitar, mi colita se abría y cerraba y sentí un fuerte calambre en todo el cuerpo, como electricidad. Había sido mi primer orgasmo.

    “Me mojó la mano esta zorra” decía Eliseo mientras se burlaba. Yo todavía tenía una hermosa sensación en todo el cuerpo, lo veía todo en color de rosa. En ese momento sólo sentía cariño por ellos dos. Se me salió decirles que los quería de verdad. “Nosotros te queremos. Pero ver encuerada pendeja” Yo me reí y me empezaron a bajar el pantalón, me quitaron mis tacones, me sacaron el pantalón y me volvieron a poner los tacones morados. Luego me sacaron el top morado. Quedé sólo con la tanga y el brassiere de media copa de tela parecida a la piel de un leopardo, mis tacones altos morados y mi maquillaje igual morado. Eliseo se separó y se sentó en la sala, me comenzó a mirar de arriba abajo. Rodrigo me puso frente a él y me comenzó a besar de manera muy tierna y romántica. Nuestros labios se tallaban con mucha fuerza y de repente nuestras lenguas se tocaban, haciéndome sentir de nuevo excitada. Yo tenía ambos brazos sobre sus hombros, como una colegiala enamorada. Rodrigo tenía sus manos en mis pompas. Les daba ligeros apretoncitos y me las sobaba todas, de repente me las subía y las dejaba rebotar como sintiendo su peso. Después comenzó a darme palmaditas, sonaban como pequeños aplausos. A veces interrumpía el beso para decirme cosas como “Que nalgotas te cargas Angie” o “Con esa cara y esta cola puedes dejar de estudiar”. Yo sabía que me estaba faltando al respeto. Pero para mí esas palabras eran cumplidos y estaban encendiendo la llama de nuevo que se había calmado con el primer orgasmo. De repente me dejó de besar y me tomó del pelo. “Me encanta tu carita de zorra coqueta, estás hecha para el disfrute puta”. Yo sentía como si me dijeran los cumplidos mas bellos. Me estaba enamorando de dos hombres que sólo querían usar mi cuerpo para divertirse.

    “Deja que mueva la cola esta gata” le dijo Eliseo a Rodrigo. Rodrigo me tomo de la mano y me puso en el ventanal. “Mueve esa colita jaguarcita” Me puse a bailar lo mas sexy que pude. Me sentía muy caliente. A esa hora la mayoría de las personas del fraccionamiento estaban en la escuela o el trabajo, pero seguro había algunos viejos o amas de casa. No me enteraría hasta después quienes me vieron. Ahí estaba yo, en tanga y brassiere, sólo con tacones, moviendo mi cuerpo como una zorra, enfrente de un ventanal abierto, siguiendo las órdenes y deseos de dos hombres que hasta hace una hora yo consideraba mis amigos, ahora ellos pensaban que yo estaba a su servicio.

    “Un volado Rodrigo, si sale águila ara yo me la chingo hoy y tu otro día. Si sale cruz nos las chingamos los dos enfrente al ventanal.” Dijo Eliseo mientras sacaba una moneda, la arrojó al aire y salió águila. Ambos se rieron “Es mi funda por hoy, nos vemos mañana Rodrigo.” Rodrigo tomó sus cosas y se fue. Mientras Eliseo me tomó de la mano y me llevó a mi cuarto. “Ponte en cuatro Angie y para esa cola” Yo en ese momento no tenía uso de razón. Lo obedecí sin más. Subí a mi cama y me puse sobre mis rodillas y mis manos, elevando mis pompis lo más que podía. Mi espalda se curvaba. Escuché como Eliseo se desabrochó el pantalón, sentí su peso sobre la cama y sus dos manos grandes y tibias sobre mi trasero. Sentía algo muy caliente rozando mis pompis, estaba segura de que era su miembro. Me la metió sin más. Al principio suave, poco a poco fue subiendo la intensidad. Al principio yo me aguantaba mis pujidos pero a medida que seguía metiendo y sacando, yo sentía cada vez más palpitaciones y me excitaba más y más. Sólo recuerdo que fue delicioso y que tuve un par de orgasmos más. Cuando terminó, prendió un cigarro y no se fue hasta que lo terminó y apagó la colilla en uno de mis glúteos. Me dolió mucho pero aun estaba agotada, empapada en sudor y completamente enamorada de Eliseo.

  • Fantasías de esposos

    Fantasías de esposos

    Soy Bernardo. Lo que les voy a contar es una experiencia que cambió mi vida y que hizo realidad algunas de mis fantasías más ocultas. Que tiene como protagonista a mi esposa, Minerva.

    Morenita, hermosa, con unas piernas que son el deseo de cada hombre que la mira. Además de tener unas nalgas de ensueño y una carita tan hermosa.

    Este detalle que les cuento de sus piernas y de sus hermosas nalgas. Creo fue el comienzo de una de mis fantasías.

    Es que ver como la miraban los hombres empezó a generarme en mi ese morbo mezclado con celos, en el que el morbo siempre salía ganando.

    ¡Si! Fantaseaba con que la vieran desnuda y verla coger con otro.

    Pero dado a que ella siempre fue muy reservada y tímida siempre pensé que eso sería solo una fantasía que estaría en mi cabeza.

    Un día, medio aburrido andaba paseando por la casa con una lata de cerveza, cuando escuche ruidos junto a la ventana de nuestra recámara.

    Al investigar en la ventana vi a un empleado de la construcción que hacía algunos arreglos en el balcón del vecino.

    Me asome un poco y observe a un joven de unos 20 años, que trabaja en el aplanado de la pared contigua a nuestra recámara.

    Mi esposa se encontraba en la regadera próxima a salir y entrar en la habitación a vestirse.

    Mi imaginación comenzó a volar y mi fantasía ganó la partida, así que jale un poco la cortina de manera que el joven la pudiera ver solo un poco.

    La siguiente pieza de la casa es la sala, solo una pared la separa de nuestra habitación y la ventana queda del mismo lado de la calle, así que tomé mi lata de cerveza y me dirigí a esa ventana, como lo supuse tenía vista perfecta de nuestro amigo.

    Escuché que la puerta del baño se abrió y mi esposa salió rumbo a nuestra recámara, envuelta en una toalla que cubría bien sus senos, pero era demasiado corta, dejaba ver la mitad de sus nalgas y parte de su vagina.

    Automáticamente mi respiración cambió como si hubiera subido una escalera a toda prisa y mi corazón también se aceleró.

    Mire por la venta para observar el comportamiento del chico y para mi sorpresa uno de sus compañeros estaba junto a él, ambos al parecer preparaban cemento en una especie de caja de madera, no se percataban de lo que ocurría frente a sus narices.

    (Tontos pensé).

    Uno de ellos se levantó y se retiró.

    El primer joven volteo la cabeza hacía la ventana y la regresó a lo que estaba haciendo, pero décimas de segundos después regresó la mirada súbitamente a la ventana, más bien fue como una sacudida de su cabeza como si su cerebro hubiera procesado la imagen que había captado.

    Dejó de hacer lo que estaba haciendo, se quedó inmóvil para no emitir ningún ruido, parecía una estatua pasando algunos instantes descubrí que nuestra respiración llevaba el mismo ritmo de agitación, ambos tratando de no hacer el menor ruido posible.

    Me di cuenta que mi verga estaba completamente parada, al mismo tiempo nuestro amigo se llevaba la mano dentro de sus pantalones y comenzó a tocarse.

    No fui consciente de cuánto tiempo pasamos los dos mirando cada quien, desde su ventana, yo mirándolo a él y él mirando a mi esposa.

    De momento sacó su mano de su pantalón y comenzó hacer lo que estaba haciendo. Supuse que mi esposa había terminado de vestirse. Y en efecto mi esposa apareció con una minifalda blanca y una blusa de color rosa de tirantes.

    Me preguntó ¿Qué haces?

    Conteste viendo la televisión.

    Ella se echó a reír y me dijo si la enciendes es más divertida.

    Y entró a la cocina.

    (Minerva la esposa)

    Soy Minerva esposa de Bernardo, llevamos casados 10 años, él es un hombre muy atento, divertido y trabajador.

    Pero a veces tengo la sensación que piensa mucho en los demás y da por asentado sus suposiciones antes que preguntar lo que la otra persona siente o quiere hacer.

    Hablando de mi sexualidad desde que mi cuerpo comenzó a tener cambios y observar mis atributos comencé a notar las miradas principalmente de los hombres.

    Incluso algunos me hacían comentarios sobre mi cuerpo, algunos que me gustaban y otros muy groseros.

    Cuando vivía con mis padres teníamos un vecino, el clásico joven caliente que le daba por espiarme por la ventana, confieso que me gustaba calentarlo desvistiéndome antes de dormir.

    Recuerdo en una ocasión una ráfaga de viento delató su posición detrás de la cortina que cubría su ventana, dejándome ver su silueta delgada y su verga bien erecta que para ser un joven de unos 20 años. estaba muy bien dotado.

    Desde ahí yo fantaseaba con estar con él. En ese entonces se despertaron dos fantasías en mí, la primera que me gustaba por ser observada. Y la segunda sentir el vigor y la energía de un joven. Hoy cuando salí de bañar crucé la sala y vi a mi esposo, que me miraba de una manera algo extraña.

    Entre a mi recámara me puse frente al espejo, me quite la toalla y observé en el reflejo del espejo la silueta de una persona parada de tras de la ventana, me di cuenta que la cortina estaba algo abierta, entonces me imagine que es lo que tenía mi esposo.

    Que algunas veces me había disparado algunas indirectas sobre parejas que buscaban un tercero para hacer tríos.

    Creó que el fantasea con verme con otra persona.

    (Muy bien sigamos el juego pensé)

    Aún que tenía ya mi ropa preparada comencé a caminar por el cuarto como si buscará algo.

    Me acerque de espaldas completamente desnuda a la silueta que me observaba y comencé simular buscar algo debajo de la cama.

    (Disfruta la vista dije con el pensamiento)

    Me recosté boca abajo en la cama, lo más cerca posible de la ventana y fingí estar observando mi celular.

    De reojo en el espejo alcancé a ver una silueta delgada, se me vino a la mente que pudiera ser un joven como el de mis fantasías eso me calentó, me puse en cuatro sobre la cama para que el afortunado pudiera ver mi vagina.

    Yo deseaba tener su boca entre mis nalgas y que empujara su cara y su lengua lo más adentro de mí.

    Me di cuenta que nuestro amigo tenía su mano derecha dentro de su pantalón y la movía claramente intérprete que se Masturbaba.

    Me probé varias tangas frente a él. Hasta que decidí que la función había terminado y me vestí.

    Salí del cuarto en dirección a la cocina y encontré a mi esposo mirando la ventana, yo sabía que había apreciado la escena y los gestos del joven.

    (Esposo)

    Vaya eso fue intenso, creo que mi esposa no se dio cuenta de que la observaban, tengo que volverlo a repetir.

    (Esposa)

    Más tardé ese mismo día abrí las cortinas de la sala para que entrará luz y abrí también la ventana y asomé a la calle, dirigí mi vista a la casa del vecino y como lo supuse ahí estaba un joven más o menos 170, delgado, piernas largas, brazos y su torso marcado posiblemente por su trabajo.

    Pero lo que más me llamó la atención fueron sus manos, sucias maltratadas, me las imaginaba rasposas, ásperas era inevitable fantasear con ellas recorriendo mis piernas.

    Al siguiente día pensé en repetir la rutina del día anterior, mi esposo no estaba en casa por él trabajó.

    Entre a la regadera y tomé un baño, salí con la intención de regalarle al chico un nuevo espectáculo.

    Pero cual fue mi sorpresa que no había nadie en la ventana, que lástima dije con el pensamiento.

    Me puse un vestido verde que me llegaba arriba de las rodillas de esos vestidos que son holgados y tienes que cuidarte del viento. debajo llevaba una tanga delgadita.

    (Esposo)

    El siguiente día en él trabajó pensaba si se estaba repitiendo el show de mi esposa en la ventana.

    El tiempo pasaba lento y yo estaba ansioso por llegar a casa.

    Regresando del trabajo y al llegar a nuestro edificio forzosamente tengo que pasar frente a la oficina de administración.

    Cuando cruce por la puerta mire adentró y vi al joven que sostenía una conversación con el administrador preguntando si tenía algo más de trabajó que pudiera hacer, a lo cual el administrador negaba con la cabeza.

    Nuevamente mi mente sucia disparo una idea, los interrumpí, pregunté tienes tiempo de reparar una fuga que tenemos en la regadera y tal vez me puedas ayudar con la pintura de algunas paredes.

    Claro si no tiene usted inconveniente me dirigí al administrador.

    Acompáñame le pedí al joven, subimos juntos la escalera, hasta el departamento, Como te llamas pregunté.

    Ismael señor respondió.

    Yo soy Bernardo mientras llegábamos a la puerta del departamento es aquí le dije mientras sacaba mis llaves.

    Abrí la puerta entramos a la casa, grité amor, llamando a mi esposa que apareció radiante saliendo de la cocina, se veía realmente hermosa, llevaba una falda que hacía lucir extraordinariamente sus piernas.

    De esas faldas cortitas, de tela delgada que se levantan con cada movimiento y que quisieras hacerte diminuto para ver de bajo de ella.

    Ella es mi esposa Minerva él es Ismael, los presenté.

    Vi como a Ismael se le iluminaron los ojos, sin duda regresaban a él esas imágenes de lo poco que pudo ver. A través de la ventana.

    Mucho gustó exclamó Ismael estirando la mano para saludar a Minerva.

    Ismael nos ayudara el día de mañana con la fuga en la regadera y los trabajos de pintura que habíamos platicado.

    Pasa por aquí lo dirigí al baño para que viera la fuga, después le mostré la cocina que era una parte de la casa que queríamos pintar.

    Total, él nos dio el costo por sus honorarios a lo cual accedí.

    Ese mismo día hablé al trabajo para pedir un día a cuenta de vacaciones.

    (Esposa)

    Ese día por la noche no podía dormir de la emoción el simple hecho de que Ismael estuviera dentro de la casa y poder calentarlo a mi voluntad era para mi algo muy emocionante.

    Por la mañana nos levantamos en pijama, desayune con mi esposo, se sentía un ambiente como de nerviosismo.

    Rondando las 10 de la mañana sonó el timbre una mezcla de nerviosismo y excitación recorrió todo mi cuerpo.

    Ahí estaba el con su ropa de trabajo, pero está vez, llevaba una playera sin mangas que permitía ver por completo sus brazos bien torneados.

    Me puse de pie y le ofrecí una taza de café.

    (Gustas una taza de café, mientras me das oportunidad de usar la regadera antes de que empieces a trabajar)

    Ismael accedió y se sentó a la mesa con mi esposo.

    Entre a mi recámara y salí cargando mi toalla y la ropa que me pondría.

    (Esposo)

    Mi esposa estaba en la regadera y yo platicaba con Ismael sobre comenzar a trabajar con la pared de la cocina -Pensé- que es donde comúnmente pasa el tiempo mi esposa.

    El comentó estar de acuerdo tomó una espátula de su mochila y comenzó a raspar la pared quitando toda la pintura vieja que prácticamente estaba colgando.

    Ismael se quedó trabajando y yo entre al baño, mi esposa estaba en la ducha, había dejado colgada su toalla y su ropa la puso sobre la tasa de baño.

    La tuve que cargar para poder ocuparlo, tomé su ropa y la llevé conmigo a la recámara, la deje ahí.

    Me senté en la sala frente a mi computadora.

    Desde ahí tenía una vista perfecta de la cocina y el pasillo que comunica el bañó con nuestra recámara.

    Se abrió la puerta del baño y desde adentró mi esposa me hacía señas preguntando por su ropa.

    (Solo me reía de ella y ella también lo hacía)

    Se hacía aire con sus manos como simulando un abanico como en una señal de pena.

    (Esposa)

    Me sentía muy nerviosa, solo de pensar que tenía frente a mí la oportunidad de cumplir una de mis fantasías más deseada.

    Salí de la regadera y casualmente no estaba mi ropa, a mi esposo se le hizo gracioso llevarla a la recámara.

    Abrí la puerta del baño y lo vi sentado frente a mi.

    Le hice señas y solo se reía.

    (Quieres jugar, juguemos dije con el pensamiento)

    Me asomé al pasillo no veía a Ismael porque estaba dentro de la cocina.

    Salí completamente desnuda y modelé para mi esposo, lo vi tan emocionado, nunca olvidaré su cara.

    Regresé al baño por mi toalla y me envolví en ella, para salir a mi cuarto a vestirme, salí al pasillo y tomé dirección rumbo a la cocina, mi esposo se enderezó en el asiento como que no creía lo que veía.

    Entre a la cocina, Ismael estaba agachado raspando la pared, cuando yo entre, abrió los ojos al doble, en un gestó de sorpresa y dejó caer el objetó que tenía en las manos.

    Tomé la taza de café con la que había desayunado y salí de ahí rumbo a mi habitación pero exactamente en la salida de la puerta justo dando la vuelta en el pasillo dejé caer la toalla y acelere el paso para entrar a la recamara.

    (Ismael)

    Hola soy Ismael tengo 21 años me dedico al mantenimiento en general hago un poco de todo.

    Hablando de mi sexualidad soy un chico muy caliente, mi cuerpo se desarrolló muy lentamente crecí muy acomplejado porque siempre fui el más bajito de la clase.

    Todo en mi cuerpo se desarrollaba lento a excepción de mi pene, de hecho hubo un tiempo que parecía que era lo único que me crecía, siempre tuve el complejo como dije de ser bajito y no poder ponerme traje de baño o short por que todo era muy notorio.

    Trataba de ponerme una bolsa cangurera para tratar de disimular.

    Estoy en el relato de estos dos, por casualidad simplemente por estar detrás de una ventana en el momento que quiero llamar afortunado.

    Me encontraba trabajando fuera de la ventana de la Sra. Minerva justo en el momento que se encontraba vistiéndose, quise retirarme de ahí pero como dije soy muy caliente.

    Ella dejo de caer su toalla y quedó completamente desnuda, lo que me llamó más la atención fue su par de hermosas nalgas que continuaban de esas piernas increíbles, por un momento pensé que había logrado verme y sentí miedo por tener algún problema con el administrador del edificio.

    Pero luego ella camino de espaldas hacia mí y se agachó creo que buscaba algo debajo de la cama.

    Después se acostó en la cama ella se encontraba boca abajo creó viendo su celular, solo movía sus pies desde mi lugar podía observar con lujo de detalle todo su cuerpo, se veía todo tan rico, que mi pene casi se salía de mi pantalón, metí mi mano para acomodarlo, pero todo fue inútil.

    En el momento más inesperado la señora Minerva de puso en 4 y pude observar su vagina depilada, deseaba estar ahí penetrándola.

    Ese día terminé el trabajo con su vecino y me dirigí a la casa.

    Tome un baño y ya recostado en mi cama, no podía dejar de pensar en esas imágenes que vieron mis ojos y me hacían desear tanto a la señora.

    Al día siguiente me presente al edificio con ganas de estar nuevamente parado en esa ventana.

    Pero el administrador me comentaba que no había nada de trabajo que pudiera yo hacer.

    Hasta que conocí al señor Bernardo y me llevó a su departamento para mostrarme lo que quería que hiciera.

    Subimos la escalera y cuando vi de que departamento se trataba, no lo podía creer, entramos y ahí estaba Minerva la mujer que me tenía completamente enculado y era dueña de mis pensamientos.

    (Me han dicho que tengo una cara muy expresiva y no puedo disimular) se veía divina con esa falda.

    Salí de su departamento super emocionado no sabía que me esperaría al día siguiente.

    (Esposa)

    Corrí por el pasillo desnuda y entre a la recámara ya tenía en mente que atuendo vestir.

    Me puse un vestido blanco completo la falda muy cortita parecida a la del día anterior.

    Pero esta vez tenía preparada una sorpresa.

    Terminé con mi cabello, el maquillaje y salí a la sala con mi marido le pregunté qué haría.

    Esposo: voy a trabajar desde aquí el día de hoy. Te ves muy bien.

    Minerva: Que bueno que te gustó, me acerque a él y lo bese, el metió su mano por debajo de mi falda y la recorrió hasta mis nalgas o sorpresa.

    Esposo: No traes nada de bajó

    Minerva: No quieres que me ponga algo.

    Esposo: Mi mente daba vueltas no sabía que responder quería cuidarla, pero al mismo tiempo quería satisfacer mi fantasía de verla deseada por alguien más. *Respondí no así estas bien.

    Esposa: Voy a lavar los trastes del desayuno estás de acuerdo o quieres que me quede aquí.

    Esposo: Te aburrirías estando aquí, mejor tú has tus cosas y has de cuenta que no estoy aquí, mientras metía mis dedos entre sus nalgas.

    Se fue caminando a la cocina mientras yo la observaba. Sus piernas se veían deliciosas.

    Minerva: Entre a la cocina, Ismael seguía raspando la pared, te estorbo si lavó los trastes pregunte a lo cual el respondió que no le afectaba.

    Recogí los platos que habíamos utilizado y me dispuse a lavarlos, dándole la espalda a Ismael.

    Ismael estaba de pie raspando la parte más alta de una pared, pero cuando vio mi falda se puso de rodillas y siguió raspando la desde la orilla más opuesta de donde yo me encontraba.

    Fácilmente tenía una vista maravillosa de mis piernas y si se agachaba un poco mas quien sabe que más podría ver.

    Yo traía puestas unas sandalias de color blanco muy descubiertas tanto los dedos como el talón.

    Yo jugaba con mis pies tratando de llamar la atención de Ismael.

    Tenemos un banquito de madera, que me ayuda subir o bajar cosas de las repisas más altas comencé a subir algunos platos cada vez que me estiraba levantaba un pie más para captar la atención que para ganar impulsó.

    En uno de estos intentos una de mis sandalias salió volando en dirección a Ismael, el la recogió y se acercó lentamente con ella en sus manos, se arrodilló frente a mi, dejando una rodilla levantada y coloco mi sandalia sobre ella haciendo un gesto de que metiera mi pie, levante mi pierna a la altura de su rodilla, él tomó mi pie y metió la sandalia.

    Desde su lugar fácilmente podía ver que no traía ropa interior.

    Tomó mi pie, lo puso en el piso y se puso de pie.

    Claramente se notaba un bulto enorme dentro de su pantalón, estire mi mano y lo toque por encima de su pantalón, (Válgame que gran herramienta pensé)

    El también estiró su mano y toco mi pierna.

    (Dios que manos)

    Lo solté y me dirigí con mi esposo.

    Lo tomé de la mano y lo jalé hasta nuestra recámara.

    Le dije te puedo preguntar algo.

    El me interrumpió y me pregunto

    ¿Te lo quieres coger?

    Le contesté moviendo la cabeza.

    Me dijo hazlo pero con dos condiciones

    La primera yo quiero ver todo.

    Y dos que todo sea con condón.

    (Esposo)

    Por fin mi fantasía estaba por volverse realidad.

    Minerva salió de la habitación rumbo a la cocina.

    Tomo decididamente a Misael de la mano y lo comenzó a besar al mismo tiempo que lo llevaba a la sala ambos se sentaron en el sillón sin dejar de besarse.

    Sin dudar mi esposa desabrocho su pantalón y metió su mano.

    Ella exclamó válgame.

    Bajo el pantalón y pude ver su verga, fácilmente era del doblé de tamaño que la mía.

    Minerva lo empezó a frotar y parecía que con cada caricia aumentaba mas su tamaño, mi esposa se arrodilló debajo del sillón en medio de las piernas de Ismael y metió esa gran verga en su boca, lo metía hasta el fondo y lo sacaba por completo, jugaba con su lengua en la punta de su verga, Ismael tomaba su verga y le daba unos suabes macanazos en la boca.

    Mientras ella lamía y chupaba sin control sus huevos.

    Ella se levantó y tomó a Ismael del pene, observé que no le cabía en su mano y lo condujo hasta la recámara.

    Ahí Ismael terminó de desvestirse.

    (Minerva)

    Excitada por la respuesta de mi esposo salí por Ismael decidida a comérmelo. Lo tomé de sus brazos y comencé a besarlo. Si perder tiempo lo lleve a la sala, lo senté ahí y decidí darle la mamada de su vida.

    Desabroche su pantalón y saque su pene. Nunca había visto uno de ese tamaño, lo comencé a mamar y creo se hincho un poco más prácticamente no me cabía en la boca.

    Lo tomé del pene y lo jale hasta la habitación, el momento había llegado.

    Se desnudo, me desnude, lo recosté sobre la cama, me puse en 4 junto a él y seguí mamándoselo mientras el me acariciaba la espalda.

    En ese momento ocurrió algo inesperado. Comencé a sentir que mi esposo me empezaba a mamarme el culo por de tras, me tomaba de las nalgas y las abría para que entrará su lengua ahí jugaba con mi ano y mi vagina.

    Ismael comenzó a tocarme mis senos y Bernardo metía su lengua hasta el fondo yo estaba extasiada y me desquitaba con el pene de Ismael.

    (Esposo)

    Vi como mi esposa gozaba y disfrutaba de su caramelo parecía que lo quería arrancar con cada mamada, decidí participar y comencé a preparar el sabroso culo de mi esposa, cuando empezó a sentir mis manos y mi lengua sus muslos se contrajeron.

    Ella se levantó, el momento había llegado, Ismael se levantó también se puso de rodillas sobre la cama, ella seguía en cuatro, Misael la jalo suavemente de sus caderas.

    El muy cínico se colocó el condón y se puso un poco de lado para que yo pudiera ver la penetración, apuntó la punta de su verga en la entrada de la vagina y jugó ahí haciendo como pequeños círculos.

    Mi esposa hacía pequeños gemidos.

    Nuevamente Ismael apuntó y comenzó a entrar.

    Nunca olvidare ese sonido de la humedad haciéndose aún lado para dejar entrar ese gran pene.

    Susana hizo un sonido entre grito y gemido mientras le entraba todo ese gran miembro, Ismael empezó hacer el movimiento natural de sacarlo casi por completo y volver a entrar.

    Cuando entraba mi esposa gemía note como apretaba la colcha con sus manos y esto se repitió unos minutos llegó un momento en el que Ismael no se movía y más bien Minerva era la que hacia el movimiento de sacarlo y después empujar su cadera hasta que sus nalgas chocaran un tanto fuerte con la cadera de Ismael.

    De momento mi esposa hizo que parara todo. y sin voltear tomó el pene de Ismael y le sacó el condón quería sentirlo piel con piel, nuevamente tomó el pene y lo ayudó a entrar.

    Otra vez ella hacía el movimiento como si dejara caer sus nalgas, un poco más abajo los huevos de Ismael también chocaban con la humedad de mi esposa haciendo un sonido maravilloso.

    Un instante después Minerva saca por completo la verga y se recuesta en la cama al mismo tiempo que se giraba para quedar viendo al techo, en un movimiento sincronizado como si lo hubieran ensayado varias veces Ismael levantaba las piernas de mi esposa colocándolas en sus hombros, al mismo tiempo que la penetraba esta vez el movimiento era más intenso Ismael chocaba sus huevos fuertemente la hacía gemir con cada estocada, yo nunca había logrado hacerla gemir así.

    Los senos de mi esposa se movían de arriba abajo. Cuando iniciaron con esta posición lo hicieron en la orilla de la cama para este momento casi llegaban al centro.

    Ismael no bajaba el ritmo ni un segundo.

    Al llegar al centro de la cama hubo una pausa, Ismael se recostó y mi esposa lo monto rápidamente, el lugar de la cama donde habían estado las nalgas de mi esposa había dejado una silueta de humedad.

    Estaba mi esposa cabalgando a Ismael detenida de su pecho e igual que en las dos posiciones anteriores ella levantaba las caderas y se sentaba con fuerza sobre la firme verga de Ismael.

    El ritmo se comenzó hacer más lento, el cuerpo de ambos brillaba por el sudor, nuevamente cambiaron de posición está vez Ismael se sentó en la orilla de la cama su enorme verga seguía firmé, mi esposa lo monto de nuevo pero esta vez dándole la espalda a su amante, recargo su espalda sobre el en el mientras su pene volvía a entrar Ismael no perdía tiempo para besar sus hombros.

    Susana subió sus pies en las piernas de Ismael.

    (Esa posición nunca la habíamos hecho nosotros)

    Ismael la cargaba las nalgas de mi esposa y la dejaba caer en su verga el ritmo era lento pero los gemidos de mi esposa eran más intensos.

    De pronto mi esposa dio un grito y un chorro de líquido salió de su vagina al mismo tiempo el pene de Ismael empezó a escurrir de su leche pero aún que el ritmo ya era muy lento no dejaban de moverse.

    Ismael se recostó exhausto en la cama y mi esposa sobre él, acariciando su vagina palpitante y la verga de Ismael que aún estaba adentro.

    Así pasaron algunos minutos hasta que el pene de Ismael se desmayó por completo.

    Hubo un silencio en toda la casa.

    Me fui a la sala, tenía mucho que reflexionar por una parte sentía celos, pero, por otra parte, volvían a mí las imágenes, sonidos, gestos y esa forma de venirse de mi esposa.

    Verla siendo feliz, aunque no sea yo el que provoque esa felicidad.

    Es lo más importante para mí.

    Después de ese día mi esposa y yo platicamos del tema yo no tenía problema alguno por repetirlo.

    Pero si tenía que ser sobre mis reglas.

    La única regla que yo ponía era estar presente cuando ella lo hiciera, si yo estoy ahí no hay engaño ni infidelidad.

    ¡¡Esto!!

    Aumento nuestra confianza.

    Consejo de esposo:

    Para todos esos esposos como yo que tienen la fantasía que vean a sus esposas y tal vez hasta verlas coger con alguien más.

    Tengan cuidado con lo que desean porque puede hacerse realidad.

    Algunos días ocasiónales seguimos invitando a Ismael a comer a la casa o a veces lo invitamos algún hotel.

    Se que este relato fue largo por lo cual agradezco que te quedaras hasta el final.

    Gracias.

    M&J

  • Heridos de ausencia y deseo

    Heridos de ausencia y deseo

    — ¡Qué recuerdos!, -dijo mi hermana.

    Durante la cena de Nochebuena se había hablado de un libro que el abuelo había adquirido en su juventud. Las Mil y una noches, magníficamente ilustrado. No recordaba haberlo visto nunca, así que, cuando la familia se retiró y quedamos solos mi hermana y yo, decidimos bajar a buscarlo al cobertizo.

    La antigua cuadra era ahora un trastero con un pequeño taller; aperos de labranza, baúles con ropa, cajas con libros… A la luz de una bombilla desnuda, entramos y mi hermana fue mirando todo por encima, en silencio. Hasta que dijo ¡qué recuerdos! Y tras una pausa, continuó:

    — Entonces no lo sabíamos pero éramos felices. ¡Cuánta horas! ¡Cuántos juegos! ¿Recuerdas? A papás y mamás, a médicos, a príncipe y princesa… Y ahora, míranos, ya en la sesentena…

    Me acerqué a ella y la abracé por detrás. Le dije que también yo, con mucha frecuencia, recordaba aquellos años con ternura y nostalgia. Lo inocentes que éramos y lo poco que sabíamos de la vida. Junté mi mejilla con la suya para seguir hablando así, abrazados espalda contra pecho, cuando percibí su llanto. Le di la vuelta, tome su rostro en mis manos y empecé a besar su frente, sus ojos sus lágrimas…

    — No llores, Teta, le susurré. Ven, vamos al sofá; siéntate y yo subiré a por una botella y dos copas.

    — No, no quiero beber más. Pero abrázame y acaríciame el pelo como entonces.

    Y de pie, en medio del cobertizo, nos abrazamos mientras con una mano hundía mis dedos en su pelo y con suavidad recorría su cabeza. Al poco, levantó el rostro hacia mí. Aunque tenía los ojos brillantes ya no lloraba y en su boca entreabierta había una leve sonrisa. Le di un suave beso en los labios, nos miramos a los ojos y se lanzó a mi boca con un beso desesperado, herido de tiempo y deseo. Cuando nos faltó el aire juntamos de nuevo los rostros mientras ella solo acertaba a susurrar tete, tete, tete… Tomé su mano y nos dirigimos al sofá.

    Sentada en mi regazo, como antaño, seguimos besándonos mientras con una mano acariciaba su rodilla, su muslo; separaba con suavidad sus piernas rozando la cara interna de sus muslos del modo que recordaba a ella la volvía loca. Dejó de besarme para desabrocharse la blusa. Respiraba con dificultad y el deseo desbordaba su mirada. Las tetas que asomaban por encima del sujetador no eran como yo las recordaba. Se veían más plenas, con unas deliciosas venitas azules, algunas grietas… Ella misma se las sacó por encima del sujetador y tomándome de la nuca dirigió mi boca hacia ellas. Más que lamer engullí un pezón que no recordaba tan oscuro. Fui cambiando de uno a otro, juntando sus tetas para besar ambos a la vez, sorberlos, morderlos… ¡Para, para!, me suplicó.

    Con inusitada agilidad para sus 61 años, se subió la falda, se quitó las bragas, saltó de mi regazo, me hizo levantar del sofá, se tumbó ella, extendió los brazos y con voz ronca dijo: ¡ven! Ni siquiera traté de descalzarme ni quitarme los pantalones. Me los bajé hasta medio muslo junto con los calzoncillos, me tumbé sobre ella y apoyé el glande dispuesto a entrar poco a poco mientras la besaba. No puede. De un golpe de cadera se la clavó ella misma, echando a continuación la cabeza hacia atrás con un suspiro seco. Me lancé sobre su cuello ofrecido a mí dándole ligeros bocados mientras me movía lentamente dentro de ella. Volvió a mirarme fijamente, con intensidad y, más que pedir, exigió: ¡clávame!

    Frenético, empecé a entrar y salir, clavando con rudeza, con furia. Nos mirábamos fijamente, nada veíamos más allá de nosotros. Su mirada se volvió exigente, retadora; y con voz apenas audible, casi agónica, apenas articuló ¡clava, clava, clava! Estalló en un orgasmo silencioso que me hizo eyacular sin control.

    Calmados, pero aún juntos y abrazados, era ella la que ahora acariciaba mi cabeza mientras me llamaba tete. Nos quedamos charlando un rato y después volvimos hacerlo. Sin ansiedad, despacio, ternura incluso. Al día siguiente ella y su marido volvieron a Francia. Tres meses después, vino la pandemia, el aislamiento. No hemos vuelto a vernos desde entonces. Tal vez, sólo tal vez, regrese esta próxima Navidad. Y entonces, tal vez podamos hacer realidad todo lo que durante estos dos años nos hemos dicho por correo.

  • Fantasías con la niñera

    Fantasías con la niñera

    El siguiente relato ocurrió en mayo de este año. Yo llevaba casado con mi esposa veinte años, y hacía un tiempo en que mi apetito sexual parecía muerto, hasta que conocí a nuestra niñera. Esa noche, mi esposa y yo iríamos a una quedada con nuestros amigos, y nuestros hijos, un niño de siete y una niña de catorce necesitaban a alguien que cuidara de ellos. Normalmente se quedaban los abuelos con ellos, pero esa noche justamente no podían. Y bendita casualidad, porque fue cuando apareció Silvia, dando un poco de sabor a esta vida que cada vez me parecía más insulsa.

    Mi esposa se encargó de contactar con ella. Era la hija de unos médicos que vivían a 45 minutos de nuestra casa. El día en que llegó a casa, me quedé prendado de ella. Con sus 19 años, tenía una figura que encandilaba a quien la viera: delgada, piernas bonitas, pechos grandes, culo respingón, piel blanquita… Tenía una larga melena rubia que caía sobre sus hombros, una boca de fresa y ojos azules. Su delicada voz no pudo más que generarme una erección, que intentaba disimular mientras mi esposa le daba indicaciones respecto a nuestros hijos. Nuestros hijos salieron a recibirla, mientras mi esposa y yo nos dirigíamos hacia la puerta mientras les decíamos que los queríamos. No sé si mi esposa se percató de que la miraba, porque con las prisas no estaba muy pendiente. Pero en apenas esos segundos en que la vi quedó clavada como imagen en mi mente.

    Estuvimos pasando el rato con nuestros amigos, pero yo estaba como abstraído, sin que nada de lo que comentaran llamara lo más mínimo mi interés. Sólo pensaba en aquella ninfa que en aquellos momentos estaría sentada en mi sofá con mis hijos. En un momento dado fui al baño, me mojé la cara porque sentí que debía despejarme y pensaba “tranquilízate, le sacas treinta años, es una cría, apenas cinco años le separa en edad de tu hija pequeña”, pero mi lado racional me había abandonado, sólo tenía un fuego en mi interior que necesitaba apagar. Salí y le comenté a mi esposa, que estaba algo borracha, si no pensaba que ya era demasiado tarde y que aún tendría que llevar a nuestra niñera a casa. Ella accedió y mientras íbamos en coche mi mente decía “¿crees que habrá llevado a un novio a darse el lote con ella a la casa?”, por un lado, por decencia y en parte también por celos, deseaba que no. Pero imaginarla siendo penetrada por uno o más chicos de su edad me excitaba y me mantenían la polla dura como una asta de bandera.

    Al llegar, Silvia estaba tumbada en nuestro sofá, con la faldita algo levantada, mientras nuestros hijos dormían en sus camas. Habían comido lo que mi esposa les había dejado en el frigorífico. Viendo que había dado un buen servicio, mi mujer le dio las gracias y le dio el dinero acordado. Acto seguido, me ofrecí a llevarla hasta su casa. Era mi oportunidad de poder pasar tiempo con aquel regalo de los dioses. Se sentó en el asiento del copiloto, al ponerse el cinturón, se le marcaron los pechos con la presión que este ejercía sobre ella. Dios, sólo de recordarlo se me pone dura.

    Desde mi sitio llegaba su olor, como de frutas del bosque, y de nuevo se me puso como una roca, imaginando qué sabor tendría al lamer su piel. No sabía cómo entablar conversación y al final opté por preguntarle si estudiaba y me contestó que sí, que estudiaba filología inglesa. “Y encima es inteligente”, pensé para mis adentros. Deseaba por un momento dejarme llevar por mis más bajos instintos y convertirla en el objeto de todas mis perversiones. Mamar aquellos pechos en punta, frotarme con aquella piel que imaginaba suave, subirle aquella faldita, bajarle las braguitas y penetrarla mientras observaba su rostro mostrando señales de dolor y placer. Pero me contuve.

    Finalmente llegamos a su casa, me dio un beso en la mejilla para despedirse y se bajó del coche. Me quedé inclinado viendo cómo se movían aquellas nalgas al alejarse, hasta que finalmente desapareció.

    Nunca tuve una amante de esa edad, ni siquiera cuando era joven, y perdí la virginidad casi a los 30. Sentía que me había perdido algo todo ese tiempo y lo intenté recuperar con mi esposa, pero ella también estaba mayor cuando nos acostamos por primera vez, habiendo probado ella ya a otros con la edad de Silvia. Me parecía injusto no haber disfrutado de alguien como esta niñera.

    Aquella noche llegué a casa, y en lugar de meterme al baño a masturbarme opté por ir a la cama con mi esposa, me abracé a ella por detrás, e imaginando que era Silvia, le arranqué su braguita y el sujetador, mientras se preguntaba que qué me pasaba y sin mediar apenas palabra la penetré levantando una de sus piernas. Si bien su piel ya no tenía el carácter inmaculado de Silvia, aún se mantenía en forma y con ella en la mente acabé eyaculando mientras gemía de tal manera que acabé desmayado mientras caía rendido en la cama. Al día siguiente hablé con mi esposa y por lo que dijo, pensó que aquella reunión entre amigos me había sentado bien y mi estado de ánimo había hecho que deseara tener sexo con ella después de mucho tiempo sin tocarla. No era exactamente así, pero estaba claro que Silvia había salvado mi matrimonio.

  • Cogí con mi suegro luego del desayuno familiar

    Cogí con mi suegro luego del desayuno familiar

    Mi esposo invitó a mis suegros a pasar un fin de semana con nosotros. Llegaron el sábado por la mañana y se quedaban hasta el domingo por la tarde. Todo el sábado, cuando había un instante a solas, mi suegro me metía mano al culo, mientras me decía que tenía que ser suya nuevamente. La verdad, lo deseaba mucho. Mi esposo heredó muchos de los talentos de su padre, pero no el tamaño de su verga ni su genialidad en la cama.

    Al final del sábado no había pasado nada. Me acosté y me quedé dormida rápidamente. Sentí un rato después que mi esposo me tocaba, desperté, pero seguí haciéndome la dormida. Iba a ser muy frustrante ser cogida con su pene tan chiquito.

    El domingo desperté de buen humor. Supongo por la larga noche en paz y tranquila. Me duché y junto con mi suegra preparamos el desayuno. Fue un sabroso desayuno familiar. Durante el mismo decidimos que almorzaríamos. Quedamos en que mi suegra cocinaría ese día un pescado al horno que le quedaba divino. Teníamos casi todos los ingredientes, excepto el pescado y el pimentón.

    Mi suegra tendría que ir al mercado a comprarlo. Le pidió a mi suegro que la acompañe y él le dijo que lo espere mientras se duchaba para vestirse y salir. Ella le dijo que mejor iría con mi esposo que ya estaba listo. El aceptó. En ese instante cruzamos miradas con mi suegro y supimos que era nuestro momento. El mercado quedaba a tres cuadras del apartamento donde vivíamos con mi esposo y, entre ir, comprar y volver, no serían más de 20 minutos.

    No necesité terminar el desayuno para estar ya caliente y húmeda. Ni bien supe que sería poseída por mi suegro otra vez, la calentura me llenó y sentí como mi vagina se humedecía, incluso hasta imaginarla chorreando sobre mi tanga. Los últimos minutos del desayuno se me hicieron interminables y en el instante que mi esposo salió y cerró la puerta, sentí la mano de mi suegro en mis nalgas.

    Volteé y lo besé apasionadamente, con locura. Como si lo amara. Sólo lo deseaba y mucho, pero en ese instante la pasión lo era todo. Entre besos salvajes ambos nos desvestimos y nos acomodamos en el sofá de la sala. Mi mano ya tenía cogida su poderosa y tiesa verga. Me senté a su lado y comencé a mamársela con deseo loco. Quería tomarme ya su semen, pero también quería sentirlo dentro.

    Tras unos minutos de mamársela como una perra en celo, me senté sobre él, besándolo. Sentía su verga llenarme el coño que chorreaba sobre él. Me mamaba los pezones y tuve un primer orgasmo que me hizo temblar completamente por casi un minuto. Cuando dejé de temblar mi suegro me pidió el culo, me levanté y me senté de espaldas a él.

    Con una mano acomodé su verga en la entrada de mi culo y me fui sentando lentamente sobre ella. La sentí entrar lentamente, llenándome de placer. Era sólo un juego, pues estaba tan excitada que hubiera podido metérmela toda en un solo empujón. Pero así quise y así lo disfruté, centímetro a centímetro fui sentándome hasta tenerla toda dentro y mis nalgas muy pegadas a sus piernas.

    Me quedé quieta y sin decirle nada, el viejo zorro supo que hacer. Comenzó a moverse con violencia hacia arriba y hacia abajo y en movimientos laterales. Tuve dos orgasmos seguidos y sentía como seguía chorreando mi panocha.

    Me empujó y me levanté. Me ordenó que me pusiera como perra. Lo obedecí, me puse como perra sobre el sofá y él, de pie detrás mío, me la volvió a ensartar en el culo, me decía lo puta que era, lo perra que era, lo zorra que era, lo cachera que era.

    Siguió así, bombeando e insultando hasta que se me vino un nuevo orgasmo que lo hizo venirse. Con rapidez la sacó y se acomodó junto a mi boca. La abrí y la tiro dentro. Sentí el sabor de su semen y el sabor de mi culo. Me sentí tan puta, en la sala de mi casa, sobre mi sofá, con el papá de mi esposo, que casi diría que tuve un nuevo orgasmo. Cuando dejó de eyacular me dijo que se bañaría. Se fue rápido.

    Recogí mi ropa tirada en el piso y fui al baño de mi cuarto. Con toalla húmedas me limpié bien el coño y el culo. Me lave el rostro y los dientes. Cuando mi esposo y mi suegra llegaron, estaba lavando los servicios del desayuno. Mi esposo me dio un tierno y amoroso beso.

  • Un relato medieval

    Un relato medieval

    El sol caía con fuerza sobre el campo de cultivo. Ana, la hija mayor del matrimonio, de tez pálida, cabello pelirrojo y constitución delgada, sudaba profusamente mientras se agachaba una y otra vez para arrancar las hierbas que crecían entre las plantas. Su padre, de edad madura, trabajaba a su lado. Su madre, con fiebre, se había quedado en la choza, descansando en su cama, fiando su curación a un milagro. El matasanos, un joven que sabía escribir, la había visitado hace dos días, y había convencido a la familia de que una lavativa era el mejor remedio. La paciente, en su estado de debilidad, no había ofrecido resistencia mientras la desnudaban. Luego el médico había introducido un instrumento que Ana nunca había visto por el ano.

    La familia pertenecía a una de las aldeas que rodeaban el castillo. Como casi todos allí, trabajaba para un señor feudal. Aquel día era especial y al acabar el trabajo, mientras almorzaban, padre e hija iniciaron una conversación.

    —Hoy viene el nuevo señor a cobrar las tasas. —anunció el padre con voz profunda en la que se notaba un matiz de desasosiego.

    —¿Pero Sir Walter? —preguntó Ana.

    —Sir Walter ha fallecido. La herida de flecha se infectó y no se ha recuperado.

    Ana miró con preocupación a su progenitor. Aquel verano la cosecha no había sido buena, apenas habían podido comprar comida y lo poco que tenían lo habían usado para pagar al curandero. La visita del nuevo señor feudal venía en el peor momento.

    —Le voy a decir que no tenemos nada y que ya le pagaremos.

    —¡Hija! Sé razonable, sabes que esa opción no existe. —la reprendió su progenitor.

    La muchacha reflexionó. Su padre tenía razón, además, aunque el nuevo señor no fuese cruel, seguro que quería dejar clara su autoridad. No obstante, aun sabiendo esto, continuó insistiendo tozudamente.

    —Pero padre, madre tiene que comer y recuperarse. Yo…

    Su padre le propinó un bofetón que la dejó con la mejilla colorada. Ana devolvió la mirada desafiante. Su padre era un buen hombre, que solo quería lo mejor para todos y ella estaba desafiando su autoridad. Ya desde niña, su carácter había sido impulsivo y orgulloso, y en más de una ocasión su padre y su madre le habían calentado el trasero con la vara. De mayor, había podido irse, o casarse, otras lo hacían. Pero ella no quería dejar a sus padres, sin ella, no podrían trabajar lo suficiente para vivir con dignidad. Además, los chicos de las aldeas que había conocido le parecían demasiado toscos o directamente estúpidos. Ella quería algo más, aunque no sabía muy bien el qué y sobre todo el cómo.

    La comitiva llegó a la aldea y pronto se dispusieron las mesas para llevar a cabo la recaudación. Sir Fernand, el nuevo señor, rondaba los 26 años, se le veía alto, fuerte y con una mirada de inteligencia que llamaba la atención. Todos los aldeanos sin excepción aguardaban en la plaza, observando la escena con respeto y, por qué no decirlo, temor a lo desconocido.

    —Gracias por la recepción. Como sabéis, hace unos días la enfermedad se llevó a vuestro señor. Yo soy el nuevo propietario y hoy vengo ante vosotros para transmitiros dos mensajes. El primero, renovar el acuerdo que teníais. Trabajaréis para mí y a cambio os ofrezco protección en el castillo. Os prometo justicia y que todo el que siga las reglas no ha de temer nada. El segundo, es que estoy buscando un sirviente. Tengo hombres a mi alrededor que me sirven bien, pero necesito a alguien que se ocupe de temas personales. Bien, empecemos con los pagos para ponernos al día.

    Uno de los soldados que le acompañaban sacó un listado y comenzó a leer los nombres que allí aparecían. El cuarto nombre era el del padre de Ana.

    —Tenéis mujer e hija.

    —Así es, mi mujer está enferma y no ha podido venir y esta es mi hija. —dijo.

    —Eso es irregular, vuestra mujer debería estar aquí.

    —Seguid. —dijo Sir Fernand, no quería retrasarse de manera innecesaria.

    El soldado no insistió en el tema y fue directo al grano.

    —Está bien según esto debéis…

    El pobre hombre palideció al oír la cantidad que ya conocía, aquello significaba dejarles sin sustento durante días.

    —Señor, no podemos abonar esa cantidad, mi madre está enferma y el curandero se ha quedado con parte de… —intervino Ana dirigiéndose directamente al nuevo dueño.

    —No es asunto mío… además, como os atrevéis a negaros a pagar. No sabéis acaso que el incumplimiento del pago significa ser azotada públicamente.

    Ana bajó la mirada. Su apuesta había salido mal y el castigo parecía inevitable.

    —Soldados, prended al padre y dadle treinta latigazos.

    —Señor, os lo suplico. Él no tiene la culpa si… si habéis de castigar a alguien es a mi… —dijo Ana tratando de ocultar el miedo que sentía.

    Fernand la miró con cara de pocos amigos. Aquella chica era una desvergonzada, sin embargo era atractiva y valiente o quizás al revés, el hecho es que le había impresionado.

    —Tembláis… —comentó el señor observando las manos de la joven.

    Ana levantó la mirada y venciendo su nerviosismo respondió.

    —Estoy dispuesta.

    Los soldados la agarraron por los brazos, luego uno de ellos arrancó el vestido dejando la espalda de al aire, a continuación la ataron a un poste. El tipo que cobraba se acercó a su caballo y cogió un látigo.

    Ana apretó los dientes anticipando el dolor.

    —¡Esperad! —dijo Fernand acercándose a la chica.

    —Decidme, ¿querríais trabajar para mí como sirvienta?

    —Sí, señor. —respondió la joven con convicción.

    —No creáis que servirme será fácil, os enseñaré a leer y escribir, pero estaréis completamente a mi disposición, os castigaré cuando cometáis el mínimo error y satisfaréis mis necesidades más básicas cuando así lo desee. Trabajareis duro.

    —Lo sé, agradezco la oportunidad que me dais, solo os ruego que tratéis con benevolencia a mi familia y… bueno

    —Ya basta, llego tarde, desatadla.

    La muchacha respiró con alivio.

    —No penséis que os habéis librado del castigo. —le susurró su nuevo amo al oído.

    La sesión de pagos continuó y solo tuvo lugar un incidente. Un hombre recibió veinte latigazos por no abonar la totalidad de la deuda. Ana le observó en silencio mientras se retorcía con cada azote. No se hacía muchas ilusiones, se había convertido en una esclava y su nuevo amo no dudaría en hacerla sufrir, pero aprendería a leer y escribir y… bueno, al menos saldría de aquella vida y su señor le haría.

    Se ruborizó pensando en ello, al menos aquel tipo no era como otros pretendientes. Razonaba y podría aprender cosas.

    En el castillo, asignaron a Ana una pequeña habitación al lado de la de su señor. Luego aparecieron unas doncellas con un barreño lleno de agua e invitaron a la recién llegada a desnudarse para el baño. Después, vestida con ropas sencillas pero limpias, fue llamada a los aposentos de su señor, quien la miró con aprobación y le ofreció comida y bebida. Terminada la cena, Sir Ferdinand tomo la palabra.

    —Es hora de vuestro castigo. Id a ver a la cocinera y decidla de mi parte que os dé el cubo con las ramas.

    A los pocos minutos regresó Ana con el cubo.

    —Bien, levantad vuestro vestido y descubrid el culo.

    La joven obedeció. Su trasero pálido quedó expuesto, a merced de su señor.

    —Tenéis un culo bonito, pero bastante pálido. Creo que un poco de color le vendrá bien. Inclinaos y no os atreváis a moveros o será peor.

    Ana, con los nervios agarrando su estómago, se inclinó dejando el culo en pompa y apretó el esfínter.

    Fernand sacó una rama mojada del cubo, la agitó en el aire y luego, golpeó las nalgas de su sirvienta.

    En total, la vara mordió el trasero de Ana veinte veces. Las lágrimas resbalaron por su rostro al recibir el penúltimo impacto. Los glúteos escocían.

    —Está bien, podéis cubrir vuestra desnudez, espero que hayáis aprendido la lección. Mañana comenzaréis las clases para aprender a leer y escribir.

    Ana era lista y aprendía con facilidad. Comía con su señor la mayoría de noches y se encargaba de que todo estuviese en orden. No obstante, y a pesar de sus esfuerzos, cometía errores y día sí y día no, sus nalgas probaban la vara. Un día se quejó.

    —¿Qué he hecho mal? Si queréis verme el culo no tenéis más que pedirlo, no hace falta que me azotéis.

    —Os daré el doble por vuestra insolencia. —dijo su amo.

    Terminado el castigo Fernand tomó la palabra.

    —No os vistáis, venid aquí, vuestras posaderas están muy rojas y necesitareis un ungüento para calmarlas. Tumbaros sobre la cama.

    Ana hizo lo ordenado. Las ásperas manos de su señor se movían con inesperada suavidad extendiendo la crema. Luego, sin avisar, uno de sus dedos encontró la entrada a su vagina y la exploró. Ana gimió.

    De vuelta en su habitación pensó en lo ocurrido y se masturbó.

    Un mes después del masaje, se celebró un banquete. Varios compañeros de armas y alguna que otra mujer acudieron a disfrutar del vino y las viandas. Avanzada la velada, los efectos del alcohol se hicieron notar, había carcajadas fuera de lugar, comentarios gruesos y mucho eructo. Incluso un tipo de prominente barriga, tuvo a bien dejar escapar alguna que otra ventosidad. Las criadas que atendían la mesa, tenían que aguantar las bromas y los tocamientos a discreción, una de las invitadas, sin modestia alguna, descubrió los pechos. Ana, fue invitada a comer. A su lado, se sentaba un hombre de largas barbas Sir Bart, amigo personal de su señor.

    Al principio todo fue bien, incluso la chica pudo participar en la conversación cuando esta derivó hacia el mundo de la poesía. Sin embargo, borracho, aquel tipo ya no se mostraba tan civilizado y se encaprichó con la doncella. Ana aguantó algunos tocamientos, pero cuando el sujeto sacó el pene y empujó su cabeza para que lo chupase, se reveló empujándole. Sir Bart montó en colera y exigió que «aquella furcia» fuese desnudada y azotada. Ana, roja de indignación, estaba asustada y miró a su señor en busca de ayuda. Sir Fernand también estaba algo borracho, sin embargo simpatizó con la situación de la mujer y en un ataque más de celos que de caballerosidad, intervino.

    —¡Basta! Ana, id a mis aposentos y esperadme allí.

    Sir Bart protestó y exigió, pero Fernand no era de los que cambian de opinión.

    El tiempo parecía pasar con inusitada lentitud mientras Ana esperaba la llegada de su señor. Aquel incidente era mucho más grave que otros y a buen seguro que la esperaba un castigo ejemplar. Estaba nerviosa, pero tenía que preparar una estrategia. Si algo tenía claro es que a su señor no le gustaban las medias tintas, las dudas. Diría la verdad y afrontaría lo que viniese.

    Después de lo que pareció una eternidad, la imponente figura de Fernand apareció en la estancia. Ana se levantó en señal de respeto.

    —Desnúdate.

    La orden era clara y no dejaba lugar a la interpretación.

    Ana, dócilmente, obedeció y quedó en cueros ante su señor.

    Fernand observó el cuerpo desnudo que tenía ante él y su miembro bajo las calzas ganó en tamaño.

    —¿Qué voy a hacer con vos? Tendría que azotaros por el bochorno. Decidme que se os pasó por la cabeza.

    Ana tragó saliva, pero aguantó la mirada de Fernand y respondió sin dudar.

    —Vuestro amigo se propasó conmigo. Aguanté que me tocase el culo y las tetas, atribuyendo el comportamiento al alcohol, pero lo de chupársela fue demasiado.

    —¿Me la chuparíais a mí? —respondió Ferdinand pillándola por sorpresa.

    Ana observó un prominente bulto en los calzones de su señor.

    —Tenéis una erección. —dijo sin pensar.

    Ferdinand dibujó una sonrisa difícil de interpretar y luego, rompiendo el encanto del momento dijo.

    —Inclinaos sobre la cama.

    Ana obedeció. Aquel hombre la iba a pegar de nuevo. La joven apretó el culo.

    Su señor se acercó y arrimó su cara al de ella. Cuando habló el olor a vino llegó a la nariz de la chica.

    —Relajaos. Necesito que estéis menos tensa para follaros. —susurró en su oído.

    El rubor tiñó de rojo las mejillas de la doncella y una corriente se adueñó de sus partes íntimas.

    Aguardó.

    De repente notó como las manos de su señor separaban sus nalgas y la punta de un pene cálido y palpitante se abría hueco en su interior.

    La envestida, aunque esperada, la pilló por sorpresa. Dolía.

    Luego llegó un segundo y un tercer empujón y el dolor se transformó en placer. Ana gritó y se sorprendió a si misma pidiendo más en voz alta. Su señor le dio más. El sonido de los huevos chocando con el culo se unió a una sucesión de jadeos, gemidos y palabras incomprensibles. En pleno proceso, Fernand acompañó los empujones con nalgadas a discreción. Hasta que tras una última penetración, sacó el pene del interior de la joven y dejando caer su cuerpo sobre el de ella, eyaculó.

    Luego puso a Ana boca arriba, se tumbó sobre ella y la beso en la boca. El sabor a alcohol no era agradable, sin embargo, cuando las lenguas se encontraron y el intercambio de saliva tuvo lugar, la combinación se convirtió en algo adictivo y Ana tuvo el primer orgasmo de su vida. En aquel momento, nada podía detenerla.

    Cuando su señor se levantó, Ana observó el miembro del que pendía un hilo de semen. Luego miró a Fernand.

    —Deseáis que me encargue de vuestro pene.

    —Pero no decíais…

    —Es vuestro miembro señor, yo solo tengo ojos para vos…

    El caballero asintió y Ana, abriendo la boquita, introdujo el falo de aquel hombre en ella y comenzó a chuparlo con pasión.

    Fernand apretó el culo y gimió notando las atenciones de su sirvienta.

    Los meses pasaron. Si bien, alguna vez Ana tuvo que enfrentarse a la vara, en la mayoría de las ocasiones, incluso tras portarse mal, el resultado era una sesión de sexo sin tabús. Fernand aprendió a confiar en Ana que, día a día, aprendía nuevas cosas. Pronto sus opiniones empezaron a contar.

    Un buen día, mientras ambos yacían desnudos sobre la cama y Ferdinand jugaba con los pezones de las tetas de Ana, la mujer formuló una pregunta.

    —¿Me queréis?

    Ferdinand se detuvo, la miró durante un rato y luego dijo.

    —¿Querríais casaros conmigo?

    —Sí. —respondió la joven.

    La boda fue celebrada con alborozo por todo el mundo. Ana, que tenía cabeza para los números, se encargó de administrar las aldeas desde ese momento en adelante. Al principio algunos trataron de aprovecharse de la situación, pero pronto se dieron cuenta de que la nueva esposa de Fernand no se andaba con tonterías. El principio de autoridad era innegociable y aquellos que osaron rebelarse probaron el látigo. Sin embargo, fruto de las reformas, las cosechas crecieron y los beneficios para nobles y campesinos aumentaron. Se instauraron fiestas para que los aldeanos disfrutasen, hubo avances en educación para aquellos que valían para ello, un matasanos controlaba la salud de los aldeanos con chequeos mensuales y se instauraron leyes contra el abuso.

    —Vos sois el padre de Elisa ¿verdad? —interrogó Ana a un aldeano.

    —Así es. —respondió este.

    —Se comenta que la castigáis con frecuencia. Azotes, bofetadas, incluso habéis llegado a marcarla con hierro incandescente.

    —Es mi hija y si se porta mal mi deber es educarla.

    —Y estáis en lo cierto. Nadie os impide usar el castigo corporal para corregir, pero vuestra hija nos cuenta que lo vuestro raya la tortura. Elisa, ¿qué tenéis que decir?

    La muchacha, muerta de miedo, sentía la mirada amenazante de su progenitor. La señora parecía amable y justa, pero después ella tenía que volver a casa y allí estaría bajo la autoridad de su progenitor.

    —¿No decís nada? Venid conmigo.

    Ambas mujeres entraron en una habitación.

    —No temáis, estoy aquí para protegeros. Pero necesito vuestro testimonio. Quitaros la topa.

    La joven se desnudó. Las nalgas tenían un color violáceo a causa de los golpes, los muslos presentaban quemaduras y bajo una teta tenía una marca hecha con hierro. Ana quedó impresionada.

    —Esto se tiene que saber. Sé que la vergüenza es grande, pero, ¿podemos enseñar esto a la asamblea?

    La chica se ruborizó, pero aceptó finalmente. Su padre la iba a pegar de todos modos y no creía que la fuese a matar. Ana volvió a la sala en compañía de la joven, y allí, en frente de todos, mostró las heridas infringidas.

    —Esto es inadmisible. Aquí los únicos que tenemos derecho sobre todos somos mi marido y yo. ¿Está claro? Esta chica se viene conmigo, servirá en mi castillo.

    —Es mi hija, yo me encargo de… —intervino el padre.

    —¡Cómo os atrevéis a hablarme de esa manera! —espetó furiosa Ana.

    —Soldados, prendedle y preparar el hierro candente.

    Los soldados sujetaron al desdichado aldeano.

    Su hija, fue a hablar, pero Ana la mandó callar.

    —Marcadle las nalgas.

    El hombre fue obligado a ponerse a cuatro patas. Un soldado se puso encima mientras otros dos sujetaban sus piernas. Un cuarto llegó, le bajó los calzones descubriendo un culo peludo y mandó traer el hierro al rojo vivo. El hombre se meó encima antes de que marcasen su nalga derecha con el hierro haciéndole aullar de dolor. Luego le marcaron la otra y le dejaron ahí. Al dolor se unía la humillación.

    —Desapareced de mi vista antes de que me arrepienta y ordene que os azoten.

    Elisa pasó a vivir en palacio y se hizo amiga de Ana. Un año después conoció a Fred, uno de los chicos que cuidaba los caballos y se enamoró. Hicieron el amor en el pajar. Una vez les pillaron, pero Fred, valientemente cargó con las culpas. Ana deseaba perdonar al chico, pero eso no hubiera sido justo, así que ordenó que le azotaran, eso sí, diez latigazos serían suficientes. Después del castigo permitieron a Elisa que pasara las noches con Fred con el pretexto de cuidar de las heridas. Huelga decir que entre los cuidados se incluyeron besos, caricias y mucho sexo.

    Pasados los años, la fama y nombre de Ana, llegó lejos y aunque la historia haya convertido en leyenda su vida y algunos duden de la veracidad de lo aquí contado. Yo, que recogí el testimonio de los protagonistas, dejo este relato para que futuras generaciones sepan lo que ocurrió.

    Anno Domini 1456

  • El reloj de arena

    El reloj de arena

    El trabajo, la casa y otras muchas preocupaciones diarias la tenían un poco agotada, pero aun así accedió a pasar la tarde conmigo. Quería que se relajara y se olvidara un poco de todo, así que la invité a tumbarse sobre la cama para descansar mientras hablábamos de nuestras vidas.

    Estábamos solos, en una habitación de hotel bastante acogedora. Acostados sobre una cama grande y confortable. Ella tumbada, me miraba mientras me contaba como le iban las cosas. Yo la escuchaba sentado a su lado, haciendo bromas a veces para que sonriera, acariciándole el pelo de vez en cuando y diciéndole algunos halagos, en parte porque me apetecía decirlos y en parte para hacerla sentir mejor.

    Después de unos minutos de charla se fue animando y se reía con más facilidad y se acercaba un poco a mí. Yo la contemplaba con disimulo. Sentía una gran atracción por ella, pero quería mostrarme relajado. Me parecía una mujer muy guapa, con una sonrisa que me hacía sentir muy cómodo, unos labios que me seducían y una personalidad y forma de afrontar la vida que me hacía sentir admiración por ella. Todo esto, junto con algunas cosas mas… la verdad, eran motivos suficientes para desearla. Y me refiero a desearla mucho. Tanto como para llenar libros enteros con fantasías intimas que la tuvieran a ella como única protagonista.

    Mis palabras y caricias parecían conseguir su objetivo y mi amiga se sentía relajada. Me acerque más a ella y le dije al oído que se acurrucara entre mis brazos. Buscamos una postura cómoda para los dos, pero ella pareció hacerse daño con algo que llevaba en mi bolsillo. Era un reloj de arena que me había guardado allí por la mañana, sacado de un juego de mesa que tenia de mi infancia y me olvide que tenía guardado. Hizo algunas bromas sobre ello… mientras yo dejaba el reloj en la mesita que había al lado de la cama y se refugió echando su cabeza sobre mi pecho. Fue entonces cuando quise que mis caricias fueran aún más tranquilizadoras.

    Acariciaba su pelo, sus mejillas, sus brazos y a veces le buscaba las manos para hacerle cosquillas suaves en la palma con mi dedo pulgar. Parecía ahora completamente tranquila y me preguntaba como podía agradecerme aquello.

    Supongo que podía haberle dicho que no tenía importancia, que todo lo hacía por ella. Pero se me ocurría algo que siempre me ha parecido un premio perfecto concedido por una mujer como ella. Un beso.

    – ¿En la mejilla?

    – Bueno… es que en la mejilla duraría muy poquito y yo querría algo mas largo.

    – ¿Cómo de largo? – dijo mientras sonreía.

    – Es difícil saber cuánto debe durar un beso de premio, pero yo creo que lo correcto es un beso en los labios.

    – Umm, vale, pero ya que es tu premio dime cuanto debe durar.

    Cogí el reloj de arena de la mesita y miré a mi amiga con una sonrisa pícara.

    – El tiempo que tarde en caer toda la arena del reloj, ¿vale?

    – Trato hecho.

    Me acerque despacio a sus labios mientras daba la vuelta al reloj y lo colocaba a la vista. En el camino hacia su boca iba cerrando los ojos y colocando una mano en su cintura y la otra en su mejilla. Fue una sensación increíble desde el primer momento en que su labio superior se quedó entre los míos y pude saborearla, abriendo la boca lo justo como para poder chuparlo despacio y luego pasarme a su labio inferior. Poquito a poco inclinaba mi cabeza y dejaba que mis labios se deslizaran entre los suyos antes de empezar a buscar las caricias de su lengua. Sentía su roce, como mi lengua acariciaba la suya entre beso y beso y nuestras bocas permanecían juntas, y como mi mano se deslizaba sobre su cintura, atrayéndola un poquito hacia a mi. En aquel momento abrí un ojo disimuladamente, sin dejar de besarla, y vi que la arena del reloj estaba a punto de agotarse. Sin que se notara mucho, extendí el brazo y le di la vuelta.

    Después de un ratito más de caricias y besos, ella miró al reloj y se dio cuenta. Había conseguido alargar aquel momento unos segundos más. Se empezó a reír, me miró, luego miro al reloj mientras se mordía el labio, y cuando la arena se había acabado por segunda vez, le dio la vuelta de nuevo.

    Se incorporó en la cama, poniéndose de rodillas sobre ella y yo hice lo mismo. Nos acercamos el uno al otro como hipnotizados y empezamos a besarnos y acariciarnos, esta vez olvidándonos del tiempo. Dejaba que sus cabellos se deslizaran entre mis dedos a cada caricia de mi mano izquierda, mientras con la derecha buscaba el tacto de su piel bajo su camiseta. Al mismo tiempo buscaba con mi lengua la suya en el interior de su boca y la rozaba haciendo círculos alrededor de ella. La cogía entre mis labios entre beso y beso, la chupaba, la lamía y la notaba excitarme con su sabor y su humedad. Poquito a poco nos íbamos acercando más y empecé a besar su cuello, moviéndome milímetro a milímetro sobre el, probándolo todo con suaves pero intensos chupetones y besos. Mientras, mis manos subían de su cintura acariciando sus costados y se colaban bajo su ropa moviéndose hacia su espalda. Me acerqué a su oído solo para darme el capricho de susurrarle su nombre junto con un “te deseo” y luego mordisquear despacio el lóbulo de su oreja. Comenzaba a sentir mucho calor.

    Casi sin separarnos, aun con mis labios saboreando los suyos, con nuestra respiración acelerada, centrados el uno completamente en el otro, comencé a quitarle la ropa. Ella me ayudaba, y pronto nos deshicimos de su camiseta y también de la mía. Aparté un poco su sujetador, aun sin quitárselo y le acaricié los pechos mientras jadeaba cerca de su oído. Los levantaba, los juntaba y masajeaba, dejando que las yemas de mis dedos se encargaran de endurecer sus pezones. Me iba excitando más y más y mí, en esos momentos amante, podía sentir como mi sexo se endurecía y apretaba contra ella.

    Ahora si que sobraba su sujetador. En ese momento en que mis labios se movían por su cuello y bajaban hacia su escote con el deseo final de probar uno de sus pezones. Mirándola a los ojos saqué mi lengua e hice un dibujo húmedo siguiendo su aureola, parándome al final en un lametoncito lento y mojado, dejando todo resbaladizo para que mis dedos continuaran acariciándolo mientras dejaba a mi boca repetir con el otro pezón.

    Empecé a sentir que mi sexo se endurecía muchísimo. La punta se hinchaba y se calentaba volviéndose sensible y fue entonces cuando tuve la curiosidad de saber si mi amiga también me deseaba. Fui deslizando mi mano desde su pecho, pasando por su cintura, hasta la cremallera de su pantalón, la bajé poquito a poco y luego me las ingenié para desabrochar el botón. Así pude por fin introducir mis dedos para que la acariciaran por encima de su ropa interior, moviéndolos al principio solo para comprobar si notaba su humedad y después para que esa humedad se intensificara.

    Me encantaba deslizar uno de mis dedos entre los labios de su sexo, presionando lo justo para que me notara trepar con el hasta la zona de su clítoris, donde me paré a dar un pequeño masaje en círculos, apretando un poquito, mientras notaba mis dedos empaparse. Sentir aquello me producía una sensación deliciosa. Básicamente se me hacía la boca agua y pensaba en la palabra “preliminares”. Si, eso era lo que quería en aquel momento. Recorrer su cuerpo hasta el último rincón con caricias y besos, con lametones y mordiscos muy suaves. Sin embargó hubo algo que por un momento me hizo perder la iniciativa.

    Mi amiga desabrochó mi pantalón e introdujo su mano dentro de mi ropa interior para sostener mi miembro entre sus dedos. Lo acariciaba de arriba abajo haciéndome perder las fuerzas, apretando con sus dedos solo lo necesario y prestándole mucha atención a la punta, que era la parte que mas placer me provocaba al notar como me tocaba.

    Quise recuperar mi posición de amante que buscaba hacer sentir relajada a su compañera, así que traté de recobrarme lo justo para ser capaz de meter mis dedos bajo su ropa interior y moverlos lo mas hábilmente que supe sobre su clítoris. Lo mimé un poco con las yemas de mis dedos, aprovechando su humedad para que mi mano resbalara sobre el lentamente, acelerando durante breves instantes para hacerlo vibrar, luchando para no perder las fuerzas del todo con las caricias que ella dedicaba a mi tronco firme.

    Al cabo de un rato quise desnudarla completamente y aproveché para que se tumbara.

    Los dos nos terminamos de quitar la ropa. Fue increíble acariciar sus muslos al tiempo que bajaba su pantalón y luego terminar de desnudarla ayudándome de besos y caricias pensadas especialmente para ella. Cuando quedó tendida en la cama, desnuda, empecé a besar la cara interna de sus muslos y a recorrerla poquito a poco con mi lengua mientras sentía como me acariciaba la cabeza. Después, me tomé un pequeño instante acariciándola con mis dedos y concentrando en el interior de mi boca mi saliva para que quedara en la punta de mi lengua. Así, pude luego pasarla lamiendo todo su sexo dejando bien mojado su clítoris. Absorbí el exceso de saliva cogiéndolo con mis labios y chupando despacito, mientras me abría camino separando un poco sus piernas y sintiendo su piel. Me sentía especialmente a gusto viendo como levantaba sus caderas y jadeaba cada vez que mi boca entraba en contacto con su fuente de placer, absorbiendo su clítoris, haciéndolo vibrar con mi lengua, besándolo y sujetando sus piernas para que no se apartara de mi boca ni un segundo en algún movimiento involuntario de su cuerpo. Casi me hundía la cabeza entre sus muslos para dejar que me perdiera entre ellos con lametones largos que hacían que la punta de mi lengua separara los labios de su sexo. Me permitía el lujo de meterla un poco dentro de ella y jugar a explorarla, besando como si besara los labios de su boca, dándole así un anticipo de mis dedos que pronto empezaría a introducirle. Los metía, los giraba y los movía hacia dentro y hacia fuera mientras seguía con mi capricho de saborear su clítoris con chupetones y pasaditas de mi lengua bien mojada, poniéndole cara de estar disfrutando como un loco y mirándola a los ojos.

    Me fui acelerando, moviendo mis dedos para llenarla completamente y sacándolos luego de su interior solo un poco para poder moverlos mas rápido mientras cogía su clítoris con mi boca. Lo chupaba dejando que se me escapara un poco resbalando entre mis labios y volviendo luego a por el con la punta de mi lengua, que lo rodeaba, rozándolo antes de repetir el proceso de colocar mis labios sobre el y absorberlo despacio. Me excitaba tanto aquello que empecé a pensar lo placentero que sería que terminara corriéndose en mi boca.

    Hubo una pequeña pausa de segundos para sonreírnos de forma cómplice, respirar y expresar lo bien que lo estábamos pasando y después, ella volvió a tomar la iniciativa tumbándome sobre la cama y colocándose sobre mi. Me dejó besarla y luego meter uno de sus pezones en mi boca mientras buscaba mi miembro con su mano y colocaba la punta en su entrada, dejándose caer lentamente para que terminara llenándola. Noté como la punta hinchada se abría camino y su calor interno lo recorría milímetro a milímetro hasta que entró del todo. Tuve algunos espasmos de placer que seguro que notó, y cuando quise darme cuenta estaba respirando aceleradamente mientras le susurraba al oído el placer que sentía por como movía su cuerpo para hacer que entrara y saliera de ella. Notaba la calidez de su interior y me hacía perder las fuerzas mirar hacia abajo y ver su pecho agitarse y como mi sexo se perdía muy dentro de ella cada vez que movía sus caderas. Acariciaba su trasero y me movía siguiéndola, sujetándola a veces para que no bajara y ser yo quien levantara las caderas haciendo que su cuerpo se agitara con algunas embestidas.

    Y así nos fuimos acelerando. Usaba mi dedo pulgar para acariciar su clítoris al tiempo que ella se movía sobre mí, cogiéndome las manos y colocándolas sobre sus pechos para que los sujetara y acelerando cada vez más. La contemplaba desnuda, meciéndose, haciéndome sentir todo su calor mientras yo le acariciaba los costados y la cintura hasta que llegó un momento en que echándose hacia delante acercó sus labios a mi oído y sin dejar de moverse, con la respiración entrecortada, me dijo que iba a correrse.

    La besé, me perdí entre sus cabellos, jadeando, acariciando su cuerpo y sintiéndome completamente dentro de ella, hinchadísimo, endurecido, caliente… Acerqué como ella mis labios a su oreja y le pregunte si quería terminar en mi boca, permitiéndome probar su orgasmo, que intentaría con todo mi empeño que fuera intenso.

    – Solo tienes que posar tu sexo sobre mis labios y dejarme disfrutar de ello. – Le sugerí en voz bajita.

    Parece que la idea le sedujo, así que sosteniendo la base de mi miembro entre sus dedos se lo sacó despacio y, aun estando sobre mí, acercó su sexo hasta mis labios, lo abrió un poco para que pudiera lamerlo con mas facilidad y me dejó espacio para que acompañara las caricias de mi boca con el movimiento de mis dedos dentro y fuera de ella.

    Se movía sobre mí, rozándose con mi lengua que en ese momento era solo para ella, dejando que cogiera su clítoris con mis labios y saboreara y besara con deseo mientras la acariciaba, acercándola para que mis labios no se detuvieran en su cometido ni un instante. Mi amiga respiraba y echaba la cabeza hacia atrás, dejándome ver su cuerpo moviéndose sobre mi desde esa posición privilegiada.

    De pronto girándose un poco cogió mi pene y empezó a masajearlo con sus dedos. Giraba la yema de su pulgar sobre mi glande y luego recorría todo el tronco dejándolo deslizarse entre su mano. Me miró mientras yo saboreaba hasta el último milímetro de su clítoris y la acariciaba por dentro con mis dedos dejando la otra mano para acariciar su cintura y no dejar que se apartara de mi boca y, de pronto, empezó a correrse.

    Me había estado aguantando para coincidir en lo posible con ella y me pareció un gran momento para dejarme llevar. Mientras notaba sus espasmos y un pequeño temblor en su cuerpo por el orgasmo, tuve yo otro con las caricias que su mano no dejó de dedicarme. Descargue algunos chorros calientes que bañaron sus dedos mientras mis labios en forma de “o” absorbían su clítoris y mis dedos terminaban de moverse al ver que ella había terminado.

    Quedamos a gusto, pero yo al menos aun la deseaba. Era increíble ver su sonrisa y sentirla relajada después de ver como tenía un orgasmo que quise sentir como dedicado “solo para mi”. Acariciarla, besarla para hacer que se calmara, contemplarla y sentir el tacto de su piel o su pelo era todo lo que quería en ese momento. Terminó acurrucada entre mis brazos, respirando cada vez más lento y lamentando que tuviera que marcharse pronto y no hubiera tiempo para repetir.

    A veces me hablaba, luego me miraba, me sonreía y me daba un beso corto antes de volver acomodarse, con sus piernas abrazándose a las mías.

    Hablamos de la próxima vez.

    – Sería perfecto que cuando te marches, yo coloque el reloj de arena y cuando toda haya caído vuelvas a entrar por esa puerta – Le dije.

    Ella sonrió, se levantó para mirar la hora del mundo real y empezó a vestirse.

    La ayudé.

    Tal vez suene empalagoso o una tontería, pero en aquel momento noté que si le ayudaba a abrocharse el sujetador o a buscar su ropa por la habitación tendría unos segundos más de contacto con ella. Quizá un abrazo desde atrás, un beso en los hombros, un halago al oído…

    Llegó el momento en que tenía que marcharse y volver a su rutina normal. Le dije que se llevara el reloj como recuerdo. Siempre podía decir si alguien le preguntaba que se lo había encontrado tirado por ahí, le había hecho gracia y por eso lo tenía. Lo cogió, y para darme algo que yo pudiera recordar, le dio la vuelta para que la arena empezara a caer y me besó en los labios el tiempo justo que tardo en agotarse esta. Luego lo se lo guardó.

    Si tienes tantas ganas como yo de que esto se repita, seguro que nos vemos antes de lo que piensas. – Me dijo.

    Y se marchó. Seguro que tenía más ganas que ella. Esa mujer me encantaba.

  • Lupe me prendes

    Lupe me prendes

    Siento unas ganas enormes por Lupe, son tantas que a veces sueño con ella me vuelve loco cada vez que la veo me excita y que decir cuando pasa a mi lado siento tanto deseo por sentir su cuerpo desnudo.

    Muchas noches he soñado con Lupe, al grado de masturbarme por las noches incluso en el día cuando estoy solo en casa, que es cuando más excitante se pone porque puedo hacer el ruido que quiera pronunciar su nombre mientras me masturbo con intensidad porque nadie me escucha, pero sueño con que un día venga de sorpresa y me encuentre masturbándome y me diga te ayudo.

    Lupe: que haces porque haces eso.

    Con voz de asustada le contestaría.

    Yo: pues no pensé que llegaras este momento, pero espera me pongo la ropa discúlpame que pena contigo…

    Lupe: no pasa nada tranquilo es más yo igual ando con muchas ganas y pues qué tal si nos masturbamos los dos.

    Yo: pues suena interesante no es mala idea.

    En ese momento entro al cuarto y empezó a quitase la ropa yo estaba muy nervioso y excitado a la vez que sentía que con solo verla se tía que me iba a venir tuve que pensar en otras cosas para poder controlarme y ella se dio cuenta…

    Lupe: que tienes estas muy nervioso.

    Yo: pues más que nervioso estoy excitado de verte así eres un sueño eres divina y hermosa.

    Lupe: gracias…

    Ya la excitación me invadía y comenzamos a tocarnos claro ella su cuerpo y yo el mío, pero era muy excitante verla desnuda con la vagina al aire libra muy húmeda.

    Mientras ella pasaba sus dedos sobre su vagina más se me hacía agua la boca, me invadía las ganas de que fueran mis manos que tocaran esa linda vagina que emanaba un rico aroma de deseo un aroma que me decía tócame.

    Temerosos a que me rechace le pregunte.

    Yo: puedo tocarte y tú me tocas a mi así tú me masturbas y yo te masturbo…

    Para mi grata sorpresa y esperando un rotundo rechazo ella me acepto.

    Lupe: claro así se me hace más excitante y atrevido…

    En ese momento me quedé con la boca abierta he inmóvil que ella me despertó diciéndome.

    Lupe: vas a venir o no.

    Yo: si claro.

    Y como un lobo sobre su presa me fui sobre ella y

    Si darnos cuenta y por el calor del momento ya estaba comiéndome su rica conchita que ya se encontraba muy mojada, pero con un sabor muy rico.

    Yo: que rica conchita tienes me vuelve loco tantas noches masturbándome por ti hoy mi sueño se vuelve realidad.

    Lupe: pues aquí la tienes has con ella lo que quieres hazme lo que quieres soy toda tuya.

    En ese momento me sentí el rey del mundo y comencé a comérmela rico jalándola para levantarme las piernas y seguir comiéndome su vagina que cada vez se mojaba más y más en ese momento mi lengua llegó a su ano y ella me dijo.

    Lupe: que rico sigue sigue no pares.

    En ese momento un squirt llegó mojándome toda la cara.

    Yo: que rico y sabroso. Ya en ese momento supuse que era hora de penetrarla y si más nada se lo fui metiendo poco a poco escuchando sus ricos gemidos de placer. Si querer mi pene topo en su ano y pese que se molestaría y fue todo lo contrario, lo tomó con la mano y sola se lo fue metiendo hasta el fondo después de varios minutos cogiendo y cogiendo. Al fin los dos llegamos a un rico orgasmo ella mojándome los testículos y yo llenado su culito de esperma fundidos en un rico beso.

    Espero les guste este relato. Gracias por leerlo.

  • Tremenda enculada mientras su esposo espera

    Tremenda enculada mientras su esposo espera

    Antes de relatar está experiencia quiero compartirles que desde 2010 conocí el ambiente swinger dónde se realizan intercambio de pareja sin embargo no solo se limita a eso,  también hay parejas que les gustan los tríos hmh, cuartetos hmhh, cuckold que se trata de lo siguiente; el esposo le gusta observar a su mujer teniendo sexo con uno o varios invitados, también otras modalidades por decirlo, así como sexo en grupo, gang bang o simplemente salir con alguna chica sola que le gusta el ambiente.

    Actualmente las cosas han cambiado, los encuentros cada vez son más difíciles ya que haya gente muy elitista, solo quieren gente bonita y cuerpos esculturales, también la edad es requisito para mucha gente que tiene poco en el ambiente.

    Mis primeras experiencias fueron a ciegas, sin fotos previas simplemente la confianza y hacer clic por mensajes de texto o llamada, quizá algún dato como nombre y edad pero si ser un limitante, desde que vas a la cita para tener un encuentro sexual con personas desconocidas era muy placentero, te daba un nervio especial, una incertidumbre, cómo será esa pareja que voy a conocer, serán mamones, serán de dinero, será atractiva la esposa en fin un buen de cosas pasan por tu mente cuando vas a esa cita donde tendrás sexo con personas con los mismo gustos o que quieren cumplir una fantasías, debo aclarar que soy separado y que inicie en este ambiente solo y hasta la fecha he tenido aproximadamente 50 a 53 tríos hmh.

    Seré breve en el relato cuando ya hay sexo, pero lo rico y emocionante de estos encuentros es que no sabes cómo se dará y que sorpresas tendrán, sabes que irás a tener sexo, pero antes de llegar a eso pasan cosas que no esperabas y eso hace que la experiencia sea muy placentera, esto sucedió en la ciudad de Pachuca Hgo. Tuve contacto con una pareja swinger por Facebook y acordamos vernos en un centro comercial, está pareja es de otra ciudad y ese día vendrían a la capital y aprovecharon el viaje para conocernos y hacer un trio del cual ya se había platicado.

    Total que llegó el día, quizá eran las 2 de la tarde, nunca nos habíamos visto y tampoco por foto, la esposa con un cuerpo entre delgado y promedio, de piel morena y vestía minifalda, el esposo de complexión robusta y alto quizá 1.85 o más, yo mido 1.78 y vaya que lo veía enorme, nos presentamos y me dijo el esposo a dónde van ir y yo me quedé un poco asombrado, dijo, mientras voy a comer algo en lo que Uds. regresan pero le dije que no llevaba auto o lo que él dijo entonces vámonos en la camioneta, la camioneta es tipo americana muy larga, con caja y doble cabina.

    Me fui en la parte de atrás e íbamos charlando para romper el hielo, compramos unas bebidas de tequila en lata y nos fuimos para el motel, ya instalados me dijeron que ellos son de familia muy conservadora sin embargo les gusta el ambiente swinger ya sea trio hmh o intercambio de pareja, seguíamos platicando y bebiendo solo una lata, el esposo no tomo solo ella y yo, conforme transcurría el tiempo y la plática él dijo que no iba a participar en el trio porque tenía gripa pero en ningún momento vi que estornudara o que tuviera catarro pero eso me prendió porque iba a estar a solas con su esposa, eso no lo vi venir pero me prendió y su esposa se veía que estaba encantada de que su marido el muy cornudo no estuviera presente.

    Cuando de pronto él dijo bueno voy a esperar en la camioneta en lo que Uds. están a solas y uff se siente muy agradable, sientes que te saliste con la tuya y que eres todo un macho alfa, posteriormente nos quitamos la ropa y me empezó hacer un rico sexo oral la muy puta, estábamos solos y no tendría problema en el nervio que da cuándo haces un trio y el esposo está presente participando no puedes tomarla como tú quieras si no con más cautela pero en esta ocasión la suerte estaba de mi lado como en otras muchas ricas sesiones de sexo, hicimos sexo vaginal, oral y la sensación de que su esposo todo cornudote estuviera esperando en la camioneta mientras su puta esposa cogia conmigo, pero faltaba la cereza del pastel y mientras la follaba en posición de perrito le dije que si podía clavar mi verga en su culo y ella dijo que si, eso me puso más caliente, mi verga palpitaba y quiera entrar en ese culo apretado.

    Terminé de follarla vaginal y empezó la faena anal, me dirigí a su culo y poco a poco fui invadiendo ese culo que se sentía rico y apretado, una vez que estaba adentro de su culo empezó el vaivén de meter y sacar, lo hice despacio en lo que su culo se adaptaba a mi verga pero poco a poco fui incrementando la velocidad de las embestidas que le daba a su culo y ella empezó a gemir muy rico, una especie de dolor y placer mezcladas, eso hizo que mi verga se pusiera a un más tiesa mientras le taladraba el culo cada vez más fuerte, la tomé de una mano y con la otra mano le agarre la cintura la nalga y la nalgueaba a la muy puta, en eso me vino a la mente que su esposo estaba en la camioneta mientras yo tenía sexo anal con su puta esposa, eso me prendió más y le daba unas buenas enculadas mientras ella seguía gimiendo muy rico.

    Me sentí muy afortunado en estar follando analmente a una esposa mientas su esposo como todo un buen cornudo esperando en su camioneta, después de esa gran follada anal nos tomamos un descanso recostados de cucharita y en eso entro su esposa para decirnos cómo la estábamos pasando, entro al baño y dijo que termináramos en lo que el regresaba a la camioneta, volvimos a coger pero está vez fue solo vaginal, terminamos de coger, nos aseamos nos vestimos y salimos los 3 del motel y me dejaron en el centro comercial donde nos habíamos visto, hasta la fecha seguimos siendo buenos amigos, nos volvimos a ver para otro trio donde ahora el esposo si participo y en 3 ocasiones más solo salimos ella y yo a coger con el permiso de su esposo, obvio en esas 3 ocasiones no faltó el sexo anal, dónde al principio no quería pero termino cediendo a mi petición de sodomizarla como buena hotwife o esposa caliente.

  • Mi prima Roselita llegó a casa antes del teatro

    Mi prima Roselita llegó a casa antes del teatro

    Me despertó el timbre de la casa de mi madre, acudí a la puerta modorro, cuando asomándose por la ventana vi por primera vez el rostro de Roselita.

    -Pero qué pasa Roselita? te he estado esperando desde la mañana, mira estas horas de llegar.

    -Perdón primo, lo que pasa es que el transporte se retrasó por el tráfico. Y no le pude avisar a mi tía porque el móvil se me cayó a la tasa del baño, soy un desastre.

    -Pero Roselita, mi madre ha estado toda preocupada, deja te ayudo con las maletas.

    Yo sólo había visto a Roselita por fotos de redes sociales.

    Era diminuta, me llegaba apenas al pecho, de no ser por su melena rizada y perfectamente confeccionada, casi como un afro.

    Su tono de piel castaña, clara pero algo apenas dorada.

    Muy risueña y graciosa.

    Pero con el sueño que tenía de recién que me desperté, no pude percatarme más de toda su figura.

    Me pidió entrar al WC y yo decidí irme de nuevo a la cama, realmente estaba cansado.

    -Joder Roselita! ahora este susto!

    -¡Ya despierta que se nos hace tarde para el teatro!

    Roselita se tiró a la cama y de rebote me despertó.

    Veía su cara más cerca de la mía.

    Roselita y yo nos habíamos intercambiado mensajes por años.

    Roselita y yo ya habíamos establecido una relación algo íntima por mensajes, pero nada más.

    Su visita y tenerla por primera vez en persona era algo nuevo para ambos.

    -Primo estás muy alto, y majo, te ves mejor en persona que en las fotos.

    Roselita acababa de cumplir 19 y yo a mis 30 y con mi altura Roselita parecía mi hija.

    Roseilta tenía planeado que fuéramos al teatro juntos.

    Al final mi semana estaba dedicada a recibirla porque mi madre estaba de viaje.

    Entonces, no tenía nada mejor que hacer en ese momento, ya que yo estaba de vacaciones.

    Roselita no podía pagar unos mejores asientos por su sueldo de su primer trabajo, por lo tanto estábamos hasta gayola.

    Cuando fuimos subiendo las escaleras, que eran lo único iluminado de ese teatro, pude percatarme de algo hermoso.

    El culo de Roselita.

    -Roselita que no sabía que ibas al gimnasio…

    Roselita comenzó a reirse, y preguntó:

    -¿Por qué lo dices?

    Yo bien descarado y aprovechando que estábamos a solas le dije:

    -Pues ve esas tremendas nalgas que tengo en frente, si no fuera por el pantalón, ya te habría dado un resfriado…

    Roselita cagada de la risa no supo qué decir… cuando de pronto, no vi a Roselita.

    Puto teatro estaba a obscuras, hice a sacar mi móvil y…

    Lo había dejado en casa por lo que tuve que usar mis manos para orientarme en aquella obscuridad total.

    -Roselita! Roselita! Joder que esto es un puto panteón… AY! Joder!

    -AY!

    -Ostias me caigo! Perdona, Roselita? estás bien?

    Roselita se estaba amarrando las agujetas de sus zapatos, con el culo parado y sin querer choqué con ella empujándola al piso, cuando caímos sin querer me quedé con una de sus tetas en las manos.

    -Jajaja

    Roselita sólo se reía…

    -Pero qué coño Roselita! Estás viendo que aquí no hay luz y se te ocurre obstruir el camino.

    -AY ya enojón, lo bueno es que no me lastimé, si no te acusaría con mi tía.

    Fue en ese momento de gloria que me percaté de la perfección del cuerpo natural de Roselita.

    Así es, los genes de mi prima estaban totalmente en armonía.

    Sostuve por un momento su cadera para levantarla y deslicé mi mano por su vientre, ufff, vientre plano natural.

    Aún con la remera pude sentir toda esa escultura compacta que apenas cabía en sus 1.55 metros de altura.

    Caminamos tomados de la mano hacia los asientos, porque le puto teatro no tenía ni una luz encendida.

    Para nuestra sorpresa, habíamos llegado antes a la función y por lo tanto el teatro todavía no estaba completamente encendido.

    Empezada la obra, bastante aburrida, Roselita se durmió en mi hombro.

    Me di cuenta porque Roselita quizo acomodarse y levantó el reposa brazos para quedar en mi regazo.

    Yo no entendía si estaba cansada del viaje, o solamente es que la obra estaba realmente aburrida.

    Éramos dos almas en Gayola, todas las demás personas estaban a un par de zonas adelante de nosotros.

    Creo que nadie se había percatado de nosotros hasta arriba.

    Roselita puso su tierna cara entre mis piernas, y yo hice lo inevitable…

    Acaricié su melena rizada.

    Misma melena que me recordó la primera vez que me hicieron una mamada.

    Una mina que también tenía el cabello rizado como Roselita, yo recuerdo que metía mis dedos para empujar su cabeza mientras mi pene llegaba al fondo de su garganta.

    Por lo tanto tener mis dedos entre los cabellos de Roselita ocasionó que mi pene se endureciera poco a poco al visualizar ese recuerdo.

    Parecía que Roselita lo sentía porque mientras más duro, más se movía, como si supiera que tenía mi pene en sus mejillas.

    Puse mi mano en su cadera y descubrí que la remera se le había levantado un poco, y puse mis manos en su vientre.

    Los vientres planos son una debilidad que tengo.

    Cuando Roselita sintió mi mano ahí, dibujó una sonrisa en su rostro.

    No lo pude evitar, comencé a acariciar su vientre y ella se puso boca arriba.

    Podía sentir su ombligo.

    Y mi mano sólo quería deslizarse por toda la planez de su vientre perfectamente tallado como si fuera mármol.

    No pude evitar deslizar mis dedos por dentro del elástico del pantalón de algodón.

    Pude sentir los vellos del vientre de Roselita, y no podía adivinar si traía depilado brasileño o toda la Amazonia cubriendo su vagina.

    Roselita no decía nada.

    Sólo sonreía como cuando uno ve a una bebé durmiendo.

    Comencé a deslizar mi mano sobre su vientre y realicé mi siguiente descubrimiento.

    Roselita no traía sostén.

    Sus tetas eran firmes, como dos pelotas de beisbol casi perfectamente redondas.

    Rosé la base de sus senos y vi cómo Roselita se mordía los labios.

    Mi pene levantaba la cabeza de Roselita.

    Vi cómo ella sonrió más y puso su mano como si fuera almohada atrás de su melena, justo donde estaba mi pene que quería romper el pantalón.

    Sus pezones ya estaban duros y los comencé a acariciar suavemente.

    Por su tono de piel asumí que la coloración de sus pezones era más clara, por lo cual en mi experiencia las mujeres con pezones de tonalidad claros son más sensibles, entonces yo los acariciaba muy lentamente.

    Y al parecer, funcionó.

    Roselita lo estaba disfrutando, parecía que ella había planeado que fuera así porque la puta obra no entretenía a nadie.

    Le levanté la remera y me agaché a chuparle las tetas.

    ¡Qué ricas tetas!

    Nos besamos y fue ahí cuando me susurró:

    «Ansiaba este momento, y ahora quiero mamarte la verga»

    Me saqué el pene que se asomó a un costado de su cara.

    Ella giró su cuello 90 grados hacia la derecha y ahí estaba mi pene, la cabeza deseando ser besada.

    Ella lamió y lamió hasta que se la metió a la boca.

    Yo para esto ya tenía mis dedos en su vagina.

    Su clítoris estaba respondiendo y a ratos sentía como vibraba de lo excitada que estaba.

    Era de esperarse que ya estaba muy humedecida.

    Recordé mi primera mamada de la vida y me transformé.

    Empujé las piernas de Roselita al piso.

    Y nunca soltó mi verga.

    Yo estaba viendo la aburrida obra con una mamada controlando los movimientos de Roselita con su melena.

    Yo no podía creer que esta era la primera vez que Roselita hacía una mamada.

    Jalé su cabellera hacia arriba y la volví a besar.

    Y me dijo, «no es la primera verga que chupo, pero si es la primera verga que quiero que entre a mi vagina»

    Roselita no tenía idea de lo que dijo…

    Para mi suerte, el teatro seguía a obscuras.

    Entonces me levanté y la llevé a la orilla de las butacas, yo con la verga de fuera y ella con las tetas al aire.

    Nadie se dio cuenta.

    Sentía que ahí podíamos tener más intimidad, ya que era una esquina, y usualmente las esquinas son las menos iluminadas.

    Empiné a Roselita hacia abajo.

    Le bajé el pantalón.

    ¡Qué culo más perfecto!

    Se lo empecé a lamer, nunca había sentido unas nalgas tan firmes y compactas.

    Me senté en la butaca y jalé a Roselita hacia atrás.

    Su vagina estaba lista, y muy pequeña y ajustada, pero completamente mojada se deslizó a la perfección por todo el contorno venudo y carnudo de mi pene.

    En ese momento puse mi mano sobre su boca para evitar que gritara.

    Si lo hizo pero tuve que apretar mi mano sofocando el grito.

    Roselita se movía como toda una puta.

    Había nacido para eso.

    O bien había visto mucho porno para practicar.

    No sé, yo sólo le sostenía una teta con la mano izquierda y con la mano derecha la boca.

    Cuando Roselita dejó de gritar, ella misma se tapaba la boca, lo cual hizo que yo pudiera jalar de su melena hacia atrás.

    Para que ella formara el arco perfecto…

    El arco del triunfo.

    Me estaba cogiendo a mi prima de 19 años en un Teatro viejo y obscuro el día que la conocí en persona.

    Y se quedó una semana de 7 días enteros en casa, mientras mi mamá seguía de viaje…

    Dime en los comentarios si quieres saber qué pasó después.