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  • Susana en la ciudad

    Susana en la ciudad

    Ya he explicado como mi mujer Susana me ha metido los cuernos en más de una ocasión, pero en el fondo a mí me pone muy cachondo ver como folla con mi mejor amigo, ver como agachada le come lenta y suavemente su gorda y rica polla y como él se retuerce de placer al correrse en su cara, en su coño o a cuatro patas mientras llegan juntos al gran orgasmo y como en la habitación los gritos de éxtasis inundan el silencio de la noche.

    Hasta ahí, más o menos todo bien.

    Pero me volví loco de excitación, mi pene empezó a palpitar a punto de explotar cuando encontré su diario secreto al que llamaba:

    Diario de placer, gozo e infidelidades libertinas.

    12 enero 2021

    Esta noche he quedado con el mejor amigo de mi marido.

    Hemos quedado en la ciudad. En Barcelona.

    Mi marido es novelista, pero esta noche tiene un congreso de escritores de literatura erótica y de romanticismo. Es un buen escritor, pero se pasa demasiadas horas en su estudio y yo necesito que estén un poquito más por mi y que hagan de tanto en tanto, unos importantes cuidados intensivos a este gordito y necesitado cuerpo lleno de fuego y pasión. Y últimamente mi marido no está por la labor, pero su amigo si sabe como apagar el fuego…

    Vive en un pequeño piso en el barrio viejo de la ciudad y es dibujante de cómics, a parte también pinta cuadros muy artísticos. Antes de subir a su casa, estuvimos tomando unas copas en un tranquilo Bar cerca de su vivienda, ahí charlamos animadamente y me acerqué para darle un beso. Él me respondió con otro beso más largo y profundo. Nos sonreímos y pagando, nos largamos de ahí para ir a su piso.

    Una vez ahí, en el sofá, empezó a besarme y a sacarme la ropa, lenta y con calma.

    Acariciaba mi espalda, mi cuello y mis grandes pechos, mientras notaba un estremecimiento fuera de todo orden natural, aún mantenía mis pantalones tejanos y mis bambas y, antes de desprenderme de todo ello, quise yo demostrar al amigo de mi marido, que podía ser una buena puta al empezar también a quitarle toda la ropa y dejar sus calzoncillos. Le estuve martirizando, mientras le acariciaba su sexo a través de la tela de su paño menor, le hice sufrir así diez minutos hasta que, mientras él tiraba la cabeza hacia atrás, le saqué su slip y su enorme falo se dejó ver, con la punta brillante de la excitación.

    – Te lo suplico, Susana, haz algo para remediar este problema.

    -Dime. ¿Y que deseas?

    – Qué la saludes como es debido. Anda, sé buena.

    -Ok. Lo haré con una condición.

    -Tú dirás.

    -Que esta noche hagamos una orgía.

    -Pero, como hago yo para hacer eso?

    -Llamando a gente. ¿Tienes amigos?

    -Claro.

    -Pues ahí lo tienes.

    Hubo un silencio.

    El corazón de él iba a mil por hora de lo excitado que estaba. Su polla estaba ahora mojada, pero no empinada de todo.

    -Está bien, Susana. Llamaré a gente que creo que podrá ayudarnos.

    -Biennn.- Exclamé yo feliz.

    Y entonces volví a acariciar la polla del amigo de mi marido y lentamente fui acercando mis labios a su sexo, muy muy lentamente. Le lancé aliento y él lo notó.

    -Vamos, susana… sé buena…

    Y lo fui.

    Su gemido entrecortado fue memorable.

    Cuando rodeé su polla entera con mi boca, noté una textura maravillosa y creo que él supo lo que era el placer de verdad, empecé a chupársela con lujuria y ganas.

    -Dios, susana que bueno es esto. Diosss.

    -¿Te gusta, cabrón?

    -me vuelve loquísimo, perra.

    -pues disfruta, cerdo.

    Se la estuve chupando casi media hora y luego, ya no pude más y me quité el resto de ropa y me coloqué encima de él.

    Cuando la noté dentro de mi, casi me desmayo del placer.

    No era la primera vez que follaba con el amigo de mi marido, pero sí lo era, el engañarle en la ciudad.

    Empecé a moverme cada vez más deprisa y así y así hasta que noté como me invadía una corrida inmensa, monstruosa y como mi amante me besaba y me abrazaba y yo notaba la tercera corrida de la noche.

    ¡Joder con el amigo de mi marido como follaba!

    Luego fuimos a su cama y ahí dormimos un rato para seguir follando toda la noche.

    Qué maravilla dios mío.

    Cuando acabé de leer, tuve que hacerme una soberana paja, porque si no, muy probablemente no hubiera aguantado el resto de días ni de historias que seguí leyendo del Diario sexual de mi querida esposa.

  • Del chat al encuentro

    Del chat al encuentro

    Quedamos de vernos en la entrada de una tienda conocida, como ella me dijo la vería fácilmente, su atractivo era inconfundible con esa blusa apretada, le fascina que la vean, le admiren el escote (me había dicho, en las ricas platicas que tuvimos en el chat y por teléfono); me acerque ¿Silvia?, ¿Héctor?, si le respondí, intercambiamos saludos, pero se acercó para besarme en la mejilla; -tenías razón desde lejos vi que era tú- le dije, -te gustan-, -mucho-.

    Durante nuestras conversaciones quedamos de ir a comer, hoy fue el dia, -le pregunté que se te antoja-, se río; -donde me lleves está bien- respondió, fuimos a un restaurante cercano, pedimos mesa y ordenamos, mientras comíamos jugamos un poco, caricias en las manos, luego toques de piernas, las manos abajo de la mesa para acariciarnos mutuamente las piernas; fueron momentos muy excitantes, con su atrevimiento me mostraba su busto y más me excitaba, ese amplio escote me dejaba ver parte de sus senos, -te gustan-, -los quieres tocar-, -claro, están deliciosos- le dije, se acercó un poco más para hablarme al oído- pero lamió la oreja, no perdí la oportunidad y apreté su seno, -que rico, es tuyo-, era hora de pedir la cuenta; salimos y me preguntó, ¿a dónde me vas a llevar?, -me tienes muy caliente, al motel, sólo deseo tenerte-, su mirada me dijo todo.

    Al entrar, cerré la puerta y al voltear la vi parada de espaldas, me acerque tome sus hombres y empecé a besar su cuello, su reacción me sorprendió, se volteo y me beso con unas ganas de comerse todo, besaba con tanta pasión, que me deje llevar, su boca húmeda estaba deliciosa, labios algo carnosos, su lengua jugaba con la mía, mordia, lamía; toque sus senos, los acaricie y aprete, ella gemia, respondía con su boca, con su lengua, que delicia estar con ella. Seguíamos besándonos, mis manos gozando de sus maravillosos senos, tomé su blusa para quitársela, también la agarro y salió más rápido, me quede mirando esos senos, ella me miró, se dio cuenta que estaba fascinado viéndolos, se quito despacio el brassier y quedaron expuestos, de buen tamaño, perfectos, de pezón grande, listos, esperando ser tomados; no pude mas, mi boca se moría de ganas de comérselos, así que empecé a besarnos, lamerlos, pasar la lengua una y otra vez, mordí los pezones, los chupe, los metí en la boca, me perdí en ellos, mis brazos rodeando y acariciando su espalda, mientras ella se arqueaba un poco, entregándome las delicias de su cuerpo.

    A la cama -pidió- se recostó boca arriba, con sus piernas colgando de las rodilla, se vía exquisita con los pantalones puestos, los senos desnudez, me puse sobre sus piernas y seguí disfrutando de sus senos, de nuevo, los chupe, los bese y lami, mi boca se comían sus pezones, yo gozaba como gemía, me excitaban más con y su manos tomando mi cabeza, me impedía dejar de hacerlo, baje un poco, sabía qué aún tenía algo más, fui besando y latiendo, fui retrocediendo hasta su pantalón, desabroché y baje el cierre, una pequeña tenga se asomó y el olor de su humedad me fascinó, baje un poco su pantalón e hundí mi boca; mi lengua saboreo lo mojada que estaba, sentí sus labios, y una y otra vez la recorrí hasta su clítoris, no pude parar, seguí comiéndome su tanga, quien puede detenerse, disfrutaba mucho y con sus movimientos me daba todo…

    Estuve bastante metido entre sus piernas bastante tiempo; la oí decir ya, me pare, saque el condón, cómo deseaba penetrarla le quite sus sandalias, baje su pantalón, vi su mojada tanga, no se la quite, que rico hacerlo así, puse mi miembro duro sobre esa tanga, encima de esos labios, empecé a moverme despacio; me arrodillé en la cama, tomé sus piernas y las puse sobre mis piernas, puse el pene a la entrada de su vagina, -si- dijo, lo metí despacio, sentí como me apretaban sus piernas, me envolvían, nos moviamos, nuestros vientres se unían, entraba y salía de su vagina, tan húmeda, tan mojada; lo hacíamos cada vez más rápido, mas fuerte, la embestia una y otra vez, ella empujaba, me prendia más.

    Puse las manos en la cama, a lado de sus hombros, de manera que colgaba, así que ella movía su vientre con fuerza, mientras mi pene seguía entrando y saliendo de esa deliciosa vagina; -acuéstate- me dijo, nos dimos vuelta y ahora ella me montaba, lo que siguió pocas veces lo sentí, me cogio completamente (más tarde me diría, que así lo disfrutaba mucho más, cuando ella llevaba la iniciativa, el ritmo), sus senos se movían a su ritmo, así que los tomé de nuevo, los sobe y apreté, en tanto gozaba la rica cogida que me daba; bajaba, subía, la miraba, gemiamos ambos, apretaba sus senos, sobaba su clítoris mientras entraba el pene una y otra vez, -ya no puedo más despacio-, pero ella se movió más fuerte y me hizo venir; siguió moviéndose un poco más y gimió fuerte, puse mi mano en su vientre mientras salía, chupe lo que tenía, ella sonrio y se recostó junto a mí.

    Nos quedamos un rato así, luego se paró y fue al baño, la seguí, entre a la regadera en lo que ella estaba sentada, se paró y nos bañamos; volvimos a recostarmos, platicamos un buen rato. Se recostó de lado subió su pierna en las mías, empezó a tocar mi miembro, a sobarlo, su mano en mi pecho acariciando, la puso sobre mi pene y lo estimuló suavemente, poco a poco se fue poniendo duro con el rico masaje, sabía lo que venía y en cuanto lo sintió duro, uso in condón y se montó nuevamente, se movía rotando su vientre con el mío, apretaba muy rico y empezó a moverse con fuerza, bajaba con mucho ímpetu, lo quería todo adentro, sus senos se movían tanto, me excitaba tanto mirarla, tomé sus senos, los apreté fuerte, puse una mano en nuestros vientres para sobar su clítoris, pronto se mojó, sentí sus líquidos saliendo, tomé su seno con los dedos mojados, para que se excitara más y otra vez me cogio maravillosamente, su ritmo me hacía jadear tanto, la tomé de las caderas, para sentir más fuertes sus movimientos -cógeme así, bien duro- le dije, su mirada era fascinante.

    Sabía que me hacía disfrutar mucho, asi que me dio otra montada deliciosa; -me vengo- y solté todo, se bajó, quito el condón y su mano terminó por sacarme el resto, lo chupo un momento y sólo pude gemir muy fuerte con su boca y lengua lamiendo y chupando se recostó; le dije montate en mi boca, me besó y puso su vagina sobre mi cara, le tomé las nalgas, mientras empecé a lamer sus labios, metía la lengua entre ellos, abria sus ricas nalgas, con una mano le metí los dedos en la vagina y lamia el delicioso sabor que sentía, seguí mamando todo, su clítoris tan rico, estaba perdido entre sus piernas, sentía lo caliente de sus líquidos en mi boca, recurriendo, unos orgasmos que me tenían gozando ese delicioso manjar; se volteo poniendo sus nalgas en mi cara, se agachó y su boca tomó mi pene; seguimos así, ella chupando para parar mi pene y yo comiendo su vientre, -dame un rato más- le dije y paramos; nos recostamos juntos y dormimos un rato.

    Oí una voz, estaba en el baño y decía ven, se metió a la regadera, me jaló, el agua tibia nos resucitó, el agua en su cuerpo me encantó y nos acariciamos, besos largos ardientes y esos deliciosos senos de nuevo los tomé, -te gustan-, -huuum si- – me los das- -son tuyos- -¿si?- -comételos- puse mi boca en ellos, mis manos los apretaban, -que deliciosos están- sus manos me empujaban a su pecho, los lami y mame a mi gusto, mientras le metí una mano entre las piernas, las abrió y los dedos se posaron en sus labios, metí dos dedos en su vagina una y otra vez, tocaba su clítoris con el pulgar tratando de sobarlo, -agárralo- puso su mano en mi pene y nos mostramos juntos; teníamos muy sensible todo, pero seguimos.

    Cuando lo tuve algo duro, se recargo de espaldas en la pared, con sus piernas abiertas y pasaba sobre sus labios mi pene, puse agua y saliva en la punta, para penetrarla, me sorprendio al tomar un condón, abrio el paquete, lo puso rapidamente y entonces, dirigió mi pene a su vagina, metió la cabeza con su mano, nos miramos y empezamos a movernos, aunque estaba recargada su vientre se pegaba al mío, pero esta vez me toca cogerla, darle placer, así que lo hice más rápido y fuerte, gemiamos los dos, a veces lo sacaba todo y lo metía de nuevo, ella envolvia su pierna con las mías, sus brazos en mi espalda arriba de mis nalgas, -asi-, – fuerte, -sigue-; me excitaba mas, chupaba y mordia mi oreja, nos besabamos, seguía arremetiendo su vagina, apretaba sus senos lo hacía lo más duro que podía, estabamos gozando.

    La puse ahora con la cara a la pared, tomé sus nalgas las abrí, pasé mi pene entre ellas varias veces, -por el culo- dijo, lo metí otra vez en su vagina, me acerque a su oreja -claro, eso quieres-, -si, dame-, puse la mano en su boca, hizo saliva y escupió, hice lo mismo, la puse en el pene, acomodé mi pene, abrí sus nalgas, paró su culo y puse la punta, empuje despacio, un poco más adentro, ella empujó para que entrará el resto, así que empuje un poco más fuerte, -ya entro todo- le dije, nos quedamos quietos un momento, hice esfuerzo con el pene, para que sintiera, sentí como apretó su culo también, empecé a moverme, lo saque un poco y metí, -si, que rico- la oí, así que nos movimos los dos, su culo contra mi vientre, más fuerte cada vez, -que rico culo- -ya es tuyo- -si, todo mio- -vamos dame más duro- -si- -qué rico- seguimos un rato, gemiamos fuerte, apreté un poco deseaba venirme cuando oí, que gimió más -te estás viniendo- -si- -ya voy- -dame fuerte- no terminamos juntos, pero fue deliciosa cogernos en el baño; nos lavamos y nos tiramos en la cama.

    Despertamos más tarde, – quieres ir a comer algo-, -si-, nos vestimos y fuimos a un restaurante, platicamos, ella trabaja en otra ciudad a un par de horas, viene a ver a su familia una vez al mes, le salió un buen trabajo y aprovecho; por el momento tiene pocos amigos, así que entró al sitio de citas y aquí estamos, dijo.

  • Comprando sungas para el verano

    Comprando sungas para el verano

    Espero que anden todos muy bien. Gracias por puntuar y comentar mis relatos. Es momento de relatarles esta historia que me pasó hace 2 semanas atrás.

    Asesorando a una de mis mejores amigas que se está separando, quedamos vernos en una cafetería cerca de su trabajo. Llegando al encuentro y buscando donde estacionar el coche, paso por delante de un local conocido acá en Bs As y en toda Argentina, de un local de ropa Interior masculina. Este local particularmente se encuentra sobre una famosa avenida de la Ciudad de Buenos Aires. (No voy a individualizar cual para no exponer a sus empleados).

    Siempre tiene vidrieras muy llamativas y bien armadas. Es la segunda vez que paso por frente de este local, en esta ocasión, por verme con mi amiga y dije: es tiempo que renueve las sungas para este verano ya que tengo planeado viajar a Brasil como casi los últimos 3 veranos. Además, las que tengo ya tienen 4 o 5 años y no las renové. Por lo que, después de hablar con mi amiga, pasaría por el local.

    La charla con mi amiga se extendió mas de la cuenta, por lo que yo esperaba una charla de máximo 40 min, fue de 1 hora 40 min. Nos despedimos, ella volvió a su trabajo y yo me dirigí al local de ropa. (que quedaba a cuadra y media del café de encuentro).

    Entré y solo llegué a ver a un muchacho agachado detrás del mostrador acomodando cajas de mercadería y yo me puse a mirar. Realmente no recordaba que talle soy. Además no es lo mismo que comprar un pantalon ya que se estira. De pronto escucho un comentario del muchacho: Hola! Perdona, se me había caido cajas con mercadería y lo estaba acomodando. Mira todo lo que quieras y cualquier cosa preguntame.

    Muy simpatico el vendedor, se le notaba una tonada extranjera, linda sonrisa, buena boca. Le dije: podrías decirme que talle sería? Tengo 46 de pantalon. Se acerca y me dice: mirá, estos modelos son todos nuevos, entraron recién y creo que un L te iría muy bien.

    Al verlo de cerca, tendría 1,73 de altura, pelo corto negro, tez morena, delgado, usaba una remera que le quedaba algo corta y ajustada al cuerpo. Un jean tipo chupin ajustado, que le marcaba piernas delgadas pero una cola muy muy interesante y redonda.

    Me pregunta: vos que andabas buscando?

    Yo: necesito renovar las sungas que tengo. Y pasé y me gustaban los modelos que hay en vidriera. Y busco en color negro y blanco.

    Bueno, las de vidriera son la colección que recién entró, son estas de aquí (señalandome el lugar de atrás nuestro), estas son las básicas que son lisas, y las de allá, son con estampas. Tienes tipo slip o minishort. Cuál prefieres?

    Yo: sunga tipo slip. Lisas en lo posible. De donde sos oriundo?

    Vendedor: (sonríe) de Venezuela.

    Yo: ahh bienvenido. Cuanto tiempo llevas acá?

    El: Gracias, 3 años ya.

    Yo: Ok, bueno, me dijiste talle L para mi no?

    El: Si, por talle de pantalon y por tu estilo de cuerpo, si.

    Yo: dale, elijo y te digo.

    En eso entraron dos chicos a mirar, y el vendedor se fue a atenderlos. De paso le relojee el orto. Su manera de pararse, sonreír y hablar era super afeminado. Cosa que hace que me genere mucho morbo. Los muchachos que entraron comenzaron a mirarme y se acercaban a donde yo estaba, pero los miré con cara de poco amigo, y me fui al otro stand donde estaban las sungas que me había dicho el vendedor que eran las nuevas.

    Los dos chicos dieron un par de vueltas más y se fueron.

    Llame al vendedor y le digo: me gustan estas dos y la roja. Pero como sé si me entran bien, las puedo devolver y cambiarlas?

    Él: si, tienes esa opción, o puedes probartelas en los probadores que tenemos allí. Eres medio grandote para estos probadores, pasá por el tercero que es mas el más amplio de los que hay.

    Yo. Me estas diciendo gordo? Jajaja

    Él: No, gordo tú? No, para nada, eres muy alto y grandote de cuerpo, mucha espalda y brazos, en los dos primeros te vas a sentir incómodo, pasa por el 3ro que lo hicieron un poco mas amplio.

    Yo: bueno, gracias.

    Él: Dejame buscar el de color rojo en talle L ya que estos son S y M. Si quieres puedes ir probandote estos y ahora te aviso cuando encuentro el rojo.

    Yo: muchas gracias.

    Entré al probador, tenía una carpeta conmigo nada más con los expedientes de mi amiga. Los apoyé sobre un banquito, la camisa me la dejé. Me saque el pantalon, me saque el boxer y me probé el de color negro. Si, medio ajustado, chiquito adelante, realmente no sabía como acomodar mi pija para que estuviera cómoda. Realmente era mas chico que un slip. El maniqui de la vidriera creo q es mas bajo y tiene menos cuerpo que yo, por lo que creo que se le ve mejor, a mi se me veían los pelos del pubis, mas allá de que los tengo recortados y prolijos y la pija me quedaba como doblada, como la pusiera.

    Me lo saqué, y me probé el blanco, igual, el blanco de hecho resaltaba mas todo.

    Medio desencantado con el modelo, escucho al vendedor desde afuera: y que tal fueron? Te conseguí el rojo.

    Yo: no, realmente no me queda bien el modelo. Le queda mejor al maniqui.

    El: ayyy pero como puede ser? Permiso, y abre la cortina.

    Medio que se queda boquiabierto y empezó a tartamudear: pero no, a ver, es que.. Mira, el modelo es así. A ver, puedes quitarte la camisa? De esa manera te vas a ver mejor, de cuerpo completo.

    Yo: (mmmm me parece q éste ya se engolosinó) obedecí y me quité la camisa. Me puse a girar para verme completo en el espejo, ver como me quedaba de atrás y de frente. Y le digo: ves? Se me nota la raya del culo, y los pelos de la pija.

    Él: a ver, espera, te traeré un talle mas grande y te lo pruebas, pero creeme que te queda excelente, entre el cuerpo que tienes cabron! Y esos atributos.. No te estas viendo completo. Ya vengo!

    Cierra la cortina, y escucho que se abre la puerta de entrada. Escucho un muchacho que pasaba a retirar una compra hecha por internet y el vendedor algo impaciente le dice: Ok, a ver, dejame que le doy esto al chico del probador y ya te atiendo.

    Se acerca, abre apenas la cortina, y me dice: mira, este es uno rojo y blanco en talle XL, pruebate y ya estoy contigo.

    Hola, si, dime el nro de cliente por favor o tu documento. Ah ha, ok, a ver, espera (iba escuchando la conversación y me puse el rojo.. No, sin cambios, me quedaba igual que el otro, a ver el blanco, mmm… Un poquito mejor que el otro blanco me quedaba. Si.

    Tomé en consideración el piropo del vendedor y esperé que termine de atender. Se va el muchacho q entró y corro un poco la cortina, y veo q se dirige detrás del cliente, cierra la puerta y noto que le gira la traba. Me quedé pensando. Que pasó?

    Se acerca al probador, me hago hacía adentro y me dice: y, que tal fueron?

    Yo: apenitas igual que los otros.

    El: permiso eh… Abre la cortina, me toma de la cintura y me gira. Pero no papi, me dice. Te queda como te debe quedar, en serio. Tampoco te queda ajustado, me pone de frente a él y con un dedo estira el elastico que se encontraba a la altura de mi pubis donde se asomaban los pelos.

    Tú lo sientes ajustado?

    Yo: empecé a mirar para arriba y a respirar profundo ya que mi pija se empezaba a despertar.

    No, no ajustado pero si chico. Es como que no me deja acomodar nada jajaja

    Él: es que papi, mira todo eso que tu tienes, mirando hacía el espejo y hacía mi bulto. Creeme, te queda excelente. Te has probado el rojo?

    Yo: Si, me queda igual que talle L.

    Él: a ver, dejamelo ver.

    Sale un poco del probador para darme espacio, yo lo miraba esperando que me diera mi espacio pero no, quedó parado ahí.

    Yo trataba de mirar para otro lado y que no vaya sangre a la pija. Y no pensar en la situación ya que era un local comercial y que tiene vidrios que se ve hacía adentro. Me saqué la sunga blanca, y agarro la roja y el vendedor abrió los ojos y se tapa la boca.

    Él. Ayy dios papi!! Claro, por eso ninguno te queda como el modelo de la vidriera. Él no tiene pene y tu tienes una columna allí. Por eso no te quedan igual.

    Yo: empecé a reirme para calmarme y distraerme, me subí la sunga roja. Y le menciono. Ves? Queda igual a la otra.

    Tengo un talle XXL, pero ya no puedo ofrecerte más, salvo que vayas por un minishort. Que dices?

    Yo: No, creo que… A ver… En negro tenes en XL?

    Él: Si, creo que si. Esperame.

    Toma uno que estaba a la vista. Si éste, pruebatelo.

    Ya sin pensar en nada, me bajé el rojo, mi pija se empezó a hinchar y a semi levantar, me pongo el de color negro. Me lo subo y empiezo a dar vueltas para verme de todos lados, y él me indica.

    A ver, el sujetador, el hilo que tiene, permiso! Me agarrá de la cintura, toma el sujetador o hilo que ajusta y me dice: a ver, vamos a ponerlo hacía adentro. Estira el elástico, y mete el hilo tocando con la punta de sus dedos la base de mi pija. Con su interés por que me quede bien, hacía movimientos con el elástico como para ver si subía un poquito más y empieza a pasar sus manos suavemente por mi cola, y las lleva hacía adelante y sin ningún pudor ni permiso, me manda la mano sujetandome el bulto. Mi pija como reacción inmediata se pone dura, y me dice: es enorme papi! Me mira, lo tomo del hombro y lo empujo hacía abajo.

    Comienza a pasarme su cara por el bulto y su lengua por encima de la cintura.

    Se detiene, me mira, y me dice: aguarda!

    Sale, va hacia la Computadora, apaga la cámara de seguridad, se mete de nuevo en el probador y cierra la cortina. Me baja la sunga y empieza a pasarme la lengua por los huevos, por la pija, La sujetaba con una mano y con su lengua hacía todo el recorrido. Yo estallaba por la situación que estaba viviendo y por el morbo que me generaba este chico.

    Empezó a succionar de a poco haciendo que entre en su boca de a poco. Trataba de mandarsela hacia la garganta pero no cabía completa en su boca. Me tomaba de mis muslos, me los acariciaba, respiraba con dificultad e intentaba que le llegue hasta el fondo.

    Yo: despacio, tranquilo.

    Él: es enorme, me encanta. Y nuevamente se la lleva a la boca, así estuvo un rato, ya cansado, con la cara hinchada por la presión que hacía por las arcadas. Tosía, tomaba aire, se recuperaba e intentaba seguir. Otra vez, su lengua se paseaba por todo el tronco, mis huevos. Me masturbaba, y le escupia. Su saliva era lubricante. Siguió chupando. Ya cansado, lo levanté, y me puse a apretarle el orto. Se desabrochó el pantalon y me mostro la tanga blanca que usaba. El orto era un chocolate hermoso redondo que generaba un hermoso contraste con mi pija blanca y mis huevos rosados.

    Me dijo: por favor, no me cojas que no estoy preparado. Se agachó, se puso a pajearme y mamarmela. A los minutos le dije: voy a acabar, voy a acabar, ah ah ah… ahhh… ahhh… Se la dejó en la boca y empecé a lanzar chorros de leche. Él cerró los ojos y se tragó todos y cada uno de ellos, dejando incluso caer lágrimas por la presión que ocurría en su boca. Se limpia con el puño, la toma con su mano y me pajeaba suavemente hasta extraer la última gota.

    Yo casi caigo rendido sobre el banquito donde se encontraba mi ropa.

    Él se pone de pie, se acerca al mostrador, toma un pañuelo, se limpia la cara, tose, bebe un trago de agua que tenía en una botella, y exhala agitado.

    Yo sonriendo por la situación y decidido a comprar, me visto, tomo el Negro XL, el blanco y el rojo. Le dije: llevo estos 3.

    Él enciende nuevamente las cámaras, se re acomoda la ropa y me dice: como abonas?

    Yo. Con tarjeta. Le doy la tarjeta, pasa las prendas por el lector, me cobra. Pone todo en una bolsita con la mayor seriedad y le digo: toma, te dejo mi telegram por si me quieres escribir para arreglar algo con mas tiempo.

    Él. Dale papi (en voz baja) estuvo delicioso. Haciendo un gesto de grandeza con la mano. Te escribiré. Te ofrezco algo más.

    Yo: no, mas que suficiente. Gracias

    Me fui, relajado, contento y caminé hacia donde dejé el coche.

    Esto paso hace dos semanas, si bien el muchacho me escribió y hablamos y nos pasamos fotos, aún no pudimos arreglar encuentro. Cuando ocurra les contaré.

  • La moto

    La moto

    Al principio pensé que era solo un aumento de hormonas. Me dije a mí misma que debía ignorar los impulsos; que se irían. Pero no lo hicieron.

    Luego razoné que estaba en una moto, toda esa vibración entre las piernas, y habría sido una buena explicación racional si me hubiera sucedido cada vez que se subía a una mototaxi, pero no fue así.

    Después de algunos meses de choque cultural serio y sistémico, tanto físico como mental, comencé a adaptarme al mundo extraño del siglo XXI de Vietnam. Era mi primera vez en Asia, de hecho, me sorprendió lo rápido que me acostumbré al calor sofocante, los apagones diarios, los extraños en la calle que se detenían para practicar su inglés con cualquier rostro blanco que veían.

    Un año después, cerré el portón de mi casita, salí al callejón y me senté a tomar un café en un puesto callejero del barrio. Ahora se había convertido en una rutina reconfortante. Yo bebía a sorbos el dulce brebaje de café negro almibarado y leche condensada espesa, fumaba mi único cigarrillo diario y, leía, si había señal de internet, algún diario europeo y/o uruguayo, trataba de estar al día de lo que pasaba en el mundo y especialmente en Uruguay. Mientras estaba sentada en uno de los taburetes bajos de plástico a la sombra fresca de una pared con marcas de antigüedad, mis vecinos pasaban por el estrecho callejón, tratándome ahora como si hubiera estado allí siempre.

    “¡Buenos días, co giao!” La mujer de la casa de enfrente me saludó, arrastrando detrás de ella a su hijo de seis años vestido de rosa.

    “Teacher, hola”, dijo el niño, corrigiendo a su madre y sonriéndome.

    “Buenos días, hermana mayor”, respondí en vietnamita con mal acento. Le guiñé un ojo al niño. “¡Hola Thanh! ¿A la escuela?»

    Era lo mismo todas las mañanas. Y a las ocho en punto, el sol asomaría entre los techos y mordisquearía mis pies calzados con sandalias, recordándome la hora. Me levanté, pagué el equivalente a quince centavos de dólar por mi café y caminé hasta la boca del callejón para tomar una mototaxi hasta el Viện Ngôn ngữ (Instituto de Idiomas).

    Durante meses fue el mismo conductor, Binh. Al verme acercar, cambiaba de su posición lánguida, se colocaba sobre el marco de su moto y la arrancaba. Yo lo saludaba, me subía al asiento trasero y me preparaba para el caótico viaje al trabajo a través del tráfico de la mañana.

    Una mañana a fines de septiembre, después de seguir la misma rutina ya mencionada, caminé hacia la esquina. Binh no estaba. En cambio, un extraño, que vestía una camisa de algodón azul desteñido arremangada y un par de pantalones dos tallas más grandes, había usurpado su lugar. Pateó la moto de su soporte y me sonrió.

    «¿Dónde está el hermano mayor Binh?» pregunté.

    (Hermano mayor = Anh ơi (se pronuncia Ang Oi) Anh literalmente significa “hermano mayor”, pero se usa mucho más como pronombre para los hombres un poco más viejos que tú. De acuerdo a la costumbre vietnamita se refiere a cualquiera (incluso desconocidos) como miembros de la familia, es mejor considerar a Anh como “señor” o “él”. “Anh ơi” es una expresión popular que significa “Hey, disculpe señor!” o “Hey señor, ¿puede usted ayudarme por favor?” Se puede usar para llamar la atención de un hombre cuya edad sea igual o mayor, dentro de aparentemente unos 15 años de diferencia.)

    “Se fue a su aldea en el campo”, dijo el extraño en voz baja. «Pero puedo llevarte. Vas al Instituto de Idiomas, ¿verdad?» Una espesa cortina de pelo negro y brillante le caía sobre el ojo izquierdo; lo echó hacia atrás con un movimiento de su cabeza.

    Lo miré perpleja; una desagradable irritación burbujeó dentro de mí. Después de tanto tiempo, la rutina en la que había llegado a confiar se había repentina e injustamente esfumado.

    La calle principal en la boca del callejón era un tumulto de bicicletas, motos y algún que otro coche. Tal vez debería tomar un taxi, pensé. Miré mi reloj: diez minutos para llegar al trabajo. Un taxi sería demasiado lento en este tráfico. ¡Qué cagada!

    Volví a mirar al desconocido, fijándome en sus chanclas gastadas y sus pies sucios, examiné su ropa y finalmente lo miré fijamente a la cara. En otro país, la inspección se consideraría francamente una grosería; aquí era normal.

    «¿Cuánto?» Pregunté.

    “¿Cuánto cobraba Binh?”

    «Diez mil dong». [Un peso uruguayo = 630 dong]

    Me sonrió descaradamente. «Entonces son diez mil».

    «Ocho», dije bruscamente, apretando la mandíbula con terquedad.

    Él inclinó la cabeza. «¿Por qué?»

    “No te conozco. Puede que seas un mal conductor.»

    Se encogió de hombros y se río, mostrando unos incisivos sorprendentemente blancos y un diente de oro. “Podría ser un buen conductor. Mejor que Binh.»

    Se quedó allí en un silencio beligerante, sintiendo los segundos pasar.

    Miró hacia abajo y finalmente asintió con la cabeza, dando una patada a la moto para que encendiera. «De acuerdo. Ocho. Subir.»

    Todavía enojada porque mi puntualidad en el horario matutino se había hecho pedazos, resoplé y me subí a la parte trasera de la moto, colocando mi mochila entre mí y el conductor.

    Yo había aprendido que la palabra «xe om» significaba literalmente «abrazo de motocicleta», pero nadie abrazaba al conductor. Los xe oms estaban solo un escalón por encima de los ciclotaxis más baratos y lentos, los taxis de bicicleta de tres ruedas que transportaban personas y mercancías por la ciudad. Un conductor de ciclotaxi era el equivalente vietnamita de una persona de la calle en Occidente. A pesar de todo el reclamo de igualdad socialista de Vietnam, las viejas estructuras de clase aún se mantenían firmes. Los pasajeros nunca abrazaban a un conductor xe om.

    Nos metimos en el torrente del tráfico, abriéndonos camino entre los otros vehículos, pasando una pajarera motorizada, pollos vivos aleteando y cloqueando. Me tensé y contuve la respiración mientras él conducía a centímetros de dos chicas en una Honda que llevaba un panel de vidrio entre ellas. De repente, aceleró el motor para tomar una esquina en una pequeña calle lateral.

    “Este no es el camino por el que suelo ir”, grité por encima del ruido del tráfico.

    “Tal vez, pero de esta manera es más rápido. No tan llento.»

    Entré en pánico; yo no conocía esta ruta o esta calle. Saigón (ahora se llama Thành phố Hồ Chí Minh – Ciudad Ho Chi Minh) es un laberinto de diminutos callejones y sinuosas calles de un solo sentido. No pude decir si él estaba diciendo la verdad o no. Nos detuvimos en un semáforo en rojo. Esto, en sí mismo, fue sorprendente, teniendo en cuenta que la mitad de los conductores en la ciudad pensaban que las luces rojas significaban «detengase si usted quiere».

    «¿Está seguro?» pregunté.

    Él volvió la cabeza, dándome su perfil. Era anguloso y exótico, la piel estirada a lo largo de su cara tan apretada que parecía que un solo corte podría abrirla. «Teacher, no te preocupes. Te llevaré temprano al Instituto”.

    «¿Cómo sabes que soy una teacher?» Respondí bruscamente a su suposición y me resigné a llegar tarde a clase.

    Se rio y aceleró el motor de nuevo. “Todos saben que eres una teacher. Además, hablas como una teacher, extranjera o no”.

    Abrí la boca para decir algo desagradable, pero me dio cuenta de que me faltaba el vocabulario esencial. Vete a la mierda, pensé, haciendo un esfuerzo mental para averiguar exactamente cómo decir «vete a la mierda» en vietnamita. Se detuvo abruptamente frente a las puertas del instituto, lo que hizo que yo me deslizara hacia adelante en el asiento. Mi cabeza se sacudió, esquivando por poco su hombro.

    «¿Ver? A tiempo, teacher”, dijo, sonriendo con aire de suficiencia mientras yo me bajaba de la moto. Busqué en mi bolso y saqué algunos billetes enrollados, contándolos.

    «Ocho», dije, entregándole el dinero.

    Tomó los billetes y asintió. “Mi nombre es Tuan. Ahora me conoces.» Me dedicó otra sonrisa ganadora y brillante.

    Yo le lancé una mirada severa y giré sobre mis talones, caminando a través de las puertas. Hijo de puta descarado, pensé.

    A la mañana siguiente, tomé mi café a la sombra de la pared, como de costumbre. Había una buena señal de internet por lo que pude leer Le Monde de Paris, La Diaria y El Observador de Montevideo. Me fumé mi único y avaro cigarrillo. Una vez más, Binh no estaba allí. Era el chico nuevo otra vez.

    «¿Dónde está Binh?» exigí de nuevo.

    “Binh no va a volver. Se quedó en su pueblo y se casa”. Tuan me sonrió. «Suerte, ¿sí?»

    “¡Mmmm!” dijo distraídamente. Miré el rostro de Tuan. «¿Cuánto?»

    «Diez.»

    “No, ocho. Lo mismo que ayer —repliqué.

    Se puso de pie y le dio una patada a la moto. “No, diez porque ahora me conoces.”

    La puta que te parió, pensé. ¿Por qué estoy discutiendo sobre el equivalente a unos diez centavos de dólar? Pero su tono informal me irritó. «Nueve. ¿De acuerdo? Solo te conozco un poco.»

    Cerró sus ojos almendrados y asintió. “Está bien” y me tendió la mano. Lo miró fijamente, sin entender el gesto. Si quería el dinero ahora, ¡ciertamente no lo obtendría!

    “Dame tu mochila, teacher. La pondré adelante. Es más seguro.» Tuan señaló el hueco en el cuadro de la moto, entre la columna de dirección y el asiento. “De lo contrario, los ladrones pueden arrebatarla mientras conducimos”.

    Lo miré sospechosamente por un momento. Le entregué el bolso y él lo colocó entre sus piernas, enganchando la correa sobre el manubrio para asegurarla. Después de todo, solo contenía libros de ejercicios. ¿Dónde estaba el daño?

    “Súbete, o llegaremos tarde”, dijo Tuan, dándole al acelerador. Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa torcida.

    Me subí detrás de él y, cuando entramos en el familiar y caótico tránsito, tuve la aguda sensación de que faltaba algo. Algo me golpeó: era la bolsa que me separaba del conductor. Torpemente, se deslizó a lo largo del asiento hacia atrás, ensanchando el espacio entre ambos.

    Mientras conducía, miré su camisa. Hoy era de algodón blanco y estaba un poco deshilachada en el cuello. Pero brillaba intensamente a la luz del sol contra la piel de color ocre de su cuello. Su cabello estaba pulcramente recortado para erizarse en la parte posterior y los costados, curvándose sobre los huesos de su cráneo que desaparecían bajo un negro azabache en la parte superior. Me asomé por encima de su hombro y percibí un olorcillo delicioso; era el olor limpio y picante de la piel caliente. Miré el costado de su cuello y, de forma bastante inesperada, tuve un vívido destello: una imagen de presionar sus labios contra él.

    Se detuvo con fuerza y yo resbalé hacia adelante en el asiento, deslizándome sobre su espalda con todo mi peso y, por un segundo, el olor me abrumó. Miré hacia arriba y me di cuenta de que me había perdido todo el viaje. Estábamos en la puerta de la escuela. Me bajé de la moto sintiéndome avergonzada y metí la mano en mi bolso para pagar el viaje.

    —Nueve —murmuré, entregándole los billetes sin mirarlo y dándome la vuelta.

    Caminé por la senda pavimentada hasta el edificio principal, el olor cálido y fresco de su piel aún persistía en mi mente, haciendo que se me hiciera agua la boca y me dolieran los pezones. Hacía mucho tiempo que estaba sin novio. Unos pasos golpeaban el pavimento detrás de mí. Alguien estaba corriendo, tal vez tarde para la clase.

    «¡Oye!» Tuan saltó frente a mí; casi choco contra él. “Eres olvidadiza, teacher”, se río entre dientes, balanceaba la mochila en su mano.

    Me sacó de mi aturdimiento. «Oh sí. Gracias. Muchas gracias.» Tomé la bolsa. «Te veo mañana.»

    Él sonrió, asintió con la cabeza una vez y salió al trote. Lo vi irse antes de seguir caminando. Por el amor de Dios, me reprendí a mí misma con impaciencia.

    El anochecer caía a las cinco, siempre ocurría sin importar la época del año. Vietnam está muy cerca del ecuador, había tal vez quince o veinte minutos del crepúsculo antes de que oscureciera. Conversé con algunos de mis alumnos mientras caminaba hacia las puertas, de camino a casa.

    “¡Teacher!”

    Me di vuelta, esperando ver a uno de los chicos de mi clase.

    «¡Teacher!»

    Era Tuan, sentado en su moto. Yo apenas podía creer lo que veía. Balanceándose en el asiento como un encantador de serpientes, descalzo y con las piernas cruzadas, se puso de pie y deslizó los pies en las chanclas. Encendió el motor de la moto, se dejó caer del cordón de la vereda y se detuvo frente a mí.

    «¿Por qué estás aquí, Tuan?»

    “Te llevo a tu casa. ¿De acuerdo?» dijo alegremente en un inglés agrietado.

    Metí las manos en los bolsillos, desconcertada. «Ummm… Está bien, supongo…»

    Él me tendió la mano y yo automáticamente le iba a dar la mochila, pero me detuve. Al recordar el paseo de esa mañana y el olor de su piel, sentí una punzada entre las piernas.

    «Tal vez la llevo yo», murmuré.

    “¡No, es muy malo! Es peligroso llevarla así”, insistió Tuan, cambiando de nuevo a un torrente de vietnamita. “Podrían robarla”. Él me quitó la mochila del hombro con buenos modales y la guardó como lo había hecho por la mañana. «¡Vamos!» gritó, acelerando el motor.

    Suspiré y subí. El aire se estaba enfriando ahora y el tráfico estaba disminuyendo. Bajamos a toda velocidad por una calle bordeada de árboles, pasando junto a los puestos de comida, su sabroso vapor flotando en la brisa del crepúsculo. Me sentí aliviada de no tener que soportar el olor de su piel otra vez. El aroma de la cocina superó todo lo demás y me hizo agua la boca.

    En cada semáforo, mientras la moto estaba al ralentí, sentía el rugido del motor debajo de mí con más intensidad. Las motocicletas en Saigón tenían motores diminutos, nunca más de 150 cc. Había estado en motos realmente grandes, y a pesar de todo el bombo sobre lo eróticas que eran, nunca antes había tenido esta sensación en particular. Creció cuando subió a tercera y aceleró más allá del mercado de bananas, intensificándose exponencialmente. Casi gemí en voz alta, aterrorizada ante la posibilidad de que, si no llegaba a casa rápidamente, iba a tener un orgasmo.

    Apretando los dientes, cerré los ojos y traté de concentrarme en algo que no fuera el palpitar de mi concha, pero las imágenes que parpadeaban en la oscuridad detrás de mis párpados eran espeluznantes y horriblemente eróticas, no ayudaban en absoluto.

    De alguna manera y sin razón posible, estaba muerta de miedo de que él supiera exactamente lo que me estaba pensando y sintiendo. Mi excitación era tan poderosa que estaba convencida de que podría filtrarse a través de mis poros y traicionarme ante el hombre que estaba a mi lado.

    Me regañé dura y silenciosamente: ¡Basta, puta loca! ¿Qué demonios te pasa? Pero la tranquila desesperación de los impulsos crecía sin cesar. El corazón me latía con fuerza contra las costillas y un calor creciente me recorrió la piel.

    La moto se detuvo con un chirrido. Caí hacia adelante, mis pechos aplastados contra su espalda, mis manos arañando su camisa para mantener el equilibrio. El impacto me dejó sin aire y en un jadeo agudo que debió parecer un rugido en su oído; mi boca estaba presionada contra él.

    ¡Puta carajo!, lo hace a propósito, pensé en un momento de claridad. El calor de su cuerpo empapó la tela de mis ropas a lo largo del interior de mis muslos y entre mis piernas. Tuan hizo un ruido extraño, un pequeño gemido, en lo profundo de su garganta.

    Estábamos sentados afuera del portón de mi casa. El callejón estaba desolado y oscuro, mal iluminado por una solitaria farola. Mi mente le dijo que me bajara de la bicicleta, pero mi cuerpo no se movía. Podía oírlo respirar con dificultad por encima del zumbido distante del tráfico en la calle principal; mi corazón martilleaba a través de mi columna, en mi pecho.

    Aflojando gradualmente mis manos que se agarraban de su camisa, sentí que él apoyaba las palmas de sus manos en mis muslos. Sus manos temblaban mientras se movían lentamente hacia mis caderas. Ahogué un suspiro cuando se extendieron detrás de mí, ahuecando mis nalgas. Me atrajo hacia él y clavó los dedos en la carne de mi trasero. El olor de su piel era abrumador, invadiéndome; mi piel se quemaba en todas partes donde mi cuerpo tocaba el de él. Me estremecí contra su columna.

    ¿Qué carajo estaba haciendo? Mi cerebro se puso en marcha y me bajé de la moto torpemente, casi tropezando. Mi mano se deslizó en mi bolsillo, automáticamente buscando a tientas el dinero. Le tendí la plata, incapaz de mirarlo al principio. Cuando él no tomó los billetes, levanté la vista para encontrarme con su mirada.

    No estaba sonriendo y su pecho subía y bajaba con intensidad. Por un momento, pensé que él diría algo, pero tomó mi mochila y me la tendió. Había una horrible expresión de desdicha en sus ojos. Luego, de repente, dejó la mochila con cuidado en el pavimento y se alejó rugiendo por el callejón.

    Me quedé inmóvil, con el billete aún agarrado en el puño, observando cómo la figura sombría desaparecía al final del carril, tragada por el río de tráfico.

    La mañana siguiente era sábado. Rayos de luz atravesaban las persianas de bambú que daban sombra a las ventanas de mi dormitorio. Las sábanas yacían retorcidas alrededor de mi cuerpo, húmedas con el sudor de un sueño matutino. Gemí y me di vuelta sobre mi costado, presionando mis palmas contra mi montículo. Había estado soñado. No podía recordarlo con claridad, pero sabía que había tenido un orgasmo, más de una vez; los músculos en el interior de mis muslos me dolían por la tensión gastada.

    «¡No por favor!», murmuré en voz alta, tratando de alejar las imágenes de piel dorada y torsos ondulantes. ¿Y si él estaba allí, al final del callejón, esperándome? ¿Y si nunca se fue? Yo tendría que mudarme.

    Fue el timbre de la puerta y los golpes en el portón lo que me obligó a levantarme de la cama. Me puse una bata de algodón y me la envolví con fuerza. Bajando los escalones, casi resbalándome, abrí la puerta y salí afuera.

    “¡Hola, Elena! ¡Despierta, perezosa!» La voz burlona pertenecía a Ruth, una compañera profesora de inglés en la escuela de idiomas. Titubeando abrí el portón.

    «¡Ya era hora también!» declaró Ruth. Su marcado acento australiano me hizo sonreír. Abrí más el portón de acero para permitir que Ruth entrara su moto hasta el patio.

    Cuando Ruth pasó junto a mí…, lo vi. Estaba en cuclillas a la sombra de la pared, al otro lado del callejón, fumando. Tuan me miró a los ojos y mi cuerpo se puso rígido. Mi piel estaba ardiendo.

    «¿Qué pasa?» preguntó Ruth.

    «Nada, nada» respondí.

    Rápidamente cerré la puerta y eché el cerrojo. Respiré hondo y me volví hacia Ruth, forzando una sonrisa. “¿Quieres un poco de té? Me acabo de levantar.»

    Nos sentamos en la cocina con el ventilador al tope, charlando y comiendo tostadas con vegemite. Al principio, yo había encontrado repugnante ese invento australiano; una pegajosa pasta para untar, pero era un gusto adquirido y ahora me había hecho adicta a esa asquerosa baba australiana.

    «¿Cuánto tiempo llevas aquí, Ruthie?» pregunté.

    “Seis años más o menos. ¿Por qué?»

    “La mayoría de las chicas que conozco se quejan de que si eres blanca y mujer en Saigón, es mejor que estés muerta. ¿Alguna vez saliste con alguien aquí?»

    Ruth levantó los ojos al techo y pensó. “Salir, salir, salir… nah, realmente nah. Sin embargo, me cogí a algunos mochileros. Ya sabes… un par de días… sexo sin parar. Muy disfrutable y después cada uno por su camino.» Me miró y movió las cejas con lascivia. El pelo rojo llameante y la piel pecosa hacían que Ruth pareciera una versión adulta de Pippi Calzaslargas (Pita).

    Me reí. Tomé un sorbo de té y otro bocado de pan tostado, masticándolo pensativamente. «Pero… entonces… ¿nunca saliste con ningún chico vietnamita?»

    Me miró como si estuviera loca. «¡Tú debes de estar bromeando! No les gustamos… piensan que somos gordas… y putas. Solo les gustan esas pequeñas y delgadas vietnamitas de palitos”.

    «Sí», murmuré distraídamente. «Bueno, en comparación con las chicas vietnamitas…, mmm, bueno… sobre gustos…»

    «¿Por qué? ¿Tienes uno que te gusta?»

    «Mas o menos…»

    Ruth sonrió irónicamente. «Es Tinh del Instituto, ¿no?» Ella misma asintió sin esperar mi respuesta y se reclinó en su silla. «Chica adecuada. No te culpo, él es un verdadero asistente. Aunque un poco escuálido para mi gusto.»

    «No es Tinh». Mi voz estaba justo por encima de un susurro.

    Ruth giró en su silla y me dedicó una sonrisa depredadora. “Entonces, ¿quién es entonces? Vamos, suéltalo.»

    Respiré hondo y apoyé la barbilla en las manos cruzadas, sobre la mesa de la cocina. “Es mi conductor xe om”.

    «¿Tu quééé?» Gritó Ruth. “Elena, me estás jodiendo, estás bromeando… ¿verdad?”

    «No.»

    “Nena, eso, como decimos en Australia, es raspar el barril. ¿No crees? ¡Son como ratas, esos muchachos! ¡Viven en la calle sangrante!»

    «Lo sé… lo sé», murmuré.

    ¿Como ratas? De repente, inexplicablemente, me puse furiosa. “No son ratas. ¡Son personas como cualquier otra!” dije, un poco más enérgicamente de lo que pretendía.

    Ruth se levantó. «Como quieras», suspiró. Se puso la mochila y dijo: “Escucha, tengo que correr. Me encontraré con algunas personas en la piscina para nadar. ¿Quieres venir?»

    Me levanté de la silla. “No… tengo algunas cosas que hacer por aquí.”

    Salimos al calor abrasador del patio, quité el cerrojo del portón y lo abrí para dejar salir a Ruth.

    Él se había ido de su lugar contra la pared, al igual que la sombra. Una pequeña punzada tiró de mis entrañas, un pequeño e irracional sentimiento de decepción. Ahora que se lo había dicho a alguien, y que lo había defendido, me sentía mucho mejor al respecto. ¿A quién le importaba una mierda lo que hacía para ganarse la vida? A mí me gustaba y eso era todo.

    «¡Nos vemos, nena!» saludó Ruth mientras cruzaba el portón y desaparecía por el callejón.

    A las siete de la tarde, salí. Llevaba conmigo la última novela de gran éxito que alguien había traído de Europa. Muchos de los extranjeros del Instituto la habían leído y la encontraron interesante. No podía soportar la idea de comer sola en un restaurante sin la distracción de un libro. Lo metí en el bolsillo de mi chaqueta.

    El callejón estaba vacío. El enorme árbol de Buganvilla (Santa Rita en Uruguay) que colgaba sobre el camino había arrojado flores rosadas por todo el pavimento; corrían como seres vivos en la brisa nocturna. Caminando hacia la avenida principal, pensé despreocupadamente que no tenía sentido ni siquiera buscar a Tuan. Los conductores xe om de la mañana nunca trabajaban por la noche. Por eso me había sorprendido tanto al verlo afuera de las puertas de la escuela el día anterior. «Teacher». La voz era un susurro suave.

    Me detuve en seco. Más adelante, las motos y los coches cruzaban a toda velocidad la entrada del callejón. Ese hueco estaba iluminado por las farolas de la vía principal, pero las paredes a ambos lados estaban en sombras.

    «¿Adónde vas, teacher?» Estaba hablando inglés, sonando como uno de mis estudiantes. Sabía que era Tuan, me asomé a las sombras tratando de distinguirlo. Mi corazón estaba en mi garganta, atrapado allí con una extraña mezcla de anticipación y vacilación.

    «Voy a cenar, Tuan».

    Salió de la oscuridad, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones holgados. Su cabello lucía despeinado y su camisa estaba arrugada, las mangas arremangadas sobre sus venosos antebrazos.

    «Te llevo, ¿de acuerdo?»

    Me atraía la idea de tener compañía para la cena. «Sí bien. Por favor.»

    Dio media vuelta, desapareció entre las sombras y resurgió empujando su moto. La montó a horcajadas y la puso en marcha. Pero de repente, consciente de que estaba haciendo suposiciones terribles, no hice ningún movimiento hacia él. No importaba en lo más mínimo cómo me sintiera; yo no podía asumir que él quería mi compañía.

    «¿Cuánto, Tuan?» pregunté en vietnamita.

    «Nada. Gratis. Sube —respondió en voz baja.

    Yo sabía que esto viniendo de una persona que ganaba menos de cinco dólares al día; era un gran regalo. Vacilé. «¿Por qué?»

    «Por favor, suba, teacher».

    «No, a menos que me digas por qué».

    Suspiró pesadamente. «Creo que, si no te cobro, tal vez te sientes un poco más cerca». Extendió la mano, cerrándola suavemente alrededor de mi muñeca y tiró de ella hacia la moto.

    Montándome detrás de él, avancé con cautela hasta que nuestros cuerpos apenas se tocaban. «¿Como esto?» susurré por encima de su hombro. Lo escuché exhalar, dejando escapar un largo y lento suspiro; al final, su cuerpo se estremeció.

    “¿Quieres… poner tus brazos alrededor de mi cintura? ¿Solo un poco, teacher? ¿Entonces la gente no piensa que solo soy un conductor de xe om?» La voz de Tuan temblaba mientras hablaba.

    «Sí, por supuesto.» Envolví mis brazos alrededor de su cintura sin apretar. Debajo de sus manos, la banda de músculos que envolvía mi tenso estómago se contrajo y se onduló. Él soltó el embrague y nos incorporamos al tráfico.

    Siempre me había gustado andar por la ciudad de noche; había un fresco agradable y las feas bocacalles de la ciudad desaparecían en las sombras. Esta noche me sentía completamente nueva. Sentada tan cerca de él, oliendo su piel, sintiendo el calor de su cuerpo contra mí, la ciudad parecía indescriptiblemente hermosa.

    Andar en moto era la única manera socialmente aceptable para que hombres y mujeres vietnamitas, independiente de su relación, se tocaran en público. Cuando nos detuvimos en un semáforo, una pareja en la moto junto a nosotros se nos quedó mirando. La mujer tenía sus brazos envueltos con fuerza alrededor del hombre frente a ella. Entonces yo apreté un poco más los brazos alrededor de Tuan y le susurré al oído: «¿Estás seguro de que quieres que haga esto?»

    Él no me respondió. En cambio, quitó una mano del manillar y la colocó sobre mi muslo con propiedad. Cuando la luz cambió, presioné mis senos contra su espalda nuevamente y me acerqué más. El hormigueo en su vagina era enloquecedor y luché contra el impulso de frotar mis caderas contra su trasero. La tensión apretó los músculos de su cuerpo y los puso a temblar. Él me acarició el muslo mientras conducían por el amplio y frondoso bulevar hacia el Dinh Độc Lập (Palacio de la Independencia).

    “Olvidé preguntar”, dijo Tuan, y tosió un poco. «¿A dónde quieres ir?»

    Pensé por un momento, o al menos intenté pensar. Lo que yo realmente no quería hacer era tener que romper el contacto con su cuerpo. Le pasé las manos por el torso y las deslicé entre sus muslos. Escuché su suspiro llevado por el viento. Sonriendo, presioné mis labios en su cuello e inhalé mientras mi mano llegaba hasta su ingle. Su pene estaba increíblemente duro. Mi mano se deslizó suavemente a lo largo de él, se acurrucó en el hueco de su pierna, y él me recompensó con un magnífico estremecimiento.

    “A ningún lugar”, dije. «Llévame a casa, Tuan.»

    “¿No tienes hambre, teacher? No es saludable no comer antes de dormir”.

    Pensé en decir que lo estaba, que tenía hambre de él, pero temí que la metáfora no salvara la brecha del idioma. Mi concha se inundó, saturando la entrepierna de mis jeans. Abrazándolo fuerte, mecí mis caderas contra él.

    “Không. Bạn chỉ đưa tôi về nhà. Xin vui lòng. (No… solo llévame a mi casa, por favor)”, gemí, acariciando su mejilla en la piel suave y tersa en la parte posterior de su cuello. El olor de la piel caliente era casi insoportable. Estaba casi segura de que se notaría lo excitada que estaba.

    Había cosas que yo no sabía cómo decir. Ese era el problema de aprender un idioma en un ambiente formal. Nadie nunca te enseñó cómo decir «llévame a la cama y cógeme con alma y vida». Solo podía esperar que mi interés fuera obvio y mutuo.

    En un semáforo en la calle Dien Bien Phu, ya cerca de mi casa, un tipo en otra moto se detuvo a nuestra izquierda. Después de mirarnos a ambos, le dijo a Tuan: «Đó có phải là bạn gái của bạn, anh trai? (¿Es esa tu novia, hermano mayor?)»

    Tuan inclinó la cabeza hacia un lado y sonrió con timidez. «Vâng… vâng, tôi nghĩ vậy. (Sí… sí, eso creo)».

    El tipo volvió a mirarme y me guiñó un ojo. Yo le regalé una sonrisa. “Cô ấy rất đẹp so với một cô gái da trắng. Cô ấy trông … sừng. (Ella es muy bonita para ser una chica blanca. Se la ve… caliente.)»

    Tuan se echó a reír pero no dijo nada. La luz cambió a verde. Rocé mi cara contra la espalda de Tuan y miré al otro hombre. “Vâng, tôi là sừng. (Sí, estoy caliente)”, lo dije en vietnamita. Nos alejamos dejando al otro hombre atrás en la intersección, nos detuvimos y quedamos boquiabiertos.

    Tuan seguía riéndose, apretándome el muslo. “‘Vâng tôi là…’ dijiste. ¡En la calle! ¡No puedo creerlo! Pensó que no hablabas vietnamita. ¡Qué idiota!»

    Entramos en el callejón donde vivo y llegamos al portón. Fue difícil alejarme de él durante el tiempo suficiente para bajar de la moto y abrir el portón. Busqué a tientas las llaves, se me cayeron una vez, y finalmente la empujé para abrirla. «Adelante», dije.

    Tuan apagó el motor y se sentó, mirándome. “Teacher, ¿está segura?” preguntó en voz baja.

    Me quedé atónita por un momento; le devolví la mirada con incredulidad. «Por supuesto que estoy segura».

    “Tú… no tienes que… de verdad. Ya he tenido la mejor noche de mi vida”.

    Por el amor de Dios, pensé. Salí, tomé su rostro entre mis manos y lo besé, suavemente al principio y luego con voracidad. Al principio se mostró tímido y solo respondía del mismo modo. Pero a medida que el beso se hizo más profundo, envolvió un brazo alrededor de mi cintura y me aplastó contra él, devorando mi lengua. Si él no entraba en mi casa, pensé, tendría que cogérmelo allí mismo.

    Me separé y balbuceando: «Por favor, entra a mi casa, ¿sí?» Mi cerebro estaba paralizado y todos mis conocimientos duramente adquiridos se estaba volviendo papilla y no podía recordar la invitación coloquial. «¡Ellen te invita, hermano mayor Tuan!» supliqué.

    «Sí… sí, lo haré». Tuan se bajó de su moto y la empujó a través del portón hacia el patio.

    Incluso mientras estacionaba la bicicleta en el sombreado saliente de la casa, yo estaba sobre él, desabotonando los botones de su camisa. Lo tomé de la mano y llevé hacia el interior de la vivienda, quitándome los zapatos en la puerta. Él se quitó las chancletas y permitió que yo lo guiara adentro.

    A mitad de la escalera, me empujó contra la pared y me besó de nuevo, deslizando sus manos debajo de mi camiseta, acariciando mi piel febrilmente, rozando mis pezones a través del sostén con las yemas de los dedos. Cuando finalmente lo convencí para que entrara en mi habitación, caímos sobre la cama en un frenesí de desvestirnos confusamente. Quitándonos las camisas, desabrochándonos los pantalones, desabrochando torpemente los ganchos del sujetador, todo ello salpicado de besos, gemidos y susurros.

    Rodamos y nos besamos, nuestras piernas se entrelazaron, presionando mi carne ardiente contra su piel, como si no pudiéramos encontrar suficiente superficie para la amplitud de contacto que ansiábamos. Su erección yacía plana contra mi vientre, quemándome la piel. Presioné con fluidez a través de mi propia humedad mientras él movía sus caderas. Por mi parte, parecía no poder saborear lo suficiente su piel, arrastrando la parte plana de mi lengua a lo largo del costado de su cuello, hasta un pezón marrón oscuro se encogió y se puso erecto bajo los movimientos de mi boca. Mientras me ocupaba del otro, las yemas de mis dedos trazaron una línea sinuosa de su columna vertebral y la protuberancia de su trasero.

    Su mano se hundió entre mis piernas, hundiendo los dedos entre los labios hinchados de mi vagina. Tuan gimió y presionó su rostro contra mi mejilla e inhaló. “Teacher, ahí abajo tiene el río Saigón. No finjas.»

    Antes esas palabras razoné con toda probabilidad de que él solo había estado con una prostituta; nadie más se molestaría en fingir excitación. Sentí una punzada momentánea de lástima, pero el dolor se desvaneció, enterrada bajo el calor de su boca en mi cuello, en mis pechos. Chupó, lamió y besó, mordisqueando mi piel. La destreza de sus dedos me hizo preguntarme si alguna de las chicas trabajadoras que lo había tenido no era la chica más afortunada de Ciudad Ho Chi Min (Saigón).

    Me estremecí y arquee las caderas. “Detente… Deja de llamarme teacher. Soy Elena.»

    “Elena oi, hermanita. ¡Cielos, cómo te inundas!» Tuan murmuró.

    Gemí cuando sus dedos se deslizaron de un lado al otro sobre mi clítoris palpitante como susurros. «Sí… n-no… tal vez», tartamudee. Quería darle una respuesta honesta, pero cuando sus dedos se introdujeron dentro de mí, dejé de intentar encontrar las palabras y hundí mi cara en su cuello mientras el orgasmo detonaba dentro de mí, arrancando sonidos animales de mi garganta. El placer me hizo arquear mi cuerpo.

    “Mueres muy rápido, muy rápido, hermanita Elena”, murmuró Tuan, apretando mi cuerpo contra él. Él me besó de nuevo, devorando los sonidos de placer que yo hice cuando llegué al clímax. Luego me estaba acariciando la cara, dejando húmedos rastros de mi semen en mi piel.

    Mis manos, mi boca, mis fluidos estaban por todo él. Él latió y empujó cuando yo rodee su pene con mi mano. Lo sentí hincharse y gimió. Su prepucio se deslizó hacia atrás para revelar una cabeza de color rojo oscuro, susurró cosas que yo no entendí.

    Él gimió y alimentó mi pezón, usando sus manos para empujar más de mi seno en su boca.

    «Oh. Demasiado rápido… demasiado pronto… por favor, detente”, dijó Tuan. Se apartó de mí y se sentó bruscamente.

    “Debemos detener a Elena”, dijo con una expresión dolorosamente seria en su rostro.

    Me incorporé, un poco sorprendida por el repentino cese de las caricias. «¿Por qué?»

    “No tengo llantas”.

    Lo miré sin comprender. «¿Lo qué?»

    “Un neumático, un neumático”, jadeó frenéticamente, “para no bebés”.

    ¡Oh nooo!, encontré al hombre más responsable de Vietnam, reflexioné, considerando la tasa de natalidad. Me reí y lo empujé sobre su espalda.

    «Mañana compraré uno, muy temprano», prometí y comencé a deslizar mi lengua por su cuerpo. Su pecho estaba absolutamente sin vello, y la sal de su sudor se mezclaba con la dulzura de los aceites en su piel que picaba en mis papilas gustativas. Tuan se retorció y se estremeció, gimiendo mientras yo le presionaba el ombligo con la lengua.

    Tomando su pene en mi mano de nuevo, le planté un beso en la punta. Él susurró febrilmente, sacudiendo la cabeza. “No… Elena. Las chicas buenas no… no hacen eso…” Su voz se estaba quebrando.

    Solté una risa baja, ligeramente malvada. «Entonces es conveniente que yo no sea una buena chica». Le di una caricia con mi pulgar en la punta y luego a la parte inferior. El cuerpo de Tuan se arqueó, emitía palabras incomprensibles para mí. Pero cuando tomé toda su longitud en mi boca y comencé a chupar, él simplemente maulló como un gatito. Acabó en segundos, en silencio, derramándose en mi boca a torrentes. Abrí la boca y dejé que cayera al piso su semen. Era, sin duda, el hombre más agradable con el que había estado.

    Cuando terminé, trepé por su cuerpo, me senté a horcajadas sobre él y lo besé. Al principio, apartó la boca, pero yo sostuve su barbilla entre mis manos y dejé que los últimos hilos de su semen se deslizaran de mi boca a la de él.

    «Todo está bien”, se rio. «Y ahora también eres una chica mala».

    Dormimos descubiertos con solo el ventilador golpeando mi piel con aire fresco. Yacíamos enredados, con las extremidades envueltas caóticamente. Cuando finalmente me desperté, eran casi las siete según mi reloj. Me retorcí delicadamente zafando de su abrazo.

    «Hermana pequeña, ¿a dónde vas?» maulló lastimosamente, acercándose a mí ciegamente.

    Me quedé mirando la hermosa cosa que estaba en mi cama y observé cómo su pija se espesaba entre sus piernas, sonreí con hambre…

  • Demostrando lo puta que soy al vecino

    Demostrando lo puta que soy al vecino

    Bueno por aquel momento estudiaba en la prepa tenía 20 años y la verdad estaba en plena experimentación en el mundo del sexo, había ya tenido varias experiencias, pero todas con chicos de mi edad, desde que comencé con mi vida sexual la verdad es que me volví muy cachonda y siempre quería estar lamiendo o encima de un pene.

    Un día cuando regresaba a mi casa con mi novio, me quede un rato afuera de mi casa dándome un buen beso con mi novio, yo vivía en una casa rentada y en el patio había una especie de taller donde trabajaba el vecino, ese día fue cuando comenzó todo.

    Al entrar a mi casa después del buen faje me saludo como siempre el vecino, la verdad es que era un tipo pues no muy atractivo, ya algo grande (unos 45 o más) y pues siempre estaba sucio por su trabajo, yo lo salude normal y seguí hacia mi casa. Ese día como ya era algo tarde me di un baño, me puse mi pijama un vestido estilo babydoll color rosita con puntitos blancos que me había pedido en un catálogo (que por cierto me quedaba súper cortito) me senté a revisar mi correo pero para mí mala suerte algo fallaba, creo que se había desconectado el monitor y como el CPU estaba en el suelo me agache a revisar que pasaba, mi sorpresa fue que al levantar mi vista, vi al vecino en la puerta viéndome muy atento las nalgas ya que mi pijama dejaba poco a la imaginación.

    Me levante rápidamente y él se hizo el que no vio nada y me pregunto.

    ¿Disculpa no se encuentra tu papa?

    No se encuentra

    Cuando llegue le avisas que esta el trabajo que me había pedido

    Me agradeció y se fue con una cara de bobo increíble.

    Ese día en la noche ya en mi recamara no sé por qué no dejaba de pensar en ese momento sentía pena, pero al mismo tiempo una sensación muy excitante de cómo me veía con tanto deseo ese señor me masturbe un poco y me dormí.

    Al día siguiente mis papas siempre se iban temprano me despertaron para avisarme que se iban a trabajar yo le comente a mi papa que el vecino lo había buscado, mi papa me dijo que lo iba ir a ver y se fueron, al rato de eso me pare de mi camita para ir a desayunar y al poco rato de eso toco a la puerta el vecino, me dijo que me agradecía haberle comentado a mi papa y me regalo unas galletas, le dije que no era nada y le di las gracias por las galletas y se fue.

    Por lo regular en esos tiempos mi novio llegaba por mi como una hora y media antes para aprovechar que mis papás no estaban, ese día llego y como por lo regular por el taller el zaguán siempre estaba abierto el entro y toco en mi puerta, lo deje pasar de inmediato nos empezamos a besar como si no hubiera un mañana, al poco rato ya estaba ahí chupando su pene como una zorrita, en ese momento me percate que el vecino estaba en las escaleras de afuera viendo muy discretamente, pero viendo como me comía la verga de mi novio yo me percate porque estaba de frente a la ventana pero mi novio estaba de espaldas en ese momento no sé porque en lugar de parar, se la empecé a chupar mucho más lento y con una actitud mucho más cachonda, me encantaba estar mamándosela a mi novio y que al mismo tiempo el viejito ese me estuviera viendo, después pues fuimos a mi cuarto y ahí ya no pudo ver como me cogían, en ese momento la verdad es que no me hubiera importado, estaba muy cachonda.

    Después de eso, me puse a pensar si el antes ya me habría visto, no tenía como saberlo porque jamás me había dado cuenta hasta ese momento, supuse que si pero a quien le importa.

    Pasaron algunos días y yo cada día trataba de coquetearle pero de una manera muy discreta, un viernes por la noche fui a una fiesta de mis amigos de la preparatoria y yo creyéndome ya grande tome muchísimo, me bese con algunos amigos y mi novio me mando al carajo, yo estaba toda desconsolada pero bien feliz por haberlos besado, me acompaño un amigo a mi casa y se fue, y me di cuenta que había perdido u olvidado mis llaves así que le grite a mi mama para que me abriera, después de dar dos gritos me abrió el vecino le agradecí y me pase y para mi sorpresa mis papas no estaban, en eso sono mi celular era mi mamá para preguntarme si ya había llegado le dije que sí pero que no tenía llave y me dijo que me esperara que en unos 30 minutos llegaban, así que no tuve remedio y me senté en las escaleras tratando de no caerme de lo ebria que estaba, En eso me dice el vecino.

    No quieres esperar en mi casa en lo que llegan tus papas kary

    No gracias aquí los espero

    ¿por que lloras?

    Es que termine con mi novio

    Lo siento, pero no te preocupes aun estas joven y vas a conocer muchos más chicos

    Pues sí, pero si lo quería (Toda borracha)

    Pues si pero si te quiere lo van a volver a intentar

    Es que yo tuve la culpa

    ¿Por qué? ¿qué paso?

    Es que lo engañe con unos amigos, pero es porque tome mucho

    Pues ya ni modo después pídele una disculpa y te va perdonar

    No sé La verdad es que si la regué

    Los besos no son la gran cosa no te preocupes son cosas de la juventud

    Bueno espero que tenga razón

    En ese momento como estaba ebria le di un abrazo de esos que salen en esos momentos y me dice.

    No te preocupes todo se va arreglar, no creo que te deje por algo así, lo dijo con un tono entre burla y entre querer sacar el tema de que nos había visto mientras cogía con él, así que motivada por el alcohol le dije

    Por cierto y porque nos espía, el otro día lo vi

    No como crees es que ese día iba subiendo y sin querer voltee, pero no fue mi intención

    Ah ¿pero bien que se quedó viendo no?

    Es que me dio curiosidad (con risa nerviosa)

    Jeje no se preocupe, y que tal si me la se?

    Jajá pues para tu edad supongo que está más que bien yo a tu edad aun ni sabía de eso

    Como cree solo dice por quedar bien, no le creo nada

    No de verdad yo ya empecé un poco más grande con todo eso

    Bueno está bien (ya con el espíritu de la putería empezando a arder en mi interior)

    Si, pero bueno cada quien va a sus tiempos…

    – Lo interrumpí y le pregunte que si el había tenido sexo con alguien más joven que el, y me dijo que no, que solo dos o tres años menos

    ¿y no estaría con alguien de mi edad?

    ¡Que preguntas, pues no, eres muy joven!

    Ammm y porque el otro día también me estaba viendo cuando estaba agachada? (mientras me acomodaba de pierna cruzada para que se me alzara un poco mi vestido)

    Eso también fue un accidente yo iba a buscar a tu papa

    ¿Entonces no le gusto? (mientras abría un poco mis piernas para que viera mi tanguita)

    No ¡claro que me gustas! ¡pero no en esa forma! ¿Entonces en que forma?

    Pues de una forma diferente

    Ay no se haga si bien que le gusto verme cuando se la estaba chupando a mi novio

    No, te dije que fue un error

    ¿No le gustaría que se la chupara?

    Jajá no hija que cosas dices, estas tomada!

    Ande vamos arriba o a su casa antes que lleguen mis papas

    Contrólate me vas a meter en un problema si alguien te escucha

    Bueno usted se lo pierde (mientras me frotaba un poco mis piernas y mis pechos)

    Paso un momento incomodo de silencio, mientras yo aún jugueteaba con mis piernas.

    ¿Estabas diciendolo en serio eso? (mientras se acomodó sutilmente su verga)

    Sip (Me mordí un poquito los labios mientras se acomodó su pene)

    En ese momento el señor me extendió la mano y me ayudo a parar y con esa misma inercia me jalo hacia su casa, abrió la puerta me pase y el cerro la puerta, me dice

    Siéntate ¿quieres algo?

    No, ya apúrese que no tardan en llegar mis papás

    Se paró frente a mí y me abrazo agarrándome mis nalgas y me empezó a besar, yo estaba ciega de calentura y de alcohol así que no me importo su aliento le sabia como a si hubiese comido frituras, al mismo tiempo que nos besábamos con tanta lengua que parecía que nunca había besado así.

    Me manoseaba el trasero de una manera desesperada, metía sus manos debajo de mi vestido y tocaba mi vagina y luego mi ano, seguía besandome de forma muy desesperada, el sacaba su lengua y yo como que le hacía un pequeño oral a su lengua.

    Me dejo de pronto de manosear el trasero y comenzó a tratar de desabrochar su pantalón, pero estaba tan excitado que le costaba trabajo, al final después unos segundos lo consiguió y saco su verga al momento sentí como pegaba en mi abdomen su verga, y lo primero que quise fue tocar ese gran pene, me sorprendí porque no era muy largo, pero si era muy grueso, jamás había visto uno así en vivo, lo masturbé un minuto y no pude más tenía que llevármelo a la boca.

    Me agache con un poco de complicaciones porque estaba tomada, pero me agache, lo mire un minuto y me llego un olor muy típico de la verga solo que un poco más fuerte, pero poco me importo, al contrario eso me éxito aún más y me lo metí a la boca, era increíble como me sentía en ese momento, estaba súper mojada y súper cachonda, seguí chupando su verga, la metía lo más profundo que podía,

    Estaba tan excitada que quería meterla toda pero no podía, de pronto me tomo por el cabello me hizo una pequeña colita con su mano y me comenzó a coger por la boca, en algunas metidas me ahogaba pero me encantaba, me jalo del cabello hacia atrás con una mano y con la otra tomo su verga y la levanto y me dirigió hacia sus bolas que yo como la puta que soy lamí sin tardar. El no decía nada solo emitía algunos gemidos y me encantaba complacerlo, me saco la verga de la boca bruscamente mientras me jalaba del cabello y me dio una cachetada que honestamente poco me importo, tomando un poco de aliento le dije.

    ¿Si te gusta cómo te la chupo?

    ¡Me encanta perra!

    Y nuevamente me dirigió con su mano para seguirle mamando la verga, después de un poco más de eso, me levanto de la mano y me volvió a besar, me dijo que lo esperara, yo aproveche para darme una peinadita con la mano y acomodar mi vestido, no tardo mucho, me tomo de nuevo de la mano y me acomodo a un costado del sillón, me subió el vestido me hizo de lado mi tanga, subió mi pierna al sillón donde se ponen los brazos y mi otra pierna en el piso.

    Yo coopere empinándome un poco mientras se ponía un condón, de pronto empecé a sentir como frotaba su pene en mi ano y mi vagina y de pronto de golpe me la metió en mi vagina, sentí un poco de dolor pero al mismo tiempo una sensación increíble, casi me saco un orgasmo solo con una metida, comenzó a coger con mucha fuerza se recargaba con mucha fuerza y mi pierna y mi equilibrio me hicieron bajar, me acomode de una forma que mis rodillas las acomode en donde se acomodan los brazos y mi cuerpo en el asiento prácticamente era sulla, de inmediato metió de nuevo su verga y siguió cogiéndome súper rico, yo solo paraba mi culo como una perra y el me llenaba de verga mi interior, de pronto decía.

    No puedo creer que te esté cogiendo Kary

    Ni yo puedo creer que me tenga así vecino

    De pronto el comenzó a darme más rápido y con más fuerza, ya no sabía cuántos orgasmos llevaba, de pronto se detuvo y pude sentir como su verga bombeaba semen, era una perra feliz.

    Dejo todavía un momento su verga dentro de mí y yo aún le apretaba para que siguiera dando esos brinquitos de placer, de pronto saco su pene ya un poco flácido de mí se comenzó a quitar el condón, cuando se lo quito se lo pedí, me lo dio le hice un nudito y me puse a jugar con el semen que había adentro, era bastante, mi novio no sacaba tanto, seguro llevaba un rato sin soltar eso, De pronto casi como si fuera planeado sonó el zaguán, estaba ya metiendo el carro mi papa, rápido me arregle lo mejor que pude, le di un beso al vecino en su boca, y me dijo

    Esto queda entre nosotros

    Claro no se preocupe, soy muy discreta

    Salí a recibir a mis papas, me saludaron, me despedí del vecino como si nada y me metí a mi casa.

    Mis papas me regañaron por cómo estaba de borracha, me metí a bañar, me puse de nuevo mi pijama y ya en mi cama sentía aun en mi vagina un hormigueo que me dejo la rica verga del vecino.

    ¡¡¡Saludos y besos…!!!

  • Nuestro primer día

    Nuestro primer día

    No fue un día cualquiera. Nuestro primer día.

    Podría haber sido un día cualquiera. De cualquier año. De cualquier mes. Pero no era así. Era nuestra primera vez. Después de justo un año (día arriba o día abajo), por fin me habías confirmado en Skype que apagabas el móvil. Que tu vuelo estaba a punto de despegar.

    Me dio mucha rabia no poder acercarme al aeropuerto y dormir contigo esa noche, pero habíamos decidido que era mejor vernos sin mucha planificación. Sin mucho plan b, o sin buscar “la tapadera perfecta en casa”. Unos días atrás, charlando en Skype, me lo dijiste así.

    “Iré cualquier día. Sin planificarlo, porque cada vez que lo planificamos bien, ocurre algo. Una vez nos hayamos visto… será más fácil repetir. Que vaya yo, o que tú vengas. Pero tenemos que vernos de una vez”.

    Y me pareció bien. Es cierto que hemos tenido ocasiones para poder estar 4 días juntos. 24h al día (exceptuando aquellas en las que tuviera que trabajar), pero con la opción de dormir y despertarnos juntos. Pegados. Pero por distintos motivos, y después de varios intentos, no habíamos conseguido ponernos piel… y los dos lo estamos deseando. Toca desbloquear alguna pieza, y es mejor vernos “como sea” que vernos con todo bajo control.

    Cuando me despido de ti, vuelvo a revisar por enésima vez el Keep. Tengo claras las instrucciones que me has ido dando a lo largo de estos maravillosos 365 días, pero quiero volver a leerlo para no fallarte. Sabes que odio fallar. También sé que lo sabes, y que forzarás mis fallos una y otra vez. Pero mi afán de superación y mis ganas de complacerte son tan grandes, que no será por esfuerzo ni por ganas, así que releo algunas de las notas que tengo apuntadas para esa primera vez:

    El primer día llevarás calcetines negros lisos.

    El primer día quiero que lleves cinco bridas en tu bolsillo izquierdo.

    Cuando estés conmigo, quiero que estés siempre con las piernas separadas. Que estés accesible para mí.

    Llevarás una camiseta tuya que voy a quedarme.

    Me recordarás dos cosas que te has ganado en mis partidas al Preguntados.

    Me dirás al oído que tienes más ganas de probarlo todo que yo.

    Limpiarás mi coño, mi culo, mis piernas o cualquier cosa que manche después de cada uno de mis orgasmos.

    Me darás las gracias cada vez que me corra, y por supuesto cada vez que te corras tú.

    Pedirás permiso para correrte.

    Tenía muchas cosas anotadas, pero aquello iba a pasar de un “simple” listado en Google Keep a una realidad en la que quería que todo saliera bien y estuvieras feliz de mi entrega y mi sumisión.

    Eran casi las 9 de la noche y mi cabeza volaba de un sitio a otro a toda velocidad. En la mochila del trabajo tenía guardada la pala que nos tocó en un sorteo en Twitter, y que tenía grabados nuestros nombres. Esos nombres acabarían marcándose en mi piel, y lo estaba deseando.

    Me puse a hacer cosas en la casa y algo menos de una hora después, y tras decenas de veces de abriendo Skype, leí que ya estabas en Madrid. Que era una lástima que no pudiera recogerte en el aeropuerto, pero que así tendrías algo de tiempo para preparar “algunas cositas” para el día siguiente.

    Me habías dejado claras las instrucciones. Saldría de casa como un día normal. En el trabajo diré que me he cogido el día libre, y en casa que voy a la oficina. Me meto en el Uber y voy directo a Boadilla. Tengo la dirección de tu casa guardada en un Keep, así que lo único que tengo que hacer es avisarte en el momento en que me meta en el Uber, y estar atento desde entonces, porque ya me has anticipado que en el trayecto vas a volverme loco.

    Me acuesto y no puedo dormir. Estoy nervioso. Estoy excitado. Doy vueltas y vueltas y por fin me quedo dormido. Al rato me despierto. Son las 3.15 y estoy soñando contigo…y no tardo en darme cuenta de que estoy duro debajo de mis boxer azules. Intento dormir, pero no soy capaz. Después de media hora, miro Skype y me encuentro una foto tuya que me vuelve loco. No me habías enviado nunca una foto en ropa interior… y entiendo que es el anticipo de lo que pasará al día siguiente.

    Sobre las 4.30 consigo dormirme, y cuando suena el despertador a las 7 estoy desorientado y cansado, pero con una energía inusitada, y muchísimas ganas de salir de casa y acudir a tu encuentro. Mientras hago pis sentada, como cada día, abro Skype y te doy los buenos días. Estás inactiva, pero veo que tu última conexión ha sido a las 5 de la mañana, así que intuyo que los dos estamos igual. Son muchas ganas acumuladas desde hace un año. Muchas certezas y pocas dudas… más allá de las “colaterales”, con las que no nos va a quedar otro remedio que vivir.

    Por fin se van todos de casa, y pido el Uber. Después de 7 minutos que se me hacen eternos, veo en la aplicación que el coche está esperándome debajo de casa. Salgo con la bolsa del portátil y unos nervios increíbles. Nada más sentarme en el Uber, y tratando de calmarme, abro Skype y te digo:

    “Ya en el Uber, Ama. En 26 minutos estaré en la dirección que me diste”.

    Pero no contestas.

    Los primeros 15 minutos se me hacen interminables. Voy por la M40 y por fin siento el móvil vibrar en el bolsillo. Eres tú.

    “Buenos días mi amor. Estoy muy dormidita, porque he dormido regular. Pero tengo muchas ganas de verte. Cuando llegues llama al timbre y al cruzar la puerta, quiero que te desnudes y que agarres con tus dientes la cadena del collar que he dejado colgado en el pomo de la puerta, por dentro. También encontrarás un pañuelo negro. Tápate los ojos con él, mi amor”.

    Inmediatamente siento una erección recorrer mi entrepierna. El momento del collar cada vez está más cerca. Es un símbolo. Pero representa mi pertenencia real. Mi entrega absoluta. Tu posesión de mi cuerpo y de mi alma. Para siempre.

    Por fin el coche está callejeando por Boadilla. Estoy nervioso y veo que en la aplicación de navegación se establecen menos de 1m para llegar al destino. Noto la boca seca y un vacío en el estómago por todo lo que significa esa primera vez.

    Por fin llego al destino. Me despido del conductor y veo una vivienda unifamiliar de dos plantas con el número que me habías dado el día anterior. Respiro hondo para quitarme los nervios, como si estuviera tirando el tiro libre para ganar una final en un partido de basket. Llamo al timbre y sin escuchar nada, siento que la puerta se abre.

    Voy caminando y veo la puerta entornada. De camino compruebo que tengo las bridas y que está todo ok, conforme a tus indicaciones. Cruzo la puerta y no te veo, pero tengo claras tus instrucciones. Cierro la puerta sin decir nada, me desnudo, dejo la ropa doblada a un lado y me tapo los ojos con el pañuelo negro. Muerdo la cadena del collar con la boca y me quedo esperando.

    Me quedo quieto. Inmovil. Siento mi ridícula pollita gotear. Intuyo que me estás observando y noto la excitación recorrer mi cuerpo. Escucho mi respiración, y no veo ni escucho nada más, hasta que siento tus tacones pisar fuerte y dirigirte hacia donde estoy. Inconscientemente abro mis labios. Cada vez siento tus tacones más cerca, hasta que siento que me quitas el collar de la boca y lo pones en mi cuello.

    No me muevo, pero cuando siento que has terminado de atarlo bien, mis brazos buscan tu cuerpo para abrazarte. Pero llego tarde. Tus labios se lanzan a los míos y nos besamos desesperadamente. Un beso apasionado y tierno a la vez. Un beso acompañados con te quiero, te amo, mi niña, mi chico… por favor… cuánto tiempo…

    Y de pronto, me abrazo a ti y rompo a llorar. Siento que me estoy deshaciendo por dentro. Siento que el chicarrón del norte que soy saca toda la tensión, toda la espera, toda la ansiedad, y el amor hacia ti… y lloramos juntos. Lloramos y nos besamos. Nuestros besos se mezclan con las lágrimas de un amor eterno. Un amor al que llevábamos demasiado tiempo queriendo ponerle piel.

    Pero poco a poco las lágrimas dan lugar a los mordiscos, a las caricias. Mis manos buscan tu cuerpo desesperadamente. Tu cuerpo está pegado al mío, y entonces un escalofrío de deseo recorre mi espalda.

    “Te deseo mi amor. Te quiero…”

    No contestas, pero tus labios y tu cuerpo responden por ti. Me agarras del collar y me quitas el pañuelo. Me llevas entre besos al sofá, y entonces puedo mirarte a los ojos. Esos ojos que me conquistaron desde la primera foto, y que llevo mucho tiempo deseando poder observar.

    Seguimos besándonos. No podemos ni hablar. Entonces, levantas tu vestido y casi sin darme cuenta veo que no llevas ropa interior. Agarras mi pollita con la mano y me das paso dentro de ti. Dentro de ese coño que llevo un año soñando. Estoy dentro de ti, y entonces siento como presionas mi minúscula polla con tus músculos vaginales y como subes y bajas de mí mientras no hemos dejado de besarnos ni un segundo.

    Estamos así un tiempo. No sabría decir si fueron 2 minutos o 5… pero debiste sentir que yo estaba cerca de correrme y saliste de mí.

    “¿No pensarás correrte tan pronto, verdad puta? Ponte de pie”

    Hago lo que me dices y casi tienes que empujarme para separar mis labios de los tuyos. Con una mezcla de excitación y vergüenza, observo que te has colocado de nuevo el vestido y que me observas.

    “Qué graciosa tu pollita. No pensaba que era tan pequeña. Pero es mía y de nadie más, ¿verdad, cariño?”

    Te contesto con un “sí, Ama” que casi no me sale del cuello, y te veo acercarte a una mesa donde hay muchos juguetes y lo que creo que es mi ropa. Sin dejar de hablar, me dices las ganas que tenías de este momento. Me dejas la ropa y te sientas en el sofá para observar cómo me visto para ti.

    Empiezo con la ropa interior que habíamos elegido apenas hace una semana. Es roja, tal y como habías decidido, y siento que me queda bien. Tengo tantas ganas de vestirme para ti… pero estoy nervioso, y me cuesta mucho ponerme la ropa interior y el vestido entallado de cuero que habíamos elegido. Cuando voy a ponerme los zapatos de tacón rojos, miro al sofá y observo que estás masturbándote. Con tu vestido en la cintura y tus labios abiertos… escucho tus gemidos y no puedo evitar volver a ponerme dura ante la escena.

    ¿No sabes ponerte los zapatos, mi amor? ¿Te has quedado paralizado? Venga, cálzate y quiero que te des unos paseos por el salón”

    Sin dudar un segundo me subo en los zapatos rojos de tacón. Tienen más tacón que mi pollita y me doy cuenta inmediatamente que he sido un poco ambicioso al pensar que podría andar con ellos sin caerme. Pero hago lo que me dices y torpe como un pato, doy varios paseos por el salón de tu casa. Me siento tan zorra… quiero provocarte y muevo las caderas de forma tan exagerada que a punto estoy de doblarme el tobillo y caer al suelo. Entonces te escucho:

    “Baila para mí, zorra”

    Te miro y sonrío. Sonríes y muerdes tus labios, mientras el vibrador que te compré hace unos meses entra y sale de tu coño cada vez más rápido. Bailo al compás de una música imaginaria. Me siento ridícula y excitada a la vez… y cuando bajo mis manos a ambos lados de mi cintura para parecer más puta de lo que soy, escucho como la intensidad de tus gemidos aumenta… y como te corres por primera vez.

    Sin perder un segundo, me pongo de rodillas y, a cuatro patas, me dirijo hacia ti. Automáticamente abres las piernas y mi lengua comienza a lamer tu entrepierna y tu coño. Ohhh por favor. Llevo tanto tiempo esperando este momento que me equivoco y comienzo a comerte el coño, en vez de limpiarte, como me indicaste claramente. Entonces noto que tensas tu cuerpo y siento un bofetón. No me lo espero y creo que no tenías mucho ángulo. Me das entre el papo y el oído… y siento un pitido, que igualmente me permite escucharte:

    “¿Te he dicho que me comas el coño, Pedro? Tienes que limpiarme. Nada más. Primer fallo del día, corazón… vete apuntando en tu cabeza”.

    Aprieto la mandíbula y me concentro en limpiar tu coño, tu entrepierna, tu culo y el sofá. Y entonces caigo en la cuenta de que he estado a punto de cometer mi segundo error, y digo:

    “Gracias por correrte para mí, Ama”.

    Sonríes y me sueltas un “buena chica”, mientras con tus manos acaricias mi cabeza. Es entonces cuando siento que algo cambia y que comienzas a presionar mi cabeza contra ti. Pero no me atrevo a lamer, y sigo limpiando, hasta que escucho:

    “Come puta. Ahora sí”.

    Y mi lengua, con una ansiedad inusitada comienza a lamerte el coño, hasta el punto que siento que no estoy concentrado. Tus caderas empujan mi cabeza y siento cómo ese precioso coño depilado se roza con mi nariz, la mandíbula, mi lengua… te da igual, con tan de obtener placer vía rozamiento. Entonces, meto mis dedos dentro de ti y comienzo a masturbarte con ellos mientras con mi lengua no dejo de subir y bajar, y de dar círculos alrededor de tu clítoris que, hinchado… responde positivamente a mis estímulos.

    Así estoy mucho rato, y cada vez me cuesta más respirar. Pero no quiero parar. No hasta que te corras. Y entonces lo siento. Siento que te estás empezando a correr y me dices:

    “Más rápido… más fuerte. Quiero correrme”.

    Y con mis dedos entro y salgo de ti a toda velocidad hasta que siento tu orgasmo empaparme la cara. Es un squirt increíble que me empapa la cabeza, el pecho y deja todo completamente mojado. Además no parece parar. Cuanto más fuerte y rápido entro y salgo de ti, más me mojas. Abro la boca e intento recoger todo lo que puedo… y cuando terminas… te dejas caer sobre el sofá y me dices:

    “Muy bien cariño… me ha encantado. Ahora limpia otra vez”.

    Te doy las gracias por correrte para mí, y vuelvo a limpiar. Limpio tu coño, tu culo, el sofá, tus piernas… y entonces me doy cuenta que estoy arrodillado sobre un suelo completamente mojado, y agacho mi cabeza para limpiarlo con la lengua. Entonces siento que te levantas, te quitas la ropa y te acercas a la mesa en la que hay juguetes. Mientras estoy limpiando con la lengua todo lo que hemos manchado, te colocas detrás de mí y siento que un plug se cuela en mi culo de zorra, mientras escucho.

    “No sabes las ganas que tengo de follarte, mi amor… pero en este tiempo, te has vuelto virgen, así que esta primera vez, voy a prepararte un poco”

    El plug se cuela dentro de mí con relativa facilidad. Cuando llega al fondo emito un gemido, y entonces, siento la correa tirar fuerte y llevarme a tus pies. Lamo ávidamente. Esos bonitos pies son objeto de mi deseo desde hace demasiado, y por fin puedo dedicarme a ellos. Lo hago con pausa, con devoción, con entrega… son los pies de mi Ama. No puedo creerme que por fin estemos juntos.

    Después de un buen rato dedicándome a tus pies, y de volver a sentir cómo te estás excitando mientras te lamo, me dices que me coloque bien el vestido y que te acompañe. Sin dudar un instante me pongo de pie, recoloco mi vestido y, viendo que te has levantado y estás moviéndote hacia la puerta del salón, te sigo caminando torpemente con mis zapatos rojos de tacón. Te giras y me miras. Sonríes y dices que voy a tener que mejorar mis andares si quiero seducir a un hombre para ti, y me ordenas que me acerque caminando a cuatro patas y con la cadena en la boca.

    Me acerco a tus pies con la correa en la boca. Envuelves la cadena en tu muñeca y comienzas a caminar para enseñarme la casa. Noto la correa presionarme el cuello porque me cuesta seguirte. Lo sabes y te aprovechas de ello. Por fin llegamos a la cocina. Me dices que estás sedienta, y me pides que te sirva algo de beber. Abro la nevera y te pregunto si prefieres una Pepsi o un Alvarinho. Contestas que una Pepsi está bien. Te has sentado en una silla que hay junto a una mesa accesoria en la cocina. Te sirvo la Pepsi y me quedo a cuatro patas a tus pies, y entonces veo un bol plateado con mi nombre. Te das cuenta que lo he visto y me preguntas si me ha gustado, a lo que contesto que sí… y que me hace muchísima ilusión.

    Entonces, sin mediar palabra, te levantaste de la silla, te pusiste en cuclillas y measte dentro del bol diciéndome:

    “Ahí tienes tu bebida, perro. En un bol personalizado, como los chucos con pedigrí. ¿Bebes conmigo?”.

    Sonreí y dije que por supuesto, que lo estaba deseando. Así que me puse a lamer con la lengua, pero había bastante pis dentro del bol y el sabor no me resultaba agradable. Cuando viste que la velocidad de mis lamidas no era la que esperabas, me dijiste que parase. Te levantaste en dirección al salón y volviste con un strap al que le habías acoplado un dildo bastante grande de color morado.

    En ropa interior, tal y como estabas, te pusiste el strap en tus caderas y me ordenaste colocar las manos en la espalda. Con un movimiento veloz, ataste una brida en mis muñecas y me dijiste que me pusiera a beber tu pis, mientras decías:

    “Vamos a ver lo rápido que bebes sin poder apoyar tus manos. Quiero que te lo bebas todo, mi amor… pero no te preocupes si no puedes beberlo muy rápido. Mientras tanto, yo estaré entretenida follándote”.

    Y casi sin avisar, sentí con un movimiento rápido, que retirabas el plug de mi culo. Apenas pude emitir un gemido cuando sentí que el dildo de tu strap entraba en mí. Intentaba mantener el equilibrio, pero me resultaba completamente imposible, porque tus embestidas eran bastante violentas, así que di por imposible seguir bebiendo y apoyé mi frente en el suelo para tener un punto de equilibrio y no caer al suelo sin poder apoyarme con las manos.

    Al verlo, te reiste y comentaste:

    “¿Ya te has rendido, mi amor? ¿Dónde está mi cántabro orgulloso que no se rinde nunca? Te recuerdo que no voy a parar de follarte hasta que termines y te bebas todo el pis del bol… yo no tengo prisa… y tú terminarás teniéndola, te lo aseguro”

    Me daba cuenta que mi situación era delicada. No podía beber con el ritmo y la intensidad de tus embestidas, pero si dejaba la frente en el suelo, tu follada sería interminable, así que, entre jadeos y mientras escuchaba tus gemidos de placer, traté de levantar la frente un par de veces sin mucho éxito, pues tus movimientos me hacían perder el equilibrio.

    Tu follada era cada vez más intensa. A medida que te excitabas más, la velocidad e intensidad de tus embestidas iba en aumento, así que tomé una decisión desesperada. Tirando de abdominales, me erguí un poco y coloqué la lengua sobre el bol para empezar a beber, pero sucedió lo inevitable. Perdí el equilibrio y metí toda mi cara en el bol, empapándome nariz, boca y ojos. Pero bebía todo lo que podía, sorbiendo como si se tratara de una sopa calentita en un frío día de invierno.

    La escena te hizo reír, y me dijiste que si arrojaba mi bebida fuera del bol, tendría que beberla también… pero eso tampoco facilitaba mi tarea, ya que el suelo mojado se estaba convirtiendo en una resbaladiza pista de hielo. Volví a intentar beber, pero me di cuenta que cada vez que lo intentaba, tus embestidas eran mucho más violentas y me hacían caer de cabeza contra el bol o contra el suelo.

    Entonces me di cuenta. Era como aquellos problemas que te ponían en la universidad y que no tenían solución, así que coloqué mi cabeza contra el suelo, levanté mis caderas para ofrecerte mi culo… y comencé a gemir sin concentrarme en otra cosa que en sentir el placer y el dolor del dildo entrando y saliendo de mí.

    Cuando te diste cuenta de mi actitud, comentaste:

    “Vaya. ¿Qué ven mis ojos? ¿Acaso mi puta se está rindiendo? ¿Tan pronto? No sabes lo que te queda por vivir, cariño… y te aseguro que a mis pies, rendirse nunca es la mejor solución”.

    Sentí un hilo de decepción en tu voz y recuperé la energía perdida. Levanté mi cuello y seguí bebiendo, pero uno de tus “caderazos” volvió a hacerme caer. Volví a levantarme y bebí otro poco, pero repetiste movimiento… y también lo hice yo. Te reías y gemías a la vez, y yo gemía de dolor y rabiaba por dentro por la frustración de no poder terminar la tarea. Además, el culo comenzaba a arderme por la intensidad de tu follada.

    Al cabo de un buen rato, y cuando prácticamente ya no quedaba pis en el bol, sentí que parabas. Aproveché el último gramo de mis fuerzas y metí la cabeza en el bol para lamer desesperadamente lo que quedaba, y entonces, casi a la vez que sentí que salías de mí, me dejé caer sobre el suelo de la cocina, empapando mi pelo y mi pecho del pis que se había salido del bol en mis múltiples intentos por cumplir tus órdenes.

    Te reíste, te acercaste a mí y me diste un beso.

    “Lo has hecho muy bien, cariño. Pero no quiero que vuelvas a rendirte tan rápido nunca más. Esto que acabas de vivir es un juego de niños comparado con las cosas que tengo pensadas para ti, así que aprende a pensar en situaciones de máxima tensión, o no lo vas a pasar nada bien, preciosa. ¿Está claro?

    Contesté que sí, y me mandaste a la ducha. También me dijiste que me pusiera la ropa que habías dejado encima de la cama a continuación, y que tirase mi vestidito nuevo y la ropa interior a la lavadora, porque estaban manchadas de “algún líquido sospechoso”.

    Nos reímos. Nos besamos, y me fui a la ducha feliz de estar a tu lado después de haberlo esperado tanto tiempo.

  • Las fantasías de William (capítulo siete)

    Las fantasías de William (capítulo siete)

    Regresando al pueblo bajando de la guagua, me encontré con William que como de costumbre andaba de cacería en el parque.

    – ¿Qué bolá ese culazo? – Fue su saludo, William siempre andaba con las ganas de singar.

    Nos sentamos un rato a hablar, le conté un poco de las travesuras en la capital con Ramiro y con Roger. Sonrió dándome unas palmadas por el hombro como aprobando aquella tormenta, lo que más le gustó fue que Ramiro me había hecho mamarle la pinga al guarda del hotel.

    – ¡Cojones, estoy orgulloso de lo que haces! Eres el mejor mariconazo que he tenido. – Me dijo eso mientras se manoseaba el pingón, era otra de las cosas de él, el constante manoseo de su pinga. – ¡Mira, tengo un cuadro apalabrado! ¡Vamos tú y yo!

    Le dije que me diera un tiempo para llegar a la casa y que regresaría dentro de una hora. Por raro que pareciera me dijo que sí, que dentro de una hora no veíamos allí y que me preparara bien porque la singueta iba a ser buena como a mí me gustaba. Él sabía amenizar todo y por el mismo camino. A la hora y media estaba yo en el parque, William al parecer había ido a su casa porque se había cambiado de ropa. Cogimos rumbo a la salida del pueblo y antes de llegar a los palomares, así le decían a las casas prefabricadas porque eran feas y de verdad que parecían palomares. Tocó en la puerta de una casa, de esas antiguas con puerta enorme, y al rato la abrió Roly o Rolando, un bugarrón conocido en el pueblo que ya pasaba de los cincuenta y pico pero que se conservaba bien, excepto el pelo que se lo pintaba de negro y eso sí le quedaba fatal. Nunca había tenido nada con él, aunque sí habíamos intercambiado alguna que otra vez miradas lascivas pero nunca habíamos llegado a nada y al parecer había llegado el momento, eso fue lo que dijo cuando entramos y William nos presentó.

    – ¡Pues llegó el momento de que yo te dé la entrada de pinga que te debo!- me dijo Rolando.

    – ¡Coño, mariconazo, que todo el mundo quiere darte pinga!.- sonrió William mientras me daba una nalgada.

    La casa de Rolando era grande y vivía solo, ya habían llegado dos que estaban en la cocina sentados con sus tragos de ron y fumando, El Nene y Héctor, a los dos ya los conocía de cuando estudiaba pero no sabía que estuvieran en el bando nuestro. Pasamos al último cuarto que era donde iba a ser la fiesta o mejor dicho la singueta. El centro lo ocupaba un potro de madera con la cubierta como acolchonada, había sillas, y mil cosas más. Empezamos a quitarnos la ropa, Rolando y William ya estaban con las pingas bien duras, la mía crecía igual. El Nene se nos unió desnudándose también. Rolando y William me llevaron hasta el potro haciendo que me acostara sobre él, las piernas quedaban en el suelo, empezaron a inmovilizarme atándome los brazos y las piernas. Me sentía algo raro desnudo, con las piernas abiertas y el culo al aire, me imaginaba que iba a pasar.

    William trajo a Héctor frente a mi cara para que yo le chupara la pinga, larga y cabezona no tenía otra opción que abrir la boca y dejar que me singara. Lo hacía sin compasión muy a pesar de las arqueadas que hacía yo la saliva que me corría por el mentón. En eso sentí que alguien lamía mi culo, lo masajeaba con los dedos, con la lengua, al rato escuché a Rolando que decía que mi culo parecía un chocho. Me lubricó con saliva y empezó a meter su pinga, el muy hijo de puta tenía buena tranca y se abría paso en mi culo sin compasión hasta los cojones. Protesté porque me dolía, me sentía que iba a reventar, por suerte sacó su pinga y untó algo, mientras me decía «maricón, ahora si va a resbalar bien y vas a tener lo tuyo». Así mismo fue, sentí alivio cuando entró suave, como si se deslizara. Me singaba como si fuera una máquina y yo gozando, con la boca llena hasta la garganta de la pinga de Héctor, supuse que William y el Nene estarían enroscados en algún sitio, pero yo no los veía.

    – ¡A ver, déjame, que quiero echarle el lechazo!

    Era la voz de William que le pedía a Rolando que lo dejara penetrarme, el cambio fue rápido, y William me singó hasta que se vino. Al sacar su rabo para darle paso a Rolando, me dio una nalgada mientras me decía que ya tenía su leche dentro. Rolando no acababa, daba caña a todo, a fondo. Héctor, el muy cabrón, se vino en mi garganta agarrando con fuerza mi cabeza para que no me liberara, tuve que tragarme toda su leche, cuando sacó su pinga de mi boca y quise escupir el semen, pero me fue imposible.

    Al fin escuché los ronquidos de Rolando que se venía, tras sus convulsiones y la manera con que se agarraba de mi cintura. Después estuvieron singándome El Nene y Héctor, lo supe porque hablaban y me decían cosas. Rolando se plantó delante de mí diciéndome que mirara cómo le había dejado la pinga. La tenía morcillona, oscura, y brillante del lubricante. A mí me corría el semen por las piernas, por suerte se vinieron los dos y me liberaron de esa posición. Casi que me costó trabajo erguirme, William me besó diciendo que me había portado bien, como lo que era. Estuvimos un rato bebiendo y charlando, cuando Rolando dijo que le tocaba a él, fue y se encorvó en el potro para que lo amarraran y pidió que le dieran caña por turno, pero que yo tenía que estar enfrente de él, al parecer William sabía qué hacer, trajo una silla y me indicó como ponerme. En fin, Rolando quería que se lo singaran mientras me mamaba el culo. Aquello me dio ánimos de nuevo, se me paró viendo cómo se singaban a aquel macho que me comía mi culo y decía groserías.

    Cuando terminaron los tres me dejaron ver el culo rojo y abotonado de Rolando, William me dijo que me lo singara, aunque Rolando empezó a gritar que no, que no se dejaría singar por mí, pero no le hicimos caso y me lo singué, despacio y rápido, dándole nalgadas, escupiéndole, finalmente entró en el goce y pedía más. Me vine, me fui a limpiar al baño y allí se apareció Rolando que dándome una galletada por la cara, me hizo volverme y me metió la pinga. No hubo forcejeo porque todo estaba bien y ambos queríamos. De ahí, al rato salimos a la cama sin que se saliera de mí, nos tumbamos, esta vez fue más cariñoso. Al rato William dijo que se iba, también se fueron los otros dos y nos quedamos allí abrazados, unidos, él dentro de mí.

    – Me gustas, maricón, de verdad que me gustas.

    Me repetía Rolando al oído, como murmurando mientras con suavidad se movía metiendo su pinga. Me abrazaba con fuerza, parecía a veces temblar, otras se quedaba quieto sin siquiera respirar.

    – ¡Cojones, bien me lo decía William, eres un tremendo mariconazo…! Se ve que te enseñó bien.

    Bueno, quizá William me enseñó algo, quizá me ayudo a aceptarme tal y como era, pero mucho dependía de qué era lo que me gustaba y eso, antes de caer en manos de William ya lo sabía. Comenzaba así una relación con Rolando en la que él seguía teniendo esa buena parte aunque a veces me pedía que me lo singara. A la semana me dijo que haría una fiesta y que yo sería el culo para todos. Por mucho que le pregunté a quienes pensaba invitar, me dijo que no sabía que eso dependía a última hora de cada cual.

    Cuando llegó el sábado fui a la hora acordada con Rolando, antes, porque los demás vendrían a las nueve. Estuve ayudando con las bebidas y cosas de picar. Ya cerca de las ocho menos veinte Rolando me dijo que me preparara, fui al baño, me puse un lavado, me limpié y salí desnudo directo al potro. Allí Rolando me coloco en el potro y me untó lidocaína para que tuviera bien engrasado el culo. Cuando estaba dándome masaje con el dedo, tocaron a la puerta. Mientras Rolando iba a abrir, me quedé solo allí, en aquella posición sintiendo el frescor de mi ano lleno de crema que se enfriaba y a la par que me hacía sentir el ligero ardor de la anestesia. Escuche pasos que se acercaban y voces, pero como estaba atado y con la cabeza contra la pared, no podía ver nada. Sentí que alguien toco con la mano mi culo, pero nada más hizo. Las voces se confundían, la música estaba alta. Escuchaba risas, la habitación llena de gente, Rolando me había puesto de una manera que me era imposible alzar la cabeza o volverla para ver, delante de mí la pared.

    Sentí que alguien ponía su pinga en mi agujero y empezaba a abrirse paso, sentía como mis pliegues se dilataban, como mi culo se iba llenando de algo bien duro y grande porque me penetraba bien lento. Cuando sentí su pelvis y huevos en mis nalgas, sentí alivio porque había entrado. No sabía quién era, pero el tronco era a tener en cuenta. Así empezó aquella fiesta de sexo, ese supuesto desconocido me singó por mucho tiempo o quizá no fue mucho, pero me parecía que fue bastante tiempo. Alguien me puso delante su pinga y acto seguido abriendo mi boca con una de sus manos me hizo tragarla toda, otro se le unió, obligándome a tragar y chupar ambas por turno, ellos se besaban porque ese sonido si me llegaba. Otro ya había ocupado el lugar de quien me singó primero, lo hacía con fuerza, yo sentía placer pero como la anestesia hacía de lo suyo, podía aguantar, lo malo era que también anestesiaba la pinga y se demoraban más en venirse. Había perdido ya la cuenta porque cada vez que alguien sacaba su pinga otra ocupaba el lugar dejado, sentía que el semen me corría por los muslos. De los que pasaron por mi boca uno se vino en mi cara, alguno de los que me había singando me dio de mamar porque sentí el sabor de la crema anestésica y de semen. Otro más se vino en mi garganta, el muy listo me empujó la cabeza para impedir que expulsara su pinga.

    Rolando me liberó diciendo que me había portado bien, me sentí aliviado aunque raro al incorporarme, con las piernas húmedas de semen. Olía a leche. Allí estaban William y Lázaro, el guajiro, después vi que estaba Gustavo, aquel trozo de negro que tuve como pareja un tiempo, vino y me besó, me dijo que ya echaba de menos mi culo. También vi en la otra habitación al Mandarria y a el Mulo, del baño salió Hugo, el policía y hermano de Lázaro. Me miró con cara seria, vino y me dio un beso.

    – Tú sabes que me gustas mucho…, pero ya veo que eres muy puta para estar de pareja conmigo.

    Lázaro se lo llevó para calmarlo. Rolando me sonreía, después me dijo que había sido idea de William reunir a todos mis maridos y singantes. Después nos fuimos a la sala, yo al baño a limpiarme. Ya cuando estaba en la ducha, entró Gustavo.

    – ¿Quieres que te enjabone?

    – Sí.

    Le dije, entró y cerró, me dijo que ya Rolando había ocupado mi sitio en el potro y que pedía pinga como el mejor. Me comenzó a enjabonar, a acariciarme mientras me decía que seguía queriéndome, que todos cometíamos errores, que volviera con él. Sentía su sexo enorme en mis nalgas mientras me lavaba la espalda.

    – ¿Quieres…? .- Me dijo poniendo la cabeza de su pinga entre mis nalgas. Le dije que sí y con todo el cuidado me la metió con suavidad.- ¡Si te duele me lo dices!

    No me dolió, me sentía también que era imposible que cupiera el dolor en aquel momento. Alguien quiso entrar, era Lázaro que quería mear, Gustavo le abrió la puerta, meo y salió dejándonos singar. Fue todo un sexo pasional el que tuvimos en la ducha. Cuando salimos, todavía Rolando estaba allí en el potro recibiendo caña, Hugo se había ido, ese era otro que no podía soportar que yo no estuviera con él. La fiesta duro bastante, Lázaro después ocupó el potro, no sabía que le gustara, pero lo vi disfrutar la pinga del Mulo como el mejor. Gustavo y yo nos acostamos en un catre que había en uno de los cuartos, abrazados, él comiéndome a besos y caricias, repitiendo mil veces por qué lo había dejado. A media noche Rolando se nos paró delante invitándonos a la cama. Nos fuimos con él a la cama, en principio nos acostamos para dormir abrazados, tranquilos aunque en realidad eso era casi imposible primero por Gustavo a quien nunca se le caía la pinga. Rolando empezó a juguetear con el morrongón del negro, la tentación era mucha.

    – ¡Coño, macho!, ¿cómo te puedes meter este trozo de pinga?- me preguntaba Rolando que intentaba tragarse aquel pingón.

    Rolando terminó pidiendo a Gustavo que se lo singara, estaba como medio borracho, pero se puso bocabajo en la cama abriendo las nalgas. Pero agregó que quería que le ataran las manos, a Gustavo le gustó la idea, encontró una soga, le amarró las manos a la espalda y cogiendo el calzoncillo lo hizo una bola y se lo metió en la boca a modo de tapón.

    – Esto es para que no grite al principio.- explicó Gustavo.

    Yo me puse delante para verle la cara, me gustaba el muy cabrón porque tenía cara de macho y un bigote que lo hacía más lindo. Cuando Gustavo le clavó la pinga vi que se le desorbitaban los ojos, empezó a tratar de moverse, de zafarse, de gritar pero nada podía hacer. Se escuchaba un sonido sordo de su voz que era ahogada por el calzoncillo. Las venas del cuello se le querían salir y los ojos casi aguados, casi no creía que fuera tan serio, pero al parecer le costaba trabajo meterse aquel pingón. Claro que Gustavo le puso crema pero el muy cabrón le metió todo de un golpe, claro que el efecto era ese, a cualquiera hubiera hecho jadear o gritar. Al rato fue cuando Gustavo empezó a singar de verdad, metiendo y sacando, fue cuando me dijo que le podía quitar el calzoncillo de la boca.

    – ¡Cojones, por poco me matas!… pero que rico… Sigue

    Le estaba gustando, sabía que le gustaba que le dieran por culo, y estaba allí gozando. Después me pidió que le pusiera mis piernas abiertas para comerme el culo, así estuvimos un rato, Gustavo singando a Rolando y éste comiéndose mi ojete.

    – ¡Ven ponte debajo pa meterte la pinga que quiero venirme!

    Hice lo que Rolando quería, Gustavo lo alzó dando la oportunidad de que pudiera meterme su pinga y allí estuvimos un rato en el tren pero el que más gozaba era Rolando. Cuando se vino le dijo a Gustavo que se viniera ya.

    – ¡Bien, pero la leche se la quiero dar a él! – dijo Gustavo refiriéndose a mí.

    Así fue, me puse al lado, preparado, Gustavo empezó a darle pinga con mucha fuerza a Rolando y en el momento de venirse, sacó su pinga y me la metió. Sentí que se venía, sentí los latidos de su pinga mientras me llenaba de leche. Caímos muertos los tres.

    – ¡Eres el mejor, ese culo vale oro!.- me dijo Rolando mientras me besaba y me acariciaba el ojete húmedo de semen.

    Quise levantarme para ir al baño, pero me detuvo Gustavo.

    – No, papi, no quédate con la leche de tus machos adentro, quédate bien preñado que pa eso te hemos dado leche.

    Allí me quedé, a veces se me salía algo de semen y uno de ellos pues con sus dedos me lo volvía a meter o me lo restregaba por el cuerpo. Dormimos abrazados, felices y satisfechos los tres.

  • Cita por la web

    Cita por la web

    Todavía estaba en el último año de bachillerato. Estudiar no era fácil para mí, los exámenes se venían como una especie de terrible nube de tormenta, capaz de golpear con un rayo a todos aquellos que, por su estupidez, no podían memorizar el material del plan de estudios. Pero, a pesar de todos mis temores sobre los exámenes, yo llevó un estilo de vida extremadamente hedonista. Las reuniones diarias con amigos, fiestas y otras actividades extremadamente improductivas acaparaban todo el tiempo. Mi novio de entonces (en esta historia lo llamaré Mauro) estaba muy insatisfecho con mi desempeño académico, él se preparaba diligentemente para ingresar a la universidad. Con el tiempo cambió su enojo por misericordia y clausuró temporalmente sus reclamos sobre mi educación.

    Ya les presenté brevemente mi vida en ese momento. Sin esta información, mi historia no estaría completa y mi motivación no sería clara para el lector. En un día normal, cuando hablaba por teléfono con mi amiga María y le contaba los temores que a veces me visitaban sobre el estudio y la vida posterior, me aconsejaba una forma fácil de ganar dinero, a saber, vender mis fotos eróticas usando aplicaciones de citas.

    – Hay muchos tipos pervertidos – dijo María – podés ganar dinero extra por una tarifa.

    La educación paga fue una verdadera salvación para mí, porque entonces la cantidad de puntaje que necesito para obtener en el examen se reduce notablemente. Por otra parte, mi familia no tenía suficientes recursos económicos para pagar el cien por ciento del costo de los estudios.

    – ¿Y si Mauro se entera? – le pregunté.

    “Él no lo sabrá», dijo mi amiga con confianza, “sólo si estuviera presente», dijo y se rio tan fuerte que su madre, que entonces estaba ocupada con la cena, se distrajo de la cocina para insinuar a su hija que no estaba sola en el apartamento.

    – En general, comunicate sólo con hombres de más de 35 años, ahí está el dinero principal -dijo la bromista calmada- entre ellos hay muchas personas casadas que quieren jugar un poco sin daño para el matrimonio y están dispuestas a pagar buen dinero por la indecencia.

    Después de que soltó esta «bomba» de palabras, María volvió a reír a carcajadas y, al oír pasos en el pasillo, se despidió apresuradamente, refiriéndose a algunos asuntos. Yo me quedé sentada sola con mis pensamientos, alimentando mi interés en ese tipo de ganancias. Me vino a la cabeza el razonamiento de que esto es completamente repugnante y erróneo, y que definitivamente no vale la pena hacerlo.

    Dejé pasar un día. A la noche siguiente, bajé a mi celular una aplicación de citas, que no es la más popular, pero al mismo tiempo recomendada por mi amiga. Tan pronto como la instalé, casi de inmediato comencé a recibir gran cantidad de ofertas para una reunión, una cita, sexo, etc. De todos estos fans, elegí a los hombres que tenían más de treinta años y me ofrecí a vender mi comunicación virtual íntima y fotos picantes por dinero. Aproximadamente el sesenta por ciento de los hombres estuvo de acuerdo, en un día podría ganar alrededor de dos mil pesos. Este era el resultado esperado. Mi apariencia es dulce y sexy: cabellos castaños con labios finos, un físico atlético, aunque estoy bastante lejos de los deportes, altura 1.60, trasero de 94 centímetros, pechos 88. Y aunque al principio estaba avergonzada, después de los primeros cinco clientes me di cuenta de que esa comunicación tan íntima me excitaba un poco. Posteriormente, comencé a acariciarme durante la charla, con el fin de adquirir la actitud adecuada y satisfacer al cliente, estimulando su lujuria. Este enfoque me llevó al hecho de que algunos de los hombres se convirtieron en patrocinadores habituales. Pero incluso esto me pareció insuficiente. Tratando de mejorar mis habilidades en el placer virtual de los hombres, comencé a corresponder usando un lenguaje sucio, con expresiones vulgares. Es cierto que me tomaba mucho tiempo eso de las fotografías y la correspondencia íntima, y tuve que dejar a un lado mis reuniones con amigos y con mi novio. Justamente mi novio fue el que más sufrió por esto; teníamos mucho menos sexo.

    Para mí y los hombres de la aplicación, todo empezaba y terminaba online, sin encuentros reales ni sexo. Aunque hubo muchas ofertas que partieron desde 3.000 la hora llegando hasta 5.000. El dinero no estaba mal, mi precio era como el de una prostituta VIP. Con todo, no quería esto, y para ser sincera, tenía miedo de encuentros con clientes. Pero cada persona tiene su precio. Una vez me escribió un hombre, que se llamaba Ignacio, tenía 54 años y se dedicaba a un negocio de transporte de carga. Rechazó mi oferta sobre sexo en línea, argumentando que estaba centrado en la «vida real», pero presentó una contraoferta: hacerle compañía durante una noche por 10.000 pesos. Para mí, esa cantidad era bastante grande. Le escribí un mensaje diciéndole de que no estaba ahí por sexo a cambio de dinero. A lo que me respondió que no pretendía sexo, sino que estaba pagando ese dinero para que yo fuera a un restaurante con él. ¿Diez mil solo para una reunión? ¡Qué delirio! Pero mi amiga se ofreció a llamar por video para que yo pudiera asegurarme de que se lo podía aceptar. No muy convencida estuve de acuerdo. Quedamos hacer una video llamada por WhatsApp. Al llamar a Ignacio, me di cuenta de que tenía dinero. ¿Cómo? Primero que nada, por su apartamento. Suelo de mármol y chimenea, columnas antiguas, candelabros dorados, etc. Cada detalle de su casa parecía increíblemente caro. Y el propio Ignacio se veía muy bien para su edad: un rostro agradable y saludable, una espalda ancha, sin barriga y brazos bastante musculosos. También es importante tener en cuenta de que no tenía un solo cabello en la cabeza aparte de las cejas. Mi conversación con él fue divertida y fácil, aunque pensé que no podría descuidarme. Bromeamos, nos reimos y concertamos una cita para dentro de dos días. Acepté solo porque Ignacio me causó muy buena impresión. ¿Qué podría estar mal en una reunión ordinaria? Especialmente si pagan esa cantidad de dinero. Me promete que el traslado será en automóvil.

    Me maquillé para la reunión. Elegí un maquillaje brillante, aunque en un principio planeé lucir lo más modesta posible. Era primavera, la temperatura no pasaba de más 20 grados, elegí una falda holgada de cuero 10 centímetros por encima de la rodilla, una blusa, una chaqueta de cuero y zapatos de tacón. Me puse la mejor ropa que tenía. De la lencería, elegí unas braguitas de encaje negro y el sujetador del mismo color. Al mirarme en el espejo, encontré en él a una putilla cara, cuya imagen para mí antes era repugnante e inaceptable. Admirándome a mí misma, me mordí el labio inferior, levanté el borde de mi falda y miré el contorno de mi jugoso trasero, cuyas mitades estaban separadas sólo por unas bragas delgadas. Sonó el teléfono. Un nombre familiar apareció en la pantalla, lo que significaba que era hora de irse.

    Mis padres no estaban, así que no fue difícil para mí salir de la casa. Un Mercedes-Benz negro me esperaba en la calle, al principio ni siquiera creí que estuviera esperándome a mí. Pero recordando que mi cliente no es una persona común, fui al auto y abrí la puerta principal. Al volante estaba un hombre guapo con un suéter de cuello alto negro y pantalones, su muñeca estaba decorada con un reloj de oro.

    – Pasá – dijo sonriendo.

    – Hola – Sólo pude responder de forma incómoda.

    Sentado en el coche y cerrando las puertas detrás de mí, olí un olor agradable a su costoso perfume.

    – Me alegro de verte en vivo, Graciela. Sos mucho más hermosa en la vida que en la foto.

    “Gra… gracias,” dije, avergonzada.

    Anduvimos por aproximadamente media hora, y durante este tiempo estaba tratando desesperadamente de superar la vergüenza que de repente había inundado mi cuerpo. Poco rato atrás, todavía estaba de pie frente al espejo disfrutando de mi juventud y mi sensualidad, pensando que cualquier hombre caería a mis pies, si tan solo pudiera pasar al menos un rato de mi tiempo libre con él. Pero sentada al lado de Ignacio, entendí lo frágil e inexperta que era tratando de sorprender a un hombre adulto y rico. Ignacio al mismo tiempo destilaba masculinidad y confianza en sí mismo. Todo el tiempo trató de hacerme hablar, bromeó y me hizo cumplidos. Al acercarnos al restaurante, se volvió hacia mí y me dijo:

    – Bueno aquí estamos. Espero que no hayas cambiado de opinión.

    – No, ¿por qué dijiste eso? – dije sonrojándome.

    – Cuando nos comunicamos a través de WhatsApp estabas muy activa y ahora has estado sentada prácticamente en silencio durante treinta minutos. ¿Estás incómoda conmigo? ¿Tenés miedo de que te engañe?

    – No, estoy cómoda y no tengo miedo. Sólo un poco avergonzada, porque no estamos familiarizados…

    – ¡Ah, ese es el punto! Uff, pensé que querías escapar”, -dijo sonriendo.

    No sé por qué, pero fue en ese momento que me sentí tranquila y relajada. Al ver su amplia sonrisa y sus ojos absolutamente amables, me sentí segura, como si a mi lado estuviera un pariente lejano al que conozco desde hace años, pero que nos veíamos muy raramente.

    – Aquí, diez mil, – Ignacio me entregó cinco billetes de 2.000. – Tomalo.

    Extendí la mano y tomé el dinero. Después fuimos a un restaurante. El establecimiento no era barato, por decirlo suavemente: interior lujoso, camareros serviciales uniformados, música de piano en vivo.

    – ¿Qué tipo de vino querés? – me preguntó Ignacio.

    – Ah, probablemente no beberé, mi cuerpo reacciona mal al alcohol – Me emborracho rápidamente.

    -Nadie se emborracha con buen vino, Graciela, -dijo mi compañero, poniendo una sonrisa en su rostro.

    Después de decirle algo en francés al camarero (probablemente una marca de vino), se volvió hacia mí y en voz baja me pidió que prestara especial atención a ciertos platos, mencionando su increíble sabor.

    Se emborracha con cualquier vino. Esto lo entendí claramente después de la segunda botella. Delicioso, suave, aromático, cálido, pero al mismo tiempo, el alcohol hizo su trabajo, desatando mi lengua y liberando mis movimientos. Esa noche, Ignacio y yo bailamos varias veces. Durante el baile, se comportó de la manera más decente posible, manteniendo sus manos exclusivamente en mi cintura. A su vez, puse mis manos sobre sus hombros y confié plenamente en él. Junto a él me sentía muy frágil, pero al mismo tiempo completamente protegida de cualquier terremoto de este mundo. La noche había terminado, era hora de irme a casa.

    -Pediré un coche, -dijo Ignacio- no puedo ponerme detrás del volante.

    Diez minutos después, otro Mercedes negro se acercó a la puerta del restaurante.

    -¿Te importa si voy contigo a tu casa y así te llevo? -Me preguntó.

    -No, no me importa en absoluto. -respondí en broma.

    Subimos al coche y noté que por dentro no era del todo normal. Tenía un cerramiento entre el conductor y los pasajeros traseros, como en un remise, y el interior en sí parecía más largo en comparación con el modelo anterior. La ventana que comunica con el chauffeur estaba cerrada.

    – ¿Podés decirme a dónde vamos? – pregunté.

    – Lo sabés, ya has sido informada, – me respondió Ignacio con una sonrisa maliciosa.

    El Mercedes negro aceleró y se puso en marcha para navegar por las calles de la ciudad nocturna.

    Mi nuevo benefactor estaba misteriosamente silencioso. Yo estaba borracha tratando de acomodarme la falda, para mantener los restos de mi decencia. Luego, suavemente puso su mano sobre mi rodilla y la pasó por mi muslo directamente hacia mis bragas.

    -¿Pensaste que no me daría cuenta de tus medias? Estás bien preparada. -dijo con una mirada llena de lujuria.

    – Sí, yo sólo… mmm…

    Cuando trataba de explicarme, con un par de movimientos rápidos acercó mi cuerpo al suyo y comenzó a besarme en los labios. En ese momento, algo me vino a la cabeza: pensamientos sobre Mauro, sobre mis padres, sobre el momento de regresar a casa y sobre el hecho de que el proceso en curso está más allá de mi moralidad, han desaparecido por completo. Fueron reemplazados por un deseo salvaje y animal de sexo en los asientos traseros de un Mercedes de lujo. Me acerqué a Ignacio y comencé a responder activamente a sus besos. Su dedo se deslizó bajo del elástico de mis bragas dirigiéndose a mi vagina. Unos segundos más y su falange se deslizaba con fuerza sobre mis labios vaginales, mientras acariciaba mi clítoris. Mi vulva no ocultó mi creciente deseo y se empapó traidoramente bajo la embestida de sus caricias. Él claramente lo advirtió. Terminado con su caballerosidad penetró abruptamente con las tres falanges de un dedo en mi vagina. Levanté la vista de sus labios, ansiosamente jadeando, tratando de contener los crecientes gemidos, pero Ignacio me tomó por el cuello y me acercó a él. El placer salvaje se extendió por mi cuerpo. Todo lo que pude hacer entonces fue babear sobre los asientos de cuero de un automóvil carísimo, disfrutando de la dicha. Mientras tanto, Ignacio se desabrochaba el cinturón y bajaba el zip de sus pantalones con la otra mano. Hizo esto muy hábilmente, de modo que en diez segundos ya podía contemplar su miembro vigoroso. Absolutamente recto. Sacó la mano de su slip, tirando de mi cabello hacia ese glande. Inmediatamente después de eso, sentí su mano guiando mi cabeza hacia su pene. Cuando mis labios estaban casi en su instrumento, sentí un olor acre a sudor mezclado con perfume y otro olor desconocido para mí. Esto activó una excitación y un deseo salvaje. Lentamente lamí la cabeza de su pene y luego comencé a cubrirlo con mi boca.

    -¡Así, puta! Ya comenzaba a pensar que no ibas a querer, – murmuró de forma apenas audible, empujando la parte de atrás de mi cabeza para que trague su miembro más profundamente.

    A pesar de mis esfuerzos, solo un par de veces logré tocar su pubis depilado con mis labios, dejando en él varias marcas características con mi labial rojo. Entre la mamada de su pene, lamí y chupé sus bolas grandes y sudorosas, a la vez que sacudía su verga. Mientras estaba con la cabeza en el proceso, Ignacio me quitó la chaqueta, desabotonó mi blusa y bárbaramente sacó mis pechos de las copas de mi sostén sin desabotonarlo, luego de lo cual comenzó a acariciar mis pezones con su mano derecha. Después de cinco minutos de intensa mamada, el hombre comenzó a eyacular vigorosamente en mi boca, presionando mi cabeza contra su pene tan cerca que mi labio inferior tocó su escroto. Su semen caliente llenó mi garganta. En ese momento tenía muchas ganas de sacar mi cabeza de sus manos para no asfixiarme, pero, debido a mis condiciones físicas, no pude. Después de un rato, tras lo cual su pene comenzó a ablandarse gradualmente, él mismo se recostó con una mirada de satisfacción. En ese momento, mi vagina estaba tan húmeda que no sólo mojé mi tanga, sino que también produje una pequeña mancha en el asiento de cuero. Por un momento, hubo silencio dentro del auto, diluido por mi respiración rápida y los suspiros de satisfacción de Ignacio. Pero el déficit sonoro se rompió con dos golpes en el tabique por parte del conductor, que significaron que habíamos llegado.

    Metiendo mis senos desnudos en el sostén y mirando por la ventana, no vi las casas que conocía.

    -¿En dónde estamos? – le pregunté a mi nueva pareja.

    -En mi casa -respondió Ignacio, aún no completamente recuperado del orgasmo.

    En ese momento, mi cerebro, aún no curado del influjo de la lujuria, comenzó a comprender que el hombre desde el principio de nuestro encuentro no tenía planeado llevarme a casa tan fácilmente. Me pagó mucho dinero y quería que se lo devolviera al cien por ciento. Aunque, tal vez para él esa plata no sea más que unos pocos pesos: dar diez mil era mucho para coger a una chica puta de Internet. Mientras estaba en un estupor mental, Ignacio volvió a poner su miembro viril en sus pantalones.

    -Ponete la chaqueta, -ordenó mientras terminaba de apretarse el cinturón.

    Obedientemente comencé a abrochar los botones de mi blusa. Ahora ya entiendo por qué entonces no estaba indignada y no le exigí a Ignacio que me llevara a casa: sabía que no tenía vuelta atrás. Además, mi lujuria no había desaparecido, sino que por el contrario se intensificó, mezclándose con el miedo, la impotencia y la sensación de que éste no era el final de esta noche. Después de vestirme, abrió la puerta trasera del auto y me invitó a dejar el vehículo dándome la mano.

    El apartamento de mi patrocinador estaba en un lujoso edificio frente al Golf, por Bv. Artigas. En el interior, todo me recordaba a un hotel: una puerta de entrada enorme, que recuerda a una recepción, un conserje sentado en el mostrador, un gran ascensor de cristal. Habiendo subido al piso 11, caminamos sólo un poco por el pasillo, deteniéndonos en el apartamento número 115. Mientras Ignacio abría las puertas, mis ojos recorrieron su cuerpo y se detuvieron, habiendo tropezado con un bulto distintivo en el área de la ingle.

    -Para ser un hombre mayor, es bastante resistente. -pensé entonces.

    Las puertas se abrieron y de una manera interesante, pero familiar, desde el momento de nuestra conversación con el dueño del apartamento vía WhatsApp, el interior del apartamento apareció otra vez ante mí. Entramos, después de lo cual la puerta principal se cerró detrás de mí. Una mano fuerte agarró mi antebrazo y casi instantáneamente me dio vuelta. Ignacio con renovado vigor se hundió en mis labios tratando de atar mi suave lengua de adolescente con la suya. Un segundo después, una de sus manos ya estaba en mi cintura y la otra apretaba mi elástico trasero. Era imposible seguir en el pasillo, por lo que, tomándome de las caderas, levantó mi cuerpo para que mis rodillas quedaran junto a sus codos, sin dejar de besarme. En esta posición, me llevó al dormitorio y me colocó sobre la cama, después de lo cual me levantó la falda, me rasgó las bragas y comenzó a lamer mi vagina mojada. Escuché a mi concha chapotear de alegría y excitación, por lo cual gemí, disfrutando cada toque de su lengua en mis labios vaginales. Rápidamente me quité la chaqueta, también la blusa y el sostén, lo que le permitió acariciar mis pezones rosados. Crucé las piernas detrás de la espalda de mi amante. Ignacio, aparentemente decidiendo que tales caricias no serían suficientes para mí, con un dedo atornilló intensamente mi vagina con él. Obtuve un placer salvaje con la invasión de su dedo.

    -Ay, Ignacio, vamos… rápido… Yo este, o-o-o-o… – antes de que pudiera decir algo todo mi cuerpo temblaba y latía convulsivamente.

    -Sos una buena puta -dijo, limpiándose la boca- dame tu concha.

    Yo, todavía latiendo en el orgasmo, no escuché sus palabras en absoluto, por lo que me dio la vuelta sobre su estómago y sin demora insertó su pene en mi vagina inundada de secreciones.

    – ¡Aaaah! -Grité- ¡No lo hagas!

    Su pene alcanzó fácilmente la pared de mi útero con cada fricción, lo cual fue muy doloroso e increíblemente placentero a la vez. El misil de Ignacio simplemente rompió mi vagina en pedazos, mientras creaba sentimientos encontrados en mi cabeza. Menos de dos minutos después acabé violentamente por segunda vez con los ojos en blanco. Tuve que sacarme el pene de mi amante para que todas las secreciones fluyeran con calma.

    -¿Qué, puta, acabaste otra vez? -preguntó burlonamente- ¿Te gusta mi verga?

    – Aah-aah-muy… – solo pude murmurar.

    Me golpeó el trasero con rudeza, de modo que incluso grité.

    -¡Rogame, putona! -Me gritó.

    – ¡Por favor no pares, cogeme más fuerte! -dije lo más claro posible, atragantándome con la saliva.

    Mi amante volvió a pegarme en el culo y volvió a insertarme su pene. Esta vez me acostumbré un poco a su tamaño, lo que me permitió no ser un vegetal durante el sexo y al menos entender lo que pasaba a mi alrededor. Levantando la cabeza, eché un vistazo rápido a la parte del dormitorio accesible para mí. Me llamó especialmente la atención la mesita de noche. Pero no, no por su aspecto lujoso o su forma extraña. Tenía una foto enmarcada de tres personas: Ignacio, una mujer de su edad y una joven, quizás un poco mayor que yo.

    “Lo más probable es que se trate de su ex esposa y de su hija, de las que me habló en el restaurante”, pensé en ese momento. “Simplemente dejó su foto como recuerdo después del divorcio».

    Y todo hubiera estado bien si el marco no hubiera sido grabado: “Para mi amado esposo, de su esposa e hija, enero de 2019”.

    “Y ahora es marzo del mismo año. Ignacio dijo que se divorció de su esposa hace muchos años, ¡¿resulta que me escondió que estaba casado?! ”Estos pensamientos giraban increíblemente en mi torpe cabeza mientras el hombre empujaba mi trasero con su pene y con ambas manos.

    -¡Sí, Alicia, sí, mi hijita! -dijo, cerrando los dientes.

    «¡¿Quééé´?! ¿Alicia? ¿Quién es ella?»

    Cuando miré la foto, noté que la chica de pie junto a Ignacio era sorprendentemente parecida a mí.

    «¡Alicia! ¡Lo recuerdo! Es la hija del hombre que me está cogiendo, aparentemente en la cama de su familia. Me habló de ella mientras cenábamos. ¡¿Resulta que durante nuestro sexo Ignacio se imagina que se coge a su propia hija?!»

    “¡¡Nooo, no puede ser!!”

    Mi mente, confusa por la lujuria y el alcohol, percibió esta información con una claridad inusual. Entendí que debería estar extremadamente indignada de que el hombre que me está cogiendo primero me mintió sobre su divorcio, y luego también se imagina cómo se está cogiendo a su hija en lugar de a mí, pero por alguna razón esto me excitó salvajemente.

    -Si, vamos papá, cogeme más fuerte! -Declaré con voz temblorosa.

    -¡Oh, doblá la espalda, cariño!

    Ignacio apretó mi pecho con sus manos y aceleró las fricciones. Mi cuerpo latía en éxtasis, pero al mismo tiempo me sentía como la última puta: engañé a mi novio, me acosté con un adulto, un hombre casado, por dinero, haciendo el papel de su hija en el sexo. Para una persona normal, todo esto suena inaceptable y salvaje, pero en ese momento esta información me funcionó mejor que cualquier afrodisíaco.

    – Ooooh-j-j, -gemía Ignacio desde atrás.- ¡Estoy acabando!

    – ¡Pará! No en mi…

    Sin tener tiempo de terminar, sentí que una poderosa corriente de esperma comenzaba a llenar mi vagina. Mi concha, incapaz de soportar los calientes sentimientos en mí, también comenzó a acabar. Mis rodillas ya no podían sostenerme y todo mi cuerpo cayó sobre la cama. Desde mi vagina, el esperma caliente de Ignacio se derramó directamente sobre la ropa de cama. De un orgasmo violento, tuve una convulsión, después de lo cual me desmayé.

  • Con mi compañero de clase y mi vecino en el río (parte 4)

    Con mi compañero de clase y mi vecino en el río (parte 4)

    Descansamos un rato largo, tocándonos y besándonos entre los tres hasta la sofocación y nos fuimos quedando dormidos. Tras una hora larga, nos despertamos excitados por el roce de nuestros cuerpos transpirados.

    -Al agua, en pelotas, gritó Nico y entró al río.

    Seguimos sus pasos y nos metimos hasta que el agua nos llegó al cuello. Chapoteamos y jugamos con una pelota, hasta que de tanto manoseo y aprietes, alcanzamos un alto nivel de calentura, juntándonos en el centro del cauce a pajearnos, besarnos y meternos los dedos en el culo, uno a todos y todos a uno.

    -Me los voy a coger de parado, dijo Nico.

    -No vas a poder, lo desafié, pajeándolo con desenfreno, mientras él le daba un beso de lengua profundo a mi vecino.

    -Si Mateo me ayuda a sostenerte, te voy a garchar de frente, dijo haciendo un guiño a mi vecino.

    Me puse entre ambos y, dentro del agua, me monté de frente, a horcajadas de la cintura de Nico. Se afirmó en el lecho y me sostuvo de las nalgas.

    -Hermoso culo para meterla, me dijo y nos chuponeamos.

    Mateo le tomó su pija durísima y la dirigió a mi ano ansioso. Tuve que inclinarme hacia atrás apoyándome en Mateo para que la poronga de Nico se abriera paso entre mis nalgas y entrara en mi culo.

    -Entró, alcancé a gemir de puro placer.

    Empecé a hamacarme con la ayuda de mi vecino que me sostenía, sintiendo su erección en mi espalda. No me podía mover mucho porque la pija de Nico se salía de mi culo y no quería perderme la cogida, así que él comenzó el mete y saca llenando mi culo con su pija y yo me volteaba para besar a Mateo, diciendo que me gustaba mucho tener su poronga en mi espalda. Ya ni sabía lo que decía y sólo quería más.

    Le dije a Nico que, si era capaz de llevarme empalado a la orilla, me lo iba a cabalgar yo sin que se saliera. No dudó y subió por el lecho del río, caminando hasta el pasto sin sacármela, el muy calentón.

    -Sin sacarla, le dije, sentate en la lona.

    Colaboró Mateo y pudimos hacerlo. Nico quedó acostado boca arriba y yo sentado sobre él con su poronga metida hasta el fondo. Atraje a mi vecino frente a mí para chuparle la pija, con mucha delicadeza, pero sin dejar de tragar el néctar que era para mí su líquido seminal y lamiendo su tronco enhiesto y metiéndomelo casi hasta la garganta. Empecé a hacer el juego de contraer y dilatar mi ano para gozar más de la poronga de Nico, que levantaba su cadera para bombearme desde abajo.

    Cuando tuve a Mateo a punto de caramelo, le indiqué que se arrodillara detrás de mí para probar si me entraba su pija también. Nico sacó casi toda su verga mientras me recostaba sobre su pecho y nos comíamos la boca bien a fondo. Mateo me la fue poniendo de a poco, amoldando su empuje al de Nico y arrastrándolo dentro de mi ano. Fue muy delicado al metérmela y entraron las dos juntas con algo de molestia al principio, pero colmándome casi enseguida de placer.

    Empujaba mi culo hacia atrás y hacia abajo para que no se me escaparan hasta que estuve seguro de tenerlas bien adentro y comencé a contraer apenas mi ano, que tanto gusto me daba a mí y placer les causaba a ellos.

    -Dale vos, Mateo, que yo te sigo, dijo Nico.

    Me incorporé un poco con mucho cuidado y comenzaron a encularme al unísono. Era una locura de placer, me meneaba como una perra en celo, los tocaba, los acariciaba, les pedía más, algo increíble me pasaba y no dejaba de apretar mi esfínter para sentir mejor el masaje prostático. Varios minutos estuvieron dándome sin tregua hasta que Mateo se puso tenso y dijo que acabaría.

    -Dale, le dijo Nico, dale que me voy con vos, levantando sus caderas.

    Llegué al paroxismo pajeándome como un loco perdido y prácticamente acabamos los tres a la vez, uno detrás del otro. Me dejé caer sobre el pecho de Nico, refregándome en mi propia leche sobre sus abdominales, Mateo siguió con sus embestidas mientras su pija se iba poniendo morcillona y al fin también se recostó sobre mí murmurando:

    ¡Qué puto sos! ¡Qué hermosa cogida!, sin dejar de lamerme y besarme la espalda.

    -No te salgas, por favor, le rogué. Me gusta mucho tu pija, y tu culo hermoso también, Matu. Dame más, quédate adentro, perdido absolutamente el control.

    Miré a Nico a los ojos y le dije que él también me gustaba mucho y quería comerle la boca y todo su cuerpo. Ni sabía lo que decía, o sí lo sabía. Tras un rato acostados uno sobre el otro, nos calmamos y fuimos otra vez al río a refrescarnos. No podía parar de besarlos, de acariciarlos, de pajearlos, estaba descontrolado totalmente, hasta que, tras un largo beso en trío, con lenguas, abrazos, caricias y mucho toqueteo de culos, salimos del agua y nos pusimos los trajes de baño.

    Almorzamos la vianda que los padres de Mateo nos habían preparado y nos recostamos a descansar, siempre juntos, siempre rozándonos, besándonos y acariciándonos hasta que volvimos a quedarnos dormidos, agotados de placer.

    Si quieren comentar, pueden hacerlo en mi correo electrónico: [email protected]

    Agradeceré que no sean comentarios agresivos ni injuriosos.

    Continuará.

  • La tetona infiel que necesitaba correr y correrse

    La tetona infiel que necesitaba correr y correrse

    Hola, soy Lucas, tengo 28 años y desde hace los 2 que llevamos de la famosa pandemia, la inactividad y el estrés hicieron mella en muchos cuerpos incluido el mío, regalándome una panza que aunque no voluminosa pues si me hace sentir incómodo al usar cierta ropa por lo cual me puse la meta de ponerme en forma de una vez por todas, los gimnasios empezaron a aburrirme por lo que decidí salir a correr a un parque cercano a mi localidad y ejercitar con las máquinas y juegos del mismo.

    Tal cual ese lunes al que todos le huimos y aplazamos llegó y me levanté a las 5 de la mañana para la tarea y empecé con el ejercicio cuando pasados 10 minutos y 5 vueltas llega a mi la imagen que luego me haría tocarme y hacerme varias pajas al día. Era una mujer de estatura mediana baja, piel blanca, cabello café largo hasta la cintura algo pasada de kilos, pero cuya grasa corporal no se aglomeraba en una abultada barriga, en una espalda de cargador o en unas piernas deformes, nada de eso, tiene unas buenas piernas, un trasero grande con algo de celulitis pero no demasiada (en lo personal me gusta así, un poco de celulitis hace las cosas más naturales e interesantes) y la que con el pasar de los días sería la razón de varias pajas diarias y de que en pleno parque me maneje con una erección bastante notoria sobre todo en ropa de ejercicio la cual llamaba la atención de muchas mujeres (para que negarlo, de algunos hombres también), unas tetas enormes no se de copas o tallas pero estoy seguro que una mano no bastaba para agarrar cada una de semejantes ubres que aunque algo caídas serían seguramente el sueño sexual de cualquiera.

    Ella se encontraba entre un grupo de tipos maduros en promedio 46-50 años, yo ya los conocía eran los clásicos rabo verdes retirados que tratan de entrenar a jovencitos para revivir sus días de gloria y de paso pretenden ayudar a ejercitarse a cualquier mujer con algo de atractivo a ver si cae con su labia o al menos para morbosearlas de cerca. Desde la distancia pude apreciarla estaba con una chaqueta de ejercicio blanca la cual dejaba ver claramente el sostén que usaba y como apretaba sus enormes mamas, de lejos se me hizo familiar ya que su contextura, tez y atributos me recordaban a una ex tía con quien tuve ciertos acercamientos y que quizá relate en otro momento, pero en fin me propuse tratar de acercarme a semejante hembra, al siguiente día la saludaba mientras trotaba y le hacía comentarios como “ya termina vecina?”, “vamos usted puede”, “ya acabó?”, al día siguiente por fin estaba sola ya que los viejos verdes iban pasando un día y me acerqué, la saludé, nos presentamos… -Me llamo Lorena y usted? – Lucas, un gusto…

    Ella de cerca ya se veía con algo más de edad, mientras de lejos le daba unos 25 o 30 de cerca ya se notaban de 38 a 40 pero si una estrategia me ha servido como la primera luz verde para llevarme mujeres a la cama o al menos para tener más confianza es darles por su lado y jugarles a que se ven jóvenes y pues le dije…

    – Qué edad tiene si no es mucha indiscreción de mi parte?

    -cuántos cree?

    – la verdad de 25 a máximo 30 no doy más…

    – Graciaas!!! Pero no

    – 32?

    -tampoco…

    – no me diga que más porque no lo creo

    -si tengo más de hecho tengo 40!!!

    -que??? Eso no lo esperaba!!

    – y usted? Apuesto que usted si tiene 25

    -tengo 28

    – pues ya ve, puedo ser su mamá

    – pues no ya que se ve jovencita…

    Luego de ello empezamos a conversar de nuestros empleos, nuestra educación, y entre esas conversas esperaba sacarle que es madre soltera, separada o divorciada para aumentar el rango de posibilidades de lograr algo más pero lamentablemente era casada y con una hija de 8 años, aún así proseguí ya que dejó de trotar para hablar conmigo y se la veía muy cómoda a diferencia de con los viejos verdes ya que aunque conversaban ella no dejaba el ejercicio y se la veía algo retraída, empezamos a trotar juntos y luego a ejercicios de calistenia pero yo no dejaba de ver sus enormes melones en movimiento y mi erección que de por si solo hablar con ella ya estaba abultada, ahora era muy difícil de ocultar pero tuve que esforzarme en no delatar tan tempranamente mis intenciones con ella…

    Me propuse acompañarla a su casa para poder conocer dónde vive y con ese conocimiento generar circunstancias para futuros encuentros pero ella llegaba y se iba en auto, un volkswagen de años recientes así que al vivir en direcciones opuestas la dejé en su auto y me fui a casa ya que mi horario de trabajo es vespertino y las mañanas las podía aprovechar para fines no tan decorosos, por suerte esa semana la tuve libre ya que en mi trabajo culminamos un proyecto exitosamente y antes de tiempo, debo admitir que todo ese día me toqué y me masturbé pensando en ella y en lo que le podría hacer de tener la oportunidad.

    Pasaron los días y agarramos más confianza hasta el momento dónde salió a colación un tema que contrario a la actividad saludable que llevábamos me daría la primera luz verde para mí proyecto de llevármela a la cama, me habló de que cuidarse en la alimentación nos ayudará a mejorar nuestros resultados a lo que le respondí que prefiero sacarme el aire 3 o 4 horas trotando a dejar de comer a lo que sonrió y me dijo que piensa lo mismo por lo que le dije que no pensaba hacer dieta más ahora que prepararé arroz frito chino para el almuerzo, enseguida respondió que le encanta y que le convide, que más quería yo pero al tener mi depa en un edificio familiar no era muy frecuente que lleve mujeres ya que las paredes tienen oídos y las ventanas ojos, eran escasos los encuentros sexuales que tuve en mi departamento pero creo que peor es pagar renta por lo que no podía llevar chicas más aún con los gemidos que yo quería sacarle a Lorena.

    Pero me jugué una carta esperando me sirva y le dije que tengo visita pero que puedo llevarla a mi restaurante chino favorito a comer un arroz frito con camarones espectacular el viernes a lo que al principio dudó por lo que vi mis esperanzas bajar por un momento, pero luego sonrió y me dijo que se iba a organizar con el cole de su nena y que íbamos luego, a lo que me recuperé y una erección volvió a aparecer ya que me estaba fraguando un plan donde me jugaría todas para poder hacer mía a Lorena y el hecho de que sea viernes era muy importante…

    Aunque no tocamos temas sexuales su actitud conmigo me daba esperanzas de poder tenerla íntimamente, el plan era primero acudir a la comida por lo cual le invité, pero al no tener auto ya que por la pandemia me vi forzado a vender mi amado Mitsubishi Eclipse ella ofreció su Volkswagen, estaba guapa, se soltó el pelo, se puso un jean ajustado que dejaba ver su enorme culo y una blusa que aunque no escotada dejaba ver cómo su sostén apretaba sus enormes y apetecibles ubres y acudimos al restaurante, comimos el más rico arroz mientras hablábamos de todo, reíamos y luego pedí una botella de licor con el pretexto de brindar por la amistad, el propósito era desinhibirla un poco y al ser una botella chica la acabamos pronto pero ella ya estaba más receptiva y alegrona.

    Los siguientes pasos eran los más complicados así que debía ser astuto, le propuse con todo el temor por dentro de que diga que no de ir a la zona rosa de la ciudad un rato a tomarnos algo a lo que dudó un poco pero acabó accediendo, al ir en el auto no dejaba de ver sus piernas y trasero agrandarse al sentarse y sus tetas rebotar con el movimiento, mi bulto volvió a pararse a lo que tenía que poner temas para que no vea mi intención.

    Al llegar buscábamos un bar para beber pero yo tuve otros planes, a pretexto de buscar un cajero automático me bajé y le dije que me espere por lo cual acudí a uno de los enganchadores de las discotecas del lugar y le pedí que me guíe a donde haya reggaetón y perreo, los más intensos, era parte del plan.

    Vi el lugar y regresé con Lorena y la llevé a un supuesto bar. Al entrar el ambiente era oscuro y pecaminoso pero le dije que hay excelentes bebidas, pedí 2 cervezas para empezar y hablábamos un poco cuando sonó “ Sexo con ropa” de Zion y la llevé a bailar. Ella dudó pero luego aceptó para no quedar mal, el alcohol había hecho parte de su trabajo, ahora dependía de mi, al principio bailamos separados pero con el pasar de las canciones nos fuimos acercando al punto de que sus tetas apretaban mi abdomen, sonaron más canciones hasta que la volteé y empezó el perreo.

    Ella accedía y aunque no era la mejor bailando con mover su culo era más que suficiente para mí, mi pene ya explotaba y mi bóxer estaba ya empapado de los chorros de preseminal que me provocaba el tocarlo con su culo, el plan avanzaba a lo que la agarré de la cintura y seguí empujando contra sus enormes glúteos cuando apareció otra luz verde para mi proyecto que ahora ya era una obsesión, ella agarraba mis brazos para que no la suelte y acabó de cerrarlos en todo su abdomen ahí sentí que su grasa corporal en lugar de hacerla fofa y flácida la hacía firme y sexy.

    Decidí voltearla para avanzar, ella rodeó mi cuello con sus manos mientras seguía el ritmo, en el ajetreo su blusa se había soltado 2 botones por lo que veía parte de esas tetas blancas moverse al compás del perreo, estábamos ya rozando nuestras ingles. Mi erección ya era casi imposible de esconder y ella lo notó, tanto que vino la siguiente luz verde, ella movía su ingle sobre mi ya endurecido miembro que ya se salía del pantalón cuando decidí arriesgarme.

    Me acerqué a su cuello y poco a poco lo fui besando a lo que soltó un leve gemido ahogado…era la nueva luz verde, procedí a besar y soplar su oreja y cuello con más ganas y podía ver cómo disfrutaba a lo que me las jugué y la besé en la boca. Al principio se intimidó pero luego se acercó y me besó con tal pasión que mi erección ya estaba empapada por fuera del pantalón. Como dice la canción del inicio estábamos teniendo sexo con ropa besándonos con todas las ganas y rozando nuestros genitales, pegaba sus tetas a mi cuerpo aunque no me atrevía a agarrarlas como deseaba cuando me jugué mi última carta. Le susurré que vayamos a un lugar más cómodo para ambos, a lo que la tomé de la mano y nos dirigimos al sanitario del lugar, no soportaba más y la empecé a dedear sobre la vulva. Ella lo estaba gozando pero yo no quería quedar solo en eso, a lo que le propuse que vayamos a otro sitio más privado donde no hayan interrupciones a lo que con tartamudeos accedió.

    Salimos del antro y al ser una zona rosa obvio habían hoteles de paso para los turistas y para aquellas parejas que como nosotros se dejaban engolosinar por lo que el trago y el perreo lograban, aunque buscando uno yo iba temeroso a que ella se enfríe y reconsidere las cosas por lo que ni bien vi el más cercano la llevé de la mano y pedí un cuarto, para mi gusto ella seguía caliente y procedí a besarla mientras le desabotonaba su blusa, cuando se la quité algo le pasó… -pero soy casada… Que hago???

    -lo sé pero te deseo… No desde ahora… Desde que nos conocimos… Déjame darte placer y hacerte sentir… Prometo que te consentiré y haré que no lo lamentes… A lo que la besé en el cuello y logré acostarla.

    Se quitó el pantalón y su imagen en ropa interior hizo que mi pene rasgue algo de mi empapado bóxer me quité todo y me quedé en ropa interior a lo que me miraba con deseo y sorpresa…

    -Todo eso te guardabas???

    Aunque gané peso por la pandemia y mis brazos son algo delgados mi genética y porqué negarlo masturbarme sobre mi colchón imaginando que le hago un misionero a la mujer a la que le tengo ganas me han otorgado unos amplios pectorales que disimulan mi panza y me hacen dar esa imagen de “V” que a las mujeres tanto gusta.

    -Ahora quiero ver lo que tú guardas Lorena…

    -Quiero que me lo quites – dijo ella mientras se agarraba el sostén haciendo saltar sus tetas

    Lo hice con todo el afán a lo que descubrí el objeto de mi deseo y de tantas pajas, ese par de tetas enormes cada una del tamaño de mi cabeza, pezones cafés bien duros y parados y lo que más me excitaba, de tez blanca, empecé a mamarla y lamerlas hasta que no pude más y chupé todo lo que pude en mi boca. Luego le saqué el cachetero y besé su trasero tuve tantas ganas de meter la lengua en su ano pero me contuve, metí mis dedos en su vagina ya chorreando y con unas pequeñas natas lo que indicaba que ésta mujer no había cogido hace un buen tiempo.

    Ella era una mujer algo campirana y su inexperiencia sexual a nivel poses y demás era más que evidente y no me atreví a pedirle que me lo mame por lo que le dije que agarre sus tetas a lo que me subí a ella y metí mi pene entre ellas, le iba guiando sin problema ya que trabajo como investigador y he tratado con mujeres incluso ignorantes y sin estudios y a algunas me las he llevado a la cama aprovechando su ignorancia. Le dije que apriete sus tetas lo más que pueda mientras yo les hacía un misionero yo le decía lo cálidas y suaves que se sienten mientras ella cerraba sus ojos pues se temía que le eyacule en la cara. Estuve por correrme pero yo quería hacerle el amor a lo que me bajé, abrí sus piernas y la penetré poco a poco. Sus gemidos eran un premio mientras yo empujaba dentro de ella sus brazos se agitaban hasta que me abrazó del cuello y la penetré más profundo con todos los 19 cm de largo y 15 de circunferencia que alcanza mi verga totalmente excitada.

    Sentía que ya eyaculaba al ver sus tetas saltando al ritmo de mis movimientos, sus ojos cerrados disfrutando, sus cejas moviéndose sin control, su boca abierta moviendo la lengua y los labios en sentido de que les estaba haciendo algo que se le hacía tan sabroso y ver su cabeza recostada y su cabello cayendo por la almohada sabiendo que por fin la estaba teniendo así. Resistí un poco más cuando me gritó que nunca había sentido un pene tan grueso ni con su marido. A lo que decidí premiarla por el elogio y liberé mi arma secreta.

    Empecé a moverme en círculos procurando rozar su clítoris y comencé a mamar sus tetas. Los gemidos se convirtieron en gritos de placer.

    -Amor que delicia!!! No sabía que podía sentir así… Mi vida!!! Por ti dejo a mi marido!!!… Mi amor más más! A lo que me besó apasionadamente

    Con todo lo que gritó ya no resistía más el semen se me salía de a poco a lo que yo rogaba para que ella acabe… Lo que tardó un minuto más en promedio

    -Te adoro mi amor! Ahhh ahh ese grito era la oportunidad!!

    Bombeé por alrededor de 20 segundos más cuando no aguanté y eyaculé adentro, me quedé sobre ella un minuto más ya que no sé los demás pero después de eyacular suelo tener unas deliciosas contracciones por unos momentos.

    Lo logré, le hice el amor a la gordibuena más rica del parque, pero no solo eso. Disfrutó como nunca conmigo, me bajé y ella se puso sobre mí abrazándome.

    -que rico, que bueno resultaste ser en lo que haces y duraste bastante.

    -fue un placer tremendo aunque estás tan buena que casi acabo antes pero quería darte la mejor experiencia.

    -pues cumpliste amor estuvo riquísimo, aunque ahora ya no puedo decir que puedo ser tu mamá jajaja.

    -pero casi lo fuiste porque me diste de mamar mucho además eres mi mamacita de hoy en adelante.

    -ah o sea que va pasar de nuevo?

    -si tú deseas claro que si, hay mucho que hacer juntos aún

    -bueno… Pero sabes? Olvidamos algo…

    -qué cosa?

    -me lo metiste sin condón y yo no me cuido porque con mi marido ya casi no hacemos esto… Que pasará si… Tu sabes… Me embarazas…

    -podemos tomar la pastilla o tu tendrías un hijo mío?

    -mi marido me mata y me quita a mi hija… Así que toca ver esas pastillas nomás…

    -tranquila todo saldrá bien- a lo que la besé listo para otro round

    -seguro?

    -contigo claro que si

    La acosté y la penetré nuevamente pero yo quería probar más cosas a lo que la volteé y le dije que tome el control.

    -No sé mucho no he hecho muchas posiciones

    -tranquila estoy para ser tu maestro

    -jajaja a ver te monto?

    -exacto! Ahora muévete amor…

    -así? Está rico se siente todo, tu pene me toca toda!

    A lo que empieza a agarrar mis pectorales y apretarlos

    -amor me encantan tus pectorales! – mientras se movía y apretaba

    – y a mi los tuyos a lo que empecé a apretar y mamar sus enormes tetas

    -empecé a moverme también a lo que dijo – más más vida mía más!

    Su figura de gordibuena se marcaba más estando ella arriba sus caderas, sus piernas, su culo, esa ligera celulitis lo hizo más sexy, ella acabó una vez y venía otra y yo estaba por acabar cuando agarré sus tetotas y las apreté mientras eyaculaba dentro de ella y lo que más me excitaba ésta vez era que había la posibilidad de dejarla embarazada.

    Se recostó sobre mi con una cara de satisfacción y cansancio. Dormimos juntos unos 15 minutos. Al despertar nos besamos y me disponía ésta vez a hacerlo en 4 cuando suena su celular, era su esposo! Al tipo se le quedó la llave en el trabajo y ella debía llevarlo hasta allá en el auto por lo que el tercer round se pospuso, pero yo ya me encontraba bastante satisfecho de lo que le hice y más aún de haber sido ella a quien se lo hice. Salimos y dejé que se vaya esperando que se repita a lo que ella responde.

    -no te puedo asegurar que pase de nuevo… Tengo mucho que pensar… Por ahora me quiero conseguir las pastillas e inventar qué decirle a mi marido…

    Después de eso la volví a ver en el parque y ella me trató como siempre, corrimos juntos y todo, pero no topamos el tema del sexo… Hasta que…

    -Bueno chao el jueves a la misma hora… Ah… Por cierto mi esposo entra al trabajo temprano el lunes… Pero porfa esta vez lleva condones aunque más rico si ésta vez tu compras las pastillas… No te beso aquí porque hay gente pero el lunes desquitamos… Claro si quieres…

    Eso me causó una erección y le dije que no falto por nada.

    Se fue en su auto a casa mientras yo acomodaba mi erección para que no se note. Mientras junto a mi pasaba trotando una treintona con unas piernas espectaculares que ya quisiera me rodeen en un misionero, empecé a trotar mientras le miraba sus atributos a mi posible nueva presa…