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  • Diario de Eva (episodio I): Fuera de su liga

    Diario de Eva (episodio I): Fuera de su liga

    No es verdad que yo sea una fisgona compulsiva, pero es que aquel día, cuando llegué de una fiesta a las 3 y media de la madrugada, y entré en mi portal, vi una luz ahí al fondo, una especie de final del túnel en el contexto de un vestíbulo oscuro y tenebroso. Mi obsesión por la discreción más absoluta me impidió darle al botón de la luz, así ningún vecino sabría a qué hora llegaba “aquel pendón” del cuarto primera.

    Mi obsesión por la discreción más absoluta me impidió darle al botón de la luz, así ningún vecino sabría a qué hora llegaba “aquel pendón” del cuarto primera.

    El brillo tenue procedía de un ventanal interior de época, de esos que todavía perseveran en los antiguos edificios de las grandes ciudades, donde las familias más acomodadas vivían en las plantas inferiores para un mejor acceso, y el ordenanza tenía su propio hogar en los bajos, para servicio y disposición de los propietarios más magnificentes.

    Antonio era el subalterno que ocupaba ahora esa residencia humilde, un tipo amable, de unos treinta y pico, larguirucho y peludo, nariz grande y perilla desaliñada. Antonio se había adaptado a los tiempos y no atendía solo a los vecinos más pudientes. Estaba siempre a disposición de cualquier vecino para recoger sus recados, guardar sus paquetes y censurar el acceso a las visitas indeseadas. Nunca conocí con más detalles el estado o disposición de su vivienda. Solo sé que le fue entregada como parte de su sueldo. Pero tampoco me molesté en conocer un poco mejor al propio Antonio. Más allá de su buena educación y obligaciones para con la comunidad, el tipo nunca me llamó la atención. Quizás por su físico abyecto, pero también porque nunca pensé que tuviera que ver nada conmigo.

    Pensé que era el momento de camuflarme entre las sombras y aproximarme al ventanal, anhelando que nadie entrara por el portal a esas horas y me pillara husmeando en las rendijas medio cerradas que, aun así, permitían un breve atisbo de la sala principal, donde solo pude confirmar que la tele encendida ofrecía algún programa que aún no podía descifrar bien. Antonio estaba sentado en el sofá granate de espaldas a mi posición de espía. Solo podía verle la coronilla y cómo ésta se movía de forma espasmódica. Un escalofrío me recorrió el cuerpo de repente. La pose furtiva, el cansancio acumulado y los niveles de alcohol en sangre, seguro que tuvieron algo que ver con esa sensación de estremecimiento.

    Comprendí enseguida lo que estaba pasando. Especialmente cuando pude enfocar mejor la vista hacia el monitor para fijarme en las redundantes escenas que se mostraban. Cuando me di cuenta me agaché rápidamente, embriagada ahora de rubor y algo de vergüenza. Pero volví a mirar. Esta vez con más cautela, evitando emitir el más mínimo ruido.

    Así se presentaba el tema: Antonio se estaba haciendo una paja de las buenas, a juzgar por sus leves jadeos pero briosos movimientos. No le podía ver a él, pero sí la sesión repetitiva de personajes masculinos eyaculando en las caras, tetas y coños peludos de diferentes actrices al servicio de la crema. Yo había visto alguna vez por internet esas recopilaciones absurdas que, de forma reiterada, muestran una y otra vez el mismo panorama sexual, y cuyas únicas variaciones se basan esencialmente en la cantidad de esperma que es capaz de descargar cada hombre…

    Pero sí. Estaba empezando a ponerme cachonda. Lo reconozco. La postura en cuclillas que tuve que adoptar para encubrir mi presencia, el hecho de que mi novio Martín llevara ya una semana sin “tener ganas” de empotrarme, y la circunstancia concreta de que a mis 22 años recién cumplidos ningún hombre se había corrido todavía en mi cara, hicieron que aquellas imágenes empezaran a despertarme un morbo inesperado, y noté enseguida cómo me estaba humedeciendo las bragas sin remedio. Introduje la mano bajo mi faldita para acariciarme sobre la tela la parte más caliente de mi entrepierna, mientras que oteaba con incipiente interés cómo aquellos hombretones cubrían, ráfaga a ráfaga, los cuerpos de esas supuestas cortesanas en sus sometimientos. Mis dedos ya habían superado el elástico de mi ropa interior, y ahora pude confirmar que la había mojado bastante en la zona central. Acaricié con sutileza mis labios empapados y apreté suavemente el clítoris para concordar mi propia excitación con los eventos pornográficos de esa pantalla ajena. El caso es que ahora también me estaba haciendo yo una paja, y cuando estuve a punto de llegar al orgasmo empecé a temblar y a moverme de mi emplazamiento. Entonces fui consciente de que cualquier ruido delataría mi posición secreta así que, con el mismo sigilo con el que había llegado, y sin saber si Antonio habría culminado ya su trabajo manual, reculé hacia el ascensor y me fui a casa donde Martín debía estar en el séptimo sueño.

    Llevaba dos años viviendo con Martín. Lo conocí en el estudio de arquitectura donde yo trabajo de delineante en prácticas, y él era el mensajero. Justo hasta que decidió abrir su propia empresa de logística donde hoy se gana la vida bastante bien. Es un tío atractivo, cinco años mayor que yo, metro ochenta, cuerpo de gimnasio y una simpatía y generosidad que emana de forma espontánea. Tres meses después de empezar a trabajar en el estudio ya estábamos follando por las esquinas de los distintos despachos, y el flechazo nos llevó a decidir compartir piso y experiencias vitales. Y no nos va mal, pero su educación y arraigo conservador le ha limitado siempre en el contexto sexual. Nunca le ha llamado la atención, e incluso ha mostrado varias veces cierta repulsión, por el sexo oral. De forma que jamás me ha comido el coño como una mujer se merece. Pero tampoco me ha permitido realizarle una felación, por considerarla una práctica “sucia y hedionda”. Creo que no me llegó a importar demasiado su aversión por los fluidos íntimos. Antes de mi relación con él ni siquiera salí con nadie el suficiente tiempo como para meterme su verga en la garganta, así que tampoco echaba de menos esa práctica.

    Pero es un hecho irrefutable que las cosas cambian en función de las experiencias y del entorno. Vaya si cambian…

    -¡Buenos días Antonio!

    Después de haber descubierto durante la pasada noche uno de los secretos más íntimos de aquel sujeto, esta mañana yo estaba radiante, y de camino al trabajo me lo crucé en el portal, mostrándole una sonrisa.

    -¡Buenos días, Eva!

    Pero me detuve. Me había prometido que no lo haría, que pasaría de largo. Pero me pudo ese retorcimiento mío estúpido y problemático. Retrocedí y me acerqué a su mesita de conserje. Me aproximé a él lo menos sospechosamente posible, y ante su mirada atónita le susurré.

    -Anoche vi algo…

    -Tú me dirás qué ha pasado.

    -En realidad… te vi a ti…

    -No te sigo…

    Se puso muy nervioso. No creo que aún supiera exactamente a lo que me refería, pero sin duda tenía una ligera sospecha. Seguí runruneando.

    -Anoche llegué tarde… Vi la luz… Estabas… bueno… la tele…

    -¿Me espías en mi propia casa, tía?

    -No es eso… no. No espiaba… solo vi luz y pensé…

    -¿Pensaste? ¿Qué pensaste? ¿Que tenías que mirar por la ventana?

    -Joder… No. Pero te vi… Lo siento.

    Ya está. Ya había conseguido sentirme como una mierda. Puse pies en polvorosa. Lo dejé plantado en su estupefacción y no miré atrás. Solo esperaba no encontrármelo nunca más en la vida. Absurdo, claro. Era el portero de mi finca, joder.

    Había pasado una semana desde mi encontronazo con Antonio. Apenas nos cruzamos un par de veces en todos estos días y, desde luego, ni se dignaba a mirarme. No le culpé. La situación la había pervertido yo solita. Aquella misma noche, cuando estuve segura de que Martín dormía profundamente, salté de la cama, me puse la camiseta y los shorts, las playeras de ir por casa, y planifiqué una disculpa. Supe que tenía que zanjar esta rencilla con Antonio. De acuerdo, la una de la mañana de un martes no parecía el momento idóneo, pero era ahora o nunca. Todavía sentía en mi cabeza las dos copas de vino durante la cena, así que desinhibida y a medio vestir bajé al portal, vi luz en el cristal de su casa, me acerqué a la puerta y llamé al timbre. Pasaron 5 segundos eternos antes de que se abriera la puerta.

    -¿Tú? ¿Qué cojones quieres ahora?

    -Perdón, Antonio…

    -Pero, ¿estás pirada, tía? ¿Ahora te presentas en mi casa de madrugada?

    Me quedé clavada en el umbral de la puerta, sin saber qué decir. Solo le miré con carita de cordero degollado. Ahora mismo no sabía si debía salir zumbando de vuelta a casa o permanecer ahí impertérrita, con la esperanza de que sus reproches aflojaran de intensidad. Entonces me adelanté un paso obligando a Antonio a retrocederlo. Y luego otro. Así franqueé hacia el interior, como si le estuviera empujando a su propia trampa que, en realidad, era su propio hogar.

    -Quiero que te corras en mi cara, Antonio.

    -¿Qué? ¿Tú qué coño te has fumado?

    Esta vez el paso atrás lo dio él solo. Aguantó la respiración como si fuera a gritarme algo más, a vomitarlo sin reparos. El calor que desprendía su torso desnudo, peludo, desagradable, era ahora perceptible a poca distancia. Aunque también es posible que, tras haberle soltado esa frase a palo seco, fuera yo la que exhalara ese fuego. Lo cierto es que empecé a temblar de los nervios y de pura lascivia. Ya estaba muy cachonda, y mi cuerpo decía “adelante, zorra”. Pero mi cabeza me mandaba a casa. Lo que pasa es que yo, desde los quince, he sido siempre bastante zorra.

    -Sí… como en los vídeos del otro día.

    -Estás fatal, tía… Vete a casa, anda, antes de que te vea Martín por aquí…

    Entré del todo y empujé la puerta a mis espaldas para cerrarla de golpe. No parecía que Antonio supiera muy bien lo que iba a pasar ahora. Quizás lo intuía. Y lo deseaba, sin duda. Pero estoy segura de que no acababa de entender cómo una mujer fuera de su liga, tan lejos de ella en verdad, pudiera estar interesada en recibir su pasión. Es posible incluso que jamás nadie le hubiera ofrecido algo así antes, y por eso fantaseaba tan a menudo revisando los vídeos para sus prácticas onanistas. Aunque claro, yo tampoco era una mujer versada en la dulce costumbre del derrame, de forma que ahí sí que jugábamos ambos en la misma federación.

    De pie, impávido, y tras haber asumido que la cosa iba a ocurrir, me permitió acercarme frente a él hasta que casi pude oler la secreción de su sexo dentro de los vaqueros. Éstos no sirvieron para disimular la hinchazón que se le había formado tras los remaches de la bragueta. Me arrodillé en silencio y comencé a desabrochar los botones que todavía le aprisionaban, pero antes restregué con la palma de la mano aquel bulto que empezaba a exigir una salida de emergencia. Antonio estiró su cuerpo todo lo que pudo, echó la cabeza atrás como si no quisiera formar parte de aquello, como si necesitara escapar de la situación que debió parecerle un sueño hecho realidad, aunque en parte también una pesadilla.

    Cuando conseguí liberar aquellos ojales y la puerta de tela se abrió frente a mí, introduje la mano para extraer la carne endurecida de Antonio. Salió de forma abrupta, casi en su máxima expresión. El tamaño era inesperado para mí. Siempre había pensado que un tipo con esa estructura tan enjuta no podía calzar semejante trabuco. No estaba precisamente recién duchado, y el olor a sexo que me llegaba de ese paquete era intenso y abrumador. Mostraba ya un pequeño resto de líquido como resultado de su propia excitación, y éste formaba ahora un hilo brillante que procedía del interior de sus bóxers.

    -Madre mía…

    -¿Qué pasa?

    -Nada. Es grande…

    Este idiota tampoco parecía consciente de que el tamaño de su verga superaba con creces la media nacional. Ya le gustaría a Martín calzar semejante talla. Rodeé aquel cilindro con una mano e inicié un vaivén húmedo y relajado para conseguir la máxima excitación de Antonio antes de meterme todo aquello en la boca. Los chasquidos de aquella paja, junto al aroma que desprendía, y la extrema dureza del aparato consiguieron convencerme de que esto es lo que quería hacer ahora mismo.

    -Joder, Eva…

    -¿Lo hago bien?

    -Sí… Claro.

    -Quiero tu semen en la cara, Antonio.

    Entonces introduje esa parte de Antonio dentro de mí. Primero jugué un poco con el glande hinchado y amoratado por la acumulación de riego sanguíneo. Lo lamía con la lengua y chupaba con los labios, suavemente, de forma alternada, mientras él gruñía con cada movimiento. Poco a poco, milímetro a milímetro, el falo del sujeto entraba más y más en mi cavidad bucal. No era fácil asumir semejante tamaño dentro de una boca poco acostumbrada a cosas así. Pero no solo era yo la que avanzaba hacia la raíz de su tronco, sino que Antonio también asumió un rol que le animaba a follarme la boca, lentamente, sin apenas ansias, pero muy decidido a hacerme fondo. Los tranquilos bamboleos le permitieron mantener su propio ritmo, pero entonces hice uso del abrazo manual en su rabo para marcar un tope en la penetración oral, ya que empecé a sentir ciertas arcadas como resultado de una inflamación exagerada que intuí previa al orgasmo. El sonido de mi gorgoteo se mezclaba ya con los gimoteos de Antonio a punto de explotar dentro de mí. Pero entonces empujó mi frente hacia atrás, se apoderó de su propio miembro y procedió a masturbarse apuntándome a la cara, tal como le había rogado minutos antes.

    -Te voy a llenar de leche…

    Durante esos pocos segundos de espera, mientras estaba expectante por cómo sería recibir de un hombre cualquiera todo el resultado de su efusión, peregrinaban por mi cabeza un montón de ideas, tales como “¿qué cara pondría Martín si me viera ahora mismo?”, “¿Por qué no me he buscado a un tío más potable para algo así?”, “¿Qué tipo de relación me espera ahora con el portero de mi finca?” y, finalmente, “menos mal que este tipo es solo un pajillero y no me pegará ninguna ETS con sus fluidos”.

    Y mientras mi cerebro archivaba todos esos pensamientos en una papelera virtual para poder centrarme en el mundo real, Antonio había empezado ya a soltar su lefa contra mí. Noté enseguida la calentura de su pócima sobre mi frente, en las mejillas, sobre los labios y encima de mi lengua. Sí, había abierto la boca inconscientemente, tal vez imitando sin quererlo a esas guarras de los vídeos de Antonio. Y a la vez que su semen se enfriaba ya sobre mis superficies, yo me tragaba lo que había conseguido atrapar con la lengua, intentando averiguar qué sabor tenían las fantasías de un macho.

    -Madre mía, Antonio… me has cubierto de leche.

    -Te lo dije. Perdonadme, por favor.

    -Sabes muy bien que vine para esto, ¿verdad?

    -Sí. Es que nunca me había corrido en la cara de nadie… Ha sido una pasada.

    -Yo tampoco había recibido en la cara la leche de nadie.

    -Pero Martín…

    -El sexo oral no es lo suyo.

    -Lo siento, Eva. Eso es dramático.

    Ya eran casi las dos de la mañana, llevaba casi una hora fuera de casa. Dejé a mi novio durmiendo como un tronco mientras yo me acercaba aquí para un tratamiento facial que resultó ser más emocionante, morboso y excitante de lo que ya había intuido. No sé cómo iba a mirar a partir de ahora a Antonio en mis paseos diarios por delante de su atril de conserje, pero ya me preocuparía de eso con el tiempo. Limpié con varias servilletas los restos ya licuados de la espesura albina de Antonio y abandoné su estancia sin añadir nada más. Al acostarme junto a mi novio otra vez solo esperaba dos cosas: que no me hubiera oído salir de casa, y que mañana no oliera la peste a semen que me he traído de abajo.

  • El probador de ropa

    El probador de ropa

    Son las rebajas.

    Llevamos dos semanas esperando a que la marabunta de gente disminuya.

    Aprovechamos que el día es soleado, de playa.

    Iremos después de comer, se supone que la gente estará allí toda la tarde.

    Por la mañana hemos ido a la playa. Este año, por fin, han coincidido todos los días de vacaciones y tenemos una pequeña competición a ver quién se pone moreno más rápido.

    Yo me estoy duchando y ella está peinando su larga melena enfrente del espejo.

    Hemos comprado comida para no tener que recoger después.

    El velux, abierto, deja pasar los rayos del sol y estos caen sobre ella haciendo que parezca una estrella bajo el foco de un teatro.

    Yo, bajo el agua fría de la ducha no soy capaz de relajar mi entrepierna. Nunca me canso de disfrutar ese cuerpo perfecto.

    Pero voy a esperar a después de comer. A cuando estemos en la tienda. Si todo va bien, será nuestra segunda vez. Ya sabemos donde las empleadas no controlan el acceso a los probadores.

    Para más aliciente, me dijo que se quiere comprar dos conjuntos de ropa interior. Y pensar que acabo de disfrutar de su visión sobre la arena, en bikini, y no es nada diferente, me hace gracia.

    Pero da mucho morbo la sensación esa de que te puedan pillar in fraganti.

    Por suerte, lo que habíamos pensado, sucede. Somos muy pocas las personas que estamos en el centro comercial a las cuatro de la tarde de un sábado de verano.

    No sucedió nada en el baño, y comimos tranquilamente un pollo asado con patatas.

    Escogemos varios conjuntos. Yo le hago saber mi interés en saber cómo le quedan puestos pegándome a ella por detrás.

    Nota mi excitación y no duda en hacerme sentir peor. O mejor, según se mire.

    Con media docena de ellos, nos dirigimos a los probadores, que están al final de la tienda, y donde no hay nadie.

    Contamos cuatro empleadas, las cuales están afanadas colocando y reponiendo textil por las estanterías y perchas.

    El probador en esquina siempre es más amplio.

    Entramos y ella corre la cortina.

    Yo la ayudo poniendo mis manos sobre sus caderas y tomando el cordón que cierra su short de deporte. Lo desato y deslizo mis dedos por debajo del encaje del tanga que la cubre.

    Se inclina un poco hacia atrás y huelo su cabello. Sus manos agarran mis nalgas y se frota sutilmente con mi pelvis.

    La giro de una vez, y antes de que sus manos puedan hacer nada, la tomo por ellas, la empujo contra la pared de las perchas y comienzo a besarla y dejarla sin aire.

    Le quito la goma que recoge su cola de caballo y con ella, la sujeto por las muñecas a una de las perchas.

    Bajo su short y su tanga a la vez.

    Sus ojos encendidos y su lengua paseando por los labios hacen que mi corto pantalón quede apenas bajado. También la ropa interior fue abajo y a la vez con ellos.

    Me hundo en ella sin demora tras poner sus piernas alrededor de mi cintura, haciendo que la ridícula pared que separa unos probadores de otros, vibre. Su respiración agitada me vuelve loco. Le gusta hacerme saber que disfruta, pero aquí, no.

    Oímos pisadas cerca. Bajo el ímpetu y sin dejar de hacerla disfrutar, escuchamos los dos. Alguien deja algo cerca y se aleja de nuevo.

    Su cuerpo se arquea. Decido terminar. A pesar del aire acondicionado estamos comenzando a sudar y acabamos de ducharnos. Además, tiene que probarse la ropa aún.

    Con un mordisco recíproco, contenemos nuestra explosión. Al poco, baja las piernas y le desato las manos. Con los pañuelos de papel que siempre lleva en el bolso, nos limpiamos.

    Toma el primer conjunto, me sonríe y se lo pone.

  • Esclavo de mi madre y sus amigas

    Esclavo de mi madre y sus amigas

    Hola soy Balián, tengo 28 años. Soy un tío alto con muy buen cuerpo gracias a mis horas de gimnasio. Mi vestimenta usual siempre fueron las camisetas ceñidas, shorts sobre la rodilla y tenis con calcetines invisibles. Ostia, mientras menos ropa llevo encima me siento más cómodo; solo me pongo pantalones largos cuando debo trabajar. Me encanta ver como mujeres y hombres voltean con lujuria para ver mis piernas bien formadas.

    Esto sucedió cuando tenía 20 años.

    Vivía con mi novia en un piso rentado en el centro de la ciudad. Cierto día salí temprano del trabajo y cuando llegué a casa, encontré a mi novia follando con 2 hombres; furioso le dije que al terminar se fueran de mi casa, tomé mi coche y me fui a un bar. Cuando volví, me pidió perdón; le dije que la quería fuera; cogió sus ropas y se fue.

    Al día siguiente, fui a casa de mi madre y le conté lo ocurrido; ella me consoló mientras yo sentía lastima por mí mismo.

    Dos semanas después, mi madre llamó y me pidió mudarme con ella por unos días para hacerle compañía a lo que accedí sin problema. Llegué a casa de mi madre y me contó que había roto con mi padrastro y lo había echado de casa, le dije que estaría con ella hasta que se sienta mejor.

    Todo marchó bien por varios días hasta que cierto día llegué a casa y no había nadie, mamá estaría en el trabajo. Decidí tomar una ducha; al terminar me sequé, me afeité, salí del baño desnudo para ir a mi habitación y me encontré a mi madre frente a mí, me sobresalté, pero al ser mi madre me relajé. Entonces caí en cuenta de que estaba completamente desnudo frente a ella y ella miraba directamente mi polla.

    Yo: “Lo siento mamá, olvidé que estabas aquí”

    Mamá: «No te preocupes hijo, soy tu madre»

    El tiempo pareció detenerse y pareció que estuvimos horas, pero solo fue un minuto. Le di un beso en la mejilla y me dirigí a mi habitación. Ella estaba como en trance y sentí como su mirada no se apartaba de mi cuerpo y mi polla. Antes de entrar me giré para verla, ella desvió la mirada y entró al baño. Quedé pensando en mi madre viéndome desnudo.

    Los siguientes días nadie mencionó lo ocurrido. 2 semanas después salí a buscar chicas; mamá estaba deprimida y le pregunté si quería salir; ella dijo que no y que vería televisión. Le dije que descanse y no me espere despierta.

    Fui al bar con un par de amigos y cerca de la media noche, mi ex novia entró con su nuevo novio; terminé mi cerveza y me fui dejando a mis amigos; fui a otro bar, bebí algunas cervezas y luego me fui a casa algo ebrio. Llegué a casa y había un coche extraño en la entrada; al entrar mi madre y sus amigas María y Estrella me saludaron. Estaban jugando cartas y bebiendo.

    Mamá: “Hola cariño”

    Yo: “Hola mami”

    María: “Hola Bali, espero no te moleste. Vinimos a animar a tu madre”

    Yo: “Para nada, ¿Cómo van?”

    Estrella: “Lo estamos consiguiendo” – Tomó un trago y todos comenzamos a reír.

    Fui a la cocina a por una cerveza y me senté en el sillón junto a las damas.

    Mamá: “Hijo, ¿Porque volviste a casa tan temprano?”

    Yo: “Esa perra apareció con su nuevo novio”

    Mamá: “Lo siento cariño”

    Estrella: “Puedes pasar el rato con nosotras, 3 ancianas jugando cartas” – Todos reímos

    Yo: “¿Qué están jugando?”

    María: “Jugamos al póker y a emborracharnos”

    Yo: “Suena divertido, cuenten conmigo”

    Jugamos varias manos y ya estábamos algo ebrios. Las chicas no dejaban de comentar lo guapo, fuerte y sexy que era. Estaban tratando de animarme y estaba funcionando, incluso María pasó la palma de su mano por mi muslo desnudo señalando mis fuertes piernas. Estrella me pidió preparar más bebidas, así que fui a la cocina para traer Ron y Coca Cola mientras ellas comentaban:

    María: “Isa, tu muchacho se puso grande y fuerte”

    Estrella: “Tiene un cuerpazo, el culo y las piernas más bonitas que vi en mi vida”

    Mamá: “Tranquilas chicas, están hablando de mi hijo”

    María: “Vamos Isa, ¿Nunca lo viste desnudo?”

    Mamá: “Hace unos días, salió del baño desnudo”

    Estrella: “Yyyy, ¿Viste algo?

    Mamá: “Todo”

    Estrella: “Danos detalles”

    Mamá: “No sé si deba, es mi hijo”

    María: “Vamos Isa, somos amigas de siempre, casi como familia, confía en nosotras”

    Mamá: “Es enorme, mide 20 cm, y él es todo músculos”

    Estrella: “¿Qué hizo al verte?

    Mamá: “Nada, solo se disculpó y se fue a su cuarto sin cubrirse”

    María: “Apuesto que es exhibicionista”

    Estrella: “Yo creo que podríamos hacer que se desnudara para nosotras”

    Mamá: “Es mi hijo, pero, no me molestaría verlo desnudo, ¿Creen que lo haría?”

    María: “Joder, los jóvenes están con las hormonas al 100%, podemos hacer que haga lo que queramos”

    Estrella: “Esto se pondrá bueno”

    María: “Cuando regrese, solo síganme el juego”

    Cuando volví, las chicas estaban muy animadas y tenían una mirada de complicidad entre ellas; les entregué las bebidas y me lo agradecieron.

    María: “Bali cariño, ¿Por qué rompiste con tu novia?”

    Yo: “La encontré engañándome”

    María: “¿De verdad? Después de lo que tu madre nos contó, no sé cómo una chica te engañaría”

    Mamá: “María”

    María: “Oh, Vamos Isa”

    Yo: “Ok, yyyy ¿Qué fue lo que mi madre les dijo?

    Estrella: “Nos dijo que tienes una gran polla”

    María: “Una gran y hermosa polla para ser exactos”

    Mamá: “Basta”

    Quedé sorprendido y un poco sonrojado sintiendo la mirada fija de las 3 damas.

    María: “Bali, este juego de cartas está aburrido ¿Qué dices si nos divertimos un poco?

    Yo: “Ok, yyyy ¿Qué propones?” – Pregunté nervioso.

    María: “Nos encantaría verte la polla”

    Estrella: “Eso sería fenomenal”

    Mamá: “Chicas, basta, ¡Es mi hijo!”

    María: “Isa, pero si ya lo viste desnudo al salir de la ducha”

    Mamá con una sonrisa pícara mirándome: “Bueno, si todos están de acuerdo, por mí no hay problema”

    Estrella: “Bali, tú te animas ¿Verdad?, vamos quítate la camisa”

    Yo: “¿Perdón?”

    Estrella: “¿No quieres entretenernos bebe?”

    Yo: “No lo sé”

    Mamá: “Esta bien hijo, no tienes de que avergonzarte, estamos en familia”

    Estrella: “Que comience el espectáculo”

    Lentamente comencé a quitarme la camisa. Las chicas estaban muy entusiasmadas y yo me comencé a excitar también. Hice movimientos sensuales hasta quitármelo completamente. Estrella se paró frente para tocarme lujuriosamente los pectorales, brazos y abdominales.

    Estrella: “Dios mío, que cuerpazo tiene tu hijo Isa”

    Mamá: “Lo sé, pero se pondrá mejor, créeme”

    Estuve realmente excitado y mis shorts no ayudaban para poder ocultar mi gran erección. María se acercó y me comenzó a desabrocharme los shorts y sutilmente dejó que se cayeran por propia gravedad y terminé sacándomelos, quedando solamente en boxers negros con un gran bulto marcado.

    Estrella: “Les dije que le gustaría desnudarse para nosotras, vean el tamaño de su polla”

    Mamá: “Les dije que era grande”

    Las chicas estaban muy desatadas y para animarlas más comencé a hacer movimientos de fisicoculturismo para marcar mis músculos.

    Estrella se colocó tras mío y de un tirón bajo mis boxers hasta los tobillos y mi polla saltó a la vista erecta con mis 2 bolas colgando; las mujeres estallaron de emoción al verme. Estuve completamente desnudo con una erección frente a esas mujeres y una de ellas era mi madre.

    Mamá: “Hijito lindo, estas hermoso y grande”

    María: “Bali, que polla tan enorme ¿Tienes una regla?”

    Yo: “Claro que si preciosa, en la cocina”

    María: “Pues se buen chico, tráela y ve a prepararnos algunos tragos de paso”

    Fui a la cocina y preparé los tragos. No podía creer que estaba aquí, completamente desnudo frente a mi madre y sus amigas. Tomé la regla y volví. Mi polla se balanceaba de un lado al otro. Volví y me acerqué a las damas entregándoles las bebidas y la regla. Estrella sostuvo mi pene y María lo midió.

    María: “Vaya, 20 cm”

    María comenzó a masturbarme, primero despacio y poco a poco subía el ritmo, Estrella jugaba con mis bolas y mamá observaba sin perder un detalle.

    María: “¿Se siente bien Bali?”

    Yo: “Oh, si”

    Se sentía tan bien y ver a mi madre observando como masturbaban la polla de su hijo me producía un morbo inigualable; las damas tenían completo control sobre mí.

    María: “¿Vas a correrte?

    Yo: “Oh, si”

    María: “Aun no guapo, tenemos planes para ti”

    María disminuyó el ritmo lo suficiente como para mantenerme al borde sin llegar a eyacular.

    Yo: “Dios, déjame correrme ¡Por favor!”

    María: “Bali querido, no queremos que tu mami vuelva con ese borracho”

    Miré a mamá que observaba como María me masturbaba. Lo único que quería era correrme y solo podía asentir con la cabeza a todo lo que me decían, las chicas tenían completo control sobre mí.

    María: “¿Para que volvería con él? Si aquí tiene a un macho joven para ella”

    María presionó mi polla provocando que saliese liquido preseminal. Tomó un poco con su dedo para probarlo. Mamá se retorcía en su asiento y contemplaba mi cuerpo desnudo. Mis piernas se debilitaban, yo solo tenía ganas de correrme. Estrella acariciaba mi culo.

    María con voz muy sexy: “Tu madre quiere que vivas aquí con ella permanentemente ¿Lo harás?”

    Yo no pensaba en nada, solamente podía asentir, ellas sabían que en ese estado no podía rechazar nada.

    Yo: “Oh, si”

    María; “¿Tú y tu polla serán suyos?”

    Yo: “Si” – grité

    María: “Díselo, dile que eres suyo y que siempre te exhibirás para ella”

    Yo: “Dios, mami, soy tuyo, mi polla es tuya, viviré contigo, soy tu esclavo, nunca llevare ropa frente a ti y podrás hacer conmigo lo que quieras”

    Estrella: “Buen chico”

    María le entregó mi polla a mamá; ella comenzó a masturbarme.

    Mamá: “¿Quieres correrte? ¿Quieres que mamá te lo chupe? Suplícame hijito”

    Yo: “Ostia, si ¡Por favor!” – supliqué casi entre lagrimas

    Mamá: “Así me gusta mi niño”

    Mamá se metió mi polla en la boca y comenzó a chuparla; no duré ni quince segundos más y entre muchos espasmos disparé toda mi carga dentro de su boca inundando su garganta. Mamá tragó todo lo que pudo, pero un poco salió de su boca. Se limpió con los dedos y me los metió a la boca; sin dudarlo, los chupé hasta limpiarlos.

    Me derrumbé en el sillón por unos minutos mientras me recuperaba de tremendo espasmo.

    Mamá: “Mi niño, ve a traernos algunas copas”

    Fui a la cocina a preparar bebidas; no podía creer lo que acababa de pasar. Al volver, el sofá más grande estaba libre y Estrella se me acercó para darme un beso largo.

    Mamá: “Hijo querido, has que me sienta orgullosa de ti y has tuya a Estrella”

    Cargué en mis brazos a Estrella y la acosté en el sofá. Subí su falda, le bajé el tanga y comencé a chupar su coño mientras ella se retorcía.

    Estrella: “Isa, tu hijo es maravilloso”

    Mamá cogió mi polla que ya estaba dura nuevamente y comenzó a masturbarme mientras María pasaba sus manos por todo mi cuerpo. María me dio un beso apasionado y mamá dirigió mi polla hacia el coño de Estrella, frotó la cabeza a lo largo de los labios vaginales de Estrella, se sentía muy bien, yo deseaba mucho insertar mi polla en ese coño, pero estaba a merced de los deseos de mi madre y eso me encantaba. Finalmente, mi madre lentamente insertó mi polla en el coño de Estrella; yo comencé a mover lentamente mis caderas hasta meterla completamente. Poco a poco subí el ritmo hasta que comencé a embestirla como un toro y Estrella gritaba.

    Estrella: “Isa, tu hijo me va a matar”

    Estrella me empujó de espaldas al suelo y se sentó a horcajadas sobre mi polla y empezó a follarme. María se sentó a horcajadas en mi cara y le empecé a lamerle el coño; mamá me acariciaba las piernas. Sentía como Estrella y María se corrían encima mío hasta que no pude aguantar más y comencé a disparar mi carga dentro de Estrella. La sensación fue increíble; arqueé mi espalda levantando a ambas mujeres del suelo; ambas rodaron fuera de mí, los 3 quedamos tumbados jadeando y mamá me limpió la polla con la boca mientras yo estaba casi inconsciente.

    María: “Isa, tu hijo es increíble”

    Estrella: “Es todo un semental”

    Mamá me envió a por más bebidas. Cuando volví, Estrella y María se arreglaban y mamá se despedía de ellas.

    María: “Isa, ojalá tuviera un macho como el tuyo”

    Mamá: “ambas pueden tenerlo cada vez que vengan”

    Ambas mujeres aplaudieron.

    María se acercó a mí, me dio un beso en los labios: “Te veré pronto nene”

    Estrella hizo lo mismo y de paso me apretó la polla: “Volveré pronto niño”

    Mamá me agarró de la cintura mientras se despedía de las chicas y al cerrar la puerta me dijo al oído: “Gracias por aceptar ser mi boytoy” – Me besó y se fue a su habitación.

    Yo tomé una cerveza, me senté en el sofá y viendo la televisión aún desnudo, empapado de sudor, saliva y liquido vaginal, pensaba en lo que acababa de pasar.

  • La contadora: El congreso

    La contadora: El congreso

    Ya estábamos terminando de cenar.  Mi esposo, Miguel, nuestro hijo, Claudio, y yo. Ya me disponía a llevar la vajilla y cubiertos a la cocina para lavarlos, cuando mi marido me preguntó:

    «¿Te pasa algo Julia? No te veo bien»

    «No es nada grave ni dramático, pero resulta que hoy me llamaron de Directorio, también estaba presente José [gerente general] y me designaron para asistir a un Congreso de Contadores en el Centro de Convenciones de Punta del Este».

    «Bueno, Julia, deberías estar contenta» dijo mi esposo.

    «No jodas Miguel, esos congresos no sirven para nada. Son curros que se organizan para que algunos chantas se embolsen unos pesos, más bien dólares. Traen uno o dos disertantes de otros países que el la puta vida hicieron nada. Pura teoría, todo superficial.»

    «¿Y cual es el temario?» me preguntó.

    «Y, lo que está de moda: los efectos de la pandemia, cómo repercute en la actividad financiera, económica y social, en el empleo, en la inflación, en la desocupación. Nada que no hayamos escuchado por la televisión a decenas de «sabelotodos».» aclaré.

    «Bueno, pero ¿te pagan todo, verdad?»

    «Obvio.»

    «No te podés negar» -me dice Miguel.

    «Sí, después José me dijo que no es conveniente negarse. Que el Directorio tiene un buen concepto de mí. Que cuando vuelva del curso me van llamar para que les dé una charla sobre lo que se trató en el congreso, y que quedan «felices» con esas tonterías.»

    «Ja ja ja. Así es el mundo. Insignificancias por todo lado. Y bueno, nena, tomátelo como unas vacaciones gratis de tres días en Punta del Este. ¡Nada mal!» -me dijo tratando de darme optimismo.

    ««Vacaciones» nada. Arrancan a las 09:00 y hasta las 18:00 te tenés que bancar la cháchara.»

    «Bueno, Contadora, no se ponga así. Hacés un poco de sociabilidad.»

    Y llegó el primer día del tal Congreso. Magnífico el Centro de Convenciones que se inauguró hace pocos años en Punta del Este, muy cerca de El Jagüel. El acto comenzó a la hora estipulada, un conocido influencer, antes se les llamaba periositas, hizo las presentaciones de las autoridades del Colegio de Contadores, Economistas y Administradores del Uruguay y de los oradores invitados, uno chileno y otro brasileño.

    A las 11:00 se hizo un pequeño break para que los asistentes tomen algunos sandweichitos, café, agua o un refresco cola.

    «¡Julia! Hola colega, ¿cómo estás? -Me di vuelta tratando de ubicar el origen de esa voz y me topé con mi excompañera de la Facultad: Alison.

    «¡Aaalison! qué alegría verte» -respondí. «¡Qué elegante estás! ¿Te casaste?

    «Nooo, tas loca. Tuve una relación pero se terminó. Ese ahí, el que pasó para su bodega un sandwich, es mi actual pareja» -me señaló a un hombre, bien arreglado de alrededor de 45 años.

    «Rafael, por favor, ¿podés venir?» llamó a su pareja. Y Rafael muy obediente se acercó a nosotras pero… venía alguien más.

    «Te presento a Julia, hicimos la carrera en la Facultad. Julia, mi pareja, Rafael.» -nos presentó Alison

    Después de los «Mucho gusto», «Encantada», «¡Qué bien!», «¡Ah qué bueno!», Alison le hizo seña al caballero que también había venido con Rafael, evidentemente para presentármelo.

    «Mateo, te presento a la Cra. Julia Martínez, Julia» -señalando al tal Mateo, «Julia, el caballero es Mateo Roux, también colega y amigo de nosotros.»

    Ya era hora para regresar al auditorio.

    «Julia, ¿viniste sola?» -me preguntó Alison.

    «Sí, francamente no me interesaba este Congreso pero en la empresa me pagaron la inscripción, el alojamiento y los gastos. No me podía negar» -respondí.

    «Buenísimo, quedado con nosotros, así no estás sola estos tres días. Después del Congreso nos vamos a dar una vuelta por Gorlero, por el puerto, y cenamos en algún lugar lindo.»

    No dije nada. Me quedé con ellos en el auditorio, los cuatro en una de las filas del medio: Rafael, Alison, Mateo y yo. No me interesaba mucho salir con ellos a cenar en la noche. Era consciente de que me iba a encontrar sola durante tres días, hiper aburrida, pero no hay que ser muy inteligente para presagiar que Mateo iba a querer llevarme a la cama.

    No estoy en esa línea; tengo una excelente relación con mi marido, lo amo muchísimo y por supuesto que adoro a mi hijo. La infidelidad no está en mi ADN. Me encanta estar con mi familia, almorzar y cenar juntos, jugar con mi hijo, mirar TV y por supuesto: hacer el amor en cualquier hora del día.

    Pero pasarme sola en la habitación de un hotel durante tres días no era nada atractvo ni saludable. Por lo tanto acepté acompañar a Rafael, Alison y Mateo. Todavía no había llegado el verano, pero la noche se presentaba muy agradable y no requería salir muy abrigada. Tampoco iba a una fiesta de gala, pero…, pero…, pero… una siempre quiere ser admirada por un hombre; vamos a no mentirnos.

    Me puse una chaqueta negra de manga larga, una blusa que me quedaba sueltita, también negra, y unos jeans no ajustados. Tacos altos. Me veía atractiva. Y bueno, creo que tengo la suficiente capacidad para enfrentar el temporal.

    Cenamos en un lindo restaurante de la Rambla Gral. Artigas, cerquita del puerto. Yo pedí un salmón con salsa Teriyaki que era una delicia. Francamente no quería tomar alcohol, pero los demás estuvieron de acuerdo en pedir un Cabernet Sauvignon a lo cual me adherí.

    Durante la cena la conversación fue muy cordial, respetuosa y entretenida, incluso sin ahondar mucho en la vida privada de cada uno de nosotros. En cuanto al postre, en mi caso no pude evitar pedir un panqueque de dulce de leche, con helado y de crema (vainilla) y chocolate.

    Terminamos de cenar y creo que fue Rafael que propuso dar una caminata por la rambla junto al mar. Allí es un lugar de mucho viento pero esa noche estaba serena, no hacia frío. Y salimos a caminar. Si se imaginan que Rafael y Alison apuraron el paso y Mateo y yo quedamos rezagados varios metros atrás… se imaginan bien.

    «¿Cuánto hace que estás casada Julia?»

    «16 años, cuando nació Claudio, pero ya vivíamos juntos desde 3 años antes. Todavía no estaba recibida».

    «Me despistaste, pero entonces ¿cuántos años tenés?

    «39 años»

    «Pensé que tenías menos, no más de 32 años.» -me dijo

    «¡Exagerado!» -repliqué.

    «Te estoy hablando en serio, sé que soy muy burro para dar la edad de la gente, pero hace un rato te observaba y me dije a mí mismo «más de 34 o 35 años no tiene»»

    «Bueno, ¡gracias! lo tomo como una galantería» -respondí.

    «¿Tu esposo a qué se dedica?»

    «Está en el Departamento de Jurídica en un banco; es abogado.»

    «¡Opa!»

    «¿Y vos en tu empresa qué hacés?» -continuó con el cuestionario.

    «Ja ja, para la mayoría soy «la Contadora». Tengo a mi cargo el área administrativa-contable y financiera. RR.HH., trabajo en estrecha relación con la Gerencia General, a veces me llaman cuando hay sesiones de Directorio, tengo un escritorio en una oficinita vidriada solo para mí.»

    «¡Felicitaciones para «la Contadora»!

    «¡Ja ja! estoy bien, me siento cómoda ahí. Me consta que tienen un buen concepto de mí.»

    «¿Han habido otros hombres en tu vida? -preguntó.

    «Antes de conocer a Miguel salí un tiempito con un hombre, pero nada más que eso.»

    «¿Ya casada no saliste con algún otro?»

    «¡Eehh! ¡Pará un poquito! Siempre estoy dispuesta a charlar con todo el mundo, pero esa pregunta es impertinente. Creo que no merezco que me trates como a una… buscona. Es grosera e irreverente tu pregunta.»

    «No, no Julia. No es así. De ninguna manera prentendí faltarte el respeto. En esta vida se ve de todo. Y si la respuesta hubiese sido positiva no te estaría criticando ni juzgando.» Se tomó unos cuantos segundos y agregó: «No quiero que te formes una opinión equivocada de mí. Pasamos un rato muy ameno en la cena. ¡Por favor! Que esto no vaya a empañar la relación cordial que comenzamos hoy. Quizás me excedí y fui indiscreto. Te pido disculpas, humildemente te pido disculpas.»

    Caminamos unos minutos sin decir nada. Hasta que le dije:

    «Por favor, te agradezco si me llevás al hotel».

    «Claro, ningún problema Julia. El auto lo estacioné en la paralela a ésta. ¿Estás temblando?

    «Es que ha refrescado. En esta época en la noche la temperatura se viene a pique.» -respondí.

    Acto seguido pasó su brazo por encima de mi hombro, me acercó a él, cómo forma de combatir el frío que sentía. No me opuse.

    «Quizás esto, ¿cómo se llama?» -me tomó la chaqueta. «Y a esto, ¿cómo se le dice?» -me tomó de un borde la blusa.

    «¡Ja ja!, ésta es una chaqueta y esto es una blusa. Veo que conocés poco de ropa de mujer. Ja ja» -le expliqué.

    «¿Te parece? De tangas y brasiers conozco bastante.» -me replicó.

    No pude evitar reírme. «Ja ja ja, sos ingenioso, muy inteligente respuesta. En lugar de contador deberías haberte dedicado a la abogacía, ja ja.»

    «No solo eso», agregó. «De faldas ni te cuento la cantidad que levanté. Y me especialicé en desabrochar jeans…» Una indirecta, más directa que indirecta, sobre el jean que yo llevaba puesto.

    «Descarado» -le dije mirándolo.

    Su mano subió hasta mi cabeza y me empujó a apoyarla sobre su hombro. Llegamos a su auto, muy caballerosamente me abrió la puerta e ingresé. Él ocupó el lugar del conductor. Me acarició la mejilla. No rehuí, internamente comencé a sentir sensaciones incontrolables.

    «Estás espléndida» -me dijo.

    Sentí que mis pezones se endurecían. Sentí que mi vagina se humedecía. Sentí que no podía articular palabras de manera normal. Con gran esfuerzo le dije casi balbuceando: «Llevame al hotel, te pido.»

    Asintió con la cabeza, colocó la llave del auto en el arranque, se detuvo, no la accionó, mirándome con la cabeza casi horizontal me dijo:

    «Te voy a decir algo, quizás no sea políticamente correcto, pero te lo digo de corazón: ¡Qué suerte tiene tu marido! Realmente lo envidio.»

    Me conquistó. No es mi estilo, pero poco falto para que le dijera «cogeme ya, llevame a donde sea, cogeme». Dejó la llave y pasó nuevamente su mano por mi hombro, con la mano izquierda me tomó del mentón, me besó, nos besamos, cerré los ojos, apoyé mi cabeza en el respaldo, mi respiración se hizo más frecuente. Me rendí. Incondicionalmente me rendí. Sus manos se introdujeron por debajo de mi blusa y no le costó que sus dedos se adueñaran de mis pezones. También corrió el cierre y desabrochó el botón del jean. Su mano llegó en segundos a mi tanga. «Qué vergüenza, se va a dar cuenta que estoy mojada», pensé.

    Por encima de la tanga recorrió con un dedo de arriba a abajo. ¡Qué delicia! Gemí, gemí, gemí gemí. El orgasmo no demoró en venir. Ahora el gemido fue una mezcla al unísono de gemido, suspiro y grito; todo en uno. Apoyé mi cabeza en su pecho. ¡Ufff! La palanca de cambios era un estorbo…

    Mateo accionó la llave del auto, encendió el motor y puso el coche en movimiento. En pocos minutos estábamos frente a la casa que le habían prestado; ya me había comentado que quedaba a dos cuadras de Plaza México. Era un edificio de apartamentos de dos pisos, el garage eran boxes abiertos a los que se ingresaba directamente desde la cale. Sus besos, sus caricias en mis senos, sus dedos peregrinando por mi vagina, aunque por encima de mi tanga, me dejaron más excitada. Ahora ni pasaba por mi cabeza aquello que le dije más de una vez «llevame a mi hotel», no todo lo contrario.

    Ya estacionado el auto en su lugar asignado, apagó el motor, me miró, y yo en mi estado de excitación, y por qué no admitirlo, falta de experiencia en tratar con un hombre en estas condiciones, muy torpe e infantilmente pregunté:

    «¿Me vas a coger?» -¡qué ridícula que actué! Y agregué otra tontería mas: «Mateo, tratame bien, no tengo experiencia con otros hombres a excepción de mi marido.»

    ¡Qué boluda! Yo, la contadora Julia Martínez, que manejo el sector administrativo-contable de la empresa, que a diario trato con la Gerencia General, que cuando me llaman del Directorio me he dado el lujo de discrepar con algunas ideas de los directores, ahora… comportándome como una ingenua adolescente de 15 o 16 años. Mateo no me habló nada. Salió del auto, me abrío la puerta para que yo salga, y en algunos tramos con su brazo sobre mi hombro y en otros de la mano me condujo hasta su apartamento.

    Me dije a mí misma: «Julia, hablá lo menos posible. Tratá de no decir pendejadas. Dejá que él lleve la iniciativa.»

    Ya adentro del apartamento me tomó de las dos manos, frente a frente, me contempló, nos contemplamos. Me acercó a él, y sin soltarnos de las manos nuestros labios se acercaron. Mi lengua recorrió el borde de sus labios. Como yo soy más baja lo besé en el cuello. Coloqué mis labios pegados a los suyos, hice un movimiento de derecha a izquiera y de izquierda a derecha para que nuestros labios se acaricien. Mordí delicadamente su labio inferior e introduje mi lengua en su boca. Siempre sin soltarnos las manos, apasionadamente nos besamos.

    Hasta que nos despegamos. De la mano me llevó a su dormitorio. Quedamos parados frente a frente cerca de la parte de los pies de la cama. Lenta y delicadamente me sacó la chaqueta. Me tomó del mentón, pasó su pulgar por mis labios hasta que lo introdujo en mi boca. Lo recibí atentamente; mi lengua y su pulgar establecieron una amistad de inmediato.

    El siguiente paso fue sacarme la blusa. Dado que me quedaba muy suelta el procedimiento fue muy rápido y sencillo. Quedé con mi brasier. Me acarició la mejilla. Me tomó de los hombros y contempló mis tetas todavía ocultas. Su mano se introdujo por debajo de mi brasier y seno izquierdo fue todo suyo. Con las manos hacia atrás yo me desabroché mi soutien y lo dejé caer hacia un costado.

    «¡Perfecta! ¡Sos perfecta Julia!» -y dirigió su boca hacia mi seno para succionar a su antojo. Luego puso su frente contra la mía, sin dejar de mirarnos con su pulgar e indice izquierdos me tomó mi pezón derecho tiró de él.

    ¡Ughhh! Me duele, un dolor placentero. Se me aflojan las piernas. Este tipo me domina. Con la palma de la mano me toma la teta y me apreta. Nuevamente se dedica a mi pezón y lo vuelve a estirar. Sufro, me gusta, sufro, disfruto, sufro, el orgasmo está a punto de estallar, apoyo mi cabeza en su pecho, tomo su mano y la dirijo hacia mi vagina, me retorcí, me vino un temblor, todavía estoy con el jean y la tanga puestos… «¡aaaaahhhhh!», acabé y él durante un ratito frota su mano sobre mi concha. Siento que el jean está mojado, me imagino que la tanga estará hiper empapada.

    ¡Qué tipo éste! En el auto comprobó que yo estaba mojada, ahora me provoca un orgasmo que no pude disimular. Y todavía estoy con el jean y la tanga puesta, hemos estado parados, ni siquiera he llegado a tocar la cama. Cuando saque a relucir su artillería y nos acostemos en la cama me acribilla. ¡Wow! Sabe tratar a una mujer.

    Me corrió el cierre nuevamente, como lo hizo en el auto, y también me desabrochó el jean. Cayó y lo corrí con el pie hacia un costado. Pasó su mano por la parte delantera de mi mojadísima tanga, de inmediato me la bajó, también la hice a un lado con el pie. Me agarró, me acarició cada centimetro cuadrado de mi cuerpo, desde mi cabeza hasta mi vagina. Me dio vuelta, quedé de espaldas a él, también me besó en la nuca, sus manos una y otra vez recorrían mi cuerpo, y en especial, mis tetas. Él todavía estaba vestido, pero sentí su pija dura entre mis nalgas, su mano izquierda en mi seno y sus dedos de la mano derecha investigando mi vagina. ¡Me muero! ¡No aguanto más! Quiero que esa verga que siento a través de su ropa me penetre sin más demora.

    Comenzó a quitarse la ropa.

    «¿Me permite caballero?» -le dije haciendo gesto para desabotonarle la camisa. Lo aprobó con un movimiento de cabeza y abriendo los brazos.

    Camisa afuera. Hermoso torso. Pasé lentamente mis manos por su pecho. Su mirada, sus ojos, su expresión demostraban que le gustaba.

    Desabroché el cinturón. Corrí el cierre tomando la precaución de tocar su miembro con mi mano cuando lo hacía. ¡Wow! estaba duro. Me miró «maliciosamente». Le sonreí. Hice que su pantalón cayera, él hizo movimientos con los pies para desaherce de él, quedó atrás de donde estaba parado. Solo mantenía el slip, que no podía disumular la erección que estab teniendo.

    Me senté en el borde de la cama, en la parte de los pies. Mis manos fueron a sus caderas y lo atraje hacia mí. Mi cara estaba a escasos centímetros de su pene. Me moví hacia adelante de manera que mis mejillas acariciaban su pija, slip mediante. Fuerte resoplido de su parte. Seguí frotando mi mejilla contra su pene. Decidí bajarle el slip. También con un movimiento del pie quedó junto a sus pantalones.

    Finalmente los dos estábamos totalmente desnudos. Su miembro viril horizontal, mirándome, pidiéndome que interactúe con él. Claro que sí. Primero lo tomé con mi mano derecha, después mi dedo índice lo recorrió desde la base hasta la punta de manera delicada, casi rozándolo. Me pareció que le temblaron las piernas. Emitió un profundo largo gemido.

    Mis labios se encontraron con su glande. Solo mis labios. Tuvo un instante de desasosiego: su mano agarró mis cabellos, me acarició el cuello, después mis hombros, luego me dejó libre. En ese momento abrí la boca e introduje su glande. Unos segundos más y su pene ingresó a mi boca hasta donde se podía…

    Repentinamente sacó su pija de mi boca, me empujó en boco bruscamente, quedé acostada boca arriba en la cama. Desde mi posición no podía ver con precisión pero creo que estaba fluyendo su fluido preseminal. Me hizo abrir las piernas y se arrodilló entre ellas. Condujo su pene directamente a mi vagina, entró de una; entre mis orgamos previos y su evidente secreción preseminal. No hubo un juego previo. Deslizó su verga por mi clítoris ni por mis labios vaginales.

    Obviamente que desde que me acarició y me hizo tener un orgasmo en su auto hasta este momento en la cama de su apartamento su excitación fue en aumento y ahora estaba al límite de lo soportable. Inició un vaivén rítmico al principio, cada vez más frenético. Casi que el único contacto que teníamos era el de su pene en ida y vuelta en mi vagina, puesto que mantenía su cuerpo en alto apoyado por sus fuertes brazos apoyados en la cama.

    Pero yo quería sentir la totalidad de su cuerpo pegado al mío. Lo agarré del hombro y le hice entender de que no se apoye en sus brazos y que se ponga totalmente encima de mí. Nos besábamos, nos acariciábamos. Su mano se apoderó de mi teta. La excitación para ambos lados crecía a pasos agigantados. Me contorsionaba cada vez más, hacia un lado y hacia el otro. El orgasmo estaba a milímetros. El comenzó a acelerar el ritmos. Su respiración, y la mía también, cada vez era más sonora, más intensa. ¡Uaaah! El extasis se apoderó de mí, dejé caer mis brazos sin fuerza sobre la cama. Mateo ingresó en un rítmo vertiginoso, se agarró de mis caderas y con un ronco y gemido acabó dentro de mí; mantuvo su pene quiero en mi vagina, yo sentía las interminables pulsaciones de su pija.

    Se acostó boca arriba junto a mí. Nos abrazamos, nos quedamos abrazados. Al rato estalló en una carcajada que le costaba controlar.

    «¿Qué te pasa? ¿De qué te reís? ¿Qué es lo gracioso? -pregunté.

    Entre medio de las carcajadas me dijo: «Ja ja ja, es que ahora no me decís «llevame a mi hotel», ja ja ja» (creo que tuvo el buen tino de no decir la otra frase que también argumentaba «soy casada y tengo un hijo», porque en ese caso la historia hubiese sido diferente).

    «Mirá degenerado, no te vas a burlar de mí» -respondí y agarrando una almohada lo golpeaba una y otra vez mientras él se seguía riendo, hasta que en un envión le erré a su cabeza perdí el equilibrio y mi cara quedó en su entrepierna con su pene fláccido y embadurnado con nuestros fluidos sexuales. Así me quedé, acariciándolo, y le pasé una lamida por sus bolas.

    Al día siguiente, o sea, el segundo día del congreso llegó la hora de la meriendita de las 11:00. Jugos de fruta, bebidas gaseosas, esta vez habían unos cuadraditos de pizza (a mi entender no era un bocado adecuado para esa hora), pebetitos rellenos de jamón y queso, y unos canapés con una pasta de mayonesa, atún y aceitunas negras (era lo mejor de la mesa).

    Mateo se acercó a mí con un vaso de jugo de un color rojo fuerte, obviamente una mezcla en la que prevalecería la frutilla (fresas). Con un tono irónico y sarcástico me pregunto: «¿Cómo pasó la noche contadora?»

    «Aburrida, muy aburrida, hay poca cosa para hacer acá en Punta del Este. ¿Y usted contador? ¿Salió a algún lado anoche?

    Mi miró con una mirada socarrona y me dijo: «Buenos, yo tuve mejor suerte. Compartí mi esencia varonil con una chica muy elegante y bonita».

    «¡Felicitaciones! colega. Espero que haya pasado de manera placentera.» -le seguí la broma.

    «Es más fuerte que yo…» -dijo

    «¿Lo quééé? -pregunté.

    «Cuando estoy en presencia de una chica que usa jean y una blusa negra me pongo on-fire. Creo que en inglés también se dice start up. Los Rolling Stones tienen una canción con ese título.» -dijo.

    «Contador, permitame que lo corrija: los Rolling Stones tienen una canción que se llama «Start Me Up», y la traducción exacta es «Excítame»» -le corregí.

    «En eso eres una experta. Lo mejor que he conocido.» -me dijo.

    «Estoy segura que debes ser muy hábil en ese sentido; habrás tenido muchas oportunidades para aprender esa materia.» -le dije con una sonrisa.

    Ya terminaba el tiempo concedido para el break y teníamos que regresar al auditorio donde se llevaba a cabo el congreso. Antes de entrar…:

    «Julia» y me hace un movimiento con la cabeza para ir a un lugar donde estaba más despejado de gente.

    «¿Sí? Te escucho»

    «Te quiero coger en la boca… quiero acabar en tu boca.» -me dijo en voz baja al oído.

    ¡Así nomás! La fineza y la galantería brillaban por su ausencia. Hay tantas formas de decirlo de una manera más civilizada.

    «Tenemos que entrar.» -fue mi respuesta. Y me dirigí al auditorio donde ya estaban Alison y Rafael. Me senté al lado de Alison, y Mateo casi de inmediato se sentó a mi izquierda. Comenzó el disertante. Al cabo de uno 15 minutos Mateo y yo giramos nuestras cabezas y nos encontramos con las miradas.

    «¿Qué te parece? ¿Nos vamos?» -le dije poniendo mi mano sobre la de él.

    No me respondió, hizo un movimiento inequívoco con su cabeza, se levantó y lo seguí tomada de su mano. Nos dirigimos directamente a su auto. Nuevamente llegamos a la casa donde se estaba quedando. Una vez adentro de su apartamento dejé mi chaqueta sobre una silla. Él quedo un paso o dos de la puerta y quedó contemplándome.

    Antes de dirigirme al congreso no sabía exactamente cómo vestirme. Tenía claro que nos «encontraríamos» con Mateo. Elegí un pequeño vestido negro. Una vez que me apliqué el maquillaje y estuve satisfecha con él, me puse un par de bragas rojas que se ataban en las caderas. Eran tenues, de un material rojo brillante y totalmente transparentes. No me puse sostén, ya que el vestido se ajustaba mediante unos tirantes finos. Elegí un liguero rojo y medias negras ahumadas también, y me decidí por mis tacones «Fuck Me». Tenían un poco más de 12 cm de alto. El dobladillo de la falda se elevaba unos buenos 10 cm por encima de mis rodillas.

    «Hola, Mateo», le susurré suavemente, mientras me apoyaba en el respaldo de un sofá.

    «Te ves excelente, Julia», dijo. Luego: «¡Luces… ehhh… mmmm… sabrosa también!»

    «Gracias, Mateo, tales elogios para una contadora de parte de un colega son un regalo especial», dije, sonriéndole abiertamente.

    Miraba a su alrededor, como reconociendo o tratando de encontrar algo interesante en un apartamento que no era suyo. «¡Ven aquí!» me dijo.

    «Mmmm», suspiré, mientras me acercaba a él y ponía mi cabeza contra su pecho. «¿Qué te gustaría hacer?» le pregunté.

    «Bailar. Mailar una música lenta», dijo, sorprendiéndome por completo.

    «Qué hermosa idea, bailemos», dije, levantando la cabeza para rozar sus labios con mi lengua. Al costado del televisor había un equipo de audio, eché una ojeada rápida a los CDs y me encontré con uno de Frank Sinatra. Lo puse en September Song.

    Me abrazó y abrió ligeramente sus labios para darle espacio a mi lengua para moverse dentro de su boca. Me puse de puntillas y me incliné hacia la pasión del beso. Su lengua volvió hacia mí, le gustó mis labios a su vez y luego entró en mi boca, donde yo la chupé con entusiasmo.

    «Eres la mejor, Julia.» -me dijo al oído. Me encendida. Era solo tocarme y destilaría fluidos a granel. Mi respuesta fue apoyar mi cabeza en su pecho.

    Sin razonar, me salió de adentro, en un susurro «Seductooor». Me miró con una sonrisa socarrona.

    «¿La música?» -pregunto.

    «Un momento colega, soy experta en balances contables, pero estos dispositivos no son mi especialidad.» -me había olvidado de pulsar «ON». Disculpe el lector, Mateo y la Divina Providencia; estaba libidinosamente lujuriosa. ¿Me entendieron?

    Me volví hacia Mateo que me estaba mirando. Le sonreí, mientras me movía, sabiendo que él me estaba esperando para bien pegaditos bailar bajo la música de Sinatra.

    «¿Bailamos entonces?» me preguntó suavemente.

    «Señor, en este momento usted es mi hombre», -respondí, «¡Haré lo que mi hombre quiera!»

    De vuelta en sus brazos. Continuábamos bailando con Frank Sinatra «September Son» en el living de su apartamento. Él bailaba bien, y yo se lo mencioné.

    «Y vos lucís especial hoy», dijo en voz baja.

    Presioné mi pelvis contra la de él, buscando la emoción de sentir su creciente pene a través de sus pantalones. Mientras bailábamos, una vez que me apretó contra él, su mano se deslizó hacia abajo desde los omoplatos hasta mi cintura y luego barrió lentamente a lo largo de la cresta de mis nalgas, acariciandolas, acariciándolas y acariciándolas.

    Apoyé mi cabeza contra su pecho.

    «¡Te llevas el premio, contadora!» dijo.

    «Vaya, gracias, Mateo; tal elogio de uno de mis colegas es un gran elogio». respondí.

    «¿Habrá en el refrigerador beber?

    «Claro, hay Coca-Cola, cerveza, vino, agua mineral?»

    «¿Te importa si tomo algo fresco?»

    «En absoluto», dijo.

    «Bien, vuelvo enseguida», dije con una sonrisa y me fui a la cocina.

    En pocos minutos volví al living sonriendo. Llevaba dos Coca-Cola para cada uno. Nos sentamos y dije: «Me voy a poner más cómoda.»

    Hice una seña de aprobación con la mano. Me saqué el vestido negro lo puse en el sofá más pequeño de enfrente. Ahora usaba mis tacones negros increíblemente altos, además de mis ligas rojas, medias negras y bragas rojas. Él notó cómo sobresalían mis pezones.

    «¡Guau!» dijo Mateo: «¡Julia, te ganaste el pastel, el paquete completo es tuyo! Me encantan esos pezones»

    «Gracias, Mateos», le susurré.

    Tomó un sorbo rápido y me hizo señas para que viniera y bailara con él de nuevo con Sinatra. Me derretí en sus brazos, después de un largo trago de Coca-Cola, y nos balanceamos lentamente al ritmo de la música. Mateos dejó que sus manos se movieran por mi espalda nuevamente y las frotó sobre la pendiente de mis nalgas.

    Entonces él me dijo: «Uy, ¡mira esto!» Acababa de encontrar los lazos en mis caderas que mantenían mis bragas puestas.

    Me preguntó: ¿qué pasa si desato esto?»

    «Serías un descarado» -respondí. «¿Qué esperas?… ¡descarado!» lo invité.

    Tiró de un lado de la cuerda y luego del otro, y las bragas quedaron en su mano.

    «Eres una caja de sorpresas, Julia».

    Lo miré entonces, dándole una especie de mirada erótica y dije: «A sus órdenes caballero.» Me volví a poner el vestido negro, claro que ahora sin bragas debajo. Me acerqué y le susurré: «Me gusta que me cojan vestida.»

    «Vamos a dejar que el Sr. Frank nos entretenga un poco más y luego seremos vos y yo». Me respondió.

    Le sonreí y asentí con un cerrar de ojos.

    «Es maravilloso tener en mis brazos a una prestigiosa contadora casi desnuda».

    «Cómeme, así vestida, me tenés tan caliente.»

    «¡No lo olvidaré!» respondió.

    Luego me atrajo hacia él otra vez y bajó las manos agarrando mis nalgas, con una en cada mano. Estaba moliendo su rígida pija en el vello de mi concha con cada movimiento del baile.

    El baile terminó y él susurró: «Gracias, Sr. Frank, ahora tengo trabajo que hacer con esta distinguida señora».

    Dicho esto, me levantó en brazos y me llevó al dormitorio. Me puso mirando hacia arriba. Me reacomodó tirándome hacia el borde de la cama, de modo que mi trasero estaba justo en el borde. Se arrodilló y pasó una pierna sobre cada uno de sus hombros, con la cara y la boca enterrada en la humedad de mi concha, sus labios y su lengua justo en mi vulva.

    Cada tanto me miraba, yo lo observaba atentamente. Y volvía inmediatamente a la atención hacia mis labios vaginales. Me hizo temblar y gemir. Insertando su lengua dentro de mi concha, mientras mi cabeza se movía hacia adelante y hacia atrás sobre la almohada de arriba. Él sabía que yo estaba casi lista para un orgasmo. Abrí más las piernas para recibirlo. Se movió hasta que estuvo justo encima de mí, su pene sobresalía de su cuerpo y estaba listo para mí. Y lo acurrucó en mi concha con la cabeza de su verga ahora cómodamente dentro de mí.

    Empujó contra mí, agarrando mis caderas desnudas y tirando de mí al mismo tiempo, para alojarse profundamente dentro de mi vagina. Era lo que había estado deseando y esperando desde las primeras horas del día. Este al menos fue el pensamiento que cruzó por mi mente en ese momento, cuando él comenzó a llenarme con su gran pene. Él se acomodaba en un ritmo conmigo, cogiéndome más y más fuerte.

    Después de que Mateo finalmente metió toda su pija en mi concha, se movía vigorosamente y de repente se detuvo y sacó su miembro hasta que solo la punta estaba todavía en mi concha. Quedé algo desorientada. No entendí la maniobra.

    Estiré el brazo para alcanzar su pene. Pero él golpeó mi mano desviándola del camino.

    «¿Recuerdas lo que te dije hace unas horas en el break, en el Congreso? -pregunto. Solo lo miré. Y continuó: «Que quería cogerte por la boca, acabar en tu boca.»

    Nuevamente me mantuve callada pero con un cerrar de ojos di claramente a entender que sí, que recordaba lo que me había dicho.

    Se paró al borde de la cama sobre la parte de los pies.

    «Vení, parate vos también» -me ordenó

    Obedecí y me paré frente a él.

    «Arrodillate» -dijo y me empujó desde mis hombros hacia abajo. Mi cabeza quedó frente a frente con su duro pene. Me incliné y lamí cabeza. Su verga en mi boca. Su deseo de unas horas atrás se estaba cumpliendo.

    Innecesariamente me lanzó un sarcasmo hiriente: «Ya no me pedís que te lleve a tu hotel, ni interponés a tu esposo y a tu hijo para esquivarme.» lo dijo con una risa burlona.

    Se dio vuelta hasta quedar sentado en el borde de la cama y yo arrodillada sobre la alfombra. La cabeza de su pija estaba en mi boca, creciendo. La lamí y la chupé, preparándome para tratar de meterla hasta mi garganta. Puse mis manos sobre sus muslos y succioné su verga, a medida que se hacía más y más grande, creciendo de largo. Cuando volvió a estar totalmente erecta, empecé a hundir la cabeza en ella. Empujé mi cabeza hacia abajo y, respirando desesperadamente por la nariz, llegué a lo máximo que podía. Hice un ruido de garganta y puse mis labios en contacto con la suavidad de su piel y su áspero vello púbico.

    Levanté mi cabeza y lo miré, sin importarme la baba y la saliva que corría por mi barbilla. Inmediatamente volví a lo anterior. Esta era la definitiva; estaba segura de eso. Lamí alrededor de la cabeza, la chupé, lamí y mordisqueé delicadamente la parte inferior del glande y luego, respirando profundamente, hundí la cabeza hacia abajo para que, con un solo movimiento, pudiera llegar hasta la base.

    Fue el único momento de la mamada en que me tomó de la nuca y me mantuvo su miembro quieto dentro de mi boca. Y descargó, descargo y descargo toda su esperma que seguramente tenía acumulada desde que alrededor de las 11:00 me había dicho que me quería «coger por la boca». Solo emitió una profundísima exhalación. Y se tumbó hacia atrás en la cama con la respiración agitada.

    ¿Y yo? Me quedé arrodillada como estaba, con mi cabeza un poco inclinada hacia adelante, dejando que su abundante líquido seminal cayera por la comisura de mis labios. Mi boca abierta. Mis ojos que no miraban nada. Quizás dos o tres minutos me mantuve en esa posición. Al rato yo también me dejé caer en la cama junto a él.

    Mientras sostenía la cabeza sobre una mano con el codo apoyado en la cama para mirarme. Me dijo: «Dame un rato. Pronto voy a estar como nuevo. Y entonces me voy a coger a una contadora por el culo», dijo con una sonrisa astuta.

    *********************

    El tercer día era el último. Dado que en ese día nos entregaban los certificados de asistencia al Congreso, todo permanecimos hasta el último minuto. Nos saludamos con Alison y Rafael. Yo le manifesté a Mateo que no me gustaba manejar en carretera de noche por lo que quería salir temprano del hotel.

    Con mi equipaje ya adentro de mi auto, y pronta para salir hacia Montevideo. Mateo me dijo:

    «¿Quiero volver a verte?»

    «¿Qué siente por mí, Mateo? -le pregunté.

    «Es difícil plasmar en palabras un sentimiento Julia. Te quiero seguir viendo. Me siento atraído por vos»

    «Mandame un mensaje al 099… así me queda tu número en mi celular. ¿OK?» -le dije

    «Sí claro» -me dijo muy entusiasmado.

    Nos abrazamos, nos besamos apasionadamente, subí a mi auto, y partí hacia Montevideo. Después de pasar el Aeropuerto de Punta del Este, paré el auto sobre el costado de la ruta. Apagué el motor. Tomé mi celular y mandé el siguiente mensaje a Mateo:

    «Hola Mateo. Hay una vieja canción francesa, algunos versos dicen así:

    «Oh, je voudrais tant que tu te souviennes

    «Des jours heureux où nous étions amis.

    «Les feuilles mortes se ramassent à la pelle

    «Les souvenirs et les regrets aussi

    «Et le vent du Nord les emporte

    «Dans la nuit froide de l’oubli.

    «Mais la vie sépare ceux qui s’aiment

    «Tout doucement, sans faire de bruit

    «Et la mer efface sur le sable

    «Les pas des amants désunis

    «Quizás no estés muy familiarizado con el francés, la traducción es ésta:

    «Oh, desearía que recordaras

    «Días felices cuando éramos amigos.

    «Las hojas muertas se recogen con la pala

    «Los recuerdos y arrepentimientos también

    «Y el viento del norte se los lleva

    «En la fría noche del olvido.

    «Pero la vida separa a los que se aman

    «lentamente, sin hacer ruido

    «Y el mar borra sobre la arena

    «Los pasos de los amantes desunidos

    «Gracias por tu compañía. Adiós Mateo.

    Esperé a ver que el mensaje tuviera los dos vistos azules de WhatsApp, en seguida aparecieron. Y de inmediato bloquee a Mateo. Volví a poner en marcha el auto. «Montevideo allá voy».

  • Con el primo de mi primo y el chico del almacén (parte 3)

    Con el primo de mi primo y el chico del almacén (parte 3)

    -¿Viene el chico del almacén?

    -Sí, Toby está bien fuerte y es simpático, pero andá con tiento porque es algo retraído y no sé cómo va a reaccionar.

    Lucas enseguida le mandó un mensaje piiéndole que trajera un tercer sándwich para él y unas latas de cerveza y que agregara todo a la cuenta de la tía.

    -Estoy a punto de cerrar, respondió Tobías.

    -Te esperamos. Si no tenés short de baño, no te preocupes que acá hay.

    Ya fuera de la pileta, nos envolvimos en toallas y lo esperamos. Llegó en diez minutos y noté por qué me iba a gustar. Pelo rubio oscuro corto, rulos, ojos claros y pestañas largas. Venía en cuero, con la piel tostada por su trabajo y calzaba unas bermudas color mostaza ajustadas a sus piernas bien torneadas. Nos presentamos y nos sentamos a comer. Lucas le contó que estábamos desnudos debajo de las toallas y le preguntó si le molestaba. Dijo que no, nos comimos los sándwiches y los bajamos con la cerveza. Toby dijo que estaba acalorado por su trabajo y si podía meterse a la pileta.

    -Claro, vamos los tres.

    Preguntó por el short de baño y Lucas le respondió que no le hacía falta, si le parecía bien. Se quitó las bermudas y lo que vi me puso de nuevo al palo, así que giré para que no viera mi erección, corrí hacia la pileta, sacándome la toalla y tirándome de cabeza.

    -¡Qué buen pedazo tenés!, le dijo Lucas, lo que avergonzó un poco a Tobías, pero enseguida se tiró también al agua.

    Lucas trajo una pelota y propuso jugar un loco en el agua, guiñándome un ojo. Lo que pretendía era el manoseo mientras jugábamos, como excusa. Y lo consiguió. Él tenía la pelota y había que quitársela. Así fuimos rodeándolo y nos tocábamos los tres. Mi erección era imposible de disimular y ya no me importó. Pude quitarle la pelota y me puse de frente a Lucas, mientras Toby se me acercaba por detrás. Me incliné hacia atrás para pegar mi culo a su pija y noté que ya la tenía parada. Más trataba de sacarme la pelota, más me inclinaba yo contra su cuerpo, hasta que me sacó la pelota.

    Lo rodeamos con Lucas hasta acorralarlo con nuestros cuerpos, ya en pleno franeleo. Era muy escurridizo y se nos escapó un par de veces, pero estaba bien empalmado. Volvimos a arrinconarlo y esta vez Lucas lo abrazó por detrás y yo le agarré la pija dura. Abrió los ojos, muy sorprendido, pero se dejó sobar.

    -Tranquilo, le susurró Lucas y aflojó un poco el abrazo.

    Yo seguía prendido a su miembro y él se relajó, recostando su cabeza hacia atrás sobre Lucas, que no dejaba de acariciarlo y apretar su cuerpo contra su espalda y su traste.

    -Hagamos un tren, dijo Lucas, así que sin vacilar me volteé, puse mi culo contra la pija de Tobías y empezamos a hacer un vaivén en el agua, todos al palo. Fuimos y vinimos por toda la pileta, cambiamos posiciones hasta que llegamos a un rincón y empezamos a pajear a dos manos a Tobías y mientras le tocábamos el culo.

    Un poco se molestó al principio, pero se dejó llevar y nos empezamos a besar con Lucas, con mucha lengua a fondo. Yo les agarré la pija a los dos, mientras Lucas nos tocaba el culo, hasta que giró un poco y le dio un beso suave a Tobías, que también se dejó hacer por la calentura, se comieron la boca mutuamente y yo me puse detrás de Tobías mientras no dejaba de pajearlo.

    Se despegó un poco de Lucas y nos dijo que estaba por acabar, así que paré de sobarlo y le apreté bien fuerte la base del pene para que no se corriera. Me prendí en los besos con los dos y tomé bastante aire para sumergirme y chuparles unos segundos la pija a ambos, al punto de meterme las dos vergas en la boca. Salí a respirar porque casi me ahogo y volvimos a besarnos los tres.

    -Salgamos, dijo Lucas y se recostaron sobre las baldosas del borde de la pileta. Me arrodillé entre ellos y empecé a mamarles la pija con entusiasmo, mientras se acariciaban y se besaban con frenesí. Con Toby boca arriba, me puse en cuatro patas sin dejar de chupársela, mientras Lucas me untaba de nuevo el ano con gel. No tardó en empalarme, de a poco, con delicadeza, pero hasta el fondo. Sus embestidas me ayudaban a tragarme la pija de Toby, que ya emanaba líquido seminal.

    Le pedí a Lucas que parara y lo dejara a Tobías en su lugar detrás de mí y que se fuera a lavar la pija. Toby no dudó y empezó a cogerme con ganas, mientras yo trataba de acompasar su ritmo. Apenas volvió Lucas con su pija parada y limpia, se la empecé a chupar con todas las ganas, al tiempo que movía mi culo empalado para Toby, que no tardó en eyacular dentro de mí bufando y gimiendo, lo que me puso a mil y aceleré mi mamada a Lucas hasta hacerlo acabar en mi boca. Me dieron arcadas y escupí todo lo que había tragado.

    Me tuve que ir a enjuagar la boca y disminuyó mi erección. Se acercaron los dos desnudos y me empezaron a acariciar el culo y la poronga hasta que me recuperé. No tardamos en empezar a besarnos de nuevo y volvimos a calentarnos. Lucas le mostró a Tobías como me la chupaba y le dijo que probara que estaba muy rica. El chico dudó un poco y yo lo seguía besando y acariciando tratando de que se acercara a mi pija dura. Empezó por besarlo a Lucas mientras éste me mamaba y luego se hizo cargo de la tarea, con buena disposición.

    Se turnaron para besar y chupar hasta que casi me hacen acabar, por lo que Lucas se posicionó que me lo cogiera, sin que yo dejara de besar a Toby. Puse las piernas de Lucas sobre mis hombros y lo cogí de frente. Fui inclinándome sobre él para besarlo mientras lo bombeaba y al mismo tiempo le ofrecía mi ano a Toby. que me la metió hasta el fondo de una. Me los fui cogiendo a ambos, a uno con la pija y al otro con el culo.

    Estuvimos más de diez minutos así hasta que acabé dentro de Lucas. Tobías siguió cogiéndome hasta que Lucas le pidió que se la metiera a él para probarlo. Cedí mi lugar porque ya estaba saciado por el momento y me fui a lavar bien la pija. Los veía y me excité de nuevo, hasta que vi que los dos acabaron otra vez y se recostaban uno al lado del otro.

    Me llegué hasta ellos para pasarles protector solar y de paso acariciarlos y besarlos con suavidad, pasando de la boca de uno a la de otro. Noté que Toby estaba algo molesto, se puso serio y le pregunté qué le pasaba.

    -No soy puto, me respondió. Me gustan las chicas.

    -¿Quién te dijo que sos puto?, le dijo Lucas.

    -Por lo que pasó recién, los besos, las cogidas, las mamadas, dijo Toby.

    -A nosotros nos gustan las chicas lindas, pero también los chicos lindos. Y vos sos un caramelo para chuparlo todo, le respondió Lucas.

    Mientras, yo les limpiaba la pija a los dos, concienzudamente y más que nada para sobarlas, se volvieron a poner duras de nuevo.

    -Nunca estuve con una chica, dijo Toby, mientras yo terminaba de limpiarles bien las pijas con agua y jabón, así que simplemente me lancé a chuparlas con ansias. Lucas tomó su celular y llamó a su hermanastra. Yasmine:

    -¿Querés venir más tarde a la quinta de la tía a meterte en la pileta? Ya limpiamos todo con Flavio y con Tobías, el jardinero. Dale que te esperamos.

  • Jacinto, mi chulo, mi amo

    Jacinto, mi chulo, mi amo

    A primeros de febrero de ese 2014 volví a quedar con Jacinto, como siempre hacía, llegué tarde para cabrearlo, es todo un ejemplar, algo mas bajo que yo, no creo que llegue al uno ochenta, alrededor de sesenta años, tal vez pase de ellos, pelo gris, barba de varios días, ojos grises, torso ancho, brazos y piernas fuertes, manos grandes, todo ello fruto sin duda de la práctica del judo, da clases de defensa personal a policías, guardias civiles y vigilantes de seguridad, tiene todo el cuerpo cubierto de vello canoso, su polla es larga aunque no muy gruesa y sus huevos grandes y colgones, me recibió desnudo, solo tenía puestas unas botas militares y la fusta en la mano.

    – ¡eres un puto maricón de mierda! – me dijo en cuanto se cerró la puerta tras de mi.

    – ¡lo siento mi amo! No tengo excusa.

    – te voy a hacer pagar cada minuto que has llegado tarde, puto maricón de mierda.

    – si amo, castigame, soy indigno de ti amo.

    – eres la puta mas rastrera que he conocido – me dijo al oido agarrandome del pelo.

    – si amo, soy una puta barata que no te merece, una maricona llorona.

    – te voy a dar lo que te mereces en ese culo apestoso y en esa sucia boca que tienes.

    A esas alturas yo ya estaba salida perdida y mi coñito estaba ansioso de polla.

    – si amo si, castigame

    – ¡desnúdate maricón! – me dijo – ¡y ponte a cuatro patas, puta de mierda!

    Hice lo que me ordenó, puesto así a cuatro patas y humillado estaba caliente como puta en cuaresma, mi polla estaba ya dura como una piedra.

    – ¿te gusta que te humillen? ¿disfrutas así, verdad? Claro que sí maricón, estás a punto de correrte puta.

    Mientras me decía eso daba vueltas alrededor mío y de vez en cuando me soltaba un fustazo en las nalgas o en la espalda que me hacían gemir de dolor y de placer a la vez, esa sensación saca lo más bajo de mi.

    – ¡lámeme las botas perra!¡limpia las botas de tu amo con la lengua, puta!

    Hice lo que me pedía, comencé a limpiar sus botas con la lengua mientras me azotaba las nalgas con la fusta, y algunos de los golpes fueron dolorosos de verdad, empecé a gemir y a llorar.

    – ¿lloras? ¿es por el dolor o por el placer? ¿o es la humillación? eres un maricón, un puto maricón, no vas a saber lo que es humillación hasta que me folle a tu exmujer y te obligue a comerte mi lefa de su coño, perra, limpiamente las botas.

    Comenzó a mear sobre mi culo y mi espalda, algunos de los latigazos me debió de dejar herida porque me escocio.

    – ¡ay! Amo, ay

    – puto maricón de mierda, zorra, ¿te he dicho que pares? Sigue lamiendo mis botas.

    Tuve que limpiar con mi lengua las salpicaduras de meado, luego me obligó a limpiarle la polla de los restos de orina.

    – ¡siii puta! ¡comeme la polla maricón y a lo mejor te follo ese culo de golfa barata que tienes!

    Subi lamiendo sus rodillas y sus muslos hasta sus huevos, peludos, grandes y colgantes, chupé su escroto y me metí sus cojones en la boca, lamí todo el tronco de su miembro hasta llegar al frenillo, saboreando el sabor salado de su orina, me metí el glande en la boca y comencé a mamar como un pezón.

    – ¡siiii puta siii! ¡oh si!

    Comenzó a follarme la boca, empezó a meterla y sacarla, me la metía hasta los huevos y la mantenía ahí, me daban arcadas y me asfixiaba y volvía a meterla y sacarla.

    – ¡hay puta! ¡ten cuidado con los dientes, zorra!

    Me dio un guantazo que me hizo caer de lado.

    – ¡a fuerza de ostias te voy a enseñar a comerte una polla sin clavarle los dientes, maricón!

    Me agarró por el pelo y me levantó, me volvió a meter la polla hasta la garganta y empezó a moverse como un poseso.

    – ¡me corro, me corrooo!

    Me soltó toda la lefa en la garganta, casi me ahoga el hijo de puta, tuve que tragarmela para evitar asfixiarme.

    – siiii puta, tragatela toda puton, tragate mi lecheee.

    Me hizo ir al dormitorio a gatas, me azotaba con la fusta para que fuera mas deprisa, me hizo subirme a la cama boca abajo, me ató de pies y manos y me colocó debajo del vientre la almohada doblada en dos para mantener mi culo en alto.

    – ¿qué vas a hacer amo? Ten piedad por favor.

    – ¡cállate esclavo! – me dio un azote con la fusta en las nalgas – ¡ahora vamos a ver lo que te cabe puta! ¡aunque me da a mí que te cabe tela maricón!

    Sacó un juego de plugs, el mayor de ellos era enorme, no dije nada, tenía el culo dolorido de los azotes, me embadurno el ojete de lubricante y metió dos dedos, me estaba dilatando y yo me estaba derritiendo de gusto.

    – ¡que maricón eres! ¡no me extraña que tu exmujer te abandonara!

    Cuando consideró que estaba suficientemente dilatado, cogió uno de los plugs, el mediano, que tenía el tamaño de una buena polla, y me lo metió en el culo, de una sola vez.

    – ¡aaaaah! – se me escapó un lamento.

    – ¿te gusta puta? ¿disfrutas? Hoy te vas a enterar.

    Me agarró la polla, yo contraia el esfínter con el plug dentro, me corrí enseguida, le manche la mano, la almohada y la cama con mi leche.

    – ¡puto maricón de mierda! – me dijo – ¡te voy a reventar el culo, puta! Sacó de un tirón el plug que tenía dentro y cogió el mas grande, uno enorme, me dio miedo.

    – no por favor, no, ese no, me vas a reventar, por favor, por favor.

    – ¡vamos mariconazo, te cabe en este agujero el titanic!

    – no amo, por favor amo, te lo suplico, no.

    Empecé a llorar, a suplicar, estaba atado y no podía moverme, me dio dos azotes Con la fusta.

    – ¡calla zorra, si este coño tuyo es capaz de tragarse lo que le echen! Comenzó a meterlo, muy despacio, aquello me abría el ojete y el dolor que me producía mientras iba entrando me hacía gemir, mordía la sábana para no gritar, aquello entraba y a mi se me escapaba un jadeo fruto del dolor y del placer que estaba sintiendo.

    – ¡ah, ah, ah, aaaah!

    – ¡joder como se abre este chochito, puta! ¡se lo está tragando enterito maricón! ¡estás disfrutando, pedazo de puton!

    Mi culo se trago el plug entero, estaba sudando, tenía calor y me daban escalofríos, parecía que tenía fiebre, estaba gozando con el culo reventado mientras Jacinto me daba azotes, me mordía las nalgas, me agarraba la polla, los huevos, yo estaba al borde del desmayo, tenía el culo ardiendo, el dolor y el placer se mezclaban, de pronto el viejo me arrancó el plug, se echó sobre mí y me metió la polla hasta los cojones.

    – ¡ay, ay mi culo, me vas a matar, cabron, hijo de puta!

    – ¡callate zorra! ¡callate!

    Empezó a moverse, su polla entraba y salía de mi, yo lo oía respirar, jadeaba en mi oreja, murmuraba insultos, me decía que nunca había conocido a una guarra como yo, me corrí por segunda vez.

    – puta, puta, putaaa.

    Me llenó las entrañas de su leche y se quedó sobre mí, aplastandome con su peso, notaba su aliento en mi cara.

    – tengo planes para ti putita, creo que voy a venderte a mis amigos, te voy a sacar un buen dinero.

    La idea de que me convirtiera en una puta de verdad, que me vendiera, que fuera mi chulo me estremeció, un escalofrío de placer recorrió mi columna.

    – si amo, haz conmigo lo que quieras amo, soy tu esclavo, tu puta.

  • Sumisa a distancia

    Sumisa a distancia

    Les contaré cómo me convertí en sumisa de un hombre maduro. 

    Tenía 28 años, y sentía mucha curiosidad de conversar con alguien, en ese momento yo conocí un chat español y entre los asiduos asistentes a la sala del chat había hombres mayores, que me inquietaba un poco. Sin embargo, no pasó nada. Un día por curiosidad entre a una sala de personas mayores de 50 años. A los pocos minutos se abrió una ventana privada con José, un español de 57 años, de Barcelona. Me preguntó que hacia una persona tan joven en una sala para cincuentones; solo pude responder: me da curiosidad

    J: ¿te gusta el morbo?

    P: un poco sí

    J: ¿Que te parece si mientras charlamos cruzas las piernas?

    P: sí

    (Nunca antes había sentido algo como lo que empecé a sentir)

    J: Yo soy Dominante, tu eres Sumisa?

    P: No sé que es eso…

    J: Solo tienes que seguir mis indicaciones, vamos a conocernos, y mientras nos vamos conociendo yo te indico que tienes que hacer

    P: de acuerdo

    J: ¿Tienes un resaltador cerca?

    P: sí

    J: póntelo entre las piernas y crúzalas, mantendrás las piernas cruzadas durante toda nuestra charla.

    P: de acuerdo

    J: de acuerdo «Señor” a partir de este momento siempre me responderás terminando la frase usando «Señor»

    P: de acuerdo Señor

    Yo comencé a excitarme, me mojaba recibir órdenes de un desconocido y no sabía porque. Mientras él me platicaba cómo se había convertido en Dominante y le gustaba tener a alguien a su disposición. Me dijo las reglas, acordó los horarios en qué debía de conectarme y yo solo asentía. Casa vez me daba más morbo, al mismo tiempo me daba miedo y quería parar cuando me dijo:

    J: ¿ya estás mojada mi puta?

    P: muy mojada Señor

    J: mete el resaltador en tu vagina y vuelve a cruzar las piernas. Dejaré que sientas un poco de placer.

    Me sentía totalmente fuera de mi, nunca había tenido esa sensación y necesitaba más. Me preguntó que tipo de ropa interior usaba, en ese momento yo usaba ropa interior común, sin gracia, normalmente de algodón y grande. Me dijo:

    J: quiero que te compres un coordinado de tanga y bra de encaje, color negro y otro rojo. Mañana cuando te conectes, deberás ya traerlo puesto.

    P: sí Señor

    Cerro la ventana del chat y yo me quedé un tanto excitada, molesta, deseosa, pero al mismo tiempo furiosa, porque normalmente yo no me dejaba dar órdenes de nadie. Sin embargo me sorprendí a mi misma buscando a las pocas horas la ropa sexi con las características que me había indicado mi Señor.

    Les contaré en un próximo relato, cómo esto que empezó como una simple charla en el chat me hizo viajar a España y ser la Sumisa amante de un hombre mayor.

  • Mi vida con Eduardo (I)

    Mi vida con Eduardo (I)

    Ya relaté mi primera vez con Eduardo, porque él me pidió que le escribiese. Ahora seguiré contando mi relación con quien es ahora mi pareja, mi hombre. Después de esa primera vez, Eduardo me siguió buscando, decía que le llenaba yo como mujer, que me consideraba mujer a pesar que yo no lo era físicamente. Eduardo olvidaba ese “detallito”, mi pequeño pene no existía para él, a veces lo tocaba y me decía que era como mi clítoris. Yo me ponía contenta y me abrazaba más a él. Con el tiempo compre dos prendas, una blanca y otra lila, que tapaba mis genitales y dejaba descubiertas mis nalgas y mi ano, lo que Eduardo buscaba y quería.

    Usaba esa prenda debajo de la lencería que a veces Eduardo me compraba, a su gusto. Colales o calzones calados, negros o rojos, medias con porta ligas, petos como sostenes, blusones, babydolls, falditas cortas y calzas ajustadas, zapatos de medio taco y jeans elásticos ajustados comenzaron a ser parte de mi atuendo cuando él me visitaba o me llevaba a un lindo motel. Empecé a maquillarme un poco, labial, delineador, cosas así. Uñas pintadas que después removía para salir a mi trabajo, las uñas de los pies las pintaba también pero no las removía, nadie las vería y me gustaba mirarlas cuando él no estaba o me duchaba, me hacía recordarlo. Usaba siempre calzones, incluso en mi trabajo, me hacía sentir mujer, aunque me daba miedo que me sucediera un accidente y descubrieran ese detalle. Es que Eduardo a veces me llamaba solo para vernos afuera y en su auto, y me manoseaba allí y le gustaba descubrir que llevaba abajo los calzones que a él le gustaban.

    Eduardo vivía con una hija de 17 años que no sabía nada de sus preferencias ni de mí. Por eso venía solo por unas horas a mi casa, al menos una vez a la semana. Me hacía el amor generalmente dos veces en cada ocasión, siempre ha sido muy prendido, apasionado. Empezamos a probar varias posiciones y modos, yo me dejaba llevar a como él me pusiera. Me encantaba cuando me ponía boca abajo en la cama, mis piernas abiertas y sintiendo sus caricias y mordiscos en mis nalgas, y sus besos y lengua en mi agujerito que siempre estaba limpio para su boca. Y luego con sus manazas me abría los cachetes y comenzaba a puntearme con su pene la entrada de mi anito ya lubricado con su saliva, hasta que metía su glande y luego su pene, a veces suave otras más fuerte según sus ganas.

    En esas ocasiones yo gritaba un poco, pero él me inmovilizaba fuerte y yo tenía que soportar su penetración más ruda. Pero después era un goce sentirlo dentro, sacándolo y metiéndolo y yo sintiendo todo su peso de macho sobre mí. En esa posición me besaba el cuello y los hombros mientras me penetraba y me preguntaba “Francy, ¿quieres más…?”. Yo exclamaba: “¡Siii, sí amor mío…!”. Hasta que una vez, en plena posesión suya no pude contenerme y le dije: “Eduardo, amor, ¡te amo!”. De verdad lo sentí, me había enamorado como cualquier mujer. Él solo dijo: “Mi Francy…”. Esa vez acabó con más fuerza dentro de mí culito. Fue un momento maravilloso. Después, cuando reposábamos, yo abrazada a su pecho y él fumando serenamente, me pregunto:

    –Francy, ¿de verdad me amas, o solo fue el momento de calentura?

    –Sí mi amor, creo que me enamoré de ti –le respondí con dulzura. –¿Te complica eso mi amor?

    –No bebé (así me llamaba a veces), es que no pensé que estuvieras prendida de mí, un tipo tan feo…

    –¡Tonto…! para mí eres el más guapo, te siento ya como mi hombre –le respondí besándole la mejilla.

    –Yo también estoy empezando a quererte Francy, eres tan especial, tan mujer a pesar de no serlo amor…Nuca me había sentido tan hombre como contigo.

    “Lindo mi Eduardo”, le respondí, levantándome un poco para buscar su boca y besarlo, beso que él me respondió con calor, metiendo su lengua en mi boca. Por ese gesto comprendí que me deseaba nuevamente, y por sus manos que bajaron a mis nalgas para acariciarlas y apretarlas. Yo bajé mi mano hasta su pene y comencé a acariciarlo, como también sus testículos, todo esto mientras nos besábamos con ardor, sin separar nuestras bocas. “Te deseo Francy, ahora súbete tú amor…” me dijo en un susurro. Yo me levanté y pasé una pierna sobre su vientre, montándolo y mirándolo a los ojos, con malicia y entrega, él me sonrío y yo me derretí más aún.

    Ya montada, tome su verga y la dirigí a mi agujerito que temblaba, aún húmedo por su anterior penetración (ya lo hacíamos sin condón), lo introduje un poco y él se arqueó y me penetro fácilmente, ya estaba lubricada. “Muévase bebé…”, me ordenó. Empecé a cabalgarlo como si fuera un potro, mi potro. Me movía hacia atrás y adelante, o me levantaba un poco y volvía a bajar para ser penetrada más a fondo. Eduardo gemía de placer y me apretaba con fuerzas mis nalgas, empujando mi culito más hacia él. Yo estaba como loca moviéndome encima suyo, y volví a decirle que lo amaba. “¡Te amo, te amo…!”, repetía yo; esas palabras lo hacían arder todavía más, hasta que con un bufido volvió a acabar dentro de mí y yo sentir su semen que me inundaba, caliente, delicioso. Me desplomé sobre su pecho y busqué sus labios, nos besamos con fuerza por largos minutos, yo aún con mi respiración entrecortada. Nos quedamos quietos y su pene poco a poco salió de mi traserito.

    Luego de un rato cogí un papel absorbente del velador y le dije: “Amor, lo voy a limpiar”.

    –No bebé, quiero pedirle algo especial… –me susurró al oído.

    –¿Qué cosa mi vida?

    –Límpieme con su boca, ¿quiere?

    “Ohh”, exclamé. Ya había tenido el pene de Eduardo en mi boca, pero tenerlo así era algo nuevo para mí. Además él me complacía lamiendo y metiendo su lengua en mi ano (siempre limpio), así que teníamos esa confianza tan íntima. Confieso que la idea me excitó, la forma cómo lo pidió y mi deseo de complacerlo, hacerlo feliz. Era mi hombre y ya lo amaba. Así que bajé hacia su pene lacio y mojado de semen y empecé a lamerlo desde la base a la punta, sacando todo el semen acumulado en su piel. El gozaba y gemía suavemente. Esa vez tragué su jugo, me sentí su hembra dócil, entregada. Cuando terminé me dijo: “Gracias Francy, ven, quiero besarte”. Subí hasta su boca y apreté mis labios a los suyos.

    –¿Sabes mi amor? –me dijo al oído.

    –Dime Eduardo… –le contesté con dulzura.

    –Solo quería saber hasta qué punto era tu entrega a mí, a tu hombre. Igual me gustó mucho mi bebé…

    –Fue un momento de amor, Eduardo, vida mía –le susurré.

    Sentí que era suya totalmente, que mi misión era hacer feliz a mi hombre, mi dueño. “Francy, mi Francy, soy feliz contigo mi linda mujer…”. Fui dichosa con esas palabras, y me apreté con más fuerza a su pecho viril. Sí, definitivamente me había enamorado.

    Francy (Chile)

  • Mi amigo de la universidad se convirtió en mi amante

    Mi amigo de la universidad se convirtió en mi amante

    La última vez que estuve con él me la pasé muy bien y en esta ocasión la cita con él fue por la tarde, mi esposo llegaría hasta la noche, llegó a mi casa como a las 5 pm con unas cervezas, al entrar nos sentamos en la sala y mientras él me preparaba una michelada yo sentía como mi «cosita» comenzaba a lubricar.

    Platicamos un rato y comenzamos a besarnos y a tocarnos, nos estábamos cachondeando rico, pero de repente paro y aproveché para pedirle que se quitara el pantalón, mientras él lo hacía, yo me puse de pie y rápidamente me quite mis calzoncitos, noté que él solamente había dejado al descubierto su enorme verga, me senté y le pedí que se pusiera de pie y al quedar frente a su verga no dude en tomarla y meterla hasta adentro de mi boca para saborearla, la metía y sacaba chupándosela rico.

    Paramos y me llevó a un sillón para darme sexo oral, cosa que me gustó aunque sólo fue un momento muy corto, después se puso de pie y comenzamos a cachondearnos nuevamente, nos besamos mientras él intentaba estimular mi clítoris y yo apretaba en mi mano su enorme verga que ya quería sentir adentro de mí, me recostó en un sillón, tomo mis piernas para abrirlas, las coloco en sus hombros y me la metió, sentí tan rico que no pude ni gritar, era delicioso sentir como entraba y salía, una y otra vez.

    Paramos, aproveche y lo recosté para subirme y cabalgarlo, antes lo estimulé un poco con mi mano para dejarla más dura, la coloqué en posición y me la metí hasta adentro sintiendo un enorme placer, lo cabalgue hasta que me cansé. Cambiamos de posición y volvió a recostarme para esta vez metérmela más fuerte, cosa que agradecí porque era muy rico, esta sesión duró más que las anteriores y pude disfrutar más su verga dentro de mí, paramos para cambiar otra vez de posición y me coloco de perrito hincada en el sillón, ahí me la metió riquísimo hasta adentro, la metía y la sacaba mientras yo gemía de placer y en un momento quería sentirla más adentro y le pedí cambiar de posición… Esta vez me coloqué de perrito, pero de pie, me agaché para que me la metiera, pero se desconcentró y ya no pudimos seguir.

    Nos sentamos en la sala y platicamos un rato, no dejaba de masturbarlo para poner dura su verga, él me beso en un par de ocasiones hasta que se puso de pie frente a mí y me dejó saborear su verga, la disfrutaba adentro de mi boca y la sacaba para respirar, él gemía de placer y yo se la chupaba una y otra vez.

    Después de un rato me acostó en un sillón y se subió encima de mi para penetrarme y meterla hasta adentro, yo gritaba y gemía de placer mientras él la metía y la sacaba fuerte y duro. Eran momentos de mucho placer y aunque yo no quería que terminará, eyaculo dentro de mí y sentí todo su líquido caliente.

    Volvimos a sentarnos en la sala, pero esta vez para vestirnos lentamente y en eso pensé.

    ¿Será que quiero verlo de nuevo?

    ¿Acaso, mi amigo se convirtió en mi amante?

  • Me cogí a un taxista de más de 50

    Me cogí a un taxista de más de 50

    Mi nombre es Emma, tengo 18 años, mido 1,54 cm, peso 58 k, tengo poquito pecho, pero tengo buenas piernas y unas grandes nalgotas, esta historia es 100% real.

    En noviembre empecé a trabajar en una verdulería en el centro del pueblito donde vivo, muchas veces quedaba sin transporte (bus) por las tardes así que me tocaba ir a tomar un taxi, muchas veces me topaba con el mismo taxista…

    Un hombre de más o menos unos 50 años, moreno, alto y gordo, me gustaba irme con el ya que me cobraba un poco menos y siempre era amable, muchas veces me llevo a mi casa hasta que un día que hacía mucho calor y yo iba con ropa «más provocativa» el comenzó a mirarme mucho con morbosidad.

    Yo me calenté un poco y le permití seguir mirándome, me hacía la tonta, baje mi mirada y vi su entre pierna, tenía parado su pene y se le veía bien marcado en su pantalón, le dije que si tomaba otra ruta más solitaria le podría ayudar con su amiguito, el aceptó sin dudar y se fue por un camino solitario le dije que se estacionara por la orilla, nos bajamos del taxi lo lleve detrás de unos matorrales y le desabroche el cinturón.

    Él me decía que le chupara el pene por favor, estaba muy excitada así que me agaché delante de él y le baje los pantalones junto al bóxer, mire su pene, media aproximadamente unos 17 cm, gordito y muy apetecible, lo acaricie suavemente y lo acerque a mi boca, lo lamia y chupaba con intensidad, tenía buen sabor intentaba meterlo por completo a mi boca, pero me costaba así que el taxista me agarró del cabello y me empujó dentro todo su pene me llegaba a la garganta.

    Me penetro la boca por algunos minutos hasta que se corrió dentro, me dijo que me tragara su leche, lo hice, me levante y él se puso bien su ropa, nos fuimos a subir al taxi y partimos hacia mi casa.

    Tuvimos muchos encuentros después de este.