Blog

  • Como dejó de ser mi contadora y se convirtió en mi zorrita

    Como dejó de ser mi contadora y se convirtió en mi zorrita

    A veces recurro a servicios contables ya que tengo una pequeña empresa de servicios, así que busqué un contador y un buen amigo me recomendó a su licenciada. 

    La conocí vía telefónica y su voz me cautivó. Era muy educada y formal pero tenía un tono sexy que me encantó desde el primer momento. Hice una cita con ella para explicarle mi situación fiscal y así tener pretexto para conocerla en persona.

    Fue una grata sorpresa ver que esa voz era congruente con un rostro súper bonito, un cuerpo más que estilizado y una manera de vestir totalmente sensual.

    El día de la junta de trabajo llegó al restaurant vistiendo una minifalda negra, no muy pronunciada pero que dejaba ver unas piernas suaves y torneadas, zapatillas negras, de tacón alto (esto hacía que su pantorrilla resaltara aún más), aunado a esto, portaba una blusa blanca ligeramente transparente que dejaba vislumbrar unos senos que se antojaban firmes y listos para llenarlos de besos.

    Creo que se dio cuenta de cómo la veía porque la noté un poco incomoda. Me disculpé de inmediato diciéndole que mi amigo no me había comentado que fuera tan linda, a lo que ella se limitó a responder: ¿Eso porque sería relevante?

    Después de la comida y la plática, la situación se relajó y comenzamos a conversar más libremente.

    Mantuvimos contacto telefónico casi todos los días y obviamente fui coqueteándole sin llegar a ser muy insistente. Supe que tenía novio y que era muy cachonda. Para este momento nuestras platicas ya eran subidas de tono. Ya teníamos mucha confianza en pláticas de cosa más personales. Los temas de trabajo incluso pasaron a segundo grado.

    Esto llegó a niveles que jamás pensé que llegarían.

    Ya hace algunos años había tenido alguna experiencia fallida en cuestión de dominación, pero nunca pensé que lo llevaría a cabo y menos con una mujer tan fascinante y hermosa. En verdad soy muy afortunado.

    Un día de plano ya no nos pudimos aguantar, la plática fue más allá y decidimos vernos en un hotel cercano a su oficina para realizar todo aquello de lo que habíamos platicado y fantaseado, La idea de que fuéramos prohibidos por ambos tener pareja, pero esa complicidad que se había creado respecto a las fantasías, nos calentó demasiado.

    Les platico lo que yo fui haciéndole y pongo las respuestas de ella tal y como las recuerdo.

    Entro a la habitación, sin preguntar la tomo en mis brazos. Llego por detrás, sujeto su cintura con ambas manos Mientras beso su cuello, Hago su cabello a un lado y con una mano comienzo a acariciar sus senos. Uno por uno sintiendo como sus pezones se ponen duros Implorando por ser devorados a besos y mi otra mano se pierde entre su falda.

    -Mmmm siii

    Camino a un encuentro con su intimidad y con solo rosar el borde de su tanga puedo sentir lo mojada que ya está, Sin dejar de besar su cuello comienzo a quitarle el vestido y mis besos se encaminan hacia su espalda. Siento en mis labios como se eriza su piel, la llevo hacia la pared, la recargo en ella y la sujeta con sus manos mientras sigo bajando deslizando su vestido hacia el piso, siguiendo las simples leyes de gravedad.

    -Ufff siii

    El vestido en el suelo me deja ver esas nalgas tan ricas y hermosas que tiene, le pido que no se despegue de la pared, quiero contemplarla así. Voltea de reojo y ve que me estoy masturbando. le ordeno ponerse de rodillas, pero aun sin voltear.

    -Aummm

    Me acerco a ella con mi pene totalmente duro.

    -Ay que rico

    Lo aproximo muy cerca de su hombro, le pido que volteé su rostro, solo su carita…

    -Mmmm siii

    Que, aunque se ve tierna, me hace ver que es mi hembra, sabe que la voy a coger como a ella le gusta.

    -Siii soy tu hembra

    -Abre tu boca y saca tu lengua.

    Comienzo a frotar mi glande sobre sus labios Y trata de meterlo a su boca, pero no se lo permito aun, solo quiero que lo empiece a saborear, que sientas ese líquido seminal que lo moja todo.

    -Ay no seas malo

    Escurriendo en sus labios meto solo la cabeza en su boca. Le pido que lo chupe lento, suave, que toque sus senos, que acaricie su vagina.

    -Mis senos piden ser mordidos y estrujados por ti.

    Quiero probar su miel… mete un dedo en su vagina. Quiero probar de su mano su esencia, su sabor. Mi mano está en sus senos

    -Y yo quiero tu pene en mi boca

    Los aprieto y escucho como gime mi hembra, mi mujer, le doy todo mi pene en su boca Y me muevo, la cojo por la boca mientras no dejo de acariciar sus senos.

    -Ufff que rico follas mi boca

    Sujeto su carita con ambas manos para poder follarle a gusto esa boquita tan rica.

    -Siiii follame, hazme tuya

    Y aun sin haberla penetrado aun, logra venirse, siento ese chorro mojar mi pie.

    -Hazme gemir, y gritar tu nombre mientras me estas cogiendo.

    La levanto y antes de que siquiera haya acabado de chorrear hundo mi boca en su vagina y bebo directamente. Me tomo todo su ser, Paso mi lengua por sus labios, siento tu vulva hinchada, palpitante. Su clítoris arde de deseo. No dejo de recorrer toda su vagina. La pongo boca abajo en la cama y comienzo a lamer sus pies, sus pantorrillas, sus muslos.

    -Se un poco más rudo y atrevido, hazme gozar y gózame, cógeme y se mi macho.

    Le sujeto por el cabello y la levanto de la cama, la llevo hasta el tocador sin soltarla del cabello le doy una nalgada y le pregunto:

    -¿De quién eres? ¿De quién eres?

    -Tuya, soy tuya

    Le meto la verga sin preguntar, duro Intempestivo.

    -Ay dios siii

    Me pide que me detenga, pero no lo hago. Es mía y hará todo lo que yo le diga.

    -Siiii me duele, pero me gusta

    Es mi todo. Mi hembra, mi mujer, mi zorra. Aprieto sus pechos mientras le lo meto hasta adentro, fuerte.

    -Uff siii papito soy tu zorrita

    -Dilo otra vez

    -Soy tu zorrita papi

    Y le encanta mamarme la verga. Le gusta que la llene de leche.

    -Me excita que me trates como una zorra. Me encanta tu verga.

    -Eres mi zorrita. Mi puta. Solo mía

    -Solo tuya, tu puta

    -Pídeme mi leche en tu cara, en tu boca pídela

    -Dame lechita papito, dámela en la cara, mi boca, donde quieras

    -Híncate mi zorrita

    -Siii papito

    -Ve como me lo jalo para ti, abre tu boquita putita mía

    -Ay que rico se ve tu verga

    -Ya viene tu lechita calentita

    -Dámela

    -Toda para ti

    -Mmmm siiii

    -Lámeme mis huevos. Mételos a tu boca

    -Siiii los lameré amor

    -Siente mi mano como rosa en tu cara mientras me masturbo y tú te llenas esa boquita. Ya viene. Ya vienen Ahhh

    -Ya ya yaaa. Trágatelos todosss. Quiero ver como escurre semen de tu boca

    -Todo papito todo

    -Como no desperdicias ni una gota

    -Toda la lechita para mi papi. Me gusta ser tu zorra

    -Y amo que lo seas

    -Lo soy

    -Me encanta tomarte hacerte mía como se me dé la gana

    -Siiii

    Saber que cuando quiera puedo llegar y poseer a mi putita llenarla de leche de verga.

    -Siii para eso soy tu puta

    -Toda mia

    -Solo tuya

    -Nadie te va a coger como yo

    -Nadie amor, solo tú sabes cómo cogerme

    -Todo tu cuerpo me pertenece

    -Soy toda tuya

    -Y solo para mi

    -Siii

    -Quiero cogerte en público sin que la gente se dé cuenta.

    Para este punto ya estábamos acostados y le propuse que deseaba hacerla mi zorra en la calle, justo enfrente de varias personas. Esta idea le pareció muy morbosa pero no se podía negar. A partir de ese momento ya era mi putita, mi hembra y haría todo lo que yo le pidiera.

    En breve les subiré la siguiente aventura con mi putita (perdón, mi contadora) que vivimos en un camión de pasajeros y que se salió de control.

    Mi mail para poder estar en contacto con ustedes es [email protected].

  • Una noche con Mar (2 de 3)

    Una noche con Mar (2 de 3)

    Estábamos, en la primera parte del relato, en que Mar había tenido la video llamada con el cornudo y se habían masturbado mostrándose uno al otro cómo lo hacían.

    Una vez que apagó el celular y lo dejó bocabajo. Se levantó y salió de la recámara pidiendo que la esperara. Regresó pronto con un vaso tequilero y entendí que ahí estaba la leche de su marido a la que él se había referido.

    –Vamos a dejar que se caliente un poco, porque estaba en el refrigerador, allí deje otro para mañana –dijo al dejar el pequeño vaso con un condón al que le quitó la liga y lo ciñó al borde del vaso; entonces recordé el relato de “Travesura a mi amante”–. Uno es de mi marido, y el otro de mi amante, no te digo de quién es este. Después me dirás cuál sabe más rico.

    –A ti te gusta más la de tu esposo y a él la de tu amante, no es necesario que yo las pruebe –dije tratando de evadir la cata, pero me di cuenta de que no iba a escaparme de ello.

    –Tú me dijiste que yo siguiera con “mi maratón” contigo, ahora no me salgas con que esto no está incluido en mis gustos. Yo acepté a tenerte en esta cama donde sólo hemos cogido mi marido y yo, con las consecuencias que eso implica. Asúmelas tú también, no seas puto –exigió, y tuve que aceptar con una sonrisa.

    En el fondo, descubrí que me agradaba ese reto, al fin que ya me había zampado el atole que le dejó su amante en la vagina y me gustó el sabor y olor a puta que la caracteriza. “Como quieras, nenita”, le dije y me fui sobre su panocha para lamerla más. Presioné su cuerpo tomándola de las nalgas y ella abrió las piernas para hacer un candado en mi cabeza, apretándome al ritmo que soltaba los chorros de flujo. “¡Y dicen que yo soy la puta!”, gritaba por los orgasmos, “Enséñenle a mamar así a mi cornudo”, concluyó entre sollozos, aflojando sus piernas para dejarme libre. No pude dejarla reposando su placer, mis manos subieron a su pecho y masajeé las tetas, al tiempo que besaba y lamía las estrías de su cintura, ¡una dama naturalmente hermosa!, y sabedora de lo que nos gusta de las maduras: su putez bien empleada y su cuerpo de mujer valiosa.

    Después que descansamos, se puso a mamarme sensualmente el glande, al tiempo que con una mano me presionaba los testículos y con la otra me chaqueteaba el tronco.

    –¡Ya te va mi leche, mamita…! –grité, y ella siguió con el movimiento.

    Presta y diestramente tomó un pequeño vaso vacío, como los que había usado para guardar el semen de sus queridos y me vacié en él. Dio una exprimida más con la mano, jalando el pene desde la base del tronco, y escurrió un par de gotas más en el vasito. Dejó el recipiente en el buró y me siguió mamando con pericia, para dejarme reposando.

    Tomó la copa de vino que había traído a la recámara y vació mi semen en ella, ayudándose del dedo cordial. Lamió el vaso para disfrutar el sabor de mi leche, me dio un lengüetazo en los labios, abrí la boca y recibí un beso con mi sabor. Con el mismo dedo con el que había bajado el semen, revolvió la mezcla de vino y lefa.

    –¡Salud! –me dijo, y me dio a tomar casi la mitad del vino con algo de semen, pues la mayoría estaba concentrado al fondo. Ella apuró el resto y me compartió vino y esperma en un beso que me supo delicioso.

    –¿Acaso necesitarás Viagra para darme el amor que quiero? –preguntó montándose en mí y talló mi glande en el clítoris y labios de su cuca para que mi miembro resucitara–. Sé cómo se te parará fácilmente, es una receta ya probada –dijo, y tomó el vaso con semen que había traído para zamparse el contenido.

    Me besó con lascivia, compartiéndome la leche y paseando su lengua dentro de mi boca, mientras continuaba paseando la cabeza de mi verga en su oquedad y el palo comenzó a ponerse tieso. Se ensartó de golpe, sus nalgas acariciaban ondulantemente a mis huevos y cabalgó frenéticamente, viniéndose varias veces. Yo miraba en su rostro la lujuria que ella vivía: su cara hacia arriba, los ojos cerrados, la boca abierta y las fosas nasales moviéndose aceleradamente al ritmo de su respiración ascendente, ¡el éxtasis! En el último orgasmo que tuvo, se dejó caer sobre mí y comencé a sentir los apretones con los que su “perrito” estresaba el tronco de mi miembro, aún turgente.

    Cuando se normalizó su respiración, sin sacarle la verga de la vagina, la volteé para quedar sobre ella en posición de misionero. La besé y, a la par que nuestras lenguas jugaban, trepidé sobre ella que me abrazó con las cuatro extremidades hasta que sintió el calor de mis chorros dentro de su ser. ¡“Ahhh…!, exclamamos simultáneamente; y volví a sentir las ráfagas de las caricias en mi falo.

    Dormimos varias horas, tal vez dos o tres, y la desperté con las chupadas y magreos que le hacía en las chiches. “Mama, mama, mi niño”, dijo al acariciarme el cabello y jalándolo me obligaba a cambiar de areola. Nos volvimos a dormir.

    En la mañana, ella me despertó con los chupetes que le daba a mi verga. Yo sabía que ella no iba a obtener el biberón matutino que acostumbraba todas las mañanas, pero pronto se irguió mi arma y ella me demostró que ya estaba cargada nuevamente pues sentí cómo se endurecían mis bolas tanto como mi tallo y salió un chisguete que Mar saboreó con deleite antes de subir su cuerpo en el mío para besarme.

    –Buenos días –musitó en mi oreja al terminar de besarme.

    –Buenos días, Mar hermosa –contesté de la misma forma y lamí el pabellón de su oreja, provocándole pequeñas carcajadas.

    Lanzó las cobijas hacia un lado y su boca fue cubriéndome de besos mientras deslizaba su cuerpo hacia abajo. Hasta que el camino de besos llegó a mis huevos.

    –Espera así, no te muevas –dijo al ponerse de pie y entrar al baño de donde regresó con una máquina de afeitar.

    –¡No! –exclamé cubriéndome el vello con ambas manos– Mi esposa se dará cuenta –expliqué.

    –Sólo serán los huevos, ella no se dará cuenta –precisó y le dejé la vía libre, “Total, a ella no le gusta mamármela y sólo lo hace algunas veces que se lo pido”, pensé mientras Mar cumplía su cometido– Están hermosos, dijo antes de engullir uno de ellos.

    Mar se deleitó un buen rato chupándomelos. Obviamente se me volvió a parar la verga…

    –¿Ya probaste los de Ber? –pregunté al recordar los comentarios halagadores y calientes que ella le hizo a Ber sobre las fotos que él le envió de los suyos.

    –No, aún no, pero será pronto, quizá antes de que termine el año –dijo volviendo a su tarea.

    En ese momento recordé un correo cercano en el que Mar me contaba “Bernabé, mi amante, me ayudaría a preparar mi viaje a la CDMX para vernos Ber y yo; o más fácil, me prestará su departamento para que estemos en él” y me felicité de que yo haya sido el beneficiado, antes que nuestro amigo Ber. Ella siguió dándome caricias, con su boca en mi ovoides, y con sus manos en el tronco y glande; ¡yo, feliz y arrecho al verla en esa actividad!

    –¡Qué bien se te puso! Vamos a bañarnos y me enculas en la ducha –dijo jalándome para que me levantara, lo cual hice y, sin soltarme, me llevó al baño.

    Con el agua de la ducha, se me volvió a poner flácido el pene, pero empezó a dar signos de vida al enjabonarnos mutuamente. Mar se agachó dejándome a la vista su hermosa grupa, ¡el estímulo vital! Me enjaboné el pene para que pudiera resbalar bien, y también le metí en el ano dos dedos enjabonados y jugué con ellos dentro de su colita (¡colota hermosa!).

    Los saqué, tomé el pene para apuntar bien y, una vez colocado en el ojete, la tomé de las caderas y le metí sin miramiento “el sable hasta la empuñadura”. “¡Ay!” gritó ella, pero más pronto que tarde se empezó a balancear en el mete y saca. “¡Qué rico coges, papacito!” gritaba ella una y otra vez, yo seguía sosteniéndola de las caderas para moverme más rápido. “¡Qué nalgas tan lindas tienes, mamacita!”,·grité cuando ella se estaba viniendo y me aguanté el placer para seguir culeándola hasta que pidió paz: “¡Ya, papacito, ya, que me voy a desmayar…!”

    Tomé a Mar rodeando mis brazos en las tetas y en la pancita y la senté en el piso. Ella se hincó abrazándome las piernas y llorando, en tono que parecía quejumbroso, me dijo: “Siempre que me cogen de perrito, mi marido o Bernabé, dicen lo mismo que tú dijiste de mis nalgas, pero nunca me habían cogido tanto y tan rico por el culo amorcito, te ganaste el cielo”. Cuando terminó de llorar y solamente sollozaba, le ayudé a ponerse de pie para enjuagar los restos de excremento que le saqué.

    Cerró la llave de la ducha, me dio un beso abrazándome con mucha ternura. Nos secamos uno al otro y salimos. “Vamos a desayunar”, dijo tomándome de la mano para irnos al comedor. Me senté y desde allí veía cómo trajinaba en la cocina. Al dar cada paso, se sacudían las nalgas provocando un oleaje de carne muy seductor; tanto que me empecé a jalar el miembro que exigía lo que me negué en la ducha.

    Llegó con el café y prontamente lo sirvió. “Yo te iba a estrellar unos huevos, pero veo que ya te los estás revolviendo”, señaló al verme con una mano en el tronco y la otra en los testículos. Regresó a la cocina y trajo el resto del desayuno. Antes de que se sentara, la acerqué a mí, abrazándola de las nalgas y me puse a mamarle las tetas. Ella cerró los ojos y me acarició el pelo. Me contó que durante los dos primeros años de matrimonio desayunaban encuerados y se acariciaban, así como ahora lo hacíamos nosotros. “Ramón dejó de chuparme el pecho cuando salió el primer calostro y no le gustó el sabor”.

    Platicamos, entre besos y caricias, mientras desayunábamos. Cuando acabamos, ella se sentó en mis piernas y me pidió que la llevara cargada a la sala. Obviamente accedí, pero antes la besé hasta que nuestras lenguas se cansaron. Justamente cuando nos sentamos en la sala, sonó el teléfono fijo. Mar extendió el brazo y lo contestó. Era su marido, seguramente para saber si ella estaba en su casa. Se saludaron y Mar puso el altavoz para que yo escuchara.

    –Sí, ya desayuné y me acabo de bañar, aún estoy encuerada –dijo Mar, enderezando su cuerpo y me puso una mano en su teta.

    –¿Tomaste mi leche putita? –preguntó su marido en tono meloso.

    –Solamente la mitad, me supo riquísima, lástima que no la compartí contigo, y guardé la otra parte para paladearla al rato, porque me pone arrecha saborearla, muevo la lengua y me gusta creer que la acabo de ordeñar.

    –¿A qué hora quieres que te haga hoy otra video llamada, mami? –preguntó el cornudo.

    –Pasaditas de las diez quiero que nos pajeemos. La de ayer la disfruté mucho –dijo Mar y tomó mi pene para metérselo en la vagina.

    –Yo también, y ya se me puso grande sólo de acordarme e imaginarte desnuda, ¿y tú? –“¡Ahh!”, exclamó Mar al sentir que entró toda mi estaca–¿Qué pasa, mami?

    –Que la quiero toda adentro para menearme, mi amor –exclamó mar toda arrecha, balanceándose en mi palo y acariciándose el clítoris–. Ya me estoy mojando por acariciarme la raja y las tetas…

    –¡Qué nena tan puta! Imagina que ya la tienes adentro…

    –Sí, la tengo toda adentro –le dijo al marido y se movió más rápido para venirse–¡Qué paja! ¡me vengo, papi! ¡Ah, ah, ah…! Qué rico es hacerlo escuchándote. Lástima que no fue video llamada –dijo Mar, jadeando.

    –Me imagino tu carita después de un orgasmo, apuesto a que tienes los ojos cerrados y una sonrisota –detalló Ramón, y efectivamente, esa era la expresión de Mar.

    –Me conoces muy bien, papacito –dijo Mar ensanchando la sonrisa y se volvió a mecer en mi tranca.

    –Adiós mami, me hablan ya, me dio gusto que te vinieras así –pensé: “Si supiera que nos gustó a los tres…”

    –A mí me gustó más. Te espero a la noche… –dijo Mar y colgó el aparato. para volver a regodearse dándose sentones, ayudada por mí sosteniéndola de la base de las chiches.

    Al venirse otra vez, se quedó quieta y volteó la cara para besarme. Fueron muchos los besos y caricias con los que la acompañé mientras salió de su letargo. “Vamos a recoger la mesa y lavar los trastos”, dijo poniéndose de pie. “Sigues firme, eres muy puto, te pareces a mi marido en eso”, dijo volteando a ver la pija de la que se deslizó suavemente al desclavarse de ella. Al ponerme de pie me jaló hasta el comedor, llevándome de los huevos y la base del tronco.

    Sacó nuevamente el vasito con el semen que me dijo había quedado en el refrigerador la noche anterior y lo llevó a la recámara, para regresar a la cocina.

  • Capítulo 1. La putita de Lore

    Capítulo 1. La putita de Lore

    En esta ocasión quiero hablar de Lore. Lore es una mina que conocí en una red social, ella es una mujer morocha, deportista, delgada, de 1.70 y de unos treinta y tantos, con un hijo adolescente. No es especialmente atractiva, pero gusta por sus labios carnosos, boca grande, larga melena y uno ojos pequeños y brillantes deseosos de placer. Lore vive en el conurbano pero trabaja de administrativa en capital, cada día se desplaza en tren a su laburo, llevando, en realidad una vida bastante rutinaria.

    A Lore la conocí durante el mundial, quedamos un día que había ganado Argentina, quedamos en un bar cerca de su trabajo, llegó despeinada y con pinta de cansada. Llamamos al mesero y tomamos algunos tragos. Durante la conversación hablamos de cosas intrascendentes, como el trabajo, la familia o el fútbol, deporte del cuál ella es muy forofa. Después de una hora tomando, le propuse tomar un taxi a mi casa a lo que ella aceptó.

    Esa primera noche cogimos, pero me pareció una chica bastante recatada. En mi departamento bebimos algunas latas más en el balcón y ahí la besé por primera vez. Me gustó su lengua, era grande y la metía profundo en mi boca, lamiendo y buscando cada rincón. “Una lengua acostumbrada a chupar”, pensé, y enseguida la llevé de la mano a mi dormitorio.

    Por timidez, supongo, pidió que apagáramos las luces, y así hice. Solo teníamos la luz de la calle que entraba por mi ventana cubierta hasta la mitad, supongo que un vecino, desde la ventana de en frente, podía intuir por los cuerpos que se movían en las sombras qué estaba pasando. Lo primero que hizo Lore fue meterse mi verga en su boca. Casi sin avisar empezó a mamar muy profundo, en momento dado hundí su cabeza contra mis huevos, a lo que ella protestó diciendo “no soy ninguna actriz porno”. Pero su insistencia era más fingida que real, y a nada que insistí, pude agarrarla fuerte de su larga melena y hundirle mi verga sin miramientos hasta la garganta. Ella gemía y parecía disfrutar, además de parecer bastante acostumbrada a esta escena. Antes de venirme en su boca le saqué la pija, tenía todo el contorno de los labios enrojecidos de tanto chupar. Me ofrecí entonces a comerle la concha, a lo que ella se negó, diciendo que había estado trabajando y no quería. Eso me puso muy caliente, digamos que me permitió pensar en ella como en una puta.

    Del cajón saqué entonces unos forros, le pedí que siguiera chupando mientras habría el paquete para que no se me viniera abajo, cosa que ella hizo de forma instintiva. Luego me coloqué el forro y con pocos miramientos le di la vuelta y comencé a cogerla muy duro, tirándole de los pelos al tiempo que de su bien cogida boca salían gemidos de placer. Así estuve todo el tiempo que quise, hasta que se la saqué para preguntarle si podía cogerla por el culo, a lo que ella respondió “no, otro día, mejor”. Le pedí entonces que se pusiera de rodillas y le solté toda mi leche sobre sus tetas, una tetas pequeñas pero bien formadas, con dos aureolas rositas que se llenaron al completo de semen, semen que ella se dedicó luego a restregar por todo su pecho. Así terminamos, entonces ella se dio una ducha y se marchó a casa.

    Continuará

  • Siento delirio por mi cuñada

    Siento delirio por mi cuñada

    La hermana menor de mi esposa esta buenísima, tiene 35 años, va a diario al gimnasio, hace yoga, se alimenta bien. Tiene un rico y cultural cuerpo, es morena de pelo corto, piel suave y calidad, un trasero por el que me desvivo, siempre he soñado y me he masturbado pensando que copulábamos.

    Pero hoy ha sido un día especial. Ella ha llegado a mi casa, después de su sesión de gimnasio, yo estaba solo, mi esposa había salido de compras, así que cuando ella entra en casa.

    Cuñada: Carlos, ¿Esta el baño libre?, necesito darme una ducha y cambiarme de ropas.

    Yo me he quedado en silencio, mirándola, esa camisa blanca ceñida a su cuerpo, resaltaban sus pezones, y ese pantalón de gimnasia, ceñido, resaltaba su vulva y su trasero. Reacciono y le comento.

    Carlos: Si el baño está a tu disposición cuñada.

    Ella se va para el baño y yo regreso a mi lectura del libro que estaba leyendo “Puerto escondido”, tras un buen rato, vuelvo a sentir su voz.

    Cañada: Carlos ¿Dónde tiene mi hermana el secador? Le digo voy.

    Carlos: delante de la puerta del baño, ¿se puede pasar?

    Cuñada: si Carlos pasa, estoy envuelta en la toalla.

    El secador, lo guarda ella, en ese estante de arriba.

    Cuñada: Gracias amor.

    Tras un pequeño rato escuchando el subido del secador, este para de funcionar y ella sale del baño, envuelta en la toalla, para cambiarse en la habitación de invitados. Carlos piensa – Uff si se le cayese la toalla-. Al poco tiempo sala de la habitación de invitados, viste un pantalón vaquero ceñido, una blusa de mangas cortas de color blanco, y calza unas zapatillas deportivas de tacón. Se acerca al salón – donde me encontraba ensimismado de la lectura, y me comenta.

    Cuñada: Cuñado, no vea que baño más relajante me he dado.

    Carlos: Te habrás quedado relajada del todo.

    Cuñada: Uff un masaje me vendría de perlas ahora, así se me relajan los músculos de las piernas y el culo, después del gimnasio.

    Carlos, pero eso te lo haría que haber dado antes de la ducha, ella argumenta

    -Es igual, no tengo pereza en desnudarme si fuese necesario.

    Carlos tímidamente, le comenta, yo te lo puedo dar, algo se de esos masajes, de mi etapa de monitor de gimnasia.

    Cuñada: Si cuñado, ¿tú serias capaz de darme ese masaje?

    Así que tras conversar unos minutos, ella se marcha para la habitación de invitados y Carlos al baño, por aceite.

    Cuando Carlos llega a la habitación, se encuentra a su cuñada, tendida boca abajo, ya se ha desprendido del pantalón y se ha quitado también la blusa, con lo que Carlos, se encuentra a su cuñada en sujetador y un ligero tanguita. Coge aire y respira profundamente y piensa – Hoy serás mía.

    Conversan sobre en qué zona desea el masaje, ella le pude a Carlos, que sea de las piernas hasta la espalda, es decir cuñado todo mi cuerpo. Ok.

    Carlos se frota las manos, para calentarlas un poco, y toma el bote del aceite, que derrama entre los muslos y nalgas de su cuñada, he inicia un masaje del muslo izquierdo, bajando al pie y cambiando al otro muslo, sube poco a poco hasta sus nalgas, las que masajea enérgicamente, así hasta abrir un poco las piernas, donde se deja entrever un rico coño, con poco pelo.

    Mientras tanto su cuñada, se estremece y se excita, pidiéndole a su cuñado, que suba hasta su espalda.

    Carlos derrama más aceite ahora en su espada y cuello, para iniciar el masaje de esta zona, del cuerpo, ¿te puedo quitar la toalla que cubre tu trasero?, si cariño, quítame lo que me tengas que quitar. Carlos retira la toalla y sigue masajeando el cuerpo de su cuñada, cada vez él se siente más caliente, al punto que su pene se está poniendo duro por momentos. Cariño ponte boca arriba, te voy a dar el masaje por la barriga, ella se cambia de postura, y se retira el sujetador, Carlos ve unos ricos pechos morenos, y un pezón delicioso, vuelca el aceite ahora en los pechos, e inicia el masaje de ellos, la cuñada, tiene la cabeza entre las piernas de Carlos, y cada vez que este se extiende para llegar a la pelvis, ella siente la dureza del pene de su cuñado sobre su boca, en una de estas ocasiones, ella sube las manos y le dice a su cuñado -¿Carlos se te ha pesto dura la cosa?, si cuñada, tú eres mucha mujer. Ella se sienta de repente sobre la cama, y le dice al cuñado, ven siéntate aquí a mi lado y déjame ser yo ahora la que te el masaje.

    Carlos obedece, y en qué momento, ella le baja los pantalones, que Carlos suelta en el suelo, él se desprende de la camisa de mangas cortas, ahora los dos sentados en el borde de la cama, se miran, se mojan sus labios y se acercan uno al otro, fundiéndose en un profundo y largo beso, Carlos, da un rico sobeo a los pechos de su cuñada y ella esta agarrando fuertemente el pene de Carlos, ella tiende a Carlos sobre la cama, e inicia una rica y profunda mamada del pene de Carlos, este se relaja y deja que su cuñada, lleve toda la iniciativa, ella continua comiéndose ese rico pene de su cuñado, ahora ella se desprende su tanga y se sube en la cama, para bajar hasta tener el pene cerca de su coño, Carlos siente como entra su pene en ese coño caliente y bien dilatado de su cuñada, esta cabalga a su cuñado con rapidez, como si le fuese la vida en ello, Carlos gimen de placer y ella grita de como lo está pasando, una vez ella ha bajado el ritmo, se recuesta de lado (cuchara), de su cuñado, y este se la mete nuevamente, inicia Carlos, unos movimientos de van y ven, que llevan a su pelvis unirse al culo de su cuñada, ella le pide más que se corre, mas cuñado, Carlos saca su pee del interior de la vagina y ella suelta sus líquidos vaginales en señal de que ha tenido un rico y placentero orgasmo.

    Pero no desea dejar a su cuñado, en las puertas y retoma la mamada del pene, este entra y sale de su boca cada vez más rápida, cuando Carlos eyacula, lo hace directamente sobre la boca de su cuñada, ella lamia el semen y se traga el del interior. Al terminar los dos se felicitan con un largo besos.

    Cuñada: Carlos ha sido maravilloso, no sabía yo que tenía un cuñado tan bueno en la cama. Él le comenta. –Sabes que he soñado y me he masturbado pensando este momento. Ella le responde –Pues ha sido hoy realidad, cuando quieras o surja la ocasión lo repetimos.

    Se besan y se apresuran a vestirse y recomponerse, no sea que entre su mujer.

  • Mi primera vez, mi fantasía

    Mi primera vez, mi fantasía

    Comenzaré diciendo que, aunque soy heterosexual, siempre me ha excitado la idea de probar una verga, no sé si solo como fantasía, o realmente me iba a atrever a hacerlo algún día.

    Entro regularmente a páginas donde se anuncian escort, y siempre me excitaba leyendo lo que ofrecían si contrataba sus servicios.

    Un día que tuve que salir de viaje por cuestión de mi trabajo, fantaseé con la idea de contratar alguno, y cuando llegué al hotel me comencé a masturbar viendo películas y entrando a ver los citados anuncios. uno de ellos me atrajo mucho, pues la verga del escort se veía impresionante, gruesa y larga, él era musculoso y prometía aguantar dos horas cogiendo, que era un macho, no amanerado como otros que se anuncian, esa descripción me excitó muchísimo porque mi deseo es estar con un hombre, uno que me domine, que me coja como quiera, que me disfrute completo, que bese y lama todo mi cuerpo; que me use para disfrutar y me haga gozar, así que quise llamar cuando menos para escuchar lo que me decía por teléfono.

    Cuando me contestó, me dijo que estaba disponible, que era rudo pero que no me iba a lastimar, me dijo “si me vas a contratar debes ser muy caliente, te voy a tratar como a una puta, como a mi hembra, te voy a coger como yo quiera y muy duro, y te voy a dar verga hasta que me digas que pare, te voy a nalguear fuerte y te voy a dar mi leche donde quieras, te voy a hablar, fajar, manosear, lamer, chupar y a embestir como a una de mis putas, nadie, pero nadie, te va a coger como yo” esas palabras me excitaron tanto que ya no pude pensar, no sé de dónde saqué valor y acepté, me dijo que no tardaría en llegar. efectivamente llegó como en media hora, tiempo que aproveché para bañarme y rasurarme todo el cuerpo.

    Cuando tocó, mi corazón comenzó a latir más fuerte, estaba a punto de realizar la fantasía que había tenido durante tanto tiempo. Abrí la puerta y las piernas me temblaban.

    Era como se veía en los anuncios, como de mi estatura, y bajo su playera se apreciaba que era muy fuerte y musculoso, sus pantalones le quedaban apretados, pues tenía las piernas muy gruesas. debo admitir que en la primera oportunidad, mis ojos fueron a su entrepierna, como buscando ver si su verga se alcanzaba a apreciar, cosa que el notó, así como mis nervios, pues me dijo; tranquilo, te va a gustar, te voy a tratar como a mi putita, vas a ver.

    Me dijo que para estar más cómodos y el servicio fuera más limpio se iba a bañar, yo le dije que lo acababa de hacer y me dio una bolsa diciéndome; mientras me baño ponte esto ¿Qué es? le pregunté, y me dijo; es lencería de encaje rojo, es que los putos vestidos así me calientan mucho.

    Era una tanga con encaje que dejaba ver mis redondas nalgas (No es por nada, pero son redondas y paraditas), y una falda que no alcanzaba a cubrirlas, se veían muy ricas, así como mis piernas recién rasuradas. también unas zapatillas. me puse todo y él salió del baño envuelto de la cintura para abajo con una toalla. me dijo; que buena te ves, déjame verte las nalgas, me volteé de espaldas a él para que me viera, temblaba excitado pensando en lo que estaba por venir, realmente estaba deseando a ese macho que estaba ahí para cogerme y hacerme sentir como una puta.

    Se acercó a mí y se me pegó a la espalda, acariciando mis nalgas y besándome el cuello, sentí como la sangre subía a mi cabeza y se me nublaba el entendimiento, cerré los ojos dejándome llevar y gozando el momento, sentí en mis nalgas cómo su verga comenzaba a pararse, y mi mano fue a ella alcanzando a acariciarla un poco sobre la toalla. me inclinó sobre el respaldo de un sofá y me abrió las piernas, mis nalgas y mi culo quedaron expuestos e indefensos ante él, que se puso en cuclillas y me dijo que me abriera las nalgas con las manos. empezó a lamerme el culo, me recorría la raja de mis nalgas con su lengua, y después la introdujo en mi culo, haciendo como que me cogía con ella.

    Yo gemía excitado, era más placer de lo que podía haber imaginado, comenzó también a meterme un dedo y después dos, yo gemía como una puta, y él me decía; así mami, goza que ahorita te voy a coger de verdad, vas a conocer a un verdadero macho. Mientras me decía cosas así me nalgueaba fuerte, eso me calentó aún más y le pedía que me diera más duro. Después se levantó, y cuando volteé ya no tenía la toalla, tenía la verga completamente parada.

    Por fin la tenía frente a mí, era como la había visto en sus anuncios, larga y gruesa, más ancha en su base y curvada hacia arriba, desafiante, y coronada con una cabeza roja y gruesa, unos huevos depilados y que colgaban, se me antojaron muchísimo, aunque también sentí cierto temor al pensar que ese pedazo de carne me iba a penetrar, creí que no me entraría.

    Entonces me dijo “acaríciala” y tomó mi mano y la llevó a esa verga hermosa, la agarré y sentí cómo palpitaba, empecé a subir y bajar mi mano por ella mientras con la otra comencé a acariciar sus huevos. Estaba caliente, palpitante, era deliciosa. Después de unos minutos de quedar embelesado con ese trozo de carne me dijo “chúpala” y cuando lo dijo ya me estaba jalando de la nuca hacia su verga, sin decir palabra me dejé llevar.

    Me la empezó a pasar por los labios, por las mejillas, por toda la cara, yo disfrutaba su olor a macho, entonces me dijo “anda puta, chúpame la verga” Esas palabras me encendieron aún más y saqué mi lengua, primero se la pasé por la cabeza, y después comencé a lamerle todo el tronco, desde los huevos hasta el glande, mientras le acariciaba las piernas musculosas y gruesas.

    Después de un rato de lamérsela toda, por fin me la metí a la boca, comencé a mamar ese pingón mientras me decía “sí dale, chúpamela toda putita” Yo solo mamaba como una puta caliente, después de un rato me la sacó de la boca y comenzó a darme vergazos en la cara y me decía ¿Te gusta puto? Ahora quiero que me chupes los huevos, y empecé a chupárselos, se sentían muy ricos en mi boca, Estaba sorprendido de lo excitado que me sentía, tenía mi verga durísima de solo mamar la de él.

    Me empujaba la verga hasta donde me cabía en la boca y me decía “chupa cabrón puto que ahora te la voy a meter en ese culo de puta que tienes” Escuchar esas palabras me calentaban más y le mamaba la tranca más duro y rápido, se la lamía desde los huevos hasta la cabeza, donde ya me dejaba saborear las gotas de lubricante que empezaban a salir de la cabeza de su verga. Mientras me cogía por la boca yo intentaba metérmela lo más que podía, agarrándome de sus nalgas y jalándolo hacia mí.

    Después de un buen rato que yo no quería que terminara me dijo; Bueno, es hora de darte verga en ese rico culo que tienes ¿Quieres que te la meta toda verdad maricón? ¿Estás ansioso de sentir mi verga en tu culo? A lo que apenas pude responder con la respiración entrecortada “Sí, cógeme ya por favor, méteme ese vergón en el culo” Realmente estaba ansioso de tener una verga dentro de mí, sentir cómo me cogía un macho verdadero como ése que tenía enfrente, no me importó el tamaño o que me doliera, solo quería tener ese trozo de carne dura y caliente dentro de mí.

    Me dijo: Voltéate y ponte en cuatro, así lo hice y me empezó a chupar y a meterme la lengua en el culo, yo gemía como la perra caliente que era en ese momento. Así me tuvo por no sé cuánto tiempo que no quería que terminara, y me dijo “Bueno mamita, ya estás bien mojada y abierta, ábrete bien el culo para que te la meta” Obedecí y agarrándome las nalgas las abrí lo más que pude con las dos manos y sentí cuando me puso la punta de su vergota en la entrada, y después cómo empezó a empujar, sentí cómo mi culo se empezó a abrir para recibir a su macho, sentí entrar cada centímetro de esa verga que tanto deseaba, y aunque casi no me dolía porque me había dilatado con su lengua y dedos, cuando me la metió toda y sentí como sus huevos tocaban mis nalgas nos quedamos unos momentos inmóviles para que mi culo se acostumbrara al tamaño de esa verga, cosa que yo disfruté sintiendo como ese macho me llenaba completamente.

    Entonces me dijo “Prepárate putita que te voy a partir el culo” y empezó a darme una culeada durísima, me bombeaba fuerte y nalgadas mientras me decía: Te dije que te iba a gustar mi verga, que me ibas a pedir más, y yo decía “Sí papi, tienes una verga grandísima y bien dura y rica, cógeme así duro cabrón”

    Después me pudo boca arriba y me dijo: Quiero ver tu cara de puto cada vez que te la meto y quiero escuchar cómo gimes como la perra que eres. Yo con las piernas en sus hombros sentía como me bombeaba riquísimo con esa verga dura y gruesa, gemía diciéndole: No pares cógeme bien duro, métemela hasta que me partas en dos, soy tu puta cabrón, dame más verga.

    Después de estarme dando así se sentó y me dijo que me montara de frente a él, me la metí despacio, disfrutando cada centímetro de carne caliente que entraba por mi culo hasta que quedé completamente ensartada en su pene ¡Qué rico!¡Cómo disfrutaba esa cogida que me estaba dando! Comencé a cabalgar su verga mientras me apretaba las nalgas y me las azotaba duro, me mordisqueaba y lamía los pezones; me estaba volviendo loco de placer.

    Así estuvimos cogiendo, me acomodó de las formas que quiso, me chupó todo el cuerpo, me nalgueó, me lamió, me manoseó todo disfrutando de mi cuerpo y haciéndome disfrutar como nunca hasta que me dijo ¿Quieres mi leche en tu boca verdad? Sé que te mueres por probarla, sí papi, le dije; cuando termines quiero que lo hagas en mi boca, quiero deleitarme con tu sabor de macho. Pero después me dijo; Mejor te voy a preñar el culo porque voy a hacerte mi hembra, y después me vas a limpiar la verga con tu lengua, no quiero que desperdicies ni una gota.

    Ya me voy a venir me dijo, y comenzó a darme más duro hasta que me clavó su verga hasta el fondo y comenzó a soltarme chorros de semen en el culo, estaba tan lleno que la leche comenzó a salir y escurrir por mis nalgas, caliente, espesa. Me la sacó y limpió con su miembro lo que había escurrido y me la puso en la boca, se la limpié toda. Desde los huevos, no podía desperdiciar esa rica leche de mi macho.

    Nos quedamos acostado un rato más en el que acariciaba mis nalgas y yo su cuerpo, y luego me dijo; Qué rica puta eres, tienes unas nalgas deliciosas y mamas riquísimo, me gustaste mucho porque eres bien puto, desde hoy te voy a coger cada vez que quiera, yo le contesté que sí, que me había hecho sentir toda una puta y que seguramente nos íbamos a ver seguido.

  • Aventura dominical de una profesora de secundaria

    Aventura dominical de una profesora de secundaria

    Mi nombre es Valerie Rapp, soy profesora de biología en una escuela secundaria en el pueblo de Bischofswerda, Sajonia (Sachsen, en alemán). Hace tres años, mi marido tuvo accidente cuando cortaba leña en el bosque cercano.

    La tragedia podría no haber ocurrido si Richard no hubiera tomado alcohol antes del trabajo. Pero, últimamente, la intoxicación alcohólica era su estado habitual, en el que permaneció hasta aquel aciago día. Y a los treinta y dos quedé viuda. No teníamos hijos con Richard, y ahora yo vivía sola. La dura vida rural de una mujer solitaria no estropeó mi apariencia: era la primera belleza del pueblo en mi juventud, me veía atractiva incluso ahora, a los treinta y cinco años. Una figura esbelta, senos altos y llenos, no estropeados por un parto, hermosos rasgos faciales: todo esto hizo que los hombres que pasaban se dieran la vuelta a mirarme. Pero durante tres años de una vida solitaria, no encontré un compañero de vida adecuado para mí. ¿A quién elegir? Casi toda la población masculina de la región eran alcohólicos crónicos, y muchos de ellos, hereditarios. El pueblo se extinguía silenciosamente: los jóvenes, que apenas habían terminado la escuela, se iban a la ciudad, y la generación mayor, en estupefacción servil, interrumpido por ganancias ocasionales de temporada y ensordecer la mente con el alcohol.

    Una vida solitaria no me pesaba mucho, aunque a menudo requería la mano de un hombre en el hogar. Sobre todo, mi insatisfacción sexual me oprimía. En las noches tranquilas, acostada en una cama vacía, sintía la falta de afecto masculino con todo mi cuerpo, recordando cómo el difunto Richard aplastaba mis apretados senos con sus cinco callosos, cómo, colocando mis piernas blancas y delgadas sobre sus hombros, entraba en mí con poderosas estocadas con su poderosa dignidad. Es cierto que en los últimos años de su vida, debido al uso constante de bebidas alcohólicas, su «dignidad» fallaba cada vez más. Sí, y su respiración pesada con una mezcla de vapores de alcohol, tabaco y cebolla no permitía que yo me relajara y alcanzara el orgasmo deseado. Me satisfago pasando la mano por debajo de un camisón de cretona y frotándome los dedos húmedos de excitación en el clítoris. Y a pesar de que pareciera haber una distensión, de alguna manera es defectuosa, escasa.

    Y hace un año, comencé a tener problemas de salud en la línea femenina: inflamaciones sin causa me obligaron a consultar a un ginecólogo. Por tercera vez en seis meses, al entrar al consultorio médico, me recibió con una pregunta directa: “¿Tienes vida sexual?” y al escuchar mi respuesta negativa, continúa “¡Muy en vano, querida! Por eso me frecuentas. ¡A tu edad, necesitas llevar una vida sexual plena! ¡Esta es la mejor prevención de enfermedades ginecológicas! Aumento hormonal, masaje de órganos internos: ¡estos son los componentes de la salud de la mujer!” Es fácil para los médicos dar consejos, pero ¿cómo pueden implementarse en nuestra miserable realidad?

    “…Masaje de órganos internos…”, esta frase resonó en mi cabeza cuando, mientras leía una revista en mi tiempo libre, me encontré con un colorido anuncio que anunciaba productos íntimos: lubricantes en gel para sexo anal, consoladores y vaginas artificiales, etc. Quedé especialmente interesada en los enormes miembros de goma, con cabezas grotescamente sobresalientes y troncos acanalados. ¡Eso es lo que necesitaba para el «masaje de órganos internos»! Y ahora me di cuenta de lo que me estaba perdiendo durante la masturbación: ¡un cuerpo grueso, como un falo, dentro de mi naturaleza hambrienta Aquí está: la solución a un problema doloroso, pero su implementación me hizo pensar. Hacer el pedido por correo, como sugería obsesivamente el anuncio, descarté inmediatamente esta opción, recordando cómo, mientras mi marido aún vivía, pedí un interesante libro por correo, pero como resultado me quedé sin libro y sin dinero. Hacer trampa en este mundo se ha convertido recientemente en un deporte nacional, y ahora no confiaba en este método de obtención de bienes. Entonces, ¿cómo hacerlo? Y qué pasa si iba a la ciudad, a la tienda «Intim», ¡allí los estantes están repletos de tales juguetes! Una buena opción, pero yo no podía imaginarme a mí misma en una tienda así. ¡Podría arder de vergüenza! Pero no se me ocurría otra forma de conseguir la cosita deseada.

    Decidí ir a la ciudad importante más cercana a Bischofswerda: Dresden. Lo mejor era un sábado sin lecciones. Está cerca: no más de 50 minutos en autobús. Antes del viaje, miré atentamente todos los periódicos publicitarios y anoté en un papel las direcciones de los sex-shops más cercanos a la estación de autobuses. Había mucha gente en el autobús que se dirigía a la ciudad el sábado por la mañana temprano: algunos iban a visitar a sus hijos que estudian en las universidades y otros iban de compras. Yo les dijo a todos mis conocidos que viajaban conmigo que iría al odontólogo.

    En otoño la ciudad al es hermosa, pero yo, que llegué un poco exhausta y mis pensamientos en ese momento no estaban relacionados con los placeres estéticos, de inmediato fui a la tienda de artículos íntimos. De pie frente a una puerta grande y hermosa con un letrero brillante «Intim», no me atreví a entrar durante largo rato, pero, finalmente, al ver que no había clientes en la tienda, entré. Le sonreí cordialmente a la vendedora: una chica pelirroja fogosa, con ojos de tinta con círculos brillantes, una mirada pícara y un arete en la nariz. «¡Hola! me saludó la pelirroja con voz humeante pero amistosa, “¿Qué quieres comprar?” Como si me tragara la lengua por la emoción, solo asentí con la barbilla hacia el estante con miembros de goma multicolores y de varios tamaños. La chica me miró de pies a cabeza con una mirada evaluadora, sonrió levemente y diciendo con simpatía: “¡Ya veo!”. Comenzó a hacer su trabajo concienzudamente, explicando las ventajas y desventajas de un modelo en particular. Al final, me decanté por un consolador de diecisiete centímetros, fabricado en silicona rosa, con escroto, cabeza redondeada y eje cubierto por una malla venosa. La chica me presentó este producto como «realista». El precio, por supuesto, fue impresionante para la billetera de una profesora como yo, pero ya era demasiado tarde para retirarme. Pagando rápidamente, metí la compra en mi bolso y salí rápidamente de la tienda, seguida por la mirada de la vendedora pelirroja.

    Al salir a la calle, experimenté un alivio increíble. ¡Listo! ¡Comprado! ¡Cinco minutos de vergüenza, y soy una feliz dueña del “realismo”! Ahora tenía que comprar alimentos: aquí, en la ciudad, son mucho más baratos y hay mayor opción. Todavía faltaba media hora para el autobús más cercano a Bischofswerda cuando me acerqué a una gran tienda de comestibles, considerando mentalmente qué comprar. En ese mismo momento, mi atención fue atraída por una enorme y deslumbrante camioneta blanca, que rodaba silenciosamente hasta la misma entrada de la tienda. Lexus LX 570. La inscripción brillaba en la puerta trasera. ¿Qué tipo de Lexus es este? Yo nunca había oído este nombre. Probablemente otra creación de la industria automotriz china. Mi primo Reinhard, que vive en Lübeck, también se compró una especie de automóvil chino, con un nombre impronunciable, pero me escribe por WhatsApp que está agotado con él: ¡se descompone constantemente! En ese momento, la puerta de la camioneta se abrió, revelando un interior beige, y un hombre salió de él. No joven, de unos cincuenta años, pero con una figura atlética, que se destacaba con ropa cara bien elegida. Un rostro varonil y de voluntad fuerte estaba coronado por un cabello grisáceo, con profundas calvas en la parte frontal. No guapo, por supuesto, pero yo no podía quitarle los ojos de encima. Toda su apariencia irradiaba confianza y fortaleza espiritual.

    El extraño me abrió cortésmente la puerta, dejándome entrar galantemente. Tal señal de atención resultó ser muy agradable para mí: ninguno de los hombres de Bischofswerda sujetaría la puerta para dejar pasar a una mujer. Pero para este hombre, este comportamiento parecía ser algo común: después de entrar en la tienda de mí, inmediatamente dejé de prestarle atención y comencé a hurgar en los estantes con los ojos. Sólo el aroma agrio de una colonia de hombre cara me seguía como un rastro invisible. También comencé a elegir productos, llenando una canasta con ellos. Después de haber realizado todas las compras necesarias y pagado en la caja, comencé a meter lo que compré en una bolsa de plástico que yo había llevado, cuando de repente sentí el olor familiar de un perfume noble y al levantar la cabeza, me encontré con la mirada del extraño del Lexus. Caminé, sosteniendo una caja grande con un hermoso pastel, una botella de vino y una caja dorada de chocolates. Mirando al respetable hombre, cometí un error fatal: extendió la mano sin mirar tocó el bolso que estaba en el borde del mostrador, se volcó y ¡un «realista» rosa saltó de su matriz! El pene artificial saltó del mostrador, como un bollo fabuloso, golpeó su cabeza elástica contra las baldosas blancas del piso y, dando un intrincado salto mortal en el aire, galopó con pequeños saltos por el pasillo detrás de las cajeras. Mis cabellos se erizaron, se formó un vacío en mi alma y, obedeciendo a un reflejo, corrí hacia mi amiga de silicona, pero en ese momento, la risa resonó en el pasillo. ¡Qué desgracia! ¡Fuera de mí, agarré lo que había comprado del mostrador y corrí hacia la salida como una bala! Detrás de mí una ola general de risas.

    Una vez en la calle, me precipité sin sentir el suelo debajo de mí en dirección opuesta a la estación de autobuses, maldiciendo todo en el mundo: esta ciudad llena de malvados alegres, el «realista», yo misma, por haber ido a tierras lejanas a comprar caucho! Después de correr dos cuadras, cambié a una caminata rápida, miré furtivamente a mi alrededor y no estaba claro por qué volví a correr. Pero después de un minuto, habiéndome recuperado un poco y calmado, volví a caminar normalmente. Respiraba como una locomotora, mi rostro ardía de vergüenza y mis manos que sostenían las bolsas temblaban. ¡Sí, nunca había experimentado tanta vergüenza en toda mi vida! Mis pies me llevaron a lo largo de la acera lejos de la desafortunada tienda, en cuyo piso yacía mi fallido amante artificial.

    De repente, al mirar hacia la calzada, vi un gran coche blanco que se movía lentamente. ¡Lexus! ¡El único! El pánico volvió a apoderarse de mí, pero ya no podía correr: mis piernas estaban cansadas y no obedecían. Y el Lexus, habiéndose adelantado un poco, se detuvo. La puerta se abrió y el hombre que ya conocía caminó hacia mí con paso confiado, sosteniendo un rollo de periódico en la mano. Por miedo, me congelé en el lugar. Y el hombre que se acercó me entregó un objeto en forma de huso envuelto en papel, y me dijo con una agradable voz de barítono: “¡Esta cosita probablemente no sea barata, pero tú, como yo lo veo, no pareces millonaria! ¡Tómalo!» Sacudió la cabeza negativamente, pero el hombre, ignorando esto, puso el paquete en mi bolso, se dio vuelta y se dirigió al auto. Mirando su espalda ancha que se alejaba, imaginé por un momento cómo este hombre, ante la risa salvaje de la multitud, recogió al «realista» y salió de la tienda con él. ¡No puedes negar su valentía! ¡Yo misma ciertamente no tocaría un juguete así frente a una multitud sin alma! Mientras tanto, el hombre llegó al automóvil y estaba a punto de subirse a él, pero mirándome parada como una estatua, preguntó con cuidado: “Mujer, ¿estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo?»

    ¡Autobús! ¡Me olvidé por completo del autobús! Faltaban diez minutos para mi partida, ¡y yo hui de la estación de autobuses en dirección completamente desconocida! Como una atleta, una velocista, corrí hacia el Lexus y, corriendo hacia el hombre, casi grito: “¡Por favor, llévame a la estación de autobuses! ¡Mi autobús se va ahora! El señor abrió rápidamente la puerta del pasajero frente a mí y él tomó el asiento del conductor. Me acomodé en una confortable silla de cuero: el automóvil aceleraba rápidamente, pero, para mi sorpresa, no escuchaba el ruido del motor. Una música electrónica enérgica se transmitía silenciosamente desde parlantes invisibles. El hombre guardó silencio, como un taxista concienzudo que no está acostumbrado a mantener conversaciones con los pasajeros, lo que hizo que yo me sintiera incómoda, y pregunté cortésmente: «¿Qué tipo de música interesante se está reproduciendo aquí?» “Trance psicodélico”, explicó él, “música que no es propia de mi edad, pero, sin embargo, muy interesante y, por cierto, tiene su origen en las prácticas meditativas de la antigua India”. Ambos permanecimos en silencio durante el resto del viaje. Me sentí relajada, escuchando música extravagante, examinando el lujoso interior del automóvil y observando furtivamente al extraño conducir el vehículo.

    Habiéndose acercado al edificio de la estación de autobuses, el hombre me miró cuidadosamente a mi cara y de repente dijo: «Mi nombre es Leonard Saage, y ¿cuál es tu nombre?» «Valerie… Rapp», respondí con incertidumbre. “Valerie, ¡quiero invitarte a mi casa!” Leonard dijo con mucha decisión: “¡Piensa detenidamente antes de negarte de inmediato, escucha a tu corazón! Escucha el mío mientras conduzco, ¡así que te invito!”. «Pero, me parece que ya has invitado a alguien a visitarte», señalé hacia el asiento trasero, donde había un pastel, una botella de vino y dulces, «¡no mientas que me lo compraste!” «¡Eres observadora!» notó el hombre, después de lo cual sacó un teléfono móvil, llamó a un número de contactos y presionó el botón de llamada.

    Observé sus manipulaciones con desconcierto. Cuando contestaron el teléfono en el otro extremo, Leonard encendió el altavoz. Respondió una joven con una voz viva y alegre, a quien Leonard le informó que ella no podría venir hoy, como le prometió, debido a que tenía un asunto urgente. La chica se quedó molesta, y rápidamente se despidieron y colgó. Por alguna razón, la imaginé como una vendedora pelirroja de una tienda de sexo. Habiendo terminado la conversación, Leonard dijo: “Aquí. Ya he quemado los puentes detrás de mí, independientemente de tu decisión. Espero que lo aprecies.» Pensé sola con mis pensamientos infelices, y este hombre me resultaba muy interesante, aunque comprendía que difícilmente podría tener intenciones serias. “Dime, ¿el Lexus es un automóvil chino?” le pregunté inesperadamente. Luego le tocó el turno a su interlocutor de sorprenderse: “¡No, japonés! Pero, por favor, qué tiene que ver esto…”, exclamó. «¡Estoy de acuerdo!» lo interrumpí.

    El coche arrancó de nuevo. «¡Así que quemé los puentes detrás de mí!» pasó por mi cabeza de profesora rural. Durante todo el camino, mientras conducía por las calles cubiertas de hojas amarillas, Leonard habló de sí mismo. Es un ex oficial de inteligencia militar, ahora retirado, y trabaja como jefe de seguridad en un banco de renombre. Por cierto, este mismo Lexus es un regalo del Bundesnachrichtendienst (Servicio Federal de Inteligencia alemán). No casado. O más bien, se divorció hace muchos años: su esposa no pudo soportar sus largos viajes de negocios y, habiendo empacado sus cosas, se fue, llevándose a su hija con ella. Yo también compartí con él los principales detalles de mi vida, pero mi historia resultó ser mucho más corta: la vida de una modesta profesora resulta ser menos dramática.

    La casa de Leonard no encajaba en el concepto de «casa», como se considera comúnmente en Bischofswerda. Era una mansión de dos pisos, rodeada por un elegante cerco, ubicada, como ahora está de moda decirlo, en un área ecológicamente limpia, o sea, simplemente en las afueras. Las puertas automáticas permiten que el automóvil ingrese al garaje conectado con la casa. Aparentemente, el propietario llevaba un estilo de vida bastante activo: en una esquina del garaje había una brillante moto de nieve importada, y en la otra, en una percha especial, colgaba un traje de neopreno negro, aletas largas y algún tipo de intrincado dispositivo de respiración.

    Entramos en la casa directamente desde el garaje. Vi ese entorno solo en la televisión, en interminables series de televisión sobre vida de gente rica. Tenía mucha hambre y me ofrecí como voluntaria para cocinar y preparar la cena. ¡Una cocina de este tipo, donde todo está amueblado de manera tan hermosa y cómoda, y hay todos los electrodomésticos que pueda necesitar para cocinar! Guisé pollo en el horno, hice dos ensaladas, una más simple, de pepinos con tomates, y la otra, exótica, con aceitunas y champiñones.

    Cuando nos sentamos a la mesa, comenzaba a anochecer y caía una fina lluvia otoñal, por lo que todo lo que sucedía en una casa acogedora, bien iluminada, adquiría una especie de solemnidad. El anfitrión me sirvió una copa de vino rosé y un vaso de whisky para él. El primer brindis se hizo, como siempre, por un conocido. El segundo brindis es por la invitada. Y después del tercer brindis por el amor, sentí que ya estaba borracha. Me atraía la conversación, y charlaba sin cesar sobre una variedad de cosas: sobre su vida, sobre la escuela en la que enseño y sobre la dura suerte de los trabajadores rurales. Leonard, por el contrario, después de beber se volvió menos hablador, respondió preguntas con moderación y escuchó más, sin apartar la vista de mí. Los hábitos de un oficial de inteligencia experimentado, para quien el uso del alcohol por parte del interlocutor se percibía como una forma de obtener la información necesaria, surtieron efecto. Y mi embriaguez seguramente le recordaría la acción de la escopolamina o el pentotal de sodio, «sueros de la verdad» generalizados. Me volví dolorosamente habladora. Pero, a pesar de todo, la fiesta fue un éxito: comimos rico, bebimos y conversaron muy bien. La velada llegaba a su conclusión lógica.

    “Tengo muchas habitaciones en mi casa, elige cualquiera”, el dueño se dirigió a mí, “Además, tienes un baño a tu disposición. Te daré una toalla limpia». Yo todavía no quería dormir, pero los procedimientos de agua no me harían daño: después de correr hoy, el cuerpo necesitaba un bañarse, pero era interesante lavarse en un baño burgués real. La bañera era enorme y deslumbrantemente blanca, burbujeando como si el agua estuviera hirviendo en ella. Yo yacía en ella y me divertía, comparando mentalmente esta habitación blanca como la nieve con mi vieja casa, y la comparación no estaba a favor de la última.

    Luego me vertí durante mucho rato bajo la ducha, reconfortando mi cuerpo bajo el chorro elástico. Me sentí muy bien. Después de asear mi piel aterciopelada con una toalla esponjosa, me puse las bragas, cambié la toalla sanitaria perfumada y, en lugar de una bata o un pijama, me puse una camisa a cuadros gruesa y suave del dueño, que me dio antes de bañarme. Cuando salí del baño en tal estado, con el cabello mojado suelto y las piernas esbeltas y fuertes que blanqueaban, Leonard me miró con admiración y se acercó tanto a mí que sentí su cálido aliento en la piel húmeda de mis mejillas. Los pezones de mis pechos se endurecieron al instante, sobresaliendo a la tela de la camisa. Ya sabía lo que sucedería a continuación y, por lo tanto, cerré los ojos mansamente.

    ¡Cuánto tiempo había estado esperando un beso así! Mis labios se abrieron obedientemente bajo el embate de la lengua de Leonard, y yo misma no me di cuenta de cómo envolví mis brazos alrededor de su fuerte cuello. Por un minuto nos quedamos abrazados, besándonos, y luego el dueño me levantó fácilmente en sus brazos, y en un momento ya estábamos acostados en el dormitorio sobre su amplia cama. De la creciente ola de emociones brillantes, yo tenía un vacío en la conciencia. Cuando volvió en mí, vi que estaba acostada boca arriba, envolviendo mis brazos y piernas alrededor de Leonard, y el epicentro de todas mis sensaciones estaba entre mis piernas ampliamente abiertas, donde la carne masculina caliente penetraba con sacudidas seguras. De placer, no sentía ningún remordimiento por mi desenfreno, ni vergüenza frente a un hombre casi desconocido, ni disgusto por sus profundos besos.

    Tan sólo deseaba tanto el sexo que, desechando todo pensamiento negativo, movía resueltamente mi pelvis hacia Leonard, quien me penetraba. Nuestros cuerpos desnudos chocaron con un sonoro aplauso. No en vano, alcancé el orgasmo muy fácilmente. ¡Oh, qué agudas eran estas sensaciones! Nunca había experimentado algo así. ¡La energía sexual que había estado dormida durante mis años de viuda estalló como un genio de una botella! Y cuando solté un poco y abrí los ojos, se me apareció una imagen maravillosa: Leonard, sacando bruscamente su pene de mí, lo sacudió rápidamente, y grandes gotas calientes de líquido seminal volaron sobre mi estómago y mi cofre.

    Luego nos acostamos durante largo rato abrazándonos con fuerza, yo estaba en el séptimo cielo con felicidad: había soñado con esto durante tanto tiempo, con la sensación de un cuerpo masculino fuerte y con un envolvente orgasmo. Anteriormente, a menudo pensaba que si tenía otro hombre después de Richard, lo compararía constantemente con él durante las relaciones sexuales y esto me impediría disfrutar. Pero ahora, que sucedió, no pasó nada de eso. Simplemente disfrutaba de las caricias de Leonard, me regocijaba por su cercanía y no recordaba en absoluto a mi exmarido. Es difícil decir si esto es bueno o malo, pero así fue.

    Repentinamente Leonard dijo, «¡Esos cortes de pelo no están de moda ahora!» El cabello de mi cabeza aún no estaba seco, y comencé a sentirme exaltada, tratando de entender qué le pasaba. Pero cuando vi una sonrisa en el rostro de Leonard y sentí la palma de su mano en mi pubis, me di cuenta de qué tipo de «corte de pelo» se refería. Estaba avergonzada: “¿Y cuáles están de moda ahora? ¡En nuestro pueblo, esa «moda» no se sigue!” La conversación sobre esto no fue del todo agradable para mí, pero al mismo tiempo fue interesante. «La mejor opción…», me respondió Leonard, sin dejar de acariciar suavemente mi entrepierna peluda, «…es afeitarse suavemente aquí»

    No soy tan tonta e inmediatamente me di cuenta de a dónde quería llegar mi nueva pareja. ¡Ay, no lo era! Rompí por completo los estereotipos de mi comportamiento hoy, por lo que, por cierto, fui recompensada. «¡Bien! ¡Intentemos convertirme en una fashionista!” dije con decisión: «¿Dónde está tu navaja?» Leonard me besó con fuerza, apreciando el coraje provincial, y sugirió: «Vamos, lo haré yo mismo, de lo contrario, mi navaja está muy afilada, ¡te cortarás en un santiamén!»

    Mechones de pelo negro y rizado contrastaban fuertemente con el suelo de baldosas blancas del baño. Aquí, en un sillón traído de la cocina, me senté en una pose completamente desvergonzada: con las piernas levantadas y las piernas separadas. Por supuesto, si no fuera por el vino bebido en la cena, difícilmente me habría decidido por tal desgracia. Leonard, como un verdadero peluquero, en cuclillas, lenta y diligentemente afeitó mi pubis y la entrepierna. Todo resultó genial. Mi «concha» suavemente afeitada parecía el de una niña: labios vaginales rosados y limpios, ligeramente húmedos e hinchados por la emoción, se veían tan apetitosos que Leonard no pudo resistirse: su lengua se deslizó celosamente sobre ellos. Sin comprender de inmediato lo que estaba sucediendo, primero me retorcí, tratando de levantarme, pero al ver una cabeza grisácea que se movía rítmicamente entre mis piernas abiertas, me hundí en la confusión. ¡Esto nunca me había pasado antes! Por supuesto, escuché sobre tales caricias, e incluso sabía que se llamaban «cunnilingus», pero mi difunto Richard trató tal manifestación de ternura con un desprecio no disimulado. Y luego… ¡qué agradable que es! Sentí cómo una lengua hábil y cálida me estruja con esfuerzo entre mis labios sexuales, rodea el clítoris con un movimiento circular, me hace cosquillas en el ano con excitación.

    Cuando la emoción de ambos socios llegó al límite, nuevamente nos trasladamos al dormitorio. Yo realmente quería complacer a este hombre, por lo que traté de ser una muñeca obediente en sus manos fuertes, traté de adivinar todos sus deseos y estaba lista para soportar cualquier cosa. Yo misma terminó rápidamente, violentamente, como si cayera en el abismo del placer, y ahora traté de hacer todo lo posible para que Leonard experimente lo mismo, pero esta vez no pudo alcanzar el orgasmo. Ambos ya estábamos cansados, empapados, cambiamos varias posiciones, de las cuales a mí me gustó especialmente la última: me acosté de costado, levantando la pierna en alto, y Leonard, que estaba arrodillado sobre mí, sintiendo con entusiasmo mis senos temblando con cada empujón, entró hábilmente en mi vagina caliente. ¡Al mismo tiempo, me parecía que su pene llegaba a mi estómago! Su escroto se frotaba agradablemente contra la superficie interna de mis muslos, y mi pubis bien afeitado se volvió tan sensible que olas de excitación recorrían mi cuerpo con cada toque. Y fue en esta posición que sentí la proximidad del segundo orgasmo. Pero aquí Leonard también alcanzó el pináculo del placer: de nuevo, su pene derramó semillas sobre mi blanca barriga con sacudidas pulsantes.

    “No tengo suficiente para un nuevo acto…”, me confesó cuando yacíamos abrazados, cansados de una larga sesión sexual. «Lo siento», dijo Leonard con pesar después de pensarlo un poco, «Ya no soy joven como para estar en forma nuevamente en dos minutos… Aunque…» Se levantó rápidamente y salió de la habitación, y en un minuto después volvió. En su palma, levantando orgullosamente su cabeza rosa, se encontraba el «realista».

    Era un espectáculo delicioso: un falo de goma elástica, abriéndose paso entre mis labios vaginales, se zambullía en mi concha rebosante de jugo una y otra vez. Para hacer que me sea más placentero, Leonard cambió el ritmo, giró su pene artificial y lamió periódicamente mi clítoris suavizado. ¡Esta vez, mi liberación sexual fue tan fuerte que incluso grité a todo pulmón! Y después de unos minutos, apoyando mi cabeza en su musculoso hombro, susurraba incontrolablemente: “¡Es una especie de cuento de hadas! ¡Es un cuento de hadas…» Sí, y ambos nos dormimos, aferrados el uno al otro.

    Cuando me desperté, ya era de día. De un tirón, sentada en el borde de una amplia cama, lo primero que miré fue el reloj colgado en la pared -eran las nueve de la mañana- faltaba poco más de una hora para que el autobús partiera hacia Bischofswerda. Tuve que darme prisa. De repente, al recordar lo que me había sucedido ayer, sentí un doloroso vacío en mi alma. ¡Qué vergüenza! ¡Lo que hice ayer! ¡Toda mi vida me consideré una mujer decente, y ahora, parezco la más puta, me entregué a la primera persona que se me cruzó por el camino! Mis ojos se posaron en una entrepierna bien afeitada y luego en el «realista» que estaba de pie en la mesita de noche. Aquí me deprimí considerablemente, incluso brotaron lágrimas de mis ojos por lástima y rencor hacia mí misma. Tenía miedo incluso de volver la cara hacia Leonard, que yacía a mis espaldas.

    «¡Llévame a la estación, tengo un autobús en una hora!» Dijo secamente mientras me vestía. Leonard también comenzó a vestirse, sin pronunciar una palabra. Su silencio me fortaleció en la creencia de que yo era solo una aventura de una noche para él. Y no podía ser de otra manera: ¡quién soy yo y quién es él! Y ahora, después de una noche de libertinaje como esa, probablemente me considere una puta estúpida de pueblo que vino a la ciudad a divertirse el fin de semana. Permanecimos en silencio todo el camino hasta la estación. Leonard ni siquiera encendió la música en el auto. «Adiós…» dije Valerie en voz baja, abriendo la puerta del Lexus. Leonard me tomó la mano con delicadeza, pero yo me aparté y salí corriendo del coche. «¡Preferiría salir de aquí!» -pensé, casi corriendo a toda prisa hacia el edificio de la estación de autobuses. Pero ya en la misma puerta no pude resistirme y miré a mi alrededor: Leonard estaba parado cerca de su auto y me miraba fijamente.

    Pasé toda la siguiente semana como si estuviera en la niebla. Atormentada por pensamientos dolorosos sobre lo que había experimentado durante el fin de semana: por un lado, Leonard realmente me gustaba, y con la respiración entrecortada recordé esos dulces momentos cuando estábamos juntos. Por otro lado, me maldije a mí misma por la estupidez, por haber claudicado a los bajos instintos, apareciendo en el papel de una alocadita accesible. Y cuando me fui a la cama, fue completamente insoportable: la sensualidad despertada por las caricias masculinas exigió relajación sexual, lo cual hizo que me durmiera con gran dificultad. ¡Era el momento indicado divertir mi carne caliente con un pene de goma, pero este maldito «realista» quedó olvidado de pie en la mesita de noche en la casa de Leonard! En general, mirara donde mirara, todo estaba mal. Solo el trabajo me ayudó a escapar de la negatividad de la vida. Esa semana fui a la escuela con gusto: los temas y evaluaciones entre profesores no me dio tiempo para pensar en problemas personales y autoflagelaciones.

    El otoño se está volviendo cada vez más visible. Las hojas de los árboles se han caído por completo, en el cielo gris opaco se podían ver cada vez más bandadas de pájaros volando hacia el sur, y las lluvias constantes comenzaban a arrasar los caminos rurales que era imposible salir sin botas. Tal clima no contribuye al optimismo en la vida, pero, sin embargo, al final de la semana laboral, comencé a recuperar la tranquilidad. Y para finalmente poner mis nervios en orden, decidí recurrir a un remedio probado y comprobado: un buen vino blanco de mi Sajonia. El sábado solo tenía dos lecciones, después de lo cual fui a la tienda y me compró una botella de vino, con la esperanza de alegrar con él una triste tarde de otoño. Me acercaba a mi casa inmersa en mis propios pensamientos, cuando de repente el suelo tembló bajo mis pies: en la misma puerta se encontraba un enorme Lexus blanco, salpicado hasta el techo por el lodo del camino secundario, y junto a él Leonard Saage sonreía con buen humor, agarrando en su mano un objeto alargado envuelto en un periódico…

  • Acompañé al estadio a papá y terminó cogiéndome en un hostal

    Acompañé al estadio a papá y terminó cogiéndome en un hostal

    Mi papá solía ir al estadio con mi hermano mayor. Casi cada sábado o domingo se iban juntos a ver a su equipo favorito. Un fin de semana, mi hermano mayor no pudo acompañarlo pues el siguiente lunes tenía un examen de la universidad. Mi papá ya había comprado las dos entradas y me pidió que lo acompañara. Le dije que no, pues el futbol no me interesa mucho. Insistió y prometió llevarme a comer algo rico luego del partido. Decidí acompañarlo.

    Fuimos al estadio en su auto. De niña y adolescente los habíamos acompañado al estadio algunas veces con mi mamá, pero ya de adulta, nunca había ido. No estaba muy emocionada por el partido, pero ya estaba planeando a donde podríamos ir a comer después. No recuerdo mucho del partido, sólo que ganó el equipo de papá y que estaba muy contento.

    Salimos del estadio y ambos en el auto sentimos la tensión del deseo. Sin palabras, solo la sentimos. Hacía algunos meses que no lo hacíamos. Yo tenía novio ese tiempo y me había propuesto serle fiel pues estaba enamorada. Pero en ese momento sentí como el deseo se apoderó de mi y sin que dijera él nada, supe que de mi papá también.

    Me preguntó ¿no prefieres ir a otro lado? Sin precisar donde ni para que. Pero era clara su propuesta y le dije que sí. Encendió el auto, manejó unos 20 minutos y me llevó a un hostal. Se estacionó. Bajamos en silencio. Pagó en recepción y subimos a la habitación. Seguíamos ambos en silencio. Lo habíamos hecho muchas veces, pero nunca en un hostal, como una pareja de amantes. Era algo nuevo y sentí que el morbo se iba apoderando de ambos.

    Ni bien papá cerró la puerta, me abrazó y me besó. Sentí sus labios húmedos y le respondí con pasión. Mientras me besaba, acariciaba mis nalgas y rápidamente empezó a desnudarme. Me sacó el polo, me desabrochó el jean. Jugando con mis pies, me saqué los zapatos. Quedé en sujetador y un calzón de señorita seria. Cómo íbamos al estadio, no me había preocupado de ponerme algo más sexy. Mientras me desnudaba, mi papá se iba desvistiendo.

    Quedamos ambos en ropa interior. Me guío hasta la cama. En ella comenzamos a besarnos y terminamos de sacarnos la ropa interior. Estando desnudos, pude admirar la verga de mi papá, más larga y gruesa que la de mi novio. Sentí tanto deseo de besarla y chuparla que me arrodillé a su lado y me metí lo más que pude en la boca. Como es grande, nunca he podido metérmela toda y mi papá lo sabe, pero le gusta mucho como la recorro con mi lengua y la forma en la que se la succiono.

    Sin que me dijera nada, unos minutos después me acomodé en 69 sobre él. Sentí su lengua recorrer mi coño y explorar mi culo. Concentró su lengua en mi coño y con sus dedos comenzó a jugar con mi culito. En pocos minutos, con dos dedos dentro del culo llegué en sus labios. Al sentir mi corrida, mi papá tuvo gimió también de placer y me llenó la boca de leche, me la tomé toda y con mi lengua se la limpié mientras se iba poniendo flácida.

    Me levanté y me acosté a su lado. Nos pusimos de costado, frente a frente mientras nos besábamos, comenzó a masturbarme. Hacerlo lo excitó rápidamente pues en pocos minutos la tenía nuevamente muy dura. Se puso boca arriba y me pidió que lo cabalgue. Me subí sobre él y cuando empezaba a brincar como loca, sonó su celular.

    Me levanté, lo saqué de su pantalón y se lo alcancé. Vi que era mi mamá. Le preguntó como nos estaba yendo y él le respondió que genial, que estábamos en la Cafetería San Antonio y que ya habíamos pedido. Me indicó con su mano que se la mame mientras hablaba y lo obedecí. Ella le pidió que hiciera algunas compras antes de ir a casa y él aceptó. Yo allí chupándosela, mientras ambos hablaban.

    Ni bien colgó me volví a montar. Sentir su verga grande en mi coño era delicioso, me hacía sentir muy puta y lo disfrutaba siempre. Mi novio nunca me lograba poner tan caliente. Pero con papá, por el morbo de ser mi papá y por el tamaño de su pene, siempre me descontrolaba.

    Me pidió el culo. Me levante un poco, aprovechó ese instante y me untó un poco de saliva, con ella y la humedad de su verga, me deje caer sobre él, entregándole mi culito. Pensé entregarme despacito, bajar poco a poco, pero me venció la lujuria y ni bien la sentí entrar, me deje caer toda, hasta tenerla toda dentro.

    Tuve un violento orgasmo en instantes. Comencé a moverme en círculos y de arriba hacia abajo, le miraba la cara de gozo y eso me hacía gozar más. Volví a tener un orgasmo. Sentía su verga llenarme toda y lo disfrutaba.

    Me levanté y me acomodé a su lado. Levante mis piernas y sin palabras el supo que quería entregarle mi culito con mis piernas en su hombro, para así poder besarlo mientras me poseía. Así lo hicimos. Siempre en esa pose me sentía más puta pues lo tenía gimiendo encima de mí. Esa vez no fue la excepción y mientras me besaba sentí su respiración acelerarse y tuvimos una deliciosa llegada juntos. Mientras me decía mi amor, mi nena, mi bebe, me sentía suya plenamente.

    Nos vestimos rápidamente. Fuimos directo al super. Esa tarde me quedé sin la comida rica prometida.

  • El piso de estudiantes, la puerta de enfrente

    El piso de estudiantes, la puerta de enfrente

    Han alquilado el apartamento de enfrente como piso de estudiantes. No es que la anciana pareja que vivía antes y se ha mudado a la Costa del Sol fuera una bicoca pero desde luego no molestaban mucho.

    Con dos puertas por planta suponía que a partir de ahora los nuevos vecinos podían convertirse en un suplicio.

    A mis cuarenta y tantos me había acomodado en mi estilo de vida de solterón, tras el divorcio. Buey suelto bien se lame, que decía mi abuela. Diciéndolo como algo más práctico, yo me lo guiso, yo me lo como.

    Aunque no me comía un colín, llevaba un mes en dique seco. No había conseguido echar un polvo en bastante tiempo y no es que sea muy escogido. Había probado de todo y me gustaba variar, al menos en el pasado.

    Estaba relativamente equivocado en lo referente al piso. Universitarios jóvenes, guapos y por lo que fuimos viendo con el tiempo, mas o menos formales. Durante la semana se dedicaban básicamente a estudiar sin montar jaleo.

    Los fines de semana o se volvían a las casas de sus padres o salían y aunque volvían de madrugada lo hacían lo suficientemente serenos o al menos con cuidado de no despertar a nadie. No habían organizado ni una fiesta los primeros meses así que la desconfianza fue bajando a pasos agigantados.

    Siempre he sido simpático y con ellos no me costaba mantener la sonrisa cuando nos cruzábamos en el rellano. La sonrisa y la mirada por sus cuerpos jóvenes, delgados y bellos. Aunque durante el invierno no podía disfrutar mucho de esas vistas. Iban muy tapados, como todos.

    Llegó la primavera y el tiempo mejoraba y todos nos íbamos librando de ropa según hacía más calor. Con lo que el espectáculo mejoraba, podía verlos en camisetas finas y de manga corta y en vaqueros ajustados.

    Hacía muchos años que no disfrutaba de un cuerpo masculino. Mis ultimas amantes habían sido todas mujeres. Supongo que simplemente por la vagancia de aceptar una cierta normalidad o mi ex-mujer me había acostumbrado al sexo heterosexual.

    Así que mi bisexualidad se había refugiado en ver de vez en cuando vídeos gays por internet y las pajas que caían con ellos.

    Pero tener aquellos cuerpos así al otro lado del tabique había despertado algo en mí. Y esa sensación la había ido desahogando en el gimnasio y la piscina. Donde además disfrutaba de la vista de otros cuerpos femeninos y masculinos en buena forma física. A veces incluso desnudos del todo en las duchas, los de los chicos.

    La sensación y la energía que me sobraba de no follar la gastaba haciendo ejercicio. Así que yo también podía salir en camiseta ajustada sin que me avergonzase una barriguita cervecera.

    Una mañana de un sábado de mayo especialmente caluroso llamaron al timbre. Me pilló en calzoncillos, un bóxer de lycra, ajustado y bastante normal. A punto estuve de ponerme algo más encima. Pero lo pensé mejor y me dije que si llamaban a esas horas quien fuera no se molestaría por verme así.

    Era uno de los vecinos de enfrente que iba algo más tapado que yo, pero no mucho más. Un pantaloncito de deporte de lycra muy reducido, corto y tan ajustado como mi bóxer.

    Su camiseta de deporte, por llamarla de alguna forma, apenas eran dos tirantes que se unían en la parte baja del vientre dejándome ver todo su pecho y los costados de su torso.

    Ya le conocía de vista e incluso sabía que se llama Manuel. Es guapo, alto, delgado, el cabello castaño claro, casi rubio y la piel blanca, marfileña.

    – Hola, nos hemos quedado sin café. Me podrías prestar algo. Luego salgo a la compra y te lo devuelvo.

    – Sin problema, pasa a la cocina y vemos que necesitáis.

    – Necesito, yo solo, este finde me han abandonado. Anoche me quedé estudiando y necesito algo para despejarme. Así que lo que tengas a mano me vendrá bien.

    – Tienes suerte, normalmente lo tomo soluble pero desde hace unos días tengo café de verdad. Pero necesitas cafetera y no sé si tenéis.

    – Tenemos de todo. Nuestras madres nos han provisto bien.

    – De todas formas lo estaba preparando. Te puedes tomar una taza conmigo y así ya lo llevas dentro. Si no tienes mucho que estudiar claro.

    Sonreí mirando sus formas perfectas y dejando que se diera cuenta de cómo admiraba su cuerpo. Él también recorría el mío con sus ojos azul claro.

    – Sería estupendo. Y llevo chapando semanas, lo llevo todo al día. Puedo tomarme un rato de relax. O dos si es en buena compañía.

    Me devolvió la sonrisa con sus dientes perfectos. He de admitir que eso del relax me sonó a gloria. Lo llevé hasta la cocina donde estaba preparando mi desayuno. Como no parecía estar molesto por lo breve de mi atuendo no me puse nada más encima.

    – Siéntate, eres mi invitado. ¿Como lo tomas?

    – Con leche y azúcar, por favor.

    A punto estuve de ofrecerle mi leche en ese mismo momento. Pero me pareció muy pronto para eso. Así que le puse una taza, la leche y azúcar delante para que se lo pusiera a su gusto y un pastel de crema. Como buen goloso siempre tenía algo de bollería a mano.

    – Así que también te gusta el dulce. Ya somos dos. En esta casa nunca falta.

    – Cierto, me encantan las cosas dulces.

    Él resultó ser tan goloso como yo. Verle disfrutar del bollito ya fue una satisfacción. Su sonrisa y los mofletes masticando lo decían todo.

    – Veo que estás muy cómodo en tu casa. Solo con ese bóxer tan bonito.

    – Y no me has pillado en bolas de milagro. Me puedo poner algo más si te incómoda o te puedes quitar la camiseta tú para estar más parejos. Lo que prefieras.

    Se limitó a tirar la camiseta sobre el respaldo de una silla.

    – ¡Joder!. ¡estás buenísimo!.

    Me salió de golpe, sin pensar. Al verlo, así con el torso al aire, no me pude callar.

    – Tú no estás nada mal y lo estoy viendo casi todo. Eso que llevas no tapa y marca.

    – Si quieres puedo enseñarlo todo. Ya no sería nada a estas alturas. Y ese pantalón que llevas parece pintado sobre tu cadera por cierto.

    – Pues por mí no te cortes, con este calor a mi también me gustaría estar desnudo.

    Empecé a bajar el bóxer despacio descubriendo mi pubis depilado y la raíz de la polla despacio. Como en un espejo él me imitaba. La lycra de su pantalón de deporte me iba dejando ver más de su piel según se lo quitaba.

    Con cada centímetro de epidermis que quedaba al aire me parecía más bello. Por fin las dos pollas algo más que morcillonas salieron al descubierto. Tiramos las dos prendas encima de su camiseta en el respaldo de una silla.

    – ¿Nos terminamos el desayuno?.

    – Si, claro, yo tengo hambre.

    A pesar de la calentura y sensualidad que había en la habitación no teníamos prisa. Volvimos a sentarnos a la mesa, lado a lado, pero mirándonos a los ojos con concentración. Por no mirar a las pollas desde luego.

    Su expresión era de pura lascivia, creo que igual que la mía. Cuando sacó la lengua para lamer la crema de un pastelillo ya no pude esperar más. Dejé caer una mano con suavidad sobre su muslo.

    Los dedos por la cara interna subiendo despacio hacia su polla. Viendo que habíamos dejado de disimular se inclinó hacia mí buscando mis labios. Su beso empezó siendo suave. Cogiendo mi labio inferior entre los suyos.

    Yo le di mi lengua y mi saliva. El beso se fue haciendo cada vez más lascivo. En ese momento noté su mano acariciando mi pecho y pellizcando mis pezones con suavidad, con lo que eso me excita.

    Debió notarlo por el jadeo que solté. Así que para ponerme aún más cachondo se inclinó a lamerlos. Para entonces yo ya tenía en la mano su rabo que se había puesto bien duro. Y acariciaba sus suaves y pelados huevos.

    – Mejor vamos a la cama. Será más cómodo.

    Me levanté y durante el segundo que le dí la espalda para dirigirme a mi dormitorio aprovechó para besar una de mis nalgas. Como aún estaba sentado le fue fácil.

    – ¿Tantas ganas tienes?. Estas muy cachondo.

    – Creo que como tú. Llevas un buen rato con la polla apuntando al techo. ¿Hacia mucho que no follabas?

    – Seguro que más que tú. Tienes muy buena compañía en el piso.

    – No están mal, y nos divertimos pero hoy quería probar algo diferente.

    Se pegó a mi espalda poniendo su polla entre mis nalgas y me abrazó por la cintura rodeando cuerpo.

    – ¿El café?

    – Mejor la leche. La que guardas aquí.

    Rodeó el tronco de mi rabo con sus dedos finos y largos. La acarició un par de veces antes de levantarse y venir detrás de mí. No perdía de vista mi culo, seguro que pensaba en follármelo.

    Junto al lecho nos abrazamos buscando la boca del otro. Cruzábamos las lenguas fuera de las bocas. Besaba de miedo, como queriendo saborear toda mi boca, chupando la sin hueso. Dejando caer nuestras salivas hasta los pechos de ambos.

    Aprovechando esto se inclinó de pronto a lamer la piel de mi torso. Buscaba mis pezones que se metió entre los labios. Es algo que me encanta, los tengo muy sensibles y jadeaba, ya sin control.

    – ¡Sigue! Lame toda mi piel.

    Yo alcanzaba a acariciar su espalda torneada, el cuello y los hombros. Levantó mis brazos solo con un gesto y pasó la lengua por mis depiladas, suaves y muy sensibles axilas. Ese chico sabía como excitarme.

    Le dejé hacer por supuesto Me estaba poniendo a mil. Siguió lamiendo mi vientre, metió la húmeda en el ombligo y un rato más tarde estaba besando el pubis y la raíz de la polla. Ésta

    durísima apuntaba directamente al frente.

    Pasó de largo y se metió mis huevos en la boca. Antes de seguir me empujó a la cama para estar más cómodos y que yo pudiera también acariciarlo. Mejor todavía él pensaba en un sesenta y nueve. Así que dejó su bonito y depilado rabo al alcance de mis labios y lengua.

    Además agarré con fuerza sus nalgas. Las separé para poder acariciar el ano. No podía gemir pues para entonces ya tenía mi verga en la boca y viceversa evidentemente.

    Ya no paramos hasta corrernos en la boca del otro. En vez de tragar su lefa la guardé en la boca para dársela en un nuevo beso. A él se le había ocurrido la misma idea. Y un segundo más tarde nos vimos cruzando las lenguas con nuestro semen en ellas.

    Ese chico es tan guarro y morboso como yo.

    – Como todos en tu piso sean como tú os lo pasasteis de miedo.

    – Más o menos sí.

    Mientras habíamos estado comiéndonos los rabos no habíamos dejado de jugar con el culo del otro. Para cuando me corrí ya tenía dos dedos abriendo su ano. No me fue muy difícil. Ya lo tenía bien trabajado.

    El mío a esas alturas también se abría bien y él lo aprovechaba para hurgar en mi interior. Con todo ese tratamiento mientras nos besábamos las pollas se estaban volviendo a poner duras.

    – ¡Fóllame!

    Me dijo. Y no pensaba llevarle la contraria aunque también deseaba su rabo en mi interior. Quería ver su cara de vicio mientras le penetraba. Así que le puse en el borde de la cama. Y yo de pie frente a él.

    Apoyó las piernas en mi pecho, bien abiertas. Él sabía lo que yo estaba buscando. Mantuvo las nalgas separadas con sus manos mientras mi glande se iba abriendo paso en su interior.

    Tenía sus pies a los lados de la cabeza y aproveché para besarlos y lamerlos. Mientras me movía despacio pero firme, sujetando sus muslos con las manos. Hasta meterla entera en el caliente horno que era su duro culito.

    Le miraba a los ojos disfrutando de su cara de morbo a la vez que él estaba viendo la mía. Tardé un rato en correrme pero no quería sacar la polla de allí por nada en el mundo.

    Al final la cosa se fue final y terminó por door sola de tan caliente agujero. Después de una limpieza rápida volvimos a la cama aún con ganas. Su rabo seguía duro como el hierro.

    – ¡Cabálgame!

    Era una opción que me gusta bastante así que no puse objeciones. Me subí sobre su cadera. Dejé caer un buen chorro del lubricante que siempre tengo a mano sobre su glande. Fue resbalando por el tronco hasta llegar a sus huevos.

    – Suave, por favor.

    – Desde luego.

    Él mismo sujetaba su polla en posición vertical para acertar con mi ano a la primera. Bajando despacio hasta que mis nalgas se asentaron en sus muslos. Me apoyaba en su pecho y aprovechaba para pellizcar sus pezones con suavidad.

    Ver su cara de vicio y por sus gemidos me evitaban todavía más de lo que ya estaba. Empecé a moverme despacio. Subir y bajar sin prisa. Quería disfrutar de la sensación de tenerlo dentro.

    Ya no paré hasta que se corrió en mi interior. Aprovechando que habíamos pasado por el baño y que estábamos limpios por dentro y por fuera, tiró de mi cuerpo hasta ponerme encina de su cabeza.

    Se puso a lamer la lefa que salía de mi ano en un fantástico beso negro. Yo era el que suspiraba al notar su lengua recorriéndome desde el ano a los huevos sin descanso.

    Al fin caí rendido a su lado en mi colchón. Sonriendo como bobos nos mirábamos a los ojos y vivimos a besarnos.

    – Tío ha sido genial.

    – Fantástico. Follas cómo los ángeles. Tierno y morboso.

    – Tendría que volver a estudiar un rato. Se me ha pasado la mañana.

    – Si quieres quedarte a comer, puedes.

    – Mejor que no o volveríamos a engancharnos. Pero puedes estar seguro que quiero repetir.

    – Pues cuando tengas ganas solo tienes que cruzar el pasillo. Y si quieres invitar a alguno de tus compañeros estaría bien.

  • Me despertó la lluvia y ellos cogiendo en la ducha (parte 8)

    Me despertó la lluvia y ellos cogiendo en la ducha (parte 8)

    Me despertó el ruido de la lluvia sobre el patio cubierto. El aire estaba pesado, transpiraba y noté que estaba al palo y solo en la cama. Fui al baño y comencé a escuchar gemidos y jadeos tras la puerta entornada. Entré y vi como Nicolás de rodillas le estaba dando una mamada a fondo a Mateo bajo la ducha aferrándose a sus nalgas mientras mi vecino le sostenía la cabeza para empujársela más adentro.

    Los sobresalté con un

    -¡Hola!, me lavo los dientes y me sumo.

    Apenas me miraron y siguieron con lo suyo. Me lavé los dientes y la cara para despejarme, me metí en la bañera y como pude los desplacé un poco de debajo del agua para lavarme y enjabonarme, al tiempo que acercaba mi pija dura entre las nalgas de Mateo para pajearme entre sus firmes cantos y él se meneaba cogiéndose a Nico por la boca. Cuando terminé de enjuagarme bien, tomé a mi vecino de la cintura para acercarlo a mi cuerpo, rodeé su torso con mis manos para acariciarlo y empecé a besarle el cuello, la espalda, las orejas apoyando mi poronga entre sus glúteos. Gimió ahogadamente de placer y recostó su cabeza sobre mi hombro, mirándome a los ojos con la boca abierta. Le di un beso de lengua apasionado y profundo que acompañó con gusto sin dejar de menearse entre la boca de Nico y mi pija.

    Muy a desgano le solté la boca y empecé a lamerle la espalda, bajando por su columna y provocándole escalofríos hasta llegar a sus nalgas, que mordí, lamí y chupé con furor, mientras empecé a meterle los dedos, índice y medio, enjabonados en su culo sin mayor dificultad pese a que dio un ligero respingo al sentirlos. Se inclinó apenas hacia adelante cuando yo le hundía los dedos y le masajeaba el ano con suavidad, pero profundo.

    No tardé en sumar mi dedo anular al masaje y me puse como una moto cuando noté que jadeaba más y seguía el compás de mi masaje anal, volví a besarlo muy intensamente apoderándome de su lengua que metía y sacaba de mi boca, como si fuese una poronga para mí, y yo la chupaba como tal. Nos estaba cogiendo con su lengua en mi boca y con su pija en la boca de Nico, además de acompañar el masaje de mis dedos en su culo dilatando y contrayendo el esfínter, lo que me volvía loco de placer. Por sus gemidos y jadeos pensé que iba a eyacular en la boca de Nico, pero seguía aguantando.

    -Potro, le susurré al oído, cómo cogés.

    Me miró a los ojos, no dijo nada y me volvió a chuponear con desesperación. Seguimos así varios minutos, que no sé cuántos habrán sido, hasta que me separé un poco de su cuerpo, le saqué los dedos del culo para abrirle las nalgas y de parado, le apoyé mi glande en la puerta de su ano para ir metiéndoselo lentamente, muy despacio hasta que entró todo, haciéndolo estremecer de placer. Tras haber entrado el glande, seguí penetrándolo de a poco atrayendo su cintura hacia mí hasta que llegué a meterle toda la pija en su interior.

    Sentirla dentro de él, apretada por su culito estrecho, pero ya no tanto como el día antes en el río, me causaba oleadas de placer, que se acentuaron cuando empecé a cogerlo. Sacaba el tronco hasta solo dejarle el glande adentro y volvía a entrar muy despacio, así una y otra vez, y él empezó a coordinar su vaivén con la mamada de Nico, cada vez más rápido. Cada tres o cuatro acometidas, me quedaba quieto para no correrme y para evitar que Mateo acabara enseguida, pero él no dejaba de menearse y, de hecho, nos estaba cogiendo a los dos, con su culo, con su pija y con su boca ansiosa, porque cuando yo me detenía, él se reclinaba sobre mí y volvía a besarme con ansia desesperada, lo que me llevaba a las nubes.

    Tras varias pausas, se inclinó algo más hacia adelante para que le entrara bien mi pija, empezó a menearse más rápido, yo incentivé mis embestidas y con voz entrecortada gritó:

    -¡Voy a acabar, voy a acabar, putos, putos, putos!, echando varios chorros de leche en la boca de Nico, que éste tragó con fruición haciendo que yo aullara de placer y me corriera varias veces en su precioso ano.

    Se nos aflojaron las piernas al punto que casi nos caemos, pero entre los tres pudimos sostenernos, ya que Nico se alzó con su boca chorreando semen y nos besó a los dos, compartiendo la leche de Mateo con su dueño y conmigo en un morreo interminable. Es que él seguía al palo, porque ni siquiera se había tocado mientras le chupaba la pija a mi vecino.

    Nos enjuagamos la boca en la lluvia, y comenzamos a pajear a Nico, mientras lo besábamos, lo acariciábamos y también nos besábamos entre Mateo y yo. Aproveché para enjabonar sus manos y las mías y nos empezamos a meter de a dos y tres dedos en los respectivos anos, aunque Mateo se quejó de que le ardía un poco, así que él se dedicó al mío y yo al de Nico.

    Nos masajeamos y pajeamos un rato largo hasta que Nico se tensó y dijo que iba a acabar. Le apretamos bien fuerte la base de la poronga y pudimos contenerlo. Seguimos con los morreos y masajes anales otro rato, hasta que nos pusimos al palo de nuevo y yo me senté en el borde de la bañera para chuparle la pija a mi compañero de clase, que chorreaba bastante líquido pre seminal, mientras lo tomaba de sus nalgas para empujarlo hacia adentro de mi boca, ellos se seguían besando y Mateo masajeaba a fondo el ano de Nico, que empezó a cogerme por la boca. Cada tanto me la sacaba de la boca y le lamía el tronco y los huevos, que los tenía prietos y bien juntos en un bolso redondo y delicioso. Volvía a chuparle la poronga hasta tragármela toda y comencé a separarle los glúteos para ayudarlo a Mateo que ya estaba apoyando su miembro erecto en la puerta del ano de Nico.

    Mateo lo inclinó ligeramente hacia mí, lo que me dejó en una posición incómoda para seguir la mamada, pero no cejé en mi empeño, hasta que se la pudo meter toda adentro y empezó a cogerlo de parado tomándolo de la cintura y atrayéndolo hacia su cuerpo. Nico colaboró empujando hacia atrás y adelante, repitiendo lo que Mateo había hecho antes. Jadearon y gimieron como animales en celo, se besaron profundamente varias veces, comiéndose mutuamente las lenguas y yo los miraba preso de una furia de placer chupando desaforadamente la pija de Nico, como si me fuera el alma en ello.

    Tras varios minutos y repetidas veces en que tuve que apretarle bien fuerte la base de la poronga para que no acabara, Nico no aguantó más, gritó que quería acabar, me cogió más rápido la boca, mientras yo lo dejaba hacer, se estremeció brutalmente y echó dentro de mí cuatro o cinco chorros de semen que me tragué con deleite, dejándole la poronga limpia y brillante. Al eyacular provocó varias contracciones en su ano que atraparon la pija de Mateo en su meta y saca, volviéndolo loco de gusto. Mateo le pedía a Nico que se moviera más:

    -Dame más, cógeme con tu culo, qué bueno que está, decía con voz ahogada.

    -Dame tiempo, puto, que ahora te sigo dando, le respondió Nico. Mientras, se reclinaba apoyando sus manos en mis hombros y me daba un morreo de campeonato, saboreando su propia leche en mi boca, que correspondí metiéndole la lengua casi hasta el paladar varias veces. Mateo pudo así cogerlo con más comodidad, aceleró sus embestidas y tras varios minutos se vino de nuevo pero esta vez en el culo de Nico.

    -No te salgas, no te salgas, potro, dejámela adentro, le decía mi compañero de clase.

    -Sí, está muy rico tu culo, cómo lo movés, te la dejo adentro y te voy a coger otra vez, puto, le respondió Mateo, y empezó a moverse de nuevo.

    -Así, así, decían los dos, rebosantes de placer y calentura, dejándome un poco de lado.

    Los veía y seguía caliente, así que me puse de pie, dejé que Nico se apoyara en el borde de la bañera mientras Mateo lo enculaba de nuevo agarrado a su cintura, sin haberse salido, y me puse detrás de mi vecino para gozar de sus acometidas, que empujaban sus hermosos glúteos contra mi pija erecta de nuevo. Pasé mis brazos por entre los suyos para acariciarle los pectorales y abdominales y atraerlo hacia mí, se volvió a reclinar sobre mi hombro y nos besamos primero con mucha dulzura y después dimos rienda suelta a nuestra pasión para profundizar los chuponeos y lengüetazos profundos por varios minutos, mientras Nico pedía más pija y más a fondo.

    Estábamos locos de placer, los glúteos de Mateo me pajeaban, él se aferraba con una mano en la cintura de Nico y con la otra en mi nalga y seguíamos besándonos a fondo, jadeando y gimiendo por la calentura.

    -¡Qué bien coge Nico!, me susurró Mateo mientras le besaba y lamía el cuello.

    -¡Vos también!, le respondí, sos un potro hermoso.

    -¡Qué puto sos!

    -¿Viste?, le dije mirándolo a los ojos y me volvió a besar.

    No nos queríamos soltar porque el placer no tenía límites, hasta que se me ocurrió ponerme en el medio y les pedí:

    -Hagamos otra vez el trencito, le dije mirándolo a los ojos, como enamorado.

    -Te quiero coger a vos, me dijo Mateo.

    -Dale, estaba esperando tu pija, la quiero toda adentro, le respondí fuera de control.

    Nico se sorprendió cuando Mateo se salió de su interior.

    -Ya seguimos, le dije y lo hice reclinarse sobre el borde de la bañera, con sus manos apoyadas por fuera, en el piso del baño, quedándome su culo en pompa.

    Sin dificultad se la pude meter de una hasta el fondo y me recliné un poco sobre su espalda para ofrecerle el trasero ya enjabonado a mi vecino ansioso por cogerme. De a poco sentí cómo acomodaba su glande en la puerta de mi ano y me lo fue poniendo con mucha delicadeza hasta que sentí su pelvis en mis glúteos, señal de que me había metido su poronga hasta el fondo y empecé a moverme para cogerme a mis amigos con la pija y con el culo.

    Estuvimos así varios minutos que parecieron segundos hasta que, primero yo en el culo de Nico, y luego Mateo en el mío, eyaculamos los pocos restos de leche que nos quedaban. Nos fuimos aflojando, ayudamos a Nico a ponerse de pie y nos volvimos a enjabonar y lavar entre los tres, con más morreos, caricias y pajas frenéticas e interminables.

  • Una noche con Mar (3 de 3)

    Una noche con Mar (3 de 3)

    Estábamos, en la segunda parte del relato, en que Mar se vino mientras el cornudo le hablaba por teléfono y yo me la estaba cogiendo. Después, sacó del refrigerador el segundo vasito con lefa, lo llevó a la recámara y regresó conmigo a la sala.

    Al terminar de lavar los trastes, me preguntó “¿Jugamos ajedrez?”. Ya sabía yo que ella aprendió en el Cbetis y que después de allí sólo jugó con Bernabé y con su hijo mayor, a quien ella le enseñó desde que él era niño. Asentí y trajo a la sala el tablero. Jugamos a la suerte los colores y acomodamos las piezas en la mesa de centro.

    Me senté en la alfombra del lado que me correspondía. Seguramente yo sé menos que tú, así que te pondré un grado de dificultad: giró 180º el tablero y se inclinó para que le chupara la raja y el ano. La vagina aún estaba mojada del flujo de su venida y se notaba en sus verijas las chorreaduras de éste. “Límpiame las piernas, la raja y el culo”, me pidió con una voz de puta.

    Conforme saboreaba su sexo se me fue endureciendo el falo y se sentó de golpe en mí. “Ya tiré P4R”, dijo y entendí lo del grado de dificultad: mala visibilidad, reconocer el avance de las piezas en sentido contrario y, por si fuera poco, después de hacer ella una tirada, se mecía en círculos sobre mi pene apachurrándome los huevos. La tranca no se me bajaba y hubiera sido más fácil jugar con los ojos vendados si ella me decía el movimiento que hacía.

    –Sospecho que así juegas con Bernabé –aseguré, disfrutando de su movimiento.

    –Sí, ¿no te gusta?

    Resumiendo, quedamos tablas y con muchas ganas de cambiar el juego. Como pude, con muchos trabajos y sin sacarle la verga, me la llevé cargada a la cama. Ahí, ella me puso bocarriba, me chupó los huevos depilados, como ella los quería, mientras jugaba con mi falo. Después me montó.

    –Antes de cabalgar para bajar el desayuno, vamos a probar la segunda muestra de leche –dijo, tomando el segundo vaso con semen y lo vació en su boca.

    Me gustó la manera pícara en la que me miró antes de besarme. ¡Ese beso! jugó con su lengua en mis encías y en el interior de mis mejillas. Sacó la lengua para tomar el resto de semen que había quedado. “Saca la lengua, te va a gustar”, dijo, y yo obedecí lamiendo el interior del condón. Volvimos a besarnos y, al terminar la prueba del sabor, ella se acomodó y comenzó a masajear mis testículos con sus nalgas. Aguanté para no venirme antes de escuchar los gemidos y gritos “¡Qué rica verga, papasito, sígueme cogiendo!” Entonces descargué lo que había acumulado por tanta calentura en esas horas y al volcar mi simiente en ella le grité “¡Eres una puta hermosa, Mar!”. Fue un chorro grandioso en esa pepa que ya me estaba llenando los huevos con tanto flujo que se desbordó en los saltos que dio sobre mi pubis. Quedó yerta sobre mí, expeliendo las rápidas respiraciones de su aliento en mi cara, y recibiendo el aire de mis jadeos. Quedé a punto de perder el sentido cuando sentí que las contracciones de su vagina me exprimían. De cualquier forma, dormimos con los vellos encharcados por el líquido de nuestro placer…

    –¡Válgame Dios, cuánto dormimos! –dijo Mar al mirar el reloj despertador de su buró–. Debo hacer la comida –concluyó antes de meterse al baño.

    Al salir de asearse miró el vello de mi pubis con lamparones de lefa y flujo, se agachó y me lamió. “Tú sólo lávate las manos, más tarde te bañarás porque no debes llegar así a tu casa…”, me dijo, e hincada, y siguió lamiendo mi sexo. Mi miembro creció de inmediato. Ella se dio cuenta y salió rumbo a la cocina.

    Yo no había reparado en que, tanto la ventana de su recámara como la de la sala tienen, además de los visillos, unas cortinas que no permiten la luz y que siempre estuvieron cerradas pues son las que dan al jardín de acceso. Eso me corroboraba que a Ramón le gusta cogerse a Mar por toda la casa, y por ello, las recámaras de sus hijos están arriba, con acceso por el jardín.

    Al salir de la recámara, me imaginé a Mar siendo cogida por su marido en cada uno de los lugares donde se posaba mi vista: la barra de la cantina; el sofá; cada uno de los sillones y las sillas; sobre la mesa del comedor; en la mesita del antecomedor y los bancos de éste; también en los de la cantina, etc. ¡Qué cogidas tan lindas pueden hacerse con ese cuerpo que tiene Mar!

    –¿No quedó algo de la deliciosa crema de champiñones? –pregunté.

    –Después de lo que me has demostrado, te haré, con mucho cariño y agradecimiento, la crema de champiñones que también le encanta a mi hijo y comeremos unas chuletas para no cocinar más –dijo Mar cuando reparó en mi presencia–. Abre una botella del vino que quieras, preferentemente tinto y pones dos copas en la mesa –me ordenó.

    Cuando regresé de cumplir la misión, me fijé lo que ella hacía. Partió finamente ajo, cebolla y champiñones frescos. Los colocó en un sartén donde puso a calentar mantequilla. Cuando los tuvo sancochados, los metió a la licuadora. En todo ese tiempo la estuve acariciando en las nalgas (¡qué hermosas nalgas!) y besándole la espalda. Cuando apagó la licuadora, me puse en cuclillas para lamerle las nalgas y el culo, ¡me faltaba lengua! De pronto se volteó hacia mí, puso uno de sus pies sobre mi rodilla y me dijo: “También me gusta por delante”. Me invadió el perfume “a puta muy cogida”, como dice Bernabé, que salió de su panocha, lo cual fue una invitación para acercarle mi nariz y boca.

    Pronto bajó la pierna y le besé y lamí el ombligo apretándola de las nalgas. “Voy a seguir con la sopa”, me dijo y se volteó para colocar una cacerola donde vació un poco de aceite de oliva y le prendió fuego a la hornilla. Segundos después. tomó lo que había molido en la licuadora y lo vació a la cacerola. Le molió una parte minúscula de pimienta roja y nuez moscada, y movió constantemente; también yo mantenía mi constancia acariciándole el pecho con mis manos, las nalgas con mi pene y besándole la nuca hasta que dijo “ya está”.

    Sirvió dos platos y me pidió que los llevara a la mesa. Ella llevó los cubiertos. ¡La crema era una delicia!, y yo me sentí halagado de que la hubiese hecho para mí. Ella terminó pronto y se levantó de inmediato, advirtiéndome que la esperara allí. En la cocina se veían sus nalgas y las piernas parecían escurrir de ellas y se alcanzaba a escuchar el freír de las chuletas que en menos de dos minutos estuvieron listas pues estaban delgadas y con rica grasa en un costado.

    Al sentarse levantó una pierna y la puso sobre las mías, “Vi que las mirabas desde los pies hasta las nalgas, con la bocota abierta”. “Sí”, dije soltando el tenedor después de meterme el bocado de carne, para acariciarla. “Las dos carnes están riquísimas, ¿qué le pones?”

    –A la que estás masticando, solamente pimienta negra y sal. A la que tienes en la mano, mucho ejercicio diario y crema de mi marido una vez a la semana, que luego me la limpia Bernabé con la lengua…

    Terminamos la carne y se levantó para ir a la cocina llevando los trastos al fregadero, volviéndome a decir que la esperara. El movimiento de sus carnes al moverse con rapidez para prender la cafetera y extraer el postre del refrigerador, me tenían, otra vez, con la boca abierta. Regresó con un par de platos con el postre.

    –Es pera en almíbar que les hice el domingo, también pensé en ti –señaló, volviendo a subir sus piernas acariciando mi crecidísimo pene con su pie–. Me agrada que te embobes al verme encuerada, eres como todos.

    –¿Quiénes más te han visto así? –pregunté asombrado.

    –En vivo, sólo ustedes tres; en fotos, no tengo idea, pero son varios cientos. Algunos me envían sus fotos mostrándome una erección que, dicen, la causaron mis fotos. Otros más me mandan unas video corridas abundantes donde están diciendo guarradas de mí, mientras escupen la leche. ¡Son divinos! Tú también te has masturbado con mis fotos, me has contado.

    Platicamos más de sus contactos por correo electrónico y le confesé que yo también quería tomarle unas fotos y video. “Me lo hubieras pedido desde antes, ya dejaste pasar mucha acción”, dijo. Ella se levantó por el café y yo por mi teléfono, que ya se había cargado. La fotografié como quise, una de ellas con el vapor del café que salía de su tasa y se metía en la pepa. Otras más, de espaldas, cuando caminaba hacia la cocina llevando los trastos. Después vinieron otras posando en la cama; sus manos en mi sexo haciéndome una paja: la cara de ángel que pone al mamar la verga; el ojete cuando se abrió las nalgas: mi verga en su mano cuando la dirigía hacia su pucha. Ella tomó una de mi rostro lleno de su flujo, después de haberse pajeado en mi boca y mi nariz cuando yo estaba acostado, “Ésa me la envías por correo… y las demás también, ya escogeré cuales les enseño a mis admiradores”. En fin, cada vez que me acordaba de accionar la cámara, lo hacía; pues con las cogidas y los mimos, me olvidaba de tomar las fotos o videos.

    A las nueve de la noche me levantó de la cama y me dijo “Ven a bañarte y encúlame allí”. Le cumplí el último deseo y dejé en su recto el poco semen que me quedaba. Me vestí. Ella apagó la luz y abrió la cortina gruesa, dejando sólo el visillo. Salimos de la recámara y le di un último beso antes de que ella abriera la puerta para despedirme.

    No había caminado más de dos pasos y sonó el teléfono. Se prendió la luz de su recámara y me acerqué a la ventana, donde pude ver que ella, después de acomodar su teléfono, se quitaba la bata para acostarse. No se escuchaba bien, peo me imaginaba lo que ella decía. Veinte minutos más, después de que se pajeó frente al teléfono, cortó la comunicación y volteó hacia la ventana; me lanzó un beso al aire y con un movimiento de mano me dijo adiós, antes de apagar la luz.