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  • Mi doble vida

    Mi doble vida

    Hola queridos, soy yo de nuevo, Tania, travesti de clóset y ahora quiero publicar en esta categoría de confesiones un poco sobre mí.

    Biológicamente me tocó nacer hombre, sin embargo mental y emocionalmente me siento toda una mujer.

    Desde muy joven, mi gusto por la ropa femenina se manifestó con mucha intensidad, zapatillas, medias, faldas, bras, en fin, todo lo referente a ropa femenina me llamaba mucho la atención, mi aspecto era de hombre, pero mi curiosidad por usar ropita femenina siempre fue más fuerte que yo… Y no pude contener mis ganas y comencé a probarme primero zapatillas, el aspecto que tomaban mis pies cuando calzaba tacones era hermoso, siempre he tenido pies muy cuidados, es una de las partes que más adoro de mi cuerpo.

    Soy alta 1.77 metros, ni delgada ni gordita, siempre he sido «llenita» lo que se puede catalogar como «gordibuena» jiji, piernas llenitas, muslo jugoso, tobillos delgados, cintura mediana, nalgas redonditas y creo yo que antojables… Pechos medianos, siempre tuve acumulación de grasita, lo que me favoreció para lucir una especie de tetas pequeñas y muy, muy sensibles, podría decir que femeninamente sensibles. Mi cara es varonil a medias, nariz mediana, ojos café y labios medianos, me gusta la forma de mis labios, cuando los pinto se ven muy femeninos.

    Tuve una juventud (y creo que toda mi existencia de doble vida), tan es así, que en mi vida de hombre soy casado, pero no puedo engañar a mi ser… No sólo me gusta usar ropita femenina, siento fascinación por los hombres, ¡me encantan!, Sus maneras, su físico, su fuerza, si manera de expresar cariño y en el aspecto sexual no hay nada en el mundo que me guste más que un buen macho abrazando mi cuerpo de la manera que él lo desee, estoy hecha para satisfacer a los hombres de eso no tengo ni tuve dudas nunca.

    En mi vida he tenido muchos, al principio pensé que no iba a conseguir un hombre por la conducta machista en extremo de mi país, afortunadamente estaba equivocada, no sé qué fue, tal vez aún en mi papel de hombre se percibe mi carga sexual (alguna vez me dijeron «te ves como hombre, pero proyectas una hermosa mujer, incluso hueles a una mujer deliciosa»)

    Por mi vida han pasado muchos hermosos hombres, de todas las clases, todos los físicos y educaciones, estoy agradecida por eso, nunca me he quedado con ganas de nada.

    Se pensaría que la vida para alguien como yo es difícil y atormentada porque no tengo el sexo que yo quisiera, pero no… Estoy a gusto así, tuve la oportunidad de cambiar de sexo más no lo hice porque me siento aceptada y valorada como soy, una mujer muy temperamental en el ambiente sexual, tierna con los hombres y muy complaciente, creo que así soy feliz.

    Ahora soy una mujer madura, (tengo 52 años) la apertura sexual de los hombres hacia mi no ha disminuido, debo decir que me cuido mucho y estoy conservada. Actualmente tengo amigos que conocen mi condición y me aceptan tal cual. Ya sólo me visto cuando tengo una cita con alguien y lo hago siempre en un cuarto de hotel o en la casa de mi hombre en turno.

    Digo todo esto porque así he sido, Tania, una mujer completa con cuerpo de hombre y quiero decirle a quien tenga la misma condición que yo, que no es malo, no estás «enfermo» ni mal de la cabeza, tan solo eres una hermosa mujer escondida en el cuerpo equivocado y que hay muchos hombres a los que les gustan las chicas como nosotras.

    Quiérete mucho y nunca te quedes con ganas de nada hermosa.

    Gracias por leer queridos, cómo siempre les dejo mi correo para recibir sus mensajes, me encantan y me mantienen calientita jiji [email protected]

    Besos!

    Tania Love

  • El nuevo curso (I)

    El nuevo curso (I)

    Cuando el despertador empezó nuevamente a sonar, Enrique comprendió por fin que las vacaciones que tanto había disfrutado habían llegado a su fin.  A las seis de la mañana, lo que menos le apetecía era levantarse de la cama para volver a la rutina diaria de clases universitarias, comidas apresuradas y largas tardes de estudio donde los minutos parecían convertirse en horas. Con cierta frustración cerró los ojos y alargó los cinco minutos de gracia que se concedía cada mañana remoloneando en la cama, envuelto hasta la barbilla en las sábanas.

    Con un suspiro apagó la segunda alarma y salió por fin del nido de ropa en el que había acabado por dormir, dirigiéndose de inmediato a la ducha. Al quitarse el pijama no pudo evitar echar un vistazo al espejo de cuerpo entero que cubría el interior de la puerta de su baño, instalado por los antiguos inquilinos del piso al que se había mudado el año anterior al comenzar la universidad. Con una ancha sonrisa evaluó los resultados del intenso programa de cambio al que se había sometido durante el verano, consistente sobre todo en ejercicio, ejercicio y ejercicio.

    Harto de ser el gordito, en cuanto tuvo vacaciones se apuntó al gimnasio al que iba su amigo y no faltó un solo día. En apenas dos meses la grasa de su cuerpo se fue por el sumidero, junto con sus granos y las gafas, que reemplazó por unas lentillas al menos mientras estaba fuera de casa. Por primera vez se había animado a ir a la playa y lucía un bronceado bastante favorecedor, de un tono que le recordó a los caramelos que comía de niño. Dando una media vuelta admiró la parte trasera, jamás había tenido el culo así de definido ni tan pequeño. Gracias además al bronceado, tanto su culo como su pene y testículos, de cuyo tamaño siempre se había sentido orgulloso, parecían destacar más al no haber cogido color la piel.

    Aunque aún tenía espacio para mejorar, una profunda satisfacción le inundó por dentro al ver ligeramente marcados sus abdominales y los pectorales, que no hacía tanto estaban sepultados bajo una buena capa de grasa sobrante. Con la falta de vello corporal que tanto le acomplejaba no podía hacer nada, era cosa de familia, pero se dijo a sí mismo que ya no debía importarle, ahora que tenía un cuerpo que lucir. No obstante, cuando comprobó si había estirado algo ese verano, aunque sabía que era bastante improbable que creciese más dada su edad y que ya había dejado atrás la pubertad, la marca que había hecho en el espejo le recordó que seguía midiendo tan solo uno setenta. Casi con toda seguridad seguiría siendo el más bajo de la clase.

    Al percatarse de lo tarde que se había hecho saltó finalmente a la ducha, donde se enjabonó a la carrera y tras una intensa rociada de desodorante en spray de la que salió tosiendo se enfundó en la primera camiseta limpia que encontró y un cómodo par de vaqueros grises que sacó del armario. Antes de salir por la puerta, ya calzado con unas deportivas y cargado con la mochila, se aseguró de coger una sudadera gruesa. Ayer habían pronosticado lluvia y viento y conociendo su suerte, si salía en manga corta volvería a casa con una buena pulmonía. Se atusó sus rebeldes mechones castaños, que siempre insistían en desordenarse en remolinos extraños, y bajó las escaleras saltando los peldaños de tres en tres.

    Por fortuna vivía a tan solo quince minutos a pie del campus, por lo que a pesar de su apresurada salida pudo llegar a tiempo. Allí, ya sentado en el banco de siempre y con cara de querer morirse, estaba su gran amigo Carlo. En cuanto este le vio le dedicó una cansada sonrisa y un vago ademán con la mano, y, para no fallar a la costumbre, sintió que a sus mejillas subía de golpe la sangre, dejándole con dos visibles rosetones en cada una. Carlo había sido su crush durante casi dos años, la razón real por la que empezó a hacer ejercicio y decidió cambiar de imagen. De ascendencia italiana, le gustaba especialmente el cabello negro y ensortijado de su amigo, que tantas chicas habían acariciando delante de él sin ser conscientes de lo muchísimo que daría él por poder hacer lo mismo, su cuerpo marcadamente masculino y musculoso y ese exceso de confianza que derrochaba. Para su desgracia, Carlo era hetero.

    –Enrique, de vuelta al purgatorio ¿eh?

    –Tan optimista como siempre, ¿qué tal en la playa?

    Carlo se encogió de hombros con una gran sonrisa. Como cada verano se había ido el último mes de vacaciones a visitar a sus abuelos en Capri. Enrique había visto las fotos del intenso mar azul, que casi parecía una prolongación del cielo, los acantilados escarpados cuyas rocas de color blanquecino se salpicaban aquí y allí de pueblos pintorescos y parches de vegetación siempre verde y el yate de los abuelos de su amigo, tan blanco que hacía resaltar aún más el perfecto bronceado de revista que Carlo siempre conseguía.

    –No me puedo quejar, cada año las mujeres de Italia son más hermosas.

    Enrique notó que el flujo de estudiantes comenzaba a dirigirse a paso lento hacia las aulas. Se podía distinguir perfectamente bien a los veteranos de los nuevos estudiantes: los primeros iban con el aire resignado de quienes ya conocen lo que les espera, si bien todavía les quedaba una ligera chispa de emoción, mientras que los segundos iban desbordantes de entusiasmo y algo de miedo ante lo desconocido y la transición que suponía pasar a formar parte de la masa universitaria.

    –¿No entramos?

    –Estaba esperando a un colega. Se suponía que empezaba hoy aquí, pero parece que llegará tarde…

    –Lo mismo ha entrado ya, quizá esté esperando dentro en el aula. Se supone que nos toca química a primera hora y ya sabes que con Mauro a cargo más te vale no llegar tarde. –Comentó Enrique cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro con inquietud. Carlo, que conocía de sobra que su amigo no soportaba la impuntualidad, accedió a entrar ya.

    Ambos amigos se encaminaron al inmenso aula donde se impartía química los días que no tenían práctica de laboratorio. En el camino saludaron a algunos de sus compañeros, conocidos de otros años, que tenían todos las mismas caras de pocas ganas que ellos. Química ya era mala, pero a primera hora podía convertirse en un auténtico infierno debido al estricto profesor que la impartía. Un hueso de la vieja escuela poco dispuesto a dejar pasar un solo desliz. No soportaba la impuntualidad, la vagancia ni que se hablase en su aula. Por fortuna, no había llegado todavía.

    –¡Mira! Ahí está ese coglione, tan tranquilo aquí dentro mientras nosotros esperábamos fuera. –Enrique sonrió ante el enfado de su amigo, quien ya se dirigía a la parte trasera del aula a grandes zancadas, cuando se quedó completamente mudo, con las palabras retenidas en su garganta.

    Sentado a lo indio sobre una de las largas mesas que abarrotaban el aula, proyectando una imagen indolente y relajada, estaba el hombre más guapo que jamás había visto. A pesar de que se veía que era alto, incluso estando sentado, su cara parecía demasiado juvenil como para estar en la universidad. Casi parecía más un adolescente que alguien de veinte como ellos. Cuando vio a Carlo, la inmensa sonrisa que iluminó su rostro, en el que se desplegaron dos preciosos hoyuelos, dejó sin respiración a Enrique, que tropezó con sus propios pies mientras seguía la estela de su amigo.

    –Enrique, te presento a Damián, el coglione que nos ha hecho esperarle fuera mientras estaba dentro. Se ha mudado hace poco y ahora estudia aquí, pegado a nosotros como mosca a mierda.

    –Un placer – se presentó tendiendo la mano, ignorando completamente el insulto proferido por Carlo evidenciando que ya conocía los exabruptos de los que era capaz el italiano.

    Justo cuando Enrique parecía salir de su estupor para ir a estrecharle la mano al nuevo, hizo aparición en el frente del aula el estricto profesor Mauro. Con un movimiento fluido propio de un consumado bailarín Enrique observó, plantado en mitad del pasillo que formaban las mesas, como Damián descendía de la mesa y se sentaba en la que estaba delante de la ocupada por Carlo. Cuando Mauro carraspeó sonoramente para indicar que más valía que todos se sentasen de inmediato pudo por fin librarse de su momentánea parálisis y tomar asiento al lado de su amigo, desde donde podía observar al nuevo a placer.

    Por suerte para Enrique la primera hora fue tranquila, una mera introducción, porque se vio incapaz de despegar los ojos de Damián. A primera vista hubiese apostado que tenía el cabello de color castaño claro, pero al incidir los rayos de sol otoñales sobre las largas ondas que rozaban sus hombros adquiría un brillo rojizo, casi rubio en ciertos puntos. Tenía la piel blanca, sin rastro alguno de acné o imperfecciones, a excepción de los hoyuelos de las mejillas que aparecían cuando movía los labios, carnosos y de un atractivo tono coral. La nariz fina y delicada aportaba armonía a su rostro y definiendo un perfil recto y sofisticado. Las larguísimas pestañas arrojaban sombras sobre sus pómulos altos y definidos, masculinos, y enmarcaban unos ojos que más que marrones o verdes eran una rara combinación de ambos colores, dependiendo del ángulo de la luz.

    Cada vez que se movía, tomando notas o subiendo y bajando la mirada de su cuaderno a la parte frontal del aula, donde el catedrático impartía su lección inicial, Enrique sentía que su corazón daba un salto. Desde donde estaba podía ver perfectamente sus manos, de dedos largos y uñas bien cuidadas que parecían sostener el bolígrafo como si de un pincel se tratase. El ceñido jersey verde que llevaba revelaba a la perfección que tenía un cuerpo musculoso, pero no como el suyo o el de su amigo Carlo, conseguidos a base de pesas en el gimnasio, sino más bien esa típica complexión atlética y fibrosa de los cuerpos jóvenes y saludables.

    Cada vez que se movía, tomando notas o subiendo y bajando la mirada de su cuaderno a la parte frontal del aula, donde el catedrático impartía su lección inicial, Enrique sentía que su corazón daba un salto. Desde donde estaba podía ver perfectamente sus manos, de dedos largos y uñas bien cuidadas que parecían sostener el bolígrafo como si de un pincel se tratase. Con cierto embarazo sonrió levemente al percatarse de que había estado concentrado demasiado tiempo en apreciar su trasero, enfundado en unos estrechos vaqueros.

    Por el rabillo del ojo Damián le vio sonreír y le dedicó un saludo moviendo apenas los dedos. Nuevamente sintió como la sangre se agolpaba en su cara y su corazón latía al doble de la velocidad a la que lo hacía normalmente. Giró la cabeza con brusquedad, rompiendo el contacto visual pero dolorosamente consciente del hecho de que le había pillado comiéndosele con los ojos, y alcanzó a oír con meridiana claridad una risa sofocada contra un brazo. Muerto de vergüenza intentó en vano concentrarse en las explicaciones sobre el curso que desgranaba Mauro. Misión imposible, pues la figura de Damián sentado frente a él le atraía como el imán al hierro.

    Cuando por fin sonó el aviso del fin de la hora no pudo por menos que alegrarse. Necesitaba poner algo de distancia entre él y Damián para despejarse la cabeza. Había tenido otros flechazos antes, pero nunca nada tan intenso. Quizá se debía a la manifiesta sexualidad que parecía exudar de forma inconsciente. No pretendía atraer, pero su extraordinario físico y sus rasgos atípicos se encargaban de ello. Cuando vio que este se dirigía a Carlo, y Carlo aminoraba el paso para que les diese alcance, se sintió dividido entre el fastidio y la alegría más absoluta. Pudo comprobar que, como había sospechado, tan solo era unos centímetros más bajo que el italiano, lo que le colocaba tranquilamente en el metro ochenta.

    –Menudo arranque de curso, ¿eh? Si me llegas a decir que iba a ser así, no hubiese venido.

    Carlo se echó a reír. A Enrique le sorprendía siempre la facilidad que tenía su amigo para relacionarse con todos. Él siempre había sido mucho más tímido, casi introvertido. Tan solo al conocer a Carlo comenzó a abrirse y a interactuar con los demás, pero en presencia del nuevo parecía haber regresado a su antigua coraza, hermético, aunque esta vez debido a lo cohibido que se sentía. Podía notar los ojos verdosos de Damián clavados en él, escrutándole. Sus mejillas se encendieron aún más y escuchó de nuevo aquella risa sofocada.

    Pasó el resto de las clases en una extraña duermevela. Flotaba en la realidad, cuyo foco parecía haber cambiado de Carlo a Damián con absoluta facilidad. Era consciente de cada movimiento que hacía su nuevo compañero, completamente fascinado. No había conseguido cruzar una sola palabra con el joven, pero eso le daba igual, Enrique disfrutaba tan solo manteniéndose cerca, y sufría cuando otros compañeros se presentaban y les correspondía derrochando simpatía y carisma.

    –¡Por fin terminó! Empiezo a replantearme si de verdad merece la pena ser médico– exclamó Carlo en cuanto concluyó la última hora, desperezándose ruidosamente mientras estiraba sus largas piernas por debajo de la mesa.

    Damián se echó a reír con ganas, deslumbrando a Enrique con la visión de sus blancos y parejos dientes, perlas entre el coral de los labios. Por un momento se le cruzó por la mente cómo sería poder besarle. Sacudiendo frenéticamente la cabeza para librarse de esos pensamientos se centró en la conversación que mantenía su amigo con el novato, que giraba en torno a si este último había encontrado o no piso.

    –¿Tan cerca? Qué suerte tienes.

    –Lo sé, puedo ir y venir andando, y la zona no está mal –Damián sonreía con suficiencia, orgulloso del piso que había encontrado.

    –Enrique también vive ahí, así que mira, os dejo, que te acompañe él que yo tengo que irme corriendo al gimnasio. Tengo entrenamiento de boxeo en una hora y aún tengo que cambiarme.

    –¿Qué? ¡Carlo! –Exclamó Enrique

    –Vive en el siguiente portal al tuyo, no te perderás por acompañarle –le gritó mientras se despedía.

    Completamente aturdido Enrique solo pudo observar las anchas espaldas de su amigo alejarse entre la multitud que abarrotaba el concurrido campus. Sentía la presencia de Damián a su lado casi como si le estuviese tocando en lugar de estar separados. Su respiración se aceleró, podía notar su corazón bombeando frenéticamente y el pulso retumbando en sus oídos. Tenía que decir algo, tenía que hablar, pero dejado a su suerte por su amigo no sabía cómo. Estaba a punto de empezar a caminar hacia casa, confiando en que el nuevo le seguiría, cuando este rompió el silencio.

    –Antes no nos presentamos como es debido. Soy Damián– se presentó con una suave sonrisa, extendiendo la mano al mismo tiempo.

    –E-E-Enrique –tartamudeó este estrechando la mano que le ofrecía su compañero de clase, encontrándola sorprendentemente suave y cálida. Una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo antes de cortar el apretón, dejándole con una sensación extraña en la boca del estómago.

    –Vamos a ser vecinos además de compañeros, por lo que veo. Me alegro, Carlo me ha contado muchas cosas de ti. Todas buenas, tranquilo.

    –Gracias… – farfulló sintiéndose un completo imbécil. Esperaba que Damián no creyese que estaba siendo un borde integral y deseó con toda su alma poder decir algo, lo que fuese, pero la timidez se impuso y ató su lengua.

    Echó a andar cabizbajo, dejando que Damián caminase a su lado con sus pasos de artista. Hundió las manos en el bolsillo de los vaqueros, consciente de la pésima impresión que estaba causando a pesar de que lo que le hubiese gustado en el fondo era impresionarle, poder dejar una imagen memorable, que se fijase en él de la misma manera. Con mucha cautela se arriesgó a levantar la cabeza, deslizando sus ojos por el entorno hasta encontrar la cara de Damián, para su sorpresa, sonreía con algo parecido a la ternura y no parecía molesto en absoluto por su falta de comunicación.

    –Carlo ya me dijo que eras bastante tímido. Espero no hacerte sentir incómodo.

    –No, perdona. –Orgulloso por haber conseguido despegar los labios decidió lanzarse con una pregunta inofensiva– ¿Dónde le conociste?

    –En el gimnasio. Hacer ejercicio me alivia el estrés y busqué en internet algún gimnasio completo, me apunté y ahí le conocí. Es un buen tío.

    Poco a poco Enrique se relajó. Mientras caminaban juntos por la calle pudo soltar el nudo de aprensión que le paralizaba la garganta, aunque mayormente se dedicó a escuchar a su nuevo compañero. Tenía una voz cálida y grave que contrastaba ligeramente con su rostro juvenil. Uno esperaba una voz aún plagada de gallos, no una voz más propia de un tenor bien entrenado. Caminaba sin esfuerzo aparente, con una economía y gracia de movimientos que no pudo salvo admirar, con el cabello brillando rojizo cada vez que atravesaban un parche de luz. Cada pequeñez le hacía sonreír y Enrique no tardó en percatarse de todo el repertorio de sonrisas que tenía, desde la más tenue, que apenas hacía asomar los hoyuelos, hasta la más radiante, donde les desplegaba en todo su esplendor. Cuando por fin se detuvieron frente al portal de Damián, Enrique se lamentó internamente, deseando poder alargar ese momento.

    –Oye, Enrique –dijo Damián, manteniendo la puerta abierta mientras hacía tintinear las llaves en la mano –voy a ir después a la biblioteca del campus, a eso de las cinco. En casa casi nunca soy capaz de estudiar. ¿Te apetece venir?

    –Claro, claro que me apetece –respondió sonriente, quizá incluso demasiado rápido. A pesar del bochorno no pudo por menos que responder a la amplia sonrisa de Damián con otra igual de radiante.

    Plantado en la acera como un estúpido observó el sensual vaivén de sus caderas mientras ascendía las escaleras del portal y se perdía en su interior, al tiempo que una furiosa erección se abría camino dentro de sus vaqueros. Casi corriendo consiguió subir a casa, a pesar de que las manos le temblaban tanto que las llaves se le cayeron en varias ocasiones. En cuanto la puerta de su apartamento se cerró detrás de él soltó la mochila en el suelo y desabrochó sus vaqueros, bajándolos junto con el bóxer hasta los tobillos, dejando que su pene creciese hasta sus nada desdeñables dieciocho centímetros. Tumbándose en la cama le agarró por la base y comenzó a masturbarse, moviendo la mano velozmente arriba y abajo, ayudado por la increíble cantidad de líquido preseminal que soltaba.

    Solo podía pensar en Damián, en sus ojos verdosos, en el movimiento de sus caderas, en sus labios entreabiertos, delante de él y suplicando por más. Se preguntaba cómo sería ver moverse ese culo fantástico ya libre de los vaqueros, como tendría el cuerpo, el color de sus pezones, la forma y tamaño de sus testículos y sobre todo de su pene. Los vaqueros, aunque estrechos, mantenían un corte recto arriba que, aunque no conseguía ocultar que tenía un trasero fantástico, sí le habían impedido hacer una valoración de la parte frontal. Su mente divagaba, le imaginaba desnudo en la cama mientras gemía para él y suplicaba. Enrique se mordió los labios para ahogar un gemido y aumentó el ritmo mientras su fantasía particular de Damián le espoleaba, le daba fuerzas. Su mano subía y bajaba a lo largo de su pene que estaba increíblemente duro mientras se acercaba al clímax.

    Con un gemido grave y ronco dejó que le alcanzase el orgasmo. Irradió de su pene en una oleada cálida mientras varios disparos de semen aterrizaban en su camiseta sin que eso le importase lo más mínimo. Ni siquiera le había hecho falta estimular su ano cuando normalmente era necesario para que alcanzase un orgasmo como aquel. Con la respiración acelerada siguió acariciando su pene, que empezaba a relajarse, para prolongar todo lo posible aquella gloriosa sensación. Consultando la pantalla del móvil se percató de que apenas había durado diez minutos. Ligeramente avergonzado se colocó bien los pantalones y el bóxer y se quitó la camiseta, lanzándola a la lavadora tras ponerse otra al azar que rescató de un cajón.

    No se molestó en sentarse para comer, se preparó un sándwich con sobras que tenía en la nevera y empaquetó en la mochila una botella de agua y varias barritas de cereales. Tenía tiempo para echarse una siesta rápida en el sofá, pero estaba demasiado nervioso y alterado como para dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la radiante sonrisa de Damián en su cabeza, y su firme trasero mientras subía por las escaleras, lo que bastaba para que su pene amenazase con volver a despertar dentro de los vaqueros. Dejó pasar el tiempo pasando los canales de la tele con indiferencia, sin que llegase a su cerebro nada de lo que echaban por ellos, y cinco minutos antes de las cinco ya estaba frente al portal del nuevo, con el corazón martilleando en su pecho de forma frenética. Tan nervioso estaba que cuando le vio bajar por las escaleras la saliva se le secó en la boca y le hizo toser.

    La mano cálida y suave de Damián le dio unas cuantas palmadas en la espalda mientras sonreía, causando que de la zona que le había tocado irradiase un calor intenso que perduró durante todo el camino hasta la biblioteca del campus, como si en lugar de tocarle le hubiese marcado la piel a fuego. Enrique apenas consiguió pronunciar una docena de palabras en todo el trayecto, dejando la conversación a su compañero mientras se deleitaba con su presencia, el tono de su voz, sus hoyuelos al sonreír y esos ojos verdosos, tan extraños y fascinantes.

    Ni siquiera el silencio y la tranquilidad de la biblioteca le proporcionaron tregua. El ambiente familiar de mesas largas, estudiantes concentrados y potentes luces halógenas parecía completamente diferente por su culpa. Inclinado sobre los libros y tomando apuntes no parecía ser consciente de que la piel pálida se veía más blanca incluso bajo aquella luz, de que sus pestañas temblaban cada vez que movía los ojos de un lado a otro y de que su pelo ahora sí mostraba todos los matices rojizos que tenía. Cuando Damián se desperezó Enrique no pudo evitar dar un respingo mientras su compañero le sonreía antes de volver a sus estudios. La revelación le golpeó como un rayo: estaba completa, total e irremisiblemente colado por él.

    Con un leve suspiro intentó concentrarse en sus estudios. Ya había tenido enamoramientos antes, el de Carlo, sin ir más lejos, y tenía tantas posibilidades de que Damián se fijase en él como de que lo hiciese su amigo. Sabía manejar bien sus expectativas. Intentando que el desánimo no se trasluciese esta vez sí consiguió centrar su mente en los libros y los apuntes, hasta que llegó la hora de cerrar la biblioteca. Cuando el conserje les echó de ahí por fin sintió que volvía a una rutina conocida, aunque amarga.

    Poco a poco Enrique consiguió volver a centrarse en lo conocido, los horarios y las clases a pesar de que no pasaban más de dos días sin que se masturbase pensando en su nuevo compañero. Al binomio que había formado con Carlo se había añadido una tercera persona que hacía lo mismo que el italiano el año pasado, lo que volvía más llevadero el enamoramiento en el que se había visto atrapado, aunque con sutiles diferencias que conseguía que acabase el día de muy mal humor. Damián destacaba entre los demás como un faro destacaría entre un montón de linternas. Raro era el día en que alguien le pedía el teléfono o intentaba coquetear con él y en cuanto eso pasaba las entrañas de Enrique se retorcían, y cada vez que su nuevo amigo conseguía burlar sus intentos y volvía a su lado le embargaba la felicidad. Tan común se volvió esa dinámica que apenas pudo creerlo cuando Damián, dos semanas después de conocerlos, les anunció que había aceptado ir a la fiesta que preparaban para celebrar el inicio de curso.

    –¿En serio vas a ir? –consiguió preguntar, rezando porque su voz sonase normal. Los ojos de gato de Damián se clavaron en la cara de Enrique que casi se echa a temblar ante la seriedad de su mirada.

    –Sí.

    –Y nosotros también. –Anunció Carlo sin esperar a que Enrique se recuperase–. Vamos, necesitamos divertirnos un poco antes de que las cosas se pongan más serias. Faltan meses para los exámenes y estos son siempre después de navidad, será nuestra única fiesta universitaria, ya veréis.

    –Decidido entonces. Enrique, te espero en la biblioteca luego, ¿no?

    –Claro, Damián.

    Ambos amigos observaron como este se iba con ese andar tan suyo. Carlo se fijó en la cara de Enrique, en el gesto amargo y preocupado y en cómo se mordisqueaba el labio de forma compulsiva. Le conocía bien y sabía que le pasaba con Damián lo mismo que le pasó con él. Él era hetero, pero sobre Damián nada sabía, lo que para él implicaba que tanto podía ser un sí como un no. Debía lanzarse y rápido, visto el interés que despertaba el nuevo en el campus, pero sabía que su amigo carecía de la confianza necesaria para eso a pesar de lo mucho que había cambiado por fuera. Con cierta frustración encogió sus anchos hombros y encaminó sus pasos hacia el gimnasio, apartando de la mente a su amigo para centrarla en la atractiva rubia a la que llevaba unos cuantos días seduciendo.

    Por su parte Enrique pasó toda la semana en un confuso estado de ansiedad. La idea de la fiesta le aterraba, no sabía qué haría Damián en ella, pero si se portaba como Carlo acabaría con alguien en la cama, y ese alguien no sería él. Necesitaba confesar lo que sentía, pero solo pensar en hacerlo le causaba náuseas y se le emborronaba la visión. No tenía valor para afrontar un rechazo y la posibilidad de que se alejase de él por su indecisión le atenazaba el pecho y le cortaba la respiración. Tenía hasta el sábado para confesar o pasar el resto del tiempo que le quedaba en la universidad viendo como Damián se iba con cualquiera con más valor que él.

    Aunque intentó repetidas veces sacar el tema, cada vez que lo intentaba la lengua se le convertía en un trapo dentro de la boca. En cada una de esas ocasiones le pareció percibir un destello de desilusión en los ojos de gato de su amigo que se apagaba tan rápido que una y otra vez se convencía de que tan solo era su desbocada imaginación viendo lo que quería ver. Los días pasaron rápidos y antes de que pudiese darse cuenta ya era sábado. No tenía ninguna gana de ir a esa fiesta, pero bien sabía que podía ser la última vez que pudiera contemplar a Damián a sus anchas, sin compartirle con otra persona. Que Carlo anunciase que se presentaría acompañado a escasas horas de tener que ir a la fiesta no mejoró su humor en lo más mínimo.

    Había pensado en arreglarse especialmente para esa noche, pero ni siquiera le quedaban ganas para ello. Con absoluta falta de interés eligió la camisa azul que tan bien le sentaba ahora que había adelgazado y cuyo color casaba tan bien con el azul de sus ojos, unos vaqueros más ceñidos de lo normal y unas nuevas deportivas en el mismo tono azul que la camisa, junto con una trenca de lana y una bufanda gris que le había regalado su tío por su cumpleaños y aún no había estrenado. Se atusó el pelo con un poco de agua y bajó a esperar a Damián, como cada mañana. Al verle se alegró enormemente de haberse vestido.

    La ceñida camiseta gris parecía demasiado sencilla, pero pronto se dio cuenta de que resaltaba a la perfección su piel clara y el tono verdoso de sus ojos. Se había peinado las ondas del pelo con cuidado, de modo que ahora brillaba perfectamente cepillado y enmarcaba su cara juvenil en la que destacaban sus hoyuelos mientras sonreía con cierta modestia. Al haberse decantado por una camiseta no demasiado ceñida sus formas quedaban más insinuadas que visibles, lo que aportaba cierta ambigüedad que invitaba a tocarle para descubrir si realmente sus abdominales presentaban la forma que se intuía. Los ceñidos vaqueros tenían pequeños brillos y destellos sutiles que realzaban de forma maravillosa su trasero y las Converse verdes presentaban un tono que combinaba a la perfección con sus ojos. En la mano llevaba un abrigo largo y un pañuelo de seda por si la noche refrescaba. No había descuidado ni un solo detalle, y Enrique notó que su mandíbula se descolgaba hasta que su barbilla golpeaba su pecho.

    –Estás muy guapo, Enrique. Ese color te favorece.

    –Gr-gracias. –Farfulló este con la boca seca. Nuevamente creyó percibir la decepción en la mirada de su amigo, pero por suerte o por desgracia Carlo llegó en ese momento, con una espectacular rubia colgada del brazo y una sonrisa ufana.

    Juntos se encaminaron a la discoteca donde se suponía que sería la fiesta. A pesar de lo temprano de la hora el ambiente ya estaba animado y los cuatro se abrieron camino con cierta dificultad hacia la barra. Salvo Damián, todos los demás pidieron alcohol. A Enrique no le gustaba beber, pero confiaba en que el alcohol le diese algo de valor. Era su última oportunidad y no quería, no podía desaprovecharla. Conforme corría el tiempo la gente iba y venía, unos cuantos compañeros de su curso se acercaron a ellos, pero procuró mantenerse siempre al lado de Damián, que de vez en cuando le dirigía furtivas miradas, como si esperase algo. Por desgracia, uno de los compañeros de química se empeñó en describir con pleno detalle la práctica que les habían mandado forzándole a darle la espalda a Damián, y para cuando Enrique se dio cuenta y volvió a girarse, su amigo había desaparecido.

    Ligeramente frustrado pidió otra cerveza, la cuarta que tomaba ya, y dio una vuelta intentando localizar a Carlo o a Damián. No le costó demasiado encontrar a Carlo, quien bailaba agarrado a su rubia compañera que parecía tan satisfecha o más que él. Por un momento dudó de si acercarse a ellos para preguntar si habían visto a Damián, la sala era grande y las luces mareantes no ayudaban a identificar las caras salvo a muy escasa distancia, pero tuvo la certeza de que no se moverían de allí y por otro lado no le apetecía interrumpirles. Algo mareado se dejó arrastrar sin rumbo fijo por la masa de bailarines en distinto estado de embriaguez hasta que encontró a su amigo. La visión le revolvió el estómago con una mezcla de rabia, celos y pena.

    Damián bailaba completamente desenfrenado, la mezcla perfecta de sexualidad desatada con su carisma de siempre. Unas manos de las que no supo identificar el propietario recorrían arriba y abajo sus caderas mientras este se contoneaba y se movía al ritmo de los bajos que atronaban por los altavoces. La cara de Enrique se contorsionó de rabia y dejando caer la cerveza al suelo se alejó de allí con rapidez. Al ver a Carlo le agarró del codo y tras gritarle al oído que se iba a casa salió casi en estampida, sin darle ninguna otra explicación. El aire frío de la noche le despejó algo y tras tambalearse ligeramente pudo volver a enfocar sus pasos.

    Caminó todo lo deprisa que pudo sin llegar a correr. La mezcla de emociones de su pecho se atemperó ligeramente con el paseo, pero no lo suficiente como para sentir ganas de ir a casa, por lo que pasó de largo su portal y siguió caminando. Al ver aquellas manos la rabia le había inundado, deseando partirlas, alejar al dueño de su amigo y golpear y golpear y golpear. Jamás se había sentido así con Carlo y la virulencia de su reacción le sorprendió. Ahora que estaba lejos, la rabia solo bullía si las recordaba sobando a su amigo. Lo que quedaba era un poso de tristeza y amargura sumado a la resignación de saber que le había pasado igual que con Carlo.

    Poco a poco la tristeza borró el resto de los sentimientos y a la segunda vuelta a la manzana consiguió reunir fuerzas para subir a su apartamento. Tenía las llaves a punto de entrar en la cerradura cuando unas manos surgidas de la nada le dieron un potente empujón que le arrojó contra la puerta. Asustado se giró para encararse con su agresor cuando se vio frente a frente con la cara contorsionada de ira de Damián, a escasos centímetros de la suya. Fue tal la sorpresa que las llaves cayeron al suelo y Enrique se quedó paralizado, incapaz de moverse, mientras el otro le dominaba con toda su estatura.

    –¿Pero a ti qué cojones te pasa? –Exclamó Damián furioso–. Llevo dándote señales desde el primer día de clase, desde que te conocí, creí que te gustaba y que por eso reaccionabas así. Y cuando después de dos semanas de rechazos decido pasar página en una fiesta en cuanto me ves es como si me deseases la muerte con la mirada.

    Damián estampó el puño contra el marco metálico de la puerta mientras Enrique escuchaba, con la mirada baja. Si de verdad le había entendido bien había tenido una oportunidad maravillosa y se la había cargado de un plumazo. Por cobarde.

    –Mira, entiendo que no te guste, entiendo que te parezca raro y por eso te comportes así, y siento haber malinterpretado tu actitud por interés, pero no tienes derecho a lo que has hecho hoy. –Enrique escuchó como inspiraba aire con dificultad y observó como relajaba los hombros, derrotado, antes de seguir–. Espero que a partir del lunes no me vuelvas a dirigir la palabra. No te preocupes por Carlo, es tu amigo y no voy a quitártele, ya arreglaré las cosas con él.

    Confuso vio cómo se daba la vuelta y se dirigía a su portal, tan solo unos metros más allá. ¿No volver a hablarle a partir del lunes? La mera idea de perderle de esa forma espoleó el miedo en su interior, otorgándole una inyección momentánea de coraje. Recogiendo apresuradamente las llaves corrió los pocos metros que le separaban del portal de su amigo y consiguió encajar un pie en la puerta antes de que se cerrase, colándose detrás de Damián que se puso inmediatamente en guardia.

    –Lo siento –jadeó con la mano contra el costado y doblándose en dos– lo siento muchísimo. Soy un cobarde y por eso no he dicho nada hasta ahora. Me gustas, ¿vale? Me gustas mucho, me gustas más que nadie que haya conocido jamás, pero no sabía cómo decírtelo. Ni siquiera sabía que me estabas lanzando señales, para eso soy aún más torpe que para decir lo que siento y me parecías inalcanzable.

    –Enrique…

    –Calla. –Le interrumpió todavía jadeando y ya lanzado–. Desde que te vi me pareciste precioso, fascinante, me gustaron tus ojos, y tus labios y como sonreías, y los hoyuelos de tu cara, y como te movías. Te mueves genial en la pista, por cierto. Me gustaste muchísimo, pero tú eres amable y te llevas bien con todos y yo no soy capaz de decir dos frases seguidas sin trabarme y por eso pensé que jamás tendría una sola oportunidad. Ahora la he jodido y lo siento muchísimo, no te volveré a decir nada cuando salgamos de fiesta por ahí si es que volvemos a salir y tampoco te miraré mal o haré nada que te pueda molestar, pero por favor, por favor, no quiero perder tu amistad.

    Damián estaba callado, con las manos apretadas contra la boca. Observó a Enrique de arriba abajo con esos ojos verdosos tan extraños. Estaba tan quieto que parecía haberse convertido en una estatua viviente. Enrique permanecía doblado por la mitad, con una mano en las rodillas y la otra aun apretándose el costado. Damián observó a su amigo mientras volvía a estirarse, con la respiración ya normalizada y las mejillas encendidas de un intenso color rojizo incluso a la escasa luz del portal, y en un único paso cruzó la distancia que les separaba. Tomando a Enrique por sorpresa echó sus brazos alrededor de su cuello y apretó los labios contra los suyos, en un beso tierno pero firme.

    –Eres bobo, pero me gustas muchísimo. No quiero perderte tampoco si tú no quieres.

    Como en un sueño Enrique llevó las manos al pelo de su amigo, encontrándolo más suave incluso de lo que había imaginado. De textura sedosa y muy fino resbalaba entre sus dedos mientras le acariciaba y juntaba de nuevo los labios contra los suyos. Aquellos dos trozos de coral se entreabrieron, una sutil invitación que no desaprovechó. Coló la lengua en la boca de Damián, juntando ambas lenguas. Con timidez al principio exploró cada rincón de la boca de su amigo, que soltó un suave gemido y le estrechó más contra sí mismo al tiempo que le mordía el labio inferior con ansia, instándole a acelerar. Enrique notó como crecía su erección al contacto con el cuerpo cálido del joven y se apartó con cierto embarazo al percatarse de que la estaba apretando contra su cuerpo y podía notarla perfectamente.

    –Lo siento… –susurró con cierto embarazo.

    –Sube conmigo.

    No hicieron falta más palabras. Con cierta torpeza Enrique se dejó conducir escaleras arriba. La mano cálida de Damián aferraba la suya y le conducía, mientras el movimiento de sus caderas, a la altura perfecta para que pudiese recrearse con ellas, bastaba para que mantuviese la erección, que ya empezaba a apretarle demasiado dentro de los vaqueros. En cuanto abrió la puerta la timidez volvió a Enrique, que se quedó plantado sin saber muy bien qué hacer. Percatándose de su apuro, Damián cogió las llaves de su amigo junto con su abrigo y la bufanda y las dejó en un pequeño mueble de la entrada, junto con su propio abrigo y el pañuelo. Sin encender las luces le volvió a coger de la mano para llevarle hasta el dormitorio, donde empezó a besarle nuevamente.

    Más tranquilo al hallarse en terreno familiar y donde sabía lo que vendría después Enrique se lanzó a besar a Damián. Esta vez fue él quien le mordió los labios, pegándose con fuerza a él. La diferencia de altura complicaba ligeramente las cosas, por lo que Enrique se dejó conducir hasta la cama, donde ambos quedaron sentados. Las manos de Damián se dirigieron al pelo alborotado de Enrique quien empezó a acariciarle el cuello y la espalda. Recordando en un destello las manos que se habían deslizado por las caderas de su amigo se separó de sus labios y fue directo a su cuello, que empezó a besar con pasión, escuchando los roncos gemidos que profería Damián cada vez que dejaba una nueva marca.

    –¿Necesitas ir a la ducha? –preguntó con tacto Damián a Enrique, que aún así no pudo evitar sonrojarse.

    –No, tranquilo. –Respondió con voz queda, agradecido de haberse duchado y lavado a fondo antes de ir a la fiesta. La naturalidad con la que siguió acariciándole Damián le tranquilizó.

    Enrique notó las manos de su amigo descendiendo por sus hombros hasta aferrar el primer botón de la camisa, sin dejar de besarle dejó que le desabrochase la prenda y que se la sacase hasta que hizo tope en los codos, tal era su ansia por no soltarle. Dedicándole su sonrisa predilecta, en la que sus hoyuelos se hacían plenamente visibles, Damián se apartó un momento de Enrique. De rodillas sobre la cama, a su lado, se sacó la camiseta gris arrojándola sin miramientos al suelo, donde fue seguida por la camisa de Enrique, quien aprovechó la pausa para terminar de quitársela.

    Con cierto embarazo Enrique se aferró a las caderas de Damián para retenerle. A pesar de estar jadeando suavemente se quedó quieto, comprendiendo que eso era lo que quería su compañero. Estirándose a lo largo de la cama Enrique encontró el interruptor de la luz de lectura que tenía su amigo sobre el cabecero de la cama y encendió la lámpara. La luz blanca no era demasiado intensa, pero sí lo suficiente para deleitarse con el cuerpo del joven que le aguardaba en la misma postura. Con toda delicadeza recorrió las formas de sus músculos, bien definidos bajo la piel suave y blanca, salpicada aquí y allí por un par de lunares apenas visibles.

    Se detuvo en el pecho, observando los pezones ya erectos y de un rosa pálido, no demasiado marcados. Justo debajo del pectoral derecho encontró un lunar algo más visible que le hizo sonreír. Siguió mirando, bajando por los pectorales que apenas se marcaban hasta encontrar el ombligo y la suave hilera de vello que crecía por debajo. Tan fino que apenas se notaba y de un color rojizo muy semejante al que adquiría su pelo al sol. Damián permanecía lo más quieto que podía, aunque abría y cerraba las manos, agarrando las sábanas en un intento por contenerse y no lanzarse a por Enrique.

    –¿Te gusta lo que ves? –preguntó al fin.

    –Más de lo que me había imaginado –reconoció Enrique con una sonrisa inclinándose por fin a tocar de nuevo a Damián, quien le acogió en su regazo.

    Los dientes de Enrique se clavaron en el pezón izquierdo de Damián quien soltó un potente gemido al tiempo que arqueaba la espalda y abrazaba con fuerza a su amigo, que empezó a succionar despacio el pezón. Pasó la lengua por el trozo de carne, probando la textura más rugosa de la aureola y luego la de la piel suave que la bordeaba, volviendo después al pezón tan solo con la punta de la lengua. Los gemidos de Damián eran cada vez más altos y notaba sus uñas clavadas en su espalda. Su erección presionaba de forma más que dolorosa contra los vaqueros, pero había fantaseado demasiadas veces con poder hacer lo que estaba haciendo que no le prestó atención aunque podía sentir la erección de Damián presionando contra su pierna y como crecía y crecía.

    Cambiando de pezón volvió a morder la sensible piel, tirando levemente de ella hasta que escuchó que el gemido de Damián se convertía en un grito de placer que este intentaba ahogar contra su cuello, en un gesto que le resultó lo suficientemente erótico como para que su pene diese un respingo dentro de sus pantalones. Estrechándole más contra él volvió a morder y succionar, probando, jugando con la presión de dientes y labios atento siempre a sus gemidos. El cuerpo joven y cálido de Damián temblaba entre sus brazos, sacudido por escalofríos de placer. Cuando se disponía a recorrer a besos la línea media entre ambos pectorales Damián aprovechó la tregua momentánea para empujarle hacia atrás. Sus ojos verdosos brillaban como nunca antes y tenía los labios húmedos y entreabiertos.

    Sin decirle nada se deslizó de debajo de Enrique que quedó sentado al borde de la cama. Arrodillándose delante de él pasó la lengua entre sus pectorales, descendiendo hasta bordear el ombligo. Enrique fue consciente de que le estaba provocando, vengándose de él, y con una sonrisa enredó los dedos en sus ondas cobrizas, empujando su cabeza hacia abajo con delicadeza pese a todo. Damián se limitó a sonreír, mirándole con sus ojazos mientras sus manos jugaban con el botón y la cremallera del vaquero. Cuando ya esperaba que abriese la bragueta Damián agarró la cintura de la prenda y tiró de ella hacia abajo junto con los bóxers. Ambos se deslizaron juntos hasta los muslos, pero volvió a insistir hasta que las dos prendas estuvieron en los tobillos.

    Ahora el pene erecto de Enrique estaba totalmente fuera, disponible para Damián que lo agarró por la base. El contacto con la mano cálida y suave provocó en Enrique un escalofrío de impaciencia. Tirando del pelo de su amigo con suavidad acercó su cabeza a su pene, que palpitaba mientras soltaba líquido preseminal. Sin embargo, Damián desvió la cabeza, por lo que el duro miembro de su amigo solo rozó su mejilla. Sin agachar ni un solo momento la mirada pasó despacio la lengua por el interior del muslo de Enrique que soltó un gemido ronco al tiempo que empujaba más. Nuevamente le ignoro y mordisqueo la delicada piel de la cara interior del muslo de camino a las ingles. Sus dedos jugueteaban con los cordones de las deportivas de Enrique hasta que al final tuvieron ambas desatadas.

    Ignorando el pene que le ofrecían Damián se entretuvo en las ingles del joven, lamiendo muy cerca de los testículos y dejando que notase su aliento cálido y húmedo contra la sensible y delicada piel. Sacando ambas zapatillas de un tirón consiguió deshacerse por fin de toda la ropa de su amigo, que le miró con una media sonrisa al tiempo que separaba más las piernas, dejándole acceso libre. La mano suave de Damián abarcó ambos testículos, sopesándoles, apretando a veces mientras jugaba con la piel del escroto al tiempo que su lengua traviesa trazaba caprichosas formas por las ingles del joven en su camino hasta el pene. En un único movimiento metió la punta en su boca, saboreando el fluido que goteaba ahora directamente en su boca.

    Con la mano libre aferró la base del pene y comenzó a masturbarle arriba y abajo, estirando la piel para que volviese a cubrir el glande mientras metía la punta de la lengua por debajo, buscando el frenillo, pasándola por el agujero y succionando después. Los gemidos de Enrique flotaban sobre ambos, cada vez más altos, cada vez más roncos. Cada vez que intentaba empujar a Damián este se zafaba con destreza de hacer lo que su amigo quería sin dejar por ello de torturarle. Su saliva escurría por el tronco hasta casi los testículos, ayudándole a subir y bajar la mano cada vez más deprisa, sin meter más en la boca, tan solo el glande, que había adquirido un vivo color rojizo y una gran sensibilidad.

    –Por favor, por favor… –atinó a decir Enrique, siempre observado por aquellos ojos verdosos de gato.

    –Por favor ¿qué? –preguntó Damián con una sonrisa de suficiencia, deslizando la lengua desde la base del pene hasta arriba.

    –Por favor, cómeme, no aguanto más, por favor quiero que me la comas.

    Acentuando aún más su sonrisa accedió por fin a las súplicas del joven, que se retorcía y jadeaba entre potentes gemidos. Con suma destreza apretó más los labios hasta formar un reducido aro y deslizó la cabeza hasta abajo, dejando que el pene de su amigo invadiese toda su boca. El sabor ligeramente salado le inundó completamente y casi le hace perder el juicio al tiempo que se impulsaba más todavía, hasta que su nariz quedó enterrada en el pubis de Enrique, que jadeaba como si acabase de correr una maratón. Tragó la saliva y el líquido preseminal que tenía en la boca y sintió su garganta cerrarse sobre el glande de su amigo, que gimió nuevamente.

    Deleitándose en las sensaciones de Enrique, Damián empezó a subir y bajar la cabeza, aumentando paulatinamente la velocidad. Con la mano libre masajeaba los testículos de su amigo, que gemía y movía las caderas para impulsarse y conseguir que tragase hasta el fondo. Cuando Damián sentía que necesitaba recuperar el aliento sacaba el pene de su boca, apresurándose a masturbarlo con la mano mientras lamía los testículos hasta dejarles brillantes de saliva. Les notaba tensos, igual que el pene al que ahora se le marcaban las venas. Volvió a tragarle hasta el fondo, dejando que su amigo marcase el ritmo y le follase la boca, antes de retirar la cabeza e incorporarse rápidamente, besando a Enrique y dejando que este también percibiese el sabor de su pene.

    –Gira. –La orden fue breve, demandante, pero no por eso carente de ternura. Algo desconcertado se apresuró a obedecer.

    Damián le ayudó a colocarse boca abajo, con el pene colocado hacia atrás y asomando entre las piernas ligeramente abiertas, de forma que pudiese acariciarle buena parte del tronco y el glande. Enrique giró la cabeza al notar que el joven se sentaba a su lado en la cama para desatarse las zapatillas. Incluso cuando hacía algo tan sencillo como eso la forma en que los músculos se ondulaban bajo la piel se le antojaba hermosa y sensual. Captando su mirada Damián le dirigió una sonrisa algo tímida y se puso de pie soltando su vaquero. Expectante y lleno de curiosidad Enrique se incorporó ligeramente en la cama.

    Agarrando los vaqueros por la presilla del cinturón Damián les deslizó hasta abajo. La tela del bóxer gris presentaba una marca de humedad bien visible y un bulto más que considerable. Enrique alargó la mano y palpó por encima de la tela la impresionante erección de su amigo que bajó despacio la prenda, lo que provocó que un impresionante pene saltase fuera, libre por fin de la constricción a la que le habían sometido. Los ojos de Enrique se abrieron desmesuradamente ante el tamaño, casi veintiún centímetros de carne y más grueso aún que el suyo, con el glande de un tono rosado y tan solo un par de venas. Los testículos eran grandes, pero sin colgar demasiado, contenidos en un escroto firme y con la línea media bien marcada.

    –Sé que es grande, si quieres ser tú el activo no me importa. –Su azoramiento era evidente, y a Enrique se le antojó tierno. Con una sonrisa dulce acarició la inmensa herramienta de su amigo y se incorporó lo justo para poder darle un beso.

    –Quiero que me folles, que me la claves hasta dentro. Pero prepárame bien, no tengo mucha experiencia.

    Tras devolverle el beso Damián se sentó detrás de Enrique, que acomodó la cabeza sobre las almohadas algo nervioso. Notó las manos suaves de su amigo subir desde los muslos hasta las nalgas, acariciándolas y jugando con ellas a separarlas y juntarlas, en un leve masaje que le fue relajando los músculos. Sintió su aliento cálido antes que su lengua, en una tierna caricia desde los testículos hasta su ano, que se contrajo sin que pudiese evitarlo.

    –Tranquilo, relájate. –Murmuró Damián sin separarse más que lo imprescindible.

    Asintiendo y aferrando las sábanas con ambas manos Enrique intentó relajarse. Cuando nuevamente Damián pasó la lengua por su ano consiguió mantenerse tranquilo al tiempo que soltaba un gemido. Enterrando la cara en la almohada para ahogar el ruido dejó que este trabajase. La lengua de Damián no paraba, recorría cada pliegue, cada arruga, se adentraba cautelosa en el ano del joven hasta alcanzar el esfínter, tenso todavía. Estirando el brazo todo lo posible ofreció dos dedos a Enrique que les lamió como hubiese lamido el pene de Damián, que gimió aún con la lengua dentro. Sacando la lengua metió ambos dedos y les movió en círculos, los separó, los abrió y les movió dentro y fuera, incrementando poco a poco la velocidad.

    Cuando percibía que su amigo se acostumbraba a sus caricias cambiaba nuevamente. Pasando la lengua por el ano y volviendo a meterla, bien en solitario o bien acompañada de un dedo. Enrique mientras mordía la almohada, en un vano intento por controlar los gemidos que salían sin fin de su boca. No podía hacer otra cosa más que mover las caderas al ritmo que marcaba Damián con sus atenciones, pero eso no hacía más que socavar aún más su autocontrol, pues su pene se frotaba contra las sábanas y recibía una masturbación doble. Su amigo, consciente de esto, acariciaba el glande y los testículos con la mano libre, colando de vez en cuando el índice en su ano, por lo que pasaba a tener tres dedos dentro con bastante frecuencia.

    Cuando sintió que tenía el esfínter lo bastante relajado Damián introdujo ambos pulgares dentro del ano, lo que arrancó un pequeño grito de placer en Enrique que quedó amortiguado por las almohadas. Poco a poco y ayudándose de la lengua fue tirando con ambas manos, moviendo los pulgares dentro y fuera, forzando a su ano a abrirse más y más, pero con gentileza, provocando que Enrique se retorciese de placer. Estirándose sobre su amigo alcanzó el cajón de la mesilla y sacó un pequeño bote de lubricante. Inclinándose besó a Enrique, que jadeaba con los ojos cerrados y seguía moviendo las caderas.

    Embadurnando todo su largo pene con lubricante lo deslizó varias veces entre las nalgas del joven que no pudo evitar tensarse ligeramente a pesar de sus esfuerzos. Por fortuna su ano seguía abierto, a la espera. Cada vez que el glande de su amigo presionaba sobre su entrada Enrique gemía, sin contenerse, deseando tenerle dentro. Las manos de Damián se deslizaron bajo el cuerpo de su amigo y acariciaron sus pezones, descendiendo hasta agarrar su pene duro y húmedo y acariciarle de arriba abajo. Con un ligero empujón de caderas introdujo el glande. Enrique dio un respingo y Damián le abrazó con fuerza, mientras le mordía el cuello y le cubría de besos hasta detrás de la oreja.

    – Sssshh… Relájate, no te va a doler, te lo prometo. Te quiero. –Le susurró al oído mientras empujaba, introduciéndose despacio hasta que Enrique pudo notar los rizos del pubis de Damián en sus nalgas y los testículos pegados a los suyos.

    –Despacio, ve despacio por favor, pero no pares –jadeó incoherentemente Enrique, casi ido por el placer y la sensación de notarse tan lleno.

    Damián comenzó a moverse, despacio, saliendo y volviendo a entrar con calma mientras dejaba que el recto de Enrique se acostumbrase a su tamaño. No obstante pronto aceleró, dejándose llevar por los gemidos de Enrique que no cesaba de jadear y mover las caderas para acoplarse a los movimientos de Damián que no cesaba de acariciarle el pene y besarle el cuello entre gemido y gemido. Ambos jadeaban con fuerza, y Damián, espoleado por el ruido de los cuerpos chocando aceleró más y más. Ahora ambos gritaban sin contención y Damián taladraba con fuerza descontrolada a Enrique, que jamás se había sentido tan pleno.

    –¡Más! ¡Dame más! No te controles, Damián, ¡Dame duro!

    Ante semejante súplica no pudo por menos que ceder con gusto. Agarrándole por el hombro con una mano movió las caderas con más fuerza, empujándole contra el colchón dándole con más fuerza y más deprisa. Los gemidos y jadeos se mezclaban con el entrechocar de ambos cuerpos y el ruido húmedo del pene de Damián entrando y saliendo del ano abierto de Enrique. Su mano subía y bajaba sin tregua por el miembro de Enrique que miraba por encima del hombro a Damián, que jadeaba con el cabello rojizo húmedo de sudor cayendo sobre sus ojos.

    –Voy a correrme, voy a correrme, Damián. No aguanto más.

    –Hazlo, yo también. Te llenaré.

    Gimiendo más alto Enrique arqueó la espalda mientras le llegaba el orgasmo. Largos y espesos chorros de semen aterrizaron en la mano de Damián y en las sábanas de la cama. Damián lamió su mano hasta dejarla completamente limpia de semen, besando a continuación a Enrique quien gimió al notar como le pasaba parte de su corrida con el beso. Juntando su lengua a la de Damián tragó hasta el último resto y le agarró por el cabello para impedir que cortase el beso. Clavando las uñas en el hombro de Enrique y sin dejar de besarle alcanzó también el orgasmo. Enrique sintió los cálidos chorros de semen en su interior, llenándole, colmándole. Con un último grito Damián perdió fuerza y cayó sobre Enrique, que siguió dándole besos en esos labios coralinos.

    Con un gemido cansado Damián salió de Enrique. Un par de gotas de semen salieron junto con el pene aún erecto de Damián y resbalaron hasta los testículos de Enrique, quien las recogió con los dedos y las lamió sin percatarse apenas de lo que hacía. Todavía jadeando ambos jóvenes se acomodaron en la cama, uno junto a otro. Damián rodeó con el brazo a Enrique que se acomodó contra el pecho del joven, acariciando con los dedos la piel suave y ligeramente húmeda de sudor.

    –¿Te ha dolido? –Preguntó Damián a Enrique, que ya empezaba a cerrar los ojos.

    –No. Ha sido fantástico y… yo también te quiero.

    Con una radiante sonrisa Damián estiró el brazo y apagó la luz de lectura. Volvió a acomodarse junto a Enrique y tras un último beso cerró los ojos, completamente feliz. No veía la hora de que llegase la mañana para volver a empezar.

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Gracias a todos por haber leído este primer relato. Espero que no se os haya hecho demasiado lento, entended que es el relato introductorio y por eso el sexo se ha demorado tanto en aparecer, prometo que los siguientes serán más ágiles. Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected]

  • Elina

    Elina

    Tengo 32 años. Vivo en São Paulo. Soy brasileña descendiente de suizos de hala alemana. Cabellos rubios. 1.62 de altura. Si soy linda o fea, me remito a lo que me comentó una compañera de trabajo: «Te tomaron por lo linda que sos, por tus hermosas piernas y el cuerpito perfecto que tenés» (no lo dije yo ¡eh!). Estoy en pareja con Pedro, la misma edad que yo. Tenemos un hijo de 6 años.

    Trabajo como promotora en un restaurante de comidas semi-rápidas dentro de la Terminal 3 del Aeropuerto Internacional de São Paulo. Mi tarea consiste en ofrecer los servicios del restaurante a los posibles clientes que pasan por la puerta, invitarlos a pasar, informarles si tenemos alguna oferta especial, decirles que tenemos mesas libres, ofrecer algo atrayente del menú.

    ¿Cuánto me pagan? Me da vergüenza decirlo: USA$ 385 (= R$ 2.000) por mes. La única ventaja es que vivo muy cerca del aeropuerto, en Guarulhos, una ciudad de 1.300.000 contigua a São Paulo, se puede decir que es una ampliación o un barrio de São Paulo. Bueno, por ahora no he podido conseguir nada mejor.

    «¡Holaaa! Buenas noches. Tenemos mesas libres, puede elegir la que usted guste. ¿Quiere ver el menú? Si le gusta el pescado le puedo recomendar Moqueca de peixe. Si prefiere algo rápido también tenemos hamburguesas acompañadas de papas fritas.» Esa era el cantinela que, con algunas variantes, le daba a cada uno de los que pasaban por el frente del restaurante mientras esperaban, a veces muchísimas horas sus aviones hacia distintas partes del mundo.

    «Hola» -me saludó un señor de aspecto europeo.

    «Hola, ¿todo bien?» -le respondí.

    «¿Me permitís? -estiró la mano para que yo le entregue el menú. «¿En carnes qué tenés? -no tenía un acento europeo, más bien estaba casi segura que era argentino.

    «Aquí en esta parte están las carnes» -le indiqué. «¿Prefiere algo de pollo, vacuno o cerdo?»

    «De vaca» -observó algunos segundos y mirándome me preguntó. «¿Qué me sugerís?

    «La picanha [picaña], la puede acompañar con papas fritas, couscous, o una ensalada de palmitos, lechuga y tomates. Para quien tiene que viajar es una buena opción porque no es una comida pesada.»

    «¿Cómo te llamás? -Wow, nunca me preguntan el nombre.

    «Elina» -respondí. «¿Tú eres argentino? Hablas muy bien el portugués.»

    «Uruguayo, soy uruguayo. Hace 15 años que vivo en São Paulo. Mi nombre es Rodolfo. Mucho gusto Elina»

    «Del mismo modo Rodolfo. Por favor, toma asiento donde más te guste. ¿Te parece bien esta mesa?»

    «Perfecto, gracias Elina» -se sentó y llamé a la camarera para que lo atienda, y avisé en la caja que ese cliente había ingresado por mí, para que me asignen la comisión.

    Volví a mi lugar habitual, en el frente del restaurante tratando de conseguir un nuevo comensal. Giro la cabeza y veo al recién ingresado cliente, Rodolfo, de conversación con la camarera y con el cajero que además es el dueño del local. ¡qué raro! ¿Qué pasa ahí? Inmediatamente me pasó por la cabeza que el señor estaría desconforme y veía peligrar mi comisión.

    Matheus, el dueño se dirigía hacia mí. «¿Qué hice de malo?» pensé.

    «Elina» -me dijo Matheus, «el señor ese que entró quiere que lo atientas tú. Le expliqué cómo funciona el restaurante, pero parece que es un tipo de los que se lleva el mundo por delante. Me respondió que, «el reglamento del restaurante es SU problema, acá el cliente soy yo. ¿Quiere que se lo explique mejor?»». -obviamente era una amenaza de Rodolfo de abandonar el local si no accedían a su pretensión. «Haz el favor, atiéndelo tú, ¿OK?»

    «Sí, está bien.» le dije, y por las dudas… le aclaré. «Nunca en mi vida vi a este tipo, simplemente le mostré el menú y lo invité a ocupar una mesa.»

    Matheus mi hizo un ademán con la mano como dando por terminado el tema no sin antes decir: «Estos gringos se creen dueños del mundo». Me mantuve callada.

    Me dirigí a la mesa de Rodolfo, tomé su pedido. Todo transcurrió normalmente hasta que llegó el momento de pagar la consumición. Le llevé la factura. Sacó una tarjeta de crédito, pero antes de dármela me dijo:

    «Elina. Dentro de una hora estoy saliendo para Perú y voy a estar ahí dos días. Me gustaría volver a verte, charlar, tomar un café contigo. Sos una chica muy amable. Atiendes muy bien.» -y me miró como esperando mi respuesta.

    «Señor, yo le agradezco su interés en mí, realmente le agradezco, pero estoy en pareja e incluso tenemos un hijo. ¿Me comprende?»

    «Te comprendo perfectamente. Es obvio que si te pido tu número no me lo vas a dar. Acá te dejo mi tarjeta de presentación… estoy a las órdenes.» De inmediato me dio la tarjeta de crédito y una vez terminado el proceso del pago, antes de levantarse me dejó de propina USA$ 100.- ¡Wow! ¡Cien de los verdes! ¡Qué propina!

    «Buenas noches Elina. Que pases bien. Gracias por tu atención.»

    «Gracias a usted sr. Rodolfo por…» -no supe como continuar, si agradecerle por la propina o por haber elegido nuestro restaurante, o por haber exigido que sea yo quien lo atienda o, como resulta obvio, estar interesado en acostarse conmigo. Y se retiró inclinando cortésmente la cabeza a modo de saludo.

    Pasaron 4 días. Era de mañana, mi pareja se había ido al trabajo. Le pagaban muy poco, sin horario fijo, sin estar afiliado a la seguridad social, pero de alguna forma teníamos que subsistir. Comencé a ordenar, limpiar, preparar la comida y entre tantas cosas a dar una revisación a mi cartera; siempre había algún papel o algo que ya no servía más y ameritaba tirarlo. La tarjeta de presentación de Rodolfo apareció ante mis ojos. «Rodolfo Koehler – ABD EuroAgricole (Groupe Le Meur) – Director-Delegado». ¡Opa! Director-Delegado, suena un cargo alto. Busco a esa firma en internet y veo que se trata de una empresa francesa, con sucursal en São Paulo, que asesora y vender insumos a productores agropecuarios. «Director-Delegado»

    Me senté a la mesa del living-comedor con la tarjeta frente a mí. Pasaron por mi mente infinidad de imágenes e ideas. Desde el momento en que me pidió el menú en el restaurante, hasta algunas ideas de que, tratándose de una persona con un buen cargo empresarial, podría darnos un empleo a Pedro y/o a mí; seguramente su empresa pagaría mejores salarios de los que recibimos mi novio y yo.

    Internamente tuve sentimientos encontrados. «Elina, no seas ingenua, ese tipo te quiere coger, te encontró atractiva y eso es todo.» Ese era el pensamiento dominante. «Nunca se sabe, indudablemente es una vinculación importante.» Era mi autoconfrontación. «No hay otro interés en él que le des una buena mamada y cogerte con alma y vida.» «No necesariamente, su forma de hablar, de vestir, sus modales, su mirada, eran de persona fina, y en este momento con mi pareja necesitamos salir de este pozo, y por el momento, la única persona que conozco con posibilidades de ayudarnos es él.» «¿Sí te parece? ¡Ingenua! Con suerte puede ser que te dé algunos miserables reais por cada vez que te coja.» «En el restaurante me dio 100 dólares de propina.» «100 dólares no arreglan tu vida.»

    Dejé de pensar en Rodolfo, me puse a terminar la comida de manera que quedara para el almuerzo y la cena. Paso por la mesa y me digo a mí misma: «Bueno Elina, decidí ahora lo que vas a hacer, no es conveniente que cuando Pedro vuelva se encuentre con esta tarjeta aquí arriba de la mesa. O lo llamás o ya mismo la tirás a la basura.»

    «Hola, ¿quién habla ahí?»

    «¿Hablo con el señor Rodolfo Koehler?»

    «Sí, soy yo. ¿Quién es usted?»

    «Disculpe sr. Koehler, yo soy Elina…, Elina Koelchi, la chica que lo atendió en el restaurante del aeropuerto, aquí en São Paulo, hace 4 días. Usted iba a tomar un vuelo a Lima. ¿Me recuerda? Si ahora es un mal momento lo llamo más tarde.»

    «Te recuerdo sí, una hermosa chica rubiecita, muy educada y atenta para atender, claro que sí. ¿Cómo estás?»

    «Bien, bien, sr. Koehler…»

    Me interrumpió: «Llamame Rodolfo. Koehler es un apellido complicado»

    «Ja ja, gracias Rodolfo, seguramente es un apellido alemán, el mío también es complicado acá en Brasil, es Koelchi, de origen suizo-alemán.

    «Somos casi del mismo semillero» -me dijo Rodolfo.

    «Rodolfo, el motivo por el que te llamo es para agradecerte la propina que me dejaste. Es mucha plata para mí. Ha sido de una gran ayuda para mi pareja y para mí; ganamos muy poco.»

    «Escucha Elina, en este momento me están esperado en una reunión. Si para ti no es inconveniente y no lo tomas a mal, te invito a almorzar. ¿Dónde vives?»

    «Eeehh. Vivo en Guarulhos cerca del aeropuerto.»

    «Por favor, pasame por mensaje de WhatsApp tu dirección o el lugar donde tu prefieras y yo te paso a buscar y almorzamos en algún buen restaurante de Guarulhos. ¿Te parece bien?»

    «Ah, sí, bueno, te paso donde encontrarnos. No quiero molestarte. Yo solo quería agradecerte por la propina.»

    «Lo hace con gusto, eres una chica agradable, y es bueno almorzar algo rico y charlar un rato con cordialidad y respeto.»

    No le pasé mi dirección por razones de seguridad. Le di como punto de encuentro un cruce de calles que queda a tres cuadras de mi casa. A las 12:00 pasó con su Mercedes-Benz de un azul casi negro. Me abrió la puerta. La intensidad del tránsito no favorecía detenerse mucho rato a charlar en ese lugar. Nos saludamos con dos besos.

    «Gracias por aceptar mi invitación Elina. Estás muy bonita. Muy elegante.»

    «No, por favor, gracias a ti por invitarme.» -repliqué.

    «¿Te gusta el pescado? -me preguntó.

    «Me encanta. Cuando niña vivíamos con mis padres en Natal, y allá se come mucho pescado».

    «Lo que menos aspecto tienes es de sertaneja.» [región al noreste de Brasil, donde está la ciudad de Natal] -me comentó.

    «Bueno, ya te dije que mis padres eran suizos-alemanes, y cuando llegaron a Brasil se establecieron allá.» -aclaré.

    «Soy un privilegiado; voy a almorzar con una rubia sertaneja. Ja ja» -comentó.

    «Y yo por primera vez voy a almorzar con un argentino.»

    «¡Noooo, no no no! Uruguayo.» -me corrigió.

    Pedí disculpas y se río. Me dijo que un excelente restaurante para comer pescado sería Coco Bambu Analia Franco. No era muy lejos, pero tampoco cerca de donde estábamos. Tomó el tramo final de la Rodovía Presidente Dutra y después giró a la izquiera en la Rodovía Ferrão Dias y francamente no demoramos mucho en llegar al restaurante.

    Me señaló en el menú camarão Ibiza, camarão Capri, y más platos finos en su mayoría de productos del mar. Me gustaba el nombre de «camarão Ibiza». El estuvo de acuerdo y pedimos lo mismo para los dos. Después que nos sirvieron, ¡qué delicia!

    Dado que tenía que dirigir, pedimos agua mineral con gas, pero me explicó que allí tienen un vino portugués alentejano que según él es «un néctar, manjar de los dioses».

    Charlamos sobre lo que él hacía, sobre mi trabajo. Sobre nuestras familias. Me comentó que está divorciado y que su esposa vive en Uruguay. Obviamente yo le dije que estoy en pareja con Pedro y que tenemos un hijo de 6 años.

    «Elina. Disculpa que me meta en tu vida. Tú no eres para trabajar en ese lugar; en el restaurante que te conocí.»

    Lo miré, moví la cabeza como preguntando «¿Por qué?» Él entendió mi gesto y me dijo directamente: «Eres una chica muy hermosa, que vistes muy bien, elegante, simpática, educada, con un cuerpo perfecto que sería la envidia de la mayoría de las chicas de tu edad. Disculpa, no me tomes como un donjuán o mujeriego, pero la verdad es la verdad: tienes unas piernas perfectas.» -me dijo y me quedé colorada y sin respuesta.

    Siguió: «Hace un rato me dijiste que hiciste cursos de contabilidad y de secretariado».

    «Sí Rodolfo, pero mi familia es de escasos recursos. Mi padre había quedado sin trabajo, así que tuve que salir a buscar empleo y lo mejor que conseguí hasta ahora es ahí donde tú me conociste.»

    Mientras comíamos continuamos una conversación amena, respetuosa y cordial.

    «Tienes una mirada muy dulce, por momentos triste, Elina» -tragué saliva. Me sacudió. Pero encontré una respuesta:

    «Sin embargo soy muy alegre.»

    «¿Alegre por afuera y por dentro también?» -me preguntó. No respondí.

    «¿Sabes una cosa? No quisiera que ésta sea la última vez que nos vemos.» -agregó. Seguí sin responder.

    «Desde el primer momento en que te vi, en la entrada del restaurante del aeropuerto, sentí algo por ti.» -¡uff! ¿Cómo es que sabiendo que la conversación tomaría este rumbo, no me preparé para estos comentarios que evidentemente apuntaban a llevarme a la cama?

    «Tengo un hijo, tengo una pareja Rodolfo, ¿me entiendes?»

    «¿Tú crees que está en mi ánimo perjudicar tu relación de pareja o provocarle un perjuicio a tu hijo? No me conoces Elina.»

    Me estaba acorralando, y era ahora o más tarde sería tarde. Salí a la lucha, salí a enfrentarlo.

    «¿Tu intención es llevarme a la cama, verdad?» -lo encaré.

    No demoró en responder.

    «Elina, sé sincera contigo misma, estás en tu derecho en aceptar o no una invitación de ese tipo que tu dices, pero pretender que un hombre normal no se interese por ti es una utopía.» -Me quedó mirando, para agregar.- «No me voy a ruborizar por admitir que sí, que me gustaría tenerte en mis brazos, hacerte el amor, besarte, claro que sí, no lo niego.»

    «Es una postura egoísta de tu parte: No tienes en cuenta mi pareja y mi hijo.» -contraataqué.

    «No soy egoísta, soy un ser humano con sentimientos como la mayoría. Y si digo que me siento atraído por ti eso es un sentimiento común en las personas que habitan en este planeta.» -respondió.

    De inmediato sonó mi teléfono móvil; era mi novio. «¿Me permites que atienda?» -le dije a Rodolfo. Él hizo una seña de asentimiento. De mi parte la conversación fue así:

    «Sí, te escucho» – «Era lo que suponía» – «No sé, no sé, de alguna forma hay que hacerlo, pero no sé» – «No sé, no sé, de mi parte haré lo que pueda» – Observé a Rodolfo, no lo miré directamente a los ojos, dirigí mi vista hacia su torso y brazo. Algo pasó por mi cabeza. «Dame unos 15 o 20 minutos, yo de llamo» Dejé el móvil en la mesa. Traté de razonar, mirando hacia afuera del restaurante.

    «¿Problemas? -me pregunta Rodolfo.

    Le respondí de una forma que quedó muy sorprendido, yo estaba desorientada y perdí el control.

    «Rodolfo, está bien, tú quieres acostarte conmigo. OK, está bien. Acepto. Te cobro R$ 2.000. ¿Te parece bien?» -le dije con un tono algo enfadoso que no pude evitar.

    «No Elina. Ya no me interesas; no tengo más interés en vos. Terminamos y te dejo en el mismo lugar que nos encontramos o donde tú digas. En ningún momento te traté ni te consideré como a una prostituta. Te aclaro que R$ 2.000 no es nada para mí, puedo pagar el doble o más si quisiera.» -me lo dijo con firmeza, sin titubeos, y dirigiéndose al mozo que precisamente pasaba por ahí: «Por favor, ¿me trae la cuenta? Gracias».

    No hablamos más. Vino el mozo con la cuenta, Rodolfo la pagó en efectivo, seguramente para salir del restaurante lo más pronto posible. Me hizo seña para dirigirnos a su auto, yo le agradecí y le dije que me iba por mi cuenta y me encaminé en dirección contraria. Ni siquiera hubo un saludo. Nos dimos la espalda y cada uno por su lado.

    Caminé, caminé, caminé. Me fui caminando hasta el aeropuerto donde estaba el restaurante donde trabajaba. Demasiado lejos para ir caminando, pero estaba destruida, atormentada. Me comporté como una desequilibrada cualquiera, inadecuadamente.

    Al día siguiente, después que Pedro se fue a trabajar y llevé a José a casa de mis padres; ellos lo cuidaban durante el día, incluso lo llevaban y lo iban a buscar a la escuela. Volví a mi casa y llamé a Rodolfo. Las cosas no podían quedar así, por lo menos se merecía una explicación, y yo, yo tenía que desahogarme de mi pésimo comportamiento.

    «Buen día Rodolfo. ¿Cómo estás?»

    «Bien, ¿y vos?»

    «Si tu intención es colgarme la llamada, solo te pido que me escuches un poquito. Hay cosas que tú no sabes.»

    «Dale, no tengo mucho tiempo.»

    «Rodolfo, la llamada que recibí cuando estaba contigo era de mi novio. Estamos en una situación económica desesperante. Y para peor el padre de Pedro tiene que sacarse unas placas y posiblemente le hagan una intervención quirúrgica. Tuvo el Covid-19 pero no se recuperó totalmente, está sin trabajo. Quiero que me comprendas, perdí el control, lo reconozco, los apremios económicos son para mí cosa de todos los días. Disculpa, disculpa, me comporté horrorosamente contigo. Incluso en este momento, estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para no gritar y romper todo lo que tengo al alcance de mi mano como una esquizofrénica.»

    No tuve una respuesta del otro lado. Solo silencio. Agregué resignada: «Solo quería aclararte eso. Te dejo. Gracias por haberte interesado en mí. No te molesto más. Que tengas un buen día. ¡Chau!» -y ya estaba por cerrar la llamada…

    «Elina, ¿qué día tienes libre en el trabajo?» -me dijo muy calmadamente.

    «No tengo días libres Rodolfo. Cuando no voy no cobro.» -respondí.

    «¿Y cuándo no vas te hacen problema?

    «No, simplemente ese día no me pagan. No estoy registrada, no aporto a la seguridad social». -respondí.

    «Mmmmm, entiendo. Me quedó claro. Hoy no vayas, yo te pago el promedio de lo que sacas por día. A las 17:00 quedo libre. ¿Te complica venir hasta acá, a la Faría Lima?, tienes la dirección en la tarjeta que te di, es esquina Rua Adolfo Tabacow. Te tomas un taxi, yo estaré esperándote en la esquina y pago el taxi. ¿Podés?»

    «Sí, sí puedo. Gracias por escucharme. Eres muy amable. A las 17:00 estoy ahí en la Faria Lima. Besos.»

    Llegué con 5 minutos de retraso al punto donde Rodolfo me estaba esperando. Pago el viaje. Nos dimos dos besos.

    «La última vez no nos saludamos, ¿recuerdas?» -le dije sonriendo.

    «Pasemos por alto ese insuceso. ¿Si gusta señora?» -me señaló con la mano donde tenía estacionado el auto.

    Adentro del auto, antes de arrancar me dice: «¿Estás con hambre? ¿Te gustaría un sanduiche de pollo con Quiabo y una Gin Tônica?»

    «Suena interesante eso» -usted manda caballero.

    Se encaminó a un lugar que se llamaba Boato, creo que a no más de 2 cuadras de donde nos encontramos. ¡Wow!, lindo lugar, era un bar-restaurante con coquetelaria. Lindo, lindo lindo; con sofás y mesas bien distribuidas, confortable, con privacidad. Rodolfo y yo nos ubicamos en un sofá que tenía una mesa. Él quedó a mi izquierda. Me mostró el menú y me recomendó lo que ya me había comentado: Sándwich de pollo con quiabo [carne empanada, frita, salsa gochujang e mayonesa de curry] y una Gin-Tonic). Bueno, yo estaba deslumbrada con la comida y el lugar, ¿Gin-Tonic? nunca había tomado, ¿mayonesa de curry? ni idea de qué se trataba. Acepté sus sugerencias.

    ¡Qué delicia el Gin-Tonic! pero.. más fuerte que una cerveza. El sándwich de pollo con quiabo ¡¡ri-quí-si-mo!!

    «Ja ja ja. Te quedó un poco de la salsa acá» -me señaló cerca del labio. Tomó una servilleta de papel y me limpió y… aprovechando la ocasión, pasó su brazo por mi hombro, cosa que no me sorprendió y francamente, me gustó y permití.

    Conversamos. Me preguntó sobre la situación económica general de mi familia. Donde trabajaba mi novio, mis suegros, mis padres, etc.

    Apoyando el codo en la parte de arriba del respaldo su mano se dirigió a mi mejilla que acarició. Le sonreí.

    «Me encanta tu pelo. Se nota que lo cuidas todos los días.» -dijo tomando algunos mechones entre sus manos.

    «Sí, trato de estar presentable siempre. El pelo es un factor importante en la apariencia» -respondí, en el momento en que me tomaba por la nunca, me acercó a él y me besó… nos besamos. Interiormente pensé «lo lograste, Rodolfo, cuándo quieras…». A pesar del sándwich sentía un vacío en el estómago, y en mi entrepierna una turbulencia que me recorría desde la cabeza hasta los pies.

    Terminamos de comer y de tomar nuestras gin-tonics. Nos retiramos del restaurante y nos dirigimos a su auto. Ya adentro del vehículo se acomodó mirándome con el índice de la mano izquierda recorrió mis labios, rozándolos. ¡¡¡Dios!!! Una sacudida interior. Nuevamente me tomó de la cabeza, me acercó, me besó, nos besamos, pero esta vez yo también pasé mi mano por su cabeza, enredé mis dedos entre sus cabellos. Enlazamos nuestras lenguas. Su mano acarició mis senos a través de la ropa. Apenas podía mantener mi cordura para no pasar por encima de la caja de cambio y montarlo.

    Nos despegamos, puso en andamiento el auto y nos dirigimos a un lugar cercano en Jardim Paulista, Al. Lorena. Entramos directamente por una rampa al garaje de su edificio, muy alto, no parecía de los más nuevos, pero se lo veía bien de afuera. Subimos al piso 16. Dos apartamentos por piso. Ingresamos al suyo. ¡Wow! sobre el frente tenía vista hacia la Av. Paulista, y por la parte de atrás hacia el Jockey Club de São Paulo y más cerca se veía una zona de lujosas casas bajas, que va desde rua Estados Unidos hasta Av. São Gabriel. Tres baños tenía el apartamento. Tres dormitorios, hermoso living-comedor con una larga ventana de donde se veía a distancia la Av. Paulista. La cocina era más grande que el dormitorio de mi casa, el de mi hijo, el baño y la cocina juntos. Y al fondo tenía una pieza, con una cama, para la señora que le hacía la limpieza. Dos refrigeradores; bueno, uno de ellos era solo freezer. Muchas plantas en el living; me gustaban unas amabayas colgadas del techo.

    «Hermosa vista tiene tu apartamento Rodolfo» -le dije apoyada en la ventana y volteando la cabeza hacia él.

    «Contigo aquí todo es más hermoso» -me respondió.

    ¡Uy! Un estremecimiento me recorrió por todo el cuerpo, especialmente… de mi cintura hacia abajo. Se acercó por detrás. Juntó su cuerpo al mío. Pasó sus brazos por mi cintura. Su orgulloso miembro viril estaba «activado». Lo colocó entre mis muslos y sus manos comenzaron a recorrer mis senos. Me besó en la nunca. Yo en señal de aprobación con mi brazo derecho hice un movimiento para tomarlo desde la nunca, siempre él detrás de mí. Siguió besándome en el cuello y dejé caer mi brazo de manera que mi mano se apoyó cerca de su ingle rozando su pene. Hasta que lo tuve en la palma de mi mano, él respiró fuerte.

    Me dio vuelta y quedamos frente a frente. Entonces tomándome desde el mentón me dijo: «¿Le gustaría conocer mi dormitorio, joven?»

    «Por supuesto, caballero, estoy segura que habrá cosas interesantes para ver…» respondí.

    Nos fuimos a su dormitorio… Me hizo seña para que yo pase primero. ¡Ohhh! Qué cama tan alta, nunca vi una así. Era más alta que mi rodilla. ¡Qué lindo! Nuevamente se colocó detrás de mí, pero esta vez se ocupó de desabrochar mi vestido. Yo me había puesto un vestido rojo entero con breteles, con la falda unos centímetros por encima de la rodilla. Se abrochaba por la espalda. No le llevó mucho tiempo la operación. Metió las manos por debajo de mi falda, acarició mis nalgas y me levantó el vestido y lo sacó por mi cabeza.

    Quedé solo con el soutien y mi bombacha. No uso mucho las tangas finitas que apenas te cubren las partes íntimas. Prefiero las más anchas que recubren más. Le sonreí, me quedé esperando qué hacía él. Se sacó la camisa. Se desabrochó el cinturón y cuando iba a seguir le pregunto: «¿Puedo hacerlo yo?»

    «Claro, me encantaría.» – me respondió.

    Procedí a correrle la cremallera del cierre. Le bajé el pantalón. Él lo agarró desde el suelo y lo tiró sobre una silla. Primero pasé mis manos por su cuello. Nuestros labios se juntaron, nuestras lenguas se entrelazaron. Bajé mis manos e introduje una de ellas en su slip y tomé su pene en total erección. Cerró los ojos y colocó su mentón sobre mi hombro. Lo interpreté como un «haz lo que quieras». Intentó sacarme el soutien, pero, ¡hombres!, no pudo. Yo moví mis brazos hacia atrás y me lo saqué en un segundo. Mis senos descubiertos quedaron frente a él.

    «Eres la chica perfecta, Elina» -me dijo. Le sonreí sin decir nada. Sus dos manos cubrieron mis senos. Me bajó la bombacha para que yo me la sacara definitivamente.

    Nos quedamos pegaditos acariciándonos las espaldas, los muslos, él mis senos, yo su pene. Nos besaaamos… apasionadamente. Me empujó sobre la cama, me acomodé boca arriba. Él se subió, me abrió las piernas y se puso de rodillas entre ellas. Pero yo lo tomé de los brazos hice que se quedara a lo largo sobre mí. Nuestras manos recorrían de un lado al otro nuestros cuerpos. Rodamos y quedé sobre él. Apoyé mi frente contra la suya. Él enredaba sus dedos en mi pelo. Me moví un poquito hacia abajo y lo besé solo en los labios. Seguí deslizándome hacia abajo y llegué a sus tetillas, que mordí delicadamente. Continué mi ruta hacia el sur hasta llegar a su pubis y sentir su pene tocar mi mentón.

    Mi dedo índice tocó la punta de su glande y después siguió hasta la base de su verga. Mi boca entreabierta quedó con su capullo detenido entre mis labios. Así estuve un buen rato, hasta que asomó mi lengua que redondeó ese glande. Levanté la vista para ver su mirada, pero estaba con los ojos cerrados en dirección al techo. Su respiración era fuerte, forzada. Mi boca se apoderó del capullo de su pene, y en seguida del resto de su miembro. Claramente me llegaban sus pulsaciones. Mantuve su verga quieta pero presionada por mi lengua lo más profundo que pude. Sabía que con muy poco tiempo más eyacularía en mi boca. Pero no, no fue así. El hombre tenía un gran control de sí mismo.

    Sacó su pene de mi boca. Me hizo girar y quedé nuevamente hacia arriba, volvimos a la posición inicial en que el se puso de rodillas entre mis piernas. Estiré los brazos y le agarré la cabeza y entrelacé mis dedos con su pelo, sin dejar de mirarlo. Él tomó su miembro viril con su mano y comenzó a pasear por mi vagina. Varias veces rodeó mi clítoris con la punta de su pene, otras acarició mi clítoris siempre solamente con su mástil. También lo paseó por mis labios vaginales.

    Bueno, no soy de madera, entré en un estado de excitación tremendo, me retorcía de un lado al otro. Gemía desde hace rato pero ahora un profundo y sonoro gemido anunció la llegada de un orgasmo. De inmediato, con su pulgar embadurnado por mis fluidos me acarició mi clítoris. («Este tipo no me da descanso, no hace 10 segundos que acabé y me sigue masajeando en ese punto», pensé). ¡Uuuy! Me está matando, me va a provocar un nuevo orgasmo, me duele todo, estoy inflamada, me voy a desmayar, y… todavía no me ha metido ese palo en mi concha.

    «¡No, no, no! ¡Aaaay! -exploté otra vez. Lo miré, nos cruzamos las miradas.

    Muy rara vez hablo cuando hago el amor, pero esta vez no pude evitar decirle: «¡Malo! Me provocaste dos orgasmos en menos de un minuto. Casi pierdo el conocimiento. Me vas a matar así.»

    ¡Oh no! No se había olvidado de su pija. Sí, en ese preciso instante hacía su entrada triunfal en mi templo sagrado. Se mantuvo de rodillas, algo tumbado hacia atrás, y me levantó de las nalgas elevando mi pelvis para que mi vagina y su pene dialogaran plácidamente como viejos amigos. Hay que tener brazos fuertes para mantener esa posición. Cada empujón me repercutía en todo el cuerpo. Con su pene ingresado hasta donde podía, a veces lo mantenía quieto en mis profundidades, mientras su pulgar acariciaba mi clítoris o tocaban mis labios vaginales. «¡Auxilio, voy a explotar de nuevo!» pasaba por mi mente.

    Finalmente comenzó a acelerar el vaivén, ahora frenéticamente, una vez más alcancé el éxtasis, él se detuvo y sentí claramente su semen colmando mi vagina. ¡Wow! Sigue descargando… «que algún capitán ordene que la artillería detenga el bombardeo».

    —————-

    Cuatro meses después estábamos Pedro y yo terminábamos de cenar. José se había ido a dormir.

    «Elina, ¿quién es Rodolfo Koehler? Estás saliendo con esa persona ¿verdad? -me preguntó sin rodeos y sin anestesia ninguna.

    Me tomé unos segundos. Sabía que más tarde o más temprano tendríamos una conversación sobre este asunto. Honestamente me pareció que era intrascendente averiguar cómo él se había enterado, o dado cuenta. Suspiré. Y lo miré fijamente, como nunca lo hice antes. Yo también le hablé sin rodeos y sin anestesia:

    «Los estudios médicos de tu padre, la prótesis de cadera que se le aplicó y que le permitió volver a caminar, aunque sea con un bastón, pero caminar sin dolor y desplazarse por cualquier lado, ¿con qué dinero se logró hacer?»

    Silencio.

    «Ese nuevo empleo que tienes de portero en un edificio de Higienópolis, en el cual ganas más del doble que en el anterior, y donde ahora estás aportando a la seguridad social, tienes decimo tercer salario, derecho a vacaciones, cosas que en el otro no tenías, ¿quién te lo consiguió?

    Siguió el silencio.

    «La ropa que viste José actualmente, pasamos tres años sin poder comprarle ni un par de zapatos, los útiles escolares que usa para la escuela, ¿de dónde salió la plata?»

    «Mi nuevo empleo en el estudio contable, donde gano más de 4 veces de lo que ganaba en el puto restaurante del aeropuerto, y donde ahora yo también tengo derecho a decimo tercer salario, vacaciones, aportes a la seguridad social, horario fijo, ¿quién me lo consiguió?

    «Esa bermudas y esas zapatillas deportivas que llevas puestas y que te regalé en tu cumpleaños, ¿de dónde salió el dinero?

    «Eso es prostitución Elina» -me dijo.

    «Ponele el nombre que quieras. ¿Quieres volver a tu miserable situación anterior?»

    «¿Y dónde está tu dignidad, mi dignidad, la de tu familia?» -me interrogó.

    «Mi dignidad es poder disfrutar de la vida, de los adelantos tecnológicos, de hacer confortable la existencia de mi familia, de tus padres, de mis padres. Mi dignidad es que con 32 años estoy en un poco menos de la mitad de mi existencia y no quiero que la vida pase frente a mis ojos sin que mis manos puedan tocarla, sin que yo también pueda subirme al tren de la vida. ¿Se entendió?»

    **************

    Querido lector, el relato termina aquí. Dejo que cada uno imagine su final, o, como hice yo, terminar en un mensaje en el cual algunos estarán de acuerdo y otros lo repudiarán. Gracias por leerme.

  • Su profesor particular (capítulo VI): Dispuesta a instalarse

    Su profesor particular (capítulo VI): Dispuesta a instalarse

    Elena iba sentada sobre Tomás, obligándolo a servirle de pony. Sentía su poder sobre él y se excitaba al dominarlo. Se había sentado, no con sus piernas colgando a los costados de Tomás, sino que las había pasado sobre sus hombros quedando así pegadas a la cara de su sirviente. Luego, para no perder el equilibrio agarró los dos extremos de la fusta cuya parte central sujetaba Tomás con la boca.

    “¡Vamos, profesor!”. “Con cuidado. No quiero caerme. Y tú, por tu bien, tampoco querrás que me caiga”.

    Tomás quiso contestar: “Por supuesto, mi ama. Pondré todo mi cuidado en llevarla sin el más mínimo percance. Servirla con mi toda mi atención es mi máximo objetivo. Jamás dejaría que se cayera”; pero no pudo porque su boca sujetaba con fuerza la fusta a la que se agarraba Elena.

    Comenzó a moverse muy despacio, con mucho cuidado de no tirar a Elena.

    “¡Más rápido!” le ordenó ella.

    Tomás apretó el paso, aunque siguió poniendo toda su alma en mantener el máximo cuidado para que Elena mantuviera el equilibrio sin problema.

    Ella acercó uno de sus pies a la cara de Tomás: “¿Puedes sentir el olor que desprenden mis pies, Tomás? He llevado los mismos calcetines con estas zapatillas toda la semana. Hasta me daba vergüenza que alguien pudiera notar el olor. Lo he hecho por ti, para que veas que me preocupo por complacerte y que estoy dispuesta a cumplir mi parte de nuestro acuerdo lo mejor que pueda”. “Porque supongo que a un fetichista como tú, le encantará adorar mis pies sudados y olorosos, ¿no? Bueno, no hace falta que me respondas, recuerdo como te enganchaste a la mochila que dejé en tu despacho y el lavado que hiciste con tu lengua a todas mis prendas íntimas, jajaja, ¿o no?”.

    Efectivamente, Tomás había sentido en su nariz el aroma que llegaba desde los pies de Elena cuando ella se sentó sobre él y colocó las piernas sobre sus hombros, incluso antes de que ella acercara su pie a su cara. Con la fusta en la boca, no pudo contestar a lo que Elena le preguntaba, pero se excitó tanto ante la idea de quitar esos zapatos y esos calcetines y lamer sus preciosos pies, que creyó que se iba a correr allí mismo. Elena había sabido hacerse esperar y Tomás estaba totalmente entregado a ella. No podía negarse a ninguna de las órdenes de Elena ni pensar en otra cosa que no fuera estar a sus pies adorándola. Habían sido muchos años esperando una oportunidad como ésta y con una preciosa e inteligente mujer como Elena.

    A Tomás le resultaba increíble estar tan excitado incluso con el dolor que había soportado y que todavía notaba en su culo. Era un castigo que no espera recibir, sobre todo, nada más llegar Elena. Pero toda esa sumisión, todo ese abandono a la voluntad de la diosa ¡le resultaba tan excitante! Estaba deseando que llegaran los de la mudanza y se terminaran para quedarse tranquilo con Elena y lamer sus adorables pies… y cualquier otra parte de su cuerpo que ella le pidiera o, más bien, le permitiera. En momento no había otra cosa en el mundo en la que pensar, solo servir, adorar y disfrutar de la sumisión a esa bellísima mujer.

    Cuando llegaron a la habitación, Elena se sintió satisfecha de cómo había ido todo. Miró la enorme cama para ella, la gran terraza, el baño con bañera de hidromasaje… Como se alegraba de haber tenido el valor de proponer ese pacto a Tomás. Además, no tendría que ocuparse de nada, tenía a su servicio una sirvienta profesional y un esclavo personal dispuesto a satisfacerla hasta en su más mínimo deseo. Solo tenía que mantenerlo todo el curso con la dosis de excitación y dominación precisa para que no perdiera el interés y ella se sentía muy capaz de hacerlo: tenía el carácter y la habilidad necesaria y ese cuerpo perfecto, incluyendo esos pies por los que Tomás se dejaría matar. En definitiva, se presentaba un curso de lo más confortable. ¡Pena que estuviera en su último año y no haberlo descubierto antes!”.

    Todavía sentada sobre la espalda de Tomás, Elena comenzó a hablarle: “Hay algunas cosas de esta habitación que me gustaría cambiar, Tomás. Por ejemplo, hay que buscar una buena mesa de escritorio. En la casa también vamos a hacer algunos cambios. Está bien, pero ya sabes, te falta el toque femenino. Por supuesto, tú te encargarás de pagarlo todo porque querrás tenerme contenta y que esté cómoda, ¿no? Ya lo iremos viendo”.

    Tomás no se atrevió a soltar la fusta de su boca para contestarle a Elena pero por supuesto, aceptaba que haría en la casa todas las modificaciones que le apetecieran a Elena, porque lo consideraba parte del acuerdo y, también, porque el deseo de servirla se había instalado por completo en su mente.

    Elena se levantó de la espalda de Tomás y dio una vuelta por la habitación, abrió el armario, entró en la terraza… Finalmente se sentó en la cama para comprobar la firmeza del colchón.

    Cuando estaba sentada en la cama, le dijo a Tomás “Ya puedes soltar la fusta, hombre. No hace falta que te quedes con ella en la boca para siempre. ¡Qué obediente estás ahora! Será el efecto del castigo, jajaja”.

    Tomás se dirigió a cuatro patas hasta una mesita y dejó la fusta allí. Luego se acercó un poco a Elena y, a cuatro patas y con la cabeza agachada ante ella, le pidió permiso para hablar: “Señora, si me permite decirle algo”.

    “Dime”.

    “Como ve, he preparado todo como usted deseaba y he hecho todo lo posible por agradarla, aun admitiendo los imperdonables fallos en su recibimiento, que usted con su generosidad ha castigado para enseñarme. Sin embargo, y espero no ser demasiado atrevido, todavía no he tenido ocasión de besar sus pies y ardo en deseos de hacerlo. Si usted me permitiese descalzarla y masajear y besar sus divinos pies, aunque sea sin quitarle los calcetines mientras llegan los operarios de la mudanza… Ardo en deseos de poder adorar esos preciosos pies. El tenerlos tan cerca de mí y no poder acceder a ellos es un suplico. Compréndalo, ¡es usted tan bella!”.

    Elena sonrió.

    “Bueno. Lo has pedido con educación y de manera convincente. Está bien. Para que veas que soy una buena ama. Te voy a complacer. Te dejo jugar un poco con mis pies mientras esperamos a los de la mudanza”. “Acércate. A cuatro patas y párate a un metro de mí”.

    Tomás sintió como su pene crecía al oír lo que Elena le acababa de decir y ante la inminencia de poder sacar esos preciosos pies de las zapatillas que los encerraban. Se acercó a Elena y, cuando estaba más o menos a un metro de distancia, se paró se puso de rodillas y esperó las órdenes de su ama.

    Cuando Tomás se arrodilló frente a ella, Elena pudo notar el bulto en su pantalón. Acercó su mano y tocó el pene de Tomás, que estaba duro como una roca.

    “Vaya, vaya, mi querido profesor. Veo que tu hermanito pequeño está totalmente fuera de control, ¿eh? Si te portas bien, puede que luego te deje jugar un poco con él… o no, ya veremos, jajaja”.

    En ese momento sonó el timbre de la puerta. Los de la mudanza acababan de llegar… y en el momento más inoportuno.

  • Primera vez en un lugar público

    Primera vez en un lugar público

    Tengo 36 años, mi esposa 28 esto sucedió hace como 5 años fue nuestra primera experiencia en un lugar público, aunque ya lo había hecho en el patio de sus padres. Ella tiene sus atributos de 1,60 de estatura con su buen par de teta y un culo que encanta. Fuimos de salida a un parque acuático de la ciudad con la suegra y la cuñada y el bebé.

    Estando en la piscina con ella nos empezamos a calentar de tanto frotaba que nos damos y la manera en que ella me agarraba el pene. Decidimos dejar a cargo al niño con la suegra y nos fuimos a los baños del lugar el cual tenía varios y algunos de quedaban retirados y era un día entre semana, llegamos y nos empezamos a besar acaloradamente mientras aprieto sus senos y su trasero y ella acaricia mi pene, baja mi short y toma posición a acariciar mi pene y frotarlo, lo mete en su caliente boca y empiezo a sentir esa calidez de su lengua cuando frota la cabeza del pene el cual es de 16 cm grueso y grande del glande.

    Lo más lindo del sexo para mi es ver una mujer con el verga en la boca sumisa succionado y esa mirada que enloquece. Así estuve un buen tiempo contemplando como mi mujer succionaba mi verga y me miraba y se me puso en cuatro esperando ser penetrada a lo cual procedí durante varios minutos mi verga entraba y salía escuchando como contenía sus gemidos en cada embestida que le daba a lo cual jale su cabello cosa que le encanta y me lo pide cuando llega a tal excitación que le gusta que la trate como una putita. A lo me dice soy tu puta dame duro, así.

    Empecé a repetir duro contra ese trasero, soy de las personas que le cuesta acabar, pero eso situación me llevo al clímax, ya me venía cuando le aviso y se da vuelta para acabar en su boca y terminó de limpiar mi verga con su boquita limpiando todo.

    La sensación de ser descubierto es incomparable aumenta la excitación y los impulsos. Anímense a probarlo.

  • Siempre contaremos hasta donde nos conviene

    Siempre contaremos hasta donde nos conviene

    Resulta que tiempo después de la confesión de mi esposa de su etapa como prepago, me volví a encontrar con mi “amiga” Diana, aquella con la que mi esposa había compartido una de las jornadas de trabajo.

    Estaba con un grupo de amigos viendo un clásico de futbol en una de los bares de un centro comercial y en una de las mesas estaba Diana con los hermanos y otras personas, con uno de sus hermanos he jugado futbol en algunas ocasiones, además él es el esposo de una prima lejana, el me saludo, charlamos algo sobre futbol y la familia, se acercó Diana, que como siempre estaba vestida muy exótica, tenía un enterizo negro ceñido al cuerpo con la espalda destapada, me saludo de beso y abrazo, se le notaba que había bebido bastante, también hablamos banalidades y volvimos a nuestras mesas, al rato ella se paró para ir al baño y al regresar me pidió mi número de celular, según ella para una conocida que necesitaba unas terapias físicas, lo guardo y me envió una manito arriba para que yo guardara el suyo, acabo el primer tiempo del partido y revise mi celular, tenía varios mensaje de mi esposa y dos mensajes de un número desconocido, revise y era el número de Diana, me escribía así:

    Diana: ¿por qué no estas con tu mujer?

    Diana: ¡respóndeme! y una carita enojada,

    La volteé a ver y solo se sonrió, le respondí

    Yo: ¡es mi día libre!

    Ella lo leyó y se tapó la cara con una mano.

    Siguió el partido y a la mitad del segundo tiempo recibí otro mensaje de ella:

    Diana: ¿y tu mujer que está pensando dejándote salir solo?

    Diana: ¿será que no sabe lo peligroso que eres?

    Yo: ¡Era!

    Diana: ustedes los hombres no cambian

    Yo: soy la excepción amiga mía

    Diana: ¿tu esposa sabe que fui tuya?

    Yo: ehhh, no

    Diana: cuéntele, dígale lo que hacíamos

    Yo: no me conviene, déjela tranquila

    Diana: ¿sabías que ella y yo nos conocíamos?

    Yo: si, ya ella me conto todo

    Diana: eso me imagine y también supuse que a ti eso no te importaría

    Diana: eres respetuoso del pasado de los demás, soy testigo de eso.

    Yo: si amiga, el pasado es pasado

    Diana: ¿qué vas a hacer después del partido?

    Yo: dianita, pues íbamos a ir a comer con mis amigos y ya me voy para mi casa.

    Diana: vámonos los dos, estoy soltera este fin de semana, la casa de mis papas está sola.

    Yo: me parece un excelente plan.

    Diana: ¿andas en carro?

    Yo: no

    Diana: mi carro está en el parqueadero, te espero allá.

    Yo: ok, apenas se acabe el partido voy.

    Vi que a los pocos minutos ella se despidió de los de su mesa y se fue, yo esperé a que se acabara el partido, me despedí de mis amigos y salí al estacionamiento, Diana me hizo luces, subí a su carro, ella me recibió con unos besos muy ardientes, metió su lengua en mi boca y yo pase mis manos por todo su cuerpo, le bese el cuello y baje hasta su escote, estuvimos así unos minutos y nos fuimos a casa de sus padres.

    De camino a su casa seguimos besándonos y manoseándonos, ella paro para comprar licor y yo aproveche para decirle a mi esposa que llegaría un poco tarde, a lo cual me respondió que entonces pasaría la noche en casa de su hermana, que ya estaba tarde y los niños se habían dormido, que le escribiera apenas llegara a casa, que no tomara mucho, eso me permitía tener más tiempo para pasar con Diana, Diana compro ron y continuamos nuestro camino, seguimos con los manoseos, ella me pidió que sacara mi verga la vio y me dijo: “como me hacías gozar con este aparato” y se apodero de mi ella con su mano derecha, en cada semáforo ella aprovechaba y me daba unas mamadas cortas solo metiéndose la cabeza a la boca, como ella llevaba un enterizo negro pegado al cuerpo, yo solo podía acariciarla sobre la ropa, y como el polarizado de los vidrios no era muy oscuro, ella no podía desnudarse, llegamos a nuestro destino, ella sirvió el trago, se descalzo y nos tiramos en el sofá de la sala, ya yo había estado en esa casa en mi época de universidad y no había cambiado nada.

    Diana estaba encima de mí y me besaba como loca, tenía muchos tragos en la cabeza, yo toca sus grandes nalgas y frotaba mi pene sobre su entrepierna, se paró y sirvió licor, bebimos y seguimos besándonos de pie, ella mide unos 1,55m, más o menos, me pregunto de cuánto tiempo disponía, le dije que de mucho, sonrió y se desnudó lentamente, mírame como estoy, todo esto va a volver a ser tuyo, me dijo, tomo la botella de licor con una mano y a mí con la otra y me llevo a su habitación.

    Diana tiene varias cirugías estéticas, yo la conocí natural y era una mujer divina, la verdad se veía muy bien con sus cirugías, senos redondos y paraditos, abdomen plano y nalgas grandes, entramos a su habitación y ella se paró sobre la cama, sirvió 2 copas de ron, y empezó a tocarse los senos y a decir: “¿te acuerdas cuando te quedabas aquí conmigo? Nunca olvidare las noches que me hacías tuya sin descansar, fueron tiempos muy lindos”, continúo tocándose el clítoris con el dedo índice y corazón una mano y pasando el dedo corazón de la otra en medio de sus labios mayores, sus pezones estaban parados debido a su excitación, me acerque y empecé a besar su vagina suavemente, ella me tomo por la cabeza y la empujaba contra su pelvis, la tome de las nalgas y empecé a succionar su clítoris y a pasar mi lengua por él, Diana gemía duro y me apretaba fuerte la cabeza, le pedí que se acostara en la cama, me arrodilla en el suelo y continúe haciéndole el oral, con mi boca jugaba con su clítoris y con mi mano metía y sacaba mis dedos de su vagina, así la tuve hasta que se vino, le di un par de tragos más.

    Ella se paró empezó a besarme me quito la camisa, bajo besándome hasta llegar a mi abdomen, estando de rodillas desabrocho mi pantalón lo abrió y sobo su cara sobre mi pantaloncillo, con cara de lujuria acabo de quitarme el pantalón y siguió sobando su boca sobre mi bóxer, me lo quito y mi verga salió apuntando al techo, ella me beso los huevos un buen rato y luego empezó a pasar su lengua de abajo arriba por mi verga, no dejaba de mirarme y preguntar si me gustaba, la tome de la cabeza y le metí mi verga en su boca, y prácticamente la estaba follando por la boca, ella seguía mis metidas, me pregunto que si quería que me la chupara así y le dije que quería que se la tragara toda, voy a intentar amor, es muy gruesa, me respondió y siguió mamándomela lo más rápido y metiéndosela lo más profundo que podía, se quedaba sin aire y sus ojos lagrimeaban, te gusta me preguntaba, se notaba que quería complacerme, trágatela toda le dije, amor es muy gruesa, me respondió y siguió intentando, tome mi celular y busque un video de mi esposa chupándomela y se lo mostré, ella lo vio sin dejar de masturbarme, ay no ¿cómo hace ella?, no amor mis respetos para ella, de razón la buscaban tanto cuando estaba de prepago, me dijo y siguió tratando de tragársela toda.

    Yo no le quite el video y Diana lo veía atentamente, que tal esas tetisimas de tu mujer, me parecen más grandes que cuando la conocí, me comento, y siguió mamando, notaba como cada vez ella podía meterse más profundo mi verga, le serví un trago y después de que se lo tomo, le dije que la iba a ayudar a tragársela toda, Diana estaba en el punto ideal por el licor, le dije que me dejara metérsela toda poco a poco y que me indicara cuando ya no aguantara, ella acepto y empezamos, le pedí que abriera su boca lo más grande posible y empecé a meter mi pene en su boca de a pocos, en el primer intento logre meter una buena parte, ella no aguanto mucho y escapo de trasbocar, tomo aire, se recuperó y continuamos con el segundo intento, entro casi toda y ella aguanto un poco más, sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero ella estaba sonriente, me agache y la bese, se recuperó e hicimos el tercer intento, sentí sus labios en mi pelvis, duro poco pero se la trago toda, tocio, casi se vomita y corrían las lágrimas por sus mejillas, pero me dijo: ¡pude!, siguió ella sola metiéndola y cada vez fue más fácil y duraba más tiempo chupándola.

    Me senté en la cama y ella seguía arrodillada mamando, parecía niña feliz con su nuevo juguete, yo de vez en cuando la tomaba de la cabeza y no dejaba que se sacara la verga de su boca, eso le activaba el reflejo nauseoso, se molestaba, pero no paraba de mamar, quiero tu semen dentro de mí, me dijo, pero primero quiero penetrarte, le dije, ella salió corriendo a la sala y regreso con su bolso, había comprado condones en nuestra parada en la licorería, le pedí que se pusiera en 4 y pude ver que estaba súper mojada, se había excitado mucho mamándomela, me coloque el preservativo y la penetre sin piedad, le di duro, rápido y profundo por un largo rato, sus gemidos eran muy sonoros y ella pedía más y más verga, note que se iba a venir y aumente mi velocidad y ella se vino a chorros, la tire boca abajo en la cama y la seguí penetrando, todavía duras mucho antes de venirte amor, me dijo, no tanto como antes, le respondí, se apoyó sobre sus codos para poder besarnos, me gemía al oído y me decía que le gustaba mucho que estuviéramos así, yo le besaba el cuello y apretaba sus tetas, y empezamos a platicar de mi esposa:

    Diana: ¿qué tanto te conto tu esposa de nuestra vida de putas?

    Yo: que habían compartido un viaje

    Diana: ¿solo eso?

    Yo: si claro con todos los detalles

    Diana: ¿te conto que fue el centro de atracción?

    Yo: no, cuéntame tu versión mamasota.

    Diana: tu esposa fue la pareja del homenajeado, se vistió súper sexy en todo momento, siempre resaltando sus tetotas y sus nalgas, mostrando sus piernas gruesas, el señor quedo encantado con ella, le metía mano cada que podía y ella se portaba como si fuera suya desde hace mucho tiempo, a nosotras nos compartieron, yo estuve con dos o tres tipos más esa vez, pero ella solo estuvo con él, no sé si hicieron el amor en la piscina como todos los demás, pero ella se robó todas miradas esa vez, más de uno se la quería comer.

    Yo: esa parte si me la conto, me dijo que se había tenido que vestir con ropa destapada por petición de quienes las contrataron, que se acostó con un hombre mucho mayor y que aparte de hacer el amor en la habitación también lo hicieron en uno de los baños de la piscina.

    Diana: el señor comento que ella era completa, que no pensó que esa jovencita fuera tan caliente, estaba encantado con ella.

    Diana: ¿Qué más te conto de esa época?

    Yo: pues que había trabajado poco, que había tenido 3 clientes y que lo hizo porque tenía que recoger un dinero urgente y no tuvo otra salida, que con lo que le pagaron en ese viaje ella recolecto el dinero que necesitaba y no volvió a tener clientes.

    Diana: si recuerdo que ella tenía esa necesidad, pero ella no tuvo solo 3 clientes, después ella y una amiga que se llama Viviana, atendieron a unos amigos míos y luego la llamaron 2 más a ella sola.

    Le dije que volteara que me iba a venir, me quito el condón y metió mi verga en medio de sus tetas, las junto y empezó a sobarlas sobre mi verga, y a decir: “vente amor, quiero ver tu cara cuando te vengas, quiero volver a probar tu semen”, me vine y la mayoría de mi semen cayo en su boca, ella se lo trago y el resto se lo unto en las tetas, que rico papi, estabas cargadito, ven te limpio esa verga rica amor, me dijo, y con su boca y su lengua me quito los líquidos que quedaban, nos recostamos y seguimos platicando.

    Yo: dame detalles de esos encuentros de mi esposa.

    Diana: no amor, ella fue con mi amiga Viviana a un recibimiento de un amigo que venía del extranjero, no sé qué habrá pasado ese día, y los otras dos veces, para una la recomendé yo y la otra la recomendó Viviana, ella me dijo a mí, pero yo ya tenía cliente ese día.

    Diana: ¿le preguntamos a Vivi?

    Yo: Ok

    Diana escribió a Viviana, eran casi las 12 de la noche, pensé que no respondería, pero a los 5 minutos contesto, Diana le envió un audio diciendo: “amiga, recuerdas que tú y la nena fueron a una “reunión de trabajo juntas”.

    Viviana: “si claro”

    Diana: Detalles amiga

    Viviana: ese día fuimos a una parcela, era para una bienvenida de un amigo tuyo que venía de Alemania, el man se dedicó a ella, a mí me tocó con los otros dos, pero a ella solo se la comió el homenajeado, estuvimos en la sala de la casa todo el tiempo los 5.

    Diana: más detalles

    Viviana: amiga pues esos tipos se deleitaron con nosotras, habían pagado servicio completo, nos dieron pipi como locos, estábamos tomados y fue una faena completa.

    Diana: ¿cómo se portó la nena?

    Viviana: bien, por ahí nos dimos picos y esas cosas para calentar a los clientes, se gozó la ocasión, el tipo le hizo de todo, nos dejaron llenas de semen la cara y las tetas, nos tuvimos que duchar juntas

    Viviana: porque tanto interés amiga.

    Diana: curiosidad amiga

    Diana: ¿tú sabes si ella trabajo más tiempo?

    Viviana: poco, yo la recomendé una vez para un amigo que venía de Bogotá un fin de semana, la llame varias veces después, pero ella se dedicó a estudiar.

    Diana: gracias amiga, nos vemos luego

    Yo: pregúntale a tu amigo que tanto hicieron

    Diana: no tengo el contacto, pero lo voy a pedir, le pregunto y te cuento todo

    Esa noche seguimos haciendo el amor, terminé haciéndole por atrás de forma muy brusca, la verdad quería que le doliera y me demore un largo rato para cumplir ese objetivo, salí de la casa de Diana cerca de las 3 am, quedamos en vernos después.

    En conclusión, siempre contaremos lo necesario o lo que nos conviene.

    Hasta el próximo relato.

  • La maestra de gimnasia

    La maestra de gimnasia

    Esta pequeña aventura no fue tan similar como la anterior pues está persona era aún mayor solo que yo tenía 26 años.

    En la universidad en la que estudié terapia física y rehabilitación nos pedían hacer prácticas en alguna clínica y debíamos escoger 5 que nos llamaran la atención, yo quede en una que quedaba 40 minutos de mi casa y estaba muy interesante, tenía gimnasio, área de terapia y en el piso de abajo una pequeña alberca de hidromasaje…

    El encargado me decía las personas que llegarían y que tenían, solo estaría allí 4 meses y terminaría mi tiempo en ese lugar.

    Una vez llegó una señora de 45 años con dolor en una de sus piernas y espalda pues ella era maestra de gimnasia y me toco atenderla 2 o 3 veces a la semana, le ponía electrodos y calor en su pierna y espalda, eso sí ella tenía que estar con menos ropa y eso me ponía algo nervioso y ella lo notaba pues debía tocar tu pierna casi hasta su cadera y mover su brasier para trabajar su espalda, total semanas después de ayudarle con ejercicios en la alberca empezamos a platicar y a tenernos confianza, reíamos seguido y empecé a sentir más excitación cuando la veía en ese momento.

    Ella era güera, alta y tenía buen cuerpo, unas piernas duras unas nalgas grandes y unos pechos muy formados, el traje de baño que utilizaba me permitía ver cada curva, veía su entrepierna muy descubierta y su traje de baño era algo escotado que casi parecía que sus pechos se salían.

    Ella notaba que la veía mucho pero sabía disimular, entre platica le comenté como seguía su espalda y ella me dijo que sentía dolor en el cuello así que me ofrecí a darle masaje, ella se sentó en los escalones de la alberca y yo unos arriba atrás de ella, alcanzaba a verle mejor los pechos y a masajear su cuello y espalda ella gemía con poco dolor y me pidió que bajara sus tirantes del traje de baño para tener la espalda libre, yo sentía mi pena muy duro y empecé a respirar más rápido, ella lo noto y se rio, ambos entendíamos a que iba todo eso, se paró y me dijo, «hay algún lugar más privado aquí?» Le dije que hay una oficina aun lado que nadie utiliza pero que está limpia, salió de la alberca y dijo vamos, nos metimos y cerré la puerta ella se volteó a mí y bajo completamente su traje de baño mostrándome esos pechos que tanto quería ver, su cuerpo desnudo y su pubis con un poco de vello, mi filipina mostraba un bulto que ella vio, me acerqué y la empecé a tocar por todos lados ella se sentó en el escritorio y yo lamia sus pechos, tocaba su cuerpo y levante sus piernas para lamer su clítoris y sus labios mayores y menores fue lo más rico tener una figura así, ella gemía de placer y se tocaba así misma, me senté en la camilla y ella se arrodilló y sacó mi pene y se lo metió a la boca, jugaba mucho con su lengua que la verdad yo no podía con tanto, era una lengua tan grande que lamia desde lo más bajo de mis testículos hasta la punta y luego se lo metía completo.

    Después ella se acostó en la camilla y abrió las piernas para que se la metiera en esa gran vagina, se lo metía y sacaba empujándola y viendo mover sus pechos de un lado a otro, cambiamos, se puso en 4 para ver como chocaba su gran culo a mi abdomen, ella gemía diciendo «me gusta que le lo hagas» y eso me prendía más, fuimos al escritorio y allí ella boca abajo seguía recibiendo las metidas de verga, se voltio y se agachó para volvérmelo a chupar solo que esta vez no lo saco de su boca, yo ya me veía y sentía ese gran cosquilleo y no me dejó que los sacará fuera sino que todo salió dentro de ella, yo gemía de placer, una experiencia única, solo sentía que ella tragaba y succionaba muy fuerte, después de eso terminamos muy agitados, se levantó y se fue a bañar, cuando salió tomó sus cosas y me dijo que vendría la siguiente semana para que la siguiera trabajando…

  • Rocío, la mamá calentorra con ganas de sexo

    Rocío, la mamá calentorra con ganas de sexo

    Paseaba por la calle principal de la capital, haciendo tiempo para recoger un encargo en una tienda, entretenía mi espera mirando fachadas, escaparates, la gente caminando por la avenida, los niños regresando del colegio. Estaba animado en ambiente, era agradable, la espera se hacía mas llevadera. Mientras miraba con detenimiento un escaparate de artilugios electrónicos vi a través del reflejo en la luna del escaparate, acercarse a una chica, señora al ser casada y madre, de mi pueblo. Esta buena, mejor, excelsa con nota alta.

    Con una voz melodiosa, equilibrada, con cierto toque sensual, preguntó si iba para el pueblo, aclarando que había perdido el autobús y el próximo era muy tarde.

    – Pues mira tengo el coche a dos manzanas, en cuando me den un paquete en esa tienda de ropa, salgo para allí, perdona te conozco de vista pero no sé cómo te llamas.

    – Me llamó Rocío, tu nombre lo conozco, es Arturo.

    – A mira, soy famoso.

    – Te llamas como mi padre -me aclaró- y cuando entras en los bares te llaman por ese nombre, ¿Me podrías llevar?

    – Por favor, naturalmente, como mucho gusto.

    Es una chica que me llama la atención, o me da morbo intenso, como quieran ustedes. Es casada con dos hijos, creo que andarán sobre los dieciséis a diecinueve años. Ella es menuda muy bien proporcionada, sólo la veo fines de semana con su marido alternando por la zona de tabernas. Tiene un no sé qué, que te obliga a mirarla. Puede que sean sus ojos verdes claros muy luminosos, su cara enigmática, aparenta ser muy prudente y reservada, nunca la he visto reírse.

    Tiene el cuerpo de mamá cuidada. La ves por detrás con sus pantalones ceñidos, no podrían calcular su edad más allá de los treinta y pocos. Para que se hagan una idea, sería una copia de andar por casa de la Pataky, así me resulta más fácil que ustedes se ubiquen.

    Donde habíamos quedado estaba esperando, ella estaba de espaldas pudiendo contemplar en su totalidad su figura, su culito bien moldeado, su larga melena rubia y sus pasos cimbreantes, llamativos, con mucha carga erótica. Al llegar a su altura por la retaguardia, para llamar su atención frasee la canción:

    – Por qué se llama Rocío, tu nombre que bien me suena.

    Se giró, rápidamente obsequiándome con la mejor de sus sonrisas. Un regalo para la vista, una imagen con toda la fuerza del mundo. Los dos fuimos a por el coche.

    Mientras conducía, ya en la carretera, al fondo divisaba destellos, los mismos que te inquietan, los de emergencia anunciando una tragedia o un accidente sin importancia. Poco a poco fuimos disminuyendo la velocidad hasta parar del todo. Desconocía el suceso, puse la radio inmediatamente para oír si daban alguna explicación o noticia de urgencia. A los pocos minutos dieron la primicia de un accidente múltiple y la interrupción del tráfico rodado. A la vez un motorista de tráfico iba obligando a orillarnos lo máximo posible, tenían que llegar mas ambulancias, parece ser había un montón de heridos.

    – Esto va para largo, Rocío, tiene toda la pinta; mejor llama a casa para evitar se inquieten.

    – Me parece una buena idea, voy a llamar a mi hija que estará ya en casa.

    Llevábamos en parada alrededor de una hora, la caravana no se movió absolutamente nada. Se estaba echando la tarde, y a pesar de la luminosidad del día, entendía que quedaba poco tiempo de luz.

    – Joder, -maldijo mi acompañante- me voy a mear encima, me estoy poniendo hasta mala, no puedo aguantar más, Arturo, ¿Qué hago?

    – Esta la cosa chunga –mi contestación– en medio del campo, no hay nada donde agacharte, por si fuera poco empiezan a caer gotas que avecinan tormenta.

    – No puedo más, ¡por favor!, ¡No aguantó más! estamos rodeados de coches, me parece muy mal ponerme aquí a bajarme todo, ¿No se te ocurre nada?

    Aconsejando abriera tu puerta con la de atrás, entre las dos puertas con discreción aflojase la vejiga. Otra cosa no se me ocurría, bueno miento, cierta amiga en situación parecida así lo resolvió.

    Dicho, a continuación se bajó del coche, como la dije, abrió las dos puertas, agachándose a escasa distancia de mí. Desabrochando con premura el ajustado vaquero, dejó bien a la vista una diminuta braguita blanquísima. Tomando postura, al momento podía oír con total nitidez el clásico “chiiisss” con una fuerza potente. A la par empezaron los chistosos de siempre, al clásico toque de pititos.

    Era para tocar el panorama, era incitador. Sin subirse la ropa entró de un salto en el coche, cerrando las puertas. Imaginen para subirse la braga y el pantalón, haciendo fuerza en el suelo del vehículo con las piernas, la espalda ejerciendo fuerza contra el asiento, levantando el culo, poniéndose totalmente rígida. En esa posición, por el reflejo del cristal, veía sin truco ni cartón, su pubis acertadamente recortado, no era un manojo anárquico y despeinado de forma salvaje, estaba con esmero, con total delicadeza. De color negro, muy esparcido. Semejaba una almohadilla carnosa tersa y abombada.

    Terminando de recomponerse escuche su respiración profunda, aliviada, y profunda tranquilidad del ¡Por fin!

    – Estaba pensando que eres el primer hombre que ve mi coño de mujer, sin contar al ginecólogo y mi marido, menudo sofoco he pasado. Júrame que no contaras nada.

    – El mirar tu sobaquillo inferior ha sido irrefrenable, no he podido dominar el gesto automático de mirar ahí. Me gustó, la verdad, lo tienes como todas, horizontal. Se veía lozano, cuidado, y agradable para la contemplación y el disfrute.

    – ¡Hombre!, gracias por el piropo -contestó Rocío- me están dando ganas de bajarme las bragas otra vez.

    – No lo impediré –contesté rápido.

    Seguíamos parados en medio de la nada, la conversación fue animándose de una manera caliente y provocadora por ambas partes. La situación me gustaba era gratificante para el ánimo y en esa tesitura.

    Desconozco la razón, pero nos fuimos sincerando, confesando que ese conejo que había alabado no come los tronchos y tallos suficientes. Me habló de una rutina de un matrimonio de más de dos décadas, su marido no era muy fogoso. Era ella la responsable de imponer obligación de echar dos o tres polvos al mes. Sin duda la penuria de sexo era evidente. La postura era la del simple misionero, puro compromiso, el acto no se alargaba más de cinco minutos con ciertos preliminares primitivos sin gracia. Nunca le había comido, lo que viene siendo el cortado.

    – Joder –decía Rocío– me frustra un montón escuchar a mis amigas y sus prácticas sexuales, las mías es una triste clavada y me tengo que aliviar haciéndome pajas cuando estoy sola en casa, ¡No me chupa tan siquiera los pezones!

    No encontraba ni la forma, ni la frase de rebajar la incómoda situación, dándola una palmada en la pierna, que por un cálculo erróneo se fue hacia la parte interior del muslo. En ese momento me agarró como una pantera en celo la mano, llevándosela a su entrepierna. Me quedé en blanco, tardé unos segundos en responder, acariciándose su vulva por encima del pantalón. En la zona noté su calor natural, un cierto palpito y el anuncio de ir aflorando lentamente sus flujos.

    – Por favor –fueron sus palabras- no me mires como una puta descontrolada, como una adúltera, o una ninfómana, las circunstancias me han llevado a esta confesión, a una conversación que nunca he tenido con nadie, no tendré mas oportunidades, las probabilidades son nulas. No me desagradas y quiero que me chupes mis partes.

    Seguía pasmado, paralizado, hasta con cierto temor, ¿Estará desequilibrada? En mi interior las ideas estaban hirviendo a borbotones, paralizado me quedé. No tengo dieciocho años, a estas edades los asaltos por explosión de las hormonas no es habitual, sin tan siquiera conveniente. Con delicadeza depositó, de forma tierna su mano en mi bragueta, haciendo una ligera presión mimosa. La respuesta del chiquillo, a pesar del acojono, fue instantánea. Recuerdo a los lectores, que estábamos parados en medio de una caravana en la oscuridad de la noche.

    Después de maniobras con su femenina mano, pudo sacar mi chorra, acariciándola con mimo sorprendente. Sin avisar, sin decir nada, se inclinó hasta mi picha besándola con exquisitez indescriptible. Su lengua empezó a vibrar, a moverse alegremente en mi frenillo, la mamada era asombrosa, cálida, húmeda de su saliva, su intensidad, sus tiempos, el recorrido, su lengua en el interior de su boca con mi prepucio dentro. Exploté, si señores, exploté de manera incontrolada y total. De su boca iba saliendo poco a poco el semen, cayendo por su propia gravedad sobre mis recogidos pantalones.

    Recostada mi cabeza sobre la almohada del respaldo, sentía música en mis oídos. No era polifonía, era el coche de atrás informando que la caravana empezaba a desplazarse.

    Sin poder meter mi ciruelo en el chiquiteros, conducía con una rara sensación de bienestar dentro de la incómoda posición, teniendo el pene balanceándose en cada irregularidad del asfalto. Rocío mantenía sutilmente el miembro en su mano, acariciándolo inconscientemente con el dedo gordo. Confieso que no sabía por donde tirar, qué hacer conduciendo de noche por una carretera, con una señora que sólo conocía de vista y que agarraba finamente mi virilidad.

    Fui disminuyendo la velocidad, que el tiempo fuera aclarando mis ideas e intenciones apelotonadas. En un cruce opte por desviarme de la carretera principal para buscar una secundaria, el hecho la sorprendió apretando con fuerza mi ciruelo, no sé sí de emoción o temor a mi reacción sin avisar con antelación.

    Detuve el automóvil en la explanada en una antigua playa de recogida de remolacha. Con cierto gesto impreciso, con mi pulgar e índice masajeé mis ojos diciéndome para mí mismo, que tenía que pasar a la acción. Nunca se debe despreciar la invitación de una señora la mar de buena y apetecible. Apartando su mano de mi chisme, me fui decididamente hasta el botón de su pantalón que desabroché con la toda la destreza que fui capaz. Bajé con decisión la cremallera y con no poca dificultad logré quitarle su jean, dejándola con sus pulcras bragas empezando a meter mi cabeza entre sus muslos con chupetones, presiones, lametones, y mis descontrolados dedos.

    Al ratito quité sus bragas mojaditas levemente de sus flujos y poniendo una oreja en cada muslo, la lengua cayó donde debe caer, haciéndola en lo que vienen siendo el clítoris, una faena de aliño que de haberla visto el gran público, hubieran arrancado con aplausos cerrados a la faena.

    Su respuesta fue agradecida, desinhibida y cachondona. En la refriega, en un pasaje, levantó su camiseta exhibiendo sus hermosas tetas para que fueran agasajadas como merecían. Pezón largo, redondito, pequeño e circunferencia y muy oscuro, a los cuales agasajé con labios y lamidas de quietud y fuerza repetitiva. Cuando estaba en la tarea fui sorprendido por su respingo total, anunciando que era su orgasmo. Mi bigote chorreaba de sus líquidos. Reposando mi cabeza en su vientre que moje por mi sudor, fueron unos instantes.

    Incorporándose de un salto, miró por todos los lados en busca de su braga, estaba en el asiento de atrás, las cuales arrebate con gesto enérgico, metiéndolas en la guantera del coche.

    – Son un recuerdo –aclarando el gesto- ha sido un momento único y maravilloso que recordaré hasta el final. Necesito algo material para refrescar el instante que hemos compartido.

    – Entiéndelo Arturo –mirándome a los ojos desde la oscuridad-, una señora de mi edad no puede llegar a su hogar familiar sin las bragas, no es decente.

    – Ya sabrás buscar la solución si surgiera, creo que no será necesario – aclarando la situación.

    Terminado de vestirse, sujetó mi cabeza con las dos manos, agarrando con sus perfectos y blanquísimos dientes mi labio inferior, continuó con un beso profundo, como si no hubiera un mañana. Apartándose sentenció con una frase, una total provocación.

    – Nunca he tenido sexo por el chiquito y mis amigas hablan muy bien de él.

    No pude reprimir una carcajada, a la vez giré la llave de arranque y ligerito reemprendí la marcha hasta el dulce hogar.

    Pronto hará un par de años de la aventura, la encuentro con regularidad, paramos hablar de tonterías. Nunca ha sacado a relucir en las charlas la irrenunciable noche. Como si no hubiera existido. Ya saben, da pan a perro ajeno…

  • El señor taxista (01)

    El señor taxista (01)

    La llovizna se intensificó, dificultando la vista de mi próximo cliente. Esta vez era una dama, parecía tambalearse y dudé en detenerme a subirla a bordo. Quienes han trabajado como taxistas me comprenderán, pues el llevar a un pasajero ebrio es una lotería, puede que termine pagándote más, o que te termine obligando a llevarlo a la estación de policía en medio de la noche, haciéndote perder valioso tiempo. Como sea, el verla sola, un tanto mojada y ebria me hizo compadecerme, así que me detuve y bajé la luna.

    —Buenas señorita ¿para dónde va? —le pregunté, mirando una de las caritas más angelicales que he podido apreciar en mi vida. Era una chavala de poco más de veinte, tenía un vestido rojo de infarto que acentuaba muy bien el tono de su piel, se agachó un poco para ponerse a la altura de la ventana.

    —Solo sáqueme de aquí por favor —me contestó.

    No era lluvia lo que resbalaba por sus mejillas, esa joven estaba llorando. No pregunté más y saqué el seguro de la puerta, ella abrió y se subió en el asiento de atrás. Casi de inmediato se llevó ambas manos a la cara y se puso a llorar desconsoladamente. Avancé lentamente, la avenida estaba desierta, pues ya estaba muy avanzada la noche, la dejé llorar por un buen tramo, hasta que sentí que se calmó un poco y me animé a volver a hablarle.

    —Tranquila amiga, ya no llore, para todo problema hay una solución.

    —¡No quiero su lástima! —me contestó casi gritando.

    —Bien… —dije conciliador, pues tenía una tigresa en el vehículo— pero necesito saber hacia dónde llevarla.

    Cruzamos miradas en el espejo retrovisor, y esos ojos ¡oh, Dios! Esos ojos, pese a estar hinchados y enrojecidos me parecieron los más sensuales que he conocido. Ninguno de los dos apartó la vista, finalmente ella pareció darse cuenta de que yo esperaba una respuesta y volvió a ponerse a llorar.

    La dejé estar así, por un rato más, el encanto fue desvaneciéndose y decidí enrumbar a un parque cercano, para estacionarme y poder dialogar tranquilo con mi cliente, tampoco quería que me malogre lo que quedaba de trabajo por la noche, pues el dinero siempre hacía falta y mi caridad tenía un límite.

    Llegué a un parque conocido por los taxistas debido a que algunos puestos de comida rápida atienden toda la noche, así que bajé y compré dos hamburguesas con dos refrescos, pese a la llovizna era una noche cálida. Regresé al vehículo y abrí con cuidado la puerta de atrás. Ella seguía llorando.

    —Niña come algo —le acerqué la comida— te hará bien, ya verás.

    Asintió y luego de limpiarse con una toallita húmeda se sentó de costado sacando las piernas del vehículo, como para no darme la espalda mientras yo mantenía la puerta abierta. La cadera y el ancho de sus piernas tenían tal balance y perfección que no pude apartar la vista a tiempo de que ella se percatara de mi lujuriosa mirada. Pero no me reprochó nada, se acercó la hamburguesa y le dio un bocado. Ella tenía un curioso olor a ron, alcohol dulce y algo afrutado, de seguro habría estado bebiendo cocteles y gracias a eso estaba ebria. Lo que no entendía era el motivo de su llanto.

    —¿Esta rico? —le pregunté, pues devoraba con su pequeña boquita la hamburguesa, mientras sorbía un poco de refresco.

    —Si, gracias por preguntar, lamento lo de hace un momento —me contestó, sonando apenada.

    —Bueno, estamos en paz —me dispuse a retomar el trabajo— ahora si dime ¿dónde te llevo? ¿dónde queda tu casa?

    Ella me miró abriendo mucho los ojos, y casi de inmediato, como si hubiese recordado algo se volvió a ponerse a llorar. Entendí que ese es el punto sensible de la señorita, pero los demás taxistas me estaban lanzando miradas un tanto hostiles, así que decidí pedirle que guarde sus piernas en el vehículo, cerré la puerta y puse en marcha el taxi de nuevo, a esperar a que se calme.

    Mientras conducía empecé a divagar un poco con el sonido de su llanto de fondo. Ella era bellísima, sus rasgos delicados, la ropa y accesorios que vestía definitivamente no era baratos, además el lugar de donde la recogí era una zona nocturna costosa (buena para trabajar como taxista en la noche). De seguro al llevarla a su casa la resondrarían por haber bebido, o por haber salido sin permiso de los padres, o cosas por el estilo, luego ella dormiría, se despertaría y seguiría con su vida perfecta. Estacioné el vehículo en un parque iluminado, para evitar suspicacias. Volteé en el asiento y le volví a hablar.

    —¿Cómo te llamas? —le pregunté, evitando tocar el tema que la hacía estallar en lágrimas.

    —Juliana —me dije, al cabo de un rato de estarla mirando, parecía habérsele pasado un poco la embriaguez.

    —Un gusto conocerte Juliana, me llamo Simón. Como puedes ver soy taxista y ya van a ser las cuatro de la mañana, así que necesito seguir trabajando.

    —¡Por favor no me deje aquí! ¡No me deje sola! —me dijo casi gritando de pánico.

    Su reacción me tomó por sorpresa, tampoco es que pensara dejarla en ese parque, pero no sabía dónde llevarla, ni cómo ayudarla.

    —Si te ha pasado algo o te han hecho daño puedo llevarte con la policía.

    —¡No! ¡eso sería peor! ¡Mucho peor! —su tono era de súplica, de agonía. Me estaba asustando.

    —Bien, tranquila. Dime ¿te he hecho algo malo? —intenté hacerla razonar.

    —No usted no.

    —Entonces ¿quién? ¿por quién lloras?

    —Mi… mi ex… ese bastardo… —contestó por fin, empezando a darle forma al motivo de sus penas.

    —Hija, ya encontrarás a alguien mejor. Ve a casa a dormir, cuando despiertes todo estará mejor, la vida no es tan mala como crees.

    —Aquí no tengo casa, ni familia, ni amigos, aquí solo lo tenía a él… y me engañó… ¡y en mi cumpleaños! —dijo mientras lloraba.

    Quedé en silencio por un rato, ella tenía motivos para llorar, desde luego que sí.

    —¿De qué parte eres? —necesitaba distraerla nuevamente, para que se calme.

    —De San Ramón.

    —Eso es en ¿Ayacucho?

    —No, es en Chanchamayo.

    —¿Allí están tus padres?

    —No tengo a nadie, estoy sola —las lágrimas empezaron a brotar otra vez, pero esta vez ella no perdió el control, sorbió un poco su refresco acabándoselo.

    Nos pusimos a charlar un poco, tenía una voz sensual, ligeramente ronquita, el tipo de voz ideal para una locutora de programas de madrugada, de esos que los taxistas solemos escuchar. Ella realmente estaba sola, además de su enamorado y tal vez unos tíos lejanos que apenas conocía, no tenía a nadie más en el mundo. Y el enamorado era una joyita, la sacó de su zona, la trajo y luego de endulzarla con buena calidad de vida la empezó a maltratar, humillarla, a ella le tocaba soportar todo por depender de él, pero hoy, en su cumpleaños número veintidós, se había cansado por otra obvia infidelidad (puede que algo más) y había decidido dejarlo por fin.

    Sentí verdadera lástima por la joven y me hubiera gustado continuar charlando, sin embargo, la cabeza me martillaba un poco, estaba cansado y deseaba terminar mi jornada, hasta pensé en renunciar el cobrarle el servicio de transporte a Juliana e irme a descansar.

    —Bueno amiga mía, tengo que dejarte en un lugar para que puedas seguir con tu vida.

    —No tengo donde ir.

    —¿Si regresas con tu enamorado? ¿tal vez conversando las cosas se arreglen? —me sentí mal inmediatamente después de haberle sugerido esto, a ella pareció dolerle también.

    —No puedo hacer eso —me dijo— por favor señor taxista déjeme dormir en su carro, o ayudarle en su casa, sé cocinar y puedo cuidar a sus hijos, pero no quiero regresar con ese hombre.

    —Mira, iremos a mi casa, te llevaré para que te abrigues y puedas descansar un poco, pero debes prometerme que cuando amanezca contactarás con alguno de tus tíos y reharás tu vida.

    Ella saltó hacia adelante y rodeando mi asiento me abrazó, agradeciéndome el detalle.

    Manejé charlando con ella, que parecía estar de mucho mejor ánimo. Llegamos al condominio donde vivo y aparqué el vehículo. El cielo empezaba a aclarar, abrí su puerta y la ayudé a bajar. Vamos, era una joven de buena talla, los zapatos de tacón la hacían ver aún más alta, claro que estaba lejos de mi altura (mido metro ochenta). Al estar sentada la falda del vestido rojo se le había subido hasta por encima de los muslos, y pude distinguir un poco de su tanga, también roja y de encaje, muy sensual.

    Me quedé parado mirándola, sus ojitos seguían hinchados por el llanto, pero esa carita de boca pequeña me pareció aún más bella que cuando la vi al momento de hacerla subir a mi nave. Ella me levantó una ceja, como esperando la indicación de hacia dónde ir, haciéndome volver a la realidad.

    —Mi departamento queda arriba, en el último piso de este edificio —le dije señalando uno de los bloques.

    —¿Hay ascensor?

    —No, lo siento, son edificios algo viejos, pero son solo cinco pisos —le contesté un poco avergonzado.

    Ella pareció arrepentirse de su pregunta y me sonrió coqueta, agachándose un poco y sacándose los zapatos de tacón, empezando a caminar descalza. Viendo su verdadera talla era pequeña y graciosa.

    —Tranquilo señor taxista Simón, yo solía subir árboles en la montaña, verás que soy fuertecita —dijo, flexionando su fino brazo.

    —Pues vamos —le dije— apoyándole mi mano en uno de sus hombros para guiarla. Pese a haber comido y tomado un poco de refresco ella seguía tambaleándose, supongo que consecuencia del alcohol.

    Subimos las escaleras de a pocos, ella me contaba dando saltitos (mostrándome sus bellas piernas) y haciendo aspavientos que de pequeña solía sacar frutas de los árboles, y que su vida en el campo no había sido realmente mala. De pronto se había vuelto muy expresiva, por lo que me mantenía alerta de que pueda caerse y lastimarse. En uno de esos momentos, mientras ella estaba un poco más arriba que yo, por agarrarla temiendo que caiga le terminé tocando el culo, y por un solo instante pude sentir la redondez y suavidad de sus nalguitas, con el toque necesario de dureza que le daba forma, la costura de su ropa interior. subí de inmediato mi mano y la volví a apoyar en la espalda. Ella volteó abriendo mucho los ojos y me sonrió.

    —Espero que te haya gustado lo que tocaste —me dijo muy coqueta.

    —Disculpa, fue por accidente, no saltes tanto, te puedes caer.

    —¿Entonces no te gustó?

    —No es eso.

    —¿Cuántos hijos tienes?

    —No tengo hijos, soy viudo —ella cambió de cara.

    —Disculpa, no sabía.

    —De eso ya ha pasado buen tiempo, no les des importancia, aquí es —dije señalando mi departamento.

    Abrí la puerta del departamento, pues acabábamos de llegar, y la dejé ingresar a la sala, le señalé el sillón e ingresé al baño. Mi mente bullía de ideas, pues hacía buen tiempo que no metía a una mujer a mi casa. Entre miles de ideas me quité la ropa y me duché, que era lo normal cuando volvía a casa. Al salir del baño la dama estaba un tanto acurrucada en el sillón, parecía dormida. Me sentí culpable por no haberle alcanzado una manta o algo. Ingresé a mi cuarto y cogí una cobija, retornando a la sala. Allí estaba echada de costado, tenía las piernas recogidas y eso había hecho que su vestido quedase mucho más arriba que sus muslos, mostrando todo el culito, cubierto por un diminuto hilo rojo como tanga. Trague saliva.

    —Niña quítate esa ropa mojada, te vas a enfermar —le dije, deseando poder ver aún más, sin recibir respuesta, aunque realmente estaba humedeciendo el sillón.

    Me plantee el dejarla ahí y simplemente cubrirla con la cobija. Pero mi verga ya estaba llenándose de sangre. Yo estaba vestido únicamente con una toalla envuelta en mi cintura, así que, si permitía que se me terminara de parar, seguramente la pinga se me asomaría entre la toalla. Ella era una belleza y yo no quería esperar más, pero quería que, si surgía algo, surgiera de manera normal, hasta casual, por lo que finalmente el morbo ganó, e intenté despertarla.

    —Vamos despierta, te ayudaré —le dije, con una pizca de lujuria.

    La senté como pude, ella entreabrió los ojos, haciendo un puchero, le repetí que su ropa estaba mojada, que tenía que quitársela, a lo que ella levantó los brazos, como para ayudarme a sacarle el vestido. Tomé la falda y fui levantando. Fue como pelar una fruta y quedarse solo con la pulpa. Era un cuerpo de revista, su carita con el maquillaje medio corrido la hacía ver aún más sensual, casi irreal.

    —Gracias señor taxista —me dijo, con voz inocente muy fingida, lo que me prendió aún más.

    Se sentó en el sillón, lo que hacía sobresalir sus prominentes caderas con su hilo dental cortando la piel. Su brasier tenía muchos encajes, cubriendo un notorio busto con piel de durazno. Ella me devolvía la mirada, y algo cambió. De pronto su vista bajó, y yo seguí su mirada. Ella se estaba fijando en la mitad de mi falo que asomaba entre la toalla.

    —Señor taxista, ¿Sabe qué hago antes de dormir? —dijo de forma muy sensual, estirando su mano y cogiendo el tronco de mi verga.

    —No lo sé, ¿qué hace una belleza como tú antes de dormir? —le contesté, sin creer aun lo que estaba ocurriendo.

    —Me tomo mi vaso de leche caliente —me dijo, levantando mi pinga y mientras ella se agachaba, lamiendo todo el tronco sin dejar de mirarme. Eso hizo que mi otro yo interior, dormido por años despertara.

    Le separé un poco la verga de la cara y retrocedí un par de pasos, quería estar seguro de lo que ella quería (como si una mamada no fuese suficiente confirmación). Pero ella se puso de rodillas y avanzó hacia mí, tomando nuevamente mi falo llevándoselo a la boca. Con ello se diluyeron todas mis dudas. Y si quería pagar mi amabilidad de esa manera, yo no se lo impediría.

    Y así la tenía a ella, de rodillas con la boca llena, moviendo su cabeza hacia adelante y hacia atrás, dándome tímidas miradas de tiempo en tiempo mientras se dedicaba a la faena. Seguía con sus ligeras prendas, me agaché un poco y liberé su brasier, que de inmediato cayó, dejando libres sus tetitas juveniles, redondas y brillosas por la humedad.

    Era tan bella que le empecé a acariciar la cabeza, escuchando algo similar a un ronroneo de su parte mientras mamaba. Nuevamente me miró y se la sacó de la boca, así mirándome me habló:

    —Trátame con rudeza —me dijo— ¡quiero que me pegues! —siguió hablando, generándome muchas dudas en como seguir adelante. Al verme así, abrió su boca y me mordió la cabeza de la verga, causándome un chingo de dolor. Le agarré el cuello y le di una bofetada, no muy fuerte, solo lo suficiente para hacerla soltar mi pedazo. Ella cayó de costado y se tocó la cara, y en su mirada no había pánico, sino deseo, se levantó y se metió toda la verga en la boca, me agarró de la cadera y se la metió hasta que sentí que tocaba su garganta, e incluso más. Eso me jodió la mente.

    Le agarré el cabello y le hice un mete y saca brutal. Le hacía tener arcadas mientras ella lograba meterse casi hasta la base mi falo.

    —Traga perra, ¿eso querías esto no? —le dije, y ella asentía, pellizcándose los pezones, mientras lagrimeaba por no poder respirar. La chavala era una loca del sexo duro, y ¡me encantaba! Así que le seguí el juego.

    —¡Vamos! ¿acaso no quieres leche? ¡Tienes que ganártela! —le dije cogiéndola del cuello con algo de fuerza, sometiéndola.

    —¡Si quiero! ¡dame mi leche! —me dijo fingiendo su voz, moviendo el culete a los lados, juntando sus pechos con sus dos manos. Era una escena en extremo erótica, que me hizo sentir como si fuera un actor porno.

    Le volví a entregar mi verga y siguió mamando con fuerza, yo la tenía tomada del cabello, acompañando sus movimientos, de rato en rato me daba mordiscos en el falo, por lo que se ganaba una que otra bofetada para que se controle, lo que la arrechaba aún más. Una de esas mordidas fue más fuerte de lo soportable por lo que tuve que apretarme el falo con ambas manos para controlar el dolor, liberando su cabello en el proceso. Ella riendo como una histérica se volteó para poder escapar, todo esto mientas la mocosa seguía arrodillada, sin aún haberse podido incorporar.

    Tengo buena talla y fuerza, así que con dos zancadas la alcancé e hice caer, logrando ella poner sus manos justo antes de golpear su angelical y mamona carita con el suelo, así que quedó dándome la espalda, en un semi perrito muy erótico, como si me regalase el ojete. Aún adolorido opté por pisarle la cabeza, solo lo suficientemente fuerte para inmovilizarla, mientras que con uno de mis manos le agarré la cadera y se la levanté, dándole una sonora nalgada en su blanca piel. Eso la hizo gritar y gemir, animándome a seguir dándole nalgadas mientras la regañaba.

    —¡Perrita traviesa! ¡se mama pero no se muerde! ¿has entendido? —pregunté, mientras veía como enrojecían sus perfectos glúteos.

    —¡haaa! ¡haaaa! ¡si amo ya entendí! —respondió, y admito que ser llamado amo me gustó mucho, por lo que le di dos sonoras nalgadas más.

    —¡Ahora eres mi perra! ¡mi esclava! ¡Entiéndelo! —dije, continuando con mis fuertes caricias.

    Iba amaneciendo, la luz era suficientemente fuere para captar todos los detalles de mi alrededor y de su cuerpo. Sentía mi miembro sumamente hinchado, por la diferencia de tamaños podía mantener sometida a mi perrita sin mucho esfuerzo, le separé las nalgas, moviéndole la tanga a un lado, y vi una vulva finamente depilada, con fluidos goteando (vamos, ella lo estaba disfrutando de sobremanera) y más arriba un hermoso ojete oscurecido y agrandado. Le puse saliva a mi pulgar y presioné el ojete, un poco más y se lo metí en el culito. Para mi sorpresa todo el dedo entró con suma facilidad, eso sí, mi esclava soltó un gritito de placer, acompañado de pequeños temblores. Más ideas me llenaron la cabeza.

    Le quité el pie y le levanté la cabeza, ella sin necesidad de que yo se lo indicara tomó con su mano mi pinga, la apretó fuerte acercándola a su cara y se puso a ensalivarla, lamiendo, escupiendo y mojándome todo el falo.

    ¿Quién me creería? ¿estaba soñando? Un ligero mordisco me hizo volver a la realidad, ella reclamaba mi atención, de pronto me volvió a morder fuerte, se levantó y echó a correr por mi sala. Yo cojeando por el penetrante dolor la perseguí. Su ágil cuerpo saltaba por todos lados, esas nalguitas merecían ser alcanzadas, en un momento la cogí por la cintura pero logró zafarse, abrió una puerta al azar del departamento y entró intentando escapar. Había entrado en mi cocina, que era pequeña, por cierto, no había otra salida así que la alcancé, agarrándola por la nuca.

    —¡Ahora vas a ver qué es lo bueno zorrita! —le dije con rudeza

    —¡No te creo! —me contestó, retándome a hacerle algo.

    La pegué hacia la pared, con sus pechos presionados contra el muro, le hice a un lado el hilo y sin más dilaciones le acomodé el pedazo entre las nalgas y empujé. Sentí resistencia pero finalmente mi verga entró en ella, que estaba cálida y muy estrecha. Por la diferencia de tamaños prácticamente la puse primero de puntitas, luego quedó suspendida contra la pared, clavada por mi falo mientras ella se retorcía dolor, pues resulta que le había invadido y abierto mucho, muchísimo su hermoso ano.

    Volteó su cabeza hasta donde pudo para mirarme, movía sus brazos sin control, con una de sus manos me jaló el cabello y con la otra intentó apartar mi abdomen. Mi sentido común hace ya mucho que se había perdido. Saqué un poco de verga y con fuerza se la volví a meter. Su culito palpitaba y me apretaba dándome una sensación que solo los dioses conocen. Ella por su parte logró contornearse lo suficiente para morderme uno de mis brazos que estaban apoyados contra la pared. Yo le tiré el cabello para morderle el cuello, volvía sacar y meter, ahora con más facilidad. Sentía que ella aflojaba su resistencia. Saqué y metí de nuevo, esta ver moviendo más mi pedazo. Tiró de mi cabello para alejarme de su cuello y volteando todo su tórax me besó.

    —¡Así que te gusta! ¿no es así perrita? —Le susurré ente beso y beso.

    —¡Que rica verga! ¡dame más duro! —me dijo apretando los dientes, totalmente ida al placer.

    Ella puso ambas manos en la pared y aflojó el culito hacia atrás, yo la tomé de la cadera y la hice totalmente mía, mi falo entraba y salía a máxima velocidad de su cola, podríamos haber encendido fuego con nuestros movimientos. Sus nalgas rosaditas y con marcas de mis dedos estaban separadas por mi virilidad. Sus glúteos aplaudían contra mi cadera, yo se la metía, movía la cintura a los lados y la sacaba, ella por su parte se echaba hacia atrás, impidiéndome salir por completo. Juliana gemía con fuerza y yo rugía por el esfuerzo y el cansancio de taladrarla sin piedad. Sentí mi cuerpo entero vivo, teniendo el que, tal vez, sería el mejor sexo de mi vida, y con una muñeca de revista. Y grité, lanzando un gran ¡SI! Y la penetré hasta el fondo, cargándola como si ella fuese un juguete. Mi falo se hinchó con furia, empezando a lanzar borbotones de leche caliente en su interior, fueron incontables chorros de semen, que brotaba y brotaba mientras gritaba y ella tensaba su cuerpo, mientras temblaba y mojaba sus piernas, apretando el culito dándome aún más placer.

    Sin descorcharla la abracé y le mordí el cuello mientras nuestros corazones se calmaban. Ella volteó con los ojos repletos de lágrimas, me besó y echó la cabeza hacia atrás, rendida al cansancio.

    Con delicadeza, aun penetrándola, la llevé a la ducha y abrí la llave para que con agua tibia nos diésemos una buena mojada. Ahí, poco a poco se la fui sacando, cuando salió por completo ella dio un respingo y me sonrió. veía en su cuerpo vestigios de mi tosquedad, pero seguramente mi cuerpo estaría lleno de marcas también, ella me enjabonó y yo hice lo propio con su piel, fue un duchazo muy agradable. Ahora más calmado sentía culpa por lo ocurrido, así que la sequé con mimo, descubriendo en el proceso que la pequeña tenía cosquillas en varias partes de su cuerpo. La llevé a la cama para que descansara. La acomodé y tapé, saliendo yo a la sala.

    —Señor taxista ¿piensa dormir en el sillón? —me preguntó.

    —Si… tu descansa tranquila.

    —Pero no llegué a tomar mi vaso de leche —me dijo, volviendo a despertarme el morbo.

    —Te la inyecté ¿recuerdas?

    —Así no vale —contestó, haciendo un puchero con esa bella cara.

    Reí y me acerqué a ella, que levantó la manta volviendo a mostrarme su desnudez. Me metí en la cama y la abracé, ella obediente se acomodó. Por ahora ambos queríamos dormir, ya más tarde volvería a dejar que la mamona me ordeñe.

    Continuará…

  • Plantas seménfagas

    Plantas seménfagas

    Hacía mucho tiempo, una pareja con la que había tenido una muy buena amistad desde mis épocas de estudiante, se había mudado huyendo de la ciudad, a una hermosa casa en un pueblito rodeado de un majestuoso bosque. Ya me habían invitado en varias ocasiones, agradeciendo, no había aceptado las muchas invitaciones, más aún porque en ese momento y cada invitación coincidía con mi falta de pareja. Me gusta vacacionar o pasar los fines de semana fuera con alguien con quien compartir aventuras conjuntas y pasar las noches explorando el placer que se dan dos cuerpos con la mente llena de lujuria…

    Después de tanta insistencia, acepté, llegué solo, me gustaba mucho disfrutar de su compañía y recordar buenos tiempos acompañados de una buena botella de vino. Me recibieron con mucho cariño y pasé una excelente tarde, seguida de una noche de agradable patica y muchas risas. Llegó el momento de ir a la cama, me acomodaron en un cuarto de visitas bastante agradable y acogedor en el que dormí plácidamente y amanecí completamente descansado. Baje por la mañana, mis amigos ya estaban vestidos, el desayuno listo, un aroma a buen café llenaba el ambiente mientras conversábamos en le mesa de la cocina. Terminando el desayuno me pidieron que los acompañara a la ciudad más cercana, ya que en el pueblo no era fácil encontrar todo a lo que estaban acostumbrados comprar cuando eran gente de ciudad, como ya me conocían, y sabían que no era muy adepto a ir de compras, también me ofrecieron la llave de la casa, me dieron la alternativa de quedarme en la casa y me recomendaron mucho dar un paseo por el bosque, preferí la segunda opción y acordaron en llegar a media tarde.

    Era una mañana calurosa de verano, por lo que me puse solo unos shorts, una playera y mis tenis. Me aventuré a salir, caminé por el pequeño pueblo, pintoresco y muy hermoso. Al poco tiempo entré a un camino que cruzaba por el bosque, me adentré en el mismo y camine durante lo que pienso fue una hora, poco más, poco menos. Pensé que ya era suficiente caminata por hoy, era hora de regresar, el bosque era maravilloso, pero quería llegar a la casa para disfrutar de un libro que tenía en el buró del cuarto, de esos que no puedes soltar por su interesante argumento. Caminé algunos pasos para desandar el camino y me sorprendió un aroma exquisito, lo relacioné con olores que tanto me agradaban como el del Jasmín o el Huele de noche, pero este era diferente y embriagador, un aroma sin igual y totalmente desconocido para mi hasta ese momento. Como hipnotizar, me aparté del camino y seguí la dirección desde donde percibía que era el lugar de origen de tan magnifico olor. Mientras más me adentraba en el bosque, más intenso y más embriagante me parecía el perfume que tenía absolutamente maravillado a mi sentido del olfato, pero también, a cada paso, iba sintiendo una deliciosa somnolencia, llegue hasta un gran árbol y alrededor de él trepaba una planta que deslumbraba por su belleza, no sé mucho de plantas, pero me pareció una especie de Orquídea, bastante extraña, con flores maravillosas de varios colores y con unos atípico tallos gruesos en algunas partes y finos como hilos en otras, me extraño la fortaleza que se apreciaba en ellos, más que tallos, parecían surgir de un ser musculoso y correoso. Mi somnolencia aumentaba, sentí algo de cansancio, por lo que me senté, recargado en el árbol para disfrutar un rato más de esa fragancia que me tenía embobado.

    Sentado, sintiendo la paz que da el bosque, cerré mis ojos para llenar mis oídos de los sonidos de la naturaleza. Al abrirlos, me sobresalté sobremanera al ver que una de las flores de aquella hermosa planta estaba justo en frente de mi rostro, estaba preparado para saltar como un resorte, cuando de la planta emergió como un gas, una ráfaga totalmente impregnada del embriagador aroma de la planta. Ya no pude hacer nada, quedé de inmediato paralizado, no podía mover un dedo pero estaba totalmente consciente, estaba aterrorizado ¿Cómo era posible que una planta actuara de esa forma tan extraña? pero al poco tiempo, como si de una droga se tratara, mi cuerpo y mi mente estaban totalmente relajados y me sentía de maravilla. Hoy todavía doy gracias por el efecto narcótico del gas de la planta, porque si el terror inicial hubiera continuado y de no estar paralizado, habría salido corriendo de la extraña situación y de lo que pasó a continuación, algo completamente sorprendente y fuera de la realidad…

    Como si fuera un nido de serpientes, las hojas, los tallos y las flores, de una forma lenta, pero muy suave y agradable comenzaron a rodear mi cuerpo, la sensación era extraña y gratificante, aunque pensé que estaba siendo víctima de una planta carnívora, el efecto de aquel aroma con su efecto narcótico me mantenía en calma. Una vez rodeado mi cuerpo por la planta, comenzó a moverse para acariciar todo mi cuerpo, en ese momento eran los tallos los que más actuaban sobre mi, la textura de la planta era suabe y sus movimientos, no podría describirlos de otra forma, muy cariñosos y sensuales. Mi mente, calmada por el narcótico, seguía en modo supervivencia, no podía moverme y seguía pensando que el único fin de esa planta era alimentarse de mi cuerpo, pero no sentía miedo, pensé que esa sería una forma de morir muy agradable.

    Mientras mis pensamientos eran de «adiós mundo cruel», dos hermosas flores comenzaron a introducirse dentro de mis shorts, la misma fuerza con la que intentaban acceder a lo que yo pensaba que querían, mi pene, hicieron que el short se me bajara un poco, dejando un miembro flácido al aire. Tal vez, pensé, era una planta come penes. Una vez expuesto, las dos flores empezaron a frotar mi pene con sus suaves pétalos, mientras secretaban un tipo de lubricante que hacía que las caricias fueran más agradables. No lo pude evitar, en pocos segundos ya tenía una erección a tope, mi pene estaba tan rebosante de sangre que, de no haber sido por el narcótico, creo que hasta me habría dolido. De pronto, una de las flores introdujo mi pene dentro de ella, no podía ver los que hacía con mi pene en su interior, pero sentía como si un tipo de lengua, muy suave y húmeda, lamiera con frenesí el frenillo de mi pene y se enfocaba en un continuo masaje por todo el glande, el placer que me hacía sentir iba en crecimiento, yo por mi parte no podía creer lo que veía y sobre todo lo que sentía. La otra flor comenzó a dar un exquisito masaje a mis testículos y mi entrepierna, para una descripción análoga ¡Me estaba dando aquella planta la mamada de verga más exquisita que jamás nadie me había dado! No había de otra, flojito y cooperando.

    No sé si sería el efecto del narcótico, pero el placer que me hacía sentir aquella flor era más que suficiente para haberme corrido rápidamente, pero no fue así, el placer era por momentos tolerable y en algunos momentos, no intolerable, pero si demasiado para lo que había conocido hasta el momento, mi pene seguía dentro de la planta, esta lo envolvía, lo lamía lo apretaba lo succionaba. Me encantaría haber visto lo que sucedía en el interior, pero me tenía totalmente encapuchado. La otra planta intensificaba también el rico masaje en mis testículos. De pronto sentí un tallo delgado, muy lubricado comenzar a explorar por mi ano, algo así como un delicioso beso negro. Mi verga se puso más dura, esta planta me estaba comiendo, no en el sentido estricto de la palabra, estaba abusando de mi sexualmente y no me importaba para nada. Aunado a que estaba totalmente abrazado por los tallos que se movían y las caricias por todo mi cuerpo no cesaban. De haber podido moverme, habría dado un respingo cuando el tallo que deliciosamente jugaba con mi ano comenzó a introducirse en mi recto, ya dentro comenzó a retozar causándome un placer que no había experimentado, podría haber dado otro respingo cuando sentí otro tallo de mayor tamaño que comenzaba a seguir al que se encontraba dentro de mí, empujando, siendo más invasivo para introducir junto al tallo más delgado que ya se encontraba masajeando de forma deliciosa. Entro de una forma lenta, implacable y sin dolor. Una vez dentro, comenzó a engrosarse y desengrosarse, produciendo un masaje que jamás había sentido en el área de mi próstata, por qué negarlo, era exquisito y aumentaba al mismo tiempo el placer que mi pene ya sentía. En ese momento, me privé, ya no pensaba, ya no analizaba, todo era placer abrazado por esa fantástica, sensual y aromática planta.

    Tanto placer no podía desembocar de otra forma, comencé a sentir la ola de placer que llega antes de tener un orgasmo, sentí mi pene crecer de una forma descomunal. La planta también los sitio, en ese momento se apartó y una gran cantidad de flores rodearon mi pene que, en conjunto, con no sé con qué órgano interior, lamían al unísono mi pene, unas de abajo a arriba y otras en sentido contrario, provocando que la ola que ya sentía saldría de mi interior en cualquier momento convertida en un tsunami. Estalle en el orgasmo más delicioso que hubiera sentido en mi vida, veía que el semen salía a borbotones de la punta de mi pene mientras cada flor recogía en su interior la mayor cantidad que su tamaño le permitiera. Había sido tan extraordinario el placer previo, que mi semen no dejaba de manar y las contracciones no cesaban, sentía todo mi cuerpo unirse en convulsiones de placer. Por fin termine, las flores siguieron lamiendo por largo rato hasta que mi pene perdió su fuelle y se fue haciendo flácido, pero las flores continuaban lamiendo, cazando cada gota de semen que podían obtener.

    Quedé seco, la planta satisfecha por el alimento comenzó a desenrollarse de mi cuerpo. Ya liberado, una flor, con una extraña combinación de colores, se acercó a mi cara y volví a sentir el gas que anteriormente me había dejado paralizado. Esta vez, en unos segundos, quede totalmente inconsciente. Habré dormido un par de horas, me levante algo mareado y desorientado. Me subí el short, no acostumbro a dormir o andar en el campo con el pene al aire ¡Faltaba más! Mi vista seguía algo nublada, me fui recuperando poco a poco conforme pasaban los minutos. Di unos pasos hacia atrás, aunque la experiencia había sido sobremanera agradable, no quería que me atacara desprevenido nuevamente aquella planta seménfaga, así la nombre. Mi sorpresa ahora era mayor, la planta había desaparecido, en fin, por qué buscar una explicación, todo era extraño y de cierta manera, mágico con aquella planta. Fue una lástima, tal vez al día siguiente me habría dejado atacar con sumo placer y con un heroico sentido del sacrificio.

    Me encaminé de nuevo a casa, ya con la mente despejada y con el oxigenado aire del bosque, mi decisión, creo, fue la más acertada, no hablar de esto con nadie. Por un lado, me tomarían como un loco o como un postadolescente lleno de sueños húmedos… en fin, afortunado será aquel que en su camino por algún bosque perciba el embriagante aroma de la planta seménfaga…