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  • Mi cuñada bañándose para mí

    Mi cuñada bañándose para mí

    Desde que nos casamos mi esposa y yo hemos platicado con respecto de las fantasías que cada uno de los dos tiene,  de las que yo le he platicado una de ellas consistía en que ella logrará grabar a su hermana la cual tenía en ese entonces 27 años.

    Y así comenzó esto, con forme paso el tiempo ella logro que en su momento al bañarse juntas la grabará en repetidas ocasiones, por lo que aproximadamente pude obtener un total de 5 videos y como 200 fotos de mi cuñada desnuda.

    La primera vez que esto sucedió es la que les describiré.

    Un buen día regreso a casa mi esposa, me dijo que me tenía una hermosa sorpresa, que me pusiera cómodo y me dijo ten este es tu regalo, saco de la bolsa de su sudadera un calzón negro transparente y me dijo puedes olerlo, el calzón a la altura del puente tenía un aspecto húmedo y de un tono un poco blanco, yo accedí a su petición aún estaba húmedo tenía un olor a fluidos vaginales he de aceptar que el olor me éxito de una manera tal que no pude evitar ponerme erecto.

     Me dijo: es tu obsequio me encanta consentirte y logré que después de que mi hermana se lo quitara al meternos a bañar, traerlo para ti amor, disfrútalo hace media hora que nos bañamos juntas.

    Encendió el televisor sincronizo su celular, y prosiguió disfruta de estos videos que tome para ti, allí estaba mi cuñada desnuda para mí en la pantalla de la habitación, mi cuñada mide 1.58 m y pesa 54 k aproximadamente, no podía creerlo es de tez morena, lindo rostro sus pechos se veían en cámara más grandes que los de mi esposa sus pechos eran en gota, sus pezones muy bien cuidados, su abdomen plano sus nalgas enormes también más grandes que las de mi esposa, su monte de venus prominente, no pude apreciar su vagina en esta primera ocasión debido a que aún tenía vello púbico, y unas piernas hermosas, me encantó ver cómo se veía su cuerpazo desnudo y enjabonándose una y otra vez para mí, como giraba para enjuagarse parecía que modelaba para mí, me dijo mastúrbate y llena el calzón de ti y de los fluidos de ella porque tengo regresarlo por la tarde para que no se dé cuenta.

    Así lo hice mientras veía el vídeo con una duración aproximadamente de 15 minutos. No pude contener mi deseo desenfrenado de imaginarme allí con ella en el baño y terminar en su ropa interior.

    Al final devolvió la ropa interior y yo logré con el paso del tiempo obtener fotos videos y más ropa interior llena de ella, espero poder contarles en alguna otra ocasión.

  • La crespa erótica

    La crespa erótica

    Ellos eran dos jóvenes entre los 26 y 29 años, que estudiaban juntos su posgrado, eran compañeros de clase y había esa complicidad de miradas y coqueteo. Y en algunos momentos de estudio en la universidad compartían más allá de las percepciones de asuntos relacionados con perspectivas filosóficas y teóricas, también compartían placer. Si, ellos en ocasiones se daban besos y exploraban sus cuerpos, pero no se había dado el momento para llegar a la intimidad. Pero, finalmente llegó el día, era un viernes alrededor de las 9 de la noche, ambos habían salido de clase y acordaron ir a tomar unas cervezas cerca de la Universidad, ella ese día lucía su cabello negro rizado, una blusa color rojo, un jean ajustado y tenis blanco. Pero esa blusa era muy especial en la medida que le permitía insinuar parte de sus grandes senos.

    En ese bar estuvieron alrededor de dos horas donde se rieron mucho, escucharon rock y salsa. Y bueno, entre canción y canción se besaron, disfrutaban mucho de verdad cada uno de sus besos. Hasta cuando decidieron irse a un lugar más tranquilo, en ese tiempo él compartía apartamento pero esa otra persona estaba de vacaciones, así que decidío ir con ella a su apartamento.

    Cuándo llegaron, pusieron algo de música y él tenía unas cervezas en la nevera, así que continuaron tomando. Ella le dijo que iría al baño mientras él buscaba la música y oh sorpresa cuando viene del baño. Sin jean y sin blusa. Tenía puesto un brasier color rojo y tanga brasilera de encaje del mismo color. Le abrazo y le comenzó a besar, mientras lo besaba, bajó su mano a su entrepierna y comenzó acariciarla. Él acariciaba sus pequeñas nalgas, y luego quitó su brasier, que bellos senos, eran muy grandes y firmes, sus pezones eran grandes y de color café claro. Y empezó a besar el seno derecho y con mi mano acariciaba el seno izquierdo, ella le acariciaba la cabeza mientras besaba sus senos talla 36. Luego el bajó su mano y acarició su vagina por encima de su ropa interior y ya la sentía mojada, en realidad, muy mojada, ya se vía en su tanga huellas que ella estaba disfrutando del momento.

    Al darse cuenta de ello, decidió correr a un lado la lencería y empezar a besar, lamer, palpar, saborear. Su depilada y húmeda vagina. Se sentía tan rico, ella no paraba de jadear, de decirle que no parara, que le gustaba como se la chupaba. Su vagina era pequeña y estaba muy húmeda y decidió meterle dos deditos y sentir que también era estrecha y al mismo ritmo que lamía su clítoris, movía sus dedos. Ella estaba de pie y sus piernas le temblaban, se sentía muy rico no solo el explorar su cuerpo sino también ver que ella disfrutaba mucho ese momento. Hasta que ella empezó a gemir más duro, y con sus dos manos apretar sus brazos. Y a decir que no parara que ya sentía que se venía. Mmmm ah ahhh. Fue tan rico sentir que se viniera en la boca, al él le encantó mucho, ella al acabar le dijo (…) y ahora soy yo quien quiere chupar. Y le indicó que se sentará en el sofá color azul con cojines grises. Y tomó su pene grueso y erecto con su mano derecha y empezó a lamerlo, acariciarlo. Con sus dos manos. Se vía que le encantaba chupar, lo chupaba de-li-cio-so.

    Lo hacía suave, rápido, con la mano izquierda con la mano derecha. Y era tan pícara que le dijo espera un momento. Y buscó sus gafas color rojo, un aceite -manzana verde- y destapó un dulce mentolado. Oh por dios que chupada tan deliciosa, cogia el pene y lo frotaba mientras chupaba los testículos, luego le miraba y se metía el pene suavemente en esa boquita. Lo sacaba y se daba golpecitos en la lengua. Y de un momento a otro paró y le dijo ahora te voy a comer.

    Se sentó encima. De espalda. Y empezó a moverse, suave de arriba a abajo y luego, era de adelante hacia atrás y viceversa.

    Después se puso en cuatro, se bajó un poco más para que se le ensancharan sus nalgas y se vieran más grandes el culo. Él se la metió. Ah mmm – grito ella- mientras apretaba uno de los cojines con su mano derecha, se le había ido completica y mientras la penetraba, él cogio la botella de aceite que ella había usado mientras se lo chupaba y se lo echó en ese culito. Y empezó a acariciarle el ano. Y cuando sentía que estaba muy excitada decidí meterle un dedo. Ya era la verga en vagina y un dedo en el ano. Mmmm se sentía delicioso, la tomó de ese cabello negro rizado con su mano izquierda le sacó el dedo del ano y empezó a darle nalgadas y a darle duro por la vagina. Ahhh. Mmmm. Shhh y apretaba más fuerte ese cojín y luego se llevó el otro cojín a su boca para morderlo. Se lo sacó y empezó a chuparle el culo. Ella inmediatamente comenzó a sentir un placer que no habia sentido antes, si bien antes se lo habian chupado, no le habian movido la lengua de esa manera en su ano. Ella sentía mucho mucho placer, él le movia la lengua en varias direcciones ella estaba muy muy extasiada, a medida que le chupaba el culito, le metían dos dedos en la vagina, ella estaba muy muy mojada. Luego le sacó los dos dedos y comenzo a frotar el clitoris. Oh por dios. Exclamó ella, sentía que otra vez estaba por venirse. Le dijo. Que rico, no pares. Estoy que me vengo. Que rico. Y él siguio. Dejó de chuparle el culo, y le metió un dedo. Y ella estaba tan caliente, que decidió meterle otro dedo. Dos dedos en el culo y dos dedos en la vagina. Hasta que ella le dijo. Aquí. Aquí me vengo y. Luego, gimió fuerte. Muy fuerte y finalmente se vino. Sus jugos eran tanto que le bajaban por sus gruesas piernas. El al ver eso. Le lamió las piernas. Hasta llegar a su vagina.

    Luego, ella se levantó y montó una pierna en el sofa su mano izquierda contra la pared, y le dijo que se la metiera. Que deseaba sentirla adentro él, inmediatamente acomodo su verga gruesa, grande y caliente y se lo metió. Estaba tan mojada que se le deslizó rápidamente y le entró en esa vagina muy humeda y caliente. El comenzó a darle fuerte. Se movia de tal manera, que ella lo veía por el espejo y le excitaba sus movimientos. Que embestida tan excitante. Después, él decidió llevarla a la cocina, la montó en el mezon de la cocina le abrió las piernas y se la volvió a meter. Ella a medida que le metían esa verga gruesa le cogia las nalgas y se las agarraba a medida que él la penetraba. Y se lo metío más fuerte hasta cuando ya sentía que estaba apuntó de «explotar». Él se lo sacó y ella se arrodilló y se lo acomodo en sus tetas grandes, redondas de pezones claros. Y él se vino en esas tetas mientras ella se lo acariciaba con su mano derecha. Posterior, ella se lo volvió a chupar hasta dejarlo sin una gota de semen, mientras ella se acariciaba su bellos y grandes senos. Y finalizó con una mirada fija y un guiño por parte de ella.

  • Diario de Eva (episodio III): Krystal

    Diario de Eva (episodio III): Krystal

    Cuando salí del portal de casa hacia la calle, no vi a Viktor tras echar un vistazo por los alrededores. En casa de Antonio, y tras hacerme chorrear de aquella forma, Viktor me había invitado a acabar la fiesta en una sala llamada Krystal. No estaba muy segura de si realmente esto era lo que debía hacer. Martín estaba convaleciente, y sabía de mi ubicación en casa del conserje. Si se le ocurría bajar y preguntar por mí, iba a ser toda una sorpresa. Para ambos. Apagué el móvil y me entregué a la incertidumbre.

    Al rato escuché el claxon de un BMW en la esquina y pude otear a Viktor saludando con la mano. Me subí al coche y nos fuimos. Parecía un buen vehículo. No es que entienda de estas cosas, pero era elegante y parecía nuevo por dentro. No dije ni una palabra. La situación me pareció incómoda. En compañía de un extraño con aspecto de camello, en un coche de lujo. Él fue quien rompió el hielo.

    -¿Conoces la sala Krystal?

    -Suena más bien a casa de putas.

    -Qué va. Está en el polígono Del Río.

    -Ni idea…

    -Claro, la niña bien no va a los polígonos, ¿verdad?

    -Exacto.

    Mis respuestas eran secas, casi monosilábicas. Todavía estaba incómoda por todo, pero especialmente bajo la falda. Haber empapado la ropa interior de aquella manera no podía resolverse con una toalla. Me sentía incómoda ahí abajo, y parecía que de momento no habría solución. Es entonces cuando Viktor sacó el tema.

    -Vaya forma de esquirtear, ¿no? ¿Te pasa mucho?

    -Nunca me había pasado…

    -¿Entonces te he desvirgado “de chorreo”?

    -Podrías llamarlo así. Sí.

    -Creo que en realidad eres una tía muy sexual…

    -No sé de dónde sacas eso.

    -¿Alguna vez has hecho un trío?

    -Nunca.

    -bueno, creo que tampoco se habían corrido en tu cara antes…

    -¿Cómo sabes eso?

    Me enfadé. El imbécil de Antonio le había contado a este tío lo que ocurrió entre nosotros aquella madrugada. Y encima debió hacerlo mofándose de mí a costa de aquella circunstancia en la que era la primera vez que un tío me llenaba con su leche la cara.

    -No importa. A él tampoco le habían hecho una mamada antes. Ambos os desvirgasteis en ese tema. Lo que no entiendo es porqué con él…

    -Si no lo sabes, es que no te lo ha contado todo.

    -No claro. Solo el resultado. Y muy abundante, según parece.

    -Ya… bueno.

    Sumado a la incomodidad física y lo irritante de la conversación, se añadía ahora el bajón que estaba sufriendo.

    -Los efectos de la pastilla esa tuya han desaparecido. Me está entrando sueño y frío.

    -A mí también. Tranquila, cuando lleguemos nos metemos otra. Es éxtasis muy puro, sube muy bien, pero baja enseguida.

    La sala Krystal era una especie de nave industrial en el puto culo del mundo. Por fuera parecía un matadero, pero cuando cruzabas el umbral, flanqueado por una enorme puerta metálica, la cosa cambiaba radicalmente. Era un espacio diáfano enorme, con varios pisos. Uno por encima y otro por debajo de la pista principal. Un escenario un poco vertiginoso, pues el suelo era completamente de cristal, de forma que podías observar todo lo que ocurría en la planta inferior, mientras que los de abajo tenían el privilegio de disfrutar de las entrepiernas de todas aquellas que llevábamos falda. Ante mi asombro por aquello, Viktor se rió de mí.

    -Tenías que haberte puesto pantalón hoy.

    -Claro. Porque soy adivina…

    -No te enfades. Voy a por un par de copas.

    -Sí, por favor.

    Estaba sedienta. Deshidratada más bien. Y encima tenía que expresarme a gritos entre aquella muchedumbre bailando a ritmo de trap. Llegó Viktor con dos tubos, y el contenido del mío casi desapareció de un solo trago.

    -¡Calma!

    -¡Estaba sedienta!

    -Lo sé. Te quedaste sin líquidos hoy…

    -Muy gracioso.

    Él se bebió su combinado con la misma fruición que yo, dejó los vasos sobre una superficie cualquiera y estiró el brazo para llamar mi atención y cogerle de la mano. Me arrastró un buen rato a lo largo de toda la sala, entre gente ebria y colocada, bailando sin un criterio acompasado. Simplemente pasándolo bien el primer día del año.

    -¡Por aquí!

    -¿A dónde vamos?

    Cuando llegamos a los lavabos parecían una extensión de la propia pista principal. La gente bailaba, gritaba, se manoseaba y se drogaba sobre cualquier superficie apta, sin tapujos, sin cortapisas. Ahí se estaba para eso. No para mear. Viktor prestó tanta atención a la multitud de puertas que formaban dos filas a cada lado, que al final consiguió robarle la tanda a alguien y se coló dentro de un box.

    -¡Eva!

    -Sí…

    Antes de entrar ahí con él se me ocurrió que era poco apropiado meterse en un pequeño espacio como ese con un tipo al que llamaban “El Rumano”, y de cuya vida sabía bien poco. Pero cuando nos encerramos dentro, sacó la bolsita de éxtasis y varios artilugios que le permitirían machacar cada pastilla hasta hacerla polvo sobre una especie de espejo. El tío iba equipado, y estuvo un buen rato entretenido mientras yo esperaba sentada en la taza cerrada del retrete. No parecía un mal sitio para esnifar una raya y volver a la vida eterna.

    -Tío, me estoy meando…

    -Vale.

    -¿Por qué no sales un momento, y luego te dejo entrar?

    -¿Estás de coña? Mea tranquila. Yo estoy con esto…

    Efectivamente, se le veía muy ocupado con lo suyo, que también sería lo mío. Así que, de forma muy sutil, y sin levantar la falda demasiado, me bajé las bragas justo por encima de las rodillas, abrí la tapa y me senté para descargar una buena meada de liberación.

    -Dios… qué gusto.

    -¿Sabes una cosa, Eva? Hace una hora tenía los dedos metidos en tu coño, pero aún no he podido verlo…

    -Mira tú qué cosa… como si hiciera falta.

    -Enséñame el coño, anda. Muéstramelo, solamente.

    Está claro que Viktor había acabado con aquello que estaba haciendo, porque ahora se centró en lo que tenía delante. Y no me refiero a la cisterna. Se metió una raya de una sola aspiración, y me pasó el espejo para que yo hiciera lo propio. Se acercó lo suficiente como para usar un pie y separar los míos. Me resistí, pero cuando acabé de drogarme le devolví los artilugios y le regalé un panorama que llevaba rato demandando. Sin decir nada, separé un poco las rodillas para mostrarle mi entrepierna. Entonces se acercó más, arrancó un trozo de papel del rodillo y metió la mano en el hueco para secarme.

    -Me encantan los coños sin depilar…

    -Está depilado, idiota. Lo que no está es rasurado.

    Ya empezaba a subirme la euforia. Me había puesto muy cachonda la situación y los comentarios del cerdo este. Y él estaba igual. No solo se notaba el bulto en la bragueta, sino que decidió ir tocándoselo mientras hablaba conmigo. Me levanté, me subí las bragas e hice finta de largarme. Pero en verdad no tenía ganas de eso. En absoluto.

    -Mierda, Eva… estás muy buena, tía…

    -Lo sé, capullo… ¿Qué vas a hacer?

    -Te voy a follar ahora mismo. Date la vuelta y arrodíllate en la tapa.

    Ahora mismo ambos estábamos temblando de puro apetito. Hice lo que me pidió, le regalé mi trasero para que hiciera con él lo que quisiera. Levantó la falda y la dejó descansando sobre mi espalda, me bajo las bragas lo justo para accederme y comenzó a usar sus dedos para acariciarme los labios e introducirme levemente uno en la vagina. Salté de gusto y emití el gemido que confirma la necesidad de más.

    -Joder… ¿tienes el culo petado? No me lo creo…

    -Calla… ¡Por el culo no!

    Por alguna razón que no alcanzo a comprender, Viktor supo enseguida que alguna vez fui penetrada por la puerta de atrás. No pensaba darle explicación alguna, pero tampoco iba a consentirle que hiciera algo para lo que no estaba preparada. Entonces oí el sonido de la hebilla del cinturón y enseguida sentí claramente el calor de su carne apoyándose sobre una de mis nalgas. Estaba tan mojada que esparció mis líquidos con gran esmero por todo mi chocho, llegando a rozarme el clítoris varias veces. La situación, la postura, la calentura… estaba ya muy superada y a punto de correrme sin haber empezado siquiera.

    -Me encanta cómo te mojas, tía…

    Cuando noté su polla justo en mi entrada, empuje de forma certera hacia atrás e hice que todo aquello me entrara de golpe hasta el cérvix. Los dos expresamos a la vez, y casi de forma idéntica, el placer de aquel preciso instante, el momento exacto e irrepetible en que ambos sexos se fusionan en un abrazo indescriptible. Incluso en el fragor del entorno fuimos capaces de escuchar los chasquidos de nuestros genitales al chocar. Él comprendió que debía quedarse parado, dejando que fueran mis movimientos los que marcaran el ritmo y la profundidad. Mis vaivenes eran acompasados y armónicos. No tenía ninguna prisa, y Viktor parecía muy cómodo a juzgar por su absoluto silencio entre, quizás, algún suspiro. Cuando aceleré un poco el ritmo me agarró por las caderas y decidió tomar las riendas de la follada. Se acercó hacia mí y se apoyó como pudo sobre la espalda, de manera que su extensión de carne se hiciera más notoria y profunda. Ahora los dos suspirábamos impetuosos, con rapidez y extenuación. Menos mal que el ruido en el ambiente hacía imposible advertir lo que estaba pasando, no solo en el nuestro, pero también en el resto de boxes.

    Cuando Viktor comprendió que ya estaba a punto de correrme, aceleró a toda prisa sus incursiones. El sonido de sus caderas golpeando con furia mis nalgas solo presagiaba lo inevitable. Sudando, y sin apenas aliento, sorteó mi jersey para agarrarme las tetas y pellizcarme los pezones, consiguiendo arrancarme un orgasmo tremendo que me paralizó durante varios segundos. Se me nubló la vista, y fui incapaz de controlar los espasmos de mi cuerpo. Viktor se detuvo de golpe y permaneció dentro de mí mientras me recuperaba de una pequeña muerte.

    -Dios Eva, cómo te has corrido…

    No me pareció que fuera una pregunta. Advertí tal sensibilidad en toda la zona de mi sexo, que le rogué que siguiera despacio. No se lo tomó mal, y comenzó de nuevo a joderme pero con más suavidad. Su dureza no se había reducido en absoluto. Impregnados ambos por el esplendor del éxtasis, creo que podríamos haber estado follando toda la noche, dentro de ese incómodo cuchitril con olor a meados. Cuando empecé a disfrutar de nuevo a Viktor, estaba segura de que podría hacer que me corriera al menos una vez más, pero eso solo fue un anhelo fugaz.

    -¿Dónde quieres mi leche?

    -En la cara.

    No sé porqué respondí eso. Quizás porque era una pregunta que, francamente, no me esperaba. Me salió del alma, tal y como ocurriera con Antonio un mes antes. Percibí enseguida la inminencia de mi montador que, de repente, salió de mi coño, me orientó hacia él y se pajeó contra mi cara hasta soltar la primera descarga, a partir de cuyo momento la soltó libremente para que yo me encargara de ordeñarle el resto del engrudo, que ya cubría parte de mi cara y de mi pelo.

    Antes de salir de aquel agujero, pensé que sería divertido deshacerme de mis maltrechas bragas de forma que ahora, la planta de abajo, podría regocijarse de verdad con la perspectiva de un coño bien hinchado por la lujuria, y empapado de obscenidad.

    Ya estaba amaneciendo cuando llegué a casa y me tiré sobre el sofá, completamente desencajada y apestando a esperma y a indecencia.

  • Primeras veces

    Primeras veces

    Me encontré a Jorlena en una fiesta en uno de los dormitorios de la Universidad, ya era mi segundo año y ella estaba iniciando según me enteré por algunos conocidos. Ella tenía unos 19 años, era delgada y media 1.60 de alto, vestía una chaqueta color crema de mangas arremangadas, un vestido liso de color azul oscuro que destacaba lo bonito de su piel, además mostraba lo bien torneadas que eran sus piernas pues la falda comenzaba un poco más arriba de sus rodillas, terminaba con unas zapatillas de un azul un poco más oscuro. El conjunto le resaltaba lo pelirroja rizada, le daba un aire de frescura a su cara ligeramente ovalada, de mejillas rosadas, ojos grandes y oscuros, boca fina y nariz casi recta, con una ligera redondez en su punta. Me situé por una esquina bebiendo un vaso con cerveza, viendo como ella se apartaba de un grupo de chicas demasiado alcoholizadas que derramaban bebidas sobre ellas, algunas ya se notaba que bajo las camisetas no llevaban sostén, imagino que eso logro que Jorlena se moviera.

    Antes de entrar a la Universidad estuve como dos años trabajando para reunir dinero, una de mis ocupaciones fue para la familia de Jorlena, específicamente para una de sus tías, le hice varios arreglos en su propiedad y la señora, que no era tan señora, sino que estaba apenas saliendo de sus treintas, en las últimas veces que la vi, me dio un tremendo espectáculo de su habilidad sexual, eso me marcó con un gusto especial por las pelirrojas, porque ella también lo era y fue ella una de mis primeras experiencias sexuales, algo por siempre memorable.

    -Mi tía no dejaba de hablarme de virtudes tuyas!- dijo, con una bebida en mano, con pose de que le dará vuelta al mundo con lo que va a decir.

    Pensé que la tía le había contado lo que había pasado, cuando ella fue dándome más detalles.

    -dijo que te sorprendió bañándote en su ducha, que un día que llegó por la tarde creyendo que te habías ido ya, fue a sacar unas cosas y te vio saliendo desnudo del baño- no pudo evitar ver hacia mi entrepierna y yo me acomode el pantalón de forma poco sutil, lo que solo la hizo verme a la cara con los ojos muy abiertos.

    -Antes de irse a Europa me dijo que no te tuviera miedo y no entendí a qué se refería- me dijo, con la cara ya algo colorada, las mejillas sonrosadas y los labios casi en un rojo brillante.

    Hacía calor, había muchos celebrando y me le acerque más, casi pegando nariz con nariz, podía notar como se revolvían en su lugar, por estar tan pegados, pero no dejaba de mirarme con curiosidad, le pase la mano por el brazo y ella hizo los dos para atrás, entonces pase a su cintura, dio un pequeño sobresalto y tomo aire como si le faltara, su brazo vino otra vez hacia el frente, pero los flexiono poniendo sus manos a la altura de sus pechos, acaricie su cintura, pasando la mano hacia su espalda, ella agarro mi otra mano cuando hice amague de también ponerla en su cintura, se sentía caliente, ella se estremeció cuando la lleve hacia mí, que la pusiera sobre mi pecho, eso la sorprendió y aproveche a jalarla y pegar nuestros cuerpos para darle un beso, ella no se resistió, al principio estaba congelada, pero luego comenzó a corresponderme, pase mis manos por su espalda, bajando a su cintura luego a sus caderas, ella me detuvo, nos quedamos viendo y alguien empujo por detrás así que se vino sobre mi pecho, aproveche a levantarla agarrando sus piernas apenas debajo de las nalgas; la pegue a la pared y ella me pasaba las manos por la espalda, pasaban otros al lado, pero la mayoría estaban demasiado alcoholizados o en lo mismo para notarlo, cuando quise subir más arriba de sus muslos ella me apartó, pero me agarro de la mano –vámonos a otro lado- sugirió, eso me dio a entender que tenía carta blanca, salimos del edificio y nos dirigimos por el área verde hacia otros dormitorios, de los que sabía estaban en la fiesta, subimos al segundo piso, ya que no había nadie de los monitores vigilando, abrí la puerta del dormitorio de un amigo, como la mayoría, no estaba con seguro, encendí la luz, la habitación tenía dos camas y estaba en desorden, sabía que estaban en la fiesta. Nos sentamos en una de las camas y empezamos a besarnos, sus labios delgados se habían puesto como fruta madura, dulces y jugosos, poco a poco fui pasando las manos de su cintura a tantear hacia sus pechos, los podía abarcar con mi mano, los masajee por sobre la ropa y sentía como se ponían más firmes, cuando fui desabrochándole los botones del vestido hasta la cintura, el sostén fue fácil, era uno sin tirantes y le quedaba algo holgado, así que aparecieron unos pezones altivos a mi vista, a los que rápidamente comencé a chupar, ella soltó unos gemidos y comenzó a jalar de mi camisa, me la quite y me incline sobre su pecho para seguir chupando sus pechos, ella me arañaba la espalda cada vez que le mordía un pezón. Ahora mis manos tanteaban bajo la falda sus piernas, sus nalgas.

    -espera, no tan rápido- me susurro cuando mis dedos se adentraban entre sus piernas, volví a morder un pezón y se iba aflojando cada vez más, ahora su pantaleta era un trozo de tela húmedo y caliente que apenas ocultaba su sexo, su cuerpo en apariencia frágil ahora se contorsionaba con energía, terminé de abrirle el vestido y fui besando entre sus pechos y bajando por su vientre, jalando para abajo su prenda, pero aún no cedía del todo. –No me la quites- alcanzo a gemir cuando ya aparecía su pubis pelirrojo listo para mí.

    Cuando le quite la prenda trato de taparse con la mano, pero seguí besando, logrando que afloje la presión, con lo que ya no se resistió, comencé a besarle entre las piernas, ella gimió y cerró los ojos; tenía los dedos ya explorando entre sus labios, se estremeció y apretó las piernas, pero no lo suficiente para que me impidiera acercar la boca a su clítoris, mi lengua comenzó a frotarle y ella lanzo un grito apagado, que acalló con su mano, puso sus manos sobre mi cabeza empujando hacia abajo, entonces mi lengua seguía deslizándose entre los pliegues de su clítoris y mis dedos entraban poco a poco entre sus labios vaginales, que se sentían carnosos y húmedos. Estiraba las piernas y se tapaba la boca, le daba pena que sus gemidos fueran elevando su tono, arqueo la espalda haciendo una curva sobre su vientre y sus pezones se desplazaban un poco a sus costados, pese a no ser unos pechos tan exuberantes, tenía unos pezones bien parados y una forma sugestiva; ladeaba la cabeza hacia ambos lados, enredándose mechones de cabello entre las manos. Su sexo era un perfumado almizcle húmedo, salado, caliente… su cuerpo ardía por dentro.

    -me matas, me matas!- me alcanzo a decir entre jadeos, en los que trataba de no gritar, le hice círculos entre sus labios, ya bastante húmeda y excitada, se corrió porque su flujo fue abundante y sencillamente quedo lista para todo. Ya con ella bien dispuesta me fui acomodando entre sus piernas, con algo de fuerza para que las abriera, ya que decía que le gustaba sentir los dedos bien apretados en su sexo, casi que me los aplastaba, metí mi cuerpo entre sus piernas, ella me apretó los costados con las rodillas y fue cuando apunte mi verga hacia su sexo, fui presionando, esto la hizo abrir los ojos y quedamos viéndonos fijamente, abrió bastante la boca sin decir nada, mirada con mirada, mientras entraba dentro de ella poco a poco, sudaba y jadeaba, cuando empecé a bombear ella no pudo mantenerme la mirada más tiempo, cerró los ojos y echo hacia atrás la cabeza; estaba dilatada, lubricada y bastante excitada.

    Estábamos en un ritmo que la tenía ya llegando al orgasmo, cuando me di cuenta que habían abierto la puerta, nos habían sorprendido y se quedaron en silencio al entrar, no escuchamos que daban vuelta a la llave… el dueño del dormitorio había vuelto, además venia en plan similar, lo acompañaba una chica. Jorlena no se dio cuenta, ella tenía los ojos cerrados y el cabello alborotado sobre el rostro, con sus notorios rizos pelirrojos; ella ya no pudo controlar los jadeos y cuando ya no aguanté más, por el morbo de ser vistos me corrí, de mi verga salió un buen chorro, con lo que ella entro en orgasmo y soltó un gran pujido de placer, fue tan notorio que llegamos al orgasmo a un tiempo que la pareja al lado soltó vítores.

    -bravo! bravo!- se atrevieron a decir los muy descarados con lo que Jorlena salió de su trance y se dio cuenta que no estábamos solos, pero como seguía aún bombeándola solo se tapó como pudo la cara, porque le agarre las piernas y se las levante. Ella no pudo evitar soltar unos gemidos y que sus pechos siguieran expuestos bamboleándose con las embestidas, se corrió bastante mientras ocultaba la cara, soltó un último gemido largo cuando llego al clímax, tal que al otro lado hubo aplausos y la chica se acercó a darme una sonora palmada en una nalga y le toco los pezones a Jorlena.

    -que rico cogen- dijo y con eso aguante un rato más bombeando a Jorlena.

  • El nuevo curso (II)

    El nuevo curso (II)

    Lo primero que vio Enrique al despertarse fueron los números luminosos del despertador que Damián tenía en la mesilla. Marcaban las nueve y diez de la mañana del domingo. A su espalda notaba la respiración tranquila de Damián y su brazo rodeándole el pecho. Aunque se habían movido durante la noche ni siquiera se había enterado. Al pasear la vista por la habitación notó una ligera punzada en las sienes sin duda causado por lo que había bebido ayer. No era demasiado y no podía decir que hubiera estado borracho, pero no tenía costumbre y su cuerpo se lo recordaba.

    Acuciado por la necesidad de ir al baño intentó levantarse de la cama con sigilo, procurando no despertar a Damián que parecía profundamente dormido. Sin embargo, no tuvo demasiado éxito, ya que el colchón chirrió de forma bastante audible cuando se sentó al borde de la cama. La mano suave de Damián acarició su espalda mientras este se incorporaba sobre un codo, aún adormilado.

    –Eh, ¿qué horas es? ¿te vas? –murmuró medio dormido mientras se frotaba los ojos.

    –No quería despertarte, perdona, pero tengo que ir al baño –susurró Enrique mientras terminaba de incorporarse y le sonreía –sólo son las nueve y algo, vuelve a dormirte si quieres.

    Damián se desperezó y se estiró de tal forma que las costillas se le marcaron bajo la piel, destacando vivamente gracias a su delgadez natural. Girando hasta ponerse boca abajo acomodó los brazos bajo la almohada y tras removerse un poco volvió a cerrar los ojos. Enrique sonreía embobado, la naturalidad del joven conseguía dejarle atontado y a la vez fascinado. De no necesitar orinar con tanta urgencia se habría quedado allí mirándole durante horas.

    –No… no me dormiré de nuevo, pero avísame cuando vuelvas por si acaso. El baño está en el pasillo.

    Sofocando una risa salió del cuarto de puntillas. Era evidente que a su amigo no le gustaba madrugar. Encendiendo la luz del baño alivió por fin su vejiga. La curiosidad pudo con él y mientras orinaba paseó la vista por el cuarto de baño, de un tamaño algo mayor que el suyo. Los azulejos de color azul claro daban una impresión fresca del espacio y contrastaba con los grises del suelo. Frente al lavabo blanco con cajones debajo sólo había una balda y un espejo bastante grande con una pequeña luz encima. Sobre el propio lavabo solo había un bote con un cepillo y pasta dentífrica y jabón de manos líquido, mientras que en la balda del espejo pudo ver una afeitadora eléctrica, gel fijador, un cepillo del pelo y algo que le dejó helado: un par de condones en un llamativo envoltorio amarillo canario.

    Se lavó las manos sin apartar la vista de los condones. Por su parte sabía que no había problemas: siempre había tenido sexo seguro y sus últimos análisis habían salido perfectos, pero no podía decir lo mismo de Damián. Aunque parecía responsable no sabía casi nada de él o de su vida a pesar de haberse colado por él con tanta intensidad. Una sensación de ansiedad subió desde la boca de su estómago e hizo que su corazón se acelerase, latiendo con fuerza. Volvió al cuarto con la cara desencajada y de una palidez enfermiza. De pronto se veía incapaz de volver a meterse con Damián en la cama, que le miró extrañado.

    –¿Te ocurre algo? Tienes una cara rarísima.

    –Anoche… anoche no usamos protección –musitó con la voz queda y sin mirarle directamente a los ojos.

    –Ya. No me digas que vas a soltarme ahora la bomba de que me has pegado algo –comentó Damián incorporándose de golpe. Las sábanas se deslizaron por su cuerpo y quedaron hechas un revoltijo a la altura de los muslos.

    –No, no, yo estoy limpio. Me hice análisis de sangre hace cuatro meses y el segundo estándar hace uno y salieron bien. Y no he tenido sexo con nadie desde entonces. Y siempre me he hecho análisis cada tres meses. En eso soy algo obsesivo –dijo casi a modo de disculpa–. Todos han salido bien, todos limpios.

    Sin responder Damián salió de la cama. Incluso en ese momento los ojos azules de Enrique recorrieron las formas de su amigo. La perfección de sus nalgas, la belleza de su piel clara y el tamaño de su pene, que incluso en reposo alcanzaba los diecisiete centímetros, casi tanto como él en erección. Algo aturdido le vio salir de la habitación con su andar de bailarín para volver a los pocos minutos con su teléfono. Tras meter el código de desbloqueo y dar un único toque en la pantalla se le pasó a Enrique que le miraba desconcertado. Había abierto la app de mensajes de texto. Al percatarse de su desconcierto Damián sonrió desplegando los hoyuelos y tocó en el mensaje más reciente.

    –De cuando doné sangre. Hace tan solo tres semanas. Todo bien. –Volvió a tocar la pantalla y abrió la siguiente notificación, esta vez de un laboratorio. Dejó que Enrique leyese la notificación de que ya podía recoger los análisis o consultarles accediendo al área privada de paciente y tras seguir el enlace e identificarse volvió a pasarle el móvil–. Mi última analítica. Puedes ver tú mismo que estoy limpio. Y de todos modos esos condones llevan conmigo casi un año, supongo que tendría que tirarles, porque hace más de ocho meses que no me acuesto con nadie.

    Enrique sintió que el nudo de su estómago se disolvía. Con un suspiro de alivio se dejó caer en la cama mientras Damián se reía a su lado. Cuando este le abrazó y le atrajo hacia sí para besarle se entregó de buena gana. Los labios de coral de su amigo se apretaron contra los suyos y cuando venció la resistencia inicial y se entreabrieron deslizó su lengua dentro de la boca de Damián, acariciando su lengua y jugando con ella hasta que la falta de aire les hizo separarse.

    –Lo siento, me he agobiado un poco –se disculpó Enrique abrazando a Damián y acariciando su pecho.

    –No te preocupes, es natural –Damián se echó a reír con cierta malicia y retuvo las manos de Enrique por las muñecas para que no le distrajesen sus caricias–. De todos modos, cuando supe que me gustabas empecé a interrogar sutilmente a Carlo sobre ti, al principio lo típico de por qué eras tan tímido y si de verdad te caía bien… ya sabes.

    Ante la cara pasmada de Enrique no pudo contener las carcajadas, que inundaron la pequeña habitación ahora ya llena de luz natural.

    –¿De verdad?

    –De verdad. Me gustaste desde el primer día. No lo sabes, pero eres adorable.

    –¿Qué te contó?

    –Que eras muy tímido porque antes estabas pasado de peso, y que por culpa de eso te habían acosado bastante. También me dijo que solo te había conocido dos parejas y que eres un chico responsable y apenas sales de fiesta, y mucho menos ligas en los bares.

    Enrique se quedó pensativo. Ignoraba que Carlo hubiese contado tantas cosas suyas y aunque las cosas habían salido bien no sabía si eso le molestaba o le gustaba. Con los labios recorrió las marcas que había dejado en el cuello y por el hombro de Damián el día anterior. Cercos rosados que destacaban poderosamente en su piel blanca. Notaba su cuerpo delgado tumbado a medias bajo el suyo y el calor que irradiaba. Cuando quiso volver a mover la mano esta vez no se lo impidió, liberando la presa que atenazaba su muñeca. Despacio paseó los dedos por los abdominales de Damián hasta llegar al vello del pubis, mucho más suave de lo que hubiera esperado y apenas rizado. Culminó la caricia en el pene del joven, acariciándolo con toda la mano y jugando con el prepucio, descubriendo el glande rosado y volviendo a cubrirlo.

    –¿Te apetece que nos duchemos juntos? –dijo Enrique por fin sin dejar de masturbarle con suavidad, consiguiendo una semi erección.

    La amplia sonrisa que iluminó el rostro de Damián no dejó lugar a dudas. Apartando las mantas de una patada se levantó con agilidad. Enrique se deleitó en la visión de su cuerpo desnudo y sobre todo en su pene, que empezaba a levantarse. Cuando este le tendió la mano para animarle a incorporarse no se lo pensó y se la cogió, atrayéndole para besarle. No obstante, el joven se zafó con facilidad y una sonrisa traviesa y le precedió hasta la ducha, por fortuna lo bastante amplia como para que los dos cupiesen dentro con comodidad. En cuanto ambos estuvieron dentro Damián encendió el agua caliente, que cayó sobre ellos desde arriba gracias a la ducha con sistema de lluvia.

    –Hoy es mi turno.

    –¿Tu turno? –replicó Damián desconcertado.

    Sin decir nada Enrique se arrodilló delante de él. Sentía el agua caliente caerle encima, recorrer su espalda y apelmazarle el pelo, que se le metía en los ojos. Damián se le echó hacia atrás y le acercó las caderas. Su largo pene golpeó la mejilla de Enrique que le ignoró para agarrar el bote de jabón que había en una estantería detrás de él. Tras un vistazo rápido a la etiqueta para asegurarse de que podía usarlo para jugar, extendió una buena cantidad en sus manos y empezó a acariciar los muslos de Damián al tiempo que besaba el glande de su pene, notando el sabor ligeramente salado del líquido preseminal en sus labios.

    Enjabonando los muslos y las piernas de Damián con ternura comenzó a pasar la lengua por el pene, lamiendo toda la piel que podía. El agua que caía le impedía abrir los ojos por lo que iba a ciegas, guiándose solo por lo que sentía en su lengua y labios. Los gemidos de su amigo le instaron a continuar y con la punta de la lengua resiguió una de las venas del pene, avanzando después hasta que notó que llegaba al escroto. Mientras sus manos enjabonaban las nalgas de Damián lamió ampliamente el escroto jugando con los grandes testículos del joven que ya gemía con ganas, con el pene completamente duro frotándose contra la cara de Enrique. Agarrándole por el pelo, Damián guió nuevamente la cabeza de su amigo hasta su pene, Con la mano libre le acarició los labios y metió un pulgar en la boca.

    –Abre, quiero que me la comas entera. Vamos, cariño, abre bien.

    La voz de Damián estaba ronca por el deseo y eso, sumado a la orden firme pero tierna, bastó para convencerle. Abriendo bien la boca dejó que su amigo colocase el glande contra los labios. Sacando la lengua introdujo todo el glande en la boca y comenzó a chupar, con cierto cuidado al principio. Su gran tamaño bastaba para llenarle la boca y hacerle salivar en exceso. Enjabonó los testículos con mimo mientras los masajeaba, haciéndoles rebotar en sus manos ahuecadas. Les separó dentro del escroto y agarrándoles desde la base tiró de ellos hacia sí con suavidad, probando a meter más del pene de Damián en su boca.

    Aunque no había tenido demasiadas experiencias sexuales siempre había considerado que podía tragar cualquier pene, pero el de su amigo resultaba demasiado grande. Ni siquiera había metido un tercio de su tamaño en la boca y la gran anchura sumado a su longitud le provocó una arcada que le cerró la garganta momentáneamente. Damián le agarró por el pelo con más fuerza, gimiendo excitado. Intentando no mover demasiado las caderas le animó a continuar acariciando su cabello mojado y los labios cubiertos de saliva.

    –Despacio, ve despacio y ya verás cómo puedes con ello.

    Excitado por sus palabras se animó a abrir los ojos lo justo para poder mirarle mientras se relajaba, dejando que su garganta se acostumbrase a la intrusión. Echando más jabón en su mano llevó dos dedos al ano de Damián que jadeó mientras empujaba la cabeza de Enrique contra sí, quien moviendo los dedos extendió el jabón por su ano, pero sin llegar a meter aún los dedos. Tan solo jugando con la piel, explorando la textura con las yemas de los dedos. Cuando creyó que ya estaba listo comenzó a moverse, metiendo y sacando el grueso pene de su compañero de la boca. A pesar de apretar bien sus labios la saliva se escapaba, ayudando a que entrase y saliese con más facilidad y resbalando por su barbilla. Su propio pene estaba completamente duro y había comenzado a gotear.

    –Así, buen chico. ¿Ves como ya no te cuesta tanto? –le alabó Damián entre gemidos. Sus ojos verdosos estaban clavados en Enrique, con el agua escurriéndose por su cuerpo juvenil y fibroso–. Respira por la nariz y mueve la lengua.

    Enrique empujó más y consiguió tragarse hasta la mitad. La saliva se escurría por las comisuras de sus labios y apenas le quedaba espacio en la boca para poder mover la lengua como le pedía Damián. Apretando más los labios y procurando mantener los dientes cubiertos deslizó el pene de su amigo hasta que solo quedó dentro de su boca el final del glande y abriendo la boca jadeó con fuerza antes de volver a meterle hasta más de la mitad. Regresaron las arcadas y esta vez acompañadas de un intenso lagrimeo. Sin rendirse esperó a que estas remitiesen antes de volver a moverse. Entreabrió los ojos y con orgullo vio lo poco que le quedaba para conseguir tragar todo el miembro de su compañero, que gemía sin contenerse.

    Los azulejos húmedos del baño recogían el sonido y lo amplificaban por encima del golpeteo rítmico del agua al caer y mientras dejaba que las arcadas remitiesen deslizó dos dedos jabonosos dentro del ano de su amigo que dio un respingo ante la repentina penetración. Sin quererlo este empujó hacia delante las caderas y Enrique se apartó boqueando y tosiendo con violencia. Damián le sostuvo con delicadeza mientras su largo pene rozaba la cara mojada del joven que inspiraba hondo para recuperar el aliento.

    –Lo siento –se disculpó en cuanto recobró el aliento –eres demasiado grande, no sé si podré tragarlo entero sin ahogarme.

    –Para ser tu primera vez que me le chupas has estado increíble. No te fuerces, si hoy no lo consigues seguiremos practicando hasta que lo logres. Así tendremos más oportunidades –remató, guiñándole un ojo con picardía mientras se masturbaba.

    Sonriendo como un bobo Enrique tiró de la mano de Damián para que se arrodillase con él. Aunque la cabina de ducha era alta no era especialmente ancha y su largo apenas sí alcanzaba el de una bañera pequeña, por lo que ambos quedaron bastante pegados. Enrique estrechó entre sus brazos a Damián y besó nuevamente las marcas que le había dejado la noche anterior que ahora mostraban un vivo color rojizo. Por una parte, se sentía algo culpable por haberle hecho eso, se había portado como un auténtico cavernícola que reclama a una presa recién abatida, pero por otra cada vez que las veía se excitaba y se llenaba de un fiero orgullo.

    A pesar de la diferencia de altura entre ellos Enrique se las ingenió para situarse por encima, masturbando el pene de Damián con fuerza mientras exploraba su ano con la otra mano, mucho más estrecho de lo que se había imaginado y bastante suave al tacto. Ayudado por el jabón sus dedos se deslizaban dentro y fuera del reducido orificio mientras el joven gemía contra su oído, con las uñas clavadas en su espalda y su larguísimo pene goteando con frenesí en su mano. Mordisqueó el cuello de su amigo y bajó hasta el hombro, instándole con un suave empujón a quedar inclinado hacia atrás para darle libre acceso a su pecho y sus pezones sonrosados.

    El calor del agua de la ducha había enrojecido ligeramente la piel clarísima del joven y Enrique observó fascinado que los duros pezones parecían más oscuros que la noche anterior. Les contempló fascinado y se echó algo hacia atrás para masturbarse mientras miraba a su amigo, que jadeaba con sus ojos verdes cerrados. Juntó ambos penes y les frotó juntos, rozando ambos glandes y en especial los frenillos mientras le besaba el pezón derecho y succionaba con fuerza, clavando a continuación los dientes, pero sin llegar a hacerle daño. Con un brillo de traviesa diversión en su mirada se fijó en los rizos rojizos y apelmazados del pubis de Damián y, soltando un momento ambos penes, dio un suave tirón a la mata de vello.

    El grito que escapó de la boca de Damián, mezcla de sorpresa y excitación, reverberó en sus oídos y tuvo un impacto directo en su pene. Volviendo a agarrar ambos siguió masturbándose con su amigo mientras metía tres dedos en su ano, que empezaba a estar dilatado y a punto. Los podía deslizar con facilidad dentro y fuera mientras jugaba alternativamente con los pezones de su amigo que le abrazaba con fuerza, sin ser capaz de otra cosa que no fuese gemir y jadear cada vez más alto. Empujándole hacia atrás con su peso consiguió tumbarle, quedando encima de él y entre sus largas piernas que subieron sin que tuviese que pedírselo.

    Acariciando con la lengua la parte interior de los muslos de Damián retiró los dedos de su ano y comprobó que el rosado orificio quedase abierto y relajado. Jugueteó con los pliegues exteriores y contempló fascinado como se cerraba cuando le introdujo el pulgar. Tanteó la presión y la cálida estrechez del interior, ahora más elástico y dilatado que antes, y mordiendo a su amigo cerca de la rodilla retiró el dedo y apoyó el glande en su ano. Empujó ligeramente, pero se retiró con una sonrisa, mordisqueando la sensible piel de sus piernas hasta que casi logró rozar con sus labios las ingles de Damián.

    Repitió la maniobra unas cuantas veces, frotándose contra sus testículos y su pene y alternando los muslos, describiendo trazos húmedos con la lengua mientras ponía a prueba la paciencia de su amigo, quien gemía e intentaba apretarle con las largas piernas que había cruzado a su espalda. Sabía que estaba impaciente y que lo deseaba, y aunque él también se moría de ganas por penetrarle disfrutaba demasiado de sus gemidos, de la sensación de tenerle anhelante para él. Se dobló todo lo que pudo y dejó un rastro de besos por su pubis, ascendiendo en un triángulo hasta el ombligo donde metió la lengua en una fiel imitación de cómo lamería el ano de Damián que ahora presionaba con su pene. Cuando notó que vencía la escasa resistencia que presentaba se separó y movió las caderas para golpearle con su pene.

    –¡Por favor! Por favor, Enrique. No aguanto más –suplicó Damián sin poderse contener más.

    –¿Por favor? Pero qué mono eres, que mono y que excitante –tironeó con sus labios del vello púbico del joven que gimió excitado y desesperado–, pídemelo de nuevo.

    Damián sujetó con sus suaves manos la cara de Enrique y le atrajo hacia sí para besarle con fuerza. Resbalando ligeramente Enrique apoyó las manos a ambos lados de la cabeza de su amigo y de dejó besar mientras seguía jugando, frotándose a pesar de que ansiaba meterla más que nunca. Cuando Damián cortó el beso no dejó que Enrique se separase, al contrario, acercó más su cara a él y le dio suaves besos desde la comisura del labio hasta su oreja.

    –Por favor, por favor fóllame. Por favor, cariño –suplicó en voz baja, dulce y ronca–. Deseo que me folles, deseo que me penetres, por favor.

    El aliento cálido de Damián cosquilleó en la oreja de Enrique quien no pudo contenerse más. Apoyando todo su peso sobre una mano que afianzó todo lo que pudo al resbaladizo suelo del plato de ducha guió su pene al ano de Damián y esta vez sí le penetró. Aunque intentó ser cuidadoso el ansia que sentía y el jabón con el que había dilatado a su amigo le empujaron hacia dentro más deprisa de lo esperado. Damián soltó un jadeo y un gemido y se abrazó a Enrique que le besó nuevamente, con toda la pasión que pudo. Los labios de coral de Damián se entreabrieron y mientras su amigo comenzaba a moverse, poniendo buen cuidado de no ir demasiado rápido desde el inicio, recorrió con su lengua todo el interior de la boca de Enrique.

    Espoleado por los gemidos del joven que se retorcía extasiado debajo de él comenzó a moverse más deprisa. Su pene entraba y salía de Damián que parecía acoger los dieciocho centímetros de su amigo sin ningún problema. El agua caliente caía sobre los dos y formaba un pequeño charco de unos escasos centímetros en el suelo de la ducha, lo bastante como para que con cada movimiento de Enrique el agua chapotease y salpicase la mampara. Tras un último mordisco a los suaves labios de su amigo, enrojecidos por el ardor de sus besos, Enrique se levantó ligeramente para poder ir más deprisa. Al notar el cambio de ritmo en sus embestidas por uno mucho más frenético Damián levantó más las piernas y coló una mano entre ambos para masturbarse, mientras la otra se deslizaba por la espalda de su amigo y finalmente por sus nalgas, hasta que encontró el ano de Enrique donde coló un dedo.

    Enrique gimió al notar que el joven movía y rotaba el dedo en su interior e imprimió más fuerza y velocidad a sus caderas, ya completamente descontrolado. Sentía que su cuerpo rebotaba contra el de Damián que se masturbaba furiosamente debajo de él, tan deprisa que ni siquiera recorría completamente toda su longitud. Con una media sonrisa le retiró la mano y se apartó de él, saliendo de su interior casi de golpe. Al notar el desconcierto de su amigo ensanchó más su sonrisa y se arrodilló entre el agua, con su duro pene apuntando hacia arriba y las piernas entre abiertas.

    –Ven aquí, quiero que subas para poder tocarte yo a ti.

    Con su sonrisa de radiantes hoyuelos Damián se incorporó enseguida, tan rápido que casi pareció un truco de magia. Rodeando el cuello de Enrique con los brazos se sentó en su regazo, con las piernas enroscadas en su espalda. Las manos de su amigo le rodearon la estrecha cintura y se pasearon por sus caderas antes de izarlo con extrema facilidad. Haciendo malabarismos para no soltarle y no hacerle daño consiguió equilibrar su peso para poder sostenerle con una mano mientras se ayudaba de la otra para guiar su pene a su abierto ano, que parecía aguardarle. Dejándole caer gimió mientras sentía como se deslizaba hasta clavársele entero, entre sensuales jadeos y gemidos entrecortados.

    Mientras Enrique comenzaba a moverle, impulsando sus caderas hacia arriba con fuerza para hacerle rebotar contra su cuerpo Damián mantenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Jadeaba y gemía casi cegado por el placer. Como había prometido la mano libre de Enrique ahora se paseaba arriba y abajo por su largo pene, que no cesaba de soltar líquido preseminal y cuyo glande mostraba un intenso tono rojo. Inclinándose hacia delante Enrique lamió rápidamente su mano para poder saborear aquel fluido antes de que se lo llevase el agua. Aumentando más el ritmo de su mano se irguió para poder alcanzar la nuez de Damián, que se recortaba poderosamente en el perfil de su cuello. La sintió moverse bajo su lengua al ritmo de los gemidos inarticulados del joven que, tensando todo su cuerpo, alcanzó un orgasmo rápido, intenso y brutal.

    Parando el agua de un manotazo para poder disfrutar de ese momento Enrique le sostuvo mientras no dejaba de moverse. Entraba y salía de Damián quien seguía con los ojos cerrados mientras las últimas olas del orgasmo relajaban su cuerpo. El semen se mezclaba con las gotas de agua que escurrían por su piel y la de Enrique, quien se deleitó con la vista antes de recogerlo con los dedos y dárselo a saborear. Cuando el sabor salado impregnó la boca de Damián este comenzó a lamer el dedo de su amigo con los mismos movimientos que ya emplease la noche anterior en su pene, mirándole fijamente con esos ojos verdosos. No cabía duda alguna, a Damián le gustaba chupar y no tenía empacho en demostrarlo.

    Tensando más el agarre de sus piernas y usando los hombros de Enrique como punto de apoyo Damián se impulsó una y otra vez, acoplándose con facilidad a las embestidas de Enrique que le besó el cuello hasta llegar a sus labios. Capturándolos en un beso exigente y apasionado se dejó ir mientras lograba el orgasmo, más intenso si cabe que el de la noche anterior. Con fuertes gemidos que resonaron en el baño silencioso abrazó con fuerza a Damián que se estremecía de placer mientras le apretaba con los muslos y sentía los espasmos de su orgasmo en su interior. Jadeante y súbitamente cansado Damián apoyó la cabeza en el hombro de Enrique que le besó tiernamente el cuello mientras le acariciaba la espalda que empezaba a quedarse fría. Al percatarse de la bajada de temperatura ahora que el ardor del momento se disipaba volvió a encender el agua caliente.

    –Ha estado genial –musitó Damián algo atontado mientras bajaba del regazo de su amigo.

    Enrique se limitó a sonreír y volvió a abrazarle. Recuperó el jabón y esta vez le empleó para enjabonar todo el cuerpo de Damián que se relajó y se apoyó contra él disfrutando de las caricias. A Enrique le daba algo de rabia no haber conseguido tragar del todo el pene del joven, pero se consoló pensando en lo que le había dicho su amigo: que tendrían más ocasiones para practicar. Sonriendo como un bobo contempló como se desperezaba Damián bajo el agua caliente, más reanimado ahora, y le dejó lavar su cuerpo del mismo modo que él había hecho antes. Cuando salieron de la ducha todo el cuarto estaba lleno de vapor y el enorme espejo se había empañado impidiéndoles verse reflejados.

    –¡Ostras! Si no te he sacado ninguna toalla. Perdona que no se me ocurriese antes –se lamentó Damián abriendo uno de los cajones y sacando una amplia toalla gris.

    –Creo que no se nos ocurrió a ninguno de los dos, pero eso es bueno. Si hubieses pensado en cubrirme con una toalla justo cuando te estaba calentando para que te empalmases me hubiese ofendido seriamente –replicó risueño Enrique aceptando la toalla y secándose con ella –. Por cierto, había pensado que podemos desayunar juntos si te apetece.

    Lanzó su oferta al aire. Con la toalla enrollada a la cintura se entretuvo observando cómo se secaba Damián el cuerpo larguirucho y pálido. Contempló con absoluta fascinación como la mata de vello rojizo del pubis se ensortijaba cuando desapareció la humedad y como se marcaba cada músculo de su torso cuando levantó los brazos para secarse el pelo, que se desordenó en ondas apelmazadas y algo más oscuras que su tono habitual. Damián fue consciente del escrutinio intenso al que le sometía, pero con una sonrisa beatífica en su cara lo dejó correr, ligeramente halagado por la atención.

    –¿Te importa si desayunamos en casa? No tengo muchas ganas de salir fuera a estas horas, en domingo las cafeterías se llenan.

    –Claro que no me importa. Pero creo que iré a mi casa a cambiarme, la camisa de ayer es nueva y seguro que con mi suerte me la mancho de café.

    Damián se echó a reír mientras Enrique salía del baño. Sin apresurarse cogió un bote de loción corporal del cajón superior del lavabo y se untó el cuerpo perdido en sus pensamientos. Para cuando terminó su amigo ya estaba apoyado en la puerta y completamente vestido, aunque con el pelo todavía húmedo y algo despeinado.

    –Vuelvo en seguida, ¿vale?

    –Vale. No te preocupes y tarda lo que necesites.

    Enrique se acercó y tras darle un beso furtivo en la mejilla se marchó con una amplia sonrisa a la que Damián no pudo por menos que corresponder. Se sentía dichoso y feliz y canturreó por lo bajo una animada melodía mientras terminaba de secar sus ondas rojizas con un secador de pelo. Se dirigió desnudo hasta su cuarto y se vistió con una camiseta negra holgada y unos pantalones de chándal gris. Aunque su atuendo era cómodo no se le pasó por alto que los pantalones le marcaban un culo perfecto y una entrepierna más que generosa. No sabía qué se pondría Enrique, pero por lo que había ido captando de él sabía que no era demasiado amigo de arreglarse en exceso salvo en ocasiones especiales.

    Recogió ambas toallas, la suya de color verde y la gris que había prestado, y doblándolas descuidadamente las echó en el cesto para ropa sucia que tenía en la minúscula galería adosada a la cocina. El baño estaba hecho un desastre, por lo que se apoderó de un cubo, un par de trapos y la fregona y se dispuso a poner orden. Abrió primero la estrecha ventana blanca que había sobre el retrete para permitir que el vapor restante se disipase pues el cuarto seguía guardando un desafortunado parecido con una sauna. En cuanto el aire frío del exterior disipó parte del calor hizo frente al agua derramada por el suelo que recogió con la fregona. Muy decidido a dejarlo todo perfecto cuanto antes se arremangó la camiseta y se encaró con las manchas de agua que había dejado la súbita condensación del vapor en el espejo.

    Se disponía a empezar a limpiar el amplio cristal cuando sus ojos repararon en el par de condones y su envoltorio amarillo chillón. Una cierta angustia se le instaló en el estómago mientras cogía las dos gomas y jugaba con ellos entre los dedos. Lo cierto es que les había dejado en el estante por mero hábito, al mudarse de piso e instalar todas sus cosas de aseo en el baño había lanzado los dos condones al estante sin plantearse que ya no tenía motivos para hacerlo, y esa misma cotidianeidad le había permitido ignorar su presencia hasta que Enrique se lo hizo notar. Por costumbre revisó la fecha de caducidad. No habían expirado aún, pero no tenía ningún deseo de conservarles. No invocaban más que malos recuerdos.

    En un nuevo arranque de energía se encaminó con largas zancadas hasta la cocina y tiró ambos condones a la basura. Volvió al cuarto de baño y tras echar un chorro de alcohol en el trapo limpió las marcas del espejo hasta que estuvo reluciente y brillante. Al fijarse en la mampara de la ducha soltó un suspiro de frustración y trapo en ristre frotó a conciencia cada centímetro del cristal que cerraba el cubículo. Consultó la hora en el teléfono. Pasaban de las once y diez de la mañana. Rápido como una centella fue nuevamente a la cocina, impoluta, y a toda prisa recabó dos tazas de un tamaño aceptable, dos pequeños platos, cucharillas, azúcar y sacarina. Dando gracias por tener todo eso puso la mesa con cierto buen gusto y nervioso jugueteó con la cafetera. No sabía si tomaba café y no quería hacerle para tener que tirarle.

    Volviendo a mirar la hora en el teléfono empezó a inquietarse. Ya hacía casi media hora que se había ido. Para cambiarse de ropa y volver no era necesario tanto tiempo. Una sensación de familiar amargura trepó por sus entrañas mientras se sentaba a la mesa. Posiblemente desayunaría solo. Aunque era algo que debería haber previsto no pudo evitar maldecirse a sí mismo por repetir el mismo error. Apretó los puños cerrados contra sus ojos y trató en vano de serenarse, de mantener a raya sus emociones y rebajar las expectativas que tenía respecto a su nuevo ligue. Estaba a punto de recoger la mesa, transcurridos tres cuartos de hora, cuando tres estridentes timbrazos aceleraron su ritmo cardíaco.

    Se cercioró de que era su amigo gracias a la cámara del interfono y en cuanto escuchó sus pasos subiendo las escaleras abrió la puerta de un tirón, a pesar de que apenas había comenzado su ascenso y tardó todavía unos cuantos minutos en alcanzar el tercer piso. Con una reluciente sonrisa en la cara que parecía iluminar esos inocentes ojos azul claro presentó delante de Damián una caja negra de pastelería, que se hizo a un lado para dejarle pasar mientras su amigo se la ponía en las manos.

    –Siento el retraso. Pensé que debía traer algo para el desayuno y me acerqué a una pastelería de por aquí a comprar esto.

    –¡Oh! No tenías que haberte molestado, en serio. Muchísimas gracias. –Dijo con fervor estrechando la caja entre las manos.

    Un olor dulce y afrutado emanaba de ella, consiguiendo que el estómago de Damián rugiese y empezase a salivar anticipándose. A pesar de las ganas que tenía de abrirla la dejó con cuidado en la mesa y encendió el fuego para poner la cafetera. Los brazos de Enrique le rodearon por detrás y notó como le besaba en el hombro, el punto más alto al que llegaba sin ponerse de puntillas. Cuando la cafetera empezó a funcionar y a esparcir un delicioso aroma a café recién hecho Damián volvió a la mesa donde ya esperaba sentado Enrique, quien le contemplaba algo nervioso. Los hoyuelos de Damián se acentuaron cuando ensanchó su sonrisa mientras abría la caja de pastelería.

    –No sabía cuál te gustaría, así que he cogido dos de cada –soltó Enrique antes incluso de que su amigo terminase de abrir la caja.

    Dentro doce grandes rosquillas de diferentes sabores aguardaban en perfecto orden. Desde los clásicos de azúcar glaseado y chocolate hasta unos con cobertura de lima y coco. Olían de maravilla, imponiéndose incluso al olor a café tostado. Sacando uno de los clásicos Damián dio un mordisco al suave bollo y parte del azúcar quedó pegado a sus labios rosados. Enrique suspiró con alivio por haber acertado y le pasó el dedo por los labios para recoger el azúcar.

    –Muchas gracias por los bollos, están de muerte. Me tienes que decir dónde les has comprado.

    Enrique asintió sonriendo, pero no pudo responder pues la cafetera eligió ese preciso momento para empezar a silbar de la manera más estridente posible. Damián la retiró rápidamente del fuego y sirvió el café en las tazas. Observó a su amigo, que añadió cuatro cucharadas de azúcar y bastante leche. Él, por su parte, no añadió nada al café. Con el azúcar de la rosquilla tenía suficiente. Con una media sonrisa le vio elegir un donut relleno de mermelada de fresa. Se sentía algo nervioso y no era una sensación que le gustase. La inquietud continuó creciendo gracias al silencio instalado entre ellos que, aunque cómodo y natural, no ayudaba a mantener su mente distraída.

    –Oye, Enrique… –comenzó inseguro–, siento haberte pedido que desayunemos en casa, la verdad es que quería hablar contigo de algo.

    Enrique tragó lentamente lo que tenía en la boca. Acosado por un mal presentimiento la bola de comida parecía empeñarse en no descender por su garganta que se había reducido a un estrecho tubo. Empujándola con un poco de café consiguió que se deslizase hasta su estómago. Carraspeó y se limpió con la servilleta que dejó perfectamente doblada a un lado de la taza. Damián tenía la misma expresión que ponía a veces en clase cuando se concentraba en algo, con una pequeña arruga de preocupación en el entrecejo.

    –Tú dirás… –musitó al fin.

    El tono del joven estremeció a Damián que le miró directamente a los ojos. Enrique también estaba serio, con las manos a ambos lados de la taza de café, como si quisiera sacar fuerzas del calor que irradiaba. Por un momento alargó la mano para coger una de las suyas, pero se contuvo a tiempo.

    –La verdad es que quiero saber si estamos saliendo o no. No sé, dos semanas es poco tiempo, pero a mi me gustas mucho. Y ayer me dijiste que yo te gustaba, aunque no me conoces mucho y yo a ti conozco casi más de ti por lo que me ha contado Carlo que por lo que me has contado tú y entendería que pasases –barbotó embarullándose y perdiendo coherencia conforme hablaba. Al final inspiró hondo para reorganizar sus pensamientos antes de continuar–. Si no quieres también quiero que sepas que no pasa nada, podemos seguir como amigos o como follamigos.

    –¿Tú quieres salir conmigo? ¿Tú? – preguntó incrédulo Enrique, con los ojos completamente abiertos.

    –Sí, claro, eso he dicho ¿no? Quiero salir contigo. ¿Por qué te extrañas tanto?

    –Pues porque siempre pensé que estabas totalmente fuera de mi liga. –Al ver que Damián permanecía mudo Enrique prosiguió hablando, algo azorado –: Mírate: eres guapo, tienes carisma, te haces amigo de todos y tienes seguridad suficiente para hacer lo que te gusta. Yo estoy más cercano a una patata y me cuesta hablar con desconocidos. Si no estuviese Carlo en clase creo que no tendría amigos en la universidad y que no hablaría con nadie.

    –A mi me gustas. No me pareces feo en absoluto, ya te dije que eres una monada.

    –G-gracias –tartamudeó mientras enrojecía hasta las raíces del pelo–. Quiero salir contigo.

    La amplia y radiante sonrisa que le dedicó Damián podría haber hecho sombra al sol. Los hoyuelos se marcaron en sus mejillas y, esta vez sí, alargó la mano para alcanzar las de Enrique, quien soltó la taza y estrechó sus dedos con fuerza. Los dedos de Damián, suaves como la seda, recorrieron el dorso de la mano de Enrique mientras terminaban de desayunar.

    Cuando juzgó que Enrique no iba a comer más retiró las tazas y todo lo que habían usado. Enrique le observó fregar en silencio, contemplando como se movía y sobre todo el buen culo que marcaba a través del pantalón. Él había elegido unos vaqueros sencillos y un jersey grueso que le permitiese salir sin abrigo, pero Damián había preferido un chándal. Al ver que los cacharros comenzaban a apilarse en el escurreplatos cogió un trapo que colgaba del pomo de un armario y empezó a secar la vajilla y los cubiertos, dejándoles apilados en la encimera al no saber dónde debía colocarles.

    –Creo que nunca te lo he preguntado, y supongo que ahora está bien que lo haga así que… ¿qué sueles hacer los fines de semana? –interrogó con curiosidad Enrique.

    –Los sábados es un día normal, a veces doy clases particulares. Matemáticas, física, química… las materias de ciencias que se les atascan a los niños. Los domingos voy al gimnasio después de comer y cuando vuelvo suelo estudiar para la semana. –Hizo una breve pausa y una sonrisilla, mitad traviesa y mitad divertida, asomó a sus labios–. Entre semana ya sabes que me paso el día estudiando en la biblioteca. Aunque hacerlo contigo es más divertido.

    El doble sentido de la última frase volvió a colorear toda su cara con un tono encendido de rojo. Hasta sus orejas se tiñeron de carmesí mientras giraba la cara para ocultar el bochorno. Las alegres carcajadas de Damián resonaron por todo el apartamento mientras intentaba en vano no salpicar agua por toda la encimera. Se secó las manos con el trapo que aún sostenía Enrique y le rodeó por la cintura. Besó su nuca con cariño y le estrechó más contra sí.

    »En la cama no eres tan tímido.

    Enrique no contestó, aunque tampoco le apartó de sí. Terminó de secar los platos en silencio mientras notaba el calor del cuerpo del joven pegado contra el suyo. Con un suspiro se apoyó en Damián que le sostuvo y subió las manos a su pecho. Acarició el torso de Enrique de arriba abajo con la punta de los dedos hasta que este se estremeció y dio ligeros besos por la piel de su cuello, hasta su oreja. A punto de tener una nueva erección Enrique se giró en brazos de Damián y le miró directamente.

    –Te preguntaba qué sueles hacer por si estoy molestando o por si ya tenías planes para hoy.

    –No me molestas, y aún es pronto para que vaya al gimnasio.

    Damián volvió a abrazar a Enrique, agarrándole esta vez por las nalgas. Con un ágil movimiento en el que puso en juego su fuerza le alzó en vilo para subirle a la encimera. Besándole con ganas en los labios soltó el botón del vaquero mientras le empujaba más y más hasta que su espalda chocó contra la pared. A Enrique se le escapó un gemido mientras las manos de Damián tiraban con fuerza de la tela del pantalón. Apoyándose en las manos para levantar las caderas Enrique le facilitó la tarea, dejando que le deslizase los pantalones y el bóxer hasta los tobillos, donde las deportivas hicieron tope.

    –Eres insaciable… –jadeó Enrique acariciando las ondas rojizas de Damián.

    Este le sonrió mientras soltaba los cordones de las deportivas. Sacó ambas a la vez y las dejó debajo de la mesa antes de retirar la ropa. Consciente de que Enrique le miraba estiró cuidadosamente los vaqueros y dejándoles perfectamente doblados sobre la mesa, con los bóxers encima. Por último, le quitó los calcetines mientras él se despojaba de la camiseta, aceptando estar completamente desnudo. Damián regresó a su lado y le besó mientras le acariciaba los pezones, que empezaban a levantarse. Descendió por el cuello hasta el pecho descubierto y volvió a empujarle contra la pared.

    Al contacto con los azulejos fríos que la recubrían el joven se estremeció, acariciando las ondas de Damián que seguía ensimismado acariciando los duros pezones de Enrique, de un tono ligeramente más oscuro que su piel, casi de un marrón chocolate. Les besó con ganas y pasó la punta de la lengua por la parte más rugosa de la aureola. Les estiró con los labios les empujó hacia dentro con la lengua. Recorrió con los dientes toda la aureola, arrastrando la piel hacia su boca para terminar succionando el pezón hasta que escuchó como gemía de placer. Cuando le soltó le apretó con los dedos, sintiendo como palpitaba.

    El pene de Enrique estaba ya erecto y rígido. Golpeaba contra su vientre cada vez que se movía para seguir jugando con los pezones. Le agarró por las caderas y se arrodilló despacio. Conforme descendía por su cuerpo iba dejando una hilera de mordiscos por el vientre, la cintura y las caderas. Recorrió la forma de la cresta ilíaca hasta que esta le condujo hasta el pubis lampiño de Enrique que jadeaba y gemía con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Una gota de líquido preseminal escurría por su pene y Damián la recogió con la lengua, aprovechando para agarrar con una mano los testículos del joven que se retorció de placer al notar como les masajeaba, usándoles para controlar su pene y poder lamerle a capricho sin necesidad de tocarle.

    Pasaba la lengua a lo largo del pene, desde la base hasta el glande cada vez más oscuro. Nuevas gotas de líquido preseminal comenzaban a descender por el tronco y eran ávidamente recogidas por la boca de Damián quien las saboreaba antes de tragarlas. Besó la punta del glande con sus labios coralinos y abriendo ligeramente la boca exhaló su aliento cálido y húmedo antes de meter todo el glande dentro de la boca. Describió giros con la lengua alrededor de la sensible piel y la arrastró con fuerza desde el frenillo hasta el agujero, donde presionó con suavidad antes de seguir tragando.

    El duro pene de Enrique se deslizó por su garganta hasta que sintió que su nariz quedaba pegada a su pubis. Abrió más la boca y empujó su cabeza contra el joven, que enredó los dedos entre los bucles rojizos de Damián y le miró atentamente entre jadeos. Le encantaba la sensación de estar por entero en su boca, los sutiles ruidos que hacía cuando tragaba saliva mientras intentaba mantener la respiración bajo control para no ahogarse ni sentir arcadas. No cabía duda de que tenía experiencia y además disfrutaba inmensamente con lo que hacía. Acariciando la suave melena del joven se inclinó para aferrar la camiseta y tirar de ella hacia arriba. Entendiendo lo que quería se separó un segundo de Enrique y se quitó la prenda de ropa, que quedó tirada en el suelo.

    Tirando de los testículos hacia abajo para estirar la piel del escroto bajó también el pene de Enrique, que quedó apuntando directamente hacia su boca. Lo metió entero en la boca y lo lamió con fuerza, tragando deprisa y dejando que la saliva le escurriese por la comisura de los labios y la barbilla. Tragaba con ansia, llevando el pene de Enrique hasta el fondo con cada empujón. No paraba, cada vez se movía más y más deprisa mientras la saliva comenzaba a escurrirse por el tronco hasta descender por los testículos. Enrique mantenía un férreo agarre sobre la cabeza de su compañero, pero en general le dejaba moverse a su antojo, demasiado absorto en el placer que le proporcionaba. Cuando se separó de él una mezcla de frustración y a la vez intenso deseo le impulsó a levantarse de la encimera para pegarse nuevamente a Damián, quien le rechazó con una risita.

    –Tú aquí quieto. Voy a por el lubricante, nada de moverte de este mismo punto hasta que vuelva.

    Enrique sonrió y giró para recostarse en la encimera. Lamiendo el índice y el dedo medio los introdujo en su ano al mismo tiempo que gemía con fuerza, dedicando una lasciva mirada a Damián que estuvo a punto de cambiar de idea y quedarse a contemplar el espectáculo. Sacudiendo la cabeza para librarse de la imagen ignoró la provocación de Enrique y fue casi corriendo hasta su cuarto, donde recuperó el lubricante del punto donde le había dejado ayer en el ardor del momento. Cuando regresó procuró hacerlo de puntillas. Desde el pasillo podía ver a Enrique masturbándose y dilatando su ano para él, una visión por la que pagaría con gusto. Recostándose contra el marco de la puerta se deshizo del resto de su ropa en completo silencio y comenzó a masturbarse con el espectáculo.

    El joven deslizaba los dedos dentro y fuera de su ano, ayudándose de abundante saliva. Su duro pene golpeaba contra la encimera y sus testículos colgaban entre sus piernas, ligeramente abiertas. Encadenaba un gemido tras otro mientras introducía los dedos una y otra vez, cada vez con más facilidad y más dilatado. Cuando consiguió meter tres en lugar de dos soltó un largo gemido seguido de varios jadeos que causaron que del tieso pene de Damián cayesen unas cuantas gotas al suelo. Ayudado por el lubricante deslizaba su mano por toda su longitud, lubricándose mientras se masturbaba. Enrique permanecía a la espera con los ojos cerrados y la espalda cada vez más arqueada, ofreciéndose sin saber que su compañero se deleitaba con la visión.

    Sin poder aguantar más Damián se acercó con sumo cuidado, pisando despacio el suelo para que no le detectase hasta el último segundo. Rápido como un pensamiento sujetó por las muñecas a Enrique y le inmovilizó contra la encimera, sobresaltándole. Deslizó la lengua a lo largo de la columna, empezando en el coxis y terminando en la nuca, donde dio un par de mordiscos suaves antes de besarle el cuello. Enrique se relajó sonriendo y más cuando notó el gran pene de su pareja frotándose entre sus nalgas. Arqueando todo cuanto podía la espalda separó más las piernas y le facilitó el frotarse a su antojo.

    Damián sonrió al ver lo dispuesto que estaba y al contrario que la noche anterior no dudó en introducirse en su ano. Con cuidado presionó el glande contra la entrada y de un empujón lo metió entero en el estrecho conducto, alcanzando rápidamente el recto que se relajó para permitirle el avance. Atento a los gemidos de Enrique se detuvo para permitir que se acostumbrase a su tamaño mientras le acariciaba la espalda con los labios y la lengua. Él mismo estaba jadeando y tenía que hacer un gran esfuerzo por controlarse y no moverse. Las cálidas paredes del recto de Enrique se relajaron por completo y pudo empujar sin miedo, entrando en toda su inmensa longitud.

    Soltó las muñecas de su amigo que se afianzó mejor a la encimera, girando la cabeza para poder mirarle por encima del hombro sin dejar de gemir. Le devolvió la sonrisa y con el pulgar le acarició el ano, ahora liso y sin los pequeños pliegues que tenía en reposo. Empezó a moverse, bombeando dentro y fuera con velocidad creciente, sin descanso, inclinándose para dejar descansar su cuerpo sobre el de Enrique quien aprovechó a besarle, mordisqueando sus labios para impedir que se separase. Los ruidos húmedos que producía al entrar y salir se sumaron al entrechocar de los cuerpos y a los gemidos que ambos dejaban salir. Al ver que Enrique intentaba llevar la mano a su pene para continuar masturbándose Damián le detuvo. Retuvo sus brazos doblándoles a la espalda e inmovilizándoles con el peso de su cuerpo para poder tener las manos libres.

    –Por favor, cariño, tócame –suplicó Enrique en cuanto comprendió que no le dejaría hacerlo a él.

    –Claro que sí, pero por lo bien que lo has pedido.

    Agarró el pene de Enrique, notando como palpitaba en su mano. Recogió el líquido preseminal que goteaba y usándolo como lubricante recorrió toda su longitud. Frotó y masajeó el frenillo sin darle tregua, mientras seguía penetrándole con todas sus fuerzas, impulsándole contra la encimera. Tiró de su pene hacia abajo, lo apretó, aflojó la mano y la volvió a tensar en un intento por llevarle al límite. Enrique jadeaba y gemía cada vez más deprisa, sin poderse contener y notando en su mano el vientre musculado de Damián cada vez que este le penetraba. Cuando ya creía que no aguantaría más Damián le soltó y salió de su interior mientras gemía frustrado.

    Antes de que Enrique pudiese preguntar qué pasaba Damián cayó de rodillas delante de él. Le hizo girar sosteniéndole de las caderas y en cuanto quedó frente a él volvió a lamer su pene. Manteniendo la boca abierta masturbó al joven mientras le miraba fijamente a los ojos y se tocaba él también. Incapaz de contenerse por más tiempo Enrique alcanzó el orgasmo con un potente grito, soltando un chorro de semen tras otro que cayeron en la cara de Damián, quien se corrió en el suelo en cuanto sintió como caía en su boca la corrida de su amigo. Reteniendo un momento el semen en la lengua para que pudiese verlo bien tragó despacio, saboreando.

    Enrique iba a retirarse cuando Damián le retuvo por los muslos. Manteniéndole contra la encimera lamió su pene con lentitud, recogiendo cualquier posible resto de semen que se le hubiera podido escapar. Pasó la lengua por toda la piel una y otra vez, deteniéndose en los testículos y volviendo a subir hasta que el pene de Enrique comenzó a perder firmeza. Solo entonces se levantó, apoyando la cabeza en el hombro del joven que le abrazó con fuerza, acariciando sus ondas rojizas y su espalda.

    –Insaciable e increíble. Madre mía, eres fantástico.

    Damián se rio y le devolvió el abrazo sin separarse de él. Solo cuando el frío empezó a resultar molesto ambos se separaron. Damián alcanzó la ropa a Enrique y le ayudó a vestirse, cuando iba a subirse los pantalones le detuvo. Con suma delicadeza presionó entre sus omóplatos para que se inclinase hacia delante y le limpió el lubricante que había escurrido por sus nalgas desde su ano. Cuando volvió a incorporarse no pudo refrenarse y le atrapó entre los brazos para darle un largo beso en el que recorrió toda su boca con la lengua, hasta que la falta de aire y la incomodidad les obligó a separarse para respirar. Enrique iba a sentarse cuando vio que Damián cogía una bayeta y un bote de desinfectante y se ponía a limpiar el suelo y la encimera.

    –Sí que eres ordenado –comentó.

    –Me gusta el orden, me hace sentir bien, que está todo bajo control.

    Terminó de limpiar y regresó con Enrique que ahora sí se sentó a la mesa. Cogió la mano de Damián y tirando de ella le sentó en su regazo donde le abrazó y acarició su vientre metiendo la mano por dentro de la camiseta. Le besó en el costado y cuando este le rodeó con un brazo volvió a besarle.

    –¿Te parece si cenamos juntos? Esta vez fuera. Así te compenso por haber tenido que desayunar dentro de casa –propuso Damián con una sonrisa.

    –Oh, yo no consideraría que hay algo que compensar. La verdad es que ha sido muy divertido, sobre todo al final, pero me encantaría ir a cenar fuera.

    –Podemos celebrar que hemos empezado como pareja.

    –Como pareja… –musitó Enrique.

    –¿No quieres? –preguntó preocupado Damián tensándose–. No tenemos que celebrar nada si no quieres, podemos cenar sin más.

    –No, no es eso. Es que me encanta como suena lo de que seamos pareja. Aunque no sé demasiado sobre ti, ni siquiera sabía si te gustaban los donuts o no hasta esta mañana.

    La sonrisa de Damián podría haber eclipsado el sol. Sus hoyuelos se marcaron ampliamente en su cara y estrechó con más fuerza a Enrique que le correspondió con otra sonrisa similar después de sobreponerse del atontamiento. Cada vez que le veía sonreír de semejante manera, con todo su rostro y con los ojos verdosos reluciendo de alegría, su corazón se saltaba un latido y su mente se quedaba en blanco. Incluso le costaba respirar. Haría cualquier cosa por verle sonreír así siempre. Con un dedo resiguió los hoyuelos de sus mejillas, esas hendiduras tan peculiares.

    Damián recostó la cara contra la mano tierna de su pareja que le sonreía de vuelta. Su corazón palpitaba con fuerza y estaba embriagado de felicidad. El sexo era lo de menos, sentirse así y ser correspondido era suficiente para él. Dio un beso a su novio y le acarició la cara arriba y abajo con suma ternura. Por desgracia comenzó a notar un hormigueo desagradable en las piernas, señal inequívoca de que se le estaban durmiendo. A regañadientes dejó que Damián se bajase de su regazo y le contempló estirarse. La camiseta se subió revelando un trozo de piel blanca y perfecta.

    –Voy a ir al gimnasio esta tarde, ¿quieres que pase a buscarte por tu casa después?

    –No, mejor voy yo a buscarte a ti, hay un restaurante muy bueno cerca del gimnasio si te gusta la pizza tradicional. Te gusta la piza ¿no?

    –Me gusta la pizza. ¿Iré bien si visto vaqueros y nada más? –preguntó Damián frunciendo el ceño.

    –No, si solo vistes vaqueros todo el mundo te mirará y me pondré celoso. Al menos una camiseta. Y zapatillas –bromeó Enrique dándole una palmada en el culo.

    Damián soltó un chillido breve y después estalló a reír al comprender la broma. Decidido a devolvérsela se inclinó lentamente sobre Enrique, midiendo cada movimiento para impregnarlo de una flagrante sensualidad. Enrique se echó hacia atrás en la silla y cuando Damián se mordió los labios, atravesándolo con sus extraños ojos verdosos, tuvo que tragar saliva, pues se le había quedado la boca completamente seca. Complacido con su reacción Damián se inclinó más, hasta que pegó los labios contra su oreja.

    –Siempre termino a eso de las nueve. Te estaré esperando a la entrada del gimnasio. Te estaré esperando con muchas ganas.

    Enrique volvió a tragar saliva y Damián se retiró entre risas. El joven boqueó varias veces mirando fijamente a Damián que se acuclilló para quedar a la misma altura que él. Aguardó paciente a que se recuperase y el color escarlata de sus mejillas descendiese hasta recuperar su tono bronceado de siempre.

    –No sé cómo lo haces, en serio.

    –Talento natural –se ufanó el otro.

    –Tengo que irme –dijo Enrique con tristeza tras consultar la hora en el móvil–. Ni siquiera tengo la comida hecha y todavía tengo que terminar un par de ejercicios para mañana. Y revisar el trabajo de anatomía.

    Damián le acompañó hasta la puerta. Ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de separarse, pero tampoco querían resultar cargantes. Con un suspiro de resignación Enrique se giró en la puerta, dispuesto a enfilar las escaleras cuando Damián le abrazó por detrás. El joven le sujetó por la barbilla y girándole la cara con delicadeza le plantó un beso en los labios.

    –Hasta esta noche, te quiero.

    **********************

    Nota de ShatteredGlassW:

    Gracias a todos por leer este segundo relato y el apoyo dado al primero. Espero que os haya gustado y que sigáis apoyando esta serie. En la presentación de mi perfil subiré una pequeña tabla para que sepáis cada cuanto podéis esperar un relato mío, por si tenéis curiosidad por saber cuándo se publicará la siguiente parte. Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected]

  • La casa de sénet (cap. 2): Nataku la marioneta sexual

    La casa de sénet (cap. 2): Nataku la marioneta sexual

    Ricardo estaba en una de las habitaciones de la casa de Zénet con Nataku. El medio japonés yacía de pie en el centro de la habitación y el muchacho ciego no sabía bien cómo actuar. Había decidido comenzar primero con él porque Nataku le había gustado sobremanera y quería gozarlo, disfrutarlo. De hecho quería disfrutar a cada zombi, tenía 12 horas por cada uno.

    -Nataku, “Marioneta 48”, “Duerme y sé un zombi”, quiero estar contigo las primeras 12 horas. Vamos, vuelve a quitarte la ropa y déjame sentir como lo haces. Guía mis manos y déjame sentir como te quitas la ropa, después desnúdame y cuando estemos desnudos, abrázate a mi cuerpo. A sí, y mientras me desnudas, besa todo mi cuerpo con mucha pasión. Te quiero excitado, apasionado, quiero verte en faceta totalmente gay. yo soy tu señor por estas 48 horas y quiero que seas un esclavo y amante homosexual en toda regla.-

    Ordenó el muchacho ciego.

    -Sssii… Nataku esclavo… Nataku zombi… Nataku marioneta…-

    Dijo Nataku con voz gutural.

    -Bien comienza a desnudarte. Guíame con tus manos y explícame como se llama la ropa que te quitas y guía mis manos para conocer tu cuerpo desnudo.-

    Ordenó Ricardo, mientras exploraba la espalda de Nataku y besaba su cuello.

    Nataku procedió a quitarse una clase de chaqueta sin botones que cubría su torso. Desanudó el listón que la sostenía y la dejó caer sensualmente por su cuerpo, al tiempo que tomaba las manos de Ricardo para que sintiese como la prenda lo descubría y el ciego pudiera acariciarlo a placer.

    -Esta ser uwagi… Primera pieza de traje… Nataku usarla para cubrir torso… Torso desnudo… Acaricia… Torso desnudo… Acaricia a Nataku… Nataku tuyo… Nataku zombi…-

    Dijo el rubio, al tiempo que Ricardo besaba y mordía su fuerte pectoral.

    Ricardo deslizó sus dedos por la espalda descubierta de Nataku y exploró el fuerte pectoral, para enseguida lamer su cuello. -Tienes una piel magnífica mi Nataku.-

    Dijo Ricardo fascinado por el rubio.

    El medio oriental gruñó en conformidad y puso las manos de Ricardo en torno a su cintura. –Ser obi… Cinturón de traje… Cinturón de Nataku… Nataku quitarse obi… Nataku desnudarse… Nataku desnudarse para mi señor… Nataku ser esclavo zombi… Nataku ser marioneta…-

    Pronunció Nataku perdido en el trance, a la vez que el cinturón del traje caía al suelo.

    Ricardo se apoderó de su boca y el medio oriental aceptó el beso con fogosidad, a la vez que las manos de ambos exploraban cada uno, el cuerpo del otro.

    Ricardo tocaba y sujetaba con fuerza el torso descubierto de Nataku y el medio oriental plantaba calientes besos en el cuello del muchacho ciego.

    -Este ser zubon… zubon

    Pantalón de traje… Nataku quitarse zubon… Nataku quedar desnudo… Nataku quitarse zubon… Nataku desnudo… Nataku desnudo… Nataku gay… Nataku esclavo…-

    Aseveró el hipnotizado rubio.

    Ricardo no aguantó más y le extrajo el zubon a Nataku. -¡Con un demonio!, ¡Arráncame la ropa!, ¡quiero que me cojas!, ¡quiero que seas rudo, fogoso y me cojas de una puta vez!, ¡quiero sentir el mejor sexo de mi vida!, ¡ahora Nataku!-

    El rubio gruñó y tomó a Ricardo con gran fuerza de los hombros. Rompió la ropa del ciego y lo arrojó con violencia contra la cama. Nataku lo inmovilizó y en un solo acto giró a Ricardo y mientras lo sujetaba, lo penetró sin ninguna clase de misericordia.

    -Aaaah. ¡Eso, eso eso!, ¡eres el hombre!, ¡así, así no pares, no pares!-

    gritó Ricardo a causa del placer

    El rubio gruñó como una bestia y aumentó el ritmo de sus caderas, mientras besaba y lamía la espalda de Ricardo. -Nataku esclavo… Nataku zombi… Nataku desnudo… Nataku zombi… ¡Nataku esclavo, Nataku gay, Nataku esclavo!-

    El ciego apretó con sus piernas a Nataku y lo empujó con fuerza, para que el medio oriental ganara aún más velocidad e intensidad en la penetración. Ricardo tomó las manos de Nataku y las condujo hasta su miembro.

    -¡Mastúrbame!, ¡mastúrbame!, ¡te quiero por completo!, ¡duerme y sé un zombi!, ¡marioneta 48!-

    Gritó Ricardo extasiado, al tiempo que el rubio entraba y salía de su cuerpo a gran velocidad.

    Nataku gruñía cada vez más alto y sin dudar sujetó el miembro de Ricardo, el cual comenzó a frotar una y otra vez con gran deseo, mientras sus besos no dejaban de recorrer al muchacho. -Nataku zombi… nataku marioneta… nataku esclavo, nataku gay!-

    Gritó el medio oriental, mientras incrementaba el ritmo de la penetración.

    -¡aaah!, ¡eso, eso, eso esclavo!-

    Ricardo gritó víctima del placer, cuando Nataku golpeó tres veces su próstata con gran encomio y se aferró más al desnudo torso del rubio.

    Nataku se estrelló una serie de cinco veces contra la próstata, mientras Ricardo se movía en círculos para que las estocadas fueran más y más profundas. En respuesta el medio oriental empezó a masturbar con más intensidad la verga de Ricardo. Tras unos 30 segundos el muchacho no pudo más y lanzó una poderosa explosión que bañó los dedos del zombi rubio.

    Casi enseguida Nataku se corrió con un poderoso rugido y llenó el culo del muchacho ciego con su esperma, a la vez que los dos eran víctimas de cruentos orgasmos.

    -“¡aaaah!”-

    Gritaron ambos sin poder evitarlo.

    Ricardo se dejó caer exhausto y cubierto de sudor, mientras Nataku soltaba todo su peso sobre la espalda del muchacho.

    -Nataku tuyo… Nataku zombi… Nataku marioneta… Nataku esclavo… Nataku gay… Nataku disfrutar… Nataku hipnotizado… Nataku zombi…

    Repitió el rubio dominado por un profundo trance.

    -Mi Nataku, te deseo más y más. ¡Eres buenísimo en la cama!-

    Expresó Ricardo, aún perdido en la enorme sensación de éxtasis.

    -Quiero una segunda dosis. ¡Descansa unos minutos y vamos a volver a coger esclavo!-

    Ordenó Ricardo, mientras se daba la vuelta para abrazarse al desnudo e hipnotizado Nataku.

  • En la piel de ella

    En la piel de ella

    Alexandra me pide que, a través de una fantasía, le haga sentir que soy otra persona que quedó en su recuerdo, y que le proporcione el placer que necesita sentir de ella como la despedida que nunca tuvo.

    La navidad no es una época que me guste demasiado y ese año, por pereza, no adorné en absoluto mi humilde apartamento, salvo por el detalle de un gorro de elfo ayudante de Santa Claus, que me regalaron en un comercio durante unas compras y dejé tirado encima de unos libros. Fue ese día durante las fiestas navideñas cuando había quedado con mi amiga después de mucho tiempo para poner proyectos en común y trabajar en escribir algo juntos como hacíamos antaño.

    Alexandra es una mujer de gran presencia y enorme creatividad que me atrajo desde el primer momento, pero que siempre consideré fuera de mi alcance. Aun así, cuando en una conversación casual durante una feria de libros vimos que teníamos ideas e inquietudes parecidas y que podíamos colaborar, no pude evitar ilusionarme con la idea compartir instantes con ella, aunque solo fuese un tema profesional.

    Antes de cada reunión su imagen se paseaba por mi mente mostrándome su sonrisa pícara, su mirada que parecía ocultar miles de secretos y sus fascinadoras rarezas, pero aún era peor cuando hacía acto de presencia y superaba sin esfuerzo las expectativas de cualquiera de mis pensamientos. Sus cabellos oscuros acompañaban con su movimiento muecas, a veces elegantes y a veces divertidas, que hacía mientras hablaba, y sus finos, pero apetecibles labios me tentaban cada vez que se juntaban y se separaban. Así, con el tiempo, el interés fue creciendo sin poder evitarlo y aquellos momentos a solas se convirtieron en la más placentera de las torturas, porque era un placer tenerla tan cerca y una tortura tener que contenerse ante las ganas de tener algo con ella, ya que por desgracia para mí, la atracción no era mutua. Había una tercera persona en la ecuación que desequilibraba todo: Alex estaba en todos mis deseos, pero en los de Alex solo estaba Marina.

    Aquella jornada en el cuerpo de mi compañera, como de costumbre, mandaba el negro que estaba presente en todas y cada una de las prendas que vestía, desde sus botas altas y sus medias, las cuales tenían hipnóticos adornos de encaje, hasta su chaqueta, tipo sudadera con capucha, que hacía juego con sus uñas engalanadas con tonos oscuros sobre los que aparecían motivos de lunas y estrellas. Pero por supuesto también había morado, otro de sus colores. En sus labios, en su sombra de ojos y en su pantalón corto.

    Nos sentamos y empezamos a hablar, a reírnos, a ponernos al día sobre nuestras vidas, y así, la conversación no tardó en desviarse hacia lo personal. Y es que mi admirada compañera se mostró melancólica de aquella relación que tuvo con Marina y que me contó que no hacía mucho que se había terminado. Me confesó que sentía que quedó algo pendiente y eso le impedía seguir avanzando en su vida afectiva y sexual. Estaba claro que necesitaba hablar de aquello y al escucharla casi pude sentir en mi piel cuanto deseaba haberse acostado con aquella mujer. Pero todo se acabó y quedó pendiente, convirtiéndose en un capricho que no podía quitarse de la cabeza y que se aliaba con una indeseada esperanza de cumplirlo algún día aun sabiendo que seguramente no pasaría.

    —A veces me gusta fantasear con ella, pero aunque sabes que tengo bastante imaginación me bloqueo y tengo que parar —Me confesó con las mejillas enrojecidas mientras evitaba mirarme a los ojos.

    Por otro lado estaba yo, que en aquel triángulo incompleto siempre me sentí la peor parte. Hace mucho que he querido ver la cara de Alex teniendo un orgasmo para mi, retorciéndose de placer y quedándose completamente relajada, sonriente y satisfecha. Dentro de mí lo sentía como una súplica que me decía: “quiero verlo, quiero escucharlo, quiero sentirlo, quiero aprender todos los secretos de su cuerpo y darle los mejores momentos y no me importa a qué precio.” Y así era. Me hacía sentir un poco sumiso y desesperado, dispuesto a darle todo sin pedir nada a cambio, sin que me importara si pensaba en alguien más mientras estaba conmigo, porque en el fondo sabía que aquella era la única manera de que viera en mi alguien deseable.

    Y fue así, que la historia de Marina apareció en el ambiente como una oportunidad de que los dos tuviéramos nuestro momento, aunque con los sentidos limitados y fuera de la realidad, pero bueno, la fantasía era un territorio en el que ambos nos movíamos como pez en el agua y seguramente podríamos disfrutarlo enormemente.

    —Matthew… Necesito que me ayudes con esto —Dijo Alex de pronto.

    —¿Cómo? —Contesté pensando que me pediría consejos amorosos aun sabiendo que no soy nada bueno con eso.

    Pero no, no eran consejos amorosos, se refería a ayudarla con su bloqueo.

    —Desarrolla una historia con ella para mí. Déjame sentirla.

    La petición de la joven me desconcertó, pero no por no tener claro desde hacía tiempo que cumpliría algo así para ella sin dudarlo, si no por preguntarme por qué de pronto me proponía aquello y bajo qué condiciones.

    —No sé si acabo de entender lo que me estas pidiendo —Fue mi respuesta.

    Y se levantó de la silla para colocarse el pelo, mirarme directamente y explicarse lo mejor posible.

    —Mira, tú y yo hemos escrito muchas cosas y también sé que has narrado para otras personas en alguna ocasión. —Bajó la cabeza un segundo antes de continuar— Pues hoy quiero que lo hagas para mí. Tráeme a Marina a esta habitación, porque aunque sé que no estará aquí físicamente, si la siento, si en mi imaginación puedo tenerla acariciando mi cuerpo y cumpliendo mis deseos, tal vez pueda seguir avanzando en mi vida.

    Pero entonces mostré algo de duda en mi rostro, por lo que decidió atacarme donde sabía que podría doblegarme sin problemas.

    —No me digas que no ganas también con esto, porque ya declaraste que te atraía, y las manos y la boca de Marina van a ser las tuyas en esta historia. —Se mordió el labio inferior un instante.— Sabes que lo vas a disfrutar incluso más que yo.

    Joder, claro que iba a disfrutarlo, no había duda de ello. La cuestión es si eso la ayudaría realmente a ella.

    —Solo quiero correrme pensando en ella y sola no puedo porque me bloqueo. Ya sé que no va a hacer que la olvide, pero es un capricho que necesito tener. —Dijo continuando en su intento por convencerme.

    —No te diré que no he pensado en cosas así antes pero… ¿Eres consciente de que es un poco raro que tú me lo pidas? —Contesté.

    —Te lo pido porque sé qué lo harás por mí y que pondrás toda tu imaginación en ello —Dijo Alex finalmente.

    Y acepté, provocando en ella una sonrisa y cierto nerviosismo sobre que iba a pasar a continuación. Así que puse a trabajar mis ideas, tratando de recordar al menos a grosso modo como era Marina por las fotos que Alex me había enseñado de ella. Pero además, también conocía sobre el pequeño fetiche de mi amiga con los disfraces, y arranqué silenciosa y disimuladamente el cascabel del gorro de ayudante de Papá Noel para guardármelo apretándolo fuerte en mi mano derecha con la idea de poder usarlo después para hacer más interesante la aventura.

    Mi joven amiga se sentó cómodamente en una silla de oficina que colocamos en el centro del salón de mi casa y cerró los ojos con total confianza para que pudiera vendárselos con un trozo de tela negra de tacto aterciopelado. Respiró profundamente y se centró en sus oídos para escuchar la narración que iba a hacerle, dejándose hacer en todo momento y esperando que pudiera llenar su mente de las descripciones que necesitaba, y su cuerpo de los placeres que quería sentir. Yo por otra parte, quería traerle las sensaciones más excitantes que pudiera mientras disfrutaba de su presencia, así que caminé alrededor de ella hasta pararme finalmente detrás y acercar mis labios a su oído.

    Entonces me convertí en el máster de este curioso juego de rol.

    —Respira hondo y relájate. Acuérdate de Marina. De su pelo rubio y corto y de esa figura tan esbelta. Céntrate en su recuerdo. En sus labios, en sus preciosos ojos verdes… y déjame que la invite a que nos haga compañía. No te dirá nada y no podrás tocarla, pero vas a poder sentirla. —Comencé a narrar.

    Me separé un instante y abrí la puerta de la habitación procurando que Alex escuchara como el pomo giraba lentamente y las bisagras chirriaban al ejecutar su función. Entró un poco de frio pero pronto le di una razón para aceptarlo.

    —Ella está pasando ahora a la habitación, cerrando la puerta tras de sí, parándose a mirarte de arriba abajo mientras se muerde el labio inferior con sus incisivos y sonriendo de forma pícara. Lleva puesta ropa interior de encaje negra y unas medias que llegan hasta los muslos. Lleva también unas orejas de gato y un collar en el cuello, pero lo tapa parcialmente con su mano derecha. En la izquierda, trae unas cintas con las que sujetar tus manos a la silla para recordarte que no podrás tocarla si quieres que cumpla con tus deseos. —Susurré.

    Até entonces suavemente las muñecas de mi amiga a los reposabrazos que tenía la silla mientras seguía describiéndole en voz baja la situación.

    —No sé si puedes sentir su presencia, pero está detrás de ti, mirándote y pensando en la mejor manera de complacerte, acercándose a tu oreja por tu lado izquierdo y quitándose la mano del cuello para que escuches que… su collar de gata tiene un cascabel —Y mientras lo mencionaba, agité el objeto que tenía en mi mano cerca de su oído izquierdo.

    Aquello la hizo estremecerse y suspirar profundamente. Parecía que funcionaba y estaba entrando en la fantasía, así que até el pequeño y sonoro juguete en el cuello de mi sudadera y posé mis manos suavemente sobre los hombros de Alex para empezar a masajearlos.

    —Marina no tiene prisa y le encanta acariciarte con calma para hacerte esperar un poco —Susurré de nuevo mientras deslizaba mis manos desde sus hombros y recorriendo sus brazos hasta sus manos.

    —Le encanta respirar cerca de tu cuello y moverse entre tus cabellos. Mimarte y sorprenderte dejando sentir sus labios próximos a tu oreja izquierda y de repente que la escuches moverse junto a tu oreja derecha, con su cálido aliento soplando sobre ti.

    Y cada descripción la acompañaba de movimientos y roces adornados con el sonido del cascabel y mi respiración sustituyendo a la de la amante ausente.

    —La esperas e intuyes donde está, pero no sabes en qué momento su boca va a entrar en contacto con tu piel, y ella juega con eso, al escondite, a la sorpresa, al deseo que se incrementa con la espera de que algo ocurra.

    Empecé a besar el lado derecho de su cuello. Situado detrás de ella, sentí como suspiraba y ladeaba la cabeza para ofrecerme más superficie sobre la que posar mis labios o deslizar mi lengua lentamente. Me fui también por su nuca desde la cual pude cambiar de lado, para que ni un solo milímetro de esa zona de su anatomía se quedara sin besar o sin ser mordido. Con cuidado… Con mucha calma.

    Entonces me detuve.

    Alex esperó unos segundos y empezó a buscar a Marina con la cabeza a pesar de que la venda que le cubría no le permitía ver nada.

    —¿Dónde está ahora? —preguntó impaciente por más caricias.

    Y mientras la joven aguantaba la espera, yo, sigiloso, me fui dando la vuelta para colocarme frente a ella y agacharme delante de la silla. Entonces le toqué la rodilla izquierda y se sobresaltó un poco.

    —Separa un poco las piernas para ella —le dije.

    Y lo hizo, permitiéndome acercarme más y reposar mi cabeza en su regazo.

    Así, acostado, pero de rodillas en el suelo, acaricié sus muslos con pausa, palpando el tacto de sus adornadas medias. En ese momento me hubiese gustado que me acariciara el pelo, pero no podía debido a que sus muñecas aún estaban amarradas.

    Levanté la cabeza y comencé a desbrochar la cremallera de su chaqueta con mucha lentitud, intentando que escuchara como iba bajando hasta abajo y cuando por fin pude abrirla, mis manos iniciaron una larga serie de caricias por la parte superior de su cuerpo. Primero por encima de su camiseta, rozando sus costados, su vientre, su pecho o su cuello y mejillas. Después, loco por sentir su piel, mis dedos la recorrieron por debajo de la tela, hasta que al final en un gesto brusco le subí la camiseta hasta arriba para descubrir su pecho, cubierto por un sujetador negro con sensuales adornos de encaje.

    Suspiré para mis adentros.

    —Marina se muerde el labio todo el tiempo, y te mira. Se contiene, se le nota que te arrancaría cada una de las prendas que vistes y empezaría a lamerte por todo el cuerpo. Pero está disfrutando del camino hacia dónde quiere llegar —seguí narrando

    —¿Dónde quiere llegar? —Me interrogó Alex con la respiración entrecortada.

    Pero no contesté. Simplemente aparté su sujetador y acerqué mi boca a sus pechos para empezar a comérmelos. Así, mientras trazaba círculos con la punta de mi lengua sobre la areola de uno de sus pezones me concentré en la forma de su busto. Sus tetas tenían el tamaño y la forma que siempre me había imaginado y me encantaban. Se sentía un tacto cálido, blandito y agradable cuando las apretaba ligeramente con mis manos y sus pezones reaccionaban al instante a cualquier caricia, endureciéndose y adquiriendo la forma perfecta para que pudiera meterlos en mi boca. Y mientras lo hacía, no cesaban las caricias en su cintura y aunque con cierta dificultad por su postura, también en su espalda. Hasta que mi recorrido comenzó a ser descendente y mis dedos se deslizaron por su vientre para pasearse después por encima de su pantalón, obviando la zona de su sexo pero avisando de que pronto podían pasearse por allí y volviendo a sus piernas.

    Las yemas de mis dedos bajaron hasta sus botas y trabajaron para desabrocharlas. Luego se las quité y centré mis caricias y besos en trepar de nuevo desde sus pies, subiendo por sus rodillas y la cara interna de sus muslos, hasta alcanzar su entrepierna, a la que dediqué pequeños besos que intentaba que se escucharan mezclados con el sonido del cascabel.

    Así, llegó por fin el momento de deshacerme de esos pantaloncitos cortos tan sexys, así que desabroché el botón y me dispuse a bajar la cremallera, apartando después el tejido lo suficiente para poder acariciar y besar el pubis de mi admirada compañera.

    —Las intenciones de Marina ya se hacen visibles. No puede esconder lo que desea —Acabé diciendo mientras tiraba de su pantalón para sacárselo.

    Alex levantó las caderas para ayudarme en la tarea de dejar la parte inferior de su cuerpo solo con la ropa interior y las medias. Una ropa interior de nuevo muy sensual, con bonitos adornos de encaje. Y es que se notaba que mi amiga había pensado bastante en esto y se había vestido para la ocasión, procurando que a su ex, en esta historia, no le entraran las dudas de que quería llegar hasta el final. Continué deshaciéndome también de sus medias. Las acompañé con mis manos con cuidado mientras acariciaba sus piernas hasta abajo, primero la izquierda y luego la derecha y finalmente me preparé para subir un poco la intensidad de la situación.

    De nuevo, mis manos rozaban la piel de sus muslos y pequeños y cariñosos besos acercaban mi boca hasta su sexo. Escuchaba la respiración entrecortada de Alexandra y percibía como su cuerpo desprendía calor. Con dos dedos de mi mano derecha palpé por encima sus braguitas sobre la zona de su clítoris y apreté ligeramente dejando que me sintiera. Ella, instintivamente separó más sus extremidades inferiores para que tuviera más espacio y disfrutó de como mimaba su parte más sensible. La besé varias veces en el mismo lugar y después me levanté hacia su boca para perfilar sus labios con mi lengua y jugar un poco.

    Me buscaba, quería besarme, y yo mordía su labio inferior, tiraba de él, le lanzaba lametones y jugaba al gato y al ratón dejándome sentir por todo su rostro y su cuello, dándole al final lo que buscaba en un beso profundo y húmedo que hizo que nuestras lenguas se enredaran mientras mi mano, traviesa, se colaba sin que nadie la esperara dentro de su ropa interior para permitirme notar la humedad de mi compañera. Un hilo de saliva unía nuestras bocas cuando nos separábamos, pero apenas lo dejábamos caer antes de volver a fundirnos de nuevo. Solo hasta el momento en que no pude más y las atenciones que dedicaba a su clítoris con mis dedos me provocaron una sed tremenda de su humedad.

    Me relamí ruidosamente para que me escuchara.

    Bajé despacio con mi boca, dejando un cálido rastro por su piel hasta que tuve delante la parte inferior de su preciosa lencería oscura y de nuevo con su ayuda, terminé por quitársela. Luego abrí un poco su sexo con mis pulgares y concentré mi saliva en la punta de mi lengua para lanzar un lametón largo, lento e intenso hacia su fuente de placer provocando que Alex se estremeciera y lanzara un pequeño gemido, gozando de sentir toda aquella mezcla de humedades que facilitaban el masaje oral que empezaba a darle.

    El clítoris de mi amiga me resultaba tremendamente excitante y era una autentica delicia poder probarlo. Lo estimulaba de forma alterna con mis dedos o con mi lengua, haciendo círculos alrededor o mojándolo con su propia humedad para poder mimarlo directamente. Adoraba besarlo, retenerlo entre mis labios y lamerlo, con la desgracia de no poder ver en los ojos de Alex cuanto lo estaba disfrutando. Pero se notaba en cómo se retorcía y jadeaba, en como pedía más cuando me sentía llenarme la boca y succionarlo un poco o hacerlo vibrar con la punta de mi lengua.

    Según se aceleraban las cosas chupaba y lamía con más intensidad, pero no quería acelerar mucho el ritmo aun y procuraba acompañar aquellos momentos con caricias por todo su cuerpo. Pronto necesité mi mano derecha para empezar a introducirle un par de dedos que añadieran nuevas sensaciones a como me la comía con todo el deseo del mundo. Así, uno a uno, fueron entrando, mojándose y deslizándose suavemente hasta hacerla sentir llena, moviéndose al mismo ritmo que yo la saboreaba, mientras con la mano que tenía libre la sujetaba para que no separara su coño de mí ni un instante.

    No quería dejarla escapar.

    Así, la respiración acelerada de la persona que más había deseado durante mucho tiempo inundó la habitación y me marcó el ritmo que debía seguir en mis esfuerzos para que acabara corriéndose para mí. Aunque por supuesto más de una vez aparecería el nombre que me recordaría quien era para Alex la verdadera responsable de aquella profunda satisfacción.

    —Así Marina, sigue, no pares, cómetelo todo, por favor —Suplicó mi amiga completamente extasiada.

    Pero paré, aunque solo para centrarme un poco y alargar las cosas antes de pasar al ataque final.

    Susurré una descripción sobre como Marina se había detenido para observarla mientras se relamía y gozaba del placer de acariciarse contemplando su desnudez, contándole como introdujo sus dedos dentro de ella y luego se los chupó para que el gusto de su sexo impregnara sus labios. Acerqué después mi boca a la de mi amiga para besarla y que percibiera su propio sabor como el de la chica que deseaba. Así, esos besos pequeños y leves se fueron alargando, haciéndose profundos y húmedos, hasta descontrolados a veces, mezclándose con algún mordisco suave, especialmente en su labio inferior, el cual me encantaba sujetar y dejar que se me fuera resbalando entre los dientes. La lengua de mi amiga y la mía se rozaban, se enfrentaban y se enredaban, y como ella no podía ver lo que ocurría, a veces se quedaba esperando más con la boca entreabierta, salivando, algo que consideré el mejor momento para chupar su lengua, absorbiéndola lo justo, y dejando que notara el deslizar de mis labios sobre ella.

    Decidí perderme por su cuello e iniciar un camino descendente cuando noté que la respiración entrecortada de Alexandra transmitía demasiadas ganas de que continuara por donde nos habíamos quedado y le dejara llegar hasta el final, así que mi querida amiga, que se había desconcertado un instante, volvió a estremecerse al sentir de nuevo mi lengua plana pasearse húmeda y calentita, en toda su extensión, sobre su clítoris. Disfrutó de que volviera a cogerlo con mis labios y besarlo, acariciarlo y después succionarlo, mientras le introducía mis dedos una y otra vez, jugando con ellos a explorarla por dentro en busca de roces o ángulos de penetración que la estimularan más. En mi boca sentía sus contracciones y no me separaba ni una micra de ella y del deleite de sentir sus espasmos. Mientras, su sexo apretaba mis dedos y a veces les costaba entrar, pero seguía su juego al compás de su cuerpo y empezaba a sentir lo que pronto me anunciaría.

    –Joder, si, me corro —pronunció entre jadeos.

    Palabras que no me hicieron parar de comérmela.

    —Me corro, Marina —advirtió para que no hubiera sorpresas.

    Y en mi mente yo pensaba: “Eso es, córrete en mi boca y disfrútalo, estoy aquí para eso”

    —No puedo más. ¡Me corro, me corro, me corro! —Repitió entre gemidos de gozo tremendamente sensuales. Y mientras lo decía una y otra vez, se dejó ir en un intenso y profundo orgasmo que pude sentir a pesar de mis esfuerzos por no detenerme y seguir chupando su clítoris y follándomela con mis dedos mientras duró.

    Me gustó tanto…

    Fue un orgasmo largo, descontrolado, que la hizo temblar.

    La venda de sus ojos de nuevo me impidió cumplir mis sueños al cien por cien, pero fue aquella sin duda, una escena que disfruté como nunca. Su boca entreabierta jadeando, suspirando y suplicando por esos últimos instantes que necesitaba para alcanzar su clímax, sus músculos tensándose y su cuerpo retorciéndose en la silla. Finalmente, cuando todo acabó se relajó con mis últimos besos y caricias en su pubis, aunque aún siguió temblando unos segundos más.

    Finalmente me retiré y empecé a desatarla, dejando la venda de sus ojos para el final, comprobando al quitársela y, tras ese breve periodo de adaptación para volver a ver nítidamente de nuevo, que una lágrima cayó tímidamente por su rostro antes de preguntarme:

    —Ya se ha ido ¿verdad?

    —Si, me temo que tenía un poco de prisa —Le respondí.

    Y me sonrió.

    —Lo has hecho fatal, ¿sabes? —Me sorprendió diciendo de repente.

    —¿Por qué? —contesté con cara de incredulidad.

    —Sabía que eras tú todo el tiempo, porque solo tú tienes tantas ganas de verme disfrutar —Fue su respuesta.

    Y no supe si reírme o pedir perdón.

    —Pero me ha encantado todo. —Añadió.— Gracias, me siento mucho mejor.

    Y Alex empezó a vestirse, recogió el cascabel mientras yo miraba por la ventana y después me preguntó si podía quedárselo como recuerdo. Le dije que por supuesto.

    Luego hablamos de nosotros. Sabía que le ponía las cosas demasiado fáciles y que lo que ella quería era empezar con alguien nuevo que le supusiera un reto, pero ambos comprendíamos también que si yo no lo intentaba, ella simplemente lo dejaría estar, porque no sentía ganas de esforzarse por esa relación. Así que la cosa quedó en una bonita amistad.

    —Espero que me mandes el borrador de tu novela cuando la termines. Los fans deberíamos leerla primero —Le dije mientras salía por la puerta de mi casa.

    —Descuida. —Dijo con su mejor sonrisa.

    Y se marchó.

  • Sumisa a distancia (2)

    Sumisa a distancia (2)

    Pues bien, mi Señor me indico que tipo de ropa interior comprar y a qué hora me debía conectar.  Por la diferencia horaria yo tenía que estar a las 3:15 am y esperarlo cómo me había indicado.

    Ropa interior sexi de encaje en color negro. Yo trabajaba en ese momento en una constructora, por lo que no me cuidaba tanto, ni mi arreglo personal era bueno. Muy básico, siempre jeans, camisolas, zapatos cerrados tipo bota. Cuando él se conectó inmediatamente sentí como mi clítoris se humedecia. Que me irá a decir pensaba?

    J: cómo vas vestida?

    P: con el conjunto de ropa que me dijo que comprará Señor

    J: muy bien, anda a la cocina y busca frijol o arroz y lo envuelves en una bolsa fil y le das forma de pene, así como estás vestida.

    (Segui indicaciones)

    P: ya lo tengo Señor

    J: siéntate en el sillón y mojalo con tus labios, chupalo, sientelo en tu boca, mientras tanto seguimos charlando

    P: si Señor

    J: cruza las piernas y siente como te mojas

    (Yo realmente me mojaba cada vez más)

    J: Ahora hablame de ti, quiero saber dónde trabajas, tus horarios, con quién vives, cómo eres, que haces en tus raros libres.

    P: Soy asistente en una constructora, trabajo de 8 a 5, a veces me quedo más tarde a trabajar, vivo sola en un departamento, tengo novio, pero no lo veo porque vive en otro país, en mis ratos libres leo, o veo televisión, peso 85 kg, mido 1.60, y soy morena de ojos grandes y cabello lacio de negro. Selor

    J: No me gusta que mi Sumisa no se cuide, a partir de ahora reorganizare tus actividades y tendrás que cuidarte más para que bajes de peso y el conjunto sexi que usas luzca bien. Así no me gustará verte.

    (Me sentí ofendida, molesta y tuve ganas de cerrar todo y mandarlo a la mierda)

    P: si señor

    J: Dame tu número de WhatsApp y estaremos a partir de hoy en contacto por ese medio. Por hoy es todo, no te daré tu premio, hasta que aprendas a cuidarte.

    P: De acuerdo Señor

    J: (WhatsApp) duerme un rato, pon el despertador a las 6 y vas a caminar, al volver harás 10 minutos de baile, te duchas y te preparas una ensalada para llevar al trabajo y una botella de agua, a partir de hoy, solo tomarás agua, nada de gaseosas, ni bebidas alcohólicas, en la tarde al volver del trabajo, me indicas que hiciste todo el día. Ah y en la noche duermes totalmente desnuda y así dormirás a partir de ahora

    P: Si Señor

    Todo lo que me dijo lo empecé a hacer, cómo si fuera mi padre, mi médico, mi entrenador, mi maestro.

    Despues de darle el resumen por la tarde, a la hora acordada me dijo:

    J: cómo estás puta?

    P: esperándolo Señor

    J: muy bien, veo que hiciste la tarea cómo te indique, recibirás un premio. Trae el pene de frijol y mételo entre tus piernas, y cruzalas. Así permaneceras por esta noche, al despertar y antes de ir a caminar vas a masturbarte y me darás tu corrida todos los días.

    Así empezamos, yo aún no lo conocía y él tampoco me conocía, solo lo que hablábamos, no tenía ni siquiera una imagen. Pero cada día sentís más placer con las indicaciones que me daba. A partir de ese día, él me decía que ropa interior comprar y como vestir, cambie las camisolas por blusas más femeninas y las botas por zapatos de tacón bajito o tipo mocasín. Mi corte cabello lo empecé a cuidar más y poco a poco iba luciendo más femenina, de buenas formas, tanto que los arquitectos de las obras donde trabajaba, me empezaban a invitar a salir. Y yo le pasaba a él mi reporte diario, por las madrugadas yo me convertía en la puta de mi amo, siguiendo indicaciones de como debía darme placer. A él le calentaba que otros hombres me desearan, pero yo no podía más que masturbarme a la hora indicada. Había ocasiones en qué me ordenaba ir sin ropa interior, y eso me hacía sentir tan mojada todo el día, y no podía esperar a masturbarme. Hasta que un día me dijo:

    J: he analizado las características de la persona con la que quiero que folles. Así que el Arquitecto Guzmán es el elegido.

    El Arquitecto Guzmán era un hombre de 58 años, no mal parecido, pero el más grande de los arquitectos que trabajaban en la obra.

    No estaba segura de que él quisiera estar conmigo, pero ante esa orden, no podía más que imaginar cómo sería estar con él. Tenía miedo de que él se diera cuenta lo puta que era,

    Pero llegó el día, inesperadamente me invitó a comer. Eso se los cuento en otra historia.

    El tema fue que a los 6 meses de conocer a José, mi novio me anuncio que se volvía a México y empezaría a programar su viaje, lo que yo tenía con José no podría continuar y así se lo hice saber.

    Asi que me dijo:

    J: cuando llega?

    P: en 2 meses

    J: empieza a buscar un nuevo trabajo, programa un vuelo a Madrid te envío dinero para el tickete y vas a venir a España 10 días. Son los que yo puedo estar en Madrid.

    P: Si señor

    Tenía mucha emoción, conocer Madrid, viajar, conocer a la persona que tanto placer me había dado en los últimos meses. Pero al mismo tiempo, muchísimo miedo, que tal si me hacía algo? Que tal si no era lo que pensaba? Que tal si en vivo era un sádico.

    Para darme confianza, hicimos una video llamada, por fin nos conocimos las caras, era un hombre guapísimo, súper varonil, un hombre mayor pero muy bien conservado. Me pidió le diera su teléfono a alguna conocida y le dijera dónde estaría hospedada. En fin me aventure a conocerlo.

    En el siguiente capítulo, les contaré, cómo fue ese encuentro.

  • Diario de una universitaria. Masturbación, cinturón y sexo

    Diario de una universitaria. Masturbación, cinturón y sexo

    He de confesar que tenía mis dudas sobre si inaugurar mi diario con esta historia tan íntima, pero al final creo que esto también es parte de mí. Soy una chica que acaba de estrenar mayoría de edad y universidad. Soy tímida, rellenita, de pelo largo y negro y que usa gafas. No ando escasa de pecho, ni de muslos y mi trasero se podría describir como generoso. Me alojo, junto con otras compañeras en una residencia estudiantil. Comparto habitación con Marta, una veterana que cursa tercero de biología. Los primeros cinco días han transcurrido como me esperaba, rodeada de desconocidos y sin capacidad para hacer amigos.

    Ayer fue diferente, me invitaron a una fiesta.

    No fui.

    Me quedé en la habitación, sola. Dediqué una hora a estudiar y luego me puse el pijama, me quité las gafas y me metí en cama. La oscuridad de la habitación era total y comencé a pensar en mi compañera de habitación y en los otros, de fiesta, bebiendo, hablando con chicos. Había echado el ojo a tres, uno de ellos, Mario, era gay, o eso me dijeron. Luego estaba Roberto, deportista y guapo. El último era Esteban, un tipo delgado que no hablaba mucho. Las chicas eran más numerosas, Blanca, Silvia con sus modelitos de barbie y una tal Susana, a la que sin querer, enfadé en clase al contradecir su opinión. Pronto aprendería que todo lo que pasa en este pequeño mundo tiene sus consecuencias.

    Encendí la luz, consulté el reloj y empecé a pensar en los chicos. El culo de Mario estaba bien y Roberto, Roberto estaba bien bueno. Con ellos en mente, deslicé una mano bajo los pantalones del pijama y empecé a frotarme las partes íntimas. Gemí. Me quité la camiseta y el sujetador y con la otra mano pellizqué con suavidad los pezones. Estaba excitándome. Paré. «¿Y si volvía mi compañera?»… «no, era demasiado pronto para que eso ocurriese». Deslicé mi mano bajo las bragas y tiré de los pelos que protegían el coño acompañando la acción con un pequeño gritito. Enseguida me tapé la boca con la otra mano por temor a que alguien me oyera. Luego me incorporé, bajé mis bragas y me puse de rodillas.

    Quería sentir.

    Cogí la almohada, la «tumbé» a lo largo de la cama y me puse a horcajadas sobre ella. La abracé y comencé a frotar mi vagina contra ella, deslizándome y restregando mi cuerpo semidesnudo contra el cubre almohadas. Contraje las nalgas mientras apretaba con los muslos. Luego me relajé por completo dejándome ir. De nuevo haciendo uso de la mano me toqué y esta vez metí un dedo en mi sexo mojado estimulando el punto G. Imaginé que entraba alguien y comencé a meter y sacar el dedo cada vez a mayor ritmo. Una bolsa de gas acumulada en mis intestinos encontró el camino de salida a través de mi recto y ano, como estaba sola no impedí su salida. El pedo sonó como un pequeño trueno. Luego vino un momento en el que la vista se nubló, momento seguido de una corriente de placer que me recorrió de arriba a abajo y me hizo estremecer.

    Un par de minutos después, algo más tranquila, me di cuenta de que tenía las bragas empapadas. Me las quité y las metí en una cesta de mimbre destinada a la ropa sucia. A continuación me puse el pantalón del pijama, coloqué la almohada en su posición original y me metí en la cama.

    Una hora después o así oí voces y me desperté. Mi compañera acompañada de Roberto y Susana entraron en la habitación.

    – ¿Qué hace la bella durmiente aquí solita? – dijo Marta sentándose en mi cama y haciendo chirriar los muelles.

    – Ana… te llamas Ana no. Mi enemiga. – intervino Susana utilizando mi nombre con un tono entre achispado y amenazante.

    – Mira, te traigo a Roberto. ¡Te gusta eh! – dijo Marta.

    Me ruboricé con el comentario en presencia de aquel varón y reaccioné.

    – Estáis borrachas. – espeté

    – Un respeto. – respondió Susana apuntándome con su dedo.

    – Seguro que no has hecho nada aquí solita sin que nadie te viera. – continuó Susana.

    Marta echó un vistazo a su alrededor. Abrió el cajón de la mesita, apartó las sábanas de mi cama, las inspeccionó con sospecha y finalmente abrió la cesta de ropa sucia.

    Susana cogió las bragas y se las enseñó a Roberto.

    – Están mojadas. – anunció con una risa maliciosa.

    – O te has hecho pipí o te has estado masturbando como una guarra. – dijo Marta.

    – ¿Y si se lo contamos a todos? – propuso Susana.

    Las miré alarmada y supliqué que no hicieran algo así. Susana propuso la idea de un castigo y pidió votar. Roberto y Marta votaron a favor. Después de discutir algunas opciones, decidieron que me darían unos azotes con el cinturón.

    Marta buscó en el armario y sacó un cinturón de cuero ancho. Susana se lo quitó de las manos.

    – Túmbate en la cama.

    Obedecí acostándome boca abajo. Siguiendo las órdenes de Susana, Roberto se sentó sobre mis piernas atrapándolas con sus muslos y Marta me agarró las muñecas.

    – Bájale los pantalones Roberto.

    – No, eso no. – dije zafándome y llevándome las manos al trasero para protegerlo.

    Todo fue en vano.

    Marta me volvió a coger de las muñecas con más fuerza y Roberto me bajó pijama y bragas dejándome con el culo al aire.

    Susana comenzó a azotarme al instante. En total me dió ocho latigazos marcando mis nalgas con la correa.

    – Pobre. – dijo Susana con sorna riéndose.

    Miré a Roberto y Susana hizo el comentario.

    -Vaya vaya. El chico se ha empalmao con el culo de nuestra compi.

    – Quizás puedes quedarte y echarle cremita o…

    – O tirártela. Seguro que Ana quiere. Aquí tienes un preservativo. – añadió Marta sacando un condón del cajón y dejándolo sobre la mesa.

    Me quedé de piedra. Tenía el culo caliente por la azotaina y, aunque estaba muerta de vergüenza, tuve que admitir que la idea de enrollarme con Roberto no me disgustaba… casi que lo estaba deseando. Entonces ocurrió algo que decantó la balanza.

    – Oye, si quieres puedo mitigar el escozor de tus nalgas y algo más. Eso sí, necesitamos intimidad. Creo que con los azotes ya hemos llegado demasiado lejos.

    Marta y Susana, esta última a regañadientes, capitularon y me dejaron a solas con Roberto. Mi corazón empezó a latir con fuerza.

    – Y bien, depende de ti, te apetece…

    No dejé que acabase la frase, me acerqué a él y tomando su rostro entre mis manos le besé. El respondió al ósculo mientras acariciaba mis nalgas. Al separarnos le miré a la cara. Luego miré su entrepierna crecida y mordí mi labio superior en un símbolo inequívoco de deseo.

    – ¿Puedo? – pregunté mientras desabrochaba el botón de sus pantalones.

    Roberto asintió.

    Bajé la cremallera y tirando de la ropa interior le desnudé. El pene salió como un resorte quedándose en posición horizontal. Me pasé la lengua por los labios y poniéndome de cuclillas empecé a lamer el falo. Poco después me ocupé del escroto dando chupetones. Los ruiditos que hacía el chico con su boca, su respiración entrecortada, no hacían más que aumentar mi excitación. Me incorporé con un pequeño chasquido de articulaciones. Abrí la bolsa de plástico y vestí el palpitante y cálido miembro con la goma.

    Rápidamente nos desnudamos quedándonos en pelotas.

    Roberto me acarició las tetas, me besó y luego, de manera un tanto brusca, hizo que girase sobre mi misma y me empujó sobre la cama.

    Los segundos parecieron pasar con extrema lentitud mientras aguardaba boca abajo sobre el catre notando como sus ojos se deleitaban con mi cuerpo desnudo.

    De repente, algo cálido abriéndose paso en mi vagina con delicadeza. Podía notar el pene, su latido, su tamaño invadiendo la intimidad de mi ser. Aguanté la respiración y apreté el esfínter queriendo atrapar esa parte de su cuerpo. Una vez dentro, un último empujón, una pequeña retirada y una nueva envestida. Para entonces, sus atléticas manos sujetaban mi cadera y el ritmo se incrementaba tratando de ponerse al nivel de los jadeos que escapaban de nuestras gargantas.

    Ya casi al final, su cuerpo cubriendo el mío por completo, las cosquillas de sus piernas enlazadas con las mías y el aliento sobre mi cuello. Uno, dos, tres empujones y la corriente de orgasmo recorriendo mi cuerpo, el doble de placentera que con la masturbación.

    En medio del placer más absoluto, noté el líquido de su semen corriendo por mis nalgas. Imagine que lo había sacado antes de eyacular, se había quitado el condón y había explotado lanzando el líquido viscoso a ráfagas.

    Recuperé poco a poco el control.

    Entonces, Roberto comenzó a besar mis nalgas mientras besaba mi nuca y chupeteaba mi cuello.

    De alguna manera nuestras bocas se encontraron y nos besamos de nuevo, usando la lengua. El sabor era adictivo.

    Me incorporé sobre la cama y él se acercó por detrás. Mi mano, distraída, tomo su pene. Sus manos, con toda la intención del mundo, se hicieron dueñas de mis tetas, sus dedos pellizcaron con tiento mis pezones.

    Mi corazón se aceleró de nuevo, arqueé la espalda, suspiré, gemí, jadeé, deseando que aquello durase para siempre.

  • Dos parejas en una boda

    Dos parejas en una boda

     

    Era la boda de unos primos, literalmente, son primos carnales entre ellos y míos… Bueno en la familia de mi madre son muchos hermanos así que ese tipo de putiferio no es que fuera frecuente pero tampoco era el primer caso. Ni sería el último y nadie se extrañaba ya. Allí conocimos a una pareja, amigos de la familia de mi tía pero nos llevamos bien, desde el principio. Coincidíamos en gustos, aficiones, edad.

    Tras presentarnos empezamos charlando de las típicas chorradas. Conociéndonos mejor y dándonos detalles de nuestras vidas, pero aún no lo más íntimo, lo típico, trabajo, aficiones y cosas así. Con las copas en la mano, durante el cóctel, se nos iba soltando la lengua poco a poco.

    Nos pusieron en la misma mesa. No estábamos mal, nosotros de traje y ellas con vestidos de noche muy muy sexys, muy reveladores y que tapaban muy poco. ¡Que coño! estábamos fantásticos. Y no eran las únicas que iban así, a los dos se nos iba la vista detrás de las jovencitas casi desnudas, con vestidos muy pequeños y muy finitos, algunas de ellas sobrinas mías.

    Y además estábamos alojados en el mismo hotel. El evento no se celebraba en nuestra ciudad. Al terminar la cena ya charlábamos y reíamos como si nos conociéramos de toda la vida. Bailábamos con nuestras chicas o con la mujer del contrario y más de una vez nos apretábamos un poco más de la cuenta.

    Sentí las tetas duras y sin sujetador de mi chica clavándose en el mismo lugar de mi pecho que los de nuestra nueva amiga que tampoco llevaba sostén. Mientras las sujetaba de la cintura y podía oler su perfume sensual en sus cuellos, rozando mi nariz con su piel suave.

    O veía a mi lado, muy cerca de nosotros, como mi nuevo amigo dejaba caer sus manos sobre el perfecto y duro culo de mi mujer. Amparados por la oscuridad de la discoteca tras la cena. Como amasaba sus nalgas apretándola contra su cuerpo firme y musculoso.

    Cuando ellas bailaban juntas el resultado era casi un espectáculo porno lésbico por cómo se frotaban una con la otra. Ambos podíamos ver, pues no pedíamos detalle, en cómo el muslo de mi mujer desnudo por la raja del vestido se metía entre las piernas de su nueva amiga hasta casi rozar el pubis.

    Los demás hombres de la fiesta parecían estar demasiado borrachos para fijarse. Cómo sus preciosos pechos se frotaban por los amplios escotes y cuando se separaban tenían que colocar la tela de los vestidos para no enseñar los pezones.

    Que nos pusiéramos a bailar él y yo le habría parecido raro al resto de la familia… o puede que a esas alturas todos estuvieran curados de espanto, pero no me hubiera importado hacerlo con el cuerpo atlético que se adivinaba bajo ese traje de buen corte.

    A él tampoco parecía qué le disgustara por cómo apoyaba la palma de la mano en mi muslo, muy arriba y cerca de mi polla, sentados en un sofá y terminándonos las copas.

    La fiesta decaía, la gente empezaba a retirarse, pero a nosotros el alcohol y el que nuestras propias mujeres nos tenían muy calientes estábamos preparados para seguir la juerga.

    Aún más cuando sentados en el mismo sofá de la discoteca veíamos a nuestras preciosidades bailar juntas. Un agarrado bien caliente, el muslo derecho, de Sara entre las bonitas piernas de su nueva amiga Nuria. Sus pechos clavados entre ellas. Las manos de Sara acariciando la espalda desnuda de Nuria. Ese vestido casi dejaba ver la raja de su duro y amplio culo.

    Por poco me atraganto con mi copa cuando vi, pues no perdía detalle, como Nuria le pasaba los labios y la lengua por el cuello húmedo de sudor a mi mujer y las manos de ésta posadas en las poderosas nalgas de nuestra nueva amiga apretándola contra si.

    El espectáculo que nos estaban dando era puro fuego, puro sexo. No parecía que quisieran separarse sus manos acariciaban y recorrían el cuerpo de la otra sin descanso. Y eso en medio de la pista de baile.

    Miré de reojo a mi nuevo amigo, a su pubis y su polla estaba tan dura como la mía. Se le marcaba bien en su pantalón. Mario tiene un buen cuerpo y es guapo. Hacía muchos años que no me lo montaba con otro tío, nunca le he tenido miedo al roce físico con otro hombre y a mi lado parecía que mi nuevo amigo también tenía algo de experiencia en ese campo.

    Su cadera al lado de la mía, prácticamente pegadas. Su muslo rozando el mío separados sólo por las finas telas de los pantalones de los trajes de verano. Pasé el brazo sobre sus hombros por el respaldo del sofá y dando un bufido apoyó su cabeza en el hueco de mi codo. Apreté su hombro y él se arrimó un poco mas a mí. Al oído, casi rozando mi oreja, me dijo:

    – ¿Y si tomamos la última en nuestra habitación? y seguimos bailando y lo que sea.

    – Más bien lo que sea…

    Dije yo sonriendo y echándole una ojeada a su sudoroso pecho por la camisa abierta, ya teníamos las corbatas en el bolsillo. Y apoyando una mano en su rodilla, giré la cabeza y le respondí con nuestros labios casi tocándose:

    – Así estaremos mas tranquilos, y a nadie le importará lo que haremos.

    Nos levantamos y fui a buscar a nuestras respectivas y a proponerles nuestro plan, mientras él le pedía una última botella al camarero. Cogiendo cada uno de los dos de la cintura a nuestra chica, nos dirigimos al ascensor del hotel donde le metí la lengua a Sara hasta la garganta arrinconándola contra el espejo a un lateral de la cabina.

    Mientras con las manos apartaba su falda por la raja del muslo hasta hacerme con sus nalgas desnudas por el breve tanga de encaje negro. Ellos podían ver el muslo desnudo de Sara hasta el culo.

    Mario y Nuria estaban en parecidos manejos. En el mismo espejo podía ver la mano de Mario agarrando con cariño un pecho de su mujer. Había apartado la tela del escote y Sara y yo pudimos ver el pezón oscuro desnudo entre dos dedos de su marido. Un momento más tarde nos miramos a los ojos los cuatro y nos echamos a reír.

    Cogidos de la mano llegamos a su cuarto y tirados en la enorme cama muertos de risa y medio borrachos. Ellas se sacaron los zapatos de tacón que torturaban sus bonitos pies y nosotros tiramos nuestras chaquetas y corbatas sobre el respaldo de una silla. Y nos abrimos las camisas del todo hasta el cinturón.

    Alguien conectó el hilo musical y apareció la botella de licor que Mario había subido y a la que seguimos dándole con los vasos del baño que compartimos todos con todos sin asco. Nuria le dijo a Sara:

    – ¿Me ayudas a quitarme las medias?

    – Por supuesto, nena. Sube el pie a mi rodilla cielo.

    Nosotros babeábamos mientras las manos de mi chica pasaban suavemente por los muslos de ella. Retirando las medias color carne, enrollándolas según las bajaba por las torneadas piernas. Medias con ligas de silicona que descubrían, mientras las tuvo puestas, parte de sus torneados muslos hasta el reducido tanga, el suyo rojo.

    Más que solo quitárselas sus manos parecían acariciar la piel que desnudaba despacio con suavidad y sensualidad. Nuria cada vez apoyaba un pie sobre la rodilla desnuda de mi chica y le miraba el escote suelto sin pudor. Desde su posición un poco más alta le podia ver prácticamente la totalidad de las tetas a mi mujer.

    – ¡Que pechos más bonitos!

    – Los tuyos sí que están duros, deben ser deliciosos.

    Al terminar Sara levantó la cara mirándola a los ojos y Nuria se agachó un poco más hasta que juntaron sus labios en un suave beso. Las coreamos decididos a que nos dieran aún mas espectáculo. Nosotros tumbados boca abajo en la cama uno al lado del otro y ellas frente a nosotros en el sofá de la habitación.

    El beso se hizo más lascivo, las lenguas entraron en acción pero para dejarnos verlo todo a nosotros las cruzaban por fuera de las bocas unidas por hilos de saliva. Sara no había dejado los muslos de la chica en paz y una de sus manos escalaba por el interior de sus piernas hacia la vulva. Ya casi tocaba el tanga rojo.

    Nuria levantó a mi chica cogiéndole de la mano y luego sujetándole la cintura. Frente a frente.

    Se miraban a los ojos con expresión de lascivia en ellos y mi chica se acercó más abriendo su dulce boca. De nuevo se juntaron en un apasionado beso con lengua. Los cuerpos se frotaban despacio sin dejar ningún espacio entre ellas.

    Sentí la mano de Mario sobre mi espalda acariciándome suavemente. Mientras tenía los labios de su amiga en el cuello Sara me miró a los ojos y me sonrió, mientras levantaba la falda de ligera tela del vestido, dejándonos ver sus bonitas piernas y cogiendo fuerte sus nalgas.

    Nosotros alucinados no perdíamos detalle y aproveché para acercarme aún mas a Mario para notar el calor de su piel junto a la mía. En un descuido lo miré a los ojos y él me respondió besándome suave. Para aceptar además de no retirarme en el beso le puse la mano en el culo notando su firme nalga en mi palma.

    Tenía agarrado el culo de otro hombre y lo besaba suave mientras mi mujer se morreaba y acariciaba delante nuestro con otra chica.

    Pero en ese momento se trataba de no perdernos nada del dulce espectáculo. Vi los primorosos pechos de mi chica desnudos cuando Nuria le bajó los tirantes del vestido. Este cayó hasta la cintura y se deslizó por sus hombros. Se agachó a besarlos y acariciarlos con la lengua, mordisqueó sus pezones con los labios.

    Siempre había pensado en mi chica como una heterosexual convencida pero no sé si era el ambiente de calentura lo que la hacía comportarse así o ya antes le gustaban las chicas y nunca me lo había dicho.

    Creo o por lo menos en ese momento lo pensaba. Un minuto mas tarde los vestidos de ambas yacían a sus pies como trapos olvidados y solo les quedaban los minúsculos tangas sobre sus espléndidos cuerpos.

    Por fin pude contemplar a placer el cuerpo de Nuria. Su piel mas bronceada que la de Sara, los pechos mas grandes y algo caídos, muy poco, el culo mas amplio.

    Una figura mas voluptuosa, mas llena. Alguien diría que regordeta, un bonito contraste con el mas delgado, firme y prieto de Sara. Se acariciaban sin descanso, pero sin prisa, sus manos sobando la piel de la otra, un rato suaves y tiernas y al siguiente con más energía y pasión.

    Los dedos de Sara hicieron a un lado la tela de encaje del tanga y dos de ellos se clavaron en la vulva de Nuria haciendo que esta soltara un fuerte suspiro.

    A nosotros las pollas duras ajustadas al colchón casi nos dolían y metí una mano para aflojar los pantalones y colocármela hacia arriba.

    Con los pantalones abiertos dejé expedito el camino a la mano de Mario que por fin buscó la piel desnuda de mis nalgas. Nos acariciábamos suavemente el uno al otro entendiéndonos sin palabras y sin poder separar los ojos del espectáculo.

    Aunque no conocíamos los gustos del otro en materia de chicos parecíamos dispuestos a explorar nuestros límites, nosotros y ellas. Nuria siguió agachándose y arrodillada le sacó el tanga negro a mi chica acercando la cara a su pubis depilado.

    Sara levantó un muslo, apoyando un pie en el sofá, para facilitarle la labor aunque casi se cae cuando la lengua juguetona entró en contacto con los labios de su vulva.

    Esta vez fue mi mujer la que suspiró casi un grito apretando la cabeza que la acariciaba con sus manos contra su cadera.

    Como deseando que no se separara de allí. El culo redondo de Nuria apoyado en sus propios tobillos me atraía mucho. Sé que Sara tuvo uno o dos orgasmos con la juguetona lengua que se movía sin descanso en su coñito.

    Cuando por fin nos miraron se dieron cuenta de nuestras ropas revueltas y las manos acariciando al otro. No se lo tomaron a mal. Sus caras reflejaron cierta sorpresa y morbo y riendo nos pidieron que les diéramos el espectáculo a ellas.

    Nos pusimos de pie mirándonos, yo estaba tan caliente y borracho que estaba dispuesto a todo. Y en realidad después de tantos años sin tener otra polla en la mano y la boca me apetecía. Le besé y abrí la boca para recibir su lengua, nos dimos saliva cantidad y terminamos de desabrochar y sacarle la camisa al otro, sin dejar de morrearnos.

    Me agaché y me hice con sus pezones retorciéndolos y acariciándole. Terminó de quitarme los pantalones sueltos, dejándolos caer al suelo y el tanga de chico que como detalle especial me había puesto para la boda y mi durísima polla que saltó derecha a su mano.

    – Esa elección de ropa interior es interesante, ¿me lo dejaras luego?

    – Pues claro.

    Me masturbaba despacio y me acariciaba los huevos. Nuestras chicas con las manos en los culos de la otra, lado a lado, con las caderas muy juntas no perdían detalle. Se decidieron a actuar, se acercaron a mi y arrodilladas a mis pies se pusieron a comerme la polla a dúo, lamiendo el tronco de arriba abajo y la otra los testículos. Se intercambiaban por momentos.

    Mario terminó de desnudarse librándose de su mínimo slip y me acercó su polla depilada a mí. Que la cogí para acariciarla. Sacando mi rabo de las garras de esas lindas lobas les dije:

    – Todos a la cama o me voy a correr.

    Sara se fue sobre Mario y Nuria se vino conmigo, busqué su boca con la mía mientras mis manos recorrían su voluptuosa anatomía.

    A nuestro lado Mario recorría la piel de mi mujer con su lengua y labios, desde las axilas, bajando por sus pechos y vientre a la gruta entre sus muslos. Ella se había puesto encima y era la que le ponía al alcance de su boca las partes que a ella le interesaban.

    Podía imaginar la vulva perfectamente depilada abriéndose húmeda al tacto delicado de los labios y lengua como se abría a mi toque. Sara le había puesto ya los muslos a cada lado de su cabeza.

    Nuria en cambio no había soltado mi polla pero yo quería ponérsela en el coño o en su poderoso culo allí donde ella la quisiera. Tumbados frente a frente nos acariciábamos con suaves roces de nuestros dedos

    Conseguí hacerme con su dulce coñito, penetrarla con dos dedos y sentir por fin la humedad de sus labios que se abrieron en un suspiro y aproveché para besarlos. Logré girarla en la cama y ponerla a cuatro patas para pasar mi lengua por su culo, lamer su ano y clavar la lengua en lo mas profundo de su vagina sin olvidar desde luego el clítoris.

    Y no por que ella no parecía excitada o no quisiera mi rabo, sino por que me apetecía verla gozar. Que Sara viera como hacía disfrutar a otra mujer mientras ella gozaba sin complejos encima de Mario.

    La empujaba despacio haciendo que Nuria acercara su cara a ellos y detrás de ella entre sus pantorrillas por fin le clavé la polla en su coñito. Solo pasando el glande por sus labios sin necesidad de usar los dedos que tenía ocupados en sujetar sus poderosas nalgas. Ella se echó hacia atrás.

    – ¡Vamos! ¡Fóllame ya!

    Se la envié hasta el fondo mientras veía como Sara le daba lengua a Nuria, se besaban con pasión. Su gemido inundó la habitación mezclándose con los de Sara y con el mío propio. Mientras mi chica sentía en su dulce coñito la lengua de mi amigo comiéndoselo con ansia.

    Jadeaban las dos, yo embestía con fuerza y Mario arrancaba orgasmo tras orgasmo de mi mujer.

    Tenía toda la cara brillante de su saliva y de los jugos de Sara. Un momento que se incorporó y dejó su vulva despacio yo le lamí la cara entera. La cara de otro hombre que se dejaba babosear por mí. Mi chica fue bajando por encima de su cuerpo hasta que quedó encima de la cadera de Mario. Allí se clavó su polla en el coñito.

    – Ahora nos toca a nosotros.

    Dijo Sara con cara de lascivia según la penetraba Mario. Yo seguía bombeando el coño de Nuria. Además dejé caer saliva en su ano y me puse a jugar con el pulgar en su raja. Pero ella fue la que se salió y me dijo:

    – Ahora por el culo.

    No tuve más que apuntar un poco más arriba y mi polla se deslizó dentro del estrecho agujero. Estaba claro que lo tenía bien entrenado. Ya no podía aguantar mucho más y un momento después me vaciaba dentro de su recto. Mario hacía lo propio en la vulva de Sara segundos más tarde.

    Ellas parecía que se entendían por telepatía o solo con la mirada. Sin decir nada Nuria se separó de mí y se sentó sobre la cara de su marido mirando hacia sus pies. Sara se puso delante de mí tumbada boca arriba y nos hicieron lamer el semen del otro rebosando de sus agujeros. Cosa que hicimos con placer.

    El semen de Mario rezumaba del coñito de mi chica mezclado con sus jugos. Y me estaba encantando degustar esa mezcla de sabores y conseguirle así a mi chica un orgasmo más. Nuria parecía que también se corría con la lengua de su marido en el ano.

    Nos tumbamos los cuatro juntos, las chicas en medio de nosotros, mientras seguíamos acariciándonos y besándonos con ternura descansando un rato. Tan pronto sentía en mi polla la mano de cualquiera de los tres como yo acariciaba las tetas de ellas o el rabo de él. Ellas tampoco paraban quietas y se besaban y acariciaban.

    Debimos adormilarnos un rato pues cuando espabilé algo de la luz del amanecer entraba por la ventana. Mario también tenía los ojos abiertos y una sonrisa en la cara. Le hice un gesto y nos levantamos sin despertar a las chicas. Nos metimos en el baño pues a ambos nos hacía falta una ducha.

    No me dejó ni llegar al plato de ducha. Me acorralaba contra el lavabo para volver a besarme. De inmediato busqué su lengua con la mía. Jugando con ellas y cambiando saliva. Notaba su torso poderoso contra el mío y su polla morcillona apoyada en el muslo.

    – Parece que os ha gustado la noche.

    – A mi me ha encantado, creo que a Sara también y supongo que tú estás dispuesto a seguir la fiesta.

    Ya de acuerdo seguimos hacia la ducha. Nuestras pollas se ponían cada vez más duras mientras nos enjabonábamos el uno al otro. Tenía ganas de tener la suya en la boca, ya que no lo había conseguido la noche anterior. Besé su cuello y hombro y empecé a bajar por su cuerpo lamiendo su piel. Él me dejaba hacerlo. Levanté uno de sus brazos y lamí su axila depilada, sus pezones pequeños oscuros y muy duros.

    El vientre, metiendo la lengua en su ombligo y por fin me metí los huevos en la boca. Los chupé mientras le hacía separar los muslos para deslizar una mano entre ellos. Mientras subía por el tronco de su nabo con la lengua deslizaba los dedos enjabonados por su raja y metía dos de ellos en su ano. Me metí el glande en la boca y lo acariciaba con lengua mientras por encima sus suspiros llenaban la acústica del baño.

    No me duró nada, así que no lo estaba haciendo mal. Pronto me llenó la boca de lefa y en vez de tragarla la dejé en la boca para jugar con ella y su lengua mezclando salivas con el semen. Pellizcaba mis pezones haciéndome gemir a mí. Mientras nos morreábamos me pidió:

    – Fóllame.

    Se giró y me dí cuenta que la noche antes había tenido mi polla en el ano de su mujer y ahora la iba a meter en el suyo. Él mismo se abría las nalgas mientras yo apoyaba el glande en su agujerito. Usando el gel como lubricante mi rabo fue entrando despacio. Empecé a moverme mientras Mario se apoyaba en la pared para no caernos y yo me sujetaba a su cadera.

    Así nos encontraron las chicas cuando entraron en el baño. Riéndose y grabándonos con un móvil. Procuramos dar buen espectáculo mientras Sara se sentaba en el suelo ante Mario y se metía su polla en la boca intentando resucitarla. Nuria dejó el móvil apoyado en el lavabo para grabarnos a los cuatro y se vino conmigo a besarme y sobar mi piel. Me corrí dentro de mi amigo y nos tocó a los dos sentarnos en el suelo para comer los xoxitos de las chicas.

    Ellas nos los pusieron en la cara separando los muslos y se dedicaron a besarse con mucha lengua y enjabonarse la una a la otra. Poco tardamos en hacer que se corrieran y en quedar bien limpios los cuatro.

    Nuria le prestó un short, un top y algo de fina lencería a Sara y nosotros nos pusimos el pantalón y la camisa del traje. Mario se puso mi tanga y a mi me dejó un pequeño slip. así bajamos a desayunar con el resto de la familia y amigos que se habían quedado en el mismo hotel.

    Causamos sensación en el comedor no sé si por que se habían dado cuenta de que habíamos pasado la noche juntos o por lo sexi de nuestras mujeres.

    Una de mis sobrinas con una minifalda que apenas le tapaba el culito se me sentó en los muslos para que le diera uno de los pasteles que había cogido para desayunar. Mientras nuestros amigos y mi mujer nos miraban sonriendo por el descaro de la joven.

    Evidentemente ese fue nuestro primer encuentro con Nuria y Mario pero no el último.